El clic

El tiempo estaba a punto de vencerle. Sabía que debía concentrarse en un tema, un asunto, un hilo conductor, una idea feliz. Casi siempre, las mejores historias se producían de esa manera. Todo se desencadenaba a partir de un clic, un algo que tomaba cuerpo a partir de una frase, una palabra o una situación que había vivido o que le habían contado. Faltaba poco para que se cerrara la admisión de originales y el segundero de su muñeca izquierda marcaba un cadencioso, lento pero inexorable, tic-tac puñetero que le sacaba de quicio. Era la enésima vez que se presentaba a estos premios. Siempre había pasado la mano por la pared pero él mantenía la certeza que alguna vez, con una buena historia, daría la campanada. Su trabajo de gacetillero local en una revista de provincias le aseguraba un pasar. Nada del otro mundo, lo suficiente para no mendigar, un cierto estatus social que le permitía ser invitado en algunos restaurantes a cambio de algún favorcillo publicitario, una cierta notoriedad social que hacía que fuese reconocido en ámbitos de los servicios públicos y, en fin, un sueldo que le mantenía a salvo de contingencias peores. Ricardo conoció a muchos que probaron en la capital con suerte dispar, pero él nunca quiso salir de ese círculo local en el que se sentía tan a gusto. Marina, con su proyecto de ser corresponsal de guerra de un buen diario; Alejandro, que lo intentó en una radio de prestigio; o Susana, que con sus 90-60-90 iba a comerse el mundo de la televisión. Un par de años después, “la estupenda”, un apodo que le puso Ricardo en una noche de gin-tonics en la que a punto estuvo de llevársela a la cama, volvió a la redacción cutre de provincias. De la capital se trajo una gran afición por los ansiolíticos, las dietas milagro y un sabor a ceniza fría en los labios que ya no se quitó en años. Y en la capital se dejó, según observó Ricardo con acidez, las mejores tetas de la comarca, una mirada cargada de

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inocencia y ese pelo lacio y largo que le volvía loco. Susana, en su afán de éxito profesional, se había comido otras cosas en la capital pero no el mundo. Pensó en escribir una especie de historia a vueltas con la vida profesional de la estupenda pero aquello haría aguas en el segundo párrafo. Es cierto que le podía dar toques de fantasía y elevar a categoría, a través de hipérboles, las vivencias que ella le contó, escenas de cama por aquí y por allá, eso siempre funciona, amén de su dependencia por la extrema delgadez y su periplo por clínicas de cirugía estética. Pero, al final del relato, ¡abracadabra!, ¿dónde estaría la gracia?, ¿y el mensaje?, et voilà, nada por aquí y nada por allá. No le gustaban los conejos en la chistera y al lector se le debía atrapar con buenas historias sin artificios vacuos. Puede que la presentación y el nudo estuvieran bien hilvanados, que enganchara al lector; pero y el desenlace qué. Aquello acabaría pareciéndose más a una especie de texto del jesuita Martín Vigil que no a lo que Ricardo buscaba. Por la mente del plumilla entraban y salían imágenes y textos que conservaba intactos en su cabeza. En los últimos años se había hecho un adicto al realismo onírico de Murakami, a quien le profesaba una gran dependencia literaria. Se había leído todo lo que del nipón se había publicado en cristiano y, en una noche de borrachera literaria, se hubiera dejado cortar un par de dedos de la mano por escribir como el japo. Hacer creíbles a millones de lectores de todo el mundo historias como las de la Crisálida de Aire o la Beuatiful People en “1Q84” era sencillamente genial. El reporterismo literario de Truman Capote en “A sangre fría” le entró por la venas como una oleada de aire fresco. Eso era lo que Ricardo siempre quiso ser. Un reportero que escribía como los ángeles. En la localidad nadie conocía sus ínfulas creativas. Ya se cuidaba mucho de no andar trasteando con sus pinitos de escritor. Siempre mandaba los originales con seudónimo y, ni borracho perdido, hablaba con otros colegas de la zona sobre el asunto. Sólo la estupenda, a quien había dedicado algunos ripios poéticos para conquistarla, conocía de su boca sus afanes por entrar en el Parnaso. Susana le consiguió una vez en la capi una entrevista en un programa

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nocturno de radio para escritores malditos. Se lo estuvo pensando un tiempo pero al final declinó la invitación. Aunque las ondas eran la excusa perfecta para no aparecer en público, se presentaría con su nombre literario y nadie reconocería su voz porque, además, ninguno de sus conocidos sintonizaría ni por equivocación aquel programa de Radio La Sirena cuyo título, “Dirty realism”, ya echaba para atrás a cualquier habitual radiofónico de los “No sé cuántos principales”. Aún así, se preparó una maleta menuda y se fue a verla. Durmió en su casa pero no con ella. Susana le apreciaba mucho, lo consideraba su maestro en la profesión, pero no se enamoró nunca de Ricardo. Para su pesar, él perdió los vientos por ella demasiados años en una obstinada lucha en la que solo consiguió castigarse el hígado, su tarjeta de crédito y una cierta dignidad que perdía a la tercera copa que veía que Susana se le escapaba viva. Y no tanto por no acostarse con ella, que también, sino porque hubiera sido capaz de irse a la capital si la estupenda se lo hubiera pedido. Jamás se lo pidió y Ricardo, además, nunca le dijo que estaría dispuesto a ello por una palabra suya. Antes del exilio de la chica él hizo cuanto pudo por ella. A su regreso, hizo aún más que eso: ayudarla en todo. Pero, esta vez, sin buscar nada a cambio. Su amor se marchitó y ya nada con ella volvió a ser igual en su imaginación. Ricardo adoptó, esta vez con profesionalidad, el papel de tutor de la estupenda. Intento recomponer el rompecabezas que aquella se trajo de la capital y enderezar lo que pudo una vida ya desnortada y sin rumbo mediada la treintena. No lo debió hacer tan mal porque, con los años, Susana se recuperó con otras medidas, con otras tetas y con otra sonrisa. Se enamoró, o no, de un ortodoncista dental que había enviudado años atrás y entonces comenzó lo que Ricardo definió, en un ardid literario, como el primer día de su segunda vida. La pareja intentó tener hijos pero el cuerpo de la estupenda ya estaba hecho jirones y no dio para esas filigranas. El orto era un buen tipo, o al menos eso le parecía a Ricardo, trataba bien a la chica y la retiró de la profesión. Tenían un buen pasar porque el asunto dental estaba en alza y todos los padres culpabilizados de la clase media llevaban a sus hijos a que les pusieran los dichosos brakets. Con todo y la

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estabilidad ganada, la estupenda se le insinuó alguna que otra vez en lo que él interpretó como una muestra de agradecimiento por todo lo que había hecho por ella o porque el higienista dental no la satisfacía lo suficiente. Sea como fuere, no estaba dispuesto ahora a dejarse arrastrar a una historia con inicio tan lamentable y final tan incierto. No, el capítulo con la estupenda tuvo su “The End” y ya está. “No way out” que dirían sus idolatrados Richard Ford o Jonathan Franzen. Estos dos gigantes de la escritura trataban como nadie, con una minuciosidad digna de un orfebre, las muchas miserias y las pocas grandezas de la clase media norteamericana. Ese retrato social, descarnado y repulsivo, le recordaba al más atroz Zola de “El vientre de París” o al amargado Víctor Hugo en “Los miserables”. Pero tampoco quería escribir un relato social. El compromiso del escritor con su mundo estaba bien pero ya era un asunto demodé. Sartre y mayo del 68 quedaban muy lejos y no era de buen tono adoptar temas sociales. La realidad era muy banal y se la debía superar en la ficción a toda costa. Y el amor…, bueno siempre era un clavo ardiendo al que asirse pero un tipo como él, derrotado en cientos de batallas por las flechas de Cupido, ya no creía en nada. Así que mal asunto también meterse en unos vericuetos por los que se le antojaba sinuoso el recorrido y espeso el relato. Demasiados adjetivos, algunos puntos suspensivos que fuerzan al deseo, o no, así como mucha psique femenina. Algo que le sacaba de quicio, ese rollo del pensamiento de las mujeres, se convertía en una especie de Santo Grial para los eruditos en la materia. Pues no, a él no le daba la gana pensar como una mujer y, menos aún, escribir como una mujer. Se acabó, hasta ahí podíamos llegar, para eso ya estaban las decimonónicas y muy gallegas Pardo Bazán o Rosalía de Castro. Y, más cerca en el tiempo, las Martín Gaite, Matute, Rosas Monteros o las insufribles Lucía Etxebarría, Espido Freire o Matildes Asensis. De entre este grupo, solo había una mujer que le había impresionado sobremanera. Carmen Laforet y su “Nada”, una obra de lectura casi obligada en el COU de su época. La biografía de esta mujer recóndita y abisal le llamaba tanto la atención… Escribe una primera obra, gana el Nadal en su primera

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edición con una novela y un asunto que no son de esos años cuarenta de plomo y, casi al mismo tiempo, desaparece de la vida pública, se encierra en su mismidad y ya no se vuelve a saber más de ella. Es cierto que publica más novelas pero no tienen el impacto ni la hondura de la primera. Ricardo se queda pensativo y recuerda si no será verdad aquel aserto que sentencia que los grandes escritores solo tienen un buen libro en su cabeza y algunos no consiguen escribirlo. Lo que diferencia a los genios, sin embargo, es que son capaces de ponerlo negro sobre blanco y que, al final, el resto de sus obras giran de alguna u otra forma en torno a esa gran historia que fueron capaces de escribir. Y bien lo sabe el plumilla que ha devorado a Murakami. Sus dos mundos paralelos están en “Kafka en la orilla”, en “1Q84”, y en “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”. El maldito cronómetro, llevaba una cuenta atrás para el cierre de originales, le saca de su ensimismamiento. De la profunda reflexión no le va a salir ninguna historia, ya decía no se quién que la inspiración debía pillarte con las manos en la masa, es decir, trabajando. Era Flaubert, cree, quien se pasaba la mañana emborronando papeles para tacharlos por la tarde. Una tarea más propia de Sísifo y su maldita piedra, sí, pero gracias a tipos como él hemos disfrutado con “La Señora Bovary”. Había leído recientemente en la crítica literaria de su diario favorito que una nueva traducción había resuelto hasta cambiar el título de la eterna “Madame Bovary”. La traductora esgrimía razones filológicas y conceptuales para tal pirueta y Ricardo estuvo dispuesto a comprarse la nueva traducción a ver si advertía los cambios. Él sí que se leyó a Flaubert con 17 años, escogió a la Bovary antes que los tostones rusos de los Karamazov o las Guerras y las Paces de Tolstoi. Sin duda, grandes relatos y sagas llenas de aventuras, de pocas cosas que pasan y de grandes sentimientos que los personajes nos transmiten pero, sobre todo, de muchas páginas que llenar en unos años en que los escritores debían de ganarse el plato de caliente a diario. Siempre ha sostenido Ricardo que a los volúmenes de Dostoievski, Tolstoi, Clarín o Pérez Galdós les sobran páginas al principio, al medio y al final. Tic-tac, tic-tac, el tiempo sigue ejecutando segundos y él no sale de su mundo interior. Entonces, cuando ya no acude

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ninguna musa en su auxilio, le viene una idea genial. Va a escribir sobre un instante de su vida. ¿No lo hizo Joyce en el “Ulises” y la crítica se puso a sus pies? Sin llegar a lo del irlandés, que no ha leído aunque cada verano se juramente a ello, Ricardo cree que puede sintetizar un segundo de su vida en un buen texto literario. La cosa tiene su miga. Original, se lo parece; tendrá hondura psicológica; amplitud de miras, porque el segundo es una excusa narrativa en la que va a caber de todo: ensoñaciones, angustias, deseos más recónditos, vivencias de los otros,… Ricardo se va entusiasmando con el asunto, ya empieza a ver escritas algunas de las frases que arrojará al texto. Es posible que, como tal, no tenga principio ni final al estilo clásico como se entiende canónicamente. A la mierda con las rigideces formales. Su admirado Cercas revolucionó la literatura contemporánea española con “Soldados de Salamina”, pero aún le gustó más el breve “La velocidad de la luz” que, aunque no tuvo tanta repercusión, le pareció una historia brillante y luminosa. Recuerda que lo leyó a la vera de una cama de hospital en donde su amada madre se despedía del tiempo y del mundo presente, en una especie de irrealidad compartida. La de la trama de la novela y la irresistible realidad del acompañamiento al ser querido que se nos despide como una luz que se apaga. Pues eso, ¿no decían que la novela había muerto? Pues él apostaba a que sí y rompería con todo ello. Así que, esta vez, el éxito estaba asegurado. Ahora faltaría saber qué segundo de su vida elegiría: ¿el de su nacimiento?, y fabularía a través de ese impacto sobre la existencia humana; ¿el de su primer amor?, y narraría las vicisitudes que se recorren por ese peregrinaje emocional; ¿o iría más lejos y ahondaría en un suceso banal de su vida sobre el que pivotaría una historia más intensa? Ahí estaba el clic, de ahí obtendría oro molido, había que buscar una nimiedad sobre la que construir el relato. Salió disparado de la redacción, a esas horas solo estaban en el viejo edificio él y dos compas lobotomizados que seguían una rueda de prensa en directo del chalado político de turno, y se subió a la moto. Estaba eufórico, le dio gas a su dos ruedas y enfiló la carretera en dirección a casa. Allí le esperaba la mejor historia del mundo con la que iba a ganar su ansiado premio. Era viernes y aún tenía todo el fin de semana por medio. Tiempo, pues, tenía. Desconectaría los teléfonos, no contestaría a la

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puerta y se concentraría solo en escribir. A la manera de Flaubert, pensó, cuando el semáforo del cruce habitual se puso en ámbar. Le faltaba, eso sí, el suceso, la excusa narrativa por dónde empezar. Y, cuando más cerca estaba de encontrarla, se despistó de la carretera y se dio de bruces con el asfalto. La caída de la moto le hizo daño en el cuerpo, no sabía muy bien qué le había pasado, porqué se había ido al suelo sin remedio. Advirtió en un segundo que la cosa no iba a ser leve, el pie izquierdo le colgaba de la pierna como una marioneta, pero esgrimió una sonrisa interior cuando llegaron los servicios de emergencia. Ahí estaba, lo había conseguido, el destino le había dado la excusa narrativa en la que centrar el relato. El suceso, el clic, el culmen estaba servido en bandeja de plata. La realidad le ofrecía gratis lo que antes se le volvía esquivo. Nadie en el hospital entendía porqué el tipo de la 354, rotura en espiral de tibia y peroné con implante de clavo de titanio en la medular del hueso fracturado, sonreía por doquier y no se quejaba de dolor. No sabían que no se puede vivir sin literatura y que la realidad, siempre, supera a la ficción.

Nàmreg Oyre otoño 2012

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