El paNtEÓN dE roMa, siglo ii d. C.

la fachada

muestra la influencia arquitectónica griega.

El traspaso dE podErEs
Hubo un tiempo en que Roma miraba de reojo al mundo griego. En el siglo iv a. C., sin embargo, inició su conquista. Tuvo lugar así el traspaso de poderes. Roma se erigió en su heredera cultural.
Antoni JAner torrens, filólogo

GreCiA y roMA

La romanización a medias

El pRoCEso dE inTEgRaCión CulTuRal dE los gRiEgos En Roma Tuvo REsulTados dEsigualEs.

El héroE troyaNo ENEas y sus compañeros, óleo sobre lienzo de françois perrier, siglo xvii.

r

oma siempre se miró en Gre­ cia, de la que se consideraba hija cultural. La maquinaria propagandística, no obstante, se puso en marcha en el siglo i a. C. Barridos la República y el Triunvi­ rato, Octavio Augusto, hijo adoptivo de Julio César, quiso que sus conciudada­ nos tuvieran bien presentes las bonda­ des del régimen político que acababa de inaugurar: el Imperio. Para conseguirlo, Mecenas, un rico defensor de las artes, le proporcionó a los grandes poetas del momento. Uno de ellos fue Virgilio. A él se le encargó la ingente labor de entron­ car la historia de Roma con la de Grecia. El resultado fue la Eneida, que terminó convirtiéndose en el poema épico por excelencia de las letras latinas. Lo que hizo Virgilio fue recrear en forma de hazaña los movimientos migratorios que desde Asia Menor hasta Italia em­ prendieron los llamados Pueblos del Mar en el siglo xii a. C., justo después de la

guerra de Troya. Aprovechando la coin­ cidencia histórica, hizo protagonista de esta hazaña a Eneas, un héroe troyano que en la contienda había tenido un pa­ pel secundario. Se trataba, sin embargo, de un personaje muy atractivo desde el punto de vista literario. Era hijo de un mortal, Anquises, y de una divinidad, Ve­ nus. En la Eneida, Eneas era presentado como uno de los pocos supervivientes del bando de los vencidos que, acompa­ ñado por su padre y su hijo, se había he­ cho a la mar en busca de una nueva vida. Su destino final, después de muchos vai­ venes, había sido la península itálica. Eneas se convertía así en el padre mítico de una civilización que siglos más tarde alcanzaba su cenit con la figura de Oc­ tavio Augusto. El historiador del nuevo régimen, Tito Livio, se encargó de com­ pletar el relato. Atribuyó a Rómulo, un descendiente lejano de Eneas, la funda­ ción de la ciudad de Roma el 21 de abril del año 753 a. C. Esto, no obstante, for­

oCtAvio AuGusto reCurrió A Los poetAs pArA entronCAr LA historiA de roMA Con LA de GreCiA
ma parte de la historia­ficción. La histo­ ria con letras mayúsculas nos dice que el traspaso de poderes entre Grecia y Roma tuvo lugar realmente mucho des­ pués, a partir del siglo iv a. C. Fue un traspaso en que Grecia, a pesar de ser conquistada, salió ganando moralmen­ te. Ya lo dijo Horacio, otro poeta al ser­ vicio de la causa imperialista: “La Gre­ cia vencida venció a su fiero vencedor e introdujo sus artes en el rudo Lacio”.

los primeros contactos

En sus orígenes, Roma era solo una pe­ queña aldea de pastores situada a la ori­ lla del río Tíber. Sus habitantes se hacían

llamar latinos, ya que ocupaban la re­ gión del Lacio. Con los años fueron cre­ ciendo hasta absorber a los pueblos de su alrededor como los samnitas, los sabi­ nos o los portentosos etruscos, que fue­ ron quienes más les influyeron (de ellos adoptaron la moneda, el alfabeto, los nú­ meros, el calendario...). En 390 a. C., sin embargo, los latinos tuvieron que sus­ pender su política expansionista para li­ diar con un nuevo enemigo llegado del norte: los galos. Tras incendiar Roma, los invasores aceptaron retirarse a cambio de un buen botín de oro: “Vae victis” (“¡Ay de los vencidos!”), amenazó el líder galo Breno, lanzando su espada sobre la ba­ lanza después de que los romanos le acu­ saran de haberla manipulado (hoy esta expresión se utiliza para aludir a la impo­ tencia del vencido ante el vencedor). Habiéndose deshecho del enemigo, los latinos centraron su atención en las colo­ nias que, desde el siglo viii a. C., los grie­ gos tenían en el sur de Italia, en lo que se

caen los griegos Roma inició la conquista de la Magna Grecia (el sur de Italia) en el siglo iv a. C. Pese a los intentos de resistencia de los macedonios, que se veían como los he­ rederos de Alejandro Magno y a Grecia como su órbita, a mediados del ii a. C., después de la batalla de Corinto, la penín­ sula griega ya se había convertido en un protectorado romano. Las islas del mar Egeo se añadieron a este territorio poco después. El resto de reinos helenísticos también terminarían por anexionarse a Roma: Pérgamo, Siria y Egipto ya en la centuria siguiente... Todos estos territo­ rios griegos tuvieron que pagar tributo a Roma. En 88 a. C., sin embargo, Atenas y otras ciudades griegas ya se habían re­ belado con el apoyo de Mitrídates VI Eu­ pator el Grande. Enseguida las tropas del general romano Sila sofocaron el levanta­ miento, de manera que la Hélade se tuvo que resignar a ser un país subyugado. En el año 27 a. C., bajo el imperio de Augus­

to, sus territorios centrales pasaron a convertirse en provincia romana con el nombre de Acaya. A partir de entonces, Atenas no fue nada más que una ciudad provinciana con escuelas de retórica y de filosofía sin ningún tipo de ímpetu políti­ co. En cuanto al idioma, el griego conti­ nuó siendo la lengua franca de los griegos y del resto de provincias orientales. Los intentos de los romanos de introducir el latín no acabaron de fructificar. lo que intercambiaron La presencia romana sí que consiguió in­ tensificar un proceso, el de la urbaniza­ ción, que ya se había puesto en marcha en época helenística. Fueron muchas las infraestructuras (acueductos, murallas, puertas…) que se implementaron con el fin de embellecer las ciudades. Por otro lado, gracias a la pervivencia de tradicio­ nes helenísticas que atribuían a los sobe­ ranos naturaleza divina, se multiplicaron los altares dedicados al culto imperial.

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Legiones contra falanges
falanges, el fin de la gloria

la ConquisTa dEl mundo gRiEgo poR paRTE dE Roma REspondió, EnTRE oTRas Cosas, al TRiunfo dE la lEgión Romana sobRE la falangE gRiEga.

La falange clásica estaba formada por hoplitas, guerreros armados con lanza de dos metros y espada, protegidos por un gran yelmo y un pesado escudo redondo llamado hoplon. Su táctica consistía en avanzar de manera compacta buscando el choque con el enemigo. La vic­ toria estaba asegurada si los soldados permanecían unidos, tal como quedó demostrado en el siglo v a. C. cuando los griegos se enfrenta­ ron a los persas en las guerras Médicas. Y es que la falange representaba el espíritu de comunidad de la polis griega. Aquel que quisiera destacar en combate saliendo de la fila ponía en peligro no solo su vida, sino también la integridad de la falange, al dejar un hueco por el que podía romperse la línea. El problema de las falanges es que eran demasiado rígidas e incapaces de ejecutar maniobras improvisa­ das. En el siglo iv a. C., cuando Roma emprendió la conquista del mundo griego, las legiones pusieron en evidencia este handicap.

secretos prácticos de la legión De origen samnita, la legión era una formación militar mucho más flexible que la falange. Su nombre deriva del latín legere (recoger, seleccionar) y, según el historiador griego Polibio, estaba compuesta por cuerpos de infantería pesada con cerca de 4.200 hombres. Su verdadero secreto radicaba en su adiestramiento, similar al de los gladiadores. Se trabajaba intensamente la disciplina y la instrucción para que en batalla pudiesen moverse y formar con rapidez. La profesionalización de la legión romana llegó en el siglo ii a. C. de la mano del dictador Mario. Por entonces, las traumáticas guerras Púnicas y ciertas derrotas ante pueblos bárbaros habían provocado un descenso en el número de reclutas. Para paliar este déficit, Mario abrió el ejército a las clases sociales más pobres, que cobraban por su trabajo y obtenían una recompensa en tierras al cabo de veinte años de servicio.

conoce como la Magna Grecia. Tarento, la más opulenta, fue precisamente la más difícil de someter. Los romanos la cercaron en 280 a. C. Para defenderla, los habitantes de la Magna Grecia pidie­ ron ayuda a Pirro, rey de Epiro. A pesar de las victorias que consiguió, este estra­ tega siempre salía mal parado (por lo que, actualmente, la expresión “victoria pírrica” es sinónima de victoria agónica, por la mínima y con grandes pérdidas). Pirro no tuvo más remedio que retirarse y olvidarse del sueño de convertirse en el nuevo Alejandro Magno de los griegos un siglo después de su muerte. La pérdida de Tarento hizo mucho daño a los griegos. Con ella Roma consiguió completar su dominio de la península

itálica. Después, a costa de Cartago, se anexionó Sicilia en el transcurso de la primera guerra púnica. Los romanos no tardaron en fijar su atención en el otro lado del mar Jónico. Fue en el siglo ii a. C. cuando decidieron dar el salto ante la preocupante política expansio­

centrales de Grecia, que pasarían a con­ vertirse en provincia romana con el nombre de Acaya. En Oriente, el terri­ torio helenístico que más costó someter fue el de Mitrídates VI Eupator el Gran­ de, rey del Ponto, una región situada cerca del mar Negro. Este monarca

roMA intentó iMponer eL LAtín, pero CLAudiCó Ante LA CLArA superioridAd CuLturAL GrieGA
nista de los reinos surgidos tras el des­ membramiento del imperio de Alejan­ dro Magno. En poco más de cien años, toda la Hélade fue romana. Primero ca­ yó Macedonia, en la batalla de Pidna. Luego empezaron a caer los territorios griego, catalizador de los sentimientos antirromanos de sus conciudadanos, no dio tregua en las denominadas guerras mitridáticas (los historiadores relatan que en una sola noche de escaramuzas intensas murieron 80.000 romanos).

El dominio romano en Oriente culminó en 31 a. C., en época de Octavio Augus­ to, con la incorporación del último reino helenístico independiente, el Egipto de los Ptolomeos. Dada la dureza que se ha­ bía empleado contra los estados rebel­ des, varios reyes helenísticos se rindie­ ron para evitar un mal mayor. En todos estos territorios los romanos intentaron imponer el latín, pero con el tiempo claudicaron ante la reconocida superio­ ridad cultural griega. De esta manera, el griego se convirtió en la lengua oficial de las provincias romanas orientales.

la ósmosis cultural

Pronto el griego y su cultura llegaron al corazón de la mismísima Roma. Las

grandes familias empezaron a educar a sus hijos “a la griega”. De la Hélade no tardaron en llegar profesores de todas las disciplinas: gramática, filosofía, retó­ rica, arte… La Odisea fue una de las pri­ meras traducciones latinas que se utilizó como libro de texto en las escuelas. Este nuevo sistema educativo suscitó la críti­ ca de los sectores tradicionales. Incluso un decreto del Senado de 161 a. C. acor­ dó la expulsión de filósofos y oradores griegos. No faltaron políticos que, como Cicerón, estaban convencidos de que los razonamientos de los sofistas pervertían a la juventud. Poco a poco, sin embargo, esta oposición cedió. Se consideró bene­ ficioso aprender la lengua griega e inclu­ so emprender una estancia formativa

en las principales ciudades de Oriente (Atenas, Rodas, Pérgamo o Alejandría de Egipto) para profundizar en los cono­ cimientos filosóficos y perfeccionar las técnicas retóricas. Los avances de la me­ dicina griega tampoco se quisieron des­ aprovechar. Se llamó a muchos de sus maestros para atender a los nuevos pa­ cientes de la capital del Lacio. Con las costumbres griegas también tomó impulso una nueva cultura culi­ naria, que veía en el acto de comer un acontecimiento social, así como un mo­ mento de exhibición de riqueza y de buen gusto por parte del anfitrión. En el sur de Italia, en Síbaris, los griegos ya habían dejado tras de sí una buena he­ rencia. Los gustos culinarios de los habi­ tantes de esta ciudad llegaron a ser tan exquisitos que terminaron creando es­ cuela: hoy todavía empleamos la pala­ bra sibarita para referirnos a los aman­ tes de los placeres refinados. De Grecia también llegó la fascinación por las le­ tras. La moda de considerar el libro co­ mo parte del botín fue inaugurada por Lucio Emilio Paulo, el vencedor de la batalla de Pidna, que se llevó a Roma la biblioteca de los reyes de Macedonia. Fue, sin duda, Julio César quien en el siglo i a. C., después de haber incendia­ do involuntariamente la biblioteca de Alejandría, planeó por primera vez la creación de una gran biblioteca pública, con una sección latina y otra griega. En el ámbito religioso también hubo in­ corporaciones importantes. Los romanos fueron muy eclécticos. Pensaban que los dioses de las comunidades extranjeras eran igual de válidos que los suyos. Pron­ to, pues, el panteón romano se llenó de divinidades griegas latinizadas con nom­ bres como los de Esculapio, Baco o Hér­ cules. Otras divinidades nativas se so­ metieron a una reinterpretación gradual: Zeus se transformó en Júpiter, Afrodita en Venus, Atenea en Minerva, Artemisa en Diana... Con el tiempo también se in­ trodujeron en la ciudad del Tíber los lla­ mados cultos mistéricos de Oriente, que ofrecían la salvación después de la muer­ te. Sus máximos exponentes fueron Ci­ beles, Isis y Mitra, procedentes de Frigia, Egipto y Mesopotamia, respectivamente. En el siglo i a. C. se llegaron a venerar cerca de 30.000 dioses. Todos ellos, sin

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embargo, desaparecieron en el iv d. C., cuando Teodosio convirtió el cristianis­ mo en la religión oficial del Imperio. La arquitectura romana tampoco es­ capó a las influencias helenísticas. En unos casos se copiaron estilos; en otros, se reelaboraron hasta conseguir crea­ ciones plenamente originales, como el anfiteatro o el circo romanos. Eran edi­ ficios que solían estar decorados con estatuas, una moda muy griega que es­ candalizó a los más conservadores, so­ bre todo cuando se trataba de represen­ taciones de cuerpos desnudos. creación de un sistema de ordenación jurídica sólida, lo que se conoce como Derecho Romano. Se trataba de un com­ pendio de leyes que regulaban todos los aspectos de la vida privada y pública de los habitantes del Imperio –en la actuali­ dad, la mayoría de ellas constituyen aún la base jurídica de muchos países occi­ dentales–. Las reformas políticas y socia­ les promovidas por Octavio Augusto se revelaron profundas y eficaces. Durante los dos siglos posteriores a su muerte en

Choque de valores

augusto aNtE la tuMba de alejandro magno, óleo de sébastien bourdon, siglo xvii.

Y es que, a pesar de que Roma cayó ren­ dida ante los encantos de Grecia, algunos de ellos iban contra la política de rege­ neración moral que había impulsado el propio Octavio Augusto. El Emperador se preocupó mucho por exaltar los valo­ res tradicionales de la raza itálica, a los que se consideraba como los responsa­ bles de la expansión y la grandeza de Ro­ ma. La recuperación de los mores maioreum (las costumbres de los antepasados) se alzaba como bandera contra el lujo, el refinamiento y las extravagancias proce­ dentes del Oriente helenístico. En direc­ ción contraria los sentimientos tampoco eran muy diferentes. Los griegos veían a los romanos como unos bárbaros que se habían atrevido a atacar su libertad. Hubo, sin embargo, griegos que se in­ teresaron por descubrir las virtudes que habían llevado a Roma a convertirse, en muy poco tiempo, en la caput mundi (la capital del mundo). Uno de ellos fue Poli­ bio. Político natural de Megalópolis, en el siglo ii a. C. fue llevado como rehén a Ro­ ma y no tuvo ningún problema en alabar por escrito la destreza de las tropas roma­ nas y la cohesión interna de los pueblos del Lacio. Estas circunstancias contrasta­ ban con las de Grecia, que, desde la muer­ te del Magno en el siglo iv a. C., se había convertido en una constelación de peque­ ños estados permanentemente peleados entre sí. Así pues, la desintegración de Grecia se había producido más bien des­ de el interior, de manera que Roma, con su disciplina, se había limitado a aprove­ char la coyuntura para imponerse. Una de las mejores armas que tuvo Ro­ ma para dominar tantos pueblos fue la

hubo GrieGos que sí se interesAron por desCubrir Lo que hAbíA heCho de roMA LA CApitAL deL Mundo
14 d. C., el Imperio vivió una época de prosperidad sin precedentes. Y eso a pe­ sar de que muchos de sus emperadores fueron pésimos gobernantes. Fue lo que se conoció como la Pax Romana. En 235 se iniciaría la crisis, con las re­ vueltas de los pueblos fronterizos. Dos siglos y medio después cayó el Imperio romano de Occidente. Mientras tanto, las provincias orientales adquirieron progresivamente una entidad propia y definida que, con el paso del tiempo, dio lugar al conocido como Imperio bizan­ tino. Éste sobrevivió hasta 1453, que fue cuando los turcos ocuparon su capital, Constantinopla. Para entonces Europa ya no podía deshacerse de su pasado. No en vano, son muchos los historiado­ res que afirman que Roma fue la primera civilización consciente del impresionan­ te legado cultural recibido de los grie­ gos. Y no solo lo asimiló, sino que tam­ bién lo transmitió a la posteridad.

para sabEr Más
ensayo

emma y gascó, fernando. Graecia capta. De la conquista de Grecia a la helenización de Roma. Huelva: Universidad de Huelva, 1996. grimal, Pierre. Historia de Roma. Barcelona: Paidós, 2005. montanelli, indro. Historia de Roma. Barcelona: Debolsillo, 2002.
falque,

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