Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Seix Barral Biblioteca Breve

Cubierta “Empalizada” (2001), óleo sobre lienzo de Beatriz González

© 2003, Óscar Collazos © 2003, Editorial Planeta Colombiana S.A. Calle 21 No. 69-53, Bogotá

Primera Edición: agosto de 2003 Impreso por: Editorial Linotipia Bolívar

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas. "La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil. Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos. Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de mujeres obsesionadas por su belleza.

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D. disfruta en ella del suave aroma de las rosas.. Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg o Monte de Venus). A.) Les crimes de l’amour. de RICHARD WAGNER 4 . penetremos en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se permiten todo para satisfacer sus deseos (. DE SADE ¡Ven. amor mío! ¡Mira esta gruta.. Incluso un dios envidiaría el dulce gozar de esta morada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir al hombre y corregir sus costumbres que. al leerla. F.

todos sentados. Verónica. ¿Qué se han creído. pensó Virginia. había dicho Virgie a su hija. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran su asistencia. Virginia viuda de Oropeza. la joven habría de recordar esa fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a convertirse en mujer. En principio eran cuarenta. Veinticinco. frente a la confusa masa de sus recuerdos. rodajas de melón y papaya. habían salido con excusas. —¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña. Alégrate. carajo. imaginando que la cama debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules. —¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. —Aunque la esperaba. todos compañeros de clase. que ya eres mujer. ni uno más. la había ennoblecido con un baldaquino adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Verónica Oropeza —empezó a decir la madre. huevos revueltos con jamón y queso. la pondría más nerviosa y alterada. adornada en una de sus paredes con un gran crucifijo de bronce. orgullosa en cambio de la fiesta que daría a su hija. Una ganga. habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza. forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada. Pero nada como el amor propio para sortear esa clase de humillaciones. a lo cual la madre había restado importancia. otros ni siquiera habían respondido a la invitación. El desayuno fue esa mañana más abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria. era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de Verónica. pasó un último vistazo al vestido de cumpleaños de su hija. de soltera Villalba. porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura? Eran apenas las diez de la mañana. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día. gritó. aterrada por el grito. los que han querido venir. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo. nunca pensé que fuera este día —le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana. Amanecer manchada de sangre. Vero. no era lo que esperaba en un día tan especial. es que no entiendo la hipocresía de esa gente. sin tener que decirlo. pero diez se habían excusado. las mujeres del servicio trajinaban en la cocina. Todavía era temprano. El arreglo del salón se había hecho como Virginia quería. —Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—. había invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de quince. las medias y los zapatos nuevos. manchones rojizos en las sábanas. Por un capricho extravagante. Encima del tocador de la alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos. té con leche a cambio del café que. 5 . ¿no crees que le queda divino a mi cama? —había dicho al elegirlo. Años después. repetía con rencor. desplegado en la cama matrimonial de su alcoba. La fiesta empezaría dentro de dos horas. es que no cagan mierda?. dándole más importancia a la frase que al vestido. Al principio no supo qué hacer. veinticinco invitados. Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia entre sábanas inmaculadamente blancas. Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos. chismes escuchados en el patio de recreo. Y lo dijo llorando. deletreando nombre y apellido—. dos camareros se afanaban dando un último toque al decorado de la mesa. porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. según dijo Virginia. Para apaciguar a la hija. ¿Por qué si ella. según lo pedido en la invitación.

llena de desconcierto y orgullo. apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua caliente. Con el tiempo. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. convirtiendo el humor en sustituto de su melancolía. Virginia se encaprichaba con nimiedades ajenas. el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince. Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje. Al escucharla. frascos de aceitunas. enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus. bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la espalda—. Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de repente al mirar el sombreado del triángulo. el gradual cubrimiento del pubis. dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y deseada. riéndose de la complicidad establecida con la hija. montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y oscuros. —Mujer no. Virginia le repasaba con la vista las incipientes vellosidades de axilas y pubis. no quiso preguntar nada a la madre. boutiques y hoteles de paso. también ella anunció. Vero. recordándole a la hija que. Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos de la pubertad. las celebraba como si fueran graciosas ocurrencias. Se reía 6 . Verónica hacía su prometedor tránsito hacia la adolescencia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña. aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. se dijo. serás francamente irresistible y deseada. ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su hija? ¿Serían oscuras o claras? Nada que no pudiera remediarse. unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío. No era el único recuerdo de sus travesuras. Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre. La niña. —Ya verás. Virginia viuda de Oropeza. Virginia empezó a sentirse orgullosa de la inteligencia de su hija. a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra "deseada". Desgranaba consejos con su ronca voz de antigua fumadora. —¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma. aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que. En años de paciente aprendizaje. A medida que secaba el cuerpo de la hija. costumbre que ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que. Más de un detalle decorativo de su casa provenía de restaurantes. ceniceros de restaurantes. cuando le fue dado frecuentar hoteles de una noche o fines de semana. —Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada. en momentos de exaltación o rabia. acomplejada por la negra. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo. envueltas por el velo de la inocencia—. al que acostumbraba podar triangularmente. Verónica no se escandalizaba. exquisiteces de supermercados. le daba mayor emoción a su aventura. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a esas niñas blancas y desnudas. a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al suyo. recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de un hotel de Cartagena de Indias. También ella se había desarrollado a esa edad. Virginia se anticipó. con el paso de los años. precisamente por ignorarlos. salían las procacidades más atrevidas. —Tendrás los pechos grandes. al verla sumergida en el remanso de agua y espuma. aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres. se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. de soltera Villalba.

El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. le dijo él de manera jactanciosa. —Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica. Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener. —Lárgate. Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad. deseada por hombres que pasaban de los cincuenta. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo. —Tus orígenes de negra. No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia. por la frecuencia de sus amores. La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años hacía de Virginia una mujer exótica y. ¿Por qué coño y no "cuca". exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. Deberías sentirte orgullosa. como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. entonces. Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. todavía desnudo y con las ropas en la mano—. No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas. evidencia que la curó de las debilidades del sentimentalismo. Estaba destinada. Esto era al menos lo que respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día. cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor consistencia que antes. gracias a la vulgaridad domesticada de su mestizaje. que estaba destinada a ser más querida que novia. a ser preferida como amante clandestina. Lo sintió crecer tan de prisa. por lo mismo. Tienes pelos de negra. de allí que en sus pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar una pareja con futuro. le dijo que en los pelos de su coño —éstas fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. En el umbral de los veintiséis años. Nunca volvió a ver al muchacho. motivos de vanidad y no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia. El ingeniero Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. nada más que eso.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre menos áspera. por cierto ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—. no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la sábana—. 7 . Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán". un adulterio desinteresado. ramas oscuras que hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico. Fue un accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida. Virginia supo. como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos. Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de pocos años. Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de Indias y Buenaventura. —¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama. —No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta. Ve a revolcarte con tu negramenta. ¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes. abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía.

Secretaria o esteticista. Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—. ensalada de endibias con queso Roquefort.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Envuelta en la blanca toalla afelpada. parecidos a los suyos. jóvenes como su hija. te debo el de perlas auténticas. Los zapatos de Gucci. quizá menos abultados y más finos. mamá —había protestado Verónica. Una niña. apretados en su triángulo. El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile. La precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante su matrimonio. de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza". Los invitados eran recibidos en la 8 . Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina. sorbete de limón entre la entrada y el plato principal. Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse. bajó de una camioneta negra escoltada por tres hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. Como decía Virginia. parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña. ajustándole los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido. la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña. De una generación a otra. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. sombrearía de azul la superficie de los párpados. dibujando minuciosamente sus formas. se habían suavizado los rasgos de la herencia. borrando para siempre el rosa de las paredes. El ingenio y la conciencia de su hermosura. holgados en los muslos. Vestida y maquillada. cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. en la periferia de Quito. Virginia había hecho pintar de azul el cuarto de la hija. Le diría adiós a la ropa interior de niña. No se trataba de mentirillas ni alardes. —No exageres. hacían juego con la cartera de la misma marca. Sólo faltaba el collar de perlas falsas. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas! Virginia se encargó del maquillaje. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran realidad. Verónica estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje. torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el momento en que se sintió irremediablemente viuda. para que la niña diera una última mirada al espejo. un fucsia que. frente al gran espejo de la alcoba. la niña se dirigió a la alcoba principal. Vero. A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados. que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje realizado. langostinos en salsa de maracuyá. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera tomado en mediocres oficios de supervivencia. como era la moda en las mujeres adultas. Una semana antes. Cuando la madre hubo terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil de una quinceañera. La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios. la certidumbre de saberse atractiva. de tacones medianos. En todo momento. aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco. aplicaría un poco de color a los labios. De esta manera. pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas dos años atrás. Marcaría las cejas. A quien le preguntara por el origen de la carte. de la misma edad de Verónica. Verónica dejó de ser una niña de doce años. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la esperanza de verlos cumplidos. La madre le eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. trufas de postre. cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la viudez.

cuando le agradeció el regalo de la gargantilla. ¿no tiene un Moscatel. Y al maracuyá lo han empezado a llamar la fruta de la pasión. La mayoría de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino. siendo ella una viuda de recursos desconocidos. enjoyada en cuello. mejor si le ofrecía un trago dulce. ceñido en la corta garganta de la niña. Entre todos los regalos. una insignificancia si se miraba bien a Matilde. pensó. se hacía acompañar por un jeep blindado con escoltas. 9 . aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la postró durante una semana. madres de niñas que llegaron a husmear a último momento. Las trufas. Vendo seguros —se defendió ella—. "Señora —le diría después a Virginia—. de casualidad?. Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el porte con que la mujer lucía collares y pendientes. y Virginia soltó una carcajada. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda ¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión infantil. incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de encajes. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos ni conocía las trufas—. como la hija. eso fue la fiesta de aquella tarde. y aprovechó la llegada de otros padres para despedirlos uno a uno en la puerta de la casa. la deslumbró el de Matilde. brazaletes y sortijas. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final. Tenía Martini. ¿En qué trabajaba su marido?. pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen de tanto derroche. de mangas ajustadas a los brazos. La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera Verónica Oropeza. preguntó con voz aflautada. ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero. rodajas de naranja. —Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas. La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por primera vez la noche anterior.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco. haciendo esperar en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas. diosa del amor que Verónica descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía. donde se empezaron a volver populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales. dedos y muñecas. hubiera querido preguntarle. Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia. Y le preparó un mejunje con Martini rojo. No. Le ofreció una copa de champaña. dijo Virginia. Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados del día anterior estaban los autores de aquellos rumores. según se supo en todo el colegio. fruto de la envidia. Y cuando apareció. Conjeturas malévolas. perendengues que ella consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura. prolongada hasta las siete de la noche. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que. El cuello del vestido. un chorrito de soda y gotas de Angostura. dijo una de las chicas. esas preguntas no se hacían. castigo de la naturaleza. para que lo supiera. los escoltas de la niña dicen que la van a esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo". la niña traída por sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro. —Cuando sirvamos el ponqué. eran exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la maledicencia llegaba a sus oídos. una mujer a la que no se le conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. dijo ella. estrangulado en el cuello por una pajarita morada. Al hacerlo en el momento oportuno. Esperaba a la madre. ¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita.

la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la respiración debajo del agua. Memorables habían sido para Verónica la fecha de su cumpleaños y su primera menstruación. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía acariciada por la textura de su pelusilla. La bañera. por los botones hinchados de sus pechos. llamó tacita al ombligo y melones a sus senos. paseaba por la habitación sin abandonar el reflejo del espejo. Las caderas se curvaban. se acostaron juntas en la cama. cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo. Empezaba a pensar que su ropa interior no estaba destinada a cubrir. erizados cuando la mano era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos. en el fondo. pasaba una mano por la curva de sus caderas. el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase de un lugar separado del cuerpo. cortejada por los chicos mayores de otros cursos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La fiesta había sido fantástica. antes de acostarse. los ensortijaba sin propósito ni malicia. Virginia creía que la ropa interior dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina. porque. Más abajo. sólo para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad despertada por las afirmaciones de la madre. que antes cumplía funciones de ducha. Se miraba de reojo. Como no podía burlar la disciplina de usar el uniforme. Se probaba nuevos juegos de ropa interior. dejó atrás la niñez y se empezó a enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. sobre todo. Aprendió a admirarse y a tocarse pero se aburría al momento. Halagada por la madre. Atrás quedaba su pasado de niña. se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. El roce de la espuma. despuntaban con una dureza que antes había pasado inadvertida. llamó bosquecito a su Monte de Venus. Con 10 . adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el espejo de su cuarto. el rosa de las paredes. Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. era usada cada noche. —Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. admirada y envidiada. empezaba un territorio de incógnitas inexploradas. Aguijoneada por las premoniciones de la madre. Nacía a una nueva vida. Al fin solas y rendidas. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se deba exhibir. cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones. Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. Acariciaba sus vellos. la ropa interior de niña que fue a parar a manos de la empleada. no le pares bolas a las habladurías. La ropa interior. ¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. Digan lo que digan. las muñecas almacenadas en el armario. ¿serán demasiado grandes?. de espaldas y de perfil. pues atribuía al frío de las mañanas el endurecimiento de sus senos. admirada por las amigas. La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o insignificante de los acontecimientos que vivimos. partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del agua. los pezones. Como si jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo. de frente. por la erguida redondez de sus nalgas.

Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que podía satisfacer con creces sus compromisos. desconoció al comienzo las reglas de quienes desde muy niños. rogó el favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles. quien intervino para abrir un cupo a la hija de su amiga. Prefería a los chicos mayores. Gracias a las advertencias de la madre. Verónica le agradecía el regalo de cumpleaños. Virginia pidió citas con el director del colegio. Cada vez que la encontraba. soy la nueva. por lo nueva. Mi hija se merece un buen colegio. olvidado por descuido. Y lo era porque se esperaba que apareciera con los regalos más espléndidos del mundo. —Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas. la oveja negra del curso. Con tenacidad de luchadora nata. chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras. a primera hora de la mañana y al entrar al colegio. censurada por otras. explosión de alegría que las demás calificaban de escandalosas. habían hecho de aquel colegio una segunda familia. el ingeniero Arturo Oropeza. dejando atrás las privaciones anteriores. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan. Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de sus compañeras. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás. La niña. Sus risas eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos. Sorteó las dificultades de conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto marido. se había graduado con honores en tan respetable colegio. Era sin embargo espléndida en sus regatos. considerándolas chiquillas. La pobrecita Matilde. Es muy inteligente —decían sus profesores— pero no pone de su parte. Verónica actuó con la mayor naturalidad del mundo. de un día a otro. Pocas compañeras se maquillaban. Un dato. aislada siempre en un extremo del patio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus deliberada coquetería. No había cumpleaños o celebración a la que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. tratarán de hacerte sentir una intrusa. y omitía las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla del grupo. No le fue difícil adaptarse. dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa. Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus compañeras. Hablaba sin timidez. Y. insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su solvencia económica. aparecería como por encanto la prosperidad. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad. se dijo Virginia. trató de mostrarse amistosa. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos superiores. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas. donde comía sola las exquisiteces que le entregaba. Obró a su favor y sólo en parte. No consiguió como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas. Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases podría ser una de las mejores alumnas. Éstas se podían contar con los dedos de las manos. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. Imitada por unas. se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos. era una solitaria engreída. uno de los escoltas que la acompañaban. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. Se refugiaba en el baño retocaba su cara. no tanto para enseñar el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores. Verónica lo hacía regularmente. de 11 . Después de la muerte de su padre no pensó que. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. Para darle muestras de agradecimiento.

—La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica. El orgullo sería su mejor arma defensiva. Se la disputaban. el sello de su misma clase. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia. el amor callado de los imberbes. otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. Matemáticas o sociales. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil. al saberla lejos se entristecía como perro apaleado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida. era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para aviones. perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al saberla presente. No era feo. No se decidió por ninguno de los camorreros. el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. Supo que dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo. porque ¿qué elección no lo es? Al elegir. era sencillamente pusilánime. El primero le había tocado las tetas. Sólo la miraba furtivamente. El muchacho palideció—. Experimentó la vanidad de saberse disputada. tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de deportes. pero huía de lo que deseaba tener cerca. el que estaba fuera de toda discordia. ¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el mejor de la clase. ¿A qué clase pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. —Coqueta sí. Uno decía haberla besado. Si se proponían ofenderla. Es riquísima. Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera. ¿No era la amistad una prestación mutua de servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. servirse de él cuando lo necesitara. Un día de estos vamos a cine —lo desafió. Se impondría por su propia fuerza de carácter. ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos. A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en numerosas especies animales—. al igual que ellos. No era feo. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. una elección cruel —se dijo—. Cortejada hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores. se ganó a pulso simpatías y reputación. Si la sentía cerca. lo eligió para la primera cita y el primer beso. Le dio la espalda y corrió a protegerse en uno de los salones de clase. siempre se deja a alguien fuera del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa. Le dijeron que otro compañero sufría parálisis al verla. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza. Vero se atrevió a encarar al muchacho. Eligió a un cuarto. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso. lo que importaba era tenerlo de su parte. fingió ser mayor de lo que era. le aconsejó Virginia. un amor lleno de tribulaciones. cuando Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. que la sola idea de decir lo que lo atormentaba. adolescentes fascinados por su desparpajo. huía. No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado. debía actuar como si no fuera con ella. con quienes le salieran con altanerías. informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa. fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. no 12 . Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este admirador. Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó a saberlo un año más tarde. Compañeras y compañeros de clase acabaron aceptándola como si ostentara. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia. vestía ropa de moda y de marca. si era el caso. lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento.

lo envidiaban con desdén. subir las escaleras hacia el segundo piso de la casa. de divertirse como quisiera. confío en ti mija sé que eres responsable.. Se mofaban de él a sus espaldas. La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. nunca desayunaba con ellas. a la salida de clases. Llegaba tarde cada noche. No lo admiraban. todo para llevar la contraria. A veces escuchaba sus risas. de quien fuera. todos dijeron que era una excentricidad más de esa loca. de suelas remontadas. toses nerviosas. Vendía seguros —le explicaba a la hija. Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos. Desde los siete años. cocina gigantesca como un potrero. Era el sobrado de la clase. concedía siempre la madre. Se las sabía todas. ni siquiera era convidado a las fiestas que. que Verónica se acercó a él como si cortejara con la lepra. decorada con toda clase de electrodomésticos. una de sus vainas raras. A su edad. mejor dicho. prometedoras escaleras hacia la segunda planta. Tal vez viviera en el noroccidente de la ciudad. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le pidió que se vieran en la tarde. cada viernes. obras de arte en las paredes. quizá su padre 13 . la casa de Verónica era una casa de ricos. me invitaron a cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas. donde quedaba su alcoba. en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana interminable. que sus zapatos. reproducciones o falsificaciones de obras de arte. Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. —No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable. por qué en tu casa? Nadie lo invitaba nunca. Así que cuando Verónica se acercó a él. —No hay problema con mi padre. Le guardé dos años de luto a tu padre. de él. se organizaban en las cafeterías cercanas. Nunca había sido más atractiva que ahora. Virginia podía seguir dándose el lujo del amor. En ocasiones. ésta era la retahíla que le lanzaba desde la mañana. Podía llevar a casa a sus amigos. Soy el mayor de tres hermanos. —¿En tu casa. Le dijo que era huérfana de padre—. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida por el acné. siempre un desconocido que. La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada. Lo invitaría a tomar algo en su casa. La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia. ¿hacia dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. Para el joven. menos tratar a las mujeres. se burlaban de su modestia. No habría problema si un compañero la visitaba. no hagas ruido mi hija duerme. con salón exquisitamente amueblado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. siempre pulcros. La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. por prudencia. tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones. advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa. Se decía que no era inteligente sino un repelente fenómeno de la naturaleza. Se acercó a él con el pretexto de pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. se sentía acosada por los remordimientos. eran los mismos de todo el año. pedirle a la empleada que les prepara cualquier cosa. Sarmiento era un desahuciado social. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. Tal era el cálculo de Virginia. No era apuesto ni atlético. cuando salía soberbiamente vestida y maquillada.

—En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia. te dio la ventolera de cargar con ese negro. con remiendos y tijeretazos. Subió a su cuarto. Feíto sí es.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos. el baño privado a unos pasos de la cama. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los defectos de los hombres. Y eligió su cuarto. el equipo de sonido colocado sobre la alfombra. niña. la cama sencilla. —¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—. Nelson ni siquiera demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado. la empleada. pero debe tener su gracia. estrecha y excesivamente corta. miraba los garabatos que llenaban hojas y hojas. que Virgie llamaba single. Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente. los almohadones de terciopelo. Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de los hombres será tu fortaleza. habiendo camisetas con los cantantes que más te gustan. vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal. 14 . Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. que llegue acompañada —secreteó—. —Tú lo puedes todo —dijo ella. —No entiendo nada —le dijo ella—. Un yin desteñido tijereteado. Prométeme que me ayudarás a estudiar. anticipándose así a otro consejo de la madre: —A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. casi solemne. Decirles a los hombres lo que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una intrincada estrategia femenina. las fotos de la niña en distintas poses y edades. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan? Nada la haría cambiar de elección. discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros. herido en una nalga. ¿En la sala o en mi cuarto? Nelson no respondió. El rey del reggae fumaba un largo pitillo de marihuana. exactamente en su base de sustentación. tal era la conclusión que sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno. Débil en su fealdad. Voy a perder la materia —se asinceró—. nada de esto quiso saber Verónica cuando Teresa. No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. —¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con esta prenda—. con el rostro de Bob Marley. Nelson lidió con la ignorancia de Verónica. Serio. No importa si les mientes. segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos superiores. orgullosa en las apariencias de su riqueza. Ella debió hacerlo por él. como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto. acomplejado en su pobreza. —Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué. Tardó más de quince minutos en regresar. la reproducción de La Maja Desnuda de Goya. les gusta escuchar música celestial. el escritorio de cedro. Una camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley. Vestí también una camiseta. pero el detalle más llamativo llenó de rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas. el afiche de David Bowie in concert. la herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel. Reapareció vistiendo unos yines desteñidos y ajustados. abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad: —Cómo me gusta. que me harás el examen —dijo sin preámbulos. Fuerte en su naciente belleza. Te invito a cenar.

Verónica entendía tanto de matemáticas como antes. ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. le dio un rápido beso en la mejilla. no sería un examen perfecto. Verónica comprendió que lo hacía por ella. le entregaba la promesa de ayudarle en el examen. No fue sino más tarde. Nelson le dijo que nunca había hecho nada parecido. por la lenta seducción emprendida desde el día del primer beso. Duplicaría el examen. desviando la mirada hacia el cuaderno de apuntes. Lo hacía por. le susurró cerca del rostro. desprecio de sus compañeros. Rozó intencionalmente su mano. cometería algunos errores. Eso bastaba —le dijo Verónica.. ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad.. cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de su debilidad. ya era tarde. como si tratara de devorar la otra lengua. Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras. ¿Lo había aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión? 15 . elogios de sus profesores. ahora entrecortadas. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada. merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen de tres punto ocho. aceptó ayudarla. eres genial. un largo beso con lengua. —Tú lo puedes todo. Era un buen imitador de caligrafía. Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi. No pudo concluir la frase. Gracias por ayudarme. No fue fácil. —¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen. Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera. A cuatro cuadras. su madre lo esperaba siempre a las ocho. repasaron libros y cuadernos de apuntes. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos — Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—. No voy a poder con esto — repitió Verónica—. hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si querían cenar en el cuarto o en el comedor—. cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero. no creerían que de la noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. —Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo. Le dejaba las notas. Si se lo hacía perfecto. Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica. dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras. casi nada. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo. ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún compañero. ¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial. Él la miró un instante y agachó la cabeza. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno del colegio. Entonces ella le dio un beso en la boca. No conocía nada de Bon Jovi. su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Sentados en el suelo. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres hermanos. Una semana antes de los exámenes. tiene una canción que me encanta. —¿Me ayudarás en los exámenes? —Haré lo que pueda. antes fluidas. si descendía hacia la carrera Séptima. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo que su conciencia repudiaba. pensando que tal vez el halago compensara los desprecios de que era objeto en el colegio. como si se fuera a desvanecer en el instante. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia. que prometió ayudarla en el examen. muy cerca de la boca. es decir. Impulsada por una fuerza instintiva.

Nadie —aceptó él en voz baja. se dedicó a hacer el de ella. Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa ayuda de cada tarde. pues los errores eran la aceptación de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia. nada más un guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción. Había ido demasiado lejos en el juego. Nelson había aprendido a responder. La contemplaba a hurtadillas. salió del ángulo de visión y volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa. pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo. —Mi madre me está esperando —dijo Verónica. Entreabría los labios. Se ausentó unos minutos. Quería celebrar con él el tres punto siete. así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson Sarmiento. antes de salir a buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad. Verónica lo sintió más nervioso que antes. paralizadas por la tensión. Desde allí pudo ver a Nelson. se quedó con sus preciosos sostenes. pese a que sus manos se mantenían inmóviles. ¿Podría ella corresponderle? No. tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos borradores. Nelson se quedó silencioso en una esquina. se sentía mirada a la distancia. interesada familiaridad. Al regresar al cuarto. Le pedía al final una oportunidad. la víspera del examen. Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. No pudo aclarar las dudas de Nelson sino dos días después del examen. dejó entreabierta la puerta. Y añadía que su sola presencia lo enloquecía. no a su casa sino a una cafetería de la Zona Rosa. Por olvido o provocación. Le hizo una última invitación a Nelson. ni explicar tampoco el miedo que lo asaltaba en su presencia. ¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse. Una descabellada idea saltó como hermosa. ¿De qué? Quiero ser tu novio. Tal vez la hubiera escrito en su casa. Esta última escena. conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos. Pese a todo. que todo el día no hacía sino pensar en ella. encontró al chico tembloroso y pálido. Salían del instinto y ella misma se reía del atrevimiento de algunos actos. No volvió a invitarlo a su casa. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. Nelson imitó la caligrafía de Vero. incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos segundos cepillando sus cabellos. Pasó el examen con tres punto siete. hizo su examen rápidamente. con más timidez que mesura. era un cochino gesto de maldad. calculó ella. extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al frecuentar a Verónica. ese día. Y cuando se cruzaban en el colegio. Se miró en el espejo. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días siguientes. El más 16 . Y le dio un último beso. Lo despidió antes de las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa. decía. paralizado con la visión. el muchacho le dejó una carta encima de la cama. no podría ir más allá. el beso que sabe dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería. Sólo una ráfaga. envenenada inspiración: se sacó la camiseta. movía tímidamente su lengua. como abandonado en un desierto. Vero simulaba indiferencia. teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados. Verónica aceptaría después que algunas de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de haber usado al compañero. Lo veía solitario en el patio de recreo. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella. iba un momento al baño — dijo. Y antes de salir hacia su casa. a la húmeda caricia de cada beso. Me estoy enamorando de ti. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto una rara.

—Aunque parezcas mujer.. Nada de eso. Le hablaba de lo que no podía hablarle. que le arrancaba a dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había sido: el sosiego del olvido. no la habían conmovido sus súplicas? Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. Nelson pidió ser cambiado de colegio. intensos días. Se percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón defraudado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante. Verónica lo eludía a conciencia. Nelson la aguardó a la salida de clases.. del amor. de volumen generoso. No sé de qué me estás hablando —le dijo. entreabierta en la parte superior. Armado de coraje. ambos tan precoces como inesperados. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. Nelson Sarmiento se perdió así de su vida. de los insomnios. segura de haberse quedado con más preguntas que respuestas. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase? ¿Dónde estaba su inteligencia?. Se mofaban de él. Verónica le dijo que no temiera. extraído de la timidez o la humildad. de lo que no era capaz de decirle y que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica. Llegaría a los catorce abrumado por los honores. de la espera. Pensaba en la frase repetida por sus compañeras: Se está madurando biche. no respondía a sus mensajes desesperados. No me digas que. de su actitud sumisa y suplicante ante la engreída Verónica. La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre. Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de conejo degollado. sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza. sumergido en aludes de arena. ¿No había leído sus cartas. sintiéndose incapaz de domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche. Del calor de unos pocos. Le hablaba de las cartas. del sufrimiento. no para abordarla sino para contemplarla a distancia. Y dejó en el aire la conversación. Cuando por azar se tropezaba con él. no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del silencio—. tolerantemente caídos. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. quería decirle el niño a la niña. Tenía trece años. Cada cosa en su momento. le manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar raspando al siguiente curso. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas 17 . a la más incomprensible indiferencia. Nadie supo por qué cambió de colegio. Nelson se transformó una mañana en adulto. —se alarmó. miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes conductos. pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita. En los días siguientes. —¿Existen niñas precoces? —Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. se preguntaron quienes lo envidiaban. Aunque no lo trató con desprecio. Las rompía con el desdén de una sonrisa. oculto detrás de los arbustos. Sin poder dar una explicación convincente a la madre. Salía de su escondite cuando la silueta de la niña se perdía en el tumulto de otras niñas.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le había comprado hacía una semana. un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su Mercedes Benz blanco. ¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre —aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo especial". Sus visitas fueron más frecuentes. dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas de la niña. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social. Virginia ya no salía en las mañanas ni regresaba en la noche. Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan. El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso. una caravana de guardaespaldas que cruzaba los semáforos en rojo. Menos de lo que muchos piensan. Virginia le repetía que vendía seguros. Le habló de islas de ensueño. aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad ejercida ocasionalmente y a destajo. Grecia. cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes. ¿A dónde salía cada mañana. conocidas en folletos de agencias. Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se parece mucho al tamaño de las armas. como si nada valiera la pena ser tomado en serio. ¿por qué son tan importantes?. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se 18 . ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. más o menos encubiertas. No seas necia. Italia. motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las calles. Llegaba hasta los confines de Israel. Lo cubría un hálito de paternalismo. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan. Permanecía mucho más tiempo en casa. Lo comprendió sin saberlo decir. por qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. a convertirse en relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan. ¿Qué hacía un senador?. El hombre se deshizo en cumplidos. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. pero sus relaciones sólo se habían estrechado en las tres últimas semanas. aprobados por un pelo. Años después. visitas que Virgie nunca ocultó a la hija. tres veces senador de su partido. luego a la madre. Pronto pasarían de ser amistades especiales. España y África del Norte. ¿Dónde quedaba el Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que era un mar que bañaba un costado de Europa. lo que era cierto. me dicen que es lo más parecido al paraíso. ¡Pero si parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. frecuentes y a deshoras. Aquella noche. en circunstancias siempre trágicas. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó una carcajada. Desde entonces. Francia. jMikonos! —exclamó Virginia—. conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente eficacia de sus armas. insistió. ¿Qué hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas —respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava. un gentleman de sobria pulcritud y elegancia. ¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación de senador de la República. preguntó la niña. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. Aquella noche de junio de 1984. medió Virginia. primero dirigidos a Verónica. ni siquiera la amistad con Virginia viuda de Oropeza. Si no ganan mucha plata. Lo había conocido un año antes. ¿Por qué tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un senador estaba llena de peligros.

Más allá de sus límites. 19 . Se sentía en confianza. Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa. Llamaba a Virginia desde otras ciudades. era mirada de manera agresiva por los hombres. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. Roldan prefería bares y restaurantes de La Calera. Se acostó bocabajo en la cama. Se sentó después en la taza del inodoro a esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. bares. El cuarto le daba vueltas. le dio un último toque al maquillaje—. Devolvió toda la cena en el retrete. dormiría hasta tarde. antes de salir de casa. en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado. consiguió llegar hasta el baño. era hoy un refugio de parranderos sedientos. Se desnudó bailando ante el espejo. una fina. sin futuro de un hombre casado? La pregunta dejó de tener importancia. le exaltaron el ánimo. discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados. le pedía que tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel. discretos pendientes de esmeraldas. A medida que se circulaba por la vía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus prolongaba a veces hasta la madrugada. Como pudo. zapatos de tacones altos. apoyándose en el pasamanos. El mesero se precipitó a darle fuego. jóvenes a la moda arrastrados por la vorágine de la noche. El viejo pueblo. aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas. pese a su edad. La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que. fundado en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía. Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador. Te gusta el monte —bromeó Virginia cuando. Llámame Virgie. El senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de campesinos. dormían su quietud de siglos poblaciones del antiguo dominio chibcha. en el imaginario territorial de Virginia. A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. La ropa que había elegido para la cena no era la adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda. a escasa media hora de la ciudad. le enviaba el conductor y éste la llevaba al rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba. viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. Verónica se dio el lujo de probar el vino español servido desde el primer plato. de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. El vino y la champaña. Desde entonces. bebidos sin prudencia. levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros. Se arrojó al lecho de bruces. sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. La Calera era entonces una población de casi quince mil habitantes. ¿Cómo toleraba Virginia el presente. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de vomitar. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre. Coñac no. Subió las escaleras con los zapatos en la mano. regalo de la misteriosa Matilde. hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. ¿Por qué no se quedaba? Roldán era casado. —Pareces mayor —le susurró la madre cuando. corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas. sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello. haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban. lejos de las miradas del alto mundo. Roldan la llevó al restaurante de comida típica rodeado de tupida vegetación. moteles y restaurantes. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo. Al cabo de mucho tiempo pudo regresar tambaleándose. por tercera vez. Mañana sería sábado. la champaña francesa descorchada a la hora del postre.

Sus fiestas se volvieron célebres. llevaron una 20 . la obligó a llevar la mano hasta su pene. Bebía mesuradamente. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro. La ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo. sobre todo los viernes. matizó después. Nunca los dejó ir más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras licencias amorosas. Creía que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir. perdida con frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano. siempre en ausencia de Virgie.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al amanecer. se ponía de pie. siempre galante y obsequioso. no por prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. Se dejaba en cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. Entre los trece y catorce años. Con la libertad de salir y entrar de casa cuando le diera la gana. nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie apareciera acompañada de personalidades amigas. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán. Al despertar la niña no se acordaba de nada. Los muchachos salían de los rincones oscuros. sobre todo los mayores. Es que nunca habías bebido. La cubrió con el edredón. Verónica se jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. prendía y apagaba las luces en señal de advertencia. le dijo Virgie. pero Verónica respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes. me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable. Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros. la madre la encontró dormida y desabrigada. permitió que algunos de sus amigos lo hicieran. ¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos días. celosa de que alguna pareja se hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta. amigos especiales de la madre. No les permitía ir más allá de estos escarceos. se me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón. ¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele. con la soledad de estar al cuidado de Teresa. Teresa las vigilaba desde algún rincón de la casa. Y nunca la vio en las páginas sociales donde veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como clandestina. las fiestas se volvieron puntuales. Tan divino él. Aunque rechazó el ofrecimiento de fumar marihuana. detallista con ella y con la madre. Alguno. ¿De dónde sacaba Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. Recordaba su primera resaca como una pesadilla indeseable. chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. Bebiste demasiado. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores. No es que hayas bebido demasiado. Si la mano atrevida subía por sus muslos en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica retiraba la mano. más atrevido. Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. compañeros de clases superiores. Sin embargo. a Isla Margarita y a Cancún? Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. Mientras él vivió. vagando quizá en el peor de sus sueños. las chicas se arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo. Virginia le relató fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga. cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó Virgie—.

Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó como una mula. O el comienzo de un milagro. pero no lo dejaron. No era una secretaria cualquiera. La secretaria más hermosa y humilde. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y. Vivieron juntos once años. porque era tu padre. Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre. Tu padre era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo. Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la madre le habló del inmediato pasado. Dos años después de la muerte del padre. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos portarretratos tan horribles. Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. en la primera comunión. que en paz descanse. Les alcanzaría para llevar una vida mediocre. Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años. partiendo un ponqué de cumpleaños. La niña se acomodó a estas nuevas circunstancias. Y Virginia empezó a desaparecer con más frecuencia. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—. Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista. todo empezó a sonreírles. —¿Por qué no lo dejaron? —Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos. ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa. escondería esas fotos. jugando en una piscina. ¿Hacía milagros la madre? —Hasta los cincuenta y cinco años. en la mesa de noche de su cuarto. fue para la hija un misterio. lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el testimonio de sus metamorfosis: de brazos. todo. echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. ocurrida en 1980. El padre tenía cuarenta cuando se casó con Virginia. Si no fuera por ti. tu padre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vida decorosa. era secretaria del doctor Arturo Oropeza. Una viudez incierta. Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. la edad que tenía cuando murió el padre. adoptando en adelante horarios misteriosos. Ningún hombre se va a enamorar de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de comprensión. fue un trabajador incansable —le dijo Virginia a su hija—. Había terminado la escuela en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo. Los portarretratos donde se la veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares. Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella del difunto. quien apenas tenía veintitrés. a los siete y a los diez años. en adelante. No se lo reprochaba. A los treinta y cuatro años. en el orden económico. estudiados en universidades americanas y europeas. —¿Me permites entonces? —preguntó la madre. —Escóndelas —le dijo la niña—. —Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. 21 .

fascinados por el escote de la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda. Se tomó más libertades. los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y cambiantes. Si los años siguientes añadían algún detalle. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia. advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el tesoro de la virginidad. no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada de la naturaleza. a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible. Destacaba por su inteligencia y sociabilidad. Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia. Había tomado conciencia de su valor. Y a esa conciencia había contribuido la madre. ilustrada con numerosas fotografías. siempre con el consentimiento de la madre. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. nunca la libertad de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la virginidad. en aquel rincón del Monte de Venus. expuso las razones de su ruptura. Casi todos. manifestada desde los trece años. a sabiendas de que provocaría los celos de sus esposas. Cada invitado recibió su respectivo regalo. el curso de su carrera política y el honroso destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. muchachos que la rodeaban como avispas y olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus madres. Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años. la generosa Matilde. Casi todos sus compañeros de clase asistieron a la celebración. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio. Todo. En los tres años que habían transcurrido desde el día en que celebró sus doce años. a quienes Virginia trató con familiaridad. incluso por los adolescentes amigos de Vero. Iba y venía de Bogotá a Houston. En el transcurso de esos tres años. gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social. animada por una orquesta de música caribeña. Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán. Las madres y unos pocos padres. era instintivamente recursiva. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por la mirada de los hombres. excepto Matilde Fuello. Virginia le hizo una gran fiesta. en su belleza. todo en Verónica había seguido el curso previsto por la madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica cumplió los quince años. recompensado por el Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano. Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. estaba hecho. Virginia 22 . La invitó al restaurante campestre de La Calera y allí. destino del que no pudo separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos.

le dijo a la hija. Había aprendido tanto del amigo especial. Nunca le cayó bien a la hija aquel tipo estrafalario. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117. —¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas formuladas por la hija al día siguiente. a quien llamaba solamente por el apellido. Y siguió oponiéndose a la pretensión de Romero. Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta réplica se convertiría en otra. Él mismo se ofrecía a comprarla. Casi no frecuentaba la casa. Nunca. no los míos. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. altisonante. a Dios gracias. se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. te lo va a cobrar de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija consentida por la tolerancia más extrema. Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. era un grato recuerdo lejano. Son sus gustos. No le prometió regresar a buscarla. la llamó a su cuarto. que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó ella. que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. —Precisamente por eso —respondió la hija—. Al escuchar la frase de la madre. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero. De aquí no nos movemos. acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas: —En este país nadie. Ya no vendía seguros. se decía la adolescente. abría la 23 . Volvió a salir regularmente. ¡No seas altanera! —le gritó. El dinero no tiene origen sino destino. Virginia encendía las luces de su cuarto. que tomó el aprendizaje como recompensa. tampoco la refinada ironía ni la sabiduría del hombre de mundo. Un año después de la despedida. Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. —No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del arrepentimiento—. de la mañana a la noche. decía que tenía trescientos metros cuadrados. La única resistencia venía de Verónica. el senador Roldán. rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo hasta desgañitarse cada una de las canciones. omitiendo deliberadamente un nombre de pila impronunciable. Si no nos cuesta un centavo. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento inesperado. Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se empezaron a escuchar orquestas de mariachis. Al final de esta travesía. serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie de su camioneta blindada. Ni hablar—le dijo a la madre—. escandalosa. nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. Su nombre se parecía a su fortuna: burda.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una sortija de diamantes. lloró de arrepentimiento. Romero pretendía que Virgie la vendiera. —¿No ves que el cambio nos favorece. pero se abstuvo de decirlo a su madre. Quiso decírselo. La generosidad de Roldán había ido más lejos. sin contar la terraza. Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre. de quien Verónica se había encariñado. lo que se dice nadie. Vendía apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador. Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin promesas. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama. Fue todo un caballero. Empezó entonces a frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre. averigua por el origen del dinero.

la largueza con que le pagaba a la niña sus clases privadas de inglés. Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo. Los muertos de hambre y los que sirven para algo. Despertaba a Teresa y le ordenaba encender las luces de la casa. Verónica miraba hasta que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de flores. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada que fritara carne y chicharrones. sus preguntas se volvieron más complejas. los tragos siempre dan hambre. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. Besaba en la boca al amigo especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza. tantos que. estaba condenada a sufrir humillaciones? Regalos y humillaciones. Esa noche un collar. aunque no pasaba solo. antes de marchitarse. era una caricia sutil e inadvertida. metía su mano donde se le antojara. hermosa aún a sus treinta y siete años. a la edad de su madre. Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera menstruación: —La debilidad de los hombres será tu fortaleza. Si la acariciaba en público. Le estampaba escandalosos besos en la boca. que la abrazaba impúdicamente. ¿En qué era fuerte su madre. Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase enigmática. era lo que Virgie quería preguntarle a la hija. ¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. Parecía como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la vulgaridad de tipos como Romero. ¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?. los arreglos florales diarios. la generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera. —En ese caso. No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos. otra la pulsera. Una vez terminada la serenata de la calle. al pie de la escalera. ¡Pero si es divino. la prefería con ropas llamativas y escotadas. el otro gritaba exabruptos de camionero. En su lugar hablaban los relojes. sin que supiera tampoco el origen de la plata. el otro pulía sus ademanes con naturalidad. Acurrucada en un rincón de la segunda planta. la tarjeta de crédito. ¿Toda mujer. El amigo especial la ayudaba a ponerse el collar de esmeraldas. en cambio. Epaminondas gana. Tiene una empresa de importación de carros. Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. mi amor! —exclamaba ella. a la semana siguiente el reloj que Virgie usaba en ocasiones especiales. vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul. —Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible 24 . el BMW que reemplazó al Renault 18. A los quince años. Compadecía a la madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. No concebía una sociedad entre el hombre que invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto. El uno hablaba modulando cada palabra. Virginia descendía la escalera. El uno manoteaba al hablar. convertían la sala en un absurdo invernadero. por mucho que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. patacones y yuca. un roce cariñoso. El patán. Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. también los músicos tomaban posesión de la sala. Sólo había dos clases de amigos —respondió ella. la besaba con lascivia. Epaminondas era invitado a pasar. la cuenta a su nombre. Virgie abría la caja. Virgie soportaba una hora más de serenata. hablaban las joyas. Sentada en un sofá al lado del amigo.

De casualidad. que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más lejos. era la más asediada de las chicas. la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato liberal a la Presidencia de la República. hermanos mayores de sus compañeras. un restaurante del Monte de Venus. ¿Había sentido humedades en su sexo. cumplió los dieciséis. ella. nada de eso. que en más de una ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella. disfrutó del bienestar y de los caprichos que se satisfacían con sólo enunciarlos. la madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. Acababa de depositar su pistola en la mesa de centro de la sala. que esas preguntas no se hacían a un hombre respetable y mayor. incluso la exploración digital en su vagina. Podría habérselo dicho. siguió preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos. —Porque tengo enemigos. Se desnudaba por vanidad. La vendía en las boutiques. Sin embargo. A diferencia de ellas. cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones. La madre lo comprendería.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor? ¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán. No sólo le molestaba. Se confiaban secretos y compartían preocupaciones. dejaban siempre el desenlace inconcluso. le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su sexo. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. la provocadora. la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos. como decían haberlas sentido sus amigas? No. Le hicieron saber. imagen 25 . que había aceptado las caricias genitales como se acepta un vaso de agua. Verónica nunca preguntó nada. Verónica supo que su madre viajaba a Panamá. su socio. las caricias permitidas a los chicos. Lo que no comprendería era lo que le preocupaba a la hija. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo misterioso de estos viajes. por unos pocos días y con demasiado misterio. Al día siguiente. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. Virginia había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría. Nunca los disfrutaba. porque sus amigas vivían experiencias parecidas. se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la hermosura de su cuerpo. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. gracias a sus temores. Verónica. —¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. y fuera de su casa. La compraba y enviaba desde Panamá. la única aureolada por una leyenda mujer fácil. Hombres mayores. no le producían placer alguno. la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida. Ella se oponía a que la hija fuera a recibirla. quería decir chicos de veinte y veintitrés años. Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica. Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. —¿Has matado a alguien? —insistió ella. Pasó un año. que esos escarceos la dejaran casi indiferente. que. No obtuvo respuesta. Su vagina era un túnel estrecho y yermo. No podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas. Verónica había visto en un escritorio el recibo de la última consignación. a subir el dobladillo de la falda. con la severidad de las miradas. que parecían más de negocios que de placer. alimentó su antipatía hacia Romero.

Esa misma noche. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre. Era más libre que las otras. Le llegaron primero las advertencias. aceptaron ambas. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas. Permanecía más tiempo en casa. menos el acceso a su virginidad. Si la fiesta terminaba en un motel. tenía el cuidado de mantenerse despierta. de que una fiera acechaba en la sombra. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. Mi mujer está loca. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los primeros besos. Los baños de agua caliente y sales eran los baños preferidos cada noche. Virginia hubiera preferido un final menos humillante. pero tenía siempre una excusa: debía regresar a casa. una mansión construida en la falda de una de las colinas de Suba. No supo nunca ni fue advertida tampoco. La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada por un hombre al que no amaba. Sabía de su existencia. se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. No vivía con ella y estaba loca. No estaba sometida a controles familiares. Tampoco lo había conocido con Roldán. Lo primero no podía demostrarlo. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. Las suyas. Sospechaba que muchas de esas experiencias no eran más que fábulas. le decía la voz anónima por teléfono. el cuello y las nalgas. Sin escandalizarse ni envidiarlas. los pijamas transparentes. Se escapaba con algún amigo mayor a una discoteca. Llegó a temerle. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara con una esponja la espalda. sola y feliz en un ritual que demoraba horas. Virginia temió que no fuera un juego. Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser tema de confidencias con su madre ni con nadie. Lo permitía todo. como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio 26 . sobre todo cuando. madre e hija. en cambio. No vivía con ella pero compartían la misma casa. ¿La llamaba Epaminondas Romero. después las amenazas. Más de un año. casi dos. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre de celos injustificados y reacciones violentas. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. después de haber escuchado la amenaza. Terminó con Romero y no de la manera en que ambas. humillada por la legítima esposa de ese amigo especial. La abrazaba y el abrazo era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. ¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. deje tranquilo a mi esposo. hermosa aún. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. eran experiencias reales. Se probaba la ropa interior nueva. A cambio de la felicidad. era afrentada por un hombre a quien no había amado. se dejaba invitar a fiestas privadas. con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público. "viejo Epa". calculó Virginia. No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. hace tres años que no vivo con ella. Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus encuentros con Romero era milimétricamente registrado. que los informes eran ordenados y recibidos por Esperanza Mahecha. la esposa. lo segundo era cierto. ni siquiera iba al gimnasio. pero sus temores desaparecían cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas. hubieran deseado. Escuchaba sin escandalizarse lo que decían sus amigas.

te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja gonorrienta. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre. El BMW estaría de vuelta en casa en la noche. No era el momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito. empecinada en recuperar lo perdido. ¿Para qué? —preguntó Virgie. No valía la pena. Cada vez que sonaba el teléfono. el teléfono sonaba y del otro lado de la línea no había más que silencio y una respiración acezante. tú después —dijo Verónica a Virginia. insultos de verdulera. Se encontrarían en el aeropuerto. Virginia temía que fuera nuevamente ella. recluida en su cuarto. La fiera podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. Y era esto lo que Virginia temía. una explicación sobre sus viajes a Panamá. una cuentita que abrí hace tres meses en Panamá para comprar la mercancía. A la mañana siguiente. No debería decirle una palabra a Romero. Mañana mismo nos vamos de vacaciones. Silencio o amenazas. No se iban de viaje. Llamó en vano a Epaminondas. Por primera vez en la vida. una sorpresa para Verónica. Viajarían al día siguiente. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. Quedaba el recurso de su cuenta en dólares. Para protegerte —dijo la chica. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos 27 . Y Virgie se sintió orgullosa de su hija. —¿Hasta cuándo? —Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. sin arreglarse. Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. Harían la rutina de cada día: la hija para el colegio. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse a su fiera. Menos mal que el carro seguía en el garaje. ¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un tiempo a casa. Las amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas. yo primero. —¿Tienes con qué? —preguntó—. que las maletas no llamarían la atención de nadie. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba contra ella. No grabaría amenazas ni insultos. gritaba la voz antes de colgar. Grábalas —sugirió Verónica. sería siempre una fiera. —Saldremos por separado. No se lo dijo a la hija. una investigación sobre sus ingresos y gastos. supo que había sido cancelada. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud. Dominaba la situación. decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día siguiente en la tarde. sí. como si fuera al colegio. algo que ella no podía hacer en esas circunstancias. Ella le decía que no era una loca inofensiva. que una mujer celosa. había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje. decidía los pasos de la estrategia. ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo personal. su mujer estaba loca. La agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes. Le suplicaba mantenerse lejos de ella. Viajarían a Curazao. Verónica enfrentó a su madre con la verdad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cada mañana y regresaba en la tarde. cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito. Él le pedía dejar la solución en sus manos. Tal vez la fiera supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora.

contaba con la cuenta en dólares y con recursos suficientes "para montar un negocito". ¿no era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no se dan por terminados de la noche a la mañana. le dijo a Virgie. Buscaría el sector apropiado. haberlo visto amasar en poco tiempo una inmensa fortuna. una nueva inquietud le quitaba el sueño: sutiles. Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa. figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio —soltó en su retahíla de justificaciones. De todas maneras. Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés: estudiar. conocer sus vínculos comerciales. Administración de Empresas. como se dice ahora. sorteó durante días la depresión. —No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. ¿Llegó Virginia a estas conclusiones? —Venderé las joyas —dijo a Verónica—. mejor dicho. Tenía cuarenta y dos años. sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde salían. era el negocio que siempre había querido tener? —Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. le exigió al marido que la cancelara. un hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. Le dijo que no temiera por su esposa. una muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría en los jóvenes de su edad. No viajarían a Curazao. Si nada de lo explicado era humillante. El Norte. 28 . Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias. ¿Cuál. Venderé el BMW. Un local grande. Le había prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. también la rabia de sentirse burlada. Dio finalmente con el paradero del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas. muy grande. al tanto de los secretos bancarios del marido. Terminaría el colegio. si se podía saber. —¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica. Virginia. había pensado la muchacha. ¿no te das cuenta? Ahora el problema era Verónica y no Romero.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. la decisión de romper "sociedad" y relación. sí lo fue la frase rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia: —Estás envejeciendo. Tal vez Esperanza. buscar a amigas y amigos más aplicados. Lo disfrutaría poco tiempo. hubiera ordenado cancelar la tarjeta. Pese a haberse acabado. No existían documentos que lo probaran. casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero. La fiera se había quedado quieta en su madriguera. Un spa. trasnochar frente a libros y apuntes. montaré el negocio que siempre quise tener. por lo asustada. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por disuelta la sociedad. —¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis cuentas. debía decidirse por una carrera universitaria. Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. Puedes montar tu propio negocio. más atenta y aplicada en el seguimiento de sus clases. La hija aceptó las explicaciones evasivas de la madre. Romero la había puesto en su lugar. Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. saberlo todo. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido. —Se acabó —respondió Virgie. dio con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla. ser la madre de sus hijos. Herida en su orgullo de mujer. sólo podía ser el Norte. asustada por la proximidad de sus exámenes y.

Hombres y mujeres estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. al superar el umbral de los cuarenta. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo. por fin. Se esperaba el dictamen del forense. Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la remodelación del local donde funcionaría el spa. el cadáver de Romero. la perfección. en adelante. que había tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. la lucha contra las arrugas. sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante. cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. hipótesis que se barajó al comienzo. Ella misma. el cuidado de los senos. Así que cuando Virginia emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio. mayor de cincuenta años. a sabiendas de que Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. Verónica le dio la felicidad de terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla preocupada por su ingreso a la universidad. A su manera. la tonificación de muslos y brazos. Un gimnasio con servicio de comidas y bebidas dietéticas. sobre lo cual se mantenía hermetismo en las informaciones de prensa. Dada la decoración del lugar. la tersura de la piel. un médico nutricionista y una buena fisioterapeuta. serían un 29 . éste podría ser el método adoptado para su gimnasio. su método de ejercicios aeróbicos. Contuvo la respiración al leer. Había hecho cuentas. estremeció a Virginia. Virginia había hecho el diagnóstico de la época. jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia. en fin. Hojeaba revistas extranjeras de modas. La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. ni impactos de bala o arma blanca. aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas. un proyecto apenas en ciernes. La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama. muerto en circunstancias absurdas. Podría tratarse de un motel de lujo. leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos. podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. Muerto en circunstancias misteriosas y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. el endurecimiento del vientre. correctivos que se compraban en ese nuevo templo llamado gimnasio. para los viejos. Para los jóvenes. dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la firmeza de los glúteos. Tomaba cursos especiales en las materias en que se sentía floja. el rejuvenecimiento. La vida de Jane Fonda. no habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia. No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de Epaminondas Romero en la primera página. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud. Del look. Era una inversión alta y de éxito seguro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija. del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los periódicos. La línea recta que la condujo de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. ¿Por qué en un motel de lujo? Virginia pensó. Verónica creyó que. parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. Un hombre robusto. Dedicada por entero a su empresa. Fue un arduo trabajo de meses. Llegó a esa conclusión después de leer esa y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que. Las autoridades descartan la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos. como se dice ahora. ¿Territorio allanado? Sí. que no presentaba heridas ni signo de violencia física. semidesnudo y al parecer cubierto a último momento por una sábana. estamos viviendo la era de la imagen. aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto fulminante. La venta del BMW fue parte de la inversión.

Alguien protegía a Romero. En el sur de la Florida. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira. que dilataron el envío de información. La muchacha conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. Estados Unidos. Epaminondas Romero había fallecido de un paro cardíaco. Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas. eso dijo. provenía de aquello que la madre le ocultaba. generoso hasta el más grosero exhibicionismo. La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que Virginia recibió la noticia. De allí el tono de su voz. en los días siguientes. a quien admiró como al padre que le hubiera gustado tener. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas bonitas. al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. contratadas por el occiso. el tipo a quien su madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable. en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. se le había abierto un proceso por tráfico de estupefacientes. Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años. donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad de cocaína". ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto — aseguraron ambas. que lo toleraba apenas. Esperaba que dijera algo más. 30 . La noticia de su muerte destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más importantes. ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo? La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán. no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a Epaminondas Romero. El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en vida. a quien despreciaba ahora con más fuerza. Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al noroeste de la ciudad. se lo juro. El primer día. verdad? —preguntó Verónica. Nunca le gustó Romero. Su silencio era la aceptación de las sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero. le dijo a la madre. guardándose el asco que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. no estaba haciendo nada —dijo una de ellas. lo acompañaban en el momento de producirse "tan insólito desenlace". informaron desde la embajada de este país. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show en la alfombra. Y. Y lo hizo. —Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros. Acabó sin embargo tolerando su presencia. mamaba vodka como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha. que dos mujeres. La investigación se había visto obstruida por las autoridades colombianas. —¿Lo sabías. Virgie se limitó a doblar el periódico y dejarlo encima del sofá. Lo incomprensible y repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína. en efecto. Vivo y muerto. Pudo también haber pensado que hay muertes que liberan de servidumbres pasadas. al menos del último año. —¿Sólo eso? Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo. Tres días después se supo que. No era un reproche moral. Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. No sé cómo fuiste capaz. Sabía que ella no lo amaba. nada alteró tampoco su conducta. entre irónico y apacible. Ese man metía como condenado. Se descartó la posibilidad de un homicidio. que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos dudosos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus plato con salsa picante servido por los periodistas. Tuvimos miedo y nos largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—.

Verónica no parecía una adolescente de dieciocho años. dispuesta a elegir y a no ser la elegida. Otras formas de intimidad. acceder al amor sin temores ni inhibiciones. Se había encaprichado con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. Ninguno menor de treinta años. deshacerse de la virginidad. como si tratara de romper la formalidad del traje. No esperaba que Virginia la complaciera de inmediato. de actitud insolente. adornaba por fuera los contornos de su personalidad. —Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. Los largos cabellos castaños. que pagara billete a billete el capricho de la hija. Había sido llevada por Beatriz Lopera. invitada a una fiesta privada. Desde que entró al lujoso apartamento. que no hacía más que mirarla? Era un hombre apuesto. como lo hacía cada vez que la hija era invitada a salir. ¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. Entre los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad. gerentes. Su madre la había maquillado. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones. Se lo probó y se sintió muy bien en el diseño de Kenzo. Siempre rodeada de chicos. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé. Su personalidad empezaba a ser moldeada y adornada por la conciencia del éxito. pero el padre era una sombra distante desde los cuatro años. la convención de los colores tradicionales y el nudo correcto de la corbata. con un prolongado escote en la espalda. Verónica no conocía a nadie en la fiesta. 31 . ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación? —¿Quién es el tipo del rincón. el del blazer verde con hombreras y pantalones grises. directores y productores de televisión. experimentó de otra manera lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. Tenía un papel secundario de actriz en una telenovela. —El mismísimo Leo Pradilla. él no le quitó los ojos de encima. ¿en qué sentido? Las chicas deseaban llegar a una meta. ¿Quién era ese hombre. sino negligentemente elegante. —¿Qué tienen de interesante? —Son publicistas. no a la manera del senador Roldán. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad. antigua compañera en el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. de unos cuarenta años. su amiga de diecinueve años. Así que la noche de la fiesta. caían sobre los hombros y enmarcaban el rostro. Y la adornó aún más el día en que. que se limitara a mirar el precio en la etiqueta. elegante. a diferencia de Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. añadida a su altivez. —Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla. Una instintiva inteligencia femenina. Si la invitaba Beatriz. Beatriz compartía con Verónica la desgracia de no tener padre. el de la corbata con la cara de Marilyn Monroe. —No me quita los ojos de encima. No sólo era la más precoz y altiva. Lo tenía. ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó Verónica a la amiga. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda ajustado a las caderas y a las nalgas. rizados y deliberadamente húmedos. una prenda inalcanzable. El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o veinticuatro años. Embelleció conscientemente su propia leyenda. llamó la atención del publicista Guido Leonardo Pradilla. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en esos comienzos. pensó al verla en el maniquí.

desde el primer momento. dijo Beatriz. A diferencia de Pradilla. Pradilla abundaría en detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas. Salía con un joven actor veinticinco años menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. No había visto en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. siguió sintiendo en las numerosas piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la marca de esa fragancia—. Se mintieron en muchas cosas. ¿Qué hacía él? Creativo de publicidad. Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo. ¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a la única mujer mayor de la fiesta. asunto en el cual hombres y mujeres mentían. con mesas y sillas blancas de hierro. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía conducir al estrellato. hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos palacios. todas superfluas. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia. aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad dormida. Abajo. las griferías de cobre u oro. —¿Por qué lo sabes? —Trabajo con esa clase de belleza. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. en un horizonte cercano y a la vez remoto. iluminada por el resplandor del salón. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al oído. Se mintieron ambos en el más superfluo de los asuntos. Amparo Consuegra. No se separaron en toda la noche. Sólo unos días. elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o Milán. Después del buffet. tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos en Beatriz. Tal vez no tuviera más de treinta y cuatro años. Amparo era decoradora de interiores: embellecía o remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. Amparo le había asegurado su selección en un casting. aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante. Se mintieron y sabían que se mentían porque él calculó. Ella era la anfitriona. un hombre menor que Pradilla. Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. seleccionaba el mármol de los baños. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una joven bella y ambiciosa. Por lo poco que sabía —le contó Beatriz—. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. Y no te cuento más —la cortó. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros. la suave textura del blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de fondo. mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas. 32 . la edad. —¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla. Él le mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. Así es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. sintió la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos. por su mediación había sido elegida como actriz secundaría en la telenovela. Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo. porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios. que Verónica no tenía más de dieciocho. Si la conoces de cerca será menos hermosa. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. Era una terraza rectangular sembrada de plantas. era bajo y ligeramente rechoncho. Le ocultó a la amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. En su mayoría eran jóvenes veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta.

aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la noche. Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la inteligencia. Si se sentía vulnerable. ¿de qué manera? No deseaba que se callara. ¿Buscaba impresionarla con la inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre? ¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este hombre. Habría que entrar a cada casa para saber que las desgracias son más numerosas que la felicidad. Empezaba a ser la elegida. el triste destino de las parejas. pero el brazo que se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida. la mujer y el hombre. Lo llama y lo provoca —No entiendo nada de toros. Lo demás es ilusorio. En el momento en que alguien te poseyera. Así se llama uno de los más elegantes y sencillos lances del torero al toro. la estocada mortal de los hombres. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. ni siquiera la inteligente combinación de tantas palabras. la enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo. expuesta a las embestidas de la bestia. Verónica no se opuso. cerrar sus oídos a la palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. pensó. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre. las cornadas sangrientas de las mujeres. La ciudad. —Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad. El toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte. —Es hermosa —dijo Verónica—. Entonces se desharía el hechizo de esta noche.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le había pasado el brazo por la cintura. Aquí tienes. Ella comprendía superficialmente las metáforas de Pradilla. Lo único que sé es que entre el torero y el toro existe una relación de amor y odio. —Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. Desde el principio se supo envuelta en una red de la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada. Si quería ganar 33 . No esperaría que él lo hiciera primero. La cornada es la respuesta del toro a la arrogancia del torero. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo. Quería impresionarla. No te asustes. solamente divago. No elegía ella. casi hasta rozar sus nalgas. dejándole en el cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. ¿Sigues con champaña? Abandonada y sola en la terraza. Sentía frío. digo. Hermosa. En toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla. Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones. Callarlo. —Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. —La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—. —Verónica. De este tamaño era la ansiedad y la indefensión de la muchacha. extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica. terrible y engañosa —siguió él—. Verónica escuchaba maravillada. dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres? —¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas metáforas: el torero y el toro. ahora tú no eres sino una ilusión óptica. La voz grave que le hablaba era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. no le quedaba más remedio que resistirse. Por ejemplo. Dejarías de serlo en el momento en que te poseyera. como entre la mujer y el hombre. Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—.

una leyenda. ¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí. No era una mosquita muerta. Tenemos que irnos. ¿No era esto lo que aseguraba Pradilla. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla. —¿Está casado? —preguntó Verónica. la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera resistirse. porque las amigas habían dejado de serlo. Aceptar y rechazar. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen. sobresaltada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. podría decir que se inauguraba esa noche. acercó el cuerpo al otro cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. quieres decir? —No. la belleza de la ciudad. era una ilusión óptica? —Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. Si se quedaba volvería a sentirse vulnerable. ni siquiera por una reflexión anterior a esa noche. Acercarse y huir. —¿Crees que es muy mayor? —¿Para ti. Pórtate bien. dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de elegir a su pareja. Y el verdugo. al escuchar la voz de Beatriz. un deportista 34 . La despidió con un suave beso en la boca. Retiró las manos intrusas sin brusquedad. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso. ¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a Centroamérica. Disfrutó por instantes la exploración del beso. pregunto si es muy mayor. ni siquiera se había tomado su tiempo para desnudarla. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre. Algo de su consentimiento había en la aceptación del suceso. No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres. Se verían mañana. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su amiga—. mi vida —dijo besándola en la boca. —Te llamaré cuando pueda. la había perdido a los quince años en la inconsciencia de una fiesta de amigos —unos pocos tragos. Pradilla las acompañó hasta la puerta. es tarde —dijo la amiga al acercarse—. que esa. Beatriz la llevaría a casa en taxi. todo porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. —Se ve joven —respondió la amiga—. Se despidieron de Frank Rueda. —Vero. pero puso límite a la pasión cerrando los labios. porque era la edad. ¿Sigues virgen? —¿Te puedo preguntar otra cosa? Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí. tampoco la muchacha fácil que muchos imaginaban. el gerente de mercadeo. Llámame cuando quieras —dijo. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica. —Soltero y sin hijos. la anfitriona. Sólo abrió los ojos. Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida. desde hacía dos meses. de Amparo. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones. —Ese es su defecto —dijo Verónica. ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto. Enredó sus brazos en el cuello del hombre. hacia la ilusión óptica de la belleza. Dejaría momentáneamente de ser vulnerable. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto acabaría convirtiéndose en un método. No tuvo tampoco ganas de resistirse. La experiencia de su vulnerabilidad ante un hombre era nueva. No lo era con los chicos de su edad. —¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de champaña. No había perdido la virginidad con él —confesó.

¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía hacerlo: fea y gorda. A las feas no. ¿te acuerdas de Carmencita?. No le constaba. No me vengo cuando me la mete. que eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. —Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. casi me muero. —Si dices que te acostaste conmigo. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones. una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de hacer. —Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si buscara un tesoro. Y no sólo eso: si dices una sola palabra diré que me forzaste. Se quedaron un rato en la cocina. Si no llegaba a casa esa noche. Todavía sentía el escozor sin placer en el sexo. un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro al intruso. —Cuando siento que quieren ir más lejos. Es un tipo interesante. —¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. —¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. Ninguna de las dos tenía sueño. Hablaron del destino y la suerte de las feas. ¿Qué tal lo hace tu gerente de mercadeo? —Como los dioses —exclamó riéndose—. Júrame que no se lo dirás a nadie. Vero. Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme. su madre sabría que dormía donde Verónica. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz aceptó. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me estremezco. era lo que decían quienes sabían de mujeres. dijo. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. Carmencita. no pasaba de ser una fea gorda y arrecha. ¿Por lo feas. yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor con los dedos y la lengua. Beatriz lo encaró al día siguiente. yo le diré a todo el mundo que eres impotente. Voy a esperar unos días. me estremezco. Para tener éxito. Verónica hizo un gesto de asco. de cómo ciertos hombres las preferían a las hermosas. Antes. —No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. Y en sus metáforas. —¡Cochina! —exclamó Vero. Cuando me lo encontró. Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada. me vengo cuando me explora con su lengua. No era un tono habitual en las confidencias de amigas. Tan cierto como que. —¿No te dio miedo? —¿De quedarme embarazada? No. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas. Los hombres temían a las bonitas. dijo muerta de risa. Se tranquilizan y no siguen insistiendo. —Es cierto. la que no mataba una mosca. ¿Sabes lo que es una violación? La anécdota provocó en ambas un ataque de risa. 35 . por lo que recuerdo. —¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica. ¿lo amenazaste de esa forma? —Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. les agarro la tripa y les hago la consoladora. Así bajito y gordito como lo ves me pone a temblar. compañero de ambas en el antiguo colegio. —Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus grandullón. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más asquerosa. Después de perder la virginidad estuvo con muchos chicos. pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca. lo obligué a venirse afuera.

el tránsito incierto de una edad a otra. prometerles que después. la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de la mano. A la impúdica le divertía el pudor. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las buenas noches con un beso en la boca. era el mismo fantasma. como la procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. muchachos sin experiencia. porque unas gotas de orines. Acuérdate de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. se quitaba una prenda inmaculada. no seas impaciente. Si se ponían pesados. hablado o silenciado. veces. quedaba el recurso de la consoladora. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. cada vez que se cambiaba los pantis. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz. sola con un hombre en la terraza. al final del día. Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos al cesto de la ropa sucia. la pudorosa se excitaba con la procacidad. las confidencias siempre pasaban de castaño a oscuro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el peligro como aquella noche. corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus parejas como si lo hubieran hecho. no eran más que niños mayores. las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad. exhibicionistas o ansiosos. bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo. en fin. Continuaron hablando con la luz apagada. casi siempre. 36 . esperemos la oportunidad. preguntó Beatriz. querían comerse el mundo en unas horas. argumentos no faltaban para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. la una a la ligereza y la otra a cierta estudiada contención. cortos de palabra. El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias. Se les podía mantener a raya. Durmieron en la misma cama. que no era todavía tiempo de hacerlo. porque el sudor del día. ¿Tenía alguna gracia cambiarse la ropa limpia?. Si se cambiaba era porque estaba sucia. quizá no lo había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias pasajeras. deseado o realizado. ¿Duermes siempre con pijama? —le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y ositos. Los chicos que frecuentaba eran fácilmente controlables. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica. Verónica. El sexo. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga. Así. Todos sin excepción eran iguales. Y echaba talco en su pelambre. Por costumbre. Si Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor.

Se masturbaba y gemía. En los primeros instantes. secreta al menos para la madre. Y. no supo qué hacer. De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. nunca. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía virgen. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos conocía la fábula. Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis. Abrir o cerrar las piernas. caricias sin malicia. se amaba en largas sesiones solitarias mientras se contemplaba en el espejo. maniatándola con los brazos. Se encontraban más a menudo. No era que Verónica no hubiera despertado a la sexualidad. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos. pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para muchos hombres era un codiciado vellocino de oro. la misma chica le había entregado una nota. Cuando los chicos conseguían aliviar la tensión del deseo. como pretendió hacerle creer a la amiga. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían pasado de esa única experiencia. A la mañana del día siguiente. ¿Contento. Me preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. Un día el desfile en ropa interior. Verónica se ruborizó al escucharla. al siguiente el capricho de pedirle cosas absurdas. Se sentó en un sillón whisky en mano. Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del enemigo. era cierto. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que todos buscaban con empecinamiento y codicia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche y casi a diario. porque el Gordis era todo un hombre. y me pidió que desfilara con cada una de las prendas. Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija. pidiéndole que le metiera un dedo en el culo? La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y Verónica Oropeza. A los trece años. lo que se dice besarla. se complacía sola. No quería tocarme. no tengas miedo. se admiraba sola. se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. —Todo se resume en un gesto —le dijo—. Verla de lejos. así hirvieran de ganas. como llamaba a Frank Rueda. tenía miedo de enredarse en una experiencia tan loca. Se dejó besar y estrujar los senos. se retiraban tranquilos. de todos los modelos. a todo un hombre. Prefería las de seda y encajes. el Gordis no solamente se acariciaba. Contento. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra. vaso de whisky en mano. Caía después en un silencio profundo. Una muchacha de último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca. colmo de los colmos. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. me da pena describírtelas. Sé que te gustó. ¿Qué dices? Besado a una chica. en la boca y con la lengua húmeda. —¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. Beatriz le preguntó a Verónica si nunca había besado a una chica. Era una insomne presa de la sexualidad. 37 . ¿Se imaginaba a un hombre. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. Beatriz no ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta. dijo Beatriz. No había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. —Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior. Besarla. Todo lo contrario. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero. Un día. Sí. se contenía Beatriz ruborizada. mi amor. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con sus caricias. La miraba a la distancia y se acariciaba. El alvéolo seguiría intacto. mi vida? —le preguntaba ella. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz— hay que darle lo que busca. quien la hacía durmiendo en casa de Verónica. Juegos de niñas. Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. se encaprichó mirándome de lejos.

desengañada de sus amores. que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. Vivía con ellos. la vida que vivía iba de asombro en asombro. brujas amargadas — así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. romántica y melancólica —le dijo a Verónica. Era una muchacha de familia humilde y de futuro incierto. ¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. olvidó las monsergas de las feministas. no podía ella imaginarse el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin. ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos. Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be". No tenía más de dieciséis años. Su madre venía de los "felices años sesenta". de fugas nocturnas sin el consentimiento de los padres. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y madre. las blusas floreadas. debió consolarse con una carrera intermedia. —No olvides. De aquellos años dorados. Tomó conciencia de su propia belleza. No habían podido pagarle una carrera universitaria. el ingeniero Raúl Oropeza. la invitó por primera vez a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las pulgas. todo cuanto podían hacer por ella lo habían hecho al pagarle estudios de secretariado. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia. sentada bajo un árbol. le ocultó aquello que ella consideraba un estigma. nunca delante de la hija. pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. Sin embargo. 38 . Vivía con el padre y la madre en una modesta vivienda del barrio Palermo. ¿Se lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Como casi todos los hombres son impacientes. La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la precariedad de sus ingresos. que todo reside en el movimiento de las piernas. por lo general antes de acostarse. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones". como deseaba. ¿Qué la esperaba en la siguiente hoja. tomando el sol al lado de escuálidos chicos sin camisa. ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que estaba dando la vuelta a una página de su vida. Una foto la mostraba a la orilla de un río. Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly. Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de seda y balacas en la frente. con ropa de marca. pobrecita. un sórdido episodio seguía guardado en su memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía. dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies. pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu salvación o tu perdición. —Era callada. perfumarse. de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad. olvidar las faldas multicolores de seda y las viejas botas de cuero. trabajaba y ganaba su primer sueldo. Tomó conciencia de su propia belleza en los primeros meses de 1970 cuando su jefe. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles. Maquillarse. Cuando lo hizo. las balacas y el pachulí con que se perfumaba. borracha y drogada. ser hija de familia pobre y sin futuro. le quedaba la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana. Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una tara. No pudo entrar a la universidad. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década. No sabía dónde quedaba Vietnam. interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria. el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al trabajo. Si ya las abriste. ¿cómo y con qué? Vestirse de manera distinta. cómo construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. por mí no hay problema. sírvete de la impaciencia sin comprometer tu integridad. Vero —insistía—.

de salones de belleza. Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que ella. Tienes pelos de negra. Beatriz aplaudió la idea. ¿cuál era entonces la explicación que pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo del Valle del Cauca? ¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho que sí. Una sensación de alivio cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño pueblo del Valle del Cauca. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido. los besos. la edad del hombre que deseaba volver a ver esa noche. Verónica cursaba ya el primer semestre de Administración de Empresas. Redimirse de la pobreza. lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión. más que una infidelidad. decía. anotaba los nombres de famosos. tuvo una razón casi patética: aquel joven le había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos. como se sabe. de galerías de arte y clubes sociales. le insinuó a Verónica. —Porque estudio. de la agenda. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una fábrica de cemento. omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas. si no encontraba señas las averiguaba en las redacciones de periódicos y revistas. sin una agenda con nombres clave. pensaba Virginia. de discotecas y bares de moda. no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada una de las personalidades presentes. su mailing. así empezó a hacer su propia agenda. ella tendría que ayudarla en su administración. ¿Por qué no tú?. Una secretaria. La capital se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. con cualquier pretexto. subalterno del marido. lejos de ella. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla. En adelante. de las invitaciones. habría que conseguir el mailing de otras empresas. el negocio exigiría el concurso de las dos. cuyo final. Faltaban tres meses. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de Verónica. le urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas. Ella hacía lo suyo con aplicación y método: seguía las páginas sociales de diarios y revistas. elegido la 39 . padre y madre dejarían de ser la fuente de los complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus. Le habló del valor de una agenda. se justificaba sin poder justificar en su conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. de las llamadas. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre. Y lo hicieron cuando Virginia se casó con el ingeniero Oropeza. una secretaria bonita y eficiente. Ya era hora de decidirse. de gimnasios. buscaba luego en el directorio y escribía dirección y teléfonos. Pensaba vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. el balcón. porque no soy muy eficiente —le respondió ella. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía. Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. Creía que tenía derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres. Un desliz.

pero no sabría comportarse naturalmente. preferiblemente unas sandalias doradas. se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas. Verónica se probaba y descartaba vestidos y blusas. nunca tanto como el que puso para vestirse esa noche. era la invitada de Beatriz. a ella le da pena verme desfilar en ropa interior. ¿Qué tal este vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. Un discreto escote en la parte superior. Le dibujaría mejor la silueta. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina el día de hoy. Conocería gente nueva y distinta. Los senos le habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer. ¿Podría acaso decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema. la blusa se abría en una V invertida. Y aunque Virgie comprendió las razones de la hija. ajustado a las nalgas. La transparencia de la blusa no era exagerada. ancho de los muslos hacia las botas. coordinado la grabación de los spots de televisión. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de astracán. Mi padre no irá porque no quiere encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. Virginia recordaba haber llorado de emoción al abrir la caja. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie. una insinuante abertura en los muslos. estaría todo el tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Si se trataba de impresionar. tienes cuarenta y dos años. la austeridad era preferible al atrevimiento. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. era la mejor elección. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—. Y en una sesión de tres horas vaciaron el ropero. —Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. en efecto. el ancho cinturón rojo que apretaba la cintura y resaltaba las caderas. Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. aunque prefería ir sola. blusa gris transparente. antes de que Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. una pulsera. pantalones y bodies. Unos pendientes discretos. de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier? —preguntó Verónica. Simuló creer que. ¿Pantalón negro de seda. No la estaba llamando vieja. las escarchas plateadas que rodeaban y adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. —¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. estaba segura de que tendría mucho éxito. En su parte inferior. la cohibiría su presencia. El pantalón. Lo llamó pero no pudo encontrarlo. Se lo decía porque. Los tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—. extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. llama a Vero y le dices que me invitaste. pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le había regalado. no le digas que te pedí el favor. Definitivamente. Era un conjunto insinuante. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló 40 . ¿Quién lo llamaba? No importa. No podía humillarla poniéndola al descubierto. la entristeció no poder estar en el evento. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su hija—. Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa. sin brasier —aconsejó Virginia. podría hacer relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. una 34b de redondez y firmeza envidiables. En el fondo. Buscó la asesoría de la madre. ¿me lo prestas?. de piernas anchas. un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. respondió Vero y colgó. La asesoró en la elección de la ropa. Nada de collares ni adornos. Y Verónica se probó pantalón y blusa. Esto era lo decidido en la tarde. ¿Podía invitarla al desfile de esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. le dijo la hija.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus publicidad de prensa. ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. que lo que vistiera no podía ser exageradamente juvenil. no sin antes aconsejarle que recordara su edad. dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo. desfiló delante de la madre. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta juventud ni derrochar tanto atractivo. se miró al espejo. a partir de cierta edad e independientemente de la Juventud.

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Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes. Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que asistiría al desfile de esa noche. Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de zorro. —¿Quieres de verdad que te acompañe? —Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de modelo. Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que, al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido el collar de esmeraldas. Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional. Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza adolescente de su hija? Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó un hombre al verla momentáneamente sola. Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia, Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre

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arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero de la hija. —¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de modas. Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista, entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación. —Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites. Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su oficina y los teléfonos. Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones. En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista. Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre, éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola. Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista, si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más mínimo. Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes. Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.

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Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho. Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia, sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa — le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las disculpas. Tranquilo, le dijo. La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La tanga nació en las playas de Copacabana. ¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a Comunicación Social y Periodismo —añadió. —¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes. ¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa. —¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La Tarzana. —¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno. Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un relámpago. Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los

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Yo. ella decora. Él construye. sólo seguía a salvo su innegable éxito de constructor. no le tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—. Usa mejor tu habilidad para manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—. A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos. en todo momento agarrado a la cintura de su amiga. ¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la acompañante de Upegui. La muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla. rodeado siempre de bellas mujeres. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera un papelito a la muchachita que la volvía loca. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. en cambio. Nunca olvidaría la frase del Gran Jefe: —Como poeta eres ingenioso. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. —Una sociedad perfecta —dijo Bueno—. Le merecía todo su respeto. acompañado por Isaías Bueno. la suave caricia en su piel. sólo falta que hable del santo. Era un hombre discreto. Está hablando del milagro. a quien también debía el haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy. No quedaba casi nada de la integridad de Upegui. A los duros. alguna muchachita. le convenía dar a entender que era la nueva presa de este hombre. Miró de reojo a Beatriz. En medio de cuatro hombres. —Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de producción—. Y salió de la casa. no valía la pena más certeza que la felicidad de saberse el centro de atención. Asistía a las grabaciones. sin duda atractivo e inteligente. nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. Y tuve que dárselo. Y. Le quedó el escozor de la intriga. pensó la muchacha. no se hiere la vanidad de un hombre poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador. no era fanfarrón como el Gordis. Caminan sobre la misma línea de crédito. se lo merecía la agencia de publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno. De esta boca no saldrá ni una palabra. No lo hizo. de paso. —¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. No temas —le dijo al oído más tarde—. un seductor irresistible. de copy a creativo de éxito. como lo llamaba Pradilla. el Gran Jefe. ¿De otros? ¿De quiénes?. pues no era otro el prestigio de Pradilla. Creo que el dadaísmo y el 44 . el brazo que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos rizados. Lección: invierte en acciones seguras. pero Peralta respondió con una sonrisa. salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. Le debe a los bancos más de lo que invierte. —Los espero en mi oficina —dijo Peralta. preguntó Bueno. son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento. la decoradora? —preguntó John Peralta.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. Si invertía los términos de la evidencia. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. ¡Qué hijueputa!. le llevaba refrigerios especiales. Ya me gustaría manejar la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. pero nunca serás un gran poeta. Así que aceptó la aproximación del nuevo amigo. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó otro rumbo. como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. en todo momento entregado al besuqueo. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. la mano que tomaba su mano. —¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra.

Si la publicidad le exigía optimismo. dáselo como si fuera lo más importante de ti. De allí los disparaba hacía el futuro. consideraba impresentable. Corregía allí sus poemas. lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas de su generación. Con gusto y sin mayores esfuerzos. No creía en el producto que vendía. No sobes. menos aún alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. también podía acompañarla de regreso a casa. era un cínico que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. 45 . que se quedara. gran poeta y amigo. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. de confección defectuosa y tejido de lija. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él. la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo. ¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. La publicidad es la única mentira que goza de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno. ni siquiera la recompensa que verse publicado. carachas. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad. No había abandonado la poesía. era hoy un publicista disputado por grandes empresas y reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. además de corrupto. Allí empezó a crecer su afecto hacia el Gran Jefe. cuya gloría pasajera quedaba registraba en revistas de aparición única. que si deseaba quedarse un poco más en la reunión. Le dio pues su compañía. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas. Dos Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla. que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos. artefactos humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. orgulloso de tener en su nómina al embustero más eficiente del mundo. Lejos de allí. sable en mano. sobre todo si eran exitosas. Le dijo a la madre que la acababan de invitar a una fiesta. concertaba citas con secretarías pobres. mijo. así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui. Si no tenían pasado. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento. las gaseosas le producían flatulencia y aceleraban su ritmo cardíaco. la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de marcas establecidas en Estados Unidos. Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. pese a sus setenta años cumplidos. les inventaba el presente. no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras. Este Pradilla. Amor propio o vanidad. Upegui daba vueltas al salón con una copa en la mano. Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su voluntad. Ponía todo su ingenio en mentir. leía a ratos. sin esperar recompensa alguna. aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban. respiró aliviada. jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado. Al salir de la salita en busca de la madre. Virginia conversaba animadamente con Amparo Consuegra. Sí. Fue un consejo cruel y oportuno. son el origen de la publicidad moderna. Si le vas a dar algo a un hombre. conservaba en el centro de Bogotá su antigua oficina de abogado. por poco que sea —diría después como si repitiera una de las lecciones de la madre—. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre. aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. al senador que hizo elegir mediante una sofisticada reelaboración de su imagen. además de la poesía concreta. El incipiente bardo de veintiséis años. No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en una de sus bellas artes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus futurismo. Jamás se le ocurrió consumir los productos que promocionaba. en tumultuosas fiestas de la tribu. por otra parte agonizante.

Era Fabián Acosta. adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la imagen y el sonido siguientes. no estaba seguro. reloj barato en la muñeca izquierda. La notó nerviosa. ambas en pijama. con frecuencia más dormida que despierta. le ofrecía calentar un tarro de sopa Campbell. Si no lo conseguía. tal vez quedara en la nevera una botella de vino blanco. éstas eran las horas que moldeaban la mirada. Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente. No lo había vivido aún en carne propia. su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las espectadoras. creía que le quedaban unas lonchas de salmón ahumado. tenía en la despensa pan tostado con ajo. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables. un Porsche rojo. bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. Las largas horas pasadas frente al televisor. contrariando la petición de Virginia. corbata Hermés y zapatos Sebago. Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre. marcas. Upegui conversaba con su sombra. esa era la mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo. Aquella noche. de la televisión y el cine. Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo. El muchacho podía convertirse en un buen actor.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. propietario de una cadena de joyerías. Un joven bien vestido. el joven protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. distinta a la de la madre. que las llaves de ese mundo tintineaban en la mano extendida de Pradilla. chaquetas. se acercó a hacerle compañía. cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina. le dijo Leo. de las revistas que ella hojeaba distraída. no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa. pero la madre ya lo había introducido en su bolso. —Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche. Peralta había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. No mientas. Aceptó ser llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. En un rincón del salón. Le había pedido al director de la serie ser indulgente con él. un no-se-sabe-qué que le recordaba a Richard Gere. pues sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y el revoleteo de sus acompañantes. aunque compartiera con la hija el ocio de sábados y domingos. Seguía con la mirada los pasos de la modelo. de unos cuarenta y pocos años. guapo y seductor. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara. vestidos. alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. vaso de whisky en mano. Un hombre de cuarenta y pocos años. Una nueva mirada. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en emoción era el paisaje que cubría cuerpos. entregadas al dulce hacer nada de las tardes. Hacía las tres de la mañana. acarició el cenicero de bronce y lo tomó con gesto distraído. Sólo Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar. ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo. mamá. Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se distinguirá un paisaje de otro. traje de Ermenegildo Segna. el mismo que no había apartado los ojos de Beatriz. no llegues muy tarde. Nada extraordinario. que prefería el cine a la televisión. la música 46 . Iba a decirle "no lo hagas". un último bocado en mi sala. si no dormida. irrelevantes y llamativas. Le servía el whisky. zapatos.

Leo encontró la botella de vino blanco. Lo de marica es un elogio —añadió. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud desdeñosa. Pronunció el nombre de Andy Warhol. sería ella y solamente ella la responsable de sus actos. veinte o más años mayor que ella? Tratar de seducirla. ¿La ignoraba acaso? Se complacía sabiéndola cerca. Puso en el tocadiscos un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. hache. hizo el inventario de los objetos que estaban al alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet. No necesitaba ir al baño. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. —No sé —dijo Leo—. No lo eran. abrió una puerta y dejó a Verónica en un amplio cuarto. Un breve chorro amarillento tiñó el agua. ele —deletreó. en una de las paredes. un Blanc de Blancs no está mal. tarareaba las canciones de Sinatra y le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday". Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn. A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus oportuna. Se ausentó unos pocos minutos y regresó en mangas de camisa. ¿De quién era la serigrafía que imitaba los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le dijo Pradilla al salir. para más señas. jabón líquido. como se dijo antes. o. Mao Tse Tung. Le habló nuevamente de Andy Warhol y de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio. —¿Una trampa? —preguntó Verónica. —"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra. que daba vueltas de peonza en su cabeza. exhibicionista y marica. envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría mundana de sus palabras. ¿Qué habría hecho un hombre previsible. partió un limón en rodajas. erre. —¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla estuviera vaciando sus expectativas. Doble ve. recordó que no llevaba ropa interior. la reproducción de un cuadro de David Hockney. Warhol. espléndida en su belleza de dieciocho años. aventajada alumna de inglés. Pradilla. la épica del viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de un río legendario. Se bajó hasta las rodillas el negro pantalón de seda. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. No le dijo que se pusiera cómoda. en cambio. parecía imposible de formular. crema para las manos. a. Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo. No creo que sea Amparo Consuegra. calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. éste no era un hombre previsible. 47 . Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de Marilyn Monroe y Mao Tzedong. quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. un par de toallas simétricamente colgadas. en adelante. la decoradora. Y no había calculado mal. un cenicero de mármol y. La verdadera pregunta. "The lady is a tramp" —dijo para sí tarareando la canción. como se decía ahora. frente a un inmenso espejo horizontal. No había alternativas: jazz o boleros. Al levantarse. segura de que. —¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el perchero el abrigo de astracán. y se sentó en la taza del inodoro. Y aceptó la trampa. Y ella no podía por menos que sentirse intrigada. amable en todo momento. No era una trampa. una caja nacarada en cuyo interior encontró un paquete de condones. distante en la manera de ignorarla. Réplicas de tragedia y épica del siglo. crema humectante para el cuerpo. el oportuno ponte cómoda que ya regreso.

sabiéndose incapaz de 48 . Vero —se atrevió a confesar—. La acompañó hasta el dormitorio. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras. Vero tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre. cambió la ducha por la tina. Y era sábado. acariciaba la felpuda superficie de su sexo. Ya vengo. Con una mano acarició lentamente sus pechos. sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. ¿Fuimos extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral. si era un rompecabezas. Si no lo pedía la madre. mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. si vieras cómo la miraban esos viejos verdes. La sintió despierta largo rato. Beatriz estuvo espectacular. ¿Soy una trampa? —se preguntó. habría que armar el rompecabezas. Debía esperar hasta el lunes. "La señora es una trampa". "Por una vez en mi vida". La madre dormiría hasta tarde. fue la reina de la noche. le ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La llevó de regreso a casa. Después hablamos de eso. Así que no podría ordenar sola las piezas sueltas del puzzle. comentarios que hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia. Se sentó a esperar que la bañera se llenara. niña Vero. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. —Duerme conmigo —le pidió la madre. Mientras se desnudaba frente al espejo. con la otra jugó a enredar los vellos de su Monte de Venus. recostada en un sofá de la sala. Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. Él esperó que entrara y encendiera las luces. "The lady is a tramp" —decía en la tarjeta sin firma. extendiendo y abriendo las piernas. pocas veces y esas pocas veces fueron entre los diez y los once años. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. —Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. lo exigía la niña. —No puedo dormir —le dijo a la hija—. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life". —Duerme —le pidió la hija—. la ayudó a desvestirse. ordenar el enigmático desorden de las frases. El espejo se empañó con el vapor. —¿Te pasa algo? Aunque Virgie le mintiera. Vea. Verónica se despertó primero que la madre. —Estoy preocupada. Tengo sueño pero no puedo dormir. Pocas veces le pedía que durmiera a su lado. con prudencia y casi con temor. "Extraños en la noche". Se sumergió poco a poco. Cerró los ojos. Mis cálculos se están quedando cortos. No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que. arrojó chorros de gel al agua caliente. comentó algún incidente nimio de la noche. Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos. Una foto del ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche. Quiso llamar a Leo pero recordó que sólo tenía el número de su oficina. le acercó el pijama de seda. ¿quería un alkaseltzer antes de acostarse?. Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas la madrugada anterior.

que sus muslos. hasta que el calor subió al resto de su cuerpo. No importaba que ese sofoco. impartida por no sabía qué tiránico capataz. como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban. ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja. el grito ahogado. le ordenaba presionar con fuerza. Con los ojos cerrados. El agua ya no era tibia. trazar un lento movimiento circular. nunca se lo diría. lo movió como si no lo moviera. Cuando quiso salir de la bañera. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. el cuerpo recobró la liviandad del principio. su cajita de sorpresas. abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico. ni le importaba que la respiración fuera acezante. convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. La religión era un tic de la costumbre. madre e hija aceptarían ser católicas. pero se detenía temerosa en ese umbral. Mañana me llegan las máquinas de ejercicios. ¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. le prohibía prolongar el placer apenas insinuado. una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. ¿Las mandó Leo Pradilla? —Un desconocido —dijo Verónica. como la llamaba de niña. el chapoteo cadencioso de un cuerpo en el agua. esa sensación desconocida. —¿Te sientes mal? —No. el ruido de nudillos de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. —Lindas las rosas —cambió de tema—. —Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. hundió con suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda tropezó con algo que se endurecía. Tuvo conciencia del grito inoportuno y lo convirtió en un gemido. aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios. 49 . Si se les preguntara. mamá —nunca la llamaba así—. le temblaron las piernas. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar las paredes para el salón principal. que había escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos. Verónica cerró de nuevo los ojos. Verónica dio gracias a Dios por el milagro alcanzado. — Me pareció oír que te quejabas. la estremeciera y ella misma se escuchara gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor. Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo respondía al recorrido de la yema del dedo. El cuarto de baño le pareció borroso. —¿Que me quejaba? No.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus explorar más allá de la estrecha puerta de entrada. Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó. aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia. Una extraña orden. me estaba acordando de una canción y trataba de cantarla. No le dijo. Poco a poco. La madre aceptó la explicación de la hija. rozando apenas la superficie. Ya voy. ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura rotara al ritmo de la mano curiosa y amable. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor sobrepuesto a otro olor. La ausencia de fe era asunto decidido sin convicción. El llamado insistente a la puerta. mamá —dijo sin aliento. No se detendría. Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. como si adquirieran vida propia apretaran y aprisionaran su mano.

como si de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. las tonalidades marrones de los pezones. La esperó media hora. a dejarse desnudar si era lo que él deseaba. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera. como si lidiaran contra la prisión de la prenda. revelación de la noche". La apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias. debe ser uno de esos tipos que te ven muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua. escuchamos canciones de Frank Sinatra. Verónica llamó a Beatriz. impotente. Nos vemos dentro de un rato. Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo. en realidad. —¿Cómo que nada? —Comimos salmón ahumado. especuló Beatriz. Sabe que tengo más de dieciocho. Francisco Rueda. Y era cierto. —¿Qué pasó en el apartamento de Leo? —Nada. "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año". ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda. tal vez. Sea lo que sea —dijo Verónica—. En la agenda de la noche anterior. no pensaba hacer nada con él. Por los bordes de la prenda se escapaban. una adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres de personalidades presentes en la velada. —¡Qué nalgas. una rara luminosidad en los ojos. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. La privaba del placer de resistirse. si no es impotente ni marica. —¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. lo que se dice nada —respondió Verónica. en el centro de la página. —¡No te lo puedo creer! —Créeme porque yo tampoco lo creo. "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un caballero en la espectacular velada de anoche". ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa. sobre todo en las piernas. eso era lo que sentía en aquellos instantes. Dos columnas inferiores informaban sobre el estreno de una ópera en el Teatro Colón. Verónica esperaba los avances de Pradilla. Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida del desfile". Una rara paz interior. es impotente. A todo color. retorcido. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con el Gordis. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. Tres de las siete fotografías de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo. Si no es marica. Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche. bebimos vino blanco. despiadado o. ¿Podía venir un momento a su casa? Desayunarían juntas. ¿Son tuyas? —¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass adornado de encajes. abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. Marica. un hombre demasiado respetuoso. 50 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra. Beatriz traía a mano los periódicos del día.

lo que importa es que no sea pobre ni demasiado viejo. ¿Dices que es inteligente? —Por eso mismo. Frank Rueda. —¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre.. Beatriz? —Yo—confesó. el fin que buscaba sus medios? No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. Creen que las mujeres deben arrodillarse a sus pies. —¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis? —Si lo sabe.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus afrentaba su vanidad de mujer. Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. Me dice que viva la vida que no pudo vivir ella.. más allá de ese primer paso decisivo. —Mi Gordis es distinto: tierno. sientes que te vas hundiendo en un hueco sin fondo. 51 . pocas veces lo llamaba por su nombre. No esconde sus intenciones. —¿Está mal que me guste un hombre por interés? —Depende —transigió Verónica—. —Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz. buena sombra lo cobija. los que piden permiso para darte un beso. —¿Por interés o porque te gustaba? —Un poco por interés. habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas. La desafiaba.como un temblor de tierra. —¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula. todo era incierto. Me dio rabia. Para ellos. —¿Cómo es un orgasmo. se está volviendo vieja sin saber nada de la vida. adonde entraba de la mano del Gordis. debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje. —¿Quiénes son esos tipos? —Los hombres mayores. incluida la industria de la belleza. —Tuve un orgasmo. —elevó los ojos al cielo— . La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero. prefería pensar que lo experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte. Cuando se pone a hablar con sentencias. otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga. dice que el que a buen árbol se arrima. En un plácido hueco sin fondo. No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra. La virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia. —No me estás diciendo toda la verdad.. —¿Quién sedujo a quién. —¿Sola y sin pensar en nadie? —Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. Gordo o flaco.. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello. qué se siente? —Un orgasmo es. Pobrecita.. sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. Beatriz creía que una vez abiertas las puertas del éxito. fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—. porque es inteligente parece más odioso. la dulce agonía del cuerpo que volvería purificado a la tierra. —Y que te abra las puertas del éxito.. ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente. feo o lindo. Lo tuve yo sola. Betty. ese roce involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. —Leo es un hombre muy inteligente. somos niñas jugando a ser mayores. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. ¿Es eso? —preguntó Verónica. Betty.

tiene un éxito increíble con su urbanizadora. Y ésta fue la frase que. —Después de los cuarenta. Virginia apenas dormía. Su capacidad de decisión sorprendía a la madre. Si necesitamos un socio. por ejemplo. en caso extremo podría hipotecar la casa. Pedía plazos a los proveedores. buena sombra lo cobija. Debe andar por los sesenta y pico.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La experiencia del orgasmo selló aún más el vínculo de las amigas. ¿Había apostado demasiado en ese sueño? . ¿Por qué no un socio. la desvelaba la fecha de inauguración y la lista de invitados. como virus que se extiende y acaba por contagiar a un número cada vez mayor de víctimas indefensas. Que hubiera 52 . capaz de decidir por sí misma en la adversidad. —Me dijo que tenía sesenta. ¿Aprendían ambas de sus madres o aprendían con la moral de la época? Poco a poco. A medida que maduraba. Verónica adquiría una energía insólita. "como las mujeres. todos los hombres mienten. El capital previsto no bastaría y si no bastaba tendría que solicitar un crédito bancario y si el crédito era imposible buscaría un socio. Por lo que oí esa noche. Fue cuando hizo su aparición providencial el constructor Javier Upegui. Iba a decir. la época imponía costumbres y valores. también providencialmente. de pedirle detalles sobre su proyecto. si puedo ayudarte en algo no vaciles en decírmelo. la hija demostró ser capaz de desenvolverse sola y sin la tutela de Virginia. un tonto exitoso en los negocios. pero Virginia no sabía si el constructor lo decía para halagarla. Todo lo que concernía a Upegui parecía providencial ese día. patéticamente desgraciado en sus amores. Se había mostrado interesado en el proyecto. aunque esa sombra fuese con frecuencia una silueta ausente. Sus ahorros y su cuenta en dólares se iban por el desaguadero de los imprevistos y por el mismo conducto se le iba a veces el ímpetu que había puesto inicialmente en su empresa. recordó en uno de sus momentos de mayor inquietud. por qué no Upegui? —Llámalo —le aconsejó Verónica—. pero repetirlo la hubiera llevado a preguntarse sobre la identidad de La Tarzana o a remover en las razones de sus presentimientos el enigma de la mujer que todos llamaban La Tarzana. aparecían errores en el acabado o en las oficinas. porque no había dejado de halagarla y cortejarla. Si no surgían problemas con la instalación de las máquinas. ninguno como Upegui. Quiere invitarme a cenar. Verónica se había hecho a la sombra de la madre. La noche anterior. ¿Quién era realmente esa Tarzana de la que hablaron tan despectivamente? ¿Temían que hubiera elegido a Upegui como su próxima presa? —Javier Upegui me ha llamado dos veces —contó Virginia a la hija—. la promoción de prensa y los recursos de una inversión que se reducía a velocidad de miedo. en las duchas o en la sala de baños turcos. En muchos sentidos. —¿Qué más oíste de él? Estuvo a punto de repetir lo que se dijo de Upegui. después de los treinta". La abrumaba el escepticismo. Cuando se solucionaban estos problemas. Lo sellaba. un gimnasio de lujo podía ser una inversión excelente. le dijo la noche del desfile. —Acéptale la invitación y que sea ahora mismo. desde los diez años. ¿Cuántos años le calculas? —Sólo lo vi de lejos —dijo evasivamente—. a manera de machihembrado. una convicción confesada: quien a buen árbol se arrima. Adivinaba en ella una personalidad obstinada. —¿Lo llamo o no lo llamo? —se impacientó Virgie.

Tenía peluca. Pero Virginia no sabía si la puntualidad de sus consejos era lo que su hija necesitaba en realidad. Verónica aprendiera a volar y lo hiciera sola y sin su concurso. —¿Cómo va tu gimnasio? —fue la primera pregunta de Upegui. de haber escuchado lo que se decía de él. La inversión prevista inicialmente se estaba agotando. A medida que la hija crecía. a pocos metros de la carrera 7. Prueba los escargots —le sugirió a Virginia. pese a estar perfectamente ajustada a la cabeza. ¿Le traía el vino de siempre? Sí. Y el mesero comprendió. en la penumbra de un rincón. le ofrecía en cambio un excelente Marqués de Riscal. se les había acabado el Marqués de Cáceres. Virginia no hizo otra cosa que pensar en la edad de aquel hombre. Él mismo la recogió en casa. la prosperidad. ¿Un aperitivo? Virginia necesitaba algo fuerte. ¿No la había sufrido de niña? ¿No la había evitado al casarse con el ingeniero Arturo Oropeza? ¿No la había temido al enviudar siendo aún joven. porque se sentía sola. que un día. madre de una niña de diez años? Fue a cenar con Upegui. Y Virginia constató que. Hablaban a menudo. Upegui fue al grano: —¿Cuánto has invertido y cuánto necesitas? 53 . Y el cordero asado —añadió. habría sorteado el riesgo de la servidumbre a hombres poderosos y ricos. Había elegido una mesa para dos en uno de los extremo del restaurante. Una ginebra con hielo. Lo único que no era fingido era el deseo de construir su propio negocio. Upegui dijo. Crecía la complicidad entre ambas. Lo sentía mucho. entonces. El mesero conocía sus preferencias. mientras circulaban hacia el viejo restaurante de la calle 23. ¿Quería la carta? El maître les recomendaba el cibet de jabalí. ¿Cuántos años revelaba? Tal vez sesenta y cinco. Lo que menos le importaba era la edad y. el día menos pensado. Probablemente pensara así la mujer que se había resistido con todas sus fuerzas e ingenio a las humillaciones de la pobreza. aunque la viviera con la mayor naturalidad del mundo: sus amores. lo mismo de siempre. Gran parte de su vida era fingida. la peluca se desajustaba en la parte posterior del cráneo. revelaba en la muchacha un sentido de independencia que acabó por producir el estado de melancolía que Virginia experimentó al regresa sola a casa. porque sólo la ternura le daría la certidumbre de tenerla aún a su lado. doctor. un Marqués de Cáceres del 82 —ordenó. tampoco le importarían las habladurías de los amigos de Upegui. Y desde ese instante. como si ese fuera el calor deseado aquella noche. agua tónica y zumo de limón —ordenó ella. clientela distinguida. Si lo conseguía. Cuando salió del auto para recibirla y abrirle la puerta. Por ello le había pedido dormir en su cama.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en principio rechazado su compañía y la hubiera finalmente aceptado con el tacto del vínculo filial. Iba decidida a proponerle la vinculación a su negocio. —Con dificultades —dijo Virginia cuando retomó el hilo de la conversación—. Ignoraba lo que sus amigos decían de él y Verónica nunca le diría una palabra de lo escuchado en la fiesta. Las papas al vapor. Verónica la sintió tranquila y complacida por la compañía. la madre temía el alejamiento paulatino. un gimnasio de lujo. el lujo de sus gustos. porque temía perderla. Mucha pimienta negra. Había previsto una inversión pero mis cálculos se están quedando cortos. liquidez suficiente para sobrellevar sin angustias los primeros meses. Upegui pedía casi siempre escargots de entrada y steak au poivre como plato principal. Un whisky doble de malta era lo que acostumbraba beber en el restaurante que frecuentaba al menos dos veces por semana. con mantequilla y ramitas de perejil. una inyección de capital y las relaciones del socio con el alto mundo era lo que le faltaba para estar segura de que el futuro se abría en efecto como lo había deseado. el hombre se inclinó reverencialmente. De melancolía y desacostumbrada ternura.

Amparo y Upegui siguieron siendo socios. Si no había efectivo. su precio sería sensiblemente más alto. La calle 93 con carrera 16 era un sitio costoso. Se reunirían mañana a revisar las cuentas y poner en orden los papeles. Doscientos mil dólares —repitió para sí. Upegui se quedó unos segundos pensativo. viajó unos días por el Principado de Mónaco. y dos grabados de pliego de Salvador Dalí. ¿Era correcto o de mala educación limpiar la salsa del plato con un trozo de pan? Lo imitó también en la manera de paladear el tinto de la Rioja. terrenos por carros. Upegui pidió más pan francés para no dejar en el plato la salsa de los caracoles. Ni un solo billete o moneda de curso legal entró o salió en la operación de compraventa. cuya autenticidad seguía siendo dudosa. Amparo Consuegra participaba a menudo en la venta de las piezas de arte y éstas se volvían. ¿Había tomado la precaución de pedir facturas de cada compra? Le recomendaba facturación doble y. Upegui la comparó con el precio del cuadro. Quería ser franco: compromisos con su banco le aconsejaban ser cauto en sus inversiones. Estaba acostumbrado a esta clase de cálculos. una formalidad. pero salía de repente en operaciones de alto trueque. de un día a otro. prepararla para la vida social que ella conoció en esos largos diez años de matrimonio. Lo había aceptado en años de vida con el ingeniero Oropeza. El camino que había seguido el cuadro parecía absurdo: pintado en Italia. se decía Upegui. razón por la cual Upegui sumó al inventario muebles coloniales y dos retablos del siglo XVIII. podría en pocos días venderlo por intermediarios a un "cliente anónimo" de Medellín o Cali. No le guardaba rencor. los arriendos estaban por las nubes. En caso de que un día decidiera traspasar o vender el negocio. imitar equivalía a aprender. la mejor elección para la tierna textura del cordero al horno. en lo posible. Upegui pensaba que no había mejor recurso que invertir con un poco de ingenio. —Que sean doscientos mil —dijo Upegui. Así que cuando repitió para sí la cifra dada por Virginia. Enviaría a su abogado. dinero en efectivo. en realidad un testaferro dócil usado en algunas de sus operaciones. —¿Así que necesitas doscientos mil dólares? —Podrían ser ciento cincuenta mil —dijo Virgie. quien se propuso desde el principio educar a la esposa. fue vendido en Nueva York y repatriado a Colombia. Amparo decoraba. No sólo estaba seguro del éxito del negocio sino de la 54 . a su vez. le dijo. Aceptaban cheques posdatados. subastado en Nueva York. había llegado al inventario de Upegui por medio de un cliente encaprichado con la casita de Cota. Se pagaban deudas con obras de arte: los dealers recibían en consignación y vendían al contado o a plazos. Upegui acostumbraba hacer toda clase de transacciones. menos mal que había pagado seis meses por anticipado. una mujer como Amparo podía ser mejor aliada en los negocios que en la cama. Incluso después de haber dado por terminada una relación tormentosa. Suscribirían un documento privado. El cuadro de Botero. pagar de contado. apartamentos por obras de arte. El dinero se escondía. Calculó al vuelo una cifra y dijo que necesitaba doscientos mil dólares. Saldría de nuevo para acabar en las manos de un colombiano de Miami quien. que valía menos que la pieza. una camioneta Toyota recibida a su vez en un canje. Virginia lo imitó. Upegui construía. Era lo que valía el cuadro de Fernando Botero que acababa de permutar por una casita en la sabana a las afueras de Cota. ¿Le molestaba si no figuraba en las escrituras del negocio? Figuraría su abogado. se volvía casi intangible. Para Virginia. Total.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus No le dijo lo que había invertido. ambos vendían o canjeaban en un mercado que veía salir de debajo de las piedras o las camas fabulosas sumas de dinero. moldear las asperezas de sus costumbres. le dijo.

que su apartamento fuera en realidad una vieja casa de dos pisos. No la necesitas —la halagó Upegui. Qué vaina con la seguridad. Vivía en Teusaquillo —le explicó— porque las casas que quedaban en el sector eran joyas arquitectónicas. coqueteó. Así que. La cocina y el cuarto de servicio eran gigantescos. Las circunstancias obligaban a tener vigilancia permanente. aunque empezaba a estilarse la recuperación de la chimenea como adorno de la sala. La ciudad crecía y se empezaba a volver incontrolable el manejo de la seguridad. no exigen el concurso de la imaginación. dijo. pues vivía solo desde hacía quince años. se permitía la irresponsabilidad de probar el pan y las salsas. tres habitaciones más. sala y comedor. Ya no se hacían acabados como éstos ni se concebían suelos. tendría el equivalente de doscientos mil dólares. Al fondo. una excentricidad. las chimeneas eran una rareza. ¿No estaba en juego una inversión de doscientos mil dólares? Que el constructor Upegui viviera en Teusaquillo. y mucha agua. Mi dieta. Las compraban o arrendaban. En principio. En efectivo —dijo Virginia. ¿Por qué tan cerca del centro y en un barrio tan venido a menos? Pensó que Javier vivía en el norte. No bastaban el celador de la cuadra ni la garita de la esquina. Una vivienda espaciosa de dos plantas con antejardín y garaje. la estrategia dio los resultados esperados por Upegui. Ya casi nadie las usa de residencias. correrían el riesgo de fracasar o producir desastres en la vanidad. Y mientras lo decía. miraba con codicia el tiramizú que Upegui devoraba en grandes cucharadas. No la necesito ahora. pero. por lo rutinarias. Había un cuarto que podía destinarse al mayordomo. solo y sin hijos. Y Virginia aceptó la propuesta de tomar un trago en casa de un hombre que conocía apenas. bebía al menos nueve vasos de agua diarios. las ensaladas y las frutas. Y ninguna decisión es más previsible que la tomada por hombres que pretenden seducir a una mujer. Su dormitorio en la segunda. Que mirara bien. Virginia rechazó el postre. La mano ascendió de la cintura e hizo un lento. El área social. Se dedicó a informarle que su peso y sus medidas se mantenían en un nivel aceptable. divorciado de una mujer de cuyo nombre no quería acordarse. armarios y escaleras de madera fina. a más tardar en una semana. Toman las decisiones esperadas por las mujeres. en la primera planta. las ensaladas eran su obsesión.. caminaba o hacía ejercicios puntuales. —Estaríamos más tranquilos en mi apartamento —propuso. estas casas fueron habitadas por familias numerosas de alto rango social. Como él no tenía mayordomo. Las estrategias se repiten con regularidad porque han probado su eficacia. pasando una mano por sus caderas. imperceptible recorrido hacia arriba. ¿Una copa? No. ¿Los prefería en efectivo? —corrigió. prefería el pescado a la carne. lo había convertido en un depósito de muebles y trastos viejos. sobre todo en estas casas. Si fueran imprevisibles o menos rutinarias. gracias. —Tomemos un trago en otra parte—propuso Upegui. Las explicaciones de Upegui iban de la generalización a los pequeños detalles. atravesando los pasillos. tomó por sorpresa a Virginia. con una chusca buhardilla que le servía de estudio. En tres días. No necesitas dieta —repitió Upegui. Debía tener cuidado con el alcohol Hay hombres previsibles.. ahí estaba el secreto. precisamente por lo previsible. Aunque tener un 55 . Gracias —fue la breve recompensa de Virginia. Podría aceptarse que. imaginó su apartamento en un edificio levantado en la falda de los cerros. previendo quizá lo que contenía la propuesta. vulnerables en todo sentido.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus seguridad de su inversión. que había suprimido las harinas y que excepcionalmente. pero él se había entusiasmado con la idea de conservar la casa como vivienda. como hoy.

aceptara seguir jugando con un pene que no era pene. Virginia aceptó hacer el ridículo debajo de un hombre que se había abalanzado sobre ella y desordenaba su ropa antes de caer de bruces. Consiguió un breve saludo traducido en algo que podría ser una erección. fue un aullido. alcanza a presentir la aparición del milagro: la pequeña. el dedo corazón que acaricia la rosada entrada de la caverna. mirándola. se acariciaba el coño. Prefirieron el vino al whisky. Upegui gemía. Hay hombres que nunca aprenden. lo que obligó a Virginia a extenderlo bocarriba en la alfombra. Se evitaría el tramo de la escalera hacia el dormitorio de la segunda planta. Upegui miraba esta variante del juego: una mujer abierta de piernas. extendido maullido de gata. que se la acaricia con suavidad e invita a ser mirada cuando la suavidad pasa a ser el ejercicio drástico del dedo presionando con fuerza. concluyó. llevarlo de la mano y conducirlo adonde deseaba llegar. Upegui gemía y Virginia hacía lo imposible por contener la risa. continuado. Cambió entonces las reglas del juego: una mano acariciaba la flexible masa semidormida. como si. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse y se encontró de pie. —¿Qué te sirvo? —preguntó después de encender las luces de la sala—. ¿La alfombra o la cama? La alfombra. pero disfrutaba sabiendo que todo en aquella escena estaba condenado al patetismo. Virginia empezó a desnudar al inexperto: la corbata. No te muevas. El juego no conduciría a ninguna parte. con el roce de sus labios. Siguió ocupándose de la flexible masa muerta. Un despertar sin despertar. adonde no llegaría si lo dejaba hacer solo sus cosas. Si el grito de Upegui pareció un desgarramiento de pánico. un largo. se dijo. harían el milagro. Trató de animarlo con masajes. ¿De gata? Si alguien le hubiera hecho el seguimiento de esos gritos —testigos no faltarían— hubiera concluido que Virginia había adoptado como propio el grito del hombre de la selva. Que la mirara. trató de salvar un brazo aprisionado por los brazos del pulpo que la rodeaban. el de ella. Unos instantes. por distracción. decidió ella. los suficientes para que Virginia Sienta caer el cálido. los pantalones. No volvieron a hablar de negocios. la camisa. En ropa interior. Ni boca ni mano. Encontró un pequeño juguete flácido. Supo desde el primer instante que tenía que guiar a Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vigilante privado no disminuía la inseguridad. Se arrodilló entonces y buscó entre los calzoncillos. Cuando la boca se fatigó del juego. de vientre prominente. le ordenó obligándolo a seguir de pie. Mi empleada está durmiendo. siguen siendo toda la vida adolescentes con urgencias. se despierta sin abrir del todo los párpados. Lo que sintió en la boca al cabo de un rato de esfuerzos fue una flexible masa sin vida. esperaba que. Alcanza a ver los ojos vidriosos de Upegui. El sofá no alcanzaba para dos. lo tranquilizaba un poco contar con ese hombre de confianza. así que Upegui resbaló aparatosamente cuando ella. Se rió sin querer ser ofensiva cuando vio a Upegui en calzoncillos y medias. semidormida fístula. maleable masa dormida se despierta entre sus dedos. Envejecen y no aprenden. Lo ayudó en la tarea: se desnudó con paciencia. Virginia se sirvió de una mano. Podía haber reducido el patetismo de la imagen quitándole los calzoncillos. Saberlo y sentirlo no la distrae del propio empeño. el cinturón. Upegui disparara un oculto dispositivo erótico. continuaba retorciéndose. Aunque estuvo a punto de reírse por el repentino avance de Upegui. ¿No venía de allí el apodo de La Tarzana? 56 . decidida y más eficiente. no podía evitar los retorcijones. la otra. Upegui susurraba. gemía. con la saliva venenosa. salido de una pequeña. exiguo elíxir blancuzco. Ha cerrado los ojos y sólo existe para sí misma. con un hombre que no era hombre. en un gesto involuntario. un cuerpo enjuto y amarillento. abrazada al tipo que le babeaba cuello y orejas y le desabotonaba la blusa con tanta prisa como ansiedad.

tantos que se volvieron rutinarios. Susurraba en sus oídos palabras y expresiones que derretían al viejo. Se proponía encoñarlo. Un llanto quedo. —No tienes que mentirme —dijo el con la voz entrecortada. ¿No le gustaba sentirse lamido como cachorro? Lo lamería con dedicación de orfebre. Pero la repetición de los encuentros. Es el momento propicio para ofrecerle consuelos. Le enseñó a maniobrar un vibrador y lo condujo por vericuetos distintos a los habituales. sin quererlo. por su impotencia viril. se adormece en el regazo. No era un pelafustán cualquiera. Como si se tratara de un discípulo dispuesto a aceptar como verdad lo que ella le enseñara. Virginia lleva sabiamente la cabeza del viejo hacia un pecho y lo amamanta con la abnegada ternura de una madre. Fue más allá de la resignación: trazó su propia estrategia. Virginia instruyó a Upegui en otras técnicas amatorias. Le haría el amor con la sabiduría de una hembra. Piadosa mentira. mordería sin morder sus testículos. Upegui chupa ese seno. Se vistieron en silencio. Lo conminó a hacer lo que se le antojara. por la felicidad de sentirse consentido al lado de esta mujer sabia y paciente. También Upegui descartaba la posibilidad de convertirla en su amante. Si a Upegui le gustaba revolcarse y sobajearse con ella. Upegui no sería solamente un amante dócil sino el mejor de los socios. expresiones de consolación: el error de muchos hombres consiste en creer que todo se reduce a meterla. de halagarlo. mejor dicho. Le pidió canjear afrentas por afrentas. 57 . detiene el llanto. —Estuviste fantástico cuando me mirabas —corrigió. Acostumbró esos oídos a repentinas suciedades y a tiernos insultos. Lo que le dijo al verlo derrumbado y acezante fue una mentira piadosa. No mezclaría los negocios con la cama y menos cuando este hombre le prometía entrar en sociedad. habría que descartar esta modalidad. ¿Por qué los hombres se empecinaban en tomar una y otra vez los caminos del fracaso? ¿Por qué pretendía Upegui hacer el amor —Upegui no era sino la metáfora de otros Upegui— sin temer la caída en el ridículo? La piedad presta su estilo a la mentira. porque adquirió pronto la costumbre de llorar de manera inexplicable en brazos de Virginia. lo llevaría al centro de su cuerpo y le insinuaría quedarse allí como quien busca afanosamente un tesoro. El viejo no era lo que se dice impotente. Se lo dijo a Upegui en otras palabras. ¿Que se excitaba más mirándola que acariciándola? Lo complacería en ésta y otras obsesiones. lo hacía de manera desconsolada y sin complejos. metería un dedo en su trasero. Lloraba por el fracaso de los pasados amores. pero lo excitaban como no podía excitarlo la modalidad clásica de conseguir una erección destinada a penetrarla por instantes. pondría todo el empeño en esas relaciones. Melancolía y silencio. Virginia cierra los ojos y piensa en la inminente apertura del gimnasio. Virginia descartaba la idea de convertirse en amante de Upegui. enmarcados en un precario paisaje de canas. No dejó de mentirle. los volvió amantes sin ser amantes. Aceptó el hecho y se resignó a hacer el amor con un hombre que no sabía hacerlo. una recompensa inmerecida como todas las que Virginia ofrecía a hombres como Upegui. Si no alcanzaba la erección en el grado de dureza exigido para penetrarla sin que el adminículo se deshiciera en su flacidez. cada vez que imaginó a Upegui reconstruyó piadosamente aquella escena. —Estuviste fantástico —le susurró. Busca el otro pecho. elementos de un juego amoroso que excitaban al hombre. como de niño que reduce gradualmente la intensidad de sus quejas. Si lloraba. ¿Que Upegui era un obstinado en su empeño de acostarse con ella sin contar con los recursos para hacerlo satisfactoriamente? Qué importaba. ¿No le gustaba verla en cuatro patas y de espaldas exhibiendo la abundante redondez de sus nalgas? Le enseñaría a besárselas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche. momentáneamente. todo menos exponerse a fracasar en el intento de penetrarla. Si lo conseguía. se escucha el chup chup de sus labios en la teta generosa. A Upegui lo calentaban las frases afrentosas. ignorando las carencias del viejo.

Alguien muy poderoso estaba interesado en invertir en su empresa. Me inclino por la asepsia. Ya no se estilaba el topless. le dijo. mejor dicho. El descubrimiento del orgasmo. el día menos pensado. serían sus socios. Volvieron a escuchar hasta tarde viejas canciones que llenaban el ámbito del salón con melodías desconocidas por ella. por el contrario. abre las fauces y engulle a su socio. se devolvía con mesurada nostalgia al peculiar sonido de Supertramp y The Cure. Un viaje relámpago a Nueva York. dijo Amparo. dedicada en las últimas semanas a hojear revistas de decoración europeas. le dijo a Verónica: espero que te guste. Upegui llamó a Amparo Consuegra. Se ofreció a colaborarles con ideas que darían al spa una decoración más sofisticada y moderna. llega el grande con sus manos abiertas. se volvería más competitiva. Extendida en la alfombra blanca y abultada. después se lo comerían vivo. así definió a la urbe. carajo? ¿Por qué ese grave. Pradilla la invitó a cenar después de haberse ausentado cinco días de la ciudad. Unos pocos. Verónica había vuelto a encontrarse con Guido Leonardo Pradilla. bajo tono de sus palabras no se alteraba y perdía el control en un rapto de macho? Empezó a desearlo en silencio. explicó Amparo. ponderaba el sonido de la guitarra flameante tocada por John McLaughlin. Pero Bueno decidió a último momento no convertir la obra de su vida en la fácil carnada de un pez gordo. Posmoderna. ofrece unos millones y. le hacía llegar cajas de bombones o trufas. Son como niños —piensa. alguna caricia sin más intención que la de sentir la tibia piel de la adolescente. Todo sucedía como lo había esperado. Mientras Virginia y Upegui vivían su historia de amor sin amor.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Recuerda que nunca amamantó a Verónica y siente por primera vez el gozo supremo de una maternidad tardía. ¿Por qué no trataba de seducirla? ¿Por qué no la desnudaba. Amparo puso a su disposición una agenda valiosa. Primero. Desde allí. ¿Quién cantaba esa canción? Bryan Ferry. : Volvieron a comer salmón ahumado y a beber champaña francesa mezclada a partes iguales con zumo de naranja. la ilustraba en la grandeza de un concierto de Pink Floyd. Piel de manzana. Ahórrate los estudios y las teorías: la empresa chiquita necesita capital para hacerse un poco menos chiquita. Ella abrió la pequeña caja envuelta en papel regalo: contenía un perfume de Carolina Herrera. ¿Le aburría conocer esas minucias? No. zuas. Pensaba en módulos geométricos. que los botones salieran de sus ojales y quedaran expuestos a la mirada sus hermosos pechos intactos. ¿Qué hacía en Nueva York? Un encargo de Isaías Bueno. tiernos besos. ¿conocía la canción de Joan Manuel Serrat? A propósito. El Gran Monstruo de belleza apocalíptica. estimuló la curiosidad de saber si podría alcanzarlo con un hombre. El viaje a Nueva York había sido en todo caso divertido. le dijo inocentemente Verónica. le interesaba saber cómo era el asunto de las fusiones empresariales. En esto acababan esas alianzas. desde el suelo afelpado. Si no le enviaba flores. La inyección de capital precipitó felizmente la última fase. Verónica dejaba que su blusa enseñara vientre y ombligo. Crecería. un viaje de exploración a nombre del Gran Jefe. pero ella acostumbraba prescindir del 58 . le pedía poner atención al escuchar 'The dark side of the moon". Cinco encuentros —Vero los contaba como si fueran la cifra de sus expectativas— y todavía no asomaba en el horizonte nada de lo esperado por ella. Había que recuperar la sólida dignidad del hierro en vigas y escaleras. El envío de las flores y los mensajes cifrados con títulos de canciones de Sinatra iluminó un rincón inexplorado de su curiosidad. Pradilla prefería la alfombra y los almohadones. Pudo al fin ver la retrospectiva de David Hockney. encontrado en una paciente sesión de frenesí solitario.

ese tono bajo. los zapatos. la frase quedó grabada en la memoria de Verónica ¿Por qué no se los acariciaba? ¿Por qué no le quitaba la blusa y ponía esos pechos en su boca si ella no hacía nada distinto a ofrecérselos? Tuvo una fantasía instantánea: Leo le rasgaba a dentelladas la blusa. los pantalones de liviana lana virgen o de pana francesa. La escuchaba. marica no parecía. ¿Le había notado algo raro? Nada. le confesó Vero a Beatriz.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sujetador. El gesto ruborizó a la muchacha. —¿Ni siquiera te toca? —No como yo quisiera. una manchita deslumbrante en los senos más espléndidos que ojos de mortal habían visto. Había iniciado estudios de arquitectura. ese tal Upegui. la mirada a los ojos en el instante del brindis. muy viejo para ella. un publicista brillante al que le atribuían amoríos turbulentos y una antigua pasión de la que nunca hablaba. el estilo al servirle la copa. la manera de descorchar sin escándalo la botella de champaña. Verónica recordaba que. las corbatas inglesas. Sabía escucharla sin darle consejos. Pradilla descubrió un pequeño lunar en el seno izquierdo. tomarse de las manos. y él escuchaba sin censurarla. amigo de sus antiguas amantes. Y lo que era peor: un macho que le atraía como nunca le había atraído macho alguno. —¿Será verdad que es marica? —le preguntaría después a Beatriz Lopera. el cuidado de la ropa. Las palabras la hicieron reír. una elegancia natural y negligente como su manera de hablar de las cosas sin darles importancia. pasear por el campo. Los hombres tenían o no tenían estilo. los fabricantes de sostenes habían pasado por la peor de sus crisis. la música en cada palabra. ¿Lo había visto hacer en una película. entre 1968 y 1969. a zarpazos la iba liberando de las ropas se resistía sin querer resistirse ni poder evitar la fogosidad de aquel hombre. de detener el ascenso de la espuma posando la yema de un dedo en el borde de la copa. esa elegancia sin el propósito de ser elegancia. en la década pasada. beber champaña. ¿Lo perdonaba si no la llevaba a casa? Le llamaría un taxi. ¿Qué hacían entonces? Escuchar música. esa sonrisa permanente en los labios. era todo un macho. pero la inquietud de su vida lo llevaba a abandonar las carreras iniciadas. las camisas de seda italiana. después de diseño gráfico. Resultaba —le decía Verónica— que su madre tenía un nuevo amante. Estaba cansado. repetirse en telenovelas actuales? No. tomarse a duras penas de las manos y besarse con besos de niños. Lo tocó con el índice de su mano derecha y le dijo que era como un delicado adorno. arruncharse sobre la alfombra. Pradilla se reía de las tonterías que ella decía. pensó. le dijo Leo a Verónica antes de la medianoche. O lo parecía. solitario y exigente en su vida social. con esa sonrisa de perdonavidas. nimiedades de niña. le restaba importancia a lo que ella creía importante. Nadie le había dicho antes nada sobre el lunar del seno. Le pedía repetir sus anécdotas y le daba la certidumbre de haber sido escuchada. Una manchita deslumbrante. sobre todo en sus visitas a Leo. contrariedades domésticas. ¿Qué 59 . Aunque estuvo a punto de aceptar la idea de que aquel hombre era un gay escondido entre sus buenas maneras. rechazó la sospecha. es lo que más me atrae y lo que más odio. Lo que había averiguado sobre él hablaba de un seductor arisco. ¿Qué había hecho en el hotel de Villa de Leyva donde habían pasado un fin de semana? Dormir en camas separadas. Sintió el calor que se extendía en su cuerpo. Leo no pasó de ponderar aquel adorno negro emplazado en las espléndidas formas de un seno. Siendo muy joven. tribulaciones de adolescente. Aterrizó en la realidad. Tenía que preparar un informe para el Gran Jefe. había vivido en París. Esa voz. Verónica conoció lo que era "el estilo". Los pechos más divinos que lengua inmortal decir no pudo —siguió Leo con su parodia.

el reposo en la alfombra. Calculadores —concluyó Beatriz. —Inténtalo. le dijo a Beatriz. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. ¿Sería igual si se atrevía a dormir con él. en verdad. Leo la acompañaba en la madrugada hasta su casa y la despedía con un beso en la boca. Hasta entonces. sería ponerse un vestido entero con botones de arriba abajo. Estrategia de adolescentes ancladas en sus fantasías. cuando aún no había cumplido los diecisiete. eso sí. poco a poco. Solamente un beso en la boca. concebida como obra de una perfección inalcanzable en la realidad de los mortales? ¿Se enamoraban solamente de lo que moldeaban con sus manos? Cinco encuentros íntimos y nada de nada. La idea la rondaba desde hacía días. la noche deslizándose por la superficie dilatada del tiempo. ¿Sin calzones? ¡Cómo se le ocurría! Podría. ¿Y si no resultaba? ¿Si Leo. Fantasía de adolescente. una larga despedida con fuego que encendiera el fuego. alcanzó la perfección de la hermosura. tuvo hijos y fue feliz —le refirió Leo tratando de satisfacer la curiosidad de la muchacha cuando. a lo mejor descubriría que no llevaba ropa interior y. Un día. al imaginársela desnuda. Me lo encuentro aquí cada vez que vengo. Volvería al apartamento de Pradilla. Ella esperaba un abrazo apasionado en vez del repetido hasta mañana. Se dedicaba con pasión a pulir sus esculturas. No sería difícil convencer a la madre de que se quedaría en casa de una amiga. no estaría mal ese amplio suéter de lana abierto en V. dejaría pasar el tiempo hasta que se hiciera tarde. Había visto una telenovela en la que el galán se mostraba indiferente ante la chica que se desvivía por él. en lugar de invitarla a dormir en su cama le ofreciera el cuarto de huéspedes? Si hacía el oso. aceptó Verónica. Se vestiría pensando en cada detalle: olvidarse del brasier. sin abrazos ni fuego. Todo tenía que parecer espontáneo. era frecuentado por Beatriz desde hacía dos años. Happy days. por ejemplo. Concibió una. Siempre viene solo. dar la impresión de no llevar pantaleta si elegía una tanga. ni siquiera sería necesario mentirle. Así eran ciertos hombres. de la estrategia. Se casó con ella.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus representaba la reproducción de esa pintura clásica? En Chipre existió un rey llamado Pigmalión. una de sus canciones preferidas arrullando el ambiente. 60 . Resultaba que la indiferencia no era más que una estrategia para atraparla en sus redes. llevar una falda cómoda y un suéter. le dijo Beatriz. —Mira a ese muchacho —llamó la atención de Verónica—. puede ser eso. hacerse invitar por el amigo. ¿Era posible que un hombre mayor de cuarenta años se mostrara tan indiferente ante la belleza de una muchacha de dieciocho? Indiferencia estudiada. ese sencillo vestido de seda negro. Nunca se le conoció mujer alguna. si se las ingeniaba para quedarse en su apartamento y compartir accidentalmente su cama? En Villa de Leyva todo había sido un fracaso. en tu casa. Viéndolo bien. lo que había conseguido era abrir en su mente nuevas preguntas inquietantes. O temerosos del rechazo. encendería el apetito del hombre hasta ahora indiferente. le aconsejó Beatriz. Actuaban sólo cuando tenían el triunfo en las manos. repetir el ritual de la música y la champaña. La llamó Galatea. El estruendo de un rock de los 60 interrumpió el trazado. ¿Se enamoraban los hombres de una criatura hecha con sus propias manos. si se pasaba la mano por la superficie de la seda se acariciaría la piel. Beatriz Lopera la ayudó a trazar y perfeccionar la estrategia. aunque lo mejor. se sentirían sus formas. ¿No es divino? —¿Te gusta? —Me lo comería de un bocado. ni una insinuación. de una hermosa mujer que. el bar donde se encontraron esa noche. Tenía miedo. sería como abrir una herida en su amor propio. la escultura cobró vida. vestirse con deliberada coquetería y sin agresividad.

Upegui la había invitado a pasar el fin de semana en un hotel de Chi-nauta. Estaba aprendiendo a hacerlo y no le iba mal en los primeros experimentos. ¿Le parecía bien comer unos langostinos sencillos a la plancha. podía ser su padre. le anunció Leo. conseguido el orgasmo y seguir siendo virgen. Eso sí. viéndolo bien. preguntó ella intrigada. el chapoteo espasmódico en la bañera. Que tuviera cuidado. cojo un taxi y me voy para mi casa. que tuviera cuidado. le advirtió con amabilidad. que lo hicieran a lugares seguros y conocidos. Al regresar. 61 . le dijo al describir el liviano cuerpo del vino. Verónica sintió la cálida humedad de la saliva en el dedo. Acababa de resucitar su vocabulario más auténtico. No le dijo nada. ¿Podía quedarse en casa de Beatriz? Virginia le dijo que lo hiciera. Mi madre salió de viaje con su socio. no desconfiaba de él. Beatriz se había citado con amigos en otra discoteca de la Zona Rosa. ¿Qué se había hecho Leonardo Pradilla? ¿Lo seguía viendo? Debería tener cuidado con hombres mayores que ella. mamá! Verónica ignoraba que la madre había escuchado detrás de la puerta del baño los quejidos de la hija. le dijo al recibir la llamada. —¡Cómo se le ocurre. Temía que la hija no hiciera el uso apropiado de su tesoro. la jactancia masculina. —Te pregunto si ya te volaron el virgo —precisó Virginia. era preferible a quedarse sola en casa. Sobre todo si se trataba de una adolescente endemoniadamente atractiva como su hija. No le importaba que lo fuera. Verónica descubrió una mancha blanca en la punta de la nariz de la amiga. le dijo Verónica. Leo invitó a Verónica a su casa. —No sé a qué te refieres —dijo Vero. Cocinaría para ella. Se la limpió con la yema de un dedo. Beatriz atrapó el dedo con la mano y se lo llevó a los labios. la mayor o menor densidad que se siente al paladearlo. Eligieron el lugar para discutir detalles sobre la continuación de las obras del gimnasio. ¿Tenía cuerpo el vino?. le enseñó Leo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Me da pena con mi Gordis. voy al baño. Su textura es su cuerpo. Ir de mano en mano. ¿Dónde quedaba el Mosela? Es un río de Alemania. una ensalada de endibias con salsa de queso azul? Le habían regalado una caja de vino blanco del Mosela. Si pensaban salir. bien sabía ella que bastaba haberse acostado con dos o más hombres para ganarse fama de fácil. era un tipo encantador. —¿Ya la perdiste? —¿Que sí perdí qué? —Tú lo sabes. Las adolescentes huérfanas —pensaba Virginia— se encaprichaban con hombres que podrían ser sus padres. por el contrario. Virginia se atrevió por fin a formular a la hija una pregunta que guardaba desde hacía tiempo. ¿quería acompañarla? No. Verónica aprovechó la ausencia de Virginia. Se ausentó unos minutos. les echan escopolamina en la bebida y abusan de ellas. Un importador de licores que tenía cuenta en la agencia. Estaba despierta cuando Verónica regresó de casa de Leo. aunque. podría haberse masturbado. para perder ante ellos lo más valioso en una mujer. Bastaba el rumor. esta ciudad se está volviendo demasiado peligrosa. alterada por las evasivas de Verónica. las sacan del carro a punta de pistola y ya se puede imaginar lo que hacen con ellas. que una vez descubierto el delirio del sexo. se dejara llevar por su corriente y le diera por pasar de un hombre a otro. no era éste el destino deseado para su hija. no te hagas la boba. saltar de una cama a otra. atracan a las muchachas y las violan. temía que Verónica no se hiciera respetar.

le molesta que otros hombres me hablen. —¿Se puede saber qué oferta? —Un tipo muy rico está interesado en volverme reina de belleza. después en otro. Coman antes este antojito. Pegó los labios húmedos y fríos en un seno. tan diferentes a los suyos. Verónica. —¿Ya lo pensaste? —se puso seria Verónica—. Les ha servido antes unas empanaditas de carne. Habían dormido juntas y abrazadas. pero Beatriz. Pruébate esta tanga blanca. me llama a todas horas. encerrada en su alcoba. le dio la espalda a la amiga y se probó la tanga de seda. la inundó una rápida corriente en el cuerpo. le pidió permiso para tocarle los pechos. Bebió un sorbo de ginebra. que era la más bella. sin sombra de malicia o deseo. quiere ir conmigo a todas partes. Subió el rostro y le dio un beso en la boca. Beben el trago de ginebra con tónica que les ha traído la empleada. surgió del almacén de la memoria la palabra pronunciada entonces por Virginia. se prueba la ropa que usará para la cita de la noche. le dijo Teresa a Verónica. —Será para el próximo año. Verónica se quitó el bikini negro. Era como sí el mundo se hubiera revelado como un ser hambriento de afrodisíacos y estimulantes de algo que con el paso de los años o quizá de los siglos se hubiera adormecido por inercia. por asociación. Verónica no dijo nada. Se está poniendo demasiado celoso. arropados por la salsa del maracuyá.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica recordó el menú de sus doce años y. ella los creía pequeños. ¿Qué pasará con tu contrato de modelo? Acuérdate de que es tu gerente de mercadeo. No hubiera pasado de eso. —No vuelvas a hacerlo —le reprochó con voz amistosa. No había revista que no hablara de alimentos y bebidas afrodisíacos. aceptaba la invitación a cenar. Verónica seguía semidesnuda ofreciéndose al espejo. afrodisíaco. un roce fugaz de manos. Una luz de esperanza se encendió en la imaginación de Verónica. pero tengo que prepararme desde ahora. Una frecuente expresión de fraternidad femenina. —Todas las reinas terminaron el bachillerato y están haciendo una carrera. lo que era un afrodisíaco. El afrodisíaco eres tú. asesorada por Beatriz. Y el espejo le repetía que sí. desde el espejo salía la gratificante voz repitiendo la frase de la fábula. Unos langostinos sencillos a diferencia de los que comió a sus doce años. —De espaldas y de frente —añadió Verónica al voltearse y recoger de manos de la amiga la tanga de seda. Virginia ya se había ido con Upegui a un hotel de Chinauta. —¿Son afrodisíacos? —quiso saber por teléfono—. se enfurruña si saludo de beso. mi niña —le dijo. Virginia y Upegui van camino de Chinauta. Me refiero a los langostinos. sin embargo. Leo no pudo contener una carcajada. Cómo no. Un roce fugaz de manos. miró los vellos de sus brazos erizados. con los ojos brillantes y un ligero tartamudeo. Al mediodía de un viernes. Ya sabía. sintió la caricia de la amiga. Divinos —dijo Beatriz y se inclinó un poco ante la amiga. E inmóvil frente a la amiga. No hubiera sido necesario consultárselo. Sentirse besada en los pechos y en la boca era una extensión de esa 62 . —Tengo otra oferta —dijo mientras sostenía en ambas manos un body de seda. —Creo que voy a dejar al Gordis —le confesó Beatriz—. —Te ves divina de espaldas —le dijo Beatriz a un paso de ella. eran tan grandes y tan perfectos.

a los doce años. Divino. te sentirá él. —¿Te regaló un brazalete? Cuando fui a abrir la servilleta que estaba encima de mi plato. El Gordis no lo sabe. otro apartamento en Bogotá y una finca en Rionegro. más por interés que por deseo. Tendré tiempo de empezar un semestre de diseño de moda. cuestan mucho las joyas y el viaje de la comitiva a Cartagena. —Si me toca —dijo con tono desconsolado—. ¿No le había contado que siendo aún niña. un gesto parecido sería el principio de un cataclismo. cerquita de Medellín. —Compra y vende esmeraldas y otras piedras preciosas —dijo finalmente Beatriz—. —¿Sales con él? —Salí con él una noche. Si levantaba un brazo. Se rieron. frecuente en muchas mujeres. haré la mejor inversión de mi carrera. —Me va a salir gratis —concluyó—. las mangas dejarían ver el costado del seno. Betty. un vestido negro con lunares blancos. durante una semana. no sabes lo que cuesta prepararse para ser reina: cuesta mucho la ropa. mucho menos de lo que sería el futuro de una reina. se había enamorado de una amiga? ¿No le había contado que una chica mayor que ella la había besado y acorralado en el baño? Beatriz no le había contado que. la curva de las nalgas. con Amparo Consuegra. ¿no? Verónica no dijo a la amiga lo que pensaba del tipo ni lo que pensaba del regalo. la reciedumbre de los muslos—. —Pásame la mano por las caderas —le pidió a Beatriz cuando se puso el vestido y acabó de abotonarlo de abajo arriba. ¿Me sientes desnuda? —Te siento —dijo en voz muy baja Beatriz—. La amiga lo hizo. Me mostró las fotos. había estado acostándose. —¿Un yate? Eso tan bueno no lo dan gratis. Examinó y admiró la delicadeza del brazalete de oro. Sin duda. —Reina de belleza apenas acabe el colegio. sin cuello y breves mangas amplias. encontré este detalle. —Cuéntame despacio el asunto ese del reinado —dijo Verónica mirándose al espejo. cuestan algunos arreglitos del cirujano. Entre los hombres. Si te siento yo. como si dibujara las líneas de la cadera. la tanga debajo del vestido de botones. Y aunque le resultó placentero el inesperado beso de la amiga en senos y boca. El tipo que me propuso la idea me dijo que correría con todos los gastos. —¿Y quién es Fabián Acosta? —Tiene treinta y dos años y mucha plata. ¿Te imaginas? Me dijo que alquilaría un yate y navegaríamos hacía las Islas del Rosario. convencida ya de que la tanga iría debajo del vestido entero de botones. un apartamento en Miami y una casa de ensueño en Cali. —Si llego a ser reina. —¿Casado o soltero? 63 . —¿Qué vas a dar a cambio? —Lo que sea. —Eso cuesta. no sólo la haría ver más adulta sino inmensamente deseable. ¿Quién es el tipo que te promete ser reina? —Fabián Acosta. Medellín y Bogotá. ¿Ves esto? —y señaló la muñeca de su brazo izquierdo. pruébatelo. Tiene joyerías en Cali. le pidió no volver a hacerlo. cuestan más el gimnasio y las dietas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fraternidad indefinible. Betty. porque ya decidí estudiar diseño de moda o alta costura —dijo en una retahíla nerviosa.

le dijo Virginia con nostalgia. mirándola a los ojos. Del Vaticano había pasado a Buenos Aires. Leo le habló entonces de la fantástica actuación de Antonio Gades. La segunda llamada era para decirle que llevara identificación. ¿Le gustaban las orquídeas? Me encantan —dijo ella al recibirlas. En ocasiones. Caían piedras de granizo sobre la sabana. las medias de lana roja. Un cumplido más. Verónica se aburrió. Leo había tenido que ceder el paso a carros blindados flanqueados y seguidos por escoltas. Apagaba el televisor sintiéndose incapaz de soportar e incluso comprender las razones de tanta demencia. el suéter de cachemir también rojo. una gitana enamorada hasta la perdición de un soldado francés. Te ves fantástica —dijo. ¿De qué material era el saco? De tweed—dijo Leo. Era la clase de elegancia que admiraba en el senador Rodolfo Roldán. Orquídeas. los mocasines marrones. A unas cuatro cuadras de su apartamento. aunque parecidas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Soltero. Verónica le dio a entender que sabía quién era Gades. Era una vieja chaqueta de corte clásico con botones forrados en cuero y parches de gamuza en los codos. antes de cenar. el primero que hacía a la elegancia de Leo. Leo la tomó de un brazo y la hizo girar en redondo. ¿Quién era Carmen. ¿A qué horas pasan a recogerte? —A las siete y media. Mantenía vivas en su memoria las preguntas que le formuló cuando fue invitada con su madre a un restaurante mediterráneo. Y Verónica 64 . aunque más vivas eran las imágenes de un hombre aparatosamente escoltado por las calles. quién era Saura? Saura era un gran director de cine español. no iban a cine? Quería ver Carmen de Carlos Saura. La ciudad daba la impresión de un campo de guerra sin guerra o como si la guerra estuviera a punto de empezar. le dijo. le gustaban el pantalón beige de pana francesa. Leo salió fascinado. Algo más le recordó al senador Roldán. el personaje de una ópera famosa. las noches y las madrugadas eran muy frías. Regresó al cabo de unos minutos con un ramo de flores. Soldados en tanquetas recorrían sus calles en aquella noche brumosa. el pañuelo de seda que se ajustaba entre el cuello y la camisa. Habían pasado cinco años y todavía lo recordaba con admiración y cariño. Le gustaba también como iba vestido. esperan que seas como ellos quieren. Verónica recibió dos llamadas de Pradilla. dan lecciones. como en muchas otras ocasiones le dio a entender que conocía lo que ignoraba. Las imágenes de esta noche. acababa de darse cuenta al verlo salir del carro y entrar a la floristería. Al estacionar el carro en el parqueadero subterráneo y ver salir a Verónica. —Voy a encontrarme con mi Gordis —le dijo Beatriz al partir. No dijo que se había perdido en el enredo de la primera película musical que había visto en su vida. ¿Por qué. No conocía el pánico. La policía y el ejército estaban realizando retenes en toda la ciudad. salió de prisa y Verónica lo vio entrar en una floristería. Verónica sabía que en las últimas semanas estallaban bombas en todas partes. Una camioneta blanca abría el paso y. de la historia de Mérimée y de la tragedia gitana. que era precisamente eso lo que los volvía repelentes. desde las ventanillas. Pradilla detuvo el carro. le habló de la ópera de Bizet. Se lo puso porque hacía frío cuando se asomó a la ventana de su apartamento. se asomaban hombres armados con subametralladoras apuntando hacia nada. arruinaban los cultivos de flores. donde era embajador. le resultaron impresionantes. Beatriz le había dicho a Verónica que los hombres mayores eran a veces los mejores maestros. Carmen. Si no dan consejos. Te queda muy bien —le dijo Verónica. A Verónica le había encantado la actriz Laura del Sol. ¿Pulía Pigmalión a la linda Galatea ignorante? Con otras palabras. Cuando hacía un día de sol como el de hoy. Camino de su apartamento.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recibió el cumplido. como el primer triunfo de su estrategia. deseó que. satisfacciones. para quienes otra clase de guerra se libraba en sus conciencias atribuladas. comieron salmón hasta hartarse. periodistas y magistrados. Llegamos —dijo al retirar la mano que había acariciado la nuca con ademán distraído. le recordaban a la Carmen de Saura. que la ansiedad se parece al vértigo. No volvió a acariciarla. Mientras subían al penthouse. Los ocho pisos que subieron en el ascensor se hubieran convertido en el ascenso de expectativas defraudadas si Pradilla no hubiera pasado a último momento una mano por el cuello de Verónica y removido la rebelde abundancia de su cabellera. Al castaño oscuro natural de sus cabellos. En ese instante. de tintes rojizos. se mantuvo muy 65 . Prefirió una rápida mirada al espejo y un movimiento brusco de cabeza: Leo desordenaba sus largos cabellos rizados. en Medellín se pagaban sumas increíbles por la cabeza de cada policía muerto. también ella. Leo puso una mano en las caderas de Verónica. Tal vez Verónica fuera ajena a lo que sucedía casi a diario indiferente como lo eran los chicos y chicas de su edad. Pradilla pensó que podía tratarse del seco ruido del ascensor al descender. esa cabellera salvaje. Mejor quedarse en casa. explicaba Pradilla. La noche pasada al lado de Leo le enseñó que. Escucharon música. es el vestido preferido de las gitanas. en aquel pequeño espacio rectangular. buscaban implantar el terror y obligar al gobierno a bajarse los pantalones. Ya le había explicado. este país está montado en un barril de pólvora. Te estoy hablando de las guerras que desata la mala política. negro con lunares blancos. En un momento irrepetible. solos en el ascensor. evitando alarmarla que la presencia de policías y soldados se debía a los atentados de las últimas semanas. al salir hacia el pasillo. volvieron al nido de la alfombra. ¿Tenía razón al temer que la película de terror apenas empezaba? Pradilla se prohibió contaminar la conciencia de la muchacha con el miedo que lo acometía a veces. El azar de una bomba podía cobrar sus víctimas en transeúntes desprevenidos. ¿por qué carajos no me besa? Se miró de frente en el espejo. bebieron vino blanco del Mosela. Los narcos le habían declarado la guerra a jueces. Abrió las tres cerraduras de su apartamento y. El vestido que llevas. le repitió que estaba preciosa. que la energía puesta en expectativas. pasó las manos por sus cabellos y le repitió a Verónica que la Carmen de Laura del Sol era "sencillamente fascinante". a su edad. hubiera tomado la iniciativa de besarla. Evitaba salir a bares y discotecas. Un estallido remoto. Es curioso — añadió—. Ya estaba sucediendo. dudas y respuestas es lo más parecido al ímpetu de un perro cachorro que corre hacia ninguna parte estimulado por la fuerza irracional que debe expulsar de su cuerpo. Hubiera deseado que el amigo la hubiera tomado por la cintura. acarició la curva de la cintura hacia las nalgas y le repitió que ese vestido. Verónica aprendería poco a poco que la adolescencia es una edad de inmensas expectativas e inciertas satisfacciones. Verónica deseó preguntarle si. Lo que pudo haber sido el comienzo de lo esperado pasó a ser un gesto incidental e inconcebible para la joven. Verónica le había impuesto las tonalidades rojizas de ahora. No te estoy hablando de política —precisó—. Tranquilizó a la muchacha. no hay nada más doloroso que una expectativa defraudada. siempre el miedo a caer en un abismo. ambos sintieron el estruendo de una explosión. esperado desde hacía horas. tomándola del brazo. de numerosas dudas y contadas respuestas. era "sencillamente fascinante".

¿Quería un pijama? Le ofreció una camiseta larga. Más tarde. la tensión de la espera. Podía quedarse a dormir. No hace falta. Gracias a Dios. le dijo que. Tal vez hubiera apagado las luces o dejado encendida la pequeña lámpara de la mesita de noche. dijo Verónica. Dentro de medía hora regresarían a Bogotá. Aquella noche y 66 . se sentó en el borde de la cama. todo desapareció de la mente de la muchacha. Ya estaban informados. el suficiente para encontrar a Leo en la cama. la onda expansiva no había llegado a la carrera 17 con 93. si se cerraban los ojos al mundo exterior e inmunizaba su conciencia. la humareda. las edificaciones destruidas y el pánico que se iba extendiendo sobre la ciudad. Verónica dormía siempre con un viejo pijama de algodón. están cavando tumbas de inocentes. un paisaje de escombros humeantes. Verónica se metió entre las sábanas. Desnudo. nada más. policías y ambulancias de la Cruz Roja. podían dormir juntos. un edificio en ruinas. De repente. Recostado sobre almohadones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cerca de ella pero no pasó del simple roce de las manos al extenderle la copa. la visión de ruinas y cadáveres sacados de los escombros. sin señales del más mínimo pudor. Leo veía silencioso y con expresión adusta las imágenes de un noticiero de televisión extranjero. le informó la madre. Y no era cierto. Verónica comprendió que el espectro de la muerte y la destrucción. Al salir. —Pusieron una bomba en el centro comercial de la 15 con 93 —dijo en voz alta. Leo la abrazó como si tratara de protegerla del espanto de las imágenes. —El gimnasio de mi madre queda a pocas cuadras —recordó con voz ronca. Dicen que posiblemente se trate de otra bomba de "Los Extraditabies". en información le darían el número. desnuda y abrazada a un cuerpo protector. cadáveres mutilados sacados debajo de los escombros. con sus expectativas e ilusiones. Por ahora. Claro. camilleros apresurados. dijo ella. deshacía toda expectativa sobre la aventura de esa noche. No podía dormir. creía que en el Chinauta Ressort. No le ofreció el cuarto de huéspedes. Dicen que hay muchos muertos. sin mirar la altiva desnudez de la joven que se había quedado petrificada al pie de la cama—. porque había rechazado la camiseta. No sabría qué hacer si aparecía en el dormitorio con las luces encendidas. Leo llamó a información y luego al hotel. —¿De "los extraditables"? —pudo al fin decir ella. Era tarde. paralizada de espanto. Casi siempre duermo desnuda. representado en aquellas imágenes. Los había llamado el vigilante hacía apenas media hora. ¿Por qué no comunicarse con Virginia? Está en un hotel de Chinauta. ¿Jugaba a torturarla? Durmieron en la misma cama. larga hasta las rodillas. De manera intuitiva. El estallido de las bombas. en el transcurso de los meses siguientes. —La organización de narcotraficantes que ha venido diciendo que prefieren una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos de América. Tardó un largo rato en el baño. si exhibía su desnudez. la única iluminación provenía del televisor encendido. Como sonámbula. Trataba de identificar el lugar. sólo serían tolerables si se aceptaban como una fatalidad a la que era preciso oponerse con resignación. —Acuéstate —le pidió Leo—. Algunas ventanas rotas. expectativas y deseos. Las había visto insidiosamente repetidas como si las cámaras buscaran el lado oscuro de su morbosidad. dijo él. aceptaría que el amor sería posible. Apagó el televisor y sólo en ese instante pudo ver a Verónica desnuda y de brazos cruzados. El vino frío se había agotado. si se exhibía desnuda en el tramo que iba del baño a la cama queen size. se agotaba la noche. Verónica pidió por la habitación de Virginia de Oropeza o Javier Upegui. si no había inconveniente.

llamado por ella. Miró hacia un costado de la calle y presenció el resquebrajamiento y desplome de los cristales de las ventanas de un edificio. ¿Por qué lloraba al sentirse acariciada y besada? ¿Por qué esa urgencia al besar? Leo le abrió con delicadeza las piernas. brutal ritmo a su pelvis. la penetró con cuidado. Mintió. Tembló al sentir la lengua del amigo en la amistosa fuente del placer. comprendió algo más: que el mundo de expectativas levantado en unos pocos días era mucho más vulnerable que los cristales de las ventanas que caían destrozados por el impacto de las bombas. Que era desagradable. no porque se hubiera propuesto mentir al hombre de respiración acezante que empezaba a gemir con creciente intensidad. dijo ella. susurró él. Recorrieron la ciudad militarizada. pero esta experiencia le enseñó que el dolor se atenúa si domina la experiencia del placer. deshicieron los temores de Verónica. No importa. Soy virgen. Leo penetraba. que era doloroso. Ella impuso con desesperación un nuevo. descendía de nuevo al vértice de las piernas y. el tacto que puso en la desfloración. la cajita de sorpresas de sus doce años. besando a tientas y a ciegas el cuerpo que en unos instantes le respondería con una pregunta: ¿cuántos días habían pasado después de su última menstruación? Tres. Ella lo obligó a devolver el rostro a su rostro. Y él deshizo el temor de regar un campo fértil. en instantes. la mano cálida que tocaba su mano y se deslizaba sobre sus cabellos. Un mecanismo de origen desconocido la hacía devolverse antes del final. Leo la acompañó hasta su casa. No tuvo conciencia de que el ofrecimiento era la expresión del pánico. como mintió al gritar con él cuando creyó que había llegado el momento del último grito. se ofreció al hombre que la abrazaba. Verónica aceptó que había tenido la fortuna de encontrar a un hombre como Leo. ombligo y vientre. Los medidos movimientos de Leo. Verónica esperaba que fuera doloroso. su extinción. Quiero y no puedo. abrazada por un hombre que la halagaba y rechazaba con delicada crueldad. Verónica conoció la angustiante sensación de querer y no poder. ocupada plenamente por la verga que había tenido la delicadeza de invadir gradualmente y sin prisas el húmedo territorio inexplorado. mamá. la penetraba nuevamente. —No puedo —dijo llorando—. hundió su cabeza en la entrepierna dócil de Verónica. una y otra vez había escuchado de sus amigas la misma queja. mintió porque le hubiera dado vergüenza aceptar su propio fracaso. Gimió también ella. La primera vez es espantosa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus durante las dos horas que estuvo despierta. le dijo. salía con lentitud. pero el furor se alejaba. Y se ofreció de manera instintiva. Estaba a punto. Verónica conoció entonces otra clase de ternura. Como sí temiera la huida del deseo nacido de sus expectativas. mintió en sus gemidos. el retiro de las mismas olas. Le levantó las piernas y las convirtió en tenazas de su cintura. cuando recordó la experiencia de esa mañana. el vaivén entre el fuego y el hielo. una nueva explosión la obligó a aferrarse a la mano de Leo. decían. El amigo la tranquilizó. Se secaba y le dolía. 67 . sí. y se inquietó al descubrir que el temblor cedía a la indiferencia del cuerpo. el principio de una oleada. Inundación y sequía. ¿qué era. la aparición del fuego y. Mucho tiempo después. A lo lejos. estaba a punto. volvía a humedecerse y desaparecía el dolor. por qué el cuerpo se distendía y contraía al mismo tiempo? La humedad y la tierra yerma. Ahora sí podría responderle a la madre con iguales palabras: —Me volaron el virgo. o como si se resistiera a dejar escapar para siempre la curiosidad o el deseo que la desvelaba. A las siete de la mañana. descendió lamiendo muslos. Una sensación incalificable. Quizá fuera así la primera vez. Se sintió ocupada por el escozor.

había un espacio suficientemente grande que se estaba desaprovechando. asumía el riesgo de cultivar una relación que no lo desvelaba. Si el negocio funcionaba. como esperaba Upegui. en el incauto que caería maniatado en las lianas de Virginia. intentaba superar la terca flacidez de la tripita.¿Era la piadosa respuesta de una mujer que deseaba atraparlo en sus redes? El sexo es deseo más imaginación.. No sería la víctima de Virginia. Un socio más. Y. —Piénsalo —dijo. dedicarse unas semanas más o el tiempo necesario a pulir los detalles. tú de socia mayoritaria con un 55 por ciento. de que lo más inteligente sería aplazar la inauguración del gimnasio. Era la segunda vez que Verónica veía a Upegui. ¿Estaba perdidamente enamorado de Virginia? Tal vez. ¿No había esperado a una amante como ella. la imaginación convierte en tripita cada órgano del cuerpo. que el sexo se limita al buen uso de la tripita. dijo él. Que lo pensara. Lo que muchos hombres creen —le había dicho ella—. conociendo la vida de la mujer. en su momento. Mientras murmuraban convirtiéndolo en blanco de burlas. Si existe el deseo. si existía? No estaba hipotecada. Habría que esperar un poco. Un amigo estaba dispuesto a desembolsar trescientos mil dólares. 68 . le dijo ella a carcajadas. lo consolaba cuando. Un restaurante de comidas especiales. Era mucha plata. el más grande y raro que pudo encontrar en el mercado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Virginia recorrió al lado de Upegui y Verónica el lugar del atentado y no dejó de dar gracias a Dios por haberla salvado del desastre. en muchos aspectos anodina si se la comparaba con los nuevos edificios de apartamentos de la zona. como llamaba Virginia al pene decaído. Y él apareció en la siguiente cita con un vibrador inconcebible. es un tremendo engaño. Consiguió que Upegui introdujera un poco de humor negro en el antiguo patetismo. calculó. Upegui no era tan imbécil como lo creían sus amigos. en poco tiempo podría venderse con utilidades que beneficiarían a todos. calculó. Me encanta cuando hablas como puta. a quien los acontecimientos de la mañana habían dejado una confusa masa de impresiones. ¿Te imaginas? Todos mis ahorros puestos en este negocio. ¿Por qué no me consigues un consolador de veinticinco centímetros?. Estaba de acuerdo en casi todo. le había propuesto Virginia mientras Upegui lloriqueaba con la cabeza apoyada en su regazo. ¿Era conveniente ampliar la sociedad?. ¿No podría pensarse en una cadena de spas en sitios estratégicos de la ciudad? Era otra de las posibilidades. Como su hija. por ejemplo. Ampliar el radio de acción hacía zonas con población de mediano y alto poder adquisitivo. complaciente y comprensiva? ¿No era su vida una sucesión de fracasos amorosos e inhibiciones sin límite? A su edad. Hablaríamos de una inversión cercana a millón y medio de dólares. Volvía a sentirse intensamente vivo. una casa que. ya no podía con la fatiga. Hoy era una sencilla casa de dos pisos. Upegui las dejó en casa. le preguntó a Virginia. El ojo del constructor se detuvo en la vieja casa de la Circunvalar con 71. El atentado ahuyentaría de la zona a invitados y clientes. le preguntó Virginia. con un rústico antejardín y verjas oxidadas. ¿No había pensado en la posibilidad de montar un pequeño restaurante en algún lugar del local?. Le parecía fingida su manera de hablar. desesperadamente. él hacía los movimientos de sus fichas. ¿Estaba hipotecada? ¿Había pagado Virginia la hipoteca. se reía al pedirle que tuviera paciencia. pudo haber tenido un poco de valor. Estaba cansada. Virginia se quedó pensativa. no el valor de la casa sino del terreno. Esa mañana habló de la inversión. La Tarzana de los conciliábulos. significa que tendrás el control de la sociedad. Notó la distracción de Verónica y le propuso regresar a casa. que se riera de aquello que siempre había sido fuente de tristezas indecibles. Con ojo de constructor. su propio placer vendría por añadidura. Imagina que ese vergón es tuyo. Viéndolo bien. que si le daba el placer que ella esperaba. Virginia le ofrecía aquello que otras mujeres le habían mezquinado. El constructor Javier Upegui no hablaba en broma. se cuidaba de pagar puntualmente los impuestos.

Sentía la reducción drástica del vientre pero le preocupaba la flacidez del estómago y los brazos. para él empezó a ser motivo de orgullo. Lo que para sus amigos era ridículo. Y él botó a la basura su colección de bisoñés. acudió puntualmente al gimnasio. coprolágica. Antes de copular. ¿Se parecía a Yul Brinner? Con igual coquetería adquirió cremas hidratantes para la piel. Esto definía a Virginia. Él. Me falta el dinero dijo ella. evitando decirle que tal vez vieran en ella a una ágil trepadora capaz de escalar por las cuerdas de toda selva virgen. Virginia. preguntó Upegui. Upegui elegía las pantaletas sucias. lo alentaba Virginia. Acompañaba a Virginia al retrete. coprofagia no era una aberración despreciable sino la escondida tendencia del ser humano a comer y digerir lo que ya ha sido comido y digerido. Descubrieron juntos que. dichas con tanta gracia que le pedía repetirlas. menos uno. Hijo de una familia de clase media. después complacido. ¿Qué le importaba entonces el turbio y al mismo tiempo ponderado prestigio de La Tarzana? Upegui respondió a su renacimiento de ánimo con discretas medidas de coquetería. "Perversión del apetito que impulsa a comer inmundicias". se prohibió las salsas apetitosas de los escargots y el lomo a la pimienta. Aprendió que en los negocios y en la vida. abierta de patas. odiándolas como las odiaba. Ya tienes la fama. coprofágico. el estofado de buey y el legendario ajiaco. allí estaba Virginia. Tinturó las canas de sus cejas. El hombre se distingue de los animales por la manera selectiva e ingeniosa como inventa sus placeres y escapa de sus rutinas. Encontró. primero acongojado. Los tendremos. que la coprolalia no era más que "la perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas". visitó al peluquero y se hizo rasurar el cráneo. hasta donde pudo. no desesperes. Consultó en su diccionario. preferibles a las impecablemente limpias. suprimió las harinas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ésta era la clase de sabiduría femenina que en años y años de frustraciones lo habían convertido en un ser melancólico y prevenido. ¿Cómo se llamaba esa raíz china que revitalizaba y daba energías? Empezó a preferir el pescado y los mariscos a las sobredosis de carnes rojas. Le encantaban sus obscenidades. porque virgen era la selva donde los hombres extraviaban sus amores y virgen aún el mundo del dinero y la fama. eran almas gemelas. se acostumbró a las verduras y. le dijo ella. Así como ella conociera la irrefrenable tendencia de Upegui hacia el llanto. Los unía y encerraba en un sobre inexpugnable el sello lacrado de ambiciones parecidas. el cordero al horno. compró y tomó toda clase de vitaminas. él conoció la ternura de la mujer que lo arrullaba en su regazo. ¿Eran los términos que los definían? En el aplicado acto de renovar el ciclo digestivo de la vida animal mediante los estímulos del olfato. él le replicó que sí. observó Upegui. corbatas de dibujos festivos. También él había sido de alguna manera pobre. se sentaba en un banquito con mirada expectante y hundía después la cabeza en el remolino de aguas turbias. decía a Virginia con palabras que la maravillaban. que la. ¿De dónde le venía el sobrenombre? De los aullidos en la selva. La fama y el dinero. ¿Por qué ocultar su calvicie con una peluca? —le había preguntado Virginia. una línea más abajo. Si el nuevo Upegui era obra de Virginia. en algunos aspectos de su existencia. le respondió don Julio Casares. Upegui descubrió. ¿es eso lo que quieres?. Cuando levantaba el rostro de la taza. que todo músculo. la especie humana imagina. Se diría que 69 . Se olvidó del azúcar y de los postres azucarados. el conformismo conduce a la mediocridad. las papas y el arroz. exceptuando la pobreza de donde había salido Virginia. trajes de colores menos oscuros. para que el vértice recibiera rostro y lengua de un hombre acezante. todo músculo se endurece. se endurecía con los ejercicios. La especie animal arremete con el instinto. y para probarle que el humor como el amor se aprenden. le sugirió. la nueva Virginia era obra de Upegui. Bebía nueve vasos de agua diarios. hizo su carrera a trompicones. Creció en él un alto sentimiento de orgullo por haberse tropezado con La Tarzana. Asúmela. ropa deportiva.

¿Crees que soy codiciosa?. morrocotas de oro del siglo XIX. ¿Tanto? Se lo probaría. reflexionaba Upegui para que el oído atento de Virginia conociera con palabras de lujo lo que ya conocía con la bastedad de los hechos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Upegui. resumió. en suma. como se sabía. El resultado era espléndido y sorprendente: un arreglo floral confeccionado con billetes verdosos cubría las partes posteriores y anteriores de la mujer desnuda. En el amor. lo que las mayorías llamaban perversión sino algo radicalmente distinto a lo que hacían por costumbre? Pervertido era quien escapaba de la costumbre. ¿Y qué era. Los amantes que agonizaban un día de tristeza podrían ser alguna vez amantes extenuados en el fondo pantanoso de lo prohibido. tanto en la perversión como en el misticismo. espoleado por sus nuevas y antes ocultas tendencias. Virginia sólo fue capaz de expropiar en un primer intento dos piezas del tesoro colonial. ¿Sería capaz de engullir por la boca la última de las morrocotas y esperar que fuera devuelta por su conducto natural? La desafiaba. Un día. El amor —le respondía Upegui— es reacio a aceptar la idea del pecado. no era más que la metáfora de la codicia humana. decía que ese florero. componía su propio manual de usos amatorios. niños y adultos se arrojaban sobre la seca materia excrementicia o bosta del ganado vacuno? ¿No era habitual en los niños nombrar obsesivamente la materia expulsada en sus defecaciones? Usó los nombres técnicos de la aberración. La desafiaba: si era capaz de succionar per angosta via cada una de las monedas. Y explicó que no sólo la especie humana era dada al hábito repugnante y para algunos placentero de hacerlo. precioso como ella. Vales tu peso en oro. El placer de la codicia. Tanto o más que yo. Virginia aceptó el desafío. le musitó él al oído. sólo cambiaba el objeto del amor. ¿Cómo no sentirse unidos si las modalidades de sus rituales alcanzaban cimas inconcebibles? Agotado el juego de las monedas. que no se eligen en la niñez sino que son impuestas por la cadena de las herencias familiares. Si eres capaz de esto — le dijo—. se preguntaba Virginia. A medida que las expulsaba y exponía indemnes al aire puro. La grandeza del amor místico significaba entrega absoluta e incorpórea al objeto amado. Una semana después de aprendizaje y esfuerzos desesperados. todo era susceptible de locura. vida mía. Debería esconderlas hasta volverlas inaccesibles a la mano que tratara de recuperarlas en los meandros de su laberinto. Virginia le replicó que por nada del mundo se expondría al riesgo de ser mula. Le pidió a Virginia que se acostara bocabajo y desnuda. concebida como un estrecho jarrón de valiosas flores impresas. El místico era un incomprendido tildado de loco. Deshacerse de ternura y castos padecimientos era el primer paso dado en las edades humanas antes de cruzar la larga ruta que recalaría en el pecado. me engordaré como una vaca. Si es así. 70 . para la que no existían censuras morales ni inhibiciones atávicas. entrenado poco a poco en el juego de interpretar con palabras sublimes la rareza de sus fantasías. con la grupa trazando un arco. llaman pecado al tabú de psicólogos y antropólogos. todas serían suyas. las piezas del tesoro fueron suyas. memorable entre otros días memorables. Lo intentó de nuevo. introdujo el ritual del florero: hacía conos con billetes nuevos y los introducía en la vagina de Virginia. Upegui las lamía en una operación de limpieza que las purificaba y devolvía a la reluciente pulcritud del metal. tenía como natural una costumbre que los tiempos modernos encerraban en la cárcel despreciable de las perversiones. pero las religiones. o el culo de una mujer convertido en recipiente de flores más valiosas que las flores. ¿Desde cuándo. Sublime y grotesco. ¿Cómo así que al pecado?. que la especie animal. le preguntó Virginia. sobre las sábanas amarillas. O ella más preciosa que el metal. Upegui. Upegui sacó de su caja fuerte un puñado de antiguas monedas de oro. En este orden de cosas. En los dominios del amor no había vigilante que detuviera el salto desde la castidad y la templanza hacia el delirio. Los extremos del amor son tan retorcidos como misteriosos. estás preparada para tragar y mantener en el estómago numerosas bolsas de cocaína.

demasiado deseosa de ser mujer. —¿Cuándo viajas? —Dentro de cinco días. sentía el ascenso del fuego y caía sobre éste un nuevo chorro de agua helada. No pensar que su orgasmo era una obligación. no era posible que no pudiera llegar al final estando con un hombre de paciencia infinita y sabios recursos. al patético tartamudeo de las ametralladoras y a las venganzas selectivas. Leo acostó a Verónica sobre una manta de lana. Verónica buscaba liberarse de aquello que le impedía conseguir un orgasmo. Demasiado joven. La juventud y la belleza merecían seguir siendo sordas al ruido de las explosiones. elegía un ritmo febril y caía fatigada a los brazos del hombre que retenía su orgasmo como si no quisiera afrentar con su placer la imposibilidad de la muchacha. Lo pensaba como hubiera pensado y escrito el poeta que nunca pudo escribir. Si el país se incendiaba en un fantástico apocalipsis. Abrió los ojos al escuchar la voz baja y grave del amigo: —Me voy de viaje —le dijo él antes de llevarse a la boca un último pétalo de rosa—. —¿Por qué no puedo decirte que te amo si te amo? —Porque no me amas —aclaró él—. le preguntaba Virginia. cerraba los ojos. Y lo estaba. Debería olvidarse de todo. No olvidaba que Leo pasaba de los cuarenta y dos. amas la luz que te abre los ojos al mundo. Verónica le hizo el amor. pensaba Pradilla. Sería injusto abrir su conciencia a tanto espanto. Mi año sabático. la abrupta aparición de una fuerza que bloqueaba sus sentidos. ¿Bromeaba? No. hasta dejarla limpia. Buscaba inútilmente el esquivo lugar de su placer. ¿Te sientes feliz?. Como nunca. Las balas de tanto muerto me están embruteciendo el cerebro. el publicista sentía como suyo tanto dolor ajeno. Le pidió descansar. Iba a cumplir diecinueve años. Apretaba los labios. Temía que éste no fuera más que el comienzo. Cabalgaba desesperada. Detrás de todo hombre satisfecho hay una puta —exclamaba feliz. Te amas a ti misma. encima y a horcajadas. Algún día recordarás que fuiste miel y rosas —le dijo ¡Miel y rosas! —repitió VerónicaVerónica se había adormecido. Las comió una a una. Se estremecía al leer las noticias o ver las imágenes de las víctimas. Me voy por seis meses a Europa. Tomó el ramo de rosas rojas que adornaba una mesa esquinera y las despetaló medida que las iba dejando sobre la piel almibarada de la amiga. —No me ames —le aconsejó él. si la explosión de gozo se repetía con unas pocas caricias. especie de bombilla que había empezado a iluminar sus ideas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Te estás volviendo filósofo —cortaba Virginia acariciando la calva reluciente de Upegui. ciegas a la humareda de las detonaciones. dando vía libre a una fantasía. Si lo conseguía en la bañera. Aunque le venía sucediendo lo mismo de siempre. que quedara al menos la excepcional grandeza de la belleza pura. Hicieron el amor en silencio. Mejor dicho. —Te amo —dijo Verónica a Leo. amas lo que me rodea. se erguía o inclinaba. Aprendería a conocer su propio cuerpo. Pradilla veía la desesperación en el rostro de la muchacha. lamiendo la miel. La llevó en brazos al 71 . no solamente porque la relación afianzaba una sociedad prometedora sino por el hecho de conocerse y mostrar sin recato sus propias miserias. tratar de contener la ansiedad. aprendería a conducirlo por la senda de su propio placer. Esa noche. Estremecimientos y temores no preocupaban sin embargo a Verónica. le pidió que se desnudara y regó miel de abejas en su cuerpo.

No es justo. —¿Qué es lo que me pasa. Creas y matas el deseo. Sin dejar de sonreír. Leo la buscaba a la salida de la universidad. ¿Pueden tus amigas?. le dijo él. ni un paso más allá. que se miran y envidian. —¿Me escribirás? —habló como sí fuera a perderlo para siempre—. quizá pasara entre los deportistas y alterofílicos que se tocan el abdomen y los bíceps para conocer los progresos de sus músculos. Leo parecía un pez fuera del agua en bares y discotecas 72 . Betty no miente. por el trasero que se tensaba con la dureza milagrosa de sus glúteos. Verónica se sintió protegida y deslumbrada. pero complacía el capricho de Verónica. hombres que se miran desnudos en las duchas de los camerinos. La amistad entre mujeres era a veces una amistad de piel y confidencias. la muy puta se viene con solo mirarla —contó y exploró por unos instantes los ojos de Leo como si temiera preguntar lo que preguntaría con palabras atolondradas. No eres frígida. mi niña. distinto al de los jóvenes que pretendían apagar en una noche. ¿Podemos vernos antes de tu viaje? —Te escribiré. si ese paso se da no es el paso inocente de dos niñas que se acarician o besan ruborizadas. había esperado que las iniciativas del amor obedecieran al deseo de Verónica y ella creía haber aprendido que era posible el amor sin urgencias. Secó las lágrimas de su rostro. Leo las aborrecía. No estaban lejos del placer desinteresado de sentir las respuestas del cuerpo o del narcisismo de mirarse como si una fuera el espejo de otra. Le pidió un taxi y la despidió en la puerta de su apartamento. Porque me besó en la boca y en los senos. No quiso llevarla de vuelta a casa. el incendio de segundos. Se sentía orgulloso al lado de esta muchacha joven y llamativa. eran sólo muchachas jugando al lesbianismo. dormir juntas y desnudarse y besarse y mientras lo hacían como si se tratara de travesuras. la interrogó él. En los cuatro días siguientes. provocas el incendio y lo apagas tú misma. pese a la resistencia inicial del amigo. una de dos. le masajeó la verga y él se dejó conducir por el sendero seguro de un orgasmo. que siempre puede. la consoló él. llevas la frigidez en las aprensiones. se escuchaban entre ellas como nunca las escucharía un hombre. Podemos vernos pero te recuerdo que detesto las despedidas. Nos veremos hasta la víspera. Verónica. Leo le explicó que eso era frecuente entre las adolescentes. Lo decía con la misma inalterada sonrisa de siempre ¿Y si Beatriz fuera lesbiana? No le des importancia a esas tonterías. ese paso es una decisión. preguntó él. Podían acariciarse. mi niña. La ternura que acercaba a las mujeres daba lugar a ambigüedades. se gratificaban entonces con caricias. respondió ella. entonces? —Que no has descubierto el sitio ni el momento —dijo Pradilla—. Pradilla la había mantenido en principio a distancia. por las axilas y los pechos. A veces mienten. ¿Lágrimas por la despedida inminente? En unas pocas semanas. No fue la fácil presa en la mira de un cazador ansioso. Le impuso itinerarios nocturnos que empezaban en la cena y terminaban en alguna discoteca de moda. Sin dejar de halagarla. Beatriz dice que puede. Creo que es lesbiana. No hay mujeres frígidas sino hombres que no saben. Verónica no parecía satisfecha con las palabras de Pradilla. Pigmalión parecía estar hablándole a Galatea. no podía decirse que al hacerlo fueran lesbianas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cuarto de baño y se dedicó a bañarla con dedicación de madre. ¿Por qué lo crees?. Pasó la esponja espumosa por los rincones de su cuerpo. dijo. No sucedía lo mismo entre los hombres —especulaba Leo—. —No debes preocuparte —quiso consolarla con una frase que encontró en su repertorio de frases hechas—. dijo ella. por el vientre y el sexo. Verónica lo vio a diario. con ansiedad y sin tacto. y si se da ese paso. o los embarga el remordimiento de una flaqueza instintiva o se sigue adelante en la decisión de ser marica. Lo que no es justo es que yo no pueda.

bocabajo en su cama. nunca aceptando que dormiría fuera de casa. que tal vez conozca sus aún precarias defensas. En la noche del cuarto día. habían leído las entrevistas de las últimas semanas. sobre todo de esa inteligencia en muchos sentidos maligna: un hombre mayor que hace todo para seducir a una mujer joven y se retira a esperar que la presa avance hasta sus manos. Leo lo tranquilizó con una mano puesta amistosamente en su hombro. ¿Le preparo algo? —Gracias.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus con clientela de jóvenes desafiantes. Si elegía a hombres de su edad. Hasta entonces. La conozco desde chiquita y sé lo difícil que es la vida para dos mujeres solas. dijo Verónica a Leo. La intrigaban el misterio de sus juegos y la paciencia de sus esperas. como si ése fuera el sostén único de quien se balanceaba en una cuerda mirando el abismo del futuro. Verónica hubiera deseado conservar la miel que se adhería a su cuerpo. Muy temprano en la mañana bajó a la sala y fue a buscar a Teresa. el patán Epaminondas—. aunque se pareciera a relaciones pasadas —el senador Roldán. podría ser la búsqueda final de algo verdadero. no tengo hambre. Beatriz protestó por la fuga de su amiga. al regresar a casa. En la naturaleza de hombres como Leo —concluyó después—. en la víspera del viaje. Ya ni me acuerdo de cuando la cargaba en estos brazos. Virginia no estaba. los instrumentos de la seducción eran proporcionales al celo con que defendían su libertad. ¿No les provocaba una botellita de Dom Perignon? Él invitaba. ella desconocía el lenguaje de la inteligencia. Dejó de llorar y trató de devolver su ánimo a la sensatez. se amarraba a él y lo conducía de la barra a la pista de baile. tal vez durmiera en casa de Upegui. que más allá todo era desconocido. Algunas jóvenes reconocieron a Beatriz. Cuatro noches atrás. Verónica tuvo tiempo de apaciguar sus aprensiones. —No se preocupe. El nuevo levante de Beatriz. sus deseos de alcanzar el orgasmo y la fuerza interior que se lo impedía. Lo hacía con mayor frecuencia en la última semana. quizá demasiado deseable. Había adquirido el don de la sociabilidad y los recursos de la coquetería haciéndose siempre deseable. Tampoco le gustó a Leo. Hasta entonces. No me desprecien. lloró espasmódicamente. Verónica sabía que la relación con el constructor. orgullosa a su manera de estar al lado de un hombre maduro y atractivo. tomarían conciencia del envejecimiento de la mujer que tenían a su lado. dijo el tipo. con cualquier pretexto. Teresa. La habían visto en televisión. tarde o temprano. como si todo la abandonara: Leo y el mundo. Estaban cansados. Leo viaja mañana —se excusó Verónica. niña —dijo—. No me gusta ese tipo. Y el tiempo que tuvo para pensar en Leo le ofreció la serenidad de aceptar que sólo le había sido permitido asomarse a una de las puertas del amor. añadió. nunca pensó que su madre fuera una mujer solitaria. Dejaba una nota en la cocina. Rechazaron con amabilidad la invitación del tipo. hombres mayores que ella. Subió a su habitación y lloró mirándose en el espejo. No respondió esa noche al saludo de Teresa. 73 . Verónica no lo soltaba de la presión de sus brazos. vieron entrar a Beatriz abrazada por un tipo. ¿Se había enamorado de Leo? Lo admiraba. Le ofreció disculpas. más temprano que tarde. Era como si sólo en esa diferencia pudiera encontrar la seguridad que buscaba. ¿Buscaba a la pareja de su vida? Upegui era veinticinco o tal vez más años mayor que ella. ¿Qué buscaba Virginia? —se preguntaba la hija. La injusta conciencia del envejecimiento podría ser la causa de sus preferencias. la empleada. hombres que pudieran verla y sentirla aún joven antes de cruzar el para ello temido umbral de los cuarenta y cinco.

Lo hizo saber por medio del abogado que visitó al Gordis. porque si pasa algo. Se irritó hasta la cólera cuando Beatriz anunció a la empresa que. Verónica prolongó la despedida de Leo como se prolonga una agonía. Teresa. No podía defraudarla. —Hace más de una semana no pasa nada—protestó Teresa—. Teresa hablaba con Verónica sin desprender la vista del televisor. ¿cómo hago para saberlo? Sonó el teléfono y Verónica le hizo a Teresa el gesto de responderlo. sin azúcar—cambió de idea. se resistió a aceptar la decisión. Deseaba estar sola. herido en su amor propio. Él no quiso que lo acompañara al aeropuerto. —Prepáreme un jugo de zanahoria con naranja. Si me pierdo un capítulo no me pierdo nada. Después de esa noche y en los cuatro días siguientes. la abrumaba con regalos. no habría necesidad de usar contra ella el as guardado en la manga. Cada día está más linda. —Tengo que estudiar —dijo Verónica—. esto era al menos lo que creía el gerente de mercadeo. Tenía aún en su escritorio el contrato que la vinculaba como modelo a la empresa y la obligaba a trabajar durante un año en la imagen de la nueva línea de ropa interior femenina. que necesitaba tiempo para poner orden en sus sentimientos —cuando lo que quería decirle era más brutal e irrevocable—. ¿La acosaba realmente? La llamaba tres y cuatro veces al día. Era su mamá —dijo—. La veo todos los días para ver si pasa algo. si no se trataba de un capricho y todo no fuera más que confusión en la joven que él había lanzado a la fama. El pequeño televisor en blanco y negro pasaba las imágenes lluviosas de una de las telenovelas de la mañana. Ésta era la carta guardada en la manga. Beatriz había decidido abandonar a su Gordis. —Se dará cuenta cuando le duela haberlo perdido. Por esto el abogado quería dejar en claro que Beatriz no estaba dispuesta a sufrir ninguna clase de amenazas: le aconsejaba aceptar la conciliación propuesta por su clienta. 74 . Teresa. rescindía su contrato. si los tres meses transcurridos fueran de repente ignorados por quien le había dicho que prefería estar sola y pensar en su futuro. Estaba dispuesta a devolver cuanto se le había pagado e incluso a asumir los daños y perjuicios que pudiera causar su renuncia. le dejaba mensajes suplicantes en el contestador.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto rara. Si ella lo abandonaba. —¿Está buena? —le preguntó Verónica. La señorita Lopera —dijo el abogado al final de una conciliación— le pide comedidamente que deje de acosarla. Teresa le había abierto el corazón a sus tribulaciones. que todo había sido muy lindo. Cometió un error: amenazarla con represalias legales. se preguntó el Gordis. —¿Qué pasó con el que le mandaba esos ramos de flores tan lindos? —Se va de viaje. la acechaba donde esperaba encontrarla. No me diga que se enamoró. entreteniéndose en poner orden en una vajilla perfectamente ordenada—. Que ya viene para acá. Súbame el jugo mi cuarto. ¿De dónde sacaba dinero para devolver a la empresa y pagar daños y perjuicios ocasionados por la violación de una cláusula de su contrato?. Éste. —Lo peor es que no sé. La empleada rezongó unos pocos monosílabos y colgó. niña —dijo sin mirar a Verónica. niña Vero —le dijo Teresa. —¿Ya ve lo que le dije? Si le duele es porque está enamorada.

en una breve madrugada arrullada por el canto de los pájaros. el empresario que había prometido convertir a Beatriz en reina de belleza. al recordarlo. sobre todo Martínez. Ignoraba que. le dijo confidencialmente el amigo. Una noche. por momentos en tono de súplica. A falta de sexo. la había estado buscando como loco. Y la segunda.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Dos días después. sin saber que el abogado de Beatriz era el mismo que se ocupaba de los asuntos legales de Fabián Acosta. mi amante? Averiguó más sobre la vida de Acosta y no supo nada distinto a lo que unos pocos sabían. Lo quería por lo que era y no porque él fuese el puente que la vida le había trazado para convertirse en modelo exitosa —recordaba el Gordis. consignaba en efectivo fuertes sumas diarias. Deje tranquila a la señorita Lopera. un cigarrillo tras otro. de manera compulsiva. Seguramente tuviera cuentas en otros bancos. Atiborrado de alcohol y cocaína. Si llegaba a ser reina —soñaba la muchacha— regresaría a su carrera de modelo con mayores garantías de éxito. La había asediado en todo momento. Volvió a ver los videos de los desfiles y a reconstruir con dolorosa nostalgia las escenas de una pasión que Beatriz despojó desde el principio de toda duda. no sacrifique su futuro por una locura —dijo uno de los tipos—. gerente de la agencia del banco donde Acosta tenía una de sus cuentas. Viajaba con frecuencia al exterior. Y. Se encargaba personalmente de sus negocios en diferentes ciudades. Miraba las fotografías de Beatriz y le hablaba como si estuviera presente. estando al lado de Beatriz. insistió de nuevo en su asedio. pensaba que había sido el instrumento de una ambición desmesurada y diabólica. chorreaban gotas por sus fosas nasales. no dieron tregua al montón de cocaína que se apilaba sobre la portada de una revista. ¿Podría llamarla así. a veces con el rencoroso acento de quien se sabe burlado. Acabaron en un motel de La Calera. Venían de parte de "un amigo íntimo de Beatriz Lépera". conocía a un director de novelas. fracasó en el intento de penetrarla. ante quien cedió sin demasiadas resistencias. después con expresión agria. No recordaba el nombre del viceministro. En dos ocasiones había aceptado los avances de sus pretendientes. ¿Quiénes eran ellos para exigirle tal cosa. Consideró la gravedad de las amenazas y abandonó la obsesión de recuperar a su amante. Fumaron bazuco. ¿Quién era Acosta? El Gordis sabía por Amparo Consuegra que era un próspero negociante en Joyas. Se estaba enloqueciendo. le repetía ella en los primeros encuentros. poseía 75 . Regresaba a su apartamento y sentía la ronda de un fantasma en la sala y el dormitorio. La primera vez. ¿dónde se había metido?. En un instante de lucidez. Al día siguiente. un joven con mucha vida por delante. Jamás supo de las infidelidades de la amiga. Era un cliente excepcional. Su experiencia con el actor fue todo un fiasco. le exigieron dejar en paz a la muchacha. Beatriz decidió regresar a casa. Las mucosidades se volvían densas. Primero con palabras amables. ella se escapaba a veces a bares y discotecas. el acoso de un actor de televisión. Sin haber podido dormir ni un minuto. para amenazarlo en su propia casa? Eso no importa —le dijeron—. mientras saltaba sola en el centro de la pista de baile. Usted es joven. dos hombres de aspecto anodino llamaron la puerta del apartamento de Frank Rueda. El actor apenas podía hablar. ¿Quería seguir siendo actriz? Tal vez él pudiera hacer algo. De modelo a reina. cuando le flaquearon las fuerzas y no pudo resistir la invitación de quien se identificó como viceministro de no recordaba qué cartera. Eran los enviados de Fabián Acosta. Beatriz le colgó el teléfono después de decirle que se fuera a la mierda. Sentía obstruida la nariz. comprometidos sin comprometerse en un pacto amoroso. Amanecieron sentados en el piso y en una sala decorada con fotos ampliadas del actor. La señorita Lopera ya llegó a un acuerdo satisfactorio con su empresa. olvidando las advertencias o restándoles importancia. No cometa imprudencias —le dijeron—. Te quiero por lo que eres. finalmente con frases amenazantes. Tenía un amigo libretista. el Gordis la llamó enfadado. que era lo que ella esperaba.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus casas y apartamentos en tres ciudades. hermano —le aconsejó cuando escuchó la narración de los hechos—. —Párele bolas. El Gordis descodificó el mensaje: Acosta lo estaba amenazando. Comparada con la cuenta de otros clientes. más me gusta —murmuró al acomodarlo encima de la ropa seleccionada para el viaje. a lo mejor se había ganado decentemente la plata. Amparo Consuegra. abierta al pie de la cama: Louis Vuitton. Es un tipo con plata y muchas ganas de demostrar que la tiene. Tal vez tuviera cuentas en otros bancos. conducía una camioneta blindada. se va a arrepentir toda su vida. la pregunta. Pradilla había cruzado algunas palabras con el joyero. Últimamente. Supongo que su empresa ya pagó el saldo que tiene pendiente con mi agencia —bromeó. Si no las tiene. de cristales polarizados. Me encanta este suéter de lana de cordero —dijo para sí—. aunque no hicieran nunca nada para evitarlo— sólo adquiría artículos de marca. —¿Mafioso? —No sea pendejo. Un esnob como Pradilla —decían quienes lo conocían y querían mal. —¿Quién es en verdad el tal Fabián Acosta? —Es lo que parece. era una solemne tontería. se hacía acompañar por dos escoltas. Mientras más viejo. La teoría de Pradilla no era novedosa. En la fiesta donde Beatriz conoció al tipo. Si le ofrecía esta información confidencial sobre un cliente de su banco no era porque se tratara de un caso especial. Un mafioso es apenaste el primer eslabón de la cadena donde se abre el grifo de la plata. ¿No sabía que las joyerías son el negocio preferido de los esmeralderos y uno no va diciendo que todo esmeraldero es mafioso si no acepta que muchos 76 . Frank. como te consta. pasaba de un grupo a otro. ¿Qué clase de control se hacía sobre estos clientes? —se atrevió a preguntar Frank Rueda—. ¿Tenía unos minutos para él? Venga a mi apartamento si no le da envidia saber que viajo a Europa esta noche —aceptó Pradilla. Upegui lo saludó de palmaditas en la espalda. usted y yo apenas nos hemos visto—le dijo con voz comedida—. un tipo dispuesto a todo para seducir y conservar lo que quiere. Lo he visto dos o tres veces. Parecía un tipo simpático. Su banco y todos los bancos estaban a la caza de clientes especiales. El visitante identificó la marca de la maleta vacía. aunque supuso que el Gordis no le estaba pidiendo una cita para hablarle de las deudas de su empresa. lo invita a toda fiesta donde ella tenga llaves de entrada. No le podía asegurar que Acosta fuera mafioso. No es necesario traficar con droga para ser narcotraficante. creativo de publicidad y hombre de mundo. Acosta puede ser uno de los siguientes eslabones. Frank —se rió—. revienta las cerraduras. El perfil inequívoco de Fabián aumentó el temor que había sentido después de aquella visita inesperada. la decoradora. ¿Sabía Guido Leonardo Pradilla. pero desentonaba en el ambiente. tal vez los mismos que visitaron al Gordis en su apartamento. la de Acosta era una cuenta de nivel medio. Óigame bien. lo paseaba e introducía entre desconocidos. recordó el Gordis. Esos tipos no juegan —advirtió Leo mientras sacaba del closet mudas de ropa que seleccionaba y doblaba encima de la cama. Si hace algo que me obligue a verlo personalmente. repitió. La Consuegra le hace las relaciones públicas. ¿A quién no saludaba con palmaditas en la espalda? El Gordis encontró a Leo en casa. Haga de cuenta que Beatriz dejó de existir. Los bancos no controlan la ruta de llegada. Lo aumentó aún más la llamada del propio Fabián. Y sabes que Amparo tiene llaves para todas las puertas. quiso decirle a carcajadas Martínez. importante para el banco pero no lo suficiente como para alarmarse si la trasladaba a otra entidad. Dicen que tiene una casa en Miami —le informó Martínez. Pradilla y Upegui. quién era el misterioso Acosta? Lo llamaría. Pretendía ser ceremonioso y educado y resultaba artificial en cada gesto. ¿Controles?.

conquista de espacio social. El padre es el tabú inaccesible. Pradilla no pretendía convencer al amigo. —¿Si no se tuerce como la malparida de Beatriz? —dijo rencorosamente. los pobres diablos de clase media. No escupa para arriba ni tire piedras sobre su propio tejado. Le dijo algo más: cuando los mafiosos tienen la plata que sale como agua por el grifo abierto de sus negocios. Dijo enseguida que el mundo le tendía a las mujeres jóvenes y bellas trampas desastrosas. Le recordó. Usted sabe —decía— que el poder se consigue por muchos medios. ¿No hacían lo mismo los políticos? El rango iba en proporción directa a la exhibición de su seguridad. —¿Por qué se va de viaje. Muy simple —explicó—. abrevian el tramo que va de la juventud a la vida adulta. —No sé si es o no es —bromeó Pradilla al desechar una chaqueta de tweed a cuadros. Prométale a cualquiera de esas muchachas que la volverá modelo de sus nuevas líneas de ropa y la tendrá 77 . Si Verónica no se torcía en el camino. Cualquiera que mediante un golpe de suerte se creyera rico de la noche a la mañana podía hacer lo mismo o dar a creer que vivía de esta forma. que mafiosos y esmeralderos tienen una sociedad estrictamente anónima? ¿No veía que esmeralderos y mafiosos se estaban asociando en grupos armados para repeler las amenazas de la guerrilla? —¿Es o no es? —se impacientó el Gordis. Esa "malparida" es la muchacha de quien usted está enamorado. simulaban poseer la riqueza que no poseían. —¿Y Verónica? —Soy lo mejor y lo peor que podía sucederle a esa muchacha. No se está enamorando de mí sino del papá que quiere tener. No me tome en serio. Dinero fácil. complacencia de quienes ya lo tenían. adquirían los símbolos externos de su poder. La mafia no era solamente una industria criminal organizada. deja de ser tabú y se convierte en objeto de seducción. conseguiría lo que se propusiera. a la inversa. seguridad innecesaria. no sirvo de paño de lágrimas. o trabajando en la prestación de servicios a las organizaciones criminales. Guarde luto por esa preciosura y piense que tuvo el privilegio de comerse la mejor fruta de la huerta. dan el paso siguiente: la conquista del poder. Leo? —cambió de tema el Gordis. interesado como estaba en la elección de una chaqueta de cachemir azul marino—. despilfarro. doblando cuidadosamente la prenda. Me largo a dar vueltas por Europa —dijo. —No dije eso. Un hombre distinto al padre. escoltas motorizados y precauciones estrambóticas. ¿Cómo así? No entendía. que ambos trabajaban en un semillero de frutas. Tienen el capital de belleza y juventud y lo invierten en acciones seguras. con edad aproximada de éste. apartamentos de lujo. Estaba imponiendo un estilo de vida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus esmeralderos trabajan con la mafia? ¿O. Nada le prohíbe a una muchacha acostarse con el hombre que responda a la imagen del padre. carros aparatosos. especulo. para consolarlo. camionetas blindadas. de moda en la década anterior. —¿Quiere que lo acompañe al aeropuerto? —Ni lo sueñe. pero ellos sólo tienen dos instrumentos para conquistarlo: sus fortunas y sus fierros. enriquecidos gracias al éxito en negocios distintos y seguramente más legítimos. Si los mafiosos imitaban a los ricos volviendo superlativa la ostentación de sus riquezas e incluso imitando el estilo de acumularla y consolidarla en empresas legales. se miraban a menudo en el espejo de los mafiosos. Burlan la trampa y pagan el precio que sea. —Porque lo necesito —respondió fríamente. Crecen con la idea de conseguirlo todo en un instante. Frank.

Y a cambiar de juguete: un hueco viejo por un palo Joven. el gerente de mercadeo. por ejemplo. ¿Le interesaba un consejo? No las tome en serio. inteligente. A sus cincuenta y nueve años confesados —tal vez rondara los sesenta y tres—. fue la repelente respuesta que Pradilla le dio un día al Gordis mientras discutían estrategias de mercadeo y se proyectaban en una pantalla las mejores opciones para el lanzamiento de la nueva línea de brasieres y pantis de la empresa. con gorra al estilo Mao encasquetada en su cabeza? 78 . ¿Quería aprender algo más sobre la ecuación amor/negocios? No era difícil comprenderlo si miraba con atención la vida de John Peralta. ¿Dónde había ido a parar el subversivo de hace veinte años? Se lo digo de frente y sin vergüenza: uno no se decepciona para traicionar su inteligencia sino para conservarla. que era un cínico incorregible. como se supo en la crónica social de hace un mes? Todos tenemos derecho a aburrirnos. Todo empezó hace veinte años: un cuarentón ambicioso adivinó que la televisión sería cosa seria y muy rentable. Pradilla defendía ante sus clientes la idea de preferir las sutilezas a la vulgaridad de las evidencias. Se llama Beatriz Lopera y está en la lista de las modelos de mi agencia. no olvidemos que nuestra producción va dirigida a mujeres de poder adquisitivo medio y alto. acepte que se trata de una pragmática prestación de servicios mutuos. Frank. en la que se le veía a la cabeza de una manifestación. Lo convenció de comprar pequeñas productoras y consolidarlas en un grupo. mire esa preciosura de muchacha. lo suyo y lo de ellas eran los negocios —le dijo. ¿Que Peralta era casado desde hacía veintitrés años. un empujoncito en los medios. Acudía a las reuniones de trabajo con su propia botella de vino. ¿Decepcionado de qué? Mientras se sucedían las imágenes en la pantalla y el proyector presentaba las propuestas de Pradilla. Fierre Cardin—. con un mercado interno extraordinario y con posibilidades de exportarlo. dijo Pradilla. exportaremos lindas muchachas. ¿Por qué hablaba así de Peralta si lo tenía entre sus amigos? En este negocio no se tienen amigos sino socios. pero un tipo a quien le gustaba hasta la fascinación demostrar que su inteligencia lo separaba de los demás mortales. De los veinte a los treinta. lanzaba al guapo muchacho al estrellato. Leo descorchaba una botella de vino y servía dos copas. esos atletas de cara linda y músculos sabiamente cultivados conocían las reglas del juego. Le aconsejaba no meter el corazón en los negocios. Una cena íntima y una llamada convertía a un fisioculturista en actor. Fue su década revolucionaria. Y en la más radical de las facciones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus comiendo en su mano —le dijo. Si el Gordis no hubiera sostenido esta conversación con Pradilla habría seguido pensando lo que siempre había pensado del publicista. Dentro de diez años habremos creado una fabulosa industria de la belleza. ¿Cómo llaman los españoles a la operación de invertir en un buen matrimonio? Braguetazo. le decía al cliente de la agencia y éste le pedía congelar la imagen en el cuerpo de la niña que. acababa de abrocharse el sujetador. dijo Pradilla. preferiblemente en la televisión. demasiado inteligente para muchos. satisfacía con humor la curiosidad de quienes sabían de su pasado de revolucionario. de marca y cosecha preferidas. el vicepresidente de producción del Canal Equis-Zeta. ¿No era testimonio de ello la foto ampliada que decoraba uno de los muros de su oficina. Peralta había dado un braguetazo al casarse con la hija del propietario del canal. Peralta ganaba la plata que quería y conseguía a los mancebos que le gustaban. Hoy en día —decía Pradilla con el entusiasmo que le provocó sacar de la parte baja del closet unos botines. frente al espejo de una alcoba de ensueño. obsesionado por el pasado del publicista. respondía a las inquietudes de Frank Rueda. ¿No están exportando ustedes sus brasieres y pantis? Dentro de poco. precisaba.

sobre todo la champaña. se almacenaban en una bodega protegida del calor y la luz. La publicidad tiene que aprender del cine. La ropa de marca. Le ofreció una rebanada de jamón Jabugo y lo despidió en la puerta. pero gracias a su trabajo de imagen pudo salir elegido. Se tropezó con un nombre y un número de teléfono: Sandra. —Porque las revoluciones empiezan a ser obra de hombres sin escrúpulos. Su memoria se iluminó con el 79 . conoció el riesgo de mal vivir solo y con recursos azarosos. también vendían la belleza. visitante de carreras que iniciaba sin concluir. repitiendo una y otra vez la visión de las imágenes que mostraban a Beatriz en pasarela y camerinos. Recordaba las conversaciones pasadas. El candidato era una mierda. Filosofía y Letras. Como la publicidad. El Gordis recordaría. Su auto deportivo causaba envidia pero lo tenía porque armonizaba con su estilo de vida: la belleza de sus líneas. los cautos consejos del cínico. mientras se acomodaba a la idea de haber perdido a Beatriz. hombres delirantes que se eliminan entre ellos. al lado de vinos tintos de la Rioja. Trajo la botella al lado de la mesita de la sala y. le preguntaban sus nuevos amigos en aquellas sesiones en las que se discutía el impacto de sus propuestas publicitarias. Diseño gráfico. Los negociantes. eliminan a la competencia. ¿Quién era Sandra. la potencia del motor. 2891500. le dio a probar una copa de vino. decía Pradilla. con teléfono y sin apellido. A diferencia de los hijos de papi. como los revolucionarios. Las bebidas. bebió con ansiedad hasta el anochecer. —¿De que vivías?. gastaba con mano abierta. elegida por él mismo. Pradilla no era rico. La inteligencia no era un bien inútil. ganaba mucho. por ejemplo. la seguridad que le brindaba cuando pasaba de los ciento cincuenta kilómetros por hora. obtenía créditos y los pagaba puntualmente o pedía moratorias según la expectativa de sus ingresos. no fueron otras sus razones cuando decidió comprar el Porsche con el dinero ganado por sus servicios en una campaña política. Hugo Boss o Ermenegildo Zegna. Prefería allí los colores claros. Se sirvió un vaso de vodka puro y lo bebió de un largo sorbo. La decoración de su apartamento. —¿Como en los negocios? —Como en los negocios. Alimentan los puercos con bellotas para que unos pocos puercos privilegiados nos comamos la carne más cara del mundo —dijo antes de llevarse a la boca otra rebanada de Jabugo. el cuero del tapizado. Era un Vega Sicilia del 84. Arquitectura. Para sus amigos —si los tenía— era un modelo de exquisitez. era de un aséptico minimalismo. Pierre Cardin.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leonardo Pradilla era entonces un muchacho de clase media. Todo en él parecía metódicamente elegido. Como los negocios no se hacen para crear riqueza y redistribuirla socialmente sino para acumularla en grandes monopolios. blancos y beiges. Abrió su agenda y repasó la lista de clientes y amigos. sus corbatas de seda ocultaban la marca de Hermés. Antes de dar a entender al Gordis que la cita había durado más de lo esperado. De nada y de lo que apareciera —así había podido sobrevivir. —¿Por qué dejó de ser revolucionario? —le preguntó el Gordis un día. No concebía que se pudiera vestir un traje que no llevara la firma de Giorgio Armani. Frank —aceptó—. No se sabe quién aprendió de quién. Frank Rueda regresó a su apartamento de la calle 86 con Novena y lloró al volver a proyectar el vídeo del desfile. pasaba temporadas de crisis. Coleccionaba tintos de Bourgogne y blancos alemanes. su colección de gabardinas tenía la etiqueta de Burberry’s. El día que lleguen al poder eliminarán a quienes se opongan. Frank. Las revoluciones de ahora no están hechas por santos iluminados sino por prisioneros de sus propios rencores. la película de Lelouch? Un spot publicitario debía aprender de la estética amable y ligera de películas como ésta.¿no habían visto Un hombre y una mujer.

Dos Rossweiler. La casa. Acosta compró la prenda pensando que después de la primera cita éste era el salto de cama que Beatriz exhibiría en los desayunos. la visión brumosa de los cerros. mi amor! —y se lanzó a los brazos del tipo. ¿Vienes a mi apartamento? —le preguntó el Gordis. —¿Te gusta el paisaje? —le preguntó Acosta al abrazarla por la espalda. No. Supo que la modelo salía con Frank Rueda. ayudaban con su ferocidad a cámaras y vigilantes. Seguía de pie y abstraída. importados de Estados Unidos. "¿Qué le digo?" —le preguntó Beatriz. —¿No te gustan mis tetas? —Me enloquecen —y las estrujó como si tratara de medir volumen y dureza. "Que te vas a vivir con Fabián". recostada en una pendiente. cómo no iba a recordar a un papacito como él —le mintió la voz al otro lado de la línea. La voz ronca y las tonalidades melindrosas de su acento lo devolvieron a un cuarto de hotel ¿Lo recordaba? Claro que lo recordaba. sin ropa interior. "Cierra los ojos" —le pidió. Acosta le acarició las nalgas. frente al gran espejo del recibidor. que se había quedado a dormir en su casa. Se propuso sacarlo del camino. el constructor intermediario en la venta. mi amor —le dijo la melindrosa—. más allá de la calle 132. —No puedo —dijo ella—. ¡Divina. La llamó. se la había vendido al contado y en dólares. La ubicua Amparo Consuegra se había encargado de la decoración. al que había sido invitado por Amparo Consuegra. —Tienes el culo más fantástico del mundo. no te olvides que el costo de vida está ahora por las nubes. Seguía con los ojos cerrados. Acosta la condujo hacia un extremo del salón. la mano que lo rodeaba y la torpeza con que la mano maniobraba debajo de los cabellos. —¡Divina! —exclamó ella al ver la gargantilla en su cuello—. Vestía un salto de cama blanco y transparente. Un circuito interno de televisión servía a dos vigilantes armados para volverla casi inexpugnable. —Te vienes a vivir conmigo cuando termines. —Me encanta —dijo ella sin volver la cabeza. Más allá. Me faltan dos meses para terminar el bachillerato. Propuso la tarifa. Sintió después la caída de un delicado objeto metálico sobre su cuello. Acosta le pidió quedarse quieta frente al ventanal. extrajo la cinta y la destrozó a golpes de martillo. si llamaba su madre. Al día siguiente vio en la prensa las fotografías del desfile y recortó la que mostraba a Beatriz desfilando de espaldas. —¿Crees que puedo ser reina de belleza? —Te lo aseguro. Y se ausentó algunos segundos. —¿Quieres vivir conmigo? —le había pedido él la noche anterior. Apagó el betamax. —¿Qué más te gusta de mi cuerpo? —Todo —le dijo Acosta. 80 . había sido adquirida hacía apenas un año. un poquito más.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recuerdo de una joven de veintidós años. Beatriz le había pedido a Verónica que dijera. Y pasó de nuevo sus manos por las nalgas. Upegui. Esas duras nalgas adolescentes se le habían revelado a Fabián en el desfile de lanzamiento de la colección. que Beatriz apretó con coquetería. Verónica le había sugerido que lo mejor sería decirle la verdad. pidiéndole que no abriera los ojos. Beatriz se asomó al ventanal corredizo y respiró el aire frío y puro del jardín sembrado de eucaliptos. Beatriz obedeció.

Quería admirar a la distancia el aspecto que ofrecía una chica hermosa con los dedos de las dos manos preciosamente decorados con sus sortijas. Mija. A propósito. Beatriz le dijo que era tarde. fotos fijas de una modelo inexpresiva no bastaban para destacar la exclusividad de sus joyerías. buen mozo y un poco áspero. Lo dejamos para otro día. Corrigió la posición inicial. debía llamar a la madre. póngase bien sexy. De esta visión y. Volvió a admirar a Beatriz sentada en el sofá. de expresión inocente. publicidad en las revistas. —Es un buen tipo —dijo Beatriz. Le había mentido. insignificante al lado del Mercedes Benz blindado que lo acompañaba en el garaje. Acosta se emocionó con la idea de promocionar la imagen de sus negocios. exclamó. déme esa patica. Acosta le tomara las manos y con gestos rituales empezara a introducir en los dedos anillos y sortijas. Le pidió extender hacia él una pierna. Beatriz pensó de inmediato en el genio creativo de Leonardo Pradilla. póngase ahí como si posara pa' las cámaras. mamacita. Beatriz no se atrevía a decir que hubiera sido preferible convencerlo con métodos distintos a las amenazas. No lo había amado. ¿Quién no las ha visto frente a las vitrinas y escaparates de las joyerías? Las lágrimas de emoción que bajaban por párpados y mejillas nacían de esa atávica predilección femenina por las joyas. nadie más que Beatriz podría ser la imagen audaz de joyerías que tenían su clientela asegurada. del orgullo de haber regalado a la joven joyas que le pertenecían.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿No era un próspero propietario de joyerías acreditadas en todo el país? Sólo así podía explicarse la generosidad de aquel hombre joven. no lo puedo creer. El auto era un modelo del 87. Anuncios de prensa. —¿Son mías? —preguntó ingenuamente extendiendo las manos. Sólo así podía explicarse que una vez puesta en su cuello la gargantilla de oro. que colocara las manos sobre las rodillas desnudas. le pidió llevar una mano a los cabellos e imaginó el impacto de la imagen: la cámara registraría la mano enjoyada que ordena los cabellos de una mujer joven. Supongo que sabes manejar. ¿Tienes permiso de conducir? —ella negó con la cabeza—. Miró la 81 . —En el garaje tengo un Mazda que nunca uso —le dijo Fabián al despedirla—. —Son todas tuyas —respondió Acosta—. Se lo diría a Verónica. lloró como sólo saben hacerlo algunas mujeres ante el espectáculo deslumbrante de joyas ajenas y propias. Mañana conseguimos uno. —Lo mejor que puede hacer es quedarse tranquilo. tan clasuda que se ve así. mijita. ¿No era la bisutería el sucedáneo de esta fantástica exhibición de brillo? Acosta le pidió que se sentara en el sofá y cruzara las piernas. Doña Dolores de Lopera ahogó un grito de felicidad al abrir la puerta del pequeño apartamento y recibir el inmenso arreglo floral acompañado de frutas. y abrochó una cadenita de oro en un tobillo. le mandaron flores —gritó. le dijo a manera de súplica. Le propuso una sesión de jacuzzi. como si se imaginara el rótulo en los comerciales de televisión. No era un mal tipo. ¿qué pasó con tu Gordis? —Parece que se quedó tranquilo. "Gold & Fashion". No hay buenos tipos sino pendejos sin agallas —dijo Fabián. —¡Es un pobre diablo! Acosta había sacado del camino al Gordis. Pediría a una agencia de publicidad la realización de un spot de diez o veinte segundos. La muchacha lloró de emoción al verse ante el espejo.

No le satisfacía reconocer ante su hija el fracaso del marido. mamá. cómo será cuando sea su novio —dijo la madre—. Beatriz? —Abrí una cuenta corriente para no tener que andar con efectivo. —Estoy estudiando. —No me case antes de hora. ni a la hija le hacía gracia recibir noticias desalentadoras sobre el padre que a duras penas veía. Cuando lo hizo. al regresar a casa. ¡Mire que abandonarnos cuando usted apenas tenía cuatro años! Dios castiga. uno de los dos cuartos del apartamento. mija. Esta vez no la van a rajar. Acuérdese que tiene los exámenes encima. los artículos de cocina y los juegos de sábanas de algodón puro. Me hicieron una oferta mejor. —Si es así como amigo. mija.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tarjeta y su felicidad fue mayor al saber que el ramo de flores era para ella. con sus respectivos tendidos. no se preocupe. con las manos tapándose la boca. y el detalle de obligar a la madre a una visita al odontólogo cuando recibió sus honorarios de actriz. —No se olvide de estudiar. que haya conseguido un buen partido. las vecinas vienen a felicitarme. Beatriz soltó una carcajada. Me dijeron que se quedó sin trabajo y que anda de puerta en puerta vendiendo enciclopedias. ¡Cómo se le ocurre! Nunca estuve enamorada de ese zángano. ¡Si le contara. Diría que lo había comprado a crédito. Se puede costear la carrera con su trabajo de modelo. —No sé si estudie. — A veces pienso que usted sigue enamorada de él. mejor dicho —dijo sin venir a cuento—. no sé si estudie diseño gráfico o de modas. mija —dijo con humildad doña Dolores—. Me casé con él porque una mujer de veintidós años tenía que casarse con el primer pretendiente. mija. —¿Cierto que se ve divina la nevera nueva en la cocina? Le pegué esos adornitos. mija —dijo resignada—. Lo enviaba Fabián Acosta. ponga de su parte y estudie. Oiga. En la mañana. mamá —y corrigió al instante—. —¿Enamorada? —chasqueó la lengua—. —¡Qué detalle tan lindo de su amigo! Beatriz interrumpió sus ejercicios en la bicicleta estática. Por falta de espacio. —Ya no soy modelo. ni ésta la curiosidad de ver la gargantilla nueva en el cuello de su hija. suspiró. Voy a ser la modelo de una importante cadena de joyerías. Son para mí. La nevera y el televisor nuevos habían sido los primeros regalos de Beatriz al recibir su primer cheque de modelo. Se va a sentir orgulloso pero le va a dar mucha rabia saber que usted y yo podemos vivir decentemente sin su ayuda. no había tenido tiempo de enseñar a la madre la colección de sortijas. mamá —le dijo—. Vinieron después el juego de sala y la cama de cedro. una ganga. —Me alegra. doña Dolores permaneció con los ojos desmesuradamente abiertos. una excusa que no alarmara a la madre. Fabián es apenas un amigo. —Su papá va a sentirse orgulloso de tener una hija como usted —dijo doña Dolores—. la había instalado en su dormitorio. —¿Cómo así que cheque. mamá. —Estudie lo que quiera. 82 . me dieron tres años para pagarlo en módicas cuotas mensuales. ¿se acordó de pagar el arriendo? —Ahora mismo le hago el cheque. mija! Cada vez que usted sale en ese programa. Beatriz tendría que inventar alguna explicación cuando apareciera en casa con el Mazda. Firmó el comprobante de entrega y se quedó inmóvil en la puerta.

se habla de veinte muertos y decenas de heridos aún no identificados.". —¿Vieja usted? No me haga reír —la abrazó y besó en la frente—. cómo le devolvemos la juventud. usted es una niña muy linda. ¿Qué tal que el dichoso matrimonio no tuviera sentido? Consiguió escandalizarla: la madre enarcó tas cejas y le dio la espalda a la hija.. —No sea anticuada. que hagan como usted dice un período de prueba y al final no decidan nada. —¿Usted cree que ese muchacho va en serio? —preguntó preocupada—. Doña Dolores apagó el televisor.. viejita —le acarició las mejillas con el dorso de la mano—. "Un nuevo atentado dinamitero sacudió a la ciudad de Medellín. Ya estoy muy vieja para adaptarme a esas costumbres. Usted sabe que tenemos familia en Medellín.." —¡Apáguelo. ¿Qué pasa luego? Pues que repiten lo mismo. mamá —le pasó la mano por los largos cabellos castaños—. por favor. Ya verá. según los informes de las autoridades. No sé. Antes de almorzar la ensalada y la pechuga de pollo a la plancha que le había pedido a doña Dolores. por la confusión de hombres y mujeres que corrían entre policías. —Me cuesta mucho acostumbrarme a esas cosas —quebró la voz—. 83 . soldados y socorristas. haría medía hora más de ejercicios. Entienda. pasan por un período de prueba y después deciden. ". La siguiente noticia mostraba tres cuerpos de policías abatidos en plena calle. mija.. la presentadora del noticiero leyó los titulares del día. ¿Vieja con cuarenta y un años? A usted lo que le falta es arreglarse. ese muchacho me parece muy buena persona. Por ahora. mija. —No se vaya a escandalizar. árboles talados por el impacto. "Sigue la siniestra cruzada de exterminio contra miembros de la fuerza pública. Beatriz rió a carcajadas. me dolería mucho verla sufrir. Antes de identificar el lugar y consecuencias de las explosiones. la cámara se paseó por un edificio derruido. seguidas por doña Dolores con las manos puestas sobre su boca. Socorristas de la Cruz Roja sacaban muertos y heridos de las ruinas. ¡Qué hombre va a respetar a una muchacha que ha pasado por tantas pruebas sin decidirse! —No sea anticuada.. —¿Ve? —exclamó—. mija —suplicó la madre—. Empezó a pedalear.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mejor —dijo la madre—. ¿Cómo voy a saber yo las intenciones de un hombre? Nadie lo sabe. aunque no lo conozco. como si rezara una oración—. Ahora las parejas se conocen. Así no tendrá que empelotarse. —Espere un ratico. mamá —le dijo con dulzura—. El noticiero se abrió con un estruendo de explosiones. Eso es lo que me aterra: que se conozcan. que no hay nada malo en ser modelo.Por el momento. mamá. La gente se sigue enamorando y casando como antes. Segundos después. Yo sé que es una profesión. —¡Se acabaría la familia! Beatriz miró la hora y encendió el televisor. si me deja asesorarla. apáguelo! —suplicó Beatriz." —escuchó Beatriz al echarse la toalla al cuello.. —Usted verá. No sabe la pena que me dio cuando vi en los periódicos y en la televisión ese desfile. acostúmbrese a verme vestida y con poca ropa. ¡Qué lindo! ¡Mandarle flores a la suegra que no conoce! Abrazada a la madre. La cámara se paseaba por un vecindario en ruinas: carros achicharrados. una bomba en Bogotá. ¡Sabrá Dios dónde vamos a parar! Beatriz volvió a acariciar los cabellos de la madre y se dirigió a paso lento a su dormitorio. que a mí me educaron de otra forma. mamá. tendidos de luz venidos abajo. ahora otra en Medellín —dijo la madre en voz baja. Una música fúnebre servía de audio a la emisión de las imágenes. Betty—aceptó resignada—. —Si voy a seguir modelando.. ¿Quiere que le diga una cosa? Las mujeres no tienen que resignarse a vivir toda la vida con un hombre que no aman. Antes de anoche.

de espaldas al escritorio. ¿Le parecía adecuado el nombre del gimnasio? Perfect Body. mañana a las nueve. Tengo un Darío Morales. herido a flechazos. Guardaba en su casa litografías de pintores famosos. Cuerpo perfecto. que le respondió con un amago de golpe en la entrepierna. ¿Cuál era el dichoso santo? San Esteban. las baldosas del piso de grandes ladrillos crudos. dijo Virginia. "Inversiones Nuevo Horizonte" era una razón social sencilla. Diez fornidos fisioculturistas atendiendo a los invitados. "Inversiones Nuevo Horizonte y Perfect Body se complacen en invitar a usted(es) a la inauguración del nuevo y espectacular spa que abrirá sus puertas el próximo viernes.. En esa pared. No me quiero meter en sus cosas. con insinuantes delantales de cuero. Y la decoración. aunque las intuiciones de la madre fueran a veces revelaciones fulminantes. Amparo invitaría a sus amigos periodistas. Que no se le olvidara la cita con el notario. la grifería de bronce. —¿Dónde piensa que dormí. Dalí. En minifalda negra. ¿Había hecho ya la lista de invitados? —le preguntó a Virginia. Upegui inspeccionó con Virginia cada rincón del gimnasio. ¿Qué hay de malo en eso? —subió el tono de voz como si la verdad exigiera mostrarse desnuda y desafiante—. ¿era falso el Dalí? Elegiría las de temas y colores amables y las cedería al negocio en calidad de préstamo. tienen que ser 84 . mamá. descalzos. Mucho más sugestivo en inglés. encontraba irritante su aceptación de la fatalidad en cada circunstancia adversa.. ordenar pasabocas. "¿Qué ofrecerían a los invitados? La etiqueta mandaba que se dijera: se servirá copa de vino. no sé cómo no se nos había ocurrido — recordó llevándose las manos a la cabeza. una libre para los clientes y la otra para nosotros. dijo Upegui. Podía adquirirla mediante un canje. —Dormí en la casa de Fabián —encaró a la madre—.. Ya él había hecho trámites e inscripción de la sociedad en la Cámara de Comercio. serían casi doscientos invitados. Se le había ocurrido —dijo Upegui— que fueran atletas musculosos vestidos solamente de pantalones blancos. Una idea genial: los camareros no atenderían en uniforme negro y pajarita. La oficina de la administración le parecía desangelada. pero vale mucho.topless.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto muy rara.. tacones altos y . Nada podía hacer para modificar su comportamiento. una mujer desnuda y patiabierta. ¡Las separaban tantas cosas! La irritaba su resignación. será un verdadero escándalo. Como conejitas sin uniforme de conejitas —dijo. mija —se acercó a decirle la madre—. Ya no soy una niña. Más adelante instalarían un teléfono público de monedas. el acabado de los baños tendría que ser de mármol. Evitaba responder groseramente a su madre. La examinarían juntos. Faltaban algunos accesorios. ¿Se imaginaba el impacto? —decía a Virginia. entonces? —preguntó Beatriz deteniendo el pedaleo. pero tenga cuidado. Y en el salón de los aeróbicos lucirían muy bien reproducciones de mujeres y hombres jóvenes en ropa deportiva. tamaño pliego. Prefería mentirle. mejor que sobre y no falte. torso desnudo. John Peralta había prometido mandar las cámaras del noticiero. ¿Por qué no cinco mujeres y cinco hombres? — propuso Virginia. Virginia. ¿Cuántas líneas telefónicas? No menos de dos. falta un fax. pero había que servir más que vino. recordó. pongamos algo lindo en las paredes. Un fax. bromeó agarrando del cuello a Virginia. ¿Es que no se ha dado cuenta? Doña Dolores la observó en silencio y optó por retirarse. churros que se conviertan en espejo de nuestros clientes. entra en el inventario de gastos. colgaría la que representaba al santo desnudo. le daba rabia verla envejecer con el convencimiento de que era vieja a los cuarenta y un años. conseguí unas cuantas cajas de vodka y whisky de cortesía.Usted no durmió donde Verónica. Ningún noticiero de televisión se va a perder esa noticia. Canje o no canje.

dijo al bajarse de la máquina. Además. ¿Almorzarían juntos? No. Y que nos den recibos con el debido incremento de los precios. le preguntó. Esa humilde mujer tiene todas sus esperanzas puestas en la hija. lo haría a través de su abogado. Antes de salir del gimnasio. Más bien poco. Se le ha metido en la cabeza volverla reina de belleza. ¿Me das un beso?. el BMW se me hizo humo. Virginia le recordó que le faltaba endurecer el abdomen. ¿Cómo se porta mi verguita chiquitica y tiernita? —le preguntó a sabiendas de que Upegui disfrutaba con sus obscenidades. Virginia no la conocía. Les pagamos en efectivo. Verónica se hizo amiga de Beatriz cuando iban a ese colegio de mediopelo. cuando la conoció. Debemos mucha plata. ¿Quién iba a creerlo? De niña era una langaruta pálida y tímida. pero la oferta industrial arruinó su negocio. le había pedido a Upegui que figurara sólo él. Upegui se subió a una máquina y trató de flexionar los brazos. se quejó Virginia. La tiene comiendo en bandeja de oro. venía diciéndole Upegui. haciendo lo que casi todos hacen. Virginia le acarició el brillante cráneo rasurado. Lavando no. ¿Cuánto quedaba en plata líquida? Veinte millones de pesos. ¿Hasta cuándo?. suscribirían entre ellos un documento privado. Una sociedad con más de millón y medio de dólares será una sociedad respetable. respondió la voz realista de Upegui. que no tengan las tetas muy grandes. Sí. haciendo lo que sabía hacer. no se para. has bajado barriga pero necesitas tonificar esos músculos. Tenemos que abrir la cuenta corriente a nombre de Inversiones Nuevo Horizonte. dudó Virginia. ¿Funcionaba bien el baño turco? A las mil maravillas. La pobre no paraba de estudiar día y noche. Pradilla era apenas amigo. precisó él. Pobre mujer. Ya agoté mi cuentica en dólares. dijo Upegui. Mejor mañana. añadió Upegui. ¿Respiraba por la herida? ¿Presentía que la medida de la juventud se había alejado hacía mucho tiempo de ella? 85 . ¿Sabía que Acosta tenía a Beatriz comiendo de su mano? No lo sabía. Se para. Niñas muy sofisticadas. ¿Fabián Acosta?. entre 32 y 34. Virginia lo recompensó con un fuerte apretón en la bragueta. Sabía por Verónica que la madre de Beatriz había criado sola a su hija con pequeños contratos de restaurantes y pedidos para fiestas particulares. pero la juventud se medía hoy con una vara cada vez más corta. Upegui poseía el 28% y Virginia el 52% restante. en pesos y en dólares. ¿Estamos lavando?. así la recordaba Virginia. ¿Por cuánto tiempo? Depende de ella. la amiga de su hija? El mismo. ¿Salía con Leo Pradilla? Sí. se había ido de viaje a Europa. se inquietó ella. pronosticó Virginia. ajiaco y sobrebarriga. ¿Cómo había quedado al fin el asunto del tercer socio? Fabián Acosta no quería figurar en las escrituras del negocio. de pura pena.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus muy sofis. dijo Upegui. Poco o mucho tiempo. Lo que era la vida: ahora era una modelo famosa. ni la sombra de la linda niña de hoy. éstas serían las medidas ideales. Podía durar lo que durara la juventud. Le parecía cruel decirlo —opinó Virginia—. hasta donde sabía —dijo Virginia—. Upegui le recordó a Virginia que se diera prisa en la contratación del sistema de alarma. Había montado una pequeña empresa de confección de ropa para niños. informó exaltado. El tiempo de esta profesión —lo sabía ella— se consumía en un suspiro. dijo Virginia. La respuesta fue un suspiro hondo acompañado por un encogimiento de hombros. porque Acosta nos da la plata en efectivo. Tampoco Upegui figuraría. propuso Virginia. Beatriz Lopera no era. ¿Quieres probarlo?. preguntó Virginia. la invitaba a comer en su casa. pidió al arrebatárselo. Lo que era la vida. cocinar platos criollos. ¿Sabes lo que es ser pobre? —preguntó. pero la primera beneficiada en esa relación sería la madre de Beatriz. Acosta nos gira mañana para pagar a los proveedores. Su aporte de trescientos mil dólares significaba apenas el 20% de la inversión. ¿Salía con Beatriz Lopera. Había días en que. le había prometido a Verónica almorzar en casa.

escondiéndose entre la multitud. se tomó un café. como si esperara un vuelo retrasado. Te doy un bonito apartamento moderno de ciento cuarenta metros cuadrados y te quitas de encima el problema de la seguridad. —Javier quiere invitarnos a cenar —le gritó Virginia a la hija cuando subía las escaleras hacia el segundo piso. En ese terreno puedo construir un edificio de cuatro pisos. De lejos. niña —la había alentado Teresa— E1 dolor de la ausencia es a veces dulce. Los recuerdos del último encuentro no fueron dolorosos. El aspecto que ofrecía en el vecindario era como un parche en medio de las nuevas edificaciones: el pequeño patio de rejas oxidadas. La oferta era en todo caso tentadora. Sentía todavía el vacío de la ausencia. lo había acompañado en la partida. hágalo. antes de que la Avenida Circunvalar diera nacimiento a nuevas casas y edificios. Verónica mantenía grabada una de las primeras frases de Leonardo Pradilla: hablaba de la visión nocturna de la ciudad y del artificio de su belleza. ¿Rico? No me hagas reír —dijo extendiendo los brazos hacía la amplitud de su sala—. mucho más suntuosos y caros que los antiguos. terrible y engañosa". —Ya sabes —mintió Verónica—. Pensaba que la decisión de permutarla sería una falta de respeto a la memoria de su padre. Lo pensaría. el garaje con puertas de madera carcomida. volveré a ser el que fui antes de ganar lo suficiente para comprarme esta vida. —Lo estoy pensando —dijo Virginia—. No estoy seguro de poder conservar nada de lo que me rodea. Verónica había ido al aeropuerto a la hora del vuelo. nunca como hoy el lobo había acechado tanto a Caperucita" — reflexión que acompañó de risas y mohines en la cabellera de Verónica. Las paredes y los techos filtraban humedades. Le explicó que rico era aquel que no temía perder cuanto tenía. Y regresó a casa. "Hermosa. vivir 86 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Decidiste permutarme la casa? —le preguntó Upegui—. ¿Se refería también a la belleza femenina? Le hubiera gustado anotar cada una de sus frases. Si un día no puedo conservarlo. Se había negado a la oferta de Epaminondas Romero. mi niña. Paseó un rato por el aeropuerto. Trataría de convencer a su hija. Era una casa amplia. Leo es a veces poeta. Dice que me extraña. una casa de clase media levantada hacía dos décadas en el extremo nororiental de la ciudad. le dijo Virginia a Javier Upegui. —Me llegó un telegrama de Leo —dijo con el papel en la mano—. Desde el día anterior. Si quiere hacerlo. Cayeron en su memoria de manera placentera y triste.Llamé a Beatriz pero me dijo que tenía cita con Fabián. anotar con palabras textuales la más terrible de sus advertencias. así la había calificado. Acababa de preguntarle si se sentía rico. le caería encima el peso de la tragedia. Si lo perdía. —¿Pétalos de rosa con miel? —se intrigó Virginia. pronunciada con la amabilidad de una reflexión y sin el odioso tono de un consejo. Esta vez no lloró. Sin su consentimiento y a hurtadillas. de dos pisos. —Convence entonces a tu hija. Sabía comer arroz con huevos fritos. que el verano de París es dulce como pétalos de rosa con miel. Está a nombre de las dos. Era una casa vieja. lentejas y fríjoles. ¿Era posible que placer y tristeza durmieran juntos? —Tengo que estudiar —dijo al subir a su cuarto—. Verónica no estaba convencida de la permuta. Lo siguió a la distancia hasta verlo desaparecer en el control de emigración. había nacido y crecido allí. de por lo menos veinte años. "Estás viviendo en la peor de las selvas.

a ensayar con meseros y meseras. con la cara marcada de acné. —¿No comprendes. El regalo era muy lindo. —¿Me escuchaste? —subió a insistirle Virginia—. una línea que traza un dibujo y. Stop. Un acontecimiento social que la prensa. de vivir en un apartamento de doscientos metros cuadrados eran apenas un accidente de la suerte. La trampa tendida al incauto. El verano de París sabe a rosas y miel. Si frecuentaba fiestas y cocteles era en razón de su trabajo. parecía tener los pies sobre la tierra. ¿Cómo sería hoy el estudiante modelo. Y nerviosa. Verónica cumplió diecinueve años. a quien apenas conocía. de beber vino en lugar de gaseosas y jugos de frutas. Upegui. No sabía ahorrar. Viviría de nuevo en un cuarto. Además. se sintió indiferente y apática en la conversación. se encontraría con Beatriz. intentar de nuevo o desistir.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus decorosamente en cualquier parte. El privilegio de poder comer caviar o salmón ahumado. Madrugarían a poner cada cosa en su sitio. Recordó a Nelson Sarmiento. en cambio. El primer beso. todo lo contrario a lo que entendía por horizonte. —Dile que gracias —se excusó. mamá? No puedo perder un segundo —y cerró la puerta de su cuarto apartando a la madre y dejándola plantada en el pasillo. que la fiesta iba a ser por todo lo alto? Casi doscientos invitados. Se aburría. excúsame con él. Un momento antes. al asomarse a la ventana. Virginia estaba exultante. era un regalo precioso. —No le gustará nada —insistió Virginia—. Después de la cena. —Vienes a cenar y regresas a estudiar. Un niño de trece años. Te extraño mi niña. Perdón. quería consolarla. la radio y la televisión registrarían con bombo y platillos. Si quería hacer una carrera. La ausencia de Leonardo Pradilla limitaba la visión de su horizonte. Verónica no pudo concentrarse en el estudio hasta que no puso orden en la memoria que evocaba a Leo Pradilla. —¡No me importa lo que crea! —gritó—. Su madre y Upegui lo celebraron invitándola a cenar. Javier nos invita a cenar. ¡Maldita sea! No podía con las matemáticas. Stop. Su amiga no había podido. ¿Por qué no la alegraba saber que Perfect Body se inauguraría pronto. a controlar la iluminación de las salas. haría cualquier cosa para seguir rodeado de discos. Un horizonte tan cercano no es horizonte. Creerá que es un desaire. creyó que el horizonte era un paisaje cercano. va perdiendo la identidad de sus líneas. poco a poco. O elegir una escuela de diseño que no exigiera título de bachiller. El reloj Cartier envuelto en precioso papel regalo. para ser sincero. Controlaba cada detalle. No era rico. enamorado de ella hasta la locura. entregado por Upegui en el momento de apagar las velas de la torta. en el segundo intento. Tenía curiosidad de ver a la amiga al lado de Fabián Acosta. tan deprimida como doña Dolores. No debía nada ni le daba importancia a la vida social. tan cercano como limitado. lo mejor era ganarlo y gastarlo sin remordimientos. Habían pasado más de cinco años. Cenó pues con Virginia y Upegui. mamá. aunque. Les agradecía el detalle de la celebración. ¿Por qué se habían molestado? Y aunque se mostró amable con ellos. Besos en cada pétalo. Leo —leyó de nuevo el telegrama. libros y una botella de vino. Y en cuanto al dinero. pasar los exámenes de último grado. hermosas y hermosos estudiantes de 87 . tendría que revalidar algunas materias. su primera víctima? Sonrió avergonzada. Estaba deprimida.

Circuló con prudencia y en silencio hasta la discoteca. salen sus ocupantes armados y. No era prudente —decía Upegui— que se fuera en taxi a un lugar que se estaba volviendo extremadamente peligroso. Parecía un hermoso paisaje detrás de una transparencia de tules. Por una graciosa ocurrencia. de atracos frecuentes. Upegui pudo ver la sangre que manchaba la tapicería. Si esperas un minuto te llevamos. El flujo de su memoria se interrumpió bruscamente. el conductor y su acompañante. una mujer joven. Porque queda en el monte y es el rumbeadero preferido de las nuevas Venus. Los hombres se acercaron hasta las ventanilla disparando incesantemente. dos hombres respondieron a un gesto y corrieron a subirse a un jeep blanco que los siguió de cerca. en el costado izquierdo de la vía. Recordó las frases de Leo Pradilla sobre la belleza ilusoria de la ciudad. Llevarían a Verónica al lugar de su cita. —Pan de cada día —dijo para sí Upegui. Virginia conocía el lugar. cinco metros detrás de él. ¿Por qué El Monte de Venus? — preguntó al senador. Vio —todos vieron— que de la camioneta atravesada en la vía salían tres hombres armados y disparaban repetidas veces contra el vehículo. sin dar tiempo a una respuesta. Verónica bajó del auto sin haber superado aún el shock producido por la balacera. guarecido por la oscuridad. Pese a la neblina. aplaudida por Rodolfo Roldán. Verónica miró hacia su izquierda y encontró el mapa nocturno de la ciudad iluminada. Y habló del robo de taxis. Verónica no sabía que también Upegui disponía a veces de escolta. de balaceras esporádicas. parecía como sí salieran de un accidente sin importancia. Llamaría un taxi. Circularon hacia la Circunvalar. Quedé de verme a las once con Beatriz y su novio. —No se molesten. engañosa y terrible. En el costado izquierdo de la vía. carajo! —gritó Virginia. no seas terca —insistió Virginia—. ¡No pare. Virginia recordaba La Calera con este nombre. Chicos y chicas de dieciocho a veinte años. Upegui pagó la cuenta. Lo comprobó cuando. al salir. Una multitud de jóvenes hacía cola a la entrada. —Te llevamos. Más que fuga. subiendo desde Bogotá. Se refería a la balacera: un vehículo intercepta a otro. —¿Te llevamos? —se ofreció Upegui—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus danza contemporánea contratados para hacer un pequeño espectáculo. Ya es tarde. Redujo la velocidad al pasar al lado de la camioneta agujereada a balazos. ¿Dónde habían quedado de verse? La esperaban en una discoteca de La Calera. yacían con los cuerpos enredados uno sobre otro. pero cuando retomó con prudencia la velocidad. Lo adelantaron. En el interior del vehículo. descargan sus armas sobre los ocupantes del carro interceptado. Le incomodó sentirse seguida por los escoltas de Upegui hasta la puerta de la discoteca. Upegui frenó para dar paso a dos camionetas que parecían competir por la delantera. —Los dejo —se excusó Verónica—. Regresaron a la camioneta y emprendieron la fuga. vio que uno de los vehículos le cerraba el paso al otro. ¿Por qué tenía escoltas un simple constructor de casas y apartamentos? —No llegues muy tarde —aconsejó Virginia. tomaron el puente y siguieron por la estrecha carretera que llevaba a La Calera. Upegui reanudó la marcha. aunque ya no lo frecuentaba. un homenaje a la gimnasia aeróbica con música de los ochenta. la visión de la ciudad era más amplía. la zona había sido bautizada como El Monte de Venus. los jóvenes parqueaban sus vehículos y convertían el mirador en un motel al aire libre. Upegui prefirió orillar el auto y esperar a diez metros de distancia. No nos gusta que cojas taxi a estas horas. Lo mismo hizo su escolta. su acompañante de hace seis años. Numerosas 88 . Desde entonces.

No ocultaban sus armas. Escoltas ociosos parados en actitud desafiante en la puerta abierta de los vehículos. a la derecha. Rápido pues. Para llevarle la contraria. guardaespaldas con el saco abierto enseñando el poder intimidante de sus armas. —Tengo que ir al baño —dijo—. —Si sales a bailar. No le gustó su aspecto. su olfato le decía que el 89 . —Tranquila. —¿Qué dices? —¿Verdad que Fabián lo amenazó? Beatriz interrumpió el retoque de su rostro. Parece una puta. que no es para mañana. la cantidad de gente que se aglomeraba de un extremo a otro. le dijo abriéndose paso a codazos por entre la multitud de clientes. ¿Sabía que Beatriz se encontraba allí con Fabián? La tranquilizó el tamaño del local. Verónica le dijo que prefería un vodka con zumo de naranja. quédate por los lados de nuestra mesa. ni la mirada de exploración que le dirigió al sentarse a su lado. —¿Quién es el tipo tan espantoso que me trajeron de pareja? —No te lo trajimos de pareja —aclaró Beatriz—. Betty. Las acompañaría hasta la entrada de los baños de damas y las esperaría para llevarlas de regreso. Después de avanzar abriéndose paso. ¿Me acompañas? —No nos demoramos —dijo Verónica. Verónica volvió a decirle que no le gustaba el tipo que le habían sentado a su lado. para servirte —dijo el tipo. Fabián la saludó de beso en la mejilla. —¿Está solo? —No. esto fue lo que sintió Verónica al distinguir a Frank Rueda. acompañado por una vieja que ni te imaginas. El tipo sirvió con torpeza y sin preguntarle una copa de champaña. escandalosamente maquillada. pensó Beatriz y no quiso incomodar a Verónica diciéndole que Fabián había ordenado que las protegieran. Un mesero la condujo hasta la mesa donde la esperaban. Lo acompañaba una chica de ropa escandalosa. vino con pareja. Las seguía de cerca. con lo que voy a decirte —buscaba decírselo sin alarmarla—. el Gordis. Fabián se lo encontró solo a la entrada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus camionetas y carros de lujo. Una botella de Dom Perignon adornaba el centro de la mesa. Verónica buscó con la mirada a Beatriz y a Fabián. en una de las mesas. Pensó que si se lo decía a Beatriz la pondría nerviosa y estropearía la noche. Beatriz reconoció a uno de los guardaespaldas de Fabián. Ni su escandalosa manera de vestir ni la pesada cadena de oro que exhibía en el cuello. Algunos las exhibían en la mano. ¿Y si le daba por bailar? ¿Y si se creía en el derecho de acosarla? No lo conocía. hombre. De las camionetas salía la parafernalia de la música. tipos distraídos mirando el paso de chicas de minifalda y blusas escotadas llevadas de la mano o abrazadas por hombres mayores que ellas. ¿Quién era el tipo que los acompañaba? Verónica lo saludó de mano. Beatriz se abrazó a ella emocionada. Don Fabián me pidió que la acompañara hasta su mesa. Sorpresa y temor. subametralladoras colgando del brazo. El tipo llamó al mesero haciendo aspavientos con los brazos y emitiendo un silbido. Verónica dirigió una mirada interrogante a Beatriz. ¿Me entiendes? Hay hombres que no pueden soportar que uno se haya acostado antes con otro. Tráigale a la señorita un vodka con naranja —ordenó a gritos sin esperar que el mesero se acercara a la mesa—. Tu Gordis está sentado en una de las mesas de la entrada. —¡Está loco! Fabián se muere de los celos. —Un amigo —lo presentó Fabián. Podía ser pura casualidad. —Raúl Trespalacios.

Tenía que irse. Rechazó varios intentos de su pareja: trataba de abrazarla y conducirla a su manera. —¿No tienen un cupito para mí? —preguntó Trespalacios—. ¿No lo había notado por su estilo de bailar? —respondió él apretando aún más el cuerpo de su pareja. dentro de poco va a querer hacer lo mismo conmigo. —¿Quiere otra tanqueadita. Verónica bailó una nueva pieza con Trespalacios. Así que aceptó la dureza de taladro con que el parejo pretendía prometerle momentos más apasionados que éste. ¿Qué podía hacer para evitar que el sexo excitado de Trespalacios abandonara el cómodo lugar encontrado en su entrepierna? Le parecía ridículo mostrarse ofendida. Pero. le dijo. "¿Otra tanqueadita?" —preguntó ella. temió Verónica. Según mis propias cuentas. Quédate un ratico más. tengo más del treinta y cinco. Sólo pudo rechazarlo cuando intentó bailar la siguiente pieza. Está podrido en plata. sos un bomboncito de hembra. —¿Sabías que Fabián es socio del gimnasio? —Claro que lo sabía —dijo Verónica—. —¿Siempre sos así? —¿Cómo soy? —Así de retrechera —dijo decepcionado el tipo—. Un hombre de la mesa vecina se acercó a pedirle que bailaran. Verónica adivinó en la actitud del intruso a un tipo de confianza. Fabián le pediría a uno de sus guardaespaldas que llevara a Verónica a su casa. Merengue apambichao. —Se jodió. No pudo evitar esta vez que el tipo la abrazara y estrechara a su cuerpo. Fabián abrazaba a Beatriz y ponía la otra mano en sus muslos desnudos. Raúl se puso de pie y dio por supuesto que Verónica aceptaría bailar. —Que si te provoca otro vodka —tradujo Fabián. Fabián invitó a bailar a Beatriz haciéndole un gesto con la mano. La trataba de "mi vida". le preguntó Verónica en voz alta. cada vez que le hablaba la llamaba "mi vida" o "mi cielo". Tenía que volver a sentarse al lado de Raúl. la única forma de hacerse escuchar en medio del ruido de la sala. Cuando regresaron a la mesa. soportar tenerlo a su lado y responder a su conversación? —No me gusta bailar agarrada —le dijo amablemente—. exclamó acercando su cabeza a la cabeza de ella. preciosa? —preguntó Trespalacios a Verónica. —Tengo mucho calor —dijo quitándole el brazo de Raúl de los hombros. había que ver la forma como llamó a gritos y a silbidos al mesero.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tipo era un patán. metiendo una mano en sus cabellos. sólo faltaba eso. No podía evitarlo. ¿De dónde iba a ser? De Cali. dijo Beatriz. —El merengue se baila agarrado —dijo el tipo—. 90 . hermano —chanceó Fabián—. ¿De dónde era?. le pidió. escoltadas por el tipo que les abría el paso a empujones. ¿Lo aceptaba? ¿No sería peor quedarse sentada. Prefiero bailar suelta. negó con la cabeza. abarcando con la mano su nuca. Beatriz se dejaba abrazar por Fabián. tengo el 20% —dijo—. Tengo por ahí guardada una platica y no sé en qué invertirla. retrechera y todo. No te imagino en negocios de belleza. ¿no es lo que dice la canción? —canturreó moviendo hombros y caderas. Había venido a saludar a Beatriz un momento. Capital de la salsa y del mundo. a quien parecía pedirle permiso para bailar con la muchacha. ¿Es cierto que tienes el 20% de la sociedad? —Según las cuentas de Javier Upegui. pero Fabián. —No me puedo demorar mucho —advirtió Verónica— Tengo que ayudarle a mi mamá en las cosas del gimnasio. la grosería con que me sirvió la copa de champaña.

¿cierto? —Sí. Usted sabía de lo que son capaces esos tipos. Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. Beatriz tampoco había podido evitar la furia de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. en ese caso. A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. Por casualidad se había encontrado con ellos en la misma discoteca. que en paz descanse. Llévela a su casa y regrese. No se sorprendió porque temió desde el principio la escena. déjelo. ¡Te largas ya mismo! —Disculpen —dijo el hombre. se llama Verónica y no baila con extraños —intervino Raúl parándose de su silla—. rodeados por escoltas que avanzaban a empujones. Tomó su pequeño bolso de la mesa. le gritaba Fabián. Frank. por ningún motivo. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro puñetazo en la boca. inmóvil en el piso. le dijo a Verónica. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. Lo terrible no había sido el puñetazo. el pobre 91 . atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. Fabián la tomó de un brazo y la zarandeó. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de impotencia. Uno de los escoltas recogió al Gordis del suelo. Beatriz gritaba enloquecida. Sí. cometa la locura de irse sola. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda. No deje que la señorita. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. Empezó diciéndole que. La escena puso histérica a Beatriz. señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. Se abría paso hacia la entrada un hombre y su pareja. El duro de las esmeraldas —añadió. Al verlo de espaldas. —Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón. Verónica evitó ser vista por el Gordis.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Eres Verónica. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y. Tuvo miedo. A su casa la llevo yo. Sé dónde vive. Don Fidelio — dijo el hombre que acompañaba a Verónica. si es que va para su casa —le gritó Fabián. —Me voy —dijo Verónica con voz enfática. Había bastado un gesto de Fabián a los escoltas para que dejaran de patearlo. ¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo advertí. Presa de la histeria. le dijo Verónica. ¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo. pero sería peor si cortaba su relación con Fabián. Le cayeron a patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. ¿Me oíste? La señorita no baila con extraños. mientras bailaba con Fabián. De nada valieron las súplicas. En el camino de regreso. Ella se limitó a repetir la dirección de su casa. Iba armado. Frank no estaba allá para buscar a nadie. su profesor de literatura en décimo grado. trató de decir al agresor. no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. Y al estirar el brazo. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente. y lo empujó a la calle. Trabajé para don Epaminondas Romero. Beatriz? —le preguntó Verónica—. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo. no joda. ¿No se acuerda de mí? —preguntó—. el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. gritaba. se le abrió la chaqueta. Dos agentes de policía que miraban la escena se desentendieron de la pelea. —¿Qué quiere que le diga. Al salir. si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo tendido en el suelo. saquen a esta basura de mi vista. ¿no ve que lo están matando?.

No es que pensara volver con Frank Rueda. ¿Qué quería que le dijera?. se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana. iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio. se aplicaba en los párpados bolsas de té frío. Hagas lo que hagas. Se había dejado llevar por los celos. Descargaría sobre él toda su furia. su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de celos. le daba su palabra. te vas a encontrar con Fabián en la inauguración del gimnasio. de eso estaba segura. No había visto nunca a Beatriz en tal estado. pero empezaba a 92 . estaba nerviosa. donde se deshizo en excusas. no había dormido nada. ¡No sabes cuánto te adoro! Por miedo. le dijo con galantería. Que lo perdonara. de la finca habían salido a desayunar en la Avenida Caracas. ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar. que no se preocupara. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo. Algo le estaba pasando a esa muchacha. le dijo a Verónica. extendida en la cama. No podía decidir por ella. tenía que comprender que lo primero que se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con ese boleta. señora. no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank Rueda. Y. en efecto. se dijo Verónica. por lo visto ella había decidido seguir con Fabián. no se preocupe. Y si no estaba allí para buscarla. porque temía algo peor y no quería provocar más problemas. Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. ¿Aconsejarla de qué manera y con qué clase de argumentos? —¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia. —Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. Miedo de lo que había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos. ¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. venía acompañado por una putica para humillarla. le preguntó Verónica. Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su hija se quedaba con él. No había podido dormir en toda la noche. Ya estaba más tranquila. le repitió a Verónica. Lo conocía poco. ¿Le habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa. Vamos a comer algo en el gimnasio. Mi mamá va a pegar el grito en el cielo. La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados. Él no podía permitir que nadie pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. —¿Le pasa algo? —Viene a almorzar. Si abandonaba a Fabián.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pagaría los platos ratos. le dijo a doña Dolores mientras. Que estuviera segura de él. le suplicó mientras depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda la noche. repetía. Le gustaba mucho Fabián. —Almuercen. Beatriz aceptó sin oponerse ir a la casa de Fabián. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. —Con Beatriz. ¿Cómo lo convencía de eso? No la había dejado regresar a su casa. Sí. Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar que. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca se habían ido a una finca de Tabio.

—¿Lo quieres? —No sé —se quedó pensativa—. como lo llamaba mi madre. podía llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió encogiéndose de hombros. Primero exportó orquídeas. Lo hace por celos —dijo Verónica—. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica. la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. Beatriz no probó bocado. Te digo que debes saber dónde te metes. se está convirtiendo en un escándalo. —También —dijo Beatriz—. Digo que podría estar metido en esos negocios. Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en los negocios del difunto Epaminondas. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca. —Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes. Les blanqueaba millonadas a sus socios. Hace una semana. —.. tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera quitado la voluntad. —Pero él no es como los otros —se defendió. No se gana tanta plata de un día para otro. El caso del "Viejo Epa". Además. Para casi todo el mundo. niña Betty. 93 . Cuando estoy con él me siento protegida. ni siquiera la ensalada de filetes de atún. no solamente por él sino por todo lo que lo rodea: su casa. Es la única manera de tenerte a su lado. el dinero de sus cuentas. —¿Y quién no lo está haciendo? Es bueno que lo sepas. algún hilo conduciría a su relación con Virginia. Las vagabundas que lo acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda la noche. de un infarto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus conocer lo peor de él. —¿Qué quieres decir? —Tú lo sabes. Me atrae. lechuga. Coma aunque sea un poquito. la tarjeta de crédito pagada por Epaminondas. se supo qué hacía verdaderamente. después importó carros de lujo. —¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios? —No digo eso exactamente —matizó—. opinó Verónica. Los gringos le estaban siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. amparado en el poder del dinero. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría sin la plata. Epaminondas Romero era un próspero negociante. ¿cierto? —¿De dónde va a salir? De sus joyerías. sus perros.y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta. sus escoltas. —Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. Mi mamá tuvo un amante que tenía un concesionario de carros. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. Beatriz —se enfureció Verónica—. sus vigilantes.. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—. Esos viajes a Panamá. ¿No era como los otros quien disparaba a las ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica. Sabías desde el principio de dónde salía la plata de Fabián Acosta. —Y tú sabes de dónde sale la plata. No pretendía desilusionarla. lo leí en el periódico. Apareció muerto en un motel. Ojalá hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. cebolla y tomates que les sirvió Teresa. no había exportado orquídeas sino cocaína.

¿Podía pasar? Claro. Estaba decidida a dormir. Si Fabián descubría su lado débil. que habían entrado al cine y la había llevado. Espera. Se tapó con bolitas de papel los oídos. zapatos y accesorios. —¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica. La música se escuchaba a mayor volumen. añadió Beatriz. dijo el tipo. le dijo Fabián. que. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos. Beatriz se había acostado a descansar. mi amor? Te estaba llamando a tu casa. obedecería esa regla. como ella deseada. Un rock tras otro. que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos. ¿qué hora es?. Muy temprano en la mañana. Verónica abrió. contó Beatriz a su amiga. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo. —Acuéstate un rato. Parecía una autómata. ¿Metía entonces coca? De vez en cuando. Te quedas conmigo. al regreso. ¿Para qué reprochárselo? Muchas chicas de su edad lo hacían. Pensó que el juego no pasaría de esa broma. sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa. Pero el estruendo volvía. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. Escuchó la música que venía de la sala. No le hizo el amor. ¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando con Verónica. —¿Nos vamos. las que no metían perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. Ahora entiendo. pero la música resonaba en su memoria. A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. las que no metían perico metían yerba. Era Fabián Acosta. dijo Verónica. se había dirigido a su apartamento. ¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la tensión. vio a Fabián de pie en el vano de la puerta. dijo haciendo un gesto de asco. Beatriz descendió adormilada. —Por ahí de compras —dijo Fabián. Sintió que Fabián daba doble vuelta de llave a la cerradura. —Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. Despiértala. Se propuso no decir una sola palabra. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar. le impedía el acceso. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una sola palabra. que manejaba a toda y en silencio que apagaba deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros por hora. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de esos ojos desmedidamente abiertos del pánico. voy a llamarla. Escuchaba en duermevela el eco de la música. Heavy metal a volumen progresivo. blusas. ¿No se molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián. la condujo a uno de los cuartos vacíos y la dejó adentro. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa auxiliar y se dejó tomar por el brazo. No respondió. A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa Bárbara. le había ordenado él. ¿Lo había probado? Me supo a mierda. Ven y desayunamos. la torturaría con un nuevo juego. La venció el cansancio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tal vez él esté pensando lo mismo. Algunas le están jalando al bazuco. 94 . Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. sino a dar un loco paseo nocturno por la Autopista del Norte. La despertaría a las cuatro. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. el ciclo repetido de la misma tortura. sucesivamente silencio y estruendo. La apagaba. Parecía dopada. Sin abrir del todo la puerta. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. no a su casa. el seco golpe de la percusión. mirando hacia la segunda planta. Y así. ¿A qué? preguntó ella. Pasó el tiempo. pasa.

Vestían licras verdes. Media hora antes de lo indicado en la invitación. Javier. mi amor. personajes de la política y los negocios. En un segundo plano. Adiós a los años ochenta. Los invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso. huellas de cocaína en la mesa de centro. coma algo. Cabaret y Los paraguas de Cherburgo. un éxito. Le permitió irse a su casa. de Dire Straits. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con una copa de champaña. esto está repleto. Porgy and Bess. Actores. A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más. Se había permitido la licencia de una pajarita morada. En el 95 . La sala se quedó a oscuras. —Póngase bien linda —le dijo. se instalaron inmóviles en el centro del escenario. una hielera. Todo nos está saliendo divino. Elton John contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. que había propuesto algo más "excitante". ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con delicadeza. Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente. más discreto. Virginia pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui. Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función. Javier Upegui saludaba a conocidos y amigos. Tres bailarines. En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story. La coreógrafa había insistido en poner solamente música de la década. Cuando llegara la mayoría de los invitados. radiante con su cráneo rapado y su smoking. del grupo Opus. A su alrededor. los instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. ¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano. Al fondo del gran salón. Los chicos vestían sólo pantalón blanco ajustado y delantal negro. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de su madre. con sus respectivas parejas. De la copa de champaña se había pasado al whisky. El show se cerraría con "Money for nothing". negras y moradas. mamita. la hizo comer prácticamente de su mano. debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al salir al comedor. de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. Se encontrarían en la inauguración del gimnasio. el vino. anchoas y salmón ahumado. los muslitos de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. unas breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades. Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada de los famosos. se había abierto espacio al escenario. modelos de éxito. Se interrumpió la proyección de las películas. A "Life is life” le siguieron "Walk the dinosaur". A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal de cuero blanco. una coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. el vodka y la ginebra. me cago del susto Javier. por ejemplo "I can get not satisfaction". eran recibidos por Virginia en la puerta. actrices. Los acordes de "Life is life". vio el desorden de la sala: botellas. Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los parqueaderos cercanos. Un círculo de luz arropó a los artistas. reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de la ciudad. rodilleras y balacas en la frente. de los Rolling. empezaron a escucharse en el salón.

¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. Peralta y Bueno en los extremos. Ni puel chiras voy a salir con extraños. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. Te traje las cámaras de regalo. Les advierto que no recibimos dólares falsos". pediría que editaran la imagen. —Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. mamá. te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y. No te lo ruego. Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. a quien no molestó el secreteo de Bueno. le dijo al oído Isaías Bueno. al lado de Upegui y ese tipo extraño. brindó con la copa en alto. menos aún. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar el cumplido del publicista. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. Todo un éxito. estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la ciudad" —improvisó subiendo la voz. repetía Upegui. pero es perdidamente marica. Más discreto. protegida por Fabián Acosta: su brazo arropaba los hombros desnudos de la modelo. —Cueste lo que cueste. Leo es un gran publicista y no dudo de que pueda ser un buen director para tu programa. Lo sabía también Upegui. Te vamos a dar tres minutos del noticiero —le informó Peralta. todo un panorama de la actualidad. ya verás la cantidad de pauta que van a ordenar tus clientes. Parece que se va a quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías. Y Peralta le dijo que tranquilo. Isaías la felicitó de beso en la mejilla. ¿Quién era ese bailarín mulato. ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos grupos y rincones de la fiesta. Sabía de su amistad con Pradilla. se jactó John Peralta. "No abrimos un simple gimnasio. que se había acercado a ellos tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra. dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fondo. dijo enfadado. Y Peralta. Te saliste con la tuya. Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta. Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia. un programa muy high life. muchachas hermosísimas. 96 . Saquen la nota en el noticiero del mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. La clientela del gimnasio va a ser de los ochenta. Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. Verónica se encontró sola al lado de Bueno. como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. pero la gracia te va a costar más de lo que calculas. Como me lo recetó el médico. ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. madre e hija pugnaban por la defensa de su época. Antes de descender del escenario. mi querido Isaías. Prime time. A mí me sacas de esa toma. el de la izquierda? Te lo presento al final. quiero a Pradilla en mi magazine de una hora. Necesito un director para mi magazine de la noche. avances de películas. le ordenó Bueno a Peralta. Voy a introducir un formato de éxito: breves de farándula. chismes de la política. cuatro años atrás. Mucho fashion. añadió Bueno. "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. Verónica y Beatriz. Así que diviértanse y regresen mañana a matricularse. No me gusta el joyerito ese. pescó al vuelo la frase de Bueno. Peralta sí sabía que. John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. dijo Upegui. —Te lo voy a robar. —¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica. Le preguntó por él. los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el menú musical de esa noche. La cámara la siguió hasta el grupo donde la esperaban Upegui.

No me gustó la decoración de la oficina. En seis meses. desde el día en que empezamos a salir juntos. —No te dejes embaucar por este encantador de serpientes. —Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica. ya verás qué cómoda y linda. Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia. Usted tuvo la verraquera de matarla. Si lo dejas en mis manos. A propósito. te abro un huequito en uno de mis programas. —Te felicito. pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—. Creo que lo tendré al aire en menos de un año. lo apretó con la intención de hacerle daño. Virginia. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma. mija —le dijo—. —Que La Tarzana había muerto esta noche. Fabián apretó un brazo de Amparo. Beatriz. apabullada por Peralta—. No piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario. ¿No es así. Si quieres productos sofisticados. Virginia. Yo lo conozco. Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena. Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. separe bien lo suyo de lo de su socio. Si necesitas mis servicios. escuche: Upegui anda metido en líos. Este gimnasio va a marcar una época. Convéncelo. me paso a Comunicación Social y Periodismo. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia. Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta. Fabiancito. Y a ti. Te quedó divina la casa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Del mismo —dijo Peralta—. —¡Periodismo! —exclamó Peralta—. —¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta. ¿Cuántos años tienes? —Diecinueve. —No se deje joder de nadie. cinco? Te sugiero empezar un curso de expresión oral. por supuesto. viejo —le dio un beso en la boca—. Fabiancito? ¡Ay. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a palmetear la espalda de Bueno. Preparo un magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. ¿Sabes. Si no me va bien en Administración de Empresas. te tengo una silla. Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui. la silla de diseño que te falta. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas sino niñas lindas que sepan leer las noticias. Virginia. la veo desabrida y con poca vida. en cuero negro y marrón. Haga bien sus cuentas. te echo una mano —dijo al besar a Virginia. —¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo. —John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo. 97 . —No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia. —¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro. —La Tarzana murió hace mucho tiempo. Es el no-va-más de Italia y Europa. ¿Te le mides al casting? Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica. —Estoy estudiando Administración de Empresas. Voy a necesitar niñas lindas y ambiciosas como tú. te pondré a un profesional que te prepare. Pero si quiere que le dé un consejo. —Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. te consigo algo de Franco Maria Ricci. en tres. es la silla más preciosa y confortable del mundo. si le pones las agallas necesarias. Le Corbusier. —Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. Elegí cuidadosamente la decoración pensando en ti. La Tarzana murió esta misma noche. Me la acaban de traer de Milán. Puedes parecer de veintiuno. Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo. quién es Franco Maria Ricci? Te voy a mandar su revista.

J. Estaba rendida. pero vuelan mal —corrigió Domínguez—. Upegui le dio la razón. Mi amigo Max acaba de ser nombrado presidente de la mayor productora de papel del país. ¿Por qué no hacían una reunión de socios mañana? —¿Me están despreciando? 98 . ¿Podían apagar y encender las luces en señal de advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche. —Jugar golf. —Max Domínguez —lo presentó Bueno—. —He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—. Nuestra amiga Verónica. Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. que sólo probaba un poco de vino. ¿No acaba de terminar un máster en el MIT? —Las noticias vuelan. viendo mucha televisión? —Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno. El Grupo. Gracias. —¿Te gustó? —preguntó Bueno. y tú sabes en lo que anda El Grupo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las noticias —insistía en su pronóstico—. Bueno y Peralta querían despedirse. Pero sigue lúcido. —Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max. Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. —Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta. Me dejó un clavo ardiente en el estómago. ¿Para que perder el tiempo en una escuela de periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas. Upegui le sugirió a los meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los invitados que tuvieran los vasos llenos. —¿Qué hace tu padre. Domínguez. Max Domínguez. estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías Bueno al presentarlos. Apreciaba a J. le quiso hacer una jugada sucia a través de sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. La imagen de las noticias no se hará con periodistas. —¿Que si me gustó? —respondió—. —¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada. Max? No lo veo hace rato. No debía pasar de los treinta. Compró las que andaban sueltas en el mercado. —Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno. sentía nudos en la espalda. Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. Distanciado de ellos. dudaba entre salir o quedarse. —¿Ves. Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. Terminé un máster en Harvard. Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del grupo. Bueno lo saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato. Los pies le pesaban. llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las que tenían —contó Max a Bueno. En la confusión de las fuentes está el error de la noticia. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo. A partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. Verónica se excusó. No había dejado de buscar a Verónica con la mirada. Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal Equis-Zeta. sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía siguiente. será otro día. almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. A partir de ese instante. interesado en la jugada.

pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la cerradura. Ella sonrió. Javier Upegui —dijo Fabián. añadiendo con sorna el apellido al nombre—. Upegui y Verónica se quedaron paralizados. hacia ninguna parte. Le dije a tu mamá que te quedabas a dormir en mi casa. Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. —Ven —la tomó de la mano Verónica—. la tensión de las mandíbulas y los ojos de un momento a otro enrojecidos. Si seguimos así. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día siguiente. También Virginia. Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. Ha sido todo un éxito. ciñendo un brazo a su cintura. Si quedaban borrachitos. trataba de volver más nítida la sintonía de una emisora. Virginia. los meseros se encargarían de echarlos a la calle. Fabián encendió el motor de la camioneta. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián. que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con Beatriz. —Déjanos solos —le dijo Fabián—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ni lo pienses —dijo Upegui—. Verónica. al que siguieron dos nuevos estruendos. podemos dormir tranquilos. Él hizo un saludo de mano y caminó hacia la puerta de salida. Uno de los vigilantes. 99 . —¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. Estamos arreglando unas cositas. —¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián. Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por la cintura a Beatriz—. —Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián. arrastrándola hacia la salida. ¿no. Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana. Pasaron algunos minutos. Todos dirigieron la vista a izquierda y derecha. Fue sólo el eco de un estruendo lejano. giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa a sus escoltas. Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa. mal acaba —dijo Virginia. Upegui escuchó casi indiferente sus versiones. A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo. —¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular Upegui. las venas del cuello hinchadas por la presión que seguramente hacían sus dientes. La partida de Fabián y Beatriz los había dejado pensativos. —¡Ah. hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga. Parece que fueron los narcos. ¿Nos vamos? —preguntó. Se disponía a entrar por la derecha. Javier? La felicito nuevamente. con un pequeño radio transistor pegado a la oreja. Sólo en algunas cosas —añadió—. —Usted manda. si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado de auxilio. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la amiga si se iba a quedar esa noche en su casa. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de la mano a Beatriz. El celador lidió con el pequeño transistor. —Lo que mal empieza. Todo esto es obra suya. Las miradas de Verónica y Max se encontraron. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida duplicación instantánea.

carajo!. los hocicos pegados al cristal blindado. un trapo. Decidió quedarse inmóvil. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un rasguño. que entraron al salón. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. ni siquiera sintió segundos después la densa. Y escuchó el ladrido de los perros. Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta. algo que cubriera la desnudez y atenuara el desamparo. De espaldas al ventanal. Acosta volvería a golpearla. con los ojos entreabiertos. Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. Si los cerraba. se abrió la bragueta del pantalón. Si hubiera pronunciado alguna palabra. —Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al bar. pegajosa humedad que se escurrió por la cara interior de sus muslos. si daba señales de vida o de recuperación. Fabián pronunció unas pocas palabras: —Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos. provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha. apuntar hacia el techo. haciendo palanca con el brazo que sujetaba la nuca. cinco disparos. Lo mejor sería no resistirse. Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se reventara y la costura de la falda se deshiciera. le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al desnudarla. Al final. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. Se cubrió como pudo con blusa y falda rasgadas. La tenía ya inmovilizada sobre la alfombra. Faltaba la falda. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su vientre con las manos rodeándole el cuello. Primero la había abofeteado. escuchó un único disparo y cerró los ojos. Ya no se resistía ni gritaba. No le dolía el lugar penetrado. Arrojó la blusa de seda al suelo y la pisoteó. Y nuevos ladridos de los perros. La contemplaba. Escuchó tres. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su estómago. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la penetración.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le rasgó la ropa a zarpazos. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de sangre. levantándose del piso y abrochándose el pantalón. Imaginó al otro perro en estampida hacia su refugio del jardín. 100 . Como Beatriz intentara defenderse. caerían más golpes sobre su rostro. quieto con el arma colgando de la mano. Lo vio levantar el arma. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la barra del bar. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la alfombra. ¡Lárguense. un abrigo. se asomaron jadeantes al ventanal. la silueta borrosa de Fabián desaparecería del salón. Dos escoltas. Lo vio aspirar ruidosamente. No me está disparando a mí. sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. la miraron aterrados. La acabó de rasgar a pisotones. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. Vio sus esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos. Volteó el cuerpo indefenso. Beatriz pensó que si se movía. Vio a los perros que se le acercaban y le lamían los pies. gritó Fabián. Le está disparando a su rabia. pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión. una y otra vez. Si se resistía. ¿Sucede algo. la silueta de Fabián parecía perdida en medio de la niebla. Se sirvió un largo trago de whisky. Ella entendió que la miraban con misericordia. le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse. cuatro. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en silencio otro vaso de whisky sin hielo. Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler. patrón?. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la barra. Beatriz hubiera podido suplicarle que no le hiciera más daño. preguntó uno de los escoltas. tocaba la punta del cañón y la culata. se decía Beatriz.

la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. Alguien. éste se parecía al confuso curso de sensaciones liberadas desde algún lugar de la memoria. era una claridad gradual en la sabana. ¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente. Adoraba a ese perro. Por supuesto que no hablaba para ella. Hablaba para sí mismo. Podría haberlo imaginado. He ordenado matar a quienes podrían matarme. hablaba para sí mismo. hacia los cerros. Esta vez. No puedes entenderlo. Fabián quizá. Hago sin pensar muchas cosas y después me arrepiento. Y en la dulce bondad de las imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. tomados de la mano por sus padres. Mataste el Rottweiler. La bruma del amanecer. —Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos. en batín de seda y pantuflas. —¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. Corría confundida entre otros niños. desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. Despertó en una cama. De repente. Estoy enfermo. —Sí —aceptó él—. Era su padre. ¿Había soñador? Si se trataba de un sueño. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él. vería llorar al hombre que la había golpeado y violado sin misericordia. la había depositado en la cama. alzándola en brazos y besándola en la frente. El padre se había distraído disparando a los osos de peluche de un estante con una escopeta. Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. Sintió algo superior al miedo. —¿Puedo bañarme y vestirme? —Tienes una muda de ropa en mi closet. pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra. los había seguido hasta perder el rumbo de regreso. que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. Era tanto el dolor del cuerpo. temiendo que su diagnóstico disparara de nuevo el irracional mecanismo de la cólera. se diría al día siguiente. —¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar. —¿Has matado a alguien? —Se mata para seguir viviendo —dijo él—. sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que corría sola entre la multitud de un parque de atracciones. Recordaba que segundos antes del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. le dijo alguna vez a Verónica. No hablaba para ella. No quiso levantarse de la cama. —No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. Atraída por las gracias de dos payasos. —¿Has matado a quien no merecía estar muerto? —No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. Y mucho más resguardada al ver a Fabián sentado. Fabián había esperado que ella despertara. Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos. pero se mata antes de que te maten. Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. En un sillón. —Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama. diría con prudencia lo que pensaba en esos instantes—. con el torso inclinado y las manos en la cabeza. Clareaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. 101 . tapizado de terciopelo morado.

mintió. Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre. No era nada. Había empezado mintiendo. la había llevado a su casa. Entre su entrada a la casa de Fabián y el instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica. le dijo a doña Dolores. pensó que la amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. Los labios se habían hinchado. Ya había advertido a la madre que compraría a plazos un carro. Verónica no creyó esta versión. sacó la pistola y disparó a una rueda delantera. El otro auto disminuyó la velocidad y zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. ¿Y adivinas qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos muchachas en la presentación del programa. Seguiría hablándole. Si Beatriz guardaba algún secreto. ¿Qué había pasado la noche de la inauguración del gimnasio? Sí. siempre en silencio. El carro de donde regresaban de La Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario. Se hizo al lado de la ventanilla del conductor. Fabián se lo impidió. Le daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en sentido contrario. ¿No había un garaje? No. le dijo. 102 . Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. menos mal que no había sufrido heridas mayores. uno de los escoltas de Fabián llamó a la puerta del apartamento de Beatriz. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico. Leo la había llamado desde París. descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca de velocidad. los moretones de sus senos serían en pocas horas azulados. —¿Qué le dijiste? —Que lo estaba pensando. El rasguño de la frente era insignificante. Unos moretones y ese rasguño en la frente. empezaría abriéndose ella. Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Dios sabe lo que podría haberle pasado. mintió. habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él. Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. hasta que aceptó la invitación a almorzar. No podía sin embargo guardar silencio. Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. Y el siguiente. estaba realmente furioso. Miel y rosas. Todo era cuestión de paciencia. El viejo Isaías Bueno me llamó. ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había convertido en la clave secreta de sus relaciones. se había estrellado milagrosamente contra una cuneta. Un día después de aquella madrugada de espanto. con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas. se desahogaría tomando ella misma la iniciativa. le dijo. —¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol. dijo Beatriz sin ganas. ¿No te parece fantástico? —¿Por qué regresa? —Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. Fue cuando decidió llamar a Verónica. ¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un accidente. aunque sintiera un hueso atravesado en la garganta. déjelo allá fuera. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte coloración azulada. Fabián había conducido saltándose los semáforos. —Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. Si la llamaba Fabián. Se encerró en el baño y puso el seguro de la puerta. le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba estacionado frente a la acera del edificio. Pasó todo el día en la casa. debía decirle que no se sentía bien.

—Si me tranquilizo un poco. —¿Te acostabas con Juanca? —¡Ay. no es cierto? Beatriz lo negó. Verónica devolvió la papeleta al bolso. dándole la espalda a Verónica. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. tocaba cuanta cosa encontraba. llama al carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. Verónica la enfrentó sin agresividad. —¿Estás metiendo perico. era rumbero y divertido. hecha día a día con la paciencia de carceleros sin rostro. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de unos pocos segundos. sobre todo en los senos y el rostro. el sacrificio del perro. Y de vez en cuando. Ahora tiene carro y apartamento propios. la violación. Un día las rejas no son rejas sino muros de concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los 103 . subía la voz innecesariamente. La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa. la aceptación de su propio desconcierto. Demoraba la verdadera respuesta. lo refirió con pausas nerviosas. lo abrió y buscó en su interior. —¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. —Un día de éstos te mata —le dijo Verónica. cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. no hay razones para mantenerla encerrada. Notó cierto nerviosismo en los gestos de Beatriz. te juro que no vuelvo a meter. Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no se sale fácilmente. Aspiró con fuerza. le preguntó Verónica. le pareció ahora escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos! De allí en adelante. —¿Con quién metiste la primera vez? —En el colegio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Bruta! —exclamó Beatriz—. ¿Te molesta? —y sacó la papeleta del bolso. —¿Te puedes quedar quieta? —No puedo. Ve la construcción del muro. —Sólo un poco —dijo Beatriz—. Fabián mirándola desde el sillón. Y refirió un sueño. ¿Metía con Fabián?. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. el instante en que despertó en la cama. la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los barrotes de la celda. la violencia con que la hizo entrar al salón. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama. Sin dejar de moverse. los golpes en el cuerpo. Bebió el cóctel. Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos. Eso ni se piensa. Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. No se estaba quieta. —¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba en los labios inferiores. Caminaba de un lado a otro de la habitación. Verónica la observó sin reprochárselo. la seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. el desvanecimiento. la dejaba en su sitio. allá abajo. El regreso a casa de Fabián. Pide que se le deje salir. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años. Eso es lo más tentador. pagaba las cuentas. En cada nueva súplica. ya sabes. ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en el recreo.

Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. Para darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga. sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la puerta de una prisión sin vigilantes. le hice creer que me gustaba. lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate. 104 . era tan grande la traga que no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. Los escoltas se turnaban en la vigilancia. Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por conseguir la descripción que le hizo a Verónica. Se movía de un lado a otro de la habitación. Pues resulta que estudia conmigo. El pobre niño se enamoró de mí. Despertaba después de unas pocas horas de sueño. El jeep blanco del escolta seguía estacionado en la acera de enfrente. Su decisión de dedicarse a la moda era alentada por doña Dolores. Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban diseñadoras sino costureras. recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda. Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. Al rato. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con gritos desesperados. Su inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana. le di mi primer beso. otro poco. Al despertar de la pesadilla. No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que la llevó a abrazarla con ternura. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas. ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara protegerla. Le falta el aire. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. reavivó en ella las terribles secuencias de la prisión. —¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo de las conversaciones—. como animal enjaulado. ¿Por qué no enfrentar al vigilante? Sí. Tiene una beca para toda la carrera. Las rejas de su celda no tenían cerradura ni candado. El niño tuvo que salirse del colegio. Cuando tenía trece años. consagrada a sus estudios en la universidad. Si se lo decía a Verónica. Beatriz conoció otra clase de pánico. aspiraba un poco de cocaína. Se asomaba a la ventana. Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. Reconoció a uno de los escoltas de Fabián. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio. vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas. Le di la espalda cuando aprobé el examen. Nelson Sarmiento. El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que. lo engañé.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior. las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a Miami—. ¿No había aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su madre. Verónica la compadeció. son ahora un muro y un pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. cree haber empezado a asfixiarse. había penetrado en el recinto carcelario. tampoco ella podría ofrecerle una salida. Veía casi a diario a Verónica. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada. un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. Ni siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. frente al edificio donde vivía. Traté de saludarlo pero me dijo que no se acordaba de mí. que no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca.

¿Qué le pasaba?. lo que era él. mija. Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del jardín. Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo. Raspó la papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. decía la voz resignada de la madre. —¿Me puede conseguir un gramito? —Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón. Palpó intencionalmente los músculos de su espalda. otro de noche. —¡Ni hablar! —le dijo la amiga. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. si usted lo desea. rozando casi sus brazos. La cocaína se había terminado. le consigo lo que quiera. —El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. que Fabián me hace vigilar y seguir adonde vaya? —Habla con él —le sugirió Verónica. Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. ¿Cuándo piensa formalizar su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa. nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa. —Cójalo suave. dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala. nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su patrón. la necesito. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban diseñando la campaña. Se vistió y salió a la calle. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle. 105 . hazlo tú misma. —Por favor. Un hombre musculoso y primario. Caminaba muy cerca del escolta. ¿Hacía ejercicios? Todos los días. —Si te quieres matar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus uno de día. —¿No ves que no puedo salir del apartamento. Nada feo. pero él. le dijo. —¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el polvo. Vero. mintió Beatriz. Disculpe. Estudiaba. Ejercicios y prácticas de tiro al blanco. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar la escuela de diseño adecuada. El tipo le extendió una pequeña caja. ¿Necesita algo la señorita? —¡Necesito perico! —Suba —aceptó el tipo—. le dijo el tipo. son los nervios. Se imaginaba modelando vistosas joyas. como a las ocho. pensó. Beatriz lo siguió hasta el jardín. encerrada en su cuarto. decía doña Dolores. —Si quiere comer o tomar algo. Antes de llegar a la casa de Fabián. señorita —le aconsejó el escolta. La veo muy nerviosa. alertada por el comportamiento de la hija. se interesó la madre. Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante. le dijo. —¿Cuándo regresa él? —Esta noche. el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver cómo la golpeaba. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián. No era asunto suyo. Pero tengo órdenes de llevarla a su casa. —¿Dónde enterraron el perro? —El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. —¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. Fui policía. ¿Quiere ver una cosa? Venga le muestro. hasta la mañana siguiente.

Lo sostuvo en las manos. No había podido estrenarlo. iba a ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio. sin detenerse en ningún sitio. —¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián? —El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. asomándose a la puerta del dormitorio con una toalla enrollada en la cabeza. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y el hocico recostado contra la tierra—. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes. le preparo otra cosa. una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes blancos. Fabián la encontraría en ropa de cama. bonito. Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. —¿Va a comer algo. a cuatro metros de una de las mesitas de noche. —Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. los muebles. A partir de ese instante. Ordenó las mantas y el edredón. se vestiría con el salto de cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido. El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la personalidad de Fabián. los objetos decorativos. señorita? —Más tarde. Recorrió la casa de un extremo a otro. a una distancia no menor a los diez metros. ¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche. recostado con una de las paredes. precedido por un vestier con espejos. —Si quiere descansar —le dijo María—. Regresaron a la sala. El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a los cerros. Como si velara al muerto. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los ojos. ¿Bonito. Beatriz bebió con ansiedad. Regresó al pie de la cama y lo introdujo debajo de la almohada. contenía el fabuloso ropero. 106 . María. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido. Estará aquí a eso de las ocho. estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y compartimentos laterales.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mire —dijo señalando hacia la derecha. se abrían las puertas del cuarto de baño. no? Sí. dijo Beatriz. Beatriz asintió con la cabeza. en el lado izquierdo. seguía en la calle. Preguntó por el Mazda. —Más tarde. Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. Era obra de Amparo Consuegra. de pared a pared. Las obras de arte de las paredes. Se la pasa así casi todo el santo día. como si midiera su peso. Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. Tomaría un baño. estaba segura de que no podría descansar. ¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino. Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva. María chasqueó la lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza. A la derecha de la cama. acuéstese en la cama de don Fabián. la distribución de las chaquetas. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. las camisas de algodón y seda. los estantes donde se amontonaban ropa interior y calcetines. Frente a la cama. Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado objeto metálico. el opuesto al sitio donde Fabián acostumbraba dormir. Si quiere. —¿Por qué lo hizo? —Porque quería matarla a usted. ningún detalle merecía más que un vistazo distraído. Un closet.

Nos mata. pero le aconsejo que sea más prudente. —y el escolta se detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al piso—. Rápido rápido. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta. arropada hasta el cuello. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé. ¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a entregarle el vaso de whisky en la mano. Y ajenas a su voluntad fueron las imágenes siguientes. Si el pat rón se entera me mata. —Gracias. Encendió el televisor desde el mando a distancia. El escolta se retiró de la habitación y dio media vuelta en la puerta. sí. Eran las seis y quince de la tarde. espere. le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca. Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso. Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. —Cómase esta carnecita —dijo María—. Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Daymer. mija. —Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo. vulgaridad imperativa que correspondía a una ocurrencia que sonó estridente en sus oídos. llamando al tipo con los brazos extendidos. Le gustaba la película. ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el Mercedes en el garaje. Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—.. Pásele el seguro a esa puerta. Así rico rico rico véngase carajo que lo estoy esperando. Continuó desnuda dentro de las cobijas. Le dijo que se sentía agradecida por la mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. Así Daymer usted sí es un macho hágale con fuerza. Tiene cara de no haber comido nada en todo el día. señorita. golpeada y ultrajada. María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo blanco. Lo hizo dejándose caer de espaldas sobre la alfombra. Dígale a María que me prepare el bisté a la plancha. Usted sabe lo que hace. a un costado de la cama. sin premeditación. Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser humano. a quien divertía la actuación de Marlon Brando en su papel de Vito Corleone. encima del blanco edredón de plumas. apúrese métame esa cosita con ganas. secaba sus cabellos con una toalla. Lo hizo de manera desesperadamente vengativa. El escolta salió del cuarto. Apúrese no joda métamela con ganas. Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. dijo Beatriz levantándose del piso. Ah. separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con intensos dolores en el cuerpo. El escolta no tardó un minuto. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el carro de don Fabián. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los pantalones en las rodillas. El escolta era joven y fornido. No se puso el salto de cama. en tanga y sin brasier. fingió. Se vio en la sala de esta casa. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos. Presenció la 107 . señorita? —Nada más. dése prisa Daymer cómame yo sé que le gusto. le exigió. ¿A qué se refería? A nada. Recordó que en el betamax seguía la última película que había visto al lado de Fabián. —¿Algo más. tanto o más de lo que le gustaba a Fabián. La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. Había vacilado porque la muchacha. quería agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso.. como si obedeciera la rencorosa orden de su espíritu.

una mano en el pecho. Dijo en medio de sollozos que había sido ultrajada. Pensó decir que la había violado por detrás. que la hacía seguir. Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de matices azulados. Se lo vio en su actitud. La puso de nuevo debajo de la almohada. con los cabellos húmedos. buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba cargada. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde hacía poco la novia de Fabián.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan terrible. Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba. que vigilaba cada paso que daba. quitó el seguro y la dejó entreabierta. El señor se desaburría a veces disparando contra los árboles. Los escoltas dirán que el señor llegó de viaje. que por algunas horas no recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. Daymer le hizo bajar el brazo. mi vida. Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio. Recuerda haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. Regresó a la puerta. recuerdan haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película. Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. ¿Le van a disparar a una mujer desarmada y desnuda?. que se sentía acorralada. El cuerpo de Fabián yacía de costado. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación. desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. como si viniera de otra casa. Regresó al lecho. removidos con la punta de los dedos. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco. No dirán nada. que lo único verdaderamente liberador había sido hacer 108 . mijita? Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. los vigilantes de la calle. Un raro pudor le impidió decir que había sido sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. así fuera unos minutos. Le traje un regalito. temió ser golpeada de nuevo. fue el pacto sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. ¡Tan linda muchacha! Al recobrar el habla. Le va a gustar el regalito que le traje. el jardinero y María. la empleada. fue hacia la puerta y le pasó el seguro. al pie del cadáver. Recordó la estricta vigilancia de los días siguientes. No dejé de pensar en usted ni un segundo. mija? Los dos escoltas. Había aprendido a leer su mirada ¿Ultrajada cómo?. mija. Se levantó. gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de apuntar hacia ella. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de regocijo del hombre que la descubría desnuda. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán que el ruido de los disparos les pareció lejano. Lo conocía muy bien. que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. preguntó un agente. ¿me esperaba así para darme la sorpresa. mal arropada con una sábana. la otra apoyada sobre la alfombra. Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro. Creyeron que jugaba a disparar al jardín. el tiempo transcurriría más rápido. ¿Por qué matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. les dijo. No estoy armada. con el saco colgando de un hombro. pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. y el rasguño ya reseco de la frente. ¿Ha estado metiendo perico.

Bueno. tituló en primera página un periódico sensacionalista de la tarde. se compadeció Max. cocaína. corroboró la versión de Beatriz. ¿También bazuco? No sé. dijo el funcionario encargado de la investigación. añadió Daymer. dijo socarronamente el funcionario. Verónica. Verónica le contó que se sentía abrumada por el asunto de su amiga. Se iría de vacaciones a Isla Margarita. El patrón no metía bazuco. Su abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. Sí. no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue. sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e investigación por parte de las autoridades. Celoso sí era. ¿Su nombre? Daymer Ruiz Ruiz. ¿Meter vicio? Sí. Muchos hombres lo creen. el joven ejecutivo. de veintiséis años. puntualizó el abogado. añadió ella. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De casualidad. asediada por los periodistas. Uno de los escoltas. sus cuentas. el que pregunta soy yo. Todo el santo día. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz Lopera?. que le gustaría descansar. pero dígame: ¿quién que se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus perros. su mamá le pagaba el viaje. No se le había probado nada. Se vieron. Pero no viajó sola. llamó a preguntar. todo por ser la amiga íntima de Beatriz. O por una casualidad programada por Max. ¿Era cierto. creyó ingenuamente Virginia. los ricos necesitan protección a toda hora. Max se ofreció a acompañarla. Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo mejor le había dado un ataque de rabia. pobre animal. Esperaría muchos meses. dijo Daymer. era uno de sus dos perros preferidos. no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. añadió. sólo el 109 . eso es lo que usted cree. ¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. "Joven modelo asesina a su amante". dijo Verónica. La había vuelto viciosa. Disculpe. celoso y posesivo. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía que Beatriz era un objeto de su propiedad. Viajaría sola. Los muertos no pueden responder a acusaciones tan descabelladas. almorzaro juntos. ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. ¿Por qué los había contratado? Para protegerlo. Beatriz Lopera esperó la apertura del juicio. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". a veces se ponía violento y perdía el control de sus actos. Sus propiedades. dijo el abogado de Acosta. como decía Beatriz Lopera. el nombre de Fabián Acosta. Presunción de culpabilidad y no inocencia. Antes de que el proceso volviera a ser noticia. Daymer. Pobre niña. Mi cliente era un honrado y próspero comerciante. dijo un escolta. Sabía que Fabián Acosta maltrataba a su amiga. Presuntos. muerto a tiros por la joven modelo Beatriz Lopera. ¿Era verdad que el occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían. Recluida en la cárcel de mujeres. que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era cierto. Se le ocurrió de repente. testificó ante la policía. dijo Verónica. ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión. se investigaba si en verdad era el mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de dinero. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las notas de prensa. la acompañó Max Domínguez. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las informaciones diarias. Limítese a responder la pregunta. presidente de la papelera. subió la voz el agente. No aprobaba lo que había hecho su amiga. replicó el agente.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lo que hizo. Javier Upegui respiró aliviado.

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fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta. ¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París. Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por el momento, le dijo la conciencia a Virginia. Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No, dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera. ¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de todas maneras un hombre desagradable. Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un 35% de las acciones del gimnasio Perfect Body. Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte? ¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares? Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado. ¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo? Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías. ¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo "de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios.

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No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia, no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es porque está dispuesto a dispararlas. Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con Upegui. Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado. —Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald. ¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco, dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián? No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas. Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero interno, sabía que Upegui se saldría con la suya. Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis. Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba, le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran piedras sobre el propio tejado.

Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la

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Batallas en el Monte de Venus

sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio? Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal, pueden hacerlo por otras vías. —Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui. Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos. Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito? —¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui. —¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme. Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra, exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos instantes, se endurecería su tripa.

Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta. Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó. ¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos quioscos sombreados? Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max, Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad, ¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max. Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo. Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no

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Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo. para su gusto demasiado frágil? Demasiado educado. Max la instruía en el buceo. era cierto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exagerar sus reacciones. Max suponía. Se excitaba. Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. Max lo abreviaba. pero el suave escozor no daba lugar a emociones más profundas. Con Leo no podía prever ese instante. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer. Max parecía bondadoso. Se sentía bien. permitía que los deseos de ella crecieran en una explosión de ansiedad y urgencia. y respondía alterando también su respiración. Leo le daba tiempo a sus deseos. después de la cena. Max respetaba sus silencios. por una aureola. Su ropa de playa. reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama. ginebra con agua tónica y zumo de naranja. la comprensión. Estilo y aureola nacían de la riqueza. Es un regalo de mi madre. ¿por qué tenía que fingirle a un desconocido? Algo sin embargo le faltaba. temía una insolación. el buen trato que daba a los meseros. mojitos. se ponía el condón de prisa y. En la noche. perverso. ¿Era frágil. su ropa de noche. de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación 113 . esperar que regresara del paseo solitario. Fingir. solían caminar tomados de las manos. Verónica prefería el mojito por la frescura de la yerbabuena. Leo. comparable a la visión nocturna de la ciudad: terrible y engañosa. navegaban en motos acuáticas. Al atardecer se sentaban bajo la rústica enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas. que sus deseos eran simultáneos a los de su pareja. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban ciertas mujeres en el momento del orgasmo. alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. Previsible en cada uno de sus actos. algo que había encontrado en Leo Pradilla. como había gritado la primera vez encima de Leo. la sabiduría de las caricias. Verónica vistiendo blusas amplias y cortas. Max se parecía a Leo en la medida de la elegancia. A diferencia de Max. siempre impecable en cada atuendo. la estudiada indiferencia. daiquiris. ¿Cuál iba a ser el destino de la amiga? Jugaban tenis. Y todo siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida. con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad de sus muslos. con esa clase de perversión que le daba una vida hecha a pulso desde abajo hasta la cima. Era una visión de película: verla alejarse. fatigada por el sol. desconocido límite? Verónica se sentía atraída por un estilo. contemplarla desde el quiosco. algo extrañaba mientras hacía el amor con Max. tras unas pocas caricias. En la suite. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la papelera. admiraba la discreción con que firmaba las cuentas del restaurante y del bar. a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su cinismo. Dilataba el tiempo. quería decir. más acelerada. recordó Verónica. Él vestía trajes claros y ligeros. La gentileza. Aunque Leo confesara no ser rico. la penetraba. disfrutaba con su sentido del humor. Le satisfacía sentirse penetrada. lo era en su modo de vida. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa. Sentía la respiración de Max. pensó Verónica. también de lino. Siempre lo recordaría. Elemental. sin más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. en cambio. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante. descalza. ¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro. las propinas razonables añadidas sin ostentación a la cuenta. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. faldas de lino y sandalias. ajuar con que Max la había sorprendido al día siguiente de la llegada. Veo que no tienes ropa de verano. Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. oloroso a colonia. observó antes de dirigirse a la boutique del hotel. whisky sauer y pina colada. Max era rico por herencia y familia.

Al decirle que sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro. ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída. —¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te financiaríamos el curso. Max no preguntó más. quiero estudiar. Regresaron al día siguiente. soportable en todo caso. se preguntó. cerrar los ojos. La misma fantasía había pasado por su cabeza cuando era apenas una niña. la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas. harías prácticas con nosotros. La última noche durmieron en camas separadas. Verónica no regresó sino minutos más tarde. No era en todo caso su dinero. Tenía que poner orden en su cabeza. ¿Le gustaría ir al casino? Por una sola vez. Eres bella e inteligente. sentirse penetrada. pero la suerte era esquiva. ¿Por qué gemía. iluminada por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. dijo ella. Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar. Pensó en todo momento en Leo. Aspiramos a ganar donde otros pierden. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. Soportaba unos minutos al lado de Max y volvía a su cama. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?. —Me tienta más la oferta de Peralta. En 114 . Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior. imaginándolo a su lado. tanto que a partir de la segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento. pienso en él. —Piensas en él. Es una carrera de moda. ¿Durante cuánto tiempo quedaría en su memoria esa imagen del placer. Hablas inglés. ¿Le gustaba la administración de empresas?. —Sí. Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. Soy economista. —¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John Peralta? —No sé. cuando la creía dormida. Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set. centro único de una cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. respondió Verónica. la sintió ir al baño. ¿Cuándo exactamente llegaría Leo?. en silencio. ¡Qué divertido era verter jabón sobre su Monte de Venus. Durante su ausencia. pensaba. Al rato. él black jack. el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. Virginia la esperaba. como silenciosa era explosión de sus orgasmos. podrías hacer una buena carrera. Max escuchó el ruido de la ducha. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de espectadores. sobre todo. ¿Se verían mañana?. besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza. no tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. le recordó. si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía mal? No se atrevió a preguntar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus insinuar que no sería mala idea dormir juntos. cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. siempre él encima de ella. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente en medio de la semioscuridad de la cabaña. preguntó Max antes de bajar del avión. Por un instante. aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo. Jugaba a la ruleta. Lo llamaría. verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de Beatriz? John Peralta la había aconsejado: —Si aceptas trabajar en mi programa. Dejarse acariciar unos minutos. De perder. desnuda. Una ansiedad parecida a la imposibilidad de su orgasmo. Max le dijo que lo mejor sería retirarse a dormir. Demasiado previsible. preguntó él.

—Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le había pedido seguirlos. antes de tomar el puente que desvía la ruta hacia La Calera. le pidió que lo siguiera. ésta no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante. no pensaba llamarlo. por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de hacerlo. le pidió Verónica. Tal vez prescindiera de sus servicios. ¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. Se despidieron de beso en las mejillas. No cometa imprudencias. en sus maneras. El de adelante puso las luces direccionales y giró a la izquierda. El tipo le arrebató el papel de la mano y lo leyó en voz alta: 115 . Si hubiera pedido irse con él a su apartamento. porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro. ¿Quería hacer algo en especial?. lo llamó al día siguiente. Llámeme. No había querido llamar al escolta ocasional. dijo un segundo. Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un golpe intencional en el parachoques trasero. Las luces parpadeantes de la ciudad le hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a sentarse. habría aceptado. También en la discreción. ¿Por qué le regalaba un collar con figuras precolombinas. tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona Rosa. Tengo sueño. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar. Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas. al pie del mirador. La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de Acosta. Upegui leyó. Bajó el cristal de la ventanilla y uno de los tres tipos. Max la condujo en su Volvo hasta la casa. —¿A qué se refiere? —Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios. Upegui nunca se había detenido en el mirador. ¿dónde residía el atractivo de este hombre? En su riqueza. El carro de atrás dio reversa. Cenaron en Pajares. la satisfacción de una curiosidad. si hubiera dicho directamente que quería estar con ella. Pensó que era un accidente. discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. dijo Max. dijo Verónica. si los hombres no se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica. los tres ocupantes subieron de nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento encendidas. Lo curioso y preocupante es que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. Circularon un largo tramo. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. estar al lado de Max no había pasado de ser una experiencia grata. Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. a menos de un metro de distancia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus verdad. Le hicieron señales de bajarse. le preguntó Max. Se quedó mudo cuando otro auto lo adelantó y le cerró el paso. En verdad. Sin embargo.

los canelones estaban exquisitos. El negocio del gimnasio parece ser bueno. La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui sintió crecer a partir de ese instante. Te los devuelvo con intereses. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. ¿Tiene una cita con su socia? No la haga esperar. Hoy vienen a entrevistarme para una revista de modas. Ah. Tomó la carrera Séptima hacia el norte. No le diría nada de lo sucedido. a pocos kilómetros de Girardot. Un buen contrato. a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. Identificó las remotas luces del extremo sur. preguntó ella al notar el nerviosismo de sus movimientos. dijo Upegui. le reprochó. ¿No ibas a traer el vino?. Si le pasaba algo. Apenas comió. Están a su nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. uno tras otro y sin pausa. Virginia lo esperaba a cenar algo en su casa. Comieron en silencio. —Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. la mirada en todo momento dirigida hacia las ventanas que daban a la calle. sobre todo a hombres elementales y misteriosos como Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. pero con el corazón poco a poco entrometido en aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos. era cierto. Raúl Trespalacios había hablado claro. una alianza de intereses. Esas eran las reglas. Pero Virginia era una mujer de intuiciones. —Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. Al estar de nuevo solo. Tu parce. mompa. ¿De qué se trataba. algo que comprometía sus sentimientos. disculpa —recordó—. Más tarde hablamos. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario. lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera como lo estaba queriendo. No me pasa nada. ¿Cómo van las matrículas? —Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. Se me olvidó. dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta indiferencia. Siga su camino y diviértase. —Te noto raro —le dijo ella—. como si le autorizara la partida. Ella misma se había ocupado de la cocina. lo que no había sucedido con Epaminondas Romero. ¿Le pasaba algo?. que acabaría por estrangularlo. Nunca había contemplado la ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado. Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. Un amigo había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel. un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador Roldan. Y Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días. revivió la presencia amenazante del hombre que lo había interceptado. ¿Qué hacía a las seis y media de la tarde. carajo? Conocía a los hombres. ¿Podrían verse más tarde? —No creo —dijo él—. se excusó. conseguiría que le explicara los porqué. 116 . Se alarmaría. A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. No era esta la clase de encuentro que había planeado. un reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche. descendiendo hacia la ciudad. pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. hacía tiempo no preparaba unos canelones de salmón. Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar. Fabián". Bebió tres whiskies. bajó por la calle 93.

Sí. tal vez fuera así. Jacques Brel. Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss. No la había amado. la visita de un político que pedía su asesoría y al que. limpiaba los cristales de las ventanas. vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour. papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias. y una verdadera reliquia: Serge Regiani. Y doña Rocío se lo reprochaba. las cervezas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano. con el respectivo comprobante del banco. había declarado veinticinco mil. las lonchas de salmón ahumado empacadas al vacío. Yves Montand. tenía su propio presupuesto. que prefería de ajo. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no tiene veinte años". Unos tragos con un amigo. Conocía sus gustos. Gilbert Bécaut. Tomaría un baño y se recostaría un rato. lavaba a máquina la otra ropa. Anne-Marie. sus reuniones con el Gran Jefe. por lo general una trucha asalmonada al horno. "La femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". Adoraba una de las canciones de Regiani. Lo extendió sobre la cama. fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. tiempo suficiente para percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa. Entonces. los potes de sopa Campbell. Con el tiempo. el paté de fois a las finas hierbas. Separaba con meticuloso orden la limpia de la sucia. Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera. le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por exigencias profesionales. Vive como ermitaño. Eligió el Versace. Guardó el recibo en su billetera. calcetines y ropa interior. No hacía fiestas. un poco de jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. para su gusto demasiado clásico y formal. diseñaba ropa que copiaba de revistas. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta. ¿Le gustaría a doña Rocío la chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. Leo Ferré. le dijo. las latas de filetes de atún. Leo Pradilla decidió descansar. el tiempo habría pasado como un cuchillo sobre su piel. lo hacían todavía en Paris. por cortesía. se lo estaba preguntando ahora. ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su llegada a París. sólo sus clásicos. perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de plata". ¿Alexandra? Tenía treinta años. Llamaría después a Verónica. recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería. una omelette de verduras o queso. Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso. aquí lo que hace falta es una mujer. No tenía otra misión. Leo no hacía fiestas en su casa. repetía de buen humor. Quitaba el polvo. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. doña Rocío se le volvió insustituible. le hacía las consignaciones o los retiros en el banco. una visita femenina. le hacía una lista de las bebidas que faltaban. Al salir. modificaba algún detalle. al lado de la ropa que sacaba de su maleta. lo regañaba siempre por su vida de soltero. Había declarado el ingreso al país de nueve mil doscientos dólares en efectivo. Llevaba las cuentas de la casa. Pocas veces le cocinaba. de la comida que se agotaba en la despensa. las tostadas. camisas. no ofrecía más que una taza de café y un cognac. Cada día doña Rocío ponía orden. El Galiano era demasiado atrevido. ¿Cuánto le queredaba en el cupo de su tarjeta de crédito? La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias debajo del llamativo patchwork. cuando escuchaban juntos la canción. así que acabó de desocupar la maleta. expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y limpieza. Anne-Marie tenía veinte y él 117 . la botella de vino blanco frío. pero se bebía a diario una botella de vodka.

"Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. muy hermosos. casada con un arquitecto y sin hijos. las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá. La ciudad de sus veinticuatro años era otra. cantaba Jacques Brel. Por mucho que hubiera preferido un modesto hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos 118 . se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época. buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado Noyent-le-Rotrou. Cambiar el mundo. ¡qué disparate! El tiempo. ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida de un publicista de éxito? No había viajado a París a recuperar el pasado. diseñamos y construimos para clientes de Egipto y otros países árabes. Marcelo: la boîte del joven arquitecto. Mathilde. ¿No se había acostado nunca con Mathilde?. Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. Aquí y allá. si tenía hijos o había envejecido a los cuarenta. viajar a la Normandía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veinticuatro. Se sirvió un vaso de vino blanco y. se dijo. el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince. cabecilla de la pandilla. le informó cuando volvieron a cenar en Polydor. Feminista radical. extendidos en el sofá. se acostumbra". dudó Marcelo. no se recupera. magníficas huellas de su pasado. Maderas finas o algo así. De los viejos sueños. con los pies descalzos. le preguntó Marcelo. Complejos de vivienda popular. "Se acostumbra. Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los CRS. el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"). Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. preguntar por Anne-Marie Weiler. Marcelo. nada. Nadie como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. el animoso e intransigente Lucien. no habían visto languidecer los mismos sueños? Alquilar un coche. un carpe diem que lo llevaba a atrapar al vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. le informó que tal vez viviera en la Normandía en una casa de campo. Construyo lo que más detestaba. Eran muy jóvenes. seguían sin embargo las formidables. eso es todo". Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza. Nada había ya de la generosidad del sueño. ¿Quién hablaba hoy de la fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien. El dolor de entonces se había convertido en una amable herida de guerra. hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. ¿se acordaba de Mathilde. su amiga. cambiar la vida. En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el palpitante recuerdo de la felicidad. Había sido feminista. pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo. le dijo Marcelo. estudiante de sciens-po. Casado. ¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con él a Colombia no estaba en sus planes. Se había perfeccionado el lado oscuro de sus pesadillas. La visitaba a ratos en su boutique. le había dicho. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor extraviado. ¿No se parecían acaso. era hoy un próspero estudio con tres colegas y numerosos delineantes. Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a quien la pronunciara. Menos aún el tiempo de la felicidad. su mundo se estaba pareciendo a algo. el amigo chileno. Unos pocos años. No me va mal. extrañas visiones de un feo mundo entrometido en su magnificencia de cristales. separado de dos matrimonios. a quien recordaba como el mejor amigo de la época. Descubrió a Rimbaud. “Uno no olvida. No encontró rastros de ella. Grandes complejos. Cuando se mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe hacer. poseídos ambos por el delirio de la revolución. La buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien. la trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI.

vestido con harapos sobrepuestos a otros harapos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus modesto en la rué de Rivoli—. cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. Como oleadas amorfas. Si iban a alguna parte. aplaudieron el gesto generoso de Leo. Nanterre se incendia. compartían el cuarto de la rue Dauphine. como lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles. El cabinet quedaba en el pasillo. No quedaba una gota en la botella. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. "L'espoir —gritó el viejo—. Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine. No se huía de la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. El viejo miró el billete. lo tomó incrédulo en sus manos. la olfateaba. Una semana más tarde. "Tu aurais pu être mon mec”. parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. atropellándose en las aceras. lo besó. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios. obedientes y en masa. la esperanza ya no existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. la esperanza existía todavía. le repetía la muchacha tratando de besuquearlo. Pensó responderle: no. Todo era ordenado y pulcro. agua caliente y una cocina minúscula. ¡Cómo le fastidió siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar. al otro extremo de la acera. donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. Afuera. ¿No había sido aquí. a unas pocas calles de donde se encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón. vestidos con túnicas de su país. monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces. encore". borracha como el viejo clochard. Leo se zafó de ella. Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a AnneMarie. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. Dos inmigrantes africanos. "Hubieras podido ser mi hombre". Leo le arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos. lo enseñó a la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella. sin rumbo fijo. en uno de estos bancos. ¿Estuvo antes allí el restaurante de comida rápida. Las clases de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir 119 . ça brûle. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. esperaban el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban. de expresión adusta. Vagabundeó en cambio por el barrio. Para el viejo vagabundo. ça existe. no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las consignas sino seres apresurados. uniformados en la misma moda. dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban unas pocas monedas. un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. Una de las paredes estaba decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara. ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Tres mil. de nariz rubicunda y rasguños en el rostro. Nanterre. como lo repetían las imágenes de la televisión de cualquier ciudad del mundo? Leo se inclinó. habría que hacerlo en baños públicos o ir a casa de amigos. Si le daba otro en un gesto de generosidad extravagante. cantaba a la entrada del metro una canción obscena. acompañaba en coro destemplado sus obscenidades. el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. en la calle. Una joven esquelética. le había dicho ella. Leo no esperaba nada especial de esa elección. ¿Cuántos años habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco? Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo. Compró una botella de vino tinto. dijo. una baguette. Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india.

quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. paramilitares. Bonita casa. Pero el tipo no quería papeles sino trescientos mil dólares contantes y sonantes. masacres. preguntó por preguntar algo. Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante. no muy lejos de Alençon. Hoy. de todas maneras era una suma invertida 120 . Otras palabras hubieran salido de manera automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína. Leo había escuchado los discos de Brel. poca ropa de rebajas. propuso desesperado. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad de anfitrión. desde donde medía la distancia de veintiún años. un mes. ¿Hipotecar el gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. A la medianoche. Venía de la Normandía. le dijo. Deseaba acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada. le dijo a Trespalacios. café. le había dicho el tipo al bajar de la camioneta. Camilo Torres. guerrilla. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire. Pablo Escobar. no le pedía más que un mes. le dijo a la chica. el rostro de una joven de largos cabellos rizados. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Era tarde para llamar a Verónica. dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país que él acababa de nombrar. Los creía olvidados. el imán que atrajo a la chica de la mesa vecina. empezaron a pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía. veinticuatro años atrás. carteles. cuando Upegui estacionó el carro en el garaje y le pidió que pasara. ¿Qué leía en el Café del Odeón mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire. Aimez-vous Apollinaire?. el ácido olor de un pullover. Le daba apenas una semana de plazo. Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. aplastado por la modorra. ¿Cuánto puede valer esta casa?. No más de ciento cincuenta mil dólares. ¿Y el resto? ¿Tomaban algo?. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las acciones de Acosta a su nombre. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle. Y los dos hombres que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No. Lo mejor sería retirarse a dormir. ¡se vivía con tan poco! Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. Trabajó de mesero en un bar del Marais. de Colombia. Necesito esa plata. traducía al español documentos burocráticos. Yves Montand y Leo Ferré. trabajaba en lo que saliera. de un pequeño pueblo. preferiblemente frente a la iglesia de Saint-Germain. Venga y conversemos. ¿Latinoamericano? Sí. Que no lo creyera imbécil. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día. el tipo no quería plazos. Sería la primera en oponerse. Esperaban nerviosos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sin quejarse. le repitió. Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días. Extraños y ajenos después de haber escuchado las canciones que. le había preguntado ella. ¿Y ella? Estudiaba Bellas Artes. sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional. comidas en restaurantes universitarios. pensó Leo desde el sofá de su sala. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia. calculó Upegui. Upegui podría haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato.

Ni un día más. Llamó a Virginia al gimnasio. No podía pasar a buscarla. tarde o temprano. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle ninguna explicación. Al abrirlos. le dijo a Upegui. el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. Upegui pegó un salto en la cama. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el candidato a la Presidencia en la tarima. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche. que la única persona que sabía de su regreso era ella. acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio? Se levantó y miró por la ventana hacia la calle. la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que Leo no había llamado a nadie. su silencio durante el viaje. pagada la hipoteca. se aseguró de que las ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas. ¿Qué hacía Virginia a esas horas. la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a Upegui. la preocupaba el sentimiento que 121 . Cerró los ojos. Apagó el televisor. —Mataron a Galán —dijo al entrar. —Estoy con Leo —dijo Verónica—. Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería por sorpresa en su casa. Vestida para salir. saldrían y cenarían en un restaurante. A unos pocos metros. Llovía desde hacía media hora. como si buscara en aquella tediosa continuidad de programas el somnífero que deseaba. Le hizo un saludo agitando las manos. guarecido dentro de su garita. Galán asesinado. Si subía a la segunda planta y se acostaba. Dos semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. el mundo no sólo era estrecho y oscuro sino amenazante. Tenía que decirle la verdad. protegida apenas del aguacero con un paraguas de colores. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. en la esquina. Medía hora después. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su linterna. Conocía comportamientos extraños. abrevió. Un flash informativo atrajo su interés: acababa de morir Luis Carlos Galán. y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su casa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el negocio. No la preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo. Mientras mantuvo los ojos cerrados. Pese al aguacero. Verónica no se molestó con la excusa de su madre. Decidió llamar a Verónica. Su comportamiento era demasiado extraño. cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. asomándose por la cortina entreabierta cautelosamente con los dedos. un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La Calera. no estaba seguro de poder dormir. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían podido salvarlo. ¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla. sus escoltas disparando hacía ninguna parte. Sentía miedo. ordenó al vigilante de la garita estar atento a cualquier movimiento extraño. no me mientas. —Una semana —dijo el tipo—. llamando a su puerta. Tranquilizada por la hija. Al verlos salir. Me invitó a cenar. miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse en segundos. Nada le dijo a Upegui esta muerte. alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta. el cuerpo que se desploma. ¡Y ese maldito aguacero! Ahogaría cualquier ruido de la calle. Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco. fascinada con el vestido de Versace. Seguía desde hacía rato la televisión sin concentrarse en la programación de ningún canal. les pertenecería sólo a ellos dos. ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta.

le dijo. ¿Qué quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. Más que él. parecía haberse abierto en ambos la rendija del afecto mutuo. la pusilanimidad que le atribuían. Acosta trabajaba con plata ajena. Y aunque no existiera documento alguno — añadió— hubiera bastado la palabra. y en muchos sentidos temía. el fracaso de sus amores. La inversión de Acosta. Upegui era mediador en turbias operaciones. Lo ignoró al conocerla. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y cobardía. la bajeza de sus negocios. ¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían hablado de la relación. como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él. Y lo siguió ignorando. —Me están amenazando. su soledad impenitente. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. en la intimidad y en la manera de vivirla. que en algún momento. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la inversión en esmeraldas exportables. un hilo delgado por el tamaño de su colaboración. Le explicó lo que ella sabia. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales. Sin ti hubiera sido un negocio más modesto. los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que. No tenían créditos pendientes. —Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. Y éste descartó la posibilidad de pedirle que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. las mismas que ahora le hacían temer por su vida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en las pocas semanas se había convertido en cariño. Temía la reacción de Virginia. ¿Qué hacer? Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. los en principio inciertos y ahora fuertes hilos que la vinculaban a él. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. —¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. pero un hilo que se empataba con otros hilos del entramado. sabiéndose obscenamente célebre y al mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. —Acosta no dejó documentos. Todo se había pagado en efectivo. —Dejó uno. El tipo que le reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa. Derivaban su poder de un inflexible código de lealtades. Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos. —¿Qué quieren? —Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. además de constructor. encontrara un hilo extraviado. Le explicó de qué documento se trataba. era ella la que había encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones. ¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos. Todo lo que tenía lo invertí en esto. Lo estaban acorralando. No pudo seguir ocultando su situación. 122 . La plata no era de él sino de uno de sus socios. ¿Sabes una cosa que mi hija no sabe? Hipotequé la casa. le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación con Epaminondas Romero. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. No veía una solución inmediata ni satisfactoria.

—¿Dónde lo conociste? —En la casa de Fabián Acosta. ¿Quería que lo acompañara? Lo pensó unos segundos. Acosta siempre fue un problema —dijo Virginia al pensar en Beatriz—. digamos de clase. que se quedara. Sabía quién eras antes de conocerte. Verónica regresaría tarde. No sintió piedad por el hombre que. Supe de tus amores con el senador Roldán. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de mi amistad con Epaminondas Romero? —Siempre lo supe. por lo visto. —Para nosotros y para esa pobre muchacha. regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a una mujer. Se quedaría. atrapados en el centro infernal del círculo. nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó Upegui. al suspender sus sollozos. que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno y muchos hombres de su círculo. No es un tipo. Cuando el tipo la llevó a conocer la casa regresó horrorizada. recargado de adornos. así sería menos terrible saberla a su lado. Vivió en Nueva York y creo que en Atlanta. Por lo que sé. imploraba con la mirada un poco de compasión. Amparo tiene sus escrúpulos. No le ha ido mal. La misma Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe. trabaja solo. —Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo. 123 . Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. que te jugaban a las cartas. Se da la gran vida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. Upegui y ella. Llámame un taxi. —¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en sus cuentas o en las cuentas de sus socios? —No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. Si había una salida. sería un salto por la tangente. Pero ése no es el problema. pero Virginia no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro de su mente. —¿Lo conocía Beatriz? —Posiblemente. —¿Quién es el tipo? —Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo. ni se deja ver en sociedad. que el ganador tenía el privilegio de irse contigo. —¿Lo adivino? Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui. —Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui. Tal vez consiga la plata en el plazo que me dio el tipo. Tampoco ella podría resistir la sensación de estar sola. —Voy a dormir a mi casa —dijo—. tal vez la amara más. Dentro de todo. se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades. ¿En cuál solución has pensado? —En muchas y en ninguna. si es que regresaba. aunque le pagaran en oro. Quería que Amparo Consuegra le decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas.

Podría haberse mirado en el espejo de la ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el curso de los años ella y la ciudad. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo. Yo mismo soy. Los enseñamos a admirar el original y les vendemos la falsificación. No importaba que Verónica encontrara extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos. Hace veinte años hubiera despreciado el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. —A las mujeres ricas. en muchos sentidos. para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. dijo. Habló de los grandes símbolos del lujo. —Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y. de esas diosas subalternas y trágicas. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y decadencia. pero lo consumían en el espectáculo efímero de la belleza. La ropa de marca se vende en grandes almacenes. —No entiendo lo que quieres decir. dando un salto en el tiempo. un hombre y una mujer se encierran a admirar un diseño de Versace. Sin pudor. Espléndida. magnífica. Pieza maestra. Esta noche asesinaron a Luis Carlos Galán y. sugiriéndole que se pusiera de pie y diera unos pasos por la sala—. vieras quién soy ahora. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia! Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada. ahora somos impostores. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Espléndida. —Y a las pobres. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo. Le están dando a las mujeres la medida exacta de sus fantasías. Fuimos auténticos. el implacable efecto del tiempo. como de ellos. repitió burlándose de la calificación dada al vestido. Y sentía celos. Mírame ahora: después de haber despreciado a los ricos. —Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio. Ella lo escuchaba. —¿Quiénes? —Los diseñadores de moda —dijo Leo—. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. El tiempo de la gloria duraba poco. No buscó a Anne-Marie para recuperarla. El vestido y la mujer eran el símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. le confesó Leo—. como Beatriz. había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. con el calor de quien la 124 . Verónica se había desnudado delante de él. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el propósito de satisfacer la demanda de los pobres. vivo rodeado de ellos. minutos después. —¿No eres feliz? —No —dijo Leo—. de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los productos dietéticos. miento por ellos. ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. —Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo.

agitando tos cabellos. cerrando los ojos como si siguiera letra y melodía. —A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella. Se quedó inmóvil. incapaz de responder al instante a la exigencia—. Nunca iba más allá de la exaltación de su propia lucidez. un liviano vino tinto de la Toscana y un aguardiente seco de manzana con el café. por ello propuso regresar a su apartamento. pero no toleraría sentirme envejecer al lado de una mujer joven que un día me despreciaría. descalza. Frente a Leo. Pero la experiencia no sirve de nada: se cometen siempre los mismos errores. Me ha estado enseñando a vivir como rica aunque nuestro bienestar. —¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del sofá—. caminó unos pasos y lo enfrentó de pie. supe que mi madre. Perdí a mi padre a los diez años. —Para ella han sido demasiadas. ¿Lo desafiaba? —Quiero oír otra vez "Lady is a tramp". Y la compadecí por ser lo que no quería ser. Amas el deseo de amar. son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. que se exhibió desnuda. —Todos.. si se puede llamar a esto bienestar. si son bellos. Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda. molesta por la frase que Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París. con lentitud. — Siéntate donde estabas —le pidió ella. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido. girando sobre sí misma. Leo sentía aún la fatiga del viaje.. —Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en los cabellos—. Bésalos. sólo soy un hombre con experiencias. creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. —No soy sabio. venga de sus humillaciones. —Me asusta tanta belleza y juventud. Por fin pudo obedecer y lamió los pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. Un humor cruel. —Tú no me amas —repitió—. ya tengo diecinueve —alzó la voz. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. —Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la superficie de cuero del sofá—. hecho con el juego de las palabras que salían como agua de un surtidor. acercándose con los brazos extendidos. Yo podría amarte. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido a cenar juntos. —y se detuvo. —¿Qué supiste de tu madre? —Que era una puta de lujo —dijo en voz baja. en algún momento de nuestras vidas. dándole la espalda. decidió quedarse así. Lo supe aunque ella me lo ocultara. Acaríciame — 125 . No llevaba ropa interior.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus protege en todo instante. con ese tono y ese dolor? —Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo. como de confesión íntima—. —¡Pero si yo te amo! Además. Verónica empezó a bailar sola. Movió los hombros y el vestido se deslizó hasta caer a sus pies. Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra. ¿Por qué le hablaba con esa voz. No puedes amarme. a la expectativa. conocí la pobreza. aceptamos alguna clase de humillación. quieta. La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar. como una hermosa esfinge sin vida.

la música que había cesado. porque a veces desesperaba en la imposibilidad de conseguir lo que deseaba. No hablaron. Es increíble tiene vida propia. sollozando. los muebles.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exigió echando la cabeza hacia atrás. ¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es mujer. Buscaba. lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. Gritó. saltar sobre las barreras que le imponía su cuerpo en instantes de desesperación. como si la debilidad del cuerpo fuera otra clase de derrota. Cuando él subió encima de ella y besó su boca. Leo se levantó hacia la nevera. y se movió con cadencias sosteniéndose con los codos para seguir mirándola. donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la lengua. hasta que encontró el pequeño pistilo erecto. ¿Dormimos? 126 . supo que era el esperado. muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. No le había hecho el amor. ¿Dónde lo aprendió? Seguro que no con un hombre. cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y sin vida. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. Subió la pelvis hacía el tórax. Espera que le haga el amor. Se había dejado conducir por ella. como se agarra el náufrago al madero. Verónica gritó. Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. Si Leo insinuaba alguna iniciativa. le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. ella de espaldas. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella quiera. exploraba rincones. obediente y sumiso. Lo está consiguiendo. Ella empujó la pelvis y en pocos segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. Te quiero mucho. ella lo repelía. la opacidad de la luz. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la madurez. como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima del otro. —Chúpame —ordenó—. —Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos. con lentitud sin esperas. sirvió dos copas y se sentó al lado de la muchacha. Tal vez hubiera algo de rabia en la brusquedad de sus gestos. los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba suavemente. La sala. abrió una botella de champaña. un grito que se parecía más a un maullido de gata. Sólo el sexo entrando y saliendo. inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. mojada y cálida. Se derrumbó sobre el cuerpo de Leo. No dijo una sola palabra. quizá el deseo tomara la forma de la rabia. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de Verónica. Leo pensó que en Verónica actuaba el orgullo ofendido. Lo desnudó de prisa. Tal vez. Ambos cayeron sobre la alfombra. ¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo. —¿Sabes una cosa. Gritaron juntos. aquí está el maldito secreto. —Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja. él encima del cuerpo que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. todo había dejado de existir. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. La champaña se mezcló con el sudor. Quedó encima de él. Si intervengo le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. generosamente abierta. con languidez. Méteme tu lengua. Leo temía hacerle daño con sus dientes. se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil. como si acabara de nacer. Se sintió débil. la decoración del entorno. Chúpame el coño. No puedo hablarle. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado. —¿Qué hora es? —preguntó ella—. Penetró la morada húmeda. Elegía cada paso y movimiento. sentada sobre su vientre. Huele a talco se echa talco en el coño.

Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias. Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos, mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes, por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo. —¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina. —Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café? —Un tinto y un jugo de naranja. Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar. —¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la camisa de polo. —Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre. Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada. La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta. Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui. —Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana. Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió una extraña inquietud. Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo? —¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo. —En ti. —¿Qué piensas de mí? Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla. —¿La quisiste mucho? —Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida. —Dicen que has tenido muchas mujeres. Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda. —Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros. Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.

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Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera. Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose. Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él. Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca. Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.

Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica, como si trazara un puente de una orilla a otra. ¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto. Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares. —¿Con quién hablabas? —Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones. —¿Yances? —¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de ganadería en los Llanos. Me debe un favor. —¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a quien acusan por la creación de grupos de autodefensa? —Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los secuestra. Tienen que protegerse. Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio. —Te llamo después de almuerzo. No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella. ¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes, adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los

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permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo? Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre? ¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de campo en la sabana. —El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui. —¿Tanto? —Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y usted empieza a vivir en paz. —Le pago con un cheque al portador. —No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático, pensó Upegui. —Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco. Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo. Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso. Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos, exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima. —¿Dónde recojo la plata? —En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui. Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La

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Trespalacios no pensó en Upegui. Virginia ignoró siempre los motivos de esa cita. Eugenio de Jesús Ríoseco. le ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. Alguien del negocio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. Ando buscando uno con la firma de Vicente. Si me van bien en las cosas. don Raúl. —¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios. El gonorrea de Blásquez. Se sirvió de la cuenta del gimnasio. por faltones. ¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández? —Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. hizo el cheque y cobró los veinticinco millones. El tipo del mandado. el desenlace de su propósito. a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento. —Te doy mi palabra. en la que tenía firma autorizada. Demasiado débil. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su trabajo. La vida sí es muy rara. —Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. demasiado incapaz de sacar las tripas y mostrarlas. recordó. Y Upegui desconoció la astucia de su enemigo Raúl Trespalacios. Fue al banco. 130 . —La mitad ahora. Había querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla. esa no es manera de largarse. Tengo la mejor colección de sombreros mejicanos. —Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares. ¿Se acuerda del viejo? Se moría con los mariachis —se quedó pensativo—. aunque esté un poco viejo. demasiado cobarde. hay partes en las que se escucha un chirrido. conjeturó Trespalacios. olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario. —¿Nos conocíamos? —No sé si usted a mí. la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo compromete. Si se le antoja. —¿Quién es? —Ni pendejo que fuera. El asma se me alborota cuando hablo de negocios. ¿no le parece? Morirse metiendo perico en un motel con una puta y un travesti. Podía ser el gonorrea de Blásquez. pudo haber pensado. La cinta tiene ruidos de la calle. —¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. ¿Ve la venntaja de usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta. quizá. Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver. puede hacer morcillas con el muñeco. El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos. El negocio promete. venirle con el cuento de que no eran cincuenta sino treinta. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos mil pesos. las intenciones de Upegui. Yo sé que usted es un hombre de palabra. ni marica que fuera. pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. —¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme? —Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. Uno tiene su experiencia. sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel. te lo compro. Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres. después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. Los tenía en su caja fuerte. y también una grabadora. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador al sentir que la respiración le faltaba—. Si tenés uno original que yo no tenga. —Te pago los cincuenta en dólares. se puso en contacto con Trespalacios esa misma tarde. No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Ando en esas. —Tranquilo —dijo Ríoseco—. tratar de atrapar a una serpiente por la cola.

¿Disparar en pleno día. en medio del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde? Su cabeza cayó sobre el volante. conocí a la hija de la vieja. Confiaba en la palabra de Trespalacios. Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa— y hacía el alto en el semáforo de El Castillo. Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento. Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de papel de manila. el recomendado de Yances. adelantando a los vehículos que. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo difuso de impresiones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del gimnasio. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Como siempre. No contó el dinero. le quedaban tres días para devolver el dinero. fresquita y muy de la jai. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. Amueblar y decorar un hotel y un conjunto residencial en tierra caliente. Le tenía un negocio. los tipos caminaron hacia el vehículo y siguieron disparando. aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta. valía la pena. la competencia debe temerme a mí. respondió. Regresaron a la moto y emprendieron la fuga hacía el norte. —Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios. Y Upegui había tenido el presentimiento la noche anterior. Había mucha plata detrás. ¿No se comía a una vieja como cuarentona ella. muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. de pasadita. su mediación costaba el diez por ciento del contrato. Había dado una entrevista a un programa de televisión. Una noche. sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su carro. ¿Le temía a la competencia? No. ¿Cómo se le había ocurrido abrir este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo. al escuchar el tiroteo. No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui la llamara. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco. Alcanzó a ver la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este costado de los cerros. Mi amigo Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas. Virginia conoció la noticia en la noche. Pero la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. ¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas. los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. No valen de nada los presentimientos. Con sangre fría. 131 . no podía conciliar el sueño. como si acabaran de encender fuegos pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos. ¿A personas de qué edad estaba destinado? No había edad para mantenerse en forma. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. los viejos para lucir menos viejos.

era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. así que no va a romper su palabra. ¿Don Javier? ¿A ese señor tan bueno? —No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Teresa. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. La presentadora debe tener veintidós o veintitrés años. Algo muy horrible. pero era Javier Upegui. Castro. Si insistes en entrevistarla. vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la empleada. natural de Pacho. más aún. Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. no acepto tu oferta. alcanzó a decir a la empleada. añadía la presentadora. sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. Van a pronunciar su nombre. Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas. calculó Verónica. Dile que se haga negar. Un profesional de vida correcta. sórdidos episodios? —Espantoso —dijo Leo al abrazarla—. que podía tratarse de otra acción criminal perpetrada por el narcotráfico. te mando a la mierda. Mataron a Javier. Los delincuentes se habían dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—. ¿qué sucede niña?. que le aconsejara no dar declaraciones. sin poder responder a Teresa. Upegui. temió Leo. pensó satisfecho. listo para salir. La llamaría más tarde. —Espérame en tu casa. Nada más. Ven de inmediato a casa. conocido constructor. inaugurado recientemente. Cundinamarca. debía negarse si preguntaban por ella. John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia para el noticiero de las nueve.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica. lo vinculaba como accionista de un spa. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión de nuevos. Omitieron el nombre de Virginia. Leo volvió a llamar. se preguntó. tomada el día de la inauguración del spa. Se desconocían los móviles del crimen. el director. me prometió que evitaría mencionar a Virginia. la jauría de los periodistas estaría ladrando en la puerta del gimnasio. Le dije claramente: si la entrevistas. acribillado por sicarios en la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. Nada diferente a tantas y tan cotidianas escenas de coches perforados a balazos. sin responder a sus propias. conocidos o anónimos. con el cuerpo abatido por ráfagas de revólver o subametralladoras. En pocos minutos. repitió Leo. Verónica cerró los ojos. Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado. Nada diferente a tantos otros hombres. Todo indicaba. ¿qué pasa?. se dijo Verónica. Usaron las tomas de la inauguración del gimnasio. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en público. Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. 132 . No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—. Los hechos habían ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. ¿Me oyes? Ven a casa. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el volante. No había salido elegido. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui no tenía antecedentes penales. ¿Por qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la puerta. ¿Se había comunicado con su madre? Si hablaba con ella. Había figurado tres años atrás en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio Yances. uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital. Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas. Al abrirlos. ante la mirada impávida de los testigos. Verónica no alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui. que prendiera el televisor y viera las noticias. ampliamente registrada por los medios de comunicación. por el modus operando de los sicarios. Restos de cristales sobre la silla delantera. a quien Leo Pradilla llamó diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. ¡Quién va a saber!.

las invitás a rumbear. no te rajes!. —No salga. Si vos estás en condiciones de regalar una moto. Se dirigió a pasos tranquilos hacia la otra habitación. La muchacha pasó de nuevo del baño hacia el cuarto. tengo visitas —gritó—. la conseguís en la calle. dio unas zancadas y cerró la puerta con disgusto. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. Esos chochitos andan locos. La caja fuerte estaba abierta. se habría escuchado el ruido en la sala. que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto. Tomó uno. Eso es lo que se sabe. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta. Desde la sala podía verse uno de los dormitorios. hermano. Arqueó una ceja y los tipos dispararon sobre el cuerpo de Trespalacios. Se conoce tarde y mal a la gente. zas. —Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. A Ríoseco le llamó la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. —Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco. ¿Se toman un trago? Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. Una chimbita. Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda. Todo. Traía la grabación con la voz de Upegui. seguido por dos de sus hombres. Desconozco lo que no se sabe. componía una comparsa de seres enmascarados. la vida social y pública. ¡Ay Jalisco. Trespalacios en persona le abrío la puerta y lo invitó a pasar. Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente. mamita. Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas. sus personajes y héroes. Nunca pensé que fuera esa rata hijueputa. Un día se quitarían o les quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas. posiblemente camino del baño. Seguían el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. no habría podido escuchar los disparos hechos con silenciadores. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó hasta la cólera escuchar la voz de Upegui. te comés las hembritas que querás. Si preferís una de catorce. en cambio. —Mi madre debe saber quién era realmente Javier. Fotos de Trespalacios al 133 . se lo encasquetó e hizo un cómico ademán. Y contó los billetes hasta que se cansó de hacerlo y dio por correcta la cantidad. le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el noticiero de televisión. caminando hacia la sala de la casa—. una hielera y un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos en la página donde se registraba la muerte de Upegui. Me costó una moto nueva. hermano. se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo de billetes. Trespalacios le pidió que esperara. no sería a causa de la muerte de Upegui sino por la estrecha relación que lo unía a su madre. Les compras ropita bien bacana. Ella. abren las páticas y el chocho. cantó. pensó la muchacha. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías. les regalás algo y. Trespalacios. ¿Qué disparate era éste? Un maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Quién era en realidad Upegui? —Un constructor —dijo Leo. Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado. Embolsilló el fajo en su chaqueta. pensaba Leo al ver el rostro de preocupación de Verónica.

quítese ese sombrero. Sin prisas. hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. Ni siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso. dilataba los plazos. no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus emociones. Trespalacios es cadáver —y colgó. —América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lado de músicos y cantantes. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. Si se conjetura y se acierta. diligente organizador de grupos armados de autodefensa. envanecido por la precaución. No seamos pendejos. Y yo del Santa Fe. propietario ganadero. Cuando alzó la vista. ¿Puedo? —pidió permiso para llevarse un sombrero. dijo el otro. espere que corone en un negocito. güevón?. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex parlamentario. ¡Nos empataron. Por si acaso. Y se tapó el rostro con la ruana—. ¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era Ríoseco. Vea qué bacanería. patrón —repitió el tipo. ¿Por si acaso qué. Un cactus gigantesco. —¿Qué hacemos con los de abajo? —Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un bolsillo de su chaqueta. Esas ruedas sueltas estorban. el tullido ése botó el gol. se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un mafiosito de poca monta. Hojeó los tres pasaportes y se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios acababa de pagarle. patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal. podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. ¿no ve que parece un payaso? Decidieron bajar por las escaleras. respondería con plomo a los requerimientos. Sacó la cinta del equipo de sonido y se la pasó a uno de sus muchachos. No era mucho. ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. patrón —dijo. el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los visitantes. Si se dejaba ganar ventaja. —¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. gol! —gritó. Duerma tranquilo. metió la mano en la caja fuerte y sacó lo que encontró. —¡Ah. ¿Vos sos del América o del Cali? —Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un televisor en blanco y negro. gol. Un cactus gigantesco de plástico. Uno de ellos dijo que era de Millonarios. —le preguntó Ríoseco. el más pequeño y vistoso de la colección. se sobajeó las manos. Lo tocó. casi rozándolos. —¡Gol. —¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. Volvió a poner el sombrero en su sitio. En los tres estaba estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos. Por si acaso. Se lo sirvieron en bandeja. carajo! 134 . Desde el mostrador de la recepción. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos tocados por el asmático. Va la madre si no nos traemos la Copa. Y usted. Hizo una llamada. —Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. Cada uno de espaldas a los escoltas. Mi Santafecito del alma. se envalentonaba en cada excusa. y un mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido.

¿Cuál es entonces tu preocupación? — encaró a Virginia. pero Acosta y Upegui eran socios. todo misterio se resuelve —dijo Leo—. —Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios. ¿Quién mató entonces a Trespalacios? ¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se relacionan. Me está jugando sucio. invertí mis ahorros. en el fondo. Furiosa e indignada. Espera que se calme. evitando inmiscuirse en un asunto de familia. —Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. Miró fijamente a Leo. —Nunca lo había visto. se dijo Leo. Era el capital de su participación en nuestra sociedad. —La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares. Vendí mi BMW. ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo. La llamada de una periodista no se hizo esperar. A la distancia. hipotequé. barajar y descartar hipótesis. —Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad. —Explícate. Un sujeto llamado Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. —¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica. —se detuvo. Al parecer.. —Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. estaba protegiendo a Verónica. dos de sus escoltas también habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa Libertadores. dijo ésta al colgar. al cambio de hace tres meses. Y recordó la advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia. Del noticiero. ni siquiera lo conocía. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte. tu socio secreto. Javier era muy misterioso con la plata. Virginia y Leo se miraron. —Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. le dijo a Verónica. Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la discoteca de La Calera. Relacionar los crímenes.. el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza? —¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia. Trespalacios. ¿De dónde? Dile que no estoy. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios. que era posiblemente la plata de Trespalacios. motivos no le faltaban para estarlo. si tus periodistas insisten en entrevistarla. Las tres muertes se relacionaban. —Puede ser —fingió Virginia—. balbuceó Virginia. ¿Por qué Virginia se negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. —¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar. no se ve por ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. le quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo. 135 . Leo seguía las reacciones de Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios. Protegía a Virginia pero. —Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica. ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. —¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio? —No podía hacer otra cosa. —Tarde o temprano. vendí mis joyas. Ni que trabajaba con la plata de Trespalacios. Upegui mandó matar a Trespalacios y éste se le adelantó. La plata de Acosta. la actitud nerviosa con que apagó el televisor al final del informe. Verónica creía reconocer aquel rostro. —Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui.

por ejemplo. —No te estoy culpando de nada —le dijo. Si acepto dirigir el programa que me propuso Peralta. cambiarías de idea. como le cayeron a Beatriz. Ésa es la diferencia. conscientes de su belleza. Por ahora. Somos amigos. No me ensucies el proyecto. Soy el amigo que nunca ha tenido. Pero ése no es el motivo que me lleva a protegerla. Era demasiado sensible al melodrama. Leo les dio la espalda. En muchos sentidos. Leo sabía de qué hablaba. Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que mantenía con todo aquello que le desagradaba. el camino más corto hacia el éxito. el melodrama de ciertos lugares comunes. Sácala por un tiempo de tu vida. recordaba la decisión irrevocable que las llevaba a elegir. Leo apartó la cara. buscaba dinero y gloria inmediatas. Pagaban el precio que les exigieran. —Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones — pasó a la ofensiva. necesito que Verónica se prepare. vas a vivir en mi casa. la voy a llevar a vivir a mi casa. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para evitarnos la humillación de seguir siendo pobres. —Tú sabes lo que quiero decir. por supuesto. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus oficinas. —Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó. —Así que mi hija encontró al padre que no buscaba. —¿Quién le va a caer encima? —Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. Si ella está de acuerdo. —¿Son amantes? —¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. tú y yo nos parecemos. se acercó a Virginia y la abrazó con timidez. Los lugares comunes. —Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. —Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. En silencio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia. ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. Virginia trató de darle una bofetada. Mientras escampa este aguacero. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable. No pensaba en las razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio. Se había calmado. Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga ni mucho menos a su madre. si da la talla. Prefería evitarlo. Un cuarentón comiéndose a una niña de diecinueve. —¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. Verónica descendió las escaleras. Juegas con ventajas. No vas a vivir conmigo. —No quiero. Leo. tomándola de una mano—. que haga un curso intensivo y sea una de las presentadoras. Si eres capaz de concebir que hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta. —No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella. por ningún motivo. —¿En el apartamento de Leo? —Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. 136 . —¿Como la pobre de Beatriz? —La pobre Beatriz y tú se parecen. molesto por las recriminaciones de Virginia—. —Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre. Le van a caer encima. —¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta.

Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y comprenderlos. Te advierto una cosa. pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más ingeniosos y agresivos que él. el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la tarde. Se refería a Isaías Bueno. Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco millones. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones quinientos mil pesos. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. Heredaría un cadáver y una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia de esta hermana. Era un golpe duro para su empresa. Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera. Además. Asistiría al sepelio de Upegui. si había hecho algún esfuerzo para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. 137 . necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. como si en el hecho de evocarlos involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del gimnasio. había conocido a Upegui. como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de Acosta y Trespalacios. Llamaría al gerente del banco. Upegui no figura directamente en la sociedad. se mostró siempre grosero. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?. Una hermana menor del difunto se había encargado de los trámites. porque Romero no simulaba ser lo que no era. Madre e hija escucharon la advertencia de despedida: —No le mandes periodistas a Virginia. No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales. mucho más. Por momentos. Y una buena colección de videos. Tengo que hablar con el Gran Jefe —le dijo antes de colgar. Se corta con cuidado el pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. en realidad. se sentía espectadora/protagonista de una película incomprensible. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con televisión. No se retiraba de la publicidad. a medida que reconstruía inconexos episodios de su vida. Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los pómulos. —¡No es posible! —se alarmó—. Otra cosa: tengo televisor pero también tengo biblioteca. ¿Estaba seguro? Sí. se exhibió como era. Te espero mañana por la mañana en mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—. ella era la protagonista pero. se perdía en ellos como si fuera una extraña. —Cuando una fruta empieza a pudrirse. Virginia durmió hasta tarde.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los motivos de su generosidad. Empezaba a preguntarse si. No lo había hecho. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. le dijo a Virginia. Perdía a su mejor creativo. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa. Se había quedado en la superficie de las apariencias. madre separada de tres hijos. Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. sabía vagamente de su existencia. no soporto el desorden. Además. no se bota a la basura. Correría con los gastos de la funeraria. Una ceremonia discreta. parecía estar preguntando Peralta—.

¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. Quedaron de verse al día siguiente. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre. ella y Leo. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía hacia las clavículas. Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. leyó una y otra vez el papel de la hipoteca. el orgullo de saber que las cosas marchaban como lo había imaginado. improvisar parlamentos. ordenó a la secretaria. en otra. Verónica a los doce años. se dirigió a la funeraria donde velaban a Upegui. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes. El maquillaje no podía disimular las ojeras intensas. Se quedaría hasta el cierre del gimnasio. dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados con la misma cuerda. Virginia salió de su oficina hacia el salón. Diría después que nunca se había imaginado funeral más patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. Viéndolo bien. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana siguiente. pero sintió que se perdía en un laberinto de números. Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. Observó todo como si nada fuera el resultado de su obstinación. Examinó documentos. Estaba ordenando sus cosas en el closet. A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria. Un poco antes de las diez. Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. Virginia. Leo dirigiría las pruebas de cámara. con John Peralta. se sentía ridícula al recordarla. La emoción de los días anteriores. recibía las condolencias de los escasos asistentes. Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral. ensayar entrevistas. vestida de negro. le decía a Virginia. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. A Virginia le llamó la atención la silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo aplicaba en la boca. Lo hacía de manera automática. Una mujer de aspecto humilde. a diario y siempre pendiente de todo. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. cotejó cifras. extendió sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad. ¡Quién iba a pensar que reaccionara de esa manera! En todo momento.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica salió de casa con una maleta. muerta del susto sí estaba. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les 138 . me cedió el cuarto de huéspedes. no sería fácil. tendría que hacer ejercicios de lectura. Ordenó los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de consignación. ¿te imaginas?. Pensó en Verónica. No guardaba fotos recientes. El único que la visitaba era Frank Rueda. en el otro la pista de aeróbicos. con rigidez de palo. Recibió una llamada de Verónica: cenarían. Reconstruyó confusamente su conversación con Leo Pradilla. No lo hizo. pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la indiferencia. ¿No era ridículo haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos fotografías: en una. ninguna vergüenza en su conciencia. No me pase llamadas. Los últimos clientes terminarían a las diez de la noche. someterse a pruebas de maquillaje. En un extremo las máquinas de ejercicios. el día de sus quince. que algo parecía estarse marchitando ese día.

Como si acabara de pisarlo y el deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos. Si una mano criminal incendiara y destruyera lo que la rodeaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. 139 . —¿Frank Rueda. ¿Pagando cómo? Con plata y mucha simpatía. No. ¿Le llamaba un taxi?. preguntó la secretaria. alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha del futuro. En las pausas. ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama. notar su tristeza. Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. la prosperidad o el éxito. le presento a mi amiga Verónica Oropeza. se imaginó como una sonámbula recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio. endurecer el vientre y las nalgas. la visitaba casi cada día. desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones. el Gordis? —preguntó Verónica. Las luces de los salones se fueron apagando. Era la muñeca de porcelana que nadie toca por temor de romperla. Caminó hacia las duchas y admiró la belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. si los alcanzaba. Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. pero cruzó instantáneamente por su imaginación. Una sonámbula. se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable. alguien vela desde fuera por mi seguridad. pobrecito. sentiría más liviano el peso de esa noche. no era el Gordis. tenía que ordenar unas cuentas. sentir que se le partía el alma. se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa. Las mujeres mayores lidiaban con entereza contra el efecto desalentador de los años. se estaba portando divinamente con ella. Tonificar los muslos. pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. enteramente suyo. —Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre. —¿Un padrino misterioso? —Sí. que por el solo hecho de imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando. jóvenes y adultos secaban sus sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. dijo Beatriz. Era una fantasía siniestra. La hipoteca de su casa. le hacía llegar ropa y comida especial. su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica. que actué en legítima defensa. menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento. sin causa exterior aparente. ¿Qué significaba todo esto. si su hija empezaba a alejarse? No hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros. ¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían? —Un padrino misterioso —dijo Beatriz. No. —Yolanda. pero estaba segura de que su ángel de la guarda no era Rueda. se quedaría un rato más. Era el único documento desplegado encima del escritorio. ¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano. Los últimos instructores se despidieron de Virginia. levantar esos senos con ejercicios de pesas. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos jóvenes que se tocaban bíceps y tórax? Le llegó el vaho de los baños turcos. seguía perdidamente enamorado de ella. acompañada en todo momento por una muchacha de aspecto taciturno. le dijo a Verónica. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. Quince millones de hipoteca. ahora sin la sombra compartida de Upegui. —Mucho gusto. Propio y al mismo tiempo extraño.

evita caer de bruces en el pantano de aguas podridas de Virginia. Le sacaban la lengua. Leo iba a dirigir un magazine de variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. De nada te servirá ser 140 . le dijo. estuvo a punto de matarla. quiere a toda costa que me aleje por un tiempo de mi casa. Se abrazaron. un neurótico incorregible. —Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica. Me protege. dijo Beatriz. Pero. ¿Lo amaba? Estoy segura. la voz es mi fuerte. ¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo. cómo no. ¿quién era el misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir. en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil. —Te dejo —dijo Verónica—. —Es callada y servicial —dijo Beatriz. cuando no se muestra distante revela tendencias irascibles. demasiado perfeccionista y exigente. le hacían gestos obscenos. la instruía Leo. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la guarda. —¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica. Su testimonio era decisivo. la asustaba a veces. evita pausas muy largas y. Si lees antes el libreto. dormía en el cuarto de huéspedes. ejercicios de lectura. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca. vigilante y enfurruñada. dice así. se preguntó Beatriz. ¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el terrible asesinato de Javier Upegui. Mire su cámara como si no existiera. respiración abdominal. —Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Alguien. el señor la golpeaba y torturaba. le decía a Verónica. Estás divina. atrapa el sentido de cada párrafo. le decía el camarógrafo. Leo me espera en el estudio. se había ganado el testimonio de uno de los escoltas de Fabián Acosta. el protector y ángel de la guarda. dijo Verónica. no me pide que rompa con ella. aconsejaba Leo. Pruebas de cámara. me pide que evite caer en el pantano de aguas podridas. le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir. así. no perdona que las cosas no se hagan como las desea. Sesiones extenuantes. frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas. Y una aquí aguantando hambre —rió a carcajadas. No levantes la voz de esa manera. No iba a presentar un noticiero. si te toca improvisar o te pierdes del libreto. ¿serán manías de viejo?. la hacía vigilar día y noche. lo definió Verónica. Qué chévere que vivieran juntos. el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la poseyera en la alcoba de Fabián. una voz grave y femenina —se lo había dicho Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. no mires alarmada hacia la cámara. pero me respeta —dijo Beatriz—. —Sí. A la distancia. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de disgusto. sobre todo. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria. la encerraba en un cuarto. ¿Te ama? No sé. y Beatriz supo que el escolta no era otro que Daymer. no la embarras. que no frecuente por un tiempo a mi madre. la muchacha de aspecto taciturno seguía la conversación de Verónica y Beatriz. —A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. Al salir del área de visitas.

No se salva ninguna ¿Alguna candidata? Ninguna. Habían pasado tres meses. Dale una cita a la reina. Peralta negó con la cabeza. ¡A la mierda la política!. insistió. decía Leo. otro poco de seriedad. Conocía de vista a Marcela. precisó. aceptó Leo. Ni puel chiras. empañaban "su visión del futuro inmediato. No me busques problemas. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?. le abría preguntas que. los juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de 141 . ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son un espectáculo divertido. La delicadeza de sus rituales —la champaña. ¿No era acaso un negocio. no te esfuerces tratando de ser agradable. aumentaban la sensación de incertidumbre que. la cena. cómo se seguía manifestando el amor. Ya vería los resultados. tienes que serlo con naturalidad. ¿Le podría hacer un favor?. respondía el vicepresidente de producción. ¿Se acordaba de Argüello. se atrincheró Leo en su propuesta. aceptaba el vice. ¿Quería entonces que le hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. ¿Cuál segmento presentaría Verónica? Si rinde un poco más. no podemos olvidarnos de la política. se defendía Peralta. le preguntó Peralta. había abierto y cerrado boutiques. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos y ministros y acabas atacando al gobierno. el viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa. modelitos sin gracia. Se le podría salir de las manos. Y no me digas que no. Sí. No me has entendido. ¿El amor. preguntó Leo con sorna. si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. Tal vez introdujera un segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación. le decía él. diseñaba trapitos. Verónica nunca supo de estas disputas. le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una semana. dijo Leo. el más arriesgado de los negocios? Por muy buen negocio que sea. No me ahuyentes a los anunciantes. El curso que había empezado a tomar su vida. dijo. dijo Peralta: Marcela tiene que ser la segunda presentadora. al no ser resueltas. Reinas de belleza. le reservó la entrevista central. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos. decía finalmente Leo. pero te renuncio. había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras universitarias. No me pongas contra las cuerdas. Hacían el amor. como nubarrones. Tenía que transar con Peralta. preguntó Peralta. No hacemos un programa de opinión. ¿Hacían un pacto? La tercera sería la que Leo eligiera. La televisión que él concebía no estaba hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias. Peralta estaba convencido de que un solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un poquito de frivolidades. Tiene garra. Ten cuidado con lo que haces. compartida con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso. no por tu cara sino por tu manera de proyectarte. ¿Había hecho el casting para escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. le decía. exclamó Leo. Tienes que dar más de ti. tienes que seducir al espectador. ¿No les estaba vendiendo la idea de un programa ligero y ameno? Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. Pienso acorralar al invitado. dijo Peralta con preocupación. ¿No había acordado hacer un buen programa de entretenimiento? Ese es mi segmento. ¿Le debes algún favor?. —¡Basta por hoy! ¿Cómo le parecía?. la música. su padre era un influyente político de provincia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus linda.

Se sentía incómodo con su presencia en ese territorio?. ¿Se acostaba Leo con otras mujeres? A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres. pues no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad. si la había invitado a vivir en su casa era porque disfrutaba con su cercanía. que le concedía el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos. ¿Me amas? Leo guardaba silencio. Un soplo de esperanza y entusiasmo introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor. ¿Cómo saber si no se trataba de un capricho. Y las dudas de Verónica renacían. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo. regresar al apartamento y ducharse. Extendía los brazos. sugerirle que le hiciera el amor mientras él permanecía inmóvil. por sala o dormitorio. mirarse imaginándose interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse. le aclaraba él. rico y con mucha clase. ¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?. las compensaciones de la fama. Pero decepcionante. no podía estar fingiendo. Verónica se exigía respuestas. Y un precioso collar de oro con figuras precolombinas. proponerle que se masturbaran en el cine. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y más del amante. Lo odiaba. respondía. acuerdos inconcebibles. acariciarla largo rato como si memorizara la piel. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre la lentitud del tiempo. sentarse uno frente al otro. modalidades desconocidas por la muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras). sobre todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la posesión. tenía que amarla. se inquietaba Verónica. No. desnudos en la alfombra. paseaba la vista por el apartamento. y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de un propósito.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leo. ¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba. ¿No eran amantes? Somos amigos. si alguien distinto a Leo podría también amarla y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia. La dominaba la ansiedad. enfrentada a la fama repentina. bocarriba en la alfombra. Sin saberlo. proponía ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia. compromisos perentorios. Le hablaba entonces de la amistad amorosa. Tres meses de difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas defensivas de un hombre. así se construye el amor. le recordaba él. pensaba ella. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. No era justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora. que sólo compartían la misma casa. si quieres pensarlo así. ojos cerrados. ésta es la fortaleza en la que me protejo. pensó. ¿Por qué no ir al cine esta noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No entiendo la ópera. Lindo. que condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. ladrillo a ladrillo. Evasivas. el mundo que estaba conociendo. La televisión alimenta y devora. pared a pared. Como se levanta una casa. ya no era la joven amante de Leo Pradilla. ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos 142 . podían ser castillos de arena. respuestas imposibles. decía al cabo de un rato. era la víctima de sus ansiedades. Cuando lo supo. el amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior. eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí.

se dijo un día Verónica. y cogía el florero y lo vaciaba en el tacho de la basura. ¿Cómo iba el gimnasio?. desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas tropicales. Se había enterado por los periódicos de su problema. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén? ¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda". Ni hablar. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos? ¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. Ella lloraba. le dijo a Virginia. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol? ¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book. le dijo Verónica. La muchacha de 143 . gracias. pero lo decoré para mi satisfacción. tengo la impresión de que te incomodo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veces?. no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido siempre. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. Respetó su decisión. exclamó alarmada Virginia. muchas horas de tensiones en el estudio. ¿Cenamos fuera?. No tengo hambre. pero nunca temió que él se deshiciera de ella. Lo odiaba. no quiero que nadie entre en mi vida privada. Y Leo no hizo nada para recuperarla. Me debo al público. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas. Lo peor de todo es que lo quiero. Sí. pero no se podía hacer nada. Un día. Beatriz le había revelado su identidad: un hombre de cuarenta años. le daba la champaña de su propia copa. Por eso está siempre en la biblioteca. una hora de emisión. éste era el perfil del ángel de la guarda. vocalice bien. lo estaba hojeando. ¿Otro traqueto?. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. ¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio. preguntaba con sorna. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?. Podían pasar un día sin que se hablaran. le decía ella. decía Verónica. No me gustan los claveles. lo odiaba en esos momentos. pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja llevada por el viento. protestaba. no joda!. Se encerraba en su cuarto y no salía sino cuando Leo iba a buscarla. se excusaba Verónica. Pero si es un apartamento muy bello. Pedro Pablo Porras. ¡Carajo. Te debes a ti misma. Y la sostenía abrazada sobre su pecho. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego. gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. Quiere vivir solo. discreto y muy rico. La censuraba por comer demasiado de prisa. vivía en Miami. le dijo a la madre. sin hablarlo siquiera. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo hiciera nada contra ella. le dijo con rabia. quería conciliar Leo. La tempestad de hace tres meses se había disipado. Y no lo hizo. Alguien poderoso a quien ella llamaba "mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. Grababan el programa de la semana. se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que humillarla y tratarla como a una nena. ¿Te van a entrevistar en mi casa?. Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. se interesó Virginia. Verónica se encogió de hombros. No podía más. le reprochaba a Verónica. respondió él. No vivía en Colombia. ¿Un ángel de la guarda?. por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. se encolerizaba. se quejaba. dijo con ingenio Virginia. No me incomodas. le dijo Virginia. Disculpa. Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su vieja casa de la Circunvalar. Porras había descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. No repitas las pendejadas que repiten las otras. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo. La policía había encontrado en la casa de Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. El tiempo vuela. a mi casa no entra una cámara. Disputas por nimiedades. tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios. No te entiendo. como le dijo colérico? No te dejes manosear. sus veinticinco millones. la plata que Upegui le había robado de su cuenta. cambió de tema Verónica. dijo Verónica con frase aprendida de otras estrellas. Los días siguientes fueron tensos.

En las noches. Beatriz le reveló que. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo. había respondido ella. pero había aceptado primero sus caricias furtivas y. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. ¿El Monte de Venus? En La Calera. corregía con igual severidad sus defectos. preguntó Vero. le replicaron. No. le preguntaron. ¿Así de fácil. pero tenía la sensación de estar transitando una extensión ilimitada. ¿estaba claro el asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. tradujo Virginia. aclaró Virginia. explicó riéndose. le preguntaba Virginia. La habían llamado a declarar tras la muerte de Upegui. Eres famosa. no había documento firmado. se quejó. te piden autógrafos. la correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. con bigote y papada. le recordaba. ¿Hasta cuándo?. de la noche a la mañana. Verónica retrocedía en el tiempo. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó. apenas con nostalgia. No conocía sus relaciones ni amistades. Si el negocio prosperaba. ¿Era entonces lesbiana?. respondió ella. por soledad. me gustan los hombres. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique en Miami.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. ¿tenía eso alguna importancia? La tiene. viajaría con él a Miami. porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con Epaminondas Romero. como el vínculo con Romero. te invitan a todas partes. preguntó Verónica. No sabía cómo ni con qué medios. Upegui tendría una participación. ¿Por qué no sales?. Porras le ha pedido que pruebe suerte de modelo en Miami. Me ha protegido. ¿No se lo había contado? Te veo tan poco. Sí. elogiaba sus aciertos. no había sido fácil. Era un camino breve. Un 144 . Uno necesita equivocarse. declaró. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir. Es mi vida privada. revivía episodios. Extrañaba a Leo. dijo Virginia. sin decidirlo ni resistirse. La aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. Saldría libre. Quería casarse con ella. siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?. Como amigos. después. Todo había sido demasiado rápido. intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera. Te reconocen en la calle. la investigación abierta por sus relaciones con Upegui pasó a ser polvo de legajos. dijo Beatriz. se resolvió todo así de fácil?. le había preguntado Verónica a su amiga. cambió de tema. Capital de trabajo. Estoy limpia. le dijo Beatriz. preguntó Verónica. decía Vero. En el Monte de Venus. Celebraba su actitud amistosa. por la pena que le producía esa muchacha. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?. se casaría con Porras. Vendría a visitarla personalmente la próxima semana. había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. por gratitud. se dejó hacer el amor como si así recompensara tanta lealtad. le preguntó a la madre. ¿Había aparecido Roldán? Sí. se preguntaba Verónica como si repitiera las palabras de Leo. todo había quedado en compromiso de palabra. replicó Virginia. La estimulaba en su trabajo. No creo. ¿No era su socio?. ¿Se veían?. ¿Relacionaba la muerte de Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones de ningún tipo. ¡Qué importa!. Varias veces. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda. La correspondencia empezó a ser casi diaria. Las cartas pasaron de la devoción al amor. había algo más que amistad entre ella y Upegui. ¿Era posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto. Upegui siempre fue misterioso en ese aspecto. Dos o tres veces. cosa rara en ella. sin dolor. No tengo ganas. no sabía por qué. Aceptó ser el segundo defensor de su causa. a ese arreglo habían llegado desde el principio.

—¿No te hace daño? —preguntó. ¿Cómo así?. —¿En qué piensas? —En Leo —dijo. qué importaba. dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. parecía decirse. Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la tarjeta de Leo. "La vida apenas empieza". Cumplió los veinte años. Las turbulencias de los últimos meses habían dejado sus huellas. —Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre. había escrito con su puño y letra. Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita bailando en la cima de fresas. cenarían en El Refugio Alpino. Cartagena de Indias. Virginia la abrazó y le acarició los cabellos. exigió Verónica. quería comer con una buena salsa. —¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica. Virginia se ausentó por unos instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Era una idea fantástica. la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp". —¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas? Vero no lo pensó. repitió Verónica. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó. Llamaría luego a Max Domínguez. El corazón no revive en un lecho de cenizas. hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí. Había envejecido.. Verónica no recordaba la fecha exacta. Se pondría el vestido de Gianni Versace. era un paisaje patético. Un atentado más. Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa. Virginia no mostró interés en las imágenes. —¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia. —Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. No le interesaba salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase. irían después a tomarse unos tragos en la plaza de Usaquén. preguntó Verónica. Destrucción y escombros. Al regresar a casa a medianoche. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy Bírthday". dijo al regresar del fugaz recuerdo del hombre. Verónica vio las imágenes y le subió el volumen.. las canas no sólo vestían las sienes. La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68. —¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó. 145 . íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no revivía en un lecho de cenizas. ¿Tenían algo. el cuerpo salpicado por estrellas doradas. si la hacían engordar. —Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. junio de 2003.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tupido bosque sobre una montaña. con el televisor encendido. También ella se sentía envejecer. Que sea champaña. Está más viejo. Leo la llamó horas más tarde. Sabía que era un día cualquiera del mes de septiembre del año 1989.

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