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MAMABUELA El sudor se desliza como cascada por los surcos de su octogenario rostro.

Un soldado causa alboroto con sus botas al caminar por la vereda que está frente a su casa. Ella busca al causante del ruido con sus ojitos de guacalchía mortecina. En el árbol de almendras que tiempo atrás había sembrado, un chucho se desahoga desmesuradamente. Los cipotes que juegan a la guerra en el patio lateral de la casa, ríen de ver al chucho malicioso, que tranquilamente baña al inofensivo arbolito. De cuando en cuando se levanta apoyada en un bordón, a espantar a las cabras que llegan a comerse las hojas del árbol, que ella cuida como a su propia vida. Sentada en una vieja silla de madera, en el corredor de la casa, pasa largas horas divisando el paraíso de la nada. Con un abanico improvisado de pedazos de cartón, se da brisa, ahuyentando momentáneamente al producto de la despiadada deforestación... ¡Háblenle a Jorge por teléfono y, díganle que venga a llevarme...! Es el calor sofocante lo que la agobia; y su anhelo de estar en la otrora gélida Santa Tecla. Desesperada se levanta de la silla y apoyándose en su bordón, golpetea a los lados para no tropezar... ¡Edgardo! –le grita a su bisnieto- ¡Buscame la toalla! Queriendo paliar el semejante calor, se refugia en el baño. Guacalada tras guacalada de hirviente agua, no mitiga el fogaz que siente la octogenaria anciana. Como pueblo tórrido, después de haberle caído una esporádica tormenta, sale del baño, exhalando vapor. En la monotonía de su exasperante rutina, recuerda a veces, canciones que su primera maestra le enseñó: “Una casita de toscapiedra, junto a la margen de un manantial, donde florece la verde yerba...” Y elevando hacia el cielo su cabecita de Danilo Vásquez | Edición 1985

el paraíso de la nada. Danilo Vásquez | Edición 1985 . Una casita de toscapiedra. Y suspirando.. rememora nostálgicamente.bosque ceniciento.. mira con sus ojitos de guacalchía mortecina... un pasado que jamás volverá.