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La guerra  de Los  números
¿Cómo destronaron las cifras hindúes a las romanas en el sistema numérico del mundo occidental?
Antoni JAner torrens, filólogo

H  
detaLLe de La torre del reloj, en venecia,

con las horas en numeración romana.

ace seis siglos, Oriente ganó una importante batalla intelectual a Occidente: los árabes consiguieron imponer los números hindúes a los romanos. No fue una victoria fácil. Las nuevas cifras suponían una democratización de las matemáticas. El poder establecido, sin embargo, luchó por mantener los números romanos, que, pese a su inoperancia, hacían inaccesibles las finanzas a la mayoría de la población. En la actualidad, las cifras romanas se utilizan pun-

tualmente en algunos relojes, en la enumeración de siglos y capítulos de libros o para designar a reyes y papas. Son los restos de una batalla perdida. Los tiempos gloriosos de estos números se remontan al siglo vi a. C. Los romanos, por influencia de los etruscos, sus vecinos del norte, adoptaron un sistema de numeración alfabética de siete cifras. En esta ocasión, las letras, a diferencia de los siete numerales utilizados inicialmente por los griegos, no hacían referencia a la inicial de ninguna palabra. El 1 era una I;

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el 5, una V; el 10, una X; el 50, una L; el 100, una C; el 500, una D; y el 1.000, una M. Algunas de estas grafías podrían ser un vestigio de la manera de contar con los dedos que se utilizó desde tiempos antiguos (las cifras todavía son conocidas como “dígitos”). Así, según algunos estudiosos, el 1, el 2 y el 3 corresponderían a uno, dos y tres dedos levantados, respectivamente; la mano abierta con el pulgar estirado significaría 5, y las dos manos abiertas y cruzadas a la altura de la muñeca expresarían el 10. La combinación de las letras numéricas dio lugar a los diferentes valores. Se podía repetir el mismo signo hasta cuatro veces, posteriormente solo hasta tres (una prueba del antiguo método es que, en muchos relojes de sol, el cuatro se sigue representando con cuatro palos). Si el signo aparecía delante de un valor determinado, restaba; si iba detrás, sumaba. Además, una línea horizontal encima – indicaba miles (V= 5.000); dos, millones. Este sistema resultaba del todo inoperativo, dado que solo servía para dejar constancia de los números (operaciones como la suma de XLIV y XXIX resultaban enormemente complicadas). Esto, curiosamente, contrastaba con una civiliza-

pasión por la numerología

Buscando una cara oculta en los números.
el nexo del alfabeto Antes de la aparición de las diez cifras hindúes, pueblos como el griego o el hebreo emplearon todas las letras del alfabeto como números. Esta ambivalencia originó una superstición conocida como numerología ya desde tiempos de Pitágoras (siglo vi a. C., abajo, en la copia romana de un busto griego). Según esta creencia, se da una relación mística entre los números, los seres vivos y las fuerzas de la naturaleza. Una de sus máximas manifestaciones la encontramos en la cultura judeocristiana, donde la cábala (“tradición oral” en hebreo) intenta explicar el sentido oculto de las Sagradas Escrituras a partir, entre otras cosas, de la asociación de letras con determinados números. fetichismo hotelero En Italia todavía pueden verse restos de estas supersticiones. Por ejemplo, hay muchos hoteles en los que no existe la habitación número 17. Se pasa directamente de la 16 a la 18. El motivo reside en la antigua numeración romana del 17, que era XVII. Si se alteraba el orden de estas letras-número, el resultado era VIXI, que en latín significa “yo he vivido”. Así, evitando el número 17 se espanta, pues, a la muerte.

operAciones como lA sumA de xliv y xxix erAn muy compleJAs, Así que los romAnos recurrieron Al ábAco
ción que llegó a alcanzar un gran nivel técnico. Así lo constatan los portentosos puentes, acueductos, carreteras o edificios de época romana. Los romanos, en cualquier caso, salieron airosos de sus operaciones gracias al ábaco. Este instrumento, ya utilizado por los antiguos chinos, se considera la primera calculadora de la historia. Consistía en un tablero que en un principio, de acuerdo con su etimología semítica (abaq significa “polvo”), se dibujaba en el suelo, sobre la tierra. Constaba de varias líneas virtuales sobre las cuales se colocaban piedras que ayudaban a contar. La disposición de cada línea correspondía a un lugar decimal, y las operaciones se realizaban moviendo unas piedras en relación con otras. En latín, las piedrecillas se llamaban calculi; de aquí que nuestro verbo “calcular” significara antiguamente “hacer operaciones con piedrecillas”. Con el tiempo, este tipo de pizarra sobre arena cambiaría de soporte, y las líneas pasarían a hacerse de alambre. A través del uso del ábaco, los romanos llegaron a popularizar el concepto de matemáticas. El término ya había sido acuñado en el siglo vi a. C. por el griego Pitágoras de Samos a partir del verbo heleno mantháno, que significa “aprender”. Aun así, fueron los latinos los primeros
muerte del matemático arquímedes (sentado

con un ábaco). réplica de un mosaico romano.

en utilizar la palabra “matemático” para referirse a la persona estudiosa de los números. Antes, a los matemáticos se les conocía con la palabra de origen persa “magos”, puesto que el verdadero conocimiento se consideraba una forma de magia, un saber sobrenatural.

La revolución oriental

Mientras Roma intentaba progresar como podía con sus rudimentarios números, en Oriente las matemáticas conti-

nuaban dando pasos de gigante. Miles de años atrás, los chinos ya habían hecho un descubrimiento revolucionario: habían sustituido el método aditivo por el de notación posicional decimal, que es la base de nuestro actual sistema de cómputo. Con este método ya no se contaban líneas de manera infinita, sino que se empleaba la posición para indicar si las marcas que funcionaban como números eran unidades, decenas, centenas o millares. Así, nuestra cifra 924 se representaba poniendo cuatro líneas en la columna de las unidades, dos en la de las decenas y nueve en la de las centenas. Por primera vez en la historia, una

misma cifra podía tener valores diferentes según la posición que ocupara. El método de notación posicional decimal también fue conocido por los babilonios, pero fue otro pueblo de Mesopotamia, el de los sumerios, el primero que lo puso por escrito, hace 5.000 años (los chinos, que conocieron la escritura más tarde, solo utilizaron el método de manera manual, con varillas de bambú). La experiencia sumeria apunta a que la escritura nació a partir de los números, primer asunto sobre el que se tendría que escribir. La escritura permitía registrar las mercancías que entraban y salían de unas ciudades cada vez más concurridas.

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no todo en este mundo es decimal
el vigesimal
Este sistema es fruto del hábito de contar no solo con los dedos de las manos –lo que originó el decimal–, sino también con los de los pies. Los mayas fueron el primer pueblo en utilizarlo. Hoy quedan residuos en algunas culturas de Occidente. En francés, 80 es quatre-vingts, que quiere decir cuatro veces veinte. Y en euskera, a partir del hogei (20) se forma el berrogei (40), es decir, dos veces veinte.

otros sistemas numériCos en la historia y lo que nos han legado

el duodecimal

el sexagesimal

El dedo gordo de la mano izquierda servía para contar las falanges de la misma mano (o sea, los huesos que conforman los demás dedos), que son 12. Como herencia de los antiguos babilonios, tenemos las 12 horas del día, las otras 12 de la noche y los 12 signos del zodíaco (dcha.). Los romanos, aunque adoptaron el sistema decimal, continuaron esta tradición, fijando un calendario de 12 meses. Todavía hay muchas cosas (cubiertos, huevos...) que compramos por docenas, y no por decenas.

Deriva del duodecimal. Cada vez que se contabilizaba una docena con la mano izquierda, con la mano derecha se estiraba un dedo, cosa que puede hacerse cinco veces. Por tanto, el recuento total que podía indicarse con las manos era de 5 x 12 = 60. El único pueblo de la Antigüedad que empleó el sistema sexagesimal fue el sumerio, que después lo abandonó por el decimal. Por influencia suya, los minutos y los segundos van de 60 en 60 y un círculo completo se divide en 360 grados, que es la suma de seis veces 60.

Los números escritos terminaron siendo un instrumento mucho más eficaz y duradero que cualquiera de las cosas que hasta entonces había utilizado el hombre para hacer cuentas, de garrotes a piedras, semillas o marcas en las paredes o en los huesos. Los sumerios, con su contribución gráfica, perfeccionaron una práctica, la de contar, que, junto con la conquista del fuego, había marcado el despertar intelectual de la humanidad. De hecho, según algunas teorías, hace 35.000 años el hombre de CroMagnon ya sintió la necesidad de llevar un cómputo de los días, las lunas llenas

y las estaciones con el fin de controlar mejor su actividad agrícola y ganadera, lo que originaría los primeros calendarios. Pero también habría tenido que recurrir a la aritmética para conocer el número de piezas que cazaba. A pesar de su proximidad geográfica, ni los fenicios ni los egipcios –los padres de la geometría– utilizaron el método de notación posicional de los sumerios, aunque emplearon un sistema de numeración de diez dígitos. En el siglo v d. C., el método de notación posicional se vería renovado con las cifras hindúes. Eran totalmente convencionales, es decir, a diferencia de

las que se habían utilizado hasta entonces, no estaban relacionadas con ninguna letra ni incorporaban ninguna marca pictográfica. A la larga, estos dígitos, considerados una de las mayores innovaciones de todos los tiempos, cambiaron de aspecto hasta adquirir la forma actual. En el siglo vii d. C., para terminar de rematar el sistema, el sabio Brahmagupta incorporó el cero, conocido en hindú como shunya (“vacío”). La aparición de esta cifra representó un punto de inflexión en las matemáticas. Ahora ya no se confundirían números como el 507 y el 57, hasta entonces precariamente distinguidos

Cómo Contar con los dedos del 1 al 20.000. miniatura de la escuela carolingia, siglo ix d. C.

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denado de las operaciones que permiten encontrar la solución de un problema). Pero la contribución de Al-Jwarizmi a la terminología no acabó aquí. Una obra suya fue conocida con el título abreviado de Al-jabr (“restauración”), de donde deriva nuestra palabra “álgebra”, la rama de las matemáticas que explica el funcionamiento de los números. En Europa, el descubrimiento de la nueva serie numeral se produjo en el siglo xiii con la obra Liber Abaci que Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci, redactó a raíz de sus viajes por los países árabes. En el libro, este matemático italiano se deshacía en elogios hacia el sistema hindú frente a los ineficaces números romanos, herencia de un imperio ya desaparecido. A pesar de sus encomiásticas palabras, todavía quedaba mucho camino por recorrer al respecto en Occidente. El primer obstáculo que superar fue la disputa que mantuvieron los abaquistas, usuarios de los ábacos y partidarios de los números romanos tradicionales, y los los numerales hindúes a escondidas. Fue así como la palabra “cifra” adquirió el significado de signo secreto. En cualquier caso, finalmente prevaleció el sentido común. A partir del siglo xv, con la propagación de la imprenta en Europa, el nuevo sistema numérico se extendió por el continente, y los viejos números romanos fueron desapareciendo poco a poco. La ingente tarea matemática llevada a cabo en el mundo islámico con los dígitos hindúes la continuaron aquí personajes como Copérnico, Kepler, Galileo, Descartes, Leibniz o Newton. A pesar de los avances que se siguieron haciendo, una adopción tan tardía de los numerales hindúes, y en especial del cero, tuvo consecuencias importantes. En el siglo vi, a la hora de calcular la fecha de Pascua, el monje Dionisio el Exiguo empezó a contar a partir del 1, pensando que el nacimiento de Cristo se tenía que fechar como año 1. Este error fue la base de la era cristiana, es decir, de la nomenclatura del antes y después de Cristo utilizada en la cronología histórica. Estaba tan enraizada en la población que no se modificó en el siglo xv, cuando se generalizó el uso del cero. De esta manera, nuestras centurias van del año 1 y al 100, y no del 0 al 99, como debería haber sido. Así pues, Occidente todavía tiene una asignatura pendiente con lo que se ha convertido en el lenguaje más universal que existe en la actualidad. No en vano, los diez dígitos hindúes son los mismos en prácticamente todas las lenguas. La excepción más curiosa la encontramos, precisamente, en el mundo árabe, donde los países orientales mantienen una grafía numérica diferente a la que nos han legado. En cualquier caso, gracias a la labor de transmisión del pueblo islámico, el planeta sigue girando en torno a las matemáticas con la siempre asombrosa agilidad del número hindú.

eL matemátiCo leonardo de pisa, llamado fibonacci. estatua de giovanni paganucci, 1863.

(dejando un espacio en medio en el caso del primero). Con los hindúes, el cero, en origen relacionado con conceptos como la nada y la eternidad, se adaptó al cálculo. El cero terminó de completar una serie que, con tan solo diez dígitos, permitía crear números astronómicamente largos de una forma increíblemente eficaz.

Conflicto numérico

El ingenioso invento enseguida se extendió por todo el Imperio árabe. En el año 773 llegaba a Bagdad una caravana procedente de India con suntuosos regalos para el califa Almanzor, entre ellos, el manuscrito Siddhanta, que contenía un tratado de astronomía con las diez cifras hindúes. Los sabios árabes pronto cayeron rendidos ante la versatilidad del nuevo sistema. Al apropiárselo, tradujeron shunya (“vacío”) como sifr. Después, los latinos lo denominarían zephirum, voz que dio lugar a nuestro “cero”, mientras que el sifr árabe originaría el término “cifra”. En el siglo ix, el encargado de traducir al árabe el manuscrito Siddhanta hindú fue el matemático Mohammed ibn Musa alJwarizmi. Cuando un siglo más tarde esta traducción llegó a Europa, se atribuyó todo el sistema de enumeración a Al-Jwarizmi. Su nombre, latinizado como Alchorismus, terminó dando lugar a dos palabras: “guarismo” (cada uno de los signos con los que se representan los números) y “algoritmo” (conjunto or-

los AbAquistAs, que erAn profesionAles, no queríAn perder todos los privilegios AsociAdos A su oficio
algoristas, defensores del nuevo sistema. Detrás de este conflicto había razones de tipo social. La llegada de la serie hindú, mucho más sencilla, suponía la democratización del cálculo, y los abaquistas, que eran calculadores profesionales, no querían perder la situación de privilegio que les otorgaba su oficio. Por otro lado, el poder establecido estaba interesado en mantener un lenguaje esotérico, inaccesible para la mayoría de los ciudadanos, sobre todo en un asunto tan sensible para los financieros como el conocimiento de su contabilidad. Se reproducía así la misma lucha que siglos atrás, con la aparición del alfabeto semítico y su reducida cantidad de signos, había vivido el mundo de las letras. En un principio, los algoristas, dado el veto que sufrieron en ciudades como Florencia o Fráncfort, tuvieron que utilizar

Para saber más
ensayo

eL triunfo de La numeraCión hindú sobre el

cálculo con ábaco. ilustración renacentista, 1508.

denis. El imperio de las cifras y los números. Barcelona: Ediciones B, 1998. ifrah, georges. Historia universal de las cifras. Madrid: Espasa, 1997. segura, santiago. Libro de los números. Bilbao: Universidad de Deusto, 2010.
guedJ,

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