Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Seix Barral Biblioteca Breve

Cubierta “Empalizada” (2001), óleo sobre lienzo de Beatriz González

© 2003, Óscar Collazos © 2003, Editorial Planeta Colombiana S.A. Calle 21 No. 69-53, Bogotá

Primera Edición: agosto de 2003 Impreso por: Editorial Linotipia Bolívar

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Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Batallas en el Monte de Venus tiene como fondo el laberíntico mundo de las ambiciones femeninas. "La debilidad de los hombres será tu fortaleza", le enseña una madre sin escrúpulos a su hermosa hija adolescente, protagonistas centrales de esta historia. La joven crecerá así fascinada por su belleza y seducida por el lujo, la riqueza y el éxito fácil. Todo es ilusorio en la vida de estas dos mujeres para quienes el fin justifica los medios. Lo justifican las ambiciones que convierten sexo y belleza en instrumentos de poder. Si la inteligencia de los hombres se manifiesta pragmática y cínica, la de las mujeres parecería pasar por la convicción de que el sexo es su única fortaleza ante los hombres. El autor penetra en la compleja sexualidad femenina y recrea sus fantasías engañosas. Recrea también el patetismo y la sordidez de hombres para quienes la conquista amorosa es compraventa en un mercado que anticipaba ya la llegada de la cultura light y la ausencia de escrúpulos éticos. Batallas en el Monte de Venus transcurre en la Bogotá de finales de los 80, cuando la sociedad colombiana fue sacudida por las bombas del narcoterrorismo y se vio moralmente postrada por el efecto corruptor del dinero, del que no escapa la naciente industria de la belleza ni el obsesivo culto de la imagen. No es una novela erótica, aunque el erotismo se manifieste en el rito narcisista de mujeres obsesionadas por su belleza.

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F. DE SADE ¡Ven.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Lo único que nos proponemos con esta anécdota es instruir al hombre y corregir sus costumbres que. A. de RICHARD WAGNER 4 . disfruta en ella del suave aroma de las rosas..) Les crimes de l’amour.. Incluso un dios envidiaría el dulce gozar de esta morada. D. penetremos en la grandeza del peligro que acecha siempre a quienes se permiten todo para satisfacer sus deseos (. Venus en Tannhäuser (Escena en Venusberg o Monte de Venus). al leerla. amor mío! ¡Mira esta gruta.

Habría de recordar también el malestar de haber despertado sintiéndose sucia entre sábanas inmaculadamente blancas. porque pretendía vestirse de largo cuando no era más que una criatura? Eran apenas las diez de la mañana. —¿La debilidad de los hombres será mi fortaleza? —repitió para sí la niña. Años después. Vero. Encima del tocador de la alcoba esperaban el collar y el reloj también nuevos. pensó Virginia. las mujeres del servicio trajinaban en la cocina. Para apaciguar a la hija. otros ni siquiera habían respondido a la invitación. según lo pedido en la invitación. dándole más importancia a la frase que al vestido. Los invitados llegarían hacia las doce y media del día. Lo único molesto y en cierto sentido ridículo. té con leche a cambio del café que. Todavía era temprano. veinticinco invitados. orgullosa en cambio de la fiesta que daría a su hija. habían salido con excusas. a lo cual la madre había restado importancia. los que han querido venir. de soltera Villalba. Una ganga. es que no cagan mierda?. Pero nada como el amor propio para sortear esa clase de humillaciones. forzó una sonrisa de tranquilidad y le dijo: no es nada. adornada en una de sus paredes con un gran crucifijo de bronce. frente a la confusa masa de sus recuerdos. habladurías humillantes si las hubiera tomado en serio. El desayuno fue esa mañana más abundante y rico que de costumbre: zumo de naranjas y zanahoria. manchones rojizos en las sábanas. Alégrate. había invitado a cada uno de sus compañeros? ¿Quizá porque se trataba de una fiesta de doce y no de quince. —Aunque la esperaba. todos sentados. deletreando nombre y apellido—. que ya eres mujer. Virginia viuda de Oropeza. El arreglo del salón se había hecho como Virginia quería. era que el día del cumpleaños coincidía con la primera menstruación de Verónica. 5 . La fiesta empezaría dentro de dos horas. las medias y los zapatos nuevos. no era lo que esperaba en un día tan especial. la había ennoblecido con un baldaquino adquirido la semana anterior en una oferta de anticuarios. dos camareros se afanaban dando un último toque al decorado de la mesa. No olvides que la debilidad de los hombres será tu fortaleza. ¿Por qué si ella. rodajas de melón y papaya. —Sabía que sería un día de éstos —la consoló Virginia—. pero diez se habían excusado. había dicho Virgie a su hija. En principio eran cuarenta. Al principio no supo qué hacer. la pondría más nerviosa y alterada. Pese a haberlos llamado uno a uno para que confirmaran su asistencia. según dijo Virginia. Verónica ocultó a la madre lo que había llegado a sus oídos. Verónica. huevos revueltos con jamón y queso. Por un capricho extravagante. porque la madre percibió al instante el embarazo de la hija. ni uno más. aterrada por el grito. nunca pensé que fuera este día —le dijo a la madre en medio del ajetreo de la mañana. sin tener que decirlo. —¿Por qué no han querido venir? —preguntó la niña. desplegado en la cama matrimonial de su alcoba. ¿no crees que le queda divino a mi cama? —había dicho al elegirlo. todos compañeros de clase. pasó un último vistazo al vestido de cumpleaños de su hija. chismes escuchados en el patio de recreo. repetía con rencor. ¿Qué se han creído. Y lo dijo llorando. la joven habría de recordar esa fecha como el día sangrientamente memorable en que su madre le dijo que había empezado a convertirse en mujer.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Verónica Oropeza —empezó a decir la madre. Veinticinco. carajo. es que no entiendo la hipocresía de esa gente. gritó. imaginando que la cama debía tener la apariencia de un altar cubierto de tules. Amanecer manchada de sangre.

precisamente por ignorarlos. No era el único recuerdo de sus travesuras. unos pocos gramos de jamón serrano envueltos al vacío. el gradual cubrimiento del pubis. Virginia empezó a sentirse orgullosa de la inteligencia de su hija. Virginia había conseguido domesticar los resabios de su lenguaje. riéndose de la complicidad establecida con la hija. ¿Serían rizadas o lisas las vellosidades íntimas de su hija? ¿Serían oscuras o claras? Nada que no pudiera remediarse. montículo que en pocos meses estaría recubierto por una espesa capa de pelos rizados y oscuros. costumbre que ignoraba la aparición reciente de censores y cámaras de vigilancia y que. en momentos de exaltación o rabia. Más de un detalle decorativo de su casa provenía de restaurantes. se sometía a tratamientos regulares para mantenerlo suave y lacio. —Tendrás los pechos grandes. Se reía 6 . convirtiendo el humor en sustituto de su melancolía. aromatizada con sales de baño en las que predominaba la esencia de rosas. al verla sumergida en el remanso de agua y espuma. salían las procacidades más atrevidas. bonitos y duros —le dijo pasándole la esponja por la espalda—. las celebraba como si fueran graciosas ocurrencias. se dijo. envueltas por el velo de la inocencia—. —Ya verás. Caderas anchas y nalgas paraditas —siguió diciendo. Virginia le repasaba con la vista las incipientes vellosidades de axilas y pubis. recuerdo del inocente robo hecho en el pasillo de un hotel de Cartagena de Indias. le daba mayor emoción a su aventura. frascos de aceitunas. a quien le había quedado resonando el ruido de campanitas de la palabra "deseada". con el paso de los años.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Se vuelve una mujer en un día tan sangriento? —preguntó la niña. —¿Deseada? —preguntó Verónica al introducir su cuerpo en la tina rebosante de espuma. aunque el aprendizaje hubiera dejado rendijas por las que. aplaudidas por los hombres y censuradas por las mujeres. Virginia se anticipó. Vero. Desgranaba consejos con su ronca voz de antigua fumadora. Verónica no era ajena al florecimiento de su cuerpo ni a la montaraz sinceridad de la madre. Como en las fotografías de David Hamilton —recordó al evocar a esas niñas blancas y desnudas. A medida que secaba el cuerpo de la hija. Así que la toalla afelpada era el recuerdo de la costumbre de expropiar objetos ajenos por el simple placer de hacerlo. también ella anunció. Virginia se encaprichaba con nimiedades ajenas. el precoz esplendor de la mujer que sería antes de los quince. llena de desconcierto y orgullo. exquisiteces de supermercados. Fijó la mirada en la entrepierna de la hija y no quiso manifestar la inquietud que la asaltó de repente al mirar el sombreado del triángulo. enredada aspereza que poblaba su Monte de Venus. Con el tiempo. Verónica no se escandalizaba. de soltera Villalba. Virginia viuda de Oropeza. Verónica hacía su prometedor tránsito hacia la adolescencia. Al escucharla. —Mujer no. cuando le fue dado frecuentar hoteles de una noche o fines de semana. La niña. También ella se había desarrollado a esa edad. dejaría de ser la mujercita que acababa de menstruar para convertirse en una mujer hermosa y deseada. boutiques y hoteles de paso. no quiso preguntar nada a la madre. ceniceros de restaurantes. al que acostumbraba podar triangularmente. apenas mujercita —le dijo mientras la conducía a la bañera llena de agua caliente. a hacer una certera comparación: el cuerpo de la hija le recordaba al suyo. Virgie había constatado que la pelusilla de las axilas y vello púbico mostraban ya los signos de la pubertad. recordándole a la hija que. serás francamente irresistible y deseada. —Tendrás cuerpo de mujer dentro de dos o tres años —sentenció al ayudarla a salir de la tina y abrazarla con la gran toalla blanca afelpada. En años de paciente aprendizaje. acomplejada por la negra.

¿Por qué coño y no "cuca". Deberías sentirte orgullosa. —Lárgate. 7 . un adulterio desinteresado. En el umbral de los veintiséis años. le dijo él de manera jactanciosa. El ingeniero Oropeza se ausentaba solamente cuando se lo exigían sus compromisos de trabajo. abierta de piernas en la cama matrimonial que el marido no había abandonado todavía. El recuerdo de este episodio dejó de ser irritante. como disminuir la excitación que le producían estos acoplamientos furtivos. de allí que en sus pocos años de viudez hubiera descartado la idea de un nuevo matrimonio o la posibilidad de formar una pareja con futuro. Fue un accidente entre los numerosos accidentes amorosos de su vida. Estaba destinada. Nunca volvió a ver al muchacho. motivos de vanidad y no el vacío de la pobreza que ella había conocido en su infancia. entonces. Virginia se propuso iniciar a Verónica en los rituales más sutiles de la mujer que sería dentro de pocos años. Lo sintió crecer tan de prisa. Ve a revolcarte con tu negramenta. exhibiendo con altanería su virilidad alebrestada. ¿Acomplejada por qué y desde cuándo? Desde el día en que uno de sus amantes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aún del día en que decidió rasurarse por completo con la esperanza de ver nacer una pelambre menos áspera. Bastó esa gracia para empezar a detestar al joven que decía haber tenido experiencias delirantes con mulatas y negras del Caribe en los suburbios y playas de pescadores de Cartagena de Indias y Buenaventura. Se sentía incapaz de asumir nuevas servidumbres. Nunca lamentaría aquel rapto de dignidad. por cierto ocasional —un joven subalterno de su difunto marido—. No era un reproche ofensivo sino la mejor respuesta a la crispada inquietud de Virginia. un pequeño lunar en medio de la relativa fidelidad con que sobrellevó su matrimonio. cuando sufrió la decepción de constatar que los pelos renacían con igual o mayor consistencia que antes. por la frecuencia de sus amores. por lo mismo. Virginia supo. —Tus orígenes de negra. gracias a la vulgaridad domesticada de su mestizaje. le dijo que en los pelos de su coño —éstas fueron sus palabras— se ponían al descubierto sus remotos orígenes. —No te ofendas —le había gritado el tipo desde el vano de la puerta. ramas oscuras que hubiera deseado talar brutalmente de su árbol genealógico. Quería ofrecerle a su hija lo que ella nunca había podido tener. a ser preferida como amante clandestina. Lo que inspiraba en ellos no era el noble propósito del amor. evidencia que la curó de las debilidades del sentimentalismo. no vuelvas nunca más —gritó ella y se cubrió el cuerpo con la sábana—. nada más que eso. Tienes pelos de negra. que estaba destinada a ser más querida que novia. Esto era al menos lo que respondía a Verónica cuando le preguntaba si se volvería a casar algún día. La belleza que se empezó a revelar cuando atravesó la frontera de los treinta y tres años hacía de Virginia una mujer exótica y. como ella acostumbraba decir? ¿Por qué no la procaz "chucha" nombrada en la licenciosa vida que empezó a vivir por esos años? Lo cierto es que no pudo frenar el disgusto. "Comerse a una negra es como beber agua en el cráter de un volcán". todavía desnudo y con las ropas en la mano—. —¿Cuáles orígenes? —desafió al joven desde la cama. deseada por hombres que pasaban de los cincuenta. Virginia creía que ese desliz no era una infidelidad sino la legítima curiosidad de una mujer que quería conocer las costumbres amorosas de un joven de su edad. Preservó su orgullo de mujer afrentada aunque no pudo evitar la desazón que le produjo saberse nieta de negra y mestizo. —Hueles a rosas —le dijo finalmente a Verónica. No es frecuente en las mujeres saberse de antemano novias o queridas.

ensalada de endibias con queso Roquefort.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Envuelta en la blanca toalla afelpada. Le diría adiós a la ropa interior de niña. torcieron el rumbo de la vida que empezó a temer desde el momento en que se sintió irremediablemente viuda. frente al gran espejo de la alcoba. Verónica estrenó ese día unos preciosos pantis de seda con ribetes de encaje. mamá —había protestado Verónica. Una niña. Sólo faltaba el collar de perlas falsas. cualquier cosa que le permitiera abrirse camino en la viudez. se habían suavizado los rasgos de la herencia. De esta manera. que la carta que inspiró el menú de ese día fuera alguna vez el recuerdo de un viaje realizado. En todo momento. langostinos en salsa de maracuyá. la niña se dirigió a la alcoba principal. sorbete de limón entre la entrada y el plato principal. un fucsia que. bajó de una camioneta negra escoltada por tres hombres armados que la acompañaron hasta la entrada de la casa. la certidumbre de saberse atractiva. en la periferia de Quito. jóvenes como su hija. Como decía Virginia. Durante años había conservado la carta de un restaurante cuyo nombre aparecía escrito en letras góticas doradas: Le Vieux Château. Secretaria o esteticista. Marcaría las cejas. sombrearía de azul la superficie de los párpados. A quien le preguntara por el origen de la carte. —No exageres. ¡Algún día le regalaría a la hija un espectacular collar de perlas cultivadas! Virginia se encargó del maquillaje. pantaletas convencionales de algodón con dibujos de circo. de tacones medianos. parecidos a los suyos. Deseaba que estas pequeñas fábulas se hicieran realidad. Los zapatos de Gucci. te debo el de perlas auténticas. Descendió a la primera planta y husmeó en la cocina. Virginia decidió que el maquillaje tendría que ser muy prudente. Virginia le diría que era un recuerdo de su primer viaje a París —donde no había estado nunca—. Menos mal que el ingenio y la conciencia de su hermosura torcieron el rumbo que hubiera tomado en mediocres oficios de supervivencia. cuando la viudez la obligó a pensar en una profesión distinta a la de secretaría. De una generación a otra. aplicaría un poco de color a los labios. hacían juego con la cartera de la misma marca. Cuando la madre hubo terminado con el maquillaje celebró haber conseguido dar al aspecto de su hija el resplandor juvenil de una quinceañera. parecía dar más vida al rostro sonriente de la niña. borrando para siempre el rosa de las paredes. Los invitados eran recibidos en la 8 . La madre sabía que no era una exageración resaltar la forma de esos labios. de una generación a otra "se nos ha mejorado la raza". aunque fuera la carta de un aceptable restaurante del valle de Tumbaco. La precariedad económica de entonces le hizo pensar en una vida más modesta que la llevada durante su matrimonio. El ingenio y la conciencia de su hermosura. A las doce y media en punto empezaron a llegar los primeros invitados. Verónica dejó de ser una niña de doce años. No había olvidado las clases de esthéticienne tomadas dos años atrás. apretados en su triángulo. quizá menos abultados y más finos. Vestida y maquillada. ajustándole los botones de nácar del fino vestido de velours francés que ella había preferido de color encendido. como era la moda en las mujeres adultas. Virginia había hecho pintar de azul el cuarto de la hija. de la misma edad de Verónica. Una semana antes. No se trataba de mentirillas ni alardes. trufas de postre. Virginia estuvo al lado de Verónica: ayudándola a vestirse. holgados en los muslos. Vero. dibujando minuciosamente sus formas. El menú había sido elegido con un toque de exotismo que sorprendió al proveedor de alimentos contratado para la ocasión: ostras importadas de Chile. ¿Qué podía haber de dañino en esta clase de fantasía? Expresaba sus deseos con la esperanza de verlos cumplidos. La madre le eligió la ropa interior y le enseñó a colocar las toallitas higiénicas entre las pantaletas. la decoración de la alcoba sufría también las metamorfosis de la niña. para que la niña diera una última mirada al espejo.

Al hacerlo en el momento oportuno. esas preguntas no se hacían. —Cuando sirvamos el ponqué. Conjeturas malévolas. eso fue la fiesta de aquella tarde. para que lo supiera. madres de niñas que llegaron a husmear a último momento. La fiesta fue un acontecimiento superior al malestar de la niña que había sangrado por primera vez la noche anterior. La niña preguntó por la elección del menú —nunca había probado langostinos ni conocía las trufas—. Y cuando apareció. ofrézcales unas tajadas —ordenó al portero. Y al maracuyá lo han empezado a llamar la fruta de la pasión. Verónica celebró que Matilde se hubiera quedado hasta el final. una insignificancia si se miraba bien a Matilde. la niña traída por sus escoltas: una fina gargantilla en filigrana de oro. ¿no tiene un Moscatel. —Los mariscos son afrodisíacos —añadió Virginia—. La mujer la rechazó diciendo que le hacían cosquillas las burbujas. siendo ella una viuda de recursos desconocidos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus puerta por un camarero de uniforme negro y camisa blanca. Las trufas. preguntó con voz aflautada. rodajas de naranja. estrangulado en el cuello por una pajarita morada. pensó. de casualidad?. Le ofreció una copa de champaña. ceñido en la corta garganta de la niña. ¿En qué trabajaba su marido?. dijo Virginia. Virginia se sintió deslumbrada por el derroche de lujo y el porte con que la mujer lucía collares y pendientes. eran exquisitos frutos de la tierra sacados por el hocico de cerdos amaestrados. según se supo en todo el colegio. Un acontecimiento y la fuente de conjeturas que no dejaron indiferente a Virginia. Vendo seguros —se defendió ella—. Y le preparó un mejunje con Martini rojo. Soy una exitosa vendedora de seguros —siguió deteniéndose cada vez que la maledicencia llegaba a sus oídos. "Señora —le diría después a Virginia—. brazaletes y sortijas. los escoltas de la niña dicen que la van a esperar aquí afuera hasta que termine el almuerzo". La celebración de los doce años fue el preámbulo de lo que sería la fiesta de la quinceañera Verónica Oropeza. Matilde dijo que de eso nunca hablaban las niñas. hubiera querido preguntarle. Virginia no quiso transmitir a su hija el malestar que le produjo saber que entre los invitados del día anterior estaban los autores de aquellos rumores. Tenía Martini. prolongada hasta las siete de la noche. enjoyada en cuello. de mangas ajustadas a los brazos. Trató de averiguar algo sobre la desconocida que. dijo una de las chicas. le daba el aspecto de una muñeca robusta y rubicunda ¿Habría tenido Matilde su primera regla? —se preguntó Verónica al ver su expresión infantil. mejor si le ofrecía un trago dulce. una mujer a la que no se le conocía más profesión que la de viuda con una pensión más o menos discreta. incómoda por la dureza almidonada de su vestido rosa de encajes. y aprovechó la llegada de otros padres para despedirlos uno a uno en la puerta de la casa. dijo ella. aterrorizada por la intensidad torrencial del cólico que la postró durante una semana. fruto de la envidia. Un día te explicaré lo que es un afrodisíaco. pues sólo la envidia o la insidia podían dar rienda suelta a rumores sobre el origen de tanto derroche. castigo de la naturaleza. ¿Afrodisíaco tenía que ver con África o con Afrodita. como la hija. El cuello del vestido. la deslumbró el de Matilde. Entre todos los regalos. No. cuando le agradeció el regalo de la gargantilla. se hacía acompañar por un jeep blindado con escoltas. Se lo preguntaría en el curso de la fiesta. un chorrito de soda y gotas de Angostura. La mayoría de compañeras de curso —recordó Verónica— habían iniciado el tedioso ciclo femenino. donde se empezaron a volver populares los nombres de sales y pastillas para los dolores menstruales. y Virginia soltó una carcajada. Esperaba a la madre. dedos y muñecas. 9 . haciendo esperar en la puerta a los escoltas que la reclamaban y a quienes la niña se dirigía con órdenes despóticas. diosa del amor que Verónica descubrió en un libro de mitologías? No lo sabía. perendengues que ella consideraba excesivos en una mujer rechoncha y de baja estatura.

cortejada por los chicos mayores de otros cursos. ¿serán demasiado grandes?. dejó atrás la niñez y se empezó a enfrentar con pasos atolondrados a las incertidumbres de la pubertad. Empezaba a pensar que su ropa interior no estaba destinada a cubrir. Se probaba nuevos juegos de ropa interior. Digan lo que digan. Acariciaba sus vellos. despuntaban con una dureza que antes había pasado inadvertida. de frente. Atrás quedaba su pasado de niña. —Mañana serás la comidilla de tus amigas —le advirtió. Aborrecía el uniforme obligatorio del colegio. no le pares bolas a las habladurías. La ropa interior. Se miraba de reojo. La bañera. Virginia creía que la ropa interior dividía el mundo de la infancia del misterioso mundo de la pubertad femenina. por los botones hinchados de sus pechos. se acostaron juntas en la cama. Posaba la palma de la mano en el Monte de Venus y la sentía acariciada por la textura de su pelusilla. Como no podía burlar la disciplina de usar el uniforme. Como si jugara con el descubrimiento de partes innominadas del cuerpo. adquirió desde ese día la costumbre de desnudarse cada noche ante el espejo de su cuarto. Verónica había descubierto la delicia de navegar en agua caliente y sales aromáticas. sobre todo. Con 10 . los ensortijaba sin propósito ni malicia. admirada por las amigas. Suspendía el ritual que todavía no podía atribuir al narcisismo sino a la curiosidad despertada por las afirmaciones de la madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La fiesta había sido fantástica. pasaba una mano por la curva de sus caderas. Memorables habían sido para Verónica la fecha de su cumpleaños y su primera menstruación. cercados por un círculo rosáceo de granulaciones marrones. por la erguida redondez de sus nalgas. Nacía a una nueva vida. el velo líquido que le permitía mirar la pelambre del triángulo como si se tratase de un lugar separado del cuerpo. llamó bosquecito a su Monte de Venus. de espaldas y de perfil. cajita de sorpresas al estrecho conducto de su sexo. era usada cada noche. Aguijoneada por las premoniciones de la madre. empezaba un territorio de incógnitas inexploradas. Podría ser motivo de orgullo y no hay orgullo que no se deba exhibir. paseaba por la habitación sin abandonar el reflejo del espejo. porque. las muñecas almacenadas en el armario. La medida más exacta para separar el pasado del presente la impone el carácter memorable o insignificante de los acontecimientos que vivimos. ¿Tenía o no razón Virginia al decir que pronto sería hermosa? Lo era. partes con las que dialogaba mientras se adormecía dentro del agua. se hizo subir diez centímetros más arriba de las rodillas el dobladillo de la falda. Hubiera preferido vestir y exhibir el ropero que la madre le había renovado el día de su cumpleaños. admirada y envidiada. la ropa interior de niña que fue a parar a manos de la empleada. que antes cumplía funciones de ducha. Las caderas se curvaban. erizados cuando la mano era sólo la yema de un dedo acariciante o cuando la palma de la misma mano ascendía como si midiera de abajo hacia arriba las opulentas formas de sus senos. Más abajo. El roce de la espuma. los pezones. sólo para constatar que allí estaban las primeras señas de identidad de la adolescencia futura. el rosa de las paredes. la acostumbraron a sumergirse en la tina y a aguantar la respiración debajo del agua. pues atribuía al frío de las mañanas el endurecimiento de sus senos. Aprendió a admirarse y a tocarse pero se aburría al momento. Halagada por la madre. llamó tacita al ombligo y melones a sus senos. en el fondo. Al fin solas y rendidas. antes de acostarse.

el ingeniero Arturo Oropeza. Si estudiara con juicio y no se distrajera tanto en las clases podría ser una de las mejores alumnas. se introducía en los corrillos presentándose con nombre y apellidos. La pobrecita Matilde. Su madre le había advertido que sería en principio difícil abrirse un espacio en medio de niñas y niños que habían nacido y crecían con el convencimiento de ser superiores a los demás. Verónica era nueva en aquel colegio de "hijos de papi”. Para darle muestras de agradecimiento. de un día a otro. obró a favor de tan metódico empecinamiento: su difunto marido. Verónica Oropeza fue desde entonces la comidilla de sus compañeras. En unas pocas semanas se convirtió en otra de ellas. Advirtió que estaba imitando los gestos jubilosos de su madre. era una solitaria engreída. la oveja negra del curso. Sus risas eran carcajadas que ella acompañaba con palmadas en los muslos. Cada vez que la encontraba. Obró a su favor y sólo en parte. Y fue así como Verónica pasó de un mediocre plantel de clase media a una de las instituciones de enseñanza más célebres de la ciudad. aparecería como por encanto la prosperidad. Después de la muerte de su padre no pensó que. Tomó entonces la decisión de buscarle un cupo. aislada siempre en un extremo del patio. Hablaba con displicencia de sus contemporáneas. Verónica actuó con la mayor naturalidad del mundo. Un dato. Se la veía en los corrillos con compañeros de cursos superiores. quien intervino para abrir un cupo a la hija de su amiga. soy la nueva. —Se está madurando biche —dijo despectivamente una de ellas. insistió casi llorando cuando le pusieron objeciones a las que respondió dando pruebas de su solvencia económica. Es muy inteligente —decían sus profesores— pero no pone de su parte. Matilde actuaba como si se le hubiera prohibido cruzar más de una palabra con sus compañeras. censurada por otras. Pocas compañeras se maquillaban. Virginia pidió citas con el director del colegio. desconoció al comienzo las reglas de quienes desde muy niños. Recurrió entonces al senador Rodolfo Roldan. de 11 . No había cumpleaños o celebración a la que no fuera invitada esta niña silenciosa y retraída. Imitada por unas. considerándolas chiquillas. trató de mostrarse amistosa. No consiguió como respuesta más que monosílabos y sonrisas forzadas. Mi hija se merece un buen colegio. no tanto para enseñar el nacimiento de sus pechos como para exhibir el fino tejido de sus sujetadores. Gracias a las advertencias de la madre. dejaba sin abrochar dos botones superiores de la blusa. por lo nueva. se dijo Virginia. Y. Verónica lo hacía regularmente. Con tenacidad de luchadora nata. Prefería a los chicos mayores. tratarán de hacerte sentir una intrusa. se había graduado con honores en tan respetable colegio. donde comía sola las exquisiteces que le entregaba. explosión de alegría que las demás calificaban de escandalosas. La niña. habían hecho de aquel colegio una segunda familia. Verónica le agradecía el regalo de cumpleaños. uno de los escoltas que la acompañaban. Era sin embargo espléndida en sus regatos. Éstas se podían contar con los dedos de las manos. dejando atrás las privaciones anteriores. Vivía en casa propia y los extractos de sus cuentas bancarias probaban que podía satisfacer con creces sus compromisos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus deliberada coquetería. Se comportaba como si siempre hubiera estado allí. Hablaba sin timidez. a primera hora de la mañana y al entrar al colegio. Y lo era porque se esperaba que apareciera con los regalos más espléndidos del mundo. Sorteó las dificultades de conseguirlo por encima de las dudosas calificaciones de Verónica. y omitía las miradas de curiosidad o reproche que le dirigían quienes pretendían ponerle barreras y separarla del grupo. No le fue difícil adaptarse. rogó el favor merecido de ofrecer a su niña la oportunidad de educarse en el más exigente de los planteles. olvidado por descuido. chismorreaba sobre chicos y discriminaba sus amigas entre solapadas y sinceras. Se refugiaba en el baño retocaba su cara.

A una edad en la que las niñas son las elegidas y disputadas —costumbre frecuente en numerosas especies animales—. porque ¿qué elección no lo es? Al elegir. lo eligió para la primera cita y el primer beso. Compañeras y compañeros de clase acabaron aceptándola como si ostentara. Con la crueldad de quien se sabe superior en razón de su belleza. una elección cruel —se dijo—. ella decidió elegir al muchacho de sus primeros juegos. el amor callado de los imberbes. —La debilidad de los hombres será tu fortaleza —recordó Verónica. Supo que dos imbéciles se habían agarrado a trompadas en una disputa que hizo historia en el patio de recreo. Un día de estos vamos a cine —lo desafió. Le dio la espalda y corrió a protegerse en uno de los salones de clase. ¿A qué clase pertenecía Matilde? —se preguntaba Verónica—. un amor lleno de tribulaciones. ¿Por qué elegir a Nelson Sarmiento para la primera cita y el primer beso? Porque era el mejor de la clase. Si la sentía cerca. siempre se deja a alguien fuera del juego y fuera del juego dejaba a la pareja de púgiles y al atlético chico de la parálisis amorosa. El primero le había tocado las tetas. Debía mostrarse humilde con las humildes y altanera. Cortejada hasta el asedio por los muchachos de cursos superiores. Vero se atrevió a encarar al muchacho. servirse de él cuando lo necesitara. perversamente complacida al saber que el pobrecito sufría en su ausencia y huía al saberla presente. otro se jactaba de haberla visto desnudarse en el baño. No le importaba tanto que fuera el aventajado del curso. el que estaba fuera de toda discordia. No era feo. cuando Verónica constató que su presencia no pasaba desapercibida. No se decidió por ninguno de los camorreros. El muchacho palideció—. no 12 . No era feo. Si la frase encerraba un misterio o era un rotundo pronóstico ¿cómo iba a saberlo? Empezó a saberlo un año más tarde. ¿No era la amistad una prestación mutua de servicios? —se preguntaría años después la adolescente de dieciséis. —Coqueta sí. con quienes le salieran con altanerías. el segundo aseguraba haberle acariciado las nalgas. fingió ser mayor de lo que era. Es riquísima. En su agenda secreta lo llamó El Cuarto en Discordia. lo que importaba era tenerlo de su parte. aunque la disputa entre los chicos estuviera basada en lo que sería pronto una leyenda sin confirmación: coqueta y fácil. se ganó a pulso simpatías y reputación. El orgullo sería su mejor arma defensiva. informados por otras niñas de su clase de que Verónica usaba ropa interior de vampiresa. que la sola idea de decir lo que lo atormentaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus inteligencia rápida y espontaneidad para muchos atrevida. adolescentes fascinados por su desparpajo. No había transcurrido todavía el tiempo de prueba que la madre le había pronosticado. fácil no —dijo a una de las compañeras que le llegó con el rumor. el sello de su misma clase. huía. Matemáticas o sociales. Le dijeron que otro compañero sufría parálisis al verla. Verónica —Vero para las amigas— se sentía más que halagada por la existencia de este admirador. pero huía de lo que deseaba tener cerca. era el hijo consentido de un proveedor de repuestos para aviones. al igual que ellos. Eligió a un cuarto. era sencillamente pusilánime. le aconsejó Virginia. lo ponía a tartamudear hasta el enmudecimiento. Me contaron que te gusto —le dijo con su mejor sonrisa. Se la disputaban. Experimentó la vanidad de saberse disputada. Uno decía haberla besado. Se impondría por su propia fuerza de carácter. A ninguna y a las que quiera —le dijo Virginia. si era el caso. debía actuar como si no fuera con ella. Si se proponían ofenderla. Y más tarde fue temprano en la vida de la niña de trece años. vestía ropa de moda y de marca. tenía incluso el atractivo del jovencito entregado a toda clase de deportes. al saberla lejos se entristecía como perro apaleado. Sólo la miraba furtivamente.

obras de arte en las paredes. concedía siempre la madre. Llegaba tarde cada noche. Verónica condujo a Nelson Sarmiento a su casa. reproducciones o falsificaciones de obras de arte. —No hay problema con mi padre. A veces escuchaba sus risas. se organizaban en las cafeterías cercanas. quizá su padre 13 . No lo admiraban. todo para llevar la contraria. subir las escaleras hacia el segundo piso de la casa. A su edad. Se las sabía todas. Así que cuando Verónica se acercó a él.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus había materia en la que Sarmiento no saliera sobrado. se sentía acosada por los remordimientos. Lo invitaría a tomar algo en su casa. cocina gigantesca como un potrero. menos tratar a las mujeres. Sarmiento era tan negado en disciplinas que garantizaban el éxito. de suelas remontadas. Para el joven. de divertirse como quisiera. se burlaban de su modestia. de él. Le dijo que era huérfana de padre—. Se mofaban de él a sus espaldas. La sentía llegar después de la medianoche o en la madrugada. cada viernes. Soy el mayor de tres hermanos. Podía llevar a casa a sus amigos. No podía ser apuesto un flaco desgarbado con la cara herida por el acné.. nunca desayunaba con ellas. confío en ti mija sé que eres responsable. Tal vez viviera en el noroccidente de la ciudad. ni siquiera era convidado a las fiestas que. La señora viuda de Oropeza no paraba en casa. siempre un desconocido que. —No te acuestes muy tarde —era el consejo invariable. de quien fuera. me invitaron a cenar mija me invitaron a un cocktail voy a jugar cartas dile a la empleada que te prepare la cena ten cuidado con los carbohidratos dile que te haga una pechuguita de pollo a la plancha. Tal era el cálculo de Virginia. Era el sobrado de la clase. mejor dicho. Sarmiento era un desahuciado social. ¿hacia dónde? Virginia salía desde temprano y no regresaba hasta la noche. Vendía seguros —le explicaba a la hija. También yo —añadió Sarmiento con voz entrecortada—. —¿En tu casa. no hagas ruido mi hija duerme. que Verónica se acercó a él como si cortejara con la lepra. con salón exquisitamente amueblado. a la salida de clases. ¡Pobre muchacho! Parecía como si nunca hubiera puesto los píes en una casa de dos plantas. No habría problema si un compañero la visitaba. donde quedaba su alcoba. La percepción de la riqueza ajena es proporcional a la pobreza propia. eran los mismos de todo el año. Le guardé dos años de luto a tu padre. Virginia podía seguir dándose el lujo del amor. ¿Dónde vivía él? Preguntárselo hubiera sido imprudente. decorada con toda clase de electrodomésticos. No era apuesto ni atlético. por prudencia. tal vez tuviera una beca de estudios obtenida por sus calificaciones. siempre pulcros. porque vivo sola mi madre —precisó Verónica. por qué en tu casa? Nadie lo invitaba nunca. Nunca había sido más atractiva que ahora. Se acercó a él con el pretexto de pedirle que la ayudara en sus tareas de matemáticas. que sus zapatos. todos dijeron que era una excentricidad más de esa loca. Desde los siete años. negado para los deportes y para la bulliciosa camaradería de los demás muchachos. una de sus vainas raras. La libertad que le concedía a la hija protegía su propia libertad. Se decía que no era inteligente sino un repelente fenómeno de la naturaleza. toses nerviosas. Y el muchacho se desconcertó cuando ella le pidió que se vieran en la tarde. advertían que no pasaban de dos sus mudas de ropa. lo envidiaban con desdén. pedirle a la empleada que les prepara cualquier cosa. ésta era la retahíla que le lanzaba desde la mañana. En ocasiones. prometedoras escaleras hacia la segunda planta. en uno de esos condominios extendidos sobre la sabana interminable. la casa de Verónica era una casa de ricos. cuando salía soberbiamente vestida y maquillada.

miraba los garabatos que llenaban hojas y hojas. Decirles a los hombres lo que desean y esperan escuchar no era el simple enunciado de un consejo sino la exposición de una intrincada estrategia femenina. Te invito a cenar. la empleada. la cama sencilla. —¿Por qué ese negro? —se opuso en principio la madre cuando Verónica se encaprichó con esta prenda—. El rey del reggae fumaba un largo pitillo de marihuana. niña. pero el detalle más llamativo llenó de rubor el rostro del muchacho: en una de las nalgas. Otra de sus debilidades: era incapaz de elegir. el afiche de David Bowie in concert. Vestí también una camiseta. 14 . —No entiendo nada —le dijo ella—. Nelson lidió con la ignorancia de Verónica. orgullosa en las apariencias de su riqueza. vestida con un cubrelecho de colorida lana artesanal. —Llama sí quieres a tu casa —le dijo Verónica—. pero debe tener su gracia. el baño privado a unos pasos de la cama. que llegue acompañada —secreteó—. Verónica empezó a aprender que de algo servían las virtudes de las mujeres frente a los defectos de los hombres. segura en la certeza de saberse disputada por los chicos de cursos superiores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus trabajó en una empresa benefactora de estudiantes huérfanos. —Tú lo puedes todo —dijo ella. el equipo de sonido colocado sobre la alfombra. Reapareció vistiendo unos yines desteñidos y ajustados. ¿En la sala o en mi cuarto? Nelson no respondió. que Virgie llamaba single. exactamente en su base de sustentación. Aquel día empezó a comprender el sentido de la frase repetida por la madre: la debilidad de los hombres será tu fortaleza. tal era la conclusión que sacaba al repasar notas y garabatos del cuaderno. —En lo que pueda —tartamudeó El Cuarto en Discordia. No importa si les mientes. Tardó más de quince minutos en regresar. Una camiseta amarilla con el negro rostro de Bob Marley. anticipándose así a otro consejo de la madre: —A los hombres hay que decirles lo que quieren escuchar —sentenciaba Virginia—. te dio la ventolera de cargar con ese negro. los almohadones de terciopelo. como si deseara que conociera la intimidad de su cuarto. con remiendos y tijeretazos. Y eligió su cuarto. discos y casetes desordenados en una estantería con escasos libros. con el rostro de Bob Marley. —¿Dónde prefieres estudiar? —preguntó al muchacho—. Nelson ni siquiera demostraba el orgullo de ser un alumno aventajado. el escritorio de cedro. Feíto sí es. ¿Sabes que lo rastafaris no se bañan? Nada la haría cambiar de elección. Subió a su cuarto. ¿Por qué no Mick Jagger? ¿No dizque te gusta Police? ¿Por qué no buscas una camiseta con el retrato de Sting? No entiendo por qué. acomplejado en su pobreza. Voy a perder la materia —se asinceró—. Buscó en el desorden de libros y cuadernos sus apuntes de matemáticas y le arrancó una primera sonrisa al muchacho: con gesto indulgente. No pensó que el consejo tuviera edades y aplicaciones distintas. que me harás el examen —dijo sin preámbulos. Serio. Ella debió hacerlo por él. la reproducción de La Maja Desnuda de Goya. casi solemne. Prométeme que me ayudarás a estudiar. las fotos de la niña en distintas poses y edades. estrecha y excesivamente corta. les gusta escuchar música celestial. abrió la puerta y recibió a la niña con una frase de complicidad: —Cómo me gusta. Fuerte en su naciente belleza. Un yin desteñido tijereteado. Débil en su fealdad. nada de esto quiso saber Verónica cuando Teresa. habiendo camisetas con los cantantes que más te gustan. herido en una nalga. la herida expresamente abierta por las tijeras dejaba ver la blancura de la piel.

no sería un examen perfecto. dándole al segundo beso la ambigüedad de un beso cuyo destino eran los labios y no las comisuras. Eso bastaba —le dijo Verónica. ¿Lo había aprendido instintivamente? ¿Lo había aprendido en el cine o la televisión? 15 . Duplicaría el examen. desprecio de sus compañeros. un largo beso con lengua. Si se lo hacía perfecto. No fue fácil. Lo hacía por. por la lenta seducción emprendida desde el día del primer beso. Descubrió el rubor de su rostro y el nerviosismo de sus palabras. repasaron libros y cuadernos de apuntes. su madre se preocuparía si llegaba más tarde de lo acostumbrado. ¿Lo podía todo? El halago debió de haberle sonado a música celestial. le entregaba la promesa de ayudarle en el examen. antes fluidas. No le repugnó saber que inducía al amigo a hacer algo que su conciencia repudiaba. No pudo concluir la frase.. Con ese beso —calculó Verónica— sellaba para siempre la incondicionalidad del compañero. ¿no has oído "Livin'in a prayer"? Dijo que ya era hora de irse. No fue sino más tarde. aceptó ayudarla. su madre lo esperaba siempre a las ocho. Había sellado un pacto de lealtad con El Cuarto en Discordia. ahora entrecortadas. Gracias por ayudarme. Impulsada por una fuerza instintiva. pensando que tal vez el halago compensara los desprecios de que era objeto en el colegio. Una semana antes de los exámenes. que prometió ayudarla en el examen. Entonces ella le dio un beso en la boca. desviando la mirada hacia el cuaderno de apuntes. como si tratara de devorar la otra lengua. muy cerca de la boca. le dio un rápido beso en la mejilla. hacia las siete de la noche —la empleada subió a preguntar si querían cenar en el cuarto o en el comedor—. Él la miró un instante y agachó la cabeza. ni imitar fraudulentamente la caligrafía de alguien ni hacerle el examen a ningún compañero. merecedor de un cuatro punto cinco sino un examen de tres punto ocho.. —¿Tienes novia? —le preguntó en la víspera del examen.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Sentados en el suelo. ¿Cómo era la letra de la amiga? Podía imitarla sin dificultad. cogería el colectivo que lo llevaría hasta su casa. A cuatro cuadras. como si se fuera a desvanecer en el instante. Su madre lo esperaba con la cena servida para los tres hermanos. es decir. Verónica entendía tanto de matemáticas como antes. Rechazó la oferta de quedarse a escuchar el último disco de Bon Jovi. ya era tarde. Rozó intencionalmente su mano. Nelson le dijo que nunca había hecho nada parecido. eres genial. le susurró cerca del rostro. elogios de sus profesores. Negó con la cabeza sin poder esconder una expresión melancólica. casi nada. Le dejaba las notas. Era un buen imitador de caligrafía. —¿Me ayudarás en los exámenes? —Haré lo que pueda. Verónica comprendió que lo hacía por ella. cuando la chica descubrió en Nelson el atractivo de su debilidad. Ni una ni otra cosa parecían hacer mella en la tozudez de seguir siendo el mejor alumno del colegio. No conocía nada de Bon Jovi. —Tú lo puedes todo —le repitió al despedirlo. Nelson no respondió al beso ni a las preguntas ni a la deliciosa ignorancia de su compañera. no creerían que de la noche a la mañana se hubiera producido un salto tan grande. Después de resolver sus dudas y sortear los escollos de sus escrúpulos — Verónica diría después que había descubierto en Nelson al primer moralista de su vida—. —Tú lo puedes todo. Tendrás que ayudarme en el examen —añadió con voz apesadumbrada. Y ensayó la imitación hasta acercarse al modelo. tiene una canción que me encanta. cometería algunos errores. si descendía hacia la carrera Séptima. No voy a poder con esto — repitió Verónica—.

paralizadas por la tensión. Lo despidió antes de las siete de la noche con la promesa de llamarlo a su casa. Pasó el examen con tres punto siete. teniendo el cuidado de incurrir en los errores programados. Me estoy enamorando de ti. La sincera confusión que expresaba la carta de Nelson la hizo aterrizar en la conciencia de haber usado al compañero. Por olvido o provocación. ni explicar tampoco el miedo que lo asaltaba en su presencia. Y añadía que su sola presencia lo enloquecía. extraviado como estaba en la intensidad fúnebre del sentimiento que lo inundó al frecuentar a Verónica. Desde allí pudo ver a Nelson.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Vero lo recompensó como lo merecía en la siguiente visita. era un cochino gesto de maldad. se sentía mirada a la distancia. el muchacho le dejó una carta encima de la cama. el beso que sabe dar una chica que empieza a transitar el camino de la coquetería. Pese a todo. a la húmeda caricia de cada beso. encontró al chico tembloroso y pálido. Se ausentó unos minutos. Quería celebrar con él el tres punto siete. dejó entreabierta la puerta. envenenada inspiración: se sacó la camiseta. así fuera instantáneamente y sin calcular el efecto que ello produciría en el corazón de Nelson Sarmiento. Nelson se quedó silencioso en una esquina. como abandonado en un desierto. se quedó con sus preciosos sostenes. incapaces de abrazar el cuello o la cintura de la muchacha que lo besaba. no podría ir más allá. Había ido demasiado lejos en el juego. paralizado con la visión. Nadie —aceptó él en voz baja. Le decía que no podía expresar lo que sentía por ella. Lo veía solitario en el patio de recreo. Verónica aceptaría después que algunas de sus decisiones no fueron en aquella época deliberadas. pese a que sus manos se mantenían inmóviles. Los Jóvenes hicieron otro pacto: nadie debía saber de esas clases extra ni de la valiosa ayuda de cada tarde. Le pedía al final una oportunidad. ese día. tal vez hubiera escrito y destruido antes numerosos borradores. conseguiría encarcelarlo para siempre en sus caprichos. antes de salir a buscar el colectivo que lo llevaría a otro extremo de la ciudad. hizo su examen rápidamente. Nelson imitó la caligrafía de Vero. —Mi madre me está esperando —dijo Verónica. Entreabría los labios. Esta última escena. nada más un guiño para que entendiera que seguía vivo el pacto de discreción. Y le dio un último beso. Simuló no haberse dado cuenta y se quedó unos segundos cepillando sus cabellos. movía tímidamente su lengua. pasaba a su lado y a duras penas levantaba las cejas o le guiñaba un ojo. se dedicó a hacer el de ella. ¿De qué? Quiero ser tu novio. Y cuando se cruzaban en el colegio. la víspera del examen. calculó ella. Sólo una ráfaga. no a su casa sino a una cafetería de la Zona Rosa. Una descabellada idea saltó como hermosa. salió del ángulo de visión y volvió al espejo abotonándose una blusa de andar por casa. Salían del instinto y ella misma se reía del atrevimiento de algunos actos. Se miró en el espejo. ¿Por qué esa sensación de regocijo si lo que acababa de hacer era una maldad? Exhibirse. Verónica lo sintió más nervioso que antes. No pudo aclarar las dudas de Nelson sino dos días después del examen. decía. Era una carta enternecedora escrita por un chico de trece años. Nunca hizo nada que permitiera sospechar que entre ella y el chico se había abierto una rara. Vero simulaba indiferencia. pues los errores eran la aceptación de las limitaciones de una alumna que demostraba haberse esforzado para pasar la materia. con más timidez que mesura. El más 16 . La contemplaba a hurtadillas. Mucho más desérticos serían para el muchacho los días siguientes. Por su conciencia pasó una ráfaga instantánea de remordimiento. Le hizo una última invitación a Nelson. Y antes de salir hacia su casa. Al regresar al cuarto. interesada familiaridad. iba un momento al baño — dijo. Tal vez la hubiera escrito en su casa. Había leído mal las confusas señales de humo de la muchacha. No volvió a invitarlo a su casa. Nelson había aprendido a responder. que todo el día no hacía sino pensar en ella. ¿Podría ella corresponderle? No.

ambos tan precoces como inesperados. Se percató de que de poco o nada sirve la inteligencia cuando se enfrenta a las intrigas del corazón defraudado. sumergido en aludes de arena. a la más incomprensible indiferencia.. no la habían conmovido sus súplicas? Verónica lo escuchó sin borrar de los labios su sonrisa. no para abordarla sino para contemplarla a distancia. Llegaría a los catorce abrumado por los honores. de los insomnios. Verónica le dijo que no temiera. entreabierta en la parte superior. Se mofaban de él. de lo que no era capaz de decirle y que no pudo decir en los pocos segundos que soportó estar frente a Verónica. de volumen generoso. de su actitud sumisa y suplicante ante la engreída Verónica. Las rompía con el desdén de una sonrisa. intensos días. pues de adulto fue el coraje exhibido cuando se acercó a Verónica para pedirle una cita. sacudido por los fríos vientos del amor y la esperanza. Armado de coraje. quería decirle el niño a la niña. extraído de la timidez o la humildad. de la espera. Aunque no lo trató con desprecio. no olvides que eres aún una niña —advirtió la madre en vista del silencio—. Pensaba en la frase repetida por sus compañeras: Se está madurando biche. no respondía a sus mensajes desesperados. Sin poder dar una explicación convincente a la madre. No sé de qué me estás hablando —le dijo. Cuando por azar se tropezaba con él. Del calor de unos pocos. —¿Existen niñas precoces? —Depende de lo que entiendas por precocidad —le respondió Virginia—. Salía de su escondite cuando la silueta de la niña se perdía en el tumulto de otras niñas. tolerantemente caídos. Verónica se sintió aliviada al saber que no lo vería cada día rondándola con su expresión de conejo degollado. Nadie supo por qué cambió de colegio.. Regresaba a su casa con la desolación en carne viva. miraba de reojo las cartas que Nelson le hacía llegar por diferentes conductos. Nelson Sarmiento se perdió así de su vida. La madre se hacía esmaltar las uñas de los pies envuelta en una breve bata de seda. se preguntaron quienes lo envidiaban. Verónica se había quedado mirando los pechos de la madre. Nelson se transformó una mañana en adulto. —Aunque parezcas mujer. Tenía trece años. Le hablaba de lo que no podía hablarle.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aplicado de los alumnos del colegio se encontró indefenso e ignorante. Verónica lo eludía a conciencia. La traga de Nelson hizo historia en el colegio. No me digas que. oculto detrás de los arbustos. Y dejó en el aire la conversación. Nelson la aguardó a la salida de clases. Le hablaba de las cartas. que le arrancaba a dentelladas lo único que necesitaba para seguir siendo el estudiante ejemplar que siempre había sido: el sosiego del olvido. —se alarmó. Teresa se acercó a servirle a Virginia una taza de yerbas 17 . Cada cosa en su momento. segura de haberse quedado con más preguntas que respuestas. ¿De qué le servía ser el mejor del colegio y de la clase? ¿Dónde estaba su inteligencia?. le manifestaba que nunca podría pagarle el favor que le permitió aprobar una materia y pasar raspando al siguiente curso. del amor. Nelson pidió ser cambiado de colegio. En los días siguientes. sintiéndose incapaz de domesticar a la bestia de desazón y rabia que le mordía el alma día y noche. del sufrimiento. ¿No había leído sus cartas. Nada de eso.

No seas necia. Verónica empezó a saber que el tamaño del poder se parece mucho al tamaño de las armas. Si no ganan mucha plata. visitas que Virgie nunca ocultó a la hija. ¿Qué hacían esos tipos armados en un jeep estacionado a pocos metros del Mercedes? Eran sus escoltas —respondió a Verónica sin darle importancia a la caravana que los siguió desde la vieja casa de la Avenida Circunvalar hasta el restaurante de la calle 98 con Octava. Virginia le repetía que vendía seguros. ¡Cuan extenso y elástico era el significado de la palabra amistad! Los amoríos de la madre —aceptó Vero al verlos sucederse en el tiempo— estaban encubiertos por la expresión "un amigo especial". preguntó la niña. luego a la madre. a convertirse en relaciones evidentemente amorosas como la sostenida con el senador Roldan. ¿A dónde salía cada mañana. Años después. como si nada valiera la pena ser tomado en serio. frecuentes y a deshoras. Grecia. Todo en él parecía pacientemente aprendido de la vida social. Permanecía mucho más tiempo en casa. cuando Verónica le mostró a la madre las notas de sus exámenes. ella la invitó a cenar a un restaurante de cocina mediterránea. ¡Pero si parecen hermanas! —exclamó al recibirlas con las puertas del auto abiertas por el conductor. Virginia ya no salía en las mañanas ni regresaba en la noche. Francia. exhibiendo metralletas que los transeúntes miraban con más temor que respeto. Lo cubría un hálito de paternalismo. El senador le explicó que promulgaba las leyes con que se ordenaba el rumbo de la patria y el bienestar de sus ciudadanos. tres veces senador de su partido. Sus visitas fueron más frecuentes. aunque la venta de seguros de vida no fuera un negocio exitoso sino una actividad ejercida ocasionalmente y a destajo. medió Virginia. ¿Dónde quedaba el Mediterráneo? ¿Es un mar o un océano? Virgie satisfizo como pudo las preguntas y le explicó que era un mar que bañaba un costado de Europa. Esa noche le presentó a Rodolfo Roldan.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aromáticas y ella la reprendió por seguir usando ropa de calle y no el uniforme con cofia que le había comprado hacía una semana. Llegaba hasta los confines de Israel. ¿Por qué tantos guardaespaldas? Roldan satisfizo la pregunta de Verónica diciéndole que la vida de un senador estaba llena de peligros. Le habló de islas de ensueño. Italia. primero dirigidos a Verónica. Aquella noche. Algún día viajarían juntas al paraíso mediterráneo. pero sus relaciones sólo se habían estrechado en las tres últimas semanas. El hombre se deshizo en cumplidos. dijo pasando el dorso de la mano por las mejillas de la niña. Lo comprendió sin saberlo decir. Desde entonces. conoció de cerca hombres poderosos fascinados por la contundente eficacia de sus armas. un apuesto cincuentón que pasó a recogerlas en su Mercedes Benz blanco. un gentleman de sobria pulcritud y elegancia. más o menos encubiertas. jMikonos! —exclamó Virginia—. ¿Se gana plata con eso? —preguntó ingenuamente y el senador soltó una carcajada. Lo había conocido un año antes. El senador llevaba a algunos de sus amigos a casa de su amiga especial y la fiesta se 18 . ¿por qué son tan importantes?. me dicen que es lo más parecido al paraíso. ¿Qué representaba el botoncito que Roldan exhibía en la solapa del saco? Su identificación de senador de la República. Menos de lo que muchos piensan. ni siquiera la amistad con Virginia viuda de Oropeza. España y África del Norte. en circunstancias siempre trágicas. Aquella noche de junio de 1984. ¿Qué hacía un senador?. insistió. motociclistas que cortaban el tráfico en las intersecciones de las calles. aprobados por un pelo. conocidas en folletos de agencias. por qué regresaba en la noche? Verónica nunca preguntaba. una caravana de guardaespaldas que cruzaba los semáforos en rojo. Pronto pasarían de ser amistades especiales. lo que era cierto. El senador Roldan resultó ser un tipo gracioso. Verónica calló por un rato sin dejar de admirar el porte de Roldan.

El cuarto le daba vueltas. Roldan prefería bares y restaurantes de La Calera. aparecían a izquierda y derecha bares y discotecas. —Pareces mayor —le susurró la madre cuando. le enviaba el conductor y éste la llevaba al rincón semioscuro de algún restaurante donde el senador la esperaba.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus prolongaba a veces hasta la madrugada. Se acostó bocabajo en la cama. 19 . dormían su quietud de siglos poblaciones del antiguo dominio chibcha. Coñac no. le dio un último toque al maquillaje—. Se había rociado cuello y lóbulos de las orejas con el perfume de la madre. a escasa media hora de la ciudad. discretos pendientes de esmeraldas. Subió las escaleras con los zapatos en la mano. sin futuro de un hombre casado? La pregunta dejó de tener importancia. regalo de la misteriosa Matilde. lejos de las miradas del alto mundo. Se desnudó bailando ante el espejo. La cena de aquella noche le permitió a Verónica saber que. No sabía si su madre quería exhibir el naciente esplendor de su hija o sentirse ella misma esplendorosa a su lado. A medida que se circulaba por la vía. ¿Cómo toleraba Virginia el presente. El viejo pueblo. hervía una vida nocturna que recibía oleadas desde la ciudad. A Vero la intrigó constatar que el senador nunca se quedaba hasta el día siguiente. Devolvió toda la cena en el retrete. de ninguna manera —protestó la madre cuando el senador Roldan ordenó coñac con el café después de extraer del bolsillo de su chaqueta un habano cuya punta mordisqueó antes de que sus dedos acariciaran las hojas del tabaco como si midiera humedad y consistencia. El vino y la champaña. viejas casas campesinas de aspecto rústico y comida tradicional. bebidos sin prudencia. Hacia la medianoche dejaron a Vero en casa. Llámame Virgie. haciendo un esfuerzo superior a las fuerzas que la abandonaban. levantada detrás del boquete que se abría hacía el costado nororiental de los cerros. Mañana sería sábado. No me digas mamá delante de la gente —le exigió a la hija—. le exaltaron el ánimo. jóvenes a la moda arrastrados por la vorágine de la noche. dormiría hasta tarde. bares. antes de salir de casa. Roldan la llevó al restaurante de comida típica rodeado de tupida vegetación. Verónica aspiró la aspereza perfumada de las volutas de humo. Verónica se dio el lujo de probar el vino español servido desde el primer plato. Al cabo de mucho tiempo pudo regresar tambaleándose. sencilla cadenita en filigrana de oro en el cuello. discotecas y restaurantes de La Calera quedaron localizados. le pedía que tomara el primer vuelo y se encontraran en su hotel. Se arrojó al lecho de bruces. Siguió dando vueltas hasta que la asaltó el deseo apremiante de vomitar. Llamaba a Virginia desde otras ciudades. consiguió llegar hasta el baño. apoyándose en el pasamanos. Como pudo. La ropa que había elegido para la cena no era la adecuada para una niña de trece años: vestido con escote en la espalda. Te gusta el monte —bromeó Virginia cuando. zapatos de tacones altos. la champaña francesa descorchada a la hora del postre. corta chaquetilla de terciopelo azul marino con entorchados dorados en las solapas. fundado en 1772 por don Pedro Tovar y Buendía. Se sentó después en la taza del inodoro a esperar que el malestar le diera fuerzas para regresar a la cama. Desde entonces. era mirada de manera agresiva por los hombres. una fina. El senador pensaba comprar una casa solariega en uno de los extremos de aquel pueblo de campesinos. La noche de la cena en el restaurante mediterráneo. Prefiero el Monte de Venus —fue la respuesta del senador. El mesero se precipitó a darle fuego. moteles y restaurantes. ¿Por qué no se quedaba? Roldán era casado. por tercera vez. sintiéndose incapaz de llegar a su cuarto. pese a su edad. era hoy un refugio de parranderos sedientos. en el imaginario territorial de Virginia. Se sentía en confianza. en un Monte de Venus protegido de la indiscreción pública. Más allá de sus límites. La Calera era entonces una población de casi quince mil habitantes.

siempre en ausencia de Virgie. Nunca los dejó ir más allá de caricias y besuqueos o quizá esos muchachos no pretendían ir más allá en sus primeras licencias amorosas. sobre todo los viernes. nunca vio publicada en periódicos o revistas una fotografía donde Virgie apareciera acompañada de personalidades amigas. a Isla Margarita y a Cancún? Los viajes de la madre enfrentaron a la niña con la libertad y la soledad. Siguió viendo ocasionalmente al senador Roldán. Verónica se jactaba entre sus compañeras de haber estado cenando con él aunque a sus compañeras nada les dijera el nombre de un tal Rodolfo Roldán. no por prudencia sino por el disgusto que le producía la aspereza del alcohol en la garganta. permitió que algunos de sus amigos lo hicieran. Aunque rechazó el ofrecimiento de fumar marihuana. Y nunca la vio en las páginas sociales donde veía a padres y madres de sus compañeros porque la vida social de la madre era tan intensa como clandestina. la obligó a llevar la mano hasta su pene. Si sentía que el desorden podía pasar a mayores. Tan divino él. le dijo Virgie. Teresa las vigilaba desde algún rincón de la casa. Se dejaba acariciar y besar por uno y otro. matizó después. chicos de cursos superiores invitados a sus fiestas. Recordaba su primera resaca como una pesadilla indeseable. cuando seguía viva su amistad especial con Roldán? Un detallito de Rodolfo —explicó Virgie—. se ponía de pie. Bebía mesuradamente. las fiestas se volvieron puntuales. Virginia le relató fragmentos de la noche anterior y Vero empezó a atar los cabos sueltos de la memoria aturdida. Sus fiestas se volvieron célebres. Alguno. Sin embargo. ¿De dónde había salido ese Renault 18 nuevo que la madre empezó a conducir por aquellos días. me evitó la pena de seguir manejando ese Simca impresentable. más atrevido. ¿De dónde sacaba Virginia el dinero que les permitía llevar vida de ricas? La niña recordaba que su padre no les había dejado más que la casa y un seguro de viudez más bien modesto. Bebiste demasiado. compañeros de clases superiores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al amanecer. las chicas se arreglaban las ropas desordenadas por el ajetreo. sobre todo los mayores. Las preguntas que Verónica se hacía no eran distintas a las habladurías de quienes conocían la prosperidad de una mujer que no daba explicaciones a su prosperidad. ¿Quién si no Roldán invitaba a Virgie a Miami y a Curazao. Verónica se familiarizó con el nombre de senadores y ministros. vagando quizá en el peor de sus sueños. prendía y apagaba las luces en señal de advertencia. detallista con ella y con la madre. pero Verónica respondió con una bofetada y un grito de pavor que congeló la fiesta por instantes. Mientras él vivió. La ausencia de Virgie daba a Verónica la libertad de invitar a casa a amigas y amigos. llevaron una 20 . Teresa prendía y apagaba las luces de nuevo. Con la libertad de salir y entrar de casa cuando le diera la gana. Les dijo que el ministro Cáceres visitaba a menudo su casa y ellas suponían que todo era un añadido al exhibicionismo jactancioso de la amiga. se me van yendo ya que es muy tarde —iba diciendo por el salón. Se dejaba en cambio explorar y acariciar los senos debajo de la blusa. Es que nunca habías bebido. Entre los trece y catorce años. amigos especiales de la madre. perdida con frecuencia en la necesidad de hablar con alguien cercano. siempre galante y obsequioso. Si la mano atrevida subía por sus muslos en busca del trofeo —adquirió la costumbre de echarse talco perfumado en la pelambre—Verónica retiraba la mano. No les permitía ir más allá de estos escarceos. Al despertar la niña no se acordaba de nada. con la soledad de estar al cuidado de Teresa. devolvía la falda a su sitio y dejaba plantado al atrevido. O lo veía a menudo en los periódicos y en la tele. celosa de que alguna pareja se hubiera escondido en un cuarto de la segunda planta. la madre la encontró dormida y desabrigada. No es que hayas bebido demasiado. La cubrió con el edredón. Creía que las licencias de los chicos eran el malentendido de una leyenda que ella nunca quiso desmentir. Los muchachos salían de los rincones oscuros.

—Escóndelas —le dijo la niña—. Dos años después de la muerte del padre. escondería esas fotos. Si no fuera por ti. Virginia guardaba y exhibía aún las fotos del matrimonio. todo empezó a sonreírles. que en paz descanse. a los siete y a los diez años. ingeniero industrial a quien muchos auguraban un futuro muy alto en la empresa. en el orden económico. Con el consentimiento de la hija se dedicó a recoger y guardar en cajas de cartón toda huella del difunto. estudiados en universidades americanas y europeas. lo mismo que las fotografías en las que aparecía la hija dejando el testimonio de sus metamorfosis: de brazos. La niña se acomodó a estas nuevas circunstancias. Yo lo recordaré siempre sin necesidad de verlo en esos portarretratos tan horribles. Murió miserablemente en un accidente cuando tenías diez años. era secretaria del doctor Arturo Oropeza. El padre tenía cuarenta cuando se casó con Virginia. Podía haber sido gerente de la empresa donde trabajó como una mula. Todo esto supo Verónica en las pocas ocasiones en que la madre le habló del inmediato pasado. Ningún hombre se va a enamorar de ti si ve por todas partes los retratos del muerto —le dijo Verónica en un inusitado rasgo de comprensión.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vida decorosa. fue para la hija un misterio. Aceptó trabajar unos meses más en la empresa y. adoptando en adelante horarios misteriosos. Una viudez incierta. la edad que tenía cuando murió el padre. Había terminado la escuela en un colegio bilingüe y las nuevas circunstancias le abrieron un cupo en un colegio de medio pelo. Quizá fuese un obstáculo en el futuro de sus amores. quien apenas tenía veintitrés. Tu padre era de los que creían que para ascender bastaban el talento y el trabajo. Vivieron juntos once años. ¿Hacía milagros la madre? —Hasta los cincuenta y cinco años. O el comienzo de un milagro. —¿Me permites entonces? —preguntó la madre. Se sintió desolada al hacer el primer inventario de viuda. —Nos dejó solas —dijo un día Virgie—. ocurrida en 1980. distinto y menos honroso del que hubiera merecido estando vivo su padre. Les alcanzaría para llevar una vida mediocre. Le faltaron en todo caso ambiciones —dijo un día a la hija—. La secretaria más hermosa y humilde. pero no lo dejaron. porque era tu padre. jugando en una piscina. tu padre. Los portarretratos donde se la veía junto a su marido en fechas y ocasiones diferentes seguían en las mismas mesitas auxiliares. Y Virginia empezó a desaparecer con más frecuencia. partiendo un ponqué de cumpleaños. en la primera comunión. fue un trabajador incansable —le dijo Virginia a su hija—. en la mesa de noche de su cuarto. 21 . A los treinta y cuatro años. No se lo reprochaba. en adelante. No era una secretaria cualquiera. Virginia se convirtió en viuda de Oropeza. —¿Por qué no lo dejaron? —Porque entraban a la empresa jóvenes más ambiciosos. todo. echados pa’lante y sin escrúpulos de ninguna clase —explicó—. Los retratos de la pareja desaparecieron de la vista.

ilustrada con numerosas fotografías. destino del que no pudo separar a su legítima esposa ni a sus dos hijos. recompensado por el Presidente de la República con el cargo de embajador en el Vaticano. Casi todos sus compañeros de clase asistieron a la celebración. En el transcurso de esos tres años. todo en Verónica había seguido el curso previsto por la madre. manifestada desde los trece años. Virginia le hizo una gran fiesta. a quienes Virginia trató con familiaridad. advirtiéndole casi a diario que lo que más atraía y enloquecía a ciertos hombres era precisamente el tesoro de la virginidad. Había tomado conciencia de su valor. Destacaba por su inteligencia y sociabilidad. siempre con el consentimiento de la madre. Una fiesta para la hija era también una fiesta para Virginia. Todo. no sería más que el perfeccionamiento de una obra que a los quince parecía la obra acabada de la naturaleza. Roldán cortó su relación con Virginia argumentando que ponía en peligro la estabilidad del matrimonio. En los tres años que habían transcurrido desde el día en que celebró sus doce años. la generosa Matilde. los amoríos de la adolescente fueron siempre esquivos y cambiantes. Iba y venía de Bogotá a Houston. en aquel rincón del Monte de Venus. Las madres y unos pocos padres. el curso de su carrera política y el honroso destino que le había concedido el Presidente: un embajador ante la Santa Sede no podía ser divorciado ni mucho menos estar enredado en pasiones ocultas. Se tomó más libertades. La curiosidad que despertaba la vida de Virginia y Verónica animó a muchas de las madres a hacer presencia en la celebración. fascinados por el escote de la blusa y la sugestiva abertura lateral de la larga falda. Y así fue: Virginia no dio un solo paso sin ser vigilada por las mujeres ni seguida por la mirada de los hombres. excepto Matilde Fuello. nunca la libertad de aceptar lo que los jóvenes buscaban con afán de sabuesos en celo: arrebatarle el tesoro de la virginidad. estaba hecho. Ya no estaba en la vida de Virginia el senador Rodolfo Roldán. muchachos que la rodeaban como avispas y olfateaban las mieles de esa mujer madura y espontánea que se atrevía a vestir sin el recato de sus madres. Y a esa conciencia había contribuido la madre. Si los años siguientes añadían algún detalle. incluso por los adolescentes amigos de Vero. Las páginas sociales de los periódicos publicaron la noticia. La invitó al restaurante campestre de La Calera y allí. Virginia 22 . Estudiaba con dificultad y sacaba notas mediocres. en su belleza.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica cumplió los quince años. expuso las razones de su ruptura. Cada invitado recibió su respectivo regalo. Verónica no era una estudiante que mereciera recompensas como ésta. era instintivamente recursiva. a quien los médicos trataban una obesidad por el momento incorregible. Casi todos. Fue una fiesta tanto o más espectacular que la de sus doce años. gracias a la iniciativa de Virginia: pagó medía página de publicidad social. a sabiendas de que provocaría los celos de sus esposas. animada por una orquesta de música caribeña.

Fue todo un caballero. se decía la adolescente. Al escuchar la frase de la madre. Nunca le cayó bien a la hija aquel tipo estrafalario. Quería que se mudaran a un penthouse de la carrera 5 con 117. Casi no frecuentaba la casa. Si no nos cuesta un centavo. rodeado por una nube de escollas que gozaban de la fiesta repitiendo hasta desgañitarse cada una de las canciones. Volvió a salir regularmente. tampoco la refinada ironía ni la sabiduría del hombre de mundo. ¡No seas altanera! —le gritó. —¿No ves que el cambio nos favorece. nunca tendré más una amante como tú —le había dicho él al despedirse. Empezó entonces a frecuentar a un hombre de mayor edad y menor prestigio que Roldán. lo que se dice nadie. que desde entonces llevó siempre en su mano izquierda. era un grato recuerdo lejano. Él mismo se ofrecía a comprarla. acaso la menos ejemplar de las enseñanzas maternas: —En este país nadie. te lo va a cobrar de otra manera —respuesta que mereció la primera bofetada dada por la madre a una hija consentida por la tolerancia más extrema. Su resistencia trajo más de un disgusto a la madre. La única resistencia venía de Verónica. escandalosa. no los míos. El dinero no tiene origen sino destino. ¡Quiero estar sola! —gritó Verónica desde la cama. —Precisamente por eso —respondió la hija—. Había aprendido tanto del amigo especial. Al final de esta travesía. Quiso decírselo. a Dios gracias.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aceptó las explicaciones del amigo especial y las comprendió mejor cuando Roldán le obsequió una sortija de diamantes. Su nombre se parecía a su fortuna: burda. abría la 23 . Así pensaba Verónica del nuevo amigo especial de su madre. No le prometió regresar a buscarla. de la mañana a la noche. que tomó el aprendizaje como recompensa. Y siguió oponiéndose a la pretensión de Romero. que ni siquiera nos cuesta un centavo? —argumentó ella. Verónica no pensó que al cabo de algunos años esta réplica se convertiría en otra. De aquí no nos movemos. Son sus gustos. omitiendo deliberadamente un nombre de pila impronunciable. averigua por el origen del dinero. Sucedió lo que nunca había sucedido frente a la casa de la señora viuda de Oropeza: se empezaron a escuchar orquestas de mariachis. Virginia constató que su cuenta bancaria registraba un incremento inesperado. —No sé ni me importa —dijo en tono tan suave que Verónica adivinó la huella del arrepentimiento—. Virginia atravesó el desierto de la soledad sin privarse de nada. La generosidad de Roldán había ido más lejos. —¿Qué hace ese tipo? ¿De dónde saca la plata? —fueron las dos fulminantes preguntas formuladas por la hija al día siguiente. le dijo a la hija. la llamó a su cuarto. Virginia encendía las luces de su cuarto. pero se abstuvo de decirlo a su madre. a quien llamaba solamente por el apellido. Minutos más tarde estaba arrepentida de la bofetada. lloró de arrepentimiento. Su relación con el senador había sido una larga y en muchos sentidos placentera relación sin promesas. decía que tenía trescientos metros cuadrados. de quien Verónica se había encariñado. Ya no vendía seguros. Nunca llegarás a ninguna parte si te pasas averiguando por el origen del dinero. Epaminondas Romero —¿a quién se le ocurre llamarse Epaminondas?— era un patán forrado en muchísima plata. serenatas que Epaminondas Romero coreaba al pie de su camioneta blindada. Romero pretendía que Virgie la vendiera. se dio cuenta de que había consumido un año más de su vida. Nunca. Los refinamientos de la vida social pulieron aún más las costumbres de Virginia. Vendía apartamentos y casas para una inmobiliaria cuyo nombre nunca fue mencionado. Un año después de la despedida. sin contar la terraza. Ni hablar—le dijo a la madre—. altisonante. el senador Roldán. Romero no tenía el hálito de respetabilidad del senador.

la prefería con ropas llamativas y escotadas. Ordenaba a Teresa servir whisky para todos. ¿En qué era fuerte su madre. a la semana siguiente el reloj que Virgie usaba en ocasiones especiales. hermosa aún a sus treinta y siete años. —Epaminondas Romero no es un cualquiera —lo defendía Virginia—. el BMW que reemplazó al Renault 18. ¿Para qué servía Epaminondas? Virgie calló. Le estampaba escandalosos besos en la boca. El amigo especial la ayudaba a ponerse el collar de esmeraldas. Semejante pregunta hubiera provocado un terremoto. No se imaginaba juntos y en negocios al embajador y al importador de autos. convertían la sala en un absurdo invernadero. la cuenta a su nombre. Virginia descendía la escalera. mi amor! —exclamaba ella. Compadecía a la madre. sus preguntas se volvieron más complejas. Verónica volvió a comprender el sentido de la frase dicha por la madre el día de su primera menstruación: —La debilidad de los hombres será tu fortaleza. Epaminondas gana. —En ese caso. sin que supiera tampoco el origen de la plata. Despertaba a Teresa y le ordenaba encender las luces de la casa. en qué era débil Romero? ¿Fuerte ella por su hermosura y la clase adquirida en años de roce social? ¿Débil él por su riqueza de pobre antiguo y su incorregible 24 . otra la pulsera. el otro gritaba exabruptos de camionero. Verónica quiso saber qué clase de amigo especial era Epaminondas para su madre. ¡Pero si es divino. los tragos siempre dan hambre. la besaba con lascivia. que la abrazaba impúdicamente. Los muertos de hambre y los que sirven para algo. El patán. por mucho que Virginia dijera que se trataba de carros de lujo. Parecía como si Rodolfo Roldán hubiera moldeado su sensibilidad y la hubiera vuelto resistente a la vulgaridad de tipos como Romero. también los músicos tomaban posesión de la sala. Virgie abría la caja. a la edad de su madre. A los quince años. el otro pulía sus ademanes con naturalidad. ¿Toda mujer. Tiene una empresa de importación de carros. No concebía una sociedad entre el hombre que invitaba a restaurantes sofisticados y al que exigía picadas de carne y chicharrones. Esa noche un collar. Verónica miraba hasta que se hartaba de aquel espectáculo de borrachos. Virgie soportaba una hora más de serenata. la generosidad con que le regalaba ropa a la hija sin que ésta lo supiera. tantos que.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ventana al viento helado de la madrugada y asomaba la cabeza hacia la calle. Acurrucada en un rincón de la segunda planta. Epaminondas sacaba del bolsillo de su chaqueta de cuero una cajita envuelta en papel regalo. Una vez terminada la serenata de la calle. antes de marchitarse. los arreglos florales diarios. un roce cariñoso. El uno manoteaba al hablar. metía su mano donde se le antojara. Si la acariciaba en público. al pie de la escalera. ¿Les provocaba una picada? Le pedía a la empleada que fritara carne y chicharrones. fue incluso socio de Rodolfo Roldán en el negocio de exportación de flores. En su lugar hablaban los relojes. aunque no pasaba solo. la tarjeta de crédito. hablaban las joyas. en cambio. Besaba en la boca al amigo especial y el beso provocaba el aplauso de los mariachis y el comienzo de una nueva pieza. patacones y yuca. Rodolfo pierde —dijo Verónica con una frase enigmática. ¿No se había beneficiado también con el dinero de ese patán?. Sólo había dos clases de amigos —respondió ella. estaba condenada a sufrir humillaciones? Regalos y humillaciones. Epaminondas era invitado a pasar. era lo que Virgie quería preguntarle a la hija. Sentada en un sofá al lado del amigo. la largueza con que le pagaba a la niña sus clases privadas de inglés. era una caricia sutil e inadvertida. Rodolfo nunca tocó a Virginia delante de testigos. El uno hablaba modulando cada palabra. vestida apenas con un deshabillé fucsia y un salto de cama azul.

La compraba y enviaba desde Panamá. Acababa de depositar su pistola en la mesa de centro de la sala. —¿Por qué vas siempre armado? —le preguntó Verónica a Romero. y fuera de su casa. A diferencia de ellas. alimentó su antipatía hacia Romero. Le hicieron saber. No sólo le molestaba. incluso la exploración digital en su vagina. nada de eso. Verónica nunca preguntó nada. la única aureolada por una leyenda mujer fácil. a subir el dobladillo de la falda. La vendía en las boutiques. De casualidad. dejaban siempre el desenlace inconcluso. Sin embargo. que en más de una ocasión se había desnudado ante chicos mayores que ella. No obtuvo respuesta. Ya no eran la niña y la mujer adulta las que hablaban. Al día siguiente. Ella se oponía a que la hija fuera a recibirla. gracias a sus temores. la provocadora. hermanos mayores de sus compañeras. porque sus amigas vivían experiencias parecidas. la madre iba a su banco y consignaba dinero efectivo en su cuenta. un restaurante del Monte de Venus. que. ¡Quince millones de pesos! Pese a lo misterioso de estos viajes. que confesaban haberse sentido dominadas por el deseo de ir más lejos. la chica que desde los doce años se había atrevido a enseñar el nacimiento de los pechos. cuando supo que la relación se había terminado? Sólo en dos ocasiones. imagen 25 . Su vagina era un túnel estrecho y yermo. Verónica. Epaminondas la esperaba siempre en el aeropuerto. cumplió los dieciséis. —¿Has matado a alguien? —insistió ella. No podía contarle que sus relaciones con los chicos eran ahora más intensas. Virginia había visto a Epaminondas acompañando a Roldán: la primera vez en Menta Fría. Se desnudaba por vanidad. le hacía daño la torpe penetración de unos dedos en su sexo. ella. Se confiaban secretos y compartían preocupaciones. se desnudaba porque tal vez fuera ésa la manera de sentirse admirada por la hermosura de su cuerpo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vulgaridad de importador de carros? ¿Fuerte ella porque sabía arreglar una mesa y comer con tres cubiertos? ¿Débil él porque hablaba con la boca llena y se hacía un lío con cuchillo y tenedor? ¿Fuerte ella porque había sido la amante de un senador de la República de modales pulidos? ¿Débil él porque ambicionó ser el amante de la amiga especial del senador Rodolfo Roldán. las caricias permitidas a los chicos. como decían haberlas sentido sus amigas? No. que parecían más de negocios que de placer. La madre lo comprendería. que esos escarceos la dejaran casi indiferente. Era un tosco objeto explorando sus intimidades. —Porque tengo enemigos. siguió preguntándose sobre los misteriosos viajes de la madre. Nunca los disfrutaba. Los aceptaba porque lo normal era aceptarlos. Verónica se reservaba aquellas experiencias que podían inquietar a la madre. ¿Había sentido humedades en su sexo. Ni a él ni a Virginia les gustó la impertinencia de Verónica. la segunda en una reunión de contribuyentes a la campaña del candidato liberal a la Presidencia de la República. disfrutó del bienestar y de los caprichos que se satisfacían con sólo enunciarlos. que esas preguntas no se hacían a un hombre respetable y mayor. su socio. con la severidad de las miradas. Verónica supo que su madre viajaba a Panamá. Lo que no comprendería era lo que le preocupaba a la hija. quería decir chicos de veinte y veintitrés años. no le producían placer alguno. Verónica había visto en un escritorio el recibo de la última consignación. Virginia le decía que compraba y vendía mercancía. Pasó un año. Podría habérselo dicho. que había aceptado las caricias genitales como se acepta un vaso de agua. Regresaba y se reunía con el amigo especial antes de llegar a casa. era la más asediada de las chicas. la muchacha que no desmentía ni confirmaba los rumores que la envolvían en las habladurías de sus compañeras la más atrevida. Hombres mayores. por unos pocos días y con demasiado misterio.

una presencia gris y convencional en la vida de Epaminondas. Si la fiesta terminaba en un motel. La obsesionaba aquello que la volvía indiferente a otras clases de placer. ni siquiera iba al gimnasio. casi dos. No vivía con ella pero compartían la misma casa. después las amenazas. Esa misma noche. La abrazaba y el abrazo era su manera de demostrar a los demás que esa mujer era suya. Más de un año. Se lo advertí —dijo un día la misma voz— aténgase a las consecuencias. Virginia viuda de Oropeza no supo nunca que era vigilada ni que cada uno de sus encuentros con Romero era milimétricamente registrado. Tampoco lo había conocido con Roldán. Lo primero no podía demostrarlo. eran experiencias reales. Si no estaba la madre llamaba a Teresa. era afrentada por un hombre a quien no había amado. madre e hija. calculó Virginia. La relación de su madre con Epaminondas Romero duró más de lo que debía durar una relación en la que la mujer era no solamente vigilada por los celos sino ocasionalmente insultada por un hombre al que no amaba. la esposa. Los baños de agua caliente y sales eran los baños preferidos cada noche. hace tres años que no vivo con ella. Algo le sucedía que la separaba de las chicas de su edad y lo que le sucedía no podía ser tema de confidencias con su madre ni con nadie. Virginia temió que no fuera un juego. Verónica percibió el comportamiento extraño de su madre. Virginia ocultó a su hija el lado amargo de la relación: un hombre de celos injustificados y reacciones violentas. tenía el cuidado de mantenerse despierta. No supo nunca ni fue advertida tampoco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus distorsionada que ella alimentaba y pulía con esmero. Mi mujer está loca. pero tenía siempre una excusa: debía regresar a casa. Lo permitía todo. deje tranquilo a mi esposo. aceptaron ambas. Sin escandalizarse ni envidiarlas. Sabía de su existencia. Casi dos años sin haber conocido el rostro de la felicidad. ¿Cómo terminaban las relaciones entre un hombre y una mujer? No hay finales deseados. Permanecía más tiempo en casa. Llegó a temerle. Su casa era la casa de las fiestas como había sido la casa de los primeros besos. Se probaba la ropa interior nueva. No dejó nunca de desnudarse ante el espejo ni de acariciarse. No estaba sometida a controles familiares. hubieran deseado. como le decía Virginia en la intimidad? La hija salía al colegio 26 . le decía la voz anónima por teléfono. Algunas veces llamaba a la madre para que le frotara con una esponja la espalda. Virginia hubiera preferido un final menos humillante. sola y feliz en un ritual que demoraba horas. "viejo Epa". Terminó con Romero y no de la manera en que ambas. de que una fiera acechaba en la sombra. una mansión construida en la falda de una de las colinas de Suba. A cambio de la felicidad. Le llegaron primero las advertencias. se sobresaltaba cuando sonaba el teléfono. humillada por la legítima esposa de ese amigo especial. Escuchaba sin escandalizarse lo que decían sus amigas. Era más libre que las otras. No le pares bolas —la tranquilizó Romero—. Se escapaba con algún amigo mayor a una discoteca. ¿La llamaba Epaminondas Romero. que los informes eran ordenados y recibidos por Esperanza Mahecha. pero sus temores desaparecían cuando volvía mansamente arrepentido de las ridículas escenas públicas. los pijamas transparentes. Las suyas. en cambio. No vivía con ella y estaba loca. hermosa aún. sobre todo cuando. se dejaba invitar a fiestas privadas. con el senador había descubierto el bienestar sin sobresaltos y el orgullo de tener como amigo especial a un hombre célebre y público. después de haber escuchado la amenaza. el cuello y las nalgas. lo segundo era cierto. La fiera salió de la sombra y lo hizo con uñas y dientes afilados. menos el acceso a su virginidad. Sospechaba que muchas de esas experiencias no eran más que fábulas.

te rajaré la cara malparida haré violar a tu hija ya verás de lo que soy capaz vieja gonorrienta. Y era esto lo que Virginia temía. cuando consultó el saldo de su tarjeta de crédito. En la tarde se sucedieron las llamadas amenazantes. Cada vez que sonaba el teléfono. Grábalas —sugirió Verónica. algo que ella no podía hacer en esas circunstancias. No grabaría amenazas ni insultos. su mujer estaba loca. una cuentita que abrí hace tres meses en Panamá para comprar la mercancía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cada mañana y regresaba en la tarde. Dominaba la situación. supo que había sido cancelada. Tal vez la fiera supiera algo más de los vínculos entre su marido y la usurpadora. —Saldremos por separado. ¿Había aceptado Romero las exigencias de su esposa? Nunca se conocen los pactos 27 . Él le pedía dejar la solución en sus manos. una sorpresa para Verónica. Verónica supo lo que eran los preparativos de una huida. sí. insultos de verdulera. Encontraba a la madre en el mismo estado de inquietud. la madre para el gimnasio que frecuentaba hacía un año. No se lo dijo a la hija. como si fuera al colegio. decidía los pasos de la estrategia. ¿Tenía dinero suficiente para cubrir los gastos? Tenía intacto el cupo de su tarjeta de crédito y algo de efectivo en la caja fuerte. una explicación sobre sus viajes a Panamá. No debería decirle una palabra a Romero. Para protegerte —dijo la chica. decidió sin saber qué diablos iban a hacer a Curazao. sería siempre una fiera. Por primera vez en la vida. No valía la pena. Las amenazas se venían repitiendo desde hacía dos semanas. Ella le decía que no era una loca inofensiva. Viajarían al día siguiente. ¿Para qué? —preguntó Virgie. Harían la rutina de cada día: la hija para el colegio. tú después —dijo Verónica a Virginia. Virginia temía que fuera nuevamente ella. Mañana mismo nos vamos de vacaciones. Silencio o amenazas. Viajarían a Curazao. Por fin Verónica supo la verdad y la supo al levantar con cautela el teléfono de su cuarto y escuchar la conversación entre Romero y su madre. No se iban de viaje. había que buscar a un chofer que lo devolviera al garaje. gritaba la voz antes de colgar. que las maletas no llamarían la atención de nadie. —¿Hasta cuándo? —Hasta que se acabe este cuento —dijo la hija—. una investigación sobre sus ingresos y gastos. Menos mal que el carro seguía en el garaje. Tenía las maletas listas para el viaje pero ahora todo conspiraba contra ella. Verónica se encargó de llamar a la agencia de viajes e hizo las reservas para el vuelo del día siguiente en la tarde. sin arreglarse. recluida en su cuarto. La fiera podía estar al tanto de los negocios del marido y la complicidad de la amante. No era el momento de preguntarle a la madre por los negocios que le permitieron abrir una cuenta en dólares ni de saber quién pagaba sus tarjetas de crédito. ella que tanto esmero ponía desde temprano en su arreglo personal. Nos vamos hasta que el tipo ese amanse a su fiera. A la mañana siguiente. yo primero. Virginia viuda de Oropeza no quería protegerse de la esposa de Romero sino de lo que se podía ventilar si la obligaban a poner una denuncia por acoso. Y Virgie se sintió orgullosa de su hija. —¿Tienes con qué? —preguntó—. ¿Por qué esperar que fuera ella la que le dijera la verdad? ¿Por qué no preguntarle por la causa de tanta zozobra? Una última llamada la obligó a pedir al "viejo Epa" que no regresara por un tiempo a casa. Un episodio aún más bochornoso sorprendió y casi postró de pena y rabia a Virginia. el teléfono sonaba y del otro lado de la línea no había más que silencio y una respiración acezante. El BMW estaría de vuelta en casa en la noche. Le suplicaba mantenerse lejos de ella. que una mujer celosa. empecinada en recuperar lo perdido. Llamó en vano a Epaminondas. Se encontrarían en el aeropuerto. Verónica enfrentó a su madre con la verdad. La agencia de viajes se encargaría de las reservas de hotel. Quedaba el recurso de su cuenta en dólares.

por lo asustada. haberlo visto amasar en poco tiempo una inmensa fortuna. Si nada de lo explicado era humillante. hubiera ordenado cancelar la tarjeta. Pese a haberse acabado. Un spa. —No te dejo en la calle —le dijo Epa con jactancia—. Herida en su orgullo de mujer. 28 . al tanto de los secretos bancarios del marido. Lo disfrutaría poco tiempo. Lo que ocultaba Romero no lo sabría Virginia sino mucho después: su amigo especial había caído en las frescas redes de una de sus secretarias. era el negocio que siempre había querido tener? —Un gimnasio de lujo —dijo Virginia—. ser la madre de sus hijos. ¿Llegó Virginia a estas conclusiones? —Venderé las joyas —dijo a Verónica—. debía decidirse por una carrera universitaria. sólo los hilos que alguien halaría cuidadosamente para descubrir la madeja de donde salían. Verónica cumpliría pronto los dieciocho. Administración de Empresas. Todo podía ser cierto: las presiones de la esposa. Sucede que mi esposa es dueña de la mitad de mis bienes. mejor dicho. Puedes montar tu propio negocio. asustada por la proximidad de sus exámenes y. Se imaginaba el chantaje de la esposa al marido. si se podía saber. sí lo fue la frase rencorosa con que se defendió de los reproches e insultos de Virginia: —Estás envejeciendo. conocer sus vínculos comerciales. la decisión de romper "sociedad" y relación. como se dice ahora. Buscaría el sector apropiado. Hacía lo que no había hecho en años de disipación y desinterés: estudiar. No existían documentos que lo probaran. Le había prohibido seguir con el jueguito de las amenazas. una nueva inquietud le quitaba el sueño: sutiles. Dio finalmente con el paradero del "amigo especial" y confirmó sus sospechas: su esposa espió en los extractos de sus cuentas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus entre las parejas ni los negocios que las atan para siempre. muy grande. —¿De qué negocio hablas? —preguntó la hija. —¿Se acabó entonces tu lío con ese tipo? —preguntó la chica. dio con el número de la tarjeta y procedió a cancelarla. De todas maneras. ¿Y lo de la tarjeta de crédito? Romero daba por disuelta la sociedad. Romero la había puesto en su lugar. buscar a amigas y amigos más aplicados. trasnochar frente a libros y apuntes. sólo podía ser el Norte. Romero le pidió a Virgie poner fin a la relación. había pensado la muchacha. casi invisibles hilos la mantenían suspendida en el tejido económico de Romero. ¿Me entiendes? Tiene firma en mis cuentas. Le dijo que no temiera por su esposa. más atenta y aplicada en el seguimiento de sus clases. montaré el negocio que siempre quise tener. Un local grande. Terminaría el colegio. No viajarían a Curazao. contaba con la cuenta en dólares y con recursos suficientes "para montar un negocito". ¿no te das cuenta? Ahora el problema era Verónica y no Romero. Virginia. La hija aceptó las explicaciones evasivas de la madre. sorteó durante días la depresión. saberlo todo. le dijo a Virgie. una muchacha de veintidós años para quien el jefe ofrecía compensaciones que ella nunca encontraría en los jóvenes de su edad. —Se acabó —respondió Virgie. figura como socia en mis negocios y es la madre de los hijos que heredarán mi patrimonio —soltó en su retahíla de justificaciones. El Norte. ¿Cuál. Tenía cuarenta y dos años. Venderé el BMW. le exigió al marido que la cancelara. un hilo quizá insignificante y menor la ataba a la misma madeja. Tal vez Esperanza. La fiera se había quedado quieta en su madriguera. ¿no era un arma poderosa para exigir lo que quisiera? Quince años de matrimonio y complicidades no se dan por terminados de la noche a la mañana. también la rabia de sentirse burlada.

Verónica llegó al territorio allanado de los dieciocho años cuando su madre emprendió la remodelación del local donde funcionaría el spa. en fin. la lucha contra las arrugas. estremeció a Virginia. su método de ejercicios aeróbicos. la perfección. Hombres y mujeres estaban aprendiendo a aceptar que no se es nadie sí no se cultiva una imagen. Compró los vídeos de la actriz convertida en instructora de gimnasia. el cadáver de Romero. el cuidado de los senos. Verónica creyó que. ¿Por qué en un motel de lujo? Virginia pensó. Muerto en circunstancias misteriosas y absurdas el comerciante Epaminondas Romero. Un hombre robusto. Fue un arduo trabajo de meses. Contuvo la respiración al leer. leía cuanto se publicaba sobre gimnasios modernos. al superar el umbral de los cuarenta. Podría tratarse de un motel de lujo. ¿No se daba cuenta —le decía a la hija— de la obsesión colectiva por la belleza y la salud. que había tenido relaciones íntimas con un putañero incorregible. dedicaba extenuantes sesiones diarias al mantenimiento del cuerpo: la firmeza de los glúteos. La venta del BMW fue parte de la inversión. Romero era propietario de un concesionario de carros de lujo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Un spa en un barrio elegante —repitió Virginia a la hija. jóvenes instructores e instructoras que produzcan envidia. serían un 29 . en adelante. como se dice ahora. La fiebre de los aeróbicos contagiaba al mundo. Tomaba cursos especiales en las materias en que se sentía floja. Había hecho cuentas. parecía como si nada bochornoso hubiera ocurrido meses atrás. semidesnudo y al parecer cubierto a último momento por una sábana. No manifestó dolor la mañana en que la hija le extendió el periódico y vio la fotografía de Epaminondas Romero en la primera página. Dada la decoración del lugar. estamos viviendo la era de la imagen. a sabiendas de que Verónica descubriría el menor gesto de dolor o desconcierto. aunque no renunciaba a sus cada vez más frecuentes salidas nocturnas. cuanto había vivido tenía a veces la placidez del paraíso. un médico nutricionista y una buena fisioterapeuta. éste podría ser el método adoptado para su gimnasio. podría pensarse que se trataba de un insólito accidente. aunque todo indicaba que el occiso podía haber sufrido un infarto fulminante. el rejuvenecimiento. Hojeaba revistas extranjeras de modas. Ella misma. sobre lo cual se mantenía hermetismo en las informaciones de prensa. Así que cuando Virginia emprendió la remodelación de la casa donde abriría su negocio. A su manera. Las autoridades descartan la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes y lavadores de activos. que no presentaba heridas ni signo de violencia física. del propósito de corregir los efectos del tiempo y las injusticias de la naturaleza? Según los periódicos. muerto en circunstancias absurdas. La fotografía reciente de un hombre tendido bocarriba en una cama. un proyecto apenas en ciernes. La vida de Jane Fonda. sin que pensamientos y suposiciones alteraran su semblante. Llegó a esa conclusión después de leer esa y otras crónicas sobre el fallecimiento de Romero en circunstancias que. ¿Territorio allanado? Sí. la tersura de la piel. por fin. Para los jóvenes. correctivos que se compraban en ese nuevo templo llamado gimnasio. el endurecimiento del vientre. La línea recta que la condujo de los diez a los dieciocho años no tenía accidentes ni tropiezos. Se esperaba el dictamen del forense. no habría intermediarios ni terceras personas comprometidas en el éxito de la madre. mayor de cincuenta años. para los viejos. hipótesis que se barajó al comienzo. Era una inversión alta y de éxito seguro. Verónica le dio la felicidad de terminar el último año de colegio con notas satisfactorias y mucha más felicidad al verla preocupada por su ingreso a la universidad. Un gimnasio con servicio de comidas y bebidas dietéticas. Dedicada por entero a su empresa. ni impactos de bala o arma blanca. Virginia había hecho el diagnóstico de la época. la tonificación de muslos y brazos. Ésta era al menos la hipótesis del cronista. Del look.

Tres días después se supo que. a quien despreciaba ahora con más fuerza. No sé cómo fuiste capaz. —¿Lo sabías. Habían huido atemorizadas de la suite de un conocido motel ubicado al noroeste de la ciudad. donde la policía encontró una botella de vodka y "una considerable cantidad de cocaína". ¿Qué si no el dinero soldaba ese vinculo? La niña que había conocido al senador Rodolfo Roldán. nada alteró tampoco su conducta. Sabía que ella no lo amaba. eso dijo. —Sabía que tenía un próspero negocio de importación de carros. —¿Sólo eso? Verónica estaba enterada de que se dedicaba a algo más que a vender carros de lujo. ¿Lo conocían? Nunca lo habíamos visto — aseguraron ambas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus plato con salsa picante servido por los periodistas. el tipo a quien su madre había tenido como amante era un ser doblemente despreciable. Se empelotó y se puso a mirarnos mientras le hacíamos el show en la alfombra. que lo toleraba apenas. al menos del último año. Lo que él quería era ver cómo tiraban dos muchachas bonitas. que dilataron el envío de información. El perfil que Verónica se hizo del difunto lo volvió más repelente de lo que había sido en vida. De allí el tono de su voz. Acabó sin embargo tolerando su presencia. Verónica comprendía —tenía ya la edad para entender estas cosas— que el bienestar de estos años. Esperaba que dijera algo más. en efecto. Epaminondas Romero había fallecido de un paro cardíaco. La investigación se había visto obstruida por las autoridades colombianas. guardándose el asco que sentía por él y la compasión que le inspiraba su madre. Y. Vivo y muerto. Su silencio era la aceptación de las sospechas: Virginia siempre supo que Romero se dedicaba a lavar cuantiosas sumas de dinero. La reacción que Verónica esperaba no era el silencio ni la fría expresión del rostro con que Virginia recibió la noticia. Alguien protegía a Romero. que algo superior a la tolerancia le mantenía al lado de aquel hombre de gustos dudosos. El primer día. mamaba vodka como agua y se zampaba a la nariz montonadas de perico —dijo a los periodistas la otra muchacha. Nunca le gustó Romero. Nos recogió de un sitio y nos dijo que quería pasar la noche con dos niñas bonitas. a quien admiró como al padre que le hubiera gustado tener. Virgie se limitó a doblar el periódico y dejarlo encima del sofá. verdad? —preguntó Verónica. que dos mujeres. Y lo hizo. 30 . Lo incomprensible y repugnante fue descubrir que su madre se acostaba con un hombre adicto a mujerzuelas y cocaína. se le había abierto un proceso por tráfico de estupefacientes. Acababa de saber que Romero andaba con putas y consumía cocaína. no estaba haciendo nada —dijo una de ellas. generoso hasta el más grosero exhibicionismo. En el sur de la Florida. informaron desde la embajada de este país. lo acompañaban en el momento de producirse "tan insólito desenlace". Estados Unidos. se lo juro. ¿Cómo había ocurrido el "infausto" desenlace? Aunque parezca mentira. La noticia de su muerte destapó una olla de grillos: el negocio de Romero era una tapadera de negocios mucho más importantes. Pudo también haber pensado que hay muertes que liberan de servidumbres pasadas. No era un reproche moral. contratadas por el occiso. La muchacha conocía las respuestas que la madre se resistía a ofrecerle. en los días siguientes. Se descartó la posibilidad de un homicidio. le dijo a la madre. Tuvimos miedo y nos largamos de ese sitio —dijo una de las mujeres—. no era la adolescente altanera que había despreciado desde el principio a Epaminondas Romero. provenía de aquello que la madre le ocultaba. al parecer consumidos por Romero y sus acompañantes. en realidad un travesti recogido en la carrera 15 con 98. Ese man metía como condenado. entre irónico y apacible.

Entre los diecisiete y los dieciocho años conoció otras formas de intimidad. —Conocerás gente interesante —le dijo Beatriz al invitarla. No hubo fiesta o reunión en la que no deslumbrara a los hombres ni suscitara envidias en sus compañeras. No le preguntó a qué clase de fiesta iría ni quiénes serían los anfitriones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica siguió el curso de su vida como quien transita por una línea recta y sin obstáculos. pensó al verla en el maniquí. ¿Quién era ese hombre. Beatriz compartía con Verónica la desgracia de no tener padre. Siempre rodeada de chicos. acceder al amor sin temores ni inhibiciones. añadida a su altivez. gerentes. experimentó de otra manera lo que sus contemporáneas experimentaban con alborozo. la convención de los colores tradicionales y el nudo correcto de la corbata. de actitud insolente. Se había encaprichado con el vestido cuando acompañó de compras a su madre. deshacerse de la virginidad. invitada a una fiesta privada. que se limitara a mirar el precio en la etiqueta. Embelleció conscientemente su propia leyenda. Así que la noche de la fiesta. Había sido llevada por Beatriz Lopera. El maquillaje y la actitud segura de Verónica revelaban a una mujer de veintitrés o veinticuatro años. su amiga de diecinueve años. —No me quita los ojos de encima. el de la corbata con la cara de Marilyn Monroe. llamó la atención del publicista Guido Leonardo Pradilla. como si tratara de romper la formalidad del traje. Verónica no conocía a nadie en la fiesta. Lo tenía. Y la adornó aún más el día en que. 31 . Tenía un papel secundario de actriz en una telenovela. ambicionaba convertirse en actriz ¿Cómo había llegado a conseguir el papel en la telenovela sin haber hecho nunca estudios de actuación? —¿Quién es el tipo del rincón. Verónica aplazaba la llegada a esas metas. Si la invitaba Beatriz. No esperaba que Virginia la complaciera de inmediato. ¿en qué sentido? Las chicas deseaban llegar a una meta. Ninguno menor de treinta años. con un prolongado escote en la espalda. quizá se tratara de una fiesta con chicos de su edad. elegante. No sólo era la más precoz y altiva. caían sobre los hombros y enmarcaban el rostro. Los largos cabellos castaños. ¿Cómo lo sabía Beatriz? Salía con el gerente de mercadeo de una fábrica de ropa interior y éste la había elegido como modelo para la campaña que diseñaría Guido Leonardo Pradilla. a diferencia de Verónica. —El mismísimo Leo Pradilla. Su madre la había maquillado. él no le quitó los ojos de encima. que no hacía más que mirarla? Era un hombre apuesto. como lo hacía cada vez que la hija era invitada a salir. no a la manera del senador Roldán. ese que tiene el vaso de whisky en la mano? —preguntó Verónica a la amiga. Una instintiva inteligencia femenina. —¿Qué tienen de interesante? —Son publicistas. Desde que entró al lujoso apartamento. de unos cuarenta años. —Ven te lo presento —le dijo halándola del brazo. Otras formas de intimidad. directores y productores de televisión. el publicista que va a diseñar la campaña de que te hablé. dispuesta a elegir y a no ser la elegida. Su personalidad empezaba a ser moldeada y adornada por la conciencia del éxito. el del blazer verde con hombreras y pantalones grises. una prenda inalcanzable. pero el padre era una sombra distante desde los cuatro años. Verónica lucía ese día un vestido negro de seda ajustado a las caderas y a las nalgas. Verónica no parecía una adolescente de dieciocho años. que pagara billete a billete el capricho de la hija. rizados y deliberadamente húmedos. Se lo probó y se sintió muy bien en el diseño de Kenzo. sino negligentemente elegante. antigua compañera en el modesto colegio que Verónica había abandonado cinco años atrás. Y si las cosas seguían yéndole tan bien como en esos comienzos. adornaba por fuera los contornos de su personalidad.

desde el primer momento. seleccionaba el mármol de los baños. Se mintieron en muchas cosas. No se separaron en toda la noche. aceptando de buen gusto que él estuviera de su lado en todo instante. Así es la belleza mirada desde lejos: una ilusión óptica. por su mediación había sido elegida como actriz secundaría en la telenovela. A diferencia de Pradilla. una decoradora de interiores que en pocos años había ganado montones de plata. elegía los muebles de marca o una vez elegidos ordenaba su importación de Nueva York o Milán. Después del buffet. Y ese jovencito que la seguía como un perro faldero era el actor a quien ella prometía conducir al estrellato. 32 . todas superfluas. sintió la dureza de la entrepierna masculina en el vértice de sus muslos. Se mintieron y sabían que se mentían porque él calculó. Verónica sintió desde la primera pieza el cuerpo aún musculoso apretado a su cuerpo. Amparo le había asegurado su selección en un casting. con mesas y sillas blancas de hierro. Tal vez no tuviera más de treinta y cuatro años. Por lo poco que sabía —le contó Beatriz—. Y no te cuento más —la cortó. ¿Quiénes eran sus clientes? ¿Quiénes iban a ser? Los duros. era bajo y ligeramente rechoncho. aparecía la luminosidad parpadeante de la ciudad dormida. Eres la más bella de la fiesta —le susurró al oído. En su mayoría eran jóvenes veinteañeras acompañadas por hombres que oscilaban entre los cuarenta y cincuenta. Pradilla abundaría en detalles: Amparo vendía esculturas y pinturas de firmas famosas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Pradilla la saludó con un beso en cada mejilla. Verónica le mintió al decirle que acababa de cumplir veinte años. ¿A cambio de qué? Unos pocos días satisfaciendo su capricho de estar con una joven bella y ambiciosa. mi trabajo consiste en concebir ilusiones y venderlas. que Verónica no tenía más de dieciocho. un hombre menor que Pradilla. asunto en el cual hombres y mujeres mentían. porque ella descubrió en él leves arrugas en su frente y en las comisuras de sus labios. siguió sintiendo en las numerosas piezas que siguieron el aroma de la colonia de Paco Rabanne —no pudo evitar preguntarle por la marca de esa fragancia—. Él le mintió confesándole que tenía treinta y seis y no cuarenta y dos. ¿Qué hacía ella? Estudiaba Administración de Empresas. Lo demás se lo contaría días después Leo Pradilla. Si la conoces de cerca será menos hermosa. Sólo unos días. hacía de inmensos potreros urbanos o rurales verdaderos palacios. dijo Beatriz. Amparo era decoradora de interiores: embellecía o remodelaba casas y apartamentos y sugería la compra de obras de arte. en un horizonte cercano y a la vez remoto. Se mintieron ambos en el más superfluo de los asuntos. Abajo. pero jamás aprenderían a mentirse en asuntos de fondo. Es sólo un complejo y hermoso dibujo de luces. Amparo Consuegra. ¿Quién era el dueño de casa? La dueña de casa —corrigió Beatriz señalando con la mirada a la única mujer mayor de la fiesta. Beatriz bailaba con su gerente de mercadeo. —¿Por qué lo sabes? —Trabajo con esa clase de belleza. las griferías de cobre u oro. Le ocultó a la amiga que conocía a Amparo Consuegra mucho más de lo que simulaba. No había visto en la fiesta a ninguna mujer que revelara más de treinta años. la suave textura del blazer de cachemir verde que servía de apoyo a su mano cuando Leo la invitó a bailar. Ella era la anfitriona. Salía con un joven actor veinticinco años menor que ella y era gracias a ella que el joven tenía pequeños papeles en series de televisión. ¿Qué hacía él? Creativo de publicidad. iluminada por el resplandor del salón. Era una terraza rectangular sembrada de plantas. la edad. Verónica sintió minutos después la fragancia viril del agua de colonia. —¿Ves todo eso? —señaló Pradilla—. Verónica aceptó salir al balcón con Pradilla. tan pocos que no habían dejado huellas ni remordimientos en Beatriz.

La ciudad. pero el brazo que se deshizo de la cintura y arropó sus hombros le dio el calor esperado. En toda la noche no había hecho nada distinto a impresionarla. —Verónica. dejándole en el cuello el aliento de la pregunta y la fragancia de Paco Rabanne—. cerró unos instantes los ojos y se imaginó la ciudad dormida. ahora tú no eres sino una ilusión óptica. Por ejemplo. aquel arrullo a veces incomprensible de palabras podía continuar toda la noche. No esperaría que él lo hiciera primero. ¿de qué manera? No deseaba que se callara. —Yo tampoco —se echó a reír Pradilla—. dónde la fortaleza de la jovencita llevada a un balcón casi a oscuras desde donde la silueta de la ciudad era un irregular trazado de luces? ¿Se invertía a veces el axioma de la madre como para pensar que en la fortaleza de algunos hombres estaba la debilidad de muchas mujeres? —¿En qué piensas? —se acercó Pradilla sigilosamente y por la espalda. No elegía ella. ni siquiera la inteligente combinación de tantas palabras. De este tamaño era la ansiedad y la indefensión de la muchacha. cerrar sus oídos a la palabrería de un hombre que la trataba con una galantería desconocida. extendiendo la copa de champaña por encima del hombro de Verónica. Entonces se desharía el hechizo de esta noche. ¿Buscaba impresionarla con la inteligente facilidad de sus palabras? ¿Dónde empezaba y terminaba la juventud de un hombre? ¿Era acaso una simple niña al lado del adulto que la cortejaba? ¿Dónde residía la debilidad de este hombre. Desde el principio se supo envuelta en una red de la que no podía deshacerse sin parecer ridícula o anticuada. No había sentido antes la seguridad que le ofrecía aquel hombre. Por un instante se imaginó en el centro del ruedo. —Es hermosa —dijo Verónica—. El toro embiste y clava sus cuernos en el cuerpo del torero para evitar la estocada de la muerte. —La única belleza cierta es aquella que se deja poseer —dijo Guido Leonardo Pradilla—. las cornadas sangrientas de las mujeres. la mujer y el hombre. —Pensaba en lo que dijiste sobre la ciudad. Comprendía mejor el propósito de sus palabras. Callarlo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le había pasado el brazo por la cintura. —Voy a buscar un trago —se excusó Pradilla—. la estocada mortal de los hombres. expuesta a las embestidas de la bestia. no le quedaba más remedio que resistirse. ¿Sigues con champaña? Abandonada y sola en la terraza. Verónica no había escuchado nunca esta clase de reflexiones. Habría que entrar a cada casa para saber que las desgracias son más numerosas que la felicidad. Hermosa. pensó. Lo demás es ilusorio. terrible y engañosa —siguió él—. Depositó la copa aflautada en una matera y tomó la iniciativa de besarlo. solamente divago. Lo único que sé es que entre el torero y el toro existe una relación de amor y odio. Si quería ganar 33 . Verónica —repitió y brindó mirándola a los ojos—. Sentía frío. casi hasta rozar sus nalgas. Su acompañante se extendió en la exposición de nuevas metáforas: el torero y el toro. Ella comprendía superficialmente las metáforas de Pradilla. como entre la mujer y el hombre. la enigmática ciudad nocturna calificada de hermosa y terrible. Empezaba a ser la elegida. el triste destino de las parejas. En el momento en que alguien te poseyera. Aquí tienes. El torero mata al toro porque le teme y no puede con su fortaleza. Si se sentía vulnerable. Así se llama uno de los más elegantes y sencillos lances del torero al toro. Lo llama y lo provoca —No entiendo nada de toros. No te asustes. Verónica no se opuso. Dejarías de serlo en el momento en que te poseyera. La cornada es la respuesta del toro a la arrogancia del torero. Verónica se asomaba frágil y temerosa al poder de las palabras y al tramposo juego de la inteligencia. La voz grave que le hablaba era tan cercana que creyó tenerla dentro de su cuerpo. digo. Quería impresionarla. Verónica escuchaba maravillada.

¿Por qué Frank no se ofrecía a llevarlas en su coche? Se excusó diciendo que en la fiesta se encontraba presente un comprador interesado en exportar su nueva línea de ropa a Centroamérica. —Ese es su defecto —dijo Verónica. Lo que era sólo una conducta dictada por el instinto acabaría convirtiéndose en un método. todo porque se había mostrado más libre y atrevida que todas. podría decir que se inauguraba esa noche. Pensaba en Guido Leonardo Pradilla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus una pequeña ventaja tenía que anticiparse a la iniciativa de él. pero puso límite a la pasión cerrando los labios. ¿quién había sido el verdugo? Ambas conocían al sujeto. acercó el cuerpo al otro cuerpo y aceptó que unas manos apretaran su cintura y acariciaran sus nalgas. Sólo abrió los ojos. La despidió con un suave beso en la boca. —Te llamaré cuando pueda. —¿Crees que es muy mayor? —¿Para ti. desde hacía dos meses. pregunto si es muy mayor. Tenemos que irnos. ni siquiera se había tomado su tiempo para desnudarla. —Se ve joven —respondió la amiga—. ni siquiera por una reflexión anterior a esa noche. Dejaría momentáneamente de ser vulnerable. Algo de su consentimiento había en la aceptación del suceso. Enredó sus brazos en el cuello del hombre. es tarde —dijo la amiga al acercarse—. mi vida —dijo besándola en la boca. porque las amigas habían dejado de serlo. No te imaginas el éxito que tiene con las mujeres. La experiencia de su vulnerabilidad ante un hombre era nueva. un deportista 34 . de Amparo. No lo era con los chicos de su edad. que esa. ¿Se acostaba Beatriz con su gerente de mercadeo? Sí. Y una prueba de ello era que seguía siendo virgen. Beatriz humedecía la yema de un dedo y lo pasaba por el lóbulo de la oreja de su amiga—. Retiró las manos intrusas sin brusquedad. dos copiadas de marihuana— y sin darse tiempo de elegir a su pareja. —Vero. Disfrutó por instantes la exploración del beso. al escuchar la voz de Beatriz. —¿Te puedo preguntar una cosa? —ambas habían salido de la fiesta con sendas copas de champaña. la había perdido a los quince años en la inconsciencia de una fiesta de amigos —unos pocos tragos. No había perdido la virginidad con él —confesó. ¿Sigues virgen? —¿Te puedo preguntar otra cosa? Verónica le preguntó si valía la pena dejar de ser virgen porque sí. Acercarse y huir. Y el verdugo. Se verían mañana. sobresaltada. porque era la edad. era una ilusión óptica? —Tenemos que irnos —repitió Verónica a Leo. la había arrojado bocarriba en una cama y la había penetrado sin que ella pudiera resistirse. Aceptar y rechazar. hacia la ilusión óptica de la belleza. quieres decir? —No. ¿No era esto lo que aseguraba Pradilla. Llámame cuando quieras —dijo. Si se quedaba volvería a sentirse vulnerable. el gerente de mercadeo. —Soltero y sin hijos. Tenía en la mano una tarjeta y la extendió a Verónica. una leyenda. Todo había sucedido de prisa y sin preámbulos: el verdugo la había arrastrado hacia un cuarto de la casa y le había bajado los calzones. Pórtate bien. No era una mosquita muerta. No tuvo tampoco ganas de resistirse. Se despidieron de Frank Rueda. tampoco la muchacha fácil que muchos imaginaban. —¿Está casado? —preguntó Verónica. Beatriz la llevaría a casa en taxi. la belleza de la ciudad. Seguía virgen y no le inquietaba seguir siendo virgen como no le molestaba saber que la leyenda urdida alrededor de ella era sólo eso. Desvió entonces la vista hacia la ciudad dormida. Su conducta no era dictada por ninguna lección de la madre. la anfitriona. Pradilla las acompañó hasta la puerta.

Y en sus metáforas. Es un tipo interesante. Se quedaron un rato en la cocina. —Me mete la lengua allí y se queda largo rato y con toda la paciencia del mundo como si buscara un tesoro. —Llama a Pradilla —le sugirió a Verónica—. no pasaba de ser una fea gorda y arrecha. ¿De dónde sacaba aquello de la artillería pesada? De los cañones. yo le diré a todo el mundo que eres impotente. un escozor de piel herida y la sensación de tener aún dentro al intruso. ¿lo amenazaste de esa forma? —Absolutamente cierto —confesó Beatriz—. Había algo de divertido en la crudeza gráfica de Beatriz. —¿Qué te hace? —se entusiasmó Verónica. ¿Por qué no se quedaba a dormir? Beatriz aceptó. Verónica hizo un gesto de asco. Nadie ha abierto mi cajita de sorpresas. por lo fáciles? Dicen que por lo esforzadas —aclaró Beatriz Lopera. dijo muerta de risa. que eres un marica musculoso con un baboso gusanito entre las piernas —le dijo—. Tan cierto como que. les agarro la tripa y les hago la consoladora. ¿Qué tal lo hace tu gerente de mercadeo? —Como los dioses —exclamó riéndose—. 35 . Me hace lo que nunca pensé que pudieran hacerme. —¡Cochina! —exclamó Vero. Así bajito y gordito como lo ves me pone a temblar. una fea debía esforzarse y prometer lo que las bonitas no eran capaces de hacer. —Cuando siento que quieren ir más lejos. me vengo cuando me explora con su lengua. —No le des mi teléfono —pidió a la amiga—. No me vengo cuando me la mete. yo no sabía que el clítoris era un tesorito escondido que se encontraba mejor con los dedos y la lengua. Voy a esperar unos días. lo obligué a venirse afuera. El taxi se detuvo frente a la casa de Verónica. Vero. —¿No te dio miedo? —¿De quedarme embarazada? No. —Si dices que te acostaste conmigo. compañero de ambas en el antiguo colegio. Y no sólo eso: si dices una sola palabra diré que me forzaste. Todavía sentía el escozor sin placer en el sexo. de cómo ciertos hombres las preferían a las hermosas. No era un tono habitual en las confidencias de amigas. Carmencita. No se imaginaba recurso más repugnante ni fantasía más asquerosa. —¿Te cuento un chisme? —dijo Beatriz—. —Es cierto. ¿te acuerdas de Carmencita?. Para tener éxito. Cuando me lo encontró. Después de perder la virginidad estuvo con muchos chicos. su madre sabría que dormía donde Verónica. ¿Sabes lo que es una violación? La anécdota provocó en ambas un ataque de risa. Ninguna de las dos tenía sueño. dijo. Si no llegaba a casa esa noche. Los hombres temían a las bonitas. Antes. por lo que recuerdo. Se tranquilizan y no siguen insistiendo. casi me muero. Alfredito Navas tiene una respetable artillería pesada. ¡Quedarse con un pene cercenado en la boca! La pobre Carmencita —anotó— podía hacerlo: fea y gorda. ¿Por lo feas. Beatriz lo encaró al día siguiente. No le constaba. era lo que decían quienes sabían de mujeres. pues Carmencita me contó que los aplacaba con una mamada y que cuando lo hacía le entraban ganas de morder duro y quedarse con eso en la boca. la que no mataba una mosca. Hablaron del destino y la suerte de las feas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus grandullón. —Lo juro —respondió ella al aceptar la invitación. me estremezco. ¿No ves que a los muchachos de nuestra edad les da asco hacerlo? Me estremezco. A las feas no. —¿Te cuento algo? —entró en confidencias Verónica—. Júrame que no se lo dirás a nadie.

Continuaron hablando con la luz apagada. bastaba dejarse besar o acariciar y retirarse a tiempo. cortos de palabra. hablado o silenciado. Los chicos que frecuentaba eran fácilmente controlables. Y echaba talco en su pelambre. la una a la ligereza y la otra a cierta estudiada contención. la mano ajena en lugar de la propia porque muchos eran diestros en el ejercicio de la mano. prometerles que después. Si se ponían pesados. Verónica bostezó de sueño y Beatriz le dio las buenas noches con un beso en la boca. Unos egoístas que sólo pensaban satisfacerse. Durmieron en la misma cama. Acuérdate de llamar a mi madre cuando te despiertes —le pidió a la amiga—. 36 . Todos sin excepción eran iguales. El sexo. A la impúdica le divertía el pudor. las unía sin embargo el mismo fantasma: las tribulaciones de la edad. Si Beatriz era proclive a la procacidad y Verónica al pudor. argumentos no faltaban para llenarlos de esperanzas y mantenerlos amarrados a la promesa. era el mismo fantasma. Si se cambiaba era porque estaba sucia. porque unas gotas de orines. quizá no lo había sido nunca porque en toda época la adolescencia había sido el soplo de turbulencias pasajeras. Se les podía mantener a raya. que no era todavía tiempo de hacerlo. en fin. sola con un hombre en la terraza. muchachos sin experiencia. deseado o realizado. Beatriz los olfateaba y miraba antes de arrojarlos al cesto de la ropa sucia. corrían a contar lo que hacían y lo que no hacían con sus parejas como si lo hubieran hecho.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica le diría a Beatriz Lopera que nunca antes se había sentido más indefensa ante el peligro como aquella noche. Beatriz rechazó el pijama que le ofreció Verónica. casi siempre. como la procacidad y el pudor extremos que chicas y chicos adoptaban al hablar de sus experiencias. ¿Duermes siempre con pijama? —le preguntó al ver a Verónica con un infantil juego de blusa y pantalón decorado con nubes y ositos. preguntó Beatriz. Así. ¿Se miraban al espejo desnudas? Beatriz. no eran más que niños mayores. porque el sudor del día. se quitaba una prenda inmaculada. esperemos la oportunidad. al final del día. quedaba el recurso de la consoladora. las confidencias siempre pasaban de castaño a oscuro. la pudorosa se excitaba con la procacidad. veces. querían comerse el mundo en unas horas. Por costumbre. Verónica hacía gesto de asco pero se reía de las costumbres de la amiga. ¿Tenía alguna gracia cambiarse la ropa limpia?. El mundo de estos adolescentes no era diferente al mundo de las confidencias. Verónica. Ella prefería el hábito de mantener las pantaletas protegidas con toallas higiénicas. el tránsito incierto de una edad a otra. no seas impaciente. cada vez que se cambiaba los pantis. exhibicionistas o ansiosos.

como pretendió hacerle creer a la amiga. A la mañana del día siguiente. me da pena describírtelas. —¿Te imaginas? —le había dicho exaltada—. —Todo se resume en un gesto —le dijo—. Besarla. lo que se dice besarla. ¿Qué dices? Besado a una chica. dijo Beatriz. No era que Verónica no hubiera despertado a la sexualidad. tenía miedo de enredarse en una experiencia tan loca. de todos los modelos. mi vida? —le preguntaba ella. era cierto. pidiéndole que le metiera un dedo en el culo? La confesión de sus propias experiencias soldó el vínculo amistoso entre Beatriz Lopera y Verónica Oropeza. Beatriz le preguntó a Verónica si nunca había besado a una chica. 37 . Contento. vaso de whisky en mano. porque el Gordis era todo un hombre. Una mano acarició su sexo debajo de la falda. se complacía sola. ¿En qué había parado todo? Beatriz le dijo a Verónica que las cosas no habían pasado de esa única experiencia. Un día. ¿Nada más verla? Le daba pena decirlo. Se encontraban más a menudo. —Ayer sacó del closet una maleta llena de muestras de ropa interior. se retiraban tranquilos. Siguió ocultándole su rápida experiencia con Amparo Consuegra. A los trece años. Cuando los chicos conseguían aliviar la tensión del deseo. El alvéolo seguiría intacto. Abrir o cerrar las piernas. Verónica se ruborizó al escucharla. así hirvieran de ganas. Era una insomne presa de la sexualidad. Sí.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche y casi a diario. maniatándola con los brazos. se admiraba sola. No quería tocarme. Verónica le pedía a Beatriz que le contara sus experiencias y le describiera cada detalle de su relación con Mi Gordis. colmo de los colmos. en la boca y con la lengua húmeda. quien la hacía durmiendo en casa de Verónica. Una muchacha de último grado la había acorralado en los baños del colegio y la había besado en la boca. a todo un hombre. ¿Un vellocino de oro? Ninguna de las dos conocía la fábula. Éstas eran sus divisas en una época de encuentros cada vez más temerarios. En los primeros instantes. Un día el desfile en ropa interior. De este tono fueron las confidencias de las dos amigas. A un hombre impaciente —le decía a Beatriz— hay que darle lo que busca. Sé que te gustó. la misma chica le había entregado una nota. No había sentido asco sino el temor de dejarse arrastrar hacia un camino sin salida. se había dejado besar en la boca por una chica tres años mayor que ella. Verla de lejos. pero ella le decía que una rara intuición la llevaba a preservar para el futuro lo que para muchos hombres era un codiciado vellocino de oro. La miraba a la distancia y se acariciaba. al siguiente el capricho de pedirle cosas absurdas. se encaprichó mirándome de lejos. Beatriz no ahorraba detalle en la descripción de su aventura secreta. caricias sin malicia. ¿Qué podía imaginarse? —le preguntó Vero. Virginia viuda de Oropeza no fue ajena al sesgo tomado por la vida íntima de su hija. secreta al menos para la madre. Caía después en un silencio profundo. ¿Contento. Se zafó de ella y corrió hacia los pasillos. se amaba en largas sesiones solitarias mientras se contemplaba en el espejo. Juegos de niñas. como llamaba a Frank Rueda. Todo lo contrario. no tengas miedo. Y. nunca. se contenía Beatriz ruborizada. ¿Se imaginaba a un hombre. Prefería las de seda y encajes. Se sentó en un sillón whisky en mano. no supo qué hacer. A Beatriz la intrigaba saber que la amiga seguía virgen. y me pidió que desfilara con cada una de las prendas. el Gordis no solamente se acariciaba. mi amor. Los chicos seguían revoloteando alrededor de su panal de mieles y ella los consolaba con sus caricias. Me preocupa que no sientas nada —le dijo Beatriz. Se masturbaba y gemía. Verónica había aprendido a abrir y cerrar las piernas y a contener a tiempo los avances del enemigo. Se dejó besar y estrujar los senos. Ambas suponían que se trataba de la preservación de un tesoro escondido al que todos buscaban con empecinamiento y codicia.

pero cuando empieces a abrirlas recuerda que pueden ser tu salvación o tu perdición. las blusas floreadas. sírvete de la impaciencia sin comprometer tu integridad. No pudo entrar a la universidad. la invitó por primera vez a cenar y cayó en la cuenta de que en su ropero no había más que baratijas del mercado de las pulgas. cómo construir el siguiente episodio? Tenía veinticinco años. que se dejaba de ser virgen para no sentirse fuera de la época. por lo general antes de acostarse. el secretariado bilingüe que le abrió las puertas al trabajo. le ocultó aquello que ella consideraba un estigma. La conciencia de su belleza significaba una nueva conciencia de lo que haría con la precariedad de sus ingresos. Su cuarto de adolescente siempre estuvo decorado por un afiche de los Beatles en la época de "Sargent Pepper" reemplazado después por otro de los "Rolling Stones". por mí no hay problema. 38 . no podía ella imaginarse el dolor que les había causado la trágica muerte de Jonis Japlin. Si ya las abriste. Tuvo entonces que abandonar las costumbres de la década. No sabía dónde quedaba Vietnam. No habían podido pagarle una carrera universitaria. Hay que conseguir un punto medio porque los hombres se cansan de las muy difíciles y no toman en serio a las muy fáciles. como deseaba. Guardaba los discos de Santana y Iron Butterfly. perfumarse. Cuando lo hizo. Maquillarse. nunca delante de la hija. ¿Qué la esperaba en la siguiente hoja. —No olvides. pobrecita. dejar atrás y para siempre los largos cabellos enredados y la bisutería de los hippies. Era hija única y en ella habían puesto sus esperanzas padre y madre. la vida que vivía iba de asombro en asombro. de fugas nocturnas sin el consentimiento de los padres. un sórdido episodio seguía guardado en su memoria: sentir vergüenza de los padres que tenía. ¿Había actuado así en sus años mozos? —se preguntó Verónica. que todo reside en el movimiento de las piernas. sentada bajo un árbol. Pocas veces le habló a la hija de este pasado de zozobras familiares. todo cuanto podían hacer por ella lo habían hecho al pagarle estudios de secretariado. Sin embargo. Vivía con ellos. le quedaba la costumbre de fumar ocasionalmente un cigarrillo de marihuana. Le hablaba a la hija de sus aventuras de adolescencia. interrumpidos cuando debió convertirse en secretaria. Confesaba que en su juventud la virginidad no era un tesoro sino una tara. Tomó conciencia de su propia belleza. olvidó las monsergas de las feministas. debió consolarse con una carrera intermedia. olvidar las faldas multicolores de seda y las viejas botas de cuero. brujas amargadas — así quiso llamarlas— que le exigían cuidarse de los hombres. pero gritaba que era una mierda lo que los gringos hacían en esa guerra remota. trabajaba y ganaba su primer sueldo. las balacas y el pachulí con que se perfumaba. ¿cómo hacerlo con su sueldo? Virginia aceptó que estaba dando la vuelta a una página de su vida. Su madre venía de los "felices años sesenta". romántica y melancólica —le dijo a Verónica. desengañada de sus amores. Su primer cigarrillo de marihuana lo había fumado escuchando "Let it be". Vivía con el padre y la madre en una modesta vivienda del barrio Palermo. el ingeniero Raúl Oropeza. con ropa de marca. Guardaba en viejas carpetas sus fotos de hippy luciendo informes vestidos de seda y balacas en la frente. ¿cómo y con qué? Vestirse de manera distinta. borracha y drogada. De aquellos años dorados. tomando el sol al lado de escuálidos chicos sin camisa. Tomó conciencia de su propia belleza en los primeros meses de 1970 cuando su jefe. ocultarlos como se ocultan actos vergonzosos. Era una muchacha de familia humilde y de futuro incierto. —Era callada. ser hija de familia pobre y sin futuro. de sus viajes hacia apartados lugares de la montaña donde acampaba con jóvenes igualmente maravillados por el descubrimiento de la libertad. Vero —insistía—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Como casi todos los hombres son impacientes. No tenía más de dieciséis años. Una foto la mostraba a la orilla de un río. ¿Se lo decía? Había amado secretamente a Mick Jagger.

de las llamadas. como se sabe. una secretaria bonita y eficiente. el negocio exigiría el concurso de las dos. En ésta como en otras pequeñas cosas le hubiera mentido. Un desliz. El padre podría vivir decorosamente con su pensión de obrero de una fábrica de cemento. cuyo final. la edad del hombre que deseaba volver a ver esa noche. Tienes pelos de negra. Ya era hora de decidirse. La madre se entusiasmó y le pidió que le hiciera una lista de cada una de las personalidades presentes. La capital se había convertido en un multiplicador de sus necesidades. de gimnasios. Pensaba vagamente en el diseño de modas o en su carrera de modelo y actriz. le insinuó a Verónica. Si se levantaba y prosperaba el negocio de la madre. ¿cuál era entonces la explicación que pudo darse cuando se sintió en muchos sentidos aliviada al verlos partir hacia el pequeño pueblo del Valle del Cauca? ¿Le había sido enteramente fiel al marido? Si Verónica se lo hubiese preguntado le hubiera dicho que sí. Virgie propuso que la inauguración del spa coincidiera con el cumpleaños diecinueve de Verónica. madre e hija luchando por la prosperidad de la inversión. elegido la 39 . si no encontraba señas las averiguaba en las redacciones de periódicos y revistas. tuvo una razón casi patética: aquel joven le había recordado que sus ancestros se resumían en la maraña negra y ensortijada de sus pelos. Creía que tenía derecho a labrarse un porvenir distinto al de sus padres. de la agenda. Si se cumplían las expectativas de Virginia de Oropeza. lejos de ella. subalterno del marido. su mailing. buscaba luego en el directorio y escribía dirección y teléfonos. Y lo hicieron cuando Virginia se casó con el ingeniero Oropeza.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sobre todo a medida que Virginia se abrió a un mundo diferente y promisorio. no había negocio que alzara el vuelo sin agenda. Si ésta no era la explicación que se daba al saberse culpable de la distancia que deliberadamente trazaba con el hogar donde había crecido. Una secretaria. ¿Por qué no tú?. pensaba Virginia. La hija le habló de la fiesta donde había conocido a Pradilla. lidiando con las dificultades respiratorias ganadas en años de trabajo. le urgía conseguir una secretaria que se ocupara de estas cosas. más que una infidelidad. ella tendría que ayudarla en su administración. Redimirse de la pobreza. de las invitaciones. omitiendo detalles inconvenientes: las bebidas. decía. con cualquier pretexto. Ella hacía lo suyo con aplicación y método: seguía las páginas sociales de diarios y revistas. de discotecas y bares de moda. también esta frase hizo mella en los antiguos complejos y fue el origen del cuidado que a partir de entonces puso en la maraña de su Monte de Venus. Faltaban tres meses. anotaba los nombres de famosos. padre y madre dejarían de ser la fuente de los complejos que la recién casada iría convirtiendo en un nuevo tejido de sueños. Le habló del valor de una agenda. —Porque estudio. así empezó a hacer su propia agenda. de galerías de arte y clubes sociales. los besos. de salones de belleza. Sólo una semana después de la fiesta Verónica tomó la iniciativa de llamar a Pradilla. sin una agenda con nombres clave. Una aventura en un principio feliz con un hombre más joven que ella. Una sensación de alivio cayó sobre su conciencia cuando ellos decidieron abandonar la ciudad y regresar a un pequeño pueblo del Valle del Cauca. Esa noche desfilaría en el lanzamiento de una nueva línea de ropa interior y Leo estaría allí como el alma del lanzamiento: había dirigido las sesiones de fotografía. habría que conseguir el mailing de otras empresas. En adelante. Verónica cursaba ya el primer semestre de Administración de Empresas. Beatriz aplaudió la idea. Beatriz no había decidido lo que haría al terminar el colegio. se justificaba sin poder justificar en su conciencia la distancia cada vez más grande que la separaba de sus viejos. porque no soy muy eficiente —le respondió ella. el balcón.

En su parte inferior. ¡Tengo cuarenta y uno! —corrigió Virgie. Conocería gente nueva y distinta. Se lo decía porque. Retiró el fino papel de seda y encontró doblado el abrigo de astracán. Esto era lo decidido en la tarde. Era un conjunto insinuante. No podía humillarla poniéndola al descubierto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus publicidad de prensa. Y en una sesión de tres horas vaciaron el ropero. Buscó la asesoría de la madre. Definitivamente. pero no sabría comportarse naturalmente. no sin antes aconsejarle que recordara su edad. No la estaba llamando vieja. ancho de los muslos hacia las botas. ¿Qué tal este vestido negro? —preguntó sacando del ropero la prenda. desfiló delante de la madre. una 34b de redondez y firmeza envidiables. La transparencia de la blusa no era exagerada. Lo llamó pero no pudo encontrarlo. Virginia recordaba haber llorado de emoción al abrir la caja. ¿me lo prestas?. ¿Quién lo llamaba? No importa. la blusa se abría en una V invertida. que lo que vistiera no podía ser exageradamente juvenil. a partir de cierta edad e independientemente de la Juventud. nunca tanto como el que puso para vestirse esa noche. —Vas al desfile como mi invitada —le propuso Beatriz—. tienes cuarenta y dos años. a ella le da pena verme desfilar en ropa interior. pantalones y bodies. se miró al espejo. ¡Cómo le envidiaba sus largas piernas! —la consoló 40 . blusa gris transparente. Le encantaría sentirse acompañada por ella —se deshizo en excusas—. la entristeció no poder estar en el evento. la austeridad era preferible al atrevimiento. Verónica se probaba y descartaba vestidos y blusas. coordinado la grabación de los spots de televisión. Entonces —le pidió confidencialmente a la amiga de su hija—. Los senos le habían crecido hasta adquirir la talla definitiva de la mujer. ¿Con medias o sin medias? Sin medias. no le digas que te pedí el favor. sin brasier —aconsejó Virginia. Unos pendientes discretos. Le dibujaría mejor la silueta. en efecto. llama a Vero y le dices que me invitaste. ¿Pantalón negro de seda. le dijo la hija. se ajustaba en cambio en el talle y las nalgas. Nunca antes había puesto tanto cuidado en la elección de la ropa. pidió Vero a la madre al recordar la existencia del abrigo que Epaminondas Romero le había regalado. Verónica se sintió contrariada por la jugarreta de la madre. —¡Te ves divina! —exclamó cuando Verónica hizo una última prueba. podría hacer relaciones públicas y vender la idea del gimnasio. estaría todo el tiempo pidiéndole aprobación en cada paso que diera. Y encima del conjunto el abrigo de astracán negro. de piernas anchas. el ancho cinturón rojo que apretaba la cintura y resaltaba las caderas. Y aunque Virgie comprendió las razones de la hija. Mi padre no irá porque no quiere encontrarse con mi madre y mi madre dice que tampoco porque a lo mejor se encuentra con él. Simuló creer que. respondió Vero y colgó. Si se trataba de impresionar. preferiblemente unas sandalias doradas. una insinuante abertura en los muslos. era la mejor elección. El pantalón. extendieron prendas sobre la cama y la alfombra. antes de que Virgie tomara la iniciativa de llamar a Beatriz sin consultar a la hija. estaba segura de que tendría mucho éxito. Un discreto escote en la parte superior. Insistió repetidas veces y la secretaria le dijo que el señor Pradilla no iría a su oficina el día de hoy. dejando al descubierto la piel a la altura del ombligo. una pulsera. En el fondo. ¿Podía invitarla al desfile de esa noche? ¡Claro que sí! —aceptó Beatriz. ajustado a las nalgas. aunque prefería ir sola. La asesoró en la elección de la ropa. Y Verónica se probó pantalón y blusa. la cohibiría su presencia. ¿Podría acaso decirle a Beatriz que la invitara? No habría problema. ¿Por qué no esta transparencia? —le sugirió finalmente Virginia. era la invitada de Beatriz. Nada de collares ni adornos. las escarchas plateadas que rodeaban y adornaban el diámetro de los pechos imponían a la prenda un sello de refinada sutileza. de tonalidades plateadas? ¿Con brasier o sin brasier? —preguntó Verónica. Los tacones de los zapatos no tendrían que ser muy altos —aconsejó Virgie—. un detalle traído de Nueva York en el invierno de 1987. Ninguna mujer de su edad —precisó Vero— podía exhibir como ella tanta juventud ni derrochar tanto atractivo.

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Verónica. Y el cuello, un cuello largo y sin pliegues, al que con razón dedicaba cuidados especiales, cremas hidratantes y afirmantes, constantes masajes. Virginia desterró la primera sospecha de la tarde. Había pensado que Verónica no deseaba tenerla como sombra en la fiesta. Una mujer madura, deslumbrante si se lo proponía contaba con armas mucho más diabólicas que una adolescente. Su propósito no era competir con la hija sino conocer "gente nueva". No desconocía el vínculo estrecho entre la publicidad, la moda y la naciente industria de los gimnasios. Su intención no era otra que la de codearse con el alto mundo que asistiría al desfile de esa noche. Verónica le sugirió completar el atuendo con un último accesorio: la estola de zorro. Podía jugar con ella, si se ponía nerviosa, podía envolver los dedos en sus puntas, coquetear al quitarla o ponerla, mucho mejor que un abrigo, aconsejó la hija, porque serás la única mujer con estola de zorro. —¿Quieres de verdad que te acompañe? —Claro que sí —dijo Vero sin convicción—. Beatriz quiere que presencies su debut de modelo. Jugaban a creerse sabiendo que se mentían. Y se mintieron toda la tarde haciéndose cumplidos mutuos, sugiriéndose retoques o cambios sutiles en el maquillaje o el peinado, si te recoges el cabello y despejas la frente haciéndote un moño resaltarás el cuello y la cara, le sugirió Vero a la madre, pero la madre creía que el moño la haría ver un poco mayor. No, le dijo Vero, no te hace mayor, te vuelve altiva e imponente, aprovecha tu porte de gitana, insistía la hija hasta que, al final, Virgie optó por la frente despejada y el moño. No deseaba contrariar a la hija. Lástima que ya vendí el BMW—dijo con pesar—. Tenemos que irnos en taxi. Menos mal que no había vendido el collar de esmeraldas. Antes de las siete de la noche salieron de casa hacia un hotel del Centro Internacional. Verónica pensaba que debía haber sido sincera con la madre al insistirle que prefería ir sola al desfile. Virginia lamentaba haberse hecho invitar sin consultar a la hija, por educación no le iban a decir que no, aunque por educación o por el temor de no herirse siguieron simulándose armonía y respeto. ¿Era normal que madre e hija recelaran una de otra? Era frecuente —sabía Verónica— que las madres tuvieran celos de sus hijas, sobre todo si eran hermosas, si se daba la circunstancia excepcional de estar conviviendo solas, la hija en plena la juventud, la madre alejándose de ella. A Virginia empezaba a rondarla el temor de aceptar que no habría hombre en su vida, maduro o joven, que no se sintiera atraído por Verónica. ¿No había sentido acaso las miradas de Epaminondas, las burdas miradas del viejo verde complacido y seguramente excitado por la belleza adolescente de su hija? Lo sucedido aquella noche levantaría una barrera de aprensiones entre la madre y la hija. Si Verónica estuvo todo el tiempo atendida y visiblemente cortejada por Pradilla, no podía decirse que ella no hubiera llamado también la atención. Se sabía blanco de miradas. Cuando llegó la hora del cocktail, después de haber presenciado el desfile de Beatriz en ropa interior —era la modelo más joven del desfile y la ropa más atrevida la habían reservado para ella—, Virginia no sólo se sintió blanco de miradas sino objeto de toda clase de atenciones. Me llamo Javier Upegui —se presentó un hombre al verla momentáneamente sola. Upegui era un hombre que pasaba de los sesenta años, convencionalmente trajeado de pantalón gris y blazer azul marino, de escasos cabellos ralos y amplias entradas en el cráneo. A la distancia, Verónica presenciaba la escena: un hombre mayor se acercaba a la madre, le hablaba, saludaba de mano, ella sonreía, él decía al parecer algo gracioso, la sonrisa se convertía en carcajada, el hombre

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arrebataba al mesero dos copas de champaña, le ofrecía una a Virgie, brindaban. Perdió la visión de la escena cuando Pradilla la condujo del brazo hacia un extremo del salón y la presentó a un grupo de amigos. Virginia siguió de reojo los movimientos de la hija, radiante porque Upegui le acababa de decir algo al oído, tal era el bullicio de la sala, intrigada por la identidad del apuesto compañero de la hija. —¿Me dejas adivinar? —le había preguntado Upegui a Virginia—. Debes ser diseñadora de modas. Virginia jugó a las adivinanzas, rechazó otra de las conjeturas del tipo, ¿publicista, entonces? ¿Libretista de televisión? ¿Redactora de una revista? Frío, frío. Le contó que estaba montando un gimnasio, que dentro de poco, a más tardar dentro de cuatro o cinco meses, lo inauguraría "con bombo y platillos". Sería un spa con todas las de la ley, con la más completa dotación y el servicio más esmerado, instructores e instructoras profesionales, un médico nutricionista, una fisioterapeuta, con servicio de sauna y cafetería, le enviaría su invitación. —Mi tarjeta —dijo Upegui—. Espero que me invites. Virginia leyó: JAVIER UPEGUI, CONSTRUCTOR. En la parte inferior, la dirección de su oficina y los teléfonos. Una copa tras otra, Upegui detenía al vuelo al mesero y renovaba los tragos. Aunque Virginia quería saber qué clase de constructor era Upegui, a quien empezó a llamar por su nombre de pila, pensó que no era prudente hacerlo en ese momento. Haría sus propias averiguaciones. En uno de los extremos del salón, donde se accedía a un salón más pequeño, amueblado con sofás forrados en terciopelo rojo. Verónica y Pradilla escuchaban a Beatriz, flanqueada por el Gordis, como llamaba a todo momento al gerente de mercadeo. Mi Gordis, Gordis, ¿te gustó el desfile? Hablaba de su experiencia de modelo. De sus pinitos de actriz. La escuchaban y miraban como suelen mirar los hombres a una mujer joven y bella, vestida para el caso con una transparencia más atrevida que la de Verónica. O las miraban a ambas, adolescentes soberbiamente atractivas, acompañadas por dos hombres mayores que ellas. ¿No me han visto en la novela? Ayer pasaron un capítulo en el que parecía la protagonista. Verónica no dijo a Pradilla que había venido acompañada por la madre. No la avergonzaba su presencia. Estaba radiante. Tampoco debía sentirse responsable de lo que ella hiciera, pues la sabía capaz de introducirse entre desconocidos y hablarles como si fueran conocidos de siempre, éste era, entre otros, el mayor de sus encantos, una extraordinaria capacidad para socializar en cualquier medio. No era el tipo de mujer que se resignara a pasar sola una velada. No te preocupes por mí —le había dicho Virgie a Verónica—. Sé desenvolverme sola. Por momentos. Vero tenía la impresión de haber venido sola a la fiesta. Si la perdía de vista, si Virgie se extraviaba con el amigo o se mezclaba con otra gente, no sería necesario buscarla, la sabía capaz de moverse con soltura en el ambiente. Si la perdía de vista, como empezaba a perderla al aceptar la propuesta de Pradilla, sentémonos cómodamente en esa salita —dijo señalando los sillones y sofás de terciopelo rojo—, si se extraviaba en otro espacio, no le preocupaba en lo más mínimo. Pradilla, el Gordis, Beatriz y Verónica ocuparon la salita. Era evidente que el gerente de mercadeo se tomaba con Beatriz más licencias que Pradilla con Vero. La abrazaba y besaba, le repetía que había estado fantástica, su desfile había sido el más aplaudido, no dudaba del éxito de la campaña. El próximo desfile se haría en Medellín. ¿Cuándo terminaba su actuación en la telenovela? Le faltaban tres capítulos. Le esperaban desfiles en las ciudades más importantes. Tendría que ver cómo le conseguía una asesoría de imagen. La mía no basta, le dijo. No se puede ser objetivo cuando te ha picado el bicho del amor.

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Verónica se tomó la libertad de pasar por un instante su brazo por el hombro del amigo y éste aceptó el desafío: la besó a la ligera en la boca, dejó caer la mano sobre la transparencia de la blusa y rozó involuntariamente uno de los senos. Al sentir el calor de una mano en el pecho. Verónica hizo un rápido movimiento, no de rechazo, en ningún momento pensó rechazar la caricia, sino un movimiento estratégico que devolvió la mano de Pradilla a su posición inicial. Disculpa — le dijo él al oído. ¿Se disculpaba por el beso, por la caricia en el seno? Verónica aceptó las disculpas. Tranquilo, le dijo. La intimidad del pequeño grupo fue perturbada por la presencia de dos hombres que saludaron familiarmente a las parejas. ¿Podían sentarse? No había problema —aceptó Pradilla. Y los presentó a las chicas: el uno, el mayor, era el propietario de la agencia de publicidad para la que trabajaba, el otro el vicepresidente de producción de un canal de televisión. El desfile había sido todo un éxito. Sería un éxito la línea de ropa interior lanzada esa noche. Ya era hora de atreverse a mostrar más de lo que se acostumbraba mostrar en esta clase de desfiles, un país como éste —decía el vicepresidente de producción— tenía que dejar atrás el lastre de la falsa moral y modernizar agresivamente sus estrategias de mercado. Celebraba que la nueva colección le diera importancia a las transparencias, que redujera sugestivamente el tamaño de las prendas e introdujera por fin en el mercado líneas que ya eran moda en Europa. Y en el Brasil —añadió el gerente de mercadeo. La tanga nació en las playas de Copacabana. ¿Era también modelo la preciosura que acompañaba a Pradilla? No, era estudiante de Administración de Empresas. No podía creerlo, exclamó John Peralta, el vice de producción. ¿Por qué no se decidía por el modelaje? ¿Había pensado hacer un casting? Podría probar suerte en televisión. Su programadora pensaba introducir en las noticias un segmento dedicado enteramente al espectáculo. Se iban a necesitar muchachas muy hermosas y muy jóvenes. Porque quiero ser administradora de empresas —intervino Verónica, consciente de que el vicepresidente de producción desviaba la vista hacía las transparencias—. Si no puedo con la carrera, me paso a Comunicación Social y Periodismo —añadió. —¿Qué van a hacer más tarde? —preguntó el vice de producción. Había preparado una reunión en la sala de juntas de su oficina. ¿Le harían el honor de asistir? —preguntó mirando alternativamente a Beatriz y a Verónica, quienes miraron alternativamente a sus acompañantes. ¿Por qué en su oficina y no en su casa? Peralta respondió a Pradilla con una sonrisa maliciosa. —¡Pobrecito Upegui! —dijo de repente y sin venir a cuento Isaías Bueno, el propietario de Publicidad Ultra—. Desde hace una hora se le cae la baba de felicidad. No se separa de La Tarzana. —¿Quién es La Tarzana? —quiso saber Pradilla. Bueno se despachó a gusto con una carcajada. ¿No conocía a La Tarzana? Desde que la vio en el salón trató de evitarla. La verdad es que no quería ponerla en evidencia. Para un hombre que pasaba de los setenta años, no estaba bien ponerse en evidencia, Si el pobre Upegui caía en las garras de La Tarzana, lo tenía merecido por pendejo. Por ella estaba babeando. No podía negar que era una mujer hermosa, que esa noche estaba radiante. No le pasan los años, dijo Bueno. Una repentina intuición estremeció a Verónica. Si el tipo seguía ofreciendo detalles, la intuición inicial se convertiría en una constatación dolorosa. Menos mal que no pasaba de ser un relámpago. Pradilla salvó el curso de la conversación y dijo que, con Tarzana o sin Tarzana, Upegui nunca dejaría de ser un pendejo. Un pendejo afortunado —terció el Gordis. ¿No era el constructor de fastuosas urbanizaciones en la falda de los cerros, de la Ciento Veintisiete hacia el norte? ¿No se vendía de inmediato, todavía en obra negra, cada uno de sus proyectos de vivienda? El éxito en los

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Nunca olvidaría la frase del Gran Jefe: —Como poeta eres ingenioso. Y salió de la casa. no era fanfarrón como el Gordis. No había intervenido en el chismorreo que decapitó a Upegui y coronó de glorias licenciosas a La Tarzana. —Una sociedad perfecta —dijo Bueno—. No temas —le dijo al oído más tarde—. se lo merecía la agencia de publicidad donde había hecho carrera gracias a la confianza de Bueno. Nadie volvió a pronunciar el nombre de La Tarzana. Le merecía todo su respeto. ¿De otros? ¿De quiénes?. sin duda atractivo e inteligente. La muchacha le salió viva: obtuvo el papel y le dijo chao a Amparito. Le quedó el escozor de la intriga. el Gran Jefe. Así que aceptó la aproximación del nuevo amigo. la mano que tomaba su mano. A un hombre no se le pone en ridículo delante de sus amigos. En medio de cuatro hombres. en todo momento entregado al besuqueo. son los únicos que pueden pagar trescientos y quinientos mil dólares por apartamento. pero nunca serás un gran poeta. le llevaba refrigerios especiales. como quien muestra a los demás los atributos de su conquista. de copy a creativo de éxito. pensó la muchacha. alguna muchachita. en cambio. nadie sabe si la plata que maneja es de él o sólo administra la de otros. No volvió a rechazar los discretos avances de Pradilla. Y. pues no era otro el prestigio de Pradilla. el brazo que distraídamente acariciaba su cuello o los dedos que se entretenían ensortijando sus cabellos rizados. la decoradora? —preguntó John Peralta. Le debe a los bancos más de lo que invierte. de paso. Hace poco la dejé asistir a una sesión de casting. Está hablando del milagro. De esta boca no saldrá ni una palabra. Yo. sólo seguía a salvo su innegable éxito de constructor. ¡Si la vieran! Me rogó que le diera un papelito a la muchachita que la volvía loca. —¿Y a quién le vende sus apartamentos de alto standing? —atacó de nuevo el Gordis—. acompañado por Isaías Bueno. Y tuve que dárselo. salía de las grabaciones con la muchacha y se la llevaba a su casa. Caminan sobre la misma línea de crédito.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus negocios no evita los fracasos en la vida—intervino el vice de producción. a quien también debía el haber hecho el tránsito de poeta aficionado a copy. Ya me gustaría manejar la mitad de la plata que maneja Upegui —dijo Pradilla con benevolencia. ella decora. A los duros. en todo momento agarrado a la cintura de su amiga. Miró de reojo a Beatriz. preguntó Bueno. —¿Es cierto que fue el amante de Amparo Consuegra. Él construye. No quedaba casi nada de la integridad de Upegui. —Los espero en mi oficina —dijo Peralta. como lo llamaba Pradilla. Asistía a las grabaciones. Pero Amparito le salió torcida: llevaban seis meses de amores y el pobre Upegui no sabía que a ella le gustaban los muchachos de la tele. —Los muchachos y las muchachas —dijo con conocimiento de causa el vicepresidente de producción—. Era un hombre discreto. pero Peralta respondió con una sonrisa. no le tengo ni un tantico así de envidia —dijo el vice Peralta—. no se hiere la vanidad de un hombre poniendo en evidencia su fanfarronería o restándole importancia a su prestigio de conquistador. no valía la pena más certeza que la felicidad de saberse el centro de atención. la suave caricia en su piel. ¿Quién era La Tarzana? Podría haber salido de la sala con cualquier pretexto e identificar a la acompañante de Upegui. rodeado siempre de bellas mujeres. ¡Qué hijueputa!. sólo falta que hable del santo. le convenía dar a entender que era la nueva presa de este hombre. Verónica había sentido una refrescante brisa de alivio cuando la conversación tomó otro rumbo. Usa mejor tu habilidad para manipular palabras y conseguir efectos sorprendentes —le aconsejó—. Creo que el dadaísmo y el 44 . No lo hizo. Lección: invierte en acciones seguras. Si invertía los términos de la evidencia. un seductor irresistible.

además de la poesía concreta. gran poeta y amigo. conservaba en el centro de Bogotá su antigua oficina de abogado. ¿Cínico él? Había sido el primero en aceptarlo. Con gusto y sin mayores esfuerzos. De vez en cuando invitaba al publicista homónimo a beber unos whiskies. Al salir de la salita en busca de la madre. de confección defectuosa y tejido de lija. carachas. sobre todo si eran exitosas. Decía que tenía por norma llevarle la contraria a sus campañas. leía a ratos. No había abandonado la poesía. así que ya no sería posible identificar a La Tarzana ni vincularla con Upegui. La publicidad es la única mentira que goza de credibilidad universal —le dijo el Gran Jefe Isaías Bueno. Upegui daba vueltas al salón con una copa en la mano. no correría el riesgo de viajar en la aerolínea que recompensó a su agencia con una de las cuentas más seguras. cuya gloría pasajera quedaba registraba en revistas de aparición única. jamás toleraría a una mujer que dijera usar las toallas higiénicas que por arte birlibirloque o por el arte de sus palabras se había impuesto sobre las demás como la más delicada y extraplana del mercado. por poco que sea —diría después como si repitiera una de las lecciones de la madre—. lo dejaban indiferente los comentarios de los poetas de su generación. Este Pradilla. que se quedara. que si deseaba quedarse un poco más en la reunión. en tumultuosas fiestas de la tribu. son el origen de la publicidad moderna. dáselo como si fuera lo más importante de ti. Escribía ocasionalmente poemas en verso libre. era un cínico que se ganaba la vida imponiendo baratijas y mentiras. pese a sus setenta años cumplidos. artefactos humorísticos sobre la irrisión de la vida y paradojas sobre el ser y la nada. sable en mano. Pradilla aceptó que hubiera sido mucho más cruel vivir con la fantasía de ser un gran poeta y morirse de hambre en el propósito. ni siquiera la recompensa que verse publicado. Sí. 45 . Le dijo a la madre que la acababan de invitar a una fiesta. De allí los disparaba hacía el futuro. menos aún alimentar la sospecha que había cruzado un instante por su imaginación. concertaba citas con secretarías pobres. Si le vas a dar algo a un hombre. Ponía todo su ingenio en mentir. Detestaba la marca de cerveza que le permitió comprar un apartamento. además de corrupto. al senador que hizo elegir mediante una sofisticada reelaboración de su imagen. Lejos de allí. mijo. les inventaba el presente. Allí empezó a crecer su afecto hacia el Gran Jefe. por otra parte agonizante. la poesía que escribía secretamente era la expresión del más incorregible pesimismo. Del país —corrigió Pradilla en un rasgo de humildad. aquellos que lo llamaban a pedirle favores o lo abordaban. No creía en el producto que vendía. Si no tenían pasado. consideraba impresentable. aceptaba antes de que lo dijeran sus enemigos. Y con la compañía la ilusión de sentirse perdidamente atraída por él. El mejor lugar para el éxito de un mal poeta lo ofrece la publicidad. Pradilla les conseguía avisos para sus revistas. sin esperar recompensa alguna. respiró aliviada. la marca de yines que impuso no era más que una burda copia de marcas establecidas en Estados Unidos. Virginia conversaba animadamente con Amparo Consuegra. Le dio pues su compañía. Dos Pradillas no caben en el mismo Parnaso —bromeaba al referirse al otro Pradilla. también podía acompañarla de regreso a casa. Éste era el hombre al que Verónica cedió aquella noche el lado menos peligroso de su voluntad. Si la publicidad le exigía optimismo. No le molestaba que lo tuvieran por cínico ni que se dijera que había convertido el amor propio en una de sus bellas artes. No sobes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus futurismo. Amor propio o vanidad. las gaseosas le producían flatulencia y aceleraban su ritmo cardíaco. El incipiente bardo de veintiséis años. Corregía allí sus poemas. que el mundo es lo que vemos y donde nos movemos. era hoy un publicista disputado por grandes empresas y reclamado por políticos a quienes creaba imágenes de la nada. orgulloso de tener en su nómina al embustero más eficiente del mundo. Fue un consejo cruel y oportuno. Jamás se le ocurrió consumir los productos que promocionaba.

Éste era el paisaje de la sensibilidad naciente. vestidos. Un joven bien vestido. Ésta era la clase de trampa que los hombres tendían a esas horas de la madrugada: una última copa en mi casa. El muchacho podía convertirse en un buen actor. que prefería el cine a la televisión. Verónica aceptó la invitación de Pradilla a su apartamento: tenia hambre. la música 46 . guapo y seductor. le dijo Leo. Aceptó ser llevada a casa y se despidió de Amparo Consuegra con besos en las mejillas. traje de Ermenegildo Segna. Hacía las tres de la mañana. de las revistas que ella hojeaba distraída. alababa la originalidad de la estrecha camiseta que vestía debajo de la chaqueta de lino. Las largas horas pasadas frente al televisor. ¿A quién le recordaba su rostro? Tal vez tuviera algo. éstas eran las horas que moldeaban la mirada. Verónica sintió que se le abrían las puertas de un mundo. pero la madre ya lo había introducido en su bolso. un no-se-sabe-qué que le recordaba a Richard Gere. tal vez quedara en la nevera una botella de vino blanco. irrelevantes y llamativas. vaso de whisky en mano. que las llaves de ese mundo tintineaban en la mano extendida de Pradilla. se acercó a hacerle compañía. cuando la madrugada vestía a la ciudad con una irregular capa de neblina. bastaban estos elementos para que Verónica completara el retrato robot del publicista. acarició el cenicero de bronce y lo tomó con gesto distraído. El paisaje que los ojos de Verónica habían empezado a convertir en emoción era el paisaje que cubría cuerpos. Upegui conversaba con su sombra. Sólo Verónica vio el gesto: Virgie extendió la mano hacia una mesita auxiliar. La notó nerviosa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Leo nos hará el favor —dijo y aprovechó la ocasión para presentarle al amigo. Le había pedido al director de la serie ser indulgente con él. con frecuencia más dormida que despierta. el joven protagonista de la telenovela que su programadora lanzaría en unos pocos días. La mirada callejera se dirigía siempre a ese paisaje y lo discriminaba como si se tratase de dividirlo en partes odiosas y admirables. Iba a decirle "no lo hagas". Si se ha mirado siempre el paisaje y la vista se ha acostumbrado a convertirlo en emoción se distinguirá un paisaje de otro. entregadas al dulce hacer nada de las tardes. Un hombre de cuarenta y pocos años. propietario de una cadena de joyerías. Si no lo conseguía. esa era la mirada que Verónica y acaso también sus contemporáneos dirigían hacia el mundo. Una nueva mirada. mamá. Nada extraordinario. No mientas. pues sólo con su sombra debía de estar hablando un tipo con la vista perdida en el trajín de las modelos y el revoleteo de sus acompañantes. ambas en pijama. de unos cuarenta y pocos años. de la televisión y el cine. contrariando la petición de Virginia. si no dormida. —Vero me ha hablado mucho de usted —mintió Virginia al subir al Porsche. no llegues muy tarde. un último bocado en mi sala. tenía en la despensa pan tostado con ajo. Seguía con la mirada los pasos de la modelo. En un rincón del salón. adormilada en un sopor de imágenes y sonidos que se superponían y anulaban con la imagen y el sonido siguientes. Le servía el whisky. reloj barato en la muñeca izquierda. el mismo que no había apartado los ojos de Beatriz. Aquella noche. No lo había vivido aún en carne propia. no estaba seguro. le ofrecía calentar un tarro de sopa Campbell. marcas. Peralta había sometido al modelo de pasarela a cursos intensivos de actuación. no me hagas quedar mal —debió de haber pensado Verónica. La reunión de unos pocos amigos en la sala de juntas del despacho de John Peralta parecía apenas un pretexto para su cita con Alejo Jara. un Porsche rojo. su belleza de ejemplar viril enloquecería dentro de unas pocas semanas a las espectadoras. Era Fabián Acosta. zapatos. chaquetas. creía que le quedaban unas lonchas de salmón ahumado. corbata Hermés y zapatos Sebago. aunque compartiera con la hija el ocio de sábados y domingos. distinta a la de la madre.

Y aceptó la trampa. como se decía ahora. partió un limón en rodajas. La verdadera pregunta. —¿Más vino? —y volvió a llenar la copa de Verónica como si en el acto de llenarla estuviera vaciando sus expectativas. —¿Quién era La Tarzana de la que hablaban tus amigos? —quiso saber al buscar en el perchero el abrigo de astracán. distante en la manera de ignorarla. Pidió permiso para ir al baño y él la condujo por el pasillo. quizá deseara esos instantes para aliviar fascinación eintriga. hizo el inventario de los objetos que estaban al alcance de la vista: un frasco gigante de agua de colonia Roger Gallet. ¿De quién era la serigrafía que imitaba los caracteres de la Coca-Cola para recomponer el nombre de Colombia? De Antonio Caro —le dijo Pradilla al salir. erre. o. 47 . Pradilla. parecía imposible de formular. la épica del viejo revolucionario que en edad avanzaba nadaba a brazadas de muchacho contra la corriente de un río legendario. No le dijo que se pusiera cómoda. ¿La ignoraba acaso? Se complacía sabiéndola cerca. recordó que no llevaba ropa interior. Un breve chorro amarillento tiñó el agua. la decoradora. Réplicas de tragedia y épica del siglo. ele —deletreó. Mao Tse Tung. "The lady is a tramp" —dijo para sí tarareando la canción. Le habló nuevamente de Andy Warhol y de lo que le debía la publicidad del mundo a este genio. No necesitaba ir al baño. envolverla en la tela de araña de su atractivo y en la sabiduría mundana de sus palabras. como se dijo antes. un Blanc de Blancs no está mal. una caja nacarada en cuyo interior encontró un paquete de condones. el oportuno ponte cómoda que ya regreso. No había alternativas: jazz o boleros. No creo que sea Amparo Consuegra. Le preguntó si prefería el jazz o los boleros. Lo adivinó al interpretar la conducta de Pradilla como una actitud desdeñosa. en cambio. ¿Qué habría hecho un hombre previsible. éste no era un hombre previsible. Le dijo que esa sencilla litografía con la reproducción de la lata de sopa que iban a tomarse era una de las obras maestras del más grande publicista de todos los tiempos. veinte o más años mayor que ella? Tratar de seducirla. Lo de marica es un elogio —añadió. aventajada alumna de inglés. amable en todo momento. crema humectante para el cuerpo. crema para las manos. —¿Una trampa? —preguntó Verónica. un cenicero de mármol y. para más señas. sería ella y solamente ella la responsable de sus actos. Leo encontró la botella de vino blanco. Éstas fueron sus palabras: la tragedia de Marilyn. la reproducción de un cuadro de David Hockney. espléndida en su belleza de dieciocho años.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus oportuna. hache. segura de que. y se sentó en la taza del inodoro. tarareaba las canciones de Sinatra y le pedía que tararearan juntos la versión de "Yesterday". Puso en el tocadiscos un disco de Frank Sinatra y le pidió que le hablara de su vida. abrió una puerta y dejó a Verónica en un amplio cuarto. Le mostró la monografía del artista y se detuvo en los rostros de Marilyn Monroe y Mao Tzedong. exhibicionista y marica. Al levantarse. No era una trampa. Los hombres son siempre previsibles —le había dicho Virginia. —"That's life"—respondió Leo citando otra canción de Sinatra. a. Pronunció el nombre de Andy Warhol. frente a un inmenso espejo horizontal. Y no había calculado mal. que daba vueltas de peonza en su cabeza. A las cinco de la mañana le propuso llevarla a casa. Se bajó hasta las rodillas el negro pantalón de seda. Se ausentó unos pocos minutos y regresó en mangas de camisa. Doble ve. Y ella no podía por menos que sentirse intrigada. No lo eran. —No sé —dijo Leo—. Warhol. calentó el pote de sopa Campbell y sirvió el salmón ahumado con tostadas y mantequilla. un par de toallas simétricamente colgadas. jabón líquido. en una de las paredes. en adelante.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La llevó de regreso a casa. si era un rompecabezas. "Por una vez en mi vida". —¿Te pasa algo? Aunque Virgie le mintiera. niña Vero. acariciaba la felpuda superficie de su sexo. ¿Soy una trampa? —se preguntó. si vieras cómo la miraban esos viejos verdes. Vero —se atrevió a confesar—. Beatriz estuvo espectacular. Se sumergió poco a poco. lo exigía la niña. lo que acaban de traerle —y le enseñó un precioso arreglo de rosas rojas. con prudencia y casi con temor. Mis cálculos se están quedando cortos. sabiéndose incapaz de 48 . —No puedo dormir —le dijo a la hija—. habría que armar el rompecabezas. Él esperó que entrara y encendiera las luces. Debía esperar hasta el lunes. Una foto del ingeniero Oropeza descansaba todavía en la mesita de noche. Tengo sueño pero no puedo dormir. —Estoy preocupada. —Duerme conmigo —le pidió la madre. "The lady is a tramp" —decía en la tarjeta sin firma. Ella aceptó el tibio beso de despedida en la boca. Pocas veces le pedía que durmiera a su lado. —Duerme —le pidió la hija—. La acompañó hasta el dormitorio. ¿Fuimos extraños en la noche? ¿Me verá una sola vez en su vida? Retiró la tarjeta del arreglo floral. mientras se acostumbraba a dormir sola en su cama de viuda. ordenar el enigmático desorden de las frases. Bajó a la cocina y Teresa la recibió con alborozo. No alcanzó a comprender el significado del mensaje. comentó algún incidente nimio de la noche. Cerró los ojos. La sintió despierta largo rato. Después hablamos de eso. Verónica se despertó primero que la madre. Se sentó a esperar que la bañera se llenara. La madre dormiría hasta tarde. No era la primera vez que sentía el endurecimiento de los pezones ni la primera vez que. Verónica tardó unos minutos en descubrir que se trataba de títulos de canciones escuchadas la madrugada anterior. Ya vengo. Y era sábado. Si no lo pedía la madre. arrojó chorros de gel al agua caliente. le acercó el pijama de seda. ¿quería un alkaseltzer antes de acostarse?. "Strangers in the night" —había escrito el remitente debajo de la primera frase y debajo de ésta una última: "For once in my life". con la otra jugó a enredar los vellos de su Monte de Venus. la ayudó a desvestirse. fue la reina de la noche. recostada en un sofá de la sala. extendiendo y abriendo las piernas. Mientras se desnudaba frente al espejo. Y Verónica se inquietó al encontrar a Virginia despierta y a oscuras. "Extraños en la noche". Con lo que tengo no podré abrir el gimnasio que quiero. Vero sabía que algo ocultaba la expresión huidiza de esos ojos. Vea. Así que no podría ordenar sola las piezas sueltas del puzzle. cambió la ducha por la tina. comentarios que hizo sin saber qué más hacer o decir delante de Virginia. Vero tuvo la certidumbre de que algo le había ocurrido aquella noche a su madre. El espejo se empañó con el vapor. Quiso llamar a Leo pero recordó que sólo tenía el número de su oficina. pocas veces y esas pocas veces fueron entre los diez y los once años. Antes de que se hundiera en un pesado sueño de fatiga. sonámbula silenciosa plantada al pie de la cama de la madre. le ordenó a Teresa colocarlo en la sala y subió a su cuarto a tomar una ducha. "La señora es una trampa". —Voy a buscar mi pijama —consintió Verónica—. Con una mano acarició lentamente sus pechos.

Cada vez que lo hacía disfrutaba de una sensación placentera. como si adquirieran vida propia apretaran y aprisionaran su mano. —Gracias por dormir conmigo —dijo Virgie—. mamá —nunca la llamaba así—. La yema que recorría el extremo superior de la pared tibia y húmeda tropezó con algo que se endurecía. El agua ya no era tibia. Tuvo conciencia del grito inoportuno y lo convirtió en un gemido. hundió con suavidad uno de sus dedos en la pared superior —frágil flor abierta del sexo—. el cuerpo recobró la liviandad del principio. — Me pareció oír que te quejabas. Ya voy. aunque en ocasiones excepcionales pronunciaran el nombre de Dios. La religión era un tic de la costumbre. el grito ahogado. que había escuchado detrás de la puerta los progresivos gemidos. nunca se lo diría. mamá —dijo sin aliento. le prohibía prolongar el placer apenas insinuado. ¿por qué? —respondió en voz ronca y baja. como si la abandonaran las últimas fuerzas que le quedaban. hasta que el calor subió al resto de su cuerpo. la estremeciera y ella misma se escuchara gimiendo quedamente como si se tratara de una forma soportable y deseable del dolor. No importaba que ese sofoco. ni le importaba que la respiración fuera acezante. —Lindas las rosas —cambió de tema—. pero se detenía temerosa en ese umbral. impartida por no sabía qué tiránico capataz. trazar un lento movimiento circular. ¿Me acompañas? Hoy empiezan a tumbar las paredes para el salón principal. Una minúscula y casi siempre oculta y viva parte de su cuerpo respondía al recorrido de la yema del dedo. Poco a poco. El cuarto de baño le pareció borroso. 49 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus explorar más allá de la estrecha puerta de entrada. esa sensación desconocida. Una extraña orden. Si se les preguntara. convertir la presión y el movimiento en ritmo regular y continuo. Verónica dio gracias a Dios por el milagro alcanzado. La espuma perfumada tenía el aroma indefinible de un olor sobrepuesto a otro olor. madre e hija aceptarían ser católicas. Me preocupa mucho ver que faltan todavía tantas cosas. rozando apenas la superficie. No le dijo. La ausencia de fe era asunto decidido sin convicción. Cuando quiso salir de la bañera. su cajita de sorpresas. ni que la pelvis se sacudiera espasmódicamente y la cintura rotara al ritmo de la mano curiosa y amable. El llamado insistente a la puerta. me estaba acordando de una canción y trataba de cantarla. Mañana me llegan las máquinas de ejercicios. —¿Que me quejaba? No. como la llamaba de niña. le temblaron las piernas. No se detendría. que sus muslos. Verónica cerró de nuevo los ojos. La madre aceptó la explicación de la hija. ¿Dar gracias a Dios? Ni su madre ni ella eran verdaderamente creyentes. una mano se posó exangüe en la superficie del sexo. La notó pálida y temblorosa y le hizo creer que tal vez se tratara de los tragos de la noche anterior. le ordenaba presionar con fuerza. abandonada de nuevo a un bienestar repetido e idéntico. —¿Te sientes mal? —No. lo movió como si no lo moviera. el ruido de nudillos de dedos que golpeaban la obligó a vestirse con una salida de baño. el chapoteo cadencioso de un cuerpo en el agua. ¿Las mandó Leo Pradilla? —Un desconocido —dijo Verónica. Con los ojos cerrados. Trazó un arco desde el torso hacia los muslos y gritó. aunque los ritos de la iglesia fueran apenas obligaciones de conveniencia.

—¿Quieres que te diga lo que pienso? —empezó a decir Beatriz con expresión severa—. —¿Qué pasó en el apartamento de Leo? —Nada. ¿Son tuyas? —¡Mira ésta! —y le enseñó la foto donde desfilaba de frente exhibiendo un wonder brass adornado de encajes. Tres de las siete fotografías de la crónica a seis columnas estaban dedicadas "a la joven modelo. abiertos en la página de Cultura y Espectáculos. en realidad. La esperó media hora. No se atrevió porque cree que eres menor de edad —dijo Beatriz. un hombre demasiado respetuoso. Verónica sentía una debilidad desconocida en el cuerpo. Estaba decidida a aceptar toda clase de caricias. a irse a la cama o a revolcarse en la alfombra. Un panti blanco dibujaba "con atrevimiento e insinuante elegancia" el triángulo encarcelado "de la modelo y actriz Beatriz Lopera. —¡Qué nalgas. lo que se dice nada —respondió Verónica. como si lidiaran contra la prisión de la prenda. a dejarse desnudar si era lo que él deseaba. Beatriz desfilaba de espaldas exhibiendo "la prenda más atrevida del desfile". A todo color. impotente. "la minúscula pieza que arrebató aplausos a los asistentes e hizo ruborizar a más de un caballero en la espectacular velada de anoche". Por los bordes de la prenda se escapaban. La privaba del placer de resistirse. eso era lo que sentía en aquellos instantes. Dos columnas inferiores informaban sobre el estreno de una ópera en el Teatro Colón. Verónica llamó a Beatriz.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ve tú primero —le dijo pasando el dorso de la mano por la mejilla de la madre—. Si no es marica. Marica. —¿Cómo que nada? —Comimos salmón ahumado. despiadado o. las tonalidades marrones de los pezones. una adolescente que ya se perfila como la revelación de la temporada" La cronista ofrecía los nombres de personalidades presentes en la velada. como si de un momento a otro fueran a faltarle las fuerzas. sobre todo en las piernas. no pensaba hacer nada con él. —¡No te lo puedo creer! —Créeme porque yo tampoco lo creo. ¿Qué había pasado en el apartamento de Leo? No seas impaciente —le dijo— Todo eso y más te lo diré si vienes ya mismo a mi casa. Vestida con sudadera y tenis blancos de Adidas. en el centro de la página. tal vez. En la agenda de la noche anterior. debe ser uno de esos tipos que te ven muriéndote de sed y no te ofrecen ni un vaso de agua. Francisco Rueda. Dios mío! —exclamó Vero al arrebatar los periódicos—. La apatía de Pradilla no era una decepción sino una ofensa. 50 . una rara luminosidad en los ojos. revelación de la noche". Y era cierto. Verónica esperaba los avances de Pradilla. es impotente. Sea lo que sea —dijo Verónica—. si no es impotente ni marica. ¿Podía venir un momento a su casa? Desayunarían juntas. Beatriz traía a mano los periódicos del día. Llegaría el momento de poner freno al desenfreno. "el mundo de la moda y el espectáculo se dio cita anoche para presenciar y aplaudir uno de los más glamurosos desfiles del año". Se requería mucha curiosidad para detener la mirada en una información asfixiada por el atractivo gráfico del informe sobre el desfile de anoche. Sabe que tengo más de dieciocho. Una rara paz interior. ¿Cómo se llamaba el Gordis? Frank Rueda. bebimos vino blanco. retorcido. No esperaba la reseña de la noche anterior ni el relato de su aventura con el Gordis. especuló Beatriz. Nos vemos dentro de un rato. escuchamos canciones de Frank Sinatra.

los que piden permiso para darte un beso.. ese roce involuntario de la mano en su seno? No voy a mentirte —le dijo a la amiga—. todo era incierto. —elevó los ojos al cielo— . ¿Sabes lo que me dijo? Que antes de conocerme creía que era impotente. —Mi Gordis es distinto: tierno... adonde entraba de la mano del Gordis. La pregunta rondaba desde hacía rato en la punta de la lengua de Vero. Virgen y un orgasmo en mi cuenta. sientes que te vas hundiendo en un hueco sin fondo. Beatriz creía que una vez abiertas las puertas del éxito. Betty. —¿Sabe tu madre que te acuestas con tu Gordis? —Si lo sabe.como un temblor de tierra. —No me estás diciendo toda la verdad. —Y que te abra las puertas del éxito. no le importa y si le importa no se atreve a reprochármelo. Creen que las mujeres deben arrodillarse a sus pies. Para ellos. —¿Está mal que me guste un hombre por interés? —Depende —transigió Verónica—. incluida la industria de la belleza. 51 . el fin que buscaba sus medios? No dijeron lo que pensaban más allá de este acuerdo: lo que importa es que no sea pobre. la dulce agonía del cuerpo que volvería purificado a la tierra. Betty —exclamó y abrazó a la amiga —. No esconde sus intenciones. somos niñas jugando a ser mayores. pocas veces lo llamaba por su nombre. Me dice que viva la vida que no pudo vivir ella. otro poco porque me enternecen los gordos y los tiernos. —¿Cómo es un orgasmo. —Leo es un hombre muy inteligente. ¿Dices que es inteligente? —Por eso mismo. Pobrecita. dice que el que a buen árbol se arrima. Y no es de la farándula —lo defendió Verónica. lo que importa es que no sea pobre ni demasiado viejo. ¿No le había dicho que era la más preciosa y perversa criatura jamás vista en su vida? ¿No había estado toda la noche a su lado? ¿Y esas caricias en el cuello. prefería pensar que lo experimentado hace dos horas era una muerte sin muerte. más allá de ese primer paso decisivo. ¿No era el éxito la única obsesión de la amiga. debe escribir el narrador al suplantar la voz del personaje. Lo tuve yo sola.. La virginidad —concluyó— no es como dicen la puerta de la desgracia. En un plácido hueco sin fondo. —¿Ves? Lo que importa es que no sea pobre. Betty. qué se siente? —Un orgasmo es. ¿Es eso? —preguntó Verónica. —¿Por interés o porque te gustaba? —Un poco por interés. —¿Quiénes son esos tipos? —Los hombres mayores. Me dio rabia. porque es inteligente parece más odioso. —¿Qué es entonces la farándula? Es publicista y los publicistas trabajan con la farándula. fogoso y un poquito rebuscado —dijo Beatriz—..Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus afrentaba su vanidad de mujer. No le parecía afortunada la comparación con un temblor de tierra. Gordo o flaco. —¿Quién sedujo a quién. buena sombra lo cobija.. habría dicho Verónica si las palabras no fueran tan esquivas. —Tuve un orgasmo. Beatriz? —Yo—confesó. sobre todo los de la farándula —añadió disgustada—. feo o lindo. se está volviendo vieja sin saber nada de la vida. —Esos tipos son muy raros —trató de explicar Beatriz. Cuando se pone a hablar con sentencias. —¿Sola y sin pensar en nadie? —Sola y sin pensar ni siquiera en mi cuerpo. Frank Rueda. La desafiaba.

Virginia apenas dormía. a manera de machihembrado. Iba a decir. Se había mostrado interesado en el proyecto. Todo lo que concernía a Upegui parecía providencial ese día. tiene un éxito increíble con su urbanizadora. Quiere invitarme a cenar. por qué no Upegui? —Llámalo —le aconsejó Verónica—. ¿Aprendían ambas de sus madres o aprendían con la moral de la época? Poco a poco. como virus que se extiende y acaba por contagiar a un número cada vez mayor de víctimas indefensas. ¿Cuántos años le calculas? —Sólo lo vi de lejos —dijo evasivamente—. —¿Lo llamo o no lo llamo? —se impacientó Virgie. capaz de decidir por sí misma en la adversidad. Si necesitamos un socio. aparecían errores en el acabado o en las oficinas. Verónica adquiría una energía insólita. patéticamente desgraciado en sus amores. Que hubiera 52 . un gimnasio de lujo podía ser una inversión excelente. Si no surgían problemas con la instalación de las máquinas. Verónica se había hecho a la sombra de la madre. aunque esa sombra fuese con frecuencia una silueta ausente. "como las mujeres. Adivinaba en ella una personalidad obstinada. La abrumaba el escepticismo. de pedirle detalles sobre su proyecto. porque no había dejado de halagarla y cortejarla. la hija demostró ser capaz de desenvolverse sola y sin la tutela de Virginia. Cuando se solucionaban estos problemas. Fue cuando hizo su aparición providencial el constructor Javier Upegui. la época imponía costumbres y valores. —¿Qué más oíste de él? Estuvo a punto de repetir lo que se dijo de Upegui. por ejemplo. El capital previsto no bastaría y si no bastaba tendría que solicitar un crédito bancario y si el crédito era imposible buscaría un socio. Por lo que oí esa noche. también providencialmente. en las duchas o en la sala de baños turcos. ¿Quién era realmente esa Tarzana de la que hablaron tan despectivamente? ¿Temían que hubiera elegido a Upegui como su próxima presa? —Javier Upegui me ha llamado dos veces —contó Virginia a la hija—. si puedo ayudarte en algo no vaciles en decírmelo. Y ésta fue la frase que. Lo sellaba. ninguno como Upegui. —Después de los cuarenta. todos los hombres mienten. pero repetirlo la hubiera llevado a preguntarse sobre la identidad de La Tarzana o a remover en las razones de sus presentimientos el enigma de la mujer que todos llamaban La Tarzana. En muchos sentidos. un tonto exitoso en los negocios. recordó en uno de sus momentos de mayor inquietud. después de los treinta". Su capacidad de decisión sorprendía a la madre. —Me dijo que tenía sesenta. pero Virginia no sabía si el constructor lo decía para halagarla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La experiencia del orgasmo selló aún más el vínculo de las amigas. la desvelaba la fecha de inauguración y la lista de invitados. —Acéptale la invitación y que sea ahora mismo. A medida que maduraba. la promoción de prensa y los recursos de una inversión que se reducía a velocidad de miedo. le dijo la noche del desfile. Debe andar por los sesenta y pico. Sus ahorros y su cuenta en dólares se iban por el desaguadero de los imprevistos y por el mismo conducto se le iba a veces el ímpetu que había puesto inicialmente en su empresa. ¿Había apostado demasiado en ese sueño? . en caso extremo podría hipotecar la casa. Pedía plazos a los proveedores. La noche anterior. desde los diez años. buena sombra lo cobija. una convicción confesada: quien a buen árbol se arrima. ¿Por qué no un socio.

Crecía la complicidad entre ambas. una inyección de capital y las relaciones del socio con el alto mundo era lo que le faltaba para estar segura de que el futuro se abría en efecto como lo había deseado. agua tónica y zumo de limón —ordenó ella. Lo único que no era fingido era el deseo de construir su propio negocio. ¿Un aperitivo? Virginia necesitaba algo fuerte. un gimnasio de lujo. —Con dificultades —dijo Virginia cuando retomó el hilo de la conversación—. de haber escuchado lo que se decía de él. revelaba en la muchacha un sentido de independencia que acabó por producir el estado de melancolía que Virginia experimentó al regresa sola a casa. lo mismo de siempre. Y Virginia constató que. Mucha pimienta negra. Un whisky doble de malta era lo que acostumbraba beber en el restaurante que frecuentaba al menos dos veces por semana. De melancolía y desacostumbrada ternura. Cuando salió del auto para recibirla y abrirle la puerta. porque sólo la ternura le daría la certidumbre de tenerla aún a su lado. Él mismo la recogió en casa. un Marqués de Cáceres del 82 —ordenó. Upegui fue al grano: —¿Cuánto has invertido y cuánto necesitas? 53 . Las papas al vapor. el lujo de sus gustos. la prosperidad. Iba decidida a proponerle la vinculación a su negocio. ¿Cuántos años revelaba? Tal vez sesenta y cinco. la madre temía el alejamiento paulatino. Y el cordero asado —añadió. porque temía perderla. tampoco le importarían las habladurías de los amigos de Upegui. aunque la viviera con la mayor naturalidad del mundo: sus amores. Prueba los escargots —le sugirió a Virginia. A medida que la hija crecía. Hablaban a menudo. clientela distinguida. el día menos pensado. Verónica la sintió tranquila y complacida por la compañía. Pero Virginia no sabía si la puntualidad de sus consejos era lo que su hija necesitaba en realidad. doctor. Y desde ese instante. —¿Cómo va tu gimnasio? —fue la primera pregunta de Upegui. Lo sentía mucho. Upegui dijo. con mantequilla y ramitas de perejil. Upegui pedía casi siempre escargots de entrada y steak au poivre como plato principal. Verónica aprendiera a volar y lo hiciera sola y sin su concurso. Por ello le había pedido dormir en su cama. liquidez suficiente para sobrellevar sin angustias los primeros meses. La inversión prevista inicialmente se estaba agotando. le ofrecía en cambio un excelente Marqués de Riscal. entonces. en la penumbra de un rincón. Una ginebra con hielo. porque se sentía sola. se les había acabado el Marqués de Cáceres. ¿No la había sufrido de niña? ¿No la había evitado al casarse con el ingeniero Arturo Oropeza? ¿No la había temido al enviudar siendo aún joven. el hombre se inclinó reverencialmente. madre de una niña de diez años? Fue a cenar con Upegui. como si ese fuera el calor deseado aquella noche. Lo que menos le importaba era la edad y. mientras circulaban hacia el viejo restaurante de la calle 23. Tenía peluca. ¿Quería la carta? El maître les recomendaba el cibet de jabalí. El mesero conocía sus preferencias. Si lo conseguía. la peluca se desajustaba en la parte posterior del cráneo. Había elegido una mesa para dos en uno de los extremo del restaurante. que un día. Ignoraba lo que sus amigos decían de él y Verónica nunca le diría una palabra de lo escuchado en la fiesta. a pocos metros de la carrera 7. Probablemente pensara así la mujer que se había resistido con todas sus fuerzas e ingenio a las humillaciones de la pobreza.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en principio rechazado su compañía y la hubiera finalmente aceptado con el tacto del vínculo filial. Había previsto una inversión pero mis cálculos se están quedando cortos. habría sorteado el riesgo de la servidumbre a hombres poderosos y ricos. Virginia no hizo otra cosa que pensar en la edad de aquel hombre. Gran parte de su vida era fingida. Y el mesero comprendió. ¿Le traía el vino de siempre? Sí. pese a estar perfectamente ajustada a la cabeza.

Upegui acostumbraba hacer toda clase de transacciones. Amparo decoraba. Saldría de nuevo para acabar en las manos de un colombiano de Miami quien. en realidad un testaferro dócil usado en algunas de sus operaciones. Upegui pensaba que no había mejor recurso que invertir con un poco de ingenio. y dos grabados de pliego de Salvador Dalí. Amparo y Upegui siguieron siendo socios. apartamentos por obras de arte. Se reunirían mañana a revisar las cuentas y poner en orden los papeles. terrenos por carros. Enviaría a su abogado. la mejor elección para la tierna textura del cordero al horno. Aceptaban cheques posdatados. Upegui pidió más pan francés para no dejar en el plato la salsa de los caracoles. Upegui construía. quien se propuso desde el principio educar a la esposa. El dinero se escondía. una formalidad. Upegui se quedó unos segundos pensativo. Incluso después de haber dado por terminada una relación tormentosa. prepararla para la vida social que ella conoció en esos largos diez años de matrimonio. Era lo que valía el cuadro de Fernando Botero que acababa de permutar por una casita en la sabana a las afueras de Cota. podría en pocos días venderlo por intermediarios a un "cliente anónimo" de Medellín o Cali. Así que cuando repitió para sí la cifra dada por Virginia. una camioneta Toyota recibida a su vez en un canje. Para Virginia. pero salía de repente en operaciones de alto trueque. menos mal que había pagado seis meses por anticipado. se volvía casi intangible. había llegado al inventario de Upegui por medio de un cliente encaprichado con la casita de Cota. fue vendido en Nueva York y repatriado a Colombia. No sólo estaba seguro del éxito del negocio sino de la 54 . razón por la cual Upegui sumó al inventario muebles coloniales y dos retablos del siglo XVIII. moldear las asperezas de sus costumbres. se decía Upegui. Se pagaban deudas con obras de arte: los dealers recibían en consignación y vendían al contado o a plazos. los arriendos estaban por las nubes. Estaba acostumbrado a esta clase de cálculos. subastado en Nueva York. Total. cuya autenticidad seguía siendo dudosa. Upegui la comparó con el precio del cuadro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus No le dijo lo que había invertido. Virginia lo imitó. ¿Le molestaba si no figuraba en las escrituras del negocio? Figuraría su abogado. pagar de contado. Suscribirían un documento privado. a su vez. Quería ser franco: compromisos con su banco le aconsejaban ser cauto en sus inversiones. El cuadro de Botero. La calle 93 con carrera 16 era un sitio costoso. —¿Así que necesitas doscientos mil dólares? —Podrían ser ciento cincuenta mil —dijo Virgie. En caso de que un día decidiera traspasar o vender el negocio. Si no había efectivo. le dijo. Ni un solo billete o moneda de curso legal entró o salió en la operación de compraventa. una mujer como Amparo podía ser mejor aliada en los negocios que en la cama. —Que sean doscientos mil —dijo Upegui. dinero en efectivo. imitar equivalía a aprender. No le guardaba rencor. que valía menos que la pieza. de un día a otro. su precio sería sensiblemente más alto. ¿Había tomado la precaución de pedir facturas de cada compra? Le recomendaba facturación doble y. en lo posible. El camino que había seguido el cuadro parecía absurdo: pintado en Italia. ambos vendían o canjeaban en un mercado que veía salir de debajo de las piedras o las camas fabulosas sumas de dinero. Calculó al vuelo una cifra y dijo que necesitaba doscientos mil dólares. viajó unos días por el Principado de Mónaco. Lo había aceptado en años de vida con el ingeniero Oropeza. Doscientos mil dólares —repitió para sí. Amparo Consuegra participaba a menudo en la venta de las piezas de arte y éstas se volvían. le dijo. ¿Era correcto o de mala educación limpiar la salsa del plato con un trozo de pan? Lo imitó también en la manera de paladear el tinto de la Rioja.

Mi dieta. Y mientras lo decía. caminaba o hacía ejercicios puntuales. Se dedicó a informarle que su peso y sus medidas se mantenían en un nivel aceptable. bebía al menos nueve vasos de agua diarios. pero. por lo rutinarias. ¿Una copa? No. atravesando los pasillos. Las estrategias se repiten con regularidad porque han probado su eficacia. las ensaladas y las frutas. ahí estaba el secreto. Aunque tener un 55 . divorciado de una mujer de cuyo nombre no quería acordarse. miraba con codicia el tiramizú que Upegui devoraba en grandes cucharadas. las ensaladas eran su obsesión. una excentricidad. como hoy. Las explicaciones de Upegui iban de la generalización a los pequeños detalles. con una chusca buhardilla que le servía de estudio. pasando una mano por sus caderas. lo había convertido en un depósito de muebles y trastos viejos. dijo. pues vivía solo desde hacía quince años. La mano ascendió de la cintura e hizo un lento. Al fondo. correrían el riesgo de fracasar o producir desastres en la vanidad. gracias.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus seguridad de su inversión. imperceptible recorrido hacia arriba. Toman las decisiones esperadas por las mujeres. previendo quizá lo que contenía la propuesta. En tres días. El área social. En principio. que su apartamento fuera en realidad una vieja casa de dos pisos. armarios y escaleras de madera fina. Y Virginia aceptó la propuesta de tomar un trago en casa de un hombre que conocía apenas. tendría el equivalente de doscientos mil dólares.. Ya no se hacían acabados como éstos ni se concebían suelos. En efectivo —dijo Virginia. Qué vaina con la seguridad. La ciudad crecía y se empezaba a volver incontrolable el manejo de la seguridad. las chimeneas eran una rareza. imaginó su apartamento en un edificio levantado en la falda de los cerros. no exigen el concurso de la imaginación. No bastaban el celador de la cuadra ni la garita de la esquina. Las circunstancias obligaban a tener vigilancia permanente. precisamente por lo previsible. Como él no tenía mayordomo. a más tardar en una semana. sobre todo en estas casas. Una vivienda espaciosa de dos plantas con antejardín y garaje. Gracias —fue la breve recompensa de Virginia. Podría aceptarse que. La cocina y el cuarto de servicio eran gigantescos. Las compraban o arrendaban. ¿Por qué tan cerca del centro y en un barrio tan venido a menos? Pensó que Javier vivía en el norte. en la primera planta. Que mirara bien. Y ninguna decisión es más previsible que la tomada por hombres que pretenden seducir a una mujer. estas casas fueron habitadas por familias numerosas de alto rango social. Ya casi nadie las usa de residencias. sala y comedor. coqueteó. No la necesito ahora. No la necesitas —la halagó Upegui. aunque empezaba a estilarse la recuperación de la chimenea como adorno de la sala. Virginia rechazó el postre. vulnerables en todo sentido. Si fueran imprevisibles o menos rutinarias. prefería el pescado a la carne. Así que. se permitía la irresponsabilidad de probar el pan y las salsas. pero él se había entusiasmado con la idea de conservar la casa como vivienda. solo y sin hijos. No necesitas dieta —repitió Upegui. tres habitaciones más. Había un cuarto que podía destinarse al mayordomo. la estrategia dio los resultados esperados por Upegui. Debía tener cuidado con el alcohol Hay hombres previsibles.. ¿Los prefería en efectivo? —corrigió. Vivía en Teusaquillo —le explicó— porque las casas que quedaban en el sector eran joyas arquitectónicas. ¿No estaba en juego una inversión de doscientos mil dólares? Que el constructor Upegui viviera en Teusaquillo. Su dormitorio en la segunda. —Tomemos un trago en otra parte—propuso Upegui. y mucha agua. —Estaríamos más tranquilos en mi apartamento —propuso. que había suprimido las harinas y que excepcionalmente. tomó por sorpresa a Virginia.

El juego no conduciría a ninguna parte. esperaba que. lo que obligó a Virginia a extenderlo bocarriba en la alfombra. gemía. salido de una pequeña. concluyó. no podía evitar los retorcijones. Hay hombres que nunca aprenden. así que Upegui resbaló aparatosamente cuando ella. Encontró un pequeño juguete flácido. llevarlo de la mano y conducirlo adonde deseaba llegar. los suficientes para que Virginia Sienta caer el cálido. Upegui gemía. el dedo corazón que acaricia la rosada entrada de la caverna. con la saliva venenosa. Unos instantes. continuado. un largo. mirándola. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse y se encontró de pie. Mi empleada está durmiendo. se despierta sin abrir del todo los párpados. con un hombre que no era hombre. Cuando la boca se fatigó del juego. Si el grito de Upegui pareció un desgarramiento de pánico. maleable masa dormida se despierta entre sus dedos. ¿La alfombra o la cama? La alfombra. harían el milagro. de vientre prominente. lo tranquilizaba un poco contar con ese hombre de confianza. Alcanza a ver los ojos vidriosos de Upegui. fue un aullido. Upegui gemía y Virginia hacía lo imposible por contener la risa. el cinturón. extendido maullido de gata. Upegui disparara un oculto dispositivo erótico. que se la acaricia con suavidad e invita a ser mirada cuando la suavidad pasa a ser el ejercicio drástico del dedo presionando con fuerza. Consiguió un breve saludo traducido en algo que podría ser una erección. Se arrodilló entonces y buscó entre los calzoncillos. continuaba retorciéndose. ¿De gata? Si alguien le hubiera hecho el seguimiento de esos gritos —testigos no faltarían— hubiera concluido que Virginia había adoptado como propio el grito del hombre de la selva. Aunque estuvo a punto de reírse por el repentino avance de Upegui. adonde no llegaría si lo dejaba hacer solo sus cosas. siguen siendo toda la vida adolescentes con urgencias. Se rió sin querer ser ofensiva cuando vio a Upegui en calzoncillos y medias. Virginia aceptó hacer el ridículo debajo de un hombre que se había abalanzado sobre ella y desordenaba su ropa antes de caer de bruces. se acariciaba el coño. Que la mirara. Trató de animarlo con masajes. Envejecen y no aprenden. se dijo. Saberlo y sentirlo no la distrae del propio empeño. Lo que sintió en la boca al cabo de un rato de esfuerzos fue una flexible masa sin vida. Prefirieron el vino al whisky. exiguo elíxir blancuzco. Ha cerrado los ojos y sólo existe para sí misma. Virginia empezó a desnudar al inexperto: la corbata. No volvieron a hablar de negocios. pero disfrutaba sabiendo que todo en aquella escena estaba condenado al patetismo. le ordenó obligándolo a seguir de pie. un cuerpo enjuto y amarillento. trató de salvar un brazo aprisionado por los brazos del pulpo que la rodeaban. Cambió entonces las reglas del juego: una mano acariciaba la flexible masa semidormida. como si. Podía haber reducido el patetismo de la imagen quitándole los calzoncillos. la camisa. abrazada al tipo que le babeaba cuello y orejas y le desabotonaba la blusa con tanta prisa como ansiedad. Siguió ocupándose de la flexible masa muerta. Upegui susurraba. —¿Qué te sirvo? —preguntó después de encender las luces de la sala—. Lo ayudó en la tarea: se desnudó con paciencia. En ropa interior. semidormida fístula. Supo desde el primer instante que tenía que guiar a Upegui. Virginia se sirvió de una mano. alcanza a presentir la aparición del milagro: la pequeña. Un despertar sin despertar. el de ella. Se evitaría el tramo de la escalera hacia el dormitorio de la segunda planta. decidida y más eficiente. ¿No venía de allí el apodo de La Tarzana? 56 . en un gesto involuntario. aceptara seguir jugando con un pene que no era pene. decidió ella. Upegui miraba esta variante del juego: una mujer abierta de piernas. Ni boca ni mano. No te muevas. con el roce de sus labios. El sofá no alcanzaba para dos. la otra. por distracción.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus vigilante privado no disminuía la inseguridad. los pantalones.

metería un dedo en su trasero. Virginia descartaba la idea de convertirse en amante de Upegui. Se proponía encoñarlo. lo hacía de manera desconsolada y sin complejos. Lo que le dijo al verlo derrumbado y acezante fue una mentira piadosa. ¿No le gustaba sentirse lamido como cachorro? Lo lamería con dedicación de orfebre. A Upegui lo calentaban las frases afrentosas. Si lo conseguía. mejor dicho. Se lo dijo a Upegui en otras palabras. se adormece en el regazo. sin quererlo. por su impotencia viril. Lloraba por el fracaso de los pasados amores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Desde esa noche. por la felicidad de sentirse consentido al lado de esta mujer sabia y paciente. 57 . Virginia cierra los ojos y piensa en la inminente apertura del gimnasio. Acostumbró esos oídos a repentinas suciedades y a tiernos insultos. Pero la repetición de los encuentros. porque adquirió pronto la costumbre de llorar de manera inexplicable en brazos de Virginia. Fue más allá de la resignación: trazó su propia estrategia. —Estuviste fantástico —le susurró. —Estuviste fantástico cuando me mirabas —corrigió. No era un pelafustán cualquiera. pondría todo el empeño en esas relaciones. Le haría el amor con la sabiduría de una hembra. Upegui chupa ese seno. de halagarlo. Upegui no sería solamente un amante dócil sino el mejor de los socios. Le enseñó a maniobrar un vibrador y lo condujo por vericuetos distintos a los habituales. pero lo excitaban como no podía excitarlo la modalidad clásica de conseguir una erección destinada a penetrarla por instantes. los volvió amantes sin ser amantes. ignorando las carencias del viejo. Si lloraba. una recompensa inmerecida como todas las que Virginia ofrecía a hombres como Upegui. Un llanto quedo. enmarcados en un precario paisaje de canas. Es el momento propicio para ofrecerle consuelos. Si a Upegui le gustaba revolcarse y sobajearse con ella. ¿Que Upegui era un obstinado en su empeño de acostarse con ella sin contar con los recursos para hacerlo satisfactoriamente? Qué importaba. El viejo no era lo que se dice impotente. Piadosa mentira. habría que descartar esta modalidad. elementos de un juego amoroso que excitaban al hombre. cada vez que imaginó a Upegui reconstruyó piadosamente aquella escena. Melancolía y silencio. Virginia lleva sabiamente la cabeza del viejo hacia un pecho y lo amamanta con la abnegada ternura de una madre. No mezclaría los negocios con la cama y menos cuando este hombre le prometía entrar en sociedad. ¿No le gustaba verla en cuatro patas y de espaldas exhibiendo la abundante redondez de sus nalgas? Le enseñaría a besárselas. Busca el otro pecho. se escucha el chup chup de sus labios en la teta generosa. Le pidió canjear afrentas por afrentas. expresiones de consolación: el error de muchos hombres consiste en creer que todo se reduce a meterla. mordería sin morder sus testículos. Si no alcanzaba la erección en el grado de dureza exigido para penetrarla sin que el adminículo se deshiciera en su flacidez. todo menos exponerse a fracasar en el intento de penetrarla. Como si se tratara de un discípulo dispuesto a aceptar como verdad lo que ella le enseñara. No dejó de mentirle. Aceptó el hecho y se resignó a hacer el amor con un hombre que no sabía hacerlo. Susurraba en sus oídos palabras y expresiones que derretían al viejo. Virginia instruyó a Upegui en otras técnicas amatorias. Se vistieron en silencio. Lo conminó a hacer lo que se le antojara. tantos que se volvieron rutinarios. como de niño que reduce gradualmente la intensidad de sus quejas. ¿Por qué los hombres se empecinaban en tomar una y otra vez los caminos del fracaso? ¿Por qué pretendía Upegui hacer el amor —Upegui no era sino la metáfora de otros Upegui— sin temer la caída en el ridículo? La piedad presta su estilo a la mentira. lo llevaría al centro de su cuerpo y le insinuaría quedarse allí como quien busca afanosamente un tesoro. detiene el llanto. —No tienes que mentirme —dijo el con la voz entrecortada. También Upegui descartaba la posibilidad de convertirla en su amante. momentáneamente. ¿Que se excitaba más mirándola que acariciándola? Lo complacería en ésta y otras obsesiones.

Desde allí. Posmoderna. explicó Amparo. después se lo comerían vivo. se volvería más competitiva. encontrado en una paciente sesión de frenesí solitario. mejor dicho. El Gran Monstruo de belleza apocalíptica. carajo? ¿Por qué ese grave. le dijo. dedicada en las últimas semanas a hojear revistas de decoración europeas. le pedía poner atención al escuchar 'The dark side of the moon". le dijo a Verónica: espero que te guste. Había que recuperar la sólida dignidad del hierro en vigas y escaleras. le hacía llegar cajas de bombones o trufas. Crecería. Pradilla prefería la alfombra y los almohadones. Verónica dejaba que su blusa enseñara vientre y ombligo. El viaje a Nueva York había sido en todo caso divertido. ofrece unos millones y. Un viaje relámpago a Nueva York. Todo sucedía como lo había esperado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Recuerda que nunca amamantó a Verónica y siente por primera vez el gozo supremo de una maternidad tardía. ¿Qué hacía en Nueva York? Un encargo de Isaías Bueno. zuas. El descubrimiento del orgasmo. : Volvieron a comer salmón ahumado y a beber champaña francesa mezclada a partes iguales con zumo de naranja. Unos pocos. se devolvía con mesurada nostalgia al peculiar sonido de Supertramp y The Cure. bajo tono de sus palabras no se alteraba y perdía el control en un rapto de macho? Empezó a desearlo en silencio. Ya no se estilaba el topless. por el contrario. le interesaba saber cómo era el asunto de las fusiones empresariales. llega el grande con sus manos abiertas. Pero Bueno decidió a último momento no convertir la obra de su vida en la fácil carnada de un pez gordo. que los botones salieran de sus ojales y quedaran expuestos a la mirada sus hermosos pechos intactos. alguna caricia sin más intención que la de sentir la tibia piel de la adolescente. Piel de manzana. Upegui llamó a Amparo Consuegra. desde el suelo afelpado. ¿conocía la canción de Joan Manuel Serrat? A propósito. estimuló la curiosidad de saber si podría alcanzarlo con un hombre. Mientras Virginia y Upegui vivían su historia de amor sin amor. Alguien muy poderoso estaba interesado en invertir en su empresa. ¿Le aburría conocer esas minucias? No. Pudo al fin ver la retrospectiva de David Hockney. la ilustraba en la grandeza de un concierto de Pink Floyd. el día menos pensado. En esto acababan esas alianzas. ¿Quién cantaba esa canción? Bryan Ferry. El envío de las flores y los mensajes cifrados con títulos de canciones de Sinatra iluminó un rincón inexplorado de su curiosidad. un viaje de exploración a nombre del Gran Jefe. Amparo puso a su disposición una agenda valiosa. Pensaba en módulos geométricos. le dijo inocentemente Verónica. Me inclino por la asepsia. Pradilla la invitó a cenar después de haberse ausentado cinco días de la ciudad. Primero. Si no le enviaba flores. tiernos besos. Son como niños —piensa. dijo Amparo. ponderaba el sonido de la guitarra flameante tocada por John McLaughlin. Verónica había vuelto a encontrarse con Guido Leonardo Pradilla. abre las fauces y engulle a su socio. Extendida en la alfombra blanca y abultada. así definió a la urbe. ¿Por qué no trataba de seducirla? ¿Por qué no la desnudaba. Ahórrate los estudios y las teorías: la empresa chiquita necesita capital para hacerse un poco menos chiquita. pero ella acostumbraba prescindir del 58 . Cinco encuentros —Vero los contaba como si fueran la cifra de sus expectativas— y todavía no asomaba en el horizonte nada de lo esperado por ella. Volvieron a escuchar hasta tarde viejas canciones que llenaban el ámbito del salón con melodías desconocidas por ella. Ella abrió la pequeña caja envuelta en papel regalo: contenía un perfume de Carolina Herrera. La inyección de capital precipitó felizmente la última fase. serían sus socios. Se ofreció a colaborarles con ideas que darían al spa una decoración más sofisticada y moderna.

Verónica recordaba que. Sintió el calor que se extendía en su cuerpo. ese tal Upegui. los pantalones de liviana lana virgen o de pana francesa. Pradilla descubrió un pequeño lunar en el seno izquierdo. Tenía que preparar un informe para el Gran Jefe. Leo no pasó de ponderar aquel adorno negro emplazado en las espléndidas formas de un seno. —¿Será verdad que es marica? —le preguntaría después a Beatriz Lopera. nimiedades de niña. contrariedades domésticas. a zarpazos la iba liberando de las ropas se resistía sin querer resistirse ni poder evitar la fogosidad de aquel hombre. ¿Lo perdonaba si no la llevaba a casa? Le llamaría un taxi. ese tono bajo. pero la inquietud de su vida lo llevaba a abandonar las carreras iniciadas. los fabricantes de sostenes habían pasado por la peor de sus crisis. O lo parecía. Lo tocó con el índice de su mano derecha y le dijo que era como un delicado adorno. un publicista brillante al que le atribuían amoríos turbulentos y una antigua pasión de la que nunca hablaba. esa elegancia sin el propósito de ser elegancia. el estilo al servirle la copa. beber champaña. Lo que había averiguado sobre él hablaba de un seductor arisco. la frase quedó grabada en la memoria de Verónica ¿Por qué no se los acariciaba? ¿Por qué no le quitaba la blusa y ponía esos pechos en su boca si ella no hacía nada distinto a ofrecérselos? Tuvo una fantasía instantánea: Leo le rasgaba a dentelladas la blusa. El gesto ruborizó a la muchacha. pensó. había vivido en París. tribulaciones de adolescente. la mirada a los ojos en el instante del brindis. de detener el ascenso de la espuma posando la yema de un dedo en el borde de la copa. pasear por el campo. esa sonrisa permanente en los labios. después de diseño gráfico. Había iniciado estudios de arquitectura. Pradilla se reía de las tonterías que ella decía. le restaba importancia a lo que ella creía importante. Nadie le había dicho antes nada sobre el lunar del seno. marica no parecía. ¿Qué había hecho en el hotel de Villa de Leyva donde habían pasado un fin de semana? Dormir en camas separadas. Una manchita deslumbrante. una manchita deslumbrante en los senos más espléndidos que ojos de mortal habían visto. tomarse de las manos. la música en cada palabra. las corbatas inglesas. ¿Le había notado algo raro? Nada. sobre todo en sus visitas a Leo. tomarse a duras penas de las manos y besarse con besos de niños. le dijo Leo a Verónica antes de la medianoche. entre 1968 y 1969. repetirse en telenovelas actuales? No. en la década pasada. Esa voz. Sabía escucharla sin darle consejos. era todo un macho. —¿Ni siquiera te toca? —No como yo quisiera. una elegancia natural y negligente como su manera de hablar de las cosas sin darles importancia. es lo que más me atrae y lo que más odio. Siendo muy joven. con esa sonrisa de perdonavidas. Aunque estuvo a punto de aceptar la idea de que aquel hombre era un gay escondido entre sus buenas maneras. Le pedía repetir sus anécdotas y le daba la certidumbre de haber sido escuchada. La escuchaba. muy viejo para ella. solitario y exigente en su vida social. Verónica conoció lo que era "el estilo". Aterrizó en la realidad. los zapatos. ¿Qué 59 . y él escuchaba sin censurarla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sujetador. la manera de descorchar sin escándalo la botella de champaña. Los hombres tenían o no tenían estilo. arruncharse sobre la alfombra. el cuidado de la ropa. le confesó Vero a Beatriz. rechazó la sospecha. Las palabras la hicieron reír. Resultaba —le decía Verónica— que su madre tenía un nuevo amante. ¿Qué hacían entonces? Escuchar música. ¿Lo había visto hacer en una película. Y lo que era peor: un macho que le atraía como nunca le había atraído macho alguno. amigo de sus antiguas amantes. las camisas de seda italiana. Los pechos más divinos que lengua inmortal decir no pudo —siguió Leo con su parodia. Estaba cansado.

Se dedicaba con pasión a pulir sus esculturas. ¿Sería igual si se atrevía a dormir con él. Se vestiría pensando en cada detalle: olvidarse del brasier. Actuaban sólo cuando tenían el triunfo en las manos. de la estrategia. encendería el apetito del hombre hasta ahora indiferente. en verdad. a lo mejor descubriría que no llevaba ropa interior y. O temerosos del rechazo. una larga despedida con fuego que encendiera el fuego. dejaría pasar el tiempo hasta que se hiciera tarde. La idea la rondaba desde hacía días. aunque lo mejor. Todo tenía que parecer espontáneo. Happy days. El estruendo de un rock de los 60 interrumpió el trazado. ni una insinuación. concebida como obra de una perfección inalcanzable en la realidad de los mortales? ¿Se enamoraban solamente de lo que moldeaban con sus manos? Cinco encuentros íntimos y nada de nada. ¿Se enamoraban los hombres de una criatura hecha con sus propias manos. tuvo hijos y fue feliz —le refirió Leo tratando de satisfacer la curiosidad de la muchacha cuando. Se casó con ella. al imaginársela desnuda. eso sí. Tenía miedo. vestirse con deliberada coquetería y sin agresividad. ¿No es divino? —¿Te gusta? —Me lo comería de un bocado. le aconsejó Beatriz.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus representaba la reproducción de esa pintura clásica? En Chipre existió un rey llamado Pigmalión. ni siquiera sería necesario mentirle. puede ser eso. —Inténtalo. Siempre viene solo. no estaría mal ese amplio suéter de lana abierto en V. Así eran ciertos hombres. Hasta entonces. ¿Y si no resultaba? ¿Si Leo. hacerse invitar por el amigo. sería como abrir una herida en su amor propio. ¿Era posible que un hombre mayor de cuarenta años se mostrara tan indiferente ante la belleza de una muchacha de dieciocho? Indiferencia estudiada. 60 . aceptó Verónica. sería ponerse un vestido entero con botones de arriba abajo. le dijo Beatriz. si se las ingeniaba para quedarse en su apartamento y compartir accidentalmente su cama? En Villa de Leyva todo había sido un fracaso. Había visto una telenovela en la que el galán se mostraba indiferente ante la chica que se desvivía por él. dar la impresión de no llevar pantaleta si elegía una tanga. repetir el ritual de la música y la champaña. Estrategia de adolescentes ancladas en sus fantasías. Volvería al apartamento de Pradilla. el bar donde se encontraron esa noche. Resultaba que la indiferencia no era más que una estrategia para atraparla en sus redes. Viéndolo bien. se sentirían sus formas. cuando aún no había cumplido los diecisiete. Concibió una. en tu casa. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. sin abrazos ni fuego. de una hermosa mujer que. —Mira a ese muchacho —llamó la atención de Verónica—. si se pasaba la mano por la superficie de la seda se acariciaría la piel. ¿Sin calzones? ¡Cómo se le ocurría! Podría. por ejemplo. lo que había conseguido era abrir en su mente nuevas preguntas inquietantes. la noche deslizándose por la superficie dilatada del tiempo. la escultura cobró vida. llevar una falda cómoda y un suéter. Fantasía de adolescente. Un día. Me lo encuentro aquí cada vez que vengo. una de sus canciones preferidas arrullando el ambiente. La llamó Galatea. alcanzó la perfección de la hermosura. Ella esperaba un abrazo apasionado en vez del repetido hasta mañana. le dijo a Beatriz. Calculadores —concluyó Beatriz. poco a poco. Beatriz Lopera la ayudó a trazar y perfeccionar la estrategia. ese sencillo vestido de seda negro. Leo la acompañaba en la madrugada hasta su casa y la despedía con un beso en la boca. el reposo en la alfombra. Nunca se le conoció mujer alguna. No sería difícil convencer a la madre de que se quedaría en casa de una amiga. Solamente un beso en la boca. en lugar de invitarla a dormir en su cama le ofreciera el cuarto de huéspedes? Si hacía el oso. era frecuentado por Beatriz desde hacía dos años.

le dijo Verónica. viéndolo bien. se dejara llevar por su corriente y le diera por pasar de un hombre a otro. Estaba aprendiendo a hacerlo y no le iba mal en los primeros experimentos. Beatriz atrapó el dedo con la mano y se lo llevó a los labios. Estaba despierta cuando Verónica regresó de casa de Leo. temía que Verónica no se hiciera respetar. Leo invitó a Verónica a su casa. Eligieron el lugar para discutir detalles sobre la continuación de las obras del gimnasio. Beatriz se había citado con amigos en otra discoteca de la Zona Rosa. era un tipo encantador. les echan escopolamina en la bebida y abusan de ellas. esta ciudad se está volviendo demasiado peligrosa. Virginia se atrevió por fin a formular a la hija una pregunta que guardaba desde hacía tiempo. Sobre todo si se trataba de una adolescente endemoniadamente atractiva como su hija. preguntó ella intrigada. ¿Le parecía bien comer unos langostinos sencillos a la plancha. podría haberse masturbado. le dijo al recibir la llamada. Verónica descubrió una mancha blanca en la punta de la nariz de la amiga. —Te pregunto si ya te volaron el virgo —precisó Virginia. para perder ante ellos lo más valioso en una mujer. que tuviera cuidado. Verónica sintió la cálida humedad de la saliva en el dedo. le anunció Leo. Un importador de licores que tenía cuenta en la agencia. Ir de mano en mano. atracan a las muchachas y las violan. Upegui la había invitado a pasar el fin de semana en un hotel de Chi-nauta. ¿Qué se había hecho Leonardo Pradilla? ¿Lo seguía viendo? Debería tener cuidado con hombres mayores que ella. Mi madre salió de viaje con su socio. no era éste el destino deseado para su hija. Si pensaban salir. Temía que la hija no hiciera el uso apropiado de su tesoro. la jactancia masculina. —¡Cómo se le ocurre. No le dijo nada. le advirtió con amabilidad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Me da pena con mi Gordis. Su textura es su cuerpo. 61 . Las adolescentes huérfanas —pensaba Virginia— se encaprichaban con hombres que podrían ser sus padres. —¿Ya la perdiste? —¿Que sí perdí qué? —Tú lo sabes. No le importaba que lo fuera. por el contrario. que una vez descubierto el delirio del sexo. ¿Tenía cuerpo el vino?. una ensalada de endibias con salsa de queso azul? Le habían regalado una caja de vino blanco del Mosela. ¿quería acompañarla? No. le enseñó Leo. no desconfiaba de él. Al regresar. conseguido el orgasmo y seguir siendo virgen. saltar de una cama a otra. voy al baño. —No sé a qué te refieres —dijo Vero. le dijo al describir el liviano cuerpo del vino. Se ausentó unos minutos. ¿Dónde quedaba el Mosela? Es un río de Alemania. la mayor o menor densidad que se siente al paladearlo. no te hagas la boba. era preferible a quedarse sola en casa. ¿Podía quedarse en casa de Beatriz? Virginia le dijo que lo hiciera. Que tuviera cuidado. el chapoteo espasmódico en la bañera. aunque. Bastaba el rumor. mamá! Verónica ignoraba que la madre había escuchado detrás de la puerta del baño los quejidos de la hija. Acababa de resucitar su vocabulario más auténtico. cojo un taxi y me voy para mi casa. las sacan del carro a punta de pistola y ya se puede imaginar lo que hacen con ellas. Se la limpió con la yema de un dedo. alterada por las evasivas de Verónica. Verónica aprovechó la ausencia de Virginia. bien sabía ella que bastaba haberse acostado con dos o más hombres para ganarse fama de fácil. Eso sí. Cocinaría para ella. podía ser su padre. que lo hicieran a lugares seguros y conocidos.

que era la más bella. Verónica se quitó el bikini negro. El afrodisíaco eres tú. Subió el rostro y le dio un beso en la boca. —No vuelvas a hacerlo —le reprochó con voz amistosa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Verónica recordó el menú de sus doce años y. —¿Son afrodisíacos? —quiso saber por teléfono—. un roce fugaz de manos. Virginia y Upegui van camino de Chinauta. sintió la caricia de la amiga. Bebió un sorbo de ginebra. le molesta que otros hombres me hablen. Y el espejo le repetía que sí. ¿Qué pasará con tu contrato de modelo? Acuérdate de que es tu gerente de mercadeo. me llama a todas horas. eran tan grandes y tan perfectos. por asociación. ella los creía pequeños. surgió del almacén de la memoria la palabra pronunciada entonces por Virginia. Leo no pudo contener una carcajada. se enfurruña si saludo de beso. pero Beatriz. lo que era un afrodisíaco. Beben el trago de ginebra con tónica que les ha traído la empleada. Una luz de esperanza se encendió en la imaginación de Verónica. Divinos —dijo Beatriz y se inclinó un poco ante la amiga. Sentirse besada en los pechos y en la boca era una extensión de esa 62 . asesorada por Beatriz. arropados por la salsa del maracuyá. Verónica seguía semidesnuda ofreciéndose al espejo. sin sombra de malicia o deseo. —Todas las reinas terminaron el bachillerato y están haciendo una carrera. Una frecuente expresión de fraternidad femenina. Verónica. miró los vellos de sus brazos erizados. sin embargo. No había revista que no hablara de alimentos y bebidas afrodisíacos. Les ha servido antes unas empanaditas de carne. —¿Se puede saber qué oferta? —Un tipo muy rico está interesado en volverme reina de belleza. se prueba la ropa que usará para la cita de la noche. Unos langostinos sencillos a diferencia de los que comió a sus doce años. No hubiera sido necesario consultárselo. —Creo que voy a dejar al Gordis —le confesó Beatriz—. —Te ves divina de espaldas —le dijo Beatriz a un paso de ella. Se está poniendo demasiado celoso. E inmóvil frente a la amiga. quiere ir conmigo a todas partes. Virginia ya se había ido con Upegui a un hotel de Chinauta. encerrada en su alcoba. —De espaldas y de frente —añadió Verónica al voltearse y recoger de manos de la amiga la tanga de seda. le pidió permiso para tocarle los pechos. —Tengo otra oferta —dijo mientras sostenía en ambas manos un body de seda. después en otro. Habían dormido juntas y abrazadas. la inundó una rápida corriente en el cuerpo. Un roce fugaz de manos. Era como sí el mundo se hubiera revelado como un ser hambriento de afrodisíacos y estimulantes de algo que con el paso de los años o quizá de los siglos se hubiera adormecido por inercia. aceptaba la invitación a cenar. Cómo no. tan diferentes a los suyos. pero tengo que prepararme desde ahora. Pruébate esta tanga blanca. Coman antes este antojito. —¿Ya lo pensaste? —se puso seria Verónica—. Al mediodía de un viernes. Me refiero a los langostinos. le dijo Teresa a Verónica. —Será para el próximo año. desde el espejo salía la gratificante voz repitiendo la frase de la fábula. Pegó los labios húmedos y fríos en un seno. mi niña —le dijo. afrodisíaco. le dio la espalda a la amiga y se probó la tanga de seda. con los ojos brillantes y un ligero tartamudeo. No hubiera pasado de eso. Verónica no dijo nada. Ya sabía.

—Si me toca —dijo con tono desconsolado—. ¿Quién es el tipo que te promete ser reina? —Fabián Acosta. mucho menos de lo que sería el futuro de una reina. —¿Qué vas a dar a cambio? —Lo que sea. un gesto parecido sería el principio de un cataclismo. El Gordis no lo sabe. —¿Sales con él? —Salí con él una noche. durante una semana. —¿Y quién es Fabián Acosta? —Tiene treinta y dos años y mucha plata. —Reina de belleza apenas acabe el colegio. Se rieron. —Me va a salir gratis —concluyó—. porque ya decidí estudiar diseño de moda o alta costura —dijo en una retahíla nerviosa. Sin duda. La amiga lo hizo. la tanga debajo del vestido de botones.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fraternidad indefinible. ¿Ves esto? —y señaló la muñeca de su brazo izquierdo. a los doce años. —Cuéntame despacio el asunto ese del reinado —dijo Verónica mirándose al espejo. —Compra y vende esmeraldas y otras piedras preciosas —dijo finalmente Beatriz—. cerquita de Medellín. Y aunque le resultó placentero el inesperado beso de la amiga en senos y boca. Si levantaba un brazo. la reciedumbre de los muslos—. cuestan mucho las joyas y el viaje de la comitiva a Cartagena. haré la mejor inversión de mi carrera. ¿Me sientes desnuda? —Te siento —dijo en voz muy baja Beatriz—. —¿Un yate? Eso tan bueno no lo dan gratis. un apartamento en Miami y una casa de ensueño en Cali. sin cuello y breves mangas amplias. —Eso cuesta. —¿Casado o soltero? 63 . ¿no? Verónica no dijo a la amiga lo que pensaba del tipo ni lo que pensaba del regalo. se había enamorado de una amiga? ¿No le había contado que una chica mayor que ella la había besado y acorralado en el baño? Beatriz no le había contado que. Divino. frecuente en muchas mujeres. te sentirá él. no sólo la haría ver más adulta sino inmensamente deseable. Entre los hombres. un vestido negro con lunares blancos. le pidió no volver a hacerlo. como si dibujara las líneas de la cadera. ¿No le había contado que siendo aún niña. no sabes lo que cuesta prepararse para ser reina: cuesta mucho la ropa. pruébatelo. Si te siento yo. Betty. ¿Te imaginas? Me dijo que alquilaría un yate y navegaríamos hacía las Islas del Rosario. —¿Te regaló un brazalete? Cuando fui a abrir la servilleta que estaba encima de mi plato. cuestan algunos arreglitos del cirujano. —Si llego a ser reina. Examinó y admiró la delicadeza del brazalete de oro. las mangas dejarían ver el costado del seno. otro apartamento en Bogotá y una finca en Rionegro. encontré este detalle. —Pásame la mano por las caderas —le pidió a Beatriz cuando se puso el vestido y acabó de abotonarlo de abajo arriba. más por interés que por deseo. El tipo que me propuso la idea me dijo que correría con todos los gastos. la curva de las nalgas. Tendré tiempo de empezar un semestre de diseño de moda. había estado acostándose. convencida ya de que la tanga iría debajo del vestido entero de botones. Betty. con Amparo Consuegra. Medellín y Bogotá. Me mostró las fotos. Tiene joyerías en Cali. cuestan más el gimnasio y las dietas.

arruinaban los cultivos de flores. aunque parecidas. Te queda muy bien —le dijo Verónica. Leo la tomó de un brazo y la hizo girar en redondo. La policía y el ejército estaban realizando retenes en toda la ciudad. le habló de la ópera de Bizet. Era la clase de elegancia que admiraba en el senador Rodolfo Roldán. el personaje de una ópera famosa. dan lecciones. Leo salió fascinado. Un cumplido más. antes de cenar. Carmen. Regresó al cabo de unos minutos con un ramo de flores.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Soltero. ¿Quién era Carmen. no iban a cine? Quería ver Carmen de Carlos Saura. Algo más le recordó al senador Roldán. A unas cuatro cuadras de su apartamento. Era una vieja chaqueta de corte clásico con botones forrados en cuero y parches de gamuza en los codos. Verónica sabía que en las últimas semanas estallaban bombas en todas partes. Verónica se aburrió. acababa de darse cuenta al verlo salir del carro y entrar a la floristería. quién era Saura? Saura era un gran director de cine español. ¿Le gustaban las orquídeas? Me encantan —dijo ella al recibirlas. Leo había tenido que ceder el paso a carros blindados flanqueados y seguidos por escoltas. como en muchas otras ocasiones le dio a entender que conocía lo que ignoraba. los mocasines marrones. de la historia de Mérimée y de la tragedia gitana. mirándola a los ojos. esperan que seas como ellos quieren. desde las ventanillas. A Verónica le había encantado la actriz Laura del Sol. La segunda llamada era para decirle que llevara identificación. Habían pasado cinco años y todavía lo recordaba con admiración y cariño. Leo le habló entonces de la fantástica actuación de Antonio Gades. se asomaban hombres armados con subametralladoras apuntando hacia nada. No dijo que se había perdido en el enredo de la primera película musical que había visto en su vida. las noches y las madrugadas eran muy frías. el pañuelo de seda que se ajustaba entre el cuello y la camisa. —Voy a encontrarme con mi Gordis —le dijo Beatriz al partir. Te ves fantástica —dijo. ¿Por qué. le dijo Virginia con nostalgia. Una camioneta blanca abría el paso y. Si no dan consejos. Verónica recibió dos llamadas de Pradilla. donde era embajador. Del Vaticano había pasado a Buenos Aires. ¿Pulía Pigmalión a la linda Galatea ignorante? Con otras palabras. aunque más vivas eran las imágenes de un hombre aparatosamente escoltado por las calles. Le gustaba también como iba vestido. Mantenía vivas en su memoria las preguntas que le formuló cuando fue invitada con su madre a un restaurante mediterráneo. Pradilla detuvo el carro. Soldados en tanquetas recorrían sus calles en aquella noche brumosa. le resultaron impresionantes. En ocasiones. el primero que hacía a la elegancia de Leo. las medias de lana roja. Cuando hacía un día de sol como el de hoy. ¿A qué horas pasan a recogerte? —A las siete y media. que era precisamente eso lo que los volvía repelentes. Apagaba el televisor sintiéndose incapaz de soportar e incluso comprender las razones de tanta demencia. Beatriz le había dicho a Verónica que los hombres mayores eran a veces los mejores maestros. La ciudad daba la impresión de un campo de guerra sin guerra o como si la guerra estuviera a punto de empezar. salió de prisa y Verónica lo vio entrar en una floristería. No conocía el pánico. le gustaban el pantalón beige de pana francesa. Se lo puso porque hacía frío cuando se asomó a la ventana de su apartamento. una gitana enamorada hasta la perdición de un soldado francés. ¿De qué material era el saco? De tweed—dijo Leo. Las imágenes de esta noche. Caían piedras de granizo sobre la sabana. Camino de su apartamento. Orquídeas. el suéter de cachemir también rojo. Verónica le dio a entender que sabía quién era Gades. Al estacionar el carro en el parqueadero subterráneo y ver salir a Verónica. Y Verónica 64 . le dijo.

a su edad. solos en el ascensor. hubiera tomado la iniciativa de besarla. Leo puso una mano en las caderas de Verónica. le recordaban a la Carmen de Saura. Tranquilizó a la muchacha. Un estallido remoto. esa cabellera salvaje. evitando alarmarla que la presencia de policías y soldados se debía a los atentados de las últimas semanas. deseó que. que la energía puesta en expectativas. Los narcos le habían declarado la guerra a jueces. como el primer triunfo de su estrategia. acarició la curva de la cintura hacia las nalgas y le repitió que ese vestido. Evitaba salir a bares y discotecas. se mantuvo muy 65 . El vestido que llevas. es el vestido preferido de las gitanas. Al castaño oscuro natural de sus cabellos. de tintes rojizos. este país está montado en un barril de pólvora. Es curioso — añadió—. de numerosas dudas y contadas respuestas. No te estoy hablando de política —precisó—. Verónica le había impuesto las tonalidades rojizas de ahora. Abrió las tres cerraduras de su apartamento y. Pradilla pensó que podía tratarse del seco ruido del ascensor al descender. Ya estaba sucediendo. En un momento irrepetible. ¿Tenía razón al temer que la película de terror apenas empezaba? Pradilla se prohibió contaminar la conciencia de la muchacha con el miedo que lo acometía a veces. periodistas y magistrados. en Medellín se pagaban sumas increíbles por la cabeza de cada policía muerto. Hubiera deseado que el amigo la hubiera tomado por la cintura. Prefirió una rápida mirada al espejo y un movimiento brusco de cabeza: Leo desordenaba sus largos cabellos rizados. le repitió que estaba preciosa. volvieron al nido de la alfombra. La noche pasada al lado de Leo le enseñó que. El azar de una bomba podía cobrar sus víctimas en transeúntes desprevenidos. en aquel pequeño espacio rectangular. no hay nada más doloroso que una expectativa defraudada. negro con lunares blancos. que la ansiedad se parece al vértigo. ¿por qué carajos no me besa? Se miró de frente en el espejo. Verónica aprendería poco a poco que la adolescencia es una edad de inmensas expectativas e inciertas satisfacciones. dudas y respuestas es lo más parecido al ímpetu de un perro cachorro que corre hacia ninguna parte estimulado por la fuerza irracional que debe expulsar de su cuerpo. para quienes otra clase de guerra se libraba en sus conciencias atribuladas. Llegamos —dijo al retirar la mano que había acariciado la nuca con ademán distraído. En ese instante. comieron salmón hasta hartarse. Escucharon música. Verónica deseó preguntarle si.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recibió el cumplido. esperado desde hacía horas. Te estoy hablando de las guerras que desata la mala política. Lo que pudo haber sido el comienzo de lo esperado pasó a ser un gesto incidental e inconcebible para la joven. Mejor quedarse en casa. Mientras subían al penthouse. también ella. bebieron vino blanco del Mosela. No volvió a acariciarla. buscaban implantar el terror y obligar al gobierno a bajarse los pantalones. pasó las manos por sus cabellos y le repitió a Verónica que la Carmen de Laura del Sol era "sencillamente fascinante". era "sencillamente fascinante". al salir hacia el pasillo. Los ocho pisos que subieron en el ascensor se hubieran convertido en el ascenso de expectativas defraudadas si Pradilla no hubiera pasado a último momento una mano por el cuello de Verónica y removido la rebelde abundancia de su cabellera. explicaba Pradilla. Ya le había explicado. Tal vez Verónica fuera ajena a lo que sucedía casi a diario indiferente como lo eran los chicos y chicas de su edad. satisfacciones. siempre el miedo a caer en un abismo. ambos sintieron el estruendo de una explosión. tomándola del brazo.

en información le darían el número. No hace falta. porque había rechazado la camiseta. —Pusieron una bomba en el centro comercial de la 15 con 93 —dijo en voz alta. las edificaciones destruidas y el pánico que se iba extendiendo sobre la ciudad. Verónica comprendió que el espectro de la muerte y la destrucción. dijo ella. sin mirar la altiva desnudez de la joven que se había quedado petrificada al pie de la cama—. creía que en el Chinauta Ressort. se sentó en el borde de la cama. Claro. Al salir. la humareda. Las había visto insidiosamente repetidas como si las cámaras buscaran el lado oscuro de su morbosidad. Algunas ventanas rotas. un edificio en ruinas. le dijo que. paralizada de espanto. Dicen que hay muchos muertos. el suficiente para encontrar a Leo en la cama. No le ofreció el cuarto de huéspedes. Desnudo. Dicen que posiblemente se trate de otra bomba de "Los Extraditabies".Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cerca de ella pero no pasó del simple roce de las manos al extenderle la copa. El estallido de las bombas. Verónica pidió por la habitación de Virginia de Oropeza o Javier Upegui. si se cerraban los ojos al mundo exterior e inmunizaba su conciencia. dijo él. ¿Jugaba a torturarla? Durmieron en la misma cama. con sus expectativas e ilusiones. Trataba de identificar el lugar. De repente. Verónica dormía siempre con un viejo pijama de algodón. Más tarde. Ya estaban informados. la única iluminación provenía del televisor encendido. todo desapareció de la mente de la muchacha. Dentro de medía hora regresarían a Bogotá. se agotaba la noche. cadáveres mutilados sacados debajo de los escombros. dijo Verónica. —¿De "los extraditables"? —pudo al fin decir ella. aceptaría que el amor sería posible. —Acuéstate —le pidió Leo—. si no había inconveniente. policías y ambulancias de la Cruz Roja. No podía dormir. larga hasta las rodillas. Apagó el televisor y sólo en ese instante pudo ver a Verónica desnuda y de brazos cruzados. Por ahora. Era tarde. sin señales del más mínimo pudor. Podía quedarse a dormir. Gracias a Dios. en el transcurso de los meses siguientes. la tensión de la espera. Recostado sobre almohadones. desnuda y abrazada a un cuerpo protector. ¿Quería un pijama? Le ofreció una camiseta larga. Y no era cierto. expectativas y deseos. Tal vez hubiera apagado las luces o dejado encendida la pequeña lámpara de la mesita de noche. Los había llamado el vigilante hacía apenas media hora. deshacía toda expectativa sobre la aventura de esa noche. De manera intuitiva. Verónica se metió entre las sábanas. ¿Por qué no comunicarse con Virginia? Está en un hotel de Chinauta. Leo la abrazó como si tratara de protegerla del espanto de las imágenes. un paisaje de escombros humeantes. —La organización de narcotraficantes que ha venido diciendo que prefieren una tumba en Colombia a una cárcel en los Estados Unidos de América. están cavando tumbas de inocentes. podían dormir juntos. representado en aquellas imágenes. Leo llamó a información y luego al hotel. sólo serían tolerables si se aceptaban como una fatalidad a la que era preciso oponerse con resignación. El vino frío se había agotado. si se exhibía desnuda en el tramo que iba del baño a la cama queen size. Leo veía silencioso y con expresión adusta las imágenes de un noticiero de televisión extranjero. si exhibía su desnudez. Tardó un largo rato en el baño. Como sonámbula. —El gimnasio de mi madre queda a pocas cuadras —recordó con voz ronca. camilleros apresurados. nada más. No sabría qué hacer si aparecía en el dormitorio con las luces encendidas. Casi siempre duermo desnuda. la visión de ruinas y cadáveres sacados de los escombros. la onda expansiva no había llegado a la carrera 17 con 93. le informó la madre. Aquella noche y 66 .

A las siete de la mañana. le dijo. descendía de nuevo al vértice de las piernas y. la penetró con cuidado. Que era desagradable. Ella lo obligó a devolver el rostro a su rostro. el vaivén entre el fuego y el hielo. que era doloroso. el tacto que puso en la desfloración. pero esta experiencia le enseñó que el dolor se atenúa si domina la experiencia del placer. una nueva explosión la obligó a aferrarse a la mano de Leo. mamá. Se sintió ocupada por el escozor. no porque se hubiera propuesto mentir al hombre de respiración acezante que empezaba a gemir con creciente intensidad. Miró hacia un costado de la calle y presenció el resquebrajamiento y desplome de los cristales de las ventanas de un edificio. Quiero y no puedo. brutal ritmo a su pelvis. ocupada plenamente por la verga que había tenido la delicadeza de invadir gradualmente y sin prisas el húmedo territorio inexplorado. Inundación y sequía. el principio de una oleada. la cajita de sorpresas de sus doce años. la aparición del fuego y. la penetraba nuevamente. Y él deshizo el temor de regar un campo fértil. ombligo y vientre. Le levantó las piernas y las convirtió en tenazas de su cintura. pero el furor se alejaba. ¿Por qué lloraba al sentirse acariciada y besada? ¿Por qué esa urgencia al besar? Leo le abrió con delicadeza las piernas. en instantes. Gimió también ella. No importa. Estaba a punto. A lo lejos. la mano cálida que tocaba su mano y se deslizaba sobre sus cabellos. La primera vez es espantosa. mintió en sus gemidos. Quizá fuera así la primera vez. deshicieron los temores de Verónica. cuando recordó la experiencia de esa mañana. Verónica aceptó que había tenido la fortuna de encontrar a un hombre como Leo. Verónica esperaba que fuera doloroso. Verónica conoció la angustiante sensación de querer y no poder. volvía a humedecerse y desaparecía el dolor. estaba a punto. Verónica conoció entonces otra clase de ternura. hundió su cabeza en la entrepierna dócil de Verónica. Tembló al sentir la lengua del amigo en la amistosa fuente del placer. Mucho tiempo después. Y se ofreció de manera instintiva. Un mecanismo de origen desconocido la hacía devolverse antes del final. Recorrieron la ciudad militarizada. descendió lamiendo muslos. Leo penetraba. decían. comprendió algo más: que el mundo de expectativas levantado en unos pocos días era mucho más vulnerable que los cristales de las ventanas que caían destrozados por el impacto de las bombas. dijo ella. Una sensación incalificable. Ella impuso con desesperación un nuevo. el retiro de las mismas olas. susurró él. 67 . como mintió al gritar con él cuando creyó que había llegado el momento del último grito. —No puedo —dijo llorando—. Los medidos movimientos de Leo. Como sí temiera la huida del deseo nacido de sus expectativas. Soy virgen. El amigo la tranquilizó. una y otra vez había escuchado de sus amigas la misma queja. Se secaba y le dolía. sí. mintió porque le hubiera dado vergüenza aceptar su propio fracaso.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus durante las dos horas que estuvo despierta. por qué el cuerpo se distendía y contraía al mismo tiempo? La humedad y la tierra yerma. abrazada por un hombre que la halagaba y rechazaba con delicada crueldad. ¿qué era. No tuvo conciencia de que el ofrecimiento era la expresión del pánico. o como si se resistiera a dejar escapar para siempre la curiosidad o el deseo que la desvelaba. Leo la acompañó hasta su casa. se ofreció al hombre que la abrazaba. Ahora sí podría responderle a la madre con iguales palabras: —Me volaron el virgo. Mintió. besando a tientas y a ciegas el cuerpo que en unos instantes le respondería con una pregunta: ¿cuántos días habían pasado después de su última menstruación? Tres. y se inquietó al descubrir que el temblor cedía a la indiferencia del cuerpo. salía con lentitud. llamado por ella. su extinción.

ya no podía con la fatiga. El atentado ahuyentaría de la zona a invitados y clientes. Me encanta cuando hablas como puta. a quien los acontecimientos de la mañana habían dejado una confusa masa de impresiones. Como su hija. Si el negocio funcionaba. tú de socia mayoritaria con un 55 por ciento. Upegui las dejó en casa. en muchos aspectos anodina si se la comparaba con los nuevos edificios de apartamentos de la zona. como esperaba Upegui. había un espacio suficientemente grande que se estaba desaprovechando. Hoy era una sencilla casa de dos pisos. La Tarzana de los conciliábulos. No sería la víctima de Virginia. Un restaurante de comidas especiales. se reía al pedirle que tuviera paciencia. Volvía a sentirse intensamente vivo. asumía el riesgo de cultivar una relación que no lo desvelaba. Era la segunda vez que Verónica veía a Upegui. no el valor de la casa sino del terreno. —Piénsalo —dijo. le había propuesto Virginia mientras Upegui lloriqueaba con la cabeza apoyada en su regazo. calculó. ¿No podría pensarse en una cadena de spas en sitios estratégicos de la ciudad? Era otra de las posibilidades. si existía? No estaba hipotecada. es un tremendo engaño. lo consolaba cuando. pudo haber tenido un poco de valor. se cuidaba de pagar puntualmente los impuestos. ¿Era conveniente ampliar la sociedad?. Si existe el deseo. el más grande y raro que pudo encontrar en el mercado. por ejemplo. Estaba de acuerdo en casi todo. Virginia se quedó pensativa. de que lo más inteligente sería aplazar la inauguración del gimnasio. ¿Estaba hipotecada? ¿Había pagado Virginia la hipoteca. su propio placer vendría por añadidura.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Virginia recorrió al lado de Upegui y Verónica el lugar del atentado y no dejó de dar gracias a Dios por haberla salvado del desastre. con un rústico antejardín y verjas oxidadas. Lo que muchos hombres creen —le había dicho ella—. Ampliar el radio de acción hacía zonas con población de mediano y alto poder adquisitivo. Esa mañana habló de la inversión. Notó la distracción de Verónica y le propuso regresar a casa. Un socio más. Que lo pensara. Virginia le ofrecía aquello que otras mujeres le habían mezquinado. intentaba superar la terca flacidez de la tripita.¿Era la piadosa respuesta de una mujer que deseaba atraparlo en sus redes? El sexo es deseo más imaginación. significa que tendrás el control de la sociedad. Y. Un amigo estaba dispuesto a desembolsar trescientos mil dólares. en el incauto que caería maniatado en las lianas de Virginia. calculó. conociendo la vida de la mujer. le dijo ella a carcajadas. ¿No había esperado a una amante como ella. Y él apareció en la siguiente cita con un vibrador inconcebible. Mientras murmuraban convirtiéndolo en blanco de burlas. que si le daba el placer que ella esperaba. Consiguió que Upegui introdujera un poco de humor negro en el antiguo patetismo. El constructor Javier Upegui no hablaba en broma. 68 . Con ojo de constructor. ¿Te imaginas? Todos mis ahorros puestos en este negocio. él hacía los movimientos de sus fichas. como llamaba Virginia al pene decaído. Upegui no era tan imbécil como lo creían sus amigos. le preguntó Virginia. complaciente y comprensiva? ¿No era su vida una sucesión de fracasos amorosos e inhibiciones sin límite? A su edad. una casa que. que el sexo se limita al buen uso de la tripita. desesperadamente. ¿Estaba perdidamente enamorado de Virginia? Tal vez.. en poco tiempo podría venderse con utilidades que beneficiarían a todos. El ojo del constructor se detuvo en la vieja casa de la Circunvalar con 71. dijo él. Viéndolo bien. la imaginación convierte en tripita cada órgano del cuerpo. ¿No había pensado en la posibilidad de montar un pequeño restaurante en algún lugar del local?. le preguntó a Virginia. en su momento. Era mucha plata. Le parecía fingida su manera de hablar. Estaba cansada. dedicarse unas semanas más o el tiempo necesario a pulir los detalles. Habría que esperar un poco. Imagina que ese vergón es tuyo. ¿Por qué no me consigues un consolador de veinticinco centímetros?. Hablaríamos de una inversión cercana a millón y medio de dólares. que se riera de aquello que siempre había sido fuente de tristezas indecibles.

Me falta el dinero dijo ella. después complacido. el estofado de buey y el legendario ajiaco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ésta era la clase de sabiduría femenina que en años y años de frustraciones lo habían convertido en un ser melancólico y prevenido. Hijo de una familia de clase media. Le encantaban sus obscenidades. dichas con tanta gracia que le pedía repetirlas. menos uno. preferibles a las impecablemente limpias. Aprendió que en los negocios y en la vida. "Perversión del apetito que impulsa a comer inmundicias". una línea más abajo. que todo músculo. hizo su carrera a trompicones. ropa deportiva. para que el vértice recibiera rostro y lengua de un hombre acezante. se endurecía con los ejercicios. le respondió don Julio Casares. Consultó en su diccionario. También él había sido de alguna manera pobre. ¿Qué le importaba entonces el turbio y al mismo tiempo ponderado prestigio de La Tarzana? Upegui respondió a su renacimiento de ánimo con discretas medidas de coquetería. lo alentaba Virginia. él le replicó que sí. para él empezó a ser motivo de orgullo. Descubrieron juntos que. decía a Virginia con palabras que la maravillaban. el conformismo conduce a la mediocridad. ¿Se parecía a Yul Brinner? Con igual coquetería adquirió cremas hidratantes para la piel. en algunos aspectos de su existencia. ¿Eran los términos que los definían? En el aplicado acto de renovar el ciclo digestivo de la vida animal mediante los estímulos del olfato. coprofágico. Los tendremos. se acostumbró a las verduras y. Esto definía a Virginia. Lo que para sus amigos era ridículo. él conoció la ternura de la mujer que lo arrullaba en su regazo. Encontró. Ya tienes la fama. le dijo ella. coprofagia no era una aberración despreciable sino la escondida tendencia del ser humano a comer y digerir lo que ya ha sido comido y digerido. Él. Antes de copular. ¿es eso lo que quieres?. Y él botó a la basura su colección de bisoñés. el cordero al horno. no desesperes. ¿Por qué ocultar su calvicie con una peluca? —le había preguntado Virginia. acudió puntualmente al gimnasio. que la. la especie humana imagina. porque virgen era la selva donde los hombres extraviaban sus amores y virgen aún el mundo del dinero y la fama. Virginia. odiándolas como las odiaba. suprimió las harinas. Acompañaba a Virginia al retrete. trajes de colores menos oscuros. evitando decirle que tal vez vieran en ella a una ágil trepadora capaz de escalar por las cuerdas de toda selva virgen. Se diría que 69 . primero acongojado. Sentía la reducción drástica del vientre pero le preocupaba la flacidez del estómago y los brazos. eran almas gemelas. las papas y el arroz. La especie animal arremete con el instinto. Tinturó las canas de sus cejas. Cuando levantaba el rostro de la taza. la nueva Virginia era obra de Upegui. coprolágica. Asúmela. Creció en él un alto sentimiento de orgullo por haberse tropezado con La Tarzana. le sugirió. ¿De dónde le venía el sobrenombre? De los aullidos en la selva. visitó al peluquero y se hizo rasurar el cráneo. Los unía y encerraba en un sobre inexpugnable el sello lacrado de ambiciones parecidas. exceptuando la pobreza de donde había salido Virginia. Upegui elegía las pantaletas sucias. ¿Cómo se llamaba esa raíz china que revitalizaba y daba energías? Empezó a preferir el pescado y los mariscos a las sobredosis de carnes rojas. Upegui descubrió. Bebía nueve vasos de agua diarios. Se olvidó del azúcar y de los postres azucarados. observó Upegui. se prohibió las salsas apetitosas de los escargots y el lomo a la pimienta. La fama y el dinero. se sentaba en un banquito con mirada expectante y hundía después la cabeza en el remolino de aguas turbias. Así como ella conociera la irrefrenable tendencia de Upegui hacia el llanto. abierta de patas. compró y tomó toda clase de vitaminas. allí estaba Virginia. El hombre se distingue de los animales por la manera selectiva e ingeniosa como inventa sus placeres y escapa de sus rutinas. Si el nuevo Upegui era obra de Virginia. todo músculo se endurece. y para probarle que el humor como el amor se aprenden. hasta donde pudo. corbatas de dibujos festivos. que la coprolalia no era más que "la perturbación mental caracterizada por el abuso de palabras obscenas". preguntó Upegui.

70 . A medida que las expulsaba y exponía indemnes al aire puro. memorable entre otros días memorables. ¿Sería capaz de engullir por la boca la última de las morrocotas y esperar que fuera devuelta por su conducto natural? La desafiaba. Virginia sólo fue capaz de expropiar en un primer intento dos piezas del tesoro colonial. para la que no existían censuras morales ni inhibiciones atávicas. niños y adultos se arrojaban sobre la seca materia excrementicia o bosta del ganado vacuno? ¿No era habitual en los niños nombrar obsesivamente la materia expulsada en sus defecaciones? Usó los nombres técnicos de la aberración. El amor —le respondía Upegui— es reacio a aceptar la idea del pecado. todo era susceptible de locura. En este orden de cosas. Upegui sacó de su caja fuerte un puñado de antiguas monedas de oro. o el culo de una mujer convertido en recipiente de flores más valiosas que las flores. espoleado por sus nuevas y antes ocultas tendencias. Vales tu peso en oro. componía su propio manual de usos amatorios. Debería esconderlas hasta volverlas inaccesibles a la mano que tratara de recuperarlas en los meandros de su laberinto. sólo cambiaba el objeto del amor. resumió. Una semana después de aprendizaje y esfuerzos desesperados. El placer de la codicia. Tanto o más que yo. le musitó él al oído. le preguntó Virginia. ¿Cómo no sentirse unidos si las modalidades de sus rituales alcanzaban cimas inconcebibles? Agotado el juego de las monedas. como se sabía. precioso como ella. La desafiaba: si era capaz de succionar per angosta via cada una de las monedas. decía que ese florero. entrenado poco a poco en el juego de interpretar con palabras sublimes la rareza de sus fantasías. se preguntaba Virginia. reflexionaba Upegui para que el oído atento de Virginia conociera con palabras de lujo lo que ya conocía con la bastedad de los hechos. Si es así. que la especie animal. Le pidió a Virginia que se acostara bocabajo y desnuda. que no se eligen en la niñez sino que son impuestas por la cadena de las herencias familiares. pero las religiones. Los amantes que agonizaban un día de tristeza podrían ser alguna vez amantes extenuados en el fondo pantanoso de lo prohibido. La grandeza del amor místico significaba entrega absoluta e incorpórea al objeto amado. Upegui las lamía en una operación de limpieza que las purificaba y devolvía a la reluciente pulcritud del metal. tanto en la perversión como en el misticismo. introdujo el ritual del florero: hacía conos con billetes nuevos y los introducía en la vagina de Virginia. Virginia le replicó que por nada del mundo se expondría al riesgo de ser mula. El místico era un incomprendido tildado de loco. Sublime y grotesco. Deshacerse de ternura y castos padecimientos era el primer paso dado en las edades humanas antes de cruzar la larga ruta que recalaría en el pecado. llaman pecado al tabú de psicólogos y antropólogos. En el amor. las piezas del tesoro fueron suyas. Los extremos del amor son tan retorcidos como misteriosos. ¿Y qué era. ¿Crees que soy codiciosa?. En los dominios del amor no había vigilante que detuviera el salto desde la castidad y la templanza hacia el delirio. Y explicó que no sólo la especie humana era dada al hábito repugnante y para algunos placentero de hacerlo. tenía como natural una costumbre que los tiempos modernos encerraban en la cárcel despreciable de las perversiones. en suma. El resultado era espléndido y sorprendente: un arreglo floral confeccionado con billetes verdosos cubría las partes posteriores y anteriores de la mujer desnuda. con la grupa trazando un arco. sobre las sábanas amarillas. me engordaré como una vaca. todas serían suyas. Lo intentó de nuevo. vida mía. Un día. Si eres capaz de esto — le dijo—. estás preparada para tragar y mantener en el estómago numerosas bolsas de cocaína. morrocotas de oro del siglo XIX. ¿Tanto? Se lo probaría. ¿Cómo así que al pecado?.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Upegui. no era más que la metáfora de la codicia humana. O ella más preciosa que el metal. ¿Desde cuándo. Virginia aceptó el desafío. lo que las mayorías llamaban perversión sino algo radicalmente distinto a lo que hacían por costumbre? Pervertido era quien escapaba de la costumbre. Upegui. concebida como un estrecho jarrón de valiosas flores impresas.

Te amas a ti misma. Como nunca. ¿Bromeaba? No. ciegas a la humareda de las detonaciones. que quedara al menos la excepcional grandeza de la belleza pura. Aprendería a conocer su propio cuerpo. Se estremecía al leer las noticias o ver las imágenes de las víctimas. no solamente porque la relación afianzaba una sociedad prometedora sino por el hecho de conocerse y mostrar sin recato sus propias miserias. Abrió los ojos al escuchar la voz baja y grave del amigo: —Me voy de viaje —le dijo él antes de llevarse a la boca un último pétalo de rosa—. Esa noche. Demasiado joven. Cabalgaba desesperada. Estremecimientos y temores no preocupaban sin embargo a Verónica. Las balas de tanto muerto me están embruteciendo el cerebro. amas la luz que te abre los ojos al mundo. Temía que éste no fuera más que el comienzo. Lo pensaba como hubiera pensado y escrito el poeta que nunca pudo escribir. dando vía libre a una fantasía. —¿Cuándo viajas? —Dentro de cinco días. Leo acostó a Verónica sobre una manta de lana. demasiado deseosa de ser mujer. tratar de contener la ansiedad. le preguntaba Virginia. amas lo que me rodea. si la explosión de gozo se repetía con unas pocas caricias. No pensar que su orgasmo era una obligación. Pradilla veía la desesperación en el rostro de la muchacha. aprendería a conducirlo por la senda de su propio placer. Le pidió descansar. Apretaba los labios. Verónica buscaba liberarse de aquello que le impedía conseguir un orgasmo. Verónica le hizo el amor. —Te amo —dijo Verónica a Leo. Sería injusto abrir su conciencia a tanto espanto. Si el país se incendiaba en un fantástico apocalipsis. sentía el ascenso del fuego y caía sobre éste un nuevo chorro de agua helada. Algún día recordarás que fuiste miel y rosas —le dijo ¡Miel y rosas! —repitió VerónicaVerónica se había adormecido. Buscaba inútilmente el esquivo lugar de su placer. ¿Te sientes feliz?. Mi año sabático. cerraba los ojos. pensaba Pradilla. elegía un ritmo febril y caía fatigada a los brazos del hombre que retenía su orgasmo como si no quisiera afrentar con su placer la imposibilidad de la muchacha. Si lo conseguía en la bañera. Aunque le venía sucediendo lo mismo de siempre. —No me ames —le aconsejó él. La juventud y la belleza merecían seguir siendo sordas al ruido de las explosiones. se erguía o inclinaba. Las comió una a una. Detrás de todo hombre satisfecho hay una puta —exclamaba feliz. Me voy por seis meses a Europa. el publicista sentía como suyo tanto dolor ajeno. la abrupta aparición de una fuerza que bloqueaba sus sentidos. Mejor dicho. Tomó el ramo de rosas rojas que adornaba una mesa esquinera y las despetaló medida que las iba dejando sobre la piel almibarada de la amiga. no era posible que no pudiera llegar al final estando con un hombre de paciencia infinita y sabios recursos. le pidió que se desnudara y regó miel de abejas en su cuerpo. —¿Por qué no puedo decirte que te amo si te amo? —Porque no me amas —aclaró él—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Te estás volviendo filósofo —cortaba Virginia acariciando la calva reluciente de Upegui. lamiendo la miel. Y lo estaba. La llevó en brazos al 71 . encima y a horcajadas. Debería olvidarse de todo. al patético tartamudeo de las ametralladoras y a las venganzas selectivas. especie de bombilla que había empezado a iluminar sus ideas. hasta dejarla limpia. Hicieron el amor en silencio. Iba a cumplir diecinueve años. No olvidaba que Leo pasaba de los cuarenta y dos.

dijo ella. Pradilla la había mantenido en principio a distancia. Verónica se sintió protegida y deslumbrada. por el vientre y el sexo. provocas el incendio y lo apagas tú misma. distinto al de los jóvenes que pretendían apagar en una noche. o los embarga el remordimiento de una flaqueza instintiva o se sigue adelante en la decisión de ser marica. ¿Podemos vernos antes de tu viaje? —Te escribiré. En los cuatro días siguientes. se escuchaban entre ellas como nunca las escucharía un hombre. hombres que se miran desnudos en las duchas de los camerinos. eran sólo muchachas jugando al lesbianismo. Betty no miente. ¿Pueden tus amigas?. dijo. se gratificaban entonces con caricias. Lo decía con la misma inalterada sonrisa de siempre ¿Y si Beatriz fuera lesbiana? No le des importancia a esas tonterías. Leo parecía un pez fuera del agua en bares y discotecas 72 . con ansiedad y sin tacto. entonces? —Que no has descubierto el sitio ni el momento —dijo Pradilla—. Pigmalión parecía estar hablándole a Galatea. Verónica lo vio a diario. mi niña. Beatriz dice que puede. Creas y matas el deseo. Sin dejar de sonreír. pero complacía el capricho de Verónica. la interrogó él. No sucedía lo mismo entre los hombres —especulaba Leo—. por las axilas y los pechos. —¿Qué es lo que me pasa. —No debes preocuparte —quiso consolarla con una frase que encontró en su repertorio de frases hechas—. preguntó él. Lo que no es justo es que yo no pueda. No estaban lejos del placer desinteresado de sentir las respuestas del cuerpo o del narcisismo de mirarse como si una fuera el espejo de otra. una de dos. No quiso llevarla de vuelta a casa. Le impuso itinerarios nocturnos que empezaban en la cena y terminaban en alguna discoteca de moda. Leo le explicó que eso era frecuente entre las adolescentes. quizá pasara entre los deportistas y alterofílicos que se tocan el abdomen y los bíceps para conocer los progresos de sus músculos. Secó las lágrimas de su rostro. Leo las aborrecía. ni un paso más allá. ¿Por qué lo crees?. La amistad entre mujeres era a veces una amistad de piel y confidencias.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus cuarto de baño y se dedicó a bañarla con dedicación de madre. No fue la fácil presa en la mira de un cazador ansioso. Porque me besó en la boca y en los senos. Sin dejar de halagarla. ese paso es una decisión. por el trasero que se tensaba con la dureza milagrosa de sus glúteos. pese a la resistencia inicial del amigo. Verónica. Pasó la esponja espumosa por los rincones de su cuerpo. le masajeó la verga y él se dejó conducir por el sendero seguro de un orgasmo. el incendio de segundos. la consoló él. llevas la frigidez en las aprensiones. le dijo él. Nos veremos hasta la víspera. No es justo. Verónica no parecía satisfecha con las palabras de Pradilla. que siempre puede. respondió ella. —¿Me escribirás? —habló como sí fuera a perderlo para siempre—. No eres frígida. mi niña. si ese paso se da no es el paso inocente de dos niñas que se acarician o besan ruborizadas. A veces mienten. Se sentía orgulloso al lado de esta muchacha joven y llamativa. que se miran y envidian. la muy puta se viene con solo mirarla —contó y exploró por unos instantes los ojos de Leo como si temiera preguntar lo que preguntaría con palabras atolondradas. ¿Lágrimas por la despedida inminente? En unas pocas semanas. dormir juntas y desnudarse y besarse y mientras lo hacían como si se tratara de travesuras. Le pidió un taxi y la despidió en la puerta de su apartamento. Creo que es lesbiana. Podían acariciarse. no podía decirse que al hacerlo fueran lesbianas. No hay mujeres frígidas sino hombres que no saben. Podemos vernos pero te recuerdo que detesto las despedidas. y si se da ese paso. La ternura que acercaba a las mujeres daba lugar a ambigüedades. Leo la buscaba a la salida de la universidad. había esperado que las iniciativas del amor obedecieran al deseo de Verónica y ella creía haber aprendido que era posible el amor sin urgencias.

Y el tiempo que tuvo para pensar en Leo le ofreció la serenidad de aceptar que sólo le había sido permitido asomarse a una de las puertas del amor. que tal vez conozca sus aún precarias defensas. como si ése fuera el sostén único de quien se balanceaba en una cuerda mirando el abismo del futuro. orgullosa a su manera de estar al lado de un hombre maduro y atractivo. Virginia no estaba. Algunas jóvenes reconocieron a Beatriz. añadió. sus deseos de alcanzar el orgasmo y la fuerza interior que se lo impedía. La intrigaban el misterio de sus juegos y la paciencia de sus esperas. lloró espasmódicamente. habían leído las entrevistas de las últimas semanas. No me desprecien. vieron entrar a Beatriz abrazada por un tipo. no tengo hambre. se amarraba a él y lo conducía de la barra a la pista de baile. ¿Buscaba a la pareja de su vida? Upegui era veinticinco o tal vez más años mayor que ella. bocabajo en su cama. Verónica no lo soltaba de la presión de sus brazos. Dejó de llorar y trató de devolver su ánimo a la sensatez. como si todo la abandonara: Leo y el mundo. Hasta entonces. —No se preocupe. hombres mayores que ella. La injusta conciencia del envejecimiento podría ser la causa de sus preferencias. Verónica tuvo tiempo de apaciguar sus aprensiones. con cualquier pretexto. La habían visto en televisión. La conozco desde chiquita y sé lo difícil que es la vida para dos mujeres solas. Subió a su habitación y lloró mirándose en el espejo. En la noche del cuarto día. Cuatro noches atrás. En la naturaleza de hombres como Leo —concluyó después—. la empleada. dijo Verónica a Leo. Había adquirido el don de la sociabilidad y los recursos de la coquetería haciéndose siempre deseable. ella desconocía el lenguaje de la inteligencia. Teresa. Verónica hubiera deseado conservar la miel que se adhería a su cuerpo. los instrumentos de la seducción eran proporcionales al celo con que defendían su libertad. Leo lo tranquilizó con una mano puesta amistosamente en su hombro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus con clientela de jóvenes desafiantes. más temprano que tarde. No respondió esa noche al saludo de Teresa. hombres que pudieran verla y sentirla aún joven antes de cruzar el para ello temido umbral de los cuarenta y cinco. quizá demasiado deseable. ¿Qué buscaba Virginia? —se preguntaba la hija. Lo hacía con mayor frecuencia en la última semana. Verónica sabía que la relación con el constructor. tarde o temprano. Era como si sólo en esa diferencia pudiera encontrar la seguridad que buscaba. Hasta entonces. al regresar a casa. niña —dijo—. nunca aceptando que dormiría fuera de casa. ¿No les provocaba una botellita de Dom Perignon? Él invitaba. aunque se pareciera a relaciones pasadas —el senador Roldán. podría ser la búsqueda final de algo verdadero. tomarían conciencia del envejecimiento de la mujer que tenían a su lado. Dejaba una nota en la cocina. Muy temprano en la mañana bajó a la sala y fue a buscar a Teresa. Leo viaja mañana —se excusó Verónica. Rechazaron con amabilidad la invitación del tipo. Ya ni me acuerdo de cuando la cargaba en estos brazos. Estaban cansados. Tampoco le gustó a Leo. dijo el tipo. El nuevo levante de Beatriz. sobre todo de esa inteligencia en muchos sentidos maligna: un hombre mayor que hace todo para seducir a una mujer joven y se retira a esperar que la presa avance hasta sus manos. 73 . Si elegía a hombres de su edad. No me gusta ese tipo. nunca pensó que su madre fuera una mujer solitaria. ¿Le preparo algo? —Gracias. el patán Epaminondas—. tal vez durmiera en casa de Upegui. en la víspera del viaje. Beatriz protestó por la fuga de su amiga. ¿Se había enamorado de Leo? Lo admiraba. Le ofreció disculpas. que más allá todo era desconocido.

Súbame el jugo mi cuarto. Éste. ¿La acosaba realmente? La llamaba tres y cuatro veces al día. —Tengo que estudiar —dijo Verónica—. La empleada rezongó unos pocos monosílabos y colgó. —Prepáreme un jugo de zanahoria con naranja. Lo hizo saber por medio del abogado que visitó al Gordis. Teresa le había abierto el corazón a sus tribulaciones. Cometió un error: amenazarla con represalias legales. No podía defraudarla. Era su mamá —dijo—. La veo todos los días para ver si pasa algo. Que ya viene para acá. Estaba dispuesta a devolver cuanto se le había pagado e incluso a asumir los daños y perjuicios que pudiera causar su renuncia. Si me pierdo un capítulo no me pierdo nada. Teresa. La señorita Lopera —dijo el abogado al final de una conciliación— le pide comedidamente que deje de acosarla. herido en su amor propio. rescindía su contrato. —¿Ya ve lo que le dije? Si le duele es porque está enamorada. Se irritó hasta la cólera cuando Beatriz anunció a la empresa que. Verónica prolongó la despedida de Leo como se prolonga una agonía. El pequeño televisor en blanco y negro pasaba las imágenes lluviosas de una de las telenovelas de la mañana. si los tres meses transcurridos fueran de repente ignorados por quien le había dicho que prefería estar sola y pensar en su futuro.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto rara. Deseaba estar sola. —Lo peor es que no sé. ¿De dónde sacaba dinero para devolver a la empresa y pagar daños y perjuicios ocasionados por la violación de una cláusula de su contrato?. —Se dará cuenta cuando le duela haberlo perdido. que necesitaba tiempo para poner orden en sus sentimientos —cuando lo que quería decirle era más brutal e irrevocable—. No me diga que se enamoró. —¿Qué pasó con el que le mandaba esos ramos de flores tan lindos? —Se va de viaje. Después de esa noche y en los cuatro días siguientes. Si ella lo abandonaba. —Hace más de una semana no pasa nada—protestó Teresa—. si no se trataba de un capricho y todo no fuera más que confusión en la joven que él había lanzado a la fama. no habría necesidad de usar contra ella el as guardado en la manga. Cada día está más linda. niña Vero —le dijo Teresa. le dejaba mensajes suplicantes en el contestador. sin azúcar—cambió de idea. —¿Está buena? —le preguntó Verónica. Tenía aún en su escritorio el contrato que la vinculaba como modelo a la empresa y la obligaba a trabajar durante un año en la imagen de la nueva línea de ropa interior femenina. niña —dijo sin mirar a Verónica. Por esto el abogado quería dejar en claro que Beatriz no estaba dispuesta a sufrir ninguna clase de amenazas: le aconsejaba aceptar la conciliación propuesta por su clienta. Él no quiso que lo acompañara al aeropuerto. porque si pasa algo. Ésta era la carta guardada en la manga. ¿cómo hago para saberlo? Sonó el teléfono y Verónica le hizo a Teresa el gesto de responderlo. se resistió a aceptar la decisión. 74 . Teresa hablaba con Verónica sin desprender la vista del televisor. Beatriz había decidido abandonar a su Gordis. se preguntó el Gordis. Teresa. entreteniéndose en poner orden en una vajilla perfectamente ordenada—. que todo había sido muy lindo. la acechaba donde esperaba encontrarla. la abrumaba con regalos. esto era al menos lo que creía el gerente de mercadeo.

Beatriz le colgó el teléfono después de decirle que se fuera a la mierda. Al día siguiente. Las mucosidades se volvían densas. Viajaba con frecuencia al exterior. ante quien cedió sin demasiadas resistencias. mientras saltaba sola en el centro de la pista de baile. a veces con el rencoroso acento de quien se sabe burlado. En dos ocasiones había aceptado los avances de sus pretendientes. Sentía obstruida la nariz. el acoso de un actor de televisión. consignaba en efectivo fuertes sumas diarias. insistió de nuevo en su asedio. Su experiencia con el actor fue todo un fiasco. Se encargaba personalmente de sus negocios en diferentes ciudades. Y la segunda. le repetía ella en los primeros encuentros. De modelo a reina. Deje tranquila a la señorita Lopera. olvidando las advertencias o restándoles importancia. conocía a un director de novelas. no dieron tregua al montón de cocaína que se apilaba sobre la portada de una revista. Regresaba a su apartamento y sentía la ronda de un fantasma en la sala y el dormitorio. No cometa imprudencias —le dijeron—. Sin haber podido dormir ni un minuto. no sacrifique su futuro por una locura —dijo uno de los tipos—. el empresario que había prometido convertir a Beatriz en reina de belleza. ¿Quería seguir siendo actriz? Tal vez él pudiera hacer algo. le dijo confidencialmente el amigo. Miraba las fotografías de Beatriz y le hablaba como si estuviera presente. sin saber que el abogado de Beatriz era el mismo que se ocupaba de los asuntos legales de Fabián Acosta. No recordaba el nombre del viceministro. comprometidos sin comprometerse en un pacto amoroso. sobre todo Martínez. Primero con palabras amables. finalmente con frases amenazantes. pensaba que había sido el instrumento de una ambición desmesurada y diabólica. A falta de sexo. ¿Quiénes eran ellos para exigirle tal cosa. Lo quería por lo que era y no porque él fuese el puente que la vida le había trazado para convertirse en modelo exitosa —recordaba el Gordis. Volvió a ver los videos de los desfiles y a reconstruir con dolorosa nostalgia las escenas de una pasión que Beatriz despojó desde el principio de toda duda. Ignoraba que. Tenía un amigo libretista. ¿dónde se había metido?. al recordarlo. en una breve madrugada arrullada por el canto de los pájaros. por momentos en tono de súplica. ella se escapaba a veces a bares y discotecas. para amenazarlo en su propia casa? Eso no importa —le dijeron—. Fumaron bazuco. La había asediado en todo momento. que era lo que ella esperaba. estando al lado de Beatriz. un cigarrillo tras otro. Una noche. la había estado buscando como loco. Seguramente tuviera cuentas en otros bancos. Eran los enviados de Fabián Acosta. cuando le flaquearon las fuerzas y no pudo resistir la invitación de quien se identificó como viceministro de no recordaba qué cartera. fracasó en el intento de penetrarla. La primera vez. Usted es joven. Se estaba enloqueciendo. Jamás supo de las infidelidades de la amiga. le exigieron dejar en paz a la muchacha. chorreaban gotas por sus fosas nasales.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Dos días después. Si llegaba a ser reina —soñaba la muchacha— regresaría a su carrera de modelo con mayores garantías de éxito. Amanecieron sentados en el piso y en una sala decorada con fotos ampliadas del actor. Beatriz decidió regresar a casa. de manera compulsiva. dos hombres de aspecto anodino llamaron la puerta del apartamento de Frank Rueda. después con expresión agria. ¿Quién era Acosta? El Gordis sabía por Amparo Consuegra que era un próspero negociante en Joyas. Venían de parte de "un amigo íntimo de Beatriz Lépera". Te quiero por lo que eres. En un instante de lucidez. el Gordis la llamó enfadado. un joven con mucha vida por delante. mi amante? Averiguó más sobre la vida de Acosta y no supo nada distinto a lo que unos pocos sabían. ¿Podría llamarla así. El actor apenas podía hablar. poseía 75 . Atiborrado de alcohol y cocaína. gerente de la agencia del banco donde Acosta tenía una de sus cuentas. Consideró la gravedad de las amenazas y abandonó la obsesión de recuperar a su amante. Acabaron en un motel de La Calera. Y. Era un cliente excepcional. La señorita Lopera ya llegó a un acuerdo satisfactorio con su empresa.

El visitante identificó la marca de la maleta vacía. la decoradora. usted y yo apenas nos hemos visto—le dijo con voz comedida—. la pregunta. Amparo Consuegra. Pradilla había cruzado algunas palabras con el joyero. El perfil inequívoco de Fabián aumentó el temor que había sentido después de aquella visita inesperada. Upegui lo saludó de palmaditas en la espalda. se hacía acompañar por dos escoltas. Esos tipos no juegan —advirtió Leo mientras sacaba del closet mudas de ropa que seleccionaba y doblaba encima de la cama. era una solemne tontería. aunque supuso que el Gordis no le estaba pidiendo una cita para hablarle de las deudas de su empresa. ¿Tenía unos minutos para él? Venga a mi apartamento si no le da envidia saber que viajo a Europa esta noche —aceptó Pradilla. Los bancos no controlan la ruta de llegada. como te consta. Haga de cuenta que Beatriz dejó de existir. Dicen que tiene una casa en Miami —le informó Martínez. Óigame bien. Últimamente. Mientras más viejo. a lo mejor se había ganado decentemente la plata. ¿Qué clase de control se hacía sobre estos clientes? —se atrevió a preguntar Frank Rueda—. tal vez los mismos que visitaron al Gordis en su apartamento. recordó el Gordis. El Gordis descodificó el mensaje: Acosta lo estaba amenazando. Si le ofrecía esta información confidencial sobre un cliente de su banco no era porque se tratara de un caso especial. Si hace algo que me obligue a verlo personalmente. Lo aumentó aún más la llamada del propio Fabián. Frank —se rió—. Pradilla y Upegui. más me gusta —murmuró al acomodarlo encima de la ropa seleccionada para el viaje. se va a arrepentir toda su vida. Lo he visto dos o tres veces. lo paseaba e introducía entre desconocidos. de cristales polarizados. Supongo que su empresa ya pagó el saldo que tiene pendiente con mi agencia —bromeó. Es un tipo con plata y muchas ganas de demostrar que la tiene. Un esnob como Pradilla —decían quienes lo conocían y querían mal. Si no las tiene. —¿Mafioso? —No sea pendejo. lo invita a toda fiesta donde ella tenga llaves de entrada. la de Acosta era una cuenta de nivel medio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus casas y apartamentos en tres ciudades. Acosta puede ser uno de los siguientes eslabones. importante para el banco pero no lo suficiente como para alarmarse si la trasladaba a otra entidad. quién era el misterioso Acosta? Lo llamaría. La teoría de Pradilla no era novedosa. ¿Controles?. Pretendía ser ceremonioso y educado y resultaba artificial en cada gesto. ¿Sabía Guido Leonardo Pradilla. Y sabes que Amparo tiene llaves para todas las puertas. revienta las cerraduras. aunque no hicieran nunca nada para evitarlo— sólo adquiría artículos de marca. abierta al pie de la cama: Louis Vuitton. pero desentonaba en el ambiente. La Consuegra le hace las relaciones públicas. Parecía un tipo simpático. —¿Quién es en verdad el tal Fabián Acosta? —Es lo que parece. En la fiesta donde Beatriz conoció al tipo. creativo de publicidad y hombre de mundo. —Párele bolas. un tipo dispuesto a todo para seducir y conservar lo que quiere. Me encanta este suéter de lana de cordero —dijo para sí—. quiso decirle a carcajadas Martínez. conducía una camioneta blindada. Su banco y todos los bancos estaban a la caza de clientes especiales. Tal vez tuviera cuentas en otros bancos. No es necesario traficar con droga para ser narcotraficante. No le podía asegurar que Acosta fuera mafioso. repitió. ¿A quién no saludaba con palmaditas en la espalda? El Gordis encontró a Leo en casa. Frank. hermano —le aconsejó cuando escuchó la narración de los hechos—. Un mafioso es apenaste el primer eslabón de la cadena donde se abre el grifo de la plata. Comparada con la cuenta de otros clientes. ¿No sabía que las joyerías son el negocio preferido de los esmeralderos y uno no va diciendo que todo esmeraldero es mafioso si no acepta que muchos 76 . pasaba de un grupo a otro.

El padre es el tabú inaccesible. enriquecidos gracias al éxito en negocios distintos y seguramente más legítimos. apartamentos de lujo. que ambos trabajaban en un semillero de frutas. de moda en la década anterior. para consolarlo. Le recordó. Prométale a cualquiera de esas muchachas que la volverá modelo de sus nuevas líneas de ropa y la tendrá 77 . carros aparatosos. No se está enamorando de mí sino del papá que quiere tener. Estaba imponiendo un estilo de vida. Esa "malparida" es la muchacha de quien usted está enamorado. Crecen con la idea de conseguirlo todo en un instante. —¿Por qué se va de viaje. Burlan la trampa y pagan el precio que sea. complacencia de quienes ya lo tenían. pero ellos sólo tienen dos instrumentos para conquistarlo: sus fortunas y sus fierros.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus esmeralderos trabajan con la mafia? ¿O. deja de ser tabú y se convierte en objeto de seducción. abrevian el tramo que va de la juventud a la vida adulta. doblando cuidadosamente la prenda. Pradilla no pretendía convencer al amigo. conquista de espacio social. —¿Si no se tuerce como la malparida de Beatriz? —dijo rencorosamente. —¿Y Verónica? —Soy lo mejor y lo peor que podía sucederle a esa muchacha. Si Verónica no se torcía en el camino. Frank. escoltas motorizados y precauciones estrambóticas. Nada le prohíbe a una muchacha acostarse con el hombre que responda a la imagen del padre. Guarde luto por esa preciosura y piense que tuvo el privilegio de comerse la mejor fruta de la huerta. Un hombre distinto al padre. a la inversa. Me largo a dar vueltas por Europa —dijo. dan el paso siguiente: la conquista del poder. se miraban a menudo en el espejo de los mafiosos. ¿Cómo así? No entendía. No escupa para arriba ni tire piedras sobre su propio tejado. Cualquiera que mediante un golpe de suerte se creyera rico de la noche a la mañana podía hacer lo mismo o dar a creer que vivía de esta forma. que mafiosos y esmeralderos tienen una sociedad estrictamente anónima? ¿No veía que esmeralderos y mafiosos se estaban asociando en grupos armados para repeler las amenazas de la guerrilla? —¿Es o no es? —se impacientó el Gordis. —No dije eso. especulo. Le dijo algo más: cuando los mafiosos tienen la plata que sale como agua por el grifo abierto de sus negocios. ¿No hacían lo mismo los políticos? El rango iba en proporción directa a la exhibición de su seguridad. Tienen el capital de belleza y juventud y lo invierten en acciones seguras. conseguiría lo que se propusiera. seguridad innecesaria. simulaban poseer la riqueza que no poseían. Muy simple —explicó—. Si los mafiosos imitaban a los ricos volviendo superlativa la ostentación de sus riquezas e incluso imitando el estilo de acumularla y consolidarla en empresas legales. No me tome en serio. adquirían los símbolos externos de su poder. interesado como estaba en la elección de una chaqueta de cachemir azul marino—. camionetas blindadas. Usted sabe —decía— que el poder se consigue por muchos medios. —¿Quiere que lo acompañe al aeropuerto? —Ni lo sueñe. Dijo enseguida que el mundo le tendía a las mujeres jóvenes y bellas trampas desastrosas. Leo? —cambió de tema el Gordis. los pobres diablos de clase media. despilfarro. —Porque lo necesito —respondió fríamente. o trabajando en la prestación de servicios a las organizaciones criminales. Dinero fácil. con edad aproximada de éste. La mafia no era solamente una industria criminal organizada. —No sé si es o no es —bromeó Pradilla al desechar una chaqueta de tweed a cuadros. no sirvo de paño de lágrimas.

acepte que se trata de una pragmática prestación de servicios mutuos. Peralta ganaba la plata que quería y conseguía a los mancebos que le gustaban. frente al espejo de una alcoba de ensueño. preferiblemente en la televisión. ¿Decepcionado de qué? Mientras se sucedían las imágenes en la pantalla y el proyector presentaba las propuestas de Pradilla. inteligente. Pradilla defendía ante sus clientes la idea de preferir las sutilezas a la vulgaridad de las evidencias. Fue su década revolucionaria. de marca y cosecha preferidas. fue la repelente respuesta que Pradilla le dio un día al Gordis mientras discutían estrategias de mercadeo y se proyectaban en una pantalla las mejores opciones para el lanzamiento de la nueva línea de brasieres y pantis de la empresa. esos atletas de cara linda y músculos sabiamente cultivados conocían las reglas del juego. Le aconsejaba no meter el corazón en los negocios. por ejemplo. con un mercado interno extraordinario y con posibilidades de exportarlo. con gorra al estilo Mao encasquetada en su cabeza? 78 . el gerente de mercadeo. ¿No era testimonio de ello la foto ampliada que decoraba uno de los muros de su oficina. pero un tipo a quien le gustaba hasta la fascinación demostrar que su inteligencia lo separaba de los demás mortales. obsesionado por el pasado del publicista. mire esa preciosura de muchacha. exportaremos lindas muchachas. un empujoncito en los medios. ¿Por qué hablaba así de Peralta si lo tenía entre sus amigos? En este negocio no se tienen amigos sino socios. Peralta había dado un braguetazo al casarse con la hija del propietario del canal. le decía al cliente de la agencia y éste le pedía congelar la imagen en el cuerpo de la niña que. respondía a las inquietudes de Frank Rueda. Una cena íntima y una llamada convertía a un fisioculturista en actor. ¿Quería aprender algo más sobre la ecuación amor/negocios? No era difícil comprenderlo si miraba con atención la vida de John Peralta. acababa de abrocharse el sujetador. precisaba. demasiado inteligente para muchos. el vicepresidente de producción del Canal Equis-Zeta. De los veinte a los treinta. que era un cínico incorregible. en la que se le veía a la cabeza de una manifestación. Y en la más radical de las facciones. ¿Dónde había ido a parar el subversivo de hace veinte años? Se lo digo de frente y sin vergüenza: uno no se decepciona para traicionar su inteligencia sino para conservarla. Se llama Beatriz Lopera y está en la lista de las modelos de mi agencia. ¿Que Peralta era casado desde hacía veintitrés años. dijo Pradilla. satisfacía con humor la curiosidad de quienes sabían de su pasado de revolucionario. lanzaba al guapo muchacho al estrellato. lo suyo y lo de ellas eran los negocios —le dijo. Y a cambiar de juguete: un hueco viejo por un palo Joven. Leo descorchaba una botella de vino y servía dos copas. Acudía a las reuniones de trabajo con su propia botella de vino.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus comiendo en su mano —le dijo. A sus cincuenta y nueve años confesados —tal vez rondara los sesenta y tres—. ¿Le interesaba un consejo? No las tome en serio. dijo Pradilla. Fierre Cardin—. Si el Gordis no hubiera sostenido esta conversación con Pradilla habría seguido pensando lo que siempre había pensado del publicista. ¿Cómo llaman los españoles a la operación de invertir en un buen matrimonio? Braguetazo. Frank. Todo empezó hace veinte años: un cuarentón ambicioso adivinó que la televisión sería cosa seria y muy rentable. ¿No están exportando ustedes sus brasieres y pantis? Dentro de poco. como se supo en la crónica social de hace un mes? Todos tenemos derecho a aburrirnos. Lo convenció de comprar pequeñas productoras y consolidarlas en un grupo. Hoy en día —decía Pradilla con el entusiasmo que le provocó sacar de la parte baja del closet unos botines. no olvidemos que nuestra producción va dirigida a mujeres de poder adquisitivo medio y alto. Dentro de diez años habremos creado una fabulosa industria de la belleza.

Le ofreció una rebanada de jamón Jabugo y lo despidió en la puerta. Los negociantes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leonardo Pradilla era entonces un muchacho de clase media. Recordaba las conversaciones pasadas. ganaba mucho. Como la publicidad. visitante de carreras que iniciaba sin concluir. sobre todo la champaña. De nada y de lo que apareciera —así había podido sobrevivir. al lado de vinos tintos de la Rioja. Prefería allí los colores claros. A diferencia de los hijos de papi.¿no habían visto Un hombre y una mujer. Para sus amigos —si los tenía— era un modelo de exquisitez. El día que lleguen al poder eliminarán a quienes se opongan. 2891500. Diseño gráfico. Se tropezó con un nombre y un número de teléfono: Sandra. Alimentan los puercos con bellotas para que unos pocos puercos privilegiados nos comamos la carne más cara del mundo —dijo antes de llevarse a la boca otra rebanada de Jabugo. —¿Por qué dejó de ser revolucionario? —le preguntó el Gordis un día. sus corbatas de seda ocultaban la marca de Hermés. El candidato era una mierda. decía Pradilla. obtenía créditos y los pagaba puntualmente o pedía moratorias según la expectativa de sus ingresos. Pierre Cardin. los cautos consejos del cínico. se almacenaban en una bodega protegida del calor y la luz. Frank Rueda regresó a su apartamento de la calle 86 con Novena y lloró al volver a proyectar el vídeo del desfile. era de un aséptico minimalismo. Todo en él parecía metódicamente elegido. La ropa de marca. Las bebidas. la película de Lelouch? Un spot publicitario debía aprender de la estética amable y ligera de películas como ésta. como los revolucionarios. elegida por él mismo. El Gordis recordaría. pasaba temporadas de crisis. Pradilla no era rico. Antes de dar a entender al Gordis que la cita había durado más de lo esperado. Frank —aceptó—. ¿Quién era Sandra. no fueron otras sus razones cuando decidió comprar el Porsche con el dinero ganado por sus servicios en una campaña política. Filosofía y Letras. también vendían la belleza. blancos y beiges. No concebía que se pudiera vestir un traje que no llevara la firma de Giorgio Armani. Era un Vega Sicilia del 84. No se sabe quién aprendió de quién. La publicidad tiene que aprender del cine. Su auto deportivo causaba envidia pero lo tenía porque armonizaba con su estilo de vida: la belleza de sus líneas. Su memoria se iluminó con el 79 . le dio a probar una copa de vino. el cuero del tapizado. repitiendo una y otra vez la visión de las imágenes que mostraban a Beatriz en pasarela y camerinos. su colección de gabardinas tenía la etiqueta de Burberry’s. pero gracias a su trabajo de imagen pudo salir elegido. —¿Como en los negocios? —Como en los negocios. Frank. Arquitectura. gastaba con mano abierta. —Porque las revoluciones empiezan a ser obra de hombres sin escrúpulos. eliminan a la competencia. por ejemplo. bebió con ansiedad hasta el anochecer. Coleccionaba tintos de Bourgogne y blancos alemanes. la seguridad que le brindaba cuando pasaba de los ciento cincuenta kilómetros por hora. hombres delirantes que se eliminan entre ellos. le preguntaban sus nuevos amigos en aquellas sesiones en las que se discutía el impacto de sus propuestas publicitarias. Las revoluciones de ahora no están hechas por santos iluminados sino por prisioneros de sus propios rencores. Hugo Boss o Ermenegildo Zegna. La inteligencia no era un bien inútil. Se sirvió un vaso de vodka puro y lo bebió de un largo sorbo. Trajo la botella al lado de la mesita de la sala y. Como los negocios no se hacen para crear riqueza y redistribuirla socialmente sino para acumularla en grandes monopolios. conoció el riesgo de mal vivir solo y con recursos azarosos. Abrió su agenda y repasó la lista de clientes y amigos. La decoración de su apartamento. la potencia del motor. —¿De que vivías?. con teléfono y sin apellido. mientras se acomodaba a la idea de haber perdido a Beatriz.

Y se ausentó algunos segundos. Apagó el betamax. Me faltan dos meses para terminar el bachillerato. Al día siguiente vio en la prensa las fotografías del desfile y recortó la que mostraba a Beatriz desfilando de espaldas. al que había sido invitado por Amparo Consuegra. Vestía un salto de cama blanco y transparente. recostada en una pendiente. La casa. "Que te vas a vivir con Fabián". No. extrajo la cinta y la destrozó a golpes de martillo. ¡Divina. Beatriz se asomó al ventanal corredizo y respiró el aire frío y puro del jardín sembrado de eucaliptos. Un circuito interno de televisión servía a dos vigilantes armados para volverla casi inexpugnable. pidiéndole que no abriera los ojos. —¿Qué más te gusta de mi cuerpo? —Todo —le dijo Acosta. Acosta compró la prenda pensando que después de la primera cita éste era el salto de cama que Beatriz exhibiría en los desayunos. ¿Vienes a mi apartamento? —le preguntó el Gordis. ayudaban con su ferocidad a cámaras y vigilantes. —Tienes el culo más fantástico del mundo. la visión brumosa de los cerros. Verónica le había sugerido que lo mejor sería decirle la verdad. que Beatriz apretó con coquetería. Acosta la condujo hacia un extremo del salón. más allá de la calle 132. Supo que la modelo salía con Frank Rueda. frente al gran espejo del recibidor. Upegui. —¿No te gustan mis tetas? —Me enloquecen —y las estrujó como si tratara de medir volumen y dureza. Propuso la tarifa. Sintió después la caída de un delicado objeto metálico sobre su cuello. Acosta le pidió quedarse quieta frente al ventanal. La ubicua Amparo Consuegra se había encargado de la decoración. —No puedo —dijo ella—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus recuerdo de una joven de veintidós años. la mano que lo rodeaba y la torpeza con que la mano maniobraba debajo de los cabellos. —Te vienes a vivir conmigo cuando termines. si llamaba su madre. Beatriz obedeció. —¿Quieres vivir conmigo? —le había pedido él la noche anterior. La llamó. Beatriz le había pedido a Verónica que dijera. Acosta le acarició las nalgas. Dos Rossweiler. Se propuso sacarlo del camino. mi amor —le dijo la melindrosa—. Seguía de pie y abstraída. —Me encanta —dijo ella sin volver la cabeza. 80 . mi amor! —y se lanzó a los brazos del tipo. había sido adquirida hacía apenas un año. Y pasó de nuevo sus manos por las nalgas. "Cierra los ojos" —le pidió. que se había quedado a dormir en su casa. Más allá. Esas duras nalgas adolescentes se le habían revelado a Fabián en el desfile de lanzamiento de la colección. no te olvides que el costo de vida está ahora por las nubes. —¿Te gusta el paisaje? —le preguntó Acosta al abrazarla por la espalda. se la había vendido al contado y en dólares. —¡Divina! —exclamó ella al ver la gargantilla en su cuello—. cómo no iba a recordar a un papacito como él —le mintió la voz al otro lado de la línea. un poquito más. La voz ronca y las tonalidades melindrosas de su acento lo devolvieron a un cuarto de hotel ¿Lo recordaba? Claro que lo recordaba. sin ropa interior. Seguía con los ojos cerrados. el constructor intermediario en la venta. importados de Estados Unidos. "¿Qué le digo?" —le preguntó Beatriz. —¿Crees que puedo ser reina de belleza? —Te lo aseguro.

Le pidió extender hacia él una pierna. no lo puedo creer. Sólo así podía explicarse que una vez puesta en su cuello la gargantilla de oro. Pediría a una agencia de publicidad la realización de un spot de diez o veinte segundos. Beatriz pensó de inmediato en el genio creativo de Leonardo Pradilla. déme esa patica. Le propuso una sesión de jacuzzi. Acosta se emocionó con la idea de promocionar la imagen de sus negocios. —Son todas tuyas —respondió Acosta—. Se lo diría a Verónica. le pidió llevar una mano a los cabellos e imaginó el impacto de la imagen: la cámara registraría la mano enjoyada que ordena los cabellos de una mujer joven. póngase bien sexy. Doña Dolores de Lopera ahogó un grito de felicidad al abrir la puerta del pequeño apartamento y recibir el inmenso arreglo floral acompañado de frutas. El auto era un modelo del 87. mamacita. —¿Son mías? —preguntó ingenuamente extendiendo las manos. le dijo a manera de súplica. Mija. No lo había amado. Acosta le tomara las manos y con gestos rituales empezara a introducir en los dedos anillos y sortijas. buen mozo y un poco áspero. y abrochó una cadenita de oro en un tobillo. Volvió a admirar a Beatriz sentada en el sofá. tan clasuda que se ve así. —¡Es un pobre diablo! Acosta había sacado del camino al Gordis. "Gold & Fashion". No hay buenos tipos sino pendejos sin agallas —dijo Fabián. que colocara las manos sobre las rodillas desnudas. Anuncios de prensa. exclamó. De esta visión y. A propósito. ¿No era la bisutería el sucedáneo de esta fantástica exhibición de brillo? Acosta le pidió que se sentara en el sofá y cruzara las piernas. Miró la 81 . Lo dejamos para otro día. del orgullo de haber regalado a la joven joyas que le pertenecían. Le había mentido. póngase ahí como si posara pa' las cámaras. Beatriz le dijo que era tarde. ¿qué pasó con tu Gordis? —Parece que se quedó tranquilo. le mandaron flores —gritó.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿No era un próspero propietario de joyerías acreditadas en todo el país? Sólo así podía explicarse la generosidad de aquel hombre joven. Quería admirar a la distancia el aspecto que ofrecía una chica hermosa con los dedos de las dos manos preciosamente decorados con sus sortijas. Beatriz no se atrevía a decir que hubiera sido preferible convencerlo con métodos distintos a las amenazas. Mañana conseguimos uno. ¿Quién no las ha visto frente a las vitrinas y escaparates de las joyerías? Las lágrimas de emoción que bajaban por párpados y mejillas nacían de esa atávica predilección femenina por las joyas. —En el garaje tengo un Mazda que nunca uso —le dijo Fabián al despedirla—. No era un mal tipo. mijita. Supongo que sabes manejar. nadie más que Beatriz podría ser la imagen audaz de joyerías que tenían su clientela asegurada. ¿Tienes permiso de conducir? —ella negó con la cabeza—. publicidad en las revistas. fotos fijas de una modelo inexpresiva no bastaban para destacar la exclusividad de sus joyerías. La muchacha lloró de emoción al verse ante el espejo. lloró como sólo saben hacerlo algunas mujeres ante el espectáculo deslumbrante de joyas ajenas y propias. como si se imaginara el rótulo en los comerciales de televisión. insignificante al lado del Mercedes Benz blindado que lo acompañaba en el garaje. de expresión inocente. Corrigió la posición inicial. debía llamar a la madre. —Lo mejor que puede hacer es quedarse tranquilo. —Es un buen tipo —dijo Beatriz.

—Ya no soy modelo. Firmó el comprobante de entrega y se quedó inmóvil en la puerta. mija! Cada vez que usted sale en ese programa. la había instalado en su dormitorio. mejor dicho —dijo sin venir a cuento—. mija. Cuando lo hizo. al regresar a casa. ponga de su parte y estudie. mija. mamá. 82 . las vecinas vienen a felicitarme. mija —dijo con humildad doña Dolores—. Se puede costear la carrera con su trabajo de modelo. La nevera y el televisor nuevos habían sido los primeros regalos de Beatriz al recibir su primer cheque de modelo. mamá. ni ésta la curiosidad de ver la gargantilla nueva en el cuello de su hija. Me hicieron una oferta mejor. ni a la hija le hacía gracia recibir noticias desalentadoras sobre el padre que a duras penas veía. Son para mí. Beatriz soltó una carcajada. —¡Qué detalle tan lindo de su amigo! Beatriz interrumpió sus ejercicios en la bicicleta estática. —Me alegra. —No me case antes de hora. con las manos tapándose la boca. ¡Cómo se le ocurre! Nunca estuve enamorada de ese zángano. —¿Enamorada? —chasqueó la lengua—. no sé si estudie diseño gráfico o de modas. me dieron tres años para pagarlo en módicas cuotas mensuales. Se va a sentir orgulloso pero le va a dar mucha rabia saber que usted y yo podemos vivir decentemente sin su ayuda. Por falta de espacio. —Si es así como amigo. Me casé con él porque una mujer de veintidós años tenía que casarse con el primer pretendiente. no había tenido tiempo de enseñar a la madre la colección de sortijas. —No se olvide de estudiar. ¿se acordó de pagar el arriendo? —Ahora mismo le hago el cheque. —¿Cómo así que cheque. Lo enviaba Fabián Acosta. —¿Cierto que se ve divina la nevera nueva en la cocina? Le pegué esos adornitos. Beatriz? —Abrí una cuenta corriente para no tener que andar con efectivo. —No sé si estudie. una excusa que no alarmara a la madre. ¡Si le contara. mija —dijo resignada—. doña Dolores permaneció con los ojos desmesuradamente abiertos. una ganga. No le satisfacía reconocer ante su hija el fracaso del marido. no se preocupe. con sus respectivos tendidos. — A veces pienso que usted sigue enamorada de él. —Estudie lo que quiera. —Su papá va a sentirse orgulloso de tener una hija como usted —dijo doña Dolores—. Diría que lo había comprado a crédito. cómo será cuando sea su novio —dijo la madre—. que haya conseguido un buen partido. Me dijeron que se quedó sin trabajo y que anda de puerta en puerta vendiendo enciclopedias. —Estoy estudiando. y el detalle de obligar a la madre a una visita al odontólogo cuando recibió sus honorarios de actriz. ¡Mire que abandonarnos cuando usted apenas tenía cuatro años! Dios castiga. mamá —le dijo—. los artículos de cocina y los juegos de sábanas de algodón puro. mija. Acuérdese que tiene los exámenes encima.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tarjeta y su felicidad fue mayor al saber que el ramo de flores era para ella. Fabián es apenas un amigo. Vinieron después el juego de sala y la cama de cedro. suspiró. Beatriz tendría que inventar alguna explicación cuando apareciera en casa con el Mazda. En la mañana. mamá —y corrigió al instante—. Oiga. uno de los dos cuartos del apartamento. Voy a ser la modelo de una importante cadena de joyerías. Esta vez no la van a rajar.

El noticiero se abrió con un estruendo de explosiones. una bomba en Bogotá.. por favor. como si rezara una oración—.. Usted sabe que tenemos familia en Medellín. usted es una niña muy linda.. la presentadora del noticiero leyó los titulares del día. Entienda. Yo sé que es una profesión. Por ahora. por la confusión de hombres y mujeres que corrían entre policías." —escuchó Beatriz al echarse la toalla al cuello. —Usted verá. ahora otra en Medellín —dijo la madre en voz baja. Doña Dolores apagó el televisor. cómo le devolvemos la juventud. ¿Vieja con cuarenta y un años? A usted lo que le falta es arreglarse. ¡Qué lindo! ¡Mandarle flores a la suegra que no conoce! Abrazada a la madre. —Si voy a seguir modelando. ¡Qué hombre va a respetar a una muchacha que ha pasado por tantas pruebas sin decidirse! —No sea anticuada. Así no tendrá que empelotarse. —No se vaya a escandalizar. la cámara se paseó por un edificio derruido. ¡Sabrá Dios dónde vamos a parar! Beatriz volvió a acariciar los cabellos de la madre y se dirigió a paso lento a su dormitorio.. Segundos después. árboles talados por el impacto. mija.Por el momento. Antes de almorzar la ensalada y la pechuga de pollo a la plancha que le había pedido a doña Dolores. se habla de veinte muertos y decenas de heridos aún no identificados. —¡Se acabaría la familia! Beatriz miró la hora y encendió el televisor. haría medía hora más de ejercicios. Antes de anoche. mamá —le pasó la mano por los largos cabellos castaños—. No sabe la pena que me dio cuando vi en los periódicos y en la televisión ese desfile. 83 . "Sigue la siniestra cruzada de exterminio contra miembros de la fuerza pública. acostúmbrese a verme vestida y con poca ropa. Antes de identificar el lugar y consecuencias de las explosiones. Beatriz rió a carcajadas. tendidos de luz venidos abajo. mamá. que a mí me educaron de otra forma. que no hay nada malo en ser modelo. mamá —le dijo con dulzura—. ¿Quiere que le diga una cosa? Las mujeres no tienen que resignarse a vivir toda la vida con un hombre que no aman. Ahora las parejas se conocen. Ya verá.. pasan por un período de prueba y después deciden. —¿Usted cree que ese muchacho va en serio? —preguntó preocupada—. "Un nuevo atentado dinamitero sacudió a la ciudad de Medellín. si me deja asesorarla. viejita —le acarició las mejillas con el dorso de la mano—. Socorristas de la Cruz Roja sacaban muertos y heridos de las ruinas.". mija. ". que hagan como usted dice un período de prueba y al final no decidan nada. seguidas por doña Dolores con las manos puestas sobre su boca. según los informes de las autoridades. ¿Cómo voy a saber yo las intenciones de un hombre? Nadie lo sabe. La cámara se paseaba por un vecindario en ruinas: carros achicharrados. Eso es lo que me aterra: que se conozcan. mamá. mija —suplicó la madre—. La gente se sigue enamorando y casando como antes." —¡Apáguelo. Empezó a pedalear. Betty—aceptó resignada—. ¿Qué pasa luego? Pues que repiten lo mismo. soldados y socorristas. —Espere un ratico. —¿Ve? —exclamó—. —Me cuesta mucho acostumbrarme a esas cosas —quebró la voz—. apáguelo! —suplicó Beatriz. ¿Qué tal que el dichoso matrimonio no tuviera sentido? Consiguió escandalizarla: la madre enarcó tas cejas y le dio la espalda a la hija. No sé.. La siguiente noticia mostraba tres cuerpos de policías abatidos en plena calle.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mejor —dijo la madre—. Una música fúnebre servía de audio a la emisión de las imágenes. Ya estoy muy vieja para adaptarme a esas costumbres. aunque no lo conozco. —¿Vieja usted? No me haga reír —la abrazó y besó en la frente—.. me dolería mucho verla sufrir. —No sea anticuada. ese muchacho me parece muy buena persona.

Usted no durmió donde Verónica. ¡Las separaban tantas cosas! La irritaba su resignación. una mujer desnuda y patiabierta. no sé cómo no se nos había ocurrido — recordó llevándose las manos a la cabeza. herido a flechazos. churros que se conviertan en espejo de nuestros clientes. aunque las intuiciones de la madre fueran a veces revelaciones fulminantes. dijo Upegui. Mucho más sugestivo en inglés. "¿Qué ofrecerían a los invitados? La etiqueta mandaba que se dijera: se servirá copa de vino. ¿Qué hay de malo en eso? —subió el tono de voz como si la verdad exigiera mostrarse desnuda y desafiante—. ¿Se imaginaba el impacto? —decía a Virginia. pero vale mucho. Faltaban algunos accesorios. mejor que sobre y no falte. le daba rabia verla envejecer con el convencimiento de que era vieja a los cuarenta y un años. la grifería de bronce. Podía adquirirla mediante un canje. Evitaba responder groseramente a su madre. mija —se acercó a decirle la madre—. La oficina de la administración le parecía desangelada. John Peralta había prometido mandar las cámaras del noticiero. En esa pared.. Que no se le olvidara la cita con el notario. pongamos algo lindo en las paredes.. Diez fornidos fisioculturistas atendiendo a los invitados. Tengo un Darío Morales. mamá. Cuerpo perfecto. La examinarían juntos. "Inversiones Nuevo Horizonte" era una razón social sencilla. Como conejitas sin uniforme de conejitas —dijo. entonces? —preguntó Beatriz deteniendo el pedaleo. recordó. ¿Cuántas líneas telefónicas? No menos de dos. descalzos. Un fax. ¿era falso el Dalí? Elegiría las de temas y colores amables y las cedería al negocio en calidad de préstamo. bromeó agarrando del cuello a Virginia. tienen que ser 84 . Y la decoración. Una idea genial: los camareros no atenderían en uniforme negro y pajarita.. será un verdadero escándalo. Upegui inspeccionó con Virginia cada rincón del gimnasio. Y en el salón de los aeróbicos lucirían muy bien reproducciones de mujeres y hombres jóvenes en ropa deportiva. —¿Dónde piensa que dormí. colgaría la que representaba al santo desnudo. ¿Cuál era el dichoso santo? San Esteban. "Inversiones Nuevo Horizonte y Perfect Body se complacen en invitar a usted(es) a la inauguración del nuevo y espectacular spa que abrirá sus puertas el próximo viernes. pero tenga cuidado.topless. Guardaba en su casa litografías de pintores famosos. torso desnudo. Nada podía hacer para modificar su comportamiento. ¿Por qué no cinco mujeres y cinco hombres? — propuso Virginia.. Prefería mentirle. No me quiero meter en sus cosas. Se le había ocurrido —dijo Upegui— que fueran atletas musculosos vestidos solamente de pantalones blancos. dijo Virginia. Virginia. ¿Le parecía adecuado el nombre del gimnasio? Perfect Body. que le respondió con un amago de golpe en la entrepierna. entra en el inventario de gastos. —Dormí en la casa de Fabián —encaró a la madre—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —La noto muy rara. las baldosas del piso de grandes ladrillos crudos. serían casi doscientos invitados. Ya él había hecho trámites e inscripción de la sociedad en la Cámara de Comercio. Dalí. tamaño pliego. con insinuantes delantales de cuero. Ningún noticiero de televisión se va a perder esa noticia. una libre para los clientes y la otra para nosotros. ¿Había hecho ya la lista de invitados? —le preguntó a Virginia. ordenar pasabocas. mañana a las nueve. ¿Es que no se ha dado cuenta? Doña Dolores la observó en silencio y optó por retirarse. conseguí unas cuantas cajas de vodka y whisky de cortesía. Canje o no canje. el acabado de los baños tendría que ser de mármol. Más adelante instalarían un teléfono público de monedas. Amparo invitaría a sus amigos periodistas. tacones altos y . Ya no soy una niña. falta un fax. encontraba irritante su aceptación de la fatalidad en cada circunstancia adversa. En minifalda negra. pero había que servir más que vino. de espaldas al escritorio.

porque Acosta nos da la plata en efectivo. ¿Cómo se porta mi verguita chiquitica y tiernita? —le preguntó a sabiendas de que Upegui disfrutaba con sus obscenidades. Se le ha metido en la cabeza volverla reina de belleza. Tenemos que abrir la cuenta corriente a nombre de Inversiones Nuevo Horizonte. hasta donde sabía —dijo Virginia—. de pura pena. ¿Hasta cuándo?. pronosticó Virginia. Virginia le recordó que le faltaba endurecer el abdomen. ¿Cuánto quedaba en plata líquida? Veinte millones de pesos. así la recordaba Virginia. lo haría a través de su abogado. el BMW se me hizo humo. Virginia no la conocía. Podía durar lo que durara la juventud. pero la oferta industrial arruinó su negocio. ¿Salía con Beatriz Lopera. Verónica se hizo amiga de Beatriz cuando iban a ese colegio de mediopelo. Había días en que. Lo que era la vida. has bajado barriga pero necesitas tonificar esos músculos. Mejor mañana. ¿Cómo había quedado al fin el asunto del tercer socio? Fabián Acosta no quería figurar en las escrituras del negocio. suscribirían entre ellos un documento privado. le había prometido a Verónica almorzar en casa. venía diciéndole Upegui. Lo que era la vida: ahora era una modelo famosa. Les pagamos en efectivo. precisó él. Beatriz Lopera no era. ¿Almorzarían juntos? No. ¿Estamos lavando?. ¿Sabía que Acosta tenía a Beatriz comiendo de su mano? No lo sabía. dudó Virginia. Se para. no se para. se había ido de viaje a Europa. haciendo lo que casi todos hacen. añadió Upegui. pero la juventud se medía hoy con una vara cada vez más corta. Su aporte de trescientos mil dólares significaba apenas el 20% de la inversión.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus muy sofis. Más bien poco. Acosta nos gira mañana para pagar a los proveedores. cuando la conoció. La pobre no paraba de estudiar día y noche. la amiga de su hija? El mismo. Pradilla era apenas amigo. El tiempo de esta profesión —lo sabía ella— se consumía en un suspiro. ¿Respiraba por la herida? ¿Presentía que la medida de la juventud se había alejado hacía mucho tiempo de ella? 85 . se inquietó ella. ¿Quién iba a creerlo? De niña era una langaruta pálida y tímida. le preguntó. propuso Virginia. Ya agoté mi cuentica en dólares. ¿Fabián Acosta?. ¿Funcionaba bien el baño turco? A las mil maravillas. La tiene comiendo en bandeja de oro. Poco o mucho tiempo. Esa humilde mujer tiene todas sus esperanzas puestas en la hija. informó exaltado. respondió la voz realista de Upegui. Una sociedad con más de millón y medio de dólares será una sociedad respetable. dijo Upegui. éstas serían las medidas ideales. Antes de salir del gimnasio. Debemos mucha plata. pero la primera beneficiada en esa relación sería la madre de Beatriz. pidió al arrebatárselo. Sabía por Verónica que la madre de Beatriz había criado sola a su hija con pequeños contratos de restaurantes y pedidos para fiestas particulares. ajiaco y sobrebarriga. que no tengan las tetas muy grandes. le había pedido a Upegui que figurara sólo él. Virginia le acarició el brillante cráneo rasurado. entre 32 y 34. Upegui poseía el 28% y Virginia el 52% restante. La respuesta fue un suspiro hondo acompañado por un encogimiento de hombros. se quejó Virginia. ¿Por cuánto tiempo? Depende de ella. ¿Salía con Leo Pradilla? Sí. Lavando no. Pobre mujer. preguntó Virginia. Upegui le recordó a Virginia que se diera prisa en la contratación del sistema de alarma. ¿Quieres probarlo?. en pesos y en dólares. Le parecía cruel decirlo —opinó Virginia—. ¿Me das un beso?. dijo al bajarse de la máquina. ¿Sabes lo que es ser pobre? —preguntó. Además. Niñas muy sofisticadas. Upegui se subió a una máquina y trató de flexionar los brazos. cocinar platos criollos. Tampoco Upegui figuraría. Sí. la invitaba a comer en su casa. ni la sombra de la linda niña de hoy. Virginia lo recompensó con un fuerte apretón en la bragueta. haciendo lo que sabía hacer. Y que nos den recibos con el debido incremento de los precios. dijo Upegui. Había montado una pequeña empresa de confección de ropa para niños. dijo Virginia.

—Lo estoy pensando —dijo Virginia—. Esta vez no lloró. lo había acompañado en la partida. como si esperara un vuelo retrasado. lentejas y fríjoles. ¿Se refería también a la belleza femenina? Le hubiera gustado anotar cada una de sus frases. el garaje con puertas de madera carcomida. Verónica no estaba convencida de la permuta. Acababa de preguntarle si se sentía rico. le dijo Virginia a Javier Upegui. nunca como hoy el lobo había acechado tanto a Caperucita" — reflexión que acompañó de risas y mohines en la cabellera de Verónica. ¿Rico? No me hagas reír —dijo extendiendo los brazos hacía la amplitud de su sala—. de por lo menos veinte años. hágalo. se tomó un café. anotar con palabras textuales la más terrible de sus advertencias. —Me llegó un telegrama de Leo —dijo con el papel en la mano—. Si lo perdía. antes de que la Avenida Circunvalar diera nacimiento a nuevas casas y edificios.Llamé a Beatriz pero me dijo que tenía cita con Fabián. Se había negado a la oferta de Epaminondas Romero. le caería encima el peso de la tragedia. Sentía todavía el vacío de la ausencia. Está a nombre de las dos. Dice que me extraña. había nacido y crecido allí. En ese terreno puedo construir un edificio de cuatro pisos. mucho más suntuosos y caros que los antiguos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Decidiste permutarme la casa? —le preguntó Upegui—. vivir 86 . ¿Era posible que placer y tristeza durmieran juntos? —Tengo que estudiar —dijo al subir a su cuarto—. Verónica mantenía grabada una de las primeras frases de Leonardo Pradilla: hablaba de la visión nocturna de la ciudad y del artificio de su belleza. Sin su consentimiento y a hurtadillas. Cayeron en su memoria de manera placentera y triste. Sabía comer arroz con huevos fritos. No estoy seguro de poder conservar nada de lo que me rodea. pronunciada con la amabilidad de una reflexión y sin el odioso tono de un consejo. El aspecto que ofrecía en el vecindario era como un parche en medio de las nuevas edificaciones: el pequeño patio de rejas oxidadas. Desde el día anterior. "Hermosa. Las paredes y los techos filtraban humedades. Si un día no puedo conservarlo. "Estás viviendo en la peor de las selvas. una casa de clase media levantada hacía dos décadas en el extremo nororiental de la ciudad. Le explicó que rico era aquel que no temía perder cuanto tenía. —¿Pétalos de rosa con miel? —se intrigó Virginia. mi niña. De lejos. que el verano de París es dulce como pétalos de rosa con miel. —Convence entonces a tu hija. —Ya sabes —mintió Verónica—. Era una casa amplia. terrible y engañosa". —Javier quiere invitarnos a cenar —le gritó Virginia a la hija cuando subía las escaleras hacia el segundo piso. niña —la había alentado Teresa— E1 dolor de la ausencia es a veces dulce. así la había calificado. Lo siguió a la distancia hasta verlo desaparecer en el control de emigración. Paseó un rato por el aeropuerto. volveré a ser el que fui antes de ganar lo suficiente para comprarme esta vida. Leo es a veces poeta. Si quiere hacerlo. Y regresó a casa. La oferta era en todo caso tentadora. Verónica había ido al aeropuerto a la hora del vuelo. Los recuerdos del último encuentro no fueron dolorosos. Trataría de convencer a su hija. Pensaba que la decisión de permutarla sería una falta de respeto a la memoria de su padre. Te doy un bonito apartamento moderno de ciento cuarenta metros cuadrados y te quitas de encima el problema de la seguridad. de dos pisos. escondiéndose entre la multitud. Era una casa vieja. Lo pensaría.

¿Cómo sería hoy el estudiante modelo. enamorado de ella hasta la locura. —¿No comprendes. ¿Por qué no la alegraba saber que Perfect Body se inauguraría pronto. se encontraría con Beatriz. hermosas y hermosos estudiantes de 87 . haría cualquier cosa para seguir rodeado de discos. Tenía curiosidad de ver a la amiga al lado de Fabián Acosta. —No le gustará nada —insistió Virginia—. Leo —leyó de nuevo el telegrama. El reloj Cartier envuelto en precioso papel regalo. Cenó pues con Virginia y Upegui. ¿Por qué se habían molestado? Y aunque se mostró amable con ellos. Además.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus decorosamente en cualquier parte. tendría que revalidar algunas materias. en cambio. Un niño de trece años. Verónica no pudo concentrarse en el estudio hasta que no puso orden en la memoria que evocaba a Leo Pradilla. de vivir en un apartamento de doscientos metros cuadrados eran apenas un accidente de la suerte. pasar los exámenes de último grado. Un acontecimiento social que la prensa. —¿Me escuchaste? —subió a insistirle Virginia—. No debía nada ni le daba importancia a la vida social. Te extraño mi niña. Y en cuanto al dinero. lo mejor era ganarlo y gastarlo sin remordimientos. Si quería hacer una carrera. Si frecuentaba fiestas y cocteles era en razón de su trabajo. No era rico. a controlar la iluminación de las salas. —Dile que gracias —se excusó. entregado por Upegui en el momento de apagar las velas de la torta. ¡Maldita sea! No podía con las matemáticas. una línea que traza un dibujo y. Stop. todo lo contrario a lo que entendía por horizonte. —Vienes a cenar y regresas a estudiar. a quien apenas conocía. Madrugarían a poner cada cosa en su sitio. La ausencia de Leonardo Pradilla limitaba la visión de su horizonte. O elegir una escuela de diseño que no exigiera título de bachiller. la radio y la televisión registrarían con bombo y platillos. Y nerviosa. El regalo era muy lindo. Su amiga no había podido. Besos en cada pétalo. tan cercano como limitado. que la fiesta iba a ser por todo lo alto? Casi doscientos invitados. Recordó a Nelson Sarmiento. intentar de nuevo o desistir. en el segundo intento. Verónica cumplió diecinueve años. Les agradecía el detalle de la celebración. para ser sincero. su primera víctima? Sonrió avergonzada. a ensayar con meseros y meseras. Virginia estaba exultante. se sintió indiferente y apática en la conversación. Se aburría. al asomarse a la ventana. Su madre y Upegui lo celebraron invitándola a cenar. era un regalo precioso. El privilegio de poder comer caviar o salmón ahumado. tan deprimida como doña Dolores. quería consolarla. —¡No me importa lo que crea! —gritó—. Javier nos invita a cenar. Upegui. La trampa tendida al incauto. mamá. va perdiendo la identidad de sus líneas. Stop. Habían pasado más de cinco años. Viviría de nuevo en un cuarto. poco a poco. Perdón. parecía tener los pies sobre la tierra. El verano de París sabe a rosas y miel. mamá? No puedo perder un segundo —y cerró la puerta de su cuarto apartando a la madre y dejándola plantada en el pasillo. de beber vino en lugar de gaseosas y jugos de frutas. Después de la cena. aunque. excúsame con él. con la cara marcada de acné. Un horizonte tan cercano no es horizonte. El primer beso. Estaba deprimida. No sabía ahorrar. Creerá que es un desaire. Un momento antes. libros y una botella de vino. creyó que el horizonte era un paisaje cercano. Controlaba cada detalle.

Vio —todos vieron— que de la camioneta atravesada en la vía salían tres hombres armados y disparaban repetidas veces contra el vehículo. Chicos y chicas de dieciocho a veinte años. ¡No pare. carajo! —gritó Virginia. Lo adelantaron. Llamaría un taxi. —¿Te llevamos? —se ofreció Upegui—. Si esperas un minuto te llevamos. los jóvenes parqueaban sus vehículos y convertían el mirador en un motel al aire libre. Parecía un hermoso paisaje detrás de una transparencia de tules. salen sus ocupantes armados y. al salir. sin dar tiempo a una respuesta. Lo comprobó cuando. ¿Por qué tenía escoltas un simple constructor de casas y apartamentos? —No llegues muy tarde —aconsejó Virginia. en el costado izquierdo de la vía. Recordó las frases de Leo Pradilla sobre la belleza ilusoria de la ciudad. Los hombres se acercaron hasta las ventanilla disparando incesantemente. Upegui pudo ver la sangre que manchaba la tapicería. Lo mismo hizo su escolta. dos hombres respondieron a un gesto y corrieron a subirse a un jeep blanco que los siguió de cerca. Porque queda en el monte y es el rumbeadero preferido de las nuevas Venus. subiendo desde Bogotá. guarecido por la oscuridad. su acompañante de hace seis años. Verónica no sabía que también Upegui disponía a veces de escolta. vio que uno de los vehículos le cerraba el paso al otro. Por una graciosa ocurrencia. Numerosas 88 . no seas terca —insistió Virginia—. No era prudente —decía Upegui— que se fuera en taxi a un lugar que se estaba volviendo extremadamente peligroso. Virginia recordaba La Calera con este nombre. Pese a la neblina. Ya es tarde. el conductor y su acompañante. de atracos frecuentes. ¿Por qué El Monte de Venus? — preguntó al senador. —Pan de cada día —dijo para sí Upegui. Y habló del robo de taxis. descargan sus armas sobre los ocupantes del carro interceptado. parecía como sí salieran de un accidente sin importancia. aunque ya no lo frecuentaba. En el interior del vehículo. Verónica bajó del auto sin haber superado aún el shock producido por la balacera. engañosa y terrible. Upegui prefirió orillar el auto y esperar a diez metros de distancia. Desde entonces. Circuló con prudencia y en silencio hasta la discoteca. —Los dejo —se excusó Verónica—. Más que fuga. de balaceras esporádicas. —Te llevamos. pero cuando retomó con prudencia la velocidad. tomaron el puente y siguieron por la estrecha carretera que llevaba a La Calera. Regresaron a la camioneta y emprendieron la fuga. aplaudida por Rodolfo Roldán. yacían con los cuerpos enredados uno sobre otro. —No se molesten. Redujo la velocidad al pasar al lado de la camioneta agujereada a balazos. ¿Dónde habían quedado de verse? La esperaban en una discoteca de La Calera. Virginia conocía el lugar. En el costado izquierdo de la vía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus danza contemporánea contratados para hacer un pequeño espectáculo. Llevarían a Verónica al lugar de su cita. Se refería a la balacera: un vehículo intercepta a otro. No nos gusta que cojas taxi a estas horas. Una multitud de jóvenes hacía cola a la entrada. Verónica miró hacia su izquierda y encontró el mapa nocturno de la ciudad iluminada. un homenaje a la gimnasia aeróbica con música de los ochenta. la zona había sido bautizada como El Monte de Venus. Upegui pagó la cuenta. la visión de la ciudad era más amplía. cinco metros detrás de él. Upegui reanudó la marcha. una mujer joven. Le incomodó sentirse seguida por los escoltas de Upegui hasta la puerta de la discoteca. Upegui frenó para dar paso a dos camionetas que parecían competir por la delantera. El flujo de su memoria se interrumpió bruscamente. Circularon hacia la Circunvalar. Quedé de verme a las once con Beatriz y su novio.

—¿Quién es el tipo tan espantoso que me trajeron de pareja? —No te lo trajimos de pareja —aclaró Beatriz—. Parece una puta. El tipo llamó al mesero haciendo aspavientos con los brazos y emitiendo un silbido. tipos distraídos mirando el paso de chicas de minifalda y blusas escotadas llevadas de la mano o abrazadas por hombres mayores que ellas. No ocultaban sus armas. subametralladoras colgando del brazo. Betty. hombre. Una botella de Dom Perignon adornaba el centro de la mesa. Sorpresa y temor. ¿Y si le daba por bailar? ¿Y si se creía en el derecho de acosarla? No lo conocía. le dijo abriéndose paso a codazos por entre la multitud de clientes. quédate por los lados de nuestra mesa. su olfato le decía que el 89 . ¿Quién era el tipo que los acompañaba? Verónica lo saludó de mano. Después de avanzar abriéndose paso. Un mesero la condujo hasta la mesa donde la esperaban. —¿Qué dices? —¿Verdad que Fabián lo amenazó? Beatriz interrumpió el retoque de su rostro. Verónica dirigió una mirada interrogante a Beatriz. —Tengo que ir al baño —dijo—. Tu Gordis está sentado en una de las mesas de la entrada. —Tranquila. Lo acompañaba una chica de ropa escandalosa. —Si sales a bailar. el Gordis. De las camionetas salía la parafernalia de la música. Beatriz reconoció a uno de los guardaespaldas de Fabián. —Un amigo —lo presentó Fabián. Fabián se lo encontró solo a la entrada. Fabián la saludó de beso en la mejilla. Escoltas ociosos parados en actitud desafiante en la puerta abierta de los vehículos. —¿Está solo? —No. Para llevarle la contraria. pensó Beatriz y no quiso incomodar a Verónica diciéndole que Fabián había ordenado que las protegieran. No le gustó su aspecto. para servirte —dijo el tipo. Verónica buscó con la mirada a Beatriz y a Fabián. Verónica volvió a decirle que no le gustaba el tipo que le habían sentado a su lado. Tráigale a la señorita un vodka con naranja —ordenó a gritos sin esperar que el mesero se acercara a la mesa—. —Raúl Trespalacios. Rápido pues. ¿Me entiendes? Hay hombres que no pueden soportar que uno se haya acostado antes con otro. Pensó que si se lo decía a Beatriz la pondría nerviosa y estropearía la noche. Las seguía de cerca. escandalosamente maquillada. Don Fabián me pidió que la acompañara hasta su mesa. guardaespaldas con el saco abierto enseñando el poder intimidante de sus armas. acompañado por una vieja que ni te imaginas. Las acompañaría hasta la entrada de los baños de damas y las esperaría para llevarlas de regreso. a la derecha. en una de las mesas. ni la mirada de exploración que le dirigió al sentarse a su lado. que no es para mañana. Ni su escandalosa manera de vestir ni la pesada cadena de oro que exhibía en el cuello.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus camionetas y carros de lujo. con lo que voy a decirte —buscaba decírselo sin alarmarla—. Beatriz se abrazó a ella emocionada. vino con pareja. la cantidad de gente que se aglomeraba de un extremo a otro. —¡Está loco! Fabián se muere de los celos. ¿Sabía que Beatriz se encontraba allí con Fabián? La tranquilizó el tamaño del local. esto fue lo que sintió Verónica al distinguir a Frank Rueda. Algunos las exhibían en la mano. Verónica le dijo que prefería un vodka con zumo de naranja. ¿Me acompañas? —No nos demoramos —dijo Verónica. El tipo sirvió con torpeza y sin preguntarle una copa de champaña. Podía ser pura casualidad.

le dijo. Había venido a saludar a Beatriz un momento. —El merengue se baila agarrado —dijo el tipo—. a quien parecía pedirle permiso para bailar con la muchacha. Rechazó varios intentos de su pareja: trataba de abrazarla y conducirla a su manera. Fabián le pediría a uno de sus guardaespaldas que llevara a Verónica a su casa. —¿Siempre sos así? —¿Cómo soy? —Así de retrechera —dijo decepcionado el tipo—. ¿no es lo que dice la canción? —canturreó moviendo hombros y caderas. Tenía que irse. Un hombre de la mesa vecina se acercó a pedirle que bailaran. Capital de la salsa y del mundo. —Se jodió. Merengue apambichao. "¿Otra tanqueadita?" —preguntó ella. cada vez que le hablaba la llamaba "mi vida" o "mi cielo". Raúl se puso de pie y dio por supuesto que Verónica aceptaría bailar. pero Fabián. —¿Quiere otra tanqueadita. —Tengo mucho calor —dijo quitándole el brazo de Raúl de los hombros. Tenía que volver a sentarse al lado de Raúl. Está podrido en plata. Verónica bailó una nueva pieza con Trespalacios. ¿Es cierto que tienes el 20% de la sociedad? —Según las cuentas de Javier Upegui. Sólo pudo rechazarlo cuando intentó bailar la siguiente pieza. abarcando con la mano su nuca. 90 . soportar tenerlo a su lado y responder a su conversación? —No me gusta bailar agarrada —le dijo amablemente—. escoltadas por el tipo que les abría el paso a empujones. Cuando regresaron a la mesa. le preguntó Verónica en voz alta. Beatriz se dejaba abrazar por Fabián. la grosería con que me sirvió la copa de champaña. —¿No tienen un cupito para mí? —preguntó Trespalacios—. ¿De dónde era?. Tengo por ahí guardada una platica y no sé en qué invertirla. No te imagino en negocios de belleza. ¿Qué podía hacer para evitar que el sexo excitado de Trespalacios abandonara el cómodo lugar encontrado en su entrepierna? Le parecía ridículo mostrarse ofendida. No podía evitarlo. le pidió. la única forma de hacerse escuchar en medio del ruido de la sala. Quédate un ratico más. Verónica adivinó en la actitud del intruso a un tipo de confianza. No pudo evitar esta vez que el tipo la abrazara y estrechara a su cuerpo. Pero. Fabián invitó a bailar a Beatriz haciéndole un gesto con la mano. Así que aceptó la dureza de taladro con que el parejo pretendía prometerle momentos más apasionados que éste. ¿Lo aceptaba? ¿No sería peor quedarse sentada. ¿De dónde iba a ser? De Cali. sos un bomboncito de hembra. Fabián abrazaba a Beatriz y ponía la otra mano en sus muslos desnudos. preciosa? —preguntó Trespalacios a Verónica.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tipo era un patán. hermano —chanceó Fabián—. —No me puedo demorar mucho —advirtió Verónica— Tengo que ayudarle a mi mamá en las cosas del gimnasio. —¿Sabías que Fabián es socio del gimnasio? —Claro que lo sabía —dijo Verónica—. sólo faltaba eso. metiendo una mano en sus cabellos. La trataba de "mi vida". retrechera y todo. dentro de poco va a querer hacer lo mismo conmigo. había que ver la forma como llamó a gritos y a silbidos al mesero. dijo Beatriz. exclamó acercando su cabeza a la cabeza de ella. Prefiero bailar suelta. tengo el 20% —dijo—. ¿No lo había notado por su estilo de bailar? —respondió él apretando aún más el cuerpo de su pareja. —Que si te provoca otro vodka —tradujo Fabián. temió Verónica. tengo más del treinta y cinco. Según mis propias cuentas. negó con la cabeza.

Sí. saquen a esta basura de mi vista. Don Fidelio — dijo el hombre que acompañaba a Verónica. el conductor le dijo a Verónica que don Fidelio era amigo intimo de su jefe. Dos escoltas dándole patadas a un hombre que no hacía ni estaba en condiciones de hacer nada para defenderse. Sé dónde vive. mientras bailaba con Fabián. La muchacha que acompañaba a Frank pegaba alaridos de impotencia.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Eres Verónica. Beatriz trató de correr y subirse a un taxi. —Me voy —dijo Verónica con voz enfática. ¿Por qué habría de sorprenderse si ella misma temió un incidente mucho peor que éste? Se lo advertí. Lo terrible no había sido el puñetazo. si es que va para su casa —le gritó Fabián. No se sorprendió porque temió desde el principio la escena. Beatriz gritaba enloquecida. ¿No se acuerda de mí? —preguntó—. Frank no estaba allá para buscar a nadie. Trabajé para don Epaminondas Romero. los porteros de la discoteca le pidieron esperar un momento. Presa de la histeria. A su casa la llevo yo. —Hernández —ordenó Fabián al escolta que seguía de pie a espaldas de la mesa—. ¿Qué le aconsejaba? Todavía estaba a tiempo. déjelo. Verónica evitó ser vista por el Gordis. Beatriz? —le preguntó Verónica—. el pobre 91 . Dos agentes de policía que miraban la escena se desentendieron de la pelea. Verónica recordó que se trataba de Evelio Varón. no había podido evitar encontrarse en la mitad de la pista de baile con el Gordis. Había bastado un gesto de Fabián a los escoltas para que dejaran de patearlo. Se abría paso hacia la entrada un hombre y su pareja. que en paz descanse. Tomó su pequeño bolso de la mesa. Por casualidad se había encontrado con ellos en la misma discoteca. ¿No veía que venía con su pareja? Fabián le pegó otro puñetazo en la boca. De nada valieron las súplicas. Al salir. Usted sabía de lo que son capaces esos tipos. La escena puso histérica a Beatriz. se llama Verónica y no baila con extraños —intervino Raúl parándose de su silla—. Se arrodilló al pie del cuerpo y trató de reanimarlo. le dijo Verónica. Al verlo de espaldas. En el camino de regreso. por ningún motivo. rodeados por escoltas que avanzaban a empujones. Y al estirar el brazo. Le advertí que se arrepentiría si nos veíamos personalmente. le dijo a Verónica. A Verónica no le sorprendió la llamada de Beatriz. en ese caso. Le cayeron a patadas sin que Fabián hiciera nada para impedirlo. si se podía llamar pelea la saña con que dos hombres pateaban a un tipo tendido en el suelo. —¿Qué quiere que le diga. inmóvil en el piso. Frank. Ella se limitó a repetir la dirección de su casa. trató de decir al agresor. pero sería peor si cortaba su relación con Fabián. No deje que la señorita. Tuvo miedo. ¡Te largas ya mismo! —Disculpen —dijo el hombre. Ya habían dejado tranquilo a Frank Rueda. Pensaría que lo hacía para volver con el Gordis y. ¿Me oíste? La señorita no baila con extraños. Fabián la tomó de un brazo y la zarandeó. se le abrió la chaqueta. Iba armado. Empezó diciéndole que. ¿cierto? —Sí. Llévela a su casa y regrese. Beatriz tampoco había podido evitar la furia de Fabián ni el puñetazo que le dio a Frank Rueda en el rostro. ¿Adonde iba? A mi casa —dijo ella llorando. cometa la locura de irse sola. le gritaba Fabián. atendido por una mujer que gritaba pidiendo auxilio. señorita —dijo él mirándola por el retrovisor. no joda. ¿no ve que lo están matando?. y lo empujó a la calle. gritaba. El duro de las esmeraldas —añadió. su profesor de literatura en décimo grado. Uno de los escoltas recogió al Gordis del suelo.

le dijo a doña Dolores mientras. se la devuelvo sana y salva mañana por la mañana. No había visto nunca a Beatriz en tal estado. Verónica se quedó atrapada entre las turbulencias de su amiga. Y. ¿Cómo? ¿Quién autorizaba a Fabián para invitar al patán de Trespalacios? Dile que no es conveniente que venga con ese tipo. donde se deshizo en excusas. Algo le estaba pasando a esa muchacha. de eso estaba segura. no podría evitar la sospecha de que lo hacía para volver con Frank Rueda. Mi mamá va a pegar el grito en el cielo. de la finca habían salido a desayunar en la Avenida Caracas. Miedo de lo que había elegido o al aceptar que Fabián no la dejaría irse de sus manos. No es que pensara volver con Frank Rueda. ¡No sabes cuánto te adoro! Por miedo. por lo visto ella había decidido seguir con Fabián. ¿Aconsejarla de qué manera y con qué clase de argumentos? —¿Con quién hablabas? —le preguntó Virginia. porque temía algo peor y no quería provocar más problemas. Y si no estaba allí para buscarla. no había dormido nada. —¿Le pasa algo? —Viene a almorzar. venía acompañado por una putica para humillarla. Beatriz se encontró en la disyuntiva de cortar por lo sano alejándose de Fabián o aceptar que. le dijo con galantería. le repitió a Verónica. te vas a encontrar con Fabián en la inauguración del gimnasio. Hagas lo que hagas. —Ven a almorzar a mi casa —le propuso—. Vamos a comer algo en el gimnasio. tenía que comprender que lo primero que se le vino a la cabeza fue que Frank Rueda había ido a la discoteca a buscarla. Ya estaba más tranquila. se dijo Verónica. Que lo perdonara. Beatriz aceptó sin oponerse ir a la casa de Fabián. se aplicaba en los párpados bolsas de té frío. Se había dejado llevar por los celos. repetía. Le gustaba mucho Fabián. ¿Se acordaba que la inauguración del gimnasio era mañana? Verónica le proponía encontrarse antes en su casa y salir juntas a la fiesta. le suplicó mientras depositaba en el cajón de un fino armario de madera la pistola que no lo había abandonado en toda la noche. le preguntó Verónica. señora.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pagaría los platos ratos. en efecto. Sí. ¿se me nota en los ojos? Verónica la invitaba a almorzar. Pero hazme el favor de llamarlo y pedirle que no vaya con ese boleta. le dijo a Verónica. Venía a visitarla porque estaba muerta de miedo. Que estuviera segura de él. Lo conocía poco. ¿Le habían gustado las flores? ¿Verdad que eran hermosas? Detuvo a la fuerza a Beatriz cuando hizo un nuevo amago de pedir un taxi y la llevó a su casa. iban a seguir la fiesta en una finca de Tabio. Fabián había llamado a doña Dolores y le había dicho que su hija se quedaba con él. Beatriz no venía solamente a almorzar —sospechó Virginia. No podía decidir por ella. no se preocupe. No pensaba abandonarlo sino darle a entender que no era justo pegarle de esa manera a un hombre que no la buscaba ni había vuelto a acosarla. pero empezaba a 92 . que yo quedé de almorzar con Javier —dijo Virginia—. que no se preocupara. ¿Cómo lo convencía de eso? No la había dejado regresar a su casa. No había podido dormir en toda la noche. —Con Beatriz. su reacción de la noche anterior no había sido más que un explicable ataque de celos. Descargaría sobre él toda su furia. Si abandonaba a Fabián. le daba su palabra. Él no podía permitir que nadie pretendiera humillar a la niña más linda del mundo. ¿Qué quería que le dijera?. extendida en la cama. No había podido darle a la madre una explicación convincente: le dijo que de la discoteca se habían ido a una finca de Tabio. estaba nerviosa. —Almuercen. La Beatriz que llegó al cabo de una hora tenía los ojos rojos e hinchados.

Me atrae. la presionaba para que decidiera irse a vivir con él. No pretendía desilusionarla. Digo que podría estar metido en esos negocios.. como lo llamaba mi madre. ni siquiera la ensalada de filetes de atún. —Las joyerías son los negocios donde invierte y mueve la plata que viene de otras partes. sus escoltas. —Pero él no es como los otros —se defendió. 93 . Es la única manera de tenerte a su lado. Epaminondas Romero era un próspero negociante. Primero exportó orquídeas. se está convirtiendo en un escándalo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus conocer lo peor de él. Hace una semana. ¿cierto? —¿De dónde va a salir? De sus joyerías. tiene algo que me lleva a él como sí me hubiera quitado la voluntad. amparado en el poder del dinero. Apareció muerto en un motel. sus vigilantes. Les blanqueaba millonadas a sus socios. Sabías desde el principio de dónde salía la plata de Fabián Acosta. —¿Quieres decir que Fabián lava plata con sus negocios? —No digo eso exactamente —matizó—. Beatriz —se enfureció Verónica—. la tarjeta de crédito pagada por Epaminondas. Las vagabundas que lo acompañaban salieron huyendo pero no se llevaron el perico que el tipo había estado metiendo toda la noche. lo leí en el periódico.. —¿Lo quieres? —No sé —se quedó pensativa—. —¿Y quién no lo está haciendo? Es bueno que lo sepas. algún hilo conduciría a su relación con Virginia. lechuga. no solamente por él sino por todo lo que lo rodea: su casa. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo a Verónica. cebolla y tomates que les sirvió Teresa. —Le voy a dar otra oportunidad —dijo al llevarse un trozo de atún a la boca. ¿No era como los otros quien disparaba a las ruedas de un auto que pretendía adelantarlo? ¿No era como los otros un tipo que ordenaba patear sin misericordia a un hombre indefenso? —se preguntó Verónica. Resulta que todo lo que me hace sentir protegida no existiría sin la plata. No digo que el tipo no se haya enamorado de ti ni tú de él. Cuando estoy con él me siento protegida. No se gana tanta plata de un día para otro. Ojalá hubiera tenido la prudencia de no dejar huellas. podía llegar demasiado lejos en la defensa de su vanidad. Verónica no tenía en cambio motivos para encogerse de hombros: si se escarbaba más en los negocios del difunto Epaminondas. Un hombre violento e implacable —le bastaba haberlo visto reventar de un disparo la rueda de un carro que trataba de adelantarlo—. opinó Verónica. Para casi todo el mundo. Mi mamá tuvo un amante que tenía un concesionario de carros. La DEA dice que detrás de él hay inversionistas y políticos. Los gringos le estaban siguiendo los pasos e iban a pedir su extradición. de un infarto. El caso del "Viejo Epa". niña Betty. —También —dijo Beatriz—. se supo qué hacía verdaderamente. —Y tú sabes de dónde sale la plata. Esos viajes a Panamá. Coma aunque sea un poquito. Además. Lo hace por celos —dijo Verónica—. el dinero de sus cuentas. —.y por su plata —dijo Verónica buscando en sus ojos la sinceridad de una respuesta. no había exportado orquídeas sino cocaína. —Todos son iguales —Verónica bajó la voz—. después importó carros de lujo. Beatriz no probó bocado. sus perros. —¿Qué quieres decir? —Tú lo sabes. Te digo que debes saber dónde te metes. ¿No lees los periódicos? —Beatriz respondió encogiéndose de hombros.

Pensó que el juego no pasaría de esa broma. Beatriz descendió adormilada. mi amor? Te estaba llamando a tu casa. ¿Para qué reprochárselo? Muchas chicas de su edad lo hacían. Despiértala. Algunas le están jalando al bazuco. añadió Beatriz. obedecería esa regla. ¿A qué? preguntó ella. Ven y desayunamos. Era Fabián Acosta. que habían entrado al cine y la había llevado. 94 . Pero el estruendo volvía. dijo haciendo un gesto de asco. Beatriz creía que por fin se había cansado de su juego macabro. Y así. Estaba decidida a dormir. contó Beatriz a su amiga. —¿Nos vamos. Parecía una autómata. sucesivamente silencio y estruendo. le había ordenado él. ¿Metía entonces coca? De vez en cuando. no a su casa. sino a dar un loco paseo nocturno por la Autopista del Norte. dijo Verónica. pasa. sin darle tiempo de pedir que la llevara a su casa. le dijo Fabián. el seco golpe de la percusión. pero la música resonaba en su memoria. las que no metían perico metían yerba. A que resistes una noche encerrada en un cuarto sin decir una sola palabra. que manejaba a toda y en silencio que apagaba deliberadamente las luces del carro por el placer de circular a oscuras a ciento sesenta kilómetros por hora. Verónica abrió. Parecía dopada. No respondió. Te quedas conmigo. ¡Ni hablar! La única vez que fumó marihuana le dio un vómito espantoso. Espera. Heavy metal a volumen progresivo. La despertaría a las cuatro. Escuchó la música que venía de la sala. mirando hacia la segunda planta. vio a Fabián de pie en el vano de la puerta. Tomó el bolso que había dejado encima de una mesa auxiliar y se dejó tomar por el brazo. —¿Van a alguna parte? —preguntó Verónica. No le hizo el amor. Se propuso no decir una sola palabra. al regreso. se había dirigido a su apartamento. Beatriz se había acostado a descansar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tal vez él esté pensando lo mismo. La apagaba. Sintió sueño pero al sueño se le oponía la asfixiante sensación de encierro. Sintió que Fabián daba doble vuelta de llave a la cerradura. zapatos y accesorios. Pasó el tiempo. —Por ahí de compras —dijo Fabián. dijo el tipo. que Fabián no paraba de comprar para ella vestidos. Sin abrir del todo la puerta. ¿No se molestaba si le confesaba algo? Gran parte de su tensión era debida a la coca que metió con Fabián. ¿Se imaginaba lo que había hecho? Juguemos. como ella deseada. —Acuéstate un rato. Escuchaba en duermevela el eco de la música. —Veo que no eres claustrofóbica —le dijo a manera de saludo—. voy a llamarla. Ahora entiendo. A las tres y medía de la tarde llamaron a la puerta. que. blusas. Si una de las reglas del juego consistía en no decir una palabra ni protestar. A la mañana siguiente le contaría que habían paseado por la Zona Rosa y la Hacienda Santa Bárbara. las que no metían perico ni yerba tomaban anfetas y bebían litros de coca cola. la torturaría con un nuevo juego. ¿Lo había probado? Me supo a mierda. ¿Podía pasar? Claro. La música se escuchaba a mayor volumen. el ciclo repetido de la misma tortura. Si Fabián descubría su lado débil. Un rock tras otro. ¿qué hora es?. ¿Estaba Beatriz? La había llamado a su casa y doña Dolores le había dicho que estaba almorzando con Verónica. ¿Por qué no dormía un rato? ¿Por qué no se tomaba una pastilla que la relajara? ¿Quería un Valium? ¿Por qué no fumarse un varillo? Virginia fumaba un poco de marihuana para rebajar la tensión. le impedía el acceso. Beatriz volteó a mirar y Verónica adivinó el sentido de esos ojos desmedidamente abiertos del pánico. Se tapó con bolitas de papel los oídos. Muy temprano en la mañana. la condujo a uno de los cuartos vacíos y la dejó adentro. ¿Cuánto había durado la prueba? Se acostó vestida. ¿Qué juego era ése? La agarró del brazo. La venció el cansancio.

Se encontrarían en la inauguración del gimnasio. —Póngase bien linda —le dijo. por ejemplo "I can get not satisfaction". la hizo comer prácticamente de su mano. Cabaret y Los paraguas de Cherburgo. unas breves palabras agradeciendo la presencia de tan prestantes personalidades. coma algo. Verónica había aprobado la selección de las canciones contra el gusto de su madre. A medida que los invitados entraban eran recibidos por chicas de minifalda negra y delantal de cuero blanco. A su alrededor. de Dire Straits. Vestían licras verdes. En un segundo plano. La sala se quedó a oscuras. La coreógrafa había insistido en poner solamente música de la década. A las siete y quince de la noche no cabía un invitado más. mi amor. empezaron a escucharse en el salón. se instalaron inmóviles en el centro del escenario. anchoas y salmón ahumado. mamita. una hielera. rodilleras y balacas en la frente. Media hora antes de lo indicado en la invitación. Los invitados se lanzaban a la caza de los bocaditos de queso. Todo nos está saliendo divino. vio el desorden de la sala: botellas. Javier Upegui saludaba a conocidos y amigos. Adiós a los años ochenta. ¡Tener la desfachatez de preguntarle si le había gustado el juego! La trató con delicadeza. Porgy and Bess. una coreografía de quince minutos concebida como alegoría de la gimnasia aeróbica. A "Life is life” le siguieron "Walk the dinosaur". esto está repleto. Le permitió irse a su casa. el vodka y la ginebra. personajes de la política y los negocios. ya no había espacio para estacionar en las aceras de la calle ni en los parqueaderos cercanos. modelos de éxito. Los chicos vestían sólo pantalón blanco ajustado y delantal negro. Se interrumpió la proyección de las películas. En una pantalla gigante se proyectaban fragmentos de películas musicales elegidas por Upegui: Cantando bajo la lluvia y West side story. un éxito. que había propuesto algo más "excitante". más discreto. Se había permitido la licencia de una pajarita morada. Un cuidadoso trabajo de edición unía una canción con la siguiente. Cuando llegara la mayoría de los invitados.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Al salir al comedor. De la copa de champaña se había pasado al whisky. el vino. Javier. El show se cerraría con "Money for nothing". se había abierto espacio al escenario. Virginia había decidido que la bienvenida se daría con una copa de champaña. negras y moradas. eran recibidos por Virginia en la puerta. actrices. Virginia ordenaría a bailarines y bailarinas dar comienzo a la función. Elton John contribuía a la banda sonora con "I guess that’s why they call it the blues". reliquias conseguidas después de muchas búsquedas en la cinemateca de la ciudad. Un pasacalle anunciaba la inauguración del gimnasio Perfect Body. Actores. con sus respectivas parejas. debajo de los cuales se asomaban sus pechos desnudos. Un círculo de luz arropó a los artistas. los muslitos de pollo apañados y el bacon con dátiles no duraban un segundo en las bandejas. pero la hija le dijo que Mick Jagger armaría demasiado desorden entre los asistentes. del grupo Opus. los instructores del gimnasio hacían sincronizados movimientos aeróbicos. Virginia pronunciaría unas palabras de bienvenida redactadas por Upegui. de Was not was y "Never can say goodbye" de Communards. huellas de cocaína en la mesa de centro. radiante con su cráneo rapado y su smoking. Tres bailarines. En el 95 . ¿Cómo se llamaba el espectáculo? "Goodbye to the 80's" —decía el programa de mano. Al fondo del gran salón. me cago del susto Javier. de los Rolling. Las cámaras de televisión hacían tomas a la entrada registrando la llegada de los famosos. Los acordes de "Life is life".

Necesito un director para mi magazine de la noche. pero la gracia te va a costar más de lo que calculas. los de tu época no hacen aeróbicos sino jogging —argumentó para defender el menú musical de esa noche. Prime time. Y Peralta le dijo que tranquilo. al lado de Upegui y ese tipo extraño. mamá. ¿Qué le dijo? Nadie lo sabría. Todo un éxito. Retrato de grupo: los fotógrafos dispararon sus flashes: Upegui abrazando a Virginia. estamos abriendo la más espectacular escuela de belleza y salud corporal de la ciudad" —improvisó subiendo la voz. dijo Upegui. quiero a Pradilla en mi magazine de una hora. "No abrimos un simple gimnasio. —Te lo voy a robar. Verónica y Beatriz a izquierda y derecha de Fabián Acosta. como si no hubiera recibido un telegrama que hablaba de miel y rosas. Parece que se va a quedar apenas una semana más —le dijo el viejo Isaías. Leo es un gran publicista y no dudo de que pueda ser un buen director para tu programa. No me gusta el joyerito ese. le ordenó Bueno a Peralta. Verónica se encontró sola al lado de Bueno. el de la izquierda? Te lo presento al final. pediría que editaran la imagen. ¿Quién era ese bailarín mulato. Te traje las cámaras de regalo. muchachas hermosísimas. Las palabras de Virginia fueron aplaudidas por casi doscientos invitados. Te vamos a dar tres minutos del noticiero —le informó Peralta. menos aún. Lo sabía también Upegui. un programa muy high life. A mí me sacas de esa toma. Sabía de su amistad con Pradilla. Una fiesta francamente suntuosa —le dijo a Upegui. Más discreto. —¿Están hablando del mismo Guido Leonardo Pradilla? —los interrumpió Verónica. Isaías —le dijo dándole una palmadita en la espalda—. repetía Upegui. añadió Bueno. La cámara la siguió hasta el grupo donde la esperaban Upegui. protegida por Fabián Acosta: su brazo arropaba los hombros desnudos de la modelo. se jactó John Peralta. dijo Peralta con la copa de Margarita en la boca. te lo ordeno: tu programadora me debe mucha plata. Bueno había estado dos o tres veces con La Tarzana. pescó al vuelo la frase de Bueno. Verónica y Beatriz. aunque a Bueno no le hiciera gracia salir en páginas sociales y. Aceptamos cheques y tarjetas de crédito. Y Peralta. —Cueste lo que cueste. Como me lo recetó el médico. brindó con la copa en alto. Antes de descender del escenario. Así que diviértanse y regresen mañana a matricularse. ¿quién era? ¿Quién era el tipejo de traje brillante que abrazaba a esa muchachita tan hermosa? El camarógrafo del noticiero hizo una última toma. Mucho fashion. John Peralta e Isaías Bueno se acercaron a felicitar a Virginia. Ni puel chiras voy a salir con extraños. mi querido Isaías. Les advierto que no recibimos dólares falsos". "Una escuela para jóvenes de ocho a ochenta años. ¡Fantástico! —la exclamación se repetía en distintos grupos y rincones de la fiesta. cuatro años atrás. ya verás la cantidad de pauta que van a ordenar tus clientes. chismes de la política. Virginia sonrió aún más discretamente al escuchar el cumplido del publicista. 96 . Le preguntó por él. No te lo ruego. Isaías la felicitó de beso en la mejilla. Voy a introducir un formato de éxito: breves de farándula.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus fondo. avances de películas. —Te va a costar una millonada —respondió Bueno—. Te saliste con la tuya. Saquen la nota en el noticiero del mediodía de mañana —le ordenó Peralta a la periodista que dirigía a los camarógrafos. madre e hija pugnaban por la defensa de su época. a quien no molestó el secreteo de Bueno. Peralta y Bueno en los extremos. dijo enfadado. que se había acercado a ellos tratando de evitar que le tomaran una foto con Amparo Consuegra. pero es perdidamente marica. Peralta sí sabía que. La clientela del gimnasio va a ser de los ochenta. le dijo al oído Isaías Bueno. todo un panorama de la actualidad.

en tres. te consigo algo de Franco Maria Ricci. la veo desabrida y con poca vida. Me la acaban de traer de Milán. Dentro de unos años no vamos a necesitar periodistas sino niñas lindas que sepan leer las noticias. —Te felicito. Y a ti. Lo vamos a tener muy pronto entre nosotros —volvió a palmetear la espalda de Bueno. desde el día en que empezamos a salir juntos. Fabiancito —dijo la decoradora sin protestar—. Creo que lo tendré al aire en menos de un año. te tengo una silla. Verónica se vio de un momento a otro rodeada por Isaías Bueno y John Peralta. quién es Franco Maria Ricci? Te voy a mandar su revista. Fabiancito. te pondré a un profesional que te prepare. Elegí cuidadosamente la decoración pensando en ti. La Tarzana murió esta misma noche. en cuero negro y marrón. Te quedó divina la casa. Virginia. ¿No es así. es la silla más preciosa y confortable del mundo. Virginia. Si quieres productos sofisticados. Si no me va bien en Administración de Empresas. Le Corbusier. mija —le dijo—. Puedes parecer de veintiuno. la silla de diseño que te falta. —Digamos que veintiuno —siguió Peralta—. —No te dejes embaucar por este encantador de serpientes. Tienes al pobrecito Frank Rueda llorando como Magdalena. si le pones las agallas necesarias. pero si está aquí la preciosura de Beatriz! —exclamó buscando sus mejillas—. Voy a necesitar niñas lindas y ambiciosas como tú. escuche: Upegui anda metido en líos. No piense que se lo digo por resentimiento porque yo fui quien lo abandonó a él y no al contrario. ¿Cuántos años tienes? —Diecinueve. En seis meses. Virginia. ¿Te le mides al casting? Bueno seguía el monólogo de Peralta con expresión escéptica. Beatriz. —¡Periodismo! —exclamó Peralta—. 97 . por supuesto. Haga bien sus cuentas. te abro un huequito en uno de mis programas. ya verás qué cómoda y linda. apabullada por Peralta—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Del mismo —dijo Peralta—. Amparo tomó del brazo a Virginia y la separó del grupo. —Tus socios son mi clientela —lanzó a manera de estocada la Consuegra—. Fabián apretó un brazo de Amparo. Estoy ahora mismo encargando productos con su firma. ¿Sabes. Upegui nunca sabría lo que Amparo Consuegra le dijo esa noche a Virginia. Los periodistas nos van a servir en la retaguardia. Este gimnasio va a marcar una época. —¿No has pensado probar suerte en la televisión? —le preguntó Peralta. —No lo decoré pensando en tu clientela —se defendió Virginia. Si necesitas mis servicios. Si lo dejas en mis manos. viejo —le dio un beso en la boca—. —No se deje joder de nadie. Es el no-va-más de Italia y Europa. —John le quiere joder las vacaciones a mi mejor pupilo. —Que La Tarzana había muerto esta noche. No me gustó la decoración de la oficina. Pero si quiere que le dé un consejo. —La Tarzana murió hace mucho tiempo. Preparo un magazine que va a dividir en dos la historia de la televisión. Amparo superó el obstáculo de varios grupos y se aproximó a Upegui. separe bien lo suyo de lo de su socio. Usted tuvo la verraquera de matarla. A propósito. —¿Qué te dijo esa bruja? —le preguntó al recuperarla de las garras de Amparo. lo apretó con la intención de hacerle daño. Convéncelo. —Estoy estudiando Administración de Empresas. —Pensaba también estudiar Periodismo —dijo Verónica. —¿Cuántos años dura esa carrera? ¿Cuatro. Yo lo conozco. me paso a Comunicación Social y Periodismo. Fabiancito? ¡Ay. cinco? Te sugiero empezar un curso de expresión oral. te echo una mano —dijo al besar a Virginia.

Mi amigo Max acaba de ser nombrado presidente de la mayor productora de papel del país. Domínguez siguió solamente por cortesía la conversación del grupo. —¿Es de verdad o de mentiras? —preguntó Max al seguirla con la mirada. Un tipo de ademanes pausados se acercó al grupo. El Grupo. —Esa niña le alegra la noche a cualquiera —dijo Max. No debía pasar de los treinta. Me dejó un clavo ardiente en el estómago. será otro día. Gracias. Bueno lo saludó con respeto y Peralta se quedó mudo en el momento en que pensaba seguir con su perorata. A partir de ese instante. Hacia la medianoche quedaban en la fiesta decenas de irreductibles. Apreciaba a J. Virginia le estaba haciendo señas desde hacía rato. sus nervios le pedían tomar un baño y dormir hasta el mediodía siguiente. La imagen de las noticias no se hará con periodistas. Upegui le dio la razón. Verónica? Esa es la clase de información que te quiere enseñar Peralta. Compró las que andaban sueltas en el mercado. —Los invito a mi casa —ofreció Fabián Acosta. Estaba rendida. Upegui le sugirió a los meseros suspender el servicio y el mejor método para suspenderlo era ofrecer más trago a los invitados que tuvieran los vasos llenos. ¿Podían apagar y encender las luces en señal de advertencia? Las personalidades habían abandonado el salón hacia las diez y media de la noche. le quiso hacer una jugada sucia a través de sus intermediarios pero el viejo blindó bien blindadas sus acciones. almorzar todos los días en el Jockey y aburrirse con mi madre. llamó a cada uno de los pequeños accionistas y les compró a mejor precio las que tenían —contó Max a Bueno. —¿Ves. Domínguez. No había dejado de buscar a Verónica con la mirada. Virginia le agradeció a Fabián la invitación a su casa. viendo mucha televisión? —Canto de sirenas —se burló Isaías Bueno. —Max Domínguez —lo presentó Bueno—. Miraba inquieto y su inquietud tenía un objetivo. Pero sigue lúcido. estudiante de Administración de Empresas —dijo Isaías Bueno al presentarlos. Distanciado de ellos. Max Domínguez. Max? No lo veo hace rato.J. que sólo probaba un poco de vino. ¿No acaba de terminar un máster en el MIT? —Las noticias vuelan. —Jugar golf. —Tan de verdad como que es la amiga de Leo Pradilla —lo desalentó Bueno. dudaba entre salir o quedarse. Mi amigo el imposible John Peralta del Canal Equis-Zeta. sentía nudos en la espalda. —¿Que si me gustó? —respondió—. —He oído hablar de usted —dijo Peralta al apretarle la mano—. Los pies le pesaban. Verónica se excusó. interesado en la jugada. ¿Para que perder el tiempo en una escuela de periodismo si podía invertirlo leyendo periódico y revistas. Nuestra amiga Verónica. —¿Te gustó? —preguntó Bueno. En la confusión de las fuentes está el error de la noticia. Prometía foguear a Verónica en un magazine donde aprendería a dominar las cámaras. A partir de allí pegaría el salto hacia las noticias. ¿Por qué no hacían una reunión de socios mañana? —¿Me están despreciando? 98 . —¿Qué hace tu padre. pero vuelan mal —corrigió Domínguez—. Terminé un máster en Harvard. Bueno y Peralta querían despedirse. y tú sabes en lo que anda El Grupo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Harán la información pero sólo serán peones que trabajan para una imagen central: los que leen las noticias —insistía en su pronóstico—.

Virginia y Javier esperaban la salida de los últimos invitados. hijuepuerca! —gritó el viejo de la ruana y la linterna—. —¡Ah. La partida de Fabián y Beatriz los había dejado pensativos. Se disponía a entrar por la derecha. Le dije a tu mamá que te quedabas a dormir en mi casa. con un pequeño radio transistor pegado a la oreja. podemos dormir tranquilos. mal acaba —dijo Virginia. Fabián encendió el motor de la camioneta. Javier Upegui —dijo Fabián. —Ven —la tomó de la mano Verónica—. si la mirada de Beatriz no hubiera sido interpretada como el llamado de auxilio. Pasaron algunos minutos. Si quedaban borrachitos. Virginia. al que siguieron dos nuevos estruendos. los meseros se encargarían de echarlos a la calle. las venas del cuello hinchadas por la presión que seguramente hacían sus dientes. Apartó el transistor de la oreja y se secó las lágrimas con la punta de la ruana. 99 . Le voy a pedir a Javier que nos lleve a la casa. —¡Usted no se va a ninguna parte! —se interpuso Fabián— y la haló con fuerza. que en toda la velada no había perdido de vista el comportamiento de Fabián con Beatriz. Lo que pasa es que las fiestas de tu casa duran hasta el día siguiente. Verónica no hubiera dado los pasos que dio hacia la pareja ni hubiera preguntado a la amiga si se iba a quedar esa noche en su casa. Si no hubiera visto el cambio de color en el rostro de Fabián. Uno de los vigilantes. —Usted manda. Upegui y Verónica se quedaron paralizados. ciñendo un brazo a su cintura. Ha sido todo un éxito. —Déjanos solos —le dijo Fabián—. —Lo que mal empieza. Si seguimos así. Todos dirigieron la vista a izquierda y derecha. hacia ninguna parte. El eco se repitió en algún lugar de los cerros y fue devuelto a la ciudad en una lánguida duplicación instantánea. Sólo en algunas cosas —añadió—. Estamos arreglando unas cositas. Así que los invito a un asado el domingo —dijo abrazando por la cintura a Beatriz—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Ni lo pienses —dijo Upegui—. añadiendo con sorna el apellido al nombre—. Todo esto es obra suya. ¿Nos vamos? —preguntó. giró bruscamente y aceleró tomando por sorpresa a sus escoltas. Javier? La felicito nuevamente. También Virginia. arrastrándola hacia la salida. pero se detuvo en el instante en que introducía la llave en la cerradura. —¿Te quedas o te vienes con nosotros? —insistió Verónica—. Ella sonrió. Parece que fueron los narcos. Upegui escuchó casi indiferente sus versiones. Verónica se acercó a Virginia y a Javier tomando de la mano a Beatriz. Las miradas de Verónica y Max se encontraron. Fabián abrió la puerta derecha de su camioneta e introdujo a Beatriz a empujones. Él hizo un saludo de mano y caminó hacia la puerta de salida. —Nos vamos ya —dijo Beatriz zafándose de la tenaza que la sostenía al lado de Fabián. Verónica. —¡Se queda conmigo! —gritó sin gritar Fabián. A Verónica no la intimidó la voz intimidante del tipo. la tensión de las mandíbulas y los ojos de un momento a otro enrojecidos. notó algo extraño en la manera como él la separaba del grupo. Fue sólo el eco de un estruendo lejano. Las explosiones venían seguramente del centro —alcanzó a calcular Upegui. El celador lidió con el pequeño transistor. Verónica creyó haber visto la expresión del pánico en el rostro de su amiga. trataba de volver más nítida la sintonía de una emisora. ¿no.

Si se resistía. ni siquiera sintió segundos después la densa. La acabó de rasgar a pisotones. tocaba la punta del cañón y la culata. Y nuevos ladridos de los perros. Le abrió las piernas con la tenaza de los brazos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Le rasgó la ropa a zarpazos. De la nariz de la muchacha se escurría un hilo de sangre. Lo vio caminar con el arma hacía el ventanal que daba al jardín. se asomaron jadeantes al ventanal. apuntar hacia el techo. Lo vio regar el polvo blanco en la superficie de madera de la barra del bar. sacar una tarjeta de su billetera y extenderlo en rayas delgadas. No me está disparando a mí. Arrojó la blusa de seda al suelo y la pisoteó. Decidió quedarse inmóvil. Bastó un manotazo y un fuerte jalón hacia abajo para que la cremallera se reventara y la costura de la falda se deshiciera. Dos escoltas. algo que cubriera la desnudez y atenuara el desamparo. Pasó una mano por su frente y sintió el ardor de un rasguño. que entraron al salón. pegajosa humedad que se escurrió por la cara interior de sus muslos. Primero la había abofeteado. Beatriz no sintió la dureza de taladro de la penetración. la silueta de Fabián parecía perdida en medio de la niebla. Beatriz pensó que si se movía. La tenía ya inmovilizada sobre la alfombra. Ella entendió que la miraban con misericordia. se abrió la bragueta del pantalón. Imaginó al otro perro en estampida hacia su refugio del jardín. un trapo. los hocicos pegados al cristal blindado. Faltaba la falda. Si los cerraba. levantándose del piso y abrochándose el pantalón. se decía Beatriz. Vio sus esfuerzos para abrirlo después de haber desactivado la alarma. Lo vio levantar el arma. Como Beatriz intentara defenderse. Cada nuevo disparo produjo un golpe seco en su estómago. gritó Fabián. la miraron aterrados. un abrigo. cuatro. preguntó uno de los escoltas. si daba señales de vida o de recuperación. escuchó un único disparo y cerró los ojos. Volteó el cuerpo indefenso. Y escuchó el ladrido de los perros. haciendo palanca con el brazo que sujetaba la nuca. quieto con el arma colgando de la mano. Le está disparando a su rabia. Fabián pronunció unas pocas palabras: —Nadie me pone en ridículo y menos delante de la gente. Fabián consiguió dominarla con otra bofetada en el rostro. Lo vio sostener en la mano la pistola que había dejado encima de la barra. Cerró los ojos y rogó a Dios que todo acabara pronto. Beatriz hubiera podido suplicarle que no le hiciera más daño. Acosta volvería a golpearla. Beatriz imaginó al animal revolcándose en su agonía. cinco disparos. Beatriz hubiera deseado tener a mano una manta. con los ojos entreabiertos. Se cubrió como pudo con blusa y falda rasgadas. Escuchó tres. provocado tal vez por el grueso anillo que Fabián no se quitaba nunca de la mano derecha. una y otra vez. carajo!. Giró el cuerpo y quedó bocarriba. le dolían los senos golpeados cuando trató de resistirse. De espaldas al ventanal. caerían más golpes sobre su rostro. ¡Lárguense. Lo vio aspirar ruidosamente. Ya no se resistía ni gritaba. Si hubiera pronunciado alguna palabra. Los perros que habían ladrado al escuchar los primeros gritos. la silueta borrosa de Fabián desaparecería del salón. Vio a los perros que se le acercaban y le lamían los pies. —Nadie y mucho menos una mujer me pone en ridículo —repitió Fabián dirigiéndose al bar. Vio el gesto de la mano que apuntaba a la cabeza de un Rossweiler. Al final. ¿Sucede algo. La contemplaba. Lo mejor sería no resistirse. Le sacó a violentos tirones la ropa interior y se sentó sobre su vientre con las manos rodeándole el cuello. pero la violencia silenciosa de estos actos imponía mas silencio a su indefensión. Algo se desprendió del techo y cayó sobre la alfombra. Lo vio sentarse en uno de las altos butacones del bar y beber en silencio otro vaso de whisky sin hielo. No le dolía el lugar penetrado. Se sirvió un largo trago de whisky. patrón?. le abrió los muslos y la penetró de espaldas con el mismo ensañamiento que había puesto al desnudarla. 100 .

Se sentía resguardada dentro de sábanas y cobijas. se diría al día siguiente. que no había lugar preciso para señalar el origen del dolor. La bruma del amanecer. Y en la dulce bondad de las imágenes se entrometió el espanto de un disparo en la cabeza de un perro. Mataste el Rottweiler. le dijo alguna vez a Verónica. No quiso levantarse de la cama. Pocas veces recordaba al padre o soñaba con él. No puedes entenderlo. De repente. —¿Has matado a quien no merecía estar muerto? —No he matado a nadie —había aceptado Fabián—. tapizado de terciopelo morado. hacia los cerros. tomados de la mano por sus padres. Estoy enfermo. En un sillón. Fueron éstas las primeras imágenes recordadas al abrir los ojos. —Sí —aceptó él—. sueño o memoria la acercaron a la niña de acaso seis años que corría sola entre la multitud de un parque de atracciones. alzándola en brazos y besándola en la frente. temiendo que su diagnóstico disparara de nuevo el irracional mecanismo de la cólera. El padre se había distraído disparando a los osos de peluche de un estante con una escopeta. Atraída por las gracias de dos payasos. Recibía el oso de peluche del premio y se lo entregaba en las manos. He ordenado matar a quienes podrían matarme. Hago sin pensar muchas cosas y después me arrepiento. Alguien. —¿Has matado a alguien? —si había aceptado el riesgo de hablar. Y mucho más resguardada al ver a Fabián sentado. la había depositado en la cama. Era tanto el dolor del cuerpo. Recordaba que segundos antes del desvanecimiento había llegado a sus oídos algo parecido al llanto de un hombre. vería llorar al hombre que la había golpeado y violado sin misericordia. los había seguido hasta perder el rumbo de regreso. —¿Puedo bañarme y vestirme? —Tienes una muda de ropa en mi closet. —No sé lo que me pasa —había escuchado la voz de Fabián—. en batín de seda y pantuflas. —¿Me quieres creer? —había alzado la vista hacía ella—. Esta vez. Hablaba para sí mismo. Adoraba a ese perro. Podría haberlo imaginado. Era su padre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Fue brusco o gradual su desvanecimiento? No lo recordaba. 101 . pensativo y con el rostro dirigido hacia la alfombra. hablaba para sí mismo. Por supuesto que no hablaba para ella. pero se mata antes de que te maten. Fabián había esperado que ella despertara. —Todo se me nubla en unos instantes y no puedo frenar mis impulsos. desnuda y cubierta por pulcras sábanas y cobijas de lana. No hablaba para ella. la detuvo un disparo y el grito de júbilo de un hombre. Corría confundida entre otros niños. éste se parecía al confuso curso de sensaciones liberadas desde algún lugar de la memoria. —¿Has matado a alguien? —Se mata para seguir viviendo —dijo él—. Clareaba. era una claridad gradual en la sabana. Fabián quizá. El miedo era una prisión de la que no se salía fácilmente. Sintió algo superior al miedo. Despertó en una cama. diría con prudencia lo que pensaba en esos instantes—. con el torso inclinado y las manos en la cabeza. ¿Lloraba? Si quebraba la voz con un nuevo gemido. —Estás enfermo —le dijo Beatriz desde la cama. ¿Había soñador? Si se trataba de un sueño.

Le daría tiempo a la aparición espontánea de la verdad. ¿Qué había pasado la noche de la inauguración del gimnasio? Sí. le dijo a doña Dolores. Si pretendía abrir la ceremonia de las confidencias. Ya había advertido a la madre que compraría a plazos un carro. le dijo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Salió con cuidado de la cama y atravesó el dormitorio. habían pedido comida a un restaurante chino y se había quedado a dormir con él. —¿Qué le dijiste? —Que lo estaba pensando. Fabián había conducido saltándose los semáforos. Leo la había llamado desde París. los moretones de sus senos serían en pocas horas azulados. El carro de donde regresaban de La Calera se había desviado al esquivar al que venía en sentido contrario. No podía sin embargo guardar silencio. pensó que la amiga no ocultaría por mucho tiempo lo sucedido aquella noche. Entre su entrada a la casa de Fabián y el instante de su desvanecimiento se sucedieron los hechos que le refirió a Verónica. la había llevado a su casa. Los moretones de sus senos habían adquirido una fuerte coloración azulada. —¡Hijueputa! ¿Qué te has creído? —gritó Fabián. hasta que aceptó la invitación a almorzar. ¿cómo seguían las rosas bañadas en miel? La frase se había convertido en la clave secreta de sus relaciones. Recordaba su furia cuando otro carro trató de adelantarlo. se desahogaría tomando ella misma la iniciativa. El rasguño de la frente era insignificante. Un día después de aquella madrugada de espanto. ¿No había un garaje? No. Pasó todo el día en la casa. debía decirle que no se sentía bien. El viejo Isaías Bueno me llamó. Dios sabe lo que podría haberle pasado. aunque sintiera un hueso atravesado en la garganta. El otro auto disminuyó la velocidad y zigzagueó antes de estrellarse contra el andén. —Leo regresa dentro de diez días —le dijo a Beatriz—. El rasguño de la frente era cubierto por una línea seca de sangre. siempre en silencio. le entregó las llaves del Mazda y le indicó que estaba estacionado frente a la acera del edificio. Fue cuando decidió llamar a Verónica. 102 . Si Beatriz guardaba algún secreto. Seguiría hablándole. Los labios se habían hinchado. déjelo allá fuera. ¿No te parece fantástico? —¿Por qué regresa? —Aceptó la propuesta de dirigir el magazine que está preparando John Peralta. Le entregó también el permiso de conducir a su nombre. Recordaba haber entrado a la casa halada a la fuerza. dijo Beatriz sin ganas. Miel y rosas. ¿Y adivinas qué? Peralta quiere que yo haga unos cursos y después el casting para trabajar con otras dos muchachas en la presentación del programa. mintió. con las venas del cuello brotadas y las mandíbulas apretadas. Fabián se lo impidió. uno de los escoltas de Fabián llamó a la puerta del apartamento de Beatriz. estaba realmente furioso. sacó la pistola y disparó a una rueda delantera. se había estrellado milagrosamente contra una cuneta. Y el siguiente. descargando su rabia en la acción de hundir el pie en el acelerador y mover la palanca de velocidad. Recordaba que en el camino del gimnasio a su casa. Verónica no creyó esta versión. Si hubieran chocado contra el vehículo que venía en sentido contrario. Se hizo al lado de la ventanilla del conductor. Se encerró en el baño y puso el seguro de la puerta. Unos moretones y ese rasguño en la frente. No era nada. mintió. Había empezado mintiendo. Al verla llegar con gafas oscuras en un día de lluvia y sin sol. empezaría abriéndose ella. le dijo. ¿Qué explicación había dado a la madre? ¿Qué dijo ella al verla llegar en ese estado? Un accidente. Todo era cuestión de paciencia. Verónica adoptó la estrategia de no preguntar. Si la llamaba Fabián. menos mal que no había sufrido heridas mayores. Recordaba haber sentido el frenazo del auto en la puerta del garaje y la prisa del vigilante al abrirle la puerta desde el dispositivo electrónico.

Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Bruta! —exclamó Beatriz—. la abrió y espolvoreó en la cuenca del pulgar y el índice abiertos. —¿Te imaginas? Dirigida por Leo Pradilla. —Si me tranquilizo un poco. no es cierto? Beatriz lo negó. —Sólo un poco —dijo Beatriz—. ¿Te acuerdas de Juanca? Se volvió jíbaro y se salió del colegio. la aceptación de su propio desconcierto. la seguridad de la prisión se vuelve más inexpugnable. Vero! ¿A quién no se comía Juanca? Andaba siempre con billete. —¿Te puedes quedar quieta? —No puedo. llama al carcelero y éste pone un nuevo candado de seguridad en las rejas. Notó cierto nerviosismo en los gestos de Beatriz. Eso es lo más tentador. Verónica devolvió la papeleta al bolso. te juro que no vuelvo a meter. le preguntó Verónica. ¿Te imaginas? Todo eso a los veinte años. Fabián mirándola desde el sillón. la violencia con que la hizo entrar al salón. Beatriz se abrió poco a poco y narró los episodios de aquella noche. no hay razones para mantenerla encerrada. el desvanecimiento. —¿Te acostabas con Juanca? —¡Ay. Un jíbaro se la vendía a Juanca Arias. Bebió el cóctel. No se estaba quieta. Pese a la inquietud que le impedía quedarse quieta en un sitio más de unos pocos segundos. —¿Estás metiendo perico. le pareció ahora escandalosa y grosera ¿Cocaína en la vulva? ¡Estaban locos! De allí en adelante. era rumbero y divertido. Verónica se lanzó sobre el bolso que la amiga había dejado sobre la cama. El regreso a casa de Fabián. hecha día a día con la paciencia de carceleros sin rostro. Caminaba de un lado a otro de la habitación. Y de vez en cuando. —¿Con quién metiste la primera vez? —En el colegio. La prisionera sacude las rejas y se aterra a los barrotes de la celda. —¿Sabes lo qué le gustaba a Juanca? Ponía un poco en la yema de un dedo y me la untaba en los labios inferiores. tocaba cuanta cosa encontraba. Pide que se le deje salir. Verónica preparó un cóctel de champaña y zumo de naranjas. Demoraba la verdadera respuesta. En cada nueva súplica. el sacrificio del perro. Y refirió un sueño. cierta inquietud en la mandíbula y los párpados. Beatriz justificó el consumo de cocaína diciéndole que era lo único que le quitaba la depresión de las mañanas. Sin dejar de moverse. sobre todo en los senos y el rostro. Beatriz repitió lo que ya le había expresado a la amiga: el miedo es una prisión de la que no se sale fácilmente. ¿Metía con Fabián?. Las rejas que antes permitían ver el movimiento de los 103 . Un día las rejas no son rejas sino muros de concreto que se levantan e impiden toda visión al exterior. ¿te acuerdas? Juanca nos invitaba en el recreo. los golpes en el cuerpo. lo refirió con pausas nerviosas. Ve la construcción del muro. ¿Te molesta? —y sacó la papeleta del bolso. pagaba las cuentas. subía la voz innecesariamente. la dejaba en su sitio. Extrajo una papeleta y miró a Beatriz a los ojos. dándole la espalda a Verónica. allá abajo. La confesión que en otras circunstancias podía haberle resultado graciosa. Eso ni se piensa. Ahora tiene carro y apartamento propios. el instante en que despertó en la cama. lo abrió y buscó en su interior. Verónica la observó sin reprochárselo. la violación. —Un día de éstos te mata —le dijo Verónica. ya sabes. Verónica la enfrentó sin agresividad. Aspiró con fuerza.

las rejas dieron paso a un grueso muro de concreto cuya única comunicación con el exterior era un reducido rectángulo protegido por barrotes. Que destinara un escolta a la vigilancia diaria. no una escuela de costureras sino una verdadera escuela de modas. Para darse fuerzas o para sobreponerse a la fatiga. Despertaba después de unas pocas horas de sueño. Cuando al cabo de mucho tiempo empezó a golpear y a llamar con gritos desesperados. Le falta el aire. No quiso darle a entender que la compasión era el sentimiento que la llevó a abrazarla con ternura. Se asomaba a la ventana. Su inquietud se hacía mayor cada vez que se asomaba a la ventana. lo engañé. cree haber empezado a asfixiarse. El sosiego de Beatriz hubiera sido mayor si no se hubiera percatado de que. Aunque él había aceptado distanciarse por unos días —viajo por unos días a Miami—. Reconoció a uno de los escoltas de Fabián. sola y sin guardianes que le impidieran continuar o devolverse y regresar a la calle trasponiendo la puerta de una prisión sin vigilantes. otro poco. ¿No había aceptado distanciarse cuando ella le pidió que lo hiciera por unos días? No podía decirle nada a su madre. Se movía de un lado a otro de la habitación. le hice creer que me gustaba. No sé si te hablé de un niño que estudió conmigo en el colegio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus pasillos e incluso sentir las ráfagas de aire puro provenientes del exterior. recordó otro detalle del sueño: nadie la había conducido a su celda. Verónica la compadeció. Beatriz se esforzó por poner orden en las imágenes y mayores fueron sus esfuerzos por conseguir la descripción que le hizo a Verónica. vacilando todavía si aceptaba o no la oferta de John Peralta. había penetrado en el recinto carcelario. Veía casi a diario a Verónica. ¿pero decirle qué? Fabián no la hacía vigilar porque deseara protegerla. Cuando tenía trece años. El niño tuvo que salirse del colegio. Nelson Sarmiento. Beatriz disfrutó de una semana de sosiego. tampoco ella podría ofrecerle una salida. Pues resulta que estudia conmigo. que no pudiera dar un paso fuera de su casa sin sentir que la seguían de cerca. Los escoltas se turnaban en la vigilancia. Debió ordenar antes las piezas del rompecabezas. lo ilusioné para que me hiciera el examen de mate. Su decisión de dedicarse a la moda era alentada por doña Dolores. Ni siquiera se digna dirigirme la palabra —contó Verónica—. Regresó a casa con la invariable sensación de saberse vigilada. un jeep esperaba su salida y la seguía a todas partes. era tan grande la traga que no pudo soportar más y pidió que lo cambiaran de colegio. son ahora un muro y un pequeño hueco rectangular por donde se alcanza a ver como enmarcado el rostro del carcelero. consagrada a sus estudios en la universidad. —¿Adivina quién está estudiando en mi curso? —Verónica pensaba aliviar el dramatismo de las conversaciones—. reavivó en ella las terribles secuencias de la prisión. ¿Por qué no enfrentar al vigilante? Sí. Todo el mundo dice que será un genio de las finanzas. Si se lo decía a Verónica. Conoció varias escuelas de diseño de modas y se decepcionó al saber que no preparaban diseñadoras sino costureras. El jeep blanco del escolta seguía estacionado en la acera de enfrente. Se dedicó a buscar la mejor escuela de diseño de modas. como animal enjaulado. Al rato. frente al edificio donde vivía. La hacía vigilar porque desconfiaba de ella. Las rejas de su celda no tenían cerradura ni candado. le di mi primer beso. Traté de saludarlo pero me dijo que no se acordaba de mí. Beatriz conoció otra clase de pánico. Tiene una beca para toda la carrera. aspiraba un poco de cocaína. Le di la espalda cuando aprobé el examen. Al despertar de la pesadilla. Imaginaba a Fabián agazapado en cada esquina. El pobre niño se enamoró de mí. 104 .

—¿Dónde enterraron el perro? —El patrón lo hizo enterrar en el jardín —dijo el tipo—. decía doña Dolores. lo que era él. ¿Cuándo empezaría a trabajar en el nuevo contrato? Todavía estaban diseñando la campaña. señorita —le aconsejó el escolta. ¿Necesita algo la señorita? —¡Necesito perico! —Suba —aceptó el tipo—. —¡Tráigame el perico! —alzó la voz y se arrepintió de hacerlo al instante—. Se imaginaba modelando vistosas joyas. —¡Tráigame un trago! —ordenó Beatriz al hundir nuevamente la larga uña esmaltada en el polvo. mintió Beatriz. pero él. No era asunto suyo. Disculpe. hazlo tú misma. Fui policía. Al colgar el teléfono Beatriz tomó la determinación de enfrentarse al vigilante. otro de noche. Se veía en una prisión sin vislumbrar la salida. le consigo lo que quiera. nadie y menos un escolta se podía meter en los asunto de su patrón. le dijo. el escolta le dijo que le había dado mucha pena ver cómo la golpeaba. nunca golpearía a una mujer ni con el pétalo de una rosa. ¿Hacía ejercicios? Todos los días. Se vistió y salió a la calle. si usted lo desea. se interesó la madre. ¿Qué le pasaba?. encerrada en su cuarto. que Fabián me hace vigilar y seguir adonde vaya? —Habla con él —le sugirió Verónica. —El patrón no está en la ciudad —le dijo el escolta—. —Si te quieres matar.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus uno de día. Beatriz lo siguió hasta el jardín. Pero tengo órdenes de llevarla a su casa. ¿Dónde conseguir un poco más? ¿Le haría Verónica el favor de comprarle uno o dos gramos? Me da miedo salir a la calle. Vero. como a las ocho. Palpó intencionalmente los músculos de su espalda. Se acercó al vehículo del escolta y le pidió que la llevara a la casa de Fabián. alertada por el comportamiento de la hija. ¿Cuándo piensa formalizar su relación con Fabián? No me gusta que se esté quedando a dormir en su casa. hasta la mañana siguiente. dígamelo —le dijo al acompañarla hasta la sala. Nada feo. mija. Ejercicios y prácticas de tiro al blanco. El tipo le extendió una pequeña caja. Beatriz alcanzó a ver desde el sillón de la sala al perro que pegaba el hocico al ventanal del jardín. ¿Quiere ver una cosa? Venga le muestro. La cocaína se había terminado. decía la voz resignada de la madre. Caminaba muy cerca del escolta. La veo muy nerviosa. Le hubiera gustado salir y acariciarle la cabeza y el lomo. rozando casi sus brazos. —¿Cuándo regresa él? —Esta noche. —¿Me puede conseguir un gramito? —Si se va a quedar tranquilita en la casa del patrón. le dijo el tipo. 105 . Ella la abrió y hundió una uña en la superficie blanca y brillante. Raspó la papelina encerada y pasó la lengua por la superficie. —Cójalo suave. —¿No ves que no puedo salir del apartamento. le dijo. Antes de llegar a la casa de Fabián. pensó. Y Beatriz se excusaba diciendo que no iba a ser fácil encontrar la escuela de diseño adecuada. —¡Ni hablar! —le dijo la amiga. —Por favor. La llevo a la casa del patrón y se lo consigo. Un hombre musculoso y primario. son los nervios. la necesito. —Si quiere comer o tomar algo. Estudiaba.

bonito. de pared a pared. a cuatro metros de una de las mesitas de noche. se abrían las puertas del cuarto de baño. —Le preparé un ajiaco a los muchachos —dijo la empleada—. una antigüedad en la que no faltaba nunca un jarrón con tulipanes blancos. Preguntó por el Mazda. Recorrió la casa de un extremo a otro. le preparo otra cosa. a una distancia no menor a los diez metros. el opuesto al sitio donde Fabián acostumbraba dormir. María chasqueó la lengua e hizo un pausado movimiento de reproche con la cabeza. sin detenerse en ningún sitio. Un closet. Regresaron a la sala. Si quiere. contenía el fabuloso ropero. no? Sí. iba a ver si le alquilaban un cupo en el parqueadero del edificio. No había podido estrenarlo. se vestiría con el salto de cama transparente y pediría a María que le llevara a la habitación el bisté prometido. acuéstese en la cama de don Fabián. seguía en la calle. María. —Si quiere descansar —le dijo María—. Se recostó en un amplio sofá de cuero marrón y entrecerró los ojos. en el lado izquierdo. los estantes donde se amontonaban ropa interior y calcetines. Tomaría un baño. las camisas de algodón y seda. Era obra de Amparo Consuegra. —Más tarde. Beatriz bebió con ansiedad. Beatriz asintió con la cabeza.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Mire —dijo señalando hacia la derecha. estaba segura de que no podría descansar. —¿A qué horas me dijo que llegaba Fabián? —El patrón llega en el vuelo de las siete —dijo el escolta—. asomándose a la puerta del dormitorio con una toalla enrollada en la cabeza. precedido por un vestier con espejos. Salió de la ducha y llamó a uno de los escoltas. Las ramas de un eucalipto chocaban contra el cristal. Fabián la encontraría en ropa de cama. Las obras de arte de las paredes. dijo Beatriz. Beatriz dio curso libre a una sola idea obsesiva. Estará aquí a eso de las ocho. estaba el precioso mueble de madera con un cajón central y compartimentos laterales. Frente a la cama. Se la pasa así casi todo el santo día. El Rottweiler reposaba con la barriga aplastada y el hocico recostado contra la tierra—. A partir de ese instante. 106 . El refinamiento del decorado no casaba con la sordidez que Beatriz empezaba a descubrir en la personalidad de Fabián. los muebles. Regresó al pie de la cama y lo introdujo debajo de la almohada. señorita? —Más tarde. ¿Le provoca un bisté a la plancha? Tengo lomito fino. —¿Por qué lo hizo? —Porque quería matarla a usted. los objetos decorativos. A la derecha de la cama. como si midiera su peso. El escolta dijo que iba a lavar el carro del patrón. Aunque se sentía fatigada y el nerviosismo de antes había remitido. Lo abrió y la mirada no alcanzó a describir el orden de los trajes. El inmenso dormitorio de Fabián tenía una no menos inmensa ventana que daba al jardín y a los cerros. Como si velara al muerto. la distribución de las chaquetas. ¿Lo va a esperar? —preguntó y salió hacia el porsche. —¿Va a comer algo. recostado con una de las paredes. Abrió de nuevo la pequeña caja de plata y hundió la uña en la superficie. ¿Bonito. ningún detalle merecía más que un vistazo distraído. Una mujer joven de uniforme blanco y cofia negra le trajo un vaso de whisky. Beatriz abrió uno de los cajones laterales del mueble colonial y tropezó con un pesado objeto metálico. Lo sostuvo en las manos. Ordenó las mantas y el edredón.

¿A qué se refería? A nada. Apúrese no joda métamela con ganas. señorita? —Nada más. Le dijo que se sentía agradecida por la mirada misericordiosa que le dirigió al encontrarla golpeada y ultrajada en la alfombra. Tiene cara de no haber comido nada en todo el día. Presenció la 107 . ¿Entrar al dormitorio de don Fabián? Vaciló un instante pero el pedido de Beatriz lo autorizó a entregarle el vaso de whisky en la mano. Lo hizo de manera desesperadamente vengativa. sí. Usted sabe lo que hace. a un costado de la cama. tanto o más de lo que le gustaba a Fabián. señorita. apúrese métame esa cosita con ganas. Así Daymer usted sí es un macho hágale con fuerza. llamando al tipo con los brazos extendidos. Dígale a María que me prepare el bisté a la plancha. como si obedeciera la rencorosa orden de su espíritu. en tanga y sin brasier. El escolta se retiró de la habitación y dio media vuelta en la puerta. El escolta era joven y fornido. —Cómase esta carnecita —dijo María—. mija. Toda obsesión no es más que un propósito continuado e incanjeable de la mente de un ser humano. —Gracias. Continuó desnuda dentro de las cobijas. Ah. La memoria se mueve a menudo por recodos ajenos a la voluntad. Recordó que en el betamax seguía la última película que había visto al lado de Fabián. El escolta salió del cuarto. Daymer —dijo ella con el vaso en la mano—. Así rico rico rico véngase carajo que lo estoy esperando. Don Fabián ni nadie podía enterarse de lo que hacían. Nos mata. Si el pat rón se entera me mata. Llamó a la puerta entreabierta con los nudillos de los dedos. —Quiero darle una sorpresa a Fabián —dijo Beatriz al colocar la bandeja en el regazo. Se vio en la sala de esta casa. Encendió el televisor desde el mando a distancia. —y el escolta se detuvo en el umbral de la puerta mientras Beatriz desenrollaba la toalla de su cabeza y la arrojaba al piso—. a quien divertía la actuación de Marlon Brando en su papel de Vito Corleone. Pásele el seguro a esa puerta. pero le aconsejo que sea más prudente. separadas de la película: se vio de nuevo en esta cama despertando con intensos dolores en el cuerpo. quería agradecerle la compasión que demostró al encontrarla en el piso. Vio la hora en el pequeño reloj electrónico de la mesita de noche. Le gustaba la película. Lo hizo dejándose caer de espaldas sobre la alfombra. Eran las seis y quince de la tarde. María entró en la habitación con una bandeja de plata cubierta con un individual de hilo blanco. dijo Beatriz levantándose del piso. Daymer —dijo ella al recibir el vaso—. secaba sus cabellos con una toalla. Beatriz se dirigió al baño y se lavó en el bidé. No se puso el salto de cama. Beatriz actuó ante el escolta como si no estuviera desnuda. arropada hasta el cuello. espere.. encima del blanco edredón de plumas. ¿me sube otro trago? —calculó que el compañero se encontraba limpiando el Mercedes en el garaje. Había vacilado porque la muchacha. vulgaridad imperativa que correspondía a una ocurrencia que sonó estridente en sus oídos. Tomó el otro control e hizo retroceder la cinta. El escolta no tardó un minuto. Comió unos pocos bocados y dejó la bandeja en el piso. sin premeditación.. golpeada y ultrajada. ¿Dónde estaba su compañero? Limpiando el carro de don Fabián. fingió. dése prisa Daymer cómame yo sé que le gusto.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Daymer. —¿Algo más. le exigió. Y ajenas a su voluntad fueron las imágenes siguientes. le divertía tanto que hacía esfuerzos por imitar su ronca voz baja de silbidos asmáticos introduciendo una bola de papel dentro de la boca. Tan de prisa lo hizo que el tipo se quedó con los pantalones en las rodillas. Rápido rápido.

los vigilantes de la calle. recuerdan haber escuchado sucesivos disparos en la habitación de Fabián. removidos con la punta de los dedos. con el saco colgando de un hombro. Recuerda haberse dejado besar en la boca y haber respondido al beso con idéntica o mayor pasión. No dirán nada. Un raro pudor le impidió decir que había sido sodomizada porque desconocía esta palabra y en su lugar se hubiera visto obligada a contar que Fabián la había penetrado a la fuerza por el sitio que no quería nombrar. mija? Los dos escoltas. que se sentía acorralada. la empleada. así fuera unos minutos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus crueldad de un hombre que disparaba a boca de jarro sobre la cabeza de su perro. ¿me esperaba así para darme la sorpresa. Hubiera querido cerrar los ojos y dormir un poco. Recuerda haberlo visto salir envuelto en una bata de algodón blanca. Alcanzó a mostrar las huellas de los golpes en sus senos de matices azulados. Dijo en medio de sollozos que había sido ultrajada. una mano en el pecho. ¿Ha estado metiendo perico. Recordó la estricta vigilancia de los días siguientes. y el rasguño ya reseco de la frente. buscó debajo de la almohada y comprobó que el arma estaba cargada. Todos coincidirán al decir que la señorita Beatriz era desde hacía poco la novia de Fabián. el jardinero y María. mijita? Recuerda haberlo visto desvestirse y dirigirse al cuarto de baño. La puso de nuevo debajo de la almohada. Había aprendido a leer su mirada ¿Ultrajada cómo?. con los cabellos húmedos. preguntó un agente. Lo conocía muy bien. Los vigilantes de la cuadra y el jardinero dirán que el ruido de los disparos les pareció lejano. el tiempo transcurriría más rápido. Le va a gustar el regalito que le traje. Recuerda haber sentido la mano que acarició sus senos desnudos y el gesto de regocijo del hombre que la descubría desnuda. Pensó decir que la había violado por detrás. Que cuando Fabián empezó a interrogarla sobre lo que había hecho en su ausencia. que la hacía seguir. Daymer le hizo bajar el brazo. Se lo vio en su actitud. que lo único verdaderamente liberador había sido hacer 108 . Creyeron que jugaba a disparar al jardín. Recuerda el movimiento decidido de su propia mano buscando debajo de la almohada. al pie del cadáver. Beatriz alcanzó a decir que Fabián la maltrataba. ¿Por qué matarla? ¿Disparar contra el cuerpo desnudo de una joven hermosa y desarmada? María dirá que le subió al cuarto un bisté con rebanadas de tomate. como si viniera de otra casa. Si conseguía relajarse y concentrarse en la visión de la película. ¿Le van a disparar a una mujer desarmada y desnuda?. que por algunas horas no recordará nada ni podrá responder al interrogatorio de la policía. Le traje un regalito. que vigilaba cada paso que daba. que Beatriz lo esperaba desde la tarde en su dormitorio. No dejé de pensar en usted ni un segundo. La recuerdan de pie y desnuda en el centro de la habitación. pero su cuerpo permanecía tenso dentro de la cama. El señor se desaburría a veces disparando contra los árboles. desnuda y sin el arma que reposaba a sus pies. quitó el seguro y la dejó entreabierta. El cuerpo de Fabián yacía de costado. Regresó a la puerta. Se levantó. temió ser golpeada de nuevo. Los escoltas dirán que el señor llegó de viaje. la otra apoyada sobre la alfombra. Regresó al lecho. María dirá que ella nunca imaginó que podría suceder algo tan terrible. No estoy armada. fue hacia la puerta y le pasó el seguro. Beatriz recuerda haber visto la figura inmóvil de Fabián en la puerta del dormitorio. Cuanto digan de lo recordado ya no concierne a la muchacha. gritó cuando uno de los escoltas hizo el gesto de apuntar hacia ella. mija. Recuerda su sonrisa y la expresión de triunfo en su rostro. ¡Tan linda muchacha! Al recobrar el habla. les dijo. fue el pacto sellado cuando sus miradas se cruzaron y decidieron no hacer nada contra la muchacha. mi vida. mal arropada con una sábana.

testificó ante la policía. Max se ofreció a acompañarla. el joven ejecutivo. era uno de sus dos perros preferidos. Se iría de vacaciones a Isla Margarita. los ricos necesitan protección a toda hora. Beatriz Lopera esperó la apertura del juicio. añadió Daymer. Su abogado de oficio le aconsejó decir que había actuado en legítima defensa. Las fotografías de su último desfile aparecieron ilustrando las notas de prensa. ya no en las páginas de cultura y Espectáculos sino en las páginas de sucesos. se compadeció Max. Recluida en la cárcel de mujeres. almorzaro juntos. Se vieron. añadió ella. ocupó titulares de diarios y noticieros de televisión. Pobre niña. Presuntos. ¿A qué se dedicaba su patrón? A sus negocios de joyerías. dijo Daymer. Todo el santo día. se investigaba si en verdad era el mismo Fabián Acosta quien se seguía por sus supuestos vínculos con una red de lavadores de dinero. a veces se ponía violento y perdía el control de sus actos. Celoso sí era. ¿Meter vicio? Sí. dijo el funcionario encargado de la investigación. Esperaría muchos meses. ¿Conocía Verónica las circunstancia previas al desenlace. Limítese a responder la pregunta. sus relaciones comerciales eran objeto de seguimiento e investigación por parte de las autoridades. subió la voz el agente. Verónica le contó que se sentía abrumada por el asunto de su amiga. dijo Verónica. dijo el abogado de Acosta. ¿Cómo se habían vuelto a ver? De casualidad. Los muertos no pueden responder a acusaciones tan descabelladas. "Joven modelo asesina a su amante". el nombre de Fabián Acosta. asediada por los periodistas. Muchos hombres lo creen. La había vuelto viciosa. Y debieron pasar muchos días antes de que la noticia dejara de ser la comidilla de las informaciones diarias. ¿Podía añadir algo más a su declaración? Verónica dijo que sí: Fabián Acosta obligaba a su amiga a "meter vicio". celoso y posesivo. presidente de la papelera. sus cuentas. Presunción de culpabilidad y no inocencia. no soportaría otra semana de acoso: viajaría de vacaciones a Isla Margarita. No aprobaba lo que había hecho su amiga. cocaína. Sabía y le constaba personalmente que el tipo creía que Beatriz era un objeto de su propiedad. muerto a tiros por la joven modelo Beatriz Lopera. Pero nuestras informaciones dicen lo contrario: el occiso figuraba en una lista de presuntos narcos que las autoridades americanas hicieron llegar a este despacho. O por una casualidad programada por Max. dijo un escolta. ¿Por qué los había contratado? Para protegerlo. Pero no viajó sola. replicó el agente. ¿También bazuco? No sé. Disculpe. no haría lo que hizo Beatriz? No me interrogue. la acompañó Max Domínguez. sólo el 109 . eso es lo que usted cree. Sus propiedades. añadió. que le gustaría descansar. dijo Verónica. Daymer. corroboró la versión de Beatriz. todo por ser la amiga íntima de Beatriz. Sí.¿A qué atribuía tal acto de crueldad? A lo mejor le había dado un ataque de rabia. Bueno. de veintiséis años. ¿Era cierto. Viajaría sola.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lo que hizo. No se le había probado nada. Javier Upegui respiró aliviado. El patrón no metía bazuco. Verónica. Uno de los escoltas. dijo socarronamente el funcionario. ¿Cómo se encontraba su amiga Beatriz Lopera?. el que pregunta soy yo. que Fabián Acosta le había disparado en la cabeza a uno de sus perros? Era cierto. ¿Era verdad que el occiso Fabián Acosta golpeaba a la acusada? No lo sabían. puntualizó el abogado. Sabía que Fabián Acosta maltrataba a su amiga. ¿Su nombre? Daymer Ruiz Ruiz. su mamá le pagaba el viaje. llamó a preguntar. Se le ocurrió de repente. creyó ingenuamente Virginia. como decía Beatriz Lopera. Antes de que el proceso volviera a ser noticia. Mi cliente era un honrado y próspero comerciante. pero dígame: ¿quién que se sienta acorralada por un hombre que un día podrá matarla como mató al más querido de sus perros. tituló en primera página un periódico sensacionalista de la tarde. pobre animal.

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fin de semana, podrían viajar el viernes, él regresaría el lunes a una junta de su empresa. ¿Puedo acompañarte?, insistió. Que mi mamá no se entere. Si el escándalo la salpicaba, y no había razones para que la salpicara por el hecho de ser la amiga de Beatriz Lopera, una sombra difícil de borrar mancharía su inmediato futuro, le dijo a Max. Tal vez aceptara el trabajo propuesto por Peralta. ¿Acompañada a un viaje de reposo por un desconocido?, objetó la conciencia de Verónica. Antes de conocerse, todos somos desconocidos, dijo él. ¿Había decidido entonces aceptar la propuesta de John Peralta? Piense bien, mija, le había dicho Virginia. ¿Cuándo regresaba Leo Pradilla?, se interesó Max Domínguez. Dentro de diez días, respondió. Sigue en París. Virginia viuda de Oropeza no tenía nada que temer. Tampoco Javier Upegui, al menos por el momento, le dijo la conciencia a Virginia. Max le dijo a Verónica que lo considerara un amigo. Me encantas, desde el día en que te vi siento punzadas deliciosas en el estómago. Tenía esos días libres. ¿Conocía Isla Margarita? No, dijo Verónica. Nos encontraremos en el aeropuerto, le propuso ella a Max. Mi madre va a despedirme, dijo ella. ¿Tienes los pasajes? Sí, en clase turística. Dámelos, los cambiaré a Primera. ¿Otro hombre espléndido?, se preguntó Verónica. Se dejaba llevar, nada de lo que aceptaba hacer con Max era deseado, era sólo una fuerza interior, irreflexiva, la que empujaba sus actos. No era de todas maneras un hombre desagradable. Virginia le recordó a Upegui que como intermediario y titular del capital invertido por Fabián Acosta en la sociedad Nuevos Horizontes, tendría que estar dispuesto a devolver la inversión a quien la reclamara legalmente y con pruebas. No hay pruebas, dijo Upegui. Ningún documento, exceptuando el papel firmado por ambos, probaba que Acosta fuera el poseedor de un 35% de las acciones del gimnasio Perfect Body. Virginia y Upegui respiraron aliviados. ¿Podrían disponer de tan importantísimo aporte? ¿Qué rastros había dejado Fabián para que alguien reclamara como suyos trescientos mil dólares? Frank Rueda, el Gordis, encontró motivos suficientes para celebrar la noticia de la muerte de Fabián Acosta. Su respiro no fue de alivio sino algo más profundo, el respiro liberador de un hombre acorralado. Desde la noche de la paliza en la discoteca del Monte de Venus temió más represalias por parte de un loco que se creía dueño del mundo. Fabián era la clase de tipo que no olvidaba el pasado de las mujeres con hombres distintos a él. Ni lo olvidaba ni lo perdonaba. ¡Qué vaina con los hombres!, Solía decirle Virginia a Verónica. Se creen dueños de nuestro pasado. ¿Por qué no visitar a Beatriz? Frank la visitó en la cárcel y le hizo saber que no alimentaba ningún rencor hacia ella, ni siquiera el rencor de haberse sentido engañado. ¿Necesitaba algo? Tanta generosidad enterneció a la muchacha. Habría que cambiar al abogado de oficio por un buen abogado. No es posible que existan tipos así, debió de haber pensado Beatriz. ¡Podía hacer algo por su madre? Frank le prometió hacer algo por doña Dolores. Quizá pudiera recomendarla en la fábrica, necesitaban mujeres serias y maduras que se encargaran de dirigir el equipo de operarías. ¡Qué casualidad!, le dijo Beatriz. Su madre había probado suerte con una pequeña fábrica de confección de ropa para niños. Fábrica, lo que se dice fábrica, era mucho decir. Produjo en pequeña escala ropa para niños. ¿Podía ayudarla a vender el Mazda? Le informó que se trataba de un regalo "de ese tipo". ¿Tenia los papeles de propiedad? No los tenía, así que nada se podía hacer para vender un vehículo que estaba seguramente a nombre del difunto. Le sugirió pedir a su abogado la devolución del carro. ¿A quién? ¿En dónde? Si fuera posible, lo rociaría con gasolina y le prendería fuego. Mira la manera de contactar a Daymer, el escolta, y se lo entregas, se le ocurrió. Dile que es un regalo de parte mía, dijo. Le servirá más que a mí. Podía, si quería, vender sus joyas, contratar a un buen abogado y dejar libre al defensor de oficio. Era lo mejor. ¿Quién podía asesorarla? Frank Rueda le prometió buscar a ese abogado, era amigo de un penalista especializado en homicidios.

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No imaginaba la cantidad de tipos que había sacado libres. Hasta donde entendía, su caso tenía atenuantes de peso, dijo Rueda. El sentido común le decía que ella había actuado en defensa propia, no sería difícil refutar la hipótesis de la premeditación, si actuaba con cabeza fría y sin incurrir en contradicciones, podía alegar defensa propia diciendo que esa noche había sido nuevamente amenazada por Acosta. Temió ser golpeada y ultrajada. ¿Dónde guardaba él el arma? En algún lugar de la casa debía de haber estado el arma homicida, perdón, se excusó Frank, el arma disparada contra el occiso. Y si ella había disparado en el dormitorio, pues allí, al alcance de la mano, debía estar la pistola. En el cajón de una cómoda, precisó Beatriz. Veamos, en un cajón de la cómoda. Te sentiste amenazada, recordaste dónde guardaba la pistola y antes de que empezara a agredirte actuaste en defensa propia. Un hombre que porta o guarda armas al alcance de su mano es porque está dispuesto a dispararlas. Frank la aconsejó como si la causa de Beatriz fuera su propia causa. ¿Quiénes eran testigos del maltrato? Necesitaba testigos. Virginia, Verónica, Upegui podían actuar como testigos. Upegui no abrirá la boca, es un pusilánime, dijo Frank. No bastaba que él confesara, si actuaba de testigo en el juicio, que el tipo era un matón que lo había amenazado por medio de su abogado, ni el mismo matón que les había ordenado a sus escoltas darle una paliza sólo por sospechar que iba detrás de su novia. ¿Testigos? Verónica, Virginia y Upegui, repitió Beatriz. No cuentes con Upegui. Sorprendida por la lógica de Frank Rueda, le preguntó si era abogado. —Estudié Derecho antes de dedicarme a la Administración de Empresas. Además, por si no lo sabías, devoro novelas policíacas. Me encanta Ross MacDonald. ¿Qué podía decir Amparo Consuegra de su cliente Fabián Acosta? Le había prestado servicios profesionales. Le decoré la casa y le he decorado la casa a mucha gente que no conozco, dijo en privado. Pobre muchacha, se compadeció. ¿No le hacía las relaciones públicas a Fabián? No, nada de eso. Coincidieron en fiestas y reuniones y tuvo la buena educación de presentarlo a sus amigos. ¿Frecuentaba su casa? A veces, como la frecuentaron periodistas, políticos, industriales y banqueros. Una no rechaza invitaciones de sus clientes. Ese es mi negocio, decorar casas. Pese a las evasivas y la negativa de no actuar como testigo, Amparo pensó en la suerte de Upegui. ¿No le había dicho que Fabián Acosta había invertido plata en el gimnasio? En su fuero interno, sabía que Upegui se saldría con la suya. Frank Rueda prometió y cumplió lo prometido. No sólo fue el visitante más fiel de la reclusa. Se entrevistó con la madre, le ofreció ayuda, tal vez tuviera un trabajo para ella. ¿Quién podía pagar un precio justo por las joyas de su hija? Lo averiguaría. Primero que todo, habría que tasarlas. Eran joyas valiosas, aunque, dada la situación de Beatriz, muchos pretenderían comprarlas por debajo de su precio. ¿Por qué hacía esto por su hija si ella lo había abandonado? Porque la quise y quizá la quiera todavía, dijo el Gordis. Doña Dolores se conmovió con la sinceridad de Frank Rueda. No puedo escupir para arriba, le dijo él. Y al decirlo, recordó el reproche de Leo Pradilla. No se escupe para arriba ni se tiran piedras sobre el propio tejado.

Javier Upegui le dijo a Virginia que la muerte de Fabián, pese a las circunstancias deplorables y escandalosas y a la suerte que esperaba a Beatriz Lopera, seguramente la condenen si el juez no encuentra atenuantes, los favorecía en muchos sentidos. ¿Reclamaría alguien su parte en la

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Batallas en el Monte de Venus

sociedad? ¿Alguien distinto a él sabía de los trescientos mil dólares invertidos en el gimnasio? Nadie, que él supiera. ¿Su abogado? —preguntó Virginia. Un abogado no reclama dinero de procedencia desconocida. Estás jugando con fuego, le advirtió ella. No reclaman por vía legal, pueden hacerlo por otras vías. —Todos jugamos con fuego —le dijo Upegui. Contemplaba a Virginia sentado en un taburete del baño. La había estado mirando cuando se sentó en la taza del inodoro a depilarse las piernas y cuando orinó copiosamente. La contempló luego, mientras se duchaba. La ayudó a secarse y pidió que se recostara contra el lavamanos. Perfecto, se dijo. Y se arrodilló con el rostro metido entre las nalgas que se ofrecieron húmedas y espléndidas, como en otras ocasiones desde el día en que adquirió la costumbre de mirarla en el baño, presencia que Virginia aceptaba como prolongación de un rito amoroso que se enriquecía con modalidades inéditas. Tomó el vibrador y lo hundió poco a poco en el sexo de Virginia mientras le lamía el trasero con devoción infinita. Virginia simulaba con gemidos la felicidad que Upegui sabía simulados. ¿No era la mentira, esta clase de mentira, una parte insustituible del rito? —¿Despediste a Verónica? —preguntó Upegui. —¡Pobre niña! Quería que la acompañara. No te imaginas cómo lloró al abrazarme. Upegui maniobraba el vibrador y lamía la flor abierta y limpia de la mujer que sollozaba quedamente, que simulaba los sollozos a sabiendas de que el hombre disfrutaba con sus simulaciones. Por las rendijas de su impotencia se asomaba otra clase de placer, estimulado siempre por Virginia. Mirar es como penetrar, le había dicho ella y Upegui había incluido la mirada en su repertorio de placeres. Virginia retorcía la cintura, rotaba sus nalgas. ¿Dónde había aprendido a ser la mujer más complaciente del mundo?, quería saber Upegui y ella le respondía que toda mujer aprendía de los mandatos del instinto. ¿Quería imaginarse que ella era otra?, concedía Virginia generosamente. ¿Por ejemplo, tu hija? No, de ninguna manera podía imaginar que ella era otra, exceptuando su hija. Bromeaba, se excusó Upegui. Entonces Virginia giraba el cuerpo y tomaba a la fuerza el enjuto cuerpo de su amigo. ¿No era eso lo que esperaba y deseaba? Lo obligaba a ponerse en cuatro patas y le introducía en el culo, sin pausas ni compasión, el mismo objeto plástico que la había estado taladrando. Upegui lloraba quedamente. Pronto, por unos pocos instantes, se endurecería su tripa.

Max decidió quedarse dos días más con Verónica. Llamó a Bogotá y aplazó la fecha de la junta. Cambió las reservas de habitaciones separadas y le ofreció mudarse a una cabaña. Verónica aceptó. ¿No era hermosa la cabaña situada a pocos metros de la playa, rodeada de cocoteros y rústicos quioscos sombreados? Hacer el amor sin amor, Verónica aceptó que esto podía suceder con un hombre joven y guapo, de modales delicados. Le dijo que estaba enamorada de Leo. ¿Estás segura?, preguntó Max, Me di cuenta de que estaba enamorada cuando se fue, confesó. Puede ser, dijo Max. A su edad, ¿tienes diecinueve, no?, el amor no era probablemente el amor sino la necesidad de amar. ¿Cuántos años tenía él? Treinta, dijo. Leo tiene cuarenta y dos, dijo Verónica. Podría ser tu padre, anotó Max. Podría ser. No tengo los años que tengo sino los que he vivido, enfrentó a Max con orgullo. Verónica no fue sincera con Max. Durmió con él, se dejó hacer el amor, fingió el placer que se represaba a último momento en algún lugar de su cuerpo. En alguna parte de mi mente. ¿Qué sucedía en alguna parte de su mente? Nada, dijo ella. Pensaba en voz alta. Tuvo la prudencia de no

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¿Qué le impedía ser sincera y reconocer que su placer tenía un raro. Y todo siempre tiene su límite en el breve o largo curso de una vida. Era una visión de película: verla alejarse. que sus deseos eran simultáneos a los de su pareja. Regresaban al bar del hotel y Max proponía beber una última copa. La compañía de Max la separó por unos días del malestar que le había producido ver a la amiga enredada en las groseras redes de un crimen. Le satisfacía sentirse penetrada. con esa clase de perversión que le daba una vida hecha a pulso desde abajo hasta la cima. Verónica adivinaba en qué instante iba a ser penetrada. alquiló un pequeño velero y le enseñó a manejar las velas. Sentía la respiración de Max. Max era rico por herencia y familia. temía una insolación. ginebra con agua tónica y zumo de naranja. y respondía alterando también su respiración. permitía que los deseos de ella crecieran en una explosión de ansiedad y urgencia. tras unas pocas caricias. Encontraba atractivo y deseable al joven presidente de la papelera. daiquiris. comparable a la visión nocturna de la ciudad: terrible y engañosa. ¿Cuál iba a ser el destino de la amiga? Jugaban tenis. Verónica prefería el mojito por la frescura de la yerbabuena. para su gusto demasiado frágil? Demasiado educado. Se excitaba. la estudiada indiferencia. la comprensión. pensó Verónica. era cierto. recordó Verónica. Siempre lo recordaría. solían caminar tomados de las manos. Con Leo no podía prever ese instante. la penetraba. A diferencia de Max. Dejaba escapar quejidos bajos evitando gritar como sabía que gritaban ciertas mujeres en el momento del orgasmo. Max se parecía a Leo en la medida de la elegancia. pero el suave escozor no daba lugar a emociones más profundas. esperar que regresara del paseo solitario. ¿por qué tenía que fingirle a un desconocido? Algo sin embargo le faltaba. Estilo y aureola nacían de la riqueza. Se sentía bien. Verónica le pedía que le aplicara cremas en el cuerpo. contemplarla desde el quiosco. ajuar con que Max la había sorprendido al día siguiente de la llegada. quería decir. en cambio. perverso. disfrutaba con su sentido del humor. después de la cena. Veo que no tienes ropa de verano. Max la instruía en el buceo. también de lino. Dilataba el tiempo. Al atardecer se sentaban bajo la rústica enramada de un quiosco y él elegía los cocteles: entre margaritas. descalza. con las sandalias en la mano y la falda blanca de algodón transparente recogida a la mitad de sus muslos. La manera como Max elogiaba la belleza de Verónica no era igual al escepticismo con que Leo juzgaba la belleza de una mujer. La gentileza. Su ropa de playa. Él vestía trajes claros y ligeros. las propinas razonables añadidas sin ostentación a la cuenta. En la noche. desconocido límite? Verónica se sentía atraída por un estilo. por una aureola. Cenaban en la mesa más apartada del restaurante.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exagerar sus reacciones. faldas de lino y sandalias. sin más adorno que el reloj ni más colgandija que una fina cadena de oro en el cuello. la sabiduría de las caricias. su ropa de noche. a Leo lo embellecían la agudeza de su inteligencia y la espontaneidad de su cinismo. oloroso a colonia. ¿Era frágil. admiraba la discreción con que firmaba las cuentas del restaurante y del bar. Max respetaba sus silencios. de acostarse en una de las camas gemelas y sólo después de un rato de conversación 113 . el buen trato que daba a los meseros. fatigada por el sol. algo que había encontrado en Leo Pradilla. La dejaba sola cuando la veía alejarse hacia la playa. Elemental. Leo le daba tiempo a sus deseos. En la suite. se ponía el condón de prisa y. como había gritado la primera vez encima de Leo. reculares como la costumbre de salir de la ducha con pijama. whisky sauer y pina colada. Max suponía. Es un regalo de mi madre. observó antes de dirigirse a la boutique del hotel. más acelerada. Fingir. mojitos. ¿Desde cuándo? Acaso desde que empezó a conocer el semblante de la riqueza. navegaban en motos acuáticas. algo extrañaba mientras hacía el amor con Max. Max parecía bondadoso. lo era en su modo de vida. Aunque Leo confesara no ser rico. Previsible en cada uno de sus actos. Verónica vistiendo blusas amplias y cortas. Leo. siempre impecable en cada atuendo. Max lo abreviaba.

—Sí. pienso en él. ¡Qué divertido era verter jabón sobre su Monte de Venus. la sintió ir al baño. Eres bella e inteligente. sentirse penetrada. Durante su ausencia. le recordó. Verónica no regresó sino minutos más tarde. cubriendo su cuerpo de miel y pétalos de rosa. siempre él encima de ella. Hablas inglés. pero la suerte era esquiva. desnuda. Pensó en todo momento en Leo. Aspiramos a ganar donde otros pierden. La última noche durmieron en camas separadas. dijo ella. podrías hacer una buena carrera. —Me tienta más la oferta de Peralta. Max le dijo que lo mejor sería retirarse a dormir. Tenía que poner orden en su cabeza. Dejarse acariciar unos minutos. Demasiado previsible. aléjate de todo aquello que te convierta en escándalo. no tanto como obligarla a resistirse o a mantener distancias. iluminada por el resplandor que se colaba por las cortinas de bambú. ¿no es cierto? —adivinó Max al sentirla distraída. preguntó Max antes de bajar del avión. Verónica se imaginó iluminada por las luces de un set. De perder. Max escuchó el ruido de la ducha. si eran gemidos los ruidos provenientes del baño? ¿Se sentía mal? No se atrevió a preguntar. Al decirle que sentía un extraño placer perdiendo el dinero de otro. Al rato. ¿Se verían mañana?. En 114 . sobre todo. Regresaron al día siguiente. como silenciosa era explosión de sus orgasmos. besada en las orejas o sintiendo sobre su hombro la cabeza. preguntó él. la metáfora contenida en la miel y las rosas? Se masturbaba y recordaba su cuerpo cubierto de miel y rosas. soportable en todo caso. Virginia la esperaba. ¿Durante cuánto tiempo quedaría en su memoria esa imagen del placer. en silencio. Debería ser maravilloso sentirse mirada por millones de espectadores. ¿Qué rumbo estaba tomando el destino de Beatriz? John Peralta la había aconsejado: —Si aceptas trabajar en mi programa. respondió Verónica. La misma fantasía había pasado por su cabeza cuando era apenas una niña. Jugar con dinero ajeno era más placentero que ganar con el propio. —Piensas en él. imaginándolo a su lado. ¿Le gustaba la administración de empresas?. Verónica se había masturbado antes de regresar a la cama. Soportaba unos minutos al lado de Max y volvía a su cama. Despertaba en la mañana y lo encontraba duchado y vestido. el tacto con que la desnudaba o la pasividad con que se dejaba desnudar no era lo que ella deseaba. —¿Qué piensas hacer al regreso? —le preguntó Max— ¿Aceptarás la oferta de John Peralta? —No sé. tanto que a partir de la segunda noche Verónica experimentó algo parecido al aburrimiento. No era en todo caso su dinero. quiero estudiar. Gozó con la visión de una silueta que se movía parsimoniosamente en medio de la semioscuridad de la cabaña. pensaba. ¿Le gustaría ir al casino? Por una sola vez. Es una carrera de moda. Max no preguntó más. cerrar los ojos. Por un instante. se preguntó. ¿Por qué gemía.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus insinuar que no sería mala idea dormir juntos. Jugaba a la ruleta. Soy economista. cuando la creía dormida. Los cinco días pasados en Isla Margarita aliviaron el peso soportado la semana anterior. ¿Llegaría la suerte en la siguiente apuesta?. Una presentadora es un modelo que muchos quieren imitar. harías prácticas con nosotros. Lo llamaría. ¿Cuándo exactamente llegaría Leo?. Verónica conoció la emoción de ganar y de perder. centro único de una cámara que devolvía su imagen a millones de espectadores. —¿Aceptarías hacer un curso rápido de relaciones públicas y trabajar en mi empresa? Te financiaríamos el curso. él black jack. Una ansiedad parecida a la imposibilidad de su orgasmo. verlo cubierto por la espuma! Apoyar la palma de la mano sobre las vellosidades y extender los dedos hacia el sexo.

si los hombres no se hubieran parado de sus sillas para saludarlo en la mesa donde se encontraba con Verónica. Ningún hombre salió del vehículo que lo había chocado en la parte trasera. Circularon un largo tramo. Si Max no hubiera sido saludado efusivamente por otras mujeres hermosas. le pidió que lo siguiera. Metió una mano en un bolsillo interior de su chaqueta y le extendió un papel. También en la discreción. la satisfacción de una curiosidad. Upegui obedeció y estacionó detrás de la camioneta. discreta la mirada que seguía los movimientos de la mano. le preguntó Max. Tengo sueño. —Cuando muere el acreedor no mueren las deudas —dijo con amabilidad el hombre que le había pedido seguirlos. La lividez de su rostro no podia ser advertida en la oscuridad. Se encontraba solo al final de la Avenida Circunvalar. ¿dónde residía el atractivo de este hombre? En su riqueza. estar al lado de Max no había pasado de ser una experiencia grata. Se quedó mudo cuando otro auto lo adelantó y le cerró el paso. ¿Por qué le regalaba un collar con figuras precolombinas. no pensaba llamarlo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus verdad. En verdad. Sin embargo. dijo Max. dijo un segundo. Se despidieron de beso en las mejillas. ¿Podía definirse así la vanidad femenina? Un hombre solicitado por bellas mujeres multiplica el orgullo de la quien tiene el privilegio de estar a su lado. lo llamó al día siguiente. Pensó que era un accidente. No había querido llamar al escolta ocasional. al pie del mirador. si hubiera dicho directamente que quería estar con ella. Las luces parpadeantes de la ciudad le hubieran parecido hermosas si no se hubiera sentido entre cinco hombres que lo conminaban a sentarse. los tres ocupantes subieron de nuevo a la camioneta que le cerraba el paso y arrancaron con las luces de estacionamiento encendidas. Upegui dio un giro brusco al timón de su carro pero el vehículo que lo seguía de cerca le dio un golpe intencional en el parachoques trasero. tomaron unas pocas copas en un pequeño bar de la Zona Rosa. Upegui nunca se había detenido en el mirador. Le hicieron señales de bajarse. dijo Verónica. El de adelante puso las luces direccionales y giró a la izquierda. Cenaron en Pajares. a menos de un metro de distancia. Llámeme. ésta no hubiera experimentado la vanidad de estar al lado de un hombre a todas luces importante. Max la condujo en su Volvo hasta la casa. habría aceptado. ¿Quería hacer algo en especial?. No cometa imprudencias. ¿Qué querían los tres hombres que se bajaron y se acercaron a la ventanilla? ¿Conocía al hombre que caminaba hacia su auto? Recordaba haberlo visto en casa de Acosta. —¿A qué se refiere? —Usted sabe a qué me refiero —dijo Raúl Trespalacios. Upegui leyó. El tipo le arrebató el papel de la mano y lo leyó en voz alta: 115 . Lo curioso y preocupante es que en ningún instante pudo deshacerse del recuerdo de Leo. antes de tomar el puente que desvía la ruta hacia La Calera. El carro de atrás dio reversa. en sus maneras. Tal vez prescindiera de sus servicios. porque discreto fue el gesto de la mano que le extendió un estuche cubierto con sedoso papel negro. Bajó el cristal de la ventanilla y uno de los tres tipos. por qué precisamente un collar tan caro y tan precioso? Por el placer de hacerlo. le pidió Verónica. Si hubiera pedido irse con él a su apartamento.

Nunca había contemplado la ciudad desde allí ni jamás había imaginado que se pareciera a un gigantesco lagarto iluminado. Tu parce. dedicar tres horas de su tiempo a la cocina no merecía tanta indiferencia. Esas eran las reglas. bajó por la calle 93. como si le autorizara la partida. Fabián". Ella misma se había ocupado de la cocina. La respuesta de Virginia no consiguió interrumpir la pesada capa de malestar que Upegui sintió crecer a partir de ese instante. revivió la presencia amenazante del hombre que lo había interceptado. descendiendo hacia la ciudad. ¿Podrían verse más tarde? —No creo —dijo él—. 116 . los canelones estaban exquisitos. —Necesito esa plata dentro de una semana —dijo el tipo—. El negocio del gimnasio parece ser bueno. Se alarmaría. Raúl Trespalacios había hablado claro. algo que comprometía sus sentimientos. conseguiría que le explicara los porqué.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —"Viejo Raúl: invertí tus trescientos mil dólares en el negocio de Javier Upegui. Ah. disculpa —recordó—. pero necesitaba rodar sin rumbo por la ciudad. a pocos kilómetros de Girardot. ¿Cómo van las matrículas? —Estamos llegando al setenta y cinco por ciento del cupo. Bebió tres whiskies. Te los devuelvo con intereses. Un amigo había pedido servir de intermediario en el trabajo de decoración de un nuevo hotel. mompa. Virginia lo esperaba a cenar algo en su casa. —Paso por ti a las once de la noche —aceptó él—. ¿De qué se trataba. Y Upegui sabía que el cerco se estrechaba con los días. era cierto. carajo? Conocía a los hombres. A Upegui le hubiera gustado quedarse sentado en el mirador. Identificó las remotas luces del extremo sur. No era esta la clase de encuentro que había planeado. le reprochó. No le diría nada de lo sucedido. Se me olvidó. —Te noto raro —le dijo ella—. Si le pasaba algo. Más tarde hablamos. Están a su nombre pero son los trescientos mil que íbamos a invertir en el hotel de Santa Marta. ¿Se la está comiendo o no? Me dicen que es uno de los mejores polvos de la ciudad —y dio una palmada a la puerta del coche. sobre todo a hombres elementales y misteriosos como Upegui. Siga su camino y diviértase. Se dirigió de nuevo hacia la Circunvalar. se excusó. Al estar de nuevo solo. aunque elementalidad y misterio no le impedían quererlo de la manera como lo estaba queriendo. lánguidas y parpadeantes en la cima de un desierto montañoso. un afecto mucho más intenso que el experimentado con el senador Roldan. ¿Tiene una cita con su socia? No la haga esperar. una alianza de intereses. Hoy vienen a entrevistarme para una revista de modas. dijo Upegui. ¿Le pasaba algo?. preguntó ella al notar el nerviosismo de sus movimientos. ¿No ibas a traer el vino?. Un buen contrato. hacía tiempo no preparaba unos canelones de salmón. pero con el corazón poco a poco entrometido en aquella relación de solitarios manchados con la tinta de sus actos. Tomó la carrera Séptima hacia el norte. un reptil cuyo vientre se expandía hacia el oeste. lo que no había sucedido con Epaminondas Romero. a pocas cuadras de la casa de Virginia? Se proponía visitar a Amparo Consuegra. uno tras otro y sin pausa. Comieron en silencio. Pero Virginia era una mujer de intuiciones. Upegui se ofreció a llevarla al gimnasio. No me pasa nada. ¿Qué hacía a las seis y media de la tarde. Desistió de la visita y tomó el sentido contrario. Apenas comió. que acabaría por estrangularlo. Una hora de confusas preguntas explicaban el nervioso silencio que dominó la rápida cena ofrecida por Virginia. la mirada en todo momento dirigida hacia las ventanas que daban a la calle.

Una rara crisis de soledad lo había cogido con las defensas en el piso. vació el bolso de mano y encontró el documento firmado en la Dirección Nacional de Impuestos y Aduanas. "La femme qui est dans mon lit/ n’a plus vingt ans depuis longtemps". doña Rocío se le volvió insustituible. había declarado veinticinco mil. con el respectivo comprobante del banco.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus ¿Cómo le quedaría a Verónica el vestido de Giani Versace que había comprado dos días antes en una boutique en la rué du Faubourg Saint-Honoré? Lo prefirió al conjunto de Galiano. repetía de buen humor. no ofrecía más que una taza de café y un cognac. así que acabó de desocupar la maleta. Con el tiempo. lavaba a máquina la otra ropa. le dijo. cuando escuchaban juntos la canción. Adoraba una de las canciones de Regiani. Unos tragos con un amigo. Y doña Rocío se lo reprochaba. la botella de vino blanco frío. papas al vapor y una ensalada de lechuga o endibias. recogía la ropa sucia y la enviaba a la lavandería. "La mujer que está en mi cama hace tiempo que no tiene veinte años". Quitaba el polvo. por cortesía. una visita femenina. las tostadas. Llevaba las cuentas de la casa. una omelette de verduras o queso. Leo Ferré. Cada día doña Rocío ponía orden. Jacques Brel. Alexandra no había vivido allí más de dos semanas. No quería hablar con el Gran Jefe ni con John Peralta. modificaba algún detalle. le bastaba con soportar las fiestas de los demás y el compromiso de asistir por exigencias profesionales. le hacía las consignaciones o los retiros en el banco. Yves Montand. Anne-Marie. lo regañaba siempre por su vida de soltero. sólo sus clásicos. El Galiano era demasiado atrevido. las cervezas. el tiempo habría pasado como un cuchillo sobre su piel. un poco de jamón serrano y la infaltable mostaza de Dijon que Leo prefería en los bistecs a la plancha. la visita de un político que pedía su asesoría y al que. el paté de fois a las finas hierbas. Entonces. tal vez fuera así. perfectamente ordenada la sala y la cocina "como una tacita de plata". al lado de la ropa que sacaba de su maleta. y una verdadera reliquia: Serge Regiani. calcetines y ropa interior. sus reuniones con el Gran Jefe. Tomaría un baño y se recostaría un rato. Guardó el recibo en su billetera. No la había amado. Al salir. Leo Pradilla decidió descansar. Había declarado el ingreso al país de nueve mil doscientos dólares en efectivo. camisas. Lo extendió sobre la cama. pero se bebía a diario una botella de vodka. Anne-Marie tenía veinte y él 117 . fumaba dos paquetes de cigarrillos al día y el apartamento parecía un muladar. Conocía sus gustos. Pocas veces le cocinaba. ¿Alexandra? Tenía treinta años. Leo nunca soportó tener durmiendo en casa una empleada fija. Vive como ermitaño. que prefería de ajo. No hacía fiestas. de la comida que se agotaba en la despensa. para su gusto demasiado clásico y formal. ¿Cuánto le queredaba en el cupo de su tarjeta de crédito? La empleada del aseo había dejado el apartamento impecable: sábanas de satén limpias debajo del llamativo patchwork. lo hacían todavía en Paris. las lonchas de salmón ahumado empacadas al vacío. Colgó en el closet el traje nuevo de Hugo Boss. tenía su propio presupuesto. No tenía otra misión. Sabía no obstante lo que faltaba en la despensa o la nevera. Llamaría después a Verónica. las latas de filetes de atún. limpiaba los cristales de las ventanas. por lo general una trucha asalmonada al horno. los potes de sopa Campbell. tiempo suficiente para percatarse de la equivocación de haberla invitado a vivir a su casa. Leo no hacía fiestas en su casa. aquí lo que hace falta es una mujer. diseñaba ropa que copiaba de revistas. ¿Le gustaría a doña Rocío la chaqueta de terciopelo que le había comprado en las Galerías Lafayette? Estaban de rebaja. expresión que la mujer usaba orgullosamente cuando la cocina era un modelo de orden y limpieza. Separaba con meticuloso orden la limpia de la sucia. Sí. se lo estaba preguntando ahora. le hacía una lista de las bebidas que faltaban. Apiló los discos de música francesa adquiridos en el aeropuerto: Charles Aznavour. Eligió el Versace. Gilbert Bécaut. ¿dónde diablos vivía Anne-Marie ahora? No dejó de preguntárselo desde su llegada a París.

Construyo lo que más detestaba. separado de dos matrimonios. casada con un arquitecto y sin hijos. Feminista radical. seguían sin embargo las formidables. le dijo Marcelo. se parecía a una despiadada jungla de sobrevivientes. nada.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veinticuatro. el arquitecto que se regocijaba repitiendo la frase escrita en los muros de su facultad ("Los arquitectos son los urbanistas de la segregación social"). Tenía una linda casa de campo en las cercanías de Ibiza. ¿No lo había abandonado ella después de vivir juntos durante casi dos años? Regresar con él a Colombia no estaba en sus planes. Por mucho que hubiera preferido un modesto hotel del Boulevard Saint-Michel a cualquier otro hotel de lujo —podría haber elegido uno menos 118 . ¿se acordaba de Mathilde. Marcelo: la boîte del joven arquitecto. se dijo. la trotskista más trotskista del grupo? Tenía una boutique en el Distrito XVI. No me va mal. a quien recordaba como el mejor amigo de la época. cabecilla de la pandilla. Se sirvió un vaso de vino blanco y. ¿No se había acostado nunca con Mathilde?. Mathilde. preguntar por Anne-Marie Weiler. La buscó en París sin importarle si estaba casada o vivía con alguien. De los viejos sueños. el amigo chileno. Volvió a la cocina y se sirvió otro vaso de vino. le había dicho. le informó cuando volvieron a cenar en Polydor. Menos aún el tiempo de la felicidad. buscar en un mapa un pequeño pueblo llamado Noyent-le-Rotrou. La visitaba a ratos en su boutique. el animoso e intransigente Lucien. Nada había ya de la generosidad del sueño. Nadie como él hacía cocteles molotov con tanta rapidez. ¿Se había acostumbrado sin remordimientos a la vida de un publicista de éxito? No había viajado a París a recuperar el pasado. su mundo se estaba pareciendo a algo. Eran muy jóvenes. muy hermosos. cambiar la vida. Marcelo. Cambiar el mundo. Se dirigió a la sala y puso el disco de Brel. Unos pocos años. En el París que quiso volver a descubrir quedaban las huellas de su antigua pobreza pero también el palpitante recuerdo de la felicidad. viajar a la Normandía. “Uno no olvida. Maderas finas o algo así. Aquí y allá. ¿No se parecían acaso. diseñamos y construimos para clientes de Egipto y otros países árabes. ¡qué disparate! El tiempo. Y el recuerdo de Anne-Marie era hoy una plácida reminiscencia del amor extraviado. le preguntó Marcelo. Se había perfeccionado el lado oscuro de sus pesadillas. pensó que la mejor recompensa de su vida se la debía a él mismo. eso es todo". Nadie más temerario a la hora de lanzarlos a los CRS. "Senté un día la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”… Leo sabía desde hacía años que el mundo no había cambiado al ritmo de sus deseos. Casado. Complejos de vivienda popular. hacía negocios oscuros en alguna antigua colonia africana. si tenía hijos o había envejecido a los cuarenta. estudiante de sciens-po. Escuchaba la palabra "égalité" y abría las piernas a quien la pronunciara. Marcelo envejecía con el pragmatismo de esa época. no se recupera. ¿Quién hablaba hoy de la fraternidad? Supo por Marcelo que Lucien. un carpe diem que lo llevaba a atrapar al vuelo cuanta oportunidad se le ofreciera. Grandes complejos. Cuando se mueren los sueños —le dijo con melancolía— se sigue haciendo de la mejor manera lo que se sabe hacer. Había sido feminista. No encontró rastros de ella. El dolor de entonces se había convertido en una amable herida de guerra. extendidos en el sofá. Descubrió a Rimbaud. magníficas huellas de su pasado. extrañas visiones de un feo mundo entrometido en su magnificencia de cristales. su amiga. poseídos ambos por el delirio de la revolución. cantaba Jacques Brel. no habían visto languidecer los mismos sueños? Alquilar un coche. se acostumbra". le informó que tal vez viviera en la Normandía en una casa de campo. dudó Marcelo. el viejo y siempre atestado bistro de la rué Monsieur Le Prince. La ciudad de sus veinticuatro años era otra. con los pies descalzos. las metamorfosis impuestas en calles y edificaciones la hacían distinta: aquí y allá. "Se acostumbra. era hoy un próspero estudio con tres colegas y numerosos delineantes.

esperaban el cambio de luz de los semáforos y se lanzaban. como lo hacían los jóvenes de Nueva York o Los Ángeles. ¿No había sido aquí. La muchacha le estampó un fétido beso en los labios. Si iban a alguna parte. cinco mil francos en efectivo? ¿Cuál era el cupo de su tarjeta de crédito? Nunca antes le había sabido a gloria cada mendrugo de pan ni cada trozo de queso ni cada mordisco de salchichón ni cada sorbo del vino barato comprados en la rue de Buci. Las clases de español que Leo impartía cada mañana a la escritora Christianne Rochefort daban para malvivir 119 . lo tomó incrédulo en sus manos. ¡Cómo le fastidió siempre ese ruido de guerra del cabinet! Si se querían duchar. dijo. un poco de queso y salchichón y se dirigió a la Isla de la Cité. Todo era ordenado y pulcro. donde había besado la primera vez a Anne-Marie? Hubieran podido hacer el amor a la vista de todos en aquel frío atardecer de marzo. vestidos con túnicas de su país. al otro extremo de la acera. Como oleadas amorfas. Leo no esperaba nada especial de esa elección. "Tu aurais pu être mon mec”. agua caliente y una cocina minúscula. de expresión adusta. "L'espoir —gritó el viejo—. Una semana más tarde. dejó un billete de cincuenta francos sobre el trapo sucio donde quedaban unas pocas monedas. monumental y sin gracia que se detuvo a mirar antes de bajar hacia las escaleras del metro? Vestían así los jóvenes de entonces. ¿Cuánto dinero llevaba encima? ¿Tres mil. No quedaba una gota en la botella. encore". le había dicho ella. Dos inmigrantes africanos. una baguette. Vagabundeó en cambio por el barrio. Sostenía una botella de barato vino rojo en la mano. Los adoquines habían sido reemplazados por el asfalto. Dominaba el espacio un colchón en el suelo cubierto por una tela india. El viejo miró el billete. El cabinet quedaba en el pasillo. no había visto jóvenes airados marchando al ritmo de las consignas sino seres apresurados. Leo se zafó de ella. de nariz rubicunda y rasguños en el rostro. Nanterre se incendia. Una joven esquelética. Una de las paredes estaba decorada con un afiche de Ernesto Che Guevara. habría que hacerlo en baños públicos o ir a casa de amigos. la esperanza ya no existía sino en la forma de un billete de cincuenta francos. Lo invitó a su cuarto de la rue Dauphine. la olfateaba. No se huía de la embestida de la policía ni del gas de las bombas lacrimógenas. La muchacha vivía en un cuarto con un lavamanos. Nanterre. la esperanza existía todavía. ça brûle. vestido con harapos sobrepuestos a otros harapos. Compró una botella de vino tinto. Si le daba otro en un gesto de generosidad extravagante. lo enseñó a la muchacha escuálida y ambos se abrazaron regando sobre sus cuerpos el contenido de la botella. Afuera. ça existe. cantaba a la entrada del metro una canción obscena. La esperanza se le había aparecido en un billete de cincuenta francos. ¿Estuvo antes allí el restaurante de comida rápida. el viejo vagabundo sentiría nacer otra esperanza. acompañaba en coro destemplado sus obscenidades. Si salía del metro por la boca del Odeón regresaría al café donde había conocido a AnneMarie. aplaudieron el gesto generoso de Leo. obedientes y en masa. como lo repetían las imágenes de la televisión de cualquier ciudad del mundo? Leo se inclinó. atropellándose en las aceras. a unas pocas calles de donde se encontraban tres horas después de haberse conocido en el Café del Odeón. borracha como el viejo clochard. Pensó responderle: no.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus modesto en la rué de Rivoli—. uniformados en la misma moda. parecían ir arrastrados compulsivamente hacia el fin del mundo. "Hubieras podido ser mi hombre". le repetía la muchacha tratando de besuquearlo. lo besó. ¿Cuántos años habían pasado de 1968 a 1989? ¡Veintiún años! ¿Por qué le había mentido a Verónica diciéndole que tenía cuarenta y dos si ya había llegado a los cuarenta y cinco? Una sola escena lo devolvió al escenario de sus veinticuatro años: un vagabundo. sin rumbo fijo. Para el viejo vagabundo. Leo le arrebató a la chica la botella de vino y bebió un trago. en uno de estos bancos. compartían el cuarto de la rue Dauphine. en la calle.

café. Deseaba acostarse y poder reconstruir el rostro de Anne-Marie pero se vio de repente asaltado por un rostro de pómulos salientes y boca perfectamente dibujada. aplastado por la modorra. de Colombia. un mes. guerrilla. ¿Le gustaba Apollinaire? ¿Qué hacía él? Quería escribir poemas como Apollinaire. de un pequeño pueblo. ¿Latinoamericano? Sí.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus sin quejarse. Otras palabras hubieran salido de manera automática de la asociación de país con productos exportables: cocaína. Anne-Marie no hubiera asociado el nombre de Colombia con el cura guerrillero ni con el prestigio del café colombiano. A la medianoche. quiso saber el tipo al penetrar en la sala seguido por sus escoltas. Yves Montand y Leo Ferré. Los creía olvidados. Le daba apenas una semana de plazo. Aimez-vous Apollinaire?. el rostro de una joven de largos cabellos rizados. Si la cortesía del tipo no tuviera el sonsonete de una tosca ironía amenazante. el ácido olor de un pullover. no muy lejos de Alençon. Camilo Torres. Trabajó de mesero en un bar del Marais. ¿Qué leía en el Café del Odeón mientras bebía una cerveza? Leía los Caligramas de Apollinaire. ¿Por qué no le daba un plazo de un mes? No. Leo había escuchado los discos de Brel. masacres. Necesito esa plata. Bonita casa. Hoy. Esperaban nerviosos. preferiblemente frente a la iglesia de Saint-Germain. veinticuatro años atrás. Tal vez la aceptara como abono a la deuda. Pablo Escobar. Sabía que el tipo no aceptaría su amabilidad de anfitrión. le dijo a Trespalacios. Desde que dejó a Virginia en el gimnasio se sintió seguido y lo mejor que podía hacer era enfrentarlos y conducirlos hacia su casa. traducía al español documentos burocráticos. calculó Upegui. carteles. le había preguntado ella. poca ropa de rebajas. le dijo. Que no lo creyera imbécil. Se sirvió un whisky solo y lo bebió de un sorbo. Pero el tipo no quería papeles sino trescientos mil dólares contantes y sonantes. de todas maneras era una suma invertida 120 . Extraños y ajenos después de haber escuchado las canciones que. ¿Y ella? Estudiaba Bellas Artes. propuso desesperado. Y los dos hombres que lo acompañaban parecían estar de acuerdo con quien parecía su jefe. ¡se vivía con tan poco! Leo regresaba a un lugar cartografiado en la memoria. Era tarde para llamar a Verónica. le había dicho el tipo al bajar de la camioneta. no le pedía más que un mes. le dijo a la chica. le repitió. Se ganó un tiempo la vida haciendo retratos y caricaturas en la calle. sonaron extraños los primeros acordes de ese Himno Nacional. preguntó por preguntar algo. el tipo no quería plazos. ¿Hipotecar el gimnasio con todo lo que contenía? El gimnasio era algo especial para Virginia. trabajaba en lo que saliera. Sería la primera en oponerse. comidas en restaurantes universitarios. Venga y conversemos. ¿qué iba a hacer entonces? Traspaso las acciones de Acosta a su nombre. paramilitares. el imán que atrajo a la chica de la mesa vecina. Venía de la Normandía. cuando Upegui estacionó el carro en el garaje y le pidió que pasara. No más de ciento cincuenta mil dólares. ¿Y el resto? ¿Tomaban algo?. dijo ella como si ésas fueran las señas de identidad del país que él acababa de nombrar. Trataría de hacer entrar en razón a Virginia. Lo mejor sería retirarse a dormir. pensó Leo desde el sofá de su sala. Si Upegui no podía devolver el dinero dentro de unos días. ¿Cuánto puede valer esta casa?. Apagó el televisor cuando la cortina musical anunció el final de las emisiones del día. empezaron a pertenecer al recuerdo de una muchacha provinciana venida de un pueblo de la Normandía. desde donde medía la distancia de veintiún años. Upegui podría haber pensado que no sería difícil convencerlo de un plazo más sensato.

Estaba emocionada por la visita inesperada de Leo Pradilla. —Estoy con Leo —dijo Verónica—. Nada le dijo a Upegui esta muerte. ¿Le importaba si llegaba tarde? Eran las diez de la noche. la convenció de que algo más grave de lo imaginado le estaba pasando a Upegui. Si subía a la segunda planta y se acostaba. llamando a su puerta. Tranquilizada por la hija. protegida apenas del aguacero con un paraguas de colores. la preocupaba el sentimiento que 121 . el mundo se convirtió en un cubículo estrecho. fascinada con el vestido de Versace. —Mataron a Galán —dijo al entrar. Un flash informativo atrajo su interés: acababa de morir Luis Carlos Galán. asomándose por la cortina entreabierta cautelosamente con los dedos. pagada la hipoteca. Llamó a Virginia al gimnasio. un miedo diferente al experimentado aquella tarde en el mirador de La Calera. Virginia decidió sorprender a Upegui: pediría un taxi y le caería por sorpresa en su casa. —Una semana —dijo el tipo—. Llovía desde hacía media hora. Pasó la llave a las tres cerraduras de la puerta. Pese al aguacero. no estaba seguro de poder dormir. feliz por el regreso del amigo y mucho más feliz al saber que Leo no había llamado a nadie. Me invitó a cenar. ordenó al vigilante de la garita estar atento a cualquier movimiento extraño. Conocía comportamientos extraños. el mundo no sólo era estrecho y oscuro sino amenazante. Verónica no se molestó con la excusa de su madre. No podía pasar a buscarla. Tenía que decirle la verdad. ¡Y ese maldito aguacero! Ahogaría cualquier ruido de la calle. como si buscara en aquella tediosa continuidad de programas el somnífero que deseaba. alcanzó a divisar la figura del vigilante cubierto con un impermeable negro. Lo habían conducido herido de Soacha al hospital pero no habían podido salvarlo. les pertenecería sólo a ellos dos. Upegui pegó un salto en la cama. Las imágenes del atentado se repetían una y otra vez: el candidato a la Presidencia en la tarima. acosarlo hasta verlo asfixiado en el asedio? Se levantó y miró por la ventana hacia la calle. Upegui dio media vuelta y se echó encima de un sofá. se aseguró de que las ventanas de la primera y segunda planta estuvieran cerradas. A unos pocos metros. Al verlos salir. Vestida para salir. en la esquina. ni al Gran Jefe Isaías Bueno ni a Peralta. y algún motivo debía haber: su nerviosismo al encontrarse con él en el almuerzo de su casa. Sentía miedo. Galán asesinado. Dos semanas atrás el mundo era un vasto espacio de horizonte luminoso. Le hizo un saludo agitando las manos. miedo de que el castillo de naipes construido con sus propias manos empezara a deshacerse en segundos. cortesía de Benetton? Bajó a abrirle. le dijo a Upegui. ¿Qué quería Virginia? No podía esperar más. Decírselo y hacerlo sin ofrecerle ninguna explicación. su silencio durante el viaje. el cuerpo que se desploma. sus escoltas disparando hacía ninguna parte. Medía hora después. Apagó el televisor. Ni un día más. saldrían y cenarían en un restaurante.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en la sociedad y no importaba saber a quién pertenecía sino aceptar que si se conseguía hipotecar el negocio. guarecido dentro de su garita. Su comportamiento era demasiado extraño. ¿Entregar su casa? Bebió un segundo vaso de whisky. Decidió llamar a Verónica. Al abrirlos. Mientras mantuvo los ojos cerrados. No la preocupaba tanto aquello que Upegui pudiera estar escondiendo. Seguía desde hacía rato la televisión sin concentrarse en la programación de ningún canal. la llamada diciéndole que no pasaría a buscarla al gimnasio. ¿Qué hacía Virginia a esas horas. abrevió. Cerró los ojos. El vigilante le respondió encendiendo y apagando su linterna. no me mientas. tarde o temprano. que la única persona que sabía de su regreso era ella. ¿Qué pretendía el tipo? ¿Tender un cerco.

¿Sabes una cosa que mi hija no sabe? Hipotequé la casa. Le explicó lo que ella sabia. Le explicó de qué documento se trataba. ¿No conocía ella el precio de la palabra empeñada en aquel mundo sin documentos ni constancias legales? Valían más que éstas. Sin ti hubiera sido un negocio más modesto. Virginia dejó de ser La Tarzana y abrió sin decidirlo los lugares incontaminados de su corazón a un hombre que se le reveló pronto en su inmensa debilidad y cobardía. No me pidas que rebaje el tamaño de mi sueño. encontrara un hilo extraviado.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus en las pocas semanas se había convertido en cariño. 122 . —Tendremos que devolver la inversión de Acosta —dijo Upegui ignorando lo que significaba para Virginia poner en riesgo el único patrimonio de su familia—. ¿No llevaba desde hacía seis años una vida partida en dos. Más que él. le dijo. si alguien desenredaba la madeja tejida por el Viejo Epa. —Me están amenazando. Derivaban su poder de un inflexible código de lealtades. ¿Lo quería? ¿Había aprendido a querer a este hombre interesado y calculador? Nunca habían hablado de la relación. que en algún momento. Todo lo que tenía lo invertí en esto. Y éste descartó la posibilidad de pedirle que si había una solución no era otra que la hipoteca del gimnasio. además de constructor. Si ahora es una realización más grande que mi sueño fue gracias a ti. el fracaso de sus amores. Lo que Acosta hizo fue preferir la inversión en un gimnasio a la inversión en esmeraldas exportables. —¿Qué quieren? —Trescientos mil dólares en una semana —dijo—. Temía la reacción de Virginia. Upegui era mediador en turbias operaciones. ¿Qué quieres? —gritó casi sirviéndose ella misma un vaso de ginebra pura—. la pusilanimidad que le atribuían. —Dejó uno. Upegui no pudo resistir la terquedad de Virginia. sabiéndose obscenamente célebre y al mismo tiempo despreciada por quienes la conocieron cobrando en oro por su belleza de viuda complaciente? Upegui había aceptado la evidencia de ese pasado. El tipo que le reclamaba el dinero de Acosta no estaba jugando. —Acosta no dejó documentos. un hilo delgado por el tamaño de su colaboración. —¿De dónde vamos a sacar trescientos mil dólares? —se exasperó ella—. Y aunque no existiera documento alguno — añadió— hubiera bastado la palabra. y en muchos sentidos temía. Todo se había pagado en efectivo. las mismas que ahora le hacían temer por su vida. era ella la que había encontrado en aquel negocio la salvación de una vida hasta hace poco cruzada de humillaciones. pero ésta había tomado el rumbo deseado por ambos. Pese a la sórdida procacidad de sus rituales. No pudo seguir ocultando su situación. La inversión de Acosta. los sucios vínculos que él pretendía esconder aunque todos supieran que. No veía una solución inmediata ni satisfactoria. Y lo siguió ignorando. pero un hilo que se empataba con otros hilos del entramado. ¿Qué hacer? Virginia rechazó el trago que le ofreció Upegui. la bajeza de sus negocios. parecía haberse abierto en ambos la rendija del afecto mutuo. su soledad impenitente. Acosta trabajaba con plata ajena. le explicó a Virginia como si ella no lo hubiera sabido en su relación con Epaminondas Romero. como si sólo así fuera posible que ella ignorara las servidumbres de él. en la intimidad y en la manera de vivirla. Lo estaban acorralando. Lo ignoró al conocerla. No tenían créditos pendientes. los en principio inciertos y ahora fuertes hilos que la vinculaban a él. La plata no era de él sino de uno de sus socios.

Tal vez consiga la plata en el plazo que me dio el tipo. Quería que Amparo Consuegra le decorara una casa estrafalaria que hizo construir en Melgar y ella le salió con evasivas. No sintió piedad por el hombre que. Virginia no deseaba volver a recostar esa horrible cabeza desnuda en su regazo. —¿Dónde lo conociste? —En la casa de Fabián Acosta. Acosta siempre fue un problema —dijo Virginia al pensar en Beatriz—. así sería menos terrible saberla a su lado. —¿Lo adivino? Si Virginia adivinaba la más extrema y desesperada de las soluciones urdidas por Upegui. —¿Lo conocía Beatriz? —Posiblemente. por lo visto. al suspender sus sollozos. tal vez la amara más. Llámame un taxi. Ni tú ni yo podíamos saber que Acosta sería un problema —sollozó Upegui. No le ha ido mal. Virginia se sintió en el centro de un círculo vicioso. aunque le pagaran en oro. —¿Quién es el tipo? —Un tal Raúl Trespalacios —dijo Upegui—. Verónica regresaría tarde. que se quedara. 123 . atrapados en el centro infernal del círculo. Upegui y ella. —¿Sabías que hacía pequeños viajes a Panamá para introducir los dólares que guardaba en sus cuentas o en las cuentas de sus socios? —No me creas tan pendejo —dijo Upegui sin alterarse—. se convertiría en su cómplice y la complicidad ata más que las lealtades. tal vez le confesara que la estaba amando como nunca antes había amado a una mujer. Por lo que sé. La misma Amparo me dijo que no iba a decorar un adefesio mozárabe. si es que regresaba. ni se deja ver en sociedad. imploraba con la mirada un poco de compasión. Cuando el tipo la llevó a conocer la casa regresó horrorizada. Dentro de todo. —Voy a hacer unas gestiones mañana mismo —dijo Upegui—. que te jugaban a las cartas. sería un salto por la tangente. que tuviste enredos con el viejo Isaías Bueno y muchos hombres de su círculo. trabaja solo. nadie lo ve en lugares distintos a los antros donde bota la plata. regresó al país hace dos años para hacer sus propios negocios. —Para nosotros y para esa pobre muchacha. recargado de adornos. Pero ése no es el problema. ¡Hasta los bancos! ¿No sabías de mi amistad con Epaminondas Romero? —Siempre lo supe. No es un tipo. —Voy a dormir a mi casa —dijo—. Tampoco ella podría resistir la sensación de estar sola. Se quedaría. ¿En cuál solución has pensado? —En muchas y en ninguna. Vivió en Nueva York y creo que en Atlanta. ¿Quería que lo acompañara? Lo pensó unos segundos. pero Virginia no podía penetrar tanto en los pensamientos de su socio porque éstos se movían en lo más oscuro de su mente. digamos de clase. —Sírveme una ginebra doble con hielo —le ordenó Upegui. Si había una salida. Supe de tus amores con el senador Roldán. Se da la gran vida. supe siempre dónde podía encontrarte si me daba el capricho de acostarme contigo.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¡Todos trabajamos con plata ajena! —gritó Virginia—. que el ganador tenía el privilegio de irse contigo. Amparo tiene sus escrúpulos. Sabía quién eras antes de conocerte.

—Ahora entiendo por qué son los nuevos dioses de la cultura —dijo Leo. Esta noche asesinaron a Luis Carlos Galán y. para descubrir lo que había quedado de una época exaltada por el amor sin fronteras y la revolución a la vuelta de la esquina. Le están dando a las mujeres la medida exacta de sus fantasías. Hace veinte años hubiera despreciado el lujo de ese vestido y sentido rencor por la mujer que lo llevara. dijo. de las aspirantes a diosas que atiborraban los gimnasios y se convertían en mercado de los productos dietéticos. ¿No te das cuenta? ¡Asesinaron a un candidato a la Presidencia! Verónica no podía atribuir a la champaña bebida la ronca voz de la conciencia que le hablaba y por momentos la abrazaba como ella deseaba ser abrazada. Habló de los grandes símbolos del lujo. dando un salto en el tiempo. Ella lo escuchaba. No importaba que Verónica encontrara extrañas estas evocaciones o que nada de lo que evocaban sus palabras fuera familiar a sus oídos. vivo rodeado de ellos. —Pasamos de la extrema sinceridad al extremo artificio. Los enseñamos a admirar el original y les vendemos la falsificación. El vestido y la mujer eran el símbolo de lo que más despreciaba: vidas artificiales imponiéndose a la verdadera vida. ¿Qué permitía llamar pieza maestra al diseño de un vestido y a "Don Giovanni" de Mozart? Imponente y espléndida. como Beatriz. Yo mismo soy. El prêt à porter democratiza el lujo de las ricas. magnífica. Veinte años atrás tratábamos de cambiar el mundo. Sin pudor. de esas diosas subalternas y trágicas. como de ellos. Verónica se había desnudado delante de él. ahora somos impostores. —Lo entenderías si me hubieras conocido entonces y. Fuimos auténticos. Pieza maestra. le confesó Leo—. el implacable efecto del tiempo. minutos después. Mírame ahora: después de haber despreciado a los ricos. Le habló sin nostalgia de la búsqueda de un remoto amor y de su vagabundeo por la ciudad donde había vivido dos años de su juventud. con el calor de quien la 124 . Y sentía celos. Sólo soy un hombre satisfecho —le dijo. —No entiendo lo que quieres decir. La ropa de marca se vende en grandes almacenes. Espléndida. en muchos sentidos. sugiriéndole que se pusiera de pie y diera unos pasos por la sala—. No buscó a Anne-Marie para recuperarla. —A las mujeres ricas. miento por ellos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Espléndida. O en las calles: detrás de la mercancía de marcas chiviadas está el propósito de satisfacer la demanda de los pobres. había repetido Leo al verla vestida con aquella pieza maestra de Versace. —Y a las pobres. repitió burlándose de la calificación dada al vestido. —¿Quiénes? —Los diseñadores de moda —dijo Leo—. El tiempo de la gloria duraba poco. pero lo consumían en el espectáculo efímero de la belleza. uno de los ricos que desprecié con toda mi alma. Podría haberse mirado en el espejo de la ciudad y en el envejecimiento de la antigua amante. Cuando se busca recuperar el pasado se corre el riesgo de encontrar ruina y decadencia. vieras quién soy ahora. —¿No eres feliz? —No —dijo Leo—. La buscó para saber cuánto habían cambiado en el curso de los años ella y la ciudad. ahora miramos la suerte de nuestra cuenta bancaria. un hombre y una mujer se encierran a admirar un diseño de Versace.

¿Lo desafiaba? —Quiero oír otra vez "Lady is a tramp". descalza. —y se detuvo. —Para ella han sido demasiadas. —A mí me asusta tanta madurez y tanta sabiduría —dijo ella. ¿Por qué le hablaba con esa voz. molesta por la frase que Leo le estaba repitiendo después de haberla pronunciado antes de su viaje a París. Lo supe aunque ella me lo ocultara. No puedes amarme. Verónica empezó a bailar sola. —Todos. —¿No es lo mismo? ¿No es lo mismo sabiduría y experiencia? —y se arrodilló al pie del sofá—. Yo podría amarte. caminó unos pasos y lo enfrentó de pie. Por fin pudo obedecer y lamió los pezones ofrecidos mientras ella tomaba una mano y la conducía a sus nalgas—. si son bellos. Leo se levantó y puso el disco de Sinatra. que se exhibió desnuda. pero no toleraría sentirme envejecer al lado de una mujer joven que un día me despreciaría. sólo soy un hombre con experiencias. creaba el límite entre la ebriedad y la conciencia. conocí la pobreza. un liviano vino tinto de la Toscana y un aguardiente seco de manzana con el café. con lentitud. —Me asusta tanta belleza y juventud. quieta. incapaz de responder al instante a la exigencia—.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus protege en todo instante. Frente a Leo. venga de sus humillaciones. supe que mi madre. Me ha estado enseñando a vivir como rica aunque nuestro bienestar. cerrando los ojos como si siguiera letra y melodía. Un humor cruel. hecho con el juego de las palabras que salían como agua de un surtidor. por ello propuso regresar a su apartamento. en algún momento de nuestras vidas. —Tú no me amas —repitió—. acercándose con los brazos extendidos. Verónica se levantó con brusquedad del sofá y le dio la espalda. Movió los hombros y el vestido se deslizó hasta caer a sus pies. —¡Pero si yo te amo! Además. No llevaba ropa interior. — Siéntate donde estabas —le pidió ella. dándole la espalda. a la expectativa. ya tengo diecinueve —alzó la voz. —Preferiría que no tuvieras diecinueve años —le acarició la cabeza y enredó los dedos en los cabellos—. Leo sentía aún la fatiga del viaje. decidió quedarse así. Conocía la capacidad alcohólica de Leo. La cena había transcurrido en un pequeño restaurante italiano donde ambos coincidieron en el pedido: carpaccio al funghi con una ensalada césar.. son como la ciudad: hay que poseerlos —le recordó la frase que había guardado en la memoria desde el día que lo conociera. como de confesión íntima—. Bésame los senos —acercó el torso al rostro de Leo. agitando tos cabellos. Bésalos. Nunca iba más allá de la exaltación de su propia lucidez. Se quedó inmóvil. aceptamos alguna clase de humillación. Pero la experiencia no sirve de nada: se cometen siempre los mismos errores.. girando sobre sí misma. Llevó una mano a su cuello y bajó la cremallera del vestido. Y la compadecí por ser lo que no quería ser. Acaríciame — 125 . —¿Qué supiste de tu madre? —Que era una puta de lujo —dijo en voz baja. —No soy sabio. Amas el deseo de amar. con ese tono y ese dolor? —Tú no conoces el sufrimiento —le dijo Leo. ¿Podría quedarse a dormir? ¿Por qué no? Su madre sabía que habían ido a cenar juntos. como una hermosa esfinge sin vida. Perdí a mi padre a los diez años. —Claro que lo conozco —dijo ella separándose del cuerpo que la abrazaba sobre la superficie de cuero del sofá—. si se puede llamar a esto bienestar.

Lo está consiguiendo. como se agarra el náufrago al madero. No hablaron. Se derrumbó sobre el cuerpo de Leo. quizá el deseo tomara la forma de la rabia. —Tengo sed —dijo Verónica al abrir los ojos. —Repite "Lady is a tramp" —pidió ella en voz baja. Creía que por ser joven era excluida de la vida de este hombre y trataba de probarle que esa juventud también era capaz de amar con el desenfado de la madurez. Cuando él subió encima de ella y besó su boca. La champaña se mezcló con el sudor. sirvió dos copas y se sentó al lado de la muchacha. Méteme tu lengua. Gritó. Tal vez hubiera algo de rabia en la brusquedad de sus gestos. sollozando. ella de espaldas. —Chúpame —ordenó—. Chúpame el coño. Buscaba. ¿Dónde lo aprendió? Seguro que no con un hombre. abrió una botella de champaña. sentada sobre su vientre. —¿Sabes una cosa. La sala. como si la debilidad del cuerpo fuera otra clase de derrota. se ayudó con las piernas y expuso su sexo a la cabeza inmóvil. Quedó encima de él. supo que era el esperado. Subió la pelvis hacía el tórax. Espera que le haga el amor. Te quiero mucho. Está ansiosa quiere conseguirlo por sí misma. No puedo hablarle. todo había dejado de existir. Ambos cayeron sobre la alfombra. ella lo repelía. Verónica resbaló el cuerpo y quedó bocarriba al lado de Leo. Volvió a inclinarse hacia el cuerpo de Leo y empezó a desvestirlo. No dijo una sola palabra. Leo pensó que en Verónica actuaba el orgullo ofendido. Gritaron juntos. Si Leo insinuaba alguna iniciativa. saltar sobre las barreras que le imponía su cuerpo en instantes de desesperación. cerrando los ojos a la maravilla de sentirse sin fuerzas y sin vida. inmovilizándolo con la presión de las manos en sus muñecas. No le había hecho el amor. Se sintió débil. con lentitud sin esperas. Leo sabía que cualquier palabra sería inoportuna. Lo abrazó por la cintura y lo obligó a girar el cuerpo. aquí está el maldito secreto. Me dejaré llevar no haré nada haré lo que ella quiera. Tal vez buscara llegar al lugar que sólo había vislumbrado. Verónica gritó. ¿Dormimos? 126 . muchachita? —Verónica sonrió intrigada—. lo agarró del cuello y lo atrajo hacia ella. Penetró la morada húmeda. la decoración del entorno. ¿Seguía Leo creyendo que Verónica era demasiado joven? Quiere demostrarme que es mujer. —¿Qué hora es? —preguntó ella—. como si acabara de nacer. los pechos ofrecidos a la boca que los succionaba suavemente. Si intervengo le corto la posibilidad de encontrar lo que busca. mojada y cálida. hasta que encontró el pequeño pistilo erecto. como si esa voz fuera el signo de la libertad alcanzada. donde se detuvo con deliberada paciencia hasta sentirlo crecer en la punta de la lengua. Huele a talco se echa talco en el coño. Es increíble tiene vida propia. generosamente abierta. la opacidad de la luz. obediente y sumiso. porque a veces desesperaba en la imposibilidad de conseguir lo que deseaba. No tocaría su cuerpo ni sus cuerpos se aplastarían uno encima del otro. Sólo el sexo entrando y saliendo. exploraba rincones. un grito que se parecía más a un maullido de gata. los muebles. Tal vez. ¿De dónde esta procacidad? Rotaba la cintura agarrada a la cabeza de Leo. Ella empujó la pelvis y en pocos segundos Leo vio venir el desgarramiento de nuevos gritos. Mojó sus dedos en la copa y regó el espumoso sobre el rostro y los senos de Verónica. Leo temía hacerle daño con sus dientes. le ordenaba dejarse llevar y maniataba sus manos. y se movió con cadencias sosteniéndose con los codos para seguir mirándola. Elegía cada paso y movimiento. Leo se levantó hacia la nevera.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus exigió echando la cabeza hacia atrás. Se había dejado conducir por ella. la música que había cesado. Lo desnudó de prisa. él encima del cuerpo que abría las piernas y lo atenazaba por las caderas. con languidez.

Óscar Collazos

Batallas en el Monte de Venus

Leo despertó al amanecer y la sintió profundamente dormida. Aquel rostro, milagrosamente más joven en el sueño tenía la vulnerable belleza de una niña. Se levantó, fue a la cocina por un vaso de agua. No tenía sueño. Encendió la pequeña radio y escuchó las noticias. Había aprendido a no ser indiferente pero evitaba convertir en signos trágicos las punzadas del dolor y la impotencia. Mientras esperaba que el café humeara en la cafetera, escuchó el flash informativo sin que rabia ni dolor ganaran y abrumaran su conciencia. ¡Quince muertos en un nuevo atentado en Medellín! La ausencia de rabia y dolor no se debía a la indiferencia. ¡Reducida a cenizas una aldea del Urabá antioqueño! Leo sabía que, para seguir viviendo, era preciso construir corazas protectoras, impedir que cada nueva noticia calamitosa tuviera efectos perniciosos sobre la conciencia. ¡Asesinada una familia: sus cuerpos aparecieron mutilados, fraccionados con motosierras! El genocidio ha sido atribuido a grupos de autodefensa. Se estaba consolidando la alianza entre narcotraficantes y terratenientes. Se mataban inocentes, para matarse entre ellos, mataban inocentes, pero la vida seguía colándose por el compacto y miserable eco de los crímenes, por una de sus fisuras se escapaba el deseo de seguir viviendo. —¿Qué pasa? —se sorprendió al ver a Verónica en la cocina. —Nada —mintió—. O lo mismo de siempre. ¿Quería un café? —Un tinto y un jugo de naranja. Se había puesto de pijama una de sus camisas. Había mirado la etiqueta de "Lacoste" y espiado en el interior del armario. Tanta ropa, tanta que tal vez hubiera todavía prendas sin estrenar. —¿Son todas de marca? —preguntó, retorciendo el cuello y mirando la etiqueta de la camisa de polo. —Todas —dijo Leo—. Duran más y no estropean la piel. Llama a tu madre. Verónica llamó a su casa. Al cabo de un tiempo sin respuesta, contestó Teresa, la empleada. La señora no estaba. ¿No estaba en casa a las siete de la mañana? No, y su cama estaba intacta. Quizá, pensó Verónica, estuviera en casa de Upegui. —Si llega o llama, dígale que llego por ahí a las nueve de la mañana. Colgó. Aunque su madre acostumbrara dormir a veces en casa de Upegui, Verónica sintió una extraña inquietud. Leo tostaba pan y freía huevos. Verónica lo abrazó por la espalda. No puedo defraudarla Hace todo lo que puede para demostrarme que me quiere Quizá no me ama. Encuentra en mí al hombre que la protege en su tremendo desamparo No puede entrar sola al futuro que la espera O a lo mejor no vislumbra el futuro y teme caminar a tientas en la oscuridad ¿Soy el lazarillo? —¿En qué piensas? —se abrazaba a él, pegando su vientre a las nalgas de Leo. —En ti. —¿Qué piensas de mí? Leo calló. No podía mentirle, tampoco quería defraudarla. —¿La quisiste mucho? —Como se quiere a los veinte —dijo Leo a sabiendas de que la pregunta estaba dictada por la inofensiva curiosidad de los celos—. Como si no hubiera otra oportunidad en la vida. —Dicen que has tenido muchas mujeres. Leo soltó una carcajada, como si se burlara de su propia leyenda. —Muchas y ninguna —dijo—. Si hago un inventario, a lo sumo recuerdo dos o tres rostros. Sé lo que estás pensando: preferirías haber sido la primera y la única. Un día aprenderás que cuando se vuelve a amar es siempre como la primera vez. Se nace de nuevo y sin memoria. Todo lo anterior es como el oleaje del mar en calma: un ruido monótono y adormecedor, algunas sombras sin rostro en el horizonte. Un alcatraz planea en el aire y cae en picada sobre las aguas.

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Verónica cerró los ojos. Preguntaba porque deseaba escuchar una voz que la adormeciera. Apretó más el cuerpo a la espalda de Leo y le acarició el sexo con una mano. Leo protestó riéndose. Se le caerían los platos antes de llegar a la mesa de la cocina. Metió la mano por la bragueta sin botones del pijama y siguió acariciándolo, pegado a su espalda. ¿Por qué no hacer el amor en la cocina? Leo alcanzó a poner los platos encima de los individuales. No harían el amor, decidió él. Le ordenó sentarse juiciosa en la mesa, los huevos revueltos con jamón y champiñones, el pan tostado, ¿no iba a agradecerle el detalle? Verónica tomó un trozo de melón y se lo llevó a la boca. Besó a Leo y la fruta mordisqueada pasó a la boca del amigo.

Virginia no podía adivinar las intenciones de Upegui. Para hacerlo, tendría que penetrar en un lugar demasiado acorazado de la mente de un hombre que a duras penas hablaba de su pasado. Aunque él decía tener la solución en sus manos, voy a hacer unas gestiones, Virginia no pensó que Upegui pudiera acudir a soluciones extremas. Habló por teléfono con palabras que a Virginia parecieron excesivamente misteriosas. Con el inalámbrico en mano, se apartó de ella. ¿Me permites? Hizo otra llamada, más misteriosa que la anterior. Entre una y otra llamada parecía haber una relación lógica, como si trazara un puente de una orilla a otra. ¿Quién era el doctor Yances a quien trató amistosamente pero con respeto inusual? ¿Con quién habló en la segunda llamada y por qué ese seco tono telegráfico al hablar? Virginia alcanzó a escuchar algo así como que "lo llamo de parte del doctor Yances". No le dio importancia al asunto. Podría tratarse de un agiotista. Si los bancos no abrían créditos sin garantías, los agiotistas lo hacían con otra clase de contraprestaciones, seguramente tan implacables como las de los bancos. Upegui podía haber hablado con un usurero, aunque nadie podía concebir que en el mercado de la usura se dispusiera fácilmente de trescientos mil dólares. —¿Con quién hablabas? —Con un viejo amigo —respondió Upegui—. Hago gestiones. —¿Yances? —¿Te acuerdas del Representante a la Cámara? Se dedica ahora a sus negocios de ganadería en los Llanos. Me debe un favor. —¿En qué te puede ayudar ese Yances? —lo recordaba remotamente—. ¿No es el mismo a quien acusan por la creación de grupos de autodefensa? —Yances no sería capaz de una cosa así —dijo Upegui—. Defiende simplemente sus propiedades. ¡Fuera de la ley! No entiendo lo que quieren decir. Son propietarios que se defienden cuando las autoridades no pueden hacerlo. La guerrilla los roba, les pide contribuciones, los secuestra. Tienen que protegerse. Virginia se despidió de Upegui. Pasaría por su casa, iría después al gimnasio. —Te llamo después de almuerzo. No podía adivinar las intenciones de Upegui porque el lugar donde se fraguaban sus pensamientos y se resolvían sus intenciones era por el momento un lugar desconocido por ella. ¿Quién era el misterioso viejo amigo con quien habló en la segunda llamada? Upegui estaba acostumbrado a "evolucionar" con ingenio en la resolución de sus problemas: créditos, canjes, adelantos de dinero sobre sus proyectos, venta de edificios en obra negra, devolución de sus créditos, firma de letras de cambio, préstamos de usura a conocidos y clientes, nuevos proyectos de vivienda, líos con los arquitectos, maniobras con políticos que agilizaban los trámites a los

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permisos de construcción, alianzas con otros que le pedían proyectar viviendas de interés social en terrenos de alto riesgo, entrada de grandes sumas a sus cuentas, salida de las mismas a los pocos días, solicitud de moratoria a sus créditos. Gran parte de esto lo conocía Virginia. ¿Cómo haría para encontrar de la noche a la mañana trescientos mil dólares en efectivo? Upegui se citó con el misterioso "viejo amigo" en una cafetería del centro, a la altura de la calle 23 con carrera 13. El hombre no llegó solo. No ofrecía el aspecto de quien está acostumbrado a andar solo. Cuadró en la acera su camioneta y bajó escoltado por tres tipos, que se quedaron al pie del vehículo, mirando a las putas y a los travestis que se estacionaban en la acera opuesta, a la entrada de hoteluchos y pensiones. ¿Por qué conocía Upegui el conducto para llegar a este hombre? ¿Yances, el tal Yances, le había dado las pistas para llegar a él? Se sabía de la existencia de un mercado, de la oferta y la demanda de servicios criminales, de los precios fijados según la categoría de la futura víctima, unos pocos miles por miserables anónimos, mucho más dinero, sumas fabulosa a medida que se subía en el orden jerárquico y en la eventualidad de los riesgos. ¿Cómo había conseguido Upegui, con tanta prisa y sin provocar desconfianza, esta cita con Ríoseco? Estaba claro: el conducto regular era Yances, a quien Upegui había vendido tres años atrás una casa de campo en la sabana. —El trabajito le cuesta cincuenta millones —le dijo el tipo a Upegui. —¿Tanto? —Vale mucho menos de lo que vale el muñeco —se jactó el tipo—. Se lo saco del camino y usted empieza a vivir en paz. —Le pago con un cheque al portador. —No me crea huevón, ingeniero —chasqueó la lengua—. En efectivo, un billullo sobre otro. Le hago el trabajito porque me lo recomendó el doctor Yances. La mano de obra cobra la mitad por adelantado y el resto con el trabajo a satisfacción. Este es un contrato de prestación de servicios con póliza de cumplimiento —jadeó enseñando dos colmillos de oro. Se quedó sin respiración. Sacó del bolsillo de la chaqueta un inhalador y lo aplicó a la boca abierta. Es asmático, pensó Upegui. —Le doy la mitad esta tarde —propuso Upegui—. El resto cuando veamos al muñeco. Siempre había una primera vez. Upegui conocía el mercado. Aunque nunca se hubiera valido de esos medios, lo conocía como lo conocían quienes pedían esta clase de servicios para presionar a deudores morosos o dirimir pasiones personales. Sacar de en medio a un acreedor incómodo, mandar a mejor vida a un competidor agresivo. Dar una lección de lealtad a un sapo. Quebrar a un juez, taparle la boca a un periodista, eliminar a un comunista de mierda. Le repugnaba el método, pero, en su desesperación, la repugnancia era menor al hecho de saberse libre de amenazas. Le hacemos un favor a la sociedad, pensó para tranquilizar su conciencia. Si no lo hacía él, lo haría el otro. Alguien tiene que dar el primer paso. Imposible llegar a las profundidades de un propósito parecido, se diría Virginia después. No se acaba de conocer a los hombres. Guardan como reserva de emergencia lo peor de sí mismos, exhiben en la superficie lo mejor y a menudo lo mejor es sólo apariencia. Al final de cuentas, todo el enigma de los hombres se resuelve en la brutalidad o amabilidad de sus acciones, en la generosidad o la mezquindad y en el recóndito propósito que las anima. —¿Dónde recojo la plata? —En mi casa, a las cuatro —dijo Upegui. Virginia podía comprender las razones de la bajeza, justificar conductas extremas, armarse de comprensión y aceptar que siempre existe un motivo de peso para explicarse lo peor de los hombres, pero su capacidad de comprensión nunca habría llegado a la aceptación de un crimen. La

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Ando buscando uno con la firma de Vicente. Yo sé que usted es un hombre de palabra. —Tranquilo —dijo Ríoseco—. Había querido tumbarlo con veinte de los cincuenta kilos que salieron por Barranquilla. en la que tenía firma autorizada. ¿Se acuerda del viejo? Se moría con los mariachis —se quedó pensativo—. Si me van bien en las cosas. esa no es manera de largarse. por faltones. Pero no tenía los veinticinco restantes que pagaría a Ríoseco una vez terminara su trabajo. se puso en contacto con Trespalacios esa misma tarde. Le había bajado a tiros a dos de sus mejores hombres. ¿Le siguen gustando las canciones de Vicente Fernández? —Me chiflan los mariachis —dijo Trespalacios—. Trespalacios no pensó en Upegui. las intenciones de Upegui. sentir al instante que se tiene el colmillo en la propia piel. olvidó que en el tejido del crimen existen hilos que se desenredan como trampas mortales y se devuelven contra el objetivo contrario. don Raúl. aunque esté un poco viejo. El tipo del mandado. Virginia ignoró siempre los motivos de esa cita. —La mitad ahora. después de haber recibido el anticipo de veinticinco millones de Upegui. tratar de atrapar a una serpiente por la cola. —Le hice unos trabajitos al Viejo Epa —se jactó Ríoseco—. —Te pago los cincuenta en dólares. Los tenía en su caja fuerte. El asma se me alborota cuando hablo de negocios. y también una grabadora. —¿Querés que te ayuden mis hombres? —se ofreció Trespalacios. pudo haber pensado. La vida sí es muy rara. conjeturó Trespalacios. —¿Nos conocíamos? —No sé si usted a mí. —¡Ni hablar! Ese trabajo lo hago solo. El negocio promete. La cinta tiene ruidos de la calle. quizá. Ando en esas. —Se lo entrego al forense por cincuenta mil dólares. Fue al banco. te lo compro. la otra mitad cuando le entregue al marrano degollado con la cinta que lo compromete. Eugenio de Jesús Ríoseco. —Te doy mi palabra. hizo el cheque y cobró los veinticinco millones. 130 .Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus salida salvadora de Upegui bastaba para condenarlo ante ella. Alguien del negocio. —¿Cómo me probás que ese es el gonorrea que quiere bajarme? —Le tengo pruebas —dijo Ríoseco—. demasiado incapaz de sacar las tripas y mostrarlas. Yo me gano lo que me como —y sacó el inhalador al sentir que la respiración le faltaba—. —¿Quién es? —Ni pendejo que fuera. El gonorrea de Blásquez. el desenlace de su propósito. hay partes en las que se escucha un chirrido. En el saldo de la cuenta quedaron tres millones quinientos mil pesos. Si se le antoja. Si tenés uno original que yo no tenga. Tengo la mejor colección de sombreros mejicanos. El tipo tenía un delicado repertorio de eufemismos. Uno tiene su experiencia. ¿no le parece? Morirse metiendo perico en un motel con una puta y un travesti. recordó. le ofreceré los servicios de mi empresa de vigilancia privada. Podía ser el gonorrea de Blásquez. Y Upegui desconoció la astucia de su enemigo Raúl Trespalacios. a usted lo conozco porque vamos a veces al mismo establecimiento. demasiado cobarde. Ocultó la identidad de quien le pagaba cincuenta millones por su cadáver. puede hacer morcillas con el muñeco. Demasiado débil. ni marica que fuera. No se olvide que fui sargento y trabajé en Inteligencia del Ejército. Se sirvió de la cuenta del gimnasio. ¿Ve la venntaja de usar chaqueta de cuero? En los bolsillos cabe una Luger o una Beretta. pero lo que le interesa se puede escuchar nítidamente. venirle con el cuento de que no eran cincuenta sino treinta.

sintió repetidas ráfagas en puertas y vidrios de su carro. los tipos caminaron hacia el vehículo y siguieron disparando. ¿No se comía a una vieja como cuarentona ella. Y Upegui había tenido el presentimiento la noche anterior. No contó el dinero. mientras inscribía a nuevas alumnas y esperaba que Upegui la llamara. No le dio importancia al presentimiento porque no pudo ordenar el flujo difuso de impresiones. adelantando a los vehículos que. los jóvenes para seguir siendo más jóvenes y bellos. No se requiere inteligencia criminal para tener una inteligencia superior a la de los criminales. Había mucha plata detrás. ¿De dónde estaban disparando? Comprendió en cosa de segundos la jugada de Ríoseco. —Le entrego el muñeco y la grabación —dijo Ríoseco al despedirse de Trespalacios. La moto zigzagueó y se perdió entre vehículos que en aquel tramo circulaban al ritmo del embotellamiento. valía la pena. Confirmó demasiado tarde la razón de sus presentimientos. su mediación costaba el diez por ciento del contrato. respondió. Mi amigo Fabián Acosta tuvo tratos con Epaminondas. muy buena? Parece que ahora se la está comiendo el viejo Upegui. Dos hombres disparaban al mismo tiempo. los viejos para lucir menos viejos. la competencia debe temerme a mí. Con sangre fría. fresquita y muy de la jai. Le tenía un negocio. ¿Disparar en pleno día. ¿A personas de qué edad estaba destinado? No había edad para mantenerse en forma. Como siempre. al escuchar el tiroteo. Virginia conoció la noticia en la noche. le quedaban tres días para devolver el dinero. aceleraron o se detuvieron al borde de la cuneta. Amueblar y decorar un hotel y un conjunto residencial en tierra caliente. de pasadita. Guardó en un bolsillo de su larga chaqueta de cuero con remaches metálicos el sobre de papel de manila. ¿Cómo se le había ocurrido abrir este gimnasio? Respondió que la ciudad necesitaba un spa como el suyo. Regresaron a la moto y emprendieron la fuga hacía el norte. Confiaba en la palabra de Trespalacios.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —No conocí al Viejo Epaminondas —dijo Trespalacios—. ¡Una culicagada requetebuena! Pagaría millones por comerme una chimbita de esas. en medio del espantoso tráfico de las cinco y treinta de la tarde? Su cabeza cayó sobre el volante. Le cosieron el pecho y el rostro a balazos. Salió a cumplir una cita con Amparo Consuegra. Mientras circulaba por la Avenida Circunvalar —se había citado con Amparo en su casa— y hacía el alto en el semáforo de El Castillo. Había dado una entrevista a un programa de televisión. como si acabaran de encender fuegos pirotécnicos celebrados por una multitud deslumbrada. el recomendado de Yances. Pero la inteligencia sólo sirve si se usa oportunamente. ¿Le temía a la competencia? No. 131 . Una noche. Una llamada de Trespalacios lo acorraló con una nueva exigencia: le reducía el plazo. Alcanzó a ver la moto estacionada en la parte superior de la calle que se empina hacia el barrio exclusivo de este costado de los cerros. Las cámaras se pasearon por el salón de aeróbicos. no podía conciliar el sueño. No valen de nada los presentimientos. Omitió decir que "esa vieja como cuarentona" era ahora su socia en el negocio del gimnasio. Solo en la inmensidad de su casa de Teusaquillo. conocí a la hija de la vieja.

Teresa. con el cuerpo abatido por ráfagas de revólver o subametralladoras. Todo indicaba. Acaban de pasar por otro noticiero de televisión una foto de Javier a tu lado. Mataron a Javier. ¿Me oyes? Ven a casa. sintió la vista nublada por la telaraña de la perplejidad. ¿qué sucede niña?. Un profesional de vida correcta. Se desconocían los móviles del crimen. Llamé al director del otro noticiero pero ya era tarde. Le dije claramente: si la entrevistas. Restos de cristales sobre la silla delantera. Leo volvió a llamar. que le aconsejara no dar declaraciones. natural de Pacho. uno de los más lujosos y exclusivos gimnasios del norte de la capital. listo para salir. Upegui. Dile que se haga negar. Van a pronunciar su nombre. sin responder a sus propias. No le des declaraciones a nadie —dijo obedeciendo la sugerencia de Leo—. La llamaría más tarde. Llamó a Virginia pero las dos líneas del gimnasio estaban ocupadas.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus La noticia había llegado minutos antes a oídos de Verónica. ¿Lo viste? —Verónica asintió—. Las primeras informaciones de las autoridades aseguraban que Upegui no tenía antecedentes penales. Castro. el director. no acepto tu oferta. sórdidos episodios? —Espantoso —dijo Leo al abrazarla—. a quien Leo Pradilla llamó diciéndole que pusiera el noticiero de las siete. 132 . Si insistes en entrevistarla. alcanzó a decir a la empleada. En pocos minutos. conocidos o anónimos. ¿Se había comunicado con su madre? Si hablaba con ella. acribillado por sicarios en la intersección de la Avenida Circunvalar con el sector de El Castillo. pero era Javier Upegui. John Peralta insiste en hacer entrevistar a Virginia para el noticiero de las nueve. repitió Leo. Cundinamarca. Verónica reaccionó con lucidez y sin lágrimas. Ven de inmediato a casa. debía negarse si preguntaban por ella. me prometió que evitaría mencionar a Virginia. vagas preguntas ni a la mirada de pánico de la empleada. la jauría de los periodistas estaría ladrando en la puerta del gimnasio. que podía tratarse de otra acción criminal perpetrada por el narcotráfico. ¿Por qué sonríe la presentadora si está leyendo una noticia trágica?. ¿Qué estaba empezando? ¿Qué sórdido episodio estaba cerrándose o anunciaba la sucesión de nuevos. No había salido elegido. ante la mirada impávida de los testigos. ¿Quién era Javier Upegui? Su última aparición en público. Se asomó a la ventana y corrió a abrir la puerta. que prendiera el televisor y viera las noticias. ¡Quién va a saber!. se dijo Verónica. ¿Don Javier? ¿A ese señor tan bueno? —No te quedes en el gimnasio —dijo Verónica al comunicarse con Virginia—. Verónica reconoció el ruido del motor del Porsche. era ampliamente conocido en círculos sociales de la ciudad. Al abrirlos. más aún. Los delincuentes se habían dado a la fuga —decía la presentadora de noticias—. La presentadora debe tener veintidós o veintitrés años. ampliamente registrada por los medios de comunicación. así que no va a romper su palabra. Nada diferente a tantos otros hombres. —Espérame en tu casa. temió Leo. se preguntó. lo vinculaba como accionista de un spa. Usaron las tomas de la inauguración del gimnasio. Nada diferente a tantas y tan cotidianas escenas de coches perforados a balazos. inaugurado recientemente. sin poder responder a Teresa. Nada más. añadía la presentadora. calculó Verónica. Mi agencia les consigue la pauta publicitaria. Verónica cerró los ojos. Un hombre con el cuerpo inclinado sobre el volante. pensó satisfecho. ¿qué pasa?. Los hechos habían ocurrido hacía las cinco y media de la tarde. te mando a la mierda. Una Toyota de puertas y ventanillas cosidas a balazos. conocido constructor. por el modus operando de los sicarios. Verónica no alcanzó a identificar el rostro de Javier Upegui. Omitieron el nombre de Virginia. tomada el día de la inauguración del spa. Había figurado tres años atrás en el tercer renglón de la lista de candidatos a la Cámara encabezada por el ganadero Ambrosio Yances. Algo muy horrible.

no sería a causa de la muerte de Upegui sino por la estrecha relación que lo unía a su madre. Tomó uno. Una chimbita. Ríoseco había visto a la entrada del edificio a dos de los hombres de Trespalacios. Ríoseco llegó al apartamento de Raúl Trespalacios antes del mediodía siguiente. la conseguís en la calle. se lo encasquetó e hizo un cómico ademán. Si vos estás en condiciones de regalar una moto. Fotos de Trespalacios al 133 . La muchacha pasó de nuevo del baño hacia el cuarto. El cuerpo de Trespalacios se derrumbó sobre la alfombra morada. Desde la sala podía verse uno de los dormitorios. —No salga. mamita. Se dirigió a pasos tranquilos hacia la otra habitación. Se conoce tarde y mal a la gente. La caja fuerte estaba abierta. Trespalacios. Eso es lo que se sabe. la vida social y pública. Esos chochitos andan locos. sus personajes y héroes. —Vi las noticias de anoche —dijo con acento desganado—. se habría escuchado el ruido en la sala. Seguían el partido de fútbol que América jugaba en Buenos Aires. Si la muchacha del cuarto hubiera estornudado. Les compras ropita bien bacana. te comés las hembritas que querás. zas. Desconozco lo que no se sabe. componía una comparsa de seres enmascarados. tengo visitas —gritó—. en cambio. Trespalacios en persona le abrío la puerta y lo invitó a pasar. que observó el interés del asmático por el espectáculo de su cuarto. Trespalacios le pidió que esperara. Ella. caminando hacia la sala de la casa—. A Ríoseco le llamó la atención la exhibición de sombreros mejicanos que decoraban las paredes del bar. dio unas zancadas y cerró la puerta con disgusto. Si preferís una de catorce. En la mesa de centro de la sala había botellas vacías. posiblemente camino del baño. cantó. no te rajes!. no habría podido escuchar los disparos hechos con silenciadores. Arqueó una ceja y los tipos dispararon sobre el cuerpo de Trespalacios. pensó la muchacha. pensaba Leo al ver el rostro de preocupación de Verónica. ¿Se toman un trago? Ríoseco buscó el consentimiento de sus hombres. —Guárdela de recuerdo —le dijo Ríoseco. seguido por dos de sus hombres. abren las páticas y el chocho. hermano. Tiene dieciséis —dijo con jactancia—. les regalás algo y. Traía la grabación con la voz de Upegui. Me costó una moto nueva. ¿Qué disparate era éste? Un maniquí vestido de mariachi con un guitarrón en sus manos de plástico. hermano. Todo. La perdió del ángulo de visión reducido por la puerta entreabierta. una hielera y un montón de cocaína regada sobre la superficie de un pequeño espejo y periódicos del día abiertos en la página donde se registraba la muerte de Upegui. Vislumbró a manera de aparición el paso fugaz de una jovencita desnuda. —Mi madre debe saber quién era realmente Javier. Nunca pensé que fuera esa rata hijueputa. Si Verónica conseguía dar salida a las lágrimas. las invitás a rumbear. Ríoseco tomó la iniciativa de poner en la grabadora la cinta y a Trespalacios le molestó hasta la cólera escuchar la voz de Upegui. Embolsilló el fajo en su chaqueta. le molestó tanto o más que ver el cuerpo acribillado en el noticiero de televisión. Y contó los billetes hasta que se cansó de hacerlo y dio por correcta la cantidad. Un día se quitarían o les quitarían la máscara y se conocerían sus identidades verdaderas. se dirigió a otra habitación y al rato regresó con un fajo de billetes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Quién era en realidad Upegui? —Un constructor —dijo Leo. ¡Ay Jalisco.

En los tres estaba estampada la visa múltiple de entrada a Estados Unidos. Por si acaso. Uno de sus muchachos se dedicó a pasar un pañuelo por cada uno de los objetos tocados por el asmático. Cuando alzó la vista. ataviado con un sombrero que le tapaba a medias el rostro. Hizo una llamada. se sobajeó las manos. Va la madre si no nos traemos la Copa. diligente organizador de grupos armados de autodefensa. No seamos pendejos. ¿no ve que parece un payaso? Decidieron bajar por las escaleras. Por si acaso. Mi Santafecito del alma. Lo tocó. Sin prisas. Y yo del Santa Fe. güevón?. ¿Por si acaso qué. ¿Por qué estaba interesado Yances en eliminar a Trespalacios? El único que lo sabía era Ríoseco. No era mucho. Vea qué bacanería. Cada uno de espaldas a los escoltas. —¡Gol. no encontró a los hombres que lo habían acompañado en sus emociones. Hojeó los tres pasaportes y se asombró al ver que la misma foto correspondía a identidades distintas. Dispararon a quemarropa y en la cabeza. —¿Qué hacemos con los de abajo? —Denle del mismo remedio —ordenó Ríoseco guardando como pudo los billetes en un bolsillo de su chaqueta. podría tratarse de una cantidad más o menos mayor. Pero ¿qué relación podía existir entre un ex parlamentario. dilataba los plazos. —¡Ah. hijuepuchas! —gritó el portero en una frustrada jugada de gol—. gol! —gritó. se envalentonaba en cada excusa. Y usted. Si se conjetura y se acierta. Y se tapó el rostro con la ruana—. respondería con plomo a los requerimientos. dijo el otro. y un mafioso que llevaba años trabajando por la libre? A Ríoseco se le iluminó la mirada: Trespalacios se estaba haciendo el vivo con el pago de la finca que Yances le había vendido. Si comparaba el volumen de los billetes con que Trespalacios acababa de pagarle. Los hombres de Ríoseco hicieron que miraban el partido. —¿Quién va ganando? —pregunto Ríoseco. patrón —repitió el tipo. patrón —dijo. carajo! 134 . Si se dejaba ganar ventaja. Sacó la cinta del equipo de sonido y se la pasó a uno de sus muchachos. Se lo sirvieron en bandeja. propietario ganadero. ¿Puedo? —pidió permiso para llevarse un sombrero. Un cactus gigantesco de plástico. Un cactus gigantesco. Esas ruedas sueltas estorban. casi rozándolos. —¿El doctor Yances? —esperó unos segundos—. el tullido ése botó el gol.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus lado de músicos y cantantes. envanecido por la precaución. quítese ese sombrero. gol. el más pequeño y vistoso de la colección. Trespalacios es cadáver —y colgó. —Salgan como si nada —les dijo a sus muchachos—. Uno de ellos dijo que era de Millonarios. Ni siquiera el portero del edificio vio el rápido descenso de los cuerpos hacia el piso. ¿Vos sos del América o del Cali? —Del Nacional —llevó la contraria Ríoseco. metió la mano en la caja fuerte y sacó lo que encontró. patrón —dijo— tiene la firma de Rocío Durcal. Alcanzó a ver la silueta de tres hombres que salían apresuradamente del edificio. Los escoltas de Ríoseco veían el partido de fútbol en un televisor en blanco y negro. Duerma tranquilo. ¡Nos empataron. Desde el mostrador de la recepción. espere que corone en un negocito. —América —dijo uno de los escoltas sin voltear a mirar—. el portero creyó que sus acompañantes habían partido con los visitantes. se puede decir que Yances quería borrar de la lista a un mafiosito de poca monta. Volvió a poner el sombrero en su sitio. —le preguntó Ríoseco.

¿De dónde? Dile que no estoy. Miró fijamente a Leo. Acosta y Trespalacios eran amigos y las muertes de hoy se relacionan.. se dijo Leo. —Explícate. Las tres muertes se relacionaban. Un sujeto llamado Raúl Trespalacios había sido asesinado en su domicilio. Verónica creía reconocer aquel rostro. —Y la plata de Acosta era plata de Trespalacios. todo misterio se resuelve —dijo Leo—. al cambio de hace tres meses. —Pero van a investigar el origen de la plata de Upegui. Javier era muy misterioso con la plata. hipotequé. tu socio secreto. Upegui mandó matar a Trespalacios y éste se le adelantó. La llamada de una periodista no se hizo esperar. Vendí mi BMW. Del noticiero. estaba protegiendo a Verónica. invertí mis ahorros. Al parecer. le dijo a Verónica. Furiosa e indignada. Y recordó la advertencia que le hizo a Peralta: no acoses a Virginia. —Necesitaba capital para garantizar mi participación mayoritaria en la sociedad. pero Acosta y Upegui eran socios. ¿Cuál es entonces tu preocupación? — encaró a Virginia. —Hago lo que en este momento deben de estar haciendo policías y jueces. motivos no le faltaban para estarlo. —Nunca lo había visto. dijo ésta al colgar. le quiso decir Leo con un movimiento de las palmas hacia el suelo. balbuceó Virginia. evitando inmiscuirse en un asunto de familia. ¿Por qué Virginia se negaba a ofrecerla? Las noticias del mediodía le permitieron respirar un poco de aire puro en medio del aire envenenado que empezó a soplar con las noticias de las siete de anoche. ni siquiera lo conocía. Me está jugando sucio. la actitud nerviosa con que apagó el televisor al final del informe. ¿me equivoco? —se atrevió de nuevo Leo. Espera que se calme. —La sociedad registra un capital de apenas doscientos mil dólares. A la distancia. —¿Fuiste capaz? ¿Hipotecaste sin mi consentimiento nuestro patrimonio? —No podía hacer otra cosa. Trespalacios. el mismo patán que quiso retenerla a la fuerza? —¿Lo conocías? —preguntó Verónica a Virginia. —¿Upegui le debía plata a alguien? —se atrevió a preguntar.. Verónica les dio la espalda y subió las escaleras hacia la segunda planta. —Le debíamos trescientos mil dólares a Fabián Acosta —le respondió Virginia—. —Puede ser —fingió Virginia—. si tus periodistas insisten en entrevistarla. —Era amigo de Fabián Acosta —dijo Verónica. Ni siquiera Upegui figura en la sociedad Nuevo Horizonte. —Tarde o temprano. ¿Quién mató entonces a Trespalacios? ¿Qué diablos estaba sospechando? Virginia frunció aún más el ceño. no se ve por ninguna parte ni hay documentos firmados que lo prueben. ¿No era el acompañante de Acosta la noche en que se citó con Beatriz en la discoteca de La Calera. Leo seguía las reacciones de Virginia: el ceño fruncido al seguir el informe sobre el asesinato de Trespalacios. vendí mis joyas. 135 . dos de sus escoltas también habían sido asesinados en la recepción del edificio mientras veían un partido de fútbol de la Copa Libertadores. —Nadie sabía que Acosta era socio del gimnasio. ten por seguro que rechazo tu oferta y hago que te corten la pauta. barajar y descartar hipótesis. en el fondo. Virginia y Leo se miraron. Ni que trabajaba con la plata de Trespalacios. Relacionar los crímenes. Era el capital de su participación en nuestra sociedad.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Ni Leo ni Verónica encontraban una explicación a la muerte de Upegui. —¿Qué hipotecaste? —saltó de inmediato Verónica. que era posiblemente la plata de Trespalacios. Upegui no tenía relaciones con Trespalacios. —se detuvo. Protegía a Virginia pero. La plata de Acosta.

Prefería evitarlo. si da la talla. 136 . por ningún motivo. —¿Quién le va a caer encima? —Los periodistas o los que se hacen pasar por periodistas. por supuesto. Un cuarentón comiéndose a una niña de diecinueve. Juegas con ventajas. Sácala por un tiempo de tu vida. No pensaba en las razones morales que empujaban a esas muchachas a un camino a veces ilusorio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —Tarde o temprano se daría cuenta —dijo Virginia. —¿En el apartamento de Leo? —Se lo acabo de decir a Virginia —dijo él—. buscaba dinero y gloria inmediatas. Verónica descendió las escaleras. Pagaban el precio que les exigieran. cambiarías de idea. la voy a llevar a vivir a mi casa. —Pretendo que se salve de toda esta mierda —subió la voz—. —Saldremos de ésta —le dijo Verónica a la madre. Si acepto dirigir el programa que me propuso Peralta. ver a Verónica metida en este asunto —dijo Leo—. —Tú sabes lo que quiero decir. —¿Son amantes? —¿Tú qué crees? —allí estaba de nuevo su desdeñosa respuesta—. —¿Como la pobre de Beatriz? —La pobre Beatriz y tú se parecen. Por ahora. Creo que Verónica no busca parecerse a su mejor amiga ni mucho menos a su madre. el melodrama de ciertos lugares comunes. Se había calmado. —Lo mejor sería que pasaras unos días en el apartamento de Leo —aceptó. No vas a vivir conmigo. como le cayeron a Beatriz. No me ensucies el proyecto. Leo. —¿Si nos acostamos? ¿Es eso lo que quieres saber? Lo sabes desde el principio. Ésa es la diferencia. que haga un curso intensivo y sea una de las presentadoras. —Es mucho más sano que una mujer de cuarenta dejándose tirar por viejos sesentones — pasó a la ofensiva. —No te estoy culpando de nada —le dijo. conscientes de su belleza. recordaba la decisión irrevocable que las llevaba a elegir. En muchos sentidos. —Así que mi hija encontró al padre que no buscaba. molesto por las recriminaciones de Virginia—. Leo apartó la cara. Si eres capaz de concebir que hay una generación de muchachas que no se dejan tirar sino que se tiran al hombre que les gusta. —No soy capaz de ser padre de nadie y menos de una muchacha joven y muy bella. Leo sabía de qué hablaba. —Y de paso te la tiras —torció la boca con amargura—. tomándola de una mano—. —¿Qué intenciones tienes con mi hija? —a ella misma le sonó ridícula la pregunta. En silencio. Ambos hemos vendido lo mejor que tenemos y ambos lo hemos hecho para evitarnos la humillación de seguir siendo pobres. Si ella está de acuerdo. el camino más corto hacia el éxito. por ejemplo. tú y yo nos parecemos. necesito que Verónica se prepare. vas a vivir en mi casa. Leo les dio la espalda. La generación de muchachas de la que hablaba frecuentaba sus oficinas. Mientras escampa este aguacero. Somos amigos. Virginia trató de darle una bofetada. Era demasiado sensible al melodrama. Soy el amigo que nunca ha tenido. Le van a caer encima. Siempre caen sobre el blanco más vulnerable. Pero ése no es el motivo que me lleva a protegerla. —No quiero. Leo sacó espontáneamente la sonrisa que muchos atribuían a la desdeñosa distancia que mantenía con todo aquello que le desagradaba. se acercó a Virginia y la abrazó con timidez. Los lugares comunes.

Tengo que hablar con el Gran Jefe —le dijo antes de colgar. eran tantos y tan confusos que acabó renunciando a la posibilidad de ordenarlos y comprenderlos. necesitaba efectivo para pagar a proveedores menores. ¡Miserable! —dijo para sí en voz alta. Heredaría un cadáver y una hermosa casa que los bancos reclamarían como pago de las deudas contraídas por el difunto. ella era la protagonista pero. Correría con los gastos de la funeraria. pero Leo lo consolaría diciéndole que la agencia tenía muchachos más ingeniosos y agresivos que él. Otra cosa: tengo televisor pero también tengo biblioteca. Se refería a Isaías Bueno. Te advierto una cosa. Aquí dice que tengo un saldo de veintiocho millones quinientos mil pesos. se mostró siempre grosero. 137 . ¿Estaba seguro? Sí. no soporto el desorden. Llamaría al gerente del banco. Upegui no figura directamente en la sociedad. —¡No es posible! —se alarmó—. Descubrió que Upegui había girado y cobrado personalmente un cheque por veinticinco millones. Si le servía estaba dispuesto a seguir como asesor externo. a medida que reconstruía inconexos episodios de su vida. Aunque Upegui nunca hablaba de la existencia de esta hermana. mucho más. se sentía espectadora/protagonista de una película incomprensible. No podía detenerse en ninguno ni ofrecerse justificaciones morales. Te espero mañana por la mañana en mi casa —dijo dirigiéndose a Verónica—. Llamó a John Peralta y lo citó para el día siguiente. Virginia durmió hasta tarde. Y una buena colección de videos. sabía vagamente de su existencia. se exhibió como era. —Cuando una fruta empieza a pudrirse. Por momentos. Hacía la travesía por el túnel subterráneo que comunicaba publicidad con televisión. parecía estar preguntando Peralta—. le dijo a Virginia. si había hecho algún esfuerzo para penetrar en el alma de aquel hombre en ocasiones patético. Leo extendió el dorso de su mano derecha y le dio a Virginia una sincera caricia en los pómulos. Además. había conocido a Upegui. Dile a tus periodistas que investiguen por el lado de Acosta y Trespalacios. se perdía en ellos como si fuera una extraña. Se corta con cuidado el pedazo podrido y se aprovecha lo que queda en buen estado. Era un golpe duro para su empresa. Se había quedado en la superficie de las apariencias. ¿Sabía la hermana de Upegui que el difunto tenía participación en la sociedad propietaria del gimnasio? Quizá no lo supiera. Madre e hija escucharon la advertencia de despedida: —No le mandes periodistas a Virginia. el cheque había sido cobrado antes de ayer a las dos y media de la tarde. no se bota a la basura. madre separada de tres hijos. Una hermana menor del difunto se había encargado de los trámites. No lo había hecho. Virginia nunca supo de dónde sacó la plata que lo convirtió en socio del gimnasio. Un caso típico de ajuste de cuentas —¿Y Upegui?. Asistiría al sepelio de Upegui. Perdía a su mejor creativo. en realidad. Una ceremonia discreta. como si pidiera ser aceptado o rechazado sin condiciones. como si en el hecho de evocarlos involuntariamente se le impusiera la necesidad de justificarlos. Sólo había conciliado el sueño en la madrugada. Ahora le resultaba más repugnante que el Viejo Epa.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus —¿Por qué haces todo esto? —Virginia lo preguntaba porque todavía no descifraba los motivos de su generosidad. porque Romero no simulaba ser lo que no era. Empezaba a preguntarse si. No se retiraba de la publicidad. Además. Le pidió a Verónica pasar por el banco y cobrar un cheque de cinco millones.

ninguna vergüenza en su conciencia. Una mujer de aspecto humilde. Leo dirigiría las pruebas de cámara. no sería fácil. someterse a pruebas de maquillaje. El único que la visitaba era Frank Rueda. el orgullo de saber que las cosas marchaban como lo había imaginado. Examinó documentos.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Cuando Verónica salió de casa con una maleta. a diario y siempre pendiente de todo. le decía a Virginia. Viéndolo bien. Los últimos clientes terminarían a las diez de la noche. Recibió una llamada de Verónica: cenarían. A las siete de la noche entendía menos de aquello que había querido comprender. ¡Quién iba a pensar que reaccionara de esa manera! En todo momento. Virginia salió de su oficina hacia el salón. Verónica a los doce años. Virginia llegó al gimnasio y se encerró en su oficina. ¡Qué jóvenes eran! ¡Qué cuerpos! Los cultivaban con devoción religiosa. Se quedaría hasta que terminara la última sesión de aeróbicos. Reconstruyó confusamente su conversación con Leo Pradilla. pasaba ahora por el tupido y exigente cedazo de la indiferencia. Un poco antes de las diez. Se miraban de frente o de reojo y la imagen que les 138 . que algo parecía estarse marchitando ese día. recibía las condolencias de los escasos asistentes. ¿Le parecía bien si almorzaban mañana? Pensaba visitar a Beatriz un día de estos. Se hizo una patética reflexión: dos cadáveres en su memoria. leyó una y otra vez el papel de la hipoteca. muerta del susto sí estaba. vestida de negro. Virginia. con John Peralta. se dirigió a la funeraria donde velaban a Upegui. No guardaba fotos recientes. Le entregó a la secretaria de la noche el sobre con la consignación de la mañana siguiente. ensayar entrevistas. Quedaron de verse al día siguiente. Observó todo como si nada fuera el resultado de su obstinación. En un extremo las máquinas de ejercicios. Ordenó los cheques con los que sus alumnos habían pagado matrícula y mensualidad y llenó el volante de consignación. Verónica estuvo tentada de preguntarle por el sepelio de Upegui. se sentía ridícula al recordarla. No lo hizo. ¿te imaginas?. Estaba ordenando sus cosas en el closet. dos amantes en apariencia distintos y sin embargo amarrados con la misma cuerda. Ni siquiera Amparo Consuegra se dejó ver entre las diez personas que acompañaron el féretro. Leo le había hecho arreglar el cuarto de huéspedes. Lo hacía de manera automática. en otra. Mañana por la mañana empezaría clases de expresión oral. el día de sus quince. con rigidez de palo. ordenó a la secretaria. extendió sobre el escritorio el acta donde constaba la constitución de la sociedad. Pensó en Verónica. ella y Leo. El maquillaje no podía disimular las ojeras intensas. Se aterró al comprobar que ésa no era la mirada brillante de siempre. pero sintió que se perdía en un laberinto de números. tendría que hacer ejercicios de lectura. improvisar parlamentos. me cedió el cuarto de huéspedes. en el otro la pista de aeróbicos. Diría después que nunca se había imaginado funeral más patético para un hombre que conocía a casi todo el mundo. ¿No era ridículo haberle preguntado por las intenciones que tenía hacia su hija? Abrió la billetera y contempló dos fotografías: en una. Había estado antes en el baño y se había mirado en el espejo. No me pase llamadas. La emoción de los días anteriores. cotejó cifras. A Virginia le llamó la atención la silenciosa presencia de un hombre bajo y gordo que cada cierto tiempo sacaba un inhalador y se lo aplicaba en la boca. la base que se aplicaba en el cuello no escondía la línea de arrugas que descendía hacia las clavículas. Se quedaría hasta el cierre del gimnasio.

pero cruzó instantáneamente por su imaginación. ¿Qué significaba todo esto. su mercé —dijo Yolanda al estrechar fuertemente la mano de Verónica. alguien vela desde fuera por mi seguridad. seguía perdidamente enamorado de ella. dijo Beatriz. pero estaba segura de que su ángel de la guarda no era Rueda. Tonificar los muslos. ¿De dónde había sacado la plata para pagar la protección que le ofrecían? —Un padrino misterioso —dijo Beatriz. le dijo a Verónica. acompañada en todo momento por una muchacha de aspecto taciturno. levantar esos senos con ejercicios de pesas. —¿Frank Rueda. 139 . si su hija empezaba a alejarse? No hay peor temor que el que nace y crece dentro de nosotros. pero vivirla fue tan descorazonador que estuvo a punto de rogarle que se quedara. —Yolanda.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus devolvía el espejo correspondía a sus expectativas. ¿Pagando cómo? Con plata y mucha simpatía. sin causa exterior aparente. que por el solo hecho de imponer sus reglas le habrían rajado la cara a cuchilladas? Pagando. notar su tristeza. sentir que se le partía el alma. no era el Gordis. Quince millones de hipoteca. se quedaría un rato más. —Mucho gusto. —¿Un padrino misterioso? —Sí. tenía que ordenar unas cuentas. se imaginó como una sonámbula recorriendo un territorio desconocido y sin embargo propio. Una sonámbula. se estaba portando divinamente con ella. Los últimos instructores se despidieron de Virginia. ¿Cómo había conseguido hacerse fuerte en medio de reclusas que hubieran hecho lo imposible para pasar una noche en su cama. enteramente suyo. pobrecito. —Frank y el abogado dicen que tengo grandes posibilidades de salir libre. jóvenes y adultos secaban sus sudores y bebían litros de agua mineral y bebidas hidratantes. No. si los alcanzaba. Propio y al mismo tiempo extraño. endurecer el vientre y las nalgas. ¿Qué había de sospechosa ambigüedad en los dos jóvenes que se tocaban bíceps y tórax? Le llegó el vaho de los baños turcos. el Gordis? —preguntó Verónica. la visitaba casi cada día. desconociendo el lugar de donde nacen temores y aprensiones. Si una mano criminal incendiara y destruyera lo que la rodeaba. alguna vez había pensado que esa escena ocurriría en alguna fecha del futuro. la prosperidad o el éxito. le hacía llegar ropa y comida especial. que actué en legítima defensa. Sólo quedaba encendida la luz de su oficina. Era la muñeca de porcelana que nadie toca por temor de romperla. Beatriz se había convertido en la reina consentida de la prisión. le presento a mi amiga Verónica Oropeza. se desvelaba con el abogado montando la estrategia de la defensa. En las pausas. Caminó hacia las duchas y admiró la belleza desnuda y sin pudor de las muchachas. No. La hipoteca de su casa. Era el único documento desplegado encima del escritorio. Virginia miraba con desazón su propio espectáculo. ¿Había empezado a perder a Verónica? Verla salir con una maleta en la mano. menos de lo que Upegui había sustraído sin su consentimiento. Como si acabara de pisarlo y el deslumbramiento de la belleza se hubiera extinguido y cedido a la penumbra de sus pensamientos. Era una fantasía siniestra. preguntó la secretaria. se oponían a la naturaleza con terquedad envidiable. sentiría más liviano el peso de esa noche. Las mujeres mayores lidiaban con entereza contra el efecto desalentador de los años. ¿Le llamaba un taxi?. Las luces de los salones se fueron apagando. ahora sin la sombra compartida de Upegui.

dijo Verónica. no la embarras. dormía en el cuarto de huéspedes. —Te dejo —dijo Verónica—. pero me respeta —dijo Beatriz—. se preguntó Beatriz. Qué chévere que vivieran juntos. Beatriz acarició los cabellos de la amiga y la despidió con un beso en la boca. Estás divina. —Sí. cómo no. y Beatriz supo que el escolta no era otro que Daymer. A la distancia. en menos de cuarenta y ocho horas había descubierto un temperamento difícil. la voz es mi fuerte. estuvo a punto de matarla. le decía el camarógrafo. Leo iba a dirigir un magazine de variedades y esperaba que Verónica fuera una de las tres presentadoras. ¿Te ama? No sé. un neurótico incorregible. La muchacha de aspecto taciturno les dio la espalda. Si lees antes el libreto. le decía a Verónica. Cuando las vio tomadas de las manos dejó salir un gesto de disgusto. no perdona que las cosas no se hagan como las desea. evita pausas muy largas y. me pide que evite caer en el pantano de aguas podridas. aconsejaba Leo. la instruía Leo. De nada te servirá ser 140 . Verónica fue silbada por un grupo de reclusas. —Puede ser un enemigo de Acosta —conjeturó Verónica. demasiado perfeccionista y exigente. no mires alarmada hacia la cámara. —¿No será que se enamoró de ti? —preguntó Verónica. Creo que sigue las instrucciones de mi ángel de la guarda. Al salir del área de visitas. frío y duro cuando le reprochaba ciertas cosas. Se abrazaron. No levantes la voz de esa manera. —A estas viejas se las comen los mañosos —gritó una de las mujeres—. ejercicios de lectura. se había ganado el testimonio de uno de los escoltas de Fabián Acosta. ¡Corten! Y repetía la lectura del párrafo. ¿Qué pasaba allá afuera? Había visto en televisión lo de la muerte de Trespalacios y el terrible asesinato de Javier Upegui. cuando no se muestra distante revela tendencias irascibles. sobre todo. si te toca improvisar o te pierdes del libreto. Me protege. dice así. quiere a toda costa que me aleje por un tiempo de mi casa. la asustaba a veces. Pruebas de cámara. que no frecuente por un tiempo a mi madre.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Alguien. la hacía vigilar día y noche. evita caer de bruces en el pantano de aguas podridas de Virginia. le hacían gestos obscenos. una voz grave y femenina —se lo había dicho Leo a medida que estudiaba el perfil de su pupila y corregía los defectos de su dicción. ¿quién era el misterioso ángel de la guarda? No te lo puedo decir. —Es callada y servicial —dijo Beatriz. le dijo Beatriz y Verónica le replicó que eso de vivir juntos era un decir. el fornido muchacho a quien por un inexplicable impulso rencoroso le había pedido que la poseyera en la alcoba de Fabián. Su testimonio era decisivo. —Empiezo mañana mis cursos —le informó a la amiga—. Sesiones extenuantes. la encerraba en un cuarto. el protector y ángel de la guarda. no me pide que rompa con ella. el señor la golpeaba y torturaba. vigilante y enfurruñada. No iba a presentar un noticiero. dijo Beatriz. Toda frase tiene su propio sentido y debes darle la inflexión necesaria. Le sacaban la lengua. atrapa el sentido de cada párrafo. Y una aquí aguantando hambre —rió a carcajadas. Mire su cámara como si no existiera. Leo me espera en el estudio. ¿serán manías de viejo?. le dijo. respiración abdominal. ¿Lo amaba? Estoy segura. la muchacha de aspecto taciturno seguía la conversación de Verónica y Beatriz. así. Pero. lo definió Verónica. Leo seguía siendo amoroso y lindo con ella.

Dale una cita a la reina. si en realidad había amor y no un ambiguo pacto de conveniencias entre ella y Leo? Había días en que la ofuscaba su indiferencia o la irritaban sus exigencias. No hacemos un programa de opinión. Ya vería los resultados. había sido reina de belleza y se había fugado de tres carreras universitarias. Empiezas haciendo preguntas incómodas a políticos y ministros y acabas atacando al gobierno. Pero Leo había puesto sus condiciones bien claras: un poquito de frivolidades.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus linda. Ten cuidado con lo que haces. Conocía de vista a Marcela. Se portará muy bien con nosotros en la próxima licitación. le reservó la entrevista central. insistió. No me pongas contra las cuerdas. no podemos olvidarnos de la política. cómo se seguía manifestando el amor. aceptó Leo. el viceministro de Comunicaciones? Se está tirando a una preciosura de veintiséis años y me pidió que le hiciera el favor de abrirle un campito en el programa. preguntó Leo con sorna. La televisión que él concebía no estaba hecha para pensar o provocar polémicas innecesarias. los juegos nocturnos— y la admiración con que ella descubría un nuevo rasgo de la inteligencia de 141 . ¿Había hecho el casting para escoger a las presentadoras que faltaban? Por lo menos a veinte. Tenía que transar con Peralta. —¡Basta por hoy! ¿Cómo le parecía?. ¿El amor. dijo Peralta: Marcela tiene que ser la segunda presentadora. dijo Peralta con preocupación. Se le podría salir de las manos. el más arriesgado de los negocios? Por muy buen negocio que sea. ¡A la mierda la política!. ¿No se salía del formato de variedades? Los políticos son un espectáculo divertido. modelitos sin gracia. aumentaban la sensación de incertidumbre que. Peralta estaba convencido de que un solo asomo de conflictos ahuyentaría a los anunciantes. La delicadeza de sus rituales —la champaña. se atrincheró Leo en su propuesta. ¿Por qué insistía en incluir en el programa una entrevista con políticos?. al no ser resueltas. ¿Cuál segmento presentaría Verónica? Si rinde un poco más. Peralta negó con la cabeza. no por tu cara sino por tu manera de proyectarte. ¿No había acordado hacer un buen programa de entretenimiento? Ese es mi segmento. le decía él. le preguntó Peralta. No me has entendido. decía Leo. No se salva ninguna ¿Alguna candidata? Ninguna. ¿No era acaso un negocio. su padre era un influyente político de provincia. no te esfuerces tratando de ser agradable. otro poco de seriedad. le decía. la música. Ni puel chiras. compartida con Leo en un espacio en el que se sentía a menudo como invitada de paso. le preguntaba a John Peralta al proyectar el video de las pruebas de una semana. diseñaba trapitos. precisó. empañaban "su visión del futuro inmediato. se defendía Peralta. ¿Quería entonces que le hiciera casting a Marcela Avendaño? Se lo haría con gusto. tienes que serlo con naturalidad. Yo mismo haré la entrevista de 180 segundos. Reinas de belleza. dijo. había abierto y cerrado boutiques. Verónica nunca supo de estas disputas. ¿Le podría hacer un favor?. Tiene carisma pero no quiero que lo sepa. ¿Le debes algún favor?. respondía el vicepresidente de producción. Sí. la cena. le abría preguntas que. Tienes que dar más de ti. preguntó Peralta. dijo Leo. aceptaba el vice. No me busques problemas. ¿Se acordaba de Argüello. Tiene garra. Hacían el amor. ¿Hacían un pacto? La tercera sería la que Leo eligiera. Tal vez introdujera un segmento con caricaturas dramatizadas de personajes célebres. Y no me digas que no. ¿No les estaba vendiendo la idea de un programa ligero y ameno? Leo estaba decidido a transigir sólo hasta un punto. como nubarrones. No me ahuyentes a los anunciantes. tienes que seducir al espectador. decía finalmente Leo. pero te renuncio. Habían pasado tres meses. El curso que había empezado a tomar su vida. exclamó Leo. Pienso acorralar al invitado.

podían ser castillos de arena. Evita pensar que me posees porque en ningún momento pienso que te poseo. Un soplo de esperanza y entusiasmo introducía aire fresco en la conciencia enrarecida: el hombre que le hacía el amor. No. Y un precioso collar de oro con figuras precolombinas. pensaba ella. las compensaciones de la fama. pues no era otra cosa que desconfianza aconsejarla que no abandonara la universidad. que le concedía el tiempo y la libertad de hacerlo según sus deseos. Lo odiaba. ¿no eran la prueba cierta de que la amaba? Pero Verónica aprendió con dolor que Leo la amaba a su manera y no de la manera como ella había pensado que se amaba. eran de repente borrados por la actitud severa con que le exigía dar más de sí. Se sentía incómodo con su presencia en ese territorio?. bocarriba en la alfombra. ¿Y cuál era la diferencia? El sentido de la posesión. si la había invitado a vivir en su casa era porque disfrutaba con su cercanía. Le hablaba entonces de la amistad amorosa. si alguien distinto a Leo podría también amarla y llevarla al éxtasis? Recordó su experiencia con Max Domínguez. el mundo que estaba conociendo. Cada una de sus preguntas debía ser respondida de inmediato o dirigirse a un confuso lugar que alimentaría nuevas incertidumbres. No era justo que él le pidiera no olvidarse de sus estudios y desconfiara de su carrera de presentadora. no podía estar fingiendo. que sólo compartían la misma casa. No podía concebir que el aprendizaje del amor fluía sobre la lentitud del tiempo. Convertida por él en presentadora de un programa de gran audiencia. sentarse uno frente al otro. Verónica se exigía respuestas. Verónica Oropeza experimentó el amor pero empezó a exigir más y más del amante. ¿No era demasiado aburrido ver por enésima vez El cartero siempre llama dos 142 . pensó. Cuando lo supo. se inquietaba Verónica. respuestas imposibles. Extendía los brazos. enfrentada a la fama repentina. que condujera ella el Porsche y se dejara acariciar el Monte de Venus mientras circulaban por la Autopista del Norte a ciento cincuenta kilómetros por hora. acuerdos inconcebibles. mirarse imaginándose interiormente sin abrir los ojos y evitando el impulso de tocarse. La dominaba la ansiedad. ya no era la joven amante de Leo Pradilla. ladrillo a ladrillo. ¿Por qué no ir al cine esta noche? ¿Podía poner el disco de Hombres G mientras él escuchaba "Don Giovanni" de Mozart? No entiendo la ópera. y le decía que la conquista de ese territorio era el resultado de un propósito. paseaba la vista por el apartamento. De él no quedaban más que recuerdos frágiles. sugerirle que le hiciera el amor mientras él permanecía inmóvil. si quieres pensarlo así. por sala o dormitorio. decía al cabo de un rato. Evasivas. pared a pared. proponía ella con la intención de dejar sus huellas en el espacio del apartamento. desnudos en la alfombra. ésta es la fortaleza en la que me protejo. Y las dudas de Verónica renacían. le recordaba él. sobre todo cuando subía la voz y le recordaba que no vivían juntos. Tres meses de difícil convivencia y ansiedades renovadas no bastaban para cambiar los hábitos y las reservas defensivas de un hombre. modalidades desconocidas por la muchacha que aceptaba obedecer a sabiendas de que descubría sensaciones nuevas y placenteras). ¿Se acostaba Leo con otras mujeres? A los diecinueve años se vive con demasiadas preguntas y muy pocas certidumbres. era la víctima de sus ansiedades. ¿Me amas? Leo guardaba silencio. ¿Por qué no cambiar de lugar aquel cuadro o tapizar de ocre el sofá de la sala?. tenía que amarla.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus Leo. La televisión alimenta y devora. rico y con mucha clase. Lindo. regresar al apartamento y ducharse. sentarla en el lavamos y penetrarla con violencia. acariciarla largo rato como si memorizara la piel. así se construye el amor. Como se levanta una casa. el amante que se complacía y la complacía en los juegos que improvisaban en las noches (pedirle que se pusiera un vestido liviano y no llevara ropa interior. Pero decepcionante. Sin saberlo. le aclaraba él. compromisos perentorios. respondía. ¿Cómo saber si no se trataba de un capricho. ¿No eran amantes? Somos amigos. proponerle que se masturbaran en el cine. ojos cerrados.

vivía en Miami. se excusaba Verónica. La muchacha de 143 . Lo peor de todo es que lo quiero. Se excitaba y a los pocos minutos era el ser más amoroso con ella. sin hablarlo siquiera. le dijo Virginia. se dijo un día Verónica. discreto y muy rico. No repitas las pendejadas que repiten las otras. éste era el perfil del ángel de la guarda. Ni hablar. No podía más. Los días siguientes fueron tensos. Y la sostenía abrazada sobre su pecho. ¿Otro traqueto?. no quiero que nadie entre en mi vida privada. como le dijo colérico? No te dejes manosear. la plata que Upegui le había robado de su cuenta. Pedro Pablo Porras. Beatriz le había revelado su identidad: un hombre de cuarenta años. lo estaba hojeando. ¡Corten! ¿Y a usted quién le dijo que metiera las tetas los ojos de los televidentes?. quería conciliar Leo. gritaba y hacía repetir la grabación de la escena. No me incomodas. dijo con ingenio Virginia. una hora de emisión. Quiere vivir solo. no le exigió más responsabilidad que la que le había exigido siempre. ¿Cenamos fuera?. le decía ella. Te debes a ti misma. se atrincheraba ella en el capricho de no conciliar con quien no había hecho otra cosa que humillarla y tratarla como a una nena. tengo la impresión de que te incomodo. Pero si es un apartamento muy bello. Respetó su decisión. Disputas por nimiedades. ¿Cómo iba el gimnasio?. ¿Con qué argumentos iba a reclamarlos? ¿Sabía que Beatriz iba a ser absuelta? No lo sabía. Se había enterado por los periódicos de su problema. Me debo al público. No tengo hambre. ¿Y tu trabajo? No creía que Leo hiciera nada contra ella. se quejaba. Frutas en pulpa o un peculiar polvo blanquísimo. le dijo con rabia. a mi casa no entra una cámara. El tiempo vuela. Alguien poderoso a quien ella llamaba "mi ángel de la guarda" había movido cielo y tierra para sacarla de la cárcel. La tempestad de hace tres meses se había disipado. Las cartas iban y venían de Miami a la cárcel. Porras había descubierto a Beatriz por las fotografías que se publicaron en sus días de modelo. No te entiendo. Verónica perdía la paciencia o se sentía culpable. cambió de tema Verónica. pero lo decoré para mi satisfacción. gracias. Ella lloraba. le dijo a Virginia. ¿Te van a entrevistar en mi casa?. pero no se podía hacer nada. No me gustan los claveles. no joda!. se encolerizaba. Grababan el programa de la semana. desde donde manejaba su negocio de exportación de pulpa de frutas tropicales. Podían pasar un día sin que se hablaran. La policía había encontrado en la casa de Teusaquillo veinticinco millones de pesos en efectivo. protestaba. ¿Un ángel de la guarda?. Sí. En esta casa sólo ha habido rosas y orquídeas. ¿Por qué cenar en casa si ella quería conocer un nuevo restaurante de Usaquén? ¿Por qué le reprochaba haber aceptado una entrevista en "esa revistucha de mierda". respondió él. Y Leo no hizo nada para recuperarla. exclamó alarmada Virginia. ¡Carajo. le reprochaba a Verónica. Se encerraba en su cuarto y no salía sino cuando Leo iba a buscarla. por abandonar la mesa sin que él hubiera terminado. Verónica hizo las maletas en ausencia de Leo y apareció en su vieja casa de la Circunvalar. Lo odiaba. preguntaba con sorna. Veían la emisión del programa en casa y volvía el sosiego. Y no lo hizo. vocalice bien. se interesó Virginia. decía Verónica. dijo Verónica con frase aprendida de otras estrellas. le dijo a la madre. pero nunca temió que él se deshiciera de ella. La censuraba por comer demasiado de prisa. pero vuela y me arrastra como si fuera una hoja llevada por el viento. y cogía el florero y lo vaciaba en el tacho de la basura. sus veinticinco millones. muchas horas de tensiones en el estudio. le dijo Verónica. Por eso está siempre en la biblioteca. Disculpa. le daba la champaña de su propia copa. tomaba un sorbo en la boca y le mojaba los labios. lo odiaba en esos momentos. Un día. ¿Quién cambió de lugar la litografía de Warhol? ¿Por qué la monografía de Egon Schiele estaba en la mesa de centro? No es un the table book. Y usted —se dirigía al camarógrafo— deje de morbosear con primeros planos a las tetas de las presentadoras. No vivía en Colombia. Verónica se encogió de hombros. ¿Dónde estaba el video de Lo que el viento se llevó? ¿Había visto por casualidad el disco de los Beatles? No lo encontraba en su sitio.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus veces?.

le había preguntado Verónica a su amiga. con bigote y papada. me gustan los hombres. En las noches. no había sido fácil. le preguntó a la madre. ¿El Monte de Venus? En La Calera. ¿Así de fácil. Vendría a visitarla personalmente la próxima semana. Beatriz le reveló que. por gratitud. corregía con igual severidad sus defectos. a ese arreglo habían llegado desde el principio. La estimulaba en su trabajo. pero había aceptado primero sus caricias furtivas y. se preguntaba Verónica como si repitiera las palabras de Leo. dijo Beatriz. Te reconocen en la calle. Como amigos. le replicaron. cambió de tema. Si el negocio prosperaba. Le mandó una foto: un hombre de rostro redondo. le dijo Beatriz. Todo había sido demasiado rápido. le preguntaba Virginia. No conocía sus relaciones ni amistades. sin decidirlo ni resistirse. ¿Se alarmaría si le contaba un secreto? Había hecho el amor con Yolanda. La habían llamado a declarar tras la muerte de Upegui. preguntó Verónica. todo había quedado en compromiso de palabra. Es mi vida privada. En el Monte de Venus. ¿Se veían?. ¿Relacionaba la muerte de Upegui con el asesinato de Raúl Trespalacios? Nunca supo que fueran amigos o tuvieran relaciones de ningún tipo. La aparición providencial de Rodolfo Roldán había ayudado a borrar sospechas engorrosas. ¿Se habían solucionado los problemas del gimnasio? Quería decir. declaró. Aceptó ser el segundo defensor de su causa. la investigación abierta por sus relaciones con Upegui pasó a ser polvo de legajos. Upegui tendría una participación. elogiaba sus aciertos. se resolvió todo así de fácil?. Varias veces. ¿Se había equivocado al esperar algo más de la relación?. te piden autógrafos. decía Vero. Me ha protegido. Uno necesita equivocarse. ¿Había aparecido Roldán? Sí. Sí. había respondido ella. aclaró Virginia. tradujo Virginia. sin dolor. como el vínculo con Romero. No creo. Verónica retrocedía en el tiempo. se quejó. después. Roldán siempre llamó Monte de Venus a La Calera. respondió ella. se dejó hacer el amor como si así recompensara tanta lealtad. Upegui siempre fue misterioso en ese aspecto. siguió contándole Verónica a Virginia ¿Lo quieres o le pagas el favor?. se casaría con Porras. Las cartas pasaron de la devoción al amor. replicó Virginia. Extrañaba a Leo. le preguntaron. Dos o tres veces. por soledad. No tengo ganas. ¿Hasta cuándo?. explicó riéndose. No sabía cómo ni con qué medios. Celebraba su actitud amistosa. de la noche a la mañana. dijo Virginia. por la pena que le producía esa muchacha. viajaría con él a Miami. porque sabemos que usted también tuvo relaciones íntimas con Epaminondas Romero. ¿No era su socio?. ¿estaba claro el asunto de la sociedad? Estaba claro: era la titular única de las acciones. Tenía que acostumbrarse a la idea de haberlo perdido. Eres famosa. ¿No se lo había contado? Te veo tan poco. apenas con nostalgia. Porras le ha pedido que pruebe suerte de modelo en Miami. no sabía por qué. le recordaba. Un 144 . no había documento firmado. ¿tenía eso alguna importancia? La tiene. había algo más que amistad entre ella y Upegui. cosa rara en ella.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus aspecto taciturno que protegía a Beatriz en la cárcel era pagada por Pedro Pablo Porras. Era un camino breve. ¿Era posible que sin conocerlo personalmente se hubiera enamorado de él? Es inexplicable pero cierto. intrigada por la reaparición del hombre que había admirado a los doce años. revivía episodios. Estoy limpia. pero tenía la sensación de estar transitando una extensión ilimitada. había renunciado a la embajada para lanzar su candidatura al senado. No. ¿Por qué no sales?. ¿Qué más podía esperar de la vida? Porras prometía montarle una boutique en Miami. preguntó Verónica. Quería casarse con ella. ¿Y el Gordis? Nunca la abandonó. Capital de trabajo. ¿Era entonces lesbiana?. la correspondencia con el misterioso ángel de la guarda había pasado de la amistad al amor. Saldría libre. ¡Qué importa!. La correspondencia empezó a ser casi diaria. preguntó Vero. te invitan a todas partes.

Virginia la abrazó y le acarició los cabellos. dijo al regresar del fugaz recuerdo del hombre. También ella se sentía envejecer. íntimo? ¡Cómo se le ocurría! El corazón no revivía en un lecho de cenizas. repitió Verónica. "La vida apenas empieza". preguntó Verónica. hacía tiempo que Virginia no probaba los escargots ni el cibet de jabalí. —Destruyeron El Espectador—le dijo a Vero. parecía decirse. exigió Verónica. Que sea champaña. —Ponte bien linda —le dijo Vero a Virgie. —¿En qué piensas? —En Leo —dijo. La cámara recorría un inmenso espacio destruido de la Avenida 68. cenarían en El Refugio Alpino. Leo la llamó horas más tarde. —¿No te hace daño? —preguntó. 145 . Está más viejo. la réplica de una muchacha que lleva un pequeño televisor de corona. Virginia no mostró interés en las imágenes. Un atentado más. —Tengo la impresión de que mi vida apenas empieza —le dijo a la madre. Destrucción y escombros. Había envejecido. Se dirigió al tocadiscos y seleccionó una canción de Frank Sinatra: "Lady is a tramp". junio de 2003. las canas no sólo vestían las sienes.Óscar Collazos Batallas en el Monte de Venus tupido bosque sobre una montaña. Llamaría luego a Max Domínguez. Conversaban en el dormitorio principal de la vieja casa. dibujaban un paisaje intensamente gris en su cabeza. quería comer con una buena salsa. ¿Cómo así?. Cartagena de Indias. El corazón no revive en un lecho de cenizas. si la hacían engordar.. —¡Pusieron una bomba en El Espectador! —exclamó. irían después a tomarse unos tragos en la plaza de Usaquén. —¿Verme con Leo? Menos que antes —dijo Verónica. Verónica encontró un precioso ramo de orquídeas con la tarjeta de Leo. era un paisaje patético. Al regresar a casa a medianoche. Sabía que era un día cualquiera del mes de septiembre del año 1989. el cuerpo salpicado por estrellas doradas. con el televisor encendido. Leo se lo festejó en el estudio del canal: un pastel con una muñequita bailando en la cima de fresas. había escrito con su puño y letra. Verónica no recordaba la fecha exacta. Verónica vio las imágenes y le subió el volumen.. ¿Tenían algo. Virginia se ausentó por unos instantes: reconstruía el rostro de Roldán. Las turbulencias de los últimos meses habían dejado sus huellas. Era una idea fantástica. ¿Podían cenar mañana? Verónica aceptó. —¿Qué fecha es hoy? —preguntó Virginia. qué importaba. Cumplió los veinte años. Se pondría el vestido de Gianni Versace. —¿Qué te parece sí nos arreglamos y salimos juntas? Vero no lo pensó. John Peralta acompañó al coro que cantó el "Happy Bírthday". No le interesaba salir con él pero nunca estaba mal hacerse acompañar por un hombre rico y de clase.