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Las nuestras, mujeres que hicieron historia en Córdoba / Mónica Ambort; Adela Leonor Boscarino; Mabel Brizuela; y otros. Edición literaria a cargo de Reyna Carranza, con prólogo de Alejandra Vigo. - 1a ed. - Córdoba: Letras y Bibliotecas de Córdoba, 2011. 312 p. ; 25x18 cm.

ISBN 978-987-25325-8-1

1. Ensayo Histórico. I. Boscarino, Adela Leonor

II. Brizuela, Mabel

III.

Carranza, Reyna, ed. lit. IV. Vigo, Alejandra, prolog. V. Título CDD 982

Las Nuestras 1 er Concurso de Ensayos Selección final

2011

Edición al cuidado de Reyna Carranza Diseño: Santiago Guerrero / www.santiagoguerrero.com.ar Ilustraciones: Cecilia Berry / www.ceciliaberry.blogspot.com La tipografía utilizada en el libro es Borges en sus variantes Blanca, Negra y Poema, del diseñador cordobés Alejandro Lo Celso / www.pampatype.com Coordinación de la edición: Mariú Biain

© De esta edición. Secretaría de Cultura. Gobierno de la Provincia de Córdoba, 2011 ISBN 978-987-25325-8-1 Impreso en Córdoba, Argentina Printed in Argentina Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

AUTORIDADES:

Gobernador de la Provincia de Córdoba

Juan Schiaretti

Vicegobernador de la Provincia de Córdoba

Héctor Campana

Secretaria de Inclusión Social y de Equidad de Género

Alejandra Vigo

Secretario de Cultura

José Jaime García Vieyra

COMI SI Ó N E JEC UTIVA:

Daniel Salzano Reyna Carranza Hermana Teresa Riego Arq. Sara Gramática Graciela Ruiz Alejandra Vigo

COMITÉ TÉ CN ICO:

Jaqueline Vassallo

Ana Falú

Mariú Biain

INDICE

Prólogo

Por Alejandra Vigo pág. 11

Ensayos ganadores

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LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

Por Adela Leonor María Boscarino

pág. 17

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MERCEDES ORGAZ

Por Cynthia S. Chimbo Mateos

pág. 37

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MARINA WAISMAN

Por Juana Lidia Bustamante

pág. 57

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LEONOR MARZANO

Por Guillermina Delupi

pág. 77

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GLAUCE BALDOVÍN

Por Bibiana Eguía

pág. 89

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Menciones

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ANA PELEGRIN

Por Ana Tissera

pág. 109

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ANASTASIA FAVRE DE MERLO

Por Laura Rosanna Rota

pág. 127

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BLANCA DEL PRADO

Por Adriana Noemí Izquierdo

pág. 139

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CATALINA DE MARÍA RODRÍGUEZ

Por Mónica Susana Moore

pág. 159

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CECILIA GRIERSON

Por Bibiana Fulchieri

pág. 185

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JOLIE LIBOIS

Por Mabel Brizuela

pág. 201

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LEONOR DE TEJEDA

Por Ana Mónica González Fasani

pág. 219

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MALVINA ROSA QUIROGA

Por Erica Viviana Krenn

pág. 239

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MAMA ANTULA Por Liliana Noemí Villafañe pág. 253

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MARÍA SALEME DE BURNICHÓN Por Mónica Ambort pág. 273

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NOEMÍ LOZADA DE SOLLA Por Alejandro Raúl Reyna pág. 293

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A modo de epílogo

Por Reyna Carranza pág. 307

Prólogo

La historia es la imperiosa necesidad que tenemos los seres humanos de comprender el pasado

La historia es la imperiosa necesidad que tenemos los seres humanos de comprender el pasado y por ende, lo que justifica la búsqueda de todo aquello que implique su reconstrucción. De manera opuesta, se define el olvido como el “descuido de una cosa que se debía tener presente”; descuido entendido como omisión o flojedad de no haberse hecho lo que debía hacerse. Desde ese entendimiento y por obcecación personal –entre otras cosas– es que aparece Las Nuestras como un desafío para enfrentar al olvido, al oculta- miento y por qué no, a la flojedad de no haber hecho en su momento lo necesa- rio que nos obligase a pensar en las mujeres; en aquellas que hicieron historia en Córdoba, en quienes pusieron su impronta para hacer de este terruño, ade- más de su lugar en el mundo, también el nuestro. Y ese es el sentido inmediato de Las Nuestras, pero el primero y trascendental es el de ubicar en su justa di- mensión a la mujer como sujeto de derechos, a través –como en este caso– del reconocimiento de su protagonismo en los procesos históricos. El proyecto Las Nuestras cobra vida, invitación mediante, de la decisión de aceptar llevarlo a cabo por parte de cabales y apreciables representantes de nuestra comunidad, quienes integraron la Comisión Ejecutiva acompañada de una Comisión Técnica de primer nivel. Desde ese momento, en periódicos en- cuentros fuimos cristalizando ideas que, entre miles, alumbraron inicialmente

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un concurso de ensayos abierto a mujeres y varones dispuestos a rastrear, e in- vestigar con entusiasmo, el protagonismo inédito de nuestras mujeres. En ese sentido, la presente edición convierte en logro el primer gran desafío. En Las Nuestras, el pueblo cordobés a través del Gobierno de la Provincia,

rinde un postergado homenaje a quienes fueron también protagonistas de la historia de esta provincia, realizando valiosos aportes para su desarrollo. Haber comenzado este rescate en el año del Bicentenario, contribuirá a la visibilización de las mujeres que pisaron este suelo entre los siglos XVI y XX, y

a promoverlas como patrimonio social cordobés. Hoy presentamos las primeras dieciséis protagonistas que recobran vida en cada escrito que, más allá de la calidad literaria que terminó por definir la se- lección, determinó nuestro criterio de selección. Lo hicimos creyendo que esas mujeres generosas y tesoneras son las que abrirán paso a las demás. Queremos que toda Córdoba las ame, las adopte y las proteja en la memoria. Que haga suya la poesía de Blanca del Prado; que retenga la imagen de Jolie Libois construida a partir de su voz; que reconozca a la primera priora, Leonor de Tejeda; que sueñe al ritmo de la Leo con la marca del tunga-tunga de nues- tra Leonor Marzano en su piano, escribiendo la historia del cuarteto; que se sorprenda con Mama Antula, quien siendo mujer recoge el estandarte de los

jesuitas expulsados. Que Córdoba se inspire en la bella Luisa Martel de los Ríos, amada de su caballero Don Jerónimo Luis de Cabrera, que le ofrendó su corazón

y la homenajeó levantando en estas tierras su ciudad andaluza. Quizás Glauce Baldovin, figura mayor de la poesía cordobesa, refleje en estas palabras su propio estado de ánimo y sin habérselo propuesto exprese algo de lo que hablamos: “… así es la soledad. Me esfuma. Hablo y nadie me oye. Nadie me ve porque estoy envuelta en la soledad”. Nuestras protagonistas son muchas más de las que presentamos en estas páginas; por allí quedan esperando la campeona Graciela del Río; la eterna niña Margarita enamorada del General Paz; Nenette, que oculta en “Pablo del Cerro” fue letra de una buena parte del repertorio yupanquiano; la india Casimira Tu- lián, o la cautiva Fermina Zárate, entre tantas y tantas que tuvieron en común –con las que en este libro aparecen– el don de la osadía desde lo simple y pro- fundo a la vez. Poco conocemos y sabemos de todas ellas, de su participación en las luchas por la organización política de una Córdoba independiente, de su rol en la cons-

trucción de una Córdoba cultural o científica; o que fueron pioneras de la revolu- ción educativa y constructoras de la organización social colectiva de la provincia. Ellas nunca imaginaron que serían puntales de las mujeres que vendrían en eso de reconocer su propio valor. Por esto, Las Nuestras no solo nació para fortalecer el protagonismo de las mujeres, sino para apuntalar el gran desafío de recuperar el alma de una Córdoba que merece reconstruir su historia, enorgu- llecerse de su brillo productivo y cultural, como también de su presente social. Porque también es una conquista pendiente la recuperación de protagonistas femeninas para integrarlas a la memoria histórica provincial. Porque Las Nues- tras suma al esfuerzo colectivo en la noble tarea de disminuir desigualdades que nunca deseamos entre las mujeres y los hombres. Y, sobre todo, porque son muchas las mujeres invisibilizadas que contribu- yeron a plasmar la identidad cultural de la Córdoba que nos enorgullece a todos. Las Nuestras no concluye con este libro, sino que este es la piedra basal que nos permite poner en valor el protagonismo de las mujeres pero, fundamen- talmente, reafirmar la entidad de la mujer como sujeto histórico pleno de de- rechos. Seguramente le seguirán a esta otras publicaciones, con otras personas

y nuevos hechos; rescataremos a más generadoras de cultura, a tantas líderes

sociales y políticas, para que de este modo se vaya engrosando el patrimonio provincial. A partir de hoy, las primeras ‘nuestras’ podrán conocerse y recono-

cerse en librerías y bibliotecas. Luego vendrá el museo, o centro cultural, espe- cialmente dedicado a las nuestras de ahora, de ayer y de siempre. Desde el Gobierno de la Provincia deseamos felicitar a los autores de los en- sayos que, en bellas prosas, revivieron a nuestras mujeres dándole lustre a sus historias, y nos reafirmaron que este proyecto era la mejor inversión en pos de

la recuperación de nuestra identidad. Y aunque quienes promovimos el proyec-

to Las Nuestras tuvimos siempre el anhelo de esta realización, tanto los autores como sus presentes y futuros lectores, nos habrán permitido afirmar, de mane- ra contundente, que estamos en la marcha de una verdadera Córdoba con ellas. Con el tiempo, con la objetividad que da la distancia, cuando en ausencia de pasiones sea posible escribir la historia que viene, el reconocimiento a la mujer habrá sido uno de los avances más importantes de la humanidad. Este libro es nuestro granito de arena.

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Alejandra Vigo

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LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

Luisa Martel

de los Ríos

LUISA MARTEL DE LOS RÍOS Luisa Martel de los Ríos Por Adela Leonor María Boscarino Me

Por Adela Leonor María Boscarino

Me llamo Adela Leonor María Boscarino, nací un 12 de febrero en la ciudad de Córdoba, pero me crié en Totoral hasta los seis años; luego mis padres se mudaron a Argüello, donde vivo hasta hoy. Me gusta viajar y soy apasionada por la lectura. Al estudiar Guía de Turismo y más tarde Historia de Córdoba, en el PUAM-UNC, me interesé por la vida de nuestro fundador y en especial por la de su esposa: Luisa Martel de los Ríos.

adefebrero@hotmail.com.ar

LUISA MARTEL

DE LOS RIOS

LA FUNDADORA

“Luisa nació en Panamá, posiblemente en 1537, aunque natural de Córdo- ba”, declara en su testamento su hijo Pedro Luis, como escribe el Padre Lozano. Hija de Gonzalo Martel de la Puente y Guzmán, nacido en Córdoba, Andalu- cía, Señor de Almonaster, Regidor de Panamá, Gobernador y Capitán de Tierra Firme, además de propietario rural y dedicado al comercio de lanas; y por parte de madre hija de Francisca Lasso de Mendoza de los Ríos 1 . Luisa es descripta por los historiadores como: inteligente, decidida, esbelta, rubia, ojos verdes, de gran personalidad, capaz, fuerte, de carácter y tempera- mento activo. Sabía leer muy bien, pues cuando vivió en Lima, Perú, junto a sus padres, tuvo acceso a libros que llegaban de España. Su caligrafía, nos comenta Ferrari Rueda, era elegantísima y firmaba Luysa Martels 2 . Era apenas una niña de catorce años, cuando sus padres, según lo acostum- brado, afirma Lozano, “maridaron a Luisa con el conquistador Capitán Sebas- tián Garcilaso de la Vega, que frisaba en cincuenta largas anualidades” 3 . Éste, con la ñusta o princesa inca, Isabel Chimpu Ocllo, nieta del último so- berano Inca, tenía un hijo bastardo apodado “el Inca”. En efecto, en el año 1539, nació Gómez Suárez de Figueroa, que fue bautiza- do por su padre con nombres de algunos de sus antepasados. Tiempo después, Sebastián de la Vega se ve obligado a abandonar a Isabel, a causa de la presión de las autoridades de la península, que exigían que los

1 LOZANO Pedro, Historia de la conquista del Paraguay…, Bs. Aires, 1873.

2 FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba, Ed. Biffignandi, 1968

3 LOZANO Pedro, Historia de la conquista del Paraguay…, Bs. Aires, 1873.

LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

conquistadores españoles se casasen con damas nobles de España; reteniendo, no obstante, a su hijo de diez años y casándose finalmente con Luisa Martel de los Ríos y Mendoza. Este hecho convierte a Luisa en madrastra del famoso Inca Garcilaso de la Vega. Nace luego Blanca de Sotomayor, hija del Capitán de la Vega y Luisa, pero muere muy pequeña. Mas tarde muere también el esposo de Luisa. El Inca Garcilaso parte de Cuzco rumbo a España, en 1560, donde adopta el nombre con que pasó a la eternidad.

Luisa Martel de los Ríos, con tan solo 20 años debió soportar la muerte de su esposo, la de su pequeña hijita y la partida de su hijastro, con quien, se sabe, tuvo gran acercamiento, y quizás por tristeza, o el hecho de quedar tan sola, muy pronto Luisa se casó con Jerónimo Luis de Cabrera. “En el año 1538, Cabrera pasó muy joven a la Indias como Alférez de la Real Armada, una década mas tarde alcanzó el rango de Maestre de Campo, aveci- nándose en Cuzco, donde hizo construir casa de dos pisos con escudo de armas sobre el portal” 4 . Dicha construcción aún existe, hoy convertido en Colegio de las Madres Sa- lesianas. El historiador Valiente de Moctezuma describe así la majestuosa casa de Cabrera, donde seguramente vivió con Luisa y sus hijos:

“Contenía todo cuanto era posible desear, las comodidades mas lujosas, los detalles mas significativos, sillones, tapices, alcatifas para cubrir los pavimentos, hermosa platería repujada, pomposos cielos de brocado, capilla con imágenes estofadas en oro…” 5 . Cabrera también acababa de llorar la muerte de su madre, María de Toledo, y de sus dos pequeños hermanos, Juan y Nicolasa, que venían de España a visitar a su hijo, “tan ventajosamente colocado en el Perú”. “A poco de salir, azotado por la tempestad, el navío naufragó en el paraje Arenas Gordas, el 8 de octubre de 1555, pereciendo María de Toledo ahogada con sus dos últimos hijos…” 6 . Pero la vida debía proseguir y los hijos comenzaron a llegar; así pronto nació

4 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938.

5 MOCTEZUMA VALIENTE, J. L. de Cabrera, fundador…, en La Nación, 1942

6 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938.

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en Cuzco el primer hijo de Luisa: Miguel Jerónimo Luis de Cabrera Martel, bau- tizado con el nombre de su abuelo paterno y de su padre. Miguel Jerónimo se radicó en Córdoba después de la fundación, cumpliendo importantes comisiones en el Cabildo cordobés; en esta capital poseyó chacras

y la casi totalidad de la manzana donde está situada en la actualidad la iglesia Santa Catalina, y fue primer Señor de la encomienda de Quilino, que perteneció

a su padre. Para el año 1613 se ausentó al Perú, donde llegó a ser Juez de Na-

turales del Cuzco, y donde se casó con Isabel de Morales, con quien tuvo cinco

hijos 7 . Al siguiente año, 1559, llegó al mundo el segundo hijo del matrimonio Ca- brera: Gonzalo Martel, a quien Luisa llamó igual que su padre: Gonzalo Martel, sin imaginar jamás que algún tiempo después sería otro ‘Gonzalo’ quien aca- baría con la vida de su esposo.

Gonzalo Martel nació en Cuzco y, con tan solo catorce años, fue luego vecino fundador de Córdoba junto a su padre. Más tarde, se desempeñó como Alcalde Ordinario y Alférez Real; tuvo solares en la manzana de la iglesia de Santa Cata- lina, y en la merced de La Lagunilla, donde nacen las aguas de la Cañada, entre otras propiedades. Contrajo nupcias con María de Garay, hija del conquistador Juan de Garay, fundador de las ciudades de Santa Fe y Buenos Aires, y de Jerónima Becerra; de esta manera se relacionan los integrantes de dos conquistadores. Gonzalo se ausentó al Perú en 1596, desempeñó allí el cargo de Gobernador de Santa Cruz de la Sierra, sobresaliendo por su acción, pero encabezó luego una revolución de grandes proyecciones que le costo la vida. Fue degollado en La Plata (Chuquisaca), el 13 de marzo de 1599 8 . Luisa debió sentirse orgullosa de ser la abuela del hijo de Gonzalo: Jerónimo Luis de Cabrera, no solo por llevar el nombre de su abuelo, sino por su larga

y brillante actuación, por la que fue llamado “el gobernador”. Se desposó con

su prima hermana Isabel, hija del célebre Hernandarias, entrelazando así a los Cabrera con los Arias de Saavedra. “Fue Gobernador del Tucumán y luego del Río de la Plata. Encabezó en 1622

7 FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba., Ed. Biffignandi, 1968.

8 FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba., Ed. Biffignandi, 1968.

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una grandiosa expedición a la “Tierra de los Césares”, y fue fundador junto con Torres de Vera y Aragón de la ciudad de “las Siete Corrientes” 9 .

Los hijos llegaban y Luisa comenzó a presentir que la vida junto a Jerónimo no sería nada fácil, ni quieta, los continuos traslados fundando ciudades, las constantes mudanzas, las nuevas experiencias, a veces muy duras, cargando a sus pequeños niños, pero a todo esto, con su personalidad fuerte y activa, le haría frente. Jerónimo Luis de Cabrera vino de España a América acompañando a su her- mano por parte de padre: Pedro Luis de Cabrera y Figueroa. En efecto, Don Miguel Jerónimo de Cabrera Zúñiga, se casó en primeras nupcias con Elena de Figueroa, naciendo de esta unión Pedro Luis. Pero tuvo un desliz amoroso con María de Toledo, que tal parece duró varios años y que, probablemente, al quedar ambos viudos se casaron. Del matrimonio entre Don Miguel y María de Toledo nacieron el futuro esposo de Luisa y cuatro hermanos más: Leonor de Zúñiga quien se casa con Rodrigo de Esquivel, abuelos éstos

del conocido Rodrigo de Esquivel; Juan de Cabrera y Nicolasa de Zúñiga, falleci- dos, como vimos, en el naufragio junto a su madre; y Antonio Luis de Cabrera, quien con su segunda esposa, Catalina Dorante, tuvo cinco hijos, entre ellos Fé-

lix

Mendoza y Zúñiga, que se casó con Elvira Manrique de Lara, estableciéndose

en

La Rioja, Argentina, donde el apellido Cabrera tuvo dilatada sucesión.

Desde muy joven mostraría el esposo de Luisa su coraje y lealtad hacia la co- rona española, como la vez que: “…en Cuzco se levantó Francisco Girón, y salió con los hombres de su hermano, y dobló jornadas y fue comprando y mudan-

do caballos a dar la nueva a los oidores de la Corte. Fue hasta Ica y trajo setenta

hombres, y sirvió hasta que Girón fue muerto” 10 . Fue en este valle de Ica, donde en 1563, Cabrera fundó la ciudad de Valverde y la sostuvo a su costa. Esto valió para que el virrey, Conde de Nieva, lo designara Corregidor y Justicia Mayor de las Charcas y Villa de Potosí. El viaje de Cuzco a Valverde no debe haber sido, por cierto, nada placente- ro. Luisa debió usar su ingenio y habilidad, acomodando a sus dos pequeños

9 LEVILLIER Roberto, Nueva crónica de la conquista del Tuc., Madrid, 1926. 10 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938.

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hijos, para realizar entonces tan arriesgada travesía. Al llegar al valle no había nada, por lo que de inmediato Cabrera mandó levantar tiendas con lonas, para resguardarse unos cuantos días hasta construir casas; hizo reparar la antigua acequia de los incas, mandó sembrar todo lo necesario para alimentarse, hizo tallar por los indios: camas, armarios, mesas, sillas y un reclinatorio donde Lui- sa rezaría sus plegarias. Con su gran fortaleza física y espiritual, ella debió soportar con entereza el cambio de haber vivido en Cuzco, prácticamente en un palacio, por la ciudad que acababa de fundar su esposo, viviendo en los comienzos prácticamente en la intemperie. Es precisamente en Valverde donde nace, en 1567, el tercer hijo de Luisa, bautizado Pedro Luis, como su tío, en honor al hermano de Jerónimo. Este hijo de Luisa tenía seis años cuando acompañó a su padre en la funda- ción de Córdoba; fue uno de los personajes mas importantes de la historia colo- nial, se desempeñó como Teniente Gobernador, Corregidor, Alguacil del Santo Oficio, Procurador, Alférez Real, entre otros; y segundo Señor de la encomienda de Quilino, donde administró un famoso viñedo de catorce mil plantas. En 1591 adquirió la merced de Cavisacat, formando en ella la hacienda y obraje “San Esteban del Totoral, o Totoral Grande”, construyendo a la orilla del arroyo su vivienda, con capilla, acequia, molino, telar, carpintería y fragua, y mandó se les enseñara los oficios a nativos y negros. “Hizo del Totoral la parada obligada de todos los caminantes en aquella época, que encontraban allí el so- laz adecuado para su duro trajinar” 11 . Se casó con Catalina de Villarroel, hija de Diego de Villarroel, fundador de Tucumán, entroncándose otra vez los Cabrera con hijos de otro conquistador. Pedro Luis le brindó a Luisa el amor de once nietos y deben haber sido éstos los que alegraron los últimos días de la abuela, ya que sólo este hijo es quien se radicó definitivamente en Córdoba. Jerónimo Luis de Cabrera (nieto), hijo de Gonzalo Martel, describe a Pedro Luis, su tío, de acuerdo a la declaración de un testigo que se encontraba en Cór- doba, en el año 1621: “… un caballero muy viejo, con hábito de terciario fran- ciscano, que se llamaba Pedro Cabrera, con una barba muy larga y cana… tenía

11 MOYANO ALIAGA, La casa de la curtiduría, Instituto Iberoamericano, 1984.

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grandes casas y una campana a la puerta que tocaba para que forasteros fueran a comer a su mesa…” Pedro Luis de Cabrera Martel falleció en esta provincia en 1636; sus restos, los de su esposa y los de la mayoría de los compañeros de Cabrera en la funda- ción de Córdoba, descansan en la iglesia de San Francisco, que al edificarse el actual convento fueron conservados 12 . Uno de estos nietos de Luisa se llamó Manuel de Cabrera, quien fue enviado en 1626 a España, a seguir sus estudios. Este largo viaje presentó un sinfín de inconvenientes, al punto que, llegando a Lisboa estuvo a punto de hundirse la nave; por ello, Manuel “hizo voto, si escapaba, de entrar a la Compañía de Jesús”, y el 2 de diciembre de 1638 “hizo donación de todos sus bienes a favor de la Compañía en Córdoba, con la condición que todo sea destinado para una iglesia nueva que se ha de levantar…”. Dice al respecto un decreto nacional del año 1940: “… el templo levantado por el jesuita cordobés Don Manuel de Cabrera, quien quiso costear a su pueblo natal de un templo que acreditase dos amores muy fuertes, su amor a la Com- pañía de Jesús y su amor al terruño, a Córdoba” 13 .

Estando en Valverde, Jerónimo Luis de Cabrera recibe la orden de trasladar- se a Potosí en calidad de Regidor, para solucionar los graves conflictos que allí existían. Este nuevo nombramiento significaba un nuevo traslado con sus pe- queños hijos y todo lo que esto traía aparejado, si tenemos en cuenta, además, que Luisa había dado a luz a sus dos pequeñas niñas: Petronila y Francisca. Petronila de la Cerda Cabrera Martel, la cuarta hija de Luisa, fue vecina de Santiago del Estero, donde contrajo matrimonio con Pedro de Villarroel, hijo también del fundador de Tucumán; no olvidemos que su hermano Pedro Luis se había casado con una hija de este fundador, quizás al mismo tiempo. Luego de traer al mundo nueve hijos y enviudar, esta mujer de ánimo tan diligente y resuelto, al igual que Luisa, su madre, se arraigó definitivamente en Córdoba, donde murió en 1630 14 .

12 ARGAÑARAZ Abraham, Crónica del conv.de San Franc.de Cba, Bs. As, 1888.

13 ARENAS LUQUE F., El fundador de Cba, J. L. de Cabrera, Bs. As., 1939.

14 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938.

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Nace luego la última hija de Luisa, a quien bautiza con el nombre de su ma- dre: Francisca Martel de los Ríos; ésta contrae enlace con Gonzalo de Soria y Osorio, descendiente de Damián Osorio, que llegó a Córdoba con Cabrera. Da- mián defendió, más tarde, con gran firmeza los bienes de Luisa; Francisca ave- cindó con su esposo en La Plata (Chuquisaca), teniendo sólo una hija 15 . Al nombrar a los hijos de Luisa, vemos como algunos figuran con el apellido paterno, de ella, de sus abuelos, o de la casa que sucedían, costumbre muy co- mún en aquellos tiempos, en que se solía adoptar el nombre de los antecesores más remotos 16 .

El viaje a Potosí sería largo y duro, pero Luisa con su fortaleza y determina- ción, acomodó a sus pequeñas hijitas y a Pedro Luis, de tan solo tres añitos, en canastos que iban a lomo de mula guiadas por sus fieles nanas. Mientras que los dos varoncitos mayores estaban en edad de viajar sobre mansos caballos, animales a los que Luisa y su esposo eran muy afectos. Según la tradición, fue Cabrera quien introdujo al actual territorio argentino el caballo peruano. Totalmente distinta a Valverde, Potosí era una villa imperial, en cuyas calles se mezclaban personajes importantes ataviados con ropas finas, mercaderes, comerciantes, y también prostitutas, mineros y aventureros. Pero en Potosí se trataba cruelmente a los nativos y a los negros, obligados a excavar día y noche las minas de plata. En el año 1571, el virrey Francisco de Toledo, nombra a Jerónimo Luis de Cabrera “Gobernador de la Provincia del Tucumán, Juries y Diaguitas”, por ser Cabrera “hombre de noble casta y buena opinión en este Reyno…”. Dicho nom- bramiento expresa ”poblar una ciudad en el valle de Salta, de camino y como entrare a la gobernación…”; pero además lo facultaba para que “dentro de las provincias de Tucumán, Juríes y Diaguitas, y en la parte y lugar que ‘le pareciere que conviene’, pueda poblar y fundar un pueblo…” 17 Cabrera, cumpliendo las órdenes del virrey, emprende el camino hacia La Plata (Chuquisaca), pensando sin duda en lo arriesgado de la próxima expe-

15 Ibídem

16 FERRARI RUEDA R., Historia de Córdoba, Cba, Ed. Biffignandi, 1968

17 BERBERIAN E., Crónicas del Tucumán, siglo XVI, Buenos Aires, 1987

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dición, y así se lo expresa a Luisa, sugiriendo que ella y los niños regresaran a Cuzco. Pero Luisa, firme y decidida, resuelve acompañarlo. Esta mujer valiente, adelantada para la época, rompiendo con las costumbres excluyentes que las enmarcaban, impuso su parecer, siendo luego principal protagonista de la his- toria local de Córdoba. Sería, finalmente, Miguel Jerónimo, el hijo mayor, quien partiría a Cuzco con las niñas y sus nanas, custodiados por un ejército dispuesto por Cabrera. Poco después, Cabrera nombra a Lorenzo Suárez de Figueroa -primo del vi- rrey Toledo, y sobrino de la primera esposa de su padre-, como su Alférez Real. También integra la expedición Hernán Mejía Mirabal, quien en cada oportuni- dad regresa a Santiago del Estero a visitar a María Mancho, la aborigen madre de sus hijos, motivo por el que es muy respetado por las tribus de la región. Leo- nor, una de las hijas de la pareja, luego esposa de Tristán de Tejeda, es una de las primeras mujeres españolas que, junto a Luisa, pisarían luego suelo cordobés. Aclaremos, no obstante, que más tarde y de acuerdo a las leyes de España, Hernán Mejía Mirabal contrae matrimonio con la noble española Isabel Salazar. No debemos confundir a Hernán Mejía Mirabal con Andrés Mejía, quien también formaba parte de la expedición de Cabrera, y que fuera más tarde su yerno, pues casó en 1591 con Elena, su hija natural. Quizás por ello es el respeto demostrado por Cabrera hacia los nativos, ya que la sangre de su hija era parte de ellos; “haré notar -nos dice el historiador Martínez Villada- que el fundador puso a su hija natural el nombre de la primera mujer de su padre y que ninguno de sus hijos, o nietos legítimos, usó el apellido Toledo de su abuela materna” 18 .

El largo camino a Santiago del Estero duró seis meses; se realizó por difíci- les senderos, bajo el riesgo permanente de ataques de tribus nativas, sufriendo además un calor insoportable durante el día y fríos muy intensos durante la noche, sin contar el acecho constante de animales salvajes y alimañas. En la expedición venían, además de Luisa, otras esposas de conquistadores, entre ellas, como dije, Leonor, que estaba embarazada, por lo que al año siguien- te, 1574, nacería en Córdoba la primera cordobecita: Leonor de Tejeda, fundado-

18 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U. N. C., 1938.

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ra en 1613 del primer Convento de Monjas, no solo de Córdoba, sino también de la provincia del Paraguay. Esta fecunda pareja, entre sus siete hijos, fueron padres también de Juan de Tejeda, fundador en 1628, con la ayuda de su hermana Leonor, de otro conven- to, hoy Museo Juan de Tejeda. Vale la pena recordar que éste fue padre de Luis José de Tejeda, primer poeta cordobés y argentino.

Cabrera asumió el mando de Gobernador el 19 de Julio de 1572, en Santiago del Estero. En este pequeño asentamiento de no más de cincuenta casas de ado- be y paja, comenzó de inmediato con los preparativos, ya que era su objetivo:

“extender la expedición al sur buscando una salida al mar”, por lo que envió a su hombre de confianza, Suárez de Figueroa, junto a otros hombres, a reconocer el lugar. Figueroa partió con cuarenta y ocho soldados y el padre mercedario Luis de Valderrama, verificando que los comechingones eran muy dados a can- tar y bailar y “así se sujetaban como a corderos”, que hablaban más de nueve lenguas distintas y que eran barbados como los españoles. Además, la región era apropiada para poblar, por la fertilidad del suelo, el clima benigno y la posición estratégica. En tanto, Cabrera manda construir cua- renta carretas: “que irían cargadas con alimentos, vestidos, pertrechos, herra-

mientas de labranza, armas; caballos, vacas, ovejas, cabras, puercos, etc.” 19 . Al regreso de Suárez de Figueroa, con noticias tan alentadoras, decide Cabrera continuar camino y levantar una ciudad en la tierra de los comechingones. Por fin, llega el día que junto a Cabrera parten una centena de hombres, pro- metiéndole a Luisa, antes de partir, que mandaría por ella y que una vez asen- tados en el nuevo sitio, fundaría una ciudad en su honor, llamándola con el nombre del lugar de nacimiento de sus padres en España, y que el escudo de la misma tendría los “ríos” de su nombre 20 . Cabrera arriba a las costas del río Suquía, como era llamado por los nativos,

el

24 de Junio, y lo llama San Juan, por ser ese el día que se conmemora el Santo,

y

el 6 de Julio de 1573 funda la nueva ciudad, bautizándola Córdoba, tal como

se lo prometiera a Luisa.

19 ARENAS LUQUE, El fundador de Cba, J. L. de Cabrera, Bs. Aires, 1939

20 BISCHOFF Efraín, Historia de Córdoba, Buenos Aires, Ed. Plus Ultra, 1985.

LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

Le acompañaban aquel frío, pero memorable día, además de sus hijos Gon- zalo y Pedro Luis, el escribano Francisco de Torres, Lorenzo Suárez de Figueroa, los veteranos del Tucumán, entre otros: Hernán Mejía Mirabal, Blas de Rosales, Juan de Ludueña y Miguel de Ardiles; y los que venían desde Perú: Tristán de Te- jeda, Alonso de la Cámara, Damián Osorio, etc; “… llegaba Cabrera con un cente- nar de soldados y un grupo de vecinos de Santiago, acompañándolos Francisco Pérez de Herrera, ”cura de españoles y naturales”, agregado también al séquito el mercedario Luis de Valderrama 21 . Luego, cumpliendo la otra promesa hecha a Luisa, mandó dibujar el escudo de la ciudad, donde figuran los ríos Primero y Segundo, los “ríos” de su nom- bre, distintivos heráldicos de la familia de su esposa. Erigió luego el rollo y picota, distribuyó solares a los conquistadores, y el del Cabildo y la Iglesia, a la que puso bajo la advocación de la Peña de Francia, pues Cabrera traía desde Cuzco una pequeña efigie de la citada virgen, que presidió durante doscientos años el altar principal de la Iglesia Mayor de Córdoba. Nuestra Señora de la Peña es morochita, por lo que también fue amada y venerada por los nativos, quienes la llamaban Mama Copacabana 22 . Más tarde, con cuarenta hombres, Cabrera reanuda la marcha, “a fin de des- cubrir un puerto que abriese una ruta marítima directa hacia los reinos de Espa- ña”, y así alcanza el río Paraná a la altura del fortín Sancti Spiritus, que levantara Sebastián Gaboto, y funda el puerto San Luis de Córdoba, el 18 de septiembre de 1573. Dos días después, se encuentra con más de dos mil indios timbúes próxi- mos a atacar a Juan de Garay, luego su consuegro, quien también venía a insta- lar un puerto. La llegada de Cabrera y sus hombres salva la vida de Garay y los suyos; inmediatamente ambos entran en contacto y pronto estalla la disputa por el derecho de las tierras, hasta que finalmente Cabrera decide regresar a Cór- doba, donde más tarde se entera de que Felipe II ha favorecido a Garay con las mismas. De regreso en Córdoba, y una vez levantado el fuerte, Cabrera envía por Lui- sa. Esta, siempre dispuesta, ya estaba muy ocupada organizando las cargar en

21 CABRERA Pablo, Ensayo histórico sobre la fundación de Cba, Cba, 1920.

22 CABRERA Pablo, La virgen de Cabrera, patrona de Cba, Cba, 1958.

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las carretas, grandes baúles con alimentos, ropa, y todo tipo de utensilios para tan largo viaje, teniendo en cuenta la presencia de mujeres y niños que estaban a su cargo. Para enero de 1574, Luisa, con sus treinta y seis años, estaba por fin en su ciudad, en Córdoba. La Córdoba que su esposo había fundado en su honor. Una vez acomodada, manda buscar a sus dos pequeñas niñas, Petronila y Francisca, que llegaron junto al hermano mayor, Miguel Jerónimo. Y ahora sí, la felicidad de Luisa es completa, infinita, por fin toda la familia está junta, instala- da en la flamante ciudad-aldea. Pero la alegría no dura mucho. El 16 de marzo se presenta en el fuerte Gonza- lo Abreu de Figueroa, el nuevo gobernador que, según Orden Real, viene a reem- plazar a Cabrera; éste, que salía de la cama tras una “sangría”, recibe con mucha cordialidad al recién llegado y su comitiva. Pero en ese instante, Gonzalo, que ya tiene quince años, y que porta el estandarte Real, es increpado por un hombre de Abreu que le arrebata el estandarte y arrastra por el suelo al hijo de Cabrera. Acto seguido al incidente, Abreu le responde a Cabrera con desprecio hacia su persona, leyéndole los cargos que existían en su contra: “usurpación del título de gobernador y traición al rey”, y lo toma prisionero. Al día siguiente lo manda encadenar como un criminal y así es llevado a Santiago del Estero. Este Abreu de Figueroa, como dijimos, era sobrino de la primera esposa del padre de Cabrera, quien fuera desplazada por María de Toledo, para más judía, perseguidos entonces por la Inquisición. Las relaciones de Miguel Jerónimo Cabrera con María de Toledo, nos dice el historiador Raúl Molina, debieron ser el escándalo de Sevilla y dejaron odios de familias que vinieron a expresarse dramáticamente en el Tucumán 23 . Mientras que el Padre Lozano escribe: “… aquellas actitudes y frases des- pectivas muestran la profunda inquina y prejuicio malevolente de que estaba imbuido contra su antecesor…” 24 . Lo cierto es que Abreu, llamándolo traidor, despojó a Cabrera de sus bienes, apropiándose prácticamente de todos, y luego de varias horas de tormento, lo sentenció a morir con “garrote vil”, el 17 de agosto de 1574.

23 MOLINA Raúl, Historia Argentina, Buenos Aires, Ed. Plaza y Janet, 1968.

24 LOZANO Pedro, Historia de la conquista del Paraguay…, Bs. As., 1873.

LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

“… hasta en la forma de matarlo mostró su saña: Cabrera por el fuero de los caballeros no podía recibir garrote, sino que debía ser degollado de frente” 25

Luisa y su calvario

Fallecido Cabrera, comienza el protagonismo de Luisa Martel de los Ríos. Su individualización, su incidencia, su aporte, modificaron en parte el proceso social de la época, acudiendo en persona, más allá de los condicionamientos de género, hasta la misma Corte del Rey, a fin de limpiar el nombre de su esposo,

y su valiente actuación deja una profunda huella en el largo proceso histórico. Desolada y sin comprender aún lo sucedido, viaja junto a sus cinco hijos a Santiago del Estero. Imaginemos que sentiría regresando al lugar del que había salido plena de esperanzas. Pregunta allí por el paradero de Jerónimo, esperan- do quizás el perdón de Abreu de Figueroa; pero no fue así, la primera novedad fue que el virrey se habría negado ayudar a Cabrera. Escribe Groussac al respecto: “… fue el alma de barro del virrey Toledo la que urdió, por intermedio de Abreu, la eliminación de Cabrera, quien le había des- obedecido al no poblar el valle de Salta, a fin de repartirse los indios y territorios con sus allegados…” 26 .

Luisa, se dirige más tarde a La Plata, en búsqueda de explicaciones, así para

el verano de 1575, la recibe el padre Luis de Valderrama, el mismo que estuviera

con Cabrera en la fundación de Córdoba, quien la aloja en su casa junto con sus

hijos. Éstos, a pesar de su corta edad, actúan como verdaderos hombres para salvar el honor y el nombre de su padre. Miguel Jerónimo viaja al Cuzco a de- fender los pocos bienes que aún les quedaban; Gonzalo se traslada a Lima para

averiguar la razón del silencio del virrey Toledo, silencio que precipitó el triste final de su padre. Y Pedro Luis, en tanto, se queda en La Plata junto a su madre

y sus pequeñas hermanitas, solicitando entrevistas, a pesar de sus escasos ocho

25 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938.

26 GROUSSAC Pablo, Ensayo histórico sobre el Tucumán…, Bs. Aires, 1884.

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años, a cada integrante de la Real Audiencia. Tiempo después, como resultado a tantas gestiones, recibe Luisa noticias del virrey Toledo, y se entera que el rey Felipe II ratificaba a Cabrera como Goberna- dor y ofrecía, para compensar semejante desgracia, el gobierno del Tucumán. Quizás por ello, como afirma Enrique Gandia: “estaría Luisa complicada en una revolución de grandes proyecciones”, encabezada por los clérigos Martín Zambrana y Diego de Vargas, que estalló en 1578, donde los revolucionarios se apoderarían de Cuzco y Potosí, entrarían al Tucumán y dominarían el Paraguay. Pero esta revolución fue rápidamente sofocada por el virrey Toledo, los clérigos fueron ejecutados, mientras que Luisa, que al parecer estaba en Córdoba, no fue pasible de sanción. El propósito de ésta, según Gandia, era “vengar la muerte de su marido y poner al frente de la gobernación del Tucumán, una vez muerto Abreu, a Gonzalo, uno de sus hijos” Enrique de Gandia llama a Luisa: “la primera mujer revolucionaria de Amé- rica”, basado en su participación en las lides de aquellos siglos lejanos, cuando secundó a su hijo… ¡fundadora de la ciudad de Córdoba, Argentina!” 27 .

Quiero hacer un alto en mi trabajo para echar luz a este aspecto poco cono- cido de la vida de Luisa Martel de los Ríos. Vemos como esta fuerte mujer indig- nada aún por la muerte de su esposo, a pesar de los cuatro años transcurridos, se involucra en un hecho impensable, quizás, para otra mujer de su época; sin duda que este accionar, descorre el velo de invisibilidad en que estuvo, durante muchos años, sumergida ‘la mujer’. Dijimos que el cargo de Gobernador había sido ratificado, pero faltaba lim- piar el honor de su esposo, que a pesar de los trámites realizados nada se logra- ba, entonces Luisa debió pensar que sólo la presencia de un hombre la ayudaría. Recordemos lo dura que era la sociedad de aquellos días en lo referente a los condicionamientos sociales restrictivos para su género. Es así que en 1579 Luisa contrae matrimonio con el Capitán Juan Rodríguez de Villafuerte, “más que por afecto, por la necesidad que le atendiera sus intereses y para que le ayudara a reivindicar el nombre de su anterior esposo…” 28 , opina Ferrari Rueda.

27 GANDIA Enrique, Historia de la conquista…, Bs. Aires, Ed. García, 1932

28 FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba, Ed. Biffignandi, 1968.

LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

De esta manera, el nuevo marido de Luisa se convierte en el tutor de la fa- milia. Como sabemos, Abreu de Figueroa había confiscado todos los bienes de Cabrera, y sólo una vez terminado su gobierno podría Luisa disponer de los mismos, sin embargo, su esposo viaja a España a efectuar el reclamo correspon- diente. Luisa queda nuevamente sola con sus hijos, a los que hay que alimentar, razón por la que, temperamental como siempre, se presenta ante el Alcalde so- licitándole “autorización” para realizar ciertas operaciones comerciales, la que le es concedida en recuerdo de Cabrera; entonces, con su conocida habilidad comienza a comerciar en el pueblo, con ganado, semillas, granos, etc. “Señora de ánimo esforzado, apodera a Pedro Osorio para cobrar lo que le debían a su marido; a Gonzalo Osorio, su yerno, a cobrar los bienes que heredó de su hijita por la muerte de sus padres y los de María de Toledo” 29 . Luisa transitó por la vida en el siglo XVI, pero lo hizo como si fuera de otro tiempo; su inteligencia, su educación, sus ideas, su cultura, su trabajo, sobresa- lieron en la dinámica social de su época.

En tanto, en abril de 1580, Hernando de Lerma y sus hombres llegan a San- tiago del Estero; pronto se dirige a la casa de Abreu, donde Lerma en persona a punta de pistola lo toma prisionero, mandando que lo engrillen y encierren en un calabozo. Pero no contento con esto, al otro día ordena que lo lleven al chiquero de un vecino, quien en recuerdo del sufrimiento de Cabrera, obedece con gusto. Lerma se retira luego a Tucumán, dejando a Abreu de Figueroa en esta es- pantosa situación, rodeado de suciedad y cerdos amenazantes.

Tras diez largos meses, Lerma regresa y decide darle muerte, lo hace colgar por las muñecas, colocando peso en sus piernas; y así permanece Abreu durante tres días, hasta su muerte, el segundo mes del año 1581 30 . Mas tarde, regresa el esposo de Luisa, quien pone mil pretextos a la hora de rendirle cuentas a ésta, por el rédito de la siembra realizada en Valverde, en

29 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938.

30 GANDIA Enrique, Historia de la conquista…, Bs. Aires, Ed. García, 1932.

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Cuzco, y el resultado de sus gestiones en España. “El aludido Rodríguez Villafuerte, personaje de procederes incorrectos, mal- gastó sus bienes y en 1581 se ausentó de Córdoba, con el pretexto de arreglar asuntos de la sucesión, a donde no regresó más, abandonándola…” 31 . Pero Luisa, mas allá de bajar los brazos, sigue luchando; así en febrero de 1581, junto a su hijo Gonzalo construye un molino, “en la banda Norte del río, frente al asiento de la ciudad…, en la parte oriental del rincón formado por el

río…el estanque de Gonzalo Martel estuvo próximo al ángulo N.E. de la traza urbana, hoy calle Lima esquina Santiago del Estero” 32 , continuando además con sus negocios de hacienda; y frente al desleal accionar de su esposo se pre- senta ante el Alcalde, para que éste revoque el poder que ella había firmado

a favor de Rodríguez Villafuerte; mientras que en su cabeza rondan extraños

pensamientos… Estos, no eran otros que presentarse en persona ante el rey a defender el nombre y la honra de Jerónimo Luis de Cabrera y los bienes familiares.

Finalmente, Luisa parte en un bergantín desde El Callao rumbo a Sevilla; allí

la espera su hermano Antonio Martel, quien tiene amigos en la Corte con fuerte

influencia sobre el rey Felipe II, por lo que pronto se traslada a Madrid junto a su hermano. Así, dolorida por el crimen y enorme agravio que se había inferido a su ma- rido -nos comenta Arenas Luque-, “… tuvo ánimo… y emprendiendo viril es-

fuerzo… pasó en persona a la Corte y postrada a los pies del Rey Felipe II, abogó por el difunto, presentando probanzas de inocencia…” 33 , y agrega: “levantada

la

culpa imputada, le restituyó también su fama”. Luego de cumplir con éxito su objetivo, decide Luisa volver a América; llega

al

puerto de El Callao y con su acostumbrada fortaleza emprende el duro cami-

no de regreso. Y en 1587 ya se encontraba Luisa en Córdoba, ¡la Córdoba que Cabrera fundara en su nombre!, allí estaba Suárez de Figueroa, el hombre que prometiera a aquél proteger la ciudad hasta su regreso, allí estaba, cuidando el lugar que Cabrera había elegido para ella.

31 FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba, Ed. Biffignandi, 1968

32 LUQUE COLOMBRES, Ubic. y sitio de la fund. de Cba, Americanistas,1954

33 ARENA LUQUE F., El fundador de Córdoba, J. L. de Cabrera, Bs. As., 1939

LUISA MARTEL DE LOS RÍOS

Cuando Luisa llega, la ciudad ya no era la de antes, ya se había mudado al actual emplazamiento, contaba ahora con setenta casas; ya estaba en pie la pre- caria iglesia de los franciscanos, negocios, nuevas acequias de agua, fábricas de ladrillos y tejas que reemplazaron las viejas construcciones de barro y paja. Años después, le comunican a Luisa la muerte de Rodríguez Villafuerte en una pelea callejera en las afueras de Potosí, quedando así viuda por tercera vez. Luisa debe haber vivido, además, la alegría de la llegada de los jesuitas, en 1599, sin imaginar que luego uno de sus nietos sería parte de ellos, pero tam- bién debió llorar la muerte de su hijo Gonzalo, ocurrida el 13 de Marzo de ése año. No se sabe mucho del final de Luisa, algunos autores opinan que regresó al Cuzco, otros, que como era habitual terminó sus años en un convento, y que murió cerca de los 80 años. En tanto, Ferrari Rueda, escribe: “en 1603, aquélla ya había fallecido” 34 ; mientras que Arenas Luque, coincide en la fecha y dice: “La vida de Doña Luisa se puede seguir hasta 1603, lo que le ocurrió a su hijo, el más osado de ellos, Gonzalo Martel, no la sostuvo más. Aquella amargura tal vez la llevó al sepulcro. Se ignora la fecha y lugar donde falleció” 35 .

Conclusión

Decidí rescatar la figura de Luisa Martel de los Ríos por ser una de las pocas, que en momento de arcabuces, hombres rudos, pleitos y vejaciones, intentó con su fuerte presencia, descorrer el velo de invisibilidad que rodeaba entonces a la mujer y escapar así de las absurdas condiciones que imponía la sociedad ha- cia su género; en especial, lo que significó su determinación en la incipiente so- ciedad cordobesa del siglo XVI, donde su accionar y trabajo incansables dejaron una huella que la convirtió en la ‘protagonista’ de la historia local de Córdoba.

34 FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba, Ed. Biffignandi,1968

35 ARENAS LUQUE F, El fundador de Córdoba, J. L. de Cabrera, Bs. As,1939

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Bibliografía

LOZANO Pedro, Historia de la conquista del Paraguay…, Buenos Aires, 1873. FERRARI RUEDA Rodolfo, Historia de Córdoba, Cba., Ed. Biffignandi, 1968 MARTINEZ VILLADA Luis, Los Cabrera, Córdoba, Ed. U.N.C., 1938 GUEVARA José, Historia del Paraguay, Río de la P…, Bs. As., Ed. Miller, 1882 LUQUE COLOMBRES C., Ubic. y sitio de la fund. de Cba, Americanistas, 1954 GARZON Ignacio, Crónica de Córdoba, Córdoba, Ed. Aveta, 1898 ARGAÑARAZ Abraham, Crónica del Conv. San Franc. de Cba, Bs. As., 1888 ARENAS LUQUE F., El fundador de Córdoba, J. L. de Cabrera, Bs. As., 1939 BISCHOFF Efraín, Historia de Córdoba, Buenos Aires, Ed. Plus Ultra, 1985 MOYANO ALIAGA A., Hijos y nietos de fundadores de Córdoba, Cba, 1973 MOYANO ALIAGA A., La casa de la curtiduría, Instituto Iberoamericano, 1984 MOCTEZUMA VALIENTE, J. L. de Cabrera, fundador de…, en La Nación, 1942 LEVILLIER Roberto, Nueva crónica de la conquista del Tuc., Madrid, 1926 BERBERIAN E., Crónicas del Tucumán, Siglo XVI, Buenos Aires, 1987. CABRERA Pablo, Ensayo histórico sobre la fundación de Córdoba, Cba., 1920. CABRERA Pablo, La virgen de Cabrera, Patrona de Córdoba, Cba, 1958. MOLINA Raúl, Historia Argentina, Buenos Aires, Ed. Plaza y Janet, 1968 GROUSSAC Pablo, Ensayo histórico sobre el Tucumán…, Buenos Aires, 1884 GANDIA Enrique, Historia de la conquista… Buenos Aires, Ed. García, 1932

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Mercedes Orgaz

Mercedes Orgaz Por Cynthia S. Chimbo Mateos Nací en Cruz del Eje. Soy abogada y notaria

Por Cynthia S. Chimbo Mateos

Nací en Cruz del Eje. Soy abogada y notaria egresada de la Univer- sidad Nacional de Córdoba. Ejerzo en Córdoba capital, estoy finali- zando la especialización en derechos notariales en la Universidad Notarial Argentina, delegación Córdoba. Aquí descubrí a Mercedes Orgaz, al realizar una investigación sobre las mujeres, como trabajo final de historia, a cargo del Dr. Carlos Ighina. Mercedes me impactó profundamente, desde entonces mi sueño es que ocupe un lugar en la historia de Córdoba.

cynthialegales@hotmail.com

MERCEDES ORGAZ

LA PRIMERA ESCRIBANA

DE CÓRDOBA

Introducción

Entre las mujeres que hicieron historia en Córdoba, indudablemente se encuentra Mercedes Orgaz, perdida en los laberintos indefinidos del tiempo, como un recuerdo tenue, de aquellos que alguna vez escucharon hablar de esta notable mujer, que en el año 1923 se convirtió en la primera notaria universita- ria de Córdoba, y la primera mujer egresada de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. Toda una precursora para la época. En la sociedad de entonces no estaba legitimado tener este tipo de in- quietudes, propias de los hombres. Mercedes fue paciente, sorteo obstáculos, y enfrentó las rígidas estructuras que se imponían a la condición de mujer. Su conquista tiene un aporte significativo en esta ciudad, ya que después de esta precursora le siguieron muchas, en diferentes áreas, todas dispuestas a trascender los roles inicialmente impuestos, de la maternidad y el cuidado de la familia, para ocupar un merecido espacio en la vida política y en las profesiones más diversas. Mercedes Orgaz inicia en Córdoba una nueva etapa, que tendrá a las mujeres profesionales como protagonistas. La voluntad y el instinto de superación, son

MERCEDES ORGAZ

los rasgos característicos de su personalidad, en tiempos difíciles, en los que acceder a los estudios universitarios no era lo usual en la vida de una mujer, y para hacerlo, además de voluntad para el estudio, había que tener templanza para enfrentarse a los prejuicios de la época. Al investigar acerca de su vida, me sorprende lo poco que se conoce de ella, hoy, en la era del acceso, esta maravillosa mujer está ausente. Propongo recorrer su vida, rescatarla del olvido y darle el lugar que merece en la historia de Cór- doba.

La situación de la mujer en Argentina, antes del nacimiento de Mercedes Orgaz

El contexto histórico en Argentina, que precede al nacimiento de Mercedes, en el año 1893, tiene que ver con una mínima participación de la mujer en la sociedad de aquellos tiempos. En las primeras décadas del siglo XIX, la educa- ción de las mujeres era escasa, había apenas algunos establecimientos donde se podía aprender a leer y escribir, uno de ellos era la Sociedad de Beneficencia, que contaba con algunas preceptoras y también institutrices, en su gran mayo- ría extranjeras, que enseñaban a las hijas de las familias importantes el idioma francés 1 . La lectura se hacia dentro del ámbito familiar, después de la hora de la cena, por lo que se puede decir que hubo algunos avances, pero sólo en los sectores de elite. Las niñas no pudientes, apenas eran alcanzadas por la alfa- betización, y en estos casos la formación que recibían se limitaba a las labores manuales, aprender a coser, bordar, crochet 2 . Se ha sostenido que una de las primeras escrituras femeninas locales, con ánimo literario, se debe a las carmelitas de Córdoba, que dedicaron un conjunto de poemas a un obispo muerto a inicios del siglo XIX 3 . El código moral imponía que las mujeres fueran acompañadas a cualquier

1 BARRANCOS Dora, Mujeres en la Sociedad Argentina, Una historia de cinco siglos, 2007, Bue- nos Aires, Sudamérica ediciones, Pág. 91.

2 BARRANCOS Dora, “Ob. cit.”, Pág. 92.

3 BARRANCOS Dora, “Ob. cit.”, Pág. 38.

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lugar público por las llamadas “chaperonas”, que eran otras mujeres, criados o criadas, o algún hombre de la familia, como una garantía de moral y buen com- portamiento. Esta costumbre perduró hasta entrado el siglo XX 4 . En Buenos Aires, algunas mujeres habían comenzado a desarrollarse en la actividad de costureras y modistas, a propósito de los encargos realizados por las mujeres de mayor poder adquisitivo, que seguían los dictados de la moda, abandonando los atuendos sencillos; se imponían los estilos de la costura fran- cesa. Fue evidente que, a partir de la vestimenta, se podía determinar el grupo social de pertenencia de las mujeres de la época; así, el censo de 1895 contó con más de 8.000 modistas 5 . Las mujeres de los sectores populares debían confor- marse con la imitación de la alta costura. Córdoba, en sus clubes y asociaciones, no escapó a la belle époque, y las familias más tradicionales hacían gala de su ostentación. A las carreras de caballos, lugar de fiesta y exhibición, sólo asistían hombres y mujeres de élite 6 . Si bien, en las ultimas décadas del siglo XIX, ya se había gestado el movi- miento feminista, con influencias en todo el mundo, en Argentina el verdade- ro cambio en la vida de las mujeres, fue realizado por Domingo Faustino Sar- miento, quien establece la educación elemental, para beneficiar tanto a varones como mujeres, y esto introduce, sin lugar a dudas, un verdadero elemento de equilibrio entre ambos sexos, y una gran oportunidad que las mujeres saben aprovechar para comenzar a instruirse, conquistar espacios y salir del someti- miento paternal, o conyugal, en el que se encontraban, para plantearse nuevas posibilidades y prepararse desde la educación para un nuevo siglo que la tendrá como protagonistas. Sarmiento manifestó una incuestionable inclinación por el derecho de las mujeres a la educación, y con este aporte eleva la condición de las mujeres priva- das de educación, y marca de esta manera una gran diferencia, motivado quizás por sus continuos viajes a Estados Unidos, que le otorgaron una visión adelan- tada en materia de ciertos derechos femeninos, o quizás, haya influido el pro- fundo sentimiento de amor y reconocimiento que sentía por su propia madre.

4 BARRANCOS Dora, “Ob. cit.”, Pág. 71.

5 BARRANCOS Dora, “Ob. cit.”, Pág. 97.

6 BARRANCOS Dora, “Ob. cit.”, Pág. 96 y ss.

MERCEDES ORGAZ

“Una madre consagrada al telar para pagar las deudas” 7 . Otro hecho trascendente en la historia Argentina, ocurrido antes del naci- miento de Mercedes Orgaz, lo constituye la sanción del Código Civil, en el año 1869, para regir a partir del 1 de enero de 1871 8 . Se establecía la incapacidad relativa de hecho de la mujer casada, colocándola bajo la tutela del marido. Se aducía a favor de este sistema razones vinculadas con la unidad familiar y la solidez del matrimonio 9 . La mujer casada estaba bajo la representación legal del marido, no podía testificar, ni iniciar juicio, quedaba separada de la admi- nistración de sus bienes, fueran propios o adquiridos durante el matrimonio, no podía celebrar contrato alguno, entre los cuales, naturalmente, figuraba el de trabajo, tampoco tenia derecho a educarse sin el consentimiento del marido 10 . Sin embargo, debe reconocérsele a Vélez Sarsfield, la protección que otorgó a las mujeres, al establecer el derecho de los cónyuges a los bienes gananciales y esto es, sin dudas, un gran avance. Los bienes gananciales fueron un recurso con los que pudieron contar las mujeres cuando se separaban. Quizás el hecho de que Aurelia, su hija y gran colaboradora suya, hubiera atravesado esta experiencia, lo hizo más astuto en este punto 11 . En la ciudad de Córdoba, ya se cuenta con la oficina de Registro Civil, desde el año 1884, y una escuela normal para la formación docente, a partir del año 1885, y esto significa un salto cualitativo para la provincia, máxime si conside- ramos que el analfabetismo supera ampliamente el 50% de la población, en esta época 12 .

La infancia de Mercedes

Mercedes Ramona Orgaz nace el 21 de marzo de 1893, a las ocho de la noche,

7 LANATA Jorge, Argentinos, tomo I, 2002, Buenos Aires, Editorial B ediciones, Pág. 293.

8 Código Civil de la Republica Argentina, 1993, Buenos Aires, Ed. Zavalía, Pág. 5.

9 BORDA, Guillermo A., “Manual de Derecho de Familia”, 1993, Buenos Aires, Ed. Perrot, Pág. 143.

10 BORDA, Guillermo A., “Ob. cit.”, Pág. 144.

11 BARRANCOS Dora, “Ob. cit.”, Pág. 102.

12 LA VOZ DEL INTERIOR, Suplemento Diario de la Historia, 25 de mayo de 2010, Pág. 7.

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en Villa de San Pedro (Traslasierra). Es la primera hija mujer del matrimonio compuesto por Eleodoro Orgaz y Mercedes Ahumada, quienes viviendo en la ciudad de Córdoba se trasladan a Villa de San Pedro con motivo de este tercer parto, buscando seguramente la compañía y colaboración de la madre de Mer- cedes Ahumada, que residía en este lugar. Su nacimiento se denuncia en Villa Dolores y recibe las aguas bautismales en San Pedro, de manos del cura y vicario José Domingo Martínez 13 . Poco des- pués, la pequeña Mercedes regresa a la ciudad de Córdoba, donde vive su niñez. Córdoba por ese entonces era una población pequeña transitada por carros

y jardineras. La familia Orgaz fue la típica familia cordobesa de fines del siglo

XIX y principios del siglo pasado 14 . Su madre fue una mujer de extraordinario

temple, una visionaria, siempre atenta a las necesidades de sus hijos, tal como la

describe Ighina: “Doña Mercedes Ahumada había cursado solamente hasta ter- cer grado, allá en San Pedro, pero era una mujer de ponderable sentido común, de gran inteligencia natural y de un medido equilibrio emocional, suficiente

como para llevar el peso hogareño, en un tiempo en el que el varón se distinguía

por una vida de relación externa al ámbito doméstico, delegando en la mujer el

cúmulo de responsabilidades educativas de los hijos” 15 .

Su padre, Eleodoro Orgaz, era una persona de carácter fuerte; agrimensor,

que trabajaba en el sector público, en una oficina que después seria Catastro,

y podía ser lo que en aquella época se conocía como “hombre de club”, aficio-

nado a las extendidas conversaciones entre amigos. Cumplía con el rol de buen

“padre de familia”, celoso del bienestar del grupo a su cargo, pero desligado de

la problemática diaria 16 . La casa de los Orgaz, se encontraba, como relata el her-

mano de Mercedes, Jorge Orgaz: “En la esquina de Caseros al 804, al frente, en

Caseros

diagonal a la iglesia y colegio Santo Tomás, edificios en construcción

era la ultima calle del sur urbano, la frontera entre la ciudad y el suburbio, que

a la altura de la casa se abría al campo inmediato y silvestre, prolongándose en

13 IGHINA Carlos A, “Mercedes Orgaz, Primera Notaria Universitaria de Córdoba”, en: Revista Nota-

rial de Córdoba Nº 71, 1996, Córdoba, Ed. Colegio de Escribanos de la Provincia de Córdoba, Pág. 44.

14 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 47.

15 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 47.

16 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 47.

MERCEDES ORGAZ

los altos y barrancas en que se asentaba La Bomba, La Cruz y El Observatorio, caseríos primitivos renombrados por sus pendencias, pavores y leyendas” 17 . Mercedes, desde muy pequeña secundó a la madre en la educación de los menores, al punto de que todos sus hermanos tenían por ella una entrañable devoción. En el organigrama domestico, concebido por la inteligencia de la madre, los mayores se responsabilizaban de los menores, según las funciones asignadas 18 . La pedagogía utilizada por doña Mercedes Ahumada, se aproxima

a la aplicación del sistema lancasteriano 19 . Rivadavia, fue el que introdujo este sistema al país y permitía a los pupilos más adelantados orientar a los de las clases iniciales 20 . Jardineras, carros y coches de plaza transitaban por frente a la casa de los Or-

gaz; así como el aguatero, que pasaba llevando el precioso liquido y el lechero con la vaca, que se detenía a la puerta de la casa para que Mercedes, o sus hermanos, recibiesen la leche de cada día 21 . Los automóviles recién aparecerán en 1905. El mundo infantil de Mercedes, se desarrollaba en una ciudad segura, en la que

el barrio constituía un lugar propicio para forjar amistades, compartir momentos

de juegos y alegrías, como lo describe su hermano Jorge: “de la esquina y cuadra, correspondiente a casa, hicimos los chicos y muchachos amistades por el ocio y

la intemperie, la plaza de nuestros juegos, a cuales juegos no jugábamos siendo, tal cual fuimos, chicos y muchachos con salud, con imaginación, y sin juguetes” 22 . Relata también cuando llegada la época de carnaval en la cuadra, se daba “el desenfrenado jugar con agua, con jarros, tachos, palanganas y baldes” 23 . Córdoba capital, tiene un desarrollo industrial y comercial notable: fabricas de calzado, producción minera, industria alimentaría, molinos harineros. Y no menos notable es su desarrollo urbano: monumentos, edificios, como el Obser- vatorio Astronómico, el Teatro Rivera Indarte, la matriz del Banco de Córdoba,

17 ORGAZ, Jorge, “Memorias de una ciudad chica”, 1974, Córdoba, Olocco Ediciones, Págs. 9 y 10.

18 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 48.

19 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 48.

20 BARRANCOS Dora, “ob. cit.”, Pág. 87.

21 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 50.

22 ORGAZ, Jorge, “Ob. cit.”, Pág. 10.

23 ORGAZ, Jorge, “Ob. cit.”, Pág. 12.

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los salones del Club Social, la luz eléctrica, todo contribuye a su grandeza. Pero,

a pocas cuadras del centro, los rancheríos y la miseria brindan un espectáculo

desolador. Desocupados por doquier y ocupados sin derechos, que se manifes- taban a través de huelgas, casi permanentes, en disidencia con la parte selecta de

la sociedad que maneja la política 24 . Los Orgaz están pendientes de la educación de sus hijos, como rememora uno de ellos, Jorge, cuando llegaba del colegio al hogar, “aquí la madre que pre- gunta y pregunta cosas referentes a la escuela, a mi comportamiento, a los debe- res del día siguiente, más tarde el padre, los hermanos que también preguntan

a medida que llegan, todos advierten y aconsejan a propósito de la importancia de aprovechar la enseñanza, de estudiar y merecer las mejores notas 25 .

A no más de media cuadra de la casa de los Orgaz se hallaba la puerta de in-

greso al Colegio Amparo de Maria, ubicado en la calle Caseros 730; en el sector aún había pocas viviendas, pero las que se encontraban en este lugar contaban

con patios poblados de higueras, naranjos y otros árboles de generosa sombra 26 .

A este Instituto fue enviada Mercedes Orgaz, para realizar su formación pri-

maria y termina su educación básica con excelentes calificaciones 27 . Finalizada su educación primaria deberá esperar muchos años para volver a ingresar a un claustro de estudio, pero en su interior ya había empezado ha gestarse un sue- ño, difícil de lograr en esta época, pero no imposible para esta extraordinaria mujer. Por el momento, deberá conformarse con ser solamente un testigo silen- cioso de los progresos y logros intelectuales de sus hermanos.

Su adolescencia

Bajo la tutela amorosa de su madre fueron creciendo los ocho hermanos. Todos tuvieron responsabilidad de pequeños. Mercedes trabajó siempre en la

24 LA VOZ DEL INTERIOR, suplemento Diario de la Historia, 1 de junio de 2010, Pág. 7.

25 ORGAZ, Jorge, “Ob. cit.”, Pág. 16.

26 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 51.

27 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 52.

MERCEDES ORGAZ

casa, ayudando y apoyando a su madre 28 . En esta época, gran parte de la vida social de los más jóvenes se hacía en la plaza, a la salida de misa, como relata Jorge Orgaz, “es un lugar de reunión, los domingos en la Plaza San Martín, a la salida de misa de doce” 29 . Los hermanos mayores, Raúl, Arturo y Alfredo, se emplearon en Tribunales no bien estuvieron en condiciones de hacerlo. Jorge, a los 15 años, comenzó a escribir en La Voz del Interior, redactando las noticias sociales 30 . Su hermano Arturo, junto con los muchachos del barrio funda, en 1905, bajo la sombra de un algarrobo, un club de fútbol, casi infantil, cuyo nombre está inspirado en el General Manuel Belgrano. Es el Club Atlético Belgrano, y su pri- mer presidente fue Arturo Orgaz, de tan solo 14 años 31 . En la actualidad, este club, es un verdadero emblema deportivo en la ciudad de Córdoba. En el año 1913, teniendo Mercedes 20 años ve partir a su hermano Raúl rumbo a Europa, para asistir a la Sorbona. La explosión de la primera guerra mundial sorprende a Raúl en el viejo mundo, y en la casa de los Orgaz no habrá quietud hasta el día de la certeza de su llegada al puerto de Buenos Aires 32 . La primera Guerra Mundial genera el ingreso al país de millares de inmi- grantes, que buscan mejores condiciones de vida, este fenómeno potenció el desarrollo poblacional de las urbes portuarias, y esa demografía popular cons- tituyó el escenario de propagación de las doctrinas sociales que abogaron por los derechos del proletariado y también de las mujeres 33 . Los hermanos Orgaz, son el eje de la vida familiar, sus amistades vinculadas con el ámbito intelectual y cultural, como Arturo Capdevila 34 , forman parte de la vida cotidiana de esta familia. Las charlas y debates acerca de la vida univer- sitaria despiertan en Mercedes el interés académico y el sueño de alcanzar una formación universitaria. En su hogar contó con el incondicional apoyo de su

28 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 53.

29 ORGAZ, Jorge, “Ob. cit.”, Pág. 30.

30 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 53.

31 es.Wikipedia.org/Wiki/Club_Atlético_Belgrano. Fecha del último ingreso 20/08/10.

32 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 53.

33 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 121.

34 ORGAZ, Jorge, “Ob. cit.”, Pág. 18.

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madre, y la cariñosa contención de sus hermanos, que la tenían al tanto del de- venir de la vida universitaria. En la ciudad de Córdoba siguen las grandes construcciones edilicias: el mo- numental Palacio de Justicia, el Colegio Nacional Deán Funes, el Liceo de Seño- ritas, el General Belgrano, la Escuela Nocturna de Artes Aplicadas a los Oficios. Se suma a este entorno el ambiente cultural que se ha generado por filósofos y artistas. José Malanca, Octavio Pinto y el maestro Carlos Camilloni, exponen sus obras en el Museo Provincial de Bellas Artes, hoy Museo Emilio Caraffa, mien- tras una gran concurrencia escucha las conferencias del socialista Juan B. Justo y del filosofo español, José Ortega y Gasset. También hay nuevas diversiones en la ciudad, que provocan alboroto por un lado y muchas críticas por el otro, son las casas de baile, denominadas cabaret. Toda una provocación para las familias tradicionales de Córdoba 35 . La Reforma Universitaria, de 1918, sorprende a Mercedes en el ámbito do- méstico, pero está informada al detalle acerca de cada uno de los sucesos. Su hermano Arturo apoya decididamente al movimiento estudiantil, y adquiere re- levancia pública entre la juventud estudiantil de Córdoba, tanto que los líderes de la Reforma reconocen su participación, tal como consta en el diario La Voz del Interior 36 . Estimulada por este entorno, Mercedes desea profundamente continuar con sus estudios, y comprende la importancia de concretar este sueño en su vida:

al principio sólo formará parte de un anhelo silencioso que, al conocerse, será un tema de debate en el seno de su familia. En la sociedad cordobesa, la mujer todavía no cuenta con las mismas posibilidades que el hombre.

El inicio de un sueño

En una primera instancia, Mercedes planteó en el seno de su familia la po- sibilidad de estudiar medicina, acorde con su sensibilidad hacia el prójimo y con el ejercicio de la solidaridad, que en el seno hogareño y en el ámbito de sus

35 LA VOZ DEL INTERIOR, suplemento Diario de la Historia, 8 de junio de 2010, Pág. 7.

36 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 54.

MERCEDES ORGAZ

relaciones la habían distinguido, pero no encontró el apoyo de sus hermanos, quienes a pesar de tener espíritus liberales y reformistas, no eran ajenos a las nociones restrictivas, acerca de las mujeres, imperantes en la sociedad de la épo- ca 37 . Jorge Orgaz reconoce la modalidad provinciana, la rigidez de los valores y las costumbres, reinantes en estos tiempos 38 . Pero esta negativa no desanima a Mercedes, por el contrario, consolida aún más su firme propósito de alcanzar una educación universitaria. Sus hermanas menores, Haydée y Dora, habían optado por las actividades propias de la señoritas de aquella época: el estudio del piano, la costura, y las manualidades 39 , pero Mercedes, dueña de una fuerza espiritual única, logra amorosamente vencer la resistencia familiar y, con ello, da el primer paso hacia la concreción de su gran sueño, ingresar en la Universidad Nacional de Córdoba. Esta conquista le cambiará su vida para siempre y le dará un lugar en la historia de Córdoba. Cabe señalar, que en el resto del mundo, pasada la década de 1870, todavía eran escasas las instituciones que abrían sus puertas a las mujeres. Las presti- giosas Universidades de Oxford y Cambridge, recién por entonces las admitie- ron. Lo hacían en ambientes separados de los varones y al finalizar sus estudios tuvieron enormes dificultades en conseguir el reconocimiento de sus gradua- ciones; esta cuestión se resolvió recién al finalizar la segunda guerra mundial. En América Latina, las mujeres fueron admitidas en las carreras universitarias entre 1880 y 1890 40 . En la Argentina, la educación primaria obligatoria y el gran número de adep- tas que captó el magisterio, favorecieron la idea de una educación universitaria para las mujeres. Las rígidas estructuras de las universidades no cedieron fácilmente a la idea de que ellas ingresaran en las casas de altos estudios; en este tiempo había que tener tenacidad y coraje, para arriesgarse en semejante empresa. Además, se de- bía afrontar con estoicismo a la sociedad de entonces, que consideraba “desco-

37 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 55.

38 ORGAZ, Jorge, “Ob. cit.”, Pág. 30.

39 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 56.

40 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 118.

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cadas” 41 a las alumnas universitarias; había mucha resistencia al avance inte- lectual de la mujer. En la década de 1880, la Universidad de Buenos Aires es la primera en abrir sus puertas a las mujeres; allí comenzaron a surgir las adelantadas en iniciar una carrera universitaria superior. La primera fue Elida Passo, que se graduó en el año 1885 de farmacéutica. Al finalizar esta carrera, quiso matricularse en medicina y se le negó la inscripción; la institución alegó las adversidades que generaría compartir el aprendizaje con varones, por lo que debió sortear un li- tigio con la Facultad de Medicina 42 . La segunda en egresar de esta Universidad, fue Cecilia Grierson, en medicina, en el año 1889, y la circunstancia de que ya se hubiera planteado un recurso en la justicia, le permitió matricularse sin mayo- res obstáculos. La tercera egresada, también en medicina, fue Elvira Rawson, en el año 1892 43 . En Córdoba, las primeras egresadas de la Universidad Nacional de Córdoba, son Ángela Sertini, en 1884 44 , y Clementina Álvarez en 1887 45 , como parteras. Las sigue Margarita Zatkin, que egresa en 1905 como farmacéutica 46 y en 1909 como médica 47 . A medida que las mujeres alcanzaron mayor educación comienzan a recla- mar la igualdad jurídica. En la Argentina de principios del siglo XX, ya han surgido las primeras femi- nistas, entre otras, Cecilia Grierson, Elvira Rawson, Julieta Lanteri, y Alicia Mo- reau, que reivindican los derechos de las mujeres y proponen reformas sociales, educativas y políticas 48 . Sin embargo, la sociedad es todavía pacata y controla- dora de la moral privada y publica de la mujer, que debía observar una conducta

41 ROSETTI, Alfredo C., citado por IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 57.

42 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 119.

43 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 119.

44 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado II- Folio 198.

45 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado II- Folio 210.

46 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado III- Folio 142.

47 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado III- Folio 175.

48 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 132-133.

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impoluta, había que “darse su lugar” 49 . Así estamos en el año 1919, Mercedes Orgaz tiene 26 años, y decide iniciar sus estudios secundarios; su meta final es el ingreso en la Universidad; para ello cuenta con una formación intelectual, más que suficiente, para emprender este desafió casi inédito para las mujeres de la época 50 . El cambio social de la mujer comienza a reflejarse también en la moda, se abandona el estricto largo, el peinado en rodete y el uso de incómodos sombre- ros. Surge la pollera corta y el cabello cortado a la “garzon”; es el signo inequí- voco de evolución 51 . La mujer, dentro de la sociedad argentina inicia un proceso de emancipación civil y política, que no tiene retorno. En este contexto, Manuel Lucero, el rector de la Casa de Trejo durante los años 1874 a 1878 52 , de mentalidad progresista y liberal, permitió el ingreso de la mujer en estos claustros de estudio, lo que generó la sorpresa de la casta conservadora y le valió el apodo del “Lutero cordo- bés” 53 , en alusión a Martín Lutero, reformista religioso del siglo XVI.

Sus estudios

El 22 de octubre de 1919, Mercedes inicia sus estudios secundarios 54 . El pri- mer año solicita permiso para rendir libre, en el Colegio Nacional de Monserrat; el segundo año lo cursa como alumna regular, en el Liceo Cultural, un instituto privado incorporado al Monserrat, nacido de un proyecto del padre Luis Feliú, sacerdote jesuita, para facilitar la educación de la mujer; aprueba libre todas las asignaturas de tercer año, en el Colegio Nacional de Monserrat; cursa como alumna regular el cuarto año y aprueba como libre todas las materias de quinto

49 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 149.

50 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 57.

51 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 150.

52 Archivo General Histórico de la Universidad Nacional de Córdoba.

53 www.histedbr.fge.unicamp.br- ultima fecha de ingreso 21/07/10.

54 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 58.

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año 55 . En dos años y dos meses, finaliza la educación secundaria; para lograrlo, se dedica sin descanso al estudio, con voluntad y constancia; su sueño, la uni- versidad, es el motor que impulsa sus días y alimenta sus anhelos de alcanzarlo. En este tiempo, el estudio ocupa totalmente sus jornadas. El 7 de agosto de 1922 solicita la matricula para cursar sus estudios en la Escuela de Notariado, y pasa a ser una de las primeras mujeres en ingresar a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, junto a ella también se encuentra, Zoe Bialet Laprida, luego también escribana,

y Elisa Ferreyra Videla, la primera abogada 56 . Mercedes cursó libre todas las asignaturas, excepto Práctica Notarial, que fue

la última materia, rendida el 7 de diciembre de 1923, con nota sobresaliente 57 . En cuanto a las razones que llevaron a Mercedes a cursar libre la carrera de nota- riado, me inclino por suponer que primaron sus ansias por llegar a la meta, ya que finaliza sus estudios en catorce meses sobre un plan de estudio destinado

a durar tres años, más que presumir un clima hostil dentro de la facultad por su

condición de mujer, ya que a esta altura de su vida, Mercedes ya ha demostrado plenamente que no hay género cuando de estudio se trata. El 13 de diciembre de 1923, el entonces rector de la Universidad, doctor Er- nesto Romagosa, ante la presencia orgullosa de su familia, le hace entrega del título de notaria 58 . Este acontecimiento convierte a Mercedes Orgaz en la pri- mera egresada de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba 59 , pues la primera abogada, Elisa Ferreyra Videla, egresaría el 23 de agosto de 1926 60 . Así, Mercedes cumple su sueño embargada por una profunda emoción, mientras que en su interior sabe que esta conquista intelectual la acompañará para siempre, hasta el ultimo de sus días. En la época en que Mercedes Orgaz obtiene su titulo de notaria, para el Códi-

55 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 58-59.

56 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado VI- Folio 369.

57 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 61.

58 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 62.

59 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado VI- Folio 244.

60 Archivo General Histórico- UNC- Libro de Grado VI- Folio 369.

MERCEDES ORGAZ

go Civil la mujer seguía siendo incapaz relativa de hecho. Recién en el año 1926, con la sanción de Ley 11.357 61 , se realiza una reforma que modifica la situación de la mujer y se obtiene un avance hacia la capacidad jurídica plena. El trabajo femenino, fuera del ámbito hogareño, todavía carece de legitimi- dad en la sociedad argentina, la única excepción es el magisterio 62 .

La primera notaria

Mercedes sienta un verdadero precedente, prácticamente no difundido en la historia de Córdoba, que la convierte en un auténtico baluarte; fuente de inspi- ración para muchas mujeres, que aún en la adversidad pueden lograr sus sue- ños, por muy lejanos que parezcan. Ya recibida de notaria, no hubo inconvenientes en que iniciara su práctica no- tarial en la escribanía de su vecino de entonces, el prestigioso don Nicolás Agüero, titular del registro Nº 56, con quien la familia tenía un trato muy cordial 63 . Allí, además de iniciar sus primeras tareas como escribana, conoce más pro- fundamente a su vecino, Pedro Agüero Lahore, hijo del titular del registro, quien colaboraba con su padre 64 . Así, llega el amor a su vida, en el trato diario del trabajo descubre las primeras señales del enamoramiento, y para su dicha sus sentimientos son recíprocos en Pedro, los dos se quieren y terminan casándose. El 22 de mayo de 1925 es aceptada como escribana adscripta del registro Nº 56 65 , esto configura un importante progreso profesional en su carrera de nota- ria. Mercedes, fiel a su naturaleza de superación, no tardará mucho tiempo en convertirse en titular de un registro notarial. El 7 de mayo de 1931 asume como titular del registro notarial Nº 178, de Córdoba Capital, y se instala en la segunda cuadra de la calle Deán Funes, en- tre Rivera Indarte y Avenida Vélez Sarsfield, en un edificio situado en diagonal

61 BORDA Guillermo A., “Ob. cit.”, Pág. 144.

62 BARRANCOS Dora, “Ob.cit.”, Pág. 119.

63 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 63.

64 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 63.

65 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 63.

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respecto de la Legislatura de la Provincia, donde actualmente existe un negocio de librería. Su marido, siempre incondicional a su lado, la acompaña en este cambio 66 . Este es el comienzo de un nuevo camino que, hasta el momento, no había sido transitado por mujeres, logrando instalarse en una profesión exclusiva de hombres, y así se legitima esta función para sus congéneres, que se convertirá con el tiempo en una opción a la hora de escoger una carrera. Mercedes Orgaz desempeñó su función de notaria desde su adscripción has- ta su retiro, durante veintinueve años 67 . Se distinguió dentro del Colegio de Escribanos de esta Provincia: fue elegida vocal tesorera en el año 1943 68 , con- virtiéndose en la primera mujer que asume responsabilidades directivas dentro de esa institución; a partir de este momento las mujeres escribanas comienzan a tener una mayor intervención dentro del colegio, desarrollando diferentes ta- reas y colaborando activamente.

Quienes la conocieron, coinciden en describirla como una mujer alta, casi ma- jestuosa, de aspecto serio, y como rasgos de su personalidad sobresalen su vo- cación estudiosa, la solidaridad y la cordialidad, como actitudes no calculadas 69 . Esta maravillosa mujer muere a los setenta y seis años, el 22 de diciembre de

1969.

Conclusiones

Mercedes Orgaz fue una mujer notable; su vida no figura en los libros de historia, ni ha tenido el reconocimiento que se merece. Mi intención es hacerla visible en la historia de Córdoba, no sólo por el mérito de ser la primera egre- sada de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, sino por la trascendencia de lograrlo en 1923, teniendo en cuenta que en esos tiempos, además de voluntad para el estudio, se requería de valentía para enfrentar las suspicacias de la época.

66 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 64.

67 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 65.

68 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 66.

69 IGHINA Carlos A, “Trabajo citado”, Pág. 70.

MERCEDES ORGAZ

Con su arrojo ha contribuido al proceso histórico de la incorporación de la mu- jer en la universidad, en esta querida ciudad que se distingue, entre otras cosas, por ser la “docta”. En la época en que Mercedes decidió alcanzar un título universitario, eran muchas las mujeres que todavía debían conformarse con cumplir solamente la educación primaria; para la mayoría, el matrimonio era una alternativa que se- guían a muy temprana edad. Córdoba era aún una ciudad pequeña, una especie de aldea grande, donde casi todas las familias se conocían, y esto facilitaba, de alguna manera, estar al tanto de la vida del otro. Los cánones de conducta im- puestos a la mujer eran estrictos. Y ella creció en el seno de una familia nume- rosa, admiraba a sus hermanos por sus logros intelectuales, y durante muchos años sonó en silencio con la posibilidad de estudiar. La familia, en un primer momento no apoyó su iniciativa; era osado para una señorita de la época pre- tender ingresar en un ambiente exclusivo de hombres, sin embargo, termina- ron avalando su sueño. Su fuerte convicción, muy respetada dentro del seno de su hogar, afirma la certeza de que ese emprendimiento académico sería bueno para ella. Pero lo que la familia Orgaz no pudo prever es que, además de ser estimulante para Mercedes, lo sería también para aquellas mujeres que conocieran su historia. Espero, Mercedes, poder rescatarte del olvido.

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Bibliografía:

BARRANCOS Dora, 2007, Mujeres en la Sociedad Argentina, Una historia de cinco siglos, Buenos Aires, Sudamérica ediciones. BORDA Guillermo A., 1993, Manual de Derecho de Familia, Buenos Aires, Perrot editorial. IGHINA Carlos A., 1996, “Mercedes Orgaz, Primera Notaria Universitaria de Córdoba”, en: Revista Notarial de Córdoba Nº 71. LANATA Jorge, 2002, Argentinos, tomo I, Editorial B ediciones, Buenos Aires. LA VOZ DEL INTERIOR, Suplemento Diario de Historia, 25 de mayo de 2010. LA VOZ DEL INTERIOR, suplemento Diario de Historia, 1 de junio de 2010. LA VOZ DEL INTERIOR, suplemento Diario de Historia, 8 de junio de 2010. ORGAZ, Jorge, “Memorias de una ciudad chica”, 1974, Córdoba, Olocco Ediciones.

Sitios de Internet consultados:

www.histedbr.fge.unicamp.br- ultima fecha de ingreso 21/07/10. es.Wikipedia.org/Wiki/Club_Atlético_Belgrano. Fecha del último ingreso 20/08/10.

Fuentes:

ARCHIVO GENERAL HISTÓRICO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA. COLEGIO DE ESCRIBANOS DE LA PROVINCIA DE CÓRDOBA.

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Marina Waisman

Marina Waisman Por Juana Lidia Bustamante Arquitecta (UNC, 1974). Especialista en Historia de la Arquitectura y

Por Juana Lidia Bustamante

Arquitecta (UNC, 1974). Especialista en Historia de la Arquitectura y Preservación del Patrimonio Urbano Arquitectónico (UCC, 1978), Doctorando del Doctorado en Urbanismo de la Universidad Politéc- nica de Cataluña, España (UPC, 2010). Profesora con dedicación exclusiva e investigadora en la Facultad de Arquitectura de la UNC. Como investigadora ha participado, codirigido y dirigido numerosos programas y proyectos de investigación desde 1994 hasta la fecha. Es Directora del Centro de Formación de Investigadores Marina Waisman de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad Nacional de Córdoba.

cuquibus@hotmail.com

MARINA WAISMAN

EL INTERIOR

DE UNA HISTORIA

A modo de introducción

“El Interior de una Historia”, ¿por qué este título? Porque detrás del mismo hay no sólo un homenaje a un texto, sino también la convicción de que un pe- ríodo histórico puede abordarse a partir de un relato interno que lo habita. Toda historia tiene un relato interno. Dar cuenta de la historia de la cultura arquitectónica que constituyó la modernidad cordobesa, entre 1940 y 1970, im- plica adentrarse en una doble interioridad, de espacio y de tiempo. En tanto espacio, implica ubicarnos en una encrucijada interior, en esa situa- ción de frontera a la que aludía Aricó cuando afirmaba: “En los confines geográ- ficos de las áreas de modernización, la ciudad tuvo un ojo dirigido al centro, a una Europa de la que cuestionó sus pretensiones de universalidad. Pero el otro dilataba sus pupilas a una periferia latinoamericana de la que, en cierto modo, se sentía parte. De espaldas a un espacio rural que la inmigración transformaba vertiginosamente, Córdoba la Docta formaba las élites intelectuales de un vasto territorio que la convirtió en su centro. Punto de cruce entre tantas tradiciones y realidades distintas y autónomas, Córdoba creció y se desarrolló en el tiempo americano como un centro de cultura proclive a conquistar una hegemonía pro-

MARINA WAISMAN

pia…” (Aricó, 1989:11). En tanto tiempo, implica una historia reciente, con las huellas de una mate- rialidad presente y las tramas entrecruzadas de ideas y sujetos, vigentes en una urdimbre de cruces y de debates en torno a la construcción de la ciudad. En ese espacio dilatado de América, de Argentina, de Córdoba, y ese tiempo acelerado de grandes cambios en el que se formó la ciudad industrialista de los años 50, emerge la figura de la arquitecta Marina Waisman, historiadora y crítica, pro- funda conocedora de la arquitectura latinoamericana, docente hasta el final de sus días, maestra de arquitectos, constructora de cultura y, por sobre todo, mu- jer comprometida con su tiempo. Valga como advertencia metodológica, como declaración de nuestro propio interior, que ésta se trata de una historia vivida, por tramos compartida y, por lo tanto, este texto indefectiblemente recorta, selecciona y subraya algunos hechos dejando en sombra otros. Marina Waisman es una figura que condensa la cultura arquitectónica en momentos en que se registraron profundas transformaciones en la economía y la sociedad argentina, gravitando en el campo de la arquitectura antes y después del período que los estudios culturales han denominado “la larga década del sesenta“. A modo de esbozo biográfico intentaremos configurar una narración, apun- tar algunas conexiones entre la historia material de la ciudad, las ideas de Mari- na y los hechos de su vida; una narración que incluye profundos cambios en la enseñanza de la arquitectura, promoción de nuevas instituciones, reconceptua- lización del patrimonio y su defensa; transformaciones a las que contribuyó y que perduran hasta el presente, a veces como concreciones y otras como ideas- fuerza en nuestro imaginario social.

La Córdoba industrialista

Marina Kitroser de Waisman, única mujer de la promoción 1944, recibe su título un año más tarde en la Escuela de Arquitectura, por entonces dependiente de la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de Córdoba. Solo dos mujeres habían egresado la Escuela antes que ella. Egresa como arquitecta en un momento en que la ciudad crece acelerada-

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mente al calor de un nuevo perfil productivo de Córdoba. El repliegue de las economías europeas y el cierre de mercados para la producción argentina, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, llevaron a una política orientada al autoabastecimiento. En el proceso de industrialización por sustitución de im- portaciones, seguido como modelo por distintos países latinoamericanos, las grandes ciudades recibieron el impacto de estos cambios a partir de la instala- ción de nuevas industrias y la mayor concentración de población. Es la etapa del proceso de urbanización latinoamericano a la que distintos autores coinciden en denominar como la etapa de la “ciudad masificada” (Romero, 1976; Yujno- vsky, 1973; Fernández, 1998). En una primera fase las actividades estaban orientadas a la producción de manufacturas, posteriormente, con la introducción de capitales extranjeros, se dio una fase industrial más intensiva y con mayor utilización de tecnología de avanzada (Murmis-Portantiero, 1971; Brennan, 1996). En Córdoba este crecien- te proceso de autonomía tecnológica significó un salto de calidad en la produc- ción local. La Fábrica Militar de Aviones y toda su compleja red de industrias proveedoras, configuraron un mapa en el que confluyeron políticas de desarro- llo, así como inversiones estatales y privadas. Estas innovaciones afectaron no sólo el ámbito fabril sino que transforma- ron la estructura económica y demográfica de la ciudad. Como señala Agulla:

“…la instalación de una potente industria metalúrgica bajo la forma de una gran inversión de capitales y el aumento de su población bajo la forma de una eclosión demográfica. Estos dos hechos, a su vez, aparecen como innovaciones en la estructura social existente y vigente en la ciudad de Córdoba hacia el año 1948”. (Agulla, 1963: 106). Así, comenzó a conformarse un nuevo modo socio- cultural de matriz laboral industrialista que contrastó y tensionó la estructura económica agraria heredada y el tradicionalismo social consecuente. Desde la mirada sociológica la Ciudad de Córdoba presentaba una estratificación com- pleja y sumamente móvil cuando no inestable; inestabilidad determinada “… por la presencia, conjunta y superpuesta, de distintas estructuras, que a veces se presentan como conflictivas”. (Agulla, 1963:108). Lo cierto es que en la coexistencia de estructuras e instituciones tradiciona- les y modernas, y de estructuras e instituciones de transición, se hacía imperio- sa la preparación de técnicos “…como reclamo de la nueva economía industrial. Esta preparación formal se está dando a distintos niveles en escuelas industria-

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les de reciente creación y en Facultades de la Universidad también de reciente creación”. (Agulla, 1963:129).

La vieja Escuela y los primeros modernos

En este contexto, ¿qué sucedía en el interior de la vieja Escuela de Arquitec- tura? ¿Cuál era el perfil de aquella educación? Corría el año 1937 cuando se in- augura el Palacio de Justicia, su autor, Salvador Godoy, estaba a cargo de la vieja Escuela de Arquitectura. Fue el único profesor desde 1929 de los cinco cursos de Composición Arquitectónica y, asociado con José Hortal -arquitecto graduado en la Universidad de Buenos Aires- obtuvo por concurso el encargo de realizar el Palacio de Justicia frente al Paseo Sobremonte. Ese edificio de perfecta simetría y manejo de los órdenes clásicos permite dar una idea de la formación de los arquitectos locales en esta época. (Rébora, 1991) El Plan de estudios de la Escuela de Arquitectura tenía una marcada línea academicista según los criterios fundados en la Escuela de Bellas Artes de París. Si bien una nueva arquitectura derivada del Movimiento Moderno ya tenía pre- sencia en el contexto argentino desde las primeras décadas del siglo XX, la ense- ñanza oficial todavía respondía a modelos derivados del neo-clasicismo Beaux Arts. En el país Virasoro o Alberto Prebisch, autor del emblemático Obelisco, fueron perfilando una lucha anti-decorativa y anti-academicista, a favor de la arquitectura moderna, particularmente a partir de las polémicas difundidas en la Revista de Arquitectura. En Córdoba hacían arquitectura moderna dos egresados de la Escuela de Ar- quitectura, los arquitectos Revuelta y Juárez Cáceres, y un egresado de la Univer- sidad de Michigan, el arquitecto Jaime Roca. Miguel Revuelta es autor del Gimnasio Provincial (1936) mientras que Juá- rez Cáceres, quien proyectó la Escuela Sarmiento (1939), fue una figura clave como profesional de la Dirección de Arquitectura, en el amplio plan de obras del gobierno provincial del Dr. Amadeo Sabattini. (Bustamante, 1988). En la actividad privada la nueva arquitectura se había manifestado ya en la obra de Roca, primero en su propia vivienda (1934/35) ubicada en la Av. Poeta Lugones 494; y luego en la casa Allende (1935/39) ubicada en Sucre 151; aso- ciado con Vilar realizó el edificio Sudamérica en Av. Colón 76. En estos casos,

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se trató de una práctica profesional basada en el lenguaje de la Arquitectura Moderna. Esta nueva arquitectura, como síntesis de las nuevas experimenta- ciones y desarrollos, principalmente europeos, de las décadas de 1920 y 1930, fue caracterizada como racionalista por autores como Zevi quien la interpretó como una corriente que favoreció las formas puras bajo la influencia del cubis- mo (Zevi,1957); más tarde la historiografía adoptó el nombre de Movimiento Moderno para distintas experiencias proyectuales que tenían directa relación con los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) y su prédi- ca de una arquitectura racional. Con su apelación a la producción industrial, al planeamiento urbano y a la división de la ciudad en funciones, la Arquitectura Moderna tuvo la ilusión de que podía ser capaz de modificar la ley y la autori- dad, a partir de la persuasión que impondrían sus “planos imperativos y con- vincentes” (Bénevolo, 1974: 515).

El paso de Escuela a Facultad

A fines de los 40 la extensión de la Ciudad comienza a superar, en algunas zonas, los límites de los 24 Km de lado, trazado por la jurisdicción municipal. La población pasa de los 386.828 habitantes, en 1947, a 586.015, en 1960, ma- nifestando un desarrollo explosivo y una expansión incontrolada de la planta urbana, empezando a reconocerse la necesidad de los estudios sobre la ciudad y su planificación. La disciplina no estaba incluida en la educación académica, en consecuencia no había profesionales, o técnicos formados, y se carecía de una información de base para el análisis de los problemas de la ciudad. En este marco, el entonces Decano de la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales, el Ingeniero Civil y Arquitecto Ángel Lo Celso, contrata a Ernesto La Padula -doctor en arquitectura de la Universidad de Roma y con una basta expe- riencia como proyectista y urbanista-, para dictar en la Escuela de Arquitectura los cursos de urbanismo, paralelos a las Cátedras de Composición Arquitectó- nica. (Bustamante-Rainero, 1988). Paralelamente, el Consejo de la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Natura- les lo autoriza a designar una comisión de cinco miembros que se encargaría de proyectar y estructurar el funcionamiento de la nueva Facultad de Arquitectura. La gestión se inicia en 1948 y acompañan a Lo Celso -como presidente de la

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comisión- los arquitectos Miguel Revuelta, Eduardo Ciceri, Primo Arnoletto y Miguel Arrambide. El plan de estudios de la Escuela tenía la estructura general de las Écoles de Beaux Arts o Escuelas de Bellas Artes. En las prácticas de taller se aplicaba el diseño de elementos aislados de arquitectura en los que primaba la representa- ción y el dibujo. Asignaturas como Dibujo de Ornato, Dibujo de Figura y Paisaje, se alternaban en la enseñanza con los cursos de Composición Arquitectónica. Miguel Revuelta dirá: “Componer, en Arquitectura, es crear una unidad espacial lo más bella y original posible (…) En nuestra Exposición podremos observar los trabajos de composición arquitectónica, sin duda la materia más importante de la carrera, escalonados del primero al sexto curso (…) También veremos los trabajos de los cursos de dibujo de ornato, de figura, paisaje y de modelo vivo tratados con distintas técnicas”. (Revuelta, 1951:92). En su discurso, Revuelta da cuenta de los cambios que se están produciendo con la creación de nuevos cursos como el de Urbanismo y aboga por la creación de la nueva Facultad. Para entonces, la enseñanza todavía se desenvolvía mayor- mente alrededor del relevamiento, la comparación, o superposición de órdenes clásicos.

Marina Waisman y el giro en la enseñanza

En ese momento Marina Waisman, Adjunta-asistente de la cátedra de His- toria de la Arquitectura II, produjo un giro. Convocó a los primeros cursos para adscriptos, a los que se incorporaron estudiantes, y comenzó a difundir las con- cepciones arquitectónicas y urbanísticas del Movimiento Moderno. Al mismo tiempo que se traducían en el país numerosos textos de historia de la arquitec- tura y el urbanismo, Marina inicia en 1949 la publicación de diversos artículos -lo hará durante una década- en “Nuestra Arquitectura”, una revista muy influ- yente en la difusión de las primeras experiencias de la arquitectura moderna en Argentina. Con intereses plurales en el campo artístico y cultural, y una activa participa- ción en la Escuela de Artes de la UNC en la que fue Profesora Titular de Historia del Arte Contemporáneo, desde 1963 a 1968, e Introducción Cultural al Estudio del Arte, desde 1962 a 1973, Marina va reposicionando el sentido de la enseñan-

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za de la historia de la arquitectura. Fiel a la consiga: “el primer documento es la obra”(…) “la obra misma, su partido general, por así decir, es el que indica en una primera aproximación el rumbo a seguir en la investigación…”, seguido luego de “los datos del problema arquitectónico -funcionales, técnicos, econó- micos, urbanísticos-; los croquis, dibujos y distintas versiones del proyecto; las teorías y los escritos del arquitecto; su ubicación histórico-cultural”.( Waisman,

1967:33).

Reconoce en las fuentes de este giro la valoración del espacio arquitectónico que había hecho ya Pevsner en el prólogo de su “Esquema de la Arquitectura Europea”, pero por sobre todo la influencia del pensamiento estético derivado de Croce, que comenzó a sentirse en las Facultades de Arquitectura del país cer- ca de 1950, primero a través de las conferencias, clases y publicaciones de Enrico Tedeschi, luego con el impacto producido por los libros y la visita de Bruno Zevi

a Buenos Aires.( Waisman, 1967). Creada la Facultad de Arquitectura de la UNC en 1954, un nuevo plan de estudios manifestó los reclamos de una arquitectura que se había extendido ya entre los primeros arquitectos modernos. La Teoría de la Arquitectura formula- da por Tedeschi se incorporó como una nueva asignatura en el plan de estudios de 1956, en el marco de una intensa actividad tendiente a la actualización de programas y contenidos de la reciente Facultad. Al abandonarse el diseño según tipos arquitectónicos consagrados, la arquitectura inauguró una nueva libertad de expresión, pero que ahora tenía en cuenta las posibilidades tecnológicas y constructivas de su realización material y la economía de recursos como com- ponente ético de los profesores y de la profesión. El funcionalismo que caracterizó al Plan de Estudios de 1956 provocó una transformación rotunda en el enfoque con que se encaró la enseñanza. Acorde con las nuevas posturas modernas, cambió la historia descriptiva y enumerati- va de los hechos, los monumentos y los estilos; el dibujo de ornato y de figura fue reemplazado por la perspectiva y el croquis. Las principales líneas del nuevo

plan de estudios se concretaron en el interés por articular la arquitectura con la realidad social y por una fuerte preparación humanística general que se impar- tía desde asignaturas como Teoría de la Arquitectura, o desde el área de Histo- ria, en la que Marina fue Profesora Titular de Integración Cultural, desde 1959

a 1973, y de Historia de la Arquitectura Contemporánea, desde 1961 a 1973. (Texto Ordenado Plan 1986,2006).

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Las Jornadas Docentes de Tucumán: el origen del IDEHA

Si bien Marina inicia su carrera docente en 1947, como Profesora Adjunta- asistente en nuestra Universidad Nacional, más tarde concursará los cargos de Profesora Titular de Historia de La Arquitectura I y II en la Facultad de Arqui- tectura de la Universidad Nacional de Tucumán, en la que se desempeña des- de 1956 a 1959: Esa facultad surgió de la estructura del mítico Instituto de Ar- quitectura y Urbanismo y en su etapa más sobresaliente -durante el rectorado del Dr. Horacio Descole (1946/52)-, se propusieron importantes innovaciones pedagógicas y constructivas, integrando un alto número de destacados arqui- tectos locales y extranjeros. El programa de renovación de la Universidad de Tu- cumán y los principios de aquel Instituto (Investigar, Proyectar y Construir), se vincularon a la realización del vasto proyecto para el Campus de la Universidad de Tucumán en el Cerro San Javier que congregó a algunos de los mejores arqui- tectos de la época.(Nuestra Arquitectura nº9,1950). En esa provincia el Instituto de Historia de la Arquitectura, realiza en abril de 1957 el Primer Congreso de Docentes de Historia. Preocupados por la enseñanza y la formación en el área de historia será el lugar de choque de opiniones en torno a “…la unidad en la enseñanza y la for-

mación del arquitecto, para lo cual debe evitarse la cristalización de los distintos grupos de materias afines en comportamientos estancos, desvinculados entre

sí”. De igual modo, se debate la necesidad de “

a una vinculación de tipo

más general y permanente que se refiera, por una parte, al conocimiento y crí- tica de los proyectos de arquitectura por parte de los docentes de Historia y, por otro lado, a una influencia de tipo metodológico en el desarrollo de otras disciplinas” (Waisman, 1957: 35/36). Redactora de las conclusiones de aquel Congreso, Marina recuerda varios temas básicos para la historia de la arquitectura derivados del debate: el énfa- sis puesto en el estudio de la obra; la valorización del espacio; la unidad de la obra; la identidad historia-crítica. Y, sobre todo, la preocupación porque en las escuelas argentinas en particular “la arquitectura moderna se integraba, como un estilo más, al sistema vigente”; es decir, la aceptación de la arquitectura mo- derna no significaba en principio la transformación de los métodos de ense- ñanza. Resuena, como en sordina, la requisitoria de Zevi acerca de la necesidad de vincular las lecciones de historia a los cursos de diseño arquitectónico y ur-

llegar

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banístico (Zevi, 1957). Sobre esas bases dice más tarde: “surgiría una nueva fun- damentación para la enseñanza de la historia de la arquitectura: la historia de

la arquitectura tendrá como función básica la formación de la conciencia crítica

del futuro arquitecto” (Waisman, 1967:24).

Aun con diferencias de enfoques, los Decanos y Profesores presentes en el

Encuentro de Tucumán, gestaron la idea de constituir un Instituto formado por

la mayoría de las Escuelas o Facultades de Arquitectura del interior del país. Esta

reunión fue asimismo el origen del Instituto Interuniversitario de Especializa- ción en Historia de la Arquitectura (IIDEHA). Si la visita de Zevi a Buenos Aires había sacudido fuertemente a los estudiosos de la Historia de la Arquitectura, mayor fue el impacto de los eventos que organizó el Instituto que tenía su sede en Córdoba, en la Facultad creada recientemente, contando con Marina en la dirección, organización y coordinación de las actividades académicas. En los Seminarios del IIDEHA, que se extendieron entre 1959 y 1970, diser-

taron relevantes especialistas mundiales, entre otros, Sir. Nikolaus Pevsner, Car- lo Giulo Argan, Vicent Scully, Reyner Banham y Umberto Eco. A las disertacio- nes asistieron los docentes de las universidades-miembro. Hernández Larguía

incuestionable del instituto que nos permitió -a los jóvenes

historiadores de la arquitectura- participar de esa experiencia cardinal de la uni- versidad pública argentina, hoy inimaginable, en que los docentes de distintas facultades del país pudieran completar su formación asistiendo, todos los años y en más de diez oportunidades, a seminarios dictados por las entonces primeras figuras internacionales en la disciplina”. (Dana 39/40, 1998: 26). Los nueve boletines publicados por el Instituto dan cuenta del trabajo de preparación de cada uno de los seminarios. El año de 1960 es el de Pevsner, 1961 el de Argan; y así, textos, traducciones y conclusiones ilustran particular- mente bien el modo de ver la Historia de la Arquitectura, el grado de actuali- zación y los niveles de reflexión alcanzados. Acerca del trabajo sistemático de preparación, decía Mario Vallejo -colaborador del Instituto-: “Entrábamos al local del Instituto. En un pequeño espacio se apilaban los libros, los boletines, las traducciones y las cartas: Argan, Pevsner, Banham, Scully, Eco. Marina lee, toma nota y hace gestiones, escribe al Fondo de las Artes, a las otras facultades.

A principio de los 60 seleccionamos trabajos de los alumnos de Historia III,

arquitectura de la ciudad, dibujos de Alta Gracia y Santa Catalina para una Guía

recuerda: “

motor

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que serviría a los visitantes en la III Conferencia de Facultades Latinoamericanas de Arquitectura. El encuentro es en Alta Gracia”.

El resultado de aquel trabajo es una Guía editada por la Facultad de Arquitec-

tura de Córdoba, titulada “10 recorridos por Córdoba a través de su arquitectu- ra”. Con una selección cuidadosa que indica el acceso a las obras coloniales más relevantes de la Provincia, la Guía se concentra en la ciudad y en las obras de mayor interés arquitectónico, incluida la producción de los jóvenes egresados de la recién creada Facultad de Arquitectura. Es llamativo que sea una guía de Córdoba la primera publicación de Marina en el año 1964; realizará otra, algo más de treinta años después, y siempre Córdoba bajo ese concepto que sostiene que “sólo se ama lo que se conoce” (Waisman-Bustamante-Ceballos, 1997).

Los años setenta, los textos y el patrimonio

A finales de los años sesenta, la Facultad de Arquitectura acusó la crisis po-

lítico-institucional que atravesaba el país. Llegado 1970 Córdoba es una caja de resonancia de la actividad política, estudiantil y gremial y aún de las lejanas consignas “la imaginación al poder”. Como en otras unidades académicas de la UNC, se cuestionó el contenido de la enseñanza y una serie de cambios condu- jeron a una mayor integración de los conocimientos impartidos en las distintas áreas, dentro del Taller de Proyectos, todas confluyen en el Taller de Síntesis:

el Taller Total. Los docentes, conjuntamente con los alumnos, participaron en el proceso completo del curso, desde la programación, el análisis, la búsqueda de partido, hasta el desarrollo y la evaluación. Pero en este verdadero campo de fuerzas, el área más cuestionada fue la de historia. Marina al repasar esa época sostenía que: “La forma era también palabra peligrosa, y en los trabajos estu- diantiles debía evaluarse el proceso de diseño, nunca el producto de ese proce- so. Cualquier objeto terminado era sospechoso. Flexibilidad y cambio eran las metas, participación era la base del proceso” (Dana 39/40, 1998: 127). Frente a esta realidad, luego de varias notas intentando integrarse al Taller, Marina comienza a escribir -entre 1971 y 1972- “La Estructura Histórica del En- torno”, texto en el que trabaja sobre tipos o estilos de las obras arquitectónicas:

“Había que asumir la desconfianza hacia la forma, no para rechazarla, sino para reconocer el papel de los demás elementos de la arquitectura y establecer una

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relación concreta entre ellos. Un despiece de esos elementos y su organización en series tipológicas, permitiría ir y venir libremente en la historia descubrien- do sus distintos tiempos de desarrollo, así como las relaciones que los unen entre sí y con la sociedad”. (Dana 39/40, 1998: 128). El concepto de estructura fue la base de una construcción que procuraba en- samblar las partes y “hacer comprensible este magma en que parecía haberse convertido la cultura arquitectónica”. En los años siguientes la historia se había instalado de nuevo en el escenario, pero todavía existía el desafío posible de tomar conciencia no sólo del propio tiempo, sino del propio espacio. Alejada de la Universidad Nacional, Marina se propone crear un centro de es- tudios históricos y la Universidad Católica de Córdoba (UCC) le brinda el marco

legal y un apoyo total. En este otro ámbito de Especialización -como lo fue en su momento el IIDEHA- profundiza los mecanismos de la producción historiográ- fica. Entre 1975 y 1978 circularon en las lecciones de postgrado el arte y la arqui- tectura de las vanguardias, en un verdadero contrapunto entre la Historiografía Arquitectónica, que ella misma dictaba, y la Morfología del Paisaje que dictaba Naselli. Nicolini invitó a recorrer la geografía del país y de Latinoamérica mien- tras otro destacado docente, Bulgheroni, enseñó esa gran lección de paisaje que es el Paseo Sobremonte. Son incontables los aportes de más de treinta materias

y expertos que, durante dos años de enseñanza en esos cursos de graduados,

consolidaron el grupo de los primeros egresados de una carrera que fue la pri- mera en su género en el país. El progresivo interés por la arquitectura latinoamericana y la preservación del patrimonio, quedaron ejemplificados en los cursos de Historiografía Arqui- tectónica que dictó Marina; cursos que fueron articulándose cada vez más en torno a puntos de vista locales. A la par, en los años que vendrán, empezaron

a demolerse importantes ejemplos de arquitectura en el área central y en los

barrios tradicionales de la ciudad. La confitería Maluf se encontraba en nego- ciaciones para su demolición; la casa de Garzón Maceda en Entre Ríos 40 en estado de total abandono; el Municipio la convocó para su puesta en valor con destino a Museo de la Ciudad (1981/83) y encargó al Instituto que ella dirigía el relevamiento y categorización del Patrimonio Arquitectónico y urbano de la Ciudad. Se realizó un convenio entre el Instituto de Historia y Preservación del Patrimonio de UCC y la Municipalidad de Córdoba, a partir del cual un equipo del Instituto, dirigido por Marina, realizó el Inventario del Patrimonio Arqui-

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tectónico y Urbanístico estableciendo categorías y niveles de protección, dando sustento a la Ordenanza 8248 de 1986 de protección. Marina adelantó los instrumentos para analizar la ciudad cuyo crecimiento presionaba sobre el área central y acuña las definiciones de “Centros históricos no consolidados” y de “Patrimonio modesto”; toda una caracterización para aquellas ciudades donde los monumentos se entrelazan con una arquitectura que acompaña, contiene armoniosamente y da coherencia. Mientras tanto, el debate sobre el destino del patrimonio de nuestra ciudad continuó; y hay un destino que no sólo asombra, sino que enoja. Una escuela, vaciada de su función original, pasó a convertirse en un centro comercial y se abren dos puertas de conexión entre el Teatro del Libertador y el nuevo em- prendimiento: “Próximamente seremos la sala mayor del shopping”, dicen los técnicos del teatro (La Voz, 1995). Otras voces de reclamo se levantaron, Marina no obtuvo un espacio suficiente en los medios para la cantidad de notas que escribió, pero es significativo lo que produjo un artículo apenas publicado en el diario La Voz del Interior. Marina ironizó sobre los platos de comida que se

servirían en los palcos bajo la batuta del maestro Ferreyra, la noticia llegó lejos

y el estudio responsable tembló: “Cierren esas puertas -ordenan- que aquí en

Buenos Aires nos incineran”, un verdadero cimbronazo en la “reina del Plata”,

y no puede dejar de pensarse en medio de tantos campos de fuerza en juego,

cuánto capital simbólico acumulado en una mujer del interior. En la disciplina, a la vez, se acrecienta la importancia del grupo de arquitec- tos y críticos latinoamericanos en los Seminarios de Arquitectura Latinoameri- cana (SAL), en los que Marina participó activamente. Se suceden numerosos ar- tículos a lo largo de más de una década y el resultado final es el libro “El interior de la historia” escrito entre 1987 y 1988, el que inspira el título de este ensayo. Poco después, en Mendoza, se produjo un encuentro memorable con una entrañable amiga -la historiadora Miryan Waisber- y un recuento de los cam- bios producidos en la historia en general y en la historia de la arquitectura en particular: La historia de las comunidades y no ya la historia de los grandes héroes, frente a la descolonización de nuestra propia historia, el patrimonio ur- bano no monumental y la importancia del tejido urbano (Waisman, 1992).

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A modo de conclusiones

La producción de Marina se caracteriza por esa gran apertura para incorpo- rar las transformaciones en el campo profesional e historiográfico, cotejando la arquitectura latinoamericana con el desarrollo de movimientos análogos en lo

político, social y cultural. Reconoció los signos en esta realidad americana -que presenta rasgos compartidos con ciudades de distintas latitudes- intentó com- prender su significado y, como siempre, desde una voluntad propositiva, trazó cursos de acción posibles frente al estallido urbano proponiendo “transformar-

lo en una nueva forma de organización”, rediseñando “los propios objetivos en

armonía con las tendencias de la ciudad” (Waisman, 1994). Pensando siempre en una ciudad singular, desplegará los temas de la topo- grafía y el lugar en “La arquitectura descentrada”. Son los elementos estables, las referencias constantes y las organizaciones espaciales más significativas las que construyen la ciudad. El lugar, los viejos edificios -como continuum de tiempo-, las huellas del sitio y las del construir, están presentes como memoria morfológica, o como “persistencia de ciertas organizaciones del espacio” (Wais- man, 1995: 51). El tema del descentramiento, de la pérdida de un centro de referencia que aparece en el pensamiento contemporáneo, y que se extiende a la fragmenta-

ción en las formas de ocupación de la ciudad y el territorio, la llevaron a reflexio- nar sobre el fenómeno de la implantación periférica de los centros de compras

o de los nuevos conjuntos “amurallados” de vivienda, y el impacto que esta

situación conlleva para la “vitalidad urbana” y el centro urbano tradicional. A propósito de este fenómeno, Marina Waisman señaló: “Las razones de estas modificaciones que se dan en el espacio urbano son específicas de cada cultura -nuevos modos de producción, de comercialización, el fenómeno de la violen- cia, etc.- pero todas tienen en común una mutación del sentido de la vida ciuda- dana” (La Voz, 1997). Cada uno de sus libros de reflexiones sobre la arquitectura ha sido una res- puesta a una situación histórica concreta entendiendo la arquitectura como un hecho cultural, nunca aislado en el tiempo y en el espacio, ni tampoco un fenó- meno meramente visual o técnico o social o individual. (Waisman, 1968). Una posición de construir y dar respuesta a la problemática de la cultura la llevaba a analizar los problemas historiográficos desde un punto de vista ame-

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ricano, con la finalidad de entender mejor la propia ubicación en el propio espa- cio; pero a su vez, la historia debía eliminar toda distancia a fin de colocar al su- jeto en el centro del problema, comprometiendo a la arquitectura en el estudio del pasado desde las urgencias del tiempo presente y de los proyectos urbanos futuros (Waisman, 1998). Marina es una mujer latinoamericana de la crítica, una mujer doblemente ubicada “entre culturas”, quien desde una capital provinciana proyectó su co- nocimiento al mundo, encontrándose con los acelerados cambios de nuestro tiempo y la conquista de lugares más amplios de acción. Desde el universo de sus lecturas, desde los vínculos con otras prácticas artísticas, o desde el contacto con figuras relevantes del pensamiento construyó redes, interlocuciones con el panorama internacional, demostrando que no hay una simple polaridad norte- sur cuando de mapas culturales se trata. Si bien el momento de quiebre lingüístico y técnico que significó la incorpo- ración de la Arquitectura Moderna ha sido revisado en torno a algunas figuras de destacada actuación en la ciudad de Buenos Aires, son muchas menos las investigaciones que abordan la actuación de otras figuras que promovieron los nuevos principios y lenguajes y formaron escuela en el interior. En este senti- do la labor de Marina Waisman -primero en la vieja Escuela de Arquitectura cuando todavía a su apellido Waisman le antecedía el de Kitroser, y luego en la Facultad de Arquitectura donde será simplemente “la Waisman”-, es una figura central en la construcción de espacios de formación profesional que propicia- ron la discusión y actualización de saberes, y de técnicas, con una influencia di- recta en las transformaciones urbano-arquitectónicas de la ciudad de Córdoba. Desde su particularidad, como americana, no fueron pocos los interrogantes que se le plantearon, ni fácil la época que le tocó vivir; aún así, en base a sabi- duría y talento se abrió camino trabajosamente en una ciudad que como bien dijo: “es un fenómeno complejo que se debate entre antiguas contradicciones:

impulsada hacia el cambio y anclada en la tradición, creciendo desmesurada- mente y luchando por mantener su escala, llena de vitalidad y ahogada en su situación de provincianismo, vive a saltos, desigualmente, difícilmente” (Wais-

man,1970:69).

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Biografía

WAISMAN, Marina (Buenos Aires, 1920- Córdoba, 1997) Arquitecta, egresa de la Universidad Nacional de Córdoba en 1945. Docente e investigadora desde 1947 en la Escuela de Arquitectura- luego Facultad-, y en la Escuela de Artes de la UNC; en las Facultades de Arquitectura de las Universidades de Tucumán y Católica de Córdoba. Centró su labor en el estudio

de la arquitectura moderna, la historiografía y la crítica arquitectónica. Publicó en la revista “Nuestra Arquitectura” (1949-1959) y numerosos artículos especialmente sobre Argentina y Latinoamérica, en revistas extranjeras como “Casabellla”, “Domus”, “Lotus”, “Spazio e Societá”, “Zodiac” y “Arquitectura Viva”. Autora de La estructura histórica del entorno -1972, 1977, 1982-, El interior de la historia, 1990

y La arquitectura descentrada, 1995; coordinó la publicación de Documentos para una Historia de la

Arquitectura Argentina. Ejerció la Secretaría y la Dirección del IIDEHA -Instituto Interuniversitario de Especialización en Historia de la Arquitectura-, participando en las actividades académicas de los Se- minarios entre 1959 y 1970. Fundó y dirigió el Instituto de Historia y Preservación del Patrimonio de

la Universidad Católica de Córdoba (1974-1997), y el Taller de Crítica, luego Centro de Formación de

Investigadores en Historia y Crítica de la Arquitectura, en la Universidad Nacional de Córdoba (1993- 1997). Fue miembro fundador, en 1978, del Instituto Argentino de Investigaciones de Historia de la Arquitectura y el Urbanismo que presidió (1980-82); Directora de “Summa historia”; de la serie “Sum- marios” -editada por “Summa”-, y “Cuadernos” editada por “Escala” (Colombia). Recibió numerosos premios por su labor. Miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes de la Argentina, Profesora Plenaria de la Universidad de Belgrano, declarada Profesora Emérita de la Universidad Nacional de Cór- doba, en 1991, recibió el Premio América a la labor crítica, conferido en el Seminario de Arquitectura Latinoamericana III en Colombia, 1987; el Homenaje de los historiadores de Arquitectura en el III Con- greso Latinoamericano de Cultura Arquitectónica y Urbanística, en Salta en 1993, y en 1994 el Premio Jerónimo Luis de Cabrera, concedido por la Municipalidad de Córdoba a sus ciudadanos destacados.

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MARINA WAISMAN

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Leonor Marzano

Leonor Marzano Por Guillermina Delupi Nació en San Luis en 1975, vive en Córdoba desde hace

Por Guillermina Delupi

Nació en San Luis en 1975, vive en Córdoba desde hace 17 años. Actualmente trabaja como editora en un diario digital de negocios. Leonor Marzano es una de las protagonistas de Las Nuestras pues el material disponible para quien quiera adentrarse en los orígenes del cuarteto -género musical representativo de Córdoba- es casi nulo. En un ambiente signado por bandas masculinas, la “Leo” merecía su lugar en la historia.

Guillermina.delupi@gmail.com

LEONOR MARZANO,

LA CREADORA

DEL “TUNGA-TUNGA”

“Oigan señores yo les quiero así contar / Con muchísima emoción dónde na- ció mi canto / Chispa, tonada, piano, bajo y acordeón / Así tocaba Leonor ritmo de cuartetazo…”. (Rodrigo)

Pocas cosas identifican o definen tanto a un pueblo como su música; y si hay algo con que se la identifica a Córdoba es con el cuarteto, género musical que con su cadencia tropical y pegadiza -amado en sus inicios por la clase trabajado- ra, y odiado por la clase media y alta- atraviesa en nuestros días a todas las clases sociales sin distinción. Nacido en la década del cuarenta en las zonas rurales y en las periferias de la ciudad, fue una mujer la encargada de imprimir el ritmo de cuarteto a las or- questas que, por ese entonces, basaban sus presentaciones en los pasodobles, tarantelas, chamamé y valses. Leonor Marzano fue conocida de muchas maneras durante los veinticinco años que duró su carrera artística: “la señora que toca el piano”, “la Leo”, “la mujer del piano saltarín”, y se popularizó -tras su muerte- como la creadora del “tunga-tunga”. Fue música, compositora, esposa y madre, pero fundamentalmente fue la musa inspiradora de las bandas de cuarteto que se sucedieron luego y que en la actualidad no paran de crecer. Fue, además, nuestra. Y quedará grabada para siempre en la historia como la creadora de este estilo tan característico y tan cordobés: el ritmo del cuartetazo.

La pequeña Leonor

LEONOR MARZANO

Leonor Marzano nace en Santa Fe el 24 de octubre de 1925, y ya desde tem- prana edad comienzan a sobresalir en ella sus cualidades musicales. Huérfana de madre desde muy corta edad (Leonor Nélida fallece cuando su hija tiene apenas nueve años), es su padre, Augusto Fernando Marzano, quien se hace cargo enteramente de la crianza de Leonor, su única hija. Augusto Marzano tocaba por ese entonces el contrabajo en la Orquesta Ca- racterística Los Bohemios, pero el trabajo que le permite llevar adelante a su pequeña familia es el de jefe en el Ferrocarril Manuel Belgrano. Por ese tiempo se empezaba a instalar en la Argentina la red ferroviaria más grande del mundo, que llegó a tener 47.000 kilómetros de rieles, y que aún hoy sigue siendo la red más grande de América Latina. Es justamente por su trabajo de ferroviario que Marzano y su hija se ven obligados a trasladarse por distintos lugares del país. Pero el ir de un lado a otro no es vida para la pequeña Leonor; es entonces que Augusto Marzano decide pedir el traslado permanente a Córdoba, ciudad donde finalmente se radican y de la que ya no se irán jamás. La familia Marzano vivió toda su vida en una casa ubicada en la calle Jujuy, entre Santa Rosa y Ave- nida Colón, a media cuadra del histórico bar Gente. Por esos años la ciudad de Córdoba ha cambiado bastante su fisonomía en relación al siglo anterior y ya cuenta con avenidas, diagonales y plazas. A Güe- mes, Alberdi, General Paz y San Vicente se le empiezan a sumar otros barrios, como Alta y Nueva Córdoba. Con la creación de la Fábrica Militar de aviones, en 1927, se ha abierto en la provincia una nueva etapa, la industrial, que trae como consecuencia un desplazamiento de habitantes desde las periferias hacia el cen- tro de la ciudad, por lo que se empiezan a poblar cada vez más barrios. La pequeña Leonor, que viene dando conciertos desde los diez años en San- ta Fe, a la par que estudia en conservatorios de música, sigue cultivando en Cór- doba su avidez por encontrar tonos y acordes nuevos, al cuidado de una niñera que se hace cargo de ella durante las jornadas laborales de su padre. Cada tarde, cuando Augusto regresa del ferrocarril, pasa horas enteras senta- do al lado de su hija tocando la flauta, acompañado de Leonor al piano.

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Nace un nuevo ritmo al compás del piano “saltarín”

En una de esas tardes, Leonor, que ya cuenta con once años de edad, le pide

a su padre los tonos bajos que él hace en el contrabajo. Sentada frente al piano

se propone imitar el instrumento de su padre y, con la mano izquierda sobre el teclado, prescinde de los dedos índice, mayor y pulgar para tocar. En busca de un vecino que le ayude sumando otro instrumento, un ban- doneón, ensaya los acordes obtenidos y se da cuenta que el resultado es una música muy bailable y pegadiza. Cuando su padre vuelve de trabajar, Leonor le muestra el nuevo ritmo logrado con su mano izquierda. El 4 de junio de 1943 Augusto decide hablar con Los Bohemios para de- jar la banda y emprender un nuevo grupo musical, al que él mismo bautiza El Cuarteto Característico La Leo, en honor a su hija y al nuevo ritmo “saltarín” de su piano. Este ritmo pegadizo que la Leo hacía con su mano izquierda en el teclado, es actualmente conocido como “tunga-tunga”, pero no fue sino hasta después de la muerte de Leonor que se lo bautizó con ese nombre. Con sólo dos instrumentos, la Leo al piano y Augusto en el contrabajo, hay que salir a reclutar al resto del grupo que los acompañará. Es cuando aparece en escena Miguel Gelfo, que ya toca el acordeón en su propia orquesta y que trabaja en el taller mecánico al que Augusto suele llevar su auto. Tras algunas resistencias iniciales -que se esfuman luego de conocer a la hija de Augusto en el primer ensayo-, Miguel se suma al Cuarteto Caracterís- tico La Leo. Con el nacimiento de esta nueva orquesta musical, nace también el romance entre Miguel y Leonor, que culmina con el casamiento de ambos en 1945, y fru- to del cual nacen sus dos hijos: Marta (13 de marzo de 1948), y Eduardo Gelfo (27 de enero de 1950). Poco después, se incorpora un cuarto integrante al cuarteto, José María Sal- vador Saracho, que toca el violín, y así inician las primeras presentaciones en cumpleaños, con repertorios de entre diez y quince temas, por los que solo co- bran, literalmente, el sandwich y la coca. Por ese entonces son muy comunes las fiestas rurales, en casas de familia,

donde los grupos van a presentar sus shows musicales; pero el Cuarteto Carac- terístico La Leo ya se ha convertido en un atractivo particular: todos quieren ver

a “la señora que toca el piano”.

Llega el primer disco, el segundo, y más

LEONOR MARZANO

En pleno apogeo de las radicaciones fabriles, Córdoba acusa una profunda transformación. En 1947 la provincia ya tiene una población de 1.500.000 habi- tantes, de los cuales el 25% vive en la capital cordobesa. Y es a causa de estas ra- dicaciones de fábricas que familias enteras se mudan a la ciudad, convirtiéndola en la urbe más habitada después de Buenos Aires. Corre el año 1948 y el Cuarteto Característico La Leo ya es reconocido y soli- citado por cuanta fiesta se hace en las zonas rurales. Pero Leonor no solamente ha impregnado de un nuevo ritmo al cuarteto, sino que además toca a los clásicos de manera tan magistral que ya nadie duda del talento artístico de la hija de Marzano. Es en una de esas fiestas que, al término de un pequeño concierto de Franz Schubert, un inglés muy bien vestido se acerca a Augusto y les ofrece grabar un disco. Al primer disco de pasta lo graban en Rosario, con la compañía Disco Trío, que de un lado tiene un vals y al dorso un pasodoble. Pero las cosas por ese entonces no son tan fáciles y la discográfica le obliga al Cuarteto a comprar dos- cientos discos. Veinte días más tarde, el Cuarteto es invitado a tocar en una fiesta y esa no- che no sólo vende todos los discos que tiene, sino que mucha gente del público se queda sin su ejemplar. Así llega el segundo disco, con la misma compañía pero bajo condiciones más favorables para el grupo, y Augusto deja su trabajo en el Ferrocarril para dedicarse a vender discos en pueblitos del interior cordobés. Si bien por esos años ya hay radio (LV2, pionera en Córdoba, nace en 1927, conocida en sus inicios como Radio Central), pero lo cierto es que los discos de la época encuentran mayor difusión en las calesitas de los pueblos, ya que sue- nan durante todo el día, y gran parte de la noche, sin parar. Cuando el grupo comienza a gozar de cierta popularidad, fundamentalmen- te en las zonas del interior, se inician en Córdoba -el 16 de septiembre de 1955-, una serie de levantamientos sociales y militares que culminarán con la renuncia del presidente Juan Domingo Perón tres días más tarde. Estos enfrentamientos, entre militares sublevados y tropas leales, tienen lu- gar en Alta Córdoba, en zonas aledañas a la estación del Ferrocarril Belgrano, y

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hay tiroteos frente al Cabildo Histórico y otros incidentes en puntos clave de la ciudad, y que son los que dan origen a la Revolución Libertadora que derroca a Perón. Un año más tarde y pasada la algidez del golpe de estado del año ’55, con el ge- neral Pedro Eugenio Aramburu en el gobierno, dictadura que durará hasta mayo de 1958, el cuarteto tiene tal cantidad de discos vendidos que la CBS Columbia posa sus ojos sobre éste y le ofrece grabar un long play en Buenos Aires. A ese nuevo disco le siguen dos, o tres, long play por año, que se agotan apenas aparecidos. Además de tocar el piano y ser una excelente música, la Leo fue una gran compositora; ella misma escribió muchas de las canciones del grupo. Con le- tras muy simples y un ritmo muy popular y pegadizo, a lo largo de su carrera Leonor Marzano graba con El Cuarteto Característico La Leo más de ciento cin- cuenta discos.

Conquistado el interior, la Leo va por la ciudad

Sin muchas bandas que compitan con el cuarteto por ese entonces, la Leo pasa días enteros arriba del colectivo que la traslada -junto a sus músicos- por distintos pueblos del interior. Los viajes son realizados en condiciones muy precarias y ella es la única mujer del grupo, aún así la felicidad la embarga en cada presentación, en cada pueblo, bajo cada tinglado y sobre cada piso de tie- rra que el público revuelve con sus pasos, al ritmo del piano de Leonor. Pero a pesar de todo, todavía no puede hacer pie en la ciudad de Córdoba, que crece a pasos agigantados: ya para el año 1963 casi el cincuenta por ciento de los trabajadores fabriles son de la industria automotriz, lo que genera un importante proceso de urbanización en la ciudad, que ya venía en aumento desde la década anterior. Esta inmigración se distribuye principalmente en la zona sur del ejido, lo que da origen a nuevos barrios y trae como consecuencia directa un auge mayor en los clubes bailables. Amada por igual por hombres y mujeres (sólo en una ocasión tiene un con- flicto con la Comisión de Damas de Santa Rosa del Conlara, que le impide reali- zar uno de los bailes que la había contratado), la Leo no para de crecer.

LEONOR MARZANO

Mientras tanto, los discos se suceden unos a otros y se transforman en la vía para desembarcar con su música en la ciudad. Llegan primero a las orillas de Córdoba y finalmente copan los clubes barriales, en los que miles de mujeres hacen cola para verla tocar su piano “saltarín”. El Cuarteto La Leo no tiene cantor sino hasta el año 1947. Hasta entonces solamente cuenta con un speaker que anuncia al Cuarteto. Y es este speaker, o presentador, José Sosa Mendieta, quien por primera vez le pone voz al grupo. Más tarde, en 1965, es remplazado por Carlos “pueblo” Rolán. En el año 1961 muere Augusto Marzano y es Miguel Gelfo quien se hace cargo del Cuarteto.

La Leo deja el Cuarteto Característico

En el año 1968 la Leo ya ha transitado con el cuarteto veinticinco años de

historia: innumerables pueblos recorridos en colectivos sin calefacción, ni co- modidades de ningún tipo, miles de bailes hechos y cientos de discos grabados,

y casi una veintena de discos de oro obtenidos. Paralelamente, ha sido esposa y madre de dos hijos; y finalmente su hija Marta la ha convertido en abuela dando a luz a Martín. La edad se hace notar y el cansancio no tarda en aparecer. Empieza entonces

a retirarse de las giras, lo que le supone al grupo los primeros conflictos: las

contrataciones al Cuarteto son con la Leo; si ella no toca, no quieren al grupo. Ya con Leonor fuera del escenario, el Cuarteto se reinventa; por ese entonces, con sólo 19 años de edad, Eduardo Gelfo (hijo de Leo y Miguel) se incorpora al grupo. Un año más tarde se produce en Córdoba un hecho histórico: el 29 de mayo de 1969 empieza con un paro activo (en oposición al paro matero) el Cordo- bazo. Protagonizado por estudiantes y trabajadores, este levantamiento tiene un claro sentido antidictatorial, al que se suma toda la población y tras el que sobreviene una década muy turbulenta, tanto en esta provincia como en el resto del país, que alcanza también al ambiente musical. Aún así, La Leo ha sido la responsable de dejar plantadas sobre suelo bien firme las raíces del cuarteto en Córdoba, donde empiezan a cobrar mayor prota- gonismo bandas como El Cuarteto Juvenil Berna, o El Cuarteto de Oro.

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El último show

En 1985, La Leo graba con León Gieco, Caballo Bayo, en el marco del proyecto De Ushuaia a la Quiaca que el artista realiza junto a Gustavo Santaolalla y con el que recorren el país de una punta a la otra, grabando casi cien horas de material musical que luego es editado en distintos álbumes. Leonor Marzano muere el 12 de enero de 1991. Un año antes, el 18 de febrero de 1990, había muerto su esposo. Paradójicamente, Leonor no deja herederas femeninas en este género mu- sical. Pero su música no se va con ella. Su huella -ese camino abierto con tanto esfuerzo décadas atrás-, ha calado hondo en esta ciudad, dándole vida a las más de cincuenta bandas de cuarteto que hoy le imprimen su ritmo a los bailes que recorren -de jueves a domingos- los clubes de la ciudad y del interior cordobés. Rescatar su memoria es redimir el presente de una música que nos pertene- ce. Es homenajear el esfuerzo y la pasión musical de una mujer que ha hecho historia en un estilo hasta ese entonces desconocido. Es rescatar las raíces de un género musical que resalta por su alegría y sus letras, y que tiene -donde quiera que sea escuchado- la impronta de La Docta, el sello cordobés. Su piano “saltarín” se encuentra hoy en el Cabildo Histórico de la ciudad de Córdoba.

“El pibe Berna, Carlos “pueblo” Rolán / Y el Cuarteto de Oro / Le dieron música, alegría a mi ciudad / Soy de la universidad de la alegría y el canto”. (Rodrigo)

Fuentes consultadas:

LEONOR MARZANO

EDUARDO GELFO (hijo de Leonor Marzano). DE USHUAIA A LA QUIACA (autores: León Gieco, Gustavo Santaolalla y Claudio Kleiman). www.hechoshistoricos.es www.welcomeargentina.com/cordoba/historia.html es.wikipedia.org/wiki/Red_ferroviaria_argentina es.wikipedia.org/wiki/Medios_de_comunicación_de_la_Ciudad_de_Córdoba_(Argentina) es.wikipedia.org/wiki/Córdoba_(Argentina) es.wikipedia.org/wiki/Revolución_Libertadora_(Argentina) www.tunga-tunga.com.ar

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Glauce Baldovin

Glauce Baldovin Por Bibiana Eguía (1965) Licenciada en Letras Modernas, docente del Seminario de Lectura de

Por Bibiana Eguía

(1965) Licenciada en Letras Modernas, docente del Seminario de Lectura de Autores de Córdoba, de la Escuela de Letras, Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC. Investigadora. Obtuvo el Premio “Luis de Tejeda” (2001) por su ensayo Nuestra Babilonia. Sobre la representación del paisaje de Córdoba. En 1994, publicó el Index Bibliográfico de Autores de Córdoba. Década del ‘80, bajo el sello de la Editorial Argos. Integra junto a Julio Castellanos, el comité editor de la publicación “Confines de la Mirada, un espacio para la literatura de Córdoba”, que ya lleva cinco números publicados.

eguiadean@yahoo.com.ar

GLAUCE BALDOVIN, POETA:

UNA MADRE Y SU

REVOLUCIÓN EN CLAVE LIRICA

Esbozo biográfico de una escritora cordobesa

De Glauce Baldovin se conocen pocos datos. Nació a fines de noviembre de 1928 en Río IV, en el seno de una familia de origen italiano. Vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de Córdoba. Integró el Consejo de Redacción de la revista cultural “Mediterránea”, publicada en Córdoba entre 1952 y 1958, y como codi- rectora de la revista “Vertical”, entre 1951 y 1957. Fue amiga del escritor, poeta y pintor Romilio Ribero, autor del recordado Tema del deslindado y del Libro de Bodas, plantas y amuletos. El reducido número de datos biográficos se contrapone al enorme cariño con el que la recuerda la gente, en muchos casos por haber sido “maestra” en escritura literaria y promotora de textos importantes de autores (cordobeses) que hoy mantienen la creación como instancia inherente a sus vidas y profesio- nes. Por mencionar algunos nombres, Eugenia Cabral, actual Presidente de la Sociedad de Escritores de Argentina, Susana Arévalo, Livia Hidalgo, César Var-

GLAUCE BALDOVIN

gas, Hernán Jaeggi 1 , María Teresa Andruetto, Raúl Dorra y el actual albacea de su obra, Julio Castellanos. Siguiendo los pasos de su padre, fue militante del Partido Comunista, y a mediados de la década del ’70, fue testigo del secuestro de su hijo Sergio (que es “desaparecido”). En esa época, su casa es allanada. Decía haber perdido allí un certificado que reconocía un poemario titulado La militancia como premiado por el Concurso “Casa de las Américas”, logro que no consta en los archivos de los organizadores del Premio, aunque sí es posible que haya sido elegida fina- lista, o seleccionada entre ellos, en virtud de lo cual, se le hubiera notificado el hecho, sin llegar a alcanzar el logro definitivo. Algunos testimonios dan cuenta de que escribía desde muy joven, aunque esos textos están dispersos en revistas de escasa difusión y/o resultan muy di- fíciles de conseguir por estos años. Sí, hay una idea generalizada que cuenta que sus inicios en la escritura se inician a raíz de una dolencia corporal, que la mantuvo en cama a fines de la década del ’70. A mediados de la década del 80, comienza a editar sus poemarios. Víctima del dolor por la pérdida de su hijo y de la enfermedad, falleció en 1995 en Córdoba. Si se cuenta con lo pequeño de los círculos de lectores a donde llegaron los libros de Glauce, más la escasísima promoción que recibían las producciones literarias, (aún las de envergadura y calidad, como en el caso de su obra) y a ello se suma el paso del tiempo para cubrir su ausencia, corremos como cordobeses, el peligro de olvidarla. Y su obra vale. Los cordobeses merecemos recuperar sus textos, y mantener la memora de Glauce en el ámbito de los nombres importan- tes de nuestra cultura.

Generalidades sobre su obra

Glauce realizó sus libros ajena a un orden, o sin interés de dar indicación de cronología u orden. Ella escribía poemas que se iban completando, corrigien- do, ampliando, profundizando, abriendo nuevos caminos, líneas y sentidos. La

1 Estos escritores fueron integrantes del grupo “Raíz y Palabra”.

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poeta parece haber planteado cada unidad a posterioridad, bajo un título que actuaba a modo de cedazo. Esto significa, para quien accede a estos textos, que la lectura de sus poemas es una experiencia de apertura hacia un panorama que, aunque parezca concluir, se sigue conociendo a través de los siguientes libros. Esto, en base a una propuesta narrativa que presenta como núcleo argumental, la historia de una mujer marcada por la soledad, que vive en nuestra ciudad en el transcurso de la década del ’80 o principios de los ’90, con todo lo que ello implica social, política e históricamente. Algunos textos van a destacar la ideología de la autora, otros, la vivencia co- tidiana de una mujer sencilla en su casa; otros, la dolorosa ausencia del hijo; en otros, se ofrece una mirada hacia la circunstancia histórica y social de esta pérdi- da; en otros, la construcción de la identidad de esta mujer a partir de los sucesi- vos despojamientos y partidas; en otro, el universo (literario) que le da amparo para configurar su dolor a través de imágenes que ella descubre en diferentes escritores, y que la alcanzan a modo de abrazo solidario para dar contención a una experiencia inenarrable. Retomaremos este asunto más adelante. El único dato respecto del orden de escritura de los textos de Glauce, es el que ofrece el responsable de las ediciones y albacea de la obra, Julio Castellanos, quien afirma 2 que los libros de la autora son publicados respetando el orden de su realización. Pero, lo señalado no se contradice con el hecho de que la misma autora pudiera haber agregado nuevos textos a poemarios concluidos, en virtud a la distancia que había entre el momento de composición y el de la edición. Es muy importante tener en cuenta, entonces, que en los comienzos, para Glauce, la instancia de la publicación pareciera generar la “definición” del libro. No existiría, previo a la posibilidad de editar, una unidad clausurada sino muy por el contrario, el libro aparentaría ser siempre un futuro, una entidad en aper- tura. Es decir, ante la edición inminente, se integrarían los textos que acompa- ñan a un núcleo fundamental. Hasta entonces, en la poeta pervive la búsqueda, los asedios, las tentativas, las tensiones, las elaboraciones, las agrupaciones, las

2 En entrevista informal con el escritor.

GLAUCE BALDOVIN

construcciones y los intereses que significan la escritura 3 . Ello explicaría la uni- dad de esta escritura, desde miradas confluyentes, ya que cada libro actualiza alguna arista especial de un texto único. El hecho justifica, por demás, en alguna medida, la “no-presencia” de la es- critora en el ámbito editorial. Su creación tiene un ritmo distinto al que pudiera originar un texto (un libro) concebido previamente a su escritura, aunque tam- bién es legítimo pensar que la escritora podría haber buscado como amparo esta no presencia social y cultural, a los fines de lograr un espacio de creación más libre de presiones –y vale recordar las muchas presiones que efectivamente actuaron sobre su vida, pensemos sólo en el orden político-. En cualquiera de los casos, la edición, pareciera no haber apurado a la escritora. En el año 1987 aparece publicado Poemas integrado por el Libro de Lucía, El fuego y El combatiente 4 . Luego, gracias al Fondo Estímulo para Editoriales y Au- tores de Córdoba, aparecen sus siguientes poemarios: En 1989, el Libro de la sole- dad, que se publica nuevamente en 1995 acompañado esta vez por Nuestra casa en el Tercer Mundo. Antes de eso, había sido editado De los poetas en 1991, el Libro del amor en 1993 y al año siguiente, Con los gatos, el silencio. Sus Poemas crueles, poemario integrado por El ángel aherrojado y De la violencia, el terror y el despojo, ven la luz en 1996 y constituye el primer libro post-mortem. El Libro de Isidro / Libro de María se da a conocer en 1997 y, en 1999, Yo, Seclaud. En el año 2007 se ha presentado El rostro en la mano y el año pasado, apareció un poemario doble:

Huésped en su laberinto y Promesa postergada. En las publicaciones más recientes se advierte un cambio en la poética de la escritora, evidenciado principalmente, en la disminución del espacio concedido a la narración, para dejar más lugar a la construcción identitaria del personaje.

Propuesta de organización

3 Ello no se contrapone al hecho de que al morir Glauce, quedaron numerosos libros sin editar,

con títulos reconocidos por ella. Lo que aquí se sostiene es que el texto definitivo –en cuanto al número de poemas que lo componen- se concluía por causa de la edición.

4 Este es el nuevo nombre de su poemario “La militancia”, según alude Lila Perrén de Velasco en el texto de presentación de Poemas.

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El esbozo de clasificación que se expone a continuación, pretende facilitar el acceso al universo poético de la autora con el fin de presentar sus distintas inquietudes y tendencias, sin decir que las líneas líricas sean absolutas, o se den con pureza. Por el contrario, esta tentativa propone recuperar una obra que es “total” y no “unitaria”. Como decíamos, cada uno de sus libros, se plantea como facetas que permi- ten una mirada singular sobre un caso que aparece como una constante en los textos. Cada una de las tres líneas, van abrevando de ellas mismas, son a la vez, fuente y sed de nuevas creaciones. Se podrían agrupar los libros, sin indicar ninguna preeminencia, de acuer- do a tres líneas temáticas: Una primera, a denominar Poesía de la Intimidad, la segunda línea, Poesía de la Militancia y por último, Poesía de Exploración Escrituraria. Se llama Poesía de la Intimidad a aquel conjunto de textos de Glauce que presentan el universo de las vivencias personales, la cotidianeidad, su mundo interior, del mundo de los afectos cercanos, de las alegrías y de los dolores que acucian un alma de mujer y que tienen lugar de realización en el ámbito de lo doméstico. Aquí se incluye, además, la historia personal como condición de op- ciones y realizaciones, que se mueven desde el presente para atender al pasado

y o al futuro. Participan de esta línea el Libro de Lucía, Libro de la Soledad, Con los

gatos el silencio, Nuestra casa en el Tercer Mundo, Libro de María/ Libro de Isidro. Y

a ella hay que atender, para comprender aquí, los últimos tres poemarios de

publicación reciente. La Poesía de la Militancia corresponde a una escritura comprometida polí- ticamente con un programa colectivo, tal como lo sugiere la denominación. Se entiende “militancia” en el sentido de participación en la historia social, colecti- va e individual, con un sentido más amplio al de afiliación partidaria. No es una poesía embanderada sino que en ella se desarrolla un concepto de existencia a modo de vivencia histórica comprometida con el hombre. La poeta puede refe- rir, sin necesidad de aludir ni nombrar el espacio donde se conjugan las creen- cias personales con relación a la historia nacional. Glauce descubre a la poesía como un lugar de resistencia contra el olvido, como espacio privilegiado para

GLAUCE BALDOVIN

afincar la memoria, y allí se ubica como “Señora del fuego” 5 . Aquí se ubicarían libros como El combatiente, los Poemas crueles y De los poetas. La autora expone sobre su propia ideología política 6 e inscribe su obra en el momento histórico al que corresponde, esto es, fines de la década del ‘70 y los ‘80, época en la cual ella pierde a su hijo. Con una mirada profundamente humana, descubre a una Latinoamérica desgarrada a través de los siglos, y ello

la mueve a dar testimonio. Allí se alude al dolor que se vive, la injusticia, la in- tolerancia, el abuso, la violencia y especialmente, al silenciamiento que somete

a todos sus habitantes. Por último, en la última línea de su obra, denominada como de Exploración Poética, se ubicarían algunos poemarios tales como Libro del amor, Yo, Seclaud y El fuego, etc., donde la poeta investiga o profundiza sobre un tema desde dife- rentes ángulos literarios de acceso (procedimientos escriturarios, figuras lite-

rarias, miradas, etc.) para elaborar la significación. Por ejemplo, en Yo, Seclaud plantea el dolor de una madre despojada de su hijo. La novedad que presenta está en la forma de su enunciado, similar al del versículo bíblico, con recursos

y alusiones de la poesía náhuatl. A su vez, en la construcción de la madre, se

descubre la alegoría mítica del continente americano: América es la madre des- pojada de sus hijos, víctima de luchas históricas intemporales, que eleva su voz para reclamar por justicia y solidaridad. Un libro que también puede incluirse en esta línea, es De los poetas. La autora utiliza el procedimiento de integrar a su discurso propio, citas explícitas –in- cluidas en cursiva para ser destacadas- de poetas de todas las épocas. Así sostie- ne una polifonía de voces (con mayoría de autores latinoamericanos) y genera un gran encuentro de ideas, que resulta una especie de credo ideológico y esté- tico personal, sostenido solidariamente desde la compañía. Cada poema lleva por título el nombre del autor cuya cita es introducida y, en mérito del hecho, el acto de “nombrar” se destaca como “el acontecimiento” de una convocatoria en

5 Esta denominación se encuentra en “El fuego” en el primer verso del Poema I, p41. Luego

amplía en el Poema V: Quien dudare de la transformación del fuego en poesía que penetre /en la savia de los helechos (v1-2 p46)

6 Glauce sostenía en armonía, los ideales comunistas y la fe cristianas, que tuvo su manifesta- ción más impor-tante por aquellos años, en la llamada Teología de la Liberación.

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la que se encuentran Eurípides, Jorge Luis Borges, Dante Alighieri, John Keats, Saint John Perse, Ernesto Cardenal, Vicente Huidobro, Alejo Carpentier, Raúl Dorra, Romilio Ribero, Haroldo Conti y Olga Orozco, y muchos más. El motivo de tanta referencia es que a través de la alusión que fija el poema, se sostiene la resistencia al olvido. Hay que recordar porque los nombres eran negados, un programa a favor del olvido. Por este medio, su hijo “desapareci- do”, tal como muchos otros, desde el poema, puede recuperar su nombre, su palabra y su muerte.

Poesía, revolución y maternidad. Algunas claves de interpretación

La anécdota, ya aludida, que incluyen los poemas de Glauce, anécdota que es reiterada y propuesta bajo distintas miradas en los diferentes libros, es la de una mujer sola, ocupante solitaria de una casa, en la ciudad (la mayoría de los casos). El personaje se inicia en el Libro de Lucía, primer poemario de Poemas, y allí describe y desarrolla una tensión que se va completando y complejizando sostenidamente en dos libros que podrían reconocerse como su continuidad: El Libro de la soledad, y Nuestra casa en el Tercer Mundo 7 . Glauce Baldovin evoca en aquel primer libro (el Libro de Lucía), algo de la his- toria de sus antepasados inmigrantes trabajadores de la pampa gringa, para ini- ciar la configuración del personaje de la mujer –tía abuela de la autora-. El texto plantea la reflexión íntima de un personaje femenino con nombre y apellido:

Lucía Bertello, una madre con el hijo muerto en circunstancia violenta. Traba- jadora campesina, padece la injusticia del orden económico que no le permite salir de la pobreza. La sumatoria de carencias y despojamientos, la ausencia de los afectos: la familia en Italia, madre, marido e hijo muertos, la imposibilidad de regresar a la patria familiar y las difíciles condiciones materiales para proyec- tarse en el nuevo medio, el fracaso de los sueños, además de someter al padre al alcoholismo, promueven en la mujer la vivencia de la soledad como su único amparo, y condena.

7 Las citas que se realizan de estas obras, corresponden a la edición conjunta de ambos textos en un solo volumen, llevada a cabo por la editorial Argos en el año 1995.

GLAUCE BALDOVIN

La soledad poéticamente centrará toda la experiencia del Yo. Lucía, al visitar

a sus muertos en el cementerio la identifica con la Muerte: “Abro el pórtico y

penetro en la soledad” –expresa en el Poema VII (p17). La aridez señalada como propia de la experiencia, se revierte en fertilidad, cuando el Yo puede re-crearse,

descubrirse como testigo silenciado.

… así es la soledad.

/ Me esfuma. Hablo y nadie me oye Nadie me ve porque estoy envuelta en la soledad. (v 1 y 10-12 VI Libro de Lucía p16)

(

)

Se considera que el Libro de la soledad, fue escrito con posterioridad al Libro de Lucía, ya que hay una continuidad entre ambos textos, observada en la reitera- ción de tópicos. La atmósfera de encierro, oscuridad, clausura –cierre del primer poemario- dan fundamento a la afirmación. El Libro de la soledad se abre con el personaje urbano socialmente recluido, una mujer sin nombre y en su casa, en estado de clausura, con un presente terror y un pasado no enunciado. El poemario plantea un diálogo sostenido entre un sujeto, un ama de casa,

y una entidad a quien ella llama “su” soledad (la nombra como “Soledad”) 8 . Vivencias comunes y urbanas en el marco de una casa, en una ciudad con calles donde predomina la violencia y la muerte. Los espacios abiertos y luminosos son evitados, y dominan las horas del atardecer y la noche. Nuestra casa en el Tercer Mundo, a su vez, continúa la propuesta de base del Libro de la soledad. Se suma la presencia de la Magia y la dupla hogareña se convierte en trinidad. El nuevo personaje es un espíritu juvenil, que ayudará a superar en la Mujer, la oscuridad y el miedo. Se observa una importante señal de apertura hacia lo social y renace esperanza en un nuevo tiempo, profundi-

8 En esta escritura, se introduce una ruptura que permitiría inscribir este texto como de género fantástico

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zando el vínculo desde la fantasía 9 . Se afirman la creación y la creatividad como pilares de la vivencia cotidiana. La alusión al “Tercer Mundo”, conlleva marcas ideológicas precisas con las cua- les la autora podría aludir, a través del título, no sólo a una mirada crítica de las teo- rías económicas –que en virtud de las cuales se caracteriza su lugar como aquel-.

Donde ya no tenemos derecho ni a ser explotados Ni a reproducirnos Sólo a morir lentamente de agonía De forzado deslinde Por descarte (v14-18 II Nuestra casa en el Tercer Mundo p33)

Aunque además, propondría la instauración de un nuevo orden superador, el de la imaginación, en la posibilidad de apertura a un nuevo proyecto de vida, trazado desde el camino marcado por el ejemplo del hijo. La Mujer es ahora re- conocida como madre, en un espacio creador desde la actividad de la lectura. Se recupera el poder de la palabra para ejercerlo radicalmente (esto significa leer)

y

así crear el nuevo mundo, el nuevo orden. Se recuperan también los libros 10 ,

y

entre los libros, el diccionario, matriz de los vocablos. El diccionario, viene a

convocar la reunión de todas las palabras, de todos los nombres, no sólo de aquellos que habían estado silenciados. Desde él, hay un retorno a la realidad. La Magia hace la ofrenda de dos libros: el Documento sobre la Teología de la Liberación (en el Poema IX) y el Pequeño Larousse Ilustrado (Poema XVIII)- y con ellos, vuelve la memoria. Allí, la Mujer recupera su propia historia, pasado y pre-

9 El poema XXI (p52) es una definición de la soledad con palabras de Marguerite Yourcenar. “Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, / no amo como ellos aman…” Esto es, una soledad por marginación. La mujer provoca que en el hecho pierda el peso que la estigmatiza al transformarla en una opción personal, pero, se advierte una profundización en el sentido de lo irreal. 10 Hay que recordar que más allá de la actitud simbólica que hay aquí presente, los libros fueron censurados y en algunos casos, quemados durante el proceso militar.

GLAUCE BALDOVIN

sente, para hacerse nuevamente a partir de la palabra solidaria: Comprendo 11 su mensaje / Llevarlo a la poesía hacerlo de todos / salvarnos / Solidariamente salvarnos. (v23-25 IX Nuestra casa en el Tercer Mundo p40) Ésa será la siembra que encarará como desafío, un llamado a la salvación social que tiene en el poe- ma su lugar de resistencia.

La clave más importante es De los Poetas

Este libro fue publicado en Córdoba durante el año 1991. Los treinta y nueve poemas que lo componen se integran en dos partes de extensión similar: Una, titulada: En el volcán; y la siguiente: Ni olvido ni perdón, lema de la Asociación de las Madres de Plaza de Mayo. El detalle es manifestación del avance en el proceso de recuperar la identidad, personal y colectiva desde el discurso. Esto es, manifestar expresamente la adhesión a causas sociales determinadas y pre- cisas. Una de las más importantes, la causa de las madres en su lucha por los “desaparecidos”. Las ilustraciones del único libro con imágenes, tienen la autoría de Carlos Alonso, cuya hija, Paloma, corrió la misma suerte que Sergio, el hijo de Glauce. Todas las imágenes expresan mucha violencia, excepto el retrato de Paloma 12 -en la página 61- bella, joven de ojos claros y soñadores, cabellos sueltos. Los dos jóvenes mencionados, encabezan la dedicatoria del poemario, un listado de diecinueve personas desaparecidas y muertas durante la dictadura militar, entre los que se ubican además, poetas, periodistas, escritores, amigos y conocidos de Glauce: “A TODOS” –en mayúscula sostenida- dice al concluir la dedicatoria. Como se ha expuesto, en este poemario no hay narración, sino que cada poema es un cuadro que tiene como base la situación de una madre sola, que expresamente alude a la búsqueda de su hijo desaparecido. Hay cinco textos

11 Desde el diccionario se fundamenta la posibilidad de acción. En el Libro de la soledad, el

personaje advertía con extrañeza a “los rostros desfilan alrededor del lecho/ hablan en idioma incomprensible” (v7-8 Poema IX p18) mientras que aquí hay disponibilidad para entender y

hacerse entender. La madre puede ponerse en acción desde la aventura de la palabra.

12 No tengo la certeza de que lo sea, pero considero muy factible esta posibilidad.

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donde la enunciación está sostenida por un personaje masculino, prisionero

y torturado, que permite identificárselo como a ese hijo ausente, aunque no se

den nombres. Sin embargo, el poemario es “De los poetas” porque a través de ellos es como la poeta logra construir la “desaparición” del hijo. En la primera parte, titulada En el volcán, los textos que se integran remiten a las obras de autores universales de la literatura: Dante Alighieri, Gustavo Adolfo Bécquer, Eurípides, José Martí, Li Ching Chao, Saint John Perse y Rainer María Rilke, entre otros; y los argentinos Jorge Luis Borges y Olga Orozco. En la se- gunda, los autores reunidos son casi en su totalidad, contemporáneos, latinoa- mericanos –muchos con la característica de serlo como “bandera”, tal el caso de Ernesto Cardenal, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Pablo Neruda, Eduardo Galeano, Mario Benedetti o Juan Gelman- . Entre las menciones hay algunas víctimas de persecuciones políticas, e inclusive, algunos “desapareci- dos” como Haroldo Conti; y/o amigos cercanos a la poeta: Romilio Ribero, Livia Hidalgo y Raúl Dorra. El texto en su integralidad, además de construir desde los discursos litera- rios y sociales, la expresión lírica para significar un “desaparecido”, reflexiona sobre el alcance de la escritura. Se ratifica la poesía como testigo de los aconte- cimientos con la cita de Roque Dalton:

“Poesía perdóname por haberte ayudado a comprender que no estás hecha sólo de palabras.” (v20-22 “Roque Dalton” De los poetas p76).

Esto es revelar el planteo de que la poesía excede lo escrito. Y aún más, es una demanda a que la escritura poética no se encapsule en creaciones anodinas

o banales. La realidad convoca a la poesía, y es la poesía, la que puede tornarse

más concreta y cercana que la realidad misma, en tanto a través de ella se alude

y sostiene la resistencia silenciada de un continente.

Glauce, la madre

Para concluir, resta aludir sobre la identidad del personaje de estos poema-

GLAUCE BALDOVIN

rios, más allá de que la protagonista de estos textos tenga mucha similitud, o puntos de contacto con la autora. El hecho concreto queda fuera de la ficción, y tal vez merecería una investigación más profunda con recursos provistos por lo que la teoría literaria reconoce como la autoficción. Como ya se ha expuesto, el personaje que aparece es siempre una mujer adulta, cuya soledad se produce porque alguien cercano a sus afectos, está au- sente. En algunos textos, es el Amado, aunque en la mayoría, se trata del Hijo. Esta soledad, entonces, remite al dolor de la madre por el hijo perdido. En Nues- tra casa en el Tercer Mundo lo aclara expresamente:

Es una carta de nuestro 13 hijo secuestrado

Fechada en abril del setentaicinco en las Cataratas Donde me dice

“aquí todo es luz

verdor quisiera ser una pantera alada”

(v11-14 IX Nuestra casa en el Tercer Mundo p40)

Así se radica el proyecto de alcanzar su propia identidad por medio de la asociación con la acción del hijo. No es suficiente con manifestarse mujer, sino que precisa construirse como madre. En este camino asociado, su maternidad es convocada a experimentarse como generación de las ideas:

Y una antigua madreselva que me trepa

Enciende aquel pubis granate Los pezones húmedos de leche Las ideas (v13-16 XXIV Nuestra casa en el Tercer Mundo p 55)

Revelar su maternidad consolida la dimensión existencial del Yo, a través de una identidad que se descubre y que se construye, para acompañar la entrega del hijo. Por eso, cuando alude a la dirección (domicilio real de la autora) de su casa, dice:

13 No se aclara en el texto, a quién se involucra cuando el sujeto postula el adjetivo posesivo “nuestro” aplicado tanto a “hijo” como a “casa”.

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Pasaje Penna América del Sur

Villa Páez

Córdoba

Tercer Mundo.

Argentina

(v10-11 II Nuestra casa en el Tercer Mundo p33)

El detalle, más que ubicar al lector en el plano urbano, busca acercar ese “Pasaje Penna” –de sonido similar a “pena”, dolor-; con el Vía Crucis, oración que rememora el camino de Jesús crucificado hacia el calvario. Entonces, para acabar la representación, toma la imagen de aquella Madre, bajo la advocación de María, Madre de Cristo. La Dolorosa tiene su cristalización en el Siglo XIII en una composición anónima llamada Stabat Mater, donde se alude a siete dolores (suma del sufrimiento) en la figura de siete espadas, y que remiten a las pala- bras del anciano Simeón frente al templo: “Y a ti, una espada te atravesará el co- razón” (Lc.2.35), espada que también traspasa el corazón de esta madre actual. El hecho que se propone la escritora, es la elaboración de una construcción pa- ralela similar a la religiosa. Por eso, en el Libro de la Soledad, el personaje central fundamenta su misión en la asociación con el sufrimiento del hijo, para afirmar:

Hoy me levanté cansada. Agobiada por el peso de una cruz de acero de quebracho. Depositaria de toda la angustia de todos los fracasos. (v4-7 VI Libro de la soledad p15)

Luego, en el Poema XVII de Nuestra casa en el Tercer Mundo se reconoce un nuevo posicionamiento –ya no desde la crucifixión sino desde la resurrección- para sostener “la palabra HERMANO 14 / como sacramento y espada.”(p49).

Conclusión

El hecho de construir Glauce la identidad de un personaje “madre”, tal vez

14 Escrita en mayúscula sostenida en el original.

GLAUCE BALDOVIN

fortalezca la mirada vigente de Eugenia Cabral para reconocer en Glauce, desde una antología de textos líricos de Córdoba de la década del ’80, a la “madre” de

la generación de los poetas de Córdoba de la década del ’80. Es decir, adhiere a

la propuesta de la escritora, desde una mirada exterior a los textos, porque “ella

nos dio lecciones de poesía y de vida” 15 . Lecciones que integran profundamente poesía y vida, palabra y existencia, tal como se enlazan en las obras de Glauce. Tal vez por ello, pocos detalles podemos exponer sobre la vida de la autora, aun- que sí, nos gusta compartir con orgullo cordobés sobre su producción, porque

los libros nos retornan a ella. Con ese ánimo, intentamos destacar a Glauce Baldovin, desde su condición de escritora y poeta, como a una de “las nuestras”, antes de que la memoria frágil esconda a más testigos de su obra y que, sin notarlo, nos permitamos olvidarla. Tal vez, si dejamos a Glauce sin reconocimiento, adherimos de alguna manera, a una opción de silencio y reclusión, opción a la que, en algún momen- to, adhirió la misma escritora. Pero hay que advertir que el hecho no fue promo-

vido por ella por propia voluntad. Su elección más importante fue convocar al hombre a través de la palabra, y así, rechazó de plano el silencio. La poesía no es un secreto solitario. Glauce lo demuestra con solidez. Por otro lado, si nosotros, cordobeses, mantenemos su voz en el secreto, ten- dríamos que reflexionar sobre lo que involucra la decisión. Restringir el espacio

a esta voz: ¿no sería poner bloques a la construcción de una sociedad plural,

pluralista, tal como la queremos, donde el valor se inscribe en el concierto de ideales, para lograr entre todos la consolidación de una sociedad más humana,

justa y fraterna? Así lo quería Glauce, y por eso, es aún más rico su mensaje poético.

15 Cabral, Eugenia en el “Prólogo” de Poesía actual de Córdoba. Los años ’80, página 15.

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Bibliografía de Glauce Baldovin publicada hasta la fecha:

(1978) Poemas, Córdoba, Alción. (1989) Libro de la soledad, Córdoba, Argos. (1991) De los poetas, Córdoba, Argos. (1993) Con los gatos, el silencio, Córdoba, Argos. (1993b) Libro del amor, Córdoba, Argos. (1995) Libro de la soledad/ Nuestra casa en el Tercer Mundo, Córdoba, Argos. (1995b) Poemas crueles, Córdoba, Argos. (1997) Libro de María – Libro de Isidro, Córdoba, Argos. (1999) Yo, Seclaud, Córdoba, Argos. (2005) El rostro en la mano, Córdoba, Argos. (2009) Huésped en el laberinto /Promesa postergada, Córdoba, Argos.

Bibliografía de consulta:

ASTRADA, Etelvina -editora- (1978): Poesía política y combativa argentina. Madrid, Zero XYZ. CABRAL, Eugenia: Cap. “Glauce Baldovin: La Revolución que no fue” en A.A.V.V.(2005): Ciclo de home- naje a escritores de Córdoba: Glauce Baldovin, Jorge Barón Biza, Arnaldo Bordón, José Caribaux, Marcelo Masola y Marcelo Torelli. Córdoba, Emcor, p. 9-18 CABRAL, Eugenia (1988): Poesía actual de Córdoba. Los años 80. Córdoba, Mediterránea. PARFENIUK, Aldo (1997): Conversaciones. Córdoba, Argos, 1997. PARFENIUK, A., DALMAGRO, C. Y MUSE, C. (1994): Mujeres poetas de Córdoba (1970-1990) Córdoba, Alción. PERRÉN DE VELASCO, Lila: (1994): Parición de nombradía, Córdoba, Argos. RENNELLA, Patricia: “Género y cotidianidad en la poesía de Glauce Baldovin” (pgs. 175-184) en BORIA, Adriana y DALMASSO, María Teresa (2006): “IV Jornadas de Discurso Social y Construcción de Identi- dades. Mujer y género 2006”. Programa de Discurso Social, CEA, UNC. Córdoba.

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Las menciones

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Ana Pelegrin

Ana Pelegrin Por Ana Tissera Realizó estudios literarios en Córdoba, en México y en España. Entre

Por Ana Tissera

Realizó estudios literarios en Córdoba, en México y en España. Entre 1980 y 1987 se desempeñó como docente en la Universidad Autóno- ma del Estado de México. Actualmente trabaja en la Universidad Nacio- nal de Córdoba. Su trayecto en la investigación tiene dos direcciones:

las representaciones del lenguaje y la historiografía literaria. Muchas de sus páginas crecieron en Icho Cruz, en la casa de Ana Pelegrin.

atissera@ffyh.unc.edu.ar

ANA PELEGRIN

PLIEGOS Y CORDELES

Escribo para acercarme a una persona que dejó profundas huellas en la cul- tura de Córdoba en los años ‘60: Ana Pelegrin. Su nombre circula hoy entre los pocos que la vimos actuar y entre los muchos que leen sus libros de literatura infantil. De un cuerpo particularmente ligero salía una voz contundente, inusi- tadamente propia. Tenía el don del lazarillo y la alforja del trovador. Teatro y tradiciones orales fueron el eje de una vida profesional que comenzó en Córdo- ba, se desarrolló en España, y permaneció, de una manera u otra, en esta tierra:

“Sigo esperando lo cada vez más lejano, regresar a plantar a Icho por estas fe- chas… a las tardes con amigos, al río y a la estrella del sur” 1 .

Nacida en Jujuy en 1938, vivió en Córdoba desde los seis años. Murió el 11 de septiembre del año 2008, en Madrid, sitio al que se dirigió en 1969. Las pá- ginas de Internet se poblaron entonces de información sobre su obra. La aca- demia española rindió merecidos homenajes a su labor como arqueóloga de la oralidad, como guardiana de las tradiciones populares. Uno de ellos se realizó

1 Carta personal de Ana Pelegrin a Ana Tissera.

ANA PELEGRIN

en octubre del 2009, en el Museo Larreta de Buenos Aires, dentro de un progra- ma conmemorativo de la obra del exilio republicano español en Argentina. En Córdoba, sin embargo, se dijo poco. Congoja familiar, dolor de amigos. Evocamos su maravilloso aire de juglar trepado a la escalera del Museo Marqués de Sobremonte, volvimos respetuosamente a sus libros. Había, no obstante, un aquí y un allá que no terminábamos de hilvanar. Por eso, en nombre de lo que no dijimos, me atrevo a formular dos preguntas: ¿Qué Córdoba soñabas, Ana Pelegrin? ¿Qué Córdoba te sueña? He buscado respuestas en el relato de quie- nes la conocieron, o de quienes, de una manera u otra, participaron de sus días.

El juglar

Córdoba “la docta”. El epíteto no es gratuito. Ciudad de universitarios, de políticos, ciudad letrada que en los años ‘50 conservaba aún el valor de las cos- tumbres hispanas y se acoplaba con reservas al ritmo de la modernidad. La sombra de los cabecitas negras no parecía afectar la solidez de sus pilares edu- cativos, basados en gran medida en el desarrollo de las capacidades oratorias; los hombres se iniciaban en un circuito profesional que comenzaba en el Cole- gio Montserrat y continuaba en el desempeño de cargos públicos; las mujeres asistían a colegios de monjas y, desde temprana edad, tomaban clases de piano

y declamación. Este hábito permitía acceder al vivencial conocimiento de los

grandes poetas del mundo hispano y, a la vez, afinaba los modales de la natu- raleza femenina. La academia de recitado más concurrida de Córdoba fue la que mantuvo,

a lo largo de casi 30 años, la señora Justa Gómez Molina de Elía 2 . Por su casa

de Alta Córdoba circularon niñas, adolescentes y jóvenes que encontraron en el

verso no sólo un modo de canalizar aptitudes expresivas sino también, debe

decirse, una práctica de reconocimiento social. En fin, lo que en nuestros días es

el valor corporal, era entonces el valor del teclado y la poesía. El arte de combi-

nar los sonidos y el arte de combinar las palabras diseñaban el marco espiritual

2 Conversaciones con María Eugenia Laguinge, Jorge Pelegrin, con mi madre Ñata Bracamonte y con mi tía Beba Bracamonte.

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de las señoritas cordobesas. Más allá de

abundaron en la enseñanza de Doña Justa, Ana descubrió allí su talento para recrear poemas. Al poco tiempo de iniciada la formación, a los 12 años, ante una nutrida concurrencia, ofreció un primer recital en el elegante salón de su casa

los lugares comunes, que sin duda

de calle Roque Sáenz Peña. En la foto, observamos, aparece acompañada por un pianista.

Un segundo contacto con el mundo de la poesía se dio a través de Lila Pe- rrén de Velasco, su profesora en el Colegio 25 de Mayo de las hermanas Es- colapias, con quien mantuvo estrecha amistad hasta el final de sus días. Ana ilustró con recitado de poemas las conferencias que Lila impartió sobre Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral y García Lorca. Pronto los roles se invirtieron:

Lila introducía el recital y Ana era la protagonista. Una tarde con quince poetas españoles, incluyó, entre otros, versos de Jorge Manrique, el Arcipreste de Hita, el Cid Campeador. Las actuaciones fueron auspiciadas por el Instituto de Cultu- ra Hispánica, y por la recién inaugurada Radio Nacional Córdoba, entidades que nucleaban gran parte de la actividad cultural de esta ciudad 3 .

Becada por el Instituto de Cultura Hispánica viajó a España en el año 1959. El testimonio de Susana Chas evoca esa experiencia:

Vivíamos en la misma Residencia. Ana era una líder nata, todas gi- rábamos a su alrededor. Jamás había oído recitar como ella lo hacía, con tanta gracia y sensibilidad; llorábamos al escuchar La muñeca de trapo de Arturo Capdevila, o cuando interpretaba a la abuela loca de La casa de Bernarda Alba de García Lorca, junto a Josefina Ramón Casas, en una época en la que las obras de Lorca eran censuradas en España. Recorrimos toda la península siguiendo las huellas del Quijote, de la Historia del arte. Ella programaba los viajes, nos entusiasmaba. Fuimos

3 Entrevista personal con Lila Perrén de Velasco. El Instituto Argentino de Cultura Hispánica tuvo sede en Córdoba desde el 2 de diciembre del año 1950. Se proponía estudiar y difundir los ideales de la hispanidad, y fomentar vínculos culturales entre todos los países de habla hispana. Radio Nacional Córdoba fue creada en el año 1957.

ANA PELEGRIN

a las Cuevas de Luis Candela. Bailamos folklore en una plaza de toros

de Castellón de la Plana, vestidas de paisanas. Disfrutamos las fallas de Valencia, la Semana Santa en Córdoba, las Ferias en Sevilla. Ana recitó en Granada un poema de Manuel Machado, hermano de Antonio, sobre

Andalucía. De Algueciras cruzamos aTánger, donde, con recelo, subimos

a los camellos. En el verano llegamos hasta la Costa Brava. Bailamos sar-

danas frente a la Catedral de Barcelona. Tenía el don de comunicarse con todo tipo de gente. Encantaba su humor, su fina ironía, su risa ma- ravillosa. Por su iniciativa y la de una talentosa mendocina, Gloria Vi- dela, frecuentamos a Don Ramón Menéndez Pidal, Pedro Laín Entralgo, Dámaso Alonso, García Nieto, Carlos Bousoño, Torrente Ballester. Ana trabó amistad con Fernando Fernán Gómez 4 .

El relato es ilustrativo, porque habla de la ávida personalidad de Ana, y por-

que describe los caminos de entendimiento que la llevaron a sustanciarse con la cultura española. Lo cierto es que en estos años se definieron dos rumbos que la acompañarían a lo largo de toda su vida: la literatura infantil, especialidad que estudió junto a Carmen Bravo Villasante 5 , y el teatro, carrera que cursó en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. El grupo de teatro Los Juglares le permitió, por primera vez, integrar las posibilidades expresivas del cuerpo y la palabra; actuó con ellos en el año 1960, en Madrid, Alicante, Zarago- za, Toledo, Bruselas, Ámsterdam.

A su regreso, en el marco de iniciativas promovidas por María Luisa Cresta

de Leguizamón, Ana Pelegrin dictó un renovado curso sobre Poesía y Teatro infantil, de un año de duración, a partir del cual, con la colaboración de Ernesto

Heredia y el auspicio del Consejo General de Educación de Córdoba, se creó

4 Conversación con Susana Chas.

5 Carmen Bravo Villasante fue quien recuperó el archivo más completo de la literatura infantil

escrita en lengua hispana. Su Antología de la Literatura Infantil Española tiene tres tomos. La edición de bolsillo data del año 1973, Libro Joven de Bolsillo, Doncel, Madrid. La obra incluye el folklore transmitido por tradición oral, fábulas, leyendas, poesías, obras de teatro y cuentos de grandes autores que han escrito para niños.

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en 1962 el Seminario de Teatro Infantil. Literatura Infantil y Expresión Poética fueron las asignaturas básicas. Los asistentes a este Seminario –María Rosa Fin- chelmann, Ana Colatarci, Aída Horvath, Marta Torres, Lidia Formiga de Tosco, Lilia Lardone– formaron junto a Ana un grupo de investigación cuyo objetivo era rescatar historias que pudieran enriquecer el patrimonio de la materia. Se programaron incluso “misiones educativas”, plan que preveía la difusión de los resultados en zonas del interior 6 . Esta experiencia fue el antecedente inmediato de la Escuela Superior de Teatro Roberto Arlt 7 . El Seminario organizó la primera exposición del libro infanto juvenil en el Palacio Municipal en el año 1965 8 .

Los años ‘60 consagraron definitivamente la formación lírico dramática de Ana. Bajo la dirección de María Escudero, docente de la Escuela de Teatro de la Universidad Nacional de Córdoba, protagonizó en el año 1964, en el Salón Gutiérrez y Aguad, Crónicas de la Antigua y Nueva América; la música estuvo a cargo de Horacio Vaggione 9 . Por entonces, y hasta 1968, se desempeñó como Coordinadora del Departamento de Teatro de la Escuela de Artes de la UNC, sitio en el que, además, ejerció la docencia. La obra que la consagró como actriz, también dirigida por María Escudero, fue 2 Cervanterías 2. La pieza recreaba textos juglarescos de la tradición española, in- cluía títeres e intervenciones musicales; fue representada, entre 1966 y 1967, en el Museo Marqués de Sobremonte de Córdoba, en Río Cuarto, en el Museo Enrique Larreta de Buenos Aires, en Necochea, y en el Teatro Mitre de Jujuy. Le siguió Mo-

6 Conversación con Ana Colatarci.

7 La primera etapa de la Escuela de Teatro Roberto Arlt (1961-1968), corresponde al Seminario

de Teatro Infantil que dirigieron Ana Pelegrin y Ernesto Heredia (Res. 215 /1, Consejo de Educa- ción). El objetivo de este curso no era la formación de actores sino proporcionar conocimientos y técnicas acerca del hecho teatral y del juego dramático para la educación integral del niño.

8 Datos tomados de Marta Torres de Olmos, “Apuntes sobre la Literatura Infantil en Córdoba”, Catálogo de Autores y Música Infantil de Córdoba, Argentina, octubre, 2003. Internet.

9 La misma obra, junto a Poesía en escena, fue llevada en noviembre de 1965 al Instituto de Cultura Hispánica y al Ateneo de Madrid.

ANA PELEGRIN

jigangas 10 , obra humorística que conjugaba personajes de distintas obras; por ella obtuvo, en 1968, el Premio Trinidad Guevara SRT –Servicios de Radio y Tele- visión de la Universidad Nacional de Córdoba– al mejor espectáculo y a la mejor actuación femenina 11 . Fue representada, con Raúl Fraire, en el Museo Marqués de Sobremonte y en el Museo Enrique Larreta de Buenos Aires.

A partir de entonces el centro de sus actividades fue España; el arte del cuer- po y el arte de la voz se encauzaron hacia la tarea educativa. En 1975 colaboró en la fundación de un organismo, Acción Educativa (Asociación de Educadores

y Profesores de Madrid, Ministerio de Educación), dentro del cual se ocupó de

informar lo relativo a talleres, publicaciones y jornadas sobre literatura infantil 12 . Continuó al mismo tiempo la labor docente en la Facultad de la Actividad Física y el Deporte de la Universidad Politécnica de Madrid. Coordinó allí, entre

otros, el Seminario de Formación de Expertos en Literatura Infantil y Juvenil,

y el Seminario permanente de Expresión Corporal y Creatividad. Esta última

actividad le permitió acercarse al valor de la danza, la coreografía, y la llevó a es-

tudiar una nueva disciplina, la Educación Física 13 . Posteriormente dirigió varios

10 La mojiganga, también llamada mascarada, es una fiesta pública que se hace con varios

disfraces ridículos, en especial, figuras de animales. En el teatro español el nombre se aplica a obrillas risueñas, breves, que introducen personajes esperpénticos.

11 El Premio Trinidad Guevara se instituyó en honor a la actriz uruguaya Trinidad Ladrón de

Guevara, nacida en 1798 en Uruguay. Vivió en Buenos Aires desde 1817, donde, por sus extraor- dinarias dotes expresivas -hermosa voz, dicción perfecta, naturalidad- lideró la Compañía del

Teatro Coliseo de Buenos Aires. Madre soltera reiteradas veces, fue injuriada por sus irreveren- cias. Murió en 1875 en Buenos Aires.

12 Este organismo mantiene, desde 1979, un boletín informativo que publica estudios críticos

sobre literatura infantil. Es un cuadernillo maravillosamente ilustrado. Cito algunos de los tra-

bajos incluidos en el número 13 (1981): Ramón Gago y otros, “Congreso de literatura Infantil en Praga”; Pedro Ruiz, “Días de contar y cantar”; Ana Pelegrin, “Sobre poesía infantil”.

13 Fue licenciada en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba,1965; licenciada en Educa-

ción Física, Universidad Central de Barcelona, 1990; doctora en Filología Española, Universidad Complutense de Madrid, 1992.

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espectáculos de baile 14 . Lindor Bresan, miembro del grupo Libre Teatro Libre de Córdoba, quien llegó a España exiliado en el año 1975, recuerda que Ana gozaba allí de mucho pres- tigio; era respetada, aceptada por el carácter innovador de sus propuestas que incluían literatura infantil, expresión corporal y psicología educativa. En el año 1978 trabajaron juntos en un proyecto, El teatro como instrumento de educación en EGB e Institutos, promovido por el Ayuntamiento de GETAFE, zona obrera de Madrid. La idea era transmitir inquietudes a través del teatro, llegar al lugar de origen de los asistentes, a las fábricas, a los barrios; el impulso había sido dado por las Casas de la Cultura recientemente creadas por el PSOE 15 . La continuidad de esta tarea hizo a Ana merecedora del Premio ASSITEJ en el año 2005 16 .

Pliegos

Córdoba la honró, la honra leyendo sus libros. Tengo conmigo una serie de ellos que podrían ser agrupados en dos tipos: didácticos y conceptuales 17 . Entre los didácticos incluyo una publicación conjunta de Ana Pelegrin con María Rosa Finchelman, 6 obras para teatro infantil 18 , resultado de un Seminario impartido en la Escuela Superior de Magisterio, tras el cual se pidió a los alumnos que, en base a un material dado –poesías, cuentos, canciones–, construyeran una obra de teatro. En el libro constan las obras seleccionadas, las que, tras sucesivas etapas de mejoramiento, fueron luego representadas ante niños del Departamento de Aplicación y de la Escuela Maternal de ese centro educacional. Incluyo también la serie Los Picotes, libros de lectura escritos para los seis años de la Educación General Básica de España. Contemplan estos textos ejerci- cios breves para los alumnos, historias que hablan tanto por la elocuencia de sus

14 Años 2000, 2001, junto a Eduardo Castro, Grupo Corps, Madrid en danza, de Pendiente un

hilo, Diseñando Europa en positivo, Pozuelo de Alarcón, Madrid.

15 Entrevista personal con Lindor Bresan.

16 Asociación de Teatro para la Infancia y la Juventud de España.

17 Los libros me fueron facilitados por Susana Pelegrin, María Eugenia Laguinge y Ana Colatarci.

18 Secretaría Ministerio de Educación y Cultura, Centro Educacional de Córdoba, 1969.

ANA PELEGRIN

ilustraciones –asombrosamente bellas–, como por el núcleo narrativo de cada secuencia; y contemplan, de igual modo, escuetas guías de trabajo para que el profesor organice la actividad aulo-lúdica, indicando “ejercicios de eclosión”, “improvisaciones libres”, la “posición de los dedos para manejar títeres” 19 .

Nada más lejos de Ana que las consignas verticales. Su movimiento va de abajo hacia arriba, de la vivencia al pensamiento teórico. Sin embargo, tras las palabras que introducen La aventura de oír (1981) y Cada cual atiende su juego (1984), sus obras más conocidas, leemos algunas ideas que podrían conside- rarse la base conceptual de su trabajo 20 . El prólogo a La aventura de oír defiende el entorno creativo-emocional de la tradición oral frente a la amenaza de la cul- tura electrónica que acrecienta la pasividad del niño. Propone, para combatirla, ensamblar en un solo ritmo la lectura del ayer con la vida cotidiana. El ejercicio convoca la voz de madre, la memoria de abuela, del vecino, a todos aquellos que puedan enriquecer el ritmo afectivo del conocimiento. Villancicos, cancioneros, romances, historias consagradas y relatos menores ocupan hoy el lugar de los pliegos de cordel, escritos enrollados dentro de una caña colgada de un cordel que antiguamente se vendían en las ferias. El libro es considerado material bibliográfico ineludible en la tarea de formar formadores, maestros. Válido es por ello el testimonio de Gabriela Gay, docente del Instituto Superior Carlos Leguizamón de la Provincia de Córdoba:

El hilo de la memoria es un lugar común en todo taller literario. La originalidad de la obra de Ana Pelegrin está en la manera de armar la propuesta. Enseña a escuchar, a valorar el pequeño relato de los pueblos, el tono, la modalidad de la voz que cuenta. Da pie para bucear las rela- ciones previas con la palabra y el relato, permite hilvanar puentes entre el pasado y el presente, entre la memoria colectiva y la propia, explica el

19 Algunos de ellos son: Juguemos con los Picotes, Edelvives, EGB 1°, Luis Vives, Zaragoza, 1971,

ilustraciones de Horacio Elena. Los picotes y el gallo de la veleta, expresión dinámica, teatro taller, Edelvives, EGB 3, Zaragoza, 1973.

20 La aventura de oír, Cincel, Madrid, 1982; Cada cual atiende su juego, Cincel, Madrid, 1984.

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proceso de tradicionalización 21 .

Un segundo nudo conceptual encontramos en Cada cual atiende su juego. Se trata de un libro sensual pues, por los caminos de “Don Pirulero”, despiertan todos los sentidos y sentires: cantamos, reímos, gesticulamos, compartimos, estamos. “Ver, oír, moverme desde el juego, materia poética” 22 . Cada capítulo es un fragmento, un bloque, una piedra redonda, lisa, un canto rodado que a veces se esconde y otras es rescatado. Recurrencias, elegías de la infancia. “Revelador nexo: infancia-juego-poesía, espejo en el que me reconozco y crezco” 23 . El juego, como la tradición, es también pliego. Pero no de papel sino gesto saboreado, masticado por el coloquio, la interpelación, por el hábito de convite y desafío 24 . Lo importante no es el juguete sino el juego, no la experiencia sino la creación, no el deber sino el placer. Lo importante es que el mundo adulto sea amigo del mundo infantil.

Cordeles

Inicié estas páginas preguntándome cuáles fueron tus sueños, quiénes te sueñan hoy en Córdoba Ana Pelegrin. Encontré respuestas en tu temprana in- cursión al mundo del teatro poético y en una vocación paralela, tan fuerte y de- finida como la anterior, la literatura infantil. Huellas luminosas quedaron en las tablas; huellas claras en tus libros. Unas y otras coincidieron en el empeño que pusiste para que el arte fuera una tarea redentora, una misión educativa. La misión exigía ordenamiento de valores, búsqueda de material y elec-

21 Entrevista personal con Gabriela Gay.

22 Ana Pelegrin, Introducción a Cada cual atiende su juego, Cincel, Madrid, 1984.

23 Ana Pelegrin, Cada cual atiende su juego, p. 8.

24 El hábito, dice Walter Benjamin, entra en la vida como juego. “Formas irreconocibles, petrifi-

cadas de nuestra primera dicha, de nuestro primer horror, eso son los hábitos… Para cada hom- bre existe una imagen cuya contemplación le hace olvidarse del mundo entero: ¿Cuántos no la encontrarán en una vieja caja de juguetes?” (Reflexiones sobre niños, juguetes, libros infantiles, jóvenes y educación, Nueva Visión, Buenos Aires 1974, p. 79).

ANA PELEGRIN

ción de los medios apropiados para su difusión. Tu mirada axiológica indagó el asombro en la mitología, en los ritos medievales, en los hábitos y creencias del mundo contemporáneo; tu mirada arqueológica sumó a la literatura consa- grada el color de la sabiduría popular. Esta suerte de universalidad literaria te permitió trascender las barreras de la nacionalidad y superar, a través del arte, las limitaciones políticas que por entonces vivían España y Argentina 25 . Este minucioso registro tomó forma gracias al empeño que pusiste en lograr dos medios operativos: el apoyo de las vías institucionales y el cuidado, con elegidas ilustraciones, en la impresión de tu obra 26 .

Pregunté también quiénes te sueñan. Pareciera que en el mundo del teatro cordobés tu estampa de juglar se detuvo, gloriosamente sin duda, en los años ‘60. Al poco tiempo, en los ‘70, el teatro clásico fue desplazado por la emergen- cia revolucionaria de la creación colectiva y el teatro libre. La tradición hispana pasó entonces a un segundo plano 27 . El cambio de rumbo coincidió con tu de- dicación casi exclusiva a la tarea docente en España, donde, con nuevos actores, reformulaste la intención dramático-educativa 28 . En la memoria de tus amigos no hubo, en vez, variables. Lo dicen estas lí- neas, hondamente sentidas:

Intentar el poema que el corazón palpita

25 Me refiero al prolongado periodo franquista, 1939-1973, y a los sucesivos gobiernos que

gobernaron Argentina desde 1966 hasta 1983.

26 Sin ellas, sin el vuelo de esas imágenes -animales humanizados, diálogos sugeridos, figuras

de todos los tiempos, fotografías- la tarea hubiera quedado inconclusa.

27 El valioso estudio de José Luis Arce, “El teatro en Córdoba antes del golpe militar del 76:

algunas consideraciones sobre los 60, los 70 y los 80” (Territorio Teatral en Córdoba, Internet), alude a un enfrentamiento entre la visión conservadora de la filofranquista Josefina Ramón Casas, amiga de Ana, y la destacada escuela revolucionaria que, en materia teatral, abrió el actor Carlos Giménez, exiliado luego en Venezuela. Opone el teatro de “cenáculo” al teatro callejero, hispanización a latinoamerización. La visión resulta un tanto esquemática si pensamos que el

gran éxito de Giménez fue la subversiva puesta de la Comedia Cordobesa en Fuenteovejuna.

28 Véase el testimonio de Lindor Bresan.

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de eso se trata. Decir aquello que en los relatos

se nos embarullaba como una madeja alegre sobre la mesa en la que todos se saciaban. Las palabras recreándose en el sol de Frigiliana

y la ternura lúcida en las tardes de la calle Linneo

Nunca te gustaron las despedidas (lo sé y lo siento) porque tu vida era siempre presente -cualidad divina- Por eso ahora que la muerte -ese huésped inoportuno- ha puesto su morada en tus arterias parece mentira.

No es cierto que estás muerta, ya sé lo dice el obituario, pero no es cierto. Vives. Vives ¡y tanto! en el asombro absorto frente a la Alhambra

y

en el pan sobre el mantel

y

en las palabras y el humor sazonándolo todo

y

en la sonrisa triste en la mirada

y

en todo lo que ya no es pero siempre será.

Es verdad, los datos afirman que has muerto. Pero los dos sabemos que no es cierto.

Rafael Velasco SJ, setiembre de 2008

ANA PELEGRIN

LA FLOR DE LAS MARAVILLAS. A Ana Pelegrin. In memoriam

escojo al azar, al azar escojo

una página cualquiera, monjita a la fuerza, dicen por ahí

y me topo con una tarde de verano o de invierno

en que me sacaron a paseo, en andrajos y a la rastra

y al dar vuelta a la esquina de un murallón alucinante había un convento abierto, donde me metí

a la boca del sediento

va a parar la fuente

y

para el ávido juglar

el

retablo erige su función

hasta que el ataúd estalla entre palos de ciegos caminantes

¿cómo saberlo?¿cómo imaginarlo siquiera? de bruces caíste en paternales trampas de colegios y monasterios cuando cursabas, junto a mi hermana, los estudios de la adolescencia entre monjas con olor a monjes entre curas con olor a monjas

e imborrables actos de presencia

no había investigación de retahílas por ese entonces ni de romances, ni el Menéndez Pidal estaba a la vista

y menos todavía tu acción educativa

pero ya existía el simple amor a las palabras en su rojo carmesí

el

juego de decires en las veleidades de los dioses

y

la cesación del lenguaje en el juego enamorado

retruécanos, cervantinas ,licencias y recreos vendrían al compás del desconcierto de tu vientre hijo próximo y lejano como toda maravilla carne y entraña, carne de la carne extraña, mientras el viejo Bruegel se esmeraba

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en sus rondas de niños y en sus triunfos de muerte

con modestia empecinada me ayudaste a comprender que también detrás del fin están los juegos

los duendes perdidos de tu tierra natal (donde esto escribo) los derviches y las gratuitas caravanas de los narradores de cuentos

o el repelón, los caballicos de la corte o cualquier maniobra donde caemos al suelo del derecho y del revés

así caí por tu casa de Frigiliana, a tientas y en préstamo para contemplar desde allí un mar de seda envolviendo a Nerja sintiendo bajo los pies el temblor de fósiles fenicios, sin entender por qué tus ojos ancestrales entreveían a Humahuaca en ese pueblo blanco garabatos de cierta chispa de inmensidad en bares y callejuelas sintiendo, al igual que tú, la fuerza viva del desplazamiento

ahora escojo al azar alguna palabra de tu dedicatoria la encrucijada de los caminos, la crisis de la cápsula de Glisson los polvorientos senderos del viento y de ninguna parte

el hueso de alguna tímida poesía, sibilante

que atravesando rondas, romanceros y murmullos horadó el esquivo silencio de tu propio cuerpo.

Miguel Espejo, San Salvador de Jujuy, 28 de septiembre-13 de octubre, 2008

DE ICHO CRUZ

I

Aquí hace años una niña llamada Ana dejó felicidad por los rincones.

ANA PELEGRIN

Yo sé, yo sé que esa muchacha pasó por aquí.

Si ella no hubiera mirado esta agua dorada con mica de plata

nada tendría esos colores.

Tampoco el sol que quita el aire.

El aire que entra a torrentes.

Estamos tan vivas, Ana.

II

Las sierras. Icho Cruz, cruz de paja. La lluvia, Ana, no cae. Cuelga. Roza árboles y estos humedecen sacuden dedos como si fuéramos ropa para planchar.

Aquellos pollerines almidonados de los quince años.

III

Bajo las uvas ya oscuras tus señas con los dedos de la mano izquierda. Cada una anuda con la otra los hilos que hay que anudar.

IV

Anoche había millones de estrellas que se reflejaban en pocas luciérnagas. Ya vendrán

ya vendrán a encender el pasto.

Ese cielo sin estrellas, dijiste al hablar de Europa.

Y yo me asombré.

Icho Cruz arrebató todas las estrellas. Las desparramó.

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Uvas sobre el mantel. Alguien ha tirado los buzios. Alguien hace infinitos millones de años los está leyendo.

Laura Devetach

Hace unos años me pediste que fuera el ama lorquiana de tu espacio: “Cuida la higuera que plantó mi padre”, “El bosquecito no se toca, lo veo en una foto que tengo en mi escritorio”, “Anoche soñé con la crecida del río en Icho Cruz y no termino de maravillarme del enjambre de imágenes y símbolos que ha de- jado ese periodo de mi vida en esa tierra. Ayer los árboles… mi padre labrador los podaba en otoño o invierno; si hay que deshacerse de una rama peligrosa se hace, al igual que las ramas de pino del vecindario sobre la alambrada”. Aprendí, Ana, a ver la casa a través de tus ojos. A penetrar los yuyos que sacaba y a entre- garme al fuego en las noches de invierno. Guarda mi gratitud por estos años. Yo guardo tu exquisita presencia. Ana Tissera, Icho Cruz, octubre, 2008-2010

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Anastasia

Favre de Merlo

Anastasia Favre de Merlo Por Laura Rosanna Rota Nació en Mina Clavero el 14 de octubre

Por Laura Rosanna Rota

Nació en Mina Clavero el 14 de octubre de 1962 y vivió allí hasta los 38 años; es docente. Actualmente reside en Córdoba capital. Desde los 5 años se interesó en la historia de Anastasia cuando su madre le explicó de quién era el busto que se encuentra en la plazoleta Merlo. Hoy es- cribe la historia del primer pastor evangélico de Mina Clavero.

creatoritaperjudicante@hotmail.com

ANASTASIA FAVRE DE MERLO

SU SIGNIFICATIVA OBRA

COMO PRECURSORA

DEL TURISMO

EN TRASLASIERRA

Este ensayo está destinado a la difusión de la obra de una mujer sencilla, hu- milde, casi desconocida, perdida entre la bruma del pasado, que con su trabajo constante fue precursora de la actividad turística en el hoy tan popular valle de Traslasierra, desde el lugar en el que eligió vivir, Mina Clavero. Muchas veces se tiende a reconocer como figuras preclaras a personas que por su carácter, posición social, o preferencias, se han hecho conocidas y reco- nocidas en su labor política, económica, literaria, musical, etc.; no es éste el caso. Hoy quiero dar a conocer y reconocer a esta huérfana, transerrana por adopción, que afrontando todas las adversidades que la esperaban, se atrevió a aceptar el reto que le aconsejara asumir el Cura Brochero e instalar el primer hospedaje y casa de comidas, y que sería quien iniciara un camino de servicio para el visitan- te, que continuaría hasta nuestros días de la mano de todo un pueblo. Hoy, casi todo el valle de Traslasierra se dedica al servicio turístico. Esto se debe en gran parte a la incansable labor que desarrolló durante toda su vida esta mujer ejemplar, paradigma de humildad, respeto, constancia y arduo trabajo. En primer lugar daré a conocer quién era Anastasia Favre de Merlo, luego su obra, sus valores de vida, su amor por Mina Clavero y, por último, una anécdota sobre su carácter y fe.

¿Quién era Doña Anastasia?

ANASTASIA FAVRE DE MERLO

Nacida en Gualeguaychú, Entre Ríos, en 1859, se trasladó con su familia a Río Cuarto en 1862, y realizó su educación primaria en el Colegio del Huerto en la capital cordobesa. En 1875 sus padres se trasladaron a Villa del Tránsito (hoy Villa Cura Brochero), donde estos murieron; aparece así lo que fue quizá la pri- mera adversidad severa que le sería necesario sobrellevar y superar. Era menor de edad y estaba sola, por lo que quedó al cuidado del Cura Brochero, que ya tenía su colegio de niñas, donde Anastasia continuó su educación en “tareas del hogar”. Fue también el sacerdote quien le aconsejó casarse con su colaborador, don Manuel Merlo, y poner una casa de comidas y hospedaje en el paraje cono- cido como Mina Clavero. Creyendo prudente el consejo de Brochero, la flamante pareja se trasladó al pueblo vecino y en 1887 ya vivían en una pequeña casa en la que llovía tanto adentro como afuera y que carecía de las comodidades propias de la época. Ella era “blanca y robusta, sus ojos de color verde oscuro tenían la llama de la decisión y de la inteligencia, y en su frente y sus rasgos fisonómicos se dibu- jaban las características de la voluntad y de la fuerza”. al decir de Jorge Guerrero.

Anastasia y el primer hotel

En aquellos años, los visitantes que llegaban atraídos por la belleza e inci- piente renombre del lugar, debían recurrir a la buena voluntad de los poblado- res para que les permitiera alojarse en las casas de familia. Uno de estos visitantes era el hoy ilustre Dr. Joaquín V. González, quien atraído por la bondad de las aguas del Río Mina Clavero venía a veranear acom- pañado de otros jóvenes riojanos, estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba. Cierta vez, no teniendo lugar en casas de familia, ni hospedaje, levan- taron una carpa a la vera del río bajo la sombra de unos algarrobos. A su reque- rimiento, los pobladores les llevaban cabritos, pollos, leche, brevas, con las que se alimentaban y, siendo ese un verano muy lluvioso, se hacía particularmente difícil pasar las vacaciones en una carpa. Precisamente aquellos veraneantes, tan castigados por las lluvias, van a reafirmar en doña Anastasia la idea de ampliar sus actividades y transformar su casa de comidas en una casa de huéspedes, en

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la que creyó estaba su porvenir. Pero ¿cómo es posible que a pesar de las lluvias ellos decidieran quedarse en el lugar? ¿Qué hacía que, a pesar de las dificultades y falta de comodidades, la gente volviera verano tras verano a Mina Clavero? Se podría decir que a causa del clima, el agua del río, la calidez de su gente, la paz y tranquilidad que se res- pira en el aire, pero a ciencia cierta no lo sabemos. Y ¿qué hacía que las personas que iban a “veranear” a Mina Clavero no sólo quisieran volver, sino quedarse a vivir allí? Tampoco podemos saberlo. Lo que sí sabemos es que los que nacimos allí podremos vivir toda una vida en otro lugar, pero siempre seremos de Mina Clavero, y también podemos con- jeturar que ese amor a nuestro terruño fue heredado de personas como doña Anastasia, que llevaban hondo, muy hondo en su corazón un amor con fuertes raíces de arraigo, por ese paraje bendecido por la mano de Dios y la obra de mu- chos hombres, entre los que se cuentan como pionera a esta mujer. Ya en el verano de 1889 estaba funcionando la casa de huéspedes de los Merlo. Así, a una habitación se le iba anexando otra, y otra, y cada vez se extendía más este hospedaje creciendo en paralelo con la fama de la localidad y el renom- bre que adquiría su dueña, al punto tal que se construyó un anexo al frente, con las comodidades requeridas por los paseantes, y la familiaridad que le daban sus galerías y patios con plantas, donde se sentían “como en casa” en una at- mósfera de paz y tranquilidad.

Una vida de servicio al visitante

¿Quién sabe cuántas penurias y angustias habrá tenido que padecer esta sencilla señora? ¿Cuántas lágrimas habrá derramado en soledad? A pesar de haber perdido a su compañero al quedar viuda, otra adversidad que debió sobrellevar Anastasia, no cejó en su empeño y siguió trabajando con tesón para engrandecer al pueblo. Cada año se preparaba para mejorar el servicio que brindaba a los visitantes, quienes desde agosto comenzaban a escribirle solicitando una reserva de habi- tación para el verano; cartas a las que ella contestaba personalmente, y a pesar de que en aquella época ya tenía alguna “competencia” de otros hospedajes, era el Hotel Merlo el primero en tener la reserva completa.

ANASTASIA FAVRE DE MERLO

Presidentes, gobernadores, políticos y escritores de renombre, militares, em-

presarios, educadores e investigadores formaban parte de la selecta clientela del Hotel Merlo que, desde noviembre hasta abril, disfrutaban de la hospitalidad

y el buen servicio que la dueña les brindaba, estando siempre presente en la

mesa una jarra de agua del río, a la que ya desde tiempos remotos se le atribuían poderes curativos, y que la dueña mandaba recoger antes del amanecer. Entre

los personajes célebres que disfrutaron de la cordial hospitalidad, don de gente,

y buen servicio que brindaba doña Anastasia, se encuentran Ramón J. Cárcano,

Miguel Juárez Celman, Joaquín V. González, Julio A. Roca, Monseñor D’Andrea, Leopoldo Lugones, Berta Singermann, Belisario Roldán, Arturo Capdevila, Gui- llermo Battaglia, y el Perito Moreno, entre otros.

Doña Anastasia y la solidaridad bien entendida

Otra de las virtudes que se le atribuyen a doña Anastasia es su generosidad, que no tenía igual: las cuentas que presentaba a sus huéspedes, por lo general, estaban mal sumadas a favor del cliente, sobre todo si éstos habían llegado para hacer las famosas “curas de aguas”, para sí mismos, o para algún integrante de su familia; o, si se trataba de huéspedes de paso, era frecuente que se rehu- sara a cobrar; y si se trataba de vendedores que bajaban de los cerros siempre encontraban un lugar en la mesa de doña Anastasia. Se dice que entre veinte y cincuenta serranos recibían un plato de comida a diario en la parte de atrás de la cocina del hotel, porque eran trabajadores, aportando de esta manera su granito de arena para inculcar el amor al trabajo, la dignidad que da a la persona “ganar- se el pan con el sudor de su frente”, aún en los más pequeños. Será por eso que hasta la fecha no hay niños que salgan a mendigar, ni “chicos de la calle” en la localidad, que en el verano se enorgullecen de ayudar a sus familias vendiendo pastelitos, tabletas, alfajores, y toda una suerte de baratijas como recuerdo. Y que su ganancia, explican, servirá para comprar útiles para el colegio, o ropa para el invierno cuando el trabajo escasea.

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Doña Anastasia y el río

Doña Anastasia, conociendo que al río Mina Clavero ya en 1700 se lo con- sideraba con propiedades curativas, quiso saber si la ciencia corroboraba estas propiedades y le encargó el estudio al ingeniero Gregorio Pritluzki, veraneante y amigo, que realizó el estudio con el doctor en Química, Hércules Corti, del Ministerio de Agricultura de la Nación, quienes corroboraron sus beneficios. Habiéndose conocido las propiedades medicinales del Río Mina Clavero, sobre todo para enfermedades del tracto intestinal y urinario (agua tipo Evian, con propiedades hipominerales), ya por el 1900, doctores, especialistas de servicios de gastroenterología de clínicas de Buenos Aires, enviaban a sus pacientes a ha- cer una “cura de aguas” (sic. Jorge Guerrero). Si bien no era conocida como “curandera”, se sabe de algunos casos de en- fermos que eran enviados a Mina Clavero para ser “tratados” por Doña Anasta- sia, tal era la confianza de todos en la sapiencia y buen criterio de esta mujer. Es conocido el caso del general Luis Dellepiane, ministro de guerra del presidente Yrigoyen, quien hallándose desahuciado por los médicos, recuperó la salud gra- cias a los cuidados de doña Anastasia y a las bondades del agua del río, después de que se le hubiera diagnosticado un principio de envenenamiento. Llegó a Mina Clavero en camilla y se fue caminando. Otra muestra de su generosidad y deseo de progreso, es la donación de un terreno donde, en 1916, se construyó la estafeta de correo. Muchas son las anécdotas que perduran en la memoria popular acerca del carácter, bondad y entrega de esta señora de Traslasierra.

Anastasia: carácter y fe

Se cuenta que habiendo tenido un altercado con su mentor y cura párro- co Brochero, hasta dejaron de saludarse y que en ocasión de estar enferma, al borde de la muerte, la señora decidió mandar a buscar a otro sacerdote, hecho que dolió profundamente al cura. Pero una vez recuperada, se reencontraron en la iglesia y entablaron un diálogo muy gracioso, lo que los llevó a olvidar viejas rencillas. Esta anécdota muestra el carácter de esa mujer que era capaz de defender sus convicciones, aún enfrentándose a su protector y amigo, pero sin

ANASTASIA FAVRE DE MERLO

guardar ningún rencor, olvidar sus problemas y restaurar la relación. Profundamente religiosa, no olvidaba cumplir sus promesas, al punto tal que después de curarse de una grave enfermedad solía recorrer las calles rezan- do el rosario acompañada de criadas, aún a riesgo de burlas y chascarrillos. Esta anécdota es reflejada bellamente en el “Romancillo de doña Anastasia y el cura”, de Arturo Capdevila.

Epílogo

Esta sencilla mujer, que pese a las limitaciones de género que se vivían en su época, supo enfrentar desafíos, superar adversidades y llevar una vida digna de elogio. No se embarcó en grandes empresas, no buscó la fama, ni pretendió ser admirada y conocida, sino brindar el mejor servicio al visitante de Mina Clavero, que fue su mayor ambición y orgullo. Sin embargo, “ella era una mujer preparada, de amplia cultura, que podía resolver pleitos, aconsejar a matrimonios en desavenencia, impulsar adelantos edilicios, ejercer como maestra, preparar niños para su primera comunión y cultivar amistad con grandes personajes de la política y la cultura de su época. Su corazón bondadoso sabía disimular muchas miserias, ejercitando la bondad con todos, sean ricos o pobres, ya que nunca supo aborrecer” (sic Jorge Gue- rrero). Así transcurrió su vida, plena de actividades, y a lo largo de más de cin- cuenta temporadas brindó su calidez y servicio a quienes lo solicitaban, siendo precursora del progreso, prestigio y renombre con que hoy cuenta su querido Mina Clavero, poniendo en pie no sólo a su pueblo, sino a todo el valle, hoy reconocido destino turístico, tanto nacional como internacional. Ya anciana y muy enferma, hasta el último día de sus ochenta y siete años, dejó una vida puesta al servicio del turismo. Falleció el 11 de octubre de 1946. Mucho tiempo ha pasado, sin embargo, integrantes del Centro de Comercio no olvidan la obra señera de doña Anastasia, y teniendo en cuenta que Mina Clavero no tiene fecha fundacional, propusieron que se declare el día 11 de oc- tubre como Día de Mina Clavero, en homenaje a Anastasia Favre de Merlo, dán- dole el título de fundadora espiritual de la localidad. Cada año en esa fecha se la recuerda con la apertura de la temporada turística. Como puede verse, no elegí para este reconocimiento a una mujer que haya

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aparecido en la portada de diarios y revistas, tampoco a aquellas que por su accionar público brillan, con justicia, con brillo propio. Quise homenajear a esta mujer que desde su sencillez, coraje y gran corazón, hizo conocer no sólo a su querido pueblo, sino a toda una zona de nuestra provincia, inculcando en sus pobladores el deseo de servicio y la calidez para atender a los visitantes, el amor al trabajo y la solidaridad, haciendo que un ignoto pueblo de las serranías cor- dobesas sea hoy reconocido, y valorado, como un lugar ideal para el descanso y el esparcimiento. Como mujer quise hacer conocer la obra de esta digna congénere que nunca deseó, ni esperó, reconocimientos, premios ni homenajes, y que sin embargo es, a mi juicio, gran merecedora de ese honor.

Agradecimientos

ANASTASIA FAVRE DE MERLO

Quiero expresar mi eterna gratitud a don Jorge Guerrero, ilustre hombre de Traslasierra, quien con un enorme corazón pone a disposición de todos sus conocimientos y vivencias de la historia de Mina Clavero y todo el valle. Con profundo respeto te digo: ¡Gracias, Jorge!

Bibliografía digital

www.jorgeguerreromilacnavira.blogspot.com - Apuntes para la historia de Mina Clavero. Fecha de úl- tima consulta: 19/08/2010.

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Blanca del Prado

Blanca del Prado Por Adriana Noemí Izquierdo Nací en Córdoba un 11 de agosto de 1956.

Por Adriana Noemí Izquierdo

Nací en Córdoba un 11 de agosto de 1956. Las veredas de barrio General Paz me vieron jugar y crecer y no pierdo la costumbre de volver a él pues mi casa materna sigue en pie. La ciudad albergó mis sueños y concreciones: mis estudios, mi matrimonio, el nacimiento de mis tres hijos y mi relación con Ana María Malanca de Arisi en los diez años de docencia compartida. Su amistad me acercó a la obra de su madre, la poeta Blanca del Prado. Desde hace veinte años fijé resi- dencia en Rosario, provincia de Santa Fe, donde continúo ejerciendo la docencia y de vez en cuando insisto en esbozar algunos escritos.

adizquierdo@gmail.com

BLANCA DEL PRADO

PALABRA QUE ENCIENDE

EL VIENTO

Fundamentación

¿Qué significa ser poeta en Córdoba a principios del siglo XX? ¿Qué significa ser mujer y artista en un contexto que oscila entre Perú y Argentina, entre Are- quipa y Córdoba? Significa pensar a Blanca del Prado desde el género en la sensible belleza de su producción, y en el arte como compromiso social, camino que recorre toma- da de la mano de su esposo, el pintor José Malanca, no sólo compañero de vida, sino difusor de las ideas reformistas que marcan nuestra historia universitaria, y a las que esta mujer adhiere desde el contacto temprano y profundo con la realidad latinoamericana. Pensar también el porqué de la invisibilidad de una exquisita poeta, conoci- da y reconocida en el Perú, pese a caminar esta Córdoba desde los 27 años, for- mar su familia y reposar finalmente en ella. A la luz de su trayectoria y produc- ción tal vez la indiferencia académica sea un honor; pero ha llegado el tiempo de hacer visible su presencia en su patria de adopción.

BLANCA DEL PRADO

El sol se estrella y rueda por la calle Juan Rodríguez. Es primavera, pero el astro implacablemente se empeña en anunciar un estío bochornoso, al mejor estilo cordobés. En la vereda, frente a la puerta de la casona de barrio San Vicente, el tapial bajo descubre un jardín pletórico con el perfume penetrante de la tierra recién regada y una galería típica del siglo XIX. Traspasarlos es adentrarse en un mun- do en el que Córdoba se desborda en la Latinoamérica profunda. O es Latinoa- mérica la que se hace voz en la palabra poética de Blanca del Prado, latiendo en rítmico compás con la cromática paleta de don José. El taller del primer piso deja entrar por sus amplios ventanales la claridad celosa del color y la poesía. Es un espacio que invita a recorrer la obra de esta mujer que caminó la Córdoba que anunciaba el siglo XX, irradiando luz poética a la obra pictórica de José Malanca, en el San Vicente de 1930. Blanca del Prado Chávez, de ella se trata. Descendiente de un virrey de Perú, su vida se inicia en Arequipa, el 19 de noviembre de 1903 y su árbol genealó- gico comienza a explicarnos el espíritu que la animará en todos sus actos. Su abuelo, Eliodoro del Prado, escritor, poeta y dramaturgo, fue educado en Pa- ris y con los ideales de la época formó al padre de Blanca en el espíritu liberal. Eliodoro (hijo), obtuvo el título de abogado y se constituyó en defensor de los campesinos en el Perú 1 . Blanca crece en ese dialogismo entre Europa y las raíces ancestrales amerindias; conoce ese mundo porque desde niña acompañará a su padre en su recorrido por los parajes peruanos, en las visitas que realizará como abogado defensor de los derechos campesinos. Se nutre de una realidad que a principios del siglo XX para las mujeres se muestra más sola y con ideales que se manifestan como precursores en las luchas por la tierra y la integración. Irrumpe con firmeza y sensibilidad en la joven la tarea que será parte de su cotidianeidad: la niñez se vuelca en la escritura con las reminiscencias en que el caminar quebradas resulta habitual. Quedan registradas en Caima, su primer libro de prosa poética que toma su nombre del pequeño pueblo de los alrede- dores arequipeños:

1 Eliodoro M. del Prado (hijo) fue también escritor y político, prefecto, dos veces alcalde de la ciudad y senador por Arequipa. Fundador, además, de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Agustín de Arequipa.

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Huertos, flores asomadas en las tapias para mirar los caminos; su Norte:

una virgen con veinte faldas; su oración: una plaza con sol, con flores y con caminitos de sillar 2

El quehacer diario, la mirada hacia esa mujer con el atavío típico, el paisaje y un Niño que nace, porque es diciembre, en la casa de todos junto al llanto de los chicos, a los perros, a las pajas de los corrales

maravillosamente Dios, maravillosamente Niño, en una parte mejor que todo, tal vez atrás de la iglesia… por los campos puros, por los campos abiertos como para recibir el infinito…¡Campos por donde las campanas se van al cielo!

Comienza a reconocer desde sus primeros escritos a la mujer y al hombre debatiéndose en un medio hostil, con las luchas por el pan en una naturaleza a veces no muy pródiga y con mayores olvidos humanos. Se abre paso la voz de los que no pueden hacer escuchar la suya. En ese paisaje, Blanca no descuida a la mujer que lo habita; su palabra se hace eco en la callada quietud de quienes padecen en silencio, en la cotidianeidad de su tarea. El desamparo hace huella en La inquietud de Juan, texto integrante de ese primer libro:

No tenía madre, descalza, junto al perro y los repollos, crecía en la ternura inconclusa de otra mujer y bajo el azul abierto a todo. […] Los trigos veían que era bella y se alzaban a Dios por sus trenzas negras. El perro le agitaba su cariño en la cola.

Difícil tarea para una mujer la de abrirse paso en un contexto netamente masculino y excluyente. Blanca se dedica a la poesía y su compromiso no es ajeno a la situación política de su tiempo. Su hermana Alicia no escapa a esta formación paterna: es la precursora del voto femenino en el Perú 3 .

2 Los sillares son las típicas construcciones arequipeñas.

3 Datos familiares aportados por Ana María Malanca de Arisi, una de las hijas de Blanca.

BLANCA DEL PRADO

Resulta imprescindible la mirada retrospectiva para situarnos más preci- samente en Lima, cuyos salones la tuvieron como protagonista. En ese entorno conoce al artista cordobés José Malanca, descubridor de la América Andina a tra- vés de su cromática paleta paisajista. La vinculación del pintor con José Carlos Mariátegui permite la confluencia mutua en los salones culturales limeños. Una mujer poeta frecuenta esas veladas artísticas, en un espacio y un tiempo redu- cido al ámbito masculino. Córdoba se acerca a Mariátegui; lo hace en las ideas de José Malanca, quien difunde en Perú los ideales y las banderas de la Reforma Universitaria de 1918, movimiento de la igualdad y la equidad educativa, de la socialización del conocimiento. Como no podía ser de otra manera, la visión progresista y socialmente comprometida de José Malanca deslumbra a una jo- ven Blanca del Prado, que suma a la atracción física el compromiso de la acción. Contra todo preconcepto acepta la invitación del pintor a visitar Argentina, más precisamente su ciudad natal, Córdoba. A partir de aquí la espera una vida en común y un nuevo lugar de residencia. Corre 1929. La historiadora Rosa Dolly Tampieri de Ghirardi (1994) relata el encuentro:

“Malanca conoce a la que sería su esposa en el mismo Perú. Este país le ha- bía subyugado y realizó en Lima una exposición. Blanca del Prado asistió a esa muestra acompañada de su novio, un poeta limeño. Así se conocieron. Blanca quedó encantada, no sólo con los cuadros, sino también con el pintor. Los mis- mos sentimientos embargaron a éste. Viaja luego a estados Unidos y, al regre- sar nuevamente a Lima, un amigo le aconseja llegarse hasta Santiago de Chile, donde se hallaba la encantadora poetisa con su hermana. Más tarde retorna a Córdoba y será desde acá donde le escribe pidiéndola en matrimonio. Blanca acepta y cruza la cordillera en tren para encontrarse con su amado. Todo es real- mente novelesco. Finalmente se casan y se radican en el Barrio San Vicente de la ciudad de Córdoba, donde viven con los padres del pintor compartiendo una vida austera y modesta” 4 .

4 La historiadora cita como fuente a Alicia Malanca, en una entrevista que tuvo oportunidad de realizar y en la que la hija del pintor relata la vida de sus padres, si bien su trabajo versa sobre la obra pictórica de José Malanca.

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Osadía impensada para la época, Blanca se lanza sola en viaje a nuestro país para contraer matrimonio civil con quien cautivó su corazón, y se convertirá en compañero de vida hasta el fallecimiento del pintor en 1967 5 . Anterior a la decisión del corazón, Blanca ya era conocida en el Perú como incipiente y novel voz femenina. Los inicios de su producción se remontan a la presencia en Lima del Grupo Orkopata, una de las agrupaciones literarias más

representativas de la vanguardia literaria latinoamericana en los años 20, cuyo representante, el escritor Gamaliel Churata 6 , mantenía relación epistolar con Malanca. Sus primeras publicaciones son firmadas como Blanca de Assis. Pero será la revista Amauta fundada por Mariátegui en 1926, la que se tor- nará un referente indispensable para la iniciación de la producción poética de Blanca del Prado, puesto que en esa publicación confluye la vanguardia latinoa- mericana de la primera mitad del siglo XX. Esta información es corroborada por el profesor Sergio Raúl Díaz, cordobés estudioso del Amauta e investigador de

la vida y obra de Malanca 7 .

Imposible descuidar el referente peruano para entender el pensamiento que alienta a Blanca. Amauta no es sólo una publicación, es un movimiento ideoló-

gico, político y cultural, integrado por intelectuales que rescatan el indigenismo

e intentan incorporar elementos de la tradición andina en el arte y la cultura.

Conforma un grupo de avanzada para la transformación del rol de la mujer peruana; por primera vez las poetas, escritoras, artistas y militantes políticas pudieron pronunciarse en ese ámbito sin temor a la exclusión social. El trabajo intelectual de las mujeres, como lo revela Sara Guardia (2007) 8 , pudo ser leído abriendo caminos en los campos del derecho, la política, la economía, la so- ciedad y la cultura, “son mujeres que no piden permiso para ser escuchadas, proclaman su derecho a ser escuchadas. Cambian el suave vals por el charleston, se cortan los cabellos y se despojan de sus largos trajes”. El propio José Carlos

5 Como dato ilustrativo, son testigos de casamiento los señores Mateo Seguí y Guillermo Ahumada.

6 Pseudónimo de Arturo Peralta (1987-1969) componente de la vanguardia peruana.

7 Como dato ilustrativo, resulta interesante citar su trabajo “Un pincel en el tumulto”, publica-

do en la revista Umbrales, Nº 8, escrito en el que Sergio Díaz rescata los ideales de José Malanca y su adhesión a la Reforma Universitaria de 1918.

8 En su trabajo “Amauta y la escritura femenina del los años 20”. Ver bibliografía.

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Mariátegui, fundador del movimiento, escribe entonces que la poesía envejeci- da en el hombre, renace rejuvenecida en la mujer. Así se incorpora la presencia poética de Blanca a las voces más renombradas de nuestra América: los escritos de Alicia del Prado, de Griselda Zani, María Ele- na Muñoz, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, entre otras, sin olvidar a su gran amiga: Juana de Ibarbourou 9 . Recordemos, además, que la década del 20 está marcada por las secuelas de la primera guerra mundial y el triunfo de la Revolución Rusa de 1917. Con Amauta surge una nueva conciencia nacionalista y el impulso de renovación incluía vanguardias como el surrealismo, tal como lo señala Sara Guardia 10 . Las imbricaciones y anclajes de ambos artistas, Blanca y José, comienzan en estos encuentros en los salones limeños y se prolongan en una vida comparti- da, tal como menciona la publicación de Jesús Cabel en el diario El Peruano 11 . Este proceso de transculturación se profundiza en el período 1933-1969, en el que la poeta se instala en la casona de San Vicente. En Blanca del Prado ofi- cia la magia del pincel y en su palabra surge no sólo el manejo estético de la que es hábil labradora, sino también las experiencias emocionales, fuente de un proceso interno creador. De allí en más no puede entenderse su producción sino en vinculación con José Malanca, cuya trayectoria se hace a partir de aquí más intensa, en un viajar más pausado que vuelca “en centenares de cuadros, convirtiéndose en uno de los más grandes exponentes del arte argentino” 12 . Su palabra poética logra anclar en la Córdoba de 1930 y en la sencillez paisajística de la obra de un pintor capaz de construir poesía con el pincel y en quien su

9 Lo consigna Rosa Tampieri (op.cit.). Esta amistad se menciona cuando hace referencia a La

Estancita, propiedad de Malanca en las serranías cordobesas, lugar de confluencia de amigos, poetas, artistas e intelectuales.

10 Op.cit.

11 Artículo publicado el 25 de septiembre de 2001. Ver bibliografía.

12 En La Voz del Interior, Cultura: Artes visuales, 24 de julio de 2008. Artículo que lleva por títu- lo “El descubrimiento de América”, relacionado con la visión pictórica de Malanca a partir de su acercamiento a Perú y en vistas a la exposición que se inauguraría la semana siguiente, en la que se destacó la gigantografía de la poesía “José Américo” de la que se hará referencia en páginas siguientes. El motivo: la celebración de los 100 años del Consulado de Perú en Córdoba.

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influencia es ya decisiva. Amauta se había encargado de recoger los poemas y relatos bajo el título de Caima, con ilustraciones de Camilo Blas y Julia Codesido, pintora de la escuela de José Sabogal, en esa primera edición. Es importante difundirlos en Argenti- na. En nuestro país el diseño de Caima estará a cargo de José Malanca y será una publicación de autor en 1938, llevada a cabo en una imprenta de la ciudad de Buenos Aires. Una vez más, la poesía de Blanca del Prado confluye hacia la pin- tura de José Malanca, o es el arte pictórico el que va en su búsqueda, como una compleja actividad en la que cada verso suma las inmensas reservas del dibujo y el color que reproduce el paisaje americano. Entre 1932 y 1936, José Malanca expone sus pinturas acompañadas por los poemas de su esposa, en Buenos Aires, Córdoba, La Plata y Rosario; nuevas ex- posiciones que unen el pincel y la palabra en un paisaje común se suman entre 1944 y 1950 y en el período de 1954 a 1964 en diferentes ciudades del país. Paisajes serranos, norteños, una visión casi religiosa del altiplano se con- jugan con la estructura por la que opta Blanca y de la que es hábil y exquisita cultivadora: la prosa poética. En el manejo del lenguaje se infiere el significado implícito y explícito, un proceso estético creador que lo determina, explicadas en una construcción unitaria desde la cultura y el contexto. Su poesía intimista ingresa en la literatura transcultural (Rama, 1982) aplicada a la palabra poética que guarda en sus versos la lengua autóctona y marca un espacio nacional que se desborda en otro espacio de adopción. La escritura, escurridiza, sortea los límites, los rescata y los aúna en un proceso de producción que integra otro universo cultural: el pictórico. En Yanahuara, texto obrante en Caima, la pluralidad lingüística forma parte de una integración creativa que tiene como origen y desarrollo la palabra poé- tica. Su identidad quechua-hablante marca el español de su poesía con una lec- tura arraigada en las expresiones originarias de los pueblos latinoamericanos:

[…] mi sombrero huachano volando por el corredor ancho que da a la cha- cra, buscando mis rizos: una carrera en el aliento del alba, pisando botones de oro y estoy en el pucquio, ayudando a sacar agua de los ccoros que se la llevan toda la mañana y ella se da, para todos, infatigable […] voy al río, al sitio de las lavanderas que suenan las ropas enjabonadas en las piedras bri- llantes y en sus palabras que calcan la vida de la Juana, desde la raíz, más

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profundamente que si ccalcharan el maíz. Me descalzo, dejo los zapatos en una orilla y chimbo gozosa de ver cómo mis piernas no tienen formas en el agua clara y cómo espanto los occollos, mientras los tanccas y los jilgueros, picotean lo que no tiene forma sobre el agua… 13

Permanecer en el corpus sólo desde el espacio lingüístico es acotarlo. Se ge- nera un dialogismo que busca hegemonía, porque la poesía de Blanca del Pra- do se enquista en raíces ancestrales amerindias fijadas, indefectiblemente, por la etnicidad de su lenguaje. Walter Mignolo (2005) considera que se debe aceptar

la localización geocultural como elemento de unión entre agentes humanos de

forma complementaria. La poesía de Blanca del Prado transmite la riqueza del mundo andino de la manera en que lo hace José Malanca con su pincel y que ella asume como conocedora de las luchas campesinas. Por eso su voz se torna áspera en Tingo, pero sólo al comienzo, porque la presencia del paisaje la suaviza:

Militares, cantinas, pianolas y así el aire un poco profanado destroza la

soledad de todos los sitios, y el agua que alardea de abundancia y rumor,

] Sin embargo, hay

pureza en los patos, hay candorosidad en el lago; hay maravilla en los ár- boles; hay un sol elegante en la alameda y hay campo, ingenuidad, gracia al otro lado del río

es pedante y hasta habla en inglés -no la entiendo-. [

Ahondar en el porqué de su dureza tal vez encuentre respuesta en su com- promiso de vida. Blanca formará parte de un grupo de mujeres que militará en

contra de la guerra del Chaco que desangró a dos países pobres como Bolivia y Paraguay, en disputa por unos yacimientos petrolíferos inexistentes entre 1932

y 1935. Se comprometerá, además, con movimientos opositores de la guerra

civil española y según comenta Hugo Arrascaeta, sin formar parte de un grupo

13 El libro se cierra con un “Léxico de palabras arequipeñas o quechuas”, indispensable para la completa interpretación de los textos.

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o de otro, realizará una cruzada a favor de los niños de todo el mundo 14 . Tanto compromiso no la hacen menos mujer: se enciende en ella el senti- miento maternal y la ternura se derrama en sus escritos y encuentra su climax en el poema Estoy completa, poema del que Enrique Mallea en un juicio críti- co sobre Caima, obra que lo contiene, describirá como sensibilidad ascendente hasta el momento vibrante, apasionado, sensual:

con todos los amores y mi juventud es santa y diabólica en tus

manos. […] Yo broto del latido de tus venas y del canto de tus pensamientos y así soy mujer que acuna y mujer que goza.

Te amo

La ternura no puede menos que valerse de diminutivos en