Confeccionario de nuevos cronistas: sangre, sudor y lágrimas… textos sobre la carpintería de la crónica en diez pasos Santiago Cruz Hoyos

– Diario El País de Cali, Colombia

1- Habrá menos sangre, menos sudor, menos lágrimas, si escribimos sobre lo que nos
emociona. Encontrar una historia capaz de acelerar nuestro ritmo cardíaco disminuye el sufrimiento. En todo caso, escribir es, inevitablemente, sufrir. ¿A quién diablos se le ocurrió decir que es un placer?

2- La tecnología es un arma de doble filo. Nos puede dar la mano, pero también puede hacer
que nos perdamos por horas en asuntos sin importancia mientras la crónica espera. Sucede que cada vez son más las distracciones: Facebook, Twitter, un Ipad cercano. Amar nuestro oficio implica también renunciar a esos artefactos tan fascinantes.

3- Encontrar el tono de la historia es difícil, muy difícil. Pueden pasar horas. Los que escriben
para revistas con mucho más tiempo que los que escribimos para diarios dicen que pueden pasar días. En ese caso leer a otros funciona como camino para encontrar el tono de una crónica, la voz personal con la que será contada.

4- Para contar historias hay que ser, necesariamente, rebeldes. Es decir: defender la mirada
propia en la crónica, la interpretación de la historia. A veces, sobre todo en algunos diarios, eso no es sencillo. Si interpretas te preguntan si eres Gabriel García Márquez. Si interpretas te preguntan: ¿qué fuente dijo eso? Ese mensaje que te envían es un riesgo. Se puede llegar a pensar que la propia visión no es importante; se puede llegar a pensar, equivocadamente, que el narrador no debe pensar, solo sus personajes. Es necesario ser rebeldes, entonces, en una justa medida. 5- De golpe nos ganamos un premio. De golpe con ese premio por ahí nos aumentan el sueldo. Nos aplauden, nos dan palmadas en el hombro. De golpe, también, nos creemos el cuento. Hay que tener cuidado. El confort, la comodidad, son una amenaza. El elogio también. Se disfruta, pero es mejor no tenerlo tan en cuenta. Puede desviarnos del camino. 6- Hay que tener paciencia. A veces nos pasa eso de que llegamos a casa felices porque creemos que acabamos de terminar una gran historia. En casa nos da por leer a Villoro, a Jon Lee, a Caparrós, a Talese. Entonces ya no estamos tan felices, vuelve la angustia. Nos damos cuenta que estamos tan lejos. Por eso la paciencia. Paciencia y trabajo. 7- En este oficio también hay sangre, sudor y lágrimas por el espacio para contar las historias. En vez de quejarnos es mejor actuar. Hay una manera de saltar ese obstáculo con más facilidad: el mejor amigo de un periodista, más que un editor, debe ser un diseñador. A ese amigo hay que consentirlo. Me ha funcionado ofrecer desde gaseosas hasta almuerzos

completos a cambio de líneas que entren en la página. Siempre habrá una manera de publicar la historia completa. Claro, si vale la pena. 8- ¿Qué contar? ¿Cómo contarlo? Si sabemos la respuesta a esas dos preguntas estamos salvados. El problema es que pasa que no sabemos si las respuestas que tenemos son las correctas. Antes de sentarse a escribir, es mejor averiguarlo. 9- No se necesita ser Borges para escribir una gran crónica. Se necesita, más bien, reportería, y mucha. Más que entrevistar, requerimos estar, acompañar, observar. En ese trabajo está en gran medida nuestro éxito o fracaso. 10- En fin. Habrá mucho sudor, muchas lágrimas, mucha sangre a la hora de escribir una crónica. Pero cuando se encuentra el tono, primero, cuando se sabe de dónde se parte, por dónde voy, a dónde llego, cuando se pone el punto final y después vemos el trabajo impreso, nos sentimos los seres más felices del mundo. Solo ahí, por cierto, podemos volver al Ipad, al Facebook, al cine, podemos volver a la vida normal con una sonrisa en la boca y la tranquilidad de haber hecho el trabajo completo.

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