P.

Ovidio Nasón

El arte de amar

Comentarios, traducción y notas:

Manuel Domínguez Merino

A mi hijo Vicente Sabido, "causa" de este trabajo y "culpa" de mi incursión por las comprometidas y verdes frondas de este Arte..., a mis años, y a mi hijo Fernando José Domínguez Cadenas, gubia y pincel de artista, con especial reconocimiento a su exquisito labor limae en estas páginas ovidianas.
M. D. M.

Ilustración de la portada: Psiquis y el Amor, de Francisco de Gerard (1770-1837)

Presentación
El éxito del amor es un arte que se aprende y la fuente de este "saber" es Ovidio.
"Quisiste ser maestro antes que disçípulo ser "Si leyeres a Ovidio, el que fue mi criado, e non sabes la manera como es de aprender, en él fallarás fablas que le ove yo mostrado: oye e leye mis castigos, e sabe los bien fazer; ..." muchas buenas maneras para enamorado..." (c. 427) (c. 429) (Libro de buen Amor, Arcipreste de Hita) At mihi iam puero coelestia sacra placebant Inque suum furtim Musa trahebat opus. (Ovidio. "Elegía" X, 19 y 20)

Siempre tuve una cierta curiosidad por conocer directamente la obra de Ovidio en general, pues que ya fue famosa desde su publicación en vida del poeta, hasta nuestros días; pero, al no tener a mi alcance algún texto de los originales latinos (Ars Amatoria, Amores), mis deseos no podían verse coronados ni con una simple lectura de los originales latinos ni de sus traducciones. Sólo conocía de primera mano algo de Tristia y fragmentos de las Ponticas, recogidos en florilegios y antologías latinas tradicionales de mi ya lejana época de estudiante, hasta que, al fin, he logrado conseguir un ejemplar fotocopiado del Ars Amatoria. Realicé el trabajo de traducción de los tres libros que componen esta obra ovidiana, con un total de 2.301 versos hexámetros, añadí o completé el trabajo con la correspondientes notas y comentarios que la ilustran y acotan y éste es el resultado de mi empeño: el presente libro. No diré, como Lope, que "en horas veinticuatro pasaron de las musas al teatro", pero sí que en un brevísimo plazo de pocos días puse fin al principal trabajo, que, en principio, imaginé que fuera largo. Dado el interés que me ofrecía la tarea, aunque dura y comprometida, pero bella y fascinante, me sirvió de solaz y sano empeño. He tenido en cuenta dos versiones: la realizada por D. Vicente Cristóbal López1 y la de don Juan Antonio González Iglesias,2 sobre las que creo haber aportado con mi estudio algunas novedades en la interpretación de algún pasaje de difícil interpretación. Para la consulta sobre mitos y leyendas de dioses y héroes mitológicos he hecho uso de diversas publicaciones sobre el tema.

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Editorial Planeta-DeAgostini, S. A. Madrid, 1995 Ediciones Cátedra, S. A. Madrid, 1993

Apuntes biográficos del poeta Publio Ovidio Nasón
El 20 de marzo del año 43 antes de Cristo nace en Sulmona, ciudad distante de Roma unas 90 millas (Tristes IV, 10, 4), de antigua estirpe y linaje y, por tanto, caballero romano, eques romanus. Su padre lo envía a Roma para estudiar con los mejores maestros retóricos de entonces: Aurelio Fusco y el hispano M. Porcio Latrón. Dedicado en principio a la carrera política y a la abogacía, profesión que abandonó - amargando con ello la vida de su padre -, pero, en vista de la buena acogida que tuvieron sus versos primeros en los círculos literarios romanos, se proclamó designado por Venus para hablar de Eros: se dedicó plenamente a la poesía, con la que después alcanzó imperecedera fama. "Cuando estaba libre de las pasiones de Cupido, mi Musa enmudecía, y no escribía elegías". El éxito que obtuvo con sus versos dulces y lascivos le hizo creer que era un gran poeta, hasta tal punto que las últimas palabras de su Metamorphosis, modestamente, fueron: "Viviré por los siglos". Entabla amistad, por entonces, con el poeta Propercio3 y dedica, como era costumbre, la mayoría de sus poemas amorosos a su bienamada Corina, nombre y personaje de ficción. Se casa dos veces - algún autor dice que tuvo tres esposas, aparte de otras muchas más mujeres que amó, y de todas escribió - tiene una hija de su segunda esposa, de la que le nacieron dos nietos. El nombre de Corina aparece ya en Los Amores, obra que asegura a Ovidio fama inmediata. Amores es una de sus primeras composiciones en cinco libros - luego reducida a tres -, escrita cuando sólo contaba veintitrés años, - entre el 23 y el 8 a. C. , y que ya le dieron fama como poeta elegíaco, es una colección de poemas autobiográficos, que narran el amor del poeta por Corina, a quien da consejos prácticos sobre cómo debe comportarse ante su ultrajado esposo. Es el suyo un lirismo descriptivo, tan finamente tratado que no cae, ni por asomo, en la pornografía. La segunda obra de Ovidio evoca el misterioso y lejano oriente, por donde viajó en su juventud: Medicamenta faciei feminae ("Cosméticos para el rostro de la mujer"), de la que sólo nos ha llegado un fragmento. La belleza "no es un don de los dioses": los humanos deben colaborar a la importante tarea de realzarla. El Ars Amatoria, la más original y, posiblemente, la obra maestra del poeta Ovidio, ha sido como un hito referencial de la poesía amorosa latina, si bien el género fue cultivado por un número sin fin de poetas de antes y después de la época augustea. Este tan famoso poema, "especie de himno a la gloria del sexo", y, dentro de su género, es uno de los más bellos ejemplos del lirismo amoroso que jamás se haya escrito. Ocurrió, sin embargo, que, pese a las prudentes concesiones que Ovidio hace a la moral, no pudo evitar el natural escándalo público en Roma. Algunos historiadores opinan que, si Ovidio hubiera presentado su obra bajo la forma de sátira, como Juvenal hizo más tarde, el pueblo romano la habría aceptado sin recelo. Pero el Arte de Amar no era una caricatura de la sociedad romana, sino un auténtico retrato con
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Sexto Aurelio Propercio, célebre poeta elegíaco del siglo de oro de la literatura latina. Llamó la atención en la culta Roma por su genio y talento; se hizo estimar por Mecenas y contrajo amistad con Ovidio, Tibulo, Baso y otros hombres eminentes de la época. Murió el año 19 a. C., a los 33 de su edad. Su estilo es puro, castizo, fluido, fácil y natural, aunque frecuentemente degenera en licencioso.

pelos y señales, por lo que no pudo por menos que enojar a cuantos así se vieron públicamente retratados. Para acallar las censuras y críticas de sus compatriotas escribió otro libro, titulado Remedia Amoris ("Remedios de Amor"), en el que trata de cómo curar un amor desdichado. Por la forma melancólica en que está escrito, da la impresión comenta un historiador - de que en él Ovidio "renegaba de su propia juventud". Por ser el Ars la pieza principal de Nasón - como a él le gustaba denominarse sobre ella giran otras varias composiciones suyas interesantes, también de género erótico. Algo más tarde, la brújula lírica ovidiana derrota hacia otros rumbos. De este modo recuperó o ganó nueva reputación, gracias a Los Fastos, en que se describen las fiestas religiosas y nacionales de los romanos. Después escribió su obra maestra: las Metamorphosis, que son una serie de mitos y leyendas, desde la antigüedad hasta la divinización de Augusto. En unos 12.000 versos relata, prácticamente en su totalidad - las leyendas de la mitología clásica. En un maravillo ejercicio de fantasía, comienza con los albores de la creación de la humanidad y termina con la metamorfosis final de Julio César en estrella. "En ellas - comenta el historiador Lewandowski - Ovidio se basa en muchos ejemplos mitológicos para decir 'que todo cambia en este mundo. ¡Incluso los dioses!" Y precisamente esa idea no fue bien acogida por Augusto, que se había impuesto como meta la fundación de un reino imperecedero. El emperador sintió hacia Ovidio una antipatía especial, a causa de esa obra Las Heróidas son una serie de elegías en forma de epístolas amorosas, escritas por antiguas heroínas a sus amados (de Penélope a Ulises, de Fedra a Hipólito, de Dido a Eneas, de Helena a Paris, de Heros a Leandro, de Ariadna a Teseo, etc.). En ellas satiriza gentilmente a algunas de las principales figuras de la literatura griega y romana - incluido el sacrosanto Eneas -, haciendo resaltar sus debilidades humanas, según las veían las mujeres amadas. A partir del año primero de la era cristiana, Ovidio se dedica ahora al cultivo de obras más serias. Y tenía más de cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, cuando van apareciendo los Fastos - obra incompleta en la que cuenta las leyendas y glorias de Roma -; las Metamorphosis - de contenido mitológico -. Otras obras escribirá más tarde, en circunstancias especialmente dolorosas. Por entonces Ovidio era ya un escritor maduro, con más de cincuenta años, y sus antiguos pecados literarios parecían estar olvidados y perdonados por todos. Pero entonces justamente, la orden de exilio cayó fulminante sobre él, como un rayo inesperado. Un decreto imperial le hizo saber, cuando se hallaba descansando en la isla de Elba, que estaba relegado a uno de los más alejados rincones del mundo romano, a Tomis, en las orillas del Ponto Euxino (Mar Negro). Parece que ésta fue una decisión arbitraria y terrible al mismo tiempo. No hay dato alguno ni justificación suficiente por los que acusar a Ovidio, y con fuerza bastante para tomar tan tremenda medida. Fue víctima propiciatoria y "cabeza de turco" a quien colgar el cartel de causante de la inmoralidad general, que, para mayor paradoja, empezaba en la propia casa y familia del "Divino y Augusto" Emperador. Parece que éste nunca quiso perdonarle del todo por su Ars Amatoria. Como quiera que el destierro de Ovidio coincidió con el de Julia la Menor, la nieta de Augusto, el año 8 d. C., se supone que el

poeta estuviera mezclado en algún escándalo privado de la Corte. Hay quien opina que los escándalos de Julia no hubieran pasado a la posteridad, si el poeta no tuviera alguna participación en ellos. ¿O es que tuvo algún lance de amor con la bella dama? En el año 8 d. C., su vida se ve truncada por la orden inapelable de destierro, en un ambiente hostil y bárbaro, con un clima insoportable, enfermo y sin médicos, separado de su esposa, de su hija y de sus nietos, así como de sus amigos, los grandes poetas latinos: Macrón, Propercio, Horacio, Cornelio Galo, Póntico, Tibulo e, incluso, Virgilio, aunque no tuviera amistad con él. Sufre una relegatio, castigo menos duro que la deportatio, puesto que pudo conservar sus bienes y su ciudadanía romana, dada su condición de eques. "Perdiderunt me duo crímina: Carmen et error" (dos delitos me perdieron, un poema y un error) - confiesa en Tristes, 2, 207 - delitos que pudieron tener su origen en el hecho de haber escrito el Ars Amatoria - "carmen" - y un "error" casual y no voluntario, cuyo secreto se llevó a la tumba. Desde luego fue "una seria llamada, un tremendo aviso de que la moral no podía tomarse ni tratarse tan a la ligera", en palabras del alemán M. Schanz. Algo tuvo que ver, como decimos arriba, en la causa del destierro de Julia, aquella muchacha vivaz, sensual y guasona, que, a los catorce años, fue casada por su padre Augusto el año 25 a. de C. con Marcelo II, hijo de su hermana Octavia. Een este punto, considero indispensable exponer, aunque sea a grandes pinceladas, dentro del contexto de datos biográficos de Ovidio, la situación política y social, en que se movía la vida romana en aquellos momentos, y la degeneración de costumbres reinante en aquella sociedad. Hagamos un poco de historia. Existía la Pax Augusta, el ejército era fuerte, pero la reforma de las costumbres había fracasado. Los divorcios y la corrupción pública habían minado las familias. Aunque se construyeron infinidad de templos, dentro no había dioses porque nadie creía en ellos. La moral estaba deshecha por la falta de religión. Julio César, hombre extraordinario en casi todos los aspectos, fue el primer gran corruptor de los romanos por sus licenciosas costumbres y extravíos morales. Fue un seductor de esposas honradas. Durante su conquista de las Galias, su desenfreno fue pavoroso y, en el decurso de los años, no se cansó de su vida corrompida. Augusto no fue menos parco en sus desvaríos amorosos. Su esposa Claudia era la primera en fomentar también aquella vida depravada. Respecto a su hija Julia, la Mayor, y de su nieta Julia, la Menor, ya trataremos. Después, Tiberio y Calígula fueron aun más lejos en sus excesos. Sus vicios "contra natura" se hicieron célebres. Claudio, cruel y asesino, en una serie sucesiva de divorcios y en una carrera de vilezas, se entregó a todo orden de desafueros. La fiebre sensual de los emperadores romanos llegó a extremos incalificables. Parecía que compitieran en dejar chico a su antecesor. Así vemos cómo Nerón es aún más brutal que Claudio, y que Vitelio - repugnante sodomita - oscurece la perversión de Nerón. Después de muerto Marcelo, Julia se convirtió en la libertina más famosa de Roma, hasta que, para ponerle freno, Augusto la casó nuevamente esta vez con su lugarteniente y posible sucesor M. Agripa, gran caballero, gran soldado - aunque no

tan distinguido y fino como Julia -, gran ingeniero, pacificó España y las Galias, reorganizó el comercio, fundó ciudades en las partes conquistadas, entre ellas Augusta Emérita, el año 25 a. C., muriendo en Africa, después de nueve años de este desequilibrado matrimonio, del que nacieron cinco hijos, a pesar de lo cual Julia, su viuda, siguió dando sonados escándalos en Roma. Conmueve ver el cariño que el emperador Augusto sintió por sus nietos y la indulgencia que siempre tuvo para con su hija, que, durante los viajes de su marido Agripa, llevó una vida de corrupción, en medio de un enjambre de amantes en el más audaz de los libertinajes. Lo más inconcebible es que una mujer, que, como se ha dicho, a su esposo cinco hijos, sea una insatisfecha sexual y sienta la necesidad de engañar a su marido con incontables amantes. Lo más probable es que la insaciable Julia no amase a Agripa, su segundo marido, por ser impuesto por su padre. No obstante, después de dos mil años, resulta casi imposible que no podamos formar un criterio exacto sobre tan libertina mujer, que tuvo muchos amantes y que nunca se avino con Livia, su madrastra y, a la vez, suegra. De nuevo Augusto quiso poner remedio y le impuso un nuevo matrimonio, esta vez con Tiberio, que, asqueado, se retiró voluntariamente a la isla de Rodas, circunstancia que aprovechó Julia no sólo para divertirse con sus numerosos amantes, sino también para sus intrigas políticas. Por su vida relajada y las demás causas dichas, al fin estalló el escándalo y el emperador Augusto no tuvo más remedio que sacar a la luz la conducta de su hija única. El padre, destrozado por la más intensa pena, se vio obligado a desterrar a su hija Julia, que fue trasladada a la pequeña isla Pandataria, en el golfo de Gaeta, donde tuvo que vivir, a pan y agua, hasta su muerte. De los cinco hijos de Julia sólo una niña logró sobrevivir. También se llamaba Julia, como su madre. Tan locamente apasionada por las cosas de la carne, siguió la carrera licenciosa de su progenitora. Es indudable que Julia la Menor, la nieta de Augusto, copiando el ejemplo de su madre, reunía en torno a ella una corte de vividores, escritores y poetas, entre los que se encontraba Ovidio, su favorito. Esta Julia, nieta querida de Augusto, acabó sus días, al igual que su madre y lo mismo que su poeta predilecto, en el triste destierro. Augusto, cuando ya era sexagenario, se convirtió en una especie de apóstol de la moral y promulgó una importante legislación para proteger el matrimonio y la familia, a pesar de los sucios antecedentes familiares, y aunque sabía que el pueblo romano era en aquellos momentos difícil de regenerar. La legislación de Augusto sobre las relaciones matrimoniales se especificó en Lex Julia de adulteriis y en Lex Julia de maritandis ordinibus, sobre los solteros. Las relaciones entre mujeres solteras y hombres casados - excepto en el caso concreto de las prostitutas profesionales - eran objeto de persecución por vía criminal: los dos cómplices serían castigados. En general, la legislación de Augusto era más dura para la mujer que para el hombre. Augusto era en cierta medida un enfermo sexual y, como no era de los que podían predicar con el ejemplo, se ensañó con Ovidio, para dar a entender que así velaba por las buenas costumbres ciudadanas.

No obstante supo atraer a sus ideas a los grandes poetas - excepto a Ovidio, desterrado -. Virgilio fue el poeta de la piedad y Horacio compuso sus famosas Odas, en una de las cuales, con frase enérgica, le decía a Roma: ¡Sé sana y vuelve a la antigua virtud! Pero la regeneración de un pueblo no se consigue con poetas y libros, sino con buenos ejemplos. Augusto, a la vejez, llegó a ser casi un perfecto modelo de ciudadano, prototipo de príncipes bondadosos y amantes de la paz. Se vio forzado a nombrar un claudio como sucesor suyo: Tiberio. Murió en Nola, contando sesenta y siete años. Hizo llamar a su esposa Livia y se despidió de ella afectuosamente. El Senado Romano divinizó a Augusto después de su muerte y se le dedicaron santuarios en todo el Imperio. Tan plenamente consiguió su objetivo, que su sistema administrativo continuó siendo el baluarte central del Estado, durante el reinado de su sucesor, el duro Tiberio, y de los gobernantes posteriores - buenos emperadores como Trajano y Adriano; caprichosos como Calígula y Nerón, y déspotas como Cómodo, el hijo de Marco Aurelio -. Su mayor honor fue que: "el pueblo romano, de común acuerdo, me saludó como padre de mi patria". Volvamos a nuestro poeta Ovidio. Ni Augusto ni Tiberio, su sucesor, perdonaron a Ovidio, que, a pesar de las cartas que escribió pidiendo clemencia y de las influencias interpuestas por sus valedores y amigos, siguió en el destierro. Fruto de su pluma solitaria y abandonada son los cinco libros de las Tristes, ayes a manera de trenos de un desterrado, obra compuesta hacia el año 12, y las Pónticas, cartas desde el Ponto a sus familiares, amigos y personajes romanos influyentes y de relieve. Están escritos en dísticos (hexámetros y pentámetros) y son más elogiables por su vena poética que por su carácter. El año 17 d. C., murió sexagenario P. Ovidio Nasón y fue sepultado en Tomis, hoy Kustendje (Mar Megro) sin que sus cenizas pudieran ser llevadas a Roma, como él siempre quiso, siendo depositadas en una urna, cuyo epitafio él mismo había compuesto. Se ha dicho que Ovidio es el poeta de la "hora azul, del claroscuro del atardecer, de esa media luz en la que se unen los amantes." "En general - dice Indro Montenelli en su Historia de Roma -, si bien se ha llamado Período Aureo, la época de Augusto no vio un florecer literario y artístico comparable a la Grecia de Pericles o a la Italia del Renacimiento. Bajo aquel emperador burgués, se desarrolló un gusto igualmente burgués que prefería el justo medio, y el justo medio es, a menudo, mediocre". Tres son los máximos poetas, contemporáneos entre sí, que conforman el trípode en que resplandece la lírica latina, justamente en el momento en que nace el Imperio Romano con el Divino Augusto: Virgilio, Horacio y Ovidio. De cualquier modo, con la muerte de Augusto, la Edad de Oro de la literatura romana - época extraordinaria - había terminado. Virgilio (70-19 a. C.- 19 d. C.), el divino poeta mantuano, inicia el medio siglo más brillante de la literatura romana. Protegido como Horacio por Mecenas, rico

patrón de las artes, para que los poetas mejores del momento sirvieran de instrumento propagandístico de Augusto, Virgilio dio a conocer en Roma su libro de las Églogas, o Bucólicas. A los treinta y tres años era ya famoso - situación que no siempre le fue agradable -. Luego el mismo emperador, a instancias de Mecenas, le encargó y se hizo leer el manuscrito de las Geórgicas por el propio autor. Es la obra en cuatro libros más técnicamente perfecta que produjo. "Pero ni las floridas enramadas del reino de Media, ni el orgulloso Ganges,. ni las fuentes de Lidia, que fluyen cargadas de oro, pueden igualar las glorias de Italia... Salve, oh tierra de Saturno, madre de todos los buenos frutos y ricas cosechas, Madre de los hombres...!" El propio poeta dijo que "dio forma a los versos lamiéndolos como la osa a sus cachorros. Agradecido a Augusto, compuso la Eneida, canto épico de la fundación de Roma por Eneas, destinado a celebrar las victorias del emperador. Consta de 12 libros, escritos en versos hexámetros, relatando unos hechos en los que resuenan los ecos de las notas gloriosas del esplendor de Roma. En un punto el poeta hace descender a Eneas a los infiernos, donde encuentra a los aún no nacidos héroes del futuro del imperio - entre los cuales, naturalmente, está Augusto -. "Este es aquél de quien una y otra vez habéis oído en la promesa de la profecía, César Augusto, hijo de un dios. El fundará otra vez una edad de oro en la tierra del Lacio, a través de los campos que otrora gobernó Saturno". Pero Virgilio murió, cuando regresaba de un viaje a Grecia, en Brindisi, el año 19 d. de C.. La preocupación de Augusto por la literatura no paró en Virgilio, sino que se extendió a otros escritores, entre ellos Horacio y Propercio. El escritor más cercano a Mecenas era Horacio, quien reunía cualidades que le han hecho querido de todos los hombres de la historia. Su verso no tenía la grandiosidad del de Virgilio ni su majestuoso metro, pero también él elogiaba las tradiciones romanas y las virtudes augustas. "Diles la verdad con una sonrisa", era su lema. Horacio - 65-8 a. de C. - era hijo de un recaudador de impuestos, que, como el padre de Ovidio, quería hacer de su vástago un hombre político y abogado famoso, para lo cual lo mandó a estudiar, a fuerza de sacrificios, primero a Roma y después a Atenas. Protegido también por Mecenas, que le regaló en Sabina una villa con buenas tierras para que pudiera dedicarse más desahogadamente a la literatura, Horacio se entregó de lleno a su verdadera vocación, que era la moralista. Sus Sátiras son un auténtico muestrario de los tipos más corrientes de las calles de la capital del Imperio. Además de sus cuatro libros de Odas inmortales, hubo de escribir por encargo del emperador el Carmen saeculare, mientras dirigía a sus amigos, sobre todo a Mecenas,

aquellas Epístolas, que siguen siendo, con las Sátiras, su obra maestra. Su producción comprendía también el libro Epodon y la Epístola ad Pisones o Arte Poética. Murió a los cincuenta y siete años, dejando sus propiedades al emperador y rogándole que lo enterrasen al lado de Mecenas, muerto poco antes. Así se cumplió. Los tres han sido mis poetas latinos predilectos, que he leído y estudiado con personal predilección y en cada uno de ellos encontré diversas motivaciones y mensajes múltiples, por lo que puedo decir con Nasón: "Temporis illius colui fovique poetas". (Leí y admiré a los poetas de entonces). Hoy los recordamos por sus personales méritos literarios: Al mantuano Virgilio, por sus idilios pastorales, por su amor a la tierra y por la historia de la gesta de Eneas; al venusino Horacio, como rey de la lírica latina, y al sulmonense Ovidio, - el más profundo de los poetas elegíacos romanos- , como el "cantor de los tiernos amores". Los tres "edificaron un monumento más duradero que el bronce, más alto que las pirámides, que ni la lluvia roedora ni las innumerables series de los años ni la huida de los tiempos podrán arruinar". "Non omnis moriar", no moriré del todo).4 (Epitafio de Ovidio) HIC EGO QUI IACEO, TENERORUM LUSOR AMORUM, INGENIO PERII NASO POETA MEO. AT TIBI QUI TRANSIS NE SIT GRAVE, QUISQUIS AMASTI DICERE: NASONIS MOLLITER OSSA CUBENT. (El que aquí yace, cantor de tiernos amores, yo, el poeta Nasón, perecí por mi talento. Si por mi lado pasas, No te importe decir, puesto que amaste: Que los huesos de Nasón reposen blandamente)

Manuel Domínguez Merino Mérida, 31 de octubre de 1996

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Horacio. Odas. Lib. 3, oda XXX.

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