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I I P P U U L L A A C C I I Ó Ó
I I P P U U L L A A C C I I Ó Ó

Sebastian J. Lorenz

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EL MITO INDOEUROPEO

Sebastian J. Lorenz

Í N D I C E

EL MITO INDOEUROPEO

PRÓLOGO.

ARIANISMO

Y

NORDICISMO:

del

«Urvolk»

original

al

«Herrenvolk»

señorial.

INTRODUCCIÓN. EL RACISMO NÓRDICO EN LA ALEMANIA NAZI:

ESPÍRITU RACIAL Y ESPACIO VITAL.

CAPÍTULO I. EL ORIGEN ARQUEOLINGÜÍSTICO DEL MITO ARIO: PROBLEMA ETNOCULTURAL O MISTERIO RACIAL.

1. El descubrimiento de la lengua de los arios.

1.1. La lengua común originaria.

1.2. Los grupos lingüísticos diferenciados.

2. La patria de los arios.

2.1. Una lengua, un pueblo, una patria.

2.2. La zona del mar Báltico.

2.3. El norte de Alemania y Escandinavia.

2.4. Las llanuras de la Panonia en Hungría.

2.5. Las estepas del sur de Rusia.

2.6. La península de Anatolia en Asia Menor.

2.7. La recuperación de la tesis nord-europea.

3. El misterio de los arios.

3.1. El hábitat ártico o circumpolar.

3.2. El misterio hiperboreal.

3.3. La raza nórdico-atlántica.

4. La raza de los arios.

4.1.

El tipo racial nórdico.

4.1.

La etnogénesis de los pueblos nórdicos.

CAPÍTULO II. EL MITO RACIAL COMO PATRIMONIO IDEOLÓGICO EUROPEO.

1.

Razas y racismo: sobre el inasible concepto de raza.

 

1.1. Un concepto convencional de raza.

 

1.2. Una clasificación tradicional de las razas.

 

1.3. Un racismo de corte europeo.

 

2.

Las

teorías

precursoras

del

supremacismo

de

la

raza

blanca

europea.

2.1. El darwinismo social.

2.2. El supremacismo colonial.

3. El camino del pangermanismo y del antisemitismo.

3.1. La dirección nacionalista y populista: el pueblo –alemán-

predestinado versus el pueblo –judío- elegido.

3.2. La dirección individualista y elitista: las “bestias rubias” y

la llegada del nuevo superhombre.

4. Hacia un germanismo nacional, racial y popular.

4.1. El pensamiento conservador nacional-populista-racialista.

4.2. La justificación política y psicológica del Estado racial- totalitario.

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CAPÍTULO III. DEL ARIANISMO AL PANGERMANISMO COMO TRÁNSITO HACIA EL NORDICISMO.

1. El aristocratismo racial como origen de la desigualdad de las razas

humanas.

1.1. La mezcla racial y la decadencia de las civilizaciones.

1.2. El caos racial y la corrupción de la sangre.

2. La degeneración racial de los arios mediante la hibridación.

2.1. Las excelencias de la raza aria.

2.2. La sangre pura de los arios germanos.

2.3. El fin de los arios germanos.

3. La regeneración racial de los arios mediante la selección.

4. La lucha racial por la hegemonía germánica.

4.1. El germanismo puro.

4.2. El germanismo extremo.

4.3. El germanismo académico.

5. La antítesis germanismo/judaísmo.

6. La raza germana como resultado de la evolución.

6.1. La superioridad adquirida por las razas ario-germanas

6.2. La conservación de la sangre celto-eslavo-germánica.

6.3. La raza aristocrática de los germanos.

7. Las corrientes místico-esotéricas del arianismo: de la ariosofía a la

antroposofía.

7.1. La cosmogonía glacial: el hielo eterno.

7.2. La doctrina secreta: manual de las siete razas.

7.3. La sabiduría de los arios: la orden de los armanos.

7.4. La sociedad Thule: el hogar ancestral.

7.5. La sociedad Ahnenerbe: en busca de runas y esvásticas.

CAPITULO IV.

EL

GERMANISMO.

TRIUNFO

DEL

7.5.1. La herencia aria ancestral.

7.5.2. La simbología aria.

NORDICISMO

COMO

SUPERACIÓN

DEL

ARIO-

1. El Nacionalsocialismo como “ciencia” racial aplicada.

2. Los precursores del nordicismo racial.

3. El triunfo del nordicismo racial bio-antropológico.

3.1. La superioridad de la raza nórdica.

3.2. La clasificación antropológica de las razas europeas.

3.2.1. La raza nórdica (nórdico-báltica)

3.2.2. La raza fálica (nórdico-atlántica).

3.2.3. La raza oéstica (atlanto-mediterránea).

3.2.4. La raza dinárica (anatólico-armenoide).

3.2.5. La raza alpina (éstico-central).

3.2.6. La raza éstica (balto-oriental).

3.3. Influencia ambiental o transmisión genética

4. La radicalización del nordicismo racial bio-antropológico.

4.1. El nordicismo racial acientífico.

4.2. Los judíos como producto de la mezcla racial.

5. El tibio rechazo del nordicismo racial como reacción europeísta y

espiritualista.

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5.1. La rehabilitación de las razas no-nórdicas.

5.2. La preservación de la raza alemana de las razas no-

nórdicas.

5.3. La

nordización.

5.4. La desnordización de España.

su

asimilación

de

otras

razas

europeas

mediante

6. El nordicismo racial psico-antropológico: una alternativa frustrada.

6.1. El espíritu de la raza.

6.2. O la raza del espíritu. Un ario-romanismo de inspiración nórdica.

CAPÍTULO V.

LA

“NORDIZACIÓN”.

SELECCIÓN

DE

LA

RAZA

ARIA:

LAS

DOCTRINAS

SOBRE

1. El mito racial nórdico: sangre y espíritu.

LA

1.1. La nueva religión: raza y alma racial.

1.2. La desintegración de las civilizaciones nórdicas.

1.3. El ideal estético-racial de belleza nórdica.

1.4. El parasitismo de la contra-raza judía.

1.5. El sistema estatal nórdico: la autoconservación de la raza.

1.6. La nueva política nórdica: Europa y el camino hacia el

Este.

2. La antigua nobleza racial: sangre y tierra.

1.1. La nobleza racial del campesinado nórdico.

1.2. La selección racial del campesinado nórdico.

3. La nueva élite racial: sangre y honor.

2.1. Una Orden de hombres nórdicos.

2.2. La “renordización” de Europa.

4. La colonización racial: sangre y espacio vital.

4.1. Europa Media, el corazón de la tierra.

4.2. Eurasia, el gran espacio continental.

5. Las leyes raciales: sangre y derecho.

 

4.1.

Leyes de eugenesia: las medidas de higiene racial.

 

4.2.

Leyes de ciudadanía: las medidas de discriminación racial.

CAPITULO VI.

ARIANISMO

Y

ANTIJUDAÍSMO

HITLERIANOS:

EJE

DE

UNA

ESTRATEGIA “BIO-GEO-POLÍTICA”.

1. Los orígenes del antijudaísmo germano.

1.1. Raza judía y cuestión judía.

1.2. La singularidad del pueblo judío.

2. Los argumentos del antijudaísmo germano.

2.1. La reacción ante la “emancipación” de los judíos europeos.

2.2. El mito de la “conspiración judía mundial”.

2.3. La “anti-raza” -judía y parasitaria- de la raza aria.

3. Arianismo y Antijudaísmo hitlerianos: el judío como antítesis del

ario.

3.1. La formación intelectual de Hitler: el principio racial.

3.2. El ario creador.

3.3. El judío destructor.

4. El racismo hitleriano: Estado racial y Espacio vital.

4.1. El Estado racial.

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4.1.1. La protección racial.

4.1.2. La ciudadanía racial.

4.1.3. La educación racial.

4.2. El Espacio vital.

4.2.1. La alianza natural en el Oeste.

4.2.2. La guerra racial en el Este.

EPÍLOGO. EL DESTINO DE LA RAZA NÓRDICA.

BIBLIOGRAFÍA.

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PRÓLOGO

Arianismo y Nordicismo:

del «Urvolk» original al «Herrenvolk» señorial

Por fin llega al lector español un riguroso estudio sobre la apropiación ideológica de la “cuestión aria” en la Alemania nazi. Hasta este momento, la manipulación germana de una supuesta “raza aria”, problema históricamente controvertido, filosóficamente polémico y políticamente incorrecto, sólo ha sido abordado tangencialmente y sin ninguna profundidad por los miles de libros y artículos publicados sobre la época más cruenta y conflictiva de la historia de la humanidad. Podríamos exceptuar los trabajos de Julius Evola sobre el «mito de la sangre» (Il Mito del Sangue) 1 y León Poliakov sobre el «el mito ario» 2 (The Aryan Myth), pero ambos aparecen marcados por una más que dudosa imparcialidad: el primero, intelectual italiano equidistante entre el misticismo y el fascismo, como representante aislado de un ario-romanismo de corte espiritual, alejado del ario- germanismo y del nordicismo racial, posición beligerante que le condenó al ostracismo tanto por parte del nacionalsocialismo alemán como del fascismo italiano; el segundo, pensador hebreo acreedor de un judaísmo combatiente que no oculta sus fines de adoctrinamiento dirigidos a las nuevas generaciones formadas en una conciencia alemana y, en general, europea, presas de una presunta culpabilidad derivada de la victimización causada por un estigma racial que no alcanza a comprenderse, ni a interpretarse, por los parámetros humanistas y racionalistas entre los que se desenvuelve –y se revuelve- la mal llamada civilización occidental.

Ante semejante perspectiva en lengua española, resulta difícil imaginar las innumerables lecturas, en diversos idiomas (aunque principalmente en inglés y alemán), de libros y artículos no precisamente concebidos para el ocio y el entretenimiento literarios, sino para el encumbramiento –científico unas veces, ideológico otras- de sus respectivos autores. Hay que reconocer el esfuerzo que supone asimilar las disciplinas de Bosch-Gimpera, Tovar, Villar, Romualdi, y de Benoist que, al menos, se encuentran editadas en castellano, o los ya más

1 Julius EVOLA, “Il mito del sangue”. Existe edición en español: “El mito de la sangre”, Heracles, Buenos Aires, 2006. 2 León POLIAKOV. “The Aryan Myth. A History of Racist and Nationalist Ideas in Europe”, Sussex University Press, London, 1974. No existe traducción española.

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especializados de Penka, Kossinna, Childe, Gimbutas, Renfrew y Safronov, publicados en lenguas foráneas. Y ello por no hablar de las doctrinas de Gobineau, Woltmann, Chamberlain, Wirth, Günther, Darré o Rosenberg, autores a los que el propio Hitler nunca reconoció haber leído o, cuando lo intentó, no pudo pasar de las primeras páginas. Afortunadamente, el mundo virtual en el que vivimos nos ofrece numerosas y útiles herramientas como el escaneado de libros inéditos o agotados y la posibilidad de su traducción, libre pero orientativa e ilustrativa. El trabajo, con todo, es ímprobo, pero ha merecido la pena.

El libro sobre “el mito ario de Hitler” pudiera parecer un estudio monográfico especializado, y hubiera podido llegar a serlo, si además de las perseguidas dosis de objetividad e imparcialidad que intentan presidirlo desde el principio hasta el final, el autor, en lugar de haberse resistido al productivo mercantilismo publicitario que usa y abusa de la ahistoricidad, el sensacionalismo y la morbosidad para sus propios fines comerciales y propagandísticos, no se hubiera dejado embriagar por la exhaustividad propia de un novel investigador. Entonces, resulta que este trabajo no es una monografía, sino toda una enciclopedia, reunida en un solo volumen para mayor gloria de los tratadistas. Y es así porque el autor no se ha sometido a la limitación de los tradicionales enfoques unidimensionales, antes al contrario, ha optado por una tratamiento multidisciplinar. El propio título de esta breve nota introductoria nos informa de un tránsito incómodo y forzado del conocido aforismo indoeuropeo, acuñado con fines culturales, «urvolk, urheimat, ursprache» (un pueblo, una patria, una lengua), al temible e imperial «herrenvolk» alemán (pueblo señorial), lo que ya hace prever un interesante cóctel de disciplinas como la historia, la geografía, la antropología, la arqueología, la filosofía, la geopolítica, la biología y la filología, uniformadas todas ellas bajo el prisma de una racionalidad que, no obstante, procura dejar espacio a otras ciencias auxiliares como la mitología, la simbología y la ariosofía, sin por ello quebrantar el rigor intelectual exigido en un proyecto tan ambicioso como inexplorado.

El “problema indoeuropeo” fue realmente una cuestión de identidad estrictamente europeo. Cuando todavía se creía que la luz civilizadora vino de Oriente, aparecieron los “arios” como pueblo originario y primigenio (ariervolk), cuyas posteriores migraciones hacia Occidente habrían colonizado toda Europa. Conforme iba desprestigiándose la creencia en un exótico origen asiático y se abrían paso las más realistas teorías eurocéntricas, en Alemania, poseída por una casi divina predestinación de su misión universal para salvar a la humanidad, se adoptó el nombre de “indogermanos”, uniendo las dos ramificaciones extremas de aquel

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pueblo misterioso (indoiranios al este, germanos al oeste) que, posteriormente, fundamentándose en las descripciones físicas que los autores clásicos hacían de sus individuos (altos, fuertes, rubios y de ojos azules), confirmadas por las pruebas arqueológicas y antropológicas halladas en Escandinavia, Alemania septentrional y el Báltico, entonces los nazis acuñaron la denominación exclusiva de “nórdicos” …, aprovechando que el Rin pasa por la Germania, como hubiera escrito un Tácito latino ofuscado por la decadencia de los romanos frente a la vitalidad de los bárbaros germanos.

De esta forma, el “mito ario” no fue una invención alemana, sino fruto de la manipulación cultural europea de un problema etnolingüístico para justificar la conquista, el dominio y la explotación de los pueblos asiáticos, africanos y americanos. Y de ahí también que el libro nos recuerde que estamos irremediablemente ante un auténtico “mito europeo”, que comenzó frágilmente su andadura de la mano del darwinismo social para legitimar, entre las clases políticas e intelectuales, el supremacismo blanco cómplice del colonialismo depredador y de las discriminatorias políticas inmigratorias, que hacían del europeo, especialmente de los nórdicos, el “prometeo de la humanidad” (por emplear la conocida expresión hitleriana) frente a los “esclavos de una subhumanidad” luciferina desposeída de la divina evolución. Con todo, el “arianismo” tuvo en sus orígenes unas connotaciones románticas que pretendían enviar un mensaje moralizante sobre la decadencia de la cultura occidental en comparación con el estado puro y virginal de una civilización aria anterior a la historia, pero no prehistórica, sino parahistórica. El germanismo más radical, sin embargo, se apropió del origen ario para proclamar y reivindicar sus derechos al dominio mundial, convirtiendo al pueblo originario, mediante una transmutación biogenética, en la raza nórdica de señores y conquistadores, seleccionados naturalmente para el “arte de gobernar y hacer la guerra”.

Pero realmente, ¿existió un nexo intrahistórico e ideológico común entre Darwin, Schlegel, Gobineau, Chamberlain, Wagner y Hitler? La respuesta debería ser rotundamente negativa. No obstante, la forma en que Hitler –que se consideraba a sí mismo como heredero de la refinada cultura europea de tradición grecorromana frente a la rudeza de las costumbres nórdico-germanas- supo vulgarizar, sintetizándolas, popularizar, ideologizándolas, y finalmente, explotar las constantes vitales de la “arianidad” en aras de sus objetivos “bio-geo-políticos” de expansión territorial, colonización racial y dominación mundial, podría hacernos pensar en la tangibilidad de ese inexorable conductor al que llamamos destino. Algo en lo que no cree el autor, aunque la historia, en ocasiones, esté condenada a repetirse.

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Para finalizar, debe aclararse una cuestión semántica sustancial para la comprensión de las páginas subsiguientes. El nacionalsocialismo, como ideología totalitaria que aspiraba a cubrir todos los rincones de la política, la sociedad y la cultura, también invadió la lexicografía mediante la invención de palabras de nuevo cuño para atender sus necesidades terminológicas. Así, la denominación de “nórdico” provocó numerosas derivaciones activas y prefijaciones intensivas como “nordicismo”, “nordicistas”, “nordización”, “desnordización” etc, que no tienen equivalente en la lengua española, pero sí en las lenguas germánicas: del alemán “nordizismus”, “aufnordung”, “entnordung”; del inglés “nordizism”, “nordization”, “denordization”. En consecuencia, de aquí en adelante se usarán las formas anglosajonas traducidas literalmente al castellano como neologismos adoptados por la necesidad de cubrir ese vacío léxico. Otros autores emplean diversas denominaciones como “nordificar”, “nordificación” o “desnordificación”, seguramente por la asociación etimológica con las acciones de “nazificar” o “desnazificación”, que no parecen, sin embargo, derivar de la terminología original. Por otro lado, se ha renunciado al empleo de conceptos como el de “nordista” por estar asociado a la guerra de secesión norteamericana. Asimismo, en el presente trabajo se utilizarán, lógicamente, los prefijos correspondientes (nor-, nord-, nort-) de una manera poco convencional –aun siendo conscientes de que las fórmulas adoptadas no se encuentran normativizadas-, intentando ser lo más fieles posibles a las formas originales en su lengua de origen. Cuando ello no sea posible, se utilizarán formas compuestas unidas por el símbolo del guión (ej: nórdico-germano, nórdico- báltico, ario-nórdico). Esperamos del lector, por tanto, una actitud comprensiva.

Asimismo, cuando nos referimos a la “raza nórdica” lo hacemos en el sentido adoptado por el nacionalsocialismo y la antropología racial de la época. Teorías genetistas mas recientes hablan de la existencia originaria de una “raza nórdica blanca” (Nordids) y de una “raza nórdica roja” (Brünns), hipótesis tan especulativa como indemostrable y, por tanto, también en cierto modo, irrebatible. Pero en cualquier caso, la “raza nórdica”, en la concepción que aquí nos interesa comprender, haría referencia a las poblaciones con el típico “patrón nórdico”, esto es, con el genotipo (biológico) y fenotipo (antropológico) característicos de las poblaciones del norte de Europa, cuyos rasgos somáticos, descritos ya por los autores clásicos, reflejados en ciertas corrientes artísticas, mitificados por algún movimiento político e identificados actualmente con el “poder blanco” del hombre norteuropeo y norteamericano, son suficientemente populares, a saber: cabellos rubios, ojos azules o grises, estatura elevada, fuerte complexión atlética, mentón prominente, nariz recta y cráneo dolicocéfalo.

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INTRODUCCIÓN

EL RACISMO NÓRDICO EN LA ALEMANIA NAZI:

ESPÍRITU RACIAL Y ESPACIO VITAL

“La cultura y la civilización humanas están inseparablemente ligadas a la idea de la existencia del hombre ario … El Reich alemán, como Estado racial, tiene que abarcar a todos los germanos e imponerse la misión no sólo de cohesionar y conservar las reservas más preciadas de los elementos raciales arios de este pueblo, sino también la de conducirlos, lenta pero firmemente, a una posición predominante.”

Adolf Hitler

Desde la más remota antigüedad, el origen nórdico ha fascinado a la mayoría de los pueblos de estirpe indoeuropea, que han señalado o usurpado el Norte como patria ancestral en su imaginario étnico colectivo. De hecho, la etnografía clásica señalaba la Isla de Scandia, por referencia a un lugar indeterminado entre Escandinavia y el mar Báltico, como “fábrica de naciones y matriz engendradora de pueblos” (Vagina Gentium). Ciertamente, en las estructuras religiosas de los indogermanos ocupa un lugar común la referencia a una tierra mitológica situada en el norte, en la que sus dioses y héroes se forjan en una dura lucha contra la noche y el hielo eternos, utilizando poderes de la naturaleza como el sol, el trueno o el fuego: el mito ario nace, precisamente, de la fenomenología y simbología solares como patrimonio de la raza blanca nórdica frente a los mitos de la noche y las tinieblas de las razas oscuras.

Y los germanos no fueron una excepción. Es más, las distintas formaciones étnicas surgidas, con cierta simultaneidad, como reacción ante el derrumbamiento del Imperio Romano, como los godos, los suevos, los vándalos, los francos, los alamanes, los anglos, los sajones, los burgundios o los longobardos, así como, posteriormente, los escandinavos –daneses, suecos, noruegos-, compitieron entre ellos para demostrar su primacía, su pureza racial, haciendo remontar sus linajes a largos árboles genealógicos que se perdían en la tradición escandinava de las leyendas nórdicas. Precisamente, este orgullo genético del origen nórdico constituyó la base fundamental para la formación de unidades etnopolíticas en torno a las élites

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germánicas que tomaron el relevo civilizador de Roma, imbricándose por todos los rincones del Viejo Continente y provocando el nacimiento del estamento real y nobiliario que regiría los destinos de Europa durante la Edad Media como una auténtica “aristocracia de sangre” (Geburtsadel).

Tácito, un escritor latino, al parecer mitad romano, mitad galo, estaba convencido de que «los germanos son indígenas y que de ningún modo están mezclados con otros pueblos, bien como resultado de migraciones bien por pactos de hospitalidad». Asimismo, se adhería a la opinión «de que los pueblos de Germania, al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante sólo a sí misma. De ahí que su constitución física, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes y capaces sólo para el esfuerzo momentáneo, no aguantan lo mismo la fatiga y el trabajo prolongado, y mucho menos la sed y el calor; sí están acostumbrados al frío y al hambre por el tipo de clima y de territorio en los que se desenvuelven». 3 Debemos tener presente que Tácito utilizaba la comparación racial entre romanos y germanos con un objetivo de propaganda moralizante: la decadencia y corrupción del imperio romano frente a la originalidad y naturalidad de las costumbres de los pueblos germanos, lejos del estado de barbarie y salvajismo –tan humillante para el nacionalsocialismo, aunque el propio Hitler reconocía la superioridad de la cultura grecorromana frente a la celtogermana- descrito por los autores clásicos.

Sin embargo las alusiones que hace Tácito a los judíos, que se constituirán en la historiografía y la filosofía germánicas como antítesis de los arios nórdicos, son bastante menos prosaicas: «Las costumbres judías son tristes, sucias, viles y abominables, y deben su persistencia a su depravación … Para los judíos es despreciable todo lo que para nosotros es sagrado y para ellos es lícito lo que a nosotros nos repugna … Los judíos, entre ellos, se guardan una enorme fidelidad, una piedad manifiesta; en cambio, para todos los demás, tienen un odio mortal … Cuando los macedonios tomaron el poder, el rey Antíoco procuró extirpar sus supersticiones e introducir los hábitos griegos para transformar a esa raza inferior». 4

Mucho tiempo después, el historiador Montanelli, también de origen itálico, narrando con su particular ironía la invasión de Grecia por los dorios, pueblo

3 Cornelius TÁCITO. “Germania”, Madrid, 1981. 4 Cornelius TÁCITO. “Historiae”, Madrid, 1988.

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indoeuropeo al que los pensadores nazis consideraban como el mejor ejemplo de las

esencias arias, los describía como «altos, de cráneo redondo y ojos azules, de un valor

y una ignorancia a toda prueba. Se trataba, ciertamente, de una raza nórdica». Y más

adelante continúa su acerada crítica diciendo que «los dorios tenían una fea enfermedad: el racismo. Y hasta en esto se confirma que se trataba de nórdicos, que el racismo lo llevaron siempre y siguen llevándolo en la sangre: todos, hasta los que de palabra lo niegan. Por bien que fuesen mucho menos numerosos que los indígenas, o acaso precisamente por ello, defendieron su integridad biológica, a menudo con auténtico heroísmo como en Esparta». 5

Los tópicos raciales sobre los “nórdicos” dependen, sin embargo, del prisma cultural con el que son observados. Así, por ejemplo, un cadí de Toledo llamado Said al-Andalusí, precoz racista musulmán, situaba a los árabes, los judíos, los egipcios, los caldeos, los persas y los indios en la cúspide de la civilización, despreciando al escalafón inferior formado por los «bárbaros del Norte y del Sur» (blancos nord- europeos y negros africanos), de los que opinaba «que son más bien bestias que hombres». La descripción que hace de los bárbaros nórdicos es sumamente explícita:

«En la tierra de los que viven más al norte, entre el último de los siete climas y los límites del mundo habitado, la excesiva distancia del sol respecto a la línea del cenit hace que el aire sea frío y la atmósfera densa. Por consiguiente, el temperamento de esas gentes es frígido; su humor, desapacible; su vientre, grueso; su color, pálido; su cabello, largo y lacio. Idéntica razón hace que no tengan ni agudeza de entendimiento ni claridad de inteligencia, y que les domine la ignorancia y el embotamiento, el poco discernimiento y la estupidez». 6

Comentarios despectivos al margen, en las anteriores descripciones, tan distantes en el tiempo, encontramos las bases que fundamentarán el mito racial del nacionalsocialismo. Se trata de pueblos de origen nórdico, cuya patria originaria se situaría en la región europea comprendida por Alemania septentrional, Escandinavia

y

los Países Bálticos. Su constitución física no deja lugar a dudas: altos, fuertes, rubios

y

de ojos azules, el clásico patrón nórdico. Por esta condición no se han mezclado con

otros pueblos, o lo han hecho con grupos de la misma familia genética –celtas, eslavos, baltos, itálicos-, conservando la pureza de su raza, incluso cuando entran en contacto bélico o colonizador con otras civilizaciones en busca del espacio vital

necesario para asegurar su supervivencia racial. Por último, el racismo innato a los

5 Indro MONTANELLI. “Historia de los Griegos”, Barcelona, 2003. 6 J. M. del OLMO GUTIÉRREZ. “Las caras del racismo”, Libros en Red, 2003.

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pueblos nórdicos –que a lo largo de la historia será especialmente virulento con los pueblos de color- les lleva a defender su integridad biológica, incluso recurriendo a la violencia y a la guerra, único oficio honorable para una “raza aria de señores y conquistadores”.

Los mitos de la sangre y el suelo (blut und boden), de una raza nórdica heredera de la primigenia raza aria (urvolk), cuya patria originaria (urheimat) se situaba precisamente en el solar ancestral de los germanos, en algún lugar al Norte de Europa, así como la necesidad de conseguir tierras suficientes que asegurasen un espacio vital (lebensraum) para la conservación, desarrollo y predominio de aquella raza nórdica sobre otros pueblos euroasiáticos, especialmente a costa de los eslavos (drang nach osten), constituyen los dos axiomas fundamentales de la ideología racial nacionalsocialista: raza y espacio (rasse und raum), componentes inseparables de un recreado “nordicismo” alemán.

Sus manifestaciones más conocidas, la judeofobia (o antijudaísmo) -que señalaba al judío (Jude) como la antítesis racial y espiritual del superhombre nórdico (Übersmensch)- y la declaración de guerra al bolchevismo- supuestamente dirigido por una élite hebrea conspiradora y ejecutado por los infrahumanos pueblos eslavos (Üntersmenschen),- que se encontraban en plena decadencia racial (Entnordung) por su mestizaje con las hordas de origen mongol-, provocaron irremediablemente el desencadenamiento de la II Guerra Mundial: una lucha sin cuartel y sin precedentes de conquista y aniquilación en el Este de Europa, agravada por los desplazamientos masivos de pueblos eslavos, las deportaciones a los campos de concentración, la aniquilación física (Entfernung) de las minorías étnicas de origen extraeuropeo – judíos, gitanos- y, finalmente, la colonización y explotación de los recursos territoriales ganados por la fuerza, mediante el asentamiento de “guerreros y campesinos” alemanes bajo unos duros criterios selectivos de “nordización” (Aufnordung).

Y, sin embargo, los miles de libros publicados sobre Hitler, el Nacionalsocialismo, el III Reich, la II Guerra Mundial y el Holocausto, se limitan a estudiar, desde distintas perspectivas políticas, económicas, sociales o bélicas, las consecuencias derivadas del mito racial nazi, sin apenas entrar en el análisis de la ideología racial que las provocó. Fórmulas sencillas y concluyentes como la idea triunfante en la Alemania nazi, según la cual los germanos eran los más puros representantes de una raza aria superior y los judíos la escala inferior de la jerarquía racial, bastan, en principio, para explicar la guerra de aniquilación y destrucción más

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cruel que ha visto la historia de la humanidad. Pero detrás de este simplismo subyacía una auténtica ideología racial que pretendía aplicar a los hombres las mismas leyes de selección y supervivencia que rigen la Naturaleza. Y para ello, se adoptaron una serie de medidas enmarcadas en una política biológica global y totalitaria, que iban desde la eugenesia activa a la reproducción selectiva, de la eliminación de los elementos raciales y sociales indeseables a la formación de una élite racial aristocrática encarnada en la Orden de las SS.

El mito ario no es, sin embargo, una invención de Hitler y del Nacionalsocialismo, sino fruto de la manipulación ideológica –efectuada en la Europa decimonónica- sobre un problema real de la arqueología y la lingüística en relación con la existencia de las lenguas y pueblos conocidos como “indogermanos” o “indoeuropeos”, de los que los “arios” no serían más que su extrema ramificación oriental, pero a los que se otorgó una pureza y una preeminencia racial y se les atribuyó un legendario origen nórdico-germano.

Pero el ideal racial no sólo interesó a los científicos, casi siempre cercanos a los postulados ideológicos y raciales del nazismo, como Kossinna, Penka, Reche, Lenz, Fischer o Wirth, sino también a grandes pensadores o creadores alemanes como Herder, Fichte, Hegel, Kant, Sombart, Weber, Schopenhauer, Nietzsche, Wagner, Spengler, Jünger, Schmitt, Jung o Heidegger. Con estos precedentes ideológicos, y de la mano de disciplinas auxiliares como la mitología, la filología, la arqueología y la antropología, los autores racistas, como Gobineau, Vacher de Lapouge, Woltmann, Chamberlain, Rosenberg, Günther, Clauss y Darré, construyeron una doctrina “ario- nórdica” que pronto se identificó con la Alemania nacionalsocialista, pero que llevaba varios siglos fluyendo por las frágiles aberturas ideológicas del humanismo europeo. 7

El culto a la raza aria, en sus versiones germánica o nórdica, que se fue fraguando en Europa desde principios del siglo XIX, no adquirió en ninguno de los nacionalismos racistas del continente la orientación biologista y genetista que alcanzó

7 La tarea de abordar las raíces del “racismo ario” no deja de ser una auténtica aventura intelectual y emocional. Porque ni la instrumentalización ideológica del “mito ario” es una fantasía al estilo del “señor de los anillos”, ni los hombres que la formularon eran unos matones de cervecería ni unos charlatanes de feria. Antes al contrario, la elaboración filosófica y científica del “arianismo nórdico” estuvo protagonizada por personajes de contrastada cultura –miembros de la intelectualidad europea y, en algunos casos, auténticos genios-, profesionales en sus distintas disciplinas que, no obstante, pusieron sus conocimientos, con inusitada pasión irracional, al servicio de una ideología de dominación y aniquilación.

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en Alemania. De la idea de una misión de dominio mundial para la salvación de la humanidad, a la que el pueblo alemán parecía estar predestinado, se pasó, sin transición alguna, a la preocupación por la pureza de la sangre germánica, cuya futura hegemonía universal se encontraba en peligro por los efectos nocivos y contaminantes de sangres impuras como la judía, la eslava o la latina, mesianismo racial, sin duda, que sin embargo no traía su causa de un odio o prejuicio específico, sino de poderosas imágenes colectivas que deformaban las características físicas y éticas de aquéllos, infrahumanizándolos e, incluso, demonizándolos, en contraste con la belleza y el honor germánicos, cuando en realidad se trataba de una maniobra, muy trabajada ideológica y filosóficamente, de protección de determinados intereses económicos, territoriales y militares que, finalmente, Hitler supo explotar adecuadamente, si bien con un fanatismo que, seguramente, no hubieran compartido sus principales inspiradores ideológicos.

La aspiración de un imperio germánico universal, fundamentado en el mito, la tierra y la raza, ha sido una constante en la historia de los alemanes. «Los distintos pueblos de lengua alemana fueron conocidos como Deutsche en su propia tierra y en las tierras circundantes … Y no cabe duda de que esta consideración unitaria libró a los alemanes de la dispersión que sufrieron otros pueblos, como los latinos, empujándolos a compartir a lo largo del tiempo un destino común … Y el nexo de unión era, sobre todo, una pasado mítico común, en el que ni la fe cristiana recién abrazada pudo desterrar el recuerdo glorioso de sus viejos dioses paganos, de sus Walhallas, de los territorios brumosos de la mítica Thule hiperbórea y de sus rubicundos héroes de ojos celestes. Incluso a costa de enfrentarse más de una vez al anatema de una Iglesia con la que, desde que el Sacro Imperio Romano Germánico cayó en manos de familias alemanas, pugnó por alcanzar el mismo poder universal. Un dominio con el que, de un modo u otro, los alemanes, en tanto que pueblo, soñaron desde la noche de los tiempos». 8

El hecho es que, al no haber accedido a la unidad territorial y política hasta finales del siglo XIX, la élite intelectual y gobernante de las numerosas y fragmentadas entidades políticas en que se dividía Alemania, depositó en el “orgullo racial germánico” el símbolo y el destino de la futura hegemonía alemana en Europa. Gracias a los mitos y las leyendas, los dioses y héroes guerreros, el mosaico de tribus libres e independientes, la lucha contra Roma, el Judaísmo y el Cristianismo, el hecho

8 J.G. ATIENZA. “Caballeros Teutónicos. Crónica de los cruzados del hielo”, Martínez Roca, Barcelona,

1999.

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de haberse constituído como baluarte para la resistencia contra eslavos, turcos y mongoles, pudo mantenerse una relativa apariencia de unidad germánica en nombre del principio de sangre nórdica, pura y superior. Todas aquellas pequeñas e insignificantes Alemanias, acomplejadas, debilitadas, subdesarrolladas, sentían su inferioridad respecto a las grandes potencias occidentales, industriales, bélicas y coloniales, lo que les empujaba al útil refugio de su pertenencia a una superior raza nórdica, creadora de la civilización europea. Este recurso acabó por estimular un peligroso misticismo popular que hacía de la superioridad de la primitiva raza aria, criada en las duras tierras de Escandinavia y Germania, el mito fundacional de una nación que no tenía ciertamente un pasado glorioso que reivindicar.

Pues bien, el nacionalsocialismo dotó de singular forma a esa aspiración de dominio universal a través de la cuestión racial. La ideología nazi contemplaba la historia, no como una lucha entre religiones, naciones o clases sociales, sino como una confrontación mundial entre las distintas razas, de la que tenía inevitablemente que surgir la victoria final de la “superior” raza nórdica y la esclavización de las “razas inferiores” o, en caso contrario, la total destrucción y extinción de la “raza aria creadora”, ya que la selección natural opera discriminadamente mediante la preservación de los más fuertes. Este singular proceso ideológico se ha pretendido atribuir, sorprendentemente por parte de sus principales detractores, a una impronta racial –y, en consecuencia, a una actitud innata hacia el racismo- característica de los pueblos nórdicos (en especial, de los alemanes), dando así la razón a los que fundamentaban la historia en el simple determinismo del “hecho racial”. Sin embargo, un examen riguroso del último cuarto del siglo XIX y el primero del siglo XX, permiten descubrir que la asunción acrítica de esa imagen de superioridad racial germánica se debe, sobre todo, al “factor cultural”: la propia incapacidad por situar la nación alemana al mismo nivel que las otras potencias europeas alimentó una mentalidad superadora que debía cimentarse en el esfuerzo, la férrea disciplina, el fundamentalismo ideológico y la doctrina de combate. La raza sólo sirvió como nexo de unión de un caótico conjunto de reivindicaciones nacionales.

No obstante la distinción entre una “raza superior” y otras “inferiores”, el racismo alemán se fundamentaba en una cruel y arbitraria jerarquización racial en cuya cúspide se situaban los descendientes de sangre nórdico-germana. «Los nazis proclamaron que la raza germana (nórdica aria) es portadora de las mejores cualidades de las razas humanas: la lealtad al deber y al honor, valor y audacia, capacidad organizativa y potencial de creación. Cuanto más puro es el pueblo en el aspecto racial, tanto más claramente puede expresar estas cualidades. Ninguna raza

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en la Tierra está dotada de las cualidades de la raza germana, que es la capa mejor, la superior, de la raza nórdica aria. Todas las otras razas son inferiores porque están arruinadas por las mezclas con otras razas, que originaron en ellas rasgos negativos. Son inferiores a los alemanes, los escandinavos y los ingleses (estos últimos están contaminados por el espíritu mercantilista y la influencia de los plutócratas); aún más inferiores son los franceses y los españoles; los siguen –en orden decreciente- el pueblo italiano y el rumano, y muy por debajo, los eslavos. Entre los pueblos asiáticos, los japoneses son la raza elegida; por debajo de ellos están los indios y después los coreanos y los chinos. Los negros son inferiores a los asiáticos. En los cimientos de la pirámide racial están los árabes, junto a los cimientos se hallan los gitanos y, por último, en el fondo, al margen del concepto de razas aptas para la vida, están los judíos, que según la terminología hitleriana son “subhumanos”, una raza irremediablemente viciada y que sigue envenenando a otras razas viables.» 9

A pesar de estas evidencias, el mito ario no gozó de la unanimidad que se le supone, ni de la popularidad que se le concede. La mayoría de los alemanes corrientes, afectos o no al régimen nazi, podrían considerarse ciertamente nacionalistas o, en los casos más extremos, pangermanistas, incluso con ciertos prejuicios antijudíos y antibolcheviques pero, en general, la doctrina aria de la raza les era prácticamente ajena, aunque creyeran en ella de forma casi instintiva como consecuencia del secular adoctrinamiento filosófico y del efectismo de la propaganda nazi. No fue así, sin embargo, entre los dirigentes y los pensadores nacionalsocialistas. Pero incluso entre el pensamiento racial de la aristocracia nazi había notables diferencias que pueden resumirse en la confluencia de dos corrientes:

la primera, y desafortunadamente más popular, representada por el filósofo oficial del movimiento nacionalsocialista, Alfred Rosenberg, así como por Walter Darré y el Dr. Hans Günther, y ejecutada hasta sus últimas consecuencias por el Reichführer-SS Heinrich Himmler, conocida como “nordicismo científico”, de inspiración y simbología puramente nórdicas; la otra, un frágil europeísmo etnocentrista, más cultural que racial, heredero del paternalismo colonialista decimonónico, pero descaradamente germanófilo, el “arianismo histórico-romántico” de Gobineau, Wagner y Chamberlain, patrocinado personalmente por el propio Führer Adolf Hitler.

Con todo, hay que distinguir tres etapas históricas en la evolución de la ideología racial nazi. La primera, aun fundamentada en el origen nórdico y la

9 A. S. BLANK. “El viejo y el nuevo fascismo”, Cartago, Buenos Aires, 1983.

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mitología aria, se limitaba a la exaltación del clásico nacionalismo que reclamaba la misión universal de Alemania frente a Europa y el resto del Mundo. Era la época de la lucha por el poder del Partido Nazi, del fracasado golpe (putsch) de Munich y de la redacción de “Mi lucha” (Mein Kampf) entre los muros de la cárcel en la fortaleza de Landsberg. Con el poder en sus manos y el comienzo de su política exterior expansionista, precisamente para justificar la reunión en un solo Estado de todas las minorías étnicas alemanas (volksdeutsche) diseminadas por Austria, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia, Rumania, Rusia, Países Bálticos e, incluso, Francia (Alsacia), triunfó la tesis pangermanista, que no excluía tampoco a otros pueblos de origen germánico, como los holandeses, los frisones, los flamencos, los daneses, los islandeses, los suecos o los noruegos, ni una alianza con los hermanos anglosajones. Por último, los reveses bélicos y las adversidades políticas internacionales motivaron la adopción de un europeísmo –“ario” entrecomillas- llamado a luchar contra el bolchevismo y el capitalismo judíos, del que fueron ejemplo, por su inevitable manipulación, los cientos de miles de voluntarios europeos encuadrados en las Waffen-SS.

De hecho, el término “ario” (arier, arisch) sufrió una constante transmutación:

utilizado tradicionalmente como sinónimo de “indogermano” (indogermane), acepción preferida por la historiografía alemana a la actualmente aceptada de “indoeuropeo” (indoeuropäer), fue sustituido plenamente por la de “germano” (germane) en el ámbito literario y por la de “nórdico” (nordisch) en los círculos políticos y propagandísticos del III Reich, especialmente a medida que la ideología racista de las SS invadía todos los resquicios psicológicos de la Alemania nazi, mientras que el concepto “ario” se fue relegando al terreno científico y, explícitamente, al antropológico y al lingüístico. 10 No obstante, la condición de “ario” continuó refiriéndose, en términos generales, a todos los europeos, pero en un sentido más cultural que racial. Asimismo, esa condición de “ario” se tradujo también en una cualidad jurídica que otorgaba un determinado estatuto generador de ciertos derechos, por contraposición al “judío” no merecedor de los mismos. Y dentro de la generalidad de los “arios”, el concepto más antropológico y fisiológico de los “nórdicos”, aparecía configurado como la “élite racial”, el modelo o patrón al que se aspiraba idealizadamente. Mientras tanto, el término endoétnico “deutsche” (gente de la tierra) o su variante “volksdeutsche” (el pueblo de la gente de la tierra), que los alemanes se han dado a sí mismos, se confirmó por contraposición al judío no-ario, el cual, aunque pudiera alegar su absoluta “alemanidad” de varias

10 Rosa SALA ROSE. “Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo”, Acantilado, Barcelona, 2003.

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generaciones, era considerado un extranjero con distintos valores raciales, culturales

y religiosos y que, por tanto, debía ser excluido y expulsado de la comunidad

popular y racial de los nórdicos germanos. 11

Con todo, la definición de “ario” en la Alemania nazi siguió siendo tan imprecisa como premeditadamente vaga era también su concepción en la doctrina de Hitler, que utilizará el “arianismo” según las circunstancias biopolíticas o geopolíticas de cada momento en beneficio de su política racial y expansionista. En

principio, la condición de “ario” se predicaba de cualquier alemán que no fuera judío

ni negro, ni de origen africano o asiático, ni tuviera ascendientes de tales razas hasta

la tercera generación. Pero esta circunstancia pudo aplicarse, en función de los acontecimientos de la política internacional y de la marcha de la guerra, a todos los europeos que no tuvieran tal ascendencia, de tal forma que tan “ario” podía ser un alto y rubicundo escandinavo, como un oscuro y vivaz mediterráneo.

En la teoría, no obstante, esta imprecisión generalizante que identificaba lo “ario” con lo “europeo”, aun con distintas jerarquías raciales internas, fue ampliamente superada cuando, por fin, se asimiló el concepto de “ario” al de “nórdico”. En la práctica cotidiana de la Alemania nazi, no obstante, la condición de “ario” se medía, no tanto atendiendo a determinadas características antropológicas de origen, como al grado en el que una persona podía demostrar su utilidad y servicio a la comunidad racial alemana, de tal manera que la pretendida pureza racial –dejando al margen el particular ámbito de las SS- dependía exclusivamente del capricho de la jerarquía nazi para decidir quiénes podían ser considerados como arios puros o no. Bastaba con que un alemán clasificado como “racialmente ario” se comportase como un disidente o manifestase cualquier duda ante el régimen, para que inmediatamente fuera considerado como un “bastardo judaizado”, al menos, desde un punto de vista espiritual e ideológico.

Sin embargo, el mito ario no se abandonó nunca. Al fin y al cabo, aquellos pueblos arios, indogermanos o indoeuropeos, de origen nórdico, que al contacto con las culturas autóctonas, provocaron –según el discurso nazi- el nacimiento de

11 El nombre de “alemán” en castellano deriva de una de las grandes confederaciones tribales germánicas (los alamanes) que posteriormente formarían Alemania. El nombre de “germano” (probablemente derivado de Heermann -hombre de guerra- o Ehremann –hombre de honor-) se utiliza en el ámbito anglosajón (german) para designar a los alemanes, si bien éstos lo emplean para designar al conjunto de pueblos germánicos, incluido el inglés, el holandés, el danés, el frisón, los escandinavos, etc.

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grandes civilizaciones en la India, Persia, Grecia, Roma e, incluso, para los ideólogos afectos al nazismo, también en el Egipto predinástico, China y las misteriosas culturas precolombinas, así como de la mayoría de los Estados europeos medievales surgidos tras las invasiones germánicas, se encontraban presentes, en mayor o menor medida, en la composición biogenética de todos los pueblos europeos. Y ello había culminado en la civilización europea occidental exportada a todos los continentes. De esta forma, la “germanidad” se convertía en el nexo común que unía a todos los pueblos europeos y, en consecuencia, debían ser los alemanes, los más puros representantes de los antiguos germanos, los llamados a cumplir la misión de unificar Europa bajo su dominio racial y espiritual (Herrschertum).

Desde luego, las diversas oleadas migratorias de los germanos (Völkerwanderung) se extendieron desde los fiordos nórdicos hasta el mar mediterráneo y las estepas rusas. Germanos eran los vándalos que pasaron por la Península Ibérica y ocuparon efímeramente Cartago en el norte de África, como también lo eran los visigodos y los suevos instalados en Hispania (alanos y taifalos eran de origen escito-sármata), los francos y los burgundios que dieron lugar a la Francia merovingia y carolingia, los hérulos, los ostrogodos y los lombardos en Italia, los anglos, sajones y jutos que invadieron Gran Bretaña y, por supuesto, los

alamanes, los sajones, los turingios, los catos, los bávaros, los suabos y otros pueblos que provocaron el nacimiento de los países de lengua alemana (Austria y Alemania),

o como los frisones, los holandeses, los flandeses, los daneses, los suecos y los

noruegos que se quedaron cerca de sus lugares de origen. En todos los casos, salvo en el Norte de Europa –en las regiones escandinava, alemana septentrional y báltica-, donde formarán el contingente humano mayoritario, los germanos se encontrarán en franca minoría respecto de las poblaciones autóctonas, inferioridad cuantitativa que supieron compensar privilegiadamente mediante su constitución como una aristocracia de sangre, una casta señorial y nobiliaria sólo apta para el arte de gobernar y hacer la guerra.

Posteriormente, se produjeron varios episodios de regermanización de Europa: germanos eran los pueblos nórdicos -conocidos como normandos o vikingos- que volvieron a invadir las Islas Británicas, ocuparon el norte de Francia (Normandía) y colonizaron Islandia y Groenlandia hasta alcanzar el continente americano; germanos nórdicos eran también los “rus” que fundaron los primeros Principados rusos, los que señorearon la isla de Sicilia y los que formaron la guardia “varega” en Bizancio. Germanos, si bien ahora exclusivamente alemanes, los que bajo

el auspicio del Imperio de los Otones y los Hohenzollern y el ímpetu expansionista

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de la Orden de los Caballeros Teutónicos germanizaron extensas regiones de Hungría, Bohemia, Moravia, Eslovenia, Rumania, Polonia y los Países Bálticos; germanos prolíficos, sin duda, que llegaron a constituir la República de los Alemanes del Volga en la extinta Unión Soviética. Y, en fin, germanos eran también (mayoritariamente, anglosajones, escandinavos, holandeses y alemanes) los europeos que colonizaron Norteamérica, Sudáfrica y Australia. El común denominador a todos ellos es bien conocido: el expansionismo militar o colonizador, la conservación del patrimonio biogenético mediante uniones intrarraciales y el establecimiento de una jerarquía socio-racial que convertía a los germanos en una auténtica aristocracia – nobleza de sangre- y a los “inferiores” pueblos colindantes o cohabitantes –ya fueran amerindios, africanos, semitas o aborígenes australianos- en víctimas propiciatorias de los desplazamientos, el sometimiento, la explotación o el exterminio.

Pues bien, volviendo a aquellos primitivos pueblos de raza nórdica –arios, tocarios, dorios, jonios, aqueos, macedonios, tracios, dacios, frigios, ilirios, latinos, celtas, baltos, eslavos y germanos- observamos, asimismo, que se habían instalado, como una aristocracia de señores y guerreros, en las culturas euro-mediterráneas e indo-iranias, sometiendo o esclavizando a sus pobladores, pero manteniendo una auténtica separación o segregación racial a fin de preservar sus características étnicas (dorios espartanos, patricios romanos, brahmanes hindúes, nobles de sangre germana), hasta que las implacables leyes de la convivencia humana impusieron el mestizaje racial, la hibridación cultural y, por fin, la inevitable decadencia racial y espiritual que, según Gobineau, acaba con todas las civilizaciones. Miles de años después, el movimiento nazi se propuso recuperar la figura nórdica del ario creador, conquistador, dominador y esclavizador. Y para culminar esa obra, el pueblo elegido no podía ser otro que el germano, el más puro de los antiguos nórdicos.

El hecho histórico trascendental, que provocó tal explosión ideológica, es que en torno al V milenio a.c. comienza la gran expansión –la GrossWanderung-, desde el norte de Europa, de unos pueblos emparentados cultural, lingüística, religiosa y –nos arriesgamos a suponer- también racialmente, considerando este “parentesco racial” exclusivamente en el sentido de una “apariencia fisiológica externa”, irrelevante científicamente, pero tremendamente útil para nuestro propósito. Invadirán, en sucesivas oleadas migratorias, toda Europa, llegando al Mediterráneo y al norte de África, así como a las actuales Turquía, Armenia, Kurdistán, Irán, Afganistán, Pakistán, India y la parte occidental de China. Fundarán, en contacto con las poblaciones autóctonas de origen sudeuropeo y afroasiático, las grandes civilizaciones que son fundamento del mundo que hoy conocemos. Son pueblos de

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guerreros y conquistadores, que practican un tipo de nomadismo depredador y que dominan el arte y el oficio de la guerra, con sus armaduras, escudos, espadas y hachas, la montura del caballo y el carro de combate. Se imponen con facilidad a los pueblos sometidos, pacíficos, sedentarios y agrícolas que viven, con escasa protección, en valles, llanuras, estepas y litorales, próximos a los mares, lagos y cauces fluviales sobre los que giran sus domésticas concepciones de la vida.

La llegada de estos invasores implica un cambio notable: la sociedad se torna jerárquica, en cuya cúspide se sitúan los conquistadores, los cuales, durante mucho tiempo, practican una radical separación –racial, social, cultural, confesional- con los indígenas, al tiempo que inauguran una organización trifuncional (señores, guerreros y campesinos o siervos) y un tipo de asentamiento en forma de ciudades fortificadas que se sitúan en los altos promontorios naturales. Los testigos de los pueblos sometidos nos han legado numerosas descripciones de su aspecto físico: altos, fuertes, rubios y de ojos azules. Descripciones que, salvando las distancias, corresponden al tipo nórdico actual y que, obviamente, debieron sorprender, por inusuales, a los periféricos pobladores del entonces mundo civilizado, de pequeña o mediana estatura y rasgos oscuros. Pero, realmente, ¿de dónde venían esos conquistadores?, ¿quiénes eran?, ¿cómo eran? y, sobre todo, ¿quiénes ostentan la legitimidad histórica para proclamarse como sus herederos?

Origen y migraciones de los pueblos indoeuropeos

la legitimidad histórica para proclamarse como sus herederos? Origen y migraciones de los pueblos indoeuropeos 23

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CAPÍTULO I

EL ORIGEN ARQUEOLINGÜÍSTICO DEL MITO ARIO: PROBLEMA ETNOCULTURAL O MISTERIO RACIAL

Sumario.- 1. El descubrimiento de la lengua de los arios. 1.1. La lengua común originaria. 1.2. Los grupos lingüísticos diferenciados. 2. La patria de los arios. 2.1. Una lengua, un pueblo, una patria. 2.2. La zona del mar Báltico. 2.3. El norte de Alemania y Escandinavia. 2.4. Las llanuras de la Panonia en Hungría. 2.5. Las estepas del sur de Rusia. 2.6. La península de Anatolia en Asia Menor. 2.7. La recuperación de la tesis nord-europea. 3. El misterio de los arios. 3.1. El hábitat ártico o circumpolar. 3.2. El misterio hiperboreal. 3.3. La raza nórdico-atlántica. 4. La raza de los arios. 4.1. El tipo racial nórdico. 4.1. La etnogénesis de los pueblos nórdicos.

1. El descubrimiento de la lengua de los arios.

«Götland, isla de Suecia, situada en el Báltico, al este de Gothia, a 56º 55´y 57º

59´de latitud Nortye, 15º 47´y 17º 5´de longitud Este, y 90 kilómetros del punto más

cercano a la costa; 192 kilómetros de longitud por 54 de anchura. El Gothenis es el

único curso de agua que merece ser destacado … Hacia el oeste se extiende la costa

baja de la isla de Oland … El navío atraca en el pequeño puerto de Oskarshamn. Se

trata de la Götaland, que se extiende desde Malmö, al sur, hasta los lagos

septentrionales Väner y Vätter. El Vätter delimita el Ostergötland y el

Vastergötland». 12 Ésta es la isla de Scandia, o la mítica isla de Thule, también

conocida como Gothiscandia, región a la que Jordanes describía como fábrica de

pueblos y matriz de naciones (officina gentium aut certe vetut vagina nationum). Y ésta

será también la tesis que abrazarán los afectos a la indogermanística nord-europea, al

germanismo y, por supuesto, todos aquellos alineados con las ideas de la

germanofilia: Escandinavia, separada por el sur del continente europeo tras la última

desglaciación, rodeada por el hielo eterno en el norte, y aislada al este y al oeste por

los mares Báltico y del Norte, constituiría una especie de isla-península

tremendamente fecunda, pues de sus agrestes tierras, pantanosos lagos y lúgubres

bosques, habrían nacido todos los pueblos indoeuropeos, no sólo los godos como

12 Patrick LOUTH. “Germanos y vikingos”, Círculo de Amigos de la Historia, Madrid, 1977.

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parece indicar la toponimia, sino todos los de estirpe indogermánica, desde los arios hasta los propios germanos.

La siguiente exposición no deja de constituir una hipótesis más, pero cumple perfectamente el guión como punto de partida para comprender el complejo proceso de formación y posterior migración de determinados conjuntos étnicos que la lingüística ha englobado en torno al inasible concepto de “indoeuropeos”. Pues bien, en torno al año 13000 a.c. comienza el gran deshielo en el norte de Europa. Hacia el 10000 a.c. los hielos ya se habían retirado hasta el área norte de la región de Hamburgo; en el 9000 a.c. el hielo libera la región de Copenhague y en el 7500 a.c. la de Estocolmo, completándose el deshielo y formándose el mar Báltico; posteriormente, sobre el 5500 a.c., la tierra libre del hielo se eleva y las aguas liberadas ocupan las zonas bajas, originando el mar del Norte y separando las Islas Británicas y Escandinavia del resto del continente.

Los protonórdicos (¿pónticos, caucásicos, danubianos?) siguen a las manadas de animales que migran hacia el norte, asentándose en la Europa septentrional, cazando y pescando, hasta que hace aparición la agricultura neolítica oriunda de Asia Menor, que penetra por los Balcanes y a través del Mediterráneo, alcanzando el Danubio y posteriormente el Báltico meridional. Los pobladores de la cultura de los “campos de urnas” (Urnenfelderkultur) no constituyen todavía un pueblo indoeuropeo definido, sino un conjunto todavía indiferenciado de los paleoeuropeos que han permanecido en sus lugares de origen, pero que hacia el año 1400 a.c. van adquiriendo una fisonomía propia: ilírica, céltica, itálica, germánica. Comienza entonces la gran migración hacia el sur, la GrosseWanderung, y posteriormente, en el período 1200-1000 a.c., arrancando del Cáucaso y pasando por Irán y Afganistán, los indoiranios, de los que los arios sólo serían un grupo popular diferenciado, llegan a la India. Su carácter guerrero, la simbología solar de la esvástica, el recuerdo de un hogar nórdico ancestral y su característica rubicundez, los convertirán en un útil instrumento para construir una mítica identificación con los jóvenes pueblos germánicos.

En el extremo oriental ocupado por estos “indoeuropeos” 13 , nos encontramos, pues, con un pueblo misterioso que se denomina a sí mismo con el término endoétnico “aryas” –con el sentido de “noble”-, aunque hay autores, como el

13 Con esta denominación genérica se hace referencia a los pueblos de lengua indoeuropea, sin otras consideraciones étnicas de tipo racial, cultural o similar.

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indólogo Paul Thieme que barajan un término exoétnico con el significado de “extranjero”. En cualquier caso se trata de los conquistadores de Persia (Irán), Afganistán, Pakistán y la India. El libro sagrado Rig-Veda refleja que se designaban a sí mismos con ese nombre popular. El Avesta habla del “Airyanem Vaejah” (solar o patria de los arios). Durante el Imperio Aqueménida, siglos más tarde, los habitantes de Irán (evolución de Aryan) todavía utilizaban idéntica denominación y de algunos personajes se decía que eran “arya-cica” (de origen ario) o “arya-putra, arya-kanya” (como títulos señoriales). El nombre del bisabuelo de Darío era “Ariyaramna” y el propio Darío se consideraba “de estirpe aria, rey de los arios”. El término habría perdurado en el nombre moderno de Irán, también en el de Irlanda (Eire) y en el de Ironistán, nombre que dan los osetios caucásicos –descendientes de los alanos indo- iranios- a su patria (en su lengua se llaman “iron”). En el extremo occidental, además, se conservó la denominación de “arios” en algunos antropónimos como el celta “Ariomano”, los germanos “Ariovisto”, “Ariomer” o “Ariogais”, el escandinavo Ari, el celtíbero Arial, el godo Ariarico, el latino “Ariolus” e, incluso, los griegos “Ariel”, “Arianna” y “Aris”.

1.1. La lengua común originaria.

Hacia finales del siglo XVIII, el juez inglés Sir William Jones descubrió que el griego, el latín y el sánscrito mostraban tales semejanzas que era necesario hacerlas derivar de una fuente común, mientras que el jesuita alemán Paulino de S. Bartolomé publicaba una disertación sobre la afinidad de las lenguas célticas, sánscritas y germánicas. Por su parte, Andreas Jager (De Lingua Vetustísima Europae, 1686) expuso por primera vez que una lengua arcaica se había hablado en el Cáucaso en épocas remotas, desapareciendo después, pero dando lugar a un buen número de lenguas actuales: griego, latín, eslavo, celta, germano y persa. Y propuso como nombre de esa lengua ancestral el de “escito-celta”. El siguiente término propuesto fue el de “indogermano”, surgido en Alemania, resultado de elegir a los dos pueblos que ocupaban los extremos lingüísticos de la gran familia, los habitantes de la India en Oriente y los germanos en Occidente.

Por fin, el concepto de “indoeuropeo”, introducido por el británico Thomas Young, técnicamente impreciso, pero que tuvo la fortuna de sustituir al de indogermano, cuya utilización nacionalista y racista en Alemania durante el II y el III Reich lo condenó al ostracismo. 14 Con todo, el término “indoeuropeo” no deja de ser

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una construcción artificiosa y desacertada, siendo preferibles, en cualquier caso, los de “alteuropeo” o “paleoeuropeo”, en el sentido de “antiguo europeo”, para designar al grupo étnico originario, mientras aquél quedaría reservado al ámbito de la lingüística comparada. No obstante, en el presente estudio, se utilizará el de “indoeuropeo” por ser éste el preferido por la comunidad científica, sea antropológica, arqueológica o filológica.

Fundamental en la construcción del mito ario fue el romántico alemán Friedrich von Schlegel, que puede considerarse como el fundador de la “indogermanística”. Estudioso del sánscrito y, por extensión, de las lenguas indoeuropeas, en una época en la que se creía que el origen de la raza blanca se debía situar en el norte de la India y que luego irradió por todo Occidente, Schlegel afirmó que los antiguos indios sentían una auténtica veneración por el Polo Norte debido, seguramente, a que en alguna época perdida en la memoria humana habrían puesto rumbo hacia alguna región septentrional del área euroasiática. Schlegel sugirió que los europeos no podían provenir de Tierra Santa, como afirmaba la Biblia, sino de los recónditos valles del Himalaya. Su visión pretérita de un pueblo originario de guerreros y sacerdotes, oculto en aquella cordillera inaccesible, desde el que conquistaron la India y, posteriormente, se dirigieron a Europa hasta alcanzar su septentrión frío y húmedo, en busca de la montaña sagrada venerada por los antiguos hindúes que hablaban el sánscrito, marcó el tránsito de la investigación lingüística a la especulación antropológica, proceso que no cesaría hasta su mutación en la ideología racial del nazismo.

En su obra “Sobre la lengua y la sabiduría de los indios” (Ubre die Sprache und Weisheit der Indier), Schlegel confirmaba la existencia de un parentesco entre sánscrito, persa, griego, latín y germánico. También parece que fue el creador –o, al menos, el popularizador, de la expresión ya utilizada por Anquetil Duperron para

14 Ninguna de las denominaciones es totalmente adecuada. Tomando como referencia los dos pueblos más alejados, al este y al oeste del dominio indoeuropeo, también se ha utilizado la de “ariogermanos”, más precisa pero excluyente de los otros pueblos hermanados lingüísticamente, simbiosis de la que derivarán también las de “ariomanos” y “armanos”. Si, por otra parte, tomamos el lugar de origen como referencia, nos encontramos con la de “caucásicos”, por un lado, o la de “nórdicos”, por otro, que será la preferida por los nazis y, en consecuencia, también la que más se utilizará en este estudio. Pero, en definitiva, considerando las teorías más actuales que sitúan la patria original de estos pueblos –sea primaria o secundaria- en el área europea bañada por los mares del Norte y Báltico, y teniendo en cuenta que la lenguas bálticas (Lituania, Letonia) son las más arcaicas y las germánicas (Alemania, Escandinavia) las más recientes, el término más descriptivo sería una síntesis simbiótica de los dos mares (north-baltic en inglés, nord-baltisch en alemán, ¿nord-báltico o norbáltico en español?).

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señalar el parentesco entre indo-iranios e indo-germanos- del término “ario”, habitualmente atribuido al mérito del conde de Gobineau, haciéndolo derivar del sánscrito “arya”, con sus notables correspondencias en el griego “arioi” (Herodoto) para designar a los antiguos persas, relacionado con el de “aristós” (nobleza) y el de “areté” (virtud), el latín “herus” (señor), el irlandés “air” (honrar) o el alemán “ehre” (honor) o “herr” (señor). Durante todo el siglo XIX los lingüistas pasaron de defender el origen asiático de estos pueblos a situarlo en distintos lugares de Europa: la zona caucásica, las estepas rusas, la región danubiana, los países bálticos, la península escandinava, etc. Schlegel, sin embargo, no extrajo conclusiones racistas ni antisemitas de sus investigaciones sobre los “arios”.

Quien lo hizo fue su discípulo Christian Lassen, apóstol de la superioridad y creatividad de la raza aria, clara y blanca, de la que el germano era su actual representante –fundamentada en la improbable tribu germana de los arios a que Tácito hace referencia-, antítesis del judío oscuro: lo que pasó a considerarse como uno de los fundamentos de la ideología nazi, curiosamente, al principio, no fue sino la búsqueda de una identidad germánica definida que pudiera enfrentarse a una raza hebrea con mayor solera y veteranía en la historia. A partir de ese momento, sin embargo, la distinción entre arios y judíos (así como con los semitas en general – árabes, hebreos, fenicios, sirios-, los camitas –libios, bereberes- y los hamitas africanos) pasó a formar parte del imaginario colectivo europeo, admitido como un dogma indiscutible. León Poliakov subrayó que la división entre arios y semitas se aceptó como parte fundamental del bagaje intelectual y cultural europeo, según la siguiente fórmula: los arios provenían de Asia, donde habrían degenerado por su mestizaje con otras razas, por una parte; los arios puros y originales habían emigrado a Europa, donde habrían prosperado y evolucionado en una raza superior creativa, por otra. 15

A Franz Bopp, por otra parte, se le considera el fundador de la “lingüística indoeuropea”, aficionado lector de la obra de Schlegel y posteriormente catedrático de Sánscrito y Gramática Comparada en Berlín, que, junto a su discípulo August Friedrich Plott, autor ya de una obra sobre la “desigualdad de las razas humanas”, apoyaron filológicamente el origen común de las lenguas indogermánicas y su oposición con las semíticas. Su mérito deben compartirlo con el danés Rasmus Rask enmarcado en la corriente “germanista” y estudioso de las lenguas nórdicas antiguas.

15 L. POLIAKOV. “The Aryan Myth. A history of Racist and Nacionalist Ideas in Europe. Basic Books, New York, 1974.

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Y a ellos debe agregarse la escuela de Max Müller que, a la constatación de una común lengua indogermánica, unió también la existencia de una raza aria originaria del Asia central, sin que ello implicase, todavía, extraer consecuencias racistas, máxime cuando al final de su vida Müller afirmara que hablar de una “raza aria” era tan absurdo y poco científico como hablar de una “gramática dolicocéfala”. Con todo, Müller animó a sus lectores británicos a abandonar el término “indogermano”, que parecía comprender exclusivamente a los germanos continentales (alemanes y escandinavos, principalmente), y utilizar el de “ario” para hacerlo extensible a ingleses, franceses, españoles e italianos (a los eslavos no se les consideraba dignos de compartir la “europeidad”), lo cual ya implicaba cierto eurocentrismo excluyente, por otra parte, totalmente aceptado en aquella época.

De hecho, a Ernest Renan, autor del que nadie pondría en duda su intelectualidad, siguiendo la influencia de Müller, le parecía perfectamente obvio que los arios estuviesen en lo más alto de la pirámide humana. Su propósito humanitario de crear grandes hombres, una “aristocracia de la razón”, no empañó, sin embargo, su profética visión de un extraordinario futuro para la biología y la eugenesia: «Una fábrica de Ases (héroes escandinavos), un Asgaard, podría reconstituirse en el centro de Asia … Parece ser que si tal solución llega a hacerse realizable en el planeta, vendrá a través de Alemania.»

1.2. Los grupos lingüísticos diferenciados.

La primera migración del supuesto pueblo primitivo y originario indoeuropeo debió implicar también una primera separación en indoeuropeos occidentales e indoeuropeos orientales y, en consecuencia, debieron constituirse dos unidades étnicas distintas, aun con un origen común, pues la distribución geográfica de las lenguas ya diferenciadas del antiguo indoeuropeo no es en absoluto aleatoria ni arbitraria. Tomando como parámetro la palatización de la antigua palabra indoeuropea Kmtom (cien), la ordenación de estas lenguas es bastante coherente: al Oeste “centum” –pronunciado “kentum”- (helenos, latinos, celtas y germanos), al Este “satem” (eslavos, albanos e indo-iranios en general), con las excepciones del hitita (que debió separarse antes de la gran división) y del tocario (que debió responder a una ulterior migración oeste-este). En definitiva, según Romualdi, «se podrían identificar los indoeuropeos “satem” con los grupos que migraron precozmente al este del Vístula y los indoeuropeos “kentum” con aquellos que permanecieron durante más tiempo en las antiguas sedes». De esta forma, la filología nos proporciona ya ciertas indicaciones sobre la prehistoria indoeuropea, en el sentido de

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constatar la existencia de una etnia protoeuropea (misma lengua, mismo hábitat, misma cultura) en la zona común comprendida entre los ríos Weser, Vístula y el mar Báltico en torno al período 5000-4500 a.c., de la que se produjo una primera separación de la rama oriental sobre el 3500 a.c. y una escisión de su prolongación meridional que culminarían con la dispersión final de las migraciones ilíricas, itálicas, célticas y germánicas.

Fijados los fundamentos de la lingüística indoeuropea resultó sencillo extraer de sus lecciones un determinado catálogo de lenguas que debieron corresponderse con otros tantos pueblos diferenciados del original. Los grupos eran los siguientes:

a) germánico, que comprende en la actualidad el alemán, el danés, el holandés, el sueco, el noruego, el flamenco, el frisón, el inglés y el islandés, además del desaparecido grupo gótico –visigodo y ostrogodo- y otros dialécticos germánicos (suevo, vándalo, burgundio, lombardo), orientales u occidentales, que se hablaron en toda la Europa occidental post-románica;

b) céltico, que sobrevive en la actualidad en Irlanda, Gales, Escocia y Bretaña,

pero que se extendió por las Islas Británicas, centro y noroeste de España y norte de

Italia; 16

c) itálico, diferenciado en varios grupos, el latino-falisco, el véneto y el osco-

umbrio, del que descienden las lenguas habladas en Italia, Francia, Rumania,

Portugal y España (excepto el vasco);

d) ilírico, que sobrevive en el albanés y que se extendió por el norte de Grecia,

la antigua Yugoslavia y parte de Austria;

e)

tracio-dacio-frigio,

que

se

extendió

por

Bulgaria

Transilvania (dacio) y Asia menor (frigio);

(tracio),

Rumania

y

16 Recientes pruebas arqueológicas y lingüísticas presentan indicios de la existencia de un pueblo indoeuropeo desconocido, del que ignoramos incluso su nombre popular, que tuvo su espacio entre las cultura de la Tène (céltica) y Jarstof (germánica), en las que finalmente debió ser fagocitado, dando lugar a una cultura indoeuropea muy heterogénea, contrariamente a lo que se pensaba hasta ahora (una oleada germana barriendo a su paso buena parte de las civilizaciones anteriores), aunque con el común denominador de la “indoeuropeidad”. Este misterioso pueblo indoeuropeo, que dejó patente su huella en la hidronimia centroeuropea pre-celta y pre-germana, podría ser el mismo que también dejó marcas toponímicas e hidronímicas de su paso por Francia meridional y las mitades norte de Italia y España (Peter HEATHER, “La caída del Imperio Romano”, Crítica, Barcelona, 2008). 16 Julius EVOLA. “El mito de la sangre”, Heracles, Buenos Aires, 2006.

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f) helénico, la lengua de los griegos en sus tres variedades históricas, jónica, eólica y dórica, así como el macedonio;

g) báltico, lengua de los livonios, los letones, los lituanos y de los antiguos

prusianos (prutenos);

h) eslavónico, hablado actualmente por polacos, checos, eslovacos, eslovenos,

serbios, croatas, búlgaros, bielorrusos (rutenos), ucranianos y rusos;

i) hitita, hablado en Asia menor, antes de las invasiones de frigios e ilirios;

j) tocario, hablado en el Turquestán chino hasta el siglo VII, lugar en el que se encontraron las famosas momias de Xinjiang de cabello y ojos claros, algunas con 4.000 años de antigüedad;

k) indo-iránico, grupo de las llamadas lenguas arias, extendidas por Irán,

Afganistán, Pakistán y la India.

Así, hacia la segunda mitad del siglo XIX se habían consolidado, según Julius Evola 17 , los tres pilares del mito racista moderno: un componente filosófico representado por una concepción romántica y espiritual de las diferencias entre los pueblos; una visión antropológica fundamentada en las leyes de la herencia que hacía distinción entre los hombres dolicocéfalos y braquicéfalos, a los que correspondían además diversas medidas y características morfológicas; y finalmente, el criterio filológico asociado al descubrimiento de la comunidad del grupo de lenguas indoeuropeas que iba a propiciar la hipótesis de una lengua aria primordial que se encontraba en el origen mismo de dichas lenguas y que, en consecuencia, debió ser hablada por un primitivo pueblo de raza pura e intachable, asentado en una patria ancestral situada en el norte, antes de su diferenciación en variadas ramificaciones lingüísticas y raciales.

A partir de ese momento, la unión abusiva y reiterativa de un determinado grupo lingüístico indogermano o indoeuropeo a un también determinado tipo étnico y antropológico, bajo la vaga denominación de pueblos de raza aria, daría lugar a la elaboración del mito ario y, como una prolongación inevitable, al moderno racismo ariano, que todavía no era nórdico, pues entonces todavía se atribuía a los mismos,

17 Julius EVOLA. “El mito de la sangre”, Heracles, Buenos Aires, 2006.

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desde los antiguos arios hasta los actuales germanos, una originaria patria asiática, minorasiática o, como mucho, de ubicación euroasiática que, no obstante, pronto sería abandonada en favor de sedes más acordes con la actualidad de un supremacismo europeo de corte racial y cultural.

2. La patria de los arios.

2.1. Una lengua, un pueblo, una patria.

Para Adriano Romualdi «el estrecho parentesco entre las lenguas indoeuropeas obligaba a deducir que todas ellas derivan de una única lengua originaria (Ursprache), que había sido hablada por un único pueblo (Urvolk) en una antiquísima patria de origen (Urheimat), para ser difundida posteriormente en el curso de una serie de migraciones por el inmenso espacio que se extiende entre el Atlántico y el Ganges (…). La difusión de las lenguas indoeuropeas representa la expresión de un pueblo que vive en una misma área geográfica, en una cerrada comunidad de cultura y civilización y que permite compartir expresiones referidas a la flora, la fauna, la economía y la religión» 18 , lo que Paul Thieme denomina “die indogermanische gemeinsprache” (comunidad lingüística indogermana). 19

La misma tesis sobre la preexistencia de una comunidad de lengua, etnia y origen fue mantenida por Bosch-Gimpera 20 . Y también por el lingüista Antonio Tovar: «Hoy, pese a las tesis más aceptadas y políticamente correctas de la pluralidad de raza y cuna de los indoeuropeos, parece que se ha de admitir el origen de los mismos sobre una raza, patria y momento único, en el que surge la cultura y la lengua básica de estos pueblos. Pues es lógico que la unidad indiscutible de esta lengua y cultura indoeuropeas surgiera de un tronco único y no de una pluralidad de pueblos por muy hermanados e interculturados que nos los imaginemos». 21

18 Adriano ROMUALDI. “Los indoeuropeos. Orígenes y migraciones”, Ediciones del CEI, Madrid, 2002.

19 Existen teorías que dan por supuesto que los diversos pueblos indoeuropeos constituían en su origen un gran imperio o civilización, de cuya decadencia surgieron numerosos clanes nómadas. La ruina de ese imperio podría ser la gran batalla de Kurukshetra que se narra en el Mahabarata y que enfrentó a los Kauravas y los Pandavas, pudiendo ser el origen de las primeras migraciones indoeuropeas.

20 Pedro BOSCH-GIMPERA. “Prehistoria de Europa. Las raíces prehistóricas de Europa”, Istmo, Madrid,

1975.

21 Antonio TOVAR. “Estudios sobre la antigüedad”, Madrid, 1941.

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Ya a finales del siglo XIX, Charles Morris había escrito que «el ario constituye el modelo de hombre intelectual, en que las condiciones especiales de oscuridad y luz, norte y sur, emocional y practico, se han mezclado y combinado para ofrecer los estados de cuerpo y mente mas nobles y elevados. Fundamentando su argumentación en la similitud terminológica de los grupos lingüísticos hindúes, iranios y europeos, Morris describió a los ancestros de los arios como un pueblo que debió ocupar una región fría, en las proximidades de un mar interior, y que conocía perfectamente la flora y la fauna europeas, pero no las de Persia o la India.

El mito ario se estaba formando, descartando primeramente el origen asiático para situarlo después en otras zonas europeas, donde habrían consolidado su lengua, su religión, su sistema jerárquico de castas y habrían adquirido los rasgos físicos de tonalidades claras que los caracterizarían posteriormente por contraste con las poblaciones que se iban a encontrar en sus diversas migraciones. Max Muller murió convencido de que los arios solo podían haber tenido una patria oriental en algún lugar de Asia. Isaac Taylor arremetió contra los partidarios del hogar asiático, aunque tampoco se mostraba partidario de las hipótesis ártica, escandinava o ruso- ucraniana, proponiendo como solución al misterio racial ario que “la raza celta centroeuropea” era la directamente descendiente de aquel pueblo originario. Pero la polémica no había hecho más que empezar.

2.2. La zona del mar Báltico.

Debemos al filólogo y estudioso del sánscrito Theodor Benfey, hijo de un comerciante judío y convertido al cristianismo, el inicio del rechazo a la tesis del origen asiático y su ubicación en algún lugar del norte de Europa, basándose en los indicios lingüísticos de la terminología reservada a la flora y la fauna en las antiguas lenguas indoeuropeas. Pero cuando todavía se situaba la patria originaria de los indoeuropeos en el norte de la India, a mediados del siglo XIX, R.G. Latham se atrevió a discrepar y propuso la región en torno a Lituania.

Theodor Posche 22 introdujo un nuevo elemento, basándose en las descripciones que los griegos y los romanos habían dejado sobre la rubicundez de los pueblos bárbaros indoeuropeos, y también observó que la arqueología proporcionaba cráneos dolicocéfalos de los enterramientos practicados por los indoeuropeos, todo lo cual le llevó a la zona del Báltico, epicentro del cabello rubio,

22 Theodor POSCHE. “Die Arier. Ein Beitrag zur historischen Anthropologie”, Jena, 1878.

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como patria ancestral de los indoeuropeos, y a señalar a los lituanos como el pueblo originario, no mezclado con ningún otro, del que surgirían los distintos grupos migratorios de los indoeuropeos.

También Gerald H. Rendall había imaginado a los arios como la «raza rubia y dolicocéfala que se crió a orillas del Báltico», imaginando que debieron emigrar súbitamente hacia el año 10000 a.c., dejando como testigos de su paso las construcciones de dólmenes a través de las Islas Británicas, Francia, España y el norte de África. A ello se unía, sin duda, el hecho de que el lituano era una de las lenguas indoeuropeas más arcaicas, incluso que el sánscrito, lo cual parecía atribuirle una mayor proximidad con la patria original. El problema, sin embargo, era que los lituanos son mayoritariamente braquicéfalos. Otros como Fabre d´Olivet y John Rhys, que identificaban a los hiperbóreos con los ancestros de la raza blanca, situaban sus orígenes dentro del círculo ártico en el Polo Boreal, del que habrían emigrado, primero al norte de Finlandia y después hacia Europa, Asia central y la India, a través del mar Báltico.

2.3. El norte de Alemania y Escandinavia.

Según De Benoist, no obstante, existen actualmente dos tesis mayoritarias. La primera de ellas es la nórdica o germánica. Así lo entendieron Hermann Hirt 23 y Karl Penka 24 , a quien debemos la ecuación “indoeuropeo = dolicocéfalo rubio de ojos azules”, y para los que la zona del Báltico no podía ser la patria originaria por estar habitada por “braquicéfalos racialmente inferiores”, distintos de los verdaderos arios, “raza poderosa y enérgica como es la raza rubia”. Penka afirmará que «los arios puros sólo están representados por alemanes del norte y los escandinavos, una raza muy prolífica, de gran estatura, fuerza muscular, energía y coraje, cuyos espléndidos atributos naturales les permitieron conquistar a razas más débiles del este, el sur y el oeste e imponer su lengua a los pueblos sometidos». Esta escuela germano-nórdica fue aceptada, entre otros, por Harold Bender, Hans Seger, Schachermeyer, Gustav Neckel, Ernst Meyer, Julius Pokorny, Stuart Mann, Nicolas Lahovary, Paul Thieme y Raim Chandra Jaim. Una escisión de esta escuela situará la patria original todavía más al septentrión, en torno a la región ártica o circumpolar, como podrá comprobarse más adelante.

23 Hermann HIRT. “Die Urheimat der Indogermanen”, 1892.

24 Karl PENKA. “Die Herkunft der Arier”, 1886.

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Para todos estos autores, la cuna de esta raza no podía ser otra que Escandinavia y norte de Alemania, incluyendo parte de la región del Báltico, en las que puede constatarse una presencia ininterrumpida del dolicocéfalo rubio y de ojos azules desde el Paleolítico hasta nuestros días. Por su parte, Gustav Kossinna 25 situaba la patria ancestral entre el norte de Alemania y el sur de Escandinavia, y como el último pueblo migratorio de los indoeuropeos era precisamente el germano, concluyó que también era aquélla la cuna de los primeros indoeuropeos, lo que le llevó, asimismo, a considerar que los germanos habían sido los menos “contaminados” por otros pueblos al haber permanecido en su solar originario. 26 Así, el pueblo bárbaro por excelencia a ojos de los civilizados romanos podía afirmar ya su preeminencia sobre todos los pueblos arios, ya que todos ellos, incluidos los helenos y los latinos, habían salido de su tierra ancestral.

2.4. Las llanuras de la Panonia en Hungría.

El británico Paul Giles 27 llegó, sin embargo, a distintas conclusiones partiendo del hecho de que los pueblos indoeuropeos habían practicado desde tiempos remotos la ganadería, como todas las sociedades de pastores nómadas, al tiempo que un tipo de agricultura coyuntural o circunstancial, ideas que siempre se repetían por la creencia de que los indoeuropeos se encontraban muy influidos por las prácticas de las tribus asiáticas. Con estas premisas, Giles los situó en las llanuras de la Panonia (Hungría), situación que facilitaba el modo de vida nómada y las migraciones siguiendo la ruta del Danubio. Por su parte, Bosch-Gimpera trasladó el epicentro indoeuropeo a la región danubiana-centroeuropea, tesis que atrajo a numerosos seguidores, como el lingüista Giacomo Devoto.

2.5. Las estepas del sur de Rusia.

La segunda escuela mayoritaria, que es también la más corroborada por los yacimientos arqueológicos, defiende la tesis de una patria ruso-meridional. El lugar inicialmente barajado fueron las estepas del sur de Rusia, según la tesis de Otto Schrader, que finalmente se decantó por la zona que hoy constituye Ucrania, delimitada por los bosques y pantanos de Volinia al norte, el río Danubio y el mar

25 Gustav KOSSINNA. “Die Indogermanische Frage archäologisch beantwortet, Zeitschrift für Ethnologie”,

1902.

26 M.A. FERNÁNDEZ GÖTZ. “Gustav Kossinna: análisis crítico de una figura paradigmática de la arqueología europea”. Universidad Complutense de Madrid, 2006.

27 P. GILES. “The Aryans”, New York, 1922.

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Negro al sur, con el Dniéper al este y los Cárpatos al oeste. 28 El australiano Gordon Childe 29 dedujo que el pueblo primitivo indoeuropeo no era agricultor, sino ganadero y sedentario, ya que las culturas danubianas eran agrícolas, pacíficas y matriarcales, muy lejanas del carácter belicoso y patriarcal de los indoeuropeos, situando el origen indoeuropeo en la Rusia meridional, tesis que también adoptó finalmente el prehistoriador español Bosch-Gimpera.

La lituana Marija Gimbutas 30 , siguiendo este camino, propuso también las estepas del sur de Rusia –desde el Ponto hasta el Volga- como patria originaria, utilizando el concepto de la “cultura de los kurganes” (la primera manifestación conocida de la cultura de los túmulos funerarios) desarrollada hacia el V milenio a.c. y que tuvo varios movimientos migratorios: 1) hacia el V milenio a. c. (en torno al 4400) la primera oleada alcanzó la Europa balcánica y danubiana; 2) en el IV milenio siguiente (entre el 3500 y el 3000 a.c.) se produce un doble desplazamiento, por el Cáucaso hacia el dominio indo-iranio, por un lado, y hacia Europa central, por otro; 3) en el III milenio a.c. tuvo lugar una penetración, que no sería la última, hacia el Mediterráneo, alcanzando la península anatólica y el noreste africano.

Siguiendo esta tesis, Francisco Villar 31 da por sentado que los pueblos indoeuropeos que hoy conocemos (dorios, tracios, dacios, latinos, celtas, ilirios, baltos, germanos) «son probablemente herederos de penetraciones más recientes». Y continúa diciendo que «el norte de Alemania y Escandinavia fueron a su vez indoeuropeizados secundariamente por los grupos centroeuropeos. Y fue en ese proceso donde coincidieron por vez primera los rasgos físicos de los cabellos rubios y los ojos azules con los lingüísticos de la indoeuropeidad. No es que los indoeuropeos ancestrales fueran rubios. La rubicundez fue un rasgo físico de las poblaciones preindoeuropeas del norte de Europa».

Sin embargo, no parece que las dos tesis –germano-nórdica y ruso-meridional- sean irreconciliables: Ward Goodenough interpretó la cultura de los “pueblos de los kurganes” como una simple extensión pastoril de la cultura indoeuropea que se habría desarrollado en la Europa septentrional, de donde habrían descendido los “pueblos del hacha de guerra” para destruir la cultura paleolítica e imponer la

28 O- SCHRADER. “Prehistoric Antiquities of the Aryan Peoples”. Charles Griffin, Londres, 1890.

29 Gordon CHILDE. “The Aryans, A study of Indo-European Origins”, London, 1926.

30 Marija GIMBUTAS. “Proto-Indoeuropean culture: the Kurgan culture during the 5th to the 3rd Millenium B.C”, Filadelfia, 1970)

31 Francisco VILLAR. “Los indoeuropeos y los orígenes de Europa”, Gredos, Madrid, 1995.

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metalurgia. Parte de estos elementos permanecerían en Europa central antes de las grandes migraciones indoeuropeas. Esta teoría, con sus matizaciones, ha satisfecho las investigaciones e intuiciones de Adriano Romualdi, Hans Krahe y James Mallory. De esta forma, Alain de Benoist concluye que «la patria original podría entonces situarse en una zona circunscrita entre el Elba y el Vístula, limitando al norte con la península de Jutlandia y al sur con los montes Cárpatos.»

2.6. La península de Anatolia en Asia Menor.

Desde una perspectiva exclusivamente lingüística, los rusos Gamkrelidze e Ivanov 32 propusieron un emplazamiento en Asia menor, como el propio Childe hizo finalmente con la península anatólica, rindiéndose a lo que él le parecían restos de una arcaica lengua indoeuropea. A favor de estas propuestas, y ya desde la arqueología, se postuló el británico Collin Renfrew 33 , convencido de que la región minorasiática era la cuna de la agricultura y que el proceso de indoeuropeización de Europa no sería otra cosa que su entrada en el Neolítico. A Renfrew debemos, asimismo, la teoría difusionista –ya adelantada por Schmidt en su “teoría de las ondas”-, contraria a la migracionista, según la cual la difusión de las lenguas indoeuropeas arrancaría de un centro principal para expanderse posteriormente mediante flujos y avances de diversa frecuencia e intensidad. Por último, la tesis de V.A. Safronov, según la cual, el hogar ancestral de los indoeuropeos se situaría en el norte de los Balcanes hacia el IV milenio a.c., lugar del que habrían surgido las numerosas migraciones en todas las direcciones conocidas, si bien reconoce una cultura indoeuropea primitiva anterior en la región de Anatolia.

2.7. La recuperación de la tesis nord-europea.

No obstante la diversidad de ubicaciones de la urheimat de los indoeuropeos, y una vez olvidados los excesos nazis sobre la patria originaria, durante la segunda mitad del siglo XX se volvió a recuperar la tesis nord-europea propuesta por autores como Penka y Kossinna. A. Romualdi subraya que, de hecho, «los nombres de árboles y de animales comunes a la mayor parte de los lenguajes indoeuropeos, como también los términos que aluden al clima y a la división del año, nos hablan de regiones nórdicas. Los indoeuropeos conocieron la primavera, el verano y el invierno, pero no el otoño (…)». Con bastante anticipación, Theodor Benfey ha

32 GAMKRELIDZE e IVANOV. “The early history of Indo-European languages”, 1990. 33 Collin RENFREW. “Arqueología y lenguaje. La cuestión de los orígenes indoeuropeos”, Crítica, Barcelona,

1990)

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recopiló una lista de términos sobre la flora y la fauna de los arios ancestrales, descubriendo que éstos sólo coincidían con el ecosistema de la Europa septentrional, rica en lagos, pantanos y humedales, rodeados de frondosos bosques de pinos y hayas.

«El indoeuropeo común –observó Bosch-Gimpera- comprende una serie de términos que designan una flora, una fauna y un clima propio de las regiones templadas, más húmedas que secas y más frías que calurosas (…). Numerosas lenguas indoeuropeas utilizan palabras vecinas para designar los mismos animales:

el oso, el lobo, el castor, la ardilla; los mismos árboles: abedul, haya, sauce; y otros términos generales: miel, frío, hielo, nieve. Todo esto nos sugiere, sin duda, que los dialectos indoeuropeos, antes de su dispersión, eran hablados por individuos que habitaban una región templada, boscosa y continental». 34 Sobre la base de estos condicionamientos, Thieme 35 ha podido afirmar «que la patria de origen de los indoeuropeos se encontraba en el área de los ríos que desembocan en los mares septentrionales, al oeste de la frontera del haya y al este del Rhin, es decir, en los territorios que se extienden entre los ríos Vístula y Weser, alcanzando por el norte el mar Báltico».

Por su parte, Hans Krahe 36 llegó a la siguiente conclusión: «la Europa central y septentrional, al igual que una parte de la occidental –al menos, en la medida en la que los instrumentos lingüísticos permiten afirmarlo- debe ser considerada, desde los tiempo más remotos, como un espacio lingüístico indoeuropeo y de manera especial “antiguo europeo” (alteuropäisch)». La hidronimia europea es el substrato toponímico más antiguo, formada con anterioridad a las grandes migraciones indoeuropeas, entre los antepasados comunes de los celtas, los germanos, los latinos, los ilirios y los bálticos, pueblos todos ellos de origen nórdico. 37

Villar, que ha estudiado el problema indoeuropeo en fechas más recientes, pretende –apoyándose tanto en la arqueología como en la lingüística- una ubicación de la patria originaria de los indoeuropeos, fundamentada en la flora y la fauna de tipo septentrional, compatible tanto con las tesis centroeuropeas como con las esteparias del sur de Rusia, aunque no se pronuncia sobre la posibilidad de un hogar ancestral nord-europeo. Y también que «el período común anterior a la extensión de

34 Pedro BOSCH-GIMPERA. “El problema indoeuropeo”, Madrid, 1968.

35 Paul THIEME. “Dier Heimat der indogermanisches Gemeinsprache”, Weisbaden, 1954.

36 Hans KRAHE. “Lingüística indoeuropea”, Madrid, 1953.

37 Hans KRAHE. “Germanische Sprachewissenchaft”, Berlín, 1969).

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las lenguas indoeuropeas no puede haber tenido lugar, en ningún caso, antes del 4.500 a.c. ni después del 2.500 a.c.». En cualquier caso, la indoeuropeización de Europa tuvo lugar como consecuencia de migraciones, a veces pacíficas, de penetración colonizadora, otras bélicas, de invasiones conquistadoras, con numerosos avances y retrocesos, de períodos de indoeuropeización arcaica con otros posteriores de reindoeuropeización, hasta la práctica imposición de la lengua y la cultura de los indoeuropeos.

La tesis nórdico-indoeuropea se fundamenta en que en torno al 13000 a.c. comenzó el gran deshielo, emergiendo el mar Báltico y el mar del Norte, que separó las Islas Británicas del resto de Europa, y formándose la península Escandinava como región dotada de un cierto aislamiento climático y geológico. Ante el retroceso del hielo, los proto-indoeuropeos emigraron hacia el norte, lentamente, durante milenios, en sucesivas oleadas, alcanzando Alemania septentrional, Escandinavia y la región Báltica. En esta área de clima frío y húmedo, con nieblas y hielos permanentes y largas estaciones de tenue luz solar, se habría formado –según Romualdi- el tipo nórdico de pigmentación, cabello y ojos claros, a partir del elemento Cromagnon y de su hibridación con el hombre de Aurignac, dando lugar a las subrazas dálica y nórdica (las razas rubias por excelencia) con unos duros criterios selectivos (Harter Auslese vorgang). En torno al 5000 a.c. ya se habría formado una primigenia comunidad de pueblos indoeuropeos y sobre el 3500 a.c., siguiendo la tesis de P. Kretschmer –que coincide en sus dataciones con las hipótesis de Marija Gimbutas-, se produciría la primera separación con las migraciones dirigidas hacia el sur y el este (la “GrossWanderung”), permaneciendo en el centro y en el norte de Europa “unos restos étnicos indoeuropeos” (Indogermanisches Restovolk) que, finalmente, se desbordarían con los movimientos de los pueblos itálicos, ilíricos, célticos y germánicos (la “VolkerWanderung”).

Como ya hemos señalado anteriormente, según Alain de Benoist 38 , en su ensayo “Indoeuropeos: a la búsqueda del hogar de origen”, las teorías sobre la ubicación de una patria original rusomeridional o euroseptentrional no son, sin embargo, irreconciliables. Para Ward Goodenoug 39 , la cultura de los “kurganes” de Gimbutas no sería sino la extensión pastoril de la cultura indoeuropea desarrollada en el norte de Europa; una parte de ese pueblo, después de destruir la cultura paleolítica europea, habría descendido hacia el sur (el pueblo del hacha de combate)

38 Alain de BENOIST. “Indo-Européens: à la recherche du foyer d´origine”. Nouvelle Ecole, París, 1997. 39 Ward GOODENOUG. “Pastoralism and Indo-European Origins”, 1970.

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difundiendo la cerámica pulimentada y la metalurgia del bronce. Los restos étnicos que permanecieron en Europa central formarían los contingentes de las migraciones posteriores. Esta teoría ha obtenido la aprobación de uno los autores más especializados en la cuestión indoeuropea, James Mallory 40 , que sitúa el hogar ancestral en una zona delimitada entre los ríos Elba y Vístula, lindando al norte con la península de Jutlandia y al sur con los montes Cárpatos. Mientras tanto, la tesis nórdico-europea ha sido aceptada, en fechas recientes, por Harold Bender, Hans Seger, Schachermeyer, Gustav Neckel, Ernst Meyer, Julius Pokomy y, más recientemente, por Nicolás Lahovary, Paul Thieme y Raim Chandra Jaim 41 .

En cualquier caso, aunque la cuestión de la patria de origen de los pueblos indoeuropeos siga siendo objeto de polémicos e interesados debates lingüísticos y arqueológicos, la teoría sincrética que provoca menos rechazo entre los estudiosos situaría la urheimat en la extensa zona comprendida entre el mar Negro y el Báltico, epicentro indoeuropeo desde el que se desplazarían los diversos pueblos en todas las direcciones, algunos de ellos avanzando lentamente hacia el norte de Europa, consolidando una serie de pueblos nórdicos con el característico fenotipo claro y dando lugar a una etnogénesis que conformaría posteriormente a los distintos conjuntos tribales proto e indo-germánicos. El otro grupo escindido del tronco original, importante también cuantitativamente, se asentaría en todos los rincones del sur de Europa, adquiriendo el fenotipo más oscuro típico de los pueblos mediterráneos, matizado posteriormente por las aportaciones de los pueblos venidos del centro y norte de Europa.

3. El misterio de los arios.

3.1. El hábitat ártico o circumpolar.

Por lo que se refiere al lugar de formación de la etnia indoeuropea, difícilmente se puede hacer abstracción de la tradición religiosa que sitúa con insistencia en el “extremo norte” el origen del urvolk (pueblo originario). En las culturas célticas, germánicas e indo-iránicas se ha conservado el recuerdo de un hábitat ártico o circumpolar, frecuentemente descrito con expresiones como las “islas al norte del mundo”, el “país de los hiperbóreos”, el “país de la larga noche”, etc.

40 James MALLORY. “A short history of the Indo-European Problem”, Londres,1974.

41 Raim CHANDRA JAIM. “The most ancient Aryan Society”, 1974.

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También muchos autores clásicos mencionan un hogar ancestral situado en zonas septentrionales (Thule, Hiperbórea, Atlántida). 42

El “mito polar” como origen de un humanidad superior se inauguró en fecha temprana en torno a la mitad del siglo XVIII. El astrónomo Jean-Sylvain Bailly estudió unas tablas astronómicas indias, demostrando que las mismas no podían reflejar las latitudes de la India, pero que eran conformes con una latitud septentrional, concluyendo entonces que en dicha localización “distintas lenguas pudieron nacer de la lengua maternal y primitiva”. Bailly escribió que «es algo muy notable que la iluminación parezca haber llegado del Norte, en contra del prejuicio común de que la Tierra fue iluminada a medida que se poblaba, de Sur a Norte. Los escitas (nombre con el que entonces se designaba a los arios indo-iranios) son una de las naciones más antiguas; los chinos descienden de ellos. Los propios atlantes, más antiguos que los egipcios, descienden de ellos».

Entonces, el místico astrónomo halló indicios de las siguientes etapas de grandes migraciones raciales en las mitologías de Egipto, Siria, China y hacían referencia a una latitud ártica, lejos del norte de Persia, concluyendo que las distintas leyendas conservaban la memoria racial de un origen el extremo norte y de las migraciones hacia el sur. Fue precisamente en Asia central donde se detuvo su avance, conservando los elevados conocimientos de sus antepasados pero ya sin poder comprenderlos e interpretarlos, lo cual les condujo irremisiblemente al estado de barbarie que después sufriría toda Europa. A partir de aquel momento, la aparente erudición de Bailly y, sobre todo, su originalidad, hizo posible la difusión en círculos culturales de sus teorías sobre la patria polar y la primera migración asiática.

William Warren fue el continuador de la teoría del origen polar de la humanidad (El paraíso encontrado): «La cuna de la raza humana, el Edén de la tradición primitiva, se encontraba en el Polo Norte, en un país que quedó sumergido con el Diluvio». Para él, cristiano creacionista, los primeros hombres fueron los más nobles, sumiéndose en un estado de salvajismo después del diluvio, abandonando su patria polar –entonces agradable e, incluso, cálido y luminoso- para buscar su exilio en el norte de Asia –caracterizada por una fría semi-oscuridad-, lugar en el que el

42 El estudio más documentado y actualizado del tema mítico del origen polar de la humanidad es “El mito polar. El arquetipo de los polos en la ciencia, el simbolismo y el ocultismo” de Joscelyn GODWIN, Atalanta, 2009.

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cielo les pareció más inclinado de lo que ellos habían conocido porque la estrella del norte ya no reinaba en lo más alto y pensaron que, en lugar del cambio geográfico de su residencia, era la Tierra la que se había desplazado, lo que propició la gradual pérdida del conocimiento científico y astronómico que un día les habían transmitido sus antepasados polares.

Un siglo más tarde, el indio Lokamanya Bal Gangadhar Tilak 43 (El hogar ártico en los Vedas), basándose en una serie de tratados y rituales védicos (el Devayâna y el Pitriyâna) llegaba a conclusiones todavía más radicales, que explicaban una división del año en dos partes, una indeterminada y otra clara, como en las regiones polares donde se conoce un día y una noche de seis meses cada una (seis meses de claridad y seis meses de oscuridad, como en las regiones septentrionales). Tilak creía sinceramente que los textos indios antiguos apuntaban de forma inequívoca a un “reino de los dioses” donde el sol salía y se ponía una vez al año, fenómeno que sólo podía comprenderse situándolo en las condiciones astronómicas en las que se desenvuelve el Polo Norte. En el Mahâbharata, por ejemplo, se considera conveniente aguardar la muerte hasta que “el sol se dirige hacia el norte” después del solsticio de invierno que marca el inicio del Devâyana, aunque en su origen ésta debía comenzar en el equinoccio de primavera cuando el sol resplandece para inaugurar su día polar de seis meses. 44

Ya se especuló con anterioridad que el Avesta informa igualmente de que, en la patria originaria de los arios, el invierno contaba con diez meses, mientras que el verano sólo contaba con dos. Para desarrollar su tesis, Tilak recurría también a numerosos mitos griegos, romanos, eslavos, avésticos e indios, que mencionaban todos ellos una estancia primitiva circumpolar caracterizada por una noche interminable, en la que los extranjeros conquistadores de la India debieron tener su primer hogar –en un lugar correspondiente al polo ártico actual o en una región muy próxima-, región desde la que fueron expulsados naturalmente por el cataclismo que debió suponer la última glaciación.

Las teorías de Tilak fueron desarrolladas por el pensador zoroástrico H.S. Spencer (El ciclo elíptico ario) que rastreó las migraciones de los arios desde el Norte hacia sus nuevos hogares y el nacimiento de los cismas en su pensamiento, especialmente en las corrientes persa e india. La causa fue la extensión, después de

43 L. G. TILAK. “The Artic Home in the Vedas”. Puna 1956. 44 J. GODWIN. “El mito polar”. Op. cit.

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una plácida era interglaciar, de una edad de hielo propagada por una inundación glacial hacia el 10000 a.c., uno de los numerosos cataclismos naturales que acabaron con las más antiguas civilizaciones de la Atlántida, Lemuria y la Isla del mar de Gobi, cayendo entonces los arios en un estado de esclavitud ante las razas indígenas de Asia hasta que pudieron liberarse del yugo e imponerse a sus rivales desde su nuevo imperio de Bactriana.

G.M. Bongar-Levin y E.A. Grantovskyj también consideran que las tradiciones indo-arias remiten a un patrimonio mitológico común donde el Norte ocupa un lugar primordial. El prehistoriador Frank Bourdier considera que las lenguas indoeuropeas «fueron habladas, en el origen, por un pueblo que se agitaba en las regiones circumpolares, utilizando tanto para la ganadería como para la caza a una organización jerarquizada». Por su parte, Ch. J. Guyonvarc concluye diciendo que

«los acontecimientos más cargados de consecuencias para la historia de la humanidad se produjeron fuera de los límites accesibles de la propia historia, hace cuatro o cinco milenios quizás, cuando masas conquistadoras hablando lenguas emparentadas dejaron, por razones que nunca conoceremos, una región del norte de

la Eurasia que es preferible no localizar sobre un mapa con excesiva precisión».

La tesis del hábitat circumpolar debe ponerse en relación con la glaciación de Würm, que comienza a partir del año 70000 a.c, situándose el núcleo activo de la desglaciación entre el 12000 y el 9000 a.c., período en el que se certifica una presencia humana en el Norte, o incluso antes, desde el 15000 a.c. –existen restos arqueológicos de diversas culturas en Noruega, Suecia y Dinamarca-. La fundición de los hielos y el calentamiento climático que se produjo a partir de esas fechas, en combinación con la más tardía difusión de las prácticas agrícolas, se tradujo necesariamente en una explosión demográfica y en la colonización de territorios antes inexpugnables para el hombre nórdico. Como causas de las glaciaciones se cita, entre otras, las que recurren

a grandes catástrofes (sísmicas, atmosféricas, cósmicas, etc) que pudieron provocar

una modificación del ángulo de inclinación de la Tierra en relación con su órbita, lo que, en consecuencia, produjo un desplazamiento de los polos. La mayoría de las tradiciones indoeuropeas –como también las orientales- han conservado el recuerdo de cataclismos de este tipo, que luego se asocian al advenimiento de un “gran invierno” o de una “noche cósmica perpetua”. Lo cierto es que, como se ha visto anteriormente, durante la última glaciación se produjo el fenómeno de despigmentación que originó la aparición del tipo nórdico de cabellos y ojos claros. 45

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3.2. El misterio hiperboreal.

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La cuestión del origen o de la patria ancestral de los indoeuropeos no puede resolverse con los planteamientos históricos o etnográficos tradicionales, para los que un pueblo comienza su existencia sólo cuando entra en contacto con el mundo civilizado. La antropología, la arqueología y la lingüística nos permiten dar un paso atrás. Pero resulta imposible ir más allá de los restos visibles al ojo humano sin recurrir a las leyendas que se utilizan para justificar el mito fundacional de los pueblos. Un hueso, una espada o un símbolo escrito, son susceptibles de una explicación racional y, en consecuencia, forman parte de la dimensión humana. Un origen remoto y legendario sólo puede interpretarse en relación íntima con la divinidad. Esa huida de lo humano y la obsesión por encontrar una ascendencia divina han provocado, con inusitada frecuencia, el surgimiento de ideologías que resaltaban la soberanía real, la nobleza medieval, la clase dirigente y, por último, la raza superior.

Dentro del mito nórdico tiene especial relevancia la creencia en una tierra maravillosa, origen de nuestro mundo, la isla blanca, al norte del océano también blanco, en donde se encuentran los hombres de un blanco transparente y centelleante, llamada Hiperbórea o Thule para los griegos, y que estaría situada en algún lugar del norte de Europa. Todas las mitologías de los pueblos antiguos hacen referencia, con distintas denominaciones, a una nostálgica isla del norte. De hecho, las regiones pre-árticas, como Islandia, Groenlandia (tierra verde) y Baffin, debieron estar pobladas durante el último período interglaciar –entre el 80000 y el 8000 a.c.-, con un clima y una vegetación muy similares al de los bosques centroeuropeos. Precisamente, las leyendas celtas los hacían venir del noroeste, lo que podría situar su tierra originaria en zonas próximas a estas grandes islas circumpolares. Y, tal vez por ello, René Guenon 46 identificaba a los antepasados de los celtas como el nexo de unión entre la Atlántida e Hiperbórea (más allá del viento boreal).

45 Los fenómenos relativos a la formación y posterior migración de los pueblos indoeuropeos se encuentran íntimamente ligados a los cambios climáticos. A la adquisición de los rasgos nórdicos durante el período de la última glaciación/desglaciación, se advierte también que, tanto las primeras migraciones de los pueblos indoeuropeos (entre el 5000 y el 3500 a.c.), como la primera expansión de los pueblos germanos (entre el 500 y el 350 a.c.) y las invasiones normandas (en torno al año 800 d.c.), se debieron principalmente al empeoramiento climático en el norte de Europa, lo que unido a otros factores demográficos y bélicos, provocó la explosión migratoria de los citados pueblos nórdicos. 46 René GUENON. “El Rey del Mundo”, París, 1983.

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Entonces, los hombres del norte son vistos, en la tradición avéstica, como “nobles extranjeros” (los “arya”), que se adaptan a otras condiciones de vida y que combaten a los pueblos dravídicos de color oscuro (dasa-varna). Según el Avesta iranio, el país original y místico (Ariyanem Vaejah) fue recubierto por el hielo y la nieve, trayendo el frío duro y destructor, fundiendo el mundo con inviernos de desgracia. Las descripciones de cataclismos por agua, hielo o fuego son comunes en los textos sagrados y mitológicos, recuerdos de catástrofes que cierran el ciclo de una hipotética humanidad anterior. En esas condiciones, los hiperbóreos debieron emigrar por imperativo de las leyes de la supervivencia. La última glaciación terminó hacia el 9000-8000 a.c. Antes de esas fechas, en pleno período glaciar, las regiones árticas debieron ser inhabitables y diversas olas migratorias partirían en todas las direcciones buscando una tierra de acogida que, sin embargo, deberían conquistar a las poblaciones autóctonas a través del ejercicio de la guerra. 47

De Hiperbórea, según Julius Evola 48 , los pobladores boreales se dirigirían principalmente en dos direcciones: la primera, del norte hacia el sur y, posteriormente, del oeste hacia el este. Alcanzarían así América del Norte y las regiones septentrionales de Europa y Asia. Una segunda oleada descendería por el continente americano, concentrándose en una sola región, la desaparecida Atlántida, y creando una civilización nórdico-atlántica. Las últimas oleadas alcanzarían el centro, el este y el sur de Europa, así como el norte de África (Libia, Egipto) y a buena parte del continente asiático (China occidental, India, Pakistán, Afganistán, Irán). Estos procesos migratorios de los pueblos nórdicos, producidos a través de grandes olas, con flujos y reflujos, con aportaciones de otras razas aborígenes, con superposiciones entre pueblos del mismo origen nórdico, dieron lugar, por irradiación, a diversas civilizaciones en las que el linaje nórdico se erigiría en la élite dominadora.

Sobre la cuna donde se forjó física y anímicamente la raza nórdica, Alfred Rosenberg retomó la leyenda atlántica, imaginando las cimas de cadenas montañosas repentinamente hundidas, en cuyos valles se habrían originado antaño culturas anteriores a las catástrofes que sufrieron. La geología delinea bloques que fueron de tierra firme entre Norteamérica y Europa, cuyos restos actuales son Groenlandia e Islandia. Fundamentándose en las teorías ártico-polares de Wirth, el filósofo nazi cree

47 Christian LEVALOIS. “Hiperbórea. Regreso a los orígenes”, Barcelona, 1987. También su trabajo “Hiperbórea. La cuna de la raza aria”, Centro de Estudios Tradicionales, 1987. 48 Julius EVOLA. “El misterio hiperbóreo. Estudios sobre los indoeuropeos”, Nueva República, Barcelona,

2005.

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probable que el Polo Norte sufriera un desplazamiento, antes del cual en el ártico habría reinado un clima más templado, sobre el que una raza creadora habría engendrado una vastísima cultura, enviando a sus hijos hacia el exterior como navegantes y guerreros.

Sin comprometerse con la existencia de un continente atlántico hundido, asegura que hay un nexo común a todas las migraciones de las razas nórdicas que es el “mito solar”, el cual sólo habría podido surgir en un lugar donde la aparición del sol hubiera constituido una profunda vivencia cósmica, esto es, en el lejano Norte. Los arios son los portadores del mito solar y, de ahí, surge también el símbolo solar de la esvástica. Son pueblos del norte porque allí el espectáculo del sol es, además de excepcional, realmente impresionante. El mito solar se opone a los mitos de la noche de las razas oscuras. Rosenberg escribe que «la experiencia mítica es clara como la blanca luz del sol». La fuerza mítica del sol, su luz y su calor, formaron el arquetipo ario, el pueblo fundador de la civilización, la forma más evolucionada de la sangre. De esta idea, Rosenberg extrae varias conclusiones: la primera, la creación y dominación civilizadora por la sangre; la segunda, la preservación de la sangre, es decir, el honor, porque «entre el amor y el honor, el ario optó por el honor de su raza».

De ese centro nórdico, un enjambre de guerreros nórdico-atlánticos se trasladarían por mar en sus “barcos en forma de cisne o de dragón” hasta el Mediterráneo y el norte de África, y por tierra hasta el Asia central y el norte y el sur de América. Los antiquísimos recuerdos ario-atlántidos de indios y persas mencionan un día y una noche que duran seis meses cada uno, lo que constituiría la prueba evidente de una patria nórdico-polar. El brote nórdico, pues, aparece ya en el Egipto predinástico, en el pueblo señorial de los amoritas, los bereberes nómadas, los kabilios cazadores, los libios barbados de ojos azules, aunque en la actualidad constituyan ya –según Rosenberg- una mixovariación entre atlántidos y la primitiva población negroide. Los citados amoritas fundarán Jerusalén y formarán la capa nórdica en la posterior Galilea (“comarca de los paganos”), de la que un día surgiría Jesucristo. Continúa Rosenberg diciendo que nada puede modificar «el único gran hecho de que el sentido de la historia mundial», irradiando desde el norte, se ha extendido por toda la tierra, portado por una raza rubia de ojos azules que, en sucesivas oleadas, determinó, «el rostro espiritual del mundo», aun allí donde tuvo que sucumbir.

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Ésta es también la tesis del holandés Hermann Wirth, de quien hablaremos más adelante por su relación con la Ahnenerbe-SS, en su obra “Aurora de la Humanidad”, en la que justificaba los mitos nórdicos e indo-iranios en la creencia del origen polar de los pueblos septentrionales: hacia el año 20000 a.c. una gran raza blanca unitaria, con símbolos solares –la esvástica- y provistos del hacha de guerra, habría abandonado las regiones nórdico-árticas por resultar inhabitables a causa de la glaciación, emigrando hacia el sur –Europa, América, Asia- y hacia una tierra, hoy desaparecida, situada al norte del Atlántico. Pero lo que habría hecho inhabitables las regiones árticas no era el simple enfriamiento de la Tierra, sino el desplazamiento de los continentes y la desviación de los polos, siguiendo la teoría geológica de Alfred que venía dictada por dos fuerzas, la fuga de los Polos (Polfuchtkraft) y el avance continental hacia el Oeste (Westwanderung) causadas por la rotación de la Tierra.

Esta es, desde luego, la ubicación clásica de la perdida Atlántida, que ha contado con innumerables hipótesis geográficas hasta que Jürgen Spanuth 49 hizo públicas sus investigaciones: el punto de partida ha de situarse en el norte de Alemania o en la Escandinavia meridional, lugar donde confluyen el Elba, el Weser y el Eder, ríos cuyos cursos, según confirma la geología, fueron drásticamente modificados por grandes catástrofes coincidentes cronológicamente con las que provocaron la ruina de la Creta minoica, asolaron el Imperio Hitita y devastaron la Grecia micénica. Por todo ello, Spanuth llegó a afirmar, apoyado en incontestables pruebas arqueológicas, que la isla alemana de Helgoland (tierra sagrada) frente a la costa danesa (península de Jutlandia), parcialmente desaparecida bajo las aguas del mar del Norte, se correspondía exactamente con la descripción que Platón hace de la antigua Basileia, capital del reino de los atlantes.

Desde aquel lugar, esa raza primigenia se trasladaría sucesivamente, en el paleolítico, hacia Europa y África, llegando al Mediterráneo y fundando un ciclo de civilizaciones propiciadas por el contacto y la mezcla con las poblaciones ribereñas, tales como los iberos, ligures, etruscos, pelasgos, libios y egipcios. Las llamadas invasiones de los “pueblos del mar”, cuyas tribus principales de los “feres”, los “saksar” y los “denen” serían los ancestros de frisios, sajones y daneses, arrasaron el civilizado mundo mediterráneo, alcanzado el Oriente Próximo. Y nuevas oleadas seguirían su avance por el Cáucaso hasta llegar a la India y a China.

49 Jürgen SPANUTH. “La Atlántida. En busca del continente desaparecido”, Orbis, Barcelona, 1985.

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El resultado de este mestizaje entre la raza hiperbórea y las razas neolíticas

autóctonas, regeneradas progresivamente por la irradiación de troncos más antiguos

y racialmente intactos de los nórdicos, daría como producto final a los llamados

indoeuropeos (arios o indogermanos para la historiografía clásica), familia común de

la

que los germanos, por hallarse aislados geográficamente cerca del lugar de origen

y

no contaminados racialmente, serían los más puros representantes de aquella raza

nórdica de origen divino. Para los seguidores de estas teorías, la sub-raza aria actual

sería un producto del mestizaje entre los supervivientes nórdico-polares, hiperbóreos

y atlantes. Los primeros seres pertenecerían a una raza extraordinaria de gigantes

que fueron degenerando hasta dar lugar a las razas citadas. Las otras razas no- nórdicas, no serían el resultado de la evolución de los simios, sino una degeneración de los humanos superiores. Así es como el misterio hiperbóreo o nórdico-atlántico se convierte en el uno de los primeros fundamentos del “racismo nórdico”.

3.3. La raza nórdico-atlántica.

Se considera a Merkenschlager como el primer autor que se remonta hasta el período glacial, para luego desarrollar su teoría sobre los dos tipos raciales primordiales. Los períodos glaciales, con reiterados movimientos de avance y retroceso del hielo, fueron el teatro de grandes mutaciones climáticas y geológicas en las que surgió la primera raza originaria, la del “cazador primordial” (Urjäger): es el dolicocéfalo rubio, activo y dinámico, descendiente de los hombres de Cromagnon y Aurignac. La otra raza, ajena a los períodos glaciales, es la del “cultivador primordial” (Urbauer), que penetra en Europa desde Asia y el norte de África: es el braquicéfalo oscuro, estable y sedentario. Mientras la raza de los cazadores desarrollaba una civilización superior basada en grandes símbolos de piedra (civilización megalítica), los cultivadores extienden la agricultura por todo el continente (civilización palafítica).

En el período postglacial se habría producido una intensa mezcla de ambas razas, en el seno de la cual en las regiones nórdicas siempre se exteriorizó una sangre más afín a la de la edad glacial, mientras que en las de clima continental predominó la sangre alpina. Sin embargo, con la edad de los metales (bronce y hierro), se manifiesta el retorno de la raza dolicocéfala con las primeras migraciones ario- nórdicas. Así, el tipo céltico sería producto de una raza mixta, una síntesis entre la nórdica y la alpina, mientras que el tipo germánico representaría una mayor cantidad de la antigua sangre de los cazadores glaciales.

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Hemos visto con anterioridad una síntesis de las teorías “árticas” del holandés Hermann Wirth. Pues bien, Wirth lanzó su teoría “ártica” como origen de la civilización y de la “raza nórdico-atlántica”, la cual se habría producido por una emigración de los hombres de Cromagnon hacia el norte escandinavo: se trata ya del hombre alto, esbelto, con la frente elevada, la nariz recta y el cráneo dolicocéfalo. En un principio, habrían existido la raza negroide y la mongoloide (fínico-asiática), mientras que la raza ártica pre-nórdica habría hecho aparición para subyugar a las anteriores y tendría su patria de origen en algún lugar de la zona polar, en la legendaria Atlántida. Es un hecho geológico que Groenlandia, como hemos visto, se extendió de tal forma que América y Europa quedaban conectadas por el norte, con abundante vegetación y clima templado. A raíz de un desplazamiento del eje de la tierra se desplazó también el polo norte desde occidente hacia el nordeste, provocando un rápido congelamiento (invierno continuo) –presente en las mitologías indo-iránica, céltica y germánica- que obligó a la “raza primordial” a emigrar. 50

Wirth creyó hallar a tipos rubios, dolicocéfalos y de ojos azules, nada más y nada menos, que entre los esquimales norteamericanos y los lapones norteuropeos, vestigios de los skraelinger rubios y barbados con los que se encontró el danés Knud Rasmussen en su “Expedición Thule”. Pero, en cualquier caso, la raza nórdico- atlántica se habría mezclado con las razas que habitaban Europa, dando lugar a los tipos de Cromagnon y de Aurignac, los cuales habrían heredado toda una simbología solar sagrada (cuyo signo primordial sería la esvástica o cruz gamada) y el alfabeto rúnico, extendiéndose posteriormente por toda Europa hasta el Mediterráneo y el Mar Negro y de ahí al norte de África (de las islas Canarias hasta Libia y Egipto) y Asia. La última oleada nórdico-atlántica ocuparía las Islas Británicas y Escandinavia, en las que, mezclados con los aborígenes de tipo fínico-asiático, darían lugar a los germanos. Por ello, el elemento germánico, aún resultando de un mestizaje, sería el más puro descendiente de la primordial raza ártica o hiperboreal.

4. La raza de los arios.

Los arios, en el terreno de la arqueología y la lingüística, fueron presumiblemente uno de los numerosos pueblos indoeuropeos que emigraron de su patria de origen en dirección hacia Asia, con diversos asentamientos en la región que hoy conforman los países de Irán, Afganistán, Pakistán y la India. Sin embargo, la

50 Hermann WIRTH, Der Aufgang der Menschheit“, Jena, 1928 y "Die Heilige Urschrift der Menschheit“, Jena, 1931-1936.

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tradición mitológica y simbólica que envolvió siempre los estudios sobre la “indogermanística”, los convirtió tempranamente en el “pueblo originario”, identificándolos con la rama más pura racialmente y más noble espiritualmente de todos los pueblos nórdicos. Es por ello que los germanos, apoyados en los manipuladores y doctrinarios de la historiografía y la filosofía, se consideraron –no sólo física, sino también anímicamente- como los más fieles representantes de aquel primigenio pueblo indoeuropeo.

El caso es que, al igual que los arios, migraron en busca de nuevos espacios que conquistar y colonizar, inaugurando al mismo tiempo un sistema de castas jerarquizado racialmente, los germanos, desde sus primeros movimientos conocidos en los límites del Imperio Romano hasta la aplicación de las leyes racistas –escritas o consuetudinarias- en Alemania, Inglaterra (Imperio Británico), Estados Unidos, Sudáfrica y Australia durante el siglo XX, se han caracterizado por un acentuado “espíritu racial” (Rassengeist) que rige sus relaciones con otros pueblos distintos en términos de superioridad/inferioridad, así como por la incesante búsqueda de un “espacio vital” (Lebensraum) donde poder desarrollar sus capacidades aventureras y colonizadoras, además de mantener a su prolífica progenie, aunque sea –sin descartar nunca los desplazamientos y las masacres- a costa de las poblaciones indígenas.

4.1. El tipo racial nórdico.

Romualdi 51 , estudioso italiano del problema indoeuropeo, señala que el Rig-

Veda describe las luchas de los “aryas” (grandes, bellos, de bella nariz) con los “dasa” (pequeños, negros, sin nariz). Distingue entre un “aryavarna” (color ario) y un “dasavarna” (color enemigo) o un “krishanavarna” (color oscuro). El Avesta describe la patria de los arios, el “Airyanem Vaejah” (solar ario) en los siguientes términos:

“Allí son diez los meses de invierno y dos los de verano”. Los Vedas y el Avesta conservan el recuerdo festivo del solsticio de invierno, propio del folclore céltico, báltico y germánico. Asimismo, los Vedas recuerdan la lucha entre el dios ario Indra y

el demonio Urtra: “con sus blancos amigos, Indra conquista el país” o “Indra expulsó

a los hombres negros de su tierra”. Los arios son rubios, “hari-kesha” (de cabeza

rubia) o “hari-shmasharu” (de barba rubia), o simplemente los “hari” (los rubios). En toda el Asia menor, los hari son los “rubios” y los guerreros mercenarios maryannu

51 Adriano ROMUALDI. Op. cit.

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los “jóvenes héroes rubios” que logran la ariwana (victoria aria). El blondismo debió ser algo consustancial a los pueblos indoeuropeos originarios.

También los dioses y los héroes homéricos son descritos como rubios o de cabellos dorados como el sol, de piel blanca como la nieve y de ojos con el iris azul como el cielo. Otto Reche anotó que si los griegos hubieran tenido los ojos oscuros nunca hubieran trasladado el concepto “arco iris” al iris de la pupila, lo que implica una gama de tonalidades claras, azules, grises o verdes. Martinet 52 , sin embargo, nos recuerda que rasgos como la rubicundez y la pigmentación débil eran normalmente utilizados, por las fuentes antiguas, para representar a los héroes, simbología que pronto se manipuló para atribuir una naturaleza semidivina a los pueblos que presentaban estas características físicas.

Hans Günther dirá que «de la Ilíada y la Odisea resulta que, al menos los estratos superiores de un pueblo que representa a sus dioses como hombres de alta estatura, de piel blanca, rubios y de ojos azules, han debido responder a dicha imagen racial». De los griegos derivaron los términos exoétnicos “galos” y “gálatas” (de “gálaktos”, leche) para designar a los celtas. También las tribus jonias y dorias fascinaron a los protogriegos (pelasgos?) por su acentuada impronta nórdica. Y cuando Grecia declinó, fueron los hermanos del norte, los macedonios, los que tomaron el relevo al mando de Alejandro Magno, del que nos han llegado menciones a sus ojos azules y su piel rosada. Sus enemigos persas, representados actualmente con rasgos semítico-orientales, aparecen en el sarcófago de Alejandro como rubios y de ojos azules.

Después, los latinos romanos, cuyas primeras élites (los ascendientes de los patricios) mostraban un acentuado blondismo en el cabello (“rutilus”, rubio fuerte, o “flavus”, rubio suave), ojos azules (“caesius”) y alta estatura (“longus”) que, por otra parte, impregnó el ideal estético romano. Pero, según Gobineau, la mezcla racial con los elementos mediterráneos y levantinos provocó la decadencia racial y cultural de Roma, conservando sólo la herencia lingüística (sprachenerbe) pero no la de la sangre (blutserbe).

Y qué decir de la descripción moralizante que hace Tácito de los germanos, precursor de los defensores de la pureza racial, convencido como estaba de que «son

52 André MARTINET. “De las estepas a los oceanos. El indoeuropeo y los “indoeuropeos”, Gredos, Madrid,

1997.

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indígenas y que de ningún modo están mezclados con otros pueblos” y “de que los pueblos de Germania, al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante sólo a sí misma. De ahí que su constitución física, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la misma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes y capaces», tipo físico que, salvando las distancias, perduraría entre la nobleza europea medieval, todavía incluso cuando, en tiempos de las Cruzadas, los árabes veían a los caballeros occidentales como los “beni asfar” (hijos de los rubios).

En particular, los francos (originariamente “los valientes” y después “hombres libres”), una confederación de tribus germánicas –brúcteros, catuarios, camavos, etc- eran descritos por el obispo y poeta romano Sidonio Apolinar con una poco disimulada admiración por lo exótico y distinto de lo latino: «De la parte superior de la cabeza descienden los cabellos rojizos, todos caídos sobre la frente, mientras que la nuca está afeitada. Sus ojos son claros y transparentes, de un color gris azulado … Desde niños tienen un gran amor por la guerra». 53

Por su parte, los godos (con el presunto significado de héroes, semidioses u hombres divinos) que, con independencia de su procedencia germánica o báltica –su patria de origen Gotland es “tierra de dioses” (¿Gotan por Wotan?)- eran indudablemente de origen nórdico, fueron conocidos por los contemporáneos romanos por su elevada estatura física, su rubio pelo ondulado o rizado, ojos azules, tez blanca y barba de tonalidades rojizas. El historiador romano Claudiano escribió:

“El oriente gemía bajo los carros de los godos; aquellos hombres de color extraño, los rubios escuadrones, cubrían la llanura de la Tracia”. Por su parte, el historiador bizantino Procopio nos dice que los godos “tienen todos la piel blanca y el cabello rubio, son altos y bien parecidos”. Incluso los alanos, pueblo de origen indo-iranio que llegó a Hispania junto a los vándalos, eran descritos por el historiador romano Amiano Marcelino –varios milenios después de las migraciones arias- como “altos y bien parecidos. Su pelo es normalmente rubio y sus ojos terriblemente fieros".

Respecto de las características fisiológicas de los indoeuropeos, Villar, consciente, no obstante, de que no puede hablarse de una raza indoeuropea, nos remite a los arqueólogos de la extinta Unión Soviética que estudiaron los esqueletos encontrados en las excavaciones realizadas en la zona de los kurganes: «el rasgo dominante de los esqueletos de aquellos antiguos antepasados nuestros es la

53 Citado por Alessandro BARBERO en “Carlomagno”, Ariel, Barcelona, 2004.

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robustez de los huesos. El cráneo resulta largo y ancho. Y la estatura elevada (…). Entre los arqueólogos suele conocerse con el nombre de proto-europeo o cromañoide. No es un tipo exclusivo de las gentes de las estepas, sino que se encuentra también en Europa oriental e, incluso, aunque con menor abundancia, en Europa meridional y occidental».

Otto Reche 54 y, mucho después, Lothar Kilian 55 se pronunciarían sobre la pertenencia de los primitivos indoeuropeos a la raza nord-europea, descartando definitivamente un origen asiático o, incluso, ruso-estepario: los tipos nórdico y mongólico son fisiológicamente muy diferentes, por lo que su formación habría debido producirse en regiones geográficas distintas y distantes. Reche era de la opinión de que el territorio de origen de la raza nórdica había que buscarlo en la Europa central y occidental de la época glacial, pobre en luz solar y rica en frío y humedad, condiciones climáticas a las que se adapta la piel blanco-rosada y los ojos con el iris de tonalidades azuladas; por el contrario, el severo clima asiático, son sus vientos cargados de loess y una luz espesa, explicarían la densa pigmentación, los ojos oblicuos oscuros y la braquicefalia del tipo mongoloide. La duda se suscitaba, entonces, en las tesis que constataban una presencia de asiáticos de tipo finés en el norte de Europa, anterior a la llegada de los proto-nórdicos, sin que exista explicación antropológica alguna para concluir que aquéllos siguieron fieles al patrón mongoloide, mientras que estos últimos adoptaron los rasgos por los que hoy todavía se caracterizan y diferencian de otros tipos humanos.

Gustav Kossinna pensaba que «la raza nórdica dolicocéfala ha debido desarrollarse a partir de estas dos razas del Paleolítico superior, la de Cromagnon y la de Aurignac-Chancelade, durante el primer Neolítico o el Mesolítico que sigue a la glaciación y se considera el inicio de la Edad de Piedra». De hecho, la arqueología documenta un desplazamiento del elemento cromañoide desde Europa occidental hacia el Báltico. Otros, como Günther, negaban que la raza nórdica fuera el resultado de una evolución –o más técnicamente, de una adaptación- del Cromagnon, que podía dar lugar a la raza fálica, siendo más probable la mutación del de Aurignac en el territorio libre de hielo de la Europa central. Pero ambos aceptaron de forma acrítica que los hablantes de la lengua indoeuropea original pertenecían a una raza nórdica de hombres altos y rubios, que vivían en la antigua región alemana y que en

54 Otto RECHE. “Entstehung der nordischen rasse”, 1936. 55 Lothar KILIAN. “Der Ursprung der Indogermanen”, Bonn, 1988.

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sucesivas oleadas, invasiones y conquistas llevarían el progreso cultural, unido a la superioridad biológica, a las civilizaciones clásicas.

En lo que sí estaban de acuerdo, desde Reche a Günther pasando por Kossinna, es que fue la Europa del último período glacial la cuna de la raza nórdica y, por tanto, de los indoeuropeos, siendo además en la actualidad –algo que pasan por alto muchos autores- la región del mundo en la que, al margen de otras migraciones más recientes, se encuentra en mayor número y con mayor fidelidad el tipo humano nórdico, mientras que el área que va desde Asia Menor hasta el Asia Central ha sido, frecuentemente, la tumba de numerosos pueblos indoeuropeos (hititas, anatolios, armenios, frigios, tocarios, arios e indo-iranios en general), en la que fueron fagocitados dejando, tal vez, sistemas lingüísticos, organizaciones jerárquicas o ciertas tradiciones religiosas, pero no sus rasgos físicos y antropológicos.

Concluyendo, podemos aventurar –siempre en el terreno de la especulación histórica y no en el de la constatación antropológica y arqueológica- que el tipo de “homo sapiens sapiens” desarrollado en Europa –sea el de Cromagnon o el de Aurignac-, apareció en algún lugar de la región (patria originaria) comprendida entre los mares Báltico (Blanco) y Negro, originando las primeras poblaciones preindoeuropeas: las que permanecieron en sus hogares de origen, dando lugar al tipo europeo oriental “caucásico”; las que emigraron al sur de Europa en busca de tierras fértiles, que serían los ancestros del tipo europeo occidental “mediterráneo”; y las que emigraron hacia el norte a la caza de animales conforme el hielo iba retrocediendo y descubriendo nuevas tierras inhóspitas, que serían los antepasados del tipo europeo “nórdico”. En esta patria secundaria de nieves perpetuas y tenues luces adquirirían los rasgos físicos que, según parece, caracterizaron a los pueblos indoeuropeos que, posteriormente –seguramente coincidiendo con otra época intermedia de clima glacial-, emigrarían nuevamente hacia el sur –llegando al Mediterráneo- y el este –alcanzando el Índico-, mezclándose con las poblaciones preindoeuropeas que les precedieron.

4.2. La etnogénesis de los pueblos nórdicos.

Hay que imaginar retrospectivamente las migraciones de los pueblos indoeuropeos desplazándose de su patria de origen a otros territorios inexplorados. Se trataría de lentos movimientos, sin un objetivo final determinado, con asentamientos temporales, con avances y retrocesos, volviendo a movilizarse ante

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cualquier posibilidad –transmitida por tradiciones orales, experiencias de viajeros o simple curiosidad- de colonizar tierras más fértiles o de someter pueblos más civilizados. En tales desplazamientos, los indoeuropeos entraron en contacto con numerosas poblaciones de diferente origen (pueblos neolíticos, norteafricanos, minorasiáticos, ugro-fineses, etc), incluso también con otros pueblos indoeuropeos que los habrían precedido en su larga marcha. Aunque sabemos que algunos pueblos europeos fundamentaban su visión del mundo en la idea de la “nobleza de la sangre” (geburtsadel) y que su relación con los pueblos conquistados o colonizados era extremadamente jerárquica y segregacionista (sistema indio de castas, patricios y plebeyos romanos, espartiatas, periecos e ilotas, etc) a fin de preservar su particular idiosincrasia, cuando no su pureza racial, parece inevitable, sin embargo, que la hibridación y el mestizaje acabarían triunfando finalmente, como ha sucedido con todos los pueblos e individuos a lo largo de la historia.

Pero, al margen de los casos citados, en algunos de los pueblos indoeuropeos más representativos, como pueden ser los celtas y los germanos, además de la inevitable mezcla racial con otras poblaciones, la estructura ideológica trifuncional estudiada por Dumezil 56 -soberanía política y religiosa, nobleza militar y servidumbre productiva-, fundamento social y organizativo de todos los pueblos indoeuropeos, provocó un fenómeno conocido como “etnogénesis”, según el cual los conjuntos tribales se componían de individuos –o grupos de individuos-, asociados o federados, de variado origen étnico.

En el caso de los celtas, las muestras anatómicas procedentes de las excavaciones arqueológicas realizadas en los enterramientos característicos de las culturas de Hallstatt y La Tène, revelan una variedad antropológica, tanto de cráneos alargados (dolicocéfalos) como redondeados (braquicéfalos), así como tipos intermedios (mesocéfalos), como sucede también con la evidencia de estaturas muy dispares, sin que existan razones para considerar que los restos de elevada estatura y cráneo dolicocéfalo correspondiesen al elemento aristocrático.

El tipo físico dominante entre los celtas, sin embargo, se convirtió pronto en objeto de los comentarios de los escritores clásicos, que eran coincidentes en la notoriedad de sus cuerpos altos, ágiles y musculosos, piel blanca, cabellos rubios o rojizos –acentuados por baños de cal- y ojos azules o verdes, si bien ello hay que ponerlo en relación con la novedad que supondría para los ojos de los observadores

56 George DUMÉZIL. “Los dioses soberanos de los indoeuropeos”, Barcelona, 1999.

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mediterráneos, de pigmentación oscura, el descubrimiento de unos rasgos físicos distintos a los suyos aunque, sin duda, eran también los que correspondían al canon de belleza clásico, seguramente impuesto por anteriores conquistadores nórdicos como los helenos y los latinos. En cualquier caso, estas descripciones corresponderían al elemento más visible del pueblo celta, esto es, a los jefes y los guerreros, dadas sus prácticas endogámicas, pero no al resto de la población, que sería el resultado de una amalgama multiétnica muy lejana ya del Herrenvolk (raza de señores) glorificado por los científicos afectos al nazismo. Y lo mismo podría decirse respecto de las descripciones de tipo nórdico realizadas sobre los arios, los dorios, los ilirios, los eslavos y los germanos.

En cuanto a éstos, la estructura jerárquica de la sociedad germánica se fundamentaba, especialmente en el aspecto ideológico, en la existencia de una nobleza de sangre: los heterogéneos conjuntos tribales se reunían en torno a un jefe soberano (reiks) con su séquito (gefolge), formado por la antigua nobleza de origen nórdico, que garantizaba la legitimidad por el vínculo hereditario con los antepasados, junto a grupos de guerreros de otros clanes o tribus que se asociaban o federaban con el conjunto a través de un líder al que prestaban juramento. Así, durante el período de las grandes migraciones germánicas (VölkerWanderung), la creación de nuevos pueblos por asimilación o la segregación de uno de ellos en otros varios (stammesbildung), fueron fenómenos habituales, en los que los linajes reales y militares (heerkönigtum) pugnaban por reunir a numerosos grupos de individuos de diverso origen étnico, tanto para formar como guerreros en sus poderosos ejércitos, como para servir al conjunto tribal en calidad de auxiliares, siervos o esclavos. 57

Las confederaciones pluriétnicas de los vándalos, suevos, francos, alamanes y godos así lo demuestran. En el caso de estos últimos, por ejemplo, la separación entre los “tervingos” -godos occidentales o visigodos (westgoten)- y los “greutungos” - orientales u ostrogodos (ostergoten)- por los vínculos de fidelidad a distintas familias de la realeza genealógica báltica o escandinava (Baltos y Amalos), no impidió, por otro lado, que estos conjuntos englobasen en sus estructuras a gentes de otros pueblos, asimilados por conquista o asociados por juramento, fueran de origen indoeuropeo (hérulos, marcomanos, gépidos, geto-dacios, escitas, sármatas y proto- eslavos) o turco-mongol (hunos). Como tampoco que, derrotados los ostrogodos por los bizantinos y expulsados de la península itálica, sus restos populares volvieran a integrarse voluntariamente en el conjunto visigodo que señoreaba ya la península

57 Javier PAMPLIEGA. “Los germanos en España”, Universidad de Navarra, 1998.

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ibérica. El último ejemplo de estos singulares procesos etnogénicos fue la derrota de los suevos por los visigodos, produciéndose su asimilación por el grupo vencedor, al tiempo que desaparecía la propia denominación étnica del vencido. Algo similar sucedió con la asimilación de los burgundios por los francos victoriosos.

La formación de los “germanos” como unidad etno-cultural y arqueo- lingüística identificable se produce durante la Edad de Hierro en la Europa central y septentrional, aunque su entrada en la “historia civilizada” se realizará en el período de las grandes invasiones del siglo V que modificaron el mapa etno-político del antiguo Imperio Romano, «epopeya ciertamente grandiosa por la extensión geográfica alcanzada en su expansión por los pueblos germanos, y paradójica teniendo en cuenta la exigüidad de sus patrias de origen y su misma inferioridad cultural, en sentido amplio, comparada con los varios oponentes con los que tuvieron que vérselas a lo largo de los siglos» 58 , lo cual puede explicarse por la gran facilitad con la que los germanos asumieron los elementos culturales y organizativos de sus rivales, constituyendo, no obstante, un nuevo orden social jerárquico en torno a una aristocracia real y militar muy poderosa, dotada al mismo tiempo de un instinto de conservación de la identidad étnica y de una tendencia inevitable a su integración en formaciones más amplias y evolucionadas.

Existen, sin embargo, serias dudas que impiden conformar a los germanos (recordemos que su nombre tiene un origen exoétnico) como un pueblo reconocible endógenamente y razonablemente homogéneo dentro de la diversidad indoeuropea. La permanencia durante miles de años en su patria norteuropea –fuera ésta originaria o secundaria- y el hecho de que fueran el pueblo más tardío en sus migraciones, generó seguramente una lógica afinidad lingüística, aun con notables diferencias entre germanos orientales, occidentales y nórdicos, así como una religiosidad relativamente próxima, común por otra parte a todos los pueblos indoeuropeos, pero llama poderosamente la atención la ausencia de una comunidad –que en la mayoría de los casos se convertiría en una rivalidad excluyente- entre los distintos clanes y confederaciones tribales que socavaron la romanidad.

De hecho, hoy sabemos que el origen nórdico esgrimido por el estamento real y nobiliario de estos grupos constituía una especie de legitimación legendaria de su poder, pero dichos conjuntos estaban formados por distintas etnias heterogéneas integradas por conquista, asimilación, vasallaje o esclavización, poblaciones entre las

58 Luís GARCÍA MORENO. “Las claves de los pueblos germánicos (500 a. c. – 711)”, Planeta, 1992.

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que podrían destacar algunos grupos de indoeuropeos desestructurados políticamente (dacios, getas, hérulos, gépidos, ilirios, celtas, escitas, sármatas), pero que también comprenderían a otros de origen fino-ugrio o turco-mongol acostumbrados al nomadismo depredador estepario que les ofrecía su alineamiento con los llamados germanos. El desmoronamiento del Imperio Romano descubrió la nula o escasa hermandad de estos germanos, que lo mismo se aliaban provisionalmente contra enemigos comunes (romanos, hunos), que se destruían entre sí para mayor gloria, algo que no sucedió, centurias más tarde, entre los escandinavos (daneses, noruegos y suecos) que, a pesar de sus enfrentamientos, conservaban una fuerte cohesión etnopolítica, una gran afinidad lingüística y unas arraigadas estructuras mitológicas, religiosas y consuetudinarias.

Particularmente, los escritores latinos excluían, por ejemplo, a los godos del conjunto de los germanos, esto es, a las poblaciones asentadas inicialmente entre el mar Negro y el Danubio, asimilándolos a los escitas indoiranios de las estepas. Se trata, en todo caso, de una percepción muy distinta a la sostenida por la historiografía moderna que no sólo los presenta como germanos, sino como un “pueblo-patrón” germánico, dotado de valores superiores, raciales y espirituales, que será manipulado por la iconografía nazi. Realmente, los godos fueron reconducidos a la “germanidad” porque, supuestamente, hablaban una lengua germánica, conservada gracias a la biblia del obispo Wulfila escrita en gótico, pero hoy existen dudas razonables sobre su adscripción al grupo germánico, al báltico o a otro conjunto étnico distinto a los dos anteriores, aun perteneciente a la común indoeuropeidad, del que los gutones serían los únicos representantes históricamente constatados. 59 Desde luego, aunque el criterio lingüístico sea aceptable, no deja de sorprender la nítida separación existente entre los troncos lingüísticos germanos: el nórdico (antiguo escandinavo), el wéstico (alemán, anglosajón, holandés, frisón, bávaro, etc) y el óstico (gótico, vándalo, burgundio, etc), grupo este último casual y totalmente desaparecido. El abismo entre estos troncos hace pensar que los germanos, además de constituir una categoría clasificatoria exógena, eran realmente una unidad ficticia, que sólo comenzó a ser identificada a partir de la época carolingia por referencia a las tribus paganas que vivían más allá de los límites

59 Realmente, no sabemos qué lengua hablaban realmente los godos (desde luego carecían de escritura como los germanos), pero la presunta lengua gótica utilizada por Wulfila bien pudo ser el resultado de una falsificación literaria. En otras perspectivas, ni la mitología, ni las divinidades, ni las costumbres funerarias, ni las tácticas militares propias de los godos se asemejan, salvo excepciones, a las de los germanos escandinavos, con los que, supuestamente, compartían su patria de origen.

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cristianos

del

imperio

(sajones,

turingios,

daneses

y

normandos

–vikingos-

en

general). 60

En cualquier caso, entre el 500 y el 300 a. c. se produjo en Europa un cambio climático que provocó la inundación de amplias zonas costeras del mar del Norte y mar Báltico e hizo descender el límite septentrional de las tierras cultivadas hacia latitudes más meridionales. Los habitantes del norte de Europa, los germanos nórdicos, se vieron obligados a emigrar en busca de tierras más cálidas y fructíferas, presionando a las poblaciones celtas hacia el sur y el oeste de Europa y a las eslavas hacia el este, entrando en contacto con las culturas materiales centroeuropeas. Estas primeras migraciones de los germanos escandinavos producirían los primeros fenómenos de etnogénesis, esto es, de la formación de conjuntos populares o confederaciones multitribales entre los distintos clanes germánicos que, sin embargo, estaban dotados de una fuerte y cohesionada identidad étnica.

Las primeras incursiones propiamente dichas serán las efectuadas por los esquiros, bastarnos, lugios, burgundios, así como las poderosas formaciones de los vándalos (que ya habían iniciado su propia etnogénesis en hasdingos y silingos) y los suevos (los que pertenecen a la misma raza), dividiéndose ya, en función de los criterios lingüísticos, en germanos nórdicos, orientales y occidentales. Separados, cada vez más, de sus antiguas patrias nórdicas, y faltos del aporte de nuevos emigrantes nórdicos, los germanos orientales culminarán su particular proceso de etnogénesis con las aportaciones –biológicas y culturales- de otros pueblos indoeuropeos, como los proto-eslavos, los tracio-dacios y otros de estirpe indo-irania (escitas, sármatas roxolanos y alanos 61 ), cuyo máximo exponente será el conjunto

60 De hecho, las primeras fuentes clásicas romanas tenían serias dificultades para distinguir entre celtas, germanos y escitas, lo cual puede entenderse si recurrimos al aspecto físico predominante entre los individuos pertenecientes a estos pueblos, pero no si nos atenemos a criterios lingüísticos o a ciertas costumbres (vestimentas, formas de luchar, tipos de armas). Por ejemplo, las propias realezas de los dos grupos principales de godos, los Baltos (tervingos o visigodos) y los Amalos (greutungos u ostrogodos) subrayaban su origen nórdico (o báltico) como fundamento de su legitimidad y mítica identidad para gobernar un conjunto popular muy heterogéneo étnicamente, pero tal referencia a una patria nórdica originaria no constituye un indicio suficiente para etiquetarlos bajo la genérica denominación de “germanos”. Aunque la filología y la arqueología del siglo XIX y principios del XX abundaron en esta clasificación, que servía, por otra parte, al emergente nacionalismo alemán, la historiografía actual está preparando una auténtica revolución en esta cuestión (Santiago CASTELLANOS, en “Los Godos y la Cruz”, Alianza Editorial, Madrid, 2007; y Rosa SANZ SERRANO en “Las migraciones bárbaras y la creación de los primeros reinos de occidente”, Síntesis, Madrid,

1995).

61 Resulta curioso destacar que las descripciones físicas que los antiguos hacían de los escitas y de los sármatas roxolanos y alanos, pueblos de estirpe indoeuropea (grupo oriental) que llevaban siglos como nómadas o mercenarios entre las culturas indo-iranias y ruso-esteparias, todavía hacían

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formado por los godos (posteriormente divididos en visigodos y ostrogodos). Mientras tanto, los germanos occidentales se encontraban organizados en tres confederaciones, herminones, ingveones e istveones, entre los que surgirían también los suevos de Ariovisto, los cuados y los marcomanos, así como los bátavos, los catos y los hermunduros, por un lado, y las formaciones celto-germánicas constituidas por cimbrios, teutones y ambrones. A diferencia del hibridismo racial y cultural que caracterizaba a germanos occidentales y orientales, los grupos tribales emigrados en fechas más recientes desde Europa del norte, se mantendrían más fieles a sus raíces escandinavas, entre ellos, los frisones, los anglos, los sajones, los longobardos y los francos, así como otros grupos menores como los caucos, los angrivarios y los ampsivarios.

Todo parece indicar que las invasiones germánicas no eran tan nórdicas como pudiera pensarse. Los distintos pueblos germánicos se formaron, desde un principio, por la inevitable mezcla de distintos grupos raciales presentes en Europa, bien por la convivencia en sus sedes primigenias, o bien durante las grandes migraciones. Así, para Villar, los germanos son el resultado de la indoeuropeización del sur de Escandinavia y Dinamarca por gentes procedentes del centro de Europa, portadores de la cerámica cordada (schnurkeramik) y el hacha de combate (streitaxt-kultur), y también de la Europa oriental, como potentes centros secundarios de indoeuropeización para todo el noroeste europeo. 62

De esta forma -continúa Villar-, la zona nuclear del pueblo germano se sitúa en el sur de Escandinavia y norte de Alemania, lugar en el que los indoeuropeos emigrantes de Europa central se encontrarán con la gente de la cultura megalítica nórdica. «Y la cristalización de los germanos como pueblo se produjo por la mezcla de estos dos elementos étnicos y culturales, aunque con la imposición de los indoeuropeos. Naturalmente es imposible saber qué clase de gente sería la que allí se mezcló con los indoeuropeos. Pero dadas las poblaciones históricas del entorno, así como los rasgos físicos de los germanos, bien pudiera tratarse de elementos étnicos similares a los fineses, quizás del propio grupo fino-ugrio» (esto es, del tipo sami o suomi de los lapones). 63

referencia a sus rubias cabelleras y a sus fieros ojos azules. El gran historiador Amiano Marcelino, que los conoció en su antigua residencia, entre Europa y Asia, nos los describe como rubios, arrogantes, esbeltos y de hermosas facciones.

62 Francisco VILLAR. Op. cit.

63 Cuestión distinta es la del número de individuos que componían los conjuntos tribales germánicos, que ha sido objeto de frecuentes controversias nunca zanjadas totalmente, pues la estadística demográfica no se inauguró hasta la medida estándar de los “fuegos medievales”. Los historiadores de filiación romanista otorgan un número de 150-200.000 individuos para las confederaciones

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En definitiva, el contacto con elementos fínicos y otros de origen asiático, como también tuvo lugar –incluso con mayor intensidad- entre los pueblos eslavos y bálticos, es más que una simple suposición o una mera probabilidad, aunque la lingüística nos proporciona también serios indicios de una antigua comunidad de los germanos con los pueblos bálticos, eslavónicos, célticos, ilíricos e itálicos, instalados todos ellos en algún lugar del norte de Europa, bien como patria originaria, o bien como patria secundaria, de la que emigraron hacia el sur, este y oeste del continente europeo, como vanguardias indoeuropeas de los germanos, el elemento más reciente y más promiscuo, junto a los eslavos, en la indoeuropeización de Europa, al menos desde un punto de vista lingüístico y cultural, pero no tanto en el aspecto físico de las poblaciones post-indoeuropeas.

De hecho, en la más reciente etnogénesis de Alemania y Austria confluye, de una manera intensa, el elemento eslavo, algo que los autores nacional-racistas obviamente pasaron por alto: los prusianos, lo más selecto de la germanidad, son una mezcla, interesante quizás para un estudio etnohistórico, de eslavos, baltos (prutenos), germanos y fineses; en los territorios germanos situados al este del río Elba son frecuentes los apellidos eslavos de origen polaco, ruteno o ucranio, el mismo Berlín es de origen eslavo y la región de Turingia es conocida como el “bosque eslavo”. El propio emperador Carlomagno –llamado Karl der Gross por los alemanes- desplazó –y masacró- a un buen número de sajones, sustituyéndolos por tribus eslavas. Y lo mismo sucede en el Österreich austriaco, en el que abundan los apellidos de filiación checa, eslovaca, eslovena y serbocroata. En definitiva, los germanos y, en concreto, los alemanes, considerados, por ellos mismos, como los más fieles descendientes de los primitivos arios, no podían avalar, sin embargo, una pureza racial originaria y primigenia.

germánicas más poderosas (visigodos, francos, sajones, alamanes), o de 60-80.000 para las tribus intermedias (vándalos, anglos), mientras que las formaciones más modestas (suevos, burgundios, longobardos) tendrían unos 30-50.000 miembros. Los autores de tendencia germanista, sin embargo, considerando que los clanes germanos estaban compuestos de nobles, guerreros, infantes, ayudantes, campesinos, siervos y esclavos, acompañados de sus nutridas familias, así como las fuentes clásicas que proporcionan datos sobre la movilización de hasta 20.000 guerreros en épocas de crisis, y computando que un pueblo antiguo en movimiento sólo podía movilizar el 10% de sus efectivos populares, estiman al alza que los grandes conjuntos germánicos contarían con poblaciones superiores a las 200.000 de almas, lo cual no implica que fuera ese número el que se desplazase y se instalase en las provincias romanas, pero representarían, en todo caso, un porcentaje aproximado entre el 10 y el 15% de las poblaciones existentes en Hispania, Italia, Britania o la Galia, porcentaje que se iría incrementando conforme se va ascendiendo del sur al centro y al norte de Europa.

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CAPÍTULO II

EL MITO RACIAL COMO PATRIMONIO IDEOLÓGICO EUROPEO

Sumario.- 1. Razas y racismo: sobre el inasible concepto de raza. 1.1. Un concepto convencional de raza. 1.2. Una clasificación tradicional de las razas. 1.3. Un racismo de corte europeo. 2. Las teorías precursoras del supremacismo de la raza blanca europea. 2.1. El darwinismo social. 2.2. El supremacismo colonial. 3. El camino del pangermanismo y del antisemitismo. 3.1. La dirección nacionalista y populista: el pueblo predestinado versus el pueblo elegido. 3.2. La dirección individualista y elitista: la llegada del nuevo superhombre. 4. Hacia un Estado comunitario, popular y racial. 5.1. El pensamiento conservador nacional-populista-racialista. 5.2. La justificación política y psicológica del Estado racial-totalitario.

1. Razas y racismo: sobre el inasible concepto de raza.

1.1. Un concepto convencional de raza.

La “raza” es un concepto sencillamente sociocultural formado a partir de la

evidencia de ciertos aspectos físicos externos –el fenotipo o Erscheinungsbild- como la

pigmentación de la piel, el color del pelo y de los ojos, los rasgos faciales, o

simplemente antropológicos, como la estructura craneal o la constitución anatómica,

a los que se les suponen ciertas predisposiciones intelectuales y espirituales,

caracteres todos ellos que, en principio, se perpetuarían por la herencia –el genotipo

o Erbbild-. Desde otra perspectiva, actualmente con un uso popular muy reducido,

“raza” significa “casta o calidad del origen o linaje”. En cualquier caso, el concepto

de “raza” es general y cualquier intento de encasillarlo en un significado más

específico representaría una rígida clasificación.

La complejidad de la especie humana –que, sin embargo, sigue siendo una o

única- produjo una rápida y asombrosa diferenciación geográfica, no exenta, desde

luego, del prodigioso resultado de generaciones de mezcla y cruce de pueblos que

intercambiaron sus caracteres recesivos o dominantes, a través de los procesos de

“amalgamiento, selección y respuesta al medio ambiente”. En otras palabras,

mestizaje interpoblacional, selección sexual reproductiva y adaptación fisiológica al

medio natural y a los cambios climáticos.

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El resultado es una variedad de grupos humanos, cada uno de ellos con una comunidad de rasgos físicos relativamente unificados y razonablemente homogéneos, que viven en una determinada situación de aislamiento geográfico respecto de otros grupos diferentes. Esta definición es, desde luego, arbitraria, pero necesariamente útil y operativa para abordar las distintas teorías sobre el “racismo”. Por último, habría que añadir la acepción académica de “raza” como “subespecie”, que hace referencia a “cada uno de los grupos en que se subdivide la especie humana, cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia”. Ya tenemos todos los componentes básicos del concepto “raza”: grupo de la especie humana, características físicas diferenciales, transmisión hereditaria y aislamiento geográfico.

Paulette Marquer define la raza como «un hecho biológico, una unidad zoológica, que no hay que confundir ni con la etnia ni el pueblo, que son unidades culturales y lingüísticas, ni con la nación, que es una unidad política”, insistiendo sobre este hecho “porque muy a menudo se incrimina de “racista” al pobre antropólogo que tiene la audacia de querer mostrar las diferencias entre los hombres y que con ello puede hacer peligrar el “sacrosanto” principio de igualdad». El concepto de raza concebido por los antropólogos «sólo se apoya en consideraciones físicas, intencionalmente ajenas a todas las motivaciones afectivas, sociales o políticas que están en el origen del racismo». 64

En definitiva, el significado del concepto “raza”, además de arbitrario, es puramente convencional, una especie de acuerdo social tácito para designar la diversidad, no especializada evolutivamente, de la humanidad. La cuestión, entonces, no es tan simple como reconocer la compleja y rica variedad biológica, genética y antropológica de la humanidad. El problema radica en que, inmediatamente después del reconocimiento de la existencia de las razas, aunque sea como un mero concepto reducido a los rasgos fisiológicos, siempre hay alguien dispuesto a proclamar la presunta superioridad de una raza –casualmente, la suya- sobre las demás, jerarquizándolas en una escala de “valores humanos” que, en última instancia, se traducen en privilegios y derechos políticos, civiles, sociales o económicos que pueden ser concedidos o denegados en función de la pertenencia racial de cada individuo. Y es entonces, como lógica reacción defensiva, cuando se produce la negación del propio concepto de raza (nihilismo racial), pensamiento dirigido a combatir efectivamente cualquier forma de racismo o diferencialismo biológico.

64 Paulette MARQUER. “Las razas humanas”, Alianza Editorial, Madrid, 1973.

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1.2. Una clasificación tradicional de las razas.

La antropología física, también conocida en el ámbito germano como “raciología” (Rassenkunde), es un intento de clasificación científica de los seres humanos en función de las diferencias somáticas mayoritarias o predominantes en el grupo o colectivo del que forman parte: pigmentación de la piel, color de ojos y cabello, así como otras características fisiológicas como la forma del cráneo, la frente, la nariz, los ojos o el mentón, la mayoría de ellas condicionadas por el tipo de clima, los hábitos alimenticios y la selección natural que conserva los rasgos mejor adaptados al medio ambiental circundante.

Sobre el origen de las razas existen varias teorías. Una de ellas –en la actualidad totalmente abandonada- explica la diversidad racial de la humanidad por referencia a un proceso de evolución independiente de varias especies de homínidos en distintas áreas geográficas (hipótesis “multirregional”). Frente a esta tesis, la mayoría de los investigadores sostienen la unidad de la especie humana, sin perjuicio de la constatación de variedades raciales (hipótesis “fuera de África). Y sin embargo, en el estado actual de la investigación científica todavía no existe una sólida teoría sobre el proceso de formación de las diferenciaciones raciales. No sabemos si la diferenciación del “homo sapiens” en diversos grupos raciales se debe a cambios, derivas o mutaciones en la composición genética, al aislamiento geográfico de distintos grupos humanos, a la adaptación al medio climático y ambiental, al cruzamiento entre grupos ya diferenciados o a la propia selección, explicaciones insuficientes si consideramos que la adquisición y fijación de características diferenciales requieren un largo y dilatado período de tiempo que no encaja con la “relativa proximidad” de nuestros ancestros directos, aunque seguramente será el resultado de una combinación de todos estos factores la que podría proporcionar una hipótesis coherente y razonablemente aceptada por la comunidad científica sobre la diferenciación racial.

Desde estas diferencias, la clasificación tradicional de las razas -fundamentada en la idea del “creacionismo” que hacía derivar a la humanidad de los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet- distinguió tempranamente tres grandes grupos raciales:

“caucasoide” (blanca o europea), “mongoloide” (amarilla o asiática, de la que también deriva la conocida como roja o amerindia) y “negroide” (negra o africana, de la que, en ocasiones, se separa la “australoide”), representación incongruente con la realidad antropológica, si consideramos que el aspecto físico externo predominante es el que ofrece una variada gama de rasgos mixtos o híbridos. Sin embargo, la

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morfología cefálica y facial puede resultar muy útil en un estudio, como el presente, que trata de desenmascarar el mito de una raza nórdica predestinada al dominio de la humanidad.

Así, en función del grado de pigmentación, la especie humana ha sido dividida en tres grandes troncos raciales: leucodermos (piel blanca), melanodermos (piel negra) y xantodermos (piel amarilla), lo que no impide, como es obvio, la existencia de innumerables tipos mixtos, así como de diversas graduaciones y tonalidades del color de la piel. Asimismo, existe una enorme variedad de colores presentes en el cabello y en los ojos, si bien suele existir una estrecha relación entre una pigmentación clara con ojos claros –caracteres recesivos- y entre una pigmentación oscura con ojos oscuros –caracteres dominantes-, coloración predominante en la mayoría de los grupos humanos a excepción, precisamente, de la “raza nórdica”.

Por otra parte, en función de la forma del cráneo, los individuos se clasifican en dolicocéfalos (cabeza estrecha y alargada hacia el occipital), braquicéfalos (cabeza ancha y corta) o mesocéfalos (cabeza intermedia). La forma de la nariz puede ser leptorrina (estrecha y recta), platirrina (ancha) o mesorrina (intermedia o con derivaciones cóncava/convexa). El mentón se clasifica en prognato (arcada inferior saliente o avanzada) u ortognato (arcada inferior entrante con dentadura prácticamente vertical). En definitiva, la descripción física de un tipo nórdico estándar sería la siguiente: estatura elevada, pigmentación blanca o rosada, cabello y ojos claros, cráneo dolicocéfalo, nariz leptorrina, mentón ortognato y labios finos, con un alto índice de pilosidad corporal.

En cualquier caso, el hecho del polimorfismo racial de la especie humana es bastante evidente, si bien las diferencias morfológicas entre los distintos grupos son producto de una selección natural motivada por el clima. Según Luigi Luca Cavalli- Sforza 65 , el color negro de la piel protege a los que viven cerca del ecuador de las inflamaciones cutáneas causadas por los rayos ultravioletas de la radiación solar, que pueden causar también tumores malignos como los epiteliomas, mientras que una estructura corporal pequeña favorece, en los climas cálidos y húmedos, la evaporación del sudor –que refresca el cuerpo- que tiene lugar en la superficie, función que también cumple el pelo crespo respecto del efecto refrescante de la transpiración.

65 Luigi Luca CAVALLI-SFORZA. “Genes, pueblos y lenguas”, Barcelona, 2000.

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En cambio, la cara y el cuerpo mongólicos –continúa Cavalli-Sforza- están adaptados para combatir el frío intenso de las regiones asiáticas. El cuerpo y la cabeza tienden a ser anchos y redondeados para aumentar el volumen corporal en relación con la superficie, reduciendo la pérdida de calor hacia el exterior. La nariz y las orejas son pequeñas y huidizas para evitar riesgos de congelación, mientras que los ojos se protegen con unos gruesos párpados que constituyen auténticas bolsas de aislamiento térmico, dejando unas aberturas muy finas para poder ver mientras soportan los helados vientos del invierno siberiano.

La despigmentación de los europeos blancos, sin embargo, responde a la necesidad de sintetizar los escasos rayos solares ultravioletas de su entorno para transformarlos en vitamina D, cuya ausencia, especialmente en dietas abundantes en cereales –alimento básico de los antiguos indoeuropeos- puede provocar fenómenos de raquitismo. En la Europa central y occidental de la época glacial y, posteriormente, en la Europa nórdica post-glacial, pobre en luz solar y rica en frío y humedad, se dieron las condiciones climáticas a las que se adapta la piel blanco- rosada y los ojos con el iris de tonalidades azuladas. 66

En consecuencia, la típica asociación de raza con el color de la piel no sólo produce confusión y discriminación, sino que carece absolutamente de base científica. La variación en las tonalidades de la piel de los seres humanos se debe a la presencia de un pigmento llamado melanina presente en todas las personas, si bien en diferentes cantidades, en función, de la necesidad de protección contra los nocivos efectos de las radiaciones ultravioletas. La piel extremadamente blanca o sonrosada y los ojos claros responden a una escasa generación de melanina. Pero, en realidad, ¿representan estos caracteres una ventaja evolutiva para las poblaciones nórdicas? Hoy parece aceptado que el clima septentrional, oscuro, frío y húmedo no es el responsable: en los países escandinavos, por ejemplo, los niveles de radiación ultravioleta en invierno, debido al efecto reflejo del hielo y la nieve, son equiparables

66 Como se ha visto anteriormente, ésta es la hipótesis generalmente aceptada por la mayoría de autores. Sin embargo, considerando que antes del intervalo del 12.000 al 9.000 a.c. el norte de Europa era prácticamente inhabitable, pues es en este período cuanto los proto-nórdicos inician la ocupación de las tierras altas y comienza presuntamente su proceso de despigmentación, no existe explicación alguna que ilustre la rápida adquisición del “fenotipo nórdico” como rasgo predominante y transmisible hereditariamente, pues hacia el 5.000 a.c. se producen ya migraciones de pueblos con estas características físicas. Otro hecho inexplicable es que las poblaciones finesas o mongoloides de origen asiático (lapones, esquimales, etc), presentes en esas latitudes (además de Escandinavia, en Canadá, Groenlandia y Siberia), bastante antes que las proto-nórdicas, hayan podido conservar sus característicos rasgos mongoloides sin adquirir ninguno de los típicos rasgos nórdicos que, según lo genetistas, están mejor adaptados al medio climático en el que viven, al menos, desde el 12.000 a.c.

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a los de las regiones mediterráneas en la misma época estacional. Por tanto, los nórdicos no estarían adaptados al clima de estas zonas y para ellos no representaría una ventaja evolutiva la falta de pigmentación en piel, ojos y cabellos, misterio adaptativo que bien queda en evidencia cuando constatamos la intensa pigmentación oscura de lapones y esquimales que viven en latitudes superiores próximas al círculo polar ártico.

1.3. Un racismo de corte europeo.

Y de la supuesta existencia de distintas razas humanas pasamos al racismo, término precisa y curiosamente acuñado por un médico judeo-alemán llamado Magnus Hirschfeld, que comenzó emprendiendo una cruzada por la liberación sexual y la normalización de la homosexualidad para, tras ser agredido por unos simpatizantes nacionalsocialistas, pasarse a la denuncia y refutación de las teorías raciales, especialmente las “nordicistas” que proponían la existencia de diferencias cualitativas entre los europeos blancos y el resto de razas humanas. En definitiva, “racismo” es cualquier actitud o manifestación que defiende las diferencias raciales y la supremacía de una raza sobre las otras. Y “racialismo” sería una derivación de aquel pensamiento dirigido a la conservación de la pureza intrínseca de las razas y a la separación geográfica de las mismas en sus territorios originarios. Su principal pecado es interrelacionar el aspecto puramente biológico de la raza con las producciones sociales y culturales de los distintos grupos humanos unidos por la lengua, la sangre o la nacionalidad.

Pues bien, el racismo es una deformación ideológica cuyos axiomas fundamentales son los siguientes: 1) la creencia de que los seres humanos se dividen, fundamentalmente, en razas, atribuyendo a las mismas importantes consecuencias antropológicas; 2) la asignación a cada raza de una serie de caracteres inmutables, físicos y psicológicos, que son transmitidos mediante la herencia genética; 3) la creencia de que existe una jerarquía entre las razas, correspondiendo a las superiores un mayor grado de cultura y civilización; y 4) el rechazo de todo mestizaje racial que suponga la degeneración de las razas superiores. 67 Las manifestaciones racistas se traducen, tanto en sentimientos y comportamientos personales (odio, desprecio, agresión física), como en políticas gubernamentales (discriminación, exclusión social,

67 Carlos CABALLERO, “Tres ensayos contra la modernidad. Sobre nacionalismo, racismo y globalización”,

1999.

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privación de derechos, segregación) y criminales (expulsiones, matanzas, limpieza étnica y exterminio).

El mal endémico del racismo, por otra parte, ha sido prácticamente un patrimonio exclusivo del imaginario colectivo europeo –precisamente, el continente con mayor mestizaje- y, muy especialmente, del germánico, ya sea alemán o anglosajón. Con las excepciones del sistema de castas de la India, de la exclusión legal y religiosa imperante en el Estado de Israel o del aristocratismo criollo de la América española, el racismo ha sido moneda común en el imperio colonial dominado férreamente por los ingleses, campeones del “supremacismo blanco” (“Wasp”, blanco, anglosajón y protestante) que heredaría el “segregacionismo” angloamericano, el “apartheid” sudafricano, esta vez aliados con los “boers” holandeses, y el etnocidio de los indígenas australianos.

Sin embargo, la Alemania nacionalsocialista se convertiría, por derecho propio, en el símbolo del “racismo nórdico” más radical y virulento, porque no sólo dirigió sus acciones contra judíos, árabes, gitanos, negros o asiáticos, como era ya tradicional en la Europa convencida de la supremacía blanca, sino que también alcanzó a todas aquellas poblaciones que no quedaban encuadradas dentro de la tipología nórdica, y que los nacionalsocialistas, siguiendo las teorías de individuos de dudosa parcialidad ideológica, como Deniker, Ripley, Grant, Günther o Coon, clasificaron en diversas subrazas como la oéstica (atlántico-mediterránea), la dinárica, la alpina, la fálica, la dálica, la báltica, la éstica (eslavo-oriental), la armenoide u orientaloide, y así un largo etcétera, todas ellas situadas varios escalones por debajo de la nórdica o, en el extremo caso de los eslavos, en el límite de una infrahumanidad despreciable.

Con todo, hay que preguntarse, como hizo Lévi-Strauss, siempre políticamente incorrecto, pero nada sospechoso de militancia racista, «en qué consiste esta diversidad –se refiere a la gran variedad racial y cultural-, a riesgo de ver los prejuicios racistas, apenas desarraigados de su base biológica, renacer en un terreno nuevo. Porque sería en vano haber obtenido del hombre de la calle una renuncia a atribuir un significado intelectual o moral al hecho de tener la piel negra o blanca, el cabello liso o rizado, por no mencionar otra cuestión a la que el hombre se aferra inmediatamente por experiencia probada: si no existen aptitudes raciales innatas, ¿cómo explicar que la civilización desarrollada por el hombre blanco haya hecho los inmensos progresos que sabemos, mientras que las de pueblos de color han quedado atrás, unas a mitad de camino y otras castigadas con un retraso que se cifra

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en miles o en decenas de miles de años? Luego no podemos pretender haber resuelto el problema de la desigualdad de las razas humanas negándolo, si no se examina tampoco el de la desigualdad –o el de la diversidad- de culturas humanas que, de hecho, si no de derecho, está en la conciencia pública estrechamente ligado a él» 68 .

Y quizás la respuesta la hubiera encontrado en la reflexión de Cavalli-Sforza:

«Ante todo, hay que decir que no es fácil distinguir entre herencia biológica y herencia cultural. A veces, debemos admitirlo, cuesta saber cuál es el origen de una diferencia. Siempre es posible que sus causas sean biológicas (las llamaremos genéticas), que se deban a un aprendizaje (las llamaremos culturales), o a las dos cosas. Pero hay diferencias entre poblaciones humanas que sin duda son genéticas, es decir, heredadas biológicamente. A ellas habrá que recurrir para distinguir las razas y estudiarlas, por la sencilla razón de que son muy estables en el tiempo, mientras que la mayor parte de las diferencias debidas al aprendizaje social están más sujetas a cambios. Si las diferencias estrictamente genéticas fueran realmente importantes desde un punto de vista que se pueda considerar motivo de superioridad de un pueblo sobre otro, el racismo podría estar justificado, por lo menos formalmente. Pero la definición de racismo tendría que ser muy clara y limitarse a las diferencias genéticas».

2. Las teorías precursoras del supremacismo de la raza blanca europea.

2.1. El darwinismo social.

Siguiendo las fuentes de inspiración del francés Lamarck y del inglés Malthus, Charles Darwin marcó las líneas maestras por donde iban a transcurrir las teorías racistas. Autor del “Origen de las especies” (o La Preservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida), concluyó que la selección natural hacía que los individuos mejor adaptados y más fuertes estaban destinados a sobrevivir y dominar sobre los más débiles: «el desarrollo de las criaturas vivientes se vincula a la lucha por la vida en la naturaleza. Esta lucha favorece al más fuerte. El débil está condenado a la derrota y a la extinción». Era, pues, una lucha sin misericordia que se presentaba como un conflicto eterno, en el que el fuerte siempre acaba imponiéndose al débil. La lucha por la supervivencia era una ley natural permanente e inexorable. Así, aceptando el juego de esta ley natural para el ser humano, podían justificarse

68 Claude LÉVI-STRAUSS, “Raza y cultura”, Madrid, 1996.

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todos los conflictos y todas las masacres provocadas por el racismo colonialista porque ya se disponía de una “base científica”. Jacques Barzun dirá con razón que, a partir de Darwin, todo “el decurso de la vida era biológico” y surgieron imperialismos que pedían carta blanca sobre los pueblos atrasados, así como tendencias racistas que propugnaban las purgas internas de elementos extranjeros. 69

Darwin supuso que la lucha por la supervivencia se aplicaba también a las razas humanas. Las favorecidas, especialmente las razas blancas europeas, resultarían victoriosas frente a las africanas y las asiáticas que habían quedado rezagadas, siendo así que las razas humanas civilizadas exterminarían a las salvajes en todo el mundo. «Al mismo tiempo, los monos antropomorfos (entre los que incluía a los tipos humanos negroides y australoides) serán, sin duda, exterminados».

Es posible que Darwin no fuera racista y que fueran los posteriores teóricos del racismo los que manipularan sus ideas tendenciosamente para sustentar científicamente sus objetivos. Pero los comentarios de Darwin sobre cierto tipo de “salvajes”, como los negros africanos y los aborígenes australianos, a los que considera iguales a los mandriles o los gorilas, para justificar así cualquier acción dirigida contra su multiplicación y, por fin, a su extinción, dejan poco margen a la duda razonable. Así, mientras la nueva antropología se convertía tempranamente en el respaldo teórico de la corriente denominada “monogénesis”, según la cual todos los seres humanos, con independencia de su raza, descendían de Adán y Eva, mediante un acto original de creación divina (creacionismo), el darwinismo fomentó la teoría contraria llamada “poligénesis”, según la cual las distintas razas habían surgido de desarrollos evolutivos diferentes (evolucionismo).

Por otro lado, Darwin adelantó ya las premisas de la selección eugenésica cuando se lamentaba de que entre las razas salvajes sólo sobrevivieran los elementos más vigorosos, mientras que entre las razas civilizadas se hacían los mayores esfuerzos para impedir la eliminación natural de los enfermos, tullidos e imbéciles, protegiéndolos con numerosas medidas para que pudieran continuar viviendo. «De este modo, los miembros débiles de las sociedades civilizadas pudieron propagar su linaje. Nadie que haya prestado atención a la cría de animales domésticos dudaría que esto tiene que ser muy nocivo para la especie humana». Concebida de esta forma, la teoría de Darwin sobre la supervivencia de los más fuertes, aplicada a la evolución de las razas humanas, culminaba con la civilización del ser humano

69 Jacques BURZON. “Darwin, Marx, Wagner”. New York, 1958.

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blanco, un racismo implícito que la gran mayoría de los científicos occidentales admitió como algo natural.

Sobre esta teoría evolutiva de las especies mediante la selección natural por la existencia, el sueco Carl von Linné (Linneo), siguiendo la corriente que se conoce como “darwinismo social” o socialdarwinismo, argumentó que las leyes de la selección natural también afectan a los humanos, existiendo unas razas más fuertes que otras en razón de ciertas condiciones biológicas. Y para demostrar antropológicamente la existencia de distintas razas clasificó a los humanos en cuatro categorías raciales: europeus (blanco, sanguíneo, ardiente, pelo rubio ligero, fino, ingenioso, se rige por leyes), americanus (rojizo, bilioso, recto, pelo negro, liso y oscuro, nariz dilatada, alegre, libre, se rige por costumbres), asiaticus (cetrino, melancólico, grave, pelo oscuro, ojos rojizos, severo, fastuoso, avaro, se rige por la opinión) y afer (negro, indolente, disoluto, pelo negro crespo, piel aceitosa, nariz simiesca, labios gruesos, vagabundo, negligente, se rige por la arbitrario). Sin obviar los prejuicios racistas que se constatan entre la descripción del hombre blanco europeo y el negro africano, éste es el primer intento de clasificación racial en base a determinados rasgos antropológicos, físicos y psicológicos de los distintos tipos humanos. Del “darwinismo social” se había pasado ya al “darwinismo racial”.

Otro exponente del darwinismo social fue Herbert Spencer, a quien debemos la teoría de la “supervivencia del más apto”, mediante la cual sugería que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la adquiridas o las debidas a los factores educativos o ambientales, posibilidad, no obstante, que nunca fue del todo admitida por Darwin, especialmente en “La descendencia del Hombre” donde hace gala de una especie de “humanismo materialista”, cuya dialéctica no encaja con las ulteriores corrientes racistas. En cualquier caso, las ideas del naturalismo darwiniano, pese al rechazo del ámbito religioso, fueron rápidamente aceptadas por el mundo científico y la intelectualidad europea, utilizándose tanto para justificar las desigualdades entre las clases sociales, como para explicar la superioridad racial y el dominio colonial de unos pueblos sobre otros: el expansionismo imperialista y etnocentrista europeo contaba ya con su propia doctrina. Será Ernst Haeckel, filósofo y biologista alemán, quien vulgarizará las concepciones del darwinismo social que formarán parte del futuro edificio ideológico nacionalsocialista.

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2.2. El supremacismo colonial.

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Aquella naturalidad con que la mayoría de la intelectualidad europea asumió

la teoría de la desigualdad de las razas humanas y de la superioridad de la raza

blanca sobre las demás, justificó el “supremacismo blanco” del imperialismo europeo, colonialista y esclavista. «El racismo resultaba útil como justificación de las

jerarquías de clases y de castas; como explicación de los privilegios, tanto nacionales como de clase, era espléndido. Ayudaba a mantener la esclavitud y la servidumbre, allanaba el camino para el despojo de África y para la atroz matanza de indios americanos». 70

El francés G.L. Leclerc de Buffon analizó las diferencias entre las razas humanas, debidas a tres causas principalmente: el clima, que explicaría la pigmentación de la piel, cabello y ojos, la alimentación y las costumbres, que serían responsables de otras características físicas como la oblicuidad de los ojos, el achatamiento de la nariz o el grosor de los labios. Buffon fue pionero en partir de la unidad original de la especie humana, la cual, debido a las migraciones primitivas, las mezclas entre individuos distintos y las condiciones climáticas, produjo diferentes variedades humanas. El medio humano más adecuado a la especie se situaría en la zona templada que ofrece mejores condiciones de vida y donde se encuentran los seres humanos más bellos y mejor dotados del planeta, producto de un perfecto equilibrio entre el medio y la especie; el resto de variedades humanas se alejarían del modelo ideal en proporción a la distancia entre su hábitat y las regiones de clima templado.

Pero al hablar de los inicios del racismo antropológico hay que remontarse hasta el alemán Johann Friedrich Blumenbach, considerado como el pionero de la

ciencia antropológica. A él le corresponde la ya superada clasificación de las cinco razas: blanca o caucásica, amarilla o mongólica, negra o africana, aceitunada o melanesia, roja o americana. Blumenbach empezó a introducir métodos “científicos”

en el estudio de la naturaleza del hombre que derivaban de la genética, la biología, la

craneología, etc, justo cuando triunfaba el “materialismo evolucionista” darwiniano.

A él se debe la introducción del concepto de “raza caucásica o caucasoide”, cuyo

patrón estético servía para comparar a las otras razas y establecer entre ellas una jerarquía, en cuya cúspide, por descontado, se encontraría la raza blanca.

70 Marvin HARRIS. “El desarrollo de la teoría antropológica”, Madrid, 1987.

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Aunque creía en la unidad de la especie humana, siempre tuvo la convicción de que el origen del hombre se encontraba en la región caucásica “por la belleza de sus habitantes” y, desde allí, se había extendido por todo el mundo, si bien en formas cada vez más degeneradas: los primeros humanos serían pues, de raza blanca, y después se irían formando el resto de las razas, porque «es más fácil para el blanco degenerar en color oscuro, pero mucho más difícil para el oscuro volverse blanco». Con todo, hay que decir en su favor, aún desarrollando una especie de racismo estético muy habitual, por otra parte, en la Europa de la época, que Blumenbach creía en la unidad y solidaridad de todos los pueblos, en la igualdad entre los europeos blancos y los africanos negros y que fue defensor de la abolición de la esclavitud.

Por su parte, el holandés P. Camper introdujo la medida del “cráneo” y del “ángulo facial” para analizar ciertas características raciales, tomando siempre como modelo las cabezas representadas en la escultura griega clásica, a partir del cual llegaba a situar a los hombres negros ligeramente por encima de los simios. Y el sueco A. Retzius se inventó la famosa distinción entre cráneos dolicocéfalos, mesocéfalos y braquicéfalos, auténtica piedra filosofal del “racismo científico”, que tanto juego iba a proporcionar a los teóricos de la supremacía del dolicocéfalo rubicundo y que tanta importancia recobraría más tarde con las experimentaciones craneológicas de los nazis. Todos estos investigadores estaban propiciando el cambio desde el concepto histórico-romántico de “nación” al materialista de “raza”.

El antropólogo francés Paul Broca enunciaba entonces el siguiente principio:

“En una nación hay siempre razas diferentes; es necesario, pues, distinguir los tipos puros de aquellos que son producto de las mezclas”. De los ángulos faciales y los cráneos dolicocéfalos se va pasando a descripciones menos científicas y más estéticas, como la distinción entre las “razas blancas y bellas” y las “razas negras, oscuras y feas”. Por su parte, Fabre D´Olivet reduce el número de razas humanas (roja o austral, amarilla, negra y blanca), sosteniendo –fue el primero de su época- un remoto origen nórdico-ártico-hiperboreal de la raza blanca. Otras clasificaciones ilustrativas fueron la división de Klemm entre “razas activas” o dinámicas y “razas pasivas” o contemplativas, o la de G. D´Eichtal entre “razas masculinas” (fuertes, viriles) y “razas femeninas” (débiles), sin que al lector le sea demasiado difícil intuir a qué raza se atribuían esas cualidades activas, dinámicas, fuertes y viriles.

Aunque se ha considerado al conde de Gobineau, que estudiaremos más adelante, como el fundador de la doctrina de las razas, hay que decir que, si bien fue el artífice de una construcción aparentemente académica de la historia racial de la

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humanidad, tuvo desde luego diversos predecesores. Uno de ellos, de especial importancia, es Courtet De L´Isle, el cual, en plena campaña igualitarista por la abolición de la esclavitud, distinguía la existencia de “razas naturalmente preponderantes” y “razas naturalmente débiles” y de ahí a justificar la política colonial y racial de las potencias europeas sólo había un pequeño paso, que el autor desarrolló con su teoría de las razas de nobles y conquistadores que se imponían sobre las razas de esclavos nacidas para servirles, afirmando asimismo que las desigualdades sociales corresponden a los “estratos étnicos” de un país y que las relaciones entre los pueblos deben estar presididas por principios de jerarquía y supremacía a favor de las razas europeas. Otro de los predecesores de Gobineau fue Henri de Boulainvilliers, defensor de un aristocratismo racial fundamentado en que la nobleza francesa procedía de la casta señorial de los conquistadores germánicos (los francos), mientras que la gran masa compuesta por la burguesía y el campesinado debían ser considerados como descendientes de la raza subyugada formada por celtas y romanos. 71

Estas ideologías tuvieron su eclosión en Europa a lo largo del siglo XIX fundamentándose en una inventada dicotomía “civilización-barbarie”, en la que Europa representaba el “progreso civilizador” y los pueblos colonizados la “encarnación de la barbarie”, concepción que presidió las guerras coloniales y que durante el siglo XX se trasladaría a los campos de combate europeos. El sociólogo Brodsky cree que «la transformación de la guerra de conquista en guerra de exterminio tuvo que ver, necesariamente, con una transformación ideológica radical en las sociedades. El grado de violencia y destructividad involucrado en los procesos de exterminio de masas alcanzó tal magnitud que, para poder implementarlos, fue necesaria una profunda transformación en la mirada hacia “el otro”, transformación que se fue produciendo a lo largo del siglo XIX, en particular con el desarrollo de la interpretación darwinista en el ámbito de las ciencias sociales y la concepción positivista de las mismas –en particular, las teorías eurocéntricas-, las cuales fueron desarrollándose como justificación del colonialismo europeo. Así, Europa representaba el “progreso civilizador” y la conquista era el “precio” que los “pueblos atrasados y primitivos” debían pagar para progresar.» 72

71 Henri de BOULAINVILLIERS. “Histoire de l´ancien gouvernement de la France”, 1727. 72 P. A. BRODSKY. “De la guerra de conquista a la guerra de exterminio”, IV Jornadas de estudio sobre genocidios”, Universidad de Buenos Aires.

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3. El camino del pangermanismo y del antisemitismo.

3.1. La dirección nacionalista y populista: el pueblo –alemán- predestinado versus el pueblo –judío- elegido.

El racismo “blanco” de corte europeo y el antisemitismo (en su versión judeofóbica), no sólo se refugiaron en los ámbitos reservados a políticos y demagogos sino que, traspasando incluso las teorías de antropólogos, lingüistas y arqueólogos, alcanzó a buena parte de los intelectuales y filósofos europeos, especialmente en Alemania. De hecho, la politóloga Gudrun Hentges 73 en un trabajo titulado “El lado oscuro de la Ilustración. La representación del judío y del salvaje en las obras filosóficas de los siglos XVIII y XIX”, ha demostrado que las elucubraciones racistas y antisemitas fueron frecuentes también entre los pensadores de la Ilustración. André Pichot, en su ensayo “La raza pura”, se lamentaba de cómo los presupuestos de la honorabilidad intelectual y de la neutralidad científica se habían eclipsado ante la agobiante presión de unos determinados “climas de época” que justificaron, arriesgadas opiniones primero, y aberrantes hechos políticos después. Pero, en definitiva, se trataba de justificar científicamente una idealizada tensión espiritual y racial entre la supuesta condición de “pueblo predestinado” para salvar y elevar a la humanidad que se predicaba de los germanos, frente a la autoproclamada cualidad de “pueblo elegido” de los judíos con la presunta intención de dominar y utilizar a esa misma humanidad.

Johann Gottfried Herder, instigador del movimiento conocido como “tormenta e impulso” (sturm und drang), teorizó, desde una postura sumamente teológica, sobre el “espíritu de las naciones” (völkergeist) y el alma de los pueblos (völkseele), definiendo la nación como un grupo humano que se desarrolla a través de las generaciones de un pueblo vinculadas por una unidad propia y un destino común, pero era el espíritu, la religión y la lengua lo que caracterizaba a la etnia, nunca la sangre. La singularidad de los pueblos todavía no se hacía fundamentar en el mito de la raza. Sin embargo, del pueblo judío dirá que reside en Europa como “un pueblo asiático y extranjero a nuestra parte del mundo” y que, en consecuencia, todo Estado tiene el deber de determinar «cuántos miembros de este pueblo extranjero pueden ser tolerados sin perjuicio de los indígenas», anticipando ya las célebres cuotas inmigratorias.

73 Gudrun HENTGES. “Schattenseiten der Aufklärung. Die Darstellung von Juden und Wilden in philosophischen Schriften 18. und 19 Jahrhunderts”, Wochenschau Verlag, 1999.

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Es con Fichte cuando la filosofía, basada en los principios de la naturaleza y de la historia, se aproxima a una concepción racista, cuando surge el concepto de “pueblo primordial” (Urvolk) y de “lengua originaria” (Ursprache) por diferenciación con los “pueblos normales” y los “pueblos derivados”, fórmulas cada vez más cercanas al concepto de raza originaria. Fichte define el pueblo como «el conjunto de hombres que viven en común a través de las generaciones y que se perpetúan entre sí sin adulteración, física y moralmente, de acuerdo con las leyes particulares que desarrollan lo divino». Y continúa diciendo que «si estas cualidades son lesionadas por mezclas o adulteraciones, las naciones se alejan del principio espiritual de las cosas y caen en la igualdad propia de una nivelación, en donde todo termina confundiéndose en un único y mutuo derrumbe».

Según Evola aquí ya se pueden reconocer los principales puntos de la ideología racista: «la diferenciación originaria de los pueblos, persistencia hereditaria de los tipos, principio de pureza y condena de toda mezcla o adulteración, deducción de las características, virtudes y dignidades de los distintos pueblos a partir de las cualidades innatas del tronco originario». Fichte, como harán después los grandes teóricos racistas, pone el ejemplo de Roma, en «cuyo origen hubo dos clases principales, los patricios, descendientes de estirpes aristocráticas de colonizadores, y el pueblo, descendiente de los habitantes originarios de Italia».

En sus “Discursos a la Nación Alemana”, Fichte atribuye al alemán precisamente la categoría de “pueblo primordial”, anticipando uno de los mensajes más repetidos del futuro racismo nórdico y pangermanista: el pueblo germano como heredero más puro de la raza aria. «Los alemanes son el pueblo absoluto, el pueblo que existe "en si", es decir "el pueblo por excelencia"» (das Volk schlechtweg). Si a ello se une la convicción de Fichte de que «el pueblo metafísicamente predestinado tiene el derecho moral de realizar su destino con todos los medios de la astucia y de la fuerza», no cabe duda alguna ya para considerarlo, no sólo un precursor del pangermanismo de entreguerras, sino también como uno de los cultivadores del diferencialismo y el anti-igualitarismo filosóficos que abonarían la llegada del racismo y del supremacismo centroeuropeos.

Después de intentar aclarar que no profesaba ningún odio o prejuicio contra los judíos, Fichte constata que «a través de todos los Estados de Europa se extiende un Estado potente y hostil que vive en guerra continua con los demás y que presiona de manera tremendamente pesada sobre los ciudadanos: es el Judaísmo. No creo que el mismo sea tan aterrador por el hecho de que constituyen un estado separado y tan

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firmemente encadenado en sí mismo, como por el hecho de que está constituido sobre el odio a todo el género humano». Y como colofón de su nada disimulada hostilidad hacia los judíos, reflexionando sobre la posibilidad de concederles derechos de ciudadanía, Fichte dirá que no ve ningún medio «como no sea cortarles a todos ellos la cabeza en una noche y ponerles otra en la que no quede ninguna idea judaica».

El racismo y el antisemitismo se encuentran también presentes en la obra de Kant: «en los países tórridos el hombre madura antes en todos los aspectos, pero no alcanza la perfección de las zonas templadas. El género humano en su expresión más perfecta se manifiesta en la raza blanca. Los indios amarillos poseen exiguo talento. Los negros tienen un nivel aún más bajo, y el más bajo de todos es el de una parte de la población americana». Kant describe a los individuos de la raza blanca que habita las zonas templadas como «más hermosos físicamente, más trabajadores, más alegres, más moderados en sus pasiones y más inteligentes que ninguna otra raza humana en el mundo», mientras atribuye a los judíos un odio hacia toda la humanidad: «en su condición de pueblo elegido, de pueblo que hostiga a todos los otros pueblos y es por eso hostigado por todos, excluyó de su colectividad a la totalidad del género humano». En fin, para Kant existe un carácter innato, natural, «en la composición de la sangre de los seres humanos», que se diferencia de las «características adquiridas, artificiales, de las nacionalidades».

También Hegel sostiene afirmaciones similares cuando piensa que «la fisiología diferencia en primer término las razas caucásica, etiópica y mongólica, a las que se agregan aún las razas malaya y americana», utilizando para esta distinción los métodos anatómicos de medición del cráneo y otros mediante la observación de los pómulos, la nariz y la anchura de la frente. El propio Voltaire irá más lejos describiendo el “carácter judío” por la ignorancia, el odio, la crueldad y las perversiones sexuales, y concluirá que «observamos a los judíos con la misma mirada que miramos a los negros, o sea, como a una raza humana inferior».

El antisemitismo de Voltaire, sin embargo, era un “lugar común” muy extendido entre sus contemporáneos: «los judíos no son más que un pueblo ignorante y bárbaro que ha combinado, por mucho tiempo, la más repugnante avaricia con la más abominable superstición e inextinguible odio hacia los otros pueblos por los cuales son tolerados y gracias a los cuales se enriquecen». Desde luego, escribió sobre la igualdad de todos los seres humanos y sobre la necesidad de humanizar la esclavitud, pero lo hacía desde la pertenencia a una raza blanca de la

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que, entonces, nadie ponía en duda su presunta superioridad, por lo que, finalmente, Voltaire acababa justificando precisamente la esclavitud y la inferioridad de los africanos y de los asiáticos. 74

El filósofo alemán Carl Gustav Carus fue el encargado de establecer las presunciones para una discriminación intelectual entre las razas. En su obra “Sobre la desigual capacidad de los distintos linajes humanos para un desarrollo intelectual superior”, especulaba que las diferencias físicas entre los caucasoides y las otras razas eran también indicativas de diferencias vitales e intelectuales, porque “el cuerpo es tan sólo la apariencia de la propia alma”. A través de diversas mediciones craneométricas clasificó a la humanidad en las siguientes razas: los “pueblos del día” (Tagvölker) o raza blanca, los “pueblos de la noche” (Nachtvölker) o raza negra, y los “pueblos del crepúsculo” (Dämmerungsvölker) o raza oriental, mostrando los primeros un predominio de la parte frontal del cráneo y los segundos de la parte posterior, que explicaría las diferencias intelectuales de unos y otros, situándose los orientales en un término medio. Según Carus, los únicos capaces de generar culturas elevadas son los blancos, mientras que los negros están destinados a la esclavitud y los orientales, a pesar de haber alcanzado cierto grado de desarrollo, están incapacitados para crear civilizaciones que busquen la belleza y la verdad.

Dentro del germanismo cristiano y racista destacan las figuras de Ernst Moritz Arndt, de origen sueco, y Ludwig Friedrich Jahn, de ascendencia checa, y sin embargo, profetas del mesianismo germánico, algo habitual entre la intelectualidad europea, que siempre vio en Alemania al pueblo predestinado para guiar a la humanidad. Arndt suponía que la excelencia del pueblo alemán, el “pueblo luminoso” (Lichtvolk) residía en la pureza de su sangre: los germanos y los latinos fertilizados por ellos eran los únicos capaces de producir los más nobles frutos de la civilización y la cultura. Por ello, había que proteger la “alemanidad” (Teutschkeit) de toda contaminación con sangres extranjeras, estableciendo compartimentos estancos entre los pueblos. Sin embargo, Arndt no consideraba que la sangre judía fuera peor que la francesa o la rusa: «la experiencia demuestra que en cuanto abandonan sus extrañas leyes y se hacen cristianos, las particularidades del carácter y del tipo judío se difuminan rápidamente y a partir de la segunda generación apenas puede reconocerse la simiente de Abraham».

74 León POLIAKOV. “De Voltaire a Wagner” en “Historia del antisemitismo”, Muchnik, Madrid, 1985.

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Por su parte, Jahn (“Deutsches Volkstum”) desarrolló un programa de renovación germánica que consistía en eliminar las influencias extranjeras, especialmente las francesas y las judías, poniendo toda clase de barreras a la infiltración de sangres extrañas en el pueblo alemán, ya que «los pueblos mestizados pierden su capacidad de reproducción nacional». Los únicos pueblos que Jahn reconocía como puros y nobles eran los griegos de la antigüedad y los germanos actuales, ambos pueblos santos, pero sólo el alemán estaba en condiciones de regenerarse racial y espiritualmente.

Arthur Schopenhauer, filósofo irracionalista y voluntarista, precursor de Nietzsche en cuanto a su pensamiento aristocrático, opinará de los negros que «son los más sociables de todos los hombres, como también son los más atrasados intelectualmente». Y de los judíos abundan sus comentarios soeces y despectivos:

«Según dicen ellos, son el pueblo elegido de Dios. Es posible, pero difieren los gustos, pues no son mi pueblo elegido, son el pueblo elegido por su Dios. Pues váyanse el uno por el otro». Y en otro lugar: «el buen Dios, previendo en su sabiduría que su pueblo elegido sería disperso por el mundo entero, dio a todos sus miembros un olor especial que les permite reconocerse y encontrarse en todas partes: es el faetus judaicus». Por fin, les vaticinaba a los judíos un destino que Hitler se encargaría de protagonizar y ejecutar: «Ojalá que todo un pueblo que adora un Dios que hace de los vecinos sus “tierras de promisión”, encuentre su Nabucodonosor, así como su Antíoco Epifanes, no guardando para con él ninguna consideración», refiriéndose a los episodios históricos de persecución, deportación y aniquilación a que se habían visto sometidos, hasta entonces, los judíos.

Por su parte, el sociólogo alemán Max Weber también mostró su adscripción a las doctrinas basadas en el hecho racial sin apoyo científico alguno, especialmente a las de orientación anti-eslava (y de forma particular, anti-polaca): explicaba que el éxodo de los jornaleros alemanes de regiones con una elevada cultura y la multiplicación de campesinos polacos en las regiones de bajo nivel cultural, se debía a que la raza eslava tenía unas pretensiones –de índole material e ideal- más modestas en cuanto a la búsqueda de la calidad vital y existencial. El anti-eslavismo como odio racial, tan generalizado en las provincias orientales de Alemania, y de forma especial en Prusia, triunfó posteriormente en el nacionalsocialismo porque, en realidad, se trataba de un hecho histórico reiterado y verificable. El enfrentamiento histórico temprano entre germanos y eslavos comenzó con la presión de éstos últimos sobre los primeros, provocado, a su vez, por las invasiones de los pueblos nómadas de origen asiático, lo que motivó el desplazamiento germánico hacia el

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limes romano, y culminó –siglos más tarde en un proceso inverso- con la colonización teutónica de los entonces paganos polacos y de otros pueblos bálticos y eslavos durante la Edad Media. Weber, partidario de cerrar la frontera del Este a los trabajadores eslavos, perteneció a la asociación pangermanista Alldeutscher Verband.

Werner Sombart en sus obras sobre los judíos como creadores y máximos beneficiarios del moderno capitalismo (Die Juden und der moderne Kapitalismus), no les atribuía, sin embargo, una maldad singular como pueblo, sino una determinada ética personal ajena al espíritu alemán, y de hecho mantuvo estrechos lazos con varios judíos: «el espíritu judío se ha convertido en el espíritu práctico de los pueblos cristianos; los judíos se han emancipado en el mismo sentido que los cristianos se han convertido en judíos; la verdadera esencia de los judíos se ha realizado en la sociedad burguesa». Sombart no pronunció nunca juicios de valor condenatorio sobre los judíos, limitándose simplemente a formular un análisis histórico del capitalismo y del protagonismo adquirido por los judíos en su evolución, pero los populistas volkisch y los nacionalistas pre-nazis reutilizaron su obra haciendo del judío un ser desarraigado, usurero y especulador, interesado exclusivamente en desangrar a las naciones europeas.

Además, Sombart no fue un racista en el sentido biológico y materialista, sino un racista espiritual: «no se puede científicamente demostrar, ni que una determinada raza pueda habitar en un solo espíritu, ni que un determinado espíritu pueda albergarse solamente en una determinada raza». La idea de una “raza del alma” es fundamental para comprender su noción del “espíritu judío”: el alma de los judíos no debe interpretarse a través de los individuos o de su colectivo histórico, sino más bien por una particular tendencia del espíritu (Geis) y de una determinada configuración psíquica (Gesinnung). En esto discreparía con Weber, el cual consideraba el capitalismo judío como un producto típico de un pueblo paria, pero distante de la ética que presidía el capitalismo protestante o, lo que es lo mismo, la distancia existente entre el capitalismo de estado y el capitalismo predatorio, entre el comercio industrioso y la organización racional del trabajo y el interés usurero y especulativo.

3.2. La dirección individualista y elitista: las “bestias rubias” y la llegada del nuevo superhombre.

Con sus concepciones sobre la “voluntad de poder” (der Wüle zur Macht), la decadencia de las sociedades por falta de una depuración racial, su visceral anti-

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cristianismo –que consideraba una creación del judaísmo (“Dios ha muerto”), sus anuncios sobre el advenimiento del “super-hombre” (Übermensch) y la formación de una casta superior, Nietzsche es, sin lugar a dudas, el filósofo más determinante en la construcción ideológica del nazismo y, en principio, un pilar fundamental en la formación intelectual de Hitler, el cual, según la opinión mayoritaria, se apropió de la doctrina nietzscheana para legitimar su nueva concepción del mundo, si bien podemos adelantar que, colocado en la disyuntiva entre Nietzsche y Wagner, el Führer nunca ocultó su admiración por la Weltanschaung de este último, mucho más acorde con sus ideales estéticos.

La importancia de la filosofía de Nietzsche en la formación de la ideología nazi no es un tema pacífico. César Vidal 75 , que no alberga dudas sobre la conexión nietzscheana con el nazismo, examina la exposición que efectúa Nietzsche sobre la antítesis entre una “moral de señores”, aristocrática, y una “moral de esclavos”, de resentimiento, correspondiendo la primera a los valores superiores de las razas germánicas, y la segunda a la moral judeo-cristiana (Judea contra Roma): «No hace justicia ciertamente –escribirá Nietzsche- a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito».

Otros, como Ferrán Gallego 76 , consideran que la manipulación del filósofo sólo pudo realizarse ejerciendo una profunda violencia sobre el sentido de la obra de Nietzsche. «A sabiendas de que nunca conseguirían ponerse a la altura de Nietzsche, se resignaron a falsificar la de Zaratustra». El “mensajero del nihilismo” fue, desde luego, un predicador militante contra el orden caduco y la moral convencional, pero lo hacía desde un profundo individualismo que se oponía a las distintas formas de dominio ejercidas sobre las masas con el oscuro objetivo de anular toda personalidad. «Los buenos conocedores de la cultura alemana rechazaron la caricatura de un Nietzsche pangermanista, oponiendo su feroz individualismo a las tesis nacionalistas raciales que desembocarían en el nazismo». De hecho, Nietzsche sentía un auténtico desprecio por la cultura alemana de su tiempo, admirando en cambio la rusa, la francesa, la italiana, la española y, especialmente, la cultura clásica grecolatina, pero las alabanzas dedicadas a las bestias rubias germánicas de los

75 César VIDAL. “Los incubadores de la serpiente, orígenes ideológicos del Nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto”, Madrid, 1997. 76 Ferrán GALLEGO. “De Munich a Auschwitz”, Barcelona, 2006.

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vándalos y los godos fueron finalmente manipuladas por los teóricos nacional- racistas.

Desde luego, no cabe duda alguna de que Nietzsche identificaba al hombre ario y a la bestia rubia con la nobleza y la aristocracia, con la moral de señores propia de los conquistadores, si bien resultaría desproporcionado identificar a los arios rubios con su prototipo de hombre superior. Sin embargo, el filósofo utiliza comparativamente a las razas oscuras y a las razas rubias para distinguir lo malo y lo vulgar de los hombres de rasgos oscuros –los pre-arios en Europa- de lo noble y lo aristocrático que define, según él, al hombre ario. «Resulta imposible no reconocer, en la base de todas estas razas nobles, al animal de rapiña, la magnífica bestia rubia que vagabundea codiciosa de botín y victoria», escribirá Niezstche, reconociendo además «el derecho a no librarse del temor a la bestia rubia que habita en el fondo de todas las razas nobles …».

En su Genealogía de la moral, Nietzsche efectúa una comparación entre los conceptos de lo “malo”, como característica del hombre vulgar en cuanto hombre de piel oscura y, sobre todo, en cuento hombre de cabellos negros, «en cuanto habitante preario del suelo italiano, el cual por el color era por lo que más claramente se distinguía de la raza rubia, es decir, de la raza aria de los conquistadores, que se habían convertido en sus dueños». En cualquier caso, el filósofo siempre identificó el término “ario” con un grupo racial de cabello rubio como evidencia, sin pasar por alto su asimilación al concepto de “nobleza” que, no obstante, la hace extensible a otras “razas nobles”: las aristocracias romana, árabe, germana, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos. Pero es “la bestia rubia”, una horda de hombres depredadores y conquistadores, el sinónimo de grandeza y nobleza.

Como hará Hitler posteriormente, Nietzsche identifica la civilización, la organización y la creación de instituciones como una obra exclusiva de los arios rubios: «He utilizado la palabra Estado, ya se entiende a quién me refiero: una horda cualquiera de rubios animales de presa, una raza de conquistadores y de señores, que organizados para la guerra, dotados de la fuerza de organizar, coloca sin escrúpulo alguno sus terribles zarpas sobre una población tal vez tremendamente superior en número, pero todavía informe, todavía errabunda». Con todo, a pesar del subyacente mensaje filoracista, Nietzsche utiliza su “bestia rubia” para enfatizar y ejemplarizar la antítesis entre la «humanidad aria, totalmente pura, totalmente originaria» y el «cristianismo, brotado de la raíz judía, que representa el movimiento opuesto a toda moral de la cría, de la raza, del privilegio: es la religión antiaria per excellence …»,

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para finalizar con una inquietante duda sobre el futuro de la supuesta raza aria:

«¿Quién nos garantiza … que la raza de los conquistadores y señores, la de los arios, no está sucumbiendo incluso fisiológicamente?».

En cualquier caso, para Nietzsche es la naturaleza la que establece separaciones entre los individuos “espirituales”, los “más fuertes y enérgicos” y los “mediocres”, que son mayoría frente a “los menos” que, no obstante, son también los más perfectos; en consecuencia, el orden natural impone un “sistema de castas”, la jerarquía como ley suprema que separa a los tres tipos anteriores, norma necesaria para la conservación de una sociedad que posibilite la existencia de tipos superiores e inferiores. El filósofo alemán se remonta, obviamente, a la civilización indo-aria para ejemplarizar sus sistema jerárquico racial, en cuya cúspide sitúa a la “bestia rubia” germánica, antítesis de los representantes degenerados del judeo-cristianismo, dividiendo su sociedad ideal en “brahmanes”, guerreros y sirvientes, además de los “chandalas”, casta donde serían arrojados los mestizos, los tarados y los incapacitados:

«El orden de las castas, la ley más elevada y más excelsa, es tan sólo la sanción de un orden de la naturaleza, una legitimidad natural de primer rango, sobre la cual ninguna arbitrariedad, ninguna “idea moderna” puede prevalecer. En toda sociedad sana, tres tipos, condicionándose mutuamente y gravitando diferentemente, se separan fisiológicamente entre sí; cada uno de ellos tiene su propia higiene, sus propias actividades laborales, sus propios sentimientos especiales de perfección, y su autoridad propia».

En definitiva, una sociedad elitista y aristocrática basada en la desigualdad que debe asumir la raza germánica frente a la mediocridad impuesta por el cristianismo, “hijo espiritual del judaísmo”. Nietzsche anuncia el “nuevo hombre” aristocrático, anticristiano, antijudío, que sólo responde a su “voluntad de poder”, el hombre sobrehumano que es, en realidad, el hombre superado en una evolución ascendente. Por eso, Hitler dirá tiempo después que el nacionalsocialismo no es un movimiento político, ni siquiera una religión, sino “la voluntad de crear el nuevo hombre”.

Nietzsche no fue propiamente un antisemita, si bien su inicial relación- admiración por Wagner le hizo alabar su visión espiritual de la vida, de la que los alemanes corrientes habían sido arrebatados por la mísera y agresiva política del judaísmo. Desde luego, el filósofo consideraba la ética judía como una “moral de

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esclavos” (Sklaven-Moral), el pueblo del que Tácito pensaba que había nacido para la esclavitud, siendo manifestaciones de la misma el cristianismo y el socialismo que propugnan la igualdad. Por eso, el judío se rebela contra las razas aristocráticas:

«Roma vio en el Judío la encarnación de lo antinatural, como una monstruosidad diametralmente opuesta a ella, y en Roma fue hallado convicto de odio a toda la raza humana y con toda la razón para ello, por cuanto es correcto enlazar el bienestar y el futuro de la raza humana a la incondicional supremacía de los valores aristocráticos, de los valores romanos». Los judíos, según Nietzsche, habían falseado de tal forma la historia universal y los valores de la humanidad, que incluso resultaba inconcebible que el cristiano albergase sentimientos antijudíos: “Dios mismo se ha hecho judío!”.

El pensamiento aristocrático se confunde, en numerosas ocasiones, con el determinismo biológico que clasifica jerárquicamente a las razas según unos supuestos cánones creativos. La nueva raza de los super-hombres, la raza superior procedería –mediante el dominio de la voluntad- a la transmutación de los valores, creando otros nuevos que regirían para sí mismos y para las razas destinadas a la esclavitud. Nietzsche estaba de acuerdo con Gobineau, Wagner y Chamberlain, cuando calificaba la raza aria como “raza genuina, fisiológicamente superior a las otras razas y hecha para gobernarlas”. «Toda elevación del tipo “hombre” ha sido siempre obra de una sociedad aristocrática y así será siempre … una sociedad creyente en una larga escala de graduaciones de rango y diferencias en una forma u otra». 77

Un aspecto bastante desconocido de la doctrina nietzscheana es, sin duda, su disquisición sobre la “purificación de las razas”. «No hay probablemente razas puras, sino tan sólo depuradas, y aun éstas son extraordinariamente raras. Las más extendidas son las razas cruzadas, en las cuales, junto a defectos de armonía en las formas corporales, se observan necesariamente faltas de armonía en las costumbres y en las apreciaciones … Las razas cruzadas producen a la par que civilizaciones cruzadas, morales cruzadas también; son generalmente las más crueles, más inquietantes y peores. La pureza es el resultado de innumerables asimilaciones, absorciones y eliminaciones, y el progreso encaminado hacia la pureza se manifiesta en que la fuerza existente en una raza se restringe cada vez más a ciertas funciones escogidas … Cuando el proceso de depuración se ha ultimado, todas las fuerzas que antes se perdían en la lucha entre cualidades sin armonía se encuentran a disposición

77 Alexander JACOB. “Nobilitas. Un estudio de la filosofía aristocrática europea desde la antigua Grecia hasta principios del siglo XX”, Barcelona, 2003.

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del conjunto del organismo; por eso, las razas depuradas se hacen siempre más fuertes y más bellas. Los griegos pre-socráticos nos ofrecen el ejemplo de una raza y de una civilización depuradas, y es de esperar que se logrará algún día la creación de una raza y de una civilización europea puras». Se trata del mito racial y cultural griego del que Hitler siempre se sintió heredero.

Como se ha apuntado al inicio de este capítulo, Nietzsche y Wagner, una vez superado su idilio artístico inicial, mantuvieron un crudo enfrentamiento ideológico 78 , controversia que luego se reproduciría, en el seno del nacionalsocialismo, entre los seguidores del filósofo y del compositor, aunque sería la doctrina nietzscheana la que obtendría la mayoría de adhesiones, puesto que la concepción del mundo wagneriana se refugió en restringidos círculos intelectuales y artísticos que le restaron popularidad en la Alemania nazi, pese a contar con el apoyo incondicional del propio Hitler.

Mientras Rosenberg, Darré o Himmler rechazaban la visión ética y mística del compositor y utilizaban el “superhombre” de Nietzsche para justificar el sometimiento de los más débiles –cruel filosofía que tuvo nefastas consecuencias en las generaciones de la época- los minoritarios círculos wagnerianos hacían de la compasión de los fuertes hacia los menos dotados una virtud ennoblecedora. 79 El propio Hitler rechazaba la influencia nietzscheana que tanto había impregnado la cosmovisión nazi y de la que tanto abusaba su lugarteniente Himmler: «Ya he prohibido todas esas tonterías firmemente varias veces. Todas esas historias de Thing, de los solsticios, de la serpiente de Mittgard y todo lo que está sacado de los tiempos germánicos primitivos. Después les leen a Nietzsche a los jóvenes y a través de citas ininteligibles les hablan del superhombre y les dicen que eso han de ser ellos».

4. Hacia un germanismo nacional, racial y popular.

4.1. El pensamiento conservador nacional-populista-racialista.

Bajo la fórmula “Revolución Conservadora” acuñada por Armin Mohler (Die Konservative Revolution in Deutschlan 1918-1932) se engloba a una serie de corrientes de pensamiento contemporáneas del nacionalsocialismo, independientes del mismo,

78 Friedrich NIETZSCHE. “Nietzsche contra Wagner. Documentos de un psicólogo”, ER. Revista de Filosofía nº 14, 1992 79 Alfred LORENZ, “Parsifal als Übermensch”, Berlín, 1902.

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pero con evidentes conexiones filosóficas e ideológicas, cuyas figuras más destacadas son Oswald Spengler, Ernst Jünger, Carl Schmitt y Moeller van den Bruck. De las innumerables tendencias de la Revolución Conservadora destacan los “Völkischen” (nacionalistas, populistas, racistas y pangermanistas), los “Bündischen” (liga juvenil continuadora de los Wandervögel), los nacional-revolucionarios, los nacional- conservadores y los “Landvolkbewegung” (movimiento campesino).

Para el pensamiento volkisch, el más representativo de estas corrientes, lo fundamental era salvar al pueblo alemán del proceso de degeneración que lo amenazaba, subrayando la importancia de la “raza” como elemento singularizador del “volk” (pueblo). Edgar Jung afirmaba que «la potencialidad demográfica, la raza, las aptitudes espirituales, la evolución histórica, la localización geográfica, todo ello condiciona una jerarquía terrestre entre los pueblos, que no se establece ni por azar ni por capricho». La raza, sin embargo, no era contemplada desde un punto de vista puramente biológico o material, sino como una especie de comunión entre lo corporal y lo espiritual. Mientras Spengler especula sobre una raza en formación, Jünger habla de “blut” (la sangre). El movimiento volkisch comparte, además, una gran religiosidad, ya sea en forma de un cristianismo germánico renovado, o mediante la recuperación de antiguos cultos paganos, siempre impregnados de una cierta desviación hacia el esoterismo.

Fundamental en la doctrina volkisch es su concepción del mundo (Weltanschauung), en la que destaca la imagen de una misión redentora del pueblo alemán (Leitbild), tanto desde su dimensión temporal, en la que los germanos aparecen como el único “pueblo verdadero”, consciente de sus orígenes y del objetivo de liberación de toda la humanidad, como desde su concepción espacial, que se centra en la historia de Europa y en la necesidad de construir una sociedad de valores jerárquicos, aspecto heredado directamente del sobrehumanismo aristocrático de la filosofía nietzscheana. El objetivo final es la creación de una “Volksgemeinschaft”, comunidad racial y espiritual en la que se constituye el “pueblo primordial”, unido por la pertenencia a la misma “sangre”, a la élite racial de culto a lo nórdico (nordisch) y a lo campesino (landvolk), y no dividido por la adscripción a una determinada clase social, aunque no faltan pensadores de esta corriente para los que la raza, la lengua, el espacio y el Estado no serían más que simples circunstancias, a veces insignificantes, para la formación de una comunidad cultural popular. 80

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Resulta curioso, no obstante, que entre los pensadores de un movimiento nacional-racialista como se presentaba la Revolución Conservadora, se encontraran alemanes de origen judío como Max Scheler y Walter Rathenau, para los que el concepto de “pueblo” en sentido amplio les ofrecía la posibilidad de una

“integración” histórica en el cuerpo orgánico alemán a través de la futura edificación

de una “Heimatland” (una patria, tierra de acogida) en la que se unirían los nuevos

hombres “bundisch” (hombres ligados entre sí por su pertenencia a una misma colectividad), si bien otros autores judíos utilizaron la ideología y la simbología “volkisch” para revitalizar las bases populares del sionismo que hasta entonces había sido relegado a la actuación de las élites políticas y financieras judías. Los

“integracionistas” coincidían en esto con el antisemita Paul De Lagarde, seudónimo

de

Paul Bötticher, quien en sus “Escritos alemanes” (Deutschen Schriften) propugnaba

el

retorno al “volk” germánico, asimilando para ello a los judíos, a los que

consideraba una minoría religiosa perniciosa, pero en ningún caso racialmente diferenciada.

Moeller, fundador del “Herrenklub” (corporativo, nacionalista, socialista y anti- occidental) y autor de “El Tercer Reich”, auténtico libro premonitorio de la Alemania hitleriana, inspiró la “revolucionaria tarea de unificar Europa” bajo el dominio alemán, fundamentándose en diversas concepciones geopolíticas que hacían de Alemania el “País del medio” (Mittland). Al igual que otro ideólogo volkisch como Ernst Nietkish, despreciaba el occidente romanizado y católico, apostando por una alianza política y militar con Rusia, puesto que consideraba a Alemania como una potencia oriental que debía renunciar a su tendencia centrífuga secular hacia el sur y el oeste europeos.

Un lugar destacado ocupa Oswald Spengler, heredero de la obra de Nietzsche

y principal inspirador del movimiento volkisch, que nunca colaboró con el

nacionalsocialismo, a pesar de congratularse con lo que el denominaba “la subversión nacional de 1933” por alusión al triunfo electoral de Hitler, si bien consideraba que el nazismo era una “nueva nivelación” o, como mucho, una “revolución por lo bajo” (Revolution von unten). De hecho, una de sus obras “Reedificación del Reich alemán” era muy cercana a la ideología nazi y su principal obra “La Decadencia de Occidente” recibió las alabanzas del filósofo

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nacionalsocialista por excelencia Alfred Rosenberg, a pesar de lanzarle severas

críticas por no vislumbrar el valor intrínseco de las fuerzas racial-espirituales. Sin embargo, su obra “Años decisivos” ha sido considerada como “el único manifiesto de la resistencia interior conservadora aparecido durante el III Reich” 81 , una auténtica crítica del nacionalsocialismo realizada desde la derecha alemana, cuando

la izquierda había sucumbido ya hacía tiempo a la revolución nazi 82 .

Spengler lanza sus críticas contra el racionalismo, el liberalismo capitalista y el marxismo, para pasar luego a la lucha de razas: la historia no es el resultado de un erróneo sentido de la solidaridad entre los pueblos o razas, sino de la lucha entre ellos por el predominio mundial. El pensador alemán afirmará que la culminación de la lucha contra la tradición de las clases dirigentes, iniciada por las ideologías burguesas, se ha convertido en una “revolución mundial de color”, población que va

adquiriendo lentamente conciencia de su comunidad, contra los “pueblos blancos”. La misión del mundo blanco y de Alemania en particular es hacer frente al mayor de todos los peligros, después de la revolución proletaria y de la guerra mundial, que no es otro que el peligro de color, que deberá afrontar principalmente el “hombre bestia de presa”, que es como Spengler define al tipo germano, con el deber de enfrentarse

a todos los peligros y el derecho, una vez vencidos los mismos, a apoderarse del mundo.

«La palabra “internacional” que le entusiasma –escribe Spengler refiriéndose

al pueblo judío-, evoca en él la esencia del consenso sin tierra y sin límite, ya se trate

de socialismo, pacifismo o capitalismo». Las revoluciones y las luchas por la democracia constitucional significaron “un desarrollo hacia el ideal civilizador”, mientras que para el judaísmo ello significa la destrucción y la descomposición de algo diferente de su propia naturaleza, «de algo ajeno al alma judía, de algo que el judío no logró nunca comprender».

Prolífico e individualista autor, que en ningún momento comulgó con el nacionalsocialismo (incluso rechazó el acta de diputado que Hitler le ofreció), aunque tampoco lo hizo con ninguna de las innumerables ligas o clubes “volkisch” de la época pero, en cambio, no dudó en colaborar con la Ahnenerbe-SS, Ernst Jünger inicia su labor doctrinaria después de sus experiencias bélicas: «La guerra es la madre del nacionalismo. La guerra es la experiencia de la sangre … La guerra es nuestra madre,

81 Anton MIRKO KOKTANEK. “Oswald Spengler in seiner Zeit”, 1968.

82 Gilbert MERLIO. “Oswald Spengler y el nacionalsocialismo”, 1976.

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ella nos ha parido en la hinchada panza de las trincheras. Como una nueva raza, nosotros reconocemos con orgullo nuestro origen. Consecuentemente, nuestros valores deben ser valores heroicos, los valores de los guerreros y no el valor del tendero que quiere medir el mundo con su vara de medir telas». Así concebida, la guerra se configura como una acción profiláctica, de higienización de la sociedad, sirve como selección natural entregando el poder a los más fuertes, entre los que destaca el soldado como protagonista y opuesto al burgués. De Jünger no puede decirse que fuera un racista antisemita, como mucho un elitista, pero no por referencia a una aristocracia –noble o burguesa-, sino precisamente por remisión al espíritu del soldado y del trabajador que se forjan en el frente o en la retaguardia mediante la movilización total.

4.2. La justificación política y psicológica del Estado racial-totalitario.

Carl Schmitt, jurista y politólogo afecto al nacionalsocialismo, con sus críticas del humanismo y del pacifismo, la teoría de la oposición amigo (freund) / enemigo (feind) como criterio definitorio de “lo político”, la idea de un poder decisional absoluto para el Führer, que emana del pueblo para instaurar el normal orden de las cosas, y la concepción del mundo dividido en grandes espacios autónomos (Grossraum), entre los que se encontraría el europeo-continental, serían las aportaciones más relevantes para la elaboración de un corpus doctrinal sobre el poder soberano en el régimen nazi. En definitiva, el objetivo de Schmitt no era otro que la reconstrucción política de un Estado alemán vigoroso, donde el Führer constituiría la ley suprema o norma fundamental (Grundgesetz), el movimiento –el partido nazi- la acción política y el pueblo alemán la base étnica, vinculada al soberano por lazos comunitarios de sangre, lealtad y fidelidad, puestos a prueba incluso en situaciones excepcionales (Ernstfall) como la guerra o la rebelión interna.

En su obra “Nationalsozialismus un Völkerrecht” dirá lo siguiente: «El Nacionalsocialismo ha llevado al pueblo alemán el conocimiento de sí mismo y de su propio carácter. Partimos del más natural de todos los derechos fundamentales, el derecho a la propia existencia. Es un derecho eterno e inalienable que implica el derecho a la autodeterminación, a la defensa propia y a los medios de esta defensa». El edificio teórico schmittiano propició las bases para la legitimación política del Estado nacionalsocialista, al tiempo que proporcionaba argumentos pretendidamente jurídicos para reclamar espacios territoriales en Europa o para recurrir a la fuerza en defensa propia ante una agresión exterior. Schmitt, sin embargo, no se prodigó en comentarios racistas o antisemitas, salvo para señalar a los teóricos judíos del

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normativismo y del positivismo jurídicos, pero no cabe duda que su ingente obra, hasta hoy comprometida y discutida, permitió el desenvolvimiento político del Estado racial.

Otro destacado pensador afecto a Hitler y al Nacionalsocialismo fue Martin Heidegger, declarado discípulo de Nietzsche y educado en un ambiente de espiritualidad que lo enraizarán de por vida con el país –la tierra- y las gentes –la sangre- de su región natal en la Selva Negra, que tuvo siempre una doble preocupación: la situación de Alemania y de Europa, «esta Europa que, en su incurable ceguera, se encuentra a punto de apuñalarse a sí misma, está cogida hoy día entre Rusia por un lado y América por el otro. Rusia y América son, desde el punto de vista metafísico, lo mismo: el mismo frenesí siniestro de la técnica desencadenada y de la organización sin raíces del hombre normalizado». De sobras, además, es conocida su inclinación por el totalitarismo racista y el antisemitismo.

Pero Heidegger es hijo de la cosmovisión de su época, de la que absorbió no sólo las ideas retóricas sino también su crudeza semántica. Esta estrategia consiste en la utilización intencionada de conceptos como “dasein” (existencia), “kampf” (lucha), “volk” (pueblo), “gemeinschaft” (comunidad) o “führerschatf (decisión del líder), para reinterpretarlos y transformarlos, desde un contexto filosófico nacionalsocialista, en su hipótesis ontológico-existencial, de la que lo más subrayable es el devenir del pueblo como colectividad histórica y biológica bajo la voluntad y la decisión única del Führer.

De hecho, por ejemplo, los pronunciamientos de Heidegger sobre la Verjudung, la “infección del judaísmo” en la cuerpo espiritual alemán, son anteriores al triunfo del nacionalsocialismo, el cual fue objeto de reiterados elogios intentando legitimar al nuevo régimen y destacar la misión del Führer. Después de la guerra, Heidegger mantuvo una postura de inquebrantable silencio respecto a los grandes temas de la época vivida: el desencadenamiento de la II Guerra Mundial, el Holocausto judío, la masacre en la Rusia soviética, pero especialmente sobre el papel que él y otros filósofos desempeñaron en el enmascaramiento del nazismo. Silencio que rompió en ocasiones, por descuido o prepotencia, como cuando equiparó el exterminio de seres humanos –sin referirse explícitamente a los judíos- con la agricultura y la tecnología modernas. El filósofo español Constante, en su estudio sobre la relación entre la filosofía heideggeriana y la retórica nazi, concluye que “el apoyo al nazismo está profundamente arraigado y es una consecuencia del pensamiento teórico de Heidegger”, si bien destaca asimismo la brecha ideológica

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que separaba ambas concepciones: «La “grandeza interior” del movimiento nazi estaba en que expresaba la realización del encuentro entre el hombre moderno y la tecnología. Su desilusión se debió en parte a que Heidegger consideraba que la ideología biologista y racista actuaba como legitimación del nazismo, opacando su capacidad de revelar la esencia del hombre moderno». 83

Victor Farías 84 puso de manifiesto la consustancial identidad entre la metafísica existencial de Heidegger y el germen de inhumanidad discriminadora del nacionalsocialismo. El Dasein (el “ser en sí”, el ser existente) no hace referencia a individuos abstractos sino al conjunto del pueblo alemán (espiritualidad), frente al Sosein (el “ser así”) de los judíos (materialismo), cuyo destino y realización futura sólo puede tener lugar a través de la raza germánica, «pues sólo en alemán, sólo en el lenguaje de Hölderlin, es posible pensar: no ya pensar en filosofía, sino pensar sin

más». La revolución nacionalsocialista era, para Heidegger, el camino hacia un auténtico Dasein del pueblo alemán unificado por el propio Führer: «hoy y siempre, el Führer es el único capacitado para decidir lo que es bueno y lo que es malo. El Führer

es nuestra única ley». Tras la guerra mundial, Heidegger no se retractó en ningún momento, si bien debe recordarse que durante el nacionalsocialismo también se dedicó a redefinir y delimitar la filosofía de Nietzsche para liberarla de la interpretación racista a la que había sido sometida por la ideología oficial.

En otro ámbito, Carl Gustav Jung intentó fundar una escuela de psicología constructiva aria opuesta a las ideas de los judíos psicoanalistas, especialmente de Sigmund Freud y de Alfred Alder, a los que intentó desprestigiar proclamando que

sólo sus teorías podían explicar la supremacía del alma alemana sobre el inconsciente

de los otros pueblos. 85 «El inconsciente ario tiene un potencia mayor que el judío …

A mi juicio, la actual psicología médica ha cometido un grave error al aplicar

indiscriminadamente categorías, que ni siquiera son válidas para todos los judíos, a los germanos cristianos o eslavos … La psicología médica ha sostenido que el secreto más precioso de los germanos, el fondo de su alma creadora y llena de fantasía, es un pantano infantil banal, mientras que por décadas, mi voz que advertía de ello, ha estado bajo la sospecha de ser antisemita. La sospecha provino de Freud. Éste no conocía el alma germana, como tampoco la conocen sus seguidores».

83 Alberto CONSTANTE. “Heidegger y el nazismo. Palabra, silencio y política”, Psikeba, Revista de Psicoanálisis y Estudios Culturales, 2006. 84 Victor FARÍAS. “Heidegger y el nazismo”, Barcelona, 1989. 85 Richard NOLL. “Jung. El Cristo ario”. Ediciones B, Barcelona, 2002.

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«Con el comienzo de la diferenciación racial se han desarrollado también

diferencias esenciales en la psique colectiva. Por esta razón no podemos trasplantar el espíritu de una raza extranjera de un modo global a nuestra propia mentalidad sin lesionar ésta». Pero Jung no sólo estaba interesado en demostrar las posibles diferencias entre las psicologías alemana y hebrea, sino en proclamar la superioridad de la germana frente a la judía. Así, por ejemplo, afirmaba que el judío, como “nómada” es incapaz de crear una cultura propia, porque para desarrollar sus instintos tiene necesariamente que introducirse en un “pueblo anfitrión” de mayor civilización. Además, no dejó nunca de atacar la “psicología enemiga de la vida” de

la escuela vienesa freudiana: «uno de los privilegios más bellos del espíritu germano

es dejarse influir sin condiciones por la totalidad de la creación en su inagotable diversidad; Freud y Adler sostienen sólo un punto de vista –deseo sexual, ansias de poder- frente al todo».

Para Jung el germen del nacionalsocialismo se encontraba escondido en el alma germana desde el inicio de los tiempos, hasta que Wotan, el antiguo dios germano, lo había desencadenado por el ímpetu de la pasión y la fuerza de la lucha inherentes a los alemanes. Y de su admirado Hitler, a quien describía como “chamán, mitad dios, mitad mito”, decía que era “el altavoz que amplifica el murmullo inaudible del alma alemana” porque “Hitler escucha y obedece”, según la creencia de que el auténtico Führer es siempre dirigido por la voluntad del pueblo.

En conclusión, la intelectualidad alemana anterior o contemporánea a Hitler le proporcionó los fundamentos filosóficos, políticos y jurídicos para la interpretación

de la ideología nazi, por un lado, y para la legitimación del Estado nacionalsocialista, por otro. La idea romántica de “nación” había sido superada ya por el concepto de volk, entendido como una especie de entidad eterna que logra su cohesión por la pertenencia a una raza común y por la existencia de una determinada entidad étnica,

y del que derivan los términos volkisch y volkstum en el sentido de nacional y

nacionalidad, pero siempre definidas bajo la dimensión racial del pueblo alemán. El poder del Führer carece de toda legitimidad superior porque lo extrae precisa y exclusivamente del volk, cuya voluntad interpreta como líder predestinado, esencia misma del Führerprinzip para la instauración de un puro Estado totalitario, dirigido por el Partido nazi y subordinado a las decisiones “sobrehumanas” de Hitler (Führerstaat). La consigna fundamental del régimen viene representada por la pretenciosa fórmula “Ein Volk, ein Reich, ein Führer” (un pueblo, un imperio, un jefe), que ya contiene los elementos ideológicos sustanciales: todos los individuos pertenecientes a la común raza nórdico-germana (Volksgenossen) deben vivir unidos

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en una sola comunidad racial y popular (Volksgemeinschaft), dentro de un mismo Reich o Imperio alemán (equivalente a la Gross Deutschland), y bajo la dirección y conducción del Jefe supremo (Führung).

Mapa genético de Cavalli-Sforza

Mapa genético de Cavalli-Sforza Las distintas poblaciones humanas tienen una familiaridad genética muy próxima pero,

Las distintas poblaciones humanas tienen una familiaridad genética muy próxima pero, con todo, es posible distinguir varios grupos caracterizados por una mayor homogeneidad. El color azul, con distintas tonalidades que se corresponden ya con una cierta diversidad, representa el grupo mongoloide, extendido por toda Asia, parte de Europa del norte y del este y toda América, incluida Groenlandia. El color amarillo representa el grupo negroide, que ocupa la práctica totalidad de Africa, excepto en el norte donde aparece mezclado con tonalidades verdosas. El color rojo pertenece al grupo australoide, que ocupa toda Australia y Nueva Zelanda. Por fin, el color verde, de una gran uniformidad, representa el grupo europoide, que ocupa la práctica totalidad de Europa, con trazas en el norte de Africa e importantes extensiones en Turquía, Oriente Medio e Irán. En todos los casos, las muestras genéticas se tomaron de las poblaciones autóctonas y no de las migraciones producidas con posterioridad (por ej: en el caso americano, el objeto del estudio fueron los indígenas y no los descendientes de europeos o africanos).

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CAPÍTULO III

DEL ARIANISMO AL PANGERMANISMO COMO TRÁNSITO HACIA EL NORDICISMO

Sumario.- 1. El aristocratismo racial como origen de la desigualdad de las razas humanas. 1.1. La mezcla racial y la decadencia de las civilizaciones. 1.2. El caos racial y la corrupción de la sangre. 2. La degeneración racial de los arios mediante la hibridación. 2.1. Las excelencias de la raza aria. 2.2. La sangre pura de los arios germanos. 2.3. El fin de los arios germanos. 3. La regeneración racial de los arios mediante la selección. 4. La lucha racial por la hegemonía germánica. 4.1. El germanismo puro. 4.2. El germanismo extremo. 4.3. El germanismo académico. 5. La antítesis germanismo/judaísmo. 6. La raza germana como resultado de la evolución. 6.1. La superioridad adquirida por las razas ario-germanas. 6.2. La conservación de la sangre celto-eslavo-germánica. 6.3. La raza aristocrática de los germanos. 7. Las corrientes místico-esotéricas del arianismo: de la ariosofía a la antroposofía. 7.1. La cosmogonía glacial: el hielo eterno. 7.2. La doctrina secreta: manual de las siete razas. 7.3. La sabiduría de los arios: la orden los armanos. 7.4. La sociedad Thule: el hogar ancestral. 7.5. La sociedad Ahnenerbe: en busca de runas y esvásticas. 7.5.1. La herencia aria ancestral. 7.5.2. La simbología aria.

1.

El

humanas.

aristocratismo

racial

como

origen

de

la

desigualdad

de

las

razas

Llegados a este punto, no cabe duda que uno de los pensadores –y sobre todo,

de los pioneros- que más influyeron en la formación del racismo nacionalsocialista

fue Joseph Arthur, conde de Gobineau, diplomático francés en varios países asiáticos,

destacado orientalista y, en menor medida, controvertido ensayista. Su obra “Ensayo

sobre la desigualdad de las razas humanas” es un auténtico tratado de “historia racial” de

la humanidad –considerado como la “biblia del racismo”-, en el que destaca, por

encima de todo, su admiración por los “Arios Germanos”, inclinación nada

disimulada que le permitió gozar de gran popularidad en Alemania, mientras era

completamente ignorado en su país natal, Francia. 86 Con todo, la personalidad de

Gobineau no respondía al clásico autor racista –supremacista y colonialista- europeo,

pues era partidario de la descolonización y entendía los sentimientos de odio de los

indígenas respecto de sus dominadores blancos, si bien este pensamiento

86 Título original: “Essai sur l'inégalité des races humaines (1853-1855)”, Pierre Belfon, París, 1967.

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seguramente era la consecuencia lógica de sus temores sobre la posibilidad de un mestizaje racial desfavorable para los europeos.

La recepción de las ideas gobinianas en la Alemania prenazi se debe, principalmente, a Ludwig Schemann 87 , el cual se ocupó de la traducción y difusión de las obras de Gobineau y de Wagner, inaugurando, de esta forma, la “raciología” (Rassenkunde) que, posteriormente, popularizaría Hans Günther. El propio Richard Wagner, amigo de Gobineau, resumió la idea principal de la ciertamente literaria, pero acientífica y asistemática, teoría gobiniana, en su obra “Heldentum und Christentum”, en los siguientes términos: «La más noble raza humana, la raza aria, degenera únicamente, pero infaliblemente, porque, al ser menos numerosa que los representantes de las otras razas, se ve obligada a mezclarse con ellas, y lo que ella pierde al adulterarse no es compensado por lo que ganan los demás al ennoblecerse.»

1.1. La mezcla racial y la decadencia de las civilizaciones.

Este es el núcleo del pensamiento de Gobineau: la mezcla racial, el mestizaje (Mischungslehre), producen inexorablemente la degeneración o “desnordización” (Entnordung) de la raza aria, única creadora de la cultura, y en consecuencia, provoca también la decadencia de las civilizaciones. «Son los núcleos racialmente selectos, y no las multitudes bastardeadas por las mezclas, los que deciden la suerte de las naciones, o sea, que la prosperidad humana tiene como base la superposición, en un mismo país, de una raza de triunfadores y de una raza de vencidos». Pero Gobineau todavía podía ir más allá en sus juicios irreverentes: «No existe una raza francesa; de todas las naciones de Europa, es la nuestra aquélla en la que aparece el tipo más borroso». De esta forma, a la democracia igualitarista y progresista, Gobineau opuso un oscuro determinismo racial en forma de inevitable decadencia, así como un aristocratismo construido, no sobre el individuo, sino sobre la jerarquía de las razas.

De esta forma, el clasismo inherente a Gobineau, heredero de una nostalgia europea feudal nunca superada por su irracionalismo, se transmuta en una jerarquía social-racial: «Ya hemos visto cómo todo orden social se basa en tres clases originarias, cada una de las cuales representa una variedad racial; la nobleza, imagen más o menos fiel de la raza vencedora (que él identificaba con unos difusos ario- germanos); la burguesía, formada por bastardos, cercanos a la raza principal; y el pueblo, que vive esclavizado o, por lo menos, en situación muy humillada, integrado

87 Ludwig SCHEMANN. “Gobineau´s Rassenwerk, Gobineau und die Deutsche Kultur”, 1910.

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por una raza inferior, producida en el sur por la mezcla con los negros y en el noreste con los fineses».

La raza aparece, de esta forma, en el auténtico factor de transformación de las sociedades, pero no se trata de un concepto estático y anquilosado, cerrado a las influencias externas. Las civilizaciones declinan al ritmo de la degeneración de sus cualidades biológicas por la mezcla de la sangre, pero, por otra parte, la civilización sólo puede desarrollarse cuando una raza superior conquista a otra inferior. Ésta será la eterna y fundamental contradicción en el pensamiento de Gobineau, de la que, no obstante, era perfectamente consciente: la mezcla de las razas es, al mismo tiempo, la mejor y la peor de las circunstancias a las que está sometida la especie humana, que se encuentra sometida a una “doble ley de atracción y repulsión”. La ley de repulsión es la resistencia y la repugnancia natural de los pueblos primitivos a dejarse civilizar, mientras que la ley de atracción es la tendencia natural de los pueblos fuertes y avanzados para conquistar y mezclar su sangre con otros pueblos para fundar “una raza nueva” dotada de cualidades que son el resultado desconocido de las dos familias generadoras. Desgraciadamente, al final, entre innumerables cruces y mezclas, el proceso acabará en la degeneración.

Gobineau concibe su teoría de la raza, pues, a partir del problema de la decadencia de las grandes civilizaciones humanas, que a él le parece «el más manifiesto y, al mismo tiempo, el más oscuro de los fenómenos de la historia». ¿Por qué – se pregunta- decayeron civilizaciones tan maravillosas como Egipto, India, Persia, Grecia y la misma Roma? La diversidad de las causas alegadas frecuentemente por los historiadores para justificar la muerte de las civilizaciones no le convencen: este fenómeno no es debido ni a la falta de sentimiento religioso, ni a las malas costumbres, ni a la imperfección de los gobiernos, ni a la geografía, ni siquiera por el efecto de una dominación extranjera. Antes al contrario, todas las culturas y civilizaciones cayeron en decadencia, desapareciendo posteriormente, a causa del mestizaje racial. «Los pueblos –escribió- no degeneran sino por efecto y en proporción de las mezclas que experimentan y en la medida de la calidad de estas mezclas». El secreto del ocaso de la civilización es, pues, la degeneración étnica. Y un pueblo se degenera «cuando no tiene más el valor intrínseco que poseía anteriormente, puesto que el mismo no tiene más la misma sangre en las venas y las mezclas sucesivas han modificado gradualmente su valor», en otras palabras, cuando no se ha conservado la misma “raza de sus fundadores”.

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La mezcla de sangre como causa degenerativa de los pueblos conduce, de forma inexorable, a la afirmación de una originaria desigualdad de las razas humanas, en términos de dominación y subordinación. Para Gobineau resulta inevitable que las razas superiores tiendan a su expansión y a la dominación de las inferiores pero, en este proceso, se produce, tarde o temprano, una fusión entre ambos elementos, haciendo que las cualidades éticas y espirituales de los conquistadores se vayan diluyendo entre la masa dominada. A ello, sin duda, contribuye el escaso número de los conquistadores, que se eleva como una minoría racial, al tiempo que sus innatas dotes bélicas los hacen más vulnerables ante las guerras y revueltas. No obstante, Gobineau considera que de la cantidad y calidad del mestizaje dependerá también la grandeza de la cultura y de la civilización pero, una vez que el mestizaje alcanza a los estamentos superiores, su vitalidad va decreciendo. Es entonces cuando se produce una nivelación que rebaja a los mejores elementos y asciende relativamente a los inferiores, sin que se produzca una teórica compensación entre ellos.

Así, en el racismo de Gobineau no toda mezcla racial resulta perjudicial. El mestizaje entre blancos y oscuros, rebajaba el nivel de aquéllos pero elevaba el de estos últimos. Autores posteriores de corte racista predicarán, no obstante, que todas las mezclas raciales sin excepción –incluidas las realizadas entre negroides y mongoloides, por ejemplo- eran nefastas para cada una de las razas hibridadas. Sin embargo, Gobineau partía de una jerarquización divinizada de la raza aria, que sólo podía degenerarse mediante la mixtura racial, pero que con ella también era capaz de enriquecer a otras razas inferiores. Con toda la superioridad y excelencia de la raza aria primigenia, su heredera, la raza blanca europea, era para Gobineau el resultado de una “involución”, a la que se había llegado por la copulación incestuosa de aquélla con las razas oscuras.

1.2. El caos racial y la corrupción de la sangre.

Pero Gobineau no fue el único en considerar el mestizaje como causa de la degeneración de los individuos y de las civilizaciones. La conciencia racial de los pueblos de estirpe indoeuropea, escribía von Leers 88 , «se ha expresado a lo largo de la historia en una estricta separación de los estratos racialmente distintos, cuando un pueblo indogermánico conquista un país extraño y somete a una población

88 J. von LEERS. “Blut un Rasse in der Gesetzgebung”, Munich, 1934.

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extranjera, la validez jurídica del matrimonio aparecía aquí ligada a la consanguinidad o igualdad de linaje. Sin equiparación racial no hay connubium. De este punto de vista parten casi todos los sistemas jurídicos de los pueblos indoeuropeos».

Un político británico y escritor hebreo, Benjamin Disraeli, había escrito también que «los pueblos conservan su fuerza, sus tradiciones y las facultades para grandes empresas solamente en el caso de que conserven su sangre defendiéndola de mestizajes. Si se mezcla se bastardean, degenerándose. La decadencia será así, incontenible. La verdadera fuerza se encuentra en la nobleza del alma y a ésta se la humilla si se mezcla la sangre». Para otro autor judío como Benjamin Springer, sin embargo, esto no sería de aplicación al pueblo judío: «los judíos son el pueblo más mezclado de todos, el pueblo mezclado en sí … Esta es su fuerza, su dicha». De hecho, los antropólogos confirman la tesis según la cual no existe –si es que existe alguna- una raza judía, sino una mezcla de diversos elementos étnicos. Mezcla que, merced a una rica espiritualidad, no exenta de una tendencia a las prácticas endogámicas y de un factor ancestral de autosegregación, ha conseguido un cierto grado de cohesión que ha eludido su disolución en el seno de los pueblos con los que ha convivido históricamente.

Tampoco la disciplina filosófica alemana quedó fuera de esta corriente. La historia, escribía el filósofo alemán Karl Hildebrandt 89 , nos enseña que la mezcla indiscriminada, el caos racial, conduce a la decadencia. Kant, por su parte, afirmaba que «la mezcla de los linajes, que poco a poco disuelve los caracteres, no es provechosa, a pesar de todo pretendido filantropismo, para el género humano». Y el gran compositor Richard Wagner no negaba su reconocimiento «a la tesis según la cual el género humano se compone de razas irreconciliablemente desiguales; las más nobles entre ellas han conseguido dominar a las menos nobles», añadiendo después que «la corrupción de la sangre ha llevado consigo una corrupción del temperamento y de las cualidades morales». En definitiva, para la filosofía alemana, la hibridación racial atentaba contra la armonía de la creación divina, como una expresión de las fuerzas del caos que irrumpen contra las leyes cósmicas y el orden universal, en fin, contra la voluntad del Dios que creó la rica y multicolor diversidad racial en el seno de la humanidad. Así se llegará a decir que Dios había creado al hombre blanco, al amarillo y al negro, pero el mestizo era obra del diablo.

89 K. HILDEBRANT. “Norn und Entartung des Menschen”, Dresden, 1923.

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