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lunes 31 de diciembre del 2012

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posdata

Correctora de textos. Presidenta de la Asociación de Correctores de Textos (Ascot)

Sofía Rodríguez

consuelo vargas

Nací el 15 de abril de 1964 en Huaraz. Estudié en el colegio Juana Alarco de Dammert. Luego, Lingüística en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Soy casada y tengo un hijo adolescente a quien también le gusta corregir. He trabajado 14 años como correctora de estilo en El Comercio. ¿Mi mayor virtud? A parte de mis ojos entrenados, soy honesta y muy inquieta. Mi mayor defecto es que soy muy severa. Con este trabajo estoy aprendiendo a no martirizarme con el error. Admiro a Alfredo Valle Degregori. Tengo un blog “Erratas y correcciones”.

“No pararé hasta que una universidad abra la carrera de Corrección de Textos”
mAríA fErnánDEz ArrIbAspLATA

—¿Cuál es la labor del corrector?

Sofía reconoce que su trabajo no es popular. Cuando comenta que corrige textos, la gente se queda confundida, como esperando algo más. A falta de una institución que los represente, hace 2 años creó la Ascot para que así se reconozca y valore este trabajo.

A

los 15 años ingresó a Economía, pero con el tiempo pudo más su amor por las palabras y estudió Lingüística. — ¿Cómo se formó? Yo tuve la suerte de entrar al diario El Comercio. Ahí conocí a gente que hace este trabajo y le encontré el gusto a esta carrera. Tuve la suerte de conocer a Alfredo Valle Degregori. Él estaba encargado de hacer los reportes lingüísticos, donde se veía los errores publicados, explicaba y lo hacía de forma didáctica.

El corrector se fija en que los textos lleguen al lector con la calidad que se espera. La perfección en la corrección no existe. Yo aprendí que un corrector no debe confiar en lo que cree que es, siempre debe buscar la respuesta. Eso lo aprendí de mi amigo Anselmo Escobar. El corrector siempre debe tener un libro o un diccionario. —¿Tiene otras herramientas? Tenemos Internet; por eso es imperdonable que un corrector no consulte un nombre, un verbo o cualquier duda. Lo que no tenemos es un diccionario del castellano peruano. Hay algunos en línea pero no siempre están las palabras que buscamos. También tiene que tener mucha cultura general, pues los diccionarios no te lo dan todo: el corrector debe haber leído y estar leyendo todo el tiempo. —¿Su campo de trabajo solo son los diarios y las editoriales?

Yo aprendí que un corrector no debe confiar en lo que cree que es, siempre debe buscar la respuesta. Debe tener un libro o un diccionario”.

El corrector siempre ha estado anónimo, ignorado y oculto; por eso creen que se puede prescindir de ellos”.

sí, pero también deberían estar en la parte digital. Yo protesto porque allí no existe un control de calidad, siendo ellos los que más publican. —¿Ud. cree que se está prescindiendo de los correctores? Tenemos en contra varios mitos. El primero es que el corrector ortográfico lo puede hacer todo. segundo, hay páginas web que entrenan a los redactores para que ellos mismos realicen su control de calidad, pero esto funciona medianamente. Y la más importante: todavía no hay la conciencia de que, ante todo, el lector debe recibir un material de calidad. —¿Qué le preocupa? Lo que preocupa también son los libros; nadie devuelve un libro porque está mal escrito. nuestra lucha es publicar libros de calidad y que los diarios electrónicos se preocupen por lo que están publicando; ese va ser el modelo de los futuros profesionales. —¿Qué es lo más complicado? Los textos especializados son difíciles. Un corrector, por más bueno que sea, si no conoce la especialidad, puede cometer errores. pensemos, ¿quién corrige los textos de ingeniería? Hay que buscar ese campo; si capacitamos a los ingenieros en redacción, ortografía y gramática, pueden corregir textos. Lo mismo pasa con los textos de economía; manejan un metalenguaje o tienen una terminología especial. Otra área complicada son los textos jurídicos. —¿Cómo se forma la Ascot? El corrector siempre ha estado anónimo, ignorado y oculto; por eso se puede prescindir de ellos. Y lo otro es que el corrector se profesionalice. no vamos a parar hasta que una universidad tenga esta carrera como en la Argentina, méxico, Uruguay o España. Tengo un sueño: que en el perú los correctores tengan orgullo de decirlo. Que sepan responder lo que hacen. Los congresistas nos saludaron por el Día del Corrector, el 27 de octubre; es un comienzo. —¿Cuántos correctores tenemos? Cuando hicimos el primer encuentro, se llenó la Casa de la Literatura. se inscribieron más de 350 personas, vinieron de todo el perú. para febrero del próximo año, estamos preparando el segundo encuentro. —¿Qué consejo le daría a quienes quieren seguir esta profesión? Hay una opción importante de trabajo en la corrección. soy optimista; en algún momento este va ser un trabajo serio, bien remunerado y reconocido. Este trabajo existe y es totalmente agradable y divertido. Lees de todo: errores, ambigüedades, hasta citas graciosas [risas]. —¿Se siente realizada? sí. Una socióloga que estaba por ser despedida de un ministerio me dijo: “Enséñame a redactar porque puedo perder mi trabajo”. Le enseñé por 8 meses, se esmeró y no la despidieron. Cada vez que la encuentro, me dice: “por ti no me botaron”. Esas son las alegrías que te da este trabajo; la corrección me llevó a la docencia y sigo aprendiendo.

marco aurelio denegri

el magNiCidio
“Con el advenimiento del siglo XXI y los atentados del 11 de septiembre del 2001, el temor al magnicidio se convirtió en obsesión.”

uienes tenemos edad suficiente para referirlo, no de oídas, sino de vistas, vimos, efectivamente, a Charles de Gaulle, presidente de francia, pasearse con nuestro presidente fernando belaunde por la plaza mayor y con escaso resguardo policial. Y años antes, cuando manuel prado, en su segundo gobierno, iba a la parada militar de fiestas patrias, que se celebraba en el Campo de marte, iba en coche descubierto, y de pie, no sentado, y volvía de la misma manera a palacio de Gobierno. nunca creyó él, ni tampoco la gente de su entorno, que pudiesen balearlo en el camino. Estimábase, pues, remota la comisión de un magnicidio. Y en lo antiguo, remotísima. Luis Eduardo Valcárcel cuenta a este propósito que don José pardo y barreda (1864-1947), presidente de la república, viajaba de su casa a palacio en tranvía. ¡En tranvía! ¡Oh, tiempos aquellos! “El presidente Pardo –dice Valcárcel– viajaba de su casa a Palacio en tranvía. Vivía en Miraflores, muy cerca de lo que hoy es el Café Haití.” (Valcárcel, Memorias, 163.) Jorge basadre, en la página 107 de su libro La Vida y la Historia, dice: “Más de una vez lo vi [a José pardo y barreda] en las postrimerías de su gobierno, ya de noche, pasar por La Colmena en un tranvía que lo llevaba a La Punta, sólo con un edecán, absorto en sus hondas preocupaciones…” Con el advenimiento del siglo XXI y los atentados del 11 de septiembre del 2001, el temor al magnicidio se convirtió en obsesión. Cuando bush vino al perú, durante el gobierno de Toledo, hubo siete mil policías en las calles y Lima parecía una ciudad en estado de sitio. La superprotección de los jefes de Estado corre desde luego a las parejas con el aumento y progreso del terrorismo; pero habría que precisar que éste no es solamente la sucesión de actos violentos para infundir terror, sino que es también la infusión de terror sin la comisión de actos violentos. Desde el magnicidio de Kennedy, en 1963, no ha habido otro equivalente, y, sin embargo, se teme que lo haya; y ése es el gran triunfo del terrorismo: el haber infundido dicho temor. El político e historiador español Antonio Cánovas del Castillo, jefe de Gobierno en varias oportunidades, fue asesinado por el anarquista italiano Angiolillo, en 1897. magnicidio que manuel González prada celebró y aplaudió sin reservas en los versos siguientes: “Clavar un plomo en su frente / Fue grande, noble y humano: / Fue suprimir un pantano, / Desinfectar el ambiente.” (m.G.p., Obras. VI, 25.)

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