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Coordinación de Activismo

Hora de encontrar soluciones globales a problemas


problemas
globales
Mensaje de Irene Khan con motivo del 60 aniversario de la DUDH

9 diciembre 2008

Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional

Los terroristas arrasan con una matanza sin sentido en Mumbai. Refugiados
agotados y aterrorizados corren en multitud a Uganda para escapar de los
combates en el este de Congo. Diez personas son ejecutadas en Irán. Trescientos
mil civiles se ven obligados a desplazarse en el norte de Sri Lanka. La
desaceleración económica se cierne sombría sobre el mundo entero. No parece
un momento especialmente prometedor para conmemorar el 60 aniversario de la
Declaración Universal de Derechos Humanos.

Los aniversarios son momento de reflexión y examen. Es cierto que, en muchos


aspectos, la situación de los derechos humanos hoy día es mucho mejor que la
de 1948. La igualdad de las mujeres, los derechos de la infancia, la libertad de
prensa y la existencia de un sistema judicial justo han dejado de ser conceptos
en disputa para convertirse en normas ampliamente aceptadas que muchos
países han hecho realidad y a las que otros aspiran. Pero es igualmente cierto
que la injusticia, la impunidad y la desigualdad siguen siendo los rasgos
distintivos de nuestro tiempo.

Si hay una lección que extraer de los recientes sucesos de Mumbai, es la de que
nuestras libertades siguen siendo un bien precioso, amenazado y necesitado de
vigilancia y protección constantes. Los gobiernos tienen el deber de proteger a
las personas frente al terrorismo, y, tal como sucedió tras el 11-S, se van a ver
presionados para reforzar la seguridad. Sin embargo, en ese proceso, no deben
repetir los errores cometidos en la "guerra contra el terror" encabezada por
Estados Unidos. El detener a personas de forma indefinida, recluirlas en un
limbo legal en prisiones como Guantánamo, aprobar la violencia o perpetrarla, o
debilitar el proceso debido y el Estado de derecho no son el camino a seguir. Las
sociedades libres son atacadas por terroristas precisamente porque son libres.
Erosionar nuestras libertades en nombre de la seguridad equivale a dar la
victoria a los terroristas.

Sin embargo, no basta con que nos limitemos a aferrarnos a nuestros derechos.
Debemos hacer llegar los beneficios de los derechos humanos a todas las
personas que sufren privación, discriminación y exclusión. La crisis económica
mundial ha demostrado lo erróneo del supuesto de que un crecimiento sin
limitaciones conduciría inevitablemente a la prosperidad, y que la marea
creciente levantaría todos los barcos. La marea se ha convertido en un tsunami
que se ha tragado no sólo a las grandes instituciones financieras, sino también

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los hogares y las esperanzas de mucha gente pobre de todo el mundo. Millones
de personas se ven devueltas a la pobreza mientras se invierten miles de
millones de dólares en rescatar a las mismas instituciones que nos han llevado a
esta situación.

Las naciones más ricas disponen de recursos y de redes de seguridad para


ayudar a quienes se quedan atrás en su país. Las personas pobres de países con
economías pobres y emergentes tienen que valerse por sí mismas. Quienes
tienen el margen de supervivencia más pequeño serán quienes más paguen por
la codicia de los banqueros de Wall Street y la City de Londres. Las mujeres que
trabajan en una fábrica textil de Ho Chi Minh, Vietnam, los mineros que extraen
minerales del río Mano, África Occidental, los trabajadores de una planta
industrial en el delta del Río de las Perlas, China, o los operadores telefónicos
de una oficina subcontratada en Gurgaon, India, serán quienes se lleven la peor
parte del deterioro de la situación económica. Si la reducción de las remesas y la
ayuda internacional obliga a los gobiernos a recortar los programas sociales y los
proyectos para la erradicación de la pobreza, las consecuencias pueden ser
desastrosas.

En términos económicos, el crecimiento se ha visto aniquilado. En términos de


derechos humanos, el derecho al alimento, a la educación, a la vivienda, a un
trabajo decente y a la salud está siendo atacado. Nos enfrentamos a un doble
desafío: hacer realidad los derechos humanos para erradicar la pobreza, y
proteger los derechos humanos ante el terrorismo.

Los derechos humanos son universales: todas las personas nacen libres e iguales
en dignidad y derechos. Los derechos humanos son indivisibles: todos los
derechos, ya sean económicos, sociales, civiles, políticos o culturales, son igual
de importantes. No hay una jerarquía de derechos. La libertad de expresión es
tan fundamental como el derecho a la educación, y el derecho a la salud es tan
valioso como el derecho a un juicio justo.

Las placas tectónicas del poder mundial se están moviendo, y es ahora cuando
los dirigentes mundiales se están dando cuenta de que deben trabajar juntos
para hacer frente al terremoto económico. La invitación cursada recientemente
por el gobierno estadounidense a 20 de las principales economías del mundo
(entre ellas China, Arabia Saudí, India y Brasil) para planificar una respuesta
mundial a la crisis económica es una señal concreta de la nueva tendencia a ser
inclusivos.

Pero ser inclusivos no significa únicamente colocar más sillas en torno a la mesa
ya existente. También significa sumarse a los valores mundiales, unos valores
cuyo conjunto viene dado por la Declaración Universal.

En 1948, ante los enormes desafíos a los que se enfrentaban, los dirigentes
mundiales se volvieron hacia la Declaración Universal como afirmación de su
humanidad común y como ruta para su seguridad colectiva. Los dirigentes
actuales deben hacer lo mismo.

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