Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Seix Barral Biblioteca Breve

Cubierta “Empalizada” (2001), óleo sobre lienzo de Beatriz González

© 2003, Óscar Collazos © 2003, Editorial Planeta Colombiana S.A. Calle 21 No. 69-53, Bogotá

Primera Edición: agosto de 2003 Impreso por: Editorial Linotipia Bolívar

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas. "La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil. Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos. Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de mujeres obsesionadas por su belleza.

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Incluso un dios envidiaría el dulce gozar de esta morada. F. penetremos en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se permiten todo para satisfacer sus deseos (.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir al hombre y corregir sus costumbres que. al leerla.) Les crimes de l’amour. amor mío! ¡Mira esta gruta. DE SADE ¡Ven.. disfruta en ella del suave aroma de las rosas.. de RICHARD WAGNER 4 . Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg o Monte de Venus). D. A.

5 . la pondría más nerviosa y alterada. porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. deletreando nombre y apellido—. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día. Virginia viuda de Oropeza. Por un capricho extravagante. según dijo Virginia. —¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña. desplegado en la cama matrimonial de su alcoba. repetía con rencor. El arreglo del salón se había hecho como Virginia quería. Al principio no supo qué hacer. nunca pensé que fuera este día —le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana. adornada en una de sus paredes con un gran crucifijo de bronce. de soltera Villalba. Y lo dijo llorando. —Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—. las mujeres del servicio trajinaban en la cocina. no era lo que esperaba en un día tan especial. imaginando que la cama debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules. ¿Qué se han creído. había invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de quince. —¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza. ni uno más. es que no entiendo la hipocresía de esa gente. Verónica. rodajas de melón y papaya. todos compañeros de clase. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo. La fiesta empezaría dentro de dos horas. había dicho Virgie a su hija. que ya eres mujer. pensó Virginia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Verónica Oropeza —empezó a decir la madre. —Aunque la esperaba. té con leche a cambio del café que. habían salido con excusas. veinticinco invitados. frente a la confusa masa de sus recuerdos. huevos revueltos con jamón y queso. aterrada por el grito. es que no cagan mierda?. las medias y los zapatos nuevos. la había ennoblecido con un baldaquino adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios. forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada. porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura? Eran apenas las diez de la mañana. ¿Por qué si ella. Pero nada como el amor propio para sortear esa clase de humillaciones. En principio eran cuarenta. pero diez se habían excusado. dándole más importancia a la frase que al vestido. la joven habría de recordar esa fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a convertirse en mujer. ¿no crees que le queda divino a mi cama? —había dicho al elegirlo. a lo cual la madre había restado importancia. Años después. según lo pedido en la invitación. Veinticinco. Encima del tocador de la alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos. Alégrate. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran su asistencia. Vero. pasó un último vistazo al vestido de cumpleaños de su hija. dos camareros se afanaban dando un último toque al decorado de la mesa. orgullosa en cambio de la fiesta que daría a su hija. carajo. Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos. otros ni siquiera habían respondido a la invitación. gritó. Una ganga. Para apaciguar a la hija. era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de Verónica. Todavía era temprano. El desayuno fue esa mañana más abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria. todos sentados. los que han querido venir. habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. sin tener que decirlo. Amanecer manchada de sangre. chismes escuchados en el patio de recreo. manchones rojizos en las sábanas. Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia entre sábanas inmaculadamente blancas.

se dijo. Desgranaba consejos con su ronca voz de antigua fumadora. Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre. —¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma. Vero. en momentos de exaltación o rabia. salían las procacidades más atrevidas. —Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada. aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres. a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra "deseada". Más de un detalle decorativo de su casa provenía de restaurantes. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a esas niñas blancas y desnudas. Con el tiempo. llena de desconcierto y orgullo. Virginia viuda de Oropeza. a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al suyo. con el paso de los años. boutiques y hoteles de paso. se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. Virginia se encaprichaba con nimiedades ajenas. —Tendrás los pechos grandes. cuando le fue dado frecuentar hoteles de una noche o fines de semana. Al escucharla. En años de paciente aprendizaje. dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y deseada. También ella se había desarrollado a esa edad. Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje. riéndose de la complicidad establecida con la hija. No era el único recuerdo de sus travesuras.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña. convirtiendo el humor en sustituto de su melancolía. Virginia empezó a sentirse orgullosa de la inteligencia de su hija. costumbre que ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que. precisamente por ignorarlos. bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la espalda—. aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que. al verla sumergida en el remanso de agua y espuma. A medida que secaba el cuerpo de la hija. el gradual cubrimiento del pubis. apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua caliente. Virginia le repasaba con la vista las incipientes vellosidades de axilas y pubis. unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío. Se reía 6 . Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de repente al mirar el sombreado del triángulo. no quiso preguntar nada a la madre. acomplejada por la negra. ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su hija? ¿Serían oscuras o claras? Nada que no pudiera remediarse. las celebraba como si fueran graciosas ocurrencias. Verónica hacía su prometedor tránsito hacia la adolescencia. de soltera Villalba. el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince. —Mujer no. Verónica no se escandalizaba. aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. Virginia se anticipó. La niña. frascos de aceitunas. montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y oscuros. ceniceros de restaurantes. al que acostumbraba podar triangularmente. recordándole a la hija que. exquisiteces de supermercados. serás francamente irresistible y deseada. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo. Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos de la pubertad. también ella anunció. recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de un hotel de Cartagena de Indias. envueltas por el velo de la inocencia—. enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. —Ya verás. le daba mayor emoción a su aventura.

¿Por qué coño y no "cuca". Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener. abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía. como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. deseada por hombres que pasaban de los cincuenta. todavía desnudo y con las ropas en la mano—. exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada. Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de Indias y Buenaventura.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre menos áspera. Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo. ramas oscuras que hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico. no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la sábana—. —Tus orígenes de negra. un adulterio desinteresado. Lo sintió crecer tan de prisa. le dijo que en los pelos de su coño —éstas fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. a ser preferida como amante clandestina. Virginia supo. por cierto ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—. Ve a revolcarte con tu negramenta. —¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama. —No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta. entonces. No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas. que estaba destinada a ser más querida que novia. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán". cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor consistencia que antes. Estaba destinada. El ingeniero Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. por la frecuencia de sus amores. evidencia que la curó de las debilidades del sentimentalismo. gracias a la vulgaridad domesticada de su mestizaje. un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio. Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de pocos años. le dijo él de manera jactanciosa. Tienes pelos de negra. 7 . —Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica. El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. motivos de vanidad y no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia. —Lárgate. Fue un accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida. nada más que eso. La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años hacía de Virginia una mujer exótica y. No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia. Esto era al menos lo que respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día. Nunca volvió a ver al muchacho. En el umbral de los veintiséis años. Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. de allí que en sus pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar una pareja con futuro. Deberías sentirte orgullosa. por lo mismo. como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos. ¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes.

como era la moda en las mujeres adultas. frente al gran espejo de la alcoba. se habían suavizado los rasgos de la herencia. jóvenes como su hija. Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Envuelta en la blanca toalla afelpada. quizá menos abultados y más finos. Marcaría las cejas. la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña. Le diría adiós a la ropa interior de niña. de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza". Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. Una semana antes. mamá —había protestado Verónica. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la esperanza de verlos cumplidos. bajó de una camioneta negra escoltada por tres hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—. Vero. ensalada de endibias con queso Roquefort. Sólo faltaba el collar de perlas falsas. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. La precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante su matrimonio. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran realidad. A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados. Secretaria o esteticista. la niña se dirigió a la alcoba principal. El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile. La madre le eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas dos años atrás. No se trataba de mentirillas ni alardes. apretados en su triángulo. El ingenio y la conciencia de su hermosura. holgados en los muslos. sombrearía de azul la superficie de los párpados. sorbete de limón entre la entrada y el plato principal. la certidumbre de saberse atractiva. Verónica estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje. A quien le preguntara por el origen de la carte. Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse. aplicaría un poco de color a los labios. De una generación a otra. Los zapatos de Gucci. Cuando la madre hubo terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil de una quinceañera. Vestida y maquillada. hacían juego con la cartera de la misma marca. aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco. Verónica dejó de ser una niña de doce años. Virginia había hecho pintar de azul el cuarto de la hija. un fucsia que. pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. Como decía Virginia. de la misma edad de Verónica. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera tomado en mediocres oficios de supervivencia. De esta manera. langostinos en salsa de maracuyá. borrando para siempre el rosa de las paredes. trufas de postre. cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la viudez. te debo el de perlas auténticas. torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el momento en que se sintió irremediablemente viuda. ajustándole los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido. en la periferia de Quito. Una niña. dibujando minuciosamente sus formas. que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje realizado. parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña. parecidos a los suyos. Los invitados eran recibidos en la 8 . de tacones medianos. —No exageres. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas! Virginia se encargó del maquillaje. para que la niña diera una última mirada al espejo. En todo momento. La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios.

dijo ella. pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen de tanto derroche. "Señora —le diría después a Virginia—. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que. donde se empezaron a volver populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales. —Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. dijo Virginia. 9 . aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la postró durante una semana. Las trufas. Esperaba a la madre. preguntó con voz aflautada. brazaletes y sortijas. Vendo seguros —se defendió ella—. Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia. como la hija. —Cuando sirvamos el ponqué. ¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita. Entre todos los regalos. ¿no tiene un Moscatel. Tenía Martini. le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda ¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión infantil. mejor si le ofrecía un trago dulce. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera Verónica Oropeza. dedos y muñecas. diosa del amor que Verónica descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía. la niña traída por sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro. La mayoría de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino. siendo ella una viuda de recursos desconocidos. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas. Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados del día anterior estaban los autores de aquellos rumores. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la maledicencia llegaba a sus oídos. Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el porte con que la mujer lucía collares y pendientes. los escoltas de la niña dicen que la van a esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo". la deslumbró el de Matilde. de mangas ajustadas a los brazos. enjoyada en cuello. haciendo esperar en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas. y Virginia soltó una carcajada. Y cuando apareció. y aprovechó la llegada de otros padres para despedirlos uno a uno en la puerta de la casa. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos ni conocía las trufas—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca. Le ofreció una copa de champaña. Conjeturas malévolas. fruto de la envidia. pensó. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco. ceñido en la corta garganta de la niña. El cuello del vestido. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final. de casualidad?. incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de encajes. un chorrito de soda y gotas de Angostura. hubiera querido preguntarle. prolongada hasta las siete de la noche. se hacía acompañar por un jeep blindado con escoltas. dijo una de las chicas. según se supo en todo el colegio. una insignificancia si se miraba bien a Matilde. para que lo supiera. Al hacerlo en el momento oportuno. ¿En qué trabajaba su marido?. eran exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados. ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero. perendengues que ella consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura. cuando le agradeció el regalo de la gargantilla. madres de niñas que llegaron a husmear a último momento. castigo de la naturaleza. eso fue la fiesta de aquella tarde. La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por primera vez la noche anterior. rodajas de naranja. Y al maracuyá lo han empezado a llamar la fruta de la pasión. Y le preparó un mejunje con Martini rojo. una mujer a la que no se le conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. No. esas preguntas no se hacían. estrangulado en el cuello por una pajarita morada.

llamó bosquecito a su Monte de Venus. de espaldas y de perfil. se acostaron juntas en la cama. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad despertada por las afirmaciones de la madre. cortejada por los chicos mayores de otros cursos. la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la respiración debajo del agua. Se miraba de reojo. los ensortijaba sin propósito ni malicia. Memorables habían sido para Verónica la fecha de su cumpleaños y su primera menstruación. se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. dejó atrás la niñez y se empezó a enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. Más abajo. ¿serán demasiado grandes?. erizados cuando la mano era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La fiesta había sido fantástica. en el fondo. empezaba un territorio de incógnitas inexploradas. La bañera. Atrás quedaba su pasado de niña. el rosa de las paredes. de frente. Digan lo que digan. Al fin solas y rendidas. Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. sobre todo. Acariciaba sus vellos. antes de acostarse. cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones. Con 10 . —Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se deba exhibir. Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. era usada cada noche. La ropa interior. el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase de un lugar separado del cuerpo. por los botones hinchados de sus pechos. Las caderas se curvaban. Como no podía burlar la disciplina de usar el uniforme. partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del agua. Virginia creía que la ropa interior dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina. Aguijoneada por las premoniciones de la madre. pasaba una mano por la curva de sus caderas. Aprendió a admirarse y a tocarse pero se aburría al momento. las muñecas almacenadas en el armario. cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo. ¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. Nacía a una nueva vida. los pezones. El roce de la espuma. por la erguida redondez de sus nalgas. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. que antes cumplía funciones de ducha. despuntaban con una dureza que antes había pasado inadvertida. adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el espejo de su cuarto. Halagada por la madre. admirada por las amigas. la ropa interior de niña que fue a parar a manos de la empleada. pues atribuía al frío de las mañanas el endurecimiento de sus senos. Como si jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo. sólo para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. porque. paseaba por la habitación sin abandonar el reflejo del espejo. La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o insignificante de los acontecimientos que vivimos. llamó tacita al ombligo y melones a sus senos. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía acariciada por la textura de su pelusilla. Empezaba a pensar que su ropa interior no estaba destinada a cubrir. no le pares bolas a las habladurías. Se probaba nuevos juegos de ropa interior. admirada y envidiada.

quien intervino para abrir un cupo a la hija de su amiga. No consiguió como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas. obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto marido. considerándolas chiquillas. aparecería como por encanto la prosperidad. Virginia pidió citas con el director del colegio. La pobrecita Matilde. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan. Y lo era porque se esperaba que apareciera con los regalos más espléndidos del mundo. Un dato. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. Hablaba sin timidez. chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras. rogó el favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre. Éstas se podían contar con los dedos de las manos. dejando atrás las privaciones anteriores. dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa. de un día a otro. soy la nueva. La niña. uno de los escoltas que la acompañaban. era una solitaria engreída. desconoció al comienzo las reglas de quienes desde muy niños. tratarán de hacerte sentir una intrusa. Para darle muestras de agradecimiento. trató de mostrarse amistosa. la oveja negra del curso. Era sin embargo espléndida en sus regatos. censurada por otras. donde comía sola las exquisiteces que le entregaba. Verónica actuó con la mayor naturalidad del mundo. Cada vez que la encontraba. Pocas compañeras se maquillaban. explosión de alegría que las demás calificaban de escandalosas. Mi hija se merece un buen colegio. Verónica lo hacía regularmente. No había cumpleaños o celebración a la que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos superiores. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas. habían hecho de aquel colegio una segunda familia. Es muy inteligente —decían sus profesores— pero no pone de su parte. No le fue difícil adaptarse. Imitada por unas. de 11 . Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases podría ser una de las mejores alumnas. Sorteó las dificultades de conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. se había graduado con honores en tan respetable colegio. olvidado por descuido. Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que podía satisfacer con creces sus compromisos. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad. Sus risas eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos. Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. Después de la muerte de su padre no pensó que. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. Obró a su favor y sólo en parte. Prefería a los chicos mayores. insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su solvencia económica. por lo nueva. y omitía las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla del grupo. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás. se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos. a primera hora de la mañana y al entrar al colegio. —Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas. Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus compañeras. Verónica le agradecía el regalo de cumpleaños. Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de sus compañeras. no tanto para enseñar el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores. el ingeniero Arturo Oropeza. se dijo Virginia. aislada siempre en un extremo del patio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus deliberada coquetería. Se refugiaba en el baño retocaba su cara. Con tenacidad de luchadora nata. Gracias a las advertencias de la madre. Y.

¿A qué clase pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. vestía ropa de moda y de marca. Es riquísima. No era feo. No se decidió por ninguno de los camorreros. Si la sentía cerca. ¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el mejor de la clase. ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos. No era feo. No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado. el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. Le dio la espalda y corrió a protegerse en uno de los salones de clase. le aconsejó Virginia. Si se proponían ofenderla. Sólo la miraba furtivamente. El orgullo sería su mejor arma defensiva. —Coqueta sí. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia. el sello de su misma clase. al saberla lejos se entristecía como perro apaleado. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. Compañeras y compañeros de clase acabaron aceptándola como si ostentara. lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento. lo eligió para la primera cita y el primer beso. El primero le había tocado las tetas. A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en numerosas especies animales—. fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. servirse de él cuando lo necesitara. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso. Eligió a un cuarto. Vero se atrevió a encarar al muchacho. otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. —La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. el que estaba fuera de toda discordia. adolescentes fascinados por su desparpajo. Se impondría por su propia fuerza de carácter. ¿No era la amistad una prestación mutua de servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. se ganó a pulso simpatías y reputación. cuando Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. Uno decía haberla besado. Supo que dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo. con quienes le salieran con altanerías. un amor lleno de tribulaciones. no 12 . informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa. Matemáticas o sociales. era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para aviones. al igual que ellos. Un día de estos vamos a cine —lo desafió. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia. siempre se deja a alguien fuera del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa. aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil. si era el caso. perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al saberla presente. Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó a saberlo un año más tarde. porque ¿qué elección no lo es? Al elegir. Le dijeron que otro compañero sufría parálisis al verla. debía actuar como si no fuera con ella. una elección cruel —se dijo—. huía. era sencillamente pusilánime. lo que importaba era tenerlo de su parte. el amor callado de los imberbes. Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este admirador. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza. Cortejada hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores. Se la disputaban. fingió ser mayor de lo que era. El muchacho palideció—. Experimentó la vanidad de saberse disputada. tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de deportes. pero huía de lo que deseaba tener cerca. Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera. que la sola idea de decir lo que lo atormentaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida.

de quien fuera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. menos tratar a las mujeres. Tal era el cálculo de Virginia. no hagas ruido mi hija duerme. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le pidió que se vieran en la tarde. de él. —¿En tu casa. nunca desayunaba con ellas. subir las escaleras hacia el segundo piso de la casa. Se acercó a él con el pretexto de pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. obras de arte en las paredes. En ocasiones. A su edad. Desde los siete años. en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana interminable. Sarmiento era un desahuciado social. todos dijeron que era una excentricidad más de esa loca. pedirle a la empleada que les prepara cualquier cosa. ¿hacia dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. cocina gigantesca como un potrero. Llegaba tarde cada noche. porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. eran los mismos de todo el año. Se las sabía todas. una de sus vainas raras. por prudencia. Así que cuando Verónica se acercó a él. a la salida de clases. No habría problema si un compañero la visitaba. —No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable. Nunca había sido más atractiva que ahora. se sentía acosada por los remordimientos. se organizaban en las cafeterías cercanas. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida por el acné. lo envidiaban con desdén. La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. me invitaron a cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha. No era apuesto ni atlético. confío en ti mija sé que eres responsable. Virginia podía seguir dándose el lujo del amor. No lo admiraban. donde quedaba su alcoba. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. Le dijo que era huérfana de padre—. —No hay problema con mi padre. se burlaban de su modestia. la casa de Verónica era una casa de ricos. que sus zapatos. de suelas remontadas. Para el joven. cada viernes. concedía siempre la madre. ni siquiera era convidado a las fiestas que. negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos. tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones. La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia. por qué en tu casa? Nadie lo invitaba nunca. que Verónica se acercó a él como si cortejara con la lepra.. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas. Se mofaban de él a sus espaldas. cuando salía soberbiamente vestida y maquillada. La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. Vendía seguros —le explicaba a la hija. siempre pulcros. siempre un desconocido que. decorada con toda clase de electrodomésticos. mejor dicho. prometedoras escaleras hacia la segunda planta. Soy el mayor de tres hermanos. con salón exquisitamente amueblado. todo para llevar la contraria. Podía llevar a casa a sus amigos. reproducciones o falsificaciones de obras de arte. La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada. quizá su padre 13 . de divertirse como quisiera. advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa. Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito. ésta era la retahíla que le lanzaba desde la mañana. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. Era el sobrado de la clase. toses nerviosas. A veces escuchaba sus risas. Lo invitaría a tomar algo en su casa. Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. Le guardé dos años de luto a tu padre. Tal vez viviera en el noroccidente de la ciudad. Se decía que no era inteligente sino un repelente fenómeno de la naturaleza.

el afiche de David Bowie in concert. Fuerte en su naciente belleza. tal era la conclusión que sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno. Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente. como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto. Ella debió hacerlo por él. No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. Débil en su fealdad. acomplejado en su pobreza. con remiendos y tijeretazos. les gusta escuchar música celestial. segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos superiores. pero el detalle más llamativo llenó de rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas. te dio la ventolera de cargar con ese negro. vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal. habiendo camisetas con los cantantes que más te gustan. nada de esto quiso saber Verónica cuando Teresa. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan? Nada la haría cambiar de elección. que llegue acompañada —secreteó—. la herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel. abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad: —Cómo me gusta. exactamente en su base de sustentación. No importa si les mientes. Tardó más de quince minutos en regresar. anticipándose así a otro consejo de la madre: —A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de los hombres será tu fortaleza. Una camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley. pero debe tener su gracia. Reapareció vistiendo unos yines desteñidos y ajustados. —Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. el equipo de sonido colocado sobre la alfombra. Nelson ni siquiera demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado. Decirles a los hombres lo que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una intrincada estrategia femenina. Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. 14 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos. que Virgie llamaba single. Prométeme que me ayudarás a estudiar. Te invito a cenar. Nelson lidió con la ignorancia de Verónica. miraba los garabatos que llenaban hojas y hojas. —¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con esta prenda—. la empleada. Voy a perder la materia —se asinceró—. los almohadones de terciopelo. la reproducción de La Maja Desnuda de Goya. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los defectos de los hombres. niña. que me harás el examen —dijo sin preámbulos. —No entiendo nada —le dijo ella—. —Tú lo puedes todo —dijo ella. —En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia. el escritorio de cedro. las fotos de la niña en distintas poses y edades. Subió a su cuarto. discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué. herido en una nalga. el baño privado a unos pasos de la cama. El rey del reggae fumaba un largo pitillo de marihuana. Vestí también una camiseta. Feíto sí es. la cama sencilla. orgullosa en las apariencias de su riqueza. Y eligió su cuarto. con el rostro de Bob Marley. estrecha y excesivamente corta. ¿En la sala o en mi cuarto? Nelson no respondió. Un yin desteñido tijereteado. casi solemne. Serio. —¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—.

. ahora entrecortadas. No fue fácil. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos — Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia. le susurró cerca del rostro. Duplicaría el examen. le dio un rápido beso en la mejilla. ya era tarde. Una semana antes de los exámenes. tiene una canción que me encanta. Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera. Gracias por ayudarme. Verónica comprendió que lo hacía por ella. su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado. Le dejaba las notas. por la lenta seducción emprendida desde el día del primer beso. A cuatro cuadras. su madre lo esperaba siempre a las ocho. Lo hacía por. desviando la mirada hacia el cuaderno de apuntes. eres genial. Entonces ella le dio un beso en la boca. desprecio de sus compañeros. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres hermanos. Rozó intencionalmente su mano. que prometió ayudarla en el examen. casi nada. hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si querían cenar en el cuarto o en el comedor—. no sería un examen perfecto. muy cerca de la boca. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo que su conciencia repudiaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Sentados en el suelo. antes fluidas. Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi. ¿Lo había aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión? 15 . —¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen. ¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial. no creerían que de la noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. como si tratara de devorar la otra lengua. dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras. No fue sino más tarde. Verónica entendía tanto de matemáticas como antes. cometería algunos errores. repasaron libros y cuadernos de apuntes. pensando que tal vez el halago compensara los desprecios de que era objeto en el colegio. No voy a poder con esto — repitió Verónica—. Eso bastaba —le dijo Verónica. —Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo. Él la miró un instante y agachó la cabeza. Impulsada por una fuerza instintiva. merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen de tres punto ocho. —Tú lo puedes todo. Nelson le dijo que nunca había hecho nada parecido. le entregaba la promesa de ayudarle en el examen. Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero. No pudo concluir la frase. cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. un largo beso con lengua. cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de su debilidad.. si descendía hacia la carrera Séptima. elogios de sus profesores. ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún compañero. Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo. Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras. ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno del colegio. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada. Era un buen imitador de caligrafía. No conocía nada de Bon Jovi. Si se lo hacía perfecto. como si se fuera a desvanecer en el instante. ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. es decir. —¿Me ayudarás en los exámenes? —Haré lo que pueda. aceptó ayudarla.

que todo el día no hacía sino pensar en ella. ¿Podría ella corresponderle? No. Había ido demasiado lejos en el juego. ¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse. Nelson había aprendido a responder. el beso que sabe dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería. Vero simulaba indiferencia. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. Entreabría los labios. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos segundos cepillando sus cabellos. Sólo una ráfaga. Le pedía al final una oportunidad. La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de haber usado al compañero. Y añadía que su sola presencia lo enloquecía. iba un momento al baño — dijo. como abandonado en un desierto. Una descabellada idea saltó como hermosa. interesada familiaridad. no a su casa sino a una cafetería de la Zona Rosa. Lo despidió antes de las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa. No volvió a invitarlo a su casa. conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos. se sentía mirada a la distancia. pues los errores eran la aceptación de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia. antes de salir a buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad. con más timidez que mesura. era un cochino gesto de maldad. hizo su examen rápidamente. Nadie —aceptó él en voz baja. Quería celebrar con él el tres punto siete. Verónica lo sintió más nervioso que antes. calculó ella. la víspera del examen. Le hizo una última invitación a Nelson. Lo veía solitario en el patio de recreo. movía tímidamente su lengua. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días siguientes. Se ausentó unos minutos. ni explicar tampoco el miedo que lo asaltaba en su presencia. No pudo aclarar las dudas de Nelson sino dos días después del examen. paralizadas por la tensión. Se miró en el espejo. —Mi madre me está esperando —dijo Verónica. encontró al chico tembloroso y pálido. el muchacho le dejó una carta encima de la cama. extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al frecuentar a Verónica. no podría ir más allá. Y antes de salir hacia su casa. pese a que sus manos se mantenían inmóviles. tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos borradores. Por olvido o provocación. Pese a todo. así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson Sarmiento. Tal vez la hubiera escrito en su casa. paralizado con la visión.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. ¿De qué? Quiero ser tu novio. Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa ayuda de cada tarde. Desde allí pudo ver a Nelson. Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. Me estoy enamorando de ti. Pasó el examen con tres punto siete. El más 16 . pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto una rara. Verónica aceptaría después que algunas de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas. La contemplaba a hurtadillas. Esta última escena. se quedó con sus preciosos sostenes. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella. Y cuando se cruzaban en el colegio. se dedicó a hacer el de ella. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. nada más un guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción. Al regresar al cuarto. Salían del instinto y ella misma se reía del atrevimiento de algunos actos. dejó entreabierta la puerta. Nelson se quedó silencioso en una esquina. Y le dio un último beso. incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba. teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados. Nelson imitó la caligrafía de Vero. envenenada inspiración: se sacó la camiseta. ese día. decía. a la húmeda caricia de cada beso. salió del ángulo de visión y volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa.

Del calor de unos pocos. La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. En los días siguientes. miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes conductos. Nelson Sarmiento se perdió así de su vida. sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza. del amor. no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del silencio—. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. le manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar raspando al siguiente curso. se preguntaron quienes lo envidiaban. extraído de la timidez o la humildad. Nelson la aguardó a la salida de clases. Aunque no lo trató con desprecio... a la más incomprensible indiferencia. quería decirle el niño a la niña. Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de conejo degollado. Le hablaba de las cartas. sumergido en aludes de arena. no la habían conmovido sus súplicas? Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. intensos días. Armado de coraje. de los insomnios. Pensaba en la frase repetida por sus compañeras: Se está madurando biche. Cada cosa en su momento. de volumen generoso. segura de haberse quedado con más preguntas que respuestas. Verónica lo eludía a conciencia. de su actitud sumisa y suplicante ante la engreída Verónica. Tenía trece años. sintiéndose incapaz de domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche. Las rompía con el desdén de una sonrisa. tolerantemente caídos. de lo que no era capaz de decirle y que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre. Sin poder dar una explicación convincente a la madre. Nelson se transformó una mañana en adulto. Llegaría a los catorce abrumado por los honores. no respondía a sus mensajes desesperados. oculto detrás de los arbustos. ¿No había leído sus cartas. Verónica le dijo que no temiera. Nelson pidió ser cambiado de colegio. No sé de qué me estás hablando —le dijo. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas 17 . —Aunque parezcas mujer. —se alarmó. Nadie supo por qué cambió de colegio. No me digas que. Le hablaba de lo que no podía hablarle. que le arrancaba a dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había sido: el sosiego del olvido. de la espera. Salía de su escondite cuando la silueta de la niña se perdía en el tumulto de otras niñas. Nada de eso. —¿Existen niñas precoces? —Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. Se mofaban de él. entreabierta en la parte superior. pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita. Se percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón defraudado. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase? ¿Dónde estaba su inteligencia?. ambos tan precoces como inesperados. Cuando por azar se tropezaba con él. no para abordarla sino para contemplarla a distancia. del sufrimiento. Y dejó en el aire la conversación.

¿Por qué tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un senador estaba llena de peligros. Permanecía mucho más tiempo en casa. ¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre —aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo especial". preguntó la niña. Virginia ya no salía en las mañanas ni regresaba en la noche. jMikonos! —exclamó Virginia—. Italia. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se 18 . Si no ganan mucha plata. ¿A dónde salía cada mañana. luego a la madre. ¿Qué hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas —respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava. ni siquiera la amistad con Virginia viuda de Oropeza. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan. ¿Qué hacía un senador?. Aquella noche de junio de 1984. Pronto pasarían de ser amistades especiales. un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su Mercedes Benz blanco. Grecia. Años después. Lo cubría un hálito de paternalismo. El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso. un gentleman de sobria pulcritud y elegancia. El hombre se deshizo en cumplidos. Virginia le repetía que vendía seguros. frecuentes y a deshoras. me dicen que es lo más parecido al paraíso. conocidas en folletos de agencias. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó una carcajada. Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan. ¿Dónde quedaba el Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que era un mar que bañaba un costado de Europa. No seas necia. aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad ejercida ocasionalmente y a destajo. ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. ¿por qué son tan importantes?. una caravana de guardaespaldas que cruzaba los semáforos en rojo. España y África del Norte.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le había comprado hacía una semana. pero sus relaciones sólo se habían estrechado en las tres últimas semanas. exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. medió Virginia. lo que era cierto. en circunstancias siempre trágicas. primero dirigidos a Verónica. cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes. más o menos encubiertas. Desde entonces. Francia. visitas que Virgie nunca ocultó a la hija. dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas de la niña. ¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación de senador de la República. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social. a convertirse en relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan. como si nada valiera la pena ser tomado en serio. motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las calles. Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se parece mucho al tamaño de las armas. Le habló de islas de ensueño. conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente eficacia de sus armas. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. Lo comprendió sin saberlo decir. insistió. Aquella noche. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. aprobados por un pelo. ¡Pero si parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. Llegaba hasta los confines de Israel. Menos de lo que muchos piensan. tres veces senador de su partido. por qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. Lo había conocido un año antes. Sus visitas fueron más frecuentes.

¿Cómo toleraba Virginia el presente. Desde entonces. El mesero se precipitó a darle fuego. Roldan la llevó al restaurante de comida típica rodeado de tupida vegetación. discretos pendientes de esmeraldas. Más allá de sus límites. dormiría hasta tarde. apoyándose en el pasamanos. Se desnudó bailando ante el espejo. le exaltaron el ánimo. antes de salir de casa. El cuarto le daba vueltas. le dio un último toque al maquillaje—. Se acostó bocabajo en la cama. sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello. Al cabo de mucho tiempo pudo regresar tambaleándose. dormían su quietud de siglos poblaciones del antiguo dominio chibcha. Se sentía en confianza. La Calera era entonces una población de casi quince mil habitantes. Subió las escaleras con los zapatos en la mano. zapatos de tacones altos. La ropa que había elegido para la cena no era la adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda. discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados. sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. era mirada de manera agresiva por los hombres. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo. fundado en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía. hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. Mañana sería sábado. Como pudo. la champaña francesa descorchada a la hora del postre. A medida que se circulaba por la vía. Llamaba a Virginia desde otras ciudades. corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de vomitar. 19 . viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. sin futuro de un hombre casado? La pregunta dejó de tener importancia. La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que. le pedía que tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado. en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. Verónica se dio el lujo de probar el vino español servido desde el primer plato. Se sentó después en la taza del inodoro a esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. consiguió llegar hasta el baño. de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. ¿Por qué no se quedaba? Roldán era casado. bebidos sin prudencia. aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas. en el imaginario territorial de Virginia. una fina. Llámame Virgie. moteles y restaurantes. regalo de la misteriosa Matilde. era hoy un refugio de parranderos sedientos. Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa. pese a su edad. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. le enviaba el conductor y éste la llevaba al rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba. Devolvió toda la cena en el retrete. Te gusta el monte —bromeó Virginia cuando. Coñac no. —Pareces mayor —le susurró la madre cuando. El viejo pueblo. jóvenes a la moda arrastrados por la vorágine de la noche. El senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de campesinos. bares. levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros. Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus prolongaba a veces hasta la madrugada. El vino y la champaña. lejos de las miradas del alto mundo. Se arrojó al lecho de bruces. por tercera vez. haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban. a escasa media hora de la ciudad. Roldan prefería bares y restaurantes de La Calera.

matizó después. Mientras él vivió. Tan divino él. Alguno. sobre todo los viernes. nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie apareciera acompañada de personalidades amigas. Se dejaba en cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. Virginia le relató fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida. Entre los trece y catorce años. no por prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. Verónica se jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. Sin embargo. No les permitía ir más allá de estos escarceos. ¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos días. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán. Si la mano atrevida subía por sus muslos en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica retiraba la mano. Con la libertad de salir y entrar de casa cuando le diera la gana. Es que nunca habías bebido. Al despertar la niña no se acordaba de nada. se me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón. chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. la obligó a llevar la mano hasta su pene. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores. Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros. ¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao. La ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. vagando quizá en el peor de sus sueños. se ponía de pie. las chicas se arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro. le dijo Virgie. amigos especiales de la madre. Y nunca la vio en las páginas sociales donde veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como clandestina. Bebiste demasiado. detallista con ella y con la madre. con la soledad de estar al cuidado de Teresa. llevaron una 20 . Bebía mesuradamente. ¿De dónde sacaba Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. sobre todo los mayores. siempre galante y obsequioso. Nunca los dejó ir más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras licencias amorosas. perdida con frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano. Los muchachos salían de los rincones oscuros. Recordaba su primera resaca como una pesadilla indeseable. No es que hayas bebido demasiado. devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. la madre la encontró dormida y desabrigada. me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable. permitió que algunos de sus amigos lo hicieran.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al amanecer. Sus fiestas se volvieron célebres. Aunque rechazó el ofrecimiento de fumar marihuana. compañeros de clases superiores. cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó Virgie—. Teresa las vigilaba desde algún rincón de la casa. más atrevido. La cubrió con el edredón. celosa de que alguna pareja se hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta. prendía y apagaba las luces en señal de advertencia. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga. pero Verónica respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes. Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. siempre en ausencia de Virgie. las fiestas se volvieron puntuales. Creía que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir. a Isla Margarita y a Cancún? Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele.

adoptando en adelante horarios misteriosos. Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. porque era tu padre. No era una secretaria cualquiera. 21 . Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vida decorosa. pero no lo dejaron. ¿Hacía milagros la madre? —Hasta los cincuenta y cinco años. O el comienzo de un milagro. Había terminado la escuela en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo. Vivieron juntos once años. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la madre le habló del inmediato pasado. estudiados en universidades americanas y europeas. Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó como una mula. en la mesa de noche de su cuarto. escondería esas fotos. Tu padre era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo. en el orden económico. La niña se acomodó a estas nuevas circunstancias. Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. ocurrida en 1980. Los portarretratos donde se la veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares. todo empezó a sonreírles. El padre tenía cuarenta cuando se casó con Virginia. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—. Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella del difunto. Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años. todo. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos portarretratos tan horribles. Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. —¿Me permites entonces? —preguntó la madre. a los siete y a los diez años. —Escóndelas —le dijo la niña—. lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el testimonio de sus metamorfosis: de brazos. Y Virginia empezó a desaparecer con más frecuencia. Les alcanzaría para llevar una vida mediocre. Ningún hombre se va a enamorar de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de comprensión. que en paz descanse. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y. fue un trabajador incansable —le dijo Virginia a su hija—. —Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. jugando en una piscina. en adelante. A los treinta y cuatro años. tu padre. Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista. ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa. echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. en la primera comunión. La secretaria más hermosa y humilde. fue para la hija un misterio. Dos años después de la muerte del padre. No se lo reprochaba. era secretaria del doctor Arturo Oropeza. Una viudez incierta. quien apenas tenía veintitrés. partiendo un ponqué de cumpleaños. la edad que tenía cuando murió el padre. —¿Por qué no lo dejaron? —Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos. Si no fuera por ti. distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre.

Todo. gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social. la generosa Matilde. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica cumplió los quince años. animada por una orquesta de música caribeña. nunca la libertad de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la virginidad. no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada de la naturaleza. Si los años siguientes añadían algún detalle. Había tomado conciencia de su valor. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. fascinados por el escote de la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda. Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años. estaba hecho. era instintivamente recursiva. Iba y venía de Bogotá a Houston. Casi todos sus compañeros de clase asistieron a la celebración. En el transcurso de esos tres años. advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el tesoro de la virginidad. Casi todos. Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres. destino del que no pudo separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos. a sabiendas de que provocaría los celos de sus esposas. ilustrada con numerosas fotografías. Y a esa conciencia había contribuido la madre. los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y cambiantes. el curso de su carrera política y el honroso destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio. en su belleza. Las madres y unos pocos padres. Cada invitado recibió su respectivo regalo. La invitó al restaurante campestre de La Calera y allí. Destacaba por su inteligencia y sociabilidad. expuso las razones de su ruptura. muchachos que la rodeaban como avispas y olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus madres. a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible. Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. siempre con el consentimiento de la madre. Se tomó más libertades. manifestada desde los trece años. recompensado por el Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano. en aquel rincón del Monte de Venus. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por la mirada de los hombres. a quienes Virginia trató con familiaridad. Virginia 22 . Virginia le hizo una gran fiesta. excepto Matilde Fuello. todo en Verónica había seguido el curso previsto por la madre. En los tres años que habían transcurrido desde el día en que celebró sus doce años. Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán. incluso por los adolescentes amigos de Vero.

altisonante. le dijo a la hija. nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117. No le prometió regresar a buscarla. Quiso decírselo. Vendía apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. Virginia encendía las luces de su cuarto. —No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del arrepentimiento—. Casi no frecuentaba la casa. Ya no vendía seguros. Volvió a salir regularmente. omitiendo deliberadamente un nombre de pila impronunciable. Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta réplica se convertiría en otra. la llamó a su cuarto. decía que tenía trescientos metros cuadrados. Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador. Nunca le cayó bien a la hija aquel tipo estrafalario. Nunca. —¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas formuladas por la hija al día siguiente. se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. era un grato recuerdo lejano. que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. Él mismo se ofrecía a comprarla. Al escuchar la frase de la madre. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama. Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se empezaron a escuchar orquestas de mariachis. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. De aquí no nos movemos. de la mañana a la noche. La única resistencia venía de Verónica. no los míos. Un año después de la despedida. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero. sin contar la terraza. averigua por el origen del dinero. Si no nos cuesta un centavo. Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. a quien llamaba solamente por el apellido. se decía la adolescente. Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin promesas. Romero pretendía que Virgie la vendiera. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. Y siguió oponiéndose a la pretensión de Romero. La generosidad de Roldán había ido más lejos. Ni hablar—le dijo a la madre—. Había aprendido tanto del amigo especial. de quien Verónica se había encariñado. El dinero no tiene origen sino destino. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre. pero se abstuvo de decirlo a su madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una sortija de diamantes. lloró de arrepentimiento. Empezó entonces a frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento inesperado. Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre. Son sus gustos. serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie de su camioneta blindada. acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas: —En este país nadie. que tomó el aprendizaje como recompensa. que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó ella. escandalosa. Fue todo un caballero. ¡No seas altanera! —le gritó. a Dios gracias. Al final de esta travesía. lo que se dice nadie. —¿No ves que el cambio nos favorece. tampoco la refinada ironía ni la sabiduría del hombre de mundo. —Precisamente por eso —respondió la hija—. Su nombre se parecía a su fortuna: burda. el senador Roldán. Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. te lo va a cobrar de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija consentida por la tolerancia más extrema. rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo hasta desgañitarse cada una de las canciones. abría la 23 .

El uno manoteaba al hablar. en cambio. Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase enigmática. en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible 24 . Virgie soportaba una hora más de serenata. Epaminondas gana. Los muertos de hambre y los que sirven para algo. hablaban las joyas. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada que fritara carne y chicharrones. los arreglos florales diarios. la prefería con ropas llamativas y escotadas. Virginia descendía la escalera. tantos que. —Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. Sentada en un sofá al lado del amigo. Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera menstruación: —La debilidad de los hombres será tu fortaleza. Si la acariciaba en público. los tragos siempre dan hambre. ¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?. sin que supiera tampoco el origen de la plata. No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos. Le estampaba escandalosos besos en la boca. el BMW que reemplazó al Renault 18. también los músicos tomaban posesión de la sala. vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul. A los quince años. El amigo especial la ayudaba a ponerse el collar de esmeraldas. El patán. estaba condenada a sufrir humillaciones? Regalos y humillaciones. que la abrazaba impúdicamente. a la edad de su madre. —En ese caso. En su lugar hablaban los relojes. a la semana siguiente el reloj que Virgie usaba en ocasiones especiales. la generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera. aunque no pasaba solo. Acurrucada en un rincón de la segunda planta. convertían la sala en un absurdo invernadero. un roce cariñoso.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. Tiene una empresa de importación de carros. sus preguntas se volvieron más complejas. era una caricia sutil e inadvertida. ¡Pero si es divino. antes de marchitarse. ¿En qué era fuerte su madre. patacones y yuca. metía su mano donde se le antojara. al pie de la escalera. hermosa aún a sus treinta y siete años. la besaba con lascivia. Virgie abría la caja. el otro pulía sus ademanes con naturalidad. era lo que Virgie quería preguntarle a la hija. mi amor! —exclamaba ella. ¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de flores. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto. Sólo había dos clases de amigos —respondió ella. la tarjeta de crédito. Despertaba a Teresa y le ordenaba encender las luces de la casa. Epaminondas era invitado a pasar. Esa noche un collar. No concebía una sociedad entre el hombre que invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. Parecía como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la vulgaridad de tipos como Romero. por mucho que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. el otro gritaba exabruptos de camionero. otra la pulsera. ¿Toda mujer. Verónica miraba hasta que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. Besaba en la boca al amigo especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. la cuenta a su nombre. la largueza con que le pagaba a la niña sus clases privadas de inglés. Compadecía a la madre. El uno hablaba modulando cada palabra. Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo. Una vez terminada la serenata de la calle.

Lo que no comprendería era lo que le preocupaba a la hija. no le producían placer alguno. por unos pocos días y con demasiado misterio. que esos escarceos la dejaran casi indiferente. Verónica nunca preguntó nada. No sólo le molestaba. cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones. Su vagina era un túnel estrecho y yermo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor? ¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán. No podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas. De casualidad. con la severidad de las miradas. a subir el dobladillo de la falda. Se confiaban secretos y compartían preocupaciones. Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica. ella. que en más de una ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella. un restaurante del Monte de Venus. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. Verónica. A diferencia de ellas. Nunca los disfrutaba. que. su socio. Ella se oponía a que la hija fuera a recibirla. —¿Has matado a alguien? —insistió ella. —Porque tengo enemigos. No obtuvo respuesta. incluso la exploración digital en su vagina. la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida. la madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. ¿Había sentido humedades en su sexo. Podría habérselo dicho. La madre lo comprendería. la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos. la única aureolada por una leyenda mujer fácil. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su sexo. La compraba y enviaba desde Panamá. hermanos mayores de sus compañeras. Verónica había visto en un escritorio el recibo de la última consignación. gracias a sus temores. cumplió los dieciséis. Al día siguiente. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. Le hicieron saber. era la más asediada de las chicas. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo misterioso de estos viajes. como decían haberlas sentido sus amigas? No. alimentó su antipatía hacia Romero. porque sus amigas vivían experiencias parecidas. quería decir chicos de veinte y veintitrés años. que esas preguntas no se hacían a un hombre respetable y mayor. que había aceptado las caricias genitales como se acepta un vaso de agua. Pasó un año. Se desnudaba por vanidad. Virginia había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría. Verónica supo que su madre viajaba a Panamá. disfrutó del bienestar y de los caprichos que se satisfacían con sólo enunciarlos. la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato liberal a la Presidencia de la República. las caricias permitidas a los chicos. nada de eso. Hombres mayores. siguió preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre. Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. que parecían más de negocios que de placer. La vendía en las boutiques. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos. Acababa de depositar su pistola en la mesa de centro de la sala. Sin embargo. que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más lejos. imagen 25 . se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la hermosura de su cuerpo. dejaban siempre el desenlace inconcluso. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. la provocadora. —¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. y fuera de su casa.

Permanecía más tiempo en casa. Esa misma noche. Lo permitía todo. la esposa. ni siquiera iba al gimnasio. Terminó con Romero y no de la manera en que ambas. No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio 26 . después las amenazas. Virginia temió que no fuera un juego. sola y feliz en un ritual que demoraba horas. hubieran deseado. casi dos. lo segundo era cierto. le decía la voz anónima por teléfono. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. Sabía de su existencia. aceptaron ambas. una mansión construida en la falda de una de las colinas de Suba. hace tres años que no vivo con ella. de que una fiera acechaba en la sombra. Más de un año.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. Se probaba la ropa interior nueva. se dejaba invitar a fiestas privadas. No vivía con ella pero compartían la misma casa. Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser tema de confidencias con su madre ni con nadie. No estaba sometida a controles familiares. tenía el cuidado de mantenerse despierta. La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada por un hombre al que no amaba. Llegó a temerle. calculó Virginia. una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas. se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. Era más libre que las otras. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los primeros besos. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias. A cambio de la felicidad. con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público. Sospechaba que muchas de esas experiencias no eran más que fábulas. pero sus temores desaparecían cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas. ¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre de celos injustificados y reacciones violentas. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. el cuello y las nalgas. pero tenía siempre una excusa: debía regresar a casa. Sin escandalizarse ni envidiarlas. era afrentada por un hombre a quien no había amado. Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus encuentros con Romero era milimétricamente registrado. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara con una esponja la espalda. después de haber escuchado la amenaza. hermosa aún. Las suyas. eran experiencias reales. menos el acceso a su virginidad. No supo nunca ni fue advertida tampoco. en cambio. La abrazaba y el abrazo era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. ¿La llamaba Epaminondas Romero. que los informes eran ordenados y recibidos por Esperanza Mahecha. Lo primero no podía demostrarlo. Se escapaba con algún amigo mayor a una discoteca. humillada por la legítima esposa de ese amigo especial. Si la fiesta terminaba en un motel. Tampoco lo había conocido con Roldán. Mi mujer está loca. No vivía con ella y estaba loca. deje tranquilo a mi esposo. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. los pijamas transparentes. madre e hija. "viejo Epa". sobre todo cuando. Escuchaba sin escandalizarse lo que decían sus amigas. Virginia hubiera preferido un final menos humillante. Los baños de agua caliente y sales eran los baños preferidos cada noche. Le llegaron primero las advertencias. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre.

te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja gonorrienta. Y era esto lo que Virginia temía. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes. gritaba la voz antes de colgar. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba contra ella. que las maletas no llamarían la atención de nadie. Se encontrarían en el aeropuerto. Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día siguiente en la tarde. No valía la pena. cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito. como si fuera al colegio. decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo personal. sería siempre una fiera. La fiera podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. tú después —dijo Verónica a Virginia. Harían la rutina de cada día: la hija para el colegio. sin arreglarse. yo primero. la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. Las amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas. No grabaría amenazas ni insultos. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. A la mañana siguiente. Viajarían al día siguiente. Le suplicaba mantenerse lejos de ella.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cada mañana y regresaba en la tarde. Silencio o amenazas. Cada vez que sonaba el teléfono. Quedaba el recurso de su cuenta en dólares. su mujer estaba loca. La agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. Grábalas —sugirió Verónica. Mañana mismo nos vamos de vacaciones. Verónica enfrentó a su madre con la verdad. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre. Para protegerte —dijo la chica. —¿Hasta cuándo? —Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. El BMW estaría de vuelta en casa en la noche. —¿Tienes con qué? —preguntó—. Menos mal que el carro seguía en el garaje. Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. Él le pedía dejar la solución en sus manos. una cuentita que abrí hace tres meses en Panamá para comprar la mercancía. algo que ella no podía hacer en esas circunstancias. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud. una sorpresa para Verónica. insultos de verdulera. Por primera vez en la vida. empecinada en recuperar lo perdido. No debería decirle una palabra a Romero. decidía los pasos de la estrategia. había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje. Llamó en vano a Epaminondas. No se lo dijo a la hija. sí. Tal vez la fiera supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos 27 . que una mujer celosa. supo que había sido cancelada. —Saldremos por separado. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. el teléfono sonaba y del otro lado de la línea no había más que silencio y una respiración acezante. ¿Para qué? —preguntó Virgie. una investigación sobre sus ingresos y gastos. Ella le decía que no era una loca inofensiva. Dominaba la situación. No era el momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito. No se iban de viaje. Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. una explicación sobre sus viajes a Panamá. recluida en su cuarto. Y Virgie se sintió orgullosa de su hija. ¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un tiempo a casa. Viajarían a Curazao. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse a su fiera. Virginia temía que fuera nuevamente ella.

Un spa. ¿Llegó Virginia a estas conclusiones? —Venderé las joyas —dijo a Verónica—. casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero. Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. Virginia. por lo asustada. era el negocio que siempre había querido tener? —Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. La fiera se había quedado quieta en su madriguera. si se podía saber. Tal vez Esperanza. al tanto de los secretos bancarios del marido. ¿no era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no se dan por terminados de la noche a la mañana. —No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa. asustada por la proximidad de sus exámenes y. El Norte. —Se acabó —respondió Virgie. sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde salían. No viajarían a Curazao. le dijo a Virgie. De todas maneras. también la rabia de sentirse burlada. debía decidirse por una carrera universitaria. Pese a haberse acabado. montaré el negocio que siempre quise tener. Herida en su orgullo de mujer. Terminaría el colegio. saberlo todo. —¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica. Buscaría el sector apropiado. sí lo fue la frase rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia: —Estás envejeciendo. una muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría en los jóvenes de su edad. Tenía cuarenta y dos años. La hija aceptó las explicaciones evasivas de la madre. mejor dicho. buscar a amigas y amigos más aplicados. la decisión de romper "sociedad" y relación. conocer sus vínculos comerciales. sorteó durante días la depresión. ser la madre de sus hijos. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido. dio con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla. Puedes montar tu propio negocio. Administración de Empresas. Un local grande. le exigió al marido que la cancelara. Le había prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. Lo disfrutaría poco tiempo. —¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. Si nada de lo explicado era humillante. haberlo visto amasar en poco tiempo una inmensa fortuna. una nueva inquietud le quitaba el sueño: sutiles. figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio —soltó en su retahíla de justificaciones. un hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. había pensado la muchacha. muy grande. ¿no te das cuenta? Ahora el problema era Verónica y no Romero. Dio finalmente con el paradero del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. sólo podía ser el Norte. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por disuelta la sociedad. Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias. contaba con la cuenta en dólares y con recursos suficientes "para montar un negocito". Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés: estudiar. Venderé el BMW. más atenta y aplicada en el seguimiento de sus clases. Romero la había puesto en su lugar. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. 28 . Le dijo que no temiera por su esposa. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis cuentas. No existían documentos que lo probaran. ¿Cuál. trasnochar frente a libros y apuntes. como se dice ahora. hubiera ordenado cancelar la tarjeta.

aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas. mayor de cincuenta años. podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. el endurecimiento del vientre. en adelante. que no presentaba heridas ni signo de violencia física. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. Era una inversión alta y de éxito seguro. sobre lo cual se mantenía hermetismo en las informaciones de prensa. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia. La vida de Jane Fonda. en fin. el rejuvenecimiento. La línea recta que la condujo de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. Las autoridades descartan la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos. Dedicada por entero a su empresa. Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la remodelación del local donde funcionaría el spa. Hojeaba revistas extranjeras de modas. A su manera. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud. hipótesis que se barajó al comienzo. aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto fulminante. dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la firmeza de los glúteos. ni impactos de bala o arma blanca. la tersura de la piel. ¿Por qué en un motel de lujo? Virginia pensó. Verónica creyó que. un médico nutricionista y una buena fisioterapeuta. semidesnudo y al parecer cubierto a último momento por una sábana. Dada la decoración del lugar. jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia. Había hecho cuentas. Verónica le dio la felicidad de terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla preocupada por su ingreso a la universidad. que había tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. Muerto en circunstancias misteriosas y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. Podría tratarse de un motel de lujo. correctivos que se compraban en ese nuevo templo llamado gimnasio. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo. por fin. La venta del BMW fue parte de la inversión. el cuidado de los senos. serían un 29 . La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama. Llegó a esa conclusión después de leer esa y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que. el cadáver de Romero. su método de ejercicios aeróbicos. un proyecto apenas en ciernes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija. La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. Así que cuando Virginia emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio. No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de Epaminondas Romero en la primera página. Para los jóvenes. al superar el umbral de los cuarenta. del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los periódicos. Contuvo la respiración al leer. Del look. ¿Territorio allanado? Sí. Un gimnasio con servicio de comidas y bebidas dietéticas. Virginia había hecho el diagnóstico de la época. como se dice ahora. estamos viviendo la era de la imagen. Un hombre robusto. Se esperaba el dictamen del forense. Hombres y mujeres estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. Ella misma. sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante. la tonificación de muslos y brazos. leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos. Fue un arduo trabajo de meses. la lucha contra las arrugas. a sabiendas de que Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. Tomaba cursos especiales en las materias en que se sentía floja. éste podría ser el método adoptado para su gimnasio. la perfección. muerto en circunstancias absurdas. no habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. estremeció a Virginia. para los viejos.

30 . Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. verdad? —preguntó Verónica. Esperaba que dijera algo más. De allí el tono de su voz. Estados Unidos. Tuvimos miedo y nos largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—. al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. —Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show en la alfombra. Acabó sin embargo tolerando su presencia. —¿Lo sabías. guardándose el asco que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira. el tipo a quien su madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable. que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos dudosos. Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al noroeste de la ciudad. que dos mujeres. ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo? La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán. Y lo hizo. provenía de aquello que la madre le ocultaba. que dilataron el envío de información. La muchacha conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. Tres días después se supo que. La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que Virginia recibió la noticia. a quien despreciaba ahora con más fuerza. Alguien protegía a Romero. Se descartó la posibilidad de un homicidio. ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto — aseguraron ambas. Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años. a quien admiró como al padre que le hubiera gustado tener. entre irónico y apacible. en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. eso dijo. se le había abierto un proceso por tráfico de estupefacientes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus plato con salsa picante servido por los periodistas. lo acompañaban en el momento de producirse "tan insólito desenlace". En el sur de la Florida. al menos del último año. informaron desde la embajada de este país. Lo incomprensible y repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína. Pudo también haber pensado que hay muertes que liberan de servidumbres pasadas. Sabía que ella no lo amaba. Y. —¿Sólo eso? Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo. Nunca le gustó Romero. Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas. Vivo y muerto. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas bonitas. le dijo a la madre. no estaba haciendo nada —dijo una de ellas. que lo toleraba apenas. contratadas por el occiso. se lo juro. El primer día. en efecto. Ese man metía como condenado. donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad de cocaína". en los días siguientes. La investigación se había visto obstruida por las autoridades colombianas. no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a Epaminondas Romero. nada alteró tampoco su conducta. La noticia de su muerte destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más importantes. mamaba vodka como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha. generoso hasta el más grosero exhibicionismo. Epaminondas Romero había fallecido de un paro cardíaco. Su silencio era la aceptación de las sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero. No era un reproche moral. El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en vida. Virgie se limitó a doblar el periódico y dejarlo encima del sofá. No sé cómo fuiste capaz.

deshacerse de la virginidad. pensó al verla en el maniquí. directores y productores de televisión. dispuesta a elegir y a no ser la elegida. Tenía un papel secundario de actriz en una telenovela. llamó la atención del publicista Guido Leonardo Pradilla. gerentes. ¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. experimentó de otra manera lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. como si tratara de romper la formalidad del traje. Una instintiva inteligencia femenina. —Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla. Y la adornó aún más el día en que. —No me quita los ojos de encima. —¿Qué tienen de interesante? —Son publicistas. Así que la noche de la fiesta. ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó Verónica a la amiga. 31 . su amiga de diecinueve años. El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o veinticuatro años. Si la invitaba Beatriz. Había sido llevada por Beatriz Lopera. él no le quitó los ojos de encima. como lo hacía cada vez que la hija era invitada a salir. añadida a su altivez. sino negligentemente elegante. Verónica no conocía a nadie en la fiesta. invitada a una fiesta privada. a diferencia de Verónica. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda ajustado a las caderas y a las nalgas. ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación? —¿Quién es el tipo del rincón. Su madre la había maquillado. rizados y deliberadamente húmedos. que se limitara a mirar el precio en la etiqueta. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. ¿en qué sentido? Las chicas deseaban llegar a una meta. —El mismísimo Leo Pradilla. elegante. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. el del blazer verde con hombreras y pantalones grises. adornaba por fuera los contornos de su personalidad. no a la manera del senador Roldán. ¿Quién era ese hombre. Embelleció conscientemente su propia leyenda. el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé. caían sobre los hombros y enmarcaban el rostro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. Se lo probó y se sintió muy bien en el diseño de Kenzo. Se había encaprichado con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. Otras formas de intimidad. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones. de actitud insolente. Desde que entró al lujoso apartamento. que no hacía más que mirarla? Era un hombre apuesto. Beatriz compartía con Verónica la desgracia de no tener padre. con un prolongado escote en la espalda. que pagara billete a billete el capricho de la hija. antigua compañera en el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. una prenda inalcanzable. No esperaba que Virginia la complaciera de inmediato. Entre los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad. pero el padre era una sombra distante desde los cuatro años. el de la corbata con la cara de Marilyn Monroe. Ninguno menor de treinta años. —Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en esos comienzos. de unos cuarenta años. la convención de los colores tradicionales y el nudo correcto de la corbata. acceder al amor sin temores ni inhibiciones. No sólo era la más precoz y altiva. Siempre rodeada de chicos. quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad. Los largos cabellos castaños. Lo tenía. Su personalidad empezaba a ser moldeada y adornada por la conciencia del éxito. Verónica no parecía una adolescente de dieciocho años.

elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o Milán. un hombre menor que Pradilla. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros. las griferías de cobre u oro. sintió la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una joven bella y ambiciosa. pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de fondo. Amparo era decoradora de interiores: embellecía o remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. Ella era la anfitriona. Sólo unos días. —¿Por qué lo sabes? —Trabajo con esa clase de belleza. Tal vez no tuviera más de treinta y cuatro años. Salía con un joven actor veinticinco años menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. No se separaron en toda la noche. dijo Beatriz. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. ¿Qué hacía él? Creativo de publicidad. 32 . Se mintieron en muchas cosas. desde el primer momento. Después del buffet. tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos en Beatriz. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía conducir al estrellato. aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante. asunto en el cual hombres y mujeres mentían. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. por su mediación había sido elegida como actriz secundaría en la telenovela. Pradilla abundaría en detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas. Él le mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo. Era una terraza rectangular sembrada de plantas. ¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a la única mujer mayor de la fiesta. No había visto en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. la edad. que Verónica no tenía más de dieciocho. aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad dormida. Así es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. todas superfluas. hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos palacios. era bajo y ligeramente rechoncho. Le ocultó a la amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. seleccionaba el mármol de los baños. mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas. Se mintieron y sabían que se mentían porque él calculó. una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. siguió sintiendo en las numerosas piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la marca de esa fragancia—. Abajo. Amparo Consuegra. Si la conoces de cerca será menos hermosa. Se mintieron ambos en el más superfluo de los asuntos. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. con mesas y sillas blancas de hierro. A diferencia de Pradilla. Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo. la suave textura del blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. Amparo le había asegurado su selección en un casting. Por lo poco que sabía —le contó Beatriz—. porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios. en un horizonte cercano y a la vez remoto. En su mayoría eran jóvenes veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al oído. Y no te cuento más —la cortó. iluminada por el resplandor del salón. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años. —¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—.

casi hasta rozar sus nalgas. Lo demás es ilusorio. Lo llama y lo provoca —No entiendo nada de toros. Callarlo. Desde el principio se supo envuelta en una red de la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada. la enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. Habría que entrar a cada casa para saber que las desgracias son más numerosas que la felicidad. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre. Ella comprendía superficialmente las metáforas de Pradilla. Verónica no se opuso. la estocada mortal de los hombres. —Verónica. —Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. digo. el triste destino de las parejas. Lo único que sé es que entre el torero y el toro existe una relación de amor y odio. ahora tú no eres sino una ilusión óptica. Quería impresionarla. La voz grave que le hablaba era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo. Por ejemplo. Hermosa. En toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le había pasado el brazo por la cintura. pero el brazo que se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. pensó. extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica. Si se sentía vulnerable. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo. solamente divago. Entonces se desharía el hechizo de esta noche. no le quedaba más remedio que resistirse. Sentía frío. dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres? —¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda. El toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. Empezaba a ser la elegida. Aquí tienes. La cornada es la respuesta del toro a la arrogancia del torero. Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la inteligencia. Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. como entre la mujer y el hombre. —Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. La ciudad. Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—. cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida. En el momento en que alguien te poseyera. De este tamaño era la ansiedad y la indefensión de la muchacha. dejándole en el cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. No elegía ella. Dejarías de serlo en el momento en que te poseyera. —La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—. Si quería ganar 33 . cerrar sus oídos a la palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. la mujer y el hombre. expuesta a las embestidas de la bestia. —Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad. No esperaría que él lo hiciera primero. ¿Sigues con champaña? Abandonada y sola en la terraza. terrible y engañosa —siguió él—. ¿de qué manera? No deseaba que se callara. ¿Buscaba impresionarla con la inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre? ¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este hombre. Verónica escuchaba maravillada. Así se llama uno de los más elegantes y sencillos lances del torero al toro. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas metáforas: el torero y el toro. Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones. No te asustes. las cornadas sangrientas de las mujeres. ni siquiera la inteligente combinación de tantas palabras. aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la noche. —Es hermosa —dijo Verónica—.

tampoco la muchacha fácil que muchos imaginaban. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto acabaría convirtiéndose en un método. que esa. ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto. la anfitriona. la belleza de la ciudad. la había perdido a los quince años en la inconsciencia de una fiesta de amigos —unos pocos tragos. podría decir que se inauguraba esa noche. Algo de su consentimiento había en la aceptación del suceso. Tenemos que irnos. porque las amigas habían dejado de serlo. de Amparo. la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera resistirse. Pórtate bien. acercó el cuerpo al otro cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. Aceptar y rechazar. Acercarse y huir. Sólo abrió los ojos. No lo era con los chicos de su edad. ni siquiera se había tomado su tiempo para desnudarla. No había perdido la virginidad con él —confesó. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso. pregunto si es muy mayor. desde hacía dos meses. Y el verdugo. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su amiga—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. Beatriz la llevaría a casa en taxi. Llámame cuando quieras —dijo. No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres. La despidió con un suave beso en la boca. pero puso límite a la pasión cerrando los labios. al escuchar la voz de Beatriz. un deportista 34 . dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de elegir a su pareja. todo porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones. —¿Está casado? —preguntó Verónica. ¿No era esto lo que aseguraba Pradilla. —¿Crees que es muy mayor? —¿Para ti. Enredó sus brazos en el cuello del hombre. hacia la ilusión óptica de la belleza. —Ese es su defecto —dijo Verónica. No tuvo tampoco ganas de resistirse. Se verían mañana. No era una mosquita muerta. —¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de champaña. era una ilusión óptica? —Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. Dejaría momentáneamente de ser vulnerable. ¿Sigues virgen? —¿Te puedo preguntar otra cosa? Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla. ni siquiera por una reflexión anterior a esa noche. —Se ve joven —respondió la amiga—. La experiencia de su vulnerabilidad ante un hombre era nueva. —Vero. Si se quedaba volvería a sentirse vulnerable. porque era la edad. una leyenda. Se despidieron de Frank Rueda. mi vida —dijo besándola en la boca. Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida. el gerente de mercadeo. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica. quieres decir? —No. sobresaltada. Retiró las manos intrusas sin brusquedad. Disfrutó por instantes la exploración del beso. Pradilla las acompañó hasta la puerta. —Te llamaré cuando pueda. ¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a Centroamérica. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen. ¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí. —Soltero y sin hijos. es tarde —dijo la amiga al acercarse—. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre.

A las feas no. casi me muero. El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. dijo muerta de risa. ¿Sabes lo que es una violación? La anécdota provocó en ambas un ataque de risa. Antes. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz aceptó. —¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. Se quedaron un rato en la cocina. era lo que decían quienes sabían de mujeres. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas. —Si dices que te acostaste conmigo. Para tener éxito. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones. ¿te acuerdas de Carmencita?. me estremezco. Voy a esperar unos días. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más asquerosa. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. —Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si buscara un tesoro. —¿No te dio miedo? —¿De quedarme embarazada? No. la que no mataba una mosca. lo obligué a venirse afuera. ¿lo amenazaste de esa forma? —Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. —Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. —¡Cochina! —exclamó Vero. que eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. Carmencita. me vengo cuando me explora con su lengua. de cómo ciertos hombres las preferían a las hermosas. yo le diré a todo el mundo que eres impotente. pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca. Cuando me lo encontró. dijo. Y en sus metáforas. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me estremezco. —Es cierto. ¿Por lo feas. —No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. No le constaba. no pasaba de ser una fea gorda y arrecha. ¿Qué tal lo hace tu gerente de mercadeo? —Como los dioses —exclamó riéndose—. su madre sabría que dormía donde Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus grandullón. yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor con los dedos y la lengua. Ninguna de las dos tenía sueño. Después de perder la virginidad estuvo con muchos chicos. Todavía sentía el escozor sin placer en el sexo. Si no llegaba a casa esa noche. Júrame que no se lo dirás a nadie. Vero. les agarro la tripa y les hago la consoladora. —¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. Los hombres temían a las bonitas. Así bajito y gordito como lo ves me pone a temblar. por lo que recuerdo. Verónica hizo un gesto de asco. compañero de ambas en el antiguo colegio. ¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía hacerlo: fea y gorda. Beatriz lo encaró al día siguiente. un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro al intruso. Es un tipo interesante. una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de hacer. Hablaron del destino y la suerte de las feas. Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada. No me vengo cuando me la mete. No era un tono habitual en las confidencias de amigas. —¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica. —Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—. Tan cierto como que. por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. —Cuando siento que quieren ir más lejos. Y no sólo eso: si dices una sola palabra diré que me forzaste. Se tranquilizan y no siguen insistiendo. Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme. 35 .

querían comerse el mundo en unas horas. 36 . argumentos no faltaban para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. porque el sudor del día. El sexo. El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz. exhibicionistas o ansiosos. Así. casi siempre. Y echaba talco en su pelambre. las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad. Acuérdate de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. el tránsito incierto de una edad a otra. corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus parejas como si lo hubieran hecho. era el mismo fantasma. veces. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las buenas noches con un beso en la boca. la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de la mano. se quitaba una prenda inmaculada. quedaba el recurso de la consoladora. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica. las confidencias siempre pasaban de castaño a oscuro. ¿Tenía alguna gracia cambiarse la ropa limpia?. bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo. Si Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor. ¿Duermes siempre con pijama? —le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y ositos. esperemos la oportunidad. Si se ponían pesados. como la procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. muchachos sin experiencia. que no era todavía tiempo de hacerlo. la pudorosa se excitaba con la procacidad. no seas impaciente. quizá no lo había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias pasajeras. cortos de palabra. prometerles que después. en fin. Si se cambiaba era porque estaba sucia. Verónica. Los chicos que frecuentaba eran fácilmente controlables. Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos al cesto de la ropa sucia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el peligro como aquella noche. hablado o silenciado. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga. al final del día. A la impúdica le divertía el pudor. Continuaron hablando con la luz apagada. Se les podía mantener a raya. Todos sin excepción eran iguales. Por costumbre. la una a la ligereza y la otra a cierta estudiada contención. Durmieron en la misma cama. deseado o realizado. sola con un hombre en la terraza. cada vez que se cambiaba los pantis. porque unas gotas de orines. preguntó Beatriz. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. no eran más que niños mayores.

Una muchacha de último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca. ¿Qué dices? Besado a una chica. pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para muchos hombres era un codiciado vellocino de oro. Sé que te gustó. —¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. a todo un hombre. Verla de lejos. En los primeros instantes. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían pasado de esa única experiencia. Se sentó en un sillón whisky en mano. Se masturbaba y gemía. Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía virgen. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. Juegos de niñas. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero. Se dejó besar y estrujar los senos. quien la hacía durmiendo en casa de Verónica. en la boca y con la lengua húmeda. El alvéolo seguiría intacto. A la mañana del día siguiente. se amaba en largas sesiones solitarias mientras se contemplaba en el espejo. Contento. Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. A los trece años. se complacía sola. No era que Verónica no hubiera despertado a la sexualidad. Caía después en un silencio profundo. Era una insomne presa de la sexualidad. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con sus caricias. se admiraba sola. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que todos buscaban con empecinamiento y codicia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche y casi a diario. se retiraban tranquilos. no supo qué hacer. ¿Se imaginaba a un hombre. así hirvieran de ganas. como llamaba a Frank Rueda. porque el Gordis era todo un hombre. Beatriz no ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta. Cuando los chicos conseguían aliviar la tensión del deseo. 37 . maniatándola con los brazos. lo que se dice besarla. y me pidió que desfilara con cada una de las prendas. vaso de whisky en mano. —Todo se resume en un gesto —le dijo—. Sí. pidiéndole que le metiera un dedo en el culo? La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y Verónica Oropeza. tenía miedo de enredarse en una experiencia tan loca. —Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior. Prefería las de seda y encajes. secreta al menos para la madre. Un día el desfile en ropa interior. Abrir o cerrar las piernas. Beatriz le preguntó a Verónica si nunca había besado a una chica. Besarla. al siguiente el capricho de pedirle cosas absurdas. me da pena describírtelas. Verónica se ruborizó al escucharla. Un día. la misma chica le había entregado una nota. colmo de los colmos. Me preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. de todos los modelos. dijo Beatriz. Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija. No quería tocarme. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. Y. Todo lo contrario. como pretendió hacerle creer a la amiga. Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del enemigo. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz— hay que darle lo que busca. era cierto. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos. caricias sin malicia. se encaprichó mirándome de lejos. no tengas miedo. No había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. mi amor. Se encontraban más a menudo. se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. La miraba a la distancia y se acariciaba. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos conocía la fábula. mi vida? —le preguntaba ella. nunca. se contenía Beatriz ruborizada. ¿Contento. el Gordis no solamente se acariciaba.

¿Qué la esperaba en la siguiente hoja. Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria. por lo general antes de acostarse. ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos. La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la precariedad de sus ingresos. dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies. Era una muchacha de familia humilde y de futuro incierto. pobrecita. desengañada de sus amores. ¿cómo y con qué? Vestirse de manera distinta. No habían podido pagarle una carrera universitaria. olvidar las faldas multicolores de seda y las viejas botas de cuero. de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad. brujas amargadas — así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. sírvete de la impaciencia sin comprometer tu integridad. como deseaba. tomando el sol al lado de escuálidos chicos sin camisa. Su madre venía de los "felices años sesenta". la invitó por primera vez a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las pulgas. —No olvides. las balacas y el pachulí con que se perfumaba. De aquellos años dorados. debió consolarse con una carrera intermedia. perfumarse. Cuando lo hizo. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y madre. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década. nunca delante de la hija. el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al trabajo. un sórdido episodio seguía guardado en su memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía. Vero —insistía—. trabajaba y ganaba su primer sueldo. cómo construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. Maquillarse. Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be". la vida que vivía iba de asombro en asombro. Tomó conciencia de su propia belleza en los primeros meses de 1970 cuando su jefe. que todo reside en el movimiento de las piernas. ser hija de familia pobre y sin futuro. pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu salvación o tu perdición. por mí no hay problema. Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly. romántica y melancólica —le dijo a Verónica. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles. de fugas nocturnas sin el consentimiento de los padres. que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. Vivía con ellos. ¿Se lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger. No pudo entrar a la universidad. Una foto la mostraba a la orilla de un río. ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que estaba dando la vuelta a una página de su vida. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones". ¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. Sin embargo. con ropa de marca. 38 . Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una tara. No tenía más de dieciséis años. No sabía dónde quedaba Vietnam. Si ya las abriste. le ocultó aquello que ella consideraba un estigma. Tomó conciencia de su propia belleza. olvidó las monsergas de las feministas. todo cuanto podían hacer por ella lo habían hecho al pagarle estudios de secretariado. borracha y drogada. Vivía con el padre y la madre en una modesta vivienda del barrio Palermo. pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. le quedaba la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana. sentada bajo un árbol. las blusas floreadas. el ingeniero Raúl Oropeza. —Era callada. no podía ella imaginarse el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Como casi todos los hombres son impacientes. Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de seda y balacas en la frente.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. buscaba luego en el directorio y escribía dirección y teléfonos. Creía que tenía derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres. Verónica cursaba ya el primer semestre de Administración de Empresas. subalterno del marido. como se sabe. Faltaban tres meses. ella tendría que ayudarla en su administración. decía. si no encontraba señas las averiguaba en las redacciones de periódicos y revistas. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza. de la agenda. así empezó a hacer su propia agenda. padre y madre dejarían de ser la fuente de los complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. ¿cuál era entonces la explicación que pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo del Valle del Cauca? ¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho que sí. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía. la edad del hombre que deseaba volver a ver esa noche. tuvo una razón casi patética: aquel joven le había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos. Y lo hicieron cuando Virginia se casó con el ingeniero Oropeza. Un desliz. pensaba Virginia. ¿Por qué no tú?. se justificaba sin poder justificar en su conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. Ella hacía lo suyo con aplicación y método: seguía las páginas sociales de diarios y revistas. Redimirse de la pobreza. los besos. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada una de las personalidades presentes. madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión. también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus. lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. con cualquier pretexto. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre. sin una agenda con nombres clave. porque no soy muy eficiente —le respondió ella. La capital se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. su mailing. —Porque estudio. de las invitaciones. le urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas. Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. Beatriz aplaudió la idea. el balcón. habría que conseguir el mailing de otras empresas. le insinuó a Verónica. En adelante. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que ella. Ya era hora de decidirse. de salones de belleza. de las llamadas. una secretaria bonita y eficiente. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una fábrica de cemento. Una sensación de alivio cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño pueblo del Valle del Cauca. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla. Una secretaria. anotaba los nombres de famosos. elegido la 39 . lejos de ella. Tienes pelos de negra. de galerías de arte y clubes sociales. el negocio exigiría el concurso de las dos. omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas. de discotecas y bares de moda. Pensaba vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido. Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de Verónica. más que una infidelidad. cuyo final. Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. de gimnasios. Le habló del valor de una agenda.

—Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. blusa gris transparente. era la mejor elección. En su parte inferior. En el fondo. estaba segura de que tendría mucho éxito. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro. Lo llamó pero no pudo encontrarlo. El pantalón. ¿Pantalón negro de seda. Era un conjunto insinuante. le dijo la hija. ¿me lo prestas?. una pulsera. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. llama a Vero y le dices que me invitaste. que lo que vistiera no podía ser exageradamente juvenil. la cohibiría su presencia. la blusa se abría en una V invertida. Le dibujaría mejor la silueta. antes de que Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. una 34b de redondez y firmeza envidiables. La asesoró en la elección de la ropa. de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier? —preguntó Verónica. ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. Unos pendientes discretos. Los tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—. pero no sabría comportarse naturalmente. las escarchas plateadas que rodeaban y adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. ajustado a las nalgas. coordinado la grabación de los spots de televisión. —¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. La transparencia de la blusa no era exagerada. Conocería gente nueva y distinta. ancho de los muslos hacia las botas. un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. Se lo decía porque. en efecto. No la estaba llamando vieja. una insinuante abertura en los muslos. pantalones y bodies. ¿Qué tal este vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—. Si se trataba de impresionar. a partir de cierta edad e independientemente de la Juventud. a ella le da pena verme desfilar en ropa interior. estaría todo el tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su hija—. Simuló creer que. extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. desfiló delante de la madre. preferiblemente unas sandalias doradas. pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le había regalado. no le digas que te pedí el favor. nunca tanto como el que puso para vestirse esa noche. dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo. la austeridad era preferible al atrevimiento. se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus publicidad de prensa. Los senos le habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer. respondió Vero y colgó. ¿Quién lo llamaba? No importa. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló 40 . el ancho cinturón rojo que apretaba la cintura y resaltaba las caderas. la entristeció no poder estar en el evento. No podía humillarla poniéndola al descubierto. Y aunque Virgie comprendió las razones de la hija. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta juventud ni derrochar tanto atractivo. no sin antes aconsejarle que recordara su edad. Nada de collares ni adornos. Y Verónica se probó pantalón y blusa. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de astracán. Mi padre no irá porque no quiere encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. Verónica se probaba y descartaba vestidos y blusas. ¿Podría acaso decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema. Esto era lo decidido en la tarde. Y en una sesión de tres horas vaciaron el ropero. Buscó la asesoría de la madre. Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina el día de hoy. sin brasier —aconsejó Virginia. Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa. se miró al espejo. Un discreto escote en la parte superior. aunque prefería ir sola. de piernas anchas. Definitivamente. tienes cuarenta y dos años. era la invitada de Beatriz. ¿Podía invitarla al desfile de esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. Virginia recordaba haber llorado de emoción al abrir la caja. podría hacer relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie.

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Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes. Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que asistiría al desfile de esa noche. Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de zorro. —¿Quieres de verdad que te acompañe? —Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de modelo. Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que, al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido el collar de esmeraldas. Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional. Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza adolescente de su hija? Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó un hombre al verla momentáneamente sola. Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia, Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre

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arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero de la hija. —¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de modas. Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista, entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación. —Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites. Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su oficina y los teléfonos. Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones. En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista. Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre, éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola. Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista, si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más mínimo. Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes. Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.

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Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho. Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia, sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa — le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las disculpas. Tranquilo, le dijo. La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La tanga nació en las playas de Copacabana. ¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a Comunicación Social y Periodismo —añadió. —¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes. ¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa. —¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La Tarzana. —¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno. Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un relámpago. Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los

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Él construye. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. pues no era otro el prestigio de Pradilla. Miró de reojo a Beatriz. —¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla. en todo momento agarrado a la cintura de su amiga. nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. Y salió de la casa. Asistía a las grabaciones. De esta boca no saldrá ni una palabra. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. Nunca olvidaría la frase del Gran Jefe: —Como poeta eres ingenioso. acompañado por Isaías Bueno. —Una sociedad perfecta —dijo Bueno—. se lo merecía la agencia de publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno. la decoradora? —preguntó John Peralta. a quien también debía el haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy. rodeado siempre de bellas mujeres. como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. la mano que tomaba su mano. Caminan sobre la misma línea de crédito. —Los espero en mi oficina —dijo Peralta. ¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la acompañante de Upegui. sólo falta que hable del santo. no era fanfarrón como el Gordis. A los duros. —Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de producción—. un seductor irresistible. el Gran Jefe. en cambio. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. de copy a creativo de éxito. ella decora. sólo seguía a salvo su innegable éxito de constructor. ¡Qué hijueputa!. Usa mejor tu habilidad para manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—. el brazo que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos rizados. preguntó Bueno. pensó la muchacha. La muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. le convenía dar a entender que era la nueva presa de este hombre. no se hiere la vanidad de un hombre poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador. salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. Yo. como lo llamaba Pradilla. En medio de cuatro hombres. no le tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—. pero nunca serás un gran poeta. Creo que el dadaísmo y el 44 . Está hablando del milagro. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. Lección: invierte en acciones seguras. Era un hombre discreto. A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos. Así que aceptó la aproximación del nuevo amigo. le llevaba refrigerios especiales. Si invertía los términos de la evidencia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. Y. ¿De otros? ¿De quiénes?. la suave caricia en su piel. de paso. No temas —le dijo al oído más tarde—. No lo hizo. —¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. No quedaba casi nada de la integridad de Upegui. Le debe a los bancos más de lo que invierte. sin duda atractivo e inteligente. pero Peralta respondió con una sonrisa. son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera un papelito a la muchachita que la volvía loca. Y tuve que dárselo. Le merecía todo su respeto. Ya me gustaría manejar la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. en todo momento entregado al besuqueo. no valía la pena más certeza que la felicidad de saberse el centro de atención. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó otro rumbo. alguna muchachita. Le quedó el escozor de la intriga.

Amor propio o vanidad. No había abandonado la poesía. 45 . consideraba impresentable. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento. así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui. también podía acompañarla de regreso a casa. sin esperar recompensa alguna. ¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. Si no tenían pasado. aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. Este Pradilla. La publicidad es la única mentira que goza de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno. Virginia conversaba animadamente con Amparo Consuegra. Upegui daba vueltas al salón con una copa en la mano. De allí los disparaba hacía el futuro. Al salir de la salita en busca de la madre. concertaba citas con secretarías pobres. además de la poesía concreta. No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en una de sus bellas artes. que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos. Si la publicidad le exigía optimismo. mijo. Corregía allí sus poemas. Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad. Sí. al senador que hizo elegir mediante una sofisticada reelaboración de su imagen. menos aún alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. Dos Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla. de confección defectuosa y tejido de lija. les inventaba el presente. Lejos de allí. no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras. cuya gloría pasajera quedaba registraba en revistas de aparición única. en tumultuosas fiestas de la tribu. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de marcas establecidas en Estados Unidos. además de corrupto. pese a sus setenta años cumplidos. Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su voluntad. Si le vas a dar algo a un hombre. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas. Jamás se le ocurrió consumir los productos que promocionaba. que si deseaba quedarse un poco más en la reunión. orgulloso de tener en su nómina al embustero más eficiente del mundo. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies. lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas de su generación. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él. por otra parte agonizante. sobre todo si eran exitosas. conservaba en el centro de Bogotá su antigua oficina de abogado. Fue un consejo cruel y oportuno. Le dio pues su compañía. Le dijo a la madre que la acababan de invitar a una fiesta. era hoy un publicista disputado por grandes empresas y reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. sable en mano.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus futurismo. artefactos humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. carachas. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre. por poco que sea —diría después como si repitiera una de las lecciones de la madre—. leía a ratos. El incipiente bardo de veintiséis años. la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo. Ponía todo su ingenio en mentir. gran poeta y amigo. jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado. respiró aliviada. Allí empezó a crecer su afecto hacia el Gran Jefe. son el origen de la publicidad moderna. aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. ni siquiera la recompensa que verse publicado. era un cínico que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. Con gusto y sin mayores esfuerzos. las gaseosas le producían flatulencia y aceleraban su ritmo cardíaco. dáselo como si fuera lo más importante de ti. que se quedara. No sobes. No creía en el producto que vendía.

un último bocado en mi sala. Le servía el whisky. que prefería el cine a la televisión. mamá. acarició el cenicero de bronce y lo tomó con gesto distraído. Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables. Peralta había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. En un rincón del salón. ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo. distinta a la de la madre. un Porsche rojo. de las revistas que ella hojeaba distraída. Si no lo conseguía. reloj barato en la muñeca izquierda. Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se distinguirá un paisaje de otro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las espectadoras. Un hombre de cuarenta y pocos años. se acercó a hacerle compañía. irrelevantes y llamativas. el joven protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. pero la madre ya lo había introducido en su bolso. Un joven bien vestido. corbata Hermés y zapatos Sebago. zapatos. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara. cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina. entregadas al dulce hacer nada de las tardes. traje de Ermenegildo Segna. Seguía con la mirada los pasos de la modelo. le ofrecía calentar un tarro de sopa Campbell. contrariando la petición de Virginia. vestidos. con frecuencia más dormida que despierta. Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente. ambas en pijama. chaquetas. la música 46 . Era Fabián Acosta. Las largas horas pasadas frente al televisor. de la televisión y el cine. No lo había vivido aún en carne propia. guapo y seductor. No mientas. Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre. no llegues muy tarde. Aceptó ser llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. tenía en la despensa pan tostado con ajo. bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. si no dormida. le dijo Leo. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en emoción era el paisaje que cubría cuerpos. un no-se-sabe-qué que le recordaba a Richard Gere. Hacía las tres de la mañana. Sólo Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar. Aquella noche. de unos cuarenta y pocos años. El muchacho podía convertirse en un buen actor. el mismo que no había apartado los ojos de Beatriz. no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica. tal vez quedara en la nevera una botella de vino blanco. éstas eran las horas que moldeaban la mirada. vaso de whisky en mano. Upegui conversaba con su sombra. Iba a decirle "no lo hagas". propietario de una cadena de joyerías. aunque compartiera con la hija el ocio de sábados y domingos. La notó nerviosa. —Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche. creía que le quedaban unas lonchas de salmón ahumado. pues sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y el revoleteo de sus acompañantes. marcas. Le había pedido al director de la serie ser indulgente con él. no estaba seguro. adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la imagen y el sonido siguientes. que las llaves de ese mundo tintineaban en la mano extendida de Pradilla. esa era la mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo. Nada extraordinario. Una nueva mirada.

en cambio. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud desdeñosa. —"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra. Mao Tse Tung.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus oportuna. "The lady is a tramp" —dijo para sí tarareando la canción. un cenicero de mármol y. un par de toallas simétricamente colgadas. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. partió un limón en rodajas. Pradilla. parecía imposible de formular. ele —deletreó. 47 . para más señas. Leo encontró la botella de vino blanco. como se dijo antes. Le habló nuevamente de Andy Warhol y de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio. No había alternativas: jazz o boleros. No creo que sea Amparo Consuegra. calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla. La verdadera pregunta. exhibicionista y marica. espléndida en su belleza de dieciocho años. una caja nacarada en cuyo interior encontró un paquete de condones. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. hache. Se bajó hasta las rodillas el negro pantalón de seda. ¿La ignoraba acaso? Se complacía sabiéndola cerca. No le dijo que se pusiera cómoda. que daba vueltas de peonza en su cabeza. envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría mundana de sus palabras. Y no había calculado mal. como se decía ahora. a. Un breve chorro amarillento tiñó el agua. A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa. y se sentó en la taza del inodoro. en adelante. éste no era un hombre previsible. en una de las paredes. Se ausentó unos pocos minutos y regresó en mangas de camisa. crema humectante para el cuerpo. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. frente a un inmenso espejo horizontal. Lo de marica es un elogio —añadió. un Blanc de Blancs no está mal. o. crema para las manos. Y ella no podía por menos que sentirse intrigada. erre. recordó que no llevaba ropa interior. Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de Marilyn Monroe y Mao Tzedong. amable en todo momento. veinte o más años mayor que ella? Tratar de seducirla. No necesitaba ir al baño. Réplicas de tragedia y épica del siglo. —¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla estuviera vaciando sus expectativas. —¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el perchero el abrigo de astracán. —¿Una trampa? —preguntó Verónica. abrió una puerta y dejó a Verónica en un amplio cuarto. sería ella y solamente ella la responsable de sus actos. Al levantarse. Pronunció el nombre de Andy Warhol. segura de que. Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn. ¿De quién era la serigrafía que imitaba los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le dijo Pradilla al salir. No era una trampa. —No sé —dijo Leo—. Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo. la épica del viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de un río legendario. la reproducción de un cuadro de David Hockney. Y aceptó la trampa. jabón líquido. Doble ve. Warhol. distante en la manera de ignorarla. el oportuno ponte cómoda que ya regreso. quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. ¿Qué habría hecho un hombre previsible. la decoradora. aventajada alumna de inglés. hizo el inventario de los objetos que estaban al alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet. Puso en el tocadiscos un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. No lo eran. tarareaba las canciones de Sinatra y le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday".

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La llevó de regreso a casa. extendiendo y abriendo las piernas. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras. Vero —se atrevió a confesar—. Vea. Se sentó a esperar que la bañera se llenara. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. Se sumergió poco a poco. ¿Fuimos extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral. recostada en un sofá de la sala. fue la reina de la noche. Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos. habría que armar el rompecabezas. "La señora es una trampa". acariciaba la felpuda superficie de su sexo. le acercó el pijama de seda. le ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. con la otra jugó a enredar los vellos de su Monte de Venus. si era un rompecabezas. con prudencia y casi con temor. Mis cálculos se están quedando cortos. —Duerme —le pidió la hija—. —Duerme conmigo —le pidió la madre. Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. Tengo sueño pero no puedo dormir. No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que. Verónica se despertó primero que la madre. ¿quería un alkaseltzer antes de acostarse?. Así que no podría ordenar sola las piezas sueltas del puzzle. lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. si vieras cómo la miraban esos viejos verdes. Pocas veces le pedía que durmiera a su lado. —Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. Mientras se desnudaba frente al espejo. lo exigía la niña. Ya vengo. Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas la madrugada anterior. La madre dormiría hasta tarde. la ayudó a desvestirse. Y era sábado. "The lady is a tramp" —decía en la tarjeta sin firma. cambió la ducha por la tina. El espejo se empañó con el vapor. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life". Quiso llamar a Leo pero recordó que sólo tenía el número de su oficina. La sintió despierta largo rato. pocas veces y esas pocas veces fueron entre los diez y los once años. Cerró los ojos. Con una mano acarició lentamente sus pechos. "Extraños en la noche". sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. sabiéndose incapaz de 48 . Una foto del ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche. Beatriz estuvo espectacular. "Por una vez en mi vida". La acompañó hasta el dormitorio. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. —¿Te pasa algo? Aunque Virgie le mintiera. —No puedo dormir —le dijo a la hija—. niña Vero. —Estoy preocupada. comentó algún incidente nimio de la noche. Si no lo pedía la madre. Después hablamos de eso. arrojó chorros de gel al agua caliente. Debía esperar hasta el lunes. ¿Soy una trampa? —se preguntó. Él esperó que entrara y encendiera las luces. Vero tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre. ordenar el enigmático desorden de las frases. comentarios que hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus explorar más allá de la estrecha puerta de entrada. Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó. Con los ojos cerrados. hasta que el calor subió al resto de su cuerpo. —¿Que me quejaba? No. que había escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos. 49 . aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios. impartida por no sabía qué tiránico capataz. su cajita de sorpresas. aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia. abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor sobrepuesto a otro olor. el grito ahogado. —¿Te sientes mal? —No. como la llamaba de niña. — Me pareció oír que te quejabas. ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura rotara al ritmo de la mano curiosa y amable. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. No le dijo. la estremeciera y ella misma se escuchara gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor. convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. ¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. el chapoteo cadencioso de un cuerpo en el agua. ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja. No se detendría. Poco a poco. como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban. Verónica dio gracias a Dios por el milagro alcanzado. —Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. La ausencia de fe era asunto decidido sin convicción. el cuerpo recobró la liviandad del principio. le temblaron las piernas. Una extraña orden. Ya voy. le ordenaba presionar con fuerza. mamá —dijo sin aliento. Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo respondía al recorrido de la yema del dedo. Verónica cerró de nuevo los ojos. esa sensación desconocida. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. Tuvo conciencia del grito inoportuno y lo convirtió en un gemido. nunca se lo diría. La religión era un tic de la costumbre. pero se detenía temerosa en ese umbral. una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. mamá —nunca la llamaba así—. rozando apenas la superficie. lo movió como si no lo moviera. el ruido de nudillos de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. ¿Las mandó Leo Pradilla? —Un desconocido —dijo Verónica. Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar las paredes para el salón principal. que sus muslos. como si adquirieran vida propia apretaran y aprisionaran su mano. le prohibía prolongar el placer apenas insinuado. El cuarto de baño le pareció borroso. No importaba que ese sofoco. El llamado insistente a la puerta. me estaba acordando de una canción y trataba de cantarla. madre e hija aceptarían ser católicas. hundió con suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—. El agua ya no era tibia. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda tropezó con algo que se endurecía. La madre aceptó la explicación de la hija. trazar un lento movimiento circular. Si se les preguntara. Mañana me llegan las máquinas de ejercicios. Cuando quiso salir de la bañera. —Lindas las rosas —cambió de tema—. ni le importaba que la respiración fuera acezante.

Si no es marica. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. —¿Qué pasó en el apartamento de Leo? —Nada. las tonalidades marrones de los pezones. Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche. sobre todo en las piernas. —¿Cómo que nada? —Comimos salmón ahumado. —¡Qué nalgas. en realidad. La privaba del placer de resistirse. Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo. Y era cierto. Verónica esperaba los avances de Pradilla. una adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres de personalidades presentes en la velada. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. 50 . escuchamos canciones de Frank Sinatra. a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra. una rara luminosidad en los ojos. a dejarse desnudar si era lo que él deseaba. Nos vemos dentro de un rato. Sabe que tengo más de dieciocho.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con el Gordis. retorcido. En la agenda de la noche anterior. revelación de la noche". despiadado o. lo que se dice nada —respondió Verónica. Francisco Rueda. Tres de las siete fotografías de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo. ¿Podía venir un momento a su casa? Desayunarían juntas. Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida del desfile". en el centro de la página. "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año". Beatriz traía a mano los periódicos del día. ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa. La apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. especuló Beatriz. Verónica llamó a Beatriz. no pensaba hacer nada con él. Sea lo que sea —dijo Verónica—. como si lidiaran contra la prisión de la prenda. —¡No te lo puedo creer! —Créeme porque yo tampoco lo creo. Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias. Por los bordes de la prenda se escapaban. un hombre demasiado respetuoso. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. tal vez. A todo color. La esperó media hora. bebimos vino blanco. ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda. impotente. debe ser uno de esos tipos que te ven muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua. si no es impotente ni marica. Marica. "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un caballero en la espectacular velada de anoche". Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. Dos columnas inferiores informaban sobre el estreno de una ópera en el Teatro Colón. como si de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. Una rara paz interior. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera. —¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. eso era lo que sentía en aquellos instantes. abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. ¿Son tuyas? —¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass adornado de encajes. es impotente.

Para ellos. Beatriz? —Yo—confesó. Beatriz creía que una vez abiertas las puertas del éxito. fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—. porque es inteligente parece más odioso. adonde entraba de la mano del Gordis. —¿Sola y sin pensar en nadie? —Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. La virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia. —No me estás diciendo toda la verdad. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga. dice que el que a buen árbol se arrima. Lo tuve yo sola. —Y que te abra las puertas del éxito. Cuando se pone a hablar con sentencias. —¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre. —¿Está mal que me guste un hombre por interés? —Depende —transigió Verónica—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus afrentaba su vanidad de mujer. Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas. ¿Es eso? —preguntó Verónica.. No esconde sus intenciones. los que piden permiso para darte un beso. —Tuve un orgasmo. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. buena sombra lo cobija. —Mi Gordis es distinto: tierno. En un plácido hueco sin fondo..como un temblor de tierra. se está volviendo vieja sin saber nada de la vida. sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. 51 . el fin que buscaba sus medios? No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. Betty. incluida la industria de la belleza. La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero. lo que importa es que no sea pobre ni demasiado viejo. Creen que las mujeres deben arrodillarse a sus pies. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello. —¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis? —Si lo sabe. No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra.. —¿Quién sedujo a quién. otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos. no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. —Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz. Me dice que viva la vida que no pudo vivir ella. debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje. Pobrecita. —Leo es un hombre muy inteligente. qué se siente? —Un orgasmo es. —¿Quiénes son esos tipos? —Los hombres mayores. prefería pensar que lo experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte. Gordo o flaco. todo era incierto. Frank Rueda. —¿Cómo es un orgasmo. la dulce agonía del cuerpo que volvería purificado a la tierra. más allá de ese primer paso decisivo. sientes que te vas hundiendo en un hueco sin fondo.. feo o lindo. ¿Dices que es inteligente? —Por eso mismo. ese roce involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. somos niñas jugando a ser mayores. —¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula. ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente. —elevó los ojos al cielo— .. pocas veces lo llamaba por su nombre.. Me dio rabia. La desafiaba. Betty. —¿Por interés o porque te gustaba? —Un poco por interés.

¿Había apostado demasiado en ese sueño? . de pedirle detalles sobre su proyecto. Que hubiera 52 . la hija demostró ser capaz de desenvolverse sola y sin la tutela de Virginia. Verónica se había hecho a la sombra de la madre. un tonto exitoso en los negocios. por qué no Upegui? —Llámalo —le aconsejó Verónica—. Por lo que oí esa noche. tiene un éxito increíble con su urbanizadora. La abrumaba el escepticismo. pero Virginia no sabía si el constructor lo decía para halagarla. El capital previsto no bastaría y si no bastaba tendría que solicitar un crédito bancario y si el crédito era imposible buscaría un socio. buena sombra lo cobija. "como las mujeres. un gimnasio de lujo podía ser una inversión excelente. Fue cuando hizo su aparición providencial el constructor Javier Upegui. En muchos sentidos. una convicción confesada: quien a buen árbol se arrima. recordó en uno de sus momentos de mayor inquietud. desde los diez años. —Después de los cuarenta. pero repetirlo la hubiera llevado a preguntarse sobre la identidad de La Tarzana o a remover en las razones de sus presentimientos el enigma de la mujer que todos llamaban La Tarzana. Todo lo que concernía a Upegui parecía providencial ese día. porque no había dejado de halagarla y cortejarla. Iba a decir. —Me dijo que tenía sesenta. la desvelaba la fecha de inauguración y la lista de invitados. todos los hombres mienten. Si no surgían problemas con la instalación de las máquinas. Virginia apenas dormía. le dijo la noche del desfile. —¿Qué más oíste de él? Estuvo a punto de repetir lo que se dijo de Upegui. —Acéptale la invitación y que sea ahora mismo. Se había mostrado interesado en el proyecto. la época imponía costumbres y valores. en caso extremo podría hipotecar la casa. capaz de decidir por sí misma en la adversidad. Debe andar por los sesenta y pico. en las duchas o en la sala de baños turcos. Verónica adquiría una energía insólita. Cuando se solucionaban estos problemas. Su capacidad de decisión sorprendía a la madre. ¿Quién era realmente esa Tarzana de la que hablaron tan despectivamente? ¿Temían que hubiera elegido a Upegui como su próxima presa? —Javier Upegui me ha llamado dos veces —contó Virginia a la hija—. ninguno como Upegui. Lo sellaba. Sus ahorros y su cuenta en dólares se iban por el desaguadero de los imprevistos y por el mismo conducto se le iba a veces el ímpetu que había puesto inicialmente en su empresa. Pedía plazos a los proveedores. —¿Lo llamo o no lo llamo? —se impacientó Virgie. a manera de machihembrado. por ejemplo. la promoción de prensa y los recursos de una inversión que se reducía a velocidad de miedo. A medida que maduraba. La noche anterior. aparecían errores en el acabado o en las oficinas. después de los treinta".Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La experiencia del orgasmo selló aún más el vínculo de las amigas. Y ésta fue la frase que. aunque esa sombra fuese con frecuencia una silueta ausente. como virus que se extiende y acaba por contagiar a un número cada vez mayor de víctimas indefensas. también providencialmente. Adivinaba en ella una personalidad obstinada. patéticamente desgraciado en sus amores. ¿Por qué no un socio. ¿Aprendían ambas de sus madres o aprendían con la moral de la época? Poco a poco. ¿Cuántos años le calculas? —Sólo lo vi de lejos —dijo evasivamente—. Quiere invitarme a cenar. si puedo ayudarte en algo no vaciles en decírmelo. Si necesitamos un socio.

Un whisky doble de malta era lo que acostumbraba beber en el restaurante que frecuentaba al menos dos veces por semana. aunque la viviera con la mayor naturalidad del mundo: sus amores. pese a estar perfectamente ajustada a la cabeza. le ofrecía en cambio un excelente Marqués de Riscal. en la penumbra de un rincón. ¿Cuántos años revelaba? Tal vez sesenta y cinco. Verónica aprendiera a volar y lo hiciera sola y sin su concurso. Tenía peluca. Upegui fue al grano: —¿Cuánto has invertido y cuánto necesitas? 53 . a pocos metros de la carrera 7. Había previsto una inversión pero mis cálculos se están quedando cortos. Por ello le había pedido dormir en su cama. De melancolía y desacostumbrada ternura. Upegui dijo. Había elegido una mesa para dos en uno de los extremo del restaurante. doctor. porque temía perderla. Lo que menos le importaba era la edad y. ¿Un aperitivo? Virginia necesitaba algo fuerte. —Con dificultades —dijo Virginia cuando retomó el hilo de la conversación—. ¿Quería la carta? El maître les recomendaba el cibet de jabalí. la madre temía el alejamiento paulatino. Verónica la sintió tranquila y complacida por la compañía. Iba decidida a proponerle la vinculación a su negocio. Lo único que no era fingido era el deseo de construir su propio negocio. que un día. Si lo conseguía. como si ese fuera el calor deseado aquella noche. Y Virginia constató que. con mantequilla y ramitas de perejil. Y el mesero comprendió. Probablemente pensara así la mujer que se había resistido con todas sus fuerzas e ingenio a las humillaciones de la pobreza. habría sorteado el riesgo de la servidumbre a hombres poderosos y ricos. Y desde ese instante. una inyección de capital y las relaciones del socio con el alto mundo era lo que le faltaba para estar segura de que el futuro se abría en efecto como lo había deseado. El mesero conocía sus preferencias. madre de una niña de diez años? Fue a cenar con Upegui. Hablaban a menudo. la prosperidad. Prueba los escargots —le sugirió a Virginia. A medida que la hija crecía. Ignoraba lo que sus amigos decían de él y Verónica nunca le diría una palabra de lo escuchado en la fiesta. agua tónica y zumo de limón —ordenó ella. el lujo de sus gustos. tampoco le importarían las habladurías de los amigos de Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en principio rechazado su compañía y la hubiera finalmente aceptado con el tacto del vínculo filial. se les había acabado el Marqués de Cáceres. el día menos pensado. un Marqués de Cáceres del 82 —ordenó. Y el cordero asado —añadió. Pero Virginia no sabía si la puntualidad de sus consejos era lo que su hija necesitaba en realidad. Gran parte de su vida era fingida. Las papas al vapor. entonces. ¿No la había sufrido de niña? ¿No la había evitado al casarse con el ingeniero Arturo Oropeza? ¿No la había temido al enviudar siendo aún joven. la peluca se desajustaba en la parte posterior del cráneo. porque se sentía sola. mientras circulaban hacia el viejo restaurante de la calle 23. Upegui pedía casi siempre escargots de entrada y steak au poivre como plato principal. Crecía la complicidad entre ambas. —¿Cómo va tu gimnasio? —fue la primera pregunta de Upegui. el hombre se inclinó reverencialmente. Virginia no hizo otra cosa que pensar en la edad de aquel hombre. Lo sentía mucho. Mucha pimienta negra. clientela distinguida. lo mismo de siempre. revelaba en la muchacha un sentido de independencia que acabó por producir el estado de melancolía que Virginia experimentó al regresa sola a casa. Él mismo la recogió en casa. un gimnasio de lujo. Cuando salió del auto para recibirla y abrirle la puerta. ¿Le traía el vino de siempre? Sí. Una ginebra con hielo. porque sólo la ternura le daría la certidumbre de tenerla aún a su lado. liquidez suficiente para sobrellevar sin angustias los primeros meses. La inversión prevista inicialmente se estaba agotando. de haber escuchado lo que se decía de él.

Amparo y Upegui siguieron siendo socios. Amparo decoraba. Suscribirían un documento privado. había llegado al inventario de Upegui por medio de un cliente encaprichado con la casita de Cota. ambos vendían o canjeaban en un mercado que veía salir de debajo de las piedras o las camas fabulosas sumas de dinero. una formalidad. imitar equivalía a aprender. ¿Había tomado la precaución de pedir facturas de cada compra? Le recomendaba facturación doble y. podría en pocos días venderlo por intermediarios a un "cliente anónimo" de Medellín o Cali. Virginia lo imitó. Calculó al vuelo una cifra y dijo que necesitaba doscientos mil dólares. viajó unos días por el Principado de Mónaco. El camino que había seguido el cuadro parecía absurdo: pintado en Italia. su precio sería sensiblemente más alto. subastado en Nueva York. El dinero se escondía. que valía menos que la pieza. Amparo Consuegra participaba a menudo en la venta de las piezas de arte y éstas se volvían. le dijo. Upegui pidió más pan francés para no dejar en el plato la salsa de los caracoles. una camioneta Toyota recibida a su vez en un canje. Upegui pensaba que no había mejor recurso que invertir con un poco de ingenio. pero salía de repente en operaciones de alto trueque. Doscientos mil dólares —repitió para sí. Lo había aceptado en años de vida con el ingeniero Oropeza. Si no había efectivo. —Que sean doscientos mil —dijo Upegui. terrenos por carros. —¿Así que necesitas doscientos mil dólares? —Podrían ser ciento cincuenta mil —dijo Virgie. apartamentos por obras de arte. Se reunirían mañana a revisar las cuentas y poner en orden los papeles. se decía Upegui. pagar de contado. cuya autenticidad seguía siendo dudosa. Aceptaban cheques posdatados. Upegui se quedó unos segundos pensativo. La calle 93 con carrera 16 era un sitio costoso. le dijo. Upegui la comparó con el precio del cuadro. No le guardaba rencor. se volvía casi intangible. quien se propuso desde el principio educar a la esposa. ¿Era correcto o de mala educación limpiar la salsa del plato con un trozo de pan? Lo imitó también en la manera de paladear el tinto de la Rioja. Se pagaban deudas con obras de arte: los dealers recibían en consignación y vendían al contado o a plazos. razón por la cual Upegui sumó al inventario muebles coloniales y dos retablos del siglo XVIII. la mejor elección para la tierna textura del cordero al horno. Total. y dos grabados de pliego de Salvador Dalí. Saldría de nuevo para acabar en las manos de un colombiano de Miami quien. Ni un solo billete o moneda de curso legal entró o salió en la operación de compraventa. una mujer como Amparo podía ser mejor aliada en los negocios que en la cama. Enviaría a su abogado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus No le dijo lo que había invertido. en lo posible. Para Virginia. de un día a otro. Incluso después de haber dado por terminada una relación tormentosa. dinero en efectivo. moldear las asperezas de sus costumbres. Upegui acostumbraba hacer toda clase de transacciones. a su vez. Estaba acostumbrado a esta clase de cálculos. Quería ser franco: compromisos con su banco le aconsejaban ser cauto en sus inversiones. El cuadro de Botero. los arriendos estaban por las nubes. Así que cuando repitió para sí la cifra dada por Virginia. fue vendido en Nueva York y repatriado a Colombia. prepararla para la vida social que ella conoció en esos largos diez años de matrimonio. ¿Le molestaba si no figuraba en las escrituras del negocio? Figuraría su abogado. menos mal que había pagado seis meses por anticipado. Upegui construía. No sólo estaba seguro del éxito del negocio sino de la 54 . En caso de que un día decidiera traspasar o vender el negocio. en realidad un testaferro dócil usado en algunas de sus operaciones. Era lo que valía el cuadro de Fernando Botero que acababa de permutar por una casita en la sabana a las afueras de Cota.

Si fueran imprevisibles o menos rutinarias. armarios y escaleras de madera fina. Toman las decisiones esperadas por las mujeres. pasando una mano por sus caderas. las ensaladas eran su obsesión. Las circunstancias obligaban a tener vigilancia permanente. las chimeneas eran una rareza. dijo. gracias. se permitía la irresponsabilidad de probar el pan y las salsas. como hoy. No la necesitas —la halagó Upegui. las ensaladas y las frutas. Qué vaina con la seguridad. Una vivienda espaciosa de dos plantas con antejardín y garaje. con una chusca buhardilla que le servía de estudio. La mano ascendió de la cintura e hizo un lento. ¿No estaba en juego una inversión de doscientos mil dólares? Que el constructor Upegui viviera en Teusaquillo. —Tomemos un trago en otra parte—propuso Upegui. tendría el equivalente de doscientos mil dólares. que su apartamento fuera en realidad una vieja casa de dos pisos. tomó por sorpresa a Virginia. a más tardar en una semana. prefería el pescado a la carne. coqueteó. la estrategia dio los resultados esperados por Upegui.. caminaba o hacía ejercicios puntuales. Había un cuarto que podía destinarse al mayordomo. vulnerables en todo sentido. previendo quizá lo que contenía la propuesta. Debía tener cuidado con el alcohol Hay hombres previsibles. Podría aceptarse que. por lo rutinarias. ¿Por qué tan cerca del centro y en un barrio tan venido a menos? Pensó que Javier vivía en el norte. —Estaríamos más tranquilos en mi apartamento —propuso. Virginia rechazó el postre. pero. divorciado de una mujer de cuyo nombre no quería acordarse. pero él se había entusiasmado con la idea de conservar la casa como vivienda. miraba con codicia el tiramizú que Upegui devoraba en grandes cucharadas. Se dedicó a informarle que su peso y sus medidas se mantenían en un nivel aceptable. Y ninguna decisión es más previsible que la tomada por hombres que pretenden seducir a una mujer. No necesitas dieta —repitió Upegui. En efectivo —dijo Virginia. No bastaban el celador de la cuadra ni la garita de la esquina. bebía al menos nueve vasos de agua diarios. estas casas fueron habitadas por familias numerosas de alto rango social. La ciudad crecía y se empezaba a volver incontrolable el manejo de la seguridad. sala y comedor.. ¿Una copa? No. Aunque tener un 55 . una excentricidad. La cocina y el cuarto de servicio eran gigantescos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus seguridad de su inversión. En principio. Ya casi nadie las usa de residencias. Y mientras lo decía. imaginó su apartamento en un edificio levantado en la falda de los cerros. pues vivía solo desde hacía quince años. correrían el riesgo de fracasar o producir desastres en la vanidad. Y Virginia aceptó la propuesta de tomar un trago en casa de un hombre que conocía apenas. El área social. en la primera planta. Vivía en Teusaquillo —le explicó— porque las casas que quedaban en el sector eran joyas arquitectónicas. Como él no tenía mayordomo. precisamente por lo previsible. Que mirara bien. sobre todo en estas casas. Las estrategias se repiten con regularidad porque han probado su eficacia. no exigen el concurso de la imaginación. Gracias —fue la breve recompensa de Virginia. y mucha agua. En tres días. Al fondo. que había suprimido las harinas y que excepcionalmente. Su dormitorio en la segunda. tres habitaciones más. solo y sin hijos. Así que. atravesando los pasillos. Las explicaciones de Upegui iban de la generalización a los pequeños detalles. Mi dieta. imperceptible recorrido hacia arriba. No la necesito ahora. lo había convertido en un depósito de muebles y trastos viejos. ¿Los prefería en efectivo? —corrigió. Las compraban o arrendaban. Ya no se hacían acabados como éstos ni se concebían suelos. aunque empezaba a estilarse la recuperación de la chimenea como adorno de la sala. ahí estaba el secreto.

continuaba retorciéndose. lo tranquilizaba un poco contar con ese hombre de confianza. No te muevas. continuado. fue un aullido. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse y se encontró de pie. alcanza a presentir la aparición del milagro: la pequeña. concluyó. con la saliva venenosa. por distracción. Cambió entonces las reglas del juego: una mano acariciaba la flexible masa semidormida. lo que obligó a Virginia a extenderlo bocarriba en la alfombra.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vigilante privado no disminuía la inseguridad. Alcanza a ver los ojos vidriosos de Upegui. Un despertar sin despertar. decidida y más eficiente. abrazada al tipo que le babeaba cuello y orejas y le desabotonaba la blusa con tanta prisa como ansiedad. ¿No venía de allí el apodo de La Tarzana? 56 . Envejecen y no aprenden. Upegui gemía. el dedo corazón que acaricia la rosada entrada de la caverna. Si el grito de Upegui pareció un desgarramiento de pánico. Aunque estuvo a punto de reírse por el repentino avance de Upegui. En ropa interior. salido de una pequeña. que se la acaricia con suavidad e invita a ser mirada cuando la suavidad pasa a ser el ejercicio drástico del dedo presionando con fuerza. Siguió ocupándose de la flexible masa muerta. Supo desde el primer instante que tenía que guiar a Upegui. la camisa. en un gesto involuntario. Que la mirara. Se rió sin querer ser ofensiva cuando vio a Upegui en calzoncillos y medias. con el roce de sus labios. Upegui disparara un oculto dispositivo erótico. Trató de animarlo con masajes. de vientre prominente. extendido maullido de gata. aceptara seguir jugando con un pene que no era pene. Se evitaría el tramo de la escalera hacia el dormitorio de la segunda planta. los pantalones. trató de salvar un brazo aprisionado por los brazos del pulpo que la rodeaban. Virginia empezó a desnudar al inexperto: la corbata. El sofá no alcanzaba para dos. un largo. harían el milagro. Upegui susurraba. le ordenó obligándolo a seguir de pie. Virginia se sirvió de una mano. adonde no llegaría si lo dejaba hacer solo sus cosas. ¿La alfombra o la cama? La alfombra. como si. —¿Qué te sirvo? —preguntó después de encender las luces de la sala—. El juego no conduciría a ninguna parte. Ha cerrado los ojos y sólo existe para sí misma. pero disfrutaba sabiendo que todo en aquella escena estaba condenado al patetismo. Mi empleada está durmiendo. el de ella. esperaba que. exiguo elíxir blancuzco. Podía haber reducido el patetismo de la imagen quitándole los calzoncillos. no podía evitar los retorcijones. semidormida fístula. gemía. maleable masa dormida se despierta entre sus dedos. Ni boca ni mano. Upegui miraba esta variante del juego: una mujer abierta de piernas. Saberlo y sentirlo no la distrae del propio empeño. mirándola. Consiguió un breve saludo traducido en algo que podría ser una erección. los suficientes para que Virginia Sienta caer el cálido. un cuerpo enjuto y amarillento. llevarlo de la mano y conducirlo adonde deseaba llegar. decidió ella. Prefirieron el vino al whisky. Se arrodilló entonces y buscó entre los calzoncillos. Lo ayudó en la tarea: se desnudó con paciencia. Lo que sintió en la boca al cabo de un rato de esfuerzos fue una flexible masa sin vida. se dijo. la otra. así que Upegui resbaló aparatosamente cuando ella. No volvieron a hablar de negocios. se despierta sin abrir del todo los párpados. Virginia aceptó hacer el ridículo debajo de un hombre que se había abalanzado sobre ella y desordenaba su ropa antes de caer de bruces. Upegui gemía y Virginia hacía lo imposible por contener la risa. Encontró un pequeño juguete flácido. se acariciaba el coño. ¿De gata? Si alguien le hubiera hecho el seguimiento de esos gritos —testigos no faltarían— hubiera concluido que Virginia había adoptado como propio el grito del hombre de la selva. con un hombre que no era hombre. siguen siendo toda la vida adolescentes con urgencias. Unos instantes. el cinturón. Hay hombres que nunca aprenden. Cuando la boca se fatigó del juego.

los volvió amantes sin ser amantes. metería un dedo en su trasero. pero lo excitaban como no podía excitarlo la modalidad clásica de conseguir una erección destinada a penetrarla por instantes. ignorando las carencias del viejo. se adormece en el regazo. por su impotencia viril. lo llevaría al centro de su cuerpo y le insinuaría quedarse allí como quien busca afanosamente un tesoro. cada vez que imaginó a Upegui reconstruyó piadosamente aquella escena. Virginia lleva sabiamente la cabeza del viejo hacia un pecho y lo amamanta con la abnegada ternura de una madre. porque adquirió pronto la costumbre de llorar de manera inexplicable en brazos de Virginia. momentáneamente. Busca el otro pecho. pondría todo el empeño en esas relaciones. habría que descartar esta modalidad. —Estuviste fantástico cuando me mirabas —corrigió. Si no alcanzaba la erección en el grado de dureza exigido para penetrarla sin que el adminículo se deshiciera en su flacidez. lo hacía de manera desconsolada y sin complejos. Se vistieron en silencio. El viejo no era lo que se dice impotente. Lloraba por el fracaso de los pasados amores. expresiones de consolación: el error de muchos hombres consiste en creer que todo se reduce a meterla. Se proponía encoñarlo. se escucha el chup chup de sus labios en la teta generosa. Virginia cierra los ojos y piensa en la inminente apertura del gimnasio. Piadosa mentira. A Upegui lo calentaban las frases afrentosas. —Estuviste fantástico —le susurró. Lo conminó a hacer lo que se le antojara. 57 . Un llanto quedo. por la felicidad de sentirse consentido al lado de esta mujer sabia y paciente. sin quererlo. Virginia descartaba la idea de convertirse en amante de Upegui. Si lloraba. Le enseñó a maniobrar un vibrador y lo condujo por vericuetos distintos a los habituales. ¿No le gustaba verla en cuatro patas y de espaldas exhibiendo la abundante redondez de sus nalgas? Le enseñaría a besárselas. Upegui no sería solamente un amante dócil sino el mejor de los socios. enmarcados en un precario paisaje de canas. ¿Que Upegui era un obstinado en su empeño de acostarse con ella sin contar con los recursos para hacerlo satisfactoriamente? Qué importaba. detiene el llanto. —No tienes que mentirme —dijo el con la voz entrecortada. elementos de un juego amoroso que excitaban al hombre. mejor dicho. ¿Que se excitaba más mirándola que acariciándola? Lo complacería en ésta y otras obsesiones. ¿Por qué los hombres se empecinaban en tomar una y otra vez los caminos del fracaso? ¿Por qué pretendía Upegui hacer el amor —Upegui no era sino la metáfora de otros Upegui— sin temer la caída en el ridículo? La piedad presta su estilo a la mentira. de halagarlo. tantos que se volvieron rutinarios. Virginia instruyó a Upegui en otras técnicas amatorias. Es el momento propicio para ofrecerle consuelos. una recompensa inmerecida como todas las que Virginia ofrecía a hombres como Upegui. Lo que le dijo al verlo derrumbado y acezante fue una mentira piadosa. Le pidió canjear afrentas por afrentas. Fue más allá de la resignación: trazó su propia estrategia. También Upegui descartaba la posibilidad de convertirla en su amante. No mezclaría los negocios con la cama y menos cuando este hombre le prometía entrar en sociedad. Si lo conseguía. Como si se tratara de un discípulo dispuesto a aceptar como verdad lo que ella le enseñara. Pero la repetición de los encuentros. Aceptó el hecho y se resignó a hacer el amor con un hombre que no sabía hacerlo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche. mordería sin morder sus testículos. todo menos exponerse a fracasar en el intento de penetrarla. No era un pelafustán cualquiera. Acostumbró esos oídos a repentinas suciedades y a tiernos insultos. Melancolía y silencio. ¿No le gustaba sentirse lamido como cachorro? Lo lamería con dedicación de orfebre. Se lo dijo a Upegui en otras palabras. como de niño que reduce gradualmente la intensidad de sus quejas. Si a Upegui le gustaba revolcarse y sobajearse con ella. Le haría el amor con la sabiduría de una hembra. Susurraba en sus oídos palabras y expresiones que derretían al viejo. Upegui chupa ese seno. No dejó de mentirle.

serían sus socios. un viaje de exploración a nombre del Gran Jefe. después se lo comerían vivo. abre las fauces y engulle a su socio. el día menos pensado. desde el suelo afelpado. Pudo al fin ver la retrospectiva de David Hockney. Pradilla prefería la alfombra y los almohadones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Recuerda que nunca amamantó a Verónica y siente por primera vez el gozo supremo de una maternidad tardía. dijo Amparo. alguna caricia sin más intención que la de sentir la tibia piel de la adolescente. encontrado en una paciente sesión de frenesí solitario. : Volvieron a comer salmón ahumado y a beber champaña francesa mezclada a partes iguales con zumo de naranja. mejor dicho. El Gran Monstruo de belleza apocalíptica. le dijo inocentemente Verónica. Pradilla la invitó a cenar después de haberse ausentado cinco días de la ciudad. Se ofreció a colaborarles con ideas que darían al spa una decoración más sofisticada y moderna. Extendida en la alfombra blanca y abultada. Upegui llamó a Amparo Consuegra. llega el grande con sus manos abiertas. Verónica dejaba que su blusa enseñara vientre y ombligo. Crecería. Volvieron a escuchar hasta tarde viejas canciones que llenaban el ámbito del salón con melodías desconocidas por ella. Ahórrate los estudios y las teorías: la empresa chiquita necesita capital para hacerse un poco menos chiquita. así definió a la urbe. carajo? ¿Por qué ese grave. Todo sucedía como lo había esperado. Cinco encuentros —Vero los contaba como si fueran la cifra de sus expectativas— y todavía no asomaba en el horizonte nada de lo esperado por ella. ¿conocía la canción de Joan Manuel Serrat? A propósito. La inyección de capital precipitó felizmente la última fase. se devolvía con mesurada nostalgia al peculiar sonido de Supertramp y The Cure. Pensaba en módulos geométricos. El envío de las flores y los mensajes cifrados con títulos de canciones de Sinatra iluminó un rincón inexplorado de su curiosidad. le dijo. le dijo a Verónica: espero que te guste. Posmoderna. El viaje a Nueva York había sido en todo caso divertido. pero ella acostumbraba prescindir del 58 . le pedía poner atención al escuchar 'The dark side of the moon". ¿Por qué no trataba de seducirla? ¿Por qué no la desnudaba. ¿Le aburría conocer esas minucias? No. ponderaba el sonido de la guitarra flameante tocada por John McLaughlin. Había que recuperar la sólida dignidad del hierro en vigas y escaleras. tiernos besos. En esto acababan esas alianzas. le hacía llegar cajas de bombones o trufas. Piel de manzana. Si no le enviaba flores. Me inclino por la asepsia. Ella abrió la pequeña caja envuelta en papel regalo: contenía un perfume de Carolina Herrera. Desde allí. Alguien muy poderoso estaba interesado en invertir en su empresa. que los botones salieran de sus ojales y quedaran expuestos a la mirada sus hermosos pechos intactos. se volvería más competitiva. Ya no se estilaba el topless. Primero. la ilustraba en la grandeza de un concierto de Pink Floyd. por el contrario. ¿Qué hacía en Nueva York? Un encargo de Isaías Bueno. El descubrimiento del orgasmo. Mientras Virginia y Upegui vivían su historia de amor sin amor. Son como niños —piensa. Verónica había vuelto a encontrarse con Guido Leonardo Pradilla. bajo tono de sus palabras no se alteraba y perdía el control en un rapto de macho? Empezó a desearlo en silencio. Amparo puso a su disposición una agenda valiosa. Pero Bueno decidió a último momento no convertir la obra de su vida en la fácil carnada de un pez gordo. estimuló la curiosidad de saber si podría alcanzarlo con un hombre. explicó Amparo. Unos pocos. ofrece unos millones y. zuas. ¿Quién cantaba esa canción? Bryan Ferry. dedicada en las últimas semanas a hojear revistas de decoración europeas. Un viaje relámpago a Nueva York. le interesaba saber cómo era el asunto de las fusiones empresariales.

Aunque estuvo a punto de aceptar la idea de que aquel hombre era un gay escondido entre sus buenas maneras. ¿Qué 59 . le dijo Leo a Verónica antes de la medianoche. a zarpazos la iba liberando de las ropas se resistía sin querer resistirse ni poder evitar la fogosidad de aquel hombre. repetirse en telenovelas actuales? No. Y lo que era peor: un macho que le atraía como nunca le había atraído macho alguno. Esa voz. la música en cada palabra. Una manchita deslumbrante. después de diseño gráfico. las camisas de seda italiana. arruncharse sobre la alfombra. ¿Lo había visto hacer en una película. y él escuchaba sin censurarla. Las palabras la hicieron reír. nimiedades de niña. beber champaña. Nadie le había dicho antes nada sobre el lunar del seno. es lo que más me atrae y lo que más odio. Lo tocó con el índice de su mano derecha y le dijo que era como un delicado adorno. Verónica conoció lo que era "el estilo". rechazó la sospecha. Verónica recordaba que. la mirada a los ojos en el instante del brindis. Leo no pasó de ponderar aquel adorno negro emplazado en las espléndidas formas de un seno. El gesto ruborizó a la muchacha. esa sonrisa permanente en los labios. Aterrizó en la realidad. la manera de descorchar sin escándalo la botella de champaña. la frase quedó grabada en la memoria de Verónica ¿Por qué no se los acariciaba? ¿Por qué no le quitaba la blusa y ponía esos pechos en su boca si ella no hacía nada distinto a ofrecérselos? Tuvo una fantasía instantánea: Leo le rasgaba a dentelladas la blusa. esa elegancia sin el propósito de ser elegancia. un publicista brillante al que le atribuían amoríos turbulentos y una antigua pasión de la que nunca hablaba. los fabricantes de sostenes habían pasado por la peor de sus crisis. Sintió el calor que se extendía en su cuerpo. con esa sonrisa de perdonavidas. una elegancia natural y negligente como su manera de hablar de las cosas sin darles importancia. Pradilla se reía de las tonterías que ella decía. ¿Lo perdonaba si no la llevaba a casa? Le llamaría un taxi. le restaba importancia a lo que ella creía importante. O lo parecía. el estilo al servirle la copa. Estaba cansado. había vivido en París.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sujetador. Los pechos más divinos que lengua inmortal decir no pudo —siguió Leo con su parodia. el cuidado de la ropa. le confesó Vero a Beatriz. contrariedades domésticas. era todo un macho. una manchita deslumbrante en los senos más espléndidos que ojos de mortal habían visto. Lo que había averiguado sobre él hablaba de un seductor arisco. ¿Qué había hecho en el hotel de Villa de Leyva donde habían pasado un fin de semana? Dormir en camas separadas. sobre todo en sus visitas a Leo. amigo de sus antiguas amantes. Los hombres tenían o no tenían estilo. tomarse a duras penas de las manos y besarse con besos de niños. entre 1968 y 1969. pero la inquietud de su vida lo llevaba a abandonar las carreras iniciadas. ese tal Upegui. solitario y exigente en su vida social. pensó. Había iniciado estudios de arquitectura. los pantalones de liviana lana virgen o de pana francesa. pasear por el campo. tribulaciones de adolescente. —¿Será verdad que es marica? —le preguntaría después a Beatriz Lopera. ¿Le había notado algo raro? Nada. Siendo muy joven. Resultaba —le decía Verónica— que su madre tenía un nuevo amante. Sabía escucharla sin darle consejos. Pradilla descubrió un pequeño lunar en el seno izquierdo. —¿Ni siquiera te toca? —No como yo quisiera. Le pedía repetir sus anécdotas y le daba la certidumbre de haber sido escuchada. ¿Qué hacían entonces? Escuchar música. ese tono bajo. de detener el ascenso de la espuma posando la yema de un dedo en el borde de la copa. los zapatos. tomarse de las manos. las corbatas inglesas. en la década pasada. La escuchaba. marica no parecía. muy viejo para ella. Tenía que preparar un informe para el Gran Jefe.

¿No es divino? —¿Te gusta? —Me lo comería de un bocado. vestirse con deliberada coquetería y sin agresividad. La llamó Galatea. Nunca se le conoció mujer alguna. Leo la acompañaba en la madrugada hasta su casa y la despedía con un beso en la boca. O temerosos del rechazo. Hasta entonces. al imaginársela desnuda. dar la impresión de no llevar pantaleta si elegía una tanga. puede ser eso. Se casó con ella. ni una insinuación. Siempre viene solo. Todo tenía que parecer espontáneo. sin abrazos ni fuego. la noche deslizándose por la superficie dilatada del tiempo. una de sus canciones preferidas arrullando el ambiente. Concibió una. ese sencillo vestido de seda negro. a lo mejor descubriría que no llevaba ropa interior y. sería como abrir una herida en su amor propio. de una hermosa mujer que. Happy days. encendería el apetito del hombre hasta ahora indiferente. ¿Se enamoraban los hombres de una criatura hecha con sus propias manos. ¿Sería igual si se atrevía a dormir con él. llevar una falda cómoda y un suéter. Resultaba que la indiferencia no era más que una estrategia para atraparla en sus redes. 60 . No sería difícil convencer a la madre de que se quedaría en casa de una amiga. por ejemplo. Me lo encuentro aquí cada vez que vengo. lo que había conseguido era abrir en su mente nuevas preguntas inquietantes. eso sí. alcanzó la perfección de la hermosura. Calculadores —concluyó Beatriz. hacerse invitar por el amigo. poco a poco. La idea la rondaba desde hacía días. Actuaban sólo cuando tenían el triunfo en las manos. Así eran ciertos hombres. sería ponerse un vestido entero con botones de arriba abajo. aceptó Verónica. aunque lo mejor. en verdad. le dijo a Beatriz. —Mira a ese muchacho —llamó la atención de Verónica—. concebida como obra de una perfección inalcanzable en la realidad de los mortales? ¿Se enamoraban solamente de lo que moldeaban con sus manos? Cinco encuentros íntimos y nada de nada. de la estrategia. Fantasía de adolescente. dejaría pasar el tiempo hasta que se hiciera tarde. El estruendo de un rock de los 60 interrumpió el trazado. si se pasaba la mano por la superficie de la seda se acariciaría la piel. repetir el ritual de la música y la champaña. ni siquiera sería necesario mentirle. le aconsejó Beatriz. —Inténtalo. era frecuentado por Beatriz desde hacía dos años. Tenía miedo. el bar donde se encontraron esa noche. Beatriz Lopera la ayudó a trazar y perfeccionar la estrategia. ¿Era posible que un hombre mayor de cuarenta años se mostrara tan indiferente ante la belleza de una muchacha de dieciocho? Indiferencia estudiada. en tu casa. Un día. la escultura cobró vida. si se las ingeniaba para quedarse en su apartamento y compartir accidentalmente su cama? En Villa de Leyva todo había sido un fracaso. en lugar de invitarla a dormir en su cama le ofreciera el cuarto de huéspedes? Si hacía el oso. no estaría mal ese amplio suéter de lana abierto en V. ¿Y si no resultaba? ¿Si Leo. se sentirían sus formas. le dijo Beatriz. ¿Sin calzones? ¡Cómo se le ocurría! Podría. cuando aún no había cumplido los diecisiete. tuvo hijos y fue feliz —le refirió Leo tratando de satisfacer la curiosidad de la muchacha cuando. el reposo en la alfombra. Viéndolo bien. una larga despedida con fuego que encendiera el fuego. Solamente un beso en la boca.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus representaba la reproducción de esa pintura clásica? En Chipre existió un rey llamado Pigmalión. Se dedicaba con pasión a pulir sus esculturas. Volvería al apartamento de Pradilla. Había visto una telenovela en la que el galán se mostraba indiferente ante la chica que se desvivía por él. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. Ella esperaba un abrazo apasionado en vez del repetido hasta mañana. Se vestiría pensando en cada detalle: olvidarse del brasier. Estrategia de adolescentes ancladas en sus fantasías.

temía que Verónica no se hiciera respetar. Upegui la había invitado a pasar el fin de semana en un hotel de Chi-nauta. que lo hicieran a lugares seguros y conocidos. ¿quería acompañarla? No. —¿Ya la perdiste? —¿Que sí perdí qué? —Tú lo sabes. una ensalada de endibias con salsa de queso azul? Le habían regalado una caja de vino blanco del Mosela. Cocinaría para ella. era un tipo encantador. Su textura es su cuerpo. —Te pregunto si ya te volaron el virgo —precisó Virginia. que una vez descubierto el delirio del sexo. viéndolo bien. aunque. Estaba despierta cuando Verónica regresó de casa de Leo. Beatriz atrapó el dedo con la mano y se lo llevó a los labios. 61 . le dijo al recibir la llamada. Virginia se atrevió por fin a formular a la hija una pregunta que guardaba desde hacía tiempo. Beatriz se había citado con amigos en otra discoteca de la Zona Rosa. Se la limpió con la yema de un dedo. le dijo al describir el liviano cuerpo del vino. por el contrario. voy al baño. era preferible a quedarse sola en casa. mamá! Verónica ignoraba que la madre había escuchado detrás de la puerta del baño los quejidos de la hija. Temía que la hija no hiciera el uso apropiado de su tesoro. Que tuviera cuidado. Acababa de resucitar su vocabulario más auténtico. Sobre todo si se trataba de una adolescente endemoniadamente atractiva como su hija. bien sabía ella que bastaba haberse acostado con dos o más hombres para ganarse fama de fácil. se dejara llevar por su corriente y le diera por pasar de un hombre a otro. ¿Podía quedarse en casa de Beatriz? Virginia le dijo que lo hiciera. Verónica sintió la cálida humedad de la saliva en el dedo. cojo un taxi y me voy para mi casa. —¡Cómo se le ocurre. No le dijo nada. Verónica descubrió una mancha blanca en la punta de la nariz de la amiga. Eligieron el lugar para discutir detalles sobre la continuación de las obras del gimnasio. Al regresar. las sacan del carro a punta de pistola y ya se puede imaginar lo que hacen con ellas. el chapoteo espasmódico en la bañera. les echan escopolamina en la bebida y abusan de ellas. le enseñó Leo. No le importaba que lo fuera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Me da pena con mi Gordis. no era éste el destino deseado para su hija. ¿Qué se había hecho Leonardo Pradilla? ¿Lo seguía viendo? Debería tener cuidado con hombres mayores que ella. le dijo Verónica. le anunció Leo. no te hagas la boba. Eso sí. que tuviera cuidado. Un importador de licores que tenía cuenta en la agencia. Leo invitó a Verónica a su casa. ¿Le parecía bien comer unos langostinos sencillos a la plancha. ¿Tenía cuerpo el vino?. Si pensaban salir. alterada por las evasivas de Verónica. podría haberse masturbado. ¿Dónde quedaba el Mosela? Es un río de Alemania. atracan a las muchachas y las violan. conseguido el orgasmo y seguir siendo virgen. saltar de una cama a otra. le advirtió con amabilidad. podía ser su padre. Las adolescentes huérfanas —pensaba Virginia— se encaprichaban con hombres que podrían ser sus padres. Se ausentó unos minutos. Mi madre salió de viaje con su socio. Verónica aprovechó la ausencia de Virginia. Ir de mano en mano. —No sé a qué te refieres —dijo Vero. Bastaba el rumor. la jactancia masculina. Estaba aprendiendo a hacerlo y no le iba mal en los primeros experimentos. no desconfiaba de él. esta ciudad se está volviendo demasiado peligrosa. para perder ante ellos lo más valioso en una mujer. la mayor o menor densidad que se siente al paladearlo. preguntó ella intrigada.

que era la más bella. —Te ves divina de espaldas —le dijo Beatriz a un paso de ella. —Será para el próximo año. aceptaba la invitación a cenar. encerrada en su alcoba. surgió del almacén de la memoria la palabra pronunciada entonces por Virginia. Coman antes este antojito. —Todas las reinas terminaron el bachillerato y están haciendo una carrera. No hubiera pasado de eso. por asociación. Pegó los labios húmedos y fríos en un seno. Era como sí el mundo se hubiera revelado como un ser hambriento de afrodisíacos y estimulantes de algo que con el paso de los años o quizá de los siglos se hubiera adormecido por inercia. con los ojos brillantes y un ligero tartamudeo. pero tengo que prepararme desde ahora. Verónica. Me refiero a los langostinos. un roce fugaz de manos. se prueba la ropa que usará para la cita de la noche. —¿Son afrodisíacos? —quiso saber por teléfono—. Y el espejo le repetía que sí. Leo no pudo contener una carcajada. Cómo no. le pidió permiso para tocarle los pechos. Virginia y Upegui van camino de Chinauta. Divinos —dijo Beatriz y se inclinó un poco ante la amiga. Virginia ya se había ido con Upegui a un hotel de Chinauta. le dio la espalda a la amiga y se probó la tanga de seda. mi niña —le dijo. Una frecuente expresión de fraternidad femenina. tan diferentes a los suyos. asesorada por Beatriz. sin sombra de malicia o deseo. me llama a todas horas. —Creo que voy a dejar al Gordis —le confesó Beatriz—. le dijo Teresa a Verónica. se enfurruña si saludo de beso. E inmóvil frente a la amiga. ella los creía pequeños. Verónica seguía semidesnuda ofreciéndose al espejo. No había revista que no hablara de alimentos y bebidas afrodisíacos. —De espaldas y de frente —añadió Verónica al voltearse y recoger de manos de la amiga la tanga de seda. Subió el rostro y le dio un beso en la boca. ¿Qué pasará con tu contrato de modelo? Acuérdate de que es tu gerente de mercadeo. Sentirse besada en los pechos y en la boca era una extensión de esa 62 . —¿Ya lo pensaste? —se puso seria Verónica—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica recordó el menú de sus doce años y. después en otro. Verónica no dijo nada. Ya sabía. —¿Se puede saber qué oferta? —Un tipo muy rico está interesado en volverme reina de belleza. —Tengo otra oferta —dijo mientras sostenía en ambas manos un body de seda. Unos langostinos sencillos a diferencia de los que comió a sus doce años. desde el espejo salía la gratificante voz repitiendo la frase de la fábula. la inundó una rápida corriente en el cuerpo. arropados por la salsa del maracuyá. El afrodisíaco eres tú. lo que era un afrodisíaco. miró los vellos de sus brazos erizados. Verónica se quitó el bikini negro. sin embargo. —No vuelvas a hacerlo —le reprochó con voz amistosa. afrodisíaco. quiere ir conmigo a todas partes. Un roce fugaz de manos. sintió la caricia de la amiga. Al mediodía de un viernes. Les ha servido antes unas empanaditas de carne. Una luz de esperanza se encendió en la imaginación de Verónica. No hubiera sido necesario consultárselo. Habían dormido juntas y abrazadas. Se está poniendo demasiado celoso. Beben el trago de ginebra con tónica que les ha traído la empleada. Bebió un sorbo de ginebra. pero Beatriz. eran tan grandes y tan perfectos. Pruébate esta tanga blanca. le molesta que otros hombres me hablen.

convencida ya de que la tanga iría debajo del vestido entero de botones. Tendré tiempo de empezar un semestre de diseño de moda. —¿Un yate? Eso tan bueno no lo dan gratis. —Compra y vende esmeraldas y otras piedras preciosas —dijo finalmente Beatriz—. Betty. —Eso cuesta. Se rieron. había estado acostándose. un vestido negro con lunares blancos. —Me va a salir gratis —concluyó—. encontré este detalle. cuestan algunos arreglitos del cirujano. haré la mejor inversión de mi carrera. —¿Qué vas a dar a cambio? —Lo que sea. pruébatelo. —¿Y quién es Fabián Acosta? —Tiene treinta y dos años y mucha plata. cuestan mucho las joyas y el viaje de la comitiva a Cartagena. la reciedumbre de los muslos—. —¿Te regaló un brazalete? Cuando fui a abrir la servilleta que estaba encima de mi plato. Sin duda. ¿No le había contado que siendo aún niña. —Si me toca —dijo con tono desconsolado—. cuestan más el gimnasio y las dietas. durante una semana. porque ya decidí estudiar diseño de moda o alta costura —dijo en una retahíla nerviosa. ¿no? Verónica no dijo a la amiga lo que pensaba del tipo ni lo que pensaba del regalo. La amiga lo hizo. la tanga debajo del vestido de botones. un gesto parecido sería el principio de un cataclismo. mucho menos de lo que sería el futuro de una reina. sin cuello y breves mangas amplias. Medellín y Bogotá. la curva de las nalgas. —¿Casado o soltero? 63 . otro apartamento en Bogotá y una finca en Rionegro. ¿Me sientes desnuda? —Te siento —dijo en voz muy baja Beatriz—. un apartamento en Miami y una casa de ensueño en Cali. —¿Sales con él? —Salí con él una noche. —Cuéntame despacio el asunto ese del reinado —dijo Verónica mirándose al espejo. no sabes lo que cuesta prepararse para ser reina: cuesta mucho la ropa. —Pásame la mano por las caderas —le pidió a Beatriz cuando se puso el vestido y acabó de abotonarlo de abajo arriba. le pidió no volver a hacerlo. Me mostró las fotos. ¿Quién es el tipo que te promete ser reina? —Fabián Acosta. a los doce años. Examinó y admiró la delicadeza del brazalete de oro. Betty. ¿Te imaginas? Me dijo que alquilaría un yate y navegaríamos hacía las Islas del Rosario. no sólo la haría ver más adulta sino inmensamente deseable. Si levantaba un brazo. Y aunque le resultó placentero el inesperado beso de la amiga en senos y boca. frecuente en muchas mujeres. Tiene joyerías en Cali.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fraternidad indefinible. Divino. ¿Ves esto? —y señaló la muñeca de su brazo izquierdo. El Gordis no lo sabe. El tipo que me propuso la idea me dijo que correría con todos los gastos. —Reina de belleza apenas acabe el colegio. las mangas dejarían ver el costado del seno. con Amparo Consuegra. se había enamorado de una amiga? ¿No le había contado que una chica mayor que ella la había besado y acorralado en el baño? Beatriz no le había contado que. Si te siento yo. —Si llego a ser reina. como si dibujara las líneas de la cadera. te sentirá él. Entre los hombres. más por interés que por deseo. cerquita de Medellín.

el suéter de cachemir también rojo. ¿De qué material era el saco? De tweed—dijo Leo. Leo salió fascinado. mirándola a los ojos. Algo más le recordó al senador Roldán. Soldados en tanquetas recorrían sus calles en aquella noche brumosa. los mocasines marrones. arruinaban los cultivos de flores. Al estacionar el carro en el parqueadero subterráneo y ver salir a Verónica. le resultaron impresionantes. ¿Por qué. ¿A qué horas pasan a recogerte? —A las siete y media. quién era Saura? Saura era un gran director de cine español. Regresó al cabo de unos minutos con un ramo de flores. Verónica se aburrió. acababa de darse cuenta al verlo salir del carro y entrar a la floristería. Leo la tomó de un brazo y la hizo girar en redondo. Beatriz le había dicho a Verónica que los hombres mayores eran a veces los mejores maestros. desde las ventanillas. Y Verónica 64 . Era la clase de elegancia que admiraba en el senador Rodolfo Roldán. dan lecciones. Te ves fantástica —dijo. Leo le habló entonces de la fantástica actuación de Antonio Gades. Habían pasado cinco años y todavía lo recordaba con admiración y cariño. No dijo que se había perdido en el enredo de la primera película musical que había visto en su vida. Una camioneta blanca abría el paso y. como en muchas otras ocasiones le dio a entender que conocía lo que ignoraba. Un cumplido más. le dijo. antes de cenar. La segunda llamada era para decirle que llevara identificación. Le gustaba también como iba vestido. La policía y el ejército estaban realizando retenes en toda la ciudad. Mantenía vivas en su memoria las preguntas que le formuló cuando fue invitada con su madre a un restaurante mediterráneo. ¿Quién era Carmen. el personaje de una ópera famosa. Caían piedras de granizo sobre la sabana. Orquídeas. las noches y las madrugadas eran muy frías. Camino de su apartamento. las medias de lana roja. de la historia de Mérimée y de la tragedia gitana. Cuando hacía un día de sol como el de hoy. se asomaban hombres armados con subametralladoras apuntando hacia nada. A Verónica le había encantado la actriz Laura del Sol. ¿Pulía Pigmalión a la linda Galatea ignorante? Con otras palabras. En ocasiones. Del Vaticano había pasado a Buenos Aires. Si no dan consejos. ¿Le gustaban las orquídeas? Me encantan —dijo ella al recibirlas. Pradilla detuvo el carro. Apagaba el televisor sintiéndose incapaz de soportar e incluso comprender las razones de tanta demencia. Te queda muy bien —le dijo Verónica. no iban a cine? Quería ver Carmen de Carlos Saura. Verónica le dio a entender que sabía quién era Gades. La ciudad daba la impresión de un campo de guerra sin guerra o como si la guerra estuviera a punto de empezar. que era precisamente eso lo que los volvía repelentes. el pañuelo de seda que se ajustaba entre el cuello y la camisa. una gitana enamorada hasta la perdición de un soldado francés. Carmen. Era una vieja chaqueta de corte clásico con botones forrados en cuero y parches de gamuza en los codos. aunque parecidas. salió de prisa y Verónica lo vio entrar en una floristería. esperan que seas como ellos quieren. le gustaban el pantalón beige de pana francesa. A unas cuatro cuadras de su apartamento. Leo había tenido que ceder el paso a carros blindados flanqueados y seguidos por escoltas. aunque más vivas eran las imágenes de un hombre aparatosamente escoltado por las calles.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Soltero. donde era embajador. Verónica recibió dos llamadas de Pradilla. Verónica sabía que en las últimas semanas estallaban bombas en todas partes. Las imágenes de esta noche. el primero que hacía a la elegancia de Leo. le dijo Virginia con nostalgia. Se lo puso porque hacía frío cuando se asomó a la ventana de su apartamento. —Voy a encontrarme con mi Gordis —le dijo Beatriz al partir. le habló de la ópera de Bizet. No conocía el pánico.

Ya estaba sucediendo. No te estoy hablando de política —precisó—. Prefirió una rápida mirada al espejo y un movimiento brusco de cabeza: Leo desordenaba sus largos cabellos rizados. En ese instante. de tintes rojizos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recibió el cumplido. comieron salmón hasta hartarse. deseó que. esa cabellera salvaje. solos en el ascensor. No volvió a acariciarla. La noche pasada al lado de Leo le enseñó que. Hubiera deseado que el amigo la hubiera tomado por la cintura. Tal vez Verónica fuera ajena a lo que sucedía casi a diario indiferente como lo eran los chicos y chicas de su edad. se mantuvo muy 65 . de numerosas dudas y contadas respuestas. esperado desde hacía horas. Evitaba salir a bares y discotecas. como el primer triunfo de su estrategia. ¿por qué carajos no me besa? Se miró de frente en el espejo. pasó las manos por sus cabellos y le repitió a Verónica que la Carmen de Laura del Sol era "sencillamente fascinante". evitando alarmarla que la presencia de policías y soldados se debía a los atentados de las últimas semanas. al salir hacia el pasillo. hubiera tomado la iniciativa de besarla. le repitió que estaba preciosa. en aquel pequeño espacio rectangular. periodistas y magistrados. volvieron al nido de la alfombra. Mientras subían al penthouse. le recordaban a la Carmen de Saura. que la energía puesta en expectativas. siempre el miedo a caer en un abismo. Verónica le había impuesto las tonalidades rojizas de ahora. buscaban implantar el terror y obligar al gobierno a bajarse los pantalones. Escucharon música. es el vestido preferido de las gitanas. acarició la curva de la cintura hacia las nalgas y le repitió que ese vestido. Mejor quedarse en casa. no hay nada más doloroso que una expectativa defraudada. en Medellín se pagaban sumas increíbles por la cabeza de cada policía muerto. también ella. este país está montado en un barril de pólvora. ¿Tenía razón al temer que la película de terror apenas empezaba? Pradilla se prohibió contaminar la conciencia de la muchacha con el miedo que lo acometía a veces. El vestido que llevas. Ya le había explicado. ambos sintieron el estruendo de una explosión. satisfacciones. Es curioso — añadió—. bebieron vino blanco del Mosela. Pradilla pensó que podía tratarse del seco ruido del ascensor al descender. explicaba Pradilla. era "sencillamente fascinante". tomándola del brazo. para quienes otra clase de guerra se libraba en sus conciencias atribuladas. negro con lunares blancos. En un momento irrepetible. Los narcos le habían declarado la guerra a jueces. Al castaño oscuro natural de sus cabellos. Lo que pudo haber sido el comienzo de lo esperado pasó a ser un gesto incidental e inconcebible para la joven. Los ocho pisos que subieron en el ascensor se hubieran convertido en el ascenso de expectativas defraudadas si Pradilla no hubiera pasado a último momento una mano por el cuello de Verónica y removido la rebelde abundancia de su cabellera. Te estoy hablando de las guerras que desata la mala política. Un estallido remoto. Verónica aprendería poco a poco que la adolescencia es una edad de inmensas expectativas e inciertas satisfacciones. Leo puso una mano en las caderas de Verónica. Abrió las tres cerraduras de su apartamento y. Verónica deseó preguntarle si. a su edad. Llegamos —dijo al retirar la mano que había acariciado la nuca con ademán distraído. dudas y respuestas es lo más parecido al ímpetu de un perro cachorro que corre hacia ninguna parte estimulado por la fuerza irracional que debe expulsar de su cuerpo. El azar de una bomba podía cobrar sus víctimas en transeúntes desprevenidos. Tranquilizó a la muchacha. que la ansiedad se parece al vértigo.

el suficiente para encontrar a Leo en la cama. con sus expectativas e ilusiones. Verónica dormía siempre con un viejo pijama de algodón. le dijo que. en el transcurso de los meses siguientes. Leo veía silencioso y con expresión adusta las imágenes de un noticiero de televisión extranjero. Era tarde. Dicen que posiblemente se trate de otra bomba de "Los Extraditabies". —Pusieron una bomba en el centro comercial de la 15 con 93 —dijo en voz alta. Gracias a Dios. De repente. todo desapareció de la mente de la muchacha. El vino frío se había agotado. No le ofreció el cuarto de huéspedes. Al salir. Algunas ventanas rotas. paralizada de espanto. se agotaba la noche. un paisaje de escombros humeantes. Más tarde. se sentó en el borde de la cama. sólo serían tolerables si se aceptaban como una fatalidad a la que era preciso oponerse con resignación. ¿Jugaba a torturarla? Durmieron en la misma cama. expectativas y deseos. camilleros apresurados. policías y ambulancias de la Cruz Roja. Dicen que hay muchos muertos. No hace falta. porque había rechazado la camiseta. están cavando tumbas de inocentes. en información le darían el número. Y no era cierto. Trataba de identificar el lugar. El estallido de las bombas. representado en aquellas imágenes. Verónica pidió por la habitación de Virginia de Oropeza o Javier Upegui. si exhibía su desnudez. si no había inconveniente. Dentro de medía hora regresarían a Bogotá. Las había visto insidiosamente repetidas como si las cámaras buscaran el lado oscuro de su morbosidad. No podía dormir. Por ahora. deshacía toda expectativa sobre la aventura de esa noche. desnuda y abrazada a un cuerpo protector. la tensión de la espera. Como sonámbula. —Acuéstate —le pidió Leo—. Tardó un largo rato en el baño. Tal vez hubiera apagado las luces o dejado encendida la pequeña lámpara de la mesita de noche. Casi siempre duermo desnuda. dijo él. Leo la abrazó como si tratara de protegerla del espanto de las imágenes. le informó la madre. aceptaría que el amor sería posible. —El gimnasio de mi madre queda a pocas cuadras —recordó con voz ronca. No sabría qué hacer si aparecía en el dormitorio con las luces encendidas. la única iluminación provenía del televisor encendido. nada más. cadáveres mutilados sacados debajo de los escombros. Claro. larga hasta las rodillas. —La organización de narcotraficantes que ha venido diciendo que prefieren una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos de América. sin señales del más mínimo pudor. podían dormir juntos. Verónica se metió entre las sábanas. si se exhibía desnuda en el tramo que iba del baño a la cama queen size. Leo llamó a información y luego al hotel. si se cerraban los ojos al mundo exterior e inmunizaba su conciencia. De manera intuitiva. dijo ella. Desnudo. un edificio en ruinas. Verónica comprendió que el espectro de la muerte y la destrucción. dijo Verónica. —¿De "los extraditables"? —pudo al fin decir ella.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cerca de ella pero no pasó del simple roce de las manos al extenderle la copa. Los había llamado el vigilante hacía apenas media hora. Ya estaban informados. ¿Por qué no comunicarse con Virginia? Está en un hotel de Chinauta. Apagó el televisor y sólo en ese instante pudo ver a Verónica desnuda y de brazos cruzados. Recostado sobre almohadones. la humareda. sin mirar la altiva desnudez de la joven que se había quedado petrificada al pie de la cama—. la onda expansiva no había llegado a la carrera 17 con 93. Aquella noche y 66 . Podía quedarse a dormir. la visión de ruinas y cadáveres sacados de los escombros. las edificaciones destruidas y el pánico que se iba extendiendo sobre la ciudad. creía que en el Chinauta Ressort. ¿Quería un pijama? Le ofreció una camiseta larga.

Una sensación incalificable. en instantes. Recorrieron la ciudad militarizada. la cajita de sorpresas de sus doce años. Quiero y no puedo. Que era desagradable. decían. la aparición del fuego y. la mano cálida que tocaba su mano y se deslizaba sobre sus cabellos. mintió en sus gemidos. salía con lentitud. Verónica conoció entonces otra clase de ternura. La primera vez es espantosa. A lo lejos. Los medidos movimientos de Leo. susurró él. No importa. Gimió también ella. Se sintió ocupada por el escozor. ombligo y vientre. dijo ella. ocupada plenamente por la verga que había tenido la delicadeza de invadir gradualmente y sin prisas el húmedo territorio inexplorado. hundió su cabeza en la entrepierna dócil de Verónica. besando a tientas y a ciegas el cuerpo que en unos instantes le respondería con una pregunta: ¿cuántos días habían pasado después de su última menstruación? Tres. no porque se hubiera propuesto mentir al hombre de respiración acezante que empezaba a gemir con creciente intensidad. Verónica aceptó que había tenido la fortuna de encontrar a un hombre como Leo. el principio de una oleada. descendía de nuevo al vértice de las piernas y. cuando recordó la experiencia de esa mañana. el retiro de las mismas olas. Ella lo obligó a devolver el rostro a su rostro. 67 . por qué el cuerpo se distendía y contraía al mismo tiempo? La humedad y la tierra yerma. se ofreció al hombre que la abrazaba. ¿qué era. mintió porque le hubiera dado vergüenza aceptar su propio fracaso. Estaba a punto. la penetraba nuevamente. que era doloroso. Se secaba y le dolía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus durante las dos horas que estuvo despierta. una y otra vez había escuchado de sus amigas la misma queja. llamado por ella. brutal ritmo a su pelvis. Ahora sí podría responderle a la madre con iguales palabras: —Me volaron el virgo. Miró hacia un costado de la calle y presenció el resquebrajamiento y desplome de los cristales de las ventanas de un edificio. Ella impuso con desesperación un nuevo. pero el furor se alejaba. mamá. volvía a humedecerse y desaparecía el dolor. Leo la acompañó hasta su casa. como mintió al gritar con él cuando creyó que había llegado el momento del último grito. Un mecanismo de origen desconocido la hacía devolverse antes del final. A las siete de la mañana. Inundación y sequía. y se inquietó al descubrir que el temblor cedía a la indiferencia del cuerpo. comprendió algo más: que el mundo de expectativas levantado en unos pocos días era mucho más vulnerable que los cristales de las ventanas que caían destrozados por el impacto de las bombas. El amigo la tranquilizó. Como sí temiera la huida del deseo nacido de sus expectativas. el tacto que puso en la desfloración. Quizá fuera así la primera vez. sí. una nueva explosión la obligó a aferrarse a la mano de Leo. Y se ofreció de manera instintiva. deshicieron los temores de Verónica. Y él deshizo el temor de regar un campo fértil. Mucho tiempo después. pero esta experiencia le enseñó que el dolor se atenúa si domina la experiencia del placer. ¿Por qué lloraba al sentirse acariciada y besada? ¿Por qué esa urgencia al besar? Leo le abrió con delicadeza las piernas. descendió lamiendo muslos. Tembló al sentir la lengua del amigo en la amistosa fuente del placer. Le levantó las piernas y las convirtió en tenazas de su cintura. —No puedo —dijo llorando—. Verónica conoció la angustiante sensación de querer y no poder. la penetró con cuidado. su extinción. o como si se resistiera a dejar escapar para siempre la curiosidad o el deseo que la desvelaba. el vaivén entre el fuego y el hielo. le dijo. No tuvo conciencia de que el ofrecimiento era la expresión del pánico. Leo penetraba. abrazada por un hombre que la halagaba y rechazaba con delicada crueldad. Verónica esperaba que fuera doloroso. Mintió. Soy virgen. estaba a punto.

como esperaba Upegui. No sería la víctima de Virginia. complaciente y comprensiva? ¿No era su vida una sucesión de fracasos amorosos e inhibiciones sin límite? A su edad. Estaba cansada. Upegui las dejó en casa. Un socio más. Era la segunda vez que Verónica veía a Upegui. La Tarzana de los conciliábulos. Hoy era una sencilla casa de dos pisos. calculó. ¿Estaba hipotecada? ¿Había pagado Virginia la hipoteca. una casa que. de que lo más inteligente sería aplazar la inauguración del gimnasio. ¿Era conveniente ampliar la sociedad?. le había propuesto Virginia mientras Upegui lloriqueaba con la cabeza apoyada en su regazo. Viéndolo bien. Un amigo estaba dispuesto a desembolsar trescientos mil dólares. ¿Te imaginas? Todos mis ahorros puestos en este negocio. 68 . Notó la distracción de Verónica y le propuso regresar a casa. si existía? No estaba hipotecada. Lo que muchos hombres creen —le había dicho ella—. Si existe el deseo. le preguntó Virginia. Estaba de acuerdo en casi todo. ¿No había esperado a una amante como ella. Y. tú de socia mayoritaria con un 55 por ciento. desesperadamente. que se riera de aquello que siempre había sido fuente de tristezas indecibles. Esa mañana habló de la inversión. en muchos aspectos anodina si se la comparaba con los nuevos edificios de apartamentos de la zona. le preguntó a Virginia. ¿No podría pensarse en una cadena de spas en sitios estratégicos de la ciudad? Era otra de las posibilidades. Le parecía fingida su manera de hablar. ¿Por qué no me consigues un consolador de veinticinco centímetros?. como llamaba Virginia al pene decaído. no el valor de la casa sino del terreno. su propio placer vendría por añadidura. ya no podía con la fatiga. dedicarse unas semanas más o el tiempo necesario a pulir los detalles. Era mucha plata. había un espacio suficientemente grande que se estaba desaprovechando. Que lo pensara. Como su hija. es un tremendo engaño. lo consolaba cuando. Upegui no era tan imbécil como lo creían sus amigos. Un restaurante de comidas especiales. conociendo la vida de la mujer. que si le daba el placer que ella esperaba. Virginia le ofrecía aquello que otras mujeres le habían mezquinado. en poco tiempo podría venderse con utilidades que beneficiarían a todos. la imaginación convierte en tripita cada órgano del cuerpo. Habría que esperar un poco. —Piénsalo —dijo.. Hablaríamos de una inversión cercana a millón y medio de dólares. por ejemplo. Volvía a sentirse intensamente vivo. asumía el riesgo de cultivar una relación que no lo desvelaba. se reía al pedirle que tuviera paciencia. El constructor Javier Upegui no hablaba en broma. Me encanta cuando hablas como puta. que el sexo se limita al buen uso de la tripita. Virginia se quedó pensativa. Consiguió que Upegui introdujera un poco de humor negro en el antiguo patetismo. se cuidaba de pagar puntualmente los impuestos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Virginia recorrió al lado de Upegui y Verónica el lugar del atentado y no dejó de dar gracias a Dios por haberla salvado del desastre. Y él apareció en la siguiente cita con un vibrador inconcebible. él hacía los movimientos de sus fichas. Con ojo de constructor. intentaba superar la terca flacidez de la tripita. a quien los acontecimientos de la mañana habían dejado una confusa masa de impresiones. en su momento. ¿No había pensado en la posibilidad de montar un pequeño restaurante en algún lugar del local?. el más grande y raro que pudo encontrar en el mercado. con un rústico antejardín y verjas oxidadas. dijo él. calculó.¿Era la piadosa respuesta de una mujer que deseaba atraparlo en sus redes? El sexo es deseo más imaginación. significa que tendrás el control de la sociedad. Imagina que ese vergón es tuyo. pudo haber tenido un poco de valor. le dijo ella a carcajadas. ¿Estaba perdidamente enamorado de Virginia? Tal vez. en el incauto que caería maniatado en las lianas de Virginia. El atentado ahuyentaría de la zona a invitados y clientes. El ojo del constructor se detuvo en la vieja casa de la Circunvalar con 71. Si el negocio funcionaba. Ampliar el radio de acción hacía zonas con población de mediano y alto poder adquisitivo. Mientras murmuraban convirtiéndolo en blanco de burlas.

Cuando levantaba el rostro de la taza. porque virgen era la selva donde los hombres extraviaban sus amores y virgen aún el mundo del dinero y la fama. lo alentaba Virginia. allí estaba Virginia. la especie humana imagina. Upegui descubrió. ¿es eso lo que quieres?. se endurecía con los ejercicios. Sentía la reducción drástica del vientre pero le preocupaba la flacidez del estómago y los brazos. Le encantaban sus obscenidades. Consultó en su diccionario. suprimió las harinas. corbatas de dibujos festivos. "Perversión del apetito que impulsa a comer inmundicias". para él empezó a ser motivo de orgullo. ¿Se parecía a Yul Brinner? Con igual coquetería adquirió cremas hidratantes para la piel. acudió puntualmente al gimnasio. y para probarle que el humor como el amor se aprenden. El hombre se distingue de los animales por la manera selectiva e ingeniosa como inventa sus placeres y escapa de sus rutinas. Si el nuevo Upegui era obra de Virginia. ¿De dónde le venía el sobrenombre? De los aullidos en la selva. que la coprolalia no era más que "la perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas". ¿Eran los términos que los definían? En el aplicado acto de renovar el ciclo digestivo de la vida animal mediante los estímulos del olfato. Lo que para sus amigos era ridículo. eran almas gemelas. Descubrieron juntos que. después complacido. Tinturó las canas de sus cejas. evitando decirle que tal vez vieran en ella a una ágil trepadora capaz de escalar por las cuerdas de toda selva virgen. una línea más abajo. se acostumbró a las verduras y. coprolágica. en algunos aspectos de su existencia. él conoció la ternura de la mujer que lo arrullaba en su regazo. Se diría que 69 . Y él botó a la basura su colección de bisoñés. Los tendremos. coprofagia no era una aberración despreciable sino la escondida tendencia del ser humano a comer y digerir lo que ya ha sido comido y digerido. La especie animal arremete con el instinto. decía a Virginia con palabras que la maravillaban. Asúmela. que la. abierta de patas. Antes de copular. trajes de colores menos oscuros. preferibles a las impecablemente limpias. menos uno. ropa deportiva. ¿Por qué ocultar su calvicie con una peluca? —le había preguntado Virginia. Creció en él un alto sentimiento de orgullo por haberse tropezado con La Tarzana. la nueva Virginia era obra de Upegui. primero acongojado. dichas con tanta gracia que le pedía repetirlas. le respondió don Julio Casares. observó Upegui. ¿Qué le importaba entonces el turbio y al mismo tiempo ponderado prestigio de La Tarzana? Upegui respondió a su renacimiento de ánimo con discretas medidas de coquetería. preguntó Upegui. Bebía nueve vasos de agua diarios. ¿Cómo se llamaba esa raíz china que revitalizaba y daba energías? Empezó a preferir el pescado y los mariscos a las sobredosis de carnes rojas. le sugirió.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ésta era la clase de sabiduría femenina que en años y años de frustraciones lo habían convertido en un ser melancólico y prevenido. Hijo de una familia de clase media. el cordero al horno. Así como ella conociera la irrefrenable tendencia de Upegui hacia el llanto. le dijo ella. se prohibió las salsas apetitosas de los escargots y el lomo a la pimienta. hizo su carrera a trompicones. Los unía y encerraba en un sobre inexpugnable el sello lacrado de ambiciones parecidas. visitó al peluquero y se hizo rasurar el cráneo. Virginia. él le replicó que sí. exceptuando la pobreza de donde había salido Virginia. Encontró. Él. que todo músculo. hasta donde pudo. Ya tienes la fama. Se olvidó del azúcar y de los postres azucarados. coprofágico. Aprendió que en los negocios y en la vida. Acompañaba a Virginia al retrete. todo músculo se endurece. compró y tomó toda clase de vitaminas. Upegui elegía las pantaletas sucias. el estofado de buey y el legendario ajiaco. También él había sido de alguna manera pobre. Esto definía a Virginia. odiándolas como las odiaba. no desesperes. Me falta el dinero dijo ella. La fama y el dinero. las papas y el arroz. para que el vértice recibiera rostro y lengua de un hombre acezante. el conformismo conduce a la mediocridad. se sentaba en un banquito con mirada expectante y hundía después la cabeza en el remolino de aguas turbias.

las piezas del tesoro fueron suyas. 70 . Si eres capaz de esto — le dijo—. El resultado era espléndido y sorprendente: un arreglo floral confeccionado con billetes verdosos cubría las partes posteriores y anteriores de la mujer desnuda. Un día. introdujo el ritual del florero: hacía conos con billetes nuevos y los introducía en la vagina de Virginia. resumió. con la grupa trazando un arco. reflexionaba Upegui para que el oído atento de Virginia conociera con palabras de lujo lo que ya conocía con la bastedad de los hechos. Tanto o más que yo. ¿Desde cuándo. ¿Sería capaz de engullir por la boca la última de las morrocotas y esperar que fuera devuelta por su conducto natural? La desafiaba. Los amantes que agonizaban un día de tristeza podrían ser alguna vez amantes extenuados en el fondo pantanoso de lo prohibido. en suma. O ella más preciosa que el metal. Los extremos del amor son tan retorcidos como misteriosos. Lo intentó de nuevo. ¿Y qué era. memorable entre otros días memorables. La desafiaba: si era capaz de succionar per angosta via cada una de las monedas. como se sabía. componía su propio manual de usos amatorios. Virginia sólo fue capaz de expropiar en un primer intento dos piezas del tesoro colonial. Upegui las lamía en una operación de limpieza que las purificaba y devolvía a la reluciente pulcritud del metal. concebida como un estrecho jarrón de valiosas flores impresas. todas serían suyas. no era más que la metáfora de la codicia humana. sobre las sábanas amarillas. pero las religiones. Debería esconderlas hasta volverlas inaccesibles a la mano que tratara de recuperarlas en los meandros de su laberinto. Si es así. A medida que las expulsaba y exponía indemnes al aire puro. espoleado por sus nuevas y antes ocultas tendencias. morrocotas de oro del siglo XIX. para la que no existían censuras morales ni inhibiciones atávicas. El místico era un incomprendido tildado de loco. Le pidió a Virginia que se acostara bocabajo y desnuda. todo era susceptible de locura. estás preparada para tragar y mantener en el estómago numerosas bolsas de cocaína. le preguntó Virginia. vida mía. ¿Tanto? Se lo probaría. Virginia aceptó el desafío. entrenado poco a poco en el juego de interpretar con palabras sublimes la rareza de sus fantasías. Virginia le replicó que por nada del mundo se expondría al riesgo de ser mula. niños y adultos se arrojaban sobre la seca materia excrementicia o bosta del ganado vacuno? ¿No era habitual en los niños nombrar obsesivamente la materia expulsada en sus defecaciones? Usó los nombres técnicos de la aberración. Sublime y grotesco. Upegui. Y explicó que no sólo la especie humana era dada al hábito repugnante y para algunos placentero de hacerlo. que no se eligen en la niñez sino que son impuestas por la cadena de las herencias familiares. le musitó él al oído. En este orden de cosas. ¿Crees que soy codiciosa?. tenía como natural una costumbre que los tiempos modernos encerraban en la cárcel despreciable de las perversiones. ¿Cómo no sentirse unidos si las modalidades de sus rituales alcanzaban cimas inconcebibles? Agotado el juego de las monedas. sólo cambiaba el objeto del amor. tanto en la perversión como en el misticismo. precioso como ella. El amor —le respondía Upegui— es reacio a aceptar la idea del pecado. Una semana después de aprendizaje y esfuerzos desesperados. Vales tu peso en oro. ¿Cómo así que al pecado?. o el culo de una mujer convertido en recipiente de flores más valiosas que las flores. Upegui sacó de su caja fuerte un puñado de antiguas monedas de oro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Upegui. Deshacerse de ternura y castos padecimientos era el primer paso dado en las edades humanas antes de cruzar la larga ruta que recalaría en el pecado. El placer de la codicia. lo que las mayorías llamaban perversión sino algo radicalmente distinto a lo que hacían por costumbre? Pervertido era quien escapaba de la costumbre. me engordaré como una vaca. que la especie animal. llaman pecado al tabú de psicólogos y antropólogos. En el amor. La grandeza del amor místico significaba entrega absoluta e incorpórea al objeto amado. se preguntaba Virginia. decía que ese florero. En los dominios del amor no había vigilante que detuviera el salto desde la castidad y la templanza hacia el delirio.

Como nunca. Demasiado joven. Mi año sabático. Verónica le hizo el amor. Aprendería a conocer su propio cuerpo. La llevó en brazos al 71 . Esa noche. se erguía o inclinaba. —No me ames —le aconsejó él. ¿Bromeaba? No. Lo pensaba como hubiera pensado y escrito el poeta que nunca pudo escribir. Si el país se incendiaba en un fantástico apocalipsis.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Te estás volviendo filósofo —cortaba Virginia acariciando la calva reluciente de Upegui. amas lo que me rodea. Las comió una a una. Las balas de tanto muerto me están embruteciendo el cerebro. le pidió que se desnudara y regó miel de abejas en su cuerpo. ¿Te sientes feliz?. Buscaba inútilmente el esquivo lugar de su placer. Aunque le venía sucediendo lo mismo de siempre. especie de bombilla que había empezado a iluminar sus ideas. el publicista sentía como suyo tanto dolor ajeno. no era posible que no pudiera llegar al final estando con un hombre de paciencia infinita y sabios recursos. lamiendo la miel. demasiado deseosa de ser mujer. hasta dejarla limpia. la abrupta aparición de una fuerza que bloqueaba sus sentidos. Te amas a ti misma. al patético tartamudeo de las ametralladoras y a las venganzas selectivas. Me voy por seis meses a Europa. aprendería a conducirlo por la senda de su propio placer. elegía un ritmo febril y caía fatigada a los brazos del hombre que retenía su orgasmo como si no quisiera afrentar con su placer la imposibilidad de la muchacha. Detrás de todo hombre satisfecho hay una puta —exclamaba feliz. Tomó el ramo de rosas rojas que adornaba una mesa esquinera y las despetaló medida que las iba dejando sobre la piel almibarada de la amiga. tratar de contener la ansiedad. Abrió los ojos al escuchar la voz baja y grave del amigo: —Me voy de viaje —le dijo él antes de llevarse a la boca un último pétalo de rosa—. Sería injusto abrir su conciencia a tanto espanto. cerraba los ojos. La juventud y la belleza merecían seguir siendo sordas al ruido de las explosiones. No pensar que su orgasmo era una obligación. pensaba Pradilla. —¿Por qué no puedo decirte que te amo si te amo? —Porque no me amas —aclaró él—. Leo acostó a Verónica sobre una manta de lana. le preguntaba Virginia. —¿Cuándo viajas? —Dentro de cinco días. Verónica buscaba liberarse de aquello que le impedía conseguir un orgasmo. Estremecimientos y temores no preocupaban sin embargo a Verónica. amas la luz que te abre los ojos al mundo. Mejor dicho. —Te amo —dijo Verónica a Leo. No olvidaba que Leo pasaba de los cuarenta y dos. Pradilla veía la desesperación en el rostro de la muchacha. dando vía libre a una fantasía. Cabalgaba desesperada. Si lo conseguía en la bañera. ciegas a la humareda de las detonaciones. Iba a cumplir diecinueve años. Le pidió descansar. Apretaba los labios. Debería olvidarse de todo. Algún día recordarás que fuiste miel y rosas —le dijo ¡Miel y rosas! —repitió VerónicaVerónica se había adormecido. Hicieron el amor en silencio. no solamente porque la relación afianzaba una sociedad prometedora sino por el hecho de conocerse y mostrar sin recato sus propias miserias. encima y a horcajadas. Temía que éste no fuera más que el comienzo. Y lo estaba. si la explosión de gozo se repetía con unas pocas caricias. que quedara al menos la excepcional grandeza de la belleza pura. sentía el ascenso del fuego y caía sobre éste un nuevo chorro de agua helada. Se estremecía al leer las noticias o ver las imágenes de las víctimas.

Podían acariciarse. Leo le explicó que eso era frecuente entre las adolescentes. ¿Por qué lo crees?. Secó las lágrimas de su rostro. Le pidió un taxi y la despidió en la puerta de su apartamento. En los cuatro días siguientes. A veces mienten. la consoló él. se gratificaban entonces con caricias. Creas y matas el deseo. —¿Qué es lo que me pasa. ni un paso más allá. Verónica se sintió protegida y deslumbrada. Pasó la esponja espumosa por los rincones de su cuerpo. No estaban lejos del placer desinteresado de sentir las respuestas del cuerpo o del narcisismo de mirarse como si una fuera el espejo de otra. ¿Pueden tus amigas?. dormir juntas y desnudarse y besarse y mientras lo hacían como si se tratara de travesuras. dijo. que se miran y envidian. la interrogó él. La ternura que acercaba a las mujeres daba lugar a ambigüedades. pero complacía el capricho de Verónica. le masajeó la verga y él se dejó conducir por el sendero seguro de un orgasmo. eran sólo muchachas jugando al lesbianismo. No es justo. No fue la fácil presa en la mira de un cazador ansioso. Betty no miente. provocas el incendio y lo apagas tú misma. Le impuso itinerarios nocturnos que empezaban en la cena y terminaban en alguna discoteca de moda. —No debes preocuparte —quiso consolarla con una frase que encontró en su repertorio de frases hechas—. preguntó él. Verónica. ¿Lágrimas por la despedida inminente? En unas pocas semanas. Porque me besó en la boca y en los senos. mi niña. le dijo él. No quiso llevarla de vuelta a casa. —¿Me escribirás? —habló como sí fuera a perderlo para siempre—. si ese paso se da no es el paso inocente de dos niñas que se acarician o besan ruborizadas. quizá pasara entre los deportistas y alterofílicos que se tocan el abdomen y los bíceps para conocer los progresos de sus músculos. Beatriz dice que puede. ese paso es una decisión. que siempre puede. Sin dejar de sonreír. por el vientre y el sexo. por las axilas y los pechos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cuarto de baño y se dedicó a bañarla con dedicación de madre. hombres que se miran desnudos en las duchas de los camerinos. el incendio de segundos. una de dos. Nos veremos hasta la víspera. Verónica no parecía satisfecha con las palabras de Pradilla. Leo las aborrecía. No hay mujeres frígidas sino hombres que no saben. distinto al de los jóvenes que pretendían apagar en una noche. la muy puta se viene con solo mirarla —contó y exploró por unos instantes los ojos de Leo como si temiera preguntar lo que preguntaría con palabras atolondradas. no podía decirse que al hacerlo fueran lesbianas. había esperado que las iniciativas del amor obedecieran al deseo de Verónica y ella creía haber aprendido que era posible el amor sin urgencias. y si se da ese paso. se escuchaban entre ellas como nunca las escucharía un hombre. Pigmalión parecía estar hablándole a Galatea. Lo decía con la misma inalterada sonrisa de siempre ¿Y si Beatriz fuera lesbiana? No le des importancia a esas tonterías. Podemos vernos pero te recuerdo que detesto las despedidas. ¿Podemos vernos antes de tu viaje? —Te escribiré. Pradilla la había mantenido en principio a distancia. con ansiedad y sin tacto. Leo la buscaba a la salida de la universidad. Leo parecía un pez fuera del agua en bares y discotecas 72 . No sucedía lo mismo entre los hombres —especulaba Leo—. Verónica lo vio a diario. Lo que no es justo es que yo no pueda. Creo que es lesbiana. Se sentía orgulloso al lado de esta muchacha joven y llamativa. Sin dejar de halagarla. La amistad entre mujeres era a veces una amistad de piel y confidencias. respondió ella. por el trasero que se tensaba con la dureza milagrosa de sus glúteos. mi niña. llevas la frigidez en las aprensiones. entonces? —Que no has descubierto el sitio ni el momento —dijo Pradilla—. pese a la resistencia inicial del amigo. o los embarga el remordimiento de una flaqueza instintiva o se sigue adelante en la decisión de ser marica. dijo ella. No eres frígida.

En la noche del cuarto día. ¿Se había enamorado de Leo? Lo admiraba. la empleada. ¿Qué buscaba Virginia? —se preguntaba la hija. que tal vez conozca sus aún precarias defensas. En la naturaleza de hombres como Leo —concluyó después—. Verónica no lo soltaba de la presión de sus brazos. el patán Epaminondas—. Subió a su habitación y lloró mirándose en el espejo. habían leído las entrevistas de las últimas semanas. 73 . los instrumentos de la seducción eran proporcionales al celo con que defendían su libertad. lloró espasmódicamente. Algunas jóvenes reconocieron a Beatriz. El nuevo levante de Beatriz. Había adquirido el don de la sociabilidad y los recursos de la coquetería haciéndose siempre deseable. hombres que pudieran verla y sentirla aún joven antes de cruzar el para ello temido umbral de los cuarenta y cinco. Hasta entonces. ¿Buscaba a la pareja de su vida? Upegui era veinticinco o tal vez más años mayor que ella. La intrigaban el misterio de sus juegos y la paciencia de sus esperas. Dejó de llorar y trató de devolver su ánimo a la sensatez. ¿No les provocaba una botellita de Dom Perignon? Él invitaba. Cuatro noches atrás. La conozco desde chiquita y sé lo difícil que es la vida para dos mujeres solas. Verónica sabía que la relación con el constructor. sobre todo de esa inteligencia en muchos sentidos maligna: un hombre mayor que hace todo para seducir a una mujer joven y se retira a esperar que la presa avance hasta sus manos. más temprano que tarde. no tengo hambre. Lo hacía con mayor frecuencia en la última semana. dijo el tipo. Verónica hubiera deseado conservar la miel que se adhería a su cuerpo. Estaban cansados. ella desconocía el lenguaje de la inteligencia. Teresa. tal vez durmiera en casa de Upegui. La habían visto en televisión. Si elegía a hombres de su edad. se amarraba a él y lo conducía de la barra a la pista de baile. tomarían conciencia del envejecimiento de la mujer que tenían a su lado. que más allá todo era desconocido. Muy temprano en la mañana bajó a la sala y fue a buscar a Teresa. La injusta conciencia del envejecimiento podría ser la causa de sus preferencias. Virginia no estaba. Verónica tuvo tiempo de apaciguar sus aprensiones. como si todo la abandonara: Leo y el mundo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus con clientela de jóvenes desafiantes. dijo Verónica a Leo. vieron entrar a Beatriz abrazada por un tipo. Y el tiempo que tuvo para pensar en Leo le ofreció la serenidad de aceptar que sólo le había sido permitido asomarse a una de las puertas del amor. No me gusta ese tipo. Ya ni me acuerdo de cuando la cargaba en estos brazos. como si ése fuera el sostén único de quien se balanceaba en una cuerda mirando el abismo del futuro. orgullosa a su manera de estar al lado de un hombre maduro y atractivo. —No se preocupe. añadió. Leo viaja mañana —se excusó Verónica. Dejaba una nota en la cocina. Le ofreció disculpas. nunca pensó que su madre fuera una mujer solitaria. sus deseos de alcanzar el orgasmo y la fuerza interior que se lo impedía. niña —dijo—. tarde o temprano. Rechazaron con amabilidad la invitación del tipo. al regresar a casa. ¿Le preparo algo? —Gracias. aunque se pareciera a relaciones pasadas —el senador Roldán. No me desprecien. nunca aceptando que dormiría fuera de casa. Beatriz protestó por la fuga de su amiga. con cualquier pretexto. en la víspera del viaje. Tampoco le gustó a Leo. hombres mayores que ella. bocabajo en su cama. Hasta entonces. podría ser la búsqueda final de algo verdadero. quizá demasiado deseable. Leo lo tranquilizó con una mano puesta amistosamente en su hombro. No respondió esa noche al saludo de Teresa. Era como si sólo en esa diferencia pudiera encontrar la seguridad que buscaba.

Que ya viene para acá. si no se trataba de un capricho y todo no fuera más que confusión en la joven que él había lanzado a la fama. Teresa le había abierto el corazón a sus tribulaciones. herido en su amor propio. Teresa hablaba con Verónica sin desprender la vista del televisor. —Se dará cuenta cuando le duela haberlo perdido. Tenía aún en su escritorio el contrato que la vinculaba como modelo a la empresa y la obligaba a trabajar durante un año en la imagen de la nueva línea de ropa interior femenina. Si ella lo abandonaba. La veo todos los días para ver si pasa algo. Beatriz había decidido abandonar a su Gordis. —Prepáreme un jugo de zanahoria con naranja. Después de esa noche y en los cuatro días siguientes. esto era al menos lo que creía el gerente de mercadeo. ¿cómo hago para saberlo? Sonó el teléfono y Verónica le hizo a Teresa el gesto de responderlo. Lo hizo saber por medio del abogado que visitó al Gordis. —Tengo que estudiar —dijo Verónica—. rescindía su contrato. No podía defraudarla. la abrumaba con regalos. Se irritó hasta la cólera cuando Beatriz anunció a la empresa que. —¿Está buena? —le preguntó Verónica. Estaba dispuesta a devolver cuanto se le había pagado e incluso a asumir los daños y perjuicios que pudiera causar su renuncia. se preguntó el Gordis. Si me pierdo un capítulo no me pierdo nada. Verónica prolongó la despedida de Leo como se prolonga una agonía. —¿Qué pasó con el que le mandaba esos ramos de flores tan lindos? —Se va de viaje. que necesitaba tiempo para poner orden en sus sentimientos —cuando lo que quería decirle era más brutal e irrevocable—. que todo había sido muy lindo. La empleada rezongó unos pocos monosílabos y colgó. no habría necesidad de usar contra ella el as guardado en la manga. Era su mamá —dijo—. Él no quiso que lo acompañara al aeropuerto. La señorita Lopera —dijo el abogado al final de una conciliación— le pide comedidamente que deje de acosarla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto rara. se resistió a aceptar la decisión. Cometió un error: amenazarla con represalias legales. Deseaba estar sola. Súbame el jugo mi cuarto. Teresa. la acechaba donde esperaba encontrarla. niña Vero —le dijo Teresa. Cada día está más linda. porque si pasa algo. ¿La acosaba realmente? La llamaba tres y cuatro veces al día. si los tres meses transcurridos fueran de repente ignorados por quien le había dicho que prefería estar sola y pensar en su futuro. No me diga que se enamoró. 74 . Ésta era la carta guardada en la manga. —Hace más de una semana no pasa nada—protestó Teresa—. ¿De dónde sacaba dinero para devolver a la empresa y pagar daños y perjuicios ocasionados por la violación de una cláusula de su contrato?. Por esto el abogado quería dejar en claro que Beatriz no estaba dispuesta a sufrir ninguna clase de amenazas: le aconsejaba aceptar la conciliación propuesta por su clienta. El pequeño televisor en blanco y negro pasaba las imágenes lluviosas de una de las telenovelas de la mañana. niña —dijo sin mirar a Verónica. Teresa. le dejaba mensajes suplicantes en el contestador. —¿Ya ve lo que le dije? Si le duele es porque está enamorada. entreteniéndose en poner orden en una vajilla perfectamente ordenada—. sin azúcar—cambió de idea. Éste. —Lo peor es que no sé.

Lo quería por lo que era y no porque él fuese el puente que la vida le había trazado para convertirse en modelo exitosa —recordaba el Gordis. mi amante? Averiguó más sobre la vida de Acosta y no supo nada distinto a lo que unos pocos sabían. fracasó en el intento de penetrarla. En dos ocasiones había aceptado los avances de sus pretendientes. dos hombres de aspecto anodino llamaron la puerta del apartamento de Frank Rueda. En un instante de lucidez. Su experiencia con el actor fue todo un fiasco. le dijo confidencialmente el amigo. La primera vez. Primero con palabras amables. cuando le flaquearon las fuerzas y no pudo resistir la invitación de quien se identificó como viceministro de no recordaba qué cartera. Las mucosidades se volvían densas. no sacrifique su futuro por una locura —dijo uno de los tipos—. ella se escapaba a veces a bares y discotecas. Acabaron en un motel de La Calera. poseía 75 . Seguramente tuviera cuentas en otros bancos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Dos días después. Amanecieron sentados en el piso y en una sala decorada con fotos ampliadas del actor. Sin haber podido dormir ni un minuto. Al día siguiente. Se encargaba personalmente de sus negocios en diferentes ciudades. que era lo que ella esperaba. un joven con mucha vida por delante. Fumaron bazuco. Una noche. le exigieron dejar en paz a la muchacha. El actor apenas podía hablar. en una breve madrugada arrullada por el canto de los pájaros. de manera compulsiva. Eran los enviados de Fabián Acosta. chorreaban gotas por sus fosas nasales. No recordaba el nombre del viceministro. ante quien cedió sin demasiadas resistencias. ¿dónde se había metido?. el acoso de un actor de televisión. no dieron tregua al montón de cocaína que se apilaba sobre la portada de una revista. ¿Quiénes eran ellos para exigirle tal cosa. el empresario que había prometido convertir a Beatriz en reina de belleza. finalmente con frases amenazantes. Miraba las fotografías de Beatriz y le hablaba como si estuviera presente. un cigarrillo tras otro. para amenazarlo en su propia casa? Eso no importa —le dijeron—. olvidando las advertencias o restándoles importancia. el Gordis la llamó enfadado. Jamás supo de las infidelidades de la amiga. consignaba en efectivo fuertes sumas diarias. No cometa imprudencias —le dijeron—. Si llegaba a ser reina —soñaba la muchacha— regresaría a su carrera de modelo con mayores garantías de éxito. Y. conocía a un director de novelas. La había asediado en todo momento. gerente de la agencia del banco donde Acosta tenía una de sus cuentas. Viajaba con frecuencia al exterior. A falta de sexo. Ignoraba que. ¿Quién era Acosta? El Gordis sabía por Amparo Consuegra que era un próspero negociante en Joyas. sin saber que el abogado de Beatriz era el mismo que se ocupaba de los asuntos legales de Fabián Acosta. Tenía un amigo libretista. Consideró la gravedad de las amenazas y abandonó la obsesión de recuperar a su amante. Volvió a ver los videos de los desfiles y a reconstruir con dolorosa nostalgia las escenas de una pasión que Beatriz despojó desde el principio de toda duda. Beatriz le colgó el teléfono después de decirle que se fuera a la mierda. al recordarlo. Atiborrado de alcohol y cocaína. Era un cliente excepcional. pensaba que había sido el instrumento de una ambición desmesurada y diabólica. insistió de nuevo en su asedio. Sentía obstruida la nariz. De modelo a reina. Deje tranquila a la señorita Lopera. ¿Quería seguir siendo actriz? Tal vez él pudiera hacer algo. Regresaba a su apartamento y sentía la ronda de un fantasma en la sala y el dormitorio. sobre todo Martínez. Te quiero por lo que eres. Venían de parte de "un amigo íntimo de Beatriz Lépera". La señorita Lopera ya llegó a un acuerdo satisfactorio con su empresa. a veces con el rencoroso acento de quien se sabe burlado. le repetía ella en los primeros encuentros. la había estado buscando como loco. comprometidos sin comprometerse en un pacto amoroso. Usted es joven. mientras saltaba sola en el centro de la pista de baile. ¿Podría llamarla así. estando al lado de Beatriz. Y la segunda. Beatriz decidió regresar a casa. después con expresión agria. por momentos en tono de súplica. Se estaba enloqueciendo.

se va a arrepentir toda su vida. ¿Sabía Guido Leonardo Pradilla. —Párele bolas. Upegui lo saludó de palmaditas en la espalda. usted y yo apenas nos hemos visto—le dijo con voz comedida—. ¿Tenía unos minutos para él? Venga a mi apartamento si no le da envidia saber que viajo a Europa esta noche —aceptó Pradilla. revienta las cerraduras. ¿Controles?. Parecía un tipo simpático. se hacía acompañar por dos escoltas. Comparada con la cuenta de otros clientes. Mientras más viejo. lo paseaba e introducía entre desconocidos. importante para el banco pero no lo suficiente como para alarmarse si la trasladaba a otra entidad. la pregunta. Es un tipo con plata y muchas ganas de demostrar que la tiene. Últimamente. tal vez los mismos que visitaron al Gordis en su apartamento. Amparo Consuegra. pero desentonaba en el ambiente. En la fiesta donde Beatriz conoció al tipo. —¿Quién es en verdad el tal Fabián Acosta? —Es lo que parece. Lo aumentó aún más la llamada del propio Fabián. ¿A quién no saludaba con palmaditas en la espalda? El Gordis encontró a Leo en casa. Frank. La Consuegra le hace las relaciones públicas. Lo he visto dos o tres veces. Pradilla y Upegui. Óigame bien. Acosta puede ser uno de los siguientes eslabones. aunque no hicieran nunca nada para evitarlo— sólo adquiría artículos de marca. quién era el misterioso Acosta? Lo llamaría. a lo mejor se había ganado decentemente la plata. quiso decirle a carcajadas Martínez. El visitante identificó la marca de la maleta vacía. más me gusta —murmuró al acomodarlo encima de la ropa seleccionada para el viaje. La teoría de Pradilla no era novedosa. Pradilla había cruzado algunas palabras con el joyero. repitió. Un mafioso es apenaste el primer eslabón de la cadena donde se abre el grifo de la plata. un tipo dispuesto a todo para seducir y conservar lo que quiere. lo invita a toda fiesta donde ella tenga llaves de entrada. Si no las tiene. No es necesario traficar con droga para ser narcotraficante. Supongo que su empresa ya pagó el saldo que tiene pendiente con mi agencia —bromeó. Tal vez tuviera cuentas en otros bancos. Y sabes que Amparo tiene llaves para todas las puertas. Si le ofrecía esta información confidencial sobre un cliente de su banco no era porque se tratara de un caso especial. —¿Mafioso? —No sea pendejo. era una solemne tontería. Me encanta este suéter de lana de cordero —dijo para sí—. No le podía asegurar que Acosta fuera mafioso. conducía una camioneta blindada. hermano —le aconsejó cuando escuchó la narración de los hechos—. abierta al pie de la cama: Louis Vuitton. Un esnob como Pradilla —decían quienes lo conocían y querían mal. El perfil inequívoco de Fabián aumentó el temor que había sentido después de aquella visita inesperada. aunque supuso que el Gordis no le estaba pidiendo una cita para hablarle de las deudas de su empresa. Haga de cuenta que Beatriz dejó de existir. de cristales polarizados. Si hace algo que me obligue a verlo personalmente. Pretendía ser ceremonioso y educado y resultaba artificial en cada gesto. Su banco y todos los bancos estaban a la caza de clientes especiales. Esos tipos no juegan —advirtió Leo mientras sacaba del closet mudas de ropa que seleccionaba y doblaba encima de la cama. ¿Qué clase de control se hacía sobre estos clientes? —se atrevió a preguntar Frank Rueda—. la de Acosta era una cuenta de nivel medio. El Gordis descodificó el mensaje: Acosta lo estaba amenazando. ¿No sabía que las joyerías son el negocio preferido de los esmeralderos y uno no va diciendo que todo esmeraldero es mafioso si no acepta que muchos 76 . pasaba de un grupo a otro. Frank —se rió—. Dicen que tiene una casa en Miami —le informó Martínez. creativo de publicidad y hombre de mundo. Los bancos no controlan la ruta de llegada. como te consta. recordó el Gordis. la decoradora.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus casas y apartamentos en tres ciudades.

para consolarlo. Leo? —cambió de tema el Gordis. La mafia no era solamente una industria criminal organizada. adquirían los símbolos externos de su poder. —¿Si no se tuerce como la malparida de Beatriz? —dijo rencorosamente. Si los mafiosos imitaban a los ricos volviendo superlativa la ostentación de sus riquezas e incluso imitando el estilo de acumularla y consolidarla en empresas legales. a la inversa. simulaban poseer la riqueza que no poseían. Muy simple —explicó—. —No dije eso. —¿Quiere que lo acompañe al aeropuerto? —Ni lo sueñe. doblando cuidadosamente la prenda. escoltas motorizados y precauciones estrambóticas. —¿Por qué se va de viaje. despilfarro. Le dijo algo más: cuando los mafiosos tienen la plata que sale como agua por el grifo abierto de sus negocios. Tienen el capital de belleza y juventud y lo invierten en acciones seguras. los pobres diablos de clase media. Burlan la trampa y pagan el precio que sea. Le recordó. ¿Cómo así? No entendía. Estaba imponiendo un estilo de vida. No me tome en serio. dan el paso siguiente: la conquista del poder. pero ellos sólo tienen dos instrumentos para conquistarlo: sus fortunas y sus fierros. Cualquiera que mediante un golpe de suerte se creyera rico de la noche a la mañana podía hacer lo mismo o dar a creer que vivía de esta forma. No se está enamorando de mí sino del papá que quiere tener. con edad aproximada de éste. —Porque lo necesito —respondió fríamente. Nada le prohíbe a una muchacha acostarse con el hombre que responda a la imagen del padre. conquista de espacio social. Dinero fácil. que mafiosos y esmeralderos tienen una sociedad estrictamente anónima? ¿No veía que esmeralderos y mafiosos se estaban asociando en grupos armados para repeler las amenazas de la guerrilla? —¿Es o no es? —se impacientó el Gordis. ¿No hacían lo mismo los políticos? El rango iba en proporción directa a la exhibición de su seguridad. seguridad innecesaria. enriquecidos gracias al éxito en negocios distintos y seguramente más legítimos. —No sé si es o no es —bromeó Pradilla al desechar una chaqueta de tweed a cuadros. —¿Y Verónica? —Soy lo mejor y lo peor que podía sucederle a esa muchacha. Frank. Un hombre distinto al padre. Guarde luto por esa preciosura y piense que tuvo el privilegio de comerse la mejor fruta de la huerta. deja de ser tabú y se convierte en objeto de seducción. conseguiría lo que se propusiera. apartamentos de lujo. Crecen con la idea de conseguirlo todo en un instante. Si Verónica no se torcía en el camino. que ambos trabajaban en un semillero de frutas. especulo. Prométale a cualquiera de esas muchachas que la volverá modelo de sus nuevas líneas de ropa y la tendrá 77 . Esa "malparida" es la muchacha de quien usted está enamorado. El padre es el tabú inaccesible. camionetas blindadas. se miraban a menudo en el espejo de los mafiosos. No escupa para arriba ni tire piedras sobre su propio tejado. abrevian el tramo que va de la juventud a la vida adulta. de moda en la década anterior. interesado como estaba en la elección de una chaqueta de cachemir azul marino—. Pradilla no pretendía convencer al amigo. complacencia de quienes ya lo tenían. Me largo a dar vueltas por Europa —dijo. Usted sabe —decía— que el poder se consigue por muchos medios. Dijo enseguida que el mundo le tendía a las mujeres jóvenes y bellas trampas desastrosas. carros aparatosos. no sirvo de paño de lágrimas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus esmeralderos trabajan con la mafia? ¿O. o trabajando en la prestación de servicios a las organizaciones criminales.

lo suyo y lo de ellas eran los negocios —le dijo. Hoy en día —decía Pradilla con el entusiasmo que le provocó sacar de la parte baja del closet unos botines. le decía al cliente de la agencia y éste le pedía congelar la imagen en el cuerpo de la niña que. como se supo en la crónica social de hace un mes? Todos tenemos derecho a aburrirnos. respondía a las inquietudes de Frank Rueda. en la que se le veía a la cabeza de una manifestación. Peralta ganaba la plata que quería y conseguía a los mancebos que le gustaban. ¿No están exportando ustedes sus brasieres y pantis? Dentro de poco. Se llama Beatriz Lopera y está en la lista de las modelos de mi agencia. dijo Pradilla. fue la repelente respuesta que Pradilla le dio un día al Gordis mientras discutían estrategias de mercadeo y se proyectaban en una pantalla las mejores opciones para el lanzamiento de la nueva línea de brasieres y pantis de la empresa. satisfacía con humor la curiosidad de quienes sabían de su pasado de revolucionario. precisaba. dijo Pradilla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus comiendo en su mano —le dijo. frente al espejo de una alcoba de ensueño. acababa de abrocharse el sujetador. Pradilla defendía ante sus clientes la idea de preferir las sutilezas a la vulgaridad de las evidencias. Si el Gordis no hubiera sostenido esta conversación con Pradilla habría seguido pensando lo que siempre había pensado del publicista. Acudía a las reuniones de trabajo con su propia botella de vino. Y a cambiar de juguete: un hueco viejo por un palo Joven. un empujoncito en los medios. ¿Decepcionado de qué? Mientras se sucedían las imágenes en la pantalla y el proyector presentaba las propuestas de Pradilla. Le aconsejaba no meter el corazón en los negocios. Frank. ¿Que Peralta era casado desde hacía veintitrés años. Todo empezó hace veinte años: un cuarentón ambicioso adivinó que la televisión sería cosa seria y muy rentable. ¿Le interesaba un consejo? No las tome en serio. esos atletas de cara linda y músculos sabiamente cultivados conocían las reglas del juego. ¿Cómo llaman los españoles a la operación de invertir en un buen matrimonio? Braguetazo. no olvidemos que nuestra producción va dirigida a mujeres de poder adquisitivo medio y alto. Lo convenció de comprar pequeñas productoras y consolidarlas en un grupo. Peralta había dado un braguetazo al casarse con la hija del propietario del canal. ¿Por qué hablaba así de Peralta si lo tenía entre sus amigos? En este negocio no se tienen amigos sino socios. inteligente. demasiado inteligente para muchos. que era un cínico incorregible. A sus cincuenta y nueve años confesados —tal vez rondara los sesenta y tres—. Leo descorchaba una botella de vino y servía dos copas. exportaremos lindas muchachas. Dentro de diez años habremos creado una fabulosa industria de la belleza. lanzaba al guapo muchacho al estrellato. Fierre Cardin—. con un mercado interno extraordinario y con posibilidades de exportarlo. pero un tipo a quien le gustaba hasta la fascinación demostrar que su inteligencia lo separaba de los demás mortales. preferiblemente en la televisión. Fue su década revolucionaria. acepte que se trata de una pragmática prestación de servicios mutuos. Una cena íntima y una llamada convertía a un fisioculturista en actor. el vicepresidente de producción del Canal Equis-Zeta. Y en la más radical de las facciones. obsesionado por el pasado del publicista. ¿Dónde había ido a parar el subversivo de hace veinte años? Se lo digo de frente y sin vergüenza: uno no se decepciona para traicionar su inteligencia sino para conservarla. mire esa preciosura de muchacha. ¿Quería aprender algo más sobre la ecuación amor/negocios? No era difícil comprenderlo si miraba con atención la vida de John Peralta. de marca y cosecha preferidas. De los veinte a los treinta. el gerente de mercadeo. con gorra al estilo Mao encasquetada en su cabeza? 78 . por ejemplo. ¿No era testimonio de ello la foto ampliada que decoraba uno de los muros de su oficina.

El día que lleguen al poder eliminarán a quienes se opongan. Frank. Le ofreció una rebanada de jamón Jabugo y lo despidió en la puerta. Frank Rueda regresó a su apartamento de la calle 86 con Novena y lloró al volver a proyectar el vídeo del desfile. Se sirvió un vaso de vodka puro y lo bebió de un largo sorbo. Filosofía y Letras. —Porque las revoluciones empiezan a ser obra de hombres sin escrúpulos. La inteligencia no era un bien inútil. La ropa de marca. Los negociantes. blancos y beiges. elegida por él mismo. Alimentan los puercos con bellotas para que unos pocos puercos privilegiados nos comamos la carne más cara del mundo —dijo antes de llevarse a la boca otra rebanada de Jabugo. —¿De que vivías?. Su memoria se iluminó con el 79 . Todo en él parecía metódicamente elegido. sus corbatas de seda ocultaban la marca de Hermés. Como la publicidad. la película de Lelouch? Un spot publicitario debía aprender de la estética amable y ligera de películas como ésta. Abrió su agenda y repasó la lista de clientes y amigos. le dio a probar una copa de vino. Prefería allí los colores claros. sobre todo la champaña. 2891500. la seguridad que le brindaba cuando pasaba de los ciento cincuenta kilómetros por hora. Coleccionaba tintos de Bourgogne y blancos alemanes. —¿Por qué dejó de ser revolucionario? —le preguntó el Gordis un día. A diferencia de los hijos de papi. era de un aséptico minimalismo. Recordaba las conversaciones pasadas. Diseño gráfico. Se tropezó con un nombre y un número de teléfono: Sandra. La publicidad tiene que aprender del cine. la potencia del motor. —¿Como en los negocios? —Como en los negocios. ¿Quién era Sandra. el cuero del tapizado. Su auto deportivo causaba envidia pero lo tenía porque armonizaba con su estilo de vida: la belleza de sus líneas. Arquitectura. visitante de carreras que iniciaba sin concluir. se almacenaban en una bodega protegida del calor y la luz. Las bebidas. mientras se acomodaba a la idea de haber perdido a Beatriz. De nada y de lo que apareciera —así había podido sobrevivir. Era un Vega Sicilia del 84.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leonardo Pradilla era entonces un muchacho de clase media. como los revolucionarios. ganaba mucho. pero gracias a su trabajo de imagen pudo salir elegido. los cautos consejos del cínico. al lado de vinos tintos de la Rioja. repitiendo una y otra vez la visión de las imágenes que mostraban a Beatriz en pasarela y camerinos. El Gordis recordaría. Para sus amigos —si los tenía— era un modelo de exquisitez. eliminan a la competencia. Pradilla no era rico. Las revoluciones de ahora no están hechas por santos iluminados sino por prisioneros de sus propios rencores. Trajo la botella al lado de la mesita de la sala y. conoció el riesgo de mal vivir solo y con recursos azarosos. Frank —aceptó—. Como los negocios no se hacen para crear riqueza y redistribuirla socialmente sino para acumularla en grandes monopolios. gastaba con mano abierta. le preguntaban sus nuevos amigos en aquellas sesiones en las que se discutía el impacto de sus propuestas publicitarias. su colección de gabardinas tenía la etiqueta de Burberry’s. Hugo Boss o Ermenegildo Zegna. por ejemplo. Antes de dar a entender al Gordis que la cita había durado más de lo esperado. no fueron otras sus razones cuando decidió comprar el Porsche con el dinero ganado por sus servicios en una campaña política. obtenía créditos y los pagaba puntualmente o pedía moratorias según la expectativa de sus ingresos. también vendían la belleza. decía Pradilla. No se sabe quién aprendió de quién. hombres delirantes que se eliminan entre ellos. bebió con ansiedad hasta el anochecer. No concebía que se pudiera vestir un traje que no llevara la firma de Giorgio Armani. Pierre Cardin. pasaba temporadas de crisis. La decoración de su apartamento. El candidato era una mierda.¿no habían visto Un hombre y una mujer. con teléfono y sin apellido.

si llamaba su madre. —¿No te gustan mis tetas? —Me enloquecen —y las estrujó como si tratara de medir volumen y dureza. Seguía con los ojos cerrados. la mano que lo rodeaba y la torpeza con que la mano maniobraba debajo de los cabellos. el constructor intermediario en la venta. Beatriz se asomó al ventanal corredizo y respiró el aire frío y puro del jardín sembrado de eucaliptos. Y se ausentó algunos segundos. la visión brumosa de los cerros. Vestía un salto de cama blanco y transparente. La llamó. Dos Rossweiler. —¿Quieres vivir conmigo? —le había pedido él la noche anterior. frente al gran espejo del recibidor. Y pasó de nuevo sus manos por las nalgas. La casa. Me faltan dos meses para terminar el bachillerato. —Tienes el culo más fantástico del mundo. mi amor —le dijo la melindrosa—. Al día siguiente vio en la prensa las fotografías del desfile y recortó la que mostraba a Beatriz desfilando de espaldas. Se propuso sacarlo del camino. —No puedo —dijo ella—. Upegui. importados de Estados Unidos. extrajo la cinta y la destrozó a golpes de martillo. ¿Vienes a mi apartamento? —le preguntó el Gordis. —¿Te gusta el paisaje? —le preguntó Acosta al abrazarla por la espalda. "Cierra los ojos" —le pidió. Acosta la condujo hacia un extremo del salón. 80 . Sintió después la caída de un delicado objeto metálico sobre su cuello. sin ropa interior. Seguía de pie y abstraída. Acosta compró la prenda pensando que después de la primera cita éste era el salto de cama que Beatriz exhibiría en los desayunos. que se había quedado a dormir en su casa. ayudaban con su ferocidad a cámaras y vigilantes. al que había sido invitado por Amparo Consuegra. "¿Qué le digo?" —le preguntó Beatriz. que Beatriz apretó con coquetería. Verónica le había sugerido que lo mejor sería decirle la verdad. Supo que la modelo salía con Frank Rueda. —Me encanta —dijo ella sin volver la cabeza. un poquito más. no te olvides que el costo de vida está ahora por las nubes. Beatriz obedeció. La voz ronca y las tonalidades melindrosas de su acento lo devolvieron a un cuarto de hotel ¿Lo recordaba? Claro que lo recordaba. Apagó el betamax. —¿Crees que puedo ser reina de belleza? —Te lo aseguro. cómo no iba a recordar a un papacito como él —le mintió la voz al otro lado de la línea. más allá de la calle 132. Más allá. mi amor! —y se lanzó a los brazos del tipo. Acosta le acarició las nalgas. Un circuito interno de televisión servía a dos vigilantes armados para volverla casi inexpugnable. —¿Qué más te gusta de mi cuerpo? —Todo —le dijo Acosta. No.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recuerdo de una joven de veintidós años. pidiéndole que no abriera los ojos. había sido adquirida hacía apenas un año. Esas duras nalgas adolescentes se le habían revelado a Fabián en el desfile de lanzamiento de la colección. "Que te vas a vivir con Fabián". recostada en una pendiente. ¡Divina. —¡Divina! —exclamó ella al ver la gargantilla en su cuello—. se la había vendido al contado y en dólares. —Te vienes a vivir conmigo cuando termines. La ubicua Amparo Consuegra se había encargado de la decoración. Beatriz le había pedido a Verónica que dijera. Acosta le pidió quedarse quieta frente al ventanal. Propuso la tarifa.

—En el garaje tengo un Mazda que nunca uso —le dijo Fabián al despedirla—. Corrigió la posición inicial. Pediría a una agencia de publicidad la realización de un spot de diez o veinte segundos. mijita. como si se imaginara el rótulo en los comerciales de televisión. Mañana conseguimos uno. La muchacha lloró de emoción al verse ante el espejo. Doña Dolores de Lopera ahogó un grito de felicidad al abrir la puerta del pequeño apartamento y recibir el inmenso arreglo floral acompañado de frutas. ¿Tienes permiso de conducir? —ella negó con la cabeza—. le pidió llevar una mano a los cabellos e imaginó el impacto de la imagen: la cámara registraría la mano enjoyada que ordena los cabellos de una mujer joven. Se lo diría a Verónica. Beatriz pensó de inmediato en el genio creativo de Leonardo Pradilla. Le había mentido. Anuncios de prensa. exclamó. —Son todas tuyas —respondió Acosta—. le dijo a manera de súplica. buen mozo y un poco áspero. El auto era un modelo del 87. No hay buenos tipos sino pendejos sin agallas —dijo Fabián. póngase bien sexy. ¿No era la bisutería el sucedáneo de esta fantástica exhibición de brillo? Acosta le pidió que se sentara en el sofá y cruzara las piernas. del orgullo de haber regalado a la joven joyas que le pertenecían. No lo había amado. que colocara las manos sobre las rodillas desnudas. nadie más que Beatriz podría ser la imagen audaz de joyerías que tenían su clientela asegurada. Miró la 81 . Volvió a admirar a Beatriz sentada en el sofá. Le propuso una sesión de jacuzzi. publicidad en las revistas. insignificante al lado del Mercedes Benz blindado que lo acompañaba en el garaje. tan clasuda que se ve así. y abrochó una cadenita de oro en un tobillo. ¿qué pasó con tu Gordis? —Parece que se quedó tranquilo. no lo puedo creer. Le pidió extender hacia él una pierna. lloró como sólo saben hacerlo algunas mujeres ante el espectáculo deslumbrante de joyas ajenas y propias. —Es un buen tipo —dijo Beatriz. Acosta le tomara las manos y con gestos rituales empezara a introducir en los dedos anillos y sortijas. Lo dejamos para otro día. déme esa patica. —¿Son mías? —preguntó ingenuamente extendiendo las manos. De esta visión y. —¡Es un pobre diablo! Acosta había sacado del camino al Gordis. de expresión inocente. Beatriz le dijo que era tarde. mamacita. fotos fijas de una modelo inexpresiva no bastaban para destacar la exclusividad de sus joyerías. "Gold & Fashion". debía llamar a la madre. Beatriz no se atrevía a decir que hubiera sido preferible convencerlo con métodos distintos a las amenazas. póngase ahí como si posara pa' las cámaras. Quería admirar a la distancia el aspecto que ofrecía una chica hermosa con los dedos de las dos manos preciosamente decorados con sus sortijas. ¿Quién no las ha visto frente a las vitrinas y escaparates de las joyerías? Las lágrimas de emoción que bajaban por párpados y mejillas nacían de esa atávica predilección femenina por las joyas. —Lo mejor que puede hacer es quedarse tranquilo. Acosta se emocionó con la idea de promocionar la imagen de sus negocios. Sólo así podía explicarse que una vez puesta en su cuello la gargantilla de oro. No era un mal tipo. le mandaron flores —gritó. A propósito. Supongo que sabes manejar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿No era un próspero propietario de joyerías acreditadas en todo el país? Sólo así podía explicarse la generosidad de aquel hombre joven. Mija.

Beatriz tendría que inventar alguna explicación cuando apareciera en casa con el Mazda. mija. al regresar a casa. —Ya no soy modelo. —No sé si estudie. Diría que lo había comprado a crédito. Oiga. una excusa que no alarmara a la madre. suspiró. mamá —le dijo—. una ganga. con las manos tapándose la boca. ¡Si le contara. ¡Cómo se le ocurre! Nunca estuve enamorada de ese zángano. no había tenido tiempo de enseñar a la madre la colección de sortijas. No le satisfacía reconocer ante su hija el fracaso del marido. no se preocupe. Me dijeron que se quedó sin trabajo y que anda de puerta en puerta vendiendo enciclopedias. — A veces pienso que usted sigue enamorada de él. y el detalle de obligar a la madre a una visita al odontólogo cuando recibió sus honorarios de actriz.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tarjeta y su felicidad fue mayor al saber que el ramo de flores era para ella. —¿Enamorada? —chasqueó la lengua—. mija. —Estudie lo que quiera. doña Dolores permaneció con los ojos desmesuradamente abiertos. Vinieron después el juego de sala y la cama de cedro. las vecinas vienen a felicitarme. mamá —y corrigió al instante—. mija —dijo con humildad doña Dolores—. La nevera y el televisor nuevos habían sido los primeros regalos de Beatriz al recibir su primer cheque de modelo. —Me alegra. Fabián es apenas un amigo. la había instalado en su dormitorio. Beatriz soltó una carcajada. —No me case antes de hora. me dieron tres años para pagarlo en módicas cuotas mensuales. —Estoy estudiando. Voy a ser la modelo de una importante cadena de joyerías. uno de los dos cuartos del apartamento. En la mañana. cómo será cuando sea su novio —dijo la madre—. mija! Cada vez que usted sale en ese programa. ni ésta la curiosidad de ver la gargantilla nueva en el cuello de su hija. Se va a sentir orgulloso pero le va a dar mucha rabia saber que usted y yo podemos vivir decentemente sin su ayuda. Por falta de espacio. Acuérdese que tiene los exámenes encima. 82 . —¡Qué detalle tan lindo de su amigo! Beatriz interrumpió sus ejercicios en la bicicleta estática. Son para mí. Lo enviaba Fabián Acosta. —Su papá va a sentirse orgulloso de tener una hija como usted —dijo doña Dolores—. Me casé con él porque una mujer de veintidós años tenía que casarse con el primer pretendiente. Beatriz? —Abrí una cuenta corriente para no tener que andar con efectivo. ¿se acordó de pagar el arriendo? —Ahora mismo le hago el cheque. —No se olvide de estudiar. ponga de su parte y estudie. mamá. ¡Mire que abandonarnos cuando usted apenas tenía cuatro años! Dios castiga. Firmó el comprobante de entrega y se quedó inmóvil en la puerta. mejor dicho —dijo sin venir a cuento—. mamá. —¿Cómo así que cheque. Me hicieron una oferta mejor. no sé si estudie diseño gráfico o de modas. mija —dijo resignada—. mija. —Si es así como amigo. con sus respectivos tendidos. ni a la hija le hacía gracia recibir noticias desalentadoras sobre el padre que a duras penas veía. que haya conseguido un buen partido. Esta vez no la van a rajar. los artículos de cocina y los juegos de sábanas de algodón puro. —¿Cierto que se ve divina la nevera nueva en la cocina? Le pegué esos adornitos. Cuando lo hizo. Se puede costear la carrera con su trabajo de modelo.

Eso es lo que me aterra: que se conozcan. La siguiente noticia mostraba tres cuerpos de policías abatidos en plena calle.. ¿Cómo voy a saber yo las intenciones de un hombre? Nadie lo sabe. ese muchacho me parece muy buena persona. —Usted verá.". si me deja asesorarla. 83 . ¡Qué hombre va a respetar a una muchacha que ha pasado por tantas pruebas sin decidirse! —No sea anticuada. Betty—aceptó resignada—.. por favor.. —¿Usted cree que ese muchacho va en serio? —preguntó preocupada—. —¿Vieja usted? No me haga reír —la abrazó y besó en la frente—. mamá —le pasó la mano por los largos cabellos castaños—. tendidos de luz venidos abajo. Antes de anoche. "Un nuevo atentado dinamitero sacudió a la ciudad de Medellín. Empezó a pedalear. No sé. —¡Se acabaría la familia! Beatriz miró la hora y encendió el televisor. apáguelo! —suplicó Beatriz. Doña Dolores apagó el televisor. —Espere un ratico. soldados y socorristas. se habla de veinte muertos y decenas de heridos aún no identificados. Socorristas de la Cruz Roja sacaban muertos y heridos de las ruinas. Ahora las parejas se conocen. Ya estoy muy vieja para adaptarme a esas costumbres. ¿Quiere que le diga una cosa? Las mujeres no tienen que resignarse a vivir toda la vida con un hombre que no aman. que no hay nada malo en ser modelo. ¡Sabrá Dios dónde vamos a parar! Beatriz volvió a acariciar los cabellos de la madre y se dirigió a paso lento a su dormitorio. La cámara se paseaba por un vecindario en ruinas: carros achicharrados. Entienda. Segundos después. según los informes de las autoridades.Por el momento. Beatriz rió a carcajadas. mamá —le dijo con dulzura—. —¿Ve? —exclamó—. Una música fúnebre servía de audio a la emisión de las imágenes. —Si voy a seguir modelando. "Sigue la siniestra cruzada de exterminio contra miembros de la fuerza pública. pasan por un período de prueba y después deciden. mamá.. mija —suplicó la madre—. Así no tendrá que empelotarse. Ya verá. seguidas por doña Dolores con las manos puestas sobre su boca. usted es una niña muy linda. mija. —No se vaya a escandalizar. haría medía hora más de ejercicios. Antes de identificar el lugar y consecuencias de las explosiones." —escuchó Beatriz al echarse la toalla al cuello. No sabe la pena que me dio cuando vi en los periódicos y en la televisión ese desfile. La gente se sigue enamorando y casando como antes. cómo le devolvemos la juventud." —¡Apáguelo. ¡Qué lindo! ¡Mandarle flores a la suegra que no conoce! Abrazada a la madre. una bomba en Bogotá. Antes de almorzar la ensalada y la pechuga de pollo a la plancha que le había pedido a doña Dolores. mija. ahora otra en Medellín —dijo la madre en voz baja. aunque no lo conozco. El noticiero se abrió con un estruendo de explosiones. ". la cámara se paseó por un edificio derruido. acostúmbrese a verme vestida y con poca ropa. ¿Qué tal que el dichoso matrimonio no tuviera sentido? Consiguió escandalizarla: la madre enarcó tas cejas y le dio la espalda a la hija.. árboles talados por el impacto. Usted sabe que tenemos familia en Medellín. viejita —le acarició las mejillas con el dorso de la mano—. por la confusión de hombres y mujeres que corrían entre policías. —Me cuesta mucho acostumbrarme a esas cosas —quebró la voz—. Por ahora.. que a mí me educaron de otra forma. ¿Vieja con cuarenta y un años? A usted lo que le falta es arreglarse. —No sea anticuada.. que hagan como usted dice un período de prueba y al final no decidan nada. me dolería mucho verla sufrir. Yo sé que es una profesión. ¿Qué pasa luego? Pues que repiten lo mismo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mejor —dijo la madre—. la presentadora del noticiero leyó los titulares del día. como si rezara una oración—. mamá.

con insinuantes delantales de cuero. ¿era falso el Dalí? Elegiría las de temas y colores amables y las cedería al negocio en calidad de préstamo. ¿Le parecía adecuado el nombre del gimnasio? Perfect Body. "Inversiones Nuevo Horizonte" era una razón social sencilla. entra en el inventario de gastos. churros que se conviertan en espejo de nuestros clientes. ¿Cuántas líneas telefónicas? No menos de dos. Virginia. ¿Cuál era el dichoso santo? San Esteban. mija —se acercó a decirle la madre—. La oficina de la administración le parecía desangelada. mamá. Como conejitas sin uniforme de conejitas —dijo. Faltaban algunos accesorios. aunque las intuiciones de la madre fueran a veces revelaciones fulminantes. Ya no soy una niña. Ningún noticiero de televisión se va a perder esa noticia. En minifalda negra. pero vale mucho. falta un fax. pero tenga cuidado. tienen que ser 84 . Guardaba en su casa litografías de pintores famosos. —Dormí en la casa de Fabián —encaró a la madre—. tamaño pliego. "Inversiones Nuevo Horizonte y Perfect Body se complacen en invitar a usted(es) a la inauguración del nuevo y espectacular spa que abrirá sus puertas el próximo viernes. torso desnudo. que le respondió con un amago de golpe en la entrepierna. recordó..Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto muy rara. colgaría la que representaba al santo desnudo. tacones altos y . Nada podía hacer para modificar su comportamiento. no sé cómo no se nos había ocurrido — recordó llevándose las manos a la cabeza. Y en el salón de los aeróbicos lucirían muy bien reproducciones de mujeres y hombres jóvenes en ropa deportiva. Una idea genial: los camareros no atenderían en uniforme negro y pajarita.. ¿Por qué no cinco mujeres y cinco hombres? — propuso Virginia. Cuerpo perfecto. será un verdadero escándalo. pero había que servir más que vino. ¡Las separaban tantas cosas! La irritaba su resignación. La examinarían juntos. Podía adquirirla mediante un canje. bromeó agarrando del cuello a Virginia. una libre para los clientes y la otra para nosotros. ordenar pasabocas. ¿Es que no se ha dado cuenta? Doña Dolores la observó en silencio y optó por retirarse. Que no se le olvidara la cita con el notario. Más adelante instalarían un teléfono público de monedas. pongamos algo lindo en las paredes. Ya él había hecho trámites e inscripción de la sociedad en la Cámara de Comercio. Upegui inspeccionó con Virginia cada rincón del gimnasio. conseguí unas cuantas cajas de vodka y whisky de cortesía.. Y la decoración. las baldosas del piso de grandes ladrillos crudos. En esa pared. herido a flechazos. una mujer desnuda y patiabierta. ¿Se imaginaba el impacto? —decía a Virginia. la grifería de bronce. Evitaba responder groseramente a su madre. de espaldas al escritorio. Se le había ocurrido —dijo Upegui— que fueran atletas musculosos vestidos solamente de pantalones blancos. Dalí. serían casi doscientos invitados. mejor que sobre y no falte.Usted no durmió donde Verónica.topless. —¿Dónde piensa que dormí. encontraba irritante su aceptación de la fatalidad en cada circunstancia adversa. Mucho más sugestivo en inglés. "¿Qué ofrecerían a los invitados? La etiqueta mandaba que se dijera: se servirá copa de vino. Tengo un Darío Morales. le daba rabia verla envejecer con el convencimiento de que era vieja a los cuarenta y un años. Canje o no canje. No me quiero meter en sus cosas. Amparo invitaría a sus amigos periodistas. entonces? —preguntó Beatriz deteniendo el pedaleo. Prefería mentirle.. el acabado de los baños tendría que ser de mármol. ¿Qué hay de malo en eso? —subió el tono de voz como si la verdad exigiera mostrarse desnuda y desafiante—. Diez fornidos fisioculturistas atendiendo a los invitados. dijo Upegui. mañana a las nueve. John Peralta había prometido mandar las cámaras del noticiero. descalzos. dijo Virginia. Un fax. ¿Había hecho ya la lista de invitados? —le preguntó a Virginia.

La respuesta fue un suspiro hondo acompañado por un encogimiento de hombros. Pradilla era apenas amigo. Les pagamos en efectivo. Había montado una pequeña empresa de confección de ropa para niños. La pobre no paraba de estudiar día y noche. Acosta nos gira mañana para pagar a los proveedores. que no tengan las tetas muy grandes. Sabía por Verónica que la madre de Beatriz había criado sola a su hija con pequeños contratos de restaurantes y pedidos para fiestas particulares. Niñas muy sofisticadas. Ya agoté mi cuentica en dólares. no se para. haciendo lo que sabía hacer. preguntó Virginia. Lo que era la vida: ahora era una modelo famosa. Podía durar lo que durara la juventud. ¿Por cuánto tiempo? Depende de ella. el BMW se me hizo humo. Tampoco Upegui figuraría. precisó él. Y que nos den recibos con el debido incremento de los precios. ¿Quieres probarlo?. Virginia le recordó que le faltaba endurecer el abdomen. le había prometido a Verónica almorzar en casa. dijo Upegui. El tiempo de esta profesión —lo sabía ella— se consumía en un suspiro. Su aporte de trescientos mil dólares significaba apenas el 20% de la inversión. la invitaba a comer en su casa. ¿Almorzarían juntos? No. Había días en que. Debemos mucha plata. Lo que era la vida. dijo al bajarse de la máquina. ni la sombra de la linda niña de hoy. Además. entre 32 y 34. Se le ha metido en la cabeza volverla reina de belleza. añadió Upegui. Upegui poseía el 28% y Virginia el 52% restante. dudó Virginia. Lavando no. Sí. le había pedido a Upegui que figurara sólo él. de pura pena. pronosticó Virginia. Más bien poco. se había ido de viaje a Europa. éstas serían las medidas ideales. Upegui se subió a una máquina y trató de flexionar los brazos. cocinar platos criollos. lo haría a través de su abogado. Beatriz Lopera no era. la amiga de su hija? El mismo. dijo Virginia. Virginia le acarició el brillante cráneo rasurado. Upegui le recordó a Virginia que se diera prisa en la contratación del sistema de alarma. Le parecía cruel decirlo —opinó Virginia—. ¿Respiraba por la herida? ¿Presentía que la medida de la juventud se había alejado hacía mucho tiempo de ella? 85 . informó exaltado. pero la primera beneficiada en esa relación sería la madre de Beatriz. respondió la voz realista de Upegui. ¿Salía con Leo Pradilla? Sí. ¿Estamos lavando?. dijo Upegui. Virginia lo recompensó con un fuerte apretón en la bragueta. ¿Sabes lo que es ser pobre? —preguntó. suscribirían entre ellos un documento privado. ¿Fabián Acosta?. propuso Virginia. Se para. Pobre mujer. se quejó Virginia. Tenemos que abrir la cuenta corriente a nombre de Inversiones Nuevo Horizonte. Virginia no la conocía. cuando la conoció. Verónica se hizo amiga de Beatriz cuando iban a ese colegio de mediopelo. ¿Cómo se porta mi verguita chiquitica y tiernita? —le preguntó a sabiendas de que Upegui disfrutaba con sus obscenidades. le preguntó. se inquietó ella. pero la juventud se medía hoy con una vara cada vez más corta. Mejor mañana. ¿Cuánto quedaba en plata líquida? Veinte millones de pesos. porque Acosta nos da la plata en efectivo. has bajado barriga pero necesitas tonificar esos músculos. Una sociedad con más de millón y medio de dólares será una sociedad respetable. La tiene comiendo en bandeja de oro. ¿Hasta cuándo?. ¿Me das un beso?. ¿Sabía que Acosta tenía a Beatriz comiendo de su mano? No lo sabía. ¿Salía con Beatriz Lopera. Esa humilde mujer tiene todas sus esperanzas puestas en la hija. en pesos y en dólares. pidió al arrebatárselo. pero la oferta industrial arruinó su negocio. Antes de salir del gimnasio. ajiaco y sobrebarriga. hasta donde sabía —dijo Virginia—. Poco o mucho tiempo. ¿Funcionaba bien el baño turco? A las mil maravillas. ¿Quién iba a creerlo? De niña era una langaruta pálida y tímida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus muy sofis. así la recordaba Virginia. haciendo lo que casi todos hacen. ¿Cómo había quedado al fin el asunto del tercer socio? Fabián Acosta no quería figurar en las escrituras del negocio. venía diciéndole Upegui.

Lo pensaría. Pensaba que la decisión de permutarla sería una falta de respeto a la memoria de su padre. —Javier quiere invitarnos a cenar —le gritó Virginia a la hija cuando subía las escaleras hacia el segundo piso. el garaje con puertas de madera carcomida. Acababa de preguntarle si se sentía rico. No estoy seguro de poder conservar nada de lo que me rodea. Se había negado a la oferta de Epaminondas Romero. —Convence entonces a tu hija. lentejas y fríjoles. Verónica mantenía grabada una de las primeras frases de Leonardo Pradilla: hablaba de la visión nocturna de la ciudad y del artificio de su belleza. Las paredes y los techos filtraban humedades. Desde el día anterior. En ese terreno puedo construir un edificio de cuatro pisos. le caería encima el peso de la tragedia. "Hermosa. Verónica no estaba convencida de la permuta. lo había acompañado en la partida. terrible y engañosa". de por lo menos veinte años. —Me llegó un telegrama de Leo —dijo con el papel en la mano—. mucho más suntuosos y caros que los antiguos. que el verano de París es dulce como pétalos de rosa con miel. Paseó un rato por el aeropuerto. El aspecto que ofrecía en el vecindario era como un parche en medio de las nuevas edificaciones: el pequeño patio de rejas oxidadas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Decidiste permutarme la casa? —le preguntó Upegui—. Y regresó a casa. De lejos. antes de que la Avenida Circunvalar diera nacimiento a nuevas casas y edificios. Si lo perdía. como si esperara un vuelo retrasado. de dos pisos. Lo siguió a la distancia hasta verlo desaparecer en el control de emigración. Trataría de convencer a su hija. vivir 86 . Sentía todavía el vacío de la ausencia. nunca como hoy el lobo había acechado tanto a Caperucita" — reflexión que acompañó de risas y mohines en la cabellera de Verónica. hágalo. Verónica había ido al aeropuerto a la hora del vuelo. pronunciada con la amabilidad de una reflexión y sin el odioso tono de un consejo. le dijo Virginia a Javier Upegui. niña —la había alentado Teresa— E1 dolor de la ausencia es a veces dulce. Cayeron en su memoria de manera placentera y triste. escondiéndose entre la multitud. —¿Pétalos de rosa con miel? —se intrigó Virginia. una casa de clase media levantada hacía dos décadas en el extremo nororiental de la ciudad. Leo es a veces poeta. anotar con palabras textuales la más terrible de sus advertencias. Era una casa amplia. había nacido y crecido allí. Era una casa vieja. Esta vez no lloró. Si quiere hacerlo. ¿Rico? No me hagas reír —dijo extendiendo los brazos hacía la amplitud de su sala—. mi niña. Dice que me extraña. ¿Era posible que placer y tristeza durmieran juntos? —Tengo que estudiar —dijo al subir a su cuarto—. "Estás viviendo en la peor de las selvas. Sin su consentimiento y a hurtadillas. Le explicó que rico era aquel que no temía perder cuanto tenía. Los recuerdos del último encuentro no fueron dolorosos. Si un día no puedo conservarlo. ¿Se refería también a la belleza femenina? Le hubiera gustado anotar cada una de sus frases.Llamé a Beatriz pero me dijo que tenía cita con Fabián. volveré a ser el que fui antes de ganar lo suficiente para comprarme esta vida. Te doy un bonito apartamento moderno de ciento cuarenta metros cuadrados y te quitas de encima el problema de la seguridad. se tomó un café. Está a nombre de las dos. así la había calificado. —Lo estoy pensando —dijo Virginia—. Sabía comer arroz con huevos fritos. —Ya sabes —mintió Verónica—. La oferta era en todo caso tentadora.

Después de la cena. Si quería hacer una carrera. Recordó a Nelson Sarmiento. Se aburría. de vivir en un apartamento de doscientos metros cuadrados eran apenas un accidente de la suerte. No debía nada ni le daba importancia a la vida social. ¡Maldita sea! No podía con las matemáticas. Y nerviosa. La ausencia de Leonardo Pradilla limitaba la visión de su horizonte. libros y una botella de vino. Les agradecía el detalle de la celebración. O elegir una escuela de diseño que no exigiera título de bachiller. Creerá que es un desaire. Su madre y Upegui lo celebraron invitándola a cenar. Stop. mamá. intentar de nuevo o desistir. enamorado de ella hasta la locura. se sintió indiferente y apática en la conversación. Madrugarían a poner cada cosa en su sitio. a quien apenas conocía. poco a poco. Un horizonte tan cercano no es horizonte. —Vienes a cenar y regresas a estudiar. Cenó pues con Virginia y Upegui. la radio y la televisión registrarían con bombo y platillos. Y en cuanto al dinero. aunque. El primer beso. Además. una línea que traza un dibujo y. Stop. en el segundo intento. Besos en cada pétalo. El privilegio de poder comer caviar o salmón ahumado. creyó que el horizonte era un paisaje cercano. —Dile que gracias —se excusó. quería consolarla. Un acontecimiento social que la prensa. El regalo era muy lindo. Viviría de nuevo en un cuarto. Un momento antes. Verónica no pudo concentrarse en el estudio hasta que no puso orden en la memoria que evocaba a Leo Pradilla. Estaba deprimida. a ensayar con meseros y meseras. se encontraría con Beatriz. —¿Me escuchaste? —subió a insistirle Virginia—. tendría que revalidar algunas materias. Un niño de trece años. excúsame con él. a controlar la iluminación de las salas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus decorosamente en cualquier parte. de beber vino en lugar de gaseosas y jugos de frutas. entregado por Upegui en el momento de apagar las velas de la torta. ¿Por qué se habían molestado? Y aunque se mostró amable con ellos. para ser sincero. tan cercano como limitado. era un regalo precioso. Controlaba cada detalle. con la cara marcada de acné. Verónica cumplió diecinueve años. lo mejor era ganarlo y gastarlo sin remordimientos. Perdón. va perdiendo la identidad de sus líneas. tan deprimida como doña Dolores. La trampa tendida al incauto. pasar los exámenes de último grado. Habían pasado más de cinco años. Upegui. —No le gustará nada —insistió Virginia—. El verano de París sabe a rosas y miel. parecía tener los pies sobre la tierra. en cambio. Tenía curiosidad de ver a la amiga al lado de Fabián Acosta. mamá? No puedo perder un segundo —y cerró la puerta de su cuarto apartando a la madre y dejándola plantada en el pasillo. todo lo contrario a lo que entendía por horizonte. Te extraño mi niña. —¡No me importa lo que crea! —gritó—. Virginia estaba exultante. No sabía ahorrar. ¿Por qué no la alegraba saber que Perfect Body se inauguraría pronto. su primera víctima? Sonrió avergonzada. haría cualquier cosa para seguir rodeado de discos. Su amiga no había podido. ¿Cómo sería hoy el estudiante modelo. —¿No comprendes. El reloj Cartier envuelto en precioso papel regalo. Si frecuentaba fiestas y cocteles era en razón de su trabajo. No era rico. hermosas y hermosos estudiantes de 87 . al asomarse a la ventana. Javier nos invita a cenar. que la fiesta iba a ser por todo lo alto? Casi doscientos invitados. Leo —leyó de nuevo el telegrama.

—Te llevamos. —Pan de cada día —dijo para sí Upegui. Quedé de verme a las once con Beatriz y su novio. Upegui pagó la cuenta. dos hombres respondieron a un gesto y corrieron a subirse a un jeep blanco que los siguió de cerca. descargan sus armas sobre los ocupantes del carro interceptado. una mujer joven. —Los dejo —se excusó Verónica—. Se refería a la balacera: un vehículo intercepta a otro. Redujo la velocidad al pasar al lado de la camioneta agujereada a balazos. Desde entonces. carajo! —gritó Virginia. No nos gusta que cojas taxi a estas horas. Circularon hacia la Circunvalar. Una multitud de jóvenes hacía cola a la entrada. En el costado izquierdo de la vía. Recordó las frases de Leo Pradilla sobre la belleza ilusoria de la ciudad. ¿Dónde habían quedado de verse? La esperaban en una discoteca de La Calera. los jóvenes parqueaban sus vehículos y convertían el mirador en un motel al aire libre. de atracos frecuentes. subiendo desde Bogotá. guarecido por la oscuridad. Los hombres se acercaron hasta las ventanilla disparando incesantemente. Lo mismo hizo su escolta. Upegui prefirió orillar el auto y esperar a diez metros de distancia. Upegui pudo ver la sangre que manchaba la tapicería. su acompañante de hace seis años. Si esperas un minuto te llevamos. al salir. Verónica miró hacia su izquierda y encontró el mapa nocturno de la ciudad iluminada. no seas terca —insistió Virginia—. Parecía un hermoso paisaje detrás de una transparencia de tules. yacían con los cuerpos enredados uno sobre otro. ¿Por qué El Monte de Venus? — preguntó al senador. Verónica bajó del auto sin haber superado aún el shock producido por la balacera. Numerosas 88 . Upegui reanudó la marcha. Por una graciosa ocurrencia. Lo comprobó cuando. en el costado izquierdo de la vía. la visión de la ciudad era más amplía. Y habló del robo de taxis. engañosa y terrible. salen sus ocupantes armados y. No era prudente —decía Upegui— que se fuera en taxi a un lugar que se estaba volviendo extremadamente peligroso. la zona había sido bautizada como El Monte de Venus. tomaron el puente y siguieron por la estrecha carretera que llevaba a La Calera. ¿Por qué tenía escoltas un simple constructor de casas y apartamentos? —No llegues muy tarde —aconsejó Virginia. de balaceras esporádicas. —No se molesten. Pese a la neblina. El flujo de su memoria se interrumpió bruscamente. aunque ya no lo frecuentaba. Regresaron a la camioneta y emprendieron la fuga. Circuló con prudencia y en silencio hasta la discoteca. —¿Te llevamos? —se ofreció Upegui—. En el interior del vehículo. aplaudida por Rodolfo Roldán. Más que fuga. ¡No pare. parecía como sí salieran de un accidente sin importancia. Llevarían a Verónica al lugar de su cita. Virginia recordaba La Calera con este nombre. vio que uno de los vehículos le cerraba el paso al otro. Chicos y chicas de dieciocho a veinte años. Virginia conocía el lugar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus danza contemporánea contratados para hacer un pequeño espectáculo. Llamaría un taxi. sin dar tiempo a una respuesta. Lo adelantaron. Ya es tarde. Verónica no sabía que también Upegui disponía a veces de escolta. cinco metros detrás de él. Upegui frenó para dar paso a dos camionetas que parecían competir por la delantera. el conductor y su acompañante. Le incomodó sentirse seguida por los escoltas de Upegui hasta la puerta de la discoteca. Porque queda en el monte y es el rumbeadero preferido de las nuevas Venus. pero cuando retomó con prudencia la velocidad. Vio —todos vieron— que de la camioneta atravesada en la vía salían tres hombres armados y disparaban repetidas veces contra el vehículo. un homenaje a la gimnasia aeróbica con música de los ochenta.

¿Quién era el tipo que los acompañaba? Verónica lo saludó de mano. Fabián la saludó de beso en la mejilla. Parece una puta. Sorpresa y temor. Ni su escandalosa manera de vestir ni la pesada cadena de oro que exhibía en el cuello. —¿Qué dices? —¿Verdad que Fabián lo amenazó? Beatriz interrumpió el retoque de su rostro. hombre. Algunos las exhibían en la mano. la cantidad de gente que se aglomeraba de un extremo a otro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus camionetas y carros de lujo. —Si sales a bailar. Las acompañaría hasta la entrada de los baños de damas y las esperaría para llevarlas de regreso. subametralladoras colgando del brazo. ¿Sabía que Beatriz se encontraba allí con Fabián? La tranquilizó el tamaño del local. Podía ser pura casualidad. Rápido pues. Para llevarle la contraria. Betty. guardaespaldas con el saco abierto enseñando el poder intimidante de sus armas. Un mesero la condujo hasta la mesa donde la esperaban. —¡Está loco! Fabián se muere de los celos. ¿Me entiendes? Hay hombres que no pueden soportar que uno se haya acostado antes con otro. El tipo llamó al mesero haciendo aspavientos con los brazos y emitiendo un silbido. su olfato le decía que el 89 . pensó Beatriz y no quiso incomodar a Verónica diciéndole que Fabián había ordenado que las protegieran. vino con pareja. No le gustó su aspecto. quédate por los lados de nuestra mesa. —Tranquila. Verónica volvió a decirle que no le gustaba el tipo que le habían sentado a su lado. Fabián se lo encontró solo a la entrada. —¿Quién es el tipo tan espantoso que me trajeron de pareja? —No te lo trajimos de pareja —aclaró Beatriz—. Verónica buscó con la mirada a Beatriz y a Fabián. Lo acompañaba una chica de ropa escandalosa. Tráigale a la señorita un vodka con naranja —ordenó a gritos sin esperar que el mesero se acercara a la mesa—. que no es para mañana. —Raúl Trespalacios. ni la mirada de exploración que le dirigió al sentarse a su lado. Verónica dirigió una mirada interrogante a Beatriz. a la derecha. Tu Gordis está sentado en una de las mesas de la entrada. ¿Y si le daba por bailar? ¿Y si se creía en el derecho de acosarla? No lo conocía. Las seguía de cerca. —¿Está solo? —No. —Tengo que ir al baño —dijo—. en una de las mesas. No ocultaban sus armas. esto fue lo que sintió Verónica al distinguir a Frank Rueda. Beatriz se abrazó a ella emocionada. Después de avanzar abriéndose paso. tipos distraídos mirando el paso de chicas de minifalda y blusas escotadas llevadas de la mano o abrazadas por hombres mayores que ellas. Una botella de Dom Perignon adornaba el centro de la mesa. Escoltas ociosos parados en actitud desafiante en la puerta abierta de los vehículos. con lo que voy a decirte —buscaba decírselo sin alarmarla—. escandalosamente maquillada. ¿Me acompañas? —No nos demoramos —dijo Verónica. le dijo abriéndose paso a codazos por entre la multitud de clientes. —Un amigo —lo presentó Fabián. Verónica le dijo que prefería un vodka con zumo de naranja. Don Fabián me pidió que la acompañara hasta su mesa. De las camionetas salía la parafernalia de la música. Pensó que si se lo decía a Beatriz la pondría nerviosa y estropearía la noche. para servirte —dijo el tipo. El tipo sirvió con torpeza y sin preguntarle una copa de champaña. Beatriz reconoció a uno de los guardaespaldas de Fabián. acompañado por una vieja que ni te imaginas. el Gordis.

exclamó acercando su cabeza a la cabeza de ella. ¿Es cierto que tienes el 20% de la sociedad? —Según las cuentas de Javier Upegui. Tenía que irse. ¿No lo había notado por su estilo de bailar? —respondió él apretando aún más el cuerpo de su pareja. Rechazó varios intentos de su pareja: trataba de abrazarla y conducirla a su manera. Cuando regresaron a la mesa. No pudo evitar esta vez que el tipo la abrazara y estrechara a su cuerpo. la única forma de hacerse escuchar en medio del ruido de la sala. Según mis propias cuentas. Tenía que volver a sentarse al lado de Raúl. Había venido a saludar a Beatriz un momento. Fabián abrazaba a Beatriz y ponía la otra mano en sus muslos desnudos. No te imagino en negocios de belleza. ¿Qué podía hacer para evitar que el sexo excitado de Trespalacios abandonara el cómodo lugar encontrado en su entrepierna? Le parecía ridículo mostrarse ofendida. —Que si te provoca otro vodka —tradujo Fabián. retrechera y todo. sos un bomboncito de hembra. Beatriz se dejaba abrazar por Fabián. —¿No tienen un cupito para mí? —preguntó Trespalacios—. temió Verónica. ¿Lo aceptaba? ¿No sería peor quedarse sentada. Está podrido en plata. —¿Sabías que Fabián es socio del gimnasio? —Claro que lo sabía —dijo Verónica—. —¿Quiere otra tanqueadita. Quédate un ratico más. le preguntó Verónica en voz alta. ¿De dónde iba a ser? De Cali. había que ver la forma como llamó a gritos y a silbidos al mesero.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tipo era un patán. tengo el 20% —dijo—. Merengue apambichao. Verónica adivinó en la actitud del intruso a un tipo de confianza. No podía evitarlo. —¿Siempre sos así? —¿Cómo soy? —Así de retrechera —dijo decepcionado el tipo—. soportar tenerlo a su lado y responder a su conversación? —No me gusta bailar agarrada —le dijo amablemente—. Prefiero bailar suelta. Verónica bailó una nueva pieza con Trespalacios. Fabián invitó a bailar a Beatriz haciéndole un gesto con la mano. 90 . Capital de la salsa y del mundo. dijo Beatriz. la grosería con que me sirvió la copa de champaña. escoltadas por el tipo que les abría el paso a empujones. hermano —chanceó Fabián—. tengo más del treinta y cinco. —No me puedo demorar mucho —advirtió Verónica— Tengo que ayudarle a mi mamá en las cosas del gimnasio. —El merengue se baila agarrado —dijo el tipo—. Un hombre de la mesa vecina se acercó a pedirle que bailaran. metiendo una mano en sus cabellos. preciosa? —preguntó Trespalacios a Verónica. Así que aceptó la dureza de taladro con que el parejo pretendía prometerle momentos más apasionados que éste. le pidió. ¿no es lo que dice la canción? —canturreó moviendo hombros y caderas. pero Fabián. Tengo por ahí guardada una platica y no sé en qué invertirla. —Se jodió. "¿Otra tanqueadita?" —preguntó ella. cada vez que le hablaba la llamaba "mi vida" o "mi cielo". sólo faltaba eso. abarcando con la mano su nuca. ¿De dónde era?. Pero. negó con la cabeza. a quien parecía pedirle permiso para bailar con la muchacha. Raúl se puso de pie y dio por supuesto que Verónica aceptaría bailar. le dijo. Fabián le pediría a uno de sus guardaespaldas que llevara a Verónica a su casa. Sólo pudo rechazarlo cuando intentó bailar la siguiente pieza. —Tengo mucho calor —dijo quitándole el brazo de Raúl de los hombros. La trataba de "mi vida". dentro de poco va a querer hacer lo mismo conmigo.

Por casualidad se había encontrado con ellos en la misma discoteca. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. A su casa la llevo yo. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y. ¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo. le dijo Verónica. Frank. Beatriz? —le preguntó Verónica—. ¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo advertí. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda. No se sorprendió porque temió desde el principio la escena. rodeados por escoltas que avanzaban a empujones. Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. trató de decir al agresor. se le abrió la chaqueta. gritaba. su profesor de literatura en décimo grado. mientras bailaba con Fabián. que en paz descanse. Usted sabía de lo que son capaces esos tipos. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de impotencia. los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. el pobre 91 . Verónica evitó ser vista por el Gordis. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente. le dijo a Verónica. —Me voy —dijo Verónica con voz enfática. por ningún motivo. Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón. no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. Le cayeron a patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. De nada valieron las súplicas. déjelo. Sí. Trabajé para don Epaminondas Romero. Tomó su pequeño bolso de la mesa. Fabián la tomó de un brazo y la zarandeó. ¿Me oíste? La señorita no baila con extraños. inmóvil en el piso. ¿cierto? —Sí. en ese caso. le gritaba Fabián. Presa de la histeria. Dos agentes de policía que miraban la escena se desentendieron de la pelea. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro puñetazo en la boca. pero sería peor si cortaba su relación con Fabián. y lo empujó a la calle. Beatriz tampoco había podido evitar la furia de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. Don Fidelio — dijo el hombre que acompañaba a Verónica. Iba armado. El duro de las esmeraldas —añadió. En el camino de regreso. —Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. Empezó diciéndole que. Tuvo miedo. ¡Te largas ya mismo! —Disculpen —dijo el hombre. ¿no ve que lo están matando?. La escena puso histérica a Beatriz. A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. saquen a esta basura de mi vista. Había bastado un gesto de Fabián a los escoltas para que dejaran de patearlo. Uno de los escoltas recogió al Gordis del suelo. Y al estirar el brazo. Frank no estaba allá para buscar a nadie.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Eres Verónica. Sé dónde vive. Llévela a su casa y regrese. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo. Al salir. Ella se limitó a repetir la dirección de su casa. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo tendido en el suelo. si es que va para su casa —le gritó Fabián. Se abría paso hacia la entrada un hombre y su pareja. el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. Beatriz gritaba enloquecida. Lo terrible no había sido el puñetazo. señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. No deje que la señorita. no joda. —¿Qué quiere que le diga. Al verlo de espaldas. cometa la locura de irse sola. ¿No se acuerda de mí? —preguntó—. se llama Verónica y no baila con extraños —intervino Raúl parándose de su silla—.

Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su hija se quedaba con él. —Con Beatriz. de la finca habían salido a desayunar en la Avenida Caracas. ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar. ¿Cómo lo convencía de eso? No la había dejado regresar a su casa. Hagas lo que hagas. de eso estaba segura. estaba nerviosa. iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. porque temía algo peor y no quería provocar más problemas. Algo le estaba pasando a esa muchacha. Que estuviera segura de él. Si abandonaba a Fabián. tenía que comprender que lo primero que se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. Vamos a comer algo en el gimnasio. en efecto. te vas a encontrar con Fabián en la inauguración del gimnasio. La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados. No había visto nunca a Beatriz en tal estado. por lo visto ella había decidido seguir con Fabián. que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—. le dijo a Verónica. No podía decidir por ella. extendida en la cama. donde se deshizo en excusas. le dijo a doña Dolores mientras. Sí. no se preocupe. Y. ¿Le habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pagaría los platos ratos. —Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. venía acompañado por una putica para humillarla. Beatriz aceptó sin oponerse ir a la casa de Fabián. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca se habían ido a una finca de Tabio. no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank Rueda. le repitió a Verónica. Lo conocía poco. No había podido dormir en toda la noche. señora. Y si no estaba allí para buscarla. ¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. se dijo Verónica. Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. le suplicó mientras depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda la noche. repetía. ¡No sabes cuánto te adoro! Por miedo. Miedo de lo que había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos. le daba su palabra. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. que no se preocupara. se aplicaba en los párpados bolsas de té frío. no había dormido nada. Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar que. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con ese boleta. Descargaría sobre él toda su furia. Que lo perdonara. le preguntó Verónica. ¿Qué quería que le dijera?. se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana. Ya estaba más tranquila. le dijo con galantería. pero empezaba a 92 . Él no podía permitir que nadie pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. —¿Le pasa algo? —Viene a almorzar. ¿Aconsejarla de qué manera y con qué clase de argumentos? —¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia. su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de celos. Mi mamá va a pegar el grito en el cielo. Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo. Se había dejado llevar por los celos. —Almuercen. No es que pensara volver con Frank Rueda. Le gustaba mucho Fabián.

—¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios? —No digo eso exactamente —matizó—. algún hilo conduciría a su relación con Virginia. sus vigilantes. —Pero él no es como los otros —se defendió. Ojalá hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. de un infarto. —Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes. Hace una semana. Me atrae. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. —. como lo llamaba mi madre. sus perros.. No se gana tanta plata de un día para otro. ¿cierto? —¿De dónde va a salir? De sus joyerías. lo leí en el periódico. 93 . Los gringos le estaban siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió encogiéndose de hombros. amparado en el poder del dinero. podía llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad. no solamente por él sino por todo lo que lo rodea: su casa. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría sin la plata. el dinero de sus cuentas. Mi mamá tuvo un amante que tenía un concesionario de carros.y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta. Sabías desde el principio de dónde salía la plata de Fabián Acosta. Te digo que debes saber dónde te metes. se está convirtiendo en un escándalo. opinó Verónica. Coma aunque sea un poquito. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca. No pretendía desilusionarla. Cuando estoy con él me siento protegida. sus escoltas. Esos viajes a Panamá. Las vagabundas que lo acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda la noche. —¿Lo quieres? —No sé —se quedó pensativa—. Beatriz no probó bocado. no había exportado orquídeas sino cocaína. la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. después importó carros de lujo. Apareció muerto en un motel. se supo qué hacía verdaderamente. tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera quitado la voluntad. —¿Qué quieres decir? —Tú lo sabes. la tarjeta de crédito pagada por Epaminondas. —¿Y quién no lo está haciendo? Es bueno que lo sepas. ¿No era como los otros quien disparaba a las ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica. cebolla y tomates que les sirvió Teresa. —Y tú sabes de dónde sale la plata. Además. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus conocer lo peor de él. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en los negocios del difunto Epaminondas. El caso del "Viejo Epa". Epaminondas Romero era un próspero negociante. Digo que podría estar metido en esos negocios. lechuga. Les blanqueaba millonadas a sus socios.. —También —dijo Beatriz—. ni siquiera la ensalada de filetes de atún. Primero exportó orquídeas. Para casi todo el mundo. —Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. Lo hace por celos —dijo Verónica—. Es la única manera de tenerte a su lado. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—. Beatriz —se enfureció Verónica—. niña Betty.

pero la música resonaba en su memoria. contó Beatriz a su amiga. Sintió que Fabián daba doble vuelta de llave a la cerradura. A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa Bárbara. se había dirigido a su apartamento. le impedía el acceso. —Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. Despiértala. sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa auxiliar y se dejó tomar por el brazo. al regreso. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. Verónica abrió. Pero el estruendo volvía. Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. le dijo Fabián. Espera. blusas. La música se escuchaba a mayor volumen. Parecía dopada. ¿A qué? preguntó ella. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. Algunas le están jalando al bazuco. que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos. La venció el cansancio. mirando hacia la segunda planta. A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de esos ojos desmedidamente abiertos del pánico. No le hizo el amor. la condujo a uno de los cuartos vacíos y la dejó adentro. ¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando con Verónica. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos. Escuchó la música que venía de la sala. Y así. Ahora entiendo. Se propuso no decir una sola palabra. Te quedas conmigo. zapatos y accesorios. Un rock tras otro. el seco golpe de la percusión. dijo el tipo. Muy temprano en la mañana. no a su casa. las que no metían perico metían yerba. que. voy a llamarla. Era Fabián Acosta. que habían entrado al cine y la había llevado. ¿Metía entonces coca? De vez en cuando. Heavy metal a volumen progresivo. que manejaba a toda y en silencio que apagaba deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros por hora. como ella deseada. Sin abrir del todo la puerta. La apagaba. Escuchaba en duermevela el eco de la música. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. ¿Lo había probado? Me supo a mierda.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tal vez él esté pensando lo mismo. —¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica. Pasó el tiempo. Parecía una autómata. La despertaría a las cuatro. Se tapó con bolitas de papel los oídos. ¿qué hora es?. ¿Para qué reprochárselo? Muchas chicas de su edad lo hacían. dijo haciendo un gesto de asco. sino a dar un loco paseo nocturno por la Autopista del Norte. —Acuéstate un rato. añadió Beatriz. ¿Podía pasar? Claro. Si Fabián descubría su lado débil. vio a Fabián de pie en el vano de la puerta. Beatriz descendió adormilada. pasa. —Por ahí de compras —dijo Fabián. No respondió. el ciclo repetido de la misma tortura. sucesivamente silencio y estruendo. Estaba decidida a dormir. Beatriz se había acostado a descansar. obedecería esa regla. las que no metían perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. 94 . ¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la tensión. le había ordenado él. Pensó que el juego no pasaría de esa broma. —¿Nos vamos. Ven y desayunamos. mi amor? Te estaba llamando a tu casa. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una sola palabra. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar. la torturaría con un nuevo juego. dijo Verónica. ¿No se molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián.

debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos. Tres bailarines. mamita. Javier Upegui saludaba a conocidos y amigos. de los Rolling. ¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano. del grupo Opus. huellas de cocaína en la mesa de centro. que había propuesto algo más "excitante". el vino. A su alrededor. Actores. con sus respectivas parejas. esto está repleto. Cuando llegara la mayoría de los invitados. modelos de éxito. En el 95 . Se encontrarían en la inauguración del gimnasio. negras y moradas. Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función. se había abierto espacio al escenario. se instalaron inmóviles en el centro del escenario. una coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. de Dire Straits. radiante con su cráneo rapado y su smoking. Al fondo del gran salón. A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal de cuero blanco. Javier. Los acordes de "Life is life". Le permitió irse a su casa. vio el desorden de la sala: botellas. Se interrumpió la proyección de las películas. coma algo. me cago del susto Javier. por ejemplo "I can get not satisfaction". los muslitos de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. actrices. pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con una copa de champaña. reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de la ciudad. anchoas y salmón ahumado. Porgy and Bess. empezaron a escucharse en el salón.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al salir al comedor. Los invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso. A "Life is life” le siguieron "Walk the dinosaur". Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de su madre. Un círculo de luz arropó a los artistas. El show se cerraría con "Money for nothing". Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada de los famosos. En un segundo plano. personajes de la política y los negocios. Vestían licras verdes. la hizo comer prácticamente de su mano. Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. eran recibidos por Virginia en la puerta. una hielera. ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con delicadeza. el vodka y la ginebra. Cabaret y Los paraguas de Cherburgo. Los chicos vestían sólo pantalón blanco ajustado y delantal negro. Todo nos está saliendo divino. Virginia pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui. los instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. —Póngase bien linda —le dijo. La coreógrafa había insistido en poner solamente música de la década. De la copa de champaña se había pasado al whisky. ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los parqueaderos cercanos. Se había permitido la licencia de una pajarita morada. Elton John contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". La sala se quedó a oscuras. rodilleras y balacas en la frente. Media hora antes de lo indicado en la invitación. más discreto. de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. un éxito. unas breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades. mi amor. A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más. Adiós a los años ochenta. En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story.

John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el menú musical de esa noche. Peralta sí sabía que. La cámara la siguió hasta el grupo donde la esperaban Upegui. Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta. te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. dijo Upegui. le dijo al oído Isaías Bueno. como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. se jactó John Peralta. dijo enfadado. No me gusta el joyerito ese. mamá. La clientela del gimnasio va a ser de los ochenta. Prime time. brindó con la copa en alto. al lado de Upegui y ese tipo extraño. chismes de la política. aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y. ¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. añadió Bueno. Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia. —Te lo voy a robar. No te lo ruego. Sabía de su amistad con Pradilla. Mucho fashion. menos aún. Le preguntó por él. Necesito un director para mi magazine de la noche. quiero a Pradilla en mi magazine de una hora. ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. madre e hija pugnaban por la defensa de su época. Y Peralta. que se había acercado a ellos tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra. Te saliste con la tuya. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. Más discreto. mi querido Isaías. ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos grupos y rincones de la fiesta. Y Peralta le dijo que tranquilo. Verónica y Beatriz. a quien no molestó el secreteo de Bueno. Parece que se va a quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías. Ni puel chiras voy a salir con extraños.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fondo. un programa muy high life. A mí me sacas de esa toma. Verónica se encontró sola al lado de Bueno. estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la ciudad" —improvisó subiendo la voz. muchachas hermosísimas. pescó al vuelo la frase de Bueno. ¿Quién era ese bailarín mulato. el de la izquierda? Te lo presento al final. "No abrimos un simple gimnasio. Isaías la felicitó de beso en la mejilla. le ordenó Bueno a Peralta. Saquen la nota en el noticiero del mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. Así que diviértanse y regresen mañana a matricularse. Te vamos a dar tres minutos del noticiero —le informó Peralta. Todo un éxito. "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. repetía Upegui. —Cueste lo que cueste. —¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica. protegida por Fabián Acosta: su brazo arropaba los hombros desnudos de la modelo. Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar el cumplido del publicista. Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. avances de películas. pediría que editaran la imagen. pero la gracia te va a costar más de lo que calculas. cuatro años atrás. Antes de descender del escenario. Leo es un gran publicista y no dudo de que pueda ser un buen director para tu programa. Lo sabía también Upegui. ya verás la cantidad de pauta que van a ordenar tus clientes. Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. —Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. 96 . todo un panorama de la actualidad. Te traje las cámaras de regalo. pero es perdidamente marica. Peralta y Bueno en los extremos. Como me lo recetó el médico. Les advierto que no recibimos dólares falsos". Voy a introducir un formato de éxito: breves de farándula.

quién es Franco Maria Ricci? Te voy a mandar su revista.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Del mismo —dijo Peralta—. —La Tarzana murió hace mucho tiempo. Voy a necesitar niñas lindas y ambiciosas como tú. No piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario. Si quieres productos sofisticados. ¿No es así. —Te felicito. por supuesto. Convéncelo. si le pones las agallas necesarias. En seis meses. —¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta. Haga bien sus cuentas. Creo que lo tendré al aire en menos de un año. Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui. Elegí cuidadosamente la decoración pensando en ti. lo apretó con la intención de hacerle daño. Pero si quiere que le dé un consejo. Este gimnasio va a marcar una época. —No te dejes embaucar por este encantador de serpientes. cinco? Te sugiero empezar un curso de expresión oral. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a palmetear la espalda de Bueno. la silla de diseño que te falta. mija —le dijo—. Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena. —¡Periodismo! —exclamó Peralta—. Si necesitas mis servicios. —¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro. te echo una mano —dijo al besar a Virginia. Beatriz. apabullada por Peralta—. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia. —Que La Tarzana había muerto esta noche. te consigo algo de Franco Maria Ricci. —Estoy estudiando Administración de Empresas. viejo —le dio un beso en la boca—. No me gustó la decoración de la oficina. Yo lo conozco. la veo desabrida y con poca vida. ¿Sabes. Fabián apretó un brazo de Amparo. en cuero negro y marrón. —¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma. Te quedó divina la casa. Si no me va bien en Administración de Empresas. Fabiancito? ¡Ay. me paso a Comunicación Social y Periodismo. 97 . Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia. Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo. —Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. ¿Cuántos años tienes? —Diecinueve. Puedes parecer de veintiuno. pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—. Le Corbusier. Y a ti. La Tarzana murió esta misma noche. Usted tuvo la verraquera de matarla. en tres. ¿Te le mides al casting? Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica. es la silla más preciosa y confortable del mundo. te tengo una silla. Si lo dejas en mis manos. Virginia. Virginia. —Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. —John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo. desde el día en que empezamos a salir juntos. Me la acaban de traer de Milán. Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta. —No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia. Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas sino niñas lindas que sepan leer las noticias. —No se deje joder de nadie. te pondré a un profesional que te prepare. Preparo un magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. A propósito. Virginia. —Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica. te abro un huequito en uno de mis programas. Es el no-va-más de Italia y Europa. Fabiancito. ya verás qué cómoda y linda. separe bien lo suyo de lo de su socio. escuche: Upegui anda metido en líos.

¿Para que perder el tiempo en una escuela de periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas. sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía siguiente. En la confusión de las fuentes está el error de la noticia. pero vuelan mal —corrigió Domínguez—. Distanciado de ellos. No había dejado de buscar a Verónica con la mirada. Mi amigo Max acaba de ser nombrado presidente de la mayor productora de papel del país. El Grupo. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato. que sólo probaba un poco de vino. No debía pasar de los treinta. A partir de ese instante. Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. Bueno y Peralta querían despedirse. Pero sigue lúcido. y tú sabes en lo que anda El Grupo. Verónica se excusó. La imagen de las noticias no se hará con periodistas. Nuestra amiga Verónica. sentía nudos en la espalda.J. Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. Apreciaba a J. Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. —¿Ves. —Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta. ¿Por qué no hacían una reunión de socios mañana? —¿Me están despreciando? 98 . Domínguez. ¿Podían apagar y encender las luces en señal de advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche. —¿Que si me gustó? —respondió—. Upegui le sugirió a los meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los invitados que tuvieran los vasos llenos. le quiso hacer una jugada sucia a través de sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. dudaba entre salir o quedarse. Terminé un máster en Harvard. Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. viendo mucha televisión? —Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal Equis-Zeta. Max Domínguez. —Jugar golf. —¿Qué hace tu padre. llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las que tenían —contó Max a Bueno. Estaba rendida. Compró las que andaban sueltas en el mercado. ¿No acaba de terminar un máster en el MIT? —Las noticias vuelan. Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del grupo. Upegui le dio la razón. Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. interesado en la jugada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las noticias —insistía en su pronóstico—. —¿Te gustó? —preguntó Bueno. —Max Domínguez —lo presentó Bueno—. A partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. —¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada. —Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno. Los pies le pesaban. será otro día. almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. Max? No lo veo hace rato. Gracias. estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías Bueno al presentarlos. —Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max. Bueno lo saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata. Me dejó un clavo ardiente en el estómago. —He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—.

Fabián encendió el motor de la camioneta. Sólo en algunas cosas —añadió—. También Virginia. ¿no. añadiendo con sorna el apellido al nombre—. los meseros se encargarían de echarlos a la calle. Parece que fueron los narcos. Javier? La felicito nuevamente. A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo. —¡Ah. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la amiga si se iba a quedar esa noche en su casa. Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por la cintura a Beatriz—. —¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga. podemos dormir tranquilos. Todo esto es obra suya. pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la cerradura. notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo. trataba de volver más nítida la sintonía de una emisora. mal acaba —dijo Virginia. al que siguieron dos nuevos estruendos. —Déjanos solos —le dijo Fabián—. 99 . Uno de los vigilantes. la tensión de las mandíbulas y los ojos de un momento a otro enrojecidos. Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. Se disponía a entrar por la derecha. con un pequeño radio transistor pegado a la oreja. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular Upegui. hacia ninguna parte. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián. las venas del cuello hinchadas por la presión que seguramente hacían sus dientes. Pasaron algunos minutos. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida duplicación instantánea. Él hizo un saludo de mano y caminó hacia la puerta de salida. Todos dirigieron la vista a izquierda y derecha. —Lo que mal empieza. Le dije a tu mamá que te quedabas a dormir en mi casa. El celador lidió con el pequeño transistor. Si seguimos así. —Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián. Upegui y Verónica se quedaron paralizados. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de la mano a Beatriz. Las miradas de Verónica y Max se encontraron. hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa a sus escoltas. si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado de auxilio. Estamos arreglando unas cositas. Upegui escuchó casi indiferente sus versiones. Fue sólo el eco de un estruendo lejano. ¿Nos vamos? —preguntó. Virginia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ni lo pienses —dijo Upegui—. Si quedaban borrachitos. Ella sonrió. —Usted manda. Javier Upegui —dijo Fabián. La partida de Fabián y Beatriz los había dejado pensativos. —¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza. que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con Beatriz. Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa. Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana. ciñendo un brazo a su cintura. arrastrándola hacia la salida. Ha sido todo un éxito. Verónica. Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. —¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día siguiente. —Ven —la tomó de la mano Verónica—.

una y otra vez. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos. sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la alfombra. Primero la había abofeteado. la silueta borrosa de Fabián desaparecería del salón. Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en silencio otro vaso de whisky sin hielo. Vio a los perros que se le acercaban y le lamían los pies. tocaba la punta del cañón y la culata. Lo vio levantar el arma. pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión. Se sirvió un largo trago de whisky. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la penetración. apuntar hacia el techo. se decía Beatriz. Arrojó la blusa de seda al suelo y la pisoteó. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. La acabó de rasgar a pisotones. patrón?. se abrió la bragueta del pantalón. haciendo palanca con el brazo que sujetaba la nuca. Imaginó al otro perro en estampida hacia su refugio del jardín. ni siquiera sintió segundos después la densa. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su vientre con las manos rodeándole el cuello. No me está disparando a mí. pegajosa humedad que se escurrió por la cara interior de sus muslos. la silueta de Fabián parecía perdida en medio de la niebla. Se cubrió como pudo con blusa y falda rasgadas. que entraron al salón. le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. Fabián pronunció unas pocas palabras: —Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le rasgó la ropa a zarpazos. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se reventara y la costura de la falda se deshiciera. Y nuevos ladridos de los perros. Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos. Si se resistía. Lo mejor sería no resistirse. ¿Sucede algo. ¡Lárguense. los hocicos pegados al cristal blindado. algo que cubriera la desnudez y atenuara el desamparo. Al final. Vio sus esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. 100 . Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler. Decidió quedarse inmóvil. se asomaron jadeantes al ventanal. escuchó un único disparo y cerró los ojos. Escuchó tres. Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. levantándose del piso y abrochándose el pantalón. quieto con el arma colgando de la mano. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la barra. con los ojos entreabiertos. Ya no se resistía ni gritaba. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha. La tenía ya inmovilizada sobre la alfombra. cuatro. gritó Fabián. Lo vio aspirar ruidosamente. Le está disparando a su rabia. preguntó uno de los escoltas. un abrigo. caerían más golpes sobre su rostro. La contemplaba. Y escuchó el ladrido de los perros. un trapo. Si hubiera pronunciado alguna palabra. Dos escoltas. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su estómago. carajo!. Como Beatriz intentara defenderse. cinco disparos. Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta. Faltaba la falda. No le dolía el lugar penetrado. De espaldas al ventanal. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de sangre. Ella entendió que la miraban con misericordia. Acosta volvería a golpearla. Beatriz hubiera podido suplicarle que no le hiciera más daño. Beatriz pensó que si se movía. si daba señales de vida o de recuperación. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un rasguño. le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al desnudarla. —Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al bar. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la barra del bar. Volteó el cuerpo indefenso. Si los cerraba. la miraron aterrados.

No quiso levantarse de la cama. Despertó en una cama. pero se mata antes de que te maten. tapizado de terciopelo morado. —No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. —¿Puedo bañarme y vestirme? —Tienes una muda de ropa en mi closet. éste se parecía al confuso curso de sensaciones liberadas desde algún lugar de la memoria. —¿Has matado a quien no merecía estar muerto? —No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. Esta vez. No puedes entenderlo. Clareaba. —¿Has matado a alguien? —Se mata para seguir viviendo —dijo él—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. Y en la dulce bondad de las imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. —Sí —aceptó él—. Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos. Mataste el Rottweiler. Por supuesto que no hablaba para ella. Era tanto el dolor del cuerpo. Podría haberlo imaginado. Atraída por las gracias de dos payasos. —Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos. alzándola en brazos y besándola en la frente. la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. Alguien. diría con prudencia lo que pensaba en esos instantes—. vería llorar al hombre que la había golpeado y violado sin misericordia. pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra. Estoy enfermo. —¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. Recordaba que segundos antes del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. tomados de la mano por sus padres. que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. Adoraba a ese perro. La bruma del amanecer. Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. El padre se había distraído disparando a los osos de peluche de un estante con una escopeta. era una claridad gradual en la sabana. He ordenado matar a quienes podrían matarme. Era su padre. Corría confundida entre otros niños. Y mucho más resguardada al ver a Fabián sentado. Hablaba para sí mismo. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente. Fabián había esperado que ella despertara. Fabián quizá. en batín de seda y pantuflas. le dijo alguna vez a Verónica. En un sillón. sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que corría sola entre la multitud de un parque de atracciones. ¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido. con el torso inclinado y las manos en la cabeza. No hablaba para ella. ¿Había soñador? Si se trataba de un sueño. desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él. Hago sin pensar muchas cosas y después me arrepiento. los había seguido hasta perder el rumbo de regreso. De repente. temiendo que su diagnóstico disparara de nuevo el irracional mecanismo de la cólera. la había depositado en la cama. —Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama. 101 . Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. se diría al día siguiente. hacia los cerros. Sintió algo superior al miedo. —¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar. hablaba para sí mismo.

se desahogaría tomando ella misma la iniciativa. le dijo a doña Dolores. descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca de velocidad. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol. Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. uno de los escoltas de Fabián llamó a la puerta del apartamento de Beatriz. Si Beatriz guardaba algún secreto. Entre su entrada a la casa de Fabián y el instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica. siempre en silencio. habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él. Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias. Todo era cuestión de paciencia. Pasó todo el día en la casa. ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había convertido en la clave secreta de sus relaciones. le dijo. debía decirle que no se sentía bien. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico. mintió. Un día después de aquella madrugada de espanto. estaba realmente furioso. mintió. ¿No había un garaje? No. Y el siguiente. Dios sabe lo que podría haberle pasado. menos mal que no había sufrido heridas mayores. la había llevado a su casa. le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba estacionado frente a la acera del edificio. ¿Y adivinas qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos muchachas en la presentación del programa. Los labios se habían hinchado. Si la llamaba Fabián. Ya había advertido a la madre que compraría a plazos un carro. —¿Qué le dijiste? —Que lo estaba pensando. Leo la había llamado desde París. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte coloración azulada. ¿Qué había pasado la noche de la inauguración del gimnasio? Sí. aunque sintiera un hueso atravesado en la garganta. se había estrellado milagrosamente contra una cuneta. El viejo Isaías Bueno me llamó. los moretones de sus senos serían en pocas horas azulados. Unos moretones y ese rasguño en la frente. ¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un accidente. Se hizo al lado de la ventanilla del conductor. El rasguño de la frente era insignificante. pensó que la amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. dijo Beatriz sin ganas. 102 . El carro de donde regresaban de La Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario. Le daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas. déjelo allá fuera. No era nada. Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa. Se encerró en el baño y puso el seguro de la puerta. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Había empezado mintiendo. Fabián se lo impidió. Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. Seguiría hablándole. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre. hasta que aceptó la invitación a almorzar. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en sentido contrario. Fue cuando decidió llamar a Verónica. Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. —¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. No podía sin embargo guardar silencio. —Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. le dijo. ¿No te parece fantástico? —¿Por qué regresa? —Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. Miel y rosas. Fabián había conducido saltándose los semáforos. Verónica no creyó esta versión. El otro auto disminuyó la velocidad y zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. sacó la pistola y disparó a una rueda delantera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. empezaría abriéndose ella.

la seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. Verónica la enfrentó sin agresividad. lo refirió con pausas nerviosas. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años. —¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. Notó cierto nerviosismo en los gestos de Beatriz. Sin dejar de moverse. Y de vez en cuando. ¿Metía con Fabián?. En cada nueva súplica. Y refirió un sueño. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. sobre todo en los senos y el rostro. —Si me tranquilizo un poco. —¿Estás metiendo perico. Aspiró con fuerza. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias. —Sólo un poco —dijo Beatriz—. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de unos pocos segundos. —¿Con quién metiste la primera vez? —En el colegio. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos. Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. era rumbero y divertido. Caminaba de un lado a otro de la habitación. pagaba las cuentas. subía la voz innecesariamente. —Un día de éstos te mata —le dijo Verónica. Verónica devolvió la papeleta al bolso. Ahora tiene carro y apartamento propios. hecha día a día con la paciencia de carceleros sin rostro. los golpes en el cuerpo. Ve la construcción del muro. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama. Un día las rejas no son rejas sino muros de concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. dándole la espalda a Verónica. Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete. le preguntó Verónica. la aceptación de su propio desconcierto. la violación. La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa. no es cierto? Beatriz lo negó. —¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba en los labios inferiores. Bebió el cóctel. El regreso a casa de Fabián. Verónica la observó sin reprochárselo. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los barrotes de la celda. el desvanecimiento. Eso es lo más tentador. llama al carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. ya sabes. No se estaba quieta. la violencia con que la hizo entrar al salón. cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. Pide que se le deje salir. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los 103 . el sacrificio del perro. lo abrió y buscó en su interior. ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en el recreo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Bruta! —exclamó Beatriz—. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. —¿Te acostabas con Juanca? —¡Ay. el instante en que despertó en la cama. ¿Te molesta? —y sacó la papeleta del bolso. la dejaba en su sitio. la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. allá abajo. le pareció ahora escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos! De allí en adelante. Fabián mirándola desde el sillón. Eso ni se piensa. Demoraba la verdadera respuesta. no hay razones para mantenerla encerrada. tocaba cuanta cosa encontraba. Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no se sale fácilmente. —¿Te puedes quedar quieta? —No puedo. te juro que no vuelvo a meter.

lo engañé. Beatriz conoció otra clase de pánico. tampoco ella podría ofrecerle una salida. Se asomaba a la ventana. Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban diseñadoras sino costureras. No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que la llevó a abrazarla con ternura. Si se lo decía a Verónica. 104 . Le di la espalda cuando aprobé el examen. Al rato. aspiraba un poco de cocaína. El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que. le di mi primer beso. cree haber empezado a asfixiarse. —¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo de las conversaciones—. Su inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana. Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. El pobre niño se enamoró de mí. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio. sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la puerta de una prisión sin vigilantes. vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta. era tan grande la traga que no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. como animal enjaulado. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria. El jeep blanco del escolta seguía estacionado en la acera de enfrente. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas. que no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca. Tiene una beca para toda la carrera. son ahora un muro y un pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. ¿Por qué no enfrentar al vigilante? Sí. Las rejas de su celda no tenían cerradura ni candado. Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por conseguir la descripción que le hizo a Verónica. Ni siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. Veía casi a diario a Verónica. las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes. recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda. Se movía de un lado a otro de la habitación. Verónica la compadeció. Cuando tenía trece años. Reconoció a uno de los escoltas de Fabián. un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. había penetrado en el recinto carcelario. ¿No había aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su madre. consagrada a sus estudios en la universidad. Nelson Sarmiento. Le falta el aire. lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate. El niño tuvo que salirse del colegio. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con gritos desesperados. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada. le hice creer que me gustaba. Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. Pues resulta que estudia conmigo. ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara protegerla. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas. Los escoltas se turnaban en la vigilancia. Para darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga. Al despertar de la pesadilla. frente al edificio donde vivía. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a Miami—. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. Traté de saludarlo pero me dijo que no se acordaba de mí. Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. Despertaba después de unas pocas horas de sueño. reavivó en ella las terribles secuencias de la prisión.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior. otro poco. Su decisión de dedicarse a la moda era alentada por doña Dolores.

decía doña Dolores. mija. como a las ocho. nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa. Palpó intencionalmente los músculos de su espalda. Antes de llegar a la casa de Fabián. Raspó la papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. —¿Me puede conseguir un gramito? —Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón. mintió Beatriz. Fui policía. Estudiaba. Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante. Vero. ¿Cuándo piensa formalizar su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa. —¡Ni hablar! —le dijo la amiga. le consigo lo que quiera. encerrada en su cuarto. le dijo. Beatriz lo siguió hasta el jardín. —¿Dónde enterraron el perro? —El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. ¿Necesita algo la señorita? —¡Necesito perico! —Suba —aceptó el tipo—. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. —¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el polvo. Disculpe. rozando casi sus brazos. Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. La cocaína se había terminado. la necesito. pero él. Un hombre musculoso y primario. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián. —¿No ves que no puedo salir del apartamento. —Por favor. lo que era él. —Si quiere comer o tomar algo. decía la voz resignada de la madre. —El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. —¿Cuándo regresa él? —Esta noche. No era asunto suyo. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle. 105 . Caminaba muy cerca del escolta. La veo muy nerviosa. señorita —le aconsejó el escolta. Nada feo. —¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su patrón. le dijo el tipo. Se vistió y salió a la calle. alertada por el comportamiento de la hija. hasta la mañana siguiente. El tipo le extendió una pequeña caja. ¿Quiere ver una cosa? Venga le muestro. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar la escuela de diseño adecuada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus uno de día. otro de noche. Pero tengo órdenes de llevarla a su casa. son los nervios. que Fabián me hace vigilar y seguir adonde vaya? —Habla con él —le sugirió Verónica. —Si te quieres matar. Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del jardín. Se imaginaba modelando vistosas joyas. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban diseñando la campaña. —Cójalo suave. ¿Hacía ejercicios? Todos los días. hazlo tú misma. se interesó la madre. el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver cómo la golpeaba. Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. pensó. ¿Qué le pasaba?. si usted lo desea. le dijo. dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala. Ejercicios y prácticas de tiro al blanco.

Ordenó las mantas y el edredón. —¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián? —El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. recostado con una de las paredes. acuéstese en la cama de don Fabián. ¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche. se abrían las puertas del cuarto de baño. —Más tarde. sin detenerse en ningún sitio. estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y compartimentos laterales. El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a los cerros. Lo sostuvo en las manos. contenía el fabuloso ropero. de pared a pared. —¿Por qué lo hizo? —Porque quería matarla a usted. Beatriz asintió con la cabeza. A la derecha de la cama. Las obras de arte de las paredes. ¿Bonito. precedido por un vestier con espejos. dijo Beatriz. iba a ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio. —¿Va a comer algo. no? Sí. A partir de ese instante. Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva. seguía en la calle. Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas. una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes blancos. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. Como si velara al muerto. Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. en el lado izquierdo. los muebles. estaba segura de que no podría descansar. el opuesto al sitio donde Fabián acostumbraba dormir. Si quiere. los objetos decorativos. Regresaron a la sala. ningún detalle merecía más que un vistazo distraído. la distribución de las chaquetas. las camisas de algodón y seda. —Si quiere descansar —le dijo María—. Regresó al pie de la cama y lo introdujo debajo de la almohada. Recorrió la casa de un extremo a otro. Fabián la encontraría en ropa de cama. Frente a la cama. Beatriz bebió con ansiedad. Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado objeto metálico. Era obra de Amparo Consuegra. Se la pasa así casi todo el santo día. Tomaría un baño. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido. Estará aquí a eso de las ocho. —Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. señorita? —Más tarde. se vestiría con el salto de cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los ojos. asomándose a la puerta del dormitorio con una toalla enrollada en la cabeza. como si midiera su peso. Un closet.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mire —dijo señalando hacia la derecha. María chasqueó la lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza. bonito. María. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y el hocico recostado contra la tierra—. 106 . El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la personalidad de Fabián. ¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino. le preparo otra cosa. Preguntó por el Mazda. los estantes donde se amontonaban ropa interior y calcetines. No había podido estrenarlo. a una distancia no menor a los diez metros. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes. a cuatro metros de una de las mesitas de noche.

Lo hizo de manera desesperadamente vengativa. tanto o más de lo que le gustaba a Fabián. Recordó que en el betamax seguía la última película que había visto al lado de Fabián. llamando al tipo con los brazos extendidos. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos. Nos mata. a un costado de la cama. ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el Mercedes en el garaje. apúrese métame esa cosita con ganas. Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—. dése prisa Daymer cómame yo sé que le gusto. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. Usted sabe lo que hace. Dígale a María que me prepare el bisté a la plancha. golpeada y ultrajada. Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso. Se vio en la sala de esta casa. Eran las seis y quince de la tarde. arropada hasta el cuello. La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. quería agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso. espere. Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser humano. Encendió el televisor desde el mando a distancia. Rápido rápido. separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con intensos dolores en el cuerpo. Lo hizo dejándose caer de espaldas sobre la alfombra. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta. mija. señorita. Si el pat rón se entera me mata. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el carro de don Fabián. sin premeditación. El escolta no tardó un minuto. Así rico rico rico véngase carajo que lo estoy esperando. Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. No se puso el salto de cama.. Tiene cara de no haber comido nada en todo el día. —Cómase esta carnecita —dijo María—. Le gustaba la película. Continuó desnuda dentro de las cobijas. dijo Beatriz levantándose del piso. le exigió. El escolta salió del cuarto. señorita? —Nada más. Había vacilado porque la muchacha. como si obedeciera la rencorosa orden de su espíritu. fingió. vulgaridad imperativa que correspondía a una ocurrencia que sonó estridente en sus oídos. Ah. secaba sus cabellos con una toalla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Daymer. Presenció la 107 . le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca. María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo blanco. Pásele el seguro a esa puerta. Así Daymer usted sí es un macho hágale con fuerza. a quien divertía la actuación de Marlon Brando en su papel de Vito Corleone. —Gracias. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé. ¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a entregarle el vaso de whisky en la mano. —¿Algo más. Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda. El escolta era joven y fornido. pero le aconsejo que sea más prudente. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los pantalones en las rodillas. Le dijo que se sentía agradecida por la mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra. ¿A qué se refería? A nada. —y el escolta se detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al piso—. Y ajenas a su voluntad fueron las imágenes siguientes. sí. encima del blanco edredón de plumas. El escolta se retiró de la habitación y dio media vuelta en la puerta. Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. en tanga y sin brasier. Apúrese no joda métamela con ganas. —Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo..

con el saco colgando de un hombro. Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba. fue el pacto sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación. los vigilantes de la calle. Se levantó. una mano en el pecho. La puso de nuevo debajo de la almohada. buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba cargada. les dijo. No dirán nada. desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. mal arropada con una sábana. que vigilaba cada paso que daba. ¡Tan linda muchacha! Al recobrar el habla. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película. el jardinero y María. mija. Había aprendido a leer su mirada ¿Ultrajada cómo?. que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. y el rasguño ya reseco de la frente. Daymer le hizo bajar el brazo. la otra apoyada sobre la alfombra. preguntó un agente. ¿me esperaba así para darme la sorpresa. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de matices azulados. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de regocijo del hombre que la descubría desnuda. pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. que la hacía seguir. Creyeron que jugaba a disparar al jardín. ¿Ha estado metiendo perico. ¿Le van a disparar a una mujer desarmada y desnuda?. así fuera unos minutos. mijita? Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. que por algunas horas no recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. removidos con la punta de los dedos. mija? Los dos escoltas. Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio. Recordó la estricta vigilancia de los días siguientes. Un raro pudor le impidió decir que había sido sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. que lo único verdaderamente liberador había sido hacer 108 . Lo conocía muy bien. Dijo en medio de sollozos que había sido ultrajada. ¿Por qué matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. Recuerda haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. temió ser golpeada de nuevo. El señor se desaburría a veces disparando contra los árboles. fue hacia la puerta y le pasó el seguro. No estoy armada. quitó el seguro y la dejó entreabierta. con los cabellos húmedos. que se sentía acorralada. Le traje un regalito. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan terrible. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán que el ruido de los disparos les pareció lejano. Se lo vio en su actitud. el tiempo transcurriría más rápido. No dejé de pensar en usted ni un segundo. Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha. como si viniera de otra casa. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde hacía poco la novia de Fabián. Los escoltas dirán que el señor llegó de viaje. Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. Regresó a la puerta. recuerdan haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. Le va a gustar el regalito que le traje. mi vida. Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. Pensó decir que la había violado por detrás. al pie del cadáver. gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de apuntar hacia ella. Regresó al lecho. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca. la empleada. El cuerpo de Fabián yacía de costado.

Verónica. Sí. almorzaro juntos. ¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. Pero no viajó sola. el que pregunta soy yo. se compadeció Max. La había vuelto viciosa. Esperaría muchos meses. dijo un escolta. como decía Beatriz Lopera. Presuntos. los ricos necesitan protección a toda hora. tituló en primera página un periódico sensacionalista de la tarde. sólo el 109 . presidente de la papelera. Los muertos no pueden responder a acusaciones tan descabelladas. no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue. ¿También bazuco? No sé. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". Verónica le contó que se sentía abrumada por el asunto de su amiga. ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. Presunción de culpabilidad y no inocencia. dijo Verónica. No se le había probado nada. ¿Meter vicio? Sí. Todo el santo día. su mamá le pagaba el viaje. todo por ser la amiga íntima de Beatriz. Pobre niña. llamó a preguntar. subió la voz el agente. Bueno. creyó ingenuamente Virginia. ¿Era verdad que el occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían. corroboró la versión de Beatriz. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz Lopera?. añadió. el nombre de Fabián Acosta.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lo que hizo. Celoso sí era. Sabía que Fabián Acosta maltrataba a su amiga. Javier Upegui respiró aliviado. dijo Daymer. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. se investigaba si en verdad era el mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de dinero. era uno de sus dos perros preferidos. dijo el abogado de Acosta. Muchos hombres lo creen. pero dígame: ¿quién que se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus perros. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De casualidad. que le gustaría descansar. dijo Verónica. ¿Su nombre? Daymer Ruiz Ruiz. dijo el funcionario encargado de la investigación. que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era cierto. ¿Era cierto. Limítese a responder la pregunta. Se le ocurrió de repente. Beatriz Lopera esperó la apertura del juicio. añadió ella. eso es lo que usted cree. asediada por los periodistas. Sus propiedades. "Joven modelo asesina a su amante". Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho. muerto a tiros por la joven modelo Beatriz Lopera. sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e investigación por parte de las autoridades. celoso y posesivo. O por una casualidad programada por Max. cocaína. Antes de que el proceso volviera a ser noticia. El patrón no metía bazuco. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía que Beatriz era un objeto de su propiedad. sus cuentas. Mi cliente era un honrado y próspero comerciante. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las informaciones diarias. Recluida en la cárcel de mujeres. pobre animal. Disculpe.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo mejor le había dado un ataque de rabia. Uno de los escoltas. no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. Se iría de vacaciones a Isla Margarita. la acompañó Max Domínguez. replicó el agente. Viajaría sola. testificó ante la policía. Daymer. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las notas de prensa. de veintiséis años. dijo socarronamente el funcionario. ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión. puntualizó el abogado. ¿Por qué los había contratado? Para protegerlo. Se vieron. añadió Daymer. Max se ofreció a acompañarla. a veces se ponía violento y perdía el control de sus actos. No aprobaba lo que había hecho su amiga. Su abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. el joven ejecutivo.

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fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta. ¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París. Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por el momento, le dijo la conciencia a Virginia. Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No, dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera. ¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de todas maneras un hombre desagradable. Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un 35% de las acciones del gimnasio Perfect Body. Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte? ¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares? Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado. ¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo? Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías. ¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo "de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios.

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No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia, no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es porque está dispuesto a dispararlas. Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con Upegui. Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado. —Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald. ¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco, dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián? No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas. Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero interno, sabía que Upegui se saldría con la suya. Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis. Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba, le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran piedras sobre el propio tejado.

Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la

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Batallas en el Monte de Venus

sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio? Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal, pueden hacerlo por otras vías. —Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui. Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos. Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito? —¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui. —¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme. Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra, exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos instantes, se endurecería su tripa.

Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta. Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó. ¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos quioscos sombreados? Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max, Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad, ¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max. Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo. Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no

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La gentileza. con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad de sus muslos. navegaban en motos acuáticas. Max respetaba sus silencios. sin más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. whisky sauer y pina colada. Max suponía. ¿Era frágil. Verónica vistiendo blusas amplias y cortas. Con Leo no podía prever ese instante.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exagerar sus reacciones. En la suite. Al atardecer se sentaban bajo la rústica enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas. el buen trato que daba a los meseros. Leo le daba tiempo a sus deseos. En la noche. contemplarla desde el quiosco. la comprensión. Max se parecía a Leo en la medida de la elegancia. reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama. Y todo siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida. para su gusto demasiado frágil? Demasiado educado. Se excitaba. la penetraba. temía una insolación. Su ropa de playa. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer. esperar que regresara del paseo solitario. Él vestía trajes claros y ligeros. permitía que los deseos de ella crecieran en una explosión de ansiedad y urgencia. daiquiris. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la papelera. por una aureola. perverso. después de la cena. disfrutaba con su sentido del humor. descalza. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban ciertas mujeres en el momento del orgasmo. la sabiduría de las caricias. Dilataba el tiempo. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa. lo era en su modo de vida. en cambio. Es un regalo de mi madre. Sentía la respiración de Max. Era una visión de película: verla alejarse. algo que había encontrado en Leo Pradilla. algo extrañaba mientras hacía el amor con Max. Le satisfacía sentirse penetrada. como había gritado la primera vez encima de Leo. ¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro. siempre impecable en cada atuendo. ajuar con que Max la había sorprendido al día siguiente de la llegada. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. observó antes de dirigirse a la boutique del hotel. Siempre lo recordaría. recordó Verónica. pero el suave escozor no daba lugar a emociones más profundas. Verónica prefería el mojito por la frescura de la yerbabuena. Estilo y aureola nacían de la riqueza. Previsible en cada uno de sus actos. era cierto. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante. se ponía el condón de prisa y. faldas de lino y sandalias. su ropa de noche. Max era rico por herencia y familia. A diferencia de Max. Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. desconocido límite? Verónica se sentía atraída por un estilo. ginebra con agua tónica y zumo de naranja. con esa clase de perversión que le daba una vida hecha a pulso desde abajo hasta la cima. Elemental. Max la instruía en el buceo. Fingir. pensó Verónica. Max parecía bondadoso. Se sentía bien. Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo. Max lo abreviaba. Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. la estudiada indiferencia. tras unas pocas caricias. más acelerada. ¿Cuál iba a ser el destino de la amiga? Jugaban tenis. fatigada por el sol. y respondía alterando también su respiración. alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. ¿por qué tenía que fingirle a un desconocido? Algo sin embargo le faltaba. admiraba la discreción con que firmaba las cuentas del restaurante y del bar. también de lino. Veo que no tienes ropa de verano. a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su cinismo. mojitos. que sus deseos eran simultáneos a los de su pareja. quería decir. solían caminar tomados de las manos. Aunque Leo confesara no ser rico. oloroso a colonia. de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación 113 . comparable a la visión nocturna de la ciudad: terrible y engañosa. las propinas razonables añadidas sin ostentación a la cuenta. Leo.

soportable en todo caso. pensaba. podrías hacer una buena carrera. Dejarse acariciar unos minutos. siempre él encima de ella. la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas. Verónica no regresó sino minutos más tarde. cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. Una ansiedad parecida a la imposibilidad de su orgasmo. Soy economista. La misma fantasía había pasado por su cabeza cuando era apenas una niña. Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set. Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior. Soportaba unos minutos al lado de Max y volvía a su cama. tanto que a partir de la segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de Beatriz? John Peralta la había aconsejado: —Si aceptas trabajar en mi programa. Lo llamaría. iluminada por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. Virginia la esperaba. Por un instante. De perder. Al decirle que sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro. ¡Qué divertido era verter jabón sobre su Monte de Venus. la sintió ir al baño. En 114 . Hablas inglés. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de espectadores. como silenciosa era explosión de sus orgasmos. Al rato. pienso en él. el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. Durante su ausencia. —¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John Peralta? —No sé. Aspiramos a ganar donde otros pierden. ¿Le gustaba la administración de empresas?. Es una carrera de moda. cerrar los ojos. imaginándolo a su lado. verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo. ¿Cuándo exactamente llegaría Leo?. desnuda. en silencio. cuando la creía dormida.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus insinuar que no sería mala idea dormir juntos. harías prácticas con nosotros. quiero estudiar. ¿Se verían mañana?. —Piensas en él. Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. Pensó en todo momento en Leo. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente en medio de la semioscuridad de la cabaña. ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída. Max escuchó el ruido de la ducha. No era en todo caso su dinero. respondió Verónica. no tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. La última noche durmieron en camas separadas. sentirse penetrada. ¿Durante cuánto tiempo quedaría en su memoria esa imagen del placer. Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar. le recordó. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?. dijo ella. Demasiado previsible. —Sí. Jugaba a la ruleta. centro único de una cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. Max le dijo que lo mejor sería retirarse a dormir. pero la suerte era esquiva. aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo. —Me tienta más la oferta de Peralta. Regresaron al día siguiente. preguntó él. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. él black jack. Eres bella e inteligente. si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía mal? No se atrevió a preguntar. Max no preguntó más. ¿Le gustaría ir al casino? Por una sola vez. se preguntó. besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza. sobre todo. —¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te financiaríamos el curso. preguntó Max antes de bajar del avión. ¿Por qué gemía. Tenía que poner orden en su cabeza.

le pidió que lo siguiera. le pidió Verónica. Lo curioso y preocupante es que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. Tal vez prescindiera de sus servicios. No había querido llamar al escolta ocasional. Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. —Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le había pedido seguirlos. Sin embargo. Circularon un largo tramo. ¿Por qué le regalaba un collar con figuras precolombinas. También en la discreción. Las luces parpadeantes de la ciudad le hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a sentarse. La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona Rosa. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas. El de adelante puso las luces direccionales y giró a la izquierda. ésta no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante. Upegui nunca se había detenido en el mirador. Llámeme. lo llamó al día siguiente. estar al lado de Max no había pasado de ser una experiencia grata.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus verdad. Bajó el cristal de la ventanilla y uno de los tres tipos. No cometa imprudencias. Tengo sueño. antes de tomar el puente que desvía la ruta hacia La Calera. porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro. ¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. Se despidieron de beso en las mejillas. Pensó que era un accidente. Le hicieron señales de bajarse. Cenaron en Pajares. al pie del mirador. dijo un segundo. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. dijo Max. En verdad. la satisfacción de una curiosidad. El tipo le arrebató el papel de la mano y lo leyó en voz alta: 115 . Se quedó mudo cuando otro auto lo adelantó y le cerró el paso. los tres ocupantes subieron de nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento encendidas. ¿dónde residía el atractivo de este hombre? En su riqueza. habría aceptado. si hubiera dicho directamente que quería estar con ella. ¿Quería hacer algo en especial?. si los hombres no se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica. Si hubiera pedido irse con él a su apartamento. en sus maneras. El carro de atrás dio reversa. no pensaba llamarlo. Upegui leyó. le preguntó Max. Max la condujo en su Volvo hasta la casa. Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un golpe intencional en el parachoques trasero. —¿A qué se refiere? —Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios. dijo Verónica. a menos de un metro de distancia. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de Acosta. discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de hacerlo.

¿De qué se trataba. los canelones estaban exquisitos. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. hacía tiempo no preparaba unos canelones de salmón. lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador Roldan. carajo? Conocía a los hombres. ¿No ibas a traer el vino?. Fabián". Están a su nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. ¿Podrían verse más tarde? —No creo —dijo él—. Ah. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. No era esta la clase de encuentro que había planeado. a pocos kilómetros de Girardot. Se alarmaría. Al estar de nuevo solo. como si le autorizara la partida. sobre todo a hombres elementales y misteriosos como Upegui. Ella misma se había ocupado de la cocina. Tomó la carrera Séptima hacia el norte. 116 . Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar. ¿Qué hacía a las seis y media de la tarde. bajó por la calle 93. Identificó las remotas luces del extremo sur. Comieron en silencio. Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. Apenas comió. Un buen contrato. Se me olvidó. a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. un reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. Más tarde hablamos. ¿Le pasaba algo?. la mirada en todo momento dirigida hacia las ventanas que daban a la calle. ¿Tiene una cita con su socia? No la haga esperar. era cierto. conseguiría que le explicara los porqué. Y Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días. una alianza de intereses. lo que no había sucedido con Epaminondas Romero. revivió la presencia amenazante del hombre que lo había interceptado. algo que comprometía sus sentimientos. Siga su camino y diviértase. La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui sintió crecer a partir de ese instante. ¿Cómo van las matrículas? —Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. Hoy vienen a entrevistarme para una revista de modas. Te los devuelvo con intereses. dijo Upegui. El negocio del gimnasio parece ser bueno. Un amigo había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel. No le diría nada de lo sucedido. Nunca había contemplado la ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado. No me pasa nada. mompa. Raúl Trespalacios había hablado claro. Si le pasaba algo. Pero Virginia era una mujer de intuiciones. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario. que acabaría por estrangularlo. preguntó ella al notar el nerviosismo de sus movimientos. Bebió tres whiskies. le reprochó. Tu parce. aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera como lo estaba queriendo. —Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. se excusó. A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta indiferencia. —Te noto raro —le dijo ella—. pero con el corazón poco a poco entrometido en aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos. pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. descendiendo hacia la ciudad. uno tras otro y sin pausa. Virginia lo esperaba a cenar algo en su casa. Esas eran las reglas. —Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. disculpa —recordó—.

Llamaría después a Verónica. la visita de un político que pedía su asesoría y al que. Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso. tenía su propio presupuesto. Unos tragos con un amigo. Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss. lavaba a máquina la otra ropa. le hacía una lista de las bebidas que faltaban. Conocía sus gustos. Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera. al lado de la ropa que sacaba de su maleta. Guardó el recibo en su billetera. Con el tiempo. y una verdadera reliquia: Serge Regiani. le dijo. para su gusto demasiado clásico y formal. lo regañaba siempre por su vida de soltero. Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour. vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. Lo extendió sobre la cama. Cada día doña Rocío ponía orden. Gilbert Bécaut. Había declarado el ingreso al país de nueve mil doscientos dólares en efectivo. Entonces. lo hacían todavía en Paris. camisas. recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería. las tostadas. sus reuniones con el Gran Jefe. le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por exigencias profesionales. "La femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". no ofrecía más que una taza de café y un cognac. el paté de fois a las finas hierbas. Pocas veces le cocinaba. Separaba con meticuloso orden la limpia de la sucia. una omelette de verduras o queso. las lonchas de salmón ahumado empacadas al vacío.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano. doña Rocío se le volvió insustituible. los potes de sopa Campbell. las latas de filetes de atún. Leo Pradilla decidió descansar. Anne-Marie tenía veinte y él 117 . tiempo suficiente para percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa. Vive como ermitaño. El Galiano era demasiado atrevido. el tiempo habría pasado como un cuchillo sobre su piel. Llevaba las cuentas de la casa. ¿Cuánto le queredaba en el cupo de su tarjeta de crédito? La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias debajo del llamativo patchwork. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta. con el respectivo comprobante del banco. por lo general una trucha asalmonada al horno. Yves Montand. Sí. pero se bebía a diario una botella de vodka. diseñaba ropa que copiaba de revistas. Anne-Marie. expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y limpieza. calcetines y ropa interior. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. ¿Alexandra? Tenía treinta años. Y doña Rocío se lo reprochaba. cuando escuchaban juntos la canción. limpiaba los cristales de las ventanas. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas. fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de plata". tal vez fuera así. un poco de jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. había declarado veinticinco mil. No hacía fiestas. ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su llegada a París. de la comida que se agotaba en la despensa. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no tiene veinte años". Adoraba una de las canciones de Regiani. Leo Ferré. papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias. aquí lo que hace falta es una mujer. Jacques Brel. modificaba algún detalle. Eligió el Versace. una visita femenina. así que acabó de desocupar la maleta. No tenía otra misión. que prefería de ajo. ¿Le gustaría a doña Rocío la chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. Al salir. Tomaría un baño y se recostaría un rato. repetía de buen humor. Quitaba el polvo. por cortesía. No la había amado. le hacía las consignaciones o los retiros en el banco. sólo sus clásicos. se lo estaba preguntando ahora. Leo no hacía fiestas en su casa. las cervezas. la botella de vino blanco frío.

Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a quien la pronunciara. poseídos ambos por el delirio de la revolución. Mathilde. el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"). diseñamos y construimos para clientes de Egipto y otros países árabes. La ciudad de sus veinticuatro años era otra. ¿No se parecían acaso. “Uno no olvida. preguntar por Anne-Marie Weiler. le dijo Marcelo. si tenía hijos o había envejecido a los cuarenta. le había dicho. cambiar la vida. ¿No se había acostado nunca con Mathilde?. separado de dos matrimonios. magníficas huellas de su pasado. No encontró rastros de ella. dudó Marcelo. Nadie como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. no se recupera. Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los CRS. extrañas visiones de un feo mundo entrometido en su magnificencia de cristales. ¿se acordaba de Mathilde. Nada había ya de la generosidad del sueño. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor extraviado. La buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien. Unos pocos años. Casado. Complejos de vivienda popular. Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza. casada con un arquitecto y sin hijos. extendidos en el sofá.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veinticuatro. se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. De los viejos sueños. muy hermosos. su mundo se estaba pareciendo a algo. le informó cuando volvieron a cenar en Polydor. ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida de un publicista de éxito? No había viajado a París a recuperar el pasado. la trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI. se dijo. Maderas finas o algo así. Marcelo: la boîte del joven arquitecto. ¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con él a Colombia no estaba en sus planes. Construyo lo que más detestaba. con los pies descalzos. Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. su amiga. viajar a la Normandía. ¿Quién hablaba hoy de la fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien. Descubrió a Rimbaud. ¡qué disparate! El tiempo. Se había perfeccionado el lado oscuro de sus pesadillas. "Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. eso es todo". El dolor de entonces se había convertido en una amable herida de guerra. el animoso e intransigente Lucien. el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince. las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá. seguían sin embargo las formidables. Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época. Había sido feminista. buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado Noyent-le-Rotrou. nada. Eran muy jóvenes. Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. Grandes complejos. En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el palpitante recuerdo de la felicidad. Marcelo. cabecilla de la pandilla. La visitaba a ratos en su boutique. pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo. era hoy un próspero estudio con tres colegas y numerosos delineantes. Por mucho que hubiera preferido un modesto hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos 118 . el amigo chileno. a quien recordaba como el mejor amigo de la época. "Se acostumbra. Aquí y allá. No me va mal. Cuando se mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe hacer. le preguntó Marcelo. se acostumbra". Se sirvió un vaso de vino blanco y. le informó que tal vez viviera en la Normandía en una casa de campo. Menos aún el tiempo de la felicidad. hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. Cambiar el mundo. Feminista radical. estudiante de sciens-po. no habían visto languidecer los mismos sueños? Alquilar un coche. un carpe diem que lo llevaba a atrapar al vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. cantaba Jacques Brel.

en uno de estos bancos. Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india. el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. borracha como el viejo clochard. Pensó responderle: no. vestidos con túnicas de su país. El cabinet quedaba en el pasillo. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. ¿No había sido aquí. agua caliente y una cocina minúscula. la esperanza existía todavía. Para el viejo vagabundo. parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. vestido con harapos sobrepuestos a otros harapos. ¿Cuántos años habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco? Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo. Leo le arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. compartían el cuarto de la rue Dauphine. dijo. lo tomó incrédulo en sus manos. Si le daba otro en un gesto de generosidad extravagante. una baguette. cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. lo enseñó a la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella. Afuera. La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos. Una joven esquelética. Las clases de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir 119 . Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine. uniformados en la misma moda. no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las consignas sino seres apresurados. Todo era ordenado y pulcro. Leo se zafó de ella. sin rumbo fijo. atropellándose en las aceras.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus modesto en la rué de Rivoli—. Leo no esperaba nada especial de esa elección. Nanterre. le repetía la muchacha tratando de besuquearlo. Dos inmigrantes africanos. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. le había dicho ella. esperaban el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban. ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Tres mil. Compró una botella de vino tinto. ¿Estuvo antes allí el restaurante de comida rápida. habría que hacerlo en baños públicos o ir a casa de amigos. El viejo miró el billete. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios. "Hubieras podido ser mi hombre". un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. acompañaba en coro destemplado sus obscenidades. Una semana más tarde. cantaba a la entrada del metro una canción obscena. No se huía de la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. lo besó. Nanterre se incendia. de nariz rubicunda y rasguños en el rostro. la esperanza ya no existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. Vagabundeó en cambio por el barrio. de expresión adusta. "Tu aurais pu être mon mec”. monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces. aplaudieron el gesto generoso de Leo. la olfateaba. a unas pocas calles de donde se encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón. Si iban a alguna parte. en la calle. Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a AnneMarie. "L'espoir —gritó el viejo—. encore". obedientes y en masa. dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban unas pocas monedas. ça existe. como lo repetían las imágenes de la televisión de cualquier ciudad del mundo? Leo se inclinó. No quedaba una gota en la botella. ça brûle. Como oleadas amorfas. como lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles. al otro extremo de la acera. ¡Cómo le fastidió siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar. Una de las paredes estaba decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara.

de Colombia. Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante. le dijo. empezaron a pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía. le dijo a la chica. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Camilo Torres. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No. Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. el ácido olor de un pullover. quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. Le daba apenas una semana de plazo. Venía de la Normandía. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle. No más de ciento cincuenta mil dólares. Yves Montand y Leo Ferré. Esperaban nerviosos. de todas maneras era una suma invertida 120 . guerrilla. desde donde medía la distancia de veintiún años. Aimez-vous Apollinaire?. Deseaba acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada. Que no lo creyera imbécil. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire. ¡se vivía con tan poco! Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. poca ropa de rebajas. le dijo a Trespalacios. Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días. ¿Hipotecar el gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. Extraños y ajenos después de haber escuchado las canciones que. preferiblemente frente a la iglesia de Saint-Germain. A la medianoche. Necesito esa plata. ¿Cuánto puede valer esta casa?. café. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia. Upegui podría haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato. Trabajó de mesero en un bar del Marais. dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país que él acababa de nombrar. paramilitares. Pero el tipo no quería papeles sino trescientos mil dólares contantes y sonantes. veinticuatro años atrás. carteles. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. preguntó por preguntar algo. le repitió. Hoy. el imán que atrajo a la chica de la mesa vecina. Bonita casa. ¿Latinoamericano? Sí. trabajaba en lo que saliera. Pablo Escobar. traducía al español documentos burocráticos. masacres. no le pedía más que un mes. Era tarde para llamar a Verónica. Otras palabras hubieran salido de manera automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína. pensó Leo desde el sofá de su sala. Sería la primera en oponerse. Los creía olvidados. Venga y conversemos. Lo mejor sería retirarse a dormir. ¿Y el resto? ¿Tomaban algo?. comidas en restaurantes universitarios. le había preguntado ella. no muy lejos de Alençon. calculó Upegui. un mes. le había dicho el tipo al bajar de la camioneta. cuando Upegui estacionó el carro en el garaje y le pidió que pasara. ¿Qué leía en el Café del Odeón mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire. ¿Y ella? Estudiaba Bellas Artes. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día. Leo había escuchado los discos de Brel. de un pequeño pueblo. aplastado por la modorra. Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad de anfitrión. propuso desesperado. el rostro de una joven de largos cabellos rizados. el tipo no quería plazos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sin quejarse. Y los dos hombres que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las acciones de Acosta a su nombre. sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional.

su silencio durante el viaje. Tranquilizada por la hija. Al abrirlos. Su comportamiento era demasiado extraño. el mundo no sólo era estrecho y oscuro sino amenazante. la preocupaba el sentimiento que 121 . Mientras mantuvo los ojos cerrados. ¿Qué hacía Virginia a esas horas. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle ninguna explicación. Llovía desde hacía media hora. No la preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo. saldrían y cenarían en un restaurante. Cerró los ojos. Upegui pegó un salto en la cama. alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro. Verónica no se molestó con la excusa de su madre. no me mientas. fascinada con el vestido de Versace. Dos semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. —Una semana —dijo el tipo—. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche. tarde o temprano. no estaba seguro de poder dormir. Conocía comportamientos extraños. abrevió. Tenía que decirle la verdad. cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. les pertenecería sólo a ellos dos. Sentía miedo. guarecido dentro de su garita. Seguía desde hacía rato la televisión sin concentrarse en la programación de ningún canal. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. Medía hora después. Al verlos salir. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el candidato a la Presidencia en la tarima. Me invitó a cenar. Ni un día más. un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La Calera. ordenó al vigilante de la garita estar atento a cualquier movimiento extraño. y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su casa. Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería por sorpresa en su casa. sus escoltas disparando hacía ninguna parte. pagada la hipoteca. el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio? Se levantó y miró por la ventana hacia la calle. Apagó el televisor. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco. Galán asesinado. —Mataron a Galán —dijo al entrar. la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a Upegui. Nada le dijo a Upegui esta muerte. feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que Leo no había llamado a nadie. ¡Y ese maldito aguacero! Ahogaría cualquier ruido de la calle. que la única persona que sabía de su regreso era ella. la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. Le hizo un saludo agitando las manos. ¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. se aseguró de que las ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas. Decidió llamar a Verónica. protegida apenas del aguacero con un paraguas de colores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el negocio. ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta. Vestida para salir. Pese al aguacero. como si buscara en aquella tediosa continuidad de programas el somnífero que deseaba. asomándose por la cortina entreabierta cautelosamente con los dedos. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían podido salvarlo. el cuerpo que se desploma. Si subía a la segunda planta y se acostaba. —Estoy con Leo —dijo Verónica—. llamando a su puerta. Un flash informativo atrajo su interés: acababa de morir Luis Carlos Galán. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su linterna. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta. Llamó a Virginia al gimnasio. le dijo a Upegui. A unos pocos metros. en la esquina. Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla. No podía pasar a buscarla. miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse en segundos.

—¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. su soledad impenitente. La inversión de Acosta. encontrara un hilo extraviado. pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos. Y éste descartó la posibilidad de pedirle que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. Lo ignoró al conocerla. —¿Qué quieren? —Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. Sin ti hubiera sido un negocio más modesto. Upegui era mediador en turbias operaciones. ¿Sabes una cosa que mi hija no sabe? Hipotequé la casa. Derivaban su poder de un inflexible código de lealtades. La plata no era de él sino de uno de sus socios. Todo se había pagado en efectivo. Y aunque no existiera documento alguno — añadió— hubiera bastado la palabra. que en algún momento. en la intimidad y en la manera de vivirla. los en principio inciertos y ahora fuertes hilos que la vinculaban a él. Y lo siguió ignorando. le dijo. pero un hilo que se empataba con otros hilos del entramado. Lo estaban acorralando. Le explicó de qué documento se trataba. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la inversión en esmeraldas exportables. ¿Qué hacer? Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. era ella la que había encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. No veía una solución inmediata ni satisfactoria. el fracaso de sus amores. sabiéndose obscenamente célebre y al mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. —Acosta no dejó documentos. Temía la reacción de Virginia. Todo lo que tenía lo invertí en esto. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales. ¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían hablado de la relación. 122 . los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que. y en muchos sentidos temía. El tipo que le reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. Le explicó lo que ella sabia. ¿Qué quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. la bajeza de sus negocios. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. las mismas que ahora le hacían temer por su vida. un hilo delgado por el tamaño de su colaboración. ¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos. Más que él. parecía haberse abierto en ambos la rendija del afecto mutuo. —Me están amenazando. —Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa. No pudo seguir ocultando su situación. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y cobardía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en las pocas semanas se había convertido en cariño. la pusilanimidad que le atribuían. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. No tenían créditos pendientes. además de constructor. Acosta trabajaba con plata ajena. le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación con Epaminondas Romero. como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él. —Dejó uno.

Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó Upegui. Tal vez consiga la plata en el plazo que me dio el tipo. No le ha ido mal.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. La misma Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe. Verónica regresaría tarde. tal vez la amara más. recargado de adornos. Si había una salida. Se quedaría. pero Virginia no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro de su mente. Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. Sabía quién eras antes de conocerte. digamos de clase. Vivió en Nueva York y creo que en Atlanta. Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo. que se quedara. Cuando el tipo la llevó a conocer la casa regresó horrorizada. supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo. —Para nosotros y para esa pobre muchacha. que te jugaban a las cartas. por lo visto. aunque le pagaran en oro. ¿En cuál solución has pensado? —En muchas y en ninguna. —¿Lo conocía Beatriz? —Posiblemente. No sintió piedad por el hombre que. Supe de tus amores con el senador Roldán. ¿Quería que lo acompañara? Lo pensó unos segundos. al suspender sus sollozos. Por lo que sé. —¿Quién es el tipo? —Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. Upegui y ella. Llámame un taxi. —Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. 123 . —¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en sus cuentas o en las cuentas de sus socios? —No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. —¿Lo adivino? Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui. imploraba con la mirada un poco de compasión. Amparo tiene sus escrúpulos. sería un salto por la tangente. —Voy a dormir a mi casa —dijo—. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de mi amistad con Epaminondas Romero? —Siempre lo supe. que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno y muchos hombres de su círculo. Se da la gran vida. que el ganador tenía el privilegio de irse contigo. Quería que Amparo Consuegra le decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas. Pero ése no es el problema. Tampoco ella podría resistir la sensación de estar sola. No es un tipo. Acosta siempre fue un problema —dijo Virginia al pensar en Beatriz—. así sería menos terrible saberla a su lado. —Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui. nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. —¿Dónde lo conociste? —En la casa de Fabián Acosta. Dentro de todo. trabaja solo. si es que regresaba. regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a una mujer. atrapados en el centro infernal del círculo. ni se deja ver en sociedad. se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades.

vieras quién soy ahora. —Y a las pobres. Mírame ahora: después de haber despreciado a los ricos. sugiriéndole que se pusiera de pie y diera unos pasos por la sala—. miento por ellos. Sin pudor. —No entiendo lo que quieres decir. con el calor de quien la 124 . el implacable efecto del tiempo. Habló de los grandes símbolos del lujo. dijo. —¿Quiénes? —Los diseñadores de moda —dijo Leo—. vivo rodeado de ellos. —¿No eres feliz? —No —dijo Leo—. Y sentía celos. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el curso de los años ella y la ciudad. para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. Espléndida. un hombre y una mujer se encierran a admirar un diseño de Versace. Los enseñamos a admirar el original y les vendemos la falsificación. dando un salto en el tiempo. magnífica. Esta noche asesinaron a Luis Carlos Galán y. Podría haberse mirado en el espejo de la ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. minutos después. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia! Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada. le confesó Leo—. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y decadencia. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. de esas diosas subalternas y trágicas. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo. ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. —Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio. Fuimos auténticos. de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los productos dietéticos. —Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y. como Beatriz. —Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Espléndida. La ropa de marca se vende en grandes almacenes. pero lo consumían en el espectáculo efímero de la belleza. repitió burlándose de la calificación dada al vestido. como de ellos. Yo mismo soy. Ella lo escuchaba. Verónica se había desnudado delante de él. El tiempo de la gloria duraba poco. uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. El vestido y la mujer eran el símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. No importaba que Verónica encontrara extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el propósito de satisfacer la demanda de los pobres. Hace veinte años hubiera despreciado el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas. No buscó a Anne-Marie para recuperarla. Pieza maestra. —A las mujeres ricas. en muchos sentidos. Le están dando a las mujeres la medida exacta de sus fantasías. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo. ahora somos impostores.

girando sobre sí misma. que se exhibió desnuda. Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda. a la expectativa. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido. La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar. acercándose con los brazos extendidos. —A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella. con ese tono y ese dolor? —Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo. decidió quedarse así. si se puede llamar a esto bienestar.. ¿Lo desafiaba? —Quiero oír otra vez "Lady is a tramp". como de confesión íntima—. pero no toleraría sentirme envejecer al lado de una mujer joven que un día me despreciaría. —Me asusta tanta belleza y juventud. —Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en los cabellos—. No llevaba ropa interior.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus protege en todo instante. Leo sentía aún la fatiga del viaje. Verónica empezó a bailar sola. en algún momento de nuestras vidas. — Siéntate donde estabas —le pidió ella. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido a cenar juntos. —¡Pero si yo te amo! Además.. venga de sus humillaciones. —Para ella han sido demasiadas. Se quedó inmóvil. Bésalos. son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. Por fin pudo obedecer y lamió los pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. Un humor cruel. Acaríciame — 125 . dándole la espalda. caminó unos pasos y lo enfrentó de pie. ya tengo diecinueve —alzó la voz. como una hermosa esfinge sin vida. ¿Por qué le hablaba con esa voz. supe que mi madre. Nunca iba más allá de la exaltación de su propia lucidez. molesta por la frase que Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París. —Tú no me amas —repitió—. Pero la experiencia no sirve de nada: se cometen siempre los mismos errores. si son bellos. —Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la superficie de cuero del sofá—. Perdí a mi padre a los diez años. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. incapaz de responder al instante a la exigencia—. conocí la pobreza. Frente a Leo. cerrando los ojos como si siguiera letra y melodía. Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo. creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. —¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del sofá—. quieta. por ello propuso regresar a su apartamento. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra. sólo soy un hombre con experiencias. —Todos. descalza. agitando tos cabellos. con lentitud. —¿Qué supiste de tu madre? —Que era una puta de lujo —dijo en voz baja. Yo podría amarte. aceptamos alguna clase de humillación. Y la compadecí por ser lo que no quería ser. No puedes amarme. Movió los hombros y el vestido se deslizó hasta caer a sus pies. Lo supe aunque ella me lo ocultara. Me ha estado enseñando a vivir como rica aunque nuestro bienestar. un liviano vino tinto de la Toscana y un aguardiente seco de manzana con el café. hecho con el juego de las palabras que salían como agua de un surtidor. —No soy sabio. —y se detuvo. Amas el deseo de amar.

mojada y cálida. como se agarra el náufrago al madero. No puedo hablarle. sentada sobre su vientre. Tal vez hubiera algo de rabia en la brusquedad de sus gestos. generosamente abierta. Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. la opacidad de la luz. Se había dejado conducir por ella. como si la debilidad del cuerpo fuera otra clase de derrota. Ella empujó la pelvis y en pocos segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. Es increíble tiene vida propia. ¿Dónde lo aprendió? Seguro que no con un hombre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exigió echando la cabeza hacia atrás. aquí está el maldito secreto. la música que había cesado. con languidez. inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. Gritó. él encima del cuerpo que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. Gritaron juntos. sirvió dos copas y se sentó al lado de la muchacha. Lo desnudó de prisa. La sala. No hablaron. Huele a talco se echa talco en el coño. ¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo. todo había dejado de existir. sollozando. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de Verónica. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. un grito que se parecía más a un maullido de gata. Te quiero mucho. lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. No le había hecho el amor. Leo se levantó hacia la nevera. —Chúpame —ordenó—. cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y sin vida. con lentitud sin esperas. obediente y sumiso. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. ella de espaldas. Si intervengo le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba suavemente. como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada. Se sintió débil. Se derrumbó sobre el cuerpo de Leo. Leo temía hacerle daño con sus dientes. Quedó encima de él. le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. La champaña se mezcló con el sudor. Chúpame el coño. donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la lengua. saltar sobre las barreras que le imponía su cuerpo en instantes de desesperación. hasta que encontró el pequeño pistilo erecto. Leo pensó que en Verónica actuaba el orgullo ofendido. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima del otro. Ambos cayeron sobre la alfombra. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma. abrió una botella de champaña. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella quiera. Espera que le haga el amor. exploraba rincones. la decoración del entorno. Sólo el sexo entrando y saliendo. como si acabara de nacer. Penetró la morada húmeda. y se movió con cadencias sosteniéndose con los codos para seguir mirándola. supo que era el esperado. Verónica gritó. se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil. —Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos. —Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja. Méteme tu lengua. quizá el deseo tomara la forma de la rabia. Cuando él subió encima de ella y besó su boca. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado. —¿Sabes una cosa. Elegía cada paso y movimiento. Lo está consiguiendo. —¿Qué hora es? —preguntó ella—. Tal vez. muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. ¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es mujer. Buscaba. Subió la pelvis hacía el tórax. No dijo una sola palabra. ¿Dormimos? 126 . porque a veces desesperaba en la imposibilidad de conseguir lo que deseaba. Si Leo insinuaba alguna iniciativa. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la madurez. los muebles. ella lo repelía.

Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias. Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos, mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes, por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo. —¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina. —Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café? —Un tinto y un jugo de naranja. Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar. —¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la camisa de polo. —Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre. Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada. La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta. Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui. —Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana. Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió una extraña inquietud. Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo? —¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo. —En ti. —¿Qué piensas de mí? Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla. —¿La quisiste mucho? —Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida. —Dicen que has tenido muchas mujeres. Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda. —Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros. Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.

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Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera. Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose. Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él. Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca. Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.

Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica, como si trazara un puente de una orilla a otra. ¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto. Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares. —¿Con quién hablabas? —Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones. —¿Yances? —¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de ganadería en los Llanos. Me debe un favor. —¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a quien acusan por la creación de grupos de autodefensa? —Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los secuestra. Tienen que protegerse. Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio. —Te llamo después de almuerzo. No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella. ¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes, adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los

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permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo? Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre? ¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de campo en la sabana. —El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui. —¿Tanto? —Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y usted empieza a vivir en paz. —Le pago con un cheque al portador. —No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático, pensó Upegui. —Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco. Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo. Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso. Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos, exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima. —¿Dónde recojo la plata? —En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui. Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La

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Virginia ignoró siempre los motivos de esa cita. pudo haber pensado. Yo sé que usted es un hombre de palabra. Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver. Si tenés uno original que yo no tenga. —Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos mil pesos. ¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández? —Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. Podía ser el gonorrea de Blásquez. tratar de atrapar a una serpiente por la cola. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su trabajo. El tipo del mandado. —La mitad ahora. a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento. —¿Nos conocíamos? —No sé si usted a mí. y también una grabadora. 130 . ni marica que fuera. El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos. —¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme? —Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. demasiado incapaz de sacar las tripas y mostrarlas. recordó. ¿Se acuerda del viejo? Se moría con los mariachis —se quedó pensativo—. pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres. —¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios. por faltones. Fue al banco. esa no es manera de largarse. olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario. venirle con el cuento de que no eran cincuenta sino treinta. la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo compromete. sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador al sentir que la respiración le faltaba—. hay partes en las que se escucha un chirrido. El gonorrea de Blásquez. —¿Quién es? —Ni pendejo que fuera. —Te pago los cincuenta en dólares. aunque esté un poco viejo. después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. en la que tenía firma autorizada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. las intenciones de Upegui. demasiado cobarde. No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Si se le antoja. el desenlace de su propósito. Trespalacios no pensó en Upegui. Ando en esas. te lo compro. Uno tiene su experiencia. —Te doy mi palabra. Se sirvió de la cuenta del gimnasio. El negocio promete. Eugenio de Jesús Ríoseco. Y Upegui desconoció la astucia de su enemigo Raúl Trespalacios. conjeturó Trespalacios. don Raúl. —Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares. Si me van bien en las cosas. le ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. Ando buscando uno con la firma de Vicente. ¿Ve la venntaja de usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta. —Tranquilo —dijo Ríoseco—. La vida sí es muy rara. —¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. La cinta tiene ruidos de la calle. Tengo la mejor colección de sombreros mejicanos. Alguien del negocio. se puso en contacto con Trespalacios esa misma tarde. hizo el cheque y cobró los veinticinco millones. Demasiado débil. puede hacer morcillas con el muñeco. Los tenía en su caja fuerte. quizá. El asma se me alborota cuando hablo de negocios. Había querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla. ¿no le parece? Morirse metiendo perico en un motel con una puta y un travesti.

aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta. Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de papel de manila. ¿A personas de qué edad estaba destinado? No había edad para mantenerse en forma. Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del gimnasio. fresquita y muy de la jai. Alcanzó a ver la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este costado de los cerros. Y Upegui había tenido el presentimiento la noche anterior. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo difuso de impresiones. al escuchar el tiroteo. le quedaban tres días para devolver el dinero. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. conocí a la hija de la vieja. Con sangre fría. Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa— y hacía el alto en el semáforo de El Castillo. Había dado una entrevista a un programa de televisión. ¿Le temía a la competencia? No. Le tenía un negocio. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. valía la pena. Una noche. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco. Confiaba en la palabra de Trespalacios. en medio del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde? Su cabeza cayó sobre el volante. mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui la llamara. su mediación costaba el diez por ciento del contrato. Regresaron a la moto y emprendieron la fuga hacía el norte. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Pero la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. el recomendado de Yances. los viejos para lucir menos viejos. como si acabaran de encender fuegos pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada. No contó el dinero. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. ¿Cómo se le había ocurrido abrir este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. —Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios. sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su carro. de pasadita. muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento. los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos. no podía conciliar el sueño. Virginia conoció la noticia en la noche. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos. Había mucha plata detrás. Como siempre. ¿Disparar en pleno día. ¿No se comía a una vieja como cuarentona ella. Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo. No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo. adelantando a los vehículos que. Mi amigo Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. ¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas. respondió. los tipos caminaron hacia el vehículo y siguieron disparando. 131 . Amueblar y decorar un hotel y un conjunto residencial en tierra caliente. la competencia debe temerme a mí. No valen de nada los presentimientos.

Mataron a Javier. Verónica cerró los ojos. Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. ante la mirada impávida de los testigos. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui no tenía antecedentes penales. No había salido elegido. por el modus operando de los sicarios. Upegui. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. —Espérame en tu casa. La llamaría más tarde. ¡Quién va a saber!. Restos de cristales sobre la silla delantera. más aún. la jauría de los periodistas estaría ladrando en la puerta del gimnasio. temió Leo. se dijo Verónica. ¿Por qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?. sin responder a sus propias. Le dije claramente: si la entrevistas. Un profesional de vida correcta. sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad. se preguntó. ampliamente registrada por los medios de comunicación. Nada más. a quien Leo Pradilla llamó diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—. que podía tratarse de otra acción criminal perpetrada por el narcotráfico. Omitieron el nombre de Virginia. Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas. no acepto tu oferta. Dile que se haga negar. Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado. así que no va a romper su palabra. me prometió que evitaría mencionar a Virginia. inaugurado recientemente. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el volante. Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas. con el cuerpo abatido por ráfagas de revólver o subametralladoras. John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia para el noticiero de las nueve. Todo indicaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica. Al abrirlos. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la puerta. lo vinculaba como accionista de un spa. que le aconsejara no dar declaraciones. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión de nuevos. alcanzó a decir a la empleada. te mando a la mierda. ¿qué sucede niña?. repitió Leo. que prendiera el televisor y viera las noticias. Los hechos habían ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. conocido constructor. pero era Javier Upegui. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en público. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria. calculó Verónica. añadía la presentadora. Los delincuentes se habían dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—. Verónica no alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui. vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la empleada. Si insistes en entrevistarla. Leo volvió a llamar. 132 . Cundinamarca. debía negarse si preguntaban por ella. La presentadora debe tener veintidós o veintitrés años. Castro. sórdidos episodios? —Espantoso —dijo Leo al abrazarla—. Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. tomada el día de la inauguración del spa. conocidos o anónimos. Teresa. Ven de inmediato a casa. listo para salir. ¿Se había comunicado con su madre? Si hablaba con ella. natural de Pacho. Nada diferente a tantos otros hombres. Van a pronunciar su nombre. acribillado por sicarios en la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. Había figurado tres años atrás en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio Yances. Usaron las tomas de la inauguración del gimnasio. uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital. pensó satisfecho. sin poder responder a Teresa. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. ¿Don Javier? ¿A ese señor tan bueno? —No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Algo muy horrible. ¿Me oyes? Ven a casa. Nada diferente a tantas y tan cotidianas escenas de coches perforados a balazos. En pocos minutos. el director. Se desconocían los móviles del crimen. ¿qué pasa?.

te comés las hembritas que querás. Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas. en cambio. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta. tengo visitas —gritó—. Y contó los billetes hasta que se cansó de hacerlo y dio por correcta la cantidad. La muchacha pasó de nuevo del baño hacia el cuarto. dio unas zancadas y cerró la puerta con disgusto. A Ríoseco le llamó la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. cantó. Tomó uno. ¡Ay Jalisco. la conseguís en la calle. se lo encasquetó e hizo un cómico ademán. ¿Se toman un trago? Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. pensaba Leo al ver el rostro de preocupación de Verónica. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó hasta la cólera escuchar la voz de Upegui. Embolsilló el fajo en su chaqueta. posiblemente camino del baño. caminando hacia la sala de la casa—. Seguían el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. Esos chochitos andan locos. no te rajes!. Desconozco lo que no se sabe. hermano. Nunca pensé que fuera esa rata hijueputa. Arqueó una ceja y los tipos dispararon sobre el cuerpo de Trespalacios. Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías. Desde la sala podía verse uno de los dormitorios. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda. Ella. zas. no habría podido escuchar los disparos hechos con silenciadores. abren las páticas y el chocho. Eso es lo que se sabe. —Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. una hielera y un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos en la página donde se registraba la muerte de Upegui.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Quién era en realidad Upegui? —Un constructor —dijo Leo. se habría escuchado el ruido en la sala. Todo. se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo de billetes. Les compras ropita bien bacana. Si vos estás en condiciones de regalar una moto. Se dirigió a pasos tranquilos hacia la otra habitación. las invitás a rumbear. Un día se quitarían o les quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas. Trespalacios le pidió que esperara. la vida social y pública. —Mi madre debe saber quién era realmente Javier. le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el noticiero de televisión. pensó la muchacha. Se conoce tarde y mal a la gente. seguido por dos de sus hombres. no sería a causa de la muerte de Upegui sino por la estrecha relación que lo unía a su madre. La caja fuerte estaba abierta. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. hermano. Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado. Fotos de Trespalacios al 133 . sus personajes y héroes. que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto. Traía la grabación con la voz de Upegui. —No salga. Una chimbita. Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. Si preferís una de catorce. —Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. Trespalacios en persona le abrío la puerta y lo invitó a pasar. ¿Qué disparate era éste? Un maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico. les regalás algo y. Me costó una moto nueva. componía una comparsa de seres enmascarados. mamita. Trespalacios.

Esas ruedas sueltas estorban. —América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—. espere que corone en un negocito. —Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. Si se dejaba ganar ventaja. Uno de ellos dijo que era de Millonarios. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un televisor en blanco y negro. se envalentonaba en cada excusa. No seamos pendejos. Sacó la cinta del equipo de sonido y se la pasó a uno de sus muchachos. Por si acaso.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lado de músicos y cantantes. Un cactus gigantesco de plástico. ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. patrón —repitió el tipo. patrón —dijo. y un mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido. dilataba los plazos. se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un mafiosito de poca monta. Lo tocó. envanecido por la precaución. ¿Por si acaso qué. Y se tapó el rostro con la ruana—. güevón?. se sobajeó las manos. Sin prisas. dijo el otro. Si se conjetura y se acierta. No era mucho. casi rozándolos. Cada uno de espaldas a los escoltas. Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. Ni siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios acababa de pagarle. diligente organizador de grupos armados de autodefensa. Vea qué bacanería. Duerma tranquilo. gol! —gritó. —le preguntó Ríoseco. el más pequeño y vistoso de la colección. Por si acaso. Desde el mostrador de la recepción. Mi Santafecito del alma. el tullido ése botó el gol. hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. ¿Puedo? —pidió permiso para llevarse un sombrero. Hizo una llamada. respondería con plomo a los requerimientos. Volvió a poner el sombrero en su sitio. Se lo sirvieron en bandeja. patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal. Va la madre si no nos traemos la Copa. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. ¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era Ríoseco. ¿Vos sos del América o del Cali? —Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco. ¡Nos empataron. carajo! 134 . —¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco. —¿Qué hacemos con los de abajo? —Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un bolsillo de su chaqueta. Cuando alzó la vista. —¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos tocados por el asmático. —¡Gol. Y usted. —¡Ah. quítese ese sombrero. Un cactus gigantesco. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex parlamentario. propietario ganadero. En los tres estaba estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos. ¿no ve que parece un payaso? Decidieron bajar por las escaleras. metió la mano en la caja fuerte y sacó lo que encontró. el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los visitantes. Y yo del Santa Fe. Hojeó los tres pasaportes y se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus emociones. Trespalacios es cadáver —y colgó. gol.

—Explícate. Protegía a Virginia pero. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte. balbuceó Virginia. le quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo. ¿Cuál es entonces tu preocupación? — encaró a Virginia. —Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. —Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui. —Nunca lo había visto. —¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar. Furiosa e indignada. motivos no le faltaban para estarlo. el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza? —¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia. 135 . Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. invertí mis ahorros. la actitud nerviosa con que apagó el televisor al final del informe. Miró fijamente a Leo. barajar y descartar hipótesis. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se relacionan. —¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica. dos de sus escoltas también habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa Libertadores. que era posiblemente la plata de Trespalacios. Vendí mi BMW. Las tres muertes se relacionaban. pero Acosta y Upegui eran socios. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la discoteca de La Calera. Era el capital de su participación en nuestra sociedad. La llamada de una periodista no se hizo esperar. Espera que se calme. ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. —se detuvo. ¿Quién mató entonces a Trespalacios? ¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. —Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. Verónica creía reconocer aquel rostro. si tus periodistas insisten en entrevistarla. —Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios. ni siquiera lo conocía. —Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica. se dijo Leo. Javier era muy misterioso con la plata. Del noticiero. —Puede ser —fingió Virginia—. A la distancia. —Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo.. Virginia y Leo se miraron. Ni que trabajaba con la plata de Trespalacios. ¿De dónde? Dile que no estoy. hipotequé. le dijo a Verónica. —Tarde o temprano. todo misterio se resuelve —dijo Leo—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. Upegui mandó matar a Trespalacios y éste se le adelantó. evitando inmiscuirse en un asunto de familia. tu socio secreto. vendí mis joyas. Me está jugando sucio. dijo ésta al colgar. Leo seguía las reacciones de Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios. Al parecer. no se ve por ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. al cambio de hace tres meses. Un sujeto llamado Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio. La plata de Acosta.. —¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio? —No podía hacer otra cosa. estaba protegiendo a Verónica. Relacionar los crímenes. —La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares. —Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad. Y recordó la advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia. ¿Por qué Virginia se negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. en el fondo. Trespalacios.

—¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. Era demasiado sensible al melodrama. Si ella está de acuerdo. tú y yo nos parecemos. Sácala por un tiempo de tu vida. En muchos sentidos. Verónica descendió las escaleras. ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. Leo. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable. —Tú sabes lo que quiero decir. Pagaban el precio que les exigieran. Soy el amigo que nunca ha tenido. Leo apartó la cara. Ésa es la diferencia. por supuesto. —No te estoy culpando de nada —le dijo. tomándola de una mano—. se acercó a Virginia y la abrazó con timidez. —Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. Se había calmado. Prefería evitarlo. si da la talla. el melodrama de ciertos lugares comunes. Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga ni mucho menos a su madre. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para evitarnos la humillación de seguir siendo pobres. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus oficinas. 136 . Mientras escampa este aguacero. —No quiero. Los lugares comunes. Un cuarentón comiéndose a una niña de diecinueve.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia. En silencio. Juegas con ventajas. —¿Como la pobre de Beatriz? —La pobre Beatriz y tú se parecen. —Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. cambiarías de idea. Leo sabía de qué hablaba. Leo les dio la espalda. necesito que Verónica se prepare. Somos amigos. buscaba dinero y gloria inmediatas. —Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó. Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que mantenía con todo aquello que le desagradaba. Le van a caer encima. —¿En el apartamento de Leo? —Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. vas a vivir en mi casa. —Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre. Pero ése no es el motivo que me lleva a protegerla. Si acepto dirigir el programa que me propuso Peralta. como le cayeron a Beatriz. el camino más corto hacia el éxito. molesto por las recriminaciones de Virginia—. la voy a llevar a vivir a mi casa. —Así que mi hija encontró al padre que no buscaba. No pensaba en las razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio. —No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella. Por ahora. —¿Quién le va a caer encima? —Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. conscientes de su belleza. recordaba la decisión irrevocable que las llevaba a elegir. No vas a vivir conmigo. que haga un curso intensivo y sea una de las presentadoras. —Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones — pasó a la ofensiva. —¿Son amantes? —¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. Virginia trató de darle una bofetada. —¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta. No me ensucies el proyecto. Si eres capaz de concebir que hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta. por ningún motivo. por ejemplo.

se perdía en ellos como si fuera una extraña. Te espero mañana por la mañana en mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—. no soporto el desorden. si había hecho algún esfuerzo para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. no se bota a la basura. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de Acosta y Trespalacios. Y una buena colección de videos. mucho más. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa. ¿Estaba seguro? Sí. como si en el hecho de evocarlos involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con televisión. porque Romero no simulaba ser lo que no era. Virginia durmió hasta tarde. Era un golpe duro para su empresa. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del gimnasio. Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los pómulos. Además. eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y comprenderlos. Se corta con cuidado el pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. Se refería a Isaías Bueno. necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones. Upegui no figura directamente en la sociedad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los motivos de su generosidad. No se retiraba de la publicidad. Otra cosa: tengo televisor pero también tengo biblioteca. ella era la protagonista pero. Empezaba a preguntarse si. en realidad. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera. parecía estar preguntando Peralta—. se sentía espectadora/protagonista de una película incomprensible. le dijo a Virginia. Heredaría un cadáver y una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto. madre separada de tres hijos. Una hermana menor del difunto se había encargado de los trámites. Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco millones. Correría con los gastos de la funeraria. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. Tengo que hablar con el Gran Jefe —le dijo antes de colgar. Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones quinientos mil pesos. Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones. Te advierto una cosa. había conocido a Upegui. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?. pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más ingeniosos y agresivos que él. Perdía a su mejor creativo. Además. Llamaría al gerente del banco. —¡No es posible! —se alarmó—. sabía vagamente de su existencia. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia de esta hermana. —Cuando una fruta empieza a pudrirse. se exhibió como era. 137 . No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales. Asistiría al sepelio de Upegui. a medida que reconstruía inconexos episodios de su vida. No lo había hecho. Por momentos. Se había quedado en la superficie de las apariencias. se mostró siempre grosero. Una ceremonia discreta. Madre e hija escucharon la advertencia de despedida: —No le mandes periodistas a Virginia. el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la tarde.

¿te imaginas?. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana siguiente. Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. Ordenó los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de consignación. El único que la visitaba era Frank Rueda. no sería fácil. se sentía ridícula al recordarla. A Virginia le llamó la atención la silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo aplicaba en la boca. No me pase llamadas. A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria. someterse a pruebas de maquillaje. la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía hacia las clavículas. Virginia salió de su oficina hacia el salón. Quedaron de verse al día siguiente. Verónica a los doce años. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre. Examinó documentos. Se quedaría hasta el cierre del gimnasio. pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la indiferencia. recibía las condolencias de los escasos asistentes. Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica salió de casa con una maleta. Reconstruyó confusamente su conversación con Leo Pradilla. pero sintió que se perdía en un laberinto de números. el orgullo de saber que las cosas marchaban como lo había imaginado. Viéndolo bien. me cedió el cuarto de huéspedes. cotejó cifras. Estaba ordenando sus cosas en el closet. tendría que hacer ejercicios de lectura. dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados con la misma cuerda. Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. con John Peralta. La emoción de los días anteriores. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les 138 . Virginia. Una mujer de aspecto humilde. Pensó en Verónica. improvisar parlamentos. Recibió una llamada de Verónica: cenarían. Observó todo como si nada fuera el resultado de su obstinación. muerta del susto sí estaba. extendió sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad. Leo dirigiría las pruebas de cámara. Lo hacía de manera automática. ella y Leo. Diría después que nunca se había imaginado funeral más patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. ¡Quién iba a pensar que reaccionara de esa manera! En todo momento. vestida de negro. en otra. a diario y siempre pendiente de todo. No guardaba fotos recientes. ensayar entrevistas. En un extremo las máquinas de ejercicios. el día de sus quince. ¿No era ridículo haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos fotografías: en una. El maquillaje no podía disimular las ojeras intensas. Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes. se dirigió a la funeraria donde velaban a Upegui. Los últimos clientes terminarían a las diez de la noche. ordenó a la secretaria. que algo parecía estarse marchitando ese día. en el otro la pista de aeróbicos. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. No lo hizo. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. ¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. ninguna vergüenza en su conciencia. leyó una y otra vez el papel de la hipoteca. con rigidez de palo. Un poco antes de las diez. le decía a Virginia.

—Yolanda. se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable. enteramente suyo. desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha del futuro. pobrecito. No. Como si acabara de pisarlo y el deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos. alguien vela desde fuera por mi seguridad. Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. Los últimos instructores se despidieron de Virginia. Las mujeres mayores lidiaban con entereza contra el efecto desalentador de los años. Las luces de los salones se fueron apagando. le hacía llegar ropa y comida especial.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. Propio y al mismo tiempo extraño. acompañada en todo momento por una muchacha de aspecto taciturno. ¿Pagando cómo? Con plata y mucha simpatía. —Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre. La hipoteca de su casa. ¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían? —Un padrino misterioso —dijo Beatriz. notar su tristeza. No. ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama. jóvenes y adultos secaban sus sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. endurecer el vientre y las nalgas. pero cruzó instantáneamente por su imaginación. ¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano. Si una mano criminal incendiara y destruyera lo que la rodeaba. ahora sin la sombra compartida de Upegui. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos jóvenes que se tocaban bíceps y tórax? Le llegó el vaho de los baños turcos. Era una fantasía siniestra. se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa. la prosperidad o el éxito. se estaba portando divinamente con ella. 139 . levantar esos senos con ejercicios de pesas. la visitaba casi cada día. si su hija empezaba a alejarse? No hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros. le dijo a Verónica. —¿Un padrino misterioso? —Sí. tenía que ordenar unas cuentas. sentir que se le partía el alma. si los alcanzaba. Caminó hacia las duchas y admiró la belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. Tonificar los muslos. le presento a mi amiga Verónica Oropeza. ¿Qué significaba todo esto. su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica. pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. que actué en legítima defensa. preguntó la secretaria. sentiría más liviano el peso de esa noche. Era el único documento desplegado encima del escritorio. En las pausas. dijo Beatriz. el Gordis? —preguntó Verónica. se quedaría un rato más. menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento. no era el Gordis. pero estaba segura de que su ángel de la guarda no era Rueda. que por el solo hecho de imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando. Era la muñeca de porcelana que nadie toca por temor de romperla. Una sonámbula. se imaginó como una sonámbula recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio. —¿Frank Rueda. —Mucho gusto. Quince millones de hipoteca. ¿Le llamaba un taxi?. Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. sin causa exterior aparente. seguía perdidamente enamorado de ella.

aconsejaba Leo. la voz es mi fuerte. ¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el terrible asesinato de Javier Upegui. el señor la golpeaba y torturaba. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca. le dijo. Mire su cámara como si no existiera. el protector y ángel de la guarda. la asustaba a veces. No levantes la voz de esa manera. A la distancia. No iba a presentar un noticiero. pero me respeta —dijo Beatriz—. no la embarras. que no frecuente por un tiempo a mi madre. De nada te servirá ser 140 . Me protege. dijo Beatriz. —Sí. dormía en el cuarto de huéspedes. —¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica. vigilante y enfurruñada. —Te dejo —dijo Verónica—. le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir. Su testimonio era decisivo. Qué chévere que vivieran juntos. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la guarda. —A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. ¿Te ama? No sé. Pruebas de cámara. ¿Lo amaba? Estoy segura. evita caer de bruces en el pantano de aguas podridas de Virginia. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria. Leo iba a dirigir un magazine de variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. la instruía Leo. le hacían gestos obscenos. así. le decía el camarógrafo. cuando no se muestra distante revela tendencias irascibles.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Alguien. ejercicios de lectura. no perdona que las cosas no se hagan como las desea. demasiado perfeccionista y exigente. respiración abdominal. Si lees antes el libreto. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de disgusto. dijo Verónica. lo definió Verónica. se había ganado el testimonio de uno de los escoltas de Fabián Acosta. Sesiones extenuantes. me pide que evite caer en el pantano de aguas podridas. evita pausas muy largas y. ¿quién era el misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir. Al salir del área de visitas. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. no mires alarmada hacia la cámara. una voz grave y femenina —se lo había dicho Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. Se abrazaron. ¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo. en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil. si te toca improvisar o te pierdes del libreto. Pero. atrapa el sentido de cada párrafo. la hacía vigilar día y noche. quiere a toda costa que me aleje por un tiempo de mi casa. estuvo a punto de matarla. se preguntó Beatriz. Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. no me pide que rompa con ella. —Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica. Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella. y Beatriz supo que el escolta no era otro que Daymer. —Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—. Le sacaban la lengua. frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas. —Es callada y servicial —dijo Beatriz. la muchacha de aspecto taciturno seguía la conversación de Verónica y Beatriz. el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la poseyera en la alcoba de Fabián. dice así. Estás divina. le decía a Verónica. un neurótico incorregible. cómo no. Y una aquí aguantando hambre —rió a carcajadas. Leo me espera en el estudio. la encerraba en un cuarto. ¿serán manías de viejo?. sobre todo.

como nubarrones. Conocía de vista a Marcela. le reservó la entrevista central. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un poquito de frivolidades. compartida con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso. Habían pasado tres meses. No se salva ninguna ¿Alguna candidata? Ninguna. aceptaba el vice. diseñaba trapitos. Tal vez introdujera un segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. modelitos sin gracia. Dale una cita a la reina. dijo. decía Leo. Se le podría salir de las manos. le preguntó Peralta. ¿Hacían un pacto? La tercera sería la que Leo eligiera. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos. El curso que había empezado a tomar su vida. preguntó Leo con sorna. No me busques problemas. No me ahuyentes a los anunciantes. Peralta negó con la cabeza. Y no me digas que no. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación. le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una semana. Ten cuidado con lo que haces. precisó. preguntó Peralta. ¿No había acordado hacer un buen programa de entretenimiento? Ese es mi segmento. se atrincheró Leo en su propuesta. ¿Le podría hacer un favor?. al no ser resueltas. Sí. ¿Se acordaba de Argüello. ¿El amor. otro poco de seriedad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus linda. Peralta estaba convencido de que un solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. —¡Basta por hoy! ¿Cómo le parecía?. la cena. ¡A la mierda la política!. exclamó Leo. le decía él. si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. aceptó Leo. Pienso acorralar al invitado. decía finalmente Leo. ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son un espectáculo divertido. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. dijo Peralta: Marcela tiene que ser la segunda presentadora. La delicadeza de sus rituales —la champaña. ¿No les estaba vendiendo la idea de un programa ligero y ameno? Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. Hacían el amor. la música. no por tu cara sino por tu manera de proyectarte. Ya vería los resultados. no podemos olvidarnos de la política. respondía el vicepresidente de producción. había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras universitarias. tienes que serlo con naturalidad. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?. ¿No era acaso un negocio. el viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa. se defendía Peralta. ¿Quería entonces que le hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. La televisión que él concebía no estaba hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias. aumentaban la sensación de incertidumbre que. ¿Cuál segmento presentaría Verónica? Si rinde un poco más. cómo se seguía manifestando el amor. Verónica nunca supo de estas disputas. ¿Había hecho el casting para escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. pero te renuncio. Ni puel chiras. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos y ministros y acabas atacando al gobierno. dijo Leo. le abría preguntas que. No me has entendido. No hacemos un programa de opinión. Tenía que transar con Peralta. ¿Le debes algún favor?. Reinas de belleza. no te esfuerces tratando de ser agradable. su padre era un influyente político de provincia. Tiene garra. le decía. tienes que seducir al espectador. los juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de 141 . empañaban "su visión del futuro inmediato. el más arriesgado de los negocios? Por muy buen negocio que sea. dijo Peralta con preocupación. insistió. No me pongas contra las cuerdas. Tienes que dar más de ti. había abierto y cerrado boutiques.

eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí. Y un precioso collar de oro con figuras precolombinas. le aclaraba él. Se sentía incómodo con su presencia en ese territorio?. paseaba la vista por el apartamento. tenía que amarla. Extendía los brazos. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. si quieres pensarlo así. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia. bocarriba en la alfombra. Tres meses de difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas defensivas de un hombre. por sala o dormitorio. le recordaba él. Le hablaba entonces de la amistad amorosa. el mundo que estaba conociendo. que sólo compartían la misma casa. y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de un propósito. respuestas imposibles. que condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora. se inquietaba Verónica. pensó. Y las dudas de Verónica renacían. si la había invitado a vivir en su casa era porque disfrutaba con su cercanía. sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia. No era justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora. Evasivas. así se construye el amor. las compensaciones de la fama. acuerdos inconcebibles. Como se levanta una casa. ojos cerrados. pues no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad. acariciarla largo rato como si memorizara la piel. ¿Cómo saber si no se trataba de un capricho. ¿Me amas? Leo guardaba silencio. mirarse imaginándose interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse. rico y con mucha clase. decía al cabo de un rato. Pero decepcionante. que le concedía el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos. sentarse uno frente al otro. el amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior. desnudos en la alfombra. No. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. sobre todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos. proponía ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. ladrillo a ladrillo. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y más del amante. Lo odiaba. pared a pared. La televisión alimenta y devora. Lindo. podían ser castillos de arena. ya no era la joven amante de Leo Pradilla. Un soplo de esperanza y entusiasmo introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor. pensaba ella. ¿Por qué no ir al cine esta noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No entiendo la ópera. compromisos perentorios. proponerle que se masturbaran en el cine. ¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba. Cuando lo supo. ésta es la fortaleza en la que me protejo. Sin saberlo. no podía estar fingiendo. si alguien distinto a Leo podría también amarla y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. enfrentada a la fama repentina. La dominaba la ansiedad. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo. respondía. ¿No eran amantes? Somos amigos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leo. ¿Se acostaba Leo con otras mujeres? A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la posesión. Verónica se exigía respuestas. modalidades desconocidas por la muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras). ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos 142 . era la víctima de sus ansiedades. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre la lentitud del tiempo. sugerirle que le hiciera el amor mientras él permanecía inmóvil. regresar al apartamento y ducharse. ¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?.

Ella lloraba. Y Leo no hizo nada para recuperarla. le daba la champaña de su propia copa. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego. se quejaba. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo hiciera nada contra ella. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. dijo con ingenio Virginia. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos? ¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. ¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio. Beatriz le había revelado su identidad: un hombre de cuarenta años. Lo peor de todo es que lo quiero. No repitas las pendejadas que repiten las otras. vocalice bien. La censuraba por comer demasiado de prisa. pero nunca temió que él se deshiciera de ella. No me incomodas. le dijo Verónica. Sí. Un día. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol? ¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book. pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja llevada por el viento. le dijo a la madre. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. Por eso está siempre en la biblioteca. no joda!. Ni hablar. Respetó su decisión. Disputas por nimiedades. Quiere vivir solo. se excusaba Verónica. dijo Verónica con frase aprendida de otras estrellas. por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. Te debes a ti misma. protestaba. gracias. Me debo al público. éste era el perfil del ángel de la guarda. La muchacha de 143 . como le dijo colérico? No te dejes manosear. Los días siguientes fueron tensos. Se encerraba en su cuarto y no salía sino cuando Leo iba a buscarla. no quiero que nadie entre en mi vida privada. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas. la plata que Upegui le había robado de su cuenta. vivía en Miami. ¿Otro traqueto?.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veces?. se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que humillarla y tratarla como a una nena. ¡Carajo. tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios. respondió él. Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. se encolerizaba. se dijo un día Verónica. ¿Te van a entrevistar en mi casa?. No me gustan los claveles. le dijo con rabia. tengo la impresión de que te incomodo. ¿Un ángel de la guarda?. Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su vieja casa de la Circunvalar. Grababan el programa de la semana. Verónica se encogió de hombros. Lo odiaba. Podían pasar un día sin que se hablaran. Y no lo hizo. La tempestad de hace tres meses se había disipado. le decía ella. No te entiendo. pero lo decoré para mi satisfacción. no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido siempre. discreto y muy rico. lo estaba hojeando. Disculpa. a mi casa no entra una cámara. Alguien poderoso a quien ella llamaba "mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. ¿Cenamos fuera?. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén? ¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda". quería conciliar Leo. una hora de emisión. le dijo a Virginia. Pedro Pablo Porras. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo. le dijo Virginia. Pero si es un apartamento muy bello. cambió de tema Verónica. Y la sostenía abrazada sobre su pecho. pero no se podía hacer nada. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?. Se había enterado por los periódicos de su problema. No vivía en Colombia. Porras había descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. sus veinticinco millones. decía Verónica. se interesó Virginia. ¿Cómo iba el gimnasio?. lo odiaba en esos momentos. le reprochaba a Verónica. gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. exclamó alarmada Virginia. preguntaba con sorna. desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas tropicales. No podía más. No tengo hambre. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. muchas horas de tensiones en el estudio. El tiempo vuela. y cogía el florero y lo vaciaba en el tacho de la basura. La policía había encontrado en la casa de Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo. sin hablarlo siquiera.

había algo más que amistad entre ella y Upegui. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo. No tengo ganas. ¿estaba claro el asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. Quería casarse con ella. No conocía sus relaciones ni amistades. Upegui tendría una participación. por soledad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. aclaró Virginia. preguntó Vero. La aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda. Todo había sido demasiado rápido. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera. se dejó hacer el amor como si así recompensara tanta lealtad. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó. revivía episodios. ¿No se lo había contado? Te veo tan poco. por la pena que le producía esa muchacha. Es mi vida privada. a ese arreglo habían llegado desde el principio. elogiaba sus aciertos. Beatriz le reveló que. te piden autógrafos. declaró. Aceptó ser el segundo defensor de su causa. apenas con nostalgia. replicó Virginia. pero había aceptado primero sus caricias furtivas y. le recordaba. Un 144 . decía Vero. intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. En las noches. Upegui siempre fue misterioso en ese aspecto. por gratitud. ¡Qué importa!. se quejó. cambió de tema. No sabía cómo ni con qué medios. le dijo Beatriz. ¿Se veían?. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?. Me ha protegido. Vendría a visitarla personalmente la próxima semana. En el Monte de Venus. Capital de trabajo. Si el negocio prosperaba. dijo Beatriz. la investigación abierta por sus relaciones con Upegui pasó a ser polvo de legajos. todo había quedado en compromiso de palabra. se casaría con Porras. le preguntaba Virginia. Celebraba su actitud amistosa. ¿Hasta cuándo?. le preguntaron. No creo. La correspondencia empezó a ser casi diaria. ¿Era entonces lesbiana?. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. Estoy limpia. no había documento firmado. respondió ella. Varias veces. preguntó Verónica. ¿Era posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto. no había sido fácil. había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. Te reconocen en la calle. La estimulaba en su trabajo. Porras le ha pedido que pruebe suerte de modelo en Miami. Saldría libre. Extrañaba a Leo. ¿Había aparecido Roldán? Sí. ¿tenía eso alguna importancia? La tiene. no sabía por qué. explicó riéndose. Dos o tres veces. me gustan los hombres. ¿Así de fácil. como el vínculo con Romero. dijo Virginia. No. ¿Relacionaba la muerte de Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones de ningún tipo. pero tenía la sensación de estar transitando una extensión ilimitada. sin dolor. había respondido ella. te invitan a todas partes. ¿No era su socio?. ¿Por qué no sales?. Sí. siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?. cosa rara en ella. después. con bigote y papada. Era un camino breve. de la noche a la mañana. le replicaron. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique en Miami. viajaría con él a Miami. corregía con igual severidad sus defectos. le preguntó a la madre. sin decidirlo ni resistirse. la correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con Epaminondas Romero. Uno necesita equivocarse. se preguntaba Verónica como si repitiera las palabras de Leo. Como amigos. tradujo Virginia. Eres famosa. Verónica retrocedía en el tiempo. La habían llamado a declarar tras la muerte de Upegui. le había preguntado Verónica a su amiga. preguntó Verónica. se resolvió todo así de fácil?. ¿El Monte de Venus? En La Calera. Las cartas pasaron de la devoción al amor.

"La vida apenas empieza". —¿No te hace daño? —preguntó. También ella se sentía envejecer. Las turbulencias de los últimos meses habían dejado sus huellas. ¿Tenían algo. ¿Cómo así?. —Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre. el cuerpo salpicado por estrellas doradas. Verónica vio las imágenes y le subió el volumen. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy Bírthday". Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la tarjeta de Leo. Destrucción y escombros. —Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp".Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tupido bosque sobre una montaña. Virginia no mostró interés en las imágenes. Virginia se ausentó por unos instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa. Llamaría luego a Max Domínguez. exigió Verónica. había escrito con su puño y letra. parecía decirse. La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68. si la hacían engordar. Verónica no recordaba la fecha exacta. Leo la llamó horas más tarde. —¿En qué piensas? —En Leo —dijo. irían después a tomarse unos tragos en la plaza de Usaquén. Sabía que era un día cualquiera del mes de septiembre del año 1989. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó. Virginia la abrazó y le acarició los cabellos. repitió Verónica. las canas no sólo vestían las sienes. era un paisaje patético. íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no revivía en un lecho de cenizas. —¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia. quería comer con una buena salsa. dijo al regresar del fugaz recuerdo del hombre. Está más viejo.. Era una idea fantástica. la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona. Un atentado más. —Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita bailando en la cima de fresas. con el televisor encendido. Cartagena de Indias. Al regresar a casa a medianoche. Que sea champaña. qué importaba. Se pondría el vestido de Gianni Versace. —¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó. cenarían en El Refugio Alpino. No le interesaba salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase. preguntó Verónica. —¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica.. Había envejecido. 145 . dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí. junio de 2003. Cumplió los veinte años. El corazón no revive en un lecho de cenizas. —¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas? Vero no lo pensó.

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