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CUENTO DE UN REVOLVER. Soy pequeo y barato; pero s, mi accin es determinante. Ayudo al hombre a superar muchos complejos de inferioridad.

Soy su psiclogo, lo hago valiente y superior a sus coterrneos. Cuando me tiene abrazado a su cintura, dice palabras que sin m, no las dira: Habla fuerte, golpea, reclama obediencia y hasta me usa para matar. El hombre sin m, es enano, torpe, estpido y bayunco; no mira a los ojos porque teme le hieran su conciencia; sufre porque se siente humillado. Me llaman sicologa de al tiro, instantneo para irradiar seguridad al inseguro. He destruido grandes sueos de ilustres personajes, que quemaron noche a noche sus vidas en magnnimas elucubraciones y, de un slo estruendo d fin a esas vidas. Tambin, he servido de solucin definitiva a las torturas mentales de grandes, medianos y pequeos escritores. Psicologa en la cintura, espontneo y efectivo; mi incentivo es el poder, la gloria, el dinero, las mujeres y me jacto y grito a los cuatro vientos que he matado a Dios, junto al hombre, infinidad de veces. Las discusiones, yo las resuelvo sin tanto formalismo y he mandado a los cementerios a unos y a las prisiones a otros. Me llaman de vez en cuando: Mensajero de la paz. He sido engavetado, pero luego negociado y liberado, en busca de ms seres inocentes, para saciar la sed loca de matar de algunos antropfagos. Un da no muy lejano, espero ser galardonado con el mximo premio legado por don Alfred Nobel. Hasta el momento el placer ms sublime para m, es estar abrazado en la cintura de aquellos que visten uniformes bien planchados, botas lustrosas que reflejan hasta el paso de los transentes y que caminan en los andenes, de esquina a esquina, cuidando oficinas gubernamentales, bancos, negocios y Protegiendo ciudades, Danilo Vsquez | Edicin 1983

pueblos, caseros, cantones y yo, asido a su cincho, altivo, soberbio, rozando la cintura con ligeros movimientos; y l, de vez en vez, pasando la mano acariciadoramente sobre mis nalgas; percibo y siento en l, que le transmito un prurito deseo que le digan algo, que lo insulten, que lo provoquen, para ser extrado de la cartuchera y ser mostrado y disparado. Son los nicos que me proporcionan ese gran placer. Mi voz ha resonado y seguir resonando eternamente en el seno de las montaas, selvas y bosques; ciudades y pueblos, en todo el mundo y continuar rompiendo cabeza y pecho de todo rebelde que clame justicia, paz y amor.

Danilo Vsquez | Edicin 1983