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COUBERTIN  EL HUMANISTA OLíMpICO
tras quince siglos de olvido, en 1896, gracias a Pierre de Coubertin, se inauguraron en atenas los primeros JJ oo de la era moderna.
pRIMER COMITé OLíMpICO internacional, 1896.

Antoni JAner torrenS, filólogo

Coubertin es el segundo por la izquierda.

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a historia de la restauración de los juegos olímpicos modernos es la historia de una utopía. Su impulsor, el aristócrata francés Pierre de Frédy, barón de Coubertin, vio en el deporte un elemento educativo renovador que, en caso de propagarse, ocasionaría una transformación de la sociedad. Fueron las circunstancias históricas de finales del siglo xix las que llevaron a este parisino, nacido en 1863, a abanderar un proyecto tan revolucionario. Desde 1871 Francia había dejado de ser una gran potencia, tras caer derrotada ante Prusia. Esto había sumido al país galo en una profunda crisis política y social, una realidad que no pasó desapercibida al joven Coubertin. Desoyendo la voluntad de su familia, el futuro barón decidió abandonar la carrera militar que le había estado reservada. Hacía tiempo que le perseguía una obsesión: cambiar la sociedad a través de la educación. Después de la guerra franco-prusiana, las grandes decisiones políticas se tomaban en Berlín, la capital que se había convertido en el nuevo motor de la Segunda Revolución Industrial. Coubertin atribuyó este nuevo despuntar alemán a su sistema educativo. Sin embargo, los ambientes intelectuales antigermanos en los que se movía le animaron a fijarse en la Gran Bretaña victoriana, poseedora entonces del mayor imperio colonial del mundo. Muchas de las escuelas públicas británicas se caracterizaban por otorgar a la formación física un papel importante en la educación, algo que se había heredado del espíritu deportivo que inundó las islas a raíz de la Primera Revolución Industrial (en la segunda mitad del siglo xviii). La necesidad de las clases dominantes inglesas de llenar su tiempo de ocio con los juegos más diversos condujo a su reglamentación. Así nacieron la mayoría de los deportes que se practican en la actualidad: atletismo, fútbol, hockey, remo, tenis... Una prueba del carácter lúdico del deporte –aunque fuese reglado– puede encontrarse en su propia etimología. El término inglés sport deriva del provenzal deport, que a su vez proviene del latín deportare (“divertirse”). Coubertin descubrió el sistema educativo británico a través de la lectura de Tom Brown’s School Days (1857), de Thomas

LA RUgBy SCHOOL, escuela inglesa que dio

nombre al famoso deporte. grabado, siglo xix.

trAS viSitAr collegeS en grAn bretAñA y en ee uu, defendió unA viSión integrAl de lA formAción fíSicA
Hugues. Se trataba de un relato semiautobiográfico ambientado en la Rugby School, en el condado de Warwick, donde había estudiado el autor. La obra, sin embargo, sirve para ensalzar el modelo pedagógico, pionero en Gran Bretaña, que instauró de manera exitosa su director, Thomas Arnold (1828-41). Su programa compaginaba la disciplina intelectual con las actividades físicas, sobre todo las relacionadas con los deportes de equipo. De hecho, en 1823 había sido precisamente un alumno de la escuela quien tuvo la idea de jugar al fútbol con los brazos, creando así la modalidad de-

EL BARóN pIERRE dE COUBERTIN (1863-1937), fundador de los juegos olímpicos modernos, en 1896.

portiva a la que daría nombre la institución. Según Arnold, el deporte servía para fomentar la competitividad a la vez que el compañerismo, el juego limpio y el espíritu de sacrificio. Esta filosofía, que pronto fue adoptada por otros centros, estaba muy en sintonía con el modelo educativo de la antigua Grecia, donde la gimnasia tenía un papel básico junto al aprendizaje de la música y la escritura. En 1883, la admiración por Inglaterra llevó a Coubertin, con tan solo 20 años, a visitar diversos colleges británicos. Después viajó a Estados Unidos para contrastar experiencias. A su regreso había tomado ya una determinación: “He decidido cambiar bruscamente mi carrera en el deseo de unir mi nombre al de una gran reforma pedagógica [...], ya que lo más importante en la vida de los pueblos modernos es la educación [...]”. A partir de 1886, el barón francés empezó a escribir numerosos artículos y libros, en los que defendía una visión integral de la

formación física: “El deporte es el único campo que permite un aprendizaje rápido y homogéneo, por la introducción de elementos nuevos. Un equipo de fútbol constituye probablemente el prototipo de la cooperación humana. La cooperación posee características que hacen de ella una escuela preparatoria para la democracia”. Partiendo de esta premisa, no se cansó de pregonar que los liceos franceses debían contar con recintos deportivos y tenían que crear ligas para promocionar las competiciones entre ellos.

El gran anuncio

El 25 de noviembre de 1892 Coubertin anunció el proyecto de restablecimiento de los Juegos Olímpicos. Lo hizo en la Universidad de la Sorbona, en París, ante la Unión de Sociedades Atléticas: “Es evidente que hoy en día el telégrafo, el ferrocarril, el teléfono, la investigación apasionada de la ciencia, los congresos y las exposiciones han hecho más por la

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modernidad se celebrarían en Atenas el 6 de abril de 1896. Habían transcurrido quince siglos desde su prohibición por orden del emperador cristiano Teodosio I. En aquella inauguración participaron 13 países y 295 atletas varones. En todo caso, antes de Coubertin ya se había intentado sin éxito restaurarlas en varias ocasiones. En 1834, en Ramlösa (Suecia); a partir de 1857, en Leipzig (tres veces); y en la misma Atenas, hasta cuatro veces entre 1859 y 1877. Ninguna de esas tentativas tuvo la repercusión internacional que sí logró el barón, entregado al proyecto en cuerpo y alma. De hecho, contestaba de su puño y letra las cartas que llegaban, procedentes de todo el mundo, interesándose por su sueño. Coubertin incluso puso a disposición del COI su propia fortuna personal, algo que, ya en el ocaso de su vida, le trajo graves problemas de subsistencia.

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Ideario olímpico
EL NORTHAMpTON TOWN F. C., equipo de

fútbol británico, en una imagen de 1897-98.

paz que los tratados y todas las convenciones diplomáticas. Pues bien, tengo la esperanza de que el atletismo hará aún mucho más, exportemos remeros, corredores, esgrimistas. He aquí el libre cambio del futuro, y el día en que éste sea introducido en las costumbres de la vieja Europa, la causa de la paz habrá recibido el más importante apoyo”. Coubertin creía firmemente en la función pacificadora del movimiento olímpico. Más adelante aseguraría: “Es preciso que cada cuatro años los JJ. OO. restaurados den a la juventud universal la ocasión de un reencuentro dichoso y fraternal, con el cual se disipará poco a poco esta ignorancia en que viven los pueblos unos respecto a los otros, ignorancia que mantiene los odios”. Y todos estos esfuerzos iban a estar presididos por una voluntad de perfeccionamiento continuo. Así lo reflejaría el lema olímpico que se adoptó por primera vez en los Juegos de París de 1924, propuesto por el sacerdote dominico Henri Didon, amigo de Coubertin: “Citius, Altius, Fortius” (Más rápido, más alto, más fuerte). Era una metáfora del espíritu de

superación que había de prevalecer tanto en la vida como en el deporte. La recuperación del olimpismo vino motivada por numerosas influencias. La casualidad hizo que Coubertin, gran amante de la filosofía y la mitología griegas, viviera en persona los descubrimientos arqueológicos de las ciudades de Troya y Olimpia. Las excavaciones en suelo heleno se habían acelerado tras la guerra de la Independencia (1821-29), con la que

que quiso otorgar al nuevo evento deportivo sería refrendada por la tregua sagrada que caracterizó los antiguos juegos. En esta ocasión, sin embargo, el barón francés pecó de ingenuo: esta tregua no comportó, como él creía, la suspensión total de las guerras entre las diferentes polis. Tan solo suponía la concesión de un salvoconducto que daba una cierta seguridad física a los atletas y espectadores que viajaban hasta Olimpia.

A peSAr de Su portentoSA orAtoriA, no recAbó todoS loS ApoyoS neceSArioS A lA primerA
en 1838 Grecia conseguía liberarse de 350 años de dominación otomana. En la mente de muchos arqueólogos del momento, el recuerdo de los juegos olímpicos que habían relatado autores como Píndaro o Pausanias estaba muy vivo. A Coubertin no le pasaron por alto todas estas referencias literarias. “Olimpia y las Olimpiadas son símbolos de una civilización entera, superior a países, ciudades, héroes militares o religiones ancestrales”, escribió. La misión pacificadora Coubertin, a pesar de su portentosa oratoria, no se salió con la suya a la primera. Le faltaron apoyos internacionales. Al final, sin embargo, su obstinación tuvo recompensa. En 1894, dos años después de su primer anuncio, en la misma Sorbona se votó por unanimidad el restablecimiento de los JJ. OO. de la Edad Contemporánea. A la vez se constituyó el Comité Olímpico Internacional (COI), cuya presidencia ostentó su mentor desde 1896. Las primeras olimpiadas de la

El miedo de Coubertin era que sus juegos tuviesen una vida efímera y acabasen ahogados por la vulgaridad. Para evitarlo, generó en torno a ellos una ideología que actuase de soporte. En primer lugar, concibió el olimpismo como una “religión” que se debía internacionalizar, una novedad respecto a los juegos antiguos (con Olimpia como única sede). La idea no fue bien recibida en Atenas, donde, tras la celebración de las primeras olimpiadas, un periódico calificó a su impulsor de “ladrón que trata de robar a Grecia la herencia jubilosa de su historia”. El padre del olimpismo moderno también estableció que los nuevos juegos, como los antiguos en sus inicios, solo podrían acoger a deportistas “no profesionales”. Los participantes no recibirían ningún premio en metálico. Con ello intentaba impedir que los intereses económicos pervirtieran los grandes objetivos de su proyecto: promover la paz social y el entendimiento entre las naciones. Coubertin se refería al atleta como “el joven ejemplo para la juventud de su país”. Tanto es así que hizo consignar en la Carta olímpica que “si un deportista tiene la marca exigida para asistir a un Juego Olímpico, pero por su comportamiento no constituye un ejemplo para la juventud de su país, ese atleta debe ser exclui-

EL ESTAdOUNIdENSE Jim duncan en la prueba de lanzamiento de disco, olimpiadas de 1912.

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CHARLEy pAddOCk vence en la carrera de 100

metros lisos. amberes, Juegos de 1920.

la misoginia de CoUBertin
espectáculo “abominable” Coubertin tiene una mancha en su currículo olímpico: su misoginia. El gran humanista del deporte consideraba que los juegos olímpicos con mujeres constituían, por razones estéticas, un espectáculo “abominable”. Según él, su papel se tenía que limitar a “gratificar a los atletas con aplausos”, como pasaba en la Antigüedad con las mujeres solteras (las únicas que tenían acceso al recinto olímpico por entonces). Estas opiniones no fueron criticadas abiertamente en documentos oficiales del COI hasta 1976. Las primeras concesiones que se hi-

tardía implantación del olimpismo femenino, mal visto por el barón
cieron a las mujeres llegaron con las Olimpiadas de París en 1900, donde participaron en golf y tenis. La tenista británica Charlotte Cooper (en la imagen) fue la primera campeona olímpica. Cuatro años más tarde se permitió a las mujeres competir en el tiro con arco, aunque fue en 1928, en Ámsterdam, donde finalmente tuvieron lugar los verdaderos comienzos olímpicos femeninos. Participaron cerca de trescientas deportistas mujeres, casi un 10% del total. Destacó su papel en el deporte rey, el atletismo. En 1976 todas las pruebas contaban ya con una representante femenina.

do de la asistencia”. Fue en las Olimpiadas de Amberes de 1920 cuando el atleta tuvo que verbalizar este ideario a través del juramento olímpico (rescatado también de los antiguos juegos). El espíritu amateur que presidió las primeras ediciones queda reflejado en la película Carros de fuego (1981). La cinta, basada en hechos reales, se centra en la historia de dos atletas británicos que participaron en las Olimpiadas de París de 1924. Uno es un judío rico y enormemente ambicioso que contrata a un entrenador profesional, algo prohibido en la época. El otro es un escocés, cristiano evangélico, que se niega a correr por motivos religiosos, ya que las eliminatorias de 100 metros lisos se disputan en domingo. Mientras el primero representa el

futuro, la búsqueda del triunfo por encima de todo, el otro es la imagen de la tradición y el amateurismo más integral. En su día, el amateurismo de Coubertin fue muy criticado. No en vano, en plena

llonarios [...]”. Aun así, el amateurismo olímpico tuvo los días contados tras la muerte de su artífice. En 1976, el COI modificó sus estatutos al respecto. Entonces se admitió que los atletas pudie-

hAStA 1948, el progrAmA olímpico incluyó competicioneS de eSculturA, pinturA, múSicA...
Revolución Industrial, que un obrero venciera a un noble en una competición hacía tambalear la estructura social de la época. Pero el barón francés se mostraba así de tajante: “Todos los deportes para todos [...], pues lo que interesa es el espíritu deportivo, y no el respeto a ese ridículo concepto inglés que permite que se sacrifiquen al deporte únicamente miran ser recompensados económicamente por el tiempo que no están en sus trabajos para poder entrenar. Se abría de esta manera la puerta a la profesionalización del deporte olímpico. Poco a poco iba perdiendo sentido la célebre frase que Coubertin pronunció en los Juegos de Londres de 1908: “Lo importante no es ganar, sino competir”.

Pero ésta no fue la única traición póstuma al olimpismo. El barón tenía muy presente que en los antiguos juegos helenos, sobre todo en los píticos y los ístmicos, también se daba cabida a otras expresiones culturales. Ésta es la razón por la que, entre 1912 y 1948, el programa olímpico incluía competiciones de escultura, pintura, dibujo, literatura y música. Con el tiempo, estas manifestaciones artísticas pasaron a formar parte del conjunto de actividades que la ciudad organizadora programaba durante los cuatro años en que ostentaba el cargo de sede olímpica.

La decepción

En vida, Coubertin pudo presenciar el fracaso de una de sus apuestas olímpicas: la tregua bélica. En 1916, la Primera

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Oceanía (verde). Simbólicamente se da la circunstancia de que al menos uno de estos colores, junto con el blanco de fondo, aparece en todas las banderas de los países del mundo. Los Juegos de Amberes, sin embargo, no supieron reflejar esta concordia: prohibieron la participación a los alemanes como represalia por la Primera Guerra Mundial. Después de conseguir en 1924 implantar en Chamonix (Francia) los primeros Juegos de invierno, la culminación del proyecto de Coubertin llegó con las Olimpiadas de Berlín de 1936. Éstas en un principio se tenían que celebrar en Barcelona. Sin embargo, la delegación del COI que visitó la ciudad condal en 1931 se encontró en mitad de la excitación de la II República. Como si predijeran la guerra civil que se avecinaba, se reservaron la decisión por algún tiempo. Finalmente se decantaron por Berlín, que ya tenía que haber organizado los VI Juegos de 1916. En esta ocasión, sin embargo, no tuvieron tan buen olfato. La distinción a la capital alemana fue concedida en 1931, cuando estaba en el poder la coalición centrista de Brüning. Pero las Olimpiadas de 1936 no iban a estar presididas por este canciller, sino por Hitler, legitimado en las urnas desde 1933. Aquellos juegos, los primeros televisados (en circuito cerrado), contaron con la mayor pompa jamás vista, lo que hizo que Coubertin exclamara: “Esto es lo que siempre soñé”. Lo cierto es que la satisfacción que sintió el barón francés con los Juegos de 1936 le impidió ver los peligros que acechaban al movimiento olímpico. El evento fue una auténtica exaltación nacionalista, y

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la leyenda de la maratón
meZcla De versiones La maratón es una aportación del espíritu olímpico moderno. Se empezó a disputar en los Juegos de Atenas de 1896 a propuesta del historiador Michel Breal como homenaje a Filípides. El soldado ateniense participó en la batalla de Maratón, primera derrota persa en las guerras Médicas, y fue el encargado de llevar la noticia a sus compatriotas. Para ello recorrió los dio al que recurre la leyenda fue la marcha que emprendió el ejército ateniense justo tras la batalla de Maratón. Con el tiempo, la imaginación popular combinó ambos hechos y se originó el mito. La popularidad de la historia aumentó cuando fue recogida por autores como Plutarco. La distancia definitiva de la carrera de la maratón (42,195 km) no se instauró hasta los Juegos de Londres de 1908. Y no fue por razones históricas, sino porque era la distancia que separaba el palacio de Windsor del estadio de White City, los puntos de salida y llegada de aquella carrera.

Una historia extendida, pero falsa, del origen de esta carrera
48 km entre la explanada de Maratón y Atenas. Al llegar al ágora proclamó: “¡Hemos vencido!”. Acto seguido cayó muerto, extenuado por el esfuerzo. Esta dramática hazaña, sin embargo, es falsa, ya que mezcla diversas interpretaciones de los hechos narrados por Heródoto. El célebre historiador griego relata que Filípides recorrió 225 km en dos días para pedir ayuda a Esparta. El otro episo-

Olimpiadas nazis

UN ATLETA ENCIENdE la llama olímpica en la

inauguración de los Juegos de Berlín, 1936.

Guerra Mundial impidió que Berlín celebrara la sexta Olimpiada. Aun así, el padre del olimpismo moderno, que con cincuenta años tuvo ánimos de alistarse en el ejército francés, se encargó de mantener vivo su proyecto. Hasta 1915, la sede del COI se había establecido en la ciudad adjudicataria de la siguiente olimpiada. Sin embargo, tras la invasión alemana de Bélgica (1914), varios miembros del Comité solicitaron la expulsión de los alemanes de los órganos de decisión. La petición no prosperó, pero Coubertin advirtió que sería peligroso para el olimpismo mantener Berlín como sede del COI, sobre todo siendo ya una evidencia que los Juegos de 1916 no se iban a celebrar. Fue entonces cuando se hizo necesario buscar una sede permanente en un país neutral. La escogida fue la ciudad de Lausana, en Suiza. Otra decisión personal de Coubertin fue la de no trasladar los juegos berlineses a

ningún otro lugar: “Una olimpiada puede no ser celebrada, pero su cifra permanece”. Así creó el precedente de dejar de celebrar unos juegos por causas de fuerza mayor, pero dejando un hueco ordinal en el catálogo olímpico. Lo mismo volvería a ocurrir con la duodécima Olimpiada (1940) y la decimotercera (1944) a causa de la Segunda Guerra Mundial.

en lA edición de AmbereS de 1920 ondeAríA por primerA vez lA bAnderA de loS cinco AnilloS
A pesar de la decepción que le supusieron los frustrados Juegos de 1916, Coubertin insistió en el carácter fraternal de su proyecto. En la edición de Amberes de 1920 ondearía por primera vez la famosa bandera de los cinco anillos entrelazados. Cada anillo representaba un continente: África (negro), América (rojo), Asia (amarillo), Europa (azul) y Hitler lo utilizó para propagar sus teorías sobre la superioridad de la raza aria. Según sus tesis, esta raza, encarnada por los alemanes, había alcanzado su máximo esplendor en la Grecia clásica, hasta donde habían emigrado los antiguos germanos en busca de una mejor climatología. Y para escenificar la vinculación de Alemania con la Grecia clásica, Carl

Diem, el ideólogo deportivo del nazismo, introdujo en el olimpismo un nuevo elemento: la antorcha. Aunque la llama olímpica ya había sido adoptada en los Juegos de Ámsterdam de 1929. En aquella ocasión, un pebetero se mantenía encendido durante las dos semanas aproximadas que duraban las competiciones. Se recuperaba así otra costumbre de las antiguas Olimpiadas, en las que el fuego era concebido como un símbolo de pureza. En la edición berlinesa de 1936 la llama adquirió un nuevo simbolismo con la antorcha, portadora de luz y progreso. Desde la óptica nazi, la antorcha de la civilización había ido pasando de raza en raza: primero había estado en manos de los griegos, los padres culturales de Occidente; después, de los romanos; y finalmente, de los alemanes, que se presentaban como herederos directos del legado clásico. Ello sugirió a Carl Diem la idea de la

carrera de relevos de la llama olímpica desde Grecia a la ciudad anfitriona. Su fuente de inspiración pudo ser la carrera de antorchas, o lampadedromía, la única prueba colectiva que se llegó a disputar en los antiguos juegos. En 1936 más de tres mil atletas se relevaron para llevar la antorcha a lo largo de los también más de tres mil kilómetros que separan Olimpia de Berlín. La escena, llena de solemnidad, fue recogida por la cineasta del nazismo, Leni Riefenstahl, en la película Fiesta de los pueblos. Lejos de rechazarla, Coubertin aplaudió la idea de la carrera de la antorcha, al considerarla una ampliación del espíritu olímpico. Pero se le pasó por alto que, en realidad, lo que se conseguía con ella era infiltrar contenidos ideológicos fascistas en unas competiciones que habían nacido para promover el entendimiento entre naciones. La politización de los juegos sería una constante desde entonces. Si bien

Coubertin no viviría lo suficiente como para advertirlo. Murió en 1937, de un ataque al corazón, mientras paseaba por el parque Grange de Ginebra. En su testamento señaló dos deseos relativos a sus restos: que su cuerpo fuera enterrado en Suiza, su país adoptivo; y que su corazón fuera llevado al mítico santuario de Olimpia, el motor espiritual de su utopía.

pARA SABER MáS
biografía
cipc

(comité int. pierre de c.). Pierre de Coubertin, ese desconocido. Lausana (Suiza): CIPC, sin fecha. DuranteZ, conrado. Pierre de Coubertin, el humanista olímpico. Lausana (Suiza): Comité Olímpico Internacional, 1994. — Pierre de Coubertin, su vida en imágenes. Madrid: Comité Olímpico Español, 1993. mercé, andrés. Pierre de Coubertin. Barcelona: Península, 1992.

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