UNA MIRADA A LA VENEZUELA SIN CHAVEZ

Por Sheyla Dallmeier Politóloga, Directora del Instituto de Comunicación Política Capitulo Colombia

Los momentos críticos que vive la nación venezolana, parecen salidos de la mente afiebrada de algún escritor de realismo mágico latinoamericano. La realidad de un país que durante más de mes y medio no tiene ninguna certeza de la situación clínica de su presidente, si vive o está muerto, si agoniza o convalece, luego de irse a La Habana a someterse a una cirugía como consecuencia de un cáncer del cual tampoco se tiene mayor información y que, según el dicho de los representantes de los poderes públicos de Venezuela, está en el pleno ejercicio de su mandato, es algo que no tiene parangón en la región y posiblemente a escala planetaria. El articulado de la Constitución relativo al tema es absolutamente claro y no da espacio para interpretaciones, pero el escenario es tan sui generis, que conforme a la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que asume la aclaración de la Carta Magna, la ya larga ausencia del Primer Magistrado, no debe considerarse ni falta temporal, ni falta absoluta, toda vez que –de acuerdo al criterio del Tribunal- el requisito para que halla una declaración de ausencia, es que ésta sea declarada así mediante decreto dictado por el propio Presidente de la República y en este caso lo que hubo fue una solicitud de permiso, debidamente aprobada por la Asamblea Nacional. De modo que el Presidente está ausente pero no hay ausencia. De otro lado, agrega el TSJ, que dado que el presidente fue reelecto, no es menester cumplir con los procedimientos constitucionales previstos para la asunción del cargo para el nuevo período en la fecha establecida al efecto, porque sería aplicable el principio de la continuidad administrativa, con lo cual se da el insólito caso de que el presidente no se juramenta por estar ausente y el Vicepresidente y los ministros siguen en sus cargos como si nada hubiera pasado, a pesar de que el período presidencial se venció y se dio comienzo a un nuevo período. Para la comunidad de abogados expertos en derecho constitucional del país, la sentencia distorsiona el sentido expresado en la letra de la Constitución y el TSJ excede el ámbito de sus atribuciones al asumir el papel de constituyente cuando agrega condiciones y requisitos no previstos en el articulado de la Carta Magna.

Usar un galimatías argumental como base para la justificación de una situación de hecho, podría colocar el país en un disparadero, de no mediar una actitud muy poco combativa de la oposición, representada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD) y su candidato en las recientes elecciones presidenciales, Henrique Capriles Radonsky. Como ejemplo, en su primera aparición pública luego de la citada sentencia del TSJ, sólo se atrevió a balbucear que acataba la sentencia y que al gobierno del vicepresidente Maduro no tenía excusas para no comenzar a gobernar. No obstante que los problemas constitucionales y legales que confronta el régimen son de por sí suficientemente densos, las dificultades relativas al entorno económico y social ponen al país como una caldera a punto de estallar. La conflictividad social puesta de manifiesto el año 2012, derivada de las necesidades insatisfechas en materia de vivienda, inflación, desempleo, hizo llegar la cifra de protestas a niveles no vistos con anterioridad, al contabilizarse 5.483 protestas durante el año, es decir unas 15 protestas diarias, de acuerdo a las cifras publicadas por el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social. Por si fuera poco, la situación podría verse agravada dado que el gobierno estaría a las puertas de la aplicación de un severo ajuste económico, como consecuencia de los graves desequilibrios acumulados por la economía venezolana. Los indicadores económicos de Venezuela están en un nivel deplorable. Resultado de la destrucción por mala operación de las instalaciones refinadoras, la nación tiene que importar masivamente productos refinados de petróleo de los EEUU. En promedio el gobierno importó 200 mil barriles diarios de gasolinas y otros derivados durante el pasado año, en un país tradicionalmente exportador de crudo y productos refinados, ahora transformado en importador, por obra y gracia de la ineptitud demostrada en el manejo de la principal industria del país. De la producción petrolera un porcentaje muy alto prácticamente no se cobra porque forma parte de los acuerdos del ALBA o en el caso del suministro de crudo a China, sólo se cumple para pagar la deuda previamente contraída. La deuda pública ha pasado de 28 mil millones de dólares a 240 mil millones medio de una bonanza petrolera sin precedentes y el déficit fiscal es ubicado por algunos economistas en 19 puntos del PIB para el presente ejercicio. El manejo de las finanzas públicas, conducido a contrapelo de una administración transparente, ha eliminado los conceptos creados con la modernización ocurrida durante el período democrático anterior y ahora se semeja a la manera que se usaba durante el siglo diecinueve, al eliminarse el concepto de unidad del Tesoro y crearse diversos fondos al margen del Presupuesto Público, manejados con total opacidad. El presidente maneja directamente la mitad de los ingresos del país, fuera del presupuesto y sin rendir cuenta, una cifra gigantesca, si se considera el boom petrolero actual.

Toda esta situación calamitosa era manejada por Chávez con una presencia apabullante en los medios, el uso de su histrionismo natural y el reparto de parte del botín petrolero a una porción importante de la población, a través de las llamadas misiones sociales, un equivalente a los programas sociales aplicados por anteriores gobiernos, pero a una escala considerablemente mayor. La realidad pinta muy diferente para los herederos políticos de Chávez. Maduro no tiene ni de lejos ninguna de las características del liderazgo de su mentor. Luce como un hombre sin los conocimientos suficientes para enfrentar circunstancias tan difíciles como las actuales y carece de carisma. El discurso de Maduro no muestra nada novedoso y hasta ahora se ha limitado a repetir frases hechas contra el imperialismo y a proferir amenazas con el fin de infundir temor en los sectores opositores. Sus constantes viajes a Cuba han creado la impresión de que es incapaz de tomar ninguna decisión sin recibir instrucciones de la jerarquía cubana. El temor generalizado es que el destino del país y en particular de su industria petrolera se esté decidiendo desde La Habana, en tanto que la bandera cubana se ondea junto a la de Venezuela en los fuertes militares y en las sedes de diversos organismos públicos y empresas del Estado. Este sombrío panorama debería ser suficiente para que la oposición democrática entendiera que debería establecer un orden de prioridades que trascienda lo electoral. Están en juego cuestiones más importantes que el control de alguna alcaldía o gobernación, mientras la soberanía esté en entredicho y los problemas, en todos los órdenes, se agravan por la indolencia del gobierno, hasta lo insostenible. Si bien es cierto que lo electoral no puede dejarse de lado –al fin y al cabo nunca se habían realizado tantas elecciones como durante este período- construir una mayoría implica un duro trabajo en los sectores populares y en las zonas rurales más pobres, una tarea que la militancia opositora minimizada y burocratizada, ha demostrado que tiene poca disposición a realizar. Urge entonces, si se quiere tener algún éxito, iniciar una tenaz acción evangelizadora en los sectores populares, a la cual se incorpore toda la militancia opositora con el fin de capitalizar el descontento y contrarrestar la poderosa Red Nacional de Medios Públicos, que hasta ahora, ha copado la escena nacional.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful