JESUCRISTO: LA IMAGEN DEL HOMBRE DESCONOCIDO

En los últimos años, hemos contemplado desilusionados un debilitamiento moral de nuestra sociedad. Lo vivimos de cerca; tanto egoísmo, violencia, deshumanización, interés nulo por los otros, etc. y nos preguntamos ¿Qué le está sucediendo al hombre? Al observar esto desde mi perspectiva, creo más factible la pregunta ¿quién es realmente el hombre, que se ha vuelto capaz de todo ello? Sin embargo, no es nada nuevo. En cada época de la historia, el que es llamado “ser social”, se ha olvidado de los demás y resulta importante decir que, también se ha olvidado de sí mismo. Al volver a todas estas cuestiones, me es imposible dejar de pensar en el Salvador del hombre, Jesucristo. Por ello en el presente ensayo pretendo exponer la actualidad de la salvación, pues como expresaba el teólogo y profesor Olegario González: “Cristo en su humanidad, nos ha mostrado la medida exacta de nuestra divinidad”. De esta manera, nos sigue rescatando de un mero existir material, devolviéndonos la identidad sublime de hijos. Comenzaremos con el punto clave del hombre “Creado a imagen de Dios”, para desembocar por consecuencia en la persona de Jesucristo. Él es el medio por el cual el ser humano descubre la vocación que le da la capacidad de llamarse hijo de Dios. “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gen 1, 26). Estas palabras forman parte de los regalos de la teología judía a la humanidad y son de igual manera valoradas en la Iglesia de Cristo. La frase “imagen de Dios”, responde a la incansable pregunta del hombre que, no conformándose con vivir en la inmanencia de la vida, siempre está en la búsqueda de su trascendencia. No es sólo otra creatura, sino, imagen de Dios. Se puede saber más sobre el misterio del hombre a partir de esta frase, que de mil libros de ciencias humanas. Esta imagen y semejanza, nos une eternamente con la persona de Jesucristo, ya que en su forma de ser hombre, y en su naturaleza Divina, adhiere en una sola entidad, ambas existencias. Así es que, desde la eternidad, el Verbo ha sido la figura plenificada del hombre. No es Jesucristo quien se ha querido hacer como nosotros, sino al contrario, nosotros fuimos creados a imagen y semejanza del Hijo. De aquí parte nuestra dignidad.

Sin embargo, todos conocemos la historia, no tanto por el relato del Génesis sino por nuestra experiencia propia, que el pecado nos arrebató la semejanza divina. En este sentido nótese que sólo nombro semejanza divina, pues como lo decía San Ireneo: “no se da disminución ni de una pérdida de la semejanza divina a consecuencia del pecado de Adán: al contrario, la distinción entre la imagen nunca perdida y la semejanza que en cambio, perdida con el pecado, volvería a adquirirse en la progresiva asimilación a la vida de Cristo”. La imagen divina quedará tallada siempre en nuestro ser al llevar esta humanidad del logos en nuestra esencia, no obstante, por nosotros mismos sería imposible descubrirla conscientemente en su plenitud, y mucho menos recuperar esa semejanza que la mentira nos arrebató. Contemplemos ahora al primer hombre Adán, que al caer preso del pecado y la

desobediencia, arrastró consigo a toda la humanidad. El ser humano perdió la memoria de lo que realmente era, su dignidad fue pisoteada por sí mismo y así se vio incapacitado para recibir la gracia. Esta gracia le hacía posible relacionarse estrechamente con Dios; cada día a la hora de la brisa, el Creador bajaba y se paseaba por el jardín, después de la

desobediencia dicha relación quedó sólo en la nostalgia del hombre. El ser humano dejó de creerse realmente amado e imagen de Dios, y adoptó la única concepción de creatura, que ciertamente muy diferente a las demás, no con la estatura que Dios le había conferido. Ante esta situación se deslumbra lo grandioso del misterio divino de Salvación. Sólo otro hombre libre de pecado, podía señalarnos de nuevo el camino, pero no podría ser cualquiera, sino sólo aquel en dónde morara el poder de Dios, y en el que se vería llegar la buena noticia de misericordia. El hombre suele buscar modelos creíbles que le muestren caminos para encontrar su realización y entre esos modelos se encuentra también Jesucristo; sin embargo, en su encarnación, no sólo se convertiría en el modelo por excelencia, pues él es “el Absoluto”, es decir, el único hombre en la tierra capaz de llevar a la plena realización ya no sólo a sus seguidores, sino a toda la humanidad, incluso al cosmos. Jesucristo es aquél, en el cual desde el principio fueron creadas todas las cosas.

Ahora bien, Jesucristo verdadero hombre, viene y nos muestra la dignidad de nuestra humanidad, es por ello, que los primeros cristianos se empeñaban en defender tal verdad en medio de tantas herejías. Es en el Concilio de Calcedonia (451) cuando se declara en forma definitiva, “Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre”, pues sólo lo asumido sería redimido. Ya hemos tratado desde la teología la acción de Jesús en la salvación del hombre, sin embargo, ¿cuál sería el principal elemento, por el cual nos descubre nuestra verdadera identidad? Es entonces donde emerge el punto crucial de nuestro ensayo, Jesús nos descubre que Dios quiso llamarse Padre, y como consecuencia, le plació también llamarnos hijos. En el evangelio de Juan se dice: “el esclavo no queda en casa para siempre, mas el hijo quedará para siempre”. Sabernos hijos nos hace levantar la cabeza y contemplar en nosotros por fin la imagen tallada de Dios; tal identidad me permite permanecer siempre en casa. Jesús enseña a sus discípulos la palabra “Abba” y en ese mismo instante, de forma implícita estaba dando a conocer la sorprendente verdad del hombre, ¡somos hijos de Dios! Tal condición filial, fue parte esencial del plan divino desde el principio, se gestó desde la eternidad, en el seno Trinitario. En el momento de la creación, fuimos planeados como imagen de Dios, hijos adoptivos en el Hijo, es por eso que San Pablo anuncia, que todos fuimos creados por él y para él. La experiencia de ser hijo, de tener una identidad, de sabernos queridos por alguien, nos hace recobrar y recordar la imagen olvidada; yo soy hijo de Dios, muy amado, aquí radica mi salvación y dignificación. En boca del teólogo Angelo Scola resonaría así “todo hombre existe, porque es personalmente querido”. Es increíble cuando realmente se descubre que toda perturbación en nuestra vida y en la sociedad, radica precisamente en esto, la necesidad de sentirse amado e importante para alguien. Esta debería ser la verdad que fundamentara nuestra vida, la que dirigiese nuestros pasos, la que nivelara la autoestima, nuestras relaciones, y actitudes. Realmente aquí radica la respuesta al interrogante humano que busca desesperadamente en el mundo, algo que le

llene y le dé respuesta a su existencia. Todo se sustenta en que simple y sencillamente nuestra vocación es divina, y esta vocación sólo es revelada en Jesucristo. En resumen diremos que, Jesucristo sigue siendo el Salvador del mundo. Él es el único fin de la creación por el hecho de que en él se cumple el designio de la Trinidad hacia el hombre, “la filiación divina”, encontrando su forma revelada en el Hijo encarnado. Desde esta perspectiva podemos afirmar una vez más que Jesucristo fue, es y seguirá siendo el único que puede salvar al hombre mediante el acto de amor de su encarnación, pues como ya lo declaraba San Ireneo, “Dios se hizo lo que nosotros somos, para que nosotros llegáramos a ser lo que él es”.

SOL

BIBLIOGRAFÍA   Comité Central del Gran Jubileo. (1997). Jesucristo, Salvador del mundo. (2° ed.). Madrid: CELAM. P. 182. González, O., González, J. I. y Cardenal Ratzinger J. (1997). Salvador del Mundo. Historia y actualidad de Jesucristo .Cristología Fundamental. Salamanca: Secretariado Trinitario. P. 331.  Scola A. (2003). Antropología Teológica. Valencia: EDICEP. P. 407

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