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DETERMINISMO Y TEORÍA CUÁNTICA

SELECCIÓN DE TEXTOS Y REFLEXIONES

ENSAYO FILOSÓFICO-CIENTÍFICO

Por

Isidoro López Santa Cruz y Martínez

ESTA UNIDAD SÓLO COMPRENDE:

LA PRESENTACIÓN DEL ENSAYO Y LOS CAPÍTULOS I, II, III. EL RESTO DEL ENSAYO SE OFRECE EN UNIDADES DE TRES O CUATRO CAPÍTULOS CADA UNA

Obra inscrita en el Registre de la Propietat Intel.lectual, Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, con el número 1997/43/23762 y fecha 03/12/1997.

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A MODO DE FRONTISPICIO

SOBRE LA RELACIÓN ENTRE FILOSOFÍA Y CIENCIA.

Todo buen matemático es, como mínimo, medio filósofo, y todo buen filósofo es, como mínimo, medio matemático.

Friedrich Ludwig Gottlob Frege.

Tengo para mí que todo auténtico teórico lleva dentro de sí un metafísico domesticado, por muy positivista que se imagine ser.

Albert Einstein.

Estoy convencido que la física teórica es auténtica filosofía.

Max Born.

Un filósofo es un escéptico que busca una hipótesis plausible para explicarse el conjunto de las experiencias. Imaginando que haya encontrado la clave, la propone a otros, pero no la impone.

Henri Frédéric Amiel.

A Descartes le daban lástima los Jonios; él, a su vez, nos hace sonreír; indudablemente, algún día, nuestros hijos se reirán de nosotros.

Henri Poincaré

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Dos palabras al lector:

PROEMIO

La finalidad de este ensayo es analizar si existe alguna razón válida, en el marco de la teoría cuántica, que nos pudiera obligar a aceptar el indeterminismo objetivo y radical, esto es, inherente a las propias leyes de la naturaleza, como lo propugnaron destacados físicos, Niels Bohr, Max Born, Werner Heisenberg, Pascual Jordan y otros.

El indeterminismo cuántico, en el sentido antes expresado, así como el determinismo laplaciano de la física clásica, no representan, en mi opinión, puros hechos de experiencia, ni tampoco son la consecuencia de teorema alguno. Entran, pues, en el campo de la interpretación, de la hermenéutica física como diría Helmholtz, más o menos razonable, que cabalga a ahorcajadas entre los dominios de la ciencia y la filosofía.

El destinatario del ensayo es el lector culto, no necesariamente físico, matemático o filósofo, por lo que me impongo la tarea de familiarizar al lector con los rudimentos de la teoría cuántica, en lo pertinente al tema central del libro. Los primeros capítulos, aproximadamente más de la mitad del ensayo, cumplen, o pretender cumplir, con este objetivo. Están cuajados de copiosos textos, hermosos y sencillos, de eminentes físicos, que guardan un valor didáctico inestimable, independientemente de la validez de la tesis aquí sostenida, por lo que el ensayo merecería subtitularse: Antología de Textos Relativos a la Teoría Cuántica. En los capítulos siguientes, se analizan diversos hechos e interpretaciones, y se exponen los argumentos a favor de la tesis del autor de este ensayo. La posición del autor guarda una relación estrecha con la del eminente físico teórico, Max Planck, iniciador de la teoría cuántica.

En un principio no fue, en absoluto, la intención del autor el proponer una interpretación de los extraños sucesos cuánticos en línea con el pensamiento de Max Planck. Este paralelismo, hasta cierto punto acusado, entre ambas perspectivas la del ilustre físico y la del autor de este ensayose me ha ido haciendo patente conforme avanzaba en el análisis y valoración de los sorprendentes procesos cuánticos.

Aunque la conclusión, a la que me lleva el análisis lógico, no te convenza, confío, amable lector, que disfrutes de los variados y muy valiosos textos de diversos científicos que para ti he seleccionado.

Para cualquier comentario o consulta puedes encontrarme en:

Isidrolomar@mailpersonal.com

Madrid, Abril de 2006

Isidro López

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RELACIÓN DE CAPÍTULOS

PROEMIO

CAPÍTULO I

La Ley de Radiación del Cuerpo Negro de Max Planck.

CAPÍTULO II

Consecuencias de la Teoría de Radiación de Max Planck. Los efectos Fotoeléctrico y de Compton.

CAPÍTULO III

Desde el Átomo de Rutherford al Modelo de Bohr.

CAPÍTULO IV

Las Órbitas Elípticas de Arnold Sommerfeld. Los Principios de Correspondencia y Exclusión.

CAPÍTULO V

La Nueva Mecánica Cuántica Matricial

CAPÍTULO VI

La Mecánica Cuántica Ondulatoria.

CAPÍTULO VII

Desde las Ondas de Materia a las Ondas de Probabilidad.

CAPÍTULO VIII

Principio de Indeterminación de Werner Heisenberg.

CAPÍTULO IX

El Concepto Bohriano de la Complementariedad.

CAPÍTULO X

El Determinismo Físico y el Principio de Causalidad.

CAPÍTULO XI

¿Fallo, o Inaplicabilidad, del Determinismo?

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CAPÍTULO XII

Determinismo y Azar. Regularidades Estadísticas Cuánticas.

CAPÍTULO XIII

La Contradicción Inherente al Indeterminismo Cuántico Radical y Objetivo.

CAPÍTULO XIV

Desde el Argumento “E. P. R.” a las Desigualdades de Bell.

CAPÍTULO XV

La Posición Epistemológica del Mentalismo Moderno.

CAPÍTULO XVI

Sobre el Fracaso del Mecanicismo.

CAPÍTULO XVII

Mecánica Cuántica y Libre Albedrío

EPÍLOGO

Conclusiones de este ensayo.

APÉNDICES VARIOS:

Bosquejo de ulteriores desarrollos cuánticos. Física de Partículas. La Ecuación de Schrödinger. Experimento Mental de Heisenberg, basado en el Microscopio de Rayos Gamma. Principio de Falsación. Exposición del Método Hipotético-Deductivo por Max Planck.

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TEMAS POR CAPÍTULOS

PRIMERA PARTE

Capítulo I. La Ley de la Radiación del Cuerpo Negro de Max Planck. El extraño mundo cuántico. Max Planck y el problema de la radiación del cuerpo negro. Ley del Corrimiento de Wien. Ley de Stefan. Leyes de la radiación de Wien y de Raleygh-Jeans. Ley de la radiación de Planck.

Capítulo II. Consecuencias de la Teoría de la Radiación de Max Planck. Los Efectos Fotoeléctrico y de Compton. Consecuencias de la teoría de Max Planck. Cómo obra el quantum elemental de acción. Primera conferencia de Solvay. Actitud de Max Planck ante su propio descubrimiento. Efecto fotoeléctrico. Efecto Compton. Consecuencia del tamaño de la constante de Planck. Bosquejo biográfico de Max Planck y elogios a su labor científica.

Capítulo III. Desde el Átomo de Rutherford al Modelo de Bohr. Programa de investigación propuesto por Poincaré. El átomo de Lord Rutherford. Semblanza de Ernest Rutherford. Aparente simplicidad de la naturaleza. El átomo de Niels Bohr. Postulados del modelo de Bohr. El átomo de Bohr en cifras. Los espectros atómicos. El espectro del hidrógeno. Balmer, Ritz y otros. Estabilidad de la materia.

Capítulo IV. Las Órbitas Elípticas de Sommerfeld. Los Principio de Correspondencia y Exclusión. Las órbitas elípticas de Sommerfeld explican el efecto Zeeman. Sommerfeld crea dos nuevos números cuánticos. El principio de correspondencia de Niels Bohr. Los átomos de Rydberg. El principio de exclusión de Pauli. El cuarto número cuántico, el spin. El principio de exclusión y la estabilidad de la materia. Las manzanas de Dyson. Dos modelos del núcleo.

Capítulo V. La Nueva Mecánica Cuántica Matricial. Época de transición en la teoría cuántica. Las magnitudes observables. Heisenberg relata cómo descubrió la mecánica cuántica matricial. Las series de Fourier. Relato complementario de Pascual Jordan. Cómo surgen las matrices en la mecánica cuántica. La analogía de J. Jeans. Con W. Pauli la mecánica matricial pasa su primer test.

Capítulo VI. La Mecánica Cuántica Ondulatoria.

Las ondas de materia de Louis de Broglie. L. de Broglie como precursor de Erwin Schrödinger. La ecuación diferencial de ondas de Schrödinger. Fórmula de la misma. La expresión de la energía en la ecuación diferencial. Valores propios de la energía y funciones propias. La función que desempeña el término de energía. La ecuación de Schrödinger y el spin. ¿Qué representa el símbolo ψ? Rasgos fundamentales de la ecuación, según Max Planck. Breve reseña sobre Schrödinger.

Capítulo VII. Desde las Ondas de Materia a las Ondas de Probabilidad.

Ondas de Materia: la interpretación intuitiva de Schrödinger. El debate “Bohr-Schrödinger” sobre la interpretación de la cuántica. Fracaso de la interpretación brogliana de la onda piloto. Ondas de probabilidad. La interpretación probabilística y abstracta de Max Born. Sugestiva imagen de J. Jeans. La interpretación de la magnitud Ψ como distribución de la densidad de la carga electrónica, según Schrödinger. Enunciado del probabilismo cuántico por Dirac, Jeans, Hawkings y L. de Broglie. Probabilismo y efecto Túnel. La función de onda como representación de cómo evoluciona nuestro conocimiento acerca de los procesos cuánticos.

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SEGUNDA PARTE

Capítulo VIII. Principio de Indeterminación de Werner Heisenberg.

Circunstancias en que se formuló el principio de incertidumbre. Magnitudes observables. Sólo la teoría decide acerca de lo que se puede observar. Exposición del principio de indeterminación desde el punto de vista de la teoría corpuscular. Exposición del principio de incertidumbre en el marco de la teoría ondulatoria. El principio de indeterminación aplicado a otras magnitudes conjugadas. Insólitas aplicaciones del principio de indeterminación. ¿Principio de indeterminación o de incertidumbre?

Capítulo IX. El Concepto Bohriano de la Complementariedad.

Debate secular entre las dos teorías rivales, corpuscular y ondulatoria. Enunciado del principio de complementariedad. La dualidad onda-corpúsculo en los físicos contemporáneos. Comparación de ambos principios: complementariedad e indeterminación. Preeminencia del principio de indeterminación. Complementariedad: un principio que vale casi para todo. Biología y cuántica.

Capítulo X. El Determinismo Físico y el Principio de Causalidad.

Qué se entiende por determinismo físico. Textos de Laplace y Poincaré. Críticas de B. Russell al principio de causalidad. Ecuaciones diferenciales y determinismo. Precisiones de Einstein y Poincaré sobre las ecuaciones diferenciales. Del determinismo mecanicista al determinismo morfológico. El principio leibniziano de razón suficiente. El error de Hume y la categoría kantiana de la causalidad. La opinión de Einstein sobre la causalidad en la nueva física. La posición moderada de Max Planck.

Capítulo XI. ¿Fallo, o Inaplicabilidad, del Determinismo?

Analizando las críticas de Heisenberg al determinismo. Las figuras lógicas del condicional y del bicondicional. La clarificación de Bertrand Russell sobre el principio de indeterminación. La anfibología contenida en la interpretación del principio de indeterminación, puesta de manifiesto por Bertrand Russell y Herbert L. Samuel. El paralogismo (homonimia) de Max Born. Análisis lingüístico del término alemán bestimmen (determinar).

Capítulo XII. Determinismo y Azar. Regularidades Estadísticas Cuánticas.

Qué es el azar. Textos de Poincaré. Un hecho fortuito es un hecho no explicado. Una anécdota de von Neumann. ¿Son real y totalmente aleatorios los procesos cuánticos? Las regularidades estadísticas cuánticas constituyen el talón de Aquiles del indeterminismo radical. El argumento tecnológico. Las constantes universales de la física. El mundo subyacente a los fenómenos cuánticos. El substratum de Paul Dirac y Max Born. Análisis de la expresión: experimento bajo idénticas condiciones. Reflexiones de Max Planck sobre el azar en el lanzamiento de dados. La ley de los grandes números. Paralelismo formal entre las regularidades estadísticas cuánticas y las de los juegos de azar.

Capítulo XIII. La Contradicción Inherente al Indeterminismo Cuántico Radical y Objetivo.

La perturbación del proceso cuántico por la observación. Bohr y Heisenberg enfrentados ante la perturbación por el observador. La contradicción inherente al determinismo cuántico: contradictio in terminis. Analizando un texto Max Planck. La observación y el experimento como intercambios de energía. Indagando la raíz del principio de indeterminación. La acción causal de la medida y el colapso de onda.

Capítulo XIV. Desde el Argumento “EPR” a las Desigualdades de Bell.

El determinismo en el V Congreso Solvay de Física, 1927. Relato del congreso por Louis de Broglie. El Gran Debate entre Einstein y Bohr. Desde el argumento EPR a las desigualdades de Bell. Las correlaciones cuánticas. Los efectos cuánticos de correlación implican una menor aleatoriedad. El sacrificio de la partícula clásica, según Max Planck. La opinión de Paul Langevin sobre el famoso debate.

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TERCERA PARTE

Capítulo XV. La Posición Epistemológica del Mentalismo Moderno.

La existencia del mundo exterior. Dos postulados fundamentales de la ciencia. La física como interpretación o hermenéutica. El mentalismo moderado y razonable. George Berkeley. Reflexionando sobre un cuadro de Velázquez. La realidad sin rostro. La mente es el objeto primero y más inmediato que conocemos; todo lo demás es inferencia remota. Tres planos o niveles de lo real. Textos de Jeans, Eddington y Russell. Correspondencia unívoca degradada. El substratum de Dirac.

Capítulo XVI. Sobre el Fracaso del Mecanicismo y del Apriorismo.

Mecanicismo universal, su hegemonía y hundimiento. El abandono del éter mecánico. El final de la era mecánica en la física. Desmaterialización de la materia. Monismo o dualidad mente-materia. Reflexiones de Pierre Teilhard de Chardin y de Alfred North Whitehead sobre el psiquismo. La responsabilidad ética y la misma lógica, maltratadas en la hipótesis del fisicalismo universal y absoluto. Preeminencia del concepto de energía y su correlato físico. La energía, denominador común de la mente y la materia. El comportamiento matemático de las fuerzas de la naturaleza o energía. Abandono del apriorismo epistemológico.

Capítulo XVII. Mecánica Cuántica y Libre Albedrío.

Indeterminismo y libre albedrío. Insuficiencia del determinismo como base de la ética. Bertrand Russell y el libre albedrío. Las incongruencias de Stuart Mill, Baruch Spinoza y de ciertas Iglesias Reformadas. William James y el libre albedrío. Otros textos alternativos al de Bertrand Russell. Insuficiencia del indeterminismo como base de la ética. El sentido íntimo, fundamento del libre albedrío. La propuesta de Teilhard de Chardin. Los motivos del libre albedrío no son fisicalistas. El mundo abierto de la ciencia actual.

Epílogo: conclusiones de este ensayo.

APÉNDICES VARIOS:

Bosquejo de ulteriores desarrollos cuánticos. Física de Partículas.

Objetivo de estos rudimentos de cuántica. La ecuación relativista del electrón de Dirac. Cuantificación del campo electromagnético. Teoría Quantum electro-dynamic. Proliferación de partículas. Las cuatro fuerzas fundamentales. Las extrañas partículas quarks de la teoría standard. Los quarks poseen carga de color. Jerarquía de partículas. Teoría de la Quantum Chromo-dynamic. Los bosones. Teoría de la gran unificación. ¿Existen en la naturaleza partículas absolutamente elementales? En el principio era la simetría.

La Ecuación de Schrödinger. El Experimento Mental de Heisenberg basado en el Microscopio de Rayos Gamma. Principio de Falsación. Exposición del Método Hipotético-Deductivo por Max Planck.

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PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

LA LEY DE LA RADIACIÓN DEL CUERPO NEGRO DE MAX PLANCK

Sumario:

El extraño mundo cuántico. Max Planck y el problema de la radiación del cuerpo negro. Ley del Corrimiento de Wien. Ley de Stefan. Leyes de la radiación de Wien y de Raleygh-Jeans. Ley de la radiación de Planck

EL SORPRENDENTE MUNDO CUÁNTICO.

En cierta ocasión Niels Bohr comentaba a Werner Heisenberg:

Hace algún tiempo se celebraron aquí, en Copenhague, unas sesiones de filosofía a las que asistieron, principalmente, partidarios de la moderna tendencia positivista. Los representantes de la escuela de Viena desempeñaron en ella un papel importante. Ante estos filósofos traté de hablar sobre la interpretación de la teoría cuántica. Tras mi conferencia no hubo objeción alguna, ni me plantearon preguntas difíciles; pero he de confesar que esta actitud me causó mayor frustración, pues cuando a alguien no le extraña la teoría cuántica, es indicio de que no la ha comprendido. Es probable que mi conferencia fuera tan mala, que nadie captara su contenido”.

Relatado por W. Heisenberg en su obra Der Teil und das Ganze. Gespräche im Umkreis der Atomphysik (La Parte y el Todo. Conversaciones en torno a la Física Atómica).

Por lo que al autor de este ensayo se refiere, dicha extrañeza, y el subsiguiente impulso de indagación, están en el origen de este ensayo.

MAX PLANCK Y EL PROBLEMA DE LA RADIACIÓN DEL CUERPO NEGRO.

Es bien conocido el comentario que el gran físico del siglo XIX, William Thomson (Lord Kelvin), hiciera en las postrimerías del siglo XIX acerca del porvenir de la física. Los problemas fundamentales estaban ya resueltos. Las nuevas generaciones de físicos sólo tendrían que aquilatar las conquistas ya conseguidas. No obstante, dio pruebas de gran perspicacia al señalar dos pequeñas nubes en el horizonte de la física: las fallidas experiencias de Albert Michelson sobre la detección del viento del éter por medios ópticos, y el enigma de la radiación del cuerpo negro. La primera nubecilla daría origen a la teoría de la relatividad especial, iniciada por Hendrik A. Lorentz, en gran parte anticipada por Jules Henri Poincaré y presentada, en forma acabada, por el genio de Albert Einstein; la segunda, iniciada por Max Planck, y desarrollada por toda una

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pléyade de científicos, Einstein entre ellos, dio nacimiento a la rama más frondosa de la física moderna: la teoría cuántica. En cuanto a esta última, así nos describe los primeros pasos su iniciador:

Ya en 1860 G. Kirchhoff había enunciado el principio según el cual en un recinto, limitado por paredes totalmente reflectantes, conteniendo cuerpos cualesquiera emisores y absorbentes, con el tiempo y mediante procesos irreversibles, se alcanza un estado estacionario de la radiación que depende de una sola variable, esto es, de la temperatura T, común a todos los cuerpos del recinto. Es el mismo estado de radiación que se obtiene en una cavidad, cuyas paredes están ennegrecidas y sometidas a la misma temperatura. Le corresponde una distribución, totalmente determinada, de la energía radiante que depende de las frecuencias de oscilación individuales “v” del espectro de radiación. Esta distribución, denominada normal, es una función de sólo T y “v”, con independencia de cualquier clase de material y, como yo estaba convencido de que una ley natural cuanto más sencilla mayor es su alcance, me pareció una tarea enormemente atractiva proseguir indagando hasta encontrar dicha función, que permanecía desconocida. Del capítulo titulado Zur Geschichte der Affindung des physicalischen Wirkungs- Quantum (Acerca de la Historia del Hallazgo del Quantum Elemental de Acción), de la obra Vorträge und Erinnerungen (Conferencias y Recuerdos) de Max Planck. Así inició Max Planck uno de los dos relatos en los que narra cómo llegó a la formulación correcta de la distribución de la energía en la radiación del llamado cuerpo negro.

REALIZACIÓN DEL CUERPO NEGRO.

F. Reiche en su obra, Teoría de los Quanta, nos explica cómo dos físicos alemanes emprendieron la realización del cuerpo negro, lo que permitiría efectuar las medidas necesarias en orden a descifrar la función desconocida, de la que nos hablaba Max Planck:

Este importante progreso, o sea, “la realización del cuerpo negro”, se debe a O. Lummer y W. Wien, quienes se apoyaron en la siguiente proposición fundamental debida a G. Kirchhoff: “En toda cavidad rodeada de paredes especulares y térmicamente aislada se establece automáticamente la radiación “negra”, siempre que en su interior, o en las paredes, se encuentren regiones absorbentes y emisoras arbitrarias, a la misma temperatura”. Por lo tanto, en todo espacio, térmicamente aislado y rodeado de cuerpos a la temperatura uniforme T, todo haz de rayos poseerá la misma intensidad y la misma composición que si procediese de un cuerpo negro a la temperatura T. Según esto, bastaron a Lummer y a Wien tomar una cavidad con paredes ennegrecidas, provista de una pequeña abertura y mantenida a una temperatura uniforme; la radiación procedente de esta abertura poseía las propiedades de la radiación negra, con tanta más aproximación cuanto menor fuese su tamaño, es decir, cuanto mejor se cumpliese la condición de que el espacio fuese cerrado. Los trabajos de Lummer y Pringsheim consistieron en determinar la dependencia entre la intensidad de la radiación k ν , correspondiente a la frecuencia “v” en la radiación así realizada, y la temperatura T.

De la obra Teoría de los Quanta de F. Reiche, traducción del Prof. D. Julio Palacios.

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12 Es un diseño a efectos didácticos, donde vemos que un rayo de luz penetra y
12 Es un diseño a efectos didácticos, donde vemos que un rayo de luz penetra y

Es un diseño a efectos didácticos, donde vemos que un rayo de luz penetra y sufre repetidas reflexiones hasta que es absorbido por las paredes del recinto.

CORRIMIENTO DE WIEN. LEY DE STEFAN. LEYES DE LA RADIACIÓN DE WIEN Y RAYLEIGH-JEANS.

Estas dos leyes de la termodinámica, trascendentales para el problema de encontrar la función que Max Planck buscaba, precedieron los acontecimientos que examinamos. Por una parte L. Boltzmann había logrado demostrar una ley ya enunciada por J. Stefan según la cual la radiación integral del cuerpo negro, es decir la magnitud K, es proporcional a la cuarta potencia de la temperatura absoluta. W. Wien formuló la ley que lleva su nombre, ley del corrimiento de Wien. Las medidas de los espectros de la radiación del cuerpo negro muestran que, para una temperatura dada T, el máximo de la intensidad corresponde a una determinada longitud de onda. La radiación emitida no es homogénea; consta de un número infinitamente grande de radiaciones monocromáticas, caracterizada cada una por un número preciso, su longitud de onda, o bien por su frecuencia. La ley de Wien nos dice que la longitud de onda, correspondiente a la intensidad máxima de radiación, disminuye conforme aumenta la temperatura. Así vemos que en un lingote de hierro, calentado en un alto horno, conforme la temperatura se eleva de 500º C a 1.550º C, el color va pasando, gradual y sucesivamente, del incipiente rojo, al rojo obscuro, rojo brillante, blanco incipiente y, finalmente, al blanco brillante, es decir, en orden decreciente de longitudes de onda o, lo que es equivalente, en orden creciente de frecuencias. En las gráficas relativas a los cuerpos negros, las longitudes de onda y las frecuencias, según sea el caso, figuran a lo largo de las abscisas, o eje de las “x”, mientras que las intensidades de la radiación, correspondientes a cada longitud de onda, aparecen en las ordenadas, o eje de las “y”. En cada curva está anotada la temperatura correspondiente. Se pueden observar varios hechos. Las superficies de las curvas aumentan con la temperatura. Ello se debe a que la energía radiante total es proporcional al área cubierta por la curva. En cada curva existe un máximo de intensidad de radiación en relación con una determinada longitud de onda o, alternativamente, a una determinada frecuencia. A mayores temperaturas corresponden mayores intensidades de radiación y menores longitudes de ondas o, lo que es equivalente, mayores frecuencias. El decrecimiento de las longitudes de onda, conforme aumenta la temperatura, está representado pictóricamente por el desplazamiento de los máximos de las curvas hacia la izquierda, esto es, en dirección a los menores valores de longitud de onda, donde el descenso de la curva es marcadamente más brusco.

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Las dos leyes sobre la distribución de energía de la radiación, que precedieron a la de Planck, se conocen como las leyes de Wien y de Rayleigh-Jeans. Ambas resultaron ser intentos fallidos. W. Wien fue el primero en presentar la fórmula desconocida que describiría las intensidades de la radiación para las diferentes frecuencias en función de la temperatura. Para ello se basó en la ley de Maxwell relativa a la distribución de las velocidades de las partículas, según el modelo de la teoría cinética, mediante razonamientos no del todo rigurosos, según la expresión de F. Reiche. Nuevos experimentos, llevados a cabo en 1900 por Lummer y Pringsheim, confirmaron que la fórmula de Wien sólo era correcta en la zona ultravioleta del espectro, esto es, en la región de las altas frecuencias. Por el contrario, para las frecuencias pequeñas, es decir, en la zona del infrarrojo, se observaron desviaciones sistemáticas notables. Mas tarde se formuló una segunda ley de la radiación, propuesta inicialmente por Lord Rayleigh y modificada posteriormente por J. Jeans, célebre más tarde como astrónomo y astrofísico, por lo que se conoce esta ley con el nombre de Rayleigh-Jeans. La ley se deducía rigurosamente de los principios fundamentales de la mecánica estadística y de la electrodinámica clásicas en las que se admite que la energía puede variar de un modo continuo entre cero e infinito. En contraposición a la función de Max Planck, que presenta un pico, o máximo, y cuya figura aproximadamente acampanada nos recuerda la curva de los errores de Gauss, la función de Rayleigh-Jeans se eleva sin límite al crecer las frecuencias. Al integrar la función, para calcular la energía total, se obtiene un valor infinito, lo que contradice la experiencia. La ley sólo concordaba con los datos experimentales en las frecuencias bajas, esto es, en la zona del infrarrojo. Este desacuerdo fundamental entre teoría y hechos experimentales se conoce con el nombre de Catástrofe Ultravioleta, según la enérgica expresión del físico Paul Ehrenfest. En la deducción de esta ley desempeñaba un papel importante el principio de la equipartición de la energía, entonces generalmente admitido, según el cual la totalidad de la energía se distribuye uniformemente entre las diferentes oscilaciones que tienen lugar dentro de la cavidad del cuerpo negro, lo que constituía el obstáculo insalvable en el que se estrellarían todos los intentos de modificar la ley de Lord Rayleigh. Stephen Hawkings, en su History of Time (Historia del Tiempo), explica así este principio, aunque sin mencionarlo expresamente:

De acuerdo con las leyes en las que se creía en aquel tiempo, un cuerpo caliente tendría que emitir ondas electromagnéticas (tales como ondas de radio, luz visible o rayos X) con igual intensidad en todas las frecuencias. Por ejemplo, un cuerpo caliente debería irradiar la misma cantidad de energía, tanto en ondas con frecuencias comprendidas entre uno y dos billones de ciclos por segundo, como en ondas con frecuencias comprendidas entre dos y tres billones de ciclos por segundo. Dado que el número de ciclos por segundo es ilimitado, esto significaría entonces que la energía total irradiada sería infinita.

Para obviar el obstáculo habría que partir de una nueva ley según la cual la energía de los osciladores de frecuencia propia “v” no sería una magnitud que variase continuamente desde cero al infinito; Debería hacerlo por múltiplos exactos de elementos de energía W = h v, donde “h” es una constante universal, lo que daría lugar a los famosos saltos cuánticos. Esta fue la gran intuición de Max Planck, sobrevenida, como es habitual, después de un largo trabajo, intenso y pormenorizado, del problema.

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LEY DE LA RADIACIÓN DE PLANCK. CONSECUENCIA DE LA TEORÍA DE PLANCK.

Se puede decir que el fracaso de las leyes de Wien y de Rayleigh-Jeans marca el punto de partida de la Teoría Cuántica, del mismo modo que el reiterado fracaso en la detección del viento del éter, puesto de manifiesto obstinadamente en los repetidos experimentos de los estadounidenses Albert Michelson y Edward Morley, estuvo en el origen de la teoría de la Relatividad. Justamente en este momento entra en escena Max Planck. Hasta ahora se había centrado en el estudio de la termodinámica y, en especial, de la entropía, en cuyos confines se sitúa el problema de la radiación del cuerpo negro. Max Planck había iniciado su singladura profesional como físico teórico, especialidad en aquel entonces poco reconocida. Fue un estudiante muy brillante, obteniendo el doctorado a los veintiún años con la máxima calificación de summa cum laude.

El amable lector encontrará, a continuación del epílogo de este ensayo, una serie de apéndices en donde he relegado los aspectos matemáticos, todos ellos relativamente elementales, que guardan relación con los contenidos de los respectivos capítulos. El primero de estos apéndices versa sobre el modo cómo llegó Max Planck a la formulación de su ley, cuya nota más característica podría ser la siguiente:

Es un punto fundamental de la teoría de Planck el que, si se quiere ponerla de acuerdo con la ley del corrimiento de Wien, es necesario admitir que el elemento de energía vale:

εεεε = h.νννν

La constante h, que a causa de sus dimensiones (energía x tiempo) se denomina quantum de acción de Planck, representa, según veremos, un papel importantísimo en el desenvolvimiento de la teoría de los quanta.

De la citada obra de F. Reiche, traducción de D. Julio Palacios.

Así es como Max Planck logró establecer una fórmula empírica que se ajustaba correctamente a los datos experimentales, cuya confirmación llevaron a cabo los físicos Kurlbaum y Rubens. La fórmula obtenida resultó ser una feliz conjunción de las dos anteriores en el sentido de que ciertos factores de la misma resultan predominantes en el dominio de las altas frecuencias, mientras que otros factores, contenidos en la fórmula, son determinantes en el dominio de las bajas frecuencias. De este modo, las leyes de Wien y Rayleigh quedaron subsumidas, como casos límite, en la ley de Max Planck. En cuanto a la constante “h”, denominada constante de Planck en su honor, nos dice su descubridor:

Como elemento de energía surgió en la demostración matemática: ε = a’ v. La constante a’, que es independiente de la naturaleza de los osciladores, la designé con la letra “h” y la llamé “quantum de energía elemental” (= das elementare Wirkungsquantum) o elemento de acción, por poseer la dimensión del producto de energía por tiempo, en contraposición al elemento de energía “hv”.

De la obra ya citada Vorträge und Erinnerungen, de Max Planck.

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La

mencionada fórmula suele escribirse así:

en

la que:

W = h v

W

h = Constante de Planck, v = frecuencia o número de oscilaciones por segundo.

= Energía,

La fórmula planckiana para la distribución de la energía en la radiación del cuerpo negro fue dada a conocer el 19 de Octubre de 1900 en una sesión de la Sociedad Alemana de Física, pero sólo unos días antes de finalizar el año consiguió deducirla teóricamente. Para algunos, el año de 1900 parece revestir cierto simbolismo. Unos lo consideran como el último año del siglo XIX; otros, como el primero del siglo XX. Cualquiera que ello sea, este descubrimiento vino a cerrar brillantemente el ciclo anterior, muy próximo, denominado The golden years, esto es, los años dorados de final del siglo XIX, tan fecundo en hallazgos científicos de primer orden: en 1895 se descubrieron los rayos X; en 1896, la radioactividad; en 1897, el electrón; en 1898, el radio, lo que demuestra que no hubo solución de continuidad en el desarrollo científico entre uno y otro siglo, si bien los grandes momentos creadores generalmente parecen proceder por saltos, a la manera de lo que sucede, como veremos más tarde, en la teoría cuántica.

Véase la siguiente figura mostrando varias curvas de la función de Planck a diversas temperaturas.

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GRÁFICAS DEL CUERPO NEGRO A DISTINTAS TEMPERATURAS

16 GRÁFICAS DEL CUERPO NEGRO A DISTINTAS TEMPERATURAS 1650º 1450º 1260º 1000º En longitudes de onda
1650º 1450º 1260º 1000º En longitudes de onda
1650º
1450º
1260º
1000º
En longitudes de onda

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CAPÍTULO II

CONSECUENCIAS DE LA TEORÍA DE LA RADIACIÓN DE MAX PLANCK LOS EFECTOS FOTOELÉCTRICO Y COMPTON.

Sumario:

Consecuencias de la teoría de Max Planck. Cómo obra el quantum elemental de acción. Primera conferencia de Solvay. Actitud de Max Planck ante su propio descubrimiento. Efecto fotoeléctrico. Efecto Compton. Consecuencias del tamaño de la constante de Planck. Bosquejo biográfico de Max Planck y elogios a su labor científica.

CONSECUENCIAS DE LA TEORÍA DE MAX Planck.

La fecundidad es un rasgo característico de la verdad científica que, en cierto modo, mide su rentabilidad. El mismo Planck dijo en cierta ocasión:

Der Masstab für die Bewertung einer neuen physikalischen Hypothese liegt nicht in ihrer Anschaulichkeit, sondern in ihrer Leistungsfähigkeit.

La medida del valor de una nueva hipótesis física no estriba en su claridad o evidencia, sino en su capacidad de obtener resultados. (Conferencia pronunciada en la Universidad de Königsberg, 1910).

En efecto, las buenas teorías científicas son altamente rentables. Una vez formuladas, y debidamente analizadas e interpretadas, facilitan la clave para predecir y esclarecer otros muchos fenómenos físicos. La simple enumeración de todos los procesos físicos, en cuyas formulaciones matemáticas interviene la constante de Planck, representaría una tarea inacabable. Tal vez sea la constante universal de la que se hace un mayor uso. Max Planck pudo calcular, como corolario de su teoría, un nuevo valor razonable del número de Avogadro, esto es, el número de moléculas contenidas en una molécula- gramo. Como se sabe, la molécula-gramo de una substancia química es el número de gramos coincidente con el número que indica el peso molecular de dicha substancia. Por ejemplo, en el caso del agua sería 18 gramos; en el caso del ácido clorhídrico, 36,5 gramos. No menos importante fue la deducción de un valor, muy aceptable para su época, de la carga del electrón. Calculó el valor de la constante “h”, que lleva su nombre, cifrándolo muy próximo al valor actual de:

0. 000000, 000000, 000000, 000000, 0066262 ergios por segundo.

Como se sabe, los matemáticos compactan las cifras largas en otras más breves mediante el artificio de la notación exponencial. En nuestro caso, estas otras formas son equivalentes:

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h

=

6,626 x 10 -27 erg. sec. =

6,626/ 10 27

Otra forma alternativa de expresar lo mismo es:

h

=

6,626 exp -27 erg. sec.

En las tablas actuales de constantes aparece con el valor 6,6262 x 10 -27 . Es más frecuente encontrar esta constante bajo la forma “h/2π”, cuyo valor es 1,05459 x 10 -27

Precisamente el tamaño, tan increíblemente diminuto, de la constante de Planck fue la causa de que durante tanto tiempo se aceptara que los procesos físicos discurrían de un modo continuo, y no por saltos discontinuos, según el enunciado de Leibniz Natura non facit saltus, que tomara del legado escolástico del medievo, y que tan de acuerdo se mostraba con la continuidad implícita en el cálculo infinitesimal, a cuya creación contribuyó independientemente de Newton. Ahora resultaba que la energía sólo podía variar discontinuamente, por saltos bruscos, es decir, por múltiplos enteros de la mencionada constante. Cada Quantum de energía es igual al número de oscilaciones, o frecuencia, multiplicado por la constante de Planck. Los quanta, o átomos de energía, no son todos iguales, como se explicó anteriormente, pues dependen del valor de la frecuencia.

Los términos quantum y quanta,

tomados del latín, usándose así en varios idiomas europeos, mas no en España, por razones totalmente incompresibles para el autor de este ensayo, que utilizará una u otra expresión, según convenga al caso. Es de destacar, como ya ha podido observar el

lector, que el prof. D. Julio Palacios tradujo la mencionada obra de F. Reiche con el título de TEORÍA DE LOS QUANTA. En el castellano del siglo XVI todavía se escribían estos términos con “q”, como corresponde a un idioma eminentemente latino. Es comprensible que la grafía de los idiomas evolucione con el tiempo, mas en este caso, por tratarse de un término científico universalmente aceptado, hubiera valido la pena conservar la “q” en línea con los países de nuestro entorno.

singular y plural respectivamente, están, a todas luces,

CÓMO OBRA EL QUANTUM ELEMENTAL DE ACCIÓN.

He aquí cómo la hipótesis de los cuantos de energía impide que toda la energía del espectro se desplace sistemáticamente hacia el extremo ultravioleta del mismo:

La hipótesis de M. Planck consiste en suponer que cada uno de los resonadores sólo puede adquirir o perder energía por saltos bruscos, de manera tal que la provisión de energía que posee debe ser siempre igual a un múltiplo de una misma cantidad constante, llamada “quantum”, que debe constar de un número entero de “quanta”. Esta unidad indivisible, este “quantum”, que no es el mismo para todos los resonadores, está en razón inversa de la longitud de onda, de tal modo que los resonadores de corto período (o altas frecuencias) sólo pueden “tragar” la energía en grandes “bocados”, mientras que los resonadores de largo período (o bajas frecuencias) absorben y desprenden la energía en pequeños “bocados”. ¿Cuál es el resultado? Son necesarios grandes esfuerzos para poner en marcha un resonador de corto período, pues se precisa una cantidad de energía igual a su “quantum”, que es

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grande; es, pues, altamente probable que estos resonadores permanezcan en reposo, sobre todo mientras la temperatura es baja. Esto explica que haya relativamente poca luz de corta longitud de onda en la radiación negra.

Del capítulo titulado L’Hypotèse de Quanta (La Hipótesis de los Quanta), de la obra póstuma Dernières Pensèes (Últimos Pensamientos) de Henri Poincaré.

También se explica de este modo la forma acampanada de la curva correspondiente a la función de Planck, pues para una determinada temperatura, el número de las oscilaciones, o estados excitados de los osciladores, alcanza gradualmente un máximo, a partir del cual, a falta de una mayor energía, los osciladores dotados de frecuencias más elevadas siguen inactivos, por lo que la curva desciende, por el lado de las altas frecuencias, algo más bruscamente que por el lado de las bajas frecuencias, semejando en cierto modo la forma de una ola de mar a punto de romperse.

PRIMERA CONFERENCIA DE SOLVAY, BRUSELAS 1911.

Eminentes físicos de la época, sorprendidos por el fracaso de las fórmulas para explicar la distribución de la energía en la radiación del cuerpo negro, basadas en la física clásica, trataron de modificar la fórmula de Rayleigh-Jeans. Todo fue en vano, hasta que H. A. Lorentz, en el Congreso Solvay de Bruselas de 1911, demostró que tal empeño, partiendo de los supuestos de la física clásica, estaría siempre condenado al fracaso. Fue entonces cuando el físico Ehrenfest aplicó a la situación el calificativo de catástrofe del ultravioleta, por las graves consecuencias que ello, a la física, habría de acarrear. Henri Poincaré escribió un informe, de vuelta del citado Congreso de Bruselas, en el que se discutieron los principios de la naciente física moderna: la teoría de la relatividad, conocida entonces como la nueva mecánica de Lorentz, y la teoría de los Quanta, iniciada, como sabemos, por Max Planck y aplicada, con gran éxito, por el entonces joven físico, Albert Einstein, en la interpretación del efecto fotoeléctrico. H. Poincaré fallecería al año siguiente. Es de notar el tono sorpresivo del físico-matemático francés:

Nos podemos preguntar si la Mecánica no está en vísperas de una nueva revolución; recientemente ha tenido lugar en Bruselas un Congresos, donde se han dado cita una veintena de físicos de diversas nacionalidades y, a cada instante, se les podía oír hablar de la Nueva Mecánica que oponen a la Mecánica Antigua; ¿de que Mecánica Antigua se trata? ¿Se referían, tal vez, a la Mecánica de Newton, la que dominaba sin oposición hasta el final del siglo XIX? No, se referían a la Mecánica de Lorentz, a la del principio de relatividad que, hace apenas cinco años, parecía el colmo de la audacia. ¿Quiere esto decir que la Mecánica de Lorentz sólo ha tenido una fortuna efímera, que ha sido un capricho de la moda, y que se está a punto de volver a los antiguos dioses imprudente y prematuramente abandonados? De ninguna manera, las conquistas de ayer no están comprometidas; en todos los casos en que ésta se aparta de la de Newton, la Mecánica de Lorentz subsiste. Se sigue aceptando que ningún cuerpo en movimiento jamás podrá sobrepasar la velocidad de la luz, que la masa de los cuerpos no es constante, que depende de la velocidad y del ángulo que forma la velocidad con la fuerza que actúa sobre ellos, que ninguna experiencia jamás podrá decidir si un cuerpo está en reposo o en movimiento absoluto, ya sea con relación al espacio absoluto, o en relación al éter.

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Solamente que a estas audacias se quieren añadir otras, y mucho más desconcertantes. No sólo se cuestiona si las leyes de las ecuaciones diferenciales de la Dinámica deben ser modificadas, sino incluso si las leyes del movimiento podrán alguna vez expresarse en ecuaciones diferenciales: esta sería la revolución más profunda que la Filosofía Natural haya jamás sufrido desde los tiempos de Newton. El claro genio de Newton había visto (o creído ver) que el estado de un sistema en movimiento, o más generalmente, el universo, sólo podía depender del estado inmediatamente anterior, que todas las variaciones de la naturaleza deben acontecer de un modo continuo. Ciertamente, no fue él quien inventó esta idea; se encontraba ya en el pensamiento de los antiguos y de los escolásticos que proclamaban el adagio: “Natura non facit Saltus”; pero esta idea estaba como sofocada por un cúmulo de malas yerbas que la impedían desarrollarse hasta que los grandes filósofos del siglo XVII consiguieron desembarazarla de la maleza y exponerla a la luz del día. Texto traducido de la introducción al capítulo antes mencionado

En este admirable texto nos habla H. Poincaré de las dos grandes teorías modernas: la teoría de la relatividad y la teoría de los quanta. A pesar de las sorprendentes novedades

que trajo consigo la teoría de la relatividad, considera que es la segunda - la teoría de los quanta - la que representa la revolución más profunda que haya sufrido la física. Y la calificó así en un momento en que la teoría se encontraba, como si dijéramos, recién venida al mundo, en pañales. Apenas hacía seis años que Einstein la había utilizado para explicar el efecto fotoeléctrico y el comportamiento del calor específicos de los cuerpos; Niels Bohr aún no había hecho público su modelo cuántico del átomo, esto es,

el modelo atómico planetario de Lord Rutherford transcrito en clave de los quanta.

Es de destacar que H. Poincaré no asocia nunca en sus escritos la teoría de la relatividad con el nombre de Albert Einstein, sino con el del eminente físico holandés, H. A. Lorentz. El nombre del primero sólo aparece en sus ensayos, ocasional y exclusivamente en relación con la interpretación del efecto fotoeléctrico. Por su parte, Einstein, al parecer, no tuvo conocimiento de las múltiples ocasiones escritos y conferenciasen los que el físico-matemático francés enunció, antes que él, el principio de la relatividad restringida, así como el principio de la velocidad límite, infranqueable, de la luz. Para conocer más detalladamente las anticipaciones de Henri Poincaré en este campo, el amable lector puede consultar mi ensayo titulado, Sucinta Exposición Crítica de la Teoría de la Relatividad.

A

continuación H. Poincaré hace un análisis detallado de la hipótesis planckiana, critica

la

segunda concepción de Planck en la que éste atenuaba considerablemente su hipótesis

original y, al destacar el principio de la discontinuidad cuántica, hace la atinada

observación siguiente:

Un sistema físico sólo es susceptible de un número finito de estados distintos; salta de uno de estos estados al otro sin pasar por una serie continua de estados intermedios.

Parece como si H. Poincaré, que fallecía en Junio de 1912, estuviera anticipándose al concepto de salto cuántico, que utilizaría Niels Bohr un año más tarde, al aplicar la teoría de los quanta al interior del átomo. En una página posterior generaliza esta idea llevándole al concepto del tiempo discontinuo, o átomo de tiempo:

que hemos dicho se debería aplicar también a cualquier sistema aislado e incluso

al universo entero. El universo saltaría, pues, bruscamente de un estado a otro; pero en

lo

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el intervalo permanecería inmóvil; los diversos instantes, durante los cuales permanecería en el mismo estado, no podrían distinguirse unos de otros; llegaríamos así a la variación discontinua del tiempo, al “átomo del tiempo”.

Los primeros intentos de aplicar la teoría cuántica a escala cósmica los realizaría, unos treinta años más tarde, el astrofísico británico Arthur Eddington.

ACTITUD DE MAX PLANCK ANTE SU PROPIO DESCUBRIMIENTO.

El

propio Max Planck fue el primer sorprendido por la audacia de su hipótesis acerca de

la

constante “h”, denominada, por sus dimensiones físicas, quantum elemental de

acción, lo que conlleva la cuantificación de la energía (otros prefieren el término derivado del inglés, y algo cacofónico, de cuantización). Durante varios años trató de harmonizar esta hipótesis, hoy ya elevada a la categoría de Teoría, con los principios de

la física clásica. El intento de modificar su primera hipótesis Der erste Fassungle

llevó a una segunda formulación más atenuada de la teoría cuántica Der sweite Fassung de Quantentheoriesegún la cual la materia absorbería la energía de un modo continuo, almacenándola como en una antesala, que posteriormente sería emitida en cantidades discretas. Ya vimos cómo H. Poincaré criticó este giro de Max Planck. Albert Einstein, por otra parte, fue el primer físico que abogó sin ambages, con motivo de la explicación cuántica del efecto fotoeléctrico, por el carácter radicalmente discontinuo de la radiación en cualquiera de sus fases, tanto en la absorción como en la emisión. Max Planck, al final del artículo antes citado, concluye con estas frases:

Ahora se presentaba el problema teórico más difícil, el de asignar un sentido físico a esta constante extraña. Ya su mismo introducción significaba una ruptura con la teoría clásica, pues era mucho más radical de lo que yo en un principio había sospechado. Es verdad que la interpretación de la entropía como medida de la probabilidad, en el sentido de Boltzmann le había dado, estaba ya sólidamente establecida

Pero la naturaleza del elemento de energía “hv” permaneció sin aclararse. Durante muchos años intenté incansablemente incorporar de alguna manera el “quantum de acción” (=das Wirkungsquamtum) en el sistema de la física clásica sin poder conseguirlo. Es más, el desarrollo de la física cuántica estaba reservado a físicos más jóvenes, de todos conocidos, de los que menciono, por orden cronológico, los nombres de A. Einstein, N. Bohr, M. Born, P. Jordan, W. Heisenberg, L. de Broglie, E. Schrödinger y P. A. M. Dirac, mientras que, en lo relativo a la construcción matemática de la teoría, entre los físicos alemanes, he de mencionar en primer lugar a A. Sommerfeld y a C.L. Schaefer, por una exposición rigurosa de la misma.

A lo largo de este ensayo nos encontraremos más de una vez con los ilustres nombres

que Max Planck menciona, quienes nos van a servir de guía para introducir al culto, mas

no experto, lector en los aspectos más rudimentarios de la teoría, justo hasta desembocar

en el principio de indeterminación (de incertidumbre para otros) de Werner Heisenberg,

que es, sin duda, desde el punto de vista epistemológico, el de mayor trascendencia filosófica, juntamente con la llamada interpretación probabilística de la teoría cuántica, debida a su maestro Max Born.

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EL EFECTO FOTOELÉCTRICO.

El efecto fotoeléctrico fue observado por primera vez en 1887 por Heinrich Hertz y, entre otros, Ph. Lenard lo estudió detenidamente hacia 1900. Sin embargo, no recibió una explicación teórica satisfactoria hasta 1905, en que A. Einstein aplicó a este fenómeno la cuantificación de la energía, propuesta por Max Planck, precisamente en unos momentos en que éste trataba de suavizar el radicalismo de su primera teoría. Cuando un haz de luz ultravioleta, de rayos X o de rayos gamma, incide sobre un metal, se desprenden electrones. La cantidad de electrones liberados es proporcional a la intensidad o brillo de la luz, mas no la dureza o energía cinética de los electrones que depende de la frecuencia de la radiación incidente. Según la clase de material, existe una frecuencia crítica por debajo de la cual no se liberan electrones por muy intensa que la radiación empleada fuere. Por otra parte, si la frecuencia sobrepasa el umbral crítico, aun cuando la intensidad, o cantidad de luz, sea mínima, los electrones se desprenden del metal casi instantáneamente. Esto está en abierta contradicción con la teoría ondulatoria de la luz, tal como fue desarrollada por T. Young y A. Fresnel. No parece que la luz diluya su energía al propagarse por espacios cada vez más amplios, como era de esperar. Todo indica como si la luz, para una determinada frecuencia, consistiera en una granizada de proyectiles, dotados todos de la misma energía cinética, siendo éstos más o menos escasos según sea la intensidad de la luz. Por ello, un sólo fotón, con suficiente energía, puede liberar un electrón, al que una granizada de fotones, con energía por debajo del nivel crítico, jamás podría desprender. Estos quanta de luz, o fotones, como se les llamó posteriormente, recordaron a A. Einstein la teoría corpuscular de la luz, propuesta por Newton, y suplantada en el siglo XIX por su rival, la teoría ondulatoria de la luz, formulada en el siglo XVII por Ch. Huygens, reavivada más tarde por los experimentos de T. Young, y llevada a un alto grado de perfección físico-matemática por Augustin Fresnel en el siglo

XIX.

La energía del fotón incidente es igual a la energía cinética del electrón más la energía

necesaria para desprenderlo del metal. En 1916 el físico experimental americano, R. A. Millikan, comprobó la exactitud de la fórmula de A. Einstein. La teoría de las ondas de Fresnel parecía explicar todos los fenómenos ópticos hasta entonces conocidos. Alcanzó su mayor triunfo en la explicación de los fenómenos de interferencia y difracción, donde fallaba rotundamente la teoría corpuscular, pero no pudo dar razón del efecto fotoeléctrico, un proceso esencialmente discontinuo. Los físicos se habituaron pronto a manejar una u otra conceptualización, corpuscular u ondulatoria, según lo exigía la naturaleza del problema que estudiaban, situación esta que describió irónicamente W. Bragg: los lunes, miércoles y viernes hacemos uso de una hipótesis; los martes, jueves y sábados, de la otra. Veremos más tarde cómo el físico danés, Niels Bohr, formuló el llamado principio de complementariedad con el fin de tender un puente entre los corpúsculos y las ondas, tanto en el dominio de la radiación electromagnética, como en la propia materia, en la que también surgieron ondas, las ondas de materia de Louis de Broglie. El físico francés Jean Thibaud, en su obra Vida y Transmutación de los Átomos, nos habla del efecto fotoeléctrico nuclear, o fotodesintegración. Ocurre cuando partículas nucleares protones o neutronessalen despedidos del núcleo por efecto de la incidencia de la radiación gamma, radiación electromagnética similar a la de la luz pero mucho más dura, esto es, compuesta de fotones de menor longitud de onda. Albert Einstein también fue el primero en aplicar los quanta al calor específico de los cuerpos

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sólidos y explicar así su comportamiento con la disminución de la temperatura. Otros físicos prosiguieron su labor inicial.

EFECTO COMPTON.

El efecto Compton debe su nombre al físico americano Arthur Holly Compton. Si un fotón incide sobre un electrón aislado, ambos chocan como lo harían dos bolas de billar y, en consecuencia, el fotón transmite al electrón energía en forma de cantidad de movimiento. La energía del primero, como sabemos, se expresa por la fórmula:

W = h.νννν

Siendo “h” un valor constante, la disminución de la energía “W” entraña la disminución de la frecuencia “ν”. La experiencia se hace con radiación de rayos X. La disminución de la frecuencia de la radiación se conoce con el término de difusión del fotón. Caso análogo es el de los rayos ultravioletas que, al ser reflejados por una pantalla fluorescente, se tornan azules o verdes haciéndose visibles. También aquí la pérdida de energía se traduce en la disminución de la frecuencia.

CONSECUENCIAS DEL TAMAÑO DE LA CONSTANTE DE PLANCK.

No desearía concluir este primer capítulo acerca de la teoría cuántica sin acercarme a Louis de Broglie quien nos va a explicar las consecuencias que entrañaría para la física el que la constante de Planck poseyera un tamaño menor o mayor que el actual:

Yo desearía insistir sobre un punto interesante. Si la constante “h” tuviera un valor infinitamente pequeño, los quanta de luz de valor hv serían infinitamente pequeños y su número, en una radiación de energía dada, sería infinitamente grande; todo ocurriría como si las radiaciones tuvieran una estructura continua y naturaleza ondulatoria, tal como Fresnel y sus seguidores propusieran. En consecuencia, los corpúsculos materiales cumplirían rigurosamente, como se puede demostrar, las leyes clásicas de la dinámica del punto material y no habría necesidad de introducir las ondas en la teoría de la materia. Por consiguiente, si el valor de “h” fuera infinitamente pequeño, la física clásica sería rigurosamente exacta. Si por el contrario, la constante de Planck fuera infinitamente grande, los quanta de luz serían enormes y su existencia saltaría a los ojos del físico menos atento; mas en este caso los corpúsculos materiales no seguirían las leyes de la física clásica, y la introducción de ondas para prever sus movimientos sería ahora de todo punto necesaria. En la naturaleza real, la constante “h” no es ni infinitamente grande, ni infinitamente pequeña, pero su valor finito parece, desde el punto de vista humano, extremadamente pequeño pues, en unidades c. g. s., se expresa por la cifra 6,55 x 10 -27 . Para los humanos, el caso de “h” infinitamente pequeño está más cerca de su realización que el caso opuesto de un “h” infinitamente grande. Esta sencilla observación aclara el sentido verdadero de la evolución reciente de la física. Se comprende perfectamente que la física clásica, como consecuencia de un examen no suficientemente profundo, haya proclamado la estructura continua y la naturaleza ondulatoria de la luz, mientras atribuía a la materia una estructura discontinua mediante corpúsculos que obedecían a las leyes de la dinámica clásica. Han sido necesarias las experiencias más sutiles de los físicos contemporáneos para poder detectar la otra cara oculta de lo real, me refiero al aspecto discontinuo de la luz y al aspecto ondulatorio de la materia.

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Traducido de la obra Matière et Lumière (Materia y Luz).

BREVE BOSQUEJO BIOGRÁFICO DE MAX PLANCK.

Desde el punto de vista humano, Max Planck fue, durante muchos años, la personalidad científica más respetada de Alemania. Hijo de un eminente jurista que enseñó en la Universidad de Kiel, siguió la larga tradición familiar de servicio al estado y de adhesión espiritual a la Iglesia Luterana. Fue un científico de sobresaliente trayectoria intelectual, de honestidad incorruptible, conservador e idealista al mismo tiempo, fiel y generoso. A los 21 años alcanzó el grado de doctor con la máxima calificación académica en la Universidad de Munich. Enseñó en la Universidad de Kiel y, llamado a cubrir la cátedra del famoso físico Kirchhoff, permaneció en la Universidad de Berlín casi el resto de su vida. Desde 1930 a 1.937 presidió la prestigiosa sociedad científica Kaiser Wilhelm-Gesellschaft, rebautizada en su honor en la posguerra con el nombre de Instituto de Física Max Planck. Durante el nazismo, como máximo representante de la ciencia alemana, mantuvo una entrevista con Hitler para hacerle desistir de su política hostil contra los científicos judíos que se veían injustamente destituidos por ley de sus cátedras, y obligados, por no soportar tantas vejaciones, a emigrar al extranjero. Todo fue en vano. Decidió, no obstante, permanecer en Alemania para proteger, en lo posible,

a los científicos que no pudieran emigrar, y aconsejó la misma actitud al que ya

entonces era un brillante profesor, Werner Heisenberg. Ambos fueron calificados de judíos blancos por algunos científicos adictos al nazismo. Max Planck falleció en 1947, a la avanzada edad de 89 años, en la ciudad de Göttingen a la que fue trasladado tras la caída de Berlín, precisamente en la pequeña y pintoresca ciudad universitaria que tanto contribuyera al desarrollo de la teoría cuántica. El semblante de Max Planck aparece siempre muy grave, diríase entristecido. Su vida familiar estuvo sembrada de tragedias. En 1909 fallecía su primera esposa, dejándole dos hijos y dos hijas. Karl cayó en la Primera Guerra Mundial en 1916, y Erwin, a quien se auguraba un brillante porvenir político, Secretario que fue del Canciller Heinrich Brüning, del partido centrista católico, en 1930, y posteriormente del Canciller Franz von Papen, fue salvajemente ejecutado por la gestapo a principios de 1945, acusado de

estar implicado en el atentado contra Hitler del 20 de Julio de 1944. En cuanto a las dos hijas, Margarete fallecía en 1917 en el momento del parto; dos años más tarde acontecía

lo mismo a Emma. Se casó en segundas nupcias en 1910, de las que nació un hijo. Ya

en 1871 Max Planck había perdido a su hermano en la guerra franco-prusiana. Su casa en Berlín quedó totalmente destruida por las bombas en 1944. Al terminar la guerra, oficiales americanos le trasladaron, junto con su segunda esposa e hijo, a Göttingen.

Sostenido por una profunda convicción religiosa, por el estoicismo filosófico y su devota dedicación, como dijera Einstein, a la investigación científica, pudo Max Planck sobrellevar con cristiana resignación la oleada de tragedias que ensombrecieron su vida familiar. He aquí dos juicios sobre el talante ético de Max Planck por parte de dos científicos alemanes, ambos contemporáneos suyos, galardonados, como él, con el premios Nobel, y emigrados de la Alemania nazi por su condición de judíos, Max Born

y Lisa Meitner. El juicio del primero es algo frío y crítico; deja entrever una velada acusación de falta de visión política. Dice así:

Tenía profundamente enraizada la tradición prusiana de servicio al estado y de la lealtad al Gobierno. Creía que la violencia y la opresión eran transitorias y que se volvería a la normalidad. No veía que se trataba de un proceso irreversible.

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Por su parte, Lisa Meitner, que fue su ayudante de cátedra durante años, ahonda en los fundamentos éticos de su conducta personal:

En los cuarenta años en los que Planck me honró con su amistad y confianza, siempre le admiré porque jamás hizo algo, o dejó de hacerlo, pensando en su propia utilidad o perjuicio. Siempre hizo lo que consideraba justo y correcto, sin preocuparse de las posibles consecuencias para su persona.

En cuanto a los numerosos elogios a su labor científica por parte de sus colegas, desearía destacar la opinión de tres eminentes físicos del siglo XX: Lord Rutherford, Niels Bohr y Albert Einstein. Nos dice el primero:

El nombre de Planck es un nombre familiar entre los científicos de todos los países, y todos ellos se unen en su admiración por su importante y perdurable contribución a la ciencia física. Es difícil darse cuenta hoy, cuando la teoría cuántica se aplica con éxito en tantos campos de la ciencia, de cuán extraña, y casi fantástica, parecía esta nueva concepción de la radiación, hace treinta años, a muchos científicos. Era difícil al principio ofrecer una prueba convincente de la certeza de la teoría y de las deducciones que de ella se seguían. En relación con esto, he de referirme a los experimentos realizados en 1908 por el profesor Geiger y por mí mismo. Por mi parte puedo decir que la concordancia entre el valor de “e”, tal como fue deducido por Max Planck, y los experimentos, me convirtió en uno de los primeros adeptos de la idea general del quantum de acción. Se entiende por “e” la carga eléctrica elemental, expresada en unidades electrostáticas. En consecuencia, pude contemplar con ecuanimidad e incluso animé al Profesor Bohr en su audaz aplicación [al interior del átomo] de la teoría cuántica, propuesta por Planck.

Por su parte Niels Bohr escribió:

Es sumamente difícil encontrar en los anales de la ciencia descubrimiento alguno que, en el breve espacio de una generación, haya producido resultados tan extraordinarios como los originados directamente del hallazgo del “quantum” elemental de acción por Max Planck. Este descubrimiento ha sido fructífero, y en progresión continuamente creciente, en facilitar medios para la interpretación y harmonización de los resultados obtenidos en el estudio de los fenómenos atómicos, estudio que ha realizado maravillosos progresos en los últimos treinta años. Pero la teoría cuántica ha hecho algo más. Ha llevado a cabo una revolución radical en la interpretación científica de los fenómenos naturales. Dicha revolución es un desarrollo directo de las teorías y conceptos que tuvieron su origen en el trabajo pionero de Max Planck al estudiar la radiación del cuerpo negro. En el lapso de los últimos treinta años estas teorías y conceptos han crecido y se han expandido hasta formar el elaborado marco científico que conocemos hoy como física cuántica. La imagen del universo, dibujada con las líneas de la física cuántica, debe ser considerada como una generalización independiente de la física clásica, con la que se compara favorablemente por la belleza de su concepción y la harmonía interna de su entramado lógico… Por haber puesto en nuestras manos los medios para conseguir todos estos resultados, el descubridor de la teoría cuántica merece una gratitud sin límites de sus colegas.

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Estos elogios están tomados de la introducción de James Murphy a la obra de Max Planck, Where is Science Going?, donde pueden verse otros encendidos elogios por parte de H. A. Lorentz, Arnold Sommerfeld, James Jeans y Werner Heisenberg. El elogio de Albert Einstein se encuentra aparte, en lugar destacado, en el prefacio a la citada obra, escrito por él mismo en homenaje a Max Planck. Seré breve; sólo traduciré las primeras líneas del prefacio. A Albert Einstein no le cuadra el estilo grandilocuente, emplea un lenguaje llano y la simbología que utiliza en este texto es religiosa, donde Planck aparece como un devoto de la ciencia, lo que nos daría la clave del motivo último de la dedicación de Max Planck, y sin duda también de Einstein mismo, a la investigación científica:

Muchas clases de personas se dedican a la Ciencia, y no todas por razón de la Ciencia misma. Algunos vienen a su templo porque éste les ofrece la oportunidad de exhibir sus talentos particulares. Para esta clase de personas la ciencia es como un deporte con el cual disfrutan, al igual que el atleta goza en el ejercicio de sus proezas musculares. Existe otra clase de personas que entran en el templo para ofrecer en él la excelente calidad de su cerebro con la esperanza de lograr un buen rendimiento económico. Son científicos por alguna circunstancia aleatoria surgida en el momento de la elección de su profesión. Si las circunstancias hubieran sido otras, se habrían convertido en hábiles políticos o en empresarios de negocios multimillonarios. Si el ángel de Dios descendiera para arrojar del templo a todos los que pertenecen a las clases mencionadas, me temo que el templo se quedaría casi vacío. Pero aún permanecerían unos pocos adoradores, tanto antiguos como modernos. A estos últimos pertenece nuestro Planck. Y es por esto por lo que le queremos tanto.

Nos podríamos preguntar ¿qué es lo que mueve a estos devotos adoradores para consagrar tantos años de su vida a la ciencia? Creo que la respuesta más adecuada la dio Henri Poincaré en el siguiente texto:

Pero aún no hemos examinado más que un aspecto de la cuestión. El sabio no estudia la naturaleza porque ésta sea útil; la estudia porque encuentra placer en ello y siente placer porque es bella. Si la naturaleza no fuera hermosa, no valdría la pena de investigarla, la vida no valdría la pena de ser vivida. No me refiero, claro está, a esa belleza que hiere gratamente los sentidos, a la hermosura de las cualidades y de las apariencias; y no es que yo la desdeñe, lejos de mí tal cosa, sino que tal belleza nada tiene que ver con la ciencia. Me refiero a esa otra belleza más íntima que proviene del orden harmonioso de las partes, y que sólo la inteligencia puede captar. Es ella la que da cuerpo, la que provee el esqueleto, permítaseme la frase, que sostiene, de algún modo, las apariencias acariciadoras que halagan nuestros sentidos. Sin este soporte, la belleza de esos sueños fugitivos sólo sería imperfecta porque siempre sería indecisa y huidiza. Al contrario, la belleza intelectual se basta así misma y es por ella misma, más aún, tal vez, que por el bien futuro de la humanidad, que el sabio se condena a largos y penosos trabajos. Traducido del ensayo Science et Méthode.

Antes de concluir este capítulo, recordemos, en honor a Max Planck, que el cuerpo negro más perfecto conocido no es obra del hombre, sino de la misma naturaleza. En la segunda mitad del siglo XX ciertos astrofísicos, Eddington, Gamow y otros, teorizaron sobre una de las consecuencias de la teoría cosmológica del Big Bang, o creación del Universo. Especularon sobre la existencia de una radiación de fondo, esto es, una

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radiación electromagnética de unas determinadas longitudes de onda y temperatura, que debió de tener su origen en aquel extraordinario e irrepetible suceso, del cual representa un residuo, algo así como el rescoldo de una colosal conflagración, cuya radiación muy amortiguada aún nos llega desde todas las direcciones del espacio. Anticiparon, como digo, probables cifras sobre la longitud de onda y la temperatura de dicha radiación de fondo, llamada así por estar presente, en forma muy debilitada, en todas las partes del Universo. Con el paso del tiempo, la longitud de onda habría ido alargándose y la temperatura decreciendo desde la creación. El satélite artificial COBE de la NASA facilitó una imagen plástica del firmamento tal como aparecería observado en longitudes de onda de unos pocos milímetros, radiación denominada de microondas. La gráfica, construida sobre la base de los datos físicos recopilados por el COBE, relativos al espectro de esta radiación, resultó ser la de un cuerpo negro, con una temperatura de 2,725 K, en una banda de longitud de onda desde 0.5 a 2.5 mm. Como dice el astrónomo Malcolm S. Longair:

Una de las características más notables de la radiación cósmica de fondo en microondas es que posee el espectro de radiación de un perfecto cuerpo negro. Constituye una de las observaciones más sorprendentes de la moderna cosmología, realizada también por el “Cosmic Background Explorer” (Explorador del Fondo Cósmico, o COBE). Se trata del espectro del cuerpo negro más perfecto que se conoce en parte alguna del Universo. Traducido de su obra, Our Evolving Universe.

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CAPITULO III

DESDE EL ÁTOMO DE RUTHERFORD AL MODELO DE BOHR.

Sumario:

Programa de investigación propuesto por Poincaré. El átomo de Rutherford. Semblanza de Ernest Rutherford. Aparente simplicidad de la naturaleza. El átomo de Niels Bohr. Postulados del modelo de Bohr. El átomo de Bohr en cifras. Los espectros atómicos. El espectro del hidrógeno. Balmer, Ritz y otros. Estabilidad de la materia.

EL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN PROPUESTO POR H. POINCARÉ.

En su ensayo, La Valeur de la Science, aparecido en 1905, H. Poincaré propuso a los físicos la investigación de los espectros atómicos en relación con los electrones, con estas proféticas palabras:

Esta dinámica de los electrones puede ser abordada desde muchos lados, pero entre los caminos que a ella conducen, hay uno que ha sido un poco descuidado, no obstante ser de los que prometen mayores sorpresas. Los movimientos de los electrones producen las rayas de los espectros de emisión, según lo prueba el fenómeno de Zeeman; en un cuerpo electrizado lo que vibra es sensible al imán y, por tanto, electrizado. Este es un primer punto muy importante ¿Por qué las rayas del espectro están distribuidas según una ley regular? Estas leyes, que han sido estudiadas por los experimentadores en sus menores detalles, son muy precisas y relativamente simples. El primer estudio de estas distribuciones hace pensar en las harmónicas que uno encuentra en la acústica, pero la diferencia es grande; no solamente los números de las vibraciones no son múltiplos sucesivos de un mismo número, sino que tampoco encontramos nada análogo a las raíces de esas ecuaciones trascendentes, a las que nos conducen tantos problemas de la físico-matemática: el de las vibraciones de un cuerpo elástico de forma cualquiera, el de las oscilaciones hertzianas en un excitador de forma cualquiera, el problema de Fourier para el enfriamiento de un cuerpo sólido. Las rayas son más simples, pero de naturaleza totalmente distinta y, para no citar sino una de esas diferencias, para las harmónicas de orden elevado, el número de vibraciones tiende hacia un límite finito en lugar de crecer indefinidamente. Esto no se ha explicado todavía y creo que es uno de los más importantes secretos de la naturaleza. Un físico japonés, Nagaoka, ha propuesto recientemente una explicación. Según él, los átomos estarían constituidos por un gran electrón positivo al que rodea un anillo formado por un número muy grande de electrones negativos muy pequeños. Tal como el planeta Saturno con su anillo. Esta es una tentativa muy interesante, pero aún no completamente satisfactoria; sería necesario renovarla. Penetramos, por así decirlo, en la intimidad de la materia. Y desde el punto de vista particular que hoy nos

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ocupa, cuando sepamos por qué las vibraciones de los cuerpos incandescentes difieren así de las vibraciones elásticas ordinarias, por qué los electrones no se comportan como la materia que nos es familiar, comprenderemos mejor la dinámica de los electrones, y quizás nos será más fácil conciliarla con los principios.

Henri Poincaré insertó esta apelación a los físicos en el capítulo titulado El Porvenir de la Física Matemática, capítulo IX de la mencionada obra. Nacido en 1854, falleció, como ya dijimos, algo prematuramente en 1912.

Hoy sabemos que ese gran electrón positivo, en el centro del átomo, es el protón; que ese esbozo del sistema solar en miniatura ha sido confirmado por los experimentos de Ernest Rutherford con la localización del protón en un centro de tamaño muy reducido, y ulteriormente remozado y remodelado por Niels Bohr mediante la distribución, en capas ordenadas, de los electrones en torno al núcleo; profundas analogías entre las vibraciones de los electrones y las ondas lumínicas han sido puestas de relieve por Louis de Broglie y Erwin Schrödinger, en cuyas mecánicas ondulatorias juegan un papel relevante las ondas estacionarias, afines a las vibraciones acústicas y electromagnéticas; que las series de Fourier y sus coeficientes están en la base del entramado matemático de la mecánica matricial de W. Heisenberg; y que el desafío del efecto Zeeman, en la forma particular conocida como efecto anómalo, la estructura hiperfina de los espectros, así como el efecto Lamb, fenómenos en un principio de muy difícil interpretación, han servido de valiosos estímulos en el desarrollo de las diversas etapas de la mecánica ondulatoria.

EL ÁTOMO DE LORD RUTHERFORD.

En 1897 el científico inglés J.J. Thomson descubría el electrón, una partícula dotada de electricidad negativa, muy liviana, que se desprendía de los átomos. En el tubo de rayos catódicos, ideado por Crookes, estas partículas, procedentes del cátodo, o terminal negativo, atravesaban el gas rarificado que llenaba el tubo y producían fluorescencia en la parte opuesta del mismo, junto al ánodo o terminal positivo del dispositivo. Ya en 1881 Helmholtz, al analizar las leyes de la electrólisis de Faraday, había anticipado la existencia de átomos de electricidad. Stoney los bautizó con el nombre de electrones.

Dado que los átomos son neutros y los electrones negativos, era forzoso suponer que los átomos también deberían contener cargas positivas. J. J. Thomson propuso en 1904 un modelo según el cual la carga positiva en el átomo se encontraría uniformemente distribuida en superficies esféricas concéntricas, en cuyo interior estarían incrustados los electrones como las pepitas en una manzana.

En 1911 el científico neozelandés Ernst Rutherford, desde 1931 Baron Lord Rutherford of Nelson, llevó a cabo con sus colaboradores una serie de experimentos en los que se lanzaban partículas alfa, provenientes de una fuente radioactiva, contra finas películas metálicas. Las partículas alfa son núcleos del átomo helio despedidos por elementos radioactivos en su desintegración. La finalidad era comprobar el modelo atómico de J. J. Thomson. De ser cierto el modelo de Thomson, ello entrañaría que el tránsito de una partícula alfa por el interior del átomo sólo podría alterar su dirección dentro de estrechos límites previsibles. Las desviaciones deberían ser relativamente pequeñas, mas los experimentos mostraron todo lo contrario. El encuentro, o mejor dicho, la

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aproximación excesiva de las partículas alfa a las cargas positivas, imprimía a aquellas una desviación muy acusada, en ocasiones superior a 90 grados. Las fuertes repulsiones transformaban sus trayectorias rectilíneas en hipérbolas, tanto más cerradas cuanto más centrado era el choque. En los encuentros frontales, la trayectoria se reflejaba sobre sí misma. Sin embargo, la mayor parte de las partículas alfa atravesaban la película metálica sin apenas sufrir desviación alguna. Por ejemplo, disparando sobre una delgada lámina de platino, por término medio sólo una partícula alfa de entre ocho mil es repelida hacia atrás con un ángulo de desviación superior a 90º. El análisis cuantitativo de las desviaciones llevó a la conclusión de que el átomo es una estructura extremadamente vacía, hallándose la carga positiva concentrada en el centro, o núcleo, donde alcanza una prodigiosa densidad, siendo su tamaño unas diez mil veces inferior al del diámetro del átomo. Como es sabido, la carga positiva recibió el nombre de protón, que en griego significa primero, como un lejano eco de la materia prima aristotélica. El protón es unas dos mil veces más pesado que el electrón, siendo su carga eléctrica igual a la de este último, cambiada de signo.

Hasta el descubrimiento del neutrón en 1932 por el británico J. Chadwick, se pensaba que el núcleo atómico estaba formado por protones y, en menor número, por electrones. El resto de los electrones, hasta compensar la carga positiva del núcleo, circularían en órbitas planetarias en torno al mismo. Así, se pensaba que el núcleo del helio se componía de cuatro protones y dos electrones. Los cuatro protones daban cuenta de la masa aproximada de 4, mientras que los dos electrones interiores reducían la carga positiva del núcleo a 2, que quedaba igualada a cero por las cargas negativas de los dos electrones planetarios. El número de éstos constituía el número Z, responsable de las reacciones y propiedades químicas de los diversos elementos, procesos estos que no afectan al núcleo de los átomos. Como consecuencia del descubrimiento del neutrón, Werner Heisenberg propuso que en el núcleo sólo existían protones y neutrones, concibiendo estos últimos como una íntima fusión de protón y electrón. En consecuencia, ahora decimos que el átomo de helio, en su estado normal, no ionizado, se compone de un núcleo formado de dos protones y dos neutrones ligados, circundado por dos electrones planetarios. La proporción de neutrones a protones en el núcleo es variable a lo largo de la tabla periódica. Próxima a la unidad en los elementos ligeros, va creciendo paulatinamente conforme nos aproximamos a los elementos más pesados por ejemplo, el uranio 238 contiene 146 neutrones frente a 92 protonesgracias a lo cual se modera la repulsión mutua debida a la acumulación de protones en el núcleo.

SEMBLANZA DE ERNEST RUTHERFORD.

Entre los científicos no es infrecuente poder observar cadenas didácticas con eslabones áureos que enlazan unas generaciones con otras. Ernst Rutherford hizo de eslabón áureo en esta cadena de transmisión científica. Trabajó bajo la dirección de J. J. Thomson en el Laboratorio Cavendish, Universidad de Cambridge, a quien sucedió, como Cavendish professor, en 1919. Rodeado de magníficos colaboradores y con la ayuda de un instrumental relativamente sencillo, consiguió acumular una ciencia sólida sobre la radioactividad natural y artificial, transformación de unos elementos en otros y los primeros esbozos de la estructura atómica. El danés, Niels Bohr, quien trabajó de joven con Rutherford en la Universidad de Manchester, sirvió de eslabón áureo entre la ciencia experimental británica y los físicos teóricos continentales. Las teorías posteriores del mismo Bohr, de Heisenberg y de Schrödinger, no hubieran sido posibles

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sin la labor pionera de Rutherford y sus colaboradores. Era un físico experimental de pura raza, en la línea de M. Faraday, aunque con una mayor preparación físico- matemática. Su lema era descubrir hechos científicos. No era amigo de teorías demasiado sofisticadas. Cuando en 1934 Fermi desintegró, utilizando neutrones, varios elementos químicos, Rutherford le felicitó por haber escapado de la física teórica. Nació en 1871en Spring Grove, Nueva Zelanda; cursó estudios en su país natal, primero en la ciudad de Nelson, consiguiendo luego el doctorado, con los honores de primera clase en matemáticas y física, en el Canterbury College de Christchurch. Se dice que mientras trabajaba en el laboratorio solía entonar himnos religiosos, aprendidos en su juventud. Enseñó en las universidades de MacGill de Montreal (Canadá), Manchester y Cambridge. Fallecía en 1937 en vísperas de la segunda guerra mundial. Se le considera, y con razón, el padre de la física atómica.

APARENTE SIMPLICIDAD DE LA NATURALEZA.

Nunca en su historia consiguió la física una mayor simplificación de los constituyentes del mundo real, con la excepción, claro está, de la época de los átomos de Leucipo y Demócrito, silenciados en el medioevo, y reavivados posteriormente por Gassendi, Dalton y otros. La tabla periódica de los elementos, y con ella la totalidad del universo, se compondría de muy pocos elementos primordiales: protones y electrones, a los que pronto se unirían los neutrones, positrones y los escurridizos neutrinos. Entre las fuerzas, la gravitación desaparecía como tal al atribuir sus efectos a la geometría del espacio-tiempo. Destacados físicos sugerían que la inercia de la materia podría ser de origen exclusivamente electromagnético, mientras que Einstein demostraba la equivalencia entre materia y energía. No faltaron mentes privilegiadas el mismo Einstein, H. Weyl, A. S. Eddington, E. Schrödingerque indagaran en vano, y por vías distintas, la raíz común de la gravitación y electromagnetismo.

Nunca estuvo la física más cerca del ideal griego de la unidad en la ciencia. Esta tremenda simplificación, que no dejó, por otra parte, de representar un gran progreso, sólo fue un espejismo. La búsqueda incansable de la unidad, el reduccionismo radical a algún principio o elemento primordial, abstracto o material, ha sido siempre una constante psicológica universal, afectando por igual a la mayoría de filósofos y físicos, saldada unas veces con gratificantes éxitos; otras, con decepcionantes fracasos. En nuestros días reaparece con inusitado vigor en la proliferación de complejas teorías unificadoras, conocidas con las siglas G. U. T, o Teorías de Gran Unificación.

EL ÁTOMO DE NIELS BOHR. POSTULADOS BÁSICOS.

El físico danés, Niels Bohr, tuvo la feliz idea de aplicar los conceptos cuánticos al interior del átomo planetario de Lord Rutherford. En su juventud había trabajado en Inglaterra con J. J. Thomson y E. Rutherford. Esta feliz conjunción de dos conceptos, cuántica y constitución atómica, pertenecientes, en apariencia, a campos tan dispares, se revelaría con el tiempo extraordinariamente fecunda. Un grave fallo en el modelo planetario de Lord Rutherford dio la pista a Niels Bohr: sencillamente, el modelo planetario era incapaz de garantizar su propia estabilidad. En efecto, el modelo planetario, interpretado a la luz de la electrodinámica clásica, esto es, tal como se desprendía de la teoría de los electrones de H. A. Lorentz, era fundamentalmente inestable. Las órbitas de los electrones alrededor del núcleo, por la

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atracción de éste, están sometidas a una aceleración constante. Las ecuaciones de Maxwell-Lorentz predicen que las cargas aceleradas irradian energía, es decir, pierden energía por radiación. En consecuencia, los electrones, faltos de energía, terminarían, al cabo de una billonésima de segundo, precipitándose sobre los protones. Los espectros de emisión de los átomos serían diferentes de los actuales. Las líneas espectrales no serían nítidas y consistentes, sino borrosas y cambiantes. La materia no sería estable; se aniquilaría en un brevísimo intervalo de tiempo. Había que idear un mecanismo que explicara por qué no se dan estos cataclismos. El físico danés lo encontró en el concepto de estado estacionario. Es la forma adjetivada de estación, término derivado del latín statio. Entre los múltiples significados incluye el de lugar de parada y el más abstracto de cese de actividad. En la acústica tenemos el concepto de ondas estacionarias en cuerdas sujetas en ambos extremos; en láminas vibratorias, como ocurre en las cuerdas del violín y en el parche del tambor. Las ondas estacionarias se contraponen a las ondas viajeras o progresivas, que se desplazan a lo largo de un medio como el sonido en la atmósfera o las olas en el agua. En otras ramas de la física se da también el concepto de estado estacionario, como ocurre en el interior de un cuerpo negro donde se establece un equilibrio entre la cantidad de radiación absorbida y emitida por las paredes interiores del mismo. El sentido bohriano del término, en su acepción original, se refería exclusivamente al estado, o nivel de energía, en el que el electrón no irradia, ni absorbe energía. Significaba lisa y llanamente parada o cese de radiación.

Así pensaba Niels Bohr en 1913, pero diez años más tarde un joven físico americano, John Slater, recientemente graduado, se incorporó al Instituto de Física de Niels Bohr en Copenhague. Propuso a Bohr, y a su ayudante Kramers, que los átomos están excitados en todo momento, emitiendo ondas electromagnéticas de todas las frecuencias correspondientes a las transiciones, o saltos cuánticos, hacia los estados de menor energía. Estas ondas electromagnéticas serían de una clase especial. No transmitirían energía, pero estarían asociadas con la probabilidad de encontrar fotones en un punto dado. Bohr las bautizó con el calificativo de oscilaciones virtuales.

Niels Bohr estableció varios postulados para hacer compatible el quantum de acción de Max Planck con el modelo atómico de Rutherford. Son éstos:

1.- Los electrones se desplazan en órbitas circulares alrededor del núcleo, bajo la influencia de la atracción electromagnética. Obedecen, pues, a las leyes clásicas del electromagnetismo. Se establece un equilibrio electrón-núcleo entre la atracción electrostática, expresada por la fuerza de Coulomb, y la fuerza inercial de la mecánica clásica, la antigua fuerza centrífuga. Es de observar que la fuerza de gravedad entre el núcleo y los electrones es tan sumamente débil, en comparación con la atracción electrostática, que puede despreciarse.

2.- En lugar de la infinidad de órbitas posibles, permitidas por la mecánica clásica, sólo son posibles aquellas cuyo momento cinético orbital es un múltiplo entero de la constante de Planck “h” dividido por 2π. En mecánica el momento cinético orbital se define por el producto de la masa por el radio descrito y por la velocidad lineal orbital.

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3.- Aunque el electrón esté acelerado, no emite radiación en tanto en cuanto se desplace por alguna de las órbitas permitidas. A esta situación se refiere la expresión estados estacionarios.

4.- Si el electrón pasa de una órbita posible de energía E 1 a otra de energía inferior E 2 , emite radiación. La frecuencia “ν” de la radiación electromagnética emitida es igual a la diferencia de la energía (E 1 - E 2 ), entre los dos niveles orbitales, dividida por la constante de Planck.

EL ÁTOMO DE HIDRÓGENO EN LA TEORIA DE BOHR,

-e Ze 2 /r 2 r +Ze
-e
Ze 2 /r 2
r
+Ze

mv 2 /r

CONDICIÓN DE ESTABILIDAD DE LA ÓRBITA DEL ELECTRÓN (Física clásica)

Fuerza de Coulomb = Fuerza centrípeta

(1/4ππεππεεε 0 )(Ze 2 /r 2 ) = m(v 2 /r) = ma

CONDICIÓN CUÁNTICA

L = mvr

=

hνννν = E 1

n(h/2ππππ) = n h

n = 1,2,3,…

- E 2;

νννν = ( E 1 – E 2 )/h

El primer postulado lo tomó Bohr directamente de Lord Rutherford, en cuyo modelo los electrones, justamente bajo la acción de las dos fuerzas citadas, giraban en torno al núcleo, contrariamente al modelo de Thomson, en los que éstos normalmente estarían en reposo, excepto en los momentos de radiación en los que vibrarían al modo de los osciladores harmónicos planckianos, mas no girarían en órbitas.

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El segundo postulado es una traducción directa del quantum de acción de Max Planck ya que las dimensiones del momento cinético orbital, mvr masa por velocidad por el radio de la órbitason las mismas que las del quantum de acción. El tercer postulado es original de Niels Bohr. Representa la condición cuántica imaginada para no entrar en contradicción con la teoría del electromagnetismo de J. Maxwell que exige al electrón radiar energía cuando está acelerado, en nuestro caso cuando gira alrededor del núcleo. El cuarto postulado, inspirado también en la teoría de Max Planck, difiere radicalmente de lo que se suponía debería ocurrir según la teoría clásica del electromagnetismo, donde la frecuencia “ν” de la radiación emitida debería coincidir con la frecuencia ω del electrón en el interior del átomo.

Para que tenga lugar el tránsito a una órbita de energía superior, el electrón precisa absorber energía. Se dice entonces que el electrón está excitado. Si la magnitud del quantum de energía absorbido sobrepasa cierto límite, el electrón se desprende y sale despedido, lo que sucede en el llamado efecto fotoeléctrico ya descrito. Se dice entonces que el átomo está ionizado. La relación:

hνννν = E 1

- E 2;

se conoce como la condición cuántica de la frecuencia de Bohr. Satisface el principio de la conservación de energía y está en muy estrecha relación con el postulado de Planck:

W = hνννν

Al dividir por “h”, obtenemos la frecuencia de la radiación emitida:

νννν = ( E 1 – E 2 )/h

¿Qué es lo que determina estas órbitas privilegiadas? ¿Por qué el electrón debe circular por unas órbitas determinadas y no por cualquier otra, como ocurre con los planetas en torno al Sol? La teoría de Niels Bohr no lo explica satisfactoriamente; lo asume como un postulado. Posteriormente, la poderosa intuición de Louis de Broglie desveló este enigma. Según el físico francés, para que una onda estacionaria tenga lugar, se precisa que un número entero de longitudes de onda coincida exactamente con la circunferencia de la órbita.

LOS ESPECTROS ATÓMICOS.

Los espectros de los elementos químicos pueden considerarse como sus huellas digitales. Cada clase de átomo, o molécula, emite su propio y característico espectro de luz. No hay dos iguales. Se producen éstos en los tubos de descarga electrónicos calentando el gas a baja temperatura. Los espectros de emisión aparecen como series de líneas brillantes al ser analizadas mediante el espectroscopio. Cada línea representa una determinada longitud de onda. Los espectros de absorción aparecen como líneas obscuras. Las líneas, en este caso, representan determinadas longitudes de onda de la radiación absorbida que, de otro modo, ofrecerían un espectro continuo de emisión.

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Joseph Frauenhofer fue un pionero en el estudio del espectro solar. El elemento helio, el segundo más abundante en el universo, se descubrió primero en el Sol, por el análisis espectral, antes de que se detectara primero en un mineral, luego en la atmósfera terrestre. Su nombre procede del término griego Helios (Sol). La moderna astrofísica sería impensable sin el análisis espectral de la luz que nos llega de los astros. Hoy día conocemos la composición química de los astros, casi con la misma exactitud que la de los materiales que componen la Tierra, en contra de la opinión del filósofo francés Auguste Comte, fundador del positivismo en el siglo XIX, quien aseguró que jamás se conocería la composición química de los cuerpos celestes. No es la primera vez que un exceso de positivismo, el afán de aferrarse excesivamente a los hechos a la superficie misma de los hechosha pretendido cortar las alas a la ciencia. En los albores del siglo XX, otro famoso positivista, físico y filósofo, inspirador del movimiento neopositivista vienés, Ernst Mach, mantuvo una fuerte polémica a favor de la no existencia de los átomos químicos, en oposición a destacados físicos de la época, como Ludwig Boltzmann. Posición similar mantuvo por la misma época W. Ostwald, galardonado con el premio Nobel de Química, y adherido formalmente al movimiento pragmatista, otra forma de positivismo, del filósofo norteamericano William James.

EL ESPECTRO DEL HIDRÓGENO.

El espectrómetro, como el lector sabe, es un instrumento que se utiliza para descomponer, o analizar, un haz de luz complejo en ondas simples, monocromáticas, esto es, de una sola frecuencia o longitud de onda. Ello es posible porque la luz, al atravesar las substancias transparentes, disminuye su velocidad en razón a las frecuencias crecientes de los distintos componentes que la forman. La luz que produce la sensación de azul viaja más despacio, en el interior del prisma, que la luz que produce otro color de menor frecuencia, como el rojo. En consecuencia, la luz azul será refractada, con un mayor ángulo de refracción, esto es, será más desviada que la luz roja, como puede comprobarse en la dispersión de la luz por un prisma, donde aparece el conocido abanico de colores, similar al del arco iris. Newton llamó espectro a este fenómeno de la dispersión de la luz.

Voy a relatar la bella historia que de los mismos nos ofrece Frank M. Durbin en su Introduction to Physics:

Alrededor del año 1885 se había recopilado una información considerable acerca de los espectros de los elementos. Se había observado que los espectros de líneas brillantes poseían una tal disposición, o arreglo, de líneas que hacía muy inverosímil poder atribuirlas al capricho del azar, aunque nadie entendiera las razones que explicaran dicha disposición. Por aquel entonces sólo se conocían nueve líneas del espectro del hidrógeno. Cuatro de estas líneas estaban ubicadas en la región visible y las restantes cinco en la zona de las ondas largas del extremo del ultravioleta. Se había observado que en este grupo la longitud de onda más larga era también la más intensa. Conforme las longitudes de onda se van haciendo más cortas, se aproximan más entre sí y su intensidad progresivamente se va debilitando. La serie, pues, se aproxima a un límite bien definido. El físico suizo, Balmer, pensó que la disposición de estas nueve líneas apuntaba a una determinada relación numérica entre ellas, que intentó descubrir. Por un método similar al de la “prueba y el error”, encontró que las longitudes de onda de las

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primeras cuatro líneas podrían obtenerse multiplicando el numero 3646 por 9/5, 4/3, 25/21, y 9/8. Dado que estas fracciones no configuran una serie regular, intentó otro cambio o modificación. Al multiplicar por cuatro los numeradores y denominadores de las fracciones segunda y cuarta, obtuvo la serie 9/5, 16/12, 25/21, y 36/32. Para esta serie los numeradores son 3 2 , 4 2 , 5 2 , y 6 2 , que, a todas luces, forman una serie regular. Los denominadores están constituidos por estos mismos números, disminuidos de 4 ó 2 2 De este modo consiguió escribir la primera serie de fracciones: n 2 /(n 2 2 2 ), donde “n” representa 3, 4, 5, y 6. Su fórmula para esta serie aparece así:

λλλλ = 3646 [n 2 /(n 2 2 2 )]

lo que es una relación sorprendentemente sencilla. Esta correspondencia numérica entre las longitudes de onda estimuló el estudio intenso del espectro del hidrógeno, así como el de otros elementos químicos. Se calcularon las longitudes de onda de las cinco restantes líneas del ultravioleta, dando a “n” los valores 7, 8, 9, 10, y 11; se encontraron en perfecto acuerdo con los valores de las medidas. Se mejoró la concordancia adoptando para la constante el valor de 3646,13. El conjunto de las líneas se llamó “la serie de Balmer”. El conjunto de las líneas conocidas y medidas se incremento casi hasta cuarenta. Haciendo que el valor de “n” tendiera a infinito, se encontró que el límite de la serie era 3646,13, ya que para este valor de “n” el valor de [n 2 /(n 2 2 2 )] tendería a la unidad. Al objeto de proseguir con el estudio de estas series, fue conveniente dar una nueva forma a la ecuación anterior, tomando el recíproco de ambos términos. La medida venía ahora dada en angstroms en lugar de centímetros:

1/ λλλλ = 109.678(1/2 2 1/ n 2 )

(1)

Desde estas primeras indagaciones, una segunda serie, la de Lyman, ha sido descubierta en el ultravioleta, y una tercera serie, la de Paschen, en el infrarrojo. Para las serie de Lyman la fórmula (1) da el valor correcto, una vez modificada así:

1/ λλλλ = 109.678(1/1 2 1/ n 2 )

(2)

donde el valor de “n” empieza con 2 en lugar de 3, continuando con 3, 4. 5, … Para obtener las longitudes de onda de la serie Paschen, se hace esta otra modificación:

1/ λλλλ = 109.678(1/3 2 1/ n 2 )

(3)

En este caso “n” empieza con valor 4 y continúa con 5, 6, 7, …

¿Podría encontrase una nueva serie tomando ¼ 2 en lugar de 1/3 2 ? Una nueva serie se obtuvo, la de Brackett, cuyas previsiones concordaron con las medidas. Otra serie más, la de Pfund, se encontró en concordancia con los valores previstos, si ponemos 1/5 2 en lugar de ¼ 2 . Estos hechos llevaron a una generalización de las fórmulas anteriores, que asumió esta otra forma:

1/ λλλλ = 109.678(1/m 2 1/ n 2 )

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Asignando los valores apropiados a “m” y “n” se obtiene cualquier línea de las series mencionadas. La sencillez de la fórmula sugiere que el átomo del hidrógeno es una estructura muy simple.

Las fórmulas más generales fueron propuestas por Ritz y Rydberg. Se dice, y con razón, que la aportación más genial de N. Bohr consistió en enlazar dos conceptos tan dispares como el átomo planetario de Lord Rutherford y el quantum elemental de acción de Max Planck. Pero falta un eslabón entre ambos conceptos. Como hace observar L. de Broglie, las diferentes series espectrales satisfacen un principio general, el principio de combinación de Ritz, según el cual existe para cada clase de átomo o de molécula una serie de términos espectrales tal que todas las frecuencias de las rayas emitidas por el átomo o la molécula sean la diferencia de dos de esos términos espectrales en dichas series Pues bien, de aquí a la ley de las frecuencias de N. Bohr, y su visualización plástica en forma de saltos cuánticos, sólo hay un paso, si bien fue un paso de gigante. En efecto, las fórmulas propuestas por los espectrocopistas tienen de común que representan saltos cuánticos del electrón desde unas órbitas a otras de menor energía. Así, la serie de Lyman concernía los saltos hasta la órbita más interna, la órbita número uno; la de Balmer, a la órbita número dos; y la de Paschen, a la órbita número tres.

EL MODELO DE BOHR Y LOS SALTOS CUÁNTICOS

número tres. EL MODELO DE BOHR Y LOS SALTOS CUÁNTICOS LA TEORÍA DE NIELS BOHR Y

LA TEORÍA DE NIELS BOHR Y LA ESTABILIDAD DE LA MATERIA.

Cabe preguntar: ¿Cuál fue el objetivo de la teoría de Niels Bohr? El mismo Bohr lo explicó así al joven W. Heisenberg, siendo éste estudiante, en un paseo por los alrededores de la ciudad de Göttingen, con motivo de las conferencias que diera el sabio danés en la Universidad de esa linda villa, allá en 1922:

En realidad el punto de partida [de mi teoría] no fue la idea de que el átomo sea un sistema planetario en miniatura y de que se puedan aplicar aquí las leyes de la astronomía. Nunca he tomado esto de forma tan literal. El punto de partida fue, para

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mí, más bien la estabilidad de la materia que, desde el punto de vista de la física anterior es, ciertamente, un puro milagro La maravilla de la estabilidad de la materia hubiera quedado, tal vez, inadvertida durante largo tiempo si no hubiera sido iluminada en los últimos decenios por medio de algunas experiencias importantes de otro tipo. Max Planck descubrió, como Vd. sabe, el hecho de que la energía de un sistema atómico varía de un modo discontinuo; que en la radiación de energía por un sistema tal se obtienen, por así decirlo, “paradas” con determinadas energías, que denominé más tarde “estados estacionarios”. Posteriormente, Rutherford realizó experimentos sobre la estructura de los átomos que fueron decisivos para la evolución posterior. Allá en Manchester, en el laboratorio de Rutherford, aprendí toda esta problemática, Yo era entonces casi tan joven como Vd. ahora y hablé infinitas veces con Rutherford acerca de estas cuestiones. Finalmente, en los tiempos más recientes se investigaron con mayor exactitud los fenómenos luminosos y se midieron las líneas espectrales características de los distintos elementos químicos; por otra parte, los múltiples experimentos químicos contienen, además, una gran cantidad de información sobre el comportamiento de los átomos. A través de toda esta evolución, que viví entonces de una forma inmediata, se planteó una pregunta que nuestro tiempo ya no podía eludir, a saber, el problema de cómo se interrelaciona todo esto. La teoría, por mí ensayada, intenta establecer dicha interrelación.

Texto traducido de la obra ya citada, Der Teil und das Ganze, de Werner Heisenberg.

EL ÁTOMO DE BOHR EN CIFRAS.

Al final del ensayo, el amable lector encontrará un apéndice titulado, El átomo de Bohr en cifras, que completará los conceptos aquí expuestos.

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CAPÍTULO IV

LAS ÓRBITAS ELÍPTICAS DE ARNOLD SOMMERFELD. LOS PRINCIPIOS DE CORRESPONDENCIA Y EXCLUSIÓN.

Sumario:

Las órbitas elípticas de Sommerfeld explican el efecto Zeeman. Sommerfeld crea dos nuevos números cuánticos. El principio de correspondencia de Niels Bohr. Los átomos de Rydberg. El principio de exclusión de Pauli. El cuarto número cuántico, el spin. El principio de exclusión y la estabilidad de la materia. Las manzanas de Dyson. Dos modelos del núcleo.

LAS ÓRBITAS ELÍPTICAS DE ARNOLD SOMMERFELD.

Del mismo modo que las órbitas circulares de Copérnico fueron ventajosamente reemplazadas por las elípticas de Kepler, las órbitas circulares de N. Bohr fueron substituidas con éxito por las elípticas que propusiera el profesor de la Universidad de Munich, Arnold Sommerfeld. Las líneas espectrales del hidrógeno y del helio son más complicadas de lo que a primera vista parecen. Observadas con espectroscopios de gran poder de resolución, se presentan formadas por multitud de líneas, muy próximas unas de otras. En efecto, la velocidad de los electrones planetarios es enorme y, como tal, deberían aplicárseles los principios de la mecánica relativista. Ésta enseña que la masa, lejos de ser constante, varía en función de la velocidad. Si no lo comprobamos en la vida ordinaria es porque la velocidad de nuestros automóviles y aviones guarda una relación insignificante cuando la comparamos con la de la luz. En la hipótesis de órbitas elípticas, la masa de los electrones presentaría un máximo en el perihelio y un mínimo en el afelio, es decir, en los puntos más próximos y alejados del núcleo, donde las velocidades presentan un máximo y un mínimo, respectivamente. Por ello, en las órbitas elípticas tiene lugar un movimiento de precesión, esto es, un desplazamiento del perihelio, similar al del planeta Mercurio, si bien las causas no son las mismas. La causa del primero es el aumento periódico de la masa, consecuencia de la variación de la velocidad, que deriva de la relatividad especial; la del segundo, la proximidad al intenso campo gravitatorio del Sol, que curva el espacio-tiempo en su vecindad, en consonancia con la teoría de la relatividad general.

gravitatorio del Sol, que curva el espacio-tiempo en su vecindad, en consonancia con la teoría de

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EL MODELO DE SOMMERFELD REPRESENTANDO LA PRECESIÓN DE LAS ÓRBITAS ELÍPTICAS.

La frecuencia de las radiaciones que emite el átomo, esto es, la frecuencia de los fotones, que saltan de una órbita a otra, no sería función únicamente del número cuántico principal, que determina el tamaño de las órbitas, sino que dependería también de un término adicional, variable en función de la excentricidad de las elipses. En consecuencia, Arnold Sommerfeld modificó las ecuaciones de N. Bohr y pudo prever las nuevas líneas, o frecuencias, relativas a la excentricidad de las órbitas elípticas, que se comprobaron en el espectro del hidrógeno y, más ampliamente, en el del helio. Según esto, las órbitas elípticas estacionarias sólo son posibles para números enteros de la relación n/l, donde n es el número cuántico principal de Bohr y l, (letra ele) un segundo número cuántico, que él denominó azimutal. Los valores posibles de l son: 0, 1, 2, … l- 1, [siendo este último símbolo la letra ele menos la unidad]; designan la magnitud del momento angular de la órbita. En un campo magnético la elipse asume diversas orientaciones que contribuyen también

a la energía del átomo. Para ello Sommerfeld introdujo un tercer número, el número

cuántico magnético m, que varía desde +l a -l (letra ele), esto es, l, l-1, l-2…-(l-2), -(l- 1), -l. Con esta modificación pudo explicar la estructura fina del efecto Zeeman, que consiste, como vimos, en la separación de las líneas espectrales entre sus componentes más finos por aplicación de un campo magnético al átomo, fenómeno este no previsto por el modelo de N. Bohr.

Otro resultado de las investigaciones de A. Sommerfeld fue el reconocimiento de que las órbitas electrónicas se agrupan formando conjuntos, denominados capas (shells). Los niveles de energía entre las distintas órbitas de una misma capa son muy pequeños, no así los niveles entre una y otra capa. Se clasifican éstas, empezando desde la más profunda, con las letras: K, L, M, N, O, P… El número de órbitas es distinto según las capas. Así, la capa K contiene dos órbitas; la capa L, ocho; la M, dieciocho; la N, treinta y dos…Además, según veremos al hablar del principio de correspondencia de Bohr, los niveles de energía de las distintas órbitas van decreciendo conforme éstas se alejan del núcleo. Las órbitas más profundas son menos densas y con grandes desniveles de energía entre ellas; las exteriores son más densas y más suaves los desniveles de energía. En consecuencia, el tránsito de un electrón desde una órbita lejana a otra exterior, próxima a ella, requiere la absorción de un menor quantum de

energía que el tránsito desde una órbita muy profunda a otra exterior. Por la misma razón, los fotones, o radiación emitida, en el tránsito de un electrón hacia órbitas más profundas, poseerán una mayor energía que los fotones emitidos al pasar de una órbita muy alejada a otra interior, próxima a ella. Los rayos X se originan cuando se perturban

y reajustan los electrones de las órbitas más profundas. Los rayos gamma, de mayor

dureza, esto es, de mayor frecuencia que los rayos X, proceden de perturbaciones que tienen lugar en el núcleo del átomo, mediante un mecanismo diferente, pero que guarda

cierta analogía con los saltos cuánticos orbitales.

Según lo que precede, en el elemento químico radón (Rn), o emanación de radio, que posee ochenta y seis electrones, éstos se distribuyen así entre las siguientes capas (shells) o niveles de energía:

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Capas

K

L

M

N

O

P

Total

Electrones

2

8

18

32

18

8

86

Como puede observarse, la capa más externa, la que interviene en las combinaciones

químicas, posee ocho electrones, lo que implica un alto grado de estabilidad. Pertenece

al grupo de los elementos químicos inertes que no se combinan con otros. En un

principio se denominaron gases nobles por mantenerse a cierta distancia del común de

los otros elementos. Comprende actualmente los elementos: helio, neón, argón, criptón, xenón y radón. Excepcionalmente el helio, como sabemos, contiene sólo dos electrones,

lo que también es causa de estabilidad. Contrastan con elementos de otros grupos, por

ejemplo, los halógenos: flúor, cloro, bromo, yodo, astatine. Su última capa contiene siete electrones y están deseosos de entrar en combinación con elementos que puedan cederles el electrón faltante. Para ello se prestan admirablemente los elementos del grupo de los alcalinos, cuya última capa posee un electrón solitario, y que están dispuestos a cederlo con suma facilidad. Entre éstos se cuentan los elementos: litio, sodio, potasio, rubidio, cesio y otros. La sal común, o cloruro de sodio, es un ejemplar

típico de este maridaje.

ALGUNOS JUICIOS ACERCA DE A. SOMMERFELD.

Max Planck emitió el siguiente juicio sobre la obra de Arnold Sommerfeld:

Arnold Sommerfeld mostró que, aplicando las leyes de distribución de los quanta a sistemas con diversos grados de libertad (y teniendo en cuenta la variabilidad de la masa de conformidad con la teoría de la relatividad), de ello se deducía una elegante fórmula que debe descifrar el enigma de la estructura de los espectros del hidrógeno y del helio, fórmula confirmada por las mediciones más delicadas, actualmente posibles (las de Paschen). Esto constituye una hazaña en todo punto comparable con el famoso descubrimiento del planeta Neptuno, cuya existencia y posición habían sido calculadas por Leverrier antes de que fuera visto por el ojo humano.

Traducido del discurso de Max Planck con motivo de la recepción del Premio Nobel, ya mencionado en el capítulo anterior.

A pesar de este encendido elogio, Sommerfeld nunca fue galardonado con dicho

premio. Por su cátedra de la Universidad de Munich pasaron varios futuros premios Nobel y otros eminente físicos, entre ellos un famoso trío, en cursos muy próximos unos

de

otros: Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg y Ernst Pascual Jordan.

En

la exposición de la teoría de Bohr-Sommerfeld me he ayudado de la obra: Les Bases

de la Physique Moderne del británico J. M. Irvine y, muy especialmente, de la obra:

Matière & Atomes del físico-químico francés, A. Berthoud.

PRINCIPIO DE CORRESPONDENCIA DE NIELS BOHR.

Este es un principio que subyace en, y anima, toda la vieja teoría cuántica, entendiendo por ésta la formulación del átomo Bohr-Sommerfeld. Se pueden encontrar, entre los distintos autores, enunciados diversos, algunos de muy fácil comprensión, pero, como dice H. A. Kramer, es difícil explicar en qué consiste, a causa de no poderse expresar exactamente en forma de ley cuantitativa y, por eso mismo, también lo es de aplicarlo.

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Renuncio expresamente a reproducir texto alguno del mismo Niels Bohr por lo

complicado de su estructura conceptual, envuelta siempre en excesivas y complejas matizaciones.

El Principio de Correspondencia fue de inestimable ayuda a los físicos en la vieja teoría

cuántica, justo hasta el momento en que una nueva generación de físicos W. Heisenberg, W. Pauli, P. A. M. Dirac, E. Schrödingertodos ellos, excepto el último, discípulos precisamente de los grandes maestros de la época Arnold Sommerfeld, Max Born, Niels Bohrsorprendieran a la comunidad científica con sus modelos matemáticos abstractos, que desplazarían definitivamente los modelos, algo más intuitivos, de sus maestros Ofrezco al amable lector este magnífico texto del físico y astrofísico Sir James H. Jeans acerca de dicho principio:

Bohr había representado el átomo de hidrógeno como formado por un electrón describiendo una órbita alrededor del protón, y lo había encontrado conforme con la experiencia postulando ciertas “restricciones cuánticas”, que sólo permitían órbitas cuyos diámetros fueran proporcionales a los cuadrados de los números enteros. Las órbitas más alejadas eran menos espaciadas que las internas. En especial, las órbitas muy alejadas podrían considerarse como contiguas unas a otras, dado que su separación es insignificante en relación con la dimensión total de la órbita. En estas circunstancias ya no podemos hablar de un electrón que salta de una órbita a la siguiente; podemos pensar que su movimiento es continuo, y que el cambio en la energía es una variación sin solución de continuidad. En tanto en cuanto el electrón permanecía en estas órbitas, las restricciones cuánticas de Bohr carecían de poder restrictivo sobre su movimiento, hasta el punto que el modelo del átomo de Bohr coincidía exactamente con el antiguo modelo mecánico del átomo. Como el modelo de Bohr predecía una emisión de radiación que concordaba con la actualmente observada, se concluía que el viejo modelo mecánico también era correcto en este caso extremo de átomos con diámetros infinitos. En el caso de órbitas con un diámetro muy extenso, mas no exactamente infinito, Bohr demostró que las restricciones cuánticas sólo ejercían un diminuto influjo, por lo que la concordancia con los experimentos también era buena. Esto es lo que se conoce como “principio de correspondencia de Bohr”. Texto traducido de la obra The New Background of Science.

A Niels Bohr se deben dos grandes principios: el de complementariedad, que se

expondrá posteriormente, y el ya expuesto de correspondencia. El primero, esencialmente cualitativo, ha sido elevado por los más fervientes partidarios de la mentalidad bohriana a la categoría de principio emblemático de toda la interpretación, o filosofía, de la teoría cuántica; el segundo, como se ha dicho, sirvió de inestimable ayuda a los físicos en los inicios de los años veinte del siglo pasado; representa un enlace necesario entre las físicas clásica y cuántica, por lo que sigue gozando de excelente crédito, incluso en la actualidad. En efecto, en la década de los ochenta y

noventa del siglo XX aparecieron en la revista Investigación y Ciencia, versión castellana de Scientific American, varios artículos sobre la física de una clase especial

de átomos, los átomos Rydberg, llamados así en honor del ilustre espectroscopista sueco

Johannes Rydberg. El artículo de 1981 lleva por título Átomos Altamente Excitados, siendo sus autores: Daniel Kleppner, Michael G. Littman y Myron L. Zimmermann. El segundo artículo, de 1994, se titula: El Límite Clásico del Átomo, y son sus autores:

Michael Nauenberg, Carlos Stroud y John Yeazell.

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Según los autores del segundo artículo:

Se han creado sistemas atómicos (los átomos de Rydberg) que obedecen, durante un corte período, las leyes de la mecánica clásica. Para producirlos hay que excitar átomos hasta que se hinchen unas diez mil veces. A tal escala, la posición de los electrones se localiza estrechamente; por lo menos su órbita deja de ser una nebulosa que sólo representa posiciones probables; el electrón traza entonces alrededor del núcleo, como los planetas alrededor del Sol, una elipse.

Según los autores del primer artículo, cualquier átomo puede convertirse en un átomo de Rydberg llevando su electrón más externo a un nivel energético muy alto. Los átomos de Rydberg son gigantescos: se han detectado algunos cuyos diámetros se acercan a la centésima de milímetro, lo que representa 100.000 veces el diámetro de un átomo en el estado fundamental o estado de menor energía…Si el electrón más externo de un átomo, que no sea el hidrógeno, se lleva a un nivel energético muy alto, se coloca en una órbita grande muy por encima de la órbita de los demás electrones…Así pues, la física de los átomos de Rydberg viene a ser esencialmente la física del hidrógeno.

Se suele trabajar con átomos de metales alcalinos: litio, sodio, potasio, rubidio y cesio. Se convierten con facilidad en gases, absorben eficientemente la energía de los rayos láser y poseen, al igual que el hidrógeno, un electrón disponible para enlaces que se coloca, por efecto de la absorción, en un nivel de energía extraordinariamente alto, al que corresponde un número cuántico elevado y una órbita muy alejada del núcleo.

Los autores del segundo artículo nos recuerdan que Schrödinger aplicó su ecuación de ondas, que se expondrá someramente en otro capítulo, al oscilador armónico. Éste consiste en un bloque que cuelga del extremo de un muelle y realiza un movimiento periódico de vaivén, hacia arriba y hacia abajo. El físico vienés encontró las diversas soluciones de su ecuación para este caso, que consistían en ondas sinusoidales con frecuencias diferentes. Al superponer éstas, siguiendo la técnica matemática de Jean- Baptiste Fourier, halló que el oscilador harmónico se comportaba como un paquete de ondas gaussiano, esto es, con aspecto de curva acampanada, que recuerda el trazado de la función de Gauss, o curva de los errores. A continuación intentó formular un movimiento clásico similar, en forma de paquete de ondas, aplicable al electrón asociado al átomo de hidrógeno, pero fracasó; el paquete de ondas, formado por una superposición de estados cuánticos cercanos al fundamental, se dispersaba en una fracción mínima de segundo. Un teorema de Fourier prescribe que un tal paquete de ondas sólo es posible si se combinan niveles de energía igualmente espaciados. El primer intervalo entre el estado fundamental del átomo y el siguiente nivel inmediato es un millón de veces mayor que el correspondiente a los niveles cuánticos 100 y 101, números estos que se refieren al número cuántico principal que asignara Bohr a las órbitas electrónicas. Aquí reside, pues, la importancia capital de los átomos gigantescos de Rydberg; los intervalos de energía entre sus elevados niveles cuánticos son prácticamente iguales. En este límite, como dicen los autores del segundo artículo, la localización espacial [del electrón] podría persistir por algún tiempo, con lo que el centro del paquete de ondas podría evolucionar de manera clásica…Hallamos, dicen, que, cuando los números cuánticos son grandes, existe una solución de la ecuación de Schrödinger que equivale a un “estado estacionario elíptico”.

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Como se describe en el citado artículo, dicho estado estacionario elíptico ofrece múltiples rasgos de un comportamiento clásico del átomo, y ello se logra justamente en los límites para los que la genial intuición de Niels Bohr formuló su famoso principio de correspondencia.

JUICIO SOBRE NIELS BOHR.

Es el sentir común entre historiadores y expositores que Niels Bohr representa la figura clave, central y preeminente en el desenvolvimiento de la teoría cuántica, tanto por sus propias aportaciones como investigador, como en calidad de mentor e inspirador de toda una generación de jóvenes estudiantes, espléndidamente dotados, y de diversas nacionalidades, que pasaron por su Instituto de Física Teórica en Copenhague, y que posteriormente diseminarían sus enseñanzas, en el marco epistemológico del espíritu de Copenhague, por todas las principales universidades del mundo. Entre sus ayudantes se encuentran físicos de gran talla: H. A. Krammers de Holanda, George de Hevesy de Hungría, Oskar Klein de Suecia, Werner Heisenberg de Alemania, Wolfgang Pauli de Austria, John Slater de los Estados Unidos y otros. P. A. M. Dirac también pasó una temporada en su Instituto. Los frutos de su magisterio cosmopolita y de élite, por la alta calidad de los discípulos, sólo son comparables con los del magisterio que simultáneamente ejercía Max Born en Göttingen, quien se preciaba de que, tal vez, fuera el profesor universitario por cuya aula y seminarios pasara un mayor número de futuros premios Nobel. El talante benévolo, extremadamente atento y bondadoso, de Niels Bohr era proverbial. Un carácter paralelo en nuestro país estaría representado por la inolvidable figura del doctor D. Gregorio Marañón, también un gran científico en otro ámbito de la ciencia. J. Robert Oppenheimer escribió sobre el desarrollo de la teoría cuántica:

Fue una época heroica. No fue obra de un solo hombre; representó la colaboración de varias veintenas de científicos de los países más diversos, aunque desde el inicio hasta su culminación, el espíritu crítico, sutil y profundamente creativo, de Niels Bohr logró guiar, controlar, profundizar y, finalmente, llevar a buen puerto esta magna empresa.

Por otra parte, Einstein, simultáneamente admirador y oponente (esto último sólo en el aspecto interpretativo o epistemológico), de Niels Bohr, se refirió al genio del físico danés con las siguientes palabras:

La más alta forma de musicalidad en la esfera del pensamiento.

Resulta difícil adivinar qué intentó decir Einstein con esta alusión a la música. Pudo referirse a su carácter harmónico y conciliador, que se traduciría en el famoso principio de complementariedad y de correspondencia; a la modalidad intuitiva de su pensamiento que le hizo adivinar la conexión entre dos ideas tan dispares como el átomo planetario de Rutherford y la constante de Planck o, tal vez, fuera una leve crítica muy velada que le brotara, sin malicia alguna, del fondo del subconsciente, pues sabemos que la interpretación de Copenhague, con su cortejo de indeterminismo, indefinición objetiva, incapacidad de expresar en términos espacio-temporales los procesos cuánticos, ese realismo tenue y vaporoso, casi mágico, que implica la no- separabilidad de ciertos sucesos, etc., etc., debieron sonar siempre en la mentalidad analítica, racionalista, objetiva y realista de Einstein algo tan fantástico conceptualmente

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como la legendaria música de las esferas que Kepler, en otros tiempos, tratara de captar en fórmulas geométrico-matemáticas.

PRINCIPIO DE EXCLUSIÓN DE WOLFGANG PAULI. EL SPIN.

Conviene mencionar, aunque sea brevemente, otro gran principio de uno de los físicos que más contribuyeron a la creación de la Nueva Mecánica Cuántica, el eminente físico austríaco, Wolfgang Pauli, compañero de estudios, mentor y amigo íntimo de Werner Heisenberg. Lo estudiamos aquí por que complementa las ideas expuestas con motivo de las órbitas elípticas de Arnold Sommerfeld.

Este principio dice:

Dos electrones en un mismo átomo no pueden poseer el mismo estado cuántico, es decir, dos electrones en un mismo átomo no pueden tener los cuatro números cuánticos iguales.

¿Cuáles son estos cuatro números? El primero, como ya hemos visto en este mismo capítulo, es el número n, que indica el tamaño de la órbita, o nivel energético del electrón. Este primer número cuántico fue introducido por Niels Bohr. El segundo número cuántico se simboliza con la letra l (letra “ele”). Vimos cómo A. Sommerfeld introdujo las órbitas elípticas. Según su modelo, sólo se permitían las

órbitas en las que la razón del eje mayor al eje menor fuera n/l; donde n es el número

cuántico principal y l el azimutal, que puede ser igual a 0, 1, 2, 3,

momento angular de la órbita. Ambos números son siempre enteros. El tercer número cuántico se expresa por la letra m con el subíndice l (letra ele), esto es, m l . Llámase número cuántico magnético. Sommerfeld supuso, así mismo, que un electrón cargado, moviéndose en una órbita, es equivalente a una pequeña corriente anular, comportándose como un diminuto imán. Cuando el átomo se encuentra bajo la influencia de un campo magnético, este número cuántico describe la magnitud de la

componente del momento cinético orbital l (letra ele) en una determinada dirección espacial, esto es, nos da las posibles orientaciones permitidas de la órbita del electrón, mientras que en ausencia de un campo magnético exterior todos los momentos magnéticos orbitales son equivalentes. Los valores posibles del nuevo número van desde –l a +l, incluyendo el cero. Esto quiere decir que cada uno de los sub-niveles orbitales, debidos a l, vuelven a subdividirse en otros sub-niveles. Este es el origen del efecto Zeeman. Las orientaciones orbitales están, pues, cuantificadas. Por ejemplo, para el orbital 3, el número cuántico magnético m 3, toma los valores siguientes:

n-1. Representa el

-3, -2, -1, 0, 1, 2, 3,

El cuarto número cuántico es el spin, cuya imagen sería la rotación del electrón sobre sí mismo. El número cuántico se referiría, en cuanto a imagen visualizable, a la dirección del eje de rotación propia. Se indica con la letra m y subíndice s, esto es, m s . Sólo admite dos valoren para el electrón: 1/2 y + 1/2 de la constante h/2π. Este cuarto número fue introducido, sin soporte visualizable, por W. Pauli y expuesto formalmente, bajo la forma de spin por los físicos holandeses George Goudsmit y George Uhlenbeck. Al estudiar el trabajo de W. Pauli sobre el principio de exclusión, se vieron sorprendidos por la falta de concreción pictórica, o significado físico, con el que

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representar este cuarto número cuántico, por lo que recurrieron a la imagen del spin, que nos recuerda el giro de la peonza. Para mejor comprender, o al menos intuir, la condición cuántica del spin, veamos este esclarecedor texto de Jean Thibaud:

La existencia de un eje de rotación determinado está ligada generalmente a cierta deformación del cuerpo a partir de la forma esférica ideal, o como se dice ahora, a cierta “disimetría”. Una bola esférica puede girar ciertamente alrededor de uno u otro de sus diámetros; ninguno de ellos es privilegiado, mientras que si la bola es alargada, si tiene el aspecto de un elipsoide de revolución, el eje de esta figura geométrica se convierte “necesariamente” en uno de sus ejes de rotación. Tal es el caso de la peonza que gira necesariamente alrededor del eje que el tornero le ha dado al construirla; es también el caso de la Tierra. Se ha podido mostrar que los núcleos atómicos, al igual que la Tierra, no son completamente esféricos. Lo mismo acontece con las partículas alfa y con los protones. Así, pues, todos nuestros corpúsculos fundamentales están obligados a girar alrededor de un eje de construcción, ligado a su estructura, como los husos giran alrededor del hilo (de donde el término spin, que designa en inglés esta rotación corpuscular). No olvidemos que nuestros corpúsculos están en su mayoría cargados eléctricamente:

protones, partículas alfa, núcleos, electrones. Tenemos, pues, el equivalente de un trompo electrizado en rotación. Ahora bien, Rowland ha mostrado, en un precioso experimento, que las cargas eléctricas que giran así en redondo, alrededor de muy pequeños círculos, producen un campo magnético, dirigido según el eje de rotación. Esta idea es ya algo antigua; fue debida al genio de Ampère, que asimiló las propiedades magnéticas a la circulación de una carga eléctrica. Así, nuestro corpúsculo, o peón electrizado, puede ser identificado con un imán de muy pequeñas dimensiones, con un polo norte y un polo sur, que estuviera colocado según el eje mismo de rotación. En un lenguaje más erudito, se diría que el corpúsculo posee “un momento magnético”. De la obra Vida y transmutación de los Átomos de Jean Thibaud.

Conviene explicar una diferencia. En el tercer número cuántico se habla del momento magnético orbital, por referencia a la traslación del electrón, en la trayectoria de la órbita alrededor del núcleo, mientras que el espín, del que se habla en el cuarto número cuántico, se refiere al giro, o rotación, del electrón sobre sí mismo, que da lugar al momento cinético propio, igual a ½ h/2ππππ, y al momento magnético propio, igual al magnetón de Bohr eh/4ππππmc, que es la unidad cuántica del momento magnético

Es interesante observar que la pieza giratoria de los telares, que se menciona en el texto, el huso, se llama en inglés precisamente spindle por el giro (spin) que efectúa.

Sólo ciertas partículas, denominadas fermiones, cuyo spin es la mitad de la unidad cuántica “ h/2π “, cumplen con el principio de exclusión de Pauli. Desde este punto de vista, las partículas pueden dividirse en dos grandes grupos; fermiones y no-fermiones, o bosones. De ello hablaremos en un capítulo posterior.

APLICACIONES DEL PRINCIPIO DE EXCLUSIÓN DE PAULI.

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Sin duda, la principal aplicación de este principio haya sido a la estructura de las capas electrónicas del átomo, el instrumento más adecuado para la comprensión de la tabla periódica de los elementos. Ello ha dado lugar a una nueva descripción de la distribución de los electrones teniendo en cuenta los sub-niveles dentro de cada capa. La nueva descripción para el radón, en cuyo análisis no puedo entrar, es la siguiente:

1s 2 , 2s 2

2p 6 , 3s 2 3p 6 3d 10 , 4s 2 4p 6 , 4d 10 , 4f 14 , 5s 2 , 5p 6 , 5d 10 , 6s 2 , 6p 6

La suma de los exponentes da 86, el número de los electrones de este elemento. Me he tomado la libertad de introducir comas para ayudar a ver cómo las sumas parciales de los exponentes entre comas coinciden con el número de electrones en las capas K, L, M, N, O y P, como se indicó anteriormente.

La aplicación de los conceptos cuánticos a la estructura de las moléculas se debió, principalmente, a un químico con nombre parecido al de Pauli, el estadounidense, Linus Carl Pauling, también premio Nobel. En su estancia por Europa estudió con Arnold Sommerfeld, Niels Bohr y Erwin Schrödinger. En segundo lugar, la introducción, o mejor dicho, la deducción del spín que hiciera P. A. M. Dirac de la ecuación relativista del electrón, contribuyó a esclarecer aún más la estructura de las líneas espectrales. En cuanto al principio de exclusión, voy a referirme brevemente a una conocida aplicación en Astrofísica. Se deduce del principio de exclusión que cuando los átomos se aproximan hasta el punto que sus capas electrónicas puedan solaparse, entonces aparecen poderosas fuerzas repulsivas, lo que explicaría la baja compresibilidad observada en líquidos y sólidos. El principio de exclusión actúa como una fuerza repulsiva que se opone al colapso de la materia en los interiores estelares. Las capas electrónicas tienden a no interpenetrarse, manteniéndose suficientemente alejadas del núcleo. Cuando se rompen y colapsan por la enorme fuerza gravitacional de la masa estelar, no compensada ya por la presión de radiación, emitida en la combustión nuclear, núcleos y electrones se comportan como un fluido electrónico, conocido como materia degenerada, o cuarto estado de la materia, de enorme densidad. Este es el primer paso hacia la formación de las estrellas de neutrones, en las que los protones del núcleo se fusionan con los electrones colapsados. La densidad de tales estrellas es del mismo orden de magnitud que la de un núcleo atómico. Según los expertos en astrofísica, todo depende de la masa del astro en cuestión en relación con la masa del Sol. En las estrellas con masa superior a la del Sol en más de 1.5 veces, el conocido límite de Chandrasekhar, la fuerza de la gravedad termina prevaleciendo sobre la presión de radiación y la resistencia que genera el principio de exclusión. Las estrellas conocidas como enanas blancas, con radio de unos pocos miles de kilómetros y densidad de decenas de toneladas por centímetro cúbico, parcialmente colapsadas, aún se sostienen por la repulsión de las capas electrónicas. Cuando estas colapsan totalmente y la masa estelar es suficientemente elevada, se convierten en estrellas de neutrones. Estas estrellas poseen un diámetro de unos 15 kilómetros, mas su densidad es ya de decenas de millones de toneladas por centímetro cúbico. Aún así, todavía actúa en ellas el principio de exclusión entre protones y neutrones. Cuando esta última línea de defensa se hunde, aparece, según los expertos, lo que llaman una singularidad en el continuo espacio-temporal, que es lo que comúnmente se entiende por agujero negro.

LAS MANZANAS DE DYSON.

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Vimos en una sección de este mismo capítulo cómo en un texto de Werner Heisenberg se ponía en boca de Niels Bohr:

El punto de partida fue, para mí, más bien la estabilidad de la materia que, desde el punto de vista de la física anterior, es, ciertamente, un milagro.

Si bien el físico danés acometió la explicación de dicha estabilidad, fue, no obstante, el físico austríaco Wolfgang Pauli quien, con su principio de exclusión, explicó definitivamente el mecanismo cuántico de la estabilidad de la materia, tal como la vemos en nuestro entorno cotidiano y en las profundidades del espacio. Veamos lo que nos dice a este respecto Jean-Marc Lévy-Leblond en la colección de artículos, titulada Le Monde Quantique:

Si el principio de exclusión de Pauli no interviniera para mantener los electrones a distancia mutua, la materia estaría incomparablemente más concentrada, tanto más cuanto de más materia se tratara. Lejos de existir en la forma en que la conocemos, fragmentada y fragmentable, mostraría una tendencia imperiosa a la concentración. Dyson ha podido mostrar que la energía de cohesión crecería como la potencia 5/3 del número del núcleo. Resulta que la materia de una manzana, por ejemplo, estaría condensada en un volumen de … 10 -18 cm (mucho más pequeño que un núcleo atómico). Más aún: dos de esas “manzanas” se fundirían explosivamente en una sola, desprendiendo una energía equivalente a varios centenares de millones de bombas H de gran calibre.

DISTINTOS MODELOS DEL NÚCLEO.

Los postulados de Bohr ¿son aplicables al núcleo? En principio no, pero existen algunas analogías. Las diferencias entre la corteza del átomo el cortejo de electrones planetariosy el núcleo son muy notables. Las dimensiones del núcleo van de 10 -13 a 10 -12 cm. en relación con 10 8 cm. del átomo. El núcleo es, pues, unas diez mil veces más pequeño que el átomo. La densidad del núcleo es enorme; en comparación, la del cortejo planetario de los electrones es una estructurara casi vacía.

Existen varios modelos del núcleo atómico. Niels Bohr propuso el modelo de la gota líquida. Según este modelo, los diversos componentes del núcleo, protones y neutrones, se hallan como recluidos en un agujero profundo el pozo de potencialdel que no es fácil la entrada o salida de otras partículas. Cuando una partícula, normalmente acelerada, penetra a modo de proyectil en el núcleo, la energía de la colisión se distribuye entre sus componentes. Los componentes más excitados y próximos a la superficie pueden, por evaporación, abandonar el núcleo. Si la energía de los proyectiles es mucho mayor, pueden ocurrir dos casos. En el elemento químico bombardeado se induce radioactividad artificial con la posterior emisión de partículas partículas alfa, protones, electroneso bien el elemento se divide en dos como acontece a los elementos más pesados de la tabla periódica, partición que, como el lector sabe, se denomina fisión. Por ejemplo, si el núcleo capta un neutrón, puede suceder que salga despedido un protón, una partícula alfa o que se produzca una emisión de radiación gamma. De todos es conocida la primera fisión del uranio, con número atómico Z = 92, en otros elementos uno de los cuales era el bario, con número atómico Z = 56. El experimento

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fue realizado por Otto Hahn y sus colaboradores. Frisch y Lisa Meitner consiguieron explicar el fenómeno mediante el modelo atómico de la gota líquida, propuesto por Niels Bohr.

Otro modelo atómico, rival del anterior, es el de las capas, que revela una mayor analogía con el modelo planetario de Niels Bohr. Los dos tipos de nucleones protones y neutronesse disponen en capas, o grupos de órbitas con niveles de energía muy parecidos, separadas de otras capas por grandes diferencias energéticas. Se disponen en conjuntos distintos según sean protones o neutrones. Ambas partículas son fermiones y, en consecuencia, se les aplica el principio de exclusión de Pauli. Sin embargo, un número par de fermiones se comporta como si fuera un bosón. Los núcleos con capas cerradas, esto es, con todas sus órbitas completas, manifiestan una mayor estabilidad, análoga a la de los gases nobles. Un caso típico de bosón compuesto lo constituye la partícula alfa, extraordinariamente estable, con sus dos protones y dos neutrones.

Concluiré con este breve texto de Jan Jolie:

Para estudiar los núcleos atómicos, se les bombardea con neutrones, fotones o partículas aceleradas, que los excitan, y se observa cómo reaccionan. Los estados excitados son inestables. El núcleo torna enseguida a su estado de menor energía; de camino, va cayendo de unos estados a otros, emitiendo fotones de energía en forma de rayos gamma o X, que se pueden medir con precisión. (Investigación Ciencia Sept.

2002).

El espíritu de Niels Bohr parece flotar sobre este texto.

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CAPITULO V

LA NUEVA MECÁNICA CUÁNTICA MATRICIAL

Sumario:

Época de Transición en la teoría cuántica. Las magnitudes observables. Heisenberg relata cómo descubrió la mecánica cuántica matricial. Las series de Fourier. Relato complementario de Pascual Jordan. Cómo surgen las matrices en la mecánica cuántica. Analogía de J. Jeans. Con W. Pauli la mecánica matricial pasa su primer gran test.

ÉPOCA DE TRANSICIÓN HACIA UNA NUEVA MECÁNICA DEL ÁTOMO.

La vieja teoría cuántica de Bohr-Sommerfeld, a pesar de sus éxitos iniciales, fue considerada siempre como una etapa incompleta y provisional. El grado de insatisfacción era mayor, como suele acontecer, entre los físicos jóvenes. Así describía W. Heisenberg la confusa situación hacia 1924, en la que destaca la dualidad de corpúsculos y ondas, puesta de manifiesto por Einstein, extendida por L. de Broglie a los electrones, posteriormente aplicada a todas las partículas elementales, y el papel iluminador, pero limitado, que desempeñaba en dicha época el principio de correspondencia de N. Bohr.

Sobre la situación confusa de la física nos dice:

La evolución de la física atómica prosiguió en aquellos críticos años tal como me lo había predicho Niels Bohr en el paseo por el Hainberg. Las dificultades y las contradicciones internas, que se oponían a la comprensión del átomo y a su estabilidad, no pudieron atenuarse ni eliminarse. Muy al contrario, cada vez cobraban más fuerza. Todos los intentos para superarlas, con los medios conceptuales de la física clásica, parecían de antemano condenados al fracaso.

Acerca de la dualidad “onda-corpúsculo” escribe:

Sirva como ejemplo el descubrimiento del americano Compton según el cual la luz (o, más exactamente, la radiación de rayos X) varía su frecuencia de oscilación con la dispersión en los electrones. Este resultado podía explicarse si se admitía que la luz, como Einstein había propuesto, constaba de pequeños corpúsculos o paquetes de energía, moviéndose a gran velocidad por el espacio y que, en ocasiones, por el proceso de la dispersión, colisionan con un electrón. Por otro lado existían muchos experimentos de los que se infería que la luz se distingue de las ondas de radio no fundamentalmente, sino por su longitud de onda; y que un rayo de luz es un proceso ondulatorio y no algo así como un chorro de partículas.

Con relación a la guía inestimable, pero limitada, del principio de correspondencia, manifiesta:

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Muy notables fueron los resultados de las mediciones llevadas a cabo por el holandés Ornstein. Se trataba de determinar las relaciones de intensidad de las líneas espectrales que están unidas en el llamado “multiplete”. Estas relaciones podían calcularse con ayuda de la teoría de Bohr. Resultaba que las fórmulas, conseguidas a base de la teoría de Bohr, en principio no eran correctas pero, modificadas convenientemente, se podían obtener nuevas fórmulas que se ajustaban perfectamente a los experimentos. Así fuimos aprendiendo a superar lentamente las dificultades. Uno se hacía a la idea de que los conceptos e imágenes, tomados de la física clásica y aplicados en los dominios del átomo, eran ciertos en un 50% y falsos en el otro 50%; no se disponía para su aplicación de normas rigurosas. Por otra parte, haciendo un uso hábil de este margen de libertad, se podía adivinar fácilmente la formulación correcta de los detalles. Traducido del ensayo Der Teil und das Ganze.

LAS MAGNITUDES OBSERVABLES. HEISENBERG NOS RELATA CÓMO LLEGÓ AL PRIMER ESBOZO DE SU MECÁNICA CUÁNTICA MATRICIAL.

Unas décadas antes, Einstein, dejando a un lado los conceptos tradicionales de espacio y tiempo absolutos, del éter estacionario de Lorentz, como sistema privilegiado de referencia, y ateniéndose a los datos puros y escuetos de observación, pudo formular su innovadora teoría de la relatividad especial. W. Heisenberg hizo uso de este método, aplicándolo al dominio del átomo. Son observables las magnitudes perceptibles por los sentidos o registrables por los instrumentos de medida. No son observables, en consecuencia, las órbitas de los electrones pero podemos medir, mediante el espectrógrafo, las frecuencias de oscilación y amplitudes de las radiaciones emitidas por los átomos excitados. Según este principio, en la construcción de teorías científicas, en especial en física, sólo sería permisible la introducción de magnitudes observables. W. Heisenberg se vio abocado a emplear este método al comprobar los reiterados fracasos en la formulación de modelos, basados en la física clásica, convenientemente aderezados con las extrañas condiciones cuánticas, sobre los que se trabajaba intensamente en la Universidad de Göttingen, bajo la dirección de Max Born.

Dejemos a W. Heisenberg que nos relate cómo sucedió. En primer lugar plantea el problema a resolver, el predecir por fórmula las amplitudes e intensidades del espectro de radiación, emitido por el átomo de hidrógeno. Nótese la primera alusión a las series de Fourier que tan importante función habrían de desempeñar en su teoría:

En el semestre del verano 1924-1925 había vuelto yo a trabajar en Copenhague y, junto con Krammers, a seguir desarrollando la teoría de la dispersión. En relación con esto habían aparecido en las fórmulas del efecto Raman ciertas expresiones matemáticas que en la teoría clásica eran productos de series de Fourier, mientras que en la teoría cuántica había que substituirlas evidentemente por análogos productos de series, que tenían que ver con las amplitudes teórico-cuánticas de las líneas de emisión y absorción. La ley de multiplicación de estas series parecía sencilla y convincente. Tras regresar a Göttingen en el semestre de verano de 1925, una de las primeras discusiones con Born nos llevó a la conclusión que debería yo intentar adivinar las amplitudes e intensidades correctas del hidrógeno a partir de las correspondientes fórmulas (según el principio de correspondencia) de la teoría clásica. Este método de adivinanza había demostrado su eficacia. Creíamos haberlo entendido suficientemente bien de trabajos

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anteriores. Pero al profundizar resultó que el problema era demasiado complicado para mis habilidades matemáticas, por lo cual busqué sistemas mecánicos más sencillos en que dicho método prometiera más éxito.

Observe el lector la siguiente referencia al principio de los observables, actitud epistemológica de gran valor heurístico, esto es, sumamente idónea para centrarnos en los datos accesibles a la observación experimental, prescindiendo de cualquier otro supuesto inaccesible a la misma, dejando así despejado el camino para encontrar más fácilmente la solución del problema:

Al mismo tiempo tenía la sensación de que debía renunciar a cualquier descripción de las órbitas electrónicas; que debía suprimir conscientemente tal idea. Quería fiarlo todo a las reglas semi-empíricas para la multiplicación de series de amplitudes, cuya validez se había probado en las teorías de la dispersión. Como sistema mecánico elegí el oscilador inharmónico unidimensional, por parecerme bastante más sencillo al tiempo que no demasiado trivial.

En este preciso momento, surgió un imprevisto que le forzó a ausentarse de la Universidad, de lo que resultaría una gran ventaja para proseguir en solitario, sin perturbación exterior alguna, el curso al que le llevaban sus reflexiones y cálculos. Fue en este momento cuando se enfrentó por primera vez con una clase de cálculo, el cálculo de matrices, rama ésta de las matemáticas que el joven Heisenberg desconocía a la sazón:

Por aquel entonces final de mayo o principio de junio- tuve que pedir a Born un permiso de dos semanas, porque había contraído la fiebre del heno, muy molesta, y quería recuperarme en la solitaria isla de Helgoland, lejos de todo campo en flor. Allí pude dedicarme a mi problema sin ninguna clase de interrupciones exteriores. Substituí, pues, la coordenada de posición por una tabla de amplitudes que debían corresponder a la serie de Fourier clásica, y escribí la ecuación clásica del movimiento, empleando en el término no lineal el que representa la inharmonicidadla multiplicación de series de amplitudes, tal como estaba probada en la teoría de la dispersión. No fue sino mucho después cuando me enteré por Born de que se trataba simplemente de la multiplicación de matrices, rama de las matemáticas que hasta entonces me era desconocida. Me intranquilizó saber que en esta clase de multiplicación de series, “a x b” no es necesariamente igual a “b x a”. Pero con la ecuación del movimiento no estaban todavía unívocamente determinadas las tablas que representaban la posición. Había que encontrar un substituto para la condición cuántica de Bohr-Sommerfeld, porque ésta utilizaba el concepto de órbitas electrónicas, que yo me había vetado expresamente. Una transformación acorde con el principio de correspondencia me llevó pronto a la regla sumatoria de Thomas y Kuhn de la teoría de la dispersión y que yo conocía de Copenhague. Con esto parecía quedar sentado todo el esquema matemático, y ahora tenía que comprobar si podía o no interpretarse como una mecánica, para lo cual era preciso mostrar que existe una expresión para la energía que pueda representarse mediante las tablas de coordenadas, que se corresponda con la fórmula clásica de la energía, que esa expresión sea constante en el tiempo, es decir, que la ecuación sea válida, y que la tabla de la energía sea, como decimos hoy, una matriz diagonal. Finalmente había que demostrar que la diferencia de los valores de la energía, en distintos estados, diera la frecuencia de la radiación emitida en la transición, salvo un factor “h”, la constante de Planck. Eran

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muchas las condiciones a satisfacer; los cálculos eran elementales, pero por eso mismo muy incómodos. Al final resultó que se cumplían todos los requisitos: cabía la esperanza de haber encontrado la base para una mecánica cuántica. De vuelta a Göttingen enseñé a Born el trabajo; lo encontró interesante pero algo extraño, en la

medida en que el concepto de órbita electrónica había sido eliminado por completo. Pero aún así lo envió para su publicación a la “Zeitzschrift für Physik”. Born y Jordan ahondaron luego en las consecuencias matemáticas de este trabajo, aunque ahora sin

mi

presencia, porque Ehrenfest y Fowler me habían invitado a dar unas conferencias

en

Holanda y Cambridge (Inglaterra). Born y Jordan encontraron en pocos días la

relación decisiva:

pq - qp = h/2πιπιπιπι

con ayuda de la cual se hacía transparente todo el esquema matemático. En particular, se podían deducir ahora, fácil y elegantemente, leyes como la de la conservación de la energía.

Texto tomado del escrito titulado Los Inicios de la Mecánica Cuántica en Göttingen, compilado en Tradition in der Wissenschaft.

En la fórmula anterior, p y q simbolizan la “coordenada de posición” y el “momento” (masa x velocidad), respectivamente; ya no representan números sino símbolos en representación de matrices, cuyo producto depende del orden de los factores, contrariamente a lo que ocurre en la tabla de multiplicar. Además de viajar a los países citados, en la primavera de 1.926 W. Heisenberg recibió una invitación para dar una conferencia en la Universidad de Berlín, a la sazón el emporio de la física alemana. En ella trabajaban Planck, Einstein, von Laue y el físico- químico Nernst, entre otras eminencias. La conferencia llegó a interesar tanto a Einstein que éste le rogó le acompañara a casa para aprovechar la oportunidad de dialogar detalladamente sobre determinados puntos de su teoría. La primera pregunta, planteada a quemarropa, fue:

Vd. admite que hay electrones en el átomo, y en esto, sin duda alguna, tiene Vd. razón. Pero las órbitas de los electrones en el átomo las quiere Vd. suprimir completamente, a pesar de que las trayectorias de los electrones se pueden ver de forma inmediata en una cámara de niebla. ¿Puede Vd. aclararme algo más exactamente las razones de esta extraña suposición?

A lo cual contestó el joven físico:

Las órbitas de los electrones en el átomo no se pueden observar; pero a partir de la radiación, emitida por el átomo en un proceso de descarga, cabe deducir inmediatamente las frecuencias de oscilación y las correspondientes amplitudes de los electrones en el átomo. El conocimiento de la totalidad de los números de oscilación y de las amplitudes es también en la física clásica algo así como un substituto del conocimiento de las órbitas electrónicas. Y como es razonable admitir en una teoría sólo las magnitudes que pueden ser observadas, me pareció natural introducir sólo estos conjuntos como representativos de las órbitas electrónicas.

Einstein objetó insatisfecho:

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Pero Vd. no cree seriamente que se puedan aceptar en una teoría física únicamente las magnitudes observables.

Yo pensaba, replicó Heisenberg, que Vd. precisamente había puesto este pensamiento como base de su teoría de la relatividad. Vd. había acentuado que no se debe hablar de un tiempo absoluto, ya que tal tiempo no es observable. Sólo los datos de los relojes, con relación a un sistema de referencia en movimiento o en reposo, son decisivos para la determinación del tiempo.

En la primera contestación de W. Heisenberg tenemos un enunciado breve y sencillo del principio de los observables. Es sorprendente la facilidad con la que creemos ver de un modo inmediato las trayectorias de los electrones en la cámara de niebla, cuando lo que realmente vemos son puntitos de condensación de vapor, inmensamente grandes en tamaño en comparación con las ínfimas dimensiones del electrón. Más tarde W. Heisenberg hará hincapié en esto mismo con ocasión de la formulación del principio de incertidumbre. Finalmente, hubiera sido interesante sorprender el semblante de Einstein tras la última contestación de su interlocutor.

A continuación Einstein expresó un pensamiento audaz que es, para el autor de este

ensayo, algo así como la clave de su posición epistemológica en relación, principalmente, con su actitud frente a la interpretación de la teoría cuántica por parte de Niels Bohr, conocida como la interpretación de Copenhague. Algunos lo consideran como una mutación de su mente, una vez concluida su teoría de la relatividad especial, dado que en su juventud, influido por el físico y filósofo neo-positivista, Ernst Mach, pensaba como el joven Heisenberg:

Erst die Theorie entscheidet darüber was man beobacten kann (Sólo la teoría decide acerca de lo que se puede observar).

A primera vista, parece una expresión demasiado radical, pero con ella se quiere

significar que con hechos puros no se puede construir ciencia alguna. Siempre habrá

que interpretarlos a la luz de alguna teoría, por muy provisional que ésta sea. Max Planck, en sus diferentes escritos, mantiene una actitud similar a la Einstein en cuanto a

la doctrina de los observables.

LAS SERIES Y LA TRANSFORMADA DE FOURIER.

Ya que en el texto anterior de W. Heisenberg se han mencionado las series de Fourier y de nuevo P. Jordan va a referirse a esta herramienta matemática, es conveniente decir dos palabras sobre ella. Debemos este sistema de cálculo al sabio francés de la época napoleónica, Jean Baptiste Joseph Fourier, quien era político, egiptólogo, ingeniero y, por supuesto, matemático. En medio de sus múltiples ocupaciones, algunas de ellas solapadas entre sí, tuvo tiempo suficiente para deducir una ecuación que describía la conducción del calor y hacia 1807 había inventado un método para resolverla: la transformación de Fourier. Siguiendo el relato de Ronald L. Bracewell en la revista Investigación y Ciencia, Agosto 1989, si tomamos un anillo de ancla de navío y calentamos la mitad de la circunferencia, se observa al principio una distribución irregular de la temperatura. Parte del anillo se encuentra uniformemente frío y la otra parte uniformemente caliente, no obstante, debido a la transmisión del calor de la zona caliente a la fría, la distribución de temperatura comienza a suavizarse. Fourier propuso

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considerar la distribución original irregular como compuesta de múltiples funciones sinusoidales (funciones del seno) cada una con su propia temperatura máxima (amplitud) y su propia fase, esto es, su posición relativa dentro del anillo o ciclo. Cada componente, o función sinusoidal, variaba un número entero de veces (frecuencia) desde un máximo a un mínimo, e inversamente, describiendo un ciclo en cada vuelta completa en torno al anillo. Como nos dice Ronald L. Bracewell:

La variación que poseía un solo ciclo dio en llamarse harmónico fundamental, mientras que las variaciones con dos, tres o más ciclos, por giro en torno al anillo, son el segundo harmónico, el tercer harmónico, etcétera. La función matemática que describe la temperatura máxima y la posición, esto es, la fase, de cada uno de los harmónicos es la “transformada de Fourier” de la distribución de temperaturas. Fourier había cambiado una distribución única, cuya descripción matemática era difícil, por una serie más manejable de funciones trigonométricas periódicas que, al sumarse, engendraban la distribución original.

Como puede apreciar el amable lector, la imagen y términos de harmónicos están tomados de la acústica. Nuestro oído efectúa automáticamente un cálculo similar sobre los sonidos, cálculo este que un estudiante sólo puede realizar tras años de formación matemática. Nuestro oído convierte el sonido, que son ondas de presión a lo largo del tiempo y a través del espacio atmosférico, en un espectro, esto es, en una descripción del sonido mediante una serie de volúmenes o amplitudes y de diferentes tonos o frecuencias. Finalmente el cerebro convierte esa información en sonido percibido. Con los colores, las cosas suceden de otra manera. Para analizar la luz en sus componentes tenemos que recurrir al prisma, o a otros dispositivos ópticos. La intensidad de la luz solar, que incide en el prisma, varía de un instante al otro, como corresponde a las ondas. La luz que emerge del prisma atraviesa el espacio analizada en colores puros, esto es, en frecuencias simples. A cada frecuencia corresponde una determinada intensidad o amplitud. Así, la amplitud, que antes de pasar por el prisma, era función del tiempo, se transforma en una función que da la amplitud correspondiente a cada frecuencia. La transformada de Fourier permite representar una señal que varía en el tiempo en una función que da la frecuencia y la amplitud, facilitando, además, información sobre la fase. En castellano el término harmonía, puede escribirse tanto con h como sin ella, si bien es más habitual lo segundo.

Volvamos de nuevo al texto original de Ronald L. Bracewell que, hablando de las transformadas de Fourier, nos dice:

Dichas herramientas matemáticas permiten descomponer las funciones, que representan las fluctuaciones, en un conjunto de componentes sinusoidales, curvas ondulantes que oscilan de un máximo a un mínimo y viceversa, a modo de crestas y senos de las ondas del océano. La transformación de Fourier es una función que describe la amplitud y la fase de cada sinusoide y con una frecuencia específica. (La amplitud expresa la altura de la sinusoide; la fase, el punto de arranque dentro del ciclo de la sinusoide).

Recordemos que la frecuencia expresa el número de ciclos, o variaciones completas, por segundo, siendo el período, el tiempo en segundos que dura una variación completa,

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esto es, desde un máximo o cresta a otro máximo consecutivo. Prosigue Ronald L. Bracewell:

La transformación de Fourier ha llegado a ser un poderoso instrumento en diversos campos de la ciencia. En ciertos casos proporciona métodos para la resolución de ecuaciones difíciles de manejar, verbigracia, las ecuaciones que describen las respuestas dinámicas de los sistemas eléctricos, térmicos o lumínicos. En otros casos permite identificar las aportaciones de índole regular a una señal fluctuante, contribuyendo así a dar sentido a las observaciones de la astronomía, la medicina y la química.

Sólo nos queda ahora, para completar las ideas anteriores, abrir un libro cualquiera de matemáticas, sólo un poquito más que elemental, donde veamos algo de su formalismo matemático.

De acuerdo con el teorema de Fourier,

f(x) = A 0 + a 1 senx + a 2 sen2x + a 3 sen3x

b 1 cosx + b 2 cos2x + b 3 cos3x +

Las constantes A, a y b se evalúan por integración después de multiplicar la ecuación por dx. Muchas de las aplicaciones del teorema de Fourier se encuentran en física, particularmente en los problemas que tratan del movimiento ondulatorio y de la conductibilidad del calor. Es posible formar, por medio de un conjunto de curvas de senos y cosenos, una curva ondulada que corresponda a funciones muy complicadas. Las ecuaciones del seno y del coseno son conocidas, así es que se puede hallar una ecuación que represente una curva muy compleja. Teóricamente sería posible determinar la ecuación que correspondería al perfil de la cara de un hombre, pero la labor que esto supondría sería, por descontado, muy grande.

Tomado del libro Preparación Matemática para la Química Física por el Prof. Farrington Daniels. La mecánica de cálculo y la fundamentación teórica de las series de Fourier recuerda las de las series de Maclaurin y Taylor con las que guarda cierto parentesco. Mientras que en éstas los coeficientes se determinan mediante sucesivas diferenciaciones de polinomios, en las series de Fourier se averiguan mediante sucesivas integraciones de las funciones seno y coseno

Aparte de este papel fundamental de las series de Fourier –la de aproximar funciones cíclicas complicadas- existe otro aspecto de las mismas que las hace muy interesantes en el análisis de determinados procesos cuánticos por su relación con las probabilidades. Del mismo modo que en la distribución de Bernouilli, en la llamada distribución binomial de probabilidades, los coeficientes combinatorios miden las probabilidades de obtener determinados sucesos en el lanzamiento de dados y monedas, en las series de Fourier los coeficientes que desempeñan tal función representan las amplitudes de las curvas sinusoidales. Como veremos más tarde, del mismo modo que el cuadrado de la amplitud de la onda electromagnética determina la probabilidad de encontrar un fotón en una diminuta región del espacio y no en otra, el cuadrado de la amplitud de una onda de materia mide la probabilidad de que un electrón se halle en una determinada región espacial.

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Los conceptos generales expuestos nos ayudarán a comprender, a un cierto nivel, los textos en que se cite esta poderosa herramienta de cálculo que, como ya es harto habitual, en sus inicios fue acogida no sin ciertas reservas por los mejores matemáticos de la Francia napoleónica.

Como ejemplo de aplicación a la cuántica, veamos este luminoso texto de Louis de Broglie:

Pero existe una categoría particularmente simple de perturbaciones luminosas: son las ondas planas monocromáticas. Cuando el éter es atravesado por una onda plana monocromática, transcurren por el mismo ondas regulares cuyas crestas y valles se suceden a intervalos iguales. Este intervalo igual entre ondas sucesivas contiguas es la longitud de onda λ de la onda monocromática. Además, cada punto del éter es el asiento de una vibración periódica de período T. El conocimiento de la longitud de onda λ y del período T, junto con la dirección de propagación, determina la onda plana monocromática.

Recuerde el amable lector que se denomina onda monocromática, o harmónica, la que posee, como su nombre de origen griego indica, un solo color, esto es, una sola frecuencia, definida ésta como el número de oscilaciones en la unidad de tiempo, generalmente en segundos. Y prosigue el ilustre físico francés:

Pero, naturalmente, en razón de la simplicidad y de la regularidad la onda plana monocromática presenta un carácter excepcional y, en general, una perturbación no se reduce a una tal onda monocromática. Sin embargo, la consideración de este tipo simple de onda es de una importancia primordial en la teoría de la luz, y esto por razón de un teorema célebre, debido a Fourier. Este teorema, aplicado a las perturbaciones luminosas, nos enseña que toda perturbación luminosa se puede analizar en una superposición de ondas planas monocromáticas. Empleando el lenguaje preciso del matemático, la función de las variables de espacio y de tiempo, que representan el conjunto de una perturbación luminosa, siempre se puede expresar como la suma de una serie finita o infinita de funciones sinusoidales, cada una de las cuales representa una onda monocromática plana. Obtenemos así una “descomposición espectral” de la función de ondas completamente distinta de la “descomposición espacial” de la que hablamos anteriormente. No se trata, en efecto, de atribuir a cada punto del espacio una función ƒ(x) que represente la vibración luminosa en cada punto, por muy complicada que sea, sino de abarcar simultáneamente un conjunto de ondas planas monocromáticas, cuya superposición es equivalente a la onda real en su totalidad. A primera vista, esta nueva descomposición de la onda pudiera aparecer como mucho más artificial que la primera (la descomposición espacial), porque lo que parece ser verdaderamente real, en cuanto se cree en la existencia del éter, o más generalmente, en la existencia de “algo que vibra”, es la vibración generalmente compleja de ese “algo que vibra” en cada punto. La operación, mediante la cual se descompone el conjunto de todas estas vibraciones locales en una superposición de ondas monocromáticas, parece una operación puramente mental, mas un poco de reflexión atenúa esta primera impresión. Se sabe, en efecto, que existen dispositivos ópticos, prismas y retículas, que son susceptibles de descomponer efectivamente una onda luminosa compleja en ondas monocromáticas. Gracias a estos dispositivos, las diversas ondas monocromáticas se encuentran realmente separadas las unas de las otras,

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poseyendo

cada

una

la

frecuencia

que

le

corresponde

en

la

“descomposición

espectral”, por la aplicación del teorema de Fourier. Traducido de la obra Matière et Lumière.

Si bien en el texto se habla exclusivamente de ondas luminosas a las que corresponden los fotones, lo mismos conceptos se aplican a las ondas de materia broglianas, que estudiaremos en el próximo capítulo, y a sus correlatos los electrones.

UN TEXTO ESCLARECEDOR DE PASCUAL JORDAN SOBRE LA MECÁNICA MATRICIAL DE WERNER HEISENBERG.

El texto de Ernst Pascual Jordan se inicia con una explicación más detallada del principio de los observables, punto de partida capital en la teoría de W. Heisenberg, de marcado carácter epistemológico:

La idea decisiva de Heisenberg era que había que renunciar a la concepción según la cual los electrones, en su movimiento alrededor del núcleo atómico, siguen siempre determinadas órbitas. Esta concepción, en la que se apoyaba toda la teoría cuántica provisional, es ajena a la realidad, pues no disponemos de ningún instrumento con que poder observar los electrones intraatómicos, con vistas a detectar el supuesto movimiento en órbitas fijas. Observamos longitudes de onda e intensidades de líneas espectrales. Así, la osadía de Heisenberg concibió el programa inicial como una teoría que se limitaba a establecer relaciones matemáticas entre magnitudes observadas, sin dar una cabida esencial en sus reflexiones y cálculos a lo inobservado, como eran los movimientos dentro del átomo. Las nuevas relaciones matemáticas, limitadas a magnitudes observables, tenían que ser tales, en el sentido del principio de correspondencia, que, a pesar de una perfecta y lógica adecuación con las discontinuidades de la física cuántica, guardaran una similitud matemática con las fórmulas de la teoría clásica, que seguirían valiendo en el caso de que los electrones periféricos se movieran en realidad tal y como había imaginado la teoría cuántica provisional: la vieja teoría no fue declarada inútil, sino que se la hizo avanzar. El cambio afectó principalmente al concepto fundamental del “movimiento”.

A continuación alude al formalismo matemático esencial de la teoría: las series de Fourier en el marco del cálculo matricial:

Como modelo simple de antena imaginemos un péndulo; si en su punta tiene una carga eléctrica, actúa en sus oscilaciones como una antena emisora. En este caso tales oscilaciones son, como dicen los físicos, harmónicas; es decir, el espectro de la radiación emitida por la antena contiene una sola línea espectral. Un principio matemático del francés Fourier afirma que todo movimiento periódico puede ser descrito como la realización simultánea de movimientos harmónicos: una oscilación, denominada básica (de frecuencia ν), y las oscilaciones superiores

Según la teoría clásica, una carga eléctrica, que se mueva

periódicamente, mostrará siempre en el espectro de la radiación electromagnética,

Las relaciones de

producida por ella, las correspondientes frecuencias ν, 2ν, 3ν

intensidad entre la oscilación fundamental ν y las oscilaciones superiores, o harmónicas, dentro del movimiento general, se expresan matemáticamente mediante los “coeficientes de Fourier”; conociéndolos se puede deducir de ellos el movimiento general.

(frecuencias 2ν, 3ν

).

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Una vez llegados a los coeficientes de Fourier, sólo resta ponerlos en relación de analogía con las magnitudes físicas observables que, como vimos, constituyeron el punto de partida para resolver el problema:

Estos coeficientes de Fourier, en el sentido del principio de correspondencia, guardan relación con las magnitudes observables de la física cuántica. En la física clásica determinan las intensidades o amplitudes de las líneas espectrales; por tanto, en la búsqueda de una teoría cuántica exacta deberían existir magnitudes análogas que determinarían las probabilidades de los saltos cuánticos.

En este texto encontramos, por primera vez, la equiparación de las intensidades, o amplitudes, de las líneas espectrales, que son observables, con algo mucho más abstracto y observacionalmente impalpable, como son las probabilidades de los saltos cuánticos. Esta equiparación, o correspondencia, será un rasgo recurrente a lo largo del desarrollo de la teoría cuántica, que acompañará, inseparablemente, a esa otra característica: las discontinuidades halladas por Max Planck, al establecer el quantum de acción. El texto de P. Jordan prosigue con este resumen:

Consiguientemente, el problema de establecer una “mecánica cuántica” definitiva puede plantearse así:

1.- Formular las leyes matemáticas de la mecánica clásica de modo que ya no se hable directamente de movimiento general, por ejemplo, de un electrón, sino sólo de los correspondientes coeficientes de Fourier. Esto es matemáticamente posible, aunque complicado, pues se llega a un sistema de infinitas ecuaciones para infinitas incógnitas. 2.- Las ecuaciones fundamentales de la mecánica, expresadas de esta forma, deben ser traducidas después, conforme al principio de correspondencia, a relaciones semejantes entre las correspondientes magnitudes de la física cuántica. Esta nueva traducción la inició Heisenberg y la continuaron Max Born y Pascual Jordan, trabajando en equipo en Göttingen; posteriormente P. A. M. Dirac en Cambridge. Naturalmente también ello dio lugar a sistemas de infinitas ecuaciones para infinitas incógnitas, a saber: los “coeficientes de Fourier de la física cuántica”, de los que, sin embargo, ya no es posible deducir el “movimiento de los electrones”.

Detengámonos un momento en la última frase:

Fourier), sin embargo, ya no es posible deducir el movimiento de los electrones.” Ésta, para el autor de este ensayo, es la gran paradoja de la mecánica cuántica matricial de Heisenberg. Después de todo, y a pesar de denominarse mecánica, no se describe

ningún movimiento de los electrones sino las probabilidades de los llamados saltos cuánticos. Estos famosos saltos cuánticos tampoco son observables. Lo único observable son los cambios bruscos, discontinuos, de los niveles de energía del átomo. Veremos más tarde que la misma paradoja vuelve a repetirse en la mecánica ondulatoria de Erwin Schrödinger. Concluye P. Jordan citando una observación irónica de Einstein:

de los cuales (de los coeficientes de

“Los coeficientes de Fourier se han hecho independientes”, así describió Einstein acertadamente la cuestión, aunque, desde su punto de vista, ello contenía también una ironía. Acogió este nuevo tipo de mecánica cuántica con escepticismo, considerándolo, a pesar de reconocer el avance realizado, como una nueva situación provisional.

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De la obra Der Naturwissenschafler vor der Religiöse Frage.

ACERCA DEL ANTECEDENTE MÁS INMEDIATO DE LA MECÁNICA MATRICIAL DE HEISENBERG.

Podríamos preguntarnos sobre el antecedente más inmediato de la mecánica matricial de

W. Heisenberg. Probablemente fuera la teoría de la dispersión de Kramers, a la sazón

ayudante de Niels Bohr en su renombrado Instituto de Física, por donde pasaron multitud de inteligentes y anhelosos jóvenes que luego llegarían a ser físicos eminentes. En el texto de Heisenberg, anteriormente citado, vemos cómo éste colaboró con

Kramers en un importante trabajo. W. Heisenberg en el mismo ensayo, comentando las principales influencias y estímulos, en forma de teorías o experimentos, que apuntaban en la dirección hacia una nueva mecánica cuántica, nos dice:

Otra sugerencia importante en esta dirección fue la que salió de los trabajos de Kramers y Ladenburg sobre la teoría de la dispersión, que establecían la relación entre las componentes de Fourier del movimiento orbital clásico y las probabilidades de transición de Einstein en la dispersión de la luz.

Por desgracia, y con ocasión de ciertas discrepancias sobre temas científicos del momento, las relaciones personales entre Kramers y Heisenberg se fueron deteriorando. Al final, el segundo sucedió al primero en el cargo de ayudante de Niels Bohr. La relación entre Bohr y Kramer, en un determinado momento, llegó a ser tan estrecha que

W. Pauli y W. Heisenberg se referían a ellos, en privado, como El Papa y Su Eminencia

El Cardenal, respectivamente.

LA MECÁNICA CUÁNTICA PASA CON ÉXITO SU PRIMER TEST.

Wolfgang Pauli, un antiguo condiscípulo, en curso superior, de W. Heisenberg, en la Universidad de Munich, extraordinariamente bien dotado para la física matemática, comprobó el nuevo método matricial de la mecánica cuántica en el espectro del átomo de hidrógeno, incluso en el caso más complicado del átomo de hidrógeno en campos

eléctricos y magnéticos transversales. La prueba constituyó todo un éxito. Al igual que

W. Heisenberg, W. Pauli en su formación pasó por el triángulo cuántico de las tres

Universidades: Munich, Göttingen y el Instituto de Física de Niels Bohr en Copenhagen. En cierta ocasión, Max Born dijo de él:

Pauli es un genio sólo comparable con Einstein y, desde el punto de vista científico, quizás superior a él. No menos laudatoria fue la referencia del mismo profesor en carta a Einstein en relación con Werner Heisenberg:

Heisenberg posee un talento científico comparable, como mínimo, con el de Pauli. Está dotado, además, de un carácter más agradable y encantador.

ANALOGÍA DE J. JEANS SOBRE LAS MATRICES DE HEISENBERG.

Al final del ensayo, se encuentra el apéndice titulado, Cómo surgen las matrices en la mecánica cuántica de Heisenberg, donde se expone un ingenioso símil, propuesto por J. Jeans, incompleto como toda analogía, mas de gran ayuda, por su intuibilidad, para vislumbrar algo de este instrumento matemático, extremadamente abstracto.

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DETERMINISMO

Y

TEORÍA CUÁNTICA

ENSAYO FILOSÓFICO CIENTÍFICO

POR ISIDORO LÓPEZ SANTA CRUZ Y MARTÍNEZ

Esta unidad sólo contiene los Capítulos VI, VII, VIII, IX, X El resto se ofrece en unidades de capítulos varios cada una.

Determinismo y Teoría Cuántica. Capítulos VI, VII, VIII, IX, X.

CAPÍTULO VI

LA MECÁNICA CUÁNTICA ONDULATORIA

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Sumario:

Las ondas de materia de Louis de Broglie. L. de Broglie como precursor de Erwin Schrödinger. La ecuación diferencial de ondas de Schrödinger. Fórmula de misma. Expresión de la energía en la ecuación diferencial. Valores propios de la energía y funciones propias. La función que desempeña el término de energía. La ecuación de Schrödinger y el spin. ¿Qué representa el símbolo Ψ? Rasgos fundamentales de la ecuación, según Max Planck. Breve reseña sobre Schrödinger.

LAS ONDAS DE MATERIA DEL PRÍNCIPE LOUIS DE BROGLIE.

El Príncipe Louis de Broglie descendía de una muy ilustre familia piamontesa, de origen italiano, los Broglia, que en el siglo XVII se pusieron al servicio del Rey de Francia. La dignidad de duque se transmitía por línea directa al primogénito masculino, pero el título de príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico se extendía a todos los descendientes directos de ambos sexos. Sus ilustres antepasados dieron a su país de adopción cuatro mariscales de Francia, dos primeros ministros y varios académicos. El Príncipe Louis de Broglie, Duque desde 1960 por fallecimiento de su hermano, el notable físico Albert Maurice de Broglie, añadió otro timbre de honor a su familia y a Francia, la de Premio Nobel de Física, por su contribución genial a los inicios de la mecánica cuántica ondulatoria, premio que le fue concedido en solitario en 1929, a la edad de 37 años. Su aportación a la física cuántica está contenida en su tesis doctoral leída en 1924, pero ya un año antes redactó tres breves informes en el Comptes rendus de l’Académie des Sciences, donde anticipaba la dirección de su pensamiento. La Primera Guerra Mundial interrumpió durante seis años sus estudios de física. Previamente, en consonancia con la tradición familiar, obtuvo la licenciatura en Historia. Fue su Hermano Maurice quien le atrajo a la nueva disciplina. Con él viajó a Bruselas donde A. Maurice fue uno de los secretarios de la primera conferencia de Solvay en 1911. El eventual encuentro, aunque breve, con sabios eminentes de la talla de H. Poincaré, Max Planck, H. A. Lorentz, Albert Einstein y otros, así como la lectura de los ensayos científico-filosóficos de Henri Poincaré, terminaron por cambiar el rumbo de sus estudios, iniciando la carrera de ciencias físicas bajo la fraternal tutela de Maurice. Louis de Broglie era plenamente consciente de la crisis que la teoría de los quanta, en las primeras décadas del siglo XX, había desencadenado. Dejemos que él mismo nos lo cuente:

Cuando me puse a reflexionar sobre estas dificultades, dos cosas me llamaron poderosamente la atención. Por una parte, la teoría de los quanta de luz no puede considerarse como satisfactoria ya que define la energía de un corpúsculo de luz mediante la relación W = hν, donde figura la frecuencia ”ν”. Ahora bien, una teoría estrictamente corpuscular no debería contener elemento alguno que permitiera definir una frecuencia. Aunque sólo fuera por esta razón, en el caso de la luz es preciso introducir simultáneamente la idea de corpúsculo y la de periodicidad. Por otra parte, la determinación de los movimientos estables de los electrones en el átomo hace intervenir los números enteros. Hasta ahora los únicos fenómenos en que intervenían en física los números enteros eran los fenómenos de interferencia y los de vibraciones propias. Esto me sugirió la idea de que los mismos electrones no podían representarse como simples corpúsculos, sino que era necesario atribuirles igualmente una periodicidad.

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Así llegué a la idea global siguiente: es necesario, tanto para la materia como para la radiación, la luz en particular, introducir simultáneamente la noción de corpúsculo y la noción de onda. Dicho de otro modo, se debe, en un caso como en el otro, admitir la existencia de corpúsculos acompañados de ondas. Pero como corpúsculos y ondas no pueden ser independientes, constituyendo, según la expresión de Niels Bohr, dos caras complementarias de la realidad, se debe establecer un cierto paralelismo entre el movimiento de un corpúsculo y la propagación de la onda que le está asociada

Para los rayos X, el fenómeno de difracción por los cristales era una consecuencia natural de la idea que los rayos X son ondulaciones análogas a las de la luz, de las que sólo se diferencian por la longitud de onda más pequeña. Para los electrones, nada semejante podía preverse mientras se considerase al electrón como un simple y diminuto corpúsculo pero, si se admite que está asociado a una onda y que la densidad de la nube de electrones se mide por la intensidad de la onda asociada, entonces se debe prever para los electrones un fenómeno análogo al descubierto por Max von Laue. La onda electrónica será, en efecto, dispersada con intensidad en las direcciones que la teoría de Laue-Bragg permite calcular a partir de la longitud de onda:

λλλλ = h/mv,

que corresponde a la velocidad v conocida de los electrones incidentes en el cristal. Dado que, según nuestro principio general, la intensidad de la onda dispersada mide la densidad de la nube de los electrones en la difusión, debemos encontrar en la dirección de los máximos muchos electrones difundidos. Si el fenómeno existe realmente, debería aportar una prueba experimental decisiva en favor de la existencia de la onda asociada al electrón, cuya longitud de onda es λλλλ = h/mv y así, la idea fundamental de la mecánica ondulatoria quedaría establecida sobre bases experimentales sólidas. Tomado del discurso pronunciado en Stockholm con motivo de la recepción del Premio Nobel en 1929, inserto en la obra Matière et Lumière.

De aquí nacería el concepto de onda-piloto guiando la singularidad del corpúsculo. En el desarrollo cuantitativo de estas ideas, formuló la ecuación anterior que define la longitud de onda, esto es, la distancia entre dos crestas consecutivas de la onda asociada al electrón, ecuación que también se expresa así:

λλλλ ==== h/p,

como la razón de la constante de Planck al momento p, o cantidad de movimiento, siendo éste igual al producto de la masa por la velocidad, mv, como se indica en la fórmula anterior. De ello se deduce que la longitud de onda, asociada de alguna manera a los corpúsculos, no es constante; disminuye al aumentar la velocidad de éstos. Hay quien considera que la citada ecuación debe colocarse en un mismo plano con las de Max Planck y Einstein, E = hνννν y E = mc 2, respectivamente. Las ondas de materia fueron puestas de manifiesto y las dimensiones de las longitudes de onda, que preveía la teoría, confirmadas por Clinton Davisson y Lester Germer en los laboratorios Bell en New York; posteriormente, por George Thomson de la Universidad de Aberdeen en el reino Unido. Los tres fueron galardonados con el Premio Nobel.

LOUIS DE BROGLIE COMO PRECURSOR DE ERWIN SCHRÖDINGER.

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Vamos a ver dos aspectos importantes de la teoría de Louis de Broglie. El primero de ellos ha sido incorporado, como condición cuántica fundamental, en teorías posteriores; el segundo es algo así como el esbozo de un programa, que él presintió pero que no pudo realizar, y que fue llevado cumplidamente a buen fin por Erwin Schrödinger:

lograr para la mecánica cuántica un progreso análogo al que representó el tránsito de la óptica geométrica a la óptica ondulatoria. Esto nos lo cuenta, del modo más sencillo posible, Jean Thibaud, profesor que fue de la Facultad de Ciencias de Lyon y director del Instituto de Física atómica:

La mecánica ondulatoria da al postulado de Bohr la significación de una condición de estabilidad en la propagación de un fenómeno periódico, de una condición de resonancia análoga a la que vincula la longitud de una cuerda de violín a la altura o tono del sonido que puede emitir. Más precisamente, la onda asociada a la circulación del electrón sobre una órbita atómica, y que corre a lo largo de ésta como una vibración elástica en la periferia de un disco metálico, tiene que encontrarse en el mismo estado después de haber recorrido una vuelta entera para que su régimen pueda ser estable. Esto sólo se realiza si existe una cierta relación entre el perímetro de la órbita descrita y la longitud de onda de la onda “asociada” al electrón que circula por ella. En un lenguaje, hoy más familiar, las diferentes órbitas electrónicas del átomo deben comportarse como minúsculos circuitos oscilantes, análogos a los de nuestras estaciones de radio, reguladas para longitudes de ondas determinadas.

Se comprende que de no ser así, la onda asociada, se encontraría consigo misma, al cabo de cada ciclo, fuera de fase, esto es, dejaría de propagarse al unísono, coincidiendo, parcial o totalmente, las crestas con los valles, las amplitudes positivas con las negativas, lo que a la larga acarrearía su extinción. En cuanto al segundo punto, Jean Thibaud nos dice:

Louis de Broglie cita, en su tesis doctoral, un ejemplo típico de los procedimientos de cálculo, en el caso de la difusión de partículas cargadas los rayos alfa emitidos por substancias radioactivasal pasar por la proximidad de centros atractivos, núcleos atómicos, por ejemplo. En la antigua mecánica se consideraba que la partícula en movimiento, al llegar suficientemente cerca del átomo para que el efecto repulsivo fuera sensible, abandonaba su trayectoria rectilínea y describía una parábola, como un cometa en torno al Sol (experimento de Rutherford). La mecánica ondulatoria reduce la cuestión a un problema de óptica, al de la difusión de una onda en un medio cuyo índice de refracción variara muy rápidamente, estando limitado este dominio variable a la región en que reina la acción repulsiva del centro atractivo. El rayo de la onda de Louis de Broglie se curvará al atravesar este dominio, como lo haría un rayo luminoso al atravesar un prisma constituido por la yuxtaposición de vidrios de densidades y, por tanto, de índices de refracción diferentes. Desde el punto de vista de la coherencia teórica, la mecánica de ondas ha eliminado cierta arbitrariedad en las condiciones cuánticas postuladas por Niels Bohr. De la obra Vida y Transmutación de los Átomos.

Paul Langevin, físico relativista, discípulo de H. Poincaré, atento como él a las innovaciones cuánticas, y amigo personal de Einstein, formó parte, como examinador invitado, del tribunal ante quien Louis de Broglie sostuvo la tesis doctoral. Aunque la

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tesis le pareció algo descabellada, envió copia de la misma a Einstein como físico realmente capacitado para enjuiciarla. No le falló su olfato, o intuición, de genial físico. Le contestó con estas palabras: Er hat ein Zipfel des grossen Schleirs gelüftet (Ha levantado una punta del gran velo). Efectivamente, no fue él, sino los científicos W. Heisenberg y E. Schrödinger, bávaro el primero, austríaco el segundo, quienes corrieron más ampliamente el velo que ocultaba la física de la envoltura electrónica de los átomos. Si bien la mecánica cuántica matricial del primero es totalmente independiente de las ideas broglianas, E. Schrödinger, por su parte, reconoció expresamente su deuda con L. de Broglie. Su mecánica cuántica ondulatoria constituye una generalización de las ideas propuestas por el físico francés.

LA ECUACIÓN DIFERENCIAL DE ONDAS DE ERWIN SCHRÖDINGER.

Las dos primeras descripciones cualitativas de la teoría de Schrödinger que vamos a ver se deben precisamente a los entonces jóvenes físicos, Heisenberg y Jordan, quienes, como vimos anteriormente, juntamente con Max Born crearon la mecánica cuántica matricial, émula de la mecánica cuántica ondulatoria. W. Heisenberg en sus memorias biográfico-científicas nos dejó este relato acerca del nacimiento de la mecánica cuántica ondulatoria:

En los primeros meses del año 1926, aproximadamente por el mismo tiempo en que debía pronunciar mi conferencia en Berlín, conocimos los profesores de Göttingen un trabajo del físico vienés que abordaba el problema de la teoría atómica desde un frente totalmente nuevo. Ya un año antes, el francés Louis de Broglie había llamado la atención sobre el sorprendente dualismo entre los modelos de ondas y corpúsculos que, imposibilitando un conocimiento racional de los procesos lumínicos, también podría tener lugar en la materia, esto es, en el comportamiento de los electrones. Schrödinger desarrolló esta idea y formuló, en una ecuación de onda, la ley según la cual las ondas de materia deberían propagarse bajo el influjo de un campo electromagnético. Según esta hipótesis, los estados estacionarios de la corteza atómica podrían asimilarse a las oscilaciones estacionarias de un sistema, por ejemplo, a una cuerda vibrante; con lo cual las magnitudes, que se consideraban como energías de los estados estacionarios, aparecían en su teoría como frecuencias de las oscilaciones estacionarias. Los resultados obtenidos de este modo por E. Schrödinger se ajustaban perfectamente a los datos de la nueva mecánica cuántica. No tardó mucho Schrödinger en demostrar que su mecánica ondulatoria matemáticamente era equivalente a la mecánica matricial, que se trataba de dos formalismos matemáticos versando sobre un mismo contenido. Esto nos alegró mucho ya que fortaleció nuestra confianza en la exactitud del nuevo formalismo matemático. Además, con el formalismo de Erwin Schrödinger se podían realizar muchos cálculos que con el método de la mecánica cuántica [matricial] habrían sido extraordinariamente complicados.

Traducido del ensayo Der Teil und das Ganze. Según los expertos, los cálculos serían, como nos dice Heisenberg, más sencillos con la mecánica ondulatoria, pero más rápidos con la mecánica matricial. Este es un clásico ejemplo de cómo dos formalismos matemáticos distintos, trabajando sobre intuiciones y representaciones mentales diferentes, pueden llegar, no obstante, al mismo resultado. Según P. Jordan, W. Pauli se adelantó en demostrar la equivalencia de ambos formalismos pero no publicó la demostración. Conviene destacar la facilidad para el cálculo del formalismo de la mecánica ondulatoria frente a la matricial, que ha quedado

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prácticamente suplantada, al menos, en los manuales elementales de introducción a la teoría cuántica. Pascual Jordan nos ofrece esta otra interesante descripción cualitativa de la ecuación de ondas:

Si Louis de Broglie tiene razón con su teoría de las ondas de materia, ha de existir una ley matemática para tales ondas una ecuación de ondasque signifique para ellas lo mismo que las ecuaciones de Maxwell para las ondas electromagnéticas. Más o menos esta fue la reflexión con que Schrödinger se planteó el problema, con cuya decisión dio un avance decisivo a la teoría cuántica. A la ecuación diferencial del campo material ondulatorio, formulada por él, se la conoce hoy generalmente como la “ecuación de Schrödinger”. Pero Schrödinger no sólo formuló esta ecuación, que ya por sí sola hubiera sido una aportación de la mayor transcendencia, sino que a la vez quiso aplicarla al átomo de hidrógeno: ¿qué sucede cuando el campo material ondulatorio de un electrón está bajo la influencia de un protón? Schrödinger superó ampliamente las grandes dificultades matemáticas que suponía en principio la aclaración de esta cuestión. Según puntos de vista de las matemáticas generales, el campo material ondulatorio de un electrón puede ser considerado como una superposición de “oscilaciones propias”, de las que cada una tiene una frecuencia determinada. Schrödinger consiguió averiguar estas oscilaciones propias y reconocer sus correspondientes frecuencias. El resultado fue un éxito rotundo: los valores de frecuencia de estas oscilaciones propias, multiplicadas por el quantum de acción, proporcionan los auténticos niveles energéticos del átomo de hidrógeno. Así, un poco después de aparecer el trabajo de Born-Heisenberg-Jordan, Schrödinger pudo dar a la luz pública una teoría cuántica nueva del átomo de hidrógeno, formulada de manera totalmente distinta, y que poseía toda la perfección lógica que faltaba en la vieja teoría provisional Al igual que la mecánica de matrices, la teoría de Schrödinger renunciaba a la vieja idea de las órbitas de los electrones en el átomo; substituyó esta imagen superada por la no menos gráfica teoría ondulatoria y la elaboró con los medios usuales de las matemáticas clásicas. Del ensayo Der Naturwissenschaftler vor der religiösen Frage. Expresamente he destacado en negrita el pensamiento central de la mecánica ondulatoria, que luego veremos traducido en fórmulas.

FÓRMULA DE LA ECUACIÓN DIFERENCIAL DE ERWIN SCHRÖDINGER.

El amable lector podrá ver un desarrollo sencillo, tal vez demasiado simple, de la ecuación de Schrödinger en un apéndice de este ensayo, que sería conveniente leyera para refrescar algunas nociones matemáticas que hacen al caso, a no ser que tales conceptos y simbolismos, por desuso, se hayan borrado totalmente de su mente. No obstante, presentaré la forma de dicha ecuación con una somera designación de los símbolos que en ella aparecen.

La ecuación diferencial de Schrödinger independiente del tiempo, en tres dimensiones, suele expresarse así:

(d 2 /dx 2 + d 2 /dy 2 + d 2 /dz 2 ) ψψψψ + (8ππππ 2 m/h 2 ) (E-V)ψψψψ = 0;

(1)

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donde:

(d 2 /dx 2 + d 2 /dy 2 + d 2 /dz 2 ) es el llamado operador laplaciano, indicativo de una ecuación diferencial parcial de segundo orden; ΨΨΨΨ es el símbolo de la función de onda desconocida, el operando sobre el que opera el operador laplaciano; m, la masa del electrón; E, la energía total del sistema; V, la energía potencial; (E - V), representa, en consecuencia, la energía cinética: ½ mv 2 ππππ y h, son ya viejos conocidos del lector.

LA EXPRESIÓN DE LA ENERGÍA EN LA ECUACIÓN DIFERENCIAL. VALORES PROPIOS DE LA ENERGÍA Y FUNCIONES PROPIAS.

Es fundamental en la ecuación diferencial de Schrödinger saber qué forma reviste el símbolo de la energía, (E−−−−V) que figura en el segundo término de la ecuación, ya que el resto de los símbolos, que aparecen en dicho término, representan constantes conocidas. Veamos a este respecto lo que nos dice A. Berthoud:

La energía potencial V de un electrón depende de su posición. La energía total E, por el contrario, suma de la energía potencial y de la energía cinética, permanece constante siempre que los desplazamientos del electrón se efectúen sin absorción o emisión de energía. E es, pues, un parámetro de la ecuación. Ahora bien, las ecuaciones diferenciales poseen una propiedad conocida desde hace mucho tiempo y que es de una importancia capital para el problema que nos ocupa. Sólo admiten soluciones finitas y continuas para valores determinados de los parámetros, a los que se da el nombre de “autovalores”[eigenvalues]. Así, en la ecuación precedente ΨΨΨΨ varía, para ciertos valores de E, de manera continua con las coordenadas x, y, z. En otros términos, se da entre ΨΨΨΨ y dichas coordenadas una relación [funcional] que satisface dicha ecuación [diferencial]. Estas funciones, que satisfacen la ecuación diferencial, se llaman “autofunciones” [eigenfunctions]. Si E sólo puede asumir determinados valores, significa que la energía del electrón sólo puede variar de un modo discontinuo, de conformidad con la teoría de los quanta. De esta manera, el problema físico de la cuantificación se encuentra reducido, en la ecuación de Schrödinger, a un problema matemático, esto es, a la determinación de los autovalores de una ecuación diferencial. Traducido del ensayo Matière & Atomes, ya citado. Los paréntesis han sido añadidos, para una mayor precisión, por el autor de este ensayo.

LA PRIMITIVA ECUACIÓN DE SCHRÖDINGER NO INCORPORABA EL SPIN.

Para el caso del átomo de hidrógeno, compuesto por un protón en el núcleo y un solo electrón planetario, las funciones, y sus correspondientes curvas, son más complicadas, pues a cada uno de los autovalores de E corresponde, en general, varias autofunciones ΨΨΨΨ que satisfacen la ecuación diferencial. Ello se debe a que, además del número cuántico principal n, se introducen nuevos parámetros, l, y m, que son números enteros y que entran en la expresión de la función ΨΨ.ΨΨ Como sabemos, representan, en la cuántica antigua, el eje de la órbita electrónica n, su excentricidad l, y la orientación del

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momento orbital en el espacio m. En la ecuación de Schrödinger no poseen estos números un significado tan concreto como en el viejo modelo de Bohr-Sommerfeld. Entran simplemente en los cálculos como expresión de posibilidades de carácter puramente matemático, sin hipótesis alguna sobre su significación física. A cada grupo de valores n, l, m, corresponde un cierto estado estacionario de onda en torno al núcleo. Como puede observar el amable lector, no se ha mencionado, en conexión con dicha ecuación, el cuarto número cuántico, el spin. En efecto, como ya se ha dicho, la ecuación del físico vienés, formulada en 1926, no lo incluía. Hubo que esperar a que P. A. M. Dirac estableciera la ecuación relativista del electrón en 1927 para que la ecuación de ondas reflejara los cuatro números cuánticos. Con cada uno de estos avances matemáticos, se lograba una mejor interpretación de los espectros atómicos. Otra ecuación célebre posterior es la conocida con el nombre de Klein-Gordon. Representa una modificación relativista de la ecuación de Schrödinger, con números de spin enteros, en lugar de los semi-enteros. Como sabe el lector, el número cuántico del spin, o momento cinético interno, es un ½ de h/, que podemos imaginar como si la simetría de la partícula fuera tal que habría que girarla dos vueltas completas para que pareciese la misma, mientras que el momento cinético orbital es un múltiplo entero de

h/2π.

¿ QUÉ REPRESENTA EL SÍMBOLO Ψ?

Básicamente representa una magnitud relacionada, de alguna manera, con la amplitud de la onda. Sabemos que ésta, en la cuerda del violín, representa la distancia, constantemente variable, que separa un punto de la cuerda de su posición de equilibrio, distancia que se denomina elongación. Lo mismo ocurre con las ondas en un lago producidas por un cuerpo que dejamos caer. En las ondas sonoras, que se propagan en el aire, las variaciones de dicha magnitud representan las variaciones de presión o densidad del aire atmosférico. En las ondas electromagnéticas, dicha magnitud designa las variaciones en la intensidad de las componentes eléctrica y magnética, perpendiculares entre sí y a la dirección del movimiento, cuyas variaciones periódicas, para un determinado dominio de longitudes de ondas, constituyen la luz. Justamente en el capítulo siguiente veremos cómo se solucionó, o se creyó haber solucionado, este problema.

RASGOS FUNDAMENTALES QUE, SEGÚN MAX PLANCK, CARACTERIZAN LA MECÁNICA CUÁNTICA ONDULATORIA.

Max Planck dedicó gran parte de su conferencia de 1919, titulada Das Weltbild der neun Physik, a la interpretación de la ecuación de Schrödinger, de la que entresaco los siguientes conceptos. En primer lugar, nos dice que el concepto clásico de punto material ha quedado definitivamente obsoleto, al tiempo que destaca ese carácter, algo difuso, de totalidad, propio de los procesos cuánticos:

Hasta ahora pertenecía a los supuestos de la física clásica que los procesos del mundo físico en los cuales, como siempre, incluyo la imagen o teoría física, no el mundo realpueden representarse como compuestos de procesos locales diversos elementos de espacio, singulares e indefinidamente pequeñosy que cada uno de estos procesos elementales en su transcurso, conforme a las leyes, está determinado por los procesos locales que se desarrollan en su vecindad inmediata espacio-temporal, con independencia de los restantes procesos. Pongamos un ejemplo concreto, pero

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suficientemente general. La estructura física considerada se compone de un sistema de puntos materiales que se mueven en un campo de fuerzas conservativo, con energía total constante. Cada punto singular se encuentra en cada momento, según la física clásica, en un estado determinado, es decir, posee una determinada posición y una cierta velocidad, pudiéndose calcular completamente su movimiento en función de las condiciones iniciales y de las propiedades del campo de fuerza en los lugares del espacio por los que discurre. Conocidos estos datos, no se precisa saber nada más de cualesquiera otras propiedades del sistema considerado. En la nueva mecánica las cosas transcurren de muy otro modo. Según ésta, las relaciones locales son tan insuficientes para la formulación de las leyes del movimiento, como lo sería para la comprensión de una pintura el examen microscópico de las pequeñas porciúnculas de materia que componen el cuadro. Se llega a una representación más útil de las leyes, cuando se considera el sistema como una totalidad. En consecuencia, según la nueva mecánica cada punto material del sistema se encuentra en todo momento, en cierto modo, en todos los lugares del sistema, y no sólo con el campo de fuerza que se extiende a su alrededor, sino también con su propia masa y con su propia carga. Está claro: se trata nada menos que del concepto del punto material, el concepto más elemental de la mecánica clásica. La actual posición preeminente de este concepto debe ser fundamentalmente erradicada. Sólo en determinados “casos-límite” podrá subsistir. Lo que habrá que poner en su lugar lo podemos deducir de las consecuencias de los principios, inicialmente propuestos.

A continuación nos da unas pinceladas descriptivas, desde el punto de vista matemático, de la ecuación de Schrödinger independiente del tiempo:

Multiplicando entre sí la frecuencia y la longitud de onda se obtiene la velocidad de propagación, o la velocidad de fase, de una determinada onda en el espacio de configuración, y la substitución de los correspondientes valores en la conocida ecuación de onda de la mecánica clásica conduce a la ecuación diferencial formulada por Schrödinger, lineal, homogénea y parcial, que constituye el fundamento visualizable (anschauliche) de la actual mecánica cuántica y que parece desempeñar en ella la misma función que las ecuaciones de Newton, de Lagrange o de Hamilton, en la mecánica clásica. Lo que la diferencia de estas últimas es, sobre todo, la circunstancia que en ella las coordenadas del punto de configuración no son funciones de tiempo, sino variables independientes.

Entre otros, alude al concepto de valores propios de la energía que, como sabemos, están estrechamente enlazados con el concepto del probabilismo cuántico:

En cualquier caso, el hecho de que existan lugares del espacio de configuración, donde la energía potencial es mayor que la energía total, tiene una importancia fundamental para la mecánica cuántica, pues en casos como éste, según demuestran los cálculos, a cada valor arbitrario de la constante de energía no corresponde una onda finita, sino sólo a determinados valores, los denominados valores propios de la energía (Eigenwerte der Energie). Éstos se pueden calcular mediante la ecuación de onda y resultan diferentes según sea la configuración de la energía potencial dada. De los valores discretos de la energía se deducen, según el postulado cuántico, los valores propios y discretos de las frecuencias de oscilación, del mismo modo que acontece en una cuerda de guitarra tensa y sujeta en los extremos, con la diferencia de

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que en esta última la cuantificación se debe a una circunstancia exterior, esto es, a la longitud de la cuerda. En nuestro caso, se debe al quantum elemental de acción contenido en la misma ecuación diferencial. A cada frecuencia propia corresponde una función oscilatoria particular ψ como solución de la ecuación de ondas, y todas estas diversas funciones propias de onda forman la expresión de cualquier proceso de movimiento según la mecánica ondulatoria.

El resultado práctico de todo esto, es decir, su traslado al terreno concreto de los procesos físicos, para cuya interpretación se crean teorías y fórmulas, es el siguiente:

El resultado es éste: mientras la física clásica descompone espacialmente un sistema físico dado en sus partes más pequeñas, por lo que atribuye el movimiento de los cuerpos materiales al movimiento de sus puntos materiales, supuestos invariables, tal como se hace en la mecánica corpuscular, la física cuántica, por otra parte, analiza cada proceso de movimiento en las diversas ondas periódicas de materia, correspondientes a las frecuencias y funciones propias del sistema, llegando por este camino a la mecánica ondulatoria. Por ello, el movimiento más simple, según la mecánica clásica, es el de un punto material único y, según la mecánica cuántica, el de una onda periódica simple; según la primera, el movimiento más general de un cuerpo se interpreta como la totalidad de los movimientos de sus diversos puntos; según la segunda, el movimiento consiste en la conjunción de todas las clases posibles de ondas periódicas de materia. Esta diversidad de opiniones se pone de manifiesto, por ejemplo, en las vibraciones de una cuerda tensa de guitarra. Por una parte, podemos considerar como elementos primarios del proceso los movimientos de los puntos individuales de la cuerda de la guitarra. Cada partícula individual de la cuerda se mueve, independientemente de las demás, en función de la fuerza que sobre ella actúa dependiendo de la flexión local de la cuerda. Por otra parte, sin embargo, podemos considerar como elemento primario del proceso del movimiento el conjunto de la oscilación fundamental y de las oscilaciones harmónicas, cada una de las cuales se refiere a la totalidad de la cuerda, el conjunto de las cuales también representa la clase más general del movimiento de la cuerda. Traducido de la obra Vorträge und Erinnerungen, ya citada.

BREVE RESEÑA SOBRE ERWIN SCHRÖDINGER.

Cursó brillantemente estudios en la Universidad de Viena. En 1926, a la edad de 39 años, descubrió la famosa ecuación que lleva su nombre, edad algo tardía si tenemos en cuenta la edad en que los grandes científicos hicieron sus aportaciones más importantes, exceptuando Max Planck quien realizó la suya a los 42 años. En 1927 sucedió a Max Planck en la prestigiosa Universidad de Berlín, en cuya Facultad trabajaba también Einstein y otros eminentes físicos. En 1933 fue galardonado con el Premio Nobel, que compartió con el eminente físico P. A. M. Dirac. La ceremonia se celebró conjuntamente con la concesión de dicho premio a Werner Heisenberg (Premio Nobel 1932). Fue, tal vez, el trío más representativo de la nueva mecánica cuántica. En el mismo año abandonó Alemania por hacérsele insoportable el régimen nazi. Emprendió entonces una larga odisea de siete años que le llevó a varios países para recalar finalmente en Irlanda, donde se hizo cargo del Instituto de Dublín para Estudios Superiores, el “Dublin Institute for Advanced Studies”, creado en 1940 por su protector y gran admirador, el estadista irlandés Eamon de Valera, matemático de

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formación. Permaneció en este país casi quince años, dedicado a la física, a la filosofía y a diversos temas científicos interdisciplinarios. Del amplio libro de Walter Moore, titulado Schrödinger Life and Thought (Vida y Pensamiento de Schrödinger), recojo dos juicios de ilustres físicos contemporáneos suyos. Nos dice Max Born, aludiendo levemente a su peculiar estilo de vida:

Su vida privada pareció extraña a burgueses como nosotros. Pero eso no importa. Fue una persona que se hizo querer, independiente, divertido, temperamental, amable, generoso y poseía un cerebro sumamente perfecto y eficiente.

Por su parte, A. Sommerfeld, tenido como el mejor matemático de entre los físicos de su generación, al referirse a la famosa ecuación diferencial, dedicó a Schrödinger el mejor cumplido que, en mi opinión, cupiera imaginar:

Fue el más sorprendente de entre todos los sorprendentes descubrimientos del siglo XX.

CAPÍTULO VII

DESDE LAS ONDAS DE MATERIA A LAS ONDAS DE PROBABILIDAD.

Sumario:

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Ondas de materia. La interpretación intuitiva de E. Schrödinger. El debate “Bohr-Schrödinger” sobre la interpretación de la cuántica. Fracaso de la interpretación brogliana de la onda piloto. Ondas de probabilidad. La interpretación probabilística y abstracta de Max Born. Sugestiva imagen de J. Jeans. Enunciado del probabilismo cuántico por Dirac, Jeans, Hawkings y de L. Broglie. La función de onda como representación de cómo evoluciona nuestro conocimiento acerca de los procesos cuánticos.

ONDAS DE MATERIA. LA INTERPRETACIÓN INTUITIVA DE SCHRÖDINGER

W. Heisenberg nos relata, en Der Teil und das Ganze, la enorme sorpresa que esta interpretación causara en el círculo de Göttingen-Copenhague:

Pero las dificultades se iniciaron con la interpretación del esquema matemático. Schrödinger pensaba que con la conversión de las partículas en ondas de materia podían eliminarse las paradojas que habían dificultado tan desesperadamente, y durante largo tiempo, la comprensión de la teoría cuántica. Las ondas de materia deberían ser, pues, procesos intuitivos en el espacio y en el tiempo, en un sentido similar al que solemos emplear al hablar, por ejemplo, de las ondas electromagnéticas o de las de ondas de sonido. Las discontinuidades, tan difícilmente inteligibles, como los saltos cuánticos y cosas análogas, deberían desaparecer de la teoría. Yo no podía aceptar esta interpretación que se oponía frontalmente a nuestra representación de Copenhague El elemento de discontinuidad, que Einstein había señalado en Berlín como rasgo característico de los procesos atómicos, no permitía tal interpretación. En verdad esto constituía sólo una constatación negativa pues estábamos aún muy lejos de una interpretación completa de la mecánica cuántica. Pero nos sentíamos seguros de que, de alguna manera, deberíamos renunciar a una representación objetiva transcurriendo en el espacio y en el tiempo. En abierta oposición, la interpretación de Schrödinger iba encaminada y esta era la gran sorpresaa negar simplemente la existencia de discontinuidades. Según su interpretación, el átomo, en el tránsito de un estado estacionario a otro, no cambiaría súbitamente su energía, emitiendo la diferencia de energía en forma de un quantum einsteniano. Es más, la radiación tendría como efecto la excitación simultánea de dos oscilaciones materiales estacionarias. La interferencia de ambas provocaría la emisión de ondas electromagnéticas, por ejemplo, ondas luminosas. Estas hipótesis me parecían excesivamente atrevidas para ser ciertas, por lo que hice acopio de todas las pruebas y argumentos tendentes a demostrar que las discontinuidades constituyen un rasgo característico de la realidad cuántica. Por supuesto, el argumento principal era la ley de la radiación de Planck, de cuya verificación experimental nadie podría dudar, y que marcó el punto de partida de la tesis planckiana que introdujo los valores de la energía, discontinuos y discretos.

UNA CONFERENCIA DE E. SCHRÖDINGER EN MUNICH PROVOCA EL VIVO DEBATE BOHR-SCHRÖDINGER.

En 1926 Arnold Sommerfeld invitó a Schrödinger a exponer su teoría en un seminario en la Universidad de Munich. Estuvo también presente Wilhelm Wien, director del Instituto de Física Experimental de dicha Universidad, quien mantenía una actitud extremadamente escéptica acerca de la atomística de Sommerfeld. W. Heisenberg nos cuenta cómo se sintió impotente y frustrado por su incapacidad de convencer a los asistentes sobre la interpretación, supuestamente errónea, del conferenciante. Wilhelm Wien apoyó la interpretación del físico vienés y hasta el mismo A. Sommerfeld se sintió

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atraído por la elegante exposición matemática, basada en las ecuaciones diferenciales, habituales en física. Tras la conferencia, volvió a casa algo triste e inmediatamente escribió a Niels Bohr sobre el desafortunado desenlace de la discusión posterior a la conferencia. Como consecuencia de esta petición de auxilio, el físico danés invitó a E. Schrödinger a pasar una semana en su casa a fin de dilucidar la interpretación de la teoría cuántica. W. Heisenberg fue testigo de esta visita. No voy a describir los puntos más salientes del debate, dado que el tema principal versó acerca de la continuidad o discontinuidad de los procesos cuánticos que apenas nadie pone en duda. Las discusiones fueron muy vivas, muestra de ello son las frases con las que Heisenberg cierra el relato:

La discusión se prolongaba muchas horas del día y de la noche. Pero no pudo llegarse a un acuerdo. A los pocos días Schrödinger cayó enfermo, tal vez, del enorme esfuerzo. Tuvo que guardar cama por un resfriado con fiebre. La señora de Bohr le cuidaba y le llevaba té y pasteles, pero Niels Bohr se sentaba en el borde de la cama y tornaba al tema con Schrödinger. “Vd. tiene que comprender que ” Bohr era siempre singularmente respetuoso y afable en el trato con los demás. Sin embargo, en esta ocasión se comportó, a mi juicio, como un fanático empedernido, que no estaba dispuesto a hacer concesión alguna a su interlocutor, o a permitir la más mínima falta de claridad.

Traducido liberalmente del ensayo Del Teil und das Ganze.

FRACASO DE LA INTERPRETACIÓN BROGLIANA DE LA ONDA PILOTO.

La interpretación de E. Schrödinger, en el sentido de que la magnitud ψ representaría la densidad de la carga eléctrica del electrón en torno al núcleo, encontró fuerte oposición y no se sostuvo. Igual suerte corrió la propuesta de Louis de Broglie acerca de la onda piloto, asociada al electrón, que guiaba a éste comme une vague entraînerait un bouchon (como la ola arrastraría al tapón de corcho), imagen esta poco feliz, ya que el tapón de corcho, en ausencia de mareas, del viento o de otras fuerzas con componente paralela a la superficie del agua, no se desplaza progresivamente con la onda, únicamente efectúa oscilaciones verticales en torno a su posición de equilibrio. En los últimos párrafos del siguiente texto se puede observar cómo la onda brogliana va perdiendo materialidad acercándose al enfoque probabilista, prevaleciente en la actualidad. Escuchemos sus palabras:

De hecho es realmente posible establecer entre el movimiento del corpúsculo y la propagación de la onda una conexión tal que, si en el instante inicial la intensidad de la onda mide en cada punto la probabilidad de presencia del corpúsculo, ocurra lo mismo en cada instante posterior. Se puede considerar el corpúsculo como guiado por la onda que desempeña el papel de onda-piloto. Esta concepción visualiza de una manera interesante el movimiento de los corpúsculos en mecánica ondulatoria sin que tengamos que alejarnos demasiado de las ideas clásicas. Por desgracia, también aquí se presentan objeciones muy graves y no es posible considerar la teoría de la onda- piloto como satisfactoria. Sin embargo, como las ecuaciones sobre las que descansa esta teoría son incontestables, se pueden conservar algunos de sus resultados, dándoles una forma “suavizada”, de conformidad con las ideas de M. Kennard, desarrolladas independientemente del autor. En lugar de hablar del movimiento y de la trayectoria de

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los corpúsculos, se habla del movimiento y la trayectoria de los “elementos de probabilidad”, evitándose así las dificultades señaladas.

Traducido de Matière et Lumière. La expresión elementos de probabilidad nos lleva directamente a la interpretación estadística, o probabilística, anticipada por algunos físicos, pero formalmente propuesta por Max Born. Como se ha dicho, es la interpretación que más ampliamente goza del favor de los físicos.

SUGESTIVA

JAMES JEANS.

IMAGEN

DE

LAS

ONDAS

DE

PROBABILIDAD,

SEGÚN

SIR

La interpretación probabilística, otros prefieren el término estadística, de las ondas de materia se debe al eminente físico Max Born, por la que recibió el premio Nobel en 1954. En el discurso de recepción destacó el hecho de recibir dicho premio no por algún descubrimiento físico nuevo, sino por un nuevo enfoque mental que pertenece, en mi opinión, a esa tierra de nadie que yace entre la física y la filosofía:

Los trabajos, por los que he sido honrado con el premio Nobel del año 1954, no contienen el descubrimiento de ningún fenómeno natural nuevo, sino los fundamentos de una nueva forma de pensar acerca de los fenómenos naturales.

Según esta interpretación, las ondas de probabilidad no son materiales, no poseen entidad física alguna. Representan sólo un modo de comportamiento de las partículas materiales, un comportamiento probabilístico o estadístico. Sir James H. Jeans nos ofrece estas sugestivas imágenes:

Algunos físicos abordaron esta situación considerando las ondas de los electrones como ondas de probabilidad. Cuando hablamos de una ola de marea nos referimos a una onda material de agua que moja todo a su paso Cuando hablamos de una ola de calor, queremos dar a entender que “algo“, aunque no material, calienta todo a su paso. Pero cuando la prensa de la noche habla de una ola de suicidios, no pretende decir que todas las personas, que se encuentran en la trayectoria de la onda, necesariamente han de suicidarse; sólo se quiere significar que la probabilidad de cometer un suicidio es ahora mayor. Si la onda de suicidios pasa sobre Londres, el porcentaje de suicidios aumentará; si pasa sobre la isla de Robinson Crusoe, la probabilidad de que su único habitante cometa suicidio es mayor. Se sugiere que las ondas, que representan el electrón, son ondas de probabilidad, cuya intensidad en un punto dado mide la probabilidad de que un electrón se encuentre en dicho punto. De este modo, en las placas del profesor Thomson, (en las que confirmó las ondas de materia previstas por Louis de Broglie), la intensidad de la onda mide la probabilidad de que un determinado electrón difractado incida en un punto dado de la placa.

ENUNCIADO DEL PROBABILISMO CUÁNTICO POR DIRAC, JEANS Y OTROS.

Paul Adrien Maurice Dirac, profesor de Cambridge, el más joven de los físicos que irrumpieron, con geniales aportaciones propias, en el escenario del desarrollo de la cuántica a partir del año 1925, escribió un breve y muy lúcido texto que, para mi gusto personal, es uno de los enunciados más acabados, por su precisión, del probabilismo estadístico cuántico, al cual me referiré repetidas veces. James Jeans lo reprodujo en

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varios de sus opúsculos. Veamos cómo lo presenta en una de sus obras, contraponiéndolo a otro texto, no menos célebre, de Newton. Otros prefieren citar o referirse a otro enunciado ya clásico de Laplace. Dice así:

Observaremos el contraste fundamental entre la ciencia clásica y la nueva física, si comparamos el comienzo de los “Principia” de Newton, en el que la visión mecanicista de la naturaleza alcanzó por primera vez su forma lógica perfecta, con el párrafo inicial del “Quantum Mechanic” de Dirac, que representa hasta la fecha la exposición más completa de la nueva teoría de los “Quanta”.

Newton escribió en 1687:

Todo cuerpo permanece en estado de reposo, o en movimiento uniforme rectilíneo, a no ser que se vea impulsado a cambiar dicho estado por fuerzas aplicadas al mismo. La alteración del movimiento siempre es proporcional a la fuerza motriz aplicada.

Y Dirac en 1930:

Cuando se realiza un experimento en un sistema atómico

resultado, en general, no estará determinado, esto es, si el experimento se repite varias veces bajo idénticas condiciones, se obtendrán diferentes resultados. Si el experimento se repite una gran cantidad de veces, se encontrará que un resultado particular saldrá una fracción dada del número total de casos, de modo tal, que podemos decir que existe una probabilidad definida de que dicho resultado se consiga cada vez que se realice el experimento. La teoría permite calcular esta probabilidad. En algunos casos especiales la probabilidad puede ser igual a la unidad y el resultado del experimento está completamente determinado.

en un cierto estado, el

Texto citado por Sir J. H. Jeans en The New Background of Science. Y añade Jeans, explicitando el mismo concepto en su opúsculo The Mysterious Universe:

La vieja ciencia ( física clásica) proclamaba confiada que la naturaleza sólo podía seguir el camino que estaba marcado desde el inicio del tiempo hasta su final, mediante una cadena continua de causas y efectos; el estado inicial “B” seguía inevitablemente al estado “A”. Hasta ahora la nueva ciencia sólo puede decir que el estado “A” puede ser seguido por el estado “B” o “C” o “D”, o por otros innumerables estados. Es verdad que nos puede asegurar que el estado “B” es más probable que el “C”, el “C” que el “D” y así sucesivamente; puede incluso especificar las relativas probabilidades de los estados “B”, “C” y “D”. Pero, precisamente porque tiene que expresarse en términos de probabilidad, no puede predecir con certeza la sucesión de los diversos estados.

En ambos textos, sobre todo en el de Dirac, el amable lector puede observar claramente

el tránsito desde las frecuencias estadísticas al concepto de probabilidad.

Stephen Hawking, en su popular obra, A Brief History of Time, expresa el mismo principio, enlazando los dos enunciados anteriores, el de Dirac y el de Jeans, en una admirable síntesis de precisión. Este es el texto de Stephen Hawking, cuya similitud literal con el de James Jeans es, cuando menos, sorprendente:

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En general, la mecánica cuántica no predice un único resultado de cada observación. En su lugar predice un cierto número de resultados posibles y nos da la probabilidad de cada uno de ellos. Es decir, si se realizara la misma medida sobre un gran número de sistemas similares, con las mismas condiciones de partida en cada uno de ellos, se encontraría que el resultado de la medida sería “A” un cierto número de veces, “B” otro número diferente de veces, y así sucesivamente. Se podría predecir el número aproximado de veces que se obtendría el resultado “A” o el “B”, pero no se podría predecir el resultado específico de una medida concreta. Así pues, la mecánica cuántica introduce un elemento inevitable de incapacidad de predicción, una aleatoriedad en la ciencia.

Veamos este luminoso texto de Louis de Broglie, físico dotado de una gran intuición quien, con su habitual capacidad de iluminar los temas más recónditos de la teoría cuántica, nos expone el principio de Max Born desde la óptica de la mecánica de ondas, apelando a nuestro viejo conocido, el formalismo analítico de Fourrier para las ondas, del que hablamos someramente con ocasión de la mecánica matricial:

Las más serias de estas dificultades estaban vinculadas a la existencia de un nuevo principio que se había introducido en la mecánica ondulatoria, junto al de las interferencias, y que comenzaba a jugar allí un papel muy importante: quiero hablar del principio de Born o de “descomposición espectral”. Este principio era sugerido por la teoría ondulatoria de la luz. Consideremos un haz de luz blanca; se sabe que distintos dispositivos, como prismas o redes, permiten descomponer la luz en un espectro, es decir, aislar los distintos componentes monocromáticos que, por su “superposición”, daban esa luz blanca. Esta debe, pues, estar representada por una ecuación de onda formada por la suma de ondas planas

monocromáticas, y los dispositivos en cuestión tienen por resultado aislar los diferentes componentes monocromáticos. Empleando el lenguaje matemático, puede decirse que

el prisma aísla los componentes de la serie de Fourier, que representan analíticamente

la luz blanca incidente. Si entonces se introduce la idea del fotón, deberá decirse que después de su paso a través del prisma, un fotón incidente puede manifestar su

presencia en uno u otro de los haces coloreados que de allí emergen. La teoría ondulatoria exige entonces que la probabilidad para que el fotón manifieste su presencia en uno u otro de los haces coloreados viene determinada por la intensidad (amplitud) de la componente de Fourier correspondiente, en la serie del mismo nombre que representa la onda incidente. Born fue el primero en transponer estas observaciones de la óptica a la mecánica ondulatoria. La transposición condujo al principio general de la descomposición espectral, cuyo enunciado es:

“En general un corpúsculo, cuyo estado está representado por una cierta onda asociada, no tiene una energía bien definida; ésta posee únicamente ciertos valores “posibles”. La probabilidad, para que una medida de esta energía suministre uno de los valores posibles, viene dada por la intensidad de la componente monocromática

correspondiente en la serie de Fourier, que representa la onda asociada al corpúsculo en su estado inicial, antes de ser medida”. El enunciado entraña la adopción de conceptos del todo nuevos, enteramente extraños

a la física clásica, pues implica que, en general, un corpúsculo no tiene un estado de

movimiento bien definido, sino que es preciso considerar el estado del corpúsculo como una “superposición” de estados de movimiento.

De la obra Física y Microfísica.

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LA FUNCIÓN DE ONDA COMO REPRESENTACIÓN DE CÓMO EVOLUCIONA NUESTRO CONOCIMIENTO ACERCA DE LOS PROCESOS CUÁNTICOS.

Existen múltiples interpretaciones acerca de las funciones de onda y de las superposiciones a que dan lugar, pero me interesa destacar principalmente la que denominaría simbólica; describe, como reza el título de esta sección, cómo evoluciona nuestro conocimiento acerca de los procesos cuánticos. Este modo de interpretación es el que describe Louis de Broglie en el siguiente texto:

Finalmente, existe un cuarto punto de vista, el que goza de un mayor favor actualmente: el desarrollado por los físicos Heisenberg y Bohr. A primera vista, parece un poco desconcertante, mas parece contener una gran parte de verdad. En esta concepción, la onda no representa totalmente un fenómeno físico que se desarrolle en una región del espacio; es, más bien, una representación simbólica de lo que sabemos acerca del corpúsculo. Una experiencia, o una observación, no nos permite jamás decir exactamente: tal corpúsculo ocupa tal posición y posee tal velocidad en tamaño y dirección. Todo lo que el experimento nos permite saber es que la posición y la velocidad del corpúsculo están comprendidas entre ciertos límites, o dicho de otro modo, que existe una determinada probabilidad para que el corpúsculo ocupe tal posición, y otra cierta probabilidad para que posea tal velocidad. Las informaciones que nos aportó un primer experimento, u observación, en el instante inicial se representan mediante una onda, cuya intensidad en ese mismo instante da en cada punto la probabilidad de presencia del corpúsculo, y cuya composición espectral nos facilita la probabilidad relativa de los diversos estados de movimiento. Si estudiamos la evolución de la onda a partir del instante cero hasta un instante posterior, la distribución de intensidades y la composición espectral de la onda nos permitirán decir cuál es la probabilidad para que una segunda experiencia, hecha en un instante posterior, localice el corpúsculo en tal o cuál punto y se le atribuya tal o cuál estado de movimiento. La consecuencia esencial de esta manera de ver es la relación de indeterminación de Heisenberg.

Traducido de la obra Matière et Lumière. Estudiaremos este nuevo y fundamental principio cuántico, conocido como el principio de indeterminación por unos, de incertidumbre por otros, en un próximo capítulo. En la física cuántica subyace una notable unidad de principios. Es casi imposible describir a fondo cualquiera de sus principios y características esenciales sin mencionar, aludir o sobrentender otros. La interpretación estadística o probabilística de M. Born, el principio de indeterminación de W. Heisenberg, que posteriormente estudiaremos, la noción de paquete de ondas, la descomposición espectral de las ondas en las llamadas componentes de Fourier, el mismo colapso de onda, todo ello está admirablemente entrelazado, no pudiéndose comprender bien lo uno sin lo otro. Veamos este texto de W. Heisenberg, en el fondo muy similar al anterior de L. De Broglie, en el que hablándonos del principio de indeterminación, alude a la interpretación estadística de Born, al paquete de ondas y su posterior colapso:

nadie sabía cómo representar mediante un esquema cuántico un caso

tan simple como la trayectoria de un electrón a través de una cámara de Niebla. Born había dado un primer paso al calcular, con ayuda de la teoría de E. Schrödinger, las probabilidades de los procesos de colisión; había introducido el principio de que el

Por otra parte,

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cuadrado de la función de onda no era una densidad de carga [eléctrica], como pensara Schrödinger, sino la probabilidad de encontrar el electrón en un lugar determinado… Con este dato regresamos al electrón en la cámara de niebla ¿No sería que la pregunta estuviera mal planteada? Entonces recordé lo que Einstein me dijera en cierta ocasión:

“Es siempre la teoría la que decide lo que se puede observar”. Tomado en serio significaba que no había que preguntar ¿cómo podemos representar la trayectoria del electrón en la cámara de niebla?, sino esta otra: ¿no será que en la naturaleza sólo se presentan aquellas situaciones que pueden representarse en la mecánica cuántica o en la mecánica ondulatoria? Volviendo la pregunta de revés, era evidente que esa trayectoria del electrón en una cámara de niebla no era, en absoluto, una línea infinitamente delgada, con posición y velocidades bien nítidas; la trayectoria era en realidad una sucesión de puntos que no estaban demasiado bien definidos por las gotitas de agua, como tampoco lo estaban las velocidades. De manera que formulé sencillamente la siguiente pregunta: Si de un paquete de ondas queremos saber tanto su velocidad como su posición, ¿cuál es la máxima precisión que podemos obtener, partiendo del principio de que en la naturaleza sólo se dan aquellas situaciones que se pueden representar mediante el esquema matemático de la mecánica cuántica? El problema matemático, así planteado, era muy sencillo, y el resultado fue el principio de indeterminación, que parecía ser compatible con la situación experimental. Por fin sabíamos cómo representar un fenómeno como la trayectoria de un electrón pero a muy alto precio, porque esta interpretación significaba que el paquete de ondas, que representa al electrón, varía en cada punto de observación, esto es, en cada gotita de agua en la cámara de niebla. En cada punto obtenemos una nueva información sobre el estado del electrón, de manera que tenemos que substituir el paquete de ondas original por otro nuevo que represente esa nueva información… Matemáticamente lo describimos como un vector en el espacio de Hilbert, y ese vector determina probabilidades para los resultados de cualquier clase de experimentos que puedan llevarse a cabo sobre ese estado. El estado puede cambiar con cualquier nueva información. Del ensayo Tradition in der Wissenschaft

En el apéndice titulado, Precisiones sobre el Probabilismo Cuántico, encontrará el amable lector algunas explicaciones complementarias de este importante principio.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO VIII

PRINCIPIO DE INDETERMINACIÓN DE WERNER HEISENBERG

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Sumario:

Circunstancias en las que se formuló el principio de incertidumbre. Magnitudes observables. Sólo la teoría decide sobre lo que se puede observar. Exposición del principio de indeterminación desde el punto de vista de la teoría corpuscular. Exposición del Principio de incertidumbre en el marco de la teoría ondulatoria. El principio de indeterminación aplicado a otras magnitudes conjugadas. Insólitas aplicaciones del principio de indeterminación.

RETOMANDO EL HILO DEL DISCURSO.

En los capítulos anteriores Primera Partede este ensayo, creo haber expuesto lo esencial de los supuestos previos que deben conocerse antes de entrar directamente en el tema central de este ensayo que, como reza el título de la obra, versa sobre el determinismo y la teoría cuántica, si bien es verdad que de lo que más te voy a hablar, amable lector, es de la otra cara de la moneda, esto es, del indeterminismo cuántico.

Al final del ensayo, en la Tercera Parte, he colocado un extenso apéndice en el que se expone un breve bosquejo de ulteriores desarrollos de la teoría cuántica, así como los rudimentos de lo que se entiende por Física de Partículas. Comprende temas que no son imprescindibles para la exposición de la tesis de este ensayo, pero que podrían ser muy útiles para que el amable lector redondeara su perspectiva global de la teoría cuántica al nivel elemental, preferentemente conceptual, aquí tratado.

Llegados a este punto, es conveniente hacer un breve resumen, o más bien tomar una vista panorámica, de los puntos más prominentes, expuestos en capítulos anteriores. Lo haremos llevados de la mano magistral de Albert Einstein. Se presentará el texto en particiones con indicación del tema al que alude en cada momento, y de los que el lector ya tiene algunos conocimientos previos.

Acerca del descubrimiento del quantum de acción de Max Planck, punto de arranque de la teoría cuántica, nos dice:

En el año 1900, en el curso de unas investigaciones puramente teóricas, Max Planck realizó un descubrimiento notable la ley de la radiación de los cuerpos en función de la temperaturaque no se podía deducir de las leyes de la electrodinámica maxwelliana. Al objeto de lograr una teoría compatible con los resultados experimentales, había de tratarse la radiación de una determinada frecuencia como si consistiera de átomos de energía de valor “hν”, donde “h” es la constante universal de Planck. Durante los años siguientes quedó patente que la luz se originaba y se absorbía [efecto fotoeléctrico] en unidades discretas, los llamados “quanta” de energía.

Sobre la feliz ocurrencia de Niels Bohr de enlazar el modelo atómico de Lord Rutherford con el quantum de acción de Max Planck se expresa así::

En particular Niels Bohr pudo explicar la estructura del átomo sobre la base de que éstos sólo poseen valores de energía discretos y que las transiciones discontinuas entre tales estados están relacionadas con la emisión y absorción de cuantos de energía, lo que arrojó luz sobre el hecho de que los elementos en estado gaseoso y sus compuestos sólo radian y absorben luz de una determinada frecuencia, nítidamente definida. Todo ello era inexplicable en el marco de las teorías clásicas a la sazón vigentes. Era evidente que, al menos en el dominio de los fenómenos atómicos, la nota característica de cuanto acontece está determinada por los estados discretos y las transiciones discontinuas entre tales estados, desempeñando en todo ello la constante “h” de Planck un papel decisivo.

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En referencia a la genial intuición de Louis de Broglie acerca de las ondas de materia asociadas a los electrones y otras partículas cuánticas comenta:

El siguiente paso fue dado por L. de Broglie. Se preguntó cómo podrían entenderse los estados discretos a la luz de los conceptos a la sazón vigentes, y dio con un acertado paralelismo entre los estados estacionarios cuánticos y las ondas estacionarias, tales como se presentan en las frecuencias propias de los tubos de órgano y de las cuerdas vibratorias (violín, piano) en la acústica. Cierto que el comportamiento matemático de esta nueva clase de ondas [de materia] era desconocido; pero podría ser construido y sus leyes matemáticas formuladas, utilizando la constante “h” de Planck. L. de Broglie concibió el electrón, que giraba alrededor del núcleo, como un hipotético tren de ondas y explicó, hasta cierto punto, el carácter discreto de las órbitas “permitidas” de Bohr en base a la peculiaridad estacionaria de las ondas correspondientes.

Alude ahora a E. Schrödinger, quien complementó y generalizó las ideas de L. de Broglie al formular su famosa ecuación de ondas:

Ahora bien, en la mecánica el movimiento de los cuerpos materiales está determinado por las fuerzas, o campo de fuerzas, que actúan sobre los mismos. Consiguientemente, era de esperar que, de un modo análogo, tales campos de fuerza habrían de influir en los sistemas de onda de L. de Broglie. Erwin Schrödinger demostró cómo describir matemáticamente dicha influencia, reinterpretando ingeniosamente ciertas fórmulas de la mecánica clásica. Incluso tuvo éxito en desarrollar la mecánica ondulatoria hasta el punto que, sin necesidad de introducir hipótesis adicionales, su teoría pudo aplicarse a cualquier sistema mecánico de un número cualquiera de puntos de masa, es decir, que poseyera un número arbitrario de grados de libertad. Esto fue posible porque un sistema mecánico de “n” puntos de masa es matemáticamente equivalente, en un grado considerable, a un único punto de masa que se moviera en un espacio de “n” dimensiones.

Incide a continuación sobre la interpretación estadística de Max Born:

Sobre la base de esta teoría se obtuvo una representación, sorprendentemente buena, de una inmensa variedad de hechos que, por otra parte, aparecían completamente incomprensibles. Pero, curiosamente, en un punto capital apareció un fallo: resultó imposible asociar las ondas de Schrödinger con movimientos definidos de puntos de masa y esto, después de todo, constituyó la finalidad original de toda la construcción. La dificultad parecía insoluble, hasta que fue resuelta por Born de un modo tan simple como inesperado. El campo de ondas de L. de Broglie-Schrödinger no había de interpretarse como una descripción de cómo tienen lugar los acontecimientos en el tiempo y en el espacio, aunque, por supuesto, hace referencia a tales sucesos; representa, más bien, una descripción matemática de lo que podemos conocer de los sistemas cuánticos. Sólo sirven para hacer enunciados estadísticos y pronósticos acerca de los resultados de las medidas realizables sobre tales sistemas.

Traducido del artículo The Fundaments of Theoretical Physics, aparecido en Science el 24 de Mayo de 1940. Por este admirable texto han desfilado los ilustres nombres de Planck, Bohr, de Broglie y Born, mas no se hace mención alguna de la mecánica cuántica matricial de Heisenberg, ni de su principio de indeterminación, por los que Einstein sentía escasa simpatía. Es de observar cómo las ondas, en un principio ondas de materia en L. de Broglie y E.

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Schrödinger, van perdiendo materialidad al tiempo que adquieren un carácter estadístico-probabilístico en Max Born. Incluso vemos cómo la ecuación de ondas reviste un cierto carácter epistemológico: no describen ya, como le gustaría a Einstein, sucesos objetivos en el espacio y en tiempo, sino la evolución de nuestro conocimiento acerca de los procesos cuánticos, de conformidad con la interpretación de Copenhagen. Esta penetración de las probabilidades en la cuántica es parte, y la vez culminación, de la invasión progresiva de las mismas en la física. Como nos lo explica Eddington:

La teoría matemática de la probabilidad alcanzó gran prominencia a principios del siglo XIX gracias a los trabajos de Laplace, Gauss y otros célebres matemáticos. Ha tenido muchas aplicaciones en la ciencia física. En un principio estuvo casi totalmente confinada al tratamiento de los errores de observación, especialmente en astronomía, ciencia ésta que parece haber merecido la dudosa distinción de ser la disciplina que mejor se prestaba a una teoría del tratamiento de los errores. Con la aparición de la termodinámica y el análisis de la materia en un gran número de partículas independientes, moviéndose al azar [teoría cinética], la probabilidad entró en un contacto más íntimo con los problemas fundamentales de la física. En el día de hoy, el símbolo más preeminente de la mecánica ondulatoria, la misteriosa ψ que el físico cuantista persigue de ecuación en ecuación, se identifica en la medida en que podemos definir lo indefiniblecon la probabilidad. En las teorías más modernas de la física, la probabilidad parece haber substituido al éter como el” nominativo” del verbo “ondular”.

Estas breves pinceladas están tomadas del ensayo de Sir Arthur Stanley Eddington, titulado New Pathways in Science.

CIRCUNSTANCIAS

INDETERMINACIÓN.

EN

LAS

QUE

SE

FORMULÓ

EL

PRINCIPIO

DE

W. Heisenberg nos ha relatado en Der Teil und das Ganze en qué circunstancias formuló este principio. Corrían los primeros meses de 1927. W. Heisenberg se encontraba en Copenhague como asistente de N. Bohr en su Instituto de Física Teórica, puesto que había preferido al de profesor en Leipzig. Nos cuenta cómo sus diálogos vespertinos con Niels Bohr se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. El tema que preocupaba a Heisenberg era el modo de representar la trayectoria del electrón dentro del marco de la teoría cuántica. En la mecánica matricial no aparece en absoluto tal concepto, y en la mecánica ondulatoria puede darse un paquete de ondas de materia estrictamente dirigido, pero estas ondas debían extenderse poco a poco sobre ámbitos espaciales que eran muy superiores al diámetro del electrón.

El cansancio y las tensiones, provocados por estos diálogos intensivos, determinaron que N. Bohr emprendiera un viaje a Noruega para descansar practicando el esquí, mientras su joven ayudante permanecía solo en el Instituto reflexionando acerca de cómo representar la trayectoria del electrón en la teoría cuántica. Un año antes A. Einstein le objetaba su intento de suprimir en su mecánica matricial las órbitas de los electrones a pesar de que vemos, o creemos ver, las trayectorias electrónicas en la cámara de niebla. El joven físico alemán meditaba así durante el paseo:

Siempre solíamos decir, no sin cierta superficialidad: “la trayectoria del electrón se puede observar en la cámara de niebla”. Pero es posible que lo que realmente veamos

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sea mucho menos. Lo que podemos percibir es, tal vez, sólo una serie discontinua de posiciones, muy poco precisas, del electrón. En realidad sólo vemos diminutas y aisladas gotas de agua, de un tamaño muchísimo mayor que el electrón. La pregunta correcta sería ésta:

¿Se puede describir en la mecánica cuántica una situación, en la cual el electrón se encuentre en una posición de un modo aproximado, esto es, con una determinada inexactitud, y que al mismo tiempo posea una cierta velocidad, también con una determinada inexactitud? ¿Se pueden hacer estas inexactitudes tan pequeñas como se quiera para no caer en contradicción con el dispositivo del experimento? Unos cálculos breves al volver del paseo al Instituto me confirmaron que tal situación se podía describir matemáticamente y que para estas inexactitudes eran suficientes esas relaciones, que más tarde se denominaron Relaciones de Indeterminación de la Mecánica Cuántica (Unbestimmtheitsrelationen der Quantenmechanik):

El producto de las indeterminaciones de posición y cantidad de movimiento no puede ser inferior al “quantum” de acción de Planck. Se entiende por cantidad de movimiento al producto de la masa por la velocidad.

Me pareció que con esto se restablecía finalmente la conexión entre lo observado en la cámara de niebla y las matemáticas de la mecánica cuántica”. Traducido de Der Teil und das Ganze.

Su formulación matemática es la siguiente:

∆∆∆∆p∆∆∆∆q ≥≥≥≥ h/2ππππ

(a)

Y continua W. Heisenberg en su relato:

También me sirvió de ayuda en este problema el recuerdo de una conversación que mantuve en cierta ocasión con un amigo de estudios en Göttingen, Buckhard Drude. En las dificultades asociadas con la representación de las órbitas electrónicas, Buckhard Drude había especulado con la posibilidad de poder observar dichas órbitas con un microscopio, de un extraordinario poder de resolución. Un tal microscopio no podría construirse para funcionar con luz visible, sino, tal vez, con rayos gamma muy duros. En principio, se podrían fotografiar las órbitas electrónicas en el átomo. Ahora debería demostrar que tampoco sería posible un microscopio tal que traspasara los limites impuestos por las relaciones de indeterminación. Esta demostración tuvo éxito y fortaleció mi confianza en la comprensión de la nueva interpretación. Después de ulteriores cálculos resumí los resultados y los remetí en una larga carta a Wolfgang Pauli, quien me envió desde Hamburgo la suya animándome en la tarea emprendida. Traducido de la obra citada. Es frecuente encontrar en la fórmula anterior, en lugar del segundo miembro, la “h barrada”, esto es, h.

En un principio, Niels Bohr se opuso a la publicación del borrador, lo que motivó un enfrentamiento no leve entre el joven físico y su mentor. Bohr alegaba la existencia de un error en la prueba del experimento mental, que Heisenberg basaba casi exclusivamente en el retroceso del corpúsculo, en el impacto por efecto Compton, dejando en la penumbra la acción de la dispersión de las ondas de luz, producida al

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pasar los fotones por la apertura de la lente del microscopio, detalle este que W. Heisenberg consideraba de orden menor. Como veremos más tarde, en la visión de Niels Bohr el principio de indeterminación representaba un caso particular de un principio más amplio, ideado por él, el famoso principio de complementariedad. Al parecer W. Heisenberg defendía la autonomía y paternidad de su principio como una loba defiende sus recién nacidos cachorros. Como es de suponer, dado su buen carácter, el joven físico se concilió unos meses más tarde con Niels Bohr, con ocasión de la conferencia de éste en el Instituto Carduchi, junto al lago Como en Italia.

¿ALGO MÁS QUE UNA SIMPLE DISCUSIÓN CIENTÍFICA?

El dramatismo con el que David C. Cassidy describe en su biografía de Werner Heisenberg este gross misunderstanding (falta grave de entendimiento mutuo) entre ambos físicos con motivo de la publicación, por parte de Werner Heisenberg, del principio de indeterminación, hace sospechar que, además de los principios puramente científicos, se debatía algo más personal: el atrevimiento de un discípulo de marchar por delante de su maestro, lo cual, a la larga, es ley de vida, pero no fácil de conllevar si se produce prematuramente. Niels Bohr pretendía que el principio de indeterminación era un caso espacial de su propio principio de complementariedad, que estudiaremos en el próximo capítulo, concebido como la piedra angular que sustenta el edificio de la teoría cuántica. El problema nace, según él, por la concurrencia simultánea de ondas y corpúsculos en las situaciones de observación, donde se mezclan símbolos propios de las ondas, “λλλλy “νννν, con símbolos propios de los corpúsculos, E y p. Al tener que elegir necesariamente el experimentador, según Niels Bohr, entre una u otra de estas nociones, se produce una perturbación que da lugar a las relaciones de incertidumbre.

Desde el punto de vista humano y circunstancial, el vencedor de esta contienda fue, sin ningún género de dudas Niels Bohr, al menos en el corto plazo. Al final de la conferencia que éste pronunciara junto al lago Como, considerada por muchos como la presentación en sociedad del principio de complementariedad e interpretación de Copenhague, Werner Heisenberg se levantó de su asiento para demostrar públicamente su adhesión a la interpretación bohriana de la teoría cuántica. Destacados físicos del entorno, Max Born, Wolgang Pauli, Pascual Jordan y otros, asumieron como punto de referencia, y casi como enseña de partido, el principio de complementariedad de Niels Bohr. Creo, no obstante, que en nuestros días la situación ha cambiado radicalmente. Si hubiera que elegir un símbolo de la teoría, éste podría ser, a mi juicio, el principio de incertidumbre, la interpretación probabilística de Max Born o, tal vez, la letra griega “ψ”, símbolo de la famosa ecuación de Schrödinger. No obstante, hay que reconocer que existe entre ellos un muy estrecho parentesco: exhiben un mismo aire de familia. El principio de indeterminación sería la expresión fuerte, o cuantitativa, del principio de complementariedad.

MAGNITUDES OBSERVABLES. SÓLO LA TEORIA DECIDE SOBRE LO QUE SE PUEDE OBSERVAR (EINSTEIN)

Es conveniente resaltar esta frase de W.Heisenberg:

Pero es posible que lo que realmente veamos sea mucho menos.

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Ya en un capitulo anterior subrayamos la trascendencia que tuvo para este, entonces joven físico, el atenerse escrupulosamente a lo inmediatamente observado. Constituyó la clave para concentrarse en las magnitudes observables de los espectros atómicos:

frecuencias y amplitudes. Con ello esbozó la mecánica matricial. Empleó la misma técnica en el descubrimiento de las relaciones de indeterminación. Einstein, por otra parte, insistía en que sólo la teoría decide sobre lo que se puede observar. La misma doctrina epistemológica se encuentra en Max Planck.

EXPOSICIÓN DEL PRINCIPIO DE INDETERMINACIÓN POR D. PAPP DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA TEORÍA CORPUSCULAR

Veamos este texto del profesor D. Papp en que se explica el principio de W. Heisenberg, desde el punto de vista del aspecto corpuscular del electrón. Es fundamental, en esta descripción, el efecto Compton, del cual el principio de indeterminación, como dice acertadamente el profesor Papp, es una prolongación:

El descubrimiento de Heisenberg revela una consecuencia necesaria e imprescindible de la doble naturaleza de la luz. Prolonga el efecto Compton, dándole un alcance imprevisto y un sentido profundo. Hemos narrado la hazaña de Arthur Compton; su ingenioso experimento mostró que la colisión de un rayo Roentgen con un electrón se produce como el choque de una bola de billar en movimiento con otra en reposo. El electrón es proyectado hacia delante y el fotón rebota con una pérdida de impulso. Es esta colisión del fotón con el electrón la que interviene en todas las observaciones y produce un cierto margen de incertidumbre. Supongamos que queremos determinar la posición exacta de un electrón. Para verlo es necesario iluminarlo. Si lo iluminamos con rayos de luz ordinaria, la longitud de onda de la luz empleada será mayor que el electrón y éste quedará invisible. Por consiguiente, emplearemos ondas cortas. En el momento en que la onda alcanza al electrón, se producirá una colisión entre ambos: es exactamente el efecto Compton que ya conocemos. El resultado del choque será que la velocidad del electrón cambiará; cambiará tanto más, cuanto más cortas son las ondas empleadas. He aquí la impotencia en que nos encontramos: si elegimos ondas largas para no perturbar demasiado la velocidad del electrón, que queremos observar, su posición quedará indeterminada. El producto de estas dos imprecisiones inevitables lo mide la constante del Plank.

Hagamos otra experiencia: fotografiemos la trayectoria de un electrón. Pongamos a nuestra disposición una placa idealmente sensible que pueda registrar perfectamente las impresiones recibidas. ¿Las imágenes sucesivas dibujarán la trayectoria exacta? Ciertamente, no. La toma de la fotografía exige que el electrón sea iluminado; las radiaciones empleadas lanzarán al electrón fuera de su trayectoria. La fotografía será, pues, borrosa; y la trayectoria, en lugar de ser una línea ideal, será una zona: los puntos en el interior de esta zona no materializarán las posiciones sucesivas del electrón, solamente la probabilidad de su presencia definida por la ecuación de Schrödinger. La verdadera trayectoria queda oculta, escondida, por la incertidumbre de Heisenberg. De la obra La Doble Faz del Mundo Físico.

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Naturalmente esto sólo ocurre, o sólo es observable, en los procesos micro o ultra- microscópicos. El avión nunca sufrirá desviación alguna en su trayectoria por el simple hecho de que sea profusamente iluminado por un reflector, ni el sol desplaza las órbitas de los planetas al derramar raudales de luz sobre ellos. Es posible que, en principio, como exigen los teóricos, la observación de cualquier proceso del universo esté sometida al principio de indeterminación, mas en los objetos macroscópicos tales efectos no son en modo alguno detectables. Aquí tenemos, pues, un caso concreto en que la teoría va más allá de los puros hechos.

EXPOSICIÓN DEL PRINCIPIO POR LOUIS DE BROGLIE DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA MECÁNICA ONDULATORIA.

Dado que el principio de incertidumbre Heisenbergiano es de capital importancia para el tema de este ensayo, por las consecuencias filosóficas que se han querido derivar de él, me voy a permitir reproducir, una vez más, otro texto, esta vez de Louis de Broglie, cuya exposición, como siempre, es de una luminosidad desbordante. Tiene la ventaja de explicar dicho principio en el marco representacional de las ondas, como era de esperar del físico cofundador, o más bien iniciador, de la mecánica ondulatoria.

En primer lugar define los términos básicos de las ondas y la distinción entre ondas simples, monocromáticas, y ondas complejas, formadas por la superposición de las monocromáticas, que nos recuerdan las series de Fourier, de las que hablamos en capítulo anterior:

Y ahora debemos precisar de qué modo las teorías contemporáneas han llevado a asociar las ondas con los corpúsculos de la materia. Para ello, en primer lugar, debemos recordar sucintamente lo que llamamos una onda. Podemos hacernos una representación de una onda simple imaginando una serie de ondas que se siguen a intervalos iguales; la distancia entre dos crestas consecutivas se llama longitud de onda; y amplitud, la altura de la cresta. La longitud de onda y la amplitud son dos magnitudes que definen la onda simple. Tal onda se denomina, con un término tomado del lenguaje de la óptica, una onda monocromática. Pero podemos considerar clases de ondas más complejas que se forman por una superposición de ondas monocromáticas. Para definir una onda compleja de este género, se precisa conocer las longitudes de onda y las amplitudes de todas las ondas simples componentes o, como se dice por analogía con la óptica, “la descomposición espectral” de la onda compleja.

Después de estas breves definiciones, el ilustre físico alude a su propio trabajo y al de Schrödinger:

He dicho antes que los físicos, después de un largo estudio de los fenómenos de los “quanta”, habían llegado a la convicción de que, en la teoría de la materia, era necesario asociar la noción de onda a la de corpúsculo. Se empezó por reconocer que al movimiento de un corpúsculo de velocidad bien definida debía corresponder la propagación de una onda monocromática, cuya longitud de onda está ligada a la velocidad del corpúsculo por una relación donde figura la constante h. A partir de esta idea se desarrolló una nueva mecánica conocida por el nombre de “Mecánica Ondulatoria”, donde el estudio del movimiento del corpúsculo se substituye por el estudio de la propagación de la onda asociada. La propagación de la onda tiene lugar

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mediante leyes rigurosas, de las que no resulta para el corpúsculo, como voy a tratar de explicar, un movimiento rigurosamente determinado.

El siguiente párrafo se inicia con un concepto epistemológico muy sutil, adoptado por los miembros más destacados del Círculo de Copenhague, según el cual, como ya se comentó anteriormente, una onda cuántica no representa un proceso objetivo en el espacio y en el tiempo sino que simboliza lo que sabemos sobre el corpúsculo, esto es, representa la evolución de nuestro conocimiento acerca del comportamiento del corpúsculo, todo ello en términos de probabilidades, según la interpretación de Max Born, a la que alude.

En la nueva concepción, la onda asociada a un corpúsculo representa, o simboliza, todo lo que sabemos sobre el corpúsculo. La onda asociada es en general una onda compleja, definida por una cierta descomposición espectral y cuya amplitud resultante se distribuye, en cada instante, de una cierta manera en el espacio. La nueva Mecánica prohíbe atribuir al corpúsculo una posición constantemente bien definida en el espacio; Solamente nos dice que el corpúsculo se encuentra necesariamente en la región ocupada por la onda, y que la probabilidad de encontrarse en un punto determinado es proporcional a la amplitud de la onda en dicho punto. De un modo análogo, no permite atribuir constantemente al corpúsculo un movimiento perfectamente determinado. A cada componente monocromático, que figura en la descomposición espectral de la onda asociada, corresponde un valor posible de la velocidad del corpúsculo y se sabe que la velocidad real del corpúsculo posee uno de estos valores posibles.

A continuación Louis de Broglie entra de lleno en el principio de incertidumbre, como él lo denomina. Parece derivarlo de la misma estructura matemática de las ondas:

Existe siempre en la nueva Mecánica una cierta incertidumbre sobre la posición del corpúsculo y una cierta incertidumbre sobre su estado de movimiento. Es fácil darse cuenta, estudiando las propiedades matemáticas de las ondas que estas incertidumbres no son independientes: cuanto una de ellas es más pequeña, la otra es mayor. Para verlo, examinemos primero un caso límite: el de una onda asociada simple, monocromática; corresponde, como hemos visto, a un corpúsculo cuya velocidad es perfectamente conocida. Pero se puede demostrar que una onda monocromática de esta clase tiene una extensión indefinida en el espacio, poseyendo en todos los puntos idéntica amplitud. En mecánica ondulatoria esto quiere decir que el corpúsculo asociado tiene una posición completamente indeterminada, que puede encontrarse en cualquier punto del espacio. Por consiguiente, un conocimiento completo del movimiento entraña una incertidumbre absoluta en cuanto a la posición. Puede suceder que la onda asociada al corpúsculo, en lugar de ser indefinida, ocupe una región limitada “R 0 ” del espacio, fuera de la cual la amplitud de la onda es nula: la incertidumbre sobre la posición es entonces menor que en el caso precedente, puesto que el corpúsculo se encuentra ciertamente en la región “R 0 ”. Mas una onda limitada a una región del espacio es necesariamente compleja; como la demuestra el análisis matemático, está formada por una superposición de ondas monocromáticas, cada una de las cuales corresponde a una velocidad posible del corpúsculo. Por consiguiente, en este caso la incertidumbre sobre la posición ya no es incompleta, pero obtenemos en compensación una incertidumbre sobre el movimiento. Finalmente pongámonos en el caso más extremo, esto es, el de una onda que ocupe solamente una región “R n ” infinitamente pequeña. La posición del corpúsculo es entonces bien conocida puesto

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que debe encontrarse en “R n ”; pero una onda tal, de dimensiones infinitamente pequeñas, sólo puede resultar de la superposición de ondas monocromáticas de todas las longitudes de onda posibles para el corpúsculo: cuando desaparece la incertidumbre sobre la posición, reaparece la incertidumbre total sobre la velocidad.

Como ha podido observar el amable lector, el principio de indeterminación de Heisenberg está entrañablemente unido a la interpretación probabilística de Max Born que define una determinada probabilidad, en función del cuadrado de la amplitud, para cada uno de los componentes monocromáticos de la onda compleja, esto es, la probabilidad de encontrarse la partícula en un determinado nivel de energía y posición espacial.

Concluye Louis de Broglie, pasando de la imagen de ondas a la de corpúsculo, pues a ambos modelos se aplica el principio de indeterminación:

Werner Heisenberg, quien ha sido el primero en percibir las consecuencias de la nueva Mecánica, las ha expresado matemáticamente con la ayuda de ecuaciones llamadas hoy “Relaciones de Incertidumbre”. Estas relaciones evidencian el hecho siguiente: es precisamente la existencia de la constante “h” la que nos impide conocer simultáneamente, y con exactitud, la posición y el movimiento de un corpúsculo; si “h” fuera nula, el conocimiento simultáneo de tales magnitudes sería posible. Podría objetarse, sin embargo, que para conocer simultáneamente la posición y la velocidad de un corpúsculo, es suficiente medir simultáneamente esas dos magnitudes. Heisenberg ha contestado victoriosamente a esa objeción demostrando que no existe ningún procedimiento de medida o de observación que pueda hacernos conocer, al mismo tiempo y de manera rigurosa, la posición y la velocidad de un corpúsculo. Todo dispositivo, que permita la medida de la posición, tiene por efecto perturbar de una manera desconocida la velocidad, y esta perturbación es tanto más pronunciada, cuanto más precisa sea la medida de la posición; inversamente cualquier dispositivo que permita la medida de la velocidad tiene por efecto perturbar la posición de un modo desconocido y esto con tanta más fuerza cuanto más precisa es la medida de la velocidad. Examinando de cerca la cuestión, encontramos, por esta crítica de las posibilidades de medida, las relaciones de incertidumbre deducidas de las propiedades de las ondas.

Texto traducido de la obra Matière el Lumière.

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90 He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo
90 He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo
90 He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo
90 He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo
90 He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo
90 He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo

He indicado más arriba que el principio de indeterminación parece como derivado del concepto mismo de ondas, como indican los esquemas sobre esta página. Robert Eisberg y Robert Resnick, en su obra de texto, La Mecánica Cuántica, donde aportan la prueba, previenen al lector antes de tratar el tema:

Más adelante se demostrará que las relaciones de Heisenberg se pueden derivar del postulado de Louis de Broglie y de propiedades sencillas, comunes a toda onda.

EL

MAGNITUDES

PRINCIPIO

DE

INDETERMINACIÓN

EXPRESADO

EN

OTRAS

No crea el amable lector que este principio se aplica únicamente a la posición y al momento de las partículas o, lo que hasta cierto punto es equivalente, a su posición y velocidad. Se aplica también a cualquier otro par de magnitudes conjugadas, esto es, magnitudes que no conmutan en la mecánica cuántica como, por ejemplo, frecuencia y tiempo. Según L. de Broglie, en tales pares de magnitudes siempre existe una que sirve para la descripción del proceso dado en términos de espacio y tiempo, mientras que la otra magnitud tiene como cometido la descripción de su estado dinámico.

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Una excelente exposición del principio de indeterminación, aplicado al par de magnitudes conjugadas, frecuencia y tiempo, así como la fabricación de un paquete de ondas, puede verse en el luminoso artículo de Raymon Y. Chiao, Paul G. Kwiat y Aephraim M. Steinberg, aparecido en Investigación y Ciencia, en Octubre de 1993, bajo el título ¿Más veloz que la luz?

EL

CONTEMPORÁNEOS.

PRINCIPIO

DE

INDETERMINACIÓN

ENUNCIADO

POR

LOS

FÍSICOS

El enunciado matemático de este principio es algo tan preciso que no cabe distinción entre los enunciados de los físicos contemporáneos y los del primer tercio del siglo XX. Veamos este texto tomado de la obra popular, A Brief History of Time, del físico teórico Stephen W. Hawking. Su exposición no difiere esencialmente de la explicada por el Prof. Papp:

La hipótesis cuántica explicó satisfactoriamente la observada tasa de emisión de radiación de los cuerpos calientes, pero sus implicaciones en relación con el determinismo no fueron aclaradas hasta 1926, cuando otro científico alemán, Werner Heisenberg, formuló su famoso principio de incertidumbre. Para predecir la posición y la velocidad de las partículas, debemos antes medir con toda precisión la posición y velocidad actuales. El modo obvio de hacerlo es iluminar la partícula. Algunas ondas de luz serán dispersadas por la partícula, lo que indicará su posición. Sin embargo, no podremos determinar la posición de la partícula con más precisión que la distancia que media entre dos crestas consecutivas de la onda de luz, por lo cual precisamos utilizar luz de corta longitud de onda para medir con exactitud la posición de la partícula. Pero ahora, la hipótesis cuántica de Planck nos prohibe usar una porción de luz arbitrariamente tan pequeña como se quiera; hemos de emplear, como mínimo, un quantum de luz. Este quantum perturbará la partícula, alterando su velocidad de una manera impredecible. Es más, cuanto con más precisión intentemos medir la posición, más corta será la longitud de onda a emplear y, en consecuencia, mayor será la energía del quantum de luz, resultando de ello una mayor perturbación de la velocidad de la partícula. En otras palabras, cuanto con más precisión se mide la posición de la partícula, con menos precisión se consigue medir su velocidad y viceversa. Heisenberg mostró que la imprecisión en la posición de la partícula multiplicada por la imprecisión en la medida de su velocidad y por su masa, nunca puede ser inferior a una determinada cantidad, conocida como la constante de Planck. Por otra parte, este límite no depende del método de medir la posición o la velocidad de la partícula, ni de la clase de partícula: el principio de indeterminación de Heisenberg es una propiedad fundamental e ineludible del universo. Traducido de A Brief History of Time.

Si bien el enunciado del principio no ha cambiado en absoluto, sí han surgido nuevas e insólitas aplicaciones del mismo, siendo algunas de ellas verdaderamente notables, como notable y sorprendente es la que aparece en la obra citada, donde puede verse cómo Stephen Hawking apela al principio cuántico de indeterminación de Heisenberg para explicarnos su teoría acerca del final de los agujeros negros que, después de todo, no parecen tan negros como se les suponía. Sólo expondré la parte del texto que hace referencia al punto concreto que nos ocupa, esto es, cómo el principio de indeterminación hace imposible la existencia de un vacío absoluto de materia:

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¿Cómo es posible que un agujero negro parezca emitir partículas cuando sabemos que nada puede escapar de su horizonte de sucesos? La contestación, nos dice la teoría cuántica, es que las partículas no proceden del interior del agujero negro, sino del espacio vacío, inmediato al horizonte de sucesos del agujero negro. Lo podemos entender de este modo. Cuando hablamos del espacio “vacío” no debemos entenderlo como algo absolutamente vacío, porque ello significaría que todos los campos, el campo gravitacional y el campo electromagnético, deberían ser exactamente cero. Sin embargo, el valor del campo y su velocidad de variación en el tiempo son magnitudes análogas a la posición y velocidad de una partícula. El principio de incertidumbre implica que cuanto con mayor precisión conocemos una de ellas, con más imprecisión conocemos la otra. Esto quiere decir que el campo en el espacio vacío no puede ser exactamente cero, pues, si así fuera, tendríamos simultáneamente medidas precisas de su valor (cero) y de su velocidad de variación (cero). Debe existir, pues, un mínimo margen de incertidumbre, o fluctuaciones cuánticas en el valor del campo. Debemos concebir estas fluctuaciones como pares de partículas que en algún momento surgen simultáneamente, se alejan y vuelven a encontrarse de nuevo, aniquilándose mutuamente. Se trata de partículas virtuales como las partículas que transmiten la fuerza gravitacional del Sol. Contrariamente a las partículas reales, no pueden ser observadas directamente con un detector de partículas. Causan, sin embargo, pequeños cambios en la energía de las órbitas electrónicas en los átomos, que se pueden medir y concuerdan con las predicciones teóricas en un elevado grado de exactitud. El principio de incertidumbre predice que también deben existir pares virtuales similares de partículas materiales, como electrones o quarks. En este caso, sin embargo, el par consistirá en una partícula y su antipartícula (la luz y la gravedad carecen de antipartículas)…

Ya en los primeros años treinta del pasado siglo exponía A. S. Eddington ideas análogas en lo relativo a la imposibilidad del espacio absolutamente vacío de toda energía, como paso previo a la unificación de las dos grandes teorías modernas, relatividad y cuántica. Véase la sección al final del capítulo II de su obra The New Pathways in Science (Nuevos Senderos en la Ciencia), de la que traduzco estos párrafos:

Generalmente consideramos el espacio completamente vacío (desprovisto de masa y hasta de la más infinitesimal probabilidad de contener masa) como el marco ideal común a las dos teorías [relatividad y cuántica]. Cada una de estas teorías introduce en dicho marco vacío sus propias entidades características. La teoría cuántica inserta una distribución de probabilidades de electrones y protones y la teoría de la relatividad introduce su tensor de materia, de nivel macroscópico y energía media, así como los campos electromagnéticos. En realidad el concepto de un marco vacío es extraño a ambas teorías; sólo puede introducirse como un caso límite. Cuando examinamos el marco standard (the standard framework) que dichas teorías utilizan, no el que generalmente imaginamos que deberían usar, tal conexión salta a la vista Whitehead dijo en cierta ocasión: “No puedes tener primero el espacio y luego colocar cosas en él, del mismo modo que no puedes tener primero una sonrisa burlona y luego el gato de Cheshire al que acoplarla”. Para adaptar el símil al estado actual de la física, deberíamos modificarlo levemente; deberíamos admitir esa peculiar sonrisa [la que se hace enseñando los dientes] siempre que se dé una probabilidad, superior a cero, de que exista un gato a quien aplicarla. Pero dejando a un lado esta pequeña anécdota, lo esencial del enunciado es que no puedes tener espacio sin cosas o cosas sin espacio. La adopción de un espacio sin cosas, vacuum, thingless space como

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norma standard en gran parte de la teoría física es un impedimento para el progreso de la misma. A causa de esta concepción contradictoria y desatinada, hemos introducido en la física moderna una separación abstracta entre la teoría del espacio (campos) y la teoría de las cosas (materia), de modo tal que los investigadores, que tratan hoy de hallar una teoría unificada del campo-materia, están teniendo dificultades en unirlas de nuevo. Como he indicado más arriba, el remedio es utilizar una norma o standard que no corresponda a la ausencia absoluta de materia.

El capítulo concluye instaurando el adagio en que los escolásticos resumieron la doctrina de Aristóteles al respecto y que posteriormente adoptaron Descartes y Leibniz:

“Nature abhors a vacuum”. Pienso que los físicos teóricos harían bien en seguir el ejemplo.

Aún es más sorprendente el siguiente texto de un físico moderno que representa, además, una nueva e inusitada aplicación del principio de indeterminación, donde vemos a este principio ejerciendo algo así como las funciones de un vigilante algo distraído, y continuamente burlado por unos niños traviesos (mientras no se pasen demasiado de la raya), representados, en este símil, por limitadas violaciones del principio de la conservación de la energía:

La explicación de estas propiedades peculiares del fotón virtual está en el principio de indeterminación, introducido en la mecánica cuántica por Werner Heisenberg. El principio de indeterminación no invalida las leyes de la conservación de energía y del momento, pero permite que no se note una violación de estas leyes si se rectifica con suficiente rapidez. Los electrones estacionarios tienen idéntica energía y momento antes de emitir el fotón virtual y después de que éste haya sido absorbido; las leyes de conservación parecen violarse sólo durante el breve paso del fotón. El principio de indeterminación establece que tal violación manifiesta puede tolerarse si no dura demasiado tiempo o no tiene un alcance excesivo. ¿Qué significa aquí demasiado tiempo y demasiado grande? Las contestaciones variarán según sea la magnitud de la violación que ocurre: cuanto mayor sea la violación de energía y momento, causada por la emisión de un fotón virtual, antes deberá reabsorberse el fotón. Un fotón virtual de alta energía puede sobrevivir sólo brevemente, mientras que otro de baja energía gozará de un largo período de gracia antes de que los libros de balance se deban ajustar.

Y ahora surge una nueva e inusitada formulación del principio de Heisenberg:

Para ser explícito: el producto de la violación de la conservación de la energía y la vida media del fotón no puede superar la constante de Planck.

Del artículo: Teoría Unificada de las Partículas Elementales y las Fuerzas por Howard Georgi, aparecido en la revista Investigación y Ciencia, en Julio de 1981. Parece como si al principio de indeterminación, desde su formulación en 1927, le hubieran llovido multitud de empleos y cometidos, desde los más triviales a los más inusitados.

Según la diversidad de enunciados anteriores, el principio de Werner Heisenberg podría definirse con la siguiente generalidad:

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El producto de las imprecisiones, o errores, en las medidas simultáneas de dos magnitudes conjugadas, en el sentido de la teoría cuántica, no puede ser inferior a la constante de Planck.

¿PRINCIPIO DE INDETERMINACIÓN O PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE?

Habrá observado el lector que unas veces decimos Principio de Indeterminación, y otras Principio de Incertidumbre. Lo mismo ocurre con los autores alemanes, sobre todo con los dos físicos, el entonces joven profesor Werner Heisenberg y el venerable veterano Max Planck, que marcan los dos polos opuestos en cuanto al alcance científico- filosófico de este principio. En Heisenberg leemos indefectiblemente la expresión Unbestimmheitsrelationen (relaciones de indeterminación), y en Planck Unsicherheitsrelationen (relaciones de incertidumbre) y, en ocasiones, Das Heisenbergschen Gesetz der Unschärfe (la ley de imprecisión de Heisenberg). En inglés los dos términos son: Indeterminacy y Uncertainty; y en francés: Indétermination y Incertitude. En general, pero no de un modo absoluto, se puede decir que sienten marcada predilección por el uso del término indeterminación, los físicos que admiten el indeterminismo radical y objetivo de los procesos cuánticos. Entiendo por indeterminismo radical, u objetivo, la concepción según la cual, en los procesos cuánticos, el principio de casualidad no tiene plena validez. Por el contrario, prefieren el término incertidumbre los físicos que, aún admitiendo el carácter probabilista y estadístico de los procesos cuánticos, no niegan la validez absoluta del principio de causalidad; simplemente admiten que, dadas nuestras limitaciones humanas y la complejidad de los procesos cuánticos, no es factible aplicar dicho principio en los niveles en los que “h”, la constante de Planck, hace sentir marcadamente su presencia. Los primeros, aun cuando no les guste, podrían calificarse de indeterministas de principio o metafísicos, mientras que denominaremos indeterministas pragmáticos o metodológicos a los segundos. En este ensayo se usan ambos términos indistintamente; se reconoce, no obstante, que el vocablo indeterminación es el que mejor corresponde a la mente de su fundador, el entonces joven físico Werner Heisenberg.

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CAPITULO IX

EL CONCEPTO BOHRIANO DE LA COMPLEMENTARIEDAD

Sumario:

Debate secular entre las teorías corpuscular y ondulatoria. Enunciado del principio de complementariedad. La dualidad onda-corpúsculo en los físicos contemporáneos. Comparación de ambos principios: complementariedad e indeterminación. Preeminencia del principio de indeterminación. Complementariedad: un principio que vale casi para todo. Biología y cuántica.

DEBATE SECULAR ENTRE LAS TEORÍAS CORPUSCULAR Y ONDULATORIA DE LA LUZ.

Narramos en un capítulo anterior cómo Niels Bohr fuese a esquiar, mientras Werner Heisenberg se quedó solo en el Instituto de Física. El primero, en su esparcimiento, también tuvo tiempo de reflexionar, llegando al enunciado conocido como Principio de Complementariedad. Su formulación es eminentemente cualitativa, no prestándose a revestimiento o tratamiento matemático alguno, lo que le confiere un cierto sabor filosófico. Antes de enunciarlo, recordemos la pugna científica entre los defensores de las teorías corpuscular y ondulatoria de la luz. Newton concibió la luz como un chorro de finísimas partículas que emanan de los cuerpos luminosos, teoría cuyos orígenes se remontan a la antigüedad greco-romana (Lucrecio). La teoría explica fácilmente la propagación rectilínea de la luz, la reflexión en las superficies especulares y la refracción al pasar de un medio transparente a otro de distinta densidad, aunque para explicar algunos fenómenos lumínicos, como los anillos de Newton, este sabio tuviera que introducir, en su teoría de los accesos, elementos periódicos, no compatibles con la concepción corpuscular. La alta autoridad de Newton hizo que la teoría corpuscular prevaleciera durante el siglo XVIII. La otra teoría rival, la teoría ondulatoria, fue propuesta por un ilustre contemporáneo de Newton, el holandés Christian Huyghens. La teoría ondulatoria no ofrece una visualización tan nítida e intuitiva de los efectos de la propagación rectilínea y de la reflexión como la teoría corpuscular, cuyos dibujos en los libros de física parecen una esquematización de nuestros juegos infantiles con pelotas, como acontece en el frontón, tenis y otros varios juegos. La teoría corpuscular fracasa, sin embargo, en los procesos de interferencia y difracción, no muy conocidos y suficientemente estudiados en tiempos de Newton, puestos de relieve al principio del siglo XIX por el inglés Thomas Young, y que dieron ocasión a Augustin Fresnell para desarrollar toda una teoría matemática ondulatoria, bella y completa, válida aún en lo esencial de su formalismo matemático, pero menoscabada y superada en lo concerniente a la hipótesis del éter elástico, de naturaleza mecánica y supuesto portador de las ondas lumínicas.

Las ondas de luz guardan cierta similitud con las olas del mar y las pequeñas ondas que se forman en un recipiente de agua al arrojar objetos en él. Si el objeto es un corcho, vemos cómo se forman y propagan las ondas hasta reflejarse en las paredes del

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recipiente. Las ondas reflejadas interfieren con las ondas incidentes formándose franjas, llamadas nodos, donde la superficie ni sube ni baja. Se dice entonces que están en oposición de fase. La superficie se queda quieta, en equilibrio, porque las moléculas de agua en dicha franja sufren dos impulsos idénticos pero en sentido contrario. Decimos entonces que un hoyo, o