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Breve Cristología.

18 Y sucedió que mientras él estaba orando a solas, se hallaban con él los discípulos y él les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? 19 Ellos respondieron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado. 20 Les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contestó: El Cristo de Dios. (Lc 9, 18-20)

13 Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

"¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?" 14 Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". 15 "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?" 16 Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". (Mt 16, 13-16)

eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". (Mt 16, 13-16) El trabajo de hoy se

El trabajo de hoy se divide en dos secciones: en la primera conversaremos sobre nuestra visión personal y comunitaria de Jesús, para luego adentrarnos en las principales herejías que se han dicho en torno a Jesucristo; en la segunda sección revisaremos lo que la Iglesia ha ido descubriendo y señalando sobre Jesús (es decir, lo que debemos enseñar sobre Jesús). Finalmente, veremos algunas cuestiones sobre cristología. Pero antes que todo, es necesario definir lo que es la cristología. Por ella se entiende la ciencia que estudia la figura y la obra de nuestro Señor Jesucristo; este estudio lo realiza a través del análisis de las fuentes (escritos) donde fueron quedando plasmadas las huellas humanas de Jesús de Nazaret. La primera de estas fuentes es la Sagrada Escritura, y en forma particular los evangelios; es la fuente que con mayor autoridad nos habla de la persona y de la obra de Jesucristo. La otra fuente de la Cristología es la Tradición de la Iglesia, simplemente conocida como la Tradición y contenida básicamente en los documentos de los concilios ecuménicos en los que se ha ido formulando el dogma de fe sobre Jesucristo. Estos concilios son fundamentalmente cuatro: Nicea, celebrado el año 325; Primero de Constantinopla, del año 380; Efeso, del año 431, y Calcedonia en el año 451, en el que se llegó a la formulación humana más precisa sobre la persona de Jesucristo. Sabemos que Cristo se encuentra en la totalidad de la creación; sin embargo no podemos partir de la creación para el estudio de la Cristología, porque ésta es iluminada solamente a partir de la Encarnación de Dios hecho hombre. El único punto de partida para el estudio de Cristo es precisamente el acto de la Encarnación, porque cuando Dios se hizo hombre hubo ya alguien con nuestra misma naturaleza humana que al mismo tiempo era Dios. Nadie mejor que Cristo para hablarnos de Dios, porque él es Dios y porque es también hombre igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Por otra parte, nadie mejor que los apóstoles para hablarnos del hombre Jesús que fue glorificado en su resurrección, porque ellos lo conocieron, convivieron con él, y luego de haber resucitado se les apareció y lo pudieron ver. Ambas experiencias, la de la encarnación y la de la resurrección, están registradas en la Sagrada Escritura; por eso para nosotros es imprescindible partir de ella para conocer la figura y la obra de Cristo Jesús. La Tradición es una formulación, una explicación, una forma humanamente comprensible de expresar la experiencia de Cristo trasmitida por los apóstoles, según lo enseña el magisterio de la Iglesia.

¿Quién dice la gente que soy yo?

Para mí y mi comunidad

En primer lugar, conviene preguntarse sobre quién es Jesús para mí, cuáles son las características que posee Jesús y que me hacen reconocerle un valor especial. Para ello reunámonos en grupo y conversemos alrededor de las siguientes preguntas:

1.- ¿Quién es Jesús? 2.- ¿Cuál es la importancia de Jesús? 3.- ¿Qué dudas me genera la figura de Jesús?

Errores sobre Jesús: las Herejías:

1. Docetismo: herejía difundida en el siglo I, por Marción, Valentín y Basílides (estos últimos,

gnósticos) que reduce la carne de Cristo a una apariencia: "Parece que come, parece que camina, parece

que está cansado

contra este error. Jesús es verdadero hombre que come, bebe, se cansa, camina, llora, se admira. Jesús caminó por las calzadas polvorientas de Israel. Jesús miró con sus propios ojos a niños inocentes, a hombres enfermos, a fariseos complicados. Jesús amó con corazón también humano.

Tanto san Juan en sus cartas (1 Jn 4, 2) como san Ignacio de Antioquía luchan

".

2. Ebionismo: herejía difundida en el siglo II en ambientes judeocristianos que niega que Cristo haya

sido engendrado por el Padre y reconoce en Cristo al hombre investido por el E.S. en el Bautismo. Esta herejía fue condenada por san Ireneo de Lyon diciendo que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios. Verdadero

3. Adopcionismo: herejía difundida en el siglo II por Teodoro el viejo y Pablo de Samosata que dice

que Cristo es un simple hombre, adoptado por Dios como portador de una gracia divina excepcional. Niega, por tanto, la Trinidad, la divinidad de Cristo y la encarnación del Verbo.

4. Gnosis cristiana: herejía difundida en el siglo II por Marción, Valentín, Epifanio y Simón el mago,

según la cual Jesús no es Dios sino un "eón" en medio de los demás que ha venido para dar el conocimiento al hombre engañado por sus sentidos. Cristo desciende sobre Jesús en el momento del bautismo. Es una herejía, pues crea en Jesús un dualismo de personas y desvirtúa su misión divina y

redentora. Fue combatida esta herejía por san Hipólito y san Ireneo.

Fue combatida esta herejía por san Hipólito y san Ireneo. 5. Arrianismo: herejía difundida en el

5. Arrianismo: herejía difundida en el siglo III por Arrio, que niega la divinidad de Cristo. Cristo sería hijo adoptivo de Dios, no consusbstancial al Padre. Y el E.S. es la primera criatura del Hijo, por tanto, inferior a Él. Esta herejía fue condenada en el concilio de Nicea (325): "Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre".

6. Apolinarismo: herejía difundida en el siglo IV por Apolinar, que niega el alma humana de Cristo, creyendo que esa alma humana sería como la nuestra, pecaminosa. Así creía salvar la divinidad de Cristo. La Iglesia en el sínodo de Alejandría (362) afirmó el alma de Cristo diciendo: "El Verbo se encarnó para salvar alma y cuerpo; por ello tuvo que tomar un cuerpo". Y el sínodo de Roma del 377 condenó la herejía de Apolinar.

7. Nestorianismo: herejía difundida en el siglo V por Nestorio, obispo de Constantinopla, que sostenía

dos personas en Cristo: una divina y otra humana. El concilio de Calcedonia del 451 dice que en Cristo hay dos naturalezas separadas, unidas en una sola persona, la del Verbo.

8. Monofisismo: herejía difundida en el siglo V por Eutiques, archimandrita de Constantinopla, que

sostenía una sola naturaleza en Cristo, la divina. Dio respuesta el concilio de Calcedonia del 451: en

Cristo hay dos naturalezas: una, divina, y otra, humana.

9. Monotelismo: herejía difundida en el siglo VII por Sergio, patriarca de Constantinopla, que sostenía

una sola voluntad en Cristo, la divina. La Iglesia dio respuesta en el III concilio de Constantinopla (680-681): "En Cristo hay dos voluntades sin división, sin cambio, sin separación ni confusión".

¿Quién decís que soy yo? Pedro le contestó…

Ahora es el momento de revisar lo que la Iglesia nos enseña sobre Jesucristo. Para ello revisaremos varias cuestiones teológicas: en primer lugar, Jesús como Verdadero Hombre y Verdadero Dios; Luego, los nombres de Jesucristo y desde ahí nos acercaremos a la realidad de Jesucristo; y en tercer lugar, algunos temas que son preguntas en la catequesis.

1.-Verdadero Dios y Verdadero hombre

El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios.

Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad

Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban. Como vimos, las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, "venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). El primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no creado, de la misma substancia ['homoousios'] que el Padre". Siguiendo, pues, a los Santos Padres, la Iglesia enseña unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302). Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de Cristo: "No hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS 424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina como a su propio sujeto, no solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad" (DS 432). La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:

2.- Los títulos cristológicos

A.- MESÍAS

Desde los primeros años de la Iglesia el título más frecuentemente aplicado a Jesús fue el de Cristo. Según los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles la proclamación de Jesús como Mesías o Cristo era el tema fundamental del Kerigma (2,36; 3,18.20; 4,10; 5,42). La frecuencia misma de su uso condujo a que los creyentes fueran llamados "cristianos" o seguidores de Cristo (He 11,26), y esta frecuencia en su uso contribuyó a que perdiese mucho de su valor como título y pasase a ser nombre propio, sobre todo combinado con el nombre de Jesús para formar el de Jesucristo; dicho de otro modo, el nombre de Cristo pasó a ser sujeto en lugar de predicado. En los sinópticos encontramos "Tú eres el Cristo" (Mc 8,29 y par.), en Pablo:

"Jesús Cristo es el Señor" (Rom 10,9; I Cor 12,3). Originalmente Mesías o Cristo, en hebreo o en griego, significaba el Ungido, y este título era el calificativo común de los reyes teocráticos, los cuales eran consagrados precisamente mediante la unción con el óleo santo para regir al pueblo de Dios fungiendo como sus representantes en la tierra.

de Dios fungiendo como sus representantes en la tierra. a).- El Mesías en el Antiguo Testamento.

a).- El Mesías en el Antiguo Testamento. Tanto los evangelios como los documentos de Qumran demuestran que la esperanza de que pronto llegara ese Mesías era muy viva al comenzar sus predicaciones Juan el Bautista y Jesús, pero esos mismos escritos ponen de manifiesto que la imagen que se tenía del Mesías era confusa y daba lugar a muy diversas interpretaciones; en todo caso, se creía que el Mesías aparecería hasta el final de los tiempos y establecería en el mundo el Reino de Dios mediante la destrucción de todos los enemigos de Israel, o al menos de su sujeción, y vendría la dominación universal realizada por el pueblo elegido. En esta imagen del Mesías se mezclaban elementos terrenos, político-nacionalistas, militares y naturalmente también religiosos.

A través de la oración y de la penitencia de los justos vibra en el Antiguo Testamento la firme

esperanza en la pronta llegada de un gran acontecimiento; la plegaria del anciano Simeón en el Templo de Jerusalén (Lc 2,25s) es toda ella una ansiosa espera de la redención de Israel. La psicología del

pueblo judío, oprimido y ansioso de libertad, encontró el modo de consolarse en el pensamiento de un Mesías libertador que restauraría el reino de David.

b).- El Mesías en el Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento Jesús es el Cristo, el Ungido, en el sentido de que está de tal manera lleno del Espíritu Santo que lo derrama sobre la humanidad (He 2,33). El poder de comunicar el Espíritu Santo pertenece a Dios, ya que en el Antiguo Testamento solamente Dios es quien derrama el Espíritu. Jesús tiene, por lo tanto, un poder divino; es verdad que ha recibido del Padre el Espíritu Santo, pero él es quien lo derrama, y al hacerlo ejerce un poder que es particular de Dios. Durante las tentaciones del desierto Jesús rechazó la

propuesta de un mesianismo materialista, nacionalista y glorificador; en su vida pública evitó el apelativo de Mesías e impuso silencio a los que querían aclamarlo como tal hacia el final de su ministerio; en privado, y estando a solas con sus discípulos, parecería aceptar la declaración de su mesiandad hecha por Pedro, pero aclarando inmediatamente que siendo el Mesías tenía que padecer y morir por la salvación de todos (Mc 8,29-31; Mt 16,15-51; Lc 9,20-22). Por lo anterior, el mesianismo de Jesús no puede ser el mismo esperado por Israel en el Antiguo Testamento. Por su parte los apóstoles eliminaron el aspecto político, nacionalista y guerrero del mesianismo de Jesús dejando solamente el

elemento espiritual: (1) trasladaron la manifestación de su mesiandad al tiempo de la Parusía, donde aparecería como juez universal y establecería el Reino de Dios para toda la eternidad (He 3,20-21), o al tiempo de la resurrección-ascensión, donde se pone de manifiesto su exaltación a la derecha de Dios (He 2,36; 4,26-27); (2) dieron a su mesianismo una interpretación

espiritual al afirmar que ya era Mesías en su vida pública y en su pasión, porque "Dios lo había ungido "

con el Espíritu Santo

(He 10,38); (3) presentaron a Jesús como un Mesías trascendente, según un

aspecto que recalca especialmente Juan explicándolo en el contexto de Hijo de Dios (1,17.18; 11,27; 17,3; 20,31; I Jn 1,3).

de Hijo de Dios (1,17.18; 11,27; 17,3; 20,31; I Jn 1,3). c).- Abstención de llamarse Mesías

c).- Abstención de llamarse Mesías por parte de Jesús.

Si Jesús se hubiera designado a sí mismo como el Mesías los suyos habrían creído encontrar en

él la respuesta a la esperanza de un mesianismo terreno y político. Sabemos que los judíos esperaban a un libertador nacional, y que cuando la multiplicación de los panes creyeron haber encontrado en Jesús al rey que deseaban. Los mismos discípulos aspiraban a la restauración del reino de Israel, y como lo

demuestra su pregunta en el momento de la ascensión, esperaron esa restauración hasta el final. Así pues, teniendo en cuenta la disposición de sus contemporáneos, Jesús habría dado una falsa idea de sí mismo al declararse Mesías; por ejemplo, cuando Pedro profesó su fe diciendo "Tú eres el Cristo", inmediatamente después mostró no haber entendido el sentido de un mesianismo que habría de llevarse a cabo por medio de la muerte y la resurrección.

B) SEÑOR

El primero de los títulos no escatológicos que han sido dados a Jesús es el de Señor, Kyrios, que

en griego clásico significa la autoridad legítima de un superior sobre un inferior. Esta palabra en la versión griega de los LXX aparece como traducción del tetragrama YHWH de Yahweh, de manera que el título de Kyrios aplicado a Jesús en el Nuevo Testamento implica que todo aquello que en el Antiguo se aplicaba a Yahweh ahora debe atribuirse a Jesús. Sin embargo los LXX no utilizaron el nombre de Kyrios exclusivamente para traducir el de Yahweh, sino también otro nombre de Dios, Adhonai, que más bien significa soberano o gobernador y que puede traducirse al griego como Despotes. Los LXX tradujeron como Kyrios el nombre de Adhonai también en aquellos pasajes de la Escritura hebrea en que originalmente se designa a un superior humano. Después de su propio nombre y del título de Cristo, el tratamiento de Señor es el término más frecuentemente utilizado en el Nuevo Testamento, pues muy pronto fue adoptado por la comunidad primitiva según puede constatarse en He 2,36; 5,14; 8,16; 9,1.35.42; 10,36; 11,20-24; y es que el título de Señor, a diferencia de otros que presuponen el conocimiento del Antiguo Testamento (tales como

Hijo de David, Hijo del Hombre, Cristo, etc.) era más fácil de comprender para los cristianos venidos del mundo heleniza.

a).- Jesús el Señor, en los escritos de Pablo. El título que habitualmente atribuye Pablo a Jesús, como vimos anteriormente, es el de "Señor", lo toma de las primeras comunidades cristianas porque adopta una fórmula de fe que estaba en uso entre ellas: "Jesús es el Señor" (Rom 10,9; I Cor 12,3). Pablo da testimonio de la antigüedad de este título reproduciendo la formula de fe original en lengua aramea: Maranatha (I Cor 16,22), y la presencia de esta fórmula demuestra el origen arameo del título de Señor. Por otra parte, según los Hechos de los Apóstoles Esteban murió invocando al Señor y Pedro había llamado a Jesús Señor desde el día de Pentecostés (2,36). La intención de atribuir a la palabra Señor el valor de un título divino se manifiesta cuando Pablo refiere a Jesús lo que había sido dicho de Dios en el Antiguo Testamento; por ejemplo la cita de Joel 3,5: "Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará".

el que invoque el nombre del Señor se salvará". b).- Jesús el Señor, en los evangelios.

b).- Jesús el Señor, en los evangelios. Según el testimonio evangélico, en una ocasión Jesús

citó el Salmo 110 en el versículo que dice "El Señor dijo a

mi Señor", pero el mismo evangelio muestra la

trascendencia de Jesús respecto a David, pues David no subió a los cielos (He 2,34); de esta manera el evangelio presenta a Jesús como Señor de David y no como su hijo:

"Si, pues, David le llama Señor, ¿cómo puede ser hijo

suyo?" (Mt 22,45). Jesús, como el Señor, tiene un poder supremo que comparte a "mi señor" David en el Salmo 110. Con excepción de los versículos de Mc 11,3 y Mt 21,3, el evangelio de Lucas es el único de los sinópticos que da a Jesús el título de Señor, y su empleo es muchas veces redaccional (7,19; 10,1; etc.) Lucas, al llamar Señor a Jesús en su evangelio, está reflejando la costumbre de la comunidad primitiva. Cuando Lucas escribió su evangelio, influenciado por la comunidad primitiva vio a Jesús como el Señor que derrama su Espíritu. Solamente Lucas dejó escrito que Jesús se aplicó a sí mismo el oráculo de Isaías 4,18 en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor está sobre mí, para esto me ha ungido y me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva".

c).- Significado del título de Señor. El empleo de este título en el Nuevo Testamento es un reflejo de la experiencia del poder divino de Cristo que se vivía en la Iglesia primitiva. Los apóstoles experimentaban en su misión apostólica la fuerza de Jesús resucitado, y surgía espontáneamente entre ellos el deseo de llamarlo Señor. El título de Señor comenzó a brotar de labios de los apóstoles a partir de la resurrección, cuando María Magdalena corrió a decir a los apóstoles que había visto al Señor (Jn 20,18). El primer anuncio de la resurrección hecho por los apóstoles suena así: "El Señor ha resucitado y se ha aparecido a "

(Lc 24,24; Cf. Jn 20,20; He 9,10; 22,8; 26,15). La reacción psicológica de los que vieron a

Simón

Jesús resucitado no supo expresarse de otra forma que diciendo "Es el Señor"; los que vieron a Jesús en la gloria de su resurrección no hallaron un título mejor para él que el de Señor; él es el Señor, somos de él y él es el universo entero (Cf. Mt 28,18). El título de Señor se refiere más directamente a las relaciones de Jesús con nosotros. Es comprensible que Pablo, consciente como ningún otro de la relación personal que le unía a Jesús, haya considerado en él sobre todo al Señor, y que haya usado este nombre con mucha mayor frecuencia que el título de Hijo: 222 veces escribe Señor y 27 veces Hijo.

d).- Abstención de usar el título de Señor, por parte de Jesús. Jesús nunca se aplicó a sí mismo el título que con mayor frecuencia le daría la comunidad primitiva cristiana, porque habría significado en él una pretensión de poderío. El título de Señor habría sonado totalmente inadecuado en labios de Jesús porque él siempre insistió en que era Siervo y había venido a servir. En el evangelio de Juan encontramos el contraste que hay entre el título de Señor y la actitud humilde de Jesús al lavar los pies de sus discípulos: "Vosotros me llamáis Maestro y Señor "

(13,13)

C. EL HIJO DE DIOS

a).- “Hijo de Dios" en el Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento utiliza el nombre de hijo para designar al pueblo de Israel (Ex 4,22; Os 11,1), al rey como representante del pueblo (Sal 2,7), o al justo y al hombre pío en el judaísmo tardío (Eclo 4,10). El título de "Hijo de Dios" o simplemente "Hijo", en el Antiguo Testamento, solamente puede comprenderse en el marco de la fe en la elección divina, y por tanto dentro de los esquemas teocráticos en los cuales se expresa; de esta manera la filiación no resulta como consecuencia de una derivación física, sino que se produce por medio de una elección libre y gratuita por parte de Dios. Tomando en cuenta lo anterior, inmediatamente queda claro que la filiación divina de Jesús, tal como aparece en el Nuevo Testamento, fue algo completamente novedoso para el pueblo judío. Jesús habló y actuó como lo haría el mismo Dios, y vivió en una comunión muy singular con su Padre; tales pretensiones representan algo excepcional en la historia de las religiones, algo totalmente distinto de lo que podría entrar en el esquema de la concepción teológica del judaísmo, o en la visión esencialista propia del helenismo.

b).- “Hijo de Dios” en la doctrina de san Pablo. Pablo prefirió el nombre de Señor a cualquier otro para referirse a Jesús, pero también en algunas ocasiones le llama Hijo de Dios (2 Cor 1,19; Gal 2,20; Ef 4,13) o simplemente el Hijo, en sentido absoluto (I Cor 15,28), aunque en mayor número de

veces habla de las relaciones de Dios con su Hijo, por ejemplo en Gal 4,4 dice "Envió

o en Rom 8,29: "nos ha destinado a ser conforme a la imagen de su

8,29: "nos ha destinado a ser conforme a la imagen de su Dios a su Hijo

Dios a su Hijo Hijo".

El apóstol concibe la filiación divina de Jesús no tanto como adoptiva o adquirida, sino preexistente a su vida humana; esta preexistencia se encuentra

implícita en la afirmación de que Dios ha enviado a su Hijo: "Dios, habiendo enviado

a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado,

condenó el pecado en la carne" (Rom 8,3), y también: "Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Gal 4,4).

",

c).- “Hijo de Dios” en el evangelio de san Juan. Juan considera la filiación divina de Jesús como algo que es esencial de la fe, y

al respecto escribe en su evangelio "

fin de que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo

de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (20,31).

a

En la primera carta de Juan encontramos la fórmula siguiente: "Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios" (4,15), , afirmación que es diferente a la fórmula paulina de "Jesús es el Señor", que es una atribución genérica de la divinidad. Juan prefiere decir que Jesús es el Hijo de Dios porque ve con mayor claridad la posición de Jesús en el seno de Dios, y porque resuelve también el problema de la relación con Dios Unico, fundamento de la fe profesada por el judaísmo. Juan ha comprendido que para afirmar la divinidad de Jesús era preciso

especificar que es el Hijo de Dios.

d).- Abstención del uso de la expresión "Hijo de Dios" por Jesús. Jesús evitó autonombrarse Hijo de Dios, aunque a Dios siempre le llamaba Padre; incluso cuando durante su proceso tuvo que responder a la pregunta solemne hecha por el Sumo Sacerdote sobre su personalidad, contestó en forma afirmativa pero no mencionó el nombre; y es que este título, teniendo muchas aplicaciones en el Antiguo Testamento, no habría podido expresar con claridad la condición única y nunca antes conocida de la divinidad de Jesús. En el Antiguo Testamento el nombre de Hijo de Dios servía para designar a los ángeles (Sal 29,1), al pueblo de Israel (Ex 4,22), a los israelitas en general (Os 2,1), a los príncipes y a los jueces (Sal 82,6) y al rey (2 Sam 7,14). Jesús mismo aplicó esta expresión a otros, como cuando llamó hijos de Dios a los que trabajan por la paz (Mt 5,9) y a los que aman a sus enemigos (Mt 5,45). Es que resulta más fácil aplicar el calificativo de hijos de Dios a otros que a Jesús, pues conocido el misterio de la Santísima Trinidad no era sencillo explicar cómo siendo Jesús Hijo de Dios no era al mismo tiempo Hijo del Padre, Hijo del Hijo, e Hijo del Espíritu Santo; sería hasta tiempo después cuando la comunidad cristiana primitiva comprendiera que Jesús es el Hijo de Dios Padre, y que es Dios Hijo frente al Padre.

e).- El nombre de Dios, reservado al Padre. Aún concibiendo la filiación divina de Jesús como trascendente y preexistente en muy rara ocasión el apóstol Pablo y los evangelistas afirman explícitamente que Cristo sea Dios, y es porque el nombre de Dios lo reservan al Padre. Este modo de expresarse es intencionado; Pablo recoge la afirmación monoteísta del Antiguo Testamento que dice "Yahweh es nuestro Dios, Yahweh es único"

Para nosotros no hay más que un solo

Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor Jesucristo, por

quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (I Cor 8,4-6). Si Jesús se hubiera declarado Dios, habría parecido que se identificaba con Yahweh, a quien en el Antiguo Testamento el pueblo de Israel había aprendido a considerar como Padre; por eso simplemente el hecho de presentarse como Dios habría aportado una falsa claridad a su identidad, y suscitado reacciones hostiles de todos ante una pretensión que era absolutamente inaceptable para cualquier creyente judío.

(Dt 6,4) y la aplica al Padre: "No hay más que un único Dios

D. HIJO DEL HOMBRE Tenemos que observar que la expresión «hijo de

la aplicaban los judíos a cualquier persona

que tenía especial relación a la cosa a que se dedicaba, o que le caracterizaba; así a Judas se le llama «hijo del Diablo» a Bernabé el generoso, se le llama «hijo de Consolación» a los condenados se les llama «hijos de ira» y a los pacíficos «hijos de paz». No es pues extraño que Jesús, que había venido de Dios en una misión tan especial como era la de salvar a los hombres, acomodándose al lenguaje de los judíos se llamara a sí mismo «Hijo del Hombre». No hijo de ningún hombre en particular, sino del Hombre de un modo genético o general. En el libro de Daniel hallamos una referencia especial a este nombre en un Ser, en figura de hombre, que aparece al lado de otro Ser llamado «Anciano de días», que era una representación de la Divinidad. Al Hijo del Hombre de la visión celestial, dice el texto, que le fue dado «dominio y gloria y reino para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es dominio eterno que nunca pasará y su reino un reino que no será destruido jamás» (Daniel 7:13-14). Evidentemente éste es el Mesías de Israel. Seguramente las gentes del tiempo de Jesús habían oído explicarlo muchas veces a los rabinos, en las sinagogas. Al adoptar Jesús semejante nombre era decir a las gentes que le rodeaban, no solamente que Él había venido con una misión especial en favor de los hombres, sino que Él era el Mesías profetizado por Daniel.

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3.- Preguntas Frecuentes

¿Cuándo nació Jesús? En el imperio romano los años se contaban desde la fundación de Roma, que convencionalmente se fija en el año 753 a.C. Fue el monje Dionisio el Exiguo el que, en el siglo VI, calculó, con los datos que poseía en su época, que Jesús habría nacido en el 754 de Roma, y por tanto, que ese era el año 1 de nuestro calendario. Hoy conocemos un detalle que aquel monje desconocía y que modifica la datación: Heredes I el Grande, bajo cuyo reinado nació Jesús, murió el año 4 a.C. Según esto. Lo seguro es que el nacimiento de Jesús tuvo lugar antes del referido año 4 .a.C. Si, además, tenemos en cuenta toda una serie de indicios, podemos colocar con muchísima probabilidad el nacimiento de Jesús entre el final del año 7 a.C. y los comienzos del 6 a.C. Los años de nuestros actuales calendarios no son, por tanto, la distancia exacta que nos separa de la aparición de Jesús. Que el hecho tuviese lugar en tiempo del emperador Octavio César Augusto encaja perfectamente, ya que gobernó desde el 30 a.C. hasta el 14 d.C.

ya que gobernó desde el 30 a.C. hasta el 14 d.C. ¿Qué día nació Jesús? Estamos

¿Qué día nació Jesús? Estamos tan acostumbrados a celebrar la Navidad el 25 de diciembre, que la respuesta nos parece evidente. Sin embargo, en el evangelio nada se dice al respecto. Parece que fue al final del reino de Constantino (muerto en 337), cuando se decidió celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de

diciembre. El emperador Aurelio había fijado en esta fecha, que es la del solsticio de invierno, es decir el momento en que la fuerza solar que decrece hasta ese momento, comienza a crecer de nuevo, la fiesta del “Natalis solis invicti”, del sol renaciente e invencible. La iglesia, probablemente para cristianizar esta fiesta pagana, decidió celebrar el “dies natalis” (de donde viene

nuestra «Navidad»), el día del nacimiento del verdadero «sol naciente»

En el cronógrafo del año 354,

calendario romano civil y religioso, se puede leer a propósito del 25 de diciembre: «En el octavo día de

las calendas de enero, Cristo nació en Belén de Judá».Esta fecha es pues romana, pero se

extendió rápidamente durante el siglo IV por toda la cristiandad, celebrando así la gloría de Dios que se manifiesta en Jesús, luz que ilumina a todo hombre.

¿Por qué el Verbo se hizo carne? Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre". El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10)."El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "El se manifestó para quitar los pecados" (1 Jn 3,

5):

El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios:

"En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino

que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre

para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí al

vosotros mi yugo, y aprended de mí

al Padre sino por mí" (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: "Escuchadle" (Mc 9, 7; cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva:

"Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al

entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Atanasio, Inc.,

54, 3). "Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit,

ut homines deos faceret factus homo" ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).

"(Mt 11, 29). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va

¿Jesús tenía conocimientos sobrehumanos? El Hijo de Dios está dotada de un verdadero conocimiento humano, por lo que no podía ser de por sí

ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por

eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2,

52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf.

Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.).

Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). "La naturaleza humana del

Hijo de Dios, no por ella misma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo

que conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere

al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la

penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2,

25; 6, 61; etc.).

Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).

¿Jesús decidía solo? De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo "sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente" (DS

556).

¿Por qué se pueden hacer imágenes de Jesús? Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado Por eso se puede "pintar la faz humana de Jesús (Ga 3,2). En ll séptimo Concilio ecuménico (Nicea II) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas. Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible en su naturaleza se hace visible" (Prefacio de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen, "venera a la persona representada en ella" (Cc. Nicea II: DS 601).