Mina.es Murió mamá. Era tan pequeña que no guarda recuerdo alguno de ella. No es verdad.

Tiene el recuerdo imaginado, las imágenes soñadas. Según su querer y su deseo. Otras mujeres la cuidaron, la acompañaron, le dieron la mano, y con la mano le pegaron. Con unas estuvo varios años, con otras unos meses; iban y veían por la casa del padre; era las esposas de su padre. Traían a sus nuevos hermanos, que también iban y venían, durante unos meses, durante unos años ….Su mamá soñada siempre estaba su lado. La camisa blanca y la faldita azul eran las prendas del uniforme; aunque iba descalza, no podía faltar el uniforme para ir a la escuela. Los juegos, las carreras, los gritos; las canciones para la iglesia, las comidillas con las amigas, las peleas con los chicos, la mano de sor Josefa acariciándole los cabellos mientras halagaba sus dibujos…..Eran sus joyas, los recuerdos hermosos y dulces de una niñez rodeada de selva, de semanas de lluvias infinitas, y de meses de calor pegajoso. Joyas envueltas de una cotidiana sensación de malestar, con frecuentes enfermedades, dolencias ya habituales, dolores que aprendió a sobrellevar. Como aprendió a convivir con los golpes de vara que le propinaban varias monjas, con los gritos y los insultos de alguna de los mujeres del padre. Contaba ocho, quizá nueve años, cuando su padre decidió trasladarse a España. Acompañada de dos mujeres y de cinco hermanos se encontró atrapada entre cuatro paredes, que debía compartir con sus hermanas y, de vez en cuando, con una de las mujeres de su padre. Ahora tenía zapatos, o deportivas, pero no podía correr por los caminos, ni chapotear en el arroyo. Durante unos meses sintió una profunda nostalgia: la lluvia incesante, la frondosidad de la selva, la hierba y los charcos bajo los pies descalzos, la mano de sor Josefa…… En su nuevo colegio las compañeras no llevaban uniforme; la mayoría ni siquiera falda; vestían como el resto de los chicos. A las pocas semanas ya tenía amigas en el colegio: sus dibujos despertaban curiosidad e interés, aunque rara vez la invitaran a sus casas: estaba enferma tan a menudo…. Los profesores no pegaban, y, aunque algunos gritaban mucho, la mayoría eran amables, especialmente la señorita Loli, con quien se quedaba algunos ratos después de las clases, porque le ayudaba con las “Mates”. En su mismo bloque vivía una familia, también de Guinea, con dos niñas un poco mayores que ella. Aquella casa era su refugio, huyendo de las peleas entre sus hermanos y de los gritos de sus madrastras. La madre de sus amigas le ofrecía alguna pastilla para sus dolores, y le invitaba a merendar chocolate y galletas. Cuando vio alguno de sus dibujos pidió a sus hijas que le prestaran rotuladores y pinturas. Mina comenzó a llamarla “Tía”; le recordaba a sor Josefa, tocándole el pelo y susurrándole al oído cosas bonitas de sus dibujos. Pasaron dos, tres, o quizá cuatro años, no recordaba bien. Fue un tiempo sin recuerdos amargos: los compañeros del colegio, el cariño de algunas profesoras, la amistad de sus vecinas, y, por encima de todo, las atenciones de su Tía, compensaban con holgura el alboroto de su casa, los dolores de cabeza o de estómago, los resfriados permanentes, y las continuas visitas al médico. Pasaron dos, tres, o quizá cuatro años. El padre no encontraba trabajo, los ahorros se iban consumiendo, los amigos regresaban al país atraídos por el dinero rápido que ofrecía el petróleo. Tenían que volver. Aunque sólo fuera durante un tiempo, decía el padre. Para Mina era un castigo; los recuerdos, dulces y tristes, de sus primeros años, se escurrían de

su memoria, dejándole ligeras huellas, lejanos ecos de un tiempo que sabía gastado. No quería regresar; ahora no. Protestó ante su padre, mientras lloraba de rabia. Llorando de pena se lo dijo a su Tía. Y ambos, padre y Tía, llegaron a un acuerdo: Mina se quedaría al cuidado de la Tía, y su padre enviaría dinero para su manutención. Era primavera, y la niña, casi adolescente, pasaba de la melancolía a la euforia sin que mediara causa aparente: la tristeza la envolvía al pensar en su padre, tan lejos, allá en África; pero permanecer junto a su Tía, con sus hijas, continuar en su colegio, con sus amigas, imaginar un futuro menos “negro” que el que podía soñar en Guinea, o pensar que allá lejos también se había ido el griterío de las mujeres y sus hijos, invadía su ánimo de alegría y llenaba su cara de sonrisas. El catarro que había padecido durante todo el invierno se complicó con una neumonía. La ingresaron en el hospital, donde no paraban de hacerle pruebas y más pruebas, porque la enfermedad era muy resistente a los tratamientos habituales. Descubrieron la causa de sus males y avisaron a su Tía. No, ella no era su madre, ni siquiera tenía un documento que la reconociera como tutora legal; era sólo una amiga de la familia que se había hecho cargo de la niña por caridad, cuando el padre la abandonó, yéndose a Guinea. No, ella no podía hacerse cargo de Mina. Tenía otras dos hijas a quienes cuidar. Arriesgarse a un contagio. Ahora que ya ha desarrollado. Con el peligro que eso tiene. Pensar que sus hijas pudieran contraer la enfermedad. Imposible volver a casa con ella. El padre de la chica no contestaba sus llamadas. Metió su ropa en tres bolsas grandes, y se las dejó a las enfermeras de la planta. No juntó el suficiente valor para despedirse de ella; ni una explicación, ni un abrazo. Mina se encontró en una habitación de un hospital completamente sola: nadie la reclamaba, nadie la recordaba, nadie se interesaba por ella. ¿Existía, en realidad, o todo era una terrible pesadilla?. ¿Dónde estaba su Tía? ¿Qué le habría ocurrido que no venía a verla? ¿Qué estaba pasando?..... Una mujer, que se presentó como María, Trabajadora Social del Hospital, le contó que tenía una enfermedad grave, que en la actualidad no tenía cura, que debería tomar varias pastillas cada día, que tendría que cuidarse mucho y tomar precauciones para no contagiar a otras personas, cuando se hiciera una herida, por ejemplo, o con la regla. Su Tía se había asustado, y dijo que no podías seguir en su casa. El gobierno le buscaría una residencia y se haría cargo de sus cuidados y su educación. Permaneció Inmóvil, ni tan siquiera podía mover los párpados; le costaba trabajo subir y bajar el diafragma en busca de un hálito de aire. Desconcertada con tantas explicaciones no fue capaz de articular dos palabras para despedirse de la mujer. Esa noche lloró y lloró, dormitando entre sollozos, hasta que los ojos se secaron, como el desierto que se le aparecía su vida. ¡Qué iba a ser de ella! Su desamparo en seguida despertó el cariño de enfermeras y personal auxiliar; hicieron una colecta para comprar pinturas, rotuladores y blocs de dibujo. Mina llenó las paredes de la salita de enfermeras de hermosos dibujos tristes, con formas y colores cargadas de una melancolía que quería cruzar el mar y llegar hasta la selva, allá donde la línea del Ecuador se hace tierra africana. ¿Dónde estaba su padre? lloraba en silencio…. Dejó el hospital entre abrazos y buenos deseos, con los ojos vacíos de lágrimas y de tanto penar. Su nueva casa era una Residencia de Menores, ubicada en dos chalets adosados, con capacidad para 20 chicos, algunos un poco mayores y otros más pequeños. Estuvo tres días sin abrir la boca, más que para comer. La casa tenía un patio, a modo de pequeño jardín

descuidado, donde sentir el sol del incipiente otoño; pero no podía entrar y salir a su antojo, y aunque no tenía donde ir, no le agradaba sentirse presa. Pasaban los días, las semanas, y se iba habituando a su nueva vida, conociendo a los compañeros, tratándose con los cuidadores, siguiendo la rutina colegio-residencia, que no cambiaba los fines de semna, porque ella no tenía a nadie con quien pasar el sábado y el domingo. Belén era la educadora del turno de la tarde; fue quien le recordó los consejos que ya le dieron en el hospital sobre sus cuidados e higiene, quien le facilitaba la medicación, que ahora debía tomar a diario, estuviera enferma o no; quien le ayudaba con las tareas escolares; quien poco a poco fue mostrándose cariñosa y afable con ella; quien le robó la primera sonrisa después de semanas de angustia y abandono; quien le acarició una tarde su ensortijado cabello negro mientras pintaba un árbol del patio….; quien le arrancó una lágrima, furtiva de una nueva emoción, que no era el dolor habitual de los últimos meses; una lágrima que regaba la nueva sensación de protección y amparo, de cuidado y afecto, que Belén estaba despertando en ella. El nuevo cole, cerca de la residencia, no estaba mal; pasó un par de días trabajando con una profe muy simpática, que le hacía muchas preguntas y le proponía ejercicios más divertidos que los de clase; además le mostró donde había un pequeño servicio para que ella pudiera cambiarse la compresa o asearse siempre que lo necesitara; ya sabía que debía tener cuidado con su higiene, especialmente con todo lo relacionado con su sangre, porque podía contagiar a otros su enfermedad. En pocas semanas se acostumbró al ritmo de la nueva clase; y una vez más, gracias a sus dibujos fue ganándose a compañeros y profesores. Y volvieron las ganas de estudiar, sobre todo con la señorita Petri, la de los deberes raros, quien le daba clase con otros dos o tres chicos, en un aula pequeña; quien siempre le preguntaba qué tal estaba, cómo la trataban en la residencia; quien se preocupaba si le dolía mucho la regla ese mes; quien le decía palabras amables y animosas; quien despertaba en ella un pequeño escalofrío, desde la nuca hasta los pies, cuando la rodeaba los hombros con su brazo por los pasillos del cole….. Esperanza Resiliente

“Late, corazón…No todo Se lo ha tragado la tierra” Antonio Machado

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