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Este libro contiene algunas escenas sexualmente explícitas y lenguaje adulto que podría ser considerado ofensivo para algunos lectores y no es recomendable para menores de edad. El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor. ©2012, Su pecado fue la envidia ©2012, Aurora Seldon ©2012, Ilustración de portada: Rafater Colección Amare nº 6 Ediciones Babylon Calle Martínez Valls, 56 46870 Ontinyent (Valencia-España) e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es http://www.edicionesbabylon.es/ Este libro electrónico es una muestra gratuita de la obra original. Prohibida su venta o alquiler. Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico,mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.

Hay personas que pasan por tu vida y dejan huellas. Señales al inicio imperceptibles que, como el viento soplando en las montañas, poco a poco y con obstinada tenacidad, depositan los diminutos granos de arena de sus vivencias, cambiando la forma original de tus pensamientos. Tú eres una de esas personas que, como el zorro de «El Principito», quisiste que te domesticara y creaste un vínculo difícil de romper

Para J.V .R.:

PRÓLOGO

Hacía mucho tiempo que quería escribir un relato histórico ambientado en mi ciudad natal, Tacna, en el sur del Perú, y finalmente decidí hacerlo con esta novela corta de misterio. La época en la que se desarrolla la historia fue la llamada «prosperidad falaz», en la que el Perú republicano, después de un fenómeno caudillista caracterizado por varios gobiernos militares y frecuentes golpes de Estado, alcanzó cierta estabilidad y prosperó gracias a la explotación y venta del guano, usado como fertilizante, a las potencias europeas y norteamericanas, que ya atravesaban un proceso de industrialización. He procurado retratar la época lo más fielmente posible gracias a la bibliografía existente; sin embargo, he adaptado algunos aspectos para favorecer a la trama de la historia. En el Apéndice: contexto histórico y locaciones, al final de este libro, hay una explicación más detallada del contexto histórico de la novela, las locaciones y las costumbres. La Tacna de aquella época era una ciudad próspera, como señala el historiador Antonio Raimondi, quien la visitó: «La ciudad de Tacna de por sí tiene algo de atractivo. Unos quince mil habitantes entre blancos, mestizos y aborígenes son los que alientan su vida. Tacna parece una ciudad europea por la nutrida cantidad de gente extranjera que en ella reside. Son numerosas las casas comerciales francesas, inglesas, italianas y alemanas que allí están

establecidas. Las tiendas de efectos de modas, en calidad son de las mejores; hay elegancia, variedad y tienen la condición de ser novedosas y bien surtidas, pudiendo competir de la mejor manera con los más distinguidos establecimientos de Lima». Esta bonanza económica se debía principalmente a la comercialización de bienes de consumo que llegaban por el puerto de Arica (ciudad peruana en aquella época) y eran transportados por Tacna hacia Bolivia, que, a su vez, proporcionaba minerales extraídos de sus minas. Hace algunos meses una persona muy querida me preguntó por qué ambientaba algunos de mis relatos en el Perú y particularmente en Tacna, dado que no es muy comercial porque poquísima gente conoce estas localizaciones. No recuerdo exactamente los términos de mi respuesta, pero mencioné que son lugares que me gustan y quiero que más personas los conozcan. Esa pregunta me ha llevado a reflexionar nuevamente: ¿por qué en Tacna, si pude haber elegido el milenario Cusco o la fascinante selva peruana, o, yendo hacia el otro lado del océano, por qué no elegí Inglaterra o Francia, en donde he ambientado también algunas de mis novelas? Y la respuesta acude a mi mente con sincera sencillez: porque yo amo mi ciudad pequeña y tranquila, aunque no tenga la grandeza de otras ciudades más modernas y desarrolladas, aunque en su calidad de provincia no tenga el nivel cultural de nuestra Lima, aunque no posea la riqueza arqueológica de otras ciudades del Perú, aunque solo tenga una librería «de verdad» y no de libros piratas, aunque en su teatro no se estrenen obras importantes. Pero Tacna tiene algo de lo que pocas ciudades se precian: una historia de heroísmo y de tesón sin límites que hace que sus hijos se sientan orgullosos, y que debería servirnos para aprender del pasado y labrarnos un futuro mejor. Por eso yo amo a mi ciudad y desde este modesto rincón quiero mostrársela al mundo.

Aurora Seldon

1 UN ASUNTO DESAGRADABLE

Era una fría madrugada de junio de 1852. La ciudad de Tacna, que dormía acunada por el murmullo del río Caplina, cuyas aguas discurrían tranquilamente por una alameda bordeada de sauces y molles1, se negaba a despertar a tan temprana hora. La ligera neblina de la costa peruana cubría sus calles empedradas con un blanco manto que se disiparía con los primeros rayos del Sol. El médico Alejandro Benavente despertó a causa de los golpes que alguien daba a su puerta. Cerró los ojos deseando que fuera una pesadilla; el día anterior había atendido un parto en una hacienda muy alejada y apenas había podido dormir. Pero los golpes se hicieron más apremiantes, convenciéndolo de que una nueva emergencia lo requería. Oyó la puerta de la calle abrirse, el murmullo urgente del intruso y a doña Victoria, su ama de llaves, haciéndolo pasar: —Un momento, por favor. Avisaré al doctor. Los últimos vestigios de sueño se disiparon. Alejandro se desperezó deprisa y se levantó antes de que ella llamara a la puerta. ¿Cuál sería la emergencia? ¿Otro parto? ¿Fiebre? ¿Un duelo? A

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El molle, también conocido como pirú, perú, pirul o falso pimentero (Schinus molle) es

una especie de árbol, de hojas perennes, con copa redondeada y elegante. De ramas gráciles y péndulas, puede medir hasta quince metros de altura, aunque se han encontrado ejemplares de hasta veinte metros, dependiendo del área geográfica en la que se encuentren

pesar de ser el médico más joven de la ciudad, era muy conocido y solía atender casos a horas intempestivas. Recientemente se habían incrementado los crímenes pasionales y los duelos, realizados de madrugada porque la neblina costeña ocultaba a los conspiradores con su manto cómplice. Muchos de esos enfrentamientos terminaban solamente en heridas; unos pocos, en asesinato. «Quizá se trata de otro duelo», reflexionó. Durante los últimos meses sus servicios solían ser requeridos en esos asuntos, debido en gran parte a su amistad con el prefecto de Tacna, don Manuel Hernández. Habían servido juntos en el ejército, acompañando al general Ramón Castilla (que fue presidente electo del Perú hasta 1851) en varias campañas en una de las épocas más inestables de la historia peruana; y esa camaradería de armas era la causa de que Hernández le confiase casos delicados. Doña Victoria, habituada a atender con prontitud las emergencias, le llevó una jofaina con agua caliente y, mientras él se lavaba, le relató en susurros: —Es de parte del prefecto, doctor. Desea que vaya ahora mismo a la casa de Vicente Prado. La casa de Vicente Prado se encontraba en la calle Comercio, la vía principal de la pequeña y pujante ciudad sureña. Hacía años que su propietario original, el español don Vicente Prado, había muerto, pero el pueblo la seguía llamando así. —¿Hay algún herido? —Alejandro pensó brevemente en el joven habitante de la casa, un inglés apellidado Horbury que vivía allí desde hacía casi dos años. —No lo dijo, doctor. Sólo explicó que era un asunto muy urgente. El médico terminó de asearse y se vistió deprisa. Antes de salir, se miró de refilón en el espejo: tenía porte militar, lo que era lógico porque había servido en el ejército. Llevaba un bigote delgado estilo inglés y el cabello muy corto, aunque un mechón ondulaba sobre su frente dándole un aspecto juvenil que contrastaba con la seriedad que quería mostrar; lo acomodó rápidamente y fue al encuentro del hombre que lo estaba esperando en el recibidor.

Alejandro siguió al capitán Jiménez por las quietas calles hasta llegar a la vivienda. Caminaba deprisa, aunque ignorante de la naturaleza de la emergencia. Sólo suponía que estaba relacionada con Horbury. La casa de Vicente Prado era un elegante edificio que había sido la residencia del alcalde ordinario y jefe político de la Plaza; y que, con el paso de los años, había sido reconstruido conservando solamente el almohadillado de piedra de la fachada y su portón colonial, que ahora lucía el blasón metálico de su actual propietario. Tenía dos pisos, y las alcobas de la planta alta, con vistas a la calle principal, poseían balcones con intrincadas barandas de hierro. La casa señorial, que combinaba el pasado español con el futuro republicano, abría con frecuencia sus salones, famosos por sus tertulias, aunque Alejandro jamás había sido invitado a ellas. Apenas llegó fue conducido al interior por una soñolienta y robusta criada ataviada con una bata de franela. Atravesó el primer patio y sus pisadas ágiles resonaron en el piso empedrado. Había allí un banco de hierro con asiento y espaldar de madera y, como único adorno, la típica tinaja ocre de terracota propia de la zona. El médico estuvo tentado de mirar en su interior: era tan grande que en ella cabía un hombre en cuclillas y aún quedaba espacio. Espió rápidamente, pero sólo encontró polvo y hojarasca. —Por aquí, doctor. —Fue guiado hacia uno de los elegantes salones, donde Hernández lo esperaba impaciente. —Apreciado doctor. —El prefecto le tendió la mano, lo hizo avanzar hacia una esquina del salón y esperó a que la criada se retirase—. Este asunto debe tratarse con la máxima discreción. —Desde luego. —Alejandro observó a su amigo. Llevaba el nudo de la corbata torcido y eso lo convenció de la gravedad de la situación, ya que Hernández era la pulcritud en persona. También lo convenció de que debía tratarse del dueño de la casa, quien inexplicablemente estaba ausente—. Pero aún no me ha dicho de qué se trata. —Claro, desde luego. Ha ocurrido un… —Hernández pa-

reció nervioso, hecho insólito para quien lo conocía bien— asesinato —pronunció en un susurro, como si decirlo en voz baja atenuara la magnitud del hecho. —Entiendo. ¿Quién es la víctima? —Alejandro volvió a evocar al orgulloso Horbury, seguro de que Hernández diría su nombre. La realidad lo tomó completamente por sorpresa: —Don Tomás de Vivanco. —¡No me diga! —El muerto era un respetado político y ciudadano modelo, había sido diputado por Tacna y ahora se dedicaba al comercio con el vecino país de Bolivia. Un hombre muy correcto, casado y con dos hijos—. ¿Quién querría matarlo? ¿Sucedió aquí? —Sí. Verá…, parece que solía venir, o al menos vino anoche. Pero será mejor que busquemos a lord Horbury, él se lo explicará. Salieron al pasillo y se encontraron con el anciano mayordomo, que les informó de que su amo se encontraba «allí arriba», evidentemente en el lugar del crimen. Subieron a la segunda planta y caminaron hacia una de las habitaciones que daba a la calle. Un guardia custodiaba la puerta e hizo un saludo marcial, haciéndose a un lado para franquearles el paso. Al abrir, Alejandro vio a un hombre de pie junto a la cama. Parecía estar arropando a otro que estaba acostado. —¡Lord Horbury! Pero, ¿qué hace usted? —exclamó Hernández. El hombre se volvió y Alejandro se quedó frente a lord Patrick Horbury, director de la Casa Horbury, una de las casas comerciales más poderosas de esa zona. —Lo siento. Procuraba poner un poco de orden —explicó con una sonrisa de circunstancias mientras señalaba la habitación con la mano, como si pidiera disculpas por su estado. Hablaba el español con corrección aunque un ligero acento delataba su origen extranjero. Alejandro notó que la figura en la cama estaba totalmente cubierta por una sábana y su atención se concentró en el dueño de la casa. Amanecía ya y la luz se colaba por la ventana abierta, iluminando los rubios cabellos de Horbury. Su apariencia hablaba de sobra de su origen noble: finas facciones, cabellos cortos y bien

peinados, impecablemente vestido y a la moda. Los miraba con confianza, como si nadie pudiera poner en duda lo que estaba haciendo. El médico sintió que sus ojos verdes lo examinaban con atención y se sintió un poco intimidado. No era la primera vez que se encontraba con el inglés, pero nunca lo había observado con tal intensidad. Sus encuentros se habían limitado a una rápida mirada y un saludo cortés en medio de la calle. Por un momento le recordó a un jaguar agazapado, inmóvil, atento al primer movimiento de su presa. En una de sus campañas en la selva había visto a ese magnífico animal y había participado en una improvisada cacería con los indígenas de la zona, que terminó con la captura del jaguar, paralizado por una flecha mojada con ampihuasca2. Para complacer al general Ibáñez, lo habían llevado a Lima preso en una sólida jaula de madera. Durante el viaje solía pasar las veladas mirándolo dar vueltas dentro de su prisión, buscando desesperadamente una salida que le permitiera acudir a la llamada del bosque. Horbury le había recordado a esa orgullosa fiera de ojos desafiantes, que parecía dominarlo todo pese a estar prisionera. En esos breves segundos que le sostuvo la mirada, estuvo seguro de que si tuviera que comparar al inglés con un animal, sin duda sería un jaguar. —Lord Horbury, le he traído al doctor Benavente, tal como me pidió. Se estrecharon las manos. La de Horbury estaba tibia, al contrario que la de Alejandro, quien la tenía helada. El inglés señaló la figura en la cama. —Es Tomás de Vivanco —explicó—. No podía dejarlo allí. —
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Ampihuasca: también conocido como curare, es un veneno de acción rápida no mortífero

en sí mismo, sino un poderoso agente paralizante. La muerte ocurre por asfixia, cuando los pulmones de la víctima se paralizan. Paradójicamente, el curare puede tanto matar como salvar vidas. Después de 1935, cuando la planta que lo produce fue identificada (al igual que su principal agente paralizante), el curare fue introducido en la medicina moderna como relajante muscular en operaciones quirúrgicas

Señaló hacia un rincón de la habitación, en donde una mancha oscura afeaba la costosa alfombra oriental. —¿Fue hallado allí? —Así es. Alejandro hizo ademán de descubrir el cadáver, pero el inglés se lo impidió. —Doctor, será mejor contarle todo antes —propuso mirando a Hernández y señalando la puerta con un gesto casual—. Así podré disponer de la habitación; porque se lo llevarán, ¿verdad? —Sí, así es —repuso el prefecto—. Pero necesitamos que nos acompañe, lord Horbury. Hernández lo tomó del brazo y Alejandro pudo notar la mirada de esos ojos verdes. Había alarma en ellos cuando se posaron en la pequeña mesa de noche junto a la cama. —Verá, desde mi llegada a esta hermosa ciudad he comenzado a organizar tertulias. Era una lástima que los salones de esta casa permanecieran cerrados la mayor parte del año —dijo Horbury mientras bebían té en un pequeño saloncito—. De Vivanco no era de los habituales, pero venía en algunas ocasiones. —Disculpe, lord Horbury, ¿con qué frecuencia lo hacía? El inglés lo pensó un momento. —Déjeme ver… Sí, recibo visitas los jueves y los sábados. Él venía a las tertulias de los jueves, cada quince días, cuando no estaba de viaje. Alejandro pensó que eso lo convertía en habitual, pero guardó silencio. Horbury continuó: —Ayer me dolía la cabeza y me retiré temprano, casi a las once. Había diez personas en el salón, De Vivanco se encontraba entre ellas. —¿Quiénes más estaban, lord Horbury? El inglés mencionó varios nombres. Los caballeros más ilustres acudían a esas tertulias: hacendados, comerciantes, militares e incluso los inversionistas del proyecto de ferrocarril de Tacna a Arica. Un nombre llamó la atención de Alejandro: Antonio del

Valle, que trabajaba para Horbury. Era un joven español con rostro de niño enmarcado en cabellos castaños, dueño de una sonrisa encantadora que le traía recuerdos dulces y amargos. No conocía bien a Del Valle, pero su parecido con el hombre de sus recuerdos era tan grande que había fantaseado muchas veces con él. —¿Son sus invitados habituales, lord Horbury? —Así es. El caso es que me acosté temprano y me quedé dormido casi enseguida. Sólo me he enterado de lo ocurrido cuando un guardia vino a decírmelo y luego mi mayordomo también vino a buscarme, preocupado por Rosa. —¿Quién es Rosa? —La criada que encontró el cadáver —aclaró Horbury—. Rosa tenía dolor de muelas y no podía dormir. Se levantó para ponerse un emplasto y vio la puerta principal abierta. Asustada, pensó que podrían ser ladrones y subió a buscarme, pero antes de llegar a mi habitación pasó por aquí, notó el desorden y entró. Vio un bulto en el piso y, cuando se acercó con la lámpara de queroseno, encontró a De Vivanco… La pobre chica comenzó a dar gritos… El inglés hizo una pausa y Hernández continuó: —Eran las tres y media de la mañana. A esa hora pasaba por allí el capitán Juan Jiménez, que venía de una reunión en casa de unos amigos. Oyó los gritos y corrió hacia la puerta, la encontró abierta, subió las escaleras y halló a la muchacha. Tuvo que abofetearla para que se calmara y luego ella se desmayó. La sacó de la habitación y cerró. Entonces, fue a buscar a lord Horbury. —¿Y no oyó el alboroto? —preguntó Alejandro. El inglés le sostuvo la mirada y afirmó con total seguridad: —No oí nada. Tengo el sueño muy pesado, doctor. —¿Qué ocurrió luego? —Vino mi mayordomo, preocupado por la pobre Rosa. Tranquilicé a la muchacha, entramos en la habitación e hicimos un rápido registro; allí me di cuenta de que se trataba de un robo. —¿Le robaron? —Sí. Ayer por la noche De Vivanco tenía quinientos pesos y aún no hemos podido encontrarlos... Recordé a un desconocido que merodeaba por aquí y tuve claro que había sido él. Pedí a Ji-

ménez que trajera al prefecto y al doctor, y eso hizo. Mis criados ya estaban levantados, de modo que me vestí para recibir al prefecto e intenté poner un poco de orden, pensando en la viuda. Esto será un golpe para ella, al menos quiero ahorrarle el escándalo. —Jiménez vino a buscarme y yo lo mandé a buscarlo a usted —continuó Hernández dirigiéndose al médico—. Apenas llegué, me condujeron al salón donde me encontró poco después. —¿Quiere decir que no examinó el cuerpo? —No, aún no lo he hecho. —Pero… —Doctor —intervino Horbury—, es un asunto muy complicado. Cuando me entrevisté con el señor Hernández le recalqué lo delicado de la situación y lo importante que es tratarla discretamente. Está la viuda, naturalmente… Es necesario que usted hable con ella y le dé la noticia con el mayor de los cuidados… —Lo entiendo, lord Horbury. Entonces, ¿podemos ver el cuerpo? —Espere, Benavente —replicó Hernández—. Será mejor que lord Horbury le explique cómo encontró el cuerpo para que pueda entender por qué necesitamos discreción. Alejandro miró al inglés mientras explicaba los hechos: era un hombre sereno y seguro de sí mismo y exponía con claridad y orden. —Bien. El pobre De Vivanco estaba tirado en una esquina de la habitación, cubierto apenas por una sábana ensangrentada. Apuñalado, eso era evidente…, y había sufrido una mutilación. Una terrible mutilación… —¿Qué clase de mutilación? Hernández carraspeó, pero el inglés continuó con calma: —Lo habían castrado, mi buen doctor. Algo desagradable de ver. No hallamos rastro de ningún arma. —¿Pero quién podría...? —exclamó Alejandro, horrorizado. —Alguien que lo odiara mucho, doctor. Alguien a quien no le importara robarle y matarlo, sino que además lo mutiló. —Ya veo —dijo el médico—. Y entiendo los nervios de la criada. ¿Podemos ver el cuerpo? —repitió, pecando de impertinente.

Por alguna razón le pareció que Horbury trataba de retrasar el momento. —Doctor, comprenderá que la viuda debe ser informada y he pensado, con la autorización del señor Hernández, que es mejor para todos ahorrarle ciertos… er… detalles. Bastará decirle que fue apuñalado por un delincuente. No es necesario hacerla sufrir más… Hay ciertos hechos que quizá tengan que ocultárseles a todos y sería aconsejable no mencionarlos en el acta de defunción. Hernández asintió y Alejandro sintió que se movía en aguas pantanosas. La actitud del inglés no le gustaba. Era como si pretendiera darles órdenes disfrazadas en sus exquisitos modales, pero eran órdenes al fin. —Bien. Veamos el cuerpo. Alejandro descubrió el cadáver. El rostro sereno de Tomás de Vivanco hacía pensar que estaba dormido. Vestía un camisón de seda muy elegante e inmaculado, sin rastro de sangre. —No hubo lucha —observó—. ¿Qué hacía en esta habitación? —Dormía. Algunos de mis invitados lo hacen cuando es tarde o han bebido demasiado. —¿Por qué lo ha puesto aquí? —No me pareció correcto dejarlo en el rincón, cubierto de sangre —repuso Horbury. Hernández carraspeó, visiblemente incómodo. —¿Y la sábana que mencionó? —Oh, pedí que la quemasen —repuso Horbury—. Estaba arruinada… —¡Podría haber alguna pista en ella! —exclamó Hernández. —Créame que no la había —dijo Horbury—. Pero, de todos modos, quizá todavía la tenga el servicio. Si desea, puedo preguntar. —Iré yo mismo, lord Horbury, si no le importa —dijo Hernández buscando un pretexto para salir de allí—. ¿Viene conmigo, Benavente?

—No. Examinaré el cuerpo —repuso Alejandro y se volvió hacia Horbury—. ¿Tendría la bondad de ayudarme? La contrariedad alteró las bellas facciones del inglés por un breve instante; luego, asintió. —Desde luego, pero no tiene objeto. Está muerto, ¿lo ve? — dijo casi con dulzura. —Deseo inspeccionar sus heridas. Entiendo que usted le cambió de ropa, lord Horbury, pero debo verlas. El inglés asintió y un brillo perverso apareció en sus ojos verdes. —No le cambié de ropa, doctor. Lo vestí. Se encontraba desnudo. Alejandro se sorprendió ante la repentina revelación, pero se esforzó en no mostrarlo. Algo en ese caso no le gustaba y esperaba encontrarse a solas con Hernández para averiguar exactamente qué estaba sucediendo. Con ayuda de Horbury alzó el camisón, poniendo al descubierto el torso desnudo en el que varias heridas abiertas lo miraban como los ojos de un monstruo. El pálido cuerpo había sido cuidadosamente limpiado: no había sangre, pero era evidente que había muerto de la hemorragia causada por las cuchilladas. Alejandro contó diez, hechas con un instrumento de hoja muy fina y afilada, probablemente un bisturí. Un examen más detenido le reveló que ninguna había provocado una muerte instantánea. De Vivanco había muerto desangrado en un rincón. ¿Por qué no había pedido ayuda? Al inclinarse sobre el rostro del cadáver percibió un olor dulzón, como de perfume, que no pudo identificar. —Es extraño —murmuró—. Debió morir a la primera puñalada o habría señales de lucha... ¿Por qué lo arrastraría hacia allí? —¿Para castrarlo a la luz de la luna? Alejandro tuvo un estremecimiento involuntario. —¿Usted también lo aseó? —Desde luego. No pensará que habría permitido que se manchara mi camisón nuevo, ¿verdad? —Comprendo. —Alejandro rozó con las yemas de los dedos

el camisón de seda. Ciertamente era una prenda elegante, pero muy poco práctica en el clima frío de esa época del año. Por un momento imaginó a Horbury vestido con ella y se obligó a concentrarse en el cadáver. Entonces, notó algo en lo que no había reparado: ¡De Vivanco carecía de vello! Sí, era un poco extraño. Los brazos del hombre tenían vello, pero su torso no, y tampoco lo había en la zona del estómago. Frunció un poco el ceño y alzó la vista para descubrir que el inglés lo miraba atentamente—. ¿Es suya la ropa interior, lord Horbury? —¡Desde luego que no! —exclamó él—. Estaba por allí, junto al resto de su ropa. Los calzones de algodón que vestía De Vivanco eran amplios y le llegaban hasta las rodillas. Alejandro hizo ademán de bajárselos, pero el inglés se lo impidió. —Doctor, ¿esto es realmente necesario? El desdichado está muerto, ¿por qué someterlo a este humillante examen? Alejandro le sostuvo la mirada unos momentos. Horbury parecía afectado, pero recordó que él había vestido al cadáver. Solo. ¿Por qué ese deseo de evitar el examen? —Lo siento, lord Horbury, pero me temo que es necesario. Si se siente incómodo, le ruego que me deje un momento, no tardaré. El inglés iba a decir algo, pero pareció pensarlo mejor. —Bien, doctor. Si usted lo dice… Me quedo. Entre los dos le bajaron la ropa interior y Alejandro vio confirmadas sus sospechas: el muerto carecía de vello, pero el descubrimiento más macabro fue su entrepierna cubierta con un lienzo que retiró para mirar con espanto que los órganos sexuales habían sido completamente amputados; no con un corte limpio, sino mediante varios tajos menudos, como si una mano malvada tirase de ellos mientras los aserraba. Retrocedió involuntariamente. Había visto muchos muertos en la guerra, algunos mutilados, desfigurados, destrozados; pero lo que tenía ante sus ojos hacía palidecer esos horrores porque no se hallaba en un campo de batalla, sino en una habitación de una respetable casa tacneña. El pobre cuerpo mutilado le hizo pensar

en alguien destrozado por una fiera... ¿Un jaguar? —Dios mío, ¿quién haría algo así? —susurró e hizo la señal de la cruz. Tras él, Horbury murmuró algo sobre la necesidad de ocultárselo a la viuda y esta vez Alejandro estuvo plenamente de acuerdo. —¿Dónde están sus…? —Allí —respondió Horbury mostrándole un lienzo blanco a los pies de la cama—. Pensaba ponerlo en el ataúd cuando los enterradores terminaran de vestirlo; pero claro, no deben quitarle la ropa interior. Por eso se la puse. —Sí, naturalmente. Juntos cubrieron el cuerpo y Alejandro se forzó a concentrarse en un detalle que le había llamado la atención: —¿Usted lo rasuró ahí abajo? —¡Claro que no, doctor! Habría sido imposible, había sangre por todos lados y mi única preocupación era limpiarla. Supongo que no será necesario comentarlo con Hernández, ¿verdad? Tratándose de algo tan íntimo… y evidentemente sin ninguna relación con el crimen. —Es algo tan insólito que me pregunto… —Alejandro no acabó la frase. —¿Qué se pregunta, doctor? —No lo sé… En Egipto la gente solía depilarse, pero… Horbury se echó a reír y los colores subieron al rostro del médico. —En Europa también se acostumbra. En determinados círculos sociales, claro está. Alejandro quiso preguntar cuáles eran esos círculos, pero Hernández entró en ese momento. —Las sábanas fueron quemadas y su ropa lavada —informó—. Sus criados son muy eficientes, señor. El reproche no pareció afectar al inglés, que sonrió con amabilidad. —Les pago bien, Hernández. El buen servicio doméstico es difícil de conseguir. —Sólo pude encontrar esto. —Esgrimió una pequeña llave

que Alejandro tomó. Tenía las iniciales «TdV». —Quizá sea mejor que yo guarde esa llave —propuso Horbury tendiendo la mano. Su sonrisa era encantadora. —Temo que no será posible, lord Horbury —replicó Alejandro—. Si estaba en el bolsillo del muerto, lo mejor será que la tenga yo. Podría estar relacionada con el crimen. La sonrisa desapareció del rostro del inglés y la contrariedad se dibujó en su ceño. Pareció hacer un esfuerzo para comentar con tono calmado: —De acuerdo. Ahora, queridos caballeros, ¿pueden llevárselo? No deseo alarmar innecesariamente a los criados. —Por supuesto. ¿Terminó, Benavente? Alejandro volvió a ver ese destello de ansiedad en los ojos de Horbury. El deseo perverso de irritarlo más hizo que negara suavemente con la cabeza. —Me gustaría examinar la estancia. Será solo un momento… —Desde luego, doctor. Lo hizo ante la mirada de los dos hombres. No sabía qué buscaba, era evidente que Horbury había puesto en orden la habitación, consiguiendo que cualquier evidencia comprometedora desapareciera, como la ropa del difunto y la sábana, quizá incluso el arma; y eso lo hacía muy sospechoso ante sus ojos. Miró debajo de la cama, dentro del armario y detrás del tocador, pero todo parecía hallarse en su lugar. Entonces recordó la mirada que Horbury había dirigido a la mesa de noche momentos antes y se encaminó hacia allí. Había una caja de madera cerrada con llave y tenía grabadas las iniciales del difunto. En ese momento el guardia llamó a la puerta para avisar de que el coche de la funeraria acababa de llegar. Alejandro tomó la caja y la dejó sobre el tocador mientras daba instrucciones al enterrador. Con ayuda de Horbury vistieron al cadáver con el elegante traje negro que le habían traído y lo depositaron en el ataúd. Nadie notó nada extraño salvo las puñaladas. El secreto de la mutilación permanecía en la entrepierna del muerto y en el lienzo que Horbury depositó cuidadosamente a sus pies diciendo que contenía una reliquia familiar bendecida por

un santo, cosa que nadie puso en duda. Hubo un ir y venir de gente y cuando por fin bajaron el ataúd con el desdichado comerciante, Alejandro recordó la caja y fue a buscarla. Una llorosa criada aireaba la habitación después de haber quitado toda la ropa de la cama. Pegó un respingo al verlo. —Disculpe, no quise asustarla. Allí había una caja de madera, ¿la ha visto? —¿Una caja, señor? —La criada lo pensó un momento—. Creo que vi a don Patrick con una caja de madera, pero no sé si… —¿Dónde está don Patrick? —No lo sé, señor… Quizá en el salón de escribir… —¿Lord Horbury? —Adelante. El inglés estaba sentado ante un enorme escritorio de caoba cubierto de papeles. Frente a él se hallaba la caja de madera. —Señor, quisiera examinar esa caja —pidió Alejandro con amabilidad. Horbury le hizo una seña para que se sentara y comenzó a hablar con voz calmada, aunque era evidente que el asunto le era incómodo: —Verá, Benavente, no creo que la caja tenga nada que ver con el crimen. Deseo manejar este asunto con discreción… —Sus ojos le suplicaron que no insistiera, le rogaron sin palabras que dejara esa línea de investigación, pero Alejandro no se dejó conmover. —La caja era del muerto —repuso sacando la llave de su bolsillo—. Tiene sus iniciales y esta llave también las tiene. Si me permite examinar su contenido y este no tiene que ver con el asesinato, se la devolveré. De lo contrario, tendré que informar al prefecto. Los ojos de Horbury relampaguearon, pero no estaba en posición de discutir. Sin decir palabra, le tendió la caja a Alejandro, quien la dejó sobre el escritorio y se puso de pie, con la llave en la mano. Suponía que la caja tenía algo comprometedor y que Hor-

bury lo sabía; quizá cartas o joyas que podrían ser identificadas y arrojar alguna luz sobre el extraño crimen. La abrió sin dudar. El interior era de suave terciopelo rojo y contenía únicamente dos objetos que Alejandro no había visto en su vida, pero cuya función era bastante obvia. El primero era un falo de buen tamaño, hecho de bronce. El trabajo del artesano era tan detallado que incluso tenía venas. El segundo objeto era una sarta de siete bolas de marfil, unidas por un alambre que separaba cada bola una distancia de un dedo. Esos objetos gritaban pecado con su obscena quietud en su cama de terciopelo, esperando a ser utilizados. Alejandro enrojeció y cerró la caja. —¿Lo ve, doctor? El contenido de la caja no tiene nada que ver con el crimen y, desde luego, es algo bastante violento como para mostrárselo a la viuda. Permítame ocuparme de él. Antes de que tuviera tiempo de protestar, Horbury tomó la llave y la caja, la cerró nuevamente y la depositó en un cajón del enorme escritorio que cerró también, guardándose ambas llaves en el bolsillo de la chaqueta. —Ahora, si me lo permite, necesito atender mis asuntos. Este desagradable incidente me ha distraído mucho hoy, pero venga a verme otro día y estaré gustoso de responder a las preguntas que sin duda desea hacerme. —Desde luego, pero antes quisiera hablar con Rosa. —Temo que no será posible. Está conmocionada y duerme profundamente. Todo este asunto ha trastornado a mis criados y le ruego que regrese cuando las cosas vuelvan a la normalidad. ¿El lunes, por ejemplo? Ahora, si me disculpa… Alejandro se despidió con una inclinación de cabeza.

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