Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Seix Barral Biblioteca Breve

Cubierta “Empalizada” (2001), óleo sobre lienzo de Beatriz González

© 2003, Óscar Collazos © 2003, Editorial Planeta Colombiana S.A. Calle 21 No. 69-53, Bogotá

Primera Edición: agosto de 2003 Impreso por: Editorial Linotipia Bolívar

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas. "La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil. Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos. Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de mujeres obsesionadas por su belleza.

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F. A. Incluso un dios envidiaría el dulce gozar de esta morada. Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg o Monte de Venus)..Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir al hombre y corregir sus costumbres que. al leerla. de RICHARD WAGNER 4 ..) Les crimes de l’amour. amor mío! ¡Mira esta gruta. disfruta en ella del suave aroma de las rosas. DE SADE ¡Ven. penetremos en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se permiten todo para satisfacer sus deseos (. D.

era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de Verónica. dándole más importancia a la frase que al vestido. La fiesta empezaría dentro de dos horas. 5 . Pero nada como el amor propio para sortear esa clase de humillaciones. según lo pedido en la invitación. Una ganga. había dicho Virgie a su hija. —Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—. —¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. la había ennoblecido con un baldaquino adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día. de soltera Villalba. sin tener que decirlo. aterrada por el grito. Amanecer manchada de sangre. es que no cagan mierda?. adornada en una de sus paredes con un gran crucifijo de bronce. El arreglo del salón se había hecho como Virginia quería. desplegado en la cama matrimonial de su alcoba. Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza. todos compañeros de clase. rodajas de melón y papaya. que ya eres mujer. a lo cual la madre había restado importancia. dos camareros se afanaban dando un último toque al decorado de la mesa. habían salido con excusas. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran su asistencia. Vero. Alégrate. otros ni siquiera habían respondido a la invitación. los que han querido venir. deletreando nombre y apellido—. orgullosa en cambio de la fiesta que daría a su hija. todos sentados. repetía con rencor.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Verónica Oropeza —empezó a decir la madre. manchones rojizos en las sábanas. Al principio no supo qué hacer. Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia entre sábanas inmaculadamente blancas. frente a la confusa masa de sus recuerdos. veinticinco invitados. Virginia viuda de Oropeza. El desayuno fue esa mañana más abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria. la pondría más nerviosa y alterada. Verónica. había invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de quince. Encima del tocador de la alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos. chismes escuchados en el patio de recreo. no era lo que esperaba en un día tan especial. habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. imaginando que la cama debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo. ¿no crees que le queda divino a mi cama? —había dicho al elegirlo. huevos revueltos con jamón y queso. té con leche a cambio del café que. porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. Años después. las mujeres del servicio trajinaban en la cocina. Veinticinco. nunca pensé que fuera este día —le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana. Y lo dijo llorando. Para apaciguar a la hija. —¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña. forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada. —Aunque la esperaba. Por un capricho extravagante. ni uno más. porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura? Eran apenas las diez de la mañana. carajo. las medias y los zapatos nuevos. es que no entiendo la hipocresía de esa gente. pensó Virginia. ¿Qué se han creído. ¿Por qué si ella. según dijo Virginia. pasó un último vistazo al vestido de cumpleaños de su hija. la joven habría de recordar esa fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a convertirse en mujer. pero diez se habían excusado. Todavía era temprano. gritó. En principio eran cuarenta.

precisamente por ignorarlos. al que acostumbraba podar triangularmente. a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra "deseada". Virginia se anticipó. ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su hija? ¿Serían oscuras o claras? Nada que no pudiera remediarse. También ella se había desarrollado a esa edad. —¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo. dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y deseada. en momentos de exaltación o rabia. Virginia le repasaba con la vista las incipientes vellosidades de axilas y pubis. Con el tiempo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña. —Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada. de soltera Villalba. exquisiteces de supermercados. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. Al escucharla. no quiso preguntar nada a la madre. Virginia empezó a sentirse orgullosa de la inteligencia de su hija. se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. Virginia se encaprichaba con nimiedades ajenas. boutiques y hoteles de paso. salían las procacidades más atrevidas. —Tendrás los pechos grandes. el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince. —Mujer no. unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío. No era el único recuerdo de sus travesuras. a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al suyo. bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la espalda—. envueltas por el velo de la inocencia—. Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre. Se reía 6 . recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de un hotel de Cartagena de Indias. acomplejada por la negra. enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus. le daba mayor emoción a su aventura. Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje. recordándole a la hija que. A medida que secaba el cuerpo de la hija. En años de paciente aprendizaje. aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que. con el paso de los años. Virginia viuda de Oropeza. el gradual cubrimiento del pubis. Verónica hacía su prometedor tránsito hacia la adolescencia. Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos de la pubertad. Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de repente al mirar el sombreado del triángulo. frascos de aceitunas. cuando le fue dado frecuentar hoteles de una noche o fines de semana. se dijo. también ella anunció. serás francamente irresistible y deseada. las celebraba como si fueran graciosas ocurrencias. Desgranaba consejos con su ronca voz de antigua fumadora. al verla sumergida en el remanso de agua y espuma. La niña. riéndose de la complicidad establecida con la hija. costumbre que ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que. aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres. Vero. apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua caliente. ceniceros de restaurantes. —Ya verás. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a esas niñas blancas y desnudas. convirtiendo el humor en sustituto de su melancolía. aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. llena de desconcierto y orgullo. montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y oscuros. Más de un detalle decorativo de su casa provenía de restaurantes. Verónica no se escandalizaba.

Esto era al menos lo que respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día. El ingeniero Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. deseada por hombres que pasaban de los cincuenta. a ser preferida como amante clandestina. no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la sábana—. Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de pocos años. —¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama. gracias a la vulgaridad domesticada de su mestizaje. ¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes. nada más que eso. como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos. Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de Indias y Buenaventura. evidencia que la curó de las debilidades del sentimentalismo. En el umbral de los veintiséis años. 7 . Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo. El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia. Virginia supo. que estaba destinada a ser más querida que novia. ¿Por qué coño y no "cuca". —Lárgate. Ve a revolcarte con tu negramenta. todavía desnudo y con las ropas en la mano—. por lo mismo. un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio. por cierto ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—. Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad. Lo sintió crecer tan de prisa. Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. Estaba destinada. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. Tienes pelos de negra. le dijo que en los pelos de su coño —éstas fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas. por la frecuencia de sus amores. —Tus orígenes de negra. motivos de vanidad y no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia. Fue un accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida. de allí que en sus pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar una pareja con futuro. un adulterio desinteresado. Deberías sentirte orgullosa. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán". le dijo él de manera jactanciosa. como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía. ramas oscuras que hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre menos áspera. exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada. Nunca volvió a ver al muchacho. —No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta. cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor consistencia que antes. entonces. —Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica. La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años hacía de Virginia una mujer exótica y.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Envuelta en la blanca toalla afelpada. Una niña. Verónica dejó de ser una niña de doce años. te debo el de perlas auténticas. El ingenio y la conciencia de su hermosura. La madre le eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. trufas de postre. No se trataba de mentirillas ni alardes. dibujando minuciosamente sus formas. quizá menos abultados y más finos. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la esperanza de verlos cumplidos. Le diría adiós a la ropa interior de niña. Secretaria o esteticista. para que la niña diera una última mirada al espejo. De esta manera. Vero. la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña. la niña se dirigió a la alcoba principal. Cuando la madre hubo terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil de una quinceañera. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran realidad. cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile. ajustándole los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera tomado en mediocres oficios de supervivencia. Verónica estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje. como era la moda en las mujeres adultas. se habían suavizado los rasgos de la herencia. bajó de una camioneta negra escoltada por tres hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. Marcaría las cejas. jóvenes como su hija. que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje realizado. —No exageres. de la misma edad de Verónica. langostinos en salsa de maracuyá. Virginia había hecho pintar de azul el cuarto de la hija. en la periferia de Quito. Los invitados eran recibidos en la 8 . A quien le preguntara por el origen de la carte. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas! Virginia se encargó del maquillaje. En todo momento. apretados en su triángulo. cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la viudez. Una semana antes. ensalada de endibias con queso Roquefort. mamá —había protestado Verónica. aplicaría un poco de color a los labios. La precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante su matrimonio. A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados. de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza". Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse. Vestida y maquillada. Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—. la certidumbre de saberse atractiva. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. hacían juego con la cartera de la misma marca. un fucsia que. Los zapatos de Gucci. aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas dos años atrás. borrando para siempre el rosa de las paredes. parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña. holgados en los muslos. La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios. parecidos a los suyos. Como decía Virginia. pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. de tacones medianos. De una generación a otra. Sólo faltaba el collar de perlas falsas. Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. frente al gran espejo de la alcoba. sombrearía de azul la superficie de los párpados. Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina. sorbete de limón entre la entrada y el plato principal. torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el momento en que se sintió irremediablemente viuda.

dijo una de las chicas. de mangas ajustadas a los brazos. siendo ella una viuda de recursos desconocidos. cuando le agradeció el regalo de la gargantilla. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco. donde se empezaron a volver populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que. Y al maracuyá lo han empezado a llamar la fruta de la pasión. los escoltas de la niña dicen que la van a esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo". una mujer a la que no se le conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el porte con que la mujer lucía collares y pendientes. y aprovechó la llegada de otros padres para despedirlos uno a uno en la puerta de la casa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca. castigo de la naturaleza. como la hija. ceñido en la corta garganta de la niña. ¿En qué trabajaba su marido?. Le ofreció una copa de champaña. enjoyada en cuello. para que lo supiera. madres de niñas que llegaron a husmear a último momento. dedos y muñecas. perendengues que ella consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la maledicencia llegaba a sus oídos. Vendo seguros —se defendió ella—. Entre todos los regalos. "Señora —le diría después a Virginia—. 9 . brazaletes y sortijas. Esperaba a la madre. Tenía Martini. Las trufas. preguntó con voz aflautada. le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda ¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión infantil. esas preguntas no se hacían. ¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita. Conjeturas malévolas. se hacía acompañar por un jeep blindado con escoltas. Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. Al hacerlo en el momento oportuno. según se supo en todo el colegio. haciendo esperar en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas. Y cuando apareció. la niña traída por sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro. incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de encajes. hubiera querido preguntarle. de casualidad?. dijo ella. La mayoría de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino. Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados del día anterior estaban los autores de aquellos rumores. La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por primera vez la noche anterior. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos ni conocía las trufas—. fruto de la envidia. Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia. La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera Verónica Oropeza. ¿no tiene un Moscatel. eran exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados. —Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen de tanto derroche. diosa del amor que Verónica descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía. mejor si le ofrecía un trago dulce. eso fue la fiesta de aquella tarde. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final. la deslumbró el de Matilde. estrangulado en el cuello por una pajarita morada. Y le preparó un mejunje con Martini rojo. No. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas. y Virginia soltó una carcajada. prolongada hasta las siete de la noche. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. —Cuando sirvamos el ponqué. una insignificancia si se miraba bien a Matilde. aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la postró durante una semana. El cuello del vestido. dijo Virginia. ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero. pensó. un chorrito de soda y gotas de Angostura. rodajas de naranja.

que antes cumplía funciones de ducha. Más abajo. pasaba una mano por la curva de sus caderas. cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones. el rosa de las paredes. Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. porque. se acostaron juntas en la cama. Se miraba de reojo. Empezaba a pensar que su ropa interior no estaba destinada a cubrir. despuntaban con una dureza que antes había pasado inadvertida. La ropa interior. Digan lo que digan. por los botones hinchados de sus pechos. era usada cada noche. la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la respiración debajo del agua. llamó tacita al ombligo y melones a sus senos. de frente. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se deba exhibir. Aguijoneada por las premoniciones de la madre. Virginia creía que la ropa interior dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina. cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo. La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o insignificante de los acontecimientos que vivimos. por la erguida redondez de sus nalgas. Como no podía burlar la disciplina de usar el uniforme. se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. El roce de la espuma. Nacía a una nueva vida. Con 10 . partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del agua. paseaba por la habitación sin abandonar el reflejo del espejo. sobre todo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La fiesta había sido fantástica. antes de acostarse. no le pares bolas a las habladurías. Las caderas se curvaban. llamó bosquecito a su Monte de Venus. dejó atrás la niñez y se empezó a enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. los ensortijaba sin propósito ni malicia. admirada por las amigas. Acariciaba sus vellos. pues atribuía al frío de las mañanas el endurecimiento de sus senos. la ropa interior de niña que fue a parar a manos de la empleada. Memorables habían sido para Verónica la fecha de su cumpleaños y su primera menstruación. cortejada por los chicos mayores de otros cursos. de espaldas y de perfil. sólo para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. La bañera. Halagada por la madre. el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase de un lugar separado del cuerpo. Aprendió a admirarse y a tocarse pero se aburría al momento. en el fondo. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía acariciada por la textura de su pelusilla. ¿serán demasiado grandes?. erizados cuando la mano era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos. los pezones. las muñecas almacenadas en el armario. Al fin solas y rendidas. Se probaba nuevos juegos de ropa interior. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. —Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. admirada y envidiada. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad despertada por las afirmaciones de la madre. ¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. empezaba un territorio de incógnitas inexploradas. adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el espejo de su cuarto. Atrás quedaba su pasado de niña. Como si jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo.

desconoció al comienzo las reglas de quienes desde muy niños. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Mi hija se merece un buen colegio. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan. considerándolas chiquillas. se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos. La pobrecita Matilde. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas. No había cumpleaños o celebración a la que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. Era sin embargo espléndida en sus regatos. por lo nueva. tratarán de hacerte sentir una intrusa. Gracias a las advertencias de la madre. censurada por otras. Con tenacidad de luchadora nata. donde comía sola las exquisiteces que le entregaba. Verónica le agradecía el regalo de cumpleaños. Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que podía satisfacer con creces sus compromisos. No le fue difícil adaptarse. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás. Un dato. se había graduado con honores en tan respetable colegio. Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus compañeras.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus deliberada coquetería. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. no tanto para enseñar el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores. trató de mostrarse amistosa. No consiguió como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas. dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa. uno de los escoltas que la acompañaban. —Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas. la oveja negra del curso. Y lo era porque se esperaba que apareciera con los regalos más espléndidos del mundo. de 11 . Cada vez que la encontraba. Sorteó las dificultades de conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. aparecería como por encanto la prosperidad. Y. obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto marido. Prefería a los chicos mayores. dejando atrás las privaciones anteriores. Es muy inteligente —decían sus profesores— pero no pone de su parte. soy la nueva. Para darle muestras de agradecimiento. aislada siempre en un extremo del patio. el ingeniero Arturo Oropeza. explosión de alegría que las demás calificaban de escandalosas. Imitada por unas. quien intervino para abrir un cupo a la hija de su amiga. rogó el favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles. Sus risas eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos. y omitía las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla del grupo. se dijo Virginia. Pocas compañeras se maquillaban. era una solitaria engreída. Verónica lo hacía regularmente. Éstas se podían contar con los dedos de las manos. de un día a otro. Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de sus compañeras. La niña. a primera hora de la mañana y al entrar al colegio. Obró a su favor y sólo en parte. habían hecho de aquel colegio una segunda familia. Virginia pidió citas con el director del colegio. Después de la muerte de su padre no pensó que. Verónica actuó con la mayor naturalidad del mundo. Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. olvidado por descuido. Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases podría ser una de las mejores alumnas. Se refugiaba en el baño retocaba su cara. chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras. Hablaba sin timidez. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos superiores. insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su solvencia económica. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre.

Si se proponían ofenderla. le aconsejó Virginia. Un día de estos vamos a cine —lo desafió.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida. pero huía de lo que deseaba tener cerca. otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. servirse de él cuando lo necesitara. Experimentó la vanidad de saberse disputada. aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia. debía actuar como si no fuera con ella. Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este admirador. A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en numerosas especies animales—. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza. informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa. el amor callado de los imberbes. El orgullo sería su mejor arma defensiva. Compañeras y compañeros de clase acabaron aceptándola como si ostentara. tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de deportes. Si la sentía cerca. que la sola idea de decir lo que lo atormentaba. se ganó a pulso simpatías y reputación. el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos. una elección cruel —se dijo—. huía. con quienes le salieran con altanerías. porque ¿qué elección no lo es? Al elegir. adolescentes fascinados por su desparpajo. lo eligió para la primera cita y el primer beso. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. fingió ser mayor de lo que era. si era el caso. No era feo. No se decidió por ninguno de los camorreros. El primero le había tocado las tetas. Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera. ¿A qué clase pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. —Coqueta sí. un amor lleno de tribulaciones. al igual que ellos. Uno decía haberla besado. —La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica. fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. lo que importaba era tenerlo de su parte. ¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el mejor de la clase. Es riquísima. Vero se atrevió a encarar al muchacho. lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento. El muchacho palideció—. Matemáticas o sociales. Se la disputaban. ¿No era la amistad una prestación mutua de servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. Sólo la miraba furtivamente. No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado. Supo que dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo. el sello de su misma clase. Le dijeron que otro compañero sufría parálisis al verla. perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al saberla presente. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia. Le dio la espalda y corrió a protegerse en uno de los salones de clase. era sencillamente pusilánime. no 12 . Eligió a un cuarto. siempre se deja a alguien fuera del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa. al saberla lejos se entristecía como perro apaleado. Se impondría por su propia fuerza de carácter. Cortejada hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. cuando Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. el que estaba fuera de toda discordia. No era feo. era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para aviones. vestía ropa de moda y de marca. Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó a saberlo un año más tarde.

En ocasiones. negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos. Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. quizá su padre 13 . Le dijo que era huérfana de padre—. de divertirse como quisiera. ésta era la retahíla que le lanzaba desde la mañana. —No hay problema con mi padre. —¿En tu casa. cocina gigantesca como un potrero. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas. —No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable. todos dijeron que era una excentricidad más de esa loca. porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. de él. Lo invitaría a tomar algo en su casa. Nunca había sido más atractiva que ahora. Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito. toses nerviosas. se sentía acosada por los remordimientos. se organizaban en las cafeterías cercanas. advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa. de suelas remontadas. ¿hacia dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. reproducciones o falsificaciones de obras de arte. Se mofaban de él a sus espaldas. me invitaron a cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha. Se decía que no era inteligente sino un repelente fenómeno de la naturaleza. lo envidiaban con desdén. por qué en tu casa? Nadie lo invitaba nunca. La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida por el acné. Era el sobrado de la clase. donde quedaba su alcoba. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le pidió que se vieran en la tarde. siempre un desconocido que. No lo admiraban. mejor dicho.. se burlaban de su modestia. una de sus vainas raras. subir las escaleras hacia el segundo piso de la casa. tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones. cada viernes. No habría problema si un compañero la visitaba. Vendía seguros —le explicaba a la hija. de quien fuera. Se las sabía todas. que sus zapatos. Soy el mayor de tres hermanos. no hagas ruido mi hija duerme. a la salida de clases. No era apuesto ni atlético. Sarmiento era un desahuciado social. Tal era el cálculo de Virginia. cuando salía soberbiamente vestida y maquillada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. Así que cuando Verónica se acercó a él. pedirle a la empleada que les prepara cualquier cosa. prometedoras escaleras hacia la segunda planta. siempre pulcros. todo para llevar la contraria. ni siquiera era convidado a las fiestas que. con salón exquisitamente amueblado. La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada. por prudencia. A veces escuchaba sus risas. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana interminable. obras de arte en las paredes. menos tratar a las mujeres. Desde los siete años. eran los mismos de todo el año. nunca desayunaba con ellas. Le guardé dos años de luto a tu padre. Tal vez viviera en el noroccidente de la ciudad. Para el joven. que Verónica se acercó a él como si cortejara con la lepra. Podía llevar a casa a sus amigos. confío en ti mija sé que eres responsable. Se acercó a él con el pretexto de pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. decorada con toda clase de electrodomésticos. La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. Llegaba tarde cada noche. Virginia podía seguir dándose el lujo del amor. la casa de Verónica era una casa de ricos. concedía siempre la madre. A su edad.

los almohadones de terciopelo. las fotos de la niña en distintas poses y edades. discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros. miraba los garabatos que llenaban hojas y hojas. con el rostro de Bob Marley. Serio. con remiendos y tijeretazos. les gusta escuchar música celestial. Ella debió hacerlo por él. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los defectos de los hombres. el baño privado a unos pasos de la cama. Prométeme que me ayudarás a estudiar. Fuerte en su naciente belleza. que Virgie llamaba single. —¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—. Nelson lidió con la ignorancia de Verónica. la empleada. exactamente en su base de sustentación. niña. —No entiendo nada —le dijo ella—. ¿En la sala o en mi cuarto? Nelson no respondió. Un yin desteñido tijereteado. Te invito a cenar. —En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia. Una camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley. Voy a perder la materia —se asinceró—. Reapareció vistiendo unos yines desteñidos y ajustados. casi solemne. que llegue acompañada —secreteó—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos. el equipo de sonido colocado sobre la alfombra. habiendo camisetas con los cantantes que más te gustan. anticipándose así a otro consejo de la madre: —A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. te dio la ventolera de cargar con ese negro. —Tú lo puedes todo —dijo ella. No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. pero el detalle más llamativo llenó de rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas. pero debe tener su gracia. tal era la conclusión que sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno. la reproducción de La Maja Desnuda de Goya. Feíto sí es. Decirles a los hombres lo que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una intrincada estrategia femenina. Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente. herido en una nalga. Tardó más de quince minutos en regresar. segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos superiores. 14 . Vestí también una camiseta. —Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. que me harás el examen —dijo sin preámbulos. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué. vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal. como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto. el afiche de David Bowie in concert. el escritorio de cedro. la cama sencilla. la herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel. No importa si les mientes. El rey del reggae fumaba un largo pitillo de marihuana. Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. estrecha y excesivamente corta. Subió a su cuarto. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan? Nada la haría cambiar de elección. nada de esto quiso saber Verónica cuando Teresa. abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad: —Cómo me gusta. orgullosa en las apariencias de su riqueza. Débil en su fealdad. —¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con esta prenda—. acomplejado en su pobreza. Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de los hombres será tu fortaleza. Y eligió su cuarto. Nelson ni siquiera demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado.

merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen de tres punto ocho. ya era tarde. Duplicaría el examen. dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras. como si tratara de devorar la otra lengua. elogios de sus profesores. —Tú lo puedes todo. un largo beso con lengua. Eso bastaba —le dijo Verónica. Él la miró un instante y agachó la cabeza. ¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia. No pudo concluir la frase. como si se fuera a desvanecer en el instante. Verónica comprendió que lo hacía por ella. Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero. aceptó ayudarla. No fue fácil. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo.. repasaron libros y cuadernos de apuntes. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres hermanos. antes fluidas. Entonces ella le dio un beso en la boca. Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno del colegio. cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. ¿Lo había aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión? 15 . No fue sino más tarde.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Sentados en el suelo. Una semana antes de los exámenes. cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de su debilidad. su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado. no creerían que de la noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. No voy a poder con esto — repitió Verónica—. —Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo. —¿Me ayudarás en los exámenes? —Haré lo que pueda. Nelson le dijo que nunca había hecho nada parecido. Si se lo hacía perfecto. ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad. cometería algunos errores. si descendía hacia la carrera Séptima. eres genial. Le dejaba las notas. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo que su conciencia repudiaba. por la lenta seducción emprendida desde el día del primer beso. Era un buen imitador de caligrafía. casi nada. Gracias por ayudarme. hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si querían cenar en el cuarto o en el comedor—. le dio un rápido beso en la mejilla. tiene una canción que me encanta. Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi. no sería un examen perfecto. que prometió ayudarla en el examen. muy cerca de la boca. Rozó intencionalmente su mano. A cuatro cuadras. ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. —¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen. pensando que tal vez el halago compensara los desprecios de que era objeto en el colegio. No conocía nada de Bon Jovi. Verónica entendía tanto de matemáticas como antes. Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica. su madre lo esperaba siempre a las ocho. ahora entrecortadas. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada. desviando la mirada hacia el cuaderno de apuntes. le susurró cerca del rostro. ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún compañero. le entregaba la promesa de ayudarle en el examen. desprecio de sus compañeros. es decir. Lo hacía por.. Impulsada por una fuerza instintiva. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos — Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—. Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras.

Y añadía que su sola presencia lo enloquecía. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. Y cuando se cruzaban en el colegio. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella. era un cochino gesto de maldad. extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al frecuentar a Verónica. Verónica aceptaría después que algunas de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas. Nelson había aprendido a responder. conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos. ni explicar tampoco el miedo que lo asaltaba en su presencia. —Mi madre me está esperando —dijo Verónica. ¿Podría ella corresponderle? No. Me estoy enamorando de ti. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días siguientes. Le pedía al final una oportunidad. el muchacho le dejó una carta encima de la cama. incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba. Una descabellada idea saltó como hermosa. ¿De qué? Quiero ser tu novio. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. la víspera del examen. Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. Y le dio un último beso. iba un momento al baño — dijo. decía. tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos borradores. calculó ella. no podría ir más allá. Sólo una ráfaga. Y antes de salir hacia su casa. Tal vez la hubiera escrito en su casa. a la húmeda caricia de cada beso. encontró al chico tembloroso y pálido. La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de haber usado al compañero. El más 16 . nada más un guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción. Se miró en el espejo. salió del ángulo de visión y volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto una rara. Verónica lo sintió más nervioso que antes. como abandonado en un desierto. Nadie —aceptó él en voz baja. teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados. ¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse. paralizado con la visión. Se ausentó unos minutos. se dedicó a hacer el de ella. dejó entreabierta la puerta. Lo despidió antes de las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa. Por olvido o provocación. Pese a todo. se quedó con sus preciosos sostenes. se sentía mirada a la distancia. No volvió a invitarlo a su casa. paralizadas por la tensión. así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson Sarmiento. Pasó el examen con tres punto siete. Lo veía solitario en el patio de recreo. pese a que sus manos se mantenían inmóviles. pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo. Entreabría los labios. antes de salir a buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad. Le hizo una última invitación a Nelson. Desde allí pudo ver a Nelson. que todo el día no hacía sino pensar en ella. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos segundos cepillando sus cabellos. La contemplaba a hurtadillas. con más timidez que mesura. hizo su examen rápidamente. Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa ayuda de cada tarde. Esta última escena. Había ido demasiado lejos en el juego. Nelson imitó la caligrafía de Vero. envenenada inspiración: se sacó la camiseta. Salían del instinto y ella misma se reía del atrevimiento de algunos actos. ese día. el beso que sabe dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. No pudo aclarar las dudas de Nelson sino dos días después del examen. Quería celebrar con él el tres punto siete. pues los errores eran la aceptación de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia. no a su casa sino a una cafetería de la Zona Rosa. movía tímidamente su lengua. Al regresar al cuarto. Vero simulaba indiferencia. interesada familiaridad. Nelson se quedó silencioso en una esquina.

—se alarmó. segura de haberse quedado con más preguntas que respuestas. No sé de qué me estás hablando —le dijo. —¿Existen niñas precoces? —Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. intensos días. sumergido en aludes de arena. tolerantemente caídos. extraído de la timidez o la humildad. Aunque no lo trató con desprecio. Pensaba en la frase repetida por sus compañeras: Se está madurando biche. Le hablaba de las cartas. Se mofaban de él. de volumen generoso. Verónica le dijo que no temiera. Se percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón defraudado. no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del silencio—. Sin poder dar una explicación convincente a la madre. Le hablaba de lo que no podía hablarle. se preguntaron quienes lo envidiaban. Nelson se transformó una mañana en adulto. Tenía trece años. sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas 17 .. Verónica lo eludía a conciencia. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. sintiéndose incapaz de domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche. de lo que no era capaz de decirle y que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica. del amor. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre. a la más incomprensible indiferencia. de su actitud sumisa y suplicante ante la engreída Verónica. No me digas que. Cuando por azar se tropezaba con él. no para abordarla sino para contemplarla a distancia. En los días siguientes. ¿No había leído sus cartas. —Aunque parezcas mujer. le manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar raspando al siguiente curso. Nada de eso. quería decirle el niño a la niña. pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita. Salía de su escondite cuando la silueta de la niña se perdía en el tumulto de otras niñas. Cada cosa en su momento. La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda. Nelson pidió ser cambiado de colegio. oculto detrás de los arbustos. Nelson Sarmiento se perdió así de su vida. no la habían conmovido sus súplicas? Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. Y dejó en el aire la conversación. entreabierta en la parte superior. que le arrancaba a dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había sido: el sosiego del olvido. de la espera. Las rompía con el desdén de una sonrisa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante. Nelson la aguardó a la salida de clases.. no respondía a sus mensajes desesperados. Armado de coraje. Nadie supo por qué cambió de colegio. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. de los insomnios. ambos tan precoces como inesperados. del sufrimiento. Llegaría a los catorce abrumado por los honores. Del calor de unos pocos. Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de conejo degollado. miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes conductos. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase? ¿Dónde estaba su inteligencia?.

por qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. Francia. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social. como si nada valiera la pena ser tomado en serio. jMikonos! —exclamó Virginia—. conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente eficacia de sus armas. Permanecía mucho más tiempo en casa. Virginia ya no salía en las mañanas ni regresaba en la noche. ¿Qué hacía un senador?. visitas que Virgie nunca ocultó a la hija. ¿por qué son tan importantes?. Virginia le repetía que vendía seguros. insistió. aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad ejercida ocasionalmente y a destajo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le había comprado hacía una semana. No seas necia. Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan. una caravana de guardaespaldas que cruzaba los semáforos en rojo. Lo comprendió sin saberlo decir. Sus visitas fueron más frecuentes. España y África del Norte. Desde entonces. Lo había conocido un año antes. Menos de lo que muchos piensan. ¿A dónde salía cada mañana. Si no ganan mucha plata. primero dirigidos a Verónica. ¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación de senador de la República. El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso. exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. ¿Dónde quedaba el Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que era un mar que bañaba un costado de Europa. cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes. en circunstancias siempre trágicas. Pronto pasarían de ser amistades especiales. Le habló de islas de ensueño. ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. Aquella noche. pero sus relaciones sólo se habían estrechado en las tres últimas semanas. aprobados por un pelo. ¡Pero si parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. conocidas en folletos de agencias. Italia. preguntó la niña. me dicen que es lo más parecido al paraíso. Llegaba hasta los confines de Israel. El hombre se deshizo en cumplidos. ¿Qué hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas —respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava. más o menos encubiertas. a convertirse en relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan. un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su Mercedes Benz blanco. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó una carcajada. ni siquiera la amistad con Virginia viuda de Oropeza. dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas de la niña. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan. lo que era cierto. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. Años después. Grecia. ¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre —aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo especial". ¿Por qué tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un senador estaba llena de peligros. motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las calles. Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se parece mucho al tamaño de las armas. medió Virginia. un gentleman de sobria pulcritud y elegancia. tres veces senador de su partido. frecuentes y a deshoras. Lo cubría un hálito de paternalismo. luego a la madre. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se 18 . Aquella noche de junio de 1984.

la champaña francesa descorchada a la hora del postre. El viejo pueblo. bebidos sin prudencia. antes de salir de casa. jóvenes a la moda arrastrados por la vorágine de la noche. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. El mesero se precipitó a darle fuego. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de vomitar. levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros. de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. Al cabo de mucho tiempo pudo regresar tambaleándose. Roldan la llevó al restaurante de comida típica rodeado de tupida vegetación. Te gusta el monte —bromeó Virginia cuando. pese a su edad. A medida que se circulaba por la vía. viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. en el imaginario territorial de Virginia. le enviaba el conductor y éste la llevaba al rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba. Verónica se dio el lujo de probar el vino español servido desde el primer plato. La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. Se acostó bocabajo en la cama. discretos pendientes de esmeraldas. zapatos de tacones altos. apoyándose en el pasamanos. dormían su quietud de siglos poblaciones del antiguo dominio chibcha. ¿Por qué no se quedaba? Roldán era casado. lejos de las miradas del alto mundo. moteles y restaurantes. haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban. dormiría hasta tarde. le pedía que tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel. en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas. Coñac no. Llámame Virgie. discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados. sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. bares. regalo de la misteriosa Matilde. Se desnudó bailando ante el espejo. La ropa que había elegido para la cena no era la adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda. Llamaba a Virginia desde otras ciudades. El senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de campesinos. por tercera vez. Más allá de sus límites. 19 . Como pudo. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado. era hoy un refugio de parranderos sedientos. hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. fundado en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía. Se sentó después en la taza del inodoro a esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. ¿Cómo toleraba Virginia el presente. La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que. Mañana sería sábado. era mirada de manera agresiva por los hombres. Se sentía en confianza. El cuarto le daba vueltas. sin futuro de un hombre casado? La pregunta dejó de tener importancia. sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello. Roldan prefería bares y restaurantes de La Calera. La Calera era entonces una población de casi quince mil habitantes. corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas. Desde entonces. a escasa media hora de la ciudad. le exaltaron el ánimo. A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. —Pareces mayor —le susurró la madre cuando. Subió las escaleras con los zapatos en la mano.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus prolongaba a veces hasta la madrugada. El vino y la champaña. una fina. Se arrojó al lecho de bruces. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo. le dio un último toque al maquillaje—. Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa. Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador. consiguió llegar hasta el baño. Devolvió toda la cena en el retrete.

más atrevido. llevaron una 20 . siempre en ausencia de Virgie. Nunca los dejó ir más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras licencias amorosas. Recordaba su primera resaca como una pesadilla indeseable. Virginia le relató fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida. No es que hayas bebido demasiado. celosa de que alguna pareja se hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta. Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. La cubrió con el edredón. Es que nunca habías bebido. Entre los trece y catorce años. chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. Se dejaba en cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. vagando quizá en el peor de sus sueños. a Isla Margarita y a Cancún? Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. Tan divino él. Bebía mesuradamente. Sin embargo. con la soledad de estar al cuidado de Teresa. ¿De dónde sacaba Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga. Con la libertad de salir y entrar de casa cuando le diera la gana. Verónica se jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. la obligó a llevar la mano hasta su pene. Mientras él vivió. detallista con ella y con la madre. ¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos días. devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. Bebiste demasiado. compañeros de clases superiores. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele. pero Verónica respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al amanecer. Si la mano atrevida subía por sus muslos en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica retiraba la mano. permitió que algunos de sus amigos lo hicieran. Y nunca la vio en las páginas sociales donde veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como clandestina. no por prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. Alguno. perdida con frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano. Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo. sobre todo los mayores. la madre la encontró dormida y desabrigada. sobre todo los viernes. le dijo Virgie. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán. Al despertar la niña no se acordaba de nada. prendía y apagaba las luces en señal de advertencia. Teresa las vigilaba desde algún rincón de la casa. siempre galante y obsequioso. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro. Aunque rechazó el ofrecimiento de fumar marihuana. cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó Virgie—. amigos especiales de la madre. La ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. matizó después. me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable. se ponía de pie. Creía que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir. Sus fiestas se volvieron célebres. ¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao. las fiestas se volvieron puntuales. Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros. Los muchachos salían de los rincones oscuros. nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie apareciera acompañada de personalidades amigas. se me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores. las chicas se arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo. No les permitía ir más allá de estos escarceos.

La secretaria más hermosa y humilde. Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores. —¿Por qué no lo dejaron? —Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos. Si no fuera por ti. jugando en una piscina. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y. Una viudez incierta. fue para la hija un misterio. Ningún hombre se va a enamorar de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de comprensión. ¿Hacía milagros la madre? —Hasta los cincuenta y cinco años. partiendo un ponqué de cumpleaños. que en paz descanse. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la madre le habló del inmediato pasado. Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista. distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre. en la mesa de noche de su cuarto. Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. estudiados en universidades americanas y europeas. todo. No se lo reprochaba. ocurrida en 1980. escondería esas fotos. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos portarretratos tan horribles. a los siete y a los diez años. en adelante. Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella del difunto. lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el testimonio de sus metamorfosis: de brazos. El padre tenía cuarenta cuando se casó con Virginia. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—. Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó como una mula. Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. Y Virginia empezó a desaparecer con más frecuencia. Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años. A los treinta y cuatro años. fue un trabajador incansable —le dijo Virginia a su hija—. Los portarretratos donde se la veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares. tu padre. todo empezó a sonreírles. Tu padre era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo. —Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. era secretaria del doctor Arturo Oropeza. —¿Me permites entonces? —preguntó la madre. Había terminado la escuela en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo. en la primera comunión. Dos años después de la muerte del padre. en el orden económico. 21 . O el comienzo de un milagro. Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. porque era tu padre. Vivieron juntos once años.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vida decorosa. La niña se acomodó a estas nuevas circunstancias. adoptando en adelante horarios misteriosos. Les alcanzaría para llevar una vida mediocre. la edad que tenía cuando murió el padre. quien apenas tenía veintitrés. No era una secretaria cualquiera. echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. pero no lo dejaron. —Escóndelas —le dijo la niña—. ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa.

Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por la mirada de los hombres.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica cumplió los quince años. Se tomó más libertades. no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada de la naturaleza. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio. Todo. fascinados por el escote de la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda. Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. expuso las razones de su ruptura. en aquel rincón del Monte de Venus. era instintivamente recursiva. incluso por los adolescentes amigos de Vero. manifestada desde los trece años. Había tomado conciencia de su valor. gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social. Virginia le hizo una gran fiesta. La invitó al restaurante campestre de La Calera y allí. En el transcurso de esos tres años. Iba y venía de Bogotá a Houston. Las madres y unos pocos padres. Cada invitado recibió su respectivo regalo. Destacaba por su inteligencia y sociabilidad. estaba hecho. ilustrada con numerosas fotografías. muchachos que la rodeaban como avispas y olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus madres. siempre con el consentimiento de la madre. los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y cambiantes. Virginia 22 . en su belleza. Y a esa conciencia había contribuido la madre. la generosa Matilde. nunca la libertad de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la virginidad. recompensado por el Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano. destino del que no pudo separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia. Casi todos sus compañeros de clase asistieron a la celebración. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. el curso de su carrera política y el honroso destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el tesoro de la virginidad. a sabiendas de que provocaría los celos de sus esposas. Casi todos. Si los años siguientes añadían algún detalle. Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años. a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible. En los tres años que habían transcurrido desde el día en que celebró sus doce años. animada por una orquesta de música caribeña. Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres. a quienes Virginia trató con familiaridad. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia. todo en Verónica había seguido el curso previsto por la madre. excepto Matilde Fuello.

te lo va a cobrar de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija consentida por la tolerancia más extrema. averigua por el origen del dinero. rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo hasta desgañitarse cada una de las canciones. Ni hablar—le dijo a la madre—. Ya no vendía seguros. lloró de arrepentimiento. Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador. De aquí no nos movemos. decía que tenía trescientos metros cuadrados. se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. Al final de esta travesía. ¡No seas altanera! —le gritó. que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó ella. Si no nos cuesta un centavo. escandalosa. Nunca. El dinero no tiene origen sino destino. —No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del arrepentimiento—. Fue todo un caballero. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero. Su nombre se parecía a su fortuna: burda. pero se abstuvo de decirlo a su madre. de la mañana a la noche. sin contar la terraza. lo que se dice nadie. Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. abría la 23 . —¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas formuladas por la hija al día siguiente. Había aprendido tanto del amigo especial. La generosidad de Roldán había ido más lejos. Quiso decírselo. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama. de quien Verónica se había encariñado. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre. Un año después de la despedida. —Precisamente por eso —respondió la hija—. Romero pretendía que Virgie la vendiera. Virginia encendía las luces de su cuarto. Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. Él mismo se ofrecía a comprarla. Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin promesas. Son sus gustos. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117. acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas: —En este país nadie. Vendía apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. No le prometió regresar a buscarla. serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie de su camioneta blindada. Volvió a salir regularmente. era un grato recuerdo lejano. la llamó a su cuarto. Nunca le cayó bien a la hija aquel tipo estrafalario. que tomó el aprendizaje como recompensa. que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. le dijo a la hija. altisonante. Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se empezaron a escuchar orquestas de mariachis. el senador Roldán. Casi no frecuentaba la casa. Y siguió oponiéndose a la pretensión de Romero. Empezó entonces a frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. se decía la adolescente. Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta réplica se convertiría en otra. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento inesperado. a Dios gracias. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. —¿No ves que el cambio nos favorece. a quien llamaba solamente por el apellido.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una sortija de diamantes. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. omitiendo deliberadamente un nombre de pila impronunciable. La única resistencia venía de Verónica. no los míos. Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre. Al escuchar la frase de la madre. tampoco la refinada ironía ni la sabiduría del hombre de mundo.

No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos. ¡Pero si es divino. un roce cariñoso. A los quince años. el otro pulía sus ademanes con naturalidad. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada que fritara carne y chicharrones. El uno manoteaba al hablar. El amigo especial la ayudaba a ponerse el collar de esmeraldas. ¿Toda mujer. a la semana siguiente el reloj que Virgie usaba en ocasiones especiales. Epaminondas era invitado a pasar. —Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto. patacones y yuca. Una vez terminada la serenata de la calle. Los muertos de hambre y los que sirven para algo. ¿En qué era fuerte su madre. En su lugar hablaban los relojes. la cuenta a su nombre. el otro gritaba exabruptos de camionero. No concebía una sociedad entre el hombre que invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. otra la pulsera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. la generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera. estaba condenada a sufrir humillaciones? Regalos y humillaciones. los arreglos florales diarios. sus preguntas se volvieron más complejas. metía su mano donde se le antojara. Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase enigmática. Verónica miraba hasta que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. mi amor! —exclamaba ella. Le estampaba escandalosos besos en la boca. la prefería con ropas llamativas y escotadas. fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de flores. Tiene una empresa de importación de carros. Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera menstruación: —La debilidad de los hombres será tu fortaleza. convertían la sala en un absurdo invernadero. antes de marchitarse. era una caricia sutil e inadvertida. vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul. Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo. aunque no pasaba solo. ¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?. los tragos siempre dan hambre. Parecía como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la vulgaridad de tipos como Romero. en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible 24 . hermosa aún a sus treinta y siete años. Virgie abría la caja. Epaminondas gana. Compadecía a la madre. tantos que. Esa noche un collar. Virginia descendía la escalera. la besaba con lascivia. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. Virgie soportaba una hora más de serenata. la largueza con que le pagaba a la niña sus clases privadas de inglés. al pie de la escalera. en cambio. que la abrazaba impúdicamente. la tarjeta de crédito. —En ese caso. el BMW que reemplazó al Renault 18. era lo que Virgie quería preguntarle a la hija. ¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. Si la acariciaba en público. sin que supiera tampoco el origen de la plata. Acurrucada en un rincón de la segunda planta. Sentada en un sofá al lado del amigo. hablaban las joyas. El patán. también los músicos tomaban posesión de la sala. Despertaba a Teresa y le ordenaba encender las luces de la casa. El uno hablaba modulando cada palabra. por mucho que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. Sólo había dos clases de amigos —respondió ella. Besaba en la boca al amigo especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza. Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. a la edad de su madre.

Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. Verónica. —¿Has matado a alguien? —insistió ella. Verónica nunca preguntó nada. Sin embargo. Verónica había visto en un escritorio el recibo de la última consignación. que esos escarceos la dejaran casi indiferente. Podría habérselo dicho.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor? ¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán. —Porque tengo enemigos. De casualidad. ¿Había sentido humedades en su sexo. nada de eso. las caricias permitidas a los chicos. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo misterioso de estos viajes. que. cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones. le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su sexo. la única aureolada por una leyenda mujer fácil. La madre lo comprendería. un restaurante del Monte de Venus. por unos pocos días y con demasiado misterio. Ella se oponía a que la hija fuera a recibirla. alimentó su antipatía hacia Romero. la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida. No podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas. se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la hermosura de su cuerpo. hermanos mayores de sus compañeras. no le producían placer alguno. Le hicieron saber. Hombres mayores. que había aceptado las caricias genitales como se acepta un vaso de agua. gracias a sus temores. Se desnudaba por vanidad. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. Virginia había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría. porque sus amigas vivían experiencias parecidas. ella. Acababa de depositar su pistola en la mesa de centro de la sala. Se confiaban secretos y compartían preocupaciones. La vendía en las boutiques. Lo que no comprendería era lo que le preocupaba a la hija. disfrutó del bienestar y de los caprichos que se satisfacían con sólo enunciarlos. a subir el dobladillo de la falda. su socio. con la severidad de las miradas. imagen 25 . Pasó un año. que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más lejos. siguió preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre. A diferencia de ellas. quería decir chicos de veinte y veintitrés años. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. Su vagina era un túnel estrecho y yermo. Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica. No obtuvo respuesta. y fuera de su casa. Al día siguiente. la madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. incluso la exploración digital en su vagina. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. La compraba y enviaba desde Panamá. la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato liberal a la Presidencia de la República. que parecían más de negocios que de placer. que esas preguntas no se hacían a un hombre respetable y mayor. que en más de una ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. Nunca los disfrutaba. No sólo le molestaba. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos. como decían haberlas sentido sus amigas? No. la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. era la más asediada de las chicas. la provocadora. cumplió los dieciséis. —¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. dejaban siempre el desenlace inconcluso. Verónica supo que su madre viajaba a Panamá.

humillada por la legítima esposa de ese amigo especial. No vivía con ella pero compartían la misma casa. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los primeros besos. Llegó a temerle.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. Las suyas. Más de un año. hace tres años que no vivo con ella. hubieran deseado. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. ¿La llamaba Epaminondas Romero. La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada por un hombre al que no amaba. Lo primero no podía demostrarlo. eran experiencias reales. "viejo Epa". se dejaba invitar a fiestas privadas. La abrazaba y el abrazo era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. que los informes eran ordenados y recibidos por Esperanza Mahecha. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara con una esponja la espalda. Permanecía más tiempo en casa. el cuello y las nalgas. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. Virginia hubiera preferido un final menos humillante. Virginia temió que no fuera un juego. tenía el cuidado de mantenerse despierta. Le llegaron primero las advertencias. lo segundo era cierto. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre. Esa misma noche. Terminó con Romero y no de la manera en que ambas. No vivía con ella y estaba loca. Sospechaba que muchas de esas experiencias no eran más que fábulas. los pijamas transparentes. Sin escandalizarse ni envidiarlas. hermosa aún. pero tenía siempre una excusa: debía regresar a casa. ¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados. No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. deje tranquilo a mi esposo. una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas. Los baños de agua caliente y sales eran los baños preferidos cada noche. como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio 26 . ni siquiera iba al gimnasio. le decía la voz anónima por teléfono. Si la fiesta terminaba en un motel. una mansión construida en la falda de una de las colinas de Suba. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. Se probaba la ropa interior nueva. Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser tema de confidencias con su madre ni con nadie. aceptaron ambas. Tampoco lo había conocido con Roldán. Era más libre que las otras. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre de celos injustificados y reacciones violentas. casi dos. con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público. Lo permitía todo. después de haber escuchado la amenaza. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. era afrentada por un hombre a quien no había amado. A cambio de la felicidad. en cambio. Escuchaba sin escandalizarse lo que decían sus amigas. Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus encuentros con Romero era milimétricamente registrado. calculó Virginia. de que una fiera acechaba en la sombra. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. después las amenazas. No supo nunca ni fue advertida tampoco. Se escapaba con algún amigo mayor a una discoteca. Sabía de su existencia. sola y feliz en un ritual que demoraba horas. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias. madre e hija. No estaba sometida a controles familiares. se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. sobre todo cuando. Mi mujer está loca. menos el acceso a su virginidad. la esposa. pero sus temores desaparecían cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas.

Tal vez la fiera supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora. recluida en su cuarto. Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito. la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. Para protegerte —dijo la chica. Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día siguiente en la tarde. insultos de verdulera. algo que ella no podía hacer en esas circunstancias. No se iban de viaje. Se encontrarían en el aeropuerto. empecinada en recuperar lo perdido. No se lo dijo a la hija. Harían la rutina de cada día: la hija para el colegio. Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. Viajarían al día siguiente. había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje. Cada vez que sonaba el teléfono. Y Virgie se sintió orgullosa de su hija. Le suplicaba mantenerse lejos de ella. —Saldremos por separado. No grabaría amenazas ni insultos. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos 27 . te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja gonorrienta.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cada mañana y regresaba en la tarde. Quedaba el recurso de su cuenta en dólares. Silencio o amenazas. una sorpresa para Verónica. La fiera podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. una cuentita que abrí hace tres meses en Panamá para comprar la mercancía. que las maletas no llamarían la atención de nadie. No era el momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito. A la mañana siguiente. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse a su fiera. su mujer estaba loca. Grábalas —sugirió Verónica. decidía los pasos de la estrategia. sería siempre una fiera. Él le pedía dejar la solución en sus manos. yo primero. sin arreglarse. decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. Y era esto lo que Virginia temía. Verónica enfrentó a su madre con la verdad. Menos mal que el carro seguía en el garaje. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba contra ella. el teléfono sonaba y del otro lado de la línea no había más que silencio y una respiración acezante. Ella le decía que no era una loca inofensiva. Mañana mismo nos vamos de vacaciones. Las amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas. La agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. Por primera vez en la vida. ¿Para qué? —preguntó Virgie. ¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un tiempo a casa. sí. Dominaba la situación. Virginia temía que fuera nuevamente ella. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre. ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo personal. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud. No valía la pena. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. tú después —dijo Verónica a Virginia. Llamó en vano a Epaminondas. gritaba la voz antes de colgar. una explicación sobre sus viajes a Panamá. como si fuera al colegio. No debería decirle una palabra a Romero. que una mujer celosa. —¿Hasta cuándo? —Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. —¿Tienes con qué? —preguntó—. una investigación sobre sus ingresos y gastos. Viajarían a Curazao. supo que había sido cancelada. El BMW estaría de vuelta en casa en la noche.

La fiera se había quedado quieta en su madriguera. Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. ¿Cuál. Romero la había puesto en su lugar. —No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. ser la madre de sus hijos. le exigió al marido que la cancelara. conocer sus vínculos comerciales. Tal vez Esperanza. Le había prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. montaré el negocio que siempre quise tener. trasnochar frente a libros y apuntes. era el negocio que siempre había querido tener? —Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. sorteó durante días la depresión. Un spa. también la rabia de sentirse burlada. contaba con la cuenta en dólares y con recursos suficientes "para montar un negocito". Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa. Le dijo que no temiera por su esposa. Herida en su orgullo de mujer. dio con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis cuentas. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. —¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. Virginia. la decisión de romper "sociedad" y relación. al tanto de los secretos bancarios del marido. Pese a haberse acabado. —¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica. Terminaría el colegio. casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero. debía decidirse por una carrera universitaria. haberlo visto amasar en poco tiempo una inmensa fortuna. buscar a amigas y amigos más aplicados. Lo disfrutaría poco tiempo. Administración de Empresas. El Norte. como se dice ahora. sólo podía ser el Norte. una nueva inquietud le quitaba el sueño: sutiles. saberlo todo. No viajarían a Curazao. mejor dicho. había pensado la muchacha. figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio —soltó en su retahíla de justificaciones. Puedes montar tu propio negocio. Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias. No existían documentos que lo probaran. Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés: estudiar. asustada por la proximidad de sus exámenes y. Buscaría el sector apropiado. ¿no era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no se dan por terminados de la noche a la mañana. ¿Llegó Virginia a estas conclusiones? —Venderé las joyas —dijo a Verónica—. ¿no te das cuenta? Ahora el problema era Verónica y no Romero. —Se acabó —respondió Virgie. si se podía saber. Venderé el BMW. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido. Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. le dijo a Virgie.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por disuelta la sociedad. una muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría en los jóvenes de su edad. Dio finalmente con el paradero del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas. De todas maneras. hubiera ordenado cancelar la tarjeta. Tenía cuarenta y dos años. sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde salían. muy grande. Un local grande. más atenta y aplicada en el seguimiento de sus clases. 28 . un hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. por lo asustada. La hija aceptó las explicaciones evasivas de la madre. Si nada de lo explicado era humillante. sí lo fue la frase rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia: —Estás envejeciendo.

Un hombre robusto. La venta del BMW fue parte de la inversión. el rejuvenecimiento. del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los periódicos. Había hecho cuentas. Tomaba cursos especiales en las materias en que se sentía floja. Dedicada por entero a su empresa. correctivos que se compraban en ese nuevo templo llamado gimnasio. Así que cuando Virginia emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio. Ella misma. podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. un proyecto apenas en ciernes. a sabiendas de que Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. ni impactos de bala o arma blanca. hipótesis que se barajó al comienzo. un médico nutricionista y una buena fisioterapeuta. Llegó a esa conclusión después de leer esa y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que. Virginia había hecho el diagnóstico de la época. Del look. que había tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. La línea recta que la condujo de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. Las autoridades descartan la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos. para los viejos. dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la firmeza de los glúteos. Se esperaba el dictamen del forense. su método de ejercicios aeróbicos. Verónica creyó que. Podría tratarse de un motel de lujo. La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de Epaminondas Romero en la primera página. leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos. la lucha contra las arrugas. la perfección. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud. Contuvo la respiración al leer. serían un 29 . como se dice ahora. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. que no presentaba heridas ni signo de violencia física. Fue un arduo trabajo de meses. La vida de Jane Fonda. ¿Por qué en un motel de lujo? Virginia pensó. jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia. La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama. estamos viviendo la era de la imagen.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia. cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. muerto en circunstancias absurdas. parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto fulminante. Hojeaba revistas extranjeras de modas. en fin. Para los jóvenes. Verónica le dio la felicidad de terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla preocupada por su ingreso a la universidad. el cadáver de Romero. al superar el umbral de los cuarenta. Hombres y mujeres estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. ¿Territorio allanado? Sí. el cuidado de los senos. Era una inversión alta y de éxito seguro. la tonificación de muslos y brazos. Un gimnasio con servicio de comidas y bebidas dietéticas. sobre lo cual se mantenía hermetismo en las informaciones de prensa. Muerto en circunstancias misteriosas y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. semidesnudo y al parecer cubierto a último momento por una sábana. la tersura de la piel. éste podría ser el método adoptado para su gimnasio. A su manera. estremeció a Virginia. Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la remodelación del local donde funcionaría el spa. en adelante. aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas. mayor de cincuenta años. el endurecimiento del vientre. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo. no habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. por fin. sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante. Dada la decoración del lugar.

Acabó sin embargo tolerando su presencia. Su silencio era la aceptación de las sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero. ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo? La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán. que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos dudosos. donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad de cocaína". Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al noroeste de la ciudad. Lo incomprensible y repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína. De allí el tono de su voz. contratadas por el occiso. El primer día. Alguien protegía a Romero. que dilataron el envío de información. Virgie se limitó a doblar el periódico y dejarlo encima del sofá. Esperaba que dijera algo más.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus plato con salsa picante servido por los periodistas. provenía de aquello que la madre le ocultaba. ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto — aseguraron ambas. —Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros. La noticia de su muerte destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más importantes. No era un reproche moral. La muchacha conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas bonitas. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show en la alfombra. lo acompañaban en el momento de producirse "tan insólito desenlace". se le había abierto un proceso por tráfico de estupefacientes. Epaminondas Romero había fallecido de un paro cardíaco. le dijo a la madre. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira. que lo toleraba apenas. Ese man metía como condenado. Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a Epaminondas Romero. El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en vida. mamaba vodka como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha. Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años. en efecto. el tipo a quien su madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable. Y lo hizo. Tuvimos miedo y nos largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—. en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. a quien despreciaba ahora con más fuerza. Y. guardándose el asco que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. Estados Unidos. entre irónico y apacible. a quien admiró como al padre que le hubiera gustado tener. en los días siguientes. En el sur de la Florida. —¿Lo sabías. informaron desde la embajada de este país. La investigación se había visto obstruida por las autoridades colombianas. Vivo y muerto. se lo juro. Sabía que ella no lo amaba. Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas. al menos del último año. no estaba haciendo nada —dijo una de ellas. que dos mujeres. Nunca le gustó Romero. Tres días después se supo que. al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. Pudo también haber pensado que hay muertes que liberan de servidumbres pasadas. generoso hasta el más grosero exhibicionismo. 30 . nada alteró tampoco su conducta. —¿Sólo eso? Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo. eso dijo. No sé cómo fuiste capaz. Se descartó la posibilidad de un homicidio. verdad? —preguntó Verónica. La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que Virginia recibió la noticia.

Así que la noche de la fiesta. que pagara billete a billete el capricho de la hija. elegante. Siempre rodeada de chicos. llamó la atención del publicista Guido Leonardo Pradilla. como si tratara de romper la formalidad del traje. pensó al verla en el maniquí. —No me quita los ojos de encima. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en esos comienzos. Entre los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad. Su personalidad empezaba a ser moldeada y adornada por la conciencia del éxito. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones. ¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. acceder al amor sin temores ni inhibiciones. Ninguno menor de treinta años. de unos cuarenta años. ¿en qué sentido? Las chicas deseaban llegar a una meta. Se lo probó y se sintió muy bien en el diseño de Kenzo. Beatriz compartía con Verónica la desgracia de no tener padre. él no le quitó los ojos de encima. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. experimentó de otra manera lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó Verónica a la amiga. —El mismísimo Leo Pradilla. Los largos cabellos castaños. Tenía un papel secundario de actriz en una telenovela. gerentes. a diferencia de Verónica. Si la invitaba Beatriz. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. que no hacía más que mirarla? Era un hombre apuesto. el del blazer verde con hombreras y pantalones grises. invitada a una fiesta privada. Y la adornó aún más el día en que. No esperaba que Virginia la complaciera de inmediato. Verónica no conocía a nadie en la fiesta. Había sido llevada por Beatriz Lopera. su amiga de diecinueve años. como lo hacía cada vez que la hija era invitada a salir. directores y productores de televisión. Se había encaprichado con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. Lo tenía. No sólo era la más precoz y altiva. deshacerse de la virginidad. el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé. adornaba por fuera los contornos de su personalidad. ¿Quién era ese hombre. Una instintiva inteligencia femenina. no a la manera del senador Roldán. una prenda inalcanzable. —Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla. Desde que entró al lujoso apartamento. quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad. Verónica no parecía una adolescente de dieciocho años. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda ajustado a las caderas y a las nalgas. sino negligentemente elegante. 31 . El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o veinticuatro años. —Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. añadida a su altivez.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. Su madre la había maquillado. ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación? —¿Quién es el tipo del rincón. —¿Qué tienen de interesante? —Son publicistas. el de la corbata con la cara de Marilyn Monroe. pero el padre era una sombra distante desde los cuatro años. Otras formas de intimidad. caían sobre los hombros y enmarcaban el rostro. antigua compañera en el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. de actitud insolente. la convención de los colores tradicionales y el nudo correcto de la corbata. rizados y deliberadamente húmedos. dispuesta a elegir y a no ser la elegida. con un prolongado escote en la espalda. que se limitara a mirar el precio en la etiqueta. Embelleció conscientemente su propia leyenda.

Ella era la anfitriona. elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o Milán. Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. por su mediación había sido elegida como actriz secundaría en la telenovela. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros. —¿Por qué lo sabes? —Trabajo con esa clase de belleza. con mesas y sillas blancas de hierro. Abajo. la suave textura del blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. Amparo Consuegra. —¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—. Le ocultó a la amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. asunto en el cual hombres y mujeres mentían. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia. dijo Beatriz. Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo. la edad. Por lo poco que sabía —le contó Beatriz—. Después del buffet. Salía con un joven actor veinticinco años menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. A diferencia de Pradilla. que Verónica no tenía más de dieciocho. iluminada por el resplandor del salón. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía conducir al estrellato. seleccionaba el mármol de los baños. siguió sintiendo en las numerosas piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la marca de esa fragancia—. 32 . mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas. aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante. Amparo le había asegurado su selección en un casting. aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad dormida. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al oído. Y no te cuento más —la cortó. Así es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. ¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a la única mujer mayor de la fiesta. sintió la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos. Él le mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de fondo. las griferías de cobre u oro. desde el primer momento. Se mintieron ambos en el más superfluo de los asuntos. Si la conoces de cerca será menos hermosa. Se mintieron en muchas cosas. No se separaron en toda la noche. porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios. una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. En su mayoría eran jóvenes veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta. Se mintieron y sabían que se mentían porque él calculó. hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos palacios. Pradilla abundaría en detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. No había visto en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. Era una terraza rectangular sembrada de plantas. en un horizonte cercano y a la vez remoto. Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo. Sólo unos días. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla. era bajo y ligeramente rechoncho. Tal vez no tuviera más de treinta y cuatro años. tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos en Beatriz. ¿Qué hacía él? Creativo de publicidad. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una joven bella y ambiciosa. todas superfluas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. Amparo era decoradora de interiores: embellecía o remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años. un hombre menor que Pradilla.

—Es hermosa —dijo Verónica—. Lo demás es ilusorio. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. dejándole en el cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. Aquí tienes. —Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas metáforas: el torero y el toro. Verónica escuchaba maravillada. cerrar sus oídos a la palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. casi hasta rozar sus nalgas. —Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. la enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. ¿Sigues con champaña? Abandonada y sola en la terraza. La voz grave que le hablaba era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo. Quería impresionarla. ahora tú no eres sino una ilusión óptica. terrible y engañosa —siguió él—. expuesta a las embestidas de la bestia. En toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla. digo. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre. extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica. Por ejemplo. Desde el principio se supo envuelta en una red de la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada. Ella comprendía superficialmente las metáforas de Pradilla. Así se llama uno de los más elegantes y sencillos lances del torero al toro. ni siquiera la inteligente combinación de tantas palabras. Callarlo. La ciudad. Si quería ganar 33 . Empezaba a ser la elegida. cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida. la estocada mortal de los hombres. pensó. ¿de qué manera? No deseaba que se callara. pero el brazo que se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. ¿Buscaba impresionarla con la inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre? ¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este hombre. Dejarías de serlo en el momento en que te poseyera. No te asustes. como entre la mujer y el hombre. la mujer y el hombre. No elegía ella. La cornada es la respuesta del toro a la arrogancia del torero. solamente divago. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. —Verónica. Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—. el triste destino de las parejas. no le quedaba más remedio que resistirse. las cornadas sangrientas de las mujeres. —La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—. dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres? —¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda. —Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad. Hermosa. Entonces se desharía el hechizo de esta noche. El toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte. De este tamaño era la ansiedad y la indefensión de la muchacha. En el momento en que alguien te poseyera. Verónica no se opuso. Si se sentía vulnerable. Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones. Lo único que sé es que entre el torero y el toro existe una relación de amor y odio. Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le había pasado el brazo por la cintura. Habría que entrar a cada casa para saber que las desgracias son más numerosas que la felicidad. No esperaría que él lo hiciera primero. Sentía frío. aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la noche. Lo llama y lo provoca —No entiendo nada de toros. Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la inteligencia.

No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres. porque las amigas habían dejado de serlo. Si se quedaba volvería a sentirse vulnerable. que esa. Retiró las manos intrusas sin brusquedad. ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto. la anfitriona. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones. quieres decir? —No. Disfrutó por instantes la exploración del beso. No era una mosquita muerta. al escuchar la voz de Beatriz. acercó el cuerpo al otro cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica. Algo de su consentimiento había en la aceptación del suceso. Pórtate bien. la había perdido a los quince años en la inconsciencia de una fiesta de amigos —unos pocos tragos. Tenemos que irnos. un deportista 34 . dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de elegir a su pareja. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto acabaría convirtiéndose en un método. todo porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. La experiencia de su vulnerabilidad ante un hombre era nueva. porque era la edad. ¿Sigues virgen? —¿Te puedo preguntar otra cosa? Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí. el gerente de mercadeo. —Ese es su defecto —dijo Verónica. pero puso límite a la pasión cerrando los labios. pregunto si es muy mayor. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen. Se verían mañana. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su amiga—. tampoco la muchacha fácil que muchos imaginaban. Pradilla las acompañó hasta la puerta. —Se ve joven —respondió la amiga—. ¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí. hacia la ilusión óptica de la belleza. una leyenda. Se despidieron de Frank Rueda. la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera resistirse. —Te llamaré cuando pueda. Y el verdugo. ni siquiera por una reflexión anterior a esa noche. La despidió con un suave beso en la boca. Enredó sus brazos en el cuello del hombre. Dejaría momentáneamente de ser vulnerable. —Vero. es tarde —dijo la amiga al acercarse—. —¿Está casado? —preguntó Verónica. Sólo abrió los ojos. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla. —Soltero y sin hijos. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso. era una ilusión óptica? —Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. ¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a Centroamérica. No lo era con los chicos de su edad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. No tuvo tampoco ganas de resistirse. mi vida —dijo besándola en la boca. No había perdido la virginidad con él —confesó. —¿Crees que es muy mayor? —¿Para ti. la belleza de la ciudad. ni siquiera se había tomado su tiempo para desnudarla. Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida. desde hacía dos meses. sobresaltada. podría decir que se inauguraba esa noche. Acercarse y huir. —¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de champaña. de Amparo. Aceptar y rechazar. Llámame cuando quieras —dijo. Beatriz la llevaría a casa en taxi. ¿No era esto lo que aseguraba Pradilla. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre.

me vengo cuando me explora con su lengua. Se tranquilizan y no siguen insistiendo. casi me muero. lo obligué a venirse afuera. Es un tipo interesante. —¡Cochina! —exclamó Vero. compañero de ambas en el antiguo colegio. —¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica. Y en sus metáforas. Después de perder la virginidad estuvo con muchos chicos. No era un tono habitual en las confidencias de amigas. dijo muerta de risa. Los hombres temían a las bonitas. 35 . No le constaba. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más asquerosa. dijo. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me estremezco. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz aceptó. Beatriz lo encaró al día siguiente. yo le diré a todo el mundo que eres impotente. Ninguna de las dos tenía sueño. —Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si buscara un tesoro. Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada. Si no llegaba a casa esa noche. A las feas no. ¿Por lo feas. pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca. —No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. Tan cierto como que. ¿Qué tal lo hace tu gerente de mercadeo? —Como los dioses —exclamó riéndose—. Y no sólo eso: si dices una sola palabra diré que me forzaste. les agarro la tripa y les hago la consoladora. Hablaron del destino y la suerte de las feas. —Es cierto. no pasaba de ser una fea gorda y arrecha. era lo que decían quienes sabían de mujeres. Júrame que no se lo dirás a nadie. Para tener éxito. Vero. Antes. de cómo ciertos hombres las preferían a las hermosas. No me vengo cuando me la mete. Voy a esperar unos días. —Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—. yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor con los dedos y la lengua. un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro al intruso. —Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. su madre sabría que dormía donde Verónica. —Si dices que te acostaste conmigo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus grandullón. El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas. Así bajito y gordito como lo ves me pone a temblar. Se quedaron un rato en la cocina. ¿te acuerdas de Carmencita?. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones. —¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme. una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de hacer. me estremezco. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. ¿lo amenazaste de esa forma? —Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. Todavía sentía el escozor sin placer en el sexo. Carmencita. —Cuando siento que quieren ir más lejos. que eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. —¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. —¿No te dio miedo? —¿De quedarme embarazada? No. por lo que recuerdo. Verónica hizo un gesto de asco. Cuando me lo encontró. ¿Sabes lo que es una violación? La anécdota provocó en ambas un ataque de risa. ¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía hacerlo: fea y gorda. la que no mataba una mosca.

veces. Todos sin excepción eran iguales. sola con un hombre en la terraza. que no era todavía tiempo de hacerlo. Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos al cesto de la ropa sucia. Y echaba talco en su pelambre. deseado o realizado. exhibicionistas o ansiosos. preguntó Beatriz. en fin. muchachos sin experiencia. Por costumbre. la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de la mano. El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias. casi siempre. era el mismo fantasma. 36 . Durmieron en la misma cama. Verónica. al final del día. como la procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. ¿Duermes siempre con pijama? —le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y ositos. Acuérdate de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. cada vez que se cambiaba los pantis. corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus parejas como si lo hubieran hecho. cortos de palabra. la pudorosa se excitaba con la procacidad. porque el sudor del día. el tránsito incierto de una edad a otra. prometerles que después. Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. no eran más que niños mayores. A la impúdica le divertía el pudor. hablado o silenciado. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las buenas noches con un beso en la boca. Los chicos que frecuentaba eran fácilmente controlables. esperemos la oportunidad. las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad. quedaba el recurso de la consoladora. porque unas gotas de orines. querían comerse el mundo en unas horas. quizá no lo había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias pasajeras. ¿Tenía alguna gracia cambiarse la ropa limpia?. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga. las confidencias siempre pasaban de castaño a oscuro. Así. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. la una a la ligereza y la otra a cierta estudiada contención. no seas impaciente. argumentos no faltaban para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo. El sexo. Continuaron hablando con la luz apagada. Si Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor. Si se ponían pesados. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el peligro como aquella noche. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz. Se les podía mantener a raya. Si se cambiaba era porque estaba sucia. se quitaba una prenda inmaculada.

porque el Gordis era todo un hombre. Contento. ¿Qué dices? Besado a una chica. Sé que te gustó. colmo de los colmos. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían pasado de esa única experiencia. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que todos buscaban con empecinamiento y codicia. —Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior. lo que se dice besarla. quien la hacía durmiendo en casa de Verónica. Verónica se ruborizó al escucharla. se complacía sola. al siguiente el capricho de pedirle cosas absurdas. se contenía Beatriz ruborizada. se amaba en largas sesiones solitarias mientras se contemplaba en el espejo. Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del enemigo. de todos los modelos. me da pena describírtelas. así hirvieran de ganas. De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. la misma chica le había entregado una nota. Me preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. maniatándola con los brazos. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz— hay que darle lo que busca.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche y casi a diario. Beatriz le preguntó a Verónica si nunca había besado a una chica. el Gordis no solamente se acariciaba. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con sus caricias. Cuando los chicos conseguían aliviar la tensión del deseo. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. Verla de lejos. y me pidió que desfilara con cada una de las prendas. se encaprichó mirándome de lejos. No había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para muchos hombres era un codiciado vellocino de oro. ¿Se imaginaba a un hombre. ¿Contento. mi amor. como llamaba a Frank Rueda. Era una insomne presa de la sexualidad. 37 . Sí. El alvéolo seguiría intacto. secreta al menos para la madre. A la mañana del día siguiente. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra. Abrir o cerrar las piernas. —Todo se resume en un gesto —le dijo—. No quería tocarme. Caía después en un silencio profundo. Se sentó en un sillón whisky en mano. No era que Verónica no hubiera despertado a la sexualidad. Se dejó besar y estrujar los senos. Beatriz no ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos. Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija. Se encontraban más a menudo. caricias sin malicia. Juegos de niñas. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía virgen. Y. Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero. no supo qué hacer. se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. Prefería las de seda y encajes. Un día el desfile en ropa interior. —¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. pidiéndole que le metiera un dedo en el culo? La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y Verónica Oropeza. no tengas miedo. mi vida? —le preguntaba ella. Se masturbaba y gemía. A los trece años. nunca. Una muchacha de último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca. como pretendió hacerle creer a la amiga. se admiraba sola. En los primeros instantes. Besarla. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos conocía la fábula. Todo lo contrario. se retiraban tranquilos. tenía miedo de enredarse en una experiencia tan loca. en la boca y con la lengua húmeda. La miraba a la distancia y se acariciaba. dijo Beatriz. Un día. a todo un hombre. Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis. era cierto. vaso de whisky en mano.

38 . Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly. cómo construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. le quedaba la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana. le ocultó aquello que ella consideraba un estigma. el ingeniero Raúl Oropeza. tomando el sol al lado de escuálidos chicos sin camisa. desengañada de sus amores. ¿Qué la esperaba en la siguiente hoja. No sabía dónde quedaba Vietnam. el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al trabajo. Vero —insistía—. pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu salvación o tu perdición. dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies. ¿Se lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger. Una foto la mostraba a la orilla de un río. Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de seda y balacas en la frente. borracha y drogada. No habían podido pagarle una carrera universitaria. ¿cómo y con qué? Vestirse de manera distinta. interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria. un sórdido episodio seguía guardado en su memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía. de fugas nocturnas sin el consentimiento de los padres. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia. —Era callada. trabajaba y ganaba su primer sueldo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Como casi todos los hombres son impacientes. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década. la vida que vivía iba de asombro en asombro. la invitó por primera vez a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las pulgas. Cuando lo hizo. debió consolarse con una carrera intermedia. Vivía con el padre y la madre en una modesta vivienda del barrio Palermo. por lo general antes de acostarse. ¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. olvidó las monsergas de las feministas. como deseaba. Era una muchacha de familia humilde y de futuro incierto. —No olvides. sírvete de la impaciencia sin comprometer tu integridad. pobrecita. La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la precariedad de sus ingresos. Maquillarse. Si ya las abriste. nunca delante de la hija. Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. Tomó conciencia de su propia belleza en los primeros meses de 1970 cuando su jefe. Tomó conciencia de su propia belleza. Su madre venía de los "felices años sesenta". que todo reside en el movimiento de las piernas. No tenía más de dieciséis años. Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una tara. que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. No pudo entrar a la universidad. por mí no hay problema. ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos. todo cuanto podían hacer por ella lo habían hecho al pagarle estudios de secretariado. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y madre. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles. ser hija de familia pobre y sin futuro. sentada bajo un árbol. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones". romántica y melancólica —le dijo a Verónica. no podía ella imaginarse el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin. Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be". Sin embargo. De aquellos años dorados. Vivía con ellos. con ropa de marca. ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que estaba dando la vuelta a una página de su vida. las balacas y el pachulí con que se perfumaba. olvidar las faldas multicolores de seda y las viejas botas de cuero. las blusas floreadas. brujas amargadas — así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. perfumarse. de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad.

de la agenda. lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. lejos de ella. En adelante. cuyo final. La capital se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. Una sensación de alivio cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño pueblo del Valle del Cauca. Y lo hicieron cuando Virginia se casó con el ingeniero Oropeza. Redimirse de la pobreza. de discotecas y bares de moda. como se sabe. así empezó a hacer su propia agenda. si no encontraba señas las averiguaba en las redacciones de periódicos y revistas. Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla. Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de Verónica. Ya era hora de decidirse. la edad del hombre que deseaba volver a ver esa noche. decía. le urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. ella tendría que ayudarla en su administración. de galerías de arte y clubes sociales. Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. de gimnasios. con cualquier pretexto. también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus. subalterno del marido. Beatriz aplaudió la idea.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. habría que conseguir el mailing de otras empresas. Faltaban tres meses. Pensaba vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. ¿cuál era entonces la explicación que pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo del Valle del Cauca? ¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho que sí. omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada una de las personalidades presentes. anotaba los nombres de famosos. ¿Por qué no tú?. Verónica cursaba ya el primer semestre de Administración de Empresas. —Porque estudio. elegido la 39 . el negocio exigiría el concurso de las dos. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una fábrica de cemento. pensaba Virginia. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que ella. tuvo una razón casi patética: aquel joven le había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía. se justificaba sin poder justificar en su conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla. de salones de belleza. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre. Le habló del valor de una agenda. Un desliz. padre y madre dejarían de ser la fuente de los complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. una secretaria bonita y eficiente. Creía que tenía derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres. Tienes pelos de negra. le insinuó a Verónica. el balcón. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza. más que una infidelidad. de las llamadas. de las invitaciones. Una secretaria. los besos. no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. buscaba luego en el directorio y escribía dirección y teléfonos. su mailing. sin una agenda con nombres clave. Ella hacía lo suyo con aplicación y método: seguía las páginas sociales de diarios y revistas. madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión. porque no soy muy eficiente —le respondió ella.

Los senos le habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer. —Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. podría hacer relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. una insinuante abertura en los muslos. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. Y en una sesión de tres horas vaciaron el ropero. Le dibujaría mejor la silueta. blusa gris transparente. —¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. Definitivamente. que lo que vistiera no podía ser exageradamente juvenil. ¿Podía invitarla al desfile de esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. Virginia recordaba haber llorado de emoción al abrir la caja. En su parte inferior. llama a Vero y le dices que me invitaste. La transparencia de la blusa no era exagerada. el ancho cinturón rojo que apretaba la cintura y resaltaba las caderas. las escarchas plateadas que rodeaban y adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de astracán. ¿Podría acaso decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema. Mi padre no irá porque no quiere encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. de piernas anchas. a partir de cierta edad e independientemente de la Juventud. extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. coordinado la grabación de los spots de televisión. Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa. Unos pendientes discretos. la entristeció no poder estar en el evento. Conocería gente nueva y distinta. estaría todo el tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina el día de hoy. la blusa se abría en una V invertida. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie. Un discreto escote en la parte superior. a ella le da pena verme desfilar en ropa interior. ¿Qué tal este vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. nunca tanto como el que puso para vestirse esa noche. Verónica se probaba y descartaba vestidos y blusas. no sin antes aconsejarle que recordara su edad. ancho de los muslos hacia las botas. preferiblemente unas sandalias doradas. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta juventud ni derrochar tanto atractivo. Los tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—. dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo. era la mejor elección. era la invitada de Beatriz. desfiló delante de la madre. respondió Vero y colgó. le dijo la hija. sin brasier —aconsejó Virginia. en efecto. aunque prefería ir sola.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus publicidad de prensa. pantalones y bodies. pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le había regalado. se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas. Se lo decía porque. La asesoró en la elección de la ropa. la cohibiría su presencia. ¿me lo prestas?. de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier? —preguntó Verónica. no le digas que te pedí el favor. No podía humillarla poniéndola al descubierto. se miró al espejo. Nada de collares ni adornos. una 34b de redondez y firmeza envidiables. un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. Buscó la asesoría de la madre. Esto era lo decidido en la tarde. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro. Y aunque Virgie comprendió las razones de la hija. En el fondo. ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. Si se trataba de impresionar. ¿Quién lo llamaba? No importa. El pantalón. Simuló creer que. tienes cuarenta y dos años. Y Verónica se probó pantalón y blusa. Lo llamó pero no pudo encontrarlo. No la estaba llamando vieja. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló 40 . la austeridad era preferible al atrevimiento. estaba segura de que tendría mucho éxito. Era un conjunto insinuante. una pulsera. ¿Pantalón negro de seda. antes de que Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. ajustado a las nalgas. pero no sabría comportarse naturalmente. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su hija—.

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Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes. Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que asistiría al desfile de esa noche. Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de zorro. —¿Quieres de verdad que te acompañe? —Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de modelo. Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que, al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido el collar de esmeraldas. Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional. Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza adolescente de su hija? Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó un hombre al verla momentáneamente sola. Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia, Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre

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arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero de la hija. —¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de modas. Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista, entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación. —Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites. Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su oficina y los teléfonos. Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones. En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista. Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre, éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola. Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista, si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más mínimo. Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes. Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.

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Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho. Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia, sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa — le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las disculpas. Tranquilo, le dijo. La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La tanga nació en las playas de Copacabana. ¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a Comunicación Social y Periodismo —añadió. —¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes. ¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa. —¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La Tarzana. —¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno. Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un relámpago. Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los

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el Gran Jefe. la decoradora? —preguntó John Peralta. Le merecía todo su respeto. Si invertía los términos de la evidencia. la mano que tomaba su mano. A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos. A los duros. —¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. no era fanfarrón como el Gordis. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. Está hablando del milagro. nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. En medio de cuatro hombres. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. —Una sociedad perfecta —dijo Bueno—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. se lo merecía la agencia de publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno. en cambio. en todo momento agarrado a la cintura de su amiga. —Los espero en mi oficina —dijo Peralta. ella decora. rodeado siempre de bellas mujeres. pues no era otro el prestigio de Pradilla. Ya me gustaría manejar la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. Caminan sobre la misma línea de crédito. ¡Qué hijueputa!. a quien también debía el haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy. La muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. No lo hizo. preguntó Bueno. un seductor irresistible. Y. le convenía dar a entender que era la nueva presa de este hombre. Y tuve que dárselo. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla. No temas —le dijo al oído más tarde—. sólo falta que hable del santo. Lección: invierte en acciones seguras. De esta boca no saldrá ni una palabra. Era un hombre discreto. sólo seguía a salvo su innegable éxito de constructor. como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. Miró de reojo a Beatriz. pero Peralta respondió con una sonrisa. Y salió de la casa. Yo. Le debe a los bancos más de lo que invierte. Nunca olvidaría la frase del Gran Jefe: —Como poeta eres ingenioso. pero nunca serás un gran poeta. el brazo que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos rizados. en todo momento entregado al besuqueo. —Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de producción—. No quedaba casi nada de la integridad de Upegui. sin duda atractivo e inteligente. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. Él construye. de paso. ¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la acompañante de Upegui. salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. —¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra. no valía la pena más certeza que la felicidad de saberse el centro de atención. de copy a creativo de éxito. como lo llamaba Pradilla. pensó la muchacha. le llevaba refrigerios especiales. no se hiere la vanidad de un hombre poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador. son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento. Le quedó el escozor de la intriga. Así que aceptó la aproximación del nuevo amigo. la suave caricia en su piel. Creo que el dadaísmo y el 44 . acompañado por Isaías Bueno. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera un papelito a la muchachita que la volvía loca. alguna muchachita. Asistía a las grabaciones. Usa mejor tu habilidad para manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó otro rumbo. ¿De otros? ¿De quiénes?. no le tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—.

de confección defectuosa y tejido de lija. orgulloso de tener en su nómina al embustero más eficiente del mundo. No creía en el producto que vendía. Lejos de allí. la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo. consideraba impresentable. concertaba citas con secretarías pobres. en tumultuosas fiestas de la tribu. Si no tenían pasado. Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su voluntad. Ponía todo su ingenio en mentir. Este Pradilla. respiró aliviada. al senador que hizo elegir mediante una sofisticada reelaboración de su imagen. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento. lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas de su generación. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas. Fue un consejo cruel y oportuno. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él. que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos. sin esperar recompensa alguna. aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban. carachas. menos aún alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. El incipiente bardo de veintiséis años. así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus futurismo. que se quedara. Sí. 45 . son el origen de la publicidad moderna. dáselo como si fuera lo más importante de ti. sobre todo si eran exitosas. Le dio pues su compañía. De allí los disparaba hacía el futuro. por poco que sea —diría después como si repitiera una de las lecciones de la madre—. ni siquiera la recompensa que verse publicado. les inventaba el presente. ¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. además de corrupto. no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras. No había abandonado la poesía. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies. cuya gloría pasajera quedaba registraba en revistas de aparición única. Si le vas a dar algo a un hombre. Jamás se le ocurrió consumir los productos que promocionaba. también podía acompañarla de regreso a casa. Si la publicidad le exigía optimismo. Upegui daba vueltas al salón con una copa en la mano. por otra parte agonizante. era hoy un publicista disputado por grandes empresas y reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. además de la poesía concreta. Dos Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla. pese a sus setenta años cumplidos. Con gusto y sin mayores esfuerzos. Virginia conversaba animadamente con Amparo Consuegra. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. gran poeta y amigo. Al salir de la salita en busca de la madre. leía a ratos. No sobes. sable en mano. No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en una de sus bellas artes. artefactos humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. La publicidad es la única mentira que goza de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno. Allí empezó a crecer su afecto hacia el Gran Jefe. Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. Le dijo a la madre que la acababan de invitar a una fiesta. Corregía allí sus poemas. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad. la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de marcas establecidas en Estados Unidos. las gaseosas le producían flatulencia y aceleraban su ritmo cardíaco. Amor propio o vanidad. conservaba en el centro de Bogotá su antigua oficina de abogado. era un cínico que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado. que si deseaba quedarse un poco más en la reunión. mijo.

—Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche. Iba a decirle "no lo hagas". traje de Ermenegildo Segna. Si no lo conseguía. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara. bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina. si no dormida. su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las espectadoras. alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. Era Fabián Acosta. un Porsche rojo. zapatos. No lo había vivido aún en carne propia. Un hombre de cuarenta y pocos años. esa era la mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo. no estaba seguro. vaso de whisky en mano. que las llaves de ese mundo tintineaban en la mano extendida de Pradilla. Aquella noche. un no-se-sabe-qué que le recordaba a Richard Gere. no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica. Seguía con la mirada los pasos de la modelo. que prefería el cine a la televisión. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables. éstas eran las horas que moldeaban la mirada. de la televisión y el cine. con frecuencia más dormida que despierta. se acercó a hacerle compañía. corbata Hermés y zapatos Sebago. Aceptó ser llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. pues sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y el revoleteo de sus acompañantes. entregadas al dulce hacer nada de las tardes. chaquetas. vestidos. pero la madre ya lo había introducido en su bolso. Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre. Le había pedido al director de la serie ser indulgente con él. el joven protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. En un rincón del salón. le ofrecía calentar un tarro de sopa Campbell. adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la imagen y el sonido siguientes. El muchacho podía convertirse en un buen actor. Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo. reloj barato en la muñeca izquierda. acarició el cenicero de bronce y lo tomó con gesto distraído. la música 46 . marcas. Peralta había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. guapo y seductor. de unos cuarenta y pocos años. Una nueva mirada. no llegues muy tarde. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en emoción era el paisaje que cubría cuerpos. Nada extraordinario. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa. de las revistas que ella hojeaba distraída. Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente. contrariando la petición de Virginia. Sólo Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar. irrelevantes y llamativas. Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se distinguirá un paisaje de otro. un último bocado en mi sala. tal vez quedara en la nevera una botella de vino blanco. Le servía el whisky. Las largas horas pasadas frente al televisor. aunque compartiera con la hija el ocio de sábados y domingos. distinta a la de la madre. Un joven bien vestido.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. No mientas. La notó nerviosa. ambas en pijama. mamá. creía que le quedaban unas lonchas de salmón ahumado. el mismo que no había apartado los ojos de Beatriz. ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo. le dijo Leo. Hacía las tres de la mañana. Upegui conversaba con su sombra. tenía en la despensa pan tostado con ajo. propietario de una cadena de joyerías.

una caja nacarada en cuyo interior encontró un paquete de condones. A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa. 47 . Mao Tse Tung. en adelante. a. ele —deletreó. quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de Marilyn Monroe y Mao Tzedong. recordó que no llevaba ropa interior. No creo que sea Amparo Consuegra. ¿De quién era la serigrafía que imitaba los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le dijo Pradilla al salir. No era una trampa. ¿La ignoraba acaso? Se complacía sabiéndola cerca. calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus oportuna. Un breve chorro amarillento tiñó el agua. Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn. Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo. Réplicas de tragedia y épica del siglo. Se ausentó unos pocos minutos y regresó en mangas de camisa. la épica del viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de un río legendario. y se sentó en la taza del inodoro. Leo encontró la botella de vino blanco. No le dijo que se pusiera cómoda. el oportuno ponte cómoda que ya regreso. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud desdeñosa. segura de que. jabón líquido. Y ella no podía por menos que sentirse intrigada. en una de las paredes. —¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla estuviera vaciando sus expectativas. la decoradora. veinte o más años mayor que ella? Tratar de seducirla. exhibicionista y marica. en cambio. éste no era un hombre previsible. No había alternativas: jazz o boleros. Puso en el tocadiscos un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. un par de toallas simétricamente colgadas. sería ella y solamente ella la responsable de sus actos. —¿Una trampa? —preguntó Verónica. Y aceptó la trampa. Le habló nuevamente de Andy Warhol y de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio. Pradilla. como se decía ahora. Pronunció el nombre de Andy Warhol. crema humectante para el cuerpo. para más señas. frente a un inmenso espejo horizontal. hizo el inventario de los objetos que estaban al alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet. Warhol. Y no había calculado mal. hache. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. No lo eran. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. Lo de marica es un elogio —añadió. que daba vueltas de peonza en su cabeza. parecía imposible de formular. erre. como se dijo antes. abrió una puerta y dejó a Verónica en un amplio cuarto. crema para las manos. distante en la manera de ignorarla. ¿Qué habría hecho un hombre previsible. tarareaba las canciones de Sinatra y le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday". La verdadera pregunta. envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría mundana de sus palabras. "The lady is a tramp" —dijo para sí tarareando la canción. o. un Blanc de Blancs no está mal. espléndida en su belleza de dieciocho años. amable en todo momento. —¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el perchero el abrigo de astracán. aventajada alumna de inglés. Se bajó hasta las rodillas el negro pantalón de seda. la reproducción de un cuadro de David Hockney. un cenicero de mármol y. No necesitaba ir al baño. —No sé —dijo Leo—. —"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra. Doble ve. Al levantarse. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. partió un limón en rodajas.

Con una mano acarició lentamente sus pechos. Quiso llamar a Leo pero recordó que sólo tenía el número de su oficina. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. La acompañó hasta el dormitorio. Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas la madrugada anterior. con prudencia y casi con temor. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. comentó algún incidente nimio de la noche. Así que no podría ordenar sola las piezas sueltas del puzzle. Mientras se desnudaba frente al espejo. extendiendo y abriendo las piernas. Y era sábado. —¿Te pasa algo? Aunque Virgie le mintiera. La sintió despierta largo rato. si vieras cómo la miraban esos viejos verdes. le acercó el pijama de seda. Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero. comentarios que hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia. Vero tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. Vea. fue la reina de la noche. ¿Fuimos extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral. ¿quería un alkaseltzer antes de acostarse?. —No puedo dormir —le dijo a la hija—. "The lady is a tramp" —decía en la tarjeta sin firma. "Extraños en la noche". sabiéndose incapaz de 48 . "Por una vez en mi vida". cambió la ducha por la tina. con la otra jugó a enredar los vellos de su Monte de Venus. lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas. Pocas veces le pedía que durmiera a su lado. Después hablamos de eso. Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos. —Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. pocas veces y esas pocas veces fueron entre los diez y los once años. Él esperó que entrara y encendiera las luces. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. —Estoy preocupada. si era un rompecabezas. Beatriz estuvo espectacular. Si no lo pedía la madre. lo exigía la niña. Se sentó a esperar que la bañera se llenara. Mis cálculos se están quedando cortos. arrojó chorros de gel al agua caliente. Verónica se despertó primero que la madre. Ya vengo. habría que armar el rompecabezas. No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que. mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. Cerró los ojos. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras. Vero —se atrevió a confesar—. "La señora es una trampa". Debía esperar hasta el lunes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La llevó de regreso a casa. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life". —Duerme —le pidió la hija—. El espejo se empañó con el vapor. ordenar el enigmático desorden de las frases. —Duerme conmigo —le pidió la madre. acariciaba la felpuda superficie de su sexo. le ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. niña Vero. recostada en un sofá de la sala. ¿Soy una trampa? —se preguntó. Tengo sueño pero no puedo dormir. La madre dormiría hasta tarde. la ayudó a desvestirse. Se sumergió poco a poco. Una foto del ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche.

¿Las mandó Leo Pradilla? —Un desconocido —dijo Verónica. La madre aceptó la explicación de la hija. aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia. No importaba que ese sofoco. impartida por no sabía qué tiránico capataz. rozando apenas la superficie. que sus muslos. 49 . ni le importaba que la respiración fuera acezante. —Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. El cuarto de baño le pareció borroso. me estaba acordando de una canción y trataba de cantarla. mamá —dijo sin aliento. —¿Que me quejaba? No. pero se detenía temerosa en ese umbral. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda tropezó con algo que se endurecía. Si se les preguntara. lo movió como si no lo moviera. aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus explorar más allá de la estrecha puerta de entrada. hundió con suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—. No se detendría. Cuando quiso salir de la bañera. Ya voy. Verónica dio gracias a Dios por el milagro alcanzado. la estremeciera y ella misma se escuchara gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor. Poco a poco. ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura rotara al ritmo de la mano curiosa y amable. que había escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos. Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera. No le dijo. el chapoteo cadencioso de un cuerpo en el agua. La religión era un tic de la costumbre. como la llamaba de niña. Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó. La ausencia de fe era asunto decidido sin convicción. su cajita de sorpresas. Tuvo conciencia del grito inoportuno y lo convirtió en un gemido. esa sensación desconocida. El agua ya no era tibia. le prohibía prolongar el placer apenas insinuado. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. trazar un lento movimiento circular. Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo respondía al recorrido de la yema del dedo. abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico. Verónica cerró de nuevo los ojos. —¿Te sientes mal? —No. convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. el grito ahogado. —Lindas las rosas —cambió de tema—. hasta que el calor subió al resto de su cuerpo. una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. madre e hija aceptarían ser católicas. Con los ojos cerrados. — Me pareció oír que te quejabas. como si adquirieran vida propia apretaran y aprisionaran su mano. nunca se lo diría. como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban. Una extraña orden. El llamado insistente a la puerta. le temblaron las piernas. Mañana me llegan las máquinas de ejercicios. el cuerpo recobró la liviandad del principio. el ruido de nudillos de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. mamá —nunca la llamaba así—. ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. ¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar las paredes para el salón principal. le ordenaba presionar con fuerza. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor sobrepuesto a otro olor.

Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. es impotente. en el centro de la página. una adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres de personalidades presentes en la velada. no pensaba hacer nada con él. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera. —¿Cómo que nada? —Comimos salmón ahumado. —¿Qué pasó en el apartamento de Leo? —Nada. Francisco Rueda. Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida del desfile". como si lidiaran contra la prisión de la prenda. Dos columnas inferiores informaban sobre el estreno de una ópera en el Teatro Colón. La apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. ¿Son tuyas? —¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass adornado de encajes. impotente. las tonalidades marrones de los pezones. "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un caballero en la espectacular velada de anoche". ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda. si no es impotente ni marica. Verónica esperaba los avances de Pradilla. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo. un hombre demasiado respetuoso. bebimos vino blanco. despiadado o. Por los bordes de la prenda se escapaban. retorcido. en realidad. A todo color. —¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. La esperó media hora. Sabe que tengo más de dieciocho. una rara luminosidad en los ojos. sobre todo en las piernas. La privaba del placer de resistirse. Marica. En la agenda de la noche anterior. abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias. Verónica llamó a Beatriz. Y era cierto. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche. revelación de la noche". —¡Qué nalgas. Beatriz traía a mano los periódicos del día. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. lo que se dice nada —respondió Verónica. Tres de las siete fotografías de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo. escuchamos canciones de Frank Sinatra. Nos vemos dentro de un rato. como si de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. ¿Podía venir un momento a su casa? Desayunarían juntas. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con el Gordis.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. 50 . eso era lo que sentía en aquellos instantes. Si no es marica. "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año". a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra. —¡No te lo puedo creer! —Créeme porque yo tampoco lo creo. Una rara paz interior. Sea lo que sea —dijo Verónica—. debe ser uno de esos tipos que te ven muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua. a dejarse desnudar si era lo que él deseaba. especuló Beatriz. ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa. tal vez.

Betty. —¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis? —Si lo sabe. fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—. debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje. Frank Rueda. —¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre.como un temblor de tierra. los que piden permiso para darte un beso. feo o lindo.. el fin que buscaba sus medios? No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. ¿Dices que es inteligente? —Por eso mismo. Betty. —Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz. Beatriz creía que una vez abiertas las puertas del éxito. dice que el que a buen árbol se arrima.. adonde entraba de la mano del Gordis. —¿Está mal que me guste un hombre por interés? —Depende —transigió Verónica—.. —¿Sola y sin pensar en nadie? —Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. lo que importa es que no sea pobre ni demasiado viejo. Me dio rabia. Pobrecita. —Leo es un hombre muy inteligente. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello. La virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia. ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas. sientes que te vas hundiendo en un hueco sin fondo. buena sombra lo cobija. Me dice que viva la vida que no pudo vivir ella. qué se siente? —Un orgasmo es.. porque es inteligente parece más odioso. La desafiaba. La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero. incluida la industria de la belleza. Creen que las mujeres deben arrodillarse a sus pies.. más allá de ese primer paso decisivo. —elevó los ojos al cielo— . —No me estás diciendo toda la verdad. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica. Gordo o flaco. otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus afrentaba su vanidad de mujer. Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. se está volviendo vieja sin saber nada de la vida. No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra. —¿Por interés o porque te gustaba? —Un poco por interés. —¿Quiénes son esos tipos? —Los hombres mayores. —¿Cómo es un orgasmo. —Y que te abra las puertas del éxito. —Tuve un orgasmo. Beatriz? —Yo—confesó. —Mi Gordis es distinto: tierno. —¿Quién sedujo a quién. Para ellos.. Lo tuve yo sola. —¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula. pocas veces lo llamaba por su nombre. 51 . ¿Es eso? —preguntó Verónica. somos niñas jugando a ser mayores. la dulce agonía del cuerpo que volvería purificado a la tierra. No esconde sus intenciones. prefería pensar que lo experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte. ese roce involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. todo era incierto. Cuando se pone a hablar con sentencias. En un plácido hueco sin fondo. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga.

una convicción confesada: quien a buen árbol se arrima. como virus que se extiende y acaba por contagiar a un número cada vez mayor de víctimas indefensas. a manera de machihembrado. Sus ahorros y su cuenta en dólares se iban por el desaguadero de los imprevistos y por el mismo conducto se le iba a veces el ímpetu que había puesto inicialmente en su empresa. por qué no Upegui? —Llámalo —le aconsejó Verónica—. Todo lo que concernía a Upegui parecía providencial ese día. Fue cuando hizo su aparición providencial el constructor Javier Upegui. "como las mujeres. desde los diez años. Su capacidad de decisión sorprendía a la madre. por ejemplo. Verónica se había hecho a la sombra de la madre. Si no surgían problemas con la instalación de las máquinas. Se había mostrado interesado en el proyecto. tiene un éxito increíble con su urbanizadora. de pedirle detalles sobre su proyecto. —¿Qué más oíste de él? Estuvo a punto de repetir lo que se dijo de Upegui. ¿Quién era realmente esa Tarzana de la que hablaron tan despectivamente? ¿Temían que hubiera elegido a Upegui como su próxima presa? —Javier Upegui me ha llamado dos veces —contó Virginia a la hija—. después de los treinta". Si necesitamos un socio. Virginia apenas dormía. la promoción de prensa y los recursos de una inversión que se reducía a velocidad de miedo. aparecían errores en el acabado o en las oficinas. también providencialmente. en caso extremo podría hipotecar la casa. Quiere invitarme a cenar. porque no había dejado de halagarla y cortejarla. Que hubiera 52 . todos los hombres mienten. un gimnasio de lujo podía ser una inversión excelente. ninguno como Upegui. Pedía plazos a los proveedores. ¿Había apostado demasiado en ese sueño? . capaz de decidir por sí misma en la adversidad. —Me dijo que tenía sesenta. buena sombra lo cobija. Verónica adquiría una energía insólita. la hija demostró ser capaz de desenvolverse sola y sin la tutela de Virginia. la época imponía costumbres y valores. —¿Lo llamo o no lo llamo? —se impacientó Virgie. La noche anterior. pero repetirlo la hubiera llevado a preguntarse sobre la identidad de La Tarzana o a remover en las razones de sus presentimientos el enigma de la mujer que todos llamaban La Tarzana. Cuando se solucionaban estos problemas. En muchos sentidos. Adivinaba en ella una personalidad obstinada. Por lo que oí esa noche. pero Virginia no sabía si el constructor lo decía para halagarla. un tonto exitoso en los negocios. si puedo ayudarte en algo no vaciles en decírmelo. recordó en uno de sus momentos de mayor inquietud. ¿Cuántos años le calculas? —Sólo lo vi de lejos —dijo evasivamente—. Y ésta fue la frase que. ¿Aprendían ambas de sus madres o aprendían con la moral de la época? Poco a poco. Iba a decir. en las duchas o en la sala de baños turcos. Lo sellaba. A medida que maduraba. la desvelaba la fecha de inauguración y la lista de invitados. aunque esa sombra fuese con frecuencia una silueta ausente. El capital previsto no bastaría y si no bastaba tendría que solicitar un crédito bancario y si el crédito era imposible buscaría un socio. ¿Por qué no un socio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La experiencia del orgasmo selló aún más el vínculo de las amigas. le dijo la noche del desfile. —Después de los cuarenta. —Acéptale la invitación y que sea ahora mismo. Debe andar por los sesenta y pico. patéticamente desgraciado en sus amores. La abrumaba el escepticismo.

Tenía peluca. la madre temía el alejamiento paulatino. ¿Le traía el vino de siempre? Sí. Y el cordero asado —añadió. Gran parte de su vida era fingida. Prueba los escargots —le sugirió a Virginia. Iba decidida a proponerle la vinculación a su negocio. Y desde ese instante. ¿No la había sufrido de niña? ¿No la había evitado al casarse con el ingeniero Arturo Oropeza? ¿No la había temido al enviudar siendo aún joven. Las papas al vapor. Lo único que no era fingido era el deseo de construir su propio negocio. Lo sentía mucho. Un whisky doble de malta era lo que acostumbraba beber en el restaurante que frecuentaba al menos dos veces por semana. Probablemente pensara así la mujer que se había resistido con todas sus fuerzas e ingenio a las humillaciones de la pobreza. que un día. porque sólo la ternura le daría la certidumbre de tenerla aún a su lado. en la penumbra de un rincón. aunque la viviera con la mayor naturalidad del mundo: sus amores. habría sorteado el riesgo de la servidumbre a hombres poderosos y ricos. ¿Un aperitivo? Virginia necesitaba algo fuerte. Cuando salió del auto para recibirla y abrirle la puerta. como si ese fuera el calor deseado aquella noche. De melancolía y desacostumbrada ternura. con mantequilla y ramitas de perejil. revelaba en la muchacha un sentido de independencia que acabó por producir el estado de melancolía que Virginia experimentó al regresa sola a casa. un gimnasio de lujo. Verónica aprendiera a volar y lo hiciera sola y sin su concurso. mientras circulaban hacia el viejo restaurante de la calle 23. le ofrecía en cambio un excelente Marqués de Riscal. ¿Quería la carta? El maître les recomendaba el cibet de jabalí. la peluca se desajustaba en la parte posterior del cráneo. Había elegido una mesa para dos en uno de los extremo del restaurante. —¿Cómo va tu gimnasio? —fue la primera pregunta de Upegui. Upegui dijo. entonces. Y Virginia constató que.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en principio rechazado su compañía y la hubiera finalmente aceptado con el tacto del vínculo filial. El mesero conocía sus preferencias. tampoco le importarían las habladurías de los amigos de Upegui. lo mismo de siempre. Había previsto una inversión pero mis cálculos se están quedando cortos. una inyección de capital y las relaciones del socio con el alto mundo era lo que le faltaba para estar segura de que el futuro se abría en efecto como lo había deseado. porque se sentía sola. madre de una niña de diez años? Fue a cenar con Upegui. Upegui fue al grano: —¿Cuánto has invertido y cuánto necesitas? 53 . Hablaban a menudo. La inversión prevista inicialmente se estaba agotando. Y el mesero comprendió. agua tónica y zumo de limón —ordenó ella. Por ello le había pedido dormir en su cama. el hombre se inclinó reverencialmente. Mucha pimienta negra. clientela distinguida. porque temía perderla. ¿Cuántos años revelaba? Tal vez sesenta y cinco. Lo que menos le importaba era la edad y. Verónica la sintió tranquila y complacida por la compañía. liquidez suficiente para sobrellevar sin angustias los primeros meses. Ignoraba lo que sus amigos decían de él y Verónica nunca le diría una palabra de lo escuchado en la fiesta. a pocos metros de la carrera 7. pese a estar perfectamente ajustada a la cabeza. un Marqués de Cáceres del 82 —ordenó. doctor. se les había acabado el Marqués de Cáceres. Pero Virginia no sabía si la puntualidad de sus consejos era lo que su hija necesitaba en realidad. Una ginebra con hielo. Crecía la complicidad entre ambas. de haber escuchado lo que se decía de él. el día menos pensado. Virginia no hizo otra cosa que pensar en la edad de aquel hombre. Él mismo la recogió en casa. —Con dificultades —dijo Virginia cuando retomó el hilo de la conversación—. la prosperidad. Si lo conseguía. A medida que la hija crecía. Upegui pedía casi siempre escargots de entrada y steak au poivre como plato principal. el lujo de sus gustos.

Amparo Consuegra participaba a menudo en la venta de las piezas de arte y éstas se volvían. Upegui pidió más pan francés para no dejar en el plato la salsa de los caracoles. a su vez. Upegui pensaba que no había mejor recurso que invertir con un poco de ingenio. se volvía casi intangible. terrenos por carros. Upegui la comparó con el precio del cuadro. los arriendos estaban por las nubes. Amparo decoraba. No sólo estaba seguro del éxito del negocio sino de la 54 . Si no había efectivo. una formalidad. se decía Upegui. Upegui se quedó unos segundos pensativo. Quería ser franco: compromisos con su banco le aconsejaban ser cauto en sus inversiones. Upegui construía. su precio sería sensiblemente más alto. Saldría de nuevo para acabar en las manos de un colombiano de Miami quien. Para Virginia. dinero en efectivo. razón por la cual Upegui sumó al inventario muebles coloniales y dos retablos del siglo XVIII. menos mal que había pagado seis meses por anticipado. una camioneta Toyota recibida a su vez en un canje. Era lo que valía el cuadro de Fernando Botero que acababa de permutar por una casita en la sabana a las afueras de Cota. Incluso después de haber dado por terminada una relación tormentosa. le dijo. pero salía de repente en operaciones de alto trueque. subastado en Nueva York. Enviaría a su abogado. moldear las asperezas de sus costumbres. —Que sean doscientos mil —dijo Upegui. Aceptaban cheques posdatados. que valía menos que la pieza. Estaba acostumbrado a esta clase de cálculos. de un día a otro. El dinero se escondía. ¿Le molestaba si no figuraba en las escrituras del negocio? Figuraría su abogado. en realidad un testaferro dócil usado en algunas de sus operaciones. Se pagaban deudas con obras de arte: los dealers recibían en consignación y vendían al contado o a plazos. Lo había aceptado en años de vida con el ingeniero Oropeza. cuya autenticidad seguía siendo dudosa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus No le dijo lo que había invertido. le dijo. y dos grabados de pliego de Salvador Dalí. viajó unos días por el Principado de Mónaco. podría en pocos días venderlo por intermediarios a un "cliente anónimo" de Medellín o Cali. —¿Así que necesitas doscientos mil dólares? —Podrían ser ciento cincuenta mil —dijo Virgie. ¿Había tomado la precaución de pedir facturas de cada compra? Le recomendaba facturación doble y. quien se propuso desde el principio educar a la esposa. apartamentos por obras de arte. Total. en lo posible. Amparo y Upegui siguieron siendo socios. ¿Era correcto o de mala educación limpiar la salsa del plato con un trozo de pan? Lo imitó también en la manera de paladear el tinto de la Rioja. El camino que había seguido el cuadro parecía absurdo: pintado en Italia. Virginia lo imitó. La calle 93 con carrera 16 era un sitio costoso. No le guardaba rencor. Suscribirían un documento privado. Así que cuando repitió para sí la cifra dada por Virginia. imitar equivalía a aprender. Calculó al vuelo una cifra y dijo que necesitaba doscientos mil dólares. ambos vendían o canjeaban en un mercado que veía salir de debajo de las piedras o las camas fabulosas sumas de dinero. En caso de que un día decidiera traspasar o vender el negocio. Upegui acostumbraba hacer toda clase de transacciones. Doscientos mil dólares —repitió para sí. prepararla para la vida social que ella conoció en esos largos diez años de matrimonio. Ni un solo billete o moneda de curso legal entró o salió en la operación de compraventa. fue vendido en Nueva York y repatriado a Colombia. la mejor elección para la tierna textura del cordero al horno. El cuadro de Botero. pagar de contado. había llegado al inventario de Upegui por medio de un cliente encaprichado con la casita de Cota. una mujer como Amparo podía ser mejor aliada en los negocios que en la cama. Se reunirían mañana a revisar las cuentas y poner en orden los papeles.

que su apartamento fuera en realidad una vieja casa de dos pisos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus seguridad de su inversión. prefería el pescado a la carne. tres habitaciones más. pero él se había entusiasmado con la idea de conservar la casa como vivienda. Vivía en Teusaquillo —le explicó— porque las casas que quedaban en el sector eran joyas arquitectónicas. bebía al menos nueve vasos de agua diarios. imaginó su apartamento en un edificio levantado en la falda de los cerros. pasando una mano por sus caderas.. Las explicaciones de Upegui iban de la generalización a los pequeños detalles. Si fueran imprevisibles o menos rutinarias. No bastaban el celador de la cuadra ni la garita de la esquina. En principio. como hoy. ¿Por qué tan cerca del centro y en un barrio tan venido a menos? Pensó que Javier vivía en el norte. —Tomemos un trago en otra parte—propuso Upegui. las ensaladas y las frutas. Al fondo. Que mirara bien. dijo. ¿Una copa? No. las chimeneas eran una rareza. pero. La ciudad crecía y se empezaba a volver incontrolable el manejo de la seguridad. ¿Los prefería en efectivo? —corrigió. Había un cuarto que podía destinarse al mayordomo. divorciado de una mujer de cuyo nombre no quería acordarse. tendría el equivalente de doscientos mil dólares. Mi dieta.. lo había convertido en un depósito de muebles y trastos viejos. Podría aceptarse que. Ya casi nadie las usa de residencias. vulnerables en todo sentido. En efectivo —dijo Virginia. Como él no tenía mayordomo. aunque empezaba a estilarse la recuperación de la chimenea como adorno de la sala. que había suprimido las harinas y que excepcionalmente. Gracias —fue la breve recompensa de Virginia. armarios y escaleras de madera fina. las ensaladas eran su obsesión. sobre todo en estas casas. La cocina y el cuarto de servicio eran gigantescos. La mano ascendió de la cintura e hizo un lento. gracias. Se dedicó a informarle que su peso y sus medidas se mantenían en un nivel aceptable. No la necesitas —la halagó Upegui. se permitía la irresponsabilidad de probar el pan y las salsas. previendo quizá lo que contenía la propuesta. Y mientras lo decía. por lo rutinarias. ¿No estaba en juego una inversión de doscientos mil dólares? Que el constructor Upegui viviera en Teusaquillo. Virginia rechazó el postre. estas casas fueron habitadas por familias numerosas de alto rango social. en la primera planta. tomó por sorpresa a Virginia. Toman las decisiones esperadas por las mujeres. Qué vaina con la seguridad. solo y sin hijos. Las circunstancias obligaban a tener vigilancia permanente. Aunque tener un 55 . Su dormitorio en la segunda. El área social. a más tardar en una semana. Y Virginia aceptó la propuesta de tomar un trago en casa de un hombre que conocía apenas. No necesitas dieta —repitió Upegui. En tres días. No la necesito ahora. con una chusca buhardilla que le servía de estudio. coqueteó. ahí estaba el secreto. sala y comedor. caminaba o hacía ejercicios puntuales. una excentricidad. Así que. pues vivía solo desde hacía quince años. —Estaríamos más tranquilos en mi apartamento —propuso. Una vivienda espaciosa de dos plantas con antejardín y garaje. Las compraban o arrendaban. atravesando los pasillos. Ya no se hacían acabados como éstos ni se concebían suelos. la estrategia dio los resultados esperados por Upegui. precisamente por lo previsible. imperceptible recorrido hacia arriba. miraba con codicia el tiramizú que Upegui devoraba en grandes cucharadas. Y ninguna decisión es más previsible que la tomada por hombres que pretenden seducir a una mujer. y mucha agua. Debía tener cuidado con el alcohol Hay hombres previsibles. correrían el riesgo de fracasar o producir desastres en la vanidad. no exigen el concurso de la imaginación. Las estrategias se repiten con regularidad porque han probado su eficacia.

el dedo corazón que acaricia la rosada entrada de la caverna. se despierta sin abrir del todo los párpados. ¿La alfombra o la cama? La alfombra. con el roce de sus labios. de vientre prominente. Siguió ocupándose de la flexible masa muerta. Consiguió un breve saludo traducido en algo que podría ser una erección. llevarlo de la mano y conducirlo adonde deseaba llegar. Ha cerrado los ojos y sólo existe para sí misma. semidormida fístula. el de ella. aceptara seguir jugando con un pene que no era pene. lo tranquilizaba un poco contar con ese hombre de confianza. la camisa. Cuando la boca se fatigó del juego. Virginia empezó a desnudar al inexperto: la corbata. con la saliva venenosa. Supo desde el primer instante que tenía que guiar a Upegui. Virginia se sirvió de una mano. Que la mirara. extendido maullido de gata. No te muevas. Upegui gemía. con un hombre que no era hombre. Lo ayudó en la tarea: se desnudó con paciencia. gemía. así que Upegui resbaló aparatosamente cuando ella. los pantalones. la otra. Ni boca ni mano. El sofá no alcanzaba para dos. Mi empleada está durmiendo. maleable masa dormida se despierta entre sus dedos. Upegui miraba esta variante del juego: una mujer abierta de piernas. no podía evitar los retorcijones. Encontró un pequeño juguete flácido. que se la acaricia con suavidad e invita a ser mirada cuando la suavidad pasa a ser el ejercicio drástico del dedo presionando con fuerza. Upegui disparara un oculto dispositivo erótico. se acariciaba el coño. en un gesto involuntario. el cinturón. salido de una pequeña.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vigilante privado no disminuía la inseguridad. adonde no llegaría si lo dejaba hacer solo sus cosas. exiguo elíxir blancuzco. se dijo. Unos instantes. los suficientes para que Virginia Sienta caer el cálido. decidió ella. ¿De gata? Si alguien le hubiera hecho el seguimiento de esos gritos —testigos no faltarían— hubiera concluido que Virginia había adoptado como propio el grito del hombre de la selva. continuaba retorciéndose. Saberlo y sentirlo no la distrae del propio empeño. Virginia aceptó hacer el ridículo debajo de un hombre que se había abalanzado sobre ella y desordenaba su ropa antes de caer de bruces. Se evitaría el tramo de la escalera hacia el dormitorio de la segunda planta. Lo que sintió en la boca al cabo de un rato de esfuerzos fue una flexible masa sin vida. lo que obligó a Virginia a extenderlo bocarriba en la alfombra. como si. harían el milagro. alcanza a presentir la aparición del milagro: la pequeña. esperaba que. Prefirieron el vino al whisky. por distracción. decidida y más eficiente. Alcanza a ver los ojos vidriosos de Upegui. fue un aullido. ¿No venía de allí el apodo de La Tarzana? 56 . le ordenó obligándolo a seguir de pie. Si el grito de Upegui pareció un desgarramiento de pánico. continuado. abrazada al tipo que le babeaba cuello y orejas y le desabotonaba la blusa con tanta prisa como ansiedad. Aunque estuvo a punto de reírse por el repentino avance de Upegui. Trató de animarlo con masajes. Upegui gemía y Virginia hacía lo imposible por contener la risa. un largo. Se rió sin querer ser ofensiva cuando vio a Upegui en calzoncillos y medias. Cambió entonces las reglas del juego: una mano acariciaba la flexible masa semidormida. pero disfrutaba sabiendo que todo en aquella escena estaba condenado al patetismo. El juego no conduciría a ninguna parte. trató de salvar un brazo aprisionado por los brazos del pulpo que la rodeaban. Envejecen y no aprenden. No volvieron a hablar de negocios. —¿Qué te sirvo? —preguntó después de encender las luces de la sala—. Se arrodilló entonces y buscó entre los calzoncillos. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse y se encontró de pie. siguen siendo toda la vida adolescentes con urgencias. Upegui susurraba. Podía haber reducido el patetismo de la imagen quitándole los calzoncillos. Hay hombres que nunca aprenden. Un despertar sin despertar. En ropa interior. mirándola. un cuerpo enjuto y amarillento. concluyó.

A Upegui lo calentaban las frases afrentosas. Le enseñó a maniobrar un vibrador y lo condujo por vericuetos distintos a los habituales. 57 . como de niño que reduce gradualmente la intensidad de sus quejas. metería un dedo en su trasero. —Estuviste fantástico —le susurró. Melancolía y silencio. ¿Que se excitaba más mirándola que acariciándola? Lo complacería en ésta y otras obsesiones. una recompensa inmerecida como todas las que Virginia ofrecía a hombres como Upegui. los volvió amantes sin ser amantes. Si lloraba. Le pidió canjear afrentas por afrentas. —Estuviste fantástico cuando me mirabas —corrigió. pero lo excitaban como no podía excitarlo la modalidad clásica de conseguir una erección destinada a penetrarla por instantes. Aceptó el hecho y se resignó a hacer el amor con un hombre que no sabía hacerlo. Virginia lleva sabiamente la cabeza del viejo hacia un pecho y lo amamanta con la abnegada ternura de una madre. Lo que le dijo al verlo derrumbado y acezante fue una mentira piadosa. Si no alcanzaba la erección en el grado de dureza exigido para penetrarla sin que el adminículo se deshiciera en su flacidez. Se lo dijo a Upegui en otras palabras. Se proponía encoñarlo. ignorando las carencias del viejo. Como si se tratara de un discípulo dispuesto a aceptar como verdad lo que ella le enseñara. sin quererlo. cada vez que imaginó a Upegui reconstruyó piadosamente aquella escena. Se vistieron en silencio. Susurraba en sus oídos palabras y expresiones que derretían al viejo. ¿Por qué los hombres se empecinaban en tomar una y otra vez los caminos del fracaso? ¿Por qué pretendía Upegui hacer el amor —Upegui no era sino la metáfora de otros Upegui— sin temer la caída en el ridículo? La piedad presta su estilo a la mentira. Si a Upegui le gustaba revolcarse y sobajearse con ella. Acostumbró esos oídos a repentinas suciedades y a tiernos insultos. lo hacía de manera desconsolada y sin complejos. Un llanto quedo. enmarcados en un precario paisaje de canas. se escucha el chup chup de sus labios en la teta generosa. porque adquirió pronto la costumbre de llorar de manera inexplicable en brazos de Virginia. Lo conminó a hacer lo que se le antojara.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche. momentáneamente. mordería sin morder sus testículos. Es el momento propicio para ofrecerle consuelos. No mezclaría los negocios con la cama y menos cuando este hombre le prometía entrar en sociedad. Upegui chupa ese seno. Upegui no sería solamente un amante dócil sino el mejor de los socios. También Upegui descartaba la posibilidad de convertirla en su amante. por su impotencia viril. detiene el llanto. No dejó de mentirle. todo menos exponerse a fracasar en el intento de penetrarla. Virginia descartaba la idea de convertirse en amante de Upegui. de halagarlo. ¿No le gustaba verla en cuatro patas y de espaldas exhibiendo la abundante redondez de sus nalgas? Le enseñaría a besárselas. elementos de un juego amoroso que excitaban al hombre. —No tienes que mentirme —dijo el con la voz entrecortada. por la felicidad de sentirse consentido al lado de esta mujer sabia y paciente. Virginia cierra los ojos y piensa en la inminente apertura del gimnasio. Pero la repetición de los encuentros. se adormece en el regazo. pondría todo el empeño en esas relaciones. El viejo no era lo que se dice impotente. ¿No le gustaba sentirse lamido como cachorro? Lo lamería con dedicación de orfebre. mejor dicho. Fue más allá de la resignación: trazó su propia estrategia. Lloraba por el fracaso de los pasados amores. Virginia instruyó a Upegui en otras técnicas amatorias. tantos que se volvieron rutinarios. habría que descartar esta modalidad. ¿Que Upegui era un obstinado en su empeño de acostarse con ella sin contar con los recursos para hacerlo satisfactoriamente? Qué importaba. expresiones de consolación: el error de muchos hombres consiste en creer que todo se reduce a meterla. No era un pelafustán cualquiera. Piadosa mentira. lo llevaría al centro de su cuerpo y le insinuaría quedarse allí como quien busca afanosamente un tesoro. Busca el otro pecho. Le haría el amor con la sabiduría de una hembra. Si lo conseguía.

estimuló la curiosidad de saber si podría alcanzarlo con un hombre. La inyección de capital precipitó felizmente la última fase. Un viaje relámpago a Nueva York. Son como niños —piensa. Pradilla prefería la alfombra y los almohadones. dedicada en las últimas semanas a hojear revistas de decoración europeas. le interesaba saber cómo era el asunto de las fusiones empresariales. Cinco encuentros —Vero los contaba como si fueran la cifra de sus expectativas— y todavía no asomaba en el horizonte nada de lo esperado por ella. Se ofreció a colaborarles con ideas que darían al spa una decoración más sofisticada y moderna. alguna caricia sin más intención que la de sentir la tibia piel de la adolescente. Verónica había vuelto a encontrarse con Guido Leonardo Pradilla. explicó Amparo. el día menos pensado. carajo? ¿Por qué ese grave. después se lo comerían vivo. Mientras Virginia y Upegui vivían su historia de amor sin amor. ¿conocía la canción de Joan Manuel Serrat? A propósito. Amparo puso a su disposición una agenda valiosa. llega el grande con sus manos abiertas. serían sus socios. mejor dicho. : Volvieron a comer salmón ahumado y a beber champaña francesa mezclada a partes iguales con zumo de naranja. le dijo. Pudo al fin ver la retrospectiva de David Hockney. Primero. Unos pocos. El Gran Monstruo de belleza apocalíptica. Piel de manzana. El descubrimiento del orgasmo. un viaje de exploración a nombre del Gran Jefe. se volvería más competitiva. la ilustraba en la grandeza de un concierto de Pink Floyd. desde el suelo afelpado. por el contrario. En esto acababan esas alianzas. le hacía llegar cajas de bombones o trufas. Pero Bueno decidió a último momento no convertir la obra de su vida en la fácil carnada de un pez gordo. que los botones salieran de sus ojales y quedaran expuestos a la mirada sus hermosos pechos intactos. pero ella acostumbraba prescindir del 58 . ¿Por qué no trataba de seducirla? ¿Por qué no la desnudaba. dijo Amparo. Todo sucedía como lo había esperado. ofrece unos millones y. ¿Quién cantaba esa canción? Bryan Ferry. El viaje a Nueva York había sido en todo caso divertido. Alguien muy poderoso estaba interesado en invertir en su empresa. Pradilla la invitó a cenar después de haberse ausentado cinco días de la ciudad. le dijo a Verónica: espero que te guste. Extendida en la alfombra blanca y abultada. Ahórrate los estudios y las teorías: la empresa chiquita necesita capital para hacerse un poco menos chiquita. Upegui llamó a Amparo Consuegra. tiernos besos. Ya no se estilaba el topless. Desde allí. ponderaba el sonido de la guitarra flameante tocada por John McLaughlin. Me inclino por la asepsia. se devolvía con mesurada nostalgia al peculiar sonido de Supertramp y The Cure. Crecería. El envío de las flores y los mensajes cifrados con títulos de canciones de Sinatra iluminó un rincón inexplorado de su curiosidad. Había que recuperar la sólida dignidad del hierro en vigas y escaleras. le pedía poner atención al escuchar 'The dark side of the moon". ¿Qué hacía en Nueva York? Un encargo de Isaías Bueno. Volvieron a escuchar hasta tarde viejas canciones que llenaban el ámbito del salón con melodías desconocidas por ella. Pensaba en módulos geométricos. Si no le enviaba flores. le dijo inocentemente Verónica. encontrado en una paciente sesión de frenesí solitario. Verónica dejaba que su blusa enseñara vientre y ombligo. abre las fauces y engulle a su socio. zuas. ¿Le aburría conocer esas minucias? No. Posmoderna. así definió a la urbe. Ella abrió la pequeña caja envuelta en papel regalo: contenía un perfume de Carolina Herrera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Recuerda que nunca amamantó a Verónica y siente por primera vez el gozo supremo de una maternidad tardía. bajo tono de sus palabras no se alteraba y perdía el control en un rapto de macho? Empezó a desearlo en silencio.

los fabricantes de sostenes habían pasado por la peor de sus crisis. ese tono bajo. Una manchita deslumbrante. tomarse de las manos. Tenía que preparar un informe para el Gran Jefe. ¿Le había notado algo raro? Nada. solitario y exigente en su vida social. beber champaña. la frase quedó grabada en la memoria de Verónica ¿Por qué no se los acariciaba? ¿Por qué no le quitaba la blusa y ponía esos pechos en su boca si ella no hacía nada distinto a ofrecérselos? Tuvo una fantasía instantánea: Leo le rasgaba a dentelladas la blusa. —¿Será verdad que es marica? —le preguntaría después a Beatriz Lopera. ¿Qué había hecho en el hotel de Villa de Leyva donde habían pasado un fin de semana? Dormir en camas separadas. ¿Lo había visto hacer en una película. Nadie le había dicho antes nada sobre el lunar del seno. le restaba importancia a lo que ella creía importante. Aterrizó en la realidad. un publicista brillante al que le atribuían amoríos turbulentos y una antigua pasión de la que nunca hablaba. Resultaba —le decía Verónica— que su madre tenía un nuevo amante. —¿Ni siquiera te toca? —No como yo quisiera. Los pechos más divinos que lengua inmortal decir no pudo —siguió Leo con su parodia. ese tal Upegui. la mirada a los ojos en el instante del brindis. Estaba cansado. nimiedades de niña. Las palabras la hicieron reír. de detener el ascenso de la espuma posando la yema de un dedo en el borde de la copa. le confesó Vero a Beatriz. el cuidado de la ropa. pero la inquietud de su vida lo llevaba a abandonar las carreras iniciadas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sujetador. los zapatos. O lo parecía. arruncharse sobre la alfombra. Verónica recordaba que. tribulaciones de adolescente. una elegancia natural y negligente como su manera de hablar de las cosas sin darles importancia. Había iniciado estudios de arquitectura. Le pedía repetir sus anécdotas y le daba la certidumbre de haber sido escuchada. Siendo muy joven. Esa voz. pensó. había vivido en París. le dijo Leo a Verónica antes de la medianoche. Aunque estuvo a punto de aceptar la idea de que aquel hombre era un gay escondido entre sus buenas maneras. a zarpazos la iba liberando de las ropas se resistía sin querer resistirse ni poder evitar la fogosidad de aquel hombre. amigo de sus antiguas amantes. las camisas de seda italiana. rechazó la sospecha. repetirse en telenovelas actuales? No. esa sonrisa permanente en los labios. y él escuchaba sin censurarla. Verónica conoció lo que era "el estilo". muy viejo para ella. el estilo al servirle la copa. una manchita deslumbrante en los senos más espléndidos que ojos de mortal habían visto. Lo tocó con el índice de su mano derecha y le dijo que era como un delicado adorno. Sabía escucharla sin darle consejos. Y lo que era peor: un macho que le atraía como nunca le había atraído macho alguno. El gesto ruborizó a la muchacha. la música en cada palabra. ¿Lo perdonaba si no la llevaba a casa? Le llamaría un taxi. contrariedades domésticas. las corbatas inglesas. ¿Qué hacían entonces? Escuchar música. Los hombres tenían o no tenían estilo. en la década pasada. Pradilla se reía de las tonterías que ella decía. Pradilla descubrió un pequeño lunar en el seno izquierdo. la manera de descorchar sin escándalo la botella de champaña. entre 1968 y 1969. Leo no pasó de ponderar aquel adorno negro emplazado en las espléndidas formas de un seno. con esa sonrisa de perdonavidas. tomarse a duras penas de las manos y besarse con besos de niños. era todo un macho. Sintió el calor que se extendía en su cuerpo. marica no parecía. es lo que más me atrae y lo que más odio. La escuchaba. esa elegancia sin el propósito de ser elegancia. después de diseño gráfico. los pantalones de liviana lana virgen o de pana francesa. pasear por el campo. Lo que había averiguado sobre él hablaba de un seductor arisco. sobre todo en sus visitas a Leo. ¿Qué 59 .

ni siquiera sería necesario mentirle. ¿Sería igual si se atrevía a dormir con él. sin abrazos ni fuego. en tu casa. una de sus canciones preferidas arrullando el ambiente. dejaría pasar el tiempo hasta que se hiciera tarde. puede ser eso. llevar una falda cómoda y un suéter. Ella esperaba un abrazo apasionado en vez del repetido hasta mañana. poco a poco. Concibió una. ¿Sin calzones? ¡Cómo se le ocurría! Podría. se sentirían sus formas. —Inténtalo. de una hermosa mujer que. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. Se vestiría pensando en cada detalle: olvidarse del brasier. cuando aún no había cumplido los diecisiete. ese sencillo vestido de seda negro. si se pasaba la mano por la superficie de la seda se acariciaría la piel. Un día. Así eran ciertos hombres. Volvería al apartamento de Pradilla. vestirse con deliberada coquetería y sin agresividad. Todo tenía que parecer espontáneo. Viéndolo bien. concebida como obra de una perfección inalcanzable en la realidad de los mortales? ¿Se enamoraban solamente de lo que moldeaban con sus manos? Cinco encuentros íntimos y nada de nada. eso sí. El estruendo de un rock de los 60 interrumpió el trazado. ¿Y si no resultaba? ¿Si Leo. Resultaba que la indiferencia no era más que una estrategia para atraparla en sus redes. La idea la rondaba desde hacía días. Solamente un beso en la boca. le aconsejó Beatriz. Calculadores —concluyó Beatriz. —Mira a ese muchacho —llamó la atención de Verónica—. Happy days. Me lo encuentro aquí cada vez que vengo. alcanzó la perfección de la hermosura. ¿Era posible que un hombre mayor de cuarenta años se mostrara tan indiferente ante la belleza de una muchacha de dieciocho? Indiferencia estudiada. a lo mejor descubriría que no llevaba ropa interior y. la escultura cobró vida. Leo la acompañaba en la madrugada hasta su casa y la despedía con un beso en la boca. de la estrategia. el reposo en la alfombra. ¿No es divino? —¿Te gusta? —Me lo comería de un bocado. O temerosos del rechazo. Fantasía de adolescente. Nunca se le conoció mujer alguna. sería como abrir una herida en su amor propio. sería ponerse un vestido entero con botones de arriba abajo. aunque lo mejor. ni una insinuación. Se casó con ella. dar la impresión de no llevar pantaleta si elegía una tanga. Hasta entonces. tuvo hijos y fue feliz —le refirió Leo tratando de satisfacer la curiosidad de la muchacha cuando. al imaginársela desnuda. la noche deslizándose por la superficie dilatada del tiempo. en lugar de invitarla a dormir en su cama le ofreciera el cuarto de huéspedes? Si hacía el oso. aceptó Verónica. Beatriz Lopera la ayudó a trazar y perfeccionar la estrategia. La llamó Galatea. Estrategia de adolescentes ancladas en sus fantasías. una larga despedida con fuego que encendiera el fuego. le dijo a Beatriz. si se las ingeniaba para quedarse en su apartamento y compartir accidentalmente su cama? En Villa de Leyva todo había sido un fracaso. le dijo Beatriz. repetir el ritual de la música y la champaña. encendería el apetito del hombre hasta ahora indiferente. por ejemplo. lo que había conseguido era abrir en su mente nuevas preguntas inquietantes. Se dedicaba con pasión a pulir sus esculturas. 60 . hacerse invitar por el amigo. Siempre viene solo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus representaba la reproducción de esa pintura clásica? En Chipre existió un rey llamado Pigmalión. era frecuentado por Beatriz desde hacía dos años. No sería difícil convencer a la madre de que se quedaría en casa de una amiga. Tenía miedo. el bar donde se encontraron esa noche. no estaría mal ese amplio suéter de lana abierto en V. ¿Se enamoraban los hombres de una criatura hecha con sus propias manos. en verdad. Actuaban sólo cuando tenían el triunfo en las manos. Había visto una telenovela en la que el galán se mostraba indiferente ante la chica que se desvivía por él.

Estaba despierta cuando Verónica regresó de casa de Leo. que tuviera cuidado. la mayor o menor densidad que se siente al paladearlo. que lo hicieran a lugares seguros y conocidos. ¿quería acompañarla? No. Upegui la había invitado a pasar el fin de semana en un hotel de Chi-nauta. —¡Cómo se le ocurre. Acababa de resucitar su vocabulario más auténtico. cojo un taxi y me voy para mi casa. viéndolo bien. ¿Qué se había hecho Leonardo Pradilla? ¿Lo seguía viendo? Debería tener cuidado con hombres mayores que ella. No le importaba que lo fuera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Me da pena con mi Gordis. bien sabía ella que bastaba haberse acostado con dos o más hombres para ganarse fama de fácil. Leo invitó a Verónica a su casa. le dijo al recibir la llamada. le anunció Leo. Verónica aprovechó la ausencia de Virginia. les echan escopolamina en la bebida y abusan de ellas. conseguido el orgasmo y seguir siendo virgen. ¿Podía quedarse en casa de Beatriz? Virginia le dijo que lo hiciera. saltar de una cama a otra. Ir de mano en mano. Al regresar. para perder ante ellos lo más valioso en una mujer. el chapoteo espasmódico en la bañera. Eligieron el lugar para discutir detalles sobre la continuación de las obras del gimnasio. Un importador de licores que tenía cuenta en la agencia. aunque. no era éste el destino deseado para su hija. Verónica sintió la cálida humedad de la saliva en el dedo. podría haberse masturbado. no te hagas la boba. Beatriz se había citado con amigos en otra discoteca de la Zona Rosa. la jactancia masculina. temía que Verónica no se hiciera respetar. podía ser su padre. Se ausentó unos minutos. le advirtió con amabilidad. ¿Tenía cuerpo el vino?. Si pensaban salir. por el contrario. —Te pregunto si ya te volaron el virgo —precisó Virginia. —No sé a qué te refieres —dijo Vero. una ensalada de endibias con salsa de queso azul? Le habían regalado una caja de vino blanco del Mosela. le dijo Verónica. no desconfiaba de él. 61 . Eso sí. Sobre todo si se trataba de una adolescente endemoniadamente atractiva como su hija. las sacan del carro a punta de pistola y ya se puede imaginar lo que hacen con ellas. que una vez descubierto el delirio del sexo. No le dijo nada. Cocinaría para ella. —¿Ya la perdiste? —¿Que sí perdí qué? —Tú lo sabes. ¿Le parecía bien comer unos langostinos sencillos a la plancha. ¿Dónde quedaba el Mosela? Es un río de Alemania. Su textura es su cuerpo. Se la limpió con la yema de un dedo. era un tipo encantador. era preferible a quedarse sola en casa. Temía que la hija no hiciera el uso apropiado de su tesoro. Las adolescentes huérfanas —pensaba Virginia— se encaprichaban con hombres que podrían ser sus padres. Que tuviera cuidado. Mi madre salió de viaje con su socio. voy al baño. esta ciudad se está volviendo demasiado peligrosa. mamá! Verónica ignoraba que la madre había escuchado detrás de la puerta del baño los quejidos de la hija. atracan a las muchachas y las violan. le enseñó Leo. se dejara llevar por su corriente y le diera por pasar de un hombre a otro. le dijo al describir el liviano cuerpo del vino. preguntó ella intrigada. Verónica descubrió una mancha blanca en la punta de la nariz de la amiga. alterada por las evasivas de Verónica. Estaba aprendiendo a hacerlo y no le iba mal en los primeros experimentos. Beatriz atrapó el dedo con la mano y se lo llevó a los labios. Virginia se atrevió por fin a formular a la hija una pregunta que guardaba desde hacía tiempo. Bastaba el rumor.

—¿Son afrodisíacos? —quiso saber por teléfono—. un roce fugaz de manos. arropados por la salsa del maracuyá. Les ha servido antes unas empanaditas de carne. Era como sí el mundo se hubiera revelado como un ser hambriento de afrodisíacos y estimulantes de algo que con el paso de los años o quizá de los siglos se hubiera adormecido por inercia. Un roce fugaz de manos. No había revista que no hablara de alimentos y bebidas afrodisíacos. asesorada por Beatriz. surgió del almacén de la memoria la palabra pronunciada entonces por Virginia. Beben el trago de ginebra con tónica que les ha traído la empleada. El afrodisíaco eres tú. E inmóvil frente a la amiga. sintió la caricia de la amiga. Al mediodía de un viernes. que era la más bella. quiere ir conmigo a todas partes. después en otro. Verónica seguía semidesnuda ofreciéndose al espejo. me llama a todas horas. Verónica se quitó el bikini negro. mi niña —le dijo. encerrada en su alcoba. —Todas las reinas terminaron el bachillerato y están haciendo una carrera. —Creo que voy a dejar al Gordis —le confesó Beatriz—. No hubiera pasado de eso. Virginia y Upegui van camino de Chinauta. —No vuelvas a hacerlo —le reprochó con voz amistosa. le dio la espalda a la amiga y se probó la tanga de seda. Subió el rostro y le dio un beso en la boca. aceptaba la invitación a cenar. —Será para el próximo año. Unos langostinos sencillos a diferencia de los que comió a sus doce años. pero Beatriz. por asociación. le dijo Teresa a Verónica. sin sombra de malicia o deseo. Divinos —dijo Beatriz y se inclinó un poco ante la amiga. Leo no pudo contener una carcajada. desde el espejo salía la gratificante voz repitiendo la frase de la fábula. Me refiero a los langostinos. se enfurruña si saludo de beso. —¿Se puede saber qué oferta? —Un tipo muy rico está interesado en volverme reina de belleza. Sentirse besada en los pechos y en la boca era una extensión de esa 62 . sin embargo. eran tan grandes y tan perfectos. le molesta que otros hombres me hablen. Y el espejo le repetía que sí. Habían dormido juntas y abrazadas. Coman antes este antojito. Una frecuente expresión de fraternidad femenina. —Tengo otra oferta —dijo mientras sostenía en ambas manos un body de seda. pero tengo que prepararme desde ahora. Cómo no. Verónica. Pegó los labios húmedos y fríos en un seno. Una luz de esperanza se encendió en la imaginación de Verónica. ¿Qué pasará con tu contrato de modelo? Acuérdate de que es tu gerente de mercadeo. Virginia ya se había ido con Upegui a un hotel de Chinauta. No hubiera sido necesario consultárselo. Ya sabía. con los ojos brillantes y un ligero tartamudeo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica recordó el menú de sus doce años y. la inundó una rápida corriente en el cuerpo. lo que era un afrodisíaco. ella los creía pequeños. Bebió un sorbo de ginebra. —Te ves divina de espaldas —le dijo Beatriz a un paso de ella. se prueba la ropa que usará para la cita de la noche. miró los vellos de sus brazos erizados. Verónica no dijo nada. —¿Ya lo pensaste? —se puso seria Verónica—. Pruébate esta tanga blanca. tan diferentes a los suyos. afrodisíaco. le pidió permiso para tocarle los pechos. —De espaldas y de frente —añadió Verónica al voltearse y recoger de manos de la amiga la tanga de seda. Se está poniendo demasiado celoso.

¿No le había contado que siendo aún niña. Divino. mucho menos de lo que sería el futuro de una reina. como si dibujara las líneas de la cadera. sin cuello y breves mangas amplias. cuestan mucho las joyas y el viaje de la comitiva a Cartagena. —Reina de belleza apenas acabe el colegio. un apartamento en Miami y una casa de ensueño en Cali. —Cuéntame despacio el asunto ese del reinado —dijo Verónica mirándose al espejo. la reciedumbre de los muslos—. pruébatelo. con Amparo Consuegra. El Gordis no lo sabe. Tendré tiempo de empezar un semestre de diseño de moda. Si te siento yo. encontré este detalle. Y aunque le resultó placentero el inesperado beso de la amiga en senos y boca. cerquita de Medellín. Examinó y admiró la delicadeza del brazalete de oro. Me mostró las fotos. —¿Casado o soltero? 63 . la tanga debajo del vestido de botones. —Compra y vende esmeraldas y otras piedras preciosas —dijo finalmente Beatriz—. —Si me toca —dijo con tono desconsolado—. —¿Y quién es Fabián Acosta? —Tiene treinta y dos años y mucha plata. La amiga lo hizo. había estado acostándose. un vestido negro con lunares blancos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fraternidad indefinible. Tiene joyerías en Cali. —Eso cuesta. ¿Ves esto? —y señaló la muñeca de su brazo izquierdo. —Si llego a ser reina. te sentirá él. Si levantaba un brazo. Betty. un gesto parecido sería el principio de un cataclismo. —¿Un yate? Eso tan bueno no lo dan gratis. Entre los hombres. la curva de las nalgas. le pidió no volver a hacerlo. no sólo la haría ver más adulta sino inmensamente deseable. durante una semana. —Me va a salir gratis —concluyó—. Betty. frecuente en muchas mujeres. a los doce años. porque ya decidí estudiar diseño de moda o alta costura —dijo en una retahíla nerviosa. ¿Te imaginas? Me dijo que alquilaría un yate y navegaríamos hacía las Islas del Rosario. las mangas dejarían ver el costado del seno. ¿Quién es el tipo que te promete ser reina? —Fabián Acosta. ¿Me sientes desnuda? —Te siento —dijo en voz muy baja Beatriz—. —Pásame la mano por las caderas —le pidió a Beatriz cuando se puso el vestido y acabó de abotonarlo de abajo arriba. se había enamorado de una amiga? ¿No le había contado que una chica mayor que ella la había besado y acorralado en el baño? Beatriz no le había contado que. otro apartamento en Bogotá y una finca en Rionegro. Se rieron. cuestan algunos arreglitos del cirujano. convencida ya de que la tanga iría debajo del vestido entero de botones. cuestan más el gimnasio y las dietas. —¿Sales con él? —Salí con él una noche. haré la mejor inversión de mi carrera. más por interés que por deseo. ¿no? Verónica no dijo a la amiga lo que pensaba del tipo ni lo que pensaba del regalo. —¿Te regaló un brazalete? Cuando fui a abrir la servilleta que estaba encima de mi plato. Sin duda. El tipo que me propuso la idea me dijo que correría con todos los gastos. no sabes lo que cuesta prepararse para ser reina: cuesta mucho la ropa. Medellín y Bogotá. —¿Qué vas a dar a cambio? —Lo que sea.

Camino de su apartamento. Verónica se aburrió. Una camioneta blanca abría el paso y. Leo salió fascinado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Soltero. Verónica le dio a entender que sabía quién era Gades. Caían piedras de granizo sobre la sabana. Se lo puso porque hacía frío cuando se asomó a la ventana de su apartamento. una gitana enamorada hasta la perdición de un soldado francés. el pañuelo de seda que se ajustaba entre el cuello y la camisa. como en muchas otras ocasiones le dio a entender que conocía lo que ignoraba. Al estacionar el carro en el parqueadero subterráneo y ver salir a Verónica. Las imágenes de esta noche. Algo más le recordó al senador Roldán. Carmen. ¿Le gustaban las orquídeas? Me encantan —dijo ella al recibirlas. aunque más vivas eran las imágenes de un hombre aparatosamente escoltado por las calles. antes de cenar. arruinaban los cultivos de flores. Un cumplido más. Si no dan consejos. Leo la tomó de un brazo y la hizo girar en redondo. las medias de lana roja. En ocasiones. Era una vieja chaqueta de corte clásico con botones forrados en cuero y parches de gamuza en los codos. ¿De qué material era el saco? De tweed—dijo Leo. quién era Saura? Saura era un gran director de cine español. No dijo que se había perdido en el enredo de la primera película musical que había visto en su vida. Pradilla detuvo el carro. Te ves fantástica —dijo. A Verónica le había encantado la actriz Laura del Sol. Era la clase de elegancia que admiraba en el senador Rodolfo Roldán. Leo había tenido que ceder el paso a carros blindados flanqueados y seguidos por escoltas. ¿Quién era Carmen. le resultaron impresionantes. Leo le habló entonces de la fantástica actuación de Antonio Gades. donde era embajador. Mantenía vivas en su memoria las preguntas que le formuló cuando fue invitada con su madre a un restaurante mediterráneo. mirándola a los ojos. le dijo Virginia con nostalgia. los mocasines marrones. dan lecciones. le dijo. Verónica sabía que en las últimas semanas estallaban bombas en todas partes. que era precisamente eso lo que los volvía repelentes. le gustaban el pantalón beige de pana francesa. Regresó al cabo de unos minutos con un ramo de flores. Beatriz le había dicho a Verónica que los hombres mayores eran a veces los mejores maestros. esperan que seas como ellos quieren. aunque parecidas. A unas cuatro cuadras de su apartamento. Cuando hacía un día de sol como el de hoy. desde las ventanillas. Soldados en tanquetas recorrían sus calles en aquella noche brumosa. Y Verónica 64 . Del Vaticano había pasado a Buenos Aires. se asomaban hombres armados con subametralladoras apuntando hacia nada. Orquídeas. ¿Por qué. el primero que hacía a la elegancia de Leo. No conocía el pánico. ¿A qué horas pasan a recogerte? —A las siete y media. el personaje de una ópera famosa. Le gustaba también como iba vestido. La policía y el ejército estaban realizando retenes en toda la ciudad. le habló de la ópera de Bizet. —Voy a encontrarme con mi Gordis —le dijo Beatriz al partir. ¿Pulía Pigmalión a la linda Galatea ignorante? Con otras palabras. el suéter de cachemir también rojo. La segunda llamada era para decirle que llevara identificación. La ciudad daba la impresión de un campo de guerra sin guerra o como si la guerra estuviera a punto de empezar. Verónica recibió dos llamadas de Pradilla. no iban a cine? Quería ver Carmen de Carlos Saura. Te queda muy bien —le dijo Verónica. de la historia de Mérimée y de la tragedia gitana. Habían pasado cinco años y todavía lo recordaba con admiración y cariño. las noches y las madrugadas eran muy frías. salió de prisa y Verónica lo vio entrar en una floristería. acababa de darse cuenta al verlo salir del carro y entrar a la floristería. Apagaba el televisor sintiéndose incapaz de soportar e incluso comprender las razones de tanta demencia.

para quienes otra clase de guerra se libraba en sus conciencias atribuladas. siempre el miedo a caer en un abismo. No te estoy hablando de política —precisó—. No volvió a acariciarla. Leo puso una mano en las caderas de Verónica. En un momento irrepetible. como el primer triunfo de su estrategia. En ese instante. bebieron vino blanco del Mosela. buscaban implantar el terror y obligar al gobierno a bajarse los pantalones. se mantuvo muy 65 . este país está montado en un barril de pólvora. ¿Tenía razón al temer que la película de terror apenas empezaba? Pradilla se prohibió contaminar la conciencia de la muchacha con el miedo que lo acometía a veces. de tintes rojizos. Un estallido remoto. Lo que pudo haber sido el comienzo de lo esperado pasó a ser un gesto incidental e inconcebible para la joven. Prefirió una rápida mirada al espejo y un movimiento brusco de cabeza: Leo desordenaba sus largos cabellos rizados. de numerosas dudas y contadas respuestas. acarició la curva de la cintura hacia las nalgas y le repitió que ese vestido. era "sencillamente fascinante". en Medellín se pagaban sumas increíbles por la cabeza de cada policía muerto. negro con lunares blancos. Verónica aprendería poco a poco que la adolescencia es una edad de inmensas expectativas e inciertas satisfacciones. Es curioso — añadió—. esperado desde hacía horas. Abrió las tres cerraduras de su apartamento y. no hay nada más doloroso que una expectativa defraudada. Ya estaba sucediendo. evitando alarmarla que la presencia de policías y soldados se debía a los atentados de las últimas semanas. que la energía puesta en expectativas. Los narcos le habían declarado la guerra a jueces. esa cabellera salvaje. Verónica le había impuesto las tonalidades rojizas de ahora. es el vestido preferido de las gitanas. Mientras subían al penthouse. también ella. al salir hacia el pasillo. periodistas y magistrados. Hubiera deseado que el amigo la hubiera tomado por la cintura. Verónica deseó preguntarle si. le repitió que estaba preciosa. a su edad. Pradilla pensó que podía tratarse del seco ruido del ascensor al descender. La noche pasada al lado de Leo le enseñó que. El azar de una bomba podía cobrar sus víctimas en transeúntes desprevenidos. Llegamos —dijo al retirar la mano que había acariciado la nuca con ademán distraído. en aquel pequeño espacio rectangular. solos en el ascensor.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recibió el cumplido. Evitaba salir a bares y discotecas. volvieron al nido de la alfombra. le recordaban a la Carmen de Saura. Los ocho pisos que subieron en el ascensor se hubieran convertido en el ascenso de expectativas defraudadas si Pradilla no hubiera pasado a último momento una mano por el cuello de Verónica y removido la rebelde abundancia de su cabellera. El vestido que llevas. pasó las manos por sus cabellos y le repitió a Verónica que la Carmen de Laura del Sol era "sencillamente fascinante". ambos sintieron el estruendo de una explosión. que la ansiedad se parece al vértigo. ¿por qué carajos no me besa? Se miró de frente en el espejo. Ya le había explicado. comieron salmón hasta hartarse. Tranquilizó a la muchacha. Mejor quedarse en casa. satisfacciones. Tal vez Verónica fuera ajena a lo que sucedía casi a diario indiferente como lo eran los chicos y chicas de su edad. tomándola del brazo. deseó que. Al castaño oscuro natural de sus cabellos. Escucharon música. dudas y respuestas es lo más parecido al ímpetu de un perro cachorro que corre hacia ninguna parte estimulado por la fuerza irracional que debe expulsar de su cuerpo. explicaba Pradilla. Te estoy hablando de las guerras que desata la mala política. hubiera tomado la iniciativa de besarla.

un edificio en ruinas. todo desapareció de la mente de la muchacha. paralizada de espanto. creía que en el Chinauta Ressort. sin señales del más mínimo pudor. —¿De "los extraditables"? —pudo al fin decir ella. Claro. sólo serían tolerables si se aceptaban como una fatalidad a la que era preciso oponerse con resignación. Verónica pidió por la habitación de Virginia de Oropeza o Javier Upegui. —El gimnasio de mi madre queda a pocas cuadras —recordó con voz ronca. Recostado sobre almohadones. Dicen que posiblemente se trate de otra bomba de "Los Extraditabies". si se cerraban los ojos al mundo exterior e inmunizaba su conciencia. Por ahora. Verónica comprendió que el espectro de la muerte y la destrucción. las edificaciones destruidas y el pánico que se iba extendiendo sobre la ciudad. porque había rechazado la camiseta. Podía quedarse a dormir. No le ofreció el cuarto de huéspedes. la tensión de la espera. De repente. ¿Jugaba a torturarla? Durmieron en la misma cama. la onda expansiva no había llegado a la carrera 17 con 93. Al salir. aceptaría que el amor sería posible. le informó la madre. Casi siempre duermo desnuda. con sus expectativas e ilusiones. están cavando tumbas de inocentes. podían dormir juntos. Apagó el televisor y sólo en ese instante pudo ver a Verónica desnuda y de brazos cruzados. dijo él. Desnudo. Era tarde. camilleros apresurados. representado en aquellas imágenes. dijo Verónica. No hace falta. Aquella noche y 66 . Leo la abrazó como si tratara de protegerla del espanto de las imágenes. la humareda. Leo veía silencioso y con expresión adusta las imágenes de un noticiero de televisión extranjero. el suficiente para encontrar a Leo en la cama. dijo ella. De manera intuitiva. Verónica se metió entre las sábanas. policías y ambulancias de la Cruz Roja. Más tarde. Dentro de medía hora regresarían a Bogotá. si exhibía su desnudez. Leo llamó a información y luego al hotel. Ya estaban informados. deshacía toda expectativa sobre la aventura de esa noche. El estallido de las bombas. —Pusieron una bomba en el centro comercial de la 15 con 93 —dijo en voz alta. le dijo que. Trataba de identificar el lugar. si se exhibía desnuda en el tramo que iba del baño a la cama queen size. larga hasta las rodillas. sin mirar la altiva desnudez de la joven que se había quedado petrificada al pie de la cama—. Verónica dormía siempre con un viejo pijama de algodón. Gracias a Dios. desnuda y abrazada a un cuerpo protector. Las había visto insidiosamente repetidas como si las cámaras buscaran el lado oscuro de su morbosidad. en información le darían el número. si no había inconveniente. ¿Por qué no comunicarse con Virginia? Está en un hotel de Chinauta. No sabría qué hacer si aparecía en el dormitorio con las luces encendidas. Como sonámbula. la visión de ruinas y cadáveres sacados de los escombros. —Acuéstate —le pidió Leo—. se agotaba la noche.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cerca de ella pero no pasó del simple roce de las manos al extenderle la copa. expectativas y deseos. nada más. en el transcurso de los meses siguientes. —La organización de narcotraficantes que ha venido diciendo que prefieren una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos de América. Dicen que hay muchos muertos. Los había llamado el vigilante hacía apenas media hora. Tardó un largo rato en el baño. la única iluminación provenía del televisor encendido. Algunas ventanas rotas. No podía dormir. Tal vez hubiera apagado las luces o dejado encendida la pequeña lámpara de la mesita de noche. cadáveres mutilados sacados debajo de los escombros. El vino frío se había agotado. Y no era cierto. un paisaje de escombros humeantes. se sentó en el borde de la cama. ¿Quería un pijama? Le ofreció una camiseta larga.

la cajita de sorpresas de sus doce años. La primera vez es espantosa. el retiro de las mismas olas. ¿Por qué lloraba al sentirse acariciada y besada? ¿Por qué esa urgencia al besar? Leo le abrió con delicadeza las piernas. cuando recordó la experiencia de esa mañana. Leo la acompañó hasta su casa. Y se ofreció de manera instintiva. Ella impuso con desesperación un nuevo. su extinción. Le levantó las piernas y las convirtió en tenazas de su cintura. Quiero y no puedo. que era doloroso. descendía de nuevo al vértice de las piernas y. o como si se resistiera a dejar escapar para siempre la curiosidad o el deseo que la desvelaba. por qué el cuerpo se distendía y contraía al mismo tiempo? La humedad y la tierra yerma. la aparición del fuego y. Ella lo obligó a devolver el rostro a su rostro. Y él deshizo el temor de regar un campo fértil. —No puedo —dijo llorando—. descendió lamiendo muslos. Un mecanismo de origen desconocido la hacía devolverse antes del final. Que era desagradable. Se secaba y le dolía. comprendió algo más: que el mundo de expectativas levantado en unos pocos días era mucho más vulnerable que los cristales de las ventanas que caían destrozados por el impacto de las bombas. una y otra vez había escuchado de sus amigas la misma queja. no porque se hubiera propuesto mentir al hombre de respiración acezante que empezaba a gemir con creciente intensidad. brutal ritmo a su pelvis. A las siete de la mañana. mintió porque le hubiera dado vergüenza aceptar su propio fracaso. Verónica conoció entonces otra clase de ternura. deshicieron los temores de Verónica. Como sí temiera la huida del deseo nacido de sus expectativas. una nueva explosión la obligó a aferrarse a la mano de Leo. como mintió al gritar con él cuando creyó que había llegado el momento del último grito. abrazada por un hombre que la halagaba y rechazaba con delicada crueldad. mintió en sus gemidos. la penetró con cuidado. Se sintió ocupada por el escozor. Gimió también ella. El amigo la tranquilizó. Recorrieron la ciudad militarizada. Leo penetraba. Ahora sí podría responderle a la madre con iguales palabras: —Me volaron el virgo. salía con lentitud. 67 . hundió su cabeza en la entrepierna dócil de Verónica. el vaivén entre el fuego y el hielo. sí. Soy virgen. pero el furor se alejaba. estaba a punto. Mucho tiempo después. Inundación y sequía. llamado por ella. Una sensación incalificable. la mano cálida que tocaba su mano y se deslizaba sobre sus cabellos. A lo lejos. le dijo. en instantes. No importa. ombligo y vientre. Miró hacia un costado de la calle y presenció el resquebrajamiento y desplome de los cristales de las ventanas de un edificio. besando a tientas y a ciegas el cuerpo que en unos instantes le respondería con una pregunta: ¿cuántos días habían pasado después de su última menstruación? Tres. el principio de una oleada. mamá. ocupada plenamente por la verga que había tenido la delicadeza de invadir gradualmente y sin prisas el húmedo territorio inexplorado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus durante las dos horas que estuvo despierta. Los medidos movimientos de Leo. No tuvo conciencia de que el ofrecimiento era la expresión del pánico. Estaba a punto. dijo ella. ¿qué era. volvía a humedecerse y desaparecía el dolor. Verónica esperaba que fuera doloroso. decían. Mintió. se ofreció al hombre que la abrazaba. el tacto que puso en la desfloración. Quizá fuera así la primera vez. susurró él. Verónica aceptó que había tenido la fortuna de encontrar a un hombre como Leo. Tembló al sentir la lengua del amigo en la amistosa fuente del placer. y se inquietó al descubrir que el temblor cedía a la indiferencia del cuerpo. Verónica conoció la angustiante sensación de querer y no poder. la penetraba nuevamente. pero esta experiencia le enseñó que el dolor se atenúa si domina la experiencia del placer.

de que lo más inteligente sería aplazar la inauguración del gimnasio. calculó. con un rústico antejardín y verjas oxidadas. ¿Por qué no me consigues un consolador de veinticinco centímetros?. como llamaba Virginia al pene decaído. Y. Como su hija. Era la segunda vez que Verónica veía a Upegui. Si el negocio funcionaba. es un tremendo engaño. Un amigo estaba dispuesto a desembolsar trescientos mil dólares. complaciente y comprensiva? ¿No era su vida una sucesión de fracasos amorosos e inhibiciones sin límite? A su edad. ¿No podría pensarse en una cadena de spas en sitios estratégicos de la ciudad? Era otra de las posibilidades. dijo él. su propio placer vendría por añadidura. a quien los acontecimientos de la mañana habían dejado una confusa masa de impresiones. si existía? No estaba hipotecada. Si existe el deseo. que el sexo se limita al buen uso de la tripita. desesperadamente. Volvía a sentirse intensamente vivo. Viéndolo bien. La Tarzana de los conciliábulos. se cuidaba de pagar puntualmente los impuestos. dedicarse unas semanas más o el tiempo necesario a pulir los detalles. Notó la distracción de Verónica y le propuso regresar a casa. Era mucha plata. la imaginación convierte en tripita cada órgano del cuerpo. había un espacio suficientemente grande que se estaba desaprovechando. Virginia se quedó pensativa. significa que tendrás el control de la sociedad. lo consolaba cuando. le había propuesto Virginia mientras Upegui lloriqueaba con la cabeza apoyada en su regazo. ¿Te imaginas? Todos mis ahorros puestos en este negocio. se reía al pedirle que tuviera paciencia. en muchos aspectos anodina si se la comparaba con los nuevos edificios de apartamentos de la zona. ¿Estaba perdidamente enamorado de Virginia? Tal vez. ya no podía con la fatiga. Lo que muchos hombres creen —le había dicho ella—. 68 . Hoy era una sencilla casa de dos pisos. Habría que esperar un poco. Imagina que ese vergón es tuyo. Upegui las dejó en casa. que se riera de aquello que siempre había sido fuente de tristezas indecibles. Con ojo de constructor. ¿Estaba hipotecada? ¿Había pagado Virginia la hipoteca. asumía el riesgo de cultivar una relación que no lo desvelaba. tú de socia mayoritaria con un 55 por ciento. calculó. Un restaurante de comidas especiales. —Piénsalo —dijo. El atentado ahuyentaría de la zona a invitados y clientes. le preguntó a Virginia. ¿No había esperado a una amante como ella. ¿No había pensado en la posibilidad de montar un pequeño restaurante en algún lugar del local?. en el incauto que caería maniatado en las lianas de Virginia. ¿Era conveniente ampliar la sociedad?. le preguntó Virginia. en poco tiempo podría venderse con utilidades que beneficiarían a todos. No sería la víctima de Virginia. le dijo ella a carcajadas. Y él apareció en la siguiente cita con un vibrador inconcebible. El ojo del constructor se detuvo en la vieja casa de la Circunvalar con 71. Hablaríamos de una inversión cercana a millón y medio de dólares. pudo haber tenido un poco de valor. en su momento. Que lo pensara. él hacía los movimientos de sus fichas. Mientras murmuraban convirtiéndolo en blanco de burlas. Ampliar el radio de acción hacía zonas con población de mediano y alto poder adquisitivo. conociendo la vida de la mujer. Estaba de acuerdo en casi todo. El constructor Javier Upegui no hablaba en broma. Me encanta cuando hablas como puta. Upegui no era tan imbécil como lo creían sus amigos. Un socio más. el más grande y raro que pudo encontrar en el mercado. que si le daba el placer que ella esperaba. Le parecía fingida su manera de hablar. Esa mañana habló de la inversión. Consiguió que Upegui introdujera un poco de humor negro en el antiguo patetismo. como esperaba Upegui. no el valor de la casa sino del terreno. por ejemplo. Virginia le ofrecía aquello que otras mujeres le habían mezquinado..¿Era la piadosa respuesta de una mujer que deseaba atraparlo en sus redes? El sexo es deseo más imaginación. intentaba superar la terca flacidez de la tripita. Estaba cansada. una casa que.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Virginia recorrió al lado de Upegui y Verónica el lugar del atentado y no dejó de dar gracias a Dios por haberla salvado del desastre.

¿Cómo se llamaba esa raíz china que revitalizaba y daba energías? Empezó a preferir el pescado y los mariscos a las sobredosis de carnes rojas. abierta de patas. para que el vértice recibiera rostro y lengua de un hombre acezante.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ésta era la clase de sabiduría femenina que en años y años de frustraciones lo habían convertido en un ser melancólico y prevenido. preguntó Upegui. ¿Qué le importaba entonces el turbio y al mismo tiempo ponderado prestigio de La Tarzana? Upegui respondió a su renacimiento de ánimo con discretas medidas de coquetería. se endurecía con los ejercicios. la especie humana imagina. ¿De dónde le venía el sobrenombre? De los aullidos en la selva. decía a Virginia con palabras que la maravillaban. coprolágica. que la. Acompañaba a Virginia al retrete. Sentía la reducción drástica del vientre pero le preocupaba la flacidez del estómago y los brazos. ropa deportiva. él le replicó que sí. La especie animal arremete con el instinto. Aprendió que en los negocios y en la vida. Los tendremos. primero acongojado. para él empezó a ser motivo de orgullo. visitó al peluquero y se hizo rasurar el cráneo. hizo su carrera a trompicones. Si el nuevo Upegui era obra de Virginia. Creció en él un alto sentimiento de orgullo por haberse tropezado con La Tarzana. Esto definía a Virginia. una línea más abajo. Hijo de una familia de clase media. Él. en algunos aspectos de su existencia. eran almas gemelas. exceptuando la pobreza de donde había salido Virginia. le respondió don Julio Casares. la nueva Virginia era obra de Upegui. coprofagia no era una aberración despreciable sino la escondida tendencia del ser humano a comer y digerir lo que ya ha sido comido y digerido. se prohibió las salsas apetitosas de los escargots y el lomo a la pimienta. Lo que para sus amigos era ridículo. el conformismo conduce a la mediocridad. él conoció la ternura de la mujer que lo arrullaba en su regazo. que todo músculo. Ya tienes la fama. preferibles a las impecablemente limpias. Los unía y encerraba en un sobre inexpugnable el sello lacrado de ambiciones parecidas. lo alentaba Virginia. le dijo ella. ¿Por qué ocultar su calvicie con una peluca? —le había preguntado Virginia. el estofado de buey y el legendario ajiaco. Asúmela. Virginia. se sentaba en un banquito con mirada expectante y hundía después la cabeza en el remolino de aguas turbias. Le encantaban sus obscenidades. También él había sido de alguna manera pobre. odiándolas como las odiaba. no desesperes. después complacido. las papas y el arroz. hasta donde pudo. Me falta el dinero dijo ella. suprimió las harinas. trajes de colores menos oscuros. Antes de copular. porque virgen era la selva donde los hombres extraviaban sus amores y virgen aún el mundo del dinero y la fama. corbatas de dibujos festivos. Descubrieron juntos que. le sugirió. Se diría que 69 . allí estaba Virginia. evitando decirle que tal vez vieran en ella a una ágil trepadora capaz de escalar por las cuerdas de toda selva virgen. Bebía nueve vasos de agua diarios. Upegui descubrió. menos uno. Consultó en su diccionario. acudió puntualmente al gimnasio. todo músculo se endurece. se acostumbró a las verduras y. coprofágico. ¿Eran los términos que los definían? En el aplicado acto de renovar el ciclo digestivo de la vida animal mediante los estímulos del olfato. Así como ella conociera la irrefrenable tendencia de Upegui hacia el llanto. el cordero al horno. Tinturó las canas de sus cejas. Upegui elegía las pantaletas sucias. Y él botó a la basura su colección de bisoñés. observó Upegui. Encontró. ¿es eso lo que quieres?. La fama y el dinero. Se olvidó del azúcar y de los postres azucarados. y para probarle que el humor como el amor se aprenden. compró y tomó toda clase de vitaminas. "Perversión del apetito que impulsa a comer inmundicias". ¿Se parecía a Yul Brinner? Con igual coquetería adquirió cremas hidratantes para la piel. Cuando levantaba el rostro de la taza. dichas con tanta gracia que le pedía repetirlas. El hombre se distingue de los animales por la manera selectiva e ingeniosa como inventa sus placeres y escapa de sus rutinas. que la coprolalia no era más que "la perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas".

para la que no existían censuras morales ni inhibiciones atávicas. Sublime y grotesco. le preguntó Virginia. ¿Cómo así que al pecado?. ¿Tanto? Se lo probaría. pero las religiones. vida mía. Upegui las lamía en una operación de limpieza que las purificaba y devolvía a la reluciente pulcritud del metal. Los extremos del amor son tan retorcidos como misteriosos. A medida que las expulsaba y exponía indemnes al aire puro. entrenado poco a poco en el juego de interpretar con palabras sublimes la rareza de sus fantasías. introdujo el ritual del florero: hacía conos con billetes nuevos y los introducía en la vagina de Virginia. en suma. o el culo de una mujer convertido en recipiente de flores más valiosas que las flores. le musitó él al oído. Vales tu peso en oro. lo que las mayorías llamaban perversión sino algo radicalmente distinto a lo que hacían por costumbre? Pervertido era quien escapaba de la costumbre. memorable entre otros días memorables. Tanto o más que yo. tanto en la perversión como en el misticismo. espoleado por sus nuevas y antes ocultas tendencias. como se sabía. me engordaré como una vaca. resumió. las piezas del tesoro fueron suyas. morrocotas de oro del siglo XIX. Deshacerse de ternura y castos padecimientos era el primer paso dado en las edades humanas antes de cruzar la larga ruta que recalaría en el pecado. se preguntaba Virginia. Una semana después de aprendizaje y esfuerzos desesperados.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Upegui. La grandeza del amor místico significaba entrega absoluta e incorpórea al objeto amado. El místico era un incomprendido tildado de loco. La desafiaba: si era capaz de succionar per angosta via cada una de las monedas. ¿Desde cuándo. ¿Cómo no sentirse unidos si las modalidades de sus rituales alcanzaban cimas inconcebibles? Agotado el juego de las monedas. reflexionaba Upegui para que el oído atento de Virginia conociera con palabras de lujo lo que ya conocía con la bastedad de los hechos. El placer de la codicia. sobre las sábanas amarillas. Virginia aceptó el desafío. componía su propio manual de usos amatorios. Y explicó que no sólo la especie humana era dada al hábito repugnante y para algunos placentero de hacerlo. concebida como un estrecho jarrón de valiosas flores impresas. ¿Crees que soy codiciosa?. que la especie animal. O ella más preciosa que el metal. En el amor. Lo intentó de nuevo. Upegui. 70 . niños y adultos se arrojaban sobre la seca materia excrementicia o bosta del ganado vacuno? ¿No era habitual en los niños nombrar obsesivamente la materia expulsada en sus defecaciones? Usó los nombres técnicos de la aberración. tenía como natural una costumbre que los tiempos modernos encerraban en la cárcel despreciable de las perversiones. todo era susceptible de locura. Un día. ¿Y qué era. Los amantes que agonizaban un día de tristeza podrían ser alguna vez amantes extenuados en el fondo pantanoso de lo prohibido. sólo cambiaba el objeto del amor. llaman pecado al tabú de psicólogos y antropólogos. que no se eligen en la niñez sino que son impuestas por la cadena de las herencias familiares. Virginia le replicó que por nada del mundo se expondría al riesgo de ser mula. estás preparada para tragar y mantener en el estómago numerosas bolsas de cocaína. El resultado era espléndido y sorprendente: un arreglo floral confeccionado con billetes verdosos cubría las partes posteriores y anteriores de la mujer desnuda. ¿Sería capaz de engullir por la boca la última de las morrocotas y esperar que fuera devuelta por su conducto natural? La desafiaba. con la grupa trazando un arco. todas serían suyas. Si es así. precioso como ella. Upegui sacó de su caja fuerte un puñado de antiguas monedas de oro. no era más que la metáfora de la codicia humana. Si eres capaz de esto — le dijo—. En este orden de cosas. Le pidió a Virginia que se acostara bocabajo y desnuda. Debería esconderlas hasta volverlas inaccesibles a la mano que tratara de recuperarlas en los meandros de su laberinto. El amor —le respondía Upegui— es reacio a aceptar la idea del pecado. En los dominios del amor no había vigilante que detuviera el salto desde la castidad y la templanza hacia el delirio. decía que ese florero. Virginia sólo fue capaz de expropiar en un primer intento dos piezas del tesoro colonial.

hasta dejarla limpia. Verónica le hizo el amor. Buscaba inútilmente el esquivo lugar de su placer. ¿Te sientes feliz?. cerraba los ojos. Demasiado joven. Y lo estaba. Si el país se incendiaba en un fantástico apocalipsis. Algún día recordarás que fuiste miel y rosas —le dijo ¡Miel y rosas! —repitió VerónicaVerónica se había adormecido. Estremecimientos y temores no preocupaban sin embargo a Verónica. aprendería a conducirlo por la senda de su propio placer. Mejor dicho. sentía el ascenso del fuego y caía sobre éste un nuevo chorro de agua helada. Debería olvidarse de todo. Esa noche. ¿Bromeaba? No. Apretaba los labios. —¿Cuándo viajas? —Dentro de cinco días. Me voy por seis meses a Europa. demasiado deseosa de ser mujer. ciegas a la humareda de las detonaciones. Verónica buscaba liberarse de aquello que le impedía conseguir un orgasmo. encima y a horcajadas. Leo acostó a Verónica sobre una manta de lana. elegía un ritmo febril y caía fatigada a los brazos del hombre que retenía su orgasmo como si no quisiera afrentar con su placer la imposibilidad de la muchacha. tratar de contener la ansiedad. —Te amo —dijo Verónica a Leo. La llevó en brazos al 71 . amas la luz que te abre los ojos al mundo. dando vía libre a una fantasía. especie de bombilla que había empezado a iluminar sus ideas. Hicieron el amor en silencio. Se estremecía al leer las noticias o ver las imágenes de las víctimas. se erguía o inclinaba. Sería injusto abrir su conciencia a tanto espanto. Iba a cumplir diecinueve años. Pradilla veía la desesperación en el rostro de la muchacha. Las balas de tanto muerto me están embruteciendo el cerebro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Te estás volviendo filósofo —cortaba Virginia acariciando la calva reluciente de Upegui. la abrupta aparición de una fuerza que bloqueaba sus sentidos. Tomó el ramo de rosas rojas que adornaba una mesa esquinera y las despetaló medida que las iba dejando sobre la piel almibarada de la amiga. Aprendería a conocer su propio cuerpo. amas lo que me rodea. Le pidió descansar. Si lo conseguía en la bañera. lamiendo la miel. Aunque le venía sucediendo lo mismo de siempre. que quedara al menos la excepcional grandeza de la belleza pura. al patético tartamudeo de las ametralladoras y a las venganzas selectivas. Te amas a ti misma. Como nunca. Abrió los ojos al escuchar la voz baja y grave del amigo: —Me voy de viaje —le dijo él antes de llevarse a la boca un último pétalo de rosa—. si la explosión de gozo se repetía con unas pocas caricias. le pidió que se desnudara y regó miel de abejas en su cuerpo. no era posible que no pudiera llegar al final estando con un hombre de paciencia infinita y sabios recursos. pensaba Pradilla. Detrás de todo hombre satisfecho hay una puta —exclamaba feliz. Lo pensaba como hubiera pensado y escrito el poeta que nunca pudo escribir. No olvidaba que Leo pasaba de los cuarenta y dos. —No me ames —le aconsejó él. Las comió una a una. —¿Por qué no puedo decirte que te amo si te amo? —Porque no me amas —aclaró él—. Mi año sabático. Cabalgaba desesperada. La juventud y la belleza merecían seguir siendo sordas al ruido de las explosiones. le preguntaba Virginia. No pensar que su orgasmo era una obligación. el publicista sentía como suyo tanto dolor ajeno. no solamente porque la relación afianzaba una sociedad prometedora sino por el hecho de conocerse y mostrar sin recato sus propias miserias. Temía que éste no fuera más que el comienzo.

llevas la frigidez en las aprensiones. Pigmalión parecía estar hablándole a Galatea. Leo las aborrecía. Sin dejar de halagarla. quizá pasara entre los deportistas y alterofílicos que se tocan el abdomen y los bíceps para conocer los progresos de sus músculos. No es justo. Porque me besó en la boca y en los senos. por el trasero que se tensaba con la dureza milagrosa de sus glúteos. Leo parecía un pez fuera del agua en bares y discotecas 72 . No quiso llevarla de vuelta a casa. La ternura que acercaba a las mujeres daba lugar a ambigüedades. respondió ella. Le pidió un taxi y la despidió en la puerta de su apartamento. por las axilas y los pechos. y si se da ese paso. si ese paso se da no es el paso inocente de dos niñas que se acarician o besan ruborizadas. le masajeó la verga y él se dejó conducir por el sendero seguro de un orgasmo. Podemos vernos pero te recuerdo que detesto las despedidas. hombres que se miran desnudos en las duchas de los camerinos. preguntó él. Se sentía orgulloso al lado de esta muchacha joven y llamativa. dijo ella. Lo decía con la misma inalterada sonrisa de siempre ¿Y si Beatriz fuera lesbiana? No le des importancia a esas tonterías. no podía decirse que al hacerlo fueran lesbianas. Pasó la esponja espumosa por los rincones de su cuerpo. No hay mujeres frígidas sino hombres que no saben. con ansiedad y sin tacto. el incendio de segundos. Lo que no es justo es que yo no pueda. Verónica lo vio a diario. provocas el incendio y lo apagas tú misma. No estaban lejos del placer desinteresado de sentir las respuestas del cuerpo o del narcisismo de mirarse como si una fuera el espejo de otra. por el vientre y el sexo. le dijo él. Nos veremos hasta la víspera. que siempre puede. dijo. ¿Por qué lo crees?. Creas y matas el deseo. Verónica se sintió protegida y deslumbrada. pese a la resistencia inicial del amigo. una de dos. entonces? —Que no has descubierto el sitio ni el momento —dijo Pradilla—. la consoló él. —¿Me escribirás? —habló como sí fuera a perderlo para siempre—. mi niña. Betty no miente. que se miran y envidian. —¿Qué es lo que me pasa. No fue la fácil presa en la mira de un cazador ansioso. En los cuatro días siguientes. Pradilla la había mantenido en principio a distancia. Verónica. Le impuso itinerarios nocturnos que empezaban en la cena y terminaban en alguna discoteca de moda. Beatriz dice que puede. se gratificaban entonces con caricias. Podían acariciarse. había esperado que las iniciativas del amor obedecieran al deseo de Verónica y ella creía haber aprendido que era posible el amor sin urgencias. Verónica no parecía satisfecha con las palabras de Pradilla. ese paso es una decisión. la muy puta se viene con solo mirarla —contó y exploró por unos instantes los ojos de Leo como si temiera preguntar lo que preguntaría con palabras atolondradas. Secó las lágrimas de su rostro. Leo le explicó que eso era frecuente entre las adolescentes. A veces mienten. o los embarga el remordimiento de una flaqueza instintiva o se sigue adelante en la decisión de ser marica. eran sólo muchachas jugando al lesbianismo. No sucedía lo mismo entre los hombres —especulaba Leo—. se escuchaban entre ellas como nunca las escucharía un hombre. pero complacía el capricho de Verónica. ¿Podemos vernos antes de tu viaje? —Te escribiré. mi niña. dormir juntas y desnudarse y besarse y mientras lo hacían como si se tratara de travesuras. No eres frígida. La amistad entre mujeres era a veces una amistad de piel y confidencias. distinto al de los jóvenes que pretendían apagar en una noche. ni un paso más allá.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cuarto de baño y se dedicó a bañarla con dedicación de madre. Leo la buscaba a la salida de la universidad. —No debes preocuparte —quiso consolarla con una frase que encontró en su repertorio de frases hechas—. la interrogó él. ¿Pueden tus amigas?. Creo que es lesbiana. ¿Lágrimas por la despedida inminente? En unas pocas semanas. Sin dejar de sonreír.

Dejó de llorar y trató de devolver su ánimo a la sensatez. Leo viaja mañana —se excusó Verónica. quizá demasiado deseable. Subió a su habitación y lloró mirándose en el espejo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus con clientela de jóvenes desafiantes. sus deseos de alcanzar el orgasmo y la fuerza interior que se lo impedía. Había adquirido el don de la sociabilidad y los recursos de la coquetería haciéndose siempre deseable. como si todo la abandonara: Leo y el mundo. En la naturaleza de hombres como Leo —concluyó después—. —No se preocupe. como si ése fuera el sostén único de quien se balanceaba en una cuerda mirando el abismo del futuro. ¿Le preparo algo? —Gracias. al regresar a casa. nunca pensó que su madre fuera una mujer solitaria. dijo el tipo. en la víspera del viaje. sobre todo de esa inteligencia en muchos sentidos maligna: un hombre mayor que hace todo para seducir a una mujer joven y se retira a esperar que la presa avance hasta sus manos. Cuatro noches atrás. niña —dijo—. Si elegía a hombres de su edad. No me desprecien. Le ofreció disculpas. habían leído las entrevistas de las últimas semanas. Tampoco le gustó a Leo. El nuevo levante de Beatriz. Hasta entonces. Leo lo tranquilizó con una mano puesta amistosamente en su hombro. que tal vez conozca sus aún precarias defensas. se amarraba a él y lo conducía de la barra a la pista de baile. ella desconocía el lenguaje de la inteligencia. hombres que pudieran verla y sentirla aún joven antes de cruzar el para ello temido umbral de los cuarenta y cinco. La conozco desde chiquita y sé lo difícil que es la vida para dos mujeres solas. Verónica no lo soltaba de la presión de sus brazos. Dejaba una nota en la cocina. la empleada. añadió. No respondió esa noche al saludo de Teresa. tomarían conciencia del envejecimiento de la mujer que tenían a su lado. ¿No les provocaba una botellita de Dom Perignon? Él invitaba. Era como si sólo en esa diferencia pudiera encontrar la seguridad que buscaba. Verónica hubiera deseado conservar la miel que se adhería a su cuerpo. Lo hacía con mayor frecuencia en la última semana. aunque se pareciera a relaciones pasadas —el senador Roldán. Y el tiempo que tuvo para pensar en Leo le ofreció la serenidad de aceptar que sólo le había sido permitido asomarse a una de las puertas del amor. Beatriz protestó por la fuga de su amiga. Algunas jóvenes reconocieron a Beatriz. Verónica tuvo tiempo de apaciguar sus aprensiones. los instrumentos de la seducción eran proporcionales al celo con que defendían su libertad. Verónica sabía que la relación con el constructor. lloró espasmódicamente. La habían visto en televisión. Estaban cansados. No me gusta ese tipo. Ya ni me acuerdo de cuando la cargaba en estos brazos. ¿Se había enamorado de Leo? Lo admiraba. Muy temprano en la mañana bajó a la sala y fue a buscar a Teresa. con cualquier pretexto. nunca aceptando que dormiría fuera de casa. vieron entrar a Beatriz abrazada por un tipo. el patán Epaminondas—. orgullosa a su manera de estar al lado de un hombre maduro y atractivo. Teresa. hombres mayores que ella. Rechazaron con amabilidad la invitación del tipo. dijo Verónica a Leo. La intrigaban el misterio de sus juegos y la paciencia de sus esperas. bocabajo en su cama. tal vez durmiera en casa de Upegui. que más allá todo era desconocido. Hasta entonces. no tengo hambre. Virginia no estaba. tarde o temprano. podría ser la búsqueda final de algo verdadero. ¿Qué buscaba Virginia? —se preguntaba la hija. ¿Buscaba a la pareja de su vida? Upegui era veinticinco o tal vez más años mayor que ella. más temprano que tarde. 73 . En la noche del cuarto día. La injusta conciencia del envejecimiento podría ser la causa de sus preferencias.

Súbame el jugo mi cuarto. se preguntó el Gordis. —¿Ya ve lo que le dije? Si le duele es porque está enamorada. La señorita Lopera —dijo el abogado al final de una conciliación— le pide comedidamente que deje de acosarla. herido en su amor propio. —Lo peor es que no sé. Por esto el abogado quería dejar en claro que Beatriz no estaba dispuesta a sufrir ninguna clase de amenazas: le aconsejaba aceptar la conciliación propuesta por su clienta. niña Vero —le dijo Teresa. La empleada rezongó unos pocos monosílabos y colgó. Teresa hablaba con Verónica sin desprender la vista del televisor. entreteniéndose en poner orden en una vajilla perfectamente ordenada—. La veo todos los días para ver si pasa algo. Estaba dispuesta a devolver cuanto se le había pagado e incluso a asumir los daños y perjuicios que pudiera causar su renuncia. Tenía aún en su escritorio el contrato que la vinculaba como modelo a la empresa y la obligaba a trabajar durante un año en la imagen de la nueva línea de ropa interior femenina. Éste. rescindía su contrato. El pequeño televisor en blanco y negro pasaba las imágenes lluviosas de una de las telenovelas de la mañana. Si me pierdo un capítulo no me pierdo nada. Beatriz había decidido abandonar a su Gordis. si los tres meses transcurridos fueran de repente ignorados por quien le había dicho que prefería estar sola y pensar en su futuro. Teresa. 74 . —Prepáreme un jugo de zanahoria con naranja. Deseaba estar sola. le dejaba mensajes suplicantes en el contestador. Después de esa noche y en los cuatro días siguientes. No podía defraudarla. ¿cómo hago para saberlo? Sonó el teléfono y Verónica le hizo a Teresa el gesto de responderlo. Ésta era la carta guardada en la manga. se resistió a aceptar la decisión. —Tengo que estudiar —dijo Verónica—. que todo había sido muy lindo. Que ya viene para acá. que necesitaba tiempo para poner orden en sus sentimientos —cuando lo que quería decirle era más brutal e irrevocable—. —Se dará cuenta cuando le duela haberlo perdido. niña —dijo sin mirar a Verónica. No me diga que se enamoró. Cada día está más linda. —¿Está buena? —le preguntó Verónica. Teresa. si no se trataba de un capricho y todo no fuera más que confusión en la joven que él había lanzado a la fama. porque si pasa algo. Verónica prolongó la despedida de Leo como se prolonga una agonía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto rara. Se irritó hasta la cólera cuando Beatriz anunció a la empresa que. —Hace más de una semana no pasa nada—protestó Teresa—. Él no quiso que lo acompañara al aeropuerto. ¿De dónde sacaba dinero para devolver a la empresa y pagar daños y perjuicios ocasionados por la violación de una cláusula de su contrato?. ¿La acosaba realmente? La llamaba tres y cuatro veces al día. Cometió un error: amenazarla con represalias legales. Era su mamá —dijo—. no habría necesidad de usar contra ella el as guardado en la manga. la acechaba donde esperaba encontrarla. la abrumaba con regalos. esto era al menos lo que creía el gerente de mercadeo. sin azúcar—cambió de idea. Lo hizo saber por medio del abogado que visitó al Gordis. Teresa le había abierto el corazón a sus tribulaciones. —¿Qué pasó con el que le mandaba esos ramos de flores tan lindos? —Se va de viaje. Si ella lo abandonaba.

ante quien cedió sin demasiadas resistencias. Sin haber podido dormir ni un minuto. conocía a un director de novelas. No cometa imprudencias —le dijeron—. Beatriz le colgó el teléfono después de decirle que se fuera a la mierda. Y la segunda. olvidando las advertencias o restándoles importancia. un joven con mucha vida por delante. Fumaron bazuco. De modelo a reina. después con expresión agria. Una noche. ¿Quiénes eran ellos para exigirle tal cosa. estando al lado de Beatriz. Se encargaba personalmente de sus negocios en diferentes ciudades. al recordarlo. le dijo confidencialmente el amigo. En dos ocasiones había aceptado los avances de sus pretendientes. el empresario que había prometido convertir a Beatriz en reina de belleza. Era un cliente excepcional. el Gordis la llamó enfadado. ¿dónde se había metido?.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Dos días después. Usted es joven. insistió de nuevo en su asedio. ¿Podría llamarla así. consignaba en efectivo fuertes sumas diarias. mi amante? Averiguó más sobre la vida de Acosta y no supo nada distinto a lo que unos pocos sabían. La había asediado en todo momento. El actor apenas podía hablar. finalmente con frases amenazantes. fracasó en el intento de penetrarla. Tenía un amigo libretista. Acabaron en un motel de La Calera. Y. Sentía obstruida la nariz. Su experiencia con el actor fue todo un fiasco. Lo quería por lo que era y no porque él fuese el puente que la vida le había trazado para convertirse en modelo exitosa —recordaba el Gordis. cuando le flaquearon las fuerzas y no pudo resistir la invitación de quien se identificó como viceministro de no recordaba qué cartera. chorreaban gotas por sus fosas nasales. dos hombres de aspecto anodino llamaron la puerta del apartamento de Frank Rueda. sobre todo Martínez. no dieron tregua al montón de cocaína que se apilaba sobre la portada de una revista. en una breve madrugada arrullada por el canto de los pájaros. Eran los enviados de Fabián Acosta. ¿Quería seguir siendo actriz? Tal vez él pudiera hacer algo. Primero con palabras amables. La señorita Lopera ya llegó a un acuerdo satisfactorio con su empresa. que era lo que ella esperaba. para amenazarlo en su propia casa? Eso no importa —le dijeron—. La primera vez. Deje tranquila a la señorita Lopera. Miraba las fotografías de Beatriz y le hablaba como si estuviera presente. le exigieron dejar en paz a la muchacha. Volvió a ver los videos de los desfiles y a reconstruir con dolorosa nostalgia las escenas de una pasión que Beatriz despojó desde el principio de toda duda. Viajaba con frecuencia al exterior. Regresaba a su apartamento y sentía la ronda de un fantasma en la sala y el dormitorio. la había estado buscando como loco. No recordaba el nombre del viceministro. Beatriz decidió regresar a casa. Al día siguiente. Te quiero por lo que eres. Seguramente tuviera cuentas en otros bancos. poseía 75 . En un instante de lucidez. Amanecieron sentados en el piso y en una sala decorada con fotos ampliadas del actor. Si llegaba a ser reina —soñaba la muchacha— regresaría a su carrera de modelo con mayores garantías de éxito. Las mucosidades se volvían densas. Consideró la gravedad de las amenazas y abandonó la obsesión de recuperar a su amante. de manera compulsiva. le repetía ella en los primeros encuentros. un cigarrillo tras otro. mientras saltaba sola en el centro de la pista de baile. Ignoraba que. pensaba que había sido el instrumento de una ambición desmesurada y diabólica. sin saber que el abogado de Beatriz era el mismo que se ocupaba de los asuntos legales de Fabián Acosta. por momentos en tono de súplica. Atiborrado de alcohol y cocaína. no sacrifique su futuro por una locura —dijo uno de los tipos—. gerente de la agencia del banco donde Acosta tenía una de sus cuentas. Venían de parte de "un amigo íntimo de Beatriz Lépera". ella se escapaba a veces a bares y discotecas. a veces con el rencoroso acento de quien se sabe burlado. A falta de sexo. comprometidos sin comprometerse en un pacto amoroso. Jamás supo de las infidelidades de la amiga. el acoso de un actor de televisión. Se estaba enloqueciendo. ¿Quién era Acosta? El Gordis sabía por Amparo Consuegra que era un próspero negociante en Joyas.

¿Sabía Guido Leonardo Pradilla. pero desentonaba en el ambiente. lo paseaba e introducía entre desconocidos. importante para el banco pero no lo suficiente como para alarmarse si la trasladaba a otra entidad. la pregunta. ¿No sabía que las joyerías son el negocio preferido de los esmeralderos y uno no va diciendo que todo esmeraldero es mafioso si no acepta que muchos 76 . Frank. —¿Mafioso? —No sea pendejo. Si le ofrecía esta información confidencial sobre un cliente de su banco no era porque se tratara de un caso especial. revienta las cerraduras. Últimamente. quiso decirle a carcajadas Martínez. quién era el misterioso Acosta? Lo llamaría. Lo he visto dos o tres veces. era una solemne tontería. de cristales polarizados. Su banco y todos los bancos estaban a la caza de clientes especiales. Upegui lo saludó de palmaditas en la espalda. Haga de cuenta que Beatriz dejó de existir. Dicen que tiene una casa en Miami —le informó Martínez. un tipo dispuesto a todo para seducir y conservar lo que quiere. más me gusta —murmuró al acomodarlo encima de la ropa seleccionada para el viaje. Los bancos no controlan la ruta de llegada. Me encanta este suéter de lana de cordero —dijo para sí—. Y sabes que Amparo tiene llaves para todas las puertas. lo invita a toda fiesta donde ella tenga llaves de entrada. Óigame bien. como te consta. abierta al pie de la cama: Louis Vuitton. usted y yo apenas nos hemos visto—le dijo con voz comedida—. No es necesario traficar con droga para ser narcotraficante. Pradilla y Upegui. ¿A quién no saludaba con palmaditas en la espalda? El Gordis encontró a Leo en casa. La Consuegra le hace las relaciones públicas. se va a arrepentir toda su vida. Si hace algo que me obligue a verlo personalmente. Parecía un tipo simpático. Frank —se rió—. Si no las tiene. Es un tipo con plata y muchas ganas de demostrar que la tiene. En la fiesta donde Beatriz conoció al tipo. tal vez los mismos que visitaron al Gordis en su apartamento. Mientras más viejo. se hacía acompañar por dos escoltas. —¿Quién es en verdad el tal Fabián Acosta? —Es lo que parece. No le podía asegurar que Acosta fuera mafioso. Un esnob como Pradilla —decían quienes lo conocían y querían mal. El visitante identificó la marca de la maleta vacía. El Gordis descodificó el mensaje: Acosta lo estaba amenazando. Lo aumentó aún más la llamada del propio Fabián. Supongo que su empresa ya pagó el saldo que tiene pendiente con mi agencia —bromeó. El perfil inequívoco de Fabián aumentó el temor que había sentido después de aquella visita inesperada. Acosta puede ser uno de los siguientes eslabones. recordó el Gordis. Pradilla había cruzado algunas palabras con el joyero. —Párele bolas. repitió. la de Acosta era una cuenta de nivel medio. creativo de publicidad y hombre de mundo. aunque no hicieran nunca nada para evitarlo— sólo adquiría artículos de marca. hermano —le aconsejó cuando escuchó la narración de los hechos—. Comparada con la cuenta de otros clientes. Amparo Consuegra. la decoradora. aunque supuso que el Gordis no le estaba pidiendo una cita para hablarle de las deudas de su empresa. Esos tipos no juegan —advirtió Leo mientras sacaba del closet mudas de ropa que seleccionaba y doblaba encima de la cama. Tal vez tuviera cuentas en otros bancos. pasaba de un grupo a otro. ¿Qué clase de control se hacía sobre estos clientes? —se atrevió a preguntar Frank Rueda—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus casas y apartamentos en tres ciudades. a lo mejor se había ganado decentemente la plata. Pretendía ser ceremonioso y educado y resultaba artificial en cada gesto. ¿Controles?. ¿Tenía unos minutos para él? Venga a mi apartamento si no le da envidia saber que viajo a Europa esta noche —aceptó Pradilla. Un mafioso es apenaste el primer eslabón de la cadena donde se abre el grifo de la plata. conducía una camioneta blindada. La teoría de Pradilla no era novedosa.

se miraban a menudo en el espejo de los mafiosos. Cualquiera que mediante un golpe de suerte se creyera rico de la noche a la mañana podía hacer lo mismo o dar a creer que vivía de esta forma. No escupa para arriba ni tire piedras sobre su propio tejado. complacencia de quienes ya lo tenían. —No sé si es o no es —bromeó Pradilla al desechar una chaqueta de tweed a cuadros. Si Verónica no se torcía en el camino. deja de ser tabú y se convierte en objeto de seducción. carros aparatosos. no sirvo de paño de lágrimas. No me tome en serio. apartamentos de lujo. ¿Cómo así? No entendía. para consolarlo. Si los mafiosos imitaban a los ricos volviendo superlativa la ostentación de sus riquezas e incluso imitando el estilo de acumularla y consolidarla en empresas legales. —No dije eso. que mafiosos y esmeralderos tienen una sociedad estrictamente anónima? ¿No veía que esmeralderos y mafiosos se estaban asociando en grupos armados para repeler las amenazas de la guerrilla? —¿Es o no es? —se impacientó el Gordis. de moda en la década anterior. Tienen el capital de belleza y juventud y lo invierten en acciones seguras. escoltas motorizados y precauciones estrambóticas. El padre es el tabú inaccesible. Nada le prohíbe a una muchacha acostarse con el hombre que responda a la imagen del padre. Dinero fácil. con edad aproximada de éste. Prométale a cualquiera de esas muchachas que la volverá modelo de sus nuevas líneas de ropa y la tendrá 77 . Leo? —cambió de tema el Gordis. interesado como estaba en la elección de una chaqueta de cachemir azul marino—. Me largo a dar vueltas por Europa —dijo. camionetas blindadas. —¿Por qué se va de viaje. los pobres diablos de clase media. Estaba imponiendo un estilo de vida. enriquecidos gracias al éxito en negocios distintos y seguramente más legítimos. Dijo enseguida que el mundo le tendía a las mujeres jóvenes y bellas trampas desastrosas. —¿Si no se tuerce como la malparida de Beatriz? —dijo rencorosamente. —¿Quiere que lo acompañe al aeropuerto? —Ni lo sueñe. o trabajando en la prestación de servicios a las organizaciones criminales. Esa "malparida" es la muchacha de quien usted está enamorado. Le dijo algo más: cuando los mafiosos tienen la plata que sale como agua por el grifo abierto de sus negocios.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus esmeralderos trabajan con la mafia? ¿O. No se está enamorando de mí sino del papá que quiere tener. despilfarro. Guarde luto por esa preciosura y piense que tuvo el privilegio de comerse la mejor fruta de la huerta. conquista de espacio social. a la inversa. doblando cuidadosamente la prenda. adquirían los símbolos externos de su poder. pero ellos sólo tienen dos instrumentos para conquistarlo: sus fortunas y sus fierros. seguridad innecesaria. conseguiría lo que se propusiera. dan el paso siguiente: la conquista del poder. La mafia no era solamente una industria criminal organizada. Muy simple —explicó—. —Porque lo necesito —respondió fríamente. —¿Y Verónica? —Soy lo mejor y lo peor que podía sucederle a esa muchacha. ¿No hacían lo mismo los políticos? El rango iba en proporción directa a la exhibición de su seguridad. Pradilla no pretendía convencer al amigo. simulaban poseer la riqueza que no poseían. abrevian el tramo que va de la juventud a la vida adulta. Crecen con la idea de conseguirlo todo en un instante. Frank. que ambos trabajaban en un semillero de frutas. Le recordó. Burlan la trampa y pagan el precio que sea. Usted sabe —decía— que el poder se consigue por muchos medios. Un hombre distinto al padre. especulo.

Lo convenció de comprar pequeñas productoras y consolidarlas en un grupo. Hoy en día —decía Pradilla con el entusiasmo que le provocó sacar de la parte baja del closet unos botines. dijo Pradilla. exportaremos lindas muchachas. Fue su década revolucionaria.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus comiendo en su mano —le dijo. Dentro de diez años habremos creado una fabulosa industria de la belleza. demasiado inteligente para muchos. frente al espejo de una alcoba de ensueño. Fierre Cardin—. ¿Que Peralta era casado desde hacía veintitrés años. Y en la más radical de las facciones. ¿No están exportando ustedes sus brasieres y pantis? Dentro de poco. inteligente. un empujoncito en los medios. Peralta ganaba la plata que quería y conseguía a los mancebos que le gustaban. el vicepresidente de producción del Canal Equis-Zeta. ¿Quería aprender algo más sobre la ecuación amor/negocios? No era difícil comprenderlo si miraba con atención la vida de John Peralta. ¿Cómo llaman los españoles a la operación de invertir en un buen matrimonio? Braguetazo. con gorra al estilo Mao encasquetada en su cabeza? 78 . Y a cambiar de juguete: un hueco viejo por un palo Joven. A sus cincuenta y nueve años confesados —tal vez rondara los sesenta y tres—. en la que se le veía a la cabeza de una manifestación. Una cena íntima y una llamada convertía a un fisioculturista en actor. obsesionado por el pasado del publicista. Si el Gordis no hubiera sostenido esta conversación con Pradilla habría seguido pensando lo que siempre había pensado del publicista. de marca y cosecha preferidas. pero un tipo a quien le gustaba hasta la fascinación demostrar que su inteligencia lo separaba de los demás mortales. Pradilla defendía ante sus clientes la idea de preferir las sutilezas a la vulgaridad de las evidencias. mire esa preciosura de muchacha. precisaba. De los veinte a los treinta. acababa de abrocharse el sujetador. el gerente de mercadeo. preferiblemente en la televisión. respondía a las inquietudes de Frank Rueda. Todo empezó hace veinte años: un cuarentón ambicioso adivinó que la televisión sería cosa seria y muy rentable. satisfacía con humor la curiosidad de quienes sabían de su pasado de revolucionario. ¿Decepcionado de qué? Mientras se sucedían las imágenes en la pantalla y el proyector presentaba las propuestas de Pradilla. fue la repelente respuesta que Pradilla le dio un día al Gordis mientras discutían estrategias de mercadeo y se proyectaban en una pantalla las mejores opciones para el lanzamiento de la nueva línea de brasieres y pantis de la empresa. le decía al cliente de la agencia y éste le pedía congelar la imagen en el cuerpo de la niña que. ¿Dónde había ido a parar el subversivo de hace veinte años? Se lo digo de frente y sin vergüenza: uno no se decepciona para traicionar su inteligencia sino para conservarla. Leo descorchaba una botella de vino y servía dos copas. dijo Pradilla. lo suyo y lo de ellas eran los negocios —le dijo. acepte que se trata de una pragmática prestación de servicios mutuos. ¿Le interesaba un consejo? No las tome en serio. que era un cínico incorregible. Le aconsejaba no meter el corazón en los negocios. con un mercado interno extraordinario y con posibilidades de exportarlo. Se llama Beatriz Lopera y está en la lista de las modelos de mi agencia. como se supo en la crónica social de hace un mes? Todos tenemos derecho a aburrirnos. ¿No era testimonio de ello la foto ampliada que decoraba uno de los muros de su oficina. Frank. lanzaba al guapo muchacho al estrellato. esos atletas de cara linda y músculos sabiamente cultivados conocían las reglas del juego. por ejemplo. Peralta había dado un braguetazo al casarse con la hija del propietario del canal. no olvidemos que nuestra producción va dirigida a mujeres de poder adquisitivo medio y alto. Acudía a las reuniones de trabajo con su propia botella de vino. ¿Por qué hablaba así de Peralta si lo tenía entre sus amigos? En este negocio no se tienen amigos sino socios.

Diseño gráfico. Trajo la botella al lado de la mesita de la sala y.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leonardo Pradilla era entonces un muchacho de clase media. La ropa de marca. le preguntaban sus nuevos amigos en aquellas sesiones en las que se discutía el impacto de sus propuestas publicitarias. decía Pradilla. Pierre Cardin. se almacenaban en una bodega protegida del calor y la luz. Alimentan los puercos con bellotas para que unos pocos puercos privilegiados nos comamos la carne más cara del mundo —dijo antes de llevarse a la boca otra rebanada de Jabugo. Se tropezó con un nombre y un número de teléfono: Sandra. por ejemplo. también vendían la belleza. A diferencia de los hijos de papi. repitiendo una y otra vez la visión de las imágenes que mostraban a Beatriz en pasarela y camerinos. pasaba temporadas de crisis. —¿Como en los negocios? —Como en los negocios. De nada y de lo que apareciera —así había podido sobrevivir. Coleccionaba tintos de Bourgogne y blancos alemanes. mientras se acomodaba a la idea de haber perdido a Beatriz. la película de Lelouch? Un spot publicitario debía aprender de la estética amable y ligera de películas como ésta. pero gracias a su trabajo de imagen pudo salir elegido. Frank Rueda regresó a su apartamento de la calle 86 con Novena y lloró al volver a proyectar el vídeo del desfile. Era un Vega Sicilia del 84. El día que lleguen al poder eliminarán a quienes se opongan. Hugo Boss o Ermenegildo Zegna. La publicidad tiene que aprender del cine. bebió con ansiedad hasta el anochecer. los cautos consejos del cínico. 2891500. Recordaba las conversaciones pasadas. ¿Quién era Sandra.¿no habían visto Un hombre y una mujer. La inteligencia no era un bien inútil. La decoración de su apartamento. blancos y beiges. El Gordis recordaría. Prefería allí los colores claros. Arquitectura. Las bebidas. su colección de gabardinas tenía la etiqueta de Burberry’s. Su memoria se iluminó con el 79 . no fueron otras sus razones cuando decidió comprar el Porsche con el dinero ganado por sus servicios en una campaña política. obtenía créditos y los pagaba puntualmente o pedía moratorias según la expectativa de sus ingresos. Todo en él parecía metódicamente elegido. al lado de vinos tintos de la Rioja. hombres delirantes que se eliminan entre ellos. eliminan a la competencia. la potencia del motor. —Porque las revoluciones empiezan a ser obra de hombres sin escrúpulos. Como los negocios no se hacen para crear riqueza y redistribuirla socialmente sino para acumularla en grandes monopolios. elegida por él mismo. con teléfono y sin apellido. sobre todo la champaña. Filosofía y Letras. sus corbatas de seda ocultaban la marca de Hermés. El candidato era una mierda. la seguridad que le brindaba cuando pasaba de los ciento cincuenta kilómetros por hora. Los negociantes. —¿Por qué dejó de ser revolucionario? —le preguntó el Gordis un día. conoció el riesgo de mal vivir solo y con recursos azarosos. Se sirvió un vaso de vodka puro y lo bebió de un largo sorbo. Abrió su agenda y repasó la lista de clientes y amigos. Para sus amigos —si los tenía— era un modelo de exquisitez. el cuero del tapizado. ganaba mucho. No concebía que se pudiera vestir un traje que no llevara la firma de Giorgio Armani. Le ofreció una rebanada de jamón Jabugo y lo despidió en la puerta. Frank. le dio a probar una copa de vino. Las revoluciones de ahora no están hechas por santos iluminados sino por prisioneros de sus propios rencores. como los revolucionarios. visitante de carreras que iniciaba sin concluir. Frank —aceptó—. era de un aséptico minimalismo. No se sabe quién aprendió de quién. Como la publicidad. Su auto deportivo causaba envidia pero lo tenía porque armonizaba con su estilo de vida: la belleza de sus líneas. gastaba con mano abierta. Pradilla no era rico. —¿De que vivías?. Antes de dar a entender al Gordis que la cita había durado más de lo esperado.

Supo que la modelo salía con Frank Rueda. Vestía un salto de cama blanco y transparente. al que había sido invitado por Amparo Consuegra. La llamó. —¿Te gusta el paisaje? —le preguntó Acosta al abrazarla por la espalda. Apagó el betamax. un poquito más. Acosta la condujo hacia un extremo del salón. si llamaba su madre. Beatriz obedeció. —Te vienes a vivir conmigo cuando termines. Beatriz se asomó al ventanal corredizo y respiró el aire frío y puro del jardín sembrado de eucaliptos. Esas duras nalgas adolescentes se le habían revelado a Fabián en el desfile de lanzamiento de la colección. Dos Rossweiler. Al día siguiente vio en la prensa las fotografías del desfile y recortó la que mostraba a Beatriz desfilando de espaldas. extrajo la cinta y la destrozó a golpes de martillo. Me faltan dos meses para terminar el bachillerato. 80 . Se propuso sacarlo del camino. Verónica le había sugerido que lo mejor sería decirle la verdad. Acosta le acarició las nalgas. no te olvides que el costo de vida está ahora por las nubes. Acosta compró la prenda pensando que después de la primera cita éste era el salto de cama que Beatriz exhibiría en los desayunos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recuerdo de una joven de veintidós años. —¿Qué más te gusta de mi cuerpo? —Todo —le dijo Acosta. ayudaban con su ferocidad a cámaras y vigilantes. —Tienes el culo más fantástico del mundo. había sido adquirida hacía apenas un año. —¿No te gustan mis tetas? —Me enloquecen —y las estrujó como si tratara de medir volumen y dureza. Propuso la tarifa. que Beatriz apretó con coquetería. cómo no iba a recordar a un papacito como él —le mintió la voz al otro lado de la línea. el constructor intermediario en la venta. Beatriz le había pedido a Verónica que dijera. —¡Divina! —exclamó ella al ver la gargantilla en su cuello—. Y pasó de nuevo sus manos por las nalgas. Seguía de pie y abstraída. sin ropa interior. Upegui. Sintió después la caída de un delicado objeto metálico sobre su cuello. Seguía con los ojos cerrados. La ubicua Amparo Consuegra se había encargado de la decoración. la mano que lo rodeaba y la torpeza con que la mano maniobraba debajo de los cabellos. "¿Qué le digo?" —le preguntó Beatriz. mi amor —le dijo la melindrosa—. —No puedo —dijo ella—. frente al gran espejo del recibidor. recostada en una pendiente. Y se ausentó algunos segundos. se la había vendido al contado y en dólares. No. ¿Vienes a mi apartamento? —le preguntó el Gordis. importados de Estados Unidos. más allá de la calle 132. ¡Divina. Acosta le pidió quedarse quieta frente al ventanal. La voz ronca y las tonalidades melindrosas de su acento lo devolvieron a un cuarto de hotel ¿Lo recordaba? Claro que lo recordaba. Un circuito interno de televisión servía a dos vigilantes armados para volverla casi inexpugnable. pidiéndole que no abriera los ojos. la visión brumosa de los cerros. "Que te vas a vivir con Fabián". —¿Crees que puedo ser reina de belleza? —Te lo aseguro. La casa. —¿Quieres vivir conmigo? —le había pedido él la noche anterior. —Me encanta —dijo ella sin volver la cabeza. "Cierra los ojos" —le pidió. mi amor! —y se lanzó a los brazos del tipo. que se había quedado a dormir en su casa. Más allá.

—Son todas tuyas —respondió Acosta—. lloró como sólo saben hacerlo algunas mujeres ante el espectáculo deslumbrante de joyas ajenas y propias. Supongo que sabes manejar. exclamó. Se lo diría a Verónica. Le pidió extender hacia él una pierna. Lo dejamos para otro día. como si se imaginara el rótulo en los comerciales de televisión. mamacita. El auto era un modelo del 87. Beatriz le dijo que era tarde. le mandaron flores —gritó. póngase ahí como si posara pa' las cámaras. Mañana conseguimos uno. Acosta le tomara las manos y con gestos rituales empezara a introducir en los dedos anillos y sortijas. ¿No era la bisutería el sucedáneo de esta fantástica exhibición de brillo? Acosta le pidió que se sentara en el sofá y cruzara las piernas. Volvió a admirar a Beatriz sentada en el sofá. debía llamar a la madre. Beatriz no se atrevía a decir que hubiera sido preferible convencerlo con métodos distintos a las amenazas. le dijo a manera de súplica. tan clasuda que se ve así.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿No era un próspero propietario de joyerías acreditadas en todo el país? Sólo así podía explicarse la generosidad de aquel hombre joven. insignificante al lado del Mercedes Benz blindado que lo acompañaba en el garaje. No era un mal tipo. No hay buenos tipos sino pendejos sin agallas —dijo Fabián. De esta visión y. Doña Dolores de Lopera ahogó un grito de felicidad al abrir la puerta del pequeño apartamento y recibir el inmenso arreglo floral acompañado de frutas. Quería admirar a la distancia el aspecto que ofrecía una chica hermosa con los dedos de las dos manos preciosamente decorados con sus sortijas. —Lo mejor que puede hacer es quedarse tranquilo. —¿Son mías? —preguntó ingenuamente extendiendo las manos. Miró la 81 . ¿qué pasó con tu Gordis? —Parece que se quedó tranquilo. Mija. déme esa patica. "Gold & Fashion". —En el garaje tengo un Mazda que nunca uso —le dijo Fabián al despedirla—. A propósito. Corrigió la posición inicial. Sólo así podía explicarse que una vez puesta en su cuello la gargantilla de oro. buen mozo y un poco áspero. mijita. póngase bien sexy. Anuncios de prensa. de expresión inocente. nadie más que Beatriz podría ser la imagen audaz de joyerías que tenían su clientela asegurada. Pediría a una agencia de publicidad la realización de un spot de diez o veinte segundos. del orgullo de haber regalado a la joven joyas que le pertenecían. —Es un buen tipo —dijo Beatriz. no lo puedo creer. Le propuso una sesión de jacuzzi. le pidió llevar una mano a los cabellos e imaginó el impacto de la imagen: la cámara registraría la mano enjoyada que ordena los cabellos de una mujer joven. fotos fijas de una modelo inexpresiva no bastaban para destacar la exclusividad de sus joyerías. La muchacha lloró de emoción al verse ante el espejo. Acosta se emocionó con la idea de promocionar la imagen de sus negocios. —¡Es un pobre diablo! Acosta había sacado del camino al Gordis. que colocara las manos sobre las rodillas desnudas. No lo había amado. ¿Quién no las ha visto frente a las vitrinas y escaparates de las joyerías? Las lágrimas de emoción que bajaban por párpados y mejillas nacían de esa atávica predilección femenina por las joyas. publicidad en las revistas. Le había mentido. ¿Tienes permiso de conducir? —ella negó con la cabeza—. y abrochó una cadenita de oro en un tobillo. Beatriz pensó de inmediato en el genio creativo de Leonardo Pradilla.

—No sé si estudie. No le satisfacía reconocer ante su hija el fracaso del marido. las vecinas vienen a felicitarme. mija. Beatriz tendría que inventar alguna explicación cuando apareciera en casa con el Mazda. ni ésta la curiosidad de ver la gargantilla nueva en el cuello de su hija. mija —dijo con humildad doña Dolores—. al regresar a casa. mamá —le dijo—. ¡Cómo se le ocurre! Nunca estuve enamorada de ese zángano. mamá. —Ya no soy modelo. Firmó el comprobante de entrega y se quedó inmóvil en la puerta. Esta vez no la van a rajar. uno de los dos cuartos del apartamento. mamá. doña Dolores permaneció con los ojos desmesuradamente abiertos. Voy a ser la modelo de una importante cadena de joyerías. mija —dijo resignada—. —Me alegra. me dieron tres años para pagarlo en módicas cuotas mensuales. —No me case antes de hora. —Estudie lo que quiera. no se preocupe. —¡Qué detalle tan lindo de su amigo! Beatriz interrumpió sus ejercicios en la bicicleta estática. —No se olvide de estudiar. no sé si estudie diseño gráfico o de modas. ni a la hija le hacía gracia recibir noticias desalentadoras sobre el padre que a duras penas veía. y el detalle de obligar a la madre a una visita al odontólogo cuando recibió sus honorarios de actriz. una excusa que no alarmara a la madre. Son para mí. no había tenido tiempo de enseñar a la madre la colección de sortijas. Beatriz? —Abrí una cuenta corriente para no tener que andar con efectivo. mejor dicho —dijo sin venir a cuento—. Se puede costear la carrera con su trabajo de modelo. que haya conseguido un buen partido. —¿Cómo así que cheque. Me casé con él porque una mujer de veintidós años tenía que casarse con el primer pretendiente. —¿Enamorada? —chasqueó la lengua—. cómo será cuando sea su novio —dijo la madre—. Acuérdese que tiene los exámenes encima. Fabián es apenas un amigo. —Estoy estudiando. Por falta de espacio. mamá —y corrigió al instante—. con las manos tapándose la boca. ponga de su parte y estudie. La nevera y el televisor nuevos habían sido los primeros regalos de Beatriz al recibir su primer cheque de modelo. Lo enviaba Fabián Acosta. suspiró. los artículos de cocina y los juegos de sábanas de algodón puro. —¿Cierto que se ve divina la nevera nueva en la cocina? Le pegué esos adornitos. ¿se acordó de pagar el arriendo? —Ahora mismo le hago el cheque. Se va a sentir orgulloso pero le va a dar mucha rabia saber que usted y yo podemos vivir decentemente sin su ayuda. 82 . mija. mija! Cada vez que usted sale en ese programa. ¡Mire que abandonarnos cuando usted apenas tenía cuatro años! Dios castiga. —Su papá va a sentirse orgulloso de tener una hija como usted —dijo doña Dolores—. ¡Si le contara. Me dijeron que se quedó sin trabajo y que anda de puerta en puerta vendiendo enciclopedias. Cuando lo hizo. Oiga. la había instalado en su dormitorio. En la mañana. Beatriz soltó una carcajada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tarjeta y su felicidad fue mayor al saber que el ramo de flores era para ella. —Si es así como amigo. mija. Vinieron después el juego de sala y la cama de cedro. una ganga. con sus respectivos tendidos. — A veces pienso que usted sigue enamorada de él. Diría que lo había comprado a crédito. Me hicieron una oferta mejor.

—No se vaya a escandalizar. No sabe la pena que me dio cuando vi en los periódicos y en la televisión ese desfile. ese muchacho me parece muy buena persona.. me dolería mucho verla sufrir.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mejor —dijo la madre—. pasan por un período de prueba y después deciden. Empezó a pedalear. Ya verá. —¿Ve? —exclamó—. seguidas por doña Dolores con las manos puestas sobre su boca. Eso es lo que me aterra: que se conozcan. ¿Cómo voy a saber yo las intenciones de un hombre? Nadie lo sabe. ¿Vieja con cuarenta y un años? A usted lo que le falta es arreglarse. se habla de veinte muertos y decenas de heridos aún no identificados. 83 . la presentadora del noticiero leyó los titulares del día. —¿Usted cree que ese muchacho va en serio? —preguntó preocupada—.. haría medía hora más de ejercicios. Segundos después. Usted sabe que tenemos familia en Medellín. como si rezara una oración—. La siguiente noticia mostraba tres cuerpos de policías abatidos en plena calle. Por ahora. que hagan como usted dice un período de prueba y al final no decidan nada. No sé. ¡Sabrá Dios dónde vamos a parar! Beatriz volvió a acariciar los cabellos de la madre y se dirigió a paso lento a su dormitorio..". La gente se sigue enamorando y casando como antes.Por el momento. Antes de anoche. mamá. por la confusión de hombres y mujeres que corrían entre policías. tendidos de luz venidos abajo. acostúmbrese a verme vestida y con poca ropa. El noticiero se abrió con un estruendo de explosiones. Doña Dolores apagó el televisor. si me deja asesorarla. ". cómo le devolvemos la juventud. —¡Se acabaría la familia! Beatriz miró la hora y encendió el televisor. "Sigue la siniestra cruzada de exterminio contra miembros de la fuerza pública. la cámara se paseó por un edificio derruido. —Me cuesta mucho acostumbrarme a esas cosas —quebró la voz—. una bomba en Bogotá. "Un nuevo atentado dinamitero sacudió a la ciudad de Medellín. según los informes de las autoridades. mija." —¡Apáguelo. por favor. Antes de identificar el lugar y consecuencias de las explosiones. mija —suplicó la madre—. mamá —le pasó la mano por los largos cabellos castaños—. aunque no lo conozco. viejita —le acarició las mejillas con el dorso de la mano—. —Usted verá. ¿Qué tal que el dichoso matrimonio no tuviera sentido? Consiguió escandalizarla: la madre enarcó tas cejas y le dio la espalda a la hija." —escuchó Beatriz al echarse la toalla al cuello. Una música fúnebre servía de audio a la emisión de las imágenes. Socorristas de la Cruz Roja sacaban muertos y heridos de las ruinas. —¿Vieja usted? No me haga reír —la abrazó y besó en la frente—. ¡Qué hombre va a respetar a una muchacha que ha pasado por tantas pruebas sin decidirse! —No sea anticuada. —Si voy a seguir modelando. Ya estoy muy vieja para adaptarme a esas costumbres. La cámara se paseaba por un vecindario en ruinas: carros achicharrados. ahora otra en Medellín —dijo la madre en voz baja. mamá —le dijo con dulzura—. Betty—aceptó resignada—. —No sea anticuada. Entienda. mamá. que no hay nada malo en ser modelo. soldados y socorristas. Yo sé que es una profesión. usted es una niña muy linda. apáguelo! —suplicó Beatriz. Así no tendrá que empelotarse. Antes de almorzar la ensalada y la pechuga de pollo a la plancha que le había pedido a doña Dolores. ¿Qué pasa luego? Pues que repiten lo mismo... Beatriz rió a carcajadas. árboles talados por el impacto.. mija.. ¡Qué lindo! ¡Mandarle flores a la suegra que no conoce! Abrazada a la madre. Ahora las parejas se conocen. que a mí me educaron de otra forma. —Espere un ratico. ¿Quiere que le diga una cosa? Las mujeres no tienen que resignarse a vivir toda la vida con un hombre que no aman.

que le respondió con un amago de golpe en la entrepierna. entonces? —preguntó Beatriz deteniendo el pedaleo. pero tenga cuidado. las baldosas del piso de grandes ladrillos crudos. ¿era falso el Dalí? Elegiría las de temas y colores amables y las cedería al negocio en calidad de préstamo.. pero vale mucho. —Dormí en la casa de Fabián —encaró a la madre—. Se le había ocurrido —dijo Upegui— que fueran atletas musculosos vestidos solamente de pantalones blancos. de espaldas al escritorio. Un fax. En esa pared. Y la decoración. La examinarían juntos. "Inversiones Nuevo Horizonte y Perfect Body se complacen en invitar a usted(es) a la inauguración del nuevo y espectacular spa que abrirá sus puertas el próximo viernes.. tienen que ser 84 . bromeó agarrando del cuello a Virginia. No me quiero meter en sus cosas.topless. Amparo invitaría a sus amigos periodistas.. Prefería mentirle. mija —se acercó a decirle la madre—. Canje o no canje. con insinuantes delantales de cuero. pero había que servir más que vino. herido a flechazos. encontraba irritante su aceptación de la fatalidad en cada circunstancia adversa. Nada podía hacer para modificar su comportamiento. le daba rabia verla envejecer con el convencimiento de que era vieja a los cuarenta y un años. será un verdadero escándalo. —¿Dónde piensa que dormí. Mucho más sugestivo en inglés. Evitaba responder groseramente a su madre. pongamos algo lindo en las paredes. Ningún noticiero de televisión se va a perder esa noticia. mejor que sobre y no falte. colgaría la que representaba al santo desnudo. entra en el inventario de gastos. "¿Qué ofrecerían a los invitados? La etiqueta mandaba que se dijera: se servirá copa de vino.Usted no durmió donde Verónica. Una idea genial: los camareros no atenderían en uniforme negro y pajarita. Diez fornidos fisioculturistas atendiendo a los invitados. La oficina de la administración le parecía desangelada. tamaño pliego. ¿Qué hay de malo en eso? —subió el tono de voz como si la verdad exigiera mostrarse desnuda y desafiante—. John Peralta había prometido mandar las cámaras del noticiero. Guardaba en su casa litografías de pintores famosos. Ya no soy una niña. churros que se conviertan en espejo de nuestros clientes. Virginia. el acabado de los baños tendría que ser de mármol. Tengo un Darío Morales. ¿Cuántas líneas telefónicas? No menos de dos. Y en el salón de los aeróbicos lucirían muy bien reproducciones de mujeres y hombres jóvenes en ropa deportiva. serían casi doscientos invitados.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto muy rara. tacones altos y . mañana a las nueve. "Inversiones Nuevo Horizonte" era una razón social sencilla. Como conejitas sin uniforme de conejitas —dijo. la grifería de bronce. recordó. conseguí unas cuantas cajas de vodka y whisky de cortesía. no sé cómo no se nos había ocurrido — recordó llevándose las manos a la cabeza. torso desnudo. Más adelante instalarían un teléfono público de monedas. Faltaban algunos accesorios. ¿Cuál era el dichoso santo? San Esteban. Cuerpo perfecto. Upegui inspeccionó con Virginia cada rincón del gimnasio. ¿Por qué no cinco mujeres y cinco hombres? — propuso Virginia. Podía adquirirla mediante un canje. una mujer desnuda y patiabierta. ¡Las separaban tantas cosas! La irritaba su resignación. Que no se le olvidara la cita con el notario. ¿Había hecho ya la lista de invitados? —le preguntó a Virginia. ¿Le parecía adecuado el nombre del gimnasio? Perfect Body. dijo Virginia. ¿Es que no se ha dado cuenta? Doña Dolores la observó en silencio y optó por retirarse. En minifalda negra. mamá.. dijo Upegui. ordenar pasabocas. una libre para los clientes y la otra para nosotros. Ya él había hecho trámites e inscripción de la sociedad en la Cámara de Comercio. descalzos. Dalí. ¿Se imaginaba el impacto? —decía a Virginia. aunque las intuiciones de la madre fueran a veces revelaciones fulminantes. falta un fax.

¿Almorzarían juntos? No. ¿Salía con Beatriz Lopera. suscribirían entre ellos un documento privado. le había prometido a Verónica almorzar en casa. ¿Me das un beso?. ¿Cómo había quedado al fin el asunto del tercer socio? Fabián Acosta no quería figurar en las escrituras del negocio. Había montado una pequeña empresa de confección de ropa para niños. El tiempo de esta profesión —lo sabía ella— se consumía en un suspiro. que no tengan las tetas muy grandes. Sabía por Verónica que la madre de Beatriz había criado sola a su hija con pequeños contratos de restaurantes y pedidos para fiestas particulares. haciendo lo que sabía hacer. La respuesta fue un suspiro hondo acompañado por un encogimiento de hombros. ¿Sabía que Acosta tenía a Beatriz comiendo de su mano? No lo sabía. ¿Quieres probarlo?. ¿Quién iba a creerlo? De niña era una langaruta pálida y tímida. dijo Upegui. ¿Funcionaba bien el baño turco? A las mil maravillas. la amiga de su hija? El mismo. ¿Cuánto quedaba en plata líquida? Veinte millones de pesos. Se le ha metido en la cabeza volverla reina de belleza. Lavando no. ¿Cómo se porta mi verguita chiquitica y tiernita? —le preguntó a sabiendas de que Upegui disfrutaba con sus obscenidades. ¿Por cuánto tiempo? Depende de ella. cuando la conoció. Esa humilde mujer tiene todas sus esperanzas puestas en la hija. Ya agoté mi cuentica en dólares. Virginia le acarició el brillante cráneo rasurado. ¿Fabián Acosta?. no se para. cocinar platos criollos. Lo que era la vida. le había pedido a Upegui que figurara sólo él. el BMW se me hizo humo. Pradilla era apenas amigo. Más bien poco. preguntó Virginia. venía diciéndole Upegui. La tiene comiendo en bandeja de oro. Pobre mujer. Virginia le recordó que le faltaba endurecer el abdomen. pidió al arrebatárselo. se había ido de viaje a Europa. Y que nos den recibos con el debido incremento de los precios. Verónica se hizo amiga de Beatriz cuando iban a ese colegio de mediopelo. Acosta nos gira mañana para pagar a los proveedores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus muy sofis. pero la oferta industrial arruinó su negocio. Tampoco Upegui figuraría. dijo Virginia. así la recordaba Virginia. ni la sombra de la linda niña de hoy. ¿Hasta cuándo?. La pobre no paraba de estudiar día y noche. le preguntó. Se para. se quejó Virginia. respondió la voz realista de Upegui. Virginia lo recompensó con un fuerte apretón en la bragueta. haciendo lo que casi todos hacen. Upegui se subió a una máquina y trató de flexionar los brazos. dijo Upegui. ¿Salía con Leo Pradilla? Sí. Una sociedad con más de millón y medio de dólares será una sociedad respetable. entre 32 y 34. dijo al bajarse de la máquina. lo haría a través de su abogado. pero la primera beneficiada en esa relación sería la madre de Beatriz. éstas serían las medidas ideales. la invitaba a comer en su casa. informó exaltado. porque Acosta nos da la plata en efectivo. propuso Virginia. Poco o mucho tiempo. Mejor mañana. de pura pena. Antes de salir del gimnasio. Virginia no la conocía. Niñas muy sofisticadas. pronosticó Virginia. Upegui le recordó a Virginia que se diera prisa en la contratación del sistema de alarma. ¿Estamos lavando?. Upegui poseía el 28% y Virginia el 52% restante. Le parecía cruel decirlo —opinó Virginia—. añadió Upegui. has bajado barriga pero necesitas tonificar esos músculos. se inquietó ella. Sí. dudó Virginia. Lo que era la vida: ahora era una modelo famosa. ¿Sabes lo que es ser pobre? —preguntó. Además. hasta donde sabía —dijo Virginia—. ajiaco y sobrebarriga. Tenemos que abrir la cuenta corriente a nombre de Inversiones Nuevo Horizonte. precisó él. Su aporte de trescientos mil dólares significaba apenas el 20% de la inversión. Beatriz Lopera no era. Les pagamos en efectivo. Podía durar lo que durara la juventud. Había días en que. ¿Respiraba por la herida? ¿Presentía que la medida de la juventud se había alejado hacía mucho tiempo de ella? 85 . en pesos y en dólares. pero la juventud se medía hoy con una vara cada vez más corta. Debemos mucha plata.

No estoy seguro de poder conservar nada de lo que me rodea. Está a nombre de las dos.Llamé a Beatriz pero me dijo que tenía cita con Fabián. le dijo Virginia a Javier Upegui. La oferta era en todo caso tentadora. Si quiere hacerlo. así la había calificado. En ese terreno puedo construir un edificio de cuatro pisos. Verónica no estaba convencida de la permuta. Pensaba que la decisión de permutarla sería una falta de respeto a la memoria de su padre. Las paredes y los techos filtraban humedades. El aspecto que ofrecía en el vecindario era como un parche en medio de las nuevas edificaciones: el pequeño patio de rejas oxidadas. nunca como hoy el lobo había acechado tanto a Caperucita" — reflexión que acompañó de risas y mohines en la cabellera de Verónica. Los recuerdos del último encuentro no fueron dolorosos. "Hermosa. Si lo perdía. Trataría de convencer a su hija. Era una casa amplia. Verónica mantenía grabada una de las primeras frases de Leonardo Pradilla: hablaba de la visión nocturna de la ciudad y del artificio de su belleza. Paseó un rato por el aeropuerto. el garaje con puertas de madera carcomida. Acababa de preguntarle si se sentía rico. volveré a ser el que fui antes de ganar lo suficiente para comprarme esta vida. De lejos. ¿Se refería también a la belleza femenina? Le hubiera gustado anotar cada una de sus frases. Te doy un bonito apartamento moderno de ciento cuarenta metros cuadrados y te quitas de encima el problema de la seguridad. —Ya sabes —mintió Verónica—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Decidiste permutarme la casa? —le preguntó Upegui—. antes de que la Avenida Circunvalar diera nacimiento a nuevas casas y edificios. de por lo menos veinte años. se tomó un café. "Estás viviendo en la peor de las selvas. Le explicó que rico era aquel que no temía perder cuanto tenía. Leo es a veces poeta. mi niña. —¿Pétalos de rosa con miel? —se intrigó Virginia. Verónica había ido al aeropuerto a la hora del vuelo. Era una casa vieja. Desde el día anterior. ¿Era posible que placer y tristeza durmieran juntos? —Tengo que estudiar —dijo al subir a su cuarto—. Y regresó a casa. Lo pensaría. —Me llegó un telegrama de Leo —dijo con el papel en la mano—. vivir 86 . hágalo. mucho más suntuosos y caros que los antiguos. escondiéndose entre la multitud. de dos pisos. lo había acompañado en la partida. Cayeron en su memoria de manera placentera y triste. Sentía todavía el vacío de la ausencia. Si un día no puedo conservarlo. lentejas y fríjoles. pronunciada con la amabilidad de una reflexión y sin el odioso tono de un consejo. Lo siguió a la distancia hasta verlo desaparecer en el control de emigración. Esta vez no lloró. Sabía comer arroz con huevos fritos. una casa de clase media levantada hacía dos décadas en el extremo nororiental de la ciudad. Dice que me extraña. —Lo estoy pensando —dijo Virginia—. niña —la había alentado Teresa— E1 dolor de la ausencia es a veces dulce. como si esperara un vuelo retrasado. le caería encima el peso de la tragedia. que el verano de París es dulce como pétalos de rosa con miel. terrible y engañosa". había nacido y crecido allí. ¿Rico? No me hagas reír —dijo extendiendo los brazos hacía la amplitud de su sala—. Se había negado a la oferta de Epaminondas Romero. Sin su consentimiento y a hurtadillas. anotar con palabras textuales la más terrible de sus advertencias. —Convence entonces a tu hija. —Javier quiere invitarnos a cenar —le gritó Virginia a la hija cuando subía las escaleras hacia el segundo piso.

—No le gustará nada —insistió Virginia—. en cambio. Stop. Y nerviosa. Se aburría. mamá? No puedo perder un segundo —y cerró la puerta de su cuarto apartando a la madre y dejándola plantada en el pasillo. con la cara marcada de acné. Perdón. Si frecuentaba fiestas y cocteles era en razón de su trabajo. Un acontecimiento social que la prensa. Después de la cena. Viviría de nuevo en un cuarto. Stop. Recordó a Nelson Sarmiento. intentar de nuevo o desistir. Además. aunque. —Vienes a cenar y regresas a estudiar. a quien apenas conocía. O elegir una escuela de diseño que no exigiera título de bachiller. al asomarse a la ventana. para ser sincero. una línea que traza un dibujo y. Madrugarían a poner cada cosa en su sitio. que la fiesta iba a ser por todo lo alto? Casi doscientos invitados. se encontraría con Beatriz. ¿Por qué no la alegraba saber que Perfect Body se inauguraría pronto. —Dile que gracias —se excusó. Verónica cumplió diecinueve años. tendría que revalidar algunas materias. Un niño de trece años. No era rico. tan deprimida como doña Dolores. Un momento antes. Un horizonte tan cercano no es horizonte. Javier nos invita a cenar. entregado por Upegui en el momento de apagar las velas de la torta. de vivir en un apartamento de doscientos metros cuadrados eran apenas un accidente de la suerte. Estaba deprimida. en el segundo intento. lo mejor era ganarlo y gastarlo sin remordimientos. —¿Me escuchaste? —subió a insistirle Virginia—. El regalo era muy lindo. Y en cuanto al dinero. No sabía ahorrar. Su madre y Upegui lo celebraron invitándola a cenar. era un regalo precioso. Su amiga no había podido. Besos en cada pétalo. Les agradecía el detalle de la celebración. ¡Maldita sea! No podía con las matemáticas. Tenía curiosidad de ver a la amiga al lado de Fabián Acosta. Leo —leyó de nuevo el telegrama. de beber vino en lugar de gaseosas y jugos de frutas. Verónica no pudo concentrarse en el estudio hasta que no puso orden en la memoria que evocaba a Leo Pradilla. El primer beso. va perdiendo la identidad de sus líneas. La trampa tendida al incauto. ¿Cómo sería hoy el estudiante modelo. Habían pasado más de cinco años.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus decorosamente en cualquier parte. creyó que el horizonte era un paisaje cercano. La ausencia de Leonardo Pradilla limitaba la visión de su horizonte. pasar los exámenes de último grado. se sintió indiferente y apática en la conversación. No debía nada ni le daba importancia a la vida social. la radio y la televisión registrarían con bombo y platillos. a controlar la iluminación de las salas. enamorado de ella hasta la locura. hermosas y hermosos estudiantes de 87 . ¿Por qué se habían molestado? Y aunque se mostró amable con ellos. excúsame con él. Te extraño mi niña. libros y una botella de vino. El reloj Cartier envuelto en precioso papel regalo. poco a poco. Controlaba cada detalle. —¡No me importa lo que crea! —gritó—. Creerá que es un desaire. Cenó pues con Virginia y Upegui. haría cualquier cosa para seguir rodeado de discos. a ensayar con meseros y meseras. Virginia estaba exultante. Si quería hacer una carrera. quería consolarla. parecía tener los pies sobre la tierra. todo lo contrario a lo que entendía por horizonte. su primera víctima? Sonrió avergonzada. tan cercano como limitado. —¿No comprendes. Upegui. El verano de París sabe a rosas y miel. El privilegio de poder comer caviar o salmón ahumado. mamá.

Lo adelantaron. Verónica miró hacia su izquierda y encontró el mapa nocturno de la ciudad iluminada. no seas terca —insistió Virginia—. pero cuando retomó con prudencia la velocidad. Upegui prefirió orillar el auto y esperar a diez metros de distancia. ¿Dónde habían quedado de verse? La esperaban en una discoteca de La Calera. Regresaron a la camioneta y emprendieron la fuga. Upegui reanudó la marcha. Más que fuga. Chicos y chicas de dieciocho a veinte años. Los hombres se acercaron hasta las ventanilla disparando incesantemente. Verónica bajó del auto sin haber superado aún el shock producido por la balacera. ¡No pare.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus danza contemporánea contratados para hacer un pequeño espectáculo. Circuló con prudencia y en silencio hasta la discoteca. Pese a la neblina. dos hombres respondieron a un gesto y corrieron a subirse a un jeep blanco que los siguió de cerca. vio que uno de los vehículos le cerraba el paso al otro. Vio —todos vieron— que de la camioneta atravesada en la vía salían tres hombres armados y disparaban repetidas veces contra el vehículo. ¿Por qué tenía escoltas un simple constructor de casas y apartamentos? —No llegues muy tarde —aconsejó Virginia. engañosa y terrible. yacían con los cuerpos enredados uno sobre otro. aplaudida por Rodolfo Roldán. En el costado izquierdo de la vía. aunque ya no lo frecuentaba. la visión de la ciudad era más amplía. Ya es tarde. Porque queda en el monte y es el rumbeadero preferido de las nuevas Venus. el conductor y su acompañante. Llamaría un taxi. —¿Te llevamos? —se ofreció Upegui—. —Pan de cada día —dijo para sí Upegui. tomaron el puente y siguieron por la estrecha carretera que llevaba a La Calera. Verónica no sabía que también Upegui disponía a veces de escolta. Circularon hacia la Circunvalar. en el costado izquierdo de la vía. guarecido por la oscuridad. Recordó las frases de Leo Pradilla sobre la belleza ilusoria de la ciudad. Desde entonces. —Los dejo —se excusó Verónica—. Lo comprobó cuando. Lo mismo hizo su escolta. de atracos frecuentes. Quedé de verme a las once con Beatriz y su novio. al salir. Por una graciosa ocurrencia. la zona había sido bautizada como El Monte de Venus. los jóvenes parqueaban sus vehículos y convertían el mirador en un motel al aire libre. No nos gusta que cojas taxi a estas horas. Parecía un hermoso paisaje detrás de una transparencia de tules. su acompañante de hace seis años. Y habló del robo de taxis. cinco metros detrás de él. carajo! —gritó Virginia. El flujo de su memoria se interrumpió bruscamente. Si esperas un minuto te llevamos. descargan sus armas sobre los ocupantes del carro interceptado. Le incomodó sentirse seguida por los escoltas de Upegui hasta la puerta de la discoteca. de balaceras esporádicas. Numerosas 88 . Upegui pudo ver la sangre que manchaba la tapicería. ¿Por qué El Monte de Venus? — preguntó al senador. salen sus ocupantes armados y. Una multitud de jóvenes hacía cola a la entrada. En el interior del vehículo. Virginia recordaba La Calera con este nombre. una mujer joven. —No se molesten. Llevarían a Verónica al lugar de su cita. Redujo la velocidad al pasar al lado de la camioneta agujereada a balazos. Upegui frenó para dar paso a dos camionetas que parecían competir por la delantera. subiendo desde Bogotá. No era prudente —decía Upegui— que se fuera en taxi a un lugar que se estaba volviendo extremadamente peligroso. sin dar tiempo a una respuesta. —Te llevamos. parecía como sí salieran de un accidente sin importancia. un homenaje a la gimnasia aeróbica con música de los ochenta. Virginia conocía el lugar. Upegui pagó la cuenta. Se refería a la balacera: un vehículo intercepta a otro.

Las seguía de cerca. Verónica volvió a decirle que no le gustaba el tipo que le habían sentado a su lado. para servirte —dijo el tipo. —Raúl Trespalacios. a la derecha.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus camionetas y carros de lujo. Las acompañaría hasta la entrada de los baños de damas y las esperaría para llevarlas de regreso. vino con pareja. —Un amigo —lo presentó Fabián. pensó Beatriz y no quiso incomodar a Verónica diciéndole que Fabián había ordenado que las protegieran. —¿Está solo? —No. le dijo abriéndose paso a codazos por entre la multitud de clientes. Beatriz reconoció a uno de los guardaespaldas de Fabián. El tipo llamó al mesero haciendo aspavientos con los brazos y emitiendo un silbido. Fabián se lo encontró solo a la entrada. Tu Gordis está sentado en una de las mesas de la entrada. su olfato le decía que el 89 . acompañado por una vieja que ni te imaginas. Podía ser pura casualidad. No le gustó su aspecto. ¿Y si le daba por bailar? ¿Y si se creía en el derecho de acosarla? No lo conocía. con lo que voy a decirte —buscaba decírselo sin alarmarla—. Fabián la saludó de beso en la mejilla. Tráigale a la señorita un vodka con naranja —ordenó a gritos sin esperar que el mesero se acercara a la mesa—. Para llevarle la contraria. Verónica buscó con la mirada a Beatriz y a Fabián. Sorpresa y temor. ¿Me entiendes? Hay hombres que no pueden soportar que uno se haya acostado antes con otro. escandalosamente maquillada. guardaespaldas con el saco abierto enseñando el poder intimidante de sus armas. ni la mirada de exploración que le dirigió al sentarse a su lado. Parece una puta. —Si sales a bailar. Betty. ¿Me acompañas? —No nos demoramos —dijo Verónica. Verónica le dijo que prefería un vodka con zumo de naranja. —¡Está loco! Fabián se muere de los celos. el Gordis. Ni su escandalosa manera de vestir ni la pesada cadena de oro que exhibía en el cuello. El tipo sirvió con torpeza y sin preguntarle una copa de champaña. la cantidad de gente que se aglomeraba de un extremo a otro. esto fue lo que sintió Verónica al distinguir a Frank Rueda. —¿Qué dices? —¿Verdad que Fabián lo amenazó? Beatriz interrumpió el retoque de su rostro. No ocultaban sus armas. subametralladoras colgando del brazo. Una botella de Dom Perignon adornaba el centro de la mesa. que no es para mañana. Rápido pues. Escoltas ociosos parados en actitud desafiante en la puerta abierta de los vehículos. Pensó que si se lo decía a Beatriz la pondría nerviosa y estropearía la noche. Verónica dirigió una mirada interrogante a Beatriz. —¿Quién es el tipo tan espantoso que me trajeron de pareja? —No te lo trajimos de pareja —aclaró Beatriz—. De las camionetas salía la parafernalia de la música. hombre. Lo acompañaba una chica de ropa escandalosa. ¿Sabía que Beatriz se encontraba allí con Fabián? La tranquilizó el tamaño del local. ¿Quién era el tipo que los acompañaba? Verónica lo saludó de mano. Después de avanzar abriéndose paso. —Tranquila. Don Fabián me pidió que la acompañara hasta su mesa. —Tengo que ir al baño —dijo—. Beatriz se abrazó a ella emocionada. Un mesero la condujo hasta la mesa donde la esperaban. Algunos las exhibían en la mano. tipos distraídos mirando el paso de chicas de minifalda y blusas escotadas llevadas de la mano o abrazadas por hombres mayores que ellas. quédate por los lados de nuestra mesa. en una de las mesas.

—El merengue se baila agarrado —dijo el tipo—. ¿No lo había notado por su estilo de bailar? —respondió él apretando aún más el cuerpo de su pareja. Está podrido en plata. No podía evitarlo. ¿Lo aceptaba? ¿No sería peor quedarse sentada. 90 . Verónica adivinó en la actitud del intruso a un tipo de confianza. le dijo. ¿no es lo que dice la canción? —canturreó moviendo hombros y caderas. escoltadas por el tipo que les abría el paso a empujones. Quédate un ratico más. —No me puedo demorar mucho —advirtió Verónica— Tengo que ayudarle a mi mamá en las cosas del gimnasio. la grosería con que me sirvió la copa de champaña. "¿Otra tanqueadita?" —preguntó ella. Fabián le pediría a uno de sus guardaespaldas que llevara a Verónica a su casa. exclamó acercando su cabeza a la cabeza de ella.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tipo era un patán. Capital de la salsa y del mundo. metiendo una mano en sus cabellos. Prefiero bailar suelta. Pero. abarcando con la mano su nuca. ¿Qué podía hacer para evitar que el sexo excitado de Trespalacios abandonara el cómodo lugar encontrado en su entrepierna? Le parecía ridículo mostrarse ofendida. Rechazó varios intentos de su pareja: trataba de abrazarla y conducirla a su manera. ¿Es cierto que tienes el 20% de la sociedad? —Según las cuentas de Javier Upegui. negó con la cabeza. —¿Siempre sos así? —¿Cómo soy? —Así de retrechera —dijo decepcionado el tipo—. La trataba de "mi vida". retrechera y todo. Beatriz se dejaba abrazar por Fabián. a quien parecía pedirle permiso para bailar con la muchacha. había que ver la forma como llamó a gritos y a silbidos al mesero. le preguntó Verónica en voz alta. —¿Sabías que Fabián es socio del gimnasio? —Claro que lo sabía —dijo Verónica—. Fabián invitó a bailar a Beatriz haciéndole un gesto con la mano. —Se jodió. le pidió. dentro de poco va a querer hacer lo mismo conmigo. Merengue apambichao. No pudo evitar esta vez que el tipo la abrazara y estrechara a su cuerpo. Sólo pudo rechazarlo cuando intentó bailar la siguiente pieza. Según mis propias cuentas. ¿De dónde era?. soportar tenerlo a su lado y responder a su conversación? —No me gusta bailar agarrada —le dijo amablemente—. No te imagino en negocios de belleza. la única forma de hacerse escuchar en medio del ruido de la sala. Tengo por ahí guardada una platica y no sé en qué invertirla. Cuando regresaron a la mesa. Verónica bailó una nueva pieza con Trespalacios. —¿No tienen un cupito para mí? —preguntó Trespalacios—. pero Fabián. Un hombre de la mesa vecina se acercó a pedirle que bailaran. Fabián abrazaba a Beatriz y ponía la otra mano en sus muslos desnudos. ¿De dónde iba a ser? De Cali. Tenía que irse. Así que aceptó la dureza de taladro con que el parejo pretendía prometerle momentos más apasionados que éste. —Que si te provoca otro vodka —tradujo Fabián. tengo el 20% —dijo—. —¿Quiere otra tanqueadita. sos un bomboncito de hembra. sólo faltaba eso. Tenía que volver a sentarse al lado de Raúl. hermano —chanceó Fabián—. preciosa? —preguntó Trespalacios a Verónica. —Tengo mucho calor —dijo quitándole el brazo de Raúl de los hombros. temió Verónica. cada vez que le hablaba la llamaba "mi vida" o "mi cielo". dijo Beatriz. tengo más del treinta y cinco. Había venido a saludar a Beatriz un momento. Raúl se puso de pie y dio por supuesto que Verónica aceptaría bailar.

Se abría paso hacia la entrada un hombre y su pareja. Verónica evitó ser vista por el Gordis. Había bastado un gesto de Fabián a los escoltas para que dejaran de patearlo. saquen a esta basura de mi vista. ¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo. pero sería peor si cortaba su relación con Fabián. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. no joda. Beatriz tampoco había podido evitar la furia de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. trató de decir al agresor. Tuvo miedo. ¿Me oíste? La señorita no baila con extraños. Beatriz? —le preguntó Verónica—. Sí. que en paz descanse. le dijo a Verónica. inmóvil en el piso. el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. ¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo advertí. Le cayeron a patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. ¿no ve que lo están matando?. En el camino de regreso. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de impotencia. Empezó diciéndole que. No deje que la señorita. Trabajé para don Epaminondas Romero. cometa la locura de irse sola. Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente. ¿No se acuerda de mí? —preguntó—. Presa de la histeria. Don Fidelio — dijo el hombre que acompañaba a Verónica. señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. No se sorprendió porque temió desde el principio la escena. Al verlo de espaldas. Al salir. atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. Frank. gritaba. déjelo. ¡Te largas ya mismo! —Disculpen —dijo el hombre. El duro de las esmeraldas —añadió. Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón. Beatriz gritaba enloquecida. los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. Tomó su pequeño bolso de la mesa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Eres Verónica. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y. Usted sabía de lo que son capaces esos tipos. se le abrió la chaqueta. y lo empujó a la calle. —Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. La escena puso histérica a Beatriz. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo. Llévela a su casa y regrese. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. en ese caso. Frank no estaba allá para buscar a nadie. le dijo Verónica. Por casualidad se había encontrado con ellos en la misma discoteca. le gritaba Fabián. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda. ¿cierto? —Sí. A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. Fabián la tomó de un brazo y la zarandeó. Dos agentes de policía que miraban la escena se desentendieron de la pelea. A su casa la llevo yo. Lo terrible no había sido el puñetazo. si es que va para su casa —le gritó Fabián. por ningún motivo. —Me voy —dijo Verónica con voz enfática. su profesor de literatura en décimo grado. Sé dónde vive. rodeados por escoltas que avanzaban a empujones. Uno de los escoltas recogió al Gordis del suelo. Iba armado. Ella se limitó a repetir la dirección de su casa. mientras bailaba con Fabián. —¿Qué quiere que le diga. Y al estirar el brazo. De nada valieron las súplicas. si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo tendido en el suelo. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro puñetazo en la boca. el pobre 91 . se llama Verónica y no baila con extraños —intervino Raúl parándose de su silla—.

te vas a encontrar con Fabián en la inauguración del gimnasio. —¿Le pasa algo? —Viene a almorzar. en efecto. Que estuviera segura de él. Le gustaba mucho Fabián.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pagaría los platos ratos. le dijo a doña Dolores mientras. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar. le dijo con galantería. iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio. ¡No sabes cuánto te adoro! Por miedo. ¿Qué quería que le dijera?. repetía. Hagas lo que hagas. de la finca habían salido a desayunar en la Avenida Caracas. le repitió a Verónica. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca se habían ido a una finca de Tabio. se dijo Verónica. Y si no estaba allí para buscarla. ¿Le habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa. Si abandonaba a Fabián. se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana. Algo le estaba pasando a esa muchacha. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con ese boleta. ¿Cómo lo convencía de eso? No la había dejado regresar a su casa. venía acompañado por una putica para humillarla. No había podido dormir en toda la noche. señora. Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. Sí. Miedo de lo que había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos. —Almuercen. Lo conocía poco. por lo visto ella había decidido seguir con Fabián. No podía decidir por ella. Que lo perdonara. Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su hija se quedaba con él. La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados. Él no podía permitir que nadie pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. tenía que comprender que lo primero que se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. extendida en la cama. le dijo a Verónica. —Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. Beatriz aceptó sin oponerse ir a la casa de Fabián. Ya estaba más tranquila. No es que pensara volver con Frank Rueda. No había visto nunca a Beatriz en tal estado. Se había dejado llevar por los celos. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo. de eso estaba segura. Mi mamá va a pegar el grito en el cielo. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank Rueda. se aplicaba en los párpados bolsas de té frío. Y. —Con Beatriz. su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de celos. Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. no había dormido nada. ¿Aconsejarla de qué manera y con qué clase de argumentos? —¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia. ¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. le suplicó mientras depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda la noche. porque temía algo peor y no quería provocar más problemas. pero empezaba a 92 . que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—. no se preocupe. estaba nerviosa. le daba su palabra. que no se preocupara. le preguntó Verónica. Descargaría sobre él toda su furia. Vamos a comer algo en el gimnasio. donde se deshizo en excusas. Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar que.

se está convirtiendo en un escándalo. Cuando estoy con él me siento protegida. Es la única manera de tenerte a su lado. El caso del "Viejo Epa". No se gana tanta plata de un día para otro. Los gringos le estaban siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. podía llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad. Además. —¿Y quién no lo está haciendo? Es bueno que lo sepas. Epaminondas Romero era un próspero negociante. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría sin la plata. de un infarto. opinó Verónica.. sus escoltas. se supo qué hacía verdaderamente. ¿No era como los otros quien disparaba a las ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica. después importó carros de lujo. Ojalá hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. —Y tú sabes de dónde sale la plata. Sabías desde el principio de dónde salía la plata de Fabián Acosta. como lo llamaba mi madre. Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en los negocios del difunto Epaminondas. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica. —¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios? —No digo eso exactamente —matizó—. Coma aunque sea un poquito. Hace una semana. —. —Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes. —También —dijo Beatriz—..y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta. no solamente por él sino por todo lo que lo rodea: su casa. cebolla y tomates que les sirvió Teresa. lechuga. Esos viajes a Panamá. —Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. Beatriz —se enfureció Verónica—. Beatriz no probó bocado. Digo que podría estar metido en esos negocios. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca. Me atrae. Las vagabundas que lo acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda la noche. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. ni siquiera la ensalada de filetes de atún. Te digo que debes saber dónde te metes. Apareció muerto en un motel. Primero exportó orquídeas. —Pero él no es como los otros —se defendió. la tarjeta de crédito pagada por Epaminondas. Para casi todo el mundo. Lo hace por celos —dijo Verónica—. no había exportado orquídeas sino cocaína. Mi mamá tuvo un amante que tenía un concesionario de carros. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—. No pretendía desilusionarla. —¿Lo quieres? —No sé —se quedó pensativa—. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió encogiéndose de hombros. tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera quitado la voluntad. 93 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus conocer lo peor de él. amparado en el poder del dinero. lo leí en el periódico. sus vigilantes. la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. —¿Qué quieres decir? —Tú lo sabes. Les blanqueaba millonadas a sus socios. algún hilo conduciría a su relación con Virginia. sus perros. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. niña Betty. el dinero de sus cuentas. ¿cierto? —¿De dónde va a salir? De sus joyerías.

La música se escuchaba a mayor volumen. obedecería esa regla. al regreso. Sintió que Fabián daba doble vuelta de llave a la cerradura. Pero el estruendo volvía. La despertaría a las cuatro. ¿Lo había probado? Me supo a mierda. A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa Bárbara. ¿No se molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián. ¿Podía pasar? Claro. Algunas le están jalando al bazuco. Ven y desayunamos. No respondió. las que no metían perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. sino a dar un loco paseo nocturno por la Autopista del Norte. No le hizo el amor. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de esos ojos desmedidamente abiertos del pánico. Sin abrir del todo la puerta. sucesivamente silencio y estruendo. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una sola palabra. las que no metían perico metían yerba. Pasó el tiempo. blusas. Parecía dopada. añadió Beatriz. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa auxiliar y se dejó tomar por el brazo. dijo haciendo un gesto de asco. La apagaba. Escuchaba en duermevela el eco de la música. —Acuéstate un rato. Verónica abrió. La venció el cansancio. pasa. ¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la tensión. le había ordenado él. mi amor? Te estaba llamando a tu casa. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. dijo el tipo. A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos. Muy temprano en la mañana. que manejaba a toda y en silencio que apagaba deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros por hora. —¿Nos vamos. no a su casa. ¿Para qué reprochárselo? Muchas chicas de su edad lo hacían. dijo Verónica. zapatos y accesorios. la condujo a uno de los cuartos vacíos y la dejó adentro. Beatriz se había acostado a descansar. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar. 94 . que. contó Beatriz a su amiga. Espera. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos. sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa. Despiértala. Beatriz descendió adormilada. ¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando con Verónica. Escuchó la música que venía de la sala. Pensó que el juego no pasaría de esa broma. Si Fabián descubría su lado débil. ¿qué hora es?. mirando hacia la segunda planta. Te quedas conmigo. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo. ¿Metía entonces coca? De vez en cuando. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. le impedía el acceso. ¿A qué? preguntó ella. Ahora entiendo. se había dirigido a su apartamento. pero la música resonaba en su memoria. —¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica. Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. voy a llamarla. el ciclo repetido de la misma tortura. —Por ahí de compras —dijo Fabián. Estaba decidida a dormir. Parecía una autómata. como ella deseada. Y así. —Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. vio a Fabián de pie en el vano de la puerta. Un rock tras otro. Era Fabián Acosta.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tal vez él esté pensando lo mismo. le dijo Fabián. Se propuso no decir una sola palabra. Se tapó con bolitas de papel los oídos. la torturaría con un nuevo juego. que habían entrado al cine y la había llevado. Heavy metal a volumen progresivo. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. el seco golpe de la percusión.

Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. esto está repleto. coma algo. Cabaret y Los paraguas de Cherburgo. Virginia pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui. Al fondo del gran salón. De la copa de champaña se había pasado al whisky. radiante con su cráneo rapado y su smoking. de Dire Straits. se había abierto espacio al escenario. debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos. más discreto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al salir al comedor. La coreógrafa había insistido en poner solamente música de la década. Le permitió irse a su casa. se instalaron inmóviles en el centro del escenario. A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más. modelos de éxito. Javier Upegui saludaba a conocidos y amigos. huellas de cocaína en la mesa de centro. una hielera. Elton John contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". una coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. los muslitos de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. La sala se quedó a oscuras. ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los parqueaderos cercanos. —Póngase bien linda —le dijo. de los Rolling. Se había permitido la licencia de una pajarita morada. En el 95 . A "Life is life” le siguieron "Walk the dinosaur". de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. los instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. Los acordes de "Life is life". A su alrededor. Los chicos vestían sólo pantalón blanco ajustado y delantal negro. ¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano. personajes de la política y los negocios. Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función. A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal de cuero blanco. Se interrumpió la proyección de las películas. vio el desorden de la sala: botellas. Adiós a los años ochenta. unas breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades. Media hora antes de lo indicado en la invitación. Actores. Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada de los famosos. Javier. Los invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso. el vino. el vodka y la ginebra. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con una copa de champaña. eran recibidos por Virginia en la puerta. Porgy and Bess. un éxito. Tres bailarines. me cago del susto Javier. pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. rodilleras y balacas en la frente. Todo nos está saliendo divino. ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con delicadeza. anchoas y salmón ahumado. mamita. Cuando llegara la mayoría de los invitados. En un segundo plano. mi amor. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de su madre. la hizo comer prácticamente de su mano. negras y moradas. Un círculo de luz arropó a los artistas. Se encontrarían en la inauguración del gimnasio. reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de la ciudad. En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story. que había propuesto algo más "excitante". empezaron a escucharse en el salón. Vestían licras verdes. actrices. por ejemplo "I can get not satisfaction". Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente. El show se cerraría con "Money for nothing". del grupo Opus. con sus respectivas parejas.

quiero a Pradilla en mi magazine de una hora. John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. No me gusta el joyerito ese. Saquen la nota en el noticiero del mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. Peralta sí sabía que. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. mi querido Isaías. añadió Bueno. repetía Upegui. Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta. Prime time. dijo enfadado. muchachas hermosísimas. dijo Upegui. los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el menú musical de esa noche. Y Peralta le dijo que tranquilo. pero la gracia te va a costar más de lo que calculas. Verónica se encontró sola al lado de Bueno. ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos grupos y rincones de la fiesta. "No abrimos un simple gimnasio. La cámara la siguió hasta el grupo donde la esperaban Upegui. pescó al vuelo la frase de Bueno. estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la ciudad" —improvisó subiendo la voz. —Te lo voy a robar. a quien no molestó el secreteo de Bueno. todo un panorama de la actualidad. Antes de descender del escenario. Verónica y Beatriz. Peralta y Bueno en los extremos. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar el cumplido del publicista. protegida por Fabián Acosta: su brazo arropaba los hombros desnudos de la modelo. chismes de la política. brindó con la copa en alto. —¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica. Le preguntó por él. Voy a introducir un formato de éxito: breves de farándula.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fondo. ya verás la cantidad de pauta que van a ordenar tus clientes. cuatro años atrás. "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. menos aún. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. ¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. Más discreto. —Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca. Isaías la felicitó de beso en la mejilla. —Cueste lo que cueste. le dijo al oído Isaías Bueno. Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. pediría que editaran la imagen. le ordenó Bueno a Peralta. A mí me sacas de esa toma. Ni puel chiras voy a salir con extraños. ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia. Te vamos a dar tres minutos del noticiero —le informó Peralta. Sabía de su amistad con Pradilla. Así que diviértanse y regresen mañana a matricularse. Parece que se va a quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías. Te saliste con la tuya. 96 . Les advierto que no recibimos dólares falsos". un programa muy high life. Como me lo recetó el médico. Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. ¿Quién era ese bailarín mulato. aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y. pero es perdidamente marica. Mucho fashion. al lado de Upegui y ese tipo extraño. se jactó John Peralta. Y Peralta. Leo es un gran publicista y no dudo de que pueda ser un buen director para tu programa. que se había acercado a ellos tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra. avances de películas. Necesito un director para mi magazine de la noche. Te traje las cámaras de regalo. Todo un éxito. Lo sabía también Upegui. mamá. el de la izquierda? Te lo presento al final. No te lo ruego. te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. La clientela del gimnasio va a ser de los ochenta. madre e hija pugnaban por la defensa de su época.

Voy a necesitar niñas lindas y ambiciosas como tú. —Estoy estudiando Administración de Empresas. Virginia. —No te dejes embaucar por este encantador de serpientes. desde el día en que empezamos a salir juntos. Creo que lo tendré al aire en menos de un año. ¿Cuántos años tienes? —Diecinueve. Si no me va bien en Administración de Empresas. Haga bien sus cuentas. es la silla más preciosa y confortable del mundo. viejo —le dio un beso en la boca—. Virginia. —No se deje joder de nadie. te tengo una silla. apabullada por Peralta—. No me gustó la decoración de la oficina. la veo desabrida y con poca vida. Preparo un magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. En seis meses. Fabiancito. Elegí cuidadosamente la decoración pensando en ti. te consigo algo de Franco Maria Ricci. si le pones las agallas necesarias. separe bien lo suyo de lo de su socio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Del mismo —dijo Peralta—. ¿Te le mides al casting? Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica. Convéncelo. en tres. Este gimnasio va a marcar una época. Me la acaban de traer de Milán. Fabiancito? ¡Ay. Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena. ya verás qué cómoda y linda. 97 . Beatriz. —John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo. la silla de diseño que te falta. —La Tarzana murió hace mucho tiempo. escuche: Upegui anda metido en líos. mija —le dijo—. La Tarzana murió esta misma noche. ¿No es así. Fabián apretó un brazo de Amparo. No piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario. Yo lo conozco. Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta. Virginia. —¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta. en cuero negro y marrón. me paso a Comunicación Social y Periodismo. ¿Sabes. por supuesto. Puedes parecer de veintiuno. quién es Franco Maria Ricci? Te voy a mandar su revista. Si quieres productos sofisticados. —¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro. te abro un huequito en uno de mis programas. —¡Periodismo! —exclamó Peralta—. —¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo. —Te felicito. Si lo dejas en mis manos. Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui. —Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma. Le Corbusier. Es el no-va-más de Italia y Europa. Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia. —No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia. Te quedó divina la casa. lo apretó con la intención de hacerle daño. Usted tuvo la verraquera de matarla. Y a ti. te echo una mano —dijo al besar a Virginia. cinco? Te sugiero empezar un curso de expresión oral. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas sino niñas lindas que sepan leer las noticias. Pero si quiere que le dé un consejo. —Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a palmetear la espalda de Bueno. Si necesitas mis servicios. te pondré a un profesional que te prepare. —Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo. pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—. —Que La Tarzana había muerto esta noche. A propósito.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las noticias —insistía en su pronóstico—. Distanciado de ellos. Pero sigue lúcido. —¿Que si me gustó? —respondió—. —¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada. Domínguez. En la confusión de las fuentes está el error de la noticia. llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las que tenían —contó Max a Bueno. —¿Qué hace tu padre. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal Equis-Zeta. —Jugar golf. Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. dudaba entre salir o quedarse. le quiso hacer una jugada sucia a través de sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. Terminé un máster en Harvard. Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del grupo. Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. Los pies le pesaban. Estaba rendida. ¿No acaba de terminar un máster en el MIT? —Las noticias vuelan. Compró las que andaban sueltas en el mercado. Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. —Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max. y tú sabes en lo que anda El Grupo. interesado en la jugada. No debía pasar de los treinta. El Grupo. Nuestra amiga Verónica. Verónica se excusó. —¿Te gustó? —preguntó Bueno. Bueno lo saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata. Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía siguiente. Bueno y Peralta querían despedirse.J. Mi amigo Max acaba de ser nombrado presidente de la mayor productora de papel del país. sentía nudos en la espalda. que sólo probaba un poco de vino. Max? No lo veo hace rato. —Max Domínguez —lo presentó Bueno—. A partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. —¿Ves. Max Domínguez. almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. No había dejado de buscar a Verónica con la mirada. viendo mucha televisión? —Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno. Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato. pero vuelan mal —corrigió Domínguez—. será otro día. Upegui le sugirió a los meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los invitados que tuvieran los vasos llenos. Upegui le dio la razón. —Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno. Gracias. —Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta. ¿Por qué no hacían una reunión de socios mañana? —¿Me están despreciando? 98 . La imagen de las noticias no se hará con periodistas. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo. estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías Bueno al presentarlos. Me dejó un clavo ardiente en el estómago. ¿Para que perder el tiempo en una escuela de periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas. A partir de ese instante. —He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—. ¿Podían apagar y encender las luces en señal de advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche. Apreciaba a J.

Upegui y Verónica se quedaron paralizados. mal acaba —dijo Virginia. Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa. Las miradas de Verónica y Max se encontraron. Uno de los vigilantes. Si quedaban borrachitos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ni lo pienses —dijo Upegui—. Sólo en algunas cosas —añadió—. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida duplicación instantánea. Le dije a tu mamá que te quedabas a dormir en mi casa. notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo. que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con Beatriz. la tensión de las mandíbulas y los ojos de un momento a otro enrojecidos. pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la cerradura. —¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián. Ella sonrió. 99 . Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por la cintura a Beatriz—. Fue sólo el eco de un estruendo lejano. El celador lidió con el pequeño transistor. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de la mano a Beatriz. si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado de auxilio. También Virginia. Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. ciñendo un brazo a su cintura. Javier? La felicito nuevamente. Estamos arreglando unas cositas. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la amiga si se iba a quedar esa noche en su casa. La partida de Fabián y Beatriz los había dejado pensativos. —¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. —Ven —la tomó de la mano Verónica—. Virginia. —Usted manda. al que siguieron dos nuevos estruendos. Si seguimos así. ¿no. —Lo que mal empieza. Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular Upegui. —¡Ah. los meseros se encargarían de echarlos a la calle. Todos dirigieron la vista a izquierda y derecha. Verónica. podemos dormir tranquilos. Parece que fueron los narcos. Javier Upegui —dijo Fabián. Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. —Déjanos solos —le dijo Fabián—. con un pequeño radio transistor pegado a la oreja. Él hizo un saludo de mano y caminó hacia la puerta de salida. arrastrándola hacia la salida. —Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián. giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa a sus escoltas. ¿Nos vamos? —preguntó. las venas del cuello hinchadas por la presión que seguramente hacían sus dientes. Todo esto es obra suya. hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. Se disponía a entrar por la derecha. A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día siguiente. —¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza. Ha sido todo un éxito. Fabián encendió el motor de la camioneta. Upegui escuchó casi indiferente sus versiones. hacia ninguna parte. Pasaron algunos minutos. añadiendo con sorna el apellido al nombre—. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga. trataba de volver más nítida la sintonía de una emisora.

Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos. Lo vio aspirar ruidosamente. levantándose del piso y abrochándose el pantalón. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de sangre. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se reventara y la costura de la falda se deshiciera. cinco disparos. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. Beatriz hubiera podido suplicarle que no le hiciera más daño. Arrojó la blusa de seda al suelo y la pisoteó. Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta. Fabián pronunció unas pocas palabras: —Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente. si daba señales de vida o de recuperación. ni siquiera sintió segundos después la densa. No me está disparando a mí. Se sirvió un largo trago de whisky. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un rasguño. Se cubrió como pudo con blusa y falda rasgadas. Si hubiera pronunciado alguna palabra. provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha. la miraron aterrados. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su vientre con las manos rodeándole el cuello. —Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al bar. gritó Fabián.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le rasgó la ropa a zarpazos. Volteó el cuerpo indefenso. La acabó de rasgar a pisotones. Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos. que entraron al salón. Beatriz pensó que si se movía. Ya no se resistía ni gritaba. 100 . Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. Y escuchó el ladrido de los perros. la silueta borrosa de Fabián desaparecería del salón. quieto con el arma colgando de la mano. Lo vio levantar el arma. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. Si se resistía. carajo!. patrón?. preguntó uno de los escoltas. tocaba la punta del cañón y la culata. Escuchó tres. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su estómago. Vio sus esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. algo que cubriera la desnudez y atenuara el desamparo. Como Beatriz intentara defenderse. De espaldas al ventanal. le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse. ¡Lárguense. Le está disparando a su rabia. le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al desnudarla. Y nuevos ladridos de los perros. Primero la había abofeteado. pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión. un trapo. Ella entendió que la miraban con misericordia. Dos escoltas. se abrió la bragueta del pantalón. sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. cuatro. Acosta volvería a golpearla. los hocicos pegados al cristal blindado. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en silencio otro vaso de whisky sin hielo. apuntar hacia el techo. Vio a los perros que se le acercaban y le lamían los pies. Imaginó al otro perro en estampida hacia su refugio del jardín. un abrigo. escuchó un único disparo y cerró los ojos. se asomaron jadeantes al ventanal. No le dolía el lugar penetrado. caerían más golpes sobre su rostro. haciendo palanca con el brazo que sujetaba la nuca. Decidió quedarse inmóvil. Faltaba la falda. La tenía ya inmovilizada sobre la alfombra. La contemplaba. Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler. Al final. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la alfombra. ¿Sucede algo. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la barra del bar. la silueta de Fabián parecía perdida en medio de la niebla. se decía Beatriz. Si los cerraba. con los ojos entreabiertos. una y otra vez. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la penetración. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la barra. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. pegajosa humedad que se escurrió por la cara interior de sus muslos. Lo mejor sería no resistirse.

Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos. Clareaba. desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. En un sillón. Corría confundida entre otros niños. le dijo alguna vez a Verónica. que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. temiendo que su diagnóstico disparara de nuevo el irracional mecanismo de la cólera. hablaba para sí mismo. sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que corría sola entre la multitud de un parque de atracciones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. Fabián había esperado que ella despertara. —¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. He ordenado matar a quienes podrían matarme. —Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos. Era su padre. diría con prudencia lo que pensaba en esos instantes—. No hablaba para ella. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él. tomados de la mano por sus padres. ¿Había soñador? Si se trataba de un sueño. No quiso levantarse de la cama. Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. —No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. Sintió algo superior al miedo. Y mucho más resguardada al ver a Fabián sentado. hacia los cerros. Fabián quizá. Alguien. en batín de seda y pantuflas. Estoy enfermo. Por supuesto que no hablaba para ella. —¿Has matado a alguien? —Se mata para seguir viviendo —dijo él—. No puedes entenderlo. Esta vez. Adoraba a ese perro. vería llorar al hombre que la había golpeado y violado sin misericordia. éste se parecía al confuso curso de sensaciones liberadas desde algún lugar de la memoria. pero se mata antes de que te maten. Mataste el Rottweiler. los había seguido hasta perder el rumbo de regreso. De repente. El padre se había distraído disparando a los osos de peluche de un estante con una escopeta. Podría haberlo imaginado. con el torso inclinado y las manos en la cabeza. la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente. 101 . Y en la dulce bondad de las imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. —Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama. Recordaba que segundos antes del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. Despertó en una cama. La bruma del amanecer. Hago sin pensar muchas cosas y después me arrepiento. era una claridad gradual en la sabana. alzándola en brazos y besándola en la frente. Era tanto el dolor del cuerpo. Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. se diría al día siguiente. ¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido. Atraída por las gracias de dos payasos. la había depositado en la cama. tapizado de terciopelo morado. —¿Has matado a quien no merecía estar muerto? —No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. —¿Puedo bañarme y vestirme? —Tienes una muda de ropa en mi closet. —Sí —aceptó él—. Hablaba para sí mismo. —¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar.

No podía sin embargo guardar silencio. ¿No había un garaje? No. ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había convertido en la clave secreta de sus relaciones. Seguiría hablándole. le dijo a doña Dolores. Pasó todo el día en la casa. mintió. El carro de donde regresaban de La Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario. Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa. ¿No te parece fantástico? —¿Por qué regresa? —Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. uno de los escoltas de Fabián llamó a la puerta del apartamento de Beatriz. los moretones de sus senos serían en pocas horas azulados. le dijo. ¿Qué había pasado la noche de la inauguración del gimnasio? Sí. sacó la pistola y disparó a una rueda delantera. El viejo Isaías Bueno me llamó. la había llevado a su casa. ¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un accidente. empezaría abriéndose ella. Dios sabe lo que podría haberle pasado. Fabián se lo impidió. pensó que la amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. Unos moretones y ese rasguño en la frente. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. hasta que aceptó la invitación a almorzar. Fabián había conducido saltándose los semáforos. Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. Se encerró en el baño y puso el seguro de la puerta. aunque sintiera un hueso atravesado en la garganta. Verónica no creyó esta versión. siempre en silencio. Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Un día después de aquella madrugada de espanto. El rasguño de la frente era insignificante. Los labios se habían hinchado. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico. se había estrellado milagrosamente contra una cuneta. dijo Beatriz sin ganas. —¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. estaba realmente furioso. le dijo. Le daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. se desahogaría tomando ella misma la iniciativa. Se hizo al lado de la ventanilla del conductor. debía decirle que no se sentía bien. —¿Qué le dijiste? —Que lo estaba pensando. El otro auto disminuyó la velocidad y zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. Si Beatriz guardaba algún secreto. Si la llamaba Fabián. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en sentido contrario. Fue cuando decidió llamar a Verónica. habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él. menos mal que no había sufrido heridas mayores. Ya había advertido a la madre que compraría a plazos un carro. déjelo allá fuera. Todo era cuestión de paciencia. Leo la había llamado desde París. ¿Y adivinas qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos muchachas en la presentación del programa. le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba estacionado frente a la acera del edificio. Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias. 102 . con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas. Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. Entre su entrada a la casa de Fabián y el instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica. descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca de velocidad. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte coloración azulada. No era nada. Había empezado mintiendo. mintió. —Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. Miel y rosas. Y el siguiente.

Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no se sale fácilmente. El regreso a casa de Fabián. lo refirió con pausas nerviosas. Bebió el cóctel. pagaba las cuentas. no hay razones para mantenerla encerrada. —¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en el recreo. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los 103 . dándole la espalda a Verónica. —¿Con quién metiste la primera vez? —En el colegio. Y de vez en cuando. Verónica la enfrentó sin agresividad. allá abajo. era rumbero y divertido. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias. hecha día a día con la paciencia de carceleros sin rostro. —Sólo un poco —dijo Beatriz—. Notó cierto nerviosismo en los gestos de Beatriz. Un día las rejas no son rejas sino muros de concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. Demoraba la verdadera respuesta. Ve la construcción del muro. subía la voz innecesariamente. Eso es lo más tentador. le preguntó Verónica. la violación. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los barrotes de la celda. cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. los golpes en el cuerpo. Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. Verónica devolvió la papeleta al bolso. la aceptación de su propio desconcierto. la seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. la violencia con que la hizo entrar al salón. ya sabes. ¿Metía con Fabián?. La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa. —Un día de éstos te mata —le dijo Verónica. Sin dejar de moverse. Aspiró con fuerza. el instante en que despertó en la cama. sobre todo en los senos y el rostro. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de unos pocos segundos. la dejaba en su sitio. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. ¿Te molesta? —y sacó la papeleta del bolso. el desvanecimiento. No se estaba quieta. —¿Te puedes quedar quieta? —No puedo. Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos. no es cierto? Beatriz lo negó. Verónica la observó sin reprochárselo. lo abrió y buscó en su interior. tocaba cuanta cosa encontraba. Eso ni se piensa. te juro que no vuelvo a meter. le pareció ahora escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos! De allí en adelante. Pide que se le deje salir. —¿Te acostabas con Juanca? —¡Ay. —¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba en los labios inferiores. Caminaba de un lado a otro de la habitación. Fabián mirándola desde el sillón. el sacrificio del perro. Ahora tiene carro y apartamento propios. Y refirió un sueño. —Si me tranquilizo un poco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Bruta! —exclamó Beatriz—. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama. llama al carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete. —¿Estás metiendo perico. En cada nueva súplica.

No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que la llevó a abrazarla con ternura. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria. un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. aspiraba un poco de cocaína. Su inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada. Reconoció a uno de los escoltas de Fabián. Tiene una beca para toda la carrera. —¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo de las conversaciones—. reavivó en ella las terribles secuencias de la prisión. Al despertar de la pesadilla. Al rato. como animal enjaulado. vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta. frente al edificio donde vivía. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas. otro poco. Le falta el aire. no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. El pobre niño se enamoró de mí. recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda. Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. Para darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga. Verónica la compadeció. cree haber empezado a asfixiarse. Beatriz conoció otra clase de pánico. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. había penetrado en el recinto carcelario. Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por conseguir la descripción que le hizo a Verónica. sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la puerta de una prisión sin vigilantes. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con gritos desesperados. Ni siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio. ¿Por qué no enfrentar al vigilante? Sí. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas. Su decisión de dedicarse a la moda era alentada por doña Dolores. Se movía de un lado a otro de la habitación. Si se lo decía a Verónica. El jeep blanco del escolta seguía estacionado en la acera de enfrente. las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes. Despertaba después de unas pocas horas de sueño. ¿No había aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su madre. son ahora un muro y un pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. era tan grande la traga que no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate. Traté de saludarlo pero me dijo que no se acordaba de mí.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior. El niño tuvo que salirse del colegio. Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. tampoco ella podría ofrecerle una salida. Los escoltas se turnaban en la vigilancia. ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara protegerla. Le di la espalda cuando aprobé el examen. Nelson Sarmiento. Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban diseñadoras sino costureras. Cuando tenía trece años. 104 . Las rejas de su celda no tenían cerradura ni candado. lo engañé. El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que. consagrada a sus estudios en la universidad. que no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca. Veía casi a diario a Verónica. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a Miami—. le hice creer que me gustaba. Pues resulta que estudia conmigo. Se asomaba a la ventana. le di mi primer beso.

encerrada en su cuarto. Vero. —¿No ves que no puedo salir del apartamento. —¿Me puede conseguir un gramito? —Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón. Disculpe. Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante. Se imaginaba modelando vistosas joyas. Estudiaba. le dijo. —¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. Raspó la papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. ¿Hacía ejercicios? Todos los días. —¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el polvo. nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa. —¿Cuándo regresa él? —Esta noche. ¿Cuándo piensa formalizar su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa. la necesito. ¿Qué le pasaba?. le dijo el tipo. Caminaba muy cerca del escolta. —¡Ni hablar! —le dijo la amiga. Antes de llegar a la casa de Fabián. hazlo tú misma. —Si te quieres matar. Se vistió y salió a la calle. —Si quiere comer o tomar algo. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián. lo que era él. mija. pensó. Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del jardín. el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver cómo la golpeaba. Un hombre musculoso y primario. El tipo le extendió una pequeña caja. Fui policía. mintió Beatriz. ¿Quiere ver una cosa? Venga le muestro. pero él. Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. No era asunto suyo. hasta la mañana siguiente. son los nervios. alertada por el comportamiento de la hija. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban diseñando la campaña. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo. —Por favor. Ejercicios y prácticas de tiro al blanco. —¿Dónde enterraron el perro? —El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. que Fabián me hace vigilar y seguir adonde vaya? —Habla con él —le sugirió Verónica. La veo muy nerviosa. Beatriz lo siguió hasta el jardín. si usted lo desea. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar la escuela de diseño adecuada. se interesó la madre. Nada feo. señorita —le aconsejó el escolta. dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala. Palpó intencionalmente los músculos de su espalda. ¿Necesita algo la señorita? —¡Necesito perico! —Suba —aceptó el tipo—. le consigo lo que quiera. decía la voz resignada de la madre. nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su patrón. decía doña Dolores. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. 105 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus uno de día. le dijo. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle. Pero tengo órdenes de llevarla a su casa. La cocaína se había terminado. rozando casi sus brazos. —Cójalo suave. —El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. como a las ocho. otro de noche.

Frente a la cama. el opuesto al sitio donde Fabián acostumbraba dormir. —¿Por qué lo hizo? —Porque quería matarla a usted. 106 . Regresaron a la sala. los objetos decorativos. Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva. Era obra de Amparo Consuegra. María. —¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián? —El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. señorita? —Más tarde. como si midiera su peso. iba a ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio. ningún detalle merecía más que un vistazo distraído. las camisas de algodón y seda. le preparo otra cosa. en el lado izquierdo. Estará aquí a eso de las ocho. A partir de ese instante. —Más tarde. —Si quiere descansar —le dijo María—. No había podido estrenarlo. El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a los cerros. Las obras de arte de las paredes. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y el hocico recostado contra la tierra—. los muebles. María chasqueó la lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza. se abrían las puertas del cuarto de baño. Lo sostuvo en las manos. ¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino. Beatriz bebió con ansiedad. El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la personalidad de Fabián. la distribución de las chaquetas. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los ojos. —¿Va a comer algo. acuéstese en la cama de don Fabián. recostado con una de las paredes. contenía el fabuloso ropero. una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes blancos. ¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche. a cuatro metros de una de las mesitas de noche.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mire —dijo señalando hacia la derecha. Ordenó las mantas y el edredón. precedido por un vestier con espejos. —Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. asomándose a la puerta del dormitorio con una toalla enrollada en la cabeza. Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas. bonito. estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y compartimentos laterales. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. no? Sí. de pared a pared. A la derecha de la cama. Beatriz asintió con la cabeza. ¿Bonito. dijo Beatriz. los estantes donde se amontonaban ropa interior y calcetines. Como si velara al muerto. sin detenerse en ningún sitio. a una distancia no menor a los diez metros. Recorrió la casa de un extremo a otro. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes. Si quiere. seguía en la calle. Se la pasa así casi todo el santo día. estaba segura de que no podría descansar. Tomaría un baño. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido. Fabián la encontraría en ropa de cama. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado objeto metálico. Preguntó por el Mazda. Un closet. Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. Regresó al pie de la cama y lo introdujo debajo de la almohada. se vestiría con el salto de cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido.

Encendió el televisor desde el mando a distancia. Había vacilado porque la muchacha. pero le aconsejo que sea más prudente. El escolta salió del cuarto. vulgaridad imperativa que correspondía a una ocurrencia que sonó estridente en sus oídos.. señorita? —Nada más. Le gustaba la película. Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. Rápido rápido. separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con intensos dolores en el cuerpo. arropada hasta el cuello. Lo hizo de manera desesperadamente vengativa. Nos mata. Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—. en tanga y sin brasier. Lo hizo dejándose caer de espaldas sobre la alfombra. a un costado de la cama. Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. sí. —y el escolta se detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al piso—. —¿Algo más. Continuó desnuda dentro de las cobijas. espere. Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda. No se puso el salto de cama.. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el carro de don Fabián. llamando al tipo con los brazos extendidos. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los pantalones en las rodillas. Pásele el seguro a esa puerta.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Daymer. apúrese métame esa cosita con ganas. ¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a entregarle el vaso de whisky en la mano. Apúrese no joda métamela con ganas. ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el Mercedes en el garaje. Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso. Se vio en la sala de esta casa. Si el pat rón se entera me mata. Ah. Le dijo que se sentía agradecida por la mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra. ¿A qué se refería? A nada. La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. —Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo. Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser humano. Dígale a María que me prepare el bisté a la plancha. El escolta no tardó un minuto. Presenció la 107 . tanto o más de lo que le gustaba a Fabián. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta. —Cómase esta carnecita —dijo María—. Recordó que en el betamax seguía la última película que había visto al lado de Fabián. como si obedeciera la rencorosa orden de su espíritu. Así rico rico rico véngase carajo que lo estoy esperando. a quien divertía la actuación de Marlon Brando en su papel de Vito Corleone. —Gracias. El escolta era joven y fornido. secaba sus cabellos con una toalla. le exigió. Tiene cara de no haber comido nada en todo el día. dijo Beatriz levantándose del piso. Usted sabe lo que hace. sin premeditación. Así Daymer usted sí es un macho hágale con fuerza. fingió. golpeada y ultrajada. Y ajenas a su voluntad fueron las imágenes siguientes. señorita. El escolta se retiró de la habitación y dio media vuelta en la puerta. dése prisa Daymer cómame yo sé que le gusto. María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo blanco. encima del blanco edredón de plumas. Eran las seis y quince de la tarde. mija. quería agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso.

gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de apuntar hacia ella. Regresó al lecho. Daymer le hizo bajar el brazo. la otra apoyada sobre la alfombra. les dijo. Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio. y el rasguño ya reseco de la frente. Recordó la estricta vigilancia de los días siguientes. Se lo vio en su actitud. el tiempo transcurriría más rápido. los vigilantes de la calle. ¡Tan linda muchacha! Al recobrar el habla. con el saco colgando de un hombro. Le traje un regalito. No dejé de pensar en usted ni un segundo. quitó el seguro y la dejó entreabierta. al pie del cadáver. Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde hacía poco la novia de Fabián. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película. ¿Le van a disparar a una mujer desarmada y desnuda?. No dirán nada. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca. como si viniera de otra casa. mija? Los dos escoltas. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco. El señor se desaburría a veces disparando contra los árboles. Había aprendido a leer su mirada ¿Ultrajada cómo?. preguntó un agente. temió ser golpeada de nuevo. mal arropada con una sábana. fue el pacto sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. el jardinero y María. ¿Por qué matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. Recuerda haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. Regresó a la puerta. Le va a gustar el regalito que le traje. así fuera unos minutos. mijita? Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. Creyeron que jugaba a disparar al jardín. Pensó decir que la había violado por detrás. Dijo en medio de sollozos que había sido ultrajada. que lo único verdaderamente liberador había sido hacer 108 . que se sentía acorralada. que por algunas horas no recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. recuerdan haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de matices azulados. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de regocijo del hombre que la descubría desnuda. La puso de nuevo debajo de la almohada. que la hacía seguir. que vigilaba cada paso que daba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. una mano en el pecho. fue hacia la puerta y le pasó el seguro. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación. buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba cargada. Un raro pudor le impidió decir que había sido sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan terrible. ¿me esperaba así para darme la sorpresa. pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia. que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. Lo conocía muy bien. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán que el ruido de los disparos les pareció lejano. removidos con la punta de los dedos. la empleada. Se levantó. mija. con los cabellos húmedos. Los escoltas dirán que el señor llegó de viaje. Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. No estoy armada. El cuerpo de Fabián yacía de costado. mi vida. Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba. ¿Ha estado metiendo perico.

que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era cierto. era uno de sus dos perros preferidos. Presunción de culpabilidad y no inocencia. subió la voz el agente. dijo el funcionario encargado de la investigación. O por una casualidad programada por Max. añadió Daymer. sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e investigación por parte de las autoridades. como decía Beatriz Lopera.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo mejor le había dado un ataque de rabia. Daymer. Mi cliente era un honrado y próspero comerciante. dijo socarronamente el funcionario. No aprobaba lo que había hecho su amiga. pobre animal. replicó el agente. muerto a tiros por la joven modelo Beatriz Lopera. Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho. Pero no viajó sola. tituló en primera página un periódico sensacionalista de la tarde. Beatriz Lopera esperó la apertura del juicio. Esperaría muchos meses. Los muertos no pueden responder a acusaciones tan descabelladas. ¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. Sabía que Fabián Acosta maltrataba a su amiga. almorzaro juntos. ¿Meter vicio? Sí. ¿Su nombre? Daymer Ruiz Ruiz. celoso y posesivo. Javier Upegui respiró aliviado. Verónica. los ricos necesitan protección a toda hora. cocaína. Sí. creyó ingenuamente Virginia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lo que hizo. el joven ejecutivo. el nombre de Fabián Acosta. Se vieron. sus cuentas. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía que Beatriz era un objeto de su propiedad. corroboró la versión de Beatriz. "Joven modelo asesina a su amante". su mamá le pagaba el viaje. ¿También bazuco? No sé. ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. ¿Era cierto. Se iría de vacaciones a Isla Margarita. no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue. Disculpe. No se le había probado nada. todo por ser la amiga íntima de Beatriz. Todo el santo día. dijo Verónica. Muchos hombres lo creen. añadió ella. añadió. llamó a preguntar. Recluida en la cárcel de mujeres. Sus propiedades. dijo Daymer. Pobre niña. no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. se compadeció Max. ¿Era verdad que el occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían. Su abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. que le gustaría descansar. presidente de la papelera. Viajaría sola. Se le ocurrió de repente. a veces se ponía violento y perdía el control de sus actos. Max se ofreció a acompañarla. eso es lo que usted cree. Limítese a responder la pregunta. testificó ante la policía. dijo un escolta. dijo el abogado de Acosta. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De casualidad. dijo Verónica. puntualizó el abogado. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las informaciones diarias. la acompañó Max Domínguez. sólo el 109 . El patrón no metía bazuco. ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión. pero dígame: ¿quién que se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus perros. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las notas de prensa. Celoso sí era. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". asediada por los periodistas. Verónica le contó que se sentía abrumada por el asunto de su amiga. Antes de que el proceso volviera a ser noticia. Uno de los escoltas. de veintiséis años. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz Lopera?. Presuntos. se investigaba si en verdad era el mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de dinero. La había vuelto viciosa. Bueno. ¿Por qué los había contratado? Para protegerlo. el que pregunta soy yo.

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fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta. ¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París. Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por el momento, le dijo la conciencia a Virginia. Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No, dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera. ¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de todas maneras un hombre desagradable. Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un 35% de las acciones del gimnasio Perfect Body. Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte? ¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares? Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado. ¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo? Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías. ¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo "de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios.

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No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia, no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es porque está dispuesto a dispararlas. Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con Upegui. Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado. —Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald. ¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco, dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián? No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas. Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero interno, sabía que Upegui se saldría con la suya. Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis. Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba, le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran piedras sobre el propio tejado.

Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la

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Batallas en el Monte de Venus

sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio? Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal, pueden hacerlo por otras vías. —Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui. Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos. Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito? —¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui. —¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme. Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra, exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos instantes, se endurecería su tripa.

Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta. Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó. ¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos quioscos sombreados? Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max, Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad, ¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max. Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo. Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no

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la sabiduría de las caricias. Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su cinismo. mojitos. sin más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. como había gritado la primera vez encima de Leo. Y todo siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida. Dilataba el tiempo. Estilo y aureola nacían de la riqueza. Verónica prefería el mojito por la frescura de la yerbabuena. Max la instruía en el buceo. comparable a la visión nocturna de la ciudad: terrible y engañosa. pensó Verónica. permitía que los deseos de ella crecieran en una explosión de ansiedad y urgencia. Max lo abreviaba. En la noche. para su gusto demasiado frágil? Demasiado educado. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. temía una insolación. Su ropa de playa. Sentía la respiración de Max. pero el suave escozor no daba lugar a emociones más profundas. Max parecía bondadoso. con esa clase de perversión que le daba una vida hecha a pulso desde abajo hasta la cima. la comprensión. faldas de lino y sandalias. después de la cena. ¿Cuál iba a ser el destino de la amiga? Jugaban tenis. observó antes de dirigirse a la boutique del hotel. de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación 113 . la penetraba. esperar que regresara del paseo solitario. su ropa de noche.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exagerar sus reacciones. quería decir. whisky sauer y pina colada. lo era en su modo de vida. A diferencia de Max. perverso. Se excitaba. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. Max suponía. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban ciertas mujeres en el momento del orgasmo. por una aureola. Veo que no tienes ropa de verano. alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. Se sentía bien. Él vestía trajes claros y ligeros. Es un regalo de mi madre. Leo le daba tiempo a sus deseos. recordó Verónica. y respondía alterando también su respiración. Elemental. reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama. Verónica vistiendo blusas amplias y cortas. algo que había encontrado en Leo Pradilla. Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. contemplarla desde el quiosco. era cierto. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer. en cambio. también de lino. Max era rico por herencia y familia. que sus deseos eran simultáneos a los de su pareja. disfrutaba con su sentido del humor. admiraba la discreción con que firmaba las cuentas del restaurante y del bar. más acelerada. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la papelera. solían caminar tomados de las manos. ¿por qué tenía que fingirle a un desconocido? Algo sin embargo le faltaba. desconocido límite? Verónica se sentía atraída por un estilo. Max se parecía a Leo en la medida de la elegancia. Fingir. oloroso a colonia. algo extrañaba mientras hacía el amor con Max. el buen trato que daba a los meseros. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante. Le satisfacía sentirse penetrada. navegaban en motos acuáticas. Al atardecer se sentaban bajo la rústica enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa. Con Leo no podía prever ese instante. se ponía el condón de prisa y. siempre impecable en cada atuendo. Max respetaba sus silencios. tras unas pocas caricias. Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo. con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad de sus muslos. ginebra con agua tónica y zumo de naranja. ajuar con que Max la había sorprendido al día siguiente de la llegada. Siempre lo recordaría. Previsible en cada uno de sus actos. Era una visión de película: verla alejarse. En la suite. Leo. La gentileza. fatigada por el sol. ¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro. ¿Era frágil. las propinas razonables añadidas sin ostentación a la cuenta. daiquiris. la estudiada indiferencia. Aunque Leo confesara no ser rico. descalza.

tanto que a partir de la segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento. Al rato. No era en todo caso su dinero. Verónica no regresó sino minutos más tarde. podrías hacer una buena carrera. —¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John Peralta? —No sé. la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas. Lo llamaría. iluminada por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. Hablas inglés. ¿Se verían mañana?. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de Beatriz? John Peralta la había aconsejado: —Si aceptas trabajar en mi programa. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de espectadores. centro único de una cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. Aspiramos a ganar donde otros pierden. Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. ¿Durante cuánto tiempo quedaría en su memoria esa imagen del placer. quiero estudiar. sentirse penetrada. desnuda. Durante su ausencia. preguntó él. Regresaron al día siguiente. —Piensas en él. cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. Max le dijo que lo mejor sería retirarse a dormir. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente en medio de la semioscuridad de la cabaña. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. —Sí. besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus insinuar que no sería mala idea dormir juntos. pensaba. cerrar los ojos. La misma fantasía había pasado por su cabeza cuando era apenas una niña. Tenía que poner orden en su cabeza. Eres bella e inteligente. se preguntó. no tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. Es una carrera de moda. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. De perder. Jugaba a la ruleta. harías prácticas con nosotros. en silencio. Max escuchó el ruido de la ducha. aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo. Al decirle que sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro. ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída. Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set. imaginándolo a su lado. pero la suerte era esquiva. siempre él encima de ella. sobre todo. respondió Verónica. preguntó Max antes de bajar del avión. La última noche durmieron en camas separadas. Pensó en todo momento en Leo. Virginia la esperaba. la sintió ir al baño. —Me tienta más la oferta de Peralta. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?. Soy economista. Por un instante. Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior. —¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te financiaríamos el curso. Dejarse acariciar unos minutos. dijo ella. ¿Cuándo exactamente llegaría Leo?. le recordó. ¿Por qué gemía. pienso en él. el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. Demasiado previsible. ¿Le gustaría ir al casino? Por una sola vez. soportable en todo caso. Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar. Una ansiedad parecida a la imposibilidad de su orgasmo. cuando la creía dormida. En 114 . Soportaba unos minutos al lado de Max y volvía a su cama. si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía mal? No se atrevió a preguntar. ¡Qué divertido era verter jabón sobre su Monte de Venus. él black jack. ¿Le gustaba la administración de empresas?. como silenciosa era explosión de sus orgasmos. Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo. Max no preguntó más.

El de adelante puso las luces direccionales y giró a la izquierda. habría aceptado. estar al lado de Max no había pasado de ser una experiencia grata. Pensó que era un accidente. a menos de un metro de distancia. Se despidieron de beso en las mejillas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus verdad. si los hombres no se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica. Se quedó mudo cuando otro auto lo adelantó y le cerró el paso. Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un golpe intencional en el parachoques trasero. Upegui leyó. Llámeme. —Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le había pedido seguirlos. por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de hacerlo. Tengo sueño. en sus maneras. También en la discreción. En verdad. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar. La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. dijo Max. El carro de atrás dio reversa. dijo Verónica. —¿A qué se refiere? —Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de Acosta. los tres ocupantes subieron de nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento encendidas. porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro. antes de tomar el puente que desvía la ruta hacia La Calera. tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona Rosa. El tipo le arrebató el papel de la mano y lo leyó en voz alta: 115 . la satisfacción de una curiosidad. Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. Tal vez prescindiera de sus servicios. le pidió que lo siguiera. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. ¿Quería hacer algo en especial?. ¿Por qué le regalaba un collar con figuras precolombinas. Max la condujo en su Volvo hasta la casa. Circularon un largo tramo. ¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. lo llamó al día siguiente. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas. Le hicieron señales de bajarse. si hubiera dicho directamente que quería estar con ella. No cometa imprudencias. discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. Lo curioso y preocupante es que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. no pensaba llamarlo. ésta no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante. Bajó el cristal de la ventanilla y uno de los tres tipos. le pidió Verónica. ¿dónde residía el atractivo de este hombre? En su riqueza. Sin embargo. dijo un segundo. Si hubiera pedido irse con él a su apartamento. Upegui nunca se había detenido en el mirador. Cenaron en Pajares. le preguntó Max. Las luces parpadeantes de la ciudad le hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a sentarse. Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. al pie del mirador. No había querido llamar al escolta ocasional.

¿Podrían verse más tarde? —No creo —dijo él—. mompa. era cierto. aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera como lo estaba queriendo. preguntó ella al notar el nerviosismo de sus movimientos. revivió la presencia amenazante del hombre que lo había interceptado. Ella misma se había ocupado de la cocina. bajó por la calle 93. ¿De qué se trataba. —Te noto raro —le dijo ella—. Tu parce. Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. Identificó las remotas luces del extremo sur. Apenas comió. a pocos kilómetros de Girardot. un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador Roldan. conseguiría que le explicara los porqué. ¿Qué hacía a las seis y media de la tarde. una alianza de intereses. ¿Le pasaba algo?. descendiendo hacia la ciudad. Ah. No me pasa nada. la mirada en todo momento dirigida hacia las ventanas que daban a la calle. No le diría nada de lo sucedido. —Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. le reprochó. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario. hacía tiempo no preparaba unos canelones de salmón. Se me olvidó. que acabaría por estrangularlo. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. Pero Virginia era una mujer de intuiciones. Nunca había contemplado la ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado. pero con el corazón poco a poco entrometido en aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos. Al estar de nuevo solo. como si le autorizara la partida. Raúl Trespalacios había hablado claro. Más tarde hablamos. —Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. Un amigo había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche. pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. Se alarmaría. dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta indiferencia. carajo? Conocía a los hombres. los canelones estaban exquisitos. ¿Tiene una cita con su socia? No la haga esperar. disculpa —recordó—. No era esta la clase de encuentro que había planeado. a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. El negocio del gimnasio parece ser bueno. algo que comprometía sus sentimientos. Comieron en silencio. ¿Cómo van las matrículas? —Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. Siga su camino y diviértase. Esas eran las reglas. ¿No ibas a traer el vino?. La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui sintió crecer a partir de ese instante. lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. 116 . sobre todo a hombres elementales y misteriosos como Upegui. Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar. Virginia lo esperaba a cenar algo en su casa. Bebió tres whiskies. Hoy vienen a entrevistarme para una revista de modas. Un buen contrato. Te los devuelvo con intereses.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. dijo Upegui. Si le pasaba algo. A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. lo que no había sucedido con Epaminondas Romero. Fabián". Tomó la carrera Séptima hacia el norte. Están a su nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. un reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. Y Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días. se excusó. uno tras otro y sin pausa.

¿Cuánto le queredaba en el cupo de su tarjeta de crédito? La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias debajo del llamativo patchwork. repetía de buen humor. calcetines y ropa interior.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano. Jacques Brel. con el respectivo comprobante del banco. diseñaba ropa que copiaba de revistas. Había declarado el ingreso al país de nueve mil doscientos dólares en efectivo. las lonchas de salmón ahumado empacadas al vacío. un poco de jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. le dijo. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta. tiempo suficiente para percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa. Y doña Rocío se lo reprochaba. tenía su propio presupuesto. No la había amado. papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias. vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. Pocas veces le cocinaba. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. no ofrecía más que una taza de café y un cognac. lavaba a máquina la otra ropa. limpiaba los cristales de las ventanas. Anne-Marie. tal vez fuera así. Al salir. camisas. lo regañaba siempre por su vida de soltero. Conocía sus gustos. recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería. ¿Alexandra? Tenía treinta años. se lo estaba preguntando ahora. Sí. cuando escuchaban juntos la canción. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no tiene veinte años". Separaba con meticuloso orden la limpia de la sucia. No hacía fiestas. Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour. Entonces. Vive como ermitaño. doña Rocío se le volvió insustituible. una omelette de verduras o queso. Lo extendió sobre la cama. Yves Montand. Leo Pradilla decidió descansar. expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y limpieza. sólo sus clásicos. Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera. modificaba algún detalle. las cervezas. sus reuniones con el Gran Jefe. perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de plata". Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss. los potes de sopa Campbell. y una verdadera reliquia: Serge Regiani. la visita de un político que pedía su asesoría y al que. "La femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". Con el tiempo. Llevaba las cuentas de la casa. le hacía las consignaciones o los retiros en el banco. aquí lo que hace falta es una mujer. Leo no hacía fiestas en su casa. pero se bebía a diario una botella de vodka. así que acabó de desocupar la maleta. Adoraba una de las canciones de Regiani. ¿Le gustaría a doña Rocío la chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. por cortesía. Leo Ferré. que prefería de ajo. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas. Cada día doña Rocío ponía orden. ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su llegada a París. las latas de filetes de atún. por lo general una trucha asalmonada al horno. para su gusto demasiado clásico y formal. de la comida que se agotaba en la despensa. había declarado veinticinco mil. el paté de fois a las finas hierbas. el tiempo habría pasado como un cuchillo sobre su piel. Tomaría un baño y se recostaría un rato. No tenía otra misión. fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. Gilbert Bécaut. al lado de la ropa que sacaba de su maleta. una visita femenina. le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por exigencias profesionales. Anne-Marie tenía veinte y él 117 . Eligió el Versace. las tostadas. Guardó el recibo en su billetera. Llamaría después a Verónica. la botella de vino blanco frío. le hacía una lista de las bebidas que faltaban. lo hacían todavía en Paris. Unos tragos con un amigo. Quitaba el polvo. Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso. El Galiano era demasiado atrevido.

le informó cuando volvieron a cenar en Polydor. No encontró rastros de ella. El dolor de entonces se había convertido en una amable herida de guerra. En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el palpitante recuerdo de la felicidad. ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida de un publicista de éxito? No había viajado a París a recuperar el pasado. Feminista radical. la trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI. Cambiar el mundo. nada. extrañas visiones de un feo mundo entrometido en su magnificencia de cristales. cantaba Jacques Brel. Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los CRS. le informó que tal vez viviera en la Normandía en una casa de campo. Menos aún el tiempo de la felicidad. Aquí y allá. cambiar la vida. "Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. dudó Marcelo. "Se acostumbra. ¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con él a Colombia no estaba en sus planes. no habían visto languidecer los mismos sueños? Alquilar un coche. cabecilla de la pandilla. De los viejos sueños. estudiante de sciens-po. su amiga. Construyo lo que más detestaba. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor extraviado. el amigo chileno. si tenía hijos o había envejecido a los cuarenta. ¿No se parecían acaso. Nadie como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. le había dicho. muy hermosos. ¿Quién hablaba hoy de la fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien. No me va mal. pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo. le preguntó Marcelo. Casado. no se recupera. La ciudad de sus veinticuatro años era otra. Se sirvió un vaso de vino blanco y. el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince. su mundo se estaba pareciendo a algo. seguían sin embargo las formidables. Unos pocos años. Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época. las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá. le dijo Marcelo. separado de dos matrimonios. hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. Marcelo: la boîte del joven arquitecto. Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza. ¡qué disparate! El tiempo. el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"). Descubrió a Rimbaud. con los pies descalzos. La visitaba a ratos en su boutique. preguntar por Anne-Marie Weiler. a quien recordaba como el mejor amigo de la época. era hoy un próspero estudio con tres colegas y numerosos delineantes. poseídos ambos por el delirio de la revolución. Complejos de vivienda popular. Por mucho que hubiera preferido un modesto hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos 118 . Se había perfeccionado el lado oscuro de sus pesadillas. Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a quien la pronunciara. Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. eso es todo". La buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien. se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. ¿se acordaba de Mathilde. Había sido feminista. un carpe diem que lo llevaba a atrapar al vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. Cuando se mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe hacer. casada con un arquitecto y sin hijos. Marcelo. Maderas finas o algo así. Nada había ya de la generosidad del sueño. diseñamos y construimos para clientes de Egipto y otros países árabes. se acostumbra". viajar a la Normandía. “Uno no olvida. Grandes complejos. extendidos en el sofá. Eran muy jóvenes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veinticuatro. se dijo. el animoso e intransigente Lucien. buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado Noyent-le-Rotrou. magníficas huellas de su pasado. Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. Mathilde. ¿No se había acostado nunca con Mathilde?.

Una joven esquelética. como lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles. borracha como el viejo clochard. vestido con harapos sobrepuestos a otros harapos. un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. Si le daba otro en un gesto de generosidad extravagante. Una semana más tarde. habría que hacerlo en baños públicos o ir a casa de amigos. vestidos con túnicas de su país. Todo era ordenado y pulcro. Compró una botella de vino tinto. Pensó responderle: no. a unas pocas calles de donde se encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios. cantaba a la entrada del metro una canción obscena. agua caliente y una cocina minúscula. uniformados en la misma moda. Leo se zafó de ella. de expresión adusta. No se huía de la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. ça existe. obedientes y en masa. ¿Estuvo antes allí el restaurante de comida rápida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus modesto en la rué de Rivoli—. la esperanza ya no existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. Si iban a alguna parte. la esperanza existía todavía. aplaudieron el gesto generoso de Leo. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. encore". le repetía la muchacha tratando de besuquearlo. el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. dijo. compartían el cuarto de la rue Dauphine. ça brûle. Dos inmigrantes africanos. Leo no esperaba nada especial de esa elección. al otro extremo de la acera. "Tu aurais pu être mon mec”. sin rumbo fijo. Afuera. ¿No había sido aquí. cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine. esperaban el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban. donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las consignas sino seres apresurados. Nanterre. "Hubieras podido ser mi hombre". ¿Cuántos años habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco? Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo. El viejo miró el billete. Para el viejo vagabundo. lo tomó incrédulo en sus manos. le había dicho ella. No quedaba una gota en la botella. Una de las paredes estaba decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara. en uno de estos bancos. Como oleadas amorfas. parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. lo besó. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. "L'espoir —gritó el viejo—. dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban unas pocas monedas. lo enseñó a la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella. ¡Cómo le fastidió siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar. de nariz rubicunda y rasguños en el rostro. Vagabundeó en cambio por el barrio. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. Nanterre se incendia. Leo le arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Tres mil. Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india. monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces. La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos. El cabinet quedaba en el pasillo. atropellándose en las aceras. acompañaba en coro destemplado sus obscenidades. como lo repetían las imágenes de la televisión de cualquier ciudad del mundo? Leo se inclinó. una baguette. la olfateaba. Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a AnneMarie. en la calle. Las clases de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir 119 .

Bonita casa. Camilo Torres. no muy lejos de Alençon. le había preguntado ella. le dijo a la chica. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día. Pablo Escobar. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle. traducía al español documentos burocráticos. ¿Latinoamericano? Sí. Leo había escuchado los discos de Brel. cuando Upegui estacionó el carro en el garaje y le pidió que pasara. carteles. paramilitares. Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días. Extraños y ajenos después de haber escuchado las canciones que. calculó Upegui. pensó Leo desde el sofá de su sala. Esperaban nerviosos. poca ropa de rebajas. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire. de un pequeño pueblo. Upegui podría haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato. Venía de la Normandía. le repitió. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No. trabajaba en lo que saliera. quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. le dijo a Trespalacios. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia. aplastado por la modorra. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad de anfitrión. Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. ¿Qué leía en el Café del Odeón mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire. Pero el tipo no quería papeles sino trescientos mil dólares contantes y sonantes. de todas maneras era una suma invertida 120 . guerrilla. un mes. propuso desesperado. ¿Y ella? Estudiaba Bellas Artes. le había dicho el tipo al bajar de la camioneta. dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país que él acababa de nombrar. ¡se vivía con tan poco! Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. No más de ciento cincuenta mil dólares. Que no lo creyera imbécil. Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante. ¿Y el resto? ¿Tomaban algo?. ¿Cuánto puede valer esta casa?. sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional. Lo mejor sería retirarse a dormir. empezaron a pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía. A la medianoche. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. Necesito esa plata. Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. Aimez-vous Apollinaire?. preguntó por preguntar algo. no le pedía más que un mes. Y los dos hombres que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. preferiblemente frente a la iglesia de Saint-Germain. le dijo. masacres. Otras palabras hubieran salido de manera automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína. veinticuatro años atrás. ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las acciones de Acosta a su nombre. Era tarde para llamar a Verónica. comidas en restaurantes universitarios. Hoy. el rostro de una joven de largos cabellos rizados. desde donde medía la distancia de veintiún años. el tipo no quería plazos. el imán que atrajo a la chica de la mesa vecina. Los creía olvidados. Sería la primera en oponerse. café. el ácido olor de un pullover. de Colombia. Deseaba acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada. ¿Hipotecar el gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. Le daba apenas una semana de plazo. Venga y conversemos. Yves Montand y Leo Ferré.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sin quejarse. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Trabajó de mesero en un bar del Marais.

Galán asesinado. saldrían y cenarían en un restaurante. su silencio durante el viaje. Decidió llamar a Verónica. guarecido dentro de su garita. Ni un día más. ¿Qué hacía Virginia a esas horas. —Una semana —dijo el tipo—. tarde o temprano. —Mataron a Galán —dijo al entrar. Su comportamiento era demasiado extraño. No podía pasar a buscarla. No la preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo. Verónica no se molestó con la excusa de su madre. que la única persona que sabía de su regreso era ella. Un flash informativo atrajo su interés: acababa de morir Luis Carlos Galán. la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. Sentía miedo. les pertenecería sólo a ellos dos. Seguía desde hacía rato la televisión sin concentrarse en la programación de ningún canal. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su linterna. alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro. Tenía que decirle la verdad. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el candidato a la Presidencia en la tarima. Tranquilizada por la hija. Me invitó a cenar. Cerró los ojos. y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su casa. Dos semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. fascinada con el vestido de Versace. ¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. Al abrirlos. miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse en segundos. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle ninguna explicación. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche. Llovía desde hacía media hora. no me mientas. Mientras mantuvo los ojos cerrados. Apagó el televisor. Pese al aguacero. pagada la hipoteca. un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La Calera. no estaba seguro de poder dormir. Si subía a la segunda planta y se acostaba. Conocía comportamientos extraños.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el negocio. protegida apenas del aguacero con un paraguas de colores. sus escoltas disparando hacía ninguna parte. le dijo a Upegui. Le hizo un saludo agitando las manos. A unos pocos metros. asomándose por la cortina entreabierta cautelosamente con los dedos. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta. el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. abrevió. Al verlos salir. ordenó al vigilante de la garita estar atento a cualquier movimiento extraño. Llamó a Virginia al gimnasio. Vestida para salir. cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. se aseguró de que las ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas. Upegui pegó un salto en la cama. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla. llamando a su puerta. acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio? Se levantó y miró por la ventana hacia la calle. feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que Leo no había llamado a nadie. Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería por sorpresa en su casa. Nada le dijo a Upegui esta muerte. Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían podido salvarlo. ¡Y ese maldito aguacero! Ahogaría cualquier ruido de la calle. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco. la preocupaba el sentimiento que 121 . la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a Upegui. Medía hora después. el mundo no sólo era estrecho y oscuro sino amenazante. el cuerpo que se desploma. —Estoy con Leo —dijo Verónica—. en la esquina. como si buscara en aquella tediosa continuidad de programas el somnífero que deseaba. ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta.

No veía una solución inmediata ni satisfactoria. —Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. Y lo siguió ignorando. Lo estaban acorralando. La inversión de Acosta. No tenían créditos pendientes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en las pocas semanas se había convertido en cariño. en la intimidad y en la manera de vivirla. sabiéndose obscenamente célebre y al mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. Le explicó lo que ella sabia. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. encontrara un hilo extraviado. ¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos. —Me están amenazando. El tipo que le reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. parecía haberse abierto en ambos la rendija del afecto mutuo. No pudo seguir ocultando su situación. ¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían hablado de la relación. su soledad impenitente. ¿Qué hacer? Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que. además de constructor. pero un hilo que se empataba con otros hilos del entramado. Más que él. la bajeza de sus negocios. —Acosta no dejó documentos. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la inversión en esmeraldas exportables. Todo se había pagado en efectivo. le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación con Epaminondas Romero. los en principio inciertos y ahora fuertes hilos que la vinculaban a él. le dijo. Y aunque no existiera documento alguno — añadió— hubiera bastado la palabra. las mismas que ahora le hacían temer por su vida. Upegui era mediador en turbias operaciones. Lo ignoró al conocerla. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. —Dejó uno. Derivaban su poder de un inflexible código de lealtades. La plata no era de él sino de uno de sus socios. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales. ¿Qué quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él. el fracaso de sus amores. Todo lo que tenía lo invertí en esto. y en muchos sentidos temía. que en algún momento. —¿Qué quieren? —Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. 122 . Le explicó de qué documento se trataba. ¿Sabes una cosa que mi hija no sabe? Hipotequé la casa. —¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. Acosta trabajaba con plata ajena. Temía la reacción de Virginia. Sin ti hubiera sido un negocio más modesto. Y éste descartó la posibilidad de pedirle que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. la pusilanimidad que le atribuían. era ella la que había encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones. Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y cobardía. un hilo delgado por el tamaño de su colaboración. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa. pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos.

¿En cuál solución has pensado? —En muchas y en ninguna. Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo. Se da la gran vida. digamos de clase. —Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui. regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. No le ha ido mal. —Para nosotros y para esa pobre muchacha. Amparo tiene sus escrúpulos. Supe de tus amores con el senador Roldán. —¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en sus cuentas o en las cuentas de sus socios? —No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. ¿Quería que lo acompañara? Lo pensó unos segundos. Pero ése no es el problema. sería un salto por la tangente. Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo. Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó Upegui. —¿Lo adivino? Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui. No sintió piedad por el hombre que. así sería menos terrible saberla a su lado. Sabía quién eras antes de conocerte. No es un tipo. —¿Quién es el tipo? —Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. 123 . imploraba con la mirada un poco de compasión. que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno y muchos hombres de su círculo. nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. aunque le pagaran en oro. Tampoco ella podría resistir la sensación de estar sola. Upegui y ella. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de mi amistad con Epaminondas Romero? —Siempre lo supe. por lo visto. tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a una mujer. que el ganador tenía el privilegio de irse contigo. La misma Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe. Cuando el tipo la llevó a conocer la casa regresó horrorizada. se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades. Acosta siempre fue un problema —dijo Virginia al pensar en Beatriz—. —¿Dónde lo conociste? —En la casa de Fabián Acosta. Se quedaría. Dentro de todo. Si había una salida. Llámame un taxi. al suspender sus sollozos. Vivió en Nueva York y creo que en Atlanta. —Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. Tal vez consiga la plata en el plazo que me dio el tipo. si es que regresaba. tal vez la amara más. recargado de adornos. —¿Lo conocía Beatriz? —Posiblemente. que se quedara. —Voy a dormir a mi casa —dijo—. que te jugaban a las cartas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. pero Virginia no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro de su mente. ni se deja ver en sociedad. Quería que Amparo Consuegra le decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas. Por lo que sé. Verónica regresaría tarde. trabaja solo. atrapados en el centro infernal del círculo.

Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo. Los enseñamos a admirar el original y les vendemos la falsificación.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Espléndida. —¿No eres feliz? —No —dijo Leo—. de esas diosas subalternas y trágicas. uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. dijo. Le están dando a las mujeres la medida exacta de sus fantasías. —A las mujeres ricas. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. —Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo. Pieza maestra. como Beatriz. un hombre y una mujer se encierran a admirar un diseño de Versace. Ella lo escuchaba. Podría haberse mirado en el espejo de la ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. sugiriéndole que se pusiera de pie y diera unos pasos por la sala—. Mírame ahora: después de haber despreciado a los ricos. —Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio. repitió burlándose de la calificación dada al vestido. magnífica. Habló de los grandes símbolos del lujo. —¿Quiénes? —Los diseñadores de moda —dijo Leo—. Espléndida. había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los productos dietéticos. como de ellos. La ropa de marca se vende en grandes almacenes. No buscó a Anne-Marie para recuperarla. Sin pudor. para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia! Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada. pero lo consumían en el espectáculo efímero de la belleza. ahora somos impostores. El tiempo de la gloria duraba poco. miento por ellos. en muchos sentidos. le confesó Leo—. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el propósito de satisfacer la demanda de los pobres. Verónica se había desnudado delante de él. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y decadencia. ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. Fuimos auténticos. minutos después. —Y a las pobres. dando un salto en el tiempo. con el calor de quien la 124 . No importaba que Verónica encontrara extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos. Hace veinte años hubiera despreciado el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. vivo rodeado de ellos. —Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el curso de los años ella y la ciudad. el implacable efecto del tiempo. vieras quién soy ahora. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. Y sentía celos. El vestido y la mujer eran el símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo. Esta noche asesinaron a Luis Carlos Galán y. Yo mismo soy. —No entiendo lo que quieres decir.

ya tengo diecinueve —alzó la voz. ¿Lo desafiaba? —Quiero oír otra vez "Lady is a tramp". Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo. ¿Por qué le hablaba con esa voz.. un liviano vino tinto de la Toscana y un aguardiente seco de manzana con el café. Lo supe aunque ella me lo ocultara. No llevaba ropa interior. como de confesión íntima—. —¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del sofá—. Se quedó inmóvil. venga de sus humillaciones. si son bellos. con ese tono y ese dolor? —Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo. —Todos. —y se detuvo. — Siéntate donde estabas —le pidió ella. Me ha estado enseñando a vivir como rica aunque nuestro bienestar. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido a cenar juntos. cerrando los ojos como si siguiera letra y melodía. —Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la superficie de cuero del sofá—. hecho con el juego de las palabras que salían como agua de un surtidor. Yo podría amarte. Bésalos. Y la compadecí por ser lo que no quería ser. acercándose con los brazos extendidos. supe que mi madre. a la expectativa. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido. Movió los hombros y el vestido se deslizó hasta caer a sus pies. incapaz de responder al instante a la exigencia—. como una hermosa esfinge sin vida. —Tú no me amas —repitió—. Nunca iba más allá de la exaltación de su propia lucidez. en algún momento de nuestras vidas. —A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella. agitando tos cabellos. aceptamos alguna clase de humillación. caminó unos pasos y lo enfrentó de pie. —No soy sabio. quieta. girando sobre sí misma. No puedes amarme. por ello propuso regresar a su apartamento. Un humor cruel.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus protege en todo instante.. Acaríciame — 125 . dándole la espalda. Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra. si se puede llamar a esto bienestar. con lentitud. Verónica empezó a bailar sola. Frente a Leo. que se exhibió desnuda. —Me asusta tanta belleza y juventud. —¿Qué supiste de tu madre? —Que era una puta de lujo —dijo en voz baja. —Para ella han sido demasiadas. molesta por la frase que Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París. sólo soy un hombre con experiencias. pero no toleraría sentirme envejecer al lado de una mujer joven que un día me despreciaría. —Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en los cabellos—. creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. Amas el deseo de amar. Por fin pudo obedecer y lamió los pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. Leo sentía aún la fatiga del viaje. conocí la pobreza. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. decidió quedarse así. Pero la experiencia no sirve de nada: se cometen siempre los mismos errores. son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar. Perdí a mi padre a los diez años. descalza. —¡Pero si yo te amo! Además.

cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y sin vida. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de Verónica. como si la debilidad del cuerpo fuera otra clase de derrota. con lentitud sin esperas. Se sintió débil. hasta que encontró el pequeño pistilo erecto. Buscaba. la opacidad de la luz. lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. Espera que le haga el amor. ella de espaldas. Ella empujó la pelvis y en pocos segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. abrió una botella de champaña. como si acabara de nacer. Chúpame el coño. —Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos. Quedó encima de él. supo que era el esperado. Tal vez hubiera algo de rabia en la brusquedad de sus gestos. sollozando. muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. Leo se levantó hacia la nevera. ¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo. se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exigió echando la cabeza hacia atrás. Leo temía hacerle daño con sus dientes. él encima del cuerpo que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. Leo pensó que en Verónica actuaba el orgullo ofendido. aquí está el maldito secreto. Lo desnudó de prisa. donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la lengua. No le había hecho el amor. —Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja. la música que había cesado. ¿Dormimos? 126 . Gritaron juntos. y se movió con cadencias sosteniéndose con los codos para seguir mirándola. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. No dijo una sola palabra. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima del otro. —¿Qué hora es? —preguntó ella—. —¿Sabes una cosa. como se agarra el náufrago al madero. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la madurez. con languidez. la decoración del entorno. Te quiero mucho. ella lo repelía. Méteme tu lengua. La sala. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. Se había dejado conducir por ella. No puedo hablarle. sirvió dos copas y se sentó al lado de la muchacha. exploraba rincones. Tal vez. los muebles. Verónica gritó. ¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es mujer. Huele a talco se echa talco en el coño. Lo está consiguiendo. Elegía cada paso y movimiento. quizá el deseo tomara la forma de la rabia. inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. Cuando él subió encima de ella y besó su boca. Si Leo insinuaba alguna iniciativa. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma. generosamente abierta. saltar sobre las barreras que le imponía su cuerpo en instantes de desesperación. ¿Dónde lo aprendió? Seguro que no con un hombre. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella quiera. porque a veces desesperaba en la imposibilidad de conseguir lo que deseaba. Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. Sólo el sexo entrando y saliendo. mojada y cálida. todo había dejado de existir. Gritó. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado. obediente y sumiso. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. Penetró la morada húmeda. Subió la pelvis hacía el tórax. No hablaron. sentada sobre su vientre. —Chúpame —ordenó—. un grito que se parecía más a un maullido de gata. Se derrumbó sobre el cuerpo de Leo. Es increíble tiene vida propia. Si intervengo le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. Ambos cayeron sobre la alfombra. los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba suavemente. La champaña se mezcló con el sudor. le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada.

Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias. Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos, mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes, por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo. —¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina. —Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café? —Un tinto y un jugo de naranja. Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar. —¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la camisa de polo. —Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre. Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada. La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta. Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui. —Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana. Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió una extraña inquietud. Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo? —¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo. —En ti. —¿Qué piensas de mí? Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla. —¿La quisiste mucho? —Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida. —Dicen que has tenido muchas mujeres. Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda. —Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros. Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.

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Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera. Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose. Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él. Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca. Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.

Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica, como si trazara un puente de una orilla a otra. ¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto. Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares. —¿Con quién hablabas? —Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones. —¿Yances? —¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de ganadería en los Llanos. Me debe un favor. —¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a quien acusan por la creación de grupos de autodefensa? —Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los secuestra. Tienen que protegerse. Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio. —Te llamo después de almuerzo. No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella. ¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes, adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los

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permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo? Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre? ¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de campo en la sabana. —El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui. —¿Tanto? —Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y usted empieza a vivir en paz. —Le pago con un cheque al portador. —No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático, pensó Upegui. —Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco. Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo. Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso. Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos, exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima. —¿Dónde recojo la plata? —En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui. Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La

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Podía ser el gonorrea de Blásquez. Yo sé que usted es un hombre de palabra. hizo el cheque y cobró los veinticinco millones. le ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. El negocio promete. Eugenio de Jesús Ríoseco. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su trabajo. —Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. demasiado incapaz de sacar las tripas y mostrarlas. —Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares. esa no es manera de largarse. tratar de atrapar a una serpiente por la cola. —Tranquilo —dijo Ríoseco—. Fue al banco. —La mitad ahora. Alguien del negocio. Había querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla. ni marica que fuera. Si se le antoja. don Raúl. Ando en esas. sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel. Los tenía en su caja fuerte. Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver. —Te doy mi palabra. Demasiado débil. pudo haber pensado. No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador al sentir que la respiración le faltaba—. El asma se me alborota cuando hablo de negocios. pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos. te lo compro. Trespalacios no pensó en Upegui. ¿Ve la venntaja de usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta. —¿Nos conocíamos? —No sé si usted a mí. El tipo del mandado. Y Upegui desconoció la astucia de su enemigo Raúl Trespalacios. recordó. a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento. la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo compromete. después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. Ando buscando uno con la firma de Vicente. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos mil pesos. olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario. hay partes en las que se escucha un chirrido. —¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme? —Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres. Si tenés uno original que yo no tenga. se puso en contacto con Trespalacios esa misma tarde. —¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. —¿Quién es? —Ni pendejo que fuera. —Te pago los cincuenta en dólares. por faltones. La vida sí es muy rara. ¿no le parece? Morirse metiendo perico en un motel con una puta y un travesti. Uno tiene su experiencia. —¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios. 130 . quizá. Tengo la mejor colección de sombreros mejicanos. conjeturó Trespalacios. ¿Se acuerda del viejo? Se moría con los mariachis —se quedó pensativo—. en la que tenía firma autorizada. venirle con el cuento de que no eran cincuenta sino treinta. ¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández? —Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. puede hacer morcillas con el muñeco. El gonorrea de Blásquez. el desenlace de su propósito. y también una grabadora. La cinta tiene ruidos de la calle. Se sirvió de la cuenta del gimnasio. aunque esté un poco viejo. demasiado cobarde. Si me van bien en las cosas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. Virginia ignoró siempre los motivos de esa cita. las intenciones de Upegui.

131 . Le tenía un negocio. ¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas. aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta. Mi amigo Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas. No valen de nada los presentimientos. Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa— y hacía el alto en el semáforo de El Castillo. Confiaba en la palabra de Trespalacios. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. ¿Le temía a la competencia? No. ¿Cómo se le había ocurrido abrir este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. respondió. Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo. su mediación costaba el diez por ciento del contrato. no podía conciliar el sueño. Alcanzó a ver la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este costado de los cerros. como si acabaran de encender fuegos pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada. Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del gimnasio. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos. de pasadita. No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. Había mucha plata detrás. —Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios. Y Upegui había tenido el presentimiento la noche anterior. los tipos caminaron hacia el vehículo y siguieron disparando. Amueblar y decorar un hotel y un conjunto residencial en tierra caliente. ¿No se comía a una vieja como cuarentona ella. conocí a la hija de la vieja. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo difuso de impresiones. al escuchar el tiroteo. los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos. Regresaron a la moto y emprendieron la fuga hacía el norte. Una noche. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. el recomendado de Yances. valía la pena. le quedaban tres días para devolver el dinero. sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su carro. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. Como siempre. Virginia conoció la noticia en la noche. la competencia debe temerme a mí. No contó el dinero. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento. Con sangre fría. los viejos para lucir menos viejos. muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui la llamara. Había dado una entrevista a un programa de televisión. fresquita y muy de la jai. en medio del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde? Su cabeza cayó sobre el volante. ¿Disparar en pleno día. ¿A personas de qué edad estaba destinado? No había edad para mantenerse en forma. adelantando a los vehículos que. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo. Pero la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de papel de manila.

no acepto tu oferta. Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas. pensó satisfecho. Nada diferente a tantas y tan cotidianas escenas de coches perforados a balazos. Había figurado tres años atrás en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio Yances. Dile que se haga negar. Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. ampliamente registrada por los medios de comunicación. te mando a la mierda. Los delincuentes se habían dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—. Restos de cristales sobre la silla delantera. pero era Javier Upegui. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui no tenía antecedentes penales. añadía la presentadora. En pocos minutos. 132 . era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. que prendiera el televisor y viera las noticias. el director. sin responder a sus propias. sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad. repitió Leo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica. vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la empleada. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el volante. Verónica no alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui. sórdidos episodios? —Espantoso —dijo Leo al abrazarla—. Leo volvió a llamar. conocido constructor. se preguntó. por el modus operando de los sicarios. Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado. Verónica cerró los ojos. que le aconsejara no dar declaraciones. ¿Don Javier? ¿A ese señor tan bueno? —No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Van a pronunciar su nombre. temió Leo. Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. ¿qué pasa?. John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia para el noticiero de las nueve. se dijo Verónica. calculó Verónica. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión de nuevos. Los hechos habían ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. a quien Leo Pradilla llamó diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. conocidos o anónimos. Castro. Al abrirlos. ¿Se había comunicado con su madre? Si hablaba con ella. ¿Por qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?. más aún. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria. la jauría de los periodistas estaría ladrando en la puerta del gimnasio. Omitieron el nombre de Virginia. uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital. Le dije claramente: si la entrevistas. Ven de inmediato a casa. Nada más. —Espérame en tu casa. con el cuerpo abatido por ráfagas de revólver o subametralladoras. Mataron a Javier. acribillado por sicarios en la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. me prometió que evitaría mencionar a Virginia. La llamaría más tarde. Usaron las tomas de la inauguración del gimnasio. Un profesional de vida correcta. ¡Quién va a saber!. sin poder responder a Teresa. debía negarse si preguntaban por ella. listo para salir. Algo muy horrible. Todo indicaba. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en público. Teresa. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. ante la mirada impávida de los testigos. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la puerta. ¿Me oyes? Ven a casa. ¿qué sucede niña?. natural de Pacho. La presentadora debe tener veintidós o veintitrés años. Si insistes en entrevistarla. Se desconocían los móviles del crimen. lo vinculaba como accionista de un spa. que podía tratarse de otra acción criminal perpetrada por el narcotráfico. No había salido elegido. tomada el día de la inauguración del spa. Cundinamarca. así que no va a romper su palabra. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—. Upegui. alcanzó a decir a la empleada. Nada diferente a tantos otros hombres. inaugurado recientemente. Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas.

Trespalacios en persona le abrío la puerta y lo invitó a pasar. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. Embolsilló el fajo en su chaqueta. te comés las hembritas que querás. posiblemente camino del baño. Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado. caminando hacia la sala de la casa—. seguido por dos de sus hombres. Traía la grabación con la voz de Upegui. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó hasta la cólera escuchar la voz de Upegui. componía una comparsa de seres enmascarados. Trespalacios. abren las páticas y el chocho. Nunca pensé que fuera esa rata hijueputa. pensaba Leo al ver el rostro de preocupación de Verónica. Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas. tengo visitas —gritó—. no te rajes!. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías. Seguían el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. ¿Qué disparate era éste? Un maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico. Me costó una moto nueva. en cambio. hermano. Y contó los billetes hasta que se cansó de hacerlo y dio por correcta la cantidad. ¿Se toman un trago? Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. Si vos estás en condiciones de regalar una moto. se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo de billetes. cantó.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Quién era en realidad Upegui? —Un constructor —dijo Leo. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. no sería a causa de la muerte de Upegui sino por la estrecha relación que lo unía a su madre. Arqueó una ceja y los tipos dispararon sobre el cuerpo de Trespalacios. Una chimbita. —Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. sus personajes y héroes. que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto. Desconozco lo que no se sabe. Ella. dio unas zancadas y cerró la puerta con disgusto. Eso es lo que se sabe. La caja fuerte estaba abierta. Se dirigió a pasos tranquilos hacia la otra habitación. Les compras ropita bien bacana. les regalás algo y. Si preferís una de catorce. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda. Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. Fotos de Trespalacios al 133 . Desde la sala podía verse uno de los dormitorios. Se conoce tarde y mal a la gente. las invitás a rumbear. se habría escuchado el ruido en la sala. Trespalacios le pidió que esperara. Un día se quitarían o les quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas. Esos chochitos andan locos. no habría podido escuchar los disparos hechos con silenciadores. Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente. —Mi madre debe saber quién era realmente Javier. hermano. ¡Ay Jalisco. la vida social y pública. se lo encasquetó e hizo un cómico ademán. Tomó uno. una hielera y un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos en la página donde se registraba la muerte de Upegui. pensó la muchacha. zas. mamita. La muchacha pasó de nuevo del baño hacia el cuarto. la conseguís en la calle. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta. Todo. le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el noticiero de televisión. A Ríoseco le llamó la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. —No salga. —Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco.

gol! —gritó. Y usted. se sobajeó las manos. se envalentonaba en cada excusa. Lo tocó. —Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. envanecido por la precaución. ¿Puedo? —pidió permiso para llevarse un sombrero. respondería con plomo a los requerimientos. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex parlamentario. no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus emociones. Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios acababa de pagarle. gol. propietario ganadero. —América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—. Trespalacios es cadáver —y colgó. Si se dejaba ganar ventaja. —¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. Hojeó los tres pasaportes y se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. ¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era Ríoseco. espere que corone en un negocito. Uno de ellos dijo que era de Millonarios. quítese ese sombrero. —¿Qué hacemos con los de abajo? —Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un bolsillo de su chaqueta. Desde el mostrador de la recepción. Se lo sirvieron en bandeja. diligente organizador de grupos armados de autodefensa. patrón —dijo. No seamos pendejos. dijo el otro. ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. Y yo del Santa Fe. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos tocados por el asmático. —¡Gol. ¿Vos sos del América o del Cali? —Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco. podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. Hizo una llamada. Duerma tranquilo. Si se conjetura y se acierta. Vea qué bacanería. patrón —repitió el tipo. se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un mafiosito de poca monta. güevón?. ¡Nos empataron. carajo! 134 . hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. Esas ruedas sueltas estorban. Sin prisas. Por si acaso. Ni siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso. ¿Por si acaso qué. Va la madre si no nos traemos la Copa. metió la mano en la caja fuerte y sacó lo que encontró. el más pequeño y vistoso de la colección. Cada uno de espaldas a los escoltas. y un mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido. Mi Santafecito del alma. Cuando alzó la vista. el tullido ése botó el gol.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lado de músicos y cantantes. Volvió a poner el sombrero en su sitio. patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal. —le preguntó Ríoseco. el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los visitantes. —¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco. casi rozándolos. Sacó la cinta del equipo de sonido y se la pasó a uno de sus muchachos. En los tres estaba estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos. Un cactus gigantesco. Un cactus gigantesco de plástico. No era mucho. Y se tapó el rostro con la ruana—. —¡Ah. ¿no ve que parece un payaso? Decidieron bajar por las escaleras. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. dilataba los plazos. Por si acaso. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un televisor en blanco y negro.

—se detuvo. —Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui. Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. ¿Quién mató entonces a Trespalacios? ¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. Ni que trabajaba con la plata de Trespalacios. —¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio? —No podía hacer otra cosa. ni siquiera lo conocía. Protegía a Virginia pero. al cambio de hace tres meses. Y recordó la advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia. que era posiblemente la plata de Trespalacios. Virginia y Leo se miraron. Las tres muertes se relacionaban. Javier era muy misterioso con la plata. ¿Cuál es entonces tu preocupación? — encaró a Virginia. Del noticiero. Trespalacios. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios. Relacionar los crímenes. tu socio secreto. —¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica. ¿Por qué Virginia se negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. —Nunca lo había visto. le quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo. —Puede ser —fingió Virginia—. 135 . —Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad. Vendí mi BMW. el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza? —¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia. —Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios. Miró fijamente a Leo. Al parecer. —Explícate.. Verónica creía reconocer aquel rostro. Era el capital de su participación en nuestra sociedad. A la distancia. todo misterio se resuelve —dijo Leo—. ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. ¿De dónde? Dile que no estoy. La llamada de una periodista no se hizo esperar. balbuceó Virginia. le dijo a Verónica. —¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar. —Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. en el fondo.. motivos no le faltaban para estarlo. la actitud nerviosa con que apagó el televisor al final del informe. dos de sus escoltas también habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa Libertadores. no se ve por ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. —La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares. barajar y descartar hipótesis. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se relacionan. —Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica. vendí mis joyas. hipotequé. Espera que se calme. —Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. dijo ésta al colgar. La plata de Acosta. invertí mis ahorros.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. si tus periodistas insisten en entrevistarla. evitando inmiscuirse en un asunto de familia. Leo seguía las reacciones de Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte. Furiosa e indignada. Un sujeto llamado Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio. Me está jugando sucio. Upegui mandó matar a Trespalacios y éste se le adelantó. ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo. —Tarde o temprano. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la discoteca de La Calera. —Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. se dijo Leo. pero Acosta y Upegui eran socios. estaba protegiendo a Verónica.

se acercó a Virginia y la abrazó con timidez. Si acepto dirigir el programa que me propuso Peralta. Ésa es la diferencia. —No te estoy culpando de nada —le dijo. Si ella está de acuerdo. —Así que mi hija encontró al padre que no buscaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia. el camino más corto hacia el éxito. Se había calmado. —Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones — pasó a la ofensiva. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para evitarnos la humillación de seguir siendo pobres. Leo sabía de qué hablaba. En silencio. No me ensucies el proyecto. Prefería evitarlo. el melodrama de ciertos lugares comunes. Si eres capaz de concebir que hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta. No vas a vivir conmigo. Por ahora. Los lugares comunes. —No quiero. —Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. Juegas con ventajas. tú y yo nos parecemos. —Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. —Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó. —¿En el apartamento de Leo? —Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. —Tú sabes lo que quiero decir. por ningún motivo. la voy a llevar a vivir a mi casa. —¿Son amantes? —¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. tomándola de una mano—. —¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta. Verónica descendió las escaleras. molesto por las recriminaciones de Virginia—. buscaba dinero y gloria inmediatas. cambiarías de idea. Virginia trató de darle una bofetada. —Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre. Un cuarentón comiéndose a una niña de diecinueve. Pero ése no es el motivo que me lleva a protegerla. 136 . Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga ni mucho menos a su madre. Le van a caer encima. como le cayeron a Beatriz. Mientras escampa este aguacero. necesito que Verónica se prepare. —¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. En muchos sentidos. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus oficinas. Era demasiado sensible al melodrama. por ejemplo. recordaba la decisión irrevocable que las llevaba a elegir. —¿Quién le va a caer encima? —Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. Soy el amigo que nunca ha tenido. No pensaba en las razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio. Leo apartó la cara. Pagaban el precio que les exigieran. por supuesto. —¿Como la pobre de Beatriz? —La pobre Beatriz y tú se parecen. conscientes de su belleza. —No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella. ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. vas a vivir en mi casa. Leo. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable. que haga un curso intensivo y sea una de las presentadoras. Sácala por un tiempo de tu vida. si da la talla. Leo les dio la espalda. Somos amigos. Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que mantenía con todo aquello que le desagradaba.

Asistiría al sepelio de Upegui. se exhibió como era. madre separada de tres hijos. no soporto el desorden. Madre e hija escucharon la advertencia de despedida: —No le mandes periodistas a Virginia. eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y comprenderlos. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. a medida que reconstruía inconexos episodios de su vida. Llamaría al gerente del banco. Se corta con cuidado el pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. porque Romero no simulaba ser lo que no era. sabía vagamente de su existencia. el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la tarde. Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. Por momentos. Heredaría un cadáver y una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto. No lo había hecho. le dijo a Virginia. Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. había conocido a Upegui. se perdía en ellos como si fuera una extraña. —¡No es posible! —se alarmó—. necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. ella era la protagonista pero. Además. No se retiraba de la publicidad. parecía estar preguntando Peralta—. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia de esta hermana. si había hecho algún esfuerzo para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. Virginia durmió hasta tarde. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?. Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los pómulos. Empezaba a preguntarse si. se sentía espectadora/protagonista de una película incomprensible. Además. ¿Estaba seguro? Sí. Correría con los gastos de la funeraria. —Cuando una fruta empieza a pudrirse. Upegui no figura directamente en la sociedad. pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más ingeniosos y agresivos que él. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del gimnasio. Una ceremonia discreta. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones quinientos mil pesos. Otra cosa: tengo televisor pero también tengo biblioteca. Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco millones. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa. Tengo que hablar con el Gran Jefe —le dijo antes de colgar. mucho más. no se bota a la basura.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los motivos de su generosidad. Perdía a su mejor creativo. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con televisión. Te espero mañana por la mañana en mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—. Era un golpe duro para su empresa. como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones. Una hermana menor del difunto se había encargado de los trámites. 137 . Se había quedado en la superficie de las apariencias. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de Acosta y Trespalacios. Se refería a Isaías Bueno. como si en el hecho de evocarlos involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos. Y una buena colección de videos. se mostró siempre grosero. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones. en realidad. No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales. Te advierto una cosa. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera.

Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. leyó una y otra vez el papel de la hipoteca. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana siguiente. ¿te imaginas?. No me pase llamadas. muerta del susto sí estaba. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. A Virginia le llamó la atención la silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo aplicaba en la boca. recibía las condolencias de los escasos asistentes. Leo dirigiría las pruebas de cámara. Verónica a los doce años. Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. pero sintió que se perdía en un laberinto de números. Una mujer de aspecto humilde. Reconstruyó confusamente su conversación con Leo Pradilla. Los últimos clientes terminarían a las diez de la noche. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les 138 . se dirigió a la funeraria donde velaban a Upegui. la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía hacia las clavículas. Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral. En un extremo las máquinas de ejercicios. se sentía ridícula al recordarla. No lo hizo. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria. en otra. en el otro la pista de aeróbicos. Pensó en Verónica. a diario y siempre pendiente de todo. Lo hacía de manera automática. que algo parecía estarse marchitando ese día. Virginia. Recibió una llamada de Verónica: cenarían. tendría que hacer ejercicios de lectura. El maquillaje no podía disimular las ojeras intensas. dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados con la misma cuerda. Quedaron de verse al día siguiente. improvisar parlamentos. me cedió el cuarto de huéspedes. Un poco antes de las diez. vestida de negro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica salió de casa con una maleta. el día de sus quince. Se quedaría hasta el cierre del gimnasio. no sería fácil. ordenó a la secretaria. con rigidez de palo. Virginia salió de su oficina hacia el salón. Estaba ordenando sus cosas en el closet. ¿No era ridículo haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos fotografías: en una. ninguna vergüenza en su conciencia. Examinó documentos. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes. Observó todo como si nada fuera el resultado de su obstinación. ensayar entrevistas. pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la indiferencia. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre. con John Peralta. ¡Quién iba a pensar que reaccionara de esa manera! En todo momento. Ordenó los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de consignación. el orgullo de saber que las cosas marchaban como lo había imaginado. A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. La emoción de los días anteriores. No guardaba fotos recientes. le decía a Virginia. Diría después que nunca se había imaginado funeral más patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. ¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. El único que la visitaba era Frank Rueda. extendió sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad. cotejó cifras. ella y Leo. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. someterse a pruebas de maquillaje. Viéndolo bien.

sin causa exterior aparente. Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. —Mucho gusto. se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable. Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. el Gordis? —preguntó Verónica. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos jóvenes que se tocaban bíceps y tórax? Le llegó el vaho de los baños turcos. enteramente suyo. menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. ¿Le llamaba un taxi?. ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama. acompañada en todo momento por una muchacha de aspecto taciturno. No. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. ¿Qué significaba todo esto. la visitaba casi cada día. La hipoteca de su casa. se imaginó como una sonámbula recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio. No. sentiría más liviano el peso de esa noche. Las luces de los salones se fueron apagando. endurecer el vientre y las nalgas. ahora sin la sombra compartida de Upegui. preguntó la secretaria. pobrecito. alguien vela desde fuera por mi seguridad. —Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre. Los últimos instructores se despidieron de Virginia. que actué en legítima defensa. se quedaría un rato más. Propio y al mismo tiempo extraño. jóvenes y adultos secaban sus sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. sentir que se le partía el alma. Era la muñeca de porcelana que nadie toca por temor de romperla. Era el único documento desplegado encima del escritorio. que por el solo hecho de imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando. alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha del futuro. ¿Pagando cómo? Con plata y mucha simpatía. Como si acabara de pisarlo y el deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos. se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa. Quince millones de hipoteca. Las mujeres mayores lidiaban con entereza contra el efecto desalentador de los años. Si una mano criminal incendiara y destruyera lo que la rodeaba. notar su tristeza. ¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían? —Un padrino misterioso —dijo Beatriz. le dijo a Verónica. pero estaba segura de que su ángel de la guarda no era Rueda. si su hija empezaba a alejarse? No hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros. seguía perdidamente enamorado de ella. desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones. le presento a mi amiga Verónica Oropeza. Una sonámbula. 139 . En las pausas. tenía que ordenar unas cuentas. —¿Un padrino misterioso? —Sí. si los alcanzaba. levantar esos senos con ejercicios de pesas. —¿Frank Rueda. pero cruzó instantáneamente por su imaginación. dijo Beatriz. su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica. no era el Gordis. ¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano. Era una fantasía siniestra. la prosperidad o el éxito. se estaba portando divinamente con ella. Tonificar los muslos. Caminó hacia las duchas y admiró la belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. —Yolanda. le hacía llegar ropa y comida especial.

¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo. frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas. no perdona que las cosas no se hagan como las desea. la hacía vigilar día y noche. Qué chévere que vivieran juntos. Leo me espera en el estudio. ejercicios de lectura. no mires alarmada hacia la cámara. evita pausas muy largas y. ¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el terrible asesinato de Javier Upegui. Se abrazaron. Sesiones extenuantes. Si lees antes el libreto. No iba a presentar un noticiero. Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella. la muchacha de aspecto taciturno seguía la conversación de Verónica y Beatriz. Pero. —A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. —Es callada y servicial —dijo Beatriz. le hacían gestos obscenos. le dijo. —Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica. que no frecuente por un tiempo a mi madre. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la guarda. —¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica. la encerraba en un cuarto. y Beatriz supo que el escolta no era otro que Daymer. No levantes la voz de esa manera. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. —Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—. Le sacaban la lengua. ¿serán manías de viejo?. evita caer de bruces en el pantano de aguas podridas de Virginia. Su testimonio era decisivo. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de disgusto. atrapa el sentido de cada párrafo. Me protege. A la distancia. no me pide que rompa con ella. —Te dejo —dijo Verónica—. Mire su cámara como si no existiera. lo definió Verónica. se había ganado el testimonio de uno de los escoltas de Fabián Acosta. la asustaba a veces. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria. cómo no. en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil. De nada te servirá ser 140 . dijo Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Alguien. Leo iba a dirigir un magazine de variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. se preguntó Beatriz. el protector y ángel de la guarda. una voz grave y femenina —se lo había dicho Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. Pruebas de cámara. la voz es mi fuerte. pero me respeta —dijo Beatriz—. el señor la golpeaba y torturaba. estuvo a punto de matarla. Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. Estás divina. —Sí. le decía a Verónica. dice así. cuando no se muestra distante revela tendencias irascibles. quiere a toda costa que me aleje por un tiempo de mi casa. dijo Beatriz. le decía el camarógrafo. Y una aquí aguantando hambre —rió a carcajadas. vigilante y enfurruñada. demasiado perfeccionista y exigente. me pide que evite caer en el pantano de aguas podridas. ¿quién era el misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir. respiración abdominal. si te toca improvisar o te pierdes del libreto. ¿Lo amaba? Estoy segura. un neurótico incorregible. le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir. no la embarras. el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la poseyera en la alcoba de Fabián. sobre todo. Al salir del área de visitas. así. la instruía Leo. dormía en el cuarto de huéspedes. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca. ¿Te ama? No sé. aconsejaba Leo.

¿Le debes algún favor?. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?. ¿Hacían un pacto? La tercera sería la que Leo eligiera. le decía él. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus linda. había abierto y cerrado boutiques. ¿Le podría hacer un favor?. el viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa. Tiene garra. Peralta estaba convencido de que un solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. no podemos olvidarnos de la política. preguntó Leo con sorna. ¿Había hecho el casting para escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. ¡A la mierda la política!. su padre era un influyente político de provincia. precisó. empañaban "su visión del futuro inmediato. el más arriesgado de los negocios? Por muy buen negocio que sea. El curso que había empezado a tomar su vida. dijo Leo. preguntó Peralta. Dale una cita a la reina. le decía. La delicadeza de sus rituales —la champaña. Pienso acorralar al invitado. los juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de 141 . otro poco de seriedad. cómo se seguía manifestando el amor. diseñaba trapitos. ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son un espectáculo divertido. Peralta negó con la cabeza. La televisión que él concebía no estaba hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias. No me has entendido. —¡Basta por hoy! ¿Cómo le parecía?. no por tu cara sino por tu manera de proyectarte. le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una semana. al no ser resueltas. Ten cuidado con lo que haces. decía finalmente Leo. decía Leo. compartida con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso. Se le podría salir de las manos. Tienes que dar más de ti. respondía el vicepresidente de producción. No se salva ninguna ¿Alguna candidata? Ninguna. había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras universitarias. si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. Reinas de belleza. Ya vería los resultados. modelitos sin gracia. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos. Tal vez introdujera un segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. Conocía de vista a Marcela. ¿No era acaso un negocio. ¿No les estaba vendiendo la idea de un programa ligero y ameno? Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. ¿Se acordaba de Argüello. Habían pasado tres meses. ¿Cuál segmento presentaría Verónica? Si rinde un poco más. dijo. ¿Quería entonces que le hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un poquito de frivolidades. Hacían el amor. ¿No había acordado hacer un buen programa de entretenimiento? Ese es mi segmento. le preguntó Peralta. le abría preguntas que. pero te renuncio. Tenía que transar con Peralta. Ni puel chiras. Sí. la cena. No me ahuyentes a los anunciantes. No hacemos un programa de opinión. tienes que serlo con naturalidad. Y no me digas que no. la música. aceptó Leo. le reservó la entrevista central. dijo Peralta: Marcela tiene que ser la segunda presentadora. exclamó Leo. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos y ministros y acabas atacando al gobierno. Verónica nunca supo de estas disputas. dijo Peralta con preocupación. insistió. No me pongas contra las cuerdas. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. tienes que seducir al espectador. se atrincheró Leo en su propuesta. aumentaban la sensación de incertidumbre que. como nubarrones. ¿El amor. no te esfuerces tratando de ser agradable. No me busques problemas. aceptaba el vice. se defendía Peralta.

pared a pared. si alguien distinto a Leo podría también amarla y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. No era justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora. desnudos en la alfombra. ¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?. le aclaraba él. Cuando lo supo. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y más del amante. Se sentía incómodo con su presencia en ese territorio?. por sala o dormitorio. sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia. ¿Cómo saber si no se trataba de un capricho. que le concedía el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos. y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de un propósito. Verónica se exigía respuestas. ¿Por qué no ir al cine esta noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No entiendo la ópera. respuestas imposibles. Y un precioso collar de oro con figuras precolombinas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leo. Pero decepcionante. Sin saberlo. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. acuerdos inconcebibles. las compensaciones de la fama. le recordaba él. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia. ya no era la joven amante de Leo Pradilla. No. tenía que amarla. ¿Se acostaba Leo con otras mujeres? A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo. ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos 142 . ¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba. si quieres pensarlo así. mirarse imaginándose interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse. paseaba la vista por el apartamento. enfrentada a la fama repentina. eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí. ¿Me amas? Leo guardaba silencio. Extendía los brazos. proponía ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre la lentitud del tiempo. podían ser castillos de arena. ésta es la fortaleza en la que me protejo. modalidades desconocidas por la muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras). pues no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad. pensó. proponerle que se masturbaran en el cine. acariciarla largo rato como si memorizara la piel. Como se levanta una casa. regresar al apartamento y ducharse. no podía estar fingiendo. respondía. Evasivas. La televisión alimenta y devora. que sólo compartían la misma casa. Le hablaba entonces de la amistad amorosa. compromisos perentorios. el amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior. se inquietaba Verónica. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la posesión. si la había invitado a vivir en su casa era porque disfrutaba con su cercanía. sobre todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos. era la víctima de sus ansiedades. sentarse uno frente al otro. que condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora. el mundo que estaba conociendo. Lindo. rico y con mucha clase. bocarriba en la alfombra. así se construye el amor. ojos cerrados. Lo odiaba. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. Y las dudas de Verónica renacían. Tres meses de difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas defensivas de un hombre. Un soplo de esperanza y entusiasmo introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor. pensaba ella. decía al cabo de un rato. sugerirle que le hiciera el amor mientras él permanecía inmóvil. ¿No eran amantes? Somos amigos. La dominaba la ansiedad. ladrillo a ladrillo.

¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio. decía Verónica. le decía ella. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo. como le dijo colérico? No te dejes manosear. ¡Carajo. éste era el perfil del ángel de la guarda. Disculpa. tengo la impresión de que te incomodo. No te entiendo. pero nunca temió que él se deshiciera de ella. Sí. desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas tropicales. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?. Grababan el programa de la semana. la plata que Upegui le había robado de su cuenta. Verónica se encogió de hombros. se quejaba. lo estaba hojeando. Porras había descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. No me incomodas. le dijo Verónica. La muchacha de 143 . no quiero que nadie entre en mi vida privada. Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido siempre. gracias. No vivía en Colombia. Alguien poderoso a quien ella llamaba "mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. sus veinticinco millones. ¿Un ángel de la guarda?. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. ¿Otro traqueto?. gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. le dijo a la madre. Lo odiaba. Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su vieja casa de la Circunvalar. Ella lloraba. quería conciliar Leo. No me gustan los claveles. preguntaba con sorna. respondió él. Se encerraba en su cuarto y no salía sino cuando Leo iba a buscarla. La censuraba por comer demasiado de prisa. discreto y muy rico. Me debo al público. protestaba. vivía en Miami. dijo con ingenio Virginia. vocalice bien. le daba la champaña de su propia copa. Quiere vivir solo. La policía había encontrado en la casa de Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo. le dijo con rabia. le dijo Virginia. exclamó alarmada Virginia. Y no lo hizo. tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios. Pero si es un apartamento muy bello. cambió de tema Verónica. Ni hablar. Por eso está siempre en la biblioteca. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. ¿Cómo iba el gimnasio?. pero no se podía hacer nada. se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que humillarla y tratarla como a una nena. se dijo un día Verónica. por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. ¿Cenamos fuera?. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo hiciera nada contra ella. No podía más.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veces?. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén? ¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda". a mi casa no entra una cámara. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego. se interesó Virginia. se excusaba Verónica. sin hablarlo siquiera. Te debes a ti misma. No repitas las pendejadas que repiten las otras. Los días siguientes fueron tensos. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol? ¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book. le reprochaba a Verónica. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas. le dijo a Virginia. Disputas por nimiedades. Beatriz le había revelado su identidad: un hombre de cuarenta años. no joda!. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos? ¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. muchas horas de tensiones en el estudio. se encolerizaba. Lo peor de todo es que lo quiero. Pedro Pablo Porras. pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja llevada por el viento. una hora de emisión. lo odiaba en esos momentos. La tempestad de hace tres meses se había disipado. Respetó su decisión. Se había enterado por los periódicos de su problema. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. No tengo hambre. Podían pasar un día sin que se hablaran. Un día. Y Leo no hizo nada para recuperarla. ¿Te van a entrevistar en mi casa?. pero lo decoré para mi satisfacción. Y la sostenía abrazada sobre su pecho. El tiempo vuela. dijo Verónica con frase aprendida de otras estrellas. y cogía el florero y lo vaciaba en el tacho de la basura.

por la pena que le producía esa muchacha. respondió ella. preguntó Verónica. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir. la correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. le preguntaron. ¿Hasta cuándo?. ¿No era su socio?. Estoy limpia. explicó riéndose. ¿El Monte de Venus? En La Calera. replicó Virginia. ¿Había aparecido Roldán? Sí. le dijo Beatriz. se dejó hacer el amor como si así recompensara tanta lealtad. cosa rara en ella. Eres famosa. de la noche a la mañana. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique en Miami. ¿tenía eso alguna importancia? La tiene. no había sido fácil. La aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. ¿Así de fácil. cambió de tema. ¿Se veían?. porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con Epaminondas Romero. Capital de trabajo. dijo Virginia. La habían llamado a declarar tras la muerte de Upegui. se quejó. le preguntó a la madre. preguntó Verónica. como el vínculo con Romero. había respondido ella. ¿Era entonces lesbiana?. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. le replicaron. Como amigos. revivía episodios. siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?. por soledad. Extrañaba a Leo. se casaría con Porras. le preguntaba Virginia. Era un camino breve. pero había aceptado primero sus caricias furtivas y. le había preguntado Verónica a su amiga. decía Vero. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera. ¿Relacionaba la muerte de Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones de ningún tipo. todo había quedado en compromiso de palabra. Aceptó ser el segundo defensor de su causa. preguntó Vero. Saldría libre. se preguntaba Verónica como si repitiera las palabras de Leo. No creo. no había documento firmado. No sabía cómo ni con qué medios. Me ha protegido. corregía con igual severidad sus defectos. Porras le ha pedido que pruebe suerte de modelo en Miami. aclaró Virginia. Sí. le recordaba. ¡Qué importa!. viajaría con él a Miami. Un 144 . Dos o tres veces. No conocía sus relaciones ni amistades. con bigote y papada. Varias veces. No tengo ganas. intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. Uno necesita equivocarse. Las cartas pasaron de la devoción al amor. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo. tradujo Virginia. Celebraba su actitud amistosa. no sabía por qué. Upegui tendría una participación. ¿estaba claro el asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. se resolvió todo así de fácil?. En el Monte de Venus. Si el negocio prosperaba. por gratitud. había algo más que amistad entre ella y Upegui. Te reconocen en la calle. No. te invitan a todas partes. Upegui siempre fue misterioso en ese aspecto. La correspondencia empezó a ser casi diaria. a ese arreglo habían llegado desde el principio. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda. Quería casarse con ella. sin dolor. ¿Era posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto. La estimulaba en su trabajo. me gustan los hombres. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó. dijo Beatriz. Beatriz le reveló que. Todo había sido demasiado rápido. pero tenía la sensación de estar transitando una extensión ilimitada. elogiaba sus aciertos. declaró. ¿Por qué no sales?. ¿No se lo había contado? Te veo tan poco. sin decidirlo ni resistirse. Verónica retrocedía en el tiempo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. apenas con nostalgia. En las noches. después. había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. Es mi vida privada. te piden autógrafos. Vendría a visitarla personalmente la próxima semana. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?. la investigación abierta por sus relaciones con Upegui pasó a ser polvo de legajos.

Llamaría luego a Max Domínguez. Está más viejo. las canas no sólo vestían las sienes. íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no revivía en un lecho de cenizas. —¿En qué piensas? —En Leo —dijo. con el televisor encendido. No le interesaba salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase. dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. Verónica no recordaba la fecha exacta.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tupido bosque sobre una montaña. Virginia la abrazó y le acarició los cabellos. era un paisaje patético. Leo la llamó horas más tarde. Las turbulencias de los últimos meses habían dejado sus huellas. Destrucción y escombros. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy Bírthday". Era una idea fantástica. ¿Cómo así?. Cumplió los veinte años. Se pondría el vestido de Gianni Versace. hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí. repitió Verónica. —Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. si la hacían engordar. preguntó Verónica. Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita bailando en la cima de fresas. Virginia no mostró interés en las imágenes. irían después a tomarse unos tragos en la plaza de Usaquén. parecía decirse. —Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre. qué importaba. exigió Verónica. dijo al regresar del fugaz recuerdo del hombre. La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68. Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la tarjeta de Leo. quería comer con una buena salsa. —¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó. Verónica vio las imágenes y le subió el volumen. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp". Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa. el cuerpo salpicado por estrellas doradas.. También ella se sentía envejecer. la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona. —¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas? Vero no lo pensó. ¿Tenían algo. El corazón no revive en un lecho de cenizas. 145 . junio de 2003. Virginia se ausentó por unos instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Sabía que era un día cualquiera del mes de septiembre del año 1989.. —¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó. —¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica. Al regresar a casa a medianoche. Un atentado más. cenarían en El Refugio Alpino. —¿No te hace daño? —preguntó. había escrito con su puño y letra. —Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. Cartagena de Indias. Había envejecido. Que sea champaña. "La vida apenas empieza".

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