EL SUEÑO DE EVA

Hoy al despertar he visto la pulsera que llevo en mi mano derecha y me he sorprendido sonriendo. Era extraño pues la noche ha sido inquieta tras acostarme preocupada por el momento social que estamos viviendo. No sé si preocupada es la palabra, quizá indignada, quizá cabreada de ver cómo están transformando la sociedad que tanto nos costó conseguir. De ver que es necesario que haya tres muertes para que al fin Ellos se sienten a negociar, atendiendo a lo que, los movimientos sociales de protesta les vienen reclamando desde hace años. De ver cómo arruinan a familias enteras de trabajadores, mientras protegen sus intereses y los de sus familias y amigos. Con descaro lo controlan todo, lo manejan todo, y pretenden transformarlo todo, consiguiendo la sociedad que siempre les hubiera gustado tener: clase trabajadora empobrecida, humillada y agradecida de que le lleguen las migajas de las grandes familias. Pues bien, hoy me he despertado sonriendo al ver la pulsera que llevo en mi muñeca derecha. Eva me la puso ahí, y ahí, se va a quedar mientras dure. Eva es una niña de once años que conocí este verano, y que vive en una pequeña isla, situada en el centro del lago más alto del Mundo. Viene a mi memoria la imagen de aquella noche, sin luna ni luces, volviendo de la pequeña plaza del pueblo, de la fiesta que habían hecho en honor de los turistas que estábamos allí alojados. Atravesando los pequeños huertos familiares, entre las acequias, a riesgo de tropezar, con la sola luz de dos frontales, dos niñas iban las primeras, Eva y su prima. Iban tan contentas que no dejaban de girar sobre sí mismas, consiguiendo que sus faldas de fiesta, se abombaran una vez tras otra, al ritmo de la última melodía que, su hermano y el grupo de música, nos habían tocado. Cualquiera podría imaginarse unas faldas de telas bonitas, llenas de colores, pero no. Ellas no necesitan tanto. Su traje tradicional lleva vivos colores en pequeños bordados sobre las camisas blancas, los fajines de la cintura, y una especie de manto negro que se sujeta desde la cabeza, manteniéndote muy recta, pues de lo contrario, como era mi caso, se cae a cada momento. Pero las faldas, son de paño grueso, yo diría que basto, de un solo color, una roja oscura y otra negra. Pero no importa, pues en su danza, para ellas, se trasformaba en las bonitas alas de una mariposa batidas por el viento. Eran felices. Habíamos compartido música, bailes, risas, confidencias. Les había sacado a bailar el único chico que llevábamos en el grupo, y las habíamos sorprendido cuchicheando de uno de los músicos, el más joven, aunque mayor para ellas. Pero era ¡tan guapo!. En ese paseo nocturno de vuelta a casa, agradecí haber superado mi inicial negativa a vestirme con ese traje especial, que tanto calor y peso me había aportado en la fiesta. Cuando Eva y su madre nos trajeron los trajes para vestirnos, la niña ya había elegido cuál nos venía bien a cada una de nosotras. Era tal el brillo

que irradiaban sus caras, sus risas, sus sonrisas, que nuestras cabezas dejaron de moverse de derecha a izquierda, y sin control, empezaron a moverse de arriba abajo, seducidas por esa luz que iluminaba la habitación que compartíamos. Eva vive con su familia en una humilde casa hecha de adobe. Su abuelo la está ampliando a trozos, para que los turistas que nos alojamos allí una vez al mes, nos sintamos más cómodos. Este verano estaba acabando el cuarto de baño. Se trata de una pequeña habitación, en medio del patio, donde el abuelo está instalando un lavabo, un baño y una pequeña ducha. Va a tener un depósito de agua en el tejado y, quieren llenarlo de agua caliente, cada vez que se vaya a usar. Le quedaba por instalar una sencilla puerta de madera y una pequeña ventana aún sin cristales. Quizá hace tiempo, las habitaciones que ahora ocupamos para dormir, fueron hechas de manera parecida. Todo un lujo, si las comparamos con la habitación que compartíamos con ellos. Se trata de una cocina-despensa-comedor, donde compartíamos las horas de comida, cena y desayuno. Solo una habitación con la cocina-horno en el extremo izquierdo. Habitáculo de fuego y pucheros, de donde la abuela solo sale en contadas situaciones. Una mujer siempre agachada, encogida, tan oscura como el humo que la rodea, y vigilante a sus cocciones. En el comedor, un banco corrido donde comen ellos, y una pequeña mesa donde comemos los turistas. Ellos no la usan. En la mesa, junto a nuestros platos, nos esperan cubiertos, vasos y servilletas. Ellos tampoco los usan. Tuvimos la suerte de compartir con ellos el tiempo de comidas y sus alimentos, que constan siempre de batata, patata, boniato, queso de cabra y carne seca solo a veces. Y en la mañana, el dulce a base de harina que hace la madre, especial para la ocasión. Tuvimos la suerte de compartir conversaciones y risas, las que les contagiábamos. Yo tenía la sensación de que a veces no entendían nuestras bromas, aunque intentábamos hacerles partícipes, pero se contagiaban de nuestras carcajadas. La madre, nos señaló que éramos un grupo muy parlanchín y divertido, que a veces los turistas ni hablan. Aunque sabíamos que el grupo era así, nos sentíamos alagados de compartirlo con esa familia tan especial. Hasta la abuela se asomaba desde su cuchitril para reírse. Hubo química. Eva quiere ser enfermera, y su hermano, además de músico, quiere ser médico. Estos chavales se aplican en sus estudios y sus tareas de casa, respondiendo así al esfuerzo de su madre, mujer emprendedora que, además de viuda, aún siendo joven y quizá por ello, también es víctima de la sociedad machista en la que viven. Tras la muerte de su marido, fue echada junto con sus hijos de la casa de los suegros, donde vivía cuidándolos. Dice ella al contar su historia que “sus padres la volvieron a acoger”. Ella les motiva y les da ideas para mejorar la atención al turista, convencida de que con esto puede dar un futuro a sus hijos, que la pequeña tierra y los pocos animales que mantienen, les estarían negando. Pues bien, desde esta situación, Eva quiere ser enfermera. Dice que hay muchas personas que necesitan que alguien las cure, las cuide, y que ella quiere formar parte de ese equipo de profesionales que siempre van a tener tarea. Desde este sencillo

planteamiento, y contando solo con su esfuerzo y el de su humilde familia, Eva tiene un primer objetivo: cuando cumpla doce años tendrá lugar su graduación, y quiere hacer una fiesta para celebrarlo. Por esto, nos ofrece a los turistas unas pequeñas pulseras de colores, hechas por ella misma, por las que pide una moneda. Monedas que va guardando para tan importante ocasión. Monedas que no se van a gastar en otras necesidades familiares (que a nuestros ojos, las hay), pues la madre sabe que para que Eva se esfuerce hasta el final de su objetivo, debe valorar cada paso, cada escalón, cada pequeño logro, de los muchos que le quedan. La madre anima a Eva a este comercio. Y esconde, detrás de la pequeña artesanía de su hija, otra más laboriosa que ella misma hace cada noche, cansada, agotando los ojos a la tenue luz de aquel comedor, y que sería más rentable para el grupo familiar si fuera vendida. No es una quimera. Otros que fueron niños, no muchos pero cada vez más, ya lo están consiguiendo. Y vuelven a su isla, a su pequeña y bonita isla, a aportar lo que han aprendido. Vuelven a mejorar, poco a poco, las condiciones de sus gentes, a reivindicar su cultura y su concepto de la hospitalidad. A enriquecer, económica y sobre todo, humanamente, a la tierra que les vio nacer, a sus gentes, a sus visitantes. Eva me puso la pulsera en la muñeca derecha. Hicimos un juego, el de pedir un deseo que se cumplirá cuando la pulsera termine su ciclo vital. No es muy original, pero, es el que se me ocurrió en ese momento. También es el que me permitía soñar con que lo que estaba aprendiendo de esa humilde familia, pudiera ser extendido, trasladado, transportado, a otras sociedades. Sociedades en las que no somos pocos, los que reclamamos un mundo diferente, pues creemos que es posible. Pero, siempre chocamos con la usura de los poderosos y su instrumentalización de las grandes leyes y normas que nos rigen. Sin embargo, a veces, se nos olvida que hay todo un mundo pequeño, nuestro, que nos pertenece, que no puede ser regido por esos grandes textos castradores. Un mundo de las pequeñas cosas, de los pequeños sueños, de las cosas compartidas en ámbitos sencillos. Ese mundo existe, solo tenemos que buscarlo, cada uno de nosotros, en nosotros mismos y desear compartirlo. No es un mundo que nos hará ricos. Pero es un mundo que nos hará útiles y, a pesar de todo, a pesar de Ellos, nos permitirá soñar en un mundo mejor que logre escapar a su control. Yo encontré la semilla de ese mundo en una pequeña isla en el centro del lago más alto del Mundo. Seguro que está esparcida por otros lugares, por otras pequeñas sociedades, por otras familias, por otros pequeños grupos sociales. Espero haberla traído conmigo, y desde aquí, compartirla contigo, ahora, mientras lees este relato.

Itaca Amantaní

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful