Batallas en el monte de Venus

Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Digitalizado por: ilmereme@hotmail.com

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Seix Barral Biblioteca Breve

Cubierta “Empalizada” (2001), óleo sobre lienzo de Beatriz González

© 2003, Óscar Collazos © 2003, Editorial Planeta Colombiana S.A. Calle 21 No. 69-53, Bogotá

Primera Edición: agosto de 2003 Impreso por: Editorial Linotipia Bolívar

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas. "La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil. Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos. Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de mujeres obsesionadas por su belleza.

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A.. penetremos en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se permiten todo para satisfacer sus deseos (.) Les crimes de l’amour. amor mío! ¡Mira esta gruta.. D. Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg o Monte de Venus). F. al leerla. de RICHARD WAGNER 4 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir al hombre y corregir sus costumbres que. DE SADE ¡Ven. Incluso un dios envidiaría el dulce gozar de esta morada. disfruta en ella del suave aroma de las rosas.

huevos revueltos con jamón y queso. En principio eran cuarenta. de soltera Villalba. aterrada por el grito. porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura? Eran apenas las diez de la mañana. porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. Pero nada como el amor propio para sortear esa clase de humillaciones. deletreando nombre y apellido—. a lo cual la madre había restado importancia. Alégrate. las mujeres del servicio trajinaban en la cocina. Virginia viuda de Oropeza. Todavía era temprano. Verónica. según lo pedido en la invitación. El desayuno fue esa mañana más abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria. otros ni siquiera habían respondido a la invitación. era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de Verónica. todos compañeros de clase. había invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de quince. frente a la confusa masa de sus recuerdos. rodajas de melón y papaya. Veinticinco. ¿Por qué si ella. Por un capricho extravagante. nunca pensé que fuera este día —le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana. Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos. sin tener que decirlo. manchones rojizos en las sábanas. El arreglo del salón se había hecho como Virginia quería.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Verónica Oropeza —empezó a decir la madre. Vero. Para apaciguar a la hija. Amanecer manchada de sangre. los que han querido venir. adornada en una de sus paredes con un gran crucifijo de bronce. veinticinco invitados. todos sentados. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo. dándole más importancia a la frase que al vestido. —¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. imaginando que la cama debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules. repetía con rencor. según dijo Virginia. orgullosa en cambio de la fiesta que daría a su hija. habían salido con excusas. desplegado en la cama matrimonial de su alcoba. pero diez se habían excusado. la pondría más nerviosa y alterada. Al principio no supo qué hacer. las medias y los zapatos nuevos. es que no entiendo la hipocresía de esa gente. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día. forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada. Una ganga. chismes escuchados en el patio de recreo. —¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña. —Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—. la había ennoblecido con un baldaquino adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios. —Aunque la esperaba. Años después. 5 . no era lo que esperaba en un día tan especial. Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia entre sábanas inmaculadamente blancas. había dicho Virgie a su hija. ¿Qué se han creído. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran su asistencia. pasó un último vistazo al vestido de cumpleaños de su hija. la joven habría de recordar esa fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a convertirse en mujer. que ya eres mujer. La fiesta empezaría dentro de dos horas. Y lo dijo llorando. pensó Virginia. té con leche a cambio del café que. ¿no crees que le queda divino a mi cama? —había dicho al elegirlo. es que no cagan mierda?. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza. ni uno más. gritó. dos camareros se afanaban dando un último toque al decorado de la mesa. habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. Encima del tocador de la alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos. carajo.

no quiso preguntar nada a la madre. Virginia empezó a sentirse orgullosa de la inteligencia de su hija. serás francamente irresistible y deseada. En años de paciente aprendizaje. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. Al escucharla. Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos de la pubertad. al que acostumbraba podar triangularmente. —Ya verás. Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje. Verónica hacía su prometedor tránsito hacia la adolescencia. ceniceros de restaurantes. También ella se había desarrollado a esa edad. Virginia viuda de Oropeza. bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la espalda—. —Mujer no. las celebraba como si fueran graciosas ocurrencias. en momentos de exaltación o rabia. aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres. cuando le fue dado frecuentar hoteles de una noche o fines de semana. se dijo. salían las procacidades más atrevidas. Virginia se encaprichaba con nimiedades ajenas. a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra "deseada". La niña. el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince. —Tendrás los pechos grandes. al verla sumergida en el remanso de agua y espuma. montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y oscuros. precisamente por ignorarlos. frascos de aceitunas. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a esas niñas blancas y desnudas. exquisiteces de supermercados. unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío. apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua caliente. —¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma. a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al suyo. también ella anunció. con el paso de los años. el gradual cubrimiento del pubis. Con el tiempo. Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre. recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de un hotel de Cartagena de Indias.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña. ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su hija? ¿Serían oscuras o claras? Nada que no pudiera remediarse. boutiques y hoteles de paso. A medida que secaba el cuerpo de la hija. riéndose de la complicidad establecida con la hija. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo. Se reía 6 . Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de repente al mirar el sombreado del triángulo. aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. Vero. envueltas por el velo de la inocencia—. No era el único recuerdo de sus travesuras. acomplejada por la negra. costumbre que ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que. enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus. aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que. se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. recordándole a la hija que. de soltera Villalba. Verónica no se escandalizaba. —Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada. convirtiendo el humor en sustituto de su melancolía. dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y deseada. le daba mayor emoción a su aventura. llena de desconcierto y orgullo. Virginia se anticipó. Desgranaba consejos con su ronca voz de antigua fumadora. Más de un detalle decorativo de su casa provenía de restaurantes. Virginia le repasaba con la vista las incipientes vellosidades de axilas y pubis.

que estaba destinada a ser más querida que novia. exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada. deseada por hombres que pasaban de los cincuenta. entonces. a ser preferida como amante clandestina. gracias a la vulgaridad domesticada de su mestizaje. por la frecuencia de sus amores. —Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán". un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio. ¿Por qué coño y no "cuca". En el umbral de los veintiséis años. Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad. No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas. ¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes. Estaba destinada. abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía. le dijo que en los pelos de su coño —éstas fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de pocos años. ramas oscuras que hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico. Fue un accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida. —Lárgate. Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. Lo sintió crecer tan de prisa. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo. El ingeniero Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. Ve a revolcarte con tu negramenta. nada más que eso. le dijo él de manera jactanciosa. —Tus orígenes de negra. —¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama. Virginia supo. Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener. de allí que en sus pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar una pareja con futuro. Deberías sentirte orgullosa. Tienes pelos de negra. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la sábana—. como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años hacía de Virginia una mujer exótica y. —No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta. motivos de vanidad y no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia. como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos. No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia. evidencia que la curó de las debilidades del sentimentalismo. 7 . Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor consistencia que antes. todavía desnudo y con las ropas en la mano—. Nunca volvió a ver al muchacho.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre menos áspera. Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de Indias y Buenaventura. por cierto ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—. un adulterio desinteresado. por lo mismo. Esto era al menos lo que respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día.

Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina. Vero. apretados en su triángulo. Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse. Secretaria o esteticista. se habían suavizado los rasgos de la herencia. un fucsia que. sorbete de limón entre la entrada y el plato principal. de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza". Le diría adiós a la ropa interior de niña. como era la moda en las mujeres adultas. A quien le preguntara por el origen de la carte. la niña se dirigió a la alcoba principal. Marcaría las cejas. holgados en los muslos. Los zapatos de Gucci. mamá —había protestado Verónica. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran realidad. Vestida y maquillada. aplicaría un poco de color a los labios. Verónica estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas! Virginia se encargó del maquillaje. sombrearía de azul la superficie de los párpados. que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje realizado. Los invitados eran recibidos en la 8 . hacían juego con la cartera de la misma marca. langostinos en salsa de maracuyá. de tacones medianos. te debo el de perlas auténticas. La precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante su matrimonio. ajustándole los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido. trufas de postre. torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el momento en que se sintió irremediablemente viuda. No se trataba de mentirillas ni alardes. cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la viudez. Sólo faltaba el collar de perlas falsas. de la misma edad de Verónica. pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas dos años atrás. La madre le eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. la certidumbre de saberse atractiva. borrando para siempre el rosa de las paredes. en la periferia de Quito. De esta manera. aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco. El ingenio y la conciencia de su hermosura. En todo momento. Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—. quizá menos abultados y más finos. La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios. —No exageres.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Envuelta en la blanca toalla afelpada. Una semana antes. A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la esperanza de verlos cumplidos. Una niña. jóvenes como su hija. para que la niña diera una última mirada al espejo. frente al gran espejo de la alcoba. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. ensalada de endibias con queso Roquefort. bajó de una camioneta negra escoltada por tres hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera tomado en mediocres oficios de supervivencia. parecidos a los suyos. Cuando la madre hubo terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil de una quinceañera. Virginia había hecho pintar de azul el cuarto de la hija. El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile. cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña. Como decía Virginia. Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. De una generación a otra. Verónica dejó de ser una niña de doce años. parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña. dibujando minuciosamente sus formas.

hubiera querido preguntarle. Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados del día anterior estaban los autores de aquellos rumores. una insignificancia si se miraba bien a Matilde. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco. donde se empezaron a volver populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales. —Cuando sirvamos el ponqué. para que lo supiera. cuando le agradeció el regalo de la gargantilla. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final. El cuello del vestido. diosa del amor que Verónica descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía. y Virginia soltó una carcajada. y aprovechó la llegada de otros padres para despedirlos uno a uno en la puerta de la casa. una mujer a la que no se le conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. Tenía Martini. se hacía acompañar por un jeep blindado con escoltas. 9 . de mangas ajustadas a los brazos. Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. mejor si le ofrecía un trago dulce. dijo Virginia. pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen de tanto derroche. Entre todos los regalos. le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda ¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión infantil. preguntó con voz aflautada. La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por primera vez la noche anterior. haciendo esperar en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas. de casualidad?. dedos y muñecas. madres de niñas que llegaron a husmear a último momento. perendengues que ella consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos ni conocía las trufas—. un chorrito de soda y gotas de Angostura. eran exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados. Las trufas. dijo una de las chicas. ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero. Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el porte con que la mujer lucía collares y pendientes. estrangulado en el cuello por una pajarita morada. Conjeturas malévolas. eso fue la fiesta de aquella tarde. Y al maracuyá lo han empezado a llamar la fruta de la pasión.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la maledicencia llegaba a sus oídos. Al hacerlo en el momento oportuno. la niña traída por sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro. fruto de la envidia. dijo ella. siendo ella una viuda de recursos desconocidos. ceñido en la corta garganta de la niña. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que. ¿En qué trabajaba su marido?. brazaletes y sortijas. —Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la postró durante una semana. esas preguntas no se hacían. Esperaba a la madre. como la hija. Le ofreció una copa de champaña. rodajas de naranja. castigo de la naturaleza. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas. ¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita. incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de encajes. según se supo en todo el colegio. Vendo seguros —se defendió ella—. Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia. pensó. Y le preparó un mejunje con Martini rojo. enjoyada en cuello. ¿no tiene un Moscatel. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. Y cuando apareció. "Señora —le diría después a Virginia—. la deslumbró el de Matilde. La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera Verónica Oropeza. prolongada hasta las siete de la noche. No. La mayoría de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino. los escoltas de la niña dicen que la van a esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo".

sólo para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. Digan lo que digan. Se probaba nuevos juegos de ropa interior. Acariciaba sus vellos. cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo. cortejada por los chicos mayores de otros cursos. despuntaban con una dureza que antes había pasado inadvertida. admirada y envidiada. La bañera. los pezones. antes de acostarse. dejó atrás la niñez y se empezó a enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. La ropa interior. Virginia creía que la ropa interior dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina. de espaldas y de perfil.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La fiesta había sido fantástica. Memorables habían sido para Verónica la fecha de su cumpleaños y su primera menstruación. pues atribuía al frío de las mañanas el endurecimiento de sus senos. partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del agua. ¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase de un lugar separado del cuerpo. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. admirada por las amigas. Como no podía burlar la disciplina de usar el uniforme. se acostaron juntas en la cama. en el fondo. Empezaba a pensar que su ropa interior no estaba destinada a cubrir. Con 10 . el rosa de las paredes. pasaba una mano por la curva de sus caderas. las muñecas almacenadas en el armario. llamó bosquecito a su Monte de Venus. Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. era usada cada noche. Aprendió a admirarse y a tocarse pero se aburría al momento. Atrás quedaba su pasado de niña. llamó tacita al ombligo y melones a sus senos. sobre todo. Como si jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo. no le pares bolas a las habladurías. ¿serán demasiado grandes?. los ensortijaba sin propósito ni malicia. Las caderas se curvaban. empezaba un territorio de incógnitas inexploradas. por la erguida redondez de sus nalgas. la ropa interior de niña que fue a parar a manos de la empleada. La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o insignificante de los acontecimientos que vivimos. Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. Al fin solas y rendidas. Halagada por la madre. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad despertada por las afirmaciones de la madre. erizados cuando la mano era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos. adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el espejo de su cuarto. la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la respiración debajo del agua. Se miraba de reojo. —Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. de frente. Aguijoneada por las premoniciones de la madre. que antes cumplía funciones de ducha. cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones. El roce de la espuma. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía acariciada por la textura de su pelusilla. paseaba por la habitación sin abandonar el reflejo del espejo. por los botones hinchados de sus pechos. Nacía a una nueva vida. porque. Más abajo. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se deba exhibir.

a primera hora de la mañana y al entrar al colegio. Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus compañeras. y omitía las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla del grupo. Pocas compañeras se maquillaban. Se refugiaba en el baño retocaba su cara. No consiguió como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas. Un dato. Verónica le agradecía el regalo de cumpleaños. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas. chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras. insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su solvencia económica. no tanto para enseñar el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores. No había cumpleaños o celebración a la que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. Sus risas eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos. La niña. dejando atrás las privaciones anteriores. Gracias a las advertencias de la madre. Verónica lo hacía regularmente. Después de la muerte de su padre no pensó que. Imitada por unas. Sorteó las dificultades de conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. Virginia pidió citas con el director del colegio. —Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas. donde comía sola las exquisiteces que le entregaba. dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad. Para darle muestras de agradecimiento. Y. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás. explosión de alegría que las demás calificaban de escandalosas. rogó el favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles. La pobrecita Matilde. No le fue difícil adaptarse. se había graduado con honores en tan respetable colegio. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. quien intervino para abrir un cupo a la hija de su amiga. Con tenacidad de luchadora nata. Mi hija se merece un buen colegio. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Era sin embargo espléndida en sus regatos. Hablaba sin timidez.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus deliberada coquetería. de 11 . Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases podría ser una de las mejores alumnas. considerándolas chiquillas. la oveja negra del curso. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan. Es muy inteligente —decían sus profesores— pero no pone de su parte. Y lo era porque se esperaba que apareciera con los regalos más espléndidos del mundo. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos superiores. Éstas se podían contar con los dedos de las manos. se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos. de un día a otro. soy la nueva. era una solitaria engreída. aparecería como por encanto la prosperidad. habían hecho de aquel colegio una segunda familia. el ingeniero Arturo Oropeza. Cada vez que la encontraba. obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto marido. Obró a su favor y sólo en parte. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. tratarán de hacerte sentir una intrusa. censurada por otras. aislada siempre en un extremo del patio. desconoció al comienzo las reglas de quienes desde muy niños. se dijo Virginia. Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de sus compañeras. Prefería a los chicos mayores. por lo nueva. trató de mostrarse amistosa. Verónica actuó con la mayor naturalidad del mundo. uno de los escoltas que la acompañaban. Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. olvidado por descuido. Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que podía satisfacer con creces sus compromisos. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre.

Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera. aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil. al saberla lejos se entristecía como perro apaleado. Vero se atrevió a encarar al muchacho. lo que importaba era tenerlo de su parte. —La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica. el que estaba fuera de toda discordia. Es riquísima. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. Le dio la espalda y corrió a protegerse en uno de los salones de clase. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia. No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado. otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de deportes. El primero le había tocado las tetas. A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en numerosas especies animales—. Un día de estos vamos a cine —lo desafió. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza. perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al saberla presente. pero huía de lo que deseaba tener cerca. informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa. No era feo. no 12 . lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento. Sólo la miraba furtivamente. Experimentó la vanidad de saberse disputada. ¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el mejor de la clase. El muchacho palideció—. Si se proponían ofenderla. —Coqueta sí. Le dijeron que otro compañero sufría parálisis al verla. Si la sentía cerca. el amor callado de los imberbes. No era feo. lo eligió para la primera cita y el primer beso. fingió ser mayor de lo que era. debía actuar como si no fuera con ella. un amor lleno de tribulaciones. al igual que ellos. porque ¿qué elección no lo es? Al elegir. el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. Supo que dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo. adolescentes fascinados por su desparpajo. vestía ropa de moda y de marca. era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para aviones. Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este admirador. cuando Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. siempre se deja a alguien fuera del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia. servirse de él cuando lo necesitara. Se la disputaban. fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. El orgullo sería su mejor arma defensiva. el sello de su misma clase. No se decidió por ninguno de los camorreros. Uno decía haberla besado. Matemáticas o sociales. con quienes le salieran con altanerías. que la sola idea de decir lo que lo atormentaba. se ganó a pulso simpatías y reputación. Cortejada hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores. era sencillamente pusilánime. Compañeras y compañeros de clase acabaron aceptándola como si ostentara. una elección cruel —se dijo—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida. le aconsejó Virginia. Eligió a un cuarto. ¿A qué clase pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. Se impondría por su propia fuerza de carácter. ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. si era el caso. huía. ¿No era la amistad una prestación mutua de servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó a saberlo un año más tarde. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso.

por prudencia. Vendía seguros —le explicaba a la hija. Llegaba tarde cada noche. de suelas remontadas. Así que cuando Verónica se acercó a él. La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia. donde quedaba su alcoba. No habría problema si un compañero la visitaba. No era apuesto ni atlético. mejor dicho. Tal vez viviera en el noroccidente de la ciudad. Se acercó a él con el pretexto de pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. toses nerviosas. tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones. ésta era la retahíla que le lanzaba desde la mañana. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. siempre un desconocido que. advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa. confío en ti mija sé que eres responsable. Era el sobrado de la clase. siempre pulcros. A su edad. cocina gigantesca como un potrero. Desde los siete años. a la salida de clases. Le guardé dos años de luto a tu padre. concedía siempre la madre. La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. Sarmiento era un desahuciado social. cada viernes. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le pidió que se vieran en la tarde. Para el joven. pedirle a la empleada que les prepara cualquier cosa. se organizaban en las cafeterías cercanas. ni siquiera era convidado a las fiestas que. que sus zapatos. una de sus vainas raras. la casa de Verónica era una casa de ricos. Podía llevar a casa a sus amigos. cuando salía soberbiamente vestida y maquillada. se sentía acosada por los remordimientos. en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana interminable. todos dijeron que era una excentricidad más de esa loca.. se burlaban de su modestia. En ocasiones. subir las escaleras hacia el segundo piso de la casa. La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. todo para llevar la contraria. de divertirse como quisiera. —No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable. con salón exquisitamente amueblado. —¿En tu casa. de quien fuera. Nunca había sido más atractiva que ahora. negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos. ¿hacia dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. quizá su padre 13 . que Verónica se acercó a él como si cortejara con la lepra. me invitaron a cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha. La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada. menos tratar a las mujeres. Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito. prometedoras escaleras hacia la segunda planta. Se decía que no era inteligente sino un repelente fenómeno de la naturaleza. nunca desayunaba con ellas. eran los mismos de todo el año.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. —No hay problema con mi padre. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida por el acné. No lo admiraban. porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. decorada con toda clase de electrodomésticos. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas. Virginia podía seguir dándose el lujo del amor. no hagas ruido mi hija duerme. Tal era el cálculo de Virginia. Se las sabía todas. Le dijo que era huérfana de padre—. lo envidiaban con desdén. obras de arte en las paredes. Se mofaban de él a sus espaldas. de él. A veces escuchaba sus risas. Soy el mayor de tres hermanos. Lo invitaría a tomar algo en su casa. por qué en tu casa? Nadie lo invitaba nunca. Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. reproducciones o falsificaciones de obras de arte.

—¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—. el equipo de sonido colocado sobre la alfombra. con el rostro de Bob Marley. que me harás el examen —dijo sin preámbulos. ¿En la sala o en mi cuarto? Nelson no respondió. acomplejado en su pobreza. Vestí también una camiseta. segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos superiores. tal era la conclusión que sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno. Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. 14 . El rey del reggae fumaba un largo pitillo de marihuana. niña. Prométeme que me ayudarás a estudiar. Reapareció vistiendo unos yines desteñidos y ajustados. Te invito a cenar. la herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel. Y eligió su cuarto. orgullosa en las apariencias de su riqueza. miraba los garabatos que llenaban hojas y hojas. Feíto sí es. les gusta escuchar música celestial. Voy a perder la materia —se asinceró—. el escritorio de cedro. —Tú lo puedes todo —dijo ella. el baño privado a unos pasos de la cama. —En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia. herido en una nalga. estrecha y excesivamente corta. anticipándose así a otro consejo de la madre: —A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. nada de esto quiso saber Verónica cuando Teresa. Fuerte en su naciente belleza. casi solemne. Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente. —¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con esta prenda—. Débil en su fealdad. las fotos de la niña en distintas poses y edades. con remiendos y tijeretazos. Nelson ni siquiera demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado. los almohadones de terciopelo. Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de los hombres será tu fortaleza. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los defectos de los hombres. pero debe tener su gracia. Un yin desteñido tijereteado. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué. Una camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley. Subió a su cuarto. Decirles a los hombres lo que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una intrincada estrategia femenina. la empleada. exactamente en su base de sustentación. —No entiendo nada —le dijo ella—. —Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. Ella debió hacerlo por él. que Virgie llamaba single. Tardó más de quince minutos en regresar. la reproducción de La Maja Desnuda de Goya. Serio. Nelson lidió con la ignorancia de Verónica. que llegue acompañada —secreteó—. habiendo camisetas con los cantantes que más te gustan. discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros. No importa si les mientes. el afiche de David Bowie in concert.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos. vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal. como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto. te dio la ventolera de cargar con ese negro. pero el detalle más llamativo llenó de rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan? Nada la haría cambiar de elección. abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad: —Cómo me gusta. la cama sencilla.

su madre lo esperaba siempre a las ocho. cometería algunos errores. cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de su debilidad. le dio un rápido beso en la mejilla. ya era tarde. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos — Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—. Verónica entendía tanto de matemáticas como antes. ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún compañero. No voy a poder con esto — repitió Verónica—. ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. —¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen. como si tratara de devorar la otra lengua. repasaron libros y cuadernos de apuntes. casi nada.. Lo hacía por. Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Sentados en el suelo. Duplicaría el examen. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno del colegio. le entregaba la promesa de ayudarle en el examen. Una semana antes de los exámenes. Impulsada por una fuerza instintiva. como si se fuera a desvanecer en el instante. Eso bastaba —le dijo Verónica. que prometió ayudarla en el examen. Nelson le dijo que nunca había hecho nada parecido. pensando que tal vez el halago compensara los desprecios de que era objeto en el colegio. Rozó intencionalmente su mano. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo que su conciencia repudiaba. su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado. hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si querían cenar en el cuarto o en el comedor—. antes fluidas. cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. muy cerca de la boca. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia. por la lenta seducción emprendida desde el día del primer beso. A cuatro cuadras. No pudo concluir la frase. eres genial. No fue sino más tarde. tiene una canción que me encanta. ¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial. dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras. ¿Lo había aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión? 15 . no creerían que de la noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. Él la miró un instante y agachó la cabeza. no sería un examen perfecto. Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero. Era un buen imitador de caligrafía. ahora entrecortadas. Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera. Si se lo hacía perfecto. un largo beso con lengua.. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo. Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras. —Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo. Entonces ella le dio un beso en la boca. le susurró cerca del rostro. No conocía nada de Bon Jovi. —¿Me ayudarás en los exámenes? —Haré lo que pueda. Le dejaba las notas. No fue fácil. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada. ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad. desprecio de sus compañeros. Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi. Verónica comprendió que lo hacía por ella. —Tú lo puedes todo. si descendía hacia la carrera Séptima. merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen de tres punto ocho. es decir. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres hermanos. aceptó ayudarla. elogios de sus profesores. desviando la mirada hacia el cuaderno de apuntes. Gracias por ayudarme.

incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba. a la húmeda caricia de cada beso. iba un momento al baño — dijo. La contemplaba a hurtadillas. Verónica lo sintió más nervioso que antes. Una descabellada idea saltó como hermosa. pues los errores eran la aceptación de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia. como abandonado en un desierto. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. Pese a todo. el beso que sabe dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería. Había ido demasiado lejos en el juego. conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos. Le hizo una última invitación a Nelson. no podría ir más allá. No volvió a invitarlo a su casa. Al regresar al cuarto. se quedó con sus preciosos sostenes. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días siguientes. antes de salir a buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. era un cochino gesto de maldad. —Mi madre me está esperando —dijo Verónica. encontró al chico tembloroso y pálido. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto una rara. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella. envenenada inspiración: se sacó la camiseta. Le pedía al final una oportunidad. Por olvido o provocación. paralizado con la visión. Salían del instinto y ella misma se reía del atrevimiento de algunos actos. Y le dio un último beso. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos segundos cepillando sus cabellos. Vero simulaba indiferencia. Lo veía solitario en el patio de recreo. Se miró en el espejo. Me estoy enamorando de ti. Verónica aceptaría después que algunas de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas. el muchacho le dejó una carta encima de la cama. calculó ella. No pudo aclarar las dudas de Nelson sino dos días después del examen. ni explicar tampoco el miedo que lo asaltaba en su presencia. pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo. Nelson imitó la caligrafía de Vero. Entreabría los labios. la víspera del examen. decía. Tal vez la hubiera escrito en su casa. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. no a su casa sino a una cafetería de la Zona Rosa. se sentía mirada a la distancia. Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa ayuda de cada tarde. Lo despidió antes de las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa. Nelson había aprendido a responder. así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson Sarmiento. interesada familiaridad. hizo su examen rápidamente. se dedicó a hacer el de ella. nada más un guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción. teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados. Sólo una ráfaga. extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al frecuentar a Verónica. El más 16 . Pasó el examen con tres punto siete. Y cuando se cruzaban en el colegio. Esta última escena. pese a que sus manos se mantenían inmóviles. Se ausentó unos minutos. Desde allí pudo ver a Nelson. ese día. que todo el día no hacía sino pensar en ella. Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. paralizadas por la tensión. Nelson se quedó silencioso en una esquina. Nadie —aceptó él en voz baja. Y antes de salir hacia su casa. movía tímidamente su lengua. ¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse. La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de haber usado al compañero. con más timidez que mesura. salió del ángulo de visión y volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa. Y añadía que su sola presencia lo enloquecía. Quería celebrar con él el tres punto siete. tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos borradores. dejó entreabierta la puerta. ¿Podría ella corresponderle? No. ¿De qué? Quiero ser tu novio.

Nelson Sarmiento se perdió así de su vida. Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de conejo degollado. de los insomnios. Le hablaba de lo que no podía hablarle. Del calor de unos pocos. Nada de eso. Salía de su escondite cuando la silueta de la niña se perdía en el tumulto de otras niñas. entreabierta en la parte superior. No me digas que. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. Sin poder dar una explicación convincente a la madre. —Aunque parezcas mujer.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante. —¿Existen niñas precoces? —Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. segura de haberse quedado con más preguntas que respuestas. no para abordarla sino para contemplarla a distancia. No sé de qué me estás hablando —le dijo. le manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar raspando al siguiente curso.. Nadie supo por qué cambió de colegio. tolerantemente caídos. Armado de coraje. del sufrimiento. Las rompía con el desdén de una sonrisa. Se mofaban de él. de lo que no era capaz de decirle y que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica. no respondía a sus mensajes desesperados. Tenía trece años. La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda. que le arrancaba a dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había sido: el sosiego del olvido. Nelson la aguardó a la salida de clases. a la más incomprensible indiferencia. Cuando por azar se tropezaba con él. no la habían conmovido sus súplicas? Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. de volumen generoso. sumergido en aludes de arena. quería decirle el niño a la niña. Nelson pidió ser cambiado de colegio. Aunque no lo trató con desprecio. Y dejó en el aire la conversación. pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita. miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes conductos. de su actitud sumisa y suplicante ante la engreída Verónica. Verónica le dijo que no temiera. Verónica lo eludía a conciencia. Se percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón defraudado. del amor. oculto detrás de los arbustos. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas 17 .. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza. Llegaría a los catorce abrumado por los honores. de la espera. no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del silencio—. —se alarmó. extraído de la timidez o la humildad. Nelson se transformó una mañana en adulto. ambos tan precoces como inesperados. ¿No había leído sus cartas. En los días siguientes. Cada cosa en su momento. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase? ¿Dónde estaba su inteligencia?. Pensaba en la frase repetida por sus compañeras: Se está madurando biche. se preguntaron quienes lo envidiaban. sintiéndose incapaz de domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche. intensos días. Le hablaba de las cartas. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre.

No seas necia. me dicen que es lo más parecido al paraíso. conocidas en folletos de agencias. como si nada valiera la pena ser tomado en serio. Permanecía mucho más tiempo en casa. primero dirigidos a Verónica. en circunstancias siempre trágicas. conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente eficacia de sus armas. aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad ejercida ocasionalmente y a destajo. El hombre se deshizo en cumplidos. Aquella noche. Aquella noche de junio de 1984. exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. Grecia. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó una carcajada. luego a la madre. ¿A dónde salía cada mañana. ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se 18 . Italia. ¿Por qué tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un senador estaba llena de peligros. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. Le habló de islas de ensueño. ¿Qué hacía un senador?. a convertirse en relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan. por qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso. lo que era cierto. cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes. motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las calles. Años después. Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan. ¿Qué hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas —respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava. Virginia le repetía que vendía seguros. medió Virginia. frecuentes y a deshoras. más o menos encubiertas. Lo había conocido un año antes. España y África del Norte. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le había comprado hacía una semana. ¿Dónde quedaba el Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que era un mar que bañaba un costado de Europa. Francia. una caravana de guardaespaldas que cruzaba los semáforos en rojo. ¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación de senador de la República. Desde entonces. Sus visitas fueron más frecuentes. un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su Mercedes Benz blanco. pero sus relaciones sólo se habían estrechado en las tres últimas semanas. tres veces senador de su partido. Lo comprendió sin saberlo decir. Virginia ya no salía en las mañanas ni regresaba en la noche. un gentleman de sobria pulcritud y elegancia. ¡Pero si parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. Pronto pasarían de ser amistades especiales. insistió. visitas que Virgie nunca ocultó a la hija. aprobados por un pelo. preguntó la niña. Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se parece mucho al tamaño de las armas. Si no ganan mucha plata. Llegaba hasta los confines de Israel. ¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre —aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo especial". dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas de la niña. ni siquiera la amistad con Virginia viuda de Oropeza. Lo cubría un hálito de paternalismo. ¿por qué son tan importantes?. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. jMikonos! —exclamó Virginia—. Menos de lo que muchos piensan.

lejos de las miradas del alto mundo. Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa. hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. Te gusta el monte —bromeó Virginia cuando. Llamaba a Virginia desde otras ciudades. zapatos de tacones altos. Devolvió toda la cena en el retrete. moteles y restaurantes. consiguió llegar hasta el baño. apoyándose en el pasamanos. 19 . La ropa que había elegido para la cena no era la adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda. discretos pendientes de esmeraldas. fundado en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía. le dio un último toque al maquillaje—. Subió las escaleras con los zapatos en la mano. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. —Pareces mayor —le susurró la madre cuando. Se acostó bocabajo en la cama. en el imaginario territorial de Virginia. Roldan la llevó al restaurante de comida típica rodeado de tupida vegetación. Verónica se dio el lujo de probar el vino español servido desde el primer plato. Se sentó después en la taza del inodoro a esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. Al cabo de mucho tiempo pudo regresar tambaleándose. El cuarto le daba vueltas. le enviaba el conductor y éste la llevaba al rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus prolongaba a veces hasta la madrugada. le exaltaron el ánimo. La Calera era entonces una población de casi quince mil habitantes. era hoy un refugio de parranderos sedientos. levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros. La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. dormiría hasta tarde. Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador. A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. Roldan prefería bares y restaurantes de La Calera. dormían su quietud de siglos poblaciones del antiguo dominio chibcha. jóvenes a la moda arrastrados por la vorágine de la noche. Se desnudó bailando ante el espejo. Llámame Virgie. sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. una fina. a escasa media hora de la ciudad. bebidos sin prudencia. sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello. Se sentía en confianza. viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. antes de salir de casa. haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban. ¿Por qué no se quedaba? Roldán era casado. El senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de campesinos. Mañana sería sábado. A medida que se circulaba por la vía. Como pudo. El viejo pueblo. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de vomitar. Coñac no. Se arrojó al lecho de bruces. discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados. Desde entonces. regalo de la misteriosa Matilde. en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. Más allá de sus límites. La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que. era mirada de manera agresiva por los hombres. ¿Cómo toleraba Virginia el presente. la champaña francesa descorchada a la hora del postre. pese a su edad. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre. corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas. El mesero se precipitó a darle fuego. le pedía que tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo. por tercera vez. bares. de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. sin futuro de un hombre casado? La pregunta dejó de tener importancia. El vino y la champaña. aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado.

Se dejaba en cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele. matizó después. Y nunca la vio en las páginas sociales donde veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como clandestina. Con la libertad de salir y entrar de casa cuando le diera la gana. detallista con ella y con la madre. más atrevido. con la soledad de estar al cuidado de Teresa. Es que nunca habías bebido. Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo. ¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos días. compañeros de clases superiores. devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. Tan divino él. se ponía de pie. Bebía mesuradamente. amigos especiales de la madre. la obligó a llevar la mano hasta su pene. Sus fiestas se volvieron célebres. La cubrió con el edredón. No es que hayas bebido demasiado. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores. Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. Bebiste demasiado. Teresa las vigilaba desde algún rincón de la casa. llevaron una 20 . Si la mano atrevida subía por sus muslos en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica retiraba la mano. ¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao. Los muchachos salían de los rincones oscuros. Al despertar la niña no se acordaba de nada. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán. Virginia le relató fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida. sobre todo los viernes. Mientras él vivió. prendía y apagaba las luces en señal de advertencia. Creía que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir. chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. permitió que algunos de sus amigos lo hicieran. Recordaba su primera resaca como una pesadilla indeseable. Entre los trece y catorce años. Aunque rechazó el ofrecimiento de fumar marihuana. le dijo Virgie. pero Verónica respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al amanecer. perdida con frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano. cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó Virgie—. vagando quizá en el peor de sus sueños. se me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón. no por prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. Verónica se jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. las fiestas se volvieron puntuales. siempre galante y obsequioso. la madre la encontró dormida y desabrigada. ¿De dónde sacaba Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros. nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie apareciera acompañada de personalidades amigas. me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable. celosa de que alguna pareja se hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta. siempre en ausencia de Virgie. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga. No les permitía ir más allá de estos escarceos. Alguno. a Isla Margarita y a Cancún? Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. La ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. las chicas se arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro. Nunca los dejó ir más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras licencias amorosas. Sin embargo. sobre todo los mayores.

en el orden económico. O el comienzo de un milagro. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y. quien apenas tenía veintitrés. ¿Hacía milagros la madre? —Hasta los cincuenta y cinco años. era secretaria del doctor Arturo Oropeza. 21 . Ningún hombre se va a enamorar de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de comprensión. partiendo un ponqué de cumpleaños. No se lo reprochaba. que en paz descanse. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la madre le habló del inmediato pasado. distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre. No era una secretaria cualquiera. La niña se acomodó a estas nuevas circunstancias. El padre tenía cuarenta cuando se casó con Virginia. adoptando en adelante horarios misteriosos. —Escóndelas —le dijo la niña—. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos portarretratos tan horribles. Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. Tu padre era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo. tu padre. Una viudez incierta. escondería esas fotos. pero no lo dejaron. Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años. porque era tu padre. La secretaria más hermosa y humilde. Había terminado la escuela en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo. Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores. Vivieron juntos once años. —Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. Los portarretratos donde se la veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares. A los treinta y cuatro años. ocurrida en 1980. Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella del difunto. a los siete y a los diez años. Dos años después de la muerte del padre. en la primera comunión. estudiados en universidades americanas y europeas. Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. —¿Me permites entonces? —preguntó la madre. Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa. Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vida decorosa. Y Virginia empezó a desaparecer con más frecuencia. Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó como una mula. echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. —¿Por qué no lo dejaron? —Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos. la edad que tenía cuando murió el padre. jugando en una piscina. Si no fuera por ti. fue para la hija un misterio. todo. todo empezó a sonreírles. fue un trabajador incansable —le dijo Virginia a su hija—. Les alcanzaría para llevar una vida mediocre. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—. lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el testimonio de sus metamorfosis: de brazos. en la mesa de noche de su cuarto. en adelante.

Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio. Se tomó más libertades. en aquel rincón del Monte de Venus. animada por una orquesta de música caribeña. Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años. Todo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica cumplió los quince años. Y a esa conciencia había contribuido la madre. Iba y venía de Bogotá a Houston. en su belleza. Destacaba por su inteligencia y sociabilidad. Casi todos sus compañeros de clase asistieron a la celebración. Si los años siguientes añadían algún detalle. incluso por los adolescentes amigos de Vero. gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social. Las madres y unos pocos padres. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y cambiantes. Cada invitado recibió su respectivo regalo. advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el tesoro de la virginidad. era instintivamente recursiva. el curso de su carrera política y el honroso destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. En los tres años que habían transcurrido desde el día en que celebró sus doce años. destino del que no pudo separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos. la generosa Matilde. La invitó al restaurante campestre de La Calera y allí. nunca la libertad de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la virginidad. siempre con el consentimiento de la madre. Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por la mirada de los hombres. todo en Verónica había seguido el curso previsto por la madre. ilustrada con numerosas fotografías. expuso las razones de su ruptura. fascinados por el escote de la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda. Había tomado conciencia de su valor. Virginia le hizo una gran fiesta. excepto Matilde Fuello. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia. muchachos que la rodeaban como avispas y olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus madres. Casi todos. manifestada desde los trece años. recompensado por el Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano. Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán. a quienes Virginia trató con familiaridad. En el transcurso de esos tres años. estaba hecho. a sabiendas de que provocaría los celos de sus esposas. no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada de la naturaleza. Virginia 22 . a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible.

Romero pretendía que Virgie la vendiera. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. la llamó a su cuarto. el senador Roldán. Volvió a salir regularmente. Al final de esta travesía. —Precisamente por eso —respondió la hija—. Si no nos cuesta un centavo. acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas: —En este país nadie. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero. de quien Verónica se había encariñado. Casi no frecuentaba la casa. rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo hasta desgañitarse cada una de las canciones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una sortija de diamantes. le dijo a la hija. Son sus gustos. se decía la adolescente. escandalosa. te lo va a cobrar de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija consentida por la tolerancia más extrema. —¿No ves que el cambio nos favorece. serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie de su camioneta blindada. De aquí no nos movemos. Fue todo un caballero. Había aprendido tanto del amigo especial. que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó ella. que tomó el aprendizaje como recompensa. a quien llamaba solamente por el apellido. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento inesperado. Ya no vendía seguros. La única resistencia venía de Verónica. Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se empezaron a escuchar orquestas de mariachis. averigua por el origen del dinero. No le prometió regresar a buscarla. que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. —No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del arrepentimiento—. Empezó entonces a frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. decía que tenía trescientos metros cuadrados. altisonante. pero se abstuvo de decirlo a su madre. Nunca le cayó bien a la hija aquel tipo estrafalario. Y siguió oponiéndose a la pretensión de Romero. lo que se dice nadie. tampoco la refinada ironía ni la sabiduría del hombre de mundo. no los míos. ¡No seas altanera! —le gritó. omitiendo deliberadamente un nombre de pila impronunciable. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama. Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta réplica se convertiría en otra. Quiso decírselo. lloró de arrepentimiento. Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre. Vendía apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. sin contar la terraza. El dinero no tiene origen sino destino. Nunca. a Dios gracias. Su nombre se parecía a su fortuna: burda. —¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas formuladas por la hija al día siguiente. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117. nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. Él mismo se ofrecía a comprarla. La generosidad de Roldán había ido más lejos. se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. Al escuchar la frase de la madre. Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador. abría la 23 . Un año después de la despedida. era un grato recuerdo lejano. Ni hablar—le dijo a la madre—. Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. Virginia encendía las luces de su cuarto. de la mañana a la noche. Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin promesas.

Compadecía a la madre. Esa noche un collar. era lo que Virgie quería preguntarle a la hija. Virgie abría la caja. el BMW que reemplazó al Renault 18. Acurrucada en un rincón de la segunda planta. tantos que. Le estampaba escandalosos besos en la boca. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada que fritara carne y chicharrones. hermosa aún a sus treinta y siete años. El amigo especial la ayudaba a ponerse el collar de esmeraldas. ¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?. Verónica miraba hasta que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera menstruación: —La debilidad de los hombres será tu fortaleza. un roce cariñoso. ¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. No concebía una sociedad entre el hombre que invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. A los quince años. vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul. metía su mano donde se le antojara. Besaba en la boca al amigo especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza. Parecía como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la vulgaridad de tipos como Romero. sin que supiera tampoco el origen de la plata. mi amor! —exclamaba ella. Virginia descendía la escalera. ¿Toda mujer. los tragos siempre dan hambre. estaba condenada a sufrir humillaciones? Regalos y humillaciones. —Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. la tarjeta de crédito. Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase enigmática. la cuenta a su nombre. —En ese caso. también los músicos tomaban posesión de la sala. Sólo había dos clases de amigos —respondió ella. ¡Pero si es divino. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto. El patán. en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible 24 . los arreglos florales diarios. Tiene una empresa de importación de carros. Una vez terminada la serenata de la calle. Epaminondas gana. la largueza con que le pagaba a la niña sus clases privadas de inglés. otra la pulsera. antes de marchitarse. Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. El uno manoteaba al hablar. Sentada en un sofá al lado del amigo. Epaminondas era invitado a pasar. la besaba con lascivia. ¿En qué era fuerte su madre. aunque no pasaba solo. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. hablaban las joyas. En su lugar hablaban los relojes. El uno hablaba modulando cada palabra. el otro gritaba exabruptos de camionero. Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. Si la acariciaba en público. en cambio. al pie de la escalera. que la abrazaba impúdicamente. por mucho que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de flores. Los muertos de hambre y los que sirven para algo. a la semana siguiente el reloj que Virgie usaba en ocasiones especiales. convertían la sala en un absurdo invernadero. la generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera. era una caricia sutil e inadvertida. sus preguntas se volvieron más complejas. Despertaba a Teresa y le ordenaba encender las luces de la casa. la prefería con ropas llamativas y escotadas. Virgie soportaba una hora más de serenata. a la edad de su madre. el otro pulía sus ademanes con naturalidad. No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos. patacones y yuca.

Hombres mayores. que en más de una ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella. la provocadora. no le producían placer alguno. ella. Le hicieron saber. que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más lejos. cumplió los dieciséis. Acababa de depositar su pistola en la mesa de centro de la sala. alimentó su antipatía hacia Romero. porque sus amigas vivían experiencias parecidas. Al día siguiente. La madre lo comprendería. dejaban siempre el desenlace inconcluso. Verónica supo que su madre viajaba a Panamá. la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato liberal a la Presidencia de la República. La compraba y enviaba desde Panamá. disfrutó del bienestar y de los caprichos que se satisfacían con sólo enunciarlos. No obtuvo respuesta. cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones. Se confiaban secretos y compartían preocupaciones. —¿Has matado a alguien? —insistió ella. Su vagina era un túnel estrecho y yermo. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. Ella se oponía a que la hija fuera a recibirla. que esos escarceos la dejaran casi indiferente. se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la hermosura de su cuerpo. con la severidad de las miradas. incluso la exploración digital en su vagina. que había aceptado las caricias genitales como se acepta un vaso de agua. Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. su socio. por unos pocos días y con demasiado misterio. Verónica. Se desnudaba por vanidad. que esas preguntas no se hacían a un hombre respetable y mayor. Pasó un año. No podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas. Podría habérselo dicho. imagen 25 . Lo que no comprendería era lo que le preocupaba a la hija. las caricias permitidas a los chicos. quería decir chicos de veinte y veintitrés años. y fuera de su casa. De casualidad. La vendía en las boutiques. ¿Había sentido humedades en su sexo. siguió preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre. A diferencia de ellas. que parecían más de negocios que de placer. un restaurante del Monte de Venus. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos. No sólo le molestaba. era la más asediada de las chicas. Verónica nunca preguntó nada. gracias a sus temores. Virginia había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor? ¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán. le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su sexo. Nunca los disfrutaba. la madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. —¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. Verónica había visto en un escritorio el recibo de la última consignación. Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. que. a subir el dobladillo de la falda. Sin embargo. la única aureolada por una leyenda mujer fácil. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo misterioso de estos viajes. como decían haberlas sentido sus amigas? No. hermanos mayores de sus compañeras. la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida. nada de eso. —Porque tengo enemigos.

que los informes eran ordenados y recibidos por Esperanza Mahecha. una mansión construida en la falda de una de las colinas de Suba. Más de un año. Virginia temió que no fuera un juego. Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser tema de confidencias con su madre ni con nadie. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los primeros besos. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias. ¿La llamaba Epaminondas Romero. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre de celos injustificados y reacciones violentas. la esposa. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara con una esponja la espalda. Lo primero no podía demostrarlo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. después las amenazas. Llegó a temerle. "viejo Epa". Era más libre que las otras. ni siquiera iba al gimnasio. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre. hace tres años que no vivo con ella. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. pero tenía siempre una excusa: debía regresar a casa. Se probaba la ropa interior nueva. le decía la voz anónima por teléfono. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. Sospechaba que muchas de esas experiencias no eran más que fábulas. Tampoco lo había conocido con Roldán. casi dos. A cambio de la felicidad. Virginia hubiera preferido un final menos humillante. Escuchaba sin escandalizarse lo que decían sus amigas. de que una fiera acechaba en la sombra. La abrazaba y el abrazo era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. Los baños de agua caliente y sales eran los baños preferidos cada noche. hermosa aún. calculó Virginia. tenía el cuidado de mantenerse despierta. madre e hija. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. menos el acceso a su virginidad. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. Sin escandalizarse ni envidiarlas. Lo permitía todo. como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio 26 . con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público. Sabía de su existencia. Esa misma noche. el cuello y las nalgas. una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas. Si la fiesta terminaba en un motel. lo segundo era cierto. era afrentada por un hombre a quien no había amado. Le llegaron primero las advertencias. Se escapaba con algún amigo mayor a una discoteca. deje tranquilo a mi esposo. No vivía con ella pero compartían la misma casa. ¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados. se dejaba invitar a fiestas privadas. No estaba sometida a controles familiares. La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada por un hombre al que no amaba. Las suyas. humillada por la legítima esposa de ese amigo especial. pero sus temores desaparecían cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas. los pijamas transparentes. se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. aceptaron ambas. Permanecía más tiempo en casa. Mi mujer está loca. No supo nunca ni fue advertida tampoco. Terminó con Romero y no de la manera en que ambas. en cambio. Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus encuentros con Romero era milimétricamente registrado. después de haber escuchado la amenaza. No vivía con ella y estaba loca. eran experiencias reales. sobre todo cuando. hubieran deseado. sola y feliz en un ritual que demoraba horas.

insultos de verdulera. La fiera podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. Llamó en vano a Epaminondas. una sorpresa para Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cada mañana y regresaba en la tarde. Cada vez que sonaba el teléfono. La agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes. cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito. sería siempre una fiera. No valía la pena. que una mujer celosa. su mujer estaba loca. decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. No grabaría amenazas ni insultos. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse a su fiera. El BMW estaría de vuelta en casa en la noche. sí. Las amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas. decidía los pasos de la estrategia. como si fuera al colegio. No se lo dijo a la hija. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos 27 . No se iban de viaje. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre. una explicación sobre sus viajes a Panamá. Viajarían a Curazao. —¿Hasta cuándo? —Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud. Harían la rutina de cada día: la hija para el colegio. sin arreglarse. Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. una cuentita que abrí hace tres meses en Panamá para comprar la mercancía. A la mañana siguiente. Virginia temía que fuera nuevamente ella. ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo personal. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. Silencio o amenazas. la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. yo primero. Ella le decía que no era una loca inofensiva. recluida en su cuarto. que las maletas no llamarían la atención de nadie. No debería decirle una palabra a Romero. gritaba la voz antes de colgar. —Saldremos por separado. Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. Verónica enfrentó a su madre con la verdad. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. supo que había sido cancelada. —¿Tienes con qué? —preguntó—. empecinada en recuperar lo perdido. Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día siguiente en la tarde. Le suplicaba mantenerse lejos de ella. te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja gonorrienta. Y era esto lo que Virginia temía. Menos mal que el carro seguía en el garaje. Quedaba el recurso de su cuenta en dólares. Él le pedía dejar la solución en sus manos. Tal vez la fiera supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora. Mañana mismo nos vamos de vacaciones. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba contra ella. el teléfono sonaba y del otro lado de la línea no había más que silencio y una respiración acezante. ¿Para qué? —preguntó Virgie. Grábalas —sugirió Verónica. una investigación sobre sus ingresos y gastos. No era el momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito. Por primera vez en la vida. Dominaba la situación. Y Virgie se sintió orgullosa de su hija. algo que ella no podía hacer en esas circunstancias. Viajarían al día siguiente. ¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un tiempo a casa. Se encontrarían en el aeropuerto. tú después —dijo Verónica a Virginia. Para protegerte —dijo la chica.

conocer sus vínculos comerciales. le dijo a Virgie. también la rabia de sentirse burlada. No existían documentos que lo probaran. Venderé el BMW. una nueva inquietud le quitaba el sueño: sutiles. debía decidirse por una carrera universitaria. La hija aceptó las explicaciones evasivas de la madre. por lo asustada. Si nada de lo explicado era humillante. Puedes montar tu propio negocio. La fiera se había quedado quieta en su madriguera. haberlo visto amasar en poco tiempo una inmensa fortuna. Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. Le había prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. —¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica. trasnochar frente a libros y apuntes. Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias. Pese a haberse acabado. Buscaría el sector apropiado. un hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. ¿Llegó Virginia a estas conclusiones? —Venderé las joyas —dijo a Verónica—. —No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. montaré el negocio que siempre quise tener. —Se acabó —respondió Virgie. ¿no te das cuenta? Ahora el problema era Verónica y no Romero. sólo podía ser el Norte. contaba con la cuenta en dólares y con recursos suficientes "para montar un negocito". sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde salían. De todas maneras. Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. como se dice ahora. dio con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla. la decisión de romper "sociedad" y relación. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis cuentas. El Norte. Un spa. al tanto de los secretos bancarios del marido. 28 . casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero. Le dijo que no temiera por su esposa. ser la madre de sus hijos. sí lo fue la frase rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia: —Estás envejeciendo. buscar a amigas y amigos más aplicados. Tal vez Esperanza. Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa. Administración de Empresas. había pensado la muchacha. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. hubiera ordenado cancelar la tarjeta. Romero la había puesto en su lugar. era el negocio que siempre había querido tener? —Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. mejor dicho. Un local grande. Lo disfrutaría poco tiempo. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por disuelta la sociedad. asustada por la proximidad de sus exámenes y. ¿Cuál. Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés: estudiar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. Tenía cuarenta y dos años. —¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. Dio finalmente con el paradero del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas. No viajarían a Curazao. sorteó durante días la depresión. Virginia. si se podía saber. Terminaría el colegio. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido. muy grande. Herida en su orgullo de mujer. una muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría en los jóvenes de su edad. le exigió al marido que la cancelara. saberlo todo. más atenta y aplicada en el seguimiento de sus clases. ¿no era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no se dan por terminados de la noche a la mañana. figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio —soltó en su retahíla de justificaciones.

La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama. dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la firmeza de los glúteos. Había hecho cuentas. La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia. jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia. Contuvo la respiración al leer. cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. el cuidado de los senos. Un hombre robusto. Llegó a esa conclusión después de leer esa y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que. correctivos que se compraban en ese nuevo templo llamado gimnasio. Ella misma. La vida de Jane Fonda. mayor de cincuenta años. estremeció a Virginia. al superar el umbral de los cuarenta. Dada la decoración del lugar. Así que cuando Virginia emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio. sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante. el rejuvenecimiento. en adelante. para los viejos. que había tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. no habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. como se dice ahora. estamos viviendo la era de la imagen. en fin. un médico nutricionista y una buena fisioterapeuta. ni impactos de bala o arma blanca. a sabiendas de que Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. ¿Territorio allanado? Sí. la tonificación de muslos y brazos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud. Se esperaba el dictamen del forense. el cadáver de Romero. Las autoridades descartan la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos. Virginia había hecho el diagnóstico de la época. Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la remodelación del local donde funcionaría el spa. Dedicada por entero a su empresa. leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos. Muerto en circunstancias misteriosas y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto fulminante. semidesnudo y al parecer cubierto a último momento por una sábana. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los periódicos. Fue un arduo trabajo de meses. Un gimnasio con servicio de comidas y bebidas dietéticas. Podría tratarse de un motel de lujo. muerto en circunstancias absurdas. podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. el endurecimiento del vientre. parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. Verónica creyó que. un proyecto apenas en ciernes. la perfección. la tersura de la piel. Para los jóvenes. Hombres y mujeres estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. que no presentaba heridas ni signo de violencia física. Era una inversión alta y de éxito seguro. serían un 29 . No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de Epaminondas Romero en la primera página. su método de ejercicios aeróbicos. hipótesis que se barajó al comienzo. A su manera. éste podría ser el método adoptado para su gimnasio. por fin. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo. La línea recta que la condujo de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. Hojeaba revistas extranjeras de modas. ¿Por qué en un motel de lujo? Virginia pensó. la lucha contra las arrugas. aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas. Del look. Tomaba cursos especiales en las materias en que se sentía floja. sobre lo cual se mantenía hermetismo en las informaciones de prensa. La venta del BMW fue parte de la inversión. Verónica le dio la felicidad de terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla preocupada por su ingreso a la universidad.

Se descartó la posibilidad de un homicidio. a quien admiró como al padre que le hubiera gustado tener. Y lo hizo. El primer día. que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos dudosos. No sé cómo fuiste capaz. En el sur de la Florida. Acabó sin embargo tolerando su presencia. donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad de cocaína". La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que Virginia recibió la noticia. no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a Epaminondas Romero. se lo juro. La muchacha conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. guardándose el asco que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. Ese man metía como condenado. Vivo y muerto. ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo? La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán. La noticia de su muerte destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más importantes. Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto — aseguraron ambas. se le había abierto un proceso por tráfico de estupefacientes. al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. De allí el tono de su voz. mamaba vodka como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha. no estaba haciendo nada —dijo una de ellas. que dilataron el envío de información. el tipo a quien su madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable. que lo toleraba apenas. Pudo también haber pensado que hay muertes que liberan de servidumbres pasadas. informaron desde la embajada de este país. Y. El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en vida. Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años. contratadas por el occiso. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira. provenía de aquello que la madre le ocultaba. al menos del último año. —¿Sólo eso? Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo. Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al noroeste de la ciudad. Virgie se limitó a doblar el periódico y dejarlo encima del sofá. No era un reproche moral. Estados Unidos. lo acompañaban en el momento de producirse "tan insólito desenlace". Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas. Alguien protegía a Romero. Esperaba que dijera algo más. verdad? —preguntó Verónica. le dijo a la madre. generoso hasta el más grosero exhibicionismo. Tuvimos miedo y nos largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show en la alfombra. —Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros. en los días siguientes. a quien despreciaba ahora con más fuerza. Lo incomprensible y repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína. Epaminondas Romero había fallecido de un paro cardíaco. 30 . Tres días después se supo que. Sabía que ella no lo amaba. —¿Lo sabías. La investigación se había visto obstruida por las autoridades colombianas. en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. entre irónico y apacible. en efecto. eso dijo. Nunca le gustó Romero.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus plato con salsa picante servido por los periodistas. que dos mujeres. nada alteró tampoco su conducta. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas bonitas. Su silencio era la aceptación de las sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero.

pero el padre era una sombra distante desde los cuatro años. Si la invitaba Beatriz. deshacerse de la virginidad. Verónica no conocía a nadie en la fiesta. como lo hacía cada vez que la hija era invitada a salir. Embelleció conscientemente su propia leyenda. Ninguno menor de treinta años. llamó la atención del publicista Guido Leonardo Pradilla. directores y productores de televisión. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones. —Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. pensó al verla en el maniquí. gerentes. Así que la noche de la fiesta. experimentó de otra manera lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. caían sobre los hombros y enmarcaban el rostro. la convención de los colores tradicionales y el nudo correcto de la corbata. Verónica no parecía una adolescente de dieciocho años.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. Su madre la había maquillado. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda ajustado a las caderas y a las nalgas. con un prolongado escote en la espalda. —No me quita los ojos de encima. —¿Qué tienen de interesante? —Son publicistas. Lo tenía. que no hacía más que mirarla? Era un hombre apuesto. elegante. antigua compañera en el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. Otras formas de intimidad. Desde que entró al lujoso apartamento. sino negligentemente elegante. acceder al amor sin temores ni inhibiciones. de actitud insolente. el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé. Se lo probó y se sintió muy bien en el diseño de Kenzo. 31 . su amiga de diecinueve años. ¿en qué sentido? Las chicas deseaban llegar a una meta. —Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla. ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación? —¿Quién es el tipo del rincón. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. Había sido llevada por Beatriz Lopera. Beatriz compartía con Verónica la desgracia de no tener padre. el del blazer verde con hombreras y pantalones grises. Una instintiva inteligencia femenina. a diferencia de Verónica. él no le quitó los ojos de encima. quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad. como si tratara de romper la formalidad del traje. No esperaba que Virginia la complaciera de inmediato. Siempre rodeada de chicos. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. añadida a su altivez. Los largos cabellos castaños. Su personalidad empezaba a ser moldeada y adornada por la conciencia del éxito. rizados y deliberadamente húmedos. El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o veinticuatro años. no a la manera del senador Roldán. el de la corbata con la cara de Marilyn Monroe. ¿Quién era ese hombre. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en esos comienzos. adornaba por fuera los contornos de su personalidad. de unos cuarenta años. Y la adornó aún más el día en que. Tenía un papel secundario de actriz en una telenovela. Entre los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad. que se limitara a mirar el precio en la etiqueta. No sólo era la más precoz y altiva. ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó Verónica a la amiga. —El mismísimo Leo Pradilla. ¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. una prenda inalcanzable. invitada a una fiesta privada. dispuesta a elegir y a no ser la elegida. Se había encaprichado con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. que pagara billete a billete el capricho de la hija.

que Verónica no tenía más de dieciocho. En su mayoría eran jóvenes veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. No había visto en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de fondo. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas. desde el primer momento. Se mintieron y sabían que se mentían porque él calculó. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía conducir al estrellato. Abajo. iluminada por el resplandor del salón. —¿Por qué lo sabes? —Trabajo con esa clase de belleza. aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad dormida. Se mintieron ambos en el más superfluo de los asuntos. Amparo le había asegurado su selección en un casting. ¿Qué hacía él? Creativo de publicidad. A diferencia de Pradilla. Y no te cuento más —la cortó. las griferías de cobre u oro. Amparo era decoradora de interiores: embellecía o remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. todas superfluas. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla. Por lo poco que sabía —le contó Beatriz—. Tal vez no tuviera más de treinta y cuatro años. Ella era la anfitriona. Después del buffet. era bajo y ligeramente rechoncho. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al oído. ¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a la única mujer mayor de la fiesta. Le ocultó a la amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. por su mediación había sido elegida como actriz secundaría en la telenovela. siguió sintiendo en las numerosas piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la marca de esa fragancia—. Se mintieron en muchas cosas. seleccionaba el mármol de los baños. porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios. la suave textura del blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. asunto en el cual hombres y mujeres mentían. hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos palacios. Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo. Era una terraza rectangular sembrada de plantas. Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo. Pradilla abundaría en detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas. en un horizonte cercano y a la vez remoto. 32 . Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. dijo Beatriz. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una joven bella y ambiciosa. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia. Así es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. No se separaron en toda la noche. Sólo unos días. Amparo Consuegra. Él le mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años. con mesas y sillas blancas de hierro. tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos en Beatriz. sintió la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. —¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—. elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o Milán. aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante. Si la conoces de cerca será menos hermosa. Salía con un joven actor veinticinco años menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. la edad. una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. un hombre menor que Pradilla.

la mujer y el hombre. La voz grave que le hablaba era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo. ahora tú no eres sino una ilusión óptica. solamente divago. Habría que entrar a cada casa para saber que las desgracias son más numerosas que la felicidad. dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres? —¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre. Lo llama y lo provoca —No entiendo nada de toros. ni siquiera la inteligente combinación de tantas palabras. La cornada es la respuesta del toro a la arrogancia del torero. dejándole en el cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. —Verónica. Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones. La ciudad. terrible y engañosa —siguió él—. ¿Buscaba impresionarla con la inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre? ¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este hombre. Verónica escuchaba maravillada. En el momento en que alguien te poseyera. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. Verónica no se opuso. —Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. Así se llama uno de los más elegantes y sencillos lances del torero al toro. —Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. En toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla. casi hasta rozar sus nalgas. El toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte. Quería impresionarla. Si quería ganar 33 . Por ejemplo. extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica. Desde el principio se supo envuelta en una red de la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada. pensó. Empezaba a ser la elegida. —La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—. el triste destino de las parejas. No esperaría que él lo hiciera primero. la enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. No te asustes. Sentía frío. Lo único que sé es que entre el torero y el toro existe una relación de amor y odio. Dejarías de serlo en el momento en que te poseyera. ¿de qué manera? No deseaba que se callara. De este tamaño era la ansiedad y la indefensión de la muchacha. digo. Entonces se desharía el hechizo de esta noche.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le había pasado el brazo por la cintura. —Es hermosa —dijo Verónica—. Ella comprendía superficialmente las metáforas de Pradilla. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas metáforas: el torero y el toro. Hermosa. No elegía ella. expuesta a las embestidas de la bestia. la estocada mortal de los hombres. no le quedaba más remedio que resistirse. Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la inteligencia. cerrar sus oídos a la palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. Callarlo. aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la noche. Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo. Lo demás es ilusorio. ¿Sigues con champaña? Abandonada y sola en la terraza. las cornadas sangrientas de las mujeres. Si se sentía vulnerable. pero el brazo que se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. —Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad. como entre la mujer y el hombre. cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida. Aquí tienes. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo.

—¿Está casado? —preguntó Verónica. un deportista 34 . Se verían mañana. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su amiga—. ni siquiera se había tomado su tiempo para desnudarla. es tarde —dijo la amiga al acercarse—. Retiró las manos intrusas sin brusquedad. una leyenda. todo porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. hacia la ilusión óptica de la belleza. ¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a Centroamérica. No tuvo tampoco ganas de resistirse. La experiencia de su vulnerabilidad ante un hombre era nueva. —Soltero y sin hijos. Enredó sus brazos en el cuello del hombre. Tenemos que irnos. No era una mosquita muerta. porque las amigas habían dejado de serlo. ni siquiera por una reflexión anterior a esa noche. quieres decir? —No. Algo de su consentimiento había en la aceptación del suceso. porque era la edad. pero puso límite a la pasión cerrando los labios. Sólo abrió los ojos. Aceptar y rechazar. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. al escuchar la voz de Beatriz. dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de elegir a su pareja. Llámame cuando quieras —dijo. —¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de champaña. ¿Sigues virgen? —¿Te puedo preguntar otra cosa? Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí. la había perdido a los quince años en la inconsciencia de una fiesta de amigos —unos pocos tragos. Acercarse y huir. Y el verdugo. ¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí. —Se ve joven —respondió la amiga—. Pórtate bien. Se despidieron de Frank Rueda. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto acabaría convirtiéndose en un método. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones. —Ese es su defecto —dijo Verónica. La despidió con un suave beso en la boca. —Te llamaré cuando pueda. No lo era con los chicos de su edad. No había perdido la virginidad con él —confesó. Beatriz la llevaría a casa en taxi. acercó el cuerpo al otro cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. sobresaltada. la anfitriona. tampoco la muchacha fácil que muchos imaginaban. de Amparo. era una ilusión óptica? —Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida. —¿Crees que es muy mayor? —¿Para ti. ¿No era esto lo que aseguraba Pradilla. la belleza de la ciudad. Dejaría momentáneamente de ser vulnerable. —Vero. Disfrutó por instantes la exploración del beso. mi vida —dijo besándola en la boca. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen. No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres. pregunto si es muy mayor. ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto. el gerente de mercadeo. Pradilla las acompañó hasta la puerta. la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera resistirse. podría decir que se inauguraba esa noche. que esa. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso. desde hacía dos meses. Si se quedaba volvería a sentirse vulnerable. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica.

Todavía sentía el escozor sin placer en el sexo. Vero. —¿No te dio miedo? —¿De quedarme embarazada? No. Verónica hizo un gesto de asco. —¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. dijo. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más asquerosa. Hablaron del destino y la suerte de las feas. Después de perder la virginidad estuvo con muchos chicos. ¿Sabes lo que es una violación? La anécdota provocó en ambas un ataque de risa. —¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz aceptó. ¿te acuerdas de Carmencita?. les agarro la tripa y les hago la consoladora. Se quedaron un rato en la cocina. El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. ¿Por lo feas. dijo muerta de risa. no pasaba de ser una fea gorda y arrecha. No le constaba. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me estremezco. me vengo cuando me explora con su lengua. Es un tipo interesante. —¡Cochina! —exclamó Vero. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones. compañero de ambas en el antiguo colegio. —Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. Y en sus metáforas. A las feas no. Así bajito y gordito como lo ves me pone a temblar. Carmencita. casi me muero. Júrame que no se lo dirás a nadie. Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada. Para tener éxito. la que no mataba una mosca. —Es cierto. ¿Qué tal lo hace tu gerente de mercadeo? —Como los dioses —exclamó riéndose—. ¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía hacerlo: fea y gorda. Ninguna de las dos tenía sueño. Si no llegaba a casa esa noche. lo obligué a venirse afuera. Beatriz lo encaró al día siguiente. Tan cierto como que. de cómo ciertos hombres las preferían a las hermosas. 35 . No era un tono habitual en las confidencias de amigas. Los hombres temían a las bonitas. —Cuando siento que quieren ir más lejos. —¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica. Cuando me lo encontró. yo le diré a todo el mundo que eres impotente.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus grandullón. —No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. me estremezco. Antes. pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca. su madre sabría que dormía donde Verónica. Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme. era lo que decían quienes sabían de mujeres. Se tranquilizan y no siguen insistiendo. —Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si buscara un tesoro. un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro al intruso. —Si dices que te acostaste conmigo. yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor con los dedos y la lengua. por lo que recuerdo. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de hacer. Voy a esperar unos días. Y no sólo eso: si dices una sola palabra diré que me forzaste. No me vengo cuando me la mete. que eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. ¿lo amenazaste de esa forma? —Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. —Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—.

la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de la mano. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga. sola con un hombre en la terraza. al final del día. Acuérdate de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. porque el sudor del día. Durmieron en la misma cama. 36 . en fin.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el peligro como aquella noche. no eran más que niños mayores. era el mismo fantasma. Continuaron hablando con la luz apagada. Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz. Por costumbre. esperemos la oportunidad. corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus parejas como si lo hubieran hecho. las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad. Si Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor. Verónica. Si se ponían pesados. ¿Tenía alguna gracia cambiarse la ropa limpia?. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las buenas noches con un beso en la boca. Y echaba talco en su pelambre. no seas impaciente. El sexo. quedaba el recurso de la consoladora. Todos sin excepción eran iguales. hablado o silenciado. exhibicionistas o ansiosos. porque unas gotas de orines. El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias. la una a la ligereza y la otra a cierta estudiada contención. A la impúdica le divertía el pudor. prometerles que después. cortos de palabra. las confidencias siempre pasaban de castaño a oscuro. Así. la pudorosa se excitaba con la procacidad. argumentos no faltaban para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo. deseado o realizado. quizá no lo había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias pasajeras. preguntó Beatriz. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica. muchachos sin experiencia. Los chicos que frecuentaba eran fácilmente controlables. Si se cambiaba era porque estaba sucia. querían comerse el mundo en unas horas. casi siempre. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos al cesto de la ropa sucia. cada vez que se cambiaba los pantis. ¿Duermes siempre con pijama? —le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y ositos. Se les podía mantener a raya. el tránsito incierto de una edad a otra. que no era todavía tiempo de hacerlo. como la procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. veces. se quitaba una prenda inmaculada.

Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. Era una insomne presa de la sexualidad. Beatriz le preguntó a Verónica si nunca había besado a una chica. y me pidió que desfilara con cada una de las prendas. El alvéolo seguiría intacto. se admiraba sola. nunca. —Todo se resume en un gesto —le dijo—. Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija. en la boca y con la lengua húmeda. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían pasado de esa única experiencia. porque el Gordis era todo un hombre. vaso de whisky en mano. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos. la misma chica le había entregado una nota. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz— hay que darle lo que busca. de todos los modelos. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. dijo Beatriz. —¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. Se masturbaba y gemía. mi vida? —le preguntaba ella. Abrir o cerrar las piernas. secreta al menos para la madre. lo que se dice besarla. Beatriz no ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que todos buscaban con empecinamiento y codicia. La miraba a la distancia y se acariciaba. De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. pidiéndole que le metiera un dedo en el culo? La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y Verónica Oropeza. Contento. Un día. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra. ¿Se imaginaba a un hombre. Caía después en un silencio profundo. se complacía sola. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía virgen. a todo un hombre. mi amor. Juegos de niñas. el Gordis no solamente se acariciaba. Un día el desfile en ropa interior. Cuando los chicos conseguían aliviar la tensión del deseo. Verla de lejos. como pretendió hacerle creer a la amiga. caricias sin malicia. Se sentó en un sillón whisky en mano. se amaba en largas sesiones solitarias mientras se contemplaba en el espejo. En los primeros instantes. —Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior. Sí. ¿Qué dices? Besado a una chica. pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para muchos hombres era un codiciado vellocino de oro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche y casi a diario. Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del enemigo. 37 . Me preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. al siguiente el capricho de pedirle cosas absurdas. como llamaba a Frank Rueda. no tengas miedo. Se encontraban más a menudo. Verónica se ruborizó al escucharla. se retiraban tranquilos. A los trece años. No quería tocarme. Una muchacha de último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca. maniatándola con los brazos. A la mañana del día siguiente. se encaprichó mirándome de lejos. Y. no supo qué hacer. ¿Contento. Todo lo contrario. Sé que te gustó. quien la hacía durmiendo en casa de Verónica. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con sus caricias. Besarla. se contenía Beatriz ruborizada. era cierto. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos conocía la fábula. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. así hirvieran de ganas. me da pena describírtelas. No era que Verónica no hubiera despertado a la sexualidad. Prefería las de seda y encajes. tenía miedo de enredarse en una experiencia tan loca. No había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. Se dejó besar y estrujar los senos. Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero. colmo de los colmos.

nunca delante de la hija. todo cuanto podían hacer por ella lo habían hecho al pagarle estudios de secretariado. Vero —insistía—. ¿Qué la esperaba en la siguiente hoja. ¿Se lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger. de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad. la vida que vivía iba de asombro en asombro. no podía ella imaginarse el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin. le quedaba la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana. Tomó conciencia de su propia belleza. No sabía dónde quedaba Vietnam. Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de seda y balacas en la frente. perfumarse. Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. Tomó conciencia de su propia belleza en los primeros meses de 1970 cuando su jefe. trabajaba y ganaba su primer sueldo. Cuando lo hizo. ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos. Sin embargo. las balacas y el pachulí con que se perfumaba. el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al trabajo. Vivía con el padre y la madre en una modesta vivienda del barrio Palermo. brujas amargadas — así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. romántica y melancólica —le dijo a Verónica. Maquillarse. Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be". borracha y drogada. por mí no hay problema. pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu salvación o tu perdición. sírvete de la impaciencia sin comprometer tu integridad. por lo general antes de acostarse. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones". que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. cómo construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia. No pudo entrar a la universidad. —No olvides. No habían podido pagarle una carrera universitaria. Si ya las abriste. las blusas floreadas. el ingeniero Raúl Oropeza. tomando el sol al lado de escuálidos chicos sin camisa. desengañada de sus amores. La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la precariedad de sus ingresos. Era una muchacha de familia humilde y de futuro incierto. —Era callada. ¿cómo y con qué? Vestirse de manera distinta. de fugas nocturnas sin el consentimiento de los padres. dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies. ¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. Una foto la mostraba a la orilla de un río. Vivía con ellos. No tenía más de dieciséis años. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Como casi todos los hombres son impacientes. le ocultó aquello que ella consideraba un estigma. que todo reside en el movimiento de las piernas. De aquellos años dorados. pobrecita. Su madre venía de los "felices años sesenta". 38 . Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década. la invitó por primera vez a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las pulgas. Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una tara. un sórdido episodio seguía guardado en su memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía. sentada bajo un árbol. olvidar las faldas multicolores de seda y las viejas botas de cuero. debió consolarse con una carrera intermedia. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y madre. pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que estaba dando la vuelta a una página de su vida. con ropa de marca. interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria. ser hija de familia pobre y sin futuro. como deseaba. olvidó las monsergas de las feministas.

de la agenda. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía. también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus. una secretaria bonita y eficiente. Pensaba vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. Una secretaria. cuyo final. madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión. —Porque estudio. En adelante. se justificaba sin poder justificar en su conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. de las invitaciones. con cualquier pretexto. ella tendría que ayudarla en su administración. como se sabe. Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. Una sensación de alivio cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño pueblo del Valle del Cauca. decía. pensaba Virginia. Y lo hicieron cuando Virginia se casó con el ingeniero Oropeza. no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada una de las personalidades presentes. Tienes pelos de negra. Creía que tenía derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido. Faltaban tres meses. ¿cuál era entonces la explicación que pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo del Valle del Cauca? ¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho que sí. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que ella. sin una agenda con nombres clave. lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. elegido la 39 . padre y madre dejarían de ser la fuente de los complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. de galerías de arte y clubes sociales. omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas. Beatriz aplaudió la idea. los besos. ¿Por qué no tú?. anotaba los nombres de famosos. La capital se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. Ella hacía lo suyo con aplicación y método: seguía las páginas sociales de diarios y revistas. habría que conseguir el mailing de otras empresas. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una fábrica de cemento. de discotecas y bares de moda. de las llamadas. el balcón. Le habló del valor de una agenda. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. Redimirse de la pobreza. el negocio exigiría el concurso de las dos. porque no soy muy eficiente —le respondió ella. de gimnasios. buscaba luego en el directorio y escribía dirección y teléfonos. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla. lejos de ella. subalterno del marido. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre. Verónica cursaba ya el primer semestre de Administración de Empresas. Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla. tuvo una razón casi patética: aquel joven le había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos. Ya era hora de decidirse. le insinuó a Verónica. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza. Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. así empezó a hacer su propia agenda. su mailing. Un desliz. le urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas. si no encontraba señas las averiguaba en las redacciones de periódicos y revistas. de salones de belleza. más que una infidelidad. la edad del hombre que deseaba volver a ver esa noche.

—Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. Virginia recordaba haber llorado de emoción al abrir la caja. ancho de los muslos hacia las botas. En el fondo. Buscó la asesoría de la madre. nunca tanto como el que puso para vestirse esa noche. coordinado la grabación de los spots de televisión. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló 40 . Simuló creer que. ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. —¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. ¿Quién lo llamaba? No importa. sin brasier —aconsejó Virginia. El pantalón. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina el día de hoy. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie. Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa. en efecto. desfiló delante de la madre. la austeridad era preferible al atrevimiento. Se lo decía porque. Esto era lo decidido en la tarde. preferiblemente unas sandalias doradas. La transparencia de la blusa no era exagerada. la entristeció no poder estar en el evento. extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. a partir de cierta edad e independientemente de la Juventud. estaba segura de que tendría mucho éxito. podría hacer relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. una 34b de redondez y firmeza envidiables. La asesoró en la elección de la ropa. era la invitada de Beatriz. las escarchas plateadas que rodeaban y adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. Verónica se probaba y descartaba vestidos y blusas. no sin antes aconsejarle que recordara su edad. En su parte inferior. Definitivamente. Unos pendientes discretos. Lo llamó pero no pudo encontrarlo. ¿Qué tal este vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de astracán. estaría todo el tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Conocería gente nueva y distinta. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. Y Verónica se probó pantalón y blusa. no le digas que te pedí el favor. pantalones y bodies. Si se trataba de impresionar. Los tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta juventud ni derrochar tanto atractivo. aunque prefería ir sola. la cohibiría su presencia. una pulsera. a ella le da pena verme desfilar en ropa interior. Era un conjunto insinuante. Los senos le habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer. Mi padre no irá porque no quiere encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. Le dibujaría mejor la silueta. tienes cuarenta y dos años. que lo que vistiera no podía ser exageradamente juvenil. Nada de collares ni adornos. ¿Pantalón negro de seda. respondió Vero y colgó. pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le había regalado. la blusa se abría en una V invertida. ¿Podría acaso decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema. Un discreto escote en la parte superior. antes de que Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. No la estaba llamando vieja. le dijo la hija. ¿me lo prestas?. de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier? —preguntó Verónica. ¿Podía invitarla al desfile de esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. una insinuante abertura en los muslos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus publicidad de prensa. pero no sabría comportarse naturalmente. No podía humillarla poniéndola al descubierto. Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. de piernas anchas. Y aunque Virgie comprendió las razones de la hija. el ancho cinturón rojo que apretaba la cintura y resaltaba las caderas. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—. se miró al espejo. Y en una sesión de tres horas vaciaron el ropero. ajustado a las nalgas. dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo. blusa gris transparente. era la mejor elección. se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su hija—. llama a Vero y le dices que me invitaste.

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Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes. Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que asistiría al desfile de esa noche. Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de zorro. —¿Quieres de verdad que te acompañe? —Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de modelo. Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que, al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido el collar de esmeraldas. Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional. Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza adolescente de su hija? Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó un hombre al verla momentáneamente sola. Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia, Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre

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arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero de la hija. —¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de modas. Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista, entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación. —Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites. Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su oficina y los teléfonos. Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones. En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista. Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre, éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola. Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista, si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más mínimo. Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes. Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.

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Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho. Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia, sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa — le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las disculpas. Tranquilo, le dijo. La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La tanga nació en las playas de Copacabana. ¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a Comunicación Social y Periodismo —añadió. —¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes. ¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa. —¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La Tarzana. —¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno. Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un relámpago. Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los

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no valía la pena más certeza que la felicidad de saberse el centro de atención. pensó la muchacha. de paso. un seductor irresistible. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. —Los espero en mi oficina —dijo Peralta. no se hiere la vanidad de un hombre poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador. ella decora. En medio de cuatro hombres. Y. ¿De otros? ¿De quiénes?. en cambio. el Gran Jefe. nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. pero Peralta respondió con una sonrisa. Le merecía todo su respeto. Le debe a los bancos más de lo que invierte. Y tuve que dárselo. en todo momento entregado al besuqueo. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó otro rumbo. no era fanfarrón como el Gordis. No quedaba casi nada de la integridad de Upegui. en todo momento agarrado a la cintura de su amiga. sólo seguía a salvo su innegable éxito de constructor. a quien también debía el haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy. sin duda atractivo e inteligente. la suave caricia en su piel. Lección: invierte en acciones seguras. Creo que el dadaísmo y el 44 . Usa mejor tu habilidad para manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. No temas —le dijo al oído más tarde—. acompañado por Isaías Bueno. se lo merecía la agencia de publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera un papelito a la muchachita que la volvía loca. —Una sociedad perfecta —dijo Bueno—. No lo hizo. pues no era otro el prestigio de Pradilla. Y salió de la casa. salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. —¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. A los duros. son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla. de copy a creativo de éxito. alguna muchachita. —¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra. como lo llamaba Pradilla. —Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de producción—. Está hablando del milagro. Asistía a las grabaciones. Yo. rodeado siempre de bellas mujeres. Caminan sobre la misma línea de crédito. le convenía dar a entender que era la nueva presa de este hombre. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. preguntó Bueno. Él construye. Le quedó el escozor de la intriga. pero nunca serás un gran poeta. como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. el brazo que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos rizados. A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. Era un hombre discreto. De esta boca no saldrá ni una palabra. la decoradora? —preguntó John Peralta. Así que aceptó la aproximación del nuevo amigo. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. Miró de reojo a Beatriz. sólo falta que hable del santo. no le tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—. La muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. Ya me gustaría manejar la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. la mano que tomaba su mano. Si invertía los términos de la evidencia. le llevaba refrigerios especiales. ¡Qué hijueputa!. ¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la acompañante de Upegui. Nunca olvidaría la frase del Gran Jefe: —Como poeta eres ingenioso.

La publicidad es la única mentira que goza de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus futurismo. Si le vas a dar algo a un hombre. Amor propio o vanidad. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas. Sí. Lejos de allí. pese a sus setenta años cumplidos. de confección defectuosa y tejido de lija. por otra parte agonizante. que si deseaba quedarse un poco más en la reunión. mijo. Si la publicidad le exigía optimismo. Este Pradilla. así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui. la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. Jamás se le ocurrió consumir los productos que promocionaba. gran poeta y amigo. aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban. lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas de su generación. por poco que sea —diría después como si repitiera una de las lecciones de la madre—. No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en una de sus bellas artes. jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado. que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos. no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras. Ponía todo su ingenio en mentir. Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su voluntad. conservaba en el centro de Bogotá su antigua oficina de abogado. Virginia conversaba animadamente con Amparo Consuegra. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre. dáselo como si fuera lo más importante de ti. que se quedara. concertaba citas con secretarías pobres. Corregía allí sus poemas. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento. carachas. Con gusto y sin mayores esfuerzos. leía a ratos. menos aún alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad. además de la poesía concreta. Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. les inventaba el presente. también podía acompañarla de regreso a casa. era un cínico que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. Upegui daba vueltas al salón con una copa en la mano. No había abandonado la poesía. Le dijo a la madre que la acababan de invitar a una fiesta. sable en mano. la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de marcas establecidas en Estados Unidos. El incipiente bardo de veintiséis años. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él. ¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. 45 . sobre todo si eran exitosas. son el origen de la publicidad moderna. en tumultuosas fiestas de la tribu. respiró aliviada. además de corrupto. No creía en el producto que vendía. artefactos humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. Al salir de la salita en busca de la madre. al senador que hizo elegir mediante una sofisticada reelaboración de su imagen. Si no tenían pasado. Allí empezó a crecer su afecto hacia el Gran Jefe. era hoy un publicista disputado por grandes empresas y reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. De allí los disparaba hacía el futuro. Fue un consejo cruel y oportuno. Dos Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla. sin esperar recompensa alguna. las gaseosas le producían flatulencia y aceleraban su ritmo cardíaco. Le dio pues su compañía. consideraba impresentable. ni siquiera la recompensa que verse publicado. orgulloso de tener en su nómina al embustero más eficiente del mundo. No sobes. cuya gloría pasajera quedaba registraba en revistas de aparición única.

el mismo que no había apartado los ojos de Beatriz. que las llaves de ese mundo tintineaban en la mano extendida de Pradilla. zapatos. no llegues muy tarde. le ofrecía calentar un tarro de sopa Campbell. Seguía con la mirada los pasos de la modelo. se acercó a hacerle compañía. Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente. Le servía el whisky. distinta a la de la madre. traje de Ermenegildo Segna. vestidos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. Si no lo conseguía. su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las espectadoras. no estaba seguro. Un hombre de cuarenta y pocos años. Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo. chaquetas. Aceptó ser llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara. con frecuencia más dormida que despierta. Las largas horas pasadas frente al televisor. corbata Hermés y zapatos Sebago. Nada extraordinario. pero la madre ya lo había introducido en su bolso. de las revistas que ella hojeaba distraída. le dijo Leo. Le había pedido al director de la serie ser indulgente con él. irrelevantes y llamativas. Aquella noche. marcas. de la televisión y el cine. propietario de una cadena de joyerías. alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. Hacía las tres de la mañana. si no dormida. cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina. adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la imagen y el sonido siguientes. tenía en la despensa pan tostado con ajo. bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. Iba a decirle "no lo hagas". ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo. No mientas. la música 46 . Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre. El muchacho podía convertirse en un buen actor. Upegui conversaba con su sombra. Una nueva mirada. No lo había vivido aún en carne propia. mamá. un último bocado en mi sala. éstas eran las horas que moldeaban la mirada. Era Fabián Acosta. un no-se-sabe-qué que le recordaba a Richard Gere. de unos cuarenta y pocos años. tal vez quedara en la nevera una botella de vino blanco. el joven protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. contrariando la petición de Virginia. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en emoción era el paisaje que cubría cuerpos. guapo y seductor. Sólo Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar. vaso de whisky en mano. Peralta había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se distinguirá un paisaje de otro. no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica. aunque compartiera con la hija el ocio de sábados y domingos. —Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa. creía que le quedaban unas lonchas de salmón ahumado. En un rincón del salón. reloj barato en la muñeca izquierda. acarició el cenicero de bronce y lo tomó con gesto distraído. ambas en pijama. La notó nerviosa. esa era la mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo. Un joven bien vestido. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables. un Porsche rojo. que prefería el cine a la televisión. pues sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y el revoleteo de sus acompañantes. entregadas al dulce hacer nada de las tardes.

¿La ignoraba acaso? Se complacía sabiéndola cerca. envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría mundana de sus palabras. aventajada alumna de inglés. un Blanc de Blancs no está mal. la reproducción de un cuadro de David Hockney. Warhol. recordó que no llevaba ropa interior. No necesitaba ir al baño. hizo el inventario de los objetos que estaban al alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet. Se ausentó unos pocos minutos y regresó en mangas de camisa. espléndida en su belleza de dieciocho años. quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. —¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el perchero el abrigo de astracán. jabón líquido. —No sé —dijo Leo—. calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla. la decoradora. una caja nacarada en cuyo interior encontró un paquete de condones. Pronunció el nombre de Andy Warhol. Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn. Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de Marilyn Monroe y Mao Tzedong.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus oportuna. para más señas. Se bajó hasta las rodillas el negro pantalón de seda. tarareaba las canciones de Sinatra y le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday". frente a un inmenso espejo horizontal. La verdadera pregunta. A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa. hache. o. Lo de marica es un elogio —añadió. un cenicero de mármol y. crema humectante para el cuerpo. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. parecía imposible de formular. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud desdeñosa. distante en la manera de ignorarla. Y ella no podía por menos que sentirse intrigada. Doble ve. el oportuno ponte cómoda que ya regreso. a. segura de que. en cambio. No lo eran. como se dijo antes. ele —deletreó. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. No había alternativas: jazz o boleros. Pradilla. en adelante. crema para las manos. exhibicionista y marica. Un breve chorro amarillento tiñó el agua. —"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra. y se sentó en la taza del inodoro. amable en todo momento. —¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla estuviera vaciando sus expectativas. Le habló nuevamente de Andy Warhol y de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio. éste no era un hombre previsible. Mao Tse Tung. —¿Una trampa? —preguntó Verónica. Al levantarse. partió un limón en rodajas. en una de las paredes. Puso en el tocadiscos un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo. como se decía ahora. 47 . erre. veinte o más años mayor que ella? Tratar de seducirla. No era una trampa. Y aceptó la trampa. Réplicas de tragedia y épica del siglo. ¿De quién era la serigrafía que imitaba los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le dijo Pradilla al salir. No le dijo que se pusiera cómoda. "The lady is a tramp" —dijo para sí tarareando la canción. Y no había calculado mal. ¿Qué habría hecho un hombre previsible. No creo que sea Amparo Consuegra. abrió una puerta y dejó a Verónica en un amplio cuarto. que daba vueltas de peonza en su cabeza. un par de toallas simétricamente colgadas. Leo encontró la botella de vino blanco. la épica del viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de un río legendario. sería ella y solamente ella la responsable de sus actos.

si era un rompecabezas. La madre dormiría hasta tarde. arrojó chorros de gel al agua caliente. Se sentó a esperar que la bañera se llenara. "La señora es una trampa". Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos. Vea. Tengo sueño pero no puedo dormir. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. —Estoy preocupada. le acercó el pijama de seda. Una foto del ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche. extendiendo y abriendo las piernas. Y era sábado. Cerró los ojos. Mientras se desnudaba frente al espejo. habría que armar el rompecabezas. —Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. Beatriz estuvo espectacular. ¿Fuimos extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral. Así que no podría ordenar sola las piezas sueltas del puzzle. acariciaba la felpuda superficie de su sexo. Vero —se atrevió a confesar—. la ayudó a desvestirse. ¿Soy una trampa? —se preguntó. "The lady is a tramp" —decía en la tarjeta sin firma. "Por una vez en mi vida". fue la reina de la noche. pocas veces y esas pocas veces fueron entre los diez y los once años. lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas. si vieras cómo la miraban esos viejos verdes. Él esperó que entrara y encendiera las luces. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. Con una mano acarició lentamente sus pechos. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life". La acompañó hasta el dormitorio. El espejo se empañó con el vapor. Se sumergió poco a poco. Si no lo pedía la madre. Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero. con prudencia y casi con temor. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. Debía esperar hasta el lunes. comentarios que hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia. Pocas veces le pedía que durmiera a su lado. ordenar el enigmático desorden de las frases. Verónica se despertó primero que la madre. con la otra jugó a enredar los vellos de su Monte de Venus. recostada en un sofá de la sala. Después hablamos de eso. Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas la madrugada anterior. mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. le ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. —Duerme conmigo —le pidió la madre. Vero tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre. —Duerme —le pidió la hija—. cambió la ducha por la tina. Ya vengo. La sintió despierta largo rato. —¿Te pasa algo? Aunque Virgie le mintiera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La llevó de regreso a casa. Mis cálculos se están quedando cortos. sabiéndose incapaz de 48 . No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que. "Extraños en la noche". Quiso llamar a Leo pero recordó que sólo tenía el número de su oficina. niña Vero. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras. lo exigía la niña. ¿quería un alkaseltzer antes de acostarse?. sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. —No puedo dormir —le dijo a la hija—. comentó algún incidente nimio de la noche.

le temblaron las piernas. su cajita de sorpresas. Verónica dio gracias a Dios por el milagro alcanzado. Una extraña orden. el grito ahogado. hundió con suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus explorar más allá de la estrecha puerta de entrada. Mañana me llegan las máquinas de ejercicios. —Lindas las rosas —cambió de tema—. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor sobrepuesto a otro olor. Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó. convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. Tuvo conciencia del grito inoportuno y lo convirtió en un gemido. —¿Que me quejaba? No. La religión era un tic de la costumbre. impartida por no sabía qué tiránico capataz. una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. La madre aceptó la explicación de la hija. 49 . Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo respondía al recorrido de la yema del dedo. como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban. trazar un lento movimiento circular. esa sensación desconocida. Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. mamá —dijo sin aliento. como si adquirieran vida propia apretaran y aprisionaran su mano. ¿Las mandó Leo Pradilla? —Un desconocido —dijo Verónica. hasta que el calor subió al resto de su cuerpo. — Me pareció oír que te quejabas. le ordenaba presionar con fuerza. Verónica cerró de nuevo los ojos. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda tropezó con algo que se endurecía. El agua ya no era tibia. lo movió como si no lo moviera. rozando apenas la superficie. como la llamaba de niña. el ruido de nudillos de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. mamá —nunca la llamaba así—. ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja. —¿Te sientes mal? —No. ¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. Poco a poco. aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios. No le dijo. —Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. La ausencia de fe era asunto decidido sin convicción. Cuando quiso salir de la bañera. aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia. le prohibía prolongar el placer apenas insinuado. abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico. el chapoteo cadencioso de un cuerpo en el agua. que había escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos. me estaba acordando de una canción y trataba de cantarla. No se detendría. ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura rotara al ritmo de la mano curiosa y amable. Con los ojos cerrados. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. ni le importaba que la respiración fuera acezante. el cuerpo recobró la liviandad del principio. El cuarto de baño le pareció borroso. Si se les preguntara. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar las paredes para el salón principal. pero se detenía temerosa en ese umbral. No importaba que ese sofoco. El llamado insistente a la puerta. que sus muslos. madre e hija aceptarían ser católicas. Ya voy. la estremeciera y ella misma se escuchara gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor. nunca se lo diría.

Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. Francisco Rueda. Sea lo que sea —dijo Verónica—. "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año". ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda. Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche. Y era cierto. bebimos vino blanco. —¡Qué nalgas. en realidad. —¡No te lo puedo creer! —Créeme porque yo tampoco lo creo. Dos columnas inferiores informaban sobre el estreno de una ópera en el Teatro Colón. —¿Qué pasó en el apartamento de Leo? —Nada. Verónica esperaba los avances de Pradilla. impotente. Tres de las siete fotografías de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo. abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. no pensaba hacer nada con él. especuló Beatriz. a dejarse desnudar si era lo que él deseaba. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con el Gordis. Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias. La esperó media hora. debe ser uno de esos tipos que te ven muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un caballero en la espectacular velada de anoche". Marica. como si de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. revelación de la noche". un hombre demasiado respetuoso. ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. eso era lo que sentía en aquellos instantes. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera. sobre todo en las piernas. ¿Podía venir un momento a su casa? Desayunarían juntas. escuchamos canciones de Frank Sinatra. Nos vemos dentro de un rato. una rara luminosidad en los ojos. en el centro de la página.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo. una adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres de personalidades presentes en la velada. Verónica llamó a Beatriz. Por los bordes de la prenda se escapaban. Beatriz traía a mano los periódicos del día. En la agenda de la noche anterior. —¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. 50 . Una rara paz interior. despiadado o. Si no es marica. es impotente. Sabe que tengo más de dieciocho. Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida del desfile". —¿Cómo que nada? —Comimos salmón ahumado. lo que se dice nada —respondió Verónica. como si lidiaran contra la prisión de la prenda. ¿Son tuyas? —¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass adornado de encajes. La apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. si no es impotente ni marica. retorcido. La privaba del placer de resistirse. las tonalidades marrones de los pezones. A todo color. a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra. tal vez.

. Beatriz creía que una vez abiertas las puertas del éxito. La virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga. 51 . Frank Rueda.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus afrentaba su vanidad de mujer. porque es inteligente parece más odioso. No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra. —¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula. Me dice que viva la vida que no pudo vivir ella. —¿Quién sedujo a quién.. —Mi Gordis es distinto: tierno. incluida la industria de la belleza. qué se siente? —Un orgasmo es. ¿Es eso? —preguntó Verónica. fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—. lo que importa es que no sea pobre ni demasiado viejo. pocas veces lo llamaba por su nombre. La desafiaba. más allá de ese primer paso decisivo... se está volviendo vieja sin saber nada de la vida. habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas. Cuando se pone a hablar con sentencias. —Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz. ese roce involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. Me dio rabia. buena sombra lo cobija. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. Creen que las mujeres deben arrodillarse a sus pies. Pobrecita. Beatriz? —Yo—confesó. Betty. No esconde sus intenciones. somos niñas jugando a ser mayores. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica.como un temblor de tierra. ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente. adonde entraba de la mano del Gordis. —¿Está mal que me guste un hombre por interés? —Depende —transigió Verónica—. no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. —¿Por interés o porque te gustaba? —Un poco por interés. —Y que te abra las puertas del éxito. sientes que te vas hundiendo en un hueco sin fondo. Gordo o flaco. En un plácido hueco sin fondo. Betty. Para ellos. dice que el que a buen árbol se arrima. —Tuve un orgasmo. ¿Dices que es inteligente? —Por eso mismo. todo era incierto. la dulce agonía del cuerpo que volvería purificado a la tierra. —¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre. —elevó los ojos al cielo— . —Leo es un hombre muy inteligente. La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero. debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje.. sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos. —¿Cómo es un orgasmo. Lo tuve yo sola. —No me estás diciendo toda la verdad. —¿Sola y sin pensar en nadie? —Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. el fin que buscaba sus medios? No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. prefería pensar que lo experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte. —¿Quiénes son esos tipos? —Los hombres mayores. —¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis? —Si lo sabe. feo o lindo. los que piden permiso para darte un beso..

tiene un éxito increíble con su urbanizadora. "como las mujeres. El capital previsto no bastaría y si no bastaba tendría que solicitar un crédito bancario y si el crédito era imposible buscaría un socio. la hija demostró ser capaz de desenvolverse sola y sin la tutela de Virginia. porque no había dejado de halagarla y cortejarla. Que hubiera 52 . la desvelaba la fecha de inauguración y la lista de invitados. —¿Lo llamo o no lo llamo? —se impacientó Virgie. en las duchas o en la sala de baños turcos. Por lo que oí esa noche. ninguno como Upegui. un tonto exitoso en los negocios. Su capacidad de decisión sorprendía a la madre. La noche anterior. como virus que se extiende y acaba por contagiar a un número cada vez mayor de víctimas indefensas. un gimnasio de lujo podía ser una inversión excelente. Fue cuando hizo su aparición providencial el constructor Javier Upegui. ¿Había apostado demasiado en ese sueño? . si puedo ayudarte en algo no vaciles en decírmelo. Iba a decir. recordó en uno de sus momentos de mayor inquietud. patéticamente desgraciado en sus amores. Virginia apenas dormía. Todo lo que concernía a Upegui parecía providencial ese día. Quiere invitarme a cenar. por ejemplo. —Acéptale la invitación y que sea ahora mismo. Sus ahorros y su cuenta en dólares se iban por el desaguadero de los imprevistos y por el mismo conducto se le iba a veces el ímpetu que había puesto inicialmente en su empresa. pero repetirlo la hubiera llevado a preguntarse sobre la identidad de La Tarzana o a remover en las razones de sus presentimientos el enigma de la mujer que todos llamaban La Tarzana. —Me dijo que tenía sesenta. en caso extremo podría hipotecar la casa. a manera de machihembrado. ¿Quién era realmente esa Tarzana de la que hablaron tan despectivamente? ¿Temían que hubiera elegido a Upegui como su próxima presa? —Javier Upegui me ha llamado dos veces —contó Virginia a la hija—. ¿Por qué no un socio. Verónica adquiría una energía insólita. Si no surgían problemas con la instalación de las máquinas. por qué no Upegui? —Llámalo —le aconsejó Verónica—. Si necesitamos un socio. capaz de decidir por sí misma en la adversidad. ¿Cuántos años le calculas? —Sólo lo vi de lejos —dijo evasivamente—. Debe andar por los sesenta y pico. también providencialmente. desde los diez años. En muchos sentidos. Se había mostrado interesado en el proyecto. una convicción confesada: quien a buen árbol se arrima. aparecían errores en el acabado o en las oficinas. después de los treinta". —¿Qué más oíste de él? Estuvo a punto de repetir lo que se dijo de Upegui. le dijo la noche del desfile. aunque esa sombra fuese con frecuencia una silueta ausente. Lo sellaba. Pedía plazos a los proveedores. buena sombra lo cobija. Adivinaba en ella una personalidad obstinada. de pedirle detalles sobre su proyecto. la época imponía costumbres y valores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La experiencia del orgasmo selló aún más el vínculo de las amigas. pero Virginia no sabía si el constructor lo decía para halagarla. —Después de los cuarenta. A medida que maduraba. Cuando se solucionaban estos problemas. la promoción de prensa y los recursos de una inversión que se reducía a velocidad de miedo. La abrumaba el escepticismo. todos los hombres mienten. Verónica se había hecho a la sombra de la madre. ¿Aprendían ambas de sus madres o aprendían con la moral de la época? Poco a poco. Y ésta fue la frase que.

Cuando salió del auto para recibirla y abrirle la puerta. como si ese fuera el calor deseado aquella noche. entonces. Si lo conseguía. Upegui dijo. Prueba los escargots —le sugirió a Virginia. a pocos metros de la carrera 7. el hombre se inclinó reverencialmente. mientras circulaban hacia el viejo restaurante de la calle 23. Pero Virginia no sabía si la puntualidad de sus consejos era lo que su hija necesitaba en realidad. Y desde ese instante. lo mismo de siempre. Y Virginia constató que. Él mismo la recogió en casa. un Marqués de Cáceres del 82 —ordenó. habría sorteado el riesgo de la servidumbre a hombres poderosos y ricos. el lujo de sus gustos. Lo que menos le importaba era la edad y. con mantequilla y ramitas de perejil. revelaba en la muchacha un sentido de independencia que acabó por producir el estado de melancolía que Virginia experimentó al regresa sola a casa. en la penumbra de un rincón. Verónica aprendiera a volar y lo hiciera sola y sin su concurso. agua tónica y zumo de limón —ordenó ella. se les había acabado el Marqués de Cáceres. Verónica la sintió tranquila y complacida por la compañía. De melancolía y desacostumbrada ternura. ¿Le traía el vino de siempre? Sí. ¿Quería la carta? El maître les recomendaba el cibet de jabalí. Upegui fue al grano: —¿Cuánto has invertido y cuánto necesitas? 53 . ¿Cuántos años revelaba? Tal vez sesenta y cinco. la peluca se desajustaba en la parte posterior del cráneo. Crecía la complicidad entre ambas. Mucha pimienta negra. Lo sentía mucho. porque temía perderla. aunque la viviera con la mayor naturalidad del mundo: sus amores. de haber escuchado lo que se decía de él. Las papas al vapor. le ofrecía en cambio un excelente Marqués de Riscal. tampoco le importarían las habladurías de los amigos de Upegui. ¿Un aperitivo? Virginia necesitaba algo fuerte. la madre temía el alejamiento paulatino. Lo único que no era fingido era el deseo de construir su propio negocio. A medida que la hija crecía. Un whisky doble de malta era lo que acostumbraba beber en el restaurante que frecuentaba al menos dos veces por semana. Tenía peluca. Había elegido una mesa para dos en uno de los extremo del restaurante. ¿No la había sufrido de niña? ¿No la había evitado al casarse con el ingeniero Arturo Oropeza? ¿No la había temido al enviudar siendo aún joven. Y el cordero asado —añadió. doctor. —¿Cómo va tu gimnasio? —fue la primera pregunta de Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en principio rechazado su compañía y la hubiera finalmente aceptado con el tacto del vínculo filial. Había previsto una inversión pero mis cálculos se están quedando cortos. Y el mesero comprendió. porque se sentía sola. Por ello le había pedido dormir en su cama. porque sólo la ternura le daría la certidumbre de tenerla aún a su lado. que un día. —Con dificultades —dijo Virginia cuando retomó el hilo de la conversación—. la prosperidad. un gimnasio de lujo. liquidez suficiente para sobrellevar sin angustias los primeros meses. madre de una niña de diez años? Fue a cenar con Upegui. el día menos pensado. Iba decidida a proponerle la vinculación a su negocio. Una ginebra con hielo. El mesero conocía sus preferencias. Hablaban a menudo. clientela distinguida. Probablemente pensara así la mujer que se había resistido con todas sus fuerzas e ingenio a las humillaciones de la pobreza. una inyección de capital y las relaciones del socio con el alto mundo era lo que le faltaba para estar segura de que el futuro se abría en efecto como lo había deseado. Ignoraba lo que sus amigos decían de él y Verónica nunca le diría una palabra de lo escuchado en la fiesta. La inversión prevista inicialmente se estaba agotando. pese a estar perfectamente ajustada a la cabeza. Gran parte de su vida era fingida. Virginia no hizo otra cosa que pensar en la edad de aquel hombre. Upegui pedía casi siempre escargots de entrada y steak au poivre como plato principal.

Ni un solo billete o moneda de curso legal entró o salió en la operación de compraventa. —¿Así que necesitas doscientos mil dólares? —Podrían ser ciento cincuenta mil —dijo Virgie. El dinero se escondía. la mejor elección para la tierna textura del cordero al horno. Upegui construía. que valía menos que la pieza. Upegui se quedó unos segundos pensativo. cuya autenticidad seguía siendo dudosa. Amparo y Upegui siguieron siendo socios. imitar equivalía a aprender. dinero en efectivo. Así que cuando repitió para sí la cifra dada por Virginia. Upegui la comparó con el precio del cuadro. fue vendido en Nueva York y repatriado a Colombia. Era lo que valía el cuadro de Fernando Botero que acababa de permutar por una casita en la sabana a las afueras de Cota. Si no había efectivo. No le guardaba rencor. Se pagaban deudas con obras de arte: los dealers recibían en consignación y vendían al contado o a plazos. Upegui pidió más pan francés para no dejar en el plato la salsa de los caracoles. Aceptaban cheques posdatados. pero salía de repente en operaciones de alto trueque. se volvía casi intangible. y dos grabados de pliego de Salvador Dalí. una formalidad. Incluso después de haber dado por terminada una relación tormentosa. Estaba acostumbrado a esta clase de cálculos. menos mal que había pagado seis meses por anticipado. No sólo estaba seguro del éxito del negocio sino de la 54 . en lo posible. una mujer como Amparo podía ser mejor aliada en los negocios que en la cama. El cuadro de Botero. le dijo. Suscribirían un documento privado. se decía Upegui. su precio sería sensiblemente más alto. quien se propuso desde el principio educar a la esposa. viajó unos días por el Principado de Mónaco. Para Virginia. Saldría de nuevo para acabar en las manos de un colombiano de Miami quien. Upegui acostumbraba hacer toda clase de transacciones. Amparo decoraba. en realidad un testaferro dócil usado en algunas de sus operaciones. a su vez. Se reunirían mañana a revisar las cuentas y poner en orden los papeles. ¿Había tomado la precaución de pedir facturas de cada compra? Le recomendaba facturación doble y. los arriendos estaban por las nubes. pagar de contado. La calle 93 con carrera 16 era un sitio costoso. le dijo. Total. razón por la cual Upegui sumó al inventario muebles coloniales y dos retablos del siglo XVIII. Doscientos mil dólares —repitió para sí. En caso de que un día decidiera traspasar o vender el negocio. apartamentos por obras de arte. de un día a otro. Calculó al vuelo una cifra y dijo que necesitaba doscientos mil dólares. Upegui pensaba que no había mejor recurso que invertir con un poco de ingenio. podría en pocos días venderlo por intermediarios a un "cliente anónimo" de Medellín o Cali. terrenos por carros. ¿Era correcto o de mala educación limpiar la salsa del plato con un trozo de pan? Lo imitó también en la manera de paladear el tinto de la Rioja. prepararla para la vida social que ella conoció en esos largos diez años de matrimonio. ¿Le molestaba si no figuraba en las escrituras del negocio? Figuraría su abogado. una camioneta Toyota recibida a su vez en un canje. Enviaría a su abogado. ambos vendían o canjeaban en un mercado que veía salir de debajo de las piedras o las camas fabulosas sumas de dinero.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus No le dijo lo que había invertido. moldear las asperezas de sus costumbres. Virginia lo imitó. —Que sean doscientos mil —dijo Upegui. El camino que había seguido el cuadro parecía absurdo: pintado en Italia. Lo había aceptado en años de vida con el ingeniero Oropeza. subastado en Nueva York. había llegado al inventario de Upegui por medio de un cliente encaprichado con la casita de Cota. Amparo Consuegra participaba a menudo en la venta de las piezas de arte y éstas se volvían. Quería ser franco: compromisos con su banco le aconsejaban ser cauto en sus inversiones.

por lo rutinarias. gracias. Aunque tener un 55 . Podría aceptarse que. dijo. con una chusca buhardilla que le servía de estudio. ahí estaba el secreto. La ciudad crecía y se empezaba a volver incontrolable el manejo de la seguridad. En tres días. que su apartamento fuera en realidad una vieja casa de dos pisos. solo y sin hijos. Vivía en Teusaquillo —le explicó— porque las casas que quedaban en el sector eran joyas arquitectónicas. —Estaríamos más tranquilos en mi apartamento —propuso. las chimeneas eran una rareza. atravesando los pasillos. previendo quizá lo que contenía la propuesta.. se permitía la irresponsabilidad de probar el pan y las salsas. La cocina y el cuarto de servicio eran gigantescos. Una vivienda espaciosa de dos plantas con antejardín y garaje. Se dedicó a informarle que su peso y sus medidas se mantenían en un nivel aceptable. prefería el pescado a la carne. Virginia rechazó el postre. No necesitas dieta —repitió Upegui. Si fueran imprevisibles o menos rutinarias. bebía al menos nueve vasos de agua diarios. tendría el equivalente de doscientos mil dólares.. coqueteó. Al fondo. no exigen el concurso de la imaginación. tomó por sorpresa a Virginia. Y Virginia aceptó la propuesta de tomar un trago en casa de un hombre que conocía apenas. Las estrategias se repiten con regularidad porque han probado su eficacia. Toman las decisiones esperadas por las mujeres. estas casas fueron habitadas por familias numerosas de alto rango social. pues vivía solo desde hacía quince años. No la necesito ahora. y mucha agua. Las circunstancias obligaban a tener vigilancia permanente. Las explicaciones de Upegui iban de la generalización a los pequeños detalles. No bastaban el celador de la cuadra ni la garita de la esquina. ¿Los prefería en efectivo? —corrigió. imperceptible recorrido hacia arriba. Que mirara bien.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus seguridad de su inversión. Mi dieta. ¿No estaba en juego una inversión de doscientos mil dólares? Que el constructor Upegui viviera en Teusaquillo. En efectivo —dijo Virginia. Qué vaina con la seguridad. Debía tener cuidado con el alcohol Hay hombres previsibles. No la necesitas —la halagó Upegui. Había un cuarto que podía destinarse al mayordomo. Y ninguna decisión es más previsible que la tomada por hombres que pretenden seducir a una mujer. que había suprimido las harinas y que excepcionalmente. imaginó su apartamento en un edificio levantado en la falda de los cerros. sobre todo en estas casas. ¿Una copa? No. El área social. Ya no se hacían acabados como éstos ni se concebían suelos. en la primera planta. Así que. precisamente por lo previsible. las ensaladas y las frutas. Y mientras lo decía. Ya casi nadie las usa de residencias. correrían el riesgo de fracasar o producir desastres en la vanidad. ¿Por qué tan cerca del centro y en un barrio tan venido a menos? Pensó que Javier vivía en el norte. aunque empezaba a estilarse la recuperación de la chimenea como adorno de la sala. pasando una mano por sus caderas. Su dormitorio en la segunda. caminaba o hacía ejercicios puntuales. como hoy. divorciado de una mujer de cuyo nombre no quería acordarse. vulnerables en todo sentido. la estrategia dio los resultados esperados por Upegui. pero. En principio. pero él se había entusiasmado con la idea de conservar la casa como vivienda. armarios y escaleras de madera fina. La mano ascendió de la cintura e hizo un lento. —Tomemos un trago en otra parte—propuso Upegui. a más tardar en una semana. tres habitaciones más. las ensaladas eran su obsesión. miraba con codicia el tiramizú que Upegui devoraba en grandes cucharadas. Las compraban o arrendaban. Gracias —fue la breve recompensa de Virginia. lo había convertido en un depósito de muebles y trastos viejos. una excentricidad. Como él no tenía mayordomo. sala y comedor.

Se arrodilló entonces y buscó entre los calzoncillos. Virginia se sirvió de una mano. que se la acaricia con suavidad e invita a ser mirada cuando la suavidad pasa a ser el ejercicio drástico del dedo presionando con fuerza. harían el milagro. Que la mirara. un largo. en un gesto involuntario. llevarlo de la mano y conducirlo adonde deseaba llegar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vigilante privado no disminuía la inseguridad. el cinturón. aceptara seguir jugando con un pene que no era pene. Ni boca ni mano. Si el grito de Upegui pareció un desgarramiento de pánico. No volvieron a hablar de negocios. Upegui miraba esta variante del juego: una mujer abierta de piernas. Virginia empezó a desnudar al inexperto: la corbata. exiguo elíxir blancuzco. ¿De gata? Si alguien le hubiera hecho el seguimiento de esos gritos —testigos no faltarían— hubiera concluido que Virginia había adoptado como propio el grito del hombre de la selva. no podía evitar los retorcijones. —¿Qué te sirvo? —preguntó después de encender las luces de la sala—. le ordenó obligándolo a seguir de pie. la camisa. Cuando la boca se fatigó del juego. El sofá no alcanzaba para dos. decidió ella. Virginia aceptó hacer el ridículo debajo de un hombre que se había abalanzado sobre ella y desordenaba su ropa antes de caer de bruces. de vientre prominente. No te muevas. Envejecen y no aprenden. se acariciaba el coño. maleable masa dormida se despierta entre sus dedos. continuado. como si. Unos instantes. se despierta sin abrir del todo los párpados. ¿No venía de allí el apodo de La Tarzana? 56 . pero disfrutaba sabiendo que todo en aquella escena estaba condenado al patetismo. siguen siendo toda la vida adolescentes con urgencias. Se evitaría el tramo de la escalera hacia el dormitorio de la segunda planta. ¿La alfombra o la cama? La alfombra. se dijo. salido de una pequeña. Encontró un pequeño juguete flácido. lo que obligó a Virginia a extenderlo bocarriba en la alfombra. el dedo corazón que acaricia la rosada entrada de la caverna. esperaba que. gemía. concluyó. adonde no llegaría si lo dejaba hacer solo sus cosas. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse y se encontró de pie. Consiguió un breve saludo traducido en algo que podría ser una erección. Podía haber reducido el patetismo de la imagen quitándole los calzoncillos. Cambió entonces las reglas del juego: una mano acariciaba la flexible masa semidormida. Supo desde el primer instante que tenía que guiar a Upegui. Se rió sin querer ser ofensiva cuando vio a Upegui en calzoncillos y medias. Upegui gemía. Siguió ocupándose de la flexible masa muerta. decidida y más eficiente. Saberlo y sentirlo no la distrae del propio empeño. semidormida fístula. abrazada al tipo que le babeaba cuello y orejas y le desabotonaba la blusa con tanta prisa como ansiedad. así que Upegui resbaló aparatosamente cuando ella. Prefirieron el vino al whisky. lo tranquilizaba un poco contar con ese hombre de confianza. Trató de animarlo con masajes. Upegui susurraba. un cuerpo enjuto y amarillento. trató de salvar un brazo aprisionado por los brazos del pulpo que la rodeaban. Mi empleada está durmiendo. Un despertar sin despertar. Lo ayudó en la tarea: se desnudó con paciencia. Aunque estuvo a punto de reírse por el repentino avance de Upegui. Lo que sintió en la boca al cabo de un rato de esfuerzos fue una flexible masa sin vida. los suficientes para que Virginia Sienta caer el cálido. Ha cerrado los ojos y sólo existe para sí misma. alcanza a presentir la aparición del milagro: la pequeña. continuaba retorciéndose. mirándola. con un hombre que no era hombre. la otra. Hay hombres que nunca aprenden. El juego no conduciría a ninguna parte. extendido maullido de gata. Upegui gemía y Virginia hacía lo imposible por contener la risa. Upegui disparara un oculto dispositivo erótico. Alcanza a ver los ojos vidriosos de Upegui. por distracción. fue un aullido. con la saliva venenosa. En ropa interior. con el roce de sus labios. los pantalones. el de ella.

Si lo conseguía. Se lo dijo a Upegui en otras palabras. Como si se tratara de un discípulo dispuesto a aceptar como verdad lo que ella le enseñara. momentáneamente. No dejó de mentirle. sin quererlo. mejor dicho. Melancolía y silencio. habría que descartar esta modalidad. —No tienes que mentirme —dijo el con la voz entrecortada. Un llanto quedo. pero lo excitaban como no podía excitarlo la modalidad clásica de conseguir una erección destinada a penetrarla por instantes. por la felicidad de sentirse consentido al lado de esta mujer sabia y paciente. Upegui chupa ese seno. Susurraba en sus oídos palabras y expresiones que derretían al viejo. También Upegui descartaba la posibilidad de convertirla en su amante. Se vistieron en silencio. El viejo no era lo que se dice impotente. No era un pelafustán cualquiera. Piadosa mentira. Si a Upegui le gustaba revolcarse y sobajearse con ella. por su impotencia viril. —Estuviste fantástico cuando me mirabas —corrigió. mordería sin morder sus testículos. pondría todo el empeño en esas relaciones. ¿Que se excitaba más mirándola que acariciándola? Lo complacería en ésta y otras obsesiones. —Estuviste fantástico —le susurró.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche. ¿Por qué los hombres se empecinaban en tomar una y otra vez los caminos del fracaso? ¿Por qué pretendía Upegui hacer el amor —Upegui no era sino la metáfora de otros Upegui— sin temer la caída en el ridículo? La piedad presta su estilo a la mentira. Acostumbró esos oídos a repentinas suciedades y a tiernos insultos. 57 . Fue más allá de la resignación: trazó su propia estrategia. enmarcados en un precario paisaje de canas. Virginia instruyó a Upegui en otras técnicas amatorias. tantos que se volvieron rutinarios. ¿No le gustaba verla en cuatro patas y de espaldas exhibiendo la abundante redondez de sus nalgas? Le enseñaría a besárselas. Upegui no sería solamente un amante dócil sino el mejor de los socios. ¿No le gustaba sentirse lamido como cachorro? Lo lamería con dedicación de orfebre. elementos de un juego amoroso que excitaban al hombre. Si lloraba. Aceptó el hecho y se resignó a hacer el amor con un hombre que no sabía hacerlo. No mezclaría los negocios con la cama y menos cuando este hombre le prometía entrar en sociedad. los volvió amantes sin ser amantes. de halagarlo. una recompensa inmerecida como todas las que Virginia ofrecía a hombres como Upegui. Virginia lleva sabiamente la cabeza del viejo hacia un pecho y lo amamanta con la abnegada ternura de una madre. como de niño que reduce gradualmente la intensidad de sus quejas. Pero la repetición de los encuentros. se escucha el chup chup de sus labios en la teta generosa. lo llevaría al centro de su cuerpo y le insinuaría quedarse allí como quien busca afanosamente un tesoro. Le enseñó a maniobrar un vibrador y lo condujo por vericuetos distintos a los habituales. Virginia cierra los ojos y piensa en la inminente apertura del gimnasio. Se proponía encoñarlo. ignorando las carencias del viejo. se adormece en el regazo. detiene el llanto. A Upegui lo calentaban las frases afrentosas. todo menos exponerse a fracasar en el intento de penetrarla. porque adquirió pronto la costumbre de llorar de manera inexplicable en brazos de Virginia. lo hacía de manera desconsolada y sin complejos. Lo que le dijo al verlo derrumbado y acezante fue una mentira piadosa. expresiones de consolación: el error de muchos hombres consiste en creer que todo se reduce a meterla. Lo conminó a hacer lo que se le antojara. Busca el otro pecho. Es el momento propicio para ofrecerle consuelos. Le haría el amor con la sabiduría de una hembra. Le pidió canjear afrentas por afrentas. metería un dedo en su trasero. Si no alcanzaba la erección en el grado de dureza exigido para penetrarla sin que el adminículo se deshiciera en su flacidez. Lloraba por el fracaso de los pasados amores. cada vez que imaginó a Upegui reconstruyó piadosamente aquella escena. ¿Que Upegui era un obstinado en su empeño de acostarse con ella sin contar con los recursos para hacerlo satisfactoriamente? Qué importaba. Virginia descartaba la idea de convertirse en amante de Upegui.

Verónica dejaba que su blusa enseñara vientre y ombligo. Extendida en la alfombra blanca y abultada. bajo tono de sus palabras no se alteraba y perdía el control en un rapto de macho? Empezó a desearlo en silencio. explicó Amparo. Mientras Virginia y Upegui vivían su historia de amor sin amor. Pero Bueno decidió a último momento no convertir la obra de su vida en la fácil carnada de un pez gordo. Piel de manzana. le dijo a Verónica: espero que te guste. ponderaba el sonido de la guitarra flameante tocada por John McLaughlin. Amparo puso a su disposición una agenda valiosa. Me inclino por la asepsia. ofrece unos millones y. Ahórrate los estudios y las teorías: la empresa chiquita necesita capital para hacerse un poco menos chiquita. dedicada en las últimas semanas a hojear revistas de decoración europeas. Pudo al fin ver la retrospectiva de David Hockney. el día menos pensado. ¿conocía la canción de Joan Manuel Serrat? A propósito. Había que recuperar la sólida dignidad del hierro en vigas y escaleras. desde el suelo afelpado. El descubrimiento del orgasmo. El envío de las flores y los mensajes cifrados con títulos de canciones de Sinatra iluminó un rincón inexplorado de su curiosidad. Verónica había vuelto a encontrarse con Guido Leonardo Pradilla. dijo Amparo. Pensaba en módulos geométricos. Desde allí. Alguien muy poderoso estaba interesado en invertir en su empresa. Pradilla prefería la alfombra y los almohadones. mejor dicho. le hacía llegar cajas de bombones o trufas. Crecería. Si no le enviaba flores. alguna caricia sin más intención que la de sentir la tibia piel de la adolescente.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Recuerda que nunca amamantó a Verónica y siente por primera vez el gozo supremo de una maternidad tardía. estimuló la curiosidad de saber si podría alcanzarlo con un hombre. así definió a la urbe. un viaje de exploración a nombre del Gran Jefe. Todo sucedía como lo había esperado. le dijo. le interesaba saber cómo era el asunto de las fusiones empresariales. Son como niños —piensa. Ella abrió la pequeña caja envuelta en papel regalo: contenía un perfume de Carolina Herrera. se volvería más competitiva. La inyección de capital precipitó felizmente la última fase. : Volvieron a comer salmón ahumado y a beber champaña francesa mezclada a partes iguales con zumo de naranja. por el contrario. encontrado en una paciente sesión de frenesí solitario. ¿Por qué no trataba de seducirla? ¿Por qué no la desnudaba. carajo? ¿Por qué ese grave. zuas. serían sus socios. que los botones salieran de sus ojales y quedaran expuestos a la mirada sus hermosos pechos intactos. El viaje a Nueva York había sido en todo caso divertido. le pedía poner atención al escuchar 'The dark side of the moon". después se lo comerían vivo. Cinco encuentros —Vero los contaba como si fueran la cifra de sus expectativas— y todavía no asomaba en el horizonte nada de lo esperado por ella. Upegui llamó a Amparo Consuegra. Pradilla la invitó a cenar después de haberse ausentado cinco días de la ciudad. abre las fauces y engulle a su socio. se devolvía con mesurada nostalgia al peculiar sonido de Supertramp y The Cure. Se ofreció a colaborarles con ideas que darían al spa una decoración más sofisticada y moderna. Volvieron a escuchar hasta tarde viejas canciones que llenaban el ámbito del salón con melodías desconocidas por ella. Unos pocos. ¿Quién cantaba esa canción? Bryan Ferry. Posmoderna. tiernos besos. la ilustraba en la grandeza de un concierto de Pink Floyd. El Gran Monstruo de belleza apocalíptica. Un viaje relámpago a Nueva York. le dijo inocentemente Verónica. pero ella acostumbraba prescindir del 58 . ¿Qué hacía en Nueva York? Un encargo de Isaías Bueno. Primero. llega el grande con sus manos abiertas. ¿Le aburría conocer esas minucias? No. Ya no se estilaba el topless. En esto acababan esas alianzas.

Una manchita deslumbrante. nimiedades de niña. Aunque estuvo a punto de aceptar la idea de que aquel hombre era un gay escondido entre sus buenas maneras. Resultaba —le decía Verónica— que su madre tenía un nuevo amante. era todo un macho. Los pechos más divinos que lengua inmortal decir no pudo —siguió Leo con su parodia. le confesó Vero a Beatriz. ese tal Upegui. Y lo que era peor: un macho que le atraía como nunca le había atraído macho alguno. muy viejo para ella. tomarse a duras penas de las manos y besarse con besos de niños. arruncharse sobre la alfombra. tribulaciones de adolescente. Verónica conoció lo que era "el estilo". le dijo Leo a Verónica antes de la medianoche. O lo parecía. ¿Qué había hecho en el hotel de Villa de Leyva donde habían pasado un fin de semana? Dormir en camas separadas. Verónica recordaba que. ¿Qué 59 . ese tono bajo. Nadie le había dicho antes nada sobre el lunar del seno. esa elegancia sin el propósito de ser elegancia. repetirse en telenovelas actuales? No. la frase quedó grabada en la memoria de Verónica ¿Por qué no se los acariciaba? ¿Por qué no le quitaba la blusa y ponía esos pechos en su boca si ella no hacía nada distinto a ofrecérselos? Tuvo una fantasía instantánea: Leo le rasgaba a dentelladas la blusa. ¿Le había notado algo raro? Nada. Aterrizó en la realidad. ¿Lo había visto hacer en una película. una manchita deslumbrante en los senos más espléndidos que ojos de mortal habían visto. Estaba cansado. esa sonrisa permanente en los labios. en la década pasada. un publicista brillante al que le atribuían amoríos turbulentos y una antigua pasión de la que nunca hablaba. Lo tocó con el índice de su mano derecha y le dijo que era como un delicado adorno. pasear por el campo. solitario y exigente en su vida social. —¿Ni siquiera te toca? —No como yo quisiera. pero la inquietud de su vida lo llevaba a abandonar las carreras iniciadas. había vivido en París. Sabía escucharla sin darle consejos. la música en cada palabra. de detener el ascenso de la espuma posando la yema de un dedo en el borde de la copa. —¿Será verdad que es marica? —le preguntaría después a Beatriz Lopera. Tenía que preparar un informe para el Gran Jefe. pensó. Sintió el calor que se extendía en su cuerpo. Esa voz. ¿Qué hacían entonces? Escuchar música. las corbatas inglesas. el cuidado de la ropa. Había iniciado estudios de arquitectura. le restaba importancia a lo que ella creía importante. la manera de descorchar sin escándalo la botella de champaña. Lo que había averiguado sobre él hablaba de un seductor arisco. a zarpazos la iba liberando de las ropas se resistía sin querer resistirse ni poder evitar la fogosidad de aquel hombre. los pantalones de liviana lana virgen o de pana francesa. Las palabras la hicieron reír. La escuchaba. marica no parecía. contrariedades domésticas. Siendo muy joven. tomarse de las manos. los zapatos. El gesto ruborizó a la muchacha. entre 1968 y 1969. Le pedía repetir sus anécdotas y le daba la certidumbre de haber sido escuchada. la mirada a los ojos en el instante del brindis. una elegancia natural y negligente como su manera de hablar de las cosas sin darles importancia. el estilo al servirle la copa. las camisas de seda italiana. los fabricantes de sostenes habían pasado por la peor de sus crisis. amigo de sus antiguas amantes. ¿Lo perdonaba si no la llevaba a casa? Le llamaría un taxi. Pradilla descubrió un pequeño lunar en el seno izquierdo. Los hombres tenían o no tenían estilo. con esa sonrisa de perdonavidas. rechazó la sospecha. Leo no pasó de ponderar aquel adorno negro emplazado en las espléndidas formas de un seno. beber champaña. después de diseño gráfico. Pradilla se reía de las tonterías que ella decía. es lo que más me atrae y lo que más odio. sobre todo en sus visitas a Leo. y él escuchaba sin censurarla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sujetador.

Nunca se le conoció mujer alguna. al imaginársela desnuda. era frecuentado por Beatriz desde hacía dos años. una de sus canciones preferidas arrullando el ambiente. Había visto una telenovela en la que el galán se mostraba indiferente ante la chica que se desvivía por él. sería ponerse un vestido entero con botones de arriba abajo. la escultura cobró vida. Me lo encuentro aquí cada vez que vengo. Se vestiría pensando en cada detalle: olvidarse del brasier. si se pasaba la mano por la superficie de la seda se acariciaría la piel. de la estrategia. Volvería al apartamento de Pradilla. le aconsejó Beatriz. Se casó con ella. por ejemplo. concebida como obra de una perfección inalcanzable en la realidad de los mortales? ¿Se enamoraban solamente de lo que moldeaban con sus manos? Cinco encuentros íntimos y nada de nada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus representaba la reproducción de esa pintura clásica? En Chipre existió un rey llamado Pigmalión. tuvo hijos y fue feliz —le refirió Leo tratando de satisfacer la curiosidad de la muchacha cuando. Viéndolo bien. Solamente un beso en la boca. dar la impresión de no llevar pantaleta si elegía una tanga. sería como abrir una herida en su amor propio. —Mira a ese muchacho —llamó la atención de Verónica—. una larga despedida con fuego que encendiera el fuego. le dijo a Beatriz. Beatriz Lopera la ayudó a trazar y perfeccionar la estrategia. no estaría mal ese amplio suéter de lana abierto en V. Resultaba que la indiferencia no era más que una estrategia para atraparla en sus redes. alcanzó la perfección de la hermosura. repetir el ritual de la música y la champaña. —Inténtalo. llevar una falda cómoda y un suéter. encendería el apetito del hombre hasta ahora indiferente. sin abrazos ni fuego. ¿Era posible que un hombre mayor de cuarenta años se mostrara tan indiferente ante la belleza de una muchacha de dieciocho? Indiferencia estudiada. El estruendo de un rock de los 60 interrumpió el trazado. Fantasía de adolescente. O temerosos del rechazo. en tu casa. vestirse con deliberada coquetería y sin agresividad. el reposo en la alfombra. Tenía miedo. lo que había conseguido era abrir en su mente nuevas preguntas inquietantes. aunque lo mejor. La llamó Galatea. Estrategia de adolescentes ancladas en sus fantasías. Así eran ciertos hombres. Ella esperaba un abrazo apasionado en vez del repetido hasta mañana. Siempre viene solo. Hasta entonces. La idea la rondaba desde hacía días. dejaría pasar el tiempo hasta que se hiciera tarde. ese sencillo vestido de seda negro. Todo tenía que parecer espontáneo. poco a poco. se sentirían sus formas. de una hermosa mujer que. Happy days. hacerse invitar por el amigo. Un día. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. Leo la acompañaba en la madrugada hasta su casa y la despedía con un beso en la boca. Calculadores —concluyó Beatriz. aceptó Verónica. Actuaban sólo cuando tenían el triunfo en las manos. a lo mejor descubriría que no llevaba ropa interior y. ¿Se enamoraban los hombres de una criatura hecha con sus propias manos. eso sí. ni siquiera sería necesario mentirle. No sería difícil convencer a la madre de que se quedaría en casa de una amiga. ni una insinuación. Se dedicaba con pasión a pulir sus esculturas. en lugar de invitarla a dormir en su cama le ofreciera el cuarto de huéspedes? Si hacía el oso. ¿Sería igual si se atrevía a dormir con él. el bar donde se encontraron esa noche. cuando aún no había cumplido los diecisiete. en verdad. ¿Y si no resultaba? ¿Si Leo. ¿No es divino? —¿Te gusta? —Me lo comería de un bocado. ¿Sin calzones? ¡Cómo se le ocurría! Podría. le dijo Beatriz. puede ser eso. 60 . Concibió una. la noche deslizándose por la superficie dilatada del tiempo. si se las ingeniaba para quedarse en su apartamento y compartir accidentalmente su cama? En Villa de Leyva todo había sido un fracaso.

—¡Cómo se le ocurre. Verónica descubrió una mancha blanca en la punta de la nariz de la amiga. preguntó ella intrigada. les echan escopolamina en la bebida y abusan de ellas. Un importador de licores que tenía cuenta en la agencia. Temía que la hija no hiciera el uso apropiado de su tesoro. Verónica aprovechó la ausencia de Virginia. aunque. ¿Podía quedarse en casa de Beatriz? Virginia le dijo que lo hiciera. la jactancia masculina. alterada por las evasivas de Verónica. no te hagas la boba. podía ser su padre. le dijo Verónica. —No sé a qué te refieres —dijo Vero. no desconfiaba de él. las sacan del carro a punta de pistola y ya se puede imaginar lo que hacen con ellas. ¿Dónde quedaba el Mosela? Es un río de Alemania. le anunció Leo. Sobre todo si se trataba de una adolescente endemoniadamente atractiva como su hija. Si pensaban salir. Estaba aprendiendo a hacerlo y no le iba mal en los primeros experimentos. le dijo al recibir la llamada. No le dijo nada. —¿Ya la perdiste? —¿Que sí perdí qué? —Tú lo sabes. ¿Tenía cuerpo el vino?. saltar de una cama a otra. Ir de mano en mano. bien sabía ella que bastaba haberse acostado con dos o más hombres para ganarse fama de fácil. Que tuviera cuidado. Acababa de resucitar su vocabulario más auténtico. voy al baño. que tuviera cuidado. le dijo al describir el liviano cuerpo del vino. Eligieron el lugar para discutir detalles sobre la continuación de las obras del gimnasio. Beatriz se había citado con amigos en otra discoteca de la Zona Rosa. No le importaba que lo fuera. Se la limpió con la yema de un dedo. Las adolescentes huérfanas —pensaba Virginia— se encaprichaban con hombres que podrían ser sus padres. temía que Verónica no se hiciera respetar. una ensalada de endibias con salsa de queso azul? Le habían regalado una caja de vino blanco del Mosela. 61 . le advirtió con amabilidad. ¿Qué se había hecho Leonardo Pradilla? ¿Lo seguía viendo? Debería tener cuidado con hombres mayores que ella. Se ausentó unos minutos. ¿quería acompañarla? No. era un tipo encantador. viéndolo bien. mamá! Verónica ignoraba que la madre había escuchado detrás de la puerta del baño los quejidos de la hija. Cocinaría para ella. le enseñó Leo. Eso sí. —Te pregunto si ya te volaron el virgo —precisó Virginia. podría haberse masturbado. que lo hicieran a lugares seguros y conocidos. Bastaba el rumor. Su textura es su cuerpo. Leo invitó a Verónica a su casa. se dejara llevar por su corriente y le diera por pasar de un hombre a otro. conseguido el orgasmo y seguir siendo virgen.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Me da pena con mi Gordis. el chapoteo espasmódico en la bañera. atracan a las muchachas y las violan. Upegui la había invitado a pasar el fin de semana en un hotel de Chi-nauta. la mayor o menor densidad que se siente al paladearlo. Beatriz atrapó el dedo con la mano y se lo llevó a los labios. ¿Le parecía bien comer unos langostinos sencillos a la plancha. Estaba despierta cuando Verónica regresó de casa de Leo. esta ciudad se está volviendo demasiado peligrosa. cojo un taxi y me voy para mi casa. por el contrario. Mi madre salió de viaje con su socio. Al regresar. era preferible a quedarse sola en casa. Verónica sintió la cálida humedad de la saliva en el dedo. no era éste el destino deseado para su hija. Virginia se atrevió por fin a formular a la hija una pregunta que guardaba desde hacía tiempo. que una vez descubierto el delirio del sexo. para perder ante ellos lo más valioso en una mujer.

surgió del almacén de la memoria la palabra pronunciada entonces por Virginia. miró los vellos de sus brazos erizados.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica recordó el menú de sus doce años y. No hubiera sido necesario consultárselo. arropados por la salsa del maracuyá. No había revista que no hablara de alimentos y bebidas afrodisíacos. desde el espejo salía la gratificante voz repitiendo la frase de la fábula. Divinos —dijo Beatriz y se inclinó un poco ante la amiga. sin sombra de malicia o deseo. —Te ves divina de espaldas —le dijo Beatriz a un paso de ella. Virginia y Upegui van camino de Chinauta. El afrodisíaco eres tú. Una frecuente expresión de fraternidad femenina. Una luz de esperanza se encendió en la imaginación de Verónica. Verónica no dijo nada. lo que era un afrodisíaco. —Todas las reinas terminaron el bachillerato y están haciendo una carrera. le pidió permiso para tocarle los pechos. afrodisíaco. pero Beatriz. Verónica se quitó el bikini negro. Coman antes este antojito. Me refiero a los langostinos. ¿Qué pasará con tu contrato de modelo? Acuérdate de que es tu gerente de mercadeo. Sentirse besada en los pechos y en la boca era una extensión de esa 62 . Habían dormido juntas y abrazadas. encerrada en su alcoba. Verónica. que era la más bella. Cómo no. tan diferentes a los suyos. Verónica seguía semidesnuda ofreciéndose al espejo. quiere ir conmigo a todas partes. Y el espejo le repetía que sí. sintió la caricia de la amiga. Beben el trago de ginebra con tónica que les ha traído la empleada. —¿Se puede saber qué oferta? —Un tipo muy rico está interesado en volverme reina de belleza. Les ha servido antes unas empanaditas de carne. —Tengo otra oferta —dijo mientras sostenía en ambas manos un body de seda. E inmóvil frente a la amiga. Virginia ya se había ido con Upegui a un hotel de Chinauta. un roce fugaz de manos. se enfurruña si saludo de beso. sin embargo. eran tan grandes y tan perfectos. después en otro. le dijo Teresa a Verónica. Bebió un sorbo de ginebra. —Creo que voy a dejar al Gordis —le confesó Beatriz—. Ya sabía. le dio la espalda a la amiga y se probó la tanga de seda. aceptaba la invitación a cenar. Subió el rostro y le dio un beso en la boca. mi niña —le dijo. con los ojos brillantes y un ligero tartamudeo. asesorada por Beatriz. Era como sí el mundo se hubiera revelado como un ser hambriento de afrodisíacos y estimulantes de algo que con el paso de los años o quizá de los siglos se hubiera adormecido por inercia. Se está poniendo demasiado celoso. le molesta que otros hombres me hablen. Un roce fugaz de manos. se prueba la ropa que usará para la cita de la noche. Pegó los labios húmedos y fríos en un seno. la inundó una rápida corriente en el cuerpo. —De espaldas y de frente —añadió Verónica al voltearse y recoger de manos de la amiga la tanga de seda. —¿Ya lo pensaste? —se puso seria Verónica—. Pruébate esta tanga blanca. Al mediodía de un viernes. Unos langostinos sencillos a diferencia de los que comió a sus doce años. Leo no pudo contener una carcajada. ella los creía pequeños. —No vuelvas a hacerlo —le reprochó con voz amistosa. me llama a todas horas. —¿Son afrodisíacos? —quiso saber por teléfono—. por asociación. No hubiera pasado de eso. pero tengo que prepararme desde ahora. —Será para el próximo año.

Si levantaba un brazo. Betty. sin cuello y breves mangas amplias. la reciedumbre de los muslos—. cuestan más el gimnasio y las dietas. —¿Qué vas a dar a cambio? —Lo que sea. —¿Casado o soltero? 63 . no sólo la haría ver más adulta sino inmensamente deseable. durante una semana. —Si me toca —dijo con tono desconsolado—. —¿Te regaló un brazalete? Cuando fui a abrir la servilleta que estaba encima de mi plato. Se rieron. Si te siento yo. como si dibujara las líneas de la cadera. había estado acostándose. —Me va a salir gratis —concluyó—. se había enamorado de una amiga? ¿No le había contado que una chica mayor que ella la había besado y acorralado en el baño? Beatriz no le había contado que. —Cuéntame despacio el asunto ese del reinado —dijo Verónica mirándose al espejo. porque ya decidí estudiar diseño de moda o alta costura —dijo en una retahíla nerviosa. —¿Sales con él? —Salí con él una noche. cuestan mucho las joyas y el viaje de la comitiva a Cartagena. —¿Un yate? Eso tan bueno no lo dan gratis. más por interés que por deseo. Y aunque le resultó placentero el inesperado beso de la amiga en senos y boca. le pidió no volver a hacerlo. la tanga debajo del vestido de botones. Entre los hombres.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fraternidad indefinible. El Gordis no lo sabe. cerquita de Medellín. las mangas dejarían ver el costado del seno. ¿Me sientes desnuda? —Te siento —dijo en voz muy baja Beatriz—. —Eso cuesta. Sin duda. otro apartamento en Bogotá y una finca en Rionegro. con Amparo Consuegra. pruébatelo. —¿Y quién es Fabián Acosta? —Tiene treinta y dos años y mucha plata. Tiene joyerías en Cali. ¿No le había contado que siendo aún niña. un gesto parecido sería el principio de un cataclismo. La amiga lo hizo. —Si llego a ser reina. El tipo que me propuso la idea me dijo que correría con todos los gastos. haré la mejor inversión de mi carrera. frecuente en muchas mujeres. ¿Te imaginas? Me dijo que alquilaría un yate y navegaríamos hacía las Islas del Rosario. Examinó y admiró la delicadeza del brazalete de oro. un vestido negro con lunares blancos. a los doce años. Tendré tiempo de empezar un semestre de diseño de moda. encontré este detalle. Betty. un apartamento en Miami y una casa de ensueño en Cali. Medellín y Bogotá. mucho menos de lo que sería el futuro de una reina. Divino. cuestan algunos arreglitos del cirujano. te sentirá él. la curva de las nalgas. —Reina de belleza apenas acabe el colegio. ¿Quién es el tipo que te promete ser reina? —Fabián Acosta. —Compra y vende esmeraldas y otras piedras preciosas —dijo finalmente Beatriz—. no sabes lo que cuesta prepararse para ser reina: cuesta mucho la ropa. convencida ya de que la tanga iría debajo del vestido entero de botones. Me mostró las fotos. ¿Ves esto? —y señaló la muñeca de su brazo izquierdo. —Pásame la mano por las caderas —le pidió a Beatriz cuando se puso el vestido y acabó de abotonarlo de abajo arriba. ¿no? Verónica no dijo a la amiga lo que pensaba del tipo ni lo que pensaba del regalo.

Al estacionar el carro en el parqueadero subterráneo y ver salir a Verónica. el personaje de una ópera famosa. desde las ventanillas. que era precisamente eso lo que los volvía repelentes. Beatriz le había dicho a Verónica que los hombres mayores eran a veces los mejores maestros. Leo la tomó de un brazo y la hizo girar en redondo. Algo más le recordó al senador Roldán. —Voy a encontrarme con mi Gordis —le dijo Beatriz al partir. el primero que hacía a la elegancia de Leo. Se lo puso porque hacía frío cuando se asomó a la ventana de su apartamento. aunque más vivas eran las imágenes de un hombre aparatosamente escoltado por las calles. A Verónica le había encantado la actriz Laura del Sol. Apagaba el televisor sintiéndose incapaz de soportar e incluso comprender las razones de tanta demencia. le dijo Virginia con nostalgia. le resultaron impresionantes. las medias de lana roja. La segunda llamada era para decirle que llevara identificación. No conocía el pánico. como en muchas otras ocasiones le dio a entender que conocía lo que ignoraba. Si no dan consejos. aunque parecidas. Te queda muy bien —le dijo Verónica. Verónica recibió dos llamadas de Pradilla. se asomaban hombres armados con subametralladoras apuntando hacia nada. Un cumplido más. Leo le habló entonces de la fantástica actuación de Antonio Gades. ¿Quién era Carmen. ¿Por qué.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Soltero. ¿Le gustaban las orquídeas? Me encantan —dijo ella al recibirlas. ¿A qué horas pasan a recogerte? —A las siete y media. Cuando hacía un día de sol como el de hoy. La ciudad daba la impresión de un campo de guerra sin guerra o como si la guerra estuviera a punto de empezar. La policía y el ejército estaban realizando retenes en toda la ciudad. Una camioneta blanca abría el paso y. salió de prisa y Verónica lo vio entrar en una floristería. ¿Pulía Pigmalión a la linda Galatea ignorante? Con otras palabras. Era la clase de elegancia que admiraba en el senador Rodolfo Roldán. quién era Saura? Saura era un gran director de cine español. Habían pasado cinco años y todavía lo recordaba con admiración y cariño. A unas cuatro cuadras de su apartamento. Soldados en tanquetas recorrían sus calles en aquella noche brumosa. Verónica le dio a entender que sabía quién era Gades. Mantenía vivas en su memoria las preguntas que le formuló cuando fue invitada con su madre a un restaurante mediterráneo. no iban a cine? Quería ver Carmen de Carlos Saura. esperan que seas como ellos quieren. una gitana enamorada hasta la perdición de un soldado francés. mirándola a los ojos. No dijo que se había perdido en el enredo de la primera película musical que había visto en su vida. Regresó al cabo de unos minutos con un ramo de flores. Leo había tenido que ceder el paso a carros blindados flanqueados y seguidos por escoltas. el suéter de cachemir también rojo. dan lecciones. Caían piedras de granizo sobre la sabana. Verónica se aburrió. Le gustaba también como iba vestido. Las imágenes de esta noche. En ocasiones. Del Vaticano había pasado a Buenos Aires. ¿De qué material era el saco? De tweed—dijo Leo. de la historia de Mérimée y de la tragedia gitana. Orquídeas. arruinaban los cultivos de flores. las noches y las madrugadas eran muy frías. Pradilla detuvo el carro. antes de cenar. le gustaban el pantalón beige de pana francesa. Y Verónica 64 . Carmen. acababa de darse cuenta al verlo salir del carro y entrar a la floristería. Camino de su apartamento. le dijo. el pañuelo de seda que se ajustaba entre el cuello y la camisa. Era una vieja chaqueta de corte clásico con botones forrados en cuero y parches de gamuza en los codos. le habló de la ópera de Bizet. los mocasines marrones. donde era embajador. Te ves fantástica —dijo. Leo salió fascinado. Verónica sabía que en las últimas semanas estallaban bombas en todas partes.

hubiera tomado la iniciativa de besarla. se mantuvo muy 65 . Es curioso — añadió—. Al castaño oscuro natural de sus cabellos. es el vestido preferido de las gitanas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recibió el cumplido. El azar de una bomba podía cobrar sus víctimas en transeúntes desprevenidos. Mientras subían al penthouse. era "sencillamente fascinante". En un momento irrepetible. ¿Tenía razón al temer que la película de terror apenas empezaba? Pradilla se prohibió contaminar la conciencia de la muchacha con el miedo que lo acometía a veces. tomándola del brazo. Evitaba salir a bares y discotecas. Escucharon música. Ya le había explicado. acarició la curva de la cintura hacia las nalgas y le repitió que ese vestido. Prefirió una rápida mirada al espejo y un movimiento brusco de cabeza: Leo desordenaba sus largos cabellos rizados. Mejor quedarse en casa. En ese instante. solos en el ascensor. Verónica aprendería poco a poco que la adolescencia es una edad de inmensas expectativas e inciertas satisfacciones. explicaba Pradilla. que la ansiedad se parece al vértigo. Llegamos —dijo al retirar la mano que había acariciado la nuca con ademán distraído. a su edad. periodistas y magistrados. Los narcos le habían declarado la guerra a jueces. Ya estaba sucediendo. El vestido que llevas. satisfacciones. ambos sintieron el estruendo de una explosión. Pradilla pensó que podía tratarse del seco ruido del ascensor al descender. le repitió que estaba preciosa. negro con lunares blancos. le recordaban a la Carmen de Saura. deseó que. de numerosas dudas y contadas respuestas. al salir hacia el pasillo. Tal vez Verónica fuera ajena a lo que sucedía casi a diario indiferente como lo eran los chicos y chicas de su edad. Tranquilizó a la muchacha. Un estallido remoto. que la energía puesta en expectativas. Leo puso una mano en las caderas de Verónica. este país está montado en un barril de pólvora. dudas y respuestas es lo más parecido al ímpetu de un perro cachorro que corre hacia ninguna parte estimulado por la fuerza irracional que debe expulsar de su cuerpo. en aquel pequeño espacio rectangular. esperado desde hacía horas. Los ocho pisos que subieron en el ascensor se hubieran convertido en el ascenso de expectativas defraudadas si Pradilla no hubiera pasado a último momento una mano por el cuello de Verónica y removido la rebelde abundancia de su cabellera. en Medellín se pagaban sumas increíbles por la cabeza de cada policía muerto. de tintes rojizos. siempre el miedo a caer en un abismo. volvieron al nido de la alfombra. comieron salmón hasta hartarse. pasó las manos por sus cabellos y le repitió a Verónica que la Carmen de Laura del Sol era "sencillamente fascinante". ¿por qué carajos no me besa? Se miró de frente en el espejo. también ella. Verónica le había impuesto las tonalidades rojizas de ahora. bebieron vino blanco del Mosela. Verónica deseó preguntarle si. La noche pasada al lado de Leo le enseñó que. como el primer triunfo de su estrategia. Lo que pudo haber sido el comienzo de lo esperado pasó a ser un gesto incidental e inconcebible para la joven. no hay nada más doloroso que una expectativa defraudada. buscaban implantar el terror y obligar al gobierno a bajarse los pantalones. Abrió las tres cerraduras de su apartamento y. Hubiera deseado que el amigo la hubiera tomado por la cintura. Te estoy hablando de las guerras que desata la mala política. No te estoy hablando de política —precisó—. evitando alarmarla que la presencia de policías y soldados se debía a los atentados de las últimas semanas. esa cabellera salvaje. No volvió a acariciarla. para quienes otra clase de guerra se libraba en sus conciencias atribuladas.

¿Quería un pijama? Le ofreció una camiseta larga. expectativas y deseos. desnuda y abrazada a un cuerpo protector. le informó la madre. De manera intuitiva. camilleros apresurados. Verónica pidió por la habitación de Virginia de Oropeza o Javier Upegui. Recostado sobre almohadones. Dentro de medía hora regresarían a Bogotá. dijo ella. Y no era cierto. Como sonámbula. si se exhibía desnuda en el tramo que iba del baño a la cama queen size. la tensión de la espera. —Pusieron una bomba en el centro comercial de la 15 con 93 —dijo en voz alta. Era tarde. Tal vez hubiera apagado las luces o dejado encendida la pequeña lámpara de la mesita de noche. sólo serían tolerables si se aceptaban como una fatalidad a la que era preciso oponerse con resignación. Ya estaban informados. en información le darían el número. Dicen que hay muchos muertos. Verónica se metió entre las sábanas. si se cerraban los ojos al mundo exterior e inmunizaba su conciencia. El estallido de las bombas. Verónica dormía siempre con un viejo pijama de algodón. deshacía toda expectativa sobre la aventura de esa noche. con sus expectativas e ilusiones. No le ofreció el cuarto de huéspedes. Desnudo. Leo veía silencioso y con expresión adusta las imágenes de un noticiero de televisión extranjero. cadáveres mutilados sacados debajo de los escombros. Claro. Algunas ventanas rotas. creía que en el Chinauta Ressort. Los había llamado el vigilante hacía apenas media hora. Gracias a Dios. la visión de ruinas y cadáveres sacados de los escombros. se sentó en el borde de la cama. No podía dormir. representado en aquellas imágenes. si no había inconveniente. —¿De "los extraditables"? —pudo al fin decir ella. ¿Jugaba a torturarla? Durmieron en la misma cama. las edificaciones destruidas y el pánico que se iba extendiendo sobre la ciudad. nada más. Al salir.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cerca de ella pero no pasó del simple roce de las manos al extenderle la copa. dijo él. la onda expansiva no había llegado a la carrera 17 con 93. Aquella noche y 66 . Leo la abrazó como si tratara de protegerla del espanto de las imágenes. Apagó el televisor y sólo en ese instante pudo ver a Verónica desnuda y de brazos cruzados. dijo Verónica. Verónica comprendió que el espectro de la muerte y la destrucción. —Acuéstate —le pidió Leo—. están cavando tumbas de inocentes. El vino frío se había agotado. Trataba de identificar el lugar. sin mirar la altiva desnudez de la joven que se había quedado petrificada al pie de la cama—. en el transcurso de los meses siguientes. podían dormir juntos. paralizada de espanto. la humareda. Tardó un largo rato en el baño. porque había rechazado la camiseta. Más tarde. Dicen que posiblemente se trate de otra bomba de "Los Extraditabies". Por ahora. si exhibía su desnudez. se agotaba la noche. Casi siempre duermo desnuda. Leo llamó a información y luego al hotel. De repente. No hace falta. aceptaría que el amor sería posible. sin señales del más mínimo pudor. Las había visto insidiosamente repetidas como si las cámaras buscaran el lado oscuro de su morbosidad. todo desapareció de la mente de la muchacha. le dijo que. policías y ambulancias de la Cruz Roja. ¿Por qué no comunicarse con Virginia? Está en un hotel de Chinauta. la única iluminación provenía del televisor encendido. Podía quedarse a dormir. No sabría qué hacer si aparecía en el dormitorio con las luces encendidas. —La organización de narcotraficantes que ha venido diciendo que prefieren una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos de América. larga hasta las rodillas. un edificio en ruinas. un paisaje de escombros humeantes. el suficiente para encontrar a Leo en la cama. —El gimnasio de mi madre queda a pocas cuadras —recordó con voz ronca.

Soy virgen. estaba a punto. la penetraba nuevamente. Verónica conoció entonces otra clase de ternura. el principio de una oleada. una y otra vez había escuchado de sus amigas la misma queja. comprendió algo más: que el mundo de expectativas levantado en unos pocos días era mucho más vulnerable que los cristales de las ventanas que caían destrozados por el impacto de las bombas. Gimió también ella. Mucho tiempo después. Quizá fuera así la primera vez. 67 . ¿qué era. abrazada por un hombre que la halagaba y rechazaba con delicada crueldad. la mano cálida que tocaba su mano y se deslizaba sobre sus cabellos. ¿Por qué lloraba al sentirse acariciada y besada? ¿Por qué esa urgencia al besar? Leo le abrió con delicadeza las piernas. Se sintió ocupada por el escozor. cuando recordó la experiencia de esa mañana. besando a tientas y a ciegas el cuerpo que en unos instantes le respondería con una pregunta: ¿cuántos días habían pasado después de su última menstruación? Tres. Ella impuso con desesperación un nuevo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus durante las dos horas que estuvo despierta. que era doloroso. una nueva explosión la obligó a aferrarse a la mano de Leo. La primera vez es espantosa. pero esta experiencia le enseñó que el dolor se atenúa si domina la experiencia del placer. se ofreció al hombre que la abrazaba. Y se ofreció de manera instintiva. dijo ella. mintió porque le hubiera dado vergüenza aceptar su propio fracaso. por qué el cuerpo se distendía y contraía al mismo tiempo? La humedad y la tierra yerma. sí. pero el furor se alejaba. Se secaba y le dolía. Quiero y no puedo. Recorrieron la ciudad militarizada. El amigo la tranquilizó. le dijo. Como sí temiera la huida del deseo nacido de sus expectativas. ocupada plenamente por la verga que había tenido la delicadeza de invadir gradualmente y sin prisas el húmedo territorio inexplorado. Verónica conoció la angustiante sensación de querer y no poder. descendía de nuevo al vértice de las piernas y. el vaivén entre el fuego y el hielo. ombligo y vientre. Estaba a punto. llamado por ella. la cajita de sorpresas de sus doce años. mintió en sus gemidos. mamá. Ella lo obligó a devolver el rostro a su rostro. la aparición del fuego y. No tuvo conciencia de que el ofrecimiento era la expresión del pánico. salía con lentitud. Una sensación incalificable. brutal ritmo a su pelvis. A lo lejos. el tacto que puso en la desfloración. No importa. no porque se hubiera propuesto mentir al hombre de respiración acezante que empezaba a gemir con creciente intensidad. o como si se resistiera a dejar escapar para siempre la curiosidad o el deseo que la desvelaba. Tembló al sentir la lengua del amigo en la amistosa fuente del placer. su extinción. Leo la acompañó hasta su casa. Y él deshizo el temor de regar un campo fértil. Inundación y sequía. en instantes. el retiro de las mismas olas. Verónica esperaba que fuera doloroso. Verónica aceptó que había tenido la fortuna de encontrar a un hombre como Leo. —No puedo —dijo llorando—. deshicieron los temores de Verónica. A las siete de la mañana. hundió su cabeza en la entrepierna dócil de Verónica. Mintió. Ahora sí podría responderle a la madre con iguales palabras: —Me volaron el virgo. y se inquietó al descubrir que el temblor cedía a la indiferencia del cuerpo. decían. Un mecanismo de origen desconocido la hacía devolverse antes del final. Que era desagradable. Le levantó las piernas y las convirtió en tenazas de su cintura. volvía a humedecerse y desaparecía el dolor. la penetró con cuidado. Leo penetraba. descendió lamiendo muslos. como mintió al gritar con él cuando creyó que había llegado el momento del último grito. Miró hacia un costado de la calle y presenció el resquebrajamiento y desplome de los cristales de las ventanas de un edificio. susurró él. Los medidos movimientos de Leo.

que si le daba el placer que ella esperaba. calculó. Hablaríamos de una inversión cercana a millón y medio de dólares. no el valor de la casa sino del terreno. dedicarse unas semanas más o el tiempo necesario a pulir los detalles. complaciente y comprensiva? ¿No era su vida una sucesión de fracasos amorosos e inhibiciones sin límite? A su edad. Virginia le ofrecía aquello que otras mujeres le habían mezquinado. Y. una casa que. Estaba cansada. con un rústico antejardín y verjas oxidadas. pudo haber tenido un poco de valor. a quien los acontecimientos de la mañana habían dejado una confusa masa de impresiones. en muchos aspectos anodina si se la comparaba con los nuevos edificios de apartamentos de la zona. Que lo pensara. que el sexo se limita al buen uso de la tripita. Hoy era una sencilla casa de dos pisos. Con ojo de constructor. el más grande y raro que pudo encontrar en el mercado. en el incauto que caería maniatado en las lianas de Virginia. le preguntó a Virginia. ¿No había esperado a una amante como ella. como esperaba Upegui. Upegui no era tan imbécil como lo creían sus amigos. Notó la distracción de Verónica y le propuso regresar a casa. como llamaba Virginia al pene decaído. lo consolaba cuando. La Tarzana de los conciliábulos. Ampliar el radio de acción hacía zonas con población de mediano y alto poder adquisitivo.¿Era la piadosa respuesta de una mujer que deseaba atraparlo en sus redes? El sexo es deseo más imaginación. le había propuesto Virginia mientras Upegui lloriqueaba con la cabeza apoyada en su regazo. ¿No había pensado en la posibilidad de montar un pequeño restaurante en algún lugar del local?. Consiguió que Upegui introdujera un poco de humor negro en el antiguo patetismo. intentaba superar la terca flacidez de la tripita. El ojo del constructor se detuvo en la vieja casa de la Circunvalar con 71. desesperadamente. No sería la víctima de Virginia. El atentado ahuyentaría de la zona a invitados y clientes. ¿No podría pensarse en una cadena de spas en sitios estratégicos de la ciudad? Era otra de las posibilidades. 68 . que se riera de aquello que siempre había sido fuente de tristezas indecibles. le preguntó Virginia. Volvía a sentirse intensamente vivo. calculó. Si el negocio funcionaba. en su momento. Un amigo estaba dispuesto a desembolsar trescientos mil dólares. Mientras murmuraban convirtiéndolo en blanco de burlas. la imaginación convierte en tripita cada órgano del cuerpo. ¿Por qué no me consigues un consolador de veinticinco centímetros?.. —Piénsalo —dijo. Estaba de acuerdo en casi todo. en poco tiempo podría venderse con utilidades que beneficiarían a todos. Esa mañana habló de la inversión. él hacía los movimientos de sus fichas. Virginia se quedó pensativa. se cuidaba de pagar puntualmente los impuestos. Upegui las dejó en casa. es un tremendo engaño. se reía al pedirle que tuviera paciencia. Me encanta cuando hablas como puta. El constructor Javier Upegui no hablaba en broma. había un espacio suficientemente grande que se estaba desaprovechando. de que lo más inteligente sería aplazar la inauguración del gimnasio. Un restaurante de comidas especiales. si existía? No estaba hipotecada. asumía el riesgo de cultivar una relación que no lo desvelaba. dijo él. ¿Era conveniente ampliar la sociedad?.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Virginia recorrió al lado de Upegui y Verónica el lugar del atentado y no dejó de dar gracias a Dios por haberla salvado del desastre. ¿Te imaginas? Todos mis ahorros puestos en este negocio. ¿Estaba perdidamente enamorado de Virginia? Tal vez. conociendo la vida de la mujer. ¿Estaba hipotecada? ¿Había pagado Virginia la hipoteca. significa que tendrás el control de la sociedad. Si existe el deseo. Y él apareció en la siguiente cita con un vibrador inconcebible. Le parecía fingida su manera de hablar. Habría que esperar un poco. Lo que muchos hombres creen —le había dicho ella—. Era mucha plata. Era la segunda vez que Verónica veía a Upegui. tú de socia mayoritaria con un 55 por ciento. su propio placer vendría por añadidura. Imagina que ese vergón es tuyo. le dijo ella a carcajadas. ya no podía con la fatiga. por ejemplo. Un socio más. Viéndolo bien. Como su hija.

Tinturó las canas de sus cejas. todo músculo se endurece. para él empezó a ser motivo de orgullo. el cordero al horno. ¿Eran los términos que los definían? En el aplicado acto de renovar el ciclo digestivo de la vida animal mediante los estímulos del olfato. Virginia. Antes de copular. lo alentaba Virginia. Se olvidó del azúcar y de los postres azucarados. odiándolas como las odiaba. la especie humana imagina. primero acongojado. "Perversión del apetito que impulsa a comer inmundicias". en algunos aspectos de su existencia. decía a Virginia con palabras que la maravillaban. observó Upegui. ¿Se parecía a Yul Brinner? Con igual coquetería adquirió cremas hidratantes para la piel. suprimió las harinas. Cuando levantaba el rostro de la taza. porque virgen era la selva donde los hombres extraviaban sus amores y virgen aún el mundo del dinero y la fama. Él. Así como ella conociera la irrefrenable tendencia de Upegui hacia el llanto. una línea más abajo. Aprendió que en los negocios y en la vida. Los tendremos. Esto definía a Virginia. evitando decirle que tal vez vieran en ella a una ágil trepadora capaz de escalar por las cuerdas de toda selva virgen. la nueva Virginia era obra de Upegui. le dijo ella. él conoció la ternura de la mujer que lo arrullaba en su regazo. El hombre se distingue de los animales por la manera selectiva e ingeniosa como inventa sus placeres y escapa de sus rutinas. el conformismo conduce a la mediocridad. ¿Por qué ocultar su calvicie con una peluca? —le había preguntado Virginia. La fama y el dinero. ¿Cómo se llamaba esa raíz china que revitalizaba y daba energías? Empezó a preferir el pescado y los mariscos a las sobredosis de carnes rojas. Y él botó a la basura su colección de bisoñés. Lo que para sus amigos era ridículo. preguntó Upegui. él le replicó que sí. coprofagia no era una aberración despreciable sino la escondida tendencia del ser humano a comer y digerir lo que ya ha sido comido y digerido. coprofágico. hasta donde pudo. Consultó en su diccionario. Asúmela. se endurecía con los ejercicios. eran almas gemelas. También él había sido de alguna manera pobre. después complacido. visitó al peluquero y se hizo rasurar el cráneo. Encontró. ropa deportiva. Me falta el dinero dijo ella. dichas con tanta gracia que le pedía repetirlas. se acostumbró a las verduras y. abierta de patas. Descubrieron juntos que. ¿es eso lo que quieres?. Sentía la reducción drástica del vientre pero le preocupaba la flacidez del estómago y los brazos. el estofado de buey y el legendario ajiaco. que la. para que el vértice recibiera rostro y lengua de un hombre acezante. coprolágica. Hijo de una familia de clase media. hizo su carrera a trompicones. Si el nuevo Upegui era obra de Virginia. allí estaba Virginia. compró y tomó toda clase de vitaminas. y para probarle que el humor como el amor se aprenden. se sentaba en un banquito con mirada expectante y hundía después la cabeza en el remolino de aguas turbias. le respondió don Julio Casares. Bebía nueve vasos de agua diarios. acudió puntualmente al gimnasio. se prohibió las salsas apetitosas de los escargots y el lomo a la pimienta. Ya tienes la fama. La especie animal arremete con el instinto. las papas y el arroz. le sugirió. Le encantaban sus obscenidades. Acompañaba a Virginia al retrete. no desesperes. Creció en él un alto sentimiento de orgullo por haberse tropezado con La Tarzana.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ésta era la clase de sabiduría femenina que en años y años de frustraciones lo habían convertido en un ser melancólico y prevenido. trajes de colores menos oscuros. Se diría que 69 . menos uno. ¿Qué le importaba entonces el turbio y al mismo tiempo ponderado prestigio de La Tarzana? Upegui respondió a su renacimiento de ánimo con discretas medidas de coquetería. corbatas de dibujos festivos. ¿De dónde le venía el sobrenombre? De los aullidos en la selva. Upegui descubrió. exceptuando la pobreza de donde había salido Virginia. que todo músculo. Upegui elegía las pantaletas sucias. preferibles a las impecablemente limpias. Los unía y encerraba en un sobre inexpugnable el sello lacrado de ambiciones parecidas. que la coprolalia no era más que "la perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas".

En este orden de cosas. A medida que las expulsaba y exponía indemnes al aire puro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Upegui. Una semana después de aprendizaje y esfuerzos desesperados. no era más que la metáfora de la codicia humana. morrocotas de oro del siglo XIX. Si eres capaz de esto — le dijo—. las piezas del tesoro fueron suyas. niños y adultos se arrojaban sobre la seca materia excrementicia o bosta del ganado vacuno? ¿No era habitual en los niños nombrar obsesivamente la materia expulsada en sus defecaciones? Usó los nombres técnicos de la aberración. le musitó él al oído. introdujo el ritual del florero: hacía conos con billetes nuevos y los introducía en la vagina de Virginia. que no se eligen en la niñez sino que son impuestas por la cadena de las herencias familiares. Los amantes que agonizaban un día de tristeza podrían ser alguna vez amantes extenuados en el fondo pantanoso de lo prohibido. sólo cambiaba el objeto del amor. componía su propio manual de usos amatorios. vida mía. La desafiaba: si era capaz de succionar per angosta via cada una de las monedas. El místico era un incomprendido tildado de loco. decía que ese florero. tenía como natural una costumbre que los tiempos modernos encerraban en la cárcel despreciable de las perversiones. todas serían suyas. se preguntaba Virginia. como se sabía. Virginia sólo fue capaz de expropiar en un primer intento dos piezas del tesoro colonial. espoleado por sus nuevas y antes ocultas tendencias. ¿Desde cuándo. Si es así. Upegui sacó de su caja fuerte un puñado de antiguas monedas de oro. El resultado era espléndido y sorprendente: un arreglo floral confeccionado con billetes verdosos cubría las partes posteriores y anteriores de la mujer desnuda. todo era susceptible de locura. memorable entre otros días memorables. reflexionaba Upegui para que el oído atento de Virginia conociera con palabras de lujo lo que ya conocía con la bastedad de los hechos. le preguntó Virginia. Deshacerse de ternura y castos padecimientos era el primer paso dado en las edades humanas antes de cruzar la larga ruta que recalaría en el pecado. Sublime y grotesco. Tanto o más que yo. Un día. ¿Tanto? Se lo probaría. me engordaré como una vaca. 70 . Lo intentó de nuevo. El amor —le respondía Upegui— es reacio a aceptar la idea del pecado. en suma. pero las religiones. Los extremos del amor son tan retorcidos como misteriosos. ¿Sería capaz de engullir por la boca la última de las morrocotas y esperar que fuera devuelta por su conducto natural? La desafiaba. En los dominios del amor no había vigilante que detuviera el salto desde la castidad y la templanza hacia el delirio. O ella más preciosa que el metal. La grandeza del amor místico significaba entrega absoluta e incorpórea al objeto amado. Debería esconderlas hasta volverlas inaccesibles a la mano que tratara de recuperarlas en los meandros de su laberinto. concebida como un estrecho jarrón de valiosas flores impresas. Upegui las lamía en una operación de limpieza que las purificaba y devolvía a la reluciente pulcritud del metal. precioso como ella. sobre las sábanas amarillas. En el amor. Virginia le replicó que por nada del mundo se expondría al riesgo de ser mula. o el culo de una mujer convertido en recipiente de flores más valiosas que las flores. Le pidió a Virginia que se acostara bocabajo y desnuda. resumió. lo que las mayorías llamaban perversión sino algo radicalmente distinto a lo que hacían por costumbre? Pervertido era quien escapaba de la costumbre. El placer de la codicia. Y explicó que no sólo la especie humana era dada al hábito repugnante y para algunos placentero de hacerlo. llaman pecado al tabú de psicólogos y antropólogos. con la grupa trazando un arco. estás preparada para tragar y mantener en el estómago numerosas bolsas de cocaína. tanto en la perversión como en el misticismo. que la especie animal. Virginia aceptó el desafío. ¿Cómo así que al pecado?. entrenado poco a poco en el juego de interpretar con palabras sublimes la rareza de sus fantasías. Upegui. ¿Crees que soy codiciosa?. ¿Cómo no sentirse unidos si las modalidades de sus rituales alcanzaban cimas inconcebibles? Agotado el juego de las monedas. Vales tu peso en oro. para la que no existían censuras morales ni inhibiciones atávicas. ¿Y qué era.

el publicista sentía como suyo tanto dolor ajeno. Verónica le hizo el amor. Buscaba inútilmente el esquivo lugar de su placer. Leo acostó a Verónica sobre una manta de lana. demasiado deseosa de ser mujer. sentía el ascenso del fuego y caía sobre éste un nuevo chorro de agua helada. Las comió una a una. pensaba Pradilla. la abrupta aparición de una fuerza que bloqueaba sus sentidos. La juventud y la belleza merecían seguir siendo sordas al ruido de las explosiones. Abrió los ojos al escuchar la voz baja y grave del amigo: —Me voy de viaje —le dijo él antes de llevarse a la boca un último pétalo de rosa—. encima y a horcajadas. Y lo estaba. si la explosión de gozo se repetía con unas pocas caricias. La llevó en brazos al 71 . No olvidaba que Leo pasaba de los cuarenta y dos. Iba a cumplir diecinueve años. Tomó el ramo de rosas rojas que adornaba una mesa esquinera y las despetaló medida que las iba dejando sobre la piel almibarada de la amiga. Sería injusto abrir su conciencia a tanto espanto. no era posible que no pudiera llegar al final estando con un hombre de paciencia infinita y sabios recursos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Te estás volviendo filósofo —cortaba Virginia acariciando la calva reluciente de Upegui. cerraba los ojos. —¿Cuándo viajas? —Dentro de cinco días. Le pidió descansar. —¿Por qué no puedo decirte que te amo si te amo? —Porque no me amas —aclaró él—. Las balas de tanto muerto me están embruteciendo el cerebro. amas la luz que te abre los ojos al mundo. Esa noche. —Te amo —dijo Verónica a Leo. aprendería a conducirlo por la senda de su propio placer. Me voy por seis meses a Europa. Verónica buscaba liberarse de aquello que le impedía conseguir un orgasmo. Demasiado joven. lamiendo la miel. amas lo que me rodea. —No me ames —le aconsejó él. le preguntaba Virginia. Estremecimientos y temores no preocupaban sin embargo a Verónica. Hicieron el amor en silencio. tratar de contener la ansiedad. Aunque le venía sucediendo lo mismo de siempre. Te amas a ti misma. ¿Te sientes feliz?. Pradilla veía la desesperación en el rostro de la muchacha. Detrás de todo hombre satisfecho hay una puta —exclamaba feliz. al patético tartamudeo de las ametralladoras y a las venganzas selectivas. especie de bombilla que había empezado a iluminar sus ideas. elegía un ritmo febril y caía fatigada a los brazos del hombre que retenía su orgasmo como si no quisiera afrentar con su placer la imposibilidad de la muchacha. ciegas a la humareda de las detonaciones. que quedara al menos la excepcional grandeza de la belleza pura. se erguía o inclinaba. hasta dejarla limpia. Cabalgaba desesperada. no solamente porque la relación afianzaba una sociedad prometedora sino por el hecho de conocerse y mostrar sin recato sus propias miserias. Si lo conseguía en la bañera. Debería olvidarse de todo. Lo pensaba como hubiera pensado y escrito el poeta que nunca pudo escribir. Mejor dicho. Mi año sabático. le pidió que se desnudara y regó miel de abejas en su cuerpo. Como nunca. Si el país se incendiaba en un fantástico apocalipsis. Aprendería a conocer su propio cuerpo. Algún día recordarás que fuiste miel y rosas —le dijo ¡Miel y rosas! —repitió VerónicaVerónica se había adormecido. ¿Bromeaba? No. No pensar que su orgasmo era una obligación. Apretaba los labios. Se estremecía al leer las noticias o ver las imágenes de las víctimas. Temía que éste no fuera más que el comienzo. dando vía libre a una fantasía.

la consoló él. —¿Qué es lo que me pasa. Creo que es lesbiana. No es justo. le dijo él. hombres que se miran desnudos en las duchas de los camerinos. ni un paso más allá. dormir juntas y desnudarse y besarse y mientras lo hacían como si se tratara de travesuras. La amistad entre mujeres era a veces una amistad de piel y confidencias. la muy puta se viene con solo mirarla —contó y exploró por unos instantes los ojos de Leo como si temiera preguntar lo que preguntaría con palabras atolondradas. Betty no miente. respondió ella. Leo las aborrecía. Verónica lo vio a diario. —¿Me escribirás? —habló como sí fuera a perderlo para siempre—. No fue la fácil presa en la mira de un cazador ansioso. Le pidió un taxi y la despidió en la puerta de su apartamento. No eres frígida. se escuchaban entre ellas como nunca las escucharía un hombre. distinto al de los jóvenes que pretendían apagar en una noche. ese paso es una decisión. Leo le explicó que eso era frecuente entre las adolescentes. llevas la frigidez en las aprensiones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cuarto de baño y se dedicó a bañarla con dedicación de madre. dijo. Creas y matas el deseo. Podían acariciarse. provocas el incendio y lo apagas tú misma. quizá pasara entre los deportistas y alterofílicos que se tocan el abdomen y los bíceps para conocer los progresos de sus músculos. Leo la buscaba a la salida de la universidad. pese a la resistencia inicial del amigo. Pigmalión parecía estar hablándole a Galatea. ¿Por qué lo crees?. No sucedía lo mismo entre los hombres —especulaba Leo—. Se sentía orgulloso al lado de esta muchacha joven y llamativa. con ansiedad y sin tacto. No estaban lejos del placer desinteresado de sentir las respuestas del cuerpo o del narcisismo de mirarse como si una fuera el espejo de otra. una de dos. Sin dejar de halagarla. por el trasero que se tensaba con la dureza milagrosa de sus glúteos. ¿Pueden tus amigas?. mi niña. o los embarga el remordimiento de una flaqueza instintiva o se sigue adelante en la decisión de ser marica. la interrogó él. Verónica. —No debes preocuparte —quiso consolarla con una frase que encontró en su repertorio de frases hechas—. A veces mienten. Pasó la esponja espumosa por los rincones de su cuerpo. No quiso llevarla de vuelta a casa. Porque me besó en la boca y en los senos. Pradilla la había mantenido en principio a distancia. ¿Podemos vernos antes de tu viaje? —Te escribiré. por las axilas y los pechos. no podía decirse que al hacerlo fueran lesbianas. se gratificaban entonces con caricias. Lo que no es justo es que yo no pueda. le masajeó la verga y él se dejó conducir por el sendero seguro de un orgasmo. que siempre puede. No hay mujeres frígidas sino hombres que no saben. que se miran y envidian. La ternura que acercaba a las mujeres daba lugar a ambigüedades. por el vientre y el sexo. Nos veremos hasta la víspera. Verónica no parecía satisfecha con las palabras de Pradilla. eran sólo muchachas jugando al lesbianismo. si ese paso se da no es el paso inocente de dos niñas que se acarician o besan ruborizadas. preguntó él. Leo parecía un pez fuera del agua en bares y discotecas 72 . Le impuso itinerarios nocturnos que empezaban en la cena y terminaban en alguna discoteca de moda. pero complacía el capricho de Verónica. mi niña. Podemos vernos pero te recuerdo que detesto las despedidas. el incendio de segundos. dijo ella. Verónica se sintió protegida y deslumbrada. Secó las lágrimas de su rostro. Beatriz dice que puede. En los cuatro días siguientes. había esperado que las iniciativas del amor obedecieran al deseo de Verónica y ella creía haber aprendido que era posible el amor sin urgencias. Sin dejar de sonreír. Lo decía con la misma inalterada sonrisa de siempre ¿Y si Beatriz fuera lesbiana? No le des importancia a esas tonterías. ¿Lágrimas por la despedida inminente? En unas pocas semanas. y si se da ese paso. entonces? —Que no has descubierto el sitio ni el momento —dijo Pradilla—.

Rechazaron con amabilidad la invitación del tipo. quizá demasiado deseable. La injusta conciencia del envejecimiento podría ser la causa de sus preferencias. aunque se pareciera a relaciones pasadas —el senador Roldán. habían leído las entrevistas de las últimas semanas. En la naturaleza de hombres como Leo —concluyó después—. hombres que pudieran verla y sentirla aún joven antes de cruzar el para ello temido umbral de los cuarenta y cinco. Muy temprano en la mañana bajó a la sala y fue a buscar a Teresa. Cuatro noches atrás. niña —dijo—. nunca aceptando que dormiría fuera de casa. Y el tiempo que tuvo para pensar en Leo le ofreció la serenidad de aceptar que sólo le había sido permitido asomarse a una de las puertas del amor. Era como si sólo en esa diferencia pudiera encontrar la seguridad que buscaba. Tampoco le gustó a Leo. tomarían conciencia del envejecimiento de la mujer que tenían a su lado. Dejó de llorar y trató de devolver su ánimo a la sensatez. ¿Le preparo algo? —Gracias. Algunas jóvenes reconocieron a Beatriz. añadió. que más allá todo era desconocido. ella desconocía el lenguaje de la inteligencia. hombres mayores que ella. que tal vez conozca sus aún precarias defensas. ¿Se había enamorado de Leo? Lo admiraba. la empleada. vieron entrar a Beatriz abrazada por un tipo. dijo el tipo. en la víspera del viaje. Verónica tuvo tiempo de apaciguar sus aprensiones. Virginia no estaba. Lo hacía con mayor frecuencia en la última semana. Estaban cansados. no tengo hambre. podría ser la búsqueda final de algo verdadero. bocabajo en su cama. Leo lo tranquilizó con una mano puesta amistosamente en su hombro. Hasta entonces. Verónica no lo soltaba de la presión de sus brazos. con cualquier pretexto. —No se preocupe. Verónica sabía que la relación con el constructor. Teresa. No me desprecien. tal vez durmiera en casa de Upegui. No respondió esa noche al saludo de Teresa. como si todo la abandonara: Leo y el mundo. Le ofreció disculpas. 73 . La intrigaban el misterio de sus juegos y la paciencia de sus esperas. se amarraba a él y lo conducía de la barra a la pista de baile. Subió a su habitación y lloró mirándose en el espejo. al regresar a casa. dijo Verónica a Leo. Ya ni me acuerdo de cuando la cargaba en estos brazos. Beatriz protestó por la fuga de su amiga. Hasta entonces. No me gusta ese tipo. ¿Qué buscaba Virginia? —se preguntaba la hija. como si ése fuera el sostén único de quien se balanceaba en una cuerda mirando el abismo del futuro. El nuevo levante de Beatriz. sus deseos de alcanzar el orgasmo y la fuerza interior que se lo impedía. En la noche del cuarto día. tarde o temprano. los instrumentos de la seducción eran proporcionales al celo con que defendían su libertad. Dejaba una nota en la cocina. ¿No les provocaba una botellita de Dom Perignon? Él invitaba. el patán Epaminondas—. Verónica hubiera deseado conservar la miel que se adhería a su cuerpo. más temprano que tarde. ¿Buscaba a la pareja de su vida? Upegui era veinticinco o tal vez más años mayor que ella. sobre todo de esa inteligencia en muchos sentidos maligna: un hombre mayor que hace todo para seducir a una mujer joven y se retira a esperar que la presa avance hasta sus manos. Había adquirido el don de la sociabilidad y los recursos de la coquetería haciéndose siempre deseable. La habían visto en televisión. Leo viaja mañana —se excusó Verónica. nunca pensó que su madre fuera una mujer solitaria.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus con clientela de jóvenes desafiantes. lloró espasmódicamente. La conozco desde chiquita y sé lo difícil que es la vida para dos mujeres solas. Si elegía a hombres de su edad. orgullosa a su manera de estar al lado de un hombre maduro y atractivo.

no habría necesidad de usar contra ella el as guardado en la manga. niña Vero —le dijo Teresa. se preguntó el Gordis. entreteniéndose en poner orden en una vajilla perfectamente ordenada—. La veo todos los días para ver si pasa algo. Él no quiso que lo acompañara al aeropuerto. Tenía aún en su escritorio el contrato que la vinculaba como modelo a la empresa y la obligaba a trabajar durante un año en la imagen de la nueva línea de ropa interior femenina. que todo había sido muy lindo. Cometió un error: amenazarla con represalias legales. Después de esa noche y en los cuatro días siguientes. Éste. Se irritó hasta la cólera cuando Beatriz anunció a la empresa que. El pequeño televisor en blanco y negro pasaba las imágenes lluviosas de una de las telenovelas de la mañana. Estaba dispuesta a devolver cuanto se le había pagado e incluso a asumir los daños y perjuicios que pudiera causar su renuncia. niña —dijo sin mirar a Verónica. Cada día está más linda. que necesitaba tiempo para poner orden en sus sentimientos —cuando lo que quería decirle era más brutal e irrevocable—. ¿La acosaba realmente? La llamaba tres y cuatro veces al día. Era su mamá —dijo—. Beatriz había decidido abandonar a su Gordis. Verónica prolongó la despedida de Leo como se prolonga una agonía. Que ya viene para acá. No podía defraudarla. se resistió a aceptar la decisión. Teresa. le dejaba mensajes suplicantes en el contestador. Lo hizo saber por medio del abogado que visitó al Gordis. Súbame el jugo mi cuarto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto rara. 74 . rescindía su contrato. Teresa. Deseaba estar sola. —¿Ya ve lo que le dije? Si le duele es porque está enamorada. Teresa le había abierto el corazón a sus tribulaciones. —¿Está buena? —le preguntó Verónica. la acechaba donde esperaba encontrarla. La señorita Lopera —dijo el abogado al final de una conciliación— le pide comedidamente que deje de acosarla. —Se dará cuenta cuando le duela haberlo perdido. —Lo peor es que no sé. si no se trataba de un capricho y todo no fuera más que confusión en la joven que él había lanzado a la fama. Si ella lo abandonaba. la abrumaba con regalos. Ésta era la carta guardada en la manga. Teresa hablaba con Verónica sin desprender la vista del televisor. esto era al menos lo que creía el gerente de mercadeo. —Prepáreme un jugo de zanahoria con naranja. ¿cómo hago para saberlo? Sonó el teléfono y Verónica le hizo a Teresa el gesto de responderlo. —Hace más de una semana no pasa nada—protestó Teresa—. sin azúcar—cambió de idea. herido en su amor propio. ¿De dónde sacaba dinero para devolver a la empresa y pagar daños y perjuicios ocasionados por la violación de una cláusula de su contrato?. Por esto el abogado quería dejar en claro que Beatriz no estaba dispuesta a sufrir ninguna clase de amenazas: le aconsejaba aceptar la conciliación propuesta por su clienta. No me diga que se enamoró. porque si pasa algo. si los tres meses transcurridos fueran de repente ignorados por quien le había dicho que prefería estar sola y pensar en su futuro. Si me pierdo un capítulo no me pierdo nada. —¿Qué pasó con el que le mandaba esos ramos de flores tan lindos? —Se va de viaje. La empleada rezongó unos pocos monosílabos y colgó. —Tengo que estudiar —dijo Verónica—.

dos hombres de aspecto anodino llamaron la puerta del apartamento de Frank Rueda. le exigieron dejar en paz a la muchacha. la había estado buscando como loco. Una noche. le repetía ella en los primeros encuentros. Ignoraba que. La señorita Lopera ya llegó a un acuerdo satisfactorio con su empresa. Consideró la gravedad de las amenazas y abandonó la obsesión de recuperar a su amante. Acabaron en un motel de La Calera. después con expresión agria. comprometidos sin comprometerse en un pacto amoroso. de manera compulsiva. Lo quería por lo que era y no porque él fuese el puente que la vida le había trazado para convertirse en modelo exitosa —recordaba el Gordis. Atiborrado de alcohol y cocaína. Al día siguiente. poseía 75 . al recordarlo. ¿dónde se había metido?. Volvió a ver los videos de los desfiles y a reconstruir con dolorosa nostalgia las escenas de una pasión que Beatriz despojó desde el principio de toda duda. A falta de sexo. cuando le flaquearon las fuerzas y no pudo resistir la invitación de quien se identificó como viceministro de no recordaba qué cartera. mi amante? Averiguó más sobre la vida de Acosta y no supo nada distinto a lo que unos pocos sabían. el Gordis la llamó enfadado. el empresario que había prometido convertir a Beatriz en reina de belleza. un cigarrillo tras otro. Deje tranquila a la señorita Lopera. Se encargaba personalmente de sus negocios en diferentes ciudades. ¿Podría llamarla así. Fumaron bazuco. No cometa imprudencias —le dijeron—. mientras saltaba sola en el centro de la pista de baile. insistió de nuevo en su asedio. Eran los enviados de Fabián Acosta. a veces con el rencoroso acento de quien se sabe burlado. Primero con palabras amables. le dijo confidencialmente el amigo. ¿Quiénes eran ellos para exigirle tal cosa. Beatriz decidió regresar a casa. La primera vez. La había asediado en todo momento. sin saber que el abogado de Beatriz era el mismo que se ocupaba de los asuntos legales de Fabián Acosta. Usted es joven. Las mucosidades se volvían densas. estando al lado de Beatriz. gerente de la agencia del banco donde Acosta tenía una de sus cuentas. Seguramente tuviera cuentas en otros bancos. Miraba las fotografías de Beatriz y le hablaba como si estuviera presente. Era un cliente excepcional. En dos ocasiones había aceptado los avances de sus pretendientes. ella se escapaba a veces a bares y discotecas. para amenazarlo en su propia casa? Eso no importa —le dijeron—. que era lo que ella esperaba. Y.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Dos días después. pensaba que había sido el instrumento de una ambición desmesurada y diabólica. conocía a un director de novelas. Beatriz le colgó el teléfono después de decirle que se fuera a la mierda. por momentos en tono de súplica. fracasó en el intento de penetrarla. no dieron tregua al montón de cocaína que se apilaba sobre la portada de una revista. No recordaba el nombre del viceministro. Te quiero por lo que eres. no sacrifique su futuro por una locura —dijo uno de los tipos—. Su experiencia con el actor fue todo un fiasco. Tenía un amigo libretista. sobre todo Martínez. finalmente con frases amenazantes. ¿Quién era Acosta? El Gordis sabía por Amparo Consuegra que era un próspero negociante en Joyas. En un instante de lucidez. Sentía obstruida la nariz. El actor apenas podía hablar. chorreaban gotas por sus fosas nasales. Si llegaba a ser reina —soñaba la muchacha— regresaría a su carrera de modelo con mayores garantías de éxito. Y la segunda. un joven con mucha vida por delante. Viajaba con frecuencia al exterior. Jamás supo de las infidelidades de la amiga. olvidando las advertencias o restándoles importancia. Sin haber podido dormir ni un minuto. consignaba en efectivo fuertes sumas diarias. en una breve madrugada arrullada por el canto de los pájaros. ante quien cedió sin demasiadas resistencias. Amanecieron sentados en el piso y en una sala decorada con fotos ampliadas del actor. el acoso de un actor de televisión. ¿Quería seguir siendo actriz? Tal vez él pudiera hacer algo. Venían de parte de "un amigo íntimo de Beatriz Lépera". Regresaba a su apartamento y sentía la ronda de un fantasma en la sala y el dormitorio. De modelo a reina. Se estaba enloqueciendo.

la pregunta. como te consta. aunque no hicieran nunca nada para evitarlo— sólo adquiría artículos de marca. Comparada con la cuenta de otros clientes. ¿A quién no saludaba con palmaditas en la espalda? El Gordis encontró a Leo en casa. Supongo que su empresa ya pagó el saldo que tiene pendiente con mi agencia —bromeó. La Consuegra le hace las relaciones públicas. lo paseaba e introducía entre desconocidos. Su banco y todos los bancos estaban a la caza de clientes especiales. Pretendía ser ceremonioso y educado y resultaba artificial en cada gesto. Frank —se rió—. Últimamente. repitió. Haga de cuenta que Beatriz dejó de existir. —Párele bolas. conducía una camioneta blindada. ¿No sabía que las joyerías son el negocio preferido de los esmeralderos y uno no va diciendo que todo esmeraldero es mafioso si no acepta que muchos 76 . —¿Quién es en verdad el tal Fabián Acosta? —Es lo que parece. Pradilla había cruzado algunas palabras con el joyero. El Gordis descodificó el mensaje: Acosta lo estaba amenazando. revienta las cerraduras. un tipo dispuesto a todo para seducir y conservar lo que quiere. ¿Qué clase de control se hacía sobre estos clientes? —se atrevió a preguntar Frank Rueda—. —¿Mafioso? —No sea pendejo. Un mafioso es apenaste el primer eslabón de la cadena donde se abre el grifo de la plata. ¿Tenía unos minutos para él? Venga a mi apartamento si no le da envidia saber que viajo a Europa esta noche —aceptó Pradilla. Upegui lo saludó de palmaditas en la espalda. más me gusta —murmuró al acomodarlo encima de la ropa seleccionada para el viaje. creativo de publicidad y hombre de mundo. El visitante identificó la marca de la maleta vacía. a lo mejor se había ganado decentemente la plata. En la fiesta donde Beatriz conoció al tipo. Si hace algo que me obligue a verlo personalmente. Parecía un tipo simpático. se va a arrepentir toda su vida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus casas y apartamentos en tres ciudades. quién era el misterioso Acosta? Lo llamaría. No le podía asegurar que Acosta fuera mafioso. Dicen que tiene una casa en Miami —le informó Martínez. Óigame bien. recordó el Gordis. la de Acosta era una cuenta de nivel medio. abierta al pie de la cama: Louis Vuitton. Y sabes que Amparo tiene llaves para todas las puertas. El perfil inequívoco de Fabián aumentó el temor que había sentido después de aquella visita inesperada. lo invita a toda fiesta donde ella tenga llaves de entrada. Acosta puede ser uno de los siguientes eslabones. aunque supuso que el Gordis no le estaba pidiendo una cita para hablarle de las deudas de su empresa. la decoradora. Me encanta este suéter de lana de cordero —dijo para sí—. tal vez los mismos que visitaron al Gordis en su apartamento. Si no las tiene. Es un tipo con plata y muchas ganas de demostrar que la tiene. ¿Sabía Guido Leonardo Pradilla. No es necesario traficar con droga para ser narcotraficante. era una solemne tontería. quiso decirle a carcajadas Martínez. pero desentonaba en el ambiente. Tal vez tuviera cuentas en otros bancos. Mientras más viejo. Lo he visto dos o tres veces. importante para el banco pero no lo suficiente como para alarmarse si la trasladaba a otra entidad. hermano —le aconsejó cuando escuchó la narración de los hechos—. Pradilla y Upegui. Lo aumentó aún más la llamada del propio Fabián. Amparo Consuegra. Frank. ¿Controles?. Los bancos no controlan la ruta de llegada. Un esnob como Pradilla —decían quienes lo conocían y querían mal. usted y yo apenas nos hemos visto—le dijo con voz comedida—. pasaba de un grupo a otro. Si le ofrecía esta información confidencial sobre un cliente de su banco no era porque se tratara de un caso especial. Esos tipos no juegan —advirtió Leo mientras sacaba del closet mudas de ropa que seleccionaba y doblaba encima de la cama. de cristales polarizados. se hacía acompañar por dos escoltas. La teoría de Pradilla no era novedosa.

—Porque lo necesito —respondió fríamente. Burlan la trampa y pagan el precio que sea. La mafia no era solamente una industria criminal organizada. ¿No hacían lo mismo los políticos? El rango iba en proporción directa a la exhibición de su seguridad. se miraban a menudo en el espejo de los mafiosos. Usted sabe —decía— que el poder se consigue por muchos medios. —¿Quiere que lo acompañe al aeropuerto? —Ni lo sueñe.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus esmeralderos trabajan con la mafia? ¿O. Guarde luto por esa preciosura y piense que tuvo el privilegio de comerse la mejor fruta de la huerta. complacencia de quienes ya lo tenían. Me largo a dar vueltas por Europa —dijo. o trabajando en la prestación de servicios a las organizaciones criminales. Cualquiera que mediante un golpe de suerte se creyera rico de la noche a la mañana podía hacer lo mismo o dar a creer que vivía de esta forma. adquirían los símbolos externos de su poder. Nada le prohíbe a una muchacha acostarse con el hombre que responda a la imagen del padre. Le dijo algo más: cuando los mafiosos tienen la plata que sale como agua por el grifo abierto de sus negocios. deja de ser tabú y se convierte en objeto de seducción. —¿Y Verónica? —Soy lo mejor y lo peor que podía sucederle a esa muchacha. enriquecidos gracias al éxito en negocios distintos y seguramente más legítimos. camionetas blindadas. El padre es el tabú inaccesible. interesado como estaba en la elección de una chaqueta de cachemir azul marino—. —No sé si es o no es —bromeó Pradilla al desechar una chaqueta de tweed a cuadros. ¿Cómo así? No entendía. Dinero fácil. carros aparatosos. pero ellos sólo tienen dos instrumentos para conquistarlo: sus fortunas y sus fierros. seguridad innecesaria. especulo. escoltas motorizados y precauciones estrambóticas. No se está enamorando de mí sino del papá que quiere tener. con edad aproximada de éste. Dijo enseguida que el mundo le tendía a las mujeres jóvenes y bellas trampas desastrosas. para consolarlo. Si los mafiosos imitaban a los ricos volviendo superlativa la ostentación de sus riquezas e incluso imitando el estilo de acumularla y consolidarla en empresas legales. conquista de espacio social. Si Verónica no se torcía en el camino. —¿Por qué se va de viaje. de moda en la década anterior. No escupa para arriba ni tire piedras sobre su propio tejado. —¿Si no se tuerce como la malparida de Beatriz? —dijo rencorosamente. apartamentos de lujo. Crecen con la idea de conseguirlo todo en un instante. abrevian el tramo que va de la juventud a la vida adulta. —No dije eso. dan el paso siguiente: la conquista del poder. Prométale a cualquiera de esas muchachas que la volverá modelo de sus nuevas líneas de ropa y la tendrá 77 . Frank. Tienen el capital de belleza y juventud y lo invierten en acciones seguras. despilfarro. los pobres diablos de clase media. no sirvo de paño de lágrimas. Le recordó. que ambos trabajaban en un semillero de frutas. a la inversa. Esa "malparida" es la muchacha de quien usted está enamorado. No me tome en serio. Un hombre distinto al padre. simulaban poseer la riqueza que no poseían. doblando cuidadosamente la prenda. Leo? —cambió de tema el Gordis. conseguiría lo que se propusiera. Pradilla no pretendía convencer al amigo. Estaba imponiendo un estilo de vida. Muy simple —explicó—. que mafiosos y esmeralderos tienen una sociedad estrictamente anónima? ¿No veía que esmeralderos y mafiosos se estaban asociando en grupos armados para repeler las amenazas de la guerrilla? —¿Es o no es? —se impacientó el Gordis.

como se supo en la crónica social de hace un mes? Todos tenemos derecho a aburrirnos. ¿Decepcionado de qué? Mientras se sucedían las imágenes en la pantalla y el proyector presentaba las propuestas de Pradilla. satisfacía con humor la curiosidad de quienes sabían de su pasado de revolucionario. Pradilla defendía ante sus clientes la idea de preferir las sutilezas a la vulgaridad de las evidencias. dijo Pradilla. esos atletas de cara linda y músculos sabiamente cultivados conocían las reglas del juego. ¿Le interesaba un consejo? No las tome en serio. dijo Pradilla. A sus cincuenta y nueve años confesados —tal vez rondara los sesenta y tres—. Si el Gordis no hubiera sostenido esta conversación con Pradilla habría seguido pensando lo que siempre había pensado del publicista. ¿No era testimonio de ello la foto ampliada que decoraba uno de los muros de su oficina. respondía a las inquietudes de Frank Rueda. Le aconsejaba no meter el corazón en los negocios. Leo descorchaba una botella de vino y servía dos copas. Peralta había dado un braguetazo al casarse con la hija del propietario del canal. el vicepresidente de producción del Canal Equis-Zeta. Fue su década revolucionaria. por ejemplo. Acudía a las reuniones de trabajo con su propia botella de vino. Todo empezó hace veinte años: un cuarentón ambicioso adivinó que la televisión sería cosa seria y muy rentable. ¿Que Peralta era casado desde hacía veintitrés años. ¿Dónde había ido a parar el subversivo de hace veinte años? Se lo digo de frente y sin vergüenza: uno no se decepciona para traicionar su inteligencia sino para conservarla. Dentro de diez años habremos creado una fabulosa industria de la belleza. de marca y cosecha preferidas. ¿Por qué hablaba así de Peralta si lo tenía entre sus amigos? En este negocio no se tienen amigos sino socios. con gorra al estilo Mao encasquetada en su cabeza? 78 . acababa de abrocharse el sujetador. con un mercado interno extraordinario y con posibilidades de exportarlo. que era un cínico incorregible. no olvidemos que nuestra producción va dirigida a mujeres de poder adquisitivo medio y alto. Hoy en día —decía Pradilla con el entusiasmo que le provocó sacar de la parte baja del closet unos botines. pero un tipo a quien le gustaba hasta la fascinación demostrar que su inteligencia lo separaba de los demás mortales. ¿No están exportando ustedes sus brasieres y pantis? Dentro de poco. Se llama Beatriz Lopera y está en la lista de las modelos de mi agencia. le decía al cliente de la agencia y éste le pedía congelar la imagen en el cuerpo de la niña que. exportaremos lindas muchachas. Frank. Y a cambiar de juguete: un hueco viejo por un palo Joven. De los veinte a los treinta. lanzaba al guapo muchacho al estrellato. en la que se le veía a la cabeza de una manifestación.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus comiendo en su mano —le dijo. Peralta ganaba la plata que quería y conseguía a los mancebos que le gustaban. lo suyo y lo de ellas eran los negocios —le dijo. mire esa preciosura de muchacha. demasiado inteligente para muchos. un empujoncito en los medios. Lo convenció de comprar pequeñas productoras y consolidarlas en un grupo. Una cena íntima y una llamada convertía a un fisioculturista en actor. ¿Quería aprender algo más sobre la ecuación amor/negocios? No era difícil comprenderlo si miraba con atención la vida de John Peralta. obsesionado por el pasado del publicista. el gerente de mercadeo. fue la repelente respuesta que Pradilla le dio un día al Gordis mientras discutían estrategias de mercadeo y se proyectaban en una pantalla las mejores opciones para el lanzamiento de la nueva línea de brasieres y pantis de la empresa. ¿Cómo llaman los españoles a la operación de invertir en un buen matrimonio? Braguetazo. Fierre Cardin—. acepte que se trata de una pragmática prestación de servicios mutuos. preferiblemente en la televisión. frente al espejo de una alcoba de ensueño. inteligente. Y en la más radical de las facciones. precisaba.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leonardo Pradilla era entonces un muchacho de clase media. repitiendo una y otra vez la visión de las imágenes que mostraban a Beatriz en pasarela y camerinos. Arquitectura. Hugo Boss o Ermenegildo Zegna. No se sabe quién aprendió de quién. Era un Vega Sicilia del 84. gastaba con mano abierta. Su auto deportivo causaba envidia pero lo tenía porque armonizaba con su estilo de vida: la belleza de sus líneas. la seguridad que le brindaba cuando pasaba de los ciento cincuenta kilómetros por hora. Antes de dar a entender al Gordis que la cita había durado más de lo esperado. era de un aséptico minimalismo. El Gordis recordaría. le dio a probar una copa de vino. El candidato era una mierda. sobre todo la champaña. ganaba mucho. pero gracias a su trabajo de imagen pudo salir elegido. los cautos consejos del cínico. —¿De que vivías?. La publicidad tiene que aprender del cine. De nada y de lo que apareciera —así había podido sobrevivir. eliminan a la competencia. obtenía créditos y los pagaba puntualmente o pedía moratorias según la expectativa de sus ingresos. Frank. Frank —aceptó—. Su memoria se iluminó con el 79 . bebió con ansiedad hasta el anochecer. No concebía que se pudiera vestir un traje que no llevara la firma de Giorgio Armani. —¿Como en los negocios? —Como en los negocios. también vendían la belleza. Recordaba las conversaciones pasadas. Para sus amigos —si los tenía— era un modelo de exquisitez. Los negociantes. blancos y beiges. Pradilla no era rico. hombres delirantes que se eliminan entre ellos. Como la publicidad. —¿Por qué dejó de ser revolucionario? —le preguntó el Gordis un día. La decoración de su apartamento. 2891500. conoció el riesgo de mal vivir solo y con recursos azarosos. su colección de gabardinas tenía la etiqueta de Burberry’s. Se sirvió un vaso de vodka puro y lo bebió de un largo sorbo.¿no habían visto Un hombre y una mujer. Frank Rueda regresó a su apartamento de la calle 86 con Novena y lloró al volver a proyectar el vídeo del desfile. Las bebidas. mientras se acomodaba a la idea de haber perdido a Beatriz. se almacenaban en una bodega protegida del calor y la luz. A diferencia de los hijos de papi. Abrió su agenda y repasó la lista de clientes y amigos. Todo en él parecía metódicamente elegido. Diseño gráfico. al lado de vinos tintos de la Rioja. la potencia del motor. pasaba temporadas de crisis. Como los negocios no se hacen para crear riqueza y redistribuirla socialmente sino para acumularla en grandes monopolios. La ropa de marca. Las revoluciones de ahora no están hechas por santos iluminados sino por prisioneros de sus propios rencores. como los revolucionarios. Coleccionaba tintos de Bourgogne y blancos alemanes. Filosofía y Letras. elegida por él mismo. Le ofreció una rebanada de jamón Jabugo y lo despidió en la puerta. decía Pradilla. La inteligencia no era un bien inútil. Prefería allí los colores claros. el cuero del tapizado. visitante de carreras que iniciaba sin concluir. no fueron otras sus razones cuando decidió comprar el Porsche con el dinero ganado por sus servicios en una campaña política. El día que lleguen al poder eliminarán a quienes se opongan. la película de Lelouch? Un spot publicitario debía aprender de la estética amable y ligera de películas como ésta. Se tropezó con un nombre y un número de teléfono: Sandra. con teléfono y sin apellido. le preguntaban sus nuevos amigos en aquellas sesiones en las que se discutía el impacto de sus propuestas publicitarias. por ejemplo. Alimentan los puercos con bellotas para que unos pocos puercos privilegiados nos comamos la carne más cara del mundo —dijo antes de llevarse a la boca otra rebanada de Jabugo. sus corbatas de seda ocultaban la marca de Hermés. ¿Quién era Sandra. Trajo la botella al lado de la mesita de la sala y. Pierre Cardin. —Porque las revoluciones empiezan a ser obra de hombres sin escrúpulos.

el constructor intermediario en la venta. extrajo la cinta y la destrozó a golpes de martillo. que se había quedado a dormir en su casa. Beatriz le había pedido a Verónica que dijera. La casa. —No puedo —dijo ella—. importados de Estados Unidos. mi amor! —y se lanzó a los brazos del tipo. "Cierra los ojos" —le pidió. La llamó. cómo no iba a recordar a un papacito como él —le mintió la voz al otro lado de la línea. —¿Crees que puedo ser reina de belleza? —Te lo aseguro. —¿Quieres vivir conmigo? —le había pedido él la noche anterior. al que había sido invitado por Amparo Consuegra. —¡Divina! —exclamó ella al ver la gargantilla en su cuello—. Beatriz se asomó al ventanal corredizo y respiró el aire frío y puro del jardín sembrado de eucaliptos. Supo que la modelo salía con Frank Rueda. "Que te vas a vivir con Fabián". —¿Qué más te gusta de mi cuerpo? —Todo —le dijo Acosta. ¡Divina. —¿No te gustan mis tetas? —Me enloquecen —y las estrujó como si tratara de medir volumen y dureza. Dos Rossweiler. Al día siguiente vio en la prensa las fotografías del desfile y recortó la que mostraba a Beatriz desfilando de espaldas. —Me encanta —dijo ella sin volver la cabeza. Acosta le acarició las nalgas. —Te vienes a vivir conmigo cuando termines. Un circuito interno de televisión servía a dos vigilantes armados para volverla casi inexpugnable. Verónica le había sugerido que lo mejor sería decirle la verdad. 80 . Se propuso sacarlo del camino. —Tienes el culo más fantástico del mundo. La voz ronca y las tonalidades melindrosas de su acento lo devolvieron a un cuarto de hotel ¿Lo recordaba? Claro que lo recordaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recuerdo de una joven de veintidós años. Vestía un salto de cama blanco y transparente. "¿Qué le digo?" —le preguntó Beatriz. Seguía de pie y abstraída. sin ropa interior. —¿Te gusta el paisaje? —le preguntó Acosta al abrazarla por la espalda. un poquito más. más allá de la calle 132. si llamaba su madre. Y pasó de nuevo sus manos por las nalgas. mi amor —le dijo la melindrosa—. se la había vendido al contado y en dólares. Beatriz obedeció. que Beatriz apretó con coquetería. recostada en una pendiente. No. Sintió después la caída de un delicado objeto metálico sobre su cuello. había sido adquirida hacía apenas un año. frente al gran espejo del recibidor. Acosta la condujo hacia un extremo del salón. Upegui. ayudaban con su ferocidad a cámaras y vigilantes. Y se ausentó algunos segundos. Acosta le pidió quedarse quieta frente al ventanal. Apagó el betamax. La ubicua Amparo Consuegra se había encargado de la decoración. Esas duras nalgas adolescentes se le habían revelado a Fabián en el desfile de lanzamiento de la colección. Propuso la tarifa. Me faltan dos meses para terminar el bachillerato. pidiéndole que no abriera los ojos. la visión brumosa de los cerros. Seguía con los ojos cerrados. Acosta compró la prenda pensando que después de la primera cita éste era el salto de cama que Beatriz exhibiría en los desayunos. la mano que lo rodeaba y la torpeza con que la mano maniobraba debajo de los cabellos. no te olvides que el costo de vida está ahora por las nubes. Más allá. ¿Vienes a mi apartamento? —le preguntó el Gordis.

le mandaron flores —gritó. le pidió llevar una mano a los cabellos e imaginó el impacto de la imagen: la cámara registraría la mano enjoyada que ordena los cabellos de una mujer joven. A propósito. insignificante al lado del Mercedes Benz blindado que lo acompañaba en el garaje. del orgullo de haber regalado a la joven joyas que le pertenecían. ¿Tienes permiso de conducir? —ella negó con la cabeza—. "Gold & Fashion". déme esa patica. tan clasuda que se ve así. Miró la 81 . fotos fijas de una modelo inexpresiva no bastaban para destacar la exclusividad de sus joyerías. ¿qué pasó con tu Gordis? —Parece que se quedó tranquilo. El auto era un modelo del 87. —Son todas tuyas —respondió Acosta—. —En el garaje tengo un Mazda que nunca uso —le dijo Fabián al despedirla—. debía llamar a la madre. De esta visión y. Mija. buen mozo y un poco áspero. que colocara las manos sobre las rodillas desnudas. Anuncios de prensa. publicidad en las revistas. le dijo a manera de súplica. No era un mal tipo. Quería admirar a la distancia el aspecto que ofrecía una chica hermosa con los dedos de las dos manos preciosamente decorados con sus sortijas. Beatriz le dijo que era tarde. Le había mentido. Beatriz pensó de inmediato en el genio creativo de Leonardo Pradilla. —¡Es un pobre diablo! Acosta había sacado del camino al Gordis. Se lo diría a Verónica. lloró como sólo saben hacerlo algunas mujeres ante el espectáculo deslumbrante de joyas ajenas y propias. no lo puedo creer. —Lo mejor que puede hacer es quedarse tranquilo. Supongo que sabes manejar. Mañana conseguimos uno. mijita. Lo dejamos para otro día. póngase bien sexy. exclamó. nadie más que Beatriz podría ser la imagen audaz de joyerías que tenían su clientela asegurada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿No era un próspero propietario de joyerías acreditadas en todo el país? Sólo así podía explicarse la generosidad de aquel hombre joven. No lo había amado. Sólo así podía explicarse que una vez puesta en su cuello la gargantilla de oro. mamacita. Corrigió la posición inicial. Le propuso una sesión de jacuzzi. Beatriz no se atrevía a decir que hubiera sido preferible convencerlo con métodos distintos a las amenazas. ¿No era la bisutería el sucedáneo de esta fantástica exhibición de brillo? Acosta le pidió que se sentara en el sofá y cruzara las piernas. —¿Son mías? —preguntó ingenuamente extendiendo las manos. Doña Dolores de Lopera ahogó un grito de felicidad al abrir la puerta del pequeño apartamento y recibir el inmenso arreglo floral acompañado de frutas. No hay buenos tipos sino pendejos sin agallas —dijo Fabián. La muchacha lloró de emoción al verse ante el espejo. de expresión inocente. Volvió a admirar a Beatriz sentada en el sofá. como si se imaginara el rótulo en los comerciales de televisión. ¿Quién no las ha visto frente a las vitrinas y escaparates de las joyerías? Las lágrimas de emoción que bajaban por párpados y mejillas nacían de esa atávica predilección femenina por las joyas. Pediría a una agencia de publicidad la realización de un spot de diez o veinte segundos. Acosta se emocionó con la idea de promocionar la imagen de sus negocios. Le pidió extender hacia él una pierna. y abrochó una cadenita de oro en un tobillo. Acosta le tomara las manos y con gestos rituales empezara a introducir en los dedos anillos y sortijas. —Es un buen tipo —dijo Beatriz. póngase ahí como si posara pa' las cámaras.

con las manos tapándose la boca. una ganga. —Si es así como amigo. mija —dijo resignada—. Diría que lo había comprado a crédito. Firmó el comprobante de entrega y se quedó inmóvil en la puerta. La nevera y el televisor nuevos habían sido los primeros regalos de Beatriz al recibir su primer cheque de modelo. Me dijeron que se quedó sin trabajo y que anda de puerta en puerta vendiendo enciclopedias. Cuando lo hizo. —No sé si estudie. Se puede costear la carrera con su trabajo de modelo. me dieron tres años para pagarlo en módicas cuotas mensuales. —Ya no soy modelo. mija —dijo con humildad doña Dolores—. ¡Mire que abandonarnos cuando usted apenas tenía cuatro años! Dios castiga. doña Dolores permaneció con los ojos desmesuradamente abiertos. uno de los dos cuartos del apartamento. Me casé con él porque una mujer de veintidós años tenía que casarse con el primer pretendiente. Vinieron después el juego de sala y la cama de cedro. —¡Qué detalle tan lindo de su amigo! Beatriz interrumpió sus ejercicios en la bicicleta estática.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tarjeta y su felicidad fue mayor al saber que el ramo de flores era para ella. ¿se acordó de pagar el arriendo? —Ahora mismo le hago el cheque. Por falta de espacio. Lo enviaba Fabián Acosta. no se preocupe. cómo será cuando sea su novio —dijo la madre—. En la mañana. 82 . —No se olvide de estudiar. — A veces pienso que usted sigue enamorada de él. mamá. mamá —y corrigió al instante—. No le satisfacía reconocer ante su hija el fracaso del marido. la había instalado en su dormitorio. y el detalle de obligar a la madre a una visita al odontólogo cuando recibió sus honorarios de actriz. con sus respectivos tendidos. ¡Cómo se le ocurre! Nunca estuve enamorada de ese zángano. Beatriz soltó una carcajada. mija. —No me case antes de hora. Oiga. mija. los artículos de cocina y los juegos de sábanas de algodón puro. —Estudie lo que quiera. —Me alegra. que haya conseguido un buen partido. ponga de su parte y estudie. al regresar a casa. Me hicieron una oferta mejor. mija. mamá. no sé si estudie diseño gráfico o de modas. ni ésta la curiosidad de ver la gargantilla nueva en el cuello de su hija. ni a la hija le hacía gracia recibir noticias desalentadoras sobre el padre que a duras penas veía. Son para mí. Beatriz tendría que inventar alguna explicación cuando apareciera en casa con el Mazda. Voy a ser la modelo de una importante cadena de joyerías. —¿Enamorada? —chasqueó la lengua—. una excusa que no alarmara a la madre. Beatriz? —Abrí una cuenta corriente para no tener que andar con efectivo. Esta vez no la van a rajar. no había tenido tiempo de enseñar a la madre la colección de sortijas. suspiró. —¿Cómo así que cheque. —Su papá va a sentirse orgulloso de tener una hija como usted —dijo doña Dolores—. Se va a sentir orgulloso pero le va a dar mucha rabia saber que usted y yo podemos vivir decentemente sin su ayuda. mija! Cada vez que usted sale en ese programa. mamá —le dijo—. —Estoy estudiando. mejor dicho —dijo sin venir a cuento—. las vecinas vienen a felicitarme. ¡Si le contara. Fabián es apenas un amigo. Acuérdese que tiene los exámenes encima. —¿Cierto que se ve divina la nevera nueva en la cocina? Le pegué esos adornitos.

acostúmbrese a verme vestida y con poca ropa. La cámara se paseaba por un vecindario en ruinas: carros achicharrados. por la confusión de hombres y mujeres que corrían entre policías. Ya estoy muy vieja para adaptarme a esas costumbres.". —¡Se acabaría la familia! Beatriz miró la hora y encendió el televisor.. apáguelo! —suplicó Beatriz. tendidos de luz venidos abajo. "Un nuevo atentado dinamitero sacudió a la ciudad de Medellín. que hagan como usted dice un período de prueba y al final no decidan nada. Betty—aceptó resignada—. —¿Ve? —exclamó—. 83 . —No sea anticuada. La siguiente noticia mostraba tres cuerpos de policías abatidos en plena calle. me dolería mucho verla sufrir. ¿Cómo voy a saber yo las intenciones de un hombre? Nadie lo sabe. según los informes de las autoridades. mija. —Usted verá." —¡Apáguelo. —¿Vieja usted? No me haga reír —la abrazó y besó en la frente—. Antes de identificar el lugar y consecuencias de las explosiones.. por favor.Por el momento. No sabe la pena que me dio cuando vi en los periódicos y en la televisión ese desfile.. Segundos después." —escuchó Beatriz al echarse la toalla al cuello. cómo le devolvemos la juventud. ahora otra en Medellín —dijo la madre en voz baja. mamá. que no hay nada malo en ser modelo. ¡Sabrá Dios dónde vamos a parar! Beatriz volvió a acariciar los cabellos de la madre y se dirigió a paso lento a su dormitorio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mejor —dijo la madre—. árboles talados por el impacto. mamá —le pasó la mano por los largos cabellos castaños—. una bomba en Bogotá. Una música fúnebre servía de audio a la emisión de las imágenes. como si rezara una oración—. mija —suplicó la madre—. ¿Qué pasa luego? Pues que repiten lo mismo. si me deja asesorarla. No sé. Usted sabe que tenemos familia en Medellín. la presentadora del noticiero leyó los titulares del día. Yo sé que es una profesión. la cámara se paseó por un edificio derruido. mamá. Antes de anoche. Empezó a pedalear.. ¿Quiere que le diga una cosa? Las mujeres no tienen que resignarse a vivir toda la vida con un hombre que no aman. —Espere un ratico. aunque no lo conozco. mamá —le dijo con dulzura—. ¿Qué tal que el dichoso matrimonio no tuviera sentido? Consiguió escandalizarla: la madre enarcó tas cejas y le dio la espalda a la hija. Ya verá. se habla de veinte muertos y decenas de heridos aún no identificados. El noticiero se abrió con un estruendo de explosiones. mija. —No se vaya a escandalizar. ¿Vieja con cuarenta y un años? A usted lo que le falta es arreglarse.. —Me cuesta mucho acostumbrarme a esas cosas —quebró la voz—. seguidas por doña Dolores con las manos puestas sobre su boca. soldados y socorristas. Socorristas de la Cruz Roja sacaban muertos y heridos de las ruinas. Por ahora. que a mí me educaron de otra forma. pasan por un período de prueba y después deciden. Antes de almorzar la ensalada y la pechuga de pollo a la plancha que le había pedido a doña Dolores. haría medía hora más de ejercicios. ". "Sigue la siniestra cruzada de exterminio contra miembros de la fuerza pública. ¡Qué lindo! ¡Mandarle flores a la suegra que no conoce! Abrazada a la madre.. Entienda. Ahora las parejas se conocen. viejita —le acarició las mejillas con el dorso de la mano—. ese muchacho me parece muy buena persona. usted es una niña muy linda. —¿Usted cree que ese muchacho va en serio? —preguntó preocupada—. Doña Dolores apagó el televisor.. —Si voy a seguir modelando. ¡Qué hombre va a respetar a una muchacha que ha pasado por tantas pruebas sin decidirse! —No sea anticuada. Así no tendrá que empelotarse. La gente se sigue enamorando y casando como antes. Beatriz rió a carcajadas. Eso es lo que me aterra: que se conozcan.

No me quiero meter en sus cosas. Evitaba responder groseramente a su madre. Canje o no canje. entonces? —preguntó Beatriz deteniendo el pedaleo. le daba rabia verla envejecer con el convencimiento de que era vieja a los cuarenta y un años. ¿Por qué no cinco mujeres y cinco hombres? — propuso Virginia. Cuerpo perfecto. aunque las intuiciones de la madre fueran a veces revelaciones fulminantes. Upegui inspeccionó con Virginia cada rincón del gimnasio. En esa pared. una libre para los clientes y la otra para nosotros. Nada podía hacer para modificar su comportamiento. conseguí unas cuantas cajas de vodka y whisky de cortesía. Ningún noticiero de televisión se va a perder esa noticia. Que no se le olvidara la cita con el notario. serían casi doscientos invitados. mamá.. "Inversiones Nuevo Horizonte" era una razón social sencilla. no sé cómo no se nos había ocurrido — recordó llevándose las manos a la cabeza.Usted no durmió donde Verónica. que le respondió con un amago de golpe en la entrepierna. ¿Había hecho ya la lista de invitados? —le preguntó a Virginia. Guardaba en su casa litografías de pintores famosos. recordó.. Ya él había hecho trámites e inscripción de la sociedad en la Cámara de Comercio.. encontraba irritante su aceptación de la fatalidad en cada circunstancia adversa. Un fax. pero vale mucho.topless. La examinarían juntos. La oficina de la administración le parecía desangelada. Virginia. ¿Le parecía adecuado el nombre del gimnasio? Perfect Body. ¿Se imaginaba el impacto? —decía a Virginia. colgaría la que representaba al santo desnudo. Dalí. "¿Qué ofrecerían a los invitados? La etiqueta mandaba que se dijera: se servirá copa de vino. Tengo un Darío Morales. ¿Cuál era el dichoso santo? San Esteban. pero tenga cuidado. las baldosas del piso de grandes ladrillos crudos. mañana a las nueve. pero había que servir más que vino. descalzos.. pongamos algo lindo en las paredes. Se le había ocurrido —dijo Upegui— que fueran atletas musculosos vestidos solamente de pantalones blancos. torso desnudo. falta un fax. entra en el inventario de gastos. tacones altos y . ¿Es que no se ha dado cuenta? Doña Dolores la observó en silencio y optó por retirarse.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto muy rara. ¿era falso el Dalí? Elegiría las de temas y colores amables y las cedería al negocio en calidad de préstamo. una mujer desnuda y patiabierta. Y en el salón de los aeróbicos lucirían muy bien reproducciones de mujeres y hombres jóvenes en ropa deportiva. Diez fornidos fisioculturistas atendiendo a los invitados. —Dormí en la casa de Fabián —encaró a la madre—. la grifería de bronce. mejor que sobre y no falte. tamaño pliego. Faltaban algunos accesorios. mija —se acercó a decirle la madre—. Como conejitas sin uniforme de conejitas —dijo. bromeó agarrando del cuello a Virginia. dijo Virginia. ¿Cuántas líneas telefónicas? No menos de dos. con insinuantes delantales de cuero. ¿Qué hay de malo en eso? —subió el tono de voz como si la verdad exigiera mostrarse desnuda y desafiante—. —¿Dónde piensa que dormí. Podía adquirirla mediante un canje. Amparo invitaría a sus amigos periodistas. "Inversiones Nuevo Horizonte y Perfect Body se complacen en invitar a usted(es) a la inauguración del nuevo y espectacular spa que abrirá sus puertas el próximo viernes. Y la decoración. dijo Upegui. será un verdadero escándalo. herido a flechazos. el acabado de los baños tendría que ser de mármol. Una idea genial: los camareros no atenderían en uniforme negro y pajarita. churros que se conviertan en espejo de nuestros clientes. Ya no soy una niña. ¡Las separaban tantas cosas! La irritaba su resignación. John Peralta había prometido mandar las cámaras del noticiero. Mucho más sugestivo en inglés. En minifalda negra. Prefería mentirle. de espaldas al escritorio. Más adelante instalarían un teléfono público de monedas. ordenar pasabocas. tienen que ser 84 .

cocinar platos criollos. ¿Hasta cuándo?. porque Acosta nos da la plata en efectivo. Su aporte de trescientos mil dólares significaba apenas el 20% de la inversión. Había días en que. éstas serían las medidas ideales. ¿Me das un beso?. ¿Respiraba por la herida? ¿Presentía que la medida de la juventud se había alejado hacía mucho tiempo de ella? 85 . Virginia lo recompensó con un fuerte apretón en la bragueta. Virginia le recordó que le faltaba endurecer el abdomen. Upegui le recordó a Virginia que se diera prisa en la contratación del sistema de alarma. La tiene comiendo en bandeja de oro. Lavando no. no se para. de pura pena. cuando la conoció. Mejor mañana. pronosticó Virginia. que no tengan las tetas muy grandes. dudó Virginia. venía diciéndole Upegui. informó exaltado. ¿Almorzarían juntos? No. Les pagamos en efectivo. le había pedido a Upegui que figurara sólo él. Sabía por Verónica que la madre de Beatriz había criado sola a su hija con pequeños contratos de restaurantes y pedidos para fiestas particulares. Se le ha metido en la cabeza volverla reina de belleza. Además. pero la oferta industrial arruinó su negocio. ajiaco y sobrebarriga. Niñas muy sofisticadas. Upegui se subió a una máquina y trató de flexionar los brazos. así la recordaba Virginia. pero la primera beneficiada en esa relación sería la madre de Beatriz. Beatriz Lopera no era. entre 32 y 34. haciendo lo que sabía hacer. Una sociedad con más de millón y medio de dólares será una sociedad respetable. pidió al arrebatárselo. Pobre mujer. Acosta nos gira mañana para pagar a los proveedores. ¿Quieres probarlo?. la amiga de su hija? El mismo. respondió la voz realista de Upegui. en pesos y en dólares. Esa humilde mujer tiene todas sus esperanzas puestas en la hija. Ya agoté mi cuentica en dólares. añadió Upegui. haciendo lo que casi todos hacen. ¿Funcionaba bien el baño turco? A las mil maravillas. preguntó Virginia. Tampoco Upegui figuraría. ¿Sabes lo que es ser pobre? —preguntó. ¿Cuánto quedaba en plata líquida? Veinte millones de pesos. hasta donde sabía —dijo Virginia—. Y que nos den recibos con el debido incremento de los precios. se quejó Virginia. Había montado una pequeña empresa de confección de ropa para niños. ¿Salía con Leo Pradilla? Sí. pero la juventud se medía hoy con una vara cada vez más corta. Le parecía cruel decirlo —opinó Virginia—. Más bien poco. precisó él. ¿Sabía que Acosta tenía a Beatriz comiendo de su mano? No lo sabía. Lo que era la vida: ahora era una modelo famosa. dijo Virginia. dijo Upegui. Poco o mucho tiempo. La pobre no paraba de estudiar día y noche. Verónica se hizo amiga de Beatriz cuando iban a ese colegio de mediopelo. Podía durar lo que durara la juventud. Debemos mucha plata. Sí. ¿Cómo había quedado al fin el asunto del tercer socio? Fabián Acosta no quería figurar en las escrituras del negocio. has bajado barriga pero necesitas tonificar esos músculos. se inquietó ella. ni la sombra de la linda niña de hoy. el BMW se me hizo humo. le preguntó. le había prometido a Verónica almorzar en casa. Lo que era la vida. ¿Por cuánto tiempo? Depende de ella. La respuesta fue un suspiro hondo acompañado por un encogimiento de hombros. ¿Cómo se porta mi verguita chiquitica y tiernita? —le preguntó a sabiendas de que Upegui disfrutaba con sus obscenidades. propuso Virginia. ¿Salía con Beatriz Lopera. Se para. Tenemos que abrir la cuenta corriente a nombre de Inversiones Nuevo Horizonte. dijo al bajarse de la máquina. Pradilla era apenas amigo. El tiempo de esta profesión —lo sabía ella— se consumía en un suspiro. suscribirían entre ellos un documento privado. Antes de salir del gimnasio. Virginia le acarició el brillante cráneo rasurado. lo haría a través de su abogado. ¿Estamos lavando?. Upegui poseía el 28% y Virginia el 52% restante. ¿Quién iba a creerlo? De niña era una langaruta pálida y tímida. dijo Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus muy sofis. se había ido de viaje a Europa. la invitaba a comer en su casa. ¿Fabián Acosta?. Virginia no la conocía.

En ese terreno puedo construir un edificio de cuatro pisos. ¿Rico? No me hagas reír —dijo extendiendo los brazos hacía la amplitud de su sala—. Cayeron en su memoria de manera placentera y triste. una casa de clase media levantada hacía dos décadas en el extremo nororiental de la ciudad. de dos pisos. había nacido y crecido allí. Era una casa amplia. el garaje con puertas de madera carcomida. vivir 86 . Le explicó que rico era aquel que no temía perder cuanto tenía. Sabía comer arroz con huevos fritos. ¿Era posible que placer y tristeza durmieran juntos? —Tengo que estudiar —dijo al subir a su cuarto—. —¿Pétalos de rosa con miel? —se intrigó Virginia. Trataría de convencer a su hija. Si lo perdía. De lejos. hágalo. —Javier quiere invitarnos a cenar —le gritó Virginia a la hija cuando subía las escaleras hacia el segundo piso. Te doy un bonito apartamento moderno de ciento cuarenta metros cuadrados y te quitas de encima el problema de la seguridad. Está a nombre de las dos. Desde el día anterior. Verónica había ido al aeropuerto a la hora del vuelo. Paseó un rato por el aeropuerto. Se había negado a la oferta de Epaminondas Romero. escondiéndose entre la multitud. mi niña. Sentía todavía el vacío de la ausencia. así la había calificado. No estoy seguro de poder conservar nada de lo que me rodea. Leo es a veces poeta. niña —la había alentado Teresa— E1 dolor de la ausencia es a veces dulce. anotar con palabras textuales la más terrible de sus advertencias. Las paredes y los techos filtraban humedades. que el verano de París es dulce como pétalos de rosa con miel. pronunciada con la amabilidad de una reflexión y sin el odioso tono de un consejo. mucho más suntuosos y caros que los antiguos. Lo pensaría.Llamé a Beatriz pero me dijo que tenía cita con Fabián. lo había acompañado en la partida. Si quiere hacerlo. Si un día no puedo conservarlo. Dice que me extraña. le caería encima el peso de la tragedia. se tomó un café. Sin su consentimiento y a hurtadillas. antes de que la Avenida Circunvalar diera nacimiento a nuevas casas y edificios. lentejas y fríjoles. Lo siguió a la distancia hasta verlo desaparecer en el control de emigración. volveré a ser el que fui antes de ganar lo suficiente para comprarme esta vida. terrible y engañosa". Esta vez no lloró. —Ya sabes —mintió Verónica—. El aspecto que ofrecía en el vecindario era como un parche en medio de las nuevas edificaciones: el pequeño patio de rejas oxidadas. Pensaba que la decisión de permutarla sería una falta de respeto a la memoria de su padre. "Hermosa. —Convence entonces a tu hija. —Me llegó un telegrama de Leo —dijo con el papel en la mano—. Acababa de preguntarle si se sentía rico. Verónica no estaba convencida de la permuta. ¿Se refería también a la belleza femenina? Le hubiera gustado anotar cada una de sus frases. Era una casa vieja. Los recuerdos del último encuentro no fueron dolorosos. de por lo menos veinte años. nunca como hoy el lobo había acechado tanto a Caperucita" — reflexión que acompañó de risas y mohines en la cabellera de Verónica. Y regresó a casa. como si esperara un vuelo retrasado. "Estás viviendo en la peor de las selvas. le dijo Virginia a Javier Upegui. La oferta era en todo caso tentadora. Verónica mantenía grabada una de las primeras frases de Leonardo Pradilla: hablaba de la visión nocturna de la ciudad y del artificio de su belleza. —Lo estoy pensando —dijo Virginia—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Decidiste permutarme la casa? —le preguntó Upegui—.

lo mejor era ganarlo y gastarlo sin remordimientos. mamá. Si frecuentaba fiestas y cocteles era en razón de su trabajo. va perdiendo la identidad de sus líneas. mamá? No puedo perder un segundo —y cerró la puerta de su cuarto apartando a la madre y dejándola plantada en el pasillo. Verónica cumplió diecinueve años. —¿No comprendes. —Dile que gracias —se excusó. entregado por Upegui en el momento de apagar las velas de la torta. quería consolarla. que la fiesta iba a ser por todo lo alto? Casi doscientos invitados. hermosas y hermosos estudiantes de 87 . No sabía ahorrar. de beber vino en lugar de gaseosas y jugos de frutas. libros y una botella de vino. El regalo era muy lindo. se encontraría con Beatriz. parecía tener los pies sobre la tierra. Estaba deprimida. Besos en cada pétalo. Si quería hacer una carrera. La trampa tendida al incauto. su primera víctima? Sonrió avergonzada. No era rico.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus decorosamente en cualquier parte. tan deprimida como doña Dolores. Un niño de trece años. Un acontecimiento social que la prensa. enamorado de ella hasta la locura. Stop. Su amiga no había podido. una línea que traza un dibujo y. era un regalo precioso. para ser sincero. tan cercano como limitado. tendría que revalidar algunas materias. Leo —leyó de nuevo el telegrama. —¡No me importa lo que crea! —gritó—. Viviría de nuevo en un cuarto. al asomarse a la ventana. El primer beso. Verónica no pudo concentrarse en el estudio hasta que no puso orden en la memoria que evocaba a Leo Pradilla. Cenó pues con Virginia y Upegui. a ensayar con meseros y meseras. de vivir en un apartamento de doscientos metros cuadrados eran apenas un accidente de la suerte. ¡Maldita sea! No podía con las matemáticas. la radio y la televisión registrarían con bombo y platillos. Después de la cena. Y en cuanto al dinero. La ausencia de Leonardo Pradilla limitaba la visión de su horizonte. excúsame con él. —Vienes a cenar y regresas a estudiar. Stop. Javier nos invita a cenar. Virginia estaba exultante. todo lo contrario a lo que entendía por horizonte. en el segundo intento. Controlaba cada detalle. El verano de París sabe a rosas y miel. Perdón. intentar de nuevo o desistir. creyó que el horizonte era un paisaje cercano. ¿Por qué se habían molestado? Y aunque se mostró amable con ellos. Creerá que es un desaire. O elegir una escuela de diseño que no exigiera título de bachiller. con la cara marcada de acné. se sintió indiferente y apática en la conversación. haría cualquier cosa para seguir rodeado de discos. poco a poco. Se aburría. Un momento antes. El reloj Cartier envuelto en precioso papel regalo. a quien apenas conocía. Un horizonte tan cercano no es horizonte. Tenía curiosidad de ver a la amiga al lado de Fabián Acosta. Su madre y Upegui lo celebraron invitándola a cenar. Te extraño mi niña. Además. Upegui. ¿Por qué no la alegraba saber que Perfect Body se inauguraría pronto. en cambio. Les agradecía el detalle de la celebración. pasar los exámenes de último grado. Madrugarían a poner cada cosa en su sitio. Recordó a Nelson Sarmiento. Y nerviosa. a controlar la iluminación de las salas. ¿Cómo sería hoy el estudiante modelo. aunque. No debía nada ni le daba importancia a la vida social. El privilegio de poder comer caviar o salmón ahumado. Habían pasado más de cinco años. —¿Me escuchaste? —subió a insistirle Virginia—. —No le gustará nada —insistió Virginia—.

el conductor y su acompañante. vio que uno de los vehículos le cerraba el paso al otro. —No se molesten. ¡No pare. de atracos frecuentes. los jóvenes parqueaban sus vehículos y convertían el mirador en un motel al aire libre. Si esperas un minuto te llevamos. Lo comprobó cuando. Parecía un hermoso paisaje detrás de una transparencia de tules. Circularon hacia la Circunvalar. carajo! —gritó Virginia. cinco metros detrás de él. —Te llevamos. Verónica bajó del auto sin haber superado aún el shock producido por la balacera. Virginia recordaba La Calera con este nombre. Verónica miró hacia su izquierda y encontró el mapa nocturno de la ciudad iluminada. Chicos y chicas de dieciocho a veinte años. la visión de la ciudad era más amplía. Upegui pudo ver la sangre que manchaba la tapicería. En el costado izquierdo de la vía. Más que fuga. Ya es tarde. Numerosas 88 . Recordó las frases de Leo Pradilla sobre la belleza ilusoria de la ciudad. Desde entonces. dos hombres respondieron a un gesto y corrieron a subirse a un jeep blanco que los siguió de cerca. pero cuando retomó con prudencia la velocidad. No nos gusta que cojas taxi a estas horas. yacían con los cuerpos enredados uno sobre otro. Y habló del robo de taxis. en el costado izquierdo de la vía. Los hombres se acercaron hasta las ventanilla disparando incesantemente. Quedé de verme a las once con Beatriz y su novio. Verónica no sabía que también Upegui disponía a veces de escolta. Por una graciosa ocurrencia. su acompañante de hace seis años. tomaron el puente y siguieron por la estrecha carretera que llevaba a La Calera. Upegui reanudó la marcha. Porque queda en el monte y es el rumbeadero preferido de las nuevas Venus. de balaceras esporádicas. Vio —todos vieron— que de la camioneta atravesada en la vía salían tres hombres armados y disparaban repetidas veces contra el vehículo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus danza contemporánea contratados para hacer un pequeño espectáculo. aplaudida por Rodolfo Roldán. Upegui prefirió orillar el auto y esperar a diez metros de distancia. Lo adelantaron. una mujer joven. Upegui pagó la cuenta. Se refería a la balacera: un vehículo intercepta a otro. No era prudente —decía Upegui— que se fuera en taxi a un lugar que se estaba volviendo extremadamente peligroso. descargan sus armas sobre los ocupantes del carro interceptado. al salir. —Los dejo —se excusó Verónica—. —Pan de cada día —dijo para sí Upegui. ¿Dónde habían quedado de verse? La esperaban en una discoteca de La Calera. sin dar tiempo a una respuesta. Le incomodó sentirse seguida por los escoltas de Upegui hasta la puerta de la discoteca. Lo mismo hizo su escolta. parecía como sí salieran de un accidente sin importancia. guarecido por la oscuridad. engañosa y terrible. ¿Por qué tenía escoltas un simple constructor de casas y apartamentos? —No llegues muy tarde —aconsejó Virginia. ¿Por qué El Monte de Venus? — preguntó al senador. Regresaron a la camioneta y emprendieron la fuga. Circuló con prudencia y en silencio hasta la discoteca. Virginia conocía el lugar. El flujo de su memoria se interrumpió bruscamente. Llamaría un taxi. Una multitud de jóvenes hacía cola a la entrada. Pese a la neblina. aunque ya no lo frecuentaba. no seas terca —insistió Virginia—. Upegui frenó para dar paso a dos camionetas que parecían competir por la delantera. un homenaje a la gimnasia aeróbica con música de los ochenta. —¿Te llevamos? —se ofreció Upegui—. subiendo desde Bogotá. la zona había sido bautizada como El Monte de Venus. Llevarían a Verónica al lugar de su cita. salen sus ocupantes armados y. En el interior del vehículo. Redujo la velocidad al pasar al lado de la camioneta agujereada a balazos.

—Tranquila. —¿Qué dices? —¿Verdad que Fabián lo amenazó? Beatriz interrumpió el retoque de su rostro. Una botella de Dom Perignon adornaba el centro de la mesa. Beatriz reconoció a uno de los guardaespaldas de Fabián. Betty. ni la mirada de exploración que le dirigió al sentarse a su lado. ¿Sabía que Beatriz se encontraba allí con Fabián? La tranquilizó el tamaño del local. ¿Quién era el tipo que los acompañaba? Verónica lo saludó de mano. —Un amigo —lo presentó Fabián. El tipo sirvió con torpeza y sin preguntarle una copa de champaña. Tráigale a la señorita un vodka con naranja —ordenó a gritos sin esperar que el mesero se acercara a la mesa—. en una de las mesas. con lo que voy a decirte —buscaba decírselo sin alarmarla—. Beatriz se abrazó a ella emocionada. escandalosamente maquillada. el Gordis. Las acompañaría hasta la entrada de los baños de damas y las esperaría para llevarlas de regreso. para servirte —dijo el tipo. —Raúl Trespalacios. Fabián se lo encontró solo a la entrada. guardaespaldas con el saco abierto enseñando el poder intimidante de sus armas. El tipo llamó al mesero haciendo aspavientos con los brazos y emitiendo un silbido. Un mesero la condujo hasta la mesa donde la esperaban. Podía ser pura casualidad. esto fue lo que sintió Verónica al distinguir a Frank Rueda. Para llevarle la contraria. pensó Beatriz y no quiso incomodar a Verónica diciéndole que Fabián había ordenado que las protegieran. Ni su escandalosa manera de vestir ni la pesada cadena de oro que exhibía en el cuello. Algunos las exhibían en la mano. le dijo abriéndose paso a codazos por entre la multitud de clientes. Escoltas ociosos parados en actitud desafiante en la puerta abierta de los vehículos. vino con pareja. Parece una puta. Verónica buscó con la mirada a Beatriz y a Fabián. su olfato le decía que el 89 . Verónica volvió a decirle que no le gustaba el tipo que le habían sentado a su lado. quédate por los lados de nuestra mesa. Verónica dirigió una mirada interrogante a Beatriz.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus camionetas y carros de lujo. Después de avanzar abriéndose paso. Fabián la saludó de beso en la mejilla. —Si sales a bailar. ¿Me acompañas? —No nos demoramos —dijo Verónica. que no es para mañana. Tu Gordis está sentado en una de las mesas de la entrada. a la derecha. Pensó que si se lo decía a Beatriz la pondría nerviosa y estropearía la noche. De las camionetas salía la parafernalia de la música. No le gustó su aspecto. —¿Quién es el tipo tan espantoso que me trajeron de pareja? —No te lo trajimos de pareja —aclaró Beatriz—. —Tengo que ir al baño —dijo—. Verónica le dijo que prefería un vodka con zumo de naranja. Las seguía de cerca. Rápido pues. —¿Está solo? —No. No ocultaban sus armas. ¿Me entiendes? Hay hombres que no pueden soportar que uno se haya acostado antes con otro. ¿Y si le daba por bailar? ¿Y si se creía en el derecho de acosarla? No lo conocía. la cantidad de gente que se aglomeraba de un extremo a otro. Don Fabián me pidió que la acompañara hasta su mesa. acompañado por una vieja que ni te imaginas. Sorpresa y temor. subametralladoras colgando del brazo. Lo acompañaba una chica de ropa escandalosa. tipos distraídos mirando el paso de chicas de minifalda y blusas escotadas llevadas de la mano o abrazadas por hombres mayores que ellas. —¡Está loco! Fabián se muere de los celos. hombre.

Beatriz se dejaba abrazar por Fabián. 90 . había que ver la forma como llamó a gritos y a silbidos al mesero. Prefiero bailar suelta. "¿Otra tanqueadita?" —preguntó ella. Tengo por ahí guardada una platica y no sé en qué invertirla. pero Fabián. abarcando con la mano su nuca. Verónica adivinó en la actitud del intruso a un tipo de confianza. No te imagino en negocios de belleza. ¿No lo había notado por su estilo de bailar? —respondió él apretando aún más el cuerpo de su pareja. temió Verónica. Fabián invitó a bailar a Beatriz haciéndole un gesto con la mano. a quien parecía pedirle permiso para bailar con la muchacha. —¿Quiere otra tanqueadita. ¿Qué podía hacer para evitar que el sexo excitado de Trespalacios abandonara el cómodo lugar encontrado en su entrepierna? Le parecía ridículo mostrarse ofendida. le pidió. Había venido a saludar a Beatriz un momento. Un hombre de la mesa vecina se acercó a pedirle que bailaran. ¿De dónde era?. Así que aceptó la dureza de taladro con que el parejo pretendía prometerle momentos más apasionados que éste. la grosería con que me sirvió la copa de champaña. Sólo pudo rechazarlo cuando intentó bailar la siguiente pieza. No pudo evitar esta vez que el tipo la abrazara y estrechara a su cuerpo. ¿Es cierto que tienes el 20% de la sociedad? —Según las cuentas de Javier Upegui. —Que si te provoca otro vodka —tradujo Fabián. Tenía que volver a sentarse al lado de Raúl. le preguntó Verónica en voz alta. dentro de poco va a querer hacer lo mismo conmigo. —¿Sabías que Fabián es socio del gimnasio? —Claro que lo sabía —dijo Verónica—. negó con la cabeza. hermano —chanceó Fabián—. sos un bomboncito de hembra. exclamó acercando su cabeza a la cabeza de ella. metiendo una mano en sus cabellos. sólo faltaba eso. tengo más del treinta y cinco. Cuando regresaron a la mesa. retrechera y todo. Fabián le pediría a uno de sus guardaespaldas que llevara a Verónica a su casa. soportar tenerlo a su lado y responder a su conversación? —No me gusta bailar agarrada —le dijo amablemente—. —Tengo mucho calor —dijo quitándole el brazo de Raúl de los hombros. Rechazó varios intentos de su pareja: trataba de abrazarla y conducirla a su manera. Verónica bailó una nueva pieza con Trespalacios. La trataba de "mi vida". Pero. Según mis propias cuentas. Quédate un ratico más. Merengue apambichao. —¿No tienen un cupito para mí? —preguntó Trespalacios—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tipo era un patán. Fabián abrazaba a Beatriz y ponía la otra mano en sus muslos desnudos. tengo el 20% —dijo—. preciosa? —preguntó Trespalacios a Verónica. dijo Beatriz. Raúl se puso de pie y dio por supuesto que Verónica aceptaría bailar. ¿Lo aceptaba? ¿No sería peor quedarse sentada. Tenía que irse. Capital de la salsa y del mundo. ¿De dónde iba a ser? De Cali. —El merengue se baila agarrado —dijo el tipo—. le dijo. —¿Siempre sos así? —¿Cómo soy? —Así de retrechera —dijo decepcionado el tipo—. la única forma de hacerse escuchar en medio del ruido de la sala. —No me puedo demorar mucho —advirtió Verónica— Tengo que ayudarle a mi mamá en las cosas del gimnasio. Está podrido en plata. escoltadas por el tipo que les abría el paso a empujones. cada vez que le hablaba la llamaba "mi vida" o "mi cielo". ¿no es lo que dice la canción? —canturreó moviendo hombros y caderas. —Se jodió. No podía evitarlo.

Lo terrible no había sido el puñetazo. Presa de la histeria. le gritaba Fabián. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente. Beatriz gritaba enloquecida. Fabián la tomó de un brazo y la zarandeó. ¿No se acuerda de mí? —preguntó—. inmóvil en el piso. pero sería peor si cortaba su relación con Fabián. Tomó su pequeño bolso de la mesa. No se sorprendió porque temió desde el principio la escena. su profesor de literatura en décimo grado. los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. El duro de las esmeraldas —añadió. mientras bailaba con Fabián. —Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda. —Me voy —dijo Verónica con voz enfática. Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón. trató de decir al agresor. ¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo advertí. En el camino de regreso. Al verlo de espaldas. Trabajé para don Epaminondas Romero. Dos agentes de policía que miraban la escena se desentendieron de la pelea. Iba armado. si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo tendido en el suelo. Le cayeron a patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. Llévela a su casa y regrese. el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. Ella se limitó a repetir la dirección de su casa. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro puñetazo en la boca. La escena puso histérica a Beatriz. se llama Verónica y no baila con extraños —intervino Raúl parándose de su silla—. si es que va para su casa —le gritó Fabián. Sé dónde vive. Por casualidad se había encontrado con ellos en la misma discoteca. De nada valieron las súplicas. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. por ningún motivo. en ese caso. Don Fidelio — dijo el hombre que acompañaba a Verónica. ¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo. no joda. Sí. se le abrió la chaqueta. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. Usted sabía de lo que son capaces esos tipos. Había bastado un gesto de Fabián a los escoltas para que dejaran de patearlo. Se abría paso hacia la entrada un hombre y su pareja. Beatriz? —le preguntó Verónica—. ¿Me oíste? La señorita no baila con extraños. Verónica evitó ser vista por el Gordis. gritaba. ¿cierto? —Sí. Empezó diciéndole que. el pobre 91 . déjelo. le dijo a Verónica. rodeados por escoltas que avanzaban a empujones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Eres Verónica. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de impotencia. que en paz descanse. ¿no ve que lo están matando?. Beatriz tampoco había podido evitar la furia de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. Uno de los escoltas recogió al Gordis del suelo. le dijo Verónica. A su casa la llevo yo. no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. y lo empujó a la calle. Al salir. Y al estirar el brazo. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo. señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. No deje que la señorita. A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. Tuvo miedo. ¡Te largas ya mismo! —Disculpen —dijo el hombre. cometa la locura de irse sola. —¿Qué quiere que le diga. saquen a esta basura de mi vista. Frank. atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. Frank no estaba allá para buscar a nadie.

de eso estaba segura. ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar. Ya estaba más tranquila. No podía decidir por ella. —Almuercen. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca se habían ido a una finca de Tabio. se aplicaba en los párpados bolsas de té frío. ¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. Le gustaba mucho Fabián. ¿Qué quería que le dijera?. le suplicó mientras depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda la noche. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo. de la finca habían salido a desayunar en la Avenida Caracas. donde se deshizo en excusas. Se había dejado llevar por los celos. Y si no estaba allí para buscarla. venía acompañado por una putica para humillarla. Descargaría sobre él toda su furia. ¿Le habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa. se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana. le dijo a doña Dolores mientras. Beatriz aceptó sin oponerse ir a la casa de Fabián. le daba su palabra.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pagaría los platos ratos. Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. le dijo a Verónica. Sí. ¿Aconsejarla de qué manera y con qué clase de argumentos? —¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia. —Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. repetía. Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar que. No había visto nunca a Beatriz en tal estado. ¡No sabes cuánto te adoro! Por miedo. le repitió a Verónica. estaba nerviosa. iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio. señora. Lo conocía poco. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. No había podido dormir en toda la noche. ¿Cómo lo convencía de eso? No la había dejado regresar a su casa. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. —Con Beatriz. que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—. que no se preocupara. no se preocupe. La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados. Si abandonaba a Fabián. porque temía algo peor y no quería provocar más problemas. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con ese boleta. se dijo Verónica. —¿Le pasa algo? —Viene a almorzar. No es que pensara volver con Frank Rueda. Mi mamá va a pegar el grito en el cielo. no había dormido nada. Que lo perdonara. no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank Rueda. Hagas lo que hagas. Algo le estaba pasando a esa muchacha. te vas a encontrar con Fabián en la inauguración del gimnasio. Que estuviera segura de él. por lo visto ella había decidido seguir con Fabián. le dijo con galantería. Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su hija se quedaba con él. le preguntó Verónica. Él no podía permitir que nadie pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. en efecto. Miedo de lo que había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos. Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. Y. pero empezaba a 92 . Vamos a comer algo en el gimnasio. extendida en la cama. tenía que comprender que lo primero que se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de celos.

Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en los negocios del difunto Epaminondas. la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. —Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes. —¿Lo quieres? —No sé —se quedó pensativa—. tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera quitado la voluntad. algún hilo conduciría a su relación con Virginia. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría sin la plata. no había exportado orquídeas sino cocaína. sus escoltas. la tarjeta de crédito pagada por Epaminondas. el dinero de sus cuentas. El caso del "Viejo Epa". sus vigilantes. sus perros. Les blanqueaba millonadas a sus socios. después importó carros de lujo. ¿No era como los otros quien disparaba a las ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica. Hace una semana. —Pero él no es como los otros —se defendió.y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta. Las vagabundas que lo acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda la noche. Epaminondas Romero era un próspero negociante. de un infarto. podía llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus conocer lo peor de él. como lo llamaba mi madre. —¿Y quién no lo está haciendo? Es bueno que lo sepas. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—. ¿cierto? —¿De dónde va a salir? De sus joyerías. lechuga. Apareció muerto en un motel. se está convirtiendo en un escándalo. ni siquiera la ensalada de filetes de atún. Los gringos le estaban siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica. cebolla y tomates que les sirvió Teresa. —También —dijo Beatriz—. no solamente por él sino por todo lo que lo rodea: su casa. Lo hace por celos —dijo Verónica—. Beatriz —se enfureció Verónica—. Para casi todo el mundo. Primero exportó orquídeas. No pretendía desilusionarla. Esos viajes a Panamá. Me atrae. opinó Verónica. Ojalá hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. 93 . No se gana tanta plata de un día para otro. Cuando estoy con él me siento protegida. amparado en el poder del dinero. —. Mi mamá tuvo un amante que tenía un concesionario de carros. Beatriz no probó bocado. Sabías desde el principio de dónde salía la plata de Fabián Acosta. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca. lo leí en el periódico. Te digo que debes saber dónde te metes. Es la única manera de tenerte a su lado. se supo qué hacía verdaderamente. niña Betty. —Y tú sabes de dónde sale la plata. Digo que podría estar metido en esos negocios. —¿Qué quieres decir? —Tú lo sabes.. —Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió encogiéndose de hombros. Además. Coma aunque sea un poquito.. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. —¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios? —No digo eso exactamente —matizó—.

La música se escuchaba a mayor volumen. Despiértala. Estaba decidida a dormir. 94 . obedecería esa regla. ¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando con Verónica. dijo Verónica. No le hizo el amor. se había dirigido a su apartamento. Espera. contó Beatriz a su amiga. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar. Un rock tras otro. ¿Para qué reprochárselo? Muchas chicas de su edad lo hacían. ¿qué hora es?. pero la música resonaba en su memoria. las que no metían perico metían yerba. Ahora entiendo. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. Pensó que el juego no pasaría de esa broma. Beatriz descendió adormilada. Se tapó con bolitas de papel los oídos. Parecía una autómata. la torturaría con un nuevo juego. Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. Se propuso no decir una sola palabra. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa auxiliar y se dejó tomar por el brazo. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos. Si Fabián descubría su lado débil. dijo el tipo. La apagaba. Y así. Escuchaba en duermevela el eco de la música. Algunas le están jalando al bazuco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tal vez él esté pensando lo mismo. —¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica. que. A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. Sin abrir del todo la puerta. no a su casa. le había ordenado él. dijo haciendo un gesto de asco. vio a Fabián de pie en el vano de la puerta. ¿Lo había probado? Me supo a mierda. Beatriz se había acostado a descansar. mirando hacia la segunda planta. como ella deseada. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. blusas. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo. ¿Metía entonces coca? De vez en cuando. le impedía el acceso. ¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la tensión. Sintió que Fabián daba doble vuelta de llave a la cerradura. No respondió. mi amor? Te estaba llamando a tu casa. Era Fabián Acosta. la condujo a uno de los cuartos vacíos y la dejó adentro. Muy temprano en la mañana. Escuchó la música que venía de la sala. Pero el estruendo volvía. A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa Bárbara. zapatos y accesorios. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. Pasó el tiempo. ¿A qué? preguntó ella. al regreso. le dijo Fabián. pasa. sino a dar un loco paseo nocturno por la Autopista del Norte. Ven y desayunamos. el seco golpe de la percusión. Parecía dopada. las que no metían perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. Verónica abrió. sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa. ¿No se molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián. Heavy metal a volumen progresivo. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una sola palabra. voy a llamarla. añadió Beatriz. que habían entrado al cine y la había llevado. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de esos ojos desmedidamente abiertos del pánico. La venció el cansancio. —Por ahí de compras —dijo Fabián. sucesivamente silencio y estruendo. —Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. Te quedas conmigo. La despertaría a las cuatro. que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos. ¿Podía pasar? Claro. —¿Nos vamos. —Acuéstate un rato. que manejaba a toda y en silencio que apagaba deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros por hora. el ciclo repetido de la misma tortura.

empezaron a escucharse en el salón. Vestían licras verdes. que había propuesto algo más "excitante". En el 95 . más discreto. eran recibidos por Virginia en la puerta. anchoas y salmón ahumado. ¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano. me cago del susto Javier. Los chicos vestían sólo pantalón blanco ajustado y delantal negro. por ejemplo "I can get not satisfaction". Tres bailarines.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al salir al comedor. De la copa de champaña se había pasado al whisky. El show se cerraría con "Money for nothing". En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story. modelos de éxito. debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos. A su alrededor. con sus respectivas parejas. La sala se quedó a oscuras. Al fondo del gran salón. Cabaret y Los paraguas de Cherburgo. una hielera. mi amor. reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de la ciudad. el vodka y la ginebra. A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal de cuero blanco. Los acordes de "Life is life". de Dire Straits. Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada de los famosos. Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. actrices. Se había permitido la licencia de una pajarita morada. Todo nos está saliendo divino. A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más. Actores. un éxito. se había abierto espacio al escenario. del grupo Opus. de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con una copa de champaña. Javier. Virginia pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui. Porgy and Bess. la hizo comer prácticamente de su mano. radiante con su cráneo rapado y su smoking. Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función. coma algo. En un segundo plano. Se encontrarían en la inauguración del gimnasio. Se interrumpió la proyección de las películas. Elton John contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". los instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. huellas de cocaína en la mesa de centro. Le permitió irse a su casa. Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente. Javier Upegui saludaba a conocidos y amigos. negras y moradas. personajes de la política y los negocios. de los Rolling. —Póngase bien linda —le dijo. Los invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de su madre. ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con delicadeza. ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los parqueaderos cercanos. Media hora antes de lo indicado en la invitación. esto está repleto. unas breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades. mamita. Un círculo de luz arropó a los artistas. se instalaron inmóviles en el centro del escenario. los muslitos de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. La coreógrafa había insistido en poner solamente música de la década. rodilleras y balacas en la frente. una coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. el vino. A "Life is life” le siguieron "Walk the dinosaur". vio el desorden de la sala: botellas. Cuando llegara la mayoría de los invitados. Adiós a los años ochenta.

dijo enfadado. "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. —Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. Antes de descender del escenario. brindó con la copa en alto. Peralta y Bueno en los extremos. No te lo ruego. Así que diviértanse y regresen mañana a matricularse. ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos grupos y rincones de la fiesta. dijo Upegui. Te saliste con la tuya. Peralta sí sabía que. mi querido Isaías. Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. muchachas hermosísimas. todo un panorama de la actualidad. menos aún. —Te lo voy a robar. chismes de la política. Saquen la nota en el noticiero del mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. Leo es un gran publicista y no dudo de que pueda ser un buen director para tu programa. Prime time. Lo sabía también Upegui. un programa muy high life. La cámara la siguió hasta el grupo donde la esperaban Upegui. protegida por Fabián Acosta: su brazo arropaba los hombros desnudos de la modelo. que se había acercado a ellos tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra. Les advierto que no recibimos dólares falsos". a quien no molestó el secreteo de Bueno. ¿Quién era ese bailarín mulato. Isaías la felicitó de beso en la mejilla. Más discreto. Mucho fashion. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. cuatro años atrás. Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. Te traje las cámaras de regalo. Te vamos a dar tres minutos del noticiero —le informó Peralta. John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. pero la gracia te va a costar más de lo que calculas. pescó al vuelo la frase de Bueno. ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. Sabía de su amistad con Pradilla. Todo un éxito. se jactó John Peralta. —¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica. le ordenó Bueno a Peralta. "No abrimos un simple gimnasio. mamá. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar el cumplido del publicista. Verónica se encontró sola al lado de Bueno. Y Peralta le dijo que tranquilo. 96 . le dijo al oído Isaías Bueno. Y Peralta. quiero a Pradilla en mi magazine de una hora. te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. Ni puel chiras voy a salir con extraños. pediría que editaran la imagen. ya verás la cantidad de pauta que van a ordenar tus clientes. Voy a introducir un formato de éxito: breves de farándula. Como me lo recetó el médico. estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la ciudad" —improvisó subiendo la voz. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. pero es perdidamente marica. madre e hija pugnaban por la defensa de su época. al lado de Upegui y ese tipo extraño. Le preguntó por él. La clientela del gimnasio va a ser de los ochenta. Necesito un director para mi magazine de la noche. Verónica y Beatriz. añadió Bueno. —Cueste lo que cueste. el de la izquierda? Te lo presento al final. Parece que se va a quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fondo. Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta. repetía Upegui. los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el menú musical de esa noche. No me gusta el joyerito ese. A mí me sacas de esa toma. ¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia. dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca. avances de películas. aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y.

Haga bien sus cuentas. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas sino niñas lindas que sepan leer las noticias. ya verás qué cómoda y linda. Este gimnasio va a marcar una época. Virginia. Usted tuvo la verraquera de matarla. ¿Sabes. —No se deje joder de nadie. —Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. Preparo un magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. Si lo dejas en mis manos. escuche: Upegui anda metido en líos. te echo una mano —dijo al besar a Virginia. —Estoy estudiando Administración de Empresas. —¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta. en cuero negro y marrón. —¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro. Convéncelo. la silla de diseño que te falta. —No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia. Y a ti. Si no me va bien en Administración de Empresas. Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta. viejo —le dio un beso en la boca—. me paso a Comunicación Social y Periodismo. Te quedó divina la casa. 97 . Virginia. Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo. Si necesitas mis servicios. Si quieres productos sofisticados.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Del mismo —dijo Peralta—. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma. apabullada por Peralta—. ¿Te le mides al casting? Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica. Virginia. desde el día en que empezamos a salir juntos. Fabián apretó un brazo de Amparo. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a palmetear la espalda de Bueno. —No te dejes embaucar por este encantador de serpientes. —Te felicito. Fabiancito? ¡Ay. La Tarzana murió esta misma noche. es la silla más preciosa y confortable del mundo. separe bien lo suyo de lo de su socio. Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia. Voy a necesitar niñas lindas y ambiciosas como tú. lo apretó con la intención de hacerle daño. Yo lo conozco. ¿No es así. te tengo una silla. te consigo algo de Franco Maria Ricci. Pero si quiere que le dé un consejo. Creo que lo tendré al aire en menos de un año. —Que La Tarzana había muerto esta noche. Me la acaban de traer de Milán. Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui. —¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo. Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. cinco? Te sugiero empezar un curso de expresión oral. te abro un huequito en uno de mis programas. quién es Franco Maria Ricci? Te voy a mandar su revista. A propósito. Elegí cuidadosamente la decoración pensando en ti. —Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. por supuesto. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia. Le Corbusier. Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena. mija —le dijo—. —La Tarzana murió hace mucho tiempo. la veo desabrida y con poca vida. Fabiancito. No piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario. Puedes parecer de veintiuno. te pondré a un profesional que te prepare. No me gustó la decoración de la oficina. ¿Cuántos años tienes? —Diecinueve. pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—. —¡Periodismo! —exclamó Peralta—. Es el no-va-más de Italia y Europa. si le pones las agallas necesarias. —John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo. —Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica. Beatriz. En seis meses. en tres.

¿Por qué no hacían una reunión de socios mañana? —¿Me están despreciando? 98 . Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del grupo. —¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada. Terminé un máster en Harvard. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal Equis-Zeta. No había dejado de buscar a Verónica con la mirada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las noticias —insistía en su pronóstico—. —Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max. Distanciado de ellos. Compró las que andaban sueltas en el mercado. interesado en la jugada. —Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta. —¿Que si me gustó? —respondió—. —Max Domínguez —lo presentó Bueno—. Apreciaba a J. ¿Para que perder el tiempo en una escuela de periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas. En la confusión de las fuentes está el error de la noticia. —Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno. viendo mucha televisión? —Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno. y tú sabes en lo que anda El Grupo. almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. A partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. Los pies le pesaban. Nuestra amiga Verónica. sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía siguiente. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo. Max? No lo veo hace rato. Verónica se excusó. dudaba entre salir o quedarse. —¿Ves. que sólo probaba un poco de vino. Domínguez. le quiso hacer una jugada sucia a través de sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. Gracias. estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías Bueno al presentarlos. Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. —Jugar golf. Pero sigue lúcido. será otro día. llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las que tenían —contó Max a Bueno. Upegui le dio la razón. —¿Qué hace tu padre. Bueno y Peralta querían despedirse. Me dejó un clavo ardiente en el estómago. —He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—.J. Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. Estaba rendida. Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. No debía pasar de los treinta. sentía nudos en la espalda. pero vuelan mal —corrigió Domínguez—. Max Domínguez. ¿Podían apagar y encender las luces en señal de advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche. Bueno lo saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata. Mi amigo Max acaba de ser nombrado presidente de la mayor productora de papel del país. —¿Te gustó? —preguntó Bueno. Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. La imagen de las noticias no se hará con periodistas. El Grupo. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato. ¿No acaba de terminar un máster en el MIT? —Las noticias vuelan. Upegui le sugirió a los meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los invitados que tuvieran los vasos llenos. A partir de ese instante.

Sólo en algunas cosas —añadió—. —¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. —¡Ah. Virginia. Uno de los vigilantes. ciñendo un brazo a su cintura. hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián. —¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián. Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la cerradura. la tensión de las mandíbulas y los ojos de un momento a otro enrojecidos. trataba de volver más nítida la sintonía de una emisora. —Usted manda. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de la mano a Beatriz. al que siguieron dos nuevos estruendos. Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa. que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con Beatriz. con un pequeño radio transistor pegado a la oreja. La partida de Fabián y Beatriz los había dejado pensativos. Él hizo un saludo de mano y caminó hacia la puerta de salida. podemos dormir tranquilos. —Déjanos solos —le dijo Fabián—. Si seguimos así. Todo esto es obra suya. El celador lidió con el pequeño transistor. Todos dirigieron la vista a izquierda y derecha. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día siguiente. Upegui y Verónica se quedaron paralizados. Fue sólo el eco de un estruendo lejano. Se disponía a entrar por la derecha. Pasaron algunos minutos. Upegui escuchó casi indiferente sus versiones. Ella sonrió. Fabián encendió el motor de la camioneta. —Ven —la tomó de la mano Verónica—. Javier? La felicito nuevamente. arrastrándola hacia la salida. hacia ninguna parte. A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo. Verónica. giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa a sus escoltas. las venas del cuello hinchadas por la presión que seguramente hacían sus dientes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ni lo pienses —dijo Upegui—. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga. notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo. Le dije a tu mamá que te quedabas a dormir en mi casa. Si quedaban borrachitos. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular Upegui. —Lo que mal empieza. Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana. Ha sido todo un éxito. Javier Upegui —dijo Fabián. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la amiga si se iba a quedar esa noche en su casa. Parece que fueron los narcos. —¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza. mal acaba —dijo Virginia. Las miradas de Verónica y Max se encontraron. Estamos arreglando unas cositas. Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por la cintura a Beatriz—. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida duplicación instantánea. ¿no. si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado de auxilio. También Virginia. los meseros se encargarían de echarlos a la calle. —Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián. añadiendo con sorna el apellido al nombre—. ¿Nos vamos? —preguntó. 99 .

algo que cubriera la desnudez y atenuara el desamparo. Ella entendió que la miraban con misericordia. caerían más golpes sobre su rostro. ¿Sucede algo. levantándose del piso y abrochándose el pantalón. patrón?. Volteó el cuerpo indefenso. Al final. Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos. un trapo. tocaba la punta del cañón y la culata. Lo vio aspirar ruidosamente. Si se resistía. cinco disparos. No me está disparando a mí. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la penetración. Primero la había abofeteado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le rasgó la ropa a zarpazos. le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse. Como Beatriz intentara defenderse. que entraron al salón. gritó Fabián. pegajosa humedad que se escurrió por la cara interior de sus muslos. se decía Beatriz. Si hubiera pronunciado alguna palabra. provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. Y nuevos ladridos de los perros. Escuchó tres. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en silencio otro vaso de whisky sin hielo. haciendo palanca con el brazo que sujetaba la nuca. Imaginó al otro perro en estampida hacia su refugio del jardín. Y escuchó el ladrido de los perros. —Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al bar. una y otra vez. quieto con el arma colgando de la mano. Faltaba la falda. se asomaron jadeantes al ventanal. Fabián pronunció unas pocas palabras: —Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente. La acabó de rasgar a pisotones. Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. apuntar hacia el techo. con los ojos entreabiertos. La tenía ya inmovilizada sobre la alfombra. Arrojó la blusa de seda al suelo y la pisoteó. ni siquiera sintió segundos después la densa. Le está disparando a su rabia. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su estómago. Ya no se resistía ni gritaba. preguntó uno de los escoltas. 100 . la silueta borrosa de Fabián desaparecería del salón. Beatriz pensó que si se movía. Acosta volvería a golpearla. Lo mejor sería no resistirse. carajo!. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la barra del bar. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la alfombra. le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al desnudarla. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la barra. un abrigo. Se sirvió un largo trago de whisky. los hocicos pegados al cristal blindado. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. Vio sus esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un rasguño. sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de sangre. De espaldas al ventanal. escuchó un único disparo y cerró los ojos. cuatro. Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su vientre con las manos rodeándole el cuello. Lo vio levantar el arma. Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos. Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta. Se cubrió como pudo con blusa y falda rasgadas. Vio a los perros que se le acercaban y le lamían los pies. si daba señales de vida o de recuperación. La contemplaba. Si los cerraba. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se reventara y la costura de la falda se deshiciera. Beatriz hubiera podido suplicarle que no le hiciera más daño. se abrió la bragueta del pantalón. la silueta de Fabián parecía perdida en medio de la niebla. ¡Lárguense. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. Dos escoltas. pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión. No le dolía el lugar penetrado. Decidió quedarse inmóvil. la miraron aterrados.

sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que corría sola entre la multitud de un parque de atracciones. Y mucho más resguardada al ver a Fabián sentado. Fabián quizá. temiendo que su diagnóstico disparara de nuevo el irracional mecanismo de la cólera. No puedes entenderlo. Clareaba. Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. diría con prudencia lo que pensaba en esos instantes—. —¿Has matado a quien no merecía estar muerto? —No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. Hago sin pensar muchas cosas y después me arrepiento. Mataste el Rottweiler. He ordenado matar a quienes podrían matarme. en batín de seda y pantuflas. Despertó en una cama. En un sillón. Era su padre. la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. alzándola en brazos y besándola en la frente. pero se mata antes de que te maten.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. —Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos. Hablaba para sí mismo. Corría confundida entre otros niños. ¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido. hablaba para sí mismo. —¿Has matado a alguien? —Se mata para seguir viviendo —dijo él—. El padre se había distraído disparando a los osos de peluche de un estante con una escopeta. Podría haberlo imaginado. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él. desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. éste se parecía al confuso curso de sensaciones liberadas desde algún lugar de la memoria. —Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama. tomados de la mano por sus padres. se diría al día siguiente. Adoraba a ese perro. con el torso inclinado y las manos en la cabeza. Por supuesto que no hablaba para ella. Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos. La bruma del amanecer. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente. Estoy enfermo. hacia los cerros. No quiso levantarse de la cama. Sintió algo superior al miedo. Y en la dulce bondad de las imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. tapizado de terciopelo morado. De repente. No hablaba para ella. le dijo alguna vez a Verónica. —¿Puedo bañarme y vestirme? —Tienes una muda de ropa en mi closet. Atraída por las gracias de dos payasos. ¿Había soñador? Si se trataba de un sueño. 101 . Era tanto el dolor del cuerpo. —No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. Recordaba que segundos antes del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. —¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar. Fabián había esperado que ella despertara. pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra. la había depositado en la cama. Esta vez. era una claridad gradual en la sabana. —¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. Alguien. vería llorar al hombre que la había golpeado y violado sin misericordia. los había seguido hasta perder el rumbo de regreso. —Sí —aceptó él—.

¿Y adivinas qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos muchachas en la presentación del programa. se había estrellado milagrosamente contra una cuneta. ¿No había un garaje? No. ¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un accidente. le dijo a doña Dolores. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Si Beatriz guardaba algún secreto. dijo Beatriz sin ganas. ¿No te parece fantástico? —¿Por qué regresa? —Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. Seguiría hablándole. empezaría abriéndose ella. menos mal que no había sufrido heridas mayores. Todo era cuestión de paciencia. le dijo. se desahogaría tomando ella misma la iniciativa. hasta que aceptó la invitación a almorzar. Ya había advertido a la madre que compraría a plazos un carro. El otro auto disminuyó la velocidad y zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. 102 . ¿Qué había pasado la noche de la inauguración del gimnasio? Sí. Un día después de aquella madrugada de espanto. Había empezado mintiendo. El carro de donde regresaban de La Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario. los moretones de sus senos serían en pocas horas azulados. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en sentido contrario. Leo la había llamado desde París. pensó que la amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. mintió. le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba estacionado frente a la acera del edificio. —¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él. Pasó todo el día en la casa. Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte coloración azulada. No podía sin embargo guardar silencio. Fabián había conducido saltándose los semáforos. Y el siguiente. El rasguño de la frente era insignificante. Fabián se lo impidió. Unos moretones y ese rasguño en la frente. Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias. déjelo allá fuera. Fue cuando decidió llamar a Verónica. Los labios se habían hinchado. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico. Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas. Se hizo al lado de la ventanilla del conductor. aunque sintiera un hueso atravesado en la garganta. Verónica no creyó esta versión. siempre en silencio. Si la llamaba Fabián. —¿Qué le dijiste? —Que lo estaba pensando. El viejo Isaías Bueno me llamó. Le daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. mintió. la había llevado a su casa. Miel y rosas. —Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa. debía decirle que no se sentía bien. No era nada. Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. Dios sabe lo que podría haberle pasado. sacó la pistola y disparó a una rueda delantera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. Se encerró en el baño y puso el seguro de la puerta. descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca de velocidad. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre. ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había convertido en la clave secreta de sus relaciones. le dijo. estaba realmente furioso. uno de los escoltas de Fabián llamó a la puerta del apartamento de Beatriz. Entre su entrada a la casa de Fabián y el instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica.

Caminaba de un lado a otro de la habitación. te juro que no vuelvo a meter. Verónica devolvió la papeleta al bolso. —Sólo un poco —dijo Beatriz—. pagaba las cuentas. Pide que se le deje salir. —¿Estás metiendo perico. La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa. —¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba en los labios inferiores. —¿Te puedes quedar quieta? —No puedo. le preguntó Verónica. En cada nueva súplica. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los 103 . —Si me tranquilizo un poco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Bruta! —exclamó Beatriz—. Y refirió un sueño. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias. Demoraba la verdadera respuesta. la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. el desvanecimiento. hecha día a día con la paciencia de carceleros sin rostro. Ahora tiene carro y apartamento propios. Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. ¿Metía con Fabián?. no es cierto? Beatriz lo negó. dándole la espalda a Verónica. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos. Fabián mirándola desde el sillón. le pareció ahora escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos! De allí en adelante. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años. ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en el recreo. Un día las rejas no son rejas sino muros de concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. subía la voz innecesariamente. la aceptación de su propio desconcierto. Eso ni se piensa. el instante en que despertó en la cama. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. Bebió el cóctel. Y de vez en cuando. —¿Con quién metiste la primera vez? —En el colegio. Sin dejar de moverse. Verónica la observó sin reprochárselo. —¿Te acostabas con Juanca? —¡Ay. la dejaba en su sitio. la violación. Ve la construcción del muro. No se estaba quieta. —¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. los golpes en el cuerpo. no hay razones para mantenerla encerrada. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama. cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. ¿Te molesta? —y sacó la papeleta del bolso. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. sobre todo en los senos y el rostro. lo refirió con pausas nerviosas. —Un día de éstos te mata —le dijo Verónica. la seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. tocaba cuanta cosa encontraba. el sacrificio del perro. llama al carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. ya sabes. Verónica la enfrentó sin agresividad. lo abrió y buscó en su interior. allá abajo. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los barrotes de la celda. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de unos pocos segundos. era rumbero y divertido. Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no se sale fácilmente. Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete. El regreso a casa de Fabián. Aspiró con fuerza. la violencia con que la hizo entrar al salón. Eso es lo más tentador. Notó cierto nerviosismo en los gestos de Beatriz.

como animal enjaulado. Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. lo engañé. Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. son ahora un muro y un pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. —¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo de las conversaciones—. Su inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana. recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a Miami—. No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que la llevó a abrazarla con ternura. Su decisión de dedicarse a la moda era alentada por doña Dolores. tampoco ella podría ofrecerle una salida. Pues resulta que estudia conmigo. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio. Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. era tan grande la traga que no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. Reconoció a uno de los escoltas de Fabián. Al rato. sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la puerta de una prisión sin vigilantes. Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por conseguir la descripción que le hizo a Verónica. El pobre niño se enamoró de mí. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas. Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban diseñadoras sino costureras. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria. reavivó en ella las terribles secuencias de la prisión. las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes. Las rejas de su celda no tenían cerradura ni candado. Al despertar de la pesadilla. ¿Por qué no enfrentar al vigilante? Sí. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con gritos desesperados. consagrada a sus estudios en la universidad. otro poco. Le di la espalda cuando aprobé el examen. había penetrado en el recinto carcelario. que no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca. ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara protegerla. le di mi primer beso. Cuando tenía trece años. ¿No había aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su madre. cree haber empezado a asfixiarse. El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que. Tiene una beca para toda la carrera. Traté de saludarlo pero me dijo que no se acordaba de mí. 104 . un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. Veía casi a diario a Verónica. El jeep blanco del escolta seguía estacionado en la acera de enfrente. Si se lo decía a Verónica. no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. Ni siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. frente al edificio donde vivía. vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta. El niño tuvo que salirse del colegio. Los escoltas se turnaban en la vigilancia. Despertaba después de unas pocas horas de sueño. le hice creer que me gustaba. Se asomaba a la ventana.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior. Beatriz conoció otra clase de pánico. Verónica la compadeció. aspiraba un poco de cocaína. Le falta el aire. Para darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga. Se movía de un lado a otro de la habitación. Nelson Sarmiento. lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate.

Ejercicios y prácticas de tiro al blanco. —¿Me puede conseguir un gramito? —Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón. pensó. ¿Qué le pasaba?. pero él. nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su patrón. Pero tengo órdenes de llevarla a su casa. como a las ocho. lo que era él. el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver cómo la golpeaba. decía la voz resignada de la madre. —¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el polvo. No era asunto suyo. le dijo. ¿Quiere ver una cosa? Venga le muestro. Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián. Antes de llegar a la casa de Fabián. Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del jardín. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban diseñando la campaña. —Cójalo suave. hazlo tú misma. Caminaba muy cerca del escolta. ¿Cuándo piensa formalizar su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa. mintió Beatriz. —Si te quieres matar. si usted lo desea. se interesó la madre. ¿Necesita algo la señorita? —¡Necesito perico! —Suba —aceptó el tipo—. —¿Cuándo regresa él? —Esta noche. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle. Disculpe. dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala. son los nervios. —¿No ves que no puedo salir del apartamento.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus uno de día. encerrada en su cuarto. Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante. Estudiaba. la necesito. otro de noche. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo. Vero. que Fabián me hace vigilar y seguir adonde vaya? —Habla con él —le sugirió Verónica. El tipo le extendió una pequeña caja. le dijo. —Si quiere comer o tomar algo. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar la escuela de diseño adecuada. La veo muy nerviosa. Palpó intencionalmente los músculos de su espalda. le dijo el tipo. —¡Ni hablar! —le dijo la amiga. Nada feo. Se imaginaba modelando vistosas joyas. Fui policía. Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. Se vistió y salió a la calle. —¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. rozando casi sus brazos. —¿Dónde enterraron el perro? —El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. le consigo lo que quiera. Beatriz lo siguió hasta el jardín. 105 . decía doña Dolores. señorita —le aconsejó el escolta. nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa. ¿Hacía ejercicios? Todos los días. —El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. Raspó la papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. mija. —Por favor. hasta la mañana siguiente. La cocaína se había terminado. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. Un hombre musculoso y primario. alertada por el comportamiento de la hija.

¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino. estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y compartimentos laterales. se abrían las puertas del cuarto de baño. en el lado izquierdo. de pared a pared. Era obra de Amparo Consuegra. Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas. señorita? —Más tarde. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes. recostado con una de las paredes. Se la pasa así casi todo el santo día. contenía el fabuloso ropero. como si midiera su peso. se vestiría con el salto de cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido. —Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. Recorrió la casa de un extremo a otro. Ordenó las mantas y el edredón. El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la personalidad de Fabián. estaba segura de que no podría descansar. Beatriz bebió con ansiedad. los estantes donde se amontonaban ropa interior y calcetines. Un closet. a una distancia no menor a los diez metros. —¿Por qué lo hizo? —Porque quería matarla a usted. las camisas de algodón y seda. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. Regresaron a la sala. Estará aquí a eso de las ocho. Beatriz asintió con la cabeza. el opuesto al sitio donde Fabián acostumbraba dormir. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los ojos. A partir de ese instante. dijo Beatriz. Preguntó por el Mazda. bonito. asomándose a la puerta del dormitorio con una toalla enrollada en la cabeza. Frente a la cama. la distribución de las chaquetas. Tomaría un baño. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido. ¿Bonito. Como si velara al muerto. precedido por un vestier con espejos. No había podido estrenarlo. acuéstese en la cama de don Fabián. El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a los cerros. sin detenerse en ningún sitio. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y el hocico recostado contra la tierra—. Si quiere. los muebles. Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado objeto metálico. seguía en la calle. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. Regresó al pie de la cama y lo introdujo debajo de la almohada. Fabián la encontraría en ropa de cama. —¿Va a comer algo. Lo sostuvo en las manos. —Si quiere descansar —le dijo María—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mire —dijo señalando hacia la derecha. Las obras de arte de las paredes. María chasqueó la lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza. iba a ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio. María. A la derecha de la cama. 106 . a cuatro metros de una de las mesitas de noche. Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. le preparo otra cosa. ¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche. Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. no? Sí. ningún detalle merecía más que un vistazo distraído. una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes blancos. —Más tarde. los objetos decorativos. —¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián? —El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva.

Le dijo que se sentía agradecida por la mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra. encima del blanco edredón de plumas. Recordó que en el betamax seguía la última película que había visto al lado de Fabián. espere. Presenció la 107 . vulgaridad imperativa que correspondía a una ocurrencia que sonó estridente en sus oídos. Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta. mija. —Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo. secaba sus cabellos con una toalla. El escolta se retiró de la habitación y dio media vuelta en la puerta. Eran las seis y quince de la tarde.. tanto o más de lo que le gustaba a Fabián. La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. Ah. quería agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso. Pásele el seguro a esa puerta. sin premeditación. apúrese métame esa cosita con ganas. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos. El escolta no tardó un minuto. No se puso el salto de cama. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el carro de don Fabián. Dígale a María que me prepare el bisté a la plancha. Encendió el televisor desde el mando a distancia. como si obedeciera la rencorosa orden de su espíritu. Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso. Así rico rico rico véngase carajo que lo estoy esperando. le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé. El escolta era joven y fornido. Apúrese no joda métamela con ganas. ¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a entregarle el vaso de whisky en la mano. arropada hasta el cuello. Y ajenas a su voluntad fueron las imágenes siguientes. Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—. dése prisa Daymer cómame yo sé que le gusto. Se vio en la sala de esta casa. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con intensos dolores en el cuerpo. —y el escolta se detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al piso—. Continuó desnuda dentro de las cobijas. Lo hizo de manera desesperadamente vengativa. —Cómase esta carnecita —dijo María—. golpeada y ultrajada. en tanga y sin brasier. fingió. Lo hizo dejándose caer de espaldas sobre la alfombra. a un costado de la cama. —¿Algo más. llamando al tipo con los brazos extendidos. ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el Mercedes en el garaje. Tiene cara de no haber comido nada en todo el día. señorita. señorita? —Nada más. le exigió. Así Daymer usted sí es un macho hágale con fuerza. Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda. Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. pero le aconsejo que sea más prudente. Usted sabe lo que hace. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los pantalones en las rodillas. Le gustaba la película. El escolta salió del cuarto. ¿A qué se refería? A nada. Nos mata. —Gracias. María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo blanco. Si el pat rón se entera me mata. sí. Había vacilado porque la muchacha.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Daymer. dijo Beatriz levantándose del piso. Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser humano. Rápido rápido.. a quien divertía la actuación de Marlon Brando en su papel de Vito Corleone.

Recuerda haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. mija? Los dos escoltas. ¿Le van a disparar a una mujer desarmada y desnuda?. No estoy armada. mijita? Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. Pensó decir que la había violado por detrás. al pie del cadáver. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película. que vigilaba cada paso que daba. mi vida. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco. Daymer le hizo bajar el brazo. Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha. el tiempo transcurriría más rápido. mija. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan terrible. recuerdan haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. y el rasguño ya reseco de la frente. que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. con los cabellos húmedos. mal arropada con una sábana. temió ser golpeada de nuevo. Se lo vio en su actitud. que lo único verdaderamente liberador había sido hacer 108 . Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro. Dijo en medio de sollozos que había sido ultrajada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. ¿me esperaba así para darme la sorpresa. fue el pacto sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. La puso de nuevo debajo de la almohada. removidos con la punta de los dedos. No dejé de pensar en usted ni un segundo. Le traje un regalito. quitó el seguro y la dejó entreabierta. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca. Regresó al lecho. como si viniera de otra casa. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde hacía poco la novia de Fabián. ¿Por qué matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. la otra apoyada sobre la alfombra. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de regocijo del hombre que la descubría desnuda. Un raro pudor le impidió decir que había sido sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. Regresó a la puerta. Los escoltas dirán que el señor llegó de viaje. El cuerpo de Fabián yacía de costado. que por algunas horas no recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. Se levantó. la empleada. preguntó un agente. Recordó la estricta vigilancia de los días siguientes. que la hacía seguir. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación. una mano en el pecho. ¿Ha estado metiendo perico. Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba. los vigilantes de la calle. gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de apuntar hacia ella. El señor se desaburría a veces disparando contra los árboles. No dirán nada. Lo conocía muy bien. les dijo. fue hacia la puerta y le pasó el seguro. el jardinero y María. buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba cargada. desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de matices azulados. con el saco colgando de un hombro. así fuera unos minutos. Creyeron que jugaba a disparar al jardín. que se sentía acorralada. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán que el ruido de los disparos les pareció lejano. ¡Tan linda muchacha! Al recobrar el habla. pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. Le va a gustar el regalito que le traje. Había aprendido a leer su mirada ¿Ultrajada cómo?. Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio.

Se vieron. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía que Beatriz era un objeto de su propiedad. no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue. el joven ejecutivo. como decía Beatriz Lopera. Se le ocurrió de repente. Esperaría muchos meses. subió la voz el agente. añadió. presidente de la papelera. Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho. asediada por los periodistas. ¿Meter vicio? Sí. ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. corroboró la versión de Beatriz. ¿Era cierto. sus cuentas. eso es lo que usted cree. Limítese a responder la pregunta. Sabía que Fabián Acosta maltrataba a su amiga. Se iría de vacaciones a Isla Margarita. muerto a tiros por la joven modelo Beatriz Lopera. Su abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. replicó el agente. testificó ante la policía. Pobre niña. Recluida en la cárcel de mujeres. Presunción de culpabilidad y no inocencia. Daymer. Mi cliente era un honrado y próspero comerciante. Disculpe. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De casualidad. dijo Verónica. ¿Era verdad que el occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo mejor le había dado un ataque de rabia. Max se ofreció a acompañarla. almorzaro juntos. se investigaba si en verdad era el mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de dinero. Beatriz Lopera esperó la apertura del juicio. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las informaciones diarias. Todo el santo día. Uno de los escoltas. Presuntos. dijo socarronamente el funcionario. sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e investigación por parte de las autoridades. Javier Upegui respiró aliviado. creyó ingenuamente Virginia. no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. el nombre de Fabián Acosta. puntualizó el abogado. El patrón no metía bazuco. Bueno. el que pregunta soy yo. cocaína. pobre animal. Muchos hombres lo creen. O por una casualidad programada por Max.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lo que hizo. dijo el funcionario encargado de la investigación. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". celoso y posesivo. llamó a preguntar. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las notas de prensa. Viajaría sola. Los muertos no pueden responder a acusaciones tan descabelladas. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz Lopera?. ¿Su nombre? Daymer Ruiz Ruiz. se compadeció Max. ¿Por qué los había contratado? Para protegerlo. dijo Verónica. era uno de sus dos perros preferidos. que le gustaría descansar. añadió ella. su mamá le pagaba el viaje. Antes de que el proceso volviera a ser noticia. Verónica. Verónica le contó que se sentía abrumada por el asunto de su amiga. dijo el abogado de Acosta. Sus propiedades. La había vuelto viciosa. pero dígame: ¿quién que se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus perros. la acompañó Max Domínguez. dijo Daymer. añadió Daymer. ¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. los ricos necesitan protección a toda hora. todo por ser la amiga íntima de Beatriz. dijo un escolta. tituló en primera página un periódico sensacionalista de la tarde. ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión. Pero no viajó sola. a veces se ponía violento y perdía el control de sus actos. ¿También bazuco? No sé. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. sólo el 109 . Celoso sí era. No aprobaba lo que había hecho su amiga. Sí. No se le había probado nada. que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era cierto. de veintiséis años. "Joven modelo asesina a su amante".

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fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta. ¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París. Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por el momento, le dijo la conciencia a Virginia. Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No, dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera. ¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de todas maneras un hombre desagradable. Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un 35% de las acciones del gimnasio Perfect Body. Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte? ¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares? Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado. ¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo? Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías. ¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo "de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios.

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No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia, no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es porque está dispuesto a dispararlas. Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con Upegui. Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado. —Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald. ¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco, dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián? No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas. Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero interno, sabía que Upegui se saldría con la suya. Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis. Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba, le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran piedras sobre el propio tejado.

Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la

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Batallas en el Monte de Venus

sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio? Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal, pueden hacerlo por otras vías. —Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui. Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos. Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito? —¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui. —¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme. Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra, exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos instantes, se endurecería su tripa.

Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta. Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó. ¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos quioscos sombreados? Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max, Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad, ¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max. Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo. Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no

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Se sentía bien. perverso. contemplarla desde el quiosco. Max respetaba sus silencios. el buen trato que daba a los meseros. como había gritado la primera vez encima de Leo. whisky sauer y pina colada. Y todo siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida. Se excitaba. Max se parecía a Leo en la medida de la elegancia. temía una insolación. la comprensión. Leo. ¿Cuál iba a ser el destino de la amiga? Jugaban tenis. Max la instruía en el buceo. En la suite. con esa clase de perversión que le daba una vida hecha a pulso desde abajo hasta la cima. algo extrañaba mientras hacía el amor con Max. Elemental. esperar que regresara del paseo solitario. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante. siempre impecable en cada atuendo. Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. Aunque Leo confesara no ser rico. con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad de sus muslos. Previsible en cada uno de sus actos. Veo que no tienes ropa de verano. observó antes de dirigirse a la boutique del hotel. A diferencia de Max. las propinas razonables añadidas sin ostentación a la cuenta. La gentileza. Su ropa de playa. Fingir. desconocido límite? Verónica se sentía atraída por un estilo. daiquiris. que sus deseos eran simultáneos a los de su pareja. fatigada por el sol. ginebra con agua tónica y zumo de naranja. tras unas pocas caricias. solían caminar tomados de las manos. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer. más acelerada. Dilataba el tiempo. navegaban en motos acuáticas. para su gusto demasiado frágil? Demasiado educado. en cambio. sin más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. Max suponía. Max parecía bondadoso. alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. la estudiada indiferencia. ¿Era frágil. Verónica prefería el mojito por la frescura de la yerbabuena. de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación 113 . Era una visión de película: verla alejarse. disfrutaba con su sentido del humor. Estilo y aureola nacían de la riqueza.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exagerar sus reacciones. su ropa de noche. también de lino. Sentía la respiración de Max. En la noche. quería decir. Max lo abreviaba. Verónica vistiendo blusas amplias y cortas. comparable a la visión nocturna de la ciudad: terrible y engañosa. y respondía alterando también su respiración. Es un regalo de mi madre. descalza. permitía que los deseos de ella crecieran en una explosión de ansiedad y urgencia. mojitos. la sabiduría de las caricias. oloroso a colonia. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la papelera. era cierto. la penetraba. algo que había encontrado en Leo Pradilla. por una aureola. Él vestía trajes claros y ligeros. reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama. Max era rico por herencia y familia. Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. ajuar con que Max la había sorprendido al día siguiente de la llegada. Siempre lo recordaría. se ponía el condón de prisa y. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su cinismo. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. después de la cena. Al atardecer se sentaban bajo la rústica enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas. Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo. recordó Verónica. faldas de lino y sandalias. ¿por qué tenía que fingirle a un desconocido? Algo sin embargo le faltaba. ¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro. Leo le daba tiempo a sus deseos. Le satisfacía sentirse penetrada. admiraba la discreción con que firmaba las cuentas del restaurante y del bar. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa. pero el suave escozor no daba lugar a emociones más profundas. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban ciertas mujeres en el momento del orgasmo. Con Leo no podía prever ese instante. pensó Verónica. lo era en su modo de vida.

Max escuchó el ruido de la ducha. la sintió ir al baño. respondió Verónica. iluminada por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. Demasiado previsible. Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior. Al decirle que sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro. No era en todo caso su dinero. pensaba. —¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te financiaríamos el curso. Una ansiedad parecida a la imposibilidad de su orgasmo. Eres bella e inteligente. si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía mal? No se atrevió a preguntar. ¿Le gustaba la administración de empresas?. Durante su ausencia. le recordó. preguntó Max antes de bajar del avión. dijo ella. Tenía que poner orden en su cabeza. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de Beatriz? John Peralta la había aconsejado: —Si aceptas trabajar en mi programa. Por un instante. verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo. De perder. ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída. Regresaron al día siguiente. Virginia la esperaba. ¡Qué divertido era verter jabón sobre su Monte de Venus. harías prácticas con nosotros. ¿Le gustaría ir al casino? Por una sola vez. cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente en medio de la semioscuridad de la cabaña. centro único de una cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar. Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set. Pensó en todo momento en Leo. ¿Por qué gemía. Soy economista. sentirse penetrada. besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza. Jugaba a la ruleta. Max no preguntó más. cerrar los ojos. Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. tanto que a partir de la segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de espectadores. se preguntó. —Piensas en él. Max le dijo que lo mejor sería retirarse a dormir. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. sobre todo. Verónica no regresó sino minutos más tarde. Al rato. pero la suerte era esquiva. aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo. imaginándolo a su lado. Hablas inglés. desnuda. En 114 . Aspiramos a ganar donde otros pierden. la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas. ¿Cuándo exactamente llegaría Leo?. Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. —¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John Peralta? —No sé. siempre él encima de ella. él black jack.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus insinuar que no sería mala idea dormir juntos. como silenciosa era explosión de sus orgasmos. pienso en él. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?. La última noche durmieron en camas separadas. Lo llamaría. —Me tienta más la oferta de Peralta. ¿Durante cuánto tiempo quedaría en su memoria esa imagen del placer. preguntó él. La misma fantasía había pasado por su cabeza cuando era apenas una niña. —Sí. cuando la creía dormida. ¿Se verían mañana?. en silencio. no tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. podrías hacer una buena carrera. soportable en todo caso. Dejarse acariciar unos minutos. quiero estudiar. el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. Es una carrera de moda. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. Soportaba unos minutos al lado de Max y volvía a su cama.

estar al lado de Max no había pasado de ser una experiencia grata. le pidió que lo siguiera. Se quedó mudo cuando otro auto lo adelantó y le cerró el paso. —Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le había pedido seguirlos. ¿Por qué le regalaba un collar con figuras precolombinas. los tres ocupantes subieron de nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento encendidas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus verdad. Cenaron en Pajares. Upegui nunca se había detenido en el mirador. le pidió Verónica. El carro de atrás dio reversa. dijo Max. si los hombres no se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica. Upegui leyó. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. Llámeme. Lo curioso y preocupante es que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. Tal vez prescindiera de sus servicios. Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. si hubiera dicho directamente que quería estar con ella. Si hubiera pedido irse con él a su apartamento. ¿dónde residía el atractivo de este hombre? En su riqueza. dijo un segundo. ésta no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante. Circularon un largo tramo. Le hicieron señales de bajarse. El tipo le arrebató el papel de la mano y lo leyó en voz alta: 115 . —¿A qué se refiere? —Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios. discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. También en la discreción. le preguntó Max. El de adelante puso las luces direccionales y giró a la izquierda. en sus maneras. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de Acosta. Max la condujo en su Volvo hasta la casa. habría aceptado. Pensó que era un accidente. tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona Rosa. En verdad. dijo Verónica. por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de hacerlo. Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un golpe intencional en el parachoques trasero. no pensaba llamarlo. al pie del mirador. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar. lo llamó al día siguiente. No había querido llamar al escolta ocasional. ¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. ¿Quería hacer algo en especial?. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas. la satisfacción de una curiosidad. Se despidieron de beso en las mejillas. Tengo sueño. Sin embargo. Bajó el cristal de la ventanilla y uno de los tres tipos. porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro. No cometa imprudencias. La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. antes de tomar el puente que desvía la ruta hacia La Calera. a menos de un metro de distancia. Las luces parpadeantes de la ciudad le hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a sentarse.

Raúl Trespalacios había hablado claro. descendiendo hacia la ciudad. ¿Qué hacía a las seis y media de la tarde. Esas eran las reglas. dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta indiferencia. ¿Tiene una cita con su socia? No la haga esperar. —Te noto raro —le dijo ella—. revivió la presencia amenazante del hombre que lo había interceptado. ¿Podrían verse más tarde? —No creo —dijo él—. ¿De qué se trataba. Comieron en silencio. Hoy vienen a entrevistarme para una revista de modas. bajó por la calle 93. algo que comprometía sus sentimientos. ¿Cómo van las matrículas? —Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. le reprochó. Ella misma se había ocupado de la cocina. —Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. Ah. La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui sintió crecer a partir de ese instante. Fabián". Tomó la carrera Séptima hacia el norte. No le diría nada de lo sucedido. Bebió tres whiskies. ¿No ibas a traer el vino?. a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. dijo Upegui. Si le pasaba algo. sobre todo a hombres elementales y misteriosos como Upegui. Identificó las remotas luces del extremo sur.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. mompa. Un buen contrato. un reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. Virginia lo esperaba a cenar algo en su casa. Pero Virginia era una mujer de intuiciones. se excusó. lo que no había sucedido con Epaminondas Romero. Y Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días. preguntó ella al notar el nerviosismo de sus movimientos. Se alarmaría. que acabaría por estrangularlo. hacía tiempo no preparaba unos canelones de salmón. Más tarde hablamos. Se me olvidó. 116 . Nunca había contemplado la ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado. Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar. Te los devuelvo con intereses. A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. El negocio del gimnasio parece ser bueno. No era esta la clase de encuentro que había planeado. —Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. conseguiría que le explicara los porqué. era cierto. a pocos kilómetros de Girardot. la mirada en todo momento dirigida hacia las ventanas que daban a la calle. carajo? Conocía a los hombres. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. Siga su camino y diviértase. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario. Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. una alianza de intereses. como si le autorizara la partida. un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador Roldan. ¿Le pasaba algo?. No me pasa nada. aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera como lo estaba queriendo. Al estar de nuevo solo. pero con el corazón poco a poco entrometido en aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos. Tu parce. pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. Un amigo había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel. los canelones estaban exquisitos. Apenas comió. Están a su nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. disculpa —recordó—. uno tras otro y sin pausa. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche.

de la comida que se agotaba en la despensa. Conocía sus gustos. lavaba a máquina la otra ropa. No hacía fiestas. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas. cuando escuchaban juntos la canción. Unos tragos con un amigo. lo regañaba siempre por su vida de soltero. ¿Le gustaría a doña Rocío la chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. las tostadas. Separaba con meticuloso orden la limpia de la sucia. No tenía otra misión. Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss. por cortesía. el tiempo habría pasado como un cuchillo sobre su piel. Vive como ermitaño. Con el tiempo. una omelette de verduras o queso. no ofrecía más que una taza de café y un cognac. El Galiano era demasiado atrevido. tal vez fuera así. sólo sus clásicos. recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería. Leo no hacía fiestas en su casa. las lonchas de salmón ahumado empacadas al vacío. ¿Alexandra? Tenía treinta años. "La femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". Cada día doña Rocío ponía orden. Gilbert Bécaut. había declarado veinticinco mil. la visita de un político que pedía su asesoría y al que. se lo estaba preguntando ahora. fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. que prefería de ajo. limpiaba los cristales de las ventanas. Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour. tenía su propio presupuesto. diseñaba ropa que copiaba de revistas. No la había amado. las cervezas. le dijo. ¿Cuánto le queredaba en el cupo de su tarjeta de crédito? La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias debajo del llamativo patchwork. así que acabó de desocupar la maleta. expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y limpieza. repetía de buen humor. los potes de sopa Campbell. y una verdadera reliquia: Serge Regiani. un poco de jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. le hacía una lista de las bebidas que faltaban. perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de plata". Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera. Sí. Llevaba las cuentas de la casa. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. con el respectivo comprobante del banco. Tomaría un baño y se recostaría un rato. Jacques Brel. una visita femenina. aquí lo que hace falta es una mujer. Lo extendió sobre la cama. camisas. Quitaba el polvo. por lo general una trucha asalmonada al horno. para su gusto demasiado clásico y formal. tiempo suficiente para percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa. Había declarado el ingreso al país de nueve mil doscientos dólares en efectivo. Yves Montand. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no tiene veinte años". al lado de la ropa que sacaba de su maleta. Guardó el recibo en su billetera. Anne-Marie. lo hacían todavía en Paris. Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso. Adoraba una de las canciones de Regiani. calcetines y ropa interior. Al salir. Leo Ferré. sus reuniones con el Gran Jefe. Entonces. vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. el paté de fois a las finas hierbas. Leo Pradilla decidió descansar. pero se bebía a diario una botella de vodka. la botella de vino blanco frío. Anne-Marie tenía veinte y él 117 . modificaba algún detalle. Y doña Rocío se lo reprochaba. le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por exigencias profesionales. Pocas veces le cocinaba. Llamaría después a Verónica. las latas de filetes de atún. papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias. ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su llegada a París. Eligió el Versace. le hacía las consignaciones o los retiros en el banco. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta. doña Rocío se le volvió insustituible.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano.

eso es todo". cabecilla de la pandilla. Maderas finas o algo así. La ciudad de sus veinticuatro años era otra. con los pies descalzos. Aquí y allá. Casado. Cuando se mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe hacer. se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. un carpe diem que lo llevaba a atrapar al vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor extraviado. Grandes complejos. las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá. Descubrió a Rimbaud. viajar a la Normandía. magníficas huellas de su pasado. cambiar la vida. ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida de un publicista de éxito? No había viajado a París a recuperar el pasado. le informó que tal vez viviera en la Normandía en una casa de campo. era hoy un próspero estudio con tres colegas y numerosos delineantes. Había sido feminista. “Uno no olvida. muy hermosos. extendidos en el sofá. diseñamos y construimos para clientes de Egipto y otros países árabes. Marcelo. casada con un arquitecto y sin hijos. le dijo Marcelo. El dolor de entonces se había convertido en una amable herida de guerra. Complejos de vivienda popular. Cambiar el mundo. el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince. Unos pocos años. Eran muy jóvenes. ¿No se había acostado nunca con Mathilde?. poseídos ambos por el delirio de la revolución. a quien recordaba como el mejor amigo de la época. ¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con él a Colombia no estaba en sus planes. Construyo lo que más detestaba. buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado Noyent-le-Rotrou. Marcelo: la boîte del joven arquitecto. su mundo se estaba pareciendo a algo. preguntar por Anne-Marie Weiler. Por mucho que hubiera preferido un modesto hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos 118 . le había dicho. ¿No se parecían acaso. Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. No encontró rastros de ella. se dijo. cantaba Jacques Brel. De los viejos sueños. le informó cuando volvieron a cenar en Polydor. ¡qué disparate! El tiempo. Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza. La visitaba a ratos en su boutique.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veinticuatro. Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época. "Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. Mathilde. En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el palpitante recuerdo de la felicidad. Feminista radical. extrañas visiones de un feo mundo entrometido en su magnificencia de cristales. ¿Quién hablaba hoy de la fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien. Menos aún el tiempo de la felicidad. Se sirvió un vaso de vino blanco y. la trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI. le preguntó Marcelo. seguían sin embargo las formidables. Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a quien la pronunciara. Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. se acostumbra". el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"). Nadie como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. no se recupera. el animoso e intransigente Lucien. separado de dos matrimonios. Se había perfeccionado el lado oscuro de sus pesadillas. dudó Marcelo. nada. La buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien. Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los CRS. su amiga. el amigo chileno. No me va mal. Nada había ya de la generosidad del sueño. no habían visto languidecer los mismos sueños? Alquilar un coche. pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo. si tenía hijos o había envejecido a los cuarenta. "Se acostumbra. ¿se acordaba de Mathilde. estudiante de sciens-po.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus modesto en la rué de Rivoli—. ¿Cuántos años habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco? Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo. vestido con harapos sobrepuestos a otros harapos. agua caliente y una cocina minúscula. vestidos con túnicas de su país. No se huía de la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. lo besó. Dos inmigrantes africanos. en uno de estos bancos. ça brûle. compartían el cuarto de la rue Dauphine. ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Tres mil. Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india. Leo no esperaba nada especial de esa elección. ça existe. una baguette. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. acompañaba en coro destemplado sus obscenidades. Nanterre. Una semana más tarde. Como oleadas amorfas. cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. ¿Estuvo antes allí el restaurante de comida rápida. atropellándose en las aceras. Pensó responderle: no. uniformados en la misma moda. la esperanza ya no existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. Una de las paredes estaba decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara. dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban unas pocas monedas. Leo le arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. de expresión adusta. monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces. lo tomó incrédulo en sus manos. ¡Cómo le fastidió siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios. como lo repetían las imágenes de la televisión de cualquier ciudad del mundo? Leo se inclinó. de nariz rubicunda y rasguños en el rostro. "Tu aurais pu être mon mec”. le repetía la muchacha tratando de besuquearlo. No quedaba una gota en la botella. al otro extremo de la acera. Leo se zafó de ella. habría que hacerlo en baños públicos o ir a casa de amigos. Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a AnneMarie. el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. aplaudieron el gesto generoso de Leo. ¿No había sido aquí. parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. Vagabundeó en cambio por el barrio. a unas pocas calles de donde se encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. lo enseñó a la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella. cantaba a la entrada del metro una canción obscena. borracha como el viejo clochard. no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las consignas sino seres apresurados. Afuera. "Hubieras podido ser mi hombre". la esperanza existía todavía. dijo. sin rumbo fijo. donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. encore". El viejo miró el billete. la olfateaba. La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos. Compró una botella de vino tinto. Nanterre se incendia. Si iban a alguna parte. Una joven esquelética. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. le había dicho ella. esperaban el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban. como lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles. "L'espoir —gritó el viejo—. Para el viejo vagabundo. obedientes y en masa. Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine. en la calle. Si le daba otro en un gesto de generosidad extravagante. El cabinet quedaba en el pasillo. Las clases de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir 119 . Todo era ordenado y pulcro.

Trabajó de mesero en un bar del Marais. ¿Cuánto puede valer esta casa?. Y los dos hombres que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. Leo había escuchado los discos de Brel. no muy lejos de Alençon. Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. le dijo. empezaron a pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía. Pablo Escobar. pensó Leo desde el sofá de su sala. Los creía olvidados. traducía al español documentos burocráticos. aplastado por la modorra. Esperaban nerviosos. ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las acciones de Acosta a su nombre. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No. propuso desesperado. carteles. de Colombia. veinticuatro años atrás. Hoy. Upegui podría haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato. café. Extraños y ajenos después de haber escuchado las canciones que. el tipo no quería plazos. calculó Upegui. no le pedía más que un mes. el rostro de una joven de largos cabellos rizados. A la medianoche. Lo mejor sería retirarse a dormir. Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días. Le daba apenas una semana de plazo. dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país que él acababa de nombrar. le dijo a Trespalacios. No más de ciento cincuenta mil dólares. Aimez-vous Apollinaire?. le dijo a la chica. el imán que atrajo a la chica de la mesa vecina. Venga y conversemos. ¿Hipotecar el gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. preferiblemente frente a la iglesia de Saint-Germain. Venía de la Normandía. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad de anfitrión. un mes. Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire. le repitió. Otras palabras hubieran salido de manera automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína. ¿Y ella? Estudiaba Bellas Artes. Deseaba acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada. Bonita casa. poca ropa de rebajas. ¡se vivía con tan poco! Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional. ¿Qué leía en el Café del Odeón mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Camilo Torres. paramilitares. trabajaba en lo que saliera. Necesito esa plata. masacres. comidas en restaurantes universitarios. Que no lo creyera imbécil. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sin quejarse. le había dicho el tipo al bajar de la camioneta. ¿Y el resto? ¿Tomaban algo?. el ácido olor de un pullover. Yves Montand y Leo Ferré. Pero el tipo no quería papeles sino trescientos mil dólares contantes y sonantes. le había preguntado ella. de un pequeño pueblo. cuando Upegui estacionó el carro en el garaje y le pidió que pasara. Era tarde para llamar a Verónica. guerrilla. de todas maneras era una suma invertida 120 . desde donde medía la distancia de veintiún años. ¿Latinoamericano? Sí. preguntó por preguntar algo. Sería la primera en oponerse.

Ni un día más. Decidió llamar a Verónica. A unos pocos metros. se aseguró de que las ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas. y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su casa. Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla. pagada la hipoteca. Verónica no se molestó con la excusa de su madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el negocio. ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta. el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería por sorpresa en su casa. Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. Si subía a la segunda planta y se acostaba. —Mataron a Galán —dijo al entrar. Al abrirlos. Llamó a Virginia al gimnasio. les pertenecería sólo a ellos dos. Dos semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. Un flash informativo atrajo su interés: acababa de morir Luis Carlos Galán. Cerró los ojos. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle ninguna explicación. alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro. la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el candidato a la Presidencia en la tarima. Pese al aguacero. —Una semana —dijo el tipo—. saldrían y cenarían en un restaurante. Tenía que decirle la verdad. No podía pasar a buscarla. acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio? Se levantó y miró por la ventana hacia la calle. Medía hora después. cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. le dijo a Upegui. un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La Calera. Conocía comportamientos extraños. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco. el mundo no sólo era estrecho y oscuro sino amenazante. ¿Qué hacía Virginia a esas horas. feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que Leo no había llamado a nadie. Upegui pegó un salto en la cama. fascinada con el vestido de Versace. Apagó el televisor. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su linterna. ¡Y ese maldito aguacero! Ahogaría cualquier ruido de la calle. como si buscara en aquella tediosa continuidad de programas el somnífero que deseaba. que la única persona que sabía de su regreso era ella. No la preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo. el cuerpo que se desploma. sus escoltas disparando hacía ninguna parte. Vestida para salir. Le hizo un saludo agitando las manos. Su comportamiento era demasiado extraño. no me mientas. guarecido dentro de su garita. la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a Upegui. Al verlos salir. Sentía miedo. miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse en segundos. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían podido salvarlo. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche. la preocupaba el sentimiento que 121 . ¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. Tranquilizada por la hija. Seguía desde hacía rato la televisión sin concentrarse en la programación de ningún canal. Nada le dijo a Upegui esta muerte. Galán asesinado. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. tarde o temprano. en la esquina. llamando a su puerta. protegida apenas del aguacero con un paraguas de colores. Me invitó a cenar. asomándose por la cortina entreabierta cautelosamente con los dedos. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta. su silencio durante el viaje. ordenó al vigilante de la garita estar atento a cualquier movimiento extraño. no estaba seguro de poder dormir. abrevió. Llovía desde hacía media hora. —Estoy con Leo —dijo Verónica—. Mientras mantuvo los ojos cerrados.

pero un hilo que se empataba con otros hilos del entramado. le dijo. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. Y éste descartó la posibilidad de pedirle que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. Y aunque no existiera documento alguno — añadió— hubiera bastado la palabra. No veía una solución inmediata ni satisfactoria. Lo estaban acorralando. Sin ti hubiera sido un negocio más modesto. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la inversión en esmeraldas exportables. las mismas que ahora le hacían temer por su vida. Y lo siguió ignorando. además de constructor. encontrara un hilo extraviado. Lo ignoró al conocerla. como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él. y en muchos sentidos temía. Todo se había pagado en efectivo. su soledad impenitente. era ella la que había encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones. 122 . ¿Sabes una cosa que mi hija no sabe? Hipotequé la casa. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales. El tipo que le reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. No tenían créditos pendientes. que en algún momento. —Acosta no dejó documentos. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y cobardía. un hilo delgado por el tamaño de su colaboración. —¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. —¿Qué quieren? —Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. la pusilanimidad que le atribuían. No pudo seguir ocultando su situación. si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa. Derivaban su poder de un inflexible código de lealtades. sabiéndose obscenamente célebre y al mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. La inversión de Acosta. —Me están amenazando. —Dejó uno. ¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían hablado de la relación. Le explicó de qué documento se trataba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en las pocas semanas se había convertido en cariño. en la intimidad y en la manera de vivirla. el fracaso de sus amores. ¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos. pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. La plata no era de él sino de uno de sus socios. la bajeza de sus negocios. ¿Qué quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. Acosta trabajaba con plata ajena. los en principio inciertos y ahora fuertes hilos que la vinculaban a él. le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación con Epaminondas Romero. parecía haberse abierto en ambos la rendija del afecto mutuo. Más que él. Temía la reacción de Virginia. Todo lo que tenía lo invertí en esto. Le explicó lo que ella sabia. los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que. —Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. ¿Qué hacer? Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. Upegui era mediador en turbias operaciones.

que se quedara. —Para nosotros y para esa pobre muchacha. Supe de tus amores con el senador Roldán. ¿En cuál solución has pensado? —En muchas y en ninguna. —¿Lo adivino? Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui. Se quedaría. nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo. Tal vez consiga la plata en el plazo que me dio el tipo. Se da la gran vida. así sería menos terrible saberla a su lado. por lo visto. Acosta siempre fue un problema —dijo Virginia al pensar en Beatriz—. supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo. —Voy a dormir a mi casa —dijo—. aunque le pagaran en oro. regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. Quería que Amparo Consuegra le decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas. —¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en sus cuentas o en las cuentas de sus socios? —No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. tal vez la amara más. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de mi amistad con Epaminondas Romero? —Siempre lo supe. —¿Quién es el tipo? —Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. Por lo que sé. Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. —¿Dónde lo conociste? —En la casa de Fabián Acosta. Verónica regresaría tarde. que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno y muchos hombres de su círculo. —Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui. Amparo tiene sus escrúpulos. Vivió en Nueva York y creo que en Atlanta. No es un tipo. atrapados en el centro infernal del círculo. que te jugaban a las cartas. al suspender sus sollozos. tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a una mujer. Upegui y ella. Sabía quién eras antes de conocerte. No le ha ido mal. Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó Upegui. Tampoco ella podría resistir la sensación de estar sola. imploraba con la mirada un poco de compasión. ¿Quería que lo acompañara? Lo pensó unos segundos. La misma Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe. si es que regresaba. pero Virginia no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro de su mente. que el ganador tenía el privilegio de irse contigo. No sintió piedad por el hombre que. ni se deja ver en sociedad. 123 . digamos de clase. —¿Lo conocía Beatriz? —Posiblemente. Si había una salida. Pero ése no es el problema. trabaja solo. —Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. Cuando el tipo la llevó a conocer la casa regresó horrorizada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. Dentro de todo. sería un salto por la tangente. recargado de adornos. Llámame un taxi. se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades.

Y sentía celos. Verónica se había desnudado delante de él. con el calor de quien la 124 . un hombre y una mujer se encierran a admirar un diseño de Versace. ahora somos impostores. ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. Espléndida. le confesó Leo—. —No entiendo lo que quieres decir. Le están dando a las mujeres la medida exacta de sus fantasías. Esta noche asesinaron a Luis Carlos Galán y. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas. vieras quién soy ahora. magnífica. de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los productos dietéticos. —Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y. uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el curso de los años ella y la ciudad. —¿Quiénes? —Los diseñadores de moda —dijo Leo—. —Y a las pobres. El tiempo de la gloria duraba poco. Hace veinte años hubiera despreciado el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. pero lo consumían en el espectáculo efímero de la belleza. Mírame ahora: después de haber despreciado a los ricos. el implacable efecto del tiempo. para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. El vestido y la mujer eran el símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. como de ellos. —¿No eres feliz? —No —dijo Leo—. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo. había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. Ella lo escuchaba. Yo mismo soy. dijo. como Beatriz. Los enseñamos a admirar el original y les vendemos la falsificación. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo. No importaba que Verónica encontrara extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos. —Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Espléndida. de esas diosas subalternas y trágicas. minutos después. repitió burlándose de la calificación dada al vestido. Sin pudor. miento por ellos. Podría haberse mirado en el espejo de la ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia! Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada. —Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y decadencia. La ropa de marca se vende en grandes almacenes. —A las mujeres ricas. Habló de los grandes símbolos del lujo. Fuimos auténticos. dando un salto en el tiempo. No buscó a Anne-Marie para recuperarla. vivo rodeado de ellos. Pieza maestra. en muchos sentidos. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el propósito de satisfacer la demanda de los pobres. sugiriéndole que se pusiera de pie y diera unos pasos por la sala—.

dándole la espalda. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra. cerrando los ojos como si siguiera letra y melodía. si son bellos. Pero la experiencia no sirve de nada: se cometen siempre los mismos errores. Bésalos. — Siéntate donde estabas —le pidió ella.. —Todos. caminó unos pasos y lo enfrentó de pie. Frente a Leo. —¿Qué supiste de tu madre? —Que era una puta de lujo —dijo en voz baja. ¿Por qué le hablaba con esa voz. pero no toleraría sentirme envejecer al lado de una mujer joven que un día me despreciaría. —y se detuvo. decidió quedarse así. como una hermosa esfinge sin vida. Por fin pudo obedecer y lamió los pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. quieta. venga de sus humillaciones. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. sólo soy un hombre con experiencias. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido a cenar juntos. aceptamos alguna clase de humillación. Lo supe aunque ella me lo ocultara. —Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la superficie de cuero del sofá—. Y la compadecí por ser lo que no quería ser. —A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella. un liviano vino tinto de la Toscana y un aguardiente seco de manzana con el café.. descalza. girando sobre sí misma. —Me asusta tanta belleza y juventud. —¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del sofá—. creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. Verónica empezó a bailar sola. a la expectativa. agitando tos cabellos. No puedes amarme. acercándose con los brazos extendidos. Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda. Leo sentía aún la fatiga del viaje. —Tú no me amas —repitió—. Nunca iba más allá de la exaltación de su propia lucidez. supe que mi madre. con lentitud. si se puede llamar a esto bienestar. Me ha estado enseñando a vivir como rica aunque nuestro bienestar. Amas el deseo de amar. ya tengo diecinueve —alzó la voz. que se exhibió desnuda. ¿Lo desafiaba? —Quiero oír otra vez "Lady is a tramp". en algún momento de nuestras vidas. Movió los hombros y el vestido se deslizó hasta caer a sus pies. como de confesión íntima—. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido. —¡Pero si yo te amo! Además.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus protege en todo instante. No llevaba ropa interior. —Para ella han sido demasiadas. Perdí a mi padre a los diez años. con ese tono y ese dolor? —Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo. son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. —Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en los cabellos—. conocí la pobreza. Acaríciame — 125 . hecho con el juego de las palabras que salían como agua de un surtidor. por ello propuso regresar a su apartamento. molesta por la frase que Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París. Yo podría amarte. Se quedó inmóvil. Un humor cruel. La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar. incapaz de responder al instante a la exigencia—. —No soy sabio. Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo.

todo había dejado de existir. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la madurez. No puedo hablarle. y se movió con cadencias sosteniéndose con los codos para seguir mirándola.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exigió echando la cabeza hacia atrás. Si intervengo le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. ¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es mujer. la opacidad de la luz. sollozando. La sala. un grito que se parecía más a un maullido de gata. le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. ¿Dónde lo aprendió? Seguro que no con un hombre. hasta que encontró el pequeño pistilo erecto. obediente y sumiso. Espera que le haga el amor. Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima del otro. la música que había cesado. Leo pensó que en Verónica actuaba el orgullo ofendido. como si acabara de nacer. Tal vez hubiera algo de rabia en la brusquedad de sus gestos. supo que era el esperado. Se sintió débil. Sólo el sexo entrando y saliendo. Lo desnudó de prisa. —¿Qué hora es? —preguntó ella—. quizá el deseo tomara la forma de la rabia. Quedó encima de él. Cuando él subió encima de ella y besó su boca. Si Leo insinuaba alguna iniciativa. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma. —Chúpame —ordenó—. ¿Dormimos? 126 . ella de espaldas. No hablaron. como si la debilidad del cuerpo fuera otra clase de derrota. Lo está consiguiendo. porque a veces desesperaba en la imposibilidad de conseguir lo que deseaba. generosamente abierta. Gritó. donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la lengua. mojada y cálida. Se derrumbó sobre el cuerpo de Leo. Chúpame el coño. Te quiero mucho. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado. Es increíble tiene vida propia. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. Leo temía hacerle daño con sus dientes. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de Verónica. como se agarra el náufrago al madero. Ambos cayeron sobre la alfombra. abrió una botella de champaña. Leo se levantó hacia la nevera. ¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo. los muebles. Elegía cada paso y movimiento. él encima del cuerpo que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. Verónica gritó. con lentitud sin esperas. sentada sobre su vientre. Buscaba. la decoración del entorno. exploraba rincones. Méteme tu lengua. Subió la pelvis hacía el tórax. Gritaron juntos. aquí está el maldito secreto. cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y sin vida. No dijo una sola palabra. No le había hecho el amor. —¿Sabes una cosa. los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba suavemente. con languidez. ella lo repelía. La champaña se mezcló con el sudor. —Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja. Se había dejado conducir por ella. inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. sirvió dos copas y se sentó al lado de la muchacha. Penetró la morada húmeda. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella quiera. como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada. —Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos. saltar sobre las barreras que le imponía su cuerpo en instantes de desesperación. Ella empujó la pelvis y en pocos segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil. Tal vez. Huele a talco se echa talco en el coño.

Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias. Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos, mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes, por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo. —¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina. —Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café? —Un tinto y un jugo de naranja. Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar. —¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la camisa de polo. —Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre. Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada. La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta. Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui. —Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana. Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió una extraña inquietud. Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo? —¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo. —En ti. —¿Qué piensas de mí? Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla. —¿La quisiste mucho? —Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida. —Dicen que has tenido muchas mujeres. Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda. —Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros. Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.

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Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera. Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose. Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él. Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca. Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.

Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica, como si trazara un puente de una orilla a otra. ¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto. Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares. —¿Con quién hablabas? —Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones. —¿Yances? —¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de ganadería en los Llanos. Me debe un favor. —¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a quien acusan por la creación de grupos de autodefensa? —Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los secuestra. Tienen que protegerse. Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio. —Te llamo después de almuerzo. No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella. ¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes, adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los

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permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo? Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre? ¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de campo en la sabana. —El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui. —¿Tanto? —Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y usted empieza a vivir en paz. —Le pago con un cheque al portador. —No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático, pensó Upegui. —Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco. Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo. Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso. Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos, exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima. —¿Dónde recojo la plata? —En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui. Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La

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Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres. Virginia ignoró siempre los motivos de esa cita. después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. La vida sí es muy rara. —¿Nos conocíamos? —No sé si usted a mí. puede hacer morcillas con el muñeco. —Tranquilo —dijo Ríoseco—. ¿no le parece? Morirse metiendo perico en un motel con una puta y un travesti. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador al sentir que la respiración le faltaba—. El gonorrea de Blásquez. esa no es manera de largarse. sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel. No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Yo sé que usted es un hombre de palabra. Demasiado débil. y también una grabadora. las intenciones de Upegui. Había querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla. —Te pago los cincuenta en dólares. demasiado incapaz de sacar las tripas y mostrarlas. se puso en contacto con Trespalacios esa misma tarde. ¿Se acuerda del viejo? Se moría con los mariachis —se quedó pensativo—. —La mitad ahora. quizá. venirle con el cuento de que no eran cincuenta sino treinta. ni marica que fuera. Se sirvió de la cuenta del gimnasio. Fue al banco. le ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. te lo compro. El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos. Y Upegui desconoció la astucia de su enemigo Raúl Trespalacios. —Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento. Alguien del negocio. —¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. —¿Quién es? —Ni pendejo que fuera. La cinta tiene ruidos de la calle. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su trabajo. Si tenés uno original que yo no tenga. 130 . Trespalacios no pensó en Upegui. aunque esté un poco viejo. hay partes en las que se escucha un chirrido. Uno tiene su experiencia. —¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios. Podía ser el gonorrea de Blásquez. Si me van bien en las cosas. ¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández? —Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. Ando buscando uno con la firma de Vicente. Si se le antoja. olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario. —¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme? —Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. recordó. don Raúl. Ando en esas. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos mil pesos. la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo compromete. ¿Ve la venntaja de usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta. el desenlace de su propósito. El negocio promete. en la que tenía firma autorizada. por faltones. pudo haber pensado. demasiado cobarde. El tipo del mandado. conjeturó Trespalacios. Tengo la mejor colección de sombreros mejicanos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. —Te doy mi palabra. El asma se me alborota cuando hablo de negocios. Eugenio de Jesús Ríoseco. —Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares. tratar de atrapar a una serpiente por la cola. pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. hizo el cheque y cobró los veinticinco millones. Los tenía en su caja fuerte. Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver.

¿Disparar en pleno día. los viejos para lucir menos viejos. ¿A personas de qué edad estaba destinado? No había edad para mantenerse en forma. Había mucha plata detrás. Una noche. ¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas. los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos. la competencia debe temerme a mí. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo difuso de impresiones. Había dado una entrevista a un programa de televisión. No valen de nada los presentimientos. Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de papel de manila. no podía conciliar el sueño. Confiaba en la palabra de Trespalacios. Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del gimnasio. ¿Cómo se le había ocurrido abrir este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. fresquita y muy de la jai. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos. valía la pena. No contó el dinero. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. de pasadita. Pero la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. Alcanzó a ver la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este costado de los cerros. ¿Le temía a la competencia? No. mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui la llamara. Regresaron a la moto y emprendieron la fuga hacía el norte. muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. Mi amigo Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas. 131 . —Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios. respondió. el recomendado de Yances. Le tenía un negocio. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. adelantando a los vehículos que. Con sangre fría. Y Upegui había tenido el presentimiento la noche anterior. su mediación costaba el diez por ciento del contrato. conocí a la hija de la vieja.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. ¿No se comía a una vieja como cuarentona ella. Amueblar y decorar un hotel y un conjunto residencial en tierra caliente. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco. le quedaban tres días para devolver el dinero. Como siempre. Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa— y hacía el alto en el semáforo de El Castillo. como si acabaran de encender fuegos pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento. al escuchar el tiroteo. sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su carro. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. Virginia conoció la noticia en la noche. en medio del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde? Su cabeza cayó sobre el volante. los tipos caminaron hacia el vehículo y siguieron disparando. aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta.

con el cuerpo abatido por ráfagas de revólver o subametralladoras. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. que podía tratarse de otra acción criminal perpetrada por el narcotráfico. La presentadora debe tener veintidós o veintitrés años. Nada diferente a tantas y tan cotidianas escenas de coches perforados a balazos. se dijo Verónica. ¿Se había comunicado con su madre? Si hablaba con ella. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria. John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia para el noticiero de las nueve. ¿Don Javier? ¿A ese señor tan bueno? —No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Omitieron el nombre de Virginia. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en público. sin poder responder a Teresa. Todo indicaba. Al abrirlos. sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad. conocidos o anónimos. ¡Quién va a saber!. Había figurado tres años atrás en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio Yances. acribillado por sicarios en la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. Algo muy horrible. te mando a la mierda. Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. debía negarse si preguntaban por ella. la jauría de los periodistas estaría ladrando en la puerta del gimnasio. tomada el día de la inauguración del spa. Nada más. ¿Por qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?. Un profesional de vida correcta. ¿qué pasa?. listo para salir. Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas. sórdidos episodios? —Espantoso —dijo Leo al abrazarla—. ante la mirada impávida de los testigos. ¿qué sucede niña?. ampliamente registrada por los medios de comunicación. Verónica cerró los ojos. Le dije claramente: si la entrevistas. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión de nuevos. Usaron las tomas de la inauguración del gimnasio. Los hechos habían ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. No había salido elegido. Van a pronunciar su nombre. así que no va a romper su palabra. calculó Verónica. Verónica no alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui no tenía antecedentes penales. Teresa. era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. temió Leo. más aún. —Espérame en tu casa. vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la empleada. Dile que se haga negar. natural de Pacho. el director. se preguntó. Restos de cristales sobre la silla delantera. Cundinamarca. sin responder a sus propias. Upegui. pero era Javier Upegui. lo vinculaba como accionista de un spa. Mataron a Javier. me prometió que evitaría mencionar a Virginia. por el modus operando de los sicarios. 132 . Los delincuentes se habían dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—. inaugurado recientemente. Castro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica. uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital. Se desconocían los móviles del crimen. Si insistes en entrevistarla. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la puerta. alcanzó a decir a la empleada. no acepto tu oferta. No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—. Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado. añadía la presentadora. Ven de inmediato a casa. conocido constructor. Leo volvió a llamar. repitió Leo. En pocos minutos. pensó satisfecho. Nada diferente a tantos otros hombres. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el volante. que prendiera el televisor y viera las noticias. Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. La llamaría más tarde. ¿Me oyes? Ven a casa. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas. a quien Leo Pradilla llamó diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. que le aconsejara no dar declaraciones.

Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado. Trespalacios. se lo encasquetó e hizo un cómico ademán. no sería a causa de la muerte de Upegui sino por la estrecha relación que lo unía a su madre. Eso es lo que se sabe. Me costó una moto nueva. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta. ¿Se toman un trago? Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. hermano. las invitás a rumbear. Trespalacios en persona le abrío la puerta y lo invitó a pasar. Un día se quitarían o les quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas. Esos chochitos andan locos. Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías. Y contó los billetes hasta que se cansó de hacerlo y dio por correcta la cantidad. Desde la sala podía verse uno de los dormitorios. —Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco. La muchacha pasó de nuevo del baño hacia el cuarto. no habría podido escuchar los disparos hechos con silenciadores. Arqueó una ceja y los tipos dispararon sobre el cuerpo de Trespalacios. Desconozco lo que no se sabe. Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente. abren las páticas y el chocho. le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el noticiero de televisión. la vida social y pública. seguido por dos de sus hombres. mamita. Una chimbita. Nunca pensé que fuera esa rata hijueputa. Se conoce tarde y mal a la gente. Seguían el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. ¿Qué disparate era éste? Un maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó hasta la cólera escuchar la voz de Upegui. Ella. que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto. no te rajes!. A Ríoseco le llamó la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. cantó. hermano. Si vos estás en condiciones de regalar una moto. pensaba Leo al ver el rostro de preocupación de Verónica. se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo de billetes. en cambio. ¡Ay Jalisco. zas. te comés las hembritas que querás. se habría escuchado el ruido en la sala. Embolsilló el fajo en su chaqueta. Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas. Si preferís una de catorce. componía una comparsa de seres enmascarados. sus personajes y héroes. la conseguís en la calle. Fotos de Trespalacios al 133 . Todo. Trespalacios le pidió que esperara. dio unas zancadas y cerró la puerta con disgusto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Quién era en realidad Upegui? —Un constructor —dijo Leo. tengo visitas —gritó—. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. —Mi madre debe saber quién era realmente Javier. pensó la muchacha. Se dirigió a pasos tranquilos hacia la otra habitación. Tomó uno. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. una hielera y un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos en la página donde se registraba la muerte de Upegui. caminando hacia la sala de la casa—. Traía la grabación con la voz de Upegui. La caja fuerte estaba abierta. Les compras ropita bien bacana. —No salga. —Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. les regalás algo y. posiblemente camino del baño.

Hizo una llamada. Desde el mostrador de la recepción. gol! —gritó. No era mucho. ¿Por si acaso qué. dijo el otro. —¿Qué hacemos con los de abajo? —Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un bolsillo de su chaqueta. —¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. Sin prisas. no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus emociones. el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los visitantes. propietario ganadero.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lado de músicos y cantantes. Cada uno de espaldas a los escoltas. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex parlamentario. Un cactus gigantesco. —¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco. patrón —repitió el tipo. Ni siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso. Si se conjetura y se acierta. Y yo del Santa Fe. ¿Puedo? —pidió permiso para llevarse un sombrero. Cuando alzó la vista. güevón?. Hojeó los tres pasaportes y se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. patrón —dijo. ¿Vos sos del América o del Cali? —Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco. envanecido por la precaución. diligente organizador de grupos armados de autodefensa. hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. el tullido ése botó el gol. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un televisor en blanco y negro. respondería con plomo a los requerimientos. Y usted. Volvió a poner el sombrero en su sitio. ¡Nos empataron. Va la madre si no nos traemos la Copa. patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal. Si se dejaba ganar ventaja. Se lo sirvieron en bandeja. podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. ¿no ve que parece un payaso? Decidieron bajar por las escaleras. gol. Vea qué bacanería. —América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—. Y se tapó el rostro con la ruana—. Por si acaso. Duerma tranquilo. se sobajeó las manos. metió la mano en la caja fuerte y sacó lo que encontró. Mi Santafecito del alma. —¡Gol. se envalentonaba en cada excusa. quítese ese sombrero. —Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. Lo tocó. Esas ruedas sueltas estorban. Sacó la cinta del equipo de sonido y se la pasó a uno de sus muchachos. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un mafiosito de poca monta. Trespalacios es cadáver —y colgó. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. carajo! 134 . dilataba los plazos. casi rozándolos. ¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era Ríoseco. Uno de ellos dijo que era de Millonarios. Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios acababa de pagarle. No seamos pendejos. y un mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido. ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. el más pequeño y vistoso de la colección. —¡Ah. —le preguntó Ríoseco. En los tres estaba estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos. Por si acaso. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos tocados por el asmático. Un cactus gigantesco de plástico. espere que corone en un negocito.

. —¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica. —¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar. le quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo. dijo ésta al colgar. le dijo a Verónica. A la distancia. en el fondo. al cambio de hace tres meses. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios. tu socio secreto. ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo. Ni que trabajaba con la plata de Trespalacios.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. Verónica creía reconocer aquel rostro. Del noticiero. La llamada de una periodista no se hizo esperar. Trespalacios. ¿De dónde? Dile que no estoy. si tus periodistas insisten en entrevistarla. —Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. no se ve por ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. barajar y descartar hipótesis. Protegía a Virginia pero. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se relacionan. —Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. Relacionar los crímenes. —Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad. Y recordó la advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte. todo misterio se resuelve —dijo Leo—. Upegui mandó matar a Trespalacios y éste se le adelantó. Las tres muertes se relacionaban. Javier era muy misterioso con la plata. —La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares. 135 . —Nunca lo había visto. estaba protegiendo a Verónica. se dijo Leo. dos de sus escoltas también habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa Libertadores. Espera que se calme.. el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza? —¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia. la actitud nerviosa con que apagó el televisor al final del informe. —se detuvo. Vendí mi BMW. Furiosa e indignada. —Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. —Puede ser —fingió Virginia—. vendí mis joyas. Virginia y Leo se miraron. ¿Por qué Virginia se negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. motivos no le faltaban para estarlo. —Tarde o temprano. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la discoteca de La Calera. —Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica. Un sujeto llamado Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio. evitando inmiscuirse en un asunto de familia. hipotequé. —Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui. Era el capital de su participación en nuestra sociedad. Me está jugando sucio. Al parecer. ni siquiera lo conocía. ¿Cuál es entonces tu preocupación? — encaró a Virginia. pero Acosta y Upegui eran socios. Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. La plata de Acosta. —Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios. ¿Quién mató entonces a Trespalacios? ¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. invertí mis ahorros. —Explícate. ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. balbuceó Virginia. Miró fijamente a Leo. Leo seguía las reacciones de Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios. que era posiblemente la plata de Trespalacios. —¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio? —No podía hacer otra cosa.

—¿En el apartamento de Leo? —Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. —Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó. —¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta. Mientras escampa este aguacero. Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que mantenía con todo aquello que le desagradaba. Era demasiado sensible al melodrama. Le van a caer encima. Virginia trató de darle una bofetada. Se había calmado. Ésa es la diferencia. Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga ni mucho menos a su madre. Prefería evitarlo. Si ella está de acuerdo. —Tú sabes lo que quiero decir. Por ahora. necesito que Verónica se prepare. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable. la voy a llevar a vivir a mi casa. En muchos sentidos. Sácala por un tiempo de tu vida. En silencio. Leo les dio la espalda. vas a vivir en mi casa. Somos amigos. —¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. No pensaba en las razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio. —Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones — pasó a la ofensiva. Leo apartó la cara. —Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. Si eres capaz de concebir que hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta. Pagaban el precio que les exigieran. Juegas con ventajas. —No te estoy culpando de nada —le dijo. si da la talla. por ningún motivo. No me ensucies el proyecto. 136 . —No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia. Un cuarentón comiéndose a una niña de diecinueve. como le cayeron a Beatriz. Leo. se acercó a Virginia y la abrazó con timidez. Si acepto dirigir el programa que me propuso Peralta. Los lugares comunes. tú y yo nos parecemos. tomándola de una mano—. —No quiero. —¿Quién le va a caer encima? —Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. el melodrama de ciertos lugares comunes. —¿Son amantes? —¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. —¿Como la pobre de Beatriz? —La pobre Beatriz y tú se parecen. No vas a vivir conmigo. Soy el amigo que nunca ha tenido. —Así que mi hija encontró al padre que no buscaba. por ejemplo. molesto por las recriminaciones de Virginia—. recordaba la decisión irrevocable que las llevaba a elegir. por supuesto. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para evitarnos la humillación de seguir siendo pobres. Leo sabía de qué hablaba. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus oficinas. conscientes de su belleza. cambiarías de idea. buscaba dinero y gloria inmediatas. —Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. —Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre. el camino más corto hacia el éxito. que haga un curso intensivo y sea una de las presentadoras. Pero ése no es el motivo que me lleva a protegerla. Verónica descendió las escaleras.

Era un golpe duro para su empresa. Se corta con cuidado el pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. Se refería a Isaías Bueno. Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco millones. necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. ella era la protagonista pero. Por momentos. en realidad. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los pómulos. Perdía a su mejor creativo. Madre e hija escucharon la advertencia de despedida: —No le mandes periodistas a Virginia. Tengo que hablar con el Gran Jefe —le dijo antes de colgar. no soporto el desorden. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la tarde. Una ceremonia discreta. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones quinientos mil pesos. Correría con los gastos de la funeraria. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de Acosta y Trespalacios. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con televisión. Además. parecía estar preguntando Peralta—. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa. sabía vagamente de su existencia. No lo había hecho. —Cuando una fruta empieza a pudrirse. Te espero mañana por la mañana en mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera. Además. como si en el hecho de evocarlos involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?. ¿Estaba seguro? Sí. Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones. No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales. mucho más. Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y comprenderlos. Otra cosa: tengo televisor pero también tengo biblioteca. Upegui no figura directamente en la sociedad. Una hermana menor del difunto se había encargado de los trámites. si había hecho algún esfuerzo para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. no se bota a la basura. pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más ingeniosos y agresivos que él. había conocido a Upegui. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia de esta hermana. 137 . Empezaba a preguntarse si. Virginia durmió hasta tarde. Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. le dijo a Virginia. Te advierto una cosa. a medida que reconstruía inconexos episodios de su vida. como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del gimnasio. Heredaría un cadáver y una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto. se mostró siempre grosero. Se había quedado en la superficie de las apariencias. Y una buena colección de videos. Llamaría al gerente del banco. se sentía espectadora/protagonista de una película incomprensible. —¡No es posible! —se alarmó—. se exhibió como era. porque Romero no simulaba ser lo que no era. se perdía en ellos como si fuera una extraña. Asistiría al sepelio de Upegui. No se retiraba de la publicidad. madre separada de tres hijos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los motivos de su generosidad.

Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral. que algo parecía estarse marchitando ese día. Virginia. someterse a pruebas de maquillaje. vestida de negro. Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. ensayar entrevistas. el orgullo de saber que las cosas marchaban como lo había imaginado. en el otro la pista de aeróbicos. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. ¿No era ridículo haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos fotografías: en una. No me pase llamadas. ella y Leo. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. se dirigió a la funeraria donde velaban a Upegui. Verónica a los doce años. improvisar parlamentos. con John Peralta. Una mujer de aspecto humilde. extendió sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les 138 . Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. ¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. me cedió el cuarto de huéspedes. a diario y siempre pendiente de todo. cotejó cifras. le decía a Virginia. Quedaron de verse al día siguiente. ordenó a la secretaria.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica salió de casa con una maleta. En un extremo las máquinas de ejercicios. Se quedaría hasta el cierre del gimnasio. Pensó en Verónica. pero sintió que se perdía en un laberinto de números. Observó todo como si nada fuera el resultado de su obstinación. ¡Quién iba a pensar que reaccionara de esa manera! En todo momento. Un poco antes de las diez. pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la indiferencia. El maquillaje no podía disimular las ojeras intensas. ¿te imaginas?. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre. La emoción de los días anteriores. ninguna vergüenza en su conciencia. Estaba ordenando sus cosas en el closet. leyó una y otra vez el papel de la hipoteca. A Virginia le llamó la atención la silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo aplicaba en la boca. Los últimos clientes terminarían a las diez de la noche. Reconstruyó confusamente su conversación con Leo Pradilla. A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía hacia las clavículas. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. No lo hizo. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes. Examinó documentos. Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. Recibió una llamada de Verónica: cenarían. no sería fácil. en otra. tendría que hacer ejercicios de lectura. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria. No guardaba fotos recientes. Virginia salió de su oficina hacia el salón. Lo hacía de manera automática. Viéndolo bien. Ordenó los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de consignación. dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados con la misma cuerda. Diría después que nunca se había imaginado funeral más patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. El único que la visitaba era Frank Rueda. con rigidez de palo. Leo dirigiría las pruebas de cámara. recibía las condolencias de los escasos asistentes. se sentía ridícula al recordarla. muerta del susto sí estaba. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana siguiente. el día de sus quince.

Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. Las mujeres mayores lidiaban con entereza contra el efecto desalentador de los años. jóvenes y adultos secaban sus sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento. Era una fantasía siniestra. ¿Le llamaba un taxi?. ¿Pagando cómo? Con plata y mucha simpatía. Quince millones de hipoteca. levantar esos senos con ejercicios de pesas. Propio y al mismo tiempo extraño. alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha del futuro. Una sonámbula.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. alguien vela desde fuera por mi seguridad. desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones. sin causa exterior aparente. —Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre. —Yolanda. dijo Beatriz. no era el Gordis. tenía que ordenar unas cuentas. Como si acabara de pisarlo y el deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos. ¿Qué significaba todo esto. endurecer el vientre y las nalgas. si su hija empezaba a alejarse? No hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros. preguntó la secretaria. —¿Frank Rueda. ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama. acompañada en todo momento por una muchacha de aspecto taciturno. seguía perdidamente enamorado de ella. enteramente suyo. La hipoteca de su casa. se quedaría un rato más. Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. —Mucho gusto. Si una mano criminal incendiara y destruyera lo que la rodeaba. Era el único documento desplegado encima del escritorio. Caminó hacia las duchas y admiró la belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. pero cruzó instantáneamente por su imaginación. No. le dijo a Verónica. ¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. ¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían? —Un padrino misterioso —dijo Beatriz. se imaginó como una sonámbula recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio. la visitaba casi cada día. la prosperidad o el éxito. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos jóvenes que se tocaban bíceps y tórax? Le llegó el vaho de los baños turcos. Era la muñeca de porcelana que nadie toca por temor de romperla. pobrecito. le presento a mi amiga Verónica Oropeza. si los alcanzaba. el Gordis? —preguntó Verónica. sentiría más liviano el peso de esa noche. su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica. Las luces de los salones se fueron apagando. pero estaba segura de que su ángel de la guarda no era Rueda. ahora sin la sombra compartida de Upegui. se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable. que actué en legítima defensa. 139 . pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. que por el solo hecho de imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando. En las pausas. notar su tristeza. sentir que se le partía el alma. —¿Un padrino misterioso? —Sí. se estaba portando divinamente con ella. le hacía llegar ropa y comida especial. Los últimos instructores se despidieron de Virginia. No. Tonificar los muslos. se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa.

le hacían gestos obscenos. Mire su cámara como si no existiera. Pero. respiración abdominal. Si lees antes el libreto. ¿Lo amaba? Estoy segura. —¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica. pero me respeta —dijo Beatriz—. un neurótico incorregible. le decía el camarógrafo. la asustaba a veces. Le sacaban la lengua. dice así. dijo Verónica. —Te dejo —dijo Verónica—. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de disgusto. si te toca improvisar o te pierdes del libreto. Su testimonio era decisivo. le decía a Verónica. una voz grave y femenina —se lo había dicho Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria. A la distancia. me pide que evite caer en el pantano de aguas podridas. quiere a toda costa que me aleje por un tiempo de mi casa. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil. no me pide que rompa con ella. vigilante y enfurruñada. Qué chévere que vivieran juntos. ¿Te ama? No sé. No iba a presentar un noticiero. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la guarda. aconsejaba Leo. —Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica. atrapa el sentido de cada párrafo. Leo me espera en el estudio. Y una aquí aguantando hambre —rió a carcajadas. Al salir del área de visitas. Estás divina. ¿quién era el misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir. el protector y ángel de la guarda. ¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo. dormía en el cuarto de huéspedes. —Sí. evita pausas muy largas y. le dijo. No levantes la voz de esa manera. De nada te servirá ser 140 . así. cómo no. la instruía Leo. cuando no se muestra distante revela tendencias irascibles. sobre todo. no mires alarmada hacia la cámara. no la embarras. ¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el terrible asesinato de Javier Upegui. Me protege. Sesiones extenuantes. demasiado perfeccionista y exigente. ¿serán manías de viejo?. no perdona que las cosas no se hagan como las desea.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Alguien. la muchacha de aspecto taciturno seguía la conversación de Verónica y Beatriz. ejercicios de lectura. el señor la golpeaba y torturaba. se había ganado el testimonio de uno de los escoltas de Fabián Acosta. —Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—. la voz es mi fuerte. Leo iba a dirigir un magazine de variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. se preguntó Beatriz. y Beatriz supo que el escolta no era otro que Daymer. el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la poseyera en la alcoba de Fabián. dijo Beatriz. le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir. lo definió Verónica. Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella. —Es callada y servicial —dijo Beatriz. Se abrazaron. —A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. Pruebas de cámara. evita caer de bruces en el pantano de aguas podridas de Virginia. que no frecuente por un tiempo a mi madre. Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. la hacía vigilar día y noche. estuvo a punto de matarla. frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas. la encerraba en un cuarto.

¿Había hecho el casting para escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. preguntó Peralta. Tal vez introdujera un segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. no te esfuerces tratando de ser agradable. la cena. como nubarrones. le reservó la entrevista central. ¿Cuál segmento presentaría Verónica? Si rinde un poco más. se defendía Peralta. cómo se seguía manifestando el amor. diseñaba trapitos. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos y ministros y acabas atacando al gobierno. aceptó Leo. No me busques problemas. Tiene garra. le decía él. le decía. le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una semana. los juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de 141 . ¡A la mierda la política!. Habían pasado tres meses. La delicadeza de sus rituales —la champaña. ¿Hacían un pacto? La tercera sería la que Leo eligiera. ¿El amor. ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son un espectáculo divertido. decía Leo. Peralta estaba convencido de que un solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. ¿Quería entonces que le hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. ¿Se acordaba de Argüello. respondía el vicepresidente de producción. decía finalmente Leo. —¡Basta por hoy! ¿Cómo le parecía?.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus linda. dijo. precisó. Y no me digas que no. Hacían el amor. Tienes que dar más de ti. aceptaba el vice. la música. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos. aumentaban la sensación de incertidumbre que. se atrincheró Leo en su propuesta. dijo Leo. el más arriesgado de los negocios? Por muy buen negocio que sea. tienes que seducir al espectador. preguntó Leo con sorna. Tenía que transar con Peralta. al no ser resueltas. Se le podría salir de las manos. No me has entendido. Ya vería los resultados. no podemos olvidarnos de la política. modelitos sin gracia. no por tu cara sino por tu manera de proyectarte. ¿Le podría hacer un favor?. empañaban "su visión del futuro inmediato. Verónica nunca supo de estas disputas. No se salva ninguna ¿Alguna candidata? Ninguna. compartida con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso. ¿No les estaba vendiendo la idea de un programa ligero y ameno? Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. dijo Peralta: Marcela tiene que ser la segunda presentadora. No hacemos un programa de opinión. su padre era un influyente político de provincia. Pienso acorralar al invitado. dijo Peralta con preocupación. ¿No había acordado hacer un buen programa de entretenimiento? Ese es mi segmento. Reinas de belleza. ¿No era acaso un negocio. exclamó Leo. había abierto y cerrado boutiques. tienes que serlo con naturalidad. otro poco de seriedad. pero te renuncio. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación. le preguntó Peralta. No me ahuyentes a los anunciantes. había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras universitarias. Conocía de vista a Marcela. Ten cuidado con lo que haces. No me pongas contra las cuerdas. Peralta negó con la cabeza. le abría preguntas que. El curso que había empezado a tomar su vida. Sí. insistió. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un poquito de frivolidades. Dale una cita a la reina. si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. ¿Le debes algún favor?. el viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?. Ni puel chiras. La televisión que él concebía no estaba hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias.

¿Me amas? Leo guardaba silencio. proponerle que se masturbaran en el cine. pensó. el mundo que estaba conociendo. Y las dudas de Verónica renacían. Evasivas. ladrillo a ladrillo. ésta es la fortaleza en la que me protejo. pues no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad. pared a pared. Extendía los brazos. regresar al apartamento y ducharse. y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de un propósito. por sala o dormitorio. compromisos perentorios. La dominaba la ansiedad. le aclaraba él. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la posesión. podían ser castillos de arena. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo. enfrentada a la fama repentina. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre la lentitud del tiempo. No. que condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora. que le concedía el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos. si quieres pensarlo así. paseaba la vista por el apartamento. pensaba ella. Y un precioso collar de oro con figuras precolombinas. ¿Por qué no ir al cine esta noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No entiendo la ópera. eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí. Lo odiaba. Como se levanta una casa. proponía ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. Un soplo de esperanza y entusiasmo introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor. Se sentía incómodo con su presencia en ese territorio?. Sin saberlo. el amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior. acuerdos inconcebibles. sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia. sentarse uno frente al otro. se inquietaba Verónica. si la había invitado a vivir en su casa era porque disfrutaba con su cercanía. sobre todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos. decía al cabo de un rato. Tres meses de difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas defensivas de un hombre. modalidades desconocidas por la muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras). No era justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora. sugerirle que le hiciera el amor mientras él permanecía inmóvil. ¿No eran amantes? Somos amigos. tenía que amarla. Verónica se exigía respuestas. Cuando lo supo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leo. que sólo compartían la misma casa. Le hablaba entonces de la amistad amorosa. así se construye el amor. ¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba. era la víctima de sus ansiedades. ya no era la joven amante de Leo Pradilla. respuestas imposibles. Lindo. ojos cerrados. ¿Se acostaba Leo con otras mujeres? A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres. respondía. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia. ¿Cómo saber si no se trataba de un capricho. las compensaciones de la fama. rico y con mucha clase. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. Pero decepcionante. ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos 142 . le recordaba él. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y más del amante. no podía estar fingiendo. desnudos en la alfombra. mirarse imaginándose interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse. bocarriba en la alfombra. acariciarla largo rato como si memorizara la piel. ¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?. si alguien distinto a Leo podría también amarla y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. La televisión alimenta y devora.

pero no se podía hacer nada. Disputas por nimiedades. tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios. le daba la champaña de su propia copa. la plata que Upegui le había robado de su cuenta. Te debes a ti misma. respondió él. Los días siguientes fueron tensos. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. ¡Carajo. dijo con ingenio Virginia. No repitas las pendejadas que repiten las otras. El tiempo vuela. Podían pasar un día sin que se hablaran. No podía más. No tengo hambre. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veces?. pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja llevada por el viento. Beatriz le había revelado su identidad: un hombre de cuarenta años. se excusaba Verónica. ¿Otro traqueto?. le dijo a la madre. protestaba. se quejaba. le reprochaba a Verónica. ¿Un ángel de la guarda?. lo odiaba en esos momentos. Un día. La muchacha de 143 . decía Verónica. Pero si es un apartamento muy bello. Verónica se encogió de hombros. La tempestad de hace tres meses se había disipado. Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su vieja casa de la Circunvalar. gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. vivía en Miami. se encolerizaba. desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas tropicales. No te entiendo. Y Leo no hizo nada para recuperarla. discreto y muy rico. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. pero nunca temió que él se deshiciera de ella. dijo Verónica con frase aprendida de otras estrellas. Se había enterado por los periódicos de su problema. Alguien poderoso a quien ella llamaba "mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido siempre. Ni hablar. le dijo a Virginia. Disculpa. Me debo al público. una hora de emisión. Quiere vivir solo. No me gustan los claveles. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos? ¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. ¿Te van a entrevistar en mi casa?. éste era el perfil del ángel de la guarda. Lo peor de todo es que lo quiero. sin hablarlo siquiera. le dijo Virginia. le decía ella. lo estaba hojeando. cambió de tema Verónica. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?. se dijo un día Verónica. se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que humillarla y tratarla como a una nena. Lo odiaba. No vivía en Colombia. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo hiciera nada contra ella. Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. Respetó su decisión. Pedro Pablo Porras. Sí. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. como le dijo colérico? No te dejes manosear. No me incomodas. Y la sostenía abrazada sobre su pecho. sus veinticinco millones. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas. exclamó alarmada Virginia. ¿Cómo iba el gimnasio?. a mi casa no entra una cámara. gracias. Porras había descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol? ¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book. Se encerraba en su cuarto y no salía sino cuando Leo iba a buscarla. pero lo decoré para mi satisfacción. Por eso está siempre en la biblioteca. quería conciliar Leo. tengo la impresión de que te incomodo. no joda!. muchas horas de tensiones en el estudio. Y no lo hizo. le dijo con rabia. vocalice bien. Grababan el programa de la semana. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo. ¿Cenamos fuera?. ¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio. por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. no quiero que nadie entre en mi vida privada. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén? ¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda". se interesó Virginia. La policía había encontrado en la casa de Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo. Ella lloraba. preguntaba con sorna. le dijo Verónica. y cogía el florero y lo vaciaba en el tacho de la basura. La censuraba por comer demasiado de prisa.

¿Era posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto. intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. declaró. ¿No era su socio?. ¿Hasta cuándo?. no había documento firmado. Estoy limpia. ¿Relacionaba la muerte de Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones de ningún tipo. Quería casarse con ella. por gratitud. La aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?. se resolvió todo así de fácil?. replicó Virginia. te piden autógrafos. preguntó Verónica. Celebraba su actitud amistosa. Te reconocen en la calle. había respondido ella. corregía con igual severidad sus defectos. No sabía cómo ni con qué medios. No tengo ganas. se quejó. sin dolor. Upegui siempre fue misterioso en ese aspecto. Eres famosa. tradujo Virginia. porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con Epaminondas Romero. ¿Por qué no sales?. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. dijo Beatriz. le recordaba. Era un camino breve. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó. sin decidirlo ni resistirse. Dos o tres veces. le replicaron. Como amigos. le había preguntado Verónica a su amiga. Extrañaba a Leo. ¿estaba claro el asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. Las cartas pasaron de la devoción al amor. ¿Había aparecido Roldán? Sí. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique en Miami. En el Monte de Venus. Saldría libre. se casaría con Porras. a ese arreglo habían llegado desde el principio. Es mi vida privada. después. No. ¿El Monte de Venus? En La Calera. Todo había sido demasiado rápido. Upegui tendría una participación. le preguntaba Virginia. pero tenía la sensación de estar transitando una extensión ilimitada. le preguntó a la madre. había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. preguntó Vero. dijo Virginia. con bigote y papada. La estimulaba en su trabajo. pero había aceptado primero sus caricias furtivas y. me gustan los hombres. apenas con nostalgia. En las noches. ¿tenía eso alguna importancia? La tiene. Me ha protegido. No creo. por la pena que le producía esa muchacha. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo. aclaró Virginia. ¿Se veían?. se dejó hacer el amor como si así recompensara tanta lealtad. la correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. todo había quedado en compromiso de palabra. de la noche a la mañana. ¿Así de fácil. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera. La correspondencia empezó a ser casi diaria. Verónica retrocedía en el tiempo. cambió de tema. como el vínculo con Romero. siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?. Si el negocio prosperaba. Beatriz le reveló que. revivía episodios. Vendría a visitarla personalmente la próxima semana. no había sido fácil. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda. elogiaba sus aciertos. La habían llamado a declarar tras la muerte de Upegui. Capital de trabajo. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir. Porras le ha pedido que pruebe suerte de modelo en Miami. te invitan a todas partes. decía Vero. le dijo Beatriz. No conocía sus relaciones ni amistades. preguntó Verónica. explicó riéndose. Un 144 . le preguntaron. ¿Era entonces lesbiana?.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. se preguntaba Verónica como si repitiera las palabras de Leo. había algo más que amistad entre ella y Upegui. ¿No se lo había contado? Te veo tan poco. viajaría con él a Miami. Varias veces. Uno necesita equivocarse. ¡Qué importa!. no sabía por qué. la investigación abierta por sus relaciones con Upegui pasó a ser polvo de legajos. Aceptó ser el segundo defensor de su causa. cosa rara en ella. Sí. respondió ella. por soledad.

Virginia no mostró interés en las imágenes. Destrucción y escombros. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy Bírthday".Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tupido bosque sobre una montaña. —¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas? Vero no lo pensó. —¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica. Cumplió los veinte años. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó. quería comer con una buena salsa. También ella se sentía envejecer. Sabía que era un día cualquiera del mes de septiembre del año 1989. Está más viejo. Virginia la abrazó y le acarició los cabellos. Al regresar a casa a medianoche. Era una idea fantástica. repitió Verónica. —¿No te hace daño? —preguntó. era un paisaje patético. cenarían en El Refugio Alpino. si la hacían engordar. El corazón no revive en un lecho de cenizas. parecía decirse. Las turbulencias de los últimos meses habían dejado sus huellas. —¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó. Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa. Leo la llamó horas más tarde. íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no revivía en un lecho de cenizas. 145 . Virginia se ausentó por unos instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Había envejecido.. —¿En qué piensas? —En Leo —dijo. exigió Verónica. qué importaba. el cuerpo salpicado por estrellas doradas.. dijo al regresar del fugaz recuerdo del hombre. No le interesaba salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase. "La vida apenas empieza". Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita bailando en la cima de fresas. había escrito con su puño y letra. Un atentado más. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp". Que sea champaña. —Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la tarjeta de Leo. preguntó Verónica. Verónica vio las imágenes y le subió el volumen. junio de 2003. con el televisor encendido. irían después a tomarse unos tragos en la plaza de Usaquén. ¿Cómo así?. hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí. las canas no sólo vestían las sienes. Cartagena de Indias. Llamaría luego a Max Domínguez. La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68. —Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre. —Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. Se pondría el vestido de Gianni Versace. dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona. Verónica no recordaba la fecha exacta. ¿Tenían algo. —¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia.

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