Está en la página 1de 102

HISTORIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

ESCRITURAS Y LENGUAS EN LA HISPANIA PRERROMANA EL LATÍN EN HISPANIA EL ESPAÑOL ARCAICO CONSTITUCIÓN DE LOS PRIMITIVOS ROMANCES PENINSULARES LA ÉPOCA VISIGODA LA ÉPOCA ALFONSÍ Y LOS INICIOS DE LA PROSA CASTELLANA LA INVASIÓN ÁRABE EL SIGLO XV LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS S. XVI-XVII EL ESPAÑOL EN AMÉRICA HACIA LA NORMA DEL ESPAÑOL MODERNO EL SIGLO XIX SIGLO XX Y PERSPECTIVAS PARA EL SIGLO XXI

http://www.cervantesvirtual.com/seccion/lengua

Índice

ESCRITURAS Y LENGUAS EN LA HISPANIA PRERROMANA. Xose A. Padilla García

3

EL LATÍN EN HISPANIA: LA ROMANIZACIÓN DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. EL LATÍN VULGAR. PARTICULARIDADES DEL LATÍN HISPÁNICO. Jorge Fernández Jaén

13

EL ESPAÑOL ARCAICO. LA APARICIÓN DE LA LITERATURA ROMANCE. JUGLARÍA Y CLERECÍA Miguel Ángel Mora Sánchez

18

CONSTITUCIÓN DE LOS PRIMITIVOS ROMANCES PENINSULARES. SURGIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ROMANCE CASTELLANO. Jaime Climent de Benito

27

LA ÉPOCA VISIGODA Susana Rodríguez Rosique

33

LA ÉPOCA ALFONSÍ Y LOS INICIOS DE LA PROSA CASTELLANA Herminia Provencio Garrigós, José Joaquín Martínez Egido (coaut.)

39

LA INVASIÓN ÁRABE. LOS ÁRABES Y EL ELEMENTO ÁRABE EN ESPAÑOL Elena Toro Lillo

48

2

EL SIGLO XV. LA TRANSICIÓN DEL ESPAÑOL MEDIEVAL AL CLÁSICO Elisa Barrajón López, Belén Alvarado Ortega (coaut.)

55

LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS: EL SIGLO XVI. Santiago Roca Marín

60

LA LENGUA EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS: EL SIGLO XVII José Antonio Candalija Reina, Francisco Ángel Reus Boyd-Swan (coaut.)

65

EL ESPAÑOL EN AMÉRICA: DE LA CONQUISTA A LA ÉPOCA COLONIAL Carmen Marimón Llorca

73

HACIA LA NORMA DEL ESPAÑOL MODERNO. LA LABOR REGULADORA DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. Dolores Azorín Fernández

82

EL SIGLO XIX. M.ª Antonia Martínez Linares, M.ª Isabel Santamaría Pérez (coaut.)

88

EL SIGLO XX Y PERSPECTIVAS PARA EL SIGLO XXI Leonor Ruiz Gurillo, Larissa Timofeeva (coaut.)

93

This paper looks at the linguistic situation in the Iberian Peninsula before the arrival of the Romans. According to the epigraphic remains and to the classical sources (such as Strabo, Plinius, Polybe, Diodore or Titus-Livius), we can characterize that situation as pluri-linguistic. Before the indo-european invasions (XI-V b. C.), a group of languages whose origin can not be totally established were spoken. Afterwards, there was a coexistence between indo-european (such as Celtiberian or Lusitanian) and non indo-european (such as Iberian or Basque) languages. Some of them left written remains in four different alphabets, connected to those Phoenician and Greek. All these languages finally disappeared, except for Basque.

ESCRITURAS Y LENGUAS EN LA HISPANIA PRERROMANA

Xose A. Padilla García

Abstract

1. Introducción

Quizás el primer aspecto que debemos señalar sobre la situación lingüística de la Hispania prerromana es que, como señalaron las fuentes clásicas (Estrabón, Herodoto, Polibio, etc.), no se hablaba una única lengua sino varias. La forma más general de clasificar estas lenguas es establecer dos criterios básicos: de un lado, el origen de sus hablantes; de otro, la familia lingüística. Según el origen de sus hablantes, se diferencia entre lenguas autóctonas y lenguas de colonización; y según la familia, se habla de lenguas indoeuropeas y no indoeuropeas. El primer criterio separa, por ejemplo, las lenguas fenicia y griega de las lenguas celtibérica e ibérica; y el segundo criterio, la primera lengua autóctona de la segunda. En realidad, como indica de Hoz (1983: 353), la división entre lenguas autóctonas y de colonización es un poco artificial, pues, los fenicios llevaban en la P. I. desde el siglo IX a. C. y los griegos desde el siglo VIII a. C., por lo tanto, en cierto modo, a la llegada de los romanos (s. III a. C.), podrían considerarse tan autóctonos como los iberos, o al menos como los celtas, que llegan en oleadas sucesivas desde los siglos IX al V a. C.

3

This paper looks at the linguistic situation in the Iberian Peninsula before the arrival of the

El segundo aspecto importante tiene que ver con la diferencia entre lenguas y escrituras. En realidad, el repaso de las lenguas prerromanas peninsulares es el estudio de los restos epigráficos (bronces, exvotos, monedas, plomos, vasijas, etc.) que se escriben en varios alfabetos durante un periodo dilatado en el tiempo y en el espacio. Por lo tanto, toda afirmación que hagamos sobre las lenguas realmente habladas es una hipótesis, más o menos cercana a la realidad, que se fundamenta en lo escrito, sea por los habitantes originarios de la P. I., sea por fenicios, griegos y romanos.

El segundo aspecto importante tiene que ver con la diferencia entre lenguas y escrituras. En realidad,
El segundo aspecto importante tiene que ver con la diferencia entre lenguas y escrituras. En realidad,
El segundo aspecto importante tiene que ver con la diferencia entre lenguas y escrituras. En realidad,

2. Indoeuropeos y no indoeuropeos

Basándose en la composición morfológica de los topónimos (-briga e iltir-, ciudad), Humboldt y más tarde Untermann (1875-1980) dividieron la P. I. en dos zonas: la indoeuropea y no indoeuropea, y esta división se mantiene hasta ahora, no sin discusión. La Hispania no indoeuropea a grandes rasgos queda al sudeste (gran parte de Andalucía, Murcia, País Valenciano y Cataluña), penetrando hacia al interior y llegando hasta el sur de Francia; la zona indoeuropea ocuparía el resto. No hemos de pensar, sin embargo, que haya una frontera estricta entre las dos zonas, pues la P. I. estaba poblada por un conjunto de pueblos muy numeroso (astures, cántabros, celtiberos, ceretanos, edetanos, ilergetes, lacetanos, vacceos, vascones, etc.) y tenemos pocos datos para adjudicarlos de forma definitiva a una determinada familia

4

lingüística. En el norte peninsular, en una zona que comprendería la actual Navarra, parte del País Vasco y terrenos colindantes, con una frontera pirenaica no muy claramente delimitada, se hablaba la lengua vasca, aunque seguramente era tan parecida al euskera actual como el castellano lo es al latín coetáneo.

Gráfico (1)

El segundo aspecto importante tiene que ver con la diferencia entre lenguas y escrituras. En realidad,

Mapa de los pueblos prerromanos de la P. I. (reformado a partir de del Rincón, 1985:7)

3. Las escrituras peninsulares

Las escrituras autóctonas llegan en su origen del Mediterráneo, y si repasamos

mentalmente el mapa que hemos trazado, es lógico que esto sea así, pues al oeste sólo estaban el mar y las Islas Británicas (en donde la escritura es muy posterior). Esto

explica

que

sean los

iberos

los que

trasmitan

su escritura

a los celtiberos, pueblo

indoeuropeo

fronterizo

con

su

territorio;

y

que

los

lusitanos,

 

pueblo

también

indoeuropeo pero precelta, sólo escriban caracteres latinos.

su

lengua en

el

siglo

II

a.

C.,

y

ya

en

Existen diversas teorías sobre el número de lenguas y escrituras prerromanas (véase de Tovar, 1980; de Hoz, 1983; Siles, 1976, 1985; etc.), y, hasta el momento, a pesar de los intentos de varios autores (véase Gómez-Moreno, 1949; Maluquer de Motes, 1968; de Hoz, 1983; Siles, 1985; Román del Cerro, 1990), no hemos podido traducir ninguna (a excepción de parte del celtibero). Podría decirse que en este sentido estamos todavía en una fase similar, salvando las distancias, a la del alumno de ruso que sabe leer el alfabeto cirílico pero no tiene idea de lo que significan las palabras. Es normal que esto sea así, porque los restos que poseemos son pocos y fragmentarios.

El nacimiento de las escrituras peninsulares está estrechamente relacionado con importantes hechos históricos acontecidos en el mundo antiguo, por lo tanto, antes de seguir adelante, debemos detenernos brevemente en el contexto histórico de este

periodo para describir más claramente las circunstancias que rodearon la llegada de la escritura a la Península.

3.1. La escritura y el comercio

Las grandes potencias de la época (fenicios y griegos, primero; púnicos y romanos, después) arribaron a las costas de la Península para obtener materias primas (principalmente oro y plata) y mercenarios para sus contiendas. Este hecho determinó que los primeros documentos hispánicos que se conservan fueran en realidad inscripciones foráneas escritas en babilónico y egipcio (jeroglíficos) en objetos traídos por los fenicios. La inscripción más antigua señalada por Estrabón en el Templo de Melkart en Gadir (Cádiz) se remontaría nada menos al siglo XI a. C. (véase Guadán, 1985: 27). Que la escritura hispánica fue importada por estos colonos parece estar fuera de toda duda. Un dato importante, como indica Guadán (1985: 27), es que no hemos hallado en la P. I. (al menos hasta la fecha) las etapas primitivas de la escritura que se encuentran en otros lugares, como un estadio pictográfico primitivo o una escritura jeroglífica propia (véase Goldwasser, 2005). La escritura nace, pues, como consecuencia del contacto entre los nativos y los comerciantes. Las tribus preindoeuropeas peninsulares debieron de aprender los primeros signos en estos intercambios, y, pronto, los utilizaron de forma generalizada, como muestran los documentos encontrados. El propósito de esta primera escritura pudo ser anotar albaranes derivados de las transacciones comerciales, pero es posible proponer también que su origen -complementario del anterior- fuera mágico o religioso.

Gráfico (2)

periodo para describir más claramente las circunstancias que rodearon la llegada de la escritura a la

Plomo de Jàtova (Valencia) (tomado de Guadán, 1985)

3. 2. Los alfabetos autóctonos

Del contacto entre comerciantes y nativos surgió, pues, un alfabeto que se adaptó a las lenguas de los pueblos prehispánicos. Aunque las muestras de escritura peninsular son de fecha muy temprana, no debemos pensar, sin embargo, en un único alfabeto común y normalizado, sino en fases sucesivas -a veces simultáneas- que muestran una importante evolución.

Partiendo de los trabajos de de Hoz (1983), Guadán (1985), Siles (1976, 1985), etc., podemos señalar cuatro escrituras que, dependiendo del investigador, reciben nombres diferentes:

  • a. Escritura del sudoeste,

  • b. Escritura meridional (o del sureste o tartésica o bastulo-turdetana),

  • c. Escritura greco-ibérica (o jónica),

  • d. Escritura ibérica (o nororiental o ibérica valenciana o ibérica propiamente dicha).

3.2.1. Escritura del sudoeste

5

Ocupa

el

territorio

que

va

desde

la

cuenca

baja

del Guadalquivir a la

desembocadura del río Sado (Huelva, Medellín, el Algarve portugués, etc.). Esta región, por su gran riqueza minera, fue uno de los primeros focos de atención para los fenicios, por lo tanto, es lógico pensar que en esta zona se produjeran las primeras muestras

escritas peninsulares. La nueva escritura está atestiguada, según de Hoz (1983: 359), en los siglos VIII o VII a. C., sin embargo, los documentos epigráficos son bastante pobres.

3.2.2. Escritura meridional

La escritura meridional es retrógrada (se escribe de derecha a izquierda) y no sabemos exactamente qué lengua anota. La zona corresponde en parte con la famosa Tartessos del rey Argantonio (véase Libro de los Reyes I, 10, 21-23; Crónicas II, 20:

36-37; o Ezequiel 27:12 y 38:13). Su antigüedad explica la utilización de formas arcaicas del alfabeto fenicio que más tarde desaparecen. Este signario lo encontramos, principalmente, en estelas funerarias.

3.2.3. Escritura greco-ibérica

La escritura

greco-ibérica se escribe de izquierda

a derecha.

Surge

de

las

relaciones de los pobladores indígenas con los comerciantes griegos. Su cronología es del siglo IV a. C. Se trata de un alfabeto creado para escribir textos ibéricos partiendo de una alfabeto greco-jónico. El primer hallazgo se produjo en un plomo de Alcoi (Alicante). Transcribe la lengua ibérica (o al menos, un dialecto de ella).

3.2.4. Escritura ibérica

La escritura ibérica se escribe también de izquierda a derecha y anota la lengua ibérica (probablemente, la misma que la anterior) o sus diferentes dialectos. Según Siles (1976, 1985), la escritura ibérica clásica (o nororiental) surge, básicamente, de la fusión de la escritura meridional y la escritura greco-ibérica. El alfabeto ibérico utiliza 28 signos (véase gráfico 3) de los cuales son silábicos tres grupos (las consonantes oclusivas sonoras y sordas). Por las fechas que manejamos (siglo VI o V a. C.) sería un anacronismo pensar que este alfabeto es un semisilabario (mezcla de alfabeto y silabario) propiamente dicho, es más adecuado considerar que era una adaptación artificial (véase Guadán, 1985: 27), creada para ahorrar trabajo al artesano (algo parecido a lo que sucede hoy con el lenguaje de los móviles, en el que usamos «bs» por «besos»). Aunque este alfabeto toma los signos de los alfabetos púnico y griego, su valor en el alfabeto ibero es muy distinto (véase de Hoz, 1983: 372). La lengua que transcribe se extiende desde Andalucía oriental hasta la Galia narbonense (desde la cuenca mediterránea hasta el río Herault en el Languedoc). Esta escritura se utilizó también para anotar las lenguas celtibera, gala y ligur.

Ocupa el territorio que va desde la cuenca baja del Guadalquivir a la desembocadura del río

3.3. ¿Cómo se relacionan las escrituras peninsulares entre sí?

Como hemos señalado anteriormente, todas las escrituras prerromanas hispánicas proceden de alfabetos foráneos. La escritura del suroeste y la meridional parecen ser una adaptación de la escritura fenicia (o púnica), y las escrituras greco-ibérica e ibérica propiamente dicha proceden del alfabeto griego primitivo con influencia fenicia (véase Siles, 1976, 1985; o de Hoz, 1983). Podemos ver la comparación que de las mismas hace de Hoz (1983:373) en el siguiente gráfico:

Gráfico (3) fenicia / meridional || meridional / ibérica Escrituras prerromanas (tomados de de Hoz, 1983: 373)

En

realidad,

las

diferentes

escrituras

ibéricas pueden considerarse como un

conjunto de etapas en orden cronológico de las cuales la escritura ibérica

valenciana

es

su

desarrollo final.

No

obstante, no debemos pensar en formas

de escritura completamente diferenciadas (véase gráfico 3), sino en

un mundo mucho menos definido que el nuestro en el que la escritura, como el resto de las costumbres en general, eran

permeables

a

muchas

influencias.

Recordemos, además, que la mayor parte de los restos encontrados (figuras, lápidas, téseras, vasijas) tienen como

soporte

la piedra

y

el metal (plomo

o

Ocupa el territorio que va desde la cuenca baja del Guadalquivir a la desembocadura del río

6

bronce), y que, por lo tanto, es normal que los signos no estuviesen completamente normalizados y que fluctuasen incluso en manos de un mismo artesano.

bronce), y que, por lo tanto, es normal que los signos no estuviesen completamente normalizados y

3.4. En qué mundo nació la escritura ibérica

Aventurar lo que sucedió en una época tan lejana a la nuestra partiendo de datos dispersos es un poco arriesgado, pero, las informaciones que poseemos apuntan a que la expansión de la escritura ibérica, y de la lengua que notaba, sucedió tras la decadencia de la cultura tartésica (véase Taradell, 1985). En ese periodo de crecimiento económico, cultural y demográfico del mundo ibérico, la escritura de los iberos no sólo se extendió hacia el norte y hacia el sur, sino que fue adoptada, como hemos dicho, por pueblos indoeuropeos vecinos como los celtiberos, que la conservaron hasta el siglo I a. C. (véase de Hoz, 1983: 367). Los contactos de los iberos con el mundo griego de las colonias de Rhodes y Emporión (> Ampurias y Rodes) explican una cierta helenización ibérica posterior, tanto en la escritura como en el arte, no obstante, como afirma Tarradell (1985:8), la cultura ibera presenta personalidad suficiente para que cualquiera de sus productos pueda ser identificado con facilidad. Los siglos V a III a. C. son, además, la cumbre del arte ibérico (véase Blázquez, 1985; o Tarradell, Rafel y Tarradell, 1985) y en esas fechas se datan, por ejemplo, las damas de Baza (Granada) y Elche (Alicante) o el conocido guerrero de Moixent (Valencia).

Gráfico (6)

bronce), y que, por lo tanto, es normal que los signos no estuviesen completamente normalizados y
bronce), y que, por lo tanto, es normal que los signos no estuviesen completamente normalizados y

Dama de Elche (Alicante) (tomado de Tarradell, 1985)

A parte del florecimiento cultural autóctono postartésico, las condiciones políticas posteriores y las luchas entre romanos y cartagineses (las guerras púnicas), ayudaron a la expansión de la escritura y cultura ibéricas en sus últimos siglos de vigencia (véase Tarradell, 1985: 8).

Partiendo de las fuentes clásicas (véase Blázquez, 1961; Jacob, 1988; Wagner, 1999), sabemos que los romanos desembarcaron en las costas ibéricas en el siglo III a. C. con el pretexto de ayudar a Sagunto, ciudad que se encontraba bajo la fides de Roma. La excusa que dan los romanos para la acción bélica es que los púnicos habían invadido su zona de influencia, señalada por el río Iberus, que servía de frontera (el Tratado del Ebro de 226 a. C.). El nombre de este río ha sido identificado por los historiadores como el río Ebro, partiendo de las reglas evolutivas del castellano (véase

7

Jacob, 1988). Ahora bien, si tenemos en cuenta la posición geográfica que ocupa el río Ebro actual y el lugar en el que se sitúa Sagunto (la Arse ibérica), llegaremos a la conclusión de que o bien la excusa de los romanos no era tal excusa, o bien el río o la ciudad saguntina han cambiado de sitio. En este sentido, Carcopino (1953) señala que el error no está en la geografía, sino en la traducción de Iberus por Ebro. Es cierto que la forma latina Iberus produce evolutivamente Ebro, pero Iberus no era el nombre del río, tal y como hoy lo conocemos, sino la palabra ibérica para río, para cualquier río (lo apoyan, por ejemplo, el ibar/ibai o ría/río del euskera actual). Así, pues, como señala Carcopino (1953), o más tarde Jacob (1988), Iberus no es el río Ebro, sino un río importante, el cual, si tenemos en cuenta la situación de Sagunto, deberíamos hacer coincidir con el río Júcar o incluso el Segura. Esto justificaría que los romanos acudieran a ayudar a los saguntinos, pero también la expansión posterior de los iberos en el periodo anterior a la presión cultural romana. La II guerra púnica o guerra de Anibal (218 a. C.), que tiene como resultado el triunfo romano (delenda est Carthago), dejaría a los iberos, aliados de Roma, un terreno propicio a su expansión, y ello explica que la cultura, la escritura y la lengua ibéricas alcanzasen tan extraordinario desarrollo.

4. ¿Qué lenguas anotan estas escrituras?

La existencia de varias notaciones, a las que debemos sumar algunas variantes y/o etapas diferentes, nos podría llevar a pensar que nos encontramos ante dos o tres lenguas distintas; pero de nuevo no hay acuerdo entre los especialistas (véase de Hoz, 1983; Siles, 1985; Guadán, 1985).

La escritura meridional, que se escribe de derecha a izquierda (como el fenicio), y que desaparece relativamente pronto, parece señalar una lengua no indoeuropea que algunos han hecho coincidir con la lengua de la antigua Tartessos (la supuesta Tarsis bíblica). Las escrituras greco-ibérica e ibérica (con sus variantes) parecen anotar una nueva lengua, también no indoeuropea, a la que se denomina tradicionalmente ibérico. Las similitudes -cuando las hay- apuntan al vocabulario, pero esto no hace más que aumentar las dudas, pues el vocabulario es la parte más permeable de la lengua a las influencias extranjeras.

4.1. ¿Cuál es el origen de la lengua ibérica?

Estrabón

(XI,

2,

19) llamó

a

toda

la Península

'Ibhria (Hiberia) porque sus

habitantes (en este caso los pueblos de la zona mediterránea) tenían una cierta semejanza con los habitantes de una zona del Cáucaso (actual Georgia) del mismo nombre. Todo ello, como ha demostrado brillantemente Domínguez Monedero (1983), es un error en el que convergen los mitos y los conocimientos geográficos que los griegos tenían en ese momento del mundo conocido. Independientemente de lo anterior, esta conexión casual o anecdótica ha dado pie a relacionar el ibero con las lenguas caucásicas y más tarde con las lenguas camíticas (como el bereber actual) o con la lengua vasca. Más allá de los datos que nos proporcionan las fuentes clásicas o de la misma leyenda, lo que sí está claro es que de momento los textos notados en escritura ibérica no pueden traducirse utilizando ninguna lengua actual.

Gráfico (7)

Jacob, 1988). Ahora bien, si tenemos en cuenta la posición geográfica que ocupa el río Ebro

Plomo de Alcoi (s. VI a. C.) según la lectura de Gómez-Moreno (1925) (en Sanchis Guarner, 1985)

[Irike or'ti garokan dadula bask/ buistiner' bagarok sssxc turlbai/ lura legusegik baSerokeiunbaida/ urke baSbidirbar'tin irike baSer/ okar' tebind begalasikaur iSbin/ ai aSgandiS tagiSkarok binike/ bin salir' kidei gaibigait

Ar'nai/ SakariSker

IunStir' salir'g baSistir Sabadi/ dar bir'inar gurs boistingisdid/ Sesgersduran SeSdirgadedin/ Seraikala naltinge bidudedin ildu/ niraenai bekor Sebagediran]

8

A pesar de las dificultades, autores como Siles (1976) o de Hoz (1983) proponen traducciones viables para ciertas palabras y elementos morfosintácticos. Una inscripción como iltirbikis-en seltar-Yi, atestiguada en una lápida ibérica de Cabanes (Valencia), podría traducirse, según de Hoz (1983: 385 y ss.), como «yo soy la tumba de Iltirbikis» por comparación con lo aparecido en muchas otras inscripciones. De Hoz, siguiendo los principios de la tipología lingüística, propone, además, que el orden de palabras del ibero sería SOV (sujeto+objeto+verbo), con lo cual tendríamos una hipotética coincidencia con el vasco que también es SOV (véase Padilla, 2005: 44). Siles (1976:

24), por su parte, estudia la composición nominal de la onomástica ibérica y atribuye los sufijos -nin y -eton al femenino. Conocemos, pues, algunas palabras (seltar, tumba; salir, plata; etc.) y podemos deducir algunos elementos morfológicos -sken, -etar, -ite, -ko, etc.), pero los verbos y el léxico en general son todavía un misterio.

4.1.2. El vasco-iberismo

La tesis más polémica de todas las que se manejan sobre la filiación del ibero es la que lo emparenta con el vasco. Según Tovar (1980), la palabra ibero procede del hidrónimo iberus flumen (río ibero > río Ebro) que se explica, como veíamos antes, a

partir

del vasco

ibar (ría,

estuario) o

ibai

(río). El apelativo

ibar

en

boca

de

los

marineros y comerciantes jonios pudo convertirse en iberus (> ibero, río) y los habitantes de la zona en iberos, que podríamos traducir algo así como «los del río». Hoy en día existe el apellido vasco Ibarra o Iborra con idéntico significado.

Este tipo de coincidencias y muchas otras ya propiamente intralingüísticas, como que ambas lenguas compartan una fonética parecida (por ejemplo, las cinco vocales), que topónimos valencianos actuales puedan ser explicados acudiendo a la lengua vasca (Arriola de harri, piedra; Ibi de ibi, vado; Ondara de ondar, arena; Sorita de zuri, blanco, etc.), o que ambas tengan el mismo orden de palabras (SOV), llevó a varios investigadores a proponer no sólo su parentesco, sino su equivalencia: el vasco y el ibero serían la misma lengua.

Esta

hipótesis

ha

sido fuertemente

criticada, sin embargo, si combinamos

informaciones lingüísticas, geográficas e históricas, no es tan descabellada como algunos pretenden hacer ver. Los datos que tenemos sobre los movimientos de poblaciones en el periodo conocido como de los Campos de Urnas (urnenfelder) nos

señalan que la indoeuropeización de la P. I. se produjo entre los siglos XI a V a. C. (véase Fullola, 1985 o Cavalli-Sforza, 1998). Las fuentes clásicas (Estrabón, Livio, Plinio, Diodoro, Polibio, etc.) indican, por su parte, una distribución de las poblaciones prerromanas en la que los vascones están aislados en terrero aparentemente

indoeuropeo (véase Domínguez Monedero, 1983:

219).

Y

el

análisis de

los datos

lingüísticos, por último, permite afirmar, como hemos visto, que entre el ibero (o los dialectos que lo forman) y el vasco actual hay ciertas semejanzas de familia. Combinando todos estos factores, es posible proponer que, antes de la indoeuropeización de la Península, pudo haber continuidad (al menos isoglósica) entre las lenguas que ocupaban la zona pirenaico-mediterránea, en la que incluiríamos el tartesio, el ibero (o sus dialectos), el vasco, y otras lenguas y dialectos de los que no tenemos noticias. Esto no significaría, por supuesto, uniformidad lingüística (una sola lengua), pero sí, como decimos, una posible relación de familia.

4.2. El ibero como koiné

No faltan tampoco los autores que consideran que el ibérico no es una lengua en el sentido estricto del término, sino una koiné (oral o escrita) utilizada por los comerciantes (no sólo iberos sino también fenicios y griegos) como forma de intercambio en una zona muy rica en materias primas y un fuerte crecimiento político-

cultural

(véase

Guadán, 1985).

Esta

interpretación

en realidad

no

invalida

las

anteriores, pues, no habla de la filiación lingüística sino del uso real. El ibero, o el

conjunto de dialectos a los que llamamos ibero, sería una especie de lingua franca que, manteniendo su carácter independiente, bebería de varias fuentes, especialmente, en el léxico.

A pesar de las dificultades, autores como Siles (1976) o de Hoz (1983) proponen traducciones viables

4.3. Las lenguas indoeuropeas peninsulares

La situación de las lenguas indoeuropeas es en apariencia menos interesante que la de sus vecinas, entre otras cosas, porque sólo dos (el celtibero y el lusitano) dejaron testimonios escritos y ninguna de ellas creó una escritura propia.

9

Las lenguas indoeuropeas peninsulares entroncan con las vecinas lenguas del continente europeo. Según el mapa que hemos trazado en el apartado 2, la zona indoeuropea corresponde a varios pueblos llegados a través de los Pirineos cuyos asentamientos o ciudades utilizaban el sufijo -briga (ciudad) en una primera etapa y -dunum/-acum (fortaleza) en una segunda (véase Fullola, 1985:30). Los pueblos indoeuropeos no tenían unidad lingüística, y podemos pensar por su número y por el vasto territorio que ocupaban (dos terceras partes de la P. I.) que o bien hablaban lenguas distintas, pero relacionadas entre sí, o bien había gran diversidad dialectal. Como hemos dicho, sólo el celtíbero y el lusitano dejaron documentos escritos. Del estudio de estos documentos se deduce que eran dos lenguas distintas.

Por lo que respecta a la escritura, el lusitano se escribió en el siglo II a. C. y utilizó para ello el alfabeto latino; el celtibero, por el contrario, se empezó a escribir ya antes de la llegada de los romanos y empleó el alfabeto ibérico (véase de Hoz, 1983: 374). Los documentos celtiberos escritos en ibérico llegan hasta el siglo I a. C., por lo tanto, los celtiberos siguieron utilizando el alfabeto ibérico incluso cuando los iberos ya habían dejado de usarlo por la presión cultural romana (época de Augusto). Se deduce de todo ello que los celtiberos, aunque fuesen una nación autónoma (situada más o menos en el Aragón central actual), estuvieron fuertemente influidos por los iberos, que tenían una cultura más rica y prestigiosa.

El estudio de los bronces celtiberos (por ejemplo, el de Botorrita, Zaragoza) nos muestra, por otra parte, una lengua céltica muy antigua, diferente de la lengua gala y emparentada al parecer con las lenguas célticas de las Islas Británicas e Irlanda. Los últimos documentos escritos en lengua celtibera utilizan ya caracteres latinos.

5. ¿Qué queda de todo aquello en el español del siglo XXI?

Los restos del mundo prerromano prevalecen todavía en las actuales lenguas peninsulares, aunque su importancia sea relativa. Dejando de lado la pervivencia del vasco o euskera actual, que es el único resto lingüístico de la Hispania prerromana, es posible rastrear, sin embargo, ciertos rasgos en el castellano, que es la lengua que ahora nos ocupa, vinculables con todas estas lenguas que hemos analizado.

5.1. El sustrato ibérico

Desde un punto de vista fonético, el castellano comparte con el vasco y con el ibero la existencia de cinco vocales /a, e, i, o, u/, y con este rasgo se diferencia de las restantes lenguas románicas (excepto el sardo). Si observamos las consonantes del ibero y las comparamos con las del castellano actual (véase gráfico 3), tampoco encontraremos muchas diferencias, aunque en este caso la evolución castellana es independiente de la influencia ibérica.

Por lo que respecta a la morfología, se suele afirmar (véase Lapesa, 1981; Cano Aguilar, 1988; Martínez y Echenique, 2000; etc.) que sufijos como -arro (-urro, -erro) o -ieco, -ueco, -asco (que no tienen equivalente latino) deberían ser influencia del sustrato ibérico. Los encontramos en palabras como: baturro, calentorra, mazueco, muñeca, peñasco, ventisca, etc.

Por último, el ibero o sus parientes se dejan sentir aparentemente en el léxico y la toponimia. Son palabras no indoeuropeas prerromanas: arroyo, conejo, charco, galápago, garrapata, gusano, perro, silo, toca, zarza, y muchas otras que no tienen una ubicación clara. Encontramos, además, numerosos topónimos de origen ibero que hoy conservamos latinizados: Acci (> Guadix), Basti (> Baza), Dertosa (> Tortosa), Gerunda (> Girona), Ilici (> Elche). También se habla del posible origen ibero(-vasco) del apellido García (<Garseitz) o Blasco, Velásquez y Velasco (con sufijo ibérico -asco) (véase Sanchis Guarner, 1985).

Las lenguas indoeuropeas peninsulares entroncan con las vecinas lenguas del continente europeo. Según el mapa que

10

5.2. El sustrato indoeuropeo

Desde un punto de vista fonético, se afirma que la sonorización en castellano de las consonantes oclusivas sordas latinas intervocálicas (VITA> vida) se debe al sustrato céltico y al fenómeno conocido como la lenición consonántica, que es propio de estas lenguas, aunque no todos los autores coinciden en esta interpretación (véase Martínez Alcalde y Echenique, 2000).

El sustrato indoeuropeo prerrománico también se observa en la morfología, pues se atribuyen a estas lenguas (véase Lapesa, 1981 o Cano Aguilar, 1988) los sufijos -aiko o -aeko que dan como resultado el español -iego, en palabras como andariego, mujeriego, palaciego, etc.

Y lo mismo sucede con el léxico, en donde volvemos a encontrar tanto voces comunes como topónimos. Incluiríamos aquí palabras como abedul, álamo, baranda, basca, berro, bota, braga, busto, cantiga, estancar, gancho, garza, greña, puerco, tarugo, toro, virar, etc. Hay topónimos como Segovia (de seg- victoria), Segorbe (de Segóbriga y a su vez de -briga, ciudad), Lobra, Obra, Zobra (con la variante -bra), Alobre y Pezobre (con -bre), etc.

5.2. El sustrato indoeuropeo Desde un punto de vista fonético, se afirma que la sonorización en

6. Conclusiones

Como hemos podido comprobar, las escrituras y lenguas prerromanas abren todavía hoy un mundo tan interesante como inexplorado. A pesar de las contribuciones de autores tan relevantes como Caro Baroja, de Hoz, Fletcher, Gómez-Moreno, Hübner, Humboldt, Maluquer de Motes, Michelena, Siles y muchos otros, el estudio de la epigrafía hispánica prerromana depende aún de que el destino ponga en manos de los investigadores la piedra Rosetta ibérica. Hasta entonces, el campo de operaciones es tan amplio que requiere de la colaboración de ciencias auxiliares tan distintas como la arqueología, la epigrafía, la numismática, la historia antigua, la historia de las religiones, la onomástica, la hidronimia y, cómo no, la lingüística. Éste es, pues, el camino que se impone recorrer para conseguir desbrozar en el futuro los enigmas de este importante periodo de la historia lingüística hispánica.

11

7. Bibliografía

Beltrán, F. y Velaza, J. (1993): «Nueva inscripción ibérica sobre bronce procedente de Aranguren (NA)», en Studia Palaeohispanica et Indogermanica Jürgen Untermann ab Hispanicis amicis oblata, I. J. Adiego, J. Siles, J. Velaza, (eds.), Aurea Saecula, Barcelona, pp. 89-99.

Blázquez, J. M. (1961): «Las relaciones entre Hispania y el Norte de África durante el gobierno bárquida y la conquista romana (237-19 a. C.)», en Saitibi, 11, pp. 21-

43.

Blázquez, J. M. (1985): «Arte y religión», en Los Iberos, Madrid, Historia 16.

Cano Aguilar, R. (1988): El español a través de los tiempos, Madrid, Arco/Libros.

Caro Baroja, J. (1954): «La escritura en la España prerromana», en Historia de España, I, 3, pp. 677-812.

Cavalli-Sforza, L. (1998): Genes, pueblos y lenguas. Barcelona, Crítica.

Carcopino, J., (1942): «La Reforme romaine du cult de Cybèle et d'Attis», en Aspects mystiques de la Rome païenne, París, p. 49 y ss.

Carcopino, J., (1953): «Le traité d'Asdrúbal et la responsabiité de la Dèuxime Guerre Punique», en REA LV, pp. 258-93.

De Hoz, J. (1983): «Las lenguas y la epigrafía prerromanas de la Península Ibérica», en Unidad y pluralidad en el mundo antiguo, Madrid, Gredos, pp. 350-396.

Del Rincón, M. (1985): «La expansión celta», en Los celtas en España, Madrid, Historia

16.

Domínguez Monedero, A. J. (1983): «Los términos 'Iberia' e 'Iberos' en las fuentes grecolatinas: estudio acerca de su origen y ámbito de aplicación», en Lucentum, 2, pp. 203-24.

Fletcher, D. (1953): Inscripciones ibéricas, Valencia, Museo de Prehistoria.

Fullola, J. (1985): «Arte y cultura», en Los celtas en España, Madrid, Historia 16.

García Aranda, M. (2005): «Pueblos prerromanos», en Liceus.

Goldwasser, O. (2005): «Where is metaphor?: Conceptual metaphor and alternative classification in hieroglyphic script», en Metaphor and cognition, London, Erlbaum.

Gómez-Moreno, A. (1949): Misceláneas, Madrid, Gredos.

Guadán, M. (1985): «Escritura y numismática», en Los Iberos, Madrid, Historia 16.

Hübner, E. (1893): Monumenta Linguae Ibericae, Berlín, Universidad.

Jacob, P., (1985): «Notes sur la toponymie grecque de la côte méditerranéenne de l'Espagne antique», en Ktema 10, 247-271.

Jacob, P., (1985b): «Le rôle de la ville dans la formation des peuples ibères», en MCV 21, 19-56.

Jacob, P., (1986): «Prernières villes de 1'Espagne préromaine», en Dossiers Histoire et Archéologie 109, 58-67.

Jacob, P., (1988): «L'Ebre de Jérôme Carcopino», en Gerión 6, 187-222.

Jacob, P., (1988b): «Un doublet dans la géographie livienne de 1'Espagne antique: les Ausétans de 1'Ebre», en Kalathos 7-8, 135-148.

Jacob, P., (1989): «Textes concernant Sagonte», en Homenatge A. Chabret, 1888- 1988, Valencia, Generalitat Valenciana, 13-28.

Lapesa, R. (1942), Historia de la lengua española, Madrid, Gredos, 1988 (9.º ed. marzo de 1981).

Lasserre, F. (ed.) (1975): Strabon. Géographie, Tomo VIII, París.

Maluquer de Motes, J. (1968): Epigrafía prelatina de la Península Ibérica, Barcelona, Universidad de Barcelona.

12

Martínez Alcalde, M. J. y Echenique, M. (2000): Diacronía y gramática histórica de la lengua española, Valencia, Tirant lo Blanch.

Michelena, L. (1945): «El ibérico -en», en Actas del I Coloquio, pp. 353-62.

Padilla García, X. (2005): Pragmática del orden de palabras, Alicante, Publicacions de la Universitat d'Alacant.

Román del Cerro, J. L. (1990): El desciframiento de la lengua ibérica en la «Ofrenda de los pueblos», Alicante, Alfaguara.

Roldán Hervás, J. M. (2005): «Los pueblos prerromanos», en Liceus.

Sanchis Guarner, M. (1985):

edición, 1960).

La llengua dels valencians, València, La unitat, (1.ª

Siles, J. (1976): Léxico de las Inscripciones Ibéricas, Salamanca, Universidad de Salamanca.

Siles, J. (1976, 1985): Léxico de inscripciones ibéricas, Madrid, Ministerio de Cultura.

Tarradell, M. (1985): «Los iberos», en Los Iberos, Madrid, Historia 16.

Tarradell, M., Rafel, N. Y Tarradell, N. (1985): «Sociedad y economía», en Los Iberos, Madrid, Historia 16.

Tovar,

A. (1980):

Mitología e ideología

sobre

la lengua

vasca, Madrid, Gredos.

Untermann, J.

(1975-80):

Monumenta

Linguarum

Hispanicarum, Wiesbaden,

Universidad.

 

Wagner, C. (1999): «Los bárquidas y la conquista de la P. I.», en Gerión, 17, pp. 262- 94. http://www.proel.org/alfabetos.

EL LATÍN EN HISPANIA: LA ROMANIZACIÓN DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. EL LATÍN VULGAR. PARTICULARIDADES DEL LATÍN HISPÁNICO

Jorge Fernández Jaén

1. La Romanización de la Península Ibérica

El Imperio Romano fue, sin duda, el mayor imperio del mundo antiguo. Se fue creando poco a poco a partir de la expansión de su capital, Roma, y pretendió conquistar todo el mundo conocido, es decir, todos los países próximos al Mar Mediterráneo, llamado mare nostrum por los antiguos romanos. Así, en su momento de máxima expansión durante el reinado de Trajano, el Imperio Romano se extendía desde el Océano Atlántico al oeste hasta las orillas del Mar Negro, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico al este, y desde el desierto del Sáhara al sur hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera con Caledonia (actual Escocia), en Gran Bretaña, al norte. En consecuencia, recibe el nombre de romanización el proceso a través del cual el Imperio Romano fue conquistando, sometiendo e integrando a su sistema político, lingüístico y social a todos los pueblos y territorios que fue encontrando a su paso. El fenómeno de la romanización es de una importancia histórica absolutamente fundamental puesto que gracias a él un amplio territorio de la antigua Europa pudo compartir una misma base social, cultural, administrativa y lingüística.

Por lo que se refiere a la conquista y romanización de la Península Ibérica, ésta se inició en el año 218. a. C., al iniciarse la segunda guerra púnica con el desembarco de los Escipiones en Emporion (hoy Ampurias, en la provincia de Gerona). Desde el mismo instante en que los romanos se introdujeron en la península, empezaron a sucederse las conquistas. Así, por ejemplo, hacia el 209 a. C. Cornelio Escipión tomó la ciudad de Cartago Nova y poco después Gadir, antigua colonia fenicia, cayó en manos romanas en el año a. C. No obstante, el proceso de conquista de Hispania no fue rápido debido a la resistencia que opusieron algunos de los lugares conquistados; por ello, la colonización de toda la península duró dos siglos ya que sólo finalizó de modo definitivo en el año 19 a. C. (época de Augusto) con el sometimiento al norte de cántabros y astures. Puede considerarse que la romanización determinó y fijó el destino de Hispania, destino dudoso hasta entonces debido a las entrecortadas influencias oriental, helénica, celta y africana que había tenido.

13

La romanización hispánica se produjo con una base social distinta de la que se había partido para conquistar territorios más próximos a Roma. A la Península Ibérica llegan colonos, soldados, comerciantes de todo tipo, funcionarios de la administración, arrendatarios e incluso gentes de baja estima social, lo que evidentemente condicionó el latín hablado en esta nueva provincia romana. Roma también llevó a cabo un reajuste de tipo administrativo de las antiguas provincias Citerior y Ulterior (que habían sido creadas en el año 197 a. C., cuando las autoridades romanas dividen el territorio hispano y lo consideran, definitivamente, una parte más del imperio); así, una parte de la Ulterior quedó anexionada por la Citerior, que ahora se llamará Tarraconense (considerada provincia imperial). El resto de la Ulterior se subdividió en dos nuevas provincias; por un lado, la Baetica y por otro la Lusitania. Además, la organización social de Hispania refleja la misma estructura social que el resto del imperio (al menos en un primer momento); de este modo, la población (cives) se dividía en ciudadanía plena y libre (romani), ciudadanía con libertad limitada (latini), habitantes libres (incolae) sin derecho a ciudadanía, los libertos (liberti) y los esclavos (servi). Con el paso del tiempo y a medida que la romanización se fue asentando, los nativos fueron obteniendo progresivamente el derecho de ciudadanía, hasta que en el S. III d. C. (época de Caracalla) se generalizó este derecho para la totalidad de la población del Imperio. Naturalmente, en el momento en que una nueva zona era anexionada, se implantaba también en ella, además de la estructura social, la estructura militar, técnica, cultural, urbanística, agrícola y religiosa que había en Roma, lo que garantizaba la cohesión del imperio.

Por lo que respecta a la latinización (adopción del latín como lengua por parte de los pueblos colonizados en detrimento de sus lenguas autóctonas) hay que decir que no fue un proceso agresivo ni forzado: bastó el peso de las circunstancias. Los habitantes colonizados vieron rápidamente las ventajas de hablar la misma lengua que los invasores puesto que de ese modo podían tener un acceso más eficaz a las nuevas leyes y estructuras culturales impuestas por la metrópoli. Además, los nuevos habitantes del Imperio sentían de forma casi unánime que la lengua latina era más rica y elevada que sus lenguas vernáculas, por lo que la situación de bilingüismo inicial acabó convirtiéndose en una diglosia que terminó por eliminar las lenguas prerromanas. Por tanto, fueron los hablantes mismos, sin recibir coacciones por parte de los colonos, quienes decidieron sustituir sus lenguas maternas por el latín. No obstante, hubo en Hispania una excepción a este respecto, ya que los hablantes de la lengua vasca nunca dejaron de utilizarla, lo que permitió que sobreviviera, fenómeno de lealtad lingüística que se dio en varias partes del Imperio, como en Grecia, que nunca perdió el griego pese a su fuerte romanización.

culturales al mundo latino, sobre todo en el campo de las letras. Así, tenemos retóricos de Hispania como Porcio Latrón, Marco Anneo Séneca y Quintiliano. También pertenecen a esta parte del Imperio escritores latinos tan importantes como Lucio Anneo Séneca, Lucano y Marcial, que escribieron obras muy relevantes en las que

algunos críticos han visto literatura españolas.

los rasgos fundacionales del

espíritu

de

la

cultura

y

la

2. El latín vulgar

¿Qué es el latín vulgar?

El

latín,

al

igual

que

todas las demás

lenguas,

tenía variedades lingüísticas

relacionadas con factores dialectales (variedades diatópicas), con factores socioculturales (variedades diastráticas), con factores históricos y evolutivos (variedades diacrónicas) y con factores relacionados con los distintos registros expresivos (variedades diafásicas); pues bien, el latín vulgar (también llamado latín popular, latín familiar, latín cotidiano o latín nuevo) era la variante oral del latín, es decir, el latín que utilizaban los romanos (fueran cultos, semicultos o analfabetos) en la calle, con la familia y, en general, en los contextos relajados. Se trata, por tanto, de un latín que se aleja del latín clásico y normativo debido a la espontaneidad y viveza que le otorga su naturaleza oral y cotidiana. Esta variante diafásica de la lengua latina es de vital importancia puesto que es de ella (y no del latín culto de la literatura y los registros formales) de donde van a proceder las lenguas romances o románicas, y más en concreto del latín vulgar del período tardío (S. II-VI).

A principios del S. XX, el gran filólogo D. Ramón Menéndez Pidal empezó a estudiar el latín vulgar guiado por la intuición de que debía ser en esa variante en la que se encontrasen las pautas para poder reconstruir y entender el origen del español y del resto de lenguas romances. Desde entonces, las investigaciones realizadas en el terreno de la Filología Románica han permitido entender mucho mejor el origen de estas lenguas. No obstante, un problema se plantea de inmediato: ¿cómo estudiar una variante lingüística que es oral y que se distancia mucho de las variantes escritas? ¿De dónde se puede extraer información? Los filólogos que se han ocupado de este asunto han sido capaces, con el tiempo, de hallar algunos materiales muy valiosos.

En definitiva,

la romanización dotó de

una identidad estable

a Hispania

y

la

introdujo de lleno en un Imperio que había de ser decisivo en la evolución de la Historia de la Humanidad. Con el paso del tiempo, Hispania también aportó grandes beneficios

14

Fuentes para el conocimiento del latín vulgar

Dado

que

el

latín

vulgar era

oral

y

evanescente y que

sólo

se

empleaba en

contextos relajados, ¿de dónde podemos obtener información acerca de sus características? Es evidente que no existe ningún texto escrito en latín vulgar; a lo sumo, tenemos textos en los que se encuentran algunos vulgarismos dispersos, perdidos entre el estilo lujoso y cuidado que caracteriza a la literatura latina. No obstante, gracias a los vulgarismos que se pueden rescatar de algunas obras cultas (incluidos en ellas por razones muy variadas) y a algunos textos escritos por personas no demasiado cultivadas, la filología ha podido reunir un conjunto de materiales relativamente amplio. Veamos a continuación cuáles son las principales fuentes para conocer el latín vulgar.

a) Obras de gramáticos latinos. Son muchos los autores latinos que, en su afán de purismo, reprenden y denuncian determinadas pronunciaciones incorrectas. El primero de los autores que censuró estos errores fue Apio Claudio (hacia el 300 a. C.), seguido por muchos otros, como Virgilio Marón de Tolosa (S. VII) o el historiador lombardo Pablo Diácono (740-801). Con todo, las correcciones expresivas que señalan estos autores hay que tomarlas con prudencia, ya que muchas de ellas son arbitrarias e incluso abiertamente irreales. La obra más importante de este conjunto es, sin ninguna duda, el llamado Appendix Probi (¿S. IV a. C.?), llamado así porque se conserva en el mismo manuscrito que un tratado del gramático Probo. Es una especie de «gramática de errores» que cataloga y corrige 227 palabras y fórmulas tenidas por incorrectas, como por ejemplo las siguientes: vetulus non veclus, miles non milex, auris non oricla, mensa non mesa, etc. Lo relevante es que gracias a este texto se ha podido constatar que muchas palabras de las lenguas románicas han evolucionado a partir de la forma vulgar y no de la normativa.

b) Glosarios latinos. Se trata de vocabularios muy rudimentarios, generalmente monolingües, que traducen palabras y giros considerados como ajenos al uso de la época (glossae o lemmata) por expresiones más corrientes (interpretamenta). El más antiguo de ellos es el glosario de Verrius Flaccus, De verborum significatione, del tiempo de Tiberio, pero que sólo es conocido por un resumen de Pompeius Festus (¿S. III?). También es muy conocido el lexicógrafo latino Isidoro de Sevilla (hacia 570-636), autor de Origines sive etymologiae, obra en la que aparecen muchas noticias sobre el latín tardío y popular, tanto de España como de otros lugares. También pertenecen a este tipo de textos las famosas Glosas Emilianenses (de San Millán, provincia de Logroño, ¿mitad del S. X?) y las Glosas de Silos (Castilla, S. X), donde se encuentran voces como lueco (español luego) o sepat (español sepa, subjuntivo del verbo saber).

  • c) Inscripciones latinas. Las inscripciones son una fuente muy interesante para

conocer variantes poco cuidadas del latín. Conservamos en la actualidad inscripciones muy variadas, en las que pueden leerse todo tipo de textos: dedicatorias a divinidades, proclamas públicas, anuncios privados, textos honoríficos, etc. La mayoría de ellas

están grabadas, aunque también las hay pintadas e incluso trazadas a punzón.

  • d) Autores latinos antiguos, clásicos y de la «edad de plata» (desde la muerte de

Augusto hasta el año 200). Son muchos los escritores romanos que reprodujeron en sus obras estilos descuidados o familiares. Por ejemplo, Cicerón solía utilizar en sus cartas personales muchas expresiones coloquiales como mi vetule (mi viejo). Por otro lado, muchos dramaturgos, como Plauto, ofrecen en sus obras diálogos llanos, propios de la gente del pueblo más iletrado. Lo mismo sucede cuando un autor relata alguna anécdota curiosa, sobre todo si el protagonista de la misma pertenece a una baja clase social (como se ve en las obras de Horacio, Juvenal, Persio o Marcial). Por último, merece una especial atención El satiricón (60 a. C.) de Petronio, especie de novela picaresca repleta de charlatanes vulgares y obscenos.

  • e) Tratados técnicos. En algunos textos técnicos se pueden apreciar ciertas

imprecisiones expresivas. Por ejemplo, M. Vitrubio Polión escribió un tratado de arquitectura en tiempos de Augusto y pidió excusas por su escasa corrección lingüística. También son dignos de mención muchos autores de tratados de agricultura, como Catón el viejo, Varrón y Columela (bajo Tiberio y Claudio) que tienen, en general, pocos conocimientos gramaticales. Especialmente valiosas, a causa de su lengua repleta de elementos populares, son las obras técnicas de baja época, tales como la Mulomedicina de Chironis, tratado de veterinaria de la segunda mitad del S. IV repleto de vulgarismos.

f) Historias

y crónicas

a

partir

del

S.

VI.

Se

trata

de obras

toscas

y

sin

pretensiones literarias, redactadas en un latín muy descuidado. Tenemos la Historia Francorum, de Gregorio, obispo de Tours (538-594); el Chronicarum libri IV, de Fredegarius (obra escrita en realidad por varios autores anónimos que relata la historia de los Francos); el Liber historiae Francorum, que se tiene por anónimo, aunque pudo ser compuesto por un monje de Saint-Denis en el 727; y, por fin, las compilaciones de historia gótica y universal de Alain Jordanès (S. VI), obra fundamental en su género.

  • g) Leyes, diplomas, cartas y formularios. La lengua de estos textos es híbrida y

sorprendente, mezcla de elementos populares y reminiscencias literarias. Hay que recalcar que las cartas y diplomas originales tienen el mérito de estar desprovistos de correcciones que alteran los manuscritos de los textos literarios. En Galia se trata de documentos relativos a la corte de los reyes merovingios; en Italia son edictos y actas

15

redactados bajo los reyes lombardos (S. VI-VII); en España, tales textos provienen de los reyes visigodos (S. VI-VII) y de los siglos siguientes.

h) Autores cristianos. Los cristianos de los primeros tiempos rechazaron decididamente el excesivo normativismo del latín clásico, lo que les llevó, en muchas ocasiones, a emplear un latín mucho más relajado en la redacción de sus textos. Así, este latín de los cristianos, sobre todo el de las antiguas versiones de la Biblia, estaba cuajado de expresiones y giros propios de la lengua popular, por un lado, y por otro de elementos griegos o semíticos tomados en préstamo o calcados. De hecho, los traductores de la Sagrada Escritura se preocupaban más de la inteligibilidad de la versión que del estilo, actitud utilitaria que justificaba emplear un latín desmañado siempre que fuera preciso. Fue S. Jerónimo quien, aun conservando numerosas expresiones populares, hizo una versión más pulida y literaria de la Biblia, conocida como la Vulgata. También se pueden encontrar muchos datos interesantes en la poesía cristiana del S. IV, en los himnos religiosos de la alta Edad Media (especialmente útiles para conocer detalles acerca de la pronunciación del latín de la época baja) o en las obras hagiográficas o de vida de santos, como las que escribió Gregorio de Tours, hombre más piadoso que literato.

i) Papiros y cartas personales. Se han encontrado también diversos papiros y textos epistolares pertenecientes a soldados residentes en las diversas provincias del Imperio que han resultado muy útiles para conocer rasgos del latín vulgar.

Gracias a todas estas fuentes, los filólogos han reunido muchos datos relativos a la forma del latín hablado en la época imperial. Sin embargo, los datos aislados no permiten obtener una visión global de cómo era el latín vulgar, por lo que, en última instancia, debe ser la gramática comparada de las lenguas romances la que revele cómo era ese latín hablado y cómo evolucionó. Hay que recordar que las lenguas evolucionadas a partir de la latina asumieron propiedades que ya se encontraban cifradas en las últimas etapas evolutivas del latín. Por ello, teniendo en cuenta cuáles son los principales rasgos de las lenguas romances (desde un punto de vista tipológico) y cuáles son las características del latín vulgar recuperadas gracias a las fuentes antes descritas, se puede reconstruir de un modo bastante fiable un modelo que explique cómo era el latín que sirvió de base para que surgieran las lenguas románicas.

Características del latín vulgar

El

conocimiento

del

latín

vulgar

es imprescindible

para

poder explicar las

características gramaticales de las diferentes lenguas romances. Es una tendencia general de todas las lenguas del mundo evolucionar siempre a partir de los usos más relajados y espontáneos y no a partir de los registros más cuidados y formales,

vinculados casi siempre

al terreno

de

la lengua escrita

en general

y literaria

en

particular. De hecho, son muchas las características de las lenguas romances que no tendrían explicación si no se conociera el latín vulgar, ya que se trata de rasgos que jamás hubieran podido surgir a partir del latín clásico tal y como lo conocemos. A continuación ofrecemos un listado con las características más importantes del latín vulgar.

  • a) Orden de palabras. La construcción clásica del latín admitía fácilmente los

hipérbatos y transposiciones, por lo que era muy frecuente que entre dos términos ligados por relaciones semánticas o gramaticales se intercalaran otros. Por el contrario, el orden vulgar prefería situar juntas las palabras modificadas y las modificantes. Así, por ejemplo, Petronio aún ofrece oraciones como «alter matellam tenebat argenteam», aunque, tras un largo proceso, el hipérbaton desapareció de la lengua hablada.

  • b) Determinantes. En latín clásico los determinantes solían quedar en el interior de

la frase, sin embargo, el latín vulgar propendía a una colocación en que las palabras se

sucedieran con arreglo a una progresiva determinación, al tiempo que el período sintáctico se hacía menos extenso. Al final de la época imperial este nuevo orden se abría paso incluso en la lengua escrita, aunque permanecían restos del antiguo, sobre todo en las oraciones subordinadas.

  • c) Las declinaciones. El latín era una lengua causal, con cinco declinaciones, en la

que las funciones sintácticas estaban determinadas por la morfología de cada palabra. Sin embargo, ya desde el latín arcaico se constata la desestima de este modelo y se advierte que empieza a ser reemplazado por un sistema de preposiciones. El latín vulgar propició de forma definitiva este nuevo modelo, y generó nuevas preposiciones, ya que las existentes hasta ese momento eran insuficientes para cubrir todas las necesidades gramaticales. Así, se crearon muchas preposiciones nuevas, fusionando muchas veces dos preposiciones que ya existían previamente, como es el caso de detrás (de + trans), dentro (de + intro), etc. Además, la pérdida de las desinencias causales provocó importantes transformaciones en el latín vulgar, simplificando los paradigmas léxicos hasta oponer únicamente una forma singular a otra forma plural, simplificación que fue adoptada por las lenguas romances. De hecho, sólo el francés y el occitano antiguo conservaron una declinación bicausal con formas distintas para el nominativo y el llamado caso oblicuo, declinación que desapareció antes del S. XV mediante la supresión de las formas de nominativo.

16

  • d) El género. También se simplificó en latín vulgar la clasificación genérica; los

sustantivos neutros pasaron a ser masculinos (tempus > tiempo) o femeninos (sagma > jalma), aunque también hubo muchas vacilaciones y ambigüedades, sobre todo para los sustantivos que terminaban en -e o en consonante (mare > el mar o la mar). También hay que señalar que muchos plurales neutros se hicieron femeninos singulares debido a su -a final (ligna > leña, folia > hoja), de ahí el valor de colectividad que todavía hoy mantienen en muchos contextos (la caída de la hoja).

  • e) Los comparativos. En latín clásico los comparativos en -ior y los superlativos en

-issimus, -a, -um (que eran construcciones sintéticas) fueron desapareciendo en favor

de las construcciones vulgares analíticas, construidas a partir de magis

...

qua (m). Sólo

mucho más tarde, y por vía culta, se reintrodujo el superlativo en -ísimo, -a que aún perdura en la actualidad.

  • f) La deixis. La influencia del lenguaje coloquial, que prestaba mucha importancia

al elemento deíctico o señalador, originó un profuso empleo de los demostrativos. Aumentó muy significativamente el número de demostrativos que acompañaban al sustantivo, sobre todo haciendo referencia (anafórica) a un elemento nombrado antes. En este empleo anafórico, el valor demostrativo de ille (o de ipse, en algunas regiones) se fue desdibujando para aplicarse también a todo sustantivo que se refiriese a seres u objetos consabidos; de este modo surgió el artículo definido (el, la, los, las, lo) inexistente en latín clásico y presente en todas las lenguas romances. A su vez, el numeral unus, empleado con el valor indefinido de alguno, cierto, extendió sus usos acompañando al sustantivo que designaba entes no mencionados antes, cuya entrada en el discurso suponía la introducción de información nueva; con este nuevo empleo de unus surgió el artículo indefinido (un, una, unos, unas) que tampoco existía en latín clásico.

  • g) La conjugación. Por lo que respecta a la conjugación verbal, en latín vulgar

muchas formas desinenciales fueron sustituidas por perífrasis. Así, todas las formas simples de la voz pasiva fueron eliminadas, por lo que usos como amabatur o aperiuntur fueron sustituidos por las formas amatus erat y se aperiunt. También se fueron dejando de lado los futuros del tipo dicam o cantabo, mientras cundían para expresar este tiempo perífrasis del tipo cantare habeo y dicere habeo, origen de los futuros románicos. Por otra parte, también va a ser en latín vulgar donde surja un nuevo tiempo que no existía en latín clásico: el condicional. A partir de formas perifrásticas como cantare habebam se va a ir formando este nuevo tiempo, que pasará después a todas las lenguas románicas (cantaría).

  • h) Fonética. El latín vulgar experimenta diversos cambios fonéticos, muchos de los

cuales van a ser decisivos para la formación de las lenguas románicas. En primer lugar,

se producen diversos cambios en el sistema acentual y en el vocalismo. El latín clásico tenía un ritmo cuantitativo-musical basado en la duración de las vocales y las sílabas; no obstante, a partir del S. III empieza a prevalecer el acento de intensidad, que es el esencial en las lenguas románicas. También se produjeron cambios muy importantes en las vocales, sobre todo en lo referente al timbre, debido a la paulatina desaparición de la cantidad (duración del sonido) vocálica como elemento diferenciador. Por lo que respecta a las consonantes, el latín tardío también experimentó cambios notables, como ciertos fenómenos de asimilación y algunos reajustes en el carácter sordo o sonoro de algunos sonidos.

i) El léxico. El vocabulario del latín vulgar olvidó muchos términos del latín clásico, con lo que se borraron diferencias de matiz que la lengua culta expresaba con palabras distintas. Así, grandis indicaba fundamentalmente tamaño en latín clásico, mientras que magnus aludía a las cualidades morales; sin embargo, el latín vulgar sólo conservó grandis, empleándolo para los dos valores. Pero además de todos los reajustes léxicos, el latín vulgar privilegió mucho el fenómeno de la derivación morfológica, por lo que empezaron a utilizarse muchos sufijos para expresar todo tipo de valores semánticos, como por ejemplo valores afectivos gracias a los diminutivos.

Como se puede ver, en los rasgos gramaticales del latín vulgar están presentes ya las principales señas de identidad de las lenguas románicas; en el S. VI, un latín fuertemente vulgarizado morirá como lengua (quedando sólo como herramienta culta para la ciencia) y de él empezarán a surgir variantes que, con el tiempo, se convertirán en las diferentes lenguas románicas. ¿Cómo se produjo esa fragmentación del latín? ¿Qué es lo que marca las diferencias entre las distintas lenguas que surgieron de él?

3. La fragmentación del latín y el surgimiento de las lenguas romances

Mucho se ha discutido acerca de la unidad de la lengua latina; mientras que algunos investigadores sostienen que el latín se mantuvo muy cohesionado y uniforme hasta su desaparición, otros aseguran que ya desde los siglos II y III había perdido su carácter unitario, por lo que se encontraba fragmentado en múltiples y variados dialectos. Lo cierto es que el latín acabó fragmentándose, dando origen a diversas lenguas nuevas; esta fragmentación, inherente en última instancia a cualquier lengua que tenga muchos hablantes, se puede explicar en el caso del latín gracias a diversos factores:

17

  • a) La antigüedad de la romanización. Dependiendo de

la

época en

que

era

colonizado cada territorio, llegaba a cada nuevo lugar un latín concreto, lo que tiene su importancia a la hora de entender la naturaleza de la nueva lengua que surge en cada lugar. Por ejemplo, en el caso de Hispania, el latín que llega en el año 218 a. C. es un

latín que aún no había llegado a la época clásica, por lo que es lógico que muchas palabras de las lenguas románicas de la Península Ibérica se hayan formado a partir de arcaísmos pertenecientes al latín preclásico, como sucede con una voz como comer, que ha evolucionado a partir de comedere en lugar del más moderno manducare.

  • b) La situación estratégica

de

Hispania. Es normal

que

las provincias más

extremas del Imperio (las que formaron con el paso del tiempo Rumanía, España y Portugal) compartan un cierto conservadurismo léxico, debido a su lejanía geográfica con respecto a Roma, núcleo de la metrópoli y fuente de innovaciones léxicas. Este fenómeno está relacionado con la mayor o menor facilidad para llegar a las distintas provincias; cuanto más aislado estuviera un asentamiento, menos dinamismo habría en el caudal léxico de la variante del latín de esa zona, y a la inversa, con todas las repercusiones que ello conlleva.

c)

El

nivel

social y

cultural

de los hablantes. Los factores diastráticos también

pudieron tener su importancia en la evolución del latín y en su fragmentación.

  • d) Influencia del sustrato. Finalmente, debe tenerse en cuenta la influencia que

pudieron ejercer en el latín las lenguas prerrománicas que se hablaban en los distintos lugares que fueron conquistados; aunque estas lenguas fueron, generalmente, sustituidas por la lengua del invasor, no cabe duda de que ejercieron cierta influencia en ella en forma de sustrato latente. Sin embargo, nuestro desconocimiento científico de dichas lenguas impide calibrar en su justa medida cómo fue esa influencia sustratística.

Sea como fuere, el latín, la poderosa lengua del imperio más grande de la Historia de la Humanidad terminó por extinguirse definitivamente como lengua viva, dejando como herencia diversas lenguas hijas que, pasados los siglos, habían de ser tan relevantes para la ciencia y la cultura universales como lo fue su lengua madre.

4. Bibliografía

——Baldinger, K. (1971): La formación de los dominios lingüísticos en la Península Ibérica, Madrid, Gredos.

——Cano Aguilar, R. (1988): El

Arco/Libros.

español a través

de los tiempos, Madrid,

——Cano Aguilar, R. (coord.) (2004): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel.

——Coseriu, E. (1977): «El problema de la influencia griega sobre el latín vulgar» en Estudios de Lingüística Románica, Madrid, Gredos, pp. 264-280.

——Díaz y Díaz, M. (1974): Antología del latín vulgar, Madrid, Gredos.

——Echenique Elizondo, M.ª T. y J. Sánchez Méndez (2005): Las lenguas de un reino. Historia Lingüística Hispánica, Madrid, Gredos.

——Lapesa, R. (1999): Historia de la lengua española, Madrid, Gredos (10.ª reimp. De la 9.ª ed. corr. y aum. 1981; 1.ª ed. 1942).

——Medina López, J. (1999): Historia de la lengua española I. Español medieval, Madrid, Arco/Libros.

——Posner, R. (1996): Las lenguas romances, Madrid, Cátedra.

——Väänänen, V. (1971): Introducción al latín vulgar, Madrid, Gredos.

——Wright, R. (1982): Latín tardío y romance temprano en España y la Francia Carolingia, Madrid, Gredos.

18

EL ESPAÑOL ARCAICO. LA APARICIÓN DE LA LITERATURA ROMANCE. JUGLARÍA Y CLERECÍA

Miguel Ángel Mora Sánchez

1. Introducción

En este capítulo compete tratar el tema -bastante controvertido- de la existencia de una lengua romance, que refleja características lingüísticas del castellano posterior. Se le ha denominado «español arcaico», aun a sabiendas de que muchos son los nombres que se le podrían aplicar. De ahí que en esta introducción haya que dar cuenta de qué se encierra bajo este concepto y cuáles son los principales problemas que se plantean para delimitarlo.

Se entiende por «español arcaico» el conjunto de manifestaciones lingüísticas, en una lengua romance cercana al futuro castellano, que se producen en una parte del dominio de la Península Ibérica antes de la aparición de los primeros documentos escritos literarios (s. XII). Sus principales características van a ser dos: la escasez del corpus y su dispersión. De hecho, ha llegado a nosotros de forma muy fragmentada y, en gran parte, a través de textos notariales.

Ya entrado el siglo XII nos podemos encontrar con textos literarios que suponen, en palabras de los expertos medievalistas, la culminación de un proceso lingüístico lento e iniciado con anterioridad. El estado de la lengua de estos textos literarios -aunque distante en gran medida del español actual- suponen un grado de evolución de los fenómenos fonéticos, que desgajan el castellano del antiguo latín hablado, muy acentuada y madura, materializada durante siglos, y de la que tenemos escasos testimonios.

1.1. El problema de la transmisión de los textos medievales.

Gran parte de estos textos se hallan conservados en códices, cuya versión ha de datarse, en ocasiones, siglos después de la versión original. Por ello, es muy importante diferenciar la fecha de composición de la obra original respecto a la fecha del

manuscrito que

ha llegado

hasta nuestros días.

La paleografía es

la disciplina que

enseña los principios fundamentales para lograr unos textos fidedignos, dotados de una credibilidad que permita al lector o investigador utilizar la versión más auténtica. La validez de dicha versión será el resultado del rigor en la aplicación de dichas técnicas paleográficas. Por eso es necesario diferenciar los distintos tipos de ediciones de textos medievales con las que se puede encontrar el lector actual (Menéndez Peláez, 1993: 53 y ss.):

Edición facsímil: Es una reproducción fotográfica, bien de un manuscrito, bien de una edición impresa (por ejemplo, un incunable), tal cual aparece en el códice o en la versión original que se pretende reproducir. Su valor radica en la posibilidad de poner a nuestro alcance manuscritos o ediciones que, de otra manera, resultan inaccesibles. Habría que destacar las que se han hecho del manuscrito del Cantar de Mio Cid, de las tres versiones que nos transmitieron el Libro de Buen Amor y de la primera edición impresa de La Celestina.

Edición paleográfica: Consiste en una reproducción, mediante los actuales signos grafemáticos y ortográficos, de todos los rasgos gráficos que se pueden encontrar en el texto original manuscrito. Las fluctuaciones en la normativa ortográfica, poco clara y precisa en la época medieval, permitió que los copistas realizaran cambios o alteraciones, sujetas a su único criterio personal, un criterio fonético, que reguló la ortografía medieval, y que en la mayoría de los casos fue manifestación de particularismos articulatorios o fonológicos.

Edición crítica: Es aquella que, a partir de las distintas versiones existentes de una obra, intenta acercarse, con rigor filológico, a la versión original que salió de las manos del autor. Para conseguir este objetivo, se comparan todas las versiones conservadas de una obra; se someten a un tratamiento específico, cuyas normas regula y establece la crítica textual, para reconstruir esa versión, siempre hipotética, que probablemente estará muy próxima a la original.

Edición modernizada: Es una edición en la que se ha realizado una actualización lingüística de un texto medieval. Dicha modernización puede verse representada en varios niveles (ortográfico, léxico, morfosintáctico), que pueden convertirla, muchas veces, en una verdadera traducción, lo que exige del «traductor» una auténtica especialización para verter en lengua moderna todos los valores que encierra el texto medieval. Por lo general, van dirigidas a un público no familiarizado con la dicha lengua.

Edición incunable: Se denomina de esta forma a aquella edición impresa antes del año 1500, o impresa durante el siglo XVI de obras anteriores. No abundan las obras de literatura medieval que se conservan en este tipo de ediciones. Su valor lingüístico radica en su mayor proximidad con la forma de la lengua original.

19

1.2. El problema de la cronología del español arcaico.

Siguiendo a Menéndez Pidal (1985 18 : 490) podemos observar la presencia, al menos, de cuatro épocas dentro de la evolución general de este español arcaico. Para dicha división se ha tenido en cuenta la constatación de ciertos fenómenos lingüísticos de especial relevancia para la formación del «español literario» de los siglos XII y XIII. De esta forma podemos distinguir:

  • 1. Período visigótico, que englobaría desde el año 414 hasta el 711. Aquí es posible que el romance primitivo fuera empleado como lengua común. Se caracterizaría por fenómenos que se afianzarán en siglos venideros: el mantenimiento de la grafía ll, la diptongación ante yod (uello/ojo), F-, IT, G- (inicial), conservación del grupo -MB-, conservación de los diptongos propios del latín vulgar como AI y AU.

  • 2. Época asturiano-mozárabe, que abarcaría desde el 711 hasta el 920. Su principal característica es la masiva presencia de arabismos en los glosarios antiguos: alcor, alfoz, cármez

  • 3. Predominio leonés, datado

desde

el

920

hasta

el

1067.

En

esta

época se

perciben como anticuados diptongos como -AIRO, -AIRA / -EIRO, -EIRA. También se aprecia una tendencia a la monoptongación, incluso: AU > o. Se produce de nuevo una gran afluencia de arabismos.

  • 4. Intento de hegemonía castellana, que se iniciaría a partir del 1067 y se consolidaría hacia 1140. Se caracteriza por la entrada de galicismos ya bastante evidente en el Cantar de Mio Cid: mensaje, omenaje, usaje… Asimismo se detecta una fuerte inestabilidad vocálica y de algunos grupos consonánticos.

Tras estos períodos de evolución de la lengua desde un latín hablado hasta la producción de fenómenos ajenos a la lengua latina, se produce el inicio de la producción literaria entre los siglos XI, XII y XIII que contribuye a la consolidación de una lengua diferenciada del latín hablado tardo-medieval, que culminará con el intento de regularización cuasi normativa de período alfonsí (ya en la segunda mitad del siglo XIII). A estos períodos se van a dedicar los siguientes apartados de presente capítulo, prestando especial atención a aquellos aspectos lingüísticos de las distintas manifestaciones literarias que contribuyeron a la formación del sistema lingüístico del español medieval. De esta forma damos a entender una interpretación más laxa del «español arcaico», en el que incluiríamos las primeras manifestaciones literarias (para la polémica sobre esta interpretación véase Medina López, 1999: 35).

2. Hacia una caracterización general del español arcaico

Como ya se sabe el castellano, como toda lengua romance, deriva de la evolución del latín, hablado en este caso en la zona de influencia de Castilla. Lo difícil radica en establecer en qué momento de dicha evolución la distancia con la lengua del Lacio es tal que resulta ininteligible y, por ende, forma una lengua aparte. En el caso del empleo del romance en la lengua escrita se tienen más fuentes, pero es tal la vacilación de uso en los orígenes, que la polémica también la alcanza. De manera que « no se pueden establecer cronologías tajantes: hay textos del siglo XI con menos romancismos que otros del XII» (Ariza Viguera, 2004: 310): todo dependerá del nivel de conocimientos de la lengua de transmisión de cultura hasta entonces -el latín- del notario o escriba.

En general, el español arcaico ha llegado muy fragmentado

a nuestros días

y

fundamentalmente a través de textos notariales. En él se aprecian una serie de fenómenos que lo caracterizan, frente a otras lenguas romances de su entorno. De estos fenómenos Lapesa (1981 9 : 164 y ss.) destaca los siguientes:

Vocalización de /-l+cons-/: SALTU > sautu, souto, soto.

Localización dental de /Ŝ/, /Ž/, que adoptaron los fonemas /ĉ/ y /ĝ/, por su combinación K+ e, i (dezimus).

Realización palatal de consonantes geminadas /ll/ > [ļ] (CABALLO [cabal.lu] > caballo) y /nn/ > [ņ] (ANNU [an.nu] > año).

Con anterioridad, esta forma de hablar el latín propia de la zona norte de Castilla, había sido caracterizada por Menéndez Pidal (1950: 485-502), quien señala una serie

de

fenómenos

propios

de

esta

época

dialectal,

tales

como

los

siguientes:

1.

Constatación de la pérdida de F- > h; 2. Expansión de ž (luego j) en vez de ll e y; 3. Distintos estados de palatalización de G e,i y de /c/ < CT; 4. Realización dentoalveolar del grupo / -SKJ-/ > [ts] > q; 5. Temprana diptongación (ya en el siglo X) de o˛ > ue; 6. Reducción del grupo -MB- > -m-; 7. Antigüedad en la monoptongación de AI> ei > e y de AU > ou > o; 8. Temprana palatalización de KL-, PL-, FL- > /l/.

Pero, sin duda, a la hora de hablar de la evolución del español arcaico, la gran aportación de Menéndez Pidal fue la explicación de la evolución fonética del español por influencia de la «yod» -esto es, la /i/ en diptongo-. Parece que la influencia de la yod no solo fue más allá de la evolución vocálica, sino que fue decisiva en la formación del orden palatal dentro de las consonantes. De hecho, el mismo Pidal establece al menos cuatro tipo diferentes de yod, con una cronología también diferenciada, que da paso a

20

un complejo proceso evolutivo que está en el origen del sistema vocálico actual (véase Medina López, 1999: 49 y ss.).

3. La aparición de la lengua literaria en romance

3.1. Siglos IX-XI: El problema lingüístico de las jarchas

La

jarcha significa el último

qufl

en

la

moaxaja. Su

condición es que sea haggagiya en relación con la malicia,

quzmaniya

en

cuanto

al

lenguaje

común, ardiente,

abrasadora,

aguda y cortante,

con palabras del lenguaje

común y vocablos de la jerga del populacho [

...

].

Jarcha es un una palabra árabe que significa «salida» o «finida». Las jarchas son unas pequeñas cancioncillas romances -los más antiguos vestigios de la lírica popular en Europa- análogos a nuestros antiguos villancicos (en sentido antiguo) o nuestras actuales coplas o cantares. Estas cancioncillas están situadas al final de unos poemas árabes o hebreos (imitación estos últimos de los árabes) llamados moaxajas; género inventado en la Andalucía Musulmana [sic] entre las postrimerías del siglo IX y los comienzos del X. Parece ser que las moaxajas se constituían tomando como base esas cancioncillas romances, o sea, estribando en ellas, por lo cual no es extraño que la jarcha se llame también a veces markaz, que significa «punto de apoyo o estribo».

Con

esta

extensa

(García Gómez, 1983: 405)

definición de lo que es la jarcha queda planteada la mayor parte de los problemas con los que cuentan esas pequeñas cancioncillas, escritas en no se sabe muy bien qué lengua, al final de un

poema mayor, generalmente escrito en árabe clásico y, de forma ocasional, en hebreo. La cuestión es que, junto a la afirmación dada, fruto de la sabiduría de don Emilio García Gómez, existen serias dudas con respecto a su interpretación. De hecho, Solà-

Solé (1975: 28) ya dice: «[

]

importa señalar aquí que el concepto de jarcha romance

... es una denominación algo cómoda y extremadamente fluida: en algunas de estas jarchas denominadas romances, el porcentaje de términos árabes es tal que se trataría de una jarcha árabe con algunos pocos términos romances incrustados». En realidad, de los testimonios que han llegado hasta nuestros días sobre preceptiva de la jarcha, ninguno señala que su lengua sea la romance, como muy bien apunta Hitchcok (1980:

21): «La palabra jarcha propiamente dicha hace alusión a unos versos normalmente escritos en lengua vernácula, los cuales por convención del género, formulan la última estrofa de la moaxaja». Y esto no resulta difícil de confirmar como podemos apreciar en la cita de IBN SANA AL-MULK:

(Solà-Solé, 1975: 32)

En cualquier caso, la mayoría de las veces es una rara mezcla de romance y árabe combinado, en una proporción aproximada de un cuarenta por ciento de términos orientales y el sesenta por ciento de vocablos romances, según los datos que ofrece Solà-Solé.

Sobre la naturaleza de las jarchas existen dos teorías importantes:

  • 1. La primera dice que la jarcha posee un carácter de literatura popular preexistente a la moaxaja.

  • 2. La segunda argumenta que es una parte más de la composición árabe dirigida a un público bilingüe.

Emilio García Gómez (1983: 409) presenta el testimonio de un contemporáneo de BEN QUZMÁN, llamado BEN BASSÀM DE SANTARÉN, quien al respecto de la composición de la moaxaja de MUCCÁDAM dice: «Las componía [las moaxajas] sobre hemistiquios [es decir, versos cortos] aunque la mayoría con esquemas métricos descuidados e inusitados [es decir, aquellos a que la coplilla mozárabe obligaba] cogiendo expresiones vulgares en romance, a las que llamaba 'markaz' [estribo], otro nombre de la jarcha, y construyendo sobre ellas la moaxaja». De cualquier forma, estos testimonios son puestos en evidencia ante el escaso número de moaxajas con jarcha en romance, frente al gran número de moaxajas orientales en árabe. También se ha señalado el hecho de que ninguno de los preceptistas de la moaxaja sea de origen andalusí.

Por otro lado, son muchas las dudas sobre la interpretación de las jarchas, apuntadas por Hitchcok en el artículo citado, dudas que van desde que la lengua de las jarchas ofrezca una posibilidad de interpretación desde el punto de vista de la lengua árabe, hasta considerar descabellada la unión temática con las cantigas de amigo, en

21

las que aparecía la madre junto a la hija que llora (Mora Sánchez, 1993:10), forzada analogía -según Hitchcok- que ha llevado a malinterpretar un mero juego retórico que suponía la palabra «matre», en aras del confusionismo y de un desaforado intento de buscar las posibles raíces arcanas de la antigua literatura española.

En realidad, son muchos los puntos oscuros que existen alrededor de estas pequeñas cancioncillas mozárabes. Nada realmente sólido nos da a entender que sean composiciones líricas preexistentes con una larga tradición oral, sino más bien parecen ser suposiciones de algunas personalidades de la ciencia filológica. Nada, a su vez, desmiente que puedan ser fragmentos escritos por los mismos autores de las moaxajas, pero escritos en lengua extranjera como corresponde a una moda del momento, y que bien podría ser otra distinta del primitivo castellano, como el provenzal, por ejemplo (Rubiera Mata, 1987). No sabemos con certeza si la palabra MATRE significa «matre», como nos dan a entender algunos críticos, o es un mero juego retórico, según apuntan otros. Como podemos observar, todavía queda un largo camino hasta lograr dar una respuesta coherente que satisfaga los desvelos de los críticos y eruditos consagrados al tema.

3.2. El siglo XII: La lengua en el CMC y el Auto de los Reyes Magos

En este siglo se incluye un corpus literario -el Cantar de Mio Cid, obra épica, del mester de juglaría, y el Auto de los Reyes Magos, primera obra teatral- que tiene que ser analizado como una fase en la que se considera que el dialecto romance, separado ampliamente del latín hablado, está adoptando una forma literaria. Se continúa en época de fluctuaciones en los hechos de habla; de ahí el intento de reconstrucción de la forma primitiva, distorsionada por las diferentes manos que copiaron los textos. Lo que parece claro es que ambos están muy próximos en el tiempo, y, según algunas teorías, también en el espacio. De ahí que podamos encontrar comportamientos lingüísticos comunes en ambas obras.

En el plano fonético es posible señalar las siguientes características como las más destacables:

Ya está fijada la evolución de la vocal tónica.

Permanece la desinencia -t- para la tercera persona de los verbos.

/O/ > ue en el CMC. En el Auto, sin embargo, encontramos uo.

Desaparece la vocal postónica, pero quedan reminiscencias: limite > linde; comité > comde, reputare > rieptar.

Se mantiene la /e/ latina en casos en que luego desaparece, es decir, tras /r, s,

n, l, z, d/ (madride, prendare, bien -por bien en Auto-), aunque este fenómeno está en decadencia. Apócope generalizada de /e/, quizá por influencia francesa: noch, fuert, mont

Ensordecimiento de la consonante que precede a la vocal apocopada: dent =

dende. Vacilación en el timbre de las vocales átonas (es un rasgo que se mantiene

constante hasta el siglo XVII, aunque en estos textos se produce con mayor intensidad). Amalagamas fonéticas: nol = no le; alabandos = alabándose; nim = ni me;

nimbla = ni me la, etc. Much, ante vocal; muy, ante consonante.

Don Elvira e doña Sol, según siga vocal o consonante.

Ya en el nivel morfosintáctico, se aprecian usos arcaicos comunes que, a veces, alternan con otros que permanecieron en el español moderno. Entre ellos se pueden destacar los siguientes:

Presencia de verbos intransitivos auxiliados con SER: son idos (también aver).

Verbos reflexivos auxiliados con SER: somos vengados = nos hemos vengado.

Uso del participio activo.

Con aver el participio concuerda con el CD (también hay casos donde no varía).

Los verbos AVER y TENER se usan como transitivos para indicar posesión.

SER y ESTAR se emplean en su sentido etimológico para indicar situación.

Destaca la multiplicidad de funciones de «que», aunque también aparecen

«como, cuando, ca, porque, maguer». Orden de palabras:

o

El regente precede al régimen (como ahora), aunque en CMC abunda la

o

construcción inversa. Tanto y mucho encabezan la frase.

o

Entre nombre y complemento se intercalan palabras: «gentes se le llegaban grandes».

A todo ello, habría que destacar que el CMC presenta algunas características específicas del lenguaje épico, muy estudiado para su filiación histórico-literaria, así como para su fisonomía lingüística. A la crítica le han llamado la atención, sobre todo algunas, de entre las que sobresalen las siguientes:

Conservación de la /e/ final o la adición a palabras que no la tienen.

22

Abundancia de yuxtaposiciones.

Abundancia de demostrativos.

Uso de Querer + infinitivo = ir a.

Anarquía en el uso de los tiempos verbales.

Dejamos de lado otros textos literarios, como los debates -Disputa del alma y el cuerpo, Razón de Amor con los denuestos del Agua y el Vino, Elena y María-, por dos razones fundamentales: primero, su datación en el siglo XII resulta muy dudosa; segundo, la extensión de los manuscritos conservados es tan escasa, que difícilmente podría caracterizarse un uso de la lengua romance diferenciado de las obras anteriores.

∑ Abundancia de yuxtaposiciones. ∑ Abundancia de demostrativos. ∑ Uso de Querer + infinitivo = ir

3.3. El siglo XIII

El siglo XIII tiene una especial relevancia tanto en la historia de la Península Ibérica, como en la historia del la lengua. En esta última es donde podemos distinguir dos épocas: la prealfonsí y la posterior a Alfonso X el Sabio. Fue este último el que llevó a cabo el primer intento de regularización de la lengua castellana. Sin embargo, antes de dicha regularización, la lengua ya había alcanzado un uso literario que se plasma en la obra de un monje riojano, de nombre Gonzalo de Berceo, autor de obras como Vida de San Millán, Milagros de Nuestra Señora o la Vida de Santo Domingo de Silos, entre otras, escritas según parece en la primera mitad del siglo.

3.3.1. La lengua de Berceo

Primer poeta de nombre conocido en la historia de la literatura española, sin duda Berceo es la figura más representativa de lo que la crítica ha interpretado como una nueva forma de entender la lengua, el mester de clerecía, pero cuya identidad cronológica, geográfica y, por tanto, lingüístico-dialectal, con las maneras de poetizar del mester de juglaría hace que contengan rasgos concomitantes. Hay que tener en cuenta que Berceo fue un autor prolijo para su época (hay críticos que le atribuyen

hasta media docena de obras, incluido

el

Libro de

Alexandre), y las diferencias

lingüísticas entre ellas a veces han servido para acercarlas o para separarlas.

No obstante, la caracterización más precisa y concisa de un tema tan controvertido como el de la lengua de Berceo, la realizó Alarcos (1992: 15 y ss.), y en ella hay que basarse para hacer un breve repaso de sus elementos más destacados.

En

los

aspectos que tienen que ver

con

la

caracteriza entre otros rasgos por los siguientes:

fonética, la lengua de Berceo se

Mantenimiento del diptongo -ie- ante sonidos palatales (viésperas, maliello).

Vocal final en -i para los pronombres de tercera, demostrativos e imperativos… (elli, li, esti, departi, prendi).

Frecuente apócope extrema de la -e final.

 

Resulta extraña la eliminación de -o en quand, tant, tod.

Aparece un uso conservador de grupos iniciales pl-, cl- y fl- (propios del

romance navarro-aragonés): plorar, clamado, flamas. Conservación de la -d- intervocálica (característica también del navarro- aragonés): piedes, vido.

Resistencia

a

la

asimilación

nasal

del

grupo

-mb-

(con fluctuaciones):

cambio/camio, ambos/amos.

En lo que tiene que ver con la morfosintaxis de las obras de Berceo hay que resaltar, como detalle general, que posee rasgos arcaizantes, que se dan en otras realizaciones dialectales fuera de La Rioja. Entre estos rasgos cabe destacar:

La asimilación de la consonante lateral del artículo con una nasal precedente:

con + la > conna, en + la > enna. En los imperfectos y condicionales es frecuente el paradigma del castellano de

la época con -ía (primera persona), -iés, -, -iemos, -iedes, -ién. La síncopa en los futuros y condicionales con asimilación: terré, porré.

Variedad en los tiempos de pasado (perfectos fuertes con -i final: nasqui, prisi,

vidi; perfectos fuertes desconocidos hoy: escripso, priso, amasco). Aparición de formas arcaicas del verbos hacer: fes, fech (imperativo < FACITE). Mantenimiento de formas plenas del aver (también en aragonés): aven amargos dientes.

En el ámbito del léxico hay que tener en cuenta que, aunque el mester de clerecía se inserta en la tradición literaria culta, la característica fundamental de Berceo es su

23

didactismo: el poeta riojano entendía que su obra iba dirigida a un público no culto, al que intentaba adoctrinar, como se refleja en la «Introducción» a sus Milagros de Nuestra Señora. De ahí que la nota predominante de su léxico sea la variedad, la mezcla de cultismos, semicultismos y voces populares: hay que tener en cuenta que sus obras eran leídas en voz alta, por alguien instruido, pero que su mensaje tenía que llegar a todas la capas sociales (véase Alvar, 2003: 61 y ss.).

3.3.2. Otros textos del mester de clerecía

Aparte de los textos de Berceo, el mester de clerecía cuenta con otros tres textos fundamentales datados en el siglo XIII: el Libro de Alexandre, el Libro de Apolonio y el Poema de Fernán González.

Sin duda, junto a las obras de Berceo, el Libro de Alexandre ha sido objeto de numerosos estudios lingüísticos por parte de los medievalistas. Obra compuesta en la primera mitad del siglo XIII, parece clara su vinculación con la Universidad de Palencia (Uría Maqua, 2000), aunque la argumentación es en gran parte literaria, la abundancia de fenómenos lingüísticos como la apócope extrema, han vinculado su autoría a Gonzalo de Berceo, u otra persona que compartía rasgos lingüísticos comunes.

Por su parte, el Libro de Apolonio se considera fechado a mediados del siglo XIII, aunque parece que el proceso de composición fue más largo, según los estudios lingüísticos realizados sobre la apócope (Franchini, 2004: 350). Aunque está claro que no hay estudios concluyentes, es idea comúnmente aceptada que la lengua de este texto es propia de la zona dialectal de Castilla de mediados del XIII, con abundancia de aragonesismos atribuidos al copista del códice conservado.

Por último, el Poema de Fernán González, escrito épico con forma propia del mester de clerecía, cuenta con cierta unanimidad para situarlo alrededor de 1250, sobre todo por criterios histórico-literarios, pero también por criterios lingüísticos. Entre estos, resulta de enorme calado filológico el estudio de la apócope que se ha realizado en alguna edición crítica, situándolo en una época de bajo uso de la misma y que vendría a corroborar la datación histórico-literaria.

4. A modo de conclusión:

Hacia una caracterización de la lengua prealfonsí. En un intento de sintetizar todas las características vistas en los textos de esta época prealfonsí, se puede concluir que el sistema vocálico clásico latino tenía diez fonemas, cuyos rasgo distintivo era la cantidad (larga/breve). En esta primera etapa el sistema vocálico latino fue

evolucionando y dio paso a un nuevo componente de carácter fonético, que vino a ser la cualidad o timbre (distinción entre vocales cerradas o abiertas). En ese proceso de sustitución de la cantidad por el timbre, se produce una reestructuración del sistema, debido a que el punto de articulación entre algunos de estos fonemas y la lengua tiende a igualarse. De esta forma se constituye el sistema vocálico del «románico común occidental». Tras posteriores reajustes y alteraciones, se alcanzarán los cinco fonemas vocálicos que conoce el castellano actual.

Románico común

Castellano actual

/a/

/a/

/ę/

 

/e/

/e/

/i/

/i/

/o/

 

/o/

/o/

/u/

/u/

24

En todo este proceso, el fenómeno más llamativo en la evolución de las vocales resulta la llamada diptongación. Al penetrar el sistema vocálico latino en la Península Ibérica, dos de sus fonemas en posición tónica /e/ , /o/ plantean problemas articulatorios (debidos, en parte, a los hábitos lingüísticos de los autóctonos, que sólo conocerían las realizaciones cerradas de e/o). En su intento de imitar el sonido foráneo, lo bimatizan, así aparece la diptongación en castellano:

e (abierta, tónica) > e e > ie

o (abierta, tónica) > o o > uo > ue

En lo que afecta al vocalismo final, en la variante recogida en textos castellanos se observa el paso de la -U > -o, aunque se puedan hallar ejemplos latinizados, que parecen ser el origen de las formas actuales que se dan en algunas zonas del norte peninsular. Se ha señalado el mantenimiento de la -e final en textos tempranos, frente a la tendencia a la supresión que se da en la segunda mitad del XI, muy documentada en el Cantar de Mio Cid, por una clara influencia franca.

El sistema consonántico latino era muy parecido al del español actual, con excepción hecha de las palatales y sibilantes. Esta casilla del sistema fonológico del castellano hará su aparición gracias a los fenómenos asociados a la yod -elemento fonético de realización palatal y muy cerrado-. Resultado de esta revolución fonética, llevada a cabo por la yod, será la aparición de determinados fonemas medievales desconocidos tanto para el latín como para el español moderno, que formarán parte del llamado sistema alfonsí, y cuya presencia ya se constata en los textos anteriores:

SIMILITUDES CON EL SISTEMA CONSONÁNTICO ALFONSÍ

ORTOGRAFÍA FONÉTICA FONOLOGÍA s-; cons.+s; -ss- [s] /s/ -s- [z] /z/ b [b] /b/
ORTOGRAFÍA
FONÉTICA
FONOLOGÍA
s-; cons.+s; -ss-
[s]
/s/
-s-
[z]
/z/
b
[b]
/b/
[v] [ts] [ds] [š] [ž] /v/ /ŝ/ /ź/ /š/ /ž/ u-v c+e; i; ç+o,u,a z x
[v]
[ts]
[ds]
[š]
[ž]
/v/
/ŝ/
/ź/
/š/
/ž/
u-v
c+e; i; ç+o,u,a
z
x
j+vocal; g+e+i

Este sistema no tuvo una larga duración, ya que parecía evidente la tendencia a una mayor simplificación. De manera que, en la Baja Edad Media se asiste a la pérdida de la sonoridad a favor del ensordecimiento (el caso de la /s/), la no distinción de [b] y [v] o la concentración de los sonidos palatales en la /q/ y la /X/.

Con respecto a la ortografía medieval (anterior al intento regularizador alfonsí) y para comprender el aparente caos ortográfico, hay que tener en cuenta lo siguiente:

  • 1. El castellano es una lengua que toma conciencia del código escrito en la Edad Media. Aparece una nueva lengua que nace con una serie de fonemas (los palatales) que no existían en la lengua latina, de ahí las vacilaciones para representar dichos sonidos ([c], [n], [l]) a través de grafemas.

  • 2. Hasta la actividad filológica desarrollada por el equipo de Alfonso X el Sabio no pudo constatarse una regularización ortográfica. Es más, las normas nunca fueron fijas ni rigurosas.

  • 3. Hay que tener en cuenta que el sistema fonológico medieval es distinto al sistema fonológico actual, por lo menos en unos cuantos fonemas. Por ejemplo, la distinción entre b/v, entre s/z o la pérdida fonética de la <h>, procedente de la f- latina.

  • 4. El criterio fundamental de la ortografía medieval es el fonético: se escribe generalmente lo que se pronuncia. Gracias a este principio ha sido posible establecer una diacronía en la evolución del castellano: las grafías nos descubren el sonido y éste nos conduce, inevitablemente, al fonema.

25

Bibliografía

Alarcos Llorach, E. (1992), «La lengua de las obras de Berceo», en Gonzalo de Berceo, Obra Completa, (coord. por I. Uría Maqua), Madrid, Espasa-Calpe/ Gobierno de La Rioja, pp. 13-27.

Alvar,

M.

(2003),

Voces

y

silencios

Fundación José Manuel Lara.

de la literatura medieval, Barcelona,

Ariza Viguera, M. (2004): «El romance en Al-Ándalus» y «El castellano primitivo:

los documentos», en Cano Aguilar, R. (coord.): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, pp. 207-235 y 309-322.

Cano Aguilar, R. (coord.) (2004): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel.

Corriente Córdoba, F. (1976): «Acento y cantidad en la fonología del hispano- árabe», Al-Andalus (Madrid), XLI, pp. 20-32.

Franchini, E. (2004): «Los primeros textos literarios: del Auto de los Reyes Magos al Mester de clerecía», en Cano Aguilar, R. (coord.): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, pp. 325-352.

García Gómez (1983): «Las jarchas», Comentario de textos literarios 4, Madrid, Castalia, pp. 405-426.

Hilty, G. (1999): «El Auto de los Reyes Magos, ¿enigma literario o lingüístico?», en Fortuño Llorens, S. y Martínez Romero, T. (eds.): Actes del VII Congrés de l'Associació Hispànica de Literatura Medieval, Castelló, Universitat Jaume I, pp. 235-243.

Hitchcok, R. (1980): «Las jarchas. Treinta años después», Awraq (Madrid), III, pp.

19-25.

Lapesa Melgar, R. (1981): Historia de la lengua, Madrid, Gredos.

Lapesa Melgar, R. (1985): Estudios de historia lingüística española, Madrid, Paraninfo.

López García, A. (2000): Cómo surgió el español, Madrid, Gredos.

Marcos Marín, F. (1983), «La confusión de la lenguas. Comentario filológico desde un fragmento del Libro de Alexandre», Comentario de textos literarios 4, Madrid, Castalia, pp. 149-183.

Medina López, J. (1999): Historia de la lengua española I. Español medieval, Madrid, Arco/Libros.

Menéndez Peláez, J. (coord.) (1993): Historia de la literatura española. Volumen I: Edad Media, León, Everest.

Menéndez Pidal, R. (1950): Orígenes del español. Estado lingüístico

de

la

Península

Ibérica

hasta

el siglo

XI, Anejo

de

la

Revista de Filología

Española, Madrid.

Menéndez Pidal, R. (1985 18 ): Manual de gramática histórica española, Madrid, Espasa-Calpe.

Mora Sánchez, M. Á. (1993): «La función de la madre como tercero en las jarchas y en algunos poemas primitivos hispánicos», en el curso La primitiva lírica hispánica, de M.ª J. Rubiera Mata, Universidad de Alicante, pp. 1-22.

Pedraza Jiménez, F. y Rodríguez Cáceres, M. (1981): Manual de literatura española I. Edad Media, Navarra, Cénlit Ediciones.

26

Penny, R. (2001): Gramática histórica del español, Barcelona, Ariel.

Quilis Morales, A. (2003): Introducción a la historia de la lengua española, Madrid, UNED.

Solà-Solé, J. M. (1973): Corpus de poesía mozárabe, Barcelona, Hispam.

Solà-Solé, J.

M.

(1975): «El Auto

de

los

Reyes Magos: ¿Impacto

gascón o

mozárabe?», Romance Philology, 29, pp. 20-27.

Rubiera Mata, M.ª J. (1987): «La lengua romance de las jarchas (Una jarcha en lengua occitana)», Al-Qantara (Alicante), 8, pp. 319-329.

Rubiera Mata, M.ª J. (1991): «Presencia románica extra-andalusí en las jarchas», en F. Corriente Córdoba y A. Sáenz Badillos (eds.): Poesía estrófica, Madrid, Universidad Complutense, pp. 289-295.

Uría Maqua, I. (2000): Panorama crítico del mester de clerecía, Madrid, Castalia.

CONSTITUCIÓN DE LOS PRIMITIVOS ROMANCES PENINSULARES. SURGIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ROMANCE CASTELLANO

Jaime Climent de Benito

1. El nacimiento de los romances peninsulares

La

aparición de

los romances peninsulares a partir

del

latín está

ligada muy

estrechamente a la historia de la Península Ibérica de los siglos VIII al XIII, a la

configuración de los distintos reinos cristianos peninsulares y al proceso de Reconquista (y consecuente repoblación); es decir, los primitivos romances (hayan o no perdurado hasta la actualidad) se originan a partir de un cambio social, económico, cultural, religioso y político que afecta a todos los órdenes, transformación que tiene su punto de partida en la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica en el siglo VIII (concretamente en el 711 d. C.).

1.1. La aparición de los musulmanes en la Península Ibérica

La invasión territorial de la Península Ibérica por parte de los musulmanes en el siglo VIII motivó el replegamiento del mundo cristiano al norte de la Península, zona montañosa que los nuevos conquistadores decidieron no dominar directamente debido al escaso rendimiento económico que se deriva de la explotación de un territorio que, por su orografía, resulta de difícil ocupación.

Sin embargo, esta situación no implica que no hubiera cristianos (que se conocen como mozárabes) en las zonas controladas por musulmanes: excepto aquellos que huyeron, los cristianos siguieron viviendo donde siempre lo habían hecho y gozaron de ciertas libertades religiosas, culturales y lingüísticas, aunque con una creciente islamización a medida que pasaba el tiempo. Por el contrario, otros grupos de

27

cristianos, que también permanecieron en tierras musulmanas, acogieron la religión y la cultura de los recién llegados para obtener con ello ciertas ventajas fiscales y sociales, si bien, en un principio, mantuvieron el uso del romance.

1.2. Una sociedad en cambio

Así pues, al norte de la Península se localizan los núcleos humanos cristianos que

continúan las tradiciones visigodas, sociedades autónomas (constituidas por habitantes autóctonos y cristianos que huyen del sur peninsular) que, a causa de la aparición de los musulmanes, experimentan un cambio ingente en su estructuración (política, social, económica, etc.) y necesitan reorganizarse, lo cual les ocasiona múltiples problemas de

todo tipo (económicos, sociales, culturales

...

).

La primera consecuencia evidente de este proceso radica en el hecho de que estas sociedades cristianas se van a desarrollar sin el mantenimiento de contactos o vínculos con el resto de comunidades cristianas de la Península o de fuera, con la excepción de la Marca Hispánica (ubicable al norte de la actual Cataluña), que se convierte en un territorio de frontera del Imperio carolingio respecto del mundo musulmán.

Culturalmente, se vive un momento de decadencia, puesto que se persigue la supervivencia en detrimento de la cultura, a lo que hay que sumar el distanciamiento entre sí de los distintos núcleos del norte, factor que no permite un flujo de ideas. En cuanto a los sentimientos religiosos, también se produce una separación en relación con el devenir del resto de reinos cristianos de Europa, lo que, de un modo claro, supone un caminar por independiente que motiva una continuidad de las antiguas tradiciones hispanogodas en todos los sentidos.

Esta incomunicación se refleja, de una forma patente, en el ámbito lingüístico del romance, ya que se fractura la antigua unidad lingüística de la Península -aunque es posible que existieran diferencias dialectales entre algunas zonas-, por dos causas relevantes:

al norte de la Península, a partir del siglo VIII, el distanciamiento entre las diversas fuerzas cristianas origina el nacimiento de distintas tendencias lingüísticas dentro del romance unitario peninsular y, así, cada una de estas tendencias va a evolucionar por su cuenta;

en

los

territorios

ocupados

por

los

musulmanes van a permanecer

numerosísimos cristianos que mantienen vivo su romance (conocido como mozárabe) a pesar de la creciente islamización, si bien este se va a caracterizar por su carácter conservador y poco innovador (puesto que los contactos con

otras sociedades que hablen romance son escasos), por lo que no evoluciona en el mismo grado que el resto de romances peninsulares.

Aparte, hay que recordar que en una extensión mayor a la del actual País Vasco se hablaba el vasco (lengua no emparentada con el latín), que ya estaba en la Península antes de la llegada de los romanos. A pesar de que el vasco no constituye un romance, sí ejerció influencias en los romances vecinos, muy especialmente en el castellano.

cristianos, que también permanecieron en tierras musulmanas, acogieron la religión y la cultura de los recién

1.3. Los reinos cristianos peninsulares

Con el tiempo, al norte de la Península se configuran distintos núcleos políticos y también lingüísticos: aunque unos y otros no coinciden exactamente, sí se produce cierta vinculación debido a la fuerza unificadora de las capitales y de las fronteras. En el contexto histórico tratado estos reinos van a sufrir diversas transformaciones territoriales a lo largo del tiempo, de modo que algunos de ellos desaparecen y se integran en unidades políticas superiores.

En general, y a lo largo de los siglos, estas son las unidades políticas cristianas que se aprecian en el norte peninsular:

Reino de León: nacido en las montañas asturianas, amplía su territorio en los siglos VIII y IX mediante la repoblación de marcas que estaban prácticamente despobladas tras la marcha de los bereberes que las ocupaban -los cuales se enfrentaron en una guerra civil contra los árabes del centro y sur peninsular-, de modo que abarca la zona cantábrica, que supone Galicia, Asturias, Cantabria y norte de Castilla y León. Si bien en un principio Castilla pertenecía a esta unidad política, se independizará en el siglo X: aunque más tarde volverá a producirse la unión de ambos reinos, en esta ocasión será Castilla la que se anexione el Reino de León.

28

Desde un punto de vista lingüístico, en este territorio se hablaba gallego, en el área de Galicia, y leonés (o asturiano-leonés) en el resto de tierras. En general, ambos romances se caracterizan por su carácter conservador, y muy especialmente el gallego, entre otros factores porque la zona geográfica de Galicia no recibió las influencias del árabe. Asimismo, otro factor favorece en este reino el mantenimiento de determinados rasgos lingüísticos del romance

primitivo: se trata de la participación, a mediados del siglo IX, de un gran número de mozárabes (que hablaban mozárabe, el dialecto romance más tradicional, conservado mayoritariamente por cristianos en tierras musulmanas del centro y sur peninsular) en la repoblación (junto con gallegos, asturianos,

leoneses

...

)

de los territorios antes pertenecientes a los bereberes. Así, este

grupo de cristianos huían de las tierras islamizadas en una época en la que se

limitaron sus libertades religiosas.

Además, los mozárabes, como herederos de las antiguas tradiciones visigodas (por el hecho de haber mantenido su religión y sus costumbres entre musulmanes), ayudan a incrementar el sentimiento de conservadurismo que se despierta en este reino (y que atañe también al romance). De esta forma, en la segunda mitad del siglo IX la monarquía adquiere más poder, se opone al emirato y se vincula a la Iglesia, momento en el que se considera heredera directa del reino visigodo (Lleal 1990: 119).

Castilla: denominada así por sus numerosos castillos en la frontera con el Reino de León, fluctúa en sus inicios entre el poder de los reinos vecinos (Reino de León y Reino de Navarra), hasta que logra su independencia; incluso en el siglo XI alcanza tal poder que se anexiona el Reino de León y el oeste del Reino de Navarra (que incluye La Rioja y zonas vascohablantes -Álava, Vizcaya y Guipúzcoa-). Nacido en Cantabria, constituye un reino de gran personalidad y proporciona una mayor libertad a sus habitantes, a diferencia de otras zonas cristianas, debido al menor apego a las tradiciones visigodas: este territorio se caracteriza por una menor romanización y por una penetración retrasada del cristianismo (en el siglo VII), como sostiene Lleal (1990: 118); de hecho, Castilla rechaza el Liber Iudicum o conjunto de leyes leonesas heredadas de los visigodos (Lleal: 1990: 120). En suma, este carácter va a favorecer la llegada de guerreros y repobladores y, por tanto, el aumento de sus fronteras.

En este territorio se hablaba originariamente el castellano y el vasco, lengua no románica que, por la proximidad espacial y los frecuentes contactos con el castellano, influye en el devenir lingüístico del romance; asimismo, hay que tener en cuenta que un gran componente vasco participa en las repoblaciones efectuadas por Castilla ya en el siglo IX.

29

Además, en el período de máxima extensión de este reino, se incluyen en su territorio los romances del Reino de León, que perderán, poco a poco, su papel político en la sociedad y cederán ante el mayor poder social del castellano, sobre todo el leonés, que reduce su ámbito de uso geográfico a causa de su proximidad espacial con el castellano, el romance de la élite de Castilla. En cuanto al gallego, se produce, además, un hecho relevante: en el siglo XII el Reino de Portugal se separa de Castilla y, por ello, el gallego de este territorio (actualmente conocido como portugués) no recibe las influencias del castellano en el mismo grado que el gallego de Castilla y sigue un camino por independiente, especialmente al establecerse la capital en Lisboa, área alejada de Galicia. Sin embargo, hoy en día se considera que el gallego-portugués representa la misma lengua, a pesar de las diferencias dialectales.

Reino de Navarra: nacido en el siglo IX en tierras vascas, alcanzó su momento de máximo apogeo en el siglo XI, en el que controlaba Castilla y Aragón, repobló territorios al sur (como La Rioja) y mantuvo contactos políticos, culturales y religiosos con los francos. Sin embargo, diversos avatares motivaron su desaparición como fuerza política a finales del siglo XI, puesto que fluctúa entre los poderes de los reinos vecinos, que se reparten su territorio: el oeste (con las zonas vascas) para Castilla y el este para Aragón. Si bien el Reino de Navarra se separa en el siglo XII de Aragón, su extensión es bastante reducida: el avance de la Reconquista y de la repoblación de Castilla y del Reino de Aragón por el sur impide la posibilidad de expansión ante los musulmanes, de modo que se estancan políticamente y han de frenar sus intereses; además, su existencia depende de alianzas con los reinos vecinos.

Lingüísticamente, en este reino se hablaba en un principio vasco y navarro, e incluso algunas hablas de transición entre los romances más próximos. Así, se puede señalar la existencia de un temprano romance navarro (ubicable en las zonas no vascófonas), que desapareció por la presión de los romances vecinos y especialmente del aragonés, ya que el Reino de Navarra y el de Aragón constituyeron durante una época la misma entidad política. Por esta razón, se podría hablar de un romance navarro-aragonés.

Reino de Aragón: se origina en los Pirineos, en el área de Jaca, y mantiene hasta el siglo XII distintos vínculos con el Reino de Navarra; hasta finales del

siglo IX se observan,

igualmente, relaciones culturales y religiosas con el

mundo franco, hasta el punto de que los francos colaboran en las primeras repoblaciones. Su extensión abarca aproximadamente lo que actualmente conocemos como Aragón; sin embargo, tras la muerte del monarca Alfonso I «el Batallador», sin herederos, se cierne una crisis en el reino que conduce al

compromiso matrimonial de Petronila I, su sobrina, con Ramón Berenguer IV, de modo que en 1137 nace la Corona de Aragón, a partir de la unión del Reino de Aragón y de los condados catalanes.

Antes de constituirse la Corona de Aragón, en el Reino de Aragón se hablaba el aragonés (o navarroaragonés si se tiene en cuenta que absorbe el romance denominado navarro). A pesar de la creación de la Corona de Aragón, los territorios integrantes mantuvieron cierta independencia en todos los ámbitos, tanto política como cultural, y entre ellas la lingüística, por lo que el aragonés se continuó utilizando en su espacio originario y el catalán, en el suyo.

los condados catalanes (o Cataluña): constituye

la

entidad cristiana más

diferente a las restantes,

ya

que

no

se trata,

en un principio,

de

un reino

independiente, sino que forma parte del Imperio carolingio, que crea en los Pirineos una Marca Hispánica para frenar los deseos de conquista de los musulmanes. Así pues, los condados catalanes, en contraposición a las restantes fuerzas del norte peninsular, no se caracterizan por un aislamiento cultural, sino que desde su origen están dentro de las influencias culturales, religiosas y políticas del Imperio carolingio. Con el tiempo logran independizarse, constituir su propia diócesis y extender sus territorios hacia el norte de los Pirineos (lo que sería el Rosellón francés) y hacia el sur; una vez constituida la Corona de Aragón se inician también proyectos de extensión por el Mediterráneo.

En el ámbito lingüístico, en este territorio se habla catalán, que recibe constantemente influencias lingüísticas del sur de lo que actualmente es Francia, puesto que se mantienen los contactos culturales a pesar de que, con el tiempo, se independicen los condados catalanes del Imperio carolingio.

Así pues, tiene lugar en la Península, para el período que abarca desde el siglo VIII hasta el XIII, la siguiente configuración lingüística, la cual atañe tanto a romances (y, por ello, derivados del latín) como a lenguas no romances:

En los territorios musulmanes, conocidos como Al-Andalus, la lengua de cultura y de poder tanto para musulmanes como para cristianos es el árabe (el árabe hispánico en la comunicación oral y el árabe clásico para la escritura), aunque los cristianos que permanecen en estas tierras (y también los recién convertidos al Islam) usan entre ellos el mozárabe, que va poco a poco reduciendo su radio de acción: a) porque se trata de un romance conservador que sufre la influencia y la presión continúas de la lengua y de la cultura del Islam: se utilizan numerosísimas palabras del árabe en la comunicación cotidiana y se

recurre al uso del alifato árabe (y no del alfabeto latino) para la escritura; y b) porque, a medida que avance la Reconquista y la repoblación de los territorios, sus hablantes son subsumidos por el romance de los habitantes repobladores del norte, con un habla más evolucionada después de varios siglos de separación y adaptada a las necesidades de la nueva sociedad: a pesar de que se vuelve a escribir con caracteres latinos, la búsqueda de una mayor integración social motiva, asimismo, el empleo de rasgos dialectales propios de los repobladores recién llegados.

En este contacto, los hablantes de mozárabe aportan a los romances peninsulares (sobre todo portugués, castellano y catalán, por ser los romances que se extienden más hacia el sur) un gran caudal léxico propio del árabe hispánico, palabras que atañen especialmente a los nuevos ámbitos de la vida que la sociedad musulmana introduce en la Península.

Al norte de la Península, en los reinos cristianos, la lengua de la cultura y de la escritura, al igual que en los tiempos de los visigodos, sigue siendo el latín. En cambio, en la comunicación oral cotidiana, aparte del vasco, se producen distintas evoluciones del antiguo romance peninsular (a las que habría que sumar algunas hablas de transición), que se pueden agrupar de la siguiente manera, desde el oeste hacia el este:

o

gallego (o gallego-portugués);

o

leonés (o asturiano-leonés);

o

castellano;

o

navarro;

o

aragonés;

o

catalán.

En este sentido, tal y como sostiene Bustos Tovar (2004a), se puede aducir que, en un principio, surgieron en los reinos cristianos peninsulares distintos romances con entidad propia, y no que se hablara un único romance hasta entrado el siglo XIII. Sin embargo, algunos romances podrían compartir características y evoluciones en común según se avance de este a oeste, o de oeste a este, lo cual quiere decir que los límites entre los romances en el norte peninsular no resultan tan nítidos; así, por ejemplo, dos romances podrían seguir una misma evolución o cambio lingüístico, pero este no se compartiría de manera general en todo el territorio en el que se utilizara cada uno de los romances.

No obstante, con la Reconquista y la repoblación, y la subsiguiente unificación de características lingüísticas, se puede observar que los romances se extienden de norte a sur normalmente en línea recta y que, bajo estas circunstancias, las fronteras entre los

30

romances sí se presentan más claras o definidas en el centro y sur peninsular. En este contexto, hay que tener en cuenta dos aspectos en la configuración de la entidad de un romance: por un lado, la unificación de características que se produce en los territorios repoblados cuando se mezclan habitantes de diversas procedencias dentro del mismo reino; por otro, el papel de los monasterios a la hora de fijar por escrito los rasgos comunes del romance de un área determinada.

1.4. Algunos rasgos lingüísticos de los romances peninsulares (Lleal, 1990)

Ante todo, hay que considerar que ciertas características lingüísticas evolutivas pueden presentar un carácter general a todos los romances, mientras que otras solo son compartidas por varios o solamente dos romances vecinos; también es posible que un romance muestre rasgos evolutivos idiosincrásicos.

A continuación, se esbozan algunas características de los romances peninsulares:

Mozárabe:

o

presencia de arcaísmos léxicos;

o

mayor conservación de la forma fónica latina;

o

influencia del árabe hispánico, como es la introducción de palabras del árabe, la omisión del verbo ser, el empleo de un único artículo al- (= el, la, los, las) o el uso vacilante de terminaciones del romance o del árabe para los plurales o la conjugación verbal.

Gallego:

o

carácter conservador en cuestiones fonéticas, como es la ausencia de

o

diptongación de las vocales abiertas tónicas o la no monoptongación de los diptongos decrecientes; en común con el leonés, pérdida de la /-L-/ y la /-N-/ intervocálicas y la palatalización de /PL-/, /KL-/ y /FL-/ a inicio de palabra.

Leonés:

o

conservación de los diptongos decrecientes;

o

diptongación de las vocales abiertas tónicas.

Castellano:

o

menor apego a la norma culta del latín, lo cual permite mayor número

o

de innovaciones; influencias de la lengua vasca;

31

o

vínculos con los francos (por cuestiones religiosas o por el Camino de

o

Santiago), por lo que penetran términos propios de las lenguas que están más allá de los Pirineos; pérdida de /F-/ inicial;

o

diptongación de las vocales abiertas tónicas, que no afecta al verbo ser o a la conjunción et.

o

evolución de /KT/

o /(u)LT/

a

una africada palatal

sorda, que por

o

influencia provenzal se escribe como <ch>; presencia de sonidos oclusivos de refuerzo entre dos consonantes;

o

rasgos en común con otros romances vecinos, como la monoptongación

de diptongos decrecientes o la palatalización de /PL-/, /KL-/ y /FL-/ a inicio de palabra.

Aragonés (o navarroaragonés):

 
 

o

algunos rasgos en común con el leonés, como la diptongación de las

o

vocales abiertas tónicas; características en común con el catalán, por ejemplo, la desaparición de

o

la declinación en el pronombre personal o el empleo del determinante posesivo lures, semejanzas que se incrementan todavía más hacia el este, como sería la pérdida de vocales finales (excepto la vocal a); conservación de algunas oclusivas sordas intervocálicas.

Catalán:

 

o

presencia de occitanismos y provenzalismos por los frecuentes

o

contactos políticos y culturales con las regiones al norte de los Pirineos; soluciones que se separan bastante de las tomadas por otros romances

o

peninsulares; monoptongación temprana de los diptongos decrecientes;

 

o

evolución peculiar de las vocales abiertas tónicas que conduce a la

 

aparición de

nuevas

vocales

y

a

una

evolución

diferente de

las

ya

 

o

existentes en comparación con los otros romances; eliminación de las vocales finales -e y -o, lo cual motiva a su vez la

o

pérdida de consonantes finales; empleo del artículo derivado del latín ipse (es/so, sa), que alterna más

adelante con el que procede de ille (el/lo, la).

2. La expansión de los romances en la Península: el proceso de Reconquista y repoblación

Si bien los romances tienen su origen en el norte peninsular, estos se extienden de norte a sur, normalmente en línea recta, a medida que los reinos van ocupando territorios que anteriormente pertenecían a los musulmanes.

Así

pues, este

avance en

el espacio se relaciona
el espacio
se relaciona

con un sentimiento

de

Reconquista, que se revitaliza y engrandece debido a numerosas cuestiones (Bustos

Tovar, 2004a):

Tras la llegada de los musulmanes el Reino de León se consideró el auténtico y único heredero de la cultura y de las tradiciones visigodas que deseaba recuperar y continuar, sentir que se reforzó con el contingente de hablantes de mozárabe que se refugió en sus tierras, grupo que había mantenido vivas las antiguas costumbres debido a su aislamiento.

Los primeros contactos con la sociedad, la cultura y la religión cristiana de otros reinos europeos más allá de los Pirineos se desarrollan especialmente en el siglo XI, en este caso con los francos, gracias a la intervención del rey Sancho II el Mayor, rey del Navarra. Se producen así algunas alianzas matrimoniales y la llegada del modelo religioso cluniacense vigente en el Imperio carolingio; a ello hay que sumar el desarrollo del Camino de Santiago y la llegada de numerosos peregrinos. Es evidente que estos contactos van a favorecer la entrada de numerosos elementos léxicos de los romances de la actual Francia.

En este sentido, la nueva visión cristiana del modelo cluniacense despierta un sentimiento de cruzada que va a favorecer el deseo de recuperar las tierras cristianas que los musulmanes habían ocupado.

Asimismo, hay que recordar que los condados catalanes ya participaban desde sus orígenes del contacto religioso y cultural con el Imperio carolingio; sin embargo, el resto de reinos peninsulares había intentado distanciarse de estas influencias para mantener así su autonomía política.

Al sentimiento de cruzada se le alía también un interés económico por ganar tierras, con el fin de crear negocios y obtener ganancias económicas.

Por consiguiente, estos factores impulsan el desarrollo de la Reconquista, que va ganando poco a poco territorios para los reinos cristianos, sobre todo cuando los musulmanes padecen crisis, como puede ser la caída del Califato de Córdoba (hacia el 1031): con ello, los romances van extendiendo de norte a sur su espacio vital. No obstante, es necesario tener en cuenta que para los romances peninsulares resulta tan importante la Reconquista como la repoblación: con esta se producen movimientos hacia el sur de numerosos repobladores y en los núcleos donde se agrupan tiene lugar una nivelación de los rasgos lingüísticos diferentes de los diversos repobladores, de manera que los romances de cada reino van tomando forma propia.

3. Expansión del castellano

En el proceso de Reconquista y repoblación, el castellano alcanza una extensión enorme en comparación con el resto de romances peninsulares, ya que su avance geográfico no es únicamente de norte a sur de modo lineal, sino que Castilla ocupa territorios lateralmente a medida que desciende hacia el sur; además, el poder político y social de este reino va a presionar intensamente a los romances vecinos (como el leonés y el aragonés) y así amplía todavía más el área espacial de uso: reduce los límites del leonés y castellaniza el aragonés. Este modelo de expansión descrito para el castellano es el que se ha calificado de «cuña».

En este contexto, es posible que los fueros o las leyes para los repobladores de las tierras tomadas por Castilla fueran más generosos con las libertades de dichos individuos y que, por tanto, este hecho animara a la gente a participar en el proceso de Reconquista de este reino y a expandir Castilla y el castellano.

Asimismo, esta cuña se refleja en otras cuestiones, como es en la evolución de determinadas características lingüísticas. De esta forma, el castellano, a causa de su carácter más innovador (debido a un menor apego a la norma culta del latín, lo que se liga también a la falta de centros culturales próximos al área de Castilla), se decanta por soluciones lingüísticas que rompen la continuidad en el norte peninsular, ya que algunas de las evoluciones son comunes a los romances del este y del oeste, pero no al castellano.

4. Los primeros textos en romance

Tradicionalmente, se ha considerado que las Glosas Emilianenses (datado entre

principios del siglo

X

y mediados del XI) constituyen

el primer

reflejo escrito del

32

español; con exactitud, no se puede afirmar que sea castellano, aunque sí un romance con características de diversos romances peninsulares. Además, junto a las glosas en romance, aparecen también las primeras palabras escritas en vasco.

Estas glosas son anotaciones en latín, en romance y en vasco escritas al margen de un texto religioso en latín que pertenecía al Monasterio de San Millán de la Cogolla (La Rioja); en ellas, su autor apunta sinónimos o paráfrasis a palabras del latín que resultan complejas de entender o que son desconocidas con el objeto de intentar dilucidar el contenido del texto.

<http://www.vallenajerilla.com/glosas>

LA ÉPOCA VISIGODA

Susana Rodríguez Rosique

Así, la existencia de estas glosas se relaciona con una larga tradición europea de realizar anotaciones en un latín más inteligible a los márgenes de los textos difíciles en latín, y también con la tradición de recopilar dichas glosas y crear glosarios latín-latín. Por ello, la aparición de las Glosas Emilianenses puede sugerir la existencia previa de glosarios latín-romance que habrían permitido que el autor de las Glosas tomara de ellos la información pertinente para realizar sus anotaciones al margen e interpretar el contenido del texto.

1. Los visigodos en la Península Ibérica

Los visigodos forman parte de los pueblos germanos que invadieron la Península a principios del siglo V, cuando el Imperio Romano ya estaba en decadencia.

1.1. Un poco de historia

Bibliografía

Bustos Tovar, J. J. de (2004a): «La escisión latín-romance. El nacimiento de las lenguas romances: el castellano», en Cano Aguilar, R. (coord.): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, 257-290.

Los primeros pueblos germanos llegaron a Hispania hacia el año 409. Entre ellos estaban los vándalos, los suevos y los alanos, que se repartieron el territorio peninsular conquistado. Poco tiempo después llegaron los visigodos. Éstos aniquilaron a los alanos, arrinconaron a los suevos en el noroeste peninsular y obligaron a los vándalos a emigrar al norte de África. La huella lingüística del lugar en el que los vándalos embarcan, al dejar la Península Ibérica, es *[Portu] Wandalu, origen del árabe Al Andalus (Lapesa [1980] 1995; Cano Aguilar 1997; Kremer 2004).

Bustos Tovar, J. J. de (2004b): «Las Glosas Emilianenses y Silenses», en Cano Aguilar, R. (coord.): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, 291-307.

Cano Aguilar, R. (coord.) (2004): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel.

García de Cortázar, J. Á. (2004): «Resistencia frente

al Islam, Reconquista y

repoblación en los reinos hispanocristianos (años 711-1212)», en Cano Aguilar, R.

(coord.): Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, 239-256.

Lleal, C. (1990): La formación de las lenguas romances peninsulares, Barcelona, Barcanova.

<http://www.geocities.com/urunuela26/turza/glosarios.htm>

En un primer momento, la población visigoda se mantuvo alejada de la población romana. Así, por ejemplo, estaban prohibidos los matrimonios mixtos, debido a la distinta religión que practicaban (los visigodos profesaban el arrianismo, mientras que los romanos practicaban el cristianismo). Esta separación se evidencia en los topónimos que aluden a la raza del pueblo que los habitaba: Godos, Gudillos, Godones, Godojos… frente a Romanos, Romanillos, Romanones… (Lapesa [1980] 1995; Cano Aguilar 1997; Quilis 2003; Kremer 2004).

Sin embargo, la situación cambia con la conversión al catolicismo de Recaredo, que eliminaba la barrera religiosa inicial (Lapesa [1980] 1995). Asimismo, cabe destacar que la población visigoda que llegó a la Península era muy escasa, lo que favorecía su relación con la población autóctona. A la integración de los dos pueblos contribuyó también, de manera decisiva, la diferencia social que se establecía en los asentamientos: los nobles y las clases altas se instalaban en las ciudades (Barcelona,

33

Toledo, Sevilla, Mérida, Córdoba…), mientras que el resto de la población habitaba las zonas rurales (sobre todo, la meseta castellana). La mezcla entre ambas razas va a ser tal que, al final del reino visigodo (con la llegada del Islam, en el siglo VIII), se designa con el término hispanus tanto a los romanos como a los godos (Kremer 2004).

Los visigodos tuvieron una influencia fundamental en el derecho y en algunas costumbres. No obstante, aceptaron la lengua latina (renunciando a la suya) y la cultura romana, como prueba el hecho de que mantuvieran los centros culturales de la Península que se habían establecido en el Imperio Romano; aunque añaden uno, Toledo, que se instaura como capital del reino (en un principio había sido Barcelona, pero tienen que trasladarla a causa de la presión de los Francos en el noreste) (Penny 1993; Medina López 2003).

1.2. Algunas precisiones

Cuando se habla de lengua germánica se utiliza una denominación genérica, igual que sucede cuando se utiliza lengua románica. De todas las lenguas germánicas, la que más influencia tiene en Iberorromania es el gótico (Kremer 2004). El gótico, a su vez, puede dividirse en varias ramas: fundamentalmente, se distingue el ostrogótico, que se localizó en la actual Italia; y el visigótico, que fue el que más influencia tuvo en la Península Ibérica.

La lengua gótica dejó una escasa herencia directa en las lenguas romances peninsulares. En el caso del español, en concreto, su influencia más notable se reduce al léxico, e incluso en este ámbito la mayoría de las voces entran de manera indirecta:

o bien se introducen ya en el latín vulgar -y sufren, por ello, un proceso de evolución románica-; o entran a través de otras lenguas romances, fundamentalmente a través del francés o el italiano -lenguas en las que la influencia germánica sí que había actuado como superestrato- (Gamillscheg 1967; Lapesa [1980] 1995; Medina López 2003; Quilis 2003; Kremer 2004).

Si hay algo que caracteriza a la época visigoda es la falta de testimonios escritos en su propia lengua, debido, en gran parte, a la rápida romanización de este pueblo (recuérdese que abandonaron su propia lengua para aceptar la de los territorios conquistados, el latín). En España no se han conservado documentos visigóticos, como sucedió en Italia o Francia, donde la presencia germánica tuvo un mayor impacto (Lapesa [1980] 1995). Asimismo, se supone que, tras la conversión al cristianismo de Recaredo, los visigodos quemaron todos los libros litúrgicos escritos en germánico, pues reflejaban la religión arriana (Kremer 2004). Únicamente se puede rastrear la presencia de la lengua gótica en antropónimos, topónimos, algunos vulgarismos en la liturgia, y

en las pizarras encontradas en el centro y noroeste de la Península, aunque estas últimas son muy difíciles de interpretar (Lapesa [1980] 1995; Kremer 2004).

Toledo, Sevilla, Mérida, Córdoba…), mientras que el resto de la población habitaba las zonas rurales (sobre

Esto no quiere decir, no obstante, que no hubiese producción cultural durante el período visigótico (García Aranda 2005):

«De época visigoda son los opúsculos religiosos de Justiniano, los sermones y el primer comentario en latín del Cantar de los cantares de Justo de Urgel, el comentario del Apocalipsis de Apringio de Beja, el De correctione rusticorum, los cánones, las poesías, las traducciones del griego y la Fórmula de la vida honesta de San Martín de Dumio. Florece también la escuela sevillana, fundada por San Leandro, autor de Del desprecio del mundo y de la institución de las vírgenes) y cuyo principal representante fue su hermano San Isidoro (quien compuso numerosas obras de temática histórica, filosófica, teológica, canonista y disciplinar, entre otras, si bien destacan sus Etimologías, en donde se compendia el saber de la época), la escuela de Zaragoza, en donde destacan San Braulio y el abad Tajón o la escuela de Toledo, a la que pertenecieron San Eugenio el astrónomo o San Ildefonso».

Todas estas obras, sin embargo, estaban escritas en latín, como también lo estaba la gran obra del

(García Aranda 2005: 15)

derecho que dejaron los visigodos, el Liber Iudicorum o Lex visigothorum (conocida más tarde como Fuero Juzgo), que no se traducirá al romance hasta mucho después.

2. Influencia gótica en la lengua romance

34

La

huella

lingüística que

dejaron los visigodos fue escasa. Puede observase

fundamentalmente en el léxico, en topónimos y

antropónimos, y en algún rasgo

morfológico.

2.1. Léxico

Como ya se ha advertido, la mayor influencia gótica en la lengua romance reside en el léxico. En este ámbito, se puede diferenciar entre préstamos indirectos -los más numerosos- y préstamos directos (Kremer 2004).

2.1.1. Préstamos indirectos

La mayor parte del léxico de origen germánico entra al español de manera indirecta: bien porque se extiende por todo el Imperio a través del latín vulgar (y sufre, por ello, una evolución romance), o bien porque se introduce a partir de otras lenguas romances, como el francés o el italiano. Algunas de estas voces de origen germánico que llegan al español de forma indirecta serían (Lapesa [1980] 1995: 112-115; Cano Aguilar 1997: 41; Quilis 2003: 65; Kremer 2004: 139; García Aranda 2005: 17):

2.1.1.1. Voces germanas que entran al latín (y posteriormente a las lenguas romances) a través del comercio (Lapesa [1980] 1995: 112):

sapône > xabón > jabón ;

thahsu > taxō > tejón;

burgs > Burgus > Burgos.

2.1.1.2 Vocabulario procedente del ámbito militar:

2.1.1.3. Vestido:

falda > falda.

2.1.1.4 Léxico relacionado con las instituciones germánicas:

ban > bannum > bando;

* fëhu > fevum, feudo > feudo;

hariwald > heraldo;

andbahti > embajada;

triggwa > tregua.

Voces procedentes del mundo afectivo:

orgôli > orgullo;

skernjan > escarnir;

marrjan > * marrire, * exmarrire > desmarrido (español antiguo «triste»).

Algunos adjetivos:

riks > rico;

frisk > fresco;

blank > blanco.

werra > guerra;

helm > yelmo;

2.1.2. Préstamos directos

* haribairgo > albergue;

* espaura o esporo > espuela, espolón;

En cuanto a los préstamos directos, es decir, aquellos que proceden de una lengua

warnjan > guarnir.

germánica -como es el gótico que traen los visigodos- y pasan directamente al español,

35

son muy pocos. Entre ellos destacan (Gamillscheg 1967: 87-89; Lapesa [1980] 1995:

120-121; Cano Aguilar 1997: 41; Quilis 2003: 65-66; Kremer 2004: 139; García Aranda 2005: 17):

2.1.2.1 Términos procedentes del derecho:

* laistjano o *laistôn > lastar;

sakan > sacar;

* sagjis > sagio, saio > sayón;

* skankja > escanciano;

skankjan > escanciar.

2.1.2.2. Vocabulario procedente del ámbito militar:

wardja > guardia;

* spaiha > espía.

2.1.2.3. Voces relacionadas con el vestido:

* raupa > ropa;

* fat > hato.

2.1.2.4 Términos relacionados con la ganadería, agricultura y tareas domésticas:

* haspa > aspa;

* rukka > rueca;

* alms > álamo.

2.1.2.5. Palabras que denotan animales:

* gans > ganso;

gabila > gavilán.

2.1.2.6. Términos procedentes del mundo afectivo:

* ufjo > ufano;

* ganô > gana;

* triscan > triscar;

* grimus > grima.

2.2. Topónimos

La presencia del elemento germánico (a través del gótico) en español puede rastrearse también en los nombres de lugares, o topónimos. En cualquier caso, cabe reconocer que la mayoría pueden considerarse préstamos indirectos (Kremer 2004); es decir, casi todos proceden de un término germánico pero sufren una evolución romance. En cuanto a las tendencias fundamentales en la creación de topónimos, se pueden establecer dos grupos (Lapesa [1980] 1995; Cano Aguilar 1997; Quilis 2003; Kremer 2004; García Aranda 2005):

* brŭt > brote, brotar;

2.2.1. Topónimos creados a partir de un nombre genérico latino

* parra > parra;

(como villa o castrum) más un nombre propio germánico

* kast > casta;

declinado en genitivo latino, por ejemplo:

*skilla > esquila;

* sahrja > sera, serón;

castrum Sigerici > Castrogeriz;

* tappa > tapa;

villa de Agiza > Villeza.

* spitus > espeto;

36

2.2.2. Topónimos que derivan de un nombre germánico pero que sufren una evolución romance (Quilis 2003: 66-67):

- reiks > -ricus > -rigo, -ris, -riz: Aldariz, Gandariz, Mondariz;

- měreis > -mirus > -miro, -milo; -miri > -mir, -mil: Aldemir, Framilo, Toumil;

- Wulfs > -ulfus: Adaufa, Adaufe, Cachoufe;

- *munda

> -mundus;

-mundi > -monde, -munde (confluyen con monte):

Adamonte, Aldemunde, Vaamonde; - harjis > -arius (confluye con el mismo sufijo latino): Tosar, Tosal, Condal;

- gild > -gildus; -gild > -gilde, -gil: Fuentearmegil, Arbejil, Frogil;

- marhs > -mar: Gondomar, Guimar.

2.3. Antropónimos

Otro de los ámbitos en los que se ve reflejada la presencia gótica en la lengua española es en los nombres de persona, o antropónimos. Entre los nombres de persona que tienen un origen germánico se encuentran, por ejemplo (Lapesa [1980] 1995; Medina López 2003; Kremer 2004; García Aranda 2005): Alfonso, Alonso, Álvaro, Fernando, Hernando, Gonzalo, Rodrigo, Elvira

Se considera que existían dos esquemas de formación de antropónimos germánicos: los bitemáticos y los monotemáticos (Kremer 2004). Los bitemáticos estaban formados por dos nombres, combinados libremente, por lo que no tenían un significado literal completo. Por ejemplo, Alfonso se formaba a partir de dos componentes léxicos, con significado cada uno: *hapu «batalla» y funs «valiente» (Kremer 2004: 142). En cuanto a los nombres monotemáticos, la mayoría suponían la simplificación de nombres bitemáticos, a los que se les podía añadir algún sufijo. Así, el nombre bitemático Teude-ricus se podía utilizar como nombre monotemático, Téude, Teudáne, añadiéndole algún sufijo: Téud-ila (Kremer 2004: 142).

A estos nombres, de origen visigótico, se añaden posteriormente otros nombres germánicos de origen francónico, que llegan la Península Ibérica en dos oleadas: la primera, con la conquista de Cataluña por parte de los francos (a este período se deben

nombres como Bernardo, Guillelmo, Bertrando, Geriberto, Rodlando); la segunda, en plena Edad Media, y por influencia de las órdenes monásticas y el Camino de Santiago (Kremer 2004).

2.4. Morfología

El rasgo morfológico de origen gótico más característico de la lengua española es el sufijo -engo, y su variante sorda -enco (Lapesa [1980] 1995; Penny 1993; Cano Aguilar 1997; Medina López 2003; Quilis 2003; Kremer 2004; García Aranda 2005), procedente de un antiguo sufijo gótico, -ingôs (Kremer 2004). En gótico el sufijo significaba «pertenencia a una persona o unidad familiar» y tenía un valor jurídico; en español expresa la pertenencia a algo, como se observa en realengo, abolengo o abadengo; en cuanto a la variante sorda, ésta aparece en términos como podenco o mostrenco.

Como ya se ha adelantado, la influencia gótica en la lengua española reside, sobre todo, en el léxico. No obstante, se pueden observar también algunos rasgos en la morfología.

También se considera un rasgo morfológico de influencia gótica la terminación en -anede algunos masculinos acabados en -a, como se observa en el nombre de origen germánico Froilane > Froilán, pero también en otros términos, de origen latino, como sacrista, -ae > sacristane > sacristán (Lapesa [1980] 1995; Penny 1993; Cano Aguilar 1997; Quilis 2003; Kremer 2004; García Aranda 2005).

Finalmente, algunos autores (Lapesa [1980]

1995;

Penny 1993)

señalan la

introducción de los sufijos -ez, -iz, característicos de los patronímicos, como una influencia gótica. Los patronímicos eran nombres que se colocaban tras el nombre individual para indicar el nombre paterno, y muchos han pasado al español como apellidos. Aunque los sufijos -ez e -iz son de origen prerromano, parece ser que adquirieron gran difusión en la época visigoda como forma de crear genitivos góticos latinizados. De ahí derivan apellidos como Rodríguez, Ruiz, Fernández

3. Estado de la lengua romance en la época visigoda

La época visigoda

debió de

ser fundamental para la gestación de la lengua

romance, debido a la desconexión con el resto del Imperio; igualmente, los diversos

centros políticos que había en la Península Ibérica favorecían diferentes tendencias, lo

37

que revertió en la aparición de los distintos romances (Lapesa [1980] 1995). Algunas de las características que debían de estar consolidándose u originándose durante este período son (Lapesa [1980] 1995: 124-128; Quilis 2004: 68; García Aranda 2005: 16):

3.1. Continúa la sonorización de las consonantes sordas intervocálicas /p, t, k/ que se convierten en /b, d, g/, como sucede en: pontificatus > pontivicatus; ec(c)lesiae > eglisie.

que revertió en la aparición de los distintos romances (Lapesa [1980] 1995). Algunas de las características

3.5. Diptongación vacilante de /ě/ y / / tónicas latinas:

que revertió en la aparición de los distintos romances (Lapesa [1980] 1995). Algunas de las características

těrram > tierra; p rtam > puerta.

3.6. Conservación de los diptongos /ai/ y /au/ en todo el territorio peninsular, excepto en la Tarraconense, donde empiezan a monoptongar en e y o, respectivamente:

carraira > carrera; auru > oro.

  • 3.2. En la zona oriental y occidental se palataliza la /l/

inicial, lo que no ocurre en la parte castellana. Así, lupu se

3.7. En esta época se llevan a cabo algunos cambios que se encuentran también en otros romances:

transforma en llobu (aragonés) y llop (catalán); igualmente, luna evoluciona a lluna en leonés y catalán.

-la lateral /ll/ en olloy fillo;

-conservación de la /f/ inicial, como en fazer;

-conservación de /it/ o / x t/, procedentes del grupo consonántico noite;

kt:

no x te,

3.3. Palatalización de la /l/ proveniente de los grupos /c'l/, /g'l/ y /l + yod/, como en: auricula > oricla > orel□□a.

-conservación de la /g/ inicial: genairo «enero».

  • 3.4. /k + yod/, /t + yod/ y consonante + /d + yod/ se

transforman en /s/, como sucede en: calcěa > kalŝa. Posteriormente, el grupo /k + e, i/ se palataliza en /ĉ/.

38

Bibliografía

Cano Aguilar, R. (1997): El español a través de los tiempos, Madrid, Arco Libros.

Gamillscheg, E. (1967): «Germanismos», en M. Alvar et alii (dirs.): Enciclopedia lingüística hispánica, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Vol. II, pp. 79-91.

García Aranda, M.

A.

(2005): «La romanización de

la Península. Los pueblos

germánicos en la Península», www.liceus.com, ISBN - 84-9822-185-4.

Kremmer, D. (2004): «El elemento

germánico y su

influencia en

la

historia

lingüística peninsular», en R. Cano Aguilar (coord.): Historia de la lengua española,

Barcelona, Ariel, pp. 133-148.

Lapesa, R. ([1980] 1995): Historia de la lengua española, Madrid, Gredos.

Medina López, J. (2003):

Madrid: Arco Libros.

Historia de la lengua española I. Español medieval,

Penny, R. (1993): Gramática histórica del español, Barcelona: Ariel.

Quilis, A. (2003):

Introducción a la historia

Universidad Nacional de Educación a Distancia.

de

la

lengua española, Madrid:

LA ÉPOCA ALFONSÍ Y LOS INICIOS DE LA PROSA CASTELLANA

Herminia Provencio Garrigós, José Joaquín Martínez Egido (coaut.)

1. Introducción

El llamado castellano alfonsí

fue el resultado

de

la

labor

regia de Alfonso X,

conocido por el sobrenombre de el Sabio. Reinó en Castilla y León a lo largo de treinta y

dos años, de 1252 a 1284. Todos los historiadores coinciden en señalar que fue uno de los monarcas más importantes, si no el más influyente, de toda la Edad Media en la Península Ibérica. Hijo del rey Fernando III supo culminar y engrandecer todas las empresas sociales, políticas, económicas y culturales que su padre había emprendido años atrás.

39

Ilustr. 1: Escultura de Alfonso X, el Sabio Respecto a su papel como rey fue un

Ilustr. 1: Escultura de Alfonso X, el Sabio