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EL EQUILIBRISTA_________________________

Como testigo de lo que en esta confusa carta se relata, no me


queda más que dedicarlas a la memoria de un hombre que, a
pesor que hoy se dirige a las sombras que no nos dejan ver lo
que pasa después de la muerte, nos dio luz durante toda su
vida a cada uno de los que estábamos a su alrededor. Los que
lo conocieron saben quién es.

PARTE I
Se ve todo muy distinto desde aquí. Las alturas desde donde veas el objeto pueden
cambiarte el punto de vista sobre una misma cosa. Lo mismo sucede con el estado de ánimo.
Ahora mismo me siento un poco más arriba. No me juzguen. No lo digo porque me sienta más
importante, sino porque estoy a solo días de morir. Nadie me ha dicho claramente cuánto
tiempo me queda de vida, pero es más que obvio que no esperarán demasiado. Se andan con
muchos rodeos y las fuerzas han dejado a mi cuerpo incapacitado para levantarse a sí mismo.
Es verdad que cuando te queda tan poco tiempo te pones a analizar tu vida y lo que has hecho,
pero nadie está preparado para este momento por más que así lo diga. Es este el momento en
que yo me preparo, como un equilibrista lo hace antes de subir al trapecio, como un atleta lo
hace antes de salir a la pista.

Me llamo Jorge y nací hace 75 años. En aquél entonces no existía el constante ir y


venir, esa rutina incesante que ahora sucede, ajena a mí, justo afuera de mi ventana. Los rayos
de sol son escasos y la noche empieza a oscurecer la habitación. Los recuerdos se amontonan
en mi memoria a estas alturas y no alcanzo a distinguirlos todos. Se hacen confusos en la
lejanía de la juventud y puede que la mitad de ellos los esté embelleciendo mientras los
escribo. Pero si vivir consiste en la construcción de futuros recuerdos, creo que ahora que todo
acabará pronto, lo único que me queda por hacer es reconstruir todos esos momentos en que
viví. Se desdibujaron los perfiles de muchos rostros que me acompañaron durante mi vida;
ahora sólo quedan algunos, de los que han estado siempre a mi lado.

Dicen que en la vejez se repite un poco la niñez, porque se parecen demasiado. Sin
embargo, no he vuelto a vivir la ingenuidad y la esperanza que todo niño debe tener. Cuando
era pequeño salíamos a caminar entre los árboles con mis hermanos, no había mayor cosa que
podía considerarse preocupante y creía lo que me dijeran sin tener la menor duda al respecto.
Me pregunto por qué no podemos quedarnos así, estancados en la felicidad infantil, pero de
nuevo caigo a la realidad. En esa feliz época me enseñaron que el hombre clavado en la cruz
había venido para salvarnos, que su padre lo había enviado para que borrara nuestros
pecados. En esa fe fundé mi vida y en ella voy a terminarla, con la excepción de que ahora he
visto demasiadas cosas como para estar seguro de lo que la religión profesa. Ahora pienso que
la religión es una verdad básica, pero que a lo largo de los años ha sido muy adornada por
todos y que a estas alturas, se tiene que tener un mejor juicio para distinguir la verdad.

Es difícil empezar una carta que no tiene destinatario. Quien debía recibir esta carta
cuando muriera, ya se me ha adelantado en el camino: mi querida esposa, Lupe. Las películas
adornan el amor para poder representar su belleza en diálogos e imágenes, pero hay una gran
verdad detrás de todo eso. Es que el amor viene de todas las formas y tamaños. El nuestro tal
vez no fue el más poético, pero no por eso deja de ser amor. Hace un par de años nos
quedamos sólo yo y mis tres hijos. Una de ellos también nos dejó hace alrededor de un año, la
menor, Regina. Esta carta será para ellas dos. Será como un beso en el viento; sólo el mismo
viento llevará mis palabras hasta ellas. Los que se queden, comprenderán lo que en la carta
está escrito cuando estén listos para hacerlo.

Es tan distinto el mundo desde aquí. Soy un equilibrista y pronto cruzaré sobre un hilo
imaginario. Cruzaré sobre un espacio infinito. Cruzaré y me olvidaré del gran vacío bajo mis
pies. Espero encontrar mi corazón en el camino, ya que el cielo, si es que existe, se siente tan
cerca.

Posesiones materiales, no dejo ninguna. Todo lo que es mío es ahora de mis hijos,
como después lo será de mis nietos y así. Lo que quiero dejar es mi huella en la memoria de
alguien. Son tantas las millas que caminé y tal vez poco lo que hice, pero no puedo tragarme
mi orgullo y hacer que me olviden. Mi mayor logro fue quizás la familia. Ellos tuvieron dónde
vivir, qué comer, dónde estudiar y sobre todo, una forma de pensar en gran parte gracias a mí.
Tuvieron una vida digna mientras pude dárselas. Desde lo alto de la cuerda floja y a los ojos de
todos, decidí correr el riesgo y cruzar hasta dónde hoy me encuentro.

Toda mi vida, desde que salí de mi pueblo natal, me dediqué a hacer cosas con las
manos. Me gustaba la madera y como pocas personas en aquél entonces, entendía cualquier
cosa que involucrara electricidad y cables. De eso viví. Ahora me cuesta ver y la tecnología es
más complicada. Ya no puedo distraer mis pensamientos usando mis manos. Sin embargo, los
jóvenes parecen venir con demasiada facilidad para comprender lo incomprensible. Mis nietos
manejan cualquier cosa con habilidad nata.

De vuelta a la niñez, en mi casa éramos dos hermanos y mis padres. De repente, hubo
un miembro más en la familia. Yo era el mayor y Cristian el menor. Sin embargo, Rafael fue
recibido por mi madre en su casa y a partir de entonces, lo trató como a otro de sus hijos. Los
años pasaron y todos crecieron. Cristian se casó y no sé qué tontería causo una pelea y ahora
no se dirigen la palabra. Para ser honestos, ella nunca fue de mi predilección. Nunca dije
mayor cosa, pero hubo ocasionas que no la soportaba. Sabía que mi hermano no era así de
presuntuoso y falso. Ya es tiempo de que hagan las paces, pero no sé si eso sucederá pronto.
Como un último deseo, me gustaría que al menos se saluden en mi funeral, a manera de
comienzo…

Aquí en esta ciudad te conocí, Lupe. Fuiste mi amiga y compañera todos estos años. En
una caja con fotografías viejas hay dos que me llaman la atención: una de cuando nos casamos
y otra de nuestras bodas de plata. Yo cambié y tú también, pero detrás de tus ojos se reflejaba
la misma belleza de un cuarto de siglo antes. Cierto, tal vez se ocultaba tras un par de arrugas,
pero el tiempo corre y no hay forma de detenerlo. Después de todo, las ruedas del autobús
siguen y siguen caminando, sin importar si tú estás sentado en él. No sabes cuánto te llegué a
amar, Lupe. Me dolió mucho tu partida y cuando nuestra hija se fue contigo, no quise sino
reunirme con ustedes. Ahora ya no puedo esperar. Siempre quise haberme ido yo en tu lugar.
Ustedes dos se adelantaron a mi suerte y ahora confío en que se hallan jugando a
perseguir cometas, en un mundo distinto, que aquí no se logra hallar. Están ahora en paz,
antes que yo. Sólo que no debió de ser así. La soledad se hace más grande si ustedes no están.
Los que se quedan son los que sufren; no ustedes. Sé que es una petición tonta, ya que sólo Él
sabe cuándo llegará mi turno de partir, pero la ansiedad es demasiado grande.

Doy gracias a mis dos hijos mayores por haber hecho de mis últimos días un poco
mejores. Roxana cuidaba de mi cómo a un bebé y mantenía mi espacio en condiciones
óptimas, mejores incluso que cuando estaba sano. Jorge por su parte no tiene tanto tiempo
para estar conmigo, pero en cada rato libre se deja venir para ayudar en lo que pueda y
hacerme compañía.

Ahora se me viene a la mente cuando falleciste, Lupe. Recuerdo que dijiste “¡Mamá!
¡Papá!” antes de cerrar tus ojos para siempre. ¿Vinieron ellos por ti? ¿Vendrás ahora tú por
mí? Nunca me cupo la duda que tuviste una buena vida, digna. Si yo no te la pude dar todo el
tiempo, tú procuraste nunca perder la sonrisa en tu rostro. Ahora que mi acto está por
terminar, que con un paso más llegaré a la plataforma que me espera del otro lado, que la
cuerda floja sobre la que estoy parado se convertirá en terreno firme donde poder
sostenerme, miro hacia atrás. Te veo a ti a mi lado, sosteniendo mi mano durante todo ese
trayecto, para que ninguno cayera al vacío.

Hay tantas cosas que no he hecho, tantos atardeceres que no he visto, pero no puedo
pasar el día deseando que éste fuera más lento. A estas alturas, uno pensaría que he
aprendido algo, pero a la hora de la verdad, en realidad soy como un niño perdido que no sabe
qué hacer. ¿Cuánto hace falta para llegar hasta ti? Son muchos los metros, pero paso a paso,
llegaré. Me perderé por senderos oscuros, pero habrá siempre una luz tenue de amor que me
llevará de regreso al camino. He aprendido a llorar durante este tiempo de agonía. Casi me he
vuelto bueno para ello. Llorar es un reflejo del alma y del cuerpo; me ha ayudado a liberarme y
a hacer la carga un poco más ligera. Es una forma de prepararme para el momento esperado.

Me miro al espejo y no puedo evitar notar un parecido enorme con mi padre. Sin
embargo, la vejez me está llenando y el espejo parece retener una parte de mí. La imagen que
aparece es la de una vida vivida y que me satisface poder contar en estas letras. Me complace
decir que estoy satisfecho con lo que hice en mis setenta y cinco años de vida. Lo digo, como si
ya hubieran acabado, lo sé, pero es porque me he ido muriendo de a poco en estos últimos
meses y no sé si la soledad del cáncer puede considerarse como vida. Si me pregunta por qué,
debo decir que es porque tienen más peso mis recuerdos que mis ilusiones.

PARTE II
Mi apresurada mano escribe temblorosamente, ya que todo acabará pronto. Cada vez
estoy más débil y esta vez veo las caras de todos más preocupados de lo normal. Lupe,
vinieron tu hermano y su esposa desde muy lejos, con pretexto de visitar a la familia. Siento
que fue justo a tiempo para despedirse. Tu hermano me recuerda a ti, Lupe; se parecen tanto.
Me cuentan de sus nietos y del resto de la familia. Me gusta escucharlo aunque no tenga
facilidad para responderle. Me hubiera gustado vivir más cerca de tus hermanos, para que
hubieras podido verlos con frecuencia, no a dos vuelos de distancia. Desde hacía un par de días
me dijeron mis nietos que él vendría y ya no podía dejar de preguntarles.

Tu hermana también está aquí… mis nietos… me incomoda que me estén viendo en
este estado, pero sería peor que no estuvieran. Guarden en su memoria el recuerdo de cómo
era hace unos años… mis mejores, podría decir, en los que vine a estar realizado como padre,
como esposo, como suegro, como tío, como abuelo… como hombre.

Si en algún momento les fallé, quiero que me perdonen y lo olviden, porque no hay
verdadero perdón sin olvido.

No tengo noción del tiempo. Han pasado un par de días y debo terminar esta carta
para que no quede inconclusa. Es de noche; es lo único que logro reconocer. Todos están a mi
alrededor. Mis dos hijos, algunos conocidos, mi cuñado y su esposa; extraño que mis nietos y
su madre estén ausentes, pero ya han estado a mi lado toda la vida. De pronto entra un
desconocido sin que nadie note su presencia, con una suerte de aura de santo. Noto que
oculta un par de alas detrás de sí. “No tengas miedo”- te escucho decirme- “venimos por ti”.
Regina observa desde atrás. Todos los demás se han desvanecido. Supuse que era mi hora de
partir.

Mis maletas están preparadas para iniciar este último viaje sin regreso. Llegó el
momento de olvidarme del gran vacío bajo mis pies y dar el último gran salto. Llego a la
plataforma de la cual puedo empezarme a despedir. Durante mi tiempo como equilibrista
pensé buscar siempre un equilibrio sobre una cuerda donde mis pies se balanceaban, cuando
en realidad no lo iba a encontrar a menos que me dejara caer sobre los brazos de Dios. Sobre
sus brazos puedo poner los dos pies con firmeza. Suelto las manos de los que dejo atrás en la
Tierra. Nunca fui un hombre de Dios pero, en estos momentos, no me queda más que
encomendar mi alma a Él, por si acaso. Hago la señal de la cruz. Así, en mi forma de más pura
condición humana y sin querer volver la mirada hacia atrás nunca más, me despido… y sin
saber hacia dónde, salto.

EPÍLOGO
Me dediqué a hilar los hechos reales con un poco de imaginación. La persona que escribe esta
carta debió haber sido Jorge Luis Barrueto Auyón, el padre de mi padre. Murió de cáncer
gástrico, el cual se complicó a lo largo de los seis meses posteriores a su hallazgo. Esto sucedió
entre enero y junio de 2005.

Dos años después, parece que los espíritus de tres personas de la familia que han fallecido y
que se mencionan en la historia aún siguen con nosotros. No sé si eso sea cierto, pero no está
de más detenerse en la vida diaria y ver lo que aún queda de ellos. No serán olvidados
fácilmente.

LUIS EDUARDO BARRUETO


(Enero 2008)