Índice

:
Dedicatoria Carta prólogo á D. José Tous La literatura en Mallorca Toros en Mallorca Bordados mallorquines La Real y Episcopal Biblioteca La isla de Cabrera en la literatura D. Juan Palou y Coll Cossis ó Cossiés Manuel del Palacio El poeta popular de Mallorca Líricas, de Miguel Costa El Archivo Capitular Poesía religiosa D. Tomas Forteza Pedro Orlandis El conde Ulises de Séguier D. Jerónimo Rosselló La hija del Rey El rescate El Quijote en mallorquín. Chopín en Mallorca. El maestro Marqués Tres artistas malogrados. • El pintor Antonio Fuster • El músico Antonio Noguera. • Gabriel Maura Montaner

Al Excmo. Señor

D. F. Rodríguez Marín
(El Bachiller de Osuna)

que con buena amistad y en correrías andaluzas me hizo conocer su tierra (y de María Santísima), envío estos tasquiles de La Roqueta (o rincón del Paraíso) hasta que a ella venga para dejarme horro de deudas y más obligado en los afectos.

Sr. D. José Tous
librero, editor, caballero, concejal, empresario, miembro de los Comités de... etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc , etc.

¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! ¡Uy! amigo Tous, y qué cosazas se le ocurren á Vd! Muchas veces sus proyectos, siempre abundantes, han resultado provechosos para el país, porque no quedaron en fárfara; y las decisiones de su voluntad contrastaron siempre con las de nuestros bonachones convecinos, que en Vd. llegaron a ver, con ojos de asombro, una especie de yankée transplantado. Pero la proposición de estampar y publicar mis Obras completas pone el mingo a cuanto Vd. ha imaginado y echa la zancadilla a los más estupendos propósitos que Vd. ha concebido. ¡¡¡Desventurados de Vd., de mi, y del público!!! ¿No sabe Vd., alma de Dios, que jamás hice profesión de literato y puedo decir en mis postrimerías: —Padre, yo no he sido. Si actué de profesional en más de dos ocasiones tuve siempre plena conciencia de que el público pudo pasarse muy ricamente sin ninguna de las lucubraciones que le suministraba; que todas ellas no pesan tanto asi, ni levantan asá; que milagro parece que alguien alicuando se haya fijado en ellas, y que, en cifra y resumen, peor es meneallo. La producción de los otros me interesó siempre y mucho, sobre todo en lo artístico, y particularmente en lo literario, que si vino en ritmo ó rima fué para mi miel sobre hojuelas; y estos han sido y son los amores de mi vida, arraigados en lo más hondo de mi corazón y llevados al delirio. Por ellos alcancé muchos ratos de ventura en este mundo; endulcé amargarillas, que nunca faltan; sentí virtudes y me aparté de vicios; por ellos nadie se acordó de mí para ofrecerme una vara de juez municipal suplente ó de alcalde de barrio; por ellos logré excelentes amigos con quienes departir; y el último desaparecido y nacionalmente llorado, el gran Marcelino Menéndez, más grande en la amistad callada que en otros afamados y estruendosos títulos, mitad del alma míat y alma española de su tiempo, a quien pude decir desde la adolescencia: Tu Duca, tu Signore, e tu Maestro, estaba interesadillo en que yo compilase lo más substancioso que tenía publicado referente a investigación literaria, y lo estampase para el público. Ni la alocada proposición de Vd. ni los cariñosos deseos de Menéndez y Pelayo aparecen en este tomo. ¡Publicar mis obras completas! Echeles Vd. galgos! A penas entrado en la pubertad escribía yo desaforadisimamente, y voy para viejo, y escribo sin temperancia; y publiqué dónde y cuándo me invitaron; y cuando no me invitaron, también; y canté lo que me pareció hermoso, o lo que me pareció feo, y dispuesto estoy a seguir hasta la

muerte mientras lo que escriba me deleite o entretenga. Poco ha, una que fué señorita y bella por los años de la Revolución de Septiembre, me recitaba unos versos galantes. Con no menos galantería tuve que decirle que los versos me parecían indignos de ella, por feos y cursis... Estupefacción en el concurso. Los versos eran míos, según después me hizo saber una parienta, con grandes risotadas, que acrecenté con las mias. ¡Y acarree Vd., amigo Tous, montones y montones de semejantes lindezas! Coleccionar lo más substancioso, como quería Menéndez y Pelayo... Pero ¿qué es lo más substancioso? Pienso que todo lo mío, bien exprimido, no da ni suco ni sustancia. Si versos escribí en mi juventud fué porque otros los escribían y los versos me gustaban; si más tarde me aficioné al estudio y practiqué alguna investigacioncilla o desenterré alguna curiosidad, traduje o edité algo para ios amigos, fué porque los que me rodeaban habían dado en ese hito; pero fuerza es declarar, antes de que muera, para descargo de la conciencia, que ni al mundo, ni al demonio, ni a la carne tomé nunca muy en serio; y que este jueguecillo de mi erudición fué como primores de marquetería casera, que entretienen al dueño y aburren y estorban a los amigos obsequiados. Ea, pues; correspondo en pequeñísima parte a los deseos y amistad de Vd., para continuar las calaveradas que comenzamos ha más de veinte años, y le envio un puñadito de recortes relativos a cosas de Mallorca. Algunos de estos articulejos se escribieron fuera de la isla dorada, para darla á conocer á los extraños; otros se publicaron en nuestro periódico <i>La Última Hora</i>, al que he debido de recurrir con frecuencia, por ser la única compilación que tengo a mano; y algunos otros me los han ofrecido amigos más cuidadosos de lo que yo me he mostrado. Al pie de cada pieza consigno la procedencia y la data para que me sirvan de disculpa. En los primeros pliegos de la actual estampación fui muy fiel al original primitivo, y luego no tanto, y después... ¡chufas!; y quizás lo que más ampliación y comentario requería se ha quedado sin la una y sin el otro; y el tomo, con ser tan menguado y contrahecho, se escapa del olvido, que tanto le convenia, por no sufrir los puntapiés y empellones que lentamente y con saña Vd. y yo le propinamos. Dios conserve a Vd. la buena suerte, que tanto le cuesta, y el estómago, que a veces flaquea; y a mi no me escatime el fósforo que me falta; ni el buen humor, que le agradezco; y hasta otra tropelía se reitera muy suyo y afmo. amigo que le estima,

Estelrich.
Palma de Mallorca Julio de 1912.

Literatura en Mallorca
Una fecha y un hecho pueden fijar con toda precisión el nacimiento de la moderna literatura mallorquína y delimitarla de las influencias del siglo XVIII, que aun duraban en la última centuria, no obstante haber sido Mallorca teatro vivo donde se desarrollaron importantes acontecimientos políticos en la primera mitad del siglo XIX, muy particularmente en sus primeras décadas. La aparición del semanario La Palma, en 1844, responde al hecho y á la fecha aludidos. La estrecha amistad de D. José María Quadrado, joven á la sazón de veinte años, y de D. Tomás Aguiló, que no contaba muchos más, arraigó en la redacción del modesto semanario y se perpetuó hasta más allá de la muerte de este último, ocurrida en 1886. A ambos había precedido en pasar de esta vida el señor Montis, marqués de la Bastida, espíritu más superficial y ligero, que con aquéllos se asoció para la empresa. La erudición atropellada, aunque no del todo inútil, de los Furió y Bover; el humanismo mal aprovechado de los Pujol y Fluxá; la ligereza en los juicios, la inseguridad de los datos, las feroces diatribas en la discusión, que hacían patentes la malevolencia y la jalousie du métier de los cultivadores del arte literario, encontraron pronto modelos de producción más serena y de ideal artístico más levantado en la revista de aquellos jóvenes escritores. Quien, aún hoy, hojee las páginas del semanario, pronto se convencerá de la nobleza de miras de Quadrado y Aguiló, y de la transcendencia de su obra para el porvenir de la literatura en la isla dorada. Las leyendas y tradiciones mallorquinas las recogían aladas estrofas, más flexibles en manos de Aguiló que en las de Quadrado, quien para la poesía tuvo siempre alguna rigidez hierática, ó severidad de monumento arqueológico; los juicios acerca de autores extranjeros, que aireaban la atmósfera empobrecida, se formulaban con serenidad y justicia; la dignidad y el buen gusto resplandecieron en todas las páginas del semanario; y si alguna vez sus redactores descendieron á las burlas, fué en folletos separados de la revista, como en la Historia de la Dragonera en sus relaciones con la civilización europea, donde desparramaron tan ática y remozada sátira, ó una sola vez en la última página del semanario, para rechazar con indignidad y horribles frases las calumnias que una escritora francesa, Jorge Sand, había lanzado contra la isla tan querida de Quadrado, Aguiló y Montis en su obra Un hiver á Majorque. Juzgar á Quadrado y á Aguiló por sólo sus escritos juveniles de La Palma, que apenas duró un año, fuera apreciar las alturas en que se cernieron por el primer vuelo al salir del nido. Grandes prestigios lograron uno y otro en muchas esferas, y la obra histórica de Quadrado en sus Recuerdos y Bellezas, embalsamados por el aura de lo pasado, por la verdad severa del archivo y el sentimiento apasionado del autor; en sus Forenses y Ciudadanos, páginas redivivas de luchas de bandería local; en su Continuación del discurso sobre la Historia de Bossuet, donde la sequedad de estilo y lo compacto de las ideas no empece á los fallos acabados de la crítica histórica; en sus notas históricas al tomo Mallorca, de Piferrer, acrecentado por ellas en más del triple el texto del escritor catalán, han dado al historiador mallorquín puesta preeminente entre los españoles. Escritor sociólogo y político, colaboró con Balmes, y sostuvo la conveniencia de la unión entre los bandos que en guerra civil ensangrentaron nuestra patria. Escritor católico, volvió, después de la revolución de 1868, á reunir á sus amigos, entre los

cuales figuraban Aguiló y el actual obispo de Orihuela D. Juan Maura, para publicar en Mallorca La Unidad católica, que en el título llevaba el lema de su bandera, y pronto dejó eco en todos los círculos católicos de España. Los estudios y trabajos que acerca de la literatura dejó el Sr. Quadrado son muchos, y se refieren á todos los tiempos y á todas las épocas: como humanista nos dio traducciones parciales de Virgilio y de otros clásicos, extendiendo su acción al latín medieval, estudiando y traduciendo piezas sueltas del himnario religioso; como investigador nos trazó el cuadro de las representaciones del siglo XIV, desenterrando curiosos documentos; como crítico é historiador literario empieza su labor en La Palma y acaba refundiendo á Shakespeare, no siempre con fortuna; tradujo los Himnos sacros de Manzoni; imitó á Alfieri, estudió á Ausías March, y se haría interminable la lista de las producciones de Quadrado si aquí se intentara agotarla. Mereció un luminoso estudio del Sr. Menéndez y Pelayo, estudio que va al frente de sus obras menores, de las que van hasta ahora publicados cuatro volúmenes (Palma, imprenta de Amengual y Muntaner), otro del académico mallorquín D. Damián Isern, y la muerte de Quadrado, en 1896, fué llorada por los escritores mallorquines en un folleto necrológico. El Ayuntamiento de Palma, que contaba á Quadrado en la galería de sus hijos ilustres, le dedicó una sesión extraordinaria, y Mallorca entera no olvidó, á la muerte de su escritor predilecto, que á él debía la conservación del claustro gótico de San Francisco, la restauración de la gentilísima Lonja, el establecimiento de la Sociedad de San Vicente de Paul en la isla, y la identificación de Quadrado con el Archivo del antiguo reino de Mallorca, que simboliza el recuerdo de nuestra personalidad histórica y de las glorias tradicionales. Si el nombre de Quadrado excusa toda presentación al público de España, y aun de buena parte del extranjero, no sucede lo mismo con respecto á D. Tomás Aguiló, genio más flexible que el de Quadrado, y más esencialmente literario en el sentido estricto de la palabra. Abundante de dicción, fácil en el giro castizo, jugoso de sentimiento á veces, Aguiló pierde mucho en extensión si se le compara con Quadrado, de quien fué constante colaborador y amigo, pero gana á éste en intensidad local y en genio poético. Las gentes de Mallorca le señalaron con el dedo y le conocieron antonomásticamente por el poeta. La edición de las obras de Aguiló, en nueve volúmenes (Palma, Tipografía Católica), comprende sus narraciones A la sombra del ciprés, sus poesías castellanas y mallorquínas, sacras y profanas, originales y traducidas, imitadas y refundidas; sus artículos históricos y literarios, y una novela comenzada por él mismo y terminada por Quadrado. Milá y Fontanals lamentaba que Aguiló no se hubiera contentado con lo bueno, y Guillermo Forteza le reprochaba ciertas menudencias de orífice y el tono quejumbrón en la parte amatoria de sus versos. Ni una ni otra observación parece inmotivada; pero, restando toda clase de reparos, queda siempre en la producción de D. Tomás Aguiló lozana y poderosa inspiración que subió muy alto en Abdiel y Los siglos ante Jesucristo; honda y sentida ternura de las Escenas episódicas del Calvario; felices toques descriptivos en La Puerta de Santa Margarita y Las disciplinas; gallarda y digna factura en Costança d'Aragó; notas de su alma católica y resignada en Resignación; novedad inusitada para aquellos tiempos en sus poesías fantásticas mallorquínas, que, en conjunto y á nuestro juicio, son lo más bello de cuanto Aguiló nos dejó escrito. Vivía en la plenitud de sus facultades el egregio triunvirato mallorquín á que nos hemos referido (y que tiempo hace nos hizo recordar otro más egregio triunvirato de la literatura germánica, constituido por Klopstock, Leasing y Wieland) cuando era ya mies todo el campo de la literatura mallorquina. La colonia estudiantil de la isla en Barcelona

se agrupaba en torno de López Soler, Bergues de las Casas, Piferrer, Milá, Rubió y Ors, Víctor Balaguer y tantos otros á quienes aceptaba como maestros ó trataba como amigos. Por allí vagaban entonces para completar sus estudios universitarios Jerónimo Roselló, Mariano Aguiló, Pedro de A. Peña, Miguel Victoriano Amer, Juan Palou y Coll, Francisco Alcalde, José Vich, Jaime Cerdá, Alvaro Campaner, Guillermo Forteza, Joaquín Fiol... toda una constelación con intensidad de luz muy variada. Imposible recordarlos todos ni dar noticia de todos, porque ni aun para las figuras principales huelga el espacio. D. Jerónimo Rosselló, en quien ni los años, ni la terrible enfermedad que desde hace un decenio le tiene postrado y paralítico, han podido amenguar los apasionamientos de su corazón, fué investigador fervoroso de la literatura mallorquína; formó colecciones de sus poetas y prosistas; suministró á Bover no pocos materiales para la única obra positiva de éste; tesoro bibliográfico que encerró en su Biblioteca de escritores baleares; enamorado de la gran figura de Ramón Lull, reunió códices lulianos de inestimable valer, dio al mundo las Obras rimadas del famoso sabio y preparó la edición completa de sus textos. Poeta de esfumado sentimiento y de ideales románticos, huyó todo exclusivismo; se presentó en los Juegos florales de Barcelona, donde logró el título de Mestre en gay saber en el segundo año de la restauración de aquellas fiestas vernales, y escribió en castellano su colección poética Hojas y flores, donde las influencias francesas, inglesas , y sobre todo alemanas , son evidentes. La tradición mallorquína le inspiró el cancionero Lo joglar de Maylorcha, y el estudio de todas las literaturas conocidas le formó una librería mucho más selecta que numerosa, ubre que ha alimentado toda la actual generación mallorquína. Sus traducciones de poetas germánicos se contienen en varios legajos, lo más de ello inédito; pero lo publicado basta para poder afirmar que Rosselló fué uno de los primeros en dar, no sólo á Mallorca, sino á España, la traducción de la balada germánica en la forma cultivada por Goethe, Schiller y Bürger. A esa amplitud de criterio respondió, en sentido opuesto, el catalanismo cerrado de D. Mariano Aguiló, quien ha vivido constantemente en Barcelona. Nunca empleó otra lengua que el catalán, y fué el primero que quiso darle unidad con el símil del árbol de tres ramas, símbolo de los territorios de Cataluña, Mallorca y Valencia, donde el catalán se habla con más ó menos diferencias dialectales. Persiguió los vocablos de esa lengua en las comarcas referidas, ya arrancándolos frescos y vivos de labios de indoctos campesinos, ya de los arcaicos trazos de códices y vetustos documentos de la historia y literatura catalanas; reunió abundantísimos materiales para la formación de una gramática y un diccionario de aquella lengua; coleccionó sus cantares populares, sus canciones, romances , leyendas y tradiciones; comenzó la publicación de una interesantísima Biblioteca catalana de obras clásicas; dio á la estampa, en pliegos sueltos, muestras de su Cancionero en admirables tipos góticos, y á los vuelos de su imaginación y de su gusto depurado, como gran artista que era, no respondió siempre la realidad. Su obra, quizás por lo vasto de la concepción desordenada, puede decirse que ha quedado en iniciaciones; y, sin embargo, Aguiló, pocos años ha fallecido, ejerce ya un patriarcado en las letras catalanas, y sus obras constituyen verdaderos testi di lingua del catalanismo. Del prosista nos quedan pocas pero selectísimas muestras. Del poeta de imaginación colorida, lírico en toda su producción, son pocos todos los elogios que se le tributen. El supo animar y dar calor al alegorismo á que propendía, y Esperança, La sesta, A l'archiu de la corona d'Aragó, L'enteniment y l'amor, Axo rai!, L'estrella de l'auba, muchas de sus amorosas... son poesías que no se olvidarán jamás donde resuene

la lengua catalana, á la que Aguiló supo arrancar secretos de recóndita armonía y suavísima fluidez. D. Pedro de A. Peña ha sido, y es aún por fortuna, el tipo de más relieve de la poesía popular mallorquína, no recogiéndola del pueblo, sino dándola al pueblo. Todo lo ha intentado, y en todo se ha metido, y hay que entrar con saña y sin piedad con la podadera en su producción, para desmochar á carretadas lo mucho malo que perjudica á lo poco incomparable que tiene, y basta para darle lugar preeminentísimo y asiento propio en la literatura de la isla. En la descripción de tipos, usos y costumbres del país no tiene rival, ni dentro ni fuera de él, y, avalorado por sus legítimos quilates, supera á todos aquellos con quienes pudiera comparársele, Beránger inclusive. Sus audacias de ingenio y de lenguaje no tienen límites, y lo mismo le proporcionan luminosas clarividencias que tremendas caídas; pero cuando Peña da en el clavo justifica la predilección que el pueblo de Mallorca dispensa al poeta, recitándole de coro desde un confín al otro de Mallorca. La familia del Sr. Peña ha sido muy socorrida en poetas, y fuera injusto no citar siquiera á su hermana Doña Victoria y al esposo de ésta D. Miguel Victoriano Amer, buen humanista, y en la producción del cual se revela la serenidad de su alma. En este grupo debe hacerse mención de D. José Luis Pons, quien, aunque nacido en San Andreu de Cataluña, hay que conceptuarlo mallorquín por su larga residencia en Mallorca, por haber ejercido alguna influencia en la juventud mallorquina desde la cátedra, y por haber reunido en su casa á los literatos mallorquines en fiestas literarias. De sus obras didácticas ha dejado apreciables muestras, y en su labor literaria, no muy abundante, resplandece el amor á la forma y cierto sentimiento patricio como en Lluite de braus, ó tradicional y honrado como en Le llar. Como los más de los escritores insulares, escribió en castellano y catalán, en prosa y verso. La Campana de la Almudaina, representada con extraordinario éxito en Madrid, levantó de golpe la personalidad de D. Juan Palou y Coll, quien, por rara excepción en Mallorca, ha seguido cultivando, con largos intervalos, la dramática castellana; y desde Madrid llegaba de vez en cuando la noticia de los trabajos de crítica literaria á que se dedicaba Guillermo Forteza, en quien se malograron felices disposiciones para este género literario. Antes de 1869, la literatura mallorquina, cultivada en el gabinete, apenas tenía válvulas por donde despavorar. La actual generación conserva el recuerdo de su Ateneo, por donde pasaron Bretón de los Herreros y Zorrilla, y acude aún á la colección de los almanaques de El Diario de Palma y de El Isleño para poder historiar ó conocer la época á que nos referimos. Los periódicos diarios daban poco de sí, y las revistas eran punto menos que desconocidas en Mallorca. Entre la literatura, cultivada casi exclusivamente por sabios, y el público en general, no había tacto de codos. La Revolución de Septiembre de 1868 varió la condición de Mallorca en este punto. El periódico El Iris del pueblo recogió la levadura revolucionaria de que fué encarnación Miguel Quetglas , y, contrarrestando estas tendencias, apareció el semanario El Juez de Paz, casi redactado exclusivamente por Miguel Bibiloni y Corró, escritor de no poco ingenio y mayor desaprensión, ya conocido por alguna obra que sólo subrepticiamente pudo llegar á los tórculos.

A esta época corresponde también la publicación de La Dulzaina, semanario escrito á empujones, por los que un librero mallorquín arrimaba á la tertulia de sus amigos, entre los que se contaban Gabriel Maura, Tomás Forteza, Bartolomé Ferrá y algunos otros. Ningún espíritu crítico les movía, y sólo abasteció las páginas de aquel semanario el buen humor de sus redactores. Gabriel Maura, al frente de sus nueve hermanos y al cuidado de todos ellos, como primogénito, sacrificó desde el fallecimiento de su padre las excepcionales condiciones artísticas que tenía para ser un grande hombre, contentándose con ser un buen hombre. En nadie se han reunido á la vez concepción más rápida, imaginación más desenfrenada, y más pronta expresión del concepto. Su conversación aturde, y es un continuo chisporroteo de rueda de artificio con todos los matices y sorpresas de la pirotecnia. En algunos artículos de costumbres, que ha coleccionado, la observación llega á la meta de los tipos descritos, y siempre se encuentran apreciaciones tan hondas y precisas como inesperadas. Sus versos más celebrados, Avant!, tienen revelaciones de gran poeta; pero sin entrar por los ideales de la humanidad y encerrándose en la contemplación de sí mismo, algún romancillo, como Quimeras, bastaría para mirar á Gabriel Maura con muchísimo respeto. Tomás Forteza, fallecido en 1898, se educó en rígida y clásica disciplina. Latinista egregio, su mayor timbre lo acreditará la Gramática mallorquina. Su poquedad, su modestia, su timidez, le perjudicaron. Escribió con dulzura de alma y abundante fluidez de sentimiento composiciones en prosa y verso, en mallorquín y en castellano, y un drama en catalán, que aún permanece inédito. Su labor docente y filológica, otros la aprovecharon y nunca corresponderá su gloria futura á los merecimientos personales que le adornaban. Bartolomé Ferrá es tipo harto complejo, aunque en todas sus fases se ve que el material de que está formado proviene de la misma cantera. Periodista sui generis, controversista en materias de arte arquitectónico, los mejores timbres de su gloria los ostenta su colección Comedies y Poesies, donde no se persigue en general la delicadeza ni la gracia, aunque contra este aserto se rebelen algunas de las baladas en prosa y alguna poética, labrada sobre elementos populares. Sus colecciones posteriores no han desmentido ni la tendencia ni la factura de su primitiva colección. La pintura externa, á près nature, de tipos y escenas populares, es quizá la parte más vivaz de sus obras. Por entonces, Ramón Picó había abandonado ya su pueblo de Pollensa, y comenzaba á darse á conocer en Barcelona, donde vive y donde ha logrado un nombre envidiable de poeta robusto. En 1872, un escolarcillo muy aficionado á la literatura, y en quien se compensaba la escasez de la fuerza lírica por un gusto finísimo y una factura irreprochable, tuvo alientos para lanzar el prospecto de una Revista Balear, viendo Mateo Obrador coronados sus esfuerzos por la cooperación de todos los escritores baleares. Tres años más tarde, la Revista se convertía en el Museo Balear, que, con algunas interrupciones, ha vivido hasta casi la terminación del último siglo: á estas colecciones es forzoso acudir para conocer el movimiento literario en Mallorca en el último cuarto de la expresada centuria. Todos los escritores antes citados colaboraron en el Museo, amén de otros muchos, ya de antes conocidos ó que entonces nacieron. Allí desplegó D. Antonio Frates sus dotes de escritor castizo y narrador gallardo; Jaime Cerdá sus romances castellanos; Manuela de los Herreros, Angelina Martínez de la Fuente y Margarita Caimari los últimos ecos de su producción poética; D. León Carnicer sus fábulas,

cuentos y epigramas; allí aparecieron por primera vez las firmas de Costa y de Alcover; trabajos científicos de Miguel Amer, Weyler y Laviña, Dalmau, Monlau, Campaner, Pedro Estelrich, Estada, Amengual y tantos otros que en sus páginas figuran, y allí también hizo sus primeras campañas un joven sacerdote que logró por un momento llamar la atención de España acerca de las iniquidades que Mallorca cometía con la clase de los llamados chuetas, ó sea de la raza de los judíos lindos ó conversos. José Tarongí se rebeló contra esas iniquidades, que tan de cerca le afectaban, no sin ver que la preocupación contra la raza estaba lo mismo dentro que fuera de ella; y la discusión tomó por un momento caracteres de disputa y transcendió á la prensa continental. En la discusión intervinieron nombres, pseudónimos y anónimos, libros y folletos, hojas volantes y clandestinas, y en ella se presentó con la visera levantada el presbítero D. Miguel Maura, quien logró fama de polemista habilísimo y de ingenio vivaz y despierto desde las columnas del periódico El Ancora, que de defensor de la religión pasó á ser corifeo del integrismo más intransigente, en los momentos en que estas cuestiones preocuparon las inteligencias y las conciencias. La organización de partidos y fracciones dio vida á innumerables periódicos, los más de vida efímera, y la facilidad ó la escasez de medios de subsistencia de nuevas imprentas alentó la publicación de revistas y semanarios literarios ó políticos, alguno de los cuales se alimentó de la procacidad y del insulto, más sabroso en un pueblo aislado y conocido de todos los residentes, como es el de Mallorca, no sin que á tales desbarros prestaran protección ó calor los partidos militantes. Entre las revistas, hay que hacer especial mención del Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana, alimentado por la historia y la arqueología, por el archivo y la tradición; revistilla mensual que aún perdura por los afanes de Ferrá, á quien debe colocarse entre los fundadores, y los esfuerzos de un grupo modesto y trabajador, en que se cuentan Estanislao Aguiló, P. A. Sancho, Enrique Fajarnés, Pedro Sampol, Jaime L. Garau, y otros varios. Otra revistilla semanal, L'ignorancia, fundada por Mateo Obrador, y escrita toda ella en mallorquín, primera manifestación literario mallorquina de esta época, alcanzó éxito extraordinario, y ha subsistido hasta nuestros días, con más ó menos interrupciones y cambio de título, sustituyendo el primitivo por el de La Roqueta, mote de cariñoso halago con que los mallorquines designan su tierra. El periodismo ha ido adquiriendo gran importancia en Mallorca, y época ha habido en que se han publicado hasta once periódicos diarios en la sola capital de Mallorca, sin contar con que algunos, como La Última Hora y La Almudaina, hoy subsistentes, encierran en sus colecciones documentos de extraordinario interés para la historia y la literatura mallorquínas. Las bibliotecas y archivos de Mallorca han entrado en vías de regeneración. El archivo Capitular, gracias á los esfuerzos del canónigo Sr. Miralles, es hoy conocido; el Episcopal se ha puesto en manos de un historiador tan inteligente en paleografía como el Sr. Rotger. La Biblioteca del Seminario se ha acrecentado últimamente con más de cuatrocientos volúmenes, procedentes de los duplicados de la Provincial. La del Palau ha sido objeto de las atenciones del P. Mir, quien le va cediendo un rico donativo, procedente de adquisiciones de las bibliotecas de D. Augusto Fereiroa y de D. Antonio María Fabié. El local de esta biblioteca es lo que necesita pronto é inmediato remedio, y lo esperamos de la cultura del obispo Sr. Campins. El municipio ha nombrado personal idóneo para su archivo, antes tan abandonado; e instituciones particulares, como el Colegio Médico y la Sociedad Arqueológica Luliana, atienden con todo cuidado á sus respectivas bibliotecas. La del Circulo Mallorquín, importantísima sociedad de recreo montada con exuberante lujo, nada deja que envidiar en lo concerniente á revistas y

periódicos. El colegio de la Sapiencia guarda interesantes restos arqueológicos, y el Museo provincial de la Lonja va formándose lentamente. En las librerías particulares de Ayamans, Montenegro, Roten y Sureda, se guardan no pocos códices y alguna preciosidad bibliográfica, no menos que en la que perteneció á la familia Brondo se conservan innumerables manuscritos, que recogió el afán incansable de Bover. Otras, como la de bibliografía mallorquína, recogida por Capdebou, levantaron el vuelo y salieron íntegramente de Mallorca, o por allí quedaron desperdigadas, como la de Villalonga. La provincial contiene más de 50.000 volúmenes, bastantes códices y no pocos incunables; y los archivos Histórico del reino de Mallorca y de la Audiencia, abundante curiosidad. Dejando aparte muchas notas que acreditarían la cultura de Mallorca, fuerza es volver á los escritores que hoy están en la plenitud de la vida y, sobre otros muchos, se destacan como principales figuras: tales son los poetas Miguel Costa y Juan Alcover, y el periodista é historiador Miguel S. Oliver. Miguel Costa, primogénito de una de las familias más acomodadas de la isla, comenzó sus ensayos literarios en verso castellano cuando cursaba la segunda enseñanza. La traición de sus compañeros en Barcelona, cuando allí estudiaba los primeros cursos en la Facultad de Derecho, enviando á la Revista balear las primicias de Costa en lengua catalana, hicieron conocer á este poeta (y Dios me premie la participación que yo tuve en las traiciones referidas), poeta que á los diez y ocho años se reveló en la plenitud de sus facultades, publicando la composición El pi de Formentor, que es conocida en todo Mallorca como algo que simboliza la raza poética de la isla. Abandonando sus estudios cuando iba á terminar la carrera, se recluyó en Pollensa, su pueblo natal, y de allí emprendió un viaje á Roma, de donde no volvió sin haber recibido las órdenes sagradas. Desde entonces continúa al lado de su padre, Viudo, consagrado á la piedad, á la predicación y á escribir versos. Su primera colección de Poesies, en mallorquín, es su gran ejecutoria de poeta. Allí está Costa por entero, con la armonía de todas sus ricas y grandes facultades, con el sentimiento de la naturaleza, con la pasión de su alma, con el dominio absoluto de la forma que responde siempre á su concepto con precisión fotográfica, con su dicción exquisita y digna y de fácil comprensión para los lectores más indoctos, con su potencia lírica y con su gusto artístico y depurado. La piedad le dictó luego el Cansoneret de la Verge del Puig, y la emulación tuvo parte después á que escribiese una serie de leyenditas con el título Del agre de la terra; obras que, por ser de quien eran y por rasgos sueltos que encerraban, constituían un acontecimiento en las letras mallorquínas, pero de la lectura de las cuales, en comparación con sus Poesías, se deducía fácilmente que el poeta lírico superaba en mucho al narrativo, y que el don de narrar, concedido á pocos, cedía á la inspiración del poeta. Su última colección de versos castellanos, titulada Líricas, ha hecho que Miguel Costa pudiera ser apreciado en Castilla y donde se habla lengua castellana; y si el Sr. Menéndez y Pelayo, años hace, declaraba que Costa era uno de los principales líricos de la presente generación española, D. Juan Valera, en el prólogo de su Florilegio, actualmente en publicación, no se ha abstenido de manifestar que consideraba relevantes los merecimientos de Costa, colocándole entre los primeros que hoy cultivan las letras. Si en Costa vence el poeta lírico al narrativo, en Alcover, por el contrario, vence el poeta narrativo al lírico. Cierto es que, mirando para adentro, se descubre en el fondo de todas las narraciones de Alcover un elemento puramente subjetivo y aun personal, que embellece y avalora estas mismas narraciones, como sucede en Noche de Reyes,

Contemplación, Travesía, Melodia etiópica, La fruta prohibida, etc., y que alrededor de esa nota íntima se urde toda la trama del cuento; pero no es menos verdad que toda la urdimbre caería deshecha sin el arte exquisito del narrador. Alcover, poeta siempre reflexivo y sereno, busca y encuentra el modo de traducir el pensamiento en imagen; y no se contenta con esto sólo, sino que exige y logra que sus imágenes sean nuevas, precisas é interesantes. Su última colección, Meteoros, publicada por la casa Gili, de Barcelona, ha logrado llamar la atención de todos los críticos españoles, é inútil sería alabar ahora lo que anda ya tan alabado. No es sólo Alcover excelente poeta, sino también excelente critico y orador. El campo de Mallorca no le ofrece espacio suficiente para el desarrollo de tales aptitudes; pero, cuando la ocasión se ha presentado, revelóse Alcover ricamente municionado con el escalpelo ó con la clámide tribunicia. El grupo de sus amigos fió siempre en la decisión de sus fallos, y las fiestas literarias ó las solemnidades políticas buscaron siempre en la palabra de Alcover los halagos de la hermosura ó las conclusiones de la doctrina. Miguel S. Oliver dióse á conocer en las columnas de los periódicos, y comparte hoy el tiempo de su vida entre la dirección del diario independiente La Almudaina y la gerencia de una importante sociedad de crédito. Joven aún, su personalidad se destaca pujante sobre la masa anónima con rasgos propios y muy característicos. Algunos años hace rompió con todas las timideces mallorquínas y proclamó que del poder central nos venían todos los males, y que en implantar en Mallorca el catalanismo, con todas sus consecuencias, estaba la regeneración de Mallorca y de la patria entera. Nada de esto creo yo, sin negar que algunos de los problemas políticos y sociales que se han planteado en Cataluña deben estudiarse muy seriamente por los gobernantes. Pero, sea de ello lo que quiera, el catalanismo científico é intelectual de Miguel S. Oliver no satisface á los catalanistas mallorquines militantes, que ni son muchos ni reflejan el modo de sentir del país. No es ésta cuestión para pocas líneas. Miguel S. Oliver, periodista prestigioso, poeta sensato, polemista habilísimo y contundente, acaba de sellar su personalidad con una obra histórica de verdadera importancia: Mallorca durante la primera revolución. De ella se ocupa ya la prensa con elogio extraordinario y merecido, y mayor espacio he de consagrarle del que aquí dispongo, dejando libre el campo al crítico de nuestro tiempo para que la juzgue y avalore en estas páginas. Sin grandes esfuerzos pudieran acrecentarse estas notas con muchos nombres de los que en Mallorca cultivan las letras, agrupando en torno de Costa, por ejemplo, á Giraud y á Orlandis, arrebatados á la vida en sus más floridos años, á Gayá y al incansable colector de cuentos mallorquines Antonio María Alcover; en torno de Miguel Santos Oliver al poeta y crítico anarquista Gabriel Alomar, al dramaturgo Torrendell, al joven Félix Escalas; citar á poetas independientes como Jaime Pomar y Camilo Pou; ó literatos como Juan B. Enseñat, que casi abandonó la lengua patria para escribir en la francesa, ó de ella hizo arreglos y traducciones; al crítico musical Antonio Noguera; á literatas como María Antonia Salvá ó Emilia Sureda, sin contar el olvido en que se deja á los cultivadores de ramas tan importantes como la ciencia, la historia y la poesía popular, ésta con caracteres muy especiales y nunca estudiados en Mallorca; á mallorquines ilustres como el general Weyler ó Antonio Maura, influyentes en las más altas, esferas de la política; académicos como el P. Mir, Damián Isern, Bartolomé Maura; directores de establecimientos nacionales como el Sr. Pou y Ordines, y

muchos más que sería preciso recordar para que apareciese completo el cuadro de la. intelectualidad mallorquína. Para cerrarlo con algunas notas sintéticas, digamos que, después de Madrid, Barcelona y Sevilla, figura Palma de Mallorca en el movimiento intelectual de España, y que á todas aventaja si se atiende á la relación del número de habitantes. La literatura mallorquína, hasta nuestros días, ha tenido marcado sello conservador, y hasta católico, y las transgresiones de este carácter han sido siempre más intelectuales que propagandistas, más hijas de la idea que de la acción. La literatura castellana, la crítica y la prensa, están en el deber de fijarse en esos literatos de Mallorca que perpetuamente usan el mallorquín como lengua única en todos los usos de la vida, y cultivan, no obstante, el castellano para dar forma á las concepciones literarias de su mente. De aquí nace un mal gravísimo: el de escribir en una lengua rigurosamente extraña, con todas las deficiencias que en sí lleva el procedimiento, y un bien relativo: el de que los escritores mallorquines que emplean el castellano, lo aprenden en los documentos clásicos de esta literatura y no incurren, generalmente, en los horribles neologismos que introduce la conversación vulgar. El ahorro de frase que impone siempre una lengua extraña les libra por lo común de ser palabreros y declamatorios, vicio de que no está exenta gran parte de la literatura nacional. Quizás por el ambiente que se respira en aquel grupo de islas semi-griegas, quizás por la disciplina clásica á que se sometieron la mayor parte de sus escritores, quizás por pacatismo y timidez de carácter de sus naturales, ó por todo ello á la vez, resulta que una nota dominante de la literatura mallorquína es la exquisitez del gusto y la delicadeza en la forma, nota reconocida y proclamada por los catalanes y por ellos envidiada. Estos sí que halagan y agasajan y miman á Mallorca, no sólo por el juego que Mallorca puede hacerles, sino porque, desde la restauración de los Juegos Florales, se la considera como una extensión de su territorio y de su lengua. Sin embargo, conviene advertir que aparte de algún carácter diferencial, ya anotado, entre la literatura catalana y la mallorquína, existe una razón de hecho que coloca á los mallorquines en situación ambigua con respecto á los fines que Cataluña puede proponerse en la conquista literaria y filológica de Mallorca, y es que los escritores de esta isla , salvo los que fijaron su residencia en Barcelona, como D. Mariano Aguiló ó Ramón Picó, usaron indistintamente en sus producciones el catalán ó el castellano como medio de expresión del pensamiento; que en el mismo catalán literario los mallorquines acentuaron la nota arcaica del lenguaje en los momentos en que renacía la literatura catalana; y en los mismos tiempos en que Cabanyes, Piferrer, Roca y Cornet dejaban en su producción visibles huellas de la rebeldía con que el castellano se les mostraba como lengua impuesta, en Mallorca, Quadrado le sonsacaba notas de severa concisión, y Tomás Aguiló lo escribía con singular riqueza de dicción y giro abundante y castizo. El mismo propagador en Mallorca del catalanismo sistemático, Miguel S. Oliver, ha escrito mucho más en castellano que en mallorquín, y la última obra por él mismo publicada demuestra á las claras que, si Oliver predica las excelencias de un sistema y de una lengua, no le son desconocidas ni la lengua ni la literatura clásicas castellanas, con el trato de las que no se avienen los corifeos del catalanismo militante. Aplaudo y admiro la grandeza de Cataluña y de Barcelona; sé que los movimientos políticos y sociales han tenido buena parte en esta grandeza; pero la implantación de las

tendencias del catalanismo en Mallorca me asusta, por los perjuicios que puede acarrear á la isla dorada. J . L. ESTELRICH.

Toros en Mallorca
Las curiosas noticias de bibliografía tauromaquia que insertó el Sr. Carmena y Millán en el Homenaje á Menéndez y Pelayo; el voluminoso, limpio é interesante libro que publicó luego el Sr. Conde de las Navas con título de El espectáculo más nacional, la impresión que produjeron en mí las citadas publicaciones, haciéndome ver los toros, no desde la barrera, sino desde la bibliografía; el encontrarme el último verano Robinsón en Mallorca y siempre deseoso de que la fértil isla mediterránea tenga representación en todas partes, metiéronme en averiguaciones, ni muy arcanas ni muy curiosas, para recoger algunos datos referentes á la materia y ofrecerlos luego al Bibliotecario mayor de S. M., para que con ellos acrecentara la segunda edición de su citada obra, para cuyos aumentos todo se hizo. Heme ya, desde hace tiempo, con el manojito de noticias; mas como el Conde de las Navas, en sus correcciones palaciegas, no cree que deba recibir el puñado en la forma primitiva y única que á este Robinsón se le ocurrió entregárselo, ha nacido de aquí una amistosa pelamesa entre el Sr. Conde de las Navas y yo; obstinándose él en que el manojo se convierta en ramo por arte y habilidad míos, y negándome yo todo arte y toda habilidad para zurcir en semejantes telas; porque no soy más que un chanfla en asuntos taurinos y el mejor arreglo que salga de mis manos no pasará de inhábil chafallo. Con la protesta de que el Sr. Conde de las Navas es el responsable de mis desaciertos, allá van, puestas por orden cronológico, las noticias recogidas. La primera es cruenta. En 15 de Junio de 1689 debía celebrarse, en la plaza de Santa Eulalia, una corrida de bueyes con que, entre otros festejos, se solemnizaban las fiestas de San Vicente Ferrer. Un sastre llamado Astela quiso subir á la terraza de la iglesia para ver la corrida; pero se opuso á sus intentos un señor sacerdote. Se conoce que Astela no paraba en pelillos, y sacó un puñal, de que pudo apoderarse el sacerdote, pero no sin quedar éste malamente herido en la cabeza. Cerróse la iglesia y se llevó el Sacramento al convento de monjas de la Misericordia, mientras se practicaban las ceremonias debidas para purificar el templo La corrida, por estos sucesos, hubo de retrasarse y se celebró que ya era de noche. Esta noticia, primera que me acusa la existencia de corridas de bueyes en Mallorca, la consigna el Cronicón mayoricense, de A. Campaner (1), y procede del Diario MS. de Matías Mut. Las investigaciones practicadas en los Archivos por el diligente médico balear Sr. Fajarnés para comprobar y ampliar el hecho, han resultado hasta ahora infructuosas. El siglo XVIII nos ofrece no pocas noticias. Algunas de ellas fueron publicadas por el citado Sr. Fajarnés en el Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana (2), y otras están aún inéditas en el Archivo municipal de Palma. Helas aquí. Los antecedentes que algunas de estas mismas disposiciones suponen, ó á los cuales hacen referencia, son otros tantos hechos interesantes á que podrá recurrir el lector si no quiere dejar blancos en la reseña.

El Comendador de la casa y Hospital de San Antonio acudió á las autoridades locales para que se le permitiese celebrar corridas de toros cerca ó delante á dicha casa; pero esta petición fue denegada mediante informe que dio la ciudad en el mes de Mayo de 1746; el expresado informe debió de apoyarse en sólidos fundamentos, porque, noticioso el Ayuntamiento de Palma, en Julio del mismo año, de que por aquellos días se habían toreado bueyes, así en algunas calles de la ciudad como dentro de la carnicería, volvía á referirse al citado informe para deducir que tales prácticas eran perniciosas al público; «en cuya consideración se acordó, de conformidad, que se pase recado de parte de la ciudad, por medio del Maestro de ceremonias de la mesma, al Sr. Regidor de mes que actualmente sirve el Sr. D. Marcos Reus y Vallés, para que se sirva expedir las órdenes que como tal le permitieren sus facultades, á fin de que no se permita torear bueyes, vacas, novillos ni terneras, con los apercibimientos que hallase por conveniente al dicho fin» (3). Ni del valor que alcanzaban semejantes prohibiciones, ni de los apercibimientos del Regidor de mes tenemos noticias; pero hemos de suponer que la afición continuaba en Mallorca, cuando las leyes ó disposiciones prohibitivas se sucedían, y no sólo las dictaba el Ayuntamiento, sino toda clase de autoridades de las que entonces regían el país. Como muestra, véase el adjunto bando del Capitán general de Mallorca, que transcribimos íntegro. La parte penal se expresa en el mismo con indudable precisión, como correspondía á quien al mando superior militar del reino juntaba el de jerarca del poder judicial. «D. Luis González de Alvelda, Marques de Cayro, Barón de Alvelda, señor de Ransbeque, Valerstrade, y Galgveelt, Comendador de Zieza en la orden de San-Tiago, Theniente General de los Reales Exercitos de Su Magestad, Gouernador y Capitán general de el Exercito, Reyno de Mallorca, é Islas adjacentes, y Presidente de la Real Audiencia, Regente y Ohidores de ella, etc.. »Por quanto se ha experimentado el abuso que frequentemente se comete en esta ciudad de Palma, no solo por los Cofadres del Gremio de Cortantes, si también por muchos, y diferentes particulares de la misma, con el ganado vacuno, paseándole por las calles, distrahiendo a muchos en particular de los que trabajan en las boticas, atrepellando á otros, á peligro de suceder alguna fatal desgracia, permitiendo le den perros, é irritándole, originándose de ello quedar la carne inficionada en grave perjuicio de la salud pública de los que van á comprarla, y comen. Deseando evitar semejante perjuicio que pueden ser en lo sucesivo contra la salud del público y quitar la ocasión de desgracias con los perros que le den. En esta consideración, y conviniendo proveher de oportuno remedio con Real Auto que se proveyó en treze del corriente se acordó expedir el presente Vando por el qual, y su tenor Ordenamos, y Mandamos, que de oy en adelante ninguna persona de qualquier estado, calidad, y condición que sea, pueda por si ni por interpuesta persona pasear por las calles de la presente Ciudad, ni por otra parte, ninguna especie de dicho ganado vacuno, á fin de darle perros, é irritarle, pena de diez libras de multa por cada vez al que contraviniere aplicadas por metad a penas de Cámara, y gastos de Justicia, y quinze dias de Cárcel. Y para que assi se cumpla, y execute, Mandamos se publique, y fixe en los puestos y parages acostumbrados de esta dicha Ciudad, para que en su inteligencia procedan con arreglo a esta providencia baxo la pena cominada, que se les impondrá irremissiblemente a los contrafactores, é

inobedientes. Dada en la Sala de la Real Audiencia á los catorze del mes de Julio de mil setecientos cinquenta y nueve años. — El Marques de Cayro. — Por mandado de su Excelencia, Pedro Juan Canals, Nott. escrivano mayor y Secretario en el Crimen de la Real Audiencia» (4). Pero no se crea que todas las disposiciones emanadas del Ayuntamiento de Palma fueron de oposición á los toros. Véase el siguiente asiento que figura en el Libro ds Ayuntamientos, de 1783, fol. 377 vuelto, del Archivo municipal de Palma, y que hasta ahora ha permanecido inédito: «En la ciudad de Palma, capital del Reino de Mallorca, a once dias del mes de Octubre de 1783 = En este Ayuntamiento han hecho presente los cavalleros Regidores del Sto. .Hospital la orden de S. M. en que les faculta poder rifar un zerdo y hacer fiesta de Toros por espacio de tres años, empleando su producto en subsidio de dicha santa casa. Y se acordó su mas exacto y devido cumplimiento en todo y por todo, y que se pusiese copia de dicha R. orden a continuación de este cabildo. » Pocos meses después habían comenzado ya las obras de fábrica para las fiestas de toros que por Real orden quedaron autorizadas en beneficio del Hospital. Como se había concedido un plazo de tres años no había tiempo que perder, á fin de sacar los mayores subsidios posibles. Pero Jubileo se atravesó en la empresa, y como tenemos un escrito auténtico y fehaciente, y muy preciso en sus conceptos, y no ajeno de gracia en su redacción, si bien se le examina, reprodúzcole aquí íntegro para que sea aprovechado para la segunda edición de El espectáculo más nacional, si para ello vale: «En la ciudad de Palma, capital del Reino de Mallorca á veinte y tres dias del mes de Abril de i784,= En el mismo Ayuntamiento ha echo presente el cavallero Regidor del St. Hospital Dr. Juan Socies, el que haviendo tenido noticia de que el Ilmo Sr. Obispo de esta Diócesis havia manifestado algun discentimiento sobre la Fiesta de Toros, cuya fabrica ya se havia comensado en la plasuela del mismo St. Hospital; pasó el propio Sr. acompañado de su corregidor el señor D. Antonio Togoras á manifestar al referido Sr. Ilmo. que le havian de merecer les favoreciesse de noticiarles en dho. discentimiento para en todo arreglarse entrambos á su voluntad, como tan bienechor y más interesado con los pobres de aquella Sta. Casa, á la que se havia demostrado tan liberal en su convalecencia. A cuya proposición el enunciado Sr. Ilmo. respondió que tenia algun escrúpulo en que los dias de Domingo se quissiese efectuar tal diversión que no podia disimular, pues que en caso se procediese, dada quenta á la Superioridad, ó bien que ellos la diesen del discentimiento referido al general y R. Acuerdo, que como se acordase ya no le queda ya escrúpulo alguno; Que si uno ni otro se executase, y determinásemos dexar las tales fiestas de Toros, daria su Ilma de limosna quinientas lib.s (5) que era lo mas que consideraba producirían líquidas para los pobres aquellas fiestas. Que sobre esto después haviendo respondido unos y otros dilatadamente manifestando la R. Orden del Supremo Consejo que para el citado fin se havia conseguido, y leido á su satisfacción De S.Ilma; quedaron en pie los susodichos ofrecimientos hasta el siguiente dia que dho. Sr D. Juan pasó otra vez solo al sobre dho. Sr. Ilma. suplicándole permitiese el hacerse las citadas fiestas en los dias que solo havia obligación de ohir Misa, y los otros de trabajo como mas conviniese a aquella Sta. Casa, á lo qual asintió su Ilma. expresando, que como no se trabaxase en los dias de Domingo, no se le ofrecia reparo, y que daria no las 500 libras sino alguna limosna la que le pareciese. Todo lo qual hacia presente al Ayuntamiento para su inteligencia. Y se acordó que los Regidores del St. Hospital en uso de sus facultades hiciesen lo que les

pareciese. Con lo que se concluyó el acuerdo que firmaron los Sres. Asistentes de Corregidor y Regidor Decano, yo el infrascrito Esc.no doy fée. — Juan Armengol» (6). El tantas veces citado Libro de Ayuntamientos, en el volumen de 1790, fol. 315, contiene un asiento de escasa importancia. sólo por su calidad de inédito se hace aquí mención de él: 9 Noviembre 1790. El Ayuntamiento tiene presente los perjuicios que se causan de torear, y de vaciar y lavar las tripas en parajes distintos al que está señalado para ello. Y se acuerda que no se pueda torear dentro de dicho matadero, bajo pena de 3 libras al dueño del perro... Otro asiento mucho más interesante, igualmente inédito hasta ahora, se encuentra en el Libro de 1796, tomo I, folio 246. Corresponde al 19 de Abril del expresado año, y dice: «En el mismo Ayuntamiento ha hecho presente el mismo Admor. (el del abasto de carnes) una esquella del señor D. Nicolás Campaner, ohidor de la R.1 Audiencia, en que le pide tres ó cuatro toros de los que han traido de Oran para camviarlos con otros de igual peso, respeto de que estos últimos no son buenos para las corridas de toros que se han de hacer para los pobres de la Cárcel; lo que hace presente para que este M. I. Ayuntamiento resuelva lo que tenga por conveniente. Y en su vista, se acordó que se le den, como solicita. » Como no tengo interés en hacer comentario alguno, sino en dar y reproducir fielmente los datos que he recogido, para que otros los aprovechen y comenten á su sabor, sigo hojeando los Libros de Ayuntamientos, y en el de 1800, fol. 406 vuelto, leo que con motivo de la rogativa pública (por la epidemia de Andalucía), rogativa que empezó en Palma el 28 de Noviembre del expresado año, el Ayuntamiento, en sesión del día anterior, estimó prudente que cesara toda diversión pública, «y como los divertimientos de los Toros se estén en pie», se acordó pasar el correspondiente oficio al Capitán general para que previniera al encargado de dichos toros cesaran estas diversiones públicas . Documento referente á toros es el que figura en el Archivo municipal de Palma, Libro de Documentos de 1800, que ya dió á conocer Fajarnés, junto con los otros antes citados. Es un informe evacuado por el Administrador del abasto de carnes de Pahna, á petición del Ayuntamiento de la ciudad, y dice así: «Muy Iltre. Sr. — El Administrador del Abasto de carnes de esta ciudad en cumplimiento de lo acordado por V. S. M. I. en Cavildo celebrado el dia de ayer sobre las vacas prestadas á la Admon. de corridas de toros; deve informar que en el mes de Mayo último hizo presente á V. S. M. I. que el Sor. D. Leonardo Oliver entonces Protector de los pobres de la Cárcel se havia pedido que la Admon. del abasto de carnes le prestase dos ó tres toros para el servicio de dichas corridas, y V. S. M. I. tuvo á bien conformarse á la petición de Ntro. Sor. pero que los toros antes de entregarse se calculasen á la Admon. se tenga presente el que tendrán y el que tuvieron quando se entregaron para el reintegro del mayor ó menor valor. En efecto asi se practicó en el dia 13 del dicho Mayo por medio de Juan Terendell por parte del expresado Sor. D. Leonardo Oliver, y por Bartholome Cladera comprador, por parte de la Admon.; y como dicho Sor. hizo escoger seis toros de la Admon. para tomar de ellos los que le pareciesen mejores después le gustaron todos los seis que tomó, y se mantienen prestados en las corridas de toros de nuº de las 70 reses vacunas conducidas desde

Arseu (sic) y desembarcadas en 22 de Abril cerca vencido, los quales no se han pagado, si solo quedan prestado como va dicho. Ques quanto puedo informar á V. S. M. I. sobre este particular. Palma 6 de Agosto de 1800.» Con esto acaba la documentación relativa al siglo XVIII que he podido recoger, y que, como se ve, procede íntegramente del Archivo municipal, cuyos códices y libracos se han revuelto. Los comienzos del siglo XIX nos ofrecen una fuente nueva: El semanario. La Sociedad de Amigos del País comenzó casi con el siglo la publicación de su órgano en la prensa, y registrando aquella ya curiosa colección he encontrado en los anuncios alguna peregrina noticia acerca de lo que eran las funciones que se daban en la Plaza de Toros á beneficio de los pobres de la cárcel. Ya hemos visto que la primera concesión para celebrar corridas de toros la habían obtenido en 1783 los regidores del Santo Hospital, y que en el mismo siglo XVIII se destinaron ya los beneficios de las corridas á los pobres de la cárcel. Apenas si en tales diversiones se da cuenta de toros, pero las funciones se celebraban en la Plaza de Toros, y de aquí se toma pie para traerlas á cuento. Hay que advertir que Mallorca, en los comienzos del siglo XIX, y sobre todo en el período de la invasión francesa, fué puerto de refugio para muchos españoles, y allí residieron temporalmente hasta ocho Obispos, se establecieron allí no pocas imprentas valencianas y catalanas, la de Brussi entre ellas, y allí se libraron grandes batallas entre liberales y serviles. Actualmente estudia este período con ubérrima información D. Miguel S. Oliver, en curiosos artículos semanales que publica el periódico La Almudaina. Aunque quizás sobrado largo, voy á reproducir íntegro el anuncio de una de las funciones celebradas por entonces en la Plaza de Toros, que publicó el Semanario de Mallorca en 27 de Septiembre de 1806. Lo minuciosamente que está descrita la función pone á ésta ante los ojos del lector, el cual por la sola lectura puede gozar del espectáculo como si hubiese abonado los cuatro dobleros que costaba la entrada á ta la Plaza. Helo aquí: Aviso. De una diversión en que interesan los pobres de la cárcel. » Mañana, si el tiempo lo permite, trabajará en la Plaza de Toros de esta ciudad la Compañía de Volatines de Francisco Frascara, haciendo diferentes suertes primorosas: Las tres hijas del Autor baylarán la Alemanda sobres tres cuerdas, la Picola executarà en el arambre floxo vistosos equilibrios, y la segunda Frascara baylará un minué en la cuerda tirante. » Concluida la anterior función se dará principio á otra de fuegos artificiales en la forma siguiente: Al punto de anochecer se iluminará la Plaza con faroles y festés [tederos], y romperá la música de voluntarios de Aragón con una delicada obertura, concluida seguirá la de Suizos con otra también primorosa y empezarán á arder los fuegos sin cesar de tocar las músicas alternativamente. » Orden de los fuegos: 1. Saldrá una culebra de fuego del palco del Govierno con dirección á lo mas elevado de la muralla, que lo comunicará á un Dragón que se hallará

en aquel punto, y este bajará á darlo á un castillo. 2. Se encenderá una cometa que despedirá vistosos fuegos de varios colores. 3. Un Girelo Romano de vistosísima construcción trabajado con suma delicadéz. 4. Se verá un eclipse total de sol en todas sus épocas. 5. La grande y famosa rueda de las tres palomas, obra de prueva, y en que se manifiesta el ingenio del autor. 6. Una gran fuente, semejante á las cuatro que se hallan juntas en el prado de Madrid, en donde se admirará la propiedad de la invención. 7. Un orden de Arquitectura que coje toda la Grada descubierta de la Plaza por su mayor perímetro, con trece arcos, y colunas correspondientes, que estará vestido de diferentes fuegos, y se iluminará de una vez teniendo sobre su cornijón varios vítores y caprichos de sumo coste y primor, que arderán juntos y sucesivamente. »Este público no ignora el mucho coste que tiene una buena función de fuegos artificiales; la que se presenta no puede llamarse grande para los que hayan visto las magnificas que suelen darse en las Cortes, cuyo valor sube á millares de pesos, pero si para una diversión cuyo precio y entrada ha de ser siempre corto, y en términos que el pudiente lo desprecie y no incomode al menestral. No obstante, para que pueda salir el autor sin pérdida, ha parecido regular los precios siguientes: »Entrada común 18 dobleros; niños 9; soldados hasta cabos inclusive 9; Grada Cubierta 9; niños 6; palcos principales diez reales vellón, idem bajos, seis rs. vellón.— Entrada á la Plaza 4 dobleros. » Resulta que el que verá la función en asiento mas comodo, le habrá costado 27 dobleros, precio el mas baxo que se ve en España en qualquiera aun de los mas despreciables. »En un intermedio que se proporcionará en los juegos, se sortearan entre todos los números que compongan la entrada dos regalos que el Empresario tiene destinados para los extractos, primero y segundo; y consisten en un relicario de oro, ó un par de cubiertos primorosos, á elección del que obtenga la suerte primera; y una ternera de 18 libras para el que saque la segunda. Los Niños y Soldados si quieren obtar á estos regalos han de tomar targeta, la que todos presentarán á la entrada y se les devolverá cortada una esquina. Dicho sorteo y adjudicación se hará en el palco de S. E ante el juez que preside, con todas las formalidades, que el mismo tiene mandadas para la mayor seguridad del Publico; los números premiados se presentarán al mismo Sr. para recibir lo que les corresponda; á cuyo efecto se anunciaran inmediatamente. »A las 4 en punto.» Pedir más fuera gollería. Ni el anuncio andaba escaso de explicaciones, dadas con candorosa buena fe, ni dejaba de tener variedad el espectáculo, ni el precio podía ser más económico, y el aliciente de las dos suertes y las formalidades con que se procedía al sorteo no podían dejar de interesar al público mallorquín. En lo que respecta á los fuegos, la variedad y la invención rayaban en lo sublime (!) . Para la función del domingo inmediato, el Semanario del día 4 de Octubre de 1806 anunciaba: «1º Se dispararan una colección de fuegos de composición nueva, que positivamente agradarán. 2º. Saldrá un rayo del palco del Govierno con dirección al terraplén opuesto, incendiará á un Burro viviente, que montado de un Mono, se hallará en aquel parage, y

estos bajarán iluminados y rodeados de fuegos á darlo a un hermoso castillo situado en medio de la Plaza cuya última torre sera tan grande, y más hermosa que todo el que se disparó en la función anterior. 3º. Concluirá con fuertes baterías.» No obstante el enorme gasto de pólvora, estas funciones dejaban un remanente líquido para los pobres de la cárcel. Según cuenta detallada que se insertó en el número del Semanario correspondiente al día 8 de Noviembre; el producto total de los gastos en una de estas funciones había sido de 702 libras 12 sueldos 4 dineros El de ingresos 1.076 libras 15 sueldos 6 dineros. Quedando para los pobres 374 libras 3 sueldos 2 dineros. Tampoco pudieron faltar los toros en funciones de este género. Según anuncio que publicó el Diario de Mallorca en 24 de Septiembre de 1809, «á favor de los pobrecitos presos de la cárcel se hace una famosa función de Tencats [en la Plaza de Toros] en la que un aficionado picará desde un cavallo el tercer toro al que se le pondrán después por otro Profesor asistido de varios Churros {sic) vanderillas guarnecidas de vistosos fuegos, y por último el acreditado Negro matará el toro». El resto de la función no era menos divertido: capeos, perros y «las habilidades de una artista mona que sabrá, con su destreza, burlar á los toros». La intervención de los perros en las corridas de toros fué muy constante en Mallorca. Aún hoy persiste la denominación de cans de bou (traducido literalmente perros de buey) para designar una especie de perros de presa, muy conocida en Mallorca, no sé si más ó menos autóctona ó importada. Estas riñas de toros y perros animaron la musa épico-socarrona de Gabriel Maura en una soberbia poesía titulada ¡Glories mortes! donde la descripción de la plaza y los entusiasmos por los perros son una maravilla. Publicóse en un almanaque de Mallorca por el año 1869, y siento no tener recogida puntualmente la nota bibliográfica para poderla dar con exactitud. Menos exacto he de ser aun al recoger una indicación que apunta D, Joaquín María Bover en ei tomo I de su Biblioteca de Escritores Baleares, de donde recogí la siguiente nota: Corridas de toros. Publicadas en El Telégrafo, periódico que dirigía en Barcelona Paxot, imprenta de Tomás Gorchs, 1858, 23 de Noviembre y 16 de Diciembre de dicho año. De mis días, y siguiendo la bibliografía taurina que dejaba en manos de Maura por 1869, hay que saltar al escritor que, mallorquín por parte de madre y por constante residencia en la isla, nutrió de savia castellana su espíritu juvenil y ha dado muestra de ese castellanismo en brillantes artículos de costumbres, llenos de observación propia y de gracia española. Me refiero á D. Antonio Frates. Su artículo La Plaza de Toros, publicado por primera vez en el Museo Balear, y algo reformado inserto luego en el tomo Impresiones (7), del propio Frates, ha dado la vuelta al mundo, reproduciéndose en innumerables periódicos de España y de América española. La pieza lo merece, porque es un soberbio artículo que no desdeñaría Fígaro por suyo. En los números del Museo Balear correspondientes á 1884 inserté yo, traducido, un fragmento de un viaje á Portugal del abate Beretti, si no me equivoco, donde el escritor piamontés describía una corrida de toros presenciada por él mismo en Lisboa á fines del siglo pasado.

Temeroso de que no pueda ser apreciada por la generalidad de los lectores de esta Revista la poesía mallorquina de Gabriel Maura, que antes he citado, no la traje á estas páginas, é igual reparo se me ocurre con referencia á otra hermosa y patricia composición poética que produjo el catedrático D. José Luís Pons, el cual, aunque nacido en San Andreu de Cataluña, siempre figuró entre el grupo de los poetas mallorquines por sus enlaces, afincamientos y residencia, con personas ó en tierra de Mallorca. Sus versos Lluita de braus (8) son de los mejores que le dictó su musa severa y de humanista. Otro poeta mallorquín, D. Pedro de A. Peña, con motivo de la llegada de Mazzantini á Mallorca, para torear en aquella plaza, publicó en el Museo Balear una poesía ocurrente, garbosa y llena de ingenio, como todas las composiciones mallorquinas del popularísimo autor balear. Si no ramo, como se deseaba, gavilla de noticias toreras dejo consignadas en estas cuartillas. Aprovéchelas cada cual como estime conveniente y recíbase de mí la buena voluntad que he puesto en reunirlas. J. L. ESTELRICH.

(1) Palma, establecimiento tipográfico de J. Colomar, 1881, pág. 443. (2) Número correspondiente á Marzo de 1900, págs. 251-253. — Palma, Tipografía de Felipe Guasp. (3) Archivo municipal de Palma, Lib. de Resol, de 1746, folio 73 publicado integro por Fajarnés en el Bol. de la Soc. Arqu. Luliana, Marzo 1900 página 251 . (4) Archivo municipal de Palma. Publicada por Fajarnés en el citado Boletín, págs. 251 y 252. (5) La libra mallorquina, moneda imaginaria que aún sirve de unidad entre los campesinos para la valoración de predios, etc., valía 20 sueldos ó sea exactamente 2 /3 de duro. (6) Archivo municipal de Palma, Libro de Ayuntamientos de 1784, folio 139 vuelto, publicado por Fajarnés en el citado Boletín, pág. 252. (7) Palma de Mallorca, imprenta de Pedro José Gelabert, 1880. (8) Poesies d' en Joseph Lluis Pons y Gallarza. — Palma, imprenta y librería de J. Tous, editor. MDCCCXCII.

Bordados mallorquines
La boda de la señorita Estefanía Maura, hoy ya señora de Redonet, en la que se tuvo el buen acuerdo de encargar el trousseau (como ahora decimos los españoles, ó la canastilla de boda, como con frase castiza y regocijada decían nuestros abuelos) á una casa mallorquina, hubieran podido darme pie para escribir estas líneas; pero es tan severa la proscripción que pesa en esta casa de El Español para el elogio de ciertos nombres y cosas con ellos relacionados, que no intenté siquiera aprovechar tanta oportunidad como la suerte me deparaba. Sin embargo, mallorquín por los cuatro costados, y amante de las muchas cosas buenas que tiene Mallorca, sobre todo de las que se refieren á su producción artística, no sé prescindir de ensalzarlas y divulgarlas, contribuyendo á que todos las conozcan y las estimen. Una de las producciones mallorquinas que merece todo elogio son los bordados que allí se hacen, de los que voy á dar cuenta no como modisto (Dios me ampare!) sino como ferviente admirador de toda producción artística. Y de casta le viene al galgo ser rabilargo, en lo que á Mallorca se refiere á sus bordados. La ley y la leyenda lo acreditan. Quien haya hojeado el curiosísimo librejo de Estanislao Aguiló, titulado: Colección de leyes suntuarias decretadas por las autoridades superiores del antiguo reino de Mallorca (1), bien pronto se convencerá del lujo extraordinario con que vestían las damas y galanes del nuevo reino conquistado por Jaime I, y la intervención que en coartar los abusos que se cometían hubo de tener la ley, dictando disposiciones prohibitivas y coercitivas en esta materia. Ya en 1384, Francisco Sagarriga, portavoz del gobernador general del reino, prohibía «vestir ó portar sobre alguna partida de sa persona drap d'or, ni d'argent, ni de seda hon hage or ó argent»; y en 1420 se establecía «que alcun cavaller ciutadà... ó filles ó companyas ne puxen ne gosen portar alguna bordadura ne argentería en vestidures...»; y los ejemplos y citas se harían interminables si quisiera agotar la materia. La tradición legendaria nos denuncia lo mismo. Mientras en los romances de Castilla las jóvenes y damas aparecen por lo común aliñándose: Al pie del verdoso roble se veye la blanca niña con peines de oro en la mano con que los cabellos guia... como en el romance de El caballero burlado; ó bien en el de La Gayarda: Estándose La Gayarda en su ventana dorída peinando so pelo negro que paez seda torcida...; la tradición romancesca mallorquina nos presenta, bordando casi siempre, á las heroínas de sus leyendas y tradiciones:

A la vora de la mar ni ha una doncella que brodaba un mocadó bo per la reina;.. y no se desdeñan de bordar las jóvenes de real estirpe, como acusa esta estrofa de La filla del rey: Ella de set que tenía per la finestra guaytava, y ses germanes va veure qu'en guyeta d'or brodaven; y si la tradición no se acepta como prueba fehaciente, no se negará que la ley, de la que se han visto casos por vía de ejemplo, pueda dejar de reunir dicha cualidad. Es, pues, Mallorca la isla de los bordados Ya puede ser pobre y miserable el oratorio que allí visitéis que en los armarios de su sacristía no os sorprenda algún riquísimo ornamento bordado en oro, y palios y estandartes bordados en sedas, notables todos por la primorosísima labor que acusan. No falta tampoco en las casas nobles ó de arraigo algún arcón donde se guardan, y custodian como verdaderas reliquias, los trabajos de nuestras abuelas, netamente mallorquinas, en que la guarnición del volante, ó el guatlareto, el rebosiño, falda ó jubón, no revelen la habilidad de las bordadoras coterráneas. No han desmerecido hoy, ciertamente, los bordados en oro y sedas, y personas y establecimientos conocidos conservan la fama tradicional; pero donde las jóvenes mallorquinas hacen verdaderos prodigios es en el realce, en el nipis, y en unos calados que no sé yo cómo se llaman, y donde se juntan todas las locuras del dibujo y todos los obstáculos de la ejecución, para que luzcan y triunfen la gracia y la bizarría de las bordadoras. De una, modestísima, que quizás no logró con su ciencia y paciencia el pan de la vida, he visto reproducido en nipis el cuadro de Gisbert La muerte de los comuneros, sirviéndose para ello de una desdichadísima fotografía. La pobre operaria se dejó los ojos en la labor (que ha recogido un inteligentísimo comerciante catalán, establecido en Mallorca), encerrándola en lujoso marco y enseñándola como verdadera joya. Lo que faltaba á las bordadoras mallorquinas era dirección, dibujantes, y que su trabajo no muriera perdido en la isla. Algo de esto ha realizado la casa Pons y Bonet, que al extender su negocio ha llevado sus bordados á toda Europa y América, logrando la venta en todas partes de los bordados mallorquines. A dos Exposiciones ha concurrido con sus productos, á la de Insbruck de 1896 y á la de París de 1900, y en ambas se ha llevado de carrera los grandes premios. En la última citada el triunfo no fué solo para la casa, que obtuvo gran premio de honor: hubo también dos medallas de oro y cuatro de plata para los colaboradores, para los dibujantes y para las operarias, haciendo justicia á todos ellos.

De lo allí presentado he visto recientemente en aquella casa, por donde ha desfilado toda la pollería mallorquína, y gracias al antiguo conocimiento con los dueños, no ya trapos, sino verdaderas joyas de arte. Quien tenga ocasión de admirarlas sabrá hasta donde llegan las modestas artísticas de Mallorca. Y la casa Pons y Bonet, á la que debemos agradecimiento los mallorquines, por haber dado expansión á los productos y haber sabido reunir muchos elementos desperdigados, con ser importantísima ciertamente, entiéndase que no es sino una muestra de lo que Mallorca hace y puede hacer en este género. Indocto en la materia, sin ningún conocimiento técnico, y hasta sin poseer la nomenclatura que pudiera hacer interesantes estas líneas, sospecho que muchos me recusarán como perito en tales materias; pero nadie que tenga ojos y vea los primorosísimos bordados que se hacen en Mallorca podrá negar aquel esmero de ejecución y gracia que todos pueden apreciar con sólo el sentido artístico que Dios les haya dado. De El Español Madrid, Marzo de 1901.

(1) Palma, imprenta de Felipe Guasp, 1889,

La Real y Episcopal Biblioteca
I

Data su fundación de 1729 y se constituyó con carácter privado y con poquísimas existencias en el mismo año en que el clero, el Cabildo, la Audiencia y el Capitán general vieron salir de aquí, con grandísimo gusto, al rígido y exigente prelado D. Joan Fernández Zapata, que ninguna simpatía, supo captarse entre nosotros. Los obispos subsiguientes no cuidaron ni poco ni mucho de la librería de su palacio, porque hartas cosas les preocupaban: desavenencias con el Capitán general, cuestiones de etiqueta, lucha de los dominicos con los franciscanos...; hasta que en los días del favorito conde de Aranda se llevó á cabo, en 1767, la expulsión de los Jesuitas, ya juzgada por la historia, y no favorablemente para el gobernante español que se convirtió en sumiso mandatario de influencias extranjeras. No he de tratar de estos hechos, pero sí he de consignar que los libros procedentes de los conventos de S. Ignacio de Pollensa y de S. Martín de Palma acrecentaron en breve la concesión hecha por Carlos III de la casa, templo y librería de Montesión de Palma, que fueron de los PP. Jesuitas, á la Universidad literaria de Mallorca. La toma de posesión, en 20 de Octubre de 1771, fué solemne, según cuenta el paborde Terrassa y reproduce el Cronicón mayoricense de Campaner. Pero no debió de procederse con igual solemnidad en cuidar de los libros que se recibieron. Las reales órdenes expedidas asignaban los libros de las tres residencias jesuíticas indicadas á la Universidad, los duplicados á la Episcopal, y los triplicados debían venderse en pública almoneda, como así se ejecutó, según afirma el Dr. Barberi, quien añade: «Yo ignoro absolutamente quien dirigió esta maniobra y me hago cargo de la confusión que existiría en una sala llena de millares de volúmenes, de diversas materias, de diferentes impresiones, de distinta forma»; y después de estas atenuaciones acaba el párrafo con un socorrido et caetera (1); más explicito el P. Villafranca en sus Misceláneas (2) nos dice: «Las librerías han padecido varios contratiempos. En la de la Universidad, que fué de los Jesuitas, se trastornó todo; algunos aduladores enviaron á Madrid todos los manuscritos y todos los libros más preciosos en 34 grandes cajones; ciertamente no se les pedía tanto; otros libros se hurtaron.» Poco antes de esto el endiablado misolulista, marrell impenitente y terrífico iconoclasta del beato mallorquín; el obispo de buena y mala memoria D. Juan Díaz de la Guerra, hombre de voluntad, de iniciativa y de empuje, obtuvo concesión real para fundar en su palacio biblioteca pública con la dotación correspondiente (3) y logró por lo menos recoger, bien ó mal, los volúmenes duplicados de la extinguida orden. Los libros de S. Martin, y de S. Ignacio de Pollensa, fueron base de la Episcopal. Fácil es conocerlos porque todos están encuadernados en pergamino, tienen convertido el lomo en tejuelo, y al pie de la inscripción un adornito semejante á una flor de lis que los especifica y señala. Por las notas de las guardas se ve que muchos de los libros de Pollensa

pertenecieron al Dr. Pardo, quien los donó á aquella biblioteca. En su gran mayoría son obras de teología moral ó dogmática, expositores, Santos Padres; fué una redada provechosa y en regla. Otro selecto ingreso alcanzó para la Biblioteca el obispo Díaz de la Guerra, en 1798, de los Sres. Capitulares. La antigua y famosa librería de la Catedral se había quemado en parte, y algún xylocarius oculatus, como el canónigo D. Juan Callar, la había arrumbado en un rincón húmedo para aprovechar la madera, según dice el P. Villafranca. Más piadoso el Obispo recogió los «escombros» y los llevó á su palacio. De este ingreso procedieron los códices que halló y reseñó Villanueva: Summa fratis Monetae, ordinis fratrum predicatorum contra hereticos, de 1241; Incipit pastoralis liber magistri Francisi Eximeneç, de Lope de Espejo; otro de Varios, que empieza por Salustio, y está clara y limpiamente escrito. Su primera página llevaba una orla miniada muy linda, á juzgar por lo que aun queda del margen interior; el resto fué recortado á mano (pezuña hendida debió de ser!) dejando en desgarros huellas de vandalismo. Otros volúmenes hay que sufrieron igual suerte. También el mismo Villanueva nos dice haber visto allí algunos ricos incunables de la misma procedencia; un Arbor Sciencia de Lull (Barcelona, 1482); un Gersonno, primer libro impreso en Mallorca, 1485; los Comentarios de Juan Andrés á las Clementinas, (Roma, 1473); un espléndido Apuleyo (Roma, 1459), y un soberbio Séneca, cuidado por Blas Romero en 1475, que por cierto lleva mutilados los medallones de la orla. Y con ser tanta la diligencia del erudito escudriñador, aun dejó de ver entre los incunables un Suetonio, Vitae XII Caesarum (Venècia, 1490); y entre las que con más laxo criterio pasan también por incunables: una Expositio de toda la filosofía de Aristóteles por Pedro Tatareti, de 1509, que en sus guardas dice «es de la librería de la seu»; ó un Valerio Máximo, Factorum memorabilium, de Venecia, 1546. De que estos y otros libros procedían de la Catedral no hay duda, porque así lo expresan las notas que contienen, iguales ó parecidas á la que puede verse en el ejemplar del Séneca, donde al pie se lee de letra de D. Guillermo Ramón: ... «Ego in gratiam eruditi Lectoris exemplar istud in Bibliotheca Eclesiae Cathedralis cum vetustissimis nonnullis casu inventum anno 1798 velut a naufragio eripere cupiens, obviïs ulnis accepi a Perillustri Canonicorum Capitulo, et cum ipsum excoriatum, dilaceratum, ac pene attritum ultimum agonem ageret, medicam manum adhibendam curavi ut ab interitu revocarem evulsa supplerí possunt...» Quizás, aunque no he podido comprobarlo, sea de este ingreso un precioso S. Antonio de Florencia, de 1483. Cuando se haya practicado el cotejo de lo existente con los curiosos índices de aquella antigua biblioteca, publicados poco ha por el canónigo archivero de la Catedral Sr. Miralles, entonces se podrá saber á fondo y con conciencia lo que la actual biblioteca del Palau le debe. NOTAS: (1) V. Reflexiones sobre la Real Biblioteca de la Universidad de Mallorca en respuesta á los que creen que para regentar el empleo de bibliotecario no se necesita más que saber leer y estar sentado, por el Dr. Joseph Barberi, escrito en 1804, recogido en el

tomo 1 de las Misceláneas históricas del P. Luis de Villafranca y reproducido en el Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana del mes de Junio de 1906. De este erudito articulo algo aquí debe reproducirse porque hace al caso: «se cometieron otras faltas en la separación de los libros de la librería de que tratamos, no siendo de poca monta el haberse vendido por triplicados libros que no lo eran, de lo que yo mismo puedo dar testimonio, pues habiendo comprado un librito de poesías de Ravicio Textor, autor de la famosa Oficina Textoris reparé que no estaba en la librería principal, y lo apliqué allí luego. El bibliotecario episcopal compró, entre estos triplicados, más de veinte libros para su librería, que debía componerse de los duplicados, como queda dicho. En fin, reparé hace poco que en dicha Biblioteca Episcopal faltaba la Suma historial de S. Antonio de Florencia, y jurara yo que se vendió por triplicada»... «yo no me internaré más en este asunto, pues si se hubiesen de cotejar los libros existentes con los que se señalan en los antiguos índices de los Jesuítas faltan muchos. ¿Pero quién responderá de ellos? Nec responsa potest consultus reddere vates.» (2) Misceláneas históricas del P. Luis de Villafranca ms. que posee el Sr. Marqués de Vivot. V. tomo II, página 371, citado por el supradicho Boletín de la arqueológica. (3) V. Viaje literario á las iglesias de España. Su autor D.Jaime de Villanueva, Madrid, 1852, t. XXII, página 157; Episcopologio de la S. I. de Mallorca escrito por D. Antonio Furió, Palma, 1851, pág. 509.- Curiosas noticias del obispo Guerra en el Cronicón mayoricense, y años correspondientes á su obispado.

II Aunque sea romper el orden cronológico de la narración, bueno será dar la lista completa de los bibliotecarios primeros y segundos, desde la dotación del obispo Díaz de la Guerra, con expresión de las fechas de sus nombramientos ó tomas de posesión. Bibliotecarios primeros D. Antonio Pujals, 23 de Abril de 1774. D. Juan Barceló, 6 de Noviembre de 1781. D. Melchor Portell, 26 de Octubre de 1784. D. Guillermo Ramón, 9 de Setiembre de 1794. D. Damián Estelrich, 15 de Diciembre de 1826. D. Francisco López, 17 de Marzo de 1843. D. Pedro José Llompart, 25 de Mayo de 1866. D. Ildefonso Rullan, nombrado auxiliar en 1903, y á la muerte del Sr. Barrera, en Noviembre de 1906, bibliotecario único. Bibliotecaríos segundos D. Jaime Obrador, 23 de Abril de 1774. D. Antonio Ripoll, 17 de Marzo de 1776.

D. Antonio Canals, 26 de Octubre de 1812. D. Antonio Pablo Togores, 19 de Diciembre de 1826. D. Jacinto Ramonell, 16 de Enero de 1849. D. Pedro Juan Juliá, 12 de Marzo de 1859. D. Pedro José Llompart, 25 de Abril de 1863. D. Rafael Barrera, 21 de Julio de 1866. D. Antonio Pujals, primer bibliotecario, y su Ayudante D. Antonio Ripoll formaron el primer índice general y lo fecharon y firmaron concluso en 5 de Octubre de 1778. Los trabajos de D. Guillermo Ramón merecen párrafo aparte. Los bibliotecarios D. Francisco López y don Jacinto Ramonell terminaron su índice en 1849. En los días de D. Pedro José Llompart, después de 1868, formóse un inventario del que se hablará luego. El obispo D. Pedro Rubio Benedicto Herrero, sucesor del Sr. Díaz de la Guerra, donó algunos libros á la biblioteca, según nota especificada que se conserva en ella; y el subsiguiente, D. Bernardo Nadal, natural de esta isla, trajo aquí á D. Guillermo Ramón, natural de Porreras, haciendo el mayor bien que podía hacerse á la biblioteca de su palacio. D. Guillermo Ramón fué catedrático de filosofía de este Seminario, secretario de la Academia establecida en el convento de Sto. Domingo, cura por oposición de S. Lorenzo Descardezar durante un decenio, capellán del Hospital general de Madrid, de donde volvió con el cargo de limosnero y teólogo consultor del obispo Nadal, y después su bibliotecario. Era Ramón eruditísimo, sabía muchas lenguas, predicaba con buen renombre de orador, se mostraba sucísimo en su persona; vestía como para asustar á las gentes y calzaba horriblemente. No se mentarían estos desaseos sí no hubiesen pasado á los libros de su propiedad particular y hasta á veces á los que se le encomendaban. Era un fervoroso bibliófilo y se atenía constantemente á los libros; pero con clarísima y gruesa letra, cuando el espacio se lo consentía, los emporcaba en todas sus páginas: en las guardas, poniendo toda laya de versos laudatorios; en las márgenes, dejándolas tifas de notas; en los entrerrenglones, corrigiendo lo impreso, que borraba con recias barras de tinta; en hojas en blanco, que intercalaba para enegrecerlas con noticias de ediciones antiguas ó modernas, datos biográficos, investigaciones hechas, curiosidades, inquisiciones ó confrontaciones practicadas... de omni re scibili!. No alabaré los procedimientos de este bibliófilo (Dios me libre!);Pero preciso es confesar que acusan afición februlenta y una vida de trabajo consagrada á la bibliografía. Él formó infinidad de colecciones de folletos, impresos y manuscritos, propios y ajenos, de cosas curiosas y varias, que á su muerte pasaron á la biblioteca episcopal, y solo allí pueden consultarse; él encuadernó á sus costas los más ricos códices é incunables que allí existen, y dejó huella profundísima é imborrable de su paso por aquel establecimiento. El descontentadizo Dr. Barberi, en su ya citado artículo contra los bibliotecarios, decía: «No puedo dispensarme de alabar aquí la acertada elección que hizo del suyo el Ilmo, y Rmo. Sr. D. Bernardo Nadal, Obispo de esta Diócesis. Temo ofender la modestia de entrambos,

pero solo diré lo que he visto y de que es testigo el público. Apenas este digno bibliotecario episcopal (á quien debo yo particulares oficios) entró á regentar su empleo cuando enriqueció la biblioteca de su cargo en más de mil volúmenes, todos escogidos y que no se hallan en la biblioteca pública. Si sabe de venta en casa de algún librero ó en alguna almoneda algún libro curioso ó útil, lo compra de su propio dinero (no siendo muy abundantes sus facultades) ó lo pone en noticia del prelado quien le da orden de comprarlo. Si tiene algunos libros duplicados, los trueca con otros que no lo son en la librería de algún convento (4) logrando por medio de este comercio literario enriquecer dos librerías de libros de que ambas carecían. Su celo por los libros le ha hecho escudriñar todos los rincones de la isla, conquistando para la Biblioteca la Poliglota de Ximenez y otros libros rarísimos y de impresiones antiguas, que estaban dando las últimas boqueadas en el moho y la polilla. Pero en lo que merece mayor elogio es en su aplicación y continua residencia en la biblioteca, proporcionando á los aficionados todos los medios conducentes para su instrucción y adelantamiento.» Apenas se había cumplido un año que don Guillermo Ramón prestaba servicio en la biblioteca presentó una lista ó catálogo de sus libros al Sr. Obispo, señalando con una cruz los duplicados «los cuales se perdían y estorbaban en esta Biblioteca, y dicho prelado les ha dado mejor destino en el Colegio Conciliar y de la Sapiencia; á excepción de tres tomos de Granada y del Graffis que se han trocado con las obras de Santa Teresa de Jesús, de que carecía dicha biblioteca, precediendo el consentimiento de Su Ilma.» En sus días ingresaron algunas obras de clásicos, impresas en París, ad ussum Delphini, regalo del Marqués de la Romana, cuando en 1806 salió de esta ciudad para ir á Madrid y tomar gloriosa parte en los acontecimientos que poco después habían de verse en España. Por las notas de este bibliotecario puede rastrearse mucha parte de la historia de la biblioteca, y bien merece el ilustre porrerense que un retrato suyo, cuando se encuentre, adorne las paredes de aquella sala donde acabó de prestar servicios en el año 1824, que fué el de su muerte. Los últimos obispos han mirado con gran despego la biblioteca de su palacio, cosa más de extrañar cuando dos de ellos eran mallorquines é instruidos. Por mediación del obispo Sr. Salvá ingresaron 18 volúmenes de la Colección de documentos inéditos; pero los libros de Salvá se vendieron, precisamente en el local que hoy ocupa la Biblioteca, sin que un solo volumen fuera á engrosar sus fondos. Es más, el bibliotecario que en su tiempo la servía le indicó la conveniencia de adquirir por insignificante precio algunas de las obras que Jovellanos tenia en Mallorca y llevaban autógrafo y firma del buen patricio, compra que aceptó el Sr. Sálvá, no para la biblioteca de la casa, sino para la suya particular. En los días de Salvá ocurrió la revolución de Setiembre, que destronó la dinastía reinante, y algunos meses después se suprimió la asignación de los bibliotecarios y se cerró la Biblioteca. El Sr. Salvá logró que volviera á abrirse bajo inventario. Este se formalizó por el bibliotecario de la provincial D. Bartolomé Muntaner y por el de la casa D. Pedro Llompart. No se guardó copia del mismo, que yo sepa, y como el original estará muerto de risa en las dependencias del Gobierno civil ó de la Delegación, si no se envió á Madrid, bueno sería hacer gestiones para lograr el original ó una copia fehaciente y auténtica, como dato seguro para el historial de la Biblioteca. El obispo Jaume no se acordó siquiera de su existencia. Los testamentarios dejaron allí algún libro. Poca cosa.

De la herencia del Conde de España, padre del que hoy lleva el título, ingresaron en el palacio episcopal algunos libros, entre ellos una Biblia políglota complutense, pero ésta, por resultar duplicada, pasó posteriormente, por orden del Sr. Obispo, á la biblioteca del Seminario, á petición de D. Miguel Maura, el cual ha aumentado también la librería de aquella institución docente con los duplicados de la Provincial, gracias á una Real Orden que recientemente pudo obtener para ello. El obispo Cervera, en quien no precedía prudente reflexión en muchos de sus actos, en agosto de 1889 hizo trasladar la Biblioteca desde el piso principal al piso bajo, y al lugar llamado la Cortera porque fué un tiempo depósito de granos. El Sr. Cervera donó á la Biblioteca algunas obras del archiduque de Austria S. A. Luís Salvador, dos diccionarios, y un tomo de El liberalismo es pecado, edición políglota. Los demás libros de este Obispo, en su mayoría, fueron al Seminario Conciliar de San Pedro. El bibliotecario D. Pedro Llompart, que desde 1863 desempeñaba el cargo, pasó en 1904 á ejercer la cura de almas en la aristocrática parroquia de S. Jaime de esta ciudad, (como antes la había ejercido largamente en la parroquia de la villa de Artá) y dejó definitivamente los libros, á los que siempre acudió como lector pero nunca como verdadero bibliófilo de arraigo. Si no activo fué celoso, y pudo caer en peores manos la Biblioteca. El bondadosísimo D. Rafael Barrera, en quien se premiaron con el nombramiento relevantes servicios prestados durante el cólera de 1865, falleció en 29 de Noviembre de 1906. Sostuvo, pues, cuarenta años justos la pluma en el establecimiento y reunió en sus cuadernos bastantes notas de los libros que manejaba. Su sordera le aislaba de las gentes y se complacía en su metódico y apacible trabajo. De propio peculio adquirió en las librerías, y particularmente de lance, algunas obras que, sin que nadie se enterara, cedía á la Biblioteca. Él y el Sr. Llompart encuadernaron á sus costas varios libros y sufragaron algunos pequeños gastos del establecimiento. En 1903 fué nombrado auxiliar del mismo D. Ildefonso Rullán y De Clara, quién, por separación del Sr. Llompart y defunción del señor Barrera, ha venido á quedar único bibliotecario de la Real y Episcopal Biblioteca. ¡Buenos días han caído en suerte á mi querido condiscípulo de bachillerato! La dependencia de su cargo está ahora en renovación completa, y Rullán puede hacerla á su imagen y semejanza y obra de sus manos. Dotes le sobran para ello, y acreditadas las tiene en su colección de refranes concordados, en la abrumadora tarea de divulgar el Quijote en mallorquín, en las varias ciencias explicadas en el Seminario. Rullán ha comenzado por dejar en depósito gran parte de su librería particular en la que sirve, y por redactar buen número de papeletas que obligarán en breve á construir las correspondientes cajas de índices de que hoy carece. De letra del Sr. Barrera es una nota, hallada por Rullán, que nos da el resumen de las existencias de este centro antes de los últimos ingresos. Vale la pena de transcribirla para saber con lo que contaba la Real y Episcopal Biblioteca. Santos Padres y Expositores Teólogos Morales 575 622 410

Ascéticos Predicables Históricos Varios Filólogos Filósofos Jurídicos Reservados, prohibidos Total

401 487 733 374 363 301 331 371 5058

Entre estos libros figuran los que procedían del difunto obispo D. Bernardo Nadal, cuya entrega se autorizó por el colector de Espolios y Vacantes, sin que á punto fijo haya yo alcanzado á saber el por qué, el cómo y el cuánto de este ingreso. (4) El P. Villafranca, que no debía de ser muy afecto á D. Guillermo Ramón, anota este pasaje diciendo: «En el de Capuchinos ha hecho algunos trueques, pero el bibliotecario barbado es más pícaro y siempre ha sido la ventaja á su favor. Sed scienti et volenti etc.»

III

El P. Mir (así conocido en el mundo literario el presbítero mallorquín D. Miguel Mir) fué nombrado en 7 de diciembre de 1899 bibliotecario perpetuo en propiedad de la Real Academia Española, á la que antes pertenecía como Académico numerario, por el estudio, paciente y consciente, que en todo tiempo dedicó á los clásicos y hablistas castellanos. El cargo de nuestro Inmortal (hablando á la francesa) lleva consigo la obligación de pasar la vida entre los numerosos volúmenes de la riquísima biblioteca de la Academia, donde abunda y se completa todo lo que atañe á la historia ó á los modelos del habla de Castilla. Allí, el P. Mir, como el pez en el agua, tiene cuanto puede apetecer para sus aficiones. Sólo por esto he podido explicarme que el P. Mir, poseedor y dueño de una rica colección de libros, pueda cederla y donarla graciosamente. Los que hemos formado nuestra librería con sisas á los fondos de estudiante, con privaciones de todo género, persiguiendo jadeantes el volumen que nos faltaba ó llenándonos de gozo el que se ha venido á la mano por inesperada sorpresa; los que nos familiarizamos en el cuartito de estudio con las colecciones adquiridas, en las cuales cada libro de usual manejo parece hablarnos un lenguaje que no es el de igual libro de la misma obra y edición en otra casa; adivinamos el inmenso sacrificio de desprenderse de tan íntimos camaradas. Yo me confieso incapaz de ese martirio; y, aunque nada poseo de extrema curiosidad ni que valga un pitoche, tengo la confianza de que mis libros lo serán hasta la muerte.

Libros raros y hasta, de estupenda rareza poseía el P, Mir: sus afanes por lograr las ediciones príncipes, sus estrechas relaciones con los distintos grupos de bibliófilos españoles, sus continuos acechos y compras en los puestos de libros de Madrid, sus constantes aficiones y correspondencias literarias, le proporcionaron en todo tiempo obras de absoluto valor crítico, histórico ó literario, muchas veces acrecentado por la rareza bibliográfica. Y de todo esto se ha desprendido el P. Mir, hijo reconocido, para hacer á Mallorca, su madre, el mejor regalo que pudiera hacerle. Es el explorador que después de largos años de ausencia y correrías pone á los pies de sus reyes el mundo descubierto ó el reino conquistado para ellos; no menos duradero y provechoso el del P. Mir que el de los Colón y Gonzalo de Córdoba. En el año 1900 envió el P. Mir por primera vez á la Real y Episcopal Biblioteca de Mallorca dos cajas de libros que en junto y en números redondos comprendían unas 100 obras (algunas en muchos volúmenes) y casi todas curiosísimas. Sin otro título que el de diocesano estimé y agradecí al P. Mir su generoso desprendimiento, con toda la sinceridad de mi alma; y el animoso donante me contestó: —Es el obsequio que puedo hacer á mis paisanos. Si Dios me da diez años de vida he de hacer de esta Biblioteca una de las mejores de España. No puedo decirle todos mis propósitos, pero á Dios rogando y con el mazo dando. Y los diez años están por expirar, y Dios lo ha querido, y el P. Mir ha hecho la hombrada que se proponía. Por entonces acrecentó sus fondos con la adquisición de dos bibliotecas particulares de importancia: una la de D. Urbano Ferreiroa, autor de la Historia de los Papas, para escribir la cual se municionó el Sr. Ferreiroa de importantísimas obras históricas, entre ellas la ya rarísima aunque moderna, Líber pontificalis, de Duchesne, el Diccionario de erudición eclesiástica, de Moroni, en más de 40 volúmenes, todo el Gregorovius, Grissart, etc. etc. La otra librería adquirida fué la de D. Antonio Mª. Fabié, hombre estudioso y de muy varia erudición. Ambas se vendieron á la muerte de sus respectivos coleccionadores, y al P. Mir — ó mejor se dirá á Mallorca— cupo la suerte de adquirirlas. Y el P. Mir, á Dios rogando y con el mazo dando, ha seguido remitiendo libros sin interrupción, y ha adquirido otros, y ha puesto á tributo sus amistades, y ha hecho ya de la Biblioteca episcopal una de las mejores de España, según sus deseos; y como el chorro sigue abierto cualquiera sabe en qué pararán estas misas. No gusto de glorificaciones en vida; pero ¡carape! que si esto no se alaba no sé ya lo que es digno de alabanza. Hoy es imposible que el estudioso ó el investigador no acudan con frecuencia á este centro en busca de datos que sólo tales libros pueden ofrecerle en Mallorca. A las vacas flacas han sucedido las gordas, á los años de escasez los de abundancia, y todo se torna riqueza y lozanía en la antes desmedrada Biblioteca del Palau. Sin contar lo remitido en este año de 1909 (en que figura la Colección de documentos del Reino de Aragón, en 40 tomos que han venido por gestiones de D. Plácido Aguiló, y ha remitido el Director del Archivo del Reino de Aragón D. Francisco Bofarull) las notas de los Sres. Barrera y Rullán acusan los siguientes ingresos de los envíos del P. Mir, especificados por años y volúmenes:

En 1900, volumenes » 1901, » » 1902, » » 1903, » » 1904, » » 1905, » » 1906, » » 1907, » » 1908, » Total

204 255 2390 733 621 280 100 2000 3500 10.083

A estos diez mil ochenta y tres volúmenes hay que agregar unos dos mil folletos, que en números redondos hacen subir el número de lo remitido en estos nueve años, por tan espléndido donante, á más de doce mil volúmenes; bastante más del doble de las anteriores existencias. Entre estos libros están, siquiera por citar algo concreto, los ciento doce tomos de la riquísima é imponderable colección de Documentos inéditos para la historia, comenzada á publicar por el bibliotecario que fué de la Academia de la Historia Sr. Baranda y por el que entonces lo era del duque de Osuna, y después obispo de Mallorca, Sr. Salvá; obra que continuaron Navarrete y el marqués de Pidal, y más tarde tomaron á su cargo Sancho Rayón y el marqués de la Fuensanta del Valle; pero desavenidos éstos, el Sr. Sancho Rayón se asoció con D. Francisco Zabalburu y formaron nueva colección en la que llegaron á publicar seis volúmenes. Los tomos 56 y 58 contienen historias particulares de América, y como los más se enviaron al Perú, á penas se encuentra uno en España. El Sr. Salvá envió aquí 18 volúmenes de esta obra que hoy aparece completa en sus dos series, cada una de las cuales es rara de por sí, y más raro todavía encontrarlas juntas. Libro rarísimo, fuera de los Jesuítas, y espléndido y soberbio á todo trapo es: Constitutiones societatis Jesu, Latinae et Hispaniae, cum earum declarationibus; y raro y rarísimo en todo el mundo el Cristianismi restitutio de Servet. La bibliografía está representada por el patriarca de ella en España D. Nicolás Antonio con la triarca de ella en España D. Nicolás Antonio con la Vetus y la Nova; por el Universal Manuel du libraire de Brunet; por las especiales de Salvá, de Gallardo y otras muchas. Y puesto á citar ¿quién al ojear por aquellos estantes olvidará el Libro del Becerro, los Annales eclesiastici de Theiner, un Tratado de Dios, manuscrito del P. Sigüenza, que procede de un regalo hecho al P. Mir por el sabio académico D. Aureliano SánchezGuerra y Orbe, y del cual existe otra copia en la Biblioteca escurialense; los cinco tomos del Descubrimiento del Nuevo Mundo, por Martín Navarrete, y los cuatro de los Viajes de Gonzalo Fernández de Oviedo; la interesante y erudita obra del cardenal Aguirre sobre los Concilios de España; la Historia pontificial de Illescas; la Historia de la filosofía de los Santos Padres, por Rittr; las Obras completas de Lope de Vega en los tomos hasta ahora publicados de la soberbia edición de la Academia Española, con

prólogos de Menéndez y Pelayo; la antigua Biblioteca de autores españoles de Rivadeneira, y la que ahora ha revivido; y la abundancia de historias particulares de América y Filipinas, y cien, y cien, y cien y mil más que marean la vista y las manos no acaparan. Y como un loco hace ciento, el P. Mir ha contaminado al erudito Sr. D. Francisco Rodríguez Marín (muy estimado y admirado amigo mío) quien por conducto de aquél ha remitido á nuestra Biblioteca más de 700 volúmenes de obras varias, antiguas y modernas (envío de Julio de 1902); y al Sr. D. Rafael Alvarez Sereix, siempre amigo de Mallorca, quien donó al P. Mir para la Episcopal unos mil volúmenes de obras científicas, matemáticas, de geodesia y meteorología, etc., etc., donde se me dice que hay mucho de exquisito y curioso (envíos de Enero y Junio de 1907). Y como un loco hace ciento — repetimos — la olvidada y escuálida biblioteca que ha merecido tan señalados favores del Académico - Bibliotecario de la Española, á su ejemplo los ha recibido también de otros donantes: de don Juan Capllonch, de Pollensa, quien en 1904 le donó 150 volúmenes de derecho, medicina, mística y algo de literatura, con algunos paquetes de varios, en general curiosos; y de D. Ignacio Moragues, quien envió una carretada de libros del porche de su casa, en junto 175 volúmenes de derecho canónico y mística, obras antiguas las más de ellas. Estos porches ó desvanes mallorquines suelen ser muy socorridos como pudrideros de toda laya de papeles, y no estaría de más que los propietarios de ellos siguieran el buen ejemplo del señor Moragues. Como nada mueve la voluntad y el corazón como el buen ejemplo, no quiero, por último, callar los entusiasmos de un ilustrado sacerdote de esta isla, quien, mostrando en esperanza el fruto cierto, admirado de la obra del P. Mir y deseoso de que se acreciente, me decía moviendo mucho los brazos:— «¡Todos, todos, todos los curas de la diócesis debiéramos legar nuestros libros, buenos ó malos, pocos ó muchos, en vida ó en muerte, á la Biblioteca Episcopal, que es el mayor monumento á la cultura del clero mallorquín!»; frases que recogí al vuelo y divulgo intencionadamente, no tanto por la provechosa trascendencia que pueden tener como para concluir, como quería, que un loco hace ciento.

IV

Este monumento á la cultura del clero mallorquín de que se beneficia Mallorca entera y los extraños que á la isla aportan; que tanta importancia ha adquirido en el último decenio, y á mano está de adquirirla mayor; que hoy, por sus fondos, puede visitarse como una de las cosas notables que nuestra ciudad encierra; ¿no merece instalación adecuada? Si el personal y las existencias han sufrido radicales modificaciones, precisa confesar que también ha sufrido algunas el local y material de la misma. Antes de ahora sostuve que la Real y Episcopal Biblioteca está mal instalada, señalando deficiencias y defectos; pero á fuer de leal he de exponer las razones con que el M. I. Sr. D. Martín Llobera,

mayordomo del Palacio episcopal, y el mismo bibliotecario señor Rullán, han salido á mi encuentro. Díctenme, y á la vista está, que el local, después de practicadas algunas obras y reformas, resulta más seco de lo que antes parecía, salvo el ángulo N.E. donde una antigua conducción de aguas (ya desaparecida) dejó huellas de su paso; dicenme que la actual instalación ha dado la cuenta que se esperaba; que la polilla no se conoce en el recinto (y no es poca fortuna), y dícenme muchas cosas á las que accedo convencidísimo: pero á quien no es posible convencer es á la misma Biblioteca, que en su crecimiento y florecimiento no cabe en aquella sala. Es que el niño se ha hecho hombre y ha reventado los calzones. Véase, como remiendos, lo que ha tenido que hacerse sólo para la colocación de los libros. A la estantería circular se le dio, en 1903, un segundo cuerpo, con corredor y lujoso herraje en ménsulas y antepecho, obra que costó más de 6.000 pesetas, y en breve resultó insuficiente. Al año siguiente hubo que colocar estanterías centrales, que ahogaron el salón, aunque para atenuar este inconveniente se les dio escasa altura. Las estanterías se llenaron. En 1806 el P. Mir donó una librería, y el Sr. Obispo hizo construir otros dos estantes, con puertas de alambrado; librería y estantes que se llenaron incontinenti. En 1807 se habilitaron ocho armarios corridos, con puertas de madera, procedentes del Archivo, y se instalaron en la salita que da acceso á la Biblioteca. Los estantes se llenaron también. En 1908 se construyeron dos estanterías nuevas, dobles, que se emplazaron sobre las centrales, prescindiendo del ahogo, y doblemente se llenaron las dobles estanterías; y se llenaron otros dos estantes con alambrado en la salita, y como todo se llenaba y aún había montones de libros por colocar, se cedió á la Biblioteca una sala separada para duplicados, en el primer piso, junto al muro del oratorio de San Pablo (llamado vulgarmente Presó d'es capellans) con orden de que se construyera la estantería necesaria... Por esta enumeración bien se ve que no se descuida el centro mencionado, y sospecho que al fin y definitivamente se le atenderá como merece. Mis sospechas tienen fundamento. En 9 de Febrero del último año, 1908, celebróse en el Ayuntamiento de Palma solemne sesión para conmemorar el VII centenario del nacimiento del rey D. Jaime, el Conquistador de Mallorca. En ella el obispo Ilmo. Sr. D. Pedro Juan Campins expuso el deseo de formar un Museo diocesano, y seguidamente, para poder instalarlo, comenzaron las obras en las vetustas y ruinosas casucas de la calle dd Palau, emplazadas en el área del palacio; y estas obras, que recientemente han terminado en la parte de albañilería, están contiguas al salón de la Biblioteca. Los propósitos que abriga nuestro Prelado no los conozco. Nadie suele conocerlos hasta que, con prudencia, los ha madurado; pero de que no le gusta dejar las cosas al aire ni hacerlas á medias sobradas pruebas existen. Él fué al obispado desde la tertulia literaria de Juan Alcover, y así en sus escritos personales como en los que emanan de su secretaría se revela el atildamiento en lo escrito y el amor á las letras. Ni á él, ni á los que me conocen, han de sonar estas apreciaciones como lisonjas, porque todos saben que, salvando toda clase de respetos, suelo considerarme más que obispo en mis cuartillas, y cuando el caso lo exige no dejo de invocar el título de un famoso sainete: Aquí haze farta un hombre! A la hombrada del P. Mir hay que contestar con otra hombrada, y más que yo lo entiende quien ha de dar la contestación; pero quizás convenga conocer previamente toda la importancia del donativo para que no resulten estériles ó insuficientes los sacrificios que pudieran hacerse para una instalación definitiva, sin mirar á lo porvenir. Asunto es este que no

incumbe á quien historia: sólo lo pasado es historia; el porvenir es de los inspirados profetas. Lo cierto es que bajo la superior custodia del Ilmo. Sr. Campins se halla el ya hoy rico tesoro de los libros de la Real y Episcopal Biblioteca, donde queda vinculada una de las notas, y no la menor, de la cultura de su obispado, que Dios prolongue mucho tiempo. Seguro esté de que en todo su rebaño no encontrará súbditos más leales, más agradecidos, más prontos en dar consejo si se les interroga, más callado y sumiso si se les desdeña, que los bienaventurados libros. Hasta por no estorbar consienten estar de canto. Asi le sean todos sus diocesanos. De la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Madrid, 1910.

La isla de Cabrera en la literatura
La isleta vecina parece llevar atraillado su nombre á la Historia de Gil Blas de Santillana, desde la guerra de la Independencia. Los franceses chachareros, llenos de amor de sí y de lo suyo, la ataron á Lesage, y los bonachones nacionales de España los creemos á pie juntillas. Y no es por cierto el Gil Blas la primera fuente de investigación á que debe recurrirse, atalayando Cabrera á través de la literatura histórica, á partir del Renacimiento. En uno de mis viajes de retorno á Mallorca hice no ha mucho parada y noche en la Muy Leal y Muy Noble ciudad de Ronda, Ronda fidelis et fortis, como reza su escudo; más para conocerla que para desagraviarme de molimientos de viaje. Víla y satisfíceme de su campo y serranía, tan próspero y enriscada; de su tajo famoso y de sus tres barrios históricos. Víla desapercibido para que todo lo de allá me diera choz y causara virginal impresión en mi ánimo, y una vez aquí, en la mansedumbre de las vacaciones, busqué perdigadas lecturas que de Ronda me instruyesen. Y recordé que era rondeño Vicente Espinel, y me amparé con su escudero Marcos Obregón, quien por allá estuvo en sus andanzas de próspera y adversa fortuna. Bien necesitaba refrescar esa lectura, porque tiempo y olvido habían puesto chiribitas en mis ojos. Pronto caí en la cuenta de que si Espinel no llega á escribir su Marcos Obregón, Lesage no hubiera escrito el Gil Blas. El episodio de Cabrera que esta novela relata, si no trasflorado del Marcos Obregón muy cerca le anda. Ir para Milán en un galeón arragocés con los criados del Duque de Medina-Sidonia, ó venir á Mallorca con la servidumbre del Conde de Montanos, tomar puerto en Cabrera por las tempestades, encontrarse con la escasa guarnición del castillo; verse detenidos «quince ó veinte días ó más» ó «muchos días» para reponer los destrozos de la borrasca; llegarles desde oriente aura embalsamada de madre-selvas «tan grandes, apacibles y olorosas como las que hay en toda Andalucía» ó «más hermosas y odoríferas que las de Andalucía»... es ser y parecer todo uno. Y no es en la caza y rebusco de frases donde sólo aparece el dechado y la copia: todo el episodio es el mismo: la guitarra que les entretiene; la gruta en que se solazan; la aparición de los corsarios argelinos; la treta que sospechan y el real apresamiento; los recursos empleados para congraciarse con el piloto, y el viaje al Africa. Sólo que la descripción es más minuciosa y la narración más animada en Espinel, como de costa vista; y más concisa y rápida, como de cosa oída y luego recontada, en Lesage. No diré yo que la Historia de Gil Blas de Santillana no sea de entretenidísima lectura y tenga muchos y buenos toques originales; pero el episodio de Cabrera me deleita mucho más en las Relaciones de la vida y aventuras del escudero Marcos Obregón, como todo lo que puede parangonarse de entrambas narraciones. Pero ¿acaba aquí la genealogía de este episodio? Menéndez y Pelayo en obra recientísima, en los admirables Orígenes de la Novela, supone que las escenas de la isla Formentera, en la Diana enamorada de Gil Polo, pueden haber sugerido á Espinel y á su imitador el incidente del cautiverio en la isla de Cabrera. Gran maestro es il maestro di color che sanno, y para repararle hay que tentarse la ropa. Las concomitancias entre

el abandono en que se cree Alcida en Formentera y el episodio del apresamiento en Cabrera son tan tenues que no me atrevo á emparejarlas. Verdad es que ambos sucedidos se suponen en tierras baleáricas; que Cabrera, según Espinel, es «isleta despoblada, sin habitadores, ni comunicada sino es de Mallorca cuando traen mantenimientos»; y Formentera es «tierra desierta y de gentes no habitada» y que para los mantenimientos hay que aportar á Ibiza, donde «hay gran abundancia de venados, conejos, liebres y otra caza, tanto que van por ella grandes rebaños de silvestres animales» según Gil Polo. Si nadie halla en Cabrera aquellas «lagartijas grandes y negras que no huyen de la gente» que vio Obregón; tampoco hay quien haya topado en Formentera con la peña donde Alcida, en su desesperación, dejó inciso el soneto: Arenoso, desierto y seco prado, tú que escuchaste el son de mi lamento; hinchado mar, mudable y fiero viento con mis sospiros tristes alterado; Duro peñasco en do escrito v pintado perpetuamente queda mi tormento: dad cierta relación de lo que siento, pues que Marcelio sola me ha dejado. Llevó mi hermana, á mí puso en olvido, y pues su fe, su vela y su esperanza al viento encomendó, sedme testigos que más no quiero amar hombre nacido por no entrar en un mar do no hay bonanza ni pelear con tantos enemigos. Los corsarios son legítimos y auténticos, por más que otra cosa creyeran en un principio los apresados en Cabrera; el abandono de la novia se lleva candorosamente á término, con la más sana y repulida intención por parte de todos, menos por Bartófono, que es malvado, brutal, sátiro lujurioso, pero no pirata. Quizás estas mismas oposiciones en paralelismo susciten en el ánimo... que sé yo!... la idea de que una torre es todo lo contrario de un pozo; y cuando el río suena agua lleva, y vertida está la especie por quien cava muy hondo, y natural es que aquí se recoja. Chorro abundante de tremendos lances y enmarañadas aventuras fueron las narraciones griegas de la decadencia, á partir de Heliodoro y de su Historia de los leales amantes Theágenes y Chariclea, no menos que las novelas caballerescas que del norte nos vinieron y en España formaron ciclos, y las pastoriles desde la Arcadia de Sannazaro que nos suministró la de nosotros tan ordeñada Italia. La narración poética, más que otro género alguno, parece desarrollarse trasplantada por esquejes, y es de cada día encontrar, en las plantas nuevas, antigua savia que fermentó al sol de muchos siglos y al despojo de muchas generaciones. Siguiendo la raigambre del árbol que tenemos á la vista podemos tropezar con el cráneo de Homero! La narración intercalada en la historia de D. Rafael, del Gil Blas de Santillana, que hoy nos ha servido para buscar precedentes, tiene también consecuencias que se verán en breve.

II La nota de vacuidad con que se monteja (sic, ¿moteja?) la producción literaria del siglo XVTII tendría mayor justificación y amparo si solo se aplicase á la novela. Este género, de tan rica prosapia española y tan encrestado luego en nuestros días, apareció entonces como represado. La traducción de Gil Blas por el P. Isla se levanta sobre la esterilidad del campo como un monumento. En cambio la narración histórica fué ganando terreno en la expresada centuria, y este recuerdo viene de molde para seguir y trazar nuestro estudio. La guerra de la Independencia trajo á la isla muchedumbre de prisioneros franceses, y algunos de los cuales escribieron de su prisión y cautiverio. Las épicas jornadas y las obrillas de referencia dieron á nuestra isleta boga universal que nunca fué soñada. Metidos en los andadores de la bibliografía, que aquí da no poco, la anemidad del trabajo no será mucha. Ved una ristra de las publicaciones apañadas. — Les prisonniers de Cabrera. Memoires d'un conscrit de 1808. Recueillies et publiées par Filippe Guille (1), obra exornada con planos y panoramas muy precisos de la isla. El autor, fingido recluta, hubo de ser un oficia}, porque, aparte de otras consideraciones, desde Cabrera fué á Porchester, á donde no fueron los soldados. Ocioso es decir que toda la obra patentiza el profundo odio á España de que el autor estaba poseído, nota común á todas las publicaciones de este grupo. — Aventures d'un marin de la garde imperiale, prisonnier de guerre sur les pontons espagnols, dans l'île de Cabrera et en Russie pour faire suite á l'histoire de la campagne de 1812 par Henri Ducor, soldad de la grande armée (2). Aunque la narración es muy fantástica toca con fidelidad los sucesos y ha sido fuente de aprovechamientos para narraciones posteriores. El autor estuvo recluido en Cabrera desde mayo de 1809 hasta fines de julio de 1810. — Louis Joseph Wagré. Les prisonniers de Cabrera. Souvenirs d'un caporal de grenadier (1808-1809) (3). El desfogado Caporal es de lo más patrañero que puede concebirse, y se siente héroe triunfador en toda ocasión y momento. — Cinq ans de captivitè á Cabrera ou soirées d'un prisonnier d'Espagne par l'abbé C. T. du diocese d'Amiens (4). Ei lacrimoso abate Turquet no pudo estar en Cabrera desde el principio de la reclusión; pero no obsta para que relate los hechos como testigo presencial. ¡Es tan socorrido el papel de victima! Su prosa debió de beberse como hidromiel porque el libro alcanzó tres ediciones por lo menos en Francia, y aquí en Mallorca lo tradujo D. J. de S. S. (Jaime de Santiago Santaella) y traducido se publicó en 1876 formando un folleto (5), y corregido vuelve á reestamparse en estos momentos. El hecho de la deportación, como se ve, tuvo buena copia de historiadores personales y hasta repercutió largamente en influencias posteriores.

Como nota póstuma aun puede reseñarse la obra Espagne et Provence - impressions par Edouard Conte, impresa en París en 1895. Su capítulo IX se titula Cabrera y se contiene en dos hojas de letra grande y espaciada. En resumen, el autor fué y volvió. Lo único relativamente curioso es que en este capítulo el autor llama «confrère du Fígaro» á Mr. Philippe Gille, nieto de uno de los supervivientes de Cabrera, autor de la primera obra que se ha reseñado en esta sección. Por lo que toca á Mallorca, poco después, no faltó el polígrafo don Joaquín M.ª Bover que, como en todo, metiera las manos en esta masa (salvo que esta vez se pringó los dedos). Su folleto: Cabrera. Sucesos de su historia que tienen relación con Francia (6), escrito con motivo de emplazarse un monumento conmemorativo de la estancia de los franceses en la isla, produjo en la literatura mallorquína la más sonora explosión de ironía en otro folleto que confeccionaron á escote varios ingenios, y se publicó anónimo para burlar al pobre Bovino, quien jamás alcanzó la gloria, que tan acucioso buscaba, á fuerza de perseguirla. Su obra bibliográfica es soberbiamente meritoria y, á ahondar con más serenidad en ella, hubiera logrado con un solo libro lo que no le alcanzó el fárrago inmenso de su poligrafía extraña y pueril á veces, aturullada y errática siempre. La historia de la Dragonera en sus relaciones con la civilización europea (7), contestación al citado folleto de Bover, es de lo más saladísimo y ático que ha nacido en esta tierra marítima y semigriega. Y no acabaron aquí las guasas y la chacota, que en otras publicaciones, ajenas al intento que se persigue, se continuaron. No con fines literarios, sino muy otros, publicó el brigadier D. José López Pinto: La isla de Cabrera. Reseña general e importancia militar de la misma (8), con buenos planos, y basta el capítulo de historia para que aquí se recuerde tal publicación. En 1901, Miguel S. Oliver dio á la estampa su rico estudio acerca de Mallorca durante la primera revolución (1808 1814) (9), y en los tres capítulos referentes á Los prisioneros de Cabrera, con documentación original, recogió bastante de las obras publicadas por los franceses aprisionados, quienes «creyeron reconocer la caverna donde I.e Sage coloca uno de los más interesantes episodios de su Gil Blas, descrita un siglo antes con tanta exactitud que aún hallaron la higuera y la madreselva (chevrefeuille) que señala como adorno del boquete». Descubrir es! y bien hace Oliver en añadir á las citadas frases, por cuenta propia: «nada queda ahora de esta descripción, si algo ha existido»; y mejor pudo decir: «Nada de esto existió antes de que Vicente Espinel lo inventara.» Para que nada falte a esta bibliografía puedo dar cuenta de un folleto manuscrito, titulado: Villa Cristina en la isla de Cabrera, que escribió, sin darle nombre, don Jacinto Felíu y Ferrá, uno de los propietarios que fué de la isla. Esta circunstancia excusa ponderar la puntualidad de los datos consignados, que son muchos en poco espacio y rectifican, sin decirlo, especies inconsideradamente vertidas. El ejemplar original y autógrafo lo posee su hijo D. Sebastián, y á la buena amistad de éste debo la copia que se me permitió sacar, por estos pulgares, del expresado folleto. Obra de completa reparación á las exageraciones ó patrañas de loa autores franceses será el volumen que actualmente se estampa. Titúlase La isla de Cabrera y comprende: 1º Prólogo de Pedro Estelrich, que trata de la posibilidad de convertir aquella isla en floreciente colonia agrícola; 2º La descripción de Cabrera, sacada de la obra Die Balearen del Archiduque de Austria Luís Salvador, traducida por Pedro Bonet de los

Herreros; 3º La leyenda de Cabrera ó sea nueva transcripción del folleto de Turquet, en nueva edición corregida del traslado de Santaella; y 4º Largo estudio, ricamente documentado de noticias históricas y fehacientes del cautiverio de los franceses, en que Jaime L. Garau está poniendo á contribución de tal monografía su riquísima colección de documentos mallorquines. Esta parte es muy probable, por lo que de ella conozco, que ponga el punto final á las leyendas del cautiverio. Y si el lector echa de menos en esta reseña sabrosos cementerios, que así quisiera para mi gloria como para su deleite, non olvide que harta materia se ha venido á los puntos de la pluma y que las columnas de un periódico obligan al apresuramiento y á la brevedad. Menos mal si recapacitando sobre lo ya escrito no me dice algún lector chunguero lo que dijeron á Bovino los autores de un suplemento á El genio de la libertad, en 1849: — De un lado el universo, del otro Cabrera. (De La Ultima Hora) Palma, Setiembre de 1906.

III ¿Cabrá un post scriptum á estos artículos? Si no lo justifica la bibliografía sobrada base tendrá en la oratoria, la que suele incluirse siempre en las Preceptivas literarias por los elementos artísticos que contiene y aun por haber sido la primera fuente de las mismas Preceptivas. Nunca está demás, por otra parte, recoger notas perdidas en la prensa periódica, de la que puede decirse, como de la Oratoria: verba volant. En los primeros días de Mayo de 1908 llegó á Mallorca una numerosa excursión de profesores, periodistas y alumnos, organizada por el Senador del Reino y catedrático de la Universidad de Barcelona Odón de Buen, con objeto de inaugurar el Laboratorio biológico de Porto-Pí, que alimentará peces de toda casta. Como este hecho coincidió con el centenario de la conducción de los primeros prisioneros franceses á Cabrera, se pensó en una excursión á la isleta baleárica, para amenizar el programa, y depositar algunas coronas sobre las tumbas de los allí fallecidos en aquellas circunstancias. El señor Cónsul francés en Palma Mr. Audibert, y comisiones de la Diputación y del Ayuntamiento de esta ciudad se asociaron y engrosaron la expedición. El día 2 del referido mes de Mayo, á las dos de la tarde, llegó á Cabrera el vapor Balear, después de haber llevado á los expedicionarios á las Cuevas de Artá, y poco después el vapor Lulio, que directamente fué desde Palma con unos 400 excursionistas. Terminado el desembarco en el seguro puerto de la isla, se dirigieron todos, en número que no bajaba de 700, al obelisco, situado en una pequeña loma. Un hermoso día de sol mediterráneo favoreció la excursión. El Alcalde de Palma, Sr. Rosselló y Cazador, depositó la corona del Ayuntamiento, y otra el señor Cónsul de Francia, pronunciando los correspondientes discursos en el cementerio de los franceses; y hablaron también el diputado provincial D. Jerónimo Pou, Odón de Buen, y el Sr. Ródenas, redactor del Diario Universal. Terminados los discursos cayó sobre el sencillo monumento una lluvia de flores que arrojaron los asistentes al acto.

A las cinco de la tarde del mismo día comenzó el embarco, á las seis zarpó el Balear, seguido de cerca por el Lulio. Poco después de anochecido entraron en el puerto de Palma, aclamados por la muchedumbre que les esperaba. Si la obra, ya publicada, á que aludí al final del artículo anterior (10) reivindica en gran parte falsas animaciones referentes al cautiverio de los franceses en Cabrera, el hecho mencionado justifica que el noble pueblo mallorquín no guardó jamás ni odios ni malas voluntades aun para aquellos que las circunstancias convirtieron en sus enemigos. Notas: (1) Troisième édition, Paris, Victor Havard, editeur, 1892. (2) Ambroise Dupont, editeur, 1855, dos volúmenes. (3) Pubbliés par le comte Fleury, París, Emile Paul, editeur, 1902.- Bover registra una edición anterior: Paris, chez l'auteur, 1828, 2 vols, 8º Al mismo Wagré se le asigna: Les adieux à l'île de Cabrera, ou Retour en France des prisonniers français detenus pendant cinq ans et onze jours dans cette île; suivis d'une analyse dediée au roi et au peuple français. París. Delannay, 1855,1 vol(4) Deuxième édition. Lille, L. Lefort, imprimeur- libraire. 1859. Hay otra edición de la misma imprenta, de 1861. (5) Imprenta de Bartolomé Rotger, Palma. (6) Palma, imprenta de Felipe Guasp, 1847. (7) Comprende una introducción, y 6 capítulos; y como dato curioso y poco conocido diré que la introducción y capítulos III y VI son de Quadrado; el I de Guillermo Forteza; el II de Dameto, el IV de Tomás Aguiló; y el V de Montis. (8) Segunda edición, Madrid, Tipografía de Q. Estrada, 1880. (9) Palma, imprenta de Amengual y Muntaner, 1901. (10) La isla de Cabrera. Contiene: Prólogo y notas por Pedro Estelrich. — Descripción de la isla, traducción por P. Bonet de los Herreros.— Cinco años de destierro en Cabrera por el Abate Turquet.— Noticia histórica del cautiverio de los franceses en la isla de Cabrera por Jaime L. Garau.— Palma de Mallorca, Establecimiento tipográfico de Rotger. s. a. (1907)

D. Juan Palou y Coll
A la Real Sociedad Económica Mallorquína de Amigos del País Cierro los ojos á mis escasos merecimientos y los abro á los entusiasmos al aceptar la honra inmerecida de ser espolique vuestro en la presente jornada: oblígame la elección que me enaltece; oblígame la buena amistad que debí á los que conmemoramos; oblígame el amor á las letras, por las que renací á nueva vida al lograr un puesto en la comunidad de su sacerdocio. Lejos de aquí, cuando desfloréis el rimero de estas cuartillas, mi espíritu volará al hogar paterno, siempre recordado del proscrito, y se sumirá con vosotros por los trazos sutiles y misteriosos de la escritura, que parece dar sitio al ausente en las fiestas familiares. Si luctuosa es la que hoy celebramos, porque recuerda algo de lo propio y estimado que se ha perdido, no nos somete y rinde á un dolor estéril sino que encontramos consuelo y esperanza en el egoísmo del dolor, pensando que lo que aquí se torna polvo y ceniza recobra fulgores inmortales del sol de la gloria que, al hacer presa en los hijos afamados de un pueblo, deja aureolas y nimbos de luz sobre este pueblo y sobre las generaciones pasadas y venideras de su estirpe. El primero y más inextinguible orgullo de las razas, de las naciones y de las familias, es el de sus vástagos ilustres. Dos irreparables pérdidas ha sufrido Mallorca en este año de 1906: la de un genialísimo poeta tan rico y vario, tan digno de conmemoración como D. Pedro de A. Peña; y la de D. Juan Palou y Coll que, con un solo acierto, se levantó de golpe con el cetro de la dramática española. Digno cantor de sus glorias tendrá el primero; cúmpleme recordaros al segundo, no como yo quisiera sino atenido á los limites sobrado estrechos — y bien sabe Dios cuánto lo siento — que me imponen las circunstancias. *** Sumo privilegio de la imaginación es atravesar pueblos y distancias, reconstituir épocas que fenecieron, ver y mirar como presente lo que arrolló la rueda del tiempo, mas como nuestra peregrinación ha de ser breve y sobre este escenario; como las figuras que han de moverse y reaparecer son contemporáneas y quizás á todas las haya conocido alguno de los presentes; como aún no se ha secado el cemento que cierra la tumba del protagonista, fácil ha de ser la evocación y halagüeño reconocerle entre nosotros tal cual le vimos tantas veces: flaco, chico, escuchimizado el cuerpo, vivaces los ojillos; balbuciente de palabra e incoherente de concepto hasta que la discusión ó su monólogo los avivaba, poniendo entonces á la intensidad de la expresión la ayuda de manos y brazos; partícipe más que por ímpetus interiores por debilidades de carácter de cuanto le proponían como útil y provechoso, y, una vea dominado el asunto, encariñarse con él, señorearlo, hasta imponer su criterio por fuerza de raciocinio y hondura de afecto; siempre al parecer distraído y siempre atento; transigente con todas las opiniones y firmísimo en las suyas; descuidado por fuera y refinado por dentro, D. Juan Palou sin parecerlo era un gran carácter con todo el matollaje de un simpático estudiantón bohemio. Si aún aquí vagan nuestros ojos para buscarle, pues no estamos resignados á su ausencia, no será hacia las primeras filas y los puestos de honor, sino en algún

asiento entre los otros confundido, oyéndole formular por lo bajo. á manera de soliloquio, las observaciones con que su aquiescencia o disconformidad recibían el asunto. Era un corazón ovillado de nervios. Comenzando por el principio os diré que no todo era fortuna y bienandanzas para. Mallorca, ni mucho menos para la patria, en el decenio que siguió á la muerte de Fernando VII. Sentada en el trono español una niña sujeta á tutela y regencia; desangrada y exhausta la nación por las gloriosas jornadas de la guerra de la Independencia; con los ojos puestos aquí y alerta naciones poderosas y rivales que para sus medros querían inmiscuirse en nuestros asuntos; incierta la política por la levadura de fluctuaciones necesarias ó voluntarias del rey muerto y de los partidos formados en torno de la inconsciente reinezuela; instables los ministerios; boyante la guerra civil encarnizada que aún más que los derechos sucesorios discutía con las armas la implantación de principios opuestos y fundamentales de la monarquía; en auge las gabelas, los impuestos, las exacciones de toda laya, y la misma confiscación, no menos que los destierros, los extrañamientos, los confinamientos, las prisiones y la inseguridad personal; las levas y los cupos de sangre á merced de las brigadas y de las guerrillas; triunfante la exclaustración con sus manchas de sangre, dilapidación y despilfarro; perdidas ya todas las colonias continentales de América; á la orden del día y tomando cuerpo la consternación pública por recientes é inevitables calamidades: horribles terremotos en Murcia y Alicante, peste en el centro de la península, fiebre amarilla en Almería y Gibraltar, cólera en el sur de Francia y comarcas limítrofes ... repercutían en Mallorca todos los desastres nacionales; y si algunos atenuaba el aislamiento, este mismo no dejaba de ser fuente de graves desventuras, ya por la vaguedad con que las noticias nos llegaban, manteniendo los ánimos en tensión próxima á estallar, ya porque las pasiones humanas son siempre más hondas y viriles cuanto más pequeño y familiar es el campo de la acción corrosiva y demoledora. En ese furioso temporal y argavieso formidable puso Mallorca proa al mal tiempo y no sólo pudo resistirlo sino que avanzó bastante; bastante más de lo que podía esperarse de días truculentos y de prueba. El primer barco de vapor que se inscribió en nuestra matrícula se trajo en 1837, porque las necesidades comerciales lo exigían; y si queréis conocer un espécimen de entonces venid conmigo al despacho notarial que tantos años ocupó D. Juan Palou y Coll, no como ya lo habéis visto, sino antes de las reformas que aún acusan en el techo y en el enladrillado los tabiques derribados. Ocupábalo en el mismo año que se trajo el vapor Mallorquín un comerciante que, de humildísima fortuna, casi de la nada, prosperaba por momentos, gracias á su diligencia, á su tino comercial y á ser peritísimo en la ciencia de los números; y tanto prosperó que, á su fallecimiento, ocurrido muchos años más tarde, dejaba una fortuna de 300.000 duros sólo en créditos hipotecarios, amén de bastantes fincas y valores, que repartió entre innumerables herederos, y para todos hubo. En aquel mismo año de 1837, D. Antonio Coll y Muntaner — que así se llamaba el favorecido comerciante — tuvo que amparar á su hermana Dª María y á los hijos de ésta D. Juan, que á la sazón acababa de cumplir nueve años, y Dª Francisca, si es que cabe el tratamiento para una niña no salida de pañales. D. Miguel Palou y Palet, esforzado marino mercante, había fallecido en Oriente y dejaba en el desamparo á su esposa (hermana del comerciante D. Antonio) á su hijo primogénito y á la. niña recién nacida y probablemente póstuma. Que el solterón de D. Antonio ponía grandes cuidados en su hermana y sobre todo en la educación de aquel primogénito, bonísimo de carácter según lo iba mostrando, despierto de inteligencia y activo por nervioso, ni que decirse tiene. Lo haría lo que se llama todo un hombre de

provecho, dedicado á los números, á las negociaciones mercantiles-, le enseñaría todo lo que él sabía, que no era poco para el mundo, puesto que el que sabe hacerse rico tiene sobrado talento; y en talento comercial pocos podían echar la zancadilla al afortunado comerciante. Él puso sus amores en la familia que se le entraba por puertas, y si no suya y creada por él, al fin de su tronco procedía, y era suya por amor y consanguinidad. Su otra hermana Dª Francisca Ana Coll estaba casada con el comerciante D. Damián Cánaves, hombre grueso, cachazudo, colorado y sanote. Afanoso de darse buena vida despuntaba su cigarro después de haber comido é iba á tomar café — que para aquellos tiempos era casi un lujo de ricos — á casa de su cuñado y próximo vecino D. Antonio. No son los genios más afines los que mejor se atraen, y sospecho yo que hubo de reinar la más perfecta armonía entre los dos cuñados de genios tan diferentes, unidos por la común profesión y cordial afecto. Esta armonía tomaba visos de mancomunidad cuando se trataba del porvenir de Juanito, en quien pro indiviso se miraban. Pero uno piensa el bayo y otro quien lo ensilla, y el unánime acuerdo de ambos tíos empezó á estrellarse ante las inopinadas aptitudes del adorado sobrino. A él, tan listo, que había cursado ya el bachillerato con lucimiento, no cabía la tabla de Pitágoras en la cabeza; y daba en la locura inaudita, en la herética terquedad de escribir versos y más versos. ¡Para qué serviría eso! Bien se ganaba una azotina en regla; pero el amor de los tíos y la bondad del sobrino desarmaban el brazo. ¡Ni cómo punir á una criaturita de rechupado y enflaquecido cuerpo, al que amagaban terribles enfermedades y hasta la misma muerte! ¿No acababa de sacarle de sus garras, más que por su reputada ciencia casi por milagro visto, el afamado doctor Arabí? La experiencia, soñada sibila de loa mayores; el consejo, manto senil con que se arropa la experiencia; la reflexión, que no mide las fuerzas del adversario; la amonestación cariñosa que va creciendo en los obstáculos; la reprensión en regla, pena capital que impone la paternidad; el fingido desdén, última posición que adopta el cariño lastimado;... todo se puso en juego, y todo estérilmente, para convencer al despilfarrado jovencillo que malversaba el tiempo, que había emprendido carrera de perdición y de poco provecho. Los cuadernillos de papel comercial los invertía en memoriales para el dios Apolo, y menos mal que al Parnaso llegan las cartas sin pegarles sello. Sólo en los días de esplendor y gloría y aplauso resonante para Palou y Coll, cuando el incesante palmotear de los madrileños atronó victoriosamente á Mallorca entera, llegó D. Antonio á reconocer su error, A lo cual contestaba el poeta: «Me alegro mucho que V. confíese que era injusta su tenaz oposición á que yo hiciera versos, como injustísimas las riñas que sin cesar sufría de V. por la misma razón». Y como la tenacidad de las vocaciones se rompe pero no se tuerce, á renglón seguido continuaba: «Cuando vuelva a Palma espero que algunas temporadas me permitirá V. ir á pasar algunos días en Valldemosa y hacer versos» ¡Tijeretas han de ser! Ya lo veis. Otra vez más el sosiego del hogar alborotado por los volubles Musas! Y eso que ni D. Antonio Coll ni D. Damián Cánaves estaban en autos ni sabían cómo las gastaban entonces las moradoras del Pindo. Eran los días del romanticismo de tumba y hachero, de vates melenudos y disipados, envueltos por la revolución literaria, no menos honda que la política, en que se daba una en el clavo y ciento en la herradura; en que la

imaginación se soltaba como globo sin amarre ó se desplegaba como velamen sin quilla; todo á merced de ímpetus fortuitos y de una existencia que se obstinaba en hacer deplorable y misérrima el falso ideal de los extravagantes soñadores: la maldición elevada á dogma, el crimen glorificado y lo abyecto enaltecido en pompas é indisciplinas de versificación;: opio mezclado con jalapa para excitar los sueños y para que los paladares se diesen exacta cuenta de lo desagradable de la pócima. Hoy, que sólo apreciamos las conquistas depuradas de la fiebre del romanticismo, apenas podemos concebir el delirio de los campeones y secuaces de la escuela. En Barcelona, donde por una transacción con la familia estudiaba entonces la carrera de Derecho el joven D. Juan Palou y Coll, bien sea por el carácter práctico de los catalanes; porque el uso del castellano, única lengua usada allí entonces en literatura, se les resistía para hacer con ella juegos malabares, ó por otras causas; lo cierto es que las figuras principales de entonces en Cataluña revelaron disciplina clásica superior á la de otras muchas regiones, sano ahorro de frase y severidad de gusto. López Soler en El Europeo, enfrente de novelones disparatados á la francesa y en uso, ponía las admirables narraciones de Walter Scott; Bergnes de las Casas en La Abeja descubría un mundo nuevo en la producción cernida de los extranjeros; Cabanyes se apoderaba de Horacio con toques de los italianos de buena cepa; Carbó producía sus severas é históricas baladas; Piferrer y Quadrado levantaban un monumento á la arqueología en sus Recuerdos y bellezas de España; Balmes y sus secuaces cerníanse en los espacios de la filosofía; Milá y Fontanals desfloraba la estética ó con mirada honda y firme y mano severa penetraba en la literatura histórica; Coll y Vehí esponjaba la vedija retórica; Rubió y Ors alboreaba con dolce color d'oriental zafiro el renacimiento, y cien y cien más que no hay para que citar. Por más que Palou y Coll tenía educación de época esencialmente castellana, algo debió de influir el ambiente de la ciudad condal en su educación, y paréceme que lo revelan sus obras dramáticas si se las mira con detenimiento. Cultivaba entonces la amistad de los condiscípulos en quienes había hecho presa el furor literario, y particularmente la de D. Jerónimo Rosselló, siempre frenético adorador de toda literatura. Un día, paseando los dos por el Call de Barcelona, delante de los restos del Castillo Nuevo, le dijo Rosselló: —«He aquí un personaje verdaderamente dramático; D. Jaime IV de Mallorca, preso en la batalla de Lluchmayor y encerrado en esta prisión por orden de su tío D. Pedro del Puñalet.» «Así, tan sencillamente — dice un monografista de nuestro dramaturgo (1)- cayó en el surco la semilla del frondoso árbol que había de admirar la multitud. Palou y Coll se enamoró de la simpática figura de D. Jaime IV, sintió como cosa de familia la desgracia del joven príncipe y no paró hasta que, si bien imaginariamente, lo coronó, echando por tierra la dominación de Pedro IV en Mallorca.» Y ved cómo sin querer, y mucho antes de lo que me proponía, caí en el bebedizo que suministra el nombre de Palou y Coll atraillado al de su única producción La Campana de la Almudaina. No caeré en la tentación de avalorar y discutir al poeta por su ensayo dramático, nunca impreso, estrenado en el Círculo Mallorquín; ni por La espada y el laúd y D. Pedro del Puñalet, obras posteriores á su fama, y otra vez releídas ahora por mí con toda atención y detención; no rebuscaré en sus juveniles y esparcidos versos, publicados o anónimos, que en gran copia he reunido para este trabajo; no os delataré algún ensayo de poema que no pasó de iniciación, ni asuntos malogrados en apuntes por

desidia o en la misma gestación; todo este bagaje no le sacaría de mediocridad, indigna de resonancia póstuma, ni hay que enturbiar con él la clarísima fama de su venturoso acierto. Si todos estos ceros son susceptibles de conmemoración es porque van acompañados de una cifra de valor positivo para el renombre imperecedero del poeta; es porque nacieron de la misma mano sobre la que una vez descendió el beso feliz y fructuoso de la inspiración y dio el drama famoso que al inmortalizar su título hizo vividero el nombre de su autor. La Campana de la Almudaina encierra por completo á Palou y Coll, ó si se quiere, Palou y Coll es La Campana de la Almudaina. La misma gloria de esta producción hace desmerecer el valor de las otras, como la aparición del astro del día amengua y amortigua y extingue el fulgor de las estrellas. Los ingleses llamaron á Hamilton el del único discurso, y hasta en poesía lírica una sola y reducida tirada de versos basta para inmortalizar á un poeta: una epístola moral al capitán Andrade; un madrigal de ocho ó diez versos á Cetina antes que reapareciera su olvidada producción. Si comparáis esta «intensidad» poética con la extraordinaria «extensión» de Lope de Vega, comprenderéis que á las alturas de la gloria se llega por varios caminos, y que Palou y Coll atajó por el más corto, y lo corrió de un salto. La Campana de la Almudaina tuvo una gestación muy lenta; desde mediados de la década del cuarenta, en que Palou se encariñó con el asunto, hasta fines de 1859, en que fué estrenada, en todo ese tiempo fué la obsesión inacabable de su autor. A mi padre, compañero de carrera de Palou y Coll, oí contar muchas veces los afanes, los desvelos, la constante preocupación de que Palou se hallaba poseído; y como yo también di en la manía de componer versos, solía rematar mi padre su narración con este pasaje del Quijote: «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer...» (y aquí se subrayaba mucho la frase para que me llegase á lo vivo), «se le secó el cerebro de manera que vino á perder el juicio.» Y si la cita toca en lo personal no deja de ser de un testigo de ojos, que vio ampliar, acortar ó refundir escenas, añadirlas ó suprimirlas; trastocar situaciones, buscar efectos dramáticos, cazar frases de efecto; borrar una y cien veces lo escrito para substituirlo con nuevas rectificaciones, desde el mismo título de la obra, que se llamó antes Corona de espinas, hasta las últimas escenas del drama, retocadas poco antes del estreno por indicación de don Luís de Eguilaz. Fué una acumulación constante y progresiva de amoroso trabajo, de la que había de surgir el rayo de la gloria, mostrando una vez más que el trabajo es agradecido y el amor victorioso. |Y qué victoria! De toda la primera época del romanticismo teatral sobrenadan y continúan representándose con frecuencia cuatro dramas: D. Álvaro ó la fuerza del sino del Duque de Rivas, Los amantes de Teruel de Hartzenbusch, El Trovador de García Gutiérrez, y más que todos La Campana de la Almudaina de Palou y Coll. ¿Es lógica y atinada la preferencia del drama mallorquín sobre tantos otros de la época? ¿Por qué ha trascendido á tiempos posteriores, en que la versatilidad del gusto ha corrido por tantos cauces diferentes y aún opuestos al de la inspiración romántica? Querer defender históricamente La Campana de la Almudaina fuera el colmo de la candidez,.y en este punto baste decir que la principal figura, la de Dª Constanza, pudría cuando en la acción se la supone, y que D. Jaime IV jamás fué IV, ni reinó, ni fué coronado. Pero la invención de hechos y reunión anacrónica de personajes toman consistencia de realidad y verosimilitud, y á través de la imaginación poética surgen, con armónica trabazón, caracteres reales, lógicos, precisos y sostenidos, en los cuales no

sólo se han conservado los rasgos característicos sino que se ha perseguido y casi siempre logrado la feliz expresión. Toda la balumba dramática está basada en un sentimiento positivo, intenso, universal, innato, inamisible, eterno: en el sentimiento de la paternidad; no sólo en Centellas, en quien aparece como por sorpresa y para formar contraste y paralelismo de maravilloso efecto, sino en D.ª Constanza, en quien ese sentimiento parece adoptar todas las formas delicadas y heroicas: de martirio, de sufrimiento, de resignación acaso, pero nunca de tibieza ni desfallececimiento. D.ª Constanza es madre, y muy madre, y por esto todos sus actos, todas sus palabras, todos sus gritos, encuentran eco en el corazón de los espectadores, los que se identifican con su situación, le siguen los pasos con interés, esperan cuando soplan rachas de próspera fortuna, y sufren y coparticipan de su aflicción. Compárese este sentimiento vivificador de La Campana de la Almudaina con el fatalismo un poco á la griega de D. Álvaro, con el caso poco menos que fortuito de Los amantes de Teruel, con el recurso artificioso y gastado de la substitución en El Trovador con el resorte y máquina de casi todos los dramas de ía escuela romántica, donde llega á ennoblecerse el bandidaje, ó, en la reacción, propone temas de la más santa fe, pero también de la más desmayada moral, y se reconocerá una ventaja inmensa de nuestro drama sobre los restantes. Y el talento de Palou y Coll está en hacer de este sentimiento no una tesis sino un leit motív que serpentea constantemente en la acción, enjendrando motivos conductores secundarios dentro del grandioso cuadro en que el drama se desarrolla (2). Toda su acción heroica y política está subordinada á este sentimiento individual, con gran maestría. Por eso en La Campana di la Almudaina no hay más que dos personajes plasmados, los dos entre quienes corre la lucha; el de la reina viuda, madre del pretendiente, y el del gobernador del reino, padre de Isabel. La misma figura de D. Jaime, sobre quien parece basarse toda la acción resonante, toca en lo escuálido; no menos que la otra figura homóloga, la de Isabel, lirio incontaminado, virgen de tabla gótica pintada con la idealidad de Fra Angélico, visión esfumada y vaga, que en la muda y poética aparición del primer acto se adivina su esencia, y cuyas primeras palabras son un himno á la maternidad adoptiva y al agradecimiento. Es figura que, al ir á abrazarla, se desvanece; y es absorbida por la madre adoptiva. De los demás personajes no hay que hablar: algunas felices pinceladas muestran bien al traidor Beltrán Roig y al simpático Tornamira. No aparece en el drama D. Pedro IV como personaje real, pero su inicua grandeza, tiránica, medieval, palpita y vive en toda ocasión y momento. Este fondo, personalizado en el artero Ceremonioso, es de grande efecto para la concepción del drama histórico y romántico; y sobre él han podido resaltar con facilidad las figuras, tan acertadamente escogidas, y todo el recamo de las felicísimas situaciones dramáticas. Este fondo tan vivaz y la poquedad de esos personajes, particularmente la de los hijos, da gran relieve á los caracteres de los progenitores; de los dos únicos que mueven la acción. Doña Constanza, tal como aparece en escena, es una ficción del poeta, quien, para cohonestar sus propias libertades, nos dice por boca de Centellas: Doña Constanza. ¡Bah! en Francia matáronla sus pesares. ¿No se propagó su muerte?... Cierto, murió....

pero rediviva hay que confesar que es una afortunada creación. Envuélvele la grandeza épica que la hace vistosa; atractiva la desventura; dulce y tierna el alma un poco femenil de Palou y Coll en la expresión del sentimiento. Ella, que nada quiere para si, lo exige todo para su hijo: vida, libertad, corona; y para lograrlas es heroína; quizás sobrado heroína en el momento más trágico de la acción (final del segundo acto) si el dominio del conocimiento psicológico y situación de su adversario no justificara en ella que no teme lo que sólo en apariencia intenta realizar; ó si el público no creyera que pudo conocer la libertad de su hijo. De todos modos, la decisión en la frase, el rugido de la pantera, y el recurso extremo de Doña Constanza al querer apoderarse de la cuerda de la campana, ponen carne de gallina en los espectadores y se logra por completo la situación dramática. En cambio Centellas es un tipo rigurosamente histórico, de lealtad inquebrantable por un rey que no la merece, circunstancia que hermosea más su carácter. El, tan admirablemente sostenido en la lucha de sus pasiones, que por nada ni por nadie empañaría sus sentimientos dinásticos, flaquea un momento ante la aparición de su hija recuperada y comprometida; el preciso momento que aprovecha el autor para producir el efecto que desea. La debatida frase: Yo á mi rey no soy traidor Mi rey es traidor á mi! no altera el carácter de Centellas, porque no es reflexiva, sino ocasional, y viene muy al fin del drama para destruir el efecto que en todo el transcurso de la obra ha producido la inquebrantable lealtad del Gobernador de Pedro IV. En este final el espectador no puede prescindir de que se ha conculcado horriblemente la historia; y desde el momento que Centellas acepta la proposición de huir a Italia con la frase: —Pero... todos!, se ve que el desenlace se avecina, y que nada puede ya interesar de lo que al nudo de la acción pertenece. Lo cierto es que el verdadero drama se ha sostenido tenso y vibrante en las cinco sextas partes que han precedido, y que los espectadores, sin llamarse á engaño, en tal punto empiezan á tentar los abrigos. Grandísima audacia, que avalora mucho la producción en mi concepto, es... la falta de sangre: no hay allí muertes, ni heridos, ni mazmorras y cadenas, ni puñales envenenados, ni casi traidor!: las armas que lucen son las que D.ª Constanza arroja por la ventana; de Don Jaime á penas logra saberse la prisión por referencias; á la misma campana, présago de muerte, no llegan á tañerla los actores que están en el palco escénico, y cuando suena, sus toques más que de muerte son de resurrección; el mismo Beltrán Roig, en tales momentos identificado con la causa simpática y contribuyendo á su triunfo, es perdonado de sus ambiciones. Todo se fía á la moción de afectos por fuerza de los mismos, sin espectáculos emocionantes, sin cuadros vivos. Ningún crítico de La Campana de la Almudaina, que yo sepa, se ha fijado en esta circunstancia tan digna de tomarse en cuenta siempre, y mucho más en una época en que el melodrama había hecho su entrada triunfal y se cargaba la mano en la exhibición de lo cruento y espeluznante. Ignoro si así procedió el autor por acaso ó por deliberado propósito; pero esta serenidad de presentación, aunque no la analice ni de ella se dé muy exacta cuenta el público, no hay duda que es un medio ambiente en que la acción se desarrolla dejando efluvio de tranquilidad en el alma del que busca en el teatro algo más selecto

que la emoción lograda á mazazos. Y conviene decir que no soy yo de los que se asustan de que, como se dice, muera hasta el apuntador en la escena. Sanciono la pena capital en el teatro siempre que tiene la necesaria y debida justificación, siempre que la impone con fuerza avasalladora la trabazón lógica de los sucesos desarrollados; pero no hay duda que en tal espectáculo suele haber mucho de fantasmagórico, de violento, y es con frecuencia un especiado sólo provechoso para estómagos enfermizos ó gastados. Haciendo una extraña aplicación de este principio á las plazas de toros os diré que para mí la bizarría del picador debiera ponerse en salvar su cabalgadura; pero ya sé que nunca faltará quien pida ¡caballos! Acierto y grande, más de admirar en un novel autor, es la severa, la rápida y armonizada conducción del asunto; y más que la preparación el espontáneo surgimiento de situaciones y cuadros dramáticos, tan naturalmente ofrecidos, de extraordinario efecto, á que á veces contribuye el estudiado paralelismo de razonamientos, frases y situaciones, siempre de éxito seguro y brillante. Si el lector minucioso de esta obra, puesta en el pupitre, puede hallar y halla algún legítimo reparo que oponer á la historia, al lenguaje, á la misma lógica; en cuanto el drama se representa, ó no se repara en nada, ó todo se olvida, y la fuerza avasalladora de la acción y movimiento de las figuras hacen riza de toda observación, y el aplauso se impone y surge entusiasta del corazón más que de las mismas manos. Así se comprende que la lectura de La Campana de la Almudaina, en su peregrinación, pudiera suscitar dudas en actores y autores dramáticos; y que su estreno fuera una de las grandes solemnidades; que llegara á compartir la atención del público madrileño con asunto tan grave como la guerra de África, motivo entonces de todas las preocupaciones; y que desde su aparición en las tablas hasta hoy haya tenido la venturosa suerte que nos enorgullece. No de lo uno ni de lo otro quiero hablar por cuenta propia. Os guardo en este punto una sorpresa en que agradeceréis mi suerte de investigador y el cariño filial con que D. Eusebio Ballester ha tratado los papeles y reliquias del difunto poeta (3). Es una carta autógrafa y auténtica de Palou y Coll, escrita á su tío don Antonio cinco días después de estrenado su drama, en la cual D. Juan aparece de cuerpo entero, ó mejor diré, de alma entera; desvanecido por la gloria, enardecido por el aplauso, borracho más que atufado por el éxito estupendo que obtuvo su producción. He aquí el sincero, el interesantísimo documento familiar, íntegro, porque quitarle punto ó coma sería profanarlo. «Sr. D. Antonio Coll. «Madrid 8 Noviembre de 1859. «Mí muy querido tío: desde el jueves tres de los corrientes, en que se estrenó mi drama entre estrepitosos y frenéticos aplausos, he vivido y gozado más que en lo restante de mi vida pasada; estoy viviendo dentro una atmósfera de gloria y de encanto inesplicable, dentro ese mundo que allá en mis sueños, en mis delirios de niño había imaginado. El objeto de todas las conversaciones de Madrid es mi drama y el nombre que constantemente se pronuncia en las calles, en los cafés, en las reuniones, en las cátedras y en los palacios es el mío. En este momento, son las doce y media de la noche, acabo de dejar el teatro del Circo en el cual durante la representación del drama he sido llamado cuatro veces á la escena, dos veces solo y otras dos acompañado de los actores.

Me es imposible explicarle á V. el entusiasmo que se apodera del público cada noche cuando me ve salir a recibir sus palmadas y sus bravos: esta noche estaba en el teatro, en el palco de la Reina, el Príncipe de Baviera con su esposa la Infanta, y cada vez que me ha visto salir á las tablas se ha levantado de la silla y en pié se ha puesto á palmotear furiosamente hasta que me he retirado. El teatro ha estado completamente lleno: anoche tuvieron que devolver muchísimas entradas porque la gente no cabía en el teatro; y esta noche he visto yo vender las butacas ó asientos que en la ventanilla del teatro se pagan á diez reales, á setenta reales: ayer y hoy ha habido en el despacho peleas y bofetones largos. En las cinco representaciones que se han dado de mi drama llevo ganados más de cinco mil reales. Es tal el interés que escita el drama en el público, que esta noche y la de la segunda representación, en el final del acto 2° dos señoras se han levantado de su asiento prorrumpiendo en gritos de terror y espanto: para que un poeta llegue á producir estos efectos es necesario que sea muy poeta. A las ocho de la noche del dia tres de este mes apenas me conocía nadie en Madrid; de entonces acá me han sido presentados casi todos los literatos y poetas de esta corte, políticos, aristócratas y mujeres curiosas y entusiastas. Me han hecho muchísimas proposiciones para que venda la propiedad del drama: estoy seguro que me darían por ella más de seis mil duros: el empresario del teatro me aconseja que no la venda porque dice que <i>el drama es como río de oro</i> — Sus Majestades saben que el autor del drama de que tanto se habla en Madrid es un joven mallorquín llamado D. Juan Palou y Coll; esta semana a pesar del estado de preñez en que se halla la Reina y de los negocios de la guerra de Marruecos que la tienen muy ocupada, probablemente asistirá, con toda la corte, á ver mi drama; y quizás mañana ó pasado mañana seré presentado en palacio á la Reina y al Rey.» «La noche de la segunda representación del drama me echaron una corona, y la de la cuarta, el domingo, me echaron otras dos; las tres se las mando á mamá con los periódicos que he podido recoger y que hablan de mi producción, todo dentro de un cajón que va dirigido á V. y que recibirá por el mismo vapor que le lleva esta carta. El cajón se lo lleva el Sr. Moragues, yerno del Sr. Lladó, que parte hoy para esa. No hay un solo periódico en Madrid que no se haya ocupado y no se esté todavía ocupando de mi drama, á pesar de no conocer yo a ninguno de sus redactores. Todos los días están pidiendo ejemplares impresos de <i>La Campana de la Almudaina</i> que éstce es el título del drama; pero este no estará impreso hasta últimos de esta semana. El martes próximo le mandaré ejemplares para regalar á los amigos de esa y para vender. Con las coronas y periódicos que hoy le mando va también uno de los carteles de anuncios del teatro: si alguno dijera que su sobrino de V. no es noble enséñele esos pergaminos. En Madrid se dice que desde hace más de 20 años no ha habido en el teatro una ovación tan completa como la que yo he tenido, y que <i>La Campana de la Almudaina</i> pasará á la posteridad por el éxito brillantísimo que ha tenido y por su mérito literario, al lado de solos dos dramas de esta época <i>El Trovador</i> y <i>Los amantes de Teruel</i>. — No acabaría nunca esta carta sí tuviera que contarle lo que me ha sucedido desde la noche del dia 3 de Noviembre de 1859 cuyo aniversario será mientras yo viva celebrado con regocijo por mí y por mi familia, y habrá <i>porcella, arroz novell, panadas y buñols</i>, dígaselo al tio Damián.» «En cambio no puede V. figurarse cuánto sufrí los últimos días del ensayo del drama y sobre todo la noche de su estreno. Cuando principió el primer acto en medio del silencio más profundo era tal el miedo, la zozobra que se apoderó de mi, que si no se aplaude el final del acto creo que hubiera hecho una tontería; me dio una calentura nerviosa que

con el éxito escandaloso que tuvo el drama, en vez de ceder, aumentó hasta el punto de no dejarme dormir aquella noche ni la siguiente. Todo ha pasado ya, me siento más fuerte y bueno que cuando me despedí de Vds.: he legado mi nombre y su apellido de V. á la posteridad y he conquistado para mí y para mi familia un título de nobleza más grande que la nobleza hereditaria, porque es la del talento y del trabajo.» «Hasta que concluyan las representaciones del drama no quiero pedir dinero á la empresa del teatro; y he tomado de D. José de Ortueta cien duros para comprarme un reloj, un pantalón y un chaleco que estrenaré cuando me presenten á Sus Majestades.» «¡Cuánto deseo abrazar á mamá, á mi hermanita, á V. y á toda la familia! Antes de las próximas pascuas nos veremos. Tratan de comprometerme para que escriba otro drama, pero ni me he comprometido ni me comprometeré porque estoy demasiado comprometido con el público que espera grandes cosas de mí, y las grandes cosas, por mucho talento que se tenga, no pueden hacerse precipitadamente. — Me han hecho proposiciones para traducir mi drama al francés: no recuerdo ningún drama moderno español que se halle traducido á aquel idioma: de esto podrá usted deducir el mérito que aquí se atribuye á La Campana de la Almudaina.» «La empresa del teatro Circo cuando se estrenó mi drama llevaba perdidos ya en un mes que hacía que habían principiado las funciones más de once mil duros: hoy los empresarios y el público dicen que mi drama ha sido <i>La Campana de la resurrección del teatro del Circo. No puede V. imaginarse cómo están conmigo los empresarios de este teatro». «Vivo calle de Carretas nº 17, cuarto a». «Deseo que me mande tan pronto como pueda una tinaja de bizcochos, seis sobrasadas y un cajoncito con media docena de botellas, tres de aguardiente del mejor que hay en Mallorca y tres del vino generoso que V. quiera: la dirección puede V. encargarla á Medinas como lo hizo el año pasado.» «Adiós, tío mío, un abrazo á María, hermanita y familia, mil recuerdos á los amigos, y mande de su sobrino Juan.» «A los amigos Arabí y Sureda que lean esta carta.» Y después de la transcripción y lectura de este documento: ¿cómo podría reconcentrar de nuevo vuestra atención? Bastante he abusado de ella (4) Palma, 20 - VIII- 96.

Notas: (1) J. Torrandell.

(2) Quería justificar con algunas citas la tesis sustentada, he vuelto á leer La Campana de la Almudaina con este propósito, y he recogido la transcripción íntegra del drama. En la razonada crítica que respecto á él escribió Guillermo Forteza, en los días subsiguientes al estreno (V. Obras críticas y literarias de Guillermo Forteza, pág. 257) se daba mucha importancia al sentimiento de la maternidad que anima toda la acción de La Campana de la Almudaina. ¡Y cómo no! (3) D. Eusebio Ballester, oficial primero de la notaría de D. Juan Palou y Coll durante muchísimos años, ha puesto en orden todos sus papeles después de haberle cerrado los ojos. Bastantes datos de los aquí aprovechados á él se los debo, y muchos más se aprovecharían si la índole de este trabajo no tuviera que reducirse «á una media hora de lectura». (4) Este trabajo, al ser publicado es 1907 en los anales de la Real Sociedad Económica Mallorquína de Amigos del País, se acompañó de varios apéndices y documentos referentes al Sr. Palou y Coll.

"Cossis" ó "cossiés"
A Antonio Mª Alcover Mi estimado amigo: perdona que no anteponga á tu nombre, con que encabezo esta carta, el título de Muy Ilustre y demás que por clasificación te corresponden. Dulcis amor musae populi nos consociabit, y se me antoja impertinencia emperegilarte con el recuerdo de títulos y cargos que no es del caso traer á colación. Por fortuna no ha desmerecido con ellos ni en ellos tu entusiasmo por la literatura, y Pedro el ermitaño de la lengua catalana predicas hasta la afonía la guerra santa en los territorios donde esa lengua se habla y escribe, y preparas los materiales del gran diccionario que de nuestra lengua te propones redactar. Por buena amistad, más que por merecimientos propios, me incluiste en la lista de los colaboradores que reclutas entre gentes de toda laya y pelajes, y á tamaña distinción voy á corresponder como mejor sepa y pueda, enviándote por la presente algunas consideraciones para ilustrar (si tanto logro) una de tus papeletas. Confieso que tardé mucho tiempo en conocer la etimología de la palabra cossís, con que es conocida la danza de figuras implantada en varios pueblos de Mallorca. A un lado las arcanidades de la filología, la voz homónima mallorquína con que designamos los vulgarotes cacharros tuvo buena parte en desorientarme; y, como no encontré relación entre una y otra voz, aún estaría enmarañado á no atajar por otro camino. Errando errando deponitur erro. La palabra cossis, significando danza, es en mi concepto una corrupción de la palabra italiana cosso, que vale tanto como vía urbana ó plaza pública. Los diccionarios castellanos conservan aún la voz coso; así es nombrada una de las principales vías de Zaragoza, y llaman cosarios en Andalucía á los que van por la vía pública de pueblo á pueblo cumpliendo los mandados y encargos que les hacen. Los fundamentos que se me ocurren para la antedicha suposición aquí se apuntan. En los últimos años de la Edad Media y principios de la Moderna, los italianos, principalmente los de Pisa y Génova, estaban en Mallorca como en casa propia, y de ellos recibimos mucho caudal lexicográfico. En el siglo XVI y en los dos primeros tercios de la centuria siguiente las relaciones italo-españolas se acrecentaron mucho. Por cosa averiguada y sabida no insisto en este punto. La corona de Aragón, principalmente en sus regiones levantinas, sintió antes que Castilla la influencia del primer renacimiento italiano, y en catalán aparecieron, dentro de la península Ibérica, las primeras traducciones en lengua vulgar de la extinta literatura clásico-latina. Por esto crecen de punto las consideraciones de la influencia italiana en las literaturas españolas cuando se trata de la catalana. La composición métrica que llaman en Italia Ballata (de ballo=baile) es allí antiquísima. La utilizaron como cosa ya conocida Dante, Petrarca, Boccaccio y otros en los siglos

XIII y XIV, y la consignan y especifican las primeras preceptivas italianas. La estructura de la ballata aparece en germen, en Castilla, en la obra poética, poligráfica é inmensa del arcipreste de Hita. En el canciller D. Pero López de Ayala he encontrado, sin el título, verdaderas ballatas. El trovador popular Alonso Alvarez de Villasandino en sus desfechas y en sus versos por arte de estrybote acusa también vehementes manifestaciones métricas de la ballata. Probablemente de ella derivan muchos estribillos de la mayor parte de las composiciones castellanas que los mantienen. Una de las formas de ballata fué el cossante. No soy yo quien lo digo: así lo consigna testigo tan irrecusable como el Sr. Menéndez y Pelayo; «el cossante era una danza á modo de ballata italiana ó provenzal.» Confronta, amigo Antonio, las palabras eossante y cossis ó cossiés, y observa que una y otra significan danza popular en la plaza pública; y que ambas, como vulgarmente se dice, moco suenan. En la Crónica del condestable Miguel Lucas de Iranzo encontrarás una mención del baile cossante; y en la Memoria sobre los cantos, bailes y tocatas populares de la isla de Mallorca, folleto fililí de nuestro amigo Noguera, la descripción de los cossís ó cossiés. El almirante de Castilla D. Diego Furtado de Mendoza, padre del egregio primer marqués de Santillana, nos ofrece el primer modelo de cossante. muy garboso y gentil, en la literatura castellana; pues ninguna anterior composición conozco en España que lleve semejante título á la que dice: A aquel árbol que mueve la foxa Algo se le antoxa. Aquel árbol del bel mirar Façe de manyera flores quiere dar: Algo se le antoxa. Aquel árbol del bel veyer Façe de manyera quiere florecer: Algo se le antoxa. Façe de manyera flores quiere dar: Ya se demuestra; salidlas mirar: Algo se le antoxa. Fa<;e de manyera quiere florecer: Ya se demuestra; salidlas á ver: Algo se le antoxa. Ya se demuestra; salidlas mirar: Vengan las damas las fructas cortar: Algo se le antoxa El señor Amador de los Ríos, al referirse á esta letra, estampó la siguiente nota en su Historia crítica de la literatura española: "Sobre el nombre (cossante) solo puede conjeturarse que acaso se deriva de la voz coso (plaza), viniendo esta composición de la poesía popular, Con tal opinión robustezco la mía, anteriormente apuntada. Los bailadores de cossantes en el siglo XV, como nuestros cossis ó cossiés en la actualidad, vestían trajes de colorines. De ello nos da testimonio Antón de Montoro,

coplero popular de la época de Enrique IV, el cual coplero, en unos versos «á un portugués que vido vestido de muchos colores» pregunta: Decid, amigo, ¿soys flor ú obra morisca de esparto..? ¿ó tañedor de burleta, ó cantador de cossante? Ignoro, ó no recuerdo en este punto, si la métrica provenzal, tan madrugadora y rica, informó el cossante italiano y castellano, como bien pudiera ser; pero lo más probable es que, si así fué, vinieran aquí por recodo desde Italia estas formas métricas y estos recuerdos populares. Por lo que se refiere á nuestros cossis ó cossiés te recordaré algunas afirmaciones que aparecen dispersas en la Historia de Sóller del bondadosísimo D. José Rullán, comprobando con ellas algo de lo que llevo dicho. Sostiene nuestro autor que la popular danza mallorquína fué un resto del baile religioso; que ya se bailaba en Sóller en la procesión de Corpus de 1544; que la aceptó el pueblo con agrado puesto que en las cuentas del municipio de Sóller, correspondientes á los siglos XVI y XVII, raras veces se omite la data de diez libras por el gasto de este baile ejecutado en cada uno de los días de la octava, hasta entrado e! siglo XIX. En dichas procesiones abrían paso «varías comparsas de diablos, de cosiés y de cavallets que vestían trajes sumamente raros y ejecutaban diferentes bailes». Más tardío fué en esto tu pueblo, Manacor, si hemos de dar fe al diligente investigador de sus archivos, nuestro respetable amigo D. Miguel Amer, quien, apoyándose en el Llibre de les Determinacions de 1639 á 1655, escribe en su libro Reforma de la música religiosa: «hasta el año 1645 no he visto que el Ayuntamiento de Manacor acordase celebrar la festividad de Corpus ab dansa de cossis, música el alias;» pero como la cita se aduce para comprobar la existencia de la música en la solemnidad, bien pudiera ser que la danza estuviera aceptada de antes. La Ciudad, como es consiguiente, había madrugado mucho más que los pueblos de la isla en la celebración de la fiesta instituida por Urbano IV y hay datos positivos para afirmar que antes de 1549 se celebraba la procesión de Corpus en Palma, ó en la Ciudad de Mallorca como entonces se decía. Si en ella tenían intervención los cossiés no me lo aclaran los libros que he consultado en el Archivo de la Catedral; pero no hay duda que intervinieron en otras procesiones religiosas. Por el testimonio de Terrasa, citado por Rullán, consta que en la procesión solemne, que se hizo en 1614, en acción de gracias al Todopoderoso por la buena cosecha de aquel año, se bailó en esta ciudad la danza consabida. Hoy los cossiés de más nombradía que subsisten en Mallorca creo que son los de Alaró, y como en aquei pueblo recoje buenos <i>manyocs de fruita mallorquína</i> nuestro amigo Juan Rosselló de Son Forteza, bueno será dejarle este asunto para ilustración de todos. Yo te aseguro en conciencia que no recuerdo más, y hasta estoy asombrado con lo que ha salido

Cree que te estima siempre tu amigo etc. etc. De La Última Hora. 1905

Manuel del Palacio
La primera vez que le visité vivía en la calle de Goya. Entré en su casa con todo el respeto que me inspiraba un poeta afamado, fácil, ocurrente, ingenioso...; y salí convertido en excelente camarada. Después de conversar una hora con él me sentía su compinche. Jamás había visto tan franca llaneza como la suya: me sentía compañero de la cuerda granadina; me parecía haber convivido en las redacciones de periódicos en que él había colaborado; contertulio de sus tertulias; amigacho de toda la vida. Aquella alma sin dobleces ni repliegues se abría de par en par á sus amigos. Años adelante volví á Madrid y le hallé instalado en la calle de Ferraz, en una casa con jardincito. Entré en su despacho y, charlando de mil cosas, le ponderé la fortuna de vivir en Madrid en una casa con jardín; y, recordando los versos de un cantar, hube de decirle: ¡Qué sitio, morena mía, para merendar los dos! — Pues mañana será, me replicó. A la una almorzaremos juntos, aquí. Por fortuna había yo recibido aquellos días unos garrafones de anisado y sobrasadas de la tierra, y á la noche le envié de lo uno y de las otras, acompañados de estos versos: Sr. D. Manuel del Palacio: El almuerzo ofrecido queda aceptado si es que tú me permites, semi-paisano, que yo te ofrezca aguardiente y salchicha de aquella tierra. Ahí tú no la conoces: tú solo sabes, por canciones que oíste quizá á tu madre, lo que es Mallorca. Es... qué diré?... un conjunto de idilio y oda. Cielo azul, suelo hermoso, mar dilatada, con ideal romántico y ambición clásica; y en las edades unió á la fe de Cristo molicies árabes.

Cuando el Señor pintaba cielos y tierra volcó allá los colores de su paleta. ¡Qué lux, Manolo! qué luz! para saciarte no bastan ojos. Entre frescor de prados los naranjales perfuman el ambiente con azahares, y por su aroma conoce el navegante la amiga costa. En las laderas crece ático olivo retorciendo los troncos en el delirio y dolor grande de monstruo en agonía, sueño de Dante. También el monte escalan verdes viñedos; el almendro florece cuando aun hay cierzo; y allá en las cumbres bravo se yergue el pino sobre las nubes. Oh bella etá dell' oro cantaba el Tasso, despidiéndose triste de lo pasado, porque el poeta no pudo figurarse lo que es mi tierra. En grutas caprichosas aun las ondinas nadan en lagos verdes por la marina; y á sus conjuras tienen genios fantásticos más amplias grutas. Los almeces sombrean

las alquerías y en sus patios asoma cada odalisca!... con cada ojazo!... ¡Sostenme, Monolito, que me desmayo! En el bíblico pozo llenan la jarra que en la cabeza ponen y alegres marchan sin que en la toca del níveo rebosiño caiga una gota. Llevan jubón ceñido de negra sarga, con escote, y al codo puestas las mangas, á las que cierra áurea botonadura con ricas piedras. Faldellín de colores, y los andares juveniles, la fimbria llevan y traen, y así se avienta el corazón fogoso que muere y sueña. No á tu Mignón invites para Mallorca, tierra donde florecen cidros y rosas. Isla dorada que Goethe en sus canciones adivinaba. Pon la mesa, Manolo; tu jardincito de mis patrios alardes será testigo. Mientras comamos qué cosas de Mallorca te iré contando! Era ya á fines de Mayo de 1899, y un sol sobrado, espléndido y fuerte nos impidió realizar el propósito de almorzar en el jardín. Comimos como dos benedictinos en el comedor de la casa y charlamos por los codos.

Después, mientras en su despacho nos servían el café, y yo pasaba revista á los tejuelos de sus libros, el anfitrión, sin dejar de charlar, borrajeaba unas cuartillas, que aun guardo cariñosamente entre los muchos recuerdos que me ha dejado Manuel del Palacio. Las cuartillas estaban escritas en verso; ¡cómo no, tratándose de Manolo! y eran contestación á mi carta de la víspera. He aquí la improvisación, hasta ahora inédita, de aquel capitalista del Parnaso que nunca protestó una letra de Apolo. Sr. D. J. L. Estelrich: Ello es que almorzamos querido Estelrich, y oyó nuestras risas mi pobre jardín. Mallorca te encanta por bella y gentil, mi madre y mi hermano nacieron allí, y Palma es mi abuela... vamos al decir. En cuanto á sus frutos me hiciste feliz con la garrafita de esencia de anís y la sobrasada de que dimos fin. ¡Ay con qué alegría en edad viril tu patria corriera de Inca á Felanitx; sus costas azules que de lejos vi, sus valles que adornan con oro de Ofír ya hermoso naranjo ya clásica vid! Entonces lo bello de cada país olvidar me hacía del mundo lo ruin. Hoy no tengo madre, mi hermano perdí, me mira ya el tiempo ceñudo y hostil, y si algunos goces logro conseguir

son los que en mi humilde rincón de Madrid me brinda el amigo que encuentra más chic la vulgar paella y el seco rosbiff, comidos enfrente de nuestro jardín que todos los platos que sirve Lhardy. ¡Goces inefables que colmó tu anís y tu sobrasada, querido Estelrich! Y perdone el lector que, para llegar á estos versos improvisados y cariñosos de Manuel del Palacio, haya tenido que suministrarle los míos. Otros muchos conservo del mismo género, publicados ó inéditos; y á mi estrecha amistad con Manuel del Palacio debe una ilustre dama mallorquína haber acrecentado su notable colección de autógrafos con una fácil é improvisada galantería del ilustre poeta que recientemente ha descendido á la tumba sin haber logrado visitar nuestra isla, donde nació su recordada madre. De La Última Hora Julio de 1906

El poeta popular de Mallorca
Con título El Mosaico hace poco tiempo comenzó D. Pedro de Alcántara Peña la publicación de sus escritos literarios en verso y prosa, con todos los primores tipográficos de que puede disponer la imprenta de D. Bartolomé Reus, de Felanitx El primer tomo de la colección, ya terminado, comprende las poesías mallorquinas descriptivas de costumbres y fiestas añales, y aunque el estudio de la personalidad literaria del Sr. Peña ha de emprenderse cuando dicho señor deje terminada la compilación que ha emprendido, no tengo yo paciencia para tanto ni condiciones para arriesgarme á la critica de un poeta, así sea de tanto relieve como el señor Peña; seguramente el que ofrece rasgos más típicos, propios y geniales de cuantos han cultivado la literatura en Mallorca en el presente siglo; pero, como ardiente apasionado de toda producción literaria, abro los brazos para reabrir el nuevo tomo que se ha colado por la puerta. Que quién es el Sr. Peña? Fuera ocioso explicarlo aquí, cuando su persona es tan conocida en esta isla como sus versos. Ni hijo del pueblo como Béranger, ni señor de Monsummano di Val di Nievole como Giusti, no tuvo que recurrir á formar por sí mismo su educación, como el primero, ni la recibió esmerada en el Collegio dei Nobili de Lucca, como el segundo: hijo de una familia acomodada de la clase media, en que abundaban los vástagos. D. Pedro se educó en parte por sí mismo y en parte sujeto á extraña disciplina. Cultivó cuanto hay que cultivar y, antojadizo y sin guía, nutrió su espíritu de los conocimientos más antitéticos y á veces más disparatados, y por ellos tal vez la personalidad del Sr. Peña se destaca ahora con rasgos propios, sin rival cuando acierta en sus versos mallorquines, con caídas lamentables cuando la falta de gusto y seguridad de criterio le derrumban. Conociendo más tarde que la vena abundante de su inspiración está en la poesía popular de las costumbres de nuestra tierra, las ha descrito ó presentado en formas literarias, inimitables las más de las veces. Por esto el primer tomo de su colección nos ofrece una docena de composiciones que por sí solas bastarían á formarle sólida reputación. Confieso que al leer muchas obras del señor Peña olvido á Béranger y á Guisti y no trocaría los aciertos de nuestro poeta por ninguna de las piezas que dieron á luz tan afamados extranjeros Béranger parece que adivinó los rasgos físicos y morales del poeta popular de Mallorca en aquella colorida composición Roger Bontemps, salvo en lo de cuentos graveleux, porque la pulcritud moral del Sr. Peña deja atrás la de Giusti; y si á veces peca es por la lección moral ó moraleja de sermón con que prorrumpe al fin de ciertas composiciones ó por el tono general de otras, más bien en mi concepto por vacuidad filosófica ó falta de síntesis de observación que por prurito de poeta neo y malo. De este tono adolece la composición Cap d'any con que se inicia, como introducción, el volumen y acaba en una especie de plegaria, quizás sentida, pero lánguida y sin nervio. Compárese esta composición con la titulada Un sermó de Corema, por ejemplo, en la que al precepto moral enunciado en la primera parte de la estrofa se opone viril, animada, llena de donaire, la contestación que dan los vicios sociales á las enseñanzas evangélicas: ¡Predica, freret, predica!

El qui en fer bé du curolla es tractat de cuca-molla... ó Fraret, no cridéu tan fort que tendréu escanyadura. Teniu per cosa segura qu' en materia d' interés la bona fe que mes sura es lliures, sous y dinés; y así por el estilo en una docena de estrofas, construidas todas de la misma forma, sin que nunca acusen cansancio para el lector ni desmaye la ocurrente lozanía del poeta, ó compárese también Cap d'any con aquella donosísima pintura Moneda falsa, doble pintura, la de la murmuración durante el rezo y la de la escena que desarrolla, donde todo es feliz, ingenioso y apropiado: —Pare nostro, vos que estau en lo cel... ¡Quins emblevins! Se tancan de part de dins ¿Has sentit rodar la clau? Be fan. El manco qui passa no veu la brutó que hi ha, ni sent la pudor que fá caseua. Fins á la plassa arriba 1' olor de fél que put —...Com se fa en lo cel *** —El parenostros resats á sant Jusepét gloriós sian perque Deu piadós perdón los nostros pecats... Ara s' atura al portal en Toni el monicipa! —Pregunte al renou ahon es? ¡Senyoret, noltros resavam al temps que mos pentinavam y no hem vist ni sentit res; y siga comparándose esta expresión del diálogo con las cuatro quintillas últimas con que, mal pegadas, acaba la composición, y que el señor Peña hubiera suprimido á escape á tener curador ejemplar. Hasta el efecto del ridículo, tan vivamente expuesto en las estrofas anteriores, desmaya y se obscurece cuando el Sr. Peña quiere hacernos saber, de la manera más sujetiva y personal, que es un buen hombre.

Dios premiará seguramente tan buenas intenciones, pero los lectores de mediano gusto le agradecerían que no las manifestase á deshora y en verso. Para comparar el defecto que hemos anotado al Sr. Peña con otros felicísimos rasgos de su ingenio espontáneo, hemos dejado de mencionar la segunda composición del volumen titulada Redoble y marxa del tambors de la sala, donant el bon any als regidors nous. ¡Echenme aquí todo el incienso del turiferario en el botafumeiro! Todo elogio es poco para una producción en que la onomatopeya llega á confundirse y á igualar el ritmo de la marcha imitada por el lenguaje, en que los atrevimientos van más allá de lo usual y corriente y todos son felicísimos: y las asonancias no paran y las aliteraciones se atropellan y el efecto de las estrofas es sorprendente y colosal. Y nada suena á retórico y añascado, y siendo labor de mosaico y pacientísima, aparece como copioso raudal que fluye por sí solo empujándose en las grietas á impulsos de su propia expansión. Dicen que dijo Jovellanos, al entrar en la Catedral de Palma, que la concepción arquitectónica del templo era obra de un loco ó de un santo. Igualmente puede decirse de la concepción del Redoble y marxa del Sr. Peña. Solo su desvergüenza artística es capaz de aventurarse á tal obra; solamente quien tiene la fineza y sutilidad de su ingenio, sus dotes de versificador, sus felicísimas audacias, su conocimiento del lenguaje... es capaz de salir triunfante de la empresa. Y qué triunfo! El pueblo se ha apropiado esta composición como otras muchas del Sr. Peña, y el Redoble y marxa es recitado ó en fragmentos ó por entero donde se habla mallorquín. En la traducción de esta pieza, rnás que en otras muchas, podrá convencerse el Sr, Peña de que es, en las traducciones que incluye en el tomo, el matador de si mismo. Pero no hablemos de las traducciones, que ninguna ventaja tienen para los mallorquines, y á los extraños solo pueden hacerles concebir una idea injusta de cuánto vale el autor original. Ya que nos detenemos ahora en estos versos copiémoslos íntegramente por aliviar á los lectores de la prosa de nuestras cuartillas, escritas al correr de la pluma. Permitan, pues, los lectores, un descanso al prosista, y hable el poeta. Oído al parche: (Un, tot sol) Ltatse, Tófol, Nofre, Bruno, Tano, Gori. ¡Vamos, Hala! Batle es ara dalt la Sala Don Geroni Sansaloni. Toca, Toni; toca, Toni; Dali, Pere; toca, sona, sona, sona enhorabona. Trota, apréta la masseta, la masseta, y pesseteta, pesseteta te darán. (Tots) —¿D' hont son? —¡D' hont! De la Sala.—Bons sons son. —Tambors que fan honors als senyors Retjidors. Soldats fats, dins l' entrada están formats; pintats

y desfressats de rat-pennats. Manteu blau, vius de grana en trena y trau mostrant, y mentres tant, pregonant, van clamant: Elet. net, per decret de dret estret; que'm mat si per Ciutat no ha estat nombrat. Cada any guany, sense dany, ni afany estrany. el floch color de foch, retxat de groch. La gent sent qu' es valent; y el gran talent, ja ho sap y no l' alab, qu' el treu del drap. Ja el blat, nat, véu ventat, porgat, pastat; y el pá per noltros vá prou cá, si n' hi há. Tenim prim el sehim; patim de llim. Beguém, y si porém, tornarém, tocarém, Son frac pach. Dins un sach, tabach; y un mach valént, mos don rebént d' aygordént ben ardént. Tot grog, rog per Sant Roch un poch de lloch al foch, perque tampoch el Xaloch no me toch. Passam fam; y qui entram, tocam, y estam. Gròs mòs vos gòs que pòs á un tròs sens' òs Don Huch Lluch, ja no puch, poruch, fer truch. Som ruch,

y el büch retruch, y l' esbuch sense such. Gran clam dam, son corbam goytam, cercam. Bum, bum. Aquest perfum, que l'ensum que no es fum. Tocau, dau lo que en pau gordant estau. Tirau part d' aquell mau qu' ab clau tancau. Renou nou s' ou d' un sou que plou. No es prou; Es poch. Que mos tir groch, que no'm moch que no'l toch. Bon sò ¡D'òr! iVaja un cò mes bò! ¡Ay, idò! Meém com mos ho partim. Tant perhom, per tothom. II Seguir el estudio analítico y detallado de las composiciones del Sr. Peña, aunque tan superficialmente como lo hice en mi primer artículo, me llevaría lejos e» mí propósito y extendería de sobra mi trabajo. Pero comencé á juzgar analizando y así ha de ser ello. Abreviaré y resumiré cuanto pueda. Todas las composiciones de este primer volumen (salvo Divendres sant que debió de insertarse en otro) son descriptivas de costumbres y fiestas añales. La forma directa y expositiva de enunciación, empleada en muchas piezas, y otras en que la intervención de los personajes ó algún elemento de diálogo son muy secundarios (v. gr. El día de Sant Antoni), favorecen al autor para exornar el relato con minuciosos detalles y precisar los usos y costumbres que se describen. En tal concepto el Sr. Peña se convierte en historiador artista, más eficaz y útil para recordar las prácticas y usanzas, ya perdidas, que la verdadera historia; y la colección es inapreciable porque encierra mucho de íntimo y característico de nuestro pueblo mientras la invasión del cosmopolitismo logra ventajas sobre las tradiciones y borra ó ha borrado ya nuestros usos, nuestros trajes, nuestra lengua y hasta nuestro modo de sentir. Pero no es en esta forma donde el poeta generalmente nos ofrece todo su brillo. Me fijaré para comprobarlo en la pieza Un dilluns sant, descriptiva de la procesión que en ese día celebraban los frailes capuchinos de esta ciudad. Todo lo que se refiere al curso de la procesión, al aspecto de las calles de tránsito, á la concurrencia del templo... está puntualmente descrito; pero la anécdota particular que sirve de nervio á la poesía es pobre y mezquina, y, á lo más, debió relatarse en cincuenta versos y no en las siete ú ocho páginas en que se contiene. Entre otras razones que explican este defecto está la de la forma enunciativa directa y el romance, empleados para su desarrollo, que han dado

al poeta más libertad de la conveniente. Esto no obstante, hay en el tomo piezas puramente descriptivas, en que se emplea la forma enunciativa y el romance y se leen con gusto. Donde el Sr. Peña es En Peña, y con esto queda dicho que es el poeta de la tierruca, es en las composiciones en que anónimos personajes, dialogando, explican nuestros usos y costumbres en estrofas regulares, cortadas por estribillos felicísimos, que no ceden á los de Béranger. Algo hay de fundamental é interno en la predilección que los autores muestran por cierto género de versos, y muchas veces el desarrollo de un asunto nace con la vestidura externa con que el poeta (particularmente el lírico) piensa envolverlo. Dante, después de dudar del medio (latino ó vulgare eloquio) luchó largo tiempo para adoptar definitivamente el terceto en su poema; Klopstock rehizo varias veces la forma de los primeros intentos de su Mesiada hasta dar con el exámetro; á los nombres de Fr. Luís de León, Manzoni, Francisco de la Torre... van unidos el de estrofas características; imposible despojar á Leopardi de sus silvas; y para hablar de gentes de casa, véase cuánto mejor conviene á la inspiración de Miguel Costa la estrofa regular que los versos corridos; D. Jerónimo Rosselló ha trabajado con cariño una estrofa lírica, hermosa, de la época del romanticismo, que aplicó á muchas de sus baladas y leyendas, ya originales ya traducidas, pero se guardó muy bien de emplearla en Lo Joglar de Mallorca; Alcover produce con sincera flexibilidad el endecasílabo suelto en varias de sus narraciones, verso que el Sr. Quadrado no podía resistir... y valga la digresión para venir á parar á la clase de combinaciones métricas en que el Sr. Peña se muestra felicísimo. Dejemos á un lado Els tres reys escrita en esta forma, y recordemos que las primeras composiciones que hemos alabado son Un sermó de corema y Moneda falsa. Al mismo grupo pertenece El porch de Sant Antoni. A su estribillo — ¡Haaooo... hiii! — Xeremies sonan per aquí — Tirurirurena... tiruri! que recuerda el constante sonar de la gaita en todo el trayecto, se adjuntan otros dos versos del diálogo, siempre colorido, gráfico, animadísimo; complemento poco usado y de muy buen efecto. Otra soberbia composición por sus toques descriptivos y felices é ingeniosas ocurrencias es <i>La processó del Corpus</i>, en la que el batir de los tambores de la Sala forma el estribillo: Ramtam... tam Ramtamtam... tam Ramtam... ramtamtamtam... tam..tam... ¡Francina! ¡La processó!... La processó que ja vé! Posa el domás al balcó que ja doblega el cantó del cap-d' avall del carré. Ja la teua parentela

s' en ve rebént com un llamp. Y si no fuera por alargar la procesión, aquí copiaría íntegra esta preciosísima pintura, por solo la cual el Sr. Peña es merecedor de todo elogio. No hay detalle que no sea verdad. La observación crítica y menuda excede á toda ponderación. La presencia del pueblo y el curso de la ceremonia están... de cuerpo presente y el ingenio del poeta es extraordinario. Las estrofas se las zampa el lector como píldoras y sólo puede interrumpir la lectura la carcajada del corro. Algo más quería transcribir de tan hermosos versos, pero ¿á que? Acaso hay alguno de los lectores mallorquines que, mientras yo me esfuerzo en ponderarles la pieza, no haya seguido ya: Treu les cadires pintades; posales en la carrera per les joves convidades etc. etc. y acaba: Francina meua estimada, mira bé la processó; que cuant ja será passada, dins Plasa, d' aygo jelada mos n' hem de béura un tassó. Cualsevol qu' en vulga béura venga ab noltros qu' allá anam. Ramtam... tam.. Ramtamtam... tam... Ramtam... ramtamtamtam... tam... tam... Y con ser esta pieza tan admirable, aun le supera otra publicada en el mismo volumen: la joya poética del Sr. Peña, la onza de oro de nuestra literatura popular, la balada de la conquista de nuestro reino y de nuestra monarquía, que ha de guardarse mientras haya memoria de que existió el rey En Jaume y el reino de Mallorca: La Colcada. Esta pieza la publicó la última vez el señor Peña llamándola imitación. — Imitación de qué ó de quién? me preguntaba yo. — De La grand' mère de Béranger, no faltó quién me contestara. — Ma grand' mère de Béranger no tiene punto alguno de contacto con La Colcada de Peña. Es una poesía aquella desvergonzada, en que la abuelita De vin pur ayant bu deux doits Nous disait en branlant la tête la historia descocada de sus amores, rematándola con consejos propios de un autor tan cínico como la borracha de su abuela. Más tarde, leyendo de nuevo á Béranger, he podido convencerme de que el Sr. Peña había imitado algo de la forma externa de Béranger, no de Ma grand' mère sino de Les

souvenirs du peuple, preciosa composición del autor francés en que la figura extraordinaria de Napoleón I vive y palpita entre su pueblo admirado; pero la reminiscencia externa que anoto sólo sirve para probarnos una cosa: que el Sr. Peña ha vencido á Béranger cuando, en sus aciertos, se ha puesto en parangón con el poeta popular de Francia. No quiere decir esto que el autor francés no sea mucho más universal y, por tanto, mucho más grande que el Sr. Peña; ni que el autor de Le roi d' Yvetot no tenga un fondo de filosofía, aunque malsana, más firme que nuestro autor, siempre superficial, humorista benévolo, con caídas á la exentricidad y sólo pintor del pueblo bajo mallorquín; pero cuando pieza á pieza se compara la producción del Sr. Peña con la de Béranger, el Sr. Peña no queda por bajo, no obstante de no tener más campo que el reducidísimo de esta isla. Y para desagraviar al Sr. Peña de haber suprimido ahora la palabra imitación, que un día puso á La Colcada, he de hacer pública manifestación de haber contribuido yo á ello, suplicándole que borrase más que á escape la palabra. ¡La Colcada imitada del francés! No; La Colcada es la más popular de las composiciones del Sr. Peña; el pueblo de Mallorca se la ha apropiado porque le pertenecía de derecho, y confundirla con Les souvenirs de Béranger tanto valdría confundir la personalidad de ambos poetas porque á ambos se les llama Pedro. Si en el segundo término de ambas composiciones aparece la vejez que recuerda y la juventud que ansía, esto pertenece por igual á Peña y á Béranger, á Campoamor (Cosas de la edad) y á Costa y Llobera (Dos sospirs) Tengo en tanto aprecio La Colcada que ni hallo frases de elogio para ensalzarla ni quiero posponerme al juicio que á todos, artistas y pueblo, ha merecido desde su aparición, hace ya poco menos de medio siglo. Con un impreso de esta composición y un devocionario con letras como garbanzos mi abuelita paterna, que se sabía de memoria La Colcada, aprendió á leer á los sesenta años, y ma grand mére no sólo no se había emborrachado nunca sino que sólo gustaba de lo limpio y exquisito, de lo que era mallorquín por sus cuatro costados, incluso el traje de payesa que usó toda la vida y con el que la enterraron. De La Última Hora. Palma Diciembre de 1898.

III D. Pedro de Alcántara Peña, nacido en Palma en 19 de Octubre de 1823, falleció en su ciudad natal el día 15 de Abril de 1906. De su abundantísima producción, perdida ó difícil de encontrar en su mayor parte y dispersa en hojas sueltas, revistas, periódicos, semanarios, almanaques, coronas y certámenes; de asuntos tan varios como los que corren entre un piadoso Petit mes de María y La cuyna mallorquína; publicada unas veces anónima, otras con variedad de pseudónimos, ó firmada con iniciales ó con su nombre; apenas nos quedan más que dos compilaciones literarias de relativa importancia editorial: sus Poesíes, de escaso número de ejemplares, con prólogo de D. José Mª. Quadrado, impresas en Palma por la viuda é

hijos de Gelabert, en 1892; y los tres tomos del Mosaico, estampados en Felanitx, por Bartolomé Reus, en 1896 -98 -99. La aparición del primer volumen de esta última incompletísima colección de sus obras, motivó los artículos precedentes, nacidos del grande afecto que como hombre y como literato profesé al Sr. Peña, afecto siempre sentido y tempranamente manifestado con motivo de publicar el Sr. Peña, en 1885, sus Records y Esperanses, piadoso relicario de su amor conyugal desvanecido por fallecimiento de su esposa. Mas hoy, para dedicar al Sr. Peña el estudio que se merece, llego tarde, porque el estudio está doblemente hecho después de su muerte. En vida ofreció la particularidad de ser más estimado y aplaudido de las clases populares que de los doctos. Jamás le desdeñaron éstos, pero le colocaban en inferioridad inmerecida. Las corporaciones populares fueron también las primeras en recojer y realzar póstumamente el valor de su poeta favorito, interesando á los que mejor habían de cantar sus glorias. La corporación municipal de Palma, á la muerte de Peña, le nombró Hijo ilustre de Mallorca, por más que se pasaron cerca de cinco años desde este acuerdo hasta la colocación de su retrato, felizmente pintado por Lorenzo Cerda, en la Galería de nuestro Ayuntamiento. Para el discurso de la solemnidad se eligió á quién mejor podía elegirse, á Juan Alcover. Mientras tanto la Real sociedad económica mallorquína de amigos del país había querido honrar la memoria de D. Juan Palou y Coll y de D. Pedro de Alcántara Peña, en el mismo año de su fallecimiento, y les consagró juntamente una velada necrológica en cuatro de Noviembre de 1906. En esta disertó acerca de D. Pedro de Alcántara, en efusivo trabajo, Miguel S. Oliver. Uno y otro discurso corren impresos y son bien conocidos. El Sr. Peña obtuvo al fin el premio de los resignados en su propia humildad y se avaloraron los merecimientos á que él jamás dio importancia. La declaración de Hijo ilustre pocas veces como en él fué concedida antes que promulgada; y en las biografías de los Sres. Alcover y Oliver resultó sentido además de estudiado. A esas biografías acuda el que no se satisfaga con lo poco, ocasional y restringido, que salió de mi pluma en elogio del Sr. Peña, que santa gloria haya.

Líricas. Poesías de D. Miguel Costa
No estamos actualmente tan sobrados de poesía lírica que podamos desdeñar libros de selecto contenido, como las Líricas de Miguel Costa; ni aunque tuviéramos una producción exuberante podría prescindirse de quien se cierne en tales alturas de inspiración y domina tan faustosamente la técnica artística como el poeta de la isla dorada, El nombre de Costa, divulgadísimo en las comarcas levantinas donde se habla la lengua catalana (no lemosina, como suele llamarse á veces), es bien conocido de unos pocos literatos de aquí; pero el público de tierra adentro no pudo apreciar hasta ahora lo que este nombre significa. Sus colecciones de versos líricos y narrativos estaban escritas en catalán, y no podía exigirse á los castellanos que gustasen y saboreasen aquellas producciones. Hoy, después de la impresión de las Líricas en versos castellanos, el desvío ó el olvido del nombre de Costa constituirán una verdadera ingratitud en Castilla y en toda España. Pero ¿quién es ese poeta?, preguntarán muchos de los lectores; y como yo soy quien lo presento sólo por méritos de mi residencia en la corte, voy a hacer de! mismo, en pocas palabras, una presentación biográfica. Quien visite el archipiélago semigriego de Baleares, aquel grupo de islas verdes para el cual parece haber escrito Goethe el verso Kent du das Land wo die Citronen bluhn, encontrará en el pueblo de Pollensa, con sus diferencias dialectales dentro del mismo mallorquín, espléndidos paisajes y costumbres muy características, y allí la antigua casa de los Costa con grandes dejos señoriales, entre el respeto y veneración de dicho pueblo. Y era allá costumbre, que se perpetuó hasta 1855, la de adornar con laurel y palmas el portal de la casa donde había nacido el primogénito de la familla, adornos que no ostentaron, rompiendo con la tradición, los umbrales de la casa de los Costa en el nacimiento de este poeta. Le estaba reservado alcanzarlas por derecho de conquista. Aunque primogénito y presunto hereu de una familia riquísima de Mallorca, tuvo su padre el buen acierto, rompiendo con otra tradición más dañina que la antes indicada, de dedicarle al estudio. Tras de un bachillerato aprovechadísimo, empezó Miguel la carrera de Derecho en Barcelona y aquí en Madrid la abandonó, disgustado de tales estudios, cuando sólo le faltaban dos asignaturas para acabarla. Recluyóse en Pollensa, al lado de su padre, viudo, cuando sus dos hermanos menores quisieron dedicarse á la Armada; pero bien pronto manifestó su decisión firmísima de abrazar la carrera eclesiástica. Después de cinco años de permanecer en Roma, volvió á Mallorca por el 1890 con loa hábitos talares, y allí le encontraréis consagrado á su padre, a la predicación, á la practica de todas las virtudes y haciendo versos, entre el respeto de sus paisanos, aun los más indoctos y descreídos.

Vivo está Costa, por fortuna, y no quiero que trasciendan estas líneas a glorificación prematura; por esto contengo mí pluma y os remito al testimonio de todos loa mallorquines. Sus versos de niñez, porque Costa los hizo desde niño, fueron casi todos castellanos. Al ir a Barcelona y tratar á loa vates de aquel florido renacimiento, escribió en catalán. Modesto, y más tímido que modesto, los versos de Costa no se hubieran publicado en mucho tiempo sin una perdigüela escolar que le jugamos dos compañeros suyos, para avivar sus ánimos y romper la oscuridad de sus manuscritos. Le recogimos unos pocos, y sin encomendarnos más que á la bondad de sus versos, los enviamos á la Revista Balear, que publicaban en Palma, Cuadrado, D. Tomás Aguiló, Rosselló, Frates, Gabriel Maura y demás dioses mayores y menores del Parnaso Mallorquín. Tendríamos entonces alrededor de quince años. La poesía La Vall, una de las enviadas, contenía el sumario de la producción de Costa. Sentimiento de la Naturaleza envuelto en clásica, sobria y reposada forma. Dos años más tarde había de producir Costa El Pi de Fomentor, soberbio arranque lírico que es para los de la tierra algo así como para los catalanes la oda de Aríbau, conocida por A la patria, El Pi de Formentor colocó á Costa, de un salto, á la altura en que brillaba la imaginación, iluminada como un fanal de colores, de D. Mariano Aguiló, y donde se ungía en dulzuras celestiales la efusión mística de Verdaguer. No hay que negarlo. La gloria más legítima de Costa está en su tomo juvenil de Poesías líricas catalanas. Allí, por antonomasia, Costa es el poeta lírico de Mallorca. Hermosas son, sin duda, las colecciones narrativas del Cansoneret de la Verge del Puig y Del agre de la terra; pero á unas y á otras superan muchas de sus Líricas, porque Costa es y será siempre, ante todo y sobre todo, encarnación viviente de la poesía lírica y verbo de su producción. Su gran cultura clásica se convierte en sentimiento viril y hondamente arraigado en el momento de la producción, como lo estaba en el alma de Fray Luís de León, y uno y otro, solo por los ojos de este sentimiento, han visto y se han compenetrado del mundo real. Apenas hay en Costa una poesía de tema mallorquín y, no obstante, Costa ha sentido más que nadie la naturaleza de Mallorca y mejor que nadie la ha expresado en sus versos mallorquines. En sus Líricas domina otro tema: la inagotable fuente del arte. La misma Catacumbas de Roma, sobre estar escrita por un sacerdote tan piadoso como Costa, está sentida artísticamente. Por esto resulta tan gran poesía; la mejor del tomo indudablemente. Y para que todo sean aciertos en ella, está justamente adivinada ó buscada la estrofa manzoniana de a cinque maggio, á la que el esdrújulo, á veces arcaico, perfuma la descripción arqueológica del sagrado recinto. Poesías como ésta entran pocas en libra y acreditan la perspicacia del crítico, maestro de todos, D. Marcelino Menéndez y Pelayo, que, muchos años ha, decía de Costa ser uno de los poetas más verdaderamente líricos de la actual generación española.

No sé si se achacará á apasionamiento, que tengo y no oculto, por Costa, el aprecio que hago de sus últimas composiciones; pero lo cierto es que no abro el libro sin que tropiece con versos admirables y composiciones lindísimas. Acá un Nocturno que embelesa; allá unas Cascadas del Arno, en que revive el venusino; luego unas estrofas ciclópeas Al Moisés de Miguel Angel; un Adiós á Italia, digno de Carducci, imitado de sus metros, y como es consiguiente, cristianamente concebido; una Resignación, en que la viudez, en la luna de miel de su hermana, recuerda al poeta que el satélite de la tierra, esa forma nacarada que, signo de placer, sonríe al suelo, de cerca por el sabio contemplada, es, ¡ay!, un mundo de tristeza y duelo. Su faz, que desde lejos aparenta fina tersura y deleitoso halago, resquebrajada y hórrida, presenta de múltiples volcanes el estrago... No hablo ya de la docena y media de sonetos que el tomo encierra. Siempre he creído que á la inspiración de Miguel Costa convenía más la estrofa ceñida que la libertad métrica. Por esto en sus sonetos todo es preciso y acabador- La alondra, A Miguel Ángel, A Rafael, En la plaza de la Concordia, Orillas del Tiber, Orillas del Arno, A fray Luís de León, En el Anfiteatro de Roma, Sobre un contraste de Víctor Hugo, Sobre un concepto de Leopardi. Víctor Hugo, Leopardi, Manzoni, Fray Luís, he aquí los maestros ó los hermanos de Costa. De Víctor Hugo ha traído el poeta mallorquín á sus versos catalanes alguna que otra imagen que ha sujetado siempre á la ebúrnea labor de los italianos, y al ne quid nimie del primer lírico español; pero bajo estas reminiscencias más externas se halla siempre, viva y palpitante, la extraordinaria cultura clásica de Costa, recogida de primera mano en la producción latina, así sacra como profana. Ni alabo ni censuro que el poeta, en varias composiciones, se haya traducido á sí mismo; pero es indudable que el Costa, traducido al castellano, ha desmerecido. Años ha, y con motivo de la publicación de un tomo de versos mallorquines de Costa, hablé de la compenetración de este poeta con el medio ambiente de la naturaleza de Mallorca; de la endósmosis establecida; concepto y palabra que me ha hecho e! honor de repetir el P. Restituto del Valle Ruiz en el hermoso prólogo de las Líricas de Costa; pues bien, esta endósmosis queda bastante desvirtuada en las poesías traducidas, tales como El Pino de Formentor, Marina, Balada de la fuente, Amor de patria y alguna otra. Lo que sí estimo, aplaudo y celebro, no obstante de haber dicho que conviene más á la inspiración y á la técnica de Costa la estrofa ceñida que la libertad métrica, es que se hayan recogido en su primer volumen de líricas castellanas dos composiciones en versos endecasílabos sueltos. No puedo transigir con esa votación nominal, por la que resulta desechado el verso suelto, ni con la injusticia de que en España no se ha escrito jamás acertadamente. ¡Qué atrocidad! ¡Y Jáuregui y Jovellanos, y Moratín, y Martínez de la Rosa, y Ventura de la Vega, sin protestar desde el otro mundo; y callados aquí como muertos nada menos que Valera, y Núñez de Arce, y Menéndez Alcover! También acordamos un día que

Hermosilla era un retórico, y bajo ese acuerdo no hay ya quien lea su traducción de la Ilíada, que es de lo bueno que en punto á traducciones corre por estos reinos. Formulo, pues, voto particular sobre el capítulo, y ofrezco en defensa de mi proposición Ruinas y A un poeta ignorado. A éste.dice Costa: Tú la gran poesía no has cantado que amaste con ardor, mas la viviste. Nunca guirnalda de floridos versos tú llegaste á tejer; pero las flores que, deshojadas en lenguaje humilde, prodigaste á tu paso, formarían nobles coronas a cualquier poeta. Artista no te llaman; mas lo bello modelaste en el bien. Has esculpido en vivos corazones, derramando salud, consuelo y dádivas ocultas sobre el dolor y la miseria humana. Ha sido tu poema el sacrificio; y no existe poema en este mundo más grato a Dios, etc. Y por no cansar á los lectores, aunque me quedo corto, basta y sobra con lo dicho para recomendación eficacísima de las Líricas de Costa, á quien envío mi enhorabuena, no menos que á los Sres. Amengua! y Muntaner, editores de Mallorca por haber encerrado en tan lindísimo estuche esas joyas poéticas.

El archivo capitular
Leyendo á Heine, recogí una frase que se grabó profundamente en mi memoria: «Ja, ich weisz es besser! Dios ha creado al hombre para que admire la magnificencia del mundo. A todo autor, por grande que sea, le gusta que su obra sea ensalzada. En la Biblia, en las memorias de Dios, se dice expresamente que Este ha creado á los hombres para su glorificación y alabanza.» Y estas palabras del impío autor no se apartaban de mi recuerdo ayer tarde, en la misma Santa Iglesia Catedral de esta Diócesis, cuando el canónigo-archivero M. I. señor don José Miralles, ante unos amigos por él invitados, les mostraba el arreglo y catalogación de los libros, papeles y pergaminos del archivo capitular, salvados por él de las destrucciones del polvo, la polilla y la incuria. E1 Sr. Miralles, sinceramente y con las convenciones que han hecho que no se pueda nadie vanagloriar sin nota de inmodesto, de trabajos lentos, continuos, cariñosos y hasta apasionados, decía á los reunidos que allí les había congregado para que le hicieran las observaciones oportunas y pertinentes á fin de lograr el mejor éxito en la empresa en que se ha metido; y aunque ya he dicho que el Sr. Miralles hablaba con toda sinceridad, sospecho que, al convocar la reunión y al mostrarnos la actual y buena disposición en que ha dejado aquel archivo, había en sus palabras algo de satisfacción de amor propio, que yo le alabo tanto más cuanto para acrecentársela y extenderla se escriben estas líneas. Bien hace el Sr. Miralles en estar satisfecho de su trabajo, como supongo que lo está; y por esto le aplaudo sin reserva. Al que ponga taras al actual canónigo-archivero por esa conducta, ó á mí por la alabanza que no le escatimo, le contestaré con moralejas aprendidas en la escuela y acomodadas á las presentes circunstancias: Lo de aquel que bien sirve, lo publico; Tú, que de nada sirves, calla el pico. Pero no todo han de ser alabanzas para el Sr. Miralles. Quien más beneficiado sale de su actividad y constancia es el público de los estudiosos, y á ese público debo dirigirme para que tan enorme trabajo sea convenientemente agradecido y sobre todo utilizado. La historia de nuestro archivo capitular no es una odisea; es el colmo del desprecio. La actividad ó celo desplegado por algunos fué caso aislado y sin consecuencias. Pero no les culpemos. Más que cargos personales constituyen defectos de épocas; y nadie puede rebelarse contra el medio en que se ha vivido. Los procedimientos positivistas han tenido nuevas orientaciones y nuevas costumbres cívicas. Las generalizaciones absolutas han desaparecido de todas las ciencias, ó poco menos, y no seré yo quién alabe sin restricciones un procedimiento que ya queda reducido á sistema. Lo cierto es que donde no hay el trabajo de investigación y el hecho preciso y comprobado no se estima hoy en nada el esfuerzo del historiador. Quadrado pasó muchos años con el Bossuet delante de los ojos; tentó y realizó, encariñado en su obra, la continuación del Discurso sobre la historia universal, y todo ese trabajo de nuestro esclarecido historiador ni se recuerda ni se alaba; en cambio se entró por las regiones castellanas y aragonesas, pidió al monumento vivo el testimonio de su existencia y á los archivos el dato de su historia, y los Recuerdos y bellezas de España resurgieron con aplauso de todos, más extendido de día en día, por ser obra de

investigación y de arte. Este hecho, citado por vía de ejemplo, y porque abrió senda en los actuales procedimientos, basta y sobra para comprobación de lo que llevo afirmado. Véase lo que se ha hecho en la última mitad del último siglo con respecto á las ciencias históricas: numismática, paleografía, archivología, etc. etc. en Mallorca y fuera de Mallorca, en España y fuera de España, y se podrá formar idea de la importancia de tales ciencias, cultivadas en Mallorca con mansa y perseverante pasión por algunos eruditos. No estoy en el caso de puntualizar estos extremos; pero sí de advertir que el Archivo capitular estaba descuidado de sobra. La Memoria que el Sr. Miralles ha redactado lo evidencia; y los trabajos hechos por el expresado señor en la dependencia de su cargo no solo acreditan que las cosas han tomado nuevo rumbo, sino que se está muy próximo al término del viaje, si ya no se ha llegado. Nada se ha hecho ahora allí sin nimia premeditación, aun en lo material y accesorio; nada que no pusiera en concordancia las necesidades que se sentían y los medios de que podía disponerse; nada que no tienda á facilitar la colocación, conservación y fácil aprovechamiento de los libros, papeles y pergaminos: la disposición de estos obedece á una idea tan obvia como ingeniosa; y sobre todo, sin contar las de relación, quedan hechas más de 18.000 papeletas de otros tantos documentos que el público puede consultar. No, pues, al Sr. Miralles; no al Cabildo, que tuvo el buen acuerdo de imponer á una de sus dignidades el cargo de archivero; no al señor Obispo por lo que ha cooperado en el arreglo del Archivo, sino al público, que está interesado en su propia cultura, es á quien debe felicitarse por el arreglo del Archivo capitular. El público, por su parte, no hará más que lo que debe si estima y agradece al Sr. Miralles el trabajo de benedictino que se ha impuesto para el arreglo del Archivo capitular . De La Ultima Hora 18 Julio de 1901.

Poesía religiosa
D. Miguel Mir, de la Real Academia Española, acaba de publicar un devocionario clásico-poético titulado Al pie del altar. Toda época del año nos parece de perlas para saludar la aparición de cualquier libro que reúna, coleccione y popularice los tesoros de nuestra rica literatura clásica y exhume no pocas piezas de legítimo valer, como sucede con la colección que nos ocupa; colección que llega á nuestras manos en este tiempo de Cuaresma, en que el título por nosotros adoptado y la materia del libro de D. Miguel Mir dan apariencia de actualidad á las presentes líneas. Siempre merece ser respetada la piedad como perfume del alma sinceramente religiosa en eflorescencia; pero, ¿cuántas veces no se subleva el gusto exquisito ó delicado ante esas colecciones recogidas por el mercantilismo de librería ó por la ñoñez de esa misma piedad, que más perjudica que afirma aquello mismo que intenta despertar y fortalecer? Música de Padrenuestros y Te ergo quoesumus, de coplillas de Gozos y Dolores, como la letra de esas coplillas, novenarios, visitas y estaciones, parecen poner á prueba la bondad de Dios, que aun siendo sumo en todas sus excelencias y perfecciones permite que así se le alabe; y asombra que, de nuevo encarnado y hecho Hombre, no desaloje otra vez su santo templo de cuanto lo avillana y desdora. Y la consideración sube de punto al recordar la magnitud y extensión de la poesía religiosa. Ella aparece como primer libro en el mundo, inspirada por la revelación, sostenida por la voz de los Profetas, refrendada por la autoridad de los Patriarcas, simbolizada en el Cántico de los Cánticos, ó con tonos de regenerada esperanza en el Psalterio. Las mismas dudas acerca de la aparición de esos libros y de sus autores, la tradición de su origen, la forma de exposición por el paralelismo, el mismo titulo antonomástico de Biblión con que se 1e conoce, todo lo envuelve en sacro misterio y hace que el Antiguo Testamento, antes de la aparición del Nuevo y sea libro uno y único, con la ley de las grandes unidades, con la grandeza de la inspiración; y obra más bien divina que sobrehumana. Por tal libro se clasificaron la historia y la poesía en sacra y profana y como para no contaminar con la mente y la acción del hombre lo que correspondía á la mente y á la acción del mismo Dios. Y, cuando Este se hace hombre y promulga la ley de gracia, la antigua poesía resurge de sus labios en la oración de Getsemaní, en el sermón de la Montaña, en las parábolas, en la oración dominical, en los últimos y desmayados acentos del Calvario. Y esa poesía la consignan los evangelistas, la difunden los Apóstoles, la sellan los mártires con su sangre y la cantan los poetas en sus versos. Entonces comienza la poesía religiosa á ser humana y artísticamente cultivada, porque las ideas de Cristo se apropian las formas de la cultura pagana. Minucio Félix imita á Cicerón; e! español Juvenco, en versos virgilianos, proclama que «los poetas acrecientan el valor de las acciones humanas», y que «la gloria de Virgilio, como la de

Homero, permanecerán en pie mientras los siglos se derrumben». Otro español, el papa San Dámaso, introduce el epigramma clásico en la literatura religiosa, formando una poesía de edificación, ya en inscripciones tumularias ó lapidarias, ya en los mismos recintos de las Catacumbas, conforme se abría el granito en sus lóculos. Por eso el moderno arqueólogo Rossi—autor de la Roma sotterranea — considera á San Dámaso como el poeta del sacro recinto donde atentó la esperanza en creyentes y neófitos. No así el genio extraordinariamente poético del zaragozano Aurelio Prudencio, vir consularis, quien con poesía de destrucción, pero de destrucción que regenera; con poesía hematolatra (según la atrevida expresión de Menéndez y Pelayo) canta en su Peristephanon los suplicios y tormentos de los mártires. Pero á la misma prisión de San Vicente acuden los ángeles; de las brasas que calcinan los huesos de la virgen Eulalia surge el alma en forma de paloma para volar al empíreo... En la poesía, tan rica y varia de Prudencio— donde se encuentran algunos precedentes de la Divina Comedia y como ya notó Ebert — hace su aparición poética la figura de Satanás, que había de llegar poemáticamente al Renacimiento con Tasso y Milton, y había de traspasarlo con Goethe. No es el Mefisto de éste el terrible señor del abismo que nos describe Prudencio y que perdura con carácter medieval en una de las Visiones de San Valerio. Vedle en algunos versos originales de Hamartigenia: Vértice sublimis cinctum cui nubibus atris Anguiferum caput et fumo stipatur et igni, Liventes oculos suffundit felle perusto Invidia impatiens justorum gaudia ferré. Hirsutos juba densa humeros errantibus hydris Obtegit, et virides adlambumt ora cerastae... Verdad es que á los himnos del Cathemerinon habían precedido otros, y el primero en escribirlos, según San Isidoro, fué Hilario de Poitiers: Ilarius Gallus... hymnorum carmina floruit primus. Hilario declara que la verdad cristiana exige, por sí misma, la mayor y más alta elegancia en la expresión para que esté en armonía con su importancia y dignidad. La aparición del himno es de transcendental importancia en la literatura eclesiástica. ¿Procedía de la iglesia de Siria? San Pablo había distinguido tres clases de himnos que, con palabras griegas, llamó psalmoí, inmoí y odai pneumaticaí. Para el santo Apóstol himnos eran cantos de alabanza en honor de Dios y de Cristo, definición que concuerda con la de San Isidoro: Carmina autem quaecunque in laudem Dei dicuntur, hymni vocantur. San Efrem había acomodado á melodías paganas conocidas nuevos himnos cristianos. De la iglesia latina, donde tanto habían de florecer, como nos atestigua la colección de Edelstan Du Méril, Carmina medio evo, la formada por Faustino Arévalo y otras y otras, puede afirmarse que los himnos arrancan de San Ambrosio de Milán, y los cuatro suyos indubitables: Deus creator omnium... AEterne rerum conditor... Jam surgit hora tertia... Veni redemtor gentium... bastan pan conocer lo que á San Ambrosio se debe en la materia. No es posible seguirla punto por punto; pero no olvidemos que entre los escritores eclesiásticos de la época brilló el español Orosio, de quien provienen absolutamente todos los conocimientos de Dante en Historia Sagrada; que en España brillaron con posterioridad los Ildefonso, Eugenio, Julián, Fructuoso, Valerio...; y que fué adorno de la corte de Carlomagno y émulo de Alcuino, el español (?) Teodulfo, autor de

apreciables himnos, como antes lo había sido de las Galias y del séquito de Redegunda el italiano S. Fortunato. Reseñar materia que tanto da de sí, en las columnas de un periódico, es querer verter el mar en hoyo de arena, y precisa proceder por indicaciones y señas para ahorrar palabras. Siempre me pareció, sin datos para justificarlo, que el maravilloso Dies irae ha quedado un poco rezagado en la cronología. No basta que por tanteos se le asigne época y autor, y hasta intervengan para datarlo las anecdotillas de Tomás de Celano ó del estudiante condenado á muerte. El Dies irae es fruto del milenario, y sus estrofas, rudas y sonantes como choque de huesos, ponen carne de gallina, como la creencia del Antecristo inminente. Es para mí el gran himno de la Edad Media y no me canso de leerlo, ni de escucharlo cuando lo salmodia la iglesia. En los cantos de cruzada provenzales hay más de político que de religioso. El espíritu seráfico de San Francisco, autor de Frate sole ó himno delle creature, como el de sus discípulos, sin olvidar á Fra Jacopone, autor del Stabat mater dolorosa y quizá del Stabat mater spetiosa ó del pesebre, hacen surgir una nueva poesía en las literaturas romances: la mística, en la que no quedó, por cierto, rezagada España, si es que no debe asignársele el primer puesto en tal género; pero esta poesía no obtuvo aquí su completo desarrollo hasta el siglo XVI. Vivía aún Juan Moriconi, viendo en Umbría fundado su seráfico instituto, cuando, á partir de Inocencio III, toman importancia las festividades de la Eucaristía, que, poco más tarde, habían de quedar fundadas con independencia de las funciones de Semana Santa, en el rezo de la Iglesia. El cantor de esta manifestación fué Santo Tomás de Aquino, grandísima potencia teológica, pero de horrible aridez poética. Sus himnos, como piezas literarias, se caen de las manos. En el nacimiento de las lenguas vulgares la poesía se ampara de la tradición, y ¡cuán poco estudiado está aún lo que la primitiva literatura española debe á la literatura eclesiástica de los siglos medios! Las manifestaciones religiosas en nuestra tierra española aparecen en todas partes: desde la oración ó plegaria á la Virgen en el poema del Cid hasta los últimos trovadores del siglo XV, pasando por Gonzalo de Berceo, poeta esencialmente religioso; por las Cantigas del rey Sabio, por los poemas primitivos, y por el mismo arcipreste de Hita, tan rico y vario; por los trovadores de la corte de todos los Trastámaras, donde las cancioncillas á la Reina de los Cielos, sobre todo, forman una guirnalda mística de tierna, fresca y alborozada poesía. De cuanto se ha dicho hay en el Devocionario clásico- poético de D. Miguel Mir alguna escasísima muestra, perdida en sus páginas, si exceptuamos los himnos litúrgicos, principalmente de la Semana Santa; y aun éstos, por sus traductores, pertenecen en su gran mayoría al grupo de poetas de quienes vamos luego á hacer mención. La literatura española anterior al siglo XVI quedó aniquilada desde que en España se introdujeron las formas métricas italianas y se renovó el fondo de la poesía lírica por influencias del nuevo platonismo ítalo-hispano. Con ello, y sin dejar de reconocer todas las excelencias de la nueva poesía, parece que hay un fondo de ingratitud para la poesía del siglo XV, no muy levantada, sin duda, pero de producción muy española y no del todo recusable.

Pero sea como quiera, lo cierto es que la época de oro de nuestras letras coincide con la introducción de las formas toscanas, y en tales metros apareció lo más granado y substancial de nuestra lírica. En este campo tan rico de mieses fructuosas y apretadas, es donde don Miguel Mir ha escogido á manos llenas las composiciones que forman su florilegio, á la par cristiano y poético, ofreciendo a la piedad las flores más exquisitas de la poesía española. De ese siglo de oro, tan feraz y ubérrimo, ha buscado, ya en composiciones enteras, ya en estrofas que disgregó su mano, la oración, la plegaria, la súplica, el consejo, la regla de conducta, la aspiración cristiana, la elevación del espíritu, la aspiración á lo ultramundano y eterno, la fusión del alma con su Creador. De ese siglo. Un conocido por el colector, se reproducen, rebuscándolas y exhumándolas, de impresos raros ó de manuscritos más raros todavía, piezas de absoluto valer: las poesías sacras de Lope de Vega, particularmente en sus sonetos, tan admirables, se reproducen en gran parte; el olvidado abad burgalés D. Antonio de Maluenda, de quien corre, ó más bien para, en manos de pocos bibliófilos, una edición de contados ejemplares, ha ido casi integro al devocionario; y otros y otros que fuera prolijo enumerar. Extendiendo el colector la rebusca á los siglos posteriores ha llegado á no excluir, con amplitud de criterio digna de alabanza, á poetas contemporáneos ó vivientes, tales como Adelardo López de Ayala y Eusebio Blasco, Vicente W. Querol y Gustavo Adolfo Bécquer, de quien figuran unos desconocidos versos á La fiesta de Todos los Santos. Libro que sugiere las consideraciones y recuerdos apuntados y encierra tanta curiosidad literaria y tan escogidos fragmentos, bien vale la pena de que substituya en manos de los fieles á otras colecciones, á las que nos referimos en las primeras líneas de este articulejo, que mucha más extensión debiera de tener por la importancia de lo que se trata, si no lo impidiera la dura lex del periodismo. De El Español Madrid -13-III-902.

D. Tomás Forteza
Al M. I. Sr. D. Antonio Mª Alcover, Pbro. En los momentos en que regresaba de Pollensa, donde pasé al lado de Costa ratos que ahora no he de ponderar porque mi alabanza no suene en público á agradecimiento oficial que me impongo, y en los sotabancos de tu alma á envidia rabiosa que no sabrías disimular ni aún en las funciones de tu grave cargo, he recibido tu doble obsequio bibliográfico, esto es: el delicado tomo de las Poesies de Pedro Orlandis, en la publicación del cual tanta participación has tenido; y el folleto: «A la bona memoria d'en Tomás Forteza, Mestre en Gay Saber, eminent filolech y benemerit de la llengua catalana, mort dia XXI de Maig del any del Senyor M.DCCCXCVIII (1)» de que eres único y exclusivo autor. El eco de las últimas conversaciones con Costa, no extinguido todavía á mi llegada á esta ciudad, y en las que los nombres de Forteza y de Orlandis aparecieron en más de dos ocasiones; tu presencia en mi recuerdo con las dos buenas compañías que te traes: Tomás Forteza que revive en las páginas de tu prosa; Pedro Orlandis que muestra lo que sintió en sus versos, y mi intervención accidental entre vosotros; me resucitan la tertulia de nosotros cinco, ni más ni menos, tantas veces encontrados en el despachito de Tomás Forteza. Allá fui yo el primero en entrar, no ya como extraño, sino como alumno y amigo; y hace ya tantos años que la cifra me espanta. Apenas si por entonces habría nacido Orlandis! Desde tan remota fecha hasta un mes antes de la muerte de Tomás Forteza (le había dejado con las ligeras opresiones de su catarro asmático y bajo el dolor que le ocasionó la muerte de su esposa, cuando marché á Valencia) ni dejé de verle ni de tratarle, ni de acudir con grandísima frecuencia á su ilustración para que guiara y acrecentara la mía. Y de quién no fué maestro? Su labor pedagógica fué paciente, oculta, perseverante; desde las clases en su propio cuartito de trabajo hasta las lecciones a domicilio, desde las conferencias especiales á las de repasos de asignaturas oficiales; desde las lecciones en el más acreditado colegio de señoritas hasta preparaciones para el bachillerato, la vida de Tomás Forteza ejerció siempre una influencia docente sobre cuantos le rodearon. Después de muchos años de desempeñar la secretaría de la Junta provincial de Instrucción pública, ni tú, ni yo, ni nadie le recordamos en las ocupaciones de su trabajo burocrático, que tan mal se avenía con su modo de ser; y en cambio ni tú, ni Costa, ni Orlandis ni ninguno de los que hemos estado íntimamente al lado de Forteza podremos negar su influencia decisiva en todo lo que era de su peculiar ilustración. Tú la confiesas noble y lealmente en las primeras y últimas páginas de tu folleto, y siento que no la hayas puesto más de relieve, como carácter distintivo de la personalidad de Tomás Forteza, cuando has delineado los rasgos de su fisonomía moral y has estudiado á nuestro amigo como poeta, como prosista y como filólogo, historiando los hechos de su vida y presentando pruebas inconcusas de su valer en cada uno de estos distintos aspectos. Era la enseñanza que prodigaba tan segura, tan sin molestia por quien la recibía, tan modesta por quien la daba, que más que yugo docente parecía arrullo de afecto y lazo de unión entre maestro y discípulo.

No sé yo cómo los amigos de Tomás Forteza hemos de agradecerte la diligencia cariñosa que has puesto en recoger sus datos biográficos, y la buena voluntad que acredita la publicación de tu folleto, que con ser tan nutrido de lectura, tan bien distribuido en su materia, tan halagüeño para el muerto, aún me sabe á poco para lo que yo quisiera en alabanza de Tomás. Pero quién á éste quiera conocer en su producción y en sus relaciones con la historia literaria mallorquína, seguramente encontrará cuánto le apetezca en tu reciente opusculito, que es una buena página de puntual investigación. Modestísimo en sus ambiciones y en la posición social que ocupaba fué muy considerado ciertamente de cuantos le conocieron y trataron, pero no presentado al público con aparatosa exterioridad, Tomás Forteza obtuvo menos resonancia de la que realmente se merecía: ganó en intensidad lo que no quiso lograrse por extensión y en el círculo de sus amigos, como en los centros de personas estudiosas, era entrañablemente querido. El solo logró el secreto de dar suavidad y dulzura al mallorquín en sus poesías, como remuneración á sus investigaciones y profundos estudios filológicos, ó reflejo quizás de su carácter bondadoso, siempre igual, y formado con la más estricta sujeción á las doctrinas católicas. Si alguna filiación política podía asignársele era la del grupo capitaneado por Pidal; pero antes que hombre de escuela era católico á secas, y nadie como tú sabe cuánto aborrecía las exageraciones malsanas... Pero vaya todo esto á un lado, porque sólo es mi intento felicitarte hoy por la publicación de la biografía de Tomás Forteza y por el lucimiento con que habéis terminado la edición de las Poesies de Orlandis. A estas les dedicaré en breve párrafo aparte. Hoy cumplo con un deber sacratísimo participándote que la muerte de Tomás Forteza, que supe en Valencia cuando allí había ido para examinarme de griego, produjo en mi ánimo honda y sentida impresión, como la produjo en todos los amigos del corro literario. Bajo la impresión de momento escribí á Miguel Costa unos versos, condoliéndome de tan gran pérdida, y ya que no puedo presentarlos como expresión completa de mis sentimientos, aquí los transcribo para que por ellos se aprecie otra nota personal é íntima del afecto que profesé al poeta, al prosista y al filólogo mallorquín cuya pérdida lamentan con justicia los literatos españoles, y con dolor intenso los amigos apasionados, entre los cuales, por fortuna, nos contamos tú y yo. Y para terminar, y en elogio de tu conducta, te diré que no considero tu opusculito sino como obra colectiva, hecha por todos los amigos de Tomás Forteza, á los cuales se ha adelantado tu laboriosidad incansable, tu cariño expansivo, y has realizado un deseo que era general en todos y del que sólo tú has sabido salir adelante. Mí cordialísima enhorabuena. Y ahora, ya que tu obrita me da pie para la publicación de mis versos, allá va mi ofrenda: TRENO (A Miguel Costa en la muerte de Tomás Forteza) También cayó Tomás, también nos deja ese amigo del alma, candoroso,

que en la suya de niño revolaba el coro de las musas. Uno á uno desfilan, y en la ausencia, para más orfandad en la caída, me arrebata la muerte á los que fueron y serán mis amigos. Los que esperamos de futura suerte resurrección eterna á nueva vida, entendemos el cántico litúrgico que aclama: et lux perpetua Mas cómo no mentar los ritos viejos con quien al Lacio consagró su mente, con quien, enamorados, escandimos los versos seculares? El me enseñó, paciente pedagogo, á ordenar el hipérbaton, y, artista, fué para mí revelador, fué nuncio de más honda belleza. Por él se desplegaba ante mis ojos la tradición helénica, sentida por quien supo cantar al hijo heroico de Anquises y de Venus. No de Horacio los lúbricos amores el poder sugestivo de la estrofa con el arte recóndito y supremo de los versos alcaicos; La miel que baña el labio de Tibulo, los recuerdos tiernísimos de Ovidio, y la clámide holgada y tribunicia que á Cicerón envuelve.. Yo entonces no sabía que á otra margen bañada por las ondas del mar Jónico brilló un cielo de luz á que no alcanzan las águilas de Augusto. Y hoy que, asomado á la región helénica, beben mis ojos la Belleza misma, hoy que el piloto que trazó la ruta se ha hundido en el Leteo; Hoy, como siempre le llorara, lloro el rápido mover de su partida;

y á ti porque le amaste, te dirijo mi treno improvisado. ¡Oh, quién pudiera en él decir al mundo la mansuetud, la timidez extrema, la modestia y bondad inacabables del que nos fué maestro! Más que en lecciones de mundana ciencia, en los ejemplos de amorosa vida y aroma de la flor de la» virtudes se adelantó la Gloria. Lograrla pudo al fin! Pero, ay amigo! los que junto á su amor nos congregamos, huérfanos somos ya... y ya en nosotros sólo vive el recuerdo! Honrémosle, Miguel, porque lo amado ha de vivir si el amador subsiste, y en las tardes festivas del invierno reviva en nuestro corro; Reviva, como siempre apasionado del esplendor y del poder latinos que la cúpula excelsa de San Pedro cobija dulcemente. Ministro del Señor, tú. dale preces de santo amor que para el alma sirven; yo, á su memoria, emprenderé de nuevo la lectura de Horacio. De La Última Hora 18 Agosto de 1898.

(1) Estampa de Sanjuan, germans, 1898.

Pedro Orlandís
M. I. Sr. D. Antonio Mª Alcover, Pbro. La última vez que vi á Orlandis fué en Valencia. Nos hallamos de mañanita en la calle de la Paz, y á la sorpresa del encuentro siguieron las deferencias de una amistad, reciente sí, pero arraigada en mutuas aspiraciones artísticas. Vagando, vagando, nos ofrecimos mancomunadamente aquellas horas. Ante las torres de Cuarte convinimos los dos, némine discrepanti, que las de Serranos tenían más quisicosas, pero que el efecto de macizo y de severidad producido por aquellos dos medios cubos no se substituía con filigranas ni adornos; y seguimos hablando de arquitectura en las regiones aragonesas y castellanas; y al decirme que dentro de dos días saldría para Salamanca, le encargué mis respetuosos saludos para la monumental plaza de la antigua urbe y para la fachada de la Universidad literaria... y la verdad es que nunca había visto á Orlandis tan expansivo y decidor. Le acompañé hasta su casa, junto al Ayuntamiento, y como faltasen algunos minutos para la hora del almuerzo seguimos en dirección á casa, y dimos luego la vuelta, y promediamos el camino, y nos despedimos aquel día con la seguridad de volvernos á ver antes de su salida de Valencia. Dos días después marchaba Orlandis sin que se hubieran realizado nuestros propósitos; sin más que un saludo de despedida por tarjetas dejadas en los respectivos domicilios; sin que tuviéramos que encontrarnos de nuevo en este mundo. Aquella mañana fué el adiós que Orlandis recogía en mi persona de la tertulia de Juan Alcover, del corrillo de Tomás Forteza, de sus amigos de Mallorca. La noticia de su grave enfermedad, no bien había pisado el Seminario central de Salamanca, y seguidamente la de su fallecimiento, recibidas en el momento de mi regreso á esta isla, produjeron en mi ánimo la impresión que es de suponer. Verdad es que no era Orlandis para mí un antiguo amigo como Costa, como Tomás Forteza, como Juan Alcover, pero no dudo en afirmar que era el más querido de los recientes. Su percepción artística delicada, su horror á todo lo vulgar y charro, su gusto fino y seguro, la firmeza y aprovechamiento de sus lecturas, su modestia real y sentida; la sinceridad de las aficiones, que no puede falsificarse; sus versos, recitados con atisbos de rubor, como notas personajes y expansiones interiores; el poco aprecio de sus trabajillos y la consideración á todo valer ajeno, la bondad de su carácter, la segundad de sus convicciones nunca manifestadas á deshora y por esto más intensamente adivinadas; sus aficiones dentro de la clase noble á que pertenecía, como la resignación en su conducta y la perseverancia en sus pasiones, le hacían simpático á todos, especialmente á los que en la producción artística buscan algo definitivo y absoluto como así él la sentía y estimaba. No sé dónde he visto que al renacimiento iniciado por los Médicis se opusieron algunas familias nobles florentinas en quienes sonaba á escándalo la innovación y votaban el antico provo y era una de esas familias la de Orlandi, una rama de la cual se estableció en Mallorca. Algo de la severidad antigua nutrió el espíritu de nuestro amigo Pedro, en

cuanto aquí le tratamos y conocimos; y hasta en el criterio de la moralidad era menos laxo que el Papa León X. Este mismo sentimiento, siempre íntimo, y al que se amparó tras de una aspiración humana no realizada, llevóle al seminario de Salamanca y á la Compañía de Jesús, en la que había solicitado el ingreso después de adoptada una resolución irrevocable que le proporcionó aquella alegría interior y bienestar de ánimo con que se me apareció en Valencia la última vez que nos vimos. Perdona, amigo Antonio, estas notas sobrado personales; pero, quién se sustrae á ellas, sobre todo después de la muerte de tan estimado amigo? El tributo que tú has rendido á su memoria, contribuyendo más que otro alguno á la publicación de sus pocos pero exquisitos versos, no es sino otra manifestación del afecto que le profesaste; como lo es la poesía sentida, cariñosa, á la vez familiar y entonada de Costa, y las Necrologías firmadas por ti y por Tomás Forteza, al fin del volumen, y la brillante introducción con que Oliver ha iniciado el irreprochable librito, digno en todo de quien llena su mayor parte y en recuerdo de quien se hizo. Y como no es solo el elogio á lo que debo atenerme, sino á dar noticia del contenido para que se enteren los lectores de mi diario, voy á llenar como mejor sepa esta obligación. Aparte de los acrecentamientos ya indicados, de un retrato de perfecto parecido del autor, y de una carta en prosa del propio Orlandis, figuran en el tomo las poesías: Pobre cor, L'aucell catiu, Flors, La cassada, Comanda, Amor, Flor marcida, Lo page cavaller, Fredor de cor, Entre l'any y Rondalles, ninguna de las cuales se hubiera salvado del descuido en que Orlandis las tenía, si tú, febril y paciente rebuscador no las hubieras transcrito una por una en esos famosos Cuadernos de bitácora que aparecen oportunamente en el fondo de los bolsillos de tu traje talar, cuando la memoria flaquea ó hay que reforzarla con el dato fehaciente ó la nota recogida d'aprés nature... Con amigos con cuaderno no dejan de estar comprometidillos los que no hablan con fervor de confesión ó seriedad de escritura pública; pero en cambio se logran otras ventajas tan eficaces y absolutas como destruir la acción del tiempo y oponer el remedio á descuidos lamentables. Ensalcen y agradezcan esta vez los que lean los versos de Orlandis tus cuadernos y despierta vigilancia. De las once composiciones suyas descartemos desde luego las dos de tono familiar L'aucell catiu y Comanda, dedicadas á sus sobrinitas Luisa y María Rovira, como la titulada Flor marcida, que pasarán seguramente como composiciones llenas de afecto, discreción y delicadeza; pero constituyen el fondo sobre el cual se destacan las restantes. La cassada y Lo page cavaller son dos leyenditas microscópicas que por su concisión y factura recuerdan la mano severa del maestro Milá y Fontanals en sus obras poéticas. Son además estas dos poesías completamente impersonales, circunstancia que desaparece en las restantes del volumen, en que el alma del autor rezuma por todos los resquicios del movimiento lírico y en que hay no poco de auto biográfico y personalísimo. Pobre cor es un romance lírico dentro de las formas generales del renacimiento catalán; Flors propende á las más artificiosas de los romanceros con tendencias populares, y Entre l'any acentúa la forma popular más espontánea, y es un donoso juguetillo... que

sangra. En el fondo de cada una de estas se liban gotas de verdadera amargura, de resignación sobrehumana ó desprecio que hiela la falsa pasión. Pero aparte de las dos poesías que he señalado como legendarias, las tres piezas del tomo son: Amor, Rondalles y Fredó de cor. La primera es nota arrancada de las entrañas y no tiene desperdicio, sobre todo en su final; la segunda señala los contrastes de lo real y de lo ideal en forma delicadamente artística y habilísima, dejando caer la nota personal muy en su punto y á tiempo. Revela el dominio completo de la forma. La tercera, Fredó de cor, revela algo más que al artista; revela al verdadero poeta. Por ella sola Orlandis no ya muestra en esperanza el fruto cierto sino que nos ofrece el fruto legítimo, sazonado y sabroso. No me canso de leerla y aquí la transcribo para mis lectores. FREDOR DE COR L' oratje sols movia remor de fulles seques, y, entre les veus del bosch, confús sonava lo cant adormldor de la paresa. Mos ulls s'enterboliren entre la boyra freda; dormit el cor no betegava... pura aygua de gel corria por mes venes. Com lo sospir dels ecos que 's fos per dins les penyes; com en la nit dels Morts, p'el vent mogudes en lo fossar s'apagen les candeles; morien calitjosos recorts de jovenesa, tormenta d'amor, vesllums de poesia y el sant anhel de recullida cel·la. Desde llavors sens forses, p' el mon tresca qui tresca, res anyor, res desitx. Tan sols m' agrada jaure y dormir en la molsuda arena. Com degotis dins l' ombra, pausat mon cor batega sempre 'n repós. Mes ¡ay! son prou feixugues d' avorriment forjades les cadenes. A voltes sent dins l' ánima cruxits de gel qui 's trenca: cobr' forses per lluytar... Y ¡ay Deu! m' etsisa lo cant adormidor de la paresa.

Bien sé que á la intensidad artística de esta pasión preferirán muchos lectores las manifestaciones más explícitas y más generalmente sentidas de un Amor contrariado; pero, sin desprestigio para éste, se acogerán á Fredor de cor los más exquisitos, de percepción más delicada y que cavan más hondo. En menos de tres años, sin contar lo perdido, escribió Orlandis, sin darse cuenta, los versos que hoy figuran en su colección póstuma. ¿No es cierto que en la plenitud de su valer, señor de la forma, eran de esperar muchas y buenas producciones? Consuélennos de las que dejaron de escribirse las que la diligencia arrancó del olvido; y en el tomo de Orlandis recordemos al amigo cariñoso que supo expresar con delicado arte los sentimientos de su corazón y las deficiencias de esta vida miserable. Otra mejor le ha reservado su suerte. De La Última Hora 20 Agosto de 1898.

El conde Ulises de Séguier
I Desde hace algún tiempo reside en esta isla un importante personaje de la vecina República francesa, en demanda de reposo á sus correrías anteriores y buscando la apacible tranquilidad que ofrecen nuestro cielo y nuestro suelo, para llevar á cabo importantes trabajos literarios, en que tiene empeñado el acrecentamiento de su reputación. Ni tan huraño que rehuya el trato de las gentes ni tan expansivo que lo solicite con ansia, instalóse antes en el vecino caserío de Son Serra, entablando relaciones con algunos literatos del país; y, abandonando luego las cercanías de la capital, se ha establecido últimamente en Felanig, en la plaza del Arrabal de aquella ciudad, arrendando el ameno huerto de Binifarda para recordar en las estribaciones del monte de San Salvador el aura de las islas helénicas y el cielo purísimo de Grecia, que tantos recuerdos infunden en el antiguo cónsul de Creta. Pero no valdrán al conde Ulises de Séguier sus deseos de aislamiento, porque al ñn hay en esta isla prensa periódica que en los rincones se mete y periodistas que tienen á gala descubrir los tesoros escondidos; y con las protestas más fervientes de no querer pecar de imprudentes, vamos á decir cuanto se nos alcanza de nuestro distinguido huésped. El título nobiliario que ostenta nos obliga á presentarle in stirpem antes que reseñarle in capite. El castillo de Bassoul, cuna de su familia, ha dado á Francia hijos ilustres: Pedro de Séguier, en los tiempos de Enrique II, en nombre del Parlamento se opuso á que se instalara la Inquisición en sus reinos; su hijo Antonio, abogado general, en la época de Enrique III rehusó entrar en la liga, defendió las libertades de la iglesia galicana contra las empresas de Gregorio XIV, y en los días de Enrique IV fué embajador de Francia en Venecia. Pedro Séquier, nieto del anterior, fué Canciller del reino con Richelieu, y uno de los primeros que concibió la idea de la Academia francesa de la cual fué decidido protector después de la muerte del cardenal ministro; y fundó la Academia de Inscripciones y la de Pintura. Antonio Luis fué abogado general en los reinados de Luis XV y Luis XVI. En este siglo aparecen el hijo del antes citado Antonio Luis, Presidente del tribunal de apelación de París, barón del Imperio y después Par de Francia en tiempo de la restauración; el barón Armando Séguier, miembro de la Academia de Ciencias; el barón Tony Séguier que presentó la dimisión del cargo al Procurador general antes que ceder á las exigencias del ministerio Baroche, al obligarle á proceder contra los periodistas de oposición al Gobierno. En 1871, bajo la administración de Mr. Thiers fué nombrado prefecto del departamento del Norte. Todo esto sin contar la rama colateral de los marqueses Séguier de S. Brisson, uno de cuyos vástagos tradujo elocuentemente la Preparación evangélica de Eusebio. Dejando ya la genealogía para atender al actual conde Ulises de Séguier, debiéramos considerarle como soldado, como diplomático y como literato.

Como soldado tomó parte en la expedición á Rusia, y en las campañas de Italia y México. En Nueva España cambió su condición militar por la diplomacia, encargándose de misiones especiales que se le confiaron. Después fué cónsul en Koenisberg, Belfast. Dublin, Newport, Coruña; comisario de la República de Madagascar, donde obtuvo una brillante página; Cónsul en Creta, en Sydney..... Todas estas consideraciones y empleos constituyen una parte, muy honorífica ciertamente, pero sólo externa del personaje que nos ocupa, y á nosotros nos interesa verlo por dentro, y de él vamos á dar noticia como literato, reseñando las obras que lleva publicadas y las que está elaborando. La primera de que tengo noticia es: Epilogue de la Divine Comedie que lleva por segundo epígrafe: L' Enfer, un coin du Paradis, et incidemment une âme du Purgatoire, impresa en México en 1872. Es un poema patriótico de más de dos mil versos, escrito en tercetos dantescos, como convenía al asunto tratado. Otra obra suya es: Les Amours, d' Ovide, traduction dans le même nombre de distiques, con 47 grabados de Méaulle y dibujos de Meyer, impresa en París, en 1879, formando parte de la preciosa colección de Chefs d'ouvre antiguas publicadas por Quantin. La edición, muy escasa constituye ya una verdadera curiosidad bibliográfica y por cada uno de los ejemplares que se presentan se pagan excesivos precios. Tuvimos ocasión de ver un ejemplar de esta obra que en todo justifica lo buscada que es. Para la misma casa escribió el conde de Séguier: Odes, Epodes et Chant séculaire d' Horace. Traduction dans la même nombre de vers et dans la mesure correspóndante, grabados de Méalle sobre acuarelas de Meyer, París 1883. Y ya metido con Horacio, en 1895 publicó en París la acreditada casa de Didot: Oevres complètes d' Horace, en hermosísima edición. También Didot ha sido editor, en 1896, de: L' Odyssée d' Homère Mélésigène, traduite vers pour vers par le comte Ulysse de Séguier. Preceden á esta traducción unos versos au lecteur débonnaire en que las notas autobiográficas del traductor se mezclan con apreciaciones críticas y en que el conde de Séguier, si no tuviera acreditada su inspiración poética, la acreditaría por esta sola pieza. Si no temiéramos robar sobrado espacio á los lectores, reproduciríamos íntegra la composición aludida. Conténtense con la primera estrofa: Lecteur, prénom oblige: or, m' appelant Ulysse, J'ai traduit l' Odyssée encore vers par vers. Mais pour m' y préparer avec peine et délice, Pendant trente sept ans l' arpental 1' univers. Y con tan larga preparación, recorriendo los sitios por donde pasó Ulises en sus forzados viajes para llegar á Itaca, el conde de Séguier pudo contemplar Tenedos, la tumba de Aquiles, los vagos horizontes donde tronó Ilión, que arrebató el rey de Argos para vengar el robo de su cuñada... y nació en el traductor la idea de verter vers pour vers este admirabilísimo poema.

En Son Serra comenzó otra obra importantísima en la literatura clásica, á que da cima en la ciudad de Felanig, tal es el poema Los Argonautas de Apolonio de Rodas, en 4 cantos y unos 6.000 versos, los cuales, según el sistema del traductor, se reproducen verso por verso. Je laisse l' ad libitum aux impuíssants ou aux paresseux, recuerdo me dijo el traductor en cierta ocasión, en que yo —no del todo seguro— le abonaba el sistema; porque en esto de traducciones hay mucho que hablar. Lo que sí es indudable que el sistema seguido siempre por el conde de Séguier es una excelente base de estudio para sí y de utilidad para los que no pueden y quisieran conocer la obra original. Los Argonautas, en la traducción francesa del conde Séguier, tendrá para nosotros la ventaja de poder leer de corrido este poema, que nunca hasta ahora se tradujo al castellano. La fama del autor, hallándose frente á frente con la de Homero, Hesiodo, Sófocles y Eurípides, palidece no poco, amén de que la época en que escribió el vate apellidado de Rodas era ya de completa decadencia. Estas circunstancias y la falta de cultura española habrán contribuido á que no tengamos — que yo sepa — versión alguna de La Argonáutida. Entre otras obras que el conde de Séguier tiene preparadas para dar á la estampa figuran: La Teogonía de Hesiodo, El robo de Elena por Coluthus y la Toma de Troya por Triphiodoro, que formarán un solo volumen; también la célebre tragedia de Esquilo Los Persas traducida, como todas las restantes, verso por verso y con ritmo métrico ajustado al original; un drama en cinco actos de S. Gregorio el Teólogo y una comedia en dos, original castellano, del coronel D. Emilio Rey. Como se ve, entre las traducciones anotadas predominan las de la literatura clásica y griega. ¡Bien se conoce que el conde Ulises de Séguier tiene por genio familiar, y consejera é inspiradora, una musa helénica; musa llena de civilidad, discreción y tino, que le anima en sus empresas y le señala el camino de su renombre! Quizás sea la misma con la cual el conde de Séguier comparte su título mobiliario y su propia existencia.....Pero no tengo derecho á hacer suposiciones ante el público en contra ó en favor de quien ha rehuido ese mismo público y ha guardado avaramente sus deleites, entregándose por completo á las grandes fruiciones de la lectura y de las lenguas clásicas en su cuarto de estudio y junto al inspirado con quien comparte su existencia. Ello es que el laborioso poeta francés de quien hablamos reside actualmente en nuestra isla; y presentado queda á nuestros lectores con la sola enumeración de sus cualidades personales y de los trabajos literarios que ha dado á la estampa ó tiene en proyecto. Bastante más debiera decir para trazar el esbozo de su personalidad, pero quédese el asunto por si algún día se me ocurre fantasear sobre las traducciones españolas de la encantadora Odisea ó los sistemas adoptados por los traductores para divulgar los poemas clásicos. Hoy, después de lo dicho, nos limitamos á expresar á los condes de Séguier el deseo de que les sea grata su estancia entre nosotros. De La Última Hora Enero de 1899.

II Del Helicón al Calvario Hace años que en esta misma publicación tuve la honra de presentar al público mallorquín á su huésped el ilustre conde de Séguier, residente por entonces en Fclanitx. En el articulito de referencia hablé del pasado, de los merecimientos del literato francés logrados por sus importantes y exquisitas versiones del griego y del latín, y si mis lectores recuerdan aquellas líneas no habrán olvidado que algo del porvenir se traslucía claramente en lo que allí se dijo. El pretérito de entonces, en el correr del tiempo, se ha tornado presente y hasta futuro. El anunciado poema Los Argonautas, original de Apolonio de Rodas y traducido por el Conde de Séguier, se imprimió ya, un año hace; y ahora ha llegado su turno á la publicación que lleva por título el que encabeza estas líneas; obra en gran parte trabajada en el vecino pueblo de Santa María, donde el laborioso titulado fijó su residencia en estos últimos años. Ni tremendas desgracias de familia ni el ambiente enervador de esta tierra han impedido ni mermado la asidua labor de quien parece habcr convertido en sacerdocio el cultivo de sus aficiones. De l' Helicón au Calvaire no es un poema: es un conjunto de piezas, ó piezas sin conjunto, que con tal nombre las ha engarzado el traductor de todas ellas para juntarlas en un volumen de limpia estampación y tiraje, impreso por don Bartolomé Reus, de Felanitx. Y no deja de lisonjearme que en un rincón de nuestra isla adyacente surjan, siquiera sea por extraña labor, esas traducciones de lenguas clásicas y de obras consagradas, cuando los estudios de las que se llamaron Humanidades vuelven a caer en olvido mayor, más lamentable cuanto más consciente, del que padecieron en la edad media. Tal preterición ó desdén no nos asusta: ellas resurgirán constantemente, tantas veces como sea menester, como fuentes primitivas que fecundizaron la primera simiente del mundo todo; y á ellas volverá lacio, desengañado y arrepentido el hijo pródigo del Buen Gusto, después de alocadas correrías por la extravagancia, vestida con piel de genialidad que no le cubre las orejas, cuando acabe de confundir altos cedros bíblicos y pomposas oliveras áticas con desmedrados y resecos asfódelos, nuncios de esterilidad y muerte. Sin Moisés y sin Homero no hay poesía en la historia de las letras. Cultivador empedernido de la más grande de las literaturas clásicas es el conde de Séguier; y más que sus anteriores colecciones lo muestra y patentiza la presente antología, donde aparecen traducidas al francés y vers pour vers, según su inalterable procedimiento, las siguientes piezas: La Teogonía, del patriarcal Hesiodo, émulo de Homero, y Génesis del paganismo, según la feliz expresión de Mr. Rignan; El robo de Elena, de Colutus; La toma de Troya, de Trinodoro; la tragedia de Esquilo Los persas, única de las siete conocidas de este glorioso trágico que, dejando una vez arrumbada la tradición legendaria, toca en asunto de actualidad; y por último el drama sacro en cinco actos Cristo naciente de S. Gregorio Nacianceno ó el Teólogo. La reunión de estas piezas bajo el título orográfico, si así vale decirlo, del Helicón al Calvario, se nos antoja harto sutil, y hay que recurrir á la ilustración del propio trujamán: «Se parte del Helicón para llegar al Calvario. Entre estas dos cumbres, de la cual la más chica es la más grande, se colocan: con El rapto de Elena, el Ida de tres

cabezas, el Parnon y el Traigeto; con La toma de Troya, el caballo de Epeus instar montis equum, y en fin, con Los Persas la Acrópolis de Susa. Tales son los puntos culminantes de esta obra varia, que rodando en un principio sobre temas profanos se acaba al pie de la Cruz por un drama sacro». El tomo se cierra con una poesía inspirada en una narración piadosa, recogida por Marmier, parecida, si no igual, á una tradición mallorquína recogida por Antonio M.ª Alcover. En eso de tradiciones todo el monte es orégano. Lo que este tomo acusa de arriba á bajo es el perseverante y afanoso ahínco del traductor, su escrupulosidad nimia en recoger les textos depurados, su ardiente afán por hacer sentir y gustar al público de hoy, con helénica pasión, lo que el propio traductor ha sentido y gustado al sumirse en el conocimiento de estas piezas clásicas ó derivadas del clasicismo; y atestigua de punta á cabo la disposición ordenada de los asuntos, la precisión y prudencia de las notas é ilustraciones, la erudición que las mismas revelan, el aroma que á través de las páginas se desprende del alma entusiasta del traductor, y perfuma y embelesa á los que le siguen en su trabajo. Siempre que de alguno semejante quiero dar noticia en la prensa periódica acontéseme que antes de entrar en materia se impone la prudencia en la extensión, y he de parar la pluma cuando más deseo que corra en las cuartillas. Las que ha llenado el Conde Séguier para este nuevo volumen poco ó nada importarán al público en general. No está hoy el alcacer para zampoñas, y criando se alcanzan velocidades de 160 km. por hora nadie se detiene en coger cañas para labrar rústicos caramillos que alegren la caminata. Pero la flauta de Pan resonará eternamente en las campiñas; Homero engendrará toda poesía épica; la tragedia de la Redención desparramará su bienhechor influjo sobre la humanidad, y si la civilización pasa por encima de toda Teogonía y de toda Teosofía, cuanto más hundidas las crea más altas resonarán con himnos inmortales. Con que algún hijo de las Musas, de los que cantó Goethe, anhele reposar su frente en el regazo de su madre, basta y sobra. Lo peor del caso es lo que á mí me sucede: que no sé si entraré en el Cielo, como quisiera; que no he llegado al Olimpo, como esperaba; y que no tengo automóvil. Pero mientras sigo esperando todo eso, bueno será que recoja esta nota de cultura patria, y salude con mi enhorabuena al generoso intérprete de autores griegos, sacros y profanos, á quienes con tanto acierto y cariño ha juntado en su nueva obra el Conde Ulises de Séguier. De La Última Hora Julio de 1908. III

Como epílogo de estas noticias puedo dar la final de haber fallecido en nuestra isla el Conde Ulises de Séguier en la primavera de 1909. Sus restos fueron trasladados desde la villa de Santa Maria al cementerio católico de esta Ciudad. Aquí queda pues su cuerpo para que la tierra lo consuma mientras su labor, en gran parte mallorquína por residencia del traductor, quedará en la bibliografía de Mallorca, favorecida por estampaciones francesas de un importante literato.

D. Jerónimo Rosselló
Sr. D. Luís Martí, Concejal etc. etc. Palma. Queridísimo amigo y antiguo compañero, porque repican gordo en mi alma, porque la alegría es expansiva y porque no quiero romper los vínculos que me unen á esa tierra y á mis amigos de siempre, te dirijo hoy la presente carta abierta, pues á ti se te debe de derecho una vez aceptada la osadía de escribirla. He visto la proposición que has presentado al Ayuntamiento para que acuerde colocar en la Galería de hijos Ilustres de Mallorca el retrato del Excelentísimo Sr. D. Jerónimo Rosselló y Ribera. Recibe por ello no mi fría y ceremoniosa enhorabuena, sino mi abrazo más efusivo. Distanciados tú y yo por criterio desde que nos conocimos en las aulas, algunas veces nos hemos encontrado en la expresión de los entusiasmos, y no es cosa de desperdiciar ocasión para mí tan satisfactoria, para que no te aplauda y me una con todo mi corazón á la propuesta que has hecho. No quiero hablarte de reparación debida, dado el criterio de aceptar á los vivos en la Galería de nuestro Excmo. Ayuntamiento, ni de otras cosas concernientes al asunto, que en otras ocasiones y en ese mismo periódico llevo indicadas. Hoy, en la ausencia de esa isla, el recuerdo de D. Jerónimo se apodera de mí por entero, y á tan egregio literato has de permitirme que dedique algunas líneas. De mí sé decirte que si de alguien en Mallorca he recibido influencia directa, honda, constante, eficaz y bienhechora ha sido de D. Jerónimo, y dicho lo tengo antes de ahora en estas columnas, y lo repito ahora y lo repetiré siempre, no por hacer alarde de una inmodestia que contrasta con el escaso valer de mis trabajos sino porque nunca será bastante la expresión de mi agradecimiento. Y no te digo más, Luís amigo, porque no puedo abusar de los lectores. Esta es ocasión de estudiar debidamente á D. Jerónimo Rosselló y hablar, siquiera incidentalmente, de premios y gracias que se le han otorgado, y muy por extenso del patriota, del poeta, del artista que ha dejado huella de su paso por la Escuela de Bellas Artes y otras asociaciones. Juan Alcover, otro amigo que tampoco puede negar influencias de D. Jerónimo, cuidará de biografiarle como es debido, y rabio por conocer su discurso. Si crees que el Ayuntamiento ha de estimarla, dale mi enhorabuena por su acuerdo, y recíbela tú antes y tan afectuosa como queda dicho de tan antiguo compañero. Madrid y Diciembre de 1899. De La Última Hora

II Coronación de un literato Mis lectores quedarán horros de curiosidad si se toman la molestia de emprender un viaje por tierra y por mar, que todo precisa para llegar al término de la jornada. Sé el camino, y me ofrezco para espolique y piloto; conozco la tierra de promisión, y cicerone más ignorante de ella pudiera tocaros en suerte. Vamos á la tierruca, como en términos genéricos decís vosotros; á la Roqueta, como con frase precisa y cariñosa decimos los mallorquines á aquella isla llena de luz y de reverberaciones, de calas arenosas y costas acantiladas; de montes cubiertos de pinos, vertientes de hondonadas de viñedos, campos de verdura, llanos de almendros en flor y naranjales con fruto; de mar azul, de cielo azul y de grutas maravillosas... Tierra perdida en la espaciosa antesala del mar latino, á que abordaron fenicios y cartagineses, griegos y romanos, pisanos y genoveses, normandos y catalanes, hasta que la conquistó el invicto D Jaime de Aragón, quien tiene para nosotros algo de Moisés y de Alejandro; isla que se unió más tarde á la Monarquía general de España no como colonia conquistada sino como parte integrante de su territorio, después de haberse constituido con Monarquía propia, para que al invocar el pasado podamos decir nuestros Reyes con lealtad medioeval y podamos llorar con lágrimas todas nuestras el desastre de Lluchmayor y las tiranías de un usurpador insolente, más grande que simpático. Henos, pues, en la isla de peculiares tradiciones, por arte de encantamiento: medio seguro y cómodo de llegar con felicidad á un país verdaderamente encantado. Ya se ha perdido el tono azul y uniforme con que se nos ofreció la tierra. La amplísima bahía de Palma adelantó mar adentro los cabos Figuera y Blanch para recibirnos con un abrazo. La colina de Bellver, de pinos, con su castillo del siglo XIV, os trae á la memoria la resignación y prudencia de un gran patricio, de Jovellanos, que allí estuvo preso. El caserío, que desde la colina desciende al mar, enlaza sus edificaciones con las de la ciudad, bordeando el puerto, y allá, en el fondo de la bahía, en el sitio más prominente, y adelantada, la gigantesca mole de la catedral, de color rojizo dorado, patina de la piedra. A su derecha el histórico palacio de la Almudaina, morada de los Reyes, y al pie la Lonja de comercio, la más elegante edificación civil que jamás se haya visto. A la izquierda de la catedral extiéndese el caserío en gradación hasta perderse, blanco, limpio, esfumado en el espacio por los arrabales de El molinar de Levante y Coll d'en Rebassa. ¡Oh sublime bahía de mis sueños... Fuera lirismos, y adelante! ¿Veis esta chica plazoleta irregular? Pues estamos, como quien dice, en nuestra Puerta del Sol. Este edificio, que ocupa todo un frente, es el palacio municipal. ¿Verdad que vale mil veces más que el Ministerio de la Gobernación? ¡Oh, si lo hubierais visto antes de que el incendio y las malas condiciones de la fábrica hicieran necesaria la reforma! ¡Qué barroco más simpático y qué fachada más expresiva! Me entran ganas de describirla; pero il tempo manca. El enormísimo alero, artesonado, aún era mayor. El, entre otros oficios, resguardaba antes, en los días de gala y solemnes fiestas mallorquinas, algunos cientos de retratos que en tales festividades se colgaban en la fachada del edificio y la cubrían casi por completo. Sí, hemos transigido en que esos manes del pueblo no se expongan al pueblo mallorquín en días señalados, por el perjuicio que sufrían las telas. En la tribuna central, llena de damascos y cojines, se

exhibía un hermoso San Sebastián, patrono de la ciudad, si la fiesta era religiosa; ó un grandísimo retrato del Rey Conquistador, si la fiesta era civil. Hoy están todos esos cuadros en la Galería de hijos ilustres de Mallorca que posee el Ayuntamiento, sucesor muy venido á menos de los antiguos Jurados del reino. No hay en esta Galería clases ni distinciones. El amor del pueblo, avasallador como la muerte, defiende de la muerte á los que brillaron en las artes y en las ciencias, en las armas y en las letras en el amor de la Patria y en el amor del Cielo. Por eso D. Jaime de Aragón, rey, cronista, terror de la morisma, conquistador en vida y fundador en muerte del Reino de Mallorca tiene su representación en tela de tan desmesuradas proporciones, y en torno suyo están sus hijos y vasallos en quienes brilló alguna admirable cualidad. Pero no os asombren los recuerdos de nuestra Monarquía venerados en esta casa. En todas las antiguas de Mallorca encontraréis algo parecido, y un tipo ideal común, que es el esquema de todas ellas. Si amplia es la antesala del mar Mediterráneo en que está Mallorca y amplia la bahía que da acceso á la ciudad, amplia es también la primera sala recibidora de la antigua casa solariega mallorquína, rodada de sillones de vaqueta, cajas antiguas, arquillas y mesas características; un fanal con tirantes de cuerda, corredizos, colgado del centro del techo, y cubiertas de cuadros las paredes, generalmente retratos. ¿De quién? De los penates de la familia, de los antepasados: toda una dinastía de linaje perfumada de recuerdos. Lo que tienen en su casa los señores de Mallorca lo tiene el pueblo en su casa común y Galería de hijos ilustres de Mallorca, que no se hubiera formado ésta á no haber existido aquéllas. En uno de esos sillones de vaqueta, en su casa de la calle de la Almudaina, cuyos balcones se ven desde la Plaza de Cort, en que nos encontramos; rodeado de su escasa familia; doblada la cerviz por el trabajo bibliográfico de toda la vida y por los achaques de la enfermedad y los años precursores de la muerte encontraréis á quien, saliendo de la dinastía familiar pasará en breve á la Galería del Ayuntamiento; al Excmo. Sr. D. Jerónimo Rosselló y Ribera. Los señores del consistorio municipal, en votación pública y solemne, le otorgaron esta merecidísima honra, por cuanto honró D. Jerónimo, con sus trabajos literarios, la misma tierra que así se los recompensa. Ha sido Rosselló digno sucesor de la estirpe de los lulistas mallorquines, y á todos ha aventajado con su propio esfuerzo; autor de la bibliografía luliana, tan rica y tan dispersa; editor de las obras del Doctor iluminado, trabajadas sobre valiosos códices de su propiedad; propagador incansable de la historia y de la literatura mallorquinas; Mestre en gay saber desde la restauración de los Juegos florales de Cataluña; traductor de las baladas del Norte que trajo á España y en castellano antes que otro alguno; autor de muchos libros que sería ofensa recordar ahora; compilador de los poetas baleares á partir del siglo XIV y poeta y prosista bilingüe, en castellano y mallorquín, en todas las épocas de su vida; porque aún hoy, preso de la parálisis y reducido á tan mísera existencia física, torpe la lengua, desprendido del mundo, le encontraréis rodeado de libros y garabateando letras con la mano izquierda, traduciendo ó escribiendo versos con la misma fe que en sus años juveniles, cuando preparaba el primer volumen de su producción poética con todo el entusiasmo del romanticismo imperante. El siguió de cerca á D. José María Quadrado y á D. Tomás Aguiló en la

restauración de la literatura balear, y la influencia de Rosselló sobre los que le sucedieron se ha mostrado decisiva. Pero sobre esta influencia grandísima de derivación se ostenta la suya privativa de bibliófilo; por esto en el último curso de las conferencias del Sr. Menéndez y Pelayo en el Ateneo de Madrid, sobre los grandes polígrafos españoles, resonó tantas veces en aquella sala el nombre del egregio lulista, de Rosselló, inseparable del nombre del gran sabio, mártir, poeta y santo mallorquín del siglo XIV. De ordinario la proclamación de hijo ilustre se hace el día 31 de Diciembre, á las doce de la mañana, después de celebrarse la fiesta con que todos los años se conmemora el aniversario de la Conquista, en la santa iglesia Catedral, con rito y sermón de lujo, á que asiste el Ayuntamiento bajo mazas, precedido de la banda municipal de tambores con traje de concelleres, y se saca solemnemente el ya averiado estandarte del rey D. Jaime. Terminada la función religiosa vuelve el Ayuntamiento a su palacio con el mismo ceremonial; reúnese en sesión extraordinaria, llénase la sala de invitados y curiosos, y comienza la ceremonia. A este acto precedieron ya la proposición de algún ó algunos señores del cabildo municipal para declarar hijo ilustre á la persona de quien se trata, y el acuerdo consiguiente previas las informaciones justificativas y reglamentarias; el retrato al óleo del favorecido que, cubierto, ocupa el correspondiente sitio en la Galería instalada en el amplio y lujoso salón de sesiones; la redacción de la memoria biográfica, encargada, como el retrato, á quien mejor se estima que desempeñe el cometido. El señor Alcalde presidente abre la sesión; el secretario da cuenta de los antecedentes, concédese la palabra al biógrafo y lee éste su trabajo. A continuación se proclama solemnemente hijo ilustre de Mallorca al favorecido; se descorren las cortinillas de damasco que ocultaban el retrato, resuenan los aplausos en la sala, músicas en la plazuela, y desde aquel momento cuenta Mallorca, con sanción oficial, con un nuevo vástago en la galería de hombres ilustres, y la pinacoteca y archivo comunales con la documentación que responde á los acuerdos en este punto adoptados. Pero esta vez, quizás por temores muy justificados y para lisonjear los abatidos días de quien tal honra recibe ahora, se han adelantado los acontecimientos, si es que con todo ello no se persiguen otras miras muy ajenas á estos propósitos. La colocación del retrato de D. Jerónimo Rosselló en la Galería de hijos ilustres de Mallorca se celebrará con sesión pública del Ayuntamiento en los últimos días del presente mes de Abril, y en ella D. Juan Alcover, otro ilustre poeta, que no es en Madrid desconocido, leerá el discurso reglamentario. Así son nuestras cosas, con las cuales se nos ensancha el espíritu y contribuimos, como podemos á la cultura general del país. De La Época Madrid, 12 - IV - 1900.

III D. Jerónimo Rosselló y el catalanismo El señor Alcalde de Palma ha circulado las invitaciones para la fiesta con que el día 23 del corriente mes de Abril la Corporación municipal celebrará la declaración solemne de hijo benemérito de Mallorca en favor del Excelentísimo Sr. D. Jerónimo Rosselló y la colocación de su retrato en la Galería de varones ilustres, propiedad del referido Ayuntamiento. La fiesta, que en un principio tomó mucho vuelo catalanista, parece que en este punto ha quedado reducida á que el discurso memoria deba escribirse precisamente en catalán, y a que el señor alcalde circule dos juegos de invitaciones, uno escrito en catalán, en el que recuerda que el día de la fiesta es el de San Jorge (patrono de las Ordenes militares de Aragón) y por tal documento se invita á los que cultivan «el catalán en la tierra catalana, en el reino de Valencia, en la isla de Cerdeña, en el reino de Mallorca con las islas hermanas y con las regiones que un día estuvieron con él unidas bajo la corona de sus reyes y hoy forman parte de la nación francesa, constituyendo siempre un recuerdo glorioso de tiempos inolvidables». La otra invitación, la escrita en castellano, suprime lo de San Jorge, y por ella se invita, sin comentario, á catalanes, valencianos, aragoneses, provenzales, castellanos, gallegos y balearicos. Ambas van firmadas en castellano por el alcalde de Palma, y en el respectivo idioma del texto por el vocal-secretario de la Comisión, Benet ó Benito Pons Fábregues. No se pueden dar ya mayores transacciones entre el apostolado del síndico de aquel Ayuntamiento, D. Luís Martí, el cual exigía que Els Segadors, con la hoz empuñada y precedidos de estandarte, fueran á la conquista de Mallorca, y lo que va á resultar la consabida fiesta... No habrá ya trasatlántico que conduzca las Sociedades corales catalanas á Mallorca, ni función de iglesia en la Catedral para los héroes mallorquines, con sermón del fogoso canónigo y propagandista de Vich Mossén Collell... ni otras manifestaciones catalanistas que se proyectaban. Si el regionalismo es algo más hondo y menos bullanguero que el vocerío de una escuela política que lo prostituye, para lograr con esta bandera lo mismo que combate, ya puede huir Mallorca de influencias catalanistas, á menos de dejar en ellas los rasgos de su fisonomía y los caracteres de su personalidad, pues cuanto má acorte el radio de acción que le separa de Barcelona, tan vigorosa en fuerza centrípeta, en centralismo, más próxima estará la isla á ser arrastrada por la vorágine. Mallorca, sin la tutela de Barcelona, será siempre Mallorca; con la tutela, puede que se convierta en La Barceloneta. La misma consideración que dejo aquí apuntada demuestra que concedo mucha importancia al movimiento político catalán, ni debidamente estudiado en el resto de España, ni, por su parte, con unidad de aspiraciones que impongan su estudio; y así andamos entre ignorancias y extravíos en este punto. En el Ateneo de Madrid se han dado últimamente algunas notables conferencias en pro y en contra de estas manifestaciones, y quizás, cuando todos sepamos lo que se desea, se establezcan transacciones provechosas, el divorcio quo ad thorum ó la disolución del vínculo, según sea la resignación ó desesperación de los interesados. Yo no puedo

ocultar que el regionalismo, como yo lo entiendo, me es muy simpático, porque lo separo en absoluto de toda forma de gobierno y aun lo pongo muy por encima de toda Constitución política, como cosa que va de dentro á fuera, y, por consiguiente, compatible con toda institución, que al ñn es cosa impuesta, externa, y que puede variar. Así entendido se puede ser muy regionalista y aspirar, como yo aspiro, á un Estado grande y uno. Se puede concurrir á la coronación de don Jerónimo Rosselló y lamentar que los catalanes no hayan realizado las fiestas que tanta animación hubieran dado á Mallorca. Lo que no puede ser (y quizás por esto no ha sido) es que los catalanistas militantes y exclusivos se apoderen de la figura de D. Jerónimo Rosselló para monopolizarla por cuenta propia. Esto pudieron hacerlo cuando se colocó en la Galería de varones ilustres de Mallorca — hace tres ó cuatro años — el retrato de otro excelente poeta, el de D. Mariano Aguiló y Fuster, quien vivió adherido á la lengua catalana, con amor único y exclusivo de ella, y la habló y engalanó como nadie jamás lo ha hecho. Pero si D. Jerónimo Rosselló, no bien comenzaron los Juegos florales de Barcelona, logró premios y honores que le dieron el titulo de Mestre en gay saber, si en el cancionero Lo joglar de Mallorcha dejó escritas hermosísimas composiciones en arcaico lenguaje catalán, mostrando cuánto lo conocía, y por comarcas catalanas resonó su nombre unido al pseudónimo de Lo Cansoner de Miramar, no puede olvidarse que su primera colección fué la de Hojas y flores, escrita toda ella en versos castellanos, en época de febril romanticismo, y esto no obstante, figuran en dicha colección sonetos y estrofas que mirados á la luz de la pulcritud con que hoy se versifica resultan intachables; no puede olvidarse que D. Jerónimo Rosselló, al iniciar su labor de bibliófilo, mezcló con las colecciones de los poetas baleares que recogía desde los comienzos de su aparición, la obra universal de un genio que por la fuerza y expansión del mismo, no cabe en ninguna región y pertenece á la humanidad. Los trabajos que Rosselló ha hecho acerca de Ramón Lull son de verdadera y absoluta importancia: desde la bibliografía luliana, premiada por el Gobierno, hasta la edición de las obras del beato Ramón, que en edición completa y trabajada sobre códices auténticos comenzó á publicar Rosselló hace bastantes años. Y fué Rosselló el que, antes que otro alguno en España, trajo en castellano la traducción en verso de baladas exóticas; el que reunió en esbelta biblioteca desde los himnos bíblicos y los poetas de la India, desde el Panchatantra y el Hitopadesa hasta los modernos escritores, sobre todo poetas; el que puso sus libros á disposición de la juventud mallorquína, con amplitud de criterio y amor muy desinteresado por toda belleza artística; y en torno suyo se han formado, con influencias más ó menos directas, Bartolomé Ferrá, Gabriel Maura, José Tarongí, Juan Alcover, Mateo Obrador, Miguel Costa y cuantos han cultivado las letras en Mallorca; y el que, aun hoy, baldado y achacoso, continúa traduciendo en verso castellano las baladas del Septentrión... La historia y la critica artística, la poesía lírica y la narrativa, la prosa y el verso, la lengua castellana y la catalana, la bibliografía y el arte, reclaman por igual á D. Jerónimo Rosselló, y encerrarlo en una sola de estas manifestaciones como escritor es empequeñecerlo y destruir elementos integrantes de su personalidad, sin todos los cuales es imposible conocerle y apreciarle. Del Heraldo de Madrid 23 - IV - 1900.

IV Final No recojo, por ocasionales ó deslavazadas, muchas notas que llevo escritas referentes á este literato; y menos las que escribí para ilustrar las Poesías Líricas de Schiller, en los tomos correspondientes de la Biblioteca clásica, porque allí se encontrarán. Dígase en síntesis que nadie venció á D. Jerónimo en expansión literaria, en mostrar excelente olfato, en el amor recóndito é íntimo á la belleza. El, después de una vida provechosa, cerró los ojos en el Señor, en esta ciudad, el día 1 de Agosto de 1902. Descanse en paz.

La hija del rey
(Traducción de una poesía popular mallorquina) El rey tenía tres hijas y las tres como una plata; en una puso loa ojos, Margarita se llamaba. No bien la madre lo supo la encerró en obscura estancia y dábale de comer atún y carne salada, y para aplacar la sed agua de mar, y aun escasa. Pasa un día, pasan dos, pasa toda la semana; ella que de sed moría asómase á la ventana, y vio á su madre á la vera que con huso de oro hilaba: — ¡Ay mi madre, madre mía, con toda honra os pido gracia: dadme un sorbo de agua dulce y la gloría os será dada! — No lo beberás, traidora, no lo beberás, ingrata, no hubieras querido ser de tu padre la estimada. Ella triste se retira llorando sangre en sus lágrimas. Pasa un día, pasan dos, pasa toda la semana; ella que de sed moría asómase á la ventana, y vió á sus hermanas cerca que en telas de oro bordaban. — ¡Hermanas, hermanas mías, con toda honra os pido gracia: dadme un sorbo de agua dulce y la gloría os será dada! —No lo beberás, traidora, no lo beberás, ingrata, no hubieras querido ser de tu padre la estimada. Ella triste se retira

llorando sangre en sus lágrimas. Pasa un día, pasan dos, pasa toda la semana; ella que de sed moría asómase á la ventana, y vio á sus hermanos juntos que con los bolos jugaban. — ¡Hermanos, hermanos míos, con toda honra os pido gracia: dadme un sorbo de agua dulce y la gloria os será dada! — No lo beberás, traidora, no lo beberás, ingrata, no hubieras querido ser de tu padre la estimada. Ella triste se retira llorando sangre en sus lágrimas. Pasa un día, pasan dos, pasa toda la semana, ella que de sed moría asómase á la ventana, y vió á su padre allí cerca que con sus condes marchaba. — ¡Padre mío, padre mío, con toda honra os pido gracia: dadme un sorbo de agua dulce y la gloria os será dada! —¡Corred, pajes; corred, condes; para mi hija agua, agua; al primero que la lleve mi corona es poca dádiva! Cuando llegaron los condes Margarita ya espiraba, y entre vivo resplandor la Virgen la coronaba. Santo fué al morir su padre, y su madre condenada, y ella remontó los cielos de ángeles acompañada.

El rescate
(Traducción de una poesía popular mallorquina) En las orillas del mar una doncella bordaba un pañizolín para la reina. Estando á medio bordar le faltó seda. — Marineros de la barca ¿no traéis seda? — ¿Qué seda quisierais vos, blanca ó bermeja? — Bermeja la quiero yo porque es más bella — Entrad, entrad en la barca para escogerla. La nave sobre las olas se balancea y, al blando vaivén, la joven dormida queda. Con el amarre cortado y á toda vela va la nave mar adentro cuando despierta. — Marineros, marineros, llevadme á tierra; me rescatará mi padre que allá me espera. —Vira en redondo. No llores más: por cien escudos libre serás. — Padre mío, padre mío, moros me llevan. — Decid, hija, qué rescate vale la presa. —Por cien escudos vuestra seria. —Ni por un chavo yo os quitaría. — Marineros, marineros, llevadme á tierra;

me rescatará mi madre que allá me espera. —Vira en redondo. No llores más: por cien escudos libre serás. —Madre mía, madre mía, moros me llevan. —Decid, hija, qué rescate vale la presa. —Por cien escudos vuestra sería. —Ni por un chavo yo os quitaría. — Marineros, marineros, llevadme á tierra; me rescatará mi hermano que allá me espera. — Vira en redondo No llores más: por cien escudos libre serás. — Buen hermano, hermano mío moros me llevan. — ¿Qué rescate, hermana, piden por esta presa?. — Por cien escudos vuestra sería. — Ni por un chavo yo os quitaría. — Marineros, marineros, llevadme á tierra; mi amor me rescatará que allá me espera — Vira en redondo No llores más, por cien escudos libre serás. — Oh dulce amor, amor mío, moros me llevan. — Mi amor, ¿qué rescate piden por esta presa?. — Por cien escudos vuestra sería. — Por todo el mundo no os dejaría.

El Quijote en mallorquín
Acuse de recibo No soy escatimoso de elogios en obras de grande aliento y perseverante trabajo. Ellas, en sí mismas, llevan una consagración que es imposible destruir con los reparos que en detalle ó en conjunto les opongan. El presbítero don Ildefonso Rullán ha traducido el Quijote en mallorquín, y tentar y realizar esta empresa es algo más, en frase de Cervantes, que hinchar un perro. Atreverse con el Quijote es tocar en lo sagrado y hasta en lo divino. Cuando en la historia de la literatura se pasa la mano alta, muy alta, para no dar sino en lo más encumbrado y sublime, y á penas se tropieza con media docena de nombres, entre estos está el de Cervantes. Son estos autores columnas miliarias en el desarrollo de las civilizaciones y del pensamiento poético; forman nueva Era é inician cuenta nueva. En torno de ellos han formado una verdadera biblioteca, lo que los alemanes llaman una literatura, sus expositores, comentaristas, intérpretes, anotadores, críticos...; pero la obra, como salió de manos del autor, flota perennemente sobre el curso de la humanidad que, en sus más opuestas tendencias, en sus aspiraciones más antitéticas, acude al modelo para levantarle como arquetipo de todas las escuelas. Ayer fué el romanticismo que puso por las nubes, y aún más alto que ellas, la idealidad del Quijote; la penúltima moda declaró que jamás se había escrito obra más realista que el Quijote, el Quijote ha sido el dechado de los sintéticos y de los analistas, y paradigma de todas las teorías literarias; como si Cervantes, con arrebatada inspiración, hubiese tocado con esta obra en el mismo centro donde convergen y son unos todos los radios que arrancan de tantos puntos como ofrece la circunferencia de la vida social y humana. Y cuéntese que no hablo de los sentidos esotéricos del Quijote, tan gallardamente sostenidos hoy por D. Baldomero Villegas; ni de que cada profesión, arte y oficio se allegue el genio de Cervantes. Esta propincua aspiración, que tiene muchas vetas de ridículo, sirve para mostrar lo que representa el genio de Cervantes, toda vez que nadie se arrima al árbol desmedrado para que buena sombra le cobije. El de El Quijote, aun cuando da insípidas frutillas, sombrea la gloria más firme y robusta de nuestra raza. Mi amor á este libro soberano raya en locura, que me guardaré muy bien de querer justificar, no tanto porque mis apasionamientos á nadie importan cuanto por no aumentar la lista de aquellos á quienes la locura de D. Quijote ha vuelto locos. Caso extraño fué el de la divulgación, pronta y rápida, del gran libro castellano. Los ejemplares de las primeras estampaciones no fueron tan pronto á las librerías de los doctos y eruditos como á las manos del pueblo, y hasta del mismo vulgo, que lo saboreó y aplaudió antes que nadie. En El loco de la buhardilla se pinta bien la virtud contaminadora que la narración contenía, pero se falsea la gente que la iniciaba. La importancia á que lo alzó la crítica literaria vino muy á cuento, ciertamente, pero vino retrasada y cuando ya no era menester para la gloria del libro. El Quijote no necesitó andadores, y desde el nacimiento corrió triunfante por esos mundos.

Hoy no puede leerse á Homero y á Dante sin entorpecer la lectura con la anotación y el comento, pena de no entender ni sacar provecho de lo que se lee; pero el Quijote desde la primera página hasta el fin se lee, y entiende, y goza sin ajena ayuda. El lector puede decir de él: lo vidi giá nel cominciar d'il giorno la parte oriental tutta rosata e l' altro ciel di bel sereno adorno. Más gozará quien más conozca la fuente de las alusiones ó las referencias constantes que en él se hacen á libros, cosas y personas, ya de la época ó ya anteriores; pero la fábula es de por sí tan maciza, tan estupendamente gallarda, tan sencilla en apariencia, que basta y sobra para arrastrar y absorber toda atención y deleitar con indecible halago. Quien no admira el Quijote es incapaz de sacramentos, y más le valiera no haber nacido. Mucho se ha hablado de su intraducibilidad. Hasta volúmenes se han escrito acerca de este punto; pero los hechos se han rebelado aquí, como tantas veces, contra las teorías y las filosofías; y el Quijote, desde poco después de su aparición, fué traducido en todas las lenguas del mundo que tienen mediano desarrollo; y los traductores en esas lenguas se han sucedido, y alguna versión dentro de esas literaturas ha pasado por obra clásica, como sucede con la de Tieck en Alemania. No había transcurrido un lustro de la aparición de la primera parte del Quijote, y, aparte de las estampaciones que corrían por España, en lengua originaria se imprimió dos veces en Portugal, otras dos en Bruselas, y una en Milán. En 1612 se dio á las prensas la primera traducción inglesa, por Shelton, quien de algunos años antes lo tenía traducido, y no se hicieron esperar otras muchas versiones, registradas por D. Leopoldo Rius en el segundo tomo de su biblioteca cervantina. Al nombre de D. Quijote se publicó en Heidelberg, en 1613, un Cartel del torneo a yelmo cerrado, con que la ciudad debía festejar á los nuevos consortes Federico V Elector del Palatinado e Isabel Stuart, hija de Jacobo I de Inglaterra, según curiosísimo documento desenterrado recientemente por la infanta Dª Paz de Borbón, autora asimismo del curioso libro Buscando las huellas de Don Quijote. Todo esto y mucho más que se calla, antes de que apareciera, en 1615, la segunda parte de la narración. Exponer la universal divulgación del Quijote exigiría un libro bastante más voluminoso que la misma novela, y nos daría el convencimiento dc que no hay rincón del mundo en que la obra no sea conocida, gustada y ensalzada. No ya los escritores rusos, muy aficionados al Quijote, sino el mujik de la. estepa lee el Quijote en ruso y con él se deleita y solaza; y lo que hace el mísero esclavo ruso no podía hacerlo hasta ahora el campesino mallorquín, en las noches de invierno y en la cocina patriarcal lamida por resplandores de fogata, donde se lee La rondaya de rondayes ó se recita la Codolada de la nit de Nadal. D. Ildefonso Rullán ha acudido, con buen deseo, á promover la lectura del Quijote entre nuestros campesinos. No puedo suponerle otra aspiración encarnada en obra de tanto empeño, y hasta lo confirman estas palabras del traductor á los lectores: «T'ho conterem tot sense solfas ni pretensions de cap casta ab un llenguatje tan clar y tan corrent com mos sia posible...» Nadie como Rullán podía concertar tantos refranes como fluyen de la boca de Sancho en sus

razonamientos, porque la preparación del traductor en este punto ha sido larga y fecunda. Gracias al actual bibliotecario de la Episcopal, hoy, sea como sea, tenemos el Quijote en mallorquín, y se me dice que la obra ha logrado aceptación en nuestra venturosa isla. Hasta el haber salido de las prensas de Felanitx contribuye á la ruralización mallorquína del gran manchego. (1) Que nuestra payesía indocta y de alma virgen en materia literaria reciba el nobilísimo ideal de aquel caballero tan cumplido, sin las extrañas locuras que mostró en sus andanzas. Y nada más, por no pecar de difuso. De La Última Hora Palma 9 - IX - 1909

(1) L' enginyós hidalgo Don Quixote de la Mancha compost per Miquel de Cervantes Saavedra y traduit ara en mullorquí sa primera vegada per n' Ildefonso Rullan, Preverá, Llicenciat en Filosofia y Lletres. Ab censura eclesiástica. Felanitx. Imprenta d' en Bartomeu Reus, 1905 y 1906; dos vols, en 4.° mayor.

Chopin en Mallorca
Sr. D. Benito Pons: Mi estimado amigo: tiempo ha me encargaste espigara de mis lecturas toda referencia concerniente á Mallorca para aumentar con mis notas el rimero de papeletas que estás formando. Que en algo procuré complacerte bien lo sabes, y que persisto en el cumplimiento de tu encargo te lo comprobará esta otra espiga que te suministro. No he roto enteramente mis relaciones con la literatura italiana desde que publiqué aquella harto apresurada y juvenil <i>Antología de poetas líricos italianos</i>, y de Italia me llega de vez en cuando algún libro con que se me obsequia. No ha mucho recibí un volumen de versos, de uno de los más celebrados poetas de aquella nación, después de muerto Carducci. Titúlase el nuevo libro <i>Poesie di Guido Mazzoni</i> (cuarta edición, Bolonia, por Nicolás Zanichelli, 1904), y en las páginas 42-44 leo una composición titulada <i>Un notturno di Chopin</i>, en trece estrofas arcaicas, que debiera transcribir íntegras, porque el fondo de las mismas es Mallorca; pero me concretaré á las dos citas que entran más de lleno en mi propósito, que es el tuyo. He aquí las citas: .....fuigirono Per sempre i candidi giorni, o bel isola, Maiorca, o fulgido sole, fuggirono! O nera d' ellera Certosa, o cerulo Mediterráneo, dolci memorie Dell' amor mio; chi soffre Pietà pietà non merita! Chopín ha servido de medio al Sr. Mazzoni para recordar nuestra isla, la Cartuja de Valldemosa sombreada de hiedra, y el cerúleo Mediterráneo, y esto es lo que á ti puede interesar; pero ya comprenderás que esta nota, que pudiera enviarte particularmente como tantas otras, la entrego á nuestro público porque algo interesante para él he de envolver en esta carta. Jorge Sand es cada día menos leída, é interesarse ahora por sus amoríos y aventuras, que un día pudieron contribuir al renombre de Chopín, está ya pasado de penúltima moda. Además la escritora francesa, en Un hiver à Majorque, nos dejó su auto-biografía en 1a isla; y la traducción recientemente emprendida y publicada por Pedro Estelrich, con curiosos apéndices, y substancioso y brillante prólogo de Alomar (1), aunque llega un poco retrasada, es digna de encomio para los que aplaudimos todo lo que se hace. En cambio Chopín es cada día más sonado, y hasta en nuestro público le estorba y enoja la chismografía de sus amoríos con Mme. Dupin, quien, contra lo que pudiera creerse, deja en la sombra á su acompañante citándole sólo con pudorosas alusiones tales como nuestro enfermo ó alguno de mi familia, sin contar que la enfermedad del amante la achacó alguna vez á su propio hijo, como en la carta de recomendación y crédito que

trajo para un banquero de esa isla. Es decir, que la primera información referente á Chopín que pudiéramos practicar en las páginas del citado libro nos resulta huera. La fama del polaco sin patria, enfermizo y soñador, crece con soberana gloria y perdura con caracteres personales en la historia del arte musical. Desvanecidos con su generación los prestigios del educador de la aristocracia parisiense surge más grande el compositor-artista de los estudios, nocturnos, polonesas, preludios, valses, baladas, mazurcas, conciertos é impromptus. Hacer la apología de Chopín en esta carta fuera candidez en que no he de incurrir ahora. Pero bueno es que recordemos que Chopín y su amada fueron nuestros huéspedes en el invierno de 1838, y que dedicar algún recuerdo al gran músico será en nosotros signo de cultura, y hasta halago á los franceses, que por suyo cuentan á Chopín, y son los que más visitan nuestra isla; para que al retornar á su patria puedan decir de la nuestra, lisonjeados por nuestra civilidad: Vengo di loco ove tornar disio; y si ellos no vuelven, volverán aquellos otros á quienes les cuenten las lindezas y maravillas de nuestra Roqueta ó isla dorada, y todo contribuirá al fomento del turismo tan en boga en nuestros días. Para hacer el articulo, ó la réclame, ó como se diga en este cosmopolitismo de lenguaje con que hablamos, es muy exacto que no podemos gallear de modelos en lo que se refiere á honrar nuestros huéspedes ilustres. Díganlo, si no, Jovellanos, Mr. Arago... y los demás que ahí han aportado. Bien sabes tú que la casa de los Bonaparte, con su leyenda napoleónica, pocos años hace era una de las atracciones de los viajeros franceses. Aquel hermoso edificio de la calleja de la Palma, con un techo volado, ventanas con ajimeces, patiote destartalado y amplia escalera gótica, ha quedado reducido á una casa moderna de pisos, de fría y monótona fachada con la que no es posible engatusar á nadie, ni siquiera á un turista francés. No preconizo el engaño; pero lo cierto es que la tradición y la leyenda, aun falsas, tienen su fuerza y aroma, su encanto y poesía, que suben por capilaridad y muy alto cuando encuentran un hilo conductor que los sostenga. Si la referida casa de los Bonaparte nada tenía que ver con Napoleón ni los suyos, la visita no se daba por perdida ante la vetusta edificación, y el viajero recibía en Mallorca una impresión que hoy ya no puede recibir. Se visita la tumba de Ramón Lull en San Francisco, y la tumba es sólo cenotafio; pero como si allí estuvieran los despojos de nuestro Beato ó Doctor iluminado. La celda que Chopín habitó en la Cartuja de Valldemosa no es punto enteramente dilucidado; en una de ellas residió cincuenta y seis días, bastante más de la mitad del tiempo que estuvo en Mallorca; y allí compuso, se dice, algún Nocturno, un Impromptu y no sé qué otras piezas de su producción exquisita; y es Valldemosa la excursión obligada de cuantos viajeros llegan á nuestra isla, mucho más desde que el Archiduque Luís Salvador de Austria amenizó aquel sitio con los recuerdos del beato, sabio y mártir mallorquín. Hace ya años, bastantes años, que la tertulia de amigos que nos reuníamos en el saloncíto Banqué inició la idea de costear una lápida de mármol con la sencilla inscripción CHOPIN, para colocarla en el corredor de la Cartuja de Valldemosa. Te

aseguro que aun no sé por qué no lo hicimos; y como la deficiencia tiene buen remedio, no sé ni me explico por qué no se hace ahora por los muchos y fervorosos amantes de la música que hay en Mallorca, admiradores de Chopin. Yo te aseguro que no habrá francés que visite la Cartuja que no celebre ver allí esculpido ese nombre. ¡Pues no me dio, á mí, un vuelco el corazón al tropezar, en el Panteón de marinos ilustres de San Fernando, con el nombre del almirante Barceló, de nuestro Capitán Toni! Todo esto, que recomiendo á cuantos quieran realizarlo, y que es tan hacedero, tiene una segunda parte que sólo tú debes completar en tu condición de cronista del reino de Mallorca, aparte la ilustración que te ha granjeado este y otros oficios: la publicación de un folleto ó libro donde se recojan los recuerdos que Chopín ha dejado de su estancia en Mallorca, la bibliografía referente á lo mismo, las reliquias que aún se conservan (como el piano Pleyel que fué de su propiedad y adquirió el banquero Sr. Canut) y cuanto acuda á tu fecunda imaginación para salir airoso de una empresa que siempre acusará un signo de cultura en nuestra isla y será motivo de gratitud para los extraños. Felices pascuas para tí y los amigotes; y si no nos cae la fortuna del premio gordo, tan anhelado, que al menos nos alcance la satisfacción de hacer con lo pequeño (que es sumando de lo grande) lo que todos podemos realizar para bien y provecho de todos. Cádiz 15 -XII - 1908 De La Última Hora. (1) Jorge Sand. Un invierno en Mallorca traducido y anotado por Pedro Estelrich, con un prólogo de Gabriel Alomar. Palma, tip. lit de Bartolomé Rotger, 1902. Un vol. en 4.° de LII+222 págs. II En los comienzos de 1911 llegó á Mallorca la apasionada clavecinista y autora de Musique ancienne Mme. Wanda Landouska, quien por su virtuosidad, arte y cultura, se conquisto las simpatías de los escogidos del Salón Beethoven. Obsequiáronla éstos con una jira á Valldemosa, tanto por ser excursión obligada de los que visitan nuestra isla como por ser polaca la notable clavecinista. Allá Mme. Wanda desplegó todos los afectos de la admiración por su paisano Chopín quien de sí decía: «la grande foule me gêne»; y quizás recordando está frase y la reclusión del músico en nuestras campiñas, su paisana, tres cuartos de siglo más tarde, inquiría para sí las condiciones con que pudiera arrendársele por temporada una de las celdas de la Cartuja, proponiéndose imitar al gran pianista y permanecer una temporada en aquel sitio consagrado por los recuerdos. No se han realizado hasta ahora los fugaces propósitos de Mme. Wanda Landouska; pero es indudable que su presencia entre nosotros hizo recrudecer el chopinismo, y quizás las últimas manifestaciones de su influencia puedan buscarse en la conferencia pronunciada en el Círculo de la Juventud

Conservadora por el ilustrado Dr. Ariz, en Diciembre de este mismo año 1911, disertando sobre el tema Jorge Sand, la compañera ó acompañada de Chopín. Pero antes, y á penas publicada la misiva que se ha transcrito de La Última Hora, este y otros periódicos isleños mostraron nuevamente el deseo de colocar una lápida conmemorativa de la estancia de Chopín en nuestra Cartuja, pronunciándose en favor del proyecto varias entidades mallorquinas Con menos hubiera bastado para sacar de fárfara la antigua idea, que otra vez quedó en vilo y sin realizarse. Lo que no hacen muchos lo hace á veces uno solo, y este uno fué en esta ocasión el amigo á quien mi carta iba encaminada. Benito Pons, estuche de muy diversas habilidades, sacó del fondo de su cajón de sastre los palitos del escultor; modeló en barro un artístico busto del compositor polaco, lo llevó á término á su satisfacción, y, antes de darle el destino que se proponía, lo honró cumplidamente en fiesta íntima tanto más amorosa cuanto menos resonante. En las salas de su casa, parte de lo que antes fué antiguo palacio de los Condes de Santa María de Formiguera, reunió Benito Pons á sus amigos, entre los que se cuentan muchos elementos musicales de que Mallorca dispone, particularmente señoras y señoritas; estampó un artístico programa, con fotograbado del busto de Chopín y distribución del concierto; compuso para esta solemnidad un himno en verso mallorquín, en recuerdo del artista festejado, pieza que armonizó para voces con acompañamiento de piano el profesor Andrés Torrens; y en la noche del once de Junio de 1911, con arreglo á lo establecido, se ejucutaron hasta veinte y cuatro producciones de Chopín, amén de algunas piezas de canto al final de las tres partes de que el programa se componía. En el primer intermedio se leyó la biografía de Chopín, escrita expresamente por el profesor D. Eduardo Campos de Loma, y en que la estancia en Valldeinosa del músico sin patria llena las más y más brillantes cuartillas del trabajo que aun se guarda inédito. Al final del concierto y por nutridísimo coro se cantó el himno compuesto para el acto de que se trata. Con este «festival Chopín» y en familia, se arrojó un puñadito de simiente á nuestra cultura; y sabido es que no se pierden todos los granos que caen en la sementera. Los ejecutantes, estimulados por el amor propio y el lucimiento, en su estudio preparatorio, ahondaron en el espíritu de las composiciones aceptadas; escuchólas un concurso aficionado y predispuesto; y todos, en la suave destilación de la lectura, se empaparon de las noticias personales del virtuoso y melancólico pianista, lleno de pasión romántica y saturado de profunda fruición artística. El busto de Chopín, que había presidido la solemne velada, por ella consagrado, se envió el siguiente día al Ayuntamiento de Valldemosa con una expresiva carta suscrita por Benito Pons, en la que se hacía entrega á la corporación popular de la obra modelada, con súplica de que se instalara en el corredor de la Cartuja para testimoniar al viajero «cómo la generación actual ha perdonado la amargura que el despecho, tal vez harto justificado por el desdén, hizo destilar de la pluma de la gran novelista romántica Jorge Sand. Mallorca solo recuerda el dolor de sus huéspedes y la grandeza de sus nombres.»

No ya la fría lápida, como antes se quiso, sino modelado busto que surgió del entusiasmo podrá ostentar ahora el largo corredor de la Cartuja, si los concejales del Ayuntamiento del Valle de Muza estiman como se merece el delicado obsequio de quien á sus aficiones artísticas junta los sentimientos de amor filial á nuestra tierra.

El maestro Marqués
Sinfonía biográfica en cuatro tiempos (1)
Preludio La primavera del año 1855 fué de gran revuelo para la juventud palmesana. Nuestras abuelas, entonces en la flor de la vida y por imposición de la moda, comenzaban á usar Quevedos, y á través de los cristales pudieron presenciar larga serie de espectáculos en el Casino artístico, en el Recreo social y en el aristocrático Palmesano. Cierto es que nuestro Teatro principal estaba inútil por ruinoso, pero de sus deficiencias resarció á señoritas y galancetes el Círculo Mallorquín en el primer lustro de su existencia. Esta sociedad, después de magníficos bailes, inauguró la temporada de conciertos dirigidos por el caballero D. Francisco Montis, hijo de los marqueses de la Bastida, quien reunió los elementos disponibles, dio por amor al arte alguna lección de violín á jovenzuelos despabilados, y juntó una orquesta de cuarenta instrumentistas; amén del concurso de aficionados al canto como Rubert, Martorell, Infante y Meliá, algún solista como Torrandell, y exóticas aves de paso, como Casella y Foce, á quienes se detenía el vuelo ó especialmente se contrataba. Todo esto no satisfizo el furor de bel canto en que desaforados vivían, y del Círculo surgió el estupendo y atrevidísimo proyecto, único entonces en las sociedades recreativas españolas, de improvisar un teatro para representación de óperas italianas. Se echó mano del violoncelista Casella, quien obvió no pocas dificultades y salió de Mallorca para contratar á los artistas. (2) Mientras tanto el pintor laureado de Montpelier D. Julio Virenque exornaba el salón y pintaba las decoraciones para representar Il Trovatore, ópera con que se presentó la compañía á principios de Octubre de aquel mismo año, con gran contento de la sociedad palmesana. Y no como quiera comenzaron las representaciones, porque inmediatamente les prestó novedad nada menos que una ópera flamante y aquí estrenada: el Colombo, original de Madame Lacombe de Casella, ya ventajosamente juzgada por su Haydée aplaudida en Lisboa. Perdonad que apresurado y al desgaire recoja estos recuerdos. ¿Quién de nosotros no ha dejado jirones de vida en las salas del Círculo Mallorquín? ¿A cuál de nuestras madres, entre caricia y repaso de ropa, no hemos oído tatarear la cavatina ó el terceto de Hernani, el aria de Nabuco, ó el miserere del Trobador, que en el Círculo aprendieron? Á Casella sucedió pronto en la dirección de la orquesta el virtuoso Foce, quien al manejo de la batuta añadió conciertos de solista y buen número de lecciones de violín recogidas principalmente de los jóvenes de su orquesta, á quienes Foce perfeccionaba. El más joven de sus alumnos particulares (que obtenía las lecciones á costa de chocolate elaborado por industria de su padre) se entusiasmó con un vals del maestro, titulado El Vesubio en que no faltarían elementos descriptivos como oscilaciones y temblores, Plinio expirante, la conmoción de Herculano y Pompeya, lava destructora invadiendo la

casa degli Amoretti, ayes y quejidos, truenos y llamaradas, y cuanto podía excitar la imaginación virgen del tierno adolescente. Pidió éste el vals á su maestro y nunca lo obtuvo; pero la imitación, ó la emulación, ó la fuerza expansiva, que en vano se comprime, dictó al vivaz chiquilicuatro otra composición del mismo género en que el violín remedaba los sonidos de cuantos seres vuelan por los aires ó percuten el globo. La pieza, por la precocidad revelada, se abrió camino, y poco después se ejecutó en el Circulo Mallorquín con el título Los pájaros del paraíso. Autor y ejecutante, en una pieza, era Pedro Miguel Marqués, de doce años, oriundo de Sóller, natural de Palma, y domiciliado en la tienda número 20 de la calle de Fideos. Y, hecha la presentación del artista en agraz en su propia tierra, permitidme que os lo muestre en más amplio escenario con alas abiertas; alas de mariposa todavía, bañadas por el rocío de la niñez. I— Scherzo vivace Padre, parientes y protectores — malo es que sean tantos para uno solo — exprimieron sus bolsas y lograron escatimada suma de dineros para que su protegido, en 1859, fuera á París y se matriculase en el Conservatorio imperial de música de la que entonces se reputaba por única y sola capital del mundo civilizado. La vida de Marqués en Francia presenta dos fases que aunque convergen en el fondo parecen irreconciliables. En una encarna á Lazarillo de Tormes, y el relato de sus lances de adversa y próspera fortuna constituiría sabrosas páginas de nuestra refocilada novela picaresca, aunque sin pícaro. No soy, por desgracia vuestra y mía, un Hurtado de Mendoza; mas aún espero que una aventurilla ó andanza, la primera, por sí os deleitará si no la desvirtúa mi relato. Pasó el primer curso con grandes aprovechamientos y con más grandes estrecheces, y con sus condiscípulos Alfonso y Enrique Michel se trazó el plan de vacaciones: un giro artístico por Alsacia y Lorena. La edad del terceto oscilaba entre la máxima de 16 y la mínima de 22 años. ¡Valientes hacheros! Y cuéntese con que Marqués, cabeza del corrillo, fué siempre desmirriado y enteco. La excursión se pintaba de color de rosa: en Lorena los Michel encontrarían protección de los suyos; y en Plombières iba, esto es, había ido un año, la emperatriz Eugenia, quien, por paisana de Marqués, les protegería, y retornarían al Conservatorio colmados de agasajos imperiales y populares, de reputación y de dineros. Por todo bagaje... lo puesto, contando con los violines y un envoltorio con un traje de Pierrot y otro de inglés con que el diminuto Enrique, cantando canciones, amenizaría el final de los conciertos. Alguna vez en diligencia, poquitas en ferro-carril, y casi siempre á pié se dirigieron á los Vosgos, comenzando la odisea que, por sus liliputienses héroes, mejor parece fragmento de la Batracomiomaquia. En Charmes, pueblo de los Michel, primer concierto y primer éxito; y con varia fortuna siguieron por Bruyéres, Remirmond, Saint Dié, llegando por fin á la suspirada Meca, es decir, á Plombières, donde ¡oh desilusión! ni nuevas se tenían de la Emperatriz.

A mal tiempo buena cara, y cambio de frente. Enrique, con la impedimenta de los trajes y violines, en ferro-carril y como un señorito, iría á esperarles en Nancy; y Marqués y Alfonso á pié y á campo traviesa. El último franco lo agotó un sueño reparador en una buhardilla; furiosa tempestad retrasó su viaje, y mojados, enteleridos y con gazuza llegaron á una aldehuela, y como en país conquistado se dirigieron á Maison Klerc, gran fábrica de quesos de nata y hostería de viandantes. Un patán de aspecto poco tranquilizador les sirvió un cazo de sopas de leche mientras les decía como recomendación del alma: — Petits messieurs, celá vaut cinq francs. Lo primero es lo primero y las blancas sopas fueron lindamente engullidas, pero lo segundo, las tornasopas, fueron muy malas y muy negras en reflexiones. ¿Cómo pagar los cinco francos? ¿Se escaparían? ¿Empeñarían...?, ¡pero qué iban á empeñar! ¡Ah, si al menos tuvieran sus violines! Urdiendo tretas y aguzando el ingenio penetraron en una sala atiborrada de quesos y rezumante de nata; en el fondo, sumida en la lectura de un embadurnado volumen de poesías de Lamartine, una frescachona alsaciana de cabellos de oro; y ¡oh Providencia! en un armario, colgado como Cristo redentor de pecadores, un violín hecho y derecho con su arco en cruz. —¡¡¡Un violin!!!, exclamaron á una. —Sí, dijo la sorprendida alsaciana. Es del imbécil de mi marido. — ¡A ver, á ver ese violín! —Eso no. ¡Pues no lo tiene en poco mi señor marido! Me mataba. —Parece imposible, replicó Marqués, enmelando la vocecilla, que con esos ojazos de cielo no sepáis contener los ímpetus de vuestro esposo. Y creyendo que la hostelera se había humanizado con el requiebro se apoderó sin más ni más del violín, que por milagro estaba indemne de queso y nata. A los primeros acordes la romántica quesera estaba subyugada. El patán de su marido, con una hoz en la mano, aparecía perplejo en la puerta de la habitación, á la que acudía curioso vecindario. Aún resonaba el último acorde cuando el talismán fué devuelto con mucho mimo y con este insinuante discurso: —Aquí tiene Vd., monsieur Klerc, su violín, que es una joya. ¡Cómo canta! Dificilillo encontrar otro. La partida estaba ganada y no había más que cobrar los tantos. El tío Ulondot trajo su violín. Alfonso y Marqués tocaron á dúo varias piezas, y para remate del concierto, nuestro músico, por inspiración divina, se arrancó con Los pájaros del paraíso, pieza que llevó la expansión de los entusiasmos hasta el delirio. El espíritu de Lázaro de Tormes se encarnó de nuevo en el atiplado y juvenil acento de Marqués y: —Amigos míos, les dijo, nosotros somos alumnos del Conservatorio imperial y hacemos un giro artístico; y es el caso que por mala ventura hemos llegado á este precioso pueblo sin un cuarto, y como debemos cinco francos á nuestro apreciable colega Mr. Klerc... Y llovieron francos y medios francos, amén de un napoleón deslizado en el bolso por la romántica quesera; y atiborróseles de cerveza y tortas de Nancy; y Mr. Klerc dispensó del gasto... si se le enviaba una copia de Los pájaros del paraíso; y colorín colorado.

¡Cuántas y cuán varias anécdotas pudiera contaros de la vida andariega y apicarada de nuestro hijo ilustre!

II Andante assai largo e mesto Cuando se ve al artista en el somo se olvidan las cuestas pedregosas de la ascensión donde tantos pies retroceden; y el foco luminoso, cuanto más deslumbrador, más ciega á las muchedumbres y oculta el rebelde trabajo de los escogidos. ¡La misma gloría del Tabor se conquistó con azotes y corona de espinas! Marqués llegó a París, con el violín bajo el brazo por único salvavidas, falto de experiencia, falto de recursos, falto de ilustración, falto de recomendaciones, y hasta falto de lengua, porque de nada le servía la única que manejaba. Para aleccionarse en el francés compró, el primer día, en 5o céntimos, una enciclopedia de historia natural, pensando encontrar en ella la explicación de la locomotora, hipogrifo que le había obsesionado en su viaje. La inmensa urbe apareció á sus ojos como un mundo nuevo, como una creación superpuesta, colmada de maravillas y prodigios. ¡Con cuánto afán hubiera desentrañado sus enigmas!; pero en breve se convenció que debajo de las notas del pentagrama, tan revueltas y chiquitas, como un cultivo de microbios, se agitaba otra creación no menos grande y desentrañable, una creación de espíritu, velada á penetraciones vulgares; y desde aquel punto su vida en París no fué un sacrificio sino una serie continuada de sacrificios, que alumbraron en altos desvanes los últimos cabos de vela en las madrugadas neblinosas y sin abrigo. Sin desfallecimientos se entregó confiado á la perseverancia, diosa que pocas veces deja de mostrarse reconocida. Pronto triunfó de 62 concursantes en oposiciones para proveer dos de los difíciles y ambicionados puestos del Conservatorio, á que aspiraban instrumentistas de todo el mundo, ante un Jurado de hombres tan esclarecidos como Auber, Alard, Massard, Kastner, Ambrosio Thomás y Debauchaine. En aquella escuela de perfeccionamiento Mr. Massard se fijó en Marqués para que formara en el escaso número de sus escogidos, y le llevó á los jueves de su casa, sancta sanctorum de la música parisiense, donde no se desdeñaban de acudir Berlioz en la plenitud de sus días y Rossini en el ocaso de su gloriosa existencia. Mme. Massard era incomparable pianista, maestra que había sido de familias reales, y gozaba reputación no menos sólida que su marido. A las audiciones precedía almuerzo familiar, y á él, un día, llevó Marqués un hermoso ramo de naranjas de Sóller, que se sirvieron en rodajas y espolvoreadas de azúcar. Protestó el donante de la profanación con viveza y fuego, y más que nadie rió esos desplantes el correcto é incorruptible Mr. Berlioz al hacerse lenguas de nuestro dorado fruto. Marqués envió al gran maestro las naranjas que le quedaban, de las cuales no surgió la encantada princesita del cuento, pero sí unas relaciones provechosísimas que aun recuerda con filial cariño. Berlioz convirtió amorosamente en discípulo especial y único de instrumentación y estética musical á Miguel Marqués, adivinando con ojos sagaces lo que el discípulo prometía. Este, mientras tanto, se sumaba á la turba de ejecutantes en las orquestas que distraían al gran mundo en el Teatro Lírico, en las audiciones del Circo de la Emperatriz, dirigidas

por Delofre; en los brillantes conciertos de la Sala Valentino, bajo la batuta de Arbán; en los suntuosos bailes de la Grande Opera; en solemnes funciones de iglesia; en las fiestas cívicas que se organizaron por las victorias de Magenta y Solferino; tomó parte en los estrenos de Fausto, Mircio y El médico á palos, de Gounod; en todas las obras de Bizet, Thomás, David, Auber, Meyerbeer, que entonces aparecían; y sobre todo y más que todo le impresionó hondamente y con huella imborrable la música sinfónica, llena de vida y movimiento, limpia de máculas que sólitamente aplebeyan la demás música, y en que, á partir de Haydn que le dio vida, y pasando por Beethoven que la llevó al colmo, los más grandes genios hablan exprimido el alma en maravillosas é inmortales creaciones. Este solo amor á lo exquisito y sumo bastaría para mostrar el temperamento artístico de nuestro músico, quien, con pasión irreductible, nutrióse en medio de tanta riqueza y aleccionóse en los modelos vivos más que en otra fuente alguna: en la técnica rígida y severa del patriarcal genio de Bach, siempre jugoso y nuevo; en la serena inspiración de Haydn que parece llegarle por rayos paradisíacos; en la derrochada, bullidora é inexhausta fuente irrestañable de Mozart; en la próvida grandeza rayana en sagrada locura del inmenso Beethoven; en la elegancia, delicada y exquisita, de Mendelssohn; desentrañó el misterio de sus partituras nota por nota, compás por compás, número por número; con innominado esfuerzo, asiduo y constante; con fiebre de avaro que día por día deposita en la hucha los ahorros de su trabajo; como simiente soterrada sin conciencia de su desarrollo progresivo;., y no faltaba más que el martillazo para que la hucha desparramara su tesoro; un día de sol para que la germinación rompiera su vaina; un holocausto para que la perseverancia se mostrara reconocida. III Tema agitato con variazioni Cuando más enmarañado estaba Marqués en sus estudios le fué preciso regresar á Mallorca para el alistamiento de quintas, y cumplido este deber patriótico se dirigió en breve á Madrid, en 1867, provisto de recomendaciones para nuestro paisano D. Francisco Frontera de Valldemosa, maestro de Palacio. Poco después ganaba el primer premio de armonía, y no mucho más tarde el primero de violín en el Conservatorio de la Corte; y en Madrid, como en París, subvino á sus necesidades con el salvavidas de su violín, formando parte de muchas orquestas, sin excluir la del Teatro Real en sus mejores tiempos. A la sazón se formó la Sociedad de Conciertos, dirigida artísticamente en sus primeros pasos por Barbieri, y Marqués ingresó como socio fundador, y en ella continuó mucho tiempo. Al hablar de la producción del maestro permitid que tergiverse los términos, y trate en primer lugar de lo que Marqués, en el tiempo y en la importancia, colocó en segundo. Casi la única y exclusiva producción que daba y sigue dando algún rendimiento á los compositores españoles es la zarzuela, género pretendidamente nacional en que todos pusieron mano á partir de 1849 y del estreno de Colegialas y soldados, del maestro Hernando, en que la zarzuela toma caracteres modernos. A Hernando siguió muchedumbre de imitadores; entre ellos, por no citar más que los conspicuos: Cristóbal Oudrid, que se gloriaba de no tener en casa un sólo tratado de armonía ni de composición; Joaquín Gaztambide, que pasó fugazmente por las cátedras del Conservatorio y se entregó á la composición sin completar sus estudios (3); Francisco

Asenjo Barbieri, que después de juventud muy aturullada se sumió en el madrileñismo, idealizó la tonadilla, y ya en la madurez afinó en sus afanes de coleccionador y erudito; sólo Arrieta había logrado mejores aleccionamientos en sus estudios de armonía como discípulo del Conservatorio de Milán; pero ninguno de ellos desarraigó de su espíritu la melodía italiana, aunque no pocas veces ingertándola en pies de melodías populares ó cantos nacionales españoles; ni se preocuparon de la originalidad y riqueza; ni la orquesta dejó de ser por ellos el gran guitarro de que nos habla Wagner; y todo esto precisamente cuando los elementos armónicos, como otra nueva irrupción de septentrionales, invadían los pueblos latinos para deslindar otra nueva Edad en la historia musical del arte moderno. Marqués, desde sus primeros pasos en la zarzuela, si no hizo riza en lo aquí entonces establecido y preponderante, señaló su relevante personalidad, se apoderó de los elementos armónicos invasores, dio tonicidad y vigor á la orquesta, trenzó la melodía en voces instrumentales; trabajó con ahínco para sacar de minoridad cuerda, metal y madera, antes á una convertidos en lazarillos ó zagueros de la voz humana; escribió antes que nadie overturas en zarzuelas de alguna importancia; creó el preludio donde le convino; y los elementos sinfónicos, sumisos á su señorial jurisdicción, vigorizaron la sangre empobrecida por origen de la zarzuela española. La misma melodía, tratada por Marqués, soltó los andadores obligados de bailes autóctonos y monotonía oriental y se presentó como emanación sugestiva del compositor que así acreditaba la riqueza y provisión de sus fondos. Y como Marqués trajo corrientes de nueva vida, inútil es decir que triunfó, como aun lo están diciendo á voces desde sus primeras y no envejecidas producciones, como El monaguillo, pongo por caso, otras de más fuste y empeño, tales como El anillo de hierro, El reloj de Lucerna ó La campana milagrosa, que en junto ó en fragmentos han corrido venturosa suerte. La zarzuela ha bastado para dar al nombre de Marqués lugar preeminente en el arte llamado nacional, y ha contribuido no poco al bienestar del maestro, que se encumbró solo y con propio esfuerzo, sin apoyarse nunca en amañadas camarillas tan próvidas en deificar lo suyo como escatimosas del valer ajeno. Si en la graduación territorial con que suele medirse la fama hemos visto á Marqués como niño prodigio y celebridad de campanario en su fugaz aparición en el Círculo Mallorquín, por la zarzuela le vemos sólidamente reputado como maestro nacional, y en primera fila de los que cultivan el género. Un paso más y le veremos traspasar la frontera, expansionarse por el mundo y llegar al último límite del campo de la fama; porque todo lo que hasta aquí se ha dicho cede á la gloria cernida y legítima de otra más solemne y entonada manifestación del arte musical donde Marqués, en nuestra patria, se nos ofrece único y solo; y fuera de ella se parangona con los grandes maestros que la tradición no se cansa de ensalzar. IV Allegro maestoso e appassionato Marqués en Madrid (como se ha dicho) se alistó en la Sociedad de Conciertos y formó en la fila de primeros violines, donde ni por su nombre se le conocía. Apodábasele el francés, era muy estimado por su mansedumbre y aplicación, y... nada más.

La Sociedad tenía constituida una junta de admisión de piezas, en la que un día, como llovida del cielo, manuscrita y trasportada por un mozo de cordel, cayó una sinfonía en si bemol y en cuatro tiempos. La Junta la examinó y comenzaron los cabildeos y cuchicheos. Colgábase la paternidad de la pieza, no sin muchos reparos, á D. Hilarión Eslava; ó, con no menos reservas, al director artístico D. Jesús de Monasterio; otros hacían sonar entre dientes el nombre del maestro Brull... Nadie sabía de quien era. La sinfonía gustó; el impenetrable anónimo acrecentó la curiosidad; y la obra, una y otra vez vista, se sometió á la prueba orquestal, á puerta cerrada. El primer tiempo fué aplaudido de los ejecutantes que, llenos de curiosidad, interrogaban: — Don Jesús ¿de quién es esto? — Adelante, adelante, decía Monasterio, empuñando la batuta para sustraerse á nuevas inquisiciones y marcando el compás del segundo tiempo, que era el andante. Un andante que, según había dicho Eslava, no se desdeñaría de suscribir Beethoven. A los dieciséis compases una frase melódica tratada con inspiración y desenvoltura hizo estallar la tempestad, y no se pasó adelante sin descubrir el anónimo. Marqués, de golpe y antes que la envidia pudiese asomar la cabeza, dejando el nombre de el francés recibió el suyo en este bautismo y confirmación del arte, y crujido de abrazos y paseado en triunfo fué aclamado hasta con denuestos, cariñosa fórmula de admiración de los que bien se quieren. Pocos días después — 2 de Mayo de 1869 — en el cartel anunciador el nombre de Marqués suplantaba los de Beethoven, Mozart ó Mendelssohn en el puesto de honor del programa, y el público madrileño sancionó el fallo de los profesores con más frenéticos y ruidosos aplausos. El nombre de Marqués había recibido la consagración. Desde este momento, culminante y decisivo, la hucha había dado su tesoro; la simiente era laurel, águila la mariposa, y el antiguo émulo de Foce y autor de Los pájaros del paraíso entraba por la puerta grande en la categoría de los compositores ilustres. Y en tal punto debiera sellar mis labios porque á partir de aquí su nombre fué divulgado en obras enciclopédicas y biográficas, en gacetas y revistas, en obras técnicas y especiales, y nada puedo añadir á lo dicho, siempre con elogio y no pocas veces justificado con razonamientos de crítica sensata y definidora. Un técnico español, que obtuvo reputación y boga, se ocupa extensamente de la obra sinfónica de nuestro paisano, diciendo que «todos los éxitos de Marqués, toda su fama, el nombre que dejará á la patria y á la historia» se fundan en la clarividencia del inteligente maestro en el tiempo que trajo á España su innovación. Y añade: «Conservó, en cuanto á la división de tiempos y á su carácter y agenciamiento, las formas de la sinfonía clásica; pero en lo que atañe al rigorismo de estructura, á la armonía predominante del estilo y á la unidad de composición, rompió con los antiguos moldes, se emancipó, y, nuevo ícaro, llegó valientemente hasta el sol.» «La sinfonía de Marqués representa, pues, una nueva fase de nuestro arte patrio, una innovación atrevida.» «Era necesario poner el tiro en el blanco. Al primer disparo había que cobrar la pieza. De otra suerte derrota segura, muerte inminente. La partida era, como se ve, difícil é interesante. Marqués disparó y la bala fué á dar en el corazón del público que cayó sin derramar una sola gota de sangre. Una vez dado el primer paso pronunció el Vae victis y dominó y subyugó al público (4).»

La gloria alta, legítima, indestructible de nuestro músico es haber creado en España la obra sinfónica, haberla aclimatado con caracteres especiales y personales, ser el único que ha podido y sabido sostenerla sin más rivalidades que aisladas intentonas. Maestros afamados cayeron al querer seguirle ó emularle, y la obra sinfónica en España vive aun adherida con abrazo de primer amor á su apasionado amante, sin asomos de infidelidad y con legítima y numerosa progenie. A la primera Sinfonía siguió la segunda, y luego la tercera, de la cual los profesores madrileños costearon edición á gran orquesta para obsequiar al maestro; y seguidamente la cuarta, y la quinta, y la sexta; y al mismo tiempo escribió Polonesas de concierto, que tanta fama le han alcanzado; y Marchas sinfónicas, nupciales y heroicas; y Scherzos, y Overturas, y Fantasías, y Poemas, y Melodías, alguna de las cuales como La primera lágrima ha enriquecido á arregladores, transcriptores, editores é instrumentistas; figura en los musiqueros de todas las casas donde existe un piano (y no son pocas para tortura de la humanidad), ha dado la vuelta al mundo sin posa ni intermisión, la suenan todos los organillos callejeros y los pianos de manubrio, ha impresionado discos de todos los gramófonos y cintas de todas las pianolas, y, caso de estupenda divulgación, en los dominios de esta y otras piezas de Marqués, como en el más grande de los imperios que han existido (¡en el nuestro!) no se pone el sol. Sus obras exceden de cien y puestas en partes y partituras formarían la carga de un camello. Testigo presencial de muchos triunfos que Marqués obtuvo en Madrid, no quiero callaros el de su Marcha nupcial en que á la bondad de la pieza se unió la figura de un rey joven, restituido y estimado, que antepuso á todas las conveniencias políticas las de su pasión por una bellísima joven española, de quien el viejo Moyano decía en pleno Congreso, oponiéndose al enlace: «¡Los ángeles no se discuten!» Madrid ardía en fiestas, y con la satisfacción del monarca compenetrábase aquel pueblo sensible y abullarado, como si con él tuviera que desposarse la real novia. Marqués, madrileñizado entonces y en ese ambiente, recibió el encargo de festejar el regio enlace con una composición sinfónica. Hízola á maravilla, y su Marcha nupcial se ejecutó por nutridísima orquesta en el concierto regio del Príncipe Alfonso, en 26 de Enero de 1878, sin que se registre ejemplo de mayor triunfo. ¡Por milagro no saltó la cubierta del edificio! No he de deciros que los nombramientos, agasajos, condecoraciones, distinciones, remuneraciones, y ¿por qué no decirlo de una vez? ¡los engorros! llovían sobre Marqués, cuyo amor propio podían satisfacer de momento; pero pronto declinaba, renunciaba ú olvidaba tantos honores y volvía á su modesto cuarto de trabajo y á su idolatrada música. El resuello sonante del orgullo, por el que se hacen presentes tantos fantasmones, no apareció nunca en sus labios; y alma ingenua abandonó lo mucho que podía alcanzar de la sociedad para replegarse con los suyos en su tierra nativa. Permitidme que desde nuestro solar mediterráneo, donde le tenemos, os recuerde que Miguel Marqués, como gran sinfonista, traspasó la frontera, y en Munich se escuchó, dirigida por Levy, su tercera sinfonía poco después de estampada; que sus obras sinfónicas entraron en la exquisita orquesta de Pasdeloup, y en los brillantes conciertos de Mr. Arbán; que Hienfeld, en Amsterdam, las reputó entre las primeras; que han figurado en audiciones con que las repúblicas americanas del norte y del sur han solemnizado sus fiestas cívicas ó artísticas; que en Teherán, capital de Persia, como en

las grandes posesiones inglesas de Asia, el nombre de Marqués ha figurado en los programas de los grandes conciertos; y si mayor expansión no ha tenido débese en parte á que la obra sinfónica difícilmente será nunca popular y que su ejecución reclama grandes orquestas que no siempre se tienen á mano. Ved, pues, como no obstante los inconvenientes, el nombre del maestro ilustre ha logrado la última y más depurada graduación de la fama: la resonancia universal de su nombre y de sus obras.

Stretta finale El maestro Marqués, cometa errante que ha esparcido por el mundo sus ráfagas luminosas, vuelve en su perihelio al punto de partida para depositar en el camarín de su devoción, como buen isleño, las ofrendas y exvotos de aplausos y laureles conquistados. El Circulo Mallorquín, primer escenario de sus glorias prematuras, ha sido el último que (hasta ahora) ha estrenado las últimas partituras del compositor ilustre para celebrar sus triunfos depurados y casi póstumos. Artistas y admiradores mallorquines [(5)] le han halagado en su retiro, y á este concierto de voces uno la mía por indicación de nuestro Excelentísimo Ayuntamiento, sin que me espante la carga del mandato (que pudiera excusar en mi incompetencia) porque sé que el viejo discípulo de D. Honorato Noguera y de D. Francisco Montis, aún con espíritu aniñado y puniblemente modesto, acepta al amigo más que al biógrafo, y se muestra sensible á toda manifestación engendrada por el cariño; quizás porque la pérdida de todos sus hijos le priva de más entrañables afectos. Vedle, con la nieve en las alturas de su cabeza y el rescoldo de sus pasiones artísticas nunca amansadas en su corazón, trabajando aún con asiduidad, si no como un gladiador en la arena como viejo canciller en su gabinete. Vedle, con los ojos que le dilataron las maravillas parisienses, preocupado por las ciencias físicas, que siempre amó, no menos que las del mundo interior, que quisiera abarcar. Pero contemplación externa é interna ceden ante un día de buena salud, de sol genuinamente meridional y de mar picadilla: las visiones de la batuta revoloteadora se truecan por la real y efectiva, caña del pescador, cetro diogeniano más feliz que el del imperante macedonio; y acurrucado sobre alguna peña de nuestra costa exclama con satisfacción no igualada en sus más ruidosos triunfos: — ¡Esta vez ha caído algo gordo! cuando pica el anzuelo algún jargo de los buenos. Al colocar el retrato de Miguel Marqués en la Galería de hijos ilustres de Mallorca, coreemos sus propios entusiasmos y prorrumpamos con sus mismas palabras, diciendo: — ¡Esta vez ha caído algo gordo!

(1) Escrita por encargo del Excmo. Ayuntamiento de Palma con motivo de la declaración de Hijo Ilustre de Mallorca del compositor mallorquín, en 31 de Diciembre de 1911.

(2) Como dato curioso reproduzco la lista de la compañía contratada por Casella, quien se trajo de remolque toda la familia Cavaletti. Primera tiple: D.ª Filipina Crescimani.Contralto: Florentina Campo. - Comprimaria: Matilde Cavaletti. — Primer tenor absoluto: Pedro Samati. - Barítono: Maximiliano Severi. — Bajo: Augusto Escuder. — Segundo tenor: Cuesta. — Segundo bajo comprimario: Leopoldo Cavaletti. — Maestro al cémbalo: D.ª F. Lecombe de Casella. — Director de orquesta: César Augusto Casella. — Director de escena: Juan Cavaletti. - Violín concertino: Cayetano Cavaletti - Maestro director de coros: José Capó. — Coro de señoras en número de seis; Idem de caballeros en numero de dieciséis. (3) Confr.: La ópera española y la música dramática en España en el siglo XIX, por Antonio Peña y Goñi. Madrid, 1881, págs. 295, 508 y ss., 385 y 393. (4) Peña y Goñi, ob. cit. cap. XXVII, todo él dedicado á Marqués, (5) En conciertos patrióticos mallorquines y en los de nuestras Ferias y Fiestas ó Semana deportiva ha figurado siempre alguna composición de Marqués, y el Círculo Mallorquín, con su esplendidez proverbial, en 9 de Abril de este año, organizó la audición de su oratorio Mis plegarias íntimas, y preludio para orquesta y piano El último adiós. Todo esto ha motivado numerosos artículos y sueltos en los periódicos locales con las firmas del malogrado Antonio Noguera, Miguel S. Oliver, Miralles y otros. Biógrafos de Marqués lo han sido en Mallorca, en estos últimos años; Benito Pons, en el informe manuscrito para la declaración de Hijo ilustre; Gabriel Vidal en cuatro artículos en La Última Hora (1910-1911) y P. J. P. en artículo enviado á El Balear de Buenos Aires, número de junio de 1911.

Tres artistas malogrados
Este volumen, que contiene exclusivamente páginas mallorquinas, quiero cerrarlo con piadoso réquiem para tres coterráneos, grandes amigos míos que fueron, excepcionales artistas en potencia, cada uno de los cuales merece largo estudio, que aquí no se intenta, y tan varío y hasta contradictorio que solo en mi recuerdo pueden reunirse en haz sus nombres bajo un título genérico. Cultivaron artes distintas, mostraron caracteres muy opuestos, fué diversa su condición, es inútil buscar lazo común que les sujete y ate; quizás nunca se hallaron reunidos en la vida social, tan limitada y encontradiza de la ciudad en que nacieron, pero los tres dejaron en mi alma hondo vacío que en vano trato de llenar atenido á su recuerdo. Les conoció y aplaudió Mallorca entera; pero por varias y casi fatales circunstancias no dieron de si cuanto podían dar; y por esto, aunque en ponderación diversa, á los tres les adjudico la denominación de malogrados, y á los tres les conmemoro ahora por perdidos.

El pintor Antonio Fuster
Nació en Palma en 1853 y falleció soltero en su ciudad natal en 1902 y en la plenitud de la vida. Fué modelo de corrección y exquisitez. El equilibrio muy ordenado de sus facultades le ponía á mil leguas del concepto vulgar que suele tenerse del artista; mas como el vulgo se equivoca con frecuencia no paró mientes en el valer de un espíritu armónicamente templado, y le juzgó por la producción, que parecía ocasional y de pasatiempo, cuando lo cierto es que provenía de íntima delectación. Produjo poco, quizás por el mismo respeto que el arte le merecía, tal vez por haber puesto muy alto su ideal teórico, ó bien porque su ventajosa posición no le obligaba pane lucrando á ningún esfuerzo asiduo y constante. Complacíase en admirar lo ajeno, observaba y admiraba más que producía, y casi sin darse cuenta completó su educación en viajes por Italia y Francia, atraído por las grandes pinacotecas y las obras reputadas de la pintura; conocía bien los museos de Madrid, y en Barcelona pasaba todos los años algunos días ó semanas, según lo que daba de sí la producción artística de la capital del principado. El, como nadie, pudo decir: Die Kunst ist zwar nicht das Brot, aber Wein des Lebens. Sí; para él no fué precisamente el arte el pan, pero fué el vino de la vida; vino que churrupeó con deleite cucando un ojo y chasqueando los labios á cada sorbo, como halago del paladar y entono para la vida, sin asomos de encandilarse. La espléndida bahía palmesana le hechizaba, y en las tardes del verano, con algún predilecto de su amistad y aficiones, voltejeaba con su balandro, para esparcir su espíritu y tomar algún apunte en los recovecos de las calas ó en las costumbres marinescas, y regresar á la caída de la tarde cuando el sol poniente inflamaba el Cap blanc, ó bañaba con oblicuos rayos la mole la inmensa catedral y el yacente, blanco y extendido Molinar de levante. Después paseo por el Borne, lugar de los antiguos torneos y aun el más favorecido punto de reunión de los palmesanos; partida de carambolas en

el Círculo si la cosa se terciaba; asistencia á los teatros, y como se le veía en todas partes su separación fué más notada de los que bien le queríamos. La condición social y espacialísima de Mallorca, que tanto asombra á los extraños y debiera ruborizar á los naturales, obligó á Fuster á actitudes harto difíciles, de las que él solo triunfó con su tino, quizás con exagerada timidez á traspasar los límites que se había impuesto y horror á que se le achacara querer rehuir su propia condición. Si tuvo mortificaciones ó corrió tempestades las sumió en el fondo de su alma sin que empañaran lo bruñido de la superficie. Era un bien educado en toda la extensión de la palabra, no ya en formas y palabras sino con la más rara buena educación del sentimiento. Si en lo más exterior recordaba algo la corrección británica, sin engallamientos ni extravagancias, en lo interno tenía no poco de la maciza y robusta seriedad del castellano viejo, con carácter más dúctil y consentido. Serena paz moral resplandecía en su conducta, fortalecida por arraigadas creencias religiosas sin vanos alardes ni otras manifestaciones externas que las derivadas del cumplimiento de sus deberes y la obligada visita al Jubileo y á las Conferencias de S. Vicente de Paúl. Limpio por fuera y por dentro, en su presentación y en sus repliegues, alzaba á la Prudencia el ara de los sacrificios y diosa alguna de la gentilidad tuvo jamás mejor adepto. Nunca quiso juzgar de aquellos pocos que pudieran haberle ofendido; barruntaba que en sus juicios tenía que entrar el germen de malévola pasión y se condenaba á perpetuo silencio; en cambio para las buenas acciones, para los amigos, para todo lo que estimaba bueno ó hermoso, sin largar empavesadas ni tocar en efusiones, sabía comentarlo con sincero elogio. Pero más que con palabras mostraba con hechos el fondo de su alma. Porque á mí se refiere no quiero callar uno de sus rasgos de sentimiento. En pocos días perdí los dos hijos que entonces tenía y quedé en la mayor desolación. Antonio Fuster se apoderó subrepticiamente de un tamborcito que, ya sin amo, rodaba por casa, y poco después me devolvió la prenda sustraída con un delicadísimo retrato al óleo de mi primogénito. Como oro en paño guardo y beso la reliquia, avalorada por el amigo. Ah! y por qué entraba en casa de quien podía disipar negruras ó pesares? ¿Por qué, casualmente, aparecía cuando las circunstancias lo hacían provechoso? Hasta las obras de misericordia las practicaba exquisitamente, y lo eran más por parecerlo menos! ¡Dios le haya recompensado tanta delicadeza! ¿Dio Antonio Fuster al arte de la pintura todo lo que podía dar? ¿Puede llamarse malogrado á quien nunca se le ocurrió que podía lograrse? No se contestarán estas preguntas sin largas explicaciones, cargadas de distingos, y no hay que enzarzarse en lo que no tiene remedio. Su producción, no muy abundante, ha quedado casi toda en poder de algunos deudos ó contados amigos, y fuera insensatez presentarla como obra definitiva de maestro glorioso. Macizamente enamorado de lo fundamental no hizo concesiones á la moda cuando el modernismo abigarró las telas; pero como en todo sistema algo existe aprovechable no despreció las conquistas de la luz en los nuevos procedimientos. Puso alta su admiración y se contentó, desconfiando de sí mismo, con reflejar en sus cuadros la belleza insuperada de lo tradicional é histórico, que le encantaba y seducía; desparramó delicadeza y suavidad, pulcritud y armonía en sus lienzos y colores, sin más afán que satisfacer sus anhelos muy restringidos, y con esto, ó á pesar de esto, logró

personalidad y estilo propios, mucho más señalados que los de muchos maestros. Su labor fué en gran parte entretenimiento deportivo, pero vehementemente amado, y un ambiente de pasión y sinceridad avalora sus trabajos. Buen artista por la firmeza del gusto y dominio de la técnica satisfacíase con lo adquirido para su deleite y á penas se molestó en concebir, achaque de casi todos los pintores mallorquines. Tuvimos en él un pintor y nos faltó el artista acosado, profesional y decidido. Los retratos que hizo para la Galería de hijos ilustres de Mallorca fueron de personas á quienes le unían vínculos de parentesco, como Don Tomás y D. Mariano Aguiló; ó de particular afecto, como D. José M.ª Quadrado (de quien pintó otro retrato para la sala de lectura del Círculo Mallorquín)) ó de admiración, como Jovellanos. A las exposiciones del Fomento de la pintura y escultura concurrió con alguna muestra, más bien para contribuir á la abundancia que para grangearse reputación, que poco le importaba. Sin embargo, sus cuadros fueron siempre allí elegidos en los sorteos. Si alguna vez envió sus telas á exposiciones públicas fué solo á las que pensaba acudir personalmente, sin prepararse el terreno para la recompensa. Era en esto tan pacato que alguna vez que alabé su labor en periódicos donde yo tenía intervención me hizo presente de mil modos su agradecimiento y al mismo tiempo me hizo saber que no le servían mis juicios. —Me recusas por indocto. —No; por amigo. Tus elogios son interesados; pesan en el platillo del afecto pero no en el del arte. Sé de antemano que te callarás lo malo é hincharás lo que te parezca bueno. Con caracteres como el de Antonio Fuster se va á cualquier sitio, menos á las cumbres del arte. No se dio cuenta de que pudo escalar la cima, y se complació en contemplar los paisajes desde la ladera, en lo que sin esfuerzo y casi sin conciencia había remontado.

El músico Antonio Noguera
Nació en 1858, falleció en 1904, y en toda su vida no sirvió más que para lo que había nacido: para músico, mal que le pesara. Hijo y pariente de músicos, corrían por su sangre bemoles y sostenidos y en vano intentó la transfusión de las matemáticas para ser ingeniero; del derecho para ser notario; de cien cosas más que se esfumaron en proyecto y nunca alteraron la circulación de sus vocaciones, sólo por él obstinadamente contrariadas. En casa del herrero cuchillo de palo, y don Honorato Noguera, educador musical de una generación mallorquina, á penas cuidó musicalmente de la educación de su hijo, que le nació con los dientes echados. Niño, muy niño aún, mostró con evidencia sus aptitudes acudiendo al piano para remedar y hasta caricaturar todo sonido y hacer con las teclas mil suertes de juegos malabares. La ironía por lo grotesco ó chabacano, que le acompañó hasta la muerte, constituía parte integrante de su naturaleza. En los días de la Revolución armonizó la Marcha real (mano izquierda) con el Himno de Riego (mano derecha) «para dar gusto á todos... ó á ninguno». Estudiante del Instituto, donde le

conocí, hizo conmigo una zarzuela cómica (!), y con Ildefonso Rullán y conmigo un semanario humorístico (!) del que manuscribimos, copiamos y nos repartimos hasta dos números; pero más que con estas bromas á Rullán y á mí ya entonces nos encantaba Noguera con el íntegro repertorio de Chopín, amén de otros autores. En la efímera pasión de cazar fósiles, moluscos y escarabajuelos les dejé el campo libre: bien sabía yo que semejante afición era tan falsa como había de ser poco duradera: en el piano les encontraría. La vida de Noguera, por la predilección que sintió por determinados autores (sin dejarlos de alternar con inmensa y rica lectura) pudiera calificarse en período de Bertini, de italianismo al uso, de Chopín, de Mozart y Haydn, de Meyerbeer, de Mendelssohn, de Beethoven, de Wagner, otra vez Beethoven, de Schumann y... enciclopedismo. En Madrid perdió lastimosamente el tiempo en la Escuela de caminos; pero no habitó casa de huéspedes donde no hubiese piano ó se lo procurase por fuera. A los Cuartetos del Conservatorio, á la Sociedad de Conciertos, al paraíso del Teatro Real, y hasta á los cafés-conciertos su presencia era indefectible siempre que algo de valía ó de sarcasmo la justificaba. Su única ocupación, de día y de noche, era leer ó escuchar música. Ya entonces dominaba el piano por completo, con mecanismo sui generis, con técnica á su uso y arbitrio, con expresión muy suya é inconfundible; con gusto severo, conciente y á veces exclusivo, todo ello logrado con avasalladora afición y lectura de páginas, y páginas, y páginas. Para confidenciar íntimamente con el piano, ya como ilustración, comento, anticipo ó consecuencia de sus razonamientos, Noguera fué único y sólo y su instrumento favorito parecía mostrarse agradecidísimo con fidelidad de eco, con lealtad de singerlein bien aleccionado. Si Noguera actuaba de autor el piano tomaba á su cargo el papel de actor, y así los dos, juntamente, completaban la obra para su público. Otras veces parecía que músico é instrumento cuchicheaban para entenderse mejor. En aquellos días de evolución en el gusto musical del público madrileño nuestro obsesionado se decidió rabiosamente por la música clásica, por Wagner y por cuanto aparecía á sus ojos de legítimo valer. En cambio, como espíritu apasionadísimo y sin términos medios, comenzó por ridiculizar en la conversación y en el piano la música italiana, las romanzas de salón, á los que las componían, á los que las ejecutaban, y las mismas tertulias que les daban hospitalidad. Las caricaturas nos valieron alguna desazón. Una vez fuimos lanzados de la casa de huéspedes porque á Noguera, después de una larga sesión musical, no se le ocurrió cosa mejor que remedar cómicamente todo el repertorio de una hija de la patrona... y velamos largamente nuestros baúles en plena calle del Pez hasta mucho más tarde de amanecido. Otro día, en una tertulia, improvisó Noguera una sinfonía de corte rossiniano, del Turco in Italia, como él mismo por burla decía, y la cosa pasó como una seda; pero como nunca segundas partes fueron buenas, al otro miércoles nuestra soirée de Cachupín cayó en la cuenta de que se le tomaba el pelo y puso en la calle á toda la pandilla... y menos mal que esta vez fué sin baúles...; et sic de caeteris. Desde tiempo atrás barruntaba yo para Noguera un proyecto que para mí hubiera querido á tener suficiente preparación: ser crítico musical. Delatarle mi propósito hubiera sido echarlo á rodar; pero en 4 de Octubre de 1880, al salir de un concierto de Saint-Saëns, creí el terreno abonado, y de pronto, interrumpiendo sus comentarios, me encaré con él y le dije: ¿Sabes que estoy comprometido á publicar mañana la reseña del concierto? Vamos á casa y me ayudarás. — Y á casa fuimos, y aquella noche logré

inocularle con pinchazo traicionero el virus que desde hacía tiempo llevaba yo entubado. Por entonces la cosa no pasó de aquí. Lo que sí pasó el próximo domingo fué una escena graciosísima. Era nuestro músico muy fácil al enfado y hasta á la barrubada, y en el ímpetu solía decir, sin tiempo de pensarlas, cosas que resultaban muy graciosas ó graves inconveniencias. El curso precedente había logrado enamoriscar á una señorita muy encrestada, con fiera oposición de la familia, y antes de comenzar nuestras vacaciones su adorado tormento desapareció de su vista como si se la hubiera tragado la tierra. El amante se consoló pronto... oyendo y haciendo música. A los primeros días del curso siguiente nos tropezamos con C. y su madre en la esquina de la calle del Prado. Noguera se despidió de mí para seguirlas; pero advertida la madre se encaró resueltamente con el novio recalcitrante y le dijo: —Caballero, por Vd. tuvimos que salir de España... —Señora (le replicó Noguera con ojos muy abiertos y saltones y moviéndole la mano junto á las narices) con ir á Carabanchel bastaba. Un grupo de señoras y algunos transeúntes, espectadores y oyentes de la escena y rápido diálogo, rompieron en sonoras carcajadas; salieron con gran pavo y rubor las dos señoras por su camino, y Noguera volvió hacia mí que, muerto de risa, en mucho tiempo no le pude decir palabra. Al abrir poco después en Palma su baúl de estudiante no apareció título académico alguno. Música sí, mucha música, sin orden ni concierto, sin disciplina ni metodización, sin estudio reglamentado y provechoso. La necesidad le obligó á inaugurar muy á regañadientes la vida de profesor de piano, ó, según su calificativo, de obrero de la solfa, y de golpe se colocó en primera fila. Sobrábanle condiciones; pero tampoco había nacido para esto. Al hacerse cargo del modo cómo en Mallorca se sentía la música, cómo de la música se juzgaba, y cuáles eran aquí sus intérpretes, rompió lanzas en favor del arte musical con el propósito de una regeneración más resuelta y ejecutiva que escalonada y práctica. Irguióse caudillo sin contar ni saber las huestes que podían seguirle, ni explorar lo desfavorable del terreno en que libraba las batallas. Los celos de oficio, la rutina viciosa que daba el mendrugo, la envidia y la maledicencia se alzaron contra él, incapaces de penetrar el ideal que le impulsaba, la nobleza de sus miras, la sinceridad de su apostolado. Los disgustos fueron uno por día, y á veces dos por hora, y quien conocía el fondo de su espíritu pusilánime, timorato y transigente, asombrábase de verle terco é inflexible por su calle de la Amargura. El sentimiento de la música que le apasionó por juego llegó á tiranizarle con fervor evangélico, y con verdadera obsesión despreciaba los terribles momentos de sus úlceras de estómago, que le torturaron toda la vida y acabaron con su existencia. Quien de si prescindía no es raro supiese prescindir de los otros. En su ideal, se entiende, y para lograrlo se metió en su conducta y predicación con todo y con todos: desde los motetes y gozos cantados en los templos, tocatas de gaitas y tamboriles hasta los conciertos sinfónicos y representaciones lírico dramáticas, pasando por masas corales y orquestales, bandas, órganos, pianos; maestros, solistas, virtuosos y ejecutantes; corporaciones públicas y privadas; en todo cuanto saliendo de ruido alcanzaba la categoría de sonido, persiguiéndolo hasta en sus aledaños y no

olvidando uno solo de sus arrequives; y sostuvo acaloradas polémicas (1) que motivaron la publicación de artículos y folletos, en que el amor propio y el orgullo personal se destacó sobre el fondo artístico que motivaba semejantes controversias. Un concurso anunciado en la Ilustración Musical encauzó más seriamente la dirección de Noguera. Tentóle uno de los temas anunciados, y por mi parte documéntele en lo que yo conocía del folk-lore; puse en sus manos colecciones de cantos populares, particularmente de Italia y Languedoc, con estudios referentes a la materia, le alenté en sus decaimientos, le tiré de la manga alguna vez, que todo era preciso en sus nerviosidades y estampidas, le calenté la boca de veras... y lo demás corrió por cuenta suya. Luchando con su poca preparación y con la falta de tiempo escribió apresuradamente; pero su Memoria (2) le alcanzó el premio del concurso, del que Noguera se mostró satisfechísimo, sin caer en la cuenta de que había logrado otro premio mucho más eficaz: el amor al trabajo y una afición persistente á la música popular como base de la artística. Era la primera vez en su vida que había estudiado, y como la sementera estaba virgen la frondosidad y floración fueron súbitas. A esta evolución correspondieron obras de compositor y de crítico. Entre las primeras las Danzas mallorquinas para piano (3) en que sometió á la práctica sus teorías; y entre las segundas la conferencia sobre La canción popular y las nuevas nacionalidades musicales (4) en que espléndidamente desarrolló sus puntos de vista no sin que sus visiones del folklore mallorquín influyeran sobre espíritus muy cultos de nuestro renacimiento literario. Fué alma del saloncito Banqué; y á Noguera á Juan Marqués Luigi se debió luego la formación de la Sala Beethoven, en los bajos de la redacción imprenta de La Última Hora gracias á las buenas disposiciones de su propietario D. José Tous. Las audiciones musicales de los que allí nos reuníamos se expansionaron en sociedades de cuartetos, en grupos corales y orquestales, en solistas notables que á Mallorca vinieron por iniciativas de aquel grupo de amigos que contribuyó no poco á los avances de la cultura en nuestro país. Noguera se pronunció en favor de la música polifónica en los templos, bramando contra la homofonía y la orquesta en los mismos, mucho antes que los Breves pontificios se inclinaran á esta resolución. Él contribuyó más que nadie á la constitución de la Capella de Manacor (que encontró decidido é incansable campeón en el presbítero D. Antonio José Pont); expuso toda su teoría acerca de la música religiosa en una notable conferencia (5), y pudo decir de sí: «Hago obra de propaganda hacia un ideal artístico que, á pesar de mi insignificancia, tengo la suerte de vislumbrar»; como Juan Alcover ha podido decir, póstumamente: «La restauración de la pureza musical en los templos de todo el orbe católico, ha dado la razón á Noguera, en uno de sus empeños capitales, que el pobre haya podido presenciar su triunfo». En efecto, la muerte le avino antes que el pueblo de Dios entrara en la tierra de promisión y no obtuvo en vida más que las molestias de la peregrinación por el desierto, como suele acontecer á los precursores. Sus crónicas, noticias, revistas y gacetillas musicales, que empezó á escribir y siguió escribiendo muchos años en mi propia mesa, acreditan su influjo docente y civilizador, porque como de Noguera ha dicho Miguel S. Oliver: «no era un papaveráceo; no escribía con opio sobre plomo. Todo resultaba en él aperitivo: un largo artículo y una breve gacetilla teatral. Fué de los hombres á quienes se combate; de los que suscitan

tempestades de pasión; de los que levantan protestas y falsas indignaciones. Pero fué también de aquellos á quienes se lee siempre y de los cuales no se deja ni una línea, ni una palabra, ni un punto». Toda su obra es esencialmente mallorquina ó referida á Mallorca; pero cuanto cayó en sus manos tomó caracteres de generalidad en un ideal que no es patrimonio exclusivo de ningún pueblo porque se cierne en lo alto y sobre todos ellos. Desde tales alturas estéticas descendió al fondo del alma mallorquina, la recorrió en todos sus pliegues hasta averiguar la fuerza de todos sus electrones. Cuando más afinaba en sus juicios, cuando más depuraba el gusto, cuando robustamente tomaba en serio la vocación de que al fín se había dado cuenta, le sorprendió la muerte. Su desaparición motivó un estudio muy intenso de Gabriel Alomar, una impresión eficaz de Miguel S. Oliver, un hermosísimo prólogo de Juan Alcover al frente del volumen póstumo Ensayos de crítica musical (6) donde se recogieron las principales producciones de Noguera, por acuerdo de sus amigos, tomado en la misma cámara mortuoria. Placiéndole y añorándole dice Alcover al frente de esta obra: «Se ha cerrado el ojo vigilante, y la mala yerba crece, y los insectos roen y pululan sin que nadie les vaya á la mano. Arrollada está la bandera de los Hermanos de David desde que se pudre la mano indomable y nerviosa que la tremolaba.» En el último período de su vida, tan lleno y provechoso, él solo pudo calificarse de fracasado por remordimientos del tiempo perdido, por falta inicial de preparación reglamentada, por conocer que la reforma anhelada era superior á sus fuerzas, y por todo lo dicho no toleró nunca la denominación de «maestro» y se llamó «aficionado».

Gabriel Maura
Nació en 1842 y falleció en 1907, dos meses antes de cumplir los 65 años de edad. Por los días que alcanzó apenas le cuadrará la calificación de «malogrado» pero lo cierto es que Gabriel Maura es uno de los ingenios que más desdichadamente se malograron; porque sus aptitudes y condiciones nativas fueron tan grandes como mal aprovechadas para las letras, para las artes y para su gloria. A los diez y nueve años tenía escritos no pocos versos castellanos y mallorquines; algunos narrativos como Seis siglos ha; otros tirando en heroicómico ó socarronería como Glories mortes, á los que más tarde siguieron con el mismo tema Glories ressussitades y Costums caneres; y mucho antes de cumplir la mayor edad se había ensayado en odas quintanescas como Al mar, en sátiras como Petir per amar, y hasta en varios poemas como Zenekar, citado por Bover, y El Ángel de la muerte, inédito, como gran parte de esta producción que sólo conocieron sus íntimos. Al prestarme la última citada obra, hace ya muchos años, recuerdo que para cohonestar sus audacias juveniles me decía: -«¿Sabes dónde están escritas la mayor parte de las 200 octavas reales de este enjendro? pues en el porche de casa, mientras se pintaban las persianas de la obra nueva; pero á lo mejor subía mi padre, y lápiz, papel y octavas iban al fondo del bolsillo. Era yo tan recatado con la musa que el cura de la parroquia hubiera absuelto mis deslices á conocer el rubor que me costaban».

En esta producción se encuentra algún insólito vislumbre, propensión á lo sorprendente, gran desembarazo y atrevimiento personales, no menos que fiera lucha con el rebelde lenguaje y con la técnica, que nunca llegó á dominar. Mayores gallardías mostraba con el lápiz en dibujos de ocasión á que nunca dio importancia. De los versos dijo entonces un contemporáneo: «Sus ensayos poéticos en castellano y mallorquín, si bien pueden considerarse como ejercicios para facilitar el desarrollo de una acción ó una idea en el lenguaje rítmico, revelan sin embargo que el que los ha producido está destinado á figurar más adelante entre nuestros mejores poetas». Estos ejercicios de arrebatos y fogosidad, de disipación poética é inadvertencia de la vida, acabaron en mal, y á la brillante adolescencia sucedió una madurez prematura y atrafagada. En 3 de Mayo de 1866 falleció don Bartolomé Maura y Gelabert, esposo de D.ª Margarita Montaner, con la cual había tenido diez hijos, cinco varones y cinco hembras, todos vivos y con los dientes echados. Gabriel contaba entonces 23 años, y por ser el primogénito venía obligado á continuar la industria y negocio de curtidos, sostén de la familia. Con tan graves obligaciones encerróse en su despachito, preocupóse hondamente del porvenir de los suyos, estudió las vocaciones de sus hermanos y encaminó sucesivamente á Madrid á Bartolomé, quien años ha obtuvo el primer puesto entre los grabadores nacionales; á Antonio, quien logró el primer bufete entre los abogados de la Corte y luego el primer puesto en la política conservadora; á Paco, quien encontró la suerte en su camino y se contentó con más modesto nombre; sin contar con que Miguel y su primo Juan se dedicaron al sacerdocio, y si nada quiso el primero, el segundo honró hasta su reciente fallecimiento la mitra de Orihuela. No hay que decir que las cinco hermanas, hasta tomar estado ó después de enviudar, corrieron á cargo y cuenta de Gabriel, á quien fuera ventaja deshacerse de la primogenitura por cualquier plato de lentejas. Por lo que respecta á los hermanos, los esfuerzos y sacrificios del patriarca se vieron bien recompensados, y si la primera materia resultó exquisita y maleable no hay duda de quién la manipuló, de quién puso el hombro para auparlos, de quién permanecía aherrojado, anónimo, mientras los demás volaban y obtenían nombre glorioso, posición, honra y honores. Proféticamente expresaba estos sentimientos cuando Bartolomé abandonó la casa paterna, en el romancillo <i>¡Silencio!</i> en que el poeta se preocupa de la diversa suerte que puede caber á dos gemelos que duermen en la misma cuna: «quizás uno pise rosas cuando el otro huelle espinos»; ó con mayor desembarazo se representaba á sí mismo en el Hércules de pista, base y sostén de una pirámide humana constituida por numerosa familia. Así, entre amigos, satirizó alguna vez su resignación con intimidades y franquezas de santo castizo más bien que de humorista inglés, y hasta gustó de ser condolido por los que bien le querían. Pegaso arando solía llamarle yo al verle envuelto en facturas y cuentas de fardos, y contestaba con frases acerbas, doloridas ó cómicas, según soplaban los vientos, y seguíamos filosofando ó bromeando como correspondía á nuestra antigua amistad.

En 1869 existía una Librería nacional y extranjera en la calle de San Nicolás, esquina á la de Veri, donde se reunía alguna gente de letras ó desocupados. Entre los concurrentes más asiduos figuraban Gabriel Maura, Tomás Forteza y Bartolomé Ferrá, quienes, hostigados por el dueño del establecimiento, redactaban un semanario satírico- burlesco de poca enjundia, porque ninguno de los redactores de La Dulzaina ponía de su parte ni lo debido ni lo requerido. Iba yo con mis tíos á la Librería, y allí, á los doce años de mi edad, atrevíme á escribir perfunctorias gacetillas que más que nadie celebró con risas y me alentó á proseguir Gabriel Maura. Después, con él, frecuenté las tertulias domingueras del café de La Unión; más tarde las redacciones de la Revista Balear y Museo Balear, donde publicamos versos y prosas, como en los almanaques de aquellos años. En los semanarios mallorquines L'Ignorancia y La Roqueta, Gabriel Maura, con el seudónimo Pau de la Pau, dio á conocer sus artículos de costumbres locales, que inauguró con D.ª Juanita, inserto en el almanaque El Serracossano. Estos artículos, reunidos más tarde, formaron su colección Aygo forts (7) y actualmente se reimprimen, con la adición de pocos y contados versos, como lo más substancioso y positivo de la producción de Gabriel Maura, por manifestaciones de observador agudo y costumbrista colorido. Para los que le conocimos y tratamos íntimamente sabemos que Gabriel Maura valía más, mucho más que todo esto. Su conversación ocurrente revelaba la rápida y total comprensión de los asuntos por manera asombrosa; sus frases, muchas de ellas populares hoy en Mallorca, daban indicio de una inteligencia y un ingenio sólo superados por una imaginación tan fogosa como desbordada. A esta época corresponden también sus versos ¡Avant!, Els Redentors y otros que se citan entre los suyos como los más granados y robustos. En 1881 cambió radicalmente de vida, no por dejar sus antiguas ocupaciones sino por añadir otras novísimas y mucho más enojosas. Su hermano Antonio se presentó por primera vez diputado á Cortes por Mallorca, y Gabriel, defensor y jefe de la familia, tomó muy á pechos la elección de su hermano. Desde entonces, recatando su persona cuanto pudo, dirigió con otros amigos la política balear. En 1884 rompieron las hostilidades conservadores y mauristas, hasta entonces en íntima inteligencia en esta provincia, y las cosas cambiaron de rumbo. Yo me fui con los conservadores, y Gabriel encarándose conmigo me preguntó en tono de dolorida reconvención: — Pero ¿por qué te has ido? — He ido.... á esperar á tu hermano. No esperaba Gabriel semejante contestación y abierta tuvo la boca para contestarme una fresca; pero, conociendo el temperamento de Antonio, se tragó la frase, quedóse perplejo y bisbisó entre dientes — ¡Pudiera ser! ¡Y vaya si ha sido! Qué amargos sorbos le hubiera proporcionado la política si el cariño fraternal no le untara con mieles la orla del vaso! Gabriel amaba tanto á su hermano como aborrecía el sacrificio que por él se imponía. Resignado á ser víctima, á sacrificarse por los otros, llevaba al último límite su carga de cruz con todas las consecuencias. La conversación con sus sectarios y las vueltas de juego al burro en el Casino las aceptaba como una mano de azotes redentores; las embestidas de fuera y el templar gaitas dentro como un cáliz de amargura; y si al despertar de un día se le hubiese dicho: — «Toda la política

del mundo se la llevó esta noche el demonio», Gabriel hubiera lanzado el más hondo resuello y se hubiera quedado tranquilo. ¡Y cómo le adoloraba en lo hondo ver malogradas, irremisiblemente perdidas, sin rehabilitación posible, sus aficiones juveniles y sus condiciones naturales; sentirse brioso de vida y ya impotente para el arte; encadenado como Prometeo; fatalmente victima como Edipo; derretidas sus alas antes de haberse remontado; rendido sin lucha, y reclamado siempre por el arte, perpetua sirena tentadora para quien se sintió iniciado! ¡Escuchadle! Por fortuna guardo sus cartas, y le oiréis en sus mismos párrafos y en la última época de su vida, ya que las luchas políticas no enturbiaron jamás nuestra amistad sincera y cariñosa. Excusándose de no haber podido telegrafiarme una enhorabuena, añadía: «Considero que el objeto principal de esta carta queda cumplido porque me consta que conoces á fondo mis sentimientos de verdadera amistad hacia ti, tan antigua como intensa. Vaya, pues, á pesar de todo mi felicitación por haber logrado tus actuales deseos». Y como nada suyo dejaba de resollar por las heridas, continuaba: «Y que no te lleven á enseñar literatura á regiones salvajes de nuestra Península; ya que no faltan en territorio español comarcas imposibles de civilizar, aun con apóstoles tan perseverantes como tú.» Claro está que con las comarcas imposibles de civilizar tiraba á tejado conocido; y aun más claro lo expresaba al decir en otra de sus cartas: «Aquí, en la Roqueta, sobre la cual viven tantos ejemplares famosos de las faunas literaria política y social, tienes tú á uno que te estima y que puedes encasillar en cualquiera de los supradichos reinos de la naturaleza. — Memorias á tu distinguida familia y un pequeño <i>memento</i> para este pobre condenado á no tener un momento de tranquilidad sobre la tierra. ¡Solo faltaría que si me entierran lo hagan en terreno volcánico!» La muerte de su madre, en quien adoraba Gabriel, dejóle huella imborrable, alteró esencialmente su genio y carácter y acrecentó la enfermedad que pocos años después le llevó al sepulcro. Contestando á mí carta de pésame me escribía en 16 de Febrero de 1903. «Mi muy estimado Juan: tus palabras de consuelo contenidas en tu cariñosísima carta del día 12 son las que con más penetrante dulzura han llegado á mi corazón porque tú conoces bien y á fondo las circunstancias que han decidido de mi vida y que no sean tal vez ajenas á mi muerte.... »La de mi queridísima y adorada madre ha causado en mí verdaderos estragos. »Sé que para algunos podía parecer ridículo llorar yo la orfandad á los 61 años, pero lloro á la mujer fuerte, á la madre valerosa, prudente y santa que con rigidez de esfinge cristiana ha sancionado, durante 37 años de viudez, todos los actos de sacrificio, que son toda mi vida, comprendiéndolos sin mencionarlos... »Gracias querido Juan por tu pésame. Mi familia suplica á la tuya, muy distinguida, una oración, como la pido yo, por el alma de mi buena madre q. e. p. d.

»Te quiere mucho y te abraza tu amigo. Gabriel Maura» No tardó éste en darse cuenta de que sus padecimientos eran originados por diabetes de carácter crónico, y se rindió en absoluto à su destino. Si por una parte le halagaba que le lisonjeasen con su valer, por otra no se sonrojaba menos de su propia nulidad, y su humorismo tomaba tintes dolorosos y desvirtuaba no poco las notas de su antiguo carácter. Acusándome recibo de un articulejo en que hablé de él, me decía en Diciembre 1903... «pero siento que de mí hayas dicho cosas... que ojalá fuesen ciertas y reales. Sin embargo de esto, y gracias á que Cádiz está muy lejos de Mallorca... confío en que aquí nadie se dará cuenta de mi facha al quedar de cuerpo presente en la florida picota de tu artículo, porque de lo contrario me sentirla vivamente perturbado por el rubor senil que por torpezas de circulación de la sangre en vez de exhalar por las mejillas se concentra en el corazón y le oprime. — Te agradezco estas nuevas demostraciones de tu amistad ciega; pero me permito suplicarte, querido Juan, que no me humilles más, puesto que mis méritos no han de enternecer á los que por fortuna no me conocen, y los que están más cerca saben que sobre los troncos de mi edad no suele prender jamás el ingerto del laurel, que ni siquiera puedo soportar en el estofado de San Cristóbal.» A otra alusión referente á su persona, contestaba: «Hace dos días que recibí el Diario de Cádiz en que aparece tu articulo titulado «La cuestión de Marruecos» y francamente, querido Juan, si no te conociera á fondo hubiera podido sospechar que te regocijabas poniendo en ridículo á este pobre viejo. Pero ya sé que tu amistad de siempre arraiga en el corazón y que sólo un espejismo cariñoso puede haber dictado, cuando menos, á tu atildada pluma, conceptos é ideas y afirmaciones que á ti mismo, á sangre fría, te habrán parecido después fuera de la realidad.— Yo te agradezco la intención porque me consta que es sincera y honrada; pero lamento el hecho.— Con el alma en los labios puedo decirte que de cada día cristaliza y se incrusta más fuertemente en mi corazón la seguridad de mi insignificancia. Me siento coágulo, perdido en la triste laguna en que se agitan los hombres de los obscuros destinos, quienes se van precipitando al fondo, sumergiéndose para siempre, sin que nadie note su desaparición ya que su presencia tampoco había sido notada por nadie. — ¿Qué debo añadir á estas últimas verdades? Nada.— Gracias por la justicia que otorgas á mi querido tocayo y ahijado, que vale, porque es de los que creen, observan y trabajan; tres cualidades agenas á la funesta leyenda de la hidalguía española.» Con motivo de un contratiempo que á otro no afectara gran cosa, su alma sensible y llagada se expresaba en estos términos. «Estas penas y amarguras son el fruto natural que se recoge en este mundo al llegar á la granazón de la existencia... Te estima y abraza tu decrépito amigo....» Pudiera multiplicar estas citas; pero ¿á qué? ¿No basta lo transcrito para ver cómo había evolucionado el alma del pobre Gabriel? Para el día de su Santo, en 1907, le escribí afectuosa carta, tanto más debida como que á inveterada costumbre se añadió aquel año el grande afecto que cuatro meses antes me

mostró con motivo de la pérdida de mi santa madre. Contestóme, y la contestación decía: «Mi muy estimado Juan: vivamente agradecí tu cariñosísima carta del día 11, en la cual con ingeniosa ternura enlazas con recuerdos para ti, como para mí sagrados, la felicitación por la fiesta de mi santo Patrono. »Pasó el día como siempre, pero con reflejos de honda tristeza, porque á la memoria por ti evocada (la de su madre), hay ahora desgraciadamente que añadir temores y sobresaltos que el estado delicado de mi salud justifican y explican. »Estoy pagando ahora los excesos que para cumplir con mi deber he tenido que realizar durante 41 años que han pesado sobre mi alma y mi cuerpo con toda la gravedad de tremendas responsabilidades. »La lucha tan larga, tan embravecida y tan dura ha llegado á aniquilar mis fuerzas y aquí me tienes perdido... como si hubiese dejado en burdeles, garitos y lupanares los jirones de mi energía, después de perder en tales sitios la vergüenza y el decoro. »¡Para los efectos naturales resulta exactamente igual! »Este resultado podrá servir para animar á las gentes al sacrificio! »No hablemos más de estas cosas.» ¿Qué significaba esta carta en que Gabriel hacía la liquidación de su existencia y hasta se lamentaba de no haber corrido camino de perdición ó poco menos? Pronto se esclarecieron los enigmas. El Director del Diario de Cádiz, tres días después, me enviaba apresuradamente un telegrama de prensa que poco más ó menos decía: «En Palma de Mallorca ha fallecido D. Gabriel Maura, hermano mayor de D. Antonio.» Quedé de mármol! La carta que tres días antes llegó á mis manos contenía el último adiós del estimado amigo y el auto anuncio de su muerte. ¡Pobre Gabriel! Moría llorado por los suyos y por sus amigos; pero moría desconocido, sin nombre alguno. Ya en vida se lo sobrepuso, por justos merecimientos, su tocayo, homónimo, sobrino y ahijado, el hijo mayor de D. Antonio; y después de muerto, aún pesa sobre Gabriel Maura, el nuestro, el fatalismo trágico. Hasta los elogios de quienes le conocimos y estimamos con el alma quizás parezcan á muchos, más que oblada al difunto, lisonjas para los vivos que tanto han sabido encumbrarse. Esto es lo que no logró jamás el que valía por todos, sobre todos, y más que todos. Notas: (1) Confr.: A. Noguera, Controversia suscitada con motivo de la publicación de mi primera mazurka. - Palma. Tipografia de Amengual y Muntaner. - 1889

(2) Conf.: Memoria sobre los cantos, bailes y tocatas populares de la isla de Mallorca. Obra laureada con el Primer Premio, ofrecido por S. A. R. la Excma. señora Infanta Doña Isabel, en el segundo concurso de la Ilustración Musical Hispano Americana. Barcelona, tipografía de Víctor Berdós y Feliu, 1893.- Hay segunda edición de 100 ejemplares, fuera de venta, en Palma, tipografía de Felipe Guasp, 1895.- Otra edición, póstuma, copia de la segunda, incluida en los Ensayos de crítica musical, Palma, Est. tipográfico de José Tous, 1908. (3) Las colecciones de danzas son dos: 1.ª Melodías populares españolas (islas Baleares). Bruselas, Schott frères. Comprende: Canción con estribillo - Melodía — Balanguera - Tocata - Danza (Flor de murta) - Festa. 2ª Trois danses sur des airs populaires de l'île de Mallorque. Barcelona, Ramón Fornell. Comprende: Danse des Cossiés. Procession. Danse de la Saint Jean — Danse triste. (4) Confr.: La Canción popular y las nuevas nacionalidades musicales. Conferencia leída en el Círculo Mallorquín en 3 de Marzo de 189S, é inserta en el libro Ensayos de critica musical. (5) Confr.: A. Noguera. Música Religiosa. Conferencia leída en la Capella de Manacor el dia 26 de Marzo de 1899,-Palma de Mallorca, Tipolitografía de Amengual y Muntaner, 1899, (6) Confr.: Ensayos de Critica Musical, por Antonio Noguera, con prólogo de Juan Alcover y Maspons. — Palma, Est. tipográfico de J. Tous- 1908. La iniciativa de esta publicación partió de Juan Marqués, y á mí, ausente entonces de Palma, me cupo luego el trabajo de reunir lo desperdigado y seleccionarlo. (7) Nueva biblioteca balear.— Aygo forts por Gabriel Maura. - Palma. Librería de J. Tous editor, 1892.