José Antonio Gabriel y Galán | Cuatro textos sobre Extremadura

Nada hay tan sobrecogedor como la incertidumbre: estar cierto de que va a pasar algo pero ignorar cómo, con qué intensidad y, sobre todo, cuándo. Cuándo se va a producir el golpe, la oscuridad, el silencio; cuándo se va a repetir el golpe, la oscuridad, el silencio. Y también el grito, la evocación y vuelta a empezar. J. A. Gabriel y Galán, Muchos años después

¿Pero qué representa un puñado de palabras tasadas para los muertos? ¿Qué servidumbres busca el país de sus lágrimas? ¿En qué panal hallaremos acomodo para esquivar las soledades del crepúsculo? Mensajeros químicos tratan de asegurar enlaces imposibles entre estratos de fondo: pero lo necesario es un trozo de pan, miga de besos, taladrado hojaldre de verdad tantas veces no disponible. Jorge Riechmann, «El naipe de la melancolía» (in memoriam J. A. Gabriel y Galán).

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Pregunta Marciano Rivero a José Antonio Gabriel y Galán, en entrevista realizada en Madrid en septiembre de 1980, por su compromiso con Extremadura. El escritor responde: «Mi compromiso no podrá llegar nunca más allá de los niveles intelectuales. No soy un político práctico, y por ello no me queda más remedio que conformarme con ser un extremeño alejado de su tierra que trata de conectar en la medida de sus posibilidades con los problemas que la afectan para dar testimonio de ello. No puedo hacerme más ilusiones al respecto»1. Los cuatro textos reproducidos a continuación de esta introducción, extraídos de la hemeroteca digital del diario El País2, son prueba de esa conexión y ese testimonio. Gabriel y Galán nace en Plasencia en 1940 y vive su infancia y juventud entre Extremadura y Madrid. Allí estudia Derecho, y luego Periodismo en París. A su vuelta a España, se desempeña como periodista en la agencia EFE, Actualidad Española o Cuadernos para el diálogo, traductor literario, adaptador teatral, editor, director de la revista cultural El Urogallo, crítico teatral en Fotogramas y columnista de El País, entre otros tantos menesteres en el mundo de la cultura, en paralelo a una carrera de fondo literaria marcada por una elevada autoexigencia, un notorio desprecio por las normas del mercadeo cultural y unas circunstancias vitales adversas: «Ciertamente he perdido mucho tiempo, quizás porque he tenido que luchar mucho contra mí mismo, contra mi pereza y contra una serie de circunstancias que me han hecho pasarlas putas durante bastante tiempo». Políticamente, Gabriel y Galán se identifica como «inequívocamente de izquierdas», pero acota: no como «producto de una serie de reflexiones, lecturas o estudios sobre marxismo. No, surge más bien como una toma de conciencia sentimental ante la situación de opresión e injusticia que propició la dictadura. Así las cosas, la rebelión contra el sistema nos hacía inequívocamente izquierdistas». Los modos, circunstancias y consecuencias de la Transición de la dictadura franquista a la monarquía constitucional, revisadas desde una perspectiva cada vez más amargamente crítica, ocupan un lugar preferente en su tarea periodística:
Pero que nadie piense que una vez iniciado el reinado de la Constitución las cosas van a cambiar sustancialmente y los partidos de izquierda van a poder aplicar su ideología: tenemos «período constituyente» para rato; es decir, período de expectativa, de construcción de la «normalidad», de asentamiento, etcétera. En cierto modo, las más esperanzadoras etapas de la historia de España siempre han sido simplemente constituyentes, y no han pasado de ahí. El margen sigue siendo el mismo, la imposibilidad práctica sigue siendo la misma. ¿Podrían, cada cual según sus métodos, el PSOE y el PCE, luchar ya cotidianamente por transformar la sociedad, por conseguir una sociedad socialista? ¿Podrían el PCE y el PSOE iniciar en el Parlamento el combate por

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Marciano Rivero Braña, Conversaciones en Extremadura, Univérsitas, Badajoz, 1981. http://elpais.com/autor/jose_antonio_gabriel_y_galan/a/
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la socialización de los medios de producción? El solo planteamiento de la cuestión, en la atmósfera actual, suena a estrafalario [...]. De alguna manera, la sociedad española limita, por un lado, con quienes desearían perpetuar el pasado, y, por otro, con quienes se sienten frustrados por la inexistencia de una ruptura revolucionaria productora de entusiasmos históricos. En medio, la mayoría, suspicaz, simplemente se conforma con esta situación porque la considera inevitable. («Teoría del entusiasmo popular», El País, 4 de enero de 1979). No es culpa de nadie si pensaron que la muerte de Franco supondría la purificación nacional, la levitación, la entrada automática en el paraíso. Convendría no olvidar que el franquismo ha dejado, como herencia, un país con mucho veneno dentro [...]. La clase dominante y el Gobierno que la representa tenían bien claros los pasos que habían de dar para cubrir el período constituyente que nos acercara a las democracias occidentales. Pero esa misma clase y su Gobierno no están ya dispuestos a llenar la etapa siguiente, que es la transformación de esta sociedad desde el punto de vista socioeconómico y cultural («La manipulación del pesimismo», El País, 8 de diciembre de 1979). El abandono de una dictadura de casi medio siglo, la entrada en una democracia pelona, un atentado político casi diario, un paro que podría provocar cualquier desbordamiento social, una recesión económica que hace al ciudadano cada vez un poco más pobre, una cultura que vegeta ante la indiferencia de la población, un vacilante proceso de integración/humillación con respecto a Europa, un intento de atarnos al carro nuclear atlántico, unos poderes fácticos que no acaban de entrar por el aro... ¿Quién dice que aquí no ocurre nada? [...]. El hermoso edificio que Suárez y los demás nos prometieron está resultando ser apenas una chabola, poco habitable, rodeada de peligros, trampas y minas («¿Aquí no ocurre nada?», El País, 5 de agosto de 1980). Los golpistas son tranquilamente magnificados en cierta Prensa, en ciertas declaraciones públicas y en no pocos círculos privados. A juzgar por las pintadas que se ven estos días, ¿de quién es la calle? ¿Cuándo empezarán los enardecidos derrotados a acusar de antipatria a los demócratas? Golpea, que algo queda. Ciertamente, aunque haya fracasado el golpe, sus promotores han logrado sembrar la inquietud en el país. El nudo gordiano de esta memoria colectiva maltrecha reside en el temor, la premonición o el convencimiento, un poco por doquier, de que el tercer golpe es posible y que, de producirse, sería el definitivo, Esa sensación desencadena antiguos reflejos condicionados en los demócratas y contribuye a elevar la moral de los sediciosos («La memoria cautiva», El País, 11 de marzo de 1981). No obstante la libertad de expresión, todos parecían de acuerdo en que aún no era prudente mentar la bicha [...]. El caudillo ya no era el caudillo, sino el general; la dictadura ya no era la dictadura, sino el régimen anterior [...]. Mi impresión es que el inconsciente colectivo del pueblo español [...] ha iniciado el proceso de revisión de Franco y de la dictadura. Una especie de versión light se

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está apoderando de esta historia, que, lenta pero segura, camina hacia la adulteración [...]. ¿Así que pasen 15 años se podrá seguir diciendo, sin que te saquen los colores, que aquello fue una dictadura, y él, un dictador? Lejos de mí invocar odio alguno ni revanchas a estas alturas. Sólo me preocupa una cosa (y es historia): si el dictador llega a convertirse en prócer benéfico, ¿qué sentido tiene que Simón Sánchez Montero, por poner un ejemplo, resistiera la tortura casi hasta el límite de sus fuerzas? («El pacto de silencio», El País, 20 de febrero de 1988).

Entroncando con una larga tradición de ilustrados progresistas españoles -y anticipando en un cuarto de siglo elementos clave de la entonces excéntrica y hoy extendida crítica a la «Cultura de la Transición»3-, Gabriel y Galán reivindica la necesidad de una profunda transformación intelectual y cultural del país, y denuncia su reiterado postergamiento por falta de voluntad política y en beneficio de expresiones culturales de escaso rango e intenciones dudosas:
Los mezquinos programas culturales de los partidos, hechos más por obligación que por convicción, carecen de fuerza global, están plagados de tópicos, vaguedades doctrinales y aburridas promesas electoreras. Por eso, en el fondo se parecen tanto los unos a los otros. En la presente campaña estamos viendo el peso específico que los partidos conceden a la cultura. Es un pegote, un añadido cómodo, habida cuenta de que las centrales sindicales no van a convocar manifestaciones exigiendo cultura («Subcultura para todos», El País, 25 de febrero de 1979). El peligro viene de los pequeños mandarines de la cultura, escritores que confían bien poco en su obra y que se lanzan sibilinos hacia el poder con objeto de apuntalar la calidad de sus escritos, hacer que resuenen más, lograr prestigio por el camino de la presión y la componenda. La política cultural es el trampolín perfecto. Siempre abundaron en España estos ejemplares de lamprea multicolor [...]. Cada cual se aferra bravamente a su parcelilla y administra el poder con avaricia, rodeándose de amigos que devolverán favor por favor, propiciando el resurgir de la propia obra gracias a cantos glorificadores pactados oportunamente. La culturilla va haciendo así su camino («Los pequeños mandarines de la cultura», El País, 26 de julio de 1982).
«En un momento de transición democrática, en el que, al parecer, prima más la intensificación de la estabilidad que de la democracia, las izquierdas aportan, para poder participar, la desactivación de sus únicas bazas, la movilización social y la cultura. La cultura no sólo queda desproblematizada, sino que adquiere, precisamente, ese rol. Crea cohesión, da razón al Estado y elimina problemáticas. Hasta el punto de que la cohesión social en España no está sustentada en la economía o los derechos, sino en la cultura. En construcciones culturales. Es decir, en propaganda. La CT existe para comerse el conflicto. Es decir, para presentar como conflicto lo que al Estado le parece bien presentar como conflicto y para evitar que nazcan conflictos que no le interesan. El intelectual que quiera recibir honores, subvenciones o, simplemente, existir y seguir trabajando, debe colaborar en su proyecto de cohesión. Dándole la razón o, al menos, no quitándosela», «La Cultura de la Transición existe para neutralizar el conflicto», entrevista de Enric Llopis a Guillem Martínez, Rebelión, 12 de noviembre de 2012 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=159021
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Miseria política de la Transición, miseria cultural de la Transición y, finalmente, miseria social de la Transición: si por un lado el escritor dedica afiladas diatribas contra el poder político y cultural que se instituye con el cambio pactado, por el otro regala, insistiendo en su afán de testimonio, pequeños espacios de homenaje a sus victimizados, a sus vigilados, a sus marginales absolutos, muy lejos de la estricta analítica marxista, pero muy cerca de ese humanismo dickensiano que el mismo Marx elogiase. Habla de los parados de la primera gran reconversión industrial, sacrificados en el altar de la convergencia europea: «Cuando el parado penetra en su túnel aparece en él un síndrome peligroso: la taciturnidad. Su rostro adquiere un tono macilento, su andar se hace arrastrado, decae el apetito y, por las noches, se debate en un desasosiego invencible: así es como el insomnio se convierte en una carrera contra el tiempo de la que obviamente saldrá derrotado cada mañana» («El túnel del parado», El País, 16 de abril de 1980). De los detenidos preventivos, aviso de lo que irá viniendo en endurecimiento penal y arbitrariedad securitaria: «¿Qué le puede usted decir, señor, al preventivo que espera juicio en unas condiciones que usted conoce perfectamente por la lectura de los periódicos y por otros diversos informes? Déle unas cuantas razones convincentes que aplaquen su ira, su impotencia, esa sensación de que el mundo -usted- se le viene encima. Inocúlele un poco de paciencia. Dígale que ya es cuestión de poco tiempo, que todo está en trance de arreglarse, sobre todo si se observa desde una perspectiva histórica» («Dígaselo al preventivo, señor», El País, 2 de octubre de 1982). De las mujeres que viajan a Londres a abortar, y de la industria del aborto privado que agita rosarios con una mano y hace caja con la otra: «Cien mujeres a 70.000 multiplicado por 24 viajes al año hacían un total de 168 millones de pesetas. El delegado de la organización que había preparado el vuelo charter a Londres sonrió levemente mientras daba un sorbo al vaso de whisky [...]. En los rostros se reflejaba una tristeza expectante. Aquello no era una excursión turística, pero él ya estaba acostumbrado a la tensión ambiental, a las sonrisas forzadas, a algún tímido tartamudeo» («Viaje a Londres», El País, 25 de abril de 1985). Incluso de los alucinados del Palmar de Troya, recibidos a pedrada limpia por una turba violenta, apostólica y romana en Alba de Tormes: «Un linchamiento religioso a estas alturas no deja de ser una atracción exótica de cara a los Mundiales de Fútbol. Nos vamos pareciendo demasiado a Europa: los mismos ordenadores, los mismos coches, las mismas siderúrgicas: sólo acontecimientos como el 23-F o el intento de linchamiento de herejes a manos del pueblo vigilante mantienen viva esa imagen que nos acredita como país aún capaz de sorprender al visitante» («Goya y Buñuel, en Alba de Tormes», El País, 25 de mayo de 1982). A «El Jaro», malogrado delincuente juvenil de cierta notoriedad en la época, dedica sendas piezas en 1979 y 1986, trasladando al diario de cabecera de la oligarquía transicional el mensaje de la descarnada épica de la clase desterrada de

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la Transición, del sonido caño roto y el cine transiploxtation (El pico, Perros callejeros, Fanny Pelopaja,...):
Los bienpensantes que inundan este país pueden seguir diciendo que quien la hace la paga, la sociedad puede seguir repartiéndose sus dividendos, los jueces pueden seguir cumpliendo con su deber, los policías con el suyo y también los padres, los reformatorios, los políticos... Que todos cumplan intachablemente sus deberes [...]. Ahora que «El Jaro» ha muerto, las aguas vuelven a su cauce y aquí no ha pasado nada. El equilibrio ha sido restablecido. La gente de orden se siente aliviada cada vez que muere un bandido adolescente. Piensan que ganan tranquilidad, que se reanuda la filosofía de poder ir al cine por la noche. No se percatan de que el miedo lo llevan ellos dentro, y la desconfianza y la ruina («Víctimas y verdugos», El País, 8 de marzo de 1979). El asedio no le impidió vislumbrar que las cosas se le estaban torciendo: los periódicos habían hablado demasiado de él, en su propia banda surgían síntomas de contestación, su figura carismática sufría la erosión de un tiempo que a esas edades resulta devastador y también el vacío de algunas derrotas íntimas. Le habían penetrado extrañas ansias de trascendencia, determinados descendimientos a la sentimentalidad, que, sin duda, eran interpretados como flaquezas: quería tener un hijo a toda costa, rápidamente, antes de que fuera, tarde; se encontraba muy solo, puede que incluso sintiera un miedo que disimulaba con altanería. Cada vez eran más perentorias las premoniciones [...]. De ahí que valga la pena recordar a «El Jaro», que murió de un escopetazo a comienzos de 1979 en la calle de Toribio Pollán, de Madrid, cuando tenía 16 años. Dejó un hijo llamado David, que espera su hora correteando por todos los descampados de nuestra sociedad («El hijo de El Jaro», El País, 25 de febrero de 1986).

Gabriel y Galán extiende su activismo intelectual y su visión crítica de la Transición al específico escenario social y político extremeño. En junio de 1979, publica un texto de título provocador, en el que repasa con coraje y crudeza la historia de Extremadura, al mismo tiempo que en algunos pueblos de la región compañeros, hijos y nietos arrebatan al silencio, por propia iniciativa, con las propias manos y sin autorización gubernativa, algunos de los cuerpos enterrados cuarenta años antes en zanjas, cunetas y pozos:
La imagen más idónea es la de los campesinos de Badajoz, que durante la Republica consiguieron la propiedad de la tierra que trabajaban. No tardaría en llegar el General Yagüe al frente de sus columnas moras y, tras fusilar un poco por doquier, en especial y ejemplarizantemente a dos mil pacenses en la plaza de toros, devolvió las tierras a los terratenientes y puso las cosas en su sitio, volviendo así el campesino a su condición natural de bastardo. Hasta que el estado franquista, en un alarde de cinismo y demagogia, los metió en el Plan Badajoz, convirtiéndoles en colonos. Breve había sido su redención. Lo cierto es que desde tiempos inmemoriales la espina dorsal extremeña ha sido cruzada por innumerables generales Yagüe ¿Cómo en estas condiciones no aceptar la piel de

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bastardo, asumirla, sentir que incluso dentro de ella se pueden tener alegrías, como dar a luz a un hijo o morirse bendecido por el cura del pueblo? («Extremadura, la bastarda», Hoja del Lunes de Madrid, 18 de junio de 1979).

El artículo será contestado días después de su publicación por un hijo del propio general Yagüe, y despertará una virulenta polémica en Extremadura. Algunos meses después, en la entrevista con Marciano Rivero, el escritor detallará sus reflexiones sociopolíticas sobre la coyuntura extremeña, desde una perspectiva cercana a esa relectura en clave regional de la llamada «teoría de la dependencia» latinoamericana, abiertamente anticapitalista y decolonial, planteada por influyentes autores y publicaciones de la izquierda extremeña de la época4 en sincronía y sintonía con el movimiento popular contra la central nuclear de Valdecaballeros y por la Autonomía regional5:
El extremeño aplaudía como movido por un reflejo condicionado a poco que Franco le tocara la campanilla. Y en Extremadura perviven hoy las mismas estructuras y los mismos condicionamientos. El cacique o el político de turno enviado por el poder central toca la campanilla y el extremeño le vota, lo que quiere decir que el explotador continúa beneficiándose del ancestral corsé que aprisiona al pueblo de Extremadura.

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José Manuel Naredo y otros, Extremadura saqueada, Ruedo Ibérico, Barcelona, 1978; Víctor Chamorro, Extremadura afán de miseria, Felmar, Madrid, 1979; Mario Gaviria y otros, El modelo extremeño, Popular, Madrid, 1980. Ver también Colectivo IOE, Extremadura, cuestión pendiente, Cáritas, Plasencia, 1990.

El 11 de marzo de 1977, una multitud aprovecha la visita de los reyes para tomar la Plaza Mayor de Plasencia, abroncar a las autoridades locales y exigir Autonomía y desarrollo, hasta ser violentamente disueltos por la Policía Armada, que deja una treintena de heridos. El 14 de agosto de 1977 en Badajoz (no casualmente, aniversario de la toma y masacre franquista en la ciudad), miles de personas rechazan la nuclearización y reclaman la Autonomía en una marcha que termina con cargas, balas de caucho y bombas de humo, que los manifestantes resisten tras las primeras barricadas populares de la historia contemporánea extremeña. El 1 de septiembre de 1979, entre 30.000 y 50.000 personas acuden al llamamiento de más de un centenar de alcaldes extremeños encerrados y en huelga de hambre en el Ayuntamiento de Villanueva de La Serena (Badajoz) contra Valdecaballeros, marcha gigantesca que la autoridad gubernativa desautoriza pero que la policía franquista-ucedista no logra impedir. Son apenas tres polaroids sueltas de un período convulso, esperanzador y decisivo de la historia extremeña, del que no existe aún una historiografía crítica completa, y que es en consecuencia fácilmente escamoteado o falsificado en las autocelebraciones institucionales y las hagiografías de sus prebostes: la «CTEx», variante autonómica de la CT estatal, ha campado también aquí por sus respetos, generosamente irrigada con fondos públicos a mayor gloria de las camarillas culturales de la región. Pueden consultarse como alternativa algunas fuentes de la época, como los textos extremeños de Pedro Costa Morata, Mario Gaviria y otros autores en la revista Triunfo: http://www.triunfodigital.com/resbcombinada.php?descriptores=Extremadura&inicio=0&paso= 10&orden=Titulo
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Extremadura pasa por ser un país tercermundista dentro del conjunto de España. Pese a encontrarnos ya lejos de la tradicional colonización decimonónica, esta tierra mantiene todavía con la metrópoli madrileña unos lazos de dependencia tan absolutos que hacen prácticamente imposible la existencia de unas relaciones basadas en la más estricta justicia. La creación en nuestro país de un Estado Federal habría resuelto los insolubles problemas que estamos viviendo con este carnaval de las autonomías, que solo sirven para crear en las masas falsas ilusiones. Porque ya me dirá usted lo que podrá suponerle a Extremadura un Estatuto de Autonomía, una bandera o una Junta Regional, si los mecanismos de transformación económica, social y cultural siguen inmovilizados. La concesión de una autonomía para Extremadura podrá satisfacer en todo caso a ciertas vanidades ante el nuevo reparto de cargos, pero que nadie piense que se va a convertir en la panacea capaz de elevar nuestro nivel económico, social y cultural. Si la lucha de clases es un hecho reconocido por las fuerzas de derecha, la lucha de intereses interregionales viene a ser otro hecho, reconocido en esta ocasión por la realidad y por la historia. Por tanto, solo la conciencia de la propia fuerza y una capacidad negociadora son los instrumentos válidos para lograr situaciones de equidad y de justicia.

Gabriel y Galán se alinea abiertamente con el movimiento antinuclear, que considera germen de una posible nueva conciencia regional, y reclama de la izquierda activismo de base y atención específica a la cuestión cultural, como fuerzas motrices del deseado cambio de rumbo histórico en Extremadura:
Da la impresión de que tanto al poder central como los políticos que el poder central envía como pretores a nuestra tierra, saben que fomentar la cultura del pueblo va en contra de sus intereses. De ellos no cabe esperar nada. Tendrán que ser los políticos de izquierda los encargados de poner un especial énfasis en este tema de la cultura. Y es que la política, sobre todo desde la perspectiva de las regiones marginadas, no es sólo la que se hace en el Parlamento. Por eso pienso que una política consecuente de izquierdas en Extremadura debería volcarse en las realidades cotidianas y estructurales del pueblo extremeño, más allá de la pura labor parlamentaria que en Extremadura suena a algo procedente de otra galaxia. Pese a todo el pesimismo que he puesto de manifiesto a lo largo de esta charla, creo que hay atisbos, muy rudimentarios todavía, eso sí, para que la situación pueda cambiar, en base a ciertos conatos de concienciación regional, como puedan ser los ejemplos del rechazo de Valdecaballeros a la construcción de una central nuclear, la publicación de libros como Extremadura saqueada... Pasos importantes para que el extremeño tome conciencia real del terreno que pisa. Lo que hace falta es que estos primeros movimientos se vayan extendiendo como una gran mancha de aceite.

El escritor placentino, que a pesar de la distancia nunca pierde el hilo que le conecta y devuelve a su tierra de origen, se implica personalmente en estas
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tareas de agitación cultural, en compañías de inequívoca radicalidad ética y política, aunque sin renunciar a su posición de hombre de letras más cargado de preguntas que de certezas, independiente y fieramente autocrítico:
Hace unos meses se presentaba en una ciudad extremeña un libro sobre la región. En una encopetada cena, algunos de los implicados en el libro dirigimos unas palabras a los comensales. Me precedió el escritor Víctor Chamorro, que se largó una tremenda diatriba revolucionaria. Los ánimos de los presentes parecían irse soliviantando, los cuerpos se removían tensos en los asientos. A continuación intervine yo y dije que iba a hablar de cultura. Nada más oír esta palabra pudo percibirse entre la asistencia una especie de ¡uy! de alivio. Creo recordar que estuve duro, pero ya nada importaba: la palabra cultura era un hechizo que había alejado todos los peligros; los señores recuperaron su olor y las cosas su sitio natural. Incluso recibí parabienes y muchos mostraron su acuerdo con mi exposición. Por eso, hablar de cultura en esta sociedad tiene algo de vergonzante en cuanto uno percibe su efecto relajador, su utilización como coartada («Charme en Cultura, El País, 30 de enero de 1982).

En 1991, su novela Muchos años después obtuvo el premio literario de ámbito hispanoamericano Carranza, cuyo jurado componían los escritores Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Arturo Uslar Pietri y Gonzalo Torrente Ballester, y que le permite cumplir su nunca disimulado sueño de sumar, al prestigio crítico, el interés de públicos lectores más amplios. «He comprometido mi vida en la escritura de este texto [...], trabajado formalmente casi hasta la extenuación», explica en entrevista concedida al mismo diario en que ejerce de columnista (20 de mayo de 1991). Será un triunfo inesperado y tardío a orillas de casi toda una vida en común con el infortunio: efectivamente extenuado por la enfermedad y el esfuerzo, José Antonio Gabriel y Galán fallece en Plasencia el 13 de marzo de 1993, a la edad de 54 años. En las casi dos décadas transcurridas desde entonces, su obra poética y novelística ha sido objeto de distintos homenajes, reediciones y estudios. No así sus piezas periodísticas, de una tensión crítica y cívica quizás excesiva para las instituciones y mercados de la culturilla dominante. No fue, como él mismo se adelantaba a aclarar, un político práctico, pero tampoco un intelectual complaciente, de los que gustaba y gusta la Cultura de la Transición (y la Cultura de la Transición Extremeña). La actualidad y oportunidad de muchas de sus argumentaciones críticas saltan a la vista, en un tiempo en que, otra vez, calles y plazas -también aquí, en Extremadura- se interrogan, retumban, se estremecen y marchan al grito de «¡abajo el Régimen!».

Jónatham F. Moriche Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, diciembre de 2012

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Discurso a los extremeños pacientes 5 de octubre de 1980

Extremeños todos: permitidme, en esta hora en que la solidaridad nacional se ilumina en unos cuantos párrafos de la Constitución, que me dirija a vosotros para expresaros la comprensión del Gobierno hacia vuestros problemas, anhelos e inquietudes. Extremeños todos: quisiera, en esta hora incierta de la crisis, llamaros a capítulo para transmitiros la profunda esperanza que nos embarga. Nada más lejos de nuestro ánimo que la proclamación de un triunfalismo artificial. Somos antirretóricos y sólo sabemos emplear el lenguaje de los hechos. Extremeños todos: sois un pueblo ejemplar, discreto, paciente, generoso, disciplinado, austero, fiel, humilde. Tenéis sangre de conquistadores: ¿no recordáis aquello de que los dioses nacían en Extremadura? Tenéis, sin embargo, razones para sentir una cierta frustración. El régimen anterior no fue muy generoso con vosotros, a pesar de que le pagasteis con un entusiasmo emocionante. Nada os dio, bien es cierto. Ningún altísimo preboste del sistema había nacido en vuestra tierra y eso os perjudicó. No hubo inversiones en la región, sino más bien todo lo contrario. Os esquilmaron, y vosotros, con un espíritu cristiano digno de mejor causa, ofrecisteis la otra mejilla y una nueva dosis de adhesión. Es verdad que os abrieron las puertas de la emigración, lo cual alivió un tanto el hambre acumulada. No digo que eso sea motivo de agradecimiento, pero siempre es un detalle. Extremeños todos: nuevos tiempos benéficos os amparan. Nosotros os tenemos bien presente, ya hemos comenzado a dar pruebas de ello. A pesar de la opinión maximalista de ecologistas y otros marginales, os impusimos la central nuclear de Valdecaballeros, una planta de celulosa y el trasvase Tajo-Segura. Puede que en vuestra simplicidad admirable no seáis aún capaces de apreciar las consecuencias de tales medidas. Tampoco tenéis ahora ningún altísimo preboste en nuestro núcleo de poder, pero no os preocupéis: ya no son necesarios esos valimientos. Los tiempos han cambiado. Deberíamos reconocer, desde una perspectiva extrema e intransigente, que Extremadura sigue siendo, en buena medida, una gran finca de caza. Nos llegan noticias de que en vuestra tierra se registra el mayor índice de paro de toda España y de que en ciertos momentos se detecta el hambre como en los buenos tiempos.

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Quisiera rebajar, a través de este escrito, el grado de tan pesimista óptica. No debéis olvidar que os hemos concedido una Junta preautonómica encargada de velar por vuestros intereses. Por eso, en las diferentes elecciones generales, nos habéis abrumado con vuestros votos. Extremeños todos: esto es una invocación a la esperanza desde lo más hondo de nuestras convicciones. Seria demagógico no reconocer vuestras dificultades, pero también sería injusto que no apreciarais nuestra buena voluntad. ¿Sabéis por qué se ha abierto el portón de la esperanza? ¿No habéis oído hablar del púa? Esta palabra taumatúrgica significa Plan de Urgencia para Andalucía6. ¿Comprendéis ahora el sentido de mi discurso? ¡El púa, nada menos! De acuerdo; me diréis que el púa no es el púe (Plan de Urgencia para Extremadura), pero comprendednos. Por el momento, el púa debe serviros de consuelo, es como un estandarte alzado al viento sobre el que debéis tener fija vuestra mirada. Dad media vuelta a vuestras ocupaciones de parados y contemplad el amanecer de Andalucía. Vosotros aún andáis inmersos en los luceros de la noche, pero ya amanecerá. La paciencia siempre fue una de vuestras mejores cualidades. Después de tres años de guerra, veinticinco de posguerra, once de resurgimiento, dos de transición y tres de democracia, nada habéis recibido, todo lo habéis dado. No conviene simplificar hasta esos extremos. El hecho es que aún seguís concediéndonos vuestra confianza siempre renovada. Mayor es vuestro mérito y nuestra deuda. A pesar de los pesares, los extremeños no planteáis problemas de orden

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El PUA (Plan de Urgencia para Andalucía), el PUC (Plan de Urgencia para Canarias) y el PUE (Plan de Urgencia para Extremadura) eran vastos proyectos de inversión pública demandados al gobierno central por las instituciones de esas regiones históricamente deprimidas. El 10 de octubre de 1980, cinco días después de la publicación de este artículo, el presidente de la Junta de Extremadura, Luis Ramallo (UCD) hizo entrega al ministro de Administración Territorial, Rodolfo Martín Villa, del proyecto de PUE, con inversiones estimadas en unos 250.000 millones de pesetas, y del expediente de pronunciamiento de los Ayuntamientos extremeños para iniciar el proceso de constitución Autonómica conforme al artículo 143 de la Constitución Española de 1978. El ejecutivo preautonómico actúa bajo la presión creciente de la oposición en las instituciones y la social movilización en la calle. En un clima ya muy caldeado por la protesta antinuclear y prolongados conflictos laborales sectoriales (construcción, agricultura), se suceden las movilizaciones de trabajadores desempleados, que confluyen el 27 de abril de 1980 en encierros simultáneos en una treintena de ayuntamientos pacenses. Los Planes de Urgencia nunca llegan a ejecutarse, dilatados y diluidos por gobiernos centrales más interesados en la liberalización financiera que en la equidad territorial. Estas inversiones serán de nuevo reivindicadas bajo la forma de «deuda histórica», concepto incorporado al Estatuto de Autonomía extremeño de 1983. El adeudo del Estado con la región, según un estudio realizado por la Universidad extremeña para la Asamblea de Extremadura en 2008, puede estimarse en unos 15.000 millones de euros, aproximadamente tres veces el presupuesto anual de la Junta de Extremadura.
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público, carecéis de influencia política en las Cortes, mantenéis vuestro ínfimo nivel económico y cultural con una dignidad que se asienta, sin duda, en la ancestral sabiduría del pueblo. Extremeños todos: básteos saber por el momento que hemos inaugurado el púa con todas sus consecuencias. Os pedimos otro margen de confianza. Bien comprenderéis que las cosas no se pueden hacer todas al mismo tiempo, nuestros recursos son limitados y hemos de acudir preferentemente allí donde más calienta el sol. Pero todo es cuestión de tiempo. Aquellos que más valores espirituales hayan acumulado serán los mejor servidos cuando llegue la hora. Extremeños todos: insisto en la esperanza, madre de la paciencia y de la fe. El púa es el paradigma. Yo os aseguro que la solidaridad entre las nacionalidades y regiones que conforman el Estado español no es una expresión vacía. La Constitución la avala. (Finalmente, si tenéis algo que decir, planteándoselo a la Junta preautonómica de Extremadura, y ella os atenderá exquisitamente. Y ahora, perdonadnos, estamos muy ocupados con el púa). http://elpais.com/diario/1980/10/05/opinion/339548404_850215.html

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José Antonio Gabriel y Galán | Cuatro textos sobre Extremadura

El embargo 29 de septiembre de 1981

Hace ya casi un siglo que mi abuelo, José María Gabriel y Galán, escribió un poema que antes todos los niños se sabían de memoria (creo que incluso Borges es aún capaz de recitarlo): «El embargo»7. ¿Qué tendrá esta palabra que ejerce una vertiginosa atracción sobre los extremeños hasta casi convertirse en símbolo? Hay ahora una amenaza de embargo de prácticamente un pueblo extremeño entero. Se llama Pizarro, para que todo sea más alegórico. Tiene un solo teléfono y aproximadamente quinientos habitantes. Es un pueblo de colonización, curioso invento que el anterior régimen puso en marcha para intentar compensar la devolución a los terratenientes improductivos de las tierras que la República les había expropiado durante su inconclusa reforma agraria. Los pueblos de colonización solían llamarse «no sé cuántos» del Caudillo. (Por fortuna a Pizarro no llegaron a emparentarlo con el dictador.) Se trataba de pueblos modelo, casitas blancas, tierrecitas de regadío, propiedad vislumbrada a largo plazo, hacia el final de la vida del colono, ayuntamiento nuevo, iglesilla clara, orden, trabajo. Todo provisional, todo vigilado, dependiente. Sólo para personas de orden y disciplina. Bien, pero esa orden es otra historia. Aquí hablamos del embargo. «Señol jues, pasi usté más alanti y que entrin tos esos». Tos esos son los de la Confederación Hidrográfica del Guadiana y los del IRYDA8, que vienen a

J. M. Gabriel y Galán (1870-1905) publicó «El embargo» dentro del poemario Extremeñas (1902): http://centros1.pntic.mec.es/cp.miralvalle/paginas/biblioteca/actividades/gabrielygalan/versos_ de_la_tierra.htm#LAS_REPÚBLICAS
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El Instituto Nacional de Colonización y Desarrollo Rural (INC) fue fundado en octubre de 1939 por las autoridades surgidas del golpe de Estado fascista del 18 julio de 1936, con la misión de obtener «un mejor aprovechamiento y conservación de los recursos naturales en aguas y tierras». A partir de 1952, el INC conduce el llamado Plan Badajoz, que irriga miles de hectáreas y funda decenas de pueblos de colonización en el sur de Extremadura. El 21 de julio de 1971 el INC es rebautizado como Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA), nombre bajo el que actúa hasta mediados de la década de 1980, tras una larga agonía plagada de graves conflictos con trabajadores agrarios, autoridades municipales y autonómicas y colectivos ecologistas en todo el Estado, y muy singularmente en Extremadura, donde en 1975 el 48% de la población activa sigue vinculada al campo. Pese a su fachada socializante, la colonización franquista no resuelve sino profundiza en la radical estratificación social del campo extremeño: hasta tres cuartas partes de las tierras beneficiadas por la puesta en regadío se concentra en las manos de apenas el 6% de los propietarios. El 2 de abril de 1984, un artefacto explosivo de fabricación casera estalla en oficinas centrales del IRYDA en Madrid, causando desperfectos materiales de consideración, en una acción de autoría nunca reivindicada ni esclarecida.
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embargar a 67 familias del pueblo de Pizarro. Al parecer, les deben unos dineros bastante controvertidos; las cuentas no acaban de estar claras. Los colonos no se niegan a pagar, piden que les expliquen los números, porque se da la circunstancia de que hay algunos a los que la Administración les debe más de tres veces lo que ellos deben a los organismos embargantes. En ocasiones, el embargo es por deuda de 2.000 pesetas. Pero la máquina administrativa es una apisonadora inflexible y sorda que no se entera de ciertos desbarajustes y desaguisados. Tanto celo en Pizarro, cuando cerca de este pueblo hay otro, también de colonización, Casar de Miajadas, en el que 39 casas, un ayuntamiento, una iglesia y unas escuelas están deshabitadas, despilfarradas. Nuestros amenazados colonos deben poco más de seis millones entre todos. Quizá la Administración debería ser más rigurosa a la hora de actuar contra los morosos, acordándose primero de esas grandes empresas que adeudan bastantes miles de millones a la Seguridad Social sin que se produzcan amenazas. ¿O por qué no sugerirle a la Administración una mayor diligencia, por ejemplo, a propósito del patrimonio nacional? Este curioso organismo ha pedido un suplemento de subvención (que, sin duda, le será concedido) de setecientos millones de pesetas para cubrir los déficit de entidades tan señaladas como el Club de Golf de la Herrería (17,5 millones de pesetas, que pagamos todos los españoles para que el señorío madrileño se airee los fines de semana). Es bueno hacer este tipo de comparaciones demagógicas, porque, aunque no lo parezca, los elementos no son tan dispares ni heterogéneos. El embargo de 67 familias de Pizarro por deuda de seis millones de pesetas está directamente conectado, es consecuencia directa del suplemento de subvención de 17,5 millones a la Herrería golfística. Debería decirse que una cosa no es posible sin la otra. Finalmente, los colonos de Pizarro son colonos de esos señores de la Herrería. Es una manera de ver las cosas. Está claro que al final, van a pasal tos esos, aunque quizá los de la Confederación y los del IRYDA ya no van a encontrar personajes desesperados tan resignados como los descritos por J. M. Gabriel y Galán. En Extremadura ya hay hasta manifestaciones, porque los engaños, las humillaciones son tan constantes que calientan la sangre y hacen olvidar el miedo de cuarenta años. Hay que repetir muchas veces el catálogo, por si en la Corte a alguien le llamara la atención. Pues bien, como es sabido, Extremadura es la primera región productora de electricidad, mientras que casi un 30% de sus escuelas carece de luz. La electricidad producida se exporta y al fin se consiguió, hombre, hay que darles algo, aunque sólo sea por las dos centrales nucleares que les hemos hincado en el corazón, que se estableciera un canon por esa energía exportada: 2.800 millones de pesetas que se deberían haber empezado a cobrar desde el 1

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de enero. Hasta la fecha no se ha recibido ni un céntimo, pero la central nuclear de Almaraz ya entró en funcionamiento. También se prometió que, como compensación por los perjuicios del trasvase, se proporcionarían numerosos pequeños regadíos a la zona. Hasta la fecha. Cuando se habla de agravios comparativos, los extremeños tienen de qué reírse. Para ellos simplemente hay agravios, sin adjetivación. La solidaridad interregional es una bella expresión. Extremadura simplemente se conformaría con un poco de justicia por parte de la Administración y por parte del gran capital. Que cesara el expolio. Y si es inevitable el embargo, señol jues, que pasin tos esos, pero que entren primero en las grandes empresas defraudadoras, en las grandes empresas públicas y privadas que son pozos sin fondo para subvenciones y créditos, que entren en ese patrimonio nacional de Fuertes de Villavicencio y en el golf de la Herrería. Y después, sólo después, señol jues, que entren en Pizarro. Estoy seguro de que los colonos no tendrán inconveniente en pagar lo que sea justo. http://elpais.com/diario/1981/09/29/opinion/370566012_850215.html

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Testimonia, que algo queda 25 de agosto de 1982

España no es un país que aprecie los gestos simbólicos. Lo testimonial carece de estima entre los españoles, que, contra lo que suele creerse, forman uno de los pueblos más prosaicos del planeta. A la simbología oponemos aquí nuestro particular realismo, y a lo testimonial, nuestro sentido tremendista. Por eso, al margen del tópico, lo que más se conoce de nosotros en el extranjero son Felipe II, la Inquisición, Goya, Buñuel, el Guernica, el esperpento, el tenebrismo, la tauromaquia, la guerra civil. En el tema nuclear puede apreciarse que de poco o de nada valen los gestos y posturas testimoniales, si no van acompañadas de realismo, carnaza, truculencia. Viene esto a cuento de lo que ocurre en Extremadura con la central nuclear de Almaraz9, que sirve para producir una energía de la que se benefician básicamente no los extremeños, sino los madrileños, los vascos y otras comunidades desarrolladas. Esa central fue una vergonzosa imposición al pueblo extremeño, que en su inmensa mayoría estaba en contra, y así lo demostró en numerosas manifestaciones civilizadas, pacíficos encierros y demás gestos llamativos. Naturalmente, no se obtuvo respuesta alguna, salvo la aceptación del tinglado por parte de una ignominiosa Junta Regional a cambio de un escuálido plato de lentejas. Y es que ya se sabe que eso de la solidaridad interregional se refiere sólo a los menos poderosos. ¿Alguien se ha parado a pensar qué hubiera ocurrido en Euskadi si el Gobierno central les hubiese

La central nuclear de Almaraz (Cáceres) consta de dos reactores de agua ligera a presión de 2.947 megavatios. Es propiedad de Iberdrola (53%), Endesa (36%) y Unión Fenosa (11%). Su construcción comenzó, al amparo de la franquista Ley de Energía Nuclear (1964), en mayo de 1973, fue oficialmente inaugurada por el presidente español Calvo Sotelo en marzo de 1981 y sus unidades entraron en servicio en mayo de 1981 y octubre de 1983, meses antes de aprobarse la moratoria que sentenciará el final del segundo proyecto nuclear extremeño, Valdecaballeros, también de dos reactores, autorizado en agosto de 1979. Bajo la ominosa sombra del desastre de Harrisburg (marzo de 1979), la movilización popular y el poder central cierran en tablas la partida nuclear en Extremadura.
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En 2010, a pesar de un inquietante número de incidentes de seguridad de distinta consideración registrados en los últimos años, Almaraz recibe autorización del Ministerio de Industria para seguir operando durante 10 años más. Almaraz genera aproximadamente una cuarta parte de la electricidad nuclear del Estado español. A pesar de sucesivas iniciativas en ese sentido, invariablemente ignoradas por sus propietarios, la central nunca ha tenido su domicilio fiscal, ni tributado en consecuencia, en Extremadura, distrayendo de ese modo de las arcas públicas extremeñas unos 250 millones de euros anuales. En julio de 2012, treinta y un años después de su inauguración, un alto cargo de la Junta de Extremadura solicita «un gesto de buena voluntad» (sic) de sus propietarios sobre esta cuestión de su tributación.
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impuesto manu militari una central nuclear cuya producción eléctrica se exportara gratuitamente a León, Zamora, Cáceres y Badajoz? La carcajada de Bilbao se oiría sin duda en Cádiz. En el asunto nuclear ya se sabe que los intereses son tan enormes como insondables. Una especie de secreto final mancomunado nos oculta al resto de los mortales las claves de un problema en el que somos los afectados. Todos se andan con pies de plomo. El director general de la Energía fue, sorprendentemente, muy claro cuando dijo hace poco que en Almaraz y en Ascó había peligro. Pero, en el enigmático código de la familia nuclear, eso era una herejía, e inmediatamente el comisario (muy propio) de la Energía impuso el anatema. El Consejo de Seguridad Nuclear, creado en teoría para servir de contrapeso, despide un tufillo cada vez menos disimulado a la voz de su amo. Es decir, el poder, con todos sus atributos, se echa encima de cualquier sospecha y la ahoga como si fuera un indeseado perro recién nacido. Pero la acumulación de sospechas comienza a producir certidumbre y, en consecuencia, máxima preocupación. Cosas que no se olvidan. Y entonces, mis amigos extremeños deciden encerrarse, los alcaldes hacen huelga de hambre, a sabiendas de que eso no le va a quitar el apetito a ningún ministro veraneante ni a los que, a la sombra, mandan en esos ministros en temas tan auténticamente importantes como el nuclear. Ni siquiera es una tormenta de verano. Esas huelgas de hambre simbólicas sólo despiertan una atención administrativa a nivel de, aproximadamente, jefe de negociado. El pacifismo es encantador; huele incluso a albahaca. Mis amigos extremeños han conseguido unas líneas en los periódicos y dos minutos en la televisión, pero no deben hacerse muchas ilusiones: ese éxito se debe en gran parte a que estamos en agosto y hay pocas noticias que llevarse a la boca. Y así llegamos a la médula del asunto. Para que el poder se preocupe es necesario que el tema se convierta en orden público, la famosa frase encubridora. Todos somos civilizados hasta que alguien deja de serlo. ¿Es civilizado quien impone en una zona, sin el consentimiento de sus pobladores, un sistema depredador cuajado de peligros potenciales? Ya sabemos que los ciudadanos siempre seremos víctimas frente al poder, y a pesar de todo, limitamos nuestra respuesta a algo gestual, testimonial, racionalista. Hay otros que no lo entienden así y se lían a asesinar a personas inocentes. Allá ellos; su camino equivocado sólo conduce, además, a inútiles callejones sin salida. Pero el problema sigue estando dramáticamente ahí, entre Almaraz y Lemóniz. La injusticia, por partida doble, de Almaraz no se cura con terrorismo, eso es evidente. Lo testimonial, por su parte, puede no servir para nada, pero proporciona satisfacciones humanas. Como la de poder decir: el terror lo están sembrando quienes imperativamente instalan mecanismos radicalmente peligrosos que, asimismo, según reconocen algunos de los responsables de la
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política energética, son defectuosos. Por eso me uno a esa huelga de hambre simbólica extremeña y, haciendo uso de mi derecho a testimoniar, dejo caer dos cuestiones elementales, de esas que se hace cualquier simple ciudadano fuera de toda sospecha: 1. ¿Por qué Extremadura, sin haber sido consultada, ha de cargar con la amenaza nuclear? 2. ¿Por qué ha de admitir la amenaza nuclear de una central cuyos beneficiarios son otras comunidades más desarrolladas que, por supuesto, no admitirían el principio de reciprocidad? http://elpais.com/diario/1982/08/25/opinion/399074413_850215.html

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El extremeño ensimismado 26 de abril de 1983

Lo que más sorprendió al ilustrado Antonio Ponz cuando viajó por Extremadura fue el ensimismamiento que percibió en sus habitantes. Con la impertinencia propia de aquellos regeneracionistas bienpensantes, escribió que más les valía a los extremeños construir nuevos puentes y caminos que no alimentarse recordando las proezas de aquellos «dioses que nacían en Extremadura». No se crea que las cosas han cambiado sustancialmente tanto. Es probable que la referencia a la cuna de los dioses sea cada vez menos consoladora para los extremeños, pero en buena medida éstos siguen siendo fieles a Zurbarán. El caso es que con Extremadura siempre está uno moviéndose entre tópicos. El latifundio continúa resultando una fuerza mayor paralizante. El expolio de la riqueza extremeña es rayo que no cesa. La despoblación es el corolario a una emigración bíblica y brutal. ¿Serán las cacerías la industria que salvará la economía de Extremadura? Lo que los extremeños ahorran poquito a poco es sacado de mucho en mucho por los financieros, para invertirlo en regiones más avanzadas. Las únicas inversiones serias que en el terreno industrial se han hecho en esa tierra son dos centrales nucleares cuyo producto eléctrico es conducido a Madrid y al País Vasco. No hay remedio. Decididamente, sobre Extremadura no pueden escribirse sino tópicos, en ocasiones matizados por la demagogia. Hablemos, pues, de la indolencia, de la apatía. El campo extremeño es precioso. El trabajador extremeño es honrado, disciplinado y duro como el cuero. ¡Ay, si los obreros de otras regiones tuvieran la austeridad del extremeño! Con bien poco se contenta. Y todavía es capaz de consolarse calderonianamente, mirar hacia atrás y comprobar que aún hay un par de provincias más pobres en España. Me pregunto yo si ese ensimismamiento será hambre, conformismo, hastío, sed o ramalazo místico. ¿Estaré hablando de una Extremadura residual? Los señores de la tierra, cuando vuelven con los amigos tras la cacería anual en la finca, hablan elogiosamente de los lugareños. Los turistas del turismo interior/social, que ahora frecuentan Extremadura, vuelven en el R-12 a Madrid cantando las alabanzas de la Vera y de unas gentes acogedoras como ya no quedan. El extremeño permanece sentado en el poyo, pelando una vara de fresno con la navaja, ensimismado, contemplando la puesta de sol ocre. Yo no diría que sus pensamientos son místicos.
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Y, finalmente, una pequeña hipótesis, aunque cruel, que se inscribe en el ya acuñado concepto de extremaduricidio10: Supongamos que hay una fuga en una de las dos centrales nucleares que jalonan el bonito campo extremeño: 1. ¿No será mejor que esa fuga se produzca en una zona ampliamente deshabitada gracias a la emigración? 2. Si debiera haber víctimas (Dios no lo quiera), ¿no sería preferible que éstas fueran personas acostumbradas a pedirle poco a la vida, personas al fin y al cabo ensimismadas? http://elpais.com/diario/1983/04/26/espana/420156030_850215.html

«Analizando lo ocurrido en el trasvase Tajo-Segura, con la instalación de dos centrales nucleares en las cabeceras de nuestros regadíos, con el arboricidio de nuestros encinares y la progresiva desertización de la tierra, la sangría de nuestra población, su miserable renta per cápita, la hiriente distribución de la tierra y la infrautilización de la misma, la ausencia de gasto público, la fuga de nuestro ahorro, el expolio de nuestras materias primas, la falta de industrias no degradantes a pie de fruto, el altísimo porcentaje de paro y viviendas semisuburbiales en la región, la baja calidad en la medicina y enseñanza que por aquí se practica... Viendo en definitiva el extremaduricidio, o dicho más claro, el terrorismo a que nos vienen sometiendo, dicho sin eufemismo de ningún tipo, porque genocidio es terrorismo. Y es genocidio y terrorismo ir acabando lentamente con todo un pueblo utilizando el arma de la inmigración, el arma del expolio; pero, sobre todo, utilizando el borrador que lentamente hace desaparecer el sentimiento de identidad de ser algo, de pertenecer a una tierra, a un clima, a una historia compartida, a unas raíces que es el derecho primero y más natural de todo hombre...». Entrevista a Víctor Chamorro, en M. Rivero Braña, op. cit.
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