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fascismo y roma

El fascismo  y El impErio  romano
En la italia posterior a la Primera Guerra Mundial, Mussolini se apropió de los símbolos de la antigua roma como vehículo de reafirmación nacional. se presentó como la encarnación del nuevo líder dispuesto a hacer renacer el imperio.
antoni Janer torrens, filóloGo
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a Roma de los césares siempre ha fascinado a los estados totalitarios. No en vano fue uno de los imperios más poderosos y duraderos de la Antigüedad. Ya a partir del siglo xvi, en los países eslavos los mandatarios se hicieron llamar zares, término que deriva del latín caesar. Éste era el sobrenombre que acompañaba a todos los emperadores romanos desde Octavio Augusto. Octavio fue el primero en utilizarlo para señalar que era descendiente del artífice del Imperio, Julio César. Por otro lado, la Rusia zarista no tuvo ningún problema en considerar Moscú como la “tercera Roma” después de Bizancio, que había sido la segunda. Con el tiempo, a la filorromana Rusia zarista le salieron seguidores. A principios del siglo xix, Napoleón adoptó el águila de las antiguas legiones romanas como estandarte de sus invencibles ejércitos (en la antigua Roma el águila era un símbolo de fortaleza). También se adueñó del saludo romano que años antes, en 1798, ya habían rescatado del olvido los revolucionarios franceses como muestra de identificación con la idealizada República romana. Este saludo consistía en levantar el brazo derecho con los dedos de la mano juntos y rectos. Era la manera respetuosa que tenían los soldados romanos de saludar a las autoridades. Pero la vinculación de Bonaparte con Roma no acabaría aquí. En 1804 se autoproclamó emperador de Francia. Recuperaba así el título con el que eran conocidos los gobernadores romanos con plenos poderes ejecutivos. Y para equipararse a los grandes generales romanos, en 1806 ordenó erigir en París, cerca de los Campos Elíseos, un arco de triunfo con el que perpetuar la memoria de sus hazañas.

tropas italianas se embarcan en Nápoles

con destino a la guerra de libia, octubre de 1911.

ya en el siglo xix, italia se aferró a su glorioso pasado para hacerse un lugar en el reparto del mundo
a la poderosa Cartago africana en las conocidas guerras púnicas. Con ello, Italia justificaba y legitimaba su expansión imperialista por Eritrea, Somalia, Etiopía y Libia. De hecho, la guerra de Libia (191112) fue definida por algunos contemporáneos como “la cuarta guerra púnica”. La Primera Guerra Mundial (1914-18) exacerbó el sentimiento nacionalista en Alemania e Italia, humilladas por los acuerdos de paz: la primera tendría que pagar muy cara su derrota, e Italia no vio satisfechas sus pretensiones expansionistas a costa del antiguo Imperio austrohúngaro. A todo ello habría que añadir la fuerte crisis económica que sufrían ambos países. En Italia hubo un político que se atrevió a reconducir la situación: Benito Mussolini. Y lo hizo teniendo al Imperio romano como máximo referente. Licenciado en Magisterio e inscrito ini-

El Duce y roma

Después de la Rusia zarista y de la Francia napoleónica, el recién creado estado italiano, surgido de la unificación (184870), supo sacar más partido del mito del autoritarismo de Roma. En pleno siglo xix, descartados de la carrera neocolonialista, los italianos se aferraron a su glorioso pasado para hacerse un lugar en el reparto del mundo. Fue entonces cuando se recuperó la figura de Escipión, el general que en el siglo iii a. C. derrotó

El DictaDor italiano Benito Mussolini saluda

al estilo romano durante un discurso en 1925.

cialmente en el Partido Socialista, en 1919 fundó unos grupos de agitación llamados los Fasci Italiani di Combattimento (haces italianos de combate). En aquella época, fasci era un término muy difundido en Italia para referirse a distintos grupos sociales. Aunque los fasci de Mussolini pronto se diferenciaron del resto. Su símbolo eran los fasces romanos, un haz de varas de metro y medio de longitud con un hacha en la parte alta. El hacha personificaba la justicia y el haz de varas la fuerza. En tiempos romanos los fasces eran transportados por los lictores, oficiales públicos que ejercían de escoltas de los magistrados. Con ellos exhibían la autoridad que tenían sus superiores y su capacidad para impartir justicia. Se trataba de un emblema que ya había sido adoptado en 1789 por la Revolución Francesa. Pero esta nueva revolución tendría un carácter muy diferente. En 1921 los Fasci Italiani di Combattimento fueron la base para la creación del Partido Nacional Fascista, con postulados ya claramente de derechas. En octubre de 1922 el partido decidió hacerse con el poder en la llamada Marcha sobre Roma, tras la que el rey Víctor Manuel III

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en clases y con un fuerte espíritu moralizante. La propaganda del régimen también presentó la educación física como un elemento de salud colectiva y de adiestramiento en el estoicismo. Tampoco faltaron desfiles escolares para depositar flores en las estatuas de César. A la hora de indicar la fecha en los documentos oficiales y en los periódicos, estableció que se haría a partir de la del triunfo del fascismo en Italia, el 28 de octubre de 1922, el día en que se había iniciado la Marcha sobre Roma. Este sistema recordaba las siglas a. u. c. (ab urbe condita, “desde la fundación de la ciudad”), con las que los antiguos romanos fechaban los hechos. Partían del 21 de abril de 753 a. C., cuando, según la tradición, Rómulo había fundado Roma.

mussolini y la arquitectura

imperiali. roma, 28 de marzo de 1939.

un DEsfilE DE tropas en la via dei fori

nombró a Mussolini jefe de gobierno. Durante los tres años siguientes Mussolini, hombre de una portentosa oratoria, fue asumiendo todos los poderes. Así llegó a implantar una dictadura, concepto también de fuertes resonancias clásicas. En la Roma republicana el dictator era la persona que concentraba toda la autoridad en tiempos de crisis (guerras, revueltas o pérdidas económicas). Una vez resuelta la dificultad, el dictador tenía que ceder su papel a las instituciones ya establecidas. Pero no siempre fue así. El primer dictador romano que se nombró vitalicio fue Julio César. Inspirándose en él, Mussolini también se presentó en sociedad como dictador vitalicio. En cualquier caso, el título por el que fue más conocido fue el de “Il Duce”, que deriva del latín dux.

En la antigua Roma el dux era el general que se encargaba de liderar las tropas. En el momento en que Mussolini tomó el poder, en Italia duce ya había sido empleado por algunos caudillos nacionales. Como gran caudillo que se consideraba, Mussolini lo adoptó. También instauró el saludo romano como

tigua Roma: “Cuando pienso en el destino de Italia, cuando pienso en el destino de Roma, cuando pienso en todas nuestra hazañas históricas, no tengo otra opción que ver en toda esta sucesión de acontecimientos la mano infalible de la Providencia, la señal infalible de la Divinidad”. En otra ocasión el Du-

mussolini no dudó en imitar las pautas que habían propiciado el éxito del imperio romano
elemento distintivo de su formación política. Pronto fue obligatorio por toda Italia. El haz de lictor se reprodujo por doquier. Las palabras que pronunció Mussolini en 1937, en un acto público, son reveladoras de esta concepción que vinculaba la Italia emergente con la ance sería todavía más explícito: “Roma es nuestro punto de partida: es nuestro símbolo y nuestro mito”. Mussolini no dudó en imitar las pautas que habían propiciado el éxito del Imperio romano. Éste se basaba en una sociedad perfectamente ordenada, dividida

A medida que el régimen fascista se consolidaba, se aprovechaba cualquier oportunidad para celebrar las glorias romanas. Se festejó el bimilenario del nacimiento de Virgilio (1930) y de Horacio (1935). En 1937, para conmemorar el bimilenario de Augusto, el régimen organizó una gran exposición sobre la romanidad –la “Mostra Augustea della Romanità”– que sirvió para construir el Museo della Civiltà Romana, que exalta todavía hoy el espíritu heroico de Roma. Con la voluntad de apropiarse del pasado romano, el gobierno fascista dio un impulso a las obras de excavación arqueológica del centro monumental de Roma: el Foro, el área pública y política por excelencia de la antigua capital del mundo. Los resultados no siempre fueron los deseados, ya que las campañas estuvieron condicionadas por la voluntad propagandística del régimen. Así, para que vieran la luz determinados restos, fueron destruidos sin pudor notables edificios de época medieval. Además, para que el ejército y las milicias fascistas pudieran marchar triunfalmente por el centro de Roma –a imitación de los grandes desfiles romanos–, fueron abiertas dos calles: la Via dell’Impero (hoy Via dei Fori Imperiali) y la Via del Mare (hoy Via del Teatro di Marcello). Su trazado arrasó literalmente la colina de la Velia y la zona de la Meta Sudans, delante del Coliseo.

hitlEr coNtra roMa
el dux alemán En 1934, Hitler (en la imagen) asumió la presidencia del Estado bajo el título de Führer (líder), el equivalente alemán del dux latino. No obstante, la posible in­ fluencia romana en la Alemania nazi fue escasa o como mínimo indirecta. ¿roma es germana? A principios del siglo xix se señaló el indo­ europeo como lengua madre de la mayo­ ría de los idiomas del Viejo Continente. Hitler asumió después que hubo una úni­ ca raza depositaria del indoeuropeo: la aria (“persona de calidad superior” en sánscrito). Según los ideólogos nazis, sur­ gió en territorio germánico y se extendió, propiciando el desarrollo de grandes cul­ turas antiguas como las de India, Persia, Grecia y Roma. Por tanto, el éxito del Im­ perio romano tenía un poso germánico.

El líder del reich prefirió en general el folclore propio a la hora de rescatar símbolos, e incluso pretendió ningunear a la antigua roma.
el saludo y la esvástica El régimen nazi tomó el saludo romano Ave Caesar (¡Salud, César!) y, transforma­ do en Heil Hitler! (¡Salud, Hitler!) o en Heil mein Führer! (¡Salud, mi Führer!), le atri­ buyó un origen germánico. Hitler lo consi­ deraba un vestigio del saludo de los nobles medievales alemanes. El emblema nazi, a diferencia del fascista, procedía de la cultu­ ra indoeuropea. Svastika significa en sáns­ crito “gran fortuna”. decoración griega En cuanto a la arquitectura oficial, Hitler quiso dar una dimensión monumental al Neoclasicismo alemán del siglo xix, que versionaba a su vez las líneas clásicas. En todo caso, los escasos ornamentos em­ pleados en los edificios del Tercer Reich recurrían al orden dórico, de origen grie­ go, y no al estilo romano.

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fraNco tras los césarEs
Mussolini impulsó también una política de monumentalidad marmórea, típica de otros estados de inspiración totalitaria. Se trataba de promover la construcción de grandes edificios que pudieran servir de escenario a manifestaciones masivas. En teoría, los proyectos se inspiraban en el Imperio Romano, pero esto distaba de la realidad histórica. Los clásicos describen Roma como una ciudad muy bulliciosa y de calles estrechas y sucias. Lógicamente, a las autoridades fascistas no les interesó esta imagen caótica de la antigua capital, y la presentaron como la ciudad del orden y de la belleza por antonomasia.

Motivos para la parafernalia de la dictadura española.

El renacimiento del imperio 

El franquismo tomó en cuenta los edi­ ficios fastuosos de la antigua Roma como instrumento propagandístico. Entre 1953 y 1956 Franco hizo construir el Arco de la Victoria de Madrid para conmemorar su victoria en la Guerra Civil. Y antes, en 1940, había ordenado la construcción del Valle de los Caídos. Como los emperadores romanos, re­ cordó hechos importantes levantando monumentos con forma de cruz, mo­ nolito o altar por todo el país. el referente inmediato Franco adoptó un sobrenombre digno de la Roma de los césares, aunque más castizo, “el Caudillo”, y su máxi­ mo referente fue Mussolini. De hecho, el partido que terminó liderando, la Fa­ lange, había sido fundado en 1933 por José Antonio Primo de Rivera como copia del fascismo. Su nombre aludía a la formación militar más emblemáti­ ca de la antigua Grecia. La iconografía de la Falange, el yugo y las flechas, te­ nía igualmente un trasfondo clásico. con resabio patrio Al saludo romano –en este caso acom­ pañado de un “¡Arriba España!”– se le buscó un vínculo ibero, como los nazis habían hecho con las presuntas raíces germanas del suyo.

Para Mussolini, la antigua Roma se caracterizó también por su política exterior. Ya en el siglo i a. C., Virgilio decía en la Eneida que el destino inmutable había atribuido a Roma el papel de potencia “civilizadora”. Fiel a esta premisa, el Duce se propuso recuperar los antiguos territorios del Imperio. Pero en la tercera década del siglo xx, la mayor parte de éstos se encontraba en manos de otras potencias. Era preciso encontrar un imperio de recambio.

su expansionismo se caracterizó por la improvisación, contra lo que era habitual en el imperio romano
Etiopía era la única parte de África que todavía mantenía su soberanía (con la excepción de Liberia, que por aquel entonces seguía los dictados de Estados Unidos). Además, era una zona en la que las ambiciones coloniales italianas habían sufrido un serio revés en la última década del siglo anterior. Para poderla recuperar, Mussolini se aseguró el visto bueno de las grandes potencias del momento, Inglaterra y Francia. Las dos deseaban que Italia hiciera de contrapeso a Alemania. La invasión de Etiopía se llevó a cabo en 1935 con métodos criminales, como el gaseamiento de civiles. Pasó a formar parte del África Oriental

tropas italianas desfilan por roma antes de

trasladarse a la recién conquistada Etiopía, 1936.

Italiana, colonia que completaban parte de Eritrea y parte de Somalia. Mussolini quiso ampliar fronteras a toda costa. No obstante, su política expansionista, caracterizada por la improvisación, distaba mucho de la que llevó a cabo el Imperio romano. Prueba de ello es la ocupación de Albania: en abril de 1939 el país fue anexionado a Italia aprovechando una crisis política. Las tropas italianas habían sido reclutadas de forma repentina, sin haber recibido ningún tipo de formación. El 1 de septiembre, cuando Hitler atacó Polonia –iniciándose con ello la Segunda Guerra Mundial–, Mussolini prefirió quedarse

al margen, alegando que su ejército no estaba lo suficientemente preparado. Sus hombres habían conseguido ocupar Albania a pesar de su escasa preparación militar, pero cuando en octubre intentaron ocupar Grecia, las cosas no les salieron tan bien. Las tropas griegas contraatacaron, obligando a los italianos a retroceder hasta abandonar gran parte de Albania, su centro de operaciones. En diciembre de 1940 un humillado Mussolini no tuvo más remedio que pedir ayuda a Hitler. Este fracaso, y otras derrotas en Libia y en el África oriental, le convirtió en un subordinado más del Führer. El Imperio romano del Duce hacía aguas.

Meses antes, en junio, confiando en la victoria alemana, Benito Mussolini había declarado la guerra a los aliados. Aunque se sentía protegido por Hitler, la jugada le salió mal. En julio de 1943, ante los progresos aliados, fue derrocado por un golpe de Estado –respaldado por Víctor Manuel III– y encarcelado en los Apeninos. En septiembre fue liberado por un grupo de paracaidistas y creó una república fascista en la zona de Italia ocupada por el ejército alemán (la República Social Italiana). Dos años después tomó la decisión de huir. En abril de 1945, un grupo de partisanos –opositores al fascismo– le capturaron

en Dongo y lo fusilaron junto con su amante, Clara Petacci. Caído Mussolini, el mito del autoritarismo de la antigua Roma tan solo sería preservado, a su manera, por Franco en España.

para sabEr más
género

luciano. Ideología de los estudios clásicos. Madrid: Akal, 1991. sala rose, rosa. Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo. Barcelona: Acantilado, 2003. sudjic, deyan. La arquitectura del poder. Barcelona: Ariel, 2002.
cánfora,

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