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Peter Kohsimo

GUIA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

PLAZA & JANES, S.A

Editores

Título original:

GUIDA AL MONDO DEI SOGNI

Traducción de DOMINGO PRUNA

Primera edición: Setiembre, 1973

© Copyright by Edizioni

Mediterranee — Roma.

© 1973, PLAZA & JANES, S. A., Editores

'

1

Virgen

de Guadalupe, 21-33. Esplugas

de Llobregat

(Barcelona)

Este libro

se ha

publicado originalmente en italiano con el título GUIDA AL MONDO DEI SOGNI

de

Printed in Spain Impreso en España

ÍNDIC E

PRIMERA

PARTE

LA CLAVE DEL

COMPENDIO

VIAJE EN UNA DIMENSIÓN DESCONOCIDA Con un tictac ahondamos en lo ignoto, 15. — El hom- bre que vivió en menos de un segundo, 18.

II. DINOSAURIOS EN NUESTROS SUEÑOS Cuando veamos caer la Luna, 25. — Las impresiones de los niños nonatos, 29.

III. TODAS LAS NOCHES VOLVEMOS AL PASADO He aquí cuáles son las funciones del sueño, 35. — Los policías de nuestra conciencia, 38.

I.

IV. UN MUNDO HECHO DE INSTINTOS Y DE RE- CUERDOS

Jamás

hacia atrás las sendas de la vida, 48.

podremos

soñar

la realidad, 45. — Recorramos

V. BAJO LAS TIJERAS DE LA AUTOCENSURA Charlie Chan, y el broche de la abuela, 57. — «Profun- dos como el mar, fríos como el hielo», 60.

VI. LOS SÍMBOLOS DE NUESTROS DESEOS SE- CRETOS

13

24

32

42

52

63

La anatomía revisada y corregida, 66. — ¿Somos todos

SOBRE LA ALMOHADA UNA VARITA MÁGICA

La «asociación», un mecanismo-príncipe, 74. — Transfor- maciones de personas en otras personas, 75. — Trans- formaciones de personas en animales o cosas, 76. — Transformaciones de cosas en personas o animales, 77. — Traducción de ideas abstractas en personas, animales, cosas y lugares, 79. VIII. NOSOTROS, PERSONAJES DE CIENCIAFICCIÓN . Condensación y_ superposición, 82. — Una parte para el todo, 84. — Alejamiento, 87. — Mimetización, 89. — Tras- posición, 91. — Deformación y desdoblamiento, 93.

VIL

Y

72

81

SEGUNDA PARTE

LOS SUEÑOS Y LA PERSONALIDAD

I. NO TE ASUSTES SI «MATAMOS» A PAPA

Una zarabanda de luces y de colores, 99. — Del acostum- brado Edipo a Buffalo Bill, 103. — Desnuda en los peñas- cos gritaba horrorizada, 107.

. EL INFIERNO ESPERA A LOS HIJOS DE LA AN- GUSTIA El mensaje de los «resucitados», 112. — Los grandes pe- ligros de los juegos prohibidos, 115. — Cambiamos de sexo por desesperación, 119.

. TAMBIÉN MANDRAKE FABRICA «COMPLEJOS» . Se sienten solos en los bancos de la escuela, 126. — No envidiéis a quien ve el mundo color de rosa, 128. — Lo que ella quisiera ocultar, 134.

IV. LOS MITOS ACABAN TRASTORNANDO LA VIDA . Del arca de Noé a los jardines de Alá, 137. — Visiones fan- tásticas en el umbral decisivo, 141. — Los primeros es- pectros de los hambrientos de amor, 144.

V. UNA VENTANA ABIERTA SOBRE EL MUNDO ¿Y si os ocurriese telefonearos a vosotros mismos?, 150. Algunas gatas y muchos celos, 152. — Los turbios espejos de las perversiones, 155.

II

III

TERCERA PARTE

LOS MISTERIOS DEL SUEÑO

I.

LOS VAGABUNDOS DE LA NOCHE Los sueños pueden matar, 163.

,

-.

s

*

II

III .

IV.

V.

. OBRAS MAESTRAS EN LAS TINIEBLAS . Quien duerme atrapa peces, 169.

CRÓNICAS DE LO INCREÍBLE

En las ondas del pensamiento, 177.

LA MIRADA DE RAYOS X Se proyectaba más allá del océano, 184.

UN RADAR EN EL CENTRO . , -, t s t Encantamientos escandinavos, 191.

.»,,-,

4

*

.

.

,

,

CUARTA PARTE

.

LA CABALA DEL PSICOANALISTA

LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS

DICCIONARIO

ONíRICO.

91

110

124

136

148

161

167

173

181

188

197

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LA

PRIMERA PARTE

CLAVE

DEL

COMPENDIO

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VIAJE EN UNA DIMENSIÓN DESCONOCIDA

Una dimensión desconocida, un universo increíble, esto es el sueño. Es un viaje que hace aparecer mezquina hasta la más apa- sionante obra maestra de la cienciaficción, que anula el tiempo y el espacio y se mofa de la realidad. En sueños nos es dado trans- ferirnos a la más remota antigüedad, hablar con personajes que existieron siglos, milenios antes de nuestra Era, con protagonis- tas de leyendas y de fábulas que no existieron nunca. En sueños, podemos llegar instantáneamente a Nueva York, Tokio, Singapur, la cumbre del Everest y a las utópicas ciudades marcianas. Morfeo borra las dimensiones que conocemos y las sustituye con otras en que las cosas más absurdas se convierten en natura- les. Dentro de sus límites podemos desdoblarnos, multiplicarnos, encontrarnos a nosotros mismos. Alucinante y muy significativo es el sueño de aquel joven autor dramático que se vio sentado en la platea presenciando la representación de una obra suya y, simul- táneamente, en el escenario, personificando a todos los protagonis- tas. De repente se levantó, miró atrás y se dio cuenta de que el teatro estaba Heno de centenares y centenares de individuos idén- ticos a él. Los muertos reviven en sueños y los vivos pueden morir de una muerte efímera. La inmortalidad puede sernos asegurada en las vi- siones que quizá muchas otras personas tendrán en el futuro. ¿Qué no podemos hacer en sueños? Podemos volar, hundirnos en las entrañas de la tierra, comprender a los animales y las cosas y

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KOLOSIMO

ser comprendidos por ellos. Podemos, desde luego (prodigio no menor que los otros), «romper con nosotros mismos», con nuestra conciencia, perpetrar crímenes, llevar a cabo acciones que no come- teríamos siquiera —nos dicen los estudiosos— en estado de hip- nosis. El insigne psicólogo alemán Werner Kemper escribe:

En sueños, podemos desarrollar cualidades que despiertos nos son del todo ajenas; podemos transformarnos en monstruos con apariencia humana por afán de poder, por envidia, por deseo de venganza, por odio; podemos matar a la persona que más quere- mos de manera muy cruel, a sangre fría, como podemos, por el contrario, reconciliarnos con nuestro peor enemigo. En sueños, nos volvemos capaces de todos los delitos, de todas las perversidades sexuales. ¿Acaso no tenía razón Freud cuando, en su Interpretación de los sueños, pronosticó: «Acheronta movebo», es decir, «Desen- cadenaré el infierno?

¿Acaso no hemos experimentado, en sueños, una intensidad de sentimientos que nos es desconocida en la vida consciente? ¿Acaso no hemos visto extenderse ante nosotros paisajes tan encantado- res como para transmitirnos una sensación de inefable serenidad, de sosiego? ¿No hemos conocido situaciones que nos han permitido gozar de una felicidad profunda, total, de una alegría sobrenatu- ral? ¿No hemos sentido la voluptuosidad de la explotación de po- sibilidades nunca imaginadas, adormecidas en quién sabe qué re- coveco de nuestro ser? Cuanto más nos adentramos en el reino de Morfeo, más mi- lagrosos se nos antojan los fantasmas que lo pueblan. Podemos revivir en sueños, hasta en los menores detalles, escenas de un tiempo pasado que pensábamos haber olvidado completamente. Re- cibimos, a veces, la inspiración para resolver problemas que hasta la noche precedente nos parecían insolubles, e incluso logramos captar mensajes telepáticos o, al menos, así nos lo parece. Cuida- do, sin embargo. Los sueños también pueden engañar, conducir por caminos falsos, inducir a errores colosales. ¿Cómo orientarnos, entonces, en un mundo tan lleno de con- tradicciones, tan caótico? ¿Cómo comprender ese calidoscopio de fantasías sensatas e insensatas, serias y ridiculas, profundas y ton- tas? Detengámonos a meditar, y casi llegaremos a decir con el poeta y filósofo chino Chuang Tsé:

Esta noche he soñado que era una mariposa. Pero, ¿cómo puedo saber si soy un hombre que ha soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora está soñando ser un hombre?

GUÍ A

A L

MUND O

D E LO S

SUEÑOS »

.15

Con un tictac ahondamos en lo ignoto

Soñar —es obvio— es consecuencia del sueño. Ahora, ¿por qué mecanismos pasamos del estado de vigilia, o de conciencia, al estado de sueño, que es, teóricamente, un estado de inconsciencia? Las teorías al respecto son numerosísimas. Algunos estudiosos se apoyan en la influencia de los residuos de los procesos de re- cambio, otros en la acción de determinadas sustancias (el profesor Kroll creyó haberlas aislado, pero sus experimentos sólo tuvieron un éxito parcial) y otros hablan francamente de una «hormona del sueño». El profesor R. L. Müller ve la causa del relajamiento tras el trabajo y de la frescura tras el reposo en mutaciones eléctricas que se producirían en las células y en la sangre, diciéndonos que el or- ganismo es semejante a un acumulador, que se descarga por la fatiga y vuelve a cargarse durante el sueño. Sin embargo, ya en 1917 pudo establecerse la existencia de un «centro del sueño» cerebral. Posteriormente, el fisiólogo suizo Hess logró provocar, con solicitaciones eléctricas en el cerebro, un estado de somnolencia en los gatos, y el hecho de que los animales no se durmiesen de golpe, sino después de varias manifestaciones de cansancio, lo indujo a pensar en dicho centro no como en un «in- terruptor», sino como en un órgano de coordinación que se com- portaría del mismo modo, adaptándose así al reposo. El filósofo soviético Iván Petrovich Pávlov, premio Nobel de Medicina, después de haber efectuado largos experimentos con pe- rros, observó que también los animales más descansados llegaban a dormirse cuando eran sometidos a estímulos uniformes. Asimis- mo nosotros, por lo demás, estamos sujetos al mismo fenómeno; podemos habernos levantado de la cama en plena forma, pero si nada interviene en distraernos y oímos, por ejemplo, el rítmico tic- tac de un reloj, el tamborileo de la lluvia en los cristales o el tra- queteo amortiguado de un tren, no tardamos en someternos al po- der soporífero de estos ruidos. Pávlov dedujo de ello que el sueño sobreviene cuando nuestro pensamiento deja de seguir varias di- recciones y es desviado por un solo camino. Así concentrado, sólo fatiga un punto del cerebro y acaba por bloquearlo. Pronto el blo- queo se extiende a toda nuestra mente, lo mismo que un atasco de carretera en determinada zona puede provocar la paralización del tránsito en un radio de varios kilómetros.

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Pávlov no logró descubrir la «zona cerebral» responsable de este fenómeno. El empeño dio resultado al profesor Giuseppe Mo- ruzzi, de Pisa, que anunció en 1958, durante la «Semana neurofi- siológica» de París, la localización del centro del sueño, situado en la base del cerebro. Se dice que el insigne científico llegó a la conclusión de sus investigaciones observando los efectos produci- dos por una canción de cuna, un «somnífero musical» por exce- lencia. Con todo, el «mapa del sueño» sigue presentando más regiones misteriosas que zonas exploradas. El tema es fascinante, pero, des- de luego, no podemos profundizarlo aquí. A los efectos de nues- tro trabajo, lo que nos interesa es comprobar tan sólo, con los par- tidarios de todas las teorías que hemos mencionado, que el sueño no sobreviene nunca repentinamente. Si nos observamos a noso- tros mismos, notamos que, cuando estamos fatigados, nos es di- fícil fijar la atención. Los párpados se vuelven pesados, las reaccio- nes ya no son inmediatas, poco a poco se amortiguan las sensacio- nes visuales, oímos cada vez peor y nos sentimos envueltos en una niebla que, al hacerse cada vez más densa, nos aleja del mundo de los despiertos. Y estos procesos se producen aunque creamos dor- mirnos de golpe, si bien sus «tempos» sean entonces considerable- mente acelerados. Tenemos, en sustancia, una fase que llamaremos presueño, seguida por el sueño verdadero. Hemos hablado de inconsciencia «teórica», porque la auténtica, la total, sólo es dada por la muerte. El sueño no impide que nues- tros órganos continúen funcionando y que las «centrales de la conciencia» sigan desarrollando su actividad. Pero esta actividad ya no es guiada y coordinada, no tiene ya contacto directo con los objetos y los sucesos reales. Así, por lo tanto, quién más quién menos, todos llegamos a so- ñar. Pese a sostener diversas teorías, los estudiosos del reino de Morfeo hacía tiempo que estaban perfectamente de acuerdo so- bre un punto: sobre la afirmación de que todos soñamos, aunque no siempre guardemos el recuerdo de las visiones nocturnas. Ya lo había comprobado el psicoanálisis haciendo recordar a numero- sísimos sujetos que declaraban, convencidos, no haber soñado en absoluto. La ciencia experimental lo confirmó posteriormente, pero recientemente lo rebatieron tres fisiólogos americanos, el profesor Nathaniel Kleitmann y los doctores Aserinski y Dement, los cuales llegaron, con sus investigaciones, a una conclusión tan asombrosa como importante. Observando a un niño dormido, Kleitmann y Aserinski vieron que sus ojos efectuaban algunos movimientos, delatados por los párpados cerrados y, remitiéndose a una teoría suya, pusieron ta- les movimientos en relación con la actividad onírica. Esto les in-

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dujo a efectuar una serie de experimentos llevados a cabo con pleno éxito. Unos minúsculos hilos de plomo fijados en las proxi- midades de los ojos permiten controlar los movimientos de las pu- pilas, registrando en un aparato adecuado las tensiones de los músculos interesados. Valiéndose de ese instrumento, los dos estu- diosos observaron a varios sujetos sumidos en el sueño despertán- dolos cada vez que sus pupilas se movían y preguntándoles si en aquel momento estaban soñando. Cerciorados de que así era real- mente, los investigadores llegaron a la conclusión lógica de que cuando soñamos, nuestros ojos siguen la escena como si se desa- rrollase en una pantalla panorámica. Gracias a aquellos experimentos, los dos fisiólogos afirmaron que cada persona sueña en una noche lo menos 90 minutos en total, pero no consecutivos, período que se divide en cinco sueños. Kleitmann y su ayudante, el doctor Dement, comprobaron ade- más que algunos sueños pueden tener lugar aunque no se produzca el movimiento de los ojos. Se trata de los llamados «sueños del pensamiento», en los cuales no aparecen personas o cosas que se muevan. Típicos son los de los ciegos de nacimiento, que sueñan voces, ruidos, impresiones táctiles e ideas. Los estudiosos trataron de establecer, por consiguiente, qué ocurre cuando un individuo no puede soñar, despertando en el momento debido a sus pacientes. Y se dieron cuenta de que, pro- cediendo así, la necesidad de soñar aumentaba. Es significativo el caso del señor H. S., que durante la primera noche intentó soñar siete veces, pero al cabo de seis noches sin sueños tuvo que ser despertado veinticuatro veces para impedir que su cerebro desa- rrollase esta actividad. Al cabo de siete noches, el doctor Dement le permitió descansar tranquilo. Su «período de sueño» total au- mentó en una hora y veintiún minutos: H. S. recuperaba los sue- ños perdidos. ¿Qué les pasa a las personas a las cuales se les impide soñar? Nos lo demuestra el experimento llevado a cabo por los científi- cos mencionados con el señor A., hombre cortés, sumiso, un poco tímido. Despertándole entre sueño y sueño, comprobaron que no pasaba nada en absoluto. El señor A. volvía a dormirse y se des- pertaba de excelente humor. La interrupción del sueño, por lo tanto, no le causaba ninguna molestia. La cosa cambió cuando el sujeto fue despertado al principio de cada sueño. Ello se hizo du- rante catorce días seguidos, tras lo cual los científicos, horrorizados, hubieron de interrumpir las pruebas: El señor había cambiado to- talmente: manifestaba sin recato el deseo de darse a la orgía, acometía a doctoras y enfermeras soltando carcajadas, las agarra- ba brutalmente y pretendía que se desnudaran delante de él. Su personalidad daba muestras de profundo desequilibrio: a una gran

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excitación seguían graves estados de depresión, el colapso psíquico parecía inminente. Con ello se demostró que ningún individuo puede mantenerse en el terreno de la normalidad cuando se ve privado de su serie de cinco sueños por noche; es más, si esto ocurre durante un es- pacio de tiempo considerable, sobrevienen primero la locura, luego la muerte. ¿Por qué? Podemos responder con lo que el psicoanálisis había establecido unos lustros antes. Tínicamente a través de los sueños el hombre puede «descargar» sus aspiraciones irrealizables, sus deseos a veces inconfesables (deseos que, al no poderse revelar en el sueño, rompen la barrera psíquica, manifestándose en la reali- dad, como hemos visto en el caso del señor A.), sus frustraciones, sus temores, sus «complejos», la formidable tensión que de todo ello se deriva. Desde luego, no quiere decirse que basten las visio- nes nocturnas, pero sin esta «válvula de seguridad la falta de equi- librio psíquico se haría sentir bastante antes, y en forma mucho más grave. «Todos nosotros, resumamos con Berger, estamos en- fermos de algo. A veces, basta una medicina ligera como un sueño para curarnos. Pero aunque por sí sola sea insuficiente, siempre puede conducirnos por la vía de la curación.» Otra cosa además. Los somníferos se han mostrado muy perju- diciales respecto a la materia que estamos tratando, -al igual que muchos tranquilizantes. Sería bueno, por lo tanto, evitar aquéllos y recurrir a éstos sólo en caso de necesidad, descartando aquéllos cuyo uso hace transcurrir la noche sin sueños. Porque, como hemos visto, un «sueño de plomo» no basta. «Matando» los sueños pone- mos en peligro tanto nuestro sistema nervioso como nuestra sa- lud mental. Los «cinco sueños de Dement» representan el mínimo indis- pensable de nuestra ración nocturna, que, sin embargo, suele ser mucho más copiosa, formada a veces por una cadena o por una sucesión irregular de sueños, cuya duración varía de una fracción de segundo a un período del cual aún no se ha podido establecer el máximo, pero que seguramente es considerable.

El hombre que vivió en menos de un segundo

¿Cómo se «concretan» nuestras visiones nocturnas? El verbo es impropio, pero nos servirá para comprender mejor el fenómeno, que aquí queremos comparar con la construcción de una ciudad.

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DB

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SUEÑOS

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Haciéndolo, diremos que las materias primas nos son proporciona- das por la memoria. Nuestra mente, en efecto, registra todo cuanto hemos visto y sentido, siquiera fugazmente. Los recuerdos —nos explica el profe- sor americano Gerard— son constantemente almacenados por las sinapsis, que son por decirlo así los centros de enlace de las células nerviosas. Al meditar acerca de una cosa determinada, no haremos, pues, más que apretar la palanca de un teclado ilimitado y liberar así del casillero de las sinapsis el recuerdo deseado, más o menos marcado según la intensidad con que el suceso en cuestión haya sido vivido. El canadiense doctor Wilder-Penfield compara nuestro centro de la memoria, una zona no mayor que una pitillera, con una colec- ción de infinitos filmes y bandas sonoras. Pero, ¡ de qué modo cu- rioso y admirable funciona esa cinefonoteca nuestra! Tocando con un electrodo más fino que un cabello determinada región cere- bral, el profesor americano despierta, en un sujeto sumido en el sueño, el recuerdo de una melodía, que el paciente se pone a cantar con la exactitud de un disco. Si el contacto eléctrico es in- terrumpido y luego reanudado, el sujeto empieza de nuevo a en- tonar el motivo, pero no desde el punto en que lo dejó, sino desde el principio, como si la invisible banda hubiese vuelto a ser en- rollada. El centro de la memoria acumula mucho más material de lo que nos parece. Si, por ejemplo, estando de visita en casa de un amigo, echamos una fugaz ojeada a los libros de su biblioteca, poco después nos parecerá haber olvidado completamente los títu- los que hemos leído, pero en estado de hipnosis o bajo los elec- trodos del doctor Wilder-Penfield, repetiremos con absoluta exac- titud de veinte a cuarenta títulos de aquéllos. Y las sorpresas no terminan aquí: los mismos electrodos tienen el poder de desper- tar, en cada sujeto, minuciosos, exactísimos, todos los recuerdos de su vida, empezando desde la más tierna infancia. Los estudios del fisiólogo canadiense no tienen un valor pura- mente teórico: conducen a la comprobación de que no existe una auténtica pérdida de la memoria. En la mente de quienes olvidan fácilmente no ha desaparecido el «material de archivo», sino tan sólo la facultad de acceder a él, lo cual puede suceder por diver- sos motivos que la ciencia trata incesantemente de profundizar. En sueños, esta facultad resulta agudizada, si bien de un modo que nos parecería absolutamente irracional. Diríase que el cerebro, no controlado ya, abre por sí solo los cajones del recuerdo, saca algunos al azar, forma, con elementos extraídos de épocas y luga- res muy diversos, un nuevo cuadro, precisamente nuestra fabulo- sa ciudad del sueño.

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Pero en la disposición de los diferenes edificios, a veces en la iniciación del proyecto arquitectónico, pueden influir factores ex- ternos u orgánicos. Una mala digestión o la dificultad de respi- ración, por ejemplo, dan lugar con frecuencia a sueños angustio- sos, que pueden ser producidos también por cualquier presión ejercida sobre el cuerpo del durmiente. Ha sido comprobado hace tiempo que varios perfumes dan una determinada dirección a las visiones nocturnas y es archisabida la acción de los ruidos. Una racha de viento repondrá en escena el huracán visto en un filme, las gotas que caen de un grifo mal cerrado se transformarán en el ruido de pasos de un terrible gigante que juraríamos no haber ima- ginado nunca, pero que en realidad la mente ha sacado de un pol- voriento escondrijo de recuerdos de cuentos de hadas cerrado desde los días infantiles. Observemos a un sujeto postrado por un esfuerzo considerable. Aunque parezca estar despierto, no ve ni oye bien a quienes le rodean. Sin embargo, parece ver y oír otra cosa, hablar consigo mismo, seguir sus propias ideas. Aun antes de dormir o, mejor di- cho, haber empezado a dormir. Sueña; ha entrado en la fase de presueño de la cual hemos hablado. Y ha entrado en ella con la mente impregnada de imágenes, de voces, de sonidos que no per- tenecen ya al ámbito real. El abuso del alcohol y el uso de estupe- facientes producen el mismo fenómeno. Es una cosa lógica, ya que su acción sobre los centros nerviosos es similar a la ejercida por la fatiga; se junta tan sólo la exaltación de los centros cere- brales que, en vez de apartar la atención del ambiente, provoca el delirio. Los lectores quizás hayan tenido ocasión de oír los desa- tinos de algún borrachín que trata en vano de luchar contra los efectos del alcohol y vacila, hasta con el pensamiento, entre la rea- lidad y la irrealidad, hasta que la inconsciencia hace presa en él. El estado de cansancio que nos conduce al presueño contiene, pues, elementos susceptibles de contribuir a la formación dé los sueños. El hecho de que estemos ya ausentes del mundo que nos ro- dea indica que no podemos seguir valiéndonos con lucidez de la mente, que debemos dejarla proceder por su cuenta, distorsionar las impresiones externas, resumir viejos pensamientos, trasponer- los, mezclarlos. Es a menudo en la fase del presueño, en sustan- cia, cuando se esbozan nuestras visiones nocturnas. De diez minutos a media hora. Ésta es en promedio, según los estudiosos americanos, la duración de las visiones. Como hemos dicho, sin embargo, hay sueños que no duran más que escasos minutos, a veces muy pocos segundos. La ciencia ha reunido una documentación enorme al respecto. Repasándola, nos encon- traremos ante muchos hechos curiosos que —idénticos o bien con

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variantes en sustancia insignificantes— nos han ocurrido también a nosotros. Un fisiólogo y psicólogo escandinavo, Bergstrom, relata lo ocu- rrido a un colega suyo que muy a menudo se amodorraba tras una pesada jornada de trabajo y tenía sueños extrañísimos. Una no- che Bergstrom estaba hablando con él de un ginecólogo alemán encarcelado por haber practicado la esterilización a unas muje- res que, después de haber traído al mundo varios hijos, no que- rían seguir teniéndolos. Concluyó defendiendo el proceder de aquel facultativo, y pidió su parecer al interlocutor. Y éste, des- pertando de golpe, jadeó: «¿Por qué has venido aquí? ¡Vuelve en seguida a África, o acabarás en prisión seis años!»

Como de costumbre, el médico estaba amodorrado. Había so- ñado que Bergstrom se dedicaba a practicar y a propagar la es- terilización, que había sido denunciado, detenido, procesado y con- denado a seis años de trabajos forzados y finalmente, con ayuda de algunos amigos, había logrado fugarse, esconderse unas cuantas semanas y, tras una larga y dramática caza del hombre, había sa- lido del paso embarcando para África, a donde llegó sano y salvo

y se dedicó a difundir la esterilización entre los indígenas. Y todo ello en el tiempo empleado por Bergstrom para decir:

«Yo, si fuese el juez alemán, le absolvería. ¿A ti qué te parece?» ¡El oyente se había dormido inmediatamente antes del «yo» y despertó cuando el «te parece»! Un caso análogo fue descrito en 1868 por Alfred Maury. El profesor de Meaux contó que había soñado un sucedido que duró muchísimos días y que se había visto finalmente arrastrado ante un tribunal revolucionario francés y condenado a muerte. Ade- más, el viaje en la carreta que transportaba, a través de toda la capital, a los delincuentes al patíbulo fue interminable como los

preparativos para la ejecución. Luego, cayó la cuchilla de la gui-

llotina

y en aquel instante Maury despertó, bañado en sudor,

y vio que se había desprendido un barrote del testero de su cama

y le había golpeado en el cuello. Una fracción de segundo, la trans- currida entre la caída del barrote y el completo despertar, había bastado para producir aquel sueño. El psicólogo Pierre Real nos

dice:

durmiente,

que despierta en seguida. Sin embargo, nos contará el sueño que

acaba de tener. Se ha encontrado con algunos amigos en el bar,

ha habido una juerga general y todo ha terminado con un tiroteo. Ese hombre tiene, pues, la impresión de haber tenido un largo

entre

sueño, siendo así que había transcurrido poquísimo tiempo la explosión del escopetazo y el despertar.

Por ejemplo,

se dispara

un escopetazo

cerca

de

un

22

PETER K0L0SIM0

Esto no debe asombraros. Pensad simplemente en ciertos mo- mentos de divagación en los cuales a veces os sumís. Y si alguien os pregunta: «¿En qué piensas?», respondéis: «¿Yo? En nada.-» Sin embargo, con frecuencia se ha desarrollado en vuestro espíritu una escena larga, complicada. Habéis imaginado las situaciones

más absurdas, personajes, palabras, respuestas

dos o tres segundos. Pero no debe extrañarnos, porque las ideas,

en efecto, son transmitidas como unos impulsos eléctricos cuya rapidez es notabilísima.

Y todo esto en

Y ahora, volviendo a nuestra ciudad fantástica, hemos de pre- guntarnos: ¿Quién es su constructor? Nuestro Yo consciente no, de seguro, porque es incapaz de actuar, paralizado por el sueño. Pero si Morfeo lo atenaza, hace evadir a nuestro segundo Yo, aquel que nosotros encerramos, durante la vigilia, en una profunda mazmorra: el subconsciente, un señor cargado de instintos atá- vicos, de herencias desagradables, de deseos, de temores, de cos- tumbres, de manías que no revelaríamos en absoluto de buena gana, que insistimos, por el contrario, en no querer confesar si- quiera a nosotros mismos. Finalmente, libre en la noche, ese Mr. Hyde, presente en todos, se desencadena y edifica su ciudad. ¿Es siempre él el responsa- ble del plan de construcción, aun cuando haya sido influido por unos factores externos? Algunos científicos creen que sí y nos dicen que él se vale de tales factores del modo que más oportuno cree, que los adapta a sus necesidades. Otros propenden a la clasifica- ción de los sueños en dos categorías: los creados por el incons- ciente que reflejan su naturaleza y los que no tienen sentido alguno, que nacen de determinados estímulos (precisamente un ruido, una presión, un olor o así sucesivamente), de un malestar o de una enfermedad, de una fuerte impresión recibida en estado de vigilia. Nosotros pensamos que esta segunda tesis no es de descartar decididamente, pero nada nos consiente adoptar una clara toma de posición a su favor, mientras que sabemos, sin asomo de duda, que el subconsciente actúa en la inmensa mayoría de las visiones nocturnas. Es, por consiguiente, su actividad la que debemos so- meter a examen, porque, aunque muy descuidada, es para noso- tros importantísima, a menudo decisiva. Esta afirmación inducirá a alguien a pensar en los sueños inspiradores, proféticos, premonitores. Pero, ¿acaso existen esos sueños? Francamente, lo dudamos. Y nos proponemos, de todos modos, referirnos no a ellos, sino a todos los demás, a los sueños «comunes» que son, además, inspiradores, proféticos, premonito- res, pero no en una acepción más difundida de tales adjetivos.

GUÍA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

23

Nos ayudan a conocernos, a vernos «por dentro», a vernos bien, a comprender el origen de ciertas actitudes de otro modo inexpli- cables, a poner a la luz nuestra personalidad, a cuidarla y, por consiguiente, a seguir el camino más oportuno.

II

DINOSAURIOS EN NUESTROS SUEÑOS

Frankie se despertó gritando, y era un grito muy extraño el suyo. Ningún niño ni ningún hombre gritan así. Parecía el rugido de una fiera al cual se mezclaba apenas algo de humano, una nota de furor, de miedo y de desesperación.

El doctor Porter y su esposa corrieron a la habitación de su hijo y lo encontraron de pie en la cama, adosado a la pared, con el puño derecho cerrado como si apretase una lanza, el semblante descompuesto con una expresión de rabia y de terror. El niño miró, atónito, a sus padres y se echó en brazos de la madre y balbuceó:

—Mamá, he tenido un sueño

¡He pasado mucho miedo!

El doctor William Porter es un reputado psicoanalista. La visión nocturna del pequeño le interesaba, por lo tanto, doblemente, como padre y como médico de la psique. Se la hizo contar hasta los menores detalles, y quedó no poco impresionado por aquella aven- tura onírica. El chiquitín se había encontrado, en sueños, bailando con un grupo de hombres desnudos alrededor de una gran hoguera en- cendida al pie de una montaña. La zarabanda precedió a un curioso banquete, en el curso del cual los salvajes (no hubieran podido ser definidos de otro modo) se alzaban para ir a buscar comida en un gran montón de carne cruda. De pronto apareció un mons- truo espantoso, y todos corrieron a refugiarse en cuevas abiertas en la base de una pared rocosa. El monstruo intentó cogerlos, pero

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LOS

SUEÑOS

25

las entradas de las cuevas eran demasiado angostas para que lo- grase meter la cabeza en ellas, y los asediados se defendían ases- tando lanzazos a la cara de la fiera enfurecida. Por muy raro que fuese, el sueño hubiera podido hallar una explicación en las impresiones dejadas por un filme, por un relato, por un libro. Pero Frankie tenía cinco años, nunca había visto películas ni oído relatos propios para «inspirarle» visiones seme- jantes. Su padre, con todo y quedar un poco perplejo, logró, como buen seguidor de Freud, estructurar una aclaración «lógica». Un año después, sin embargo, hubo de sentirse poner la carne de gallina cuando el crío, hojeando una enciclopedia, puso el índice sobre una lámina y dijo:

—Mira, éste es el monstruo que soñé. ¡Aquella lámina reproducía un dinosaurio carnívoro!

Cuando veamos caer la Luna

Hay un sueño —según el cosmólogo francés Denis Saurat— que, tarde o temprano, se presenta a la mayor parte de los hombres:

el de la caída de la Luna. En un cielo oscuro titilan las estrellas, el satélite comienza a oscilar, se agiganta y se precipita sobre la Tierra mientras un viento infernal asóla al planeta. No se trata de un sueño fantástico ni de una premonición, sino de la reaparición de recuerdos ancestrales, transmitidos in- conscientemente por miles de generaciones, igual que las descrip- ciones del apóstol Juan sobre el fin del mundo son inspiradas pro- bablemente en la memoria de lo ocurrido en un pasado muy re- moto, precisamente a resultas de la destrucción de un satélite precedente. Hay muchos sueños que retrotraen a los albores de la Huma- nidad, según afirman otros profesores, y la antropología, la pa- leontología, la arqueología, nos confirman que sus elementos no son en absoluto fantásticos. Como hemos visto, la visión nocturna del pequeño Frankie Porter parecería pertenecer a esta serie, a menos que se la quiera considerar fruto de la casualidad. ¿Guardaríamos entonces el recuerdo de ciertos pensamientos, de ciertas sensaciones, de ciertos acontecimientos para nosotros sin fecha, que nos han sido transmitidos a través de incontables generaciones? Hasta hace poco tiempo muchos científicos mos- traban un extremado escepticismo al enunciado de esta hipótesis, aseverando que el grado de desarrollo de la parte de nuestro ce-

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PBTER

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rebro donde reside la memoria era tan bajo como para no permi- tir la retención de los recuerdos. Estudios recientes han comprobado, sin embargo, que la edad del género humano es superior con mucho a la fijada por los seguidores ortodoxos de Darwin. «Por lo demás —observa el pro- fesor Werner Kemper, insigne psicólogo alemán—, la toma de po- sición de esos incrédulos no parece sostenible. Conocemos una teoría completa de funciones, en su mayoría de importancia vital, que hoy van ligadas al desarrollo cerebral, pero que también en las fases anteriores a este desarrollo se desplegaban de modo excelente.» Tenemos, además, el «trauma a la insulina», que parece pro- porcionarnos la prueba clarísima de que cada uno de nosotros recuerda inconscientemente no sólo los albores de la prehistoria, sino también los antecedentes de la multimilenaria aventura del hombre en la Tierra. El «trauma a la insulina» se aplica en medi- cina en los casos de esquizofrenia y de demencia precoz. El pa- ciente es puesto en estado de inconsciencia con una inyección de hormonas y despertado después con otra de glucosa. Este desper- tar se produce lenta y gradualmente, y conduce precisamente al sujeto a manifestar el paso a través de las varias «aberturas a la Humanidad». Es sabido que nosotros, durante los nueve meses de gestación, «sintetizamos» las más importantes fases de la evolución vividas por nuestros lejanísimos antepasados. Por breve tiempo la criatura que va formándose posee las agallas de los peces, antes de pasar a la respiración pulmonar; luego adquiere el rabo del abuelo si- miesco, para perderlo antes del nacimiento y muchos órganos más se forman y se transforman desapareciendo en gran parte para hacerle ver la luz como Homo sapiens. Bajo el influjo de la insulina y de la glucosa, reasumimos mucho más detalladamente la misma historia. A la primera in- yección, el paciente parece muerto y ni siquiera manifestaciones vitales primarias, como el latido del corazón y la respiración, pue- den percibirse sin el auxilio de unos instrumentos apropiados. Después del inicio del suministro de glucosa se consigue una mí- nima intensificación de las funciones. El sujeto está en la fase en que, millones de años atrás, brilló un tenue resplandor de con- ciencia, pero no está en condiciones de concebir el más pequeño pensamiento, ni siquiera de soñar. Unos minutos más tarde se observan señales de vida: lentos, leves movimientos de los brazos y de las piernas, que recuerdan los de la natación, j Nuestro ser primordial se ha vuelto pez! Siguen otros gestos de los cuatro miembros y he aquí a la criatura tor- nada anfibia salir del mar, intentar los primeros, inciertos pasos

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sobre la tierra firme. Inmediatamente después (pero en la historia de la evolución han transcurrido infinitos millones de años) se revela el simio y por fin el sujeto emite unos sonidos guturales que se truecan poco a poco en un balbuceo. El paciente ha alcan- zado la fase infantil, de la cual pasa a la del hombre maduro. Considerando esta posibilidad, podremos llegar a explicar al- gunas de esas curiosísimas manifestaciones oníricas, sobre las cua- les volveremos, designadas por los estudiosos con la expresión déjá vue («ya vista»), manifestaciones que nos dejan desconcer- tados, impresionados y alimentan, hasta en los individuos menos sensibles a la fascinación de lo trascendental, la sospecha de que los sueños contengan de veras algún elemento mágico. —Llegué a Amsterdam alrededor de las cinco de la tarde —nos dice un médico alemán, el doctor Albert Müller—. Era un hermoso atardecer de verano, y yo, decidido a disfrutarlo, dejé la maleta en la consigna encaminándome a pie hacia el centro. Cuando, una vez cruzado el puente, recorrí la calle principal, tuve la impresión de conocerla muy bien. No sólo las estrechas callejuelas laterales que no dejan de sorprender a los turistas se me antojaron fami- liares, sino que me pareció reconocer cada tienda, cada café, tanto que, habiéndome quedado sin cigarrillos, traspuse la puerta de un establecimiento aun antes de darme cuenta que se trataba de una expendeduría de tabacos. »Me paseé por la ciudad, a lo largo de los canales que los ex- tranjeros encuentran a primera vista todos iguales, y de pronto me asaltó una idea que me dejó aturdido: "Ahí, en la esquina, —dijo 'algo' en mi cerebro—, hay un hotel acogedor y tran- quilo. Tal vez podré tener la habitación del primer piso, que da al patio y que es muy cómoda." Un pensamiento trivial, ciertamen-

pero para quien se hubiese alojado ya en aquel hotel. No

para uno que, como yo, no había estado nunca en Holanda. «Encontré el hotel, exactamente como me lo había imaginado, desde el largo pasillo hasta la angosta escalera con una alfombra

roja. Sólo la estancia era diferente. Pero la mañana siguiente, al

y reconocí

te

bajar, vi una puerta entornada, eché un vistazo dentro

la habitación que había esperado tener. »De vuelta en Alemania, conté a mi familia lo que me había ocurrido encontrando un poco de asombro y mucha incredulidad. Pero la noche que repetí el relato en casa de mis padres, sin dar- me tiempo a añadir detalles, mi abuelo exclamó, admirado: " ¡ Ese hotel es el 'Ambassade', en el número 349 de la Herengracht! Y la habitación de la cual me hablas es la que yo solía ocupar cuan- do paraba en Amsterdam!" «Entonces recordé que había visto antes de entonces aquellas calles, aquel hotel, aquella estancia, que había "previvido" ya mi

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aventura en Amsterdam. Y todo ello en un sueño que había tenido cinco o seis años antes. Esta transmisión de recuerdos del abuelo al nieto (los episodios análogos se cuentan por millares) tiene, sin duda, algo de fantás- tico, pero al menos cabe intentar intuir una solución, cosa que se torna aparentemente mucho más ardua con otro tipo de déjá vue, cuando nos hallamos ante paisajes, personas, situaciones que es- tamos ciertos de haber conocido en un sueño y que excluyen la eventualidad de una transmisión de recuerdos.

—Me encontraba en Sudáfrica —cuenta el ingeniero británico J. Kinsey—, y una mañana me dirigía, a través de la selva, a un río sobre el cual se estaba construyendo un puente. El lugar es- cogido por los responsables no era el ideal, pero yo nunca había pensado en un desastre. Pero cuando desemboqué en una expla- nada herbosa, «supe» de improviso que el puente se derrumbaría. No era un presentimiento; estaba reviviendo en la realidad una escena vivida ya en sueños: el calvero, los árboles abatidos, los dos

todo me era familiar, hasta el rostro del ayudante

que vino a mi encuentro. «Me temo que eso no va a aguantar»,

y se vino

abajo unos minutos después, cuando el último obrero llegaba a la orilla, afortunadamente sano y salvo como sus compañeros. I Aquello también lo había soñado! Aquí traspasamos ya las fronteras de los sueños proféticos, de los cuales, sin embargo, nos ocuparemos más adelante, pero tenemos todos los elementos del déjá vue, elementos que nos dan escalofríos aunque no haya de por medio ningún desastre; cuando, por ejemplo, atravesamos alguna zona cualquiera y tenemos la impresión clara de haber estado ya en ella, aunque jamás en el pasado la hayamos visto y cuando quedamos atrapados en una situación que nos parece haber vivido, pese a ser una experiencia del todo nueva para nosotros. ¿El mundo de los sueños puede, por lo tanto, traspasar las fronteras del futuro? No. El ilustre investigador del cerebro Wilder-Penfield ha pues- to el misterio al descubierto declarando que las impresiones en cuestión son debidas a una pequeña panne, a una especie de corto- circuito en el centro de la memoria. Cualquier cosa que pensemos o hagamos, inconscientemente, fulminantemente, es confrontada con los recuerdos de una pretérita situación análoga, que puede perfectamente haberse producido en sueños. «Así es ahora —nos dice la memoria— y así en cambio ha sido.» Pero basta con un pe- queño trastorno para desviarnos, para hacernos, en cambio, con- cluir: «Justo como es ahora, ha sido ya.» Tal trastorno puede ser provocado por Wilder-Penfield en cualquier paciente suyo, lo cual

barracones

le dije. En aquel momento, el puente empezó a ceder

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nos proporciona una demostración convincente de la veracidad del aserto. En el caso de J. Kinsey, la explicación es elemental. Tengamos presente que en sueños se manifiestan temores y deseos. Ahora, ¿qué ingeniero no teme que un puente sea construido en un lugar inadecuado y se derrumbe y no espera que los obreros se salven? ¿Cual no sueña, antes o después, una y otra cosa? En cuanto al paisaje y al rostro del ayudante, la panne de la memoria es más evidente que nunca. Todas las obras de un sector determinado tie- nen elementos comunes (como los tienen, por lo demás, todas las fábricas, todas las oficinas, todas las casas, y así sucesivamen- te). ¿Y acaso no nos ocurre también, aun despiertos, observar, por ejemplo, que el señor X se parece a David Niven y la señorita Y a una ex compañera de escuela nuestra, aunque, en realidad, tal se- mejanza sea muy vaga o no exista en absoluto? ¡ Imaginémonos por tanto qué «fundadas» confrontaciones podemos efectuar con imá- genes que se nos aparecen en sueños!

Las impresiones

de los niños

nonatos

Dejemos los engaños del «ya visto» y volvamos a los recuerdos. Consideremos una serie de ellos menos alucinantes que las visio- nes ancestrales, pero igualmente pasmosa: la que se refiere a la memoria prenatal. Algunos investigadores niegan que semejante memoria esté aún viva en nosotros o, al menos, en nuestro sub- consciente, pero el psicoanálisis ha demostrada del modo más evidente (y tendremos ocasión de comprobarlo perfectamente más adelante) que el hombre adulto tiende a menudo a rehuir las dificultades que se le presentan refugiándose, en sueños, a lugares que simbolizan el regazo materno. También otras ciencias, por lo demás, contribuyen a apoyar la tesis de los «detectives de la psique». Hay, en suma, una buena dosis de verdad en las afirmaciones de esas madres que, conven- cidas, explican el desasosiego de su niño con frases como: «Viví

»

«Antes

un período agitadísimo cuando estaba en estado interesante

«Son las preocupaciones que tuve durante el embarazo

de que naciese, yo estaba nerviosísima

La existencia de una correlación directa entre el estado de ánimo de la futura madre y el temperamento de la criatura que lleva en las entrañas no ha sido hasta ahora plenamente demos- trada. Es un hecho, sin embargo, que vemos el corazón del em-

»

»

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brión acelerar los latidos cuando la gestante es presa de una fuerte emoción o está asustada. En el momento que una mujer se sobresalta, una de sus glándulas introduce adrenalina en la cir- culación sanguínea. La adrenalina estimula la actividad cardíaca, y a través de la placenta llega también a la circulación del niño provocando la misma reacción. Una simple reacción química, de acuerdo, pero, ¿qué sabemos de sus consecuencias?

Podemos dudar del hecho que el estado de ánimo de la madre ejerza una influencia en el niño nonato —observa el gran psicólo- go y sexólogo británico Eustace Chesser— sólo si creemos en la existencia de una neta línea de separación entre cuerpo y psique. Pero cuanto más progresa la ciencia médica, más nos demuestra que factores psíquicos pueden provocar trastornos físicos y vi- ceversa. Si durante el embarazo la madre se encuentra en un estado de miedo o de desesperación, podemos considerar con razón que semejante estado influye en su físico y repercuta en la criatura, que está íntimamente vinculada a ella. Pese a no estar en condi- ciones de descubrir lo que ocurre en la psique del niño, debemos contar con efectos desfavorables. »A partir de determinada fase de su desarrollo, él nuevo ser posee sin duda una psique. No tiene consciencia en el sentido co- rriente de esta palabra, pero tampoco es considerado a la medida de una forma inferior de vida. No es cierto que la capacidad de percepción se establezca en el instante en el cual la criatura ve la luz, justo como si se girase un interruptor. Hay innumerables grados de consciencia, y la que nosotros conocemos sólo incluye una parte infinitesimal de la vida de nuestra psique. Pensamos que un hombre dormido no tiene consciencia, y sin embargo pue- de tener pleno conocimiento de un sueño. Al despertar, tal sueño puede ser olvidado, pero también quedar vivo en la memoria o en el subconsciente por quién sabe cuánto tiempo.

Existen muchos apoyos convincentes a la teoría de Eustace Chesser. Hay, por ejemplo, ciertos temores propios de personas adultas, que indudablemente tienen origen en el curso de la vida uterina, como ha podido establecer la hipnosis. Recordemos aquí la sensación de angustia que sobrecogía a cada sobresalto a un conocidísimo científico, obligado a recorrer largos trayectos en automóvil para cumplir sus deberes profesionales. Al principio creía que se trataba de tensión nerviosa, pero, al observar que tras una temporada de descanso la cosa se repetía, hasta el punto de exponerlo a graves accidentes, recurrió a un especialista de en- fermedades nerviosas, quien lo dirigió a un psicoanalista

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Y éste resolvió el enigma, descubriendo que la madre de su

paciente, mientras viajaba en autobús durante el embarazo, fue arrojada al suelo por un brusco frenazo. El sujeto, por consiguien- te, reaccionaba a una sacudida nerviosa registrada meses antes de su venida al mundo. Muchos psicólogos de valía nos refieren comprobaciones análo- gas añadiendo que algunas personas reviven manifiestamente, en sueños, traumas prenatales. Sintomático es también el caso de dos chiquillos suecos que desde su más tierna edad tenían un terror irrazonable de los viajes de bajada en ascensor. Cuando estuvieron en condiciones de expresarse de modo comprensible, hablaron de sueños periódicos en los que dominaba la idea de una angustiosa caída seguida por una brusca parada, y no fue difícil descubrir que sus madres, durante el embarazo, habían resbalado, una sobre hielo y la otra en casa mientras hacía la limpieza.

El profesor Werner Kemper nos dice que reunió la documen-

tación de veinte sueños muy significativos al respecto, entre los cuales había los de dos niños que por supuesto no podían haber recibido informaciones detalladas acerca de la gestación. Y, sin embargo, en sus visiones nocturnas volvían a la vida uterina, ex- perimentando de nuevo sus sensaciones. Pero hay más: uno de los sujetos (una niña de cuatro años) había reproducido el ambien- te con un cuadro que representaba una exactísima descripción anatómica.

Será oportuno subrayar que los sueños de «retorno al naci- miento» (representado por el refugio en lugares angostos, cálidos y confortables, pero más aún por las agradables sensaciones que provendrían de la estancia de un ambiente similar) no deben alarmar, a menos que se produzcan con frecuencia. En este caso denotan una personalidad muy débil, un excesivo temor de las adversidades, una impresionabilidad morbosa, con otras tenden- cias poco simpáticas que, si no se corrigen, pueden conducir a graves desequilibrios.

III

TODAS LAS NOCHES VOLVEMOS AL PASADO

¿Qué habrá sido de Peter the tramp, «Perico el vagabundo», con su barba larga, su sombrero desfondado, su traje hecho jiro- nes, el hatillo colgado de un bastón? Era el protagonista de viejas historietas de dibujos americanas, siempre de viaje a lo largo de las vías de las grandes líneas trascontinentales o agarrado bajo el vagón de un mercancías, siempre perseguido por policías, perros y amas de casa a las que intentaba robar los guisos puestos a enfriar en el alféizar de la ventana, siempre hambriento. Dormía y soñaba en casi cada historieta, Pete the tramp. Dormía roncando con una serie de Zzzzz y soñaba pollos, bistés y pasteles. Quizá se acordó de este personaje el psicoanalista doctor Weiss, cuando, con objeto de coleccionar material par a sus estudios so^ bre la función protectora y compensadora de los sueños, decidió interrogar también a un profesional de la miseria ambulante. Como fuere, halló pollos, bistés y pasteles en sus historietas nocturnas, aunque no sobre el fondo blanco propio de las visiones del buen Pete. He aquí, por ejemplo, un sueño «típico» del vagabundo entre- vistado:

—Me había echado a dormir detrás de un matorral, cuando sentí algo que me mojaba los labios. Pasándome la lengua bajo los bigotes, me di cuenta de que se trataba de whisky. Entreabrí los ojos, sin despertarme del todo, y vi de pie, a mi lado, a Dixíe

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Dan (otro vagabundo) que, sonriente, tenía junto a mi boca su bastón, del cual salía precisamente un chorrito de whisky. Sin dar- me cuenta, me puse a chupar, pero el chorro era demasiado fuer- te y el licor me rebosaba de la boca. Me sentí todo mojado y des- perté. Dixie Dan había desaparecido. Me vi rodeado por un grupo de señores vestidos de etiqueta que, riendo, me hicieron levantar y me llevaron con ellos al pueblo, alegres y cordiales. Pronto me encontré a mis anchas entre ellos, y noté que ya no llevaba mis harapos, sino que vestía de frac. Alguien me dijo que estábamos invitados en casa del alcalde y, efectivamente, cuando llegamos se estaba celebrando una fiesta. Yo tenía un hambre terrible (en realidad llevaba veinticuatro horas sin comer) y procurando no hacerme notar, me zampé un plato entero desasado frío y muchas porciones de tarta de frambuesa. Pero, mientras devoraba el pos- tre, me di cuenta de que un agente me estaba observando. Con terror me percaté de que volvía a llevar puesto mi traje sucio v harapiento. El oficial intentó golpearme con un manojo de es- pinos que empuñaba, pero se acercó una señora con una diadema en el pelo y una cinta en torno al cuello, que riñó al oficial y lo echó. Es perfectamente normal —observará alguien— que un hombre hambriento sueñe con hartarse, como un sediento con beber y un individuo atormentado por necesidades sexuales con satisfacerlas. Desde luego es natural, pero no siempre las necesidades humanas se presentan, en el reino de Morfeo, de una manera tan evidente. Muy a menudo, por el contrario, son «mimetizadas». Sólo aquellas consideradas inocentes por quien sueña se reflejan en las visiones nocturnas sin ser deformadas, y tampoco ésta es una regla general. En el caso de nuestro vagabundo, de todos modos, podría pa- recer superfluo recurrir al psicoanálisis, pero no esiasí. Para darnos cuenta de ello debemos ante todo tener presente que la natura- leza de los sueños es doble, con poquísimas excepciones, o sea que cada visión posee un contenido cabal o manifiesto, identifi- cable en el relato que puede ser efectuado por el sujeto (por ejem- plo: «He soñado que apuñalaba a una mujer»), y un contenido la- tente cuyo análisis revela el verdadero significado del sueño (soñar que se apuñala a una mujer denota el deseo de poseerla). Ahora bien, el contenido manifiesto de la aventura irreal del vagabundo puede ya parecer elocuente, pero no saca a la luz más que la mínima parte de cuanto se agita en él. ¡ Qué horizonte nos abre, en cambio, el análisis del contenido latente! Tampoco aquí faltan los estímulos externos, no determinantes, pero capaces de hacer que el caso tome una cierta dirección: una gota de agua caída de una hoja sobre los labios del durmiente y transformada en buen whisky por el diablillo de los deseos y el

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suelo húmedo de lluvia reciente que da al sujeto la sensación de estar empapado por el licor. Pero vamos a la interpretación del sueño, habida cuenta de los detalles facilitados por el sujeto al doctor Weiss, indispensables para el éxito del análisis. El bastón era en realidad una porra con la cual habían ate- morizado muchas veces al barbudo (lo llamaremos Pete). La porra pierde su significado amenazador y se transforma en un dispen- sador de felicidad (whisky). También el policía que la empuñaba cambia de aspecto y se convierte en Dixie Dan, un amigo, que luego desaparece, como desaparece el traje andrajoso del soñador. No olvidemos que Pete chupaba la punta del bastón. Esta acción expresa el deseo inconsciente de abandonar la vida trashu- mante, de volver a la infancia despreocupada (de chupar, es decir, del seno materno) e inmediatamente después el anhelo secreto de Pete asume unos contornos bien definidos: ser un hombre normal, no volver a tener que temer a policías y porras, ser acogido por el prójimo en un plan de igualdad (cordialidad, alegría común, invitación a la fiesta), elevarse (el frac), gozar la estima de los superiores, de las autoridades (la participación en la fiesta del alcalde). Nuestro vagabundo no se mata el gusano del hambre en sueños con un panecillo, sino con platos exquisitos, que representan un premio a su resurgimiento social. Sin embargo, come a escondidas, con lo que expresa el miedo de no llegar a la meta, de seguir siendo considerado un vagabundo, de no poder ocultar su pasado (desapa- rición del frac, sustituido por los harapos usuales). Y he aquí que entra en escena el agente. ¿Quién es? El padre de Pete. Era, en realidad, un empleado de Banco, pero el progeni- tor suele aparecer, en sueños, como una persona de reconocida autoridad (un rey, un oficial, un policía, un profesor y así sucesi- vamente). Con la severidad que en realidad le era propia, querría pegar a su hijo, pero interviene la madre, con ropas de gran se- ñora, que evita a Pete el castigo inmerecido. Las explicaciones parecían haber terminado, pero hay más. Está el famoso «complejo de Edipo», con un trasfondo meramente sexual. Ello se transparenta ya vagamente del simple relato del sueño, pero para verlo claro hace falta saber algo acerca de la infancia del sujeto. Interrogado, Pete revela que, espiando a sus progenitores en la intimidad cuando él no tenía aún ninguna no- ción concerniente al erotismo, sufrió una impresión tremenda, convencido de que su padre estaba maltratando a su madre, que intentaba estrangularla. Más tarde, el chiquillo fue sorprendido mientras jugaba «al doctor» con una amiguita y su padre le dio una azotaina despiadada. Desde aquel día, el odio de Pete por su

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padre creció. «No he hecho nada malo —se decía el niño no en- contrando ninguna falta grave en su comportamiento— y he sido castigado precisamente por él, que es mucho más malo que yo y hasta trata de matar a mamá.» He aquí, pues, esclarecida la última parte de la aventura irreal de Pete que pone de relieve los recuerdos de las varias in- tervenciones de la madre para evitar al niño reprimendas demasia- do violentas, y el fuerte trauma causado por la «visión prohibida» infantil (la señora luce la diadema de la bondad, de la nobleza de ánimo, y lleva una cinta alrededor del cuello para tapar las huellas del «estrangulamiento»). El subconsciente, por último, jun- ta estos detalles, pertenecientes a la esfera de la sexualidad, con los deseos sexuales del vagabundo, y por esto el padre de Pete em- puña un manojo de espinos. Las hojas son un símbolo de femi- neidad, las espinas denuncian obstáculos que se oponen, para el vagabundo, a la consecución de una relación amorosa satisfactoria.

He aquí cuáles son las funciones de los sueños

Del análisis de la visión nocturna de Pete se desprenden, cla- ras, las tres funciones principales de los sueños:

— Proteger el sueño; — Conducir a una imaginaria satisfacción de los deseos; — Hacer surgir (sea a través de una cruda revelación o por medio de una ficticia superación) los miedos inconscientes, los problemas, los conflictos internos, los «complejos» y todo cuanto está vinculado con ellos. Los sueños, por lo tanto, no son extravagantes galopadas de la mente incontrolada en un mundo inexistente, ni mensajes que nos envía quién sabe qué poder sobrenatural, sino que son parte de nosotros mismos, más aún, son nosotros mismos. Freud advier- te que somos plenamente responsables tanto de nuestros sueños «malos» como de los «buenos». Intentemos negarlo y la existencia se preocupará de demostrarnos lo contrarío. Un solo sueño puede bastar para bosquejar nuestra personali- dad, para poner de relieve hasta las facetas que no podemos o no queremos ver (el de Pete es muy elocuente al respecto). Lo más frecuente, sin embargo, es tener que examinar varios sueños para llegar a tanto y hace falta conocer ese mecanismo, que aquí no podemos por supuesto estudiar a fondo, pero que siempre será útil exponer a grandes rasgos.

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En el primer capítulo hemos comparado el sueño con una ciudad edificada por el subconsciente, que extrae las materias pri- mas del almacén de la memoria. Veremos ahora con qué crite- rios opera el asombroso arquitecto y de qué material específico se sirve. Al hacerlo, nos adentraremos cada vez más en el reino de Morfeo y, al mismo tiempo, comenzaremos a sondear el abis- mo de la personalidad. Ante ciertas extrañísimas visiones nocturnas que parecen no tener absolutamente nada en común con nosotros y con nuestra existencia, o ante otras originadas por un estímulo externo o por un malestar, muchas mentes tendentes a un extremado racionalis- mo se preguntan si no es posible que el sueño sea, en realidad, un insensato vagabundeo del espíritu y que algunas de sus refe- rencias a la realidad sean puramente casuales. Para algunos sueños quizá pueda ser así, pero si ello fuese vá- lido en cada caso, el psicoanálisis no tendría modo de «leer en el pasado» y la psicoterapia no podría apuntarse ningún logro. Pero, ¿por qué, entonces, el curioso arquitecto opera con cri- terios tan complicados? Porque —lo hemos visto— tiene tres im- portantísimos cometidos que no podría cumplir de otro modo, dado que nuestro Yo consciente se lo impediría. Si el sueño fuese

una copia fiel de la realidad, no protegería el acto de dormir (Pete

el vagabundo, por ejemplo, no hallaría reposo si su hambre, su

cansancio, sus apuros se reprodujesen tal como son en las visio- nes nocturnas), no conduciría a la satisfacción imaginaria de la mayor parte de nuestros deseos, no resolvería ningún conflicto.

Los deseos que más nos acucian son efectivamente aquellos a

cuya realización se oponen principios morales, religiosos, o inclu- so solamente el buen sentido o el temor y a veces no somos cabalmente conscientes de ellos, porque no nos atrevemos siquiera

a pensarlos. Sin embargo, el subconsciente los conoce perfecta-

mente. No está dominado por nuestros principios, por nuestro buen sentido, por nuestro miedo, pero puesto que forma parte de nosotros, hemos de tenerlo en cuenta. Y así llega a un compro- miso: satisface sus anhelos por caminos oblicuos, de un modo que no puede ofendernos ni alarmarnos. Actúa, en suma, un poco como esos caballeros que, poseídos por el demonio del juego e imposibilitados, por varios motivos, de entregarse a él, desaho- gan su pasión sobre los boletos de las quinielas del fútbol.

En lo que concierne a temores, problemas, «complejos», el subconsciente aplica el mismo sistema. ¿Acaso no hay siempre un deseo de por medio? Tememos a una persona, y, por lo tanto deseamos, poder con ella; si una situación nos pone en apuros, deseamos superarla, y si una duda nos atormenta, deseamos acla- rarla.

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Pero en este punto viene a atormentarnos de veras una duda, y grande, además. Visto que las fantasías de los sueños ocultan verdades desagradables y comprobado que tales fantasías repre- sentan la regla, no la excepción, ¿debemos considerarnos todos un poco anormales? Ciertamente. ¿Quién, con todo y pretenderse plenamente sa- tisfecho de su vida, puede afirmar sinceramente no ser tortura- do por deseos, temores, dilemas secretos? Pero esto no debe asus- tarnos en absoluto. También de esas espinas, del modo como acep- tamos su presencia, las suavizamos o las eliminamos, está for- mada nuestra personalidad. No existiría si no existiesen conflic- tos. Si no tuviésemos ningún problema, si aceptásemos de buen grado todo cuanto nos es dado y no tendiésemos a más, seríamos unos deficientes totales. Y ahora, basándonos en las dosis de realidad y fantasía pre- sentes en las visiones nocturnas, demos el primer paso en el es- bozo de una diagnosis de la personalidad, miremos a la luz de los clásicos «sueños de las tres muchachas» (Lemaitre), teniendo pre- sente que las deducciones no se aplican tan sólo a la esfera sen- sual. Tenemos, pues, tres dieciochoañeras que llamaremos Alba, Bruna, y Clara, todas de buena familia, todas enamoradísimas de un jovenzuelo que, desgraciadamente, no conoce sus sentimientos. ALBA sueña que está a solas con el joven en un calvero. Lo provoca, se hace perseguir, lo rehuye, se esconde y es alcanzada; se rebela a su abrazo, protesta, luego la resistencia disminuye y cesa. Aquí el sueño refleja, pese a trasponerlo y condensarlo, el comportamiento normal, de suerte que es indicio de equilibrio, de seguridad, de falta de temores y pudores exagerados. El hecho de que la visión se repita con variantes no sustanciales, aunque intervengan otras menos claras, delinea la imagen de una perso- nalidad sana, equilibrada. BRUNA sueña que hace al amado incitaciones mucho más au- daces. En la playa, un tirante del bañador le resbala y ella lo deja resbalar; desde la piscina le telefonea frases alentadoras (la piscina, el agua y el teléfono son aquí símbolos claramente se- xuales) y en una estancia extraña se desnuda. Las visiones son de una evidencia brutal: la chica haría bien con poner mucho cuidado, porque es esclava de los instintos, incapaz de contenerse, carente de inhibiciones, propensa a conseguir lo que le apetece sin excesivos escrúpulos. CLARA sueña vuelos nocturnos, castillos, dragones, iglesias, leones con el rostro de él, a menudo escenas tan fantásticas como pavorosas. Demasiados símbolos, demasiadas luchas interiores. La personalidad queda sofocada entre timidez, debilidad, falta de sentido de la realidad y perplejidades de todas clases. A esta

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muchacha, una visita al psicoanalista no la perjudicaría soluto.

Los policías de nuestra conciencia

en ab-

Faros que rompen la noche, sirenas de coches, pasos, voces

Lilly, aterrorizada, se arrima a la pared en el siniestro

callejón oscuro. La buscan a ella. Todos la persiguen, la obligan a huir, a esconderse, a huir de nuevo. ¿Hasta cuándo? Lilly siente

que la tenaza se cierra, que la situación se hace desesperada. Sabe que es culpable, que ha cometido un delito espantoso, un crimen que no merece piedad. Pero ¿cuál? La muchacha hurga desespe- radamente en la memoria, pero no logra recordar. Ha ocurrido

algo terrible, algo

Por un instante tiene la impresión de estar cerca de la solu- ción de ese alucinante misterio, pero luego todo vuelve a confun- dirse en su mente. Y ha de ponerse a huir otra vez. Los policías la han descubierto y le pisan los talones. Lilly echa a correr, y la ciudad cambia de aspecto. Allí, en la esquina, está el cine de siempre, pero los grandes almacenes ya no están y en su lugar hay un lago, el lago de montaña que ella había visto unos años antes, durante una excursión. Luego, ve la Via Véneto, precisa- mente la de Roma, y Lilly corre rozando los veladores de los ca- fés, las columnas de los pórticos de la Plaza del Duomo de Milán, los muelles del Sena parisiense, una fuente de Turín, las murallas de un castillo dibujado por Walt Disney. Después ve una calle que le es muy familiar. Lilly llama, de- sesperada, al portal cerrado de una casa, pero sólo se abre una mirilla por la cual la contemplan unos ojos severos. Lilly reco- noce la mirada, distingue los rasgos del rostro, que es el de su abuelo, muerto unos meses antes. Invoca piedad, pero el difunto mueve la cabeza y le cierra la portezuela en la cara. La chica echa a correr de nuevo y, de pronto, se encuentra en un jardín, el del chalet donde pasó la infancia. Vaga entre los arria- tes, buscando a su mamá que debería de estar allí, sentada en el viejo banco de piedra, pero no la encuentra. Ve, en cambio, la entrada de una gruta, se refugia en ella. Y por fin se siente tranquila, segura, a salvo de toda persecución. Allí nadie podrá encontrarla, nadie podrá hacerle daño ¿Qué había en el origen del sueño de Lilly? Algo que otras chi- cas considerarían una bobada. Nuestra amiga, de veinte años, se

ahogadas

algo

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ha abandonado por primera vez a muestras de afecto con el no- vio. No ha pasado nada grave: un par de caricias y un beso apa- sionado. Lilly, sin embargo, ha recibido una educación muy se- vera. Se siente culpable, y su «complejo de culpa» se manifiesta precisamente con la agitada aventura onírica. —Si la gente supiera lo que he hecho —se dice Lilly— me des- preciaría, me odiaría, me perseguiría.

Y el sueño traduce en imágenes dramáticas esta consideración

que podía haber sido formulada también sólo en el subconsciente,

o sea sin que Lilly se diese cuenta. La chica se convierte en una

criminal y «la gente» se transforma en un ejército de policías que

le dan caza. Busca refugio en casa del abuelo, pero es rechazada,

y esta escena refleja otra ilación suya: «El abuelo era muy bueno, dispuesto a defenderme y a protegerme, pero era rigurosísimo en

lo

tocante a moral y jamás me habría perdonado lo que he hecho.» Finalmente, Lilly llega al chalet de su infancia. Desea volver a

la

misma infancia, a un período despreocupado, feliz, en el cual no

existían para ella problemas atormentadores. Busca a su madre, pero no la encuentra, porque el subconsciente le dice que en aque- llas circunstancias no encontraría siquiera a su madre para con-

solarle. Entonces se refugia en el único lugar donde nadie podrá hallarla, reprenderla, dañarla: en el regazo materno representado por la gruta. ¿Un sueño curioso, extraordinario? En absoluto. Todos hemos vivido sucesos oníricos semejantes, todos nosotros, en los mo- mentos de mayor miedo, de mayor desconsuelo, hemos vuelto en sueños a la entraña materna simbolizada por una gruta, por un nicho, por una camilla, por otros incontables lugares estrechos, acogedores y seguros.

Y ésta es la versión onírica de una exclamación que se les

escapa a muchos en las fases más críticas de la vida «¡Oh, si no hubiese nacido!»

El impresionante sueño de Lilly (con los referidos antes que

turban las noches de Clara) pone el acento sobre una duda que ya

se habrá asomado a la mente de nuestros lectores con el enuncia-

do de las tres principales funciones del sueño. El hecho de que

Morfeo se valga a veces de medios más bien desagradables para denunciar temores y «complejos», ¿no contrasta acaso netamente con sus dos primeros cometidos?

¿Cómo pueden los ensueños —se pregunta Werner Kemper— proteger el sueño, si existen (y no son en absoluto raros) sueños agobiantes, pesadillas, sueños en los que nos sentimos persegui- dos, acosados, o se busca algo afanosamente, sin conseguirlo, o se

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corre detrás de un tren sin lograr alcanzarlo, o bien, con gran vergüenza, nos vemos en público desnudos o casi desnudos? ¿Con- tradicen semejantes sueños la teoría de la satisfacción de los de- seos y de la función protectora del acto de dormir, dado que nos despertamos trastornados, bañados en sudor? ¿O bien se trata solamente de tentativas malogradas, de fallos que no afectan en nada las teorías en cuestión? Nadie ha dicho que las cosas hayan de tener siempre un final favorable para confirmarnos su razón de ser. Los aviones están hechos para volar, no para estrellarse, y las catástrofes que de vez en cuando tienen lugar no invalidan esta afirmación.

Sin adentrarnos en los dédalos del psicoanálisis recurriremos a una imagen que creemos eficaz. Nuestro arquitecto está eri- giendo una construcción que representa precisamente la satisfac- ción de un deseo. Pero lo que él quiera sepultar debajo de ese edificio es demasiado grande para ser sofocado. Cuando se per- cata de que sus esfuerzos son inútiles abandona y deja que aquel «algo» estalle, haciendo añicos el inmueble y a menudo el propio sueño. Es sabido, en efecto, que por lo general las visiones pavo- rosas son interrumpidas por un brusco despertar. Todo nace en nosotros y se desarrolla en nosotros. No hay motivo, pues, para que nos dejemos asustar por las visiones opre- sivas o espantosas. Deberemos saludarlas, por el contrario, como útiles campanillas de alarma que nos ponen en guardia —si sue- nan con frecuencia e insistentemente— contra un conflicto que amenaza con afectar gravemente nuestra personalidad. Se dirá, además, que la aventura de Lilly no era como para sus- citar visiones tan agobiantes. Pero el alcance real de los proble- mas no cuenta en el reino de Morfeo. Cuenta la importancia que nosotros les concedamos. Podemos tener una idea clara de ello pensando en una hoja que cae. Hay quien no la nota siquiera, quien la acaricia con un pensamiento melancólico, quien se ve impelido por ese brevísimo vuelo a escribir una poesía o cabal- mente un tratado filosófico. Una ulterior demostración de la im- portancia concedida por Lilly a su experiencia, la da el hecho de que ella, en sueños, no recuerda lo que ha hecho. No lo recuerda sencillamente porque no quiere recordarlo. Intenta refugiarse en el olvido, justamente como cada uno de nosotros trata de no pensar más en una acción que, vista a través del prisma de la conciencia, le parece indigna. Volveremos sobre el tema de los sueños angustiosos. Fijémo- nos, sin embargo, en que algunos de ellos van ligados con ciertas enfermedades y otros son provocados tan sólo por una mala di-

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gestión. Conformémonos ahora con exponer, muy genéricamente, las causas principales:

—Grave sensación de culpabilidad. Por mucho que vayamos en busca de justificaciones, no logramos persuadirnos de que nuestro comportamiento es justo. En lo profundo de nuestro Yo, suscitamos al monstruo desencadenado a destruir las mentiras piadosas que nos contamos a nosotros mismos. —Defensa de un deseo que nos parece particularmente indigno e intenso. Ni siquiera en sueños logra nuestro subconsciente re- ducir la embestida con la satisfacción imaginaria. Para proteger- nos sólo queda entonces el revelarnos a nosotros mismos, sin re- paros, todo el horror del insano anhelo. —Necesidad de autocastigo, determinado por una tendencia al masoquismo.

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IV

IW MUNDO HECHO DE INSTINTOS

Y DE RECUERDOS

Una mirada superficial a los criterios seguidos por el arquitecto nos ilumina ya acerca de las estrechas relaciones existentes en- tre los sueños y nuestros verdadero Yo. Consideremos ahora el material empleado y llegaremos a una comprobación más impor- tante aún. Es el mismo que compone nuestra personalidad. A propósito de ésta, nos engañamos con frecuencia. Es difícil verla en su auténtica estructura por estar escondida bajo el bar- niz, las policromías, los adornos con que la disfrazamos conscien- te e inconscientemente para presentarla, tanto al prójimo como a nosotros mismos, en un ropaje digno y brillante y, por consiguien- te, es arduo notarle los defectos, corregirlos, identificar sus valo- res reales y hacerlos resaltar. Todo esto se hace posible en sueños, cuando cada una de sus partes se nos muestra tal y como es ver- daderamente, si bien con algunos reparos. Los instintos son como resortes comprimidos de nuestra per- sonalidad, encerrados en un envoltorio tejido de moral, de educa- ción, de principios religiosos, de conveniencias sociales, más o menos aptos para contenerlos, según la convicción con la cual ha- yamos reforzado su trama. Una persona normal logra controlar los instintos, pero no siempre del mejor modo. Los empaquetados con poca pericia sobresalen del envoltorio, lo deforman y lo dete- rioran. Poseen, en efecto, una potencia espantosa (los sexuales en primerísimo lugar), y es difícil retenerlos, manejarlos, tan di- fícil que los individuos más débiles los dejan irrumpir o resultan profundamente heridos por ellos.

En sueños, esos resortes quedan sueltos. Nos es concedido observarlos a nuestro antojo, evaluar su fuerza, su empuje y los daños que podrían causar y deducir de ello si es conveniente uti- lizar alguno, sujetar mejor otros, aprender a manejarlos de ma- nera a volverlos innocuos, o servirnos francamente de su potencia. Tomemos el caso de Jeannette T. Salida del colegio a los die- ciocho años, la muchacha volvió a su casa, en una pequeña ciudad del sur de Francia, se quitó el uniforme que, la noche siguiente, fue alegremente quemado en el curso de una fiestecita organizada en su honor por un grupo de compañeros. Durante dos semanas la joven pareció vivir tan sólo para «ponerse al corriente» de todo cuanto le había sido vedado en el transcurso de su larga perma- nencia en el instituto, dirigido por religiosas. Su habitación re- bosaba de vestidos, accesorios, cosméticos, libros y discos de moda. Luego, de golpe, la vida de Jeannette cambió. El día después de haber participado en una fiesta escandalosa, olvidó cremas y coloretes, se puso una vieja falda ajada, un jersey oscuro, unas medias burdas y desempolvó los zapatones del colegio. Sus pro- genitores pensaron que se había dejado ganar por las ideas de algún compañero beatnik, y el padre, tolerante, sonrió:

—No quiere más que probar el sabor de la realidad. No hay mal, ahora que su personalidad ya está formada. Se le pasará Pero no se le pasó en absoluto. La joven rechazó todas las in- vitaciones, se encerró en casa, rechazando toda clase de amistades, excepto la de una estudiante de filosofía, que pronto se convirtió en su compañera inseparable. La jornada de Jeannette acabó por reducirse a largos coloquios con aquélla, a horas de soledad y a breves apariciones en la mesa para la comida y para la cena. La muchacha no sonreía, se había vuelto en extremo lacónica con sus padres y sus hermanos, y a veces grosera. Una tarde, en ausencia de Jeannette, el padre entró en la ha- bitación de su hija y se puso a registrar todos los rincones bus- cando la clave de aquel alarmante cambio. Se quedó de piedra cuando, debajo del colchón, apareció un cinturón en cuya parte interior había atadas con cordeles varias ramitas espinosas. In- tuyó la verdad, pero quiso cerciorarse. Espió a su hija por el ojo de la cerradura mientras ella se desvestía para acostarse y vio que la muchacha llevaba, sobre la piel desnuda, otro cinturón semejante. El hombre se retiró en silencio, pero a la mañana siguiente llamó aparte a la joven y le echó un sermón invitándola al final a vestirse de modo conveniente y a ir con él a ver a un psicotera- peuta conocido suyo, que ejercía en una ciudad próxima. Jeannette no se rebeló. Completamente pasiva, se sometió a la voluntad de

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su padre limitándose a observar que no estaba enferma ni dese- quilibrada y que, viviendo a su modo, no molestaba a nadie. El especialista no obtuvo en seguida, como era de suponer, la

colaboración de la muchacha. Pero bastó, para «ablandarla», una frase de la cual los médicos de la psique deberían hacer un uso más frecuente: «Querida señorita, yo no parto en absoluto del presupuesto que usted haga mal. Quiero sencillamente convencerme de que el sistema de vida que ha elegido corresponde de verdad

a sus necesidades interiores. Si es así, seré yo mismo quien le

anime a continuar, porque de lo contrario se crearían en usted graves desequilibrios; pero si, en cambio, no es así, trataré de ex- plicarle el porqué.»

Jeannette empezó a contar sus sueños. El primero había sido decisivo para sus transformaciones. Después de haber comprado

un vestido de noche cuyo escote un poco audaz la atraía y la asustaba al mismo tiempo, se le apareció la santa fundadora de

la Orden monástica a la cual pertenecía el colegio y la exhortó

a no abandonar las reglas del pudor si no quería condenarse. La

muchacha, aunque impresionada, había tratado de olvidar aquella visión, pero vinieron otras, todas ellas cargadas, según ella, de amenazas y funestos presagios.

La noche anterior a su «reconversión», Jeannette había encon- trado en la fiesta a un joven ingeniero que le gustaba muchísimo,

y éste intentó besarla. Horrorizada, la muchacha corrió a su casa

y pasó la noche presa de mil pesadillas en las cuales las tentacio-

nes se alternaban con visiones infernales que le «quitaron toda duda» convirtiéndola en una criatura obsesionada por todo cuanto podía parecer «mundano», sedienta tan sólo de penitencia y de perdón. Desde entonces los sueños amonestadores habían cesado y, caso raro, ni siquiera se repitieron cuando Jeannette se percato, sin que ello la escandalizase mucho, de que su amiga apreciaba más a las representantes de su propio sexo que a los hombres. El psicoterapeuta no tardó en dar con el cabo del hilo y en sacar el ovillo. Estableció ante todo que Jeannette había sentido, en los primeros años de colegio, un profundo terror al ver el retrato de la fundadora de «su» Orden, hasta el punto de evitar mirarlo cada vez que pasaba cerca de él. Con la hábil guía del es- pecialista, la muchacha consiguió también recordar un severísi- mo sermón pronunciado cinco años antes por la directora justo bajo el cuadro en cuestión. Las colegialas se disponían a irse de vacaciones a sus casas y la religiosa las puso en guardia con pa- labras apocalípticas contra las tentaciones de la moda «indecente» y el comportamiento de la «juventud descarriada». Los besos, además, eran considerados por las piadosas mujeres como verda-

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deros pasaportes para el infierno, y sucedió que una profesora, después de haber leído una composición dedicada a los padres, dirigió una filípica tremenda a una niña de catorce años culpable de haber hablado de un beso que se habían dado su padre y su madre rememorando, durante un paseo por el campo, los tiempos del noviazgo. Que los angustiosos sueños de Jeannette, por último, no se hubiesen presentado cuando se estaba perfilando una relación no exactamente platónica con la estudiante de filosofía, no era ex- traño. La paciente consideraba, en efecto, ciertas manifestaciones de afecto como en absoluto deplorables, puesto que sólo había sido puesta en guardia frente a los hombres y no tenía idea de qué podía ser la homosexualidad y el masoquismo hacia el cual, con sus rudimentarios cilicios, navegaba a toda vela. Jeannette, por fortuna, era una chica inteligente, y a partir del momento en que comprendió que las explicaciones del psicotera- peuta eran exactas, aprendió a moverse con seguridad en el mun- do de los instintos, a dominar los «resortes» y a dirigir la potencia de éstos hacia objetivos más oportunos.

Jamás podremos soñar la realidad

¿Os ha ocurrido alguna vez revivir en sueños, idéntica en cada detalle, una situación, sólo una, en la cual os hayáis encontrado en la realidad? Podemos anticipar la respuesta sin temor a equi- vocarnos: es negativa casi unánimemente. Y esta aplastante ma- yoría (en los experimentos de algunos estudiosos americanos se ha obtenido un «sí» sobre 3.600 «no»), subraya ya la validez de cuanto hemos expuesto acerca de las funciones del sueño, repre- senta la despiadada confirmación que ninguno de nosotros está del todo satisfecho de sí mismo, nadie está exento de deseos se- cretos, de miedos y de conflictos inconscientes. Pero una persona entre 3.600, lo menos, sí estará tentado de precisar alguno. Pues bien, no, ni siquiera ésa. Fijémonos en el caso raro del «test» estadounidense. Es un industrial de cuarenta y cinco años que lleva tiempo sin preocupaciones de ninguna es- pecie, cuya estrella, además, está en continuo auge. «Hace una semana —declara al psicoanalista ese ser extraordinario que es el señor Smith (los nombres son escogidos al azar)—, hice un exce- lente negocio con el fabricante Brown. Pues bien, dos noches des- pués vi de nuevo en sueños la misma, idéntica escena que se de-

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sarrolló en mi despacho con ocasión de la firma del contrato. No había, en el sueño, un mueble o un objeto diferente; hasta los gestos, las sonrisas, eran las mismas.» El psicoanalista pide permiso al señor Smith para profundizar la investigación, y el industrial se lo concede, muy convencido de su versión. La primera sesión no aporta ningún elemento nuevo, pero la segunda revela tres detalles diferentes. Se trata de menu- dencias. En el sueño, contrariamente a la realidad, el escritorio de nuestro personaje estaba cubierto, sólo ante él, de una leve capa de polvo, la secretaria llevaba gafas (que usaba raramente, nunca en presencia de visitantes) y la luz eléctrica estaba apa- gada. Son, en verdad, pequeneces. Sin embargo, además de hacer de- saparecer de la circulación aquel uno sobre 3.600, permiten a un psicoanalista escribir en su cuaderno de notas secreto, con toda seguridad, una frase como: «El señor Smith es un embustero, o bien ha sido un embustero o, también, se siente embustero.» ¿Por qué? La luz apagada y las gafas de la secretaria hablan un lenguaje elocuente. El industrial no quería, en el subconsciente, que se viese demasiado claro en sus negocios y temía que la mu- chacha aguzase la mirada para captar algún detalle cuyo descu- brimiento no le hubiera agradado en absoluto. Queda todavía por descubrir el significado del polvo. Para lograrlo es menester pro- fundizar el análisis, y nosotros lo haremos tras haber especificado que el señor Smith no es ningún estafador y que no había nada que no fuese honesto en la firma del contrato con el fabricante Brown. No obstante, hay un recoveco secreto en el pasado de nues- tro magnate. En los principios de su lucha por encumbrarse en el mundo de los negocios, quitó de en medio a un rival con un ex- pediente poco correcto, concretamente con una carta anónima. Tras haber escrito la misiva, Smith estuvo acosado durante sema- nas por el terror de haber dejado en ella sus huellas dactilares, y aquel terror se había reavivado en sueños poniéndole delante una capa de polvo (sobre el cual hubiera resultado fácil marcar las huellas) y recordándole con ello que su fortuna había nacido de un acto desleal. La conciencia acosa a nuestro personaje con varios sueños más. Elegiremos tres, que también servirán para ilustrarnos lo que di- remos a continuación. 1. — Smith se encuentra desnudo, de noche, en el centro de una llanura, con la sensación de ser perseguido. Presa de terror, huye hacia una montaña, penetra en una caverna habitada, im- plorando ayuda, pero es echado fuera. Finalmente encuentra un paso que le conduce a una pequeña gruta donde arde un fuego. Smith se calienta y se siente seguro.

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2. — Smith está en la cama, en una habitación oscura, y tiene

miedo. Luego, oye un curioso chirrido, ve moverse una franja luminosa en el techo, y se tranquiliza como por encanto.

3. — Smith está en su despacho. Habla con unos señores, se

despide de ellos, mira por la ventana unos instantes, luego vuelve

a la mesa y ve debajo de la carpeta un sobre que no estaba an-

tes. Lo abre y ve que contiene una esquela mortuoria. Todos estos sueños nacen del remordimiento y se interpretan como sigue:

1.—Smith se siente amenazado por la indigna acción que ha cometido, se ve desnudo, es decir, indefenso y expuesto a la ver-

güenza. Busca la comprensión ajena (los habitantes de la caverna), pero teme ser rechazado; halla consuelo, por fin, en el retorno

a los tiempos en que no existían para él tales preocupaciones, en

el calor y la seguridad de la vida prenatal (la gruta pequeña re- presenta aquí el útero materno, y expresa ese deseo tan extendido «de no haber nacido nunca» del cual hemos hablado).

2. — Smith teme la aparición de los fantasmas suscitados por

su fraude. También aquí vuelve atrás en el tiempo, pero se detiene

en la infancia, atrapado en ella por no se sabe qué llamada. Los ruidos y la luz que le tranquilizan no le dicen nada, pero con la ayuda del psicoanalista acaba por recordar. En los años de su niñez dormía solo y tenía mucho miedo a la oscuridad, pero luego

el chirriar de un tranvía en la calle y los reflejos de los faros rom-

pían su soledad dándole una viva sensación de alivio.

3. — El recuerdo inconsciente de la mala pasada jugada al an-

tiguo competidor no le deja en paz. La esquela mortuoria simbo- liza la carta anónima, con dos significados: puede referirse al «ase- sinato moral» perpetrado por Smith o al temor que su fea acción pueda, como un bumerang, volverse contra él.

En este punto podemos reanudar y concluir la reseña de las «materias primas» empleadas por el arquitecto de los sueños. Se- guimos estando en ese inmenso, inexplorable almacén que es nuestra memoria. Hemos hablado de recuerdos ancestrales, trans- mitidos a través de incontables generaciones, y el primer sueño del señor Smith nos dice ahora cómo su subconsciente podría justamente haber apelado al rastro dejado por las duras expe- riencias de nuestros antepasados: la espantosa soledad de la no- che, el frío, el miedo de la oscuridad en la que sólo el Gran Ene- migo, la fiera, se mueve a sus anchas, la hostilidad de un grupo desconocido, el placer animal y la sensación de seguridad que proporciona el fuego. Quizá fantaseamos, quizá tan sólo fueron un filme o un libro lo que dirigió al subconsciente del señor Smith por aquel camino, pero la primera suposición no es de descartar

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a priori, como nos advierte precisamente el «trauma a la insu- lina».

Recorramos hacia atrás las sendas de la vida

Un momento difícil, una amenaza indefinida, retrotraen al se- ñor Smith al oscuro dormitorio de su niñez y un destello de luz, un ruido, acuden a tranquilizarle, en sueños, como en la realidad de un tiempo lejano. Pero, ¿qué habría ocurrido si la habitación de nuestro personaje no hubiese tenido ventanas, si sus padres

le hubieran obligado insensatamente a permanecer en ella, con-

vencidos de que así conseguiría vencer el miedo? Todo habría de- pendido de la gravedad del trauma sufrido por el chiquillo. Ello hubiera podido tener consecuencias irrelevantes, pero también (lo cual es bastante más probable) dejar rastros enojosos. La oscuri- dad, de todos modos, como fuere, de no haber sido rota por algún destello consolador, habría tenido una influencia nada desdeñable sobre las angustiosas visiones nocturnas del sujeto. En cualquier edad la toma de posición ajena hacia las propias exigencias y la propia conducta es importante, pero en los años de la infancia tiene un alcance enorme, tanto como para que re- percuta en el futuro de la jovencísima criatura. Aunque el niño sea demasiado pequeño todavía para comprender el significado de las palabras, una actitud, un simple gesto, pueden impresio- narle de una manera profunda. La esfera sexual, además, es de una sensibilidad extrema: el germen de una desviación o de una perversión puede, por ejemplo, ser originado por un bofetón, por una regañina, por cualquier acto sepultado en el tiempo, del cual el interesado cree no tener siquiera recuerdo, cuando en cambio ha dejado marcada en su subconsciente una huella profunda.

Las impresiones sufridas en la infancia —recalca el insigne psi- cólogo Eustace Chesser— pueden repercutir de una manera más o menos innocua, pero pueden asimismo causar graves inconve- nientes, manifestándose a veces a distancia de muchos años, igual que un apéndice inflamado se torna de repente virulento. Un pa- ciente puede acusar serios trastornos intestinales, fuertes hemi- cranias, vértigos y otro mostrar un miedo infundado de los am- bientes concurridos, de la oscuridad, de los gatos y así sucesi- vamente; o bien cabe sentirse obligado a acciones ridiculas: tocar madera cuando se pasa por su lado, lavarse las manos más de lo

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necesario, etcétera. Nadie está libre de «complejos», pero cuando éstos se acentúan, se convierten en neurosis.

La existencia de esos «complejos», de esas neurosis, a menudo sólo puede percibirse a través del examen de los sueños, y se llega

a identificar sus orígenes «desanidando» los recuerdos que, mime- tizados, pueblan el reino de Morfeo, en primer lugar los infan- tiles.

Si, durmiendo, volvéis a veces a la edad temprana, no os preo- cupéis. La nostalgia de los buenos tiempos idos es un mal muy extendido, tanto que nos ataca hasta despiertos. La cosa comienza

a interesar al psicoanalista cuando los recuerdos resurgen, en las visiones nocturnas, insistentemente acompañados de pormenores

o sensaciones que no hallan un lugar natural en el cuadro, cuan-

do repiten situaciones desagradables o hasta tan sólo extrañas, cuando son alterados, distorsionados, enmascarados. Y lo son desgraciadamente de un modo que cada vez se vuelven tanto me- nos comprensibles cuanto más preocupantes se hacen los casos. Harto elocuentes son, por ejemplo, con relación a cuanto he- mos apenas observado, los sueños de dos hermanas de 17 y 19 años, registrados por el profesor Berger. Las dos pasaron la ado- lescencia en un chalet encantador de los alrededores de la ciudad, una construcción rústica rodeada por un amplio parque al que se accedía a través de un pequeño puente. Por la noche, este rin- cón se le aparece con frecuencia a una de las muchachas, dándole siempre una sensación de paz, de serenidad y de alegría. La otra, en cambio, es acosada por un sueño pavoroso. Se halla en medio de una multitud de monicacos malignos que, riéndose, la arras- tran hacia un arco iris. Pero apenas la chica ha puesto los pies en él, el arco iris se transforma en un cocodrilo que, de un cole- tazo, la arroja sobre una selva de espadas con la empuñadura hin- cada en el suelo. Son dos visiones tremendamente diferentes y, sin embargo, idénticas. La distorsión es debida al hecho que mientras una de las muchachas considera los años más felices de su vida los pa- sados en el chalet paterno, la otra tuvo en aquel lugar una expe- riencia trastomadora. Una tarde, al cruzar el puente, se encontró ante un exhibicionista que se mostró en una serie de obscenida- des imaginables. Conociendo el ambiente y las circunstancias, la interpretación del sueño aterrador se torna sumamente sencilla. Los pérfidos ena- nos son las grotescas estatuillas de gnomos diseminadas en mu- chos jardines nórdicos, el arco iris es el puente, el cocodrilo re- presenta la asechanza, la selva de espadas el parque transformado en un paisaje de pesadilla (las armas blancas suelen ser símbolos

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sexuales masculinos). Para una mayor comprensión será útil es- pecificar que las dos hermanas, refiriéndose a un cuento de ha- das, fantaseaban del puente, en la infancia, como de un arco iris petrificado y veían un cocodrilo en una larga piedra que emergía del arroyo. Naturalmente, el sueño se sirve también de todos los recuerdos de la edad madura y se sirve de ellos de la manera más rara. Si queremos esquematizar la cosa, podremos decir que semejantes recuerdos pueden representar:

—La esencia de la visión nocturna. Gianni había tenido, años antes, una decepción amorosa que le atormenta todavía y en sue- ños no ve a la muchacha, sino el hotel «Excelsior» donde ella se alojaba. —El pretexto. Nora no se entiende con las compañeras de ofi- cina. Cuando vuelve de trabajar, pasa por delante del hotel «Ex- celsior» y ve una vieja que pide limosna. Sueña que se encuentra en el hotel «Excelsior» en llamas, que huye y es rechazada dentro por unas arpías deformes. El edificio incendiado simboliza la ofi- cina y sus molestias y las arpías son las compañeras antipáticas. —El fondo. Diño, mirando la fachada del hotel «Excelsior» desde la acera de enfrente, nota un detalle que le sobrecoge, aun- que inconscientemente. Sueña que toma parte en un tiroteo ante el hotel, que sin embargo no tiene ninguna importancia en la vi- sión. La escena podría estar ambientada en cualquier otro lugar. Nuestra clasificación tiene, no obstante, un valor puramente ex- plicativo. En verdad, el asunto es muchísimo más complejo. La esencia, el pretexto y el fondo pueden fundirse, superponerse, unir- se en innumerables combinaciones que, a su vez, pueden componer infinitas secuencias con los recuerdos ancestrales, prenatales, in- fantiles. El arquitecto de Morfeo se asemeja aquí a uno de esos modes- tos pero brillantes productores cinematográficos que se las com- ponen solos, improvisándose autores de guiones, decoradores, co- reógrafos, maquilladores, directores y a saber cuántas cosas más. Pese a que sus disponibilidades de objetos alquilados sea mucho mayor, los muebles utilizados son siempre los mismos. Ahí está un armario comprado por el emprendedor productor unos años atrás para una película ambientada a principios de siglo. Se le quitan los adornos, se le da una pintura más clara y, desfigurado, es usado para una escena de nuestros días. ¿Se rueda un filme po- licíaco? El arcón, oportunamente decorado y teñido de oscuro, es ideal para ser colocado en la sala de un antiguo caserón y alber- gar un buen cadáver. Si, más tarde, se necesita un cerebro elec- trónico para un asunto que se desarrolla en el mundo de la cien- cia, se da la vuelta al armatoste, se le pasa una mano de purpu-

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rina, se llena de interruptores, esferas y bombillas, y sirve per- fectamente. Con los actores ocurre más o menos lo mismo. En una zara- banda de trajes, pelucas, afeites, el galán joven se transforma en héroe babilonio, gran inquisidor, un esclavo, un tirano, un poücía, un asesino o un genio. El productor ahorrativo puede ser un mago, pero no logra tomarle el pelo a un crítico agudo por mucha pintura que de- rroche sobre sus trastos viejos y por muchos nombres exóticos que invente para su cast. Y lo mismo acontece en el mundo de los sueños. Cambiemos el productor por el habitual arquitecto, el crítico por el psicoana- lista y los resultados serán los mismos.

V

BAJO LAS TIJERAS DE LA AUTOCENSURA

Como sabrán los lectores, las casas cinematográficas america- nas aplicaban hasta hace poco tiempo un sistema de «autocen- sura voluntaria» tendente a lograr que las películas fuesen pues- tas en circulación desprovistas de todo cuanto hubiera podido ha- cerlas considerar atentatorias a las buenas costumbres, a la moral, al pudor o a otras muchas bellas cosas. Los autocensores hasta se habían dado un código, del cual creemos oportuno citar, lite- ralmente, algunos párrafos.

Art. 1.°. — El adulterio y las relaciones sexuales ilícitas, que a veces resultan indispensables para la trama de la película no de- berán ser nunca justificadas o tratadas de modo que parezcan justas o lícitas.

Art. 2°.— Escenas de pasión: a) no deben ser presentadas, a menos que sean indispensables al tratamiento del tema; b) los besos voluptuosos y a boca abierta, los abrazos voluptuosos, y las posturas y gestos lujuriosos tampoco deben ser presentados; c) en general, la pasión debe ser tratada de una manera que no pro- voque reacciones sexuales.

Art. 3.°. — Seducción y rapto: a) deben ser solamente aludidos y únicamente cuando sean esenciales al tratamiento del tema; ja- más deben ser mostrados explícitamente; b) no deben constituir

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nunca un tema aceptable para comedias; c) no deben ser tratados de modo que parezcan justos y lícitos.

Art. 5.°. —Los métodos y las técnicas de la prostitución

no

deben ser presentados detalladamente

los prostíbulos no deben

ser presentados jamás de modo que puedan ser claramente iden- tificados como tales.

Art. 6.°. — Las perversiones sexuales quedan prohibidas (¡sic!) con todo cuanto a ellas se refiere.

Art. 8.°. — Los órganos sexuales de los niños no deben ser ex- puestos en ninguna ocasión. Esta disposición no se aplica para los recién nacidos. (Existe, sin embargo, una ley que, por razones higiénicas, prohibe «el empleo de recién nacidos para la toma de escenas cinematográficas». Nota del autor.)

La autocensura de Hollywood siempre ha sido objeto de seve- ras críticas. Se la ha acusado de ser una manifestación de hipo- cresía, inspirada, no por auténticas convicciones morales, sino por meras consideraciones de carácter comercial, y de tener las mallas dispuestas de tal manera que permiten muchas fugas. «Hay una producción inteligentemente pornográfica —escribe un críti- co escandinavo— que sale de los estudios cuidadosamente pre- parada por la llamada autocensura para no caer bajo la censura oficial. Los motivos obscenos son transformados, mimetizados, sim- bolizados hábilmente, con lo que resultan aún más peligroso.» Pues bien, del mismo modo y siguiendo un código bastante si- milar al que acabamos de mencionar, se comporta el arquitecto- productor del sueño. También recurre a la autocensura para esca- par a las leyes, no a las penales, sino a aquellas que nosotros mis- mos nos hemos dado.

Todos sabemos —observa el psicólogo Pierre Real— que mu- chos de nuestros instintos son toscos y primitivos. Pensad sim- plemente en los impulsos de odio, de agresividad, en ciertos ci- clones sexuales violentos y bestiales y en los impulsos de ven- ganza y de posesión. Para que el individuo pueda adaptarse a la vida social es indispensable bloquear toda la jungla hormigueante del inconsciente. La mayor parte de nuestros instintos debe ser detenida y prohibida; otros serán canalizados y transformados de un modo que se harán soportables en una existencia comunitaria. ¿Qué hace, pues, la educación? Se fija en las acciones (incons- cientes) del niño, las prohibe, las autoriza o las transforma. Exis- te una verdadera censura impuesta por la educación.

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Supongamos ahora que un impulso profundo esté en contra- dicción con la censura; supongamos que nos damos cuenta de que uno de nuestros instintos es inaceptable. ¿Qué sucede? Por ejemplo, estimulado por su instinto sexual, un hombre de gran moralidad siente un deseo erótico prohibido. Se percata de ello instantáneamente y lo rechaza adentro, en lo más profundo de su

pero en los sueños la cen-

consciencia: ha reprimido su impulso

sura disminuye fuertemente; bien poco se opone a la aparición de los pensamientos más recónditos y más reprimidos. Sabemos sin embargo, que el sueño pone él cerebro en letargo, no en esta- do de quietud absoluta. Permanece, pese a todo, un cierto grado de consciencia, por tanto de censura. He aquí por qué ciertas ideas aparecen en sueños disfrazadas.

Esto ocurre sobre todo en el terreno sexual, donde más grave se hace el conflicto entre los deseos por un lado y la educación por el otro, con todas las barreras morales, religiosas, sociales que ésta ha creado. Recurramos a un ejemplo muy sencillo. Un tipo muy aficiona-

do a las «casas de citas» puede soñar que toca el piano al lado de una señora fascinante rodeada por un atento público masculino

y femenino, durante una recepción. Pues bien, la actitud musical

representa la sexual, el público simboliza las prostitutas y sus clientes y la recepción deja sobrentender que se trata de una ha- bitación «hospitalaria». La belleza y la elegancia de los que están alrededor de nuestro sujeto, por último, no reflejan sino sus de- seos de hallar el non plus ultra en materia de voluptuosidad co- mercial.

¿No nos trae en mientes esta visión el artículo 5 del código de

prostíbulos no deben ser pre-

sentados nunca de modo que puedan ser claramente identificados como tales»)? En cuanto al artículo 8, elocuente, es el sueño tí- pico de infinidad de muchachos que todavía no han tenido oca- sión de tener relaciones sexuales, pero que desearían iniciarlas.

En la visión nocturna van en busca de algo, que tanto puede tra- tarse de un tesoro como de una persona querida, de un animal como de un objeto, pero el significado real es siempre el mismo. La severidad con la cual se ejerce la censura en el sueño de-

pende, naturalmente, del ambiente en que vive el sujeto, de las leyes que lo dominan, de la educación y de los principios. Un sal- vaje que desea a una mujer, soñará sin más con poseerla, si no hay nada en las costumbres de su tribu y en su moral que se lo im- pida. El hombre civilizado, en cambio, soñará con algo simbólico correspondiente al acto. Y ello se aplica, como veremos, también

a la edad. Limitémonos por ahora al examen de dos sueños con-

autocensura cinematográfica («

los

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trastantes (que nos propone el profesor Gagey), el primero de los cuales es también muy interesante si se mira a la luz de los re- cuerdos ancestrales. Un chiquillo de trece años, equilibrado, sano, más bien precoz, vive cerca de una chica de su edad, con la cual no tiene muchos contactos. Ella le atrae, sin embargo, poderosamente, aunque sus raros encuentros son de lo más inocente y nunca han cruzado una palabra ni siquiera un gesto a los cuales pueda ser atribuido un significado sexual. Una noche, el muchacho, en estado de presueño, nota de im- proviso un perfume de cabellos femeninos. Se pone de costado y «ve» a su joven amiga al lado. La abraza, la acaricia, la besa, y en sueños (como referirá más tarde) vive el preludio a la unión se- xual y la unión misma, sobre los particulares de la cual y sus sensaciones no tiene la menor idea. La naturaleza, pues, ha despertado sus sentidos y los ha enca- minado llevando a la superficie un recuerdo inconsciente que dor- mía en él quién sabe desde cuántas generaciones. El sueño de- muestra, además, que el chico de trece años no considera la ac- tividad sexual indigna, vergonzosa, que acepta la idea de ésta sin «complejos» y que desearía llegar a la intimidad con su compañera del modo más natural y honesto. Y he aquí el segundo caso. Es el de una chica de dieciséis años de excelente familia, seria, sin ninguna experiencia sexual, ente- rada genéricamente a través de los habituales coloquios con las compañeras, pero mantenida en la ignorancia en su casa por los padres en exceso moralistas. Sueña con hallarse en un bosque, sola, sin ropa (y esto no la sorprende). De improviso surge un hombre vestido, armado de un grueso garrote, se acerca a ella despacio. La chiquilla huye y es perseguida. Podría quizá salir del paso, pero los árboles, los ar- bustos, los setos se cierran ante ella, cortándole el camino de sal- vación. El hombre se aproxima, alarga una mano para aferraría,

y la jovencita despierta debatiéndose, gritando, bañada en sudor. Aquí el simbolismo es evidente, como lo es el mecanismo de la censura. En sueños la muchacha está desnuda y el hombre vesti- do: ella no ve nada malo en su propio cuerpo sin velos, pero vis- lumbra el pecado en el masculino, y por esto su sentido moral lo viste. El hombre la acosa, y ella tiene miedo. Tiene miedo de la

sexualidad y quiere huir, pero la vegetación se lo impide. En este caso son sus instintos los que le impiden sustraerse a las funciones

a las cuales está destinada. Se nos preguntará por qué la chiquilla ha tenido precisamente este sueño, y no otro en el cual ambiente y situación hubieran podido ser diferentes, a pesar de reflejar las mismas cosas. Debe-

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PETER KOLOSIMO

mos dar un paso atrás para comprenderlo, y seguir a la mucha- cha de dieciséis años después que, una tarde de verano, ha tenido de una compañera la revelación decisiva sobre la anatomía mas- culina. Detrás del árbol de un vial ve a un hombre que la con- templa, y se queda profundamente impresionada. El bosque está sacado de los recuerdos de un paseo efectuado tiempo atrás y el garrote es exactamente el que la chica descubrió la noche anterior al sueño en un rincón de la cocina, abandonado allí por su her- manito que había jugado con él. Volviendo a lo que hemos dicho más arriba, observamos que el garrote en sí ha sido el pretexto del sueño, pero asimismo su esencia (es un indudable símbolo sexual masculino), una esencia reflejada por otros lados, también por el atardecer y por el fondo, surgidos de los recuerdos reunidos en épocas diversas y usados para componer la escena que hemos descrito. En esa escena la censura ha sido más bien blanda, pero se en- durece y hace que el durmiente recurra, para rehuirla, a los ex- pedientes más extraños, a medida que los deseos se hacen más fuertes e inconfesables.

Nos encontramos entonces —dice Freud— ante unas tenden- cias indecentes desde el punto de vista ético, estético y social, co- sas en las cuales no nos atrevemos a pensar o pensamos con ho- rror. Esos deseos censurados que en sueños tienen una expresión tan deformada, son ante todo una manifestación de egoísmo sin límites y sin escrúpulos. No hay, en efecto, ningún sueño $k el cual

el Yo de quien sueña no tenga el papel principal, aunque este Yo

sepa perfectamente ocultarse en el contenido manifiesto

do de todo obstáculo moral, cede a todas las exigencias del ins- tinto sexual, las que nuestra educación estética ha condenado des-

de hace mucho tiempo y las que están en oposición con todas las

reglas de restricción moral. La búsqueda del placer, la libido, elige sus temas sin hallar resistencia, y busca con preferencia los prohi- bidos. Y elige no sólo a la mujer ajena, sino también los objetos

a los cuales el acuerdo unánime de la Humanidad ha conferido

Libera-

un carácter sagrado. Pero ese contenido perverso —concluye el padre del psicoa- nálisis— no debe ser imputado al sueño en sí, que cumple una función no sólo inofensiva, sino útil. Los deseos exasperados son fruto de una feroz castidad, protegida por una censura despiadada.

Una censura a la cual, sin embargo, como hemos visto y como veremos mejor más adelante, es posible escapar por los caminos más insospechados.

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Charlie Chan y el broche de la abuela

Sucedió en Mestre, hace pocos años. El señor Francesco, un setentón muy bien conservado, iba a sus asuntos, cuando se le acercó un sujeto de aspecto bastante distinguido que, con ex- traño acento, le preguntó si podía indicarle la vivienda del doctor Rossi. El señor Francesco no conocía al doctor Rossi, y tampoco lo conocía otro individuo que por casualidad había captado unas cuantas palabras del diálogo. Después de haberse presentado como un ingeniero que se en- contraba de paso, el sujeto sugirió que había una manera muy sencilla de dar coü el doctor Rossi: informarse en la cercana estafeta de Correos. Y añadió que si aquellos individuos querían esperar unos minutos, lo haría él personalmente. Los individuos aguardaron y el forastero les contó el motivo que lo había traído a Mestre desde Holanda, donde había visto la luz como hijo de un industrial de origen italiano. El industrial había logrado amasar una considerable fortuna, pero en su inicio figuraba un hecho bastante poco honrado. Durante la guerra, tra- bajando como ayudante del médico cirujano Rossi, se apoderó de

la bonita suma de doce mil dólares de un soldado americano, gra-

cias a lo cual le fue posible trasladarse a los Países Bajos y con- vertirse en uno de los protagonistas del milagro económico local. El remordimiento, sin embargo, había acudido a sentarse al pie de su lecho de muerte, y el industrial, decidido a despedirse con

la conciencia más o menos limpia, ordenó a su hijo que corriese

a Mestre, localizase al doctor Rossi y le entregase los doce mil dólares con el encargo de destinarlos a fines benéficos.

Y he aquí que vuelve el ingeniero de paso con una mala noti- cia. También el doctor Rossi había emigrado. ¿Cómo cumplimen- tar, entonces, la última voluntad del difunto? El sujeto distinguido meditó y llegó a la conclusión que el ingeniero podría regresar a Holanda con el ánimo en paz, si alguien se tomaba la molestia de distribuir los doce mil dólares a los desamparados en lugar del médico. ¿Tal vez se prestarían a la meritoria obra (mediante una compensación, por supuesto) los dos amables caballeros conocidos por casualidad? El ingeniero aceptó con entusiasmo y se unió al huérfano ita- loholandés para convencer al señor Francesco de que participase en

la empresa. Y cuando también éste se dijo dispuesto a colaborar.

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el heredero del industrial aludió a una pequeña formalidad: el depósito, por parte de los futuros dispensadores de dólares, de una suma que atestiguase su sólida posición financiera. Asintió inmediatamente el ingeniero y el señor Francesco pre- guntó si sus ahorros (millón y medio de liras) eran suficientes. Claro que sí. Había que conformarse con aquella cantidad en vista de que su misma cara era un espejo de honradez. Feliz de participar en una empresa tan noble, el señor Francesco decidió ir volando a su casa en busca del dinero. Tomó un filobús, se sentó y, cansado por la intensa mañana, se quedó adormecido. Despertó de golpe, vio la zona que estaba atravesando el vehícu- lo, y se puso de pie de un salto. A la primera parada el cobrador le abrió la puerta, sonriente, pensando que el pasajero se había despertado demasiado tarde. El señor Francesco, en cambio, des- pertó justo a tiempo, aunque se apease a considerable distancia de su vivienda, pero, en compensación, muy cerca de la Comisaría de Policía. Después de haber escuchado el relato del hecho, el funcionario de guardia suspiró, pensando en la ilimitada confianza que todavía alberga el ánimo de ciertas personas: aquel al que habían recu- rrido el sujeto de aspecto bastante distinguido y su cómplice «in- geniero» era en efecto uno de los más conocidos y desacreditados sistemas de timo, la llamada «estafa a la americana». ¿El señor Francesco no había oído nunca hablar de ella? No, jamás. ¿Qué había sido, entonces, lo que hizo sonar en él un timbre de alarma cuando ya estaba decidido a entregar sus ahorros a aquellos truha- nes? Un sueño. ¿Un sueño? Así fue. Amodorrado en el filobús, el setentón había tenido una visión que le advirtió no fiarse y acudir a la Policía. Naturalmente, no había oído ninguna voz ni visto a su oculto sal- vador. De haber podido hacerlo, se hubiera encontrado admirán- dose a sí mismo. Como la mayor parte de los «sueños premonitorios», en efecto, también éste tiene una explicación perfecta sin sacar a relucir santos protectores y parientes difuntos, que nada tienen que ver.

El señor Francesco había leído u oído, quién sabe cuántos años antes, la historia de una estafa a la americana. Pronto la olvidó y era demasiado confiado. Estaba demasiado convencido de la hon- radez del prójimo para pensar que alguien quisiera timarle. De vez en cuando, su subconsciente intentaba susurrarle: «Mira que

Mira que no todos son buenas per-

Mira que un día u otro, alguien te estafará», pero

en seguida era acallado por el indignado Yo consciente: «¡Muérde- te la lengua, desdichado! ¿Cómo te atreves a pensar tan mal del prójimo? ¡Tus sospechas son indignas!»

te fías más de lo que debes

sonas como tú

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SUEÑOS

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Luego hubo el encuentro con los dos timadores, el trayecto en filobús y el sueñecito. El Yo consciente se había adormecido, el inconsciente se había despertado (siempre pasa así: cuando uno

duerme, el otro está despierto, como el Sol y la Luna en las fábu- las antiguas), asaltado por un pensamiento inquietante: «Aquellos

dos sujetos

Una carrera al archivo de la memoria, una rapidísima búsque- da. Claro que sí, esto es lo que buscaba: una estafa perpetrada en 1924 por el mismo método, con el mismo cuento de la bene- ficencia y el mismo cómplice que fingía encontrarse allí por ca- sualidad. Aquí era menester informar al dueño, ponerle en guar- dia, impedirle que sacase el millón y medio para meterlo en los bolsillos de los dos bribones. Pero, ¿cómo hacerlo? Podía desper- tar de un momento a otro, tapando la boca al pobre subcons- ciente. Ningún miedo. La alarma está dada en un instante, con un bo- nito símbolo que sintetiza su motivo. Un poco como el famoso:

«Decidlo con flores.» Una rosa roja: «Te amo apasionadamente»; un clavel amarillo: «Sí, eres guapo y fascinante, pero cuidado con hacer demasiado el oso con las otras, porque soy celosa y podría sacarte los ojos.» Cuántas cosas pueden decirse con una simple flor, ¿verdad? Pues bien, con una bagatela es posible decir, en sueños, muchas más. No sabemos qué era lo que se le apareció al señor Francesco, pero su caso nos recuerda aquel cuyo protagonista fue el llorado actor cinematográfico Warner Oland, famoso por haber encarnado el personaje de Charlie Chan, el detective chino. Oland se encontraba de vacaciones en una pequeña ciudad ca- liforniana cuando notó que topaba demasiado a menudo durante sus paseos con un cliente del mismo hotel donde se alojaba. El hombre no tenía absolutamente nada de particular y, sin embargo, algo en él le parecía extrañamente familiar al actor. Oland indagó entre sus recuerdos, pero en vano, y entonces decidió no pensar más en ello, además porque los frecuentes encuentros eran, con toda probabilidad, completamente casuales. Una noche, Oland soñó con su abuela, que le amenazaba, entre bromas y veras, con una aguja de hacer calceta. Un sueño en ver- dad curioso, estaba pensando la mañana siguiente, al bajar la es- calera. Pero cuando en el vestíbulo del hotel descubrió al indivi- duo que le había llamado la atención, se quedó helado. En aquel instante supo con matemática seguridad que se trataba de un pe- ligrosísimo gángster buscado hacía años. La Policía, puesta sobre aviso por el actor, no tardó en con- firmar la certeza de la información y, echando el guante al ban- dido, se felicitó con «Charlie Chan», detective no sólo en la pan-

¡Caramba! No le recordaban algo?»

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talla. Oland reveló, después, que la agudeza investigadora no te- nía nada que ver con aquel suceso. El mérito correspondía por en- tero al sueño, pues soñando recordó que muchos años antes, ha- llándose en casa de sus abuelos, en Suecia, había leído la historia de un criminal agredido por su amante y casi desfigurado con una aguja de hacer media. Y bajando al vestíbulo, de repente compren- dió por qué aquel hombre le llamaba siempre la atención: por un peluquín demasiado echado sobre la frente para tapar la cica- triz. Una fracción de segundo más tarde se dio cuenta de que la cara del hombre correspondía a la que había visto fotografiada en Suecia primero y en América luego. La abuela no había amenazado nunca a Oland con agujas de hacer media ni con nada, pero el subconsciente del actor había sintetizado en aquella aguja la aventura del bandido y en la figura de la anciana la época y las circunstancias en que había tenido conocimiento de ella.

«Profundos como el mar, fríos como él hielo-»

tiernos visto —digamos con Freud— cómo la deformación que

nos impide comprender el sueño es efecto de una censura que ejercita su actividad contra los deseos inaceptables, inconscientes, pero naturalmente no hemos afirmado que la censura sea el úni-

Aunque la censura

fuese totalmente eliminada, la comprensión del sueño por parte nuestra no sería en absoluta facilitada.

co factor determinante de la deformación

¿Por qué? Oigamos la explicación que nos da Havelock Ellis.

La emoción es normalmente amplificada en los sueños. Cada impresión llega a la consciencia del durmiente a través de esa at- mósfera emocional, que la hace quizá más vaga, pero más marca- da. El cerebro no recibe, por lo tanto, las impresiones como son en realidad, sino deformadas. En el sueño ya no existe un coliga- miento directo entre la memoria y el corazón, pues los motivos del corazón distorsionan el patrimonio de la memoria. Sin duda, la asociación subsiste aún, pero no sigue ya las líneas usuales, los caminos trazados por el vivir civil, sino unos cauces más primi- tivos y, al mismo tiempo, más fundamentales, unos cauces que, en el plano de la existencia consciente, hemos abandonado hace tiempo o no hemos conocido nunca.

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Pero, ¿es en verdad «natural», es decir, independiente de la in- tervención de la censura, ese proceso? El problema es tan viejo como el psicoanálisis, pero se reduce, en el fondo, a una cuestión de definición (definición de los términos «natural», «censura», de- finición de los miligramos de locura a los cuales cada uno de no- sotros tiene derecho fuera de los muros de las clínicas psiquiá- tricas); dejemos, pues, que en este terreno crucen las espadas los grandes teóricos del psicoanálisis cargándose a su vez de «com- plejos». En resumidas cuentas y mirando a una solución en la práctica, diremos que cada deformación es debida a la necesidad de nuestro subconsciente de escapar a la censura considerada en sentido lato, o sea no sólo como guardiana de principios éticos, sociales y religiosos, sino como representante de nuestra perso- nalidad tal como la imaginamos, la queremos o nos hacemos la ilusión de poseer.

Hemos observado ya que los miedos son, en el fondo, unos de- seos «vistos al revés». Establecido esto, será más que lógico llegar a la comprobación de que la censura actúa a fin de impedir tanto a unos como a otros manifestarse, puesto que el subconsciente al poner a flote aquéllos también hace que surjan éstos. Es obvio que, cuando cogemos una medalla, no sacamos una sola de sus caras. Tomemos el caso de Warner Oland. El actor «sentía» que había algo de sospechoso en aquel hombre, pero tenía miedo de mos- trarse demasiado receloso, es decir, que deseaba abrigar una con- fianza casi ilimitada hacia el prójimo. Y, por un lado o por otro, también nosotros somos muy diferentes de lo que pensamos ser. «Una parte de nosotros mismos no sabe lo que la otra siente, piensa y hace», diremos con Kemper. Esta «ignorancia» es la en- fermedad que mina, debilita y anula nuestra personalidad. Para curarla es menester, por consiguiente, establecer una confrontación entre el consciente y el inconsciente, el Yo que po- nemos en el escaparate y el Yo que escondemos bajo las mantas. Por lo tanto, es indispensable conocer bien este último, tener una idea clara de los medios de que se vale para rehuir la identifica- ción y comprender su lenguaje, un extraño lenguaje cifrado, re- pleto de símbolos que a primera vista lo hacen aparecer como un balbuceo sin sentido. El medio de expresión de Morfeo se nos antoja, sin embargo, muy raro, sobre todo porque no es hablado, sino figurado, igual que nos parecen curiosas y sibilinas las escrituras jeroglíficas que traducen, por ejemplo, el sustantivo «inteligencia», con el di- bujo de un pájaro. ¿Es como para asombrarse? Pensemos en cierto modo que tenemos que decir («Es un águila en cuanto a inteligen-

un ingenio capaz de vuelos sublimes»),

cia

una mente alada

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y la respuesta afirmativa morirá en nuestros labios. Havelock Ellis escribe:

Las cosas de orden físico se convierten en símbolos de las de orden moral. Y este simbolismo existe en todo el lenguaje, tanto que no podemos rehuirlo. Decimos que los pensamientos son pro- fundos como el mar; ciertos corazones fríos como el hielo; la amada dulce, exactamente como el azúcar, y los remordimientos amargos como la quina. No sólo nuestros adjetivos, sino también nuestros sustantivos y nuestros verbos son simbólicos. Para el eti- mólogo cada frase está llena de metáforas, de imágenes que, en sentido riguroso y original, expresan impresiones sensoriales de determinado orden, pero que en él uso corriente han llegado a ex- presar impresiones de un orden totalmente diferente. El propio lenguaje es, en sentido lato, una utilización de símbolos.

Y entre símbolos vivimos en cualquier otro campo, en todas las edades. Vemos niños que, empuñando un palo, se imaginan blandir una espada; otros que, a horcajadas en una silla, se sien- ten montados en un corcel galopando a través de la pradera, y otros aún que dibujan en el suelo una casa y la llenan de piedras que representan muebles y personas. Los ejemplos podrían seguir hasta el infinito porque la fanta- sía de los niños es ilimitada. ¿Pero acaso esta fantasía no tiene mucho en común con la de los poetas, los pintores, los escultores y los artistas en general? Y nosotros, pobres mortales, ¿acaso re- corremos otro camino? Además, dice Ellis:

El simbolismo está presente en todos los campos y asume for-

mas muy complejas. Nos ha sido dado en herencia, con las tradi- ciones civiles, por una antigüedad tan remota como para ser in-

calculable

Y cuando abandonamos el nivel normal, arrastrados

por la locura o por la alucinación, por la infancia, por el estado salvaje, por el folklore, por la leyenda, por la poesía, por la re-

ligión, nos encontramos de golpe sumidos en un océano donde el simbolismo tiene plena libertad: el mundo de los sueños.

VI

LOS SÍMBOLOS DE NUESTROS DESEOS SECRETOS

La selva estaba henchida de susurros, de gemidos, de lejanas

carcajadas ahogadas. John Brown se detuvo a escuchar, fascinado

y perplejo. Aquellos ruidos

semejante en una selva y, sin embargo, lo aceptaba, no sólo con naturalidad, sino con una exaltante sensación de placer. Pero, ¿cómo diablos había ido a parar a aquel sitio? Intentó retroceder con el pensamiento, pero la cosa más remo- ta que podía recordar era otro rumor, un largo silbido ahogado y una sensación de abandono sosegador. Con seguridad debía de haberse encontrado a bordo de un avión rapidísimo, de un reactor, aunque no viese rastro de él a su alrededor cuando despertó en el desierto. ¿No le habrían narcotizado transportándolo luego a aquella desolada extensión de arena y pedruscos? Pero, ¿por qué? ¿Qué había hecho para merecerse un trato semejante? Pensándolo, le dio un vuelco el corazón. Supo que había cometido algo suma- mente grave, pero no consiguió recordar nada. En cambio, se acor- daba muy bien de la larga y extenuante marcha a través del de- sierto, la angustia y el miedo que le habían acompañado y las con- fusas y monstruosas figuras que aparecían en lontananza acre- centando su espanto. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde su presumible aterrizaje hasta el momento en que llegó a la vista de la verde selva que ocupaba todo el horizonte? Un día entero, qui- zá, seguramente muchas horas terribles. Pero ahora ya nada tenía importancia. Los sinsabores sufridos

No recordaba haber oído nunca nada

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le parecían francamente insignificantes; es más, había valido la pena pagar un precio semejante para llegar a aquel mundo ma- ravilloso. Era una jungla tropical, libre de toda sombra de insi- dias, de amenazas. Todo era suave, allí, de la mullida yerba lanu- ginosa a los tupidos matorrales que parecían abrirse a su paso,

a las flores lozanas, enormes, de corolas fantásticas. John Brown se detuvo a examinar una de cerca, se entretuvo observando sus detalles y le pareció frágil y perenne a un tiempo. Estuvo tentado de cogerla, pero pensó que podría hacerlo más tarde. Todas las flores de aquella selva, por lo demás, estaban a su disposición. Se dio cuenta de que caminaba cuesta arriba, notó que la vege-

y al cabo de unos cuantos pasos volvió

a encontrarse en el desierto. Espantado, contempló la llanura

gris, hostil. Entonces, ¿había sido todo un espejismo? Se volvió,

sobrecogido de miedo, pero no, la espléndida jungla seguía allí, a un par de metros delante de él. Suspiró de alivio, disponiéndose

y algo sólido e invisible lo detuvo como

si una insalvable pared de cristal hubiese surgido de improviso para vedarle la entrada en aquel paraíso. John Brown se puso a golpear con los puños el invisible obstáculo, lloró, gritó, suplicó, pero todo fue en vano. Se sentó en el suelo, ocultó el rostro entre las manos y permaneció así largo rato, inmóvil, a solas con su desesperación.

Por fin, resignado, se levantó y reanudó su marcha por el de- sierto. El camino era largo y extenuante como el anterior. Pero, de pronto, detrás de una duna, John Brown descubrió un reactor. Corrió hacia él, loco de alegría, y no le decepcionó en absoluto comprobar que no había nadie en la cabina del aparato ni en los alrededores. Tuvo, al contrario, una sensación de alivio. Jamás había pilotado un reactor, pero tuvo la impresión que no debía ser difícil. Tomó asiento en el interior y vio que los mandos eran extraordinariamente sencillos. Eufórico, maniobró con ellos y el

reactor corrió en el desierto como por la pista lisa de un aeropuer-

to

y despegó. John Brown tomó altura ebrio de felicidad y luego

viró hacia la selva. Aquella maldita barrera invisible no podía se- guramente llegar al cielo: la superaría, volvería así a su paraíso.

He aquí el océano de follaje, las primeras frondas. El aterrizaje sería un grave problema, pero esto no le preocupó. Estaba se- guro de resolverlo, de un modo o de otro. Por ejemplo, haría- La explosión fue tremenda, el avión quedó hecho añicos. ¡La barrera! fue el último, fulgurante pensamiento

tación iba aclarándose

a entrar de nuevo en ella

Y John Brown se despertó gritando.

Los otros cuatro estudiantes que estaban en la habitación se volvieron, asombrados, hacia él.

GUlA

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LOS

SUEÑOS

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—¿Qué te pasa? —La explosión —¿Explosión? —uno de los cuatro le miró, extrañado—. ¿Ese golpe? No es nada, ha saltado la tapa de la cafetera. ¿Soñabas, tal vez? John Brown se incorporó en el diván donde estaba echado. —Sí, soñaba. ¿Cuánto tiempo he dormido? —¿Quién lo sabe? No nos hemos dado cuenta siquiera de que te habías dormido. Intervino otro, estudiante de psicología. —No más de unos segundos. Un instante antes de que saltase la tapa. Acababas de contestar a Sam que te preguntaba cuánto cuesta la suscripción a esa revista de aeronáutica. —¡Qué raro! Juraría haber dormido unas horas. —A causa del sueño, ¿verdad? —preguntó el estudiante de psi- cología. —Sí, me ha parecido que duraba mucho tiempo. —No tiene nada de extraño —dijo el otro—. Dime qué has soñado. John Brown lo contó, profundamente emocionado aún por la extraordinaria aventura. Intentemos también nosotros examinarla un poco de cerca. Por las trazas de cuanto hemos expuesto, nos será fácil compren- der el papel que tuvieron en ella el breve silbido de la cafetera, el ruido de la tapa «saltada», la revista de aeronáutica, las voces de los compañeros transformadas en susurros extraños. Seguro que las imágenes de la jungla, de las corolas gigantescas, del desierto, tuvieron su base en unos cajones que guardaban una fotografía, un dibujo, un filme porque, como es lógico, un sujeto ciego de nacimiento jamás habría podido soñarlos. Pero el subconsciente abrió allí con motivos bien precisos aquellos cajones, ordenando su material en un sueño de carácter sexual. Puede parecer extraño, dado que en la aventura de nuestro amigo no había ninguna figura que pertenezca a esa esfera. Y, sin embargo, se trata de un sueño sexual, de uno de los más simples y claros, además, de cuyo relato un psicoanalista podría sacar en un abrir y cerrar de ojos un «retrato» de John Brown: es un joven tímido, abocado al autoerotismo, que jamás ha tenido tra- tos íntimos con una mujer, a pesar de desearlos ardientemente. El desierto nos habla de su aislamiento y de sus temores, la selva (que ocupa todo el horizonte) de su anhelo más fuerte; la hierba, los matorrales, las frondas, las flores, todo son símbolos de femineidad. La vaga sensación del estudiante de haber come- tido «algo sumamente grave», merecedor de una severa condena, es el complejo de culpa originado por las prácticas solitarias, la

5 -

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pared de cristal configura el obstáculo (invisible pero insalvable) de su timidez. Espera poder elevarse por encima de ella, poder guiar de modo adecuado su virilidad, representada por el avión, pero tiene miedo, al mismo tiempo, de fracasar, de estrellarse definitivamente contra la fortísima barrera. Para llegar a interpretar la visión del estudiante basta cono- cer, en sus grandes rasgos, el simbolismo y los principales «meca- nismos oníricos» en los cuales nos apoyamos en este tratamiento nuestro. Tengamos presente desde ahora, no obstante, que no to- das las visiones son igualmente lineales; hablaremos también de las otras, sin pretender el hacer del nuestro un texto de psicoaná- lisis, considerándonos satisfechos si el lector despierta sosegado a pesar de haber tenido un «mal sueño» y piensa que, en el fondo, éste se le ha presentado sólo para hacerle comprender cuál es su punto débil y para incitarle a reaccionar.

La anatomía revisada y corregida

Ya el literato griego Artemidoro de Éfeso, que vivió en el si- glo II después de J. C, se ocupó con extraordinaria lucidez del simbolismo onírico.(*) Éste no había de ser redescubierto hasta 1861 por el filósofo K. A. Scherner. A él se refiere Sigmund Freud, quien, como es sabido, llegó mucho más lejos, sosteniendo que detrás de tal simbolismo hay siempre un deseo, y que este deseo tiene caracteres más o menos marcadamente sexuales. Cedamos la palabra al padre del psicoanálisis, ateniéndonos a una celebérrima lección suya dada en la Universidad de Viena:

El mayor número de símbolos, en él sueño, se refiere a la esfera sexual, pero nos encontramos aquí frente a una notable despro- porción. Mientras los objetos que se pueden designar son poco numerosos, sus símbolos son muy copiosos. Cada objeto puede ser representado por varios símbolos, todos los cuales tienen, más o menos, el mismo valor.

La parte principal (y para ambos sexos la más importante) del

a P ar ato genital masculino, encuentra sobre todo sus sustituciones simbólicas en los objetos que se le parecen en la forma: bastones, paraguas, astas, árboles, etcétera, como asimismo en los objetos que tienen el poder de penetrar en el interior de un cuerpo y de causar heridas: armas blancas de toda clase, como cuchillos, pu-

(*)

Véase: II grande

libro

dei sogni.

«Edizioni Mediterranee», Roma.

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nales, espadas, sables, armas de fuego, como fusiles, pistolas y, de modo particular, el arma, que por su forma, se presta más que las otras a la comparación, el revólver. En los sueños angustiosos de las muchachas predominan las escenas de persecución por parte de un hombre armado de un cu- chillo o de un arma de fuego. Son visiones cuya interpretación no

presenta la menor

No menos comprensible es la representación de la misma parte anatómica por medio de objetos de los cuales escapa un líquido:

surtidores, grifos, cántaros u otros objetos susceptibles de prolon- garse: lámparas, lápices automáticos, etcétera. El hecho de que lápices, portaplumas, limas de uñas, martillos y otros instrumen- tos sean incontestablemente configuraciones del órgano sexual masculino, deriva de una concepción del mismo fácilmente com- prensible.

La propiedad motriz de ese órgano encuentra una representa- ción simbólica en globos, aeroplanos, dirigibles. Pero el sueño conoce unos medios aún más expresivos para simbolizar la erec-

No os asombre que os diga que los sueños a menudo tan

bellos que todos conocemos y en los cuales el vuelo tiene un papel tan importante, deben ser interpretados como poseyendo en la

Entre los psicoanalistas, Federn ha es-

tablecido la exactitud de esta interpretación con pruebas irrefu- tables, y hasta un experimentador imparcial y alejado del psicoa- nálisis como Mourly-Vold ha llegado a las mismas conclusiones después de algunas pruebas en el curso de las cuales daba a las piernas y a los brazos de los durmientes posiciones no naturales. No objetéis que las mujeres pueden igualmente soñar que vue- lan. Acordaos de que nuestros sueños quieren ser realizaciones de deseos y que el deseo consciente o inconsciente de ser hombre, es muy frecuente en las mujeres. Y aquellos que sean versados en anatomía no se sorprenderán del hecho de que la mujer esté en con- diciones de realizar el deseo con la ayuda de las mismas sensa- ciones que experimenta el hombre Entre los símbolos sexuales menos comprensibles citaremos las redes y los peces, pero sobre todo la famosa serpiente. ¿Por qué el sombrero y la capa han recibido el mismo significado? No es fácil adivinarlo El aparato genital femenino es representado por todos los ob- jetos cuya característica consiste en circunscribir una cavidad en la cual puede contenerse algo: minas, hoyos, cavernas, jarros y

botellas, tabaqueras, estuches, cajas, bolsillos, etcétera. También cuenta aquí la barca. Ciertos símbolos como los armarios, los

El símbolo

«alcoba» se empareja aquí con los símbolos «casa», «portal», que

dificultad.

ción

base la excitación sexual

hornos, y sobre todo las alcobas, retrotraen al útero

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PETER

KOLOSIMO

designan el acceso. Tienen un significado simbólico análogo la ma- dera y el papel, así como los objetos fabricados con estos mate- riales: mesas y libros, por ejemplo. Entre los animales, los cara- coles y los mariscos son incontestablemente símbolos femeninos Los senos hallan su representación simbólica en manzanas, melo- cotones y fruta en general y el sistema piloso en florestas o bos- quetes. La complicada topografía del aparato sexual femenino siem- pre es configurada como un paisaje, con rocas, selvas y agua, y la del aparato masculino a menudo como una máquina. Otro interesante símbolo de la feminidad es representado por un joyero. «Joya» y «tesoro», efectivamente, son expresiones que también se dirigen a la persona amada. Las golosinas indican a menudo el placer, mientras que el autoerotismo es simbolizado por toda clase de juegos y por tocar el piano; otras de sus re- presentaciones finamente simbólicas son dadas por el resbalón, por el descenso brusco, por el arrancar una rama. Una represen- tación notable nos viene de la caída o de la extracción de un dien- te, que indica la imaginaria castración en castigo de prácticas consideradas ilícitas por el sujeto Los símbolos destinados a representar las relaciones sexuales son menos numerosos de lo que hubiéramos creído. Pueden citar- se como pertenecientes a esta categoría las visiones de actividades rítmicas, como la danza, la equitación, la ascensión, pero también las relativas a accidentes, como ser arrollados por un vehículo. Añadamos ciertas actividades manuales y, naturalmente, las ame- nazas con armas. La traducción y la aplicación de estos símbolos, sin embargo, son bastante menos sencillas de lo que se cree. Tam- bién las escalinatas, las escaleras de caracol, las cuestas, estar en lo alto de una escalera o subir por ella son símbolos indicativos de las relaciones sexuales. Considerando la cosa detenidamente, hallamos como factores comunes el ritmo de la ascensión, quizá también el crescendo de la excitación, la opresión a medida que aumenta. Hemos mencionado ya el paisaje como representación de la feminidad, pero debemos añadir que montañas y rocas son a me- nudo símbolos masculinos, mientras que el jardín concierne de- cididamente a la mujer. El fruto designa no el niño, sino el se- men. Los animales salvajes (o fieras) configuran en primer lugar hombres apasionados y luego, los malos instintos, las pasiones. Los capullos y las flores designan los órganos sexuales femeninos, a menudo la virginidad Éstos son algunos de los elementos del simbolismo en los sue- ños. Nuestra exposición dista de ser completa, y podría exten- derse tanto en amplitud como en profundidad. Pero creo que es suficiente para ilustrar la materia.

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LOS

SUEÑOS

¿Somos todos esclavos del sexo?

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Al término de la lección que hemos mencionado, que pasaría a la Historia, Freud expresó lo que es un poco la duda de noso- tros todos. —Puede ser —dijo— que os digáis, exasperados, que, según lo que he dicho, vivís en un mundo de símbolos sexuales y si todos los objetos que os rodean, todas las ropas que os ponéis, todas las cosas que usáis, ¿no son, a mi juicio, más que símbolos sexuales? La perplejidad parece hacerse aún más justificada cuando con- sideramos que, según el padre del psicoanálisis, el simbolismo oní- rico es muy limitado fuera del campo sexual, tanto que podríamos condensarlo diciendo que la casa constituye la única representa- ción típica de la persona humana. Las casas con paredes lisas son hombres y las que presentan protuberancias y balcones son mu- jeres. Los progenitores tienen por símbolos emperadores y empe- ratrices, reyes y reinas, personajes eminentes y los hijos pequeños animales o insectos parásitos. El nacimiento es representado casi siempre por una acción en la cual el agua es el factor principal. Soñamos que nos tiramos al agua o que salimos de ella, que se saca a alguien o que se es sacado (relación materna). El miedo de morir se revela pronto con la visión de una partida, de un viaje, mientras que la muerte ya acontecida es representada por persona- jes siniestros o por un puente a veces destrozado. Havelock Ellis, con todo y reconocer los grandes méritos del psicólogo austríaco, piensa que éste ha ido demasiado lejos con la «sexualización» del mundo de los sueños, y muchos estudiosos comparten su parecer. Es una crítica que podemos aceptar cum grano salis, es decir, procurando rectificar las posiciones, pero sin intentar trastornarlas siguiendo las huellas de ciertos románticos reformadores que más bien veríamos como redactores de una «no- vísima cabala de los sueños» que como detectives de la psique. Tenemos a la vista la obra maestra de uno de esos genios y leemos en ella, por ejemplo, que la visión de un jardín denota «pureza de alma, poesía y nobleza de propósitos», en tanto que la de un cenagal pone al desnudo «un espíritu débil, que se ex- travía fácilmente y se hunde en las pasiones indignas». Si siguié- semos al amigo, llegaríamos a considerar cada sueño como un libro abierto, a rechazar en bloque el psicoanálisis y a negar to- das sus grandes conquistas, decir la evidencia.

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PETER

KOLOSIMO

A una redimensión de las teorías freudianas se llega, en cam- bio, haciendo hincapié en dos consideraciones de demostrada va- lidez. La primera es aquella que reconoce a los símbolos un sig- nificado no absoluto, sino condicionado. Veamos, por ejemplo, tres sueños idénticos, extraídos de la «colección» de un psicoana- lista alemán. Son muy simples: el sujeto se halla a bordo de un avión de línea, sentado al lado de una bella señora a la cual no se atreve a dirigir la palabra. Cuando por fin lo consigue, se percata, horrorizado, de que el aparato está cayendo. Para cada uno de los tres soñadores, sin embargo, la visión tiene un significado di- ferente. El sujeto 1 es un joven de dieciocho años enamorado de una compañera de colegio (la bella vecina de asiento), deseoso de ca- sarse con ella (o sea de entablar diálogo con ella), pero retenido por la sospecha (titubeo en dirigir la palabra a la mujer) de que una unión semejante es prematura y puede acabar en desastre (caída del avión). El sujeto 2 es propietario de una tienda de electrodomésticos (el avión se torna aquí el símbolo de su mercancía, de la «máqui- na», del progreso). Su actividad no le satisface (viaje y anhelo de evasión), y efectivamente está en tratos con el dueño de una acre- ditada sastrería para cambiar de negocio (la bella señora simbo- liza tanto el objeto deseado como sus características: sastrería^ elegancia, refinamiento, donosura). No obstante, está muy indeciso (miedo de la catástrofe). El sujeto 3 es un hombre de veintiocho años que todavía no ha tenido experiencias sexuales, a pesar de desearlas, siempre rete- nido por una morbosa timidez. Sólo el tercer sueño, por lo tanto, se explica siguiendo a Freud fielmente. El primero podrá tener un fondo sexual, pero el pro- blema dominante es otro, en tanto que el segundo no tiene nada que ver con el amor y sus complicaciones. No perdamos de vista las proporciones. El mismo psicoanalista que nos ha «prestado» las tres visiones nocturnas, nos precisa que de cien sueños de viajes aéreos, casi setenta provienen de deseos sexuales o tienen, cuando menos, vínculos con la esfera sexual; una esfera demasiado importante, como hemos dicho ya, demasia- do llena de problemas, de conflictos, de inhibiciones para no do- minar el mundo de los sueños y reclamar para sí su tajada mayor del pastel de los símbolos. Pero el sexo influye también en una parte de nuestra persona- lidad, sin por esto penetrarla toda, al menos en un individuo normal. En este postulado se inspira la segunda consideración. Freud fue demasiado simplista cuando dio a cada símbolo un claro significado. Llevó a cabo, sin duda alguna, una labor gran-

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SUEÑOS

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diosa, pero la explotación de su patrimonio nos induce hoy a ad- mitir que el cuadro es mucho más complejo que el que él nos trazó. Sigamos con el sueño del avión y veamos qué nos dice nuestro pequeño diccionario onírico, compilado teniendo en cuenta innu- merables observaciones: «Los vehículos aéreos denotan casi siem- pre un anhelo de deseos a menudo irrealizables y de ambiciones absurdas. Si en sueños nos hallamos a bordo y tenemos miedo, hay mucha indecisión en el carácter. Detrás de esa visión hay a veces la tendencia al adulterio, a la infidelidad, frenada por con- sideraciones morales.» Según Freud, aviones, dirigibles, globos, re- presentan el órgano sexual masculino. Pues bien, ¿no es ésa la descripción de una determinada perso- nalidad —la del indeciso— en su totalidad? ¿Acaso un indeciso no lo es tanto en el campo sexual como fuera del campo sexual? ¿No es el hombre de las paradójicas, estériles y a menudo secretas ambiciones, de los más audaces vuelos de fantasía acariciados de- trás de un escritorio o un banco de taller, de los anhelos de eva- sión que mueren con el grito del director o la llamada autorita- ria de la consorte? A veces un solo símbolo, junto con la claridad, la insistencia con que se presenta, puede bastar para arrojar luz sobre el carác- ter, las tendencias, las flaquezas de una persona, como la prepon- derancia de los símbolos sexuales delata indudablemente una situa- ción de incomodidad en el campo erótico. Pero estas interpre- taciones fáciles constituyen la excepción, no la regla. La diagnosis de la personalidad, en sustancia, requiere un es- tudio muy detenido. En este estudio los símbolos tienen un papel de primer plano, pero no nos dicen nada si los consideramos ais- ladamente, del mismo modo que no nos diría nada un tenor que, con ropas medievales, cantase en un escenario vacío. Por esto hemos añadido a nuestro tratado esa indispensable guía que es el pequeño diccionario onírico. Solamente teniendo en cuenta la múltiple naturaleza de los símbolos y de la atmós- fera que los envuelve para considerarlos luego en relación peculiar del soñador, es posible llegar a comprender algo de esa ópera có- mica, dramática, trágica, antigua y moderna que es nuestra per- sonalidad.

VII

Y SOBRE LA ALMOHADA UNA VARITA MÁGICA

Abrimos el periódico, recorremos los grandes titulares, fijamos la atención en los acontecimientos que mayormente nos interesan y pasamos a la sección de sucesos. Y, en el rincón más muerto de la página, descubrimos un suelto que por poco se nos escapa:

RIÑA EN UN BAR

En un establecimiento de nuestra ciudad, unos individuos agre- dieron anoche al conocido hombre-rana John W. (un gigante que se supone es el cerebro de una cuadrilla de rastreadores de teso- ros submarinos), desencadenando el infierno. La reyerta nació aparentemente a causa de los cumplidos dirigidos por algunos donjuanes a una estrella de cinema presente, pero la verdadera razón del alboroto parece residir en el nombre de la artista, idén- tico al de un buque que tiempo atrás se sospechó hundido por los caballeros implicados en el altercado y «rescatado» por John W. El público se mostró profundamente impresionado por lo acaecido.

Una bronca de las corrientes. El caso de aquel buque había he- cho mucho ruido, pero ya han pasado tres o cuatro años, y mu- chos no recordaban siquiera que hubiera existido. El follón del bar no «era noticia». Esto pensó, la noche anterior, el redactor jefe y replicó con gesto aburrido al reportero que, con un entu-

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siasmo de novel, se le había presentado con un extenso artículo. —¿Tres cuartillas? No, el suceso no merece siquiera un título

a dos columnas. Además, ya deberías saber cómo es nuestro pe-

riódico. No dramatizamos, no alarmamos a la gente, evitamos los detalles demasiado crudos. Sintetiza, sintetiza. Puedes salir del paso perfectamente con una veintena de líneas. Y nuestro principiante ha sintetizado. Sin embargo, cuántas cosas se ocultan en esas pocas líneas que se enlazan con una tra- gedia casi olvidada: anhelos inconfesados, odios, deseos de ven- ganza, suspicacias, miedos, y quién sabe qué más. Pero nuestro principiante ha tenido que sintetizar. Y, sin saberlo, se ha com- portado como se comporta el subconsciente en sueños, «tijere- teado» por el invisible y autoritario redactor jefe de la Gaceta de Morfeo, preocupado, sí, por su cometido de informador, pero tam- bién por el temor de caer víctima de la censura y de causar desa- sosiego al sensible «lector».

Nuestra vida está llena de buques hundidos, repletos de deseos

y de miedos. Algunos vagan casi a flor de agua, otros se hacen

visibles, en determinadas condiciones, bajo las olas, pero los más cargados, los más pesados, yacen en el fondo del abisal Océano de la Psique, aunque su contenido no deja de dar lugar, en noso- tros, a sordas luchas. Unas luchas de las cuales, precisamente, nos

llegan en sueños noticias incompletas y deformadas. Es más, demos una ojeada al suelto sobre la refriega en el bar teniendo presente el modo como se produjo la formación de las visiones nocturnas y nos percataremos de que el sueño recurre a la misma técnica que nuestro cronista, aunque logra juntar cua- dros bastante más fantásticos. Encontramos, efectivamente, en el articulito, las huellas cabales de muchísimos expedientes usados

en componer nuestras aventuras hechas de sombras. Las pala- bras rastreadores, estrella, artista, infierno, «rescatada», por ejem- plo, son «asociaciones simples», hombre-rana es una «condensa- ción», mente una «parte para el todo», gigante una «deformación»

y así sucesivamente. Estas definiciones poco dicen a un profano. Será menester, sin embargo, tomar confianza con ellas, pues de lo contrario el mundo de los sueños se nos aparecería (a pesar de haber esclarecido ya muchos de sus enigmas) como un incomprensible juego de espe- jos deformantes.

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PE1ER KOLOSIMO

La «asociación-», un mecanismo-príncipe

La «asociación» es el «mecanismo príncipe» del sueño, y los símbolos son piezas que éste fabrica y mueve. Pero si algunos de esos símbolos son iguales o casi iguales para todos, otros están estrechamente vinculados a las circunstancias particulares en las que una persona ha venido a encontrarse o se encuentra. He aquí por qué es oportuno ver cómo actúa el mecanismo en cuestión. De él se valen hace tiempo los psicólogos imponiendo a los su- jetos de los que desean conocer el carácter o identificar los pun- tos flacos, el exponer sin titubeos todo lo que les pasa por la cabeza. —Invierno —dice el psicólogo. —Nieve, frío, abetos, calefacción, esquís, burbujas, Bing Cros- by —contesta el paciente. Hasta aquí todo está claro. Con el infierno se asocian las ideas de la nieve, del frío, de los abetos, de la calefacción disfrutada en casa, de los esquís. Ni siquiera las burbujas y Bing Crosby están fuera de lugar, y el examinador no necesita recurrir a un par de preguntas para establecerlo porque aquellas respuestas evocan el champaña de Año Nuevo y el cantante americano es el conocidí- simo intérprete de Blancas Navidades. He aquí, por tanto, por qué el sujeto, retrotrayéndose inconscientemente a un hecho acae- cido en invierno, podrá soñar con un bosque de coniferas, un par de guantes (de esquí) o bien con el buen Bing. —Esposa —dice el psicólogo. —Casa, familia, plancha, huevos, goma, número, mar —contes- ta el paciente. Descartadas las lógicas asociaciones con la casa, la familia, la plancha, los huevos (que gustan de modo particular al paciente) y establecido que el número es el telefónico por el cual se comu- nicaban cuando eran novios y que él y ella se conocieron en el mar, resta un vocablo de significado oscuro: goma. ¿Por qué el sujeto, refiriéndose a la consorte, ha usado, entre las otras, esta palabra? No lo sabe, o, al menos, cree de buena fe no saberlo. El psicólogo le induce a recordar, y por fin el motivo aparece decep- cionado por el papel pasivo mantenido por la mujer en la intimi- dad, nuestro hombre la había comparado mentalmente, un par de veces, con una muñeca de goma. Si hubiese soñado, por lo tanto, con una pelota, una lancha neumática (en la cual, casi con segu-

GUÍA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

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ridad, se hubiera encontrado incómodo), o con cualquier otro ob- jeto de caucho, habría sido la insatisfacción sexual que hablara desde lo profundo de su ser. Cada uno de nosotros puede divertirse efectuando ejercicios parecidos, teniendo presente que de nada sirve prepararse una se- rie de palabras con las cuales asociar otras. A las respuestas se ha de llegar excluyendo la reflexión, y por esto es oportuno que los «vocablos primos» sean sugeridos, al azar, por un amigo, o entre- sacados de un diccionario o un libro. El jueguecito no permite desde luego psicoanalizarse a sí mis- mo, sea porque el cerebro tiende siempre a buscar, cuando está despierto, la asociación más lógica, sea porque el especialista si- gue un método preciso de trabajo. No es improbable, sin embar- go, que, practicándolo muchas veces y transcribiendo las asocia- ciones (no una a una, sino tras haberlas enunciado de corrido y muy rápidamente), pueda reunirse una serie de símbolos riguro- samente personales, mediante lo cual ver un poco más claro en los propios sueños, en ese mundo donde nos sumimos con todos nuestros deseos y nuestros temores, y con una insospechada «va- rita mágica» sobre la almohada. Procuremos, pues, trabar conoci- miento con los esquemas más elementales propios del mecanismo de la asociación.

TRANSFORMACIONES DE PERSONAS EN OTRAS PERSONAS

Bruna sueña ser perseguida por un hombre enmascarado que la acecha entre el gentío, la sigue cuando regresa a casa de la oficina e intenta incluso entrar en su dormitorio por la ventana. La muchacha «siente» que se trata de un ladrón, de un individuo que, al mismo tiempo, la fascina y la aterroriza. Esa especie de Fantomas tiene algo que le es vagamente familiar, pero, por mucho que se esfuerce, no logra identificarlo. Y lo conoce muy bien, sin embargo. Es Gustavo, el joven que la corteja hace algu- nas semanas, un chico que le gusta pero del cual no se fía, sabién- dolo poco propenso a las relaciones serias. Bruna no conseguirá probablemente descubrir nunca que se trata de su admirador y, sin embargo, si tuviese una idea de la «asociación onírica», no le sería difícil desenmascararlo. «¿Quién es ese ladrón de mi sueño? —empezaría por preguntarse—. Un hombre que podría robarme algo. ¿Qué podría robarme? Eviden- temente una cosa que me importa mucho, de lo contrario no me

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PETER KOLOSIMO

obsesionaría en sueños. ¿Cuál es la cosa que me importa mucho? El cariño de mis padres, pero no hay nadie, en realidad, que ame-

el empleo, pero también de éste estoy se-

La pureza: ¡Esto es lo que se me podría robar! ¿Y quién

estaría en condiciones de hacerlo? Gustavo, porque en ciertos mo- mentos me encuentro a punto de ceder. Pero, ¿por qué motivos se me aparece irreconocible en sueños? Porque soy yo quien no quiero reconocerle. Me gusta, estoy un poco enamorada de él, y

me niego a pensar en ese chico como en un ladrón.» Visiones nocturnas del género de la que hemos esbozado no son infrecuentes ni mucho menos para las muchachas, suscitadas,

no sólo por el temor a la pérdida de la pureza, sino por la falta de confianza en las promesas del pretendiente, por los celos y por numerosos motivos más. Al margen de este tipo de manifestacio- nes oníricas, observamos que raramente una persona que se nos aparece en sueños como desconocida lo es realmente. Analizando sus características, a menudo conseguiremos identificarla. Por el proceso de asociación, un padre severo podría, por ejemplo, con- vertirse, en el reino de Morfeo, en un tirano, un esclavista, un carcelero; una rival en amor podría presentarse a la soñadora con el ropaje de la disoluta reina vista en el cine, de la asesina «sexy» de una novela policíaca o, más sencillamente, de la señora Clotilde, la vecina que no tiene nada que ver con cierta vicisitud sentimental, pero que todos consideran intrigante, envidiosa, mo-

lesta

nace con quitármelo

gura

y así sucesivamente.

TRANSFORMACIONES DE PERSONAS EN ANIMALES O COSAS

Henos en el campo. Estamos paseando tranquilamente, en un

sueño que promete ser idílico, por un sendero pintoresco, cuando sentimos que nos dan un golpecito en la espalda. Nos volvemos, sorprendidos, y nos encontramos frente a un asno. Intentamos ig- norarlo, continuamos, y él nos sigue. Francamente, nos fastidia, tratamos de echarlo, pero en vano. Apretamos el paso, echamos a correr, molestos y un poco preocupados por la insistencia del

borrico

Digámoslo en voz baja, por favor: nuestro orejudo acompañan- te es el amigo Temístocles. Lo juzgamos un asno, un pelmazo, un tipo pegajoso que se empeña en estar a nuestro lado cuando de

buena gana nos pasaríamos sin sus insulsos rebuznos

canismo de la asociación nos lo declara sin rodeos precisamente

así, en plena noche!

y el cuadrúpedo nos sigue.

¡Y el me-

GUÍA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

77

Los gatos suelen simbolizar, en sueños, la feminidad (puede tratarse de la ajena, pero también de la propia, amigas lectoras, reflejando en este caso la pizca de narcisismo que es propio de toda mujer, o bien el deseo de agradar, de ser lisonjeadas). En cuanto a los perros, soñar con ellos delata siempre un anhelo in- tenso de sentirse amados, protegidos, de tener al lado una criatura afectuosa, fiel hasta el sacrificio. Cada animal, además, tiene un significado propio, que depende de la toma de posición del soña- dor respecto a él (el león, por ejemplo, puede simbolizar una per- sona agresiva, la serpiente un individuo engañoso, y así sucesi- vamente). Las bestias de cualquier especie soñadas en grupo, por último, representan casi siempre una comunidad de la cual se tiene miedo. Puede tratarse de familiares, de amigos, hasta de la opinión pública en general. Pero el proceso de asociación puede transformar también a hombres y mujeres en cosas, precisamente siguiendo la traza de nuestro lenguaje simbólico. ¿Veis, en sueños, vuestro camino cor- tado por una corriente de agua en crecida? Podría tratarse del marido, si lo juzgáis «impetuoso como un torrente». ¿Dais puñe- tazos, desesperadas, a una pared rocosa que os impide llegar adon- de quisierais? ¿No se tratará de vuestro jefe, «duro como la pie- dra», que se niega a subiros el sueldo? Puede ocurrir, por último, ver en sueños animales transforma- dos en personas o cosas: el perro Tom, por ejemplo, se nos podría aparecer con la figura del abuelo Jeremías, porque estamos encari- ñados con el buen Tom como con un pariente, o sencillamente por- que su mirada nos retrotrae inconscientemente a la del abuelo; la vaca Giovanna, por su parte, se nos podría mostrar en forma de botella, y así sucesivamente. Raro es el caso de animales conver- tidos en otros animales. Se trata casi siempre de un fenómeno ligado a una fuerte impresión, como cuando, atemorizados por un lagarto, soñamos después que nos amenaza una fiera.

TRANSFORMACIONES DE COSAS EN PERSONAS O ANIMALES

Desde hace una semana, Paola sueña con Gianna. Gianna es una compañera de oficina. Paola no tiene nada que ver con ella, no le es ni simpática ni antipática. Sus relaciones se concretan en el cambio de los habituales saludos y de algunas frases insignifican- tes. ¿Por qué, entonces, sigue soñando con ella? Si Paola se limita a buscar una solución fijándose en la perso-

78

PETER KOLOSIMO

na que se muestra con tanta insistencia en sus noches, nunca lo- grará desenredar la madeja. Si piensa en todo cuanto le sucedió antes de iniciarse esa extraña serie onírica, la naturaleza del pro- ceso de asociación le resultará clara. Hace una semana, Paola perdió un anillo y no sabe resignarse a ese extravío. Pero, ¿qué tiene que ver Gianna con ello? ¿Quizás el sueño es profético? ¿Aca- so quiere revelar que fue Gianna quien robó la preciosa sortija? ¡Cuidado con esas peligrosas bromas de Morfeo! Las visiones nocturnas en cuestión son determinadas sencillamente por la aso- ciación anillo-Gianna. El anillo se trasforma en una persona quizá por una sospecha que no es lícito considerar justificada, qui- zá también tan sólo porque Gianna fue la primera chica que Paola vio después del extravío o porque lleva un anillo que recuerda vagamente el perdido. He aquí que Paola se da cuenta del mecanismo onírico. Desde este momento deja de soñar con la colega. Sin embargo, el recuer-

do de la sortija desaparecida sigue obsesionándola

talla nocturna empiezan a aparecer pequeños animales, beste- zuelas que ella logra apresar, pero que en seguida se le escapan:

una ardilla, una rana, un grillo. Se trata siempre del dichoso ani- llo, traducido esta vez en una minúscula criatura que se escurre de los dedos. ¿Y Renato? Renato tiene preocupaciones zoológicas mucho ma- yores. Sueña que está de vacaciones, tomando el sol, feliz, hasta que un toro enfurecido le embiste, haciéndole despertar bañado en sudor. ¿Un tremendo recuerdo infantil, el indicio de un acu- sado complejo de inferioridad? El psicoanalista al cual se dirige piensa primero en ese argumento, pero pronto se percata, escu- chando las confidencias del jovenzuelo, de que las angustiosas aventuras oníricas tienen un. origen muy distinto. El «toro» es, en efecto, el artíhivo al cual está afectado Renato. Ese trabajo no le gusta, es para él una auténtica pesadilla que le obsesiona hasta los días de asueto. Una mañana, moviéndose, nervioso, alrededor del casillero, choca violentamente con un cajón abierto del odiado mueble, y Morfeo lo ha transformado en un toro siempre dispues- to a acometerle y cornearle.

y en la pan-

GUíA AL MUNDO DE LOS SUEñOS

79

TRADUCCIÓN DE IDEAS ABSTRACTAS EN PERSONAS, ANIMALES, COSAS Y LUGARES

En los sueños de Anna, el dueño es William Holden. Los surca

a lo largo y a lo ancho, se asoma a ellos con los atuendos de to- dos los personajes de sus filmes, y despierta, feliz. Pero se pre- gunta el porqué de esos gozosos despertares. Holden no le desa- grada como actor, pero no es ciertamente su «estrella» favorita,

ni el tipo de hombre con el que querría unirse

ideal es totalmente distinto. Bice sueña con el señor Rossi, el contable del piso de arriba. El señor Rossi, en sueños, le hace una corte discreta, le habla de quién sabe qué, le coge una mano, y ella se siente feliz hasta las lágrimas. Pero el señor Rossi, aunque en realidad es muy simpáti- co, es bajito, calvo, tímido y tiene esposa. Aunque fuese soltero, Bice no se casaría con él.

Cora se encuentra al lado de Fulmine, el caballo de la hacienda de los abuelos, ve de nuevo cómo su papá la subía en la silla, la sos- tenía y estaba a su lado, afectuoso, durante el paseo a caballo.

Cora tenía catorce en-

tonces

za y se siente arrastrado por una ola de dulzura infinita. Diana ha recibido un paquete. No sabe de quién, no sabe qué hay dentro, pero, en sueños, corre hacia su casa con el corazón palpitante de contento. Deshace el envoltorio y ve que contiene dos vulgarísimos platos. ¿Decepcionada? Al revés. Los deja sobre la mesa y le parece no haber visto nunca nada tan bonito y pre- cioso. Emma, que nunca ha visto el mar en su vida, sueña que está en una maravillosa playa desierta, a la luz de la luna. Siente una ligereza, una alegría que nunca había conocido antes y que no nace tan sólo de la contemplación de aquel bellísimo panorama. Cinco sueños diferentes, seguro, pero todos tienen el mismo origen, el mismo leitmotiv: el deseo de amar y de ser amados. Anna no ha quedado impresionada por William Holden, sino por la escena de un filme interpretado por este actor, que para ella reflejaba las relaciones ideales entre dos seres enamorados; Bice no está ni mucho menos hechizada por el señor Rossi, sino por la existencia serena que el contable lleva con su esposa, por una atmósfera que también nuestra soñadora querría conocer; Cora anhela un porvenir encantador como el mejor período de su ju-

¿Cuántos años han pasado? Diez, once

Al contrario, su

pero en sus sueños vuelve el viejo Fulmine, y ella lo abra-

80

PETER KOLOSIMO

ventud con un marido tierno y solícito que la tenga «montada en silla»; Diana ve en los dos platos un pedacito de su casa futura, un dulce nido para dos, y Emma sueña con el amor como le ha sido descrito por su canción preferida, que habla precisamente del mar, de la playa y de la luna. He aquí, pues, cómo el proceso de asociación puede traducir ideas abstractas en personas, animales, cosas y paisajes, se trate de deseos o de temores, de sentimientos o de impresiones en ge- neral.

Todos los ejemplos mencionados pertenecen a la serie de las asociaciones simples, pero no siempre nuestro «mecanismo prín- cipe» obra sobre esquemas tan elementales. Es cierto, sin embar- go, lo contrario. En la mayoría de los casos aquél mueve otros mecanismos, sigue caminos tortuosos y se vale de expedientes de los cuales trataremos a continuación los más importantes. Antes de hacerlo, sin embargo, debemos recalcar la particular importancia del último proceso de asociación citado. Es, como quien dice, el alma del sueño, el sueño en sí. Recordemos que nuestro «mundo de noche» es un mundo de imágenes, que Mor- feo ha de dar en imágenes todo cuanto «sentimos» o «experimen- tamos». Y si nos parece que la empresa es fácil, pensemos en el cine. ¿Cuántos filmes realizados para expresar un sentimiento o un conjunto, un encuentro, un conflicto de sentimientos, pueden decirse logrados? Son muy pocas las auténticas obras maestras. Y si interrogamos al creador de una de esas obras maestras, nos dirá (suponiendo que quiera ser sincero) que no ha alcanzado lo que se proponía o que ha sido consciente, al principio, de los modestos medios que encontró a su disposición. Cuanto más profundas son las impresiones, las sensaciones y los sentimientos, más arduo se hace concretarlas en imágenes. Walt Disney, con algunas memorables secuencias de dibujos ani- mados,^ ha intentado trasponer la música en impresiones ópticas, pero ni siquiera su sensibilidad, ni siquiera su genio han podido producir algo aceptable para todos. El sueño, por el contrario, cumple el prodigio. Entonces, ¿por qué asombrarnos ante la complejidad de las técnicas y de los mecanismos a que debe recurrir? Por mucho que miremos, con nuestro libro, a una extremada simplificación, sabemos muy bien que regalamos a los lectores una colección de detalles un poco pa- recida a esos cubitos con dibujos en las seis facetas que es me- nester volver y revolver, para disponerlos y componer un cuadro comprensible. Pero si uno de esos cubitos del rompecabezas falta- se, la escena no sería completa.

VIII

NOSOTROS, PERSONAJES DE CIENCIAFICCIÓN

Fiorella la ha hecho gorda. Ha aceptado un regalo de un ad-

mirador: un collar. No es que haya concedido o prometido algo

a cambio, ni el donador lo ha pretendido. Es un señor correcto

y muy adinerado, que puede permitirse eso y más, aunque sea aca- riciando tan sólo una vaga esperanza. Nuestra amiga ha quedado fascinada por ese precioso adorno y no ha sabido decir que no. Pero ahora su noche es muy agitada Sueña que se encuentra en un oscuro callejón y percibe en el suelo un curioso destello. Se agacha, tiende la mano hacia ese misterioso resplandor, pero en seguida se aparta, horrorizada. Se trata de una serpiente. Asustada, echa a correr en la dirección opuesta, y he aquí que respira aliviada. Ante ella ha aparecido un

policía cuyo rostro le recuerda en parte el de su padre y en parte

el de su novio. La chica implora auxilio, pero el agente permanece

impasible, dejándola sola con su terror. Por muy pasmosa que pueda parecemos, esta visión nocturna es fácilmente explicable si se tiene en cuenta el suceso que ha

impresionado a la joven. La serpiente es el collar: lo recuerda por

la forma, pero, sobre todo, lo simboliza por la insidia, el peligro

que el regalo encierra. Estamos, en suma, ante el proceso de aso- ciación del cual acabamos de hablar. Pero, ¿por qué el policía hace que la soñadora rememore a su padre y a su novio al mismo tiempo? Porque se trata de las dos personas que la muchacha teme mayormente, condensadas en una

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figura única que representa la autoridad, la ley (moral). Es un proceso de condensación que traduce en imágenes el pavor de Fio- rella. Aunque manifestase mi arrepentimiento —podemos deducir con ella— no hallaría ni comprensión ni ayuda de esos dos hom- bres que, impasibles a mi dolor, me condenarían.

CONDENSACIÓN Y SUPERPOSICIÓN

En la inmensa mayoría de los casos, como hemos dicho, el sueño es una síntesis.

Esta síntesis —recalca Freud— a veces puede fallar, pero en li- neas generales existe. No se observa nunca lo contrario, o sea que nunca ocurre que un sueño manifiesto sea más extenso que el sueño latente y tenga un contenido más rico.

El padre del psicoanálisis define el fenómeno como considera- ción, pero advierte que el término puede ser usado en sentido es- tricto para indicar el proceso por el cual «algunos elementos de la realidad que tienen rasgos comunes están fundidos juntos en sueños». Es precisamente el caso de nuestra Fiorella, pero no siempre es tan fácil identificar los componentes de esa manifes- tación. La tendencia a la condensación no es tan sólo privativa de Morfeo, sino de todo nuestro mundo. Es suficiente volver el pen- samiento a cualquier sistema de clasificación, científico o no, para darse cuenta de ello. Al decir, por ejemplo, «reptiles», ¿acaso no condensamos en este sustantivo a todos los invertebrados que se desarrollan en una envoltura amniótica hasta el nacimiento, tienen temperatura corpórea variable, piel generalmente cubierta de es- camas córneas y corazón dividido en cuatro cavidades incompleta- mente separadas? Lagartijas, cocodrilos, serpientes, tortugas, esto es lo que decimos, en mínima parte, al decir reptiles. Y hablando de los perros en general, ¿no nos referimos acaso a bassets y pasto- res alemanes, a pequineses y sanbernardos? El sueño, por lo demás, únicamente actúa cuando condensa elementos que a menudo sólo tienen para nosotros algo en común. Típica es, al respecto, la visión que el profesor Werner Kemper nos ofrece en ejemplo. Un hombre de negocios, la noche anterior a una entrevista con el recaudador de contribuciones, sueña con un gigante que se muestra, para con él, muy gentil. La fabulosa

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criatura le recuerda al mismo tiempo a su padre, al guardia mu- nicipal de su pueblo natal que de pequeño le aterrorizaba y al sargento de cuando hizo el servicio militar. Aquí el análisis es fácil. Los tres personajes tienen en común

la autoridad, la rigurosidad: reflejan el miedo del sujeto, pero

asimismo su deseo de recibir del representante del fisco un trato comprensivo.

Las «condensaciones por cualidad» semejantes a ésta son las más brillantes. Es menester, no obstante, poner mucha atención,

porque Morfeo se desahoga aquí de incontables modos, revelándo-

se un ducho enigmático que recurre a curiosísimas combinacio-

nes. ¿Soñáis con el señor Casagrande, un conocido al que no veis

hace años? Puede ser que a él vaya ligado un episodio particular- mente importante de vuestra vida, pero también pudiera darse que él se hubiese presentado sólo para condensar en su nombre

a los dos verdaderos intérpretes de vuestro sueño, como, por

ejemplo, los señores Casati y Grandini. Pero, ¿qué pensar de las condensaciones una de cuyas partes parece absolutamente desconocida? A todos nos ocurre soñar, tar- de o temprano, con un pariente o un amigo que «no es precisa- mente él», que tiene algo de extraño en la figura o el comporta- miento. Pues bien, aquí se trata de examinar a fondo el compo- nente extraño, que es tal sólo en apariencia. «Nada es irreal en los sueños —dice Freud—. La imaginación "creadora" es inca- paz de evocar lo que sea. Debe conformarse con reunir elementos por naturaleza separados.» Tenemos también condensaciones de dos o más personas con características diametralmente opuestas y éstas revelan casi siem- pre de una manera resplandeciente la existencia de un conflicto. Una de las más frecuentes propias de los jóvenes hace aparecer en la pantalla onírica el objeto de los deseos sentimentales y se- xuales deformado por «algo» que recuerda a uno de los progeni- tores, de los superiores y de los conocidos menos benévolos. Es obvio que así se manifiesta el contraste entre amor y principios adquiridos, amor y temida reprobación del prójimo, un contraste que es terreno abonado para los pequeños y los grandes com- plejos. Numerosísimas son las condensaciones de paisajes, considera- blemente más difíciles de interpretar dado que puede tratarse de

escenarios casuales o de referencias que constituyen la esencia mis- ma de la visión nocturna. Puede suceder que, vagabundeando por

el viejo Turín, rememoremos un rincón de París. No es de extra-

ñar que luego soñemos hallarnos en la plaza Pigalle y, alzando los ojos, veamos la Mole Antonelliana. Pero a uno u otro lugar pue- den ir ligados hechos para nosotros muy importantes o también

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sólo referencias a hechos similares (una fascinante amiga nuestra piamontesa, por ejemplo, podría inducir al subconsciente a hacer- la efectuar un picante strip-tease como esos que son una especia- lidad del «Crazy Horde»). De ahí la necesidad de un análisis mi- nucioso. Un proceso afín al de condensación lleva el nombre de super- posición. Aquí, a una cara o a una figura se superpone otra de im- proviso y el significado de la visión nocturna es expresado por ambos polos. He aquí que Rodolfo se pasea en compañía de su novia y de golpe la ve transformarse en una chica con la cual tuvo, tiempo atrás, una afectuosa relación. Dos son los casos: o el joven añora el amor pasado, o teme que su novia le abandone, como ocurrió con la otra, tínicamente el protagonista del sueño, confesándose, podría ponernos en el camino exacto.

UNA PARTE PARA EL TODO

Linda ha llegado adonde quería. Los comienzos han sido difíci- les. Recuerda la turbación de los primeros días pasados lejos de su casa, en la gran ciudad, el mísero empleo aceptado para poder

asistir a la escuela de declamación, el dinero que no bastaba nunca siquiera para dos comidas completas al día, el frío padecido en el cuartito suburbial, con los dedos ateridos, fuera de las mantas

El primer, banal, papelito en un filme del

que nadie se acuerda ya Pero finalmente ha llegado el éxito. Lina se despereza, feliz, bajo las mantas, echa otra mirada a su alrededor para felicitarse de todo lo que la rodea en esta lujosa habitación de hotel, oye el eco de los aplausos que, unas horas antes, consagraron su en- trada triunfal en el firmamento cinematográfico. Luego, en sueños, es como si despertase bruscamente. Intuye la presencia de un objeto extraño, palpa las sábanas con una mano y se le hiela la sangre. Sus dedos han rozado una cosa mór- bida, cuyo contacto no tiene nada de agradable. Linda se incor- pora, se destapa. Y se da cuenta de que tiene al lado un man- guito de pieles. Es un caso cómico, que a lo sumo debería hacer sonreír, rememorando tiempos lejanos, pero a nuestra actriz no le causa hilaridad ni mucho menos. Por el contrario, ese manguito la desazona, tiene algo de macabro, de alucinante. Linda, presa de angustia, se levanta, se viste y, siempre en sueños, baja a la calle,

sosteniendo el guión

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donde, al menos, encontrará nuevamente la atmósfera de la velada

que la hizo feliz. En efecto, el gentío la rodea, la aclama, le pide autógrafos. La «estrella», tranquilizada, abre el bolso para sacar

la estilográfica

rrible manguito. La joven despierta bañada en sudor. Naturalmente, en la cama no hay nadie. Esta impresionante visión nocturna, sin embargo, se repite y la actriz decide, al cabo de unos días, consultar a un psicoanalista. ¿De dónde ha salido ese manguito de pieles? De un suceso que Linda creía haber olvidado, de un día de su niñez, cuando por primera vez expresó su deseo de ser actriz, y su vieja tía Trudi, la de muy rígidos principios, arremetió con violencia contra ella pin- tando el mundo del cine como una sima del infierno, fragua de todos los pecados, prediciéndole un porvenir de perdición y de vergüenza.

Claro que sí, aquél es el inseparable manguito de tía Trudi, cuyo uso, tan poco corriente, había impresionado tanto a Linda como para ser, en las reconditeces de su mente, inseparable del

recuerdo de la anciana parienta. Nuestra celebridad siente un poco de remordimiento por haber desobedecido a su tía, considerada

y el man-

guito comparece en sueños a reprenderla. Los procesos oníricos de este tipo se designan con la expresión latina pars pro toto, o sea «una parte para el todo». Conocemos muy bien su mecanismo hasta despiertos, es más, a menudo re- currimos a ellos por medio de los más tristes lugares comunes ha- blando de la «mano criminal», del «fuerte brazo de la ley», de la «mente sublime». Morfeo, sin embargo, es menos aburrido, se vale de una serie prácticamente ilimitada de reclamos: puede ser- virse tanto de la calva de papá como del collar que mamá lucía con tanta satisfacción, tanto del bigotito de un avieso corruptor de menores como de los zapatos eternamente rechinantes del seve- rísimo catequista o de los botones de su sotana. Efectivamente, no es raro, en sueños, encontrarse abrochando o desabrochando (casi siempre dificultosamente) una prenda cualquiera de ropa, mientras algo, en el subconsciente, llama a la puerta cerrada con un seco «¡no!» de la moral religiosa. He aquí otro ejemplo, a menudo repetido, con variantes no sustanciales, en las visiones nocturnas de las muchachas que tie- nen en las espaldas un pasado similar al de nuestra protagonista. Diana se ha enamorado. A los veinte años, tras una infancia todo lo contrario de alegre, tras una primera juventud hecha tan sólo de trabajo y sacrificios, he aquí al amor. La muchacha nunca en su vida ha sido tan feliz. Quisiera abrazar al mundo, y las

durante años como depositaría de la verdadera moral

pero con repugnancia hunde la mano en el ho-

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compañeras, que la conocían siempre seria y huraña, descubren en ella una mujer nueva. Pero la metamorfosis dura poco. Dos semanas después del encuentro decisivo, Diana vuelve a ser la de antes, incluso más «cerrada» y más sombría que nunca, tanto que las relaciones con el posible novio empeoran de día en día. ¿Cuál es la causa de esa nueva, súbita transformación que a todos se antoja inexplicable? Un sueño. La muchacha no le con- cedió demasiada importancia cuando se le presentó la primera vez, el día siguiente al encuentro con el amor. Pero la visión ha vuelto, dos, tres, cuatro veces, y en verdad es como para tras- tornarse. Hay una mano en las noches de Diana, una mano se- parada del cuerpo, enguantada, que persigue a la chica dondequie- ra se encuentre en sueños. Primero la ha descubierto detrás de una puerta, inmóvil como la mano truncada de un cadáver, luego, alzando los ojos, la ha visto sobre la mesa mientras escribía una carta al enamorado. Finalmente, se ha puesto francamente ame- nazadora: se agita en el aire, mueve los dedos como si quisiera agarrar, quebrantar. La cosa acaba con un agotamiento nervioso. Diana ha de some- terse a los cuidados de un especialista que, por una suerte que no suele presentarse, se interesa más bien de cerca en psicoanáli- sis. No le resulta, por lo tanto, difícil ver en esa mano algo de lo cual ella, en el subconsciente, tiene un miedo terrible: miedo de encontrarla detrás de la puerta de su nueva vida, la matrimo- nial, miedo de verla interponerse entre ella y sus esperanzas li- gadas al hombre amado (la carta), miedo de ser triturada como ¿Como quién? La mano no es fruto de pura fantasía y tampoco

es un símbolo en el clásico sentido psicoanalítico de la palabra (ra-

ramente los símbolos se muestran tan claros y con tanta persis- tencia). Debe de haber existido así en la realidad y debe de haber tenido un papel negativo no indiferente en la vida de Diana. Se trata de conseguir identificarla, y el especialista se pregunta ante

todo por qué está enguantada. Porque oculta algo que la paciente

se niega a reconocer. ¿Quién, por lo tanto, de su familia o de sus conocidos, tiene o tenía un signo particular en la mano? El sub- consciente de Diana es puesto entre la espada y la pared porque

a esa precisa pregunta la memoria de la joven está dispuesta a

contestar. Era su padre que tenía en la palma, evidentísima, la

cicatriz de una herida de guerra. Es, pues, el recuerdo de su pro- genitor que aterroriza a la veinteañera, el recuerdo de las regañi- nas, de los actos violentos que hicieron un infierno de la existen- cia de Diana y de su madre. Inconscientemente, la muchacha teme

a todos los hombres, está obsesionada por la idea de que el matri- monio preludie una serie de tristísimas experiencias. Ahora que

el problema está resuelto, al enamorado corresponde cuidar y sa-

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SUEÑOS

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nar a la pobre criatura, convenciéndola de que él quiere y puede depararle un destino muy diferente.

ALEJAMIENTO

Jack Roaring, el terror de Minnesota, no logrando vencer a su eterno enemigo, ha apelado a medidas extremas. Ha hecho raptar a Shirley, la hija del rival, y ahora amenaza con torturarla y matarla si el otro no abandona la lucha. Una habitación desnuda, una mesa, algunas sillas y un telé- fono. Jack Roaring bebe y se ríe a carcajadas. Shirley, artística- mente atada, de un modo que permita a la blusita ceñirse en los puntos justos, tiembla de terror mientras uno de los bandidos le acerca al pecho un aguzado hierro candente Corrado observa la escena con indiferencia, un poco aburrido. No, no se trata del sádico cómplice de Jack Roaring, ni de un émulo de Fantomas, sino simplemente de un espectador sin ma- licia: Roaring & Co. son, efectivamente, personajes cinematográ- ficos. Y en la pantalla continúa su pérfido proceder. Entre uno y otro sobresalto de Shirley, la cámara encuadra una pared en la que destaca un calendario, y en el calendario un niño de rostro mo- fletudo y feliz tiende las manos a una bolsita de papilla «WW», ésa que hace sanos, fuertes y alegres a los chiquillos. Corrado no se fija en el calendario, que parece haber sido olvidado allí por el anterior inquilino del alojamiento ocupado por los facinerosos. Un crítico cinematográfico tal vez diría que ese anuncio ha sido puesto allí por el director a fin de dar realce, por contraste, a la brutalidad de la secuencia. Pero no es así. El día siguiente, cuando sale a comprar una botella de licor, Corrado seguramente ya no piensa en ese filme que ha juzgado, más que nada, decadente y aburrido. Pero, una vez en el supermer- cado, coge, entre lo demás, una bolsita de papilla «WW» para su bebé. Si le preguntásemos por qué lo ha hecho, nos diría que el gesto le ha salido instintivamente, que, como solícito papá, ha querido probar también ese alimento, que le ha atraído el color del envoltorio. Y no sabría que en su subconsciente, por el con- trario, se ha disparado un resorte cuidadosamente montado por los técnicos publicitarios de la honorable «WW». La hipnosis revelaría con facilidad cómo anduvieron las cosas. Antes de asistir a la proyección del filme, Corrado había visto

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muchas veces, en periódicos y carteles, el niño de cara mofletuda

y feliz, ansioso de asir la papilla preferida. La cosa le había de- jado indiferente, pero, sin que él lo supiera, el calendario de

la película despertó aquel recuerdo susurrando a su subconscien-

te: «¿Ves? Si tu niño se alimenta con "WW", crecerá sano y fuerte,

y no se encontrará nunca en las lamentables condiciones de la

pobre Shirley.» Éste es uno de los medios a los que recurren los persuasores ocultos, los 007 de la publicidad que, valiéndose de expedientes refinadísimos, matan en muchos de nosotros el poder de la libre elección. En su profesión hay ases, pero desde luego no han in- ventado nada. Han echado mano de los secretos de la «psicología de lo profundo» y copiado, con ello, muchas de las «técnicas» de que se valen los sueños.

Consideremos ahora una visión nocturna bastante más impre- sionante que el trivial filme de Jack Roaring. El señor Rossi, en sueños, despedaza a un niño con un cuchillo (del mismo modo que ha rajado una pina tropical pocas horas antes de meterse en la cama), y ejecuta la repugnante operación con la máxima indife- rencia. De repente, sin embargo, le da por volver la mirada hacia una ventana de cristales verdes, y entonces, desesperado, rompe

a sollozar.

¿Qué clase de monstruo es ese señor Rossi? Es un apacibilísi- mo empleado (el sueño no es inventado, sino sacado del archivo del profesor Kemper), acosado por manifestaciones oníricas que repiten, con variaciones insignificantes, el mismo motivo, es decir, que se ve ocupado en algo terrible que le deja frío, mientras que se conmueve por detalles insignificantes. Digamos mejor que aparentemente insignificantes, puesto que

el «centro» del sueño es precisamente la ventana de cristales ver-

des, de lo cual nos percatamos escuchando el relato hecho por el

soñador al psicoanalista. Hace poco que el señor Rossi perdió

a su adorada hermana mayor que había cuidado de él desde el

fallecimiento de la madre. También a ésta la había querido mu- cho, tiranizada y maltratada por el marido, quien, durante una disputa que impresionó terriblemente al soñador, en su infancia, gritó, enfurecido: «¡Te voy a tirar por la ventana!» Si consideramos que el verde era el color preferido de la di- funta hermana del sujeto, no nos costará ya hallar el significado de su visión nocturna. El señor Rossi está angustiado por la pér- dida de la hermana (representada por el color verde, o sea por la pars pro toto de que hemos hablado), a la que quería como a su madre (simbolizada por el tormento de la pobre mujer, o sea por la ventana a través de la cual el marido amenazó con tirarla). La pina tropical rajada quizá ha proporcionado al señor Ros-

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si el «pretexto» del sueño. Puede ser que en el niño despedazado

esté identificado él mismo, martirizado por una infancia infeliz. Lo que ahora nos interesa, de todos modos, es que el punto esen- cial de la visión no hay que buscarlo aquí, en el hecho más im- presionante, sino en un detalle que, a la luz de la lógica, debería carecer de importancia.

Este proceso lleva precisamente el nombre de alejamiento. Aten-

ción, pues, a los detalles que, en sueños, dan lugar a ciertos esta- dos de ánimo, porque en ellos se esconde el verdadero significado de la aventura nocturna. ¿Por qué razón el señor Rossi no ha soñado simplemente con su hermana y su madre? Probablemente porque se avergonzaba de confesarse a sí mismo que se sentía como un chiquillo desam- parado, necesitado de protección, del mismo modo que una mu- chacha turbada, en sueños, por ver la luna, no querrá admitir que suspira por unas ternezas cambiadas con el novio una noche de plenilunio, y una señora impresionada por una olla pensará (cuando está despierta) que es una necedad temer perder el ca- riño del marido por culpa de una escasa predisposición para el arte culinario. Nuestras noches están, pues, llenas de «persuasores ocultos». Una vez más se trata de nuestros deseos, de nuestros temores.

Y sería bueno que tratásemos de identificar los motivos de que se

valen nuestros engañosos propagandistas para no correr a com- prar la papilla «WW» sin reflexionar demasiado, ansiosos, sin saber- lo, de contentarlos cuanto antes. En efecto, ¿qué podría ocurrirle al señor Rossi si, con tal de satisfacer su necesidad de protección, se casara, sin conocerla a fondo, con la primera mujer que encontrase? ¿A qué incógnitas

se expondría la muchacha que suspira por ciertas ternezas, si in- tentase satisfacerlas con el primer postor?

MIMETIZACIÓN

Isa se halla en un maravilloso palacio, lleno de todo cuanto puede hacer bella y cómoda la existencia. Un viejo señor con- versa con ella afablemente y una gran dama la invita a escoger lo que más le guste de un cofre colmado de alhajas. Nuestra ami- ga se sienta feliz, y la atmósfera de gozoso sosiego que la rodea se torna más acusada aún cuando se acerca a una ventana y ve que fuera arrecia el huracán.

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PETER KOLOSIMO

Mas he aquí que una voz lejana la llama, una voz afligida e in- citante al mismo tiempo. La muchacha duda porque piensa que para ir al encuentro de esa voz debería abandonar los salones confortables, el bienestar, la riqueza, pero finalmente la fascina- ción del misterioso reclamo lleva las de ganar. Isa sale, batida por la lluvia, azotada por el viento. Finalmente llega a un lugar muy extraño, en la linde de un bosque florido al cual se accede a través de algo que recuerda el portal de una iglesia. Una vaporosa cortina blanca lo tapa. Isa se siente impulsada a descorrerla, pero un gran miedo la retiene, el miedo de una «cosa» ignota cuya presencia siente al otro lado del albo cortinaje. ¿Un hombre? ¿Un arma? ¿Una fiera? ¿Un paisaje infernal? La joven lo ignora, no podría siquiera imaginarlo remotamente, tíni- camente, que se trata de una «cosa» terrorífica. A un sueño semejante podríamos atribuirle, echando mano de la cabala o de la fantasía, los significados más diversos e im- presionantes. Pero ni la cabala ni la fantasía nos ayudan a poner al descubierto los secretos de las visiones nocturnas. Tengámoslo siempre presente, recordemos que sólo un examen de las situa- riones en las cuales nos hallamos puede hacernos ver claro en el reino de Morfeo. De la aventura onírica de Isa, como de todas las otras, es me- nester, por tanto, buscar el precedente en la realidad. Y el pre- cedente es que Isa se ha prometido y cuenta con casarse pronto, pero su futuro marido tiene un empleo que deja mucho que desear. Todo está ahí: el sueño refleja sencillamente sus inconscientes temores. Ahora, la chica lleva una existencia envidiable en casa de sus padres (el palacio) que la pone a resguardo de peligros y de tribulaciones (el huracán), puede contar con un padre afectuo- so (el viejo señor) y con una madre que la colma de solicitudes (las alhajas). Pero el amor (la voz afligida e incitante) la llama,

y ella llega al umbral del matrimonio (el portal, la cortina blanca que representa el velo nupcial). Duda, sin embargo, en trasponer aquel umbral porque al otro lado hay algo que le da miedo. ¿Qué

es? Las incógnitas de la vida conyugal. Isa no logra identificar el objeto de su temor, porque no quiere hacerlo. Ama sinceramente

a su novio y está dispuesta a afrontar con él las dificultades que

se presenten, pero ello no impide a su subconsciente asustarse de la existencia futura. Estamos ante el proceso de mimetización. Cuando tenemos, en sueños, la impresión de saber qué se oculta detrás de un «biom- bo» o de una «máscara» de cualquier clase, pero no logramos esta- blecerlo (a menudo, la visión nocturna se interrumpe justamente

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GUlA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

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un instante antes de que lleguemos a descubrirlo), el inconsciente nos revela casi siempre la existencia de un temor o de un miedo. Cuando, en cambio, conseguimos ver claro detrás del «telón», nos atormenta una duda, un conflicto entre dos polos, representado uno por el objeto mimetizante y otro por el mimetizado. He aquí un ejemplo para este último caso, sacado del archivo de Berger. Mario sueña que es huésped de un maharajá en cuya Corte pasa muchos días entre yantares suculentos, cacerías de ti- gre, y danzas de bayaderas. Finalmente, hallándose sentado en un prado, nota que hay un matorral a sus espaldas y tiene la clara impresión de que la vegetación oculta algo. No quiere levantarse e ir a ver porque «siente» que tendría una sorpresa desagrada- ble. Al final, sin embargo, se decide, y descubre detrás del ramaje una preciosa estatuita de horrible expresión. En realidad, Mario debe escoger entre estar cerca de una mu- jer que le atrae mucho y el traslado a una filial de su empresa, que le proporcionaría un ascenso con una sensible mejora eco- nómica. La Corte del maharajá hace de marco, representando el es- pejuelo de un lugar lejano y prometedor, pero el verdadero cen- tro del sueño lo constituye el matorral (que simboliza la femini- dad) y por la estatuita (la ganancia financiera) valiosa, sí, pero por otros motivos muy poco atrayente.

TRASPOSICIÓN

—Un individuo —puso por ejemplo Freud en el curso de una de sus lecciones en la Universidad de Viena— desea inconsciente- mente tener relaciones sexuales con su hermana. Pues bien, no sólo está obstaculizado en ese deseo por los principios morales, sino que evita francamente formularse un pensamiento al res- pecto. Con otras palabras, no se confiesa ese impulso, porque aún

antes de que le llegue a la conciencia hay algo que lo rechaza en la oscura zona del que ha aflorado (la censura, N. del A.). El deseo ha sido «alejado», y lo será siempre cada vez que intente surgir

Es menester, por tanto, que el sueño

sea enmascarado, es decir, que el deseo inconsciente se realice a través de imágenes alusivas, las cuales, por su aspecto lícito, con- sigan engañar a la rigurosa censura. ¿Qué ocurre entonces en este caso? El sujeto que desea tener relaciones incestuosas con su hermana no sueña tenerlas, pero sueña otras cosas, las cuales, sin embargo, en el curso de la interpretación, se mostrarán como

con su verdadero aspecto

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PETER KOLOSIMO

claras alusiones al deseo de incesto. Este sujeto puede soñar, por ejemplo, que se pasea con la hermana de su mejor amigo y tiene

de ella, en determinado momento, una declaración de amor. En este caso, la persona del sujeto, en sueños, se ha identificado con

la de su mejor amigo. ¿Y quién es, de hecho, el mejor amigo de

cada uno de nosotros, a quien amamos instintivamente más que

a nosotros

He aquí un caso típico de trasposición, por cuyo proceso se tiene, en el mundo de Morfeo, un trueque de personas claramente determinado por la censura. O sea que nos encontramos ante una asociación (no se pierde de vista que todos los fenómenos ilustra- dos aquí son fruto de asociaciones) efectuada por impulso de de- seos y de temores que están en la base de los conflictos y de los «complejos» más serios.

En otras palabras, nuestro subconsciente se comporta un poco como esas lectoras y esos lectores de semanarios que, avergon-

zándose de sus preocupaciones, de sus miedos, de determinadas inclinaciones suyas o incluso de una sospecha o de una duda, es- criben a los consultores: «Una vecina mía me ha confesado que

se siente morbosamente atraída por una amiga

algunas semanas, mi hermana teme perder a su novio, no porque

él le haya dado serios motivos para pensarlo, pero es que su

comportamiento, a veces

el valor de dirigirse a usted y a quien quisiera ayudar de todo co-

razón

mismos?

»,

«Desde hace

»,

«Un buen amigo mío que no tiene

»,

y así sucesivamente.

¿Qué podría soñar la señora que nos presenta su problema como si fuese el de una imaginaria vecina? Podría ver; a la amiga que la conturba, por ejemplo, entre los brazos de un guapo mozo y no sentir en absoluto disgusto por ello, al revés, disfrutar de esa visión. ¿Por qué? Porque el «guapo mozo» es ella misma: su sub- consciente ha encontrado el modo de dar a los deseados contac- tos homosexuales una apariencia de legalidad, eliminando así el miedo y realizando al mismo tiempo la aspiración secreta de la soñadora: pertenecer al sexo contrario. ¿Cómo puede afirmar el psicoanalista que aquí ha tenido lugar el proceso de trasposición señora-mozo? Partiendo de la consideración de que la paciente, en sueños, no ha quedado desagradablemente impresionada por un espectáculo ante el cual en cambio, dadas sus inclinaciones, hu- biera debido reaccionar de un modo muy diferente. La señorita que teme perder al novio, por su parte, podría soñar que su ciudad está aterrorizada por un individuo que gusta a las jóvenes y les corta las orejas con un puñal muy afilado. Ella percibe varias veces, apostado detrás de un árbol o en un portal, al sádico coleccionista, pero nunca logra verle la cara, ta- pada por un amplio capuchón (al proceso de trasposición se une

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aquí el de mímetizacíón). El motivo está claro. La muchacha no quiere verla, porque teme descubrir en ella los rasgos del novio, es decir tener la confirmación de que la engaña, yendo por ahí en busca de aventuras; no olvidemos que el puñal es un símbolo sexual masculino, que la mutilación representa aquí la desfloración (y, por consiguiente, la actividad erótica) y que el mismo capuchón nos lleva a la esfera del amor físico. La trasposición puede producirse también con el concurso de objetos, e igualmente en esto podemos establecer un paralelo con la realidad. ¿Acaso no trasponemos en las cosas, a veces, nuestros impulsos, rompiendo un vaso en un arrebato de ira, dando pun- tapiés a una cesta o haciendo añicos una fotografía? Se puede tener, por último, una trasposición de situaciones en el tiempo. Sucede a muchos muchachos, por ejemplo, el soñar en vísperas de exámenes escenas idílicas, paisajes maravillosos. El subconsciente protege así su sueño, apagando el temor de la difícil prueba y transportándolos a la reposada atmósfera de las vacaciones.

DEFORMACIÓN Y DESDOBLAMIENTO

Desgracias y peligros muy grandes. Esto es lo que predice la cabala a quienes les ocurre soñar con Drácula, el lobo feroz, la espantosa creación del doctor Frankestein o un buen dragón lleno de escamas y con hálito de fuego. Un monstruo cualquiera, en suma. ¿Hemos de creer en ello? No, en absoluto. Aunque el encuen- tro nocturno con una criatura de íncubo nos impresione, no debe sorprendernos. Los monstruos tienen pleno derecho de ciudada- nía en el mundo de los sueños y ponen el dedo (o, si lo prefe- rís, la garra) en una llaga que podría tornarse muy dolorosa. Re- presentan en efecto el otro Yo nuestro, aquel del cual no quere- mos admitir la existencia cuando estamos despiertos o la admiti- mos a regañadientes. Contemplemos de cara la realidad, conven- zámonos de que nuestros deseos secretos deben ser, según los casos, aceptados como naturales o superados, y los monstruos desaparecerán. No nos ilusionemos si, en sueños, nos ocurre vivir en amor y compañía con ellos. Se trata de una pura ilusión sus- citada por nuestro bondadoso subconsciente para hacernos dor- mir tranquilos. Esos seres espantosos pueden representar también a alguien

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que odiamos o tememos, tal vez sin que nos demos cuenta de ello. Cuidado, sin embargo. Esta interpretación queda excluida (contrariamente a cuanto seríamos inducidos a creer) si un hom- bre o una mujer que conocemos se transforma en monstruo ante nuestros ojos abiertos sobre la «dimensión sueño». Esto significa simplemente que algo conturba las relaciones entre nosotros y aquella persona. ¿El dulce amor alarga el cuello, desenfunda dos colmillos enormes, una cresta de animal prehistórico y una docena de tentáculos? El subconsciente nos advierte así, con un lenguaje harto elocuente, que por algo le tememos, o bien nos hace com- prender de un modo más sutil que pensamos que él nos tiene miedo y por esto se pone a la defensiva .

El proceso de deformación hace de nosotros, a veces, unos pig- meos o unos gigantes. En ambos casos evidencia un acusado com- plejo de inferioridad: en el primero lo refleja directamente, en el segundo expresa nuestro vehemente deseo de dar la vuelta a la situación. Ya que estamos en plena cienciaficción, doblemos la esquina, y he aquí que topamos con nosotros mismos. El duplicador de Morfeo ha separado de nosotros a nuestro otro Yo y, en vez de meterlo bajo el pelaje de un monstruo, nos hace el favor de pre- sentárnoslo en un aspecto más decoroso como para inducirnos a la confianza. Es muy difícil, no obstante, que logremos entablar en sueños una discusión satisfactoria con nuestro «doble». Se- mejantes encuentros acaban casi siempre en un clima de hostili- lidad. Tratemos, pues, de eliminar una vez despiertos las contricio-

¿Qué podría pasar? ¿Que, al verse de

nes. Si lo conseguimos

nuevo por la noche, nuestros dos Yo se saluden calurosamente y se cojan del brazo como buenos hermanos? No, eso no podrá suceder nunca. Porque en el instante que ocurriese (admitámoslo por hipótesis), desaparecidos el cátodo y el ánodo de nuestra personalidad, dejaríamos de ser hombres para convertirnos en autómatas de carne.

LOS

SEGUNDA PARTE

SUEÑOS

Y

LA

PERSONALIDAD

NO TE ASUSTES SI «MATAMOS» A PAPA

Austria ya no era Austria, y Freud se preparaba para el exilio cuando a principios de 1938, un joven psiquiatra convertido hacía poco al psicoanálisis se dirigió al maestro para someterle el caso más extraño que había tenido ocasión de examinar. Se trataba de un niño de seis años, que había sobrecogido a la familia contando sus sueños al hermano mayor por lo cual no quedaron en secreto. En el primer y en el segundo sueño, el chiquillo se había en- contrado luchando con un dragón visto en las ilustraciones de un libro de fábulas, y la escena se interrumpió bruscamente en el momento que el protagonista estaba metiendo la espada en la garganta del monstruo. En el tercer sueño, el matadragones en ciernes logró llevar a término la empresa y le pareció, en cierto momento, que el animal asumía el semblante de su padre. Con el cuarto sueño, la cosa había asumido un aspecto deci- didamente impresionante. El niño era protagonista de una aven- tura que repetía exactamente las precedentes, sólo que el papel del dragón lo desempeñaba el padre en persona. Nada impresio- nado, el joven héroe lo traspasó limpiamente después de lo cual se vio en el portal de un gran castillo, del brazo de una mujer con la cual sabía que se acababa de casar. La escena era idéntica a la representada por otra ilustración del tomo de cuentos de ha- das, pero en el sueño la mujer iba velada. Pero antes de que la visión se desvaneciese, la esposa se alzó el velo, y el pequeño so- ñador pudo darse cuenta de que se trataba de su madre.

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Tras escuchar el relato, Freud se comportó de un modo que dejó pasmado a su interlocutor. —¡Magnífico! —murmuró, extasiado—. Es el complejo más es-

pléndido que he oído en mi vida. Esto es digno de Esquilo, justo

y cabal.

—¡Pero es inhumano! —protestó el médico olvidando todo el respeto que le merecía el maestro—. j Hay que hacer algo en se- guida! ¡ Ese niño es anormal! —Ese niño es más normal que todos sus compañeros —replicó Freud—. Déjelo vivir tranquilo, sin muchos conflictos, mientras

le sea posible. Verá cómo dejará de tener hasta demasiado pronto

sueños tan limpios. —Por mucho que traté de tranquilizar a los padres del niño —nos dice el psiquiatra vienes— quisieron que lo «sometiese a tratamiento». No tuve más remedio que darles satisfacción, si- guiendo el consejo de Freud, sobre todo para que el chiquillo no acabase en manos de alguien que, cayendo en mi mismo error, perseverase en él y echase a perder así la personalidad del pequeño paciente. Me limité a prestar atención a sus sueños y a su com portamiento, y pronto me cercioré de que aquel Edipo en minia- tura tenía una sensibilidad poco común. Informé de ello al pa- dre y a la madre, los cuales, por fin, convencidos, hicieron caso de mis sugerencias. E hicieron bien, porque su hijo es hoy un no- table músico. ¿Pueden entonces los sueños darnos una imagen atendible de nuestra personalidad? Sí, a condición de que poseamos la clave adecuada para descifrarlos y aceptemos los mensajes de Morfeo incluso cuando nos dicen cosas que no queremos oír y que sole- mos ser reacios a admitir. Porque los sueños revelan la persona- lidad presentándola «en negativo», o sea poniendo en evidencia sus defectos, que son nuestros deseos secretos, nuestras flaquezas, nuestros temores. Al emprender la exploración de nuestro «mundo de noche» no debemos ilusionarnos con alcanzar rápidamente grandes resulta- dos. Recordemos que un psicoanalista debe disponer, en general, de por lo menos una docena de «sueños útiles» para llegar a ver claro un problema determinado. No podemos, por tanto, pretender que basten algunas visiones para iluminar ese complejo mosaico que es nuestra personalidad. Será necesario pasar revista sin pri- sa al material que Morfeo pone a nuestra disposición fijándonos en los rasgos más acusados y constantes. Puede suceder a cualquiera, por ejemplo, ver en sueños al jefe de oficina con la figura de King Kong y la rival en amor re- ducida a Gorgona, pero si el proceso de deformación tiene lugar con frecuencia, aunque sea desarrollando otros temas (raro es

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que aborde varias veces al mismo motivo, y dificilísimo en un su- jeto psíquicamente normal que lo haga a breves intervalos), hay sin duda de por medio un auténtico «complejo». Soñáis volar, ¿quién no tiene también, de vez en cuando, un deseo secreto? Pero si los vagabundeos aéreos tienden a convertirse en costumbre, la cosa puede ser sin duda agradable, pero os advierte que vuestro equilibrio está perturbado por una vida sexual insatisfactoria. Nuestra personalidad no se forma, obviamente, en la serenidad, en el sosiego y es lógico, por tanto, que conserve las huellas de incontables heridas, algunas viejas, otras recientes, algunas cica- trizadas para siempre, otras no cerradas del todo, e incluso las que permanecen abiertas desde la primera juventud. Pues bien, los sueños nos han hablado de ellas desde el tiempo en que se produjeron. Nos han hablado con un lenguaje muy elocuente, y es una verdadera lástima que nadie haya querido entonces escu- charlo porque después se ha ido haciendo cada vez menos com- prensible. A la luz de esta consideración no nos atrevemos a acoger burlo- namente la invitación de los psicoanalistas a seguir a los niños también en el mundo de los sueños. Cierto que la exhortación se presta a la ironía, pero nadie ha dicho que deba aplicarse sen- tándose todas las mañanas a la cabecera de los pequeños con un cuaderno y un lápiz y acosándolos a preguntas de psicodetectives. Llevando la conversación sobre los sueños, los niños se sentirán espontáneamente inducidos a hablar de ellos y a facilitar así a sus mamas (en estos casos, es más aconsejable la psicoanalista) interesantes indicaciones. Por esto nos parece útil dar una mirada a los típicos sueños infantiles y además porque representan etapas importantes en la formación de la personalidad, y su insistente retorno en la edad adulta indica que alguna de esas etapas no ha sido superada.

Una zarabanda de tuces y de colores

Hasta los cinco años aproximadamente, los sueños de los niños a quienes la familia o el ambiente general no planteen problemas particulares, son sencillos, bastante coherentes, fácilmente com- prensibles.

El sueño infantil —dice Freud— es con frecuencia la reacción a un suceso de la jornada que ha dejado una pena, un temor, un

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deseo insatisfecho. La noche aporta precisamente la realización directa y no velada de ese deseo.

Esto sucede porque la censura no ha entrado aún en funciones o ejerce una acción bastante blanda, dado el modesto influjo de la educación, de la moral y de todos los demás factores que des- pués se harán sentir con prepotentes exigencias. Si, por ejemplo, durante el día el niño no ha conseguido alargar la mano hacia otra raja del dulce que le gusta tanto, soñará sencillamente con una tarta y si un adulto se duerme con el mismo afán es proba- ble que sueñe con algo muy diferente por estar convencido de que es pueril y poco viril desvariar por un deseo semejante. Parecía imposible poder echar una ojeada al mundo de los primerísimos sueños y, sin embargo, la ciencia lo ha conseguido, siguiendo dos caminos, es decir interrogando a niños y a per- sonas maduras de memoria excepcional y recurriendo a la hip- nosis. La concordancia de las informaciones recogidas con ambos sistemas ha sido tal como para permitir la formación de un cuadro atendible que referimos aquí en sus rasgos esenciales. Al amanecer de la vida el sueño no va acompañado de impre- siones ópticas. Los sueños se reducen a una sensación de bienes- tar y de calor que puede ser el recuerdo del ambiente prenatal o también sólo del contacto con el cuerpo materno durante la lac- tancia. Algunos psicólogos afirman que tales sueños son los más largos de nuestra existencia, que su duración coincide práctica- mente con la duración del sueño. Muchos están de acuerdo en considerar que en sus primeros sueños un niño es mucho más feliz cuando duerme que cuando está despierto. El recién nacido se despierta, siente la confusión y el miedo que le provienen del nuevo ambiente y del hambre, y se pone a chillar. El calor y la leche de la madre le calman, y su vida dis- curre en esa alternativa. No sabe esperar. Cuando no se le satis- face con rapidez, sus chillidos se hacen cada vez más fuertes, pero luego decrecen, cesan. El pequeño se ha refugiado en el sueño consolador. Dejemos, pues, que sea así. Es natural y hace bien, al contra- rio de lo que piensan las madres demasiado solícitas.

se coloca la piedra fundamental de la

personalidad —afirma uno de los mayores psicoanalistas euro- peos, el inglés doctor Chester—. Si no se logra hacer comprender en seguida al niño que sus aspiraciones no pueden ser satisfechas en un abrir y cerrar de ojos, se convertirá en una de esas perso- nas que pretenden siempre y en todas partes atención inmediata

En

esa edad

es cuando

 

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a las que basta la más pequeña recerlas.

y

decepción

para abatirlas

o

enfu-

Con los «sueños de sensaciones» alterna antes y lo que sucede después un desordenado desfile de luces y de colores. Así es como se le aparece el mundo al recién nacido, que se asoma a él como un ciego curado de repente. Y al igual que éste, nuestro niño se siente impresionado y confuso. Es éste el único período en la vida de un hombre, según dicen los estudiosos, en el cual los sue- ños no son la expresión de unos deseos o de miedos. Pero es un período que no dura mucho. Cuando el admirable mecanismo cerebral alcanza a coordinar las experiencias que le

provienen de los cinco sentidos y el niño se da cuenta de la exis- tencia de un mundo estable y coherente, ese torbellino de luces

y de colores desaparece de sus sueños. Éstos se tornan poblados

de extrañas formas confusas que reflejan sobre todo el pecho de la madre o (en caso de lactancia artificial) el chupete, y más adelante las manos, el rostro y el vestido de la progenitura y los objetos situados en las inmediatas cercanías del pequeño. Muchísimos sujetos hipnotizados han revelado que en su más tierna edad esos sueños alternan con otros dominados por una luminosidad difusa. Cosas indefinibles y destellos de color, apare- cen sobre un fondo muy claro, y a veces la visión se reduce a la que los adultos podemos tener contemplando una lámina de cristal opaca iluminada de un modo uniforme. Ésta es, indudablemente, la compensación a la oscuridad nocturna de la cual el niño co- mienza a tener miedo. Hay quien pretende que ese miedo nace de

recuerdos atávicos, del terror de los cavernícolas por la oscuridad, pero es probable que tenga una explicación mucho menos noveles- ca. Cuando no hay luz, los padres duermen y el pequeño no puede ser consolado rápidamente como acontece cuando su ambiente está iluminado. Sea como sea, es inevitable que quede una huella de la aversión infantil por la oscuridad. No hay ningún mal en ello

si no se agitan en las tinieblas los fantasmas que, desgraciadamente,

muchos padres no renuncian a suscitar. Ahora que el cerebro del niño comienza a funcionar, él sabe que en el centro de su mundo está la madre que le nutre, cuida de él, le da protección y afecto. Así se forman las primeras aso- ciaciones mentales (madre = saciedad, madre = calor), que pre- ludian las asociaciones oníricas: madre = saciedad, pulgar chupa- do = ilusión de saciedad, por ende madre = pulgar, o bien madre = calor, edredón = calor y por ende edredón = madre. Los sujetos interrogados acerca de sus primerísimos recuerdos han hablado casi sin excepción de procesos similares ligados a los objetos que, de lactantes, caían bajo sus sentidos. Se trata de

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asociaciones elementales, clarísimas, aunque algunas no dejan, más tarde, de transformarse en auténticos rompecabezas. Muchos lectores recordarán que uno de los más célebres per- sonajes de Hemingway, el pescador del libro El viejo y el mar, soñaba con leones. Pocos sabrán, sin embargo, que al menos uno de aquellos leones lo sacó el gran escritor de Oak Park de su propio «mundo de noche». Hemingway hubo de confesar en efecto a al-

gunos conocidos, incluidos un par de psicoanalistas, que con fre- cuencia, hallándose en situaciones difíciles, le ocurría soñar con un león. Sus amigos pensaron en el recuerdo de una de sus aventuras en la selva, pero los psicoanalistas, conociendo las funciones com- pensadoras del sueño, no aceptaron aquella versión, buscaron otras

y como no lograron encontrarlas, acabaron por achacar lo del

felino al whisky. Pero uno de ellos, que cuidó del literato y logró conquistar su confianza, llegó a descubrir por qué un animal feroz intentaba insistentemente consolar, en sueños al insigne paciente. De niño, Hemingway había poseído un león de trapo con el que estaba encariñado de un modo particular. La fiera, transformada, se le aparecía, pues, para «conducirle a olvidar» en un período feliz de su primera juventud.

Ejemplos semejantes no faltan ciertamente. Se dice que un gran científico soñaba, en los momentos más difíciles de su exis- tencia, una llanura azul, bañada de apacible luz verde y dominada por una blanca colina de algodón, en la cual él se hundía, feliz. La luz verde era la de la habitación en la cual había venido al

mundo, la llanura azul la colcha de la cama, la colina el pecho de

la madre. Preocupado y cansado, volvía en sueños a buscar con-

suelo en aquella esfera de mágica paz. He aquí una visión inocua, es más, en cierto sentido «regenera-

dora», muy distinta de otra que, sin embargo, tiene sustancialmen-

te el mismo origen. Esta última se presentó, con una frecuencia

alarmante, a un actor muy conocido, que llamaremos Osear V. El día en que se declaró a una compañera se sintió extrañamente desazonado y la noche siguiente soñó que iba al encuentro de

la muchacha. La imagen de ésta se trocó, sin embargo, de golpe

en la de la madre de Osear V., que le ofreció un enorme botón

de plata sobre el cual él se abalanzó, apretándolo frenéticamente.

El actor sintió después una curiosa indiferencia hacia su com- pañera hasta el punto de tener que llamar a un psicoanalista. Y el seguidor de Freud le condujo a identificar el botón de plata con

el de un viejo vestido de su madre. El botón de marras simbolizaba

la lactancia, y el proceso de transformación podía significar sólo una cosa: que todas las mujeres le recordaban a su madre. Por esto él, retenido por la idea inconsciente del incesto, se veía asal-

tado por una sensación de frialdad ante cada representante del

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sexo débil y, por consiguiente, predispuesto a la homosexualidad. Pero volvamos a nuestro pequeño clavado aún en la cuna. Cuan- do siente desazón, dolor, espanto, miedo sólo puede hacer una cosa: chillar. Los chillidos son para él como una fórmula mágica. Hacen comparecer al hada buena —la mamá— que cuida de él. Cuanto más tiempo pasa, todo cuanto hemos dicho del hambre del recién nacido más se extiende a otros terrenos. Si la madre acu- de demasiado pronto, a cada una de sus sucesivas tardanzas los gritos subirán de tono, se harán rabiosos. Después, el niño empe- zará a chillar hasta durmiendo. En el examen de la personalidad, esos gritos en la noche re- presentan siempre una pésima puntuación cuando se repiten con cierta frecuencia, pues con ellos se manifiesta o un miedo terrible (pero el pequeño debería vivir en una atmósfera densa de horro- res para chillar a menudo durmiendo) o un carácter caprichoso, débil y tiránico al mismo tiempo, que se ha formado con el «tengo ganas» tan amorosamente cultivado por los demasiado solícitos padres. Se ha dicho que Hitler era histérico y cobarde y se ha dicho también que solía gritar de miedo, durmiendo. Si esto es verdad, no nos extrañaría en absoluto. Quien se comporta así de niño, no pierde el hábito a menos de ser «enderezado» por alguna sa- ludable experiencia. (En América nos aseguran que la dura escuela de los marines está en condiciones de operar milagros semejantes, pero nosotros no pondríamos ciertamente para todos la mano en el fuego.) También los sueños en el curso de los cuales se intenta gritar sin conseguirlo, si son frecuentes, reflejan una educación equivocada y la «enfermedad de la personalidad» que es conse- cuencia de ellos. No por eso debe prestarse oídos de mercader al llanto de los niños. Evítense los extremos en uno y otro sentido, consúltese posiblemente a un experto en psicología infantil y un buen en- caminamiento será asegurado.

Del acostumbrado Edipo a Buffalo Bill

El mundo de los sueños se hace más complejo con el nacimiento del Yo, de ese Yo que está en el centro de la personalidad, cuyo núcleo constituye. Si deseamos tener de ella una presentación elemental pero eficaz, pensémoslo como la consciencia de cumplir determinadas acciones sobre la base de la propia voluntad. Cuando

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se le pregunta algo a un nifio y el niño responde con una negativa, en su «no» está el Yo operante. El Yo instaura tratos de nuevo tipo entre el niño y quienes le rodean. Él siente que no depende ya en todo y por todo de los adultos, que puede oponerles su voluntad. Sale así a la luz

asimismo el sentido de la propiedad: Eso me gusta

Es mío. De aquí al complejo de Edipo (pretensión de posesión exclusiva del amor materno por parte del niño) y al de Electra (pretensión de posesión exclusiva del amor paterno por parte de la niña), no hay más que un paso. Muchos se niegan todavía a admitir estos conceptos, por la «válida» razón de que se antojan monstruosos a su gazmoñería, pero se trata de manifestaciones naturales, sanas, en cuanto que determinan el paso a una fase superior, y aunque la sexualidad intervenga no es precisamente dando a la palabra el sentido que los adultos le conferimos. El hecho de que Freud haya definido como el «más normal de todos sus compañeros» al chiquillo que soñó que mataba a su padre y se casaba con su madre, no debe escandalizarnos en abosluto. Basta la más descar- nada descripción de aquellas visiones nocturnas para decirnos que:

Lo quiero

—El niño no tenía de la muerte una idea espantosa y, por con- siguiente, no podía pensar en el homicidio como en una cosa horrible. Para él, «matar» significaba simplemente (como le había enseñado la fábula del dragón) hacer desaparecer a alguien cuya presencia no es agradable. Juzgar los sueños de nuestro chiquillo execrables porque tienden «directamente» al asesinato del padre, es más estúpido que nunca. De un niño no se puede ciertamente pretender una valoración moral del parricidio y en cuanto a la «voz de la sangre», valdrá más que la dejemos dormir en ese cúmulo de tonterías que es la llamada «sabiduría popular». —El pequeño soñador pensaba en el matrimonio con el máximo candor, haciendo del vocablo (todavía con la ayuda de los cuentos de hadas) un sinónimo de conquista, de posesión, de continua proximidad. ¿Acaso no se dice de los matadragones y de las prin- cesas liberadas por ellos que «se casarán y vivirán juntos cien años contentos y felices»? Alguien podrá objetar a Freud y a nosotros haber leído de ma- nera arbitraria y completamente gratuita en el pensamiento del futuro músico, pero en seguida podemos demostrar que no es así. Ningún individuo con la mente sana, educado según los sis- temas corrientes en los países civilizados, por muy tentado que pueda ser por la idea del incesto o movido por un odio profundo contra el padre, soñaría con contraer nupcias con su madre o ase- sinar al autor de sus días. La censura onírica se lo impediría y

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su deseo se realizaría en sueños por las vías más oblicuas. Para ser un poco más exhaustivos, diremos que en esos casos Morfeo apela muchas veces a los procesos de asociación, de tras- posición y de la «parte para el todo». El sueño referido por Freud como ejemplo de la manifestación onírica de deseos incestuosos masculinos (el joven que se va solazándose con la hermana de su mejor amigo) es verdaderamente típico; las chiquillas de turbios objetivos inconscientes o no, por su parte, sueñan con frecuencia que están atadas a un tronco (que simboliza a la vez al padre y la virilidad), que se restriegan voluptuosamente en él, que están a punto de quitarse la vida con un arma que las atemoriza pero las fascina, que se meten o quieren meterse en un baño agrada- bilísimo (atención: a menudo aparece la bañera de casa o una superficie de agua vista en compañía del familiar), pero turbadas por el temor de ser observadas. Puede sucederles, además, tener en el sueño sensaciones análogas al contacto con objetos pertene- cientes al mismo pariente. Éstos no son más que unos sueños escogidos por nosotros entre los más frecuentes. Es preciso añadir aquí que la fantasía femenina es mucho más fecunda que la mas- culina y poner en guardia contra las deducciones alarmantes. Las visiones nocturnas citadas por nosotros se aparecen también —como traducciones oníricas de los complejos de Edipo o de Electra— a personas que por nada del mundo cometerían incesto, que jamás han sido rozadas por un pensamiento semejante. El deseo existe, pero es inconsciente y destinado, salvo casos excep- cionales, a seguir siéndolo siempre. Los sueños en cuestión son de temer sólo cuando siguen repi- tiendo el motivo de ambos complejos en la edad madura, no sólo porque delaten una tendencia al incesto (de muchas chicas sabemos que el objeto del «horrible» deseo nocturno es un viejo decrépito

o francamente difunto), sino porque nos hablan de una personali-

dad no completamente desarrollada, que permanece aunque sea en ciertos aspectos, en un estadio infantil, demasiado propensa a adaptarse a la voluntad ajena. Que un niño desee casarse con una mujer «igual que mamaíta»

y que una niña sueñe con ser llevada al altar por un hombre

guapo, inteligente y fuerte «como papá», es normalísimo. Pero que ese ideal se conserve a través de los años, se convierta en un clavo fijo, guíe francamente la elección del partner para la vida, no es en absoluto sorprendente como se imaginan las alabadas piedras de toque. Una persona que busque otra hecha con el molde de muchos años atrás es ya un infeliz despojo del tiempo, incapaz de adaptarse a una evolución que se efectúa a un ritmo cada vez más apretado. Ha sido, además, una pesadilla y lo será aún, si no encuentra la fuerza de volver la espalda a su modelo de

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perfección, puesto que obviamente las relaciones entre dos cónyu- ges, para ser satisfactorias, no pueden copiar los esquemas que suelen establecerse entre madre e hijo o entre padre e hija. A finales del cuarto año de edad, la crisis de los dos famosos complejos es superada, gracias ante todo al proceso de identi- ficación.

Se trata —explica Chesser— de un expediente del inconsciente que impele al niño a representar el papel del padre. La fuerza de imaginación del pequeño es tal como para hacer que la ficción se torne realidad. Imitando el modo de obrar y de hablar de su

padre se identifica efectivamente con él. Así la relación negativa, basada en la rivalidad y la repulsa, es sustituida por la positiva,

fundada

en el reconocimiento

lo cual vale también para la

niña.

Si el comportamiento de los chiquillos puede a veces engañar (no olvidemos que no son conscientes de las grandes batallas libradas en lo profundo de su Yo), las visiones nocturnas reflejan con absoluta fidelidad la situación y son todavía reguladas por un mecanismo tan sencillo como para poder ser interpretadas sin dificultad. Aquí predominan los procesos de condensación y des- doblamiento, y a menudo colaboran en la realización de curiosas escenas que pocos de nosotros recordamos con exactitud, pero que basta una alusión para hacerlas «sentir» familiares. He aquí la niña Lisetta que, en sueños, se afana en poner la mesa. De un momento a otro ha de llegar un personaje importante, y ella tiene miedo de no haberla puesto a tiempo. Por si fuera poco, las patas de la mesa se alargan, el mueble se hace gigantes- co, inalcanzable y los platos desaparecen del aparador. Pero de repente todo vuelve a ser normal, y una bella señora termina tran-

quilamente la operación. ¡ Y esta señora sigue siendo Lisetta! Pero

no, es una desconocida

tamente, sólo que no sabría decir quién es. El niño Pippo, en cambio, es perseguido por unos bandidos.

Sin embargo la niña la conoce perfec-

Naturalmente, tiene miedo, huye, pero luego, desde el mismo rincón donde se ha refugiado, un señor dispara, seguro y mortífero, sobre los facinerosos. Pippo conoce perfectamente al valiente ti- rador. Es Buffalo Bill, un Buffalo Bill que se parece a papá. El niño quisiera expresarle toda la alegría que le invade al pensar

que ha encontrado al famoso héroe del Oeste, quisiera

no quisiera nada, porque

no, nada,

Buffalo Bill es él mismo.

Está claro que la bella señora es Lisetta tal como quisiera verse,

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o sea con la gracia y la destreza de su madre, del mismo modo

que Pippo se identifica en el deseo con el padre a quien asocia inconscientemente con la figura de uno de los personajes más admirados. Estos sueños se repiten con innumerables variantes y suelen ser originados por los aconteceres cotidianos. A la misma serie per- tenecen también impresiones seudosexuales que, si son reveladas, horrorizan a los progenitores, haciendo suponer la existencia en los pequeños de quién sabe qué inclinaciones anormales. —He soñado que mamá y yo teníamos un niño —dice Pippo.

—Estaba con papá, y mi muñeca era nuestra niña —cuenta Li- setta. Podrían parecer manifestaciones oníricas de los complejos de

Edipo y de Electra, pero las consecuencias revelan su superación.

A los pequeños soñadores, en efecto, la idea del «fruto del amor»

(«Nos queremos y, por tanto, damos vida a un niño») les es ajena.

En las visiones mencionadas, Pippo se identifica con su padre y Lisetta con su madre.

Desnuda en los peñascos gritaba horrorizada

En el transcurso del proceso de identificación puede incidir de manera muy seria la conducta de los padres. El más notable factor de desequilibrio está representado por la discordia en la familia, que se traduce, para el pequeño, en terribles sueños angustiosos. Cualquira que sea la parte donde esté la razón y a menos que la madre no demuestre el menor apego a su prole, siempre es el padre quien suscita en el niño y en la niña miedo, aversión, odio. No podría ser de otro modo, dado el carácter violento propio de las reacciones masculinas. De esas deplorables situaciones familiares nacen los sueños que desgraciadamente acompañan, retrasándola y estorbándola, la ma- duración de los niños pequeños, es decir, la formación de su personalidad. Las asociaciones oníricas se hacen aquí imprevi- sibles, puesto que imprevisibles son los episodios, los gestos, las palabras que mayormente afectan a los chiquillos. Berger nos aporta como ejemplo el caso de una muchacha de dieciocho años que, la noche después del encuentro con un hom- bre cualquiera que se preocupase de serle simpático, soñaba estar en contacto con la piedra, se despertaba gritando, bañada en sudor, presa de una sensación tan repelente como indefinible. A veces

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se encontraba sepultada bajo una capa de guijo y a veces tumbada, desnuda, sobre un peñasco, o bien le ocurría verse obligada, sin saber por quién, a acarrear pedruscos pulimentados que le ponían la carne de gallina o a sentarse en horrible poltrona de roca lisa. Al psicoanalista le costó bastante tiempo y paciencia llegar al cabo del enigma. De las hipótesis que parecían más lógicas (una caída dolorosa en la infancia, unida a las groserías de un compañe- ro de juegos, el encuentro, en un escenario rocoso, con un bruto, un exhibicionista), a través de las más insólitas, el estudioso llegó finalmente al origen de aquellos extraños sueños. Se trataba de una frase lanzada por la madre de la muchacha al marido en el curso de una furiosa disputa ocurrida doce años antes. «¡ Eres un monstruo con el corazón de piedra!» había gritado la mujer. Y la hija se identificó con su madre, sintiéndose estrechada como ella entre los brazos de aquel amorfo monstruo de roca. El padre, querido hasta el día de la riña, se le había aparecido de golpe bajo una luz diferente, y bajo la misma luz el subconsciente hubo de mostrarle todos los hombres que, como su padre, intentaban ha- cerse querer.

El de nuestra muchacha no es un caso extremo. Los procesos de asociación que tienen lugar en circunstancias análogas se en- raizan muy profundamente y mantienen al sujeto en posiciones que, si no se corrigen, le amargan la existencia. Cuidado, pues, con los frecuentes sueños angustiosos en apariencia inexplicables. Según una difundida opinión, su insistencia revela lo que suele llamarse un agotamiento nervioso. Sin duda todo ello es verdad, pero convendrá tener presente que las medicinas no bastan para expulsar los espectros de la psique. Pueden a veces hacerlos batir momentáneamente en retirada, pero se presentarán de nuevo a la primera ocasión para envenenar las noches y los días. La sucesión de sueños angustiosos generados por las riñas entre los progenitores afecta bastante más a los sujetos femeninos que a los masculinos. En unos y en otros, de todos modos, las heridas abiertas en la psique por los dramas familiares duelen mucho tiempo, y se manifiestan con visiones nocturnas que se repiten desde la primera juventud complicándose después con pro cesos de condensación, superposición y mimetización. He aquí tres ejemplos que podríamos definir clásicos registrados por Freud y por Ellis y ocurridos todos a protagonistas jóvenes amargados en la infancia por conflictos con sus padres. —Hasta cerca de los diez años, H. sueña a menudo que es per- seguido por un hombre barbudo que tiene intención de estrangu- larlo. Es un vagabundo que en realidad arremetió contra H. y sus compañeros porque se habían burlado de él. A los dieciocho años, H. vuelve a tener el mismo sueño, que después se repite a dife-

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rentes intervalos. Ahora el rostro barbudo no es sólo el del vaga- bundo, sino que le recuerda el de un policía que le amenazó du- rante un alboroto juvenil y el de su padre. —En la infancia, L. sueña que está jugando en la playa con un compañero por el que siente particular afecto. Los dos niños cons- truyen juntos un castillo de arena, pero de pronto L. ve tan sólo los pies del amigo, que derriban rabiosamente la construcción. Alza los- ojos y se da cuenta con terror de que el otro chiquillo se ha transformado en su padre. De los diecisiete años a los vein- tiuno casi, L. sueña a veces que pasea con una guapa chica. Se les acerca un amigo y L. lo presenta, orgulloso y feliz, a su acom- pañante, pero acto seguido se queda helado. En vez del amigo ve a su padre enfurecido. —B., de veinte años, todavía no ha tenido experiencias hetero- sexuales, si bien las desea ardientemente. De niño, soñaba con fre- cuencia que se apoderaba de un libro de anatomía de su padre. Ahora se ve en una gran biblioteca que podría satisfacer todas sus curiosidades. Sueña tres veces que coge un libro y lo abre, pero sólo encuentra páginas ilegibles, manchadas o arrancadas. La cuarta vez siente que puede conseguir un volumen íntegro apto para aclarar todas sus dudas. Alarga la mano por cogerlo de la estantería, pero no lo coge porque tiene la impresión de que de- trás del libro se oculta algo sumamente hostil; no sabe de qué se trata, pero «siente la presencia de su padre». Como revelan los sueños, los daños ocasionados a la persona- lidad de nuestros sujetos por las relaciones familiares desgracia- das son considerables. Los tres están sujetos a fuertes complejos de inferioridad; H. está amenazado de cerca por la manía perse- cutoria y es presa del pánico cada vez que se encuentra en con- tacto con hombres barbudos; L. es muy tímido y aquejado de tartamudeo, y B. se ha visto arrastrado a experiencias homosexua- les que le han envilecido y descorazonado. También la excesiva severidad paterna da lugar a sueños y a manifestaciones parecidas. Cuando, además, se expresa con gri- tos y frecuentes castigos corporales, las visiones nocturnas adquie- ren, como veremos más adelante, caracteres alucinantes y refle- jan las distorsiones a las que la psique está fatalmente condenada.

GUÍA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

111

II

EL INFIERNO ESPERA A LOS HIJOS DE LA ANGUSTIA

Sidney Jones es un «llegado». De la nada ha conseguido ama- sar una fortuna. Había soñado hacía mucho tiempo que estaba sentado en un gran sillón, ante un gran escritorio, con un gran cigarro entre los dedos, complaciéndose en escuchar el sordo rui- do de las máquinas de su fábrica. Y lo ha conseguido. De un apa- rato construido casi por casualidad, que él nunca se había atrevido a hacer funcionar, nació la idea del televisor universal, capaz de captar (gracias a un proceso que tan sólo Einstein hubiera podido explicar) las más distantes emisoras. Imponerse no fue fácil ni mucho menos. Sidney Jones tuvo que librar batallas muy reñidas, pero finalmente venció revolucio- nando de la noche a la mañana todo el sector de las comunica- ciones. Ahora, sin embargo, no se siente satisfecho. Piensa en los sufrimientos, en los temores, en las humillaciones que ha tenido que sufrir, y todo esto le llena de una amargura que ni siquiera la idea del extraordinario triunfo logra disipar. Le invade una nostalgia infinita por los años de la niñez. No había sido, la suya, una niñez confortada por las comodidades, por el bienestar eco- nómico, a pesar de lo cual se le antoja como el paraíso perdido. Recuerda la bonita casita en el campo, la colina florida que le ha- bía visto jugar feliz y el suave prado que se extendía hasta el lago, un lago encantador, de un azul como nunca más tuvo oca- sión de ver. Un día, Sidney Jones siente que no puede resistir más. Saca de la caja de caudales el misterioso aparato inspirador, lo mete

en una maleta y vuelve a los lugares de sus verdes años. No existe ya nada de lo que él recuerda. La zona entera está ocupada ahora por un gran complejo industrial que le ha cambiado radicalmente el aspecto. Pero dentro de poco todo volverá a ser como antes. Sidney Jones se dispone efectivamente a realizar el más sobreco- gedor experimento que pueda imaginar la mente humana: ¡ Un via- je hacia atrás en el tiempo! A ello ha de poder conducir su primera, temida invención. Se acurruca en la cuneta de la carretera, regula los indicadores con dedos trémulos y acciona una palanca roja. Siente un leve atur- dimiento, ve cómo la jungla de cemento que tiene delante se hace menos visible, se convierte en un banco de niebla sutil y desapa- rece en el sol. El paisaje vuelve a ser tal como era medio siglo atrás, y Sid- ney Jones se alza, llorando de alegría, se encamina por el sendero que creía recordar en sus menores detalles, Pero aquellos baches,

aquellos guijarros demasiado agudos, aquellas inmundicias

todo realmente así? Sí, lo era. Ha de admitir que, en el curso de los años, su fantasía había embellecido mucho aquel camino. Pero, ¿qué importa? Unos pasos más y ahí, después de la curva, de- trás de aquel grupo de árboles, encontrará de nuevo el mundo ma- ravilloso de su niñez. Allí está, aquel mundo. Sidney Jones se detiene, de momento incrédulo, luego consciente de la decepcionante realidad. La casi- ta tan suspirada no es más que una barraca decrépita, la colina florida un montón de detritos entre los que crece la hierba, el lago encantador un pantano maloliente, el suave prado una exten- sión cenagosa de malezas. Y en medio de las malezas, un chi- quillo sucio juega con dos trozos de palo. Aquel chiquillo es el viajero del tiempo a los cinco años. Des- doblado, el protagonista del extraño suceso se halla frente a sí mismo. Los dos Sidney Jones no pueden comunicar entre sí por- que existen en dos planos temporales diferentes, pero Sidney adul- to puede leer con la máxima facilidad en la mente de Sidney Jo- nes niño. Ansioso de saborear al menos la frescura espiritual de su infancia, el inventor «se cuela» en el otro, pero no redescubre nada de cuanto imaginaba. Halla, en cambio, en el Yo del chiqui- llo, otros sufrimientos, otros temores, otras humillaciones. Desesperado, Sidney Jones vuelve a su máquina del tiempo, la regula sobre un futuro lejanísimo, en el cual la Tierra ni siquiera existiría, y se precipita de cabeza en esa alucinante tentativa de suicidio que, por lo demás, no logra.

¿era

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El mensaje de los «resucitados»

Si el protagonista del relato que hemos presentado no hubiese estado en ayunas en materia de psicoanálisis, con seguridad se ha- bría ahorrado el inútil y decepcionante viaje en el tiempo. Sabría que eso de una niñez despreocupada, serena, es una piadosa ilu- sión. Freud ya nos lo había dicho y los continuadores de su gran obra nos lo han confirmado. Experimentos llevados a cabo recien- temente por un grupo de psicoanalistas neoyorquinos han demos- trad o que de cada 1.000 persona s n o má s de 180 conservan de su infancia un recuerdo ceñido a la realidad. La inmensa mayoría ha «embellecido en el camino las remembranzas», justamente como Sidney Jones. —Nosotros —comenta el doctor Eustace Chesser— solemos pensar en nuestra infancia como en una edad de idílica inocencia li- bre de problemas. Pero nos acordamos del sol, no de las sombras. La verdad es que los años inmediatamente anteriores al inicio de la escuela, lejos de ser un paraíso, constituyen un período de al- tísima tensión. El niño, efectivamente, es mucho más sensible que el adulto, y víctima de temores de los cuales no puede libe- rarse con ayuda de la razón. Temores que (conviene resaltarlo) preparan el terreno a los de la edad madura. Si Sidney Jones, en otras palabras, no hubiese sido lastimado, aterrorizado, humillado en su primera juventud, habría tenido bastantes menos probabili- dades de serlo en el futuro. Se verifica en el plano psíquico lo que acontece en el físico: un organismo debilitado durante la fase más delicada del desarrollo permanecerá siempre más fácilmente vulnerable. El insigne profesor británico ha averiguado que los desequi- librios nacidos en el período que va, aproximadamente, del cuarto al sexto año de edad, deben ser adscritos, por lo regular, a una de las causas siguientes:

—carencia de afecto de los padres hacia el niño; —errónea toma de posición ante las primeras manifestacio- nes del niño relativas a la esfera sexual; —aplicación de sistemas correctivos inadecuados. Hasta qué punto los factores que entran en este cuadro inci- den sobre la psique infantil y sobre la formación de la persona- lidad, nos lo dicen los sueños. Y a los sueños de esa edad, según afirman los expertos, se debería dedicar una particular atención,

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sea por su importancia, sea porque son los últimos que pueden interpretarse con relativa facilidad. Los que vengan inmediata- mente después serán mucho más complicados, pues reflejan la acumulación de sensaciones y de emociones consecutivas a la en- trada del niño en un mundo nuevo (el mundo de la escuela) y a la actividad de la censura onírica que acude a imponer casi de golpe sus severas leyes. Es conocido de todos el niño que no soporta que lo dejen solo

ni siquiera por poco tiempo, que sigue con la mirada preocupada

a su mamá temiendo verla salir de casa, que chilla desesperado

cuando los padres no están a su lado, cuando no surten efecto las tentativas de distraerlo de las personas a las cuales ha sido mo- mentáneamente confiado.

¿Cómo es juzgado el jovencísimo escandaloso por los autores de sus días? Hay quien lo considera «hasta demasiado encariñado con el padre y la madre» y quien se limita a definirlo mimado y caprichoso. Pero ninguna de estas pretendidas explicaciones es aceptable. El niño chilla porque tiene miedo. Regateándole el afec- to que necesita absolutamente, los padres le instilan el temor de ser abandonado, y este temor se manifiesta con cruel evidencia en los sueños. El pequeño se siente aislado y, por consiguiente, dejado a mer- ced de todo lo que le asusta. Sus aventuras oníricas se hacen aún más terribles cuando a la incomprensión se añaden las amenazas

«Si

a la bruja

Los sueños de la pobre criatura conocen así apabullantes za- rabandas de guardias, de demonios y de cocos que asumen los

rasgos del ogro de la fábula, de la fiera vista en el cine, del gru-

Aquí

los procesos de asociación o de deformación se enseñorean y se desarrollan en una gama tan variada como aterradora. Hay, además, sueños que se relacionan con sucesos en los cua- les, para el niño, la presencia de sus padres tuvo una importancia determinante. De la experiencia de Baumgartner citaremos el tí- pico de Paul D., un chiquillo de cinco años que se despierta de noche, gritando, por una visión que le obsesiona repetidamente. Se encuentra en medio de una dilatada superficie de agua, en la cual se siente hundir poco a poco. El niño nunca ha visto el mar, ni un lago, ni un río de respeta- bles proporciones. No ha corrido nunca ningún peligro con el lí- quido elemento. Los progenitores buscan largamente, en vano, en su memoria, en pos de un rastro que pueda resultar útil al psicoa- nalista. Por fin, el padre refiere, más por escrúpulo que por con-

ñidor perro del vecino, del mendigo de aspecto siniestro

insensatas: «Si lloras, vendrán los guardias a prenderte

no eres bueno, irás al infierno

»,

»,

«Si me haces enfadar, llamo

al coco

al hombre del saco.»

8 — 3.147

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vicción, un suceso desdeñable ocurrido dos años antes, cuando, con Paul y la esposa (ahora dedicada con él a la dirección de una agencia de negocios que no les deja a ambos una sola hora libre), pasaba un domingo en el campo. El sendero que la pequeña familia solía recorrer era cruzado por un arroyuelo: al salvarlo, el matrimonio aupaba al hijito por las muñecas para que no se mojase los zapatos y, bromeando para quitarle al pequeño la idea de bañarse en el microscópico riachue- lo, su padre sacaba a relucir un legendario personaje «salvado de las aguas». Era justamente la clave que el especialista buscaba. El pequeño había «sentido» a sus padres, distraídos por las obligaciones pro- fesionales, alejarse de él. En sueños, sus manos ya no le soste- nían y él se anegaba en un mar de amargura que sólo su sub- consciente estaba en condiciones de expresar. La interpretación de los sueños de este tipo es a menudo más ardua aún, imposibilitada a veces por la temprana edad del suje- to y por la incapacidad de sus padres para encontrar un punto de referencia útil. Las manifestaciones oníricas de los niños carac- terizadas por el miedo o por un sentido de desesperada soledad, constituyen de todos modos una señal de alarma que no debería ser descuidada ni siquiera por aquellos que están convencidos de dar a sus hijos todo lo necesario y más de lo necesario. Con de- masiada frecuencia, en este tiempo nuestro, se confunden los ju- guetes caros con el cariño. Los sueños que nacen de un terreno afectivo reducido a de- sierto son casi siempre angustiosos, porque el subconsciente del niño no está en condiciones de hallar una compensación a la pér- dida del bien más precioso que le es dado poseer. A ello puede llegar si ya lo ha alcanzado en la realidad y si tiene otro tipo de manifestaciones oníricas cuyo significado, desgraciadamente, la mayor parte de padres no logra comprender. Aquí predomina también, casi incontrastada, la superstición, que no perdona siquiera a las personas de mentalidad todo lo con- trario que desdeñable. Como prueba de ello, Freud aportaba el caso de una señora inteligente y culta que le consultó a propósito de su hijo, un chiquillo de cinco años que se había vuelto de un tiempo a esta parte apático, huraño y receloso. Cuando el gran profesor invitó a la mujer a fijarse durante algunas semanas en los sueños del niño, ella no sólo se dedicó escrupulosamente a la tarea que le había sido encomendada, sino que para poder lle- varla a cabo con mayor conocimiento de causa se entregó al es- tudio del psicoanálisis. Aquellas demostraciones de celo no entusiasmaban a Freud del mismo modo que los pacientes rellenos de superficiales nociones

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de patología no hacen ninguna gracia a los médicos, pero cuando la emprendedora mamá volvió a verlo tuvo que admitir que se trataba de un caso fuera de lo corriente, tan lúcida y aguda fue la exposición que aquella mujer le hizo de los sueños de su hijo. Sólo al final, cuando el «padre del psicoanálisis» le preguntó si no había olvidado nada, la señora dudó. Freud, dándose cuenta de la reticencia, porfió: «¿De veras que el pequeño no ha soñado nada más?» Y ella respondió: «No, no, nada más que pueda serle a usted útil, profesor. Ha visto un par de veces a la abuela, santa mujer, pero eso aquí no tiene nada que ver. ¡ Imagínese, la pobre- cita le tenía tanto cariño, que se acuerda de él hasta en el cielo!» Con toda su inteligencia y su cultura, aquella señora no había conseguido librarse de la convicción popular según la cual los difuntos visitan, en sueños, a las personas, que por un motivo u otro, estuvieron estrechamente vinculadas a su vida. Si se hubie- se asomado con más seriedad al mundo del psicoanálisis, no ha- bría tardado en comprender que precisamente aquellas visiones, juzgadas por ella ajenas al problema, entrañaban la solución del mismo. El niño, en efecto, volvía en sueños hacia la abuela que tanto le había querido por buscar una compensación a la insufi- ciencia del afecto demostrado por sus padres. Manifestaciones oníricas de este género son más bien frecuen- tes. Tengamos, pues, presente que cuando a nuestros pequeños se les aparece en sueños un querido difunto (el encuentro siempre se produce en una atmósfera dulce, tranquilizante), en la familia empieza a fallar algo que hace falta salvar a toda costa.

Los grandes peligros de los juegos prohibidos

En la casa donde Loretta vivía a los catorce años había una puerta siempre cerrada y otra puerta oscura que ocultaba un ar- mario empotrado y que fascinaba a la niña. —¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Loretta a su padre. —Cosas que no te interesan —respondió el padre, secamente—. No se te ocurra nunca abrir ese armario, o te arrepentirás. Pero la curiosidad era demasiado fuerte, y la muchachita no lograba olvidar aquel severo rectángulo de madera. Un día su pa- dre fue a sacar del armario un sobre que debía enseñar a una visita y la niña, con el corazón en la garganta, aprovechó que la puerta estaba entornada para echar una ojeada. Sólo logró ver cajas, sobres y libros. Y en uno de éstos vislum-

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bró la tapa. En ella estaban reproducidos un hombre y una mu- jer desnudos, unidos en un frenético abrazo. La niña no sabía que se trataba de la famosísima escultura de Rodin El beso, pero en seguida intuyó que lo que el armario contenía eran libros que po- drían revelarle el secreto de la sexualidad, el amor, sobre lo cual tenía ideas muy vagas, con el ardiente deseo de saber más. Pasaron casi tres años. El padre de Loretta tuvo que partir para desempeñar un cargo profesional en un país lejano y la niña se trasladó con su madre a una ciudad donde había de proseguir los estudios. Y una noche tuvo un sueño extraño. Soñó que se despertaba y descubría la dichosa puerta junto a su cama. Vio que la llave estaba en la cerradura y le dio un vuelco el corazón. Saltó del lecho y abrió la puerta. Detrás no había ningún armario, sino una especie de tapia formada por li- bros. Loretta se puso a hojearlos rápidamente, luchando entre la curiosidad y el miedo de ser sorprendida. Luego miró al otro lado de la barrera y percibió una hermosa ciudad cuyas calles estaban todas recorridas por parejas en actitud afectuosa. La niña trató de correr hacia la aglomeración, pero vio algo que la contuvo, que la hizo gritar de espanto. ¡Todos los habitantes de aquella población tenían los dedos cortados! Loretta tiene ahora algunos años más, es estudiante universi- taria y ha «regalado» aquel sueño suyo a un profesor de psicolo- gía, que reúne una interesante documentación sobre el «mundo secreto» de la infancia y de la primera juventud, A. Lang. Y he aquí el sentido de la visión nocturna, a la cual todos los padres deberían prestar particular atención, puesto que las circunstan- cias en las que se halló la niña se repiten más a menudo de lo que se cree. Es preciso anteponer que, hacia los cuatro años, Loretta sor- prendida en unas «exploraciones» de su cuerpo consideradas «ho- rribles» por una anciana tía, se sintió amenazada:

—¡ Si vuelves a hacerlo, te corto los dedos! Una frase desconsiderada, idiota, que, como otras semejantes, hubiera podido tener penosas consecuencias. La niña, al cabo de unos días o unas semanas, «olvidó» la frase, que sin embargo que- dó registrada cuidadosamente por el subconsciente. Pasaron los años y el hambre de nociones sobre el mundo del sexo se hizo sentir. El armario revelador permaneció cerrado, pero Morfeo acabó por abrirlo de par en par a los deseos de la muchacha, a decirle (con la imagen de la «ciudad del amor») que el misterio pronto terminaría, como para todos los enamorados. Desde lo profundo del Yo de Loretta, sin embargo, surgió la te- rrible imagen suscitada por la amenaza de su tía que hubiera po- dido conducir a la soñadora a considerar horrible, pecaminoso,

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digno de tremendos castigos, todo cuanto tiene relación con la esfera sexual. Un proceso similar puede producirse también inconscientemen- te. Una mujer joven, por ejemplo, se encuentra abrigando una ex- cesiva desconfianza hacia el amor, es víctima de un pudor mor- boso y de frigidez, sin saber las razones de ello. Cuando sorprenden a un niño o a una niña de tierna edad ocu-

pados en ciertas «manipulaciones», muchos padres no se dan cuen-

ta del alcance insignificante de la cosa.

—Es necesario intervenir y corregirlos —oímos afirmar—. Si no se hace, el pequeño se vicia. Es una opinión infundada. A la edad de que estamos hablando, las glándulas sexuales distan todavía de funcionar a un ritmo no- table. En el noventa y ocho por ciento de los casos no existe nin- guna relación entre las «exploraciones» en cuestión y el autoero- tismo auténtico; y en el restante dos por ciento, nos encontramos ante sujetos caracterizados por anomalías hormonales.

¿Qué se consigue insistiendo acerca de la «corrección»? Senci-

llamente que se estimula al niño con la idea de lo «prohibido», se

le induce a continuar a hurtadillas las maniobras y a hacer que

se llegue al descubrimiento del autoerotismo propiamente dicho bastante antes que los demás. Pero se debe contar con consecuen- cias mucho más graves. El chiquillo aprende a mentirles a sus

padres, a fingir inocencia, a engañarlos, mientras, no raramente,

la angustia abre de par en par un infierno en su futuro.

Suelen alentar también ulteriores contactos dígito-genitales las amonestaciones del tipo de: «¡Eso no debe hacerse!», «¡Así se comportan sólo los niños malos!» Verdaderamente, no acertamos

a comprender cómo puede pretenderse que el pequeño tenga un

sentido moral operante o se dé cuenta por arte de magia de la razón por la cual la cosa «no debe hacerse». El niño trata de comprenderlo por su cuenta repitiendo las operaciones prohibi- das y llega a una conclusión naturalísima. Papá o mamá le prohi- ben algo divertido afirmando que se trata de acciones «feas» cuan- do son agradables. Por lo tanto, papá y mamá mienten.

Cada vez con mayor frecuencia, sus visiones conocen procesos de alejamiento y de trasposición que parecen curiosos tan sólo

a quien no sospecha su origen. Ahí está Carletto que, en sueños, se encuentra en un pajar y se siente completamente a sus anchas. Jugar con la paja le causa una alegría insospechada. En realidad, no es ese pasatiempo lo que le procura placer, sino la idea de estar en un lugar aislado donde puede entregarse a otros recreos sin ser sorprendido. Pero no se lo puede confesar a sí mismo porque sus padres le han di- cho que esos recreos son reprobables y Morfeo le ayuda a mentir

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trasladando el objeto de su interés. Y ahí está Luisella que sueña con acariciar un cojín de deter- minada forma o con meter la mano en el surco formado entre el respaldo y el asiento de un sillón o de un diván (manifestacio- nes oníricas que se repiten a menudo como las situadas en luga- res cerrados). La trasposición es de sobra evidente. Observemos aquí que, en sujetos particularmente sensibles, sue- ños parecidos suelen influir en la realidad. Aunque Carletto, por ejemplo, no se ha entregado nunca a ciertos actos en un pajar, puede ser que, durante muchos años, le baste ver un lugar pare- cido para turbarlo, sin que consiga establecer la causa de ello. Las amenazas surten el efecto de distraer durante algún tiempo al niño de la actividad indeseada, pero con consecuencias a me- nudo perjudiciales para su sistema nervioso, siempre muy serias para su personalidad. La profundidad de las huellas que dejan nos la dice el retorno, en edad adulta, de los sueños generados por ciertas expresiones desconsideradas. Una de las más usadas con los chiquillos de un sexo y otro es aquella según la cual los «culpables» se exponen a ver sus dedos «desecados». Las vi- siones nocturnas de los pequeños se hacen aquí dignas de los filmes de terror: el miño que ya ha tenido ocasión de ver un es- queleto, o una reproducción se ve las manos reducidas a huesos. El que está bajo el influjo de esa horrible fábula que narra las desventuras de una princesa perezosa a vueltas con husos y agu- jas, vive la pesadilla de la carne que se seca y se pulveriza como madera carcomida. Y de eso nacen extrañísimas psicosis que permanecen operan- tes durante años, a veces para siempre. Hay el sujeto que siente una repulsión viva e inexplicable por todos los objetos de hueso, el que tiene escalofríos al contacto con el polvo y el serrín y el que sufre una impotencia nerviosa por causas aparentemente inex- plicables pero vinculadas, por medio de imágenes sepultadas en el inconsciente, a determinadas impresiones infantiles. Berger nos habla de Hugo G., de veinticinco años, perseguido por un sueño que le está arruinando la existencia. Cada vez que el joven encuentra una muchacha que le interesa, se ve noche tras noche a punto de abordarla, pero cuando se acerca el momen- to decisivo, cuando se dispone a declararle su simpatía o a cogerla del brazo, parece intervenir un malvado encantamiento que lo convierte en estatua. Y esto incide tanto en él que le hace imposi- bles gestos análogos también en la realidad. Es suficiente que pien- se en cumplirlos para que se quede bañado en sudor, incapaz de moverse con desenvoltura y de pronunciar una palabra. Después de varias sesiones cribando con paciencia los recuer- dos del hombre, el especialista consigue dar en el clavo. Se trata

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precisamente del «desecamiento de los dedos» profetizado por la madre del sujeto sorprendido, a la edad de cuatro o cinco años, en una actitud para ella inadmisible. Hugo G. pensaba haber olvidado aquellas palabras; mas he aquí que cuando, a los dieciséis años, se siente excitado al pensar en una compañera, le vuelven a las mientes y le causan una viva sensación de repugnancia. Después vuelve a olvidarlas, o, mejor dicho, cree que es así. Pero su sub- consciente las ha registrado y cuando la situación se repite pone de nuevo el disco en movimiento. Y es como si el disco emitiese uno de esos conciertos de ultrasonidos que paralizan a los anima- litos sobre los cuales son experimentados. El referido por Berger es naturalmente un caso extremo, pero sería erróneo pensar que casos semejantes son poco frecuentes. Los sueños en los que nos sentimos «volvernos de piedra», aque- llos en el curso de los cuales nos esforzamos en asir un objeto sin conseguirlo, o bien nos encontramos con las manos atadas o inservibles, a menudo son originados por reprimendas del tipo que hemos citado.

Cambiamos de sexo por desesperación

Para los sujetos de sexo masculino tiene consecuencias perni- ciosas otra amenaza a la que recurren los padres desprevenidos: la amenaza de extirpación de los órganos genitales que da origen al famoso «complejo de castración». Los niños acosados con bo- badas semejantes no las relacionan al principio con la actividad sexual de la que están a oscuras, pero no por ello sus sueños son menos angustiosos. En el lenguaje onírico la pesadilla se traduce con mucha fre- cuencia en la extracción o la pérdida de dientes, acompañada a veces por abundantes hemorragias, lo cual es más comprensible si se considera lo profundamente que la dentición, las afecciones dentales y las intervenciones odontológicas impresionan a todos los niños. Basta, además, que los sujetos estén atemorizados por la descripción de determinados accidentes, de operaciones quirúr- gicas, para que sus noches se pueblen de horripilantes escenas de mutilación. También esas visiones nocturnas pueden perseguir durante años a quien haya tenido la desdicha de ser turbado por ellas en la primera juventud. No es necesario que intervenga un suceso decepcionante en el campo mental o sexual. Basta el temor incons-

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cíente de haber cometido una acción deplorable para que la «conciencia onírica» agite ante el responsable el espantajo de lo que para él fue el peor castigo imaginable. La amenaza tiene otro efecto más que se manifiesta cuando el niño al que ha sido dirigida (completamente en ayunas tocante

a anatomía) llega a darse cuenta, sin que los padres se enteren, de la conformación del bajo vientre femenino.

Consideremos —advierte Chesser— lo que puede pensar viendo por primera vez, por ejemplo, a la hermanita desnuda en el baño.

Lo que en seguida le llama la atención es la falta del apéndice que antes creía propio de todos, como una parte cualquiera del cuer-

po, como la mano, los dedos

rencia se expresa con las palabras niño y niña y deducirá de ello que una niña es una especie particular de niño, un niño, como quien dice, negativo. De este simple principio, de la comprobación de que falta a la niña algo que él posee, nace la convicción de su superioridad, no es raro que sospeche que la pequeña ha sido mu-

Aprenderá entonces que esa dife-

tilada, y teme que pueda sucederle a él lo mismo transformándolo en una niña.

Todo ello ocurre también sin que se hayan producido hechos ligados a la manipulación de los órganos sexuales, con la desde-

ñosa actitud de los adultos hacia el sexo débil y ciertas estúpidas

comparaciones («Te comportas como una mujerzuela

hacen

el resto, con consecuencias perjudiciales sea para la personalidad,

que luego se revelará enferma de indecisión y de timidez, sea para

»)

la

mentalidad, destinada a plasmarse en el insensato dogma de

la

superioridad masculina.

Entre esos dos polos relumbra uno de los más atormentado- res conflictos de Adán. Persuadido de que el sexo al cual pertene- ce ha sido creado para hacer la parte del león, pero consciente de no poder desempeñar este papel, el pobrecito cae en la más negra depresión y vuelve a obsesionarle un sueño que turbó las noches de su infancia: se encuentra por la calle desnudo o vesti- do con indumento femenino, que las más de las veces es un refajo demasiado corto. Así se hace evidente el temor inconsciente de que también el prójimo perciba las flaquezas del sujeto, su inclinación a «compor- tarse como una mujerzuela». Por lo general, los viandantes no hacen caso, en el sueño, de las condiciones en que él se encuen- tra, lo cual refleja la esperanza de que sus defectos no sean reve- lados. En estas visiones la preocupación del soñador es ser visto de espaldas. La región pública le tiene sin cuidado, es más, ni si- quiera se da cuenta de que la expone. También este detalle es sin-

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tomático. «Borrando» los pormenores anatómicos, el protagonista de la humillante escena se precave inconscientemente contra lo que para él constituiría el colmo de la amargura: la comprobación de que el temido cambio de sexo se ha verificado. Esta insensata desvaloración de la feminidad afecta natural- mente también a las niñas, sobre todo aquellas que tienen la des- gracia de crecer al lado de hermanos considerados los genios, los privilegiados, los «adorables tiranos» de la familia. Los psicólogos conformistas intentan echar aceite al mar afir- mando que, «a pesar de todo», la pequeña siente «esa superioridad proveniente del altísimo deber al que será llamada: proveer a la continuación de la especie». Se trata de una patraña de tomo y lomo: el «presagio» de la maternidad no salva en absoluto a la niña de los traumas y de los «complejos». A denunciar su insurrección acuden sueños en los cuales to- man parte con frecuencia procesos de deformación y superposi- ción. Son muy corrientes aquellos en los cuales los parientes mas- culinos asumen la apariencia de gigantes o de poderosos persona- jes que siempre tienen algo de amenazador en el aspecto o en el comportamiento. Propias de una edad más avanzada (de cinco a siete años) son las manifestaciones oníricas en el curso de las cuales a la figura de un individuo que tiene en su poder a la so- ñadora se superpone la de su padre o de un hermano. Es signifi- cativo el hecho que tales visiones suelen tener como fondo una celda, una alta muralla o un lugar del cual es imposible o muy difícil huir y es triste tener que comprobar que ese lugar repre- senta el hogar doméstico. La pequeña que siente ya el peso de la pretendida superiori- dad masculina se ve a veces, en la pantalla nocturna, andrajosa, extraviada, hambrienta, y no es raro que, de pasada, se desarrolle ese apetito anormal con el cual muchos niños tratan inconscien- temente de «compensar» desilusiones y fracasos. Si los particu- lares anatómicos de los dos sexos no le son conocidos, puede tam- bién encontrarse desnuda y avergonzada de su desnudez. Este sueño se repetirá durante muchos años y se hará más penoso en la época de la pubertad. Expresando en imágenes el recóndito deseo de la niña, Morfeo puede, por último, transformarla en chiquillo. Característica es la evolución de ese sueño a medida que se ponen años. Cuando el subconsciente de la chiquilla advierte en él algo obsceno, no su- giere más la imagen clara, neta, del cambio de sexo, sino que re- curre a procesos de desdoblamiento. Anna, por ejemplo, está conversando con un jovenzuelo que le inspira al mismo tiempo desconfianza y simpatía. Es como si conociese muy bien al muchacho, que en el plano real, sin em-

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bargo, no existe. No es arduo, para el psicoanalista, aclamar el misterio. La vergüenza impide a Anna cambiar de sexo, y ella «se crea un gemelo», que lógicamente le es simpático por tratarse de

ella misma, pero que no deja, por ser varón, de dar lugar a recelo

y aprensión. Cuando la desnudez propia, en sueños, suscita excesiva ver- güenza y miedo, nos encontramos ante daños psíquicos a los cua- les no es fácil poner remedio, según Hanry Havelock Ellis. Ahora bien, que pueda sentirse vergüenza exagerada de la desnudez a re- sultas de un pudor obsesivo (jamás exento de consecuencias desa- gradables) o de uno de los hechos reseñados aquí someramente, parece lógico. Pero, ¿cómo es posible estar aterrorizado por la visión del propio cuerpo desnudo en parte o del todo?

Lo saben perfectamente quienes tienen (o han tenido) la des- ventura de crecer bajo la pesadilla de los castigos corporales. Para esos pobrecitos, obligados casi siempre a fastidiosos desnudamien- tos para sufrir el castigo decretado por padres, madres o tutores de los cuales, desgraciadmente, no se ha perdido aún la semilla,

la desnudez es sinónimo de humillación, de envilecimiento, de mie-

do y de dolor.

Ello se refleja obviamente en las visiones nocturnas y las in- fantiles no cambian mucho con el paso de los años. He aquí algu- nas, tal como han sido referidas a un psicoterapeuta de Ham- burgo:

HELGA, 18 años: «Huyo a lo largo de-un sendero de montaña, perseguida por unas serpientes enfurecidas. La falda se me queda enganchada en una roca aguda y me hace parar. Me debato, tra- tando de liberarme pero la ropa se desgarra de arriba abajo y

las serpientes me alcanzan

ARNOLD, 24 años: «Me encuentro en la revista médica mili- tar, en calzoncillos. Un oficial me ordena quitármelos también. Me niego, escapo, pero soy alcanzado, encarcelado y condenado a

muerte

» ILSE, 24 años: «Es suficiente que durmiendo me destape un poco para que sueñe con un hombre encapuchado que se acerca

a la cama empuñando una antorcha con la que intenta quemarme.

Me despierto gritando

Cuando hayamos añadido que Helga intentaba sustraerse a la desconsiderada ira paterna trepando a una pila de escombros si- tuado en las cercanías de su casa (la montaña, en el sueño), y que el padre la azotaba con su cinturón (las serpiente); que Arnold cumplió el servicio militar con un rígido instructor cuyo rostro le recordaba el de su padre, que le pegaba salvajemente, y que Use solía ser castigada junto al sendero, las asociaciones oníricas se harán evidentes,

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SUEÑOS

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Naturalmente, no todos los sueños de quien conoce o conoció esos castigos inhumanos tienen la desnudez como componente. No podemos ocuparnos aquí de los motivos predominantes porque son infinitos y surgen de la situación peculiar de las víctimas. Generalmente, no es difícil establecer la naturaleza de tales visio- nes que deberían ser objeto de la máxima atención como sínto- mas de una enfermedad de la psique que puede anular la perso- nalidad en una timidez morbosa, envenenarla con incontables neurosis o desviarla en el sadismo, en el masoquismo o en la ho- mosexualidad. Hay asimismo, sin embargo, manifestaciones oníricas menos claras que tienen un origen análogo. Basta a veces un par de-bo- fetadas para determinar un trauma tal como para tener conse- cuencias imprevisibles para toda la vida. Las bofetadas se olvidan así como muchas facetas oscuras de

la infancia que cobra el sabor de un paraíso perdido. Parece- como

si la naturaleza hubiese dejado un oasis providencial a nuestra nostalgia, una fuente límpida donde lavar a la psique del polvo y del fango de las luchas cotidianas.

Pero si, como Sidney Jones, pudiésemos retroceder en el tiempo

y volver a esa fuente, descubriríamos que era, en realidad, una

charca sucia abierta entre malezas. Nos daríamos cuenta, apesa- dumbrados, de que el primer polvo y el primer fango se nos posa- ron encima justamente allí. Y que es muy difícil, muchísimo, tra- tar de anular esos tristes recuerdos precipitándonos con ellos en el futuro.

III

TAMBIÉN MANDRAKE FABRICA «COMPLEJOS»

El pequeño Guy agarró a su padre de la manga del pijama y tiró enérgicamente. —¡Papá! —gritó—. ¡Oye, papá! Eran las tres de la mañana. Con un gruñido, el escritor trató de apartar el brazo y de volverse del otro lado, pero el niño no aflojó. —¡Papá, despierta! —chilló, agitado—. ¡En el armario de la antesala hay un hombre «encapuchado»!

del

todo. Pero en seguida se dio cuenta de la realidad y de un salto se sentó en la cama. —¿Qué pasa, Guy? —Un hombre en el armario, en el piso de abajo —repitió el hijo—. Lleva una capucha negra que le tapa la cara y una túnica larga, negra también

El escritor se deslizó fuera de las sábanas, cogió la pistola de

la mesita de noche, trató de calmar a su esposa que entretanto se

había despertado y tras un cuarto de hora invertido en convencer

cosa de bajar por el canalón y de di-

a la señora

suadir al chiquillo de echarle una mano arponeando al intruso a través del maderamen con una lanza india, bajó por la escalera de

puntillas, a oscuras, estuvo dos o tres veces a punto de romperse

la crisma y luego, finalmente, llegó a la antesala.

—Bueno, dile que

—refunfuñó

el padre, no

despierto

de

que no era

GUÍA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

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Con tres saltos felinos encendió la luz, abrió la puerta del ar- mario y se guareció detrás de una silla gritando:

—¡ Fuera de ahí, en seguida, o hago fuego! No se movió nada. El escritor repitió la intimación y luego, en vista de que no pasaba nada, cogió un paraguas, se acercó al mue- ble con cautela y derribó de un golpe brusco impermeables y abrigos. En el armario no había nadie. El hombre volvió arriba, inte- rrogó a su hijo, que confirmó con seguridad la historia, y se puso a inspeccionar toda la casa desde el sótano hasta el desván. Vol- vió a la cama a las cuatro y media, sin haber hallado rastro del encapuchado, pero ni él ni su mujer consiguieron conciliar el sue- ño en toda la noche. Pasaron tres días, y la pesadilla empezaba a desvanecerse, cuan- do Guy volvió a ver el siniestro personaje. O, mejor dicho, sólo le vio los ojos, que le contemplaban a través de los cristales de su dormitorio. Ahora, la estancia del niño estaba en el piso de arriba y nada hubiera podido permitir alcanzarla desde fuera a menos de estar provisto de un buen par de alas. El escritor y su esposa respiraron de alivio. —Será preciso que Guy cene ligeramente —dedujo la señora. Y pareció que la cosa había de acabar ahí. Pero estaba, desgraciadamente, apenas en el principio. Y cuan- do el chiquillo, tras unos cuantos horripilantes «descubrimientos» más, refirió haber sido visitado, en la cama, por una cobra bur- lona, sus padres decidieron que ya era hora de llevarlo a un psi- coanalista. El doctor Blabber (llamémosle así, aunque su nombre sea distinto) interrogó al paciente de ocho años, lo indujo a descri- birle sus sueños y halló uno que le pareció muy elocuente. —He soñado —explicó Guy— que estaba encerrado en un só- tano con una bella señora que llevaba unos shorts. De repente, ha salido de una caja una momia cubierta de vendas, que nos ha se- guido. Yo he cogido a la señora de la mano y la he puesto a salvo Profundizando la indagación, el psicoanalista estableció que los shorts de la bella señora eran los de la mamá del chiquillo. Guy no sabía bien qué era una momia, pero había oído llamar a su madre mum hasta por su padre que, entre otras cosas, había estado algún tiempo antes con un brazo vendado durante varios días a resultas de un accidente de automóvil. Todo estaba claro para el psicoanalista. Se trataba del clásico complejo de Edipo. Guy había soñado que le quitaba su madre a su padre viendo en él un. enemigo. El pequeño había aproxi-

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KOLOSIMO

mado el vocablo mum (mamita) a mummy, que significa momia, pero que también pudiera ser una corrupción del primero, aso- ciándolo al padre en vez de a la madre a través de un simple me- canismo onírico. Sintomática para la demostración del odio in- consciente del chiquillo contra el autor de sus días era también la expresión to beat to a mummy, «golpear hasta dejarlo hecho una momia». Las sesiones continuaron y el escritor notó que su hijo parti- cipaba en ellas con un entusiasmo mayor de lo que hubiera de- bido esperarse. El doctor Blabber aclaró que ello era debido a la sensación de alivio que proporcionaban al chiquillo las «entrevis- tas con el subconsciente». Pero cuando estas entrevistas se hicie- ron diarias, el padre exigió una explicación y el psicoanalista, más bien apurado, se vio obligado a reconocer que las visiones del adolescente eran tan interesantes como para haberle sugerido con- vocarlo cada día e inducido a corresponder al pequeño paciente con un dólar por cada sueño revelado. El escritor, al saber que los sueños de Guy se hacían cada vez más complicados e «interesantes», rogó al médico que se los ex- pusiera. A las pocas palabras, interrumpió la emocionante narra- ción con una enorme carcajada. —i Pero qué complejo de Edipo ni qué subconsciente! —dijo al especialista que lo miraba estupefacto—. El hombre encapuchado,

No sé cómo no me di

la cobra, la chica en shorts, la momia

cuenta antes, ya que también leo «tebeos». ¡ Ese delincuente pre- coz le está vendiendo por entregas las aventuras de Mandrake!

Se sienten solos en los bancos de la escuela

El episodio, realmente acontecido y que nos ha referido el pro- fesor Berger, revela, con el agudo senfído de los negocios del pe- queño Guy, la candidez de ciertos psicoanalistas. Al mismo tiem- po, sin embargo, revela algo aún más importante: la extrema difi- cultad de interpretar las visiones nocturnas de los niños en la primera fase de su formación escolar, o sea en ese período que, por lo general, va desde el principio de la escolaridad hasta el tercer o cuarto curso elemental. Puede suceder que los padres queden no poco sorprendidos y turbados por algunas tomas de posición por parte del chiquillo que jamás hubieran considerado posibles. Basta, no obstante, te- ner una noción de los rudimentos de la psicología para compren-

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der que se trata de reacciones más que lógicas. El pequeño aban- dona la esfera familiar para asomarse al horizonte mucho más amplio y tumultuoso abierto por la escuela, por los contactos con maestros y compañeros. La censura, en general benévola y tolerante entre los muros domésticos, se hace bastante más severa por las intervenciones pedagógicas. Simultáneamente, sin embar- go, la fantasía se desata, tanto por la noción de las nociones esco- lásticas como por la posibilidad dada al pequeño de acercarse con la lectura a fuentes que anteriormente le eran totalmente vedadas. En éstas bebe Morfeo hasta saciarse y mezcla, a veces, filmes en apariencia tan coherentes y significativos que impresionan a los padres provocándoles ideas no siempre exactas acerca de la personalidad que se va formando en los niños. El hecho de que Pierino, por ejemplo, cabalgue con frecuen- cia, de noche, al frente del Séptimo de Caballería ligera, podría revelar cierta predisposición al mando, pero también denunciar un acusado complejo de inferioridad que se expresa con la reali- zación onírica del deseo de descollar, de imponerse. Y si Marietta va a parar más veces de las que quisiera entre las garras de la bruja, no significa que sea una niña medrosa, presa de fobias infantiles. Es bastante probable, en cambio, que sus visiones naz- can de un complejo de culpa o de la convicción de que una maes- tra demasiado rígida le tiene ojeriza. Existen, sin embargo, algunos tipos de sueños «negativos» pro- pios al primer período escolar, fáciles de identificar. Son los cla- sificados en secuencias de aislamiento, de cercamiento y de fuga. El término «secuencias» indica una serie de sueños que se repiten desarrollando el mismo motivo con variantes no sustanciales. En cuanto a los temas, he aquí algunas manifestaciones oníricas ele- gidas entre las más constantes:

SECUENCIAS DE AISLAMIENTO: El sujeto se halla en una dilatada llanura desnuda, sin ningún punto de referencia. Trata en vano de orientarse, presa de una sensación de angustia que cada vez se hace más fuerte. De vez en cuando camina, sin des- cubrir nunca nada diferente, sin alcanzar ninguna meta; no es raro que la atmósfera sea la de un siniestro crepúsculo. O bien el soñador está de pie sobre un arrecife desolado, a menudo de pro- porciones muy reducidas, que apenas emerge del mar; llama, grita, sin obtener respuesta. También aquí el cielo es oscuro como de atardecer o de noche. O, asimismo, el escenario es una ciudad desierta, en la cual el soñador deambula, en busca de algún ser viviente que no encuentra; puede ocurrirle ver tiendas llenas de toda clase de riquezas, de las cuales podría fácilmente apropiarse, pero nada le atrae.

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KOLOSIM O

SECUENCIAS DE CERCAMIENTO: El sujeto está rodeado por un grupo de personas inmóviles y silenciosas, pero claramente hostiles. Tiene conciencia de un oscuro peligro, pero no intenta siquiera romper la barrera, convencido de la inutilidad de seme- jante acción. O bien es sorprendido por la noche al raso, en un lugar desconocido, y siente alrededor suyo, pese a no verlas, pre- sencias amenazadoras. Ocurre también que el soñador se encuen- tre en una casa, en un dormitorio o en lo alto de una torre e in- tente, evadirse, pero se vea imposibilitado de hacerlo por implaca- bles sitiadores.

SECUENCIAS DE FUGA: El sujeto se proyecta en el pasado

o

en el futuro volviendo a una época en la cual se sentía seguro

y

feliz, o bien «viviendo» una situación que imagina ha de darle,

en lo por venir, las mismas sensaciones tranquilizantes. A los ni- ños les puede ocurrir verse en la tarima como maestros, identifi- carse en el padre o con un personaje que ejerza particular atrac-

ción. Las niñas, en cambio, asumen con mucha frecuencia el papel materno. Todas estas secuencias denuncian un hecho sumamente grave:

la incapacidad del niño en establecer contactos normales con sus

compañeros, insertarse en la colectividad, sentirse parte de ella. Muchos padres, desgraciadamente, no atribuyen a este hecho la enorme importancia que se merece. Por el contrario, solemos oír

a algunos expresarse con despreocupación si no con satisfacción

respecto al comportamiento de los jovencísimos infelices: «A mi

«[Oh,

Carletto está tan encariñado con papito y mamaíta!», «Mi chiqui-

Estoy muy contenta de ella

porque se ahorrará un montón de disgustos.» En cambio estarán abrumados de disgustos los pequeños y las pequeñas de contactos difíciles, los arrastrarán consigo toda la vida. Porque la presunta reserva, el presunto apego a los pa- dres, se desarrollarán después en una morbosa timidez, en com- plejos de inferioridad con consecuencias siempre dolorosas, a me- nudo catastróficas.

lla es muy esquiva, muy reservada

niño en verdad no le va la compañía de esos machotes

»,

No envidiéis a quien ve el mundo color de rosa

Los años de escuela se suceden, cambian algunas posiciones mentales del pequeño, sus actitudes, sus costumbres, pero sus-

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LOS

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tancialmente los sueños no cambian hasta el advenimiento de la pubertad, aunque se hagan menos caóticos, bastante más inteligi- bles desde el punto de vista psicoanalítico. No cambian porque la evolución física del niño se realiza sin grandes sacudidas, por- que tampoco difieren mucho sus tratos con el ambiente que lo rodea ni el género de sus lecturas que proporcionan a Morfeo nu- merosos escenarios, personajes y tramas. Muy distinto es, en cambio, lo que pasa con las niñas. Sus re- laciones con representantes del otro sexo no son idílicas en ese período (y si ello no molesta a los hombrecitos, repercute cierta- mente en las niñas, de esfera emocional más sensible), sus lec- turas van cambiando, pasan de las fábulas a la literatura fran- camente sentimental, y cambia su físico. Las líneas del cuerpo se redondean, se delinea el pecho. Es sobre todo esta situación lo que desasosiega a la niña. Bas- taría un poco de preparación para inducirla a responder con una mirada de compasión o con una sonrisita irónica a las pullas de sus compañeros y a las con frecuencia más estúpidas aún de los adultos. Pero cuando falta la preparación, la sensación de desaso- siego de la niña, criada ya en la escuela del señorío masculino, se acentúa hasta causar auténticos traumas. La tensión de la blusita sobre el pecho se le antoja a la niña como un signo externo, casi una marca de su supuesta inferio- ridad. Y si bien más adelante estará orgullosa de su anatomía, ello no borrará la penosa impresión juvenil. Lo revela, entre otras cosas, el retorno de los sueños nacidos en aquella circuns- tancia. Entre los más corrientes, Eva se encuentra cruzando los bra- zos sobre el busto desnudo intentando ocultarlo a la vista de al- guien. Y que no se trata de un gesto inspirado tan sólo por el pudor, es demostrado por observaciones hechas en un número de casos sin duda probatorios. La soñadora no se avergüenza (al con- trario de lo que sucede con los reflejos del «complejo de castra- ción») de su desnudez, pero le da miedo descubrir el pecho y aunque esté completamente desvestida, además, no se preocupa en absoluto de las otras partes del cuerpo. No es raro que, desnudándose en sueños ante un espejo, una muchacha que en la realidad se encuentra muy bien con todo lo que le ha regalado la madre naturaleza, se vea lisa como una tabla acepillada y no sienta disgusto alguno por ello y que, al revés, acoja la cosa como una grata sorpresa. Se trata precisamente de un residuo de lo que Baumgartner llama «el complejo del seno en capullo». A semejantes manifestaciones oníricas se añaden muchas más caracterizadas por un evidente simbolismo. Hay la chiquilla que

9 — 3.147

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se arranca con rabia del vestido las flores prendidas en el pecho, la que se apresura a sacarse los objetos que abultan los bolsi- llos de su blusa, que se muestran minas inagotables, imposibles de vaciar, la que se queda desagradablemente turbada por formas redondeantes sin saber explicarse el porqué. Tampoco son raros los casos como éste que refiere L. Müller. Lilo, una estudiante de diecinueve años, siente una invencible re- pugnancia por las mariposas. Aunque los lepidópteros, vistos de lejos, le gustan y sus colores la fascinen, es suficiente que una le vuele cerca para que Lilo se entregue a manifestaciones de terror tan irrazonables como irrefrenables; cosa, ésta, ciertamente desagradable, pero para nuestra estudiante también muy molesta, puesto que se propone dedicarse a la entomología. El psicoanalista al que recurre piensa primero en un trauma infantil, busca cualquier posible relación, pero sin resultados po- sitivos. Sondeando el mundo onírico de la paciente, por fin, el especialista da con el misterio. También en sueños Lilo es per- seguida por las mariposas, que a veces se tornan enormes. Ahora la muchacha recuerda que algunos de esos insectos tienen las alas agujereadas, semejantes a encajes. La asociación se hace muy evidente. Las graciosas voladoras aterrorizan a la jovencita sencillamente porque son, para su sub- consciente, sostenes. No es difícil, en este punto, lograr que la estudiante rememore el hecho que puso en marcha la extraña neu- rosis: la compra del primer sujetador, comentada por sus herma- nos con enfadosos sarcasmos. Para los niños, el camino de la pubertad está plagado de preo- cupaciones muy diferentes.

Consideran a las niñas decididamente inferiores —sintetiza Chesser—. Las niñas son débiles y siguen siéndolo también en el periodo que los muchachos adquieren fuerza muscular, haciendo de ésta un sinónimo de superioridad. Hablando con los adultos, además, los niños ven fortalecida su convicción, según la cuál todo cuanto es varonil tiene mayor valor. Cuando se hace daño, una niña puede llorar, pero para un niño las lágrimas comienzan a ser vergonzosas. Una niña puede cuidar de su aspecto, pero si un niño presta excesiva atención al modo como se peina o se viste, en seguida se gana la fama de «afeminado». Los padres deberían, naturalmente, abstenerse de fortalecer en los niños la idea de la superioridad masculina y de la inferiori- dad femenina. Por otra parte es indispensable que no violenten las naturales inclinaciones de los hijos, evitando herirlos, humi- llarlos, exponerlos a las críticas siempre despiadadas de los com- pañeros. Así es que nada de extravagancias en el peinado y en

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la vestimenta, pocas interferencias en los juegos y en las mani- festaciones típicas de las niñas y de los niños de determinada edad, pues se trata de intervenciones que con mucha frecuencia tienen repercusiones perjudiciales, como una vez más nos demues- tran las visiones oníricas, espejo ultrasensible y fiel del subcons- ciente. Walter Walt sería hoy probablemente un gran violinista si en la velada decisiva para su porvenir no hubiese tenido al lado una bella muchacha rubia. Nuestro personaje había empezado a mos- trar a los seis años descollantes dotes musicales. Era un «niño prodigio», como suele decirse, y siguió siéndole aunque a los ocho años pareció no querer saber nada nunca más del violín. Tuvo muchos caprichos, violentas crisis de desesperación y a sus padres que le interrogaron se limitó a explicarles un sueño que le había turbado un par de veces. Había visto las cuerdas de su instrumento transformarse en unos gusanos largos que salta- ban sobre sus hombros y le rodeaban el cuello y bajaban luego por su espalda retorciéndose horriblemente. Desgraciadamente, en aquel entonces los psicoanalistas estaban poco de moda. Papá y mamá Walt convencieron al pequeño de que hubiera sido una enorme tontería mandar a paseo la música por un sueño, el mé- dico de cabecera prescribió una buena cura de reposo, y Walter, aunque sin demasiado entusiasmo, se puso a tocar de nuevo. El chiquillo creció, frecuentó el conservatorio y, aprobando con notas excelentes, afrontó el concurso que, al decir de todos, habría de conducirlo definitivamente a la celebridad. Pero le bas- tó ver a la rubia presentadora para ser presa de una inexplicable agitación. Tocó muy mal, y ni siquiera tocó hasta el final. De re- pente, dejó plantados a los oyentes, salió de la sala y, rompiendo el violín contra una pared del pasillo, desapareció de la circu- lación. Volvió a dar señales de vida tres años después. Dirigía una orquesta de música ligera y sigue dirigiéndola con cierto éxito por lo que hemos cambiado su nombre, pues quizá también vosotros conocéis el verdadero y no es caso de hacer público un fracaso. Ahora Walter Walt lo sabe todo, conoce el origen de su sueño y las causas de su comportamiento. Cuando el niño se reveló mú- sico precoz, sus padres insistieron por desgracia en hacerle llevar los cabellos largos, «a lo Mozart», lo que hizo que sus compañe- ros se burlaran de él. El orgullo le impidió hablar de ello en su casa y la persecución continuaba también en la pantalla nocturna. El pequeño no llegaba a darse cuenta, pero las visiones horripi- lantes nacían precisamente de la relación entre el violín y los cabellos, largos sobre el cuello, hasta el punto, a juicio de sus compañeros, de disminuir a Walter (de ahí los gusanos) y de

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PETES KOLOSIMO

hacerlo parecer a una «chiquilla». En los años sucesivos, pese a que la abundante melena había desaparecido, el sueño volvió a presentarse al joven que, sin em- bargo creía que ya no le impresionaba mucho, y en la velada de- cisiva hizo saltar el resorte del «complejo» despertando al sub- consciente con el reclamo de la muchacha, peinada como él lo había estado en la infancia. Cabellos rubios largos muchacha «chiquilla» violín

y adiós carrera. Nuestro amigo había triunfado

después en otra, porque ella le había ayudado a rehabilitarse in- conscientemente, es decir que lo había convencido de que no era «poco hombre», de saberse imponer, de poder precisamente dirigir. Basta mucho menos que una cabellera para provocar desas- tres. Ciertos sueños en los cuales predomina un color que causa al sujeto una viva sensación de molestia, cuando no de angustia, aunque no se trate de un color genéricamente deprimente, ahon- dan sus raíces en la infancia, en algo que incomoda al niño y que, pese a ello, le ha sido impuesto.

A todos nos gustaría poder ver el mundo color de rosa, y sin embargo hay quien sentiría náuseas por ello. A. B., por ejemplo, era un joven profesional parisiense que acudió a un psicoanalis- ta porque le atormentaban, desde la niñez, visiones de ese género. Todo andaba bien mientras Morfeo escogía espectáculos en los cuales el soñador no aparecía o aparecía en un papel secunda- rio. Pero apenas entraba en escena como protagonista y se dispo- nía a efectuar algo que hubiera debido procurarle satisfacción, se producía el desastre. Todo se teñía de rosa y él despertaba de golpe, con una indefinible sensación de malestar. Y en la realidad las cosas no andaban de otro modo. Para A. B. hasta los platos más apetitosos se convertían en repugnantes si eran presentados sobre un mantel rosa, y los indumentos de este color le ponían en trance de hacerle insoportable hasta su novia, a la cual no se atrevía a confesar su extraña fobia por temor a que le «tomaran por loco». La culpa de todo era —como pudo establecer el psicoanalista— un vestido de la madre de A. B., transformado por ésta en una blusita para su retoño quien, luciéndola a los ocho o nueve años, había hecho reír a sus compañeros y a sus profesores. Muchos padres se preocupan de los juegos bulliciosos de sus hijos, en particular de aquellos inspirados, en un sentido u otro, en la «caza del hombre», y en esto tienen gran parte quienes qui- sieran proscribir del mundo de los juguetes todo cuanto «huela a guerra». Pues bien, prescindiendo del hecho de que, privado del juguete que le gusta, cualquier niño sabe transformar, en el taller de su

repugnancia

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inagotable fantasía, el más simple pedazo de madera en un fusil

o una pistola, esos juegos no sólo son inocuos, sino francamente

útiles, ya que, como se ha comprobado tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, le ayudan a desahogar sin daño su carga de agresividad, a ejercitar su espíritu emprendedor y con fre- cuencia a vencer la timidez, mientras predisponen a la compren- sión y a la estima recíproca, a la amistad y a la caballerosidad.

Esta última observación pudiera parecer paradójica, pero es sufi- ciente observar el intercambio de papeles en los pasatiempos de la chiquillería para comprobar su validez. Se equivoca, por consiguiente, quien considera oportuno impo- ner ciertos vetos, y se equivoca doblemente, porque los niños, al no poderse entregar en la realidad a sus juegos preferidos, se de- dican a ellos en sueños llevándose consigo también a los severos educadores y asignándoles papeles nada lisonjeros, pues personifi-

can a los «malos», a los bandidos y a los enemigos. No podrían ser vistos a una luz diferente, puesto que han hecho que los pequeños fuesen condenados por sus compañeros como débiles y medrosos,

y repetimos que ésta es una condena que, por gratuita que sea,

forzosamente deja huellas. Tampoco a las niñas que muestran cierta predisposición para los juegos considerados como monopolio de los muchachos debería oponerse una negativa. Ésta es, por el contrario, una tendencia que convendría estimular, dado que ejerce un influjo positivo en la for- mación de la personalidad. Son muy corrientes los sueños en los cuales las niñas y también las muchachas se encuentran desem- peñando papeles habitualmente propios del sexo contrario, lo que revela un sentido de inferioridad que no se habría manifestado en muchos casos si el sujeto no se hubiese visto obligado a adap- tarse al papel no sentido de la niña comedida, modosa y «ya muy mujercita». Asimismo pueden incidir en las niñas de una manera poco simpática los indumentos confeccionados malamente o inadecua- dos a su edad. La moda empieza muy pronto a tiranizar al bello sexo y no hay señora o señorita que no haya tenido alguna vez una confirmación de ello, sintiéndose desazonada por unas medias que hacen arrugas, una falda holgada o estrecha o un reflejo que asoma sus picos por debajo de aquélla. Estos sueños suelen delatar dudas, incertidumbres, temores de varia naturaleza: Morfeo apela, en semejantes circunstancias, al recuerdo de una apurada situación del pasado, pero ésta, por muy desagradable que pueda haber sido, no ha dejado casi nunca huellas profundas.

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Lo que ella quisiera ocultar

En los puntos de los cuales acabamos de ocuparnos, las niñas aparecen, por lo tanto, menos vulnerables. No son más afortunadas, porque les espera un acontecimiento que no dejará de impresio- narlas fuertemente: la primera menstruación. Sólo si se ha llevado a cabo una adecuada obra de preparación

se les evita a las niñas traumas penosos. No es arduo imaginar lo que siente una adolescente sorprendida por el acontecimiento como por un rayo en un cielo sereno. De poco valdrán las tenta-

tivas de tranquilizarla que la madre se apresura luego a efectuar. Durante algún tiempo los sueños angustiosos turbarán las noches de la pobre muchacha. Y lo mismo ocurrirá si la «preparación»

se reduce a unas advertencias genéricas que no permiten a la in-

teresada comprender el fenómeno y considerarlo en el marco de la normalidad. Oníricamente el trauma se traduce en impresiones de accidentes pavorosos, enfermedades e imperfecciones. Sería imposible efectuar aquí una reseña exhaustiva, por lo que sólo nos resta remitir a los lectores a los símbolos más constantes, ilustrados en nuestro pequeño dicionario. Importa, sin embargo, aludir a los procesos de transformación que, con el paso de los años, modifican esos sueños, y los hace irreconocibles. También aquí nos limitamos a algunas manifestaciones de las más corrientes, sacando los ejem- plos de las experiencias de hábiles psicoanalistas modernos.

Lidia, sorprendida por el inicio de la «regla», quedó aterroriza- da, hasta el punto de que soñaba verse bañada en sangre cuando se entregaba a las más diversas ocupaciones. La muchacha tiene ahora veinte años y de vez en cuando esa visión vuelve a pre- sentarse, pero alternada con otra igualmente angustiosa. Sueña que camina por una calle animada y de repente nota que todos la miran porque lleva la falda y las medias increíblemente sucias. Se apresura a intentar limpiarlas, pero no lo- consigue; trata de esconderse, pero por todas partes hay gente que la contempla con expresión de mofa o de desaprobación. A Giulia no la convencieron las vagas explicaciones maternas

y durante muchos meses tuvo la sospecha de ser víctima de una enfermedad, porque además el fenómeno se le había presentado con manifestaciones dolorosas. Soñaba que tenía el vientre hor-

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migueante de bichos (los supuestos gérmenes del mal), hasta que las confidencias entre amigas la tranquilizaron. Pero todavía ocho años después es acosada por una visión horrible que se le pre- senta sobre todo en la inminencia de la «regla». Se descubre en el cuerpo unas manchas parecidas a las que forma el moho. Clara, «iniciada» por las compañeras, se vio impelida a conside- rar las menstruaciones como una cosa obscena y procuró ocultar su aparición a los padres. A una distancia de años se ve obligada, en sueños, a esconder algo, espantada por la idea de ser descu- bierta. Todas estas manifestaciones nos demuestran que aunque el misterio se ha aclarado la impresión permanece. Y sale a la su- perficie cuando la interesada tiene que afrontar situaciones difíci- les, cuando más necesidad tendría de sentirse fuerte. Vuelve a experimentar una sensación de inferioridad que no tiene ninguna razón de ser, pero que desgraciadamente ha sido consolidada en ella por una educación equivocada.

IV

IOS MITOS ACABAN TRASTORNANDO LA VIDA

«La noche era oscura como quizá ninguna lo había sido nunca. Llovía sin parar, parecía como si un mar suspendido en el cielo se precipitase para sumergirlo todo. Era una lluvia de pesadilla, y las tinieblas parecían un mudo, interminable grito de angustia y de terror. Me tambaleaba en el mar que iba recomponiéndose a mis pies, avanzaba con dificultad, inmerso ya en el agua hasta la pantorrilla, empapado, aterido. ¿Por qué estaba todo tan oscuro? ¿Por qué ya no había luces, ya no había nada? ¿Qué estaba pa- sando en la Tierra? Era el diluvio «Luego, inesperada, una masa enorme se alzó ante mí. No podía verla, pero sentí su presencia, como la siente un ciego. Bus- qué en el bolsillo interior de la chaqueta la lámpara-lápiz que suelo llevar conmigo. La pila debía de estar mojada. ¿Acaso fun- cionaría? »Funcionó, es más, desprendió un chorro de luz tan viva que me asombró. Pero con toda aquella oscuridad probablemente tam- bién me habría parecido deslumbradora una cerilla encendida a veinte pasos de distancia. Alumbré la «cosa» que se me había puesto delante y vi que se trataba de un enorme edificio de madera, viejísimo. ¿O era una barca de panza desmesurada que quién sabe cómo había ido a parar a aquel no-sé-dónde? La idea no me pareció en absoluto absurda. No lograba recordar cómo había empezado aquella lluvia tremenda, qué había ocurrido antes, pero seguramente debía de haber sido algo apocalíptico.

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»"E1 arca de Noé", pensé, sorprendido. «Descubrí una abertura. (¿Una grieta? ¿Una ventana?) y pro- yecté la luz dentro. Era sólo un local muy espacioso, de pavimento casi enteramente cubierto por una capa que se me antojó blanda, sin saber por qué. »En seguida lo comprendí. Me sobrecogió una sensación extraor- dinaria. Sabía que estaba asomado desde fuera y, sin embargo, también estaba allí, sobre aquella capa blanda, bajo techado, al calor. Y era pequeñísimo. »De pronto, la luz de mi lámpara-lápiz dio sobre aquel mi se- gundo Yo. Y me encontré allí dentro creciendo y creciendo, trans- portado por una fuerza misteriosa hacia la luz que penetraba por la abertura. Entonces me invadió una sensación de asombrada in-

certidumbre y me eché a llorar

»

Del arca de Noé a los jardines de Aid

¿De dónde nace, qué significado encierra ese sueño extrañísimo narrado al profesor Kemper? Cada una de las varias «escuelas» psicoanalíticas darían de él una interpretación diferente, a menudo contrastante con las otras, descubriéndole fantasías incestuosas cuyo objeto es la madre, tendencias fálico-propulsoras, impulsos de posesión, necesidad de protección, los llamados «problemas de Ashavero» (o sea del «judío errante», generados por complejos de culpabilidad), anhelo de contactos, egocentrismo, regresión, transferencia, búsqueda de la divinidad, crisis espirituales, deseo de autoaniquilación o de re- nacimiento y muchas otras cosas más. Una precisa interpretación de ese sueño no ha sido intentada. Para conseguirla sería menester, como en otro cualquier caso, examinar la situación en que se halla el sujeto, sus problemas, sus tendencias y cierto número de sus visiones nocturnas. Como fuere, es seguro que hay de por medio un gran conflicto, pues estamos ante un clásico proceso de desdoblamiento. Se trata de la manifestación de una personalidad débil, inmatura (el Yo y el macrocosmos —o sea el mundo, el universo— aún no están separados, se confunden, como ocurre en los niños, y no existe la noción del tiempo, de modo que infancia y edad adulta están en el mismo plano), manifestación sobrevenida a consecuencia de un estado de profundo desasosiego (la oscuridad, la lluvia) del cual el soñador preferiría salir por una intervención milagrosa o

IV

IOS MITOS ACABAN TRASTORNANDO LA VIDA

«La noche era oscura como quizá ninguna lo había sido nunca. Llovía sin parar, parecía como si un mar suspendido en el cielo

se precipitase para sumergirlo todo. Era una lluvia de pesadilla,

y

las tinieblas parecían un mudo, interminable grito de angustia

y

de terror. Me tambaleaba en el mar que iba recomponiéndose a

mis pies, avanzaba con dificultad, inmerso ya en el agua hasta la pantorrilla, empapado, aterido. ¿Por qué estaba todo tan oscuro? ¿Por qué ya no había luces, ya no había nada? ¿Qué estaba pa-

sando en la Tierra? Era el diluvio

»Luego, inesperada, una masa enorme se alzó ante mí. No podía verla, pero sentí su presencia, como la siente un ciego. Bus- qué en el bolsillo interior de la chaqueta la lámpara-lápiz que suelo llevar conmigo. La pila debía de estar mojada. ¿Acaso fun-

cionaría?

«Funcionó, es más, desprendió un chorro de luz tan viva que me asombró. Pero con toda aquella oscuridad probablemente tam- bién me habría parecido deslumbradora una cerilla encendida a veinte pasos de distancia. Alumbré la «cosa» que se me había puesto delante y vi que se trataba de un enorme edificio de madera, viejísimo. ¿O era una barca de panza desmesurada que quién sabe cómo había ido a parar a aquel no-sé-dónde? La idea no me pareció en absoluto absurda. No lograba recordar cómo había empezado aquella lluvia tremenda, qué había ocurrido antes, pero seguramente debía de haber sido algo apocalíptico.

GUÍA

AL

MUNDO

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LOS

SUEÑOS

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»"E1 arca de Noé", pensé, sorprendido. «Descubrí una abertura. (¿Una grieta? ¿Una ventana?) y pro- yecté la luz dentro. Era sólo un local muy espacioso, de pavimento casi enteramente cubierto por una capa que se me antojó blanda, sin saber por qué. »En seguida lo comprendí. Me sobrecogió una sensación extraor- dinaria. Sabía que estaba asomado desde fuera y, sin embargo, también estaba allí, sobre aquella capa blanda, bajo techado, al calor. Y era pequeñísimo. »De pronto, la luz de mi lámpara-lápiz dio sobre aquel mi se- gundo Yo. Y me encontré allí dentro creciendo y creciendo, trans- portado por una fuerza misteriosa hacia la luz que penetraba por la abertura. Entonces me invadió una sensación de asombrada in-

certidumbre y me eché a llorar

»

Del arca de Noé a los jardines de Alá

¿De dónde nace, qué significado encierra ese sueño extrañísimo narrado al profesor Kemper? Cada una de las varias «escuelas» psicoanalíticas darían de él una interpretación diferente, a menudo contrastante con las otras, descubriéndole fantasías incestuosas cuyo objeto es la madre, tendencias fálico-propulsoras, impulsos de posesión, necesidad de protección, los llamados «problemas de Ashavero» (o sea del «judío errante», generados por complejos de culpabilidad), anhelo de contactos, egocentrismo, regresión, transferencia, búsqueda de la divinidad, crisis espirituales, deseo de autoaniquilación o de re- nacimiento y muchas otras cosas más. Una precisa interpretación de ese sueño no ha sido intentada. Para conseguirla sería menester, como en otro cualquier caso, examinar la situación en que se halla el sujeto, sus problemas, sus tendencias y cierto número de sus visiones nocturnas. Como fuere, es seguro que hay de por medio un gran conflicto, pues estamos ante un clásico proceso de desdoblamiento. Se trata de la manifestación de una personalidad débil, inmatura (el Yo y el macrocosmos —o sea el mundo, el universo— aún no están separados, se confunden, como ocurre en los niños, y no existe la noción del tiempo, de modo que infancia y edad adulta están en el mismo plano), manifestación sobrevenida a consecuencia de un estado de profundo desasosiego (la oscuridad, la lluvia) del cual el soñador preferiría salir por una intervención milagrosa o

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PETER KOLOSIMO

casi (la luz arrojada por la lámpara que funcionó cuando se la creía inservible), o bien con el olvido, el retorno al regazo materno (el vientre de la nave). Igualmente viva es el ansia de un renaci- miento, y quizá los problemas sexuales no son ajenos al protago- nista del alucinante filme onírico, como dejan suponer la forma de la lámpara, la idea de la pila y la abertura en la pared de madera. ¿De qué recuerdos se ha valido Morfeo para poner en escena ese curioso caso? Seguramente de los recuerdos prenatales nos vemos inducidos a responder pensando en la nitidez de ciertas imágenes y de ciertas impresiones (otra vez el vientre de la nave, la capa blanda, la pequenez, el calor), vinculados a la re- membranza del trauma del parto, explicado por la sensación de crecimiento, de tracción hacia el orificio luminoso, por la incer- tidumbre y por el llanto, quizá por el agua. Pero sobre todas estas explicaciones domina el contenido ma- nifiesto del sueño. Y domina con prepotencia, por mucho que

el

frío proceso de descomposición nos sugiera ignorarlo. El diluvio

y

el arca de Noé están ahí, y no es cuestión de eliminarlos con

un encogimiento de hombros.

¿Por qué precisamente el diluvio y el arca de Noé? Para dar

la atmósfera de angustia y de miedo, ¿no hubiera podido el sub-

consciente apelar al recuerdo de situaciones igualmente y tal vez más dramáticas en las que el sujeto se había encontrado en la realidad? Se podría objetar que la leyenda del arca probablemente había impresionado al soñador de una manera particular. Pero

es una objeción que no se sostiene, porque todos, antes o después, sueñan con el diluvio.

La cosa no debería sorprendernos en absoluto, dada la influencia de los recuerdos ancestrales. Pueblos muy distantes entre sí han conservado memoria del diluvio desde épocas indudablemente pre- cristianas y la leyenda de Noé tiene equivalentes en todas partes del globo. En la azteca, no falta siquiera la paloma, y el nombre del navegante bíblico —Noah en hebreo— suena en los antiquí- simos mitos chinos (Ni Wha), hawaianos (Nu-u) y sudamericanos (Noa). El papel exacto que haya desempeñado el famoso personaje en la historia del mundo es algo que nunca será puesto en claro

y que aquí, por lo demás, no tiene importancia. No se ha dicho

ni mucho menos que los recuerdos ancestrales se refieran direc- tamente al diluvio y al arca, pero es probable que nos sean trans- mitidos por los antepasados de un tiempo en el cual la memoria de la catástrofe era todavía muy viva.

Hemos aludido a los «componentes atávicos». Son propios a innumerables visiones nocturnas, pero saltan a primer plano en

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aquellas de las cuales acabamos de dar un ejemplo típico. Jung las denominó «los grandes sueños» y justificó esta definición acla- rando que «representan una problemática humana colectiva en una forma generalmente válida e independientemente común a los soñadores». En otras palabras, existen problemas que todos tenemos y que a todos se presentan tarde o temprano con visiones análogas, caracterizadas por los elementos y por la grandiosidad de los antiguos mitos. Werner Kemper, en un fundamental estudio suyo (*), escribe:

Quien confronte estos sueños con las fábulas, llegará a compro- bar que en verdad son tratados los mismos temas a veces con el empleo de los mismos símbolos. Es asombroso el hecho de que esos cuentos de hadas no sean soñados tan sólo por personas que conocen las fábulas equivalentes las de Grimm, por ejemplo—> sino como he podido comprobar en el extranjero (en Brasil, N. del A.) por sujetos para los cuales este conocimiento se ha de excluir absolutamente. Y las concordancias no acaban aquí. También en los mitos y en las sagas hallamos temas fundamentales idénticos a los de las fábulas y de los «grandes sueños», expresados general- mente con símbolos idénticos, lo cual ha conducido a Jung a de- finir los mitos como «los sueños colectivos de la Humanidad».

Por su parte, Pierre Real observa:!

Los «grandes sueños» despiertan siempre en nosotros una fuerte emoción consciente o inconsciente y conservan su poder sobre nosotros durante días y días, a veces durante meses. Algunos de esos sueños han modificado vidas enteras. En ellos aparecen imá- genes de una potencia extraordinaria, luces deslumbrantes. Están las grandes fuerzas del mundo: el Sol, la Tierra, el fuego, el agua Los animales hablan, los árboles se transforman, se superan obs- táculos gigantescos y nos sumimos en los caos más espantosos. Multitud de serpientes surgen de esferas de cristal y a veces parece, al despertar, haber encontrado a Dios cara a cara.

Después del «gran sueño» angustioso del principio, he aquí otro en el cual predomina una atmósfera bien distinta. Nos lo propone como ejemplo el mismo psicólogo francés:

(*)

Der Traum

una

seine

Be-Deutung.

«Ernesto

Grassi Editor», Munich, 1955.

Rowolht

Deutsche

Enziklopádie,

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