El dilema del revocador Carlos Meléndez La inseguridad ciudadana, el transporte público y el trato y respeto entre los capitalinos figuran

como los principales aspectos que influyen en la calidad de vida de los limeños. Aquel vecino que no se siente satisfecho con la vida en la capital (52% de acuerdo con el Observatorio Lima Cómo Vamos) es un potencial revocador. Este alto nivel de insatisfacción es el principal obstáculo para que Susana Villarán se mantenga en el cargo. Convencer al limeño desencantado de la vida en su ciudad es, aparentemente, complicado, sobre todo en los niveles socio económicos más bajos, donde el disgusto y la intención a favor de la revocatoria son mayores. Sin embargo, considero que disminuir el número de revocadores puede resultar viable si la campaña por el NO toca las fibras adecuadas e identifica claramente cuál es el dilema del revocador. El potencial revocador ha encontrado en la consulta del 17 de marzo su principal vehículo de expresión. Una gestión políticamente débil es el catalizador perfecto para la furia contenida en décadas. Los opositores de Villarán tuvieron éxito en lo que más duele en política: identificarla como la culpable (se lo merezca o no) de una ciudad demasiado tercermundista para el optimismo del Perú Avanza. Los defensores de la gestión han apelado a dos discursos de difícil traducción: los revocadores (todos) son “mafiosos” y “Lima no puede parar”. Ninguno de estos mensajes ataca las bases individuales de la desafección de ese “rational cholo” que busca en la política algo concreto. Del mismo modo, resulta de una ignorancia supina creer que ofrendas clientelares minúsculas y aisladas (toda la alegoría sobre la repartición de galletas y fideos) son suficiente para conquistar los sectores D y E. No hay nada más concreto para un individuo que su tiempo. No el que perdería Lima, sino el personal que emplearía y sus efectos en su cotidianidad. La campaña por el NO tendría que capitalizar a su favor la inversión de tiempo (y los costos asociados) que implicaría votar sucesivamente dos veces más (la de marzo es inevitable); movilizarse nuevamente por una mega ciudad, “perder” dos fines de semana más (Ley Seca incluida), correr el riesgo de ser miembro de mesa, para que no cambie gran cosa. Si el potencial revocador asocia la “pérdida de tiempo” que significan tres consultas (revocatoria, elección del reemplazante y la programada para el 2014) podría pasar por alto su descontento, se tragaría su bronca y se decidiría por el status quo. Pero ello depende a su vez de otro mensaje de parte de Villarán. Uno que atenúe su imagen de soberbia y distancia social. Uno que exprese un mea culpa, un sincero “me equivoqué”. Un mensaje del tipo “Que no jueguen con Lima, que no jueguen con tu tiempo” debe ir acompañado de un “Voltearé el partido en la segunda mitad”.

¿Existen en los camerinos del NO los recursos para un cambio de actitud? El partido es ganable, pero no con “pechos fríos”. Publicado en El Comercio, 15 de enero del 2013.

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