San Nicolás, 26 de julio de 2005 ENSEÑANZA Para todos los que creen firmemente en la verdad de nuestro Hermano Mayor

, no hay ni siquiera posibilidad de dudar que la escena descripta por Ezequiel se vuelva a repetir. Pero los actuales fariseos, no sospechan en absoluto que vuelvan a ser los mismos actores, y que su maldad habrá de representar las partes peores, por obstaculizar la obra de Dios y perseguir siempre a los seguidores de Jesús. Hoy Jesús abre los labios y se presenta de una forma nueva, que hasta ahora no había empleado. El hecho lejano, que se sobrepone al presente, es la venida del Hijo de Dios destinada a guiarnos, instruirnos y conducirnos. Mientras los fariseos consumían su ingenio en inventar obstáculos al progreso de la Buena Nueva, Jesús proveía a la continuidad de la misma, con la preparación de dos grupos de ayudantes; uno de doce y el otro de setenta y dos discípulos. Durante los últimos viajes había ido, poco a poco, recogiendo aspirantes y jóvenes voluntarios; lo habían seguido a Jerusalén llenos de entusiasmo. Hallándose éstos en el monte de los olivos, oyeron que el Maestro tenía intención de enviarlos en gira a predicar; ellos se habían adiestrado para la disciplina del apostolado. Le prepararían el camino en los pueblos donde más tarde habría de ir, y luego, con aquel cuerpo de ayudantes, constituiría un recurso histórico de alto estilo. Como representantes del Gran Consejo de la Iglesia de Jesús, figuraban bien, no se puede negar, pero como evangelizadores destinados a la conversión de los pueblos, eran muy pocos ¡Un discípulo por nación! Jesús estaba precisamente considerando esto, cuando intervino con las doloridas expresiones siguientes: “¡Oh sí! La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad pues al dueño de la mies para que mande otros obreros a la siega. Por ahora, los envío a vosotros, no teniendo otros. Os envío como corderos en medio de lobos.” El cordero es la más humilde e inocente criatura que pueda haber, permanecerá tal cual Dios la creó, para servir de ejemplo a todos aquellos que son llamados al apostolado por Jesús. Con tal divisa envió a sus discípulos y los guarneció con una parte de Su Espíritu y de Su Virtud. Una vez que hubo pronunciado, con voz triste, aquellas palabras, Jesús volvió a asumir su aspecto de Conductor y Hermano Mayor; abrazó tiernamente a sus discípulos, y de dos en dos, los despidió para que fueran a la misión que les había asignado. ¡Miradlos! Se están saludando en férvido desorden, con alegría y gozoso entusiasmo espiritual. ¡Miradlos! Mueven con impaciencia los pies, ya los veo en el camino, ya parten con lo puesto solamente, cada uno con su carácter; y escrito en el corazón: Discípulos de Jesús, misioneros de la Nueva Argentina.
Dada a conocer a través de Juan Domingo. 26/7/2005