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Este libro contiene algunas escenas no recomendables para menores de edad. El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor. ©2012, Veneno de escorpión ©2012, Leandro Pinto ©2012, Ilustración de portada: Marta Nael Colección Krypta nº4 Ediciones Babylon Calle Martínez Valls, 56 46870 Ontinyent (Valencia-España) e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es http://www.edicionesbabylon.es/ Todos los derechos reservados. Este libro electrónico es una muestra gratuita de la obra original. Prohibida su venta o alquiler. Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico,mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.

Dedicado a Montse Sulé. Las palabras habladas solo prosperan si alguien las escucha. Las palabras escritas solo viven si alguien las lee. Gracias por estar siempre del otro lado haciendo que este juego tenga sentido

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia. Es semejante a Diana, casta y virgen como ella; en su rostro hay la gracia de la núbil doncella y lleva una guirnalda de rosas siderales. En su siniestra tiene verdes palmas triunfales, y en su diestra una copa con agua del olvido. A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

RUBÉN DARÍO El coloquio de los centauros

PREFACIO Sobre el hallazgo de este manuscrito
El texto que presentamos a continuación fue extraído de un manuscrito hallado junto a las vías del ferrocarril, cerca de la estación de Bahía Grande, al norte de la provincia. Dicho manuscrito estaba compuesto por cuatro libretas escolares repletas de una clara y apretada caligrafía en tinta de distintos colores, sobre todo azul y negro. Las cuatro libretas, unidas entre sí por un cordón de arpillera, formaban un paquete compacto y uniforme. Teniendo en cuenta el sitio en el cual fue hallado el manuscrito, creemos que alguien debió de lanzarlo a través de la ventanilla del tren: bien su autor, bien un emisario. Además, sospechamos que este acto fue llevado a cabo con total deliberación. Esta es tan solo una suposición, nada segura, así como no lo es la completa veracidad de los hechos que se narran o la identidad del autor, quien se presenta con el nombre de Javier Schultz, aclarando de antemano que, en realidad, no es este su nombre verdadero. En todo caso, ponemos a disposición del lector el contenido del manuscrito, tras un arduo trabajo de pulido y de diversas correcciones. Por fortuna, y a pesar del desbarajuste de papeles que podría haber resultado de un atado tan informal, el autor tuvo el buen criterio de numerar de forma conveniente tanto las libretas como las páginas; solo gracias a este acierto fue posible organizar la estructura de la narración. Nos hemos tomado la libertad de dividir el texto en partes y capítulos, según nuestra experiencia nos lo ha sugerido. Damos paso, pues, al contenido, no sin antes saludar con sumo afecto al lector y agradecerle su valiosísimo tiempo. Atentamente, los miembros del departamento editorial.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

Toda persona debe llevar un nombre, y a partir de ahora me referiré a mí mismo como Javier Schultz. Por motivos que el lector irá conociendo a lo largo de esta narración, no me veo posibilitado a brindar aquí mi nombre real, y por tanto me he inclinado hacia esta denominación un tanto pintoresca. Desconozco el motivo; supongo que me gustó cómo sonaba a mis propios oídos. Antes que nada, diré que soy un fugitivo. Desde hace seis meses recorro geografías inciertas, sendas prohibidas, parajes innominados. En realidad voy huyendo, escapando de un peligro concreto, pero este tiempo de anónima trashumancia me ha convencido de que, en realidad, escapo a ese peligro desde hace muchos años. Soy un profesor de literatura de veintisiete años, caído en desgracia y perseguido por sombras pretéritas. En estos momentos ocupo el rincón polvoriento de un vagón de carga, en un tren de mercancías que atraviesa una llanura cercana a la ciudad de Linares, rumbo a la localidad vecina de Abadía. Sobra decir que viajo de polizón, y que comprendo además el riesgo que entraña esta peculiaridad; no obstante, he calibrado su peso, llegando a la conclusión de que es mucho menor al riesgo de que el peligro que va en pos de mí termine por alcanzarme. El vagón en el que viajo es amplio y sucio, y va atestado de un cargamento de bicicletas infantiles de diversos colores, todas ellas envueltas en fundas de plástico transparente. Sus siluetas cornúpetas simulan pequeños y raquíticos animales disecados sobre la superficie del vagón, de aspecto, eso sí, nada amenazador. Me he visto obligado a abrir un ápice la puerta corredera del vagón, para de este modo hacerme con un poco de luz natural. El tren viaja a buena velocidad, traqueteando y atravesando llanuras muy poco pobladas. He de aclarar que no me fue nada fácil tomar la decisión de narrar mi historia, y de ahí este comienzo tan dubitativo. Supongo que algo en mi interior clama por hacerlo, o tal vez se trate de la necesidad de compartir los hechos que han marcado mi vida lo que me impulsa a coger una libreta y un bolígrafo y a redactar este relato en tan incómodas condiciones. En todo caso, puede que la presencia de mi Perseguidor se haya hecho tan patente e innegable que yo mismo, ante el pavor que me provoca la idea de que me atrape y esta historia quede, entonces, en el olvido, me haya obligado a plasmarla en papel, con la intención de que, algún día, llegue a otros ojos humanos. Me dispongo, entonces, a narrar estos hechos, habiéndome jurado de antemano no mentirme a mí mismo falseándolos o tergiversándolos y, además, procurando por cualquier medio no desfallecer mientras dure el trabajo de redacción.

Espero poder cumplirlo. Adelante, pues. Algunas líneas más arriba he hablado de un «Perseguidor». Creo que lo mejor será dejar en claro de quién huyo y por qué. Aquel al que llamo Perseguidor y de quien escapo sin tregua no es otro que el Señor Muerte. Sí, la Muerte hecha carne, personificada, levantada en una estructura antropomorfa y amenazadora. No se trata, si se me permite, de la muerte con minúsculas; esa la conocen todos los seres humanos. Muchos le temen, otros la buscan, y la mayoría tiene asumido ya su encuentro con ella. No. Yo estoy hablando de la Muerte con mayúsculas; esa que llega de forma trágica, que nos enseña su herramienta afilada y que, acto seguido, cercena sin piedad. La Muerte oscura y violenta, la Muerte implacable, incansable, insaciable. Más adelante, tendré oportunidad de narrar las circunstancias que me llevaron a establecer contacto con tan siniestro personaje. Pero, para hacerlo, debo remontarme al principio de mi vida, a los años más tiernos de mi infancia. Nací en el pueblo de Llanoazul, una noche de noviembre de 1980. Pasé los primeros años de mi vida, en compañía de mis padres, en una gran casona de estilo colonial ubicada un poco a las afueras de la ciudad. Era una casa exageradamente grande para una familia de tres miembros como la nuestra, pero, tanto mis padres como yo, la encontrábamos fascinante: enorme, vasta, inabarcable; despertaba en nuestro interior una sensación de inquebrantable cobijo, de una protección segura y acogedora. Mis padres estaban encantados con la casa. Hasta tal punto que, en muchas ocasiones, habían intentado comprársela al propietario, ofreciéndole grandes cantidades de dinero. Pero el hombre se negó, argumentando que era la única propiedad que le quedaba de la herencia de su padre, y que se deshonraría a sí mismo si la convertía en vil metal. No obstante, le aseguró a mi padre que se la alquilaría todo el tiempo que quisiera, puesto que, según su criterio, éramos buena gente y se fiaba de nosotros. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar esta propuesta, contento de vivir en aquel magnífico hogar pero, eso sí, algo afligido al comprender que nunca podría ser suyo. La casa era de dos plantas. En la inferior había un grandísimo comedor, con una mesa de roble larga en el centro y un candelabro de dieciséis velas —establecidas alrededor de una rueda de carreta de imitación— que pendía del techo. Esta habitación era suntuosa y elegante, pero en realidad eran pocas las veces en las que nos sentábamos a comer allí. Y es que, para hacerlo, tenían que sentarse mis padres uno a cada extremo de la mesa inconmensurable, y yo en el centro, dificultando toda conversación y contacto entre nosotros. Resultaba aquello demasiado frío y distante para nuestras costumbres. En la planta baja también estaba la cocina, una estancia de gran tamaño en la cual mi madre había establecido sus dominios. Se la podía ver allí dentro la mayor parte del día, preparando deliciosos platos y postres, o tan solo sentada en una silla,

leyendo una novela mientras horneaba un pastel. La cocina estaba equipada con una gran cantidad de utensilios, todos ellos alineados contra la pared, pendiendo de pequeños ganchos metálicos. Contaba, además, con un enorme y vetusto horno de leña. A la salida de la cocina había un corredor largo y ancho, cuyas paredes estaban adornadas con pinturas renacentistas y retratos de viejos reyes; mi madre, valiéndose de su fino gusto, había ido adquiriendo toda esta decoración a lo largo de los años. El mencionado corredor daba acceso a dos habitaciones más en la planta baja: una inmensa sala de estar con sillones afelpados y mesas de café, y la que nosotros denominábamos la «sala de lectura», sin duda mi estancia preferida de toda la casa. Se trataba de una habitación cuyas paredes estaban ocupadas por estanterías repletas de libros, tanto de narrativa —los favoritos de mi madre y míos— como de biología y de ciencias naturales, dado que mi padre era profesor en el instituto de Llanoazul. Puedo decir, con mucho orgullo, que los tres miembros de mi familia éramos grandes lectores. Uno de nuestros mayores placeres era, una vez acabada la cena, sentarnos en los sillones de la sala de lectura, cada uno con su libro en las manos, y permanecer allí, en silencio, enfrascados en nuestros respectivos textos. En invierno, mi padre solía encender el hogar, convirtiendo aquellas veladas en magníficas experiencias; el vaivén de las llamas, el calor del fuego y sus fantasmagóricas oscilaciones nos transportaban de forma onírica al mundo de las historias, pero, al mismo tiempo, nos hacían percibir la magia de la gran unión familiar que se respiraba durante aquellos solemnes momentos. El suelo de esta sala estaba recubierto por una alfombra turca preciosa, blanca en el fondo y con innumerables filigranas negras y doradas. Aquella alfombra era el orgullo de mi padre, y los fines de semana gustaba de pasearse descalzo sobre su superficie, sintiendo la suave caricia de su tacto en las plantas de los pies. En la planta alta de la casa estaban los dormitorios; había en total cinco, aunque, como es lógico, sólo dos estaban ocupados. Yo gustaba de corretear por el suelo de madera del piso superior, y de atisbar la oscura desolación de las habitaciones vacías. En las noches de tormenta, cuando los relámpagos iluminaban con su fuego repentino las tinieblas generalizadas, me acercaba a una de las puertas y, a través del umbral, contemplaba el dormitorio desnudo, desprovisto de muebles, tan solo habitado por las cortinas silenciosas. Era un espectáculo magnífico: simulaba la presencia de entes sobrenaturales impulsados por la tormenta, y la imagen de vacío era tan grande que casi emocionaba. A partir de entonces, siempre he creído que no existe nada tan estimulante para una mente imaginativa como una habitación vacía en una noche de tormenta. En la planta superior había, además, un cuarto de baño y un gran trastero, donde mis padres guardaban diversos artilugios de tiempos pasados. Un vasto jardín, reverdecido durante las épocas invernales, a veces cubierto de nieve durante las fiestas navideñas, circundaba toda la casa. Mi madre tenía unas cuantas petunias plantadas en un parterre en la parte trasera, y todavía hoy puedo recordarla regando las flores y mirándolas con sumo cariño, como a un grupo de inocentes muchachas a las que estuviera criando.

La casa contaba también con un sótano, pero tuve la entrada prohibida a él durante los primeros nueve años de mi vida. Comprenderá el lector (¿lector? ¿existirá en realidad ese «lector» al que me referiré constantemente?); comprenderá el lector, decía, la enorme curiosidad que despertaba en mí aquel sótano vedado, del cual no me explicaban su contenido ni los motivos por los cuales yo no podía acceder a él. Al final del corredor de la planta baja había una escalera de doce peldaños que descendía hasta la misteriosa puerta del sótano. Del techo pendía un bombillo que, al encenderlo, bañaba el descenso con una luz amarillenta y débil. Tras los doce peldaños —¿cuántas veces los había contado, impotente, desde el borde de la pequeña escalera?— había una gruesa puerta reforzada con herrajes, y con el ojo de una gran cerradura como principal barrera. Durante todos esos años, mi mente inquieta elucubró las más diversas teorías acerca de lo que mis padres podían albergar en aquel sótano. ¿Acaso tenían allí a una criatura monstruosa que habían encontrado en los bosques cercanos? ¿Se trataba, quizás, de un fugitivo de la justicia al que habían dado asilo? ¿O tal vez mi hermano gemelo, que, habiendo nacido deforme y demente, se había visto confinado a aquel rincón prohibido de la casa? Cualquier cosa podía ser, y el misterio se volvía más retorcido cuanto más celo pusieran mis padres en evitar mi entrada allí. Para colmo, yo sabía que mi padre se pasaba varias horas al día allí abajo, por lo general cuando regresaba de dar clases, a media tarde. Una vez tuve la osadía de preguntar a mi madre qué era lo que estaba haciendo allí mi padre. Ella me miró con seriedad, pero con gesto neutro. —Está trabajando, Javier —dijo, y con esto pretendió, y logró, dejar zanjado el asunto. Tenía nueve años cuando vi a un escorpión por primera vez en mi vida. Fue durante una calurosa tarde, en el verano de 1990. Contaba por aquel entonces con un grupo de amigos con los que solía jugar todas las tardes, una vez terminada la siesta que mis padres me obligaban a dormir. El pueblo de Llanoazul está lleno de praderas y de pequeños bosques y arroyos; allí íbamos mis amigos y yo, a disfrutar de aquel pequeño oasis natural alejado de la ciudad, a oír el canto de los pájaros y a atrapar peces en las aguas cristalinas. A veces, jugábamos al fútbol en un campo cercano a mi casa, y otras improvisábamos juegos como lo haría cualquier grupo de chicos; en una ocasión, recuerdo que levantamos un pequeño dique en uno de los arroyos. No tuvo mucho éxito, ya que la primera corriente algo fuerte lo derribó sin piedad. Así y todo, fue divertido. En uno de los campos en los que solíamos jugar había una vieja casa abandonada. Llevaba allí un siglo, y estaba derruida por uno de los lados, dejando visibles sus abandonados y ruinosos intestinos. Como suele suceder, corrían mil rumores respecto de esta casa: que estaba encantada; que allí había vivido una bruja hasta que el techo se le cayó encima y la aplastó; que un fuerte vendaval la había derri-

bado, castigando así a sus propietarios, un cruel matrimonio de extranjeros que se dedicaba a devorar a los niños de la comarca... Lo cierto es que, pese a todos estos rumores —la mayoría surgidos de la imaginativa y siempre simpática mente de los padres, con la intención de que sus hijos no se acercaran a jugar allí—, mis amigos y yo pasábamos ratos muy agradables divirtiéndonos en las cercanías de la casa. En ocasiones, jugábamos a que éramos detectives, investigadores que escudriñaban los secretos interiores de aquella residencia maldita que, por alguna razón, estaba a punto de desplomarse; aquello tenía su encanto, no desprovisto de cierta morbosidad tentadora. Fue durante el desarrollo de uno de estos juegos cuando, una tarde, nos encontramos con el escorpión. Lo encontró un amigo. Cerca de la parte trasera de la casa, y fuera de sus muros, había, desde tiempo inmemorial, una importante cantidad de basura: maderas pútridas, metales herrumbrosos, viejos cacharros oxidados, jirones de ropa mohosa. Allí fue donde lo encontró. Cada uno de nosotros estaba en un rincón distinto de la construcción, saciando su curiosidad. De pronto, nuestro amigo dio una voz: —¡Venid, venid pronto! —gritó. Todos nos acercamos, alarmados. El pobre muchacho estaba temblando de pies a cabeza, lívido, casi sin habla. —Hay... Hay un esc-escorpión ahí detrás —tartamudeó. Los demás nos miramos, con los ojos muy abiertos. Un escorpión no era una cosa que se viera todos los días. —¿Dónde? —pregunté. —A-Allí. T-T-Tras esa t-t-tabla de ma-madera... Decidí acercarme y apartar la tabla que me señalaba, para que todos pudiéramos verlo. No sentía miedo, ni incomodidad, ni ninguna otra sensación desagradable. Tan solo una curiosidad insaciable por contemplar a ese animal del que muchas veces había oído hablar, pero al cual nunca había visto. Me acerqué, entonces, con paso decidido, ante la expectación de los presentes. Pero, de repente, un grito de pavor me detuvo. —¡No, no te acerques ahí! —gritó el muchacho que lo había encontrado, esta vez sin tartamudear—. ¡No te acerques, que te puedes morir! Que te puedes morir. Así lo dijo, valiéndose de tan curiosa construcción sintáctica. Los demás nos miramos extrañados. ¿Morir? ¿De qué estaba hablando? ¿Cómo podía ocurrir semejante cosa? Sin duda, estaba loco. Ninguno le hicimos caso. Me acerqué hasta la tabla e intenté apartarla de un manotazo. En realidad, lo que hice fue pulverizarla, ya que era un bloque de madera aglomerada pútrido y descompuesto por la humedad y la intemperie. Enseguida se levantó allí una nube de polvo y astillas, desprendiendo un tenue hedor a suciedad condensada. Pero la polvareda se apartó pronto, y entonces pudimos verlo. Estaba allí, apostado sobre un trozo de metal de forma incierta, bajo el sol de la tarde, orgulloso en su posición, dominando aquel erial apestoso. Era de un tamaño

considerable, digamos de unos doce centímetros desde sus pinzas hasta el extremo de su cola. Su estructura parda y casquiforme brillaba a la luz fulgurante de la tarde estival. Sus pinzas, con bordes dentados y mellados, se abrían y cerraban con mucha parsimonia, tan solo para demostrarnos que estaba vivo. Los eslabones que formaban su tronco, hasta su cola, estaban recubiertos por unos erizados y desagradables pelillos. La cola se elevaba, en posición defensiva, sobre su cuerpo, como el brazo curvo de un samurai que empuña su katana con gesto amenazador. La ampolla con la que culminaba esa cola mortífera estaba roja e inflamada, y vibraba con un ligero temblor. En el extremo, la aguja letal se mostraba lista para actuar contra quien se le acercase. Mis amigos y yo nos quedamos boquiabiertos. A pesar de que ignorábamos las características mortales de aquel aguijón y la naturaleza hostil del animalillo, su posición firme y engreída, toda su anatomía, ampulosa y de irregular estructura, nos despertó un profundo respeto, rayano en ligero temor. Nos quedamos paralizados, contemplándole, sabiendo que ninguno de nosotros se acercaría a él ni intentaría atacarle. A pesar de su quietud, había algo en su porte que lo hacía fiero, desafiante, letal... Nuestra parálisis solo se vio interrumpida por un alarido de terror que rompió el silencio casi místico de aquella tarde de verano. Nuestro temeroso amigo, aquel que había hallado al escorpión en primer término, salió disparado de la escena, gritando como un poseso, corriendo a grandes zancadas, haciendo exagerados aspavientos con los brazos. Los demás apenas le miramos. Estábamos demasiado absortos contemplando al escorpión. Poco a poco, comenzamos a retroceder; paso a paso, centímetro a centímetro. Nadie decía nada, y todo el mundo callaba el súbito miedo que había surgido en nuestro interior. Caminábamos hacia atrás, sin despegar nuestros ojos de la pequeña bestezuela bañada por los rayos del sol, comprobando que no se movía, pero que su cola, esa cola tan llamativa y repelente, no dejaba de temblar. Solo cuando estuvimos a una distancia considerable de la casa en ruinas nos dimos la vuelta. Caminamos unos cuantos metros y, sin que nadie dijera una sola palabra, cada uno enfiló el camino hacia su propia casa. Sentimos, quizás, que no era necesario decir nada. Algo inusual había sucedido aquella tarde, y todos parecíamos invadidos por la necesidad de acudir a nuestras casas y pensar en ese hecho poco frecuente que había tenido lugar. Y eso hicimos. Regresé a mi casa fascinado y en éxtasis, muy cerca ya de la caída de la tarde. Mi madre estaba en la cocina, preparando la cena, y mi padre, como siempre, sumergido en el impenetrable misterio del sótano prohibido. Aquella noche, mientras me lavaba las manos antes de cenar, y todavía algo aturdido a causa de lo que había ocurrido pocas horas antes, comencé a sentir un extraño deseo de contar a mis padres la experiencia vivida. El surgimiento de este deseo no deja de ser curioso si se analizan los vericuetos de la mente infantil: yo

sabía que, de mencionar a mis padres el hallazgo del escorpión, con toda seguridad me prohibirían en adelante jugar cerca de aquella casa, lo cual nunca les había hecho mucha gracia. Era consciente de esta posibilidad, pero, aun así, algo dentro de mí empujaba a las palabras para que salieran durante la hora de la cena. Quizás se tratara de un principio de vanidad: el querer contar que uno había estado cara a cara con el peligro. Lo que yo no podía imaginar, claro, era la parálisis momentánea que se apoderaría de mis padres ante la sola mención de la palabra «escorpión». Estábamos cenando en la cocina, como de costumbre. Mi madre, ante la declaración, soltó el tenedor y se irguió en su silla, abriendo mucho los ojos. El rostro de mi padre, por su parte, se desencajó de lado a lado: torció los labios, frunció el entrecejo, y sus pupilas le brillaron en una mueca enfermiza que solo podía significar dos cosas: pánico o fanatismo. Por suerte, pronto descubriría que se trataba de lo segundo. Mi padre no me dejó terminar de contar mi experiencia de la tarde. Ni bien hube mentado al arácnido, se puso en pie de un salto y cogió su chaqueta, que pendía de un perchero ubicado en el corredor. —Javier, coge tu abrigo —dijo—. Quiero que me acompañes a ese sitio. Mi madre, entonces, puso el grito en el cielo. —¡Dios mío! ¿De verdad pretendes ir allí en este momento? ¿Con esta oscuridad? —Sí. —¿Y llevándote al niño? Él seguía con sus preparativos, indiferente a estas declamaciones. Yo, entusiasmado a causa de la repentina e inesperada aventura nocturna, había cogido mi abrigo y mi linterna, un potente artefacto de cuatro luces, incluida una parpadeante. En un momento dado, mi padre desapareció en la oscuridad del corredor, hacia el fondo de la casa. Seguí su silueta con la vista; me dio toda la sensación de que se había metido en el sótano, quién sabe para qué. Regresó momentos después, portando unos utensilios la mar de curiosos: un frasco de cristal de tamaño medio, unas estrambóticas pinzas de metal y un par de guantes de látex de aspecto muy resistente. Cuando llegó hasta nosotros, enroscaba una tapa roja metálica a la boca del frasco. —¿Tienes tu abrigo? —preguntó sin mirarme. —Sí. —Bien, vamos. Mi madre le detuvo, cogiéndole por el brazo. No dijo nada, pero le dirigió una mirada suplicante. —No creo que tardemos mucho. No te preocupes —dijo él, y a continuación rozó sus labios con un beso frío y apresurado. Mi padre parecía ansioso, impaciente como un niño en la víspera de reyes. Nos internamos, entonces, en la oscuridad de los prados cercanos a la casa. No circulaban coches por la carretera principal, que se mostraba oscura y apacible. A lo lejos, se oía el aullido de los coyotes, allá en el monte. Caminábamos en silencio,

como destinados a una misión complicada e ineludible. En pocos minutos estuvimos a los pies de la casa abandonada. Nunca antes la había contemplado de noche. Su silueta derruida y deforme se recortaba contra el cielo nocturno, de un azul muy oscuro; parecía un gigante postrado y agonizante, a punto de derrumbarse por completo. Los grillos chirriaban, y soplaba una templada brisa estival. —Bien, ¿dónde dices que lo visteis? —En la parte trasera. Hacia allí nos dirigimos. Yo me mostraba muy tranquilo. No solo por esa extraña certeza que tienen los niños de que son invulnerables en compañía de su padre, a quien consideran un ser potente e indestructible, sino porque estaba casi seguro de que el escorpión ya no se encontraría allí. ¿Qué probabilidades existían de que, cuatro horas después de haberlo descubierto, todavía permaneciera en ese lugar? —Enciende la luz, Javier —dijo mi padre una vez que estuvimos frente a la tapia de ladrillo semiderruida de la parte trasera. Dirigí el haz de luz, entonces, hacia aquel pequeño escorial maloliente y, para mi sorpresa, vi al escorpión allí. Estaba en el mismo sitio, exactamente sobre aquel trozo informe de metal, más parecido a un pequeño plato de presentación, una improvisada peana. Del animal se diría que estaba muerto, de tan tieso como se encontraba..., pero no: otra vez oscilaban sus pinzas con lentitud, y otra vez su cola permanecía en posición de defensa, estremeciéndose la ampolla carmesí, vibrando la aguja inseminada con un temblor obsceno y repelente. —Vaya, vaya... —murmuró mi padre. Sin quitar ojo a la bestezuela, se colocó los guantes y desenroscó la tapa del frasco. Entonces se acuclilló y comenzó a avanzar con suma lentitud hacia la posición del escorpión. En una mano, el frasco abierto; en la otra, las pinzas de metal. —Javier, ahora quiero que ilumines todo el tiempo al escorpión, y que por nada del mundo desvíes la luz, ¿de acuerdo? —Sí, de acuerdo. Me propuse cumplir mi cometido en la misión con total responsabilidad. Comenzaba a sentirme un poco inquieto por el resultado de aquella inusual expedición. La noche lúgubre y silenciosa ayudaba a acrecentar este desasosiego. Mi padre continuó acercándose y, cuando tuvo ya delante al animal, efectuó un movimiento rapidísimo, tan fugaz como el rayo: estiró la mano en la que sostenía las pinzas y, valiéndose de las fauces metálicas del artefacto, aprisionó al escorpión, que se debatió impotente, blandiendo su cola letal y buscando zafarse. Menos de un segundo después estaba ya dentro del frasco, y mi padre, con gesto aliviado, enroscaba la tapa metálica. —Bien, ya lo tenemos —dijo, dando un suspiro—. Regresemos a casa. El trayecto de vuelta fue igual de silencioso y reconcentrado. Estábamos, sin duda, más tranquilos, aunque yo veía a mi padre hacer cosas muy extrañas. Por ejemplo, noté que no miraba por dónde caminaba, sino que tenía la vista clavada en el animal cautivo dentro del frasco y lo analizaba, observándolo con gesto erudito.

También le oí pronunciar unas palabras ininteligibles, como estas: —Sí, creo que se trata de un Palamnaeus Fulvipes. Fruncí el ceño ante esta extraña declaración, sin animarme a preguntarle nada, al tiempo que me sentí asaltado por un temor repentino: ¿qué pasaría si mi padre, en su distracción, tropezaba y dejaba caer el frasco, liberando al peligroso bichejo? Por suerte, nada de esto ocurrió, y poco después estábamos de nuevo en la casa. Mi madre, con gesto impaciente, nos esperaba en el umbral de la puerta trasera, la que desembocaba en la cocina; la misma por la que habíamos salido una media hora antes. —Bien, ya estamos aquí —dijo mi padre con gesto triunfal, enseñando el frasco cual trofeo. Lo depositó, junto con los demás objetos, encima de la mesa, y colgó mi abrigo y el suyo del perchero. Ni bien entré en la cocina, caldeada y acogedora, percibí un potente aroma a café recién preparado. Nos sentamos los tres a la mesa, que ya estaba despejada de platos y cubiertos. En el centro estaba el escorpión, encerrado ahora. Se lo veía muy inquieto en su nuevo hogar, y se paseaba por el interior del frasco con desesperación, como no comprendiendo la estructura de esa concavidad transparente en la que, de pronto, le habían enclaustrado. De repente, y para mi sorpresa, mi madre colocó una taza pequeña de café delante de mí, sobre la mesa. Durante mis nueve años de vida, jamás me habían permitido beber café. Dirigí una mirada interrogativa a mi padre, y él asintió con la cabeza, al tiempo que sorbía de su propia taza. Lo probé. Nunca podré olvidar su aroma fuerte y dulzón penetrando en mis fosas nasales, y su regusto caliente y herboso en mi boca. Nunca podré olvidar aquella primera taza de café. Y mucho menos después de las palabras que mi padre pronunció tras el primer sorbo que di: —Javier —dijo—, esta noche quiero que me acompañes al sótano. Podrá imaginar el lector la sorpresa mayúscula de la que me vi invadido, y la forma en la que abrí los ojos y cómo, de repente, me quedé sin habla. ¡Por fin iba a poder entrar en el sótano! ¡Al fin me iba a ser revelado el misterioso secreto que mis padres ocultaban! ¡En buena hora iba a conocer a mi monstruoso hermano gemelo deforme, o a la criatura de los bosques, o al peligroso fugitivo de la justicia, o a lo que fuera que escondían allí y que siempre me había resultado tan misterioso y enigmático! Poco después, mi padre yo avanzábamos a través el corredor, uno al lado del otro, en solemne procesión. Él sacó una llave del bolsillo: se trataba de una llave larga y muy delgada, casi ridícula para la importancia que tenía. En la otra mano llevaba el frasco, con el escorpión cautivo en su interior. Llegamos a la boca de la escalera, y me sentí realmente superior allí, presto a bajar y a internarme en el sitio sacrosanto, en el rincón prohibido de la casa. Mi padre estiró la mano y encendió la luz. Un opaco resplandor ambarino bañó los escalones. Bajamos y nos detuvimos en el descansillo, frente a la puerta. Mi padre introdujo aquel llavín largo y raquítico en el ojo de la cerradura, y esta se desatascó con un clic. La puerta se abrió con suavidad, muy en contra de lo que ha-

bía imaginado; yo siempre había creído que el secreto arcano se escondía tras una puerta herrumbrosa, chillona y en extremo pesada, con telarañas en los goznes y óxido pretérito en sus herrajes de refuerzo. Nada de eso: la puerta se deslizó sobre los goznes con un movimiento dócil y engrasado. Mi padre entró en el sótano, y yo le seguí. Encendió las luces del lugar y contemplé, fascinado, lo que allí tenía. Como dije antes, mi padre era profesor de biología en el instituto de Llanoazul. Pertenecía, además, a la comunidad científica local, siendo uno de sus miembros más activos, pues participaba de forma constante con el aporte de diversas teorías y experimentos. Yo sabía todo esto; periódicamente se celebraban en casa reuniones de la comunidad, cenas que se prolongaban hasta altas horas de la noche y en las cuales los eruditos planteaban las cuestiones inherentes a la materia en la que eran expertos. También llegué a sospechar, desde el principio, que la actividad constante que mi padre desarrollaba en el sótano estaba relacionada con su vida profesional, más allá de las pueriles imaginaciones acerca de hermanos gemelos y monstruos de los bosques. Lo que no sabía era que, en el sótano de la casa, mi padre había montado un monumental laboratorio para llevar a cabo allí sus experimentos, cosa que descubrí aquella noche de julio de 1990. Por empezar, observé que el sótano era la estancia más amplia de toda la casa. Tenía el mismo tamaño que toda la planta baja, solo que sin la separación de los tabiques. El techo estaba sostenido, hasta el mismo subsuelo, por una serie de gruesas y hercúleas columnas, distribuidas de tal modo que sostenían el peso de la construcción entera. Las paredes, encaladas, estaban impecables, libres de telarañas y mugres. Del techo pendían varias filas de tubos fluorescentes que bañaban toda la estancia con una luz blanca muy potente y uniforme, sin dejar ningún resquicio sumergido en la penumbra. En el centro había una mesa enorme de madera barnizada, bastante alta, y cuya superficie estaba sembrada de tubos de ensayo, probetas a medio llenar con líquidos multicolores, cuadernos de notas, varios gruesos volúmenes de ciencia abiertos y con las páginas marcadas con papeles ya añejos, y otros instrumentos científicos. La mesa estaba rodeada por cuatro taburetes muy similares a los que se utilizan en los bares, enfilados como soldados frente a una barra. Toda la pared oriental del sótano estaba ocupada por una enorme biblioteca, no tan grande como la que teníamos en nuestra sala de lectura, pero sí muy exclusiva. Pasando la vista por sus estantes, y por los lomos de los libros, se podían distinguir con toda claridad sus temas: biología, anatomía, bioquímica, física, estructura de los vertebrados, zoología, botánica, ecología, fuentes de energía naturales, formas de vida unicelular, y demás materias científicas de complicadísima comprensión. Encima de esta estantería pude distinguir, con un dejo de antigua rabia, un pequeño ventanuco, a modo de tragaluz, que desembocaba directamente en nuestro jardín. Frustrado por mi deseo tantas veces truncado de averiguar lo que mis pa-

dres guardaban en el sótano, en muchas ocasiones había intentado espiar a través de este intersticio desde el jardín, pero... ¡ay!, mis padres lo habían previsto todo, y habían cubierto el tragaluz por dentro, valiéndose de una gruesa cortina de felpa oscura. Ahora, ya en el sótano, observaba aquella maldita cortina con superioridad, mostrándome triunfal en mi derecho recién adquirido de penetrar en el sitio vedado. Había, allí abajo, cualquier cantidad de objetos propios de un laboratorio casero: un par de microscopios, utensilios metálicos de toda forma y tamaño como cucharillas, escalpelos, paletillas, sondas, etcétera. También había una grandísima cantidad de frascos esterilizados, grandes y pequeños, con tapas metálicas y plásticas. Pero, sin duda, el máximo atractivo del laboratorio lo constituía la estantería de los arácnidos, en la cual mi padre almacenaba una de las más grandes colecciones de escorpiones de todo el país. Se trataba de una estructura de madera que se extendía desde el suelo hasta unos dos metros de altura, y con un recorrido de tres y medio o cuatro metros de largo. Las baldas de la estantería estaban divididas en pequeños compartimientos de metal, más o menos del tamaño de una caja grande de cerillas. Dichos compartimientos tenían el frente y la parte superior de acrílico transparente, cosa que permitía ver su contenido. Esta parte superior se abría como una tapa deslizante. Dentro de cada uno de estos compartimientos almacenaba mi padre un ejemplar, debidamente rotulado con una etiqueta adherida al frente transparente. Había allí de todo: palpígrados, arañas, tarántulas, esquizómidos, escorpiones y pseudoscorpiones, opiliones, ácaros, alacranes y muchos otros órdenes, siempre dentro de la rama de los arácnidos. La colección resultaba fascinante, digna de admirar, sobre todo debido a la enorme diversidad de animales que mi padre tenía allí. Una vez que me hubo enseñado el laboratorio casi al completo, nos sentamos cada uno en un taburete. Acto seguido, sacó de uno de los cajones de un mueble que allí tenía uno de esos compartimientos de metal y acrílico, vacío y sin utilizar. Me pidió que me alejara un poco y, con un gesto tan veloz como el que le había visto hacer cuando capturó al escorpión, abrió el frasco, volvió a coger a la alimaña entre los brazos metálicos de la pinza y la encerró, con mucha pericia, en el compartimiento. Se valió de la propia pinza para cerrar la tapa corredera de la pequeña cajita. El escorpión, rebelde y tozudo, apenas pudo moverse en su nuevo espacio, todavía más reducido que el anterior. Mi padre dejó el receptáculo encima de la mesa y, efectuando movimientos fugaces, manipuló una máquina etiquetadora que tenía allí. Pronto tuvo, pegado a su dedo índice, un rótulo adhesivo que estampó contra el frente acrílico del compartimiento. —¿Ves? Ya está —dijo, enseñándome el resultado. Entonces leí, en la etiqueta, aquellas palabras tan extrañas que le había oído pronunciar cuando regresábamos de nuestra expedición: Palamnaeus Fulvipes. Comprendí, tras su explicación, que era el nombre de la especie. Mi padre rebuscó entre uno de sus volúmenes de zoología hasta dar con una descripción

del ejemplar; me enseñó el libro, en cuya página señalada se veía un dibujo de un escorpión idéntico al que habíamos atrapado y una breve reseña acerca de su origen y características. Así supimos, entre otras cosas, que el Palamnaeus Fulvipes provenía de ciertas zonas del norte de Malasia. No teníamos ni idea, desde luego, de cómo había venido a parar aquí, a las praderas de Llanouazul. Efectuando un recorrido por la estantería, y poniéndome mi padre al tanto de sus especies de escorpiones favoritas, fue como conocí otras especies diversas de escorpiones, todos ellos representados por un ejemplar encerrado en uno de los compartimientos y etiquetado con su nombre científico. Mi padre, entregado con entusiasmo a su tarea de comunicador, me explicaba con elocuencia el origen de cada uno de ellos, su evolución, las características de su veneno y, en especial, los esfuerzos que había tenido que hacer para conseguirlo. Téngase en cuenta que, perteneciendo mi padre a la comunidad científica, y gozando en tal carácter de subvenciones y de otras ayudas económicas, no reparaba en gastos a la hora de invertir en la compra, vía correo certificado, de cada ejemplar que considerara necesario coleccionar. Así y todo, me confesó esa noche que muchas veces se había visto obligado, por un deber científico y por un impulso de su pasión, a emplear su propio dinero para la compra de los animales. Como su actividad era continua, tenía contactos con los más prestigiosos laboratorios y centros zoológicos del mundo, con cuyos directivos gestionaba la compra y el envío a domicilio de los ejemplares. Uno de los que más orgulloso le hacía sentir, en su calidad de coleccionista, era un Heterometrus Cyaneus; era este un escorpión de color broncíneo, algo más alargado que nuestro Fulvipes, y con dos pinzas enormes y casi desproporcionadas para su cuerpo delgado. Mi padre había mandado traer este ejemplar directamente desde Java, Indonesia. Nos pasamos horas enteras, aquella noche, recorriendo el sótano y admirando las especies. No dejé de sentirme repelido ante las arañas peludas, las tarántulas de enormes patas y cuerpos rechonchos, e incluso ante ciertos alacranes pequeñajos y de un repulsivo color carmesí. Mi padre, pese al irrefrenable gozo que sentía al hacerme partícipe de su actividad favorita, no dejaba de hacer hincapié en el peligro inherente en estos animales, y en la importancia de mantenerme siempre alejado de esa estantería. Recuerdo que me dijo que, con los años, había demostrado yo ser un chico muy responsable, y que me había ganado con creces ciertos privilegios. A partir de entonces tendría permiso para visitar el laboratorio cuando quisiera, siempre bajo la solemne promesa de no tocar ninguno de esos compartimientos a no ser que él estuviera cerca y supervisara la operación. Entusiasmado con la perspectiva, presté un juramento simbólico y me comprometí a cumplir las normas. Aquello de lo que mi padre se rodeaba nunca había despertado mucho mi atención hasta esa misma tarde, cuando mis amigos y yo encontramos el escorpión, y, si he de ser sincero, no me veía yo sumergido en uno de esos gruesos y para mí incomprensibles volúmenes de zoología, pero era obvio que siempre resultaría interesante la entrada en tan selecto recinto, y que el aprendizaje que pudiera adquirir del tiempo compartido con mi padre allí abajo sin duda resultaría, cuando menos, peculiar. Mi padre se quedó muy conforme con mi predisposición a no romper las re-

glas, y demostró que esa confianza que ahora se me había otorgado era del todo verdadera. Lo que no pude sospechar, en ese momento, es que sería él quien quebrantara aquellas normas tan importantes. Ignoro si todo aquel que maneja elementos naturales tan peligrosos como una colección de escorpiones y alacranes vivos acaba padeciendo alguna tragedia. Lo que sí sé es que nosotros, como familia, sí la sufrimos. Ahora, con tanto tiempo de por medio y con muchísimos acontecimientos pesando sobre mí, puedo ver en retrospectiva que mi padre, en el fondo, fue un hombre muy excéntrico. Y esta excentricidad escapa, de hecho, a la realidad de haber montado un laboratorio casero en el sótano de su casa, sin que yo esté enterado, a día de hoy, de las normas municipales que impiden o avalan semejante atrevimiento. Lo cierto es que me topé, aquella noche, con una faceta de mi padre que desconocía, y que estaba relacionada de forma directa con algunas teorías científicas de su autoría que, año tras año, se esforzaba por explicar y convertir en válidas en las sesiones de la comunidad científica. Desconozco las bases empíricas de estas teorías; lo único que puedo decir es que mi padre estaba convencido, según le oí declamar en más de una ocasión, de la posibilidad de establecer una convivencia armónica entre el ser humano y el arácnido. Puedo imaginar el gesto extrañado de algunos de los miembros de la camarilla, incluso las exclamaciones desmedidas de otros, tachándole de irresponsable y de temerario. No lo sé con certeza; ignoro el tenor y el contenido de las discusiones. Tan sólo puedo hablar desde lo que vi con lo que en ese momento eran los ojos de un niño admirado de la destreza y la valentía de su padre. Y es que fueron muchas las veces en las que lo vi abrir uno de esos compartimientos, coger con sus propios dedos un ejemplar y soltarlo sobre la palma de su mano. Desde una distancia prudencial, observaba yo cómo las alimañas caminaban por sus brazos, retrepándose hasta sus hombros, llegando incluso hasta su cuello, una zona peligrosísima si al animal, de buenas a primeras, se le ocurría inyectar su veneno. Mi padre, con total displicencia, incluso con una sonrisa en el rostro, cogía al bicharraco y se lo ponía en la cabeza, dejándolo caminar sobre la coronilla. Se quedaba quieto, y tan sólo movía los ojos con gesto fascinado; el animal, pacífico, se deslizaba con docilidad, gozando de su momentánea libertad. Terminada la exhibición, mi padre volvía a introducirlo en su compartimiento y, acto seguido, tomaba apuntes en una libreta. Un día me explicó los pormenores de su teoría. Yo no comprendí del todo su base ni su utilidad, pero sí recuerdo, a grandes rasgos, qué era lo que promulgaba: los escorpiones, y los arácnidos en general, actúan respecto del ser humano como seres inferiores, y sus instrumentos mortíferos, como en este caso esa temible cola aguijada, son sistemas de defensa. Por tanto, un escorpión, en su naturaleza, no atacaría a un hombre como sí lo harían, por ejemplo, un león o una pantera hambrientos. La necesidad de alimentación no llevaría al escorpión a atacar a un hombre, porque no puede alimentarse de él. En ese caso, un ataque por medio de

su cola solo puede deberse a una actitud hostil por parte del ser humano en cuestión; un movimiento en falso, una sutil amenaza, algún extraño gesto que, aunque para nosotros resulte inofensivo, pueda interpretarlo el animal como un ataque hacia él. Entonces desenvaina su arma letal y se defiende. Esa era su teoría; la que, según me dijo, luchaba por imponer desde hacía años. Por supuesto que había muchos matices para esta exposición: no cualquiera podía someterse a ponerla en práctica, y había que tener un conocimiento amplio de la naturaleza de cada especie para saber cómo actuar y qué hacer para no despertar la hostilidad del animal. En todo caso, él sostenía que, con esfuerzo y estudio, se podía establecer una relación armónica con los arácnidos de la misma forma que se establecía con otros animales domésticos. Mi padre no sufrió, nunca, percance alguno en la realización de estos arriesgados experimentos. De hecho, siempre estuvo convencido de que no los sufriría. Se movía con gran ductilidad manejando a los animales, estudiándolos con suma atención y dedicándoles una paciencia y una entereza que, para mí, eran dignas de admirar. Pero las tragedias, cuando aparecen, poco tienen en consideración todo lo que acabo de narrar. Las tragedias son así: terribles y repentinas, inesperadas y devastadoras. Todo comenzó una tarde de mayo de 1991, poco menos de un año después de aquella inolvidable noche en la que había entrado por vez primera en el sótano. Ahora era para mí un sitio conocido, y al que accedía con cierta regularidad, ya que mi padre, en demostración de su confianza hacia mí, me había reglado una copia de ese llavín tan largo y ridículo que abría la gran puerta herrada. Pese a que los animales allí almacenados y los libros biológicos de mi padre habían, poco a poco, dejado de llamarme la atención, la atmósfera silenciosa y erudita que se respiraba entre esas paredes encaladas y esas monumentales columnas me era muy agradable, y solía pasar algunas horas allí abajo, leyendo novelas u hojeando los apuntes de mi padre, siempre respetando las normas básicas de no desordenar sus escritos y de no acercarme a la estantería. Eran cerca de las dos la tarde cuando, de repente, interrumpió mi lectura la entrada precipitada de mi padre en el sótano. Solo con verle noté que había algo raro en su expresión y en sus movimientos torpes y obcecados. Tenía la mirada algo perdida, con un brillo extraño en sus pupilas. Ni siquiera me miró. Dejó su maletín encima de la mesa y, con precipitación, cogió un frasco de cristal de los muchos que tenía allí y unas pinzas de metal. Lo vi acercar la escalera portátil a la estantería de los arácnidos y coger uno de los compartimientos ubicado en una de las baldas superiores. Después se aproximó hasta la mesa, sobre la cual apoyaba yo el libro que estaba leyendo. Lo observaba con suma curiosidad, admirado de sus movimientos frenéticos y casi obsesivos. Abrió el compartimiento y, valiéndose de las pinzas, trasladó el escorpión desde el pequeño receptáculo hasta el frasco. Luego cerró este, apretando bien su tapa a rosca. Pude observar que el ejemplar, ahora cautivo en el frasco, se trataba de un Tityus Discrepans, una de las especies de escorpiones más peligrosas que existen, y

que, en el plano estadístico, provoca un número elevadísimo de accidentes graves en seres humanos. Es una especie que proviene de las selvas de Venezuela, y tiene una coloración irregular, semejante a la del cuero curtido. Suelen ser bastante pequeños, pero mortíferos como ninguno. —¿A dónde llevas el Discrepans? —pregunté, curioso. —A clase —respondió, sin mirarme y con la voz un poco ahogada, como consumido por un deseo interno. Con los mismos movimientos torpes que le había observado desde que entró en el sótano, abrió el maletín, lleno de pliegos académicos y de exámenes de alumnos corregidos, e introdujo allí el frasco. Sin decir nada más, enfiló hacia la puerta, no sin antes echar una mirada a su reloj. Por esa época, tenía doble turno en el instituto; terminaba cerca del mediodía y, tras el almuerzo y una siesta fugaz, regresaba para seguir dando clases hasta cerca de las seis de la tarde. Pese a sus prisas y a la extraña naturaleza de sus actos esa tarde, se detuvo un momento antes de atravesar la puerta del sótano, sin duda percibiendo que yo no dejaba de mirarle y de preguntarme, para mis adentros, muchas cosas, como por ejemplo por qué se le había ocurrido llevar un escorpión a clase. Se dio la vuelta, entonces, y me miró; había muchas expresiones distintas en esa mirada. Por un lado, la fascinación que le provocaba el saberse capaz de manipular esos animales como nadie podía hacerlo, y el ansia quizás irrefrenable de querer demostrar esa destreza delante de sus alumnos; por otro lado, un pedido de perdón no pronunciado por quebrantar esas normas que él mismo había impuesto y que, a lo largo de ese año, había yo respetado como si de una religión se tratara; y, por último, y este matiz de su expresión era quizás el más elocuente de todos, una súplica de silencio ante las posibles preguntas de mi madre; una propuesta de guardar ese secreto entre ambos. Los dos sabíamos de las inquietudes de mi madre cada vez que él manipulaba a los animales, y los dos éramos conscientes del estado de intranquilidad que le provocaría el conocer esta pequeña correría, esta travesura casi adolescente en la que, por algún motivo, se estaba embarcando. No me quedó otra opción, entonces, que retribuirle esa complicidad por medio de un asentimiento y de una sonrisa. No hicieron falta palabras para establecer un pacto de silencio aquella tarde y, al mismo tiempo, para que yo supiera, por medio de su media sonrisa, que tendría mucho cuidado y que no se excedería en su demostración. En aquel momento sentí como si los roles se hubieran invertido: de repente, yo era el padre indulgente y comprensivo con las ansias de protagonismo de su hijo. Y él era el retoño pueril y revoltoso que, en busca de aventuras, acude a buscar el permiso de su progenitor, que se haya reposado y en actitud adulta, leyendo un libro en un rincón de la casa. Abandonó el sótano a toda velocidad, dejándome allí, solitario, pensando en lo curioso de la situación y, debo reconocerlo, ligeramente inquieto por el resultado de su aventura. Estuve toda la tarde en casa, pese a que mis compañeros me vinieron a buscar para ir a jugar, una vez más, a la construcción abandonada. Preferí quedarme a leer y a ayudar a mi madre con sus quehaceres; puede que, en el fondo, me sintiera algo culpable por la confabulación en la que mi padre me había metido, y de la

que ella estaba ajena. Los problemas empezaron cuando el gran reloj colgado de la pared de la cocina marcó las seis y media. Mi padre salía a las seis y no solía tardar más de diez o quince minutos en regresar. No era un hombre que acostumbrara a desviarse de su trabajo para beber algo con sus amigos en el bar, puesto que no tenía amigos en el bar y ese tipo de hábitos no eran comunes en él. Alguna que otra vez había ido a visitar a alguno de sus colegas de la comunidad científica, pero siempre había llamado con anterioridad para avisar de que llegaría tarde. Llegadas las siete, mi madre comenzó a inquietarse por la tardanza, y mucho más yo, que conocía aquel secreto que había prometido guardarle. Entre las siete y las ocho le oí murmurar algunas cosas, mientras preparaba la cena. —¿Dónde se habrá metido? —decía, casi en susurros, mientras la inquietud se apoderaba de ella segundo a segundo—. ¿Qué diantre le pudo haber pasado? Se hicieron las ocho y media, y la ligera incomodidad del principio dio paso a un conato de desesperación que hizo que mi madre encendiera un cigarrillo —cosa que no hacía desde hacía años—, y comenzara a discar, con movimientos frenéticos, el número del instituto. Nadie contestó a la llamada en la dirección de estudios; estaba claro que, a esa hora, el instituto había cerrado sus puertas y ya no quedaba nadie dentro, a excepción del guardián nocturno de la garita. —¡Dios mío, Dios mío, qué le habrá pasado! —exclamaba mi madre, siempre en voz baja, supongo que para no ponerme nervioso. Lo que ella ignoraba era que yo, a esa altura, era un amasijo de nervios y de temores que bullían en mi interior. Ya mi mente, de por sí muy imaginativa, había empezado a trabajar. Podía visualizar a mi padre paseando al escorpión por su pecho y su cuello, y a la bestezuela inyectándole el veneno y matándolo allí, en el acto, ante la mirada estupefacta de sus alumnos. Podía imaginar su rostro pálido y consumido por la poción letal, y también el momento en el que nos dieran la noticia... No, era demasiado terrible. No había forma de imaginar lo terrible que podía ser. Se hicieron las nueve y, viendo la desesperación con la que mi madre revolvía la cena sin despegar los ojos del reloj, me prometí a mí mismo que, si dentro de una hora no teníamos noticias de él, le revelaría a mi madre la travesura del escorpión en el frasco. Me dolía mucho romper el silencio que le había prometido, y me horrorizaba imaginar el síncope que le podía sobrevenir a mi madre cuando supiera la verdad, pero también sentía que tenía que liberarme de ese peso, de esa presión. Parecía, en aquel momento, un caldero hirviendo, a punto de estallar. Faltaban quince minutos para las diez de la noche cuando, desde la cocina, oímos las ruedas de nuestro coche pisar la gravilla del sendero de entrada. Mi madre dio un prolongado suspiro, y los colores le volvieron a la cara. Yo también respiré aliviado, aunque presentía que los disgustos estaban lejos de haber terminado. El coche frenó ante la puerta del garaje. Pese a que caía un leve rocío nocturno,

mi padre no se molestó en aparcarlo en el interior; lo dejó allí, en la explanada, y apagó el motor. Mi madre y yo nos asomamos a través de la puerta de la cocina, y notamos que tardó unos minutos en bajar del vehículo, como si estuviera juntando fuerzas para hacerlo. Al fin se apeó, y a continuación comenzó a caminar por el sendero, rumbo a la puerta de la cocina. La noche era muy oscura, y a la débil luz del bombillo exterior veíamos tan solo una sombra que se aproximaba, tambaleante, insegura, bamboleando su maletín en la mano derecha. Demasiado inquietos como para seguir mirando, mi madre y yo nos alejamos de la puerta y le esperamos en la cocina, ansiosos, a la expectativa de la explicación que nos daría para tan prolongado retraso. Cuando, tras un par de minutos, atravesó la puerta y entró en la cocina, enfrentándonos, mi madre y yo no pudimos menos que quedar espantados al contemplar su aspecto. Por empezar, su vestimenta estaba exageradamente desaliñada, cosa que no era para nada habitual en él. Tenía los faldones de la camisa por fuera del pantalón, y la prenda mostraba algunas manchas extrañas y restos de sudor reseco. El nudo de la corbata estaba casi deshecho, inclinado hacia un lado, y su chaqueta había desaparecido —en aquel momento pensamos, y con acierto, que la había dejado en el coche—. Las mangas de la camisa estaban replegadas hasta más allá del codo, dejando al descubierto sus antebrazos gruesos y velludos; algo inusual, pues él siempre llevaba las camisas bien abotonadas en los puños. Sus pantalones estaban muy arrugados y también evidenciaban manchas extrañas, restos visibles del pesaroso arrastrar de una tarde agitada, insólita, testigo de hechos extraordinarios. Sus zapatos, siempre inmaculados, estaban manchados de barro. Toda su persona despedía un olor extraño que iba más allá de la innegable vaharada a sudor reseco. Olía también a medicamentos, a suero..., a hospital. Pero lo más alarmante resultó, sin duda, su rostro, y la expresión desencajada y al borde de la locura que observamos en él. Tenía, por empezar, las pupilas contagiadas por un brillo enfermizo, y las conjuntivas irritadas, como si hubiera estado llorando mucho. Su mirada se perdía en algún punto del suelo de la cocina; permanecía inmóvil, y sus ojos vidriosos no se movían y parecían buscar respuestas en el vacío. Dos grandísimas ojeras, como arcos morados, acunaban esos ojos lunáticos y enajenados. También observamos que, cerca de sus patillas, había un par de hebras de cabello blanquecino que antes no habían estado allí. Nos pareció imposible que pudieran haber surgido en el transcurso de una tarde, pero estaba claro que no se trataba de una ilusión óptica; allí estaban. Por lo demás, su cabello se encontraba revuelto y enmarañado, tan desaliñado como todo lo demás. Tenía la boca torcida hacia un lado, como si sufriera una parálisis de medio rostro. La piel de sus mejillas estaba lívida y de un color ceniciento. Nos dio la impresión, además, de que no podía evitar un ligero temblor en el labio inferior. Al verle en tan deplorable estado, cualquiera juraría que había visto un fantasma.

—¿Se puede saber qué es lo que te ha pasado? —preguntó mi madre, a medio paso de la histeria. Él, todavía silencioso, dio un par de pasos de zombi hasta la mesa. Cogió una silla por el respaldo y la impulsó hacia atrás. Acto seguido, no digo que se sentara, sino que literalmente se desplomó sobre el asiento, con un ruido sordo. Parecía una marioneta averiada. Lanzó un suspiro y, por fin, habló: —¡Una tragedia! —exclamó—. ¡Una horrible tragedia! Tenía la voz rota, desigual, casi ahogada por un llanto no expresado y contenido. Una vez dichas estas palabras, levantó su mano derecha y, con gesto brusco, depositó su maletín sobre la mesa. El movimiento fue tan poco delicado que el artefacto, al golpearse, se abrió con un chasquido, dejando a la vista su contenido. Entonces, entre el mar de papeles, expedientes, bolígrafos y clips, logré identificar el frasco que le había visto coger esa misma tarde. Tenía la tapa enroscada en su sitio, pero estaba vacío... Lo peor de todo fue que mi madre, con el pánico poco a poco apoderándose de sus facciones, también advirtió la presencia del frasco vacío. Y supongo que, pese a desconocer la historia, intuyó lo que estaba sucediendo. —¡No...! —musitó en voz baja—. No puede ser... Él no decía nada, pero asentía con la cabeza, consumido por la impotencia. —No puede ser posible... Él volvió a asentir. Entonces mi madre cogió el frasco vacío y se lo puso delante del rostro agotado y vapuleado, como para fustigarle con su constante obsesión, con esa temeraria dedicación a su trabajo. Era como restregarle por el rostro todos los riesgos innecesarios a los que se había expuesto en pos de sus benditas teorías. —¡¿Cómo has podido?! —exclamaba, furiosa—. ¡¿Se puede saber en qué estabas pensando?! Él no respondía nada. Parecía un niño al que regañan tras una travesura. Yo, por mi parte, no había logrado tranquilizarme casi nada pese a ver a mi padre allí. En primer lugar, porque el frasco vacío podía significar muchas cosas, y en segundo, porque mi padre había anunciado con toda claridad la presencia de una tragedia. En algún rincón de mi mente todavía acechaba, hambrienta, la odiosa posibilidad de que el animal le hubiera atacado y de que se encontrara allí, a un paso del abismo, abatido por el negro e inevitable destino. Por suerte, pronto íbamos a saber qué era lo que había ocurrido. Mi madre se fue tranquilizando poco a poco, tras un buen rato de recriminaciones y regaños histéricos. En un momento dado, desapareció en la oscuridad del corredor, dejándonos a solas durante unos minutos. Pensé que mi padre aprovecharía esa ocasión para decirme algunas palabras tranquilizadoras, pero, por el contrario, pareció no darse cuenta siquiera de que yo estaba allí, mirándole sin cesar, temblando como una hoja. Tras esos minutos de indiferencia, mi madre regresó portando un grueso vaso del mueble bar, lleno casi hasta la mitad con whisky. En el turbio y amarillento

líquido flotaban dos cubos de hielo de forma irregular, que lanzaban múltiples destellos al reflejarse en la pesada y enmarañada base del recipiente, llena de prismas exóticos. Mi padre cogió el vaso y dio un sorbo generoso. Se notaba que necesitaría valor para contar lo ocurrido aquella tarde, y era obvio que el alcohol se lo iba a dar. Nunca había sido aficionado a la bebida, y procuraba evitarla por todos los medios, pero estaba claro que la ocasión lo requería. —Bien, y ahora cuéntanos exactamente lo que ha sucedido —solicitó mi madre, ya mucho más calmada. Él suspiró una vez más, y por fin comenzó a hablar. —Como os habréis dado cuenta —dijo—, decidí llevar uno de los ejemplares a clase... Tenía la voz cascada, y se notaba que le costaba horrores escupir cada palabra. Mi madre, ante esta pausa tan pronta, se preparó para recriminar una vez más semejante ocurrencia, pero a último momento reculó, dispuesta a no interrumpirle. —No sé por qué lo hice. Supongo que quería hablar de mi teoría acerca de la armonía entre arácnidos y humanos, o puede que quisiera compartir con el curso mi experiencia en este campo... ¡No lo sé! Creo que fue uno de esos impulsos raros que a veces atacan a los humanos y que no se pueden evitar. »El caso es que fui pasando el frasco pupitre a pupitre, enseñando a todos el escorpión para que lo vieran. En ningún momento les permití tocar el frasco, ¡claro que no! Yo lo sostenía a cierta distancia, y ellos lo observaban con fascinación. »Una vez que lo vieron, lo dejé encima de mi escritorio y me puse a explicarles las características del animal, su estructura, su evolución... —Todo eso ya lo sabemos... —interrumpió mi madre. —... y el peligro que entrañan —concluyó él. Aquí se quedó mirando hacia el frente, como pensando en esas últimas palabras. El peligro; ¿un peligro que quizás él no había respetado lo suficiente? —Ellos lo entendieron... Al menos, eso me pareció. Yo los notaba fascinados, atentos a mi explicación como nunca antes en todo el curso. Son unos jóvenes que suelen distraerse con facilidad, diría que hasta revoltosos, y verlos tan atentos a mis explicaciones, tan pendientes de todo lo que yo decía, me produjo una satisfacción tan grande que..., bueno..., decidí poner en práctica mi experimento. —Dios mío... —murmuró mi madre por lo bajo, imaginando ya lo peor. —¡No, no es lo que piensas! —exclamó él, escudándose en sus credenciales científicas—. Todo salió bien en el experimento. Lo he ensayado mil veces con este ejemplar. Lo saqué del frasco y lo hice pasear sobre la palma de mi mano, y después sobre mi cabeza, con suma calma, con toda tranquilidad..., como siempre... Aquí su voz pareció quebrarse un poco. Se llevó la mano en forma de puño a la boca y, con cierto disimulo, se mordió un par de nudillos. Signos de impotencia pura.

Bebió un poco de whisky. —Pero no te picó, ¿verdad? Creo que tanto mi madre como yo sabíamos la respuesta a esta pregunta. De haberle picado, con toda seguridad mi padre no estaría allí. Pero, en todo caso, pareció como si mi madre quisiera disipar del todo esa duda, tan funesta como temible. —¡Por supuesto que no! —exclamó él, de pronto envalentonado por el trago de alcohol—. Nunca me han picado; sé cómo dominarlos. Poco después estaba otra vez en el frasco. »Continué, entonces, con mi disertación y, al cabo de un rato, uno de los secretarios apareció en el salón de clases y me dijo que el director me llamaba, y que por favor me presentara en su despacho. Fue entonces cuando... En ese momento rompió a llorar abiertamente, como abatido por la desgracia. Se notaban sus esfuerzos por contener las lágrimas y al mismo tiempo el resurgimiento de esa desesperación desbordante que se había apoderado de él. Al final, no fue capaz de retener el llanto. Depositó los brazos, laxos y sin fuerza, sobre la mesa, y la cabeza sobre los antebrazos, llorando y sufriendo unos espasmódicos estremecimientos, producto de la angustia incontenible. Mi madre, derramando lágrimas también, le acarició la espalda, que se agitaba con los sollozos. Yo también me había puesto a llorar; para un niño siempre es impactante la imagen de su padre deshecho en lágrimas. —No puedo creer que dejaras el frasco allí, al alcance de sus manos. ¿Cómo pudiste ser tan irresponsable? Él pareció recuperarse de pronto tras estas palabras, y la miró con una ira repentina. —¿Acaso he sido tan irresponsable alguna vez? ¿Acaso me crees capaz de dejar un escorpión al alcance de las manos de veinte alumnos de diecisiete años? ¡Dios mío, qué poco me conoces! —Pero entonces, ¿qué ocurrió? Él inspiró por la nariz, evitando que esta siguiera goteando como hasta entonces. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano; en ese momento lo vi muy pequeño, como si fuera un crío de cuatro o cinco años. —Antes de salir, guardé el frasco en la gaveta de mi escritorio y eché la llave, como corresponde. Después acudí al despacho del director, llevándome la llave encima. Mi madre y yo arrugamos el entrecejo, con gestos casi gemelos. —¿Pero entonces...? No entiendo... —dijo ella. —Mi encuentro con el director sólo duró unos minutos. Quería entregarme un dossier, un programa de estudios que pretendía que yo analizara y aprobara en cuanto tuviera tiempo. Se había visto obligado a interrumpir la clase porque estaba a punto de comenzar una reunión, y quería entregarme esa información antes de enfrascarse en ella. »Regresé al salón de clases y..., no sé, creo que antes de abrir la puerta ya intuí que algo extraño ocurría. Tal vez fuera por el silencio inusual que reinaba en mi ausencia, o por lo atípico de la presencia de un escorpión en el aula... ¡No

lo sé! El hecho es que me sentí alarmado desde el momento en el que puse mis manos sobre el pomo de la puerta. De todas maneras, nunca me imaginé que la imagen fuera tan terrible. Hizo una pausa dramática para beber lo que quedaba del whisky. Dio un sorbo final y dejó el vaso sobre la mesa. Los hielos tintinearon contra los bordes convexos del recipiente. Mi madre y yo estábamos en ascuas. —Hay un alumno allí, en ese curso, del que ya me han oído hablar varias veces. Se llama Édgar Sotomayor. En efecto, le habíamos oído, en otras ocasiones, quejarse de él. Se trataba, según sus palabras, de un joven pendenciero y desafiante, presuntuoso y de arrogante personalidad, que traía de cabeza a la mayoría de los docentes del instituto. Por lo visto, estas ínfulas de poder se las otorgaba su padre, un hampón local al que todo el mundo respetaba, hombre de negocios turbios, con fama de matón. Según mi padre, el muchacho ya había hecho méritos suficientes como para que le expulsaran del instituto una docena de veces, pero la influencia de su progenitor ponía freno a cualquier medida disciplinaria aplicable sobre el joven. —Ni bien entré en el aula, vi que Sotomayor había abierto el frasco y que el escorpión, ahora, estaba suelto encima de su mano... Aquí, y tras soltar estas palabras esclarecedoras, estuvo a punto de derrumbarse otra vez..., pero tras dar un gran suspiro y tragar una enorme bocanada de aire, logró mantenerse firme y continuar con el relato: —En ese momento no tuve idea de cómo había logrado abrir la gaveta ni de qué le había impulsado a hacerlo. No tuve tiempo ni reacción para pensar en estos detalles. Estaba demasiado horrorizado con lo que estaba contemplando. »El frasco, abierto y vacío, descansaba sobre el escritorio; Sotomayor estaba allí de pie, con el animal en su mano, sonriendo con malicia y fascinación. Toda la clase estaba en vilo, admirando la valentía de aquel joven, con los ojos desorbitados contemplando el espectáculo. Creo que ni siquiera repararon en que yo había regresado. »Me quedé, entonces, momentáneamente paralizado, pensando qué hacer a continuación. La imagen me parecía surrealista, y de ella se desprendía una vorágine de pánico que, segundo a segundo, sentía bullir en mi interior. Entonces decidí, en ese momento, que lo mejor era calmarme. Sólo podría poner fin a tan complicada situación manteniendo la mente fría, y actuando con celeridad y rapidez. »Comencé a acercarme a él, paso a paso. »—Édgar —dije. Él levantó la cabeza y me miró, desafiante, engreído, sintiéndose casi poderoso con el arácnido en su mano—. Édgar, no te muevas — insistí—. Ni se te ocurra moverte. »Observé, con más horror si cabe, que el escorpión había levantado la cola, en posición de defensa. Sin duda había percibido cierta hostilidad a su alrededor, y se preparaba para atacar. Yo traté de visualizar la imagen del desenlace. Me vi cogiendo al escorpión y depositándolo en el frasco; vi a Édgar Sotomayor castigado en el despacho del director, y a mí sancionado por la enorme negligencia que había cometido. Un final feliz, pese a todo. Un final sin tragedia...

El habla se le agotó de pronto. Se llevó una mano a la cara y se restregó una mejilla. Su mirada se perdió en el techo, buscando respuestas, procurando encontrar, quizás, la forma de volver el tiempo atrás. A mi mente acudió el momento en el que le vi entrar en el sótano y coger el ejemplar de la estantería. ¿Qué le había pasado por la cabeza para tomar semejante decisión? —¿Qué pasó entonces? —preguntó mi madre, rompiendo la quietud repentina que se había generado—. ¿Le picó el escorpión? —¡Claro que le picó! —explotó mi padre, arrollado por la impotencia del recuerdo reciente—. ¡Vaya si le picó! Le clavó el aguijón sobre la palma de la mano, sin duda intuyendo que yo me acercaba, o percibiendo cierto olor desagradable en el chico... ¡No sé qué fue lo que lo alertó! Lo cierto es que se sintió atacado o en peligro, y su sistema de defensa actuó. »Todos allí nos dimos cuenta de que le había picado. Todo el mundo lazó una exclamación de sorpresa, y yo me quedé otra vez paralizado. »En cuanto a Édgar, abrió mucho los ojos al sentir el pinchazo, y apretó los dientes con fuerza. Aún ahora no sé si fue consciente de lo que aquel pinchazo significaba, pero creo que, tras mi explicación, se lo pudo haber imaginado, porque de inmediato se puso pálido como el papel. »—Édgar..., ¿te ha picado? —pregunté. ¡No sé qué pretendía preguntándole semejante cosa! ¡Si sabía la respuesta tan bien como él! »El muchacho asintió, con los ojos como platos. »—Sí, me ha picado —dijo; de pronto, su respiración comenzó a agitarse—. ¡Me ha picado! ¡Me ha picado! ¡Este bicharraco me ha picado! ¡Ahhhh! ¡Ahhhh! Empezó entonces a gritar como un poseso, sin despegar los ojos del escorpión. El animal, a todo esto, reposaba con tranquilidad sobre la palma de la mano de Édgar, como un macho que acaba de eyacular y que se mantiene, impasible, en su sitio. »Yo intenté acercarme otra vez, procurando que se calmara, pero en ese momento inclinó la mano y dejó caer el escorpión al suelo. Sin dejar de mirar al animal, percibí un revuelo a mis espaldas, un ruido de sillas que se deslizan y de gente que se mueve. Antes de que el arácnido pudiera siquiera moverse y comenzar a gozar de su nueva libertad, Édgar le asestó un violento pisotón, sin dejar por ello de gritar como un loco. El escorpión se deshizo bajo su zapatilla deportiva con un ruido crujiente y, al retirar Édgar el pie, no quedaba de él sino una pulpa amarillenta, más los restos de su caparazón aplastado. »Paradójicamente, y una vez terminado el peligro con la muerte del animal, la clase entera, espantada y presa del pánico, salió en estampida del aula, desperdigándose por el patio, dando gritos histéricos, muchas alumnas llorando sin control. En pocos segundos el salón de clases estuvo casi vacío. Solo quedamos allí Édgar y yo... Mi padre cogió el vaso de la mesa, dispuesto a dar otro sorbo. Lo acercó a sus labios, y recién entonces se dio cuenta de que estaba vacío. Se lo tendió a mi madre, quien, demasiado sorprendida como para hablar, se levantó y, con movimientos de autómata, se dirigió otra vez hacia el mueble bar. Mi padre y yo volvimos a quedarnos solos en la cocina. Por mi mente co-

rreteaban mil preguntas que deseaba hacerle. ¿Qué había pasado al final con ese muchacho? ¿Hubo forma de salvarle una vez inyectado el veneno letal? ¿Cómo pudo ser posible que consiguiera coger el escorpión si mi padre aseguraba haberlo guardado bajo llave? Las palabras no me salieron, y enseguida mi madre estuvo de vuelta con otra medida de whisky en sus manos. Mi padre cogió el vaso y bebió un trago; parecía ansioso por contar la historia, por quitársela de encima, como si de un peso se tratara. —Sigue —apremió mi madre—. ¿Qué ocurrió entonces? —Pues que me acerqué a Édgar, procurando que me mostrara la mano herida. Sabía que tenía que actuar rápido, y buscar la forma de succionar el veneno. Suele ser lo más efectivo en casos de emergencia como este. El problema era que el muchacho no se estaba quieto. Se debatía entre mis brazos, gritaba, profería insultos. Estaba en estado de shock, y no encontraba yo la forma de calmarlo. Lo cogí entonces por las solapas y lo sacudí. Después le di un par de bofetadas en el rostro, tras lo cual pareció reaccionar. »Cuando lo tuve frente a frente, vi que se había puesto mortalmente pálido. No me alarmé demasiado por esto, ya que entendí que esa lividez epidérmica se debía más bien al pánico y a la incertidumbre que a los efectos del veneno. Al menos, eso quise creer. Lo que sí me preocupó fue comprobar que tenía la piel muy caliente, y que al mismo tiempo un sudor gélido empapaba su frente y su cabellera. »Procurando no caer yo también presa de la desesperación, cogí entre mis manos la suya herida. La tenía hinchada y muy colorada. La herida no era sino una hendidura minúscula sobre la superficie de la palma, entre los dedos índice y corazón. »Cuando me disponía a succionar el veneno, entendiendo, como dije, que era la solución más urgente, la voz del director, desde la puerta abierta del aula, me sobresaltó: »—¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? —preguntó, viéndome, sorprendidísimo, con el chico entre mis brazos. Sin duda se había alarmado por los gritos y los aullidos de la clase que, al provocar la estampida, había colmado el patio del instituto de bulla y escandalera. »Cuando le vi allí, no le di ninguna explicación. Me limité a implorarle que llamara a una ambulancia lo más pronto posible, recalcando que se trataba de un asunto de vida o muerte. Noté que mis palabras lo descolocaban, pero es un hombre sensato y, en el mismo instante, salió disparado otra vez hacia su despacho. »Una vez a solas con Édgar, noté que se había desmayado. Respiraba ahora con mucha debilidad, y su palidez era ya cadavérica. Me repetí que no había que temer lo peor; todos esos síntomas se debían a la presencia del miedo, que, instalado en el cuerpo del chico, le había hecho perder el sentido. »Acerqué la boca, entonces, a la pequeña abertura que el aguijón había dejado en la mano del muchacho. Pero, por más que succionaba y succionaba, no alcanzaba a sentir el regusto amargo del veneno en mi boca. Pensé, entonces,

que o bien el escorpión no había llegado a inocular la mortal poción, o bien todo lo contrario, es decir, que la había inyectado demasiado profundamente como para atraerla por medio de la succión. Rogué a los cielos que fuera lo primero, y me dispuse a transportar a Édgar hasta el despacho del director, ya que este tiene acceso a la explanada exterior sobre la cual sin duda aparcaría la ambulancia. »Pero me costó no poco trabajo remolcar el cuerpo hasta allí. Estaba completamente laxo, y Édgar es... Era un muchacho bastante corpulento... Aquí hizo una pausa, dramática, y mi madre y yo nos miramos. No pudimos dejar de sentirnos espantados ante la aplicación y corrección del tiempo verbal. Aquello indicaba lo peor, lo que habíamos imaginado todo el tiempo, pero querido rehuir desde que empezara a hablar. En ese momento nos dimos cuenta de que, pese a la soltura con la que había hablado hasta ese momento, era evidente que le costaba horrores narrar lo que seguía. Mi madre adoptó una postura silenciosa y comprensiva; si él quería desahogarse, que lo hiciera, pero no le presionaría para que contara el resto, sin duda lo más terrible de todo. Pero él se rehizo y, sacando fuerzas de flaqueza, continuó: —Lo demás no puedo recordarlo con mucha claridad —dijo, no obstante—. Vienen a mi memoria un montón de imágenes confusas, revueltas en la vertiginosidad de los hechos, que se fueron sucediendo a gran velocidad. Recuerdo una ambulancia que llega y unos enfermeros que transportan a Édgar Sotomayor en una camilla; lo depositan en la parte trasera, en la que nos montamos el director y yo. Recuerdo a la ambulancia zumbando a toda velocidad por las calles de la ciudad, y nuestra llegada al hospital, entre prisas y empujones. Recuerdo una camilla más grande rodando por un pasillo, enfermeras corriendo, un médico reconociendo a Édgar en pleno trayecto hacia una sala. Recuerdo la última imagen que tuve del muchacho: desvanecido sobre la camilla, ya sin camisa, el pelo revuelto, empapado en sudor. Después, una puerta se cerró delante de mí, y no supe ni dónde estaba, ni era del todo consciente de lo que había ocurrido. Me senté en una sala de espera y observé todo desde allí, como si el asunto no me incumbiera. Vi al médico salir de la sala y hablar en un rincón con el director..., hablar pausadamente, de la forma en la que se habla cuando se da una mala noticia. Vi al director llevándose las manos a la cabeza y, poco después, acercárseme. »—El chico ha fallecido —dijo—. Nos hemos metido en una buena. »La noticia me golpeó en la cabeza y casi me derriba. Cuando me quedé solo, lloré como nunca en mi vida había llorado. »Después vi al director haciendo una llamada y, rato más tarde, a los padres del muchacho, que llegaban al hospital. Presencié, desde las sombras del rincón en el que me había escondido, la heroica tarea del director tratando de calmarlos y consolarlos. Los pobres estaban deshechos, y al padre, ese hombre de negocios que hace un par de meses salió en televisión, procesado y enjuiciado, hubieron de administrarle un sedante para que se calmara, ya que por poco arremete contra todo el mundo allí dentro. No se le puede reprochar nada; no debe de haber dolor más grande que el que está enfrentando esta noche. »Yo vi todo esto, como dije antes, desde una sala apartada. El director me dijo

que esperara allí y que no me presentara ante los padres. Era lo mejor. »Las horas pasaron, y el director y yo, tras firmar unos papeles que no sé ni lo que decían, nos marchamos del hospital. Recalamos en un bar, muy cerca de allí, dispuestos a hablar de todo. Al final no fuimos capaces de pronunciar una palabra. Nos bebimos como un litro de café y regresamos, igual de silenciosos, al instituto. »Una vez allí, fui hasta el salón de clases para recoger mis cosas. En el suelo estaban los restos apachurrados del maldito escorpión. Tras verlo casi pierdo el conocimiento, ahogado por el horror. Recogí este maletín y este frasco vacío, no sé ni para qué, y observé, con suma curiosidad, que había una llave introducida en la cerradura de mi gaveta. En ese momento, y pese al aturdimiento que tenía encima a causa de lo ocurrido, lo comprendí todo: comprendí qué ocurrió aquel día, hace un par de semanas, cuando no encontraba yo mi juego de llaves para ese mueble. Era indudable que Édgar, o cualquier otro alumno, me lo había hurtado y había hecho una copia. Ahora la réplica de esa llave estaba en la gaveta, y era la que le había dado acceso al escorpión, la que había causado, al fin y al cabo, la horrible tragedia. »Ni siquiera me lamenté por esto último. Tan sólo recogí mis cosas y me marché del instituto. Eso ocurrió hace una media hora... Tras esta larga parrafada, lanzó un suspiro. —Y aquí estoy —concluyó, abatido y derrotado. Mi madre y yo, ya más calmos y habiendo superado el acceso de llanto, no salíamos de nuestro asombro, cosa que resultaba muy lógica, por otro lado. Yo me sentía muy mal ante mi incapacidad para pronunciar palabras de consuelo, pero ahora comprendo que era tan solo un niño de diez años, alucinando ante lo que había oído, abatido al ver a mi padre derrumbado de aquella manera. También entiendo ahora que, en aquel momento, no fui capaz de calibrar las consecuencias que este hecho podía acarrear para nosotros como familia. Era consciente del valor de la vida humana, y de la gravedad que encerraba la pérdida de una, pero desde luego nunca imaginé la negra ola de desgracias que, desde aquel día inolvidable, caería sobre nosotros. Sin decir nada más, mi madre y yo nos acercamos a él y le dimos un abrazo caluroso y de unidad familiar. Él se abrazó a nosotros y lloró en silencio. Por desgracia, todavía quedaba muchísimo espacio para lágrimas futuras. A partir de ese día, se generaron en nuestra casa unos cambios tan rotundos que hicieron de nuestra existencia algo irreconocible. Por empezar, un pesadísimo abatimiento se apoderó del alma de mis padres y, en parte, de la mía. Era como si la sombra de la tragedia ocurrida nos persiguiera y se esforzara por sumergir nuestras vidas en una desazón oscura y en una atmósfera de pesadumbre que parecía insuperable. Todas las risas y los buenos momentos de antaño se habían acabado, y ahora solo quedaban caras largas, rostros preocupados, noches insomnes, y la curiosa sensación de que había mucho por hacer para superar ese estado.

Mi padre, suspendido de su trabajo, deambulaba por la casa mañana, tarde y noche. No digo que se entregara a la bebida, pero pasaba ahora mucho más tiempo junto al mueble bar. Raras eran las veces en las que bajaba al sótano, y la mayor parte del tiempo permanecía con la mirada perdida en algún punto oscuro de la habitación. Mi madre, por su parte, compartía este estado de depresión, y en más de una ocasión la descubrí llorando, a hurtadillas, por los rincones de la cocina. Así y todo, no renunciaba a su entrega hacendosa, y se ocupaba de los quehaceres del hogar con el mismo ahínco de siempre. Eso sí: nunca, durante todo ese verano, la vi sonreír. La casa toda se había convertido en un sitio frío y desabrido, en un lugar mustio donde el abatimiento dominaba cada rincón. Y desde luego que había motivos para este estado de ánimo tan bajo, pues las noticias no eran para nada alentadoras: mi padre había sido acusado, por la familia Sotomayor, de homicidio involuntario —de un menor— y de negligencia científica. Otros cargos menores también pesaban sobre él y sobre el director del instituto, como responsable de todo lo que ocurriera en aquel centro educativo. Yo poco entendía de estas cuestiones legales que de pronto habían caído sobre nosotros, pero pronto comencé a notar rotundas modificaciones en nuestra rutina diaria que me darían una ligera idea de estos avatares. En primer lugar, una camarilla de señores trajeados y pulcramente acicalados comenzó a visitarnos. Portaban maletines, y se movían y hablaban de manera idéntica unos y otros, como si todos ellos formaran un solo ente indivisible y homogéneo. Visitaban nuestra casa dos o tres veces por semana, y celebraban reuniones privadas con mi padre que duraban varias horas. Un día supe, por mi madre, que eran los abogados que mi padre había contratado para el caso. En segundo lugar, comencé a darme cuenta de que, poco a poco, iban desapareciendo muchos objetos de valor que teníamos en la casa. Los cuadros renacentistas que mi madre colgaba en las paredes se esfumaron; después supe que un coleccionista se los había llevado, pagando por ellos un precio muy inferior al de su valor original. Todos los objetos decorativos que poblaban la casa también fueron vendidos o mal vendidos a todos aquellos que estuvieran interesados en poseerlos: jarrones, platos de colección, cortinas de terciopelo, paños de encaje, etcétera. También se convirtieron en dinero la vajilla de porcelana y la cubertería de plata, utensilios que nunca utilizábamos, pero que mis padres guardaban con mucho celo para ocasiones especiales. Mi padre se deshizo, además, de nuestro coche, vendiéndoselo a un colega de la comunidad científica, uno de los pocos que aún le hablaban y le respetaban después de su expulsión de tan selecto grupo, baja que se hizo efectiva tras su acto negligente. Por otro lado, y esto fue quizás lo que más dolor me causó, observé con estupor que las estanterías de libros de nuestra sala de lectura eran impunemente entregadas a un bibliófilo que, viendo la oportunidad y detectando la desesperación de mis padres, les entregó una mísera cantidad por tan fantástica colección. Tan solo dejó unos veinte o treinta volúmenes por hallarse en mal estado, pero se llevó todo lo demás, causándome un agudo pesar.

Por último, y como colmo de aquella subasta para mí inexplicable, mi padre en persona se encargó de desmantelar el laboratorio que había montado en el sótano. Un día, se hicieron presentes unos señores que, lo supe después, pertenecían a una institución zoológica nacional. Se quedaron con todos los ejemplares que mi padre coleccionaba allí, pagando por ellos un buen dinero, y de paso se apropiaron de todos los instrumentos que utilizaba para sus experimentos, y también, ya que estaban, de la gran biblioteca científica que ocupaba una de las paredes del sótano. Se lo llevaron todo, ante la impotente pesadumbre de mi padre. La tarea de desmantelamiento de aquel laboratorio les llevó un día entero, y recuerdo que esa misma noche, una vez acabado el trabajo, bajé hasta el sótano y observé con enorme tristeza sus paredes encaladas vacías, la gran mesa del centro por completo despejada, la inmensa estantería de libros devastada y muerta, y la otra estantería, más grande aun, sin un solo arácnido al cual contemplar. La visión del sótano desierto y desnudo, desmantelado y saqueado, se me hizo muy similar a la de las habitaciones vacías de la planta superior: un espacio amplio y aprovechable, dominado por la nada. Era una imagen desoladora. Todos estos cambios, incomprensibles para mí, no hacían sino despertar en mi interior una pregunta incómoda y, de momento, sin respuesta: ¿qué fin perseguían mis padres dilapidando de aquella manera todos nuestros bienes y subastando valores materiales muy queridos por todos nosotros? Iba a comprender sus motivos muy pronto. Un par de meses después de la tragedia de Édgar Sotomayor, y ya en pleno verano, nos hizo una visita un señor exageradamente obeso, portador de un rostro colorado y porcino y que, con movimientos elefantiásicos, comenzó a pasearse por la casa con total displicencia, como si se tratara de su propio hogar. Noté, casi de inmediato, que mis padres se comportaban con él de una manera muy servicial, atendiéndole como si de un príncipe entrado en carnes se tratara. Percibí, sobre todo en mi madre, una actitud servil que rozaba la humillación. Se movía a su alrededor como una gata zalamera, sirviéndole tartas y tazas de café, que este señor tan grueso tragaba y deglutía sin miramientos. Dado que sus visitas, al igual que las de los abogados, comenzaron a hacerse periódicas, me di cuenta de que mis padres siempre estaban ofreciéndole cosas. —¿Más café, su Señoría? —¿Otra copita de coñac, su Señoría? —¿Quiere otro trozo de tarta, su Señoría? Y «su Señoría» aceptaba todo de buena gana, tragando casi sin masticar, llenándose la boca a puñados y enviando todo al enorme depósito que era su vientre desproporcionado. Recuerdo muy bien la imagen de sus mandíbulas monstruosas abriéndose por sobre su fofa papada, y sus rechonchas mejillas de cerdo cebándose con aquellas tartas y postres, haciendo gala de su polisarcia y de su obesidad con total orgullo. Las visitas de «su Señoría» pronto se convirtieron en cenas casi semanales. El gordo se sentaba a la cabecera de la gran mesa del comedor y cenaba con nosotros, tan opíparamente como yo jamás había visto a una persona. Las noches en las que venía significaban horas de ardua labor previa para mi madre, que casi

desde la mañana trabajaba en la cocina para alimentar al obeso magistrado. Dichas cenas solían prolongarse hasta altas horas de la noche, entre puros y copas de whisky y coñac, y en muchas ocasiones acudían también a ellas el director del instituto —que se había convertido, también, en un repentino y asiduo visitante— y la camarilla de leguleyos que llevaba el caso de mi padre. Tras el festín, todos se encerraban en la sala de lectura, ahora casi desierta, y celebraban allí misteriosos conciliábulos que duraban otro par de horas. Al finalizar el día, mis padres quedaban casi exhaustos, aunque siempre que nos visitaban estos curiosos personajillos yo los veía de mejor humor, o al menos con una actitud algo más optimista respecto del problema que la familia arrastraba. Esta situación se prolongó durante un par de meses, y resultó para mí, en ese momento, tan inexplicable como todo lo que estábamos viviendo desde la muerte de Édgar Sotomayor. Llegado el mes de septiembre, se acercaba cada vez más la fecha de la celebración del juicio, programada para mediados de ese mes. Las visitas de los abogados se intensificaron, así como las del director y las del sujeto obeso al que mis padres llamaban «su Señoría». A veces se encerraban en la sala de lectura, y otras hablaban sin demasiado decoro en la sala de estar, indiferentes al hecho de que el niño curioso de la familia pudiera escuchar sus palabras. Fue en una de esas reuniones más bien informales cuando escuché al gordo decir que «el asunto estaba controlado», que «la situación estaba convenientemente encauzada» y que «la cuestión tendría una resolución satisfactoria». Estas palabras solían aliviar un poco los ánimos apesadumbrados de mis padres, que no por eso acababan de salir por completo de su abatimiento. Llegó el día del juicio, al que por supuesto no pude acudir, por ser menor de edad. Así y todo, y aunque no se me permitió presenciar el proceso ni oír lo que se dijo durante su desarrollo, sí he logrado, con el correr del tiempo, imaginar todo lo que allí pudo pasar. Y es que aquel día, y mientras esperaba a mis padres en una sala del tribunal, leyendo una novela en completa soledad, identifiqué al tragaldabas llamado «su Señoría» entre el gentío del exterior, vestido con una enorme toga negra, muy atareado con unos papeles y moviéndose de acá para allá, bamboleando su enorme trasero y sus piernas mantecosas. En un momento se me acercó y me sacudió un poco el pelo con una de sus manazas. Después entró en la sala del tribunal donde se celebraba el juicio contra mi padre, y que se hallaba atestada de gente. Como el lector sin duda habrá intuido, «su Señoría» era el juez encargado del caso, y la dilapidación de todos los bienes de nuestro hogar, incluidas las propiedades científicas que mi padre tenía en el sótano, no tuvo otro fin que el de recaudar dinero suficiente para solventar un monumental soborno para con el descarado magistrado obeso. Ignoro si esta estrategia surgió en el seno del grupo de abogados que llevaban la defensa de mi padre, o si se trató de una confabulación entre mi progenitor y el director del instituto, quien, mediante ciertos contactos, pudo establecer el nexo con el corrupto juez. Lo cierto es que, al final, le encontré sentido a todo aquel circo ambulante de leguleyos que había invadido nuestra casa, ahora ajada y vacía

de todo lujo. Ya puedo imaginar al cerdo viviente manipulando las decisiones del jurado, guiándolos por el camino de la injusticia mediante hábiles estratagemas jurídicas, mandando callar al fiscal y otorgando todas las ventajas y beneplácitos al cabecilla de aquel conjunto de abogadillos que, al fin y al cabo, ayudaba a un par de culpables a salirse con la suya. Cuando el juicio terminó y las puertas de la sala se abrieron, pude ver, desde donde me encontraba, el escándalo generalizado que el veredicto de inocencia provocó entre el populacho, que, indignado, organizó un enorme revuelo a la salida, despidiendo a los acusados entre improperios y justicieros escupitajos de reivindicación. La familia de la víctima, tan sorprendida como todos los asistentes a causa del nada habitual desenvolvimiento del proceso judicial, montó en cólera nada más conocer el veredicto, y con muchísima razón. El padre de Édgar Sotomayor, aquel hampón de muy nefasta fama local, amenazó de muerte a todos los presentes y juró vengarse, ante lo cual el juez, todavía regodeándose en la mugre de su corruptela, a punto estuvo de acusarle de desacato en la corte. El pobre hombre debió ser conducido al exterior de la sala, escoltado por el alguacil y varios de sus colaboradores. Todo fue un caos, un desbarajuste; el resultado de una justicia adulterada y viciada de corrupción. Habrá notado el lector, y creo que con no poca curiosidad, que yo mismo me muestro indignado al referirme a aquella felonía que surgió entre mi padre y las altas esferas de la justicia. Y esto no se debe únicamente a un principio moral, sino también al hecho de que nuestra familia, lejos de verse beneficiada por el fraudulento veredicto, se vio abocada, por el contrario, a múltiples desgracias, como quedará de manifiesto más adelante, en el desarrollo de este mismo relato. Durante todos estos años he estado convencido de que, a la postre, hubiera sido preferible que a mi padre le declararan culpable y que hubiese cumplido su justo castigo —pese a las penurias que esto hubiera acarreado para mi madre y para mí—, y no que gozara de una inocencia tan efímera como la que le fue otorgada. Y creo, también, que él mismo era consciente del nulo valor que tenía, para consuelo de su espíritu, el haber sido declarado inocente. Hasta tal punto fue así, que la desazón y el decaimiento que dominara a nuestra casa durante los meses que mediaron entre la muerte del joven Sotomayor y la celebración del juicio no decayeron un ápice una vez acabado este e interrumpido el desfile de las personas «de ley» que habían poblado nuestro hogar. Yo diría que al contrario: creció la incertidumbre, a la cual se agregó ahora el miedo. Notaba yo a mis padres muy desmejorados de salud. Habían perdido peso, y su constante mal humor era una clara señal de que padecían un insomnio casi crónico. Mi padre, todavía sin encontrar una solución a su desamparada situación laboral, paseaba por la casa arrastrando su improductividad y, también, cierta indolencia inexplicable. Caía siempre en agudas y profundas reflexiones que lo ponían en un estado de quietud semejante al de una estatua; costaba mucho apartarlo de estas parálisis espontáneas, y nunca daba explicaciones acerca de lo que lo tenía tan pensativo y meditabundo. A menudo lo descubría yo observándome con mucha

atención, como analizando cada molécula de mi cuerpo. En aquel momento no entendí a qué se debían esas observaciones, y lo cierto es que llegaron a ponerme muy nervioso; hoy, y pasado el tiempo, llego a la conclusión de que era su patética forma de expiar su crimen. Supongo que, buscando ponerse en el lugar del padre de Édgar, me imaginaba a mí recostado en mi ataúd y envuelto en mi mortaja, despojado de la lozanía de la juventud y segado por una muerte repentina y estúpidamente trágica como la que había sufrido el pobre muchacho. Entonces se martirizaba por dentro con esta imagen, y procuraba padecer parte del dolor que el padre del chico estaría sufriendo desde hacía meses. Un acto ridículo, sin duda, pero a cuya secreta celebración le empujaba la culpa que en su interior le corroía y que le susurraba que, en realidad, debería haber pagado por sus errores. El ambiente en nuestro hogar se enrareció más que nunca a causa de estos trágicos acontecimientos. Los sucesos curiosos no dejaban de tener lugar: pocas semanas después de celebrado el juicio, mi padre recibió la noticia de que el director del instituto había dimitido de su puesto —quizás para evitar la humillación de que lo destituyeran por su irresponsabilidad—, y además supimos, de súbito, que se había largado de Llanoazul, yéndose a vivir a las afueras de la provincia, a casa de su hermana. Allí había conseguido un trabajo como profesor de aritmética en una humilde y destartalada escuelita rural. Se había ido, sin duda huyendo de aquellas amenazas perentorias y escalofriantes. Mi padre no hizo tal cosa. Es más, creo que la idea ni siquiera se le cruzó por la cabeza. Continuó en Llanoazul, sumergido en esa indiferencia hacia el negro porvenir que se avecinaba y que él sin duda intuía. La pregunta, entonces, es: ¿se creyó con capacidad para afrontar la desgracia venidera y superarla o, por el contrario, se entregó a ella manso y sereno, sabiendo que era parte del justo castigo que le correspondía por sus culpas recientes? Nunca lo supe, pero lo cierto es que siempre deseé que nada de lo que ocurrió después hubiera tenido lugar.

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