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atenas

el tábano de la democracia
antoni janer torrens, filólogo

sócrates

s

egún la leyenda, Sócrates (470399 a. C.) fue proclamado por el oráculo de Delfos como el más sabio de los hombres, en contraposición a su poco afortunado aspecto físico. De hecho, su baja estatura, su vientre abultado y su nariz respingona le granjearon una comparación con Sileno, el cabecilla de los sátiros, famoso por su fealdad. Pero Sócrates hizo caso omiso de las burlas. Su máxima preocupación fue sacudir conciencias en el período más esplendoroso de la Atenas de Pericles. No mostró la misma atención a su entorno personal. Fue denunciado por su mujer por desatender a sus tres hijos, que, al parecer, terminaron siendo unos díscolos. Como tantas veces ha ocurrido con los grandes

genios, el pensador ateniense se mostró incapaz de encauzar su vida privada. Sócrates tenía un espíritu inconformista. Le gustaba decir que su trabajo consistía en hacer con las palabras lo que su madre, comadrona, hacía con las manos. En su caso, no ayudaba a parir niños, pero sí ideas. De ahí que bautizara su método filosófico como mayéutica (“el arte de la comadrona”). Atizaba los diálogos con una ironía basada en su máxima “solo sé que no sé nada” y en el lema délfico “conócete a ti mismo”. Formulando una retahíla de preguntas, conseguía hábilmente que sus interlocutores se despojaran de cualquier tipo de prejuicio para asumir su ignorancia sobre un tema concreto. A partir de esta cura de humildad, y escu-

muerte de sócrates, óleo sobre lienzo del artista parisino Charles alphonse dufresnoy, 1650.

un peso pesado
más dE dos mIL años dE cRédIto A pesar de que no dejó escrita ni una sola línea, la de Sócrates es una de las mentes que más influencia han ejercido en la historia de la filosofía occidental. Conocemos sus pensamientos básicamente gracias a las transcripciones de su discípulo Platón (izqda.), aunque éste a veces le atribuyó sus propias ideas. Pero antes de esta labor de compilación, mientras el maestro aún vivía, los cínicos le adoptaron como modelo. Temas como la búsqueda del bien y la sobriedad de espíritu fueron retomados un siglo más tarde por los epicúreos y los estoicos. La admiración por el padre de la filosofía creció con el paso del tiempo. En el siglo xix, Nietzsche sería el primero en atreverse a criticarlo por su exceso de racionalidad.

chando a su daimon, o “dios interior” (lo que entendemos por sentido común), podía buscarse la verdad. Una verdad que, para Sócrates, nunca sería absoluta, sino tan solo una aproximación. El filósofo insistía en que la dialéctica, que espolea la razón, es el único medio con que las personas logran formarse un mejor criterio de las cosas. No quería ni oír hablar de los libros, que en Grecia habían empezado a circular tres siglos antes con la irrupción del alfabeto. Los calificó de instrumentos inútiles, ya que no podían explicar lo que decían. Para él, éstos solo permitían repetir las mismas palabras una vez tras otra, con la ayuda de la voz. Con estas opiniones, no resulta extraño que el pensador ateniense no dejara ningún escrito. Sus pensamientos fueron recogidos principalmente por Platón, quien, respetando el método de su maestro, los redactó en forma de diálogo.

Con su heterodoxia, Sócrates se propuso enriquecer la democracia, fomentando el espíritu crítico de sus ciudadanos. En esta labor se enfrentó con los sofistas, a quienes acusó de pervertir el modelo político ateniense. Se trataba de profesionales del arte de la palabra que, con tal

incriminar en el plano político, lo hicieron en el ámbito religioso y moral. Se le acusó de no respetar a los dioses de la ciudad y de corromper a la juventud. Ante el tribunal, Sócrates, lejos de pedir clemencia, se presentó como un tábano enviado por una divinidad para desper-

quiso enriquecer la democracia fomentando el espíritu crítico de los ciudadanos de atenas
de cobrar, estaban dispuestos a defender cualquier argumento, sin prestar atención a su idoneidad o veracidad. Tras la guerra del Peloponeso, el filósofo fue muy hostil con el gobierno de los Treinta Tiranos de Atenas (404-403 a. C.), impuesto por Esparta. Pero sus críticas continuaron una vez reinstaurada la democracia, algo que molestó mucho a los nuevos gobernantes. Éstos, al no poderle tar a los ciudadanos. Aquella actitud, considerada irreverente, hizo que le condenaran a beber cicuta. Su caso había llegado más allá de lo que probablemente pretendían sus acusadores. Pese a todo, el filósofo ateniense aceptó con resignación y serenidad la sentencia. De hecho, su amigo Critón le ofreció un plan para escapar de la prisión, pero lo rechazó. Sócrates alegó que no podría soportar la

vergüenza de incumplir las leyes de su democrática Atenas, a la que tanto amaba y, a la vez, cuestionaba. Si bien fue Pitágoras el primer pensador que, en el siglo vi a. C., se definió a sí mismo con la palabra filósofo (que en griego significaba “amante de la sabiduría”), Sócrates ha pasado a la posteridad como el padre de la filosofía. Hoy en día, la criminología también se ha apropiado de la figura del maestro ateniense con el llamado síndrome forense de Sócrates. Éste es el padecido por los profesionales que, aun siendo inocentes, son condenados por mala praxis.

Para saber más
Ensayo

Gregorio. Guía para no entender a Sócrates. Madrid: Trotta, 2004.
LURI mEdRano,

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