NOTAS DEL AUTOR Cuando en las plácidas noches de verano contemplo el firmamento desplegando su belleza serena hecha negro

y luz, comprendo el significado de lo infinito. Me siento entonces como una diminuta partícula inmersa en una actividad cosmológica ordenada y, a la vez, inasequible para la lógica humana. Y bajo las estrellas, aquella sensación de cuando era niño, aquel inexplicable escalofrío, se repite al contemplar a la redonda Luna como dueña misteriosa del cielo. De la observación de esta y de otras maravillas de la Naturaleza nació y creció en mí un desbordante interés y pronto muchas preguntas tomaron forma. Tuve buenos guías que saciaron mi curiosidad y por eso el ansia de conocer, de comprender los mecanismos que envuelven el mundo y tal vez, la necesidad de sentirme un participante activo me llevó a profundizar y, al cabo del tiempo, a amar la Ciencia. Toda esta información se ha ido entrelazando, conformando un modo de ser, un modo de plantear y justificar la existencia y también de comprender nuestro papel en la naturaleza. Este libro, lejos de ser un acopio de información, pretende rendir un humilde homenaje a la vida y al pensamiento de los grandes hombres de la Ciencia. A aquellos que poseyendo una inteligencia superior construyeron un edificio teórico sólido que nos permite explicar en parte el funcionamiento del mundo que nos rodea. Esta obra irá mostrando, a partir de las vicisitudes y las anécdotas de sus vidas y de las circunstancias del tiempo que les tocó vivir, la esencia de sus teorías y cómo estas han permitido los avances científicos que nos hacen lo que somos porque abrieron los caminos intelectuales por los que hoy nos movemos. Ellos fueron los pioneros en la navegación del gran río. De Ptolomeo y su Sol a Galileo y su Tierra, de Newton y su Determinismo a Einstein y su Relatividad. En suma, aquí se cuenta la aventura de la razón vista a través del prisma de unos ojos particulares. Las teorías científicas son en esencia hermosas porque se construyen sobre cimientos matemáticos que sirven para interpretar una realidad ideal. La simetría está casi siempre presente en estos desarrollos. Podríamos decir que el Cosmos parece querer revelarse contra las condiciones Matemáticas que se le quieren imponer y en su lucha únicamente consigue desviarse un poco de los modelos ideales. Y es que de la observación del mundo físico, desde los procesos subatómicos a las teorías moleculares; desde la pequeñez de la Tierra a la inmensidad de las estrellas, las galaxias y del propio Cosmos; todo parece obedecer a unos modelos y leyes racionales cuyo elemento conciliador es el de poseer uno o varios elementos de simetría. Pensemos, por ejemplo en las alas de una mariposa, en la disposición del cuerpo de los seres vivos, en la forma de las montañas y hasta en nuestros propios edificios. Y desde este punto agrandemos la mirada hacia la cuidada forma de los planetas y los soles, o concentrémosla en el girar vertiginoso de los electrones en torno al núcleo. Los modelos simétricos están presentes, en mayor o menor medida, en la explicación de todos los fenómenos. Es más: la simetría vive en nuestra propia mente. La cuarta dimensión no es si no otro elemento que viene a completar esa simetría de las Leyes de la Física para hacerlas más universales, más coherentes y más uniformes dentro de la estructura científica que las protege. Las Matemáticas permiten diseñar mundos de muchas dimensiones; pero durante siglos únicamente tres eran las responsables de los fenómenos físicos, reunidas bajo la palabra espacio. Cualquier objeto del mundo podía referenciarse de manera inequívoca gracias a sus tres coordenadas espaciales (largo, ancho y alto) y la evolución de cualquier fenómeno también se controlaba con esas variables, ayudadas por otra más esquiva e independiente llamada tiempo. El tiempo pertenecía a otra categoría distinta de las anteriores; actuaba por su cuenta, sin someterse a los dictados de las otras tres. Y de

hecho parece que es así en la mayoría de los fenómenos; pero eso es sólo un esbozo de la verdad. Tuvieron que pasar varios milenios hasta que se consiguió atrapar al esquivo tiempo y ensamblarlo con el espacio en igualdad de condiciones. Esta obra se estructura en tres partes. En la primera se esboza la impagable contribución de la Ciencia Antigua; en especial un pueblo: el griego; y un lugar: Alejandría. Allí se desplegó el infinito poder de las Matemáticas, venciendo a los designios divinos que intervenían en todos los campos del saber. En la segunda se retrata el oscurantismo y la desprotección que, durante la Edad Media, zarandearon a la Ciencia, haciéndola temblar desde sus cimientos. Afortunadamente en esa época vivieron hombres extraordinarios que, aún a riesgo de sus propias vidas, no se conformaron con creer las medias verdades que eran dogma para la mayoría. Nunca podremos pagarles su esfuerzo por intentar asimilar desde el intelecto un mundo que se negaba a la razón en aras de una divinidad que todo lo podía. En la tercera, en fin, se narra el nacimiento y desarrollo de la Ciencia Moderna, primero con la timidez de los primeros pasos de un niño, luego con los titubeos del adolescente y la imprecisión del joven hasta llegar a su pletórica madurez: compleja, inabarcable para un solo hombre, omnipresente y rebosante de fascinación. Me hubiera gustado escribir que en esta obra no hay fórmulas; sin embargo no es así. He considerado las indispensables para comprender mejor los conceptos que se derivan de ellas. La mayor parte de las veces se usan como vehículo para introducir ejemplos a fin de aclarar mejor ideas que resultan de difícil explicación. Por esta razón y también motivado por un principio elemental de rigor he decidido su inclusión; aunque el lector pueda, la mayoría de las veces, esquivarlas sin perder el hilo narrativo. Han sido muchas las lecturas y trabajos que han apoyado la obra que aquí empieza, la mayoría de ellos incluidos en la bibliografía; pero quisiera destacar especialmente cuatro que recomiendo encarecidamente al lector interesado en la divulgación científica. “A Hombros de Gigantes: Estudio sobre la Primera Revolución Científica” de Alberto Elena, Profesor Titular de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid que de una manera detallada y amena nos invita a un viaje a lo largo de la historia del conocimiento científico. “Einstein” de Banesh Hoffmann (1906-1989), Profesor de Física Teórica que colaboró con el sabio en la Universidad de Princeton. Esta obra trata no es solo una biografía muy completa de la que he obtenido muchas de las citas que aparecerán en este libro, sino que presenta un enfoque muy didáctico de la obra einsteniana que resulta muy asequible. Para quienes quieran profundizar más: “Relatividad Especial. Curso de Física del M.I.T.” de Anthony Philip French, Profesor Emérito de Física del Massachusetts Institute of Technology que da una visión muy completa de la teoría apoyada en múltiples ejemplos que la hacen comprensible. “La Relatividad General. De la A a la B” de Robert Geroch, Profesor de Física Teórica de la Universidad de Chicago cuyo trabajo, lleno de referencias gráficas, nos introduce de manera intuitiva en conceptos difíciles de abordar. Deseo expresar mi agradecimiento a Enrique Carballo González, Profesor Titular de Física Aplicada de la Universidad de Vigo que con sus aportaciones y sugerencias ha enriquecido esta obra. También a Fernando Martínez Menchón, diseñador gráfico que ha participado en la elaboración de muchas de las ilustraciones. Extiendo mi gratitud a los amigos que han ido leyendo los distintos borradores de este libro contribuyendo a hacer más compresible cuanto aquí se cuenta.

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