Fuego y Acero

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© Third Kind, 2012 Diseño de la portada: Neith Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin la autorización expresa de la autora.

A Diego, por su paciencia y comprensión. Vivir con alguien que no te hace ni caso mientras está escribiendo y escribe 6 horas al día, no es fácil.

A Marisú y Marién, porque fueron las primeras. A Neith, por la inspiración y por actuar como revisora obligada. A mis gatos, porque "a pesar de" y no "gracias a", he podido terminar esto. Encontrarte capítulos borrados o llenos de ceros, no tiene precio.

Y por supuesto, a todos los seguidores de Third Kind que han estado apoyándonos y compartiendo con nosotras este largo camino. Un beso enorme. ¡Fuego y acero!

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ÍNDICE
Introducción Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítlulo XI Capítulo XII Capítulo XIII Capítulo XIV Capítulo XV Capítulo XVI Capítulo XVII Capítulo XVIII Capítulo XIX Capítulo XX Capítulo XXI Capítulo XXII Capítulo XXIII Capítulo XXIV Capítulo XXV 7 17 23 29 36 42 48 57 64 73 78 85 91 99 110 116 128 136 145 153 158 163 168 175 180 186 Capítulo XXVI Capítulo XXVII Capítulo XXVIII Capítulo XXIX Capítulo XXX Capítulo XXXI Capítulo XXXII Capítulo XXXIII Capítulo XXXIV Capítulo XXXV Capítulo XXXVI Capítulo XXXVII Capítulo XXXVIII Capítulo XXXIX Capítulo XL Capítulo XLI Capítulo XLII Capítulo XLIII Capítulo XLIV Capítulo XLV Capítulo XLVI Capítulo XLVII Capítulo XLVIII Capítulo XLIX Epílogo 193 202 209 216 227 233 240 250 259 265 272 281 294 301 309 318 327 341 351 360 373 394 422 447 473

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«¿Qué hombre eres tú, pues, entre los hombres? ¿Qué héroe entre héroes? Ya siete toneles, ya ocho grandes cubas están llenas de tu sangre, oh desdichado, y todavía desborda sobre el suelo. Mis palabras no bastan, necesitaría otras; pero yo no conozco el origen del hierro, no sé como ha sido formado el miserable metal.» El viejo Vainamöinen dijo: «Yo conozco el origen del hierro, yo creo conocer la procedencia del acero. El aire es el más antiguo de los elementos, después vino el agua, después el fuego y finalmente el hierro.» Kalevala

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embargo, acaban para siempre. Uno, dos, tres... golpe en la puerta. Driadan se levantó de un salto del lecho, sonriendo con el corazón en un puño, y corrió a recibir a su padre. Eran sus botas claveteadas las que hollaban las escaleras, era su caminar de pasos contundentes el que reconocía. Y abajo, los clarines sonando y la expectación de los ciudadanos de Nirala que recibían a los ejércitos, el bullicio de una ciudad rendida al homenaje de sus valedores. Todas las batallas terminan en algún momento, y en la familia real de las montañas costeras, el lema era tajante: La única derrota es la rendición. Por eso, mientras el reino permaneciera en pie, todos los regresos habían de ser victoriosos. —¡Apartad! ¡Quitad de enmedio! El joven príncipe empujó a los sirvientes y se precipitó a los corredores, guiado por la resonancia de las pesadas botas. Se lanzó a los brazos de su Señor y rey, deshecho en risas triunfales. —Hijo mío. Las manos fuertes. El olor a sudor y polvo. Driadan hundió los dedos en la barba esponjosa, riendo, y despeinó a su padre con los ojos brillando de emoción. —¡Bienvenido, padre! ¡Bienvenido! —Cuidado con la loriga, hijo—replicó él, dejándole en el suelo—. No vayas a herirte. Los siervos se arremolinaron en torno al gran caballero de las Montañas, les acompañaron como un enjambre inquieto hasta los aposentos reales, ofreciendo agua, recogiendo la espada, desembarazando al rey de su yelmo y su cinto. La mano grande sobre su mano pequeña. La calidez de sus

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odas las batallas terminan en algún momento. Pocas, sin

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dedos, estrechando los suyos mientras Driadan caminaba a pasos rápidos para seguir sus zancadas poderosas. —¡Cuéntamelo todo, padre! Quiero saber los detalles. —Ah, mi pequeño... —retumbaba la voz grave bajo los techos—esta ha sido una victoria especialmente dulce. Pues muchas han sido las pérdidas, pero cada gota de sangre ha sembrado un fruto del honor entre los valientes, y hemos cosechado esos frutos en forma de conquista y laurel. En aquel momento, Driadan no lo había comprendido. Pero ahora, sentado en el trono del primogénito, bajo los ondeantes pendones de Nirala con el caballo alado sobre fondo de sable, creía entender mejor a qué conquista se refería su padre. La Sala del Pegaso era una amplia nave redonda, de blanco mármol pulido. Las columnas se repartían en círculos y los nervios de granito sostenían en arcos la refulgente bóveda abierta, donde una lucerna acristalada con vidrieras hacía caer la luz sobre el centro del salón, rota en diminutas joyas coloridas. En la Silla Alada, el rey Dromath tomaba asiento. La tarde se escurría con lentitud en el exterior, y los candelabros se habían encendido. Ceñido con la corona de oro blanco, con los cabellos limpios y bien peinados, castaños y serpenteantes sobre sus hombros, el soberano se inclinaba hacia adelante. Aun sin armadura, era grande, alto e imponente. Al mirarle, Driadan no encontraba vestigio alguno de sí mismo en el rostro enjuto y delgado, las suaves arrugas y la profunda mirada. Sólo había un parecido en la tonalidad de sus ojos, del color de las uvas viejas y el vino consistente. Pero no en aquella mirada antigua y sabia, no en el porte orgulloso y sereno, ni en la manera en la que los ropajes reales parecían caerle sobre el cuerpo con la naturalidad de los divinos designios. Él, por el contrario, se removía inquieto en su sitial. Procuraba mantenerse erguido y digno, como le habían enseñado. La túnica escarlata se le enredaba en las muñecas, le sudaban las manos, y aunque rey y Príncipe habían sido bañados y ungidos para la ocasión, tenía la sensación de haber olvidado algo o haber bajado en zapatillas. Seguro que todos les estaban mirando. «No debo estar tan nervioso», se dijo, aferrando el brazo del sitial para no llevarse la mano al pelo. «Sí, todos nos miran, pero no ven a un chico torpe. Ven a su príncipe y joven señor, a imagen y semejanza de su padre, aunque a mí no me lo parezca.» No se lo parecía. Si bien a simple vista, Driadan y Dromath eran hijo y padre sin duda alguna, los matices en sus diferencias eran sutiles y les hacían difíciles de comparar. Porque la piel del rey era atezada, como suele
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suceder con aquellos que pasan largos meses a la intemperie, y la de Driadan lechosa y sonrosada en las mejillas. El cabello del rey era castaño, con algunas canas ya, y con mechones más claros a causa del sol y la sal, y negro como ala de cuervo el de Driadan. Y su rostro era en apariencia similar, pero al observar con detenimiento al muchacho, la nariz fina y recta, el óvalo del rostro, las perfiladas cejas y la boca carnosa y resuelta, no se hallaba parecido con los cincelados huesos del rey, los labios finos y la mandíbula afilada. «A imagen y semejanza de su padre», pensaba Driadan, tratando de serenarse. Él sabía que a quien se parecía era a su difunta madre. Sólo esperaba que no se dieran cuenta los cortesanos, que ya tomaban asiento en sus lugares alrededor del soberano; más cerca los consejeros, más lejos los caballeros, casi al final los hidalgos y representantes de familias mas humildes. El chambelán golpeó el suelo con su bastón y se acercó al centro de la sala, a una señal de la mano real. —Hijos del Reino de Nirala—recitó con voz clara—. Nuestro Soberano ha regresado. Tras meses de combate en las costas, donde los Hijos del Mar atacaban las aldeas e infundían el terror en los habitantes, la flota del Norte ha sido vencida, y ahora estamos a salvo. ¡Salve, Dromath, Señor de las Montañas! —¡Salve!—corearon las voces. —Ahora es momento de recibir a los prisioneros, y que todos seamos testigos de la justicia de nuestro Soberano. El chambelán hizo una reverencia y se retiró. El rey se puso en pie, apartándose la capa, y miró en derredor antes de hablar, cuando todos los ojos le contemplaban y los oídos estaban atentos. —Hemos peleado contra hombres fuertes y aguerridos, debéis saber. A muchos hemos dado muerte, y otros son ahora nuestros rehenes. Así pues, como ellos a nuestras mujeres han violado, a nuestros hijos han secuestrado y esclavizado, tenemos ahora derechos sobre sus vidas y su libertad. —El rey hizo una pausa. Driadan le escuchaba, sobrecogido. —A vosotros, de las Casas de Nirala, a los Crowald y los Deerly, a los Falken y los Wolvan, a los Foxer y los Moon, que habéis llevado a vuestros hijos y padres a esta guerra, a vosotros que habéis puesto vuestras armas y caballeros al servicio de esta gloria, os corresponden esos derechos antes que a mi. Pues bajo las manos de estos reos, vuestra sangre se ha derramado. Y aquel de vosotros que quiera a alguno como esclavo, como esclavo lo tendrá.

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El joven príncipe sonrió suavemente al ver las miradas que intercambiaban los señores de las casas nobles. Comprendían la justicia de aquello que se les ofrecía y entendían y apreciaban la gratitud de su soberano. —Sin embargo, sed conscientes de que son hombres del mar—prosiguió el rey—. Combatirles nos ha enseñado sobre ellos, y su furor es de difícil mesura, su venganza, imperecedera, y salvajes sus costumbres. Nada aman más que su libertad, pues, sed responsables si elegís arrebatársela en lugar de darles muerte. Será un castigo sin igual y una ofensa incomparable, que no dudarán en saldar a vuestra mínima distracción. Los nobles saludaron al Soberano y fue Lord Wolvan el que alzó la voz, con los ojos brillantes por la sed de retribución. —Sea: que cada cual devuelva la moneda como estime conveniente bajo su propio juicio. Ardemos en deseos de ver los rostros de nuestros enemigos vencidos. Un coro de voces de aprobación se levantó en el Salón, y el rey asintió. Se abrieron entonces las puertas, y los caballeros avanzaron llevando consigo la larga cadena. Driadan clavó las uñas a los brazos de la silla, retorciéndose por dentro de pura emoción. A pesar de las largas guerras, todas acababan en algún momento. En los años anteriores había pegado la oreja a la puerta, encerrado en sus aposentos, tratando de escuchar lo que tenía lugar en la Sala del Pegaso. Ahora que había cumplido los dieciséis, tenía pleno derecho a estar aquí, y aunque su padre le había hablado de este momento, lo estaba viviendo con intensidad. Nunca había imaginado algo así, y contemplar las altas figuras de los bárbaros le produjo sentimientos encontrados. Por una parte, el orgullo y la grandeza de su estirpe se le hacía presente al ver las miradas altivas y el aspecto poderoso de aquellos rivales temibles, a los que habían vencido. Por otro lado, el enemigo del que tanto había escuchado hablar, tenía rostro, alma y corazón, y en sus semblantes veía que eran guerreros dignos, que no conocían el miedo y que tenían una tierra, una idea, una razón y un destino que inflamaba sus corazones y les hacía empuñar las armas. Con las manos prendidas en la larga cadena, los hombres del mar caminaban erguidos, casi en formación. Eran altos y bajos, sus cabellos y barbas iban desde el rubio más pálido hasta el negro más intenso, y las heridas y contusiones habían sido atendidas por sus captores. Vestían ropas de cuero curado y pieles mullidas, algunos, largas capas, y todos habían sido despojados de sus armas. Las cabelleras estaban salpicadas de trenzas, algunos dos o tres, otros, multitud de ellas, con cuentas de hueso y tiras de
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cuero. Los broches y medallones eran de acero y metales burdos, ninguna joya ni oro ni plata. Y eran altos y corpulentos, más que la mayoría de los hombres de Nirala. «Todos parecen reyes», se dijo, observando el porte orgulloso y sereno de los cautivos, cuyas miradas destellaban intensamente. No encontraba sumisión en ninguno de los rostros, pero tampoco vio a ninguno tirar de la cadena que les mantenía presos. Contó diecinueve hombres, algunos muy jóvenes, seguramente de su edad, pero mucho mayores de envergadura y corazón. Una punzada de envidia le mordió por dentro. Los señores de la Corte se miraban, se removían inquietos como perros hambrientos a la espera de un festín. El rey Dromath hizo una señal a los caballeros que circundaban a los presos, quienes les guiaron del brazo para colocarles en semicírculo ante la corte, sin que ellos opusieran resistencia. —He aquí a los hijos del Mar. Vencidos y cautivos, dependen ahora de nuestra justicia. Dromath empuñó la espada, que yacía a sus pies, en la escalinata, y descendió hacia los hombres encadenados. Driadan cambió de postura, sin encontrar ninguna cómoda. Sentía un extraño hormigueo en los pies, y observaba a su padre. Éste se detuvo ante el rehén que estaba en el extremo izquierdo, un muchacho que parecía el menor del grupo. —¿Cual es tu nombre, guerrero?—preguntó el rey. —Hiram—respondió el otro, sencillamente, con un acento grave y seco. —¿Eres de buena sangre? —Mi sangre es antigua. Driadan parpadeó. No esperaba que hablaran su idioma, a pesar de la extraña pronunciación. —¿Qué hiciste en la batalla, Hiram? —Maté muchos—dijo éste, sin bajar la cabeza, aguantando la mirada al rey—.Signo de ciervo, signo de cuervo. Hiram señalaba los tabardos de las casas de Deerly y Crowald al hablar, sin emoción alguna. Los señores se removieron.

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—¿Qué hiciste en las aldeas, Hiram? —Fuego y acero —respondió sin más. Por un momento, hubo solo silencio. Luego el rey se volvió hacia Lord Deerly y Lord Crowald, empuñando la espada. —¿Alguno de los presentes quiere ejercer su justicia con Hiram? Nadie dijo nada. Una especie de atmósfera tensa, espesa, se había apoderado del salón. Driadan empezaba a creer que terminaría por marearse ante tanto silencio y expectativa. —Arrodíllate pues, ya que la muerte ha de llegarte por mi mano—dijo el rey, mirando al joven. Hiram sonrió con gesto desafiante y luego habló. —No puedo. Que la muerte me llegue de pie. Yo no me arrodillo. Un murmullo de sorpresa y de ira contenida se extendió entre los cortesanos, pero Dromath se limitó a hacer una señal a los soldados, que se dirigieron al fondo de la sala y cruzaron la puerta. Al abrirla, el viento fresco del exterior se coló en el salón e hizo parpadear las velas. Al momento, la alfombra verde era hollada por unos pasos pesados, nuevas cadenas tintineaban, y seis centinelas llevaban a una última figura, alta y corpulenta como las otras, de largos cabellos de color rojo oxidado que le caían por el rostro. Los cautivos se giraron, y al instante, todos se irguieron aun más, apretando las mandíbulas con furia. Se escucharon sus voces quedas en su idioma natal. —¡Silencio! —gritó el rey. Driadan dio un respingo en su asiento, incapaz de apartar los ojos del último prisionero. Su capa era blanca como la nieve, y las trenzas estaban salpicadas de cuero negro, como víboras enredándose con culebras de cobre bruñido. Sus movimientos eran fluidos, y mas parecía estar siendo escoltado por sus criados que arrastrado por carceleros, a juzgar por el modo en que caminaba, haciéndose dueño del lugar. Entre el pelo revuelto y despeinado, dos ojos de color azul oscuro atravesaban a todos y cada uno de los presentes.

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—Estás incumpliendo las leyes del honor, soberano—bramó uno de los reos, un gigantón de pelo negro. —No puedes apresar a thane, no puedes apresar al jefe, eso no es... El acero de Dromath voló, la sangre saltó y la cabeza de Hiram rodó por el suelo, dejando una mancha de sangre, como una media luna sonriente en las baldosas de mármol. Driadan se aferró a los brazos de la silla, tenso. —Arrodillados o no, la justicia os alcanza. Las miradas de los cautivos se llenaron de odio. Colocaron al jefe de los hombres del mar en el centro, de cara al rey, y éste no opuso resistencia. Sólo le miraba fijamente. Driadan tragó saliva, sobrecogido. Cada brazo suyo podría levantar a uno de los soldados que le mantenían inmóvil con el acero, y se preguntó cuantos habían hecho falta para someterle. El juicio continuó, y ninguno se arrodilló. Los Señores de las casas nobles ejercieron sus derechos, algunos se atrevieron a matar ellos mismos a los hombres que habían asesinado a los de su casta, y pronto el centro de la sala, donde las baldosas caprichosas formaban el mosaico del corcel alado, se convirtió en un charco rojo de cabezas amontonadas. El olor metálico de la sangre inundó el lugar. «Por esto tenemos los ojos rojos», pensó Driadan vagamente. Ya era entrada la noche y las antorchas ardían, los sirvientes encendieron los blandones, pues no era suficiente la luz de las velas. Los cadáveres yacían en semicírculo, y sólo el último hombre quedaba en pie. Era más alto que el rey, y su porte, su sola presencia, provocaban en el muchacho unas incontenibles ganas de abofetearle o de salir corriendo a orinar. Todo en esa criatura le parecía un desafío, desde los breves asentimientos que había dedicado a cada guerrero antes de que fuera decapitado, como si les diera permiso para morir, hasta la manera en la que miraba a todo el mundo, como si quisiera recordar sus rostros... y sobre todo la manera en la que a él le había pasado por alto, como si no fuera importante. Los ojos azules apenas se habían detenido sobre él por un segundo en el que el corazón se le paró en el pecho... y después nunca más. —¿Cual es tu nombre, guerrero? —preguntó el rey una vez más, por última vez, al jefe de los hombres del Mar. —Mi nombre es Ioren Raur, hijo de Heren Raur, de la sangre de los Señores del Mar y caudillo de sus gentes. Driadan se sorprendió. Había esperado una voz poderosa, rotunda y altiva, la de aquellos que quieren imponer su soberanía. Sin embargo, el hombre
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de cabellos de cobre había hablado apenas en un susurro grave y átono, aterciopelado, que se extendió por la sala con una vibración casi agradable. Su acento no era tan fuerte como el de la mayoría de los norteños, parecía tener mayor fluidez para expresarse, y sin embargo, había una fuerza latente en aquella voz, una suerte de encantamiento que impelía al silencio. Su padre no pareció afectado por ello. —¿Eres de buena sangre, Ioren Raur? —Soy de la sangre de aquellos que guían. De la sangre de los líderes y los mejores guerreros. —¿Qué hiciste en la batalla, Ioren Raur? —Maté al signo del lobo y del cuervo, al signo del zorro y del halcón, maté al signo del ciervo y de la luna, y también al signo del caballo. Se escuchó un murmullo de inquietud, y Driadan apretó los dientes. El blasón del Pegaso era el blasón de la casa real. Había echado de menos a algunos de los grandes caballeros de su padre durante las horas anteriores a la reunión en la gran sala, y ahora entendía por qué. —¿Qué hiciste en las aldeas, Ioren Raur? —Fuego y acero. El rey quedó en silencio un instante. Driadan observó cómo se miraban, su padre tomando la talla de aquel hombre, y el tal Ioren, observándole como si quisiera aprenderse sus rasgos. —¿Por qué nos miras a todos de esa manera?—preguntó finalmente el rey. Parecía realmente asaltado por la curiosidad, pero la mano en su espada no temblaba. —Para recordar vuestros rostros en las Salas de los Dioses. Poder describirles cómo eran aquellos que nos vencieron... y que despreciando toda ley de honor nos condujeron como animales en lugar de darnos muerte, encadenados, sin armas, buscando nuestra humillación. —¿Acaso van a castigarnos vuestros dioses por eso?—dijo el rey, con una sonrisa burlona. —No. No lo harán. Los dioses no interfieren en asuntos de hombres. Pero enviarán vuestra imagen en sueños a nuestros hijos, para que con vuestra
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sangre den paz a nuestra memoria. Los rostros de los cortesanos palidecieron y se intercambiaron algunas miradas. Driadan arañó la silla, apretando los dientes. —Bien. Yo mismo te daré justicia. Ahora, ponte en paz con tus dio... —Reclamo al guerrero Ioren Raur como esclavo. Los ojos se volvieron hacia la voz. Dromath parpadeó y se giró, frunciendo el ceño. Y la mirada azul destelló a través de los cabellos rojos, con un relámpago de ira e incredulidad, tensándose sus músculos y crujiendo las cadenas. «Ahora sí me miras», pensó Driadan, triunfal. Los ecos de las voces bajas se acallaron lentamente, y el rey miró detenidamente a su hijo, con una advertencia implícita. Pero Driadan seguía en pie, sereno, más de lo que había estado en toda la tarde. —¿Por qué?—preguntó el rey a su hijo. —Porque es mi derecho, ya que sus manos han arrebatado las vidas del caballo y el cuervo, del halcón y el zorro, del lobo y del ciervo y de la luna. Porque la muerte no es castigo, sino libertad para aquellos que aman la libertad por encima de todo, y mucho tiene que pagar Ioren Raur, en humildad y en servicio. Y porque así no podrá describirnos a los Dioses para que sus hijos tomen venganza en nuestra sangre. Nadie dijo nada. Los ojos azules hervían de ira y odio, y ahora parecían incapaces de apartarse de él. Driadan se regodeó, y acercó su sello a una vela. —Sea pues—dijo el rey. Ioren no gritó cuando Driadan le marcó con el sello real en el hombro. Se limitó a observarle, ojos de acero a través de cabellos llameantes, y a rechinar los dientes. —Ahora eres de mi propiedad —dijo Driadan —y la desobediencia no se castigará con la muerte, si es que piensas escudarte en eso. Tu alma se templará hasta que comprendas cuál es el destino del vencido. Todas las batallas terminan en algún momento, pero pocas acaban para siempre.

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Driadan sonrió, volviendo a su silla, mientras los soldados tiraban de Ioren Raur, quien ahora sí estaba tenso entre sus cadenas, llevándoselo por el momento. Este era el laurel, ésta la cosecha. Se miró las zapatillas, húmedas. Estaban manchadas de sangre.

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Capítulo I: Odio

pueblos que se consideraban más civilizados. Orgullosos de su herencia montañesa, los grandes señores del reino preferían hacer ostentación de su poder en formas grandilocuentes pero toscas. Estatuas, enormes pendones, columnas de piedra maciza y ornamentos de batalla habían sido durante mucho tiempo sus preferencias. En los últimos años, el comercio y las relaciones con los reinos e imperios de tierras más dadivosas en cosecha y oro, habían introducido en Nirala nuevas modas en tejidos, tapices, orfebrería y artesanía. Sin embargo, el orgullo de sus gentes era antiguo y consistente, y no era común que se prestaran a la decadencia que consideraban más blanda y poco viril. Por eso, Driadan no exhibía la mayoría de sus tesoros exóticos. Los guardaba todos en su alcoba: las figurillas de plata de oriente, los preciosos velos de los desiertos y los intrincados tapices de los monasterios de las tierras verdes. El rey jugueteaba con una de esas figurillas, suspirando quedamente, mientras él, con la camisa de dormir, se cepillaba el cabello. —No entiendo qué ves de atractivo en estas fruslerías, hijo—dijo el rey, suspirando levemente y mirándole de reojo. —Ya. No has venido a hablar de decoración interior, ¿verdad? El muchacho le observaba a través del espejo, contando. Había que cepillarse cien veces para que el cabello no perdiera su brillo, y temía perder el hilo con la irrupción de su padre. —No, es obvio que no. ¿Eres consciente de lo que has hecho? —Sí—respondió simplemente. El rey le observó largamente, con gesto ensombrecido. —¿No me crees capaz de doblegarle? Tú lo has hecho, ¿no es así? —No se trata de eso, hijo. No te lo habría permitido de no ser...

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n las tierras de Nirala, el lujo tomaba formas poco comunes para

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—De no ser que no debemos contradecirnos entre nosotros ante la corte. —No. De no ser porque creo que podrá ayudarte a fortalecer tu carácter. Driadan se detuvo y apretó los dientes. Dejó el cepillo sobre el tocador y se levantó del taburete, encarando a su padre. —Fortalecer mi débil carácter, porque sólo soy un niño, y además pusilánime. —Sí. —Bien. Ya sé que te avergüenzo, pero intento no hacerlo —replicó, apretando los puños. En aquel momento, le golpearía sin dudarlo. —No lo puedes evitar —respondió el rey con condescendencia—. No es culpa tuya ser así, pero al menos lo disimulas bien, cosa que te agradezco. El joven se quedó pálido. Las largas ausencias de su progenitor tenían la virtud o condena de hacer que en su añoranza, se olvidara de este tipo de cosas. Es cierto, él no tenía la culpa. No había elegido nacer en un parto complicado, con meses de antelación, y matar a su madre en el proceso. No había elegido quedarse pequeño y crecer al ritmo lento y pausado de las enredaderas, por mucho que los médicos y sanadores le recomendaran comer más de esto o menos de aquello, hacer tal ejercicio y este otro, incluso colgarse boca abajo de unas cuerdas prendidas en el techo para que los huesos se estirasen. No era culpable de tener las muñecas finas y los dedos delicados, ni los pies sonrosados, ni de haber cumplido los dieciséis y que el vello en su rostro siguiera sin dar el menor signo de vida. ¿Debía entonces sentirse culpable por ser infantil? En todo caso, eso era responsabilidad de otro. —¿Ser cómo, padre? —Olvídalo. Ve con mucho cuidado con ese esclavo tuyo. Aún podemos matarle a espaldas de los demás, si cambias de idea. Los ojos de vino oscuro le observaban con frialdad. Tragó saliva, que le supo amarga en la garganta. —No —susurró—. No he cambiado de opinión. —Bien.
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—Es culpa tuya. El rey se volvió a medias, observándole con una ceja arqueada. Driadan había bajado la vista al suelo, y cuando la levantó, aún no había logrado tragarse todo el odio y la ira que se le anudaban por dentro. —Soy como soy por tu culpa. Porque me consientes para compensar la pérdida de madre, porque me parezco a ella. Tú no me permites crecer, hacerme fuerte, ser un hombre entero. Escupió las palabras venenosas, rogando en su fuero interno que le golpeara, que estrellara la mano cálida contra su rostro, que le hiciera algún reproche. Que lo negara y le demostrara que estaba equivocado. Pero no fue así. Su padre sólo suspiró, dejó la figurilla y salió de la habitación, cerrando con cuidado. Ni siquiera le otorgó el consuelo de un portazo. Se miró en el espejo, lívido, peleando con las lágrimas. Cuando su sirviente entró, le atravesó con los ojos. —Traed al esclavo. —Pero señor... —Traedle. Traedle ya. ¡Traedle o te haré azotar hasta que vomites sangre! Las últimas palabras se elevaron en un grito iracundo, y Farenolde salió huyendo, murmurando un “sí, majestad”. Se miró en el espejo, regulando la respiración, mientras aguardaba. Estrangularle con el cinturón. Abrirle la garganta con el cuchillo de trinchar la carne. Cortar tajadas de su hígado con las heridas aún rezumantes, aún vivo... arrancarle la barba a tirones. Poder liberarse de quererle y solamente odiarle. «Maldito hipócrita», pensó, observando su reflejo, mordiéndose los labios y tratando de usar su mente para de, alguna manera, conseguir que sus ojos absorbieran toda aquella humedad. «Te avergüenza que sea un pusilánime, pero no quieres que deje de serlo... que deje de parecerme a tu esposa. Te odio. Te odio.» —Te odio —dijo a media voz, colocando los dedos sobre el cristal—. Te odio. Sonaba extraño. Una palabra con sabor propio, ácido y amargo, y que daba sed. Bebió un sorbo de vino con especias de la copa que reposaba en la mesa y caminó descalzo sobre los juncos del suelo, repitiéndola.
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—Te odio... te odio... Cuanto más la decía, más sed sentía. Decidió que no era un vocablo para pronunciar en susurros. Había sido hecho para ser gritado, para exclamarlo mientras se rompía un jarrón contra la pared o se daba una bofetada a alguien. Sólo era susceptible de murmurarse con una tonalidad precisa, contenida y ponzoñosa. —Te odio—murmuró, tratando de sonar cruel y afilado—. Te od... La puerta se abrió, y el sonido metálico de las cadenas le sorprendió junto a la ventana. Se dio la vuelta, precipitadamente. Los ojos azules a través de la cabellera ardiente, las ropas de cuero manchadas de sangre y los guardias alrededor. —Señor, el esclavo. ¿Por qué le había hecho llamar? Necesitaba desahogarse. Necesitaba demostrar que podía doblegar a aquel hombre, que no era ningún niño, débil ni blando. Tragó saliva. Te odio, decían los ojos azules. Sí, podía leerlo con claridad, un odio frío como el filo de una espada, un odio que aguardaba, que esperaba, que se alimentaba lentamente y se hinchaba como una vejiga de veneno. Algún día, decían los ojos azules. Te odio. Algún día. —Bien. Cerrad la puerta y dejadnos solos. —Señor... no podem... —Es mío. ¡Es mío! —gritó a los guardias—. ¿Veis ese sello en su brazo? ¡Es mío, y SOLO YO tengo derecho a decidir lo que se puede y no se puede hacer con él! ¿Entendido? —Pero el rey ordenó que... —El rey no tiene nada que ver con esto. Fuera, ahora. Lo dijo, usando el tono que había empleado mientras daba vueltas a la habitación. Lo dijo de ese modo... y obedecieron. La puerta se cerró tras ellos, y Driadan suspiró con alivio. Empezaba a dolerle la cabeza. Quizá
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era esa palabra, odio, que provocaba molestias... o quizá era que estaba teniendo un ataque emocional por culpa de su padre. Volvió la mirada hacia el hombre encadenado, que le atisbaba a través de la cabellera revuelta. Desde que se vieron por primera vez, apenas había sido capaz de escrutar su rostro. Las sombras, los mechones cobrizos, lo ocultaban. En esta ocasión, le definió algo más. Cicatrices en la mejilla, pómulos altos, barba incipiente, nariz recta. —Arrodíllate, perro. No obtuvo respuesta. «Te odio, algún día», se transformó en algo burlón entre las pestañas del esclavo. Quizá un «Iluso, jamás.» Se dirigió hacia un rincón y agarró la fusta de montar. Le golpeó con todas sus fuerzas en plena cara, apretando los dientes. El hombre apenas se inmutó. Sacudió los cabellos y volvió a mirarle. Iluso, jamás. —¡Arrodíllate! Los golpes llovieron, levantó la fusta y la hizo descender una y otra vez. No es culpa mía, se repetía. Toda la culpa es suya. Suya. Suya. Le empezaba a doler la mano. —¡Arrodíllate! ¡Hazlo! ¡Hazlo! El calor le inundaba los nervios, le mordía por dentro. Se le anudaba como una soga en las entrañas, el odio que mordía, la furiosa rabia. ¿No había ningún consuelo? Y llegó, al fin. Un sonido contundente, un golpe en la sien, y se precipitó volando al otro extremo del cuarto. La figurita con la que su padre había jugado se tambaleó y cayó, y el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor. Sintió el sabor de la sangre en la lengua, y el corazón desbocado martilleándole la garganta. El oído le pitaba. —Me cansas, niño. —Le llegó su voz suave, aterciopelada, algo ronca. Los pasos retumbaron a su lado. —Perro...—gimió, reprimiendo un sollozo mientras trataba de levantarse. Las manos esposadas le agarraron de la camisa de dormir y le levantaron del suelo. La fusta cayó sobre los junquillos quebrados, y los ojos azules le
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atravesaron, girando a su alrededor como planetas confundidos. —Avisa a la guardia—susurró el esclavo. —No... —¿Demasiada vergüenza? Te ha pegado tu esclavo, llama a tu padre y que me den muerte. Negó con la cabeza, aún aturdido. El aliento le quemaba sobre el rostro, le llegaba el olor potente del hombre del mar. Sal y arena. ¿Cómo podía oler a sal ahora, aquí? ¿Acaso no le habían bañado? Quizá era el sudor. —No... —Te romperé el cuello. —Hazlo. El suelo giraba. Y se precipitó hacia él cuando el gigante le soltó, arrojándole de bruces sobre el suelo. Cuando alzó la mirada, estaba llorando. Rechinó los dientes y quiso escupirle al ver su gesto de extrañeza, pero ni para eso tuvo fuerzas. —Te odio... te odio...—repitió, con voz venenosa. El esclavo arqueó la ceja. —Estás hecho de barro, criatura. Después, se dirigió a la ventana y se quedó ahí, mirando hacia el exterior. Sin decir nada más. Sin volver a mirarle. El príncipe durmió en el suelo.

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Capítulo II: Sangre

entumecida, le costó abrir un ojo. La noche había transcurrido blanca y sin sueños, también sin descanso. Le resultaba difícil recordar nada, y aún no había amanecido, a juzgar por la oscuridad reinante y esa lengua fría en el ambiente, que hacía presentir el alba aproximándose. Ni día ni noche. Las horas confusas entre la vigilia y el sueño, y una figura borrosa, enorme, en la ventana. —¿Qué haces aún aquí?—acertó a mascullar en voz baja, arrastrándose hacia el lecho. También el brazo le dolía. Se lo frotó. Tenía la sensación de haber quedado inconsciente en algún momento, agotado de tanto odiar, de su propia rabia que le había consumido desde dentro. Ahora le parecía estar revestido de un sudario helado debajo de la camisa de dormir, una impresión húmeda y vaporosa, gélida, desagradable. Similar al sudor frío de las fiebres. Trepó al colchón y arrojó los cojines a los lados de cualquier manera, sumergiéndose bajo el edredón de plumas, temblando y con el estómago del revés. —Me haces enfermar. Vete ya—ordenó, en voz baja. Quería estar solo. —Cállate y duerme—respondió el susurro suave. Driadan apretó los dientes, resoplando, y asomó la cabeza entre los almohadones. Una silueta corpulenta recortada en el arco ojival, y más allá, la noche estrellada. Una noche que no lo es, que casi es madrugada, un añil sucio y brumoso que dota de irrealidad a la luz y a la oscuridad. Podría ser un sueño. —Yo doy las órdenes. Tú eres el esclavo. No era consciente de lo poco convincente que sonaba su voz cansada.

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espertó con el frío. Le dolía la mandíbula y la tenía

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—Estas cadenas no son nada. No soy tu esclavo. Nunca lo seré. —Volveré a golpearte si no obedeces. —Y yo a ti si me golpeas. Te arrojaré por la ventana. —... ¿Qué demonios? Parpadeó y se sentó sobre las sábanas, frotándose el ojo. Es cierto. Le había golpeado antes, cuando... «Te odio, te odio.» Le arrojaría por la ventana. —¿Y por qué no lo has hecho mientras estaba inconsciente, perro? La figura se volteó, y los ojos azules, oscuros y brillantes, relampaguearon en la penumbra. Era como ver moverse a una montaña enfundada en pieles, con el tintineo de las esposas de acero. —No eres rival para mí. Aún tengo honor. No como vosotros. Es de cobardes asesinar a un crío indefenso. Pero si sigues provocándome, el honor pesará menos que tu agravio. Tenlo en cuenta. Driadan tragó saliva. Estaba algo asustado, ahora sí. La mirada le laceraba desde la distancia, y sus palabras átonas caían en sus oídos como rocas pesadas, densas. Una maraña de bilis amarga se enredó en su garganta, y se arrebujó en las sábanas. —Así que es eso... —escupió con desprecio, en el susurro débil—. Eres como él. Un crío indefenso, ¿no?, pusilánime y blando, delicado y frágil como una mujerzuela. El hombre de la ventana arqueó la ceja, de nuevo con gesto de extrañeza. —Por eso te ha humillado tanto que te reclame como esclavo, por eso no grabaste mis facciones en tu memoria para llevárselas a los dioses. Pues estás atado a mí. No importa si me golpeas o me hieres, nunca diré nada. No te darán muerte por mis palabras. Eres mi esclavo. Y aunque no lo seas, tampoco eres libre. Sonrió con malicia al ver de nuevo la tormenta en esos ojos, un destello virulento más allá de las sombras desdibujadas y la cabellera revuelta. Le estaba provocando, sí, pero sabía que había acertado de lleno.

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—No aguantarás mucho —El susurro cortante, grave, de ira contenida. —Estás hecho de barro. —Estás atado a mi para siempre, y mientras aguante, no escaparás. Y no vas a matarme porque soy un pobre crío indefenso. Eso has dicho, ¿no?. Se le cortó el aire en la garganta y se apretó contra el colchón, con los ojos desorbitados. El hombre había saltado hasta la cama, atravesando los doseles, que se agitaban tras la irrupción de su figura, y agazapado, había cerrado los dedos en su cuello. Había sido un salto sorprendentemente ágil, un movimiento inesperado que le hizo ahogar un grito al ver ese rostro crispado tras las hebras de cabello. —Agh... pe...rro...—resolló, cerrando las manos en las muñecas engrilletadas. Los dedos le quemaban en la piel, apretaban la carne. No podía respirar. Forcejeó bajo su cuerpo, y una pierna pesada le aplastó las rodillas, haciéndole sofocar una nueva exclamación de dolor. —No voy a matarte. Pero puedo hacer que quieras morir. El aliento restalló en sus mejillas. Las palabras del hombre del mar eran como cuchillas afiladas a pesar de su tono bajo, pausado. Empezaba a marearse por la falta de oxígeno, y creía tener un armario derribado sobre las piernas. Rechinó los dientes, y aún asfixiándose, le escupió. El hombre gruñó y le soltó para abofetearle. —¿Eso es ... todo... perro?—logró articular. El aire silbaba en su garganta mientras lo tomaba a bocanadas. Se ladeó, tratando de escapar, con las mejillas ardiendo. —No os enseñan modales en las tierras civilizadas, puedo ver—fue la lacónica respuesta—. Si tu padre rey no trabaja, tendré que hacer yo. —Arde en el infier... ¡Agh! Se retorcía, golpeándole con los codos. Las sábanas se le enredaban en los tobillos, la camisa se le había subido hasta los muslos y no conseguía sacárselo de encima. Le destrozaba las piernas con su peso, y en su forcejeo, solo consiguió que las manos esposadas le atraparan por las muñecas, por encima de su cabeza. Le miró con furia. La brisa se coló por el ventanal, agitó la despeinada melena del esclavo, removió el aroma salado y lo introdujo al fondo de sus fosas nasales, dándole la sensación de estar bajo el agua. Tenía el corazón desbocado por el esfuerzo, la tensión, el miedo y la rabia punzante, y sin embargo, el maldito esclavo sólo parecía algo molesto.
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Algo. —Calla de una vez. En esa posición, con ambas manos encadenadas, él no podía golpearle. Pero Driadan tampoco. Desesperado, gruñó y se impulsó hacia adelante, levantando la cabeza para morderle. Sintió el roce del vello sobre los labios y los dientes, y luego la carne caliente, la saliva salada. Cerró las mandíbulas y tiró. Le escuchó resollar y un gruñido gutural, cuando le soltó las manos para volver a sujetarle del cuello. Sólo entonces separó los dientes y dejó caer la cabeza. Sabía a sangre. —Agh... pe...rro —Maldito desgraciado, qué... Le tiró de los cabellos. Ahora sí, al parecer ahora le había enfadado. Le escuchaba respirar entre los dientes apretados, sisear con exasperación y mascullar palabras en su idioma. Trató de mover las piernas, de nuevo el forcejeo, y cuando el esclavo volvió a inmovilizarle, una vez más le mordió los labios. Sabía a sangre. La boca ardiente se movió sobre la suya y el esclavo le mordió a su vez, haciéndole dar un salto sobre el lecho y tragarse un grito. Le estaba destrozando las rodillas con las suyas, pero esta vez se negó a soltarle. Los dientes le horadaban la carne, le rasgaban la barbilla. Dolía. No importaba. Su sangre se mezcló con la del esclavo, el olor del mar le inundó. Intentó apartarle empujando con su cuerpo, con un movimiento desesperado, gimiendo quedamente. Fue como estrellarse contra un muro de piedra. Los tendones se tensaron y le provocaron un calambre en todo el cuerpo. —Ard....enelinf.... —No podía hablar. Lágrimas de furia estallaron y se escaparon por sus mejillas, pero no cejó. Siguió mordiéndole, retorciéndose como una anguila atrapada. Le estaba devorando, aplastándole y destrozándole, pero no iba a claudicar. Su respiración se desacompasó y sintió el tirón en algún lugar, algo completamente absurdo en esa situación. Un calor intenso en el vientre y un mareo de excitación. Abrió la boca, le rozó con la lengua y dejó de
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debatirse, relajando los brazos. Los músculos del esclavo se tensaron con la caricia, y percibió el estupor gélido y frío cuando detuvo el combate. Sabía a sangre... y la sangre se escurría por su lengua. El aliento le picaba en los labios heridos. El hombre dio un respingo y le miró, alerta, con un recelo instintivo, incorporándose a medias. —¿No puedes con esto?—le provocó Driadan, jadeando, con las manos apretadas contra la almohada, entre los dedos del esclavo—. Así pues voy a vencerte con besos y no con golpes. Los ojos azules volvieron a centellear. —Inconsciente necio. Apenas se dio cuenta, fue como una tempestad. Le arrolló con su boca, sin soltarle las muñecas, hundiéndose hasta la garganta y anegándole con el perfume oceánico, impidiéndole casi respirar. Driadan enroscó la lengua en la suya, le arañó con los dientes. Y cuando sus piernas se liberaron, las del esclavo le separaron las rodillas. Entonces sí le atenazó el miedo y le hizo temblar. Era orgulloso. Pero no tanto. —Basta... no... no...—consiguió gemir, esta vez sí, debatiéndose con verdadera desesperación. El cuerpo firme se apretaba contra él, le rozaba por todas partes, le incrustaba en la cama. Los dientes se cerraron en su cuello. Lo que iba a hacer... lo iba a hacer. La angustia se anudó como un cepo con la certeza de que llegaría tan lejos como fuera preciso, le provocó náuseas. —Por favor —suplicó, con los ojos desorbitados—. Basta, basta, basta... ¡No lo hagas! Los labios se acercaron a su oído, y el esclavo se detuvo. —Es una advertencia. Y sólo las doy una vez —De nuevo el susurro grave, aséptico. —¿Has entendido? —Sí...

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Estaba temblando. Las lágrimas le enturbiaron la visión. —El sabio conoce que lo que siembra recoge. Un dicho de mi tierra. ¿Lo recordarás? —Sí... —Bien. El esclavo le soltó y se levantó como si nada, regresando a la ventana. Le dio la espalda, sacudiéndose la ropa. —Ahora, duerme. El príncipe le miró. Abrazó un cojín. Se dio la vuelta y cerró los ojos, tratando de sosegar los espasmos y el sudor frío, incapaz ya de conciliar el sueño, de hacer otra cosa que no fuera llorar en silencio. Lágrimas saladas como el mar, que no se detenían. Había perdido, se había rendido. Sabía que ya no había vuelta atrás, y que las cadenas que le unían a Ioren —«se llama Ioren», recordó —también le convertían a él en un esclavo. Se preguntó hasta dónde sería capaz de sostener su orgullo, si es que podía empuñarlo aún. «Desearás estar muerto» En aquel momento, lo deseaba. El lema de su familia era claro. No hay más derrota que la rendición, y Driadan había cosechado la primera de su vida.

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Capítulo III: Destino

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e golpeé con un mueble.

El rey Dromath asintió lentamente, sin hacer más comentarios, actitud que el príncipe agradeció en su interior. Estaba sentado frente a la mesa de mármol, colocando las bolas metálicas sobre la redonda superficie de madera. Era un juego antiguo, una de esas piezas exóticas que le habían traído de oriente, una especie de puzzle complicado. Para mover una de las esferas de metal, había que saltarse otra forzosamente, y ésta debía ser retirada del tablero. Al final, sólo debía quedar una, en el hueco del centro. El juego era fácil al principio, pero después se convertía en un verdadero infierno. —Me han informado de que hiciste venir al esclavo ayer por la noche. —No es asunto tuyo. Es mío. Movió una de las piezas y retiró la otra, observando con atención. —Si vuelvo a percibir que tus golpes con muebles y las estancias del esclavo en tus aposentos coinciden, le haré matar. —No puedes, el esclavo es mío. —Y tú eres mío. Mi hijo. Driadan apretó los dientes, concentrándose en las bolitas de metal. —Al menos muestras algo de carácter hacia mi persona, una agradable novedad. —Debo irme—prosiguió Dromath, ignorando el comentario—. Partimos hacia el templo de la playa, para honrar a los dioses por nuestra victoria. Estaré fuera unos días. —Bien.

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Se había quedado sin opciones de mover las fichas, de modo que volvió a colocarlas. La ventana seguía abierta, pero a pesar de todo, el olor a salitre no le abandonaba. Se le había pegado al cuerpo, como una medusa. El juego le ayudaba a no pensar en ello, y concentrarse en la manera de recuperar su orgullo. Si algo le había quedado claro, era que él no pensaba soltar la cadena. —¿No vas a despedirme? Sabía que su padre esperaba el abrazo, el beso en la mejilla, la bendición. Pasara lo que pasase, antes de la partida del rey, Driadan olvidaba toda ofensa y el temor por perderle, la previsión de su larga ausencia y su lejanía, le anegaban el corazón de ternura. A pesar de todo, era consciente de que su padre le amaba, y de que él le quería igualmente, más que a sí mismo o a cualquier cosa. Y sin embargo, en esta ocasión, Driadan no se sentía con fuerzas para desterrar el rencor. —Puedes irte. Que los dioses te acompañen—dijo, finalmente. Empezó de nuevo, tomando otra pieza entre los dedos. Ni siquiera se giró a contemplarle. Su padre suspiró, aguardó unos instantes y salió de la habitación, cerrando a su espalda. Quizá Driadan había comprendido que no todo el amor es bueno. Que también se puede querer equivocadamente. Cuando las botas pesadas dejaron de oírse en el pasillo, volcó el tablero, soltando una maldición amarga. Las esferas rebotaron sobre los junquillos y se desperdigaron por la amplia estancia. —El sabio conoce que lo que siembra recoge—murmuró entre dientes, llenándose de aire los pulmones y apretando los puños. No pensaba ceder, por mucho que deseara correr escaleras abajo y abrazar a su padre, poner su mano pequeña en su enorme mano, decirle: «buen viaje, los dioses te guíen, vuelve pronto, buen viaje.» Dromath había sembrado, que ahora recogiera. Se levantó y se dirigió al amplio espejo, mirándose detenidamente. En los aposentos reales, las alfombras se extendían sobre las losas cubiertas de esteras, y había espacio para la gigantesca cama de dosel, los arcones y armarios, las mesas y divanes. Sin embargo, aquel pequeño rincón entre visillos de seda azul, era su favorito. El tocador de madera labrada había pertenecido a su madre, una mujer a la que nunca conoció, pero a quien
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creía conocer por los retratos y comentarios de su padre y señor. Al mirarse en el espejo, no le costaba imaginarla. De pelo negro y tez delicada como porcelana, con las cejas en forma de alas de gaviota y la nariz pequeña y fina, orejas redondeadas y suaves y el pequeño bultito debajo del labio inferior. Seguramente, nunca lució un ojo morado, como él ahora. Crispó el gesto al recordar al esclavo. —Bastardo. Rebuscó entre los afeites hasta encontrar el carboncillo y los lienzos limpios. Retiró el polvo de rosa con el que había tapado las magulladuras de su boca y se revisó las heridas. Le escocía, por dentro y por fuera. Sentía la acidez de las llagas en la lengua. Se le había quebrado la piel y tenía la barbilla raspada. Se aplicó un bálsamo aceitado que le calmó en cierto modo, pero también tiñó sus labios de una pátina untuosa y brillante. Dioses... no le extrañaba que... —Parezco una dama—se quejó a su propio reflejo. Gruñendo, se tiznó las mejillas con el carboncillo, simulando la barba que no tenía. Se soltó la coleta y se alborotó los cabellos, intentando imitar la manera de mirar de Ioren. El efecto no le convencía. Quizá era por el batín. Se dirigió al arcón y se despojó de las ropas, rebuscando las prendas que utilizaba para entrenar. Cuando estuvo enfundado en los pantalones de cuero, con las botas flexibles y la loriga tachonada, azul oscuro, negro y plata, se colocó el cinto y lo apretó bien, irguiendo la espalda. Esta vez, su aspecto le satisfizo más. Ahora parecía un chaval vestido de soldado, pero al menos ya no se asemejaba a una niña. Suspiró, se rearmó de valor y salió de sus aposentos. Driadan jamás había estado en las celdas. Cuando, tras recorrer interminables pasillos oscuros, los guardias que le escoltaban se detuvieron delante de una puerta enrejada, ya se había acostumbrado al olor inmundo de aquel lugar. No dejaba de ser irónico que, en los subterráneos del fastuoso palacio de mármol, tanta ruindad se ocultara. Y aquel aroma a carne, sangre y desechos humanos era peor que el peor de los estímulos que había conocido nunca. Sin embargo, la celda de Ioren estaba perfumada. Olía a salitre y mar. Los guardias abrieron, discutieron sus órdenes, finalmente, se marcharon, y se quedó a solas con el hombre que no le miraba. Esposado, permanecía sentado cerca del escueto ventanuco que apenas le dejaba ver algo de luz, dejando que ésta cayera, lechosa, en diagonal sobre su figura. El cabello se
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veía ahora destellante, mostrando todos sus tonos de cálido metal. Dorado, rubio rojizo, castaño claro, cobre, rojo intenso, en una amalgama gradual que le recordó al príncipe todas las maneras en las que el sol se muestra. —Mi padre se ha ido—anunció—. Mientras esté fuera, soy el rey. El silencio era espeso. Sólo lo rompían los gemidos de los reos y sus gritos ocasionales. —¿No vas a decir nada? No parecía que fuera a hacerlo. Se empeñaba en ignorarle. Comprendió que tal vez era su manera de demostrar su libertad en su esclavitud. Y que al bajar a verle, al llamarle, él demostraba su esclavitud en su soberanía. Irónico. También era consciente de lo infantil de su comportamiento, de la rabia que proyectaba hacia aquella persona llamada Ioren Raur, que parecía inmune a sus iras. Todo eso, la amalgama de sus iras y odios, el tapiz de los sentimientos y el juego de poder, era más complicado que el puzzle de las esferas. Entonces, inesperadamente, el susurro rompió el silencio, casi fundiéndose con él, flotando en él como un navío en el océano. —Si eres rey, gobierna. Driadan le miró, disimulando su sobresalto. El hombre del mar no se había movido, permanecía vuelto hacia el ventanuco. —Gobernar... sí. —Luego frunció el ceño, pensativo. —No conozco las leyes de las que hablásteis en la Sala del Pegaso—dijo, dando unos pasos por la estancia—. Tus hombres dijeron que se habían roto leyes de honor. —Son nuestras leyes, no vuestras. No tenéis honor—replicó el susurro. —Violar y asesinar no me parece una muestra de ello. —En la guerra, fuego y acero. Pero hasta el fuego y el acero están regidos por leyes. Hasta la sangre que se derrama. Debe hacerse como debe hacerse. Le resultaba extraño mantener esa conversación. Parecía que las palabras viajasen de uno a otro saltando muros muy gruesos, altas cordilleras. Hablándose desde los dos extremos del mundo. Driadan dejó de pasear y se detuvo, observando a Ioren.
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—¿Acaso no habéis llevado vosotros como reos a los que vivían en las aldeas? —Ya eran esclavos. —No es cierto, eran vasallos de... —No hay diferencia. Un guerrero es un guerrero. Un esclavo es un esclavo. Un siervo nunca será guerrero, y un guerrero nunca será siervo, a menos que uno rompa sus propias cadenas y que el otro se las ponga voluntariamente. Al guerrero le corresponde la muerte en combate, no... —¿...la humillación de las cadenas? Ioren se movió entonces y le miró, con una sonrisa torcida, extendiendo ante sí las manos esposadas. «Iluso, jamás», recordó el príncipe. —Esto no me degrada a mí—dijo, en tono bajo—. Sólo es metal. Es sobre ti sobre quien cae esta vergüenza. Necesitas ponerme esto porque no puedes demostrar poder sobre mí de ninguna otra manera. Porque sabes que si no las tuviera, morirías. Tú y todos. —Si pretendes convencerme para que te libere, no vas por buen camino. —No necesito tu permiso para ser libre. Ya lo soy. No dejo de serlo. Driadan apretó los puños y levantó la barbilla. Los ojos azules, penetrantes, se alejaban de nuevo hacia la ventana. —¿Entonces por qué no te vas?—escupió, mordaz—. No eres libre, no lo eres. Me perteneces, llevas mi sello, y no importa que no obedezcas, jamás te dejaré marchar. Tendrás que matarme o romper tus cadenas, destrozar a toda la guardia de la ciudad con tus manos para irte. —No me voy porque no quiero. Driadan cerró la boca, abriendo mucho los ojos. Eso no se lo esperaba. ¿Era una insolencia? No lo parecía. El hombre del mar lo había dicho con calma, casi con amargura. «Tal vez está fanfarroneando», pensó. Pero aun así... —¿Qué? Eso no tiene ningún sentido.

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—Para ti no. No lo entenderías. —Quiero entenderlo —exclamó, tajante. Los ojos azules volvieron, destellantes y profundos, y el esclavo se puso en pie. Agitó la melena como un león, y le observó desde toda su altura. Las trenzas diminutas se derramaban sobre sus hombros, más de una veintena, y el rostro se dibujó con claridad para Driadan, bajo la luz clara. Era el rostro de un rey, de fuerte mandíbula y barba recortada, rojiza, que ya crecía demasiado. Con los pómulos marcados y el ceño fruncido, la nariz recta y un aura venerable de respeto fuera de toda cuestión, que le golpeó con violencia. Sintió que le temblaban las manos, y apretó los dedos contra el cinturón. —Kraakha miró las runas antes de la batalla—dijo la voz suave, átona y vibrante—. Miró a Ioren y vió mi destino. Al verte en el salón supe que eras tú la visión de la que ella hablaba, y cada vez que te veo, no puedo sino pensar en lo que está por venir. Debo quedarme y enfrentar mi destino. Driadan dejó escapar el aire. Se había olvidado de respirar por un momento, y tragó saliva. «Supersticiones, sólo son supersticiones», se recordó. Las lectoras de runas eran las brujas del Norte. Decían que podían ver el futuro. —Pero si apenas me miras... y lo haces con odio. —Nadie dijo que un guerrero tenga que amar su destino. —¿Cuál es el tuyo? ¿Y qué tiene que ver conmigo?—murmuró en voz baja. —Dices que eres rey porque tu padre marchó. Eso no es así—respondió Ioren—. Un rey se forja en sangre y corazón, en brazo y arma, en espíritu y carácter. Te forjarás y reinarás, y algún día tu mano pondrá fin a mi vida. El muchacho dio un traspiés. Se sentía mareado, como si estuviera a bordo de un navío en océanos desconocidos, donde sólo se ve el horizonte y no se atisba nada más. —¿Y entonces por qué te quedas, si dices que puedes irte? ¿Por qué no te estrangulas a ti mismo con esas cadenas que llevas? ¿Es que quieres ese destino? ¿Es que no puedes huir de él? Ioren esbozó una sonrisa desdeñosa y se volvió hacia la ventana.

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—No sabes nada. —¡Deja de decir eso! —exclamó el chico, golpeando la pared con el puño cerrado. Se hizo daño, pero no le importó. —Me quedo porque tienes que forjarte en fuego y acero. Y si es mi destino morir a manos de un rey, que sea un rey de verdad. Un rival digno. Driadan cerró los ojos, digiriendo el significado de esa frase. Apretó los dedos y se quedó inmóvil largo rato, hasta que le pareció escuchar una risa lejana, ver un reflejo tenue de sí mismo, patético, caprichoso y pusilánime. Tal y como su padre decía que era. Tal y como sabía que era. —No sabes cuánto te odio —murmuró, dándose la vuelta, con las manos temblorosas. Ioren no respondió. No parecía importarle.

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Capítulo IV: Traición

sobre sus columnas. Habitaciones cerradas y velas apagadas. Los guardias nocturnos se apoyaban distraídamente en los muros. Los largos pasillos mostraban sus pendones ondeantes y la brisa fresca traía el aroma lejano de las montañas; en el mármol pulido destellaban pálidamente la luna y las estrellas con haces blancos que atravesaban los tragaluces, las ventanas amplias con cortinajes. Corredores desiertos y calma nocturna. Muy abajo, donde nunca había tranquilidad, entre los gruesos muros de la prisión, Ioren acercaba el rostro al ventanuco enrejado. Apenas unos palmos que abrían su mundo al exterior, desde donde todavía podía atisbar el firmamento. Habían pasado diez días. Miraba al cielo, con los ojos entrecerrados, buscando el astro azul, como cada noche, sin éxito. En las visiones de la Lectora de Runas aparecía una estrella azul que él debía seguir si quería alcanzar de nuevo la libertad. Las paredes de un castillo son sabias. Sobre sus superficies se dibujan las siluetas a la luz de antorchas y candelabros, resuenan las voces. Conocen ellas los anhelos más secretos, los actos más ocultos. Nada se les puede ocultar, y entre su poderosa roca guardan historias de pasiones y traiciones. Como un teatro de sombras chinescas, generación tras generación contemplan la caída y alzamiento de las casas, las infidelidades y las historias de amor, el horror y la grandeza. Recogen los anhelos y esperanzas en los susurros a media voz. Ioren leía las historias de los muros de aquel castillo, de aquella celda, pero Nirala nunca tendría la suya grabada en la roca. Él era un hombre del mar. Su historia no estaba hecha para guardarse entre muros. Los pasos resonaron, botas pesadas, y luego un tintineo de llaves. El suelo proyectó alargadas sombras. Un chirrido de la puerta y cinco siluetas. Se volvió a mirarlas. Cinco caballeros embozados se colocaron en círculo a su alrededor. No les reconoció, y les contempló detenidamente, tranquilo, a la expectativa. No tenía miedo. —Ioren Raur, ¿Quieres ser libre?—susurró el primero de ellos.

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ra de noche en Nirala. El Palacio Real dormitaba, reposando

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Meditó un instante en silencio, sin moverse de su sitio. Había aprendido desde su más tierna infancia las virtudes del búho: ojos abiertos, oídos atentos y mente veloz, por eso no tardó en entrever lo que esa visita significaba y reconocer la esperada señal. ¿Acaso no era esto lo que las predicciones le habían mostrado por medio de las runas? Tomó aire lentamente, volvió los ojos hacia los encapuchados. —¿Qué queréis de mí? —Que tomes venganza—dijo el hombre que había hablado, apartándose la caperuza. Una cascada de cabellos rubios se desprendió por sus hombros, la tez pálida, aristocrática, se reveló entre las sombras de su atuendo. —Para eso necesitaría una espada—dijo Ioren. El hombre rubio sonrió. Hizo una señal a los carceleros, que se acercaron con cierta reticencia, y Ioren extendió las muñecas ante sí. Acercaron la ganzúa y los grilletes se abrieron con un sonido que se le antojó dulce a los oídos , entre el silencio roto por las respiraciones desacompasadas de la peculiar reunión. Cuando fueron retiradas las cadenas, todos aguardaron un instante en la oscuridad, los caballeros con las manos en la empuñadura, alerta y desconfiados. Él se miraba las manos. Se frotó la piel surcada por rojas estrías, sumido en sus pensamientos. —Diremos que escapaste—dijo otro de los hombres embozados—. Que asesinaste al joven príncipe y te diste a la fuga. Asintió, en silencio, y repitió. —Dadme una espada. —No la necesitarás. Nosotros podemos hacerlo por t... —No. Los caballeros se miraron. El que se había descubierto asintió con ligereza y señaló el cinto de uno de sus camaradas, quien tendió la vaina cerrada a Ioren. El hombre del mar la tomó. Era demasiado ligera. Sostuvo la empuñadura y desnudó el acero de su funda, observando el resplandor de la hoja bajo la luna descolorida. No estaba mal.

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—Intenta que no te maten por el camino—dijo quien le había cedido la espada. Llevaba un fardo a la espalda, del que extrajo una amplia capa oscura con caperuza y un tabardo igual al que ellos portaban—. Esto te servirá para no llamar la atención, pero deshazte del emblema cuando llegues al ala de los aposentos reales. Ioren no respondió. Se puso la sobrevesta y se envolvió en la capa, echándose la caperuza sobre el rostro. Le estaba corta, el bajo apenas le llegaba a las pantorrillas. Cuando los caballeros se apartaron, cruzó los corredores a paso tranquilo, con la espada en la mano, oculta bajo el negro manto. Los centinelas de las prisiones le prestaron escasa atención. Los muros de un castillo son guardianes de secretos. Ioren recorrió, silencioso, las galerías. No estaba nervioso ni excitado, ni siquiera eufórico, pero una cálida satisfacción le templaba los músculos al verse despojado del liviano peso de los grilletes. Respiró profundamente al alcanzar el patio y volvió la mirada hacia el cielo una última vez, protegido por las sombras de las cuadras. —Cabalga la estrella azul...—murmuró, escuchando el silencio, buscando el arrullo del mar en la lejanía, en su propio corazón, con los párpados entrecerrados. Las palabras de Kraakha volvían a él con claridad meridiana—. Cabalga la estrella azul que rompe el cautiverio, y abandona su estela para remontar el océano... «Podemos hacerlo por ti», habían dicho los hombres. Valoró sus opciones. Un chico muerto sólo significaría un destino sin cumplir. Ioren Raur había nacido de la sangre más alta entre los hijos del Mar, y ningún hombre de honor rehúye su destino con bajeza, ningún valiente se esconde de lo que los hados le deparan, ni teme a la muerte, sino que la busca cada día, aguardando la entrada en las Salas de los Dioses con el espíritu alto y el corazón alegre. Se arrancó del pecho el tabardo de la casa Starling y lo arrojó al centro del patio, respiró tres veces y corrió, como una sombra ágil y corpulenta, hacia las estancias reales. Sobre las baldosas, la prenda quedó reposando, con el emblema de los traidores reluciendo bajo la luna: estrella azur de ocho puntas sobre fondo de plata.

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Driadan estaba hundido en un sueño sin imágenes cuando despertó sobresaltado. Se incorporó de los cojines, frotándose los ojos y murmurando entre dientes. ¿Qué era esa caricia gélida repentina?. El viento penetraba a raudales por la ventana abierta. Suspirando con hastío, salió de la cama y se acercó a cerrarla. Juraría que la había dejado trabada antes de irse a la cama, aunque puede que se equivocara. Los cortinajes se agitaban en la oscuridad. —Parece que va a llover —murmuró, rozando la hoja de madera con los dedos. —Sangre. La mano se cerró sobre su boca, dedos férreos apretándole las mejillas. Un brazo le rodeó el torso, inmovilizándole. Se tensó, dando un respingo, y el corazón se desprendió hacia su estómago, luego subió hasta sus sienes y comenzó a retumbar con virulencia. Olor a salitre, el calor de su pecho contra su espalda y la voz susurrante en su oído. «Voy a morir», pensó, con una certeza que no podía negarse a sí mismo. Se revolvía, intentando liberarse de la presa, pero el esclavo, que había perdido sus cadenas misteriosamente, apuntaló un pie en el alféizar y se encaramó a él, sin soltarle, manteniéndole en vilo apretado contra su cuerpo. Ioren había amenazado con arrojarle al vacío noches atrás, en sus aposentos. Al despegar los párpados y observar las baldosas y el foso al otro lado, el mundo empezó a dar vueltas. «Lo va a hacer.» Rezó por que sólo fuera una pesadilla. —Hoy va a llover sangre, criatura—repitió el hombre del mar—. Deja de retorcerte como culebra. No lo pones fácil. Le mordió la mano con todas sus fuerzas, desesperado, hasta abrirle una herida. Ioren espetó una maldición y la apartó. Driadan resolló y tomó aire, ahogándose, tragando los sollozos y el pánico. —Perro bastardo, suéltame—susurró. —Desgraciado. —Ioren se miró los dedos ensangrentados. Driadan sintió un escalofrío cuando el aliento ardiente le rozó la oreja. —Eres absurdo. En vez de gritar pidiendo auxilio, me amenazas en susurros. Me exasperas. —Si vas a despeñarme, hazlo ya. No pienso gritar. —La estrella azul te quiere muerto.
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Driadan dejó de debatirse. El viento le golpeaba con fuerza, y no sabía como demonios hacía Ioren para mantenerse en pie en el estrecho espacio del vano, azotado por el aire que traía el perfume de la lluvia y con el cabello revuelto, sosteniéndole al tiempo. Puso los pies sobre los suyos, jadeando a causa del desasosiego. «La estrella azul te quiere muerto.» —Ellos te... ellos te han soltado—susurró de nuevo. —Ellos me han soltado. —Y has venido a matarme. —He venido a hacerte un hombre—dijo la voz grave, como el gruñido equívoco de un león. El viento se alzó con un envite más poderoso. Las cortinas se pegaron a la pared, silbó con un aullido plañidero, y empezó a escuchar el metal y los gritos, los ruidos de botas, los pasos. Algunas ventanas se iluminaron con el tibio resplandor de antorchas y velas. —Starling se alzará con el poder—prosiguió el hombre del mar—. No sé si van a matar a tu padre, o casar hijas para buscar nuevo heredero. Pero tienen a la guardia. Lloverá sangre. —No... no te entiendo... ¿como sabes todo eso, cómo... ?—murmuró Driadan, con voz trémula. —Conoce a tu enemigo. Nosotros aprendimos todo de Nirala y las casas. Quién puede traicionar. Qué perro lame, qué perro muerde. Vives en nido de víboras, los hombres de la montaña no conocen el honor. Quizá solo era una pesadilla. El ulular del vendaval y las voces, las botas que se acercaban, los golpes en la puerta, las palabras adivinadas entre los gritos. «Escapó... por aquí... matar al príncipe... robó una espada... guardias muertos.» Driadan no tardó en formarse la imagen. Ioren era la excusa de los Starling para justificar su muerte, los Starling que tenían el mayor ejército de las casas nobiliarias del reino, los Starling que se las habían arreglado para permanecer al margen de los combates con los hombres del Mar, los Starling que agasajaban a su padre más que ninguna otra casa. —¿Qué vas a hacer?

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—No eres rey. No eres príncipe. Ahora, empieza a ser hombre. Y cuando seas hombre, podrás volver aquí y tomar tu reino y tu corona. Y le empujó. El ulular del viento, y el abrazo del vacío. Driadan apretó los dientes, intentando no gritar, como se había prometido a sí mismo, pero no le sirvió de nada. Se escuchó quebrando la garganta, rasgándose con su propio chillido y con el corazón golpeándole las venas como un ejército al galope, hirviendo de adrenalina, viendo cómo el espacio se volvía pequeño y su cuerpo sólo parecía un muñeco de trapo. Y al estrellarse contra las gélidas aguas del negro foso, ellas se metieron en su boca, se colaron por su nariz, inundaron sus ojos y sus oídos. Algo le agarró de la pierna, tirando. Todo se convirtió en un infinito frío y mojado, y su último pensamiento fue para su padre.  Sabía que no era un foso estanco. Era lo primero que había notado cuando le llevaron prisionero al castillo, que el agua discurría bajo los sucesivos puentes, yendo a parar a una suerte de drenaje adyacente a las murallas. Sacó a flote el cuerpo del chico, y empleó pocos segundos en comprobar si estaba consciente. Chasqueó la lengua al ver que no era así. —Estás hecho de barro...—murmuró. Se dio el pequeño placer de agarrarle de los cabellos mientras nadaba, pegado a las paredes de piedra y ocultándose en la sombra, rumbo al exterior. Entretanto, en los patios y los corredores resonaban las exclamaciones. El chocar de los aceros pronto cubrió el reino de Nirala, y Ioren miró de reojo el amasijo de camisón, pelo negro y rostro pálido del príncipe, que flotaba indignamente sobre las aguas oscuras. Podría hundirle la cabeza en el agua ahora y acabar. Pero ningún hombre de honor rehúye su destino con bajeza. Ningún valiente se esconde de lo que los hados le deparan, ni teme a la muerte, sino que la busca cada día, aguardando la entrada en las Salas de los Dioses con el espíritu alto y el corazón alegre. Suspiró y siguió nadando, arrastrando aquel fardo inservible y tragándose su desprecio, esperando que mereciera la pena el sacrificio si algún día podía llegar a respetar a la mano que debía poner fin a sus días.

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Capítulo V: Orgullo

Escuchaba el agua correr, y algo cálido, un abrazo, un golpe, un beso. El aire se embutía por la fuerza en sus pulmones. «He muerto y vuelvo a nacer, los dioses me traen de nuevo al mundo. ¿O es este otro mundo, más allá de todo...?» Una maraña de pensamientos difusos se deshizo, casi estalló y se disolvió en su cabeza cuando empezó a ser consciente de sí mismo, vomitando agua, con el frío del aire matinal y el calor del cuerpo sobre el suyo. Abrió los ojos repentinamente y reconoció el aroma salado, la calidez templada y hierba fría bajo su cuerpo. El vello rasposo de la barba de Ioren le arañaba el rostro, y el aliento que penetraba en su garganta no era el de ningún dios. Una cortina de cabello enredado y mojado yacía sobre su cara, como un alga muerta. Tosió, se retorció y le pateó, gimiendo. —Pe...rro.... aléjate —farfulló, hundiendo los dedos en la hierba y ladeándose para toser. —Un despertar feliz—dijo la voz serena. El calor se fue, el cuerpo poderoso se despegó del suyo y se quedó a solas con el frío y el mareo. Consiguió enfocar la vista y contemplarle. Estaba arrodillado junto a él, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se hallaban en un claro boscoso, un río transitaba a pocos pasos y los árboles se abrían dejando paso al alba grisácea que despuntaba en alguna parte, vistiendo el paisaje de una bruma gris y espesa. La nebina se enredaba en jirones en las ramas de los espinos, y un pájaro pionero trinaba quedamente en la lejanía. Estaba mojado y tenía frío, y Ioren lucía el mismo aspecto que si acabara de surgir de los mares. El cabello se le pegaba al rostro y, empapado, se apelmazaba en mechones de cobre oscuro y opaco a causa del agua. Sus facciones se dibujaban con claridad, los ojos azules fijos en él como dagas punzantes. —¿Donde...? ¿Qué has hecho? Déjame, quiero regresar—ordenó sin convencimiento alguno, con tono pastoso. La cabeza le daba vueltas. —No puedes.

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urgió de la oscuridad, despojándose lentamente de ella.

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—Silencio, no... ¡Ah! Ioren se había levantado de un salto y le tiraba del pelo, con sus manos libres, sin esposas ni grilletes. Se incorporó lastimosamente, con las rodillas temblorosas, aferrándose a las muñecas del esclavo. —Ponte en pie, muñeco de mantequilla. Eso es. Ahora escucha. —No, escucha tú, perro. Yo soy... La bofetada restalló sobre su rostro, haciéndole trastabillar hacia atrás. Le golpeó casi con desgana, pero aun así fue un golpe lo bastante fuerte para hacerle gemir de nuevo. Agitó la cabeza y le miró con odio. Los ojos de Ioren relampagueaban. —Ya me estás cansando. ¿Le estaba cansando? Bien. Soltó un grito de rabia y se arrojó contra él. Puede que estuviera aturdido y mareado, medio muerto de frío y que lo hubiera perdido todo. Quizá su futuro había huido por el desaguadero del castillo, pero no iba a rendirse, no iba a dejar de pelear. No iba a soltar la cadena, con esposas o sin ellas. Los vigorosos brazos le interceptaron por el camino, le retorcieron las muñecas y le estrellaron de frente contra el tronco de un árbol. Jadeó, sin aliento por un instante. Los dedos del hombre del mar le tiraron del pelo, su rodilla se clavó en la parte trasera de sus muslos y la otra mano le sostenía las muñecas unidas. —Déjame... déjame...—sollozó, masticando su odio. El frío y el dolor le mordían. —Calla. Y escucha. Tenemos que irnos. Starling descubrirá que no estás muerto, quizá te busquen. —Soy el... heredero. Quiero regresar... —¿Y qué harás cuando vuelvas? Driadan dejó de hacer fuerza y permitió que su rostro girase para ver el perfil cercano del esclavo que ya no lo era. Éste aflojó la presa sobre sus cabellos. —Soy Driadan Horwing, mi casa es la más antigua. Tenemos apoyos...

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—Dromath, tu padre y rey tiene apoyo. No tú. No te quieren sentado en ese trono. —No sabes lo que dices... —Sé mas que tú sobre tu propia corte, porque he matado a hijos de todas las casas, y he visto y he prestado oídos. Tú estás ciego y vives en el lecho de las víboras sin saber que eres presa. —¡Cállate! ¡Cállate!—gritó, más alto de lo que esperaba. Las lágrimas se le agolparon y tembló, apoyando la frente en el tronco. Sabía que era cierto. Ahora, empapado, en un bosque, inmovilizado por su esclavo y con el alba gris sobre sus cabezas, después de la noche confusa que había vivido, no tenía sentido engañarse más. Claro que la corte no le quería como heredero. Claro que Starling les había traicionado, ¿acaso había podido engañar a los más viejos señores del reino por una sola estancia en la Sala del Pegaso? Todos le habían visto antes de eso, corriendo por los patios, el chico que abrazaba sin pudor a un padre que le consentía, el ojito derecho del Rey... tan ciego que no era capaz de admitir que su hijo estaba, exactamente, hecho de barro o mantequilla. Sin el valor para permitirle forjarse como debía por temor a perder el recuerdo de su esposa, de la madre de Driadan. Claro que planeaban quitarle de enmedio. Y tomando como esclavo al jefe de los hombres del mar, no había sino colaborado con sus planes, proporcionándoles la excusa perfecta. Ioren le soltó y se alejó de él. El príncipe clavó las uñas en el tronco del árbol y se dejó caer, de rodillas, consumido por los sollozos. Se sentía como si no fuera nada, absolutamente nada. Su mundo seguro y artificial se derrumbaba a su alrededor, se deshacía en ceniza. Sólo era un muchacho, uno que no había aprendido nada en absoluto del mundo en dieciséis años. Hipando, se abrazó a sí mismo, pegándose la toga helada y húmeda al cuerpo, buscando algo de realidad, un ancla, una sujección. —Mátame. Mátame de una vez—pidió, arañándose el rostro con la dura corteza. —Ojalá me hubieras arrojado por la ventana, no al foso, al suelo... —Dices tonterías. Llora y desahógate. Luego sereno, nos vamos. Rechinó los dientes. No quería decir nada más, pero estalló, volviéndose hacia él, hecho un mar de lágrimas. —¡Cómo puedes ser así! ¡Me atacas, me obligas a escapar, aunque nos odiamos te niegas a darme muerte! ¡No tienes compasión ni crueldad, eres
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una maldita piedra sin emociones, sólo reaccionas cuando hiero tu orgullo! ¡Te odio! ¡No puedes obligarme a ir a ninguna parte! Ioren estaba sentado en una raíz, a pocos pasos, escurriendo la capa. Impasible, le miró y arqueó la ceja. —No voy a tenerte pena. Pero aun así, dices tonterías. Hieres mi orgullo, dices. Demostraste tener más orgullo tú cuando te enfrentabas a mí; sácalo ahora, búscalo y aférrate a él para hacer lo que te corresponde. —¿Lo que me corresponde? ¿Qué sabes tú de lo que me corresponde? —Reinar. Ser un hombre. Cumplir tu destino. Driadan escupió a un lado y soltó una maldición, meneando la cabeza. Las lágrimas se negaban a detenerse, y se sentía idiota además de nulo, ahí llorando enfrente del esclavo que ya no lo era. No entendía ni una maldita palabra de lo que decía, y era incapaz de entender por qué le permitía seguir con vida tras el agravio que había sufrido a sus manos. Ah sí. Aquella estupidez de unas visiones en unas piedras. Él tendría que matar a Ioren algún día y Ioren no quería morir a manos de un inútil. —¿Y donde voy a ir? ¿Qué voy a hacer? —Vienes conmigo a Thalie. Driadan parpadeó y se rió por lo bajo, con cierta amargura. Claro, sí. Ir con él. —Iluso, jamás—respondió, poniéndose en pie. El llanto se había cortado en seco—. Antes prefiero ser un muerto de hambre o arrojarme al acantilado que ir contigo a ningún sitio bárbaro y apestoso lleno de algas. —No entiendes. —¿Qué tengo que entender? Ioren se levantó, dejando la capa a un lado. Se movía con inusual discreción pese a su envergadura, silencioso como una bestia, y los ojos azules destellaban intensamente. Los músculos ondularon en los vigorosos brazos cuando abrió y cerró los dedos. Driadan se pegó al árbol, tragando saliva. —No te lo estoy pidiendo—dijo el susurro.
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De nuevo le atrapó, y de nuevo, Driadan forcejeó con toda su alma. Esta vez, mientras trataba de patearle y el hombre del mar le inmovilizaba con deshonrosa facilidad, se preguntó por primera vez por qué hacía todo eso. ¿Por qué plantaba cara, si sabía que no iba a ganar? «Es mi orgullo», comprendió. Pensaba que lo había perdido por completo, pero el hecho de que Ioren le desafiara lo espoleaba y lo reavivaba; seguía gozando de cierta salud. —Suéltame, perro —exclamó. Le gustó escuchar su voz. —Eres un incordio. Seguía teniendo su orgullo. Sospechó que nunca lo perdería, por mucho que trataran de arrebatárselo, y por vez primera fue capaz de comprender que algo tenía en común con aquel esclavo despreciable que no le había traído más que infortunio. Pero el sabio conoce que lo que siembra recoge, y empezaba a comprender todo el sentido de aquella frase, que no se había apartado de su mente en aquellos diez días, aunque no hubiera vuelto a visitar al esclavo desde que éste le hablara de sus destinos. Al parecer, estaban irremisiblemente encadenados. Con metal o sin él. —No voy a dejar de luchar—resolló, a pesar de su situación. De nuevo las manos apresadas sobre su cabeza en los dedos férreos de Ioren, que las apretaba contra la madera del espino, de nuevo sus rodillas destrozándole las suyas—. No voy a dejar de ser un incordio. —Bien. —¡Bien! El aliento restallaba sobre sus mejillas heladas, y él le estaba mirando. Driadan se había quejado antes de que le pasara por alto, de que no le tomara en cuenta. «Cada vez que te veo, pienso en lo que está por llegar», recordó que había dicho. Entonces, tal vez no rehuía su imagen por vergüenza, sino porque no le gustaba su destino. Ioren debía creer en esas cosas. Pensó que contemplarle, para él debía ser como mirar a la misma muerte. Sin embargo, ahora lo estaba haciendo, y no parecía sentir ni orgullo ni deshonra, ni miedo ni resignación. Sus ojos sólo brillaban, azules, crípticos, oscuros, detrás de la melena cobriza. Su cuerpo estaba caliente y se estrechaba contra el suyo para mantenerle preso, y aun sabiendo que era en vano, Driadan no dejaba de revolverse, apretando los dientes con pretendida fiereza.

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Se le cruzó por la mente el juego de las bolas metálicas. Avanzar saltándose una. Era muy complicado, nunca había conseguido completarlo definitivamente, pero este... este era mucho más peligroso. Y difícil. Repentinamente, se impulsó hacia adelante para morderle en la boca, rabiando, incapaz de resistir la provocación de su impasibilidad. Jugar aunque puedas perder. Jugar aunque sepas que perderás. Ahora no había demasiado que lamentar, ahora no importaba tanto. Los dedos se crisparon y le escuchó contener el gruñido. Ioren le soltó las manos para apartarle, tirándole del pelo, mientras Driadan le arañaba los labios con los dientes y buscaba su lengua con malicia, resollando y apretándose contra él. Si no podía vencerle con golpes, podría vencerle con besos. O al menos asustarle lo suficiente como para que el hombre del mar le respetara y le temiera un poco. Ahora ya no le preocupaba hasta dónde pudiera llegar, no se sentía consciente de ningún peligro, y sólo buscaba un asidero entre la turbulencia. Cuando le llegó la bofetada, él tenía los dedos prendidos en los cabellos rojizos y se reía entre dientes. —¿Qué estás haciendo, demonio?—susurró Ioren, atravesándole con ojos gélidos—. ¿Por qué has hecho eso? Driadan se lamió la sangre de las comisuras. —No puedes contra esto, ¿verdad? —Te dije que sólo aviso una vez. El hombre del mar se había alejado de su rostro para ponerse fuera del alcance de su boca, pero Driadan le tenía sujeto del pelo. Cuando hablaron, en susurros contenidos, vio condensarse sus alientos entre ambos —Y el sabio conoce que lo que siembra recoge. Se preguntó si iba a escapar y humillarse o iba a darle su cosecha. No tardó en obtener la respuesta. Un nuevo golpe le llegó, y la sangre se mezcló con el calor palpitante, el dolor y el perfume de los océanos.

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Capítulo VI: Juego

de los árboles que circundaban el claro. Junto al río, que discurría con el murmullo cristalino del caudal primaveral, las rocas afiladas se inclinaban hacia las aguas en una abrupta geografía, y algunas aves lejanas trinaban en la espesura. Un grajo chilló. Driadan se retorcía contra el tronco nudoso. Tenía la mejilla amoratada, el pelo mojado se le pegaba al rostro y la angustia se enredaba en su garganta. Resollaba a duras penas, atrapado por el cuerpo duro y fibroso, enorme, que se cernía sobre él. La boca salada cubría la suya, mordiéndole hasta hacerle sangrar. Los labios de Ioren eran como dos planchas de metal caliente, duros y despiadados, apretándose contra los suyos mientras le castigaba a dentelladas. La mano crispada que sostenía sus muñecas por encima de los cabellos revueltos, oprimiéndolas en la corteza del espino, también parecía hecha de metal. Los mechones de cabello rojizo, apelmazados, desprendían el aroma ácido y salado característico del hombre del mar, potente e intenso. Parecía envolverlo todo y anegar su olfato. —¿Esto es... lo que hacéis a las... hijas de los campesinos?—balbuceó, intentando sonar desdeñoso, cuando la boca incendiada se arrastró hacia su mandíbula. Él mismo había abierto las piernas. Las enredó en la cintura del esclavo sin permiso ni preámbulo, hundiéndole los talones en los riñones de manera desafiante. El camisón empapado se le pegaba al cuerpo, y el calor picante de su propia piel se convertía en comezón al contacto con la tela húmeda. El contacto físico, fuera o no hostil, le hacía despertar la absurda reacción que ya había vivido unas noches atrás: ese calor cosquilleante en el vientre y el leve mareo al ser arrollado por la presencia de Ioren, por la firme anatomía que presionaba sobre la suya, aplastándole. —Esto lo hacemos a príncipes necios—murmuró el esclavo, en tono cortante.

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a neblina se había hecho espesa, engarzándose en las ramas grises

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El susurro de su voz le produjo un escalofrío. Sentía su aliento cerca del oído y las mandíbulas cerrarse en su hombro. Gritó y se golpeó la cabeza con el árbol al sacudirse con un espasmo de dolor. La sangre le manchó la camisa, y apretó los dientes para no sollozar, gruñendo de rabia. No podía besarle ahora. Recordaba cuánto le había molestado entonces, aquella noche en sus aposentos. A pesar del daño que se estaba haciendo, que le estaba haciendo, abriéndole la carne a mordiscos y arañándole al aplastarle contra el árbol, se obligó a mantener oculta toda muestra de ello. Por el contrario, se apretó más hacia el cuerpo de Ioren, retándole. —No me... parece demasiado... ah...—susurró. Y gimió. Como si él le estuviera complaciendo en lugar de herirle. Tuvo que reprimir una sonrisa triunfante al escucharle gruñir y ver cómo alzaba el rostro, respirando entre los dientes apretados y con los ojos refulgiendo de exasperación. «No puedes con esto», pensó, tratando de alejar sus sensaciones del dolor intenso en la boca, el hombro y la espalda. Se frotó contra su cuerpo, cimbreando las caderas, como había visto hacer a las sirvientas que se ocultaban en los rincones junto a los mozos de cuadras. El semblante de Ioren seguía inmutable, pero podía notar su tensión en las venas del cuello y el rictus de la mandíbula apretada. El el fuego de sus ojos. Y también en sus cuerpos unidos por las caderas, donde a través del cuero de las prendas de Ioren y la tela de su camisa, algo duro y caliente le presionaba sobre su propia virilidad. Habría disfrutado de aquel éxito si no le mordiera la inquietud por dentro, si no se le atropellara el aliento en la garganta y no estuvieran zumbándole los oídos a causa del peligro que su instinto detectaba. Estaba llevando a aquel hombre al límite, provocándole y tratando de humillarle. No le cabía duda de que respondería. Era un juego de poder, y al igual que el lema de su familia no admitía la derrota, sospechaba que Ioren el Rojo no se dejaría derribar sin presentar batalla. —Tu cara no dice eso—escupió el hombre del mar, atravesándole con una mirada gélida y cruel—. Estás aterrado. Desesperado por una victoria que no lo será. —Hagas lo que hagas... si sigues o si... te detienes... habré ganado—replicó Driadan, manteniéndole la mirada—. ¿No puedes con esto, eh? Volvió a contonear las caderas, rozándole con descaro, pretendiendo parecer provocador y lujurioso, pese al veneno que destilaba su voz. Ioren apretó los dientes y le abofeteó con la mano libre. Driadan gimió, volvió a mirarle con la mejilla ardiendo y las lágrimas corriéndole por el rostro y luego se rió entre las lágrimas.

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¿Era el orgullo? Debía serlo. No iba a soltar la cadena. —Eres una zorra—espetó el hombre del mar, con el gesto turbio y sombrío tras los cabellos revueltos, mirándole con desprecio infinito. —Sí. Y tu destino es morir a manos de esta zorra despreciable. ¿Qué te parece eso? ¿Te gusta? Driadan levantó la barbilla, altivo. No iba a soltar la cadena. Ioren se había quedado muy quieto, como si mantuviera una tensión controlada, atándose a sí mismo o conteniendo algo. Sólo su mirada refulgía. El muchacho no dejaba de oscilar, estrechando las piernas en torno a su cintura y arqueando el vientre, emulando movimientos que nunca había ejecutado antes. —Me asqueas. Me... —No es lo que dice tu cuerpo—le contradijo, arrogante—. Estás deseando, ¿no es verdad? Te mueres por... No pudo completar la frase. La boca ardiente cubrió la suya y la lengua salada y ávida del esclavo se deslizó casi hasta su garganta. ¿Era eso un beso? No estaba seguro. Sólo sabía que quemaba y producía escalofríos, que le invadía con violencia y le inundaba con su saliva, que le arrastraba a una profundidad que casi le aturdía. Le había soltado las manos, sujetándole de la cintura, manteniéndole pegado a sí. Ahora podría golpearle. Desenvainar ese arma que él llevaba al cinto y atravesarle con la hoja. Podría hacerlo, pensó, mientras se aferraba con los brazos a su cuello, tirándole de los cabellos con los dedos y enredando la lengua en la suya, sintiéndose a la deriva, zozobrando. Y al mismo tiempo devorado por la congoja y la incertidumbre al verse envuelto en su abrazo. No importaba que Ioren le hiciera daño al estrujarle así, con tanta ansia o rabia. No importaba que fuera algo patético. Le estaba abrazando, y lo que despertó en él ese gesto, más allá de las intenciones de quien lo ejecutaba, le vino por sorpresa. Como si, al colarse el agua en el casco de un barco, ésta revelara los agujeros en la cubierta. A pesar de que al llenarlos, el mar acabara hundiendo el navío. Y entonces, él le arrojó al suelo. Había aflojado las piernas cuando el esclavo le apartó del árbol, besándole y estrechándole entre sus manos.
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Había flaqueado en aquel instante extraño en el que se le anudó el corazón y se vio abrumado por sensaciones imprevistas, y al relajar la presa en su cintura, Ioren había tenido oportunidad de desembarazarse de él. Cayó de bruces. Los músculos de sus extremidades no respondían bien. Sentía los tendones como si fueran de harina, y exhaló un quejido al intentar levantarse. —No... El aliento en su cuello, el peso en su espalda y una mano cerrándose en sus cabellos. —Fin del juego —dijo la voz, tajante y firme, en un susurro entrecortado. —¡Esper... ! Hmpf. Ioren le estrelló de boca contra la hierba. El puño cerrado le presionaba en la sien, manteniéndole aplastado contra el suelo, y consiguió ladear la cabeza a duras penas, aferrándose a las briznas y temblando. Él estaba detrás suya, le tiraba de la camisa hacia arriba y la prenda mojada se le enredó en la cintura cuando le descubrió. Sintió el frío en la piel con más intensidad, en la parte de atrás de los muslos. Intentó alzar la cabeza sin éxito, respirando apresuradamente y con el corazón en la garganta, los ojos desorbitados. «No, no, así no», pensó, desesperado. Con las rodillas flexionadas sobre la tierra y el rostro aprisionado contra ella, así no. No de esa manera indigna y propia de animales. ¿Cómo iba a salirse con la suya así? Podría fingir que esto era lo que quería, ah, que era perfecto, sí, que le encantaba. Eso le pondría furioso. Pero no estaba seguro de poder actuar tan bien, y menos aún cuando escuchó el resuello por encima suyo. Vio caer la guerrera de cuero con la que Ioren se cubría el torso a pocos pasos de su rostro. Y lo notó. Algo incandescente, duro y tenso, que le empujaba en ese lugar. El pulso cabalgó con violencia. Sintió una náusea y luego empezó a temblar. Se mordió los labios y cerró los ojos, intentando relajarse. No iba a soltar la cadena. Escuchó el trino de un pájaro, entreabrió los ojos para contemplar el bosquecillo entre la niebla. Era imposible, no iba a poder hacerlo. Repentinamente, Ioren impulsó las caderas, embistió con violencia, y ni siquiera pudo gritar. Se le cortó el aire en los pulmones, perdió el aliento y un sonido indefinido se ahogó en su garganta. El estertor de un moribundo, el silbido de la respiración de un ahogado. Se mareó y perdió la visión, entre la bruma caliente y húmeda de las lágrimas. El dolor era el más intenso que nunca había sentido, como si le partieran por la

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mitad, rasgando huesos y tendones, y la muerte no llegase. Trató de no desmayarse, con los dedos crispados en la tierra y la espalda tensa. Y la mano del hombre del mar le tiró de los cabellos hacia arriba, al tiempo que volvía a impulsarse para entrar más adentro. —¡Perro!—gritó, rompiéndose la voz en un sollozo. —No grites... no debería... parecerte... demasiado. La voz de Ioren sonaba extraña, entrecortada y con el tono del gruñido perezoso de un león al sol. Se había detenido, y ya no se movía. Los cabellos mojados del hombre se derramaban sobre su nuca y le escuchaba tomar aire con resuellos apagados. Driadan luchaba por su aliento, mientras el dolor palpitaba y mordía y su anatomía parecía a punto de descoserse, saltar por los aires y explotar. Sin embargo, no sucedió nada de eso. El dolor persistió unos instantes que le parecieron eternos, y después se apaciguó un tanto, como si su fisonomía pudiera adaptarse a lo que estaba pasando de alguna misteriosa manera. Un líquido caliente, que quemaba, se escurría por sus muslos. Supo que era sangre. «¿Por qué ha parado?», acertó a preguntarse, cuando Ioren le soltó el pelo. Dejó caer la cabeza, reposando la mejilla amoratada en el prado. Todo daba vueltas. Tenía aquello enterrado en su cuerpo, y le parecía del todo imposible que pudiera ser así. Sentía ganas de vomitar y sus nervios le transmitían tantas sensaciones contradictorias y extrañas que le costaba mantener la consciencia. Finalmente, consiguió equilibrar el ritmo de su respiración. Y entonces él volvió a moverse dentro de sí, muy despacio, deslizándose hacia afuera apenas unas pulgadas. —No... —apenas lo susurró. Apretó los párpados, tragando saliva—. Sí... —¿Indeciso, príncipe? Lo había murmurado en su oído, con ese tono indefinible. Se estremeció, sin saber por qué. Un brazo vigoroso se deslizó bajo su vientre, rodeándolo, y la otra mano, enorme y ancha, se apoyó junto a su rostro, entre la hierba, con un golpe que le hizo dar un respingo. Todo giraba, la neblina se comía al mundo en una danza al borde del desfallecimiento en la que Driadan no hallaba dónde asirse. Ioren volvió a empujar, y le arrancó un jadeo ahogado. Dolía, sí. Pero era también una caricia misteriosa y sorprendente, que removía el calor en su vientre y tiraba de alguna parte de su cuerpo. Entrecerró los ojos y se concentró en aquello, en la manera en la que se retiraba lentamente, tocándole por dentro en cada milímetro, en la que luego embestía de nuevo, adentrándose más en cada impulso, de manera
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súbita. En los suaves jadeos contenidos que le llegaban desde arriba, desde sus labios, acompasándose a los suyos. En el olor del mar. En el brazo que le rodeaba la cintura y le estrechaba. —Indeci... ¡Ah!—tragó saliva, frunciendo el ceño. No quería gemir así. «Maldición.» —Indeciso tú... dijiste que te doy asco. Ioren empujó con más fuerza, y no pudo contener un gemido más fuerte. Cerró los dedos sobre la tierra húmeda, envuelto por el calor desconocido y parpadeando, asombrado, por su propia e inesperada excitación y las oleadas de placer que comenzaban a lamerle suavemente cada nervio. —Deja de estropear las cosas con tu palabrería—zanjó Ioren, estrechándole más. Por esta vez, le dio la razón. Cerró la boca y trató de incorporarse sobre los codos, pero estaba demasiado mareado. Aún sangraba, y todavía le hacía daño, pero los dulces estremecimientos y el cosquilleo ardiente que empezaba a sentir estaban cubriendo poco a poco todos los demás estímulos. Arqueó la espalda y se mordió los labios, tragándose algunas lágrimas. El cuerpo poderoso del hombre del mar desprendía un calor volcánico. Su cabello le hacía cosquillas en los hombros, y respiraba con fuerza a medida que se movía con un ritmo más intenso, progresivo, encontrando su paso en una danza primitiva. El olor a salitre se había hecho dueño de todo cuanto les rodeaba, y Driadan se sentía envuelto por él, por la quemazón de su piel y el aroma que le acompañaba, por los sonidos ahogados en la garganta. Tenía una sed nueva, y su estúpida fanfarronería de minutos antes, ahora estaba haciéndose realidad. No le parecía demasiado. Fue en su busca y se pegó a él, apretando los dientes y jadeando sin poder evitarlo. Le escuchó contener un gemido. Él mismo se lo aguantó, al notar que la virilidad pulsante enterrada en sus entrañas parecía distenderse más aún, presionándole desde dentro. «Esto no es como debería ser», pensó torpemente, entrecerrando los ojos llorosos y consiguiendo enderezarse lo suficiente para alzar una mano y rodearle el cuello con el brazo, atrayéndole más. Se estaba volviendo loco. Se moría de anhelo y de inanición, y no entendía qué diablos estaba sucediendo, ni por qué cada vez que él se movía parecía tirar de todo su cuerpo, pulsar todos sus nervios y arrastrarle hacia el centro de un torbellino que ya adivinaba. Ioren le apartó el brazo y volvió a sujetarle del pelo, hundiéndole el rostro en la hierba. Driadan gruñó, descontento, pero se calmó cuando los dedos callosos y ásperos se deslizaron por su cabello. Le rozaron la nuca, recorrieron su cuello y ascendieron por su espalda, trepando por la columna hasta llegar a las caderas alzadas del joven
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príncipe. Las sujetó y arremetió en envites largos e intensos, movimientos plenos y amplios que casi le llevaban a salir de él y después le enterraban en toda su profundidad. Driadan emitió un nuevo quejido, confuso, ambiguo. Perdió la visión casi absolutamente cuando el goce se intensificó y pareció embalsamarle, haciéndole tensarse y temblar. Esta vez, Ioren no se opuso cuando se alzó sobre las manos y unió su espalda al pecho sudoroso de él. No se quejó cuando elevó el rostro, gimiendo con abandono, sintiéndose al borde de un abismo de deleite indescifrable, ni le apartó cuando prendió los dedos de sus cabellos y se estrechó contra su cuerpo, respondiendo a cada movimiento. —Ioren...—repitió su nombre, entre los resuellos desesperados—. Ioren, mírame. Mírame... no me... por favor... ah... Si hubiera sido consciente de lo que estaba diciendo, jamás lo habría hecho. Pero no lo era, y no le importaba no serlo, ahora que naufragaba. La barba rasposa le rozó el cuello, el hombro. La mejilla áspera y los cabellos revueltos rozaron su mejilla suave, su pelo empapado. Driadan ladeó el rostro, con los párpados caídos, al borde del desmayo, sin dejar de ir en su busca cada vez que la carne ardiente, dura y latente se adentraba en su interior ya con absoluto desenfreno. Buscó sus ojos, desesperadamente. Sin saber por qué lo hacía, mientras se movían como criaturas sin raciocinio ni control, como si toda humanidad y decoro les hubiera abandonado, buscaba sus ojos. Y los encontró, cuando Ioren se volvió apenas unos centímetros, y le dedicó una mirada de soslayo, que mantuvo sin apartarla. Azul, oscura, profunda y siniestra, preñada de deseo, ardor y pasión desatada, bajo el ceño fruncido y las cejas cobrizas. Una mirada de acero incandescente que le prendió por dentro y le hizo estallar. Gritó. Gritó, temblando entre sus brazos. Se deshizo en contracciones violentas y convulsas, cuando el clímax le mordió cada nervio y le hizo estrecharse por dentro, tensándose. Todo su cuerpo vibraba por entero, una ola gigantesca le barría, le azotaba, sin darle tregua, le disolvía hasta casi desaparecer. Ioren ahogó un jadeo más profundo, sus músculos se contrajeron y le abrazó con un gesto brusco y salvaje, estrujándole contra él mientras aún le embestía furiosamente. Una de sus manos le soltó la cintura para sostenerle la barbilla y mantener su rostro vuelto hacia sí, mientras le miraba, sin apartar la vista ni un solo instante. Driadan perdió el control de sí mismo. Se agitó, pugnando por respirar entre las bocanadas que no le llenaban los pulmones, se estremeció, volvió a
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gritar. La lengua de Ioren le lamió los labios, le mordió, esta vez con suavidad, entre los jadeos atropellados. La semilla se derramó a borbotones y le manchó la camisa de dormir cuando la ola se lo llevó por completo y le anegó, le sumergió en las profundidades. Apenas escuchó el gruñido contenido del hombre del mar cuando éste apretó los dientes y dejó oír breves gemidos guturales mientras le acometía tres, cuatro, cinco veces más, atrapado por el éxtasis de su propio orgasmo. Sintió las palpitaciones de su sexo en las entrañas, el calor líquido que se extendía dentro de sí, llenándole a borbotones. «Me voy a desmayar», pensó. Pero no se desmayó. Se derrumbaron sobre la hierba, exhaustos. Driadan, boca abajo y con la parte de atrás del camisón hecha una maraña en la cintura, las manos abiertas a ambos lados del rostro y el cabello negro enredado. Ioren, encima suya, sosteniéndose a duras penas sobre un codo que no parecía responder demasiado bien, parpadeando para alejar los últimos latigazos que le estremecían, todo su cuerpo ondulando como el lomo de una bestia cada vez que tomaba aire. La neblina matinal se disipaba despacio. El tiempo se hizo difuso. El príncipe volvió a la realidad después de una eternidad de mente en blanco y una paz inclasificable y soporífera ciñéndole con su aura protectora. Ioren se retiró de su interior y rodó sobre la hierba, dejándole desamparado sin su contacto cercano. Él se movió con torpeza, tratando de colocarse la tela mojada y cubrirse lo mejor que podía. Cuando los últimos resquicios de lo vivido se disiparon, sólo quedó el dolor en su cuerpo maltrecho y la pregunta sin respuesta en su mente. ¿Quién había ganado? Una capa de tela negra, empapada y fría, cayó frente a él mientras se incorporaba penosamente. —Cúbrete. La voz distante, un susurro irreal. El río que discurría incesante. El hombre del mar estaba de pie, dándole la espalda a medias mientras contemplaba las aguas, sin mirarle. Lejano como una estatua inerte. Driadan apretó los dientes y se puso en pie con todo el coraje que pudo reunir, ignorando las terribles punzadas de sus músculos ateridos, el temblor de las rodillas y el fuego lacerante en sus entrañas. Un hilo de sangre rosada, descolorida, se precipitó entre sus muslos hasta las corvas. Se echó la capa por encima, conteniendo las ganas de vomitar. Tenía hambre y sed, se sentía medio muerto y agotado. Pero nunca lo confesaría. —¿Puedes andar?—dijo Ioren, mirando al río.
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—Por supuesto —respondió Driadan, altivo, observando el bosque. —Pues vámonos. Hay que llegar a la playa. El hombre del mar echó a andar hacia los árboles. Driadan le siguió, tratando de caminar con dignidad y con la barbilla alta, limpiándose alguna lágrima esquiva y fortuita a espaldas de su esclavo. Se internaron en la espesura.

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Capítulo VII: Venganza

maldito bosque parecía que no iba a terminar nunca. ¿Desde cuándo era tan grande? Driadan lo recordaba diferente, mucho más transitable a lomos de su corcel, Ráfaga. Dudaba, sin embargo, ser capaz de montarlo ahora, en su deplorable estado físico. Había seguido a buen paso al maldito esclavo, con la mirada fija en su espalda mientras pensaba en la conveniencia o no de golpearle con alguna rama derribada y partirle la columna, si es que podía. No le resultaba fácil caminar. Tenía dolores en todo el cuerpo y se sentía más que indispuesto, cada paso era un suplicio de punzadas y mordiscos ardientes en los músculos y las entrañas, pero aun así se negaba a dejarse derrotar. No tenía muy claro el sentido del tiempo, pero hacía un buen rato que había comenzado a empañársele la mirada con extrañas figuritas de colores brillantes y los contraluces de la arboleda se emborronaban a sus ojos. Se obligó por ello a mantener su atención en la maraña de cabello cobrizo y la espalda enfundada en cuero oscuro y mojado, fijándose a aquel referente de su ira y su rencor para mantenerse a flote. Ioren sólo caminaba. Avanzaba hacia adelante, sin volverse hacia él para comprobar si le seguía, sin girarse en absoluto si le escuchaba dar un traspiés. No le prestaba la menor atención, y no habían cruzado ni una palabra. Driadan, demasiado concentrado en no venirse abajo, apenas conseguía enfocar sus pensamientos para hacer balance de su situación. Fue cuando se detuvieron al abrigo de una pequeña caverna rocosa y maloliente, algo alejada del cauce del río, cuando se dejó caer en un rincón de cualquier manera, tratando de recostarse hacia un lado, y se permitió suspirar. Ioren tiró la espada sobre el suelo y se volvió hacia el exterior. Los troncos de los árboles se dibujaban, grisáceos, y las hojas verdosas se agitaban con la brisa sobre el tálamo embarrado de la tierra, donde los helechos se enredaban sobre las raíces y destellaban como joyas sanguinas a causa de los rayos del sol poniente, que todo lo anaranjaban. El hombre del mar pareció quedar absorto unos segundos, contemplando el paisaje, y luego se encaminó hacia afuera.

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l sol se sentaba en el horizonte como un rojo sultán perezoso y el

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—Quédate aquí —dijo, simplemente. Y se marchó. Driadan escuchó los pasos ligeros sobre la hojarasca y luego escupió a un lado. Alargó la mano y se apropió de la espada, abrazándose a ella. No le costaba reconocer el emblema de la empuñadura, desde luego. Starling, los traidores de la estrella azul que querían arrebatarle sus derechos de nacimiento. Apoyó la nuca en las rocas desnudas del suelo, encogiéndose sobre sí mismo con el arma entre los brazos, observando su reflejo distorsionado en la hoja de metal. Era mejor pensar en Starling que en todo lo demás, en el dolor lacerante y en las sensaciones confusas de lo que había pasado junto al río. Mejor olvidar eso. No había pasado. Pensó en su situación. ¿Matarían a su padre? No les creía capaces de tanto. Una cosa era desbancar a un muchacho con la excusa de un esclavo loco y escapado, y otra muy distinta enfrentarse a un verdadero rey con la adoración de su pueblo y el apoyo de todos sus vasallos. No, era capaz de encontrar las conclusiones acertadas. En la noche de la tormenta, cuando Ioren le sostenía al borde de la ventana, revelándole el fin de su vida como heredero, se había escuchado el canto del acero y los gritos del combate. Starling habría pasado a cuchillo a los sirvientes de Driadan, acusándoles de haber liberado al esclavo o de haberle conducido a sus aposentos desencadenado. Cuando su padre regresara, ¿Le dirían que el jefe de los hombres del mar había secuestrado a su hijo? Probablemente, no. Les interesaba más que dieran por muerto al joven príncipe, no que el rey iniciara una cruzada contra los habitantes de Thalie. Una cosa era defenderse de ellos en las costas, otra muy diferente, organizar una guerra que les llevaría más allá del mar. —Sucios Starling—murmuró, ladeando el sable y contemplando sus ojos rojizos. «¿Qué habría hecho yo en su lugar?», se preguntó. No le costó seguir los pasos de sus enemigos. Shaldelie, el joven mozo de cuadras que cuidaba personalmente de Ráfaga, se le parecía mucho. Quizá no lo suficiente para engañar a un padre que no quisiera ser engañado... pero a estas alturas ya dudaba de que Dromath fuera esa clase de padre. El mundo real estaba resultando mucho más crudo de lo que podía soñar en sus peores pesadillas. Tal vez destrozaran la cara de Shal y le vistieran con una de sus camisas para presentárselo al Rey entre el lamento de las plañideras y los gritos de dolor de los siervos. Pobre príncipe. Esto se veía venir, mira que tomar por esclavo a un bárbaro, un chaval endeble que apenas rozaba la mayoría de edad. Y qué ineficacia el servicio. Intolerable.
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Resopló, tragándose la indignación. Starling eran muy listos, siempre lo habían sido. Él les había admirado mucho en un tiempo. Lord Clandor de la Estrella, un gran guerrero y el hijo mayor de la familia siempre fue su modelo a seguir. Fuerte, valeroso, imperturbable, rubio y hermoso. Y Lady Lonaria Starling, claro, la chica de dieciocho años que se prodigaba en atenciones con él y a quien había besado y acariciado en más de una ocasión. Siempre había sospechado que ella se dejaba sobar por orden paterna. No le extrañaba. Así eran las cosas en la corte: Driadan era heredero y Starling deseaba prosperar, de manera que el detalle de que le estrujen un pecho en un rincón a una de tus hijas cuando nadie mira, es una circunstancia que podría considerarse favorable cuando se pretende medrar. Grigori Starling, el patriarca, era frío y tranquilo. Sus sonrisas siempre le habían parecido ensayadas, mas allá de la larga melena canosa y el rostro noble de rasgos decididos. Una estatua con ojos demasiado vivos y brillantes, una mirada inteligente en la que se entreveía una mente astuta, calculadora, siempre activa. Y la gélida cortesía de quien tiene mucho que ocultar. Dromath quedaría sin herederos. Tendría que tomar esposa, y casi seguro que sería una Starling, pues las damas solteras o no comprometidas de la corte de Nirala tenían la mala costumbre de enfermar, querer marcharse lejos o prometerse rápidamente con otros caballeros desde que a Starling se le había metido en la cabeza poner su despreciable trasero en el trono. Por supuesto, era de necios pensar que la casa de la estrella no tenía nada que ver en aquello. Su padre, obviamente, se casaría de nuevo por obligación y alguna de las muchachas de Starling sería gustosamente convidada a abrir las piernas para gestar un descendiente. Pariría un engendro de ojos rojos y pelo rubio o blanco al que su padre llamaría hijo y nombraría sucesor. Ioren estaba equivocado a medias, y tenía razón a medias. No sabía más que Driadan acerca de la corte de Nirala. Pero sí era cierto que él se había envuelto en su falsa seguridad y había prestado escasa atención a esos asuntos, convencido de que era intocable, de que nadie jamás se atrevería a hacer lo imposible. ¿Cómo iba a imaginar algo así? ¿Por qué iba a pensar en ello si había vivido siempre en un cofre, en una jaula, en un reducto, alejado por su padre de todo lo que pareciera peligroso o sucio, complicado o corrupto, obligado a vivir una eterna infancia forzada, a vestir una inocencia que ya le parecía un disfraz desgastado y patético y se lo venía pareciendo hacía tiempo? Cuando los pasos del hombre del mar volvieron a sonar cercanos y entró en la cueva, el príncipe apartó los ojos de la espada y miró a Ioren. Él había soltado un montón de leña sobre el suelo de piedra y llevaba algo oculto en
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un pliegue de la capa formado con su brazo flexionado. Cuando sacudió la tela, un puñado de bayas cayó sobre la roca viva. Rebotaron como las fichas de su puzzle oriental, rojas y redondas. El príncipe las observó con una punzada de nostalgia. Eran muy rojas. Como los ojos de la familia real. —Supongo que tienes un plan—susurró Driadan, sin moverse. Afuera, las ascuas del crepúsculo se apagaban y el viento agitaba los árboles. Ioren se acuclilló en el suelo y colocó las ramas para hacer el fuego, asintiendo con la cabeza. Apenas le atisbó de soslayo un momento, y sus ojos se dirigieron a la espada, no a él. —Vamos a Thalie—respondió, frotando un par de ramas entre sí. Hacía girar una entre las manos sobre el hueco de la otra. —Eso ya lo dijiste. ¿Cómo cruzaremos el mar? —En barco. Driadan suspiró. Le golpearía si no estuviera agotado. Extendió una mano para capturar una baya y se la metió en la boca. Estaban algo verdes, pero el sabor ácido le revolvió el estómago y le hizo ser consciente del hambre que tenía. —¿Tienes un barco guardado en los calzones, acaso?—espetó a media voz. Ioren se detuvo y se quedó inmóvil, tensándose como si le hubieran golpeado. Luego volvió a su actividad, con el cabello cubriéndole el semblante. —Eres hijo del rey y tienes el sello real en el dedo. Podremos tomar un barco en el puerto al final del río. A ti te lo darán. Driadan frunció el ceño, masticando el fruto y cogiendo otro que estrujó entre los dedos. —Qué bien te vengo para volver a casa. —Sí. Unas chispas saltaron, y una llama roja y titilante destelló repentinamente sobre la rama. Driadan parpadeó. Nunca había visto hacer fuego de aquel modo, y cuando Ioren acercó la rama ardiente para encender la hoguera, pensó maliciosamente que no se encendería. Ioren dejó la rama y esperó,
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soplando de cuando en cuando cada vez que la tenue luz rojiza parecía consumirse un tanto. —Eres un bastardo despreciable—dijo Driadan simplemente. Ioren sopló la rama. El fuego se encendió, prendiendo uno de los troncos y algunas hojas secas colocadas en el lecho de la hoguera. —No soy bastardo. Mi padre fue un gran hombre. Ahora, tú quisiste hacerme esclavo. No eres mucho mejor que bastardo despreciable—replicó Ioren al poco, con una voz extraña, más seca de lo habitual, casi un reproche. Casi. —Eres capaz de sacar lo peor de mí. Eres un demonio. Driadan contempló el avance de las llamas, jugueteando con los arándanos y comiéndolos uno tras otro. El fuego pronto caldeó la diminuta cueva y cubrió su piel, arropada por la capa y el mojado camisón con una sensación confortable. —Eso es exactamente lo que pienso de ti, así que estamos en paz—dijo al fin, en un susurro quedo. —Bien. —Te odio. —Eso ya lo has dicho. No será mas grande por que repitas. Ioren se alejó de la fogata y se sentó al otro lado de la pared rocosa, frente a él. La lumbre entre ambos repartía resplandores carmesíes en las oquedades de la piedra seca, arrancaba destellos a las telas de araña y dibujaba las sombras en el rostro del hombre del mar. Driadan sentía las llamas brillar en sus propios ojos, calentar hasta su mirada. —Quería dejarlo claro. —Lo está. —Perfecto—suspiró y se incorporó a medias, apoyándose en la empuñadura —¿Qué vas a hacer en Thalie? —Entrenar a un guerrero y educar a un rey. —¿Y si no quiero?

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Los ojos azules le atravesaron, cruzando la hoguera. —Habré arrastrado un inútil a casa. Driadan le miró largamente. Aquel tipo era completamente absurdo. Todo aquello del destino, aquella estupidez sobre oráculos que decidían que el final de Ioren sería a sus manos... bien, no es que le disgustara. No le importaría matarle en aquel preciso instante. Pero empezaba a ser consciente de algunas cosas. Quería venganza. Vengarse de Ioren, desde luego, pero sobre todo y antes de eso, vengarse de Starling. Recuperar su posición y acabar con aquellos bastardos. Si Ioren quería fraguar en él su propio verdugo, era asunto suyo. A Driadan, desde luego, le convenía. —Quiero ser guerrero y rey—dijo al fin, sin soltar el arma, que permanecía con el filo apoyado en el suelo, sirviéndole de apoyo—. Quiero destruir a esos Starling y sentarme en mi trono. Es mío. Me pertenece, y lo quiero. Ioren apartó la mirada, suspiró y asintió. Le pareció distinguir un destello nostálgico a través de los gélidos ojos azules. —Serás guerrero y rey. Serás fuerte y digno. Destruirás la estrella y tendrás el trono. Podré morir bien así. Pero antes de todo eso, tendrás que ser hombre. —Vi a tus hombres. Todos parecían reyes. Lo declaró con el mismo tono, teñido de rencor y determinación, que había usado antes. Sentía el sabor amargo en el paladar, mas allá del regusto de los frutos que había engullido. Ese peculiar gusto que probó la primera vez que jugaba con la palabra odio. Ioren negó con la cabeza, suavemente. —Sólo eran hombres. —¿Y tu? ¿Eres rey? —Soy jefe. Soy thane. Thane no es exactamente igual que rey. Es como guía. Driadan se relajó un poco. Estaba hablando al hombre del mar casi con insolencia, pero él no había abandonado el tono suave y susurrante, apaciguado y casi cansado. Por un momento se le pasó un pensamiento peregrino por las mientes. Aquella gente había atacado y saqueado sus costas. ¿Cuántos habrían muerto? ¿Y en la sala del Pegaso? ¿Qué habría supuesto para el hombre del mar ver morir uno a uno a sus hombres bajo

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la espada de su padre? ¿Estaría triste por ellos, orgulloso, apenado? Si lo estaba, no lo demostraba. —¿Por qué ayudas a que se cumpla tu destino?—preguntó, recostándose de nuevo. Se le cerraban los ojos. —No entiendo eso... Las llamas danzaban y crepitaban. El calor era agradable, aunque el suelo estuviera duro y se le clavaran las rocas en el costado. El agotamiento empezaba a ganar la partida. —Todos los míos queremos una buena muerte—dijo la voz suave—. Una muerte digna, a manos de un rival a la altura. Es la aspiración última del hombre del mar. —¿No os importa la vida?—dijo Driadan al fuego. Veía su rostro ensombrecido entre vaporosas llamaradas que se fundían con sus cabellos. Las últimas palabras de Ioren le llegaron en una negrura teñida de naranja, entre el tirón del sueño impositivo. —Tanto como la muerte. Es parte de la vida, sólo un paso más. Saber que la muerte viene hace de la vida una… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas— joya preciada. Todo lo vuelve diferente. Cada cosa revela su verdadera importancia cuando conoces que la muerte viaja a tu lado. Todo lo vuelve diferente. Habría deseado reflexionar sobre aquellas palabras, pero se vio incapaz. Un manto cayó sobre su conciencia y se perdió en el sueño, acompañado por la voz de su enemigo y ya no esclavo, nunca más esclavo, que parecía lo único infalible en aquella nueva realidad. Su odio. Su orgullo. Su venganza. Y él.

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Capítulo VIII: Antes del alba

dos gorjeos leves. Era un ave de buen tamaño y negro plumaje, tenía los ojos anaranjados y apenas prestaba atención a las brasas murientes de una hoguera en una cueva, a pocos metros de su atalaya. Estaba desvelado, y aún no había llegado el amanecer. Eran aquellas las horas favoritas de los chamanes, aquellas en las que la noche ya no es noche pero el día aún no es, cuando la luna rueda como una cabeza cortada resistiéndose al empuje del alba inevitable que todavía se hará esperar. La oscuridad deja de ser insondable negrura y se convierte en un velo vaporoso casi gris en el que todo se mezcla. Sueño y vigilia, noche y día, luz y oscuridad, realidad e imaginación, vida y muerte. El punto de inflexión. Decían los magos y espiritistas, los brujos y lectores de runas, decían todos aquellos que se atrevían a mirar más profundamente en el universo, que aquellas horas fantasma abrían las puertas de otras realidades, de los espíritus y los demonios, de lo sobrenatural y misterioso. Horas arrancadas al tiempo, apenas una o dos, que son indefinibles, que no son nada. Decían que abrían las puertas de la percepción y permitían al hombre verse tal como era. El grajo chilló dos veces porque estaba desvelado. Quizá alguno de aquellos chamanes lo habría llamado destino. De seguro que los apasionados de encontrar conexión en todos los eventos del mundo habrían hallado una explicación al grito del ave. El hecho, más allá de toda interpretación, es que el grajo despertó a Driadan de su inquieta pesadilla, y abrió los párpados, tomando aire con un estertor y estrujando la espada contra sí. Los contornos de la cueva eran borrosos, y las brasas parecían ojos incandescentes que le miraban. Había soñado con fuego y acero, con muerte, con el frío abrazo de las aguas. Había soñado angustia y soledad, miedo y grandes cargas sobre sus hombros adheridas con cadenas que le brotaban de la misma carne. Incapaz de recordar con claridad los hechos de su sueño más allá de las sensaciones, sólo una huella fría enredada en su alma permanecía con él, anudándole la garganta y haciéndole sentir peor que muerto, a merced de fuerzas que no podía controlar, hados y titanes

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l grajo sacudió las plumas y clavó las garras en la rama, lanzando

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que le sacudían como una marioneta. Trémulo, se abrazó a la espada, mientras el peso de la incertidumbre le asolaba en la repentina vigilia. El grajo volvió a gritar, estaba desvelado. Y esta vez despertó a Ioren. Si fue el extraño temblor de Driadan lo que le llevó a mirarle en las horas fantasma arrancadas al tiempo o fue el esqueje de un sueño recién arrancado, no tiene importancia. Los ojos rojos del príncipe se fijaron en los suyos, y el hombre del mar, yaciendo sin mantas, aún somnoliento, con el rostro sobre un brazo doblado y tendido sobre las piedras, no apartó la vista. —¿Tienes frío?—preguntó Ioren, con los ojos entrecerrados. El grajo revoloteó, su sonido rompió el silencio de la noche. —Estoy enterrado en la nieve—respondió Driadan en un susurro, sin pensar lo que decía—. Siempre lo he estado, y ahora lo descubro. Porque sí sentía frío. Un frío gélido y más intenso del que jamás había sentido. Se veía a sí mismo solo en un mar de llamas, en un gélido océano, y ni el fuego ni el agua le daban ningún calor. Solo, seco y yermo, con todo su odio, frente a sí mismo y su vida. Se le hacía insoportable el retazo de aquel sueño tan crudo como la realidad desnuda. Al abrazar la espada se hizo sangre en las manos. Tenía la impresión de tener fiebre y se notaba enfermo. —Remueve las brasas—replicó la voz suave, y los ojos azules parpadearon un par de veces, contemplándole aún entre las pestañas. Driadan se movió con toda la fuerza que fue capaz de reunir. Extendió la espada y agitó con la punta los rescoldos de la hoguera, que se encendieron un poco más. «Ojos rojos, mirándome.» No percibió ningún calor. Apretó los dientes y tragó saliva, sintiendo que las fuerzas y la determinación le abandonaban. De pie en un páramo yermo, con las cenizas de su vida y la visión de un sueño de destrucción, de un futuro en el que todo era horror y nada le saciaría, porque el monstruo del odio que sabía que había despertado en su boca era imposible de calmar. Glotón y ambicioso, le acabaría poseyendo, siempre hambriento. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. El viento agitó las hojas y miró de soslayo las sombras fantasmagóricas de los troncos de los árboles en el exterior. Todo parecía irreal y extraño, la
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voz de Ioren que había escuchado hacía un momento se le antojaba su propia imaginación. A la deriva entre el descanso y la vigilia, no era capaz de encontrarse ni a si mismo. Todo aquello a lo que se aferraba parecía vano, haber dejado de existir. Algún extraño dios muy alto y poderoso proyectaba su sombra sobre él y hacía que todo se desvaneciera entre sus dedos, en su mente. —Algo me muerde por dentro—susurró de nuevo. ¿Lo había dicho? El silencio pareció tragarse sus palabras—. Tengo miedo. —¿De qué? Volvió la mirada hacia el hombre del mar. Los ojos azules seguían ahí, apenas una sombra brillante a través de las pestañas. —De lo que pueda venir—dijo, tragando saliva ruidosamente y abrazándose para contener los temblores—. De lo que puedo llegar a ser. No lo sé. Ahí estaba. Los ojos no se iban, más allá de las brasas, fueran reales o no. «Es todo lo que tengo», comprendió entonces, desolado. «Lo que más odio, a quien más odio, es todo lo que tengo. No puedo recurrir a nada más ni a nadie más. Sólo a mi enemigo.» —Te odio—repitió, apretando los dientes y doblándose sobre sí mismo. —Todo lo que está pasando es el infierno. Lo que vendrá será más infierno aún. Te odio... —Ya. Yo también. Casi se le escapó una risa seca. Qué magnífico, ya tenían algo en común. Unidos por el odio mutuo. Lo que más detestaba era aquello, no tener nada, nada salvo a él, su único asidero en la zozobra tenía que ser precisamente aquella persona. —Quiero matarte ya... no quiero esperar más... —resolló, agitándose. Le pareció que algo húmedo le lamía los pies. —Tienes la espada. Hazlo. Driadan tomó aire y lo aguantó en los pulmones. Podía hacerlo, claro. La hoguera apagada le miró mientras se incorporaba a duras penas, arrastrando la capa negra. Al avanzar con pasos torpes y los dientes castañeteándole, barrió con el bajo del embozo las cenizas y algunas brasas
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ligeras que brillaron sobre el suelo de roca. Se formó una constelación de arándanos y chispas anaranjadas. El príncipe se acercó al hombre del mar, que no se había movido en absoluto, y le puso la punta de la espada en el cuello, bajo la barba cobriza que ahora apenas podía ver en la confusa penumbra. Ioren apenas se ladeó para seguir mirándole. —Lo haré—insistió, apretando el filo contra la piel. La hoja cantaba al rozarle la barbilla—. ¿Qué pensarás? —Que es una pena. —¿Por qué? Giró la muñeca. Debía haberle rasgado la piel, porque le llegaba a la nariz el olor de sangre y tenía la sensación de que el filo se escurría. —Porque aún no estamos preparados. Driadan sonrió a medias, aún con un ligero temblor. —Pareces muy seguro de todo lo que dices. ¿Es que nunca dudas? —Casi nunca. Sólo cuando todo desaparece. El príncipe se detuvo y apartó el arma. En las sombras de la cueva, observó la sombra de formas confusas que era Ioren, su figura recortada tendida en el suelo y la maraña de cabellos que adivinaba, el rostro anguloso que no podía ver, el brillo de la mirada oscura. Cuando todo desaparece. —¿Nunca tienes miedo?—susurró, temblando de nuevo al apartar el arma. —A veces. —¿De qué? El viento silbó en el exterior. Ioren no desvió los ojos, no se ocultó al responder. —De ti. Cuando Driadan soltó el sable, el acero cayó sobre las brasas, con el sonido de una campana vieja al golpear sobre las piedras. El fuego extinto brilló y pareció avivarse un instante. Cayó de rodillas, con la capa enredada en el cuerpo, respirando entre los dientes apretados, y acercó los dedos al rostro
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del hombre del mar. Ioren no se movió, sólo se tensó un instante cuando le rozó con las yemas, y parpadeó tres veces. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. —Todo ha desaparecido ahora—dijo Driadan en tono confidente, dando voz a una profunda certeza en su corazón—. ¿Ahora tienes miedo? Ioren no pronunció una palabra. Se limitó a cerrar las manos como grilletes en sus muñecas, sin incorporarse ni un ápice. Él se estremeció, con un nudo en el estómago. Ese contacto sí le pareció real, plenamente físico, y sus manos estaban calientes. Tiró de ellas hacia sí y le obligó a inclinarse hacia su rostro. El chico no ofreció resistencia alguna. Así, arrodillado sobre el hombre tendido que le sostenía las manos, parecía un hijo recibiendo la última voluntad de su padre enfermo. El aliento salado le llegaba a las mejillas y también era cálido. —Enfrento mis miedos—sonó al fin, la voz suave e irreal. —Entonces háblame de ellos. —Inclinó la cabeza y apoyó la frente en la del hombre del mar, rozándole con los labios. —Puedo hablarte de los míos... del odio que me devora... de la desesperación que me produce encontrar consuelo en ti, siendo que te aborrezco, que representas todo cuanto me produce aversión y envidia... de cómo me abrasa tener que compartir mi desespero contigo y sentirme vulnerable y débil no queriendo serlo. Mi único refugio es mi odio hacia tí. Pero tu ya los conoces y sabes todo esto. La respiración de Ioren se mezcló con la suya, el aroma de sus cabellos le envolvía. Le estaba apretando las muñecas y tenía todo el cuerpo en tensión, podía sentirlo bajo el suyo. —Qué quieres saber—murmuró el hombre del mar en la confusa penumbra. —¿Qué temes de mi? Dejó la boca entreabierta sobre la suya. —Lo mismo que tú temes de Ioren. Que me hagas mirarme a mí mismo. Que me muestres como soy. Que no me guste lo que vea. Los dientes le rozaron los labios. Forcejeó con cierta suavidad para que le soltara las manos y los dedos crispados se desasieron de sus muñecas,
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dejándole libre. Se aferró a los cordones de la túnica de cuero y tiró de ellos, bebiéndose el aliento, buscando el refugio y el calor con angustia y resignación. Los brazos le envolvieron y le escuchó gruñir quedamente un instante. El consuelo del enemigo. Algo ahí donde todo desaparecía, en la inexactitud de la noche que no es noche y el día que no llega, el aroma envolvente y la piel cálida bajo sus dedos, la lengua furiosa que se precipitó hacia su boca. Driadan le desnudó con torpeza y lentitud. Ioren lo hizo a tirones, arrancándole la capa y la camisa de dormir, sucia y mojada. —¿Por qué me buscas?—resolló el hombre del mar, agarrándole los cabellos y tirando de ellos hacia atrás para apartarle del beso. Los ojos azules brillaban con intensidad bajo el ceño fruncido. Driadan tenía las manos sobre su pecho y aún temblaba, sentía el nudo cerrándose en su garganta, ahogándole. —Porque no tengo nada más—susurró en respuesta, con voz plana—. Porque me dijiste que removiera las brasas. Ioren le soltó los cabellos y las palmas callosas se escurrieron sobre su cuerpo, encendiendo llamas latentes bajo su piel fría. Ser tocado le hacía real, y esas manos eran una referencia, recorriendo su torso desnudo y abriéndose en su estómago. Driadan suspiró y echó la cabeza hacia atrás, dibujando los músculos del hombre del mar con los dedos desnudos. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. —Te gustó lo que pasó junto al río... El tacto de su piel era suave y curtido, como el de una piedra muy pulida, y desprendía un calor intenso a medida que le acariciaba el vientre. Parecía llamear cuando tiró hacia abajo de los pantalones y dejó los dedos sobre la carne tensa y ardiente que ocultaban en su interior. Era agradable tocarle. —Me gustó, y a ti también—afirmó Driadan, en el mismo susurro íntimo. La respiración se le había acelerado—. Por eso nos odiamos más aún... más que por todo lo demás, bastardo. —Me alegra que disfrutaras, sykelig. La voz de Ioren le llegó como una bofetada, un murmullo cortante y acerado, demasiado jadeante para enfadarle. No sabía qué le había llamado, pero el tono áspero de su voz indicaba que no era nada bueno. Apretó los dedos y acarició la piel tersa, inclinándose para besarle.
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—Es horrible para ti también, ¿verdad?—escupió, venenoso, colando la lengua entre sus labios—. Qué indigno, seducido por el príncipe de Nirala, por el rey de las zorras, esclavo si no de él, sí del deseo que te despierta... —También es indigno para ti, que me necesitas—respondió Ioren con una mirada desafiante—. Tú también ... eres esclavo. Le levantó de la cintura con ambas manos y le colocó sobre sí. Driadan dejó las manos sobre su pecho y le miró, apretando los dientes. Qué mas daba ya. —Lo soy... cierra la maldita cadena, perro sarnoso...—jadeó, arqueándose y apretando las rodillas contra sus costados, arañándole el pecho mientras se cimbreaba con impudicia—. Átanos con la necesidad... húndete y húndenos... Se alzó y le buscó, con la respiración atropellada, y se acercó a la cúspide candente con el sudor nuevo brotando de los poros. Las manos de Ioren le aferraban las caderas, le sintió elevarse cuando se impulsó hacia arriba con un suspiro rasposo, grave. El hombre del mar le apretó contra sí, y el dolor volvió a visitarle, atravesándole como una lanza de fuego y sacudiéndole la garganta con un grito que sofocó a duras penas. Era real. Ese fuego, esa punzada en las entrañas. —¡Cerdo! —gruñó, arañándole el torso y rechinando los dientes—. Duele... argh... Dejó caer la cabeza hacia adelante, mareado y confuso. La irrupción en su carne le llenaba de sensaciones contradictorias, encendía torbellinos abrasadores en su vientre y al tiempo le hacía sentir que su cuerpo no le pertenecía, que miles de garfios metálicos le tiraban de los tendones y los nervios. Ioren soltó una mano para agarrarle del pelo y tirar hacia sí, arrollándole con un beso húmedo de lava prendida, que le anegó hasta la garganta y apagó los gemidos resbaladizos de él y los jadeos secos del hombre del mar. La saliva salada se mezcló con la suya, enredó la lengua en la del hombre al que odiaba y se estremeció mientras avanzaba en su interior, abriéndose camino poco a poco, horadándole. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. Ahora no le importaba en absoluto.

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Crispó los dedos sobre su cuerpo, deslizándose en el beso amargo, y cuando Ioren lo abandonó para tomar aire con dificultad, se aferró a sus cabellos, pegando la mejilla a la suya y moviéndose con suavidad para retirarse. —No me gustó—escupió Ioren en su oído, clavándole los dedos en las nalgas—. No me gustó, hijo de... —Mientes, mientes—jadeó Driadan. Volvió a dejarse caer, casi con vehemencia, complacido con el gesto de tensión repentina del hombre que se estremeció y contuvo un bufido casi animal cuando le acogió hasta el final. Escocía y de nuevo parecía ir a romperse por dentro, pero se obligó a continuar, ondulando las caderas. —Dioses, cómo te odio. Sí, eso estaba bien. Él lo había dicho en un susurro arrebatado, enredando el brazo en su cintura e impulsándose hacia arriba, ahondando en su profundidad, encendiéndole por dentro. Driadan se aplastó contra su cuerpo y se movió, sofocado y envuelto por el olor del mar, por el aroma penetrante de su piel. Era suyo, era su esclavo, le odiaba, estaban unidos, le tenía. Cabalgó sobre su anatomía cuando el dolor se borró y sobrevino el suave oleaje del deleite cosquilleante, que le hacía vibrar los nervios, escuchando sus voces unidas en una sinfonía agria de goce venenoso e inevitable. Las manos rudas le marcaban con fuego, el roce de su piel ígnea le alimentaba y le resguardaba de sí mismo. —Cierra la cad...ena...ah... ¡Ciérrala!—exigió, con un gemido desvaído, estremeciéndose sobre él. Lo que tenía dentro ardía, duro y palpitante, empujándole y recorriéndole con caricias bruscas que revolucionaban todas sus sensaciones, ahogándole y haciéndole perder la conciencia. Las uñas de Ioren le arañaban el trasero, estrechaban la carne como si quisiera arrancársela o hundir los dedos en ella, le tiraba del pelo. El hombre del mar exhaló un resuello grave y le mordió el cuello, respirando sobre su piel y arqueándose para buscarle más profundamente. Al hacerlo, algo se prendió en los abismos, como si hubiera tocado un resorte oculto de su cuerpo que no conocía y se inflamaba con más intensidad cada vez que le embestía hasta el límite. Algo que descargaba corrientes vibrantes por todo su cuerpo y le erizó cada poro, transtornándole por completo. Driadan le soltó y le rodeó la nuca con ambos brazos, apretándole contra sí, deshecho en gemidos sollozantes, completando cada movimiento. Su propia virilidad parecía a punto de estallar.
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Ioren gruñó y rodó sobre el suelo, empujándole hasta dejarle con la espalda tendida sobre la roca viva. Deslizó las manos bajo sus muslos y le hizo alzar las rodillas hasta sus hombros, sosteniéndose con las palmas y empujándole sin moderación, desatado y con la respiración deshecha en jadeos guturales. Driadan había perdido la visión, y le parecía haberse deshecho, fundido con el aire. Un cristal a punto de romperse ante la vibración de un sonido demasiado intenso. La voz de Ioren se escurrió en sus oídos como una lengua lasciva. —Canta... canta para mí... —Tienesquemir...¡AH!... —se mordió los labios, incapaz de hilvanar las palabras. —Te miraré... hasta el final. Los ojos azules se fijaron en los suyos. Y cantó. Dejó escapar todos los quejidos sutiles y lascivos, dejó que toda la armonía de su voz se alzara para su enemigo, le regó con su saliva, lamiéndole los labios entre el aria lujuriosa que le dedicaba. Ioren no cerró los ojos, pero sí apretó los dientes y se le empañaron con una tonalidad densa y turbia cuando su propio canto, primitivo y feral, se le anudó en la garganta. Le empujó, desintegrándose en su interior, distendiéndose y vomitando una semilla incandescente y explosiva que le anegó las entrañas, entre violentas palpitaciones y el ondular salvaje de los músculos. E l latigazo le sacudió y le hizo gritar, retorciéndose y tensando cada fibra, haciéndole saltar las lágrimas y morderle los labios. Entonces, aun en aquel instante de silencio y paz extraña, azotado por las convulsiones, derramando su esencia entre ambos, se dio cuenta. No había odio. Ni un ápice en aquel momento preciso, mientras temblaba y gritaba, abrasado por la pasión y arrasado por fuerzas incontrolables que le zarandeaban. No había odio, y los brazos de Ioren le rodeaban, se aferraba a él, como él lo hacía, agitándose los dos, resollando ambos, estremeciéndose. Se sentía seguro. Cuando fue capaz de abrir los ojos, Ioren le estaba mirando. Ambos recuperaban el aliento con dificultad. Tampoco vio odio en él, y cuando cerró los párpados y se derrumbó sobre el suelo, inconsciente, no le abandonó su mirada, y no volvieron las pesadillas. ¿Estaba dormido o despierto? No podía asegurarlo. Todo parecía un sueño. Y no importaba nada en absoluto.

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Capítulo IX: Llamas

el aroma del perfume exótico que impregnaba los cabellos del príncipe anegando su olfato. Iris, las flores preferidas por la realeza. Antaño, en su tierra, había escuchado hablar a los chamanes sobre las propiedades oníricas de esa planta extraña y lejana, el embrujo que hacía caer sobre los débiles y la manera en que podía su efluvio abrir las puertas de la mente a la locura o la sabiduría. Sospechaba que los nobles de Nirala no tenían la menor idea de esto, y simplemente la utilizaban en sus aceites porque era una flor rara y muy cara. Somnoliento, Ioren se frotó la nariz tratando de arrancarse el empalagoso olor y rodó hacia un lado para incorporarse y buscar su ropa, sin hacerse preguntas. Tenía cosas más importantes en las que pensar. En el exterior de la cueva, una suave llovizna hacía cantar las hojas verdes, y sus oídos entrenados no captaban nada sospechoso más allá de los rumores del bosque. Si les estaban buscando, no había llegado nadie. Se ajustó la túnica y se calzó las botas, apagando las brasas con la suela sin demasiados miramientos. Sobre el suelo aún había algunas bayas rojizas trazando extraños dibujos. Algunas se habían aplastado. Frunció el ceño al atarse los pantalones. Un resto de sangre seca le salpicaba el vientre, bajo el ombligo. —Eh, levanta. Acercó la mano al cuerpo desnudo y encogido que dormitaba en el suelo. Estaba helado. Le zarandeó por el hombro. —Chaval, arriba. La maraña de cabellos oscuros estaba extendida sobre el piso rocoso como una anémona ondulante. El muchacho estaba de lado, hecho un ovillo de piel blanca y formas suaves, casi abrazándose las rodillas. Volvió a moverle, pero no hubo reacción. Gruñó con suavidad, contrariado. No podían perder más tiempo, era importante partir cuanto antes y alcanzar el puerto. Estaba seguro de que con el sello real de Driadan podrían tomar cualquier barco que se les antojara y emprender rumbo al Norte, de regreso a casa.
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a mañana le sorprendió con el sabor dulzón pegado al paladar y

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No imaginaba un gran recibimiento después de lo sucedido en la costa, pero añoraba su hogar y a su gente. Y además... había cosas que debían ser hechas y designios que esperaban ser cumplidos. Tiró del brazo del chico para voltearle, dispuesto a darle un par de bofetadas para arrancarle del sueño pesado. Sin embargo, cambió de opinión al ver la enfermiza palidez del rostro, el sudor frío que le cubría y la sangre que le manchaba la parte interior de los muslos y se deslizó hacia la piedra cuando le movió, como una serpiente roja y oscura. —Por todos los... —escupió, soltando una maldición. Ioren no era curandero. No necesitaba serlo para darse cuenta de que algo iba muy mal con el príncipe. Le levantó los párpados y le tomó la temperatura. Estaba congelado, y temblaba en suaves espasmos de cuando en cuando. Suspirando, le manejó con cierto cuidado para colocarle boca abajo y echar un vistazo al lugar donde parecía estar herido, abriéndole los muslos. Tragó saliva. La zona estaba cubierta de sangre, seca y también nueva. Estaba seguro de que si le presionaba el bajo vientre, volvería a manar. Debía tener una herida interna, lo cual no le extrañaba. Quizá se había infectado. Quizá le había destrozado por dentro. Quizá se había herido aún mas al caminar. Quizá ya estaba enfermo la noche anterior. Recordaba que estaba muy caliente. ¿Habría tenido fiebre? Se maldijo a sí mismo y a él, mirando al joven con odio contenido y pasándose la mano por la cara, en cuclillas cerca de su cuerpo. «Debería dejarle aquí, y al infierno. Pero, ¿cómo voy a volver a casa sin un barco? Aunque renunciara a los designios del destino, tengo que regresar, y le necesito para eso.» —¿Me oyes, muchacho?—le palmeó la mejilla, tratando de obtener algo de él. Sólo halló respuesta en los estremecimientos y el resuello de una respiración dificultosa. Trató de hacer memoria. ¿Qué planta usaba Kraakha para las fiebres? ¿Y cuál era la raíz apropiada para las infecciones? Demonios, no tenía ni la menor idea. No sabía si sería capaz de encontrarlas ahí fuera, sólo conocía con certeza las que él mismo había usado para restañar las heridas de los lobos en la caza. Y esto no era lo mismo. O tal vez no era tan distinto. —No soy tu niñera, por las barbas de Urk... debería matarte Lo dijo a media voz, mientras salía afuera empuñando la espada y miraba alrededor, empapándose de lluvia y aspirando con fuerza el perfume húmedo de los bosques. Sentía la llama furiosa ardiendo en su pecho, el
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deseo imperativo de cercenar la vida de aquella criatura tediosa y cargante y exorcizar con ello todos sus problemas y sus temores. Pero ya entonces, Ioren no se engañaba. Sabía que no podía hacer eso, no sin sentirse algo culpable. Se movió con sigilo entre los árboles, tratando de encontrar un roble. Sólo había olmos, hayas y encinas, y los maldijo a todos, a los troncos y a las hojas. Repentinamente, le asaltó el temor de que una alimaña hambrienta acudiera a la cueva atraída por el olor de Driadan y su sangre derramada. Ahondó precipitadamente en la primera raíz que encontró y arrancó un fragmento a tirones, recorriendo el breve camino a la inversa a toda prisa. La cueva estaba desierta. El chico seguía tendido e inmóvil. Suspiró con alivio y dejó una piedra plana y cóncava en la boca de la gruta, confiando en que se llenara con agua de lluvia. Mientras deshacía en virutas la raíz y trataba de molerla con la empuñadura de la espada, le asaltó el recuerdo de los ojos rojos en la oscuridad, la voz susurrante y amarga, el aliento golpeándole en los labios y el fuego ardiéndole en las venas. Miró de reojo a aquel despojo enfermizo y encogido, que había visto resplandecer con llamaradas de ira enajenada, y sintió asco. No había nada en él que le produjera otra cosa que desprecio y decepción, pero aun así, ahí estaba. Le había golpeado, escupido y arrastrado, casi con cansancio. Había respondido a sus provocaciones con la cosecha de lo que el príncipe había sembrado, y éste era el resultado: un retraso importante en sus planes. Y todo por que el maldito príncipe estaba hecho de barro y no era capaz de resistir las consecuencias de sus propios actos. Le dejaría pudrirse enfermo y solo en aquella cueva si no le necesitara. Si no estuvieran unidos por ese hilo invisible de odio y destino que alimentaba el orgullo y podría fortalecer al chico, y que a él le hacía seguir adelante a pesar de sus deseos de renunciar a todo. «Pero los dioses se enfadarán. Esta es mi prueba. Puede que me estén castigando por mi orgullo.» Recogió el polvo de la raíz molida en un puño y se acercó al improvisado cuenco de agua. Vertió los fragmentos en él y se acercó a la hoguera apagada. Maldita sea. Tendría que hacer el fuego de nuevo. No quería perder mas tiempo, de modo que agrupó los restos lo mejor que pudo y suspiró, con gesto angustiado, sosteniendo el cuenco en una mano. Se arrodilló frente al círculo de ramas quemadas y brasas apagadas, mirándolo con atención, y dejó fluir la oración entre sus labios, en su idioma natal. —Rúnya del Fuego Oculto, del principio de los tiempos... deja que tus dedos rojos prendan y se inflamen... escucha mi llamada...

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El aire pareció volverse cálido frente a él. Contempló los tocones ennegrecidos, aunando toda su voluntad, y dejó dos dedos sobre uno de ellos, relajando su mente y despejándola de todo pensamiento innecesario. —Por la sangre de mis ancestros, Ioren Raur te llama... Rúnya del Fuego Oculto, del principio de los tiempos... yo conozco los secretos del fuego y del acero, soy hijo del Mar y de los terribles volcanes... por la sangre de mis ancestros, con derecho te invoco. Acude ahora, responde a tu siervo. Sí, estaba funcionando. Notaba el mordisco abrasador en su carne, bajo la piel, en las arterias. Los latidos resonaban en sus oídos y empezó a sentir calor. Entrecerrando los ojos, se concentró y dirigió ese ardor hacia su mano. Las yemas le quemaron, y la madera comenzó a humear. —Rúnya del Fuego Oculto, del principio de los tiempos... deja que tus dedos rojos prendan y se inflamen... escucha mi llamada... La chispa prendió, y la pequeña pira volvió a encenderse con una llamarada roja e intensa que bailó un instante antes de estabilizarse. Ioren resolló y apartó los dedos, acercando el cuenco para que la mezcla se calentara. Las llamas le lamían la piel con suavidad cuando se movía demasiado hacia adelante, pero no se apartó hasta que el agua empezó a hervir. Sólo entonces se alejó, con un suspiro de alivio. Bueno, si el chaval podía tragar, quizá se recuperase. En cualquier caso, tendría que cargar con él el resto del camino, no podía permitirse más demora. Removió la piedra cóncava y sopló en el líquido humeante, arrastrándose con las rodillas para acercarse al chico. Y se quedó inmóvil, como si un golpe de viento le hubiera azotado. Frunció el ceño y apretó los dientes. Los ojos rojos le contemplaban entre los párpados entrecerrados, cubiertos por una pátina húmeda y febril. —¿Qué hechicería es esta?—murmuró la voz débil, pastosa. Maldición. Le había visto hacerlo. Le acercó el cuenco bruscamente. —Bebe—ordenó. —No pienso beber tus brebajes, mala bruja—replicó el muchacho con una tos.

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Ioren le incorporó, agarrándole con un brazo y apoyándole en su hombro. Le acercó el guijarro hueco a los labios, manteniendo la expresión imperturbable. El cuerpo frío volvía a estar cubierto de sudor gélido. Era como abrazar un espíritu de escarcha. —Cállate, desgraciado. Estás enfermo. Bebe. —Te vi encender... sin... —el chico se calló, tragando el líquido con un gemido, hasta que Ioren apartó el sorbo de su boca—. Sabe a huevos podridos. Quema. —Bah. No te quejes. —He visto lo que has hecho... —Tienes fiebre—replicó Ioren—. No he hecho nada. Volvió a darle de beber, confiando en que dejara de hacer preguntas. Driadan tragó, gimió nuevamente y se encogió entre sus brazos. —Invocaste algo. —Acerqué una rama encendida a la hoguera mientras rezaba. Eso es todo. Bebe más. Driadan se removió, queriendo alejarse de la medicina. Ioren le agarró del cabello, en un gesto que no llegó a ser brusco. Finalmente, cedió y se terminó el líquido, dejando caer la cabeza en el hueco de su brazo mientras respiraba afanosamente, con una gota de la mezcla escurriéndose hacia la barbilla, pálido y desorientado. —No me tomes por idiota—susurró quedamente, parpadeando. Ioren le miró. Le miró mientras los ojos rojos volvían a cerrarse y los temblores cedían poco a poco. Le apartó el cabello enredado del rostro y le acomodó sobre sus piernas, yaciente y desmayado, estrechándole con ambos brazos y tratando de calmar el intenso frío que exudaban sus poros. No se sentía culpable. No entendía demasiado bien lo que sucedía, pero a pesar de que no debía retrasar más la partida, aún permaneció durante unas horas sentado junto al fuego, con el príncipe resguardado junto a su pecho, observando su semblante despreciable y sumido en sus pensamientos.

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Capítulo X: Cadenas

Notaba el calor del cuerpo que le sostenía, los brazos vigorosos que le transportaban y la suave cadencia de la respiración, el aroma salado del esclavo que se arremolinaba a su alrededor. Ahora, entre la espesa niebla de la fiebre, era consciente. Le daba sed aquel maldito olor. Los ojos azules que entreveía entre los cabellos rojizos, la fibrosa anatomía le despertaba un hambre extraña, distinta a cuanto había conocido. Aún dolorido y sin ser demasiado consciente de su propio cuerpo, esa ácida mordedura le estaba abrasando por dentro con una avidez que era incapaz de entender. Entreabrió los párpados, temblando. Enredó dos dedos finos en una arandela de malla, húmeda y fría. La lluvia repiqueteaba sobre las hojas, desgranando una sinfonía de murmullos suaves en sus oídos. A través de la cabellera cobriza, oscura a causa del agua que la empapaba, la mirada de Ioren regresó a él, entre la verde penumbra del bosque. —Tengo frío—murmuró apenas. El hombre del mar le estrechó con más vehemencia, acercándole a su pecho. Tenía los pies congelados, pero al menos aquel gesto le reconfortaba. —Estoy enfermo, ¿no es así? —Te pondrás bien. —Es culpa tuya. —Quizá. Driadan esbozó una breve sonrisa. En aquel momento no tenía ganas de discutir ni pelear. La voz de Ioren seguía siendo suave y grave, aséptica como siempre. No quería pelear, sólo escucharle hablar. Que le consolara, tal vez que dijera que todo iría bien. Abrió los labios y dejó que la lluvia los humedeciera, lamiéndolos a continuación.
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a lluvia le mojaba el rostro, entre el sueño inquieto y febril.

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—Ioren... Los pasos del hombre del mar se detuvieron, y la mirada grave le escrutó. —Ioren, yo... ¿Qué iba a decir? No lo sabía. Tenía la impresión de que la fiebre terminaría por llevarle, sin atención médica terminaría por morir. Y puede que fuera ese pensamiento, o que realmente deseaba disculparse, decir algo, darle palabras que no era capaz de encontrar, más allá del odio, la envidia y la rabia, algo que no podía definir, brillante entre todo aquel nudo espinoso de emociones crueles. El hombre del mar debió adivinar algo, porque su mirada se reavivó y apartó la vista. —Mejor quédate callado. —No... no es... quiero... —Estás enfermo. Quédate callado. Habla cuando sepas qué dices. —Pero... —Así no cambias de idea—le interrumpió Ioren, rehuyendo su rostro—. Lo que digas, estás seguro. No desvarías. —No estoy desvariando... ¿Quieres escuchar, por favor? —murmuró de nuevo, consciente de que su tono era demasiado suave, casi íntimo. —No, la verdad, no. Su esclavo se tensó repentinamente. Estaba incómodo, y parecía enfadado por algo. Mantenía el ceño fruncido. Entonces Driadan lo oyó. Un sonido extraño. —Escucha. —No es momento. —¡A mi no! Escucha. Driadan se revolvió en sus brazos, inquieto. No era el rumor de la lluvia, era algo mas allá, un sonido que se acercaba. Eran cascos de caballos. Ioren maldijo entre dientes, buscando con la mirada, entre la tierra verde y los
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helechos, algún escondite. Una mano brusca se cerró sobre la del príncipe y tiró con vehemencia, arrancándole el anillo de titanio, símbolo de su casa y de su estirpe. El cuerpo firme se tensó cuando le dejó entre un matorral espinoso, que le arañó la piel a través del camisón. —No me dejes aquí—susurró Driadan, repentinamente lúcido. El peligro se le anudaba en la garganta. —Aguanta. —El esclavo le arrojó la capa y la espada y le dedicó una última mirada, dura y grave. —Si te ven, pelea. Hasta el último aliento. —No te vayas—replicó desesperadamente—, no me dejes aquí, perro traicionero... Se revolvió entre los espinos, luchando contra la mano que le aplastaba los cabellos para ocultarle en el follaje. Las voces y los relinchos de los corceles parecían retumbar. —Quédate oculto, desgraciado. ¡Quédate ahí!—le apremió con brusquedad. —No, no... no voy a esconderme... El silbido del acero al desenvainar elevó su canto en el claro. Ioren se dio la vuelta, gruñendo, y la cabellera llameante desapareció. —¡Un hombre!—gritó una voz desconocida—. ¡Aquí est.... argh...! Driadan se encogió, abrazándose las rodillas y maldiciendo en silencio. Las ramas retorcidas le cubrían, se agitaban las hojas, al contraluz de los cuerpos que combatían cerca. Un relincho cercano y el galope al detenerse. Alargó la mano hacia la espada y se aplastó contra las raíces del arbusto, observando los pies de los guerreros que corrían, se movían y atacaban. —Es un bárbaro. ¡Atrapadle! —Cuidado. —Va desarmado. —¡Dioses! Driadan cerró los ojos un instante, con el corazón martilleándole en las sienes. Había escuchado el gruñido y el sonido del hueso al quebrarse. Un
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cuerpo moreno, enfundado en cuero y malla, cayó a su lado, sangrando por la boca y con media cara destrozada. Tenía los párpados abiertos y los ojos en blanco. Uno de ellos se deshacía, fluyendo hacia el suelo, y su cráneo parecía demasiado estrecho, aplastado o roto. —¡Reducidle! ¡Reducidle! Metal silbando y violentos impactos, el tintineo de las anillas, puñetazos sordos, exclamaciones de dolor y resuellos. Agarró la empuñadura, apretando los dientes, cuando el combate y los forcejeos se hicieron más vehementes. —¡Echadle abajo, maldita sea! —¡Aaaargh! —Sagthar ... ¡no ruath menkval! —exclamó el hombre del mar, entre la respiración entrecortada —¡Ahora! Sonó como si tumbaran a un caballo cuando derribaron a Ioren al suelo, entre golpes y jadeos que poco a poco se sosegaron. Desde su posición, Driadan sólo veía al muerto, el bulto ensangrentado inmóvil sobre la hierba, y las rodillas y piernas de los asaltantes. También la silueta de una figura enorme, tendida más allá, y un jirón de cabellera llameante. —Por todos los demonios que ha prestado batalla este perro—resolló una voz insidiosa, de acento extraño. Un par de pies enfundados en botas de cuero, extrañas y curvadas en la punta, se acercaron. Varios filos de acero destellaban sobre la maraña de cabellos rojizos, apuntándole, y otros pares de botas le pisaban, manos enguantadas le mantenían contra el suelo. Estaban amontonados sobre él para evitar que se moviera, y aun así, Ioren se movía, revolviéndose en vano. —¿Tienes nombre? El hombre del mar escupió como única respuesta. —Espléndido. Encadenadle y llevadle al barco. —No.
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Driadan tragó saliva. Tenía la espada aferrada con tanta fuerza que le dolían los nudillos. Estaba mareado, medio muerto de frío, pero le había escuchado. Y no solo él. También todos los demás. Alguien rió burlonamente y el tintineo de los eslabones se extendió como una maldición en la foresta. —¿No? ¿Cómo que no? —No. —De nuevo el susurro. —No. Mátame ya. Mátame ahora. Le estaba mirando. Los ojos azules destellaban, preñados del desesperado ardor de un animal acorralado. Le estaba mirando. Veía sus pupilas empañadas detrás de los mechones de cabello apelmazado, ensangrentado, la expresión dolorida en su rostro. Aun febril, Driadan lo comprendió. Entendió la humillación, la profunda herida de la esclavitud, el terrible sufrimiento que significaba para aquel hombre extraño y lejano, para su orgullo y su honor, portar cadenas, dijera él lo que dijese. Y lo entendió con una claridad que nunca antes había experimentado. —No vamos a matarte, bárbaro—dijo otra voz—. Vales demasiado. Seguro que nos dan un par de buenas bolsas de oro por ti en Shalama. Shalama. La ciudad de los esclavistas, en occidente. Allí donde todo hombre, mujer y niño tenía un precio, allí donde la libertad se pesaba en oro y hasta los reyes podían ser derrocados y vendidos. «Dadme fuerzas, dioses de mis padres», pensó el príncipe, cerrando los ojos un instante. —No.¡No! —No te revuelvas, bastardo... Era suyo. Él le había reclamado, llevaba su sello en el brazo, le pertenecía, y sus destinos estaban unidos. No podía permitir eso. Nunca. Antes morir. Escuchó su propio grito al salir del matorral. Las púas del ramaje le arañaron las piernas y los brazos cuando se precipitó hacia los hombres, blandiendo la espada, como un tigre hambriento. La neblina de la ira le cubría la vista cuando atravesó el cuello del tipo inclinado sobre Ioren, que sin tiempo a reaccionar, abrió los ojos y la boca, deshaciéndose su rostro en un mar de sangre. —¿Pero qué...?

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—¡A ellos!—bramó el extranjero de las botas curvas, rabioso—. ¡A ellos! ¡Atrapadles, perros! Las cadenas cayeron al suelo. El hombre del mar exhaló un bramido furioso, forcejeando contra sus captores, hundiendo los dientes y retorciéndoles los miembros como si fueran de mantequilla. Driadan se escurría entre las figuras de los guerreros, tambaleándose de un lado a otro, mientras buscaba más carne donde clavar la espada y la sangre salpicaba a su alrededor a cada tajo desesperado, en cada finta iracunda. —¡Fuego y acero! ¡Fuego y acero!—aullaba el príncipe, con el corazón cabalgándole en las venas y el universo rojo girando descontroladamente. Tres cadáveres cayeron a sus pies, antes de que una masa confusa de brazos, manos, sables y garrotes se cernieran sobre él, derribándole. Le arrancaron la espada de las manos con un golpe y el suelo corrió a su encuentro demasiado rápido. Aún entonces, reconoció el calor y el aroma a sal que se interpuso entre su anatomía y las armas de los enemigos, cubriéndole en un abrazo protector. Gimió, aguantando un sollozo de frustración, arañando la tierra, con la mirada fija en la hoja reluciente, lejos de su alcance. Las siluetas de los rivales cubrieron con su sombra a los dos. Sólo entonces, con la amarga sensación de haberlo perdido todo, dejó que la debilidad de su cuerpo enfermo le cubriera lentamente, desarmado y derrotado. Su padre solía decirlo, era el lema de la familia. No hay más derrota que la rendición. Y sin embargo, pese a haber luchado, la vida se empeñaba en demostrarle que había nacido vencido. —Malditos salvajes... prendedles de una vez, antes de que maten a alguien más. Mientras escuchaba los grilletes cerrarse en las muñecas de Ioren, su voz le llegó en un susurro quedo. Su aliento le rozó el oído. —Te dije que te quedaras ahí. —Levantadle. Arrastradle si es necesario. La tibieza familiar fue arrancada de su espalda cuando los esclavistas tiraron del hombre del mar. —Te dije que no iba a esconderme—replicó con un hilo de voz, sin esperanzas de que él le escuchara.
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Alguien le retorció las manos a la espalda. Las sogas le mordieron las muñecas y los hombres le obligaron a ponerse en pie, alzándole por los cabellos. Dio un traspiés, buscando la mirada azul, con el aire arremolinándose en sus pulmones y presionando sobre el pecho con ansiedad. El hombre del mar, con el cabello sobre el rostro, aún tenía los dientes apretados y el gesto firme. Miraba a los combatientes uno a uno, memorizando sus facciones con aquel gesto gélido y aterrador. Después, sus ojos se encontraron durante un instante. —Llevadlos al barco. —Que vuestros dioses se apiaden de vosotros—murmuró Driadan, aún resistiéndose cuando tiraron de sus cuerdas—. Porque yo no lo haré. Caminó a duras penas al final de la fila, engullendo a largos tragos la copa infecta que de nuevo se le tendía, masticando el odio nuevo y naciente que parecía corroerle el interior. Ardiente como una llama. Enfermizo como la fiebre. Virulento y cruel, aprendió a anestesiarlo y congelarlo hasta que pudiera despertarlo de nuevo con el cuerno resonante de la venganza.

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Capítulo XI: Shalama

agarró el brazo de su padre y esbozó una sonrisa cálida mientras les llevaban en el palanquín. Afuera estallaban los aromas de la primavera, las especias y los perfumes del mercado. El aire fragante y las voces de los compradores y los mercaderes resonaban entre el sonido de trompas de metal, el desfilar de la guardia de acá para allá y los cacareos de las gallinas, los mugidos de las vacas. Y Luarah se sentía afortunada, en su litera con cojines brocados, mientras las cortinillas se agitaban y los portadores les llevaban mas allá del cordón de seda protegido por los soldados, cerca de la escalinata donde subastaban a los esclavos. Los siervos descorrieron los visillos, y Luarah dejó que el chambelán la ayudara a descender, depositando las suaves sandalias sobre las losas de granito con extrema delicadeza. Su padre la siguió y volvió a tomarla del brazo, con una sonrisa en el oriundo rostro. —Tu primera decisión, mi estrella—dijo él con un brillo orgulloso en los ojos—. Tú escogerás a los nuevos brazos para nuestro servicio. —Lo haré bien, mi señor—sonrió ella con convicción. —Nunca habéis venido antes—dijo el chambelán, agitando sus vestiduras amarillas y guiándoles educadamente hacia la fila donde los señores se agrupaban prestos a pujar—. Os explicaré el procedimiento. Conforme van exponiendo a los esclavos, debéis superar la puja hasta que... Luarah escuchó las instrucciones mientras deslizaba sus ojos negros por el lugar. Los turbantes coloridos y los ricos ropajes de los nobles y comerciantes brillaban bajo el sol del mediodía, que resplandecía en el límpido firmamento azul. Levantaban de cuando en cuando la mano para lanzar una cifra al subastador, que permanecía de pie en lo alto de las gradas, mostrando su mercancía y hablando de sus excelencias. Tras él, una fila de hombres y mujeres con las manos y los pies amarrados aguardaba su turno, con una expresión indescifrable en los rostros, tan diferentes como distinto era el mundo. Más allá de estos, en algunas
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uarah se sentía afortunada. Envuelta en los vaporosos velos,

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estrechas jaulas de metal, permanecían encerrados aquellos individuos de probada peligrosidad, que serían comprados para las luchas de gladiadores o por los representantes de compañías militares. —Ved ahora esta joven—clamaba el tratante, de largo bigote negro y con el rostro maquillado de afeites. Sus ropas escarlatas se agitaban en la brisa estival, al tiempo que hacía gestos hacia la figura de una muchachita rubia que permanecía en pie, con gesto asustado—. Sabe cocinar y lavar, es experta en el servicio y sumamente complaciente. Y fijaos en sus cabellos, con el exotismo del norte y la claridad del oro más pulido. —¿Qué necesitamos, padre?—murmuró Luarah, retirándose los velos y observando las filas de esclavos. —Seis braceros para el molino y dos con buena pinta para coperos. —Bien. La muchacha fue vendida y la apartaron de la grada. Un par más salieron a la palestra, bajo la atenta mirada de los asistentes. Una mujer de edad madura y un niño, madre e hijo. Ambos protagonizaron un espectáculo lamentable de lágrimas y forcejeos cuando hubieron de separarse para acudir con sus respectivos dueños. Afortunadamente, les separaron a latigazos, aunque Luriah torció el gesto y miró de reojo a su padre. Éste mantenía el semblante grave. El niño había sido comprado por Preditor Delesante. No envidiaba el destino de aquel chico; todo el mundo sabía acerca de los gustos demasiado extremos de Sha Preditor, extremos incluso para los disipados hábitos de Shalama. Valoró con ojo crítico al resto de la formación mientras seguían exhibiendo el ganado humano, buscando entre la hilera de esclavos los más apropiados para las labores que su padre requería. Un par de aquellas chicas agradables y jóvenes irían bien para servir las bebidas, pero sólo le satisfacían dos de los varones para mover la rueda del molino de agua. El resto no parecían demasiado vigorosos. —Admirad, admirad, ciudadanos honorables la delicia para los sentidos que ahora os ofrezco. Contemplad qué rostro de aristocrática finura, observad el equívoco aspecto de este muchacho traído desde las tierras de Nirala, la tersura de la piel... —Otra vez—murmuró algo asqueada, volviendo la vista hacia la nueva exhibición.

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Sobre el particular escenario, dos esclavistas empujaban a un joven que se aferraba desde el exterior a los barrotes de una de las prisiones con vehemencia. El chico debía tener más o menos su edad, y se debatía como una anguila escurridiza, volviendo de vez en cuando una mirada teñida de odio hacia la concurrencia. Dentro de la celda, un enorme hombre de cabellos rojos parecía hablar con él. No azotaron al chico en esta ocasión, se limitaron a arrastrarle y sostenerle en vilo, sujetándole de los brazos, mientras se resistía en vano y escupía a sus captores. —Si, como veis necesita ser educado, desde luego—dijo el tratante, con una sonrisa de circunstancias—, pero este lejano bien procede de las tierras altas, y como sabéis son famosos por su orgullo y su fuerte carácter. Sin embargo, ¿no merece la pena aun así? Mirad que miembros gráciles y la exquisita tonalidad de sus cabellos, la piel pálida como alabastro y esos ojos rojos. Una delicia de Nirala, queridos clientes. El chambelán se inclinó para susurrar a Luarah con un gesto discreto. —Observad, señora. Hacen hincapié en su hermosura. Esto sucede cuando el esclavo no tiene dotes para ninguna clase de trabajo. Desvían la atención a otras cosas, para garantizarse compradores que estén más interesados en utilizar a sus siervos en otra clase de actividades. Luarah asintió brevemente, observando al joven. Agitaba la oscura melena mientras espetaba en susurros lo que parecían maldiciones cortantes hacia los hombres que le mantenían aferrado y pataleaba al aire. Estaba cubierto con una túnica blanca hasta los tobillos, limpia. Y había algo en su porte y su semblante que le dieron la inequívoca impresión de que aquel chico no había sido campesino ni el hijo de algún infortunado comerciante. Se comportaba con la furia y la insolencia de aquellos a quienes arrebatan una alta dignidad. Quizá un noble. —La puja comienza en cien monedas, damas y caballeros. Cien monedas. ¿Quién ofrece ciento diez? ¿He oído ciento veinte? —Ciento veinte. —Sha Preditor Delesante ofrece ciento veinte. ¿Ciento treinta? Luarah volvió la mirada hacia la jaula. El hombre que había dentro mantenía los dedos crispados sobre los barrotes, inmóvil, pero con una tensión inherente en su postura que hacía pensar en una fiera a punto de saltar. No apartaba los ojos del chico.

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—Vamos, ciento treinta. Él lo vale. Fijaos en los dedos largos, mirad su boca. —El tratante se acercó y levantó la barbilla del joven, que se retorció con un gruñido para morderle. —Una fierecilla por domar, ¿no es verdad? —Ciento treinta. Luarah arqueó la ceja. Su padre sonrió con un destello fugaz en la mirada. —Creí que escogía yo—susurró, sin perder la compostura. —Y escogerás. Seis braceros y dos coperos. —¿Y este, para qué lo quieres? —Puede ser divertido. Además, mejor con nosotros que con Delesante. La muchacha reprimió un suspiro. Prefería no saber más. Su madre había muerto hacía años, el Sha Nuredil tenia derecho a divertirse como más le complaciera y no era asunto suyo en absoluto. Y sí, mejor con ellos que con Delesante. —Ciento cuarenta. —Ciento cincuenta. —¡Ciento cincuenta! Vamos allá, no os reprimáis, mis señores. ¿Quien ofrece doscientos? El primero que ofrezca doscientos se lo llevará. La jaula del hombre pelirrojo se agitó. Se había abalanzado hacia adelante, casi hasta volcarla. Un grupo de guardias se acercó con los látigos, mientras él gritaba algo en un idioma que a Luarah le era desconocido. Pudo ver el destello de su mirada incluso desde abajo, la expresión congestionada y la manera en que golpeaba los barrotes, escupiendo frases ininteligibles en esa lengua dura y brusca. El chico se giró hacia él, respondiendo en el dialecto de las tierras altas, con un tono desesperado. —¡Doscientos! —gritó ella. —¡Por doscientas monedas de oro, nuestro comprador...compradora, Sharin Luarah Nuredil! Luarah ocultó una sonrisa ante la fría mirada que le dirigió Preditor. Que se fuera al infierno. Hizo un gesto al chambelán, quien reclamó a tres sirvientes más para recoger al chico. Éste no cejaba en su infructuoso afán
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de zafarse de su situación, y continuamente volvía la mirada hacia la prisión del pelirrojo. La muchacha se lamió los labios. ¿Qué era lo que pasaba con aquellos dos? —Hay quien no sabe cuándo rendirse, ¿eh?—comentó jocosamente uno de los señores a su lado—. Dicen que las gentes de Nirala no lo saben nunca. Os deseo suerte. —Gracias, no la necesitamos—replicó ella, alzando la barbilla. Miró de nuevo la jaula del pelirrojo. La curiosidad era demasiado intensa, pero sabía lo que se esperaba de ella, así que se dirigió a su padre. —Querías dos coperos y seis braceros para el molino, ¿verdad? —Exactamente. —Ese chico de las tierras altas, Nirala, puede servirte de copero, si es que aprende. Tomaré uno más, también un chico para que no haya problemas. —Bien pensado, hija mía—asintió él—. ¿Y los braceros? ¿Has visto alguno que merezca la pena? —Esos dos... y... ¿Por cuántos crees que trabajará el de la jaula? El Sha Nuredil observó a su hija con una chispa de orgullo en sus ojos verdes y se acarició la perilla. —Esos hombres no son adecuados para las labores. Los venden para la lucha. —Creo que trabajará perfectamente y no causará el menor descontento, mientras tengamos a Nirala con nosotros. Y nos servirá para controlar a los demás. Luarah sonrió ampliamente esta vez, mientras su padre asentía, mirándoles a ambos y le ponía la mano en el hombro. Lo sabía, estaba orgulloso de ella. Había sabido ver un buen negocio al tenerlo delante, y lo que era más importante, había sido capaz de valorar a las personas a un golpe de vista. Aquello, en las cortes de Shalama era más que necesario, imprescindible para mantener la posición. Esa tarde, regresaron siete personas al Palacete de los Nuredil: El chico Nirala, que parecía haberse relajado considerablemente cuando sacaron al Rojo de su prisión y le llevaron encadenado junto a él, los dos vigorosos braceros y otro muchacho con
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aspecto de bailarín avispado a quien había bautizado como Cisne. Dos coperos, tres braceros, setecientas monedas de oro gastadas y todos tranquilos. Un buen negocio. Mano suave con los esclavos recién adquiridos, sonrisas y perfumes. Así funcionaban las cosas en Shalama, lamiendo en el momento justo y exhibiendo una sonrisa antes de apuñalar. Luarah era joven, pero había mamado diplomacia y saber hacer. Por eso no exhibió ningún temor cuando dio la bienvenida a sus esclavos a su nuevo hogar, sin importarle si la entendían o no debido al idioma. Sonrió y les miró con simpatía. Y aquello bastó para que no hubiera el menor altercado durante el primer día.

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Capítulo XII: Esclavo

había tenido postrado a lo largo de todo el viaje por mar había remitido, pero todavía tenía tos de vez en cuando y sentía que sus pulmones nunca volverían a ser igual de vigorosos. Los esclavistas le habían sanado con brebajes y hierbas desconocidas, dispensándole un trato mucho más suave de lo que nunca hubiera sospechado. Sin embargo, cuando adivinó el motivo de esta presunta amabilidad, un lazo de angustia se anudó en su garganta y no le abandonó. Pensaba ahora, mientras deslizaba la mirada por la habitación que les habían asignado a él y a su compañero, que nunca se iría esa huella húmeda y fría en su interior, una especie de marca extraña de vulnerabilidad que se había vuelto más profunda a medida que los acontecimientos se habían precipitado. El viaje en la galera de los esclavos fue un verdadero infierno, a pesar de que debía considerar su situación más afortunada que la de otros. A él no le habían golpeado. Y se habían molestado en curarle de sus fiebres, al fin y al cabo. Pero nada podía ser más hiriente que la clara consciencia de ser considerado como una res, o algo peor. Cuando le examinaron, lo hicieron como se evalúa a una ternera, mirándole los dientes y los miembros, haciéndole preguntas insidiosas y palpándole por todas partes. «Así que eres un completo inútil, ¿eh, señorito? Al menos serás virgen.» Ahora se congraciaba por haber mentido a gritos, diciendo que sí. Había visto la suerte que habían corrido otros y otras, jóvenes chicos y chicas, que eran arrastrados en mitad de la noche a la cubierta para servir de diversión a los tratantes. Recordaba sus rostros pálidos y húmedos de llanto, de expresión ausente, al regresar a las prisiones de la bodega tambaleándose y agarrándose los jirones de ropa destrozada, las caras de gesto inanimado de aquellos que compartieron su desgracia. En esos semblantes podía verse el abandono, la mella que iba dejando el presidio y la impotencia día tras día hasta borrar todo ánimo, todo resto de dignidad humana, de miedo, hasta de sufrimiento. El peso de la esclavitud y su precio.
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ún le costaba respirar correctamente. La enfermedad que le

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En aquellos días de soledad entre la apiñada multitud de esclavos a la que pertenecía, Driadan había descubierto con espantosa frecuencia cómo sus pensamientos y anhelos se dirigían hacia su padre, al recuerdo de su madre, y les había añorado como nunca antes. La mano grande y ancha sobre su mano fina. La risa del rey Dromath, resonante y cálida, y sus brazos que le levantaban y le estrechaban. Su olor, el perfume de las sábanas de su antigua habitación, la luz colándose entre las cortinas... todo lo que había perdido, desde los lujos extremos hasta las más pequeñas cosas. Recordó por primera vez en años la voz de su madre, sus canciones de cuna, que de algún modo persistían en su memoria esperando ser desenterradas. Se abrazaba las rodillas en las trémulas noches en alta mar, llorando en silencio, demasiado herido para sentir vergüenza por ello, y les rememoraba con una punzada de pesar que nunca llegaba a convertirse en consuelo. Y en su lecho de paja enmohecida y melancolía, con las muñecas cargadas de grilletes, cada noche había tenido cerca los ojos azules y las palabras breves de Ioren, que se le presentaba ahora como un baluarte irreductible, un saliente seguro y firme donde aferrarse, aún con el torso ensangrentado y las marcas de la violencia sobre su cuerpo musculoso. Porque no se apagaba la llama orgullosa y altiva en su mirada, los latigazos que dejaban señales en su piel no arrancaban la regia dignidad salvaje de su expresión, sino que cada día de tortura y encierro parecían volverle a él más solemne y majestuoso. Como un león encadenado, Ioren se negaba a perder su esencia, ese aire de rey antiguo que los años parecían haber esculpido con tanta dedicación en él que harían falta el doble de años para arrebatárselo a base de maltratos y humillación. Y su imagen, su presencia, de alguna manera actuaba como un bálsamo para el príncipe, cada vez que los ojos azules le contemplaban o la voz como una caricia llegaba a él en susurros. No habían hablado de ello, pero Driadan lo sabía, con una certeza que no dejaba espacio a la esperanza. No sabía hacer nada, era virgen, y le estaban cuidando. Su destino sería servir de compañía en las noches a quien pudiera pagar su precio, así se lo habían comunicado los esclavistas mientras le miraban entre las piernas y le palmeaban el trasero. Vendido como una puta. Peor que una puta. No dijo una palabra de ello a Ioren, y él tampoco preguntó. No dijeron nada entonces, pero en las gradas, en aquella inmunda subasta, bajo el sol abrasador de Shalama, el príncipe había tenido miedo. No de su futuro, sino de la espantosa soledad que le golpeó como una bofetada gélida cuando le arrastraron lejos de él y le exhibieron como a una mercancía. Se había retorcido entonces, gritando su nombre.

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—¡No me dejes, perro! ¡Llevas mi sello en el brazo! ¡No dejes que nos separen!—había chillado, forcejeando, buscando la mirada del hombre del mar con una avidez desesperada. No confiaba en obtener respuesta alguna, sin embargo siguió increpándole, diciendo su nombre, aguantándose los sollozos mientras aquellas gentes le miraban y el mercader vestido de rojo le tocaba la boca, balbuceando en la lengua del Sur, que comprendía a la perfección. —¡No lo soportaré! ¡Ioren, no dejes que nos separen! ¡Eres todo lo que me queda! Y los barrotes crujieron, y la voz poderosa del hombre del mar se elevó como pocas veces había oído antes, en un rugido desgarrador y fiero. —¡Pelea hasta el último aliento! ¿Me oyes? ¡Resiste! ¡Te encontraré! —¡No, no! ¡Te necesito, no dejes que nos separen! —¡Te encontraré! ¡Aguanta y sobrevive, no agaches la cabeza! Y quizá había sido esa extraña escena que habían dedicado al público de Shalama el motivo por el cual habían sido comprados por la misma persona. Una mujer morena de ojos rasgados y la piel del color de la miel tostada, que le había sonreído y acariciado el cabello con aire maternal. Un hombre grueso y de rostro bonachón que llevaba un turbante púrpura y tenía una barba recortada, negra y picuda, y le miraba con aire divertido. Absolutos desconocidos. Cuando arrastraron a Ioren fuera de esa maldita jaula donde le tenían enclaustrado como un animal y le llevaron a su lado, Driadan tuvo la clara sensación de que una losa demasiado pesada le era retirada de los hombros. Vio el reflejo de su alivio en la mirada del hombre del mar, mas allá de los cabellos rojizos y enredados, y tuvo ganas de llorar y abrazarle, de decirle que todo iría bien... como si Ioren lo necesitara. Y les habían llevado a los dos. A ambos, junto a aquel muchacho de aspecto burlón que no parecía descontento con su suerte, y otros dos hombres serios y graves. El palacete era un lugar bastante agradable. Driadan tenía la fortuna de ser versado en lenguas, cosa que la Sharin Luarah apreció inmediatamente, así como su padre el Sha. A él le llamaban Nirala, y al otro chico, Cisne. Ellos vivían dentro del palacio, y no había vuelto a ver a Ioren en los siete días que habían pasado desde que fueron comprados. Los dos coperos compartían , un aposento sencillo pero confortable, con camas en forma de barca de colchones agradables y con cojines simples, aunque mullidos.
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Tenían baúles con ropa, bañera y una chica que venía a peinarles y maquillarles los ojos cada día, antes de que les llamaran para atender a los dos señores. Sus funciones eran sencillas, aunque importantes. Servir el vino sin derramarlo, transmitir los deseos de los amos al resto del servicio, encargarse de que la mesa se sirviera en el momento, atender las peticiones más superfluas de sus dueños. Y allí estaba él, Driadan príncipe de Nirala, solo en su habitación de esclavo, con los ojos pintados de negro y mirando el lugar que se había convertido en su hogar, recordando con angustia cada paso que le había llevado a tan lejanas tierras y terribles circunstancias. «Si nunca hubiera alzado la voz en la sala del Pegaso, si no hubiera marcado a Ioren con mi sello, si hubiera dejado que le mataran en lugar de empeñarme en demostrar que podía humillarle, entonces no estaría aquí ahora», se dijo, apoyando la espalda junto al arco de cortinas de seda que constituía la puerta de la alcoba. «Estaría en casa, con mi padre. Padre mío... espero que estés vivo. Aunque quizá te valdría más estar muerto que llegar a saber algún día en qué se ha convertido tu heredero.» Ahogó un profundo suspiro y cerró los ojos, pasándose una mano por la cara. Las cortinas ondearon y los pasos ágiles de Cisne le sacaron de sus pensamientos. El chico entró, sonriente y ufano, mostrándole una naranja que había debido hurtar de alguna parte, regalándole una sonrisa de dientes separados. —Mira, Nirala. Driadan le observó un momento con indiferencia y se apartó de la pared. Cisne torció el gesto. Parecía una ardilla oscura, con el pelo negro ensortijado y los ojos de color avellana. Su piel tostada era más oscura que la de los señores a quienes servían, aunque mantenían la similitud propia de las razas del sur, esos rasgos exóticos y misteriosos que había soñado cuando era príncipe y contemplaba los tapices de Shalama, preguntándose cómo serían sus gentes. Ahora lo estaba descubriendo, de una manera que nunca habría sospechado. —¿Aún orgulloso y triste?—dijo Cisne, ajustándose el cinturón de la túnica de seda y guardando la naranja bajo el colchón de su cama. A Cisne le vestían de azul. A él, de rojo. —Te acostumbrarás. Ya te dije que hemos tenido suerte. —Vete al infierno. Cisne se volvió hacia él, con una sonrisa sardónica.
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—Tú pareces no querer salir de él. Pero te equivocas—dijo, mientras rebuscaba un peine de madera y se lo pasaba por los cabellos, dándole la espalda—. La Sharin va a venir a darnos instrucciones. Mañana hay una recepción. —¿Una recepción? Driadan caminó y se sentó sobre su colchón, mirándose la mano. Su sello real. ¿Qué habría hecho Ioren con él? Quizá estaba enterrado bajo el limo y el barro del bosque. —Vienen los primos del Sha. Si lo hacemos bien, seguro que nos dan pasteles de hojaldre. Maravilloso. Pasteles de hojaldre, aquello lo solucionaba todo. —¿Y si lo hacemos mal?—preguntó con acidez. Cisne le miró de reojo y suspiró con hastío. —Cuanto antes te adaptes a tu nueva posición, será mejor para ti, Nirala. Uno tiene que saber cuál es su sitio. —Mi sitio no es éste. «Mi sitio es un trono en las Tierras Altas. Mi sitio es el castillo de Nirala, la risa de mi padre y mi habitación, desde la que tu estúpida nación no es más que un punto en el mapa desde el que me traen tapices y frutas tropicales. Mi sitio es la corona y la Sala del Pegaso», pensó. Pero se mantuvo en silencio, percibiendo la mirada resignada de Cisne. —Ahora lo es. Yo he sido esclavo toda mi vida. Puede que tu no, pero eso no te hace distinto. Ahora somos iguales, chico Nirala, así que presta oídos a mis consejos; sé lo que me digo porque tengo más experiencia. Cuanto antes te acostumbres, mejor. —No necesito tu consejo—replicó Driadan, fulminándole con la mirada, escupiendo las palabras en el tono silbante que había usado meses atrás, en otra vida, para repetir a solas la palabra «odio»—. Si el consejo que puedes dar es que agache la cabeza y me acostumbre, tus palabras valen menos que la bosta de cerdo. Eres un perdedor. Yo no seguiré tu ejemplo.

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Cisne le miró en silencio un instante. El príncipe tenía los puños apretados y el semblante lívido, y su rabia sólo aumentó cuando el muchacho moreno arqueó ambas cejas y se echó a reír. —Mira que eres orgulloso, Nirala. Veré como ese orgullo se deshace, antes o después. —No, no lo ver... Los pasos suaves en el exterior interrumpieron su conversación. Cisne abrió los párpados y se levantó del lecho, al tiempo que los cortinajes se descorrían y la Sharin Luarah entraba en la habitación, con su eterna sonrisa y su rostro afectuoso. Driadan no podía evitar que le recordara a su madre, o a alguna madre que no había conocido, y un leve estremecimiento le mordiera el pecho en las escasas ocasiones en las que se encontraban en los pasillos o mientras le servía licores en su copa de cristal. Cisne había tardado apenas unos segundos en arrodillarse y agachar la mirada, pero Driadan se tomó su tiempo en levantarse, sacudirse el pantalón, mirarla a los ojos con descaro por un instante y posicionarse de hinojos. Aun en aquella postura, no bajaba la barbilla, sólo la mirada. Le pareció que Luarah esbozaba una media sonrisa divertida, y las sedas de su vestido rozaron entre sí cuando se acercó a ellos unos pasos. —Nirala, Cisne... —Les tocó la cabeza uno a uno, indicándole que podían alzar la vista. Una larga trenza de cabello negro le colgaba sobre el hombro hasta la cintura, exhalaba el aroma del loto y el nenúfar. Y sonreía, como casi siempre. —Mañana es un día importante. Distinguidos parientes visitarán nuestro hogar, y deben ser agasajados como merecen. La voz de la mujer era suave y plácida, su expresión comprensiva y amable. Y era muy hermosa. Driadan no podía, por mucho que lo intentara, permanecer indiferente ante ella. Le conmovía intensamente. —Emplearéis la mañana en disponer las botellas de vinos y licores—prosiguió la Sharin—. Balahari, la encargada de la bodega, os mostrará dónde están las jarras de cristal fino y los escanciadores de plata. Rellenaréis las jarras con las bebidas adecuadas, ella tiene la lista. Os ayudará en todo. Antes del mediodía, debéis asearos. Os he traído sales. Luarah dejó dos saquitos de tul sobre las camas de los chicos, pasando a su lado sin que éstos se movieran, y siguió hablando desde allí. —Os traerán vestidos apropiados para la ocasión. Túnicas más hermosas que estas. Y Yilada os pintará los ojos y os cepillará el cabello para que
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luzcáis aún mejor, a la altura de nuestra familia e invitados. —Volvió el rostro hacia ellos. —¿Sabéis bailar? —Si, ama—respondió Cisne—.He bailado para mis anteriores amos. —¿Nirala? Driadan tragó saliva. ¿Bailar? ¿Qué demonios le estaba preguntando? —No—respondió secamente. Escuchó el suspiro de la mujer, que volvió a situarse frente a ellos y se acuclilló sin previo aviso para mirarles frente a frente. Cisne pareció sorprenderse, pero Driadan estaba demasiado preocupado para hacerlo. —Mañana, el banquete comenzará al mediodía—dijo ella, con la misma suavidad—. En él, serviréis las bebidas y tendréis que complacer a los señores en todo. Si desean que bailéis, tendréis que bailar. Si se derraman el vino, tendréis que limpiarles. Tanto si os piden educadamente que les acompañéis a sus habitaciones como si os cargan sobre el hombro, deberéis agradarles. Cada palabra llovió sobre el príncipe como un latigazo, a pesar de la dulzura con la que Luarah les daba la noticia. —Sí, ama—respondió Cisne, quien no parecía demasiado alarmado. Driadan estaba mirando a la Sharin. Se había tensado por completo y le parecía que sus ojos ardían en llamas. Agradarles. Complacerles. «Una fierecilla por domar», resonó la voz del tratante en su memoria, «Admirad la tersura de la piel.» Peor que una puta. A las putas les pagaban. —Os ruego que os esforcéis—murmuró Luarah, mirándole a los ojos. Parecía comprender sus sentimientos. —Si mi padre resulta un mal anfitrión mañana, vuestros días en esta casa estarán contados, Nirala. Volverán a venderos, y esta vez... no sé donde podríais acabar. Pero hay lugares peores que esta casa. Hay peores compañías. Driadan tragó saliva y asintió. La mujer que le hablaba le contemplaba con un gesto que parecía reflejar su propia angustia. Ella le entendía, sabía el motivo de su rabia, y le estaba rogando, pidiéndole que no empeorase las cosas. Que no se forjara un destino aún más atroz. —No sé bailar—respondió con un hilo de voz.
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—Cisne podrá enseñarte mañana por la mañana—respondió ella, rozándole la mejilla con los dedos. El otro muchacho les miraba de soslayo. —Ahora puedes ir al almacén de las telas. Necesito que pases por allí a revisar que todo está bien. ¿Lo harás? Driadan asintió con la cabeza. El suelo parecía deshacerse bajo sus rodillas y la realidad perdía su consistencia, mientras combatía contra las lágrimas y la fría grieta que se abría en su interior. Su orgullo era más fuerte. Pelear, hasta el último aliento. Asintió de nuevo. —Si. Voy. —No tengas prisa por volver—dijo Luarah, antes de levantarse y apartarse a un lado para abrirle camino. Driadan se incorporó y recogió una palmatoria de la mesilla, con forma de concha marina. Cruzó las suaves cortinas, sintiendo la mirada curiosa de Cisne en su nuca y escuchando el suave suspiro de la Sharin a su espalda, mientras avanzaba por los hermosos pasillos de paredes de estuco del palacete. El corazón le retumbaba en los oídos a cada paso de las suaves zapatillas de tela, sus ropajes susurraban. Aguantó, aguantó y aguantó, y cuando torció un recodo de la galería, echó a correr hacia el almacén, apretando los dientes y anudándose el pánico en el estómago, tratando de no asfixiarse con la lengua gélida, húmeda, que le lamía por dentro. Esa marca de vulnerabilidad que se rasgaba y amenazaba con arrojarle a los abismos de la desesperación, recordándole que había nacido derrotado.

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Capítulo XIII: Consuelo

castillo a la carrera. El alegre riachuelo de su risa, de los pesados pasos de su padre sobre la tarima de madera, regresaban a él en un vórtice confuso de recuerdos: las exclamaciones de los sirvientes cuando les empujaba, los ladridos de los perros de caza, los clarines en el exterior, los ondeantes pendones del Pegaso. Sus ecos resonaban en la memoria, parecían desprenderse de los adornados muros de aquel otro palacio que no le pertenecía, donde su suave calzado tampoco hacía ruido y el bramido de su corazón no era un trepidante anuncio de alegrías venideras, sino un espejo de aflicción e incertidumbre. Corrió, tragándose las lágrimas y el orgullo, apretando los dientes y alzando la barbilla al descender las alfombradas rampas y dirigirse a la amplia arcada que se abría hacia los jardines. El aire de la noche le golpeó en el rostro, y los blandones de la muralla que cercaba la finca le observaron, como rojas luminarias, atentas y vigilantes. Peor que una puta. Esclavo y obligado a satisfacer los deseos, cualquier deseo, de los desconocidos, los extranjeros, que visitarían su cárcel al día siguiente. Pelear hasta el último aliento. Ioren no dejó que los latigazos le arrebataran su dignidad, él jamás permitiría que nada ni nadie rozase su orgullo, horadase su alma. «Yo tampoco. Aguantaré. Aguantaré cualquier cosa.» Caminó, lívido y serio, hacia el edificio de los almacenes. Sus pies se hundían en el césped mientras atravesaba el delicado jardín, dejando que los pétalos de las flores nocturnas le rozaran las yemas de los dedos, besaran su rostro. Caminó, apuntalando su fortaleza, recogiendo los jirones de su malherida honra y negándose a ceder al desaliento, a las ganas de gritar, a los sollozos que le estrangulaban. Y cuando empujó la puerta de celosía con ambas manos, entrando en el escueto cobertizo donde se amontonaban las alfombras y las cortinas, su corazón se detuvo. La luz de la luna se colaba al interior, tomando la mano al dorado resplandor de las lámparas de aceite y los faroles de cristal. Los tapices y los tejidos colgaban de los muros, yacían en un sueño indolente unos sobre otros en el suelo de madera limpia y los estantes, asomaban como lenguas
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n otro tiempo, en otra vida, había cruzado los pasillos de su

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coloridas de los baúles entreabiertos. Allí, en medio de la cuadrada estancia abigarrada de paños y bobinas de hilo, el hombre del mar se dio la vuelta al escuchar la puerta, con el ceño fruncido y una chispa de desconfianza en los ojos azules, que se apagó al reconocerle. Driadan se quedó inmóvil, con las manos aún sobre los batientes. Incrédulo, parpadeó y movió el candil, dejando que la mortecina luz de la vela lamiera con suavidad la silueta de Ioren, la piel bruñida de los brazos musculosos y los rojos mechones de cabello despeinado. Incapaz de reaccionar, permaneció en pie, bebiéndose su imagen, entregándose al inesperado consuelo que su presencia le brindaba. Dioses, estaba allí. Estaba allí, de pie, altivo y sereno como siempre, a pesar de la banda de hierro que lucía al cuello como una extraña alhaja oscura. Estaba allí, con la guerrera de cuero oscuro que al parecer había recuperado de algún modo, enfundadas las piernas en unos pantalones de lino ligero y descalzo sobre una de aquellas valiosísimas alfombras. Estaba allí, con las trenzas salpicándole la melena enredada y la barba rojiza rasurada y arreglada. Sin una marca ni una herida en la piel de los brazos que permanecía expuesta. Estaba allí, y estaba bien. Lo parecía. El alivio se extendió como linimento sobre su alma, y sus ojos se detuvieron en la mirada azul, que se volvía añil a la luz equívoca que bañaba el almacén. —¿Qué haces aquí?—le preguntó, al fin. —La mujer me dijo que viniera—replicó la voz grave y suave. Su sonido le hirió en los oídos, como una caricia demasiado esperada, añorada sin saberlo. Driadan asintió con la cabeza, sin atreverse a dar un paso más que el necesario para entrar y cerrar a su espalda. Le temblaron los dedos al hacerlo. —¿Como estás?—preguntó de nuevo. Ioren asintió despacio. —Bien. Mejor de lo que esperaba. —Hizo una pausa larga. —Llevas los ojos pintados. Driadan parpadeó y se rozó las pestañas con los dedos, lamiéndose los labios y asintiendo después. La angustia volvió a hacer presa en él. —Si. Tenemos que ser agradables a la vista.

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Ioren apretó los dientes y cerró los puños. El príncipe se pegó a la puerta, buscando un asidero firme al que agarrarse. La alegría inesperada que le había producido encontrarle se estaba transmutando poco a poco en vergüenza y bochorno. «Llevo los ojos pintados porque tengo que estar hermoso. Soy un objeto de decoración, y a partir de mañana, seré menos que una ramera. ¿Y a ti, cómo te va? ¿Qué tal es hacer girar la rueda del molino? ¿Te dan bien de comer? A nosotros sí, para que nos mantengamos lustrosos y apetecibles como la fruta madura antes de hincar el diente.» Dioses, no iba a poder con aquello. Se dio la vuelta y trató de levantar el cerrojo de la celosía, que había caído al cerrar, con los dedos temblorosos. —Driadan. Se detuvo. La palmatoria tembló en su mano, y a punto estuvo de caérsele. La voz le había llamado por su nombre. La soga en su garganta apretó más, la grieta en su pecho se estremeció con violencia. Las emociones daban vueltas como un molinillo multicolor, golpeándole y haciéndole marearse. —No te vayas aún. —No quiero que me veas—dijo sin pensar. Apenas un susurro, demasiado amargo, lento, en el que las palabras se deshilachaban sin contención ni freno—. No quiero que veas en lo que me están convirtiendo. Me irrita tu desprecio. Si antes ya era irritante, ahora que tiene más motivos, me hará enloquecer. Jamás he soportado tu desprecio. Nunca, desde que me evitaste en la Sala del Pegaso, he podido lidiar con él, que me recuerda mi propia vergüenza, la amarga realidad de lo que soy a los ojos de todos, por mucho que me esfuerce en dejar de serlo. Crispó los dedos en los huecos de la celosía, manteniendo el candelabro agarrado con la otra mano. No quería temblar. No quería hacerlo allí, así, delante suya, y en el silencio que siguió sólo intentaba serenarse para poder salir de allí con dignidad. No esperaba ninguna respuesta, por eso le sorprendió que llegara. —Eres todo lo que tengo ahora. —Entonces no tienes nada—susurró, apretando los dientes. Las lágrimas se le agolpaban en los ojos. —Eres todo lo que tengo ahora.

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Escuchó sus pasos y se le aceleró la respiración, el aroma del mar le golpeó con intensidad. —Mañana seré un despojo en manos de otros—escupió a la desesperada, precipitadamente, mientras trataba de levantar el cerrojo—. Mañana me humillaré hasta que la palabra indigno me quede grande, hasta que pierda su sentido y no haya gran diferencia entre el barro del camino y yo. Y siempre me quedarás tú para recordar lo bajo que he caído. Pero a ti ni siquiera eso. A ti sólo te quedará barro. —Jamás. Los dedos se cerraron en su brazo, le zarandeó y le obligó a darse la vuelta. Los ojos azules destellaban en fuego gélido y mantenía los dientes apretados, como un león iracundo. —No olvides quién eres. Jamás, pase lo que pase. Nadie puede arrebatártelo. —¡No puedo mantenerlo! Su propia exclamación resonó con clara certeza en sus oídos. No sabía si iba a ser capaz, no con lo que le esperaba. Había visto los rostros apagados, inexpresivos, las almas arrasadas de los esclavos del navío, y se cernían sobre él como fantasmas acechantes. Le asediaban como presagios de un destino ineludible. Quería soportarlo, quería mantener la cabeza alta, pero no podía hacerlo siendo Driadan el príncipe. Quizá siendo Nirala, la zorra, el esclavo, podría aún conservar las fuerzas para sobreponerse a todo lo que cayera sobre sus hombros. ¿Cómo iba a explicárselo? ¿Cómo iba a entenderlo él, que siempre parecía un rey aunque no lo fuera? Levantó el rostro y enfrentó su mirada. —No puedo mantenerlo—repitió, más sosegado. Le temblaba la voz. —Teníais razón, mi padre y tú. Soy un endeble. No puedo mantenerlo. Ioren negó con la cabeza. La presa en sus brazos se aflojó y los dedos rudos le rozaron los lagrimales, recorriendo las líneas oscuras que maquillaban sus párpados. Un nudo doloroso se cerró en la garganta de Driadan, conmocionado por los gestos del hombre del mar. Aquello era una caricia. —Entonces yo te lo guardo —afirmó en un murmullo grave—. Lo conservo para ti. Todo lo que eres. Hasta que salgamos de aquí y puedas llevarlo de nuevo.

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—¿Qué... qué quieres decir?—pronunció con dificultad, tragando saliva. —No dejaré que te pierdas. Eres todo lo que tengo ahora. No importa lo que pase, prevalecerás—prosiguió Ioren, con los músculos tensos. Sus dedos se habían detenido en los pómulos del chico—. El resto, déjamelo a mi. Nuestro odio, las cadenas... lo conservo todo para ti, y cuando salgamos te lo entrego. Lo recuperas. Vuelves a ser tú. El príncipe se pegó a la puerta, entrecerrando los ojos. No sabía si comprendía aquello, pero no le importaban las palabras. Eran las yemas cálidas y ásperas dibujando el contorno de su rostro, el calor cercano de su cuerpo y el tono arrullador de su voz, era su cercanía lo que le fortalecía y le esperanzaba. No había una gota de desprecio en el modo en que le estaba mirando, la manera en la que le acariciaba las mejillas. Era tan intenso que tuvo que tomar aire con todas sus fuerzas, y el temblor volvió a sobrecogerle. Aunque su mente no entendiera el significado, su corazón se bebía aquellas frases breves de acento adusto, se enredaban para cerrar las costuras abiertas como hilos trenzados. —Aguanta. Pelea hasta el último aliento. —Voy a hacerlo—respondió, en un susurro íntimo, trémulo. Alejó la mano del cerrojo y rozó sus dedos—. Lo haré. Del modo que sea. Eres... todo lo que tengo ahora. Una lágrima ardiente se escurrió por su mejilla. Ioren la recogió con los dedos y se inclinó sobre él, rozándole la nariz con los cabellos. Siempre había sabido lo alto que era, aunque ahora le parecía estar fijándose por primera vez, o percibirlo con un matiz diferente. —No eres endeble. Todos somos débiles. También fuertes. No es malo ser débil. Es malo quedarse en eso. Driadan tragó saliva de nuevo. Cada vez le costaba más. Recorrió sus facciones con la mirada, a la luz del candil que milagrosamente aún no se le había caído de las manos. Las vio con inusual claridad, y le transportaron a aquella primera vez, en la Sala del Pegaso, cuando le llevaron encadenado y sus pasos eran los de un soberano de la antigüedad, su porte el de un héroe y su mirada la de un león. Exactamente igual que ahora. —Mañana seré un despojo en manos de otros—repitió a media voz, frunciendo el ceño y alzando la barbilla—. Quiero ser Driadan una noche más. Quiero llevarme un consuelo al que mañana pueda abrazarme, cuando me toquen otros dedos, cuando sonría a desconocidos, cuando mi
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sabor se pierda en bocas que desearé destrozar con una espada que ya no tengo. Ioren se tensó y apretó la mandíbula, inmóvil, sin alejar la caricia de su piel. Sus ojos se cubrieron con un velo turbio y angustioso. El príncipe supo entonces que aquello no le era indiferente. Y lo confirmó cuando escuchó su voz fluir hacia él, con un susurro contenido y peligroso, mientras entrecerraba los párpados. —Entrega a Nirala a quien debas para sobrevivir. Pero Driadan es mío. —Yo no soy de nad... No pudo decir más. El candil se le cayó de las manos cuando él le besó, hundiéndose entre sus labios con sedienta avidez, y el pie descalzo de Ioren hizo estallar el cristal que cubría la vela de un pisotón, apagando la llama del cirio. La marea estalló en su interior repentinamente. Le enredó los brazos en el cuello y se pegó a su cuerpo, se estrechó contra su boca, lamiendo la lengua que le buscaba y buscándola a su vez, espoleado por una necesidad irracional y desbocada. Se empujaron hacia las alfombras amontonadas, debatiéndose para tocarse sin despegar los labios, con el aliento fundido y las respiraciones entrecortadas. El cabello áspero le rozaba los hombros, las mejillas, y el olor a salitre impregnaba sus sentidos, los dedos en su cintura le quemaban a través de la tela de la túnica. Cayó sobre el mullido nido que habría de acogerles, hundiéndose en el abrazo de un montón de cortinas de seda y gasa, que exhalaron un suspiro al ahuecarse bajo el peso de ambos. La calidez de Ioren le cubría, fluctuaba a su alrededor, y su cuerpo pesado y duro como una roca parecía envolverle, asediarle, atraparle. Él estaba encima suyo, con las rodillas hundidas a ambos lados de su figura estilizada, recorriéndole con las manos, besándole como si quisiera consumirle. —Dime que no te doy asco—susurró, suplicante, cuando él liberó su boca y se escurrió por su cuello. —No me das asco. Echó la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos, y se mordió los labios para aguantar un gemido. Quería tocarle, pero estaba tan mareado que no sabía que ya lo estaba haciendo, que le tenía aferrado de los cabellos y por eso le hormigueaban las manos. El beso húmedo dejó una marca ardiente, de saliva y calor en su clavícula. —Dime que te gustó lo que pasó junto al río.
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Le había levantado la túnica y tiraba de ella para sacársela. Driadan alzó los brazos y se cimbreó involuntariamente. El tejido se deslizó sobre su torso y le impidió verle por un momento cuando le despojó de la prenda. Después, con la piel expuesta, los ojos azules volvieron a él. Acercó los dedos para desatarle las correas de cuero. —Me gustó, y a ti también—llegó de nuevo, la respuesta suave, vibrante. Nunca había sido muy consciente de lo que en realidad pasaba cuando estaban en situaciones de tanta intimidad. Sabía que habían estado juntos dos veces. Quizá solo una. Sabía que había sido extraño y violento, pero tenía que asentir ante esa afirmación. Si él estaba confesando, admitiéndolo, Driadan también podía hacerlo, mientras se desnudaban con una mezcla de arrebato y contención en la penumbra del almacén. —Sí. Me ... me gustó, de alguna manera—murmuró. Le rozó con las manos al quitarle la guerrera de cuero. La dejó junto a su propio rostro, arqueando la cintura para permitirle deslizar los pantalones hacia abajo, y las manos del hombre del mar siguieron el contorno de sus muslos desnudos, le rodearon las rodillas al descubrirlas. Después, le miró un instante desde arriba, acariciándole el torso, las costillas y el terso vientre hacia el ombligo. Driadan resolló y volvió a arquearse ante sus gestos, azotado por un latigazo de calor. Cerró los ojos y apretó los dientes, viendo cernirse la sombra de Ioren sobre él. Su boca respiraba en su piel, y la caricia de la lengua húmeda, el cosquilleo de los dientes en su pecho le arrancaron otro gemido. Apretó las rodillas contra sus costados, levantándolas, y hundió los dedos en su pelo. El olor del mar, el ardor del fuego, su sabor salado en el paladar. Tragó saliva, con un jadeo sordo. La estancia, que olía a fibras y a tintes, parecía haberse contaminado con el perfume de Ioren, con su propio aroma, que se enredaban y se extendían como una enfermedad viciante y cargada. Las cortinas se le pegaban a la espalda, y el esclavo le cubría de besos ardientes, lamía su piel llevándose el sudor recién despierto, el rocío que exhibía su figura como prueba del deseo. Arañaba cada rincón de carne templada con los dientes, gruñendo con la sutilidad de un ronroneo. Cada roce le fustigaba con violencia, y la excitación se volvió dolorosa cuando las manos de Ioren le acariciaron entre las piernas, cerrando los dedos en torno a su virilidad. —Nadie va a tocarte donde yo no lo haya hecho.

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Sus palabras le estremecieron de nuevo. Le tiraba de los cabellos, curvándose, acercándose a él al tiempo que se removía como si no pudiera soportar las huellas de sus caricias, las marcas de su saliva hirviente. Cuando hundió la lengua en su ombligo, aún aferrado a su sexo, una corriente de energía descargó en todos sus músculos, como si un rayo le hubiera alcanzado. —No voy a... tocar a nadie... donde a ti no te haya tocad...o... Casi no podía hablar. Los fonemas se le diluían en la lengua. Le temblaba la voz y apenas podía respirar. El deseo le mordía en las entrañas, se acumulaba entre sus piernas, tensándole al ritmo de las caricias de los dedos del hombre del mar. Arqueándose una vez más, extendió los dedos entre su pelo y los dejó deslizarse sobre los hombros poderosos, estrechando los músculos a su paso. Duro como la roca, caliente como la lava, era el de aquel hombre el cuerpo de un animal selvático que respiraba vitalidad salvaje en cada movimiento. Se lamió los labios y se incorporó, tirándole del pelo y empujándole. Ioren levantó el rostro, observándole como si estuviera a punto de golpearle. —Te deseo—dijo Driadan, abalanzándose hacia él y hablando sobre sus labios. Le miró a los ojos. No quería esconderse más—. Tengo hambre de ti. Tengo sed de ti. Por eso me gustó. Ioren no respondió. Pero no necesitaba respuesta, no ahora, que ese hambre y esa sed se manifestaban con tanta virulencia como una fiebre. Le lamió los labios y extendió la ávida caricia de sus manos a lo largo del torso musculoso, rodeó su espalda con los dedos y buscó su vientre, la carne tensa que despuntaba mientras le besaba con lúbrico desespero. Le había tenido dentro, pero no recordaba haberle tocado, y al hacerlo, el gruñido ahogado que brotó de los labios del pelirrojo le provocó una descarga de orgulloso goce. Ioren le mordió la boca. Las manos rudas se clavaron en sus caderas y le recorrieron la espalda mientras él le tocaba con ambas manos, recorriendo toda su extensión y presionando con suavidad, fascinado ante las notables reacciones que provocaba. La piel se tensó, caliente y dura, entre sus manos. Notaba los latidos de la sangre bajo sus dedos, y el gesto con el que Ioren se despegó de su boca y contuvo un gemido gutural le hizo temblar de nuevo, satisfecho. —Dime que me deseas—susurró sobre sus labios, aumentando la intensidad de la caricia. Le lamió los dedos, que se acercaban a su boca, con un gesto lujurioso y abandonado—. Dime que me d... ¡Ah!

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La inesperada intrusión le arrancó un gemido de sorpresa, se envaró y dejó caer la cabeza sobre el hombro de su amante. —Tranquilo. Relájate—susurró el Rojo. Asintió despacio, cerrando los ojos y apartando las manos de su sexo para abrazarle. De rodillas, frente a frente, el gesto tierno con el que se estrechaban podría asemejar algo diferente a lo que estaba sucediendo. Driadan abrió algo más las piernas y trató de respirar acompasadamente, mientras uno de los dedos rudos y húmedos de su propia saliva se abría paso en su interior con contenida lentitud. Las sensaciones se dispararon, y se aferró a su cuerpo, aplastando la mejilla contra su pecho. La caricia íntima se sumergió en sus entrañas, sintió el movimiento circular y no pudo reprimir el gemido involuntario ante el despertar de los sabores que antes hubiera tragado precipitadamente. —Dioses... —Resolló, dejando caer los brazos y arañándole la cintura. —Me torturas. Se inclinó sobre su cuerpo, enroscándose en su regazo, y cerró los ojos al acogerle entre los labios. Los jadeos contenidos le inundaron los oídos, propios y ajenos, mientras degustaba su intimidad a conciencia, dejándose llevar por aquella extraña marea de goce compartido, sujetándose a sí mismo para no perderse aún, deshecho y contrayéndose por dentro ante el roce de sus dedos invasivos. Se hundía en aguas profundas y misteriosas, le hundía en su boca y él se hundía en su cuerpo. Los oídos comenzaron a zumbarle y un escalofrío mordiente se aferró a su espalda perlada de sudor, el aroma de sus cuerpos le envolvió. —Basta—ordenó el hombre del mar, en un murmullo ahogado. Driadan no le obligó a repetirlo. Apartó los labios de su carne y se aferraron el uno al otro, con los semblantes desencajados por la furia con la que sujetaban sus impulsos. Ioren le aferró por las caderas y Driadan se sustentó en los hombros musculosos, elevándose para ir en su busca. Detuvieron la respiración cuando sus cuerpos se unieron al fin, temblando de alivio y liberación al abrirse paso el uno en el otro, al acogerle y al irrumpir en su anatomía. —Ioren. Le estrechó, enredando los dedos en su pelo, pegando los labios a su oído y cubriéndole con la cortina de cabello oscuro. Le estrechó, jadeante y a punto de romperse, respirando con fuerza sobre la melena encendida,
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arañándole la espalda. Las manos anchas y ardientes se crisparon en su trasero, ciñéndole con un gesto arrebatado y posesivo. El hombre del mar respiraba como un león. Las imágenes se precipitaron en su memoria, cada encuentro, cada golpe, cada insulto, cada palabra escupida, la manera en que su perfil se recortaba en la ventana, ojos azules entre mechones de cabello rojo. «Eres todo lo que me queda.» Y se movió. Se elevó y se dejó caer, mordiéndose los labios y reprimiendo los sollozos, cabalgando con la barbilla erguida y el rostro de Ioren apretado contra su cuello, sus manos guiándole y sus gruñidos contenidos estallando sobre su piel, haciendo el contrapunto a los gemidos que le rompían la garganta. Cada roce, cada gesto, cada mirada buscada, cada imagen suya, cada sueño inquieto. «Eres todo lo que me queda.» Su vientre se contraía en cada movimiento. Arqueó la espalda, dejando caer la cabeza hacia atrás. No había dolor. No había odio. No había nada. Pendones con pegasos bordados, fichas de metal rebotando contra el suelo, cepillarse el cabello cien veces. Le embistió. Contuvo un grito. Buscó sus labios. Escuchó un susurro desvaído en un idioma que no entendía. El foso helado. La ventana abierta. Arándanos rojos. Una llama encendida por arte de magia. La mano de su padre. Un tabardo con una estrella. Un reino, un destino, un hombre que vino del mar. «Eres todo lo que me queda.» Arremetió hacia su cuerpo y se revolcaron entre los tejidos, buscando el aire, sacudiéndose con ímpetu carente de control y atrapándose con brazos y piernas enredados, yendo al encuentro del otro, presas de un frenesí incontenible. —¡Mírame!—casi lo gritó, entre los gemidos desatados. Y la mirada azul se clavó en sus ojos cuando se deshizo y convulsionó, mordiendo la mano que le tapaba la boca, rociado por el sudor salado del hombre del mar, que palpitaba en sus entrañas, deshaciéndose también en un estertor trémulo. Una lengua de fuego líquido se derramó dentro de él, su cuerpo parecía distenderse, romperse y reagruparse. Y el clímax le arrasó como una ola atronadora, barriendo su conciencia, rompiendo todos los muros con una fuerza capaz de desintegrar hasta las cadenas.

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Tembló entre sus brazos, meciéndose en el instante imposible de un parpadeo. Aún temblaba cuando él le estrechó contra su cuerpo y los besos se derramaron sobre sus cabellos. Un sello. Unos grilletes. El Pegaso bebiéndose la sangre de los muertos. Canta para mí. Te odio. —Te odio—murmuró, balanceándose indolente en los remanentes latigazos del orgasmo, con su virilidad aún enterrada en las entrañas—. Te odio... no sabes cuánto... —Y yo a ti. El príncipe le abrazó, reconfortado con su respuesta.

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Capítulo XIV: Sacrificio

madera, tan grande como una habitación, cuajada de engranajes y conectada a un torno con barras. Sus batientes, de los que colgaban las cubetas, se hundían en una suerte de laguna, de modo que al hacer girar la rueda, el agua era recogida y volcada en un canalón sostenido algunos metros por encima de sus cabezas. La cañería discurría bordeando la muralla de la finca, rodeando el fragante jardín, y se perdía en algún punto mas allá, donde se alzaba el palacete. Los compañeros de Ioren eran silenciosos, y en las escasas ocasiones en que hablaban, lo hacían en un idioma que no entendía. Lo agradecía. Su silencio estaba bien. Con la suave brisa, ya cálida, del alba, el capataz acudió envuelto en sus coloridas vestiduras de lino y prendió las muñecas de los esclavos al torno. Ioren dejó los dedos sobre la barra de madera y mantuvo la mirada fija en las correas de cuero que se cerraban sobre su piel con un tirón. El capataz llevaba las uñas pintadas de negro. Les hizo un gesto y comenzaron a empujar. Los engranajes giraron y el artefacto se puso en movimiento. Al chirrido siguió el traqueteo de la maquinaria y el sonido cristalino del agua, que pronto se convirtió en monotonía, en un rumor continuo carente de significación al que acompasaba el caminar pesado de los tres esclavos y el resuello de sus respiraciones. De fondo, el gorjeo de los pájaros matinales se dejaba oír como un atisbo lejano y punzante de libertad perdida. Inclinados sobre las palancas, los tres hombres caminaban. Los ojos azules de Ioren permanecían fijos en sus propias manos, brillantes, inflamados con una llama oculta, expectante, agazapada, que se avivaba a cada paso dado. Como un ábaco paciente, la mente del hombre del mar degustaba cada uno de ellos, arrojándolo después para engrosar la ira aletargada, los cimientos de la venganza que hoy resultaba más tentadora que nunca y hervía con mayor rabia. Su mente intentaba no detenerse en aquello que le mordía por dentro, en un esfuerzo vano. Una y otra vez, retornaba el pensamiento a su inquietud, mientras la rueda giraba y el agua discurría por el canalón: lejos, mas allá
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l amanecer, ya estaban en pie en el pozo. Era una rueda de

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del jardín, Driadan estaría en el espléndido palacio. Le habrían maquillado los ojos y vestido en sedas delicadas. Ceñirían su cintura estrecha fajines brocados, sandalias suaves calzarían sus pies. Serviría el vino en las copas, con la espesa y ondulante cabellera cayéndole sobre el hombro, y los invitados de los Señores le sonreirían, le contemplarían con el hambre caprichosa de quien sabe que puede tenerlo todo. Quizá le rozaran la mejilla con los dedos, le susurrasen al oído o escurrieran sus manos bajo la tela con disimulo indolente mientras él vertía los licores y correspondía con una sonrisa forzada y angustiosa. Se imaginaba a sí mismo derribando las puertas y entrando en el salón a fuego y acero, atravesando los corazones de los hombres de Shalama y agarrando al muchacho del brazo para sacarle de allí, con una espada ensangrentada en la mano y la furia de los mares en las venas. No soportaba la idea de otras manos tocándole, fuera príncipe o esclavo, fuera Driadan o Nirala. Apretó los dedos sobre la superficie de madera, aguantando un gruñido. ¿Por qué tenía que ser todo así? Kraakha le habría dicho que era su tiempo de recoger lo que había sembrado, de recibir retribución por su orgullo y pagar sus errores, de ponerse en paz con sus dioses a quienes había ofendido en su altivez, no tanto tiempo atrás. Y aun sabiéndolo, aun manteniéndose firme en este camino de espinas, empezaba a degustar un dolor oculto, profundo e indefinido. Aún tenía su sabor en el paladar. Aún tenía los matices de sus gemidos incrustados en los oídos, el tacto de su piel en los dedos, el olor de su cuerpo y su cabello en los pulmones, el gusto dulzón de sus besos, de su semilla, sobre la lengua. Algunos resortes en su interior se estaban moviendo, como la inexorable rueda de aquel molino, llevándole lentamente a las profundidades de un lago que desconocía, encadenado a aquel joven príncipe de ojos rojos que habría de ser su verdugo. Levantó la mirada un instante, empujando con más fuerza. Si los otros dos no seguían su paso, que se fueran al infierno. Empujó y caminó, maldiciendo por dentro y dejando que el esfuerzo físico y el sudor despertaran en sus músculos la tensión, liberasen la adrenalina y apaciguaran la mordedura de las sogas, el deseo abrasador de hacer estallar en llamas cuanto le rodeaba, de arrastrar a la destrucción aquella pesadilla. Empujó y caminó, y la rueda giró como el sol sobre el cielo, a lo largo de las horas que impelían al día a apresurarse hacia el inevitable anochecer.

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El gran salón se aletargaba en brazos del crepúsculo. Los ventanales dejaban entrar la luz rojiza, que se derramaba sobre alfombras y cojines, arrancaba los colores a las cortinas a través de un filtro sanguinolento que los dotaba de nuevos matices. Cisne estaba encendiendo las velas, y Nirala recogía las copas y las bandejas medio vacías de dulces especiados y carne fría. En los divanes, los invitados del Sha Nuredil fumaban con languidez y degustaban los últimos restos de dulces licores, conversando en tono bajo. Los músicos, en un rincón de la amplia habitación alfombrada, pulsaban el arpa y tañían el sitar, enlazando melodías suaves y melancólicas entre los murmullos de las voces ya rendidas al sopor o la embriaguez. Driadan miró de reojo a la Sharin Luarah, que le devolvió una suave sonrisa mientras asentía a las palabras de un primo regordete y con cara de luna llena. Habían acudido catorce personas, y no había sido fácil atenderlas a todas. Aun así, a pesar del nudo espeso en la garganta, todo estaba transcurriendo con tranquilidad. No había derramado ni una gota, y nadie le había importunado. Cierto era que Cisne parecía más experimentado. El jovencito se movía en torno a los invitados, escanciando los licores con fluidez, con un gesto tranquilo en el semblante y exhibiendo alguna sonrisa casual de cuando en cuando, al parecer inmune a la pesada tensión que crispaba los hombros de Driadan ante las terribles posibilidades de aquella velada. Él por su parte, había evitado mirar a nadie. Mantuvo la cabeza baja y no alzó la vista directamente hacia los nobles, sintiendo un escalofrío cada vez que percibía la mirada de alguno de ellos sobre sí. Había realizado un buen servicio y aprovechado cada ocasión en la que había que llevar las cristalerías sucias hasta las lavanderas para huir de aquel lugar opresivo. Finalmente, parecía que el ágape decaía y pronto tocaría a su fin. No había sido una fiesta escandalosa en absoluto, a pesar de que algunos asistentes, incluido el Sha Nuredil, lucían las mejillas sonrojadas y parecían completamente abotargados por la copiosa comida y el alcohol. No había escuchado los gritos y la algarabía a la que estaba acostumbrado cuando espiaba los banquetes en Nirala y los hombres cantaban, bebían cerveza hasta mojar sus barbas y pecheras y palmeaban los traseros de las coperas. En Shalama, al parecer, el disfrute se realizaba de una manera indolente y calmosa, casi desinteresada, y muy elegante en cada aspecto. Este hecho le habría fascinado si su situación hubiera sido otra. Si no hubiera permanecido alerta en cada momento, como en una trampa de serpientes, aguardando el instante en que fuera sacrificado como un cordero. Mientras ordenaba las copas de cristal sucias en el carrito labrado del rincón, volvía a notar un par de ojos sobre sí, y las manos le temblaron por

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un momento. Cisne acudió a su lado, transportando otra bandeja, y le susurró al oído, contribuyendo a angustiar más su ánimo. —El sobrino del Sha te está mirando otra vez. —Déjame tranquilo. —Creo que le gustas. La suave risita inaudible de Cisne le irritó. El chico arqueó una ceja, y ambos fingieron entretenerse un instante con los vasos mientras conversaban en tono quedo. —Al menos es agradable—prosiguió el chico moreno—. A mí me ha tocado el culo una bola de sebo. —No parece que te importe—escupió Driadan, dignamente. —¿Me estás llamando puta? Ignoró su mirada burlona y la sonrisa afilada. Iba a empujar el carrito para llevarlo hasta el exterior, donde las esclavas lo vaciarían y lavarían las copas, cuando las manos finas de Cisne se cerraron sobre las asas y le miró, atravesándole con los ojos oscuros. —Esta vez me lo llevo yo. Driadan apretó los dientes. Luarah se había girado y parecía extrañada al verles allí, inmóviles. Algunos invitados se levantaban ya para marcharse a sus aposentos, y él no dejaba de sentir el peso de los ojos de ese extraño, el sobrino del Sha Nuredil, sobre su nuca. Lentamente, apartó los dedos y dejó que el Cisne se marchara, triunfante, arrebatándole su vía de escape. Con un suspiro tembloroso se dio la vuelta y regresó, con una botella de cristal entre las manos, dirigiéndose a la única dama de la reunión, que levantaba su copa. El hombre que le miraba insistentemente, un tipo joven de pelo tintado, estaba susurrándole algo a Luarah, sin apartar los ojos de él. Eran negros. Cuando llegó junto a ella, el hombre se apartó de la Sharin, haciéndole sitio para que le llenara el vaso con el licor afrutado. Era de tonalidad dorada y su aroma estallaba al dejar fluir el líquido, mezclándose con el perfume de la mujer. Licor de flores. Observó fijamente el resplandor de la bebida mientras la servía, arrodillado junto a ella, y luego alzó el cuello de la jarra sin derramar una sola gota.
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—Gracias, Nirala—murmuró la Sharin—. El Sha Malavani, mi primo, desea tomar un último trago de licor en sus habitaciones. ¿Serías tan amable de acompañarle? Driadan tragó saliva. Los ojos aceitunados de la mujer se volvieron hacia él, dulces, con una expresión suplicante que parecía querer infundirle valor. La observó. Luego miró de soslayo al hombre a su derecha, quien permanecía con el rostro vuelto hacia otra parte. Su perfil era agradable, joven y sereno. Estaba vestido de verde y olía a azahar. Luarah le hizo un gesto levemente apremiante, y Driadan asintió. Como por una orden tácita, el noble se levantó sin volverse hacia él. Los largos cabellos, teñidos de un color rojo brillante, se le derramaron por la espalda cuando se incorporó y se recogió las mangas de la túnica. Al final de la tela tintineaban pequeñas cuentas de cristal. Driadan se levantó a su vez, sosteniendo la botella con ambas manos, con los nudillos pálidos. No quería que le temblaran las manos, aunque el corazón le golpeara en el pecho como si quisiera romperle el esternón. Siguió al caballero en silencio, aferrándose al recipiente de cristal tallado, ahogándose en el olor a flores del licor. Él no le miró en ningún momento ni dijo una sola palabra mientras caminaban. Al atravesar las pesadas cortinas, se cruzaron con Cisne, que regresaba de nuevo. El jovencito moreno le dedicó una sonrisa cruel. Driadan se tragó todo su odio y levantó la barbilla, hablando lo bastante alto para que el Cisne le escuchara. —Seréis sobradamente complacido, Señor. El hombre del cabello rojo se volvió a medias y le dedicó una suave sonrisa. Driadan la correspondió. Que se jodiera el Cisne. Si pensaba que iba a hundirse por aquello, estaba muy equivocado. Pensó en Ioren y se rearmó de valor, ciñéndose con fuerza a la invisible cadena que le condenaba y a la vez le sustentaba, trayendo a su mente el recuerdo de la noche anterior, de las largas horas en las que se entregó a su deseo y le entregó su deseo sin ocultarse, probándolo todo, tocándolo todo, devorándolo todo. Tenía su sabor en el paladar. Los matices de su voz incrustados en los oídos, el tacto de su piel en los dedos, el olor de su cuerpo y su cabello en los pulmones, el gusto salobre de sus besos, de su semilla, sobre la lengua. Al menos tenía eso. Recorrió los pasillos sin bajar el rostro hasta que llegaron a los aposentos del Sha Malavani. Éste abrió la puerta de la perfumada estancia y se hizo a un lado, invitándole a pasar con un gesto cortés, casi amable. Driadan
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aferró la botella y contó cada paso, anudándolo a un latido de su corazón. Sólo necesitó tres para entrar en la alcoba, seguido por el hombre de la túnica azul. La puerta se cerró tras ellos.

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Capítulo XV: Nirala

de cerámica que trazaban dibujos geométricos y repetitivos en el piso. Por la amplia ventana, el resplandor del sol poniente se filtraba y hacía brillar aun más los azules, los rojos, los ocres y los blancos del mosaico multicolor. Las lámparas de aceite titilaban en sendos rincones, y una suave luminiscencia cambiante acariciaba la lujosa alcoba: los baúles con gemas engastadas, el vestidor al que se accedía tras un biombo pintado, el amplio lecho que dominaba el espacio, con doseles de gasa y cojines esparcidos en toda su superficie. Driadan permaneció un instante junto a la puerta, sujetando su botella de vidrio tallado entre las manos y observando alrededor. El hombre con el cabello teñido de rojo carmesí se acercó al ventanal y abrió la hoja, descorriendo la cortina. Parte del perfume inciensado se difuminó suavemente, y los aromas de las flores del jardín penetraron, empujados por la bochornosa brisa. La melodía de una lejana chirimía ascendía desde los pisos inferiores. —¿Cómo te llamas? Driadan sintió que el corazón le daba un vuelco. El hombre de la túnica azul se acercó a un diván rinconero y se recostó allí, con un gesto que exudaba elegancia, felino y perezoso. El príncipe le observó con mas detenimiento. Debía haber alcanzado la veintena hacía poco, pues en sus rasgos no se adivinaba aún la menor marca de madurez, y sin embargo no quedaba un rastro de infancia. Era un rostro alargado, de barbilla afilada y nariz fina y poco prominente. Esta describía una suave curva en el puente y se redondeaba al final, sobre una boca de labios simétricos, en los que el superior se fruncía en un delicado pellizco que lo hacía levantarse un ápice, justo en el centro. Estaba perfectamente rasurado, y las mejillas enjutas resaltaban los huesos de los pómulos. Los ojos, negros como la noche, aparecían perfilados al igual que los suyos. El maquillaje resaltaba una mirada rasgada, profunda y enigmática bajo las cejas oscuras, que ascendían hacia las sienes en dos gráciles arcos. La frente, amplia y despejada, no estaba surcada por la menor arruga, y daba paso a la espesa cabellera, ungida en aceites y retirada hacia atrás, de manera que se pegaba al cráneo y dejaba asomar las puntas de las orejas, algo picudas. El moreno de su piel estaba más cercano al bronce dorado del oro viejo que al castaño
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a habitación olía a incienso. Era una estancia amplia, de baldosas

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o el suave chocolate que había visto entre los siervos y esclavos oriundos de la zona; el tono azul celeste de los ropajes realizaba un contraste muy agradable con aquel color y el rojo rabioso con el que estaban teñidos los cabellos. Era un hombre delgado, alto y sin duda atractivo, envuelto en un aura de misterio que habría detectado antes si hubiera tenido agallas de observarle. Cuando él frunció el ceño y extendió la mano en la que sujetaba la copa, Driadan recordó que tenía que hablar. Por un momento se había quedado algo fascinado. —Nirala, señor—respondió en un susurro, acercándose para servir el licor. —Nirala es el nombre de tu país de origen—replicó él, con una voz suave, sutil. Parecía estar escuchándole bajo el agua—. ¿Así te llaman? —Si, señor. Es mi nombre ahora—dijo de nuevo. Alzó la botella y cerró el tapón. Tampoco esta vez había derramado nada. El hombre no apartaba los ojos de él. Parecían atravesarle como dagas punzantes, mientras se recogía las largas mangas, tendido de medio lado sobre el diván y agitando la copa entre los dedos con un movimiento ligero. Llevaba un anillo con rubíes. —Soy el Sha Melior Malavani, sobrino de tu amo. —Es un honor serviros, señor—respondió, dándose la vuelta para dejar la botella sobre una mesita lacada. Estaba nervioso y tenía un nudo en la garganta. El estómago se le había vuelto del revés, y su valor se deshacía por momentos, como un jirón de nubes. La continua mirada sobre sí le inquietaba, se sentía invadido y asediado de alguna manera. Se permitió cerrar los ojos un instante, con las palmas de las manos sobre la mesa, intentando relajarse. —En ese caso... sírveme como mejor sepas. Casi tiró el recipiente con el repentino temblor en las manos. Su voz, sorda y susurrante, le había llegado con tanta claridad como su presencia, que se le antojaba extrañamente amenazadora. Tragando saliva, se dio la vuelta y avanzó en pasos rápidos, sin detenerse a pensar. El miedo le repiqueteaba en las entrañas, se habían anudado todas sus venas, o eso le parecía, pues sentía el pulso zumbándole en todos los poros y las entrañas encogidas. «Hazlo rápido y no pienses», se ordenó. Aun así, no podía pensar demasiado. Su mente se había convertido en una bandada de cuervos que graznaban y revoloteaban a la estampida, alertas, chillones, caóticos.
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El hombre del cabello teñido le miraba. Se dejó caer de rodillas ante él y lanzó los dedos apresurados, trémulos, al cinturón de la túnica, mientras tiraba de la tela hacia arriba, con la respiración desacompasada y los ojos ardiendo de ira y lágrimas contenidas a fuerza de orgullo. Forcejeaba con el nudo del fajín cuando él le sujetó las manos, con un ademán firme. —Espera. Driadan alzó el rostro, vagamente sorprendido. Tenía los labios apretados. —Estás lívido como un muerto, y tiemblas. —Lo siento, señor. Le costaba hablar. Se le había secado la boca y la lengua se le pegaba al paladar. —¿No tienes experiencia? —No demasiada El Sha Malavani no le había soltado las manos. Su semblante no daba muestras de sentimiento alguno, ni decepción ni extrañeza mientras le observaba, pero su tacto, aun siendo firme, no era brusco. La luz de las lámparas se volvió más suave cuando el sol se ocultó al fin y el dorado de las titilantes llamas ganó la partida a la tonalidad rosácea del ocaso. Finalmente, el hombre asintió y le tendió la copa, haciéndole un gesto con la cabeza para invitarle a beber. Driadan la tomó y tragó el licor dulce y cálido apresuradamente, parpadeando algunas veces. Le calentó por dentro y refrescó su boca. Después le devolvió el cáliz, respirando hondo de nuevo. El lo tomó. —De acuerdo. Tranquilo—susurró, deslizando un dedo sobre la gota esquiva que se escurría por sus comisuras—. Te mostraré lo que debes hacer. No has de tener miedo. —No tengo miedo —replicó Driadan instantáneamente. El hombre sonrió, apurando la copa y dejándola caer al suelo. El cristal produjo un sonido apagado sobre la alfombra y rodó, dejando una huella de humedad. Los ojos negros parecían hipnotizarle de alguna manera, porque no podía desprenderse de su influjo turbador. Sus dedos

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permanecían en el rostro del chico, lo giraron con suavidad y le observó como si fuera una porcelana. —¿Qué edad tienes? —Dieciséis años. —Cierra los ojos, Nirala. Tragó saliva y obedeció, sin saber por qué. Los dedos finos acariciaron su rostro, su cabello. Con un nudo de angustia, tiró de su memoria, trayendo el recuerdo cercano de las ásperas manos de Ioren, siempre calientes y sensibles, que le quemaban al rozarle. Los labios que se posaron sobre los suyos no eran acero oxidado ni abrasadora sal, estos estaban extrañamente frescos, y el perfume cercano se le hacía extraño, ajeno. Fue un beso lento y leve, que apenas se deslizó sobre su boca con un sabor dulce, sin irrumpir ni atacarle, como una invitación incitante y sutil. Driadan colocó las manos libres sobre las rodillas del hombre y aguantó la respiración un momento antes de responder, abriendo paso a su aliento y dejando que la lengua suave recorriera sus labios. No era desagradable, pero sintió asco. Un asco irracional, como si estuviera permitiendo que entrasen ratas en su habitación sin cerrar la puerta. Asco hacia sí mismo. «Soy una puta. Peor que una puta. A las putas les pagan.» Si al menos pudiera hacerlo rápido... pero el maldito hombre misterioso parecía tomarse su tiempo en saborearle, introduciéndose con pausada dedicación en el beso lento, recorriendo su cuello con las yemas. Angustiado, trató de precipitar aquello, apretándose contra él y enredándose en su lengua. El hombre se apartó de nuevo, sujetándole el rostro con las manos. —¿Qué...? —¿Por qué haces eso? Driadan parpadeó. Tenía las mejillas ardiendo. —¿El qué? —Me clavas las uñas en las piernas—respondió lacónicamente el Sha. Driadan apartó las manos al instante. —Lo siento, señor—murmuró.

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Durante un rato, Malavani le miró en silencio. «Peor que una puta. A las putas les pagan.» —Quizá esperabas que te forzara, pero yo no soy así—dijo el hombre, tranquilamente. Su aliento le golpeaba el rostro—. Me gusta sentir que sé darle placer a mis amantes y que ellos me lo dan de buen grado, ardiendo en los incendios que hago prender en ellos. Esta noche, tú eres mi amante, Nirala, así que no te resistas a eso, porque no podrás. Me haré dueño de tu cuerpo y seré el ejecutor de tus sensaciones. Haré que disfrutes, y agonizante, supliques por más. Así me complacerás. Así me servirás bien. Driadan se quedó helado. Su corazón pareció parársele en el pecho, y abrió los párpados, su mandíbula se descolgó, golpeado por el significado de aquellas palabras. La grieta aulló y se desgarró de nuevo en su alma, mientras la boca del Sha volvía a cubrir la suya y un nuevo beso, lujurioso e incitante, se abría camino entre sus labios, provocándole y haciéndole arder las mejillas. Cerró los ojos una vez más, estrechando los párpados, y se estremeció con el soplido gélido del desespero silbándole al oído. Dejó escapar el aliento abandonado en aquel beso, con la certeza de haber nacido vencido azotándole de nuevo, mientras enredaba los brazos tras la nuca del desconocido y erguía el torso, hundiéndose en la boca tibia y dulzona. «Ioren, eres tú. Este beso es tuyo, así te abrazo...», pensó vagamente, ahogando un sollozo, tragándose la rabia. Malavani sonrió. Nirala se estremeció con el roce de sus dedos en el cuello de la túnica: el Sha tiraba de los lazos lentamente, abriéndola. Driadan le imitó, mientras se lamía los restos de saliva, con la frente apoyada en la suya y el odio fustigándole las entrañas. —¿Os agrado más ahora?—preguntó quedamente. En su imaginación, le arrancaba los ojos y los engullía. —Mucho más, Nirala, abandónate. Lo pasaremos bien los dos. La tela se escurrió por sus hombros. Vislumbró el torso fibroso del Sha al abrirle la túnica, y extendió las manos sobre su abdomen. Él le acariciaba el pelo, arañándole la nuca muy despacio, sin herirle. Aquel hombre era hermoso y olía bien. Su figura era bonita, estética y exquisitamente masculina. Había demostrado que sabía como tocarle, cómo besar y cómo hablar, pero no ardía con la llama del fuego pasional. Descubrió la vanidad en sus gestos y anhelos, mientras se desnudaban despacio, acariciándose delicadamente. Descubrió la egolatría subyacente en su sonrisa sesgada cada vez que bajo sus dedos Driadan se estremecía, al pellizcarle la piel o rozarle la espalda con las uñas tras retirar con lentitud los ropajes que le
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cubrían, dejando que se aovillaran sobre la alfombra, en sus rodillas. La sutileza de sus caricias era una seducción constante a la que difícilmente podría escapar, pues le despertaba un cosquilleo continuo en los nervios, que al tiempo que excitaba sus sentidos le provocaba un rechazo virulento. Tendría que transformar con habilidad la rabia y la ira que sus manos despertaban para adecuarlo a lo que se esperaba de él. Cuando el hombre presionó con los dedos sobre los rosados botones de su pecho, retorciéndolos con suavidad, Driadan se negó toda sensación y empezó a fingir. Dejó caer los párpados, se mordió los labios y exhaló un gemido quedo, contenido, bien elaborado, —He encontrado tu llave, ¿no es así?—replicó el Sha, en un murmullo insidioso. Repitió el gesto, más intensamente. Driadan sintió el tirón de excitación en su entrepierna, lejano y sucio, improcedente. Volvió a negarse el placer y gimió otra vez. Debía resultar convincente, porque Malavani sonrió de nuevo, insistiendo en la caricia que parecía despertarle. Driadan se arqueó hacia atrás, exponiéndose a él y dejando colgar los cabellos a su espalda. —Sois hábil, mi señor—murmuró entrecortadamente, entreabriendo los párpados. La mirada profunda del hombre resplandecía, orgullosa y aún fría. Éste se relamió e hizo ascender una mano hacia su cuello, le acercó los dedos a los labios y los recorrió con el pulgar. El chico supo que había dado en el clavo al espolear su egolatría. «Ioren me hace hervir la sangre sólo con mirarme, engreído estúpido», pensó para sí, con enfermizo deleite. «Ioren no necesita habilidad para encenderme cuando me toca, hasta sin intención. Su sola presencia me alimenta. A su lado sólo eres un pervertido altivo con ínfulas.» —¿No deseas tocarme ahora, Nirala?—dijo la voz insidiosa. —Sí. El hombre hundió los dedos en sus cabellos, atrayéndole hacia él. Recostado en el diván como estaba, a Driadan no le costó retirar la túnica abierta, con los adecuados jadeos y el gesto arrebatado. Lamió con suavidad la piel tersa del pecho, depositando delicados besos en los que ocultaba su desgana. Demasiado dulzón, demasiado perfumado, sin el picante sudor ni el candente calor que conocía. Era como saborear una muñeca de cera. Habría sido atractivo, hasta deleitoso para otros, incluso para él, si no estuviera protegiéndose constantemente con el recuerdo incomparable del cuerpo esculpido en piedra y sal. Ahora, degustando
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aquella anatomía extraña, se volvía más consciente de cuán potente era su deseo por el hombre del mar, de lo auténticas que eran las sensaciones que le despertaba, arrolladoras e irracionales con toda su crudeza, con el dolor y el hambre salvaje que las aderezaban. La nostalgia le dolía, pero el reconocimiento de estos sentimientos, de alguna manera también le liberaba. Escuchó el suspiro abandonado del hombre cuando rodeó su sexo con los dedos, la lengua hundida en el ombligo. Lo acarició despacio, entreteniéndose en el bajo vientre, que se contrajo con el roce intenso. —Creía que no tenías experiencia—resolló Malavani. —No demasiada—respondió él, quizá demasiado secamente. Al notar que se tensaba y antes de que pudiera sospechar sobre la falsedad de sus reacciones, hizo de tripas corazón y lamió la tirante superficie desde la base, con un suave jadeo. Alzó la vista, fingiendo inseguridad, con los labios reposando sobre la virilidad henchida, y encontró el semblante de su señor contenido y algo crispado. Había anhelo en su mirada a pesar de la máscara de indiferencia de su gesto. Los mechones de cabello teñido se enroscaban como culebras sobre los hombros desnudos, bruñidos. Se preguntó si se despeinaba alguna vez, mientras abría los labios y le acogía en su boca con un gemido abandonado. No tuvo problemas para engullirle entero, entre los jadeos contenidos del hombre y sus caricias cada vez más impetuosas en su pelo. Le introdujo hasta la garganta, escurriéndose hacia afuera después y embadurnándole de saliva cálida, trazando círculos con la lengua. «Ioren es más duro y firme, y no puedo tomarle sin ahogarme», se repitió. «Es como acero al rojo con sabor a mar, que estalla en mi boca y me provoca más hambre que el mejor de los manjares.» Dispuesto a comprobar cuánto podía palidecer en la comparación, imprimió un ritmo más intenso a sus movimientos. Malavani le tiraba de los cabellos sin violencia, arqueando las caderas hacia sí. Su aliento contenido resollaba voluptuosamente cada vez que le hundía en su boca húmeda, cuando se apartaba, exprimiendo la carne con los labios y dejando que sus manos completaran el recorrido. Tenía los dedos húmedos de su propia saliva. —Suficiente. Suficiente—Dijo entonces el hombre, recorriendo su rostro con las manos y tratando de apartarle. «Que te jodan. Haré que disfrutes y supliques por más, ¿no? Estúpido.» —Más, por favor, mi señor—murmuró, mirándole con falso candor, suplicante.
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El hombre le tomó por los hombros. La mirada que antes le había incomodado ahora aparecía teñida de deseo, vibrante, y cuando deslizó los dedos por su mejilla, Driadan volvió a fingir un estremecimiento. —Ven. El Sha se puso en pie y le condujo hasta la ventana, rodeándole los brazos desde atrás. Le guió para que apoyase los codos en el alféizar y le acarició las caderas, rozándole el trasero con las manos. Respiraba en su oído. Driadan apretó los dientes, tragando saliva de nuevo, y cerró los ojos. Las caricias delicadas viajaban por su piel, recorrían su espalda y rodeaban su cintura. Eran demasiado suaves para ser de Ioren, pero a pesar de todo volvió a evocarle, su mirada de acero incandescente, su contacto abrasador cuando le cubría con su cuerpo, su pelo enredado y áspero cosquilleándole en la nuca o en el pecho. El hombre estaba tocándole entre las piernas, acariciándole despacio desde abajo hasta arriba, mientras deslizaba la otra mano sobre las nalgas firmes y le besaba los hombros. Driadan dejó caer la cabeza hacia adelante y alzó la grupa, arqueando la espalda. Podía ver el jardín desde allí, azul y verde apagado, las estrellas tempranas y los blandones de la muralla que ya se encendían, la noria del pozo, detenida. «Eres tú quien está a mi espalda, es tu aliento el que me quema, es tu recuerdo el que me inflama», se repitió de nuevo, encadenando un gemido auténtico al fondo de su garganta. Se aferró al borde del ventanal y perdió la vista en los árboles agitados por la brisa, en el patio con esculturas, hasta que se le emborronó la visión, humedeciéndose de lágrimas esquivas. Encadenaba los suspiros espontáneos con los que fabricaba para deleite del caballero, temblando y con la piel erizada a causa de las estudiadas atenciones que recibía. Cuando Malavani tanteó su interior, hundiendo el índice en su angosto paso, Driadan clavó las uñas en el mármol del alféizar y dio un respingo involuntario, mordiéndose los labios para evitar que se le escapara un grito. La respiración se le encabritó como un caballo fiero. —Vaya... así que esto es lo que te gusta, definitivamente. «No.» Tensó la mandíbula hasta que le dolieron las sienes, los carrillos se le inundaron de aire caliente al aguantar los jadeos. «No, maldita sea, no, no.» ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser así, por qué sus nervios se empeñaban en gozar con aquello, aunque proviniera de manos extrañas, si su voluntad y su conciencia no lo disfrutaban? Su organismo se empeñaba en llevar la contraria a sus emociones, a sus sentimientos. Su cuerpo le traicionaba. Reaccionaba, aunque él no quisiera, y eso le angustiaba más que cualquier otra cosa. Tenía que acabar aquello. Intentó mostrarse más comunicativo, con la esperanza de que parase, de que dejara de provocarle
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y terminara de una vez, lanzando algún grito ahogado que otro, mientras los dedos se internaban en su profundidad y le tocaban por dentro con terrible destreza. Las caricias rítmicas sobre su sexo tampoco ayudaban. Se contorsionó como una culebra atrapada, intentando pegarse a su cuerpo en un reclamo violento, desesperado. No quería más, no podía seguir. Odiaba lo que estaba sucediendo, porque a su cuerpo le gustaba. El sudor se escurría en diminutas gotas sobre su piel y le humedecía las raíces del cabello. No quería más, sólo que terminase. —Por favor...—susurró. Esta vez fue una súplica auténtica. Hundió el rostro entre los brazos, mordiéndose los nudillos, rabioso. «Que termine, que termine de una vez.» Ojos azules, incandescentes. La noche pasada no había querido que nada acabara. Hubiera deseado tenerle en su interior hasta el mediodía, hasta el día siguiente, durante una semana. Vibrar entre sus manos como la cuerda de un laúd tañida por un maestro, dejarse mecer por las corrientes arrolladoras de la pasión hasta morir de agotamiento, hasta ahogarse en su océano embravecido. —Dilo otra vez. Los dedos malévolos entraron más profundamente, giraron en sus entrañas, volvieron a empujar hasta el fondo. —¡Por favor!—exclamó, incapaz de ocultar esta vez la rabia y el desespero. Una risa capciosa bailó en sus oídos, resonó en la profunda grieta de su alma y los ecos reverberaron en él con insistencia. El Sha le sujetó por las caderas. Recibió la contenida irrupción con alivio y se arqueó instintivamente. Al fin. Sólo tenía que dejar que se moviera hasta que vomitara la semilla y no habría nada más. Una extraña paz le envolvió. Su mente pareció disolverse y escapar muy lejos, flotando como un espíritu etéreo por encima de los jardines, ajena a los estremecimientos de sus músculos y las espasmódicas contracciones, ajena a la presión en su honda profundidad, al roce que le lamía por dentro. Ajena a la armonía de las respiraciones, al baile estudiado y ligeramente frío del hombre que le invadía, ondulante y felino, ajena a la cabellera esponjosa que dibujaba pinceladas en su espalda en cada envite profundo. Los resuellos acelerados y los jadeos sordos, muy lejos. El sudor tibio y el temblor en las entrañas, muy lejos. 

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Sobre la cama, en los aposentos reales de Nirala, Driadan permanecía de pie, con la ensangrentada camisa de dormir llena de polvo y el cabello enredado. La puerta estaba abierta y las ratas entraban en tropel. Animales enormes y peludos, de ojos rojos y patas con afiladas uñas, que se movían a sus pies como un mar pardo, velludo y hambriento. Mordían las cortinas escarlata, destrozaban los bajos de la colcha, trepaban por el dosel. Inmóvil, de pie en la cama, cedido al abandono las contemplaba el príncipe, con un gesto triste y resignado en el semblante. Las ratas habían inundado su cuarto. Lo anegaban. Lo infectaban. Las ratas habían entrado, y no podía cerrar la puerta. Sus cuerpos se amontonaban en el dintel, se atropellaban unas a otras. Clavaban los dientes en sus zapatillas de tela, las rasgaban, tirando de ellas. Defecaban en el escudo de armas, orinaban en los baúles abiertos con su ropa, royéndola, tirando de los hilos. Estaba solo, contemplando con desazón cómo las criaturas destruían los tapices y rasgaban la madera de ébano, chillando y revolviéndose, devorando todo lo que había sido. La marabunta horadaba los tejidos y corroía la madera. Rompía los vidrios. Un brazo le rodeó la cintura y el aroma de los océanos le circundó. —Duerme, príncipe —dijo Ioren, estrechándole con suavidad. Una de aquellas alimañas corría sobre un estante, gorda y aullante, derribando sus figurillas. —No puedo dormir —murmuró con voz débil el príncipe, inmóvil. —Hacen mucho ruido. Los brazos poderosos le acunaron, y la voz profunda, suave como una caricia, empezó a cantar en tono grave, en un susurro íntimo y aterciopelado, antiguo como la piedra y cálido como la llama, apagando el sórdido estruendo de las sabandijas que hervían a sus pies, protegiéndole, conservándole, sosegando sus sentidos y envolviéndole en seguridad. Conocía aquella nana. Se la había cantado al oído en el almacén, entre las cortinas de gasa y las alfombras amontonadas. Driadan cerró los ojos. Algo le quemó por dentro.  Malavani empujó con contención tres veces más, y se detuvo, apoyando una mano en la ventana. El vaho había cubierto el cristal. Driadan seguía sujetándose al alféizar, con el sudor corriéndole por la frente y los pulmones distendidos en su lucha por encontrar aire que les colmara. Cuando el hombre salió de su interior, la tibia humedad se escurrió por sus muslos y el joven dio un traspiés, dejándose caer lentamente de rodillas hasta el suelo. El Sha se dirigió hacia la repisa y tomó él mismo la botella de licor. Algo frío y líquido se escurrió por la espalda de Driadan, y luego la lengua lasciva lamió la bebida fragante, mezclada con su sudor.
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—No está mal para empezar, Nirala. Se viste la noche de estrellas se ciñe su capa la pálida luna, tumbada en su cuna, se mira en la nieve como en un espejo, se peina de lejos y el viento nos canta al oído en silencio. Duerme, tranquilo y sereno, duerme en mis brazos hasta el amanecer El chico se incorporó, rodeándose el torso con un brazo. Sus ojos se habían apagado. Se dejó conducir hasta la cama sin oponer resistencia alguna, y el hombre del cabello teñido le tendió sobre las sábanas, deslizando las manos por su cuerpo, recostándose a su lado. —La noche aún es joven. Tenemos mucho tiempo. Relájate y déjame mostrarte... hasta dónde puedes llegar—murmuró el Sha en su oído, rozándole el costado con la punta de los dedos. El búho, despierto, aletea que no te importune su lánguido canto no te invite al llanto ni el zorro te asuste con su larga cola ni el mar con sus olas Duerme, tranquilo y sereno mi niño que sueña en su sueño crecer, duerme en mis brazos hasta el amanecer Dejó que los besos volvieran a escurrirse sobre su piel erizada, sin importarle ya la reacción de sus nervios. Su espíritu danzaba en el jardín, revoloteando, buscando a Ioren. Su alma estaba arropada por sus manos, de pie en la cama de su habitación en Nirala. Las ratas le rozaban las puntas de los pies, pero Ioren le levantó y le sostuvo en el lecho de sus brazos, cantándole al oído. Muy lejos de las húmedas caricias. Muy lejos de los lúbricos gemidos, de las figuras que se contorsionaban sobre las sábanas con impudicia, enredando las lenguas y acariciándose los cabellos. Muy lejos de los latigazos de placer y del estremecimiento gozoso.

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La noche se viste de estrellas, la escarcha engalana para ti la ventana la nieve te canta canciones de cuna que se han olvidado y estoy a tu lado velando tu sueño duerme, tranquilo y sereno, duerme en mis brazos hasta el amanecer Dejó a Nirala y se enredó en el abrazo de Ioren, se hundió en su perfume, dejando que le arrullara en su recuerdo. Muy lejos, durmió en el calor de la llama que tan bien conocía, sin importarle las lágrimas, el odio, el rencor o la venganza. Se refugió en lo único que le quedaba, degustándolo despacio hasta que le pareció real, hasta que la noche dio paso al alba, el Sha Melior Malavani estuvo satisfecho y realmente, finalmente, todo terminó. Sólo entonces, cuando el hombre de los cabellos teñidos dormía, se escurrió con ligereza de su lado, silencioso. Se vistió y salió de la habitación, cerrando con cuidado a su espalda. Huyó de puntillas, cruzando el palacio que empezaba a despertar y corrió a través del jardín hasta el almacén de las telas. En la penumbra, cerró por dentro y se dejó caer en un rincón, abrazando una cortina azul y mordiéndola con fuerza, balanceándose en cuclillas y temblando como una hoja. Las lágrimas mojaron la cortina de gasa.

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Capítulo XVI: Preludio

demasiado limpios, pero Luarah no esperaba otra cosa cuando entró del brazo de su primo a la oscura estancia. Los hombres se vieron sorprendidos cuando la puerta se abrió y la luz del exterior penetró a raudales, descubriéndoles en su hora de la comida. Recogieron las escudillas y se pasaron las manos por los rostros, tratando de parecer más presentables ante su ama y su ya por largo tiempo invitado. Luarah hizo un gesto con la mano, restando importancia a su visita para que siguieran con su actividad, mientras Melior se cubría la nariz con la mano disimuladamente. —Les compramos juntos, a los dos—dijo Luarah en su idioma, señalando con la cabeza al hombre del rincón—. Se conocían, pero no puedo decirte mucho más. Sólo sé que están unidos de alguna manera. El Rojo estaba con la espalda apoyada en la pared, mirando hacia un punto indefinido en el vacío mientras se afeitaba con una hoja roma. El cabello le había crecido abundantemente en aquellos meses, y su envergadura seguía siendo imponente. La mirada inescrutable no había perdido la chispa. Al parecer, las cadenas de la esclavitud no horadaban el espíritu de aquél hombre enorme y silencioso, solitario como una estatua rescatada del mar. —¿Y por qué me traes a ver a éste?—replicó en tono desdeñoso su primo, arqueando una ceja con suavidad—. Yo a quien quiero es a Nirala. —Por eso te traigo a ver al Rojo—explicó Luarah—. Si quieres llevarte a Nirala, en caso de que mi padre acepte desprenderse de él, tendrás que llevarte al Rojo también. Creo que separarles es contraproducente. Melior ladeó la cabeza, repasando con la mirada a los veinte esclavos que se hacinaban allí. Todos parecían haber regresado a sus quehaceres, apurando su comida unos, remendándose las suelas de las alpargatas otros y deshilachando cada minuto de descanso que les quedaba antes de que el capataz volviera a levantarles a latigazos y retornaran a su esforzada labor.

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os barracones olían a humedad y polvo. No es que estuvieran

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—Separarles es contraproducente—asintió el joven Sha, con la mirada fija en el Rojo—. Ese hombre no es un esclavo, es un guerrero. Fíjate en su mirada, en su aplomo. En cuanto a Nirala, tiene los ojos del color de la sangre. No sé si sabes lo que eso significa, prima. Luarah frunció levemente el ceño, volviéndose hacia el Sha. Éste mantenía el semblante impertérrito. —No he viajado tanto como tú, mi querido primo. Nosotros no somos mercaderes. —Sonrió amablemente tras lanzar la puya. Melior permaneció indolente ante su sutil provocación y se limitó a ladear la cabeza hacia el otro lado. —Es un símbolo de nobleza—dijo con calma—. Tenéis como copero a un muchacho de alguna casa importante del Imperio de las Montañas. —Los asuntos del Norte no nos importan demasiado aquí—replicó ella, encogiéndose de hombros. —Estos dos nunca serán esclavos. Pueden daros más de un disgusto si se lo proponen, Sharin. Luarah pestañeó y dejó caer algo más de su peso en el brazo de su primo, apartándose el cabello con elegancia. Melior le gustaba. Era astuto y sagaz como una víbora, intrigante y retorcido en toda su sublime elegancia. Conocía ella, desde luego, su interés por despojarles de sus bienes en cuanto tuviera oportunidad. Él era un rico comerciante, pero no poseía tantas tierras ni una finca tan espléndida, en parte porque su padre, Sha Nuredil, había sido rápido y hábil para reclamar sus derechos sobre la fortuna de su hermano tras el accidental fallecimiento de éste. Su primo era peligroso y taimado, pero quizá por eso mismo le gustaba. —Y sin embargo, tú quieres comprarnos a Nirala. Melior sonrió, mirándola de soslayo. —Es que es delicioso. —¿Tienes debilidad por él? —Podríamos llamarlo así.

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Luarah le devolvió la sonrisa. No era tan ingenua como para creer que la prolongada estancia del Sha Malavani después de la fiesta acontecida hacía ya casi una estación se debía exclusivamente a su encaprichamiento con el copero. Estaba allí, en su casa, metiendo las narices en sus asuntos utilizando a Nirala como excusa. Una serpiente deslizándose en su jardín, buscando dónde y cuándo morder la fruta jugosa, eso es lo que era. Para colmo, su padre había empezado a llamar al chico a sus habitaciones dos semanas después de que Melior empezara a llevárselo, y ambos lo compartían quizá con la esperanza de arrancarle secretos de alcoba de la otra parte. Nirala, sin embargo, parecía inmune a estas tentativas. Ni su primo ni su padre habían conseguido entablar la más mínima intimidad con él, pues tan siquiera habían sido capaces de arrancarle su verdadero nombre. Por eso, Luarah se preguntaba cual era el verdadero interés de Melior en adquirir para sí al muchacho. Tal vez quisiera utilizarle para hacerles daño. Tuvo la sensación de que la clave estaba en el comentario que su primo había hecho acerca de los orígenes nobiliarios del joven. —Como te he dicho, si le quieres tendrás que llevarte también al Rojo, y eso siempre que mi padre esté de acuerdo. Nirala le gusta mucho. —No me extraña. Sin embargo, estoy convencido de que llegaremos a un acuerdo. No creo que el Sha esté conforme con tener a gentes peligrosas entre sus siervos. «Te tenemos a ti como invitado, no nos subestimes, primo», pensó ella para sí. Sin embargo, dijo: —El peligro que puedan suponer está neutralizado. He sabido tratarles adecuadamente. —Si les compro, tendrás que enseñarme. —Si les compras, puede que lo haga. Intercambiaron una mirada provocativa y ambos sonrieron otra vez, con un gesto muy similar. Un cosquilleo de anticipación recorrió la columna de Luarah. Le gustaba mucho Melior, y sabía que ella también le gustaba. Se preguntó cuánto tardaría en pedir su mano a su padre y cómo sería su vida en común, pues no dudaba que, a la larga, su primo comprendería que la única manera de recuperar lo que ellos le habían quitado era mediante esa inexorable unión. A ella no le parecía mal. Sería emocionante dormir con su enemigo, retozar cada noche y amenazarse veladamente el uno al otro, entretejer argucias para fastidiarse y comerse el terreno.

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—Regresemos, querida prima. Iré a hablar con tu padre sobre el acuerdo. Los dos nobles salieron. Cuando la puerta se cerró, los esclavos aguardaron, contando hasta cien. Después, volvieron a destellar sus miradas, abandonaron las escudillas y se arremolinaron en torno al Rojo, juntando las cabezas y hablando en susurros casi inaudibles en el idioma de Shalama. —¿Oíste a la Sharin? Quizá seas vendido—murmuró uno de ellos. Ioren negó con la cabeza, con el gesto grave, y les observó. Le había costado mucho esfuerzo aprender el idioma, pero más aún volver a despertar el ardor en aquellos corazones marchitos, despojados de ilusiones, enterrados bajo el peso de las cadenas y la esclavitud. Por eso conocía todos sus nombres y se enorgullecía de cada uno. —No venden yo. No venden Nirala. Seguro. —¿Cómo lo sabes?—susurró otro, un hombre de las islas con la piel muy negra y la boca desdentada. Ioren se permitió una media sonrisa. —No venden ninguno. No tienen tiempo. Gente toma cosas mucho lento en palacio. Fuego y acero antes vender nadie. Los esclavos sonrieron y se miraron entre sí, con una luz de esperanza en sus semblantes dispares, tan distintos como diferentes eran las tierras del vasto mundo. Luego empezaron a rebuscar en sus ropajes y dejaron sus tesoros de salvación, envueltos en telas sucias y hojas verdes, sobre el suelo, en el centro del círculo que formaban. Ioren revisó uno a uno, asintiendo y escuchando las explicaciones de sus aliados. Cuando no entendía alguna expresión, frase o palabra, ellos se lo explicaban lo mejor que podían, hacían gestos o dramatizaban hasta que lograba comprenderlo. Después, Ioren empezó a dar órdenes. —Kiram, Sulori, Fernos, llevan esto a ... —Hizo un gesto y tardó algo en encontrar el vocablo correcto. —Almacén de telas. —Almacén de telas—asintieron los hombres. —Discretos—añadió con una mirada de advertencia. Ellos asintieron otra vez, rectos y serenos. Aunque no fueran guerreros, sabían obedecer, y no podía sino confiar en ellos. No tenía nada más.

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—Beonar, Jhandi, Qilem y Arevano, van con mujeres cuando lleguen a lavar en agua charca. Cub... —Las cuberterías—añadió Jhandi. Ioren asintió. Siguieron conspirando en tono bajo hasta que las órdenes de cada cual quedaron claras, y entonces volvieron a distribuirse por el barracón, apagándose sus ojos y encorvándose hacia adelante, apurando sus boles de arroz y garbanzos, suspirando en silencio y vistiéndose con el peso de la servidumbre que enmascaraba su renovado arrojo. El Sha Ioren Raur contempló el hueco de la pared donde había contado todos y cada uno de los días de su sometimiento, del tormento de Driadan, príncipe de Nirala. Habían pasado cuatro meses desde que llegaran a aquel palacete en las tierras del Sur. Cuatro meses en los que había hecho girar, día a día, la rueda del molino chirriante con las manos encadenadas a las palancas, en los que su cabello había crecido tanto como su ira, tanto como la rabia y la venganza. Había aprendido mucho en esos meses. Había forjado las almas de aquellos que se inclinaban bajo el yugo de la opresión y se le había revelado una verdad aterradora que le hacía replantearse muchas de sus creencias. Ahora sabía que todo hombre puede ser un esclavo. Ahora sabía que todo hombre puede dejar de serlo. No importaba que fuera un guerrero o un vasallo, nada tenían que ver en eso las circunstancias de nacimiento o condición. Sólo era necesaria una oportunidad. Una sola chispa. Bastaba una chispa para convertir a un criado en caballero, a un bracero en combatiente, a un siervo en señor, a un esclavo en hombre libre.  Cuando entró a la habitación de los coperos, Luarah chasqueó la lengua y apoyó la mano en la cadera, alzando la voz con tono de maternal amonestación. —¡Cisne, Nirala! ¿Ya estáis otra vez? Los chicos se recompusieron. Nirala soltó la pechera de su compañero y se apartó de la pared donde tenía acorralado a Cisne, sacudiéndose la túnica con un brillo rabioso en la mirada. Cisne tragó saliva y se apartó del rincón, manteniendo las distancias con su camarada. Estaba pálido y parecía muy asustado. Luarah frunció el ceño con extrañeza. No era la primera vez que sorprendía peleando a los dos jóvenes, pero generalmente, el moreno
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mostraba una expresión burlona y terriblemente maliciosa, mientras que Nirala siempre parecía el más afectado por la ira y el rencor. En esta ocasión, pasaba algo distinto. —Perdón, Sharin—dijo Cisne, inclinándose y postrándose de rodillas al momento. —Perdón, Sharin—Nirala le imitó, en tono frío, y se arrodilló, bajando la mirada pero no la cabeza. —¿Qué estaba pasando aquí, esclavos? Cisne miró de reojo a su compañero por un segundo, luego agachó más la cabeza. Durante demasiado tiempo, nadie dijo nada. —Le dije que le mataría si volvía a insultar a mi madre—respondió al fin Nirala. «Estos dos nunca serán esclavos.» Esas habían sido las palabras de su primo. Luarah tenía que admitir que algo de razón sí tenía, porque aunque el joven copero jamás había cometido un error ni había disgustado a sus señores e invitados, complaciéndoles en todo, tampoco nunca se había apagado definitivamente aquel resplandor orgulloso que con tanta frecuencia descargaba en forma de ira sobre Cisne. Al menos, todavía. Se preguntó si Melior sería capaz de ahogar aquellas brasas si llegaba a tenerle en su poder. —De acuerdo, dejadlo ya y que no se repita—suspiró ella, llevándose la mano a la cadera—. No quiero tener que azotaros. Por favor, no me lo hagáis difícil, ¿de acuerdo? —Sí, Sharin —Sí, Sharin —Bien. Luarah sonrió de nuevo y se acuclilló frente a los muchachos, como solía hacer cuando acudía a darles instrucciones especiales, mirándoles frente a frente con calidez. Luego descubrió el puño que había mantenido cerrado y les tendió un dulce de azúcar, plátano y nueces a cada cual. Cisne lo tomó y lo mordisqueó con una sonrisa espontánea. Nirala la miró con suspicacia, como siempre que les llevaba regalos, y luego lo cogió, mordiéndolo con cautela.
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—Gracias, Sharin. —Ya sabéis que hoy es la Noche del Fin de Verano, ¿verdad, chicos? —Esperó a que ambos asintieran antes de proseguir. —Bueno, habéis de saber que ésta es una noche especial. El verano se marcha y el otoño llega, con la cosecha, los vientos más frescos y la lluvia. En esta noche de despedida, todos los miembros de nuestra Casa, sean siervos, lacayos, visitantes, guardias, esclavos o señores, se reúnen en la media noche para beber del Oro del Sol. El Oro del Sol es el licor más preciado de Shalama. Nirala asintió, escuchando. Cisne aún parecía sumergido en algún pensamiento inescrutable, pero Luarah contaba con que él ya conociera aquellas tradiciones. Puso todo su empeño en que el chico del norte las asimilara con claridad y fuera consciente de la importancia de su labor en aquel día. —Hoy vuestra misión es la más importante del año. Todos los hombres y mujeres de esta casa serán engalanados con un dedal de plata, como este que yo llevo al cuello—explicó, levantando la cadenita de la que colgaba el vaso de cristal cerrado—. Vosotros debéis encargaros de llenar los dedales y cerrar las tapas, para que todos, todos, todos tengan su ración de Oro del Sol antes de media noche. A media noche, el carrillón de la terraza sonará, y todos, estemos donde estemos, brindaremos. Luarah sonrió. El joven Nirala asintió, no parecía demasiado sorprendido por lo que le estaba contando. —¿Ya te habían hablado de esto?—dijo ella, arqueando la ceja. —Algo comentaban los criados, Ama. —Vaya—replicó ella, mirándole. Tenía una sensación extraña. El chico de los ojos rojos estaba muy extraño hoy, lívido y con una llama mucho más vívida en las pupilas—. Bueno, espero que te haya quedado claro lo que tienes que hacer. —Si, Ama. Luarah se incorporó y les hizo un gesto para que se levantaran. —En pie. Bajaréis a la bodega tres horas antes de media noche para recoger el licor. Antes de eso, Nirala, asegúrate de haber pasado por los aposentos de mi padre y mi primo. Los dos quieren verte.
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—Sí, Ama. Cuando Luarah salió de la habitación, no pudo ver cómo Cisne agachaba aún más la cabeza, y los ojos rojos, amenazadores, se volvían hacia él con una advertencia implícita.

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Capítulo XVII: La noche

en el firmamento y las flores nocturnas se abrían por última vez despidiendo al verano que se marchaba. Abajo, en la parte más agreste del jardín, los esclavos estaban sentados en las piedras, conversando en tono bajo o contemplando el firmamento en silencio, rodeados por algunos guardias. Aun en los momentos de mayor bondad por las fiestas estacionales, debía mantenerse el control sobre los sometidos. Sin embargo, el ambiente era plácido y melancólico. Todos estaban tranquilos. Los hombres de armas suspiraban, y los dedales de cristal, con su tapa cerrada, destellaban con el brillo del puro cristal mientras aguardaban a los coperos que habrían de llenarlos con el Oro del Sol. Decía la tradición que fue el primer Sha de Shalama quien descubrió la receta del mágico licor cuando, en la noche en que el estío tocaba a su fin, el Sol se le presentó con la forma de una flor dorada y relumbrante que surgió espontáneamente en su jardín. La flor se inclinó y comenzó a llorar, y el hombre del sur, el primero de los Sha, se acercó conmovido a hablarle. «¿Por qué derramas tus lágrimas, flor maravillosa?», le preguntó, rozando los pétalos con los dedos. «Porque debo alejarme hasta la nueva primavera, porque el dolor me acongoja al saber que no podré derramar mi calor, mis bendiciones, como antaño, durante largos meses.» El Sha, sintiendo una profunda nostalgia al escuchar estas palabras, ahuecó las manos bajo la flor y recogió sus lágrimas, bebiéndolas de un sorbo. «Me despido de ti ahora, pero tu sabor me acompañará en los fríos días del invierno. Tu partida no me es indiferente, estremece en cambio mi alma con una pena que no puedo apagar. Con este brindis te digo hasta pronto, pues regresarás. Y entonces nuestras penas tornarán en alegrías.» Era una hermosa leyenda, que las voces recordaban en tono íntimo y los padres transmitían a sus hijos en noches como aquella, mientras se saludaba al verano que marchaba y se aguardaba con firmeza al otoño y al invierno que habría de seguirle, con sus vientos inclementes y quizá con bondadosa lluvia que haría crecer los cultivos. Todos recordaban aquella historia, y algunos esclavos se la contaban a otros, que habían venido desde lejos y contemplaban su extraño dedal con curiosidad. Ioren miraba las estrellas. Se preguntaba, reflexivo, si sus dioses aún le miraban desde ahí arriba, si todavía estaban ofendidos con él o había obtenido definitivamente su perdón. Se había atado los cabellos en la nuca y el suave hormigueo de la anticipación discurría por sus venas,
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ra una noche fragante, una noche especial. Los astros ya titilaban

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cosquilleándole en la punta de los dedos, más allá de las muñecas encadenadas. A su lado, Jhandi canturreaba a media voz. Era una noche fragante, una noche especial. Todos los ojos miraban al cielo, en el abigarrado jardín.  En la oscura bodega, las enormes barricas asemejaban rechonchos hombres de madera sentados en línea, sosteniendo a otros sobre sus hombros. Por algunos altos tragaluces, la estrellada claridad se filtraba a la extensa sala, derramando un velo lechoso y fantasmagórico sobre las dos figuras que trabajaban sobre la mesa. La luna esquiva arrancaba destellos a las preciosas botellas de cristal labrado, a los tapones prismáticos y relucientes con esmalte en la cúspide. Entre las sombras, dos figuras trabajaban. Driadan, con las manos firmes, sostenía una de ellas sin rozar el cuello. Cisne vertía el dorado líquido de la jarra al embudo, y la botella se llenaba con el licor brillante. El sonido claro del fluir resonaba en la sala abovedada. Un soplo de viento hizo temblar la tela de araña del techo. Driadan colocó el tapón y miró a su compañero. —Es la última. Cisne asintió, bajando la vista. Tragó saliva. Driadan podía oler su miedo, y lo saboreó con enfermizo placer. —Nirala, no quiero hacer esto—murmuró Cisne, en un hilo de voz. Levantó la mirada hacia el joven de ojos rojos, suplicante y desesperada. El chico le observó con semblante adusto y luego elevó una ceja. Cisne se agarró a la mesa y puso algo de distancia entre los dos. En la sombría bodega sus figuras se recortaban con delicadeza, sus facciones parecían tamizadas por un velo transparente que suavizaba cada rasgo en el contraluz. La brisa agitó la tela de araña nuevamente. Driadan dio un paso hacia él, acechante, amenazador. Cisne aguantó la respiración y echó a correr. Las suaves zapatillas de tela apenas hacían ruido. Las cubas y los toneles le contemplaban en su frenética carrera, como dioses antiguos. Quizá llegaría hasta la puerta, conseguiría dar la alarma. Una sensación de opresión cayó como una losa sobre su pecho, espoleándole, consciente de la cercanía del otro esclavo, ese esclavo que parecía un lobo, un lobo blanco y

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negro, hambriento y cruel, sus zapatillas de tela rozando la tarima cada vez mas cerca de su espalda. Driadan cayó sobre él. Jadearon, peleando por un instante. Los dedos de Nirala se abrieron paso en su boca, y algo con sabor amargo y textura vegetal fue empujado al fondo de su paladar. Se le durmió la lengua y sollozó, salivando. Estaba tendido boca abajo en el suelo, respirando agitadamente. El lobo estaba sobre él, metiéndole aquella hierba a empujones en la garganta. Intentó morderle los dedos, con las lágrimas cayéndole por las mejillas. No quería tragar, pero tragó. Nirala le susurró al oído. —Si quieres sobrevivir, lo harás. —¿Por qué...?—sollozó a media voz, aplastando la mejilla sobre el suelo. Amargo, amargo y espeso, se anudaba la saliva entumecida en su boca, entre sus dientes—. ¿Por qué haces esto? —Levántate. Y límpiate la cara—respondió Driadan, incorporándose. Se sacudió la toga y las manos—. Tenemos que repartir el Oro del Sol. Aún permaneció Cisne un largo instante, tendido sobre el piso de madera polvorienta, lamentando su suerte. Lamentando cada instante en que las manos de los hombres habían rozado su cuerpo, lamentando haber mirado una sola vez a los ojos a Nirala, lamentando haber intentado ayudarle, haber querido ser su amigo, ser importante para él. Lamentando haberse burlado de su destino, haberle zaherido continuamente con sus comentarios velados, haber propiciado su desventura en lechos ajenos, haberle desafiado. Lamentando haber descubierto aquella extraña bolsita bajo la almohada de su cama y haber sido tan incauto para mostrársela, altivo, y preguntarle qué era. Lamentaba, mas que cualquier otra cosa, haberle amenazado. Ahora, con el regusto picante y acre en la lengua adormecida, veía como todo se volvía contra él y la rueda giraba, como los engranajes del molino, arrastrándole al fondo.  Luarah se abrochó los pendientes, contemplándose en el espejo. La larga cabellera se derramaba sobre sus hombros descubiertos, se rizaba en suaves ondas detrás de los lóbulos de las orejas. Iladania se movía a su espalda, colocándole los pliegues de la preciosa túnica perlada, blanca y esponjosa como una nube. Estaba hermosa. Se veía bella y altiva como la
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señora que era, Sharin de Shalama, una privilegiada, una criatura afortunada. Siempre se había sabido bendecida por la suerte. Nacida en buena familia, entre las castas más altas. Rica, inteligente y bonita. Ladeó el rostro, observando el efecto de los brillantes entre su oscura cabellera, reluciendo como estrellas, el matiz oscuro del maquillaje en torno a su mirada, el suave bálsamo que hacía brillar sus labios. La sirvienta se retiró y fue a buscar el colgante estival. Le pasó la cadenita de plata por el cuello y se la abrochó en la nuca. El dedal de cristal se acomodó entre sus pechos, transparente. Luarah miró a la chica a través del reflejo y sonrió. —Iladania. —Sí, ama. —Después de la ceremonia, ve a la habitación de los coperos. Prepara el baúl de Nirala y séllalo. Déjale un saquito de incienso dentro como recuerdo de su Sharin. —Se hará como ordenas, ama. Luarah se giró hacia ella y se sentó en el escabel, dejando que la muchacha retocara sus pestañas. —¿No vas a preguntar? —No es de mi incumbencia, ama—replicó Iladania, deslizando el pincel con exquisita suavidad sobre sus ojos cerrados. Luarah volvió a sonreír. Por eso adoraba a aquella chica. Porque nunca hacía preguntas. Y porque nunca le había metido el pincel en los ojos por accidente al maquillarla.  Jhandi le dio un suave codazo cuando las figuras se adivinaron al extremo del camino de gravilla: dos muchachos vestidos de azul y de rojo, con zapatillas en los pies y túnicas de cuello abierto hasta los tobillos, adornadas con cuentas de cristal. Ioren parpadeó y bajó la mirada, perdida en las estrellas. Sus pensamientos descendieron y volvieron a la realidad, apartándose de los asuntos divinos para centrarse en los terrenos. Tomó
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aire lentamente. Sus ojos buscaron la mirada carmesí, con una punzada de nostalgia que le quemó en la garganta al tragar saliva. La encontró, serena, severa y firme. —Arriba, esclavos—dijo un guardia, dándole un golpecito a Dorrenk en el brazo con el canto de la espada—. Vienen los coperos. Los hombres se incorporaron con gesto pesado, entre suspiros y crujir de cadenas. Ioren se levantó, estirándose la guerrera de cuero y limpiándose las manos en los pantalones, como si debiera arrancarse de las palmas alguna clase de suciedad. Luego contempló a los jóvenes. El chico de piel atezada tenía los ojos muy abiertos y una expresión angustiada en la mirada. Llevaba una bandeja colgada del cuello, a la altura del vientre, que sostenía con las manos en horizontal. En ella se alineaban las botellas de cristal, resplandeciendo su contenido con el brillo del oro claro y entrechocando entre sí mientras caminaba. Las que ya estaban vacías permanecían al fondo, abandonadas e inútiles. Driadan caminaba unos pasos por delante, con uno de los recipientes entre las manos. El cabello oscuro, la tez clara, los ojos escarlata, brillantes como ascuas coaguladas y el semblante casi solemne. Se detuvieron frente al grupo. Driadan destapó la botella y se acercó al primer guardia. Éste se inclinó hacia él, alzando el dedal de cristal y levantando la bolita de vidrio que lo mantenía cerrado en la parte superior, y el muchacho vertió el líquido por el estrecho cuello, apenas por unos segundos hasta haber llenado la ampolla. Sus movimientos eran ligeros y precisos. Parecía que hubiera pasado toda la vida escanciando licores, sirviendo bebidas y llenando cálices de vino, por el modo en que inclinaba con exactitud el frasco, lo elevaba, lo enderezaba y lo apartaba después, sin que una gota se desperdiciara. —El Oro del Sol—dijo Driadan, inclinando la cabeza un instante. —Bendito sea—respondió el guardia, colocando de nuevo la bolita para cerrar el dedal. Ioren se mantenía inmóvil. Cada gesto suyo le parecía un universo de sonoridad y aromas explosivos. El roce de la toga cuando se movía unos pasos para servir unas nuevas gotas del mágico vino en el dedal de otra persona le atravesaba los oídos, así como su voz al pronunciar el formulismo. Alzó la vista una vez más a las estrellas, frunciendo el ceño levemente. «Si estáis ahí, si aún podéis escucharme... si aún podéis escucharme, Padres Celestiales, una vez más os pido perdón. Os pido perdón y que nos deis fuerzas a todos en esta noche. Y si no a mi, dádselas
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a aquellos que me acompañan. Bendecid a quienes os necesitan. Y si no lo hacéis, si tan grave es mi ofensa que tenéis que proveer desgracia a quienes ninguna parte tuvieron en mis actos pasados, si les abandonáis también a ellos como castigo a mi alma... entonces es que no sois justos.» Las zapatillas de tela se detuvieron frente a él. Ioren bajó la mirada hacia Driadan y levantó su dedal, apartando la bolita. Tuvo que inclinarse bastante para colocarse a su altura. Los ojos rojos le miraban. «Mírame», es todo cuanto pedía, lo que siempre había exigido. Nunca podría negárselo. Hundió los ojos azules en sus pupilas. Driadan levantó la botella y llenó el recipiente, con un súbito temblor que hizo que rebosara y se derramara una parte sobre el suelo. —El... Oro del Sol—murmuró apenas el príncipe. Ioren no respondió.  Melior aspiró profundamente el aroma de la deliciosa cena, que se extendía por los salones. Recostado en los cojines, observaba con desinterés a las bailarinas que cimbreaban las caderas, haciendo flotar vaporosos velos al ritmo de los timbales, el derbake y el qamún. Los músicos se estaban esmerando especialmente aquella noche, y no era para menos. El Sha Nuredil, recostado a su lado, le ofreció uno de los aperitivos almendrados que las doncellas habían comenzado a servir. Melior lo tomó, dedicándole una sonrisa cortés. —¿Así que partes mañana, honrado pariente?—dijo el Sha. Le tembló la papada al hablar. —Al amancer, mi señor tío—respondió Melior. —¿Tan temprano? Confiábamos en que nos deleitaras con tu presencia un poco más. El hombre de los cabellos teñidos se recogió las largas mangas, dando un mordisco al diminuto pastel de hojaldre y especias. Estaba muy dulce, bañado en miel, y al fondo se enmascaraba un toque agrio y un tanto áspero al paladar difícil de identificar.

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—He abusado sobradamente de tu hospitalidad, honrado pariente—replicó, tras tragar el bocado—. Mi barco se amarra en el puerto desde hace meses y nuevos viajes me esperan. —¿Vas a llevar a Rojo y Nirala en tus travesías? —Acomodaré al bracero en mi finca antes de partir. El Sha Nuredil arqueó las cejas con una risilla y no dijo nada más. No era necesario. Melior podía leer sus pensamientos. Su tío creía que el joven copero sería su amancebado en tierra y mar y que el Rojo se deslomaría trabajando en su pequeña tierra que apenas producía mucho más que esparto y malas hierbas. Su tío creía que Melior había pagado más de cinco mil monedas en telas para comprar un muchacho del que se había encaprichado, y eso era exactamente lo que él había querido hacerle creer. Reprimió una sonrisa al pensar en el beneficio que obtendría a cambio, pero no podía culpar a Sha Nuredil de estar convencido de haber hecho un buen negocio. Al fin y al cabo, su tío no sabía nada acerca de los asuntos del exterior. No sabía a quién había tenido sirviendo en su casa como copero durante meses. No sabía que en la lejana Nirala un príncipe había desaparecido, un Rey lamentaba la pérdida de su hijo y había tomado esposa para engendrar un nuevo heredero. No sabía que en los puertos, en los bajos fondos, entre la más espantosa calaña de los ladrones, los asesinos y los cazadores de recompensas, la familia de la nueva Reina de Nirala había ofrecido cien mil monedas a quien entregara la cabeza del desaparecido príncipe Driadan. No, el Sha Nuredil no sabía nada, no tenía ni idea. —Ya traen la cena—dijo Luarah, entrando alegremente al salón con pasos ligeros. El Sha Malavani la contempló, sonriéndole. Estaba deliciosamente hermosa. —Vuestros cocineros se han superado a sí mismos esta noche, honrados parientes—dijo él, dando otro mordisco al pastelillo—. Estos aperitivos tienen un sabor sin duda atrevido. Luarah se sentó a su lado, dedicándole una mirada pícara. —Es que esta es una noche especial. ...
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La cena transcurría en un ambiente plácido y alegre. Los tres señores disfrutaban de los tiernos bocados, los músicos tocaban, el vino era servido. Los coperos habían terminado su labor y habían llegado unos minutos antes de que comenzara la cena, apresurándose en escanciar los blancos vinos que habían de acompañar el convite. Cisne seguía rígido y cada vez parecía más desolado. Driadan llenaba la copa de Melior, arrodillado a su lado. El hombre del pelo teñido le acariciaba los cabellos y reía de cuando en cuando, en animada conversación con sus familiares. El esclavo Nirala se dejaba estrechar y peinar con los dedos, con la mirada perdida en las bandejas distribuidas sobre las alfombras. De cuando en cuando, correspondía con una sonrisa a las palabras de su nuevo señor. —Te gustará viajar con el Sha Malavani, Nirala—dijo Luarah, mirándole con maternal expresión, tratando de infundirle seguridad—. Te echaremos de menos, pero estamos seguros de que estarás bien. —No merezco atención ni preocupación, ama—replicó Nirala, con una sonrisa espontánea—. Sé que estaré bien. Siempre se me ha proveído en esta casa de los mejores cuidados, y no podría expresar con palabras mi mucha gratitud. Los tres señores parecieron muy satisfechos con aquellas palabras, y Melior le miró con ojos ardientes por un instante. —Entiendo que te apene abandonar este lugar. Pero te acostumbrarás. —También Cisne parece un poco compungido—dijo el Sha Nuredil, masticando un trozo de faisán a dos carrillos—. ¿Qué te ocurre, Cisne? ¿Dónde huyó tu sonrisa? El chico levantó la cabeza, como si saliera de su ensimismamiento. Parpadeó. —Ah... voy a añorar a mi amigo—murmuró. Luego volvió la vista hacia la copa de Luarah, que parecía extrañada por esta afirmación. La Sharin abrió la boca para decir algo, pero entonces sonó el carrillón. Una cascada de campanas de bronce que tejían una suave melodía, repiqueteante y grave, profunda, casi mística, resonando en el estuco de las paredes, en las bóvedas y pasillos, en los vacíos baños de mármol y las abandonadas habitaciones, en las terrazas, la bodega y los jardines. Las
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claras vibraciones parecían inundar el ambiente. Los rostros se volvieron hacia el balcón, y la Sharin sonrió. —Es la hora. El grupo se levantó, arreglándose las vestimentas, y acudió hacia el mirador. Atravesaron las cortinas, seguidos por los dos coperos, y salieron a la brisa nocturna. El cielo estaba más hermoso que nunca. Despejado y sereno, habiendo apagado la guardia los blandones de las murallas, se contemplaba con más claridad sin otra luz que le hiciera sombra. El ejército de estrellas que se disponía en el negro firmamento asemejaba un tesoro bullente de plata y perlas. Sus destellos estremecían los corazones, y la pálida luna se recostaba en su cuarto menguante, como la hoja de una cimitarra, despidiendo una luminosidad fantástica, casi sobrenatural. El Sha Nuredil se colocó en el centro, con una mano sobre la balaustrada, y destapó su dedal. A su izquierda y derecha, su hija y su sobrino hicieron lo mismo, aguardando la última nota del carrillón incansable. Cisne miró de reojo a Nirala. Los dos sostenían sus ampollas en las manos. Abrió la boca para decir algo. Entonces, el carrillón unió todos sus sonidos en un único acorde, una estremecedora campanada que anunciaba el final del verano, la partida del estío y la despedida del sol. Alzando los cristalinos y diminutos cálices, todos bebieron.

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Capítulo XVIII: El fin del verano

chasqueando la lengua después, con las miradas vueltas hacia el firmamento. Se despedían del sol. Algunos, para siempre. Ioren contó mentalmente. Desgranó cada número hasta la centena y aguardó, con la tensión de la anticipación. Aguardó a que el primer guardia frunciera el ceño y se tambalease, a que extendiera una mano ante su rostro. Antes de que exhalara el grito de alarma que amenazaba con surgir de su garganta, lo hizo. La ira bramó en sus venas cuando se movió, veloz, y arrancó el sable de la cintura del hombre. Al menos tendría algo de honorable atravesarle la garganta si aún no se derrumbaba al suelo cuando lo hiciera. Y lo hizo. Su sangre le salpicó el rostro, y el guardia se mantuvo en pie unos momentos antes de caer, deslizándose a lo largo de la hoja y liberándola. No era el único. El sonido de cuerpos desplomándose llegaba de cuando en cuando, desde un sitio y otro. En las murallas empezaban a escucharse apagados gritos. Quejidos y llamadas de socorro. —¿Qué es esto? Malditos...—jadeó el otro centinela, cayendo de rodillas. El palacio parecía presa de una extraña maldición. Los lacayos sentían cómo las fuerzas les abandonaban. Los capataces gemían al descubrir que las rodillas se les doblaban y que cada movimiento se les antojaba imposible, incapaces de coordinarlo, de realizarlo. Algunos apenas podían respirar. Los chambelanes se derrumbaron como montones de arena en los pasillos. El mozo de cuadras se cayó de boca en el montón de heno. Los dedales de cristal habían sido apurados. —Listos—dijo Ioren, mirando a los esclavos. Actuaron deprisa. Sólo eran diez centinelas, ellos eran veinte. La ventaja que podría suponer estar armado y libre frente a rivales encadenados y sin armas no significaba nada ya. El veneno hacía su efecto. —¡No veo!—gritó un soldado.

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n el jardín, los esclavos y los centinelas apuraron sus viales,

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—Mis... mis piernas... Espasmos, parálisis y pérdida de visión. Eran los primeros síntomas. —Feliz otoño—dijo Kiram, con una risilla aguda, mientras sacaba un cuchillo de trinchar de su túnica y atravesaba el ojo del incauto soldado que intentaba desenvainar. Aún cargados de cadenas, los hombres extrajeron sus armas improvisadas de los ropajes. Eran instrumentos de cocina, pero era suficiente para aquel primer enfrentamiento, mientras los enemigos se tambaleaban e intentaban oponer resistencia, ciegos, temblorosos e incapaces de coordinar sus movimientos. Uno tras otro, cayeron, aun sin haber comprendido por qué maldito designio del destino sus días llegaban a su fin a manos de esclavos armados con cubertería. —Llaves, ya—ordenó Ioren. Fernos le arrebató el arma a otro guardia que empezaba a gritar y le silenció de un tajo. Asintió. Todos asintieron. Levantaron los rostros, con los ojos llameantes, mientras Qilem rebuscaba en las bolsas de los muertos la llave de las cadenas. —Rápido. La voz de Ioren era pausada, seca, serena. Se mantenía erguido, con el sable ensangrentado entre las dos manos unidas por las esposas, la mirada vuelta hacia el palacete. Qilem corrió, con el manojo de ganzúas tintineando entre los dedos, y fue soltando los grilletes uno a uno. Los hierros cayeron sobre la hierba del jardín fragante, uno tras otro. Algunos recogieron los sables de los centinelas muertos, y una vez que todos estuvieron liberados, sólo entonces Qilem soltó al Rojo. Cuando sus cadenas se desprendieron y rebotaron contra el suelo, todos le observaron. Miradas ardientes. Soldados, guerreros, combatientes. Ioren empuñó dos espadas e hizo girar el cuello, desentumeciendo los músculos y respirando profundamente una vez antes de asentir con la cabeza. —Vamos. Grupo de Beonar, a murallas. —Bien—dijo el grandullón canoso, haciendo un gesto a algunos más—. Ya habéis oído, vámonos. —Grupo de Fernos, palacio. Nos reunimos dentro. No dejéis vivos.
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 Cisne lloraba en silencio, agarrado a las cortinas. Jamás pensó que vería algo así. Nunca creyó que sería cómplice. En el suelo de la terraza, los Shas y la Sharin se habían desmoronado como si las piernas no les sostuvieran. Ahora resollaban y gritaban, revolviéndose en espasmos de cuando en cuando. El Sha Nuredil tenía los ojos en blanco y convulsionaba. La enorme barriga y la papada se agitaban como gelatina mientras se ahogaba en su propia saliva, golpeándose la cabeza con el suelo al temblar violentamente. El Sha Malavani intentaba trepar, sujetándose a las columnas de la balaustrada, tensando la mandíbula y moviendo la cabeza involuntariamente en ocasiones, con el pelo teñido derramándose sobre su cuerpo encorvado, estremecido. Nirala permanecía acodado en la barandilla, de pie, tranquilo, mirando el jardín. —¡Dioses de la arena! ¡¿Qué traición es esta?! ¡No puedo ver! —Nirala...—murmuró Cisne—. Nirala, dame la hierba. Por favor. —¿Qué hierba? —El antídoto. —¿Antídoto para qué? —¡No finjas!—gritó Cisne, desesperado ya, tirando de las cortinas—. ¡Sé lo que me hiciste en las bodegas! ¡Me diste uno de tus venenos! —¿Veneno?—resolló Melior, tratando de levantarse, con un resplandor furioso en la mirada—. Bastardo... —¡Dijiste que si quería sobrevivir te ayudara, y te he ayudado!—insistió el chico moreno. Nirala se dio la vuelta y miró a Cisne, negando con la cabeza. Luego se rió. —Necio. No te envenené. Te metí un puñado de especias en la boca. —¡Mientes! No me siento bien...—parpadeó el chico, incrédulo. —Porque estás asustado—replicó Driadan con una media sonrisa cruel—. El miedo te hace enfermar. Te engañé, te hice temerme y por eso has obedecido.
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Nirala se acercó y le colocó las manos en las mejillas, mirándole fijamente. —Aquí tienes el antídoto—dijo. Luego añadió, separando cada palabra:—No estás envenenado. El Cisne abrió los ojos como platos y se atragantó con su propio aliento. Desembarazándose de sus manos, corrió a un rincón, vomitando, riendo y llorando a la vez, aferrándose a la pared con las uñas. La risa cruel de Driadan sonaba en la sala, más allá de las criadas temblando en el suelo como anguilas en una red, contrayéndose con los efectos de la dolencia. —¡Por qué!—sollozaba la Sharin—. ¡Maldito seas! ¡Por qué! Luarah volvió el rostro hacia Driadan, agarrándole del bajo de la toga. Apretaba los dientes y la espuma se escurría por sus comisuras. Se había despeinado, y un pendiente de brillantes yacía en el suelo. El chico la observó, y los ojos rojos destellaron. —¿Por qué? Se apartó, lanzándole una patada al vientre, rodeando a las tres figuras, acechándolas como un lobo hambriento. —¿Por qué? Sabrás por qué, Sharin. Lo sabrás en tu propia carne antes de morir. —¡NO! —¡Por ciento veintiocho días de esclavitud!—gritó, furioso, golpeándola de nuevo—. ¡Por ciento tres noches arrastrándome en la cama de tu padre y de tu primo! ¡Por tu falsa cara de madre apenada cada vez que me enviabas a sus habitaciones! ¡Por cada maldita vez que me he arrodillado! ¡Por cada gesto condescendiente! ¡Por las monedas de oro que pagaste por nosotros! ¡Por todo, zorra presuntuosa! Luarah gemía y sollozaba, intentando cubrirse con las manos mientras las patadas llovían sobre su cuerpo convulso. Cisne y Melior observaban la escena, perplejos, y Driadan sólo podía seguir y seguir, atacarla con los pies, levantarla del cabello, jadeando, para descargar el impacto de sus rodillas en su vientre, entre sus piernas, hasta que una densa mancha roja se extendió sobre el precioso vestido blanco y la sangre corrió por su rostro hinchado.

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—Basta... basta... —¡Nadie me escuchó cuando yo dije basta!—replicó Driadan, arrojándola al suelo y descargando su furia, pese a estar resollando como si no pudiera más. Entonces se abrió la puerta. Cisne volvió la cabeza, sobresaltado, y le vio. Entrando a la sala, avanzando hasta la terraza, enorme y con los cabellos llameantes oscilando sobre los hombros, en la espalda. Con la mandíbula apretada y los ojos azules fijos en el Sha Malavani, el rojo caminaba como una tormenta furiosa, libre de ataduras y con una espada teñida de carmesí en cada mano, colgando a sus costados. En su mirada ardían todos los infiernos, llamaradas de rabia aplastante que se enredaba en el aire a su alrededor. Una bestia roja y descomunal, heraldo de la condena y la destrucción. Cisne perdió el aliento por un instante, antes de caer de rodillas y exhalar una risotada desquiciada entre las lágrimas. Nirala se apartó de la Sharin, resollando, y volvió el rostro hacia Ioren. Siguió su mirada hacia el hombre de los cabellos teñidos. Malavani se pegó a la balaustrada, convulsionando. —No... —sollozaba la muchacha aún, rendida y bañada en sangre y lágrimas—. Padre... no... —Espera... espera... —Malavani miró hacia atrás, como si sopesara la opción de arrojarse al vacío—. ¿Qué vais a hacer? El Rojo estaba ya frente a ellos. Le tendió uno de los sables al príncipe, que lo cogió al instante, apretando los dedos en la empuñadura. —Fuego y acero—dijo Nirala, mirando al hombre del mar. —Fuego y acero—dijo la voz suave de Ioren, como un susurro rasposo, antiguo y aterrador. Cisne se encogió sobre sí mismo, cubriéndose el rostro con los brazos. Tembló y rió, mientras escuchaba el canto del metal atravesando la carne, el desgarrador grito de la mujer, los aullidos del hombre aún consciente, los húmedos sonidos de la carne lacerada, de los huesos al quebrarse, y el olor de la sangre inundaba sus pulmones, desgarrando los restos de su cordura. 

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De nuevo, una noche más, Nirala estaba encogido entre los montones de alfombras. Hundido en un rincón, al fondo del almacén de telas, se abrazaba a los sedosos tejidos, ahogando las lágrimas en la gasa espumosa y el suave terciopelo, reprimiendo los sollozos que parecían destrozarle el alma. La grieta profunda exhudaba un viento gélido y hediondo, sucio, desde los abismos de su ser, que anegaba su espíritu. Tenía la boca áspera y pastosa, aún persistía el sabor indefinible de la simiente masculina en su paladar, cosquilleando, anudándose en ovillos de saliva en su garganta. Aún tenía la piel sensible y las entrañas contraídas a causa de la actividad a la que se había entregado durante horas en el maldito salón. Aquella noche había sido espantosa. Por si no tenía suficiente con Melior Malavani y el Sha Nuredil, aquel día, en la fiesta, había tenido que entregarse a todos los invitados. Diez hombres perfumados, de túnicas bordadas, gordos, delgados, hermosos y feos, que habían encontrado muy estimulante la idea de compartirle después de los últimos licores de la cena. Arrodillado sobre el suelo, había aguantado las embestidas entre sus labios y a su espalda, las manos insidiosas que le palmeaban la grupa como a un animal. Había aguantado que derramaran bebidas sobre su piel para lamerlas luego, que le hicieran servir vino en las copas sin tirar una gota mientras le hacían aquellas cosas terribles. «Precioso ejemplar, honorable amigo», decían unos, felicitando al Sha por su adquisición. «Mira qué bien reacciona cuando le tocas por dentro. Se calienta enseguida.» Y el Sha Nuredil había sonreído. «Oh si, es muy reactivo. Le gusta más así. Eso es... eso es. Mirad cómo se sonroja, ¿no es encantador?.» Encantador. Cuando le habían dejado en paz, había ido a bañarse, pero ya era incapaz de despegarse aquella película asquerosa que parecía ungirle constantemente. Todo el tiempo creía tener el olor de sus cuerpos pegado a la piel. Todo el tiempo confundía su propio sudor con saliva ajena. No importaba lo fuerte que se frotase con esponjas o piedra pómez hasta desollarse, la sensación perduraba, asediándole, contaminándole, infectándole. Estaba siempre sucio. Estuvo hundido en el agua casi hirviendo hasta que creyó desaparecer, pero nada sirvió. Cisne se reía de sus remilgos. Le zahería constantemente. Sabía que había sido él quien, con su insinuación al oído del Sha Nuredil había provocado su desgracia de aquel día. Cisne era el favorito del gordo, aunque a él también le llamaba a sus habitaciones, pero sentía debilidad por su compañero. El apestoso Sha estaba encandilado con el cuerpo delgado y moreno de Cisne, y le ordenaba bailar continuamente, le arrastraba de acá para allá, apartándole de sus labores, para que le bañara, le peinara, le hiciera masajes, le calentara las mantas. Nirala pasaba la mayor parte del tiempo con Melior. El hombre del pelo teñido era su peor pesadilla, y cada vez que se rozaba con la almohada o un cojín en las escasas noches que podía dormir solo, despertaba dando un brinco, con la imagen de las manos de dedos finos tocándole.

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La puerta se abrió, y Ioren entró en la oscura estancia. Driadan sintió una arcada y un profundo dolor en el pecho, y se escondió más. No sirvió de nada. Él le encontró, siempre le encontraba. —Nirala. La voz grave pronunciando su nombre. Se arrepintió de estar allí. Ykira, una de las chicas de las cocinas, era esposa de uno de los esclavos que hacían girar la rueda con Ioren. Gracias a ella, podían enviarse mensajes de cuando en cuando, y en escasas ocasiones, citarse en el almacén de telas. Driadan no sabía como se las apañaba Ioren para escabullirse de su barracón, pero siempre que le llamaba por medio de la muchacha, el hombre del mar acudía. Jamás había fallado. —Vete —murmuró, asomándose un ápice entre las cortinas. Los ojos azules destellaban. Su figura se recortaba en la penumbra. —No quieres que me vaya. —Sí que quiero —resolló, tragándose las lágrimas, el asco hacia sí mismo —Ya no aguanto más... no sé cuanto podré aguantarlo. Vete. Nos despedimos aquí. —Jamás. Ioren intentó acercarse. Driadan sintió una nueva arcada y siseó como una serpiente, dio un respingo, interpuso las manos, con el corazón rompiéndole las costillas. —¡No te acerques! ¡Es culpa tuya! Todo esto es culpa tuya... todo... —Nirala. Se va a acabar. Escúchame, Nirala. Se había detenido, sin dar un paso más. Los ojos azules parecían llamas gélidas. Driadan se relajó un tanto y se apoyó en la pared. Él no hizo ningún otro intento de aproximarse a él, se quedó quieto, inmóvil, respetando la distancia. Habían podido encontrarse algunas noches, durante un rato, y Driadan había acudido a su abrazo, lo había provocado, con esperanza de liberarse del sudario podrido que parecía envolverle, con esperanza de hallar consuelo. Pero aquella noche no se atrevía a reclamar que le limpiara con su pasión ardiente. Aquella noche había tocado fondo, se sentía tan contaminado que temía que él pudiera percibir el sabor de otros en sus besos, la saliva de otros al lamer su piel, el paso de otros a través de sus entrañas. Recordaba como había temblado y había alcanzado el clímax sin poder evitar que sucediera bajo las caricias y las embestidas de personas a quienes no conocía. ¿Qué podía darle ya? ¿Dónde podía llevarle él? —Nirala, se va a acabar. Tenemos un plan. —¿Qué?
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—Ya casi está listo. Saldremos de aquí antes del primer sol de otoño, te lo prometo. Driadan parpadeó y tragó saliva. Le estaba mirando, muy serio, con una expresión grave y dolida a un tiempo. Ojalá fuera capaz de abrazarle. Ojalá fuera capaz de retornar a su protección, a la seguridad de su cercanía. Ioren empezó a hablar, despacio, en susurros. Le contó lo que habían fraguado en el estrecho barracón de los braceros, le habló de corazones reavivados dispuestos a luchar por su libertad, de sirvientas que languidecían en la lavandería y las cocinas soñando con salir, soñando con vivir. Le habló de la conspiración de los esclavos y del Oro del Sol, de la datura y la mandrágora que crecían en los jardines. Driadan escuchó y asintió, saliendo poco a poco de su lecho de cortinas y alfombras. Hizo algunos apuntes. Discutieron un par de detalles, y finalmente asintió. —Bien... se acabará. Ioren asintió a su vez y frunció el ceño. No dijeron nada por un instante. Él le estaba mirando el cuello. Driadan se tocó, con un nudo en la garganta. Alguien debía haberle dejado una marca ahí, y él ahora estaba contemplándola, sopesando, analizando y juzgando... sí, estaba seguro. Él estaba ahora haciéndose las preguntas que jamás le haría a Driadan. «Se pregunta si disfruto. Se pregunta si me gusta. Si me han llevado al orgasmo y cuántas veces, se pregunta cómo me tocan y si también ellos me arrancan gemidos incontrolables, se pregunta en cuántas camas he estado.» —Vete. Vete ya. Volvió a hundirse en su fortaleza de telas pesadas, se cubrió hasta la cabeza. Cuando sintió una mano pesada en su espalda, mas allá de los tejidos, dio un respingo y un grito involuntario de horror. Después sobrevino el silencio, sólo roto por los resuellos angustiados de su propia respiración. Los pasos se alejaron, lentos, y la puerta del almacén se abrió y se volvió a cerrar. Ioren se había ido. Le había dejado una promesa. La hizo un nudo y alimentó con ella las ascuas de su desespero, haciéndolas arder con la ira vengativa y la rabia furiosa, a la espera del momento. De la hora del fuego y el acero.

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Capítulo XIX: Alta mar

de sal y espuma, extendiéndose en todas direcciones. No se veía nada mas allá. Sólo el inmenso y oscuro océano, circundando el navío que se mecía cabalgando el oleaje, y el inmenso y oscuro cielo donde las estrellas hablaban de infinitud y eternidad. Driadan de Nirala, que había sido príncipe y esclavo, contemplaba las aguas y el firmamento, con los codos apoyados en la proa y la mirada perdida, sintiéndose insignificante. Llevaban un mes de viaje. El día que embarcaron, después del fuego y el acero, en el viejo puerto del Sur nadie dijo nada, aunque varios marinos y vigilantes unían sus cabezas en murmuraciones y secretos. No eran tripulantes habituales: una veintena de hombres, una mujer sin lengua, un sureño que ocultaba una mano herida bajo la capa y dos muchachos, uno de ellos con el semblante vacuo y aterrado de los dementes. Cuando izaron las velas y se hicieron a la mar, aquella nave parecía uno de aquellos barcos que caían presa de la peste o la plaga, en los que nadie hablaba, a los que nadie miraba. Dos días después, la voz de Ioren pareció resucitar a la extraña tripulación. Declaró que el barco se llamaba Venganza. Declaró que la mujer sería llamada Perfidia. Que pertenecería a quien la quisiera en cada momento, y que si nadie la usaba, sería arrojada al mar. La Sharin gimoteó al principio, lloró y exhaló extraños aullidos desde su boca sin lengua. Ahora se acurrucaba en los rincones, peinándose los cabellos blancos y rehuyendo las miradas como un animal salvaje, dejándose arrastrar a las bodegas cuando algún tripulante necesitaba desahogarse. Driadan no sabía qué había sido de Malavani. Ioren le había preguntado qué quería hacer con él, y el príncipe no quiso saberse nada. Una noche, se escucharon sus gritos, y al día siguiente, el Rojo llevaba al cuello un collar con diez huesos cortos, articulados, falanges blancas y brillantes a la luz de la luna. Nadie preguntó. Respecto a Cisne, Driadan había decidido conservarle con vida por algún motivo que ni él podía explicar. Era asqueroso. Era una criatura cobarde y retorcida, que ahora se ocultaba tras su locura, un débil que había tendido su cuerpo en camas ajenas y
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l viento le agitaba los cabellos. El mar era una inmensidad negra

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lamido el sudor en la espalda de quien había requerido sus atenciones. Pero no eran tan distintos. ¿Acaso no había hecho él lo mismo? Mirarle, tenerle cerca, le recordaba los parecidos y las diferencias entre ambos. Le recordaba lo que había vivido y consentido, pues podía haberse quitado la vida antes que humillarse de tal manera. No sólo Cisne, en realidad. Todo y todos. Los tripulantes, que habían sido esclavos, le trataban con distancia y precaución. Ellos habían hecho girar las ruedas y habían arado la tierra, prensado el vino y teñido las telas. El sudor del que otros se habían apropiado procedía del esfuerzo y del trabajo, no del calor de las mantas ni de los brazos lascivos. A Driadan se lo habían robado todo. La grieta en su pecho era un abismo sin fondo que exudaba niebla negra, densa y espesa, continuamente, bajo la que yacía enterrado. A él le habían robado su cuerpo, su placer, sus reacciones y sus sentimientos. Se bañaba a diario, frotándose con agua de mar en las bodegas hasta sangrar. Mientras todos dormían abajo, acurrucados y mezclados, el lo hacía en el cuarto estrecho donde se amontonaban los remos rotos, cerrando por dentro. Cuando alguien le tocaba accidentalmente o para llamarle, daba un respingo y se tensaba. Y mientras todo el mundo compartía las labores, a él nadie se atrevía a pedirle ayuda para acarrear, para limpiar o para hacer nudos. Estaba empezando a convertirse en un fantasma. Se inclinó hacia las aguas, entrecerrando los ojos. No, no lo era. Alguien le estaba mirando, y sentía sus ojos en la nuca, su presencia en el silencio. Con un gruñido, escupió al mar y se encaramó a la proa. Estaba herido. Estaba roto. Fue un príncipe y ya no era nada. ¿Como iba a entenderse? ¿Cómo entenderle a él?  Le vio subir al mástil, el viento enredándole los cabellos y los pliegues de la túnica golpeándole los tobillos. Bajo la luz nocturna, la figura solitaria que se tendía hacia el mar. No tardó más que cuatro zancadas en alcanzarle y asirle por el brazo, bajándole y dejándole caer sobre la cubierta de madera. —No me toques—escupió la mirada carmesí—. No me mires. Déjame desaparecer.

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—No. No le entendía. Jamás podría, estaba seguro. Solo que nunca había querido hacerlo, y ahora sí. . Sus ojos oscuros y profundos le atravesaban, le abrían en canal. Maldito fuera siempre. No es que ya pudiera ocultar su vergüenza o su debilidad, pero lo intentaba. Lo intentaba a pesar de todo, queriendo investirse de trágica dignidad. Eso no servía delante de Ioren. Tenía la sensación de que le desnudaba, como las viejas brujas que abrían las aves para leer en sus entrañas los secretos. Siempre la había tenido, siempre. Por eso le odiaba. «Mi debilidad, mi angustia, mi pequeñez.» Y sin embargo, era el único que había podido consolarle con su rudeza. Deseaba que le agarrara, que le arrastrara a alguna parte y apartase los fríos sudarios con sus caricias y su aliento salobre. Pero ahora no era capaz de provocarle. No se atrevía a exigirle eso.  No se atrevía, aun así, a volver a tocarle. Le había dicho que no lo hiciera, y deseaba ignorarle como su naturaleza le dictaba. Deseaba levantarle entre los brazos y encerrarle en ellos, llevarle a los camarotes y tenderle sobre un jergón. Sacarle la túnica y limpiar con sus manos y sus besos todas las huellas que le habían imprimido. Consumirle hasta que sólo pudiera pensar en él. Borrar sus recuerdos amargos. Pero descubrió que no se atrevía. La mirada carmesí eran puñales en llamas, amenazas veladas. —No puedes desaparecer. —No eres tú quien decide eso—escupió Driadan, incorporándose. Los cabellos oscuros se rizaban junto a su rostro congestionado y lívido, furioso—. Todo es culpa tuya. Es culpa tuya.

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«Sí. Lo es. De nuevo.» No iba a poder arreglarlo, no esta vez, como tampoco pudo hace años, cuando ofendió a los Dioses. ¿Era él su castigo, el tormento que le habían enviado? Debía serlo, pero no apartaría aquel cáliz, y no le dejaría huir. Un dolor frío le atravesó el estómago, aunque no mudó el semblante. Tenía que ser su prueba, era la única explicación. —No puedes desaparecer. Tienes un destino que cumplir.  Rió, con una carcajada seca y venenosa. Rió por no estallar en un sollozo violento, se pasó las manos por la cara. «Tengo tanto frío sin ti... necesito tu consuelo, maldito seas, que me torturas.» Lo pensó, y cuando entreabrió los labios trémulos para decirlo, las palabras le traicionaron. —Te odio, al infierno tu destino—siseó con rabia congelada—. No vuelvas a tocarme. No me mires. Déjame desaparecer. —No. —¡No me toques!—insistió, rechinando los dientes, apretándose contra la madera del casco. Dioses, no se entendía a sí mismo, ¿cómo iba a entenderle él? Y entonces, creyó que al fin, lo hacía. Cuando la mano ruda se cerró en su túnica y le aferró, cuando sintió la aspereza de sus dedos en la nuca y la presa firme de su abrazo en torno a su cintura. —No—musitó Ioren en su oído, con un tono desesperado que se le clavó en el alma. Mientras forcejeaba con aquellas cadenas de carne ruda y viril que le mantenían preso, las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas. El alivio inundó su alma y se aferró a esa sensación mientras trataba de apartar de sí al hombre del mar, sin decir nada esta vez. El sollozo le hizo contraerse, de dolor y liberación. 

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No le entendería, jamás. Quería hacerlo pero no podía. Quería sanar sus labios y su piel, inundarle con su semilla candente y templarle en su sudor, tocarle como lo había hecho antes, arrancarle los malditos harapos con los que cubría su extraña alma. «No me toques», había dicho, y él no lo estaba haciendo... así que interpretó que le estaba llamando. El lenguaje de Driadan era incomprensible. Nunca le había importado lo que tuviera que decir, pero ahora que le importaba no podía leer sus malditos jeroglíficos. Aún no le había besado, pero ya le mordía el ansia de su sabor en la lengua y el paladar, cuando le sintió estremecerse entre sus brazos, forcejeando. Escuchó el sollozo y las lágrimas le mojaron el pecho desnudo. Nunca le habían importado sus lágrimas. Pero ahora que sí le importaban, no pudo soportarlas. Tragó saliva y le soltó lentamente. «Le estoy haciendo daño.» Lo que Driadan había vivido... por lo que había pasado... era normal que no quisiera que le tocara, ¿no? Por eso lo repetía. No era una llamada. Por eso lloraba, porque estaba haciéndole daño. —Ve adentro—susurró en tono bajo, sin mirarle. El chico tardó un instante en responder. —¿Qué? —Ve adentro—repitió—. No puedes desaparecer.  El alivio vino y se fue cuando él le soltó. «¡No!», quiso gritar. Quiso lanzarse a su cuello, estrecharle con sus brazos... pero ¿cómo iba a querer Ioren algo así? Nirala era una criatura despreciable y ensuciada por muchos, que se había sometido a lo más bajo. Ni siquiera era Driadan ya. Ioren no quería sus brazos, no quería nada de él... solo que siguiera viviendo para cumplir su destino con él. La grieta en su corazón volvió a aullar. Arrastrando los pies, Driadan se dirigió a los camarotes. No necesitaba morir; ya estaba muerto.

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Capítulo XX: Desembarco

cabellos. Era como el aliento gélido de una montaña. El aire, húmedo y espeso en el Sur, suave y empalagoso a medida que alcanzaban aguas más septentrionales, ahora era cortante y seco. Driadan, el príncipe de Nirala, había viajado en barco otras veces. En la galera real de su padre, creía recordar, en un tiempo tan lejano que ya parecía otra vida. Sin embargo jamás había visto nevar en el mar. Nunca había contemplado las tormentas blancas, la ventisca engalanada de escarcha. Jamás había visto cómo se pinta de nieve la cubierta, el palo mayor, cómo se forman cristales de hielo en las maromas, cómo la madera se quiebra y cruje, y se queja y gime. El océano azul, profundo. El cielo pálido, el sol, un disco descolorido detrás de jirones de neblina. Puso los dedos en el cristal sucio del camarote de Ioren, contemplando todo aquello desde su refugio. Los hombres caminaban por la cubierta, dedicados a las actividades habituales. A lo largo de la travesía, habían hecho algunas paradas en puertos desconocidos y tierras inimaginables. En algunas de esas ocasiones, se subía una carga de pan ácimo, de pescado en salazón o de jamón curado, de arroz o de agua dulce. En otras, descendían algunos de los miembros de la tripulación, se alejaban del navío y no regresaban. Sólo quedaban quince habitantes en aquel hogar de madera que se balanceaba sobre las olas. Once de los esclavos que habían partido con ellos desde Shalama. Cisne, Perfidia y Nirala. Y Ioren. Mirarle le causaba una mezcla de angustia, esperanza y rabia. Allí estaba, dando órdenes en la proa, con la crespa cabellera roja ondeante, ceñido en una capa de pieles gastadas que arrastraba por el suelo. Parecía saber hacerlo todo. Manejar las cuerdas, usar el timón, desplegar y plegar las velas, reconocer cuándo un suministro de comida estaba en mal estado o se había enmohecido sin siquiera olfatearlo, tirar las redes aquí o allá, donde había que pescar.

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acía días que sentía el frío soplo de la nieve en el rostro, en los

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«Es culpa suya», pensaba, vagamente. «Todas mis desgracias son por su causa. Si no hubiera grabado mi sello en su brazo, si hubiera dejado que le dieran fin con la espada, igual que a sus hombres… entonces yo seguiría siendo príncipe heredero, seguiría siendo Driadan.» Se cubrió con una colcha más, encogido sobre sí mismo. Tenía hambre y frío. El camarote del barco había tenido artículos lujosos que le hubieran agradado a la vista si aún pudiera encontrar placer en esas cosas, y si Ioren no hubiera arrojado todas las riquezas al océano para aplacar a las tormentas. Ahora era una habitación desnuda con una cama, un baúl de ropas y montones de mantas. En uno de los rincones, Perfidia estaba arrebujada en una de ellas. La mujer era un artículo más en aquel museo del asco. Su pelo, que se había tornado blanco a causa de los sufrimientos, estaba manchado de vómito. No había sido capaz de adaptarse a la larga travesía, y había estado enferma con frecuencia. Cisne permanecía junto a ella. El chico moreno había abrazado el silencio durante los dos meses que duraba ya el viaje. No había pronunciado una palabra, pero había cuidado de la que antaño fuera su señora. Ambos se habían unido inexplicablemente en su desgracia. El silencio de Cisne encajaba a la perfección con la lengua cortada de Perfidia, su miedo con el martirio de ella, su enajenación con la locura de la dama. Driadan no había encontrado dónde encajar sus heridas con los huesos astillados de otros. Los días pasaban, inmutables, el tiempo parecía diluirse sin sentido alguno. Deshilvanaba sus recuerdos y volvía a ovillarlos en su confuso corazón, y cuando la angustia y el sufrimiento le atenazaban con mayor violencia, sabiéndose indigno y manchado, buscaba desesperadamente los ojos azules que le habían rescatado en ocasiones para ampararse en ellos. Al menos eso, a su pesar, le aliviaba. Por eso permanecía en el camarote, con la mirada tercamente fija en la figura del hombre del mar. Sólo estaba intentando encontrar sus ojos. Pero Ioren estaba de espaldas, mirando al horizonte. Y cuando la nave dio un bandazo y las órdenes de su voz poderosa se volvieron más secas, casi urgentes, sólo entonces se dio la vuelta y pudo verle. Había una luz cálida en su semblante cuando cruzó ante la ventana, y después desapareció. La puerta del camarote se abrió y la enorme figura entró a zancadas, tirando de la capa donde Cisne y Perfidia se refugiaban.

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—En pie. Hemos llegado. La mujer y el chico salieron precipitadamente del cuarto, con las cabezas gachas. Driadan se quedó donde estaba, mirando al hombre del mar. «¿Dónde está lo que busco? ¿Tan hondo es el abismo que nos separa ya?» Ioren había abierto el baúl. Inclinado sobre él, sacaba prendas que Driadan nunca había visto antes. Capas de piel de foca, torqueses de bronce, cintos de cuero negro, marrón, blanco, botas peludas y camisas de lana. Supuso que habían realizado intercambios y trueques en los puertos, pues aquel cofre sureño de seguro sólo había contenido seda y especias cuando partieron de Shalama. —Driadan. El joven crispó los dedos. Su nombre en su voz le revolvía las entrañas. Le miró con ojos llameantes, lívido. Ioren estaba tendiéndole uno de aquellos mantos grises de olor extraño y aceitado. Extendió una mano y le arrebató la prenda de un tirón, colocándosela sin demasiado artificio. —¿Estamos en Thalie?—preguntó, en un susurro helado. Ioren asintió con la cabeza, ciñéndose unos brazales. Parecía agitado y nervioso. —Te has salido con la tuya. Pero no sé de qué te va a servir. Driadan volvió a mirar hacia el exterior. Los hombres se afanaban con los preparativos para atracar la nave, aunque no acertaba a distinguir ningún puerto. —Te llevaste un príncipe, y has traído a tu tierra a una escoria—prosiguió, con voz átona. Realmente, poco podía importarle nada ya—. Querías hacerme digno para morir a manos de alguien de tu talla. Si no lo era entonces, menos lo soy ahora. Pierdes el tiempo y actúas como un loco. Por un momento, sólo escuchó silencio. Sentía la mirada pesada del hombre del mar sobre sí, pero estaba demasiado cansado y apático como para enfrentarla o buscarla. Las siguientes palabras de Ioren cambiaron eso. —Sigues balbuceando como niño. ¿Seguro que eres hijo de tu padre? Empiezo a pensar que te engendraron gaviotas lloronas.

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Driadan apretó los dientes y los ojos le relumbraron. Un fuego líquido y explosivo le subió por la garganta, mezclándose con bilis. Se apartó de la ventana y dio tres zancadas hacia él, estrellándole la mano contra el rostro en una bofetada sonora que le hizo arder la mano, tanto como le ardía la sangre. —¡Cómo te atreves! Cuando Ioren le devolvió el golpe, interpuso el antebrazo. Forcejeó, escupió y le pateó. El hombre del mar le sujetaba de las muñecas. —¡No menciones a mi padre! ¡No te atrevas ni siquiera a pensar en él, sucio perro, o te juro que te mataré con mis propias manos, aunque sea lo último que haga! —Aún te queda un poco para eso. Driadan rechinó los dientes, frunciendo el ceño. Al cabo de un rato, dejó de combatir y recuperó la respiración. Su rabia había estallado como un torrente venenoso y ardiente, y ahora estaba algo sorprendido. El hombre del mar no le miraba con hastío, ni con odio. Tenía la marca de su mano en el rostro, pero no parecía importarle. Por un momento, el estómago de Driadan pareció voltearse y la sangre se le detuvo en las venas. Recordaba bien esa sensación, los dedos férreos en sus muñecas, la intensidad de la presencia cercana. Y el olor a salitre que se le colaba hasta el tuétano de los huesos. Pareció pasar una eternidad hasta que Ioren le soltó las manos. —Abrígate. Thalie es tierra gélida y agreste—dijo el hombre del mar, cerrándole la capa—. Aún quedan arrestos en ti. De tus cenizas crecerá un hombre poderoso, como el pájaro de fuego. Se templará en nieve y hoguera, en roca y sangre. Driadan resolló, meneando la cabeza y dando un paso atrás cuando al fin el hombre del mar se apartó de él. Maldito fuera. Le espoleaba, le pinchaba con acero al rojo, no le permitía rendirse. Cuánto le odiaba. —No sabes lo detestable que eres, ni cuán grande es la medida de mi odio hacia ti, maldito perro—susurró, venenoso, con los dientes apretados.

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Ioren se ajustó el cinturón. Estaba sonriendo cuando salió del camarote, con la larga capa arrastrando, las trenzas manchadas de nieve, revuelta la cabellera y las espadas al cinto.

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Capítulo XXI: Venganza cumplida.

grito y el sollozo en su pecho, el latido desbocado del corazón. Pero aun así, lo contenía. ¿Qué siente el hombre que ama su tierra cuando, tras la larga ausencia, de nuevo atisba la costa gris y los escarpados precipicios, negros, recortándose entre la niebla? Hombres del mar, les llamaban. Hombres del mar, se llamaban a sí mismos los norteños, pero Ioren se consideraba a sí mismo tan ligado al suelo que le vio nacer como a las olas que cabalgó siendo ya adulto. Era éste el paisaje que le abrió los ojos cuando salió del vientre de su madre. Era la impronta que ardía en su memoria con más fuerza, teñida de gris. En las riberas de Thalie, todo se recortaba en siluetas de cenicientos tonos, apagados y oscurecidos. El oleaje semejaba una marea de plata sucia, cantaba y susurraba al estrellarse en las rocas y en la pedregosa orilla, escupiendo espuma pálida. La playa de guijarros se extendía como una media luna, una lengua color hueso, irregular, que terminaba en elevados terraplenes sobre los cuales se alzaban los primeros abetos. Y los acantilados, alzándose majestuosos, dientes de acero y roca erosionada que habían visto tantos y tantos siglos. La neblina se balanceaba sobre ellos, tendiendo su manto etéreo y frío, como el chal de una doncella que se hacía jirones al engancharse en sus dientes de piedra. Sobre los riscos, las aves del norte se movían y graznaban, agitando las alas. Las gaviotas cruzaban su vuelo en una danza invernal, salpicando de blanco la mirada. No había resplandores anaranjados ni hogueras de bienvenida, sólo el aullido del viento y el golpear de las olas en el casco de la nave. ¿Qué siente el hombre que ama su tierra cuando a ella regresa? Para Ioren era una mezcla de gratitud, reverencia y humildad. Tomó aire con profusión y volvió la mirada hacia el cielo, entrecerrando los ojos para dedicar a los dioses su plegaria silenciosa. «Gracias por permitirme volver. Gracias Rúnya del Fuego, gracias Ior del Acero, gracias Lusk del Mar.» Si aquel navío no hubiera sido uno de los enormes galeones sureños, si en lugar de ello hubiera podido disponer de un barco estilizado de bajo calado, de una de aquellas maravillas marinas que en Thalie se construían, habrían podido llegar a la orilla y atracar en ella. Por el contrario, tendrían
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o podía contener su sangre en las venas, no podía contener el

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que anclar el buque y descender en las barcas de emergencia. Gritó las órdenes y se echó la capa hacia atrás, respirando con fuerza. No podía esperar. Quería hundir los pies en la arena fina, entre la grava pulida, gritar y extender los brazos con júbilo. «He sobrevivido, una vez más. He regresado. No han podido derribarme ni la espada ni la esclavitud, y retorno a tu seno con sangre en las manos y peso en el alma, para yacer en tus brazos y dejar que me consuele tu frío beso, tu dura geografía.» —Siempre vuelvo—murmuró, incapaz de reprimir una media sonrisa triunfal. El ancla se hundió en el mar, las olas la engulleron. Los hombres que un día fueron esclavos y ahora eran tripulantes, dispusieron lo necesario según les había indicado, y el primer grupo partió en la primera barca. El resto descendió y Ioren se quedó solo en la cubierta. Apenas les había mirado. Se lamió los labios, saboreando la sal que traía el viento, y se dio la vuelta para arrojarse a las aguas y nadar los últimos metros que le separaban del hogar, beber el agua de las olas, dejar que le llenara ojos y oídos y enfrentarse a la gelidez de la bienvenida. Al girarse, descubrió al príncipe Driadan, cruzado de brazos, mirando alejarse los botes. Se había puesto la capa de piel de foca que le había dado, tenía el pelo enredado y los ojos rojos brillaban como el fuego en su semblante altivo. —¿Qué haces aquí? Debiste subir con los últimos. El joven alzó el labio superior con una mueca desdeñosa. —Ya has vuelto a casa. Me has utilizado para ello, ahora estás aquí. Vete y déjame hacer de mí lo que quiera, perro. Ioren se cruzó de brazos, plantándole cara. —No espero me pidas nada por favor, tu solo sabes decir “perro” y dar órdenes que nadie escucha ahora. Debiste subir a la barca. No tenía sentido hablar con Driadan. Nunca se les había dado bien comunicarse, era más sencillo conversar con los pájaros. A los pájaros había una remota posibilidad de comprenderles. Sin más, le agarró de los brazos y le empujó hacia la borda. El joven príncipe reaccionó con la misma violencia desesperada que recordaba.

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—¡Suéltame, bastardo!—chilló, escupiéndole a la cara. Los ojos chispeantes, las uñas crispadas. El chico le arañó en el rostro mientras se debatía—. ¡Sucio perro, no me toques, no me toques, déjame, suéltame! ¡No te pertenezco! —Sabes nadar, estúpido engendro de mantequilla—repuso Ioren con voz ronca, tirándole del pelo y tratando de volcarle hacia las aguas—. Nadarás, llegarás a la orilla. Te arrastro si es preciso. No vas a quedar aquí para ahorcarte con cuerdas si eres capaz. —¡¡Qué sabes tú, hijo de una cerda sañosa, que emponzoñas cuanto tocas!! ¡Tú me has arrastrado a la desgracia! ¡Tú me has destruido! ¡Suéltame! Volaron las bofetadas, los pies del joven príncipe le golpeaban los muslos y las rodillas, despertando su ira. Sus gritos venenosos le corroían los oídos. Y por los dioses que no sabía si prefería eso al peligroso silencio en el que había estado sumido durante semanas o meses. —Bien. Con un gruñido, Ioren le agarró del cinturón, le levantó y le arrojó a las aguas. Luego se sacudió las manos. —Ya te he soltado. Maldito demonio—masculló, encaramándose a los maderos y saltando tras él. El agua le abrazó, y cuando emergió entre las olas tenía el sabor de las algas y la sal en el paladar. El arañazo del rostro le escocía, y el frío le paró el aire en los pulmones por un momento. Miró alrededor, entre la espuma y los restos de arena que arrastraba el océano. Encontró un jirón de cabello negro flotando cerca y lo agarró con una mano, tirando con fuerza. El rostro furioso de Driadan le escupió agua al surgir del mar, respirando con dificultad y temblando con resuellos iracundos y ahogados. —¡El mar helado limpia!—le gritó Ioren, sacudiéndole -¡Deja de ser tan…! ¡Maldita sea! ¡Ahógate si quieres! ¡Al infierno contigo! ¡Al infierno! ¡Iaevel, dra til Helleath! Apretando los dientes, Ioren se hundió de nuevo en el abrazo líquido y nadó hacia la orilla. Tragó el agua salada, abrió los ojos bajo el mar, y al alcanzar la costa, tiritando y apretando los dientes, chorreando la capa y las vestiduras de cuero, se reunió con los hombres que habían descendido del galeón. Estaban descargando las cajas y los barriles de los botes, arrebujados en sus mantos. Qiram había encendido una pequeña hoguera.
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—Fernos, Qiram, Beonar, Jhandi. Los cuatro hombres se volvieron hacia él y asintieron, tensando los arcos sureños. Prendieron las flechas embreadas y las cuatro saetas de fuego volaron por los aires, surcaron el firmamento y cayeron sobre el galeón. —Hundid las barcas y listos para marchar. —Claro. Les observó mientras obedecían. Fernos y Beonar eran grandes, altos y fuertes. Procedían de los viejos reinos centrales, tenía uno la barba castaña y largos los cabellos, el rostro ancho y leonino. El otro, enjutas las mejillas y la cabeza rapada, la barba negra muy recortada y los ojos hundidos. Qiram procedía de alguna isla a la que no sabía poner nombre, y había sido soldado. Jhandi, de ojos oscuros y pestañas muy negras, tenía una larga trenza del color de la brea, y era oriundo de Shalama, pero también quien se había demostrado más leal desde el principio. Ahora le miraba con cierta preocupación. —Señor… ¿El joven Nirala? El barco ya ardía en el mar. Su resplandor naranja vestía el océano de joyas de ámbar. La brea derramada sobre la cubierta había prendido con facilidad, y hasta las velas alzaban rojas llamaradas. —¿Qué pasa con él?—repuso Ioren, tajante. —No está. —Ya viene. Ioren se cruzó de brazos, apretando los dientes. Maldito fuera, maldito fuera. Y sin embargo, al ver emerger la figura tambaleante y aterida de frío, que apenas podía respirar, algo parecido al alivio embargó su corazón. Driadan cruzó a su lado, dedicándole una mirada de odio virulento, y su susurro le dio nuevas esperanzas. —Te juro que te mataré. El grupo se alejó a paso vivo, siguiendo al Rojo, un hombre alto y chorreante de agua que se internó en el bosque más cercano.

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A su espalda, en el mar, ardía el galeón mercante del Sha Melior Malavani. Éste, famélico y delgado, arañaba con los muñones de sus manos la escotilla del estrecho sótano en el que estaba enclaustrado. Sus ojos infectados apenas podían ver, y el humo que respiraba se le antojaba una bendición. Su cuerpo, que antaño fue un paraíso de delicias para él mismo y sus amantes, estaba corroído por la inanición y la sed, era ahora pasto de parásitos y se consumía lentamente presa de todas las enfermedades posibles que podía contraer un hombre abandonado en un barco. Revolcándose entre las heces y el orín, con el cabello quebradizo y la piel del rostro pegada a los huesos, con los brazos engangrenados, su risa enloquecida y jubilosa fue lo último que se escuchó antes de que la lengua de fuego le alcanzase, como la ira del Rojo, como la venganza de un príncipe.

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Capítulo XXII: Thalie

Nirala se sintió de repente angustiado y diminuto. Era casi de noche, y aún estaban cerca de la costa, pues se escuchaba desde allí el rumor del mar. Habían atravesado parte del bosque de abetos, en el que aún había nieve, y la hierba crujía bajo sus pies. Al salir de él, les aguardaba una llanura de tundra, donde rocas lisas despuntaban entre el césped escarchado y pequeñas cabañas aisladas cerraban las ventanas a su paso. Cruzaron una empalizada de madera, donde cuatro hombres de largas barbas rubias y castañas y expresión severa les franquearon el paso tras conversar unos instantes con Ioren, y penetraron en una desordenada villa de casas de madera y pizarra, de tejados inclinados. La nieve de la mañana aún manchaba las cumbres de la muralla y se derretía sobre el suelo. En el interior del cercado, una enorme hoguera ardía en el centro de la aldea, y otras más pequeñas se veían resplandecer aquí y allá, entre los graneros y las pequeñas viviendas. Las gentes se asomaban a las ventanas. Algunos acudían a saludar al Rojo, reían a carcajadas y miraban a sus acompañantes con expresión desconfiada. Nirala recordaba haber visto semblantes como aquellos tiempo atrás. Cuando su padre ejecutó a los hombres de Ioren por haber atacado sus tierras. Rostros altivos y orgullosos, de reyes y señores, cuya independencia y fortaleza relucía como una llama inextinguible en sus miradas así llevaran el mandil del herrero o el cayado del pastor. «Quiero recordar vuestros rostros para describírselos a los Dioses, y que ellos los lleven en sueños hasta nuestros hijos para que cumplan venganza», había dicho Ioren el Rojo en la Sala del Pegaso. Ahora, Driadan creía ver en cada uno de aquellos hijos del mar un recuerdo de los que habían muerto y una semilla de peligro. Todo sucedió deprisa y apenas fue consciente de mucho. Atravesaron el asentamiento, bajo la atenta mirada de los habitantes de Thalie. Algunos les siguieron como si se tratase de una caravana, hablaban, decían cosas en voz alta, unos pocos se adelantaron y corrieron. Algunas mujeres trajeron mantos de piel de lobo, de oso, de zorro, y los echaron sobre los hombros de Ioren, que aceptó algunos y devolvió otros. Todas aquellas mozas eran hermosas y blancas, de ojos claros, nariz pequeña y facciones armoniosas. Algunas eran tan rubias que Driadan no podía ver sus cejas ni pestañas.
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o tardaron mucho en llegar a la aldea. Y cuando lo hicieron,

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Otras tenían las mejillas coloradas como manzanas, y más de una estaba entrada en carnes: se les hacían hoyuelos en los mofletes y sus grandes pechos se balanceaban bajo las ropas de lana y pieles. Driadan no entendía ni una palabra. No había aprendido el idioma de los norteños, y tampoco había sido capaz de sacar mucho en claro de las escuetas frases que a veces pronunciaba el Rojo en su lengua natal. Era seca y ruda, de consonantes afiladas y vocales abiertas, y normalmente era capaz de comprender, al menos, el tono. En esta ocasión, le parecía que los thalienses daban la bienvenida a Ioren. Algunos con evidente calidez, otros con reservas, sobre todo al verles a ellos. Muchos ojos se detuvieron en Driadan, pero la mayoría escrutaban a los tres sureños: el exótico Cisne, la mujer llamada Perfidia y el risueño Jhandi. Se internaron en la amplia calle, iluminada por antorchas, blandones y hogueras en los rincones. Cuando Driadan alzó la vista, divisó el edificio al que se dirigían: Una gran casa de madera oscura con tallas en las vigas en forma de cresta de ola, a la que se accedía a través de amplios escalones de fresno. Ioren se detuvo ante la puerta y se volvió hacia sus acompañantes, utilizando la lengua del sur. —Son los salones del thane, el jefe. Debo avisar de nuestra llegada. Entramos y os presento, sois mis hombres ahora. Nos dará alojamiento. Dormir es buena idea, cenar, mejor. La risa sonora de los hombres se unió a la de Ioren, que empujó las enormes puertas labradas como si fueran de su propiedad, aún dejando regueros de agua marina a su paso. Driadan frunció el ceño, siguiendo a la comitiva. Entraron tras él al sobrio edificio. «No podéis apresar a jefe, no podéis apresar a thane», eso había dicho uno de los norteños en la Sala del Pegaso cuando los centinelas trajeron encadenado a Ioren el Rojo. «Ya no es el jefe, claro», pensó, con la mirada capturada por la extraña belleza de aquel lugar. Las paredes forradas de láminas de caoba tenían bajorrelieves hermosos, trenzados, simulando nudos. Algunos tenían formas de animales marinos, de barcos, de lobos, de fieras de los bosques. También de árboles y flores, todo ello con un gusto algo rudo pero revestido de una belleza primitiva y sencilla. Las ventanas ojivales estaban selladas con contraventanas de madera y cortinas de gruesa lana sin teñir. Había blandones de acero que ardían aquí y allá, alfombras de pieles y cabezas de presas en las paredes. Vio un enorme oso gris de fauces abiertas, disecado, contemplándole desde
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un rincón. La cabeza de un venado blanco, los cuernos de un ciervo, de otro, de otro. Y las armas, claro. Había armas por doquier. Colgando de clavos, gigantescas hachas, y en expositores de forja, espadas de dos manos, escudos pintados, tachonados de bronce, sables, espadas cortas, arcos, mazas, látigos de armas, yelmos sencillos con protecciones para los pómulos y otros que, o mucho se equivocaba, o procedían del saqueo. Le pareció ver uno que podría identificar como uno de los que usaban los soldados de su tierra. —Qué curioso es todo esto—murmuró Jhandi, a su lado. Driadan arqueó la ceja. El sureño parecía muy tranquilo, así como el resto de los tripulantes, los que ahora eran “los hombres de Ioren”. Sí, sin duda él era el único que tenía motivos para no estarlo. Porque al fin y al cabo, él era el hijo de Dromath de Nirala, quien había hecho la guerra a los Hombres del Mar, quien había ejecutado a los guerreros nobles de las tierras de Thalie. Él era Driadan de Nirala, quien había esclavizado al thane de aquella tierra que ahora pisaba, le había puesto grilletes en las manos y le había golpeado con la fusta. Quien había ordenado que le sirvieran ratas para comer y había humillado su sangre convirtiéndole en esclavo. Quizá Driadan era tan causante de la desgracia de Ioren como Ioren de la suya, pero en cualquier caso, el Rojo mantenía la frente bien alta, y así irrumpió en el salón del nuevo jefe, tras abrir otra puerta de dos batientes de un empujón con sus grandes manos. Brillaban los candelabros y las velas de sebo. Era una estancia espaciosa y rectangular, alargada, que en nada se parecía a las salas del trono que Driadan había podido conocer antes. Sillas, mesas con viandas y alimento, un grupo de perros mordisqueando huesos en un rincón. Alfombras raídas, escudos en las paredes y un hombre sentado en una silla que no era más alta ni más baja que las demás. Ioren no se detuvo ni se arrodilló. Caminó hacia él y el hombre se puso de pie. Debían ser de la misma edad, pero donde el Rojo tenía una cabellera larga y bermeja, el otro tenía una melena por los hombros del color del trigo joven, también salpicada de trenzas. Los ojos del thane eran verdes, y sus facciones, varoniles pero menos armónicas en su cincelado que el anguloso rostro de Ioren. Y había algo en él que destilaba blandura. «Su llama es más débil que la de Ioren», pensó Driadan, instintivamente. El hombre rubio no llevaba corona, ni una capa de marta o de armiño, no había nada en él que pudiera distinguirle de otros que había visto afuera y le identificara como rey o señor de sus gentes. Sus ropas no eran lujosas:
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vestía de cuero y pieles, como todos. Lo único que llamaba la atención era el torque de acero que llevaba al cuello, labrado y trabajado, con gemas rojas que destellaban como si contuvieran dentro cientos de estrellas sangrientas. Ioren les hizo un gesto al grupo, que aguardó unos pasos atrás, y comenzó a conversar en su lengua con el thane. Driadan se lamió los labios y miró a los demás, cada vez más inseguro. Todos estaban tranquilos, confiaban en el Rojo y, claro, no tenían sangre de thalienses en sus manos, así que no tenían motivos para inquietarse por nada. Los segundos se le hicieron largos. No se atrevía a mirar a los dos norteños. Quizá sus semblantes, sus posturas, le dieran pistas sobre cómo y hacia dónde derivaba la conversación, pero no estaba seguro de querer saberlo. Hubo algo en el tono de voz del Rojo que no le gustó demasiado, y se encontró tragando saliva cuando percibió con claridad la mirada del hombre de ojos verdes sobre sí. Las voces subieron de tono. Finalmente, la conversación concluyó. No se estrecharon las manos ni se abrazaron. Simplemente, terminaron de hablar y Ioren se dio la vuelta, con los ojos en llamas. —Seguidme. El thane Ulior nos permite cenar y dormir en una de sus salas. Habían dispuesto mesas y viandas en un pequeño salón lateral. Algunas criadas comenzaron a adecentar jergones de paja en el lugar, que más parecía un cuartel improvisado que otra cosa. Dejaron abundantes mantas y encendido el fuego, y los hombres de Ioren se entregaron al festín con clara alegría. Era su primera comida en tierra, y disfrutaron de las lonchas de cerdo ahumado, del pastel de carne, la cerveza y las verduras asadas con auténtico deleite. Mientras comían, conversaban entre ellos. Cisne y Perfidia cenaban en un rincón a pequeños bocados tímidos, y miraban alrededor como animales asustados. Driadan no se privó. Estaba hambriento. Los primeros bocados le costaron un mundo, pero después, fue como si su estómago rugiera y se abriera. La grieta de su alma aullaba, y sin darse cuenta, devoró con tanta ansiedad que el mismo Beonar tuvo que ponerle la mano en el hombro y decirle que se lo tomara con calma. —Tranquilo, chico. No querrás vomitar. —Déjame—replicó Nirala, golpeándole la mano con los dedos.
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Beonar se marchó, riendo, con su jarra de cerveza. Cuando se sació y no pudo engullir más, Nirala se arrastró hacia el fuego, envuelto en la capa de piel de foca, y se sentó allí. Hundió la mirada en las llamas y su mente se quedó en blanco durante largos minutos, sin ser capaz de hilvanar pensamientos. Se sucedía el reproche con el remordimiento, el asco con el dolor, la soledad con la incertidumbre, y encontró más culpa en sí mismo de la que hubiera deseado… no sólo respecto a su propia situación. No fue hasta que el silencio se hizo poco a poco con la sala y los ronquidos sustituyeron las conversaciones, cuando se dio cuenta de que Ioren también estaba allí. Al otro extremo de la gruesa alfombra en la que se había dejado caer, el Rojo contemplaba las brasas con el ceño fruncido, perdido en sus pensamientos. ¿Estaba allí desde el principio, cuando Driadan llegó? No lo sabía. —¿Qué ha pasado en la sala?—preguntó al fin. Susurraba. Los demás dormían, no quería despertar a nadie. Los ojos azules le regaron con su mirada, y la voz de Ioren surgió de las profundidades, de las sombras de su rostro velado por los cabellos revueltos, provocándole un estremecimiento en el alma. Su mirada y su voz. —Perdí la batalla en Nirala—respondió Ioren, sin dramatismos — Mi gente pereció y solo yo he regresado. Es una historia difícil de explicar. Mañana tendré que hacerlo. Driadan asintió lentamente. —Tú eras el jefe aquí antes—afirmó. —Lo era. Estas tierras son Kelgard, yo era el thane de Kelgard, y llevé a sus guerreros a Nirala. Hijos y esposos murieron. Yo debería haber muerto, o haber regresado con ellos. No con todos, pero al menos, con alguno. —¿Y que va a pasar ahora? Ioren suspiró y se pasó la mano por el pelo enredado. Luego negó con la cabeza. —No puedo decir la verdad.

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—¿Por qué? La verdad. La verdad era que Ioren había sido encerrado y condenado a la esclavitud por el capricho de un príncipe. Que después, los traidores de Nirala habían liberado al Rojo para que matase a Driadan y, en lugar de eso… «Sobreviví. Me arrastró a la supervivencia. Me arrojó al helado foso y me llevó al bosque, me cuidó cuando enfermé, aunque enfermé por su culpa. Nos tomaron como esclavos a los dos, y también me sacó de allí, aunque también fue su culpa. Soy yo quien debería estar muerto, Ioren debería ejecutarme. Mi presencia aquí nos convierte en traidores a los dos, a nuestra gente.» La comprensión del hecho le golpeó con vehemencia. Ioren no respondía. Por eso, alzó la mirada roja y le enfrentó. —Di la verdad. Cuenta lo que pasó, no me importan las consecuencias. —No seas niño. No mentiré para protegerte a ti, mentiré para protegerme a mí. — respondió el Rojo con el mismo tono. — Admitir que fui esclavo de un Nirala, y después de unos Shalama, eso es más deshonra que cualquier otra cosa. —¿Entonces qué dirás? —Que me encarcelaron y tú me sacaste. Driadan parpadeó, confundido. —Pero soy el príncipe, yo no… —En mi mentira tú no eres príncipe. Eres un Nirala cualquiera. Driadan apretó los puños. Se puso en pie y escupió a la cara al Rojo, que se limpió el salivajo tranquilamente y siguió mirando al fuego. —Vete al infierno—espetó con voz silbante y rebosante de odio. Ioren le atravesó con ojos de acero candente. —Dra til Helleath . Se dice así. Ve aprendiendo el idioma, vas a pasar mucho tiempo entre mi pueblo. Y la próxima vez que me escupas, será la última. Recuérdalo.

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Driadan apretó los dientes y se tragó la bilis, dándole la espalda y yendo hacia los jergones. Se arrebujó en las mantas y se aovilló. Pensaba que su enfado no le permitiría dormir, pero estaba más cansado que furioso. A la mañana siguiente, de nuevo, Driadan despertó enfermo.

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Capítulo XXIII: Ulior Skol

ausencia siempre es una bendición. No importa que los dioses le hayan dado la espalda, que otro se siente en la silla de madera que por derecho le pertenece ni que los recuerdos amargos se mezclen con recuerdos dulces. Para el hombre que ama su tierra, volver siempre es como el abrazo de un padre o la caricia de una madre. La tierra nunca le aparta ni le empuja, por grandes que sean sus faltas. Siempre tiene su suelo bajo los pies y sus frutos al alcance de la mano tras el esfuerzo del sudor; siempre tiene un techo bajo cada árbol y un refugio en cada roca. Ioren el Rojo, descendiente de una estirpe de líderes y guías para su pueblo, no podía ser ingrato a pesar de las circunstancias que había encontrado a su llegada, ni las de su misma travesía. Aquel era su hogar y ése el mismo viento que le saludó al nacer, eran los aromas y las imágenes de su infancia y juventud. Pertenecía a Kelgard tanto como Kelgard le pertenecía a él, al igual que pertenecía a todos los que nacían entre el bosque de abetos y los montes nevados. Había amanecido hacía rato cuando sus manos callosas empujaron la puerta de hojas de madera labrada y entró en el salón del thane a paso vivo. Llevaba el cabello suelto y cepillado, había vestido la mejor capa que le quedaba y lucía las armas al cinto. Ulior ya le estaba aguardando. Sentado en la silla, con el plato de cerámica sobre el regazo, mordía el pan caliente y las lonchas de venado asado del desayuno, la jarra de cerveza tibia reposando en el brazo de su sitial. Ioren reprimió una sonrisa. Él jamás había comido allí, pero al parecer, Ulior Skol temía mover el trasero del asiento por si alguien se lo quitaba. —Bienvenido de nuevo, Rojo—dijo el thane, alzando la mirada de su escudilla—. ¿Habéis descansado tú y los tuyos? —Gracias por tu hospitalidad, Skol — respondió Ioren — mis guerreros aún duermen. Algunos tardarán en reponerse. —No son Hombres del Mar. Las travesías hacen mella en cuerpos cebados con nabos y acostumbrados al arado o a la piedra bajo las suelas.
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ara el hombre que ama su tierra, regresar a ella tras la larga

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—Son soldados y supervivientes. Pocos de ellos se han cebado con nabos. —Pero los hay. Ulior sonrió con aire desdeñoso, tomando un sonoro sorbo de la jarra y lamiéndose la espuma del bigote. Señaló con la cabeza la mesa de la esquina, donde las hogazas nuevas humeaban sobre lienzos de lino. Ioren negó con la cabeza, con la mano en el cinto. —¿No habrá asamblea?—preguntó, mirando alrededor. —No hay motivo para reunir a los guerreros—repuso Ulior—, y tampoco es que queden muchos tras la expedición en Nirala. Ioren se tragó la amargura que le despertaban esas palabras, aunque el thane las había pronunciado con toda naturalidad. —Un barco regresó. —Sí, regresó un barco. Dunstrag, sus hijos y sus guerreros, y la mujer de las runas. No es que sirvan para mucho en asamblea, tienen la cabeza llena de estiércol. Y tampoco en combate. ¿Qué ha sido de los demás? El Rojo se agarró el cinturón con la otra mano. Dunstrag era un combatiente veterano. Había aprendido mucho de él en su juventud, de su arrojo, su buen discurrir y su habilidad. Sus hijos eran unos valientes. Ninguno de ellos quería marcharse cuando Ioren les ordenó regresar, y lo hicieron a regañadientes y con el ceño fruncido. Escuchar al Skol hablando así de ellos no le agradaba en absoluto. —Perdimos el combate—respondió Ioren, alzando la barbilla y mirando a los ojos al thane, que no dejaba de masticar — Muchos murieron en batalla. Los demás, fuimos tomados prisioneros deshonrosamente. —¿Te apresaron? —Las pupilas verdes de Ulior relampaguearon un momento. —No se puede apresar a un jefe, eso va contra los dioses. A los jefes se les da muerte en combate o… —Los Nirala no conocen del honor de la batalla. Son otras gentes, pocos entre ellos tienen temple o llama en su corazón. Son como áspides. —Esa es una ofensa imperdonable—resopló Ulior, frunciendo el ceño con ira contenida.
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—Ejecutaron a mis leales. Yo fui encarcelado. —¿Cómo les ejecutaron? —A espada. El hombre rubio asintió, suspirando. Había crispado los puños, pero no parecía encolerizado. No tanto como cabía esperar. Ioren había sentido el fuego abrasándole las entrañas cuando sus hombres caían uno a uno en la Sala del Pegaso, sin opción a una lucha justa. Ellos mostraron el cuello ante el filo con toda su dignidad y permanecieron orgullosos hasta el final, pero lo sucedido había sido un acto propio de salvajes y taimados. Un guerrero debe morir en la guerra, no antes ni después de ella. No encadenado y sin posibilidad de mostrar su furia ante el enemigo. Al menos, les habían dado acero. El nuevo thane parecía bastante más tranquilo al respecto, tal vez porque él no había presenciado aquella grotesca escena. No, claro. Skol no había ido a la batalla. Alguien tenía que quedarse a velar por las tierras de Kelgard mientras él estaba fuera, y él mismo había escogido a Skol, el norteño tranquilo y de mente bien ponderada, mesurado e inteligente para ocupar su lugar. Ahora estaba dándole explicaciones. —¿Por qué se perdió el combate, Rojo? ¿Qué salió mal? Ioren negó con la cabeza. Le costaba mucho hablar de eso, incluso pensarlo. Las posibilidades eran aterradoras. —Estábamos atacando las costas. Siete aldeas cayeron bajo el fuego y el acero. Quedaba sólo una, al oeste, a la que debíamos acceder vadeando unas montañas… y después regresaríamos—comenzó, lentamente. Cada palabra pesaba y ardía, era el infierno en su lengua—. Los exploradores indicaron que todo estaba despejado, no debería haber ningún problema. Ellos no podían saber por dónde íbamos a movernos, pero de algún modo, lo sabían. Estaban emboscados en los riscos y detrás de las montañas. Aguardaron a que hubiéramos avanzado hasta la mitad del desfiladero y la primera oleada cayó sobre nosotros. Después, asomaron los demás sobre las colinas. Nos estaban esperando. Matamos a más de la mitad, pero por cada guerrero de Thalie había diez Niralas. Todo el condenado ejército estaba allí, incluido su Rey. Skol escuchaba en silencio. Había dejado de masticar. Finalmente, asintió con la cabeza y suspiró.

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—Bien…¿Qué vas a hacer ahora? He visto que has vuelto con hombres nuevos. Sureños, un Nirala. Y esos hijos del huerto que vinieron contigo con aire de combatientes. Ioren le miró, levantando la frente. —Son guerreros. Mis guerreros, ahora. —¿Te han jurado lealtad y se han hermanado con tu sangre? —Son mis hombres y yo soy el suyo, sí. Ulior arqueó las cejas y asintió. Luego se le quedó mirando largamente. —¿Quieres tu silla de vuelta?—dijo el hombre rubio. Ioren percibió la tensión en su mandíbula, la repentina crispación de sus dedos y la mirada punzante. Sopesó muy bien sus palabras y meditó sobre su situación. Muchos hijos habían quedado huérfanos y muchas esposas, viudas. Kelgard apenas contaba con una quinta parte de sus fuerzas a causa del estrepitoso fracaso en Nirala, fracaso que él había liderado. Kraakha ya se lo había advertido en la intimidad, le había dicho que los dioses le habían dado la espalda…y en el fondo, Ioren lo había sospechado siempre desde que les ofendiera del modo en que lo hizo. Había estado mucho tiempo aguardando su justicia y su venganza. Aquella silla estaba hecha para él y los de su sangre, así había sido siempre. Pero el Rojo observaba con rigidez las antiguas tradiciones, pese a que algunos se empeñaban en olvidarlas. Y no era sólo eso. Podía ver la ambición y el deseo en los ojos de Skol. Había confiado en él para guardar su lugar, sí, pero ahora observaba cómo se cerraban los dedos del thane en los brazos de la silla, cómo se aferraba a ella. Decir que sí, que quería ocupar su lugar, podía dar lugar a desastres que no sólo le afectarían a él. Podría arrastrar al caos a todo Kelgard, podría poner en peligro a Jhandi y los demás…no, no era el momento. Suspiró y negó con la cabeza. —No. Ulior Skol es thane ahora, y aún debe serlo, hasta que yo me demuestre digno de ocupar el lugar que me pertenece. Ulior frunció un poco el ceño y se relajó en el asiento, escrutándole con mal disimulada curiosidad. Finalmente asintió.

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—Cuento contigo a mi lado, Rojo. Ioren sonrió a medias. Había escogido a Ulior por muchas virtudes, entre otras, su inteligencia. La demostraba a cada palabra que decía, pese a que guardara escaso respeto por grandes hombres como Dunstrag. Acababa de hacer de nuevo gala de ella, con aquella frase en la que trataba de demostrar su lealtad mientras, estaba seguro de ello, maquinaba cómo eliminar la posibilidad de que Ioren tomara lo que por derecho le pertenecía llegado el momento. —Gracias—replicó, alzando la barbilla—Los dioses te aman, Ulior Skol. —No podemos alojaros aquí por más tiempo — dijo entonces el thane, dejando el plato en el suelo y dejando que los perros fueran a relamerlo. — Los hombres que te llevaste tenían sus hogares, los que has traído no tienen nada. Debéis buscar un lugar donde estar. Ioren asintió, dándose la vuelta para salir. Sabía bien dónde tenía que ir. —No pensaba abusar de tu hospitalidad mucho más, Skol. Hasta más ver. —Hasta más ver, amigo. El Rojo apretó los dientes, caminando a largas zancadas. Contenía un gruñido apagado cuando abrió las grandes puertas y se detuvo en seco delante de la sala donde sus nuevos hombres estaban. Tomó aire, respirando con profundidad, hasta que la ira se atenuó y quedó ardiendo al fondo de su ser, como una brasa inextinguible pero que ya no quemaba. Amigo. Era una curiosa manera de llamarle. Ioren el Rojo jamás había sido víctima de la traición ni del agravio, nunca hasta entonces. Pero lo sucedido en Nirala sólo podía ser fruto de ello, de la traición. Aquella emboscada no tenía otra explicación. Y sospechaba que Ulior se había beneficiado muy mucho de su caída.«Pero los dioses me han dado la espalda, yo les ofendí. Debo aceptar lo que me viene dado sin juzgar», se repitió. Abrió los batientes de la puerta y se reunió con los hombres que ahora eran sus compañeros, sus aliados y sus verdaderos amigos. Las cadenas, la sangre y la supervivencia forjan lealtades mucho más poderosas que el juramento de un hombre libre y que no ha vivido la desgracia.

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Capítulo XXIV: El Caballo Alado

mosaico central resplandecía, las luces doradas de las velas se volvían brumosas, y el caballo alado le miraba fijamente, blanco y precioso, desde los ornados suelos. En la Silla Alada, había un hombre sentado. Extendía las manos hacia adelante, y de ellas, gruesas gotas de sangre se desprendían una a una, como en una clepsidra de muerte, o de vida. «Esto es lo que te gusta…» Una voz insidiosa, un susurro escurridizo y bífido que le provocaba. La sala estaba vacía, pero sentía las presencias en ellas, los ecos de las palabras resonando. Fantasmas. Voces, murmullos de otro tiempo. Hombres del Mar, señores de las montañas que cuchicheaban entre sí, nobles sureños. «Es muy sensitivo. Mirad cómo se sonroja…» «Ha salido a su madre, tiene rasgos de doncella» Las gotas se convirtieron en regueros, y después en chorros, bocanadas carmesíes como el vino añejo, que manaban de las manos del hombre sentado en el trono. Manchaban los preciosos baldosines de la Sala del Pegaso y se unían en un riachuelo espeso que corría libremente hacia el caballo alado. Éste relinchó y se agitó. Le vio mover las alas de cerámica cuarteada y tratar de escapar del marco de granito que le contenía, pero no podía salir. No podía. «¿Sabes bailar?» Risas burlonas y apagadas, jadeos y gemidos, susurros ahogados en su oído teñidos de lujuria y deseo, el olor penetrante del sudor y la semilla. El hombre se echó a temblar en el trono, como si contuviera un huracán. Apretó las manos, y gruesas cascadas sangrientas se precipitaron hacia el suelo, impetuosas como un vómito. El perfume metálico de la sangre cubrió el resto de los aromas, y el hombre de la silla gruñó. Sus cabellos eran negros como ala de cuervo.

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odía ver la Sala del Pegaso cual si pendiera desde el techo. El

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Driadan estaba angustiado. El caballo del mosaico se debatía, ahogándose en sangre. Quería bajar del techo y rescatarlo, tirar de las losetas pintadas y arrancar los azulejos uno a uno, ponerlos a salvo de la marea roja que le cercaba y ya había cubierto gran parte del suelo de la sala. Pero no podía bajar. Un sonido cristalino llamó su atención. Entre los dedos del hombre sentado, la sangre se mezclaba con cuentas metálicas, plateadas. Esferas grises que caían y rebotaban sobre las losas, manchándose de rojo y rodando sin control, saltando aquí y allá. El hombre se estremecía, y levantó el rostro. Era hermoso y de aspecto digno y noble. De sus ojos de pestañas oscuras, brotaban las lágrimas. Por primera vez, Driadan se dio cuenta de que tenía grilletes en las muñecas. Y escuchó la voz del rey, su propia voz, llamando, llamando. No entendía lo que decía, pero llamaba a algo, a alguien. ¿A él? Se escuchó un golpe seco y potente que reverberó en los techos. La puerta. Driadan no podía verla desde allí, pero la mirada perdida del hombre del trono se volvió en esa dirección. Te enseñaré hasta dónde puedes llegar El golpe volvió a retumbar, más poderoso. Parecía quebrarse una montaña, el sonido rompía los oídos y se extendía, infinito. El rey se dobló en la Silla Alada. Sus ojos, su boca y sus poros se desangraban. La desesperación pintaba su mirada. Por eso tenemos los ojos rojos , dijo él, el rey. —Nirala. La puerta cayó. El mar entró en una embestida incontrolable, olas verdes de espuma blanca que bramaban y barrían la estancia. El hombre de cabello negro cerró los ojos con alivio y se dejó engullir, la Silla Alada cayó al suelo y la ola se estrelló contra las paredes, imparable. Las esferas de metal volaron hacia arriba y Driadan aguantó la respiración. Entre la tempestad oceánica, escuchó el relincho del corcel alado, y lo vio. Antes de que el mar le llevara, lo vio, real, de carne, hueso y piel, sin esmalte ni barro cocido. Un precioso pegaso blanco, inmaculado, que agitaba las plumas y emprendía el vuelo hacia un firmamento sin estrellas, mirándole una sola vez con su mirada carmesí.

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—Nirala Despertó con la sensación de ahogarse. Tomó aire con un gemido ahogado, resollando. Una mujer le contemplaba a la luz de un cirio torcido. Sus ojos eran verdes y su pelo negro. —¿Madre?—murmuró. Cuando consiguió enfocar la vista, la mujer sonreía con tristeza. No era su madre. Sus rasgos eran menos suaves, su boca, voluptuosa, y en su frente y sus ojos, en las escasas canas que salpicaban su áspera cabellera, se veían las marcas del sufrimiento y la tristeza, de la lucha continua. —Bebe. La mujer le tendió un cuenco humeante. Driadan cabeceó hacia delante y bebió. Se abrasaba. Le ardían los labios y las venas, tenía la garganta congestionada y le parecía contener un avispero en la cabeza. Se sentía débil y agotado. Bebió a duras penas y volvió a recostarse en el lecho en el que se encontraba. El brebaje sabía amargo y ácido a la vez, le despertó una náusea en el estómago. La mujer le arropó y dijo algo en el idioma de Thalie. Gesticuló para indicarle que no se destapara, después echó un madero en la chimenea que Driadan no había visto hasta ahora, y salió de la habitación, franqueándole el paso a una figura enorme envuelta en una capa oscura y orlada por una melena cobriza y llameante. Driadan cerró los párpados. ¿Estaba soñando todavía? Odiaba estar enfermo, y a su pesar, era consciente de que lo estaba. Un latigazo de rabia y humillación le golpeó las entrañas violentamente. Mantuvo los ojos cerrados un rato, mientras se tragaba los restos del sueño y la náusea que le atenazaba la garganta, empujándola al fondo del estómago con tozudez. Escuchó el sonido de una silla arrastrada, y después, a su lado, el crujido de la madera al sentarse y la respiración tranquila del Rojo. El olor a sal marina le cosquilleó en la nariz y relajó las contracciones de su estómago misteriosamente. —Enfermo otra vez—susurró a duras penas, sin despegar las pestañas. La voz de Ioren le llegó suave, calmada, como la marea sosegada en una mañana de sol.

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—Ya está pasando. En un par de días estarás sano. Driadan sonrió a medias amargamente. Ioren había escogido bien las palabras. Estar sano no era lo mismo que estar bien, y dudaba que él fuera a estar bien nunca más. Se encogió entre las mantas y tragó saliva. La garganta le escocía, sentía la fiebre mordisqueándole los poros de la piel, en su propio aliento candente, en la sed que le atenazaba el paladar. —¿Qué haces aquí? —Kraakha me dijo que me llamabas en sueños. Dijo que me quedara junto a ti. Driadan abrió los ojos al fin. Le costaba distinguirle, por mucho que se esforzó en delimitar sus contornos. El resplandor de los ojos azules estaba ahí, cercano, porque Ioren le estaba mirando. Sus rasgos se desdibujaban, las ondas de la cabellera cobriza estaban difuminadas, así como los contraluces de su semblante cincelado. Resiguió con la mirada la línea entre sus labios, la curva de la boca varonil, los pómulos y la fuerte mandíbula, las cejas rojizas y el ceño fruncido. Debajo, la oscuridad y el brillo de la mirada de acero batido, caliente, con la llama del fuego en el interior de las pupilas. —Soñaba que te perseguía para matarte… y tú huías como el perro que eres — dijo en voz baja, lamentándose por el tono quebradizo y débil con el que se escuchaba. — Por eso te llamaba. Puedes irte si quieres. No te voy a matar aún. Ioren no respondió. En su lugar, le acercó una jarra de barro y se la llevó a los labios. Driadan bebió. El agua fresca era como una bendición. Intentó no atragantarse, pero le costaba tragar. Parte del líquido se derramó por sus comisuras y empapó el almohadón. Driadan tosió un poco y luego volvió a mirarle, con la renovada quemazón del orgullo herido en sus pupilas. —¿Ahora vas a hacerme de niñera? —Su voz aún era débil, susurrante, pero ahora se pintaba de desdén. —¿Qué pasa, te sientes culpable? —Ella dijo que me quedara contigo. La réplica de Ioren fue sencilla y pausada. Apartó la jarra, la dejó en la mesita y se recostó en su asiento. La gran capa de piel colgaba hasta el suelo. El Rojo siempre parecía un soberano, sobre todo con aquellas
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vestiduras peludas y salvajes. Le hacían aún más grande y corpulento. —¿Quién es esa mujer? —Es Kraakha, la lectora de runas. Estamos en su casa. Driadan esbozó una sonrisa maliciosa y febril. —La mujer que te dijo que yo estaba destinado a matarte. —Que yo estaba destinado a morir por tu mano—corrigió Ioren, inmutable. Aquella mujer. Lectora de runas. ¿Sería una bruja? Por un momento se le crisparon los dedos al pensar en la posibilidad de que le estuviera envenenando en vez de sanarle, pero después se relajó. Bueno, no estaba tan mal. Al menos dejaría de escuchar los susurros lascivos en sueños, de sentir el contacto de las manos pérfidas sobre su piel cada vez que alguien le rozaba accidentalmente, de percibir en su propio olor el aroma de los cuerpos sudorosos, el sabor de otros en la lengua… —¿Qué te pasa? Driadan había vuelto los ojos hacia atrás. Dioses, iba a vomitar. Empuñó su orgullo de nuevo y cambió el vómito por las lágrimas. Cuando la mano ruda del hombre del mar se acercó a él la golpeó con sus mermadas fuerzas y se encogió al otro extremo de la cama, temblando y respirando entre los dientes apretados con resuellos furiosos. —No me toques—escupió a la mancha borrosa en la que Ioren se había convertido, vertiendo sobre él todo su veneno—. No me toques, vete. Márchate. Destruyes todo lo que tocas. Déjame en paz. Eres incapaz de cuidar de nada, incapaz de cuidar de nadie. Todo lo que me ha pasado es culpa tuya. Me has maldecido. Me has desgraciado. Todo es culpa tuya. Todo es culpa tuya. Los dedos del Rojo se habían detenido a medio camino. Su cuerpo se tensó, inmóvil, como si le hubieran golpeado. Durante unos segundos, el silencio sólo se rompió con el aliento precipitado de Driadan, con su respirar ahogado. Después, el hombre del mar se levantó, casi volcando la silla hacia atrás. Le miró de soslayo con las llamas de acero hervido titilando en sus ojos y salió de la habitación como un vendaval, cerrando a su espalda con un portazo que quedó resonando en los oídos de Driadan.

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El rey que se desangraba. El caballo prisionero, y los golpes en la puerta, retumbando. Cuando Ioren se hubo marchado, la soledad de aquella habitación se precipitó sobre el príncipe como un sudario final, envolviéndole mientras se encogía aún más, reprimiendo los sollozos. Y lo escuchaba. En el fondo de su corazón, la voz del hombre del trono, su propia voz, llamándole. Llamándole. Invocando a la única fuerza en este mundo que podía salvarle de sí mismo a pesar del odio. A pesar de todo. Entreabrió los labios y trató de pronunciar su nombre. Sólo fue capaz de exhalar un gemido ahogado y un sollozo.

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Capítulo XXV: Driadan

fiebre había desaparecido y el joven Nirala, uno de los hombres de Ioren el Rojo, ya estaba sano. La mujer llamada Kraakha le había atendido, le dio de beber aquel amargo líquido que quemaba hasta que su cuerpo se limpió de la enfermedad o la debilidad que le aquejaba. A veces, ella le hablaba. Driadan nunca comprendía una palabra, mas que cuando decía “bebe” en su idioma, o cuando le llamaba Nirala. Ése era el nombre que todos le daban, Nirala. Nunca el nombre de su patria le había parecido tan deshonrado como entonces. Los brebajes de la lectora de runas le hicieron recuperar parte de su energía, y al anochecer del segundo día, cuando ya se sentía bien, se metió en la cama de sábanas limpias a regañadientes, impelido por las órdenes suplicantes de Kraakha. Aunque no la comprendiera, era evidente que estaba alarmada, y obedeció más por dejar de escucharla y que le dejaran en paz que por un verdadero deseo de hacerlo. Driadan tenía ganas de salir. Su cuerpo y su alma pedían a gritos el aire frío del exterior, y con ese objeto se había lavado a conciencia lo mejor que había podido con el agua de una jarra y un puñado de hojas de salvia que encontró colgando cerca de la ventana. Había dejado el suelo perdido de agua espumosa tras su compulsivo aseo, pero la mujer lo había secado y limpiado después, cuando entró con un nuevo tazón de hierbas calientes para él y vio el desastre que había organizado en la alcoba. No es que fuera una delicia de aposento. Era algo oscuro y no había más muebles que la cama, un baúl de haya, la mesa alargada en la que ardían varias velas para iluminar la habitación, un par de sillas y una alfombra mullida de piel de oso. La única ventana tenía dos hojas de madera gruesa. Las estuvo mirando constantemente mientras Kraakha le atendía, y cuando la mujer se marchó, dejándole acostado y arropado como a un niño, el muchacho se levantó casi al momento, apartando la ropa de cama con un gesto hastiado y comprobando que no podía abrirlas. No podría escapar por ahí. En cualquier caso, la ventana era demasiado estrecha. Casi parecía
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tenía razón. De nuevo, tenía razón, pues dos días más tarde, la

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una tronera. Suspiró, desarmado, y regresó al lecho, sentándose en él. No tenía sueño, hambre ni frío. En la chimenea ardían los troncos, no recordaba haberla visto apagada a lo largo de su duermevela. El resplandor de aquella hoguera le había acompañado durante su convalecencia, entre las lágrimas, la angustia y la fiebre. Ahora, despejado y con los músculos entumecidos por la inactividad, descubrió su rostro en un espejo que colgaba en la pared. Pestañeó, reconociéndose. No había vuelto a mirarse desde que saliera de Shalama, y allí dejó de hacerlo después de la primera visita al Sha Melior Malavani, aquel hombre cuyo nombre no quería recordar jamás pero, a su pesar, tenía grabado a fuego en las entrañas y en el alma. El reflejo le sorprendió tanto que se levantó para mirarse de cerca. Él había tenido un rostro ovalado y de aspecto, tenía que reconocerlo, ciertamente andrógino. Le habían pintado los artistas de Nirala, habían dibujado con sus pinceles las suaves ondas de su cabello negro, el sonrosado brillo de sus mejillas, el pequeño hoyuelo de su barbilla y la curva delicada de su nariz. Los labios rojos como frutas maduras y las cejas altas, finas, sus pestañas espesas. Siempre le habían comparado con su madre y habían susurrado los cortesanos a sus espaldas, burlándose de su debilidad, su pequeña estatura y sus rasgos poco viriles. El muchacho que le devolvía la mirada en el cristal seguía siendo el mismo, era innegable, pero el cambio que se había operado en él tampoco podía pasar desapercibido. Las líneas de su semblante se habían endurecido un tanto. Había perdido el lustre delicado que asemejaba sus mejillas a los pétalos de las rosas, y ahora aparecían con un color uniforme, terso, algo pálido pero sin ser enfermizo. La línea de la mandíbula ya no era el óvalo cándido de un chiquillo, se había vuelto más contundente, sin dejar de exudar una elegancia etérea. Y su mirada, bajo el ceño fruncido, era más profunda. Los labios ya no brillaban, rojos. Se habían suavizado. —¿Qué…? Tosió y carraspeó. Su voz también había cambiado, pero no era capaz de decir en qué momento había sucedido eso. Se contempló largamente, pasándose los dedos por el pelo, que le había crecido hasta la mitad de la espalda. No veía al niño frágil y afeminado. No era ése quien le observaba desde el espejo, era un joven, un muchacho
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joven y hermoso de porte regio y semblante digno y doloroso. Algo se estremeció, conmovido, en su interior. Colocó las yemas sobre el cristal, respirando muy despacio, como si temiera romper alguna clase de hechizo. «Éste soy yo», se dijo, viéndose directamente por primera vez. «Éste soy yo, y ya no soy un niño. He sobrevivido a todo…¿Cuánto tiempo ha pasado? Un año…creo. Un año terrible, pero aquí estoy. Estoy aquí, sigo existiendo. Y me estoy convirtiendo en un hombre.» Apartó los dedos del espejo. Le temblaban un poco las manos, tan sobrecogido estaba con lo que se ofrecía a sus ojos, que no era otra cosa que él mismo. Se miraba, analizaba cada rasgo y cada marca…y cuando trató de encajar aquella imagen que le devolvía el reflejo con su comportamiento, se sintió un poco ridículo. Los berrinches, la rabia injustificada, la soberbia, la manera en la que había apartado de sí a quienes podían hacerle algún bien, el modo en que había tratado a su padre, a Cisne, a Ioren. Sobre todo a Ioren. «Para ser rey, primero debes ser hombre.» Sus palabras volvieron a él. Tragó saliva, con un regusto amargo y culpable. Ahora se daba cuenta de que no sabía nada. Al verse era consciente, por primera vez, de que en toda su vida no había sido otra cosa que un esclavo de sí mismo: de sus caprichos, de su pereza, de sus emociones que estallaban como volcanes y arrasaban a todos a su alrededor. ¿Había intentado comprender a su padre lo suficiente, o se había acomodado en la sobreprotección que él le ofrecía, sin molestarse en esforzarse para demostrarle que podía ser independiente? ¿Había intentado comprender a Cisne o se había limitado a despreciarle y alejarse de sí, alimentando su rencor y su animadversión? ¿Había sido capaz de aprender algo de ellos? Y lo que era peor…¿Por qué solo podía contar a tres personas como influencia en su vida? Su padre, Cisne y el Rojo. Frunció el ceño de nuevo, apoyando la mano en la pared y agachando la cabeza. ¿Tan solo había estado? «Sí», se respondió a sí mismo. ¿Tan triste y desesperado estaba, tanto se había despreciado a sí mismo como para empujarles a todos lejos de sí, por más que en su corazón les quería cerca?. «Sí», tuvo que responderse de nuevo. Sí, tan poco había confiado en sí mismo, sí, se había maltratado terriblemente. Y sin embargo, ahí estaba, en el espejo. Un joven que apuntaba a ser un hombre, que había sobrevivido a sí mismo. Y eso tenía la sensación de que
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era todo un logro. Volvió a mirarse, con los ojos empañados en lágrimas. No era un niño que lloriqueaba, revolcándose en la autocompasión. Era un joven que veía desbordados sus sentimientos al enfrentarse a su propio reflejo, el cual a pesar de sus esfuerzos por hundirse en la miseria, se había empezado a forjar con dignidad y orgullo en el porte y las facciones. En el que no veía la mancha de lo que le habían hecho, sino el fruto de su resistencia ante ello. —El mar helado limpia… —murmuró, pasando los dedos por la superficie pulida. Las palabras del hombre del mar volvieron a él, una tras otra. Sus gritos airados, su voz serena, sus susurros rabiosos. Nadarás a la orilla, te arrastraré si es preciso. Guardaré lo que eres hasta que pueda devolvértelo. No voy a tenerte pena. Aguanta. Resiste. Lucha. No bajes la cabeza. Tomó aire entrecortadamente, tragando todo cuanto llovía sobre él. Esa lluvia que ahora sí creía comprender. Habían ocurrido cosas terribles, a él y a Ioren, a los dos, pero el hombre del mar no le había abandonado. Fuera cual fuese su motivo, si era cierto o no que su destino era acabar con la vida de aquel norteño que parecía un rey y que lo era, se dio cuenta de que ambos deseaban lo mismo. Si algo merecía la pena para Driadan en esta vida, era convertirse en alguien digno. Alguien digno de matar a Ioren el Rojo, porque ese era el honor más alto que podía recibir y el orgullo más auténtico al que podía aspirar. Lo que el Rojo había hecho no tenía palabras. Cualquier gratitud que Driadan pudiera ofrecerle serían meras baratijas. Ioren le había empujado cuando él no era capaz de andar, le había arrastrado cuando se rendía, le había consolado cuando desesperaba. Le había salvado y le había puesto en el camino… y ciego como estaba, Driadan no se había dado cuenta. —Maldita sea. Se apartó de la pared y corrió hacia el baúl. Lo abrió de un golpe y sacó la primera prenda que encontró, una capa peluda y negra que olía a cuero y aceites. Se la echó por encima, apagó todas las velas menos una antes de salir y abrió la puerta. Dio un respingo al encontrarse con la figura alta frente a sí, y el mundo se volvió del revés cuando Ioren le empujó hacia el interior del cuarto y cerró a su espalda con un portazo tan violento que el espejo que colgaba de la pared cayó al suelo y se escuchó el crujido del cristal al partirse.
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Driadan perdió el equilibrio y lanzó una mano hacia delante para sujetarse a algo. Las correas del jubón de Ioren le sirvieron de asidero, y las manos férreas que se cerraron en sus brazos evitaron que su traspiés diera con sus huesos en el suelo. Lo siguiente fue la mirada abrasadora del hombre del mar sobre la suya, hirviendo con virulencia, y su aliento contra el rostro cuando le zarandeó y le habló. —Cómo puedes ser tan ruin—le escupió el Rojo, en un susurro peligroso—. Cuando ninguna espada me ha hecho flaquear… no existe fuerza en este mundo capaz de doblegarme. No me harás cargar con culpa. No vuelvas a poner a prueba mi paciencia, demonio, o te juro que… Driadan no consiguió escuchar el resto. Eran palabras afiladas y cortantes, la mirada de Ioren le estaba reduciendo a cenizas y convirtiendo en añicos los trozos de sí mismo que había logrado atisbar. Había pensado ir a buscarle, iba a ir en su busca para hablarle. Quizá para disculparse, tal vez para darle las gracias. Pero en ese momento preciso, la lluvia se había convertido en granizo y amenazaba con romperle. Todas las palabras se borraron de su mente y se convirtieron en polvo en su lengua. No quería volver atrás, así que se aferró a lo único que le quedaba. —Eres todo lo que tengo ahora—acertó a decir. Ioren se detuvo. Su lengua se silenció y los ojos azules se quebraron en un brillo de desconfianza. Las manos dejaron de apretarle los brazos y se limitaron a sostenerle con una tensión palpable en los músculos. —Eres todo lo que tengo ahora—repitió el príncipe, tragando saliva—. Puedo aguantar las pesadillas. Los recuerdos. Incluso a mí mismo. Pero no tu asco ni tu desprecio, eso no he podido soportarlo nunca. No es que no sea justificado… —No me das asco. La respuesta de Ioren le interrumpió, brotó de sus labios como una reacción automática, como un reflejo veraz. La única vela que ardía en la habitación no acertaba a iluminar nada. A Driadan, la capa le arrastraba por el suelo y su semblante había perdido todo color, sus ojos rojos estaban fijos en la mirada vibrante y oscura del hombre del mar, que ahora le escrutaba como si intentase desentrañar algún misterio. —No soy el mismo—murmuró Driadan a media voz, repeliendo las
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reacciones antiguas de defensa que le instaban a zaherirle, a insultarle, a forcejear y arrancarse sus dedos calientes de encima. —Tampoco te conocía antes. Negó con la cabeza. —Eres el único que sabe quien soy—replicó el príncipe, deslizando cada palabra, pesada y dificultosa entre sus labios—, el único que sabe lo que puedo llegar a ser. El único que me conoce, aunque cambie, y el único que puede hacerlo. Tú dijiste… que Driadan es tuyo. Y así es. Lo soy. Pues consérvame. No me empujes lejos de ti, porque no voy a huir más. Eres todo lo que tengo ahora, y eso es lo único realmente bueno que me ha pasado en mucho tiempo. El suspiro del hombre del mar le supo a resignación, y después, los brazos musculosos le envolvieron, estrechándole con un gesto entre tenso y necesitado. El corazón se le hizo un nudo y se precipitó a sus pies, después voló hasta el estómago y pareció partirse en pedazos, derramando una marea cálida y estremecedora en sus nervios. El olor del mar se coló hasta sus pulmones, le arrebató la conciencia y le nubló la vista. Escuchaba el corazón palpitante al otro lado de las prendas de cuero del Rojo, sentía la vigorosa presión de sus brazos contra su cuerpo y la respiración profunda que hinchaba y deshinchaba su pecho. La nostalgia le pisoteó el alma y le hizo un nudo en la garganta, el anhelo se convirtió en una sed desesperada. Le abrazó, estrujándole con todas sus fuerzas, como si nada más fuera real. Y nada se lo parecía, salvo él mismo y la presencia constante de Ioren, el hombre al que había marcado con su sello y cargado de cadenas. Y que, a pesar de todo, constantemente le salvaba. La luz del cirio titilante no llegaba hasta ellos. Una penumbra azulada les envolvía, y al príncipe le parecía escuchar el oleaje del mar, acunándole y despertándole un júbilo desconocido en lo más hondo de su ser. —Necesito tu mirada para existir—confesó, en un susurro ahogado. Apenas le salían las palabras. La respuesta flotó en sus oídos como la caricia de la espuma, el beso del fuego y el canto honesto del acero, le abrazó como le abrazaban sus brazos y le acarició con el tacto rudo y caliente propio de aquel que la pronunciaba. —Nunca dejo de mirarte, Driadan.

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Se estremeció al escuchar su nombre en sus labios, con el acento brusco de su origen, con el aliento cálido sobre los cabellos, y poderosamente consciente de todo su ser. Su voz apagaba los susurros de los fantasmas. Sus manos borraban el frío y la angustia. Y cuando alzó el rostro y buscó sus labios, incapaz de contener el impulso ineludible con el que su corazón se tendía hacia él, el beso con el que le acogió borró todos los besos sucios que se habían derramado sobre sus labios, le bautizó con saliva limpia y fragante, salada, y le rescató sobre la cresta de una ola. «El mar helado limpia», pensó por un instante. Después, el fuego purificó y derritió el acero, y las llamas se hicieron dueñas de su ser, reduciéndole a cenizas para resurgir como un pájaro de fuego. Extendió sus alas. Y barrió el universo.

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Capítulo XXVI: Misterios

un rincón. Con los dedos incrustados en los brazos del hombre del mar, inundado por la violencia del beso compartido, Driadan se sentía invisible como una sombra. El pulso le galopaba en las venas, golpeaba en sus sienes, y una sensación de euforia y libertad chisporroteaba en el centro mismo de su ser. Había temido en los últimos meses el mero roce de sus dedos, que le tiraban de la capa. Había temido la caricia áspera y ruda de su abrazo, de su boca impetuosa que le mordía ahora los labios con avidez. Aún sentía una punzada de angustia en la boca del estómago. Cuando el Rojo rompió el contacto, respirando sonoramente, Driadan bajó la cabeza, arañándole los brazos. Sentía los pulmones colapsados y su olor envolviéndole. Desvió la mirada hacia la vela encendida, consciente de los ojos penetrantes fijos en él y de la intensa necesidad con la que aullaba la grieta en su interior. ¿Cómo podían ser la duda y el miedo espíritus tan poderosos como para interponerse aún en su camino? No comprendía sus deseos, inexplicables, pero podía sentirlos bramar en su interior. A ellos nada le importaba. Ni la distancia, ni la desgracia, ni la locura, ni las maldiciones, ni todos los espinos enredados que podían existir entre ambos. Atravesarlos con las manos extendidas, arañándose y abriéndose la piel, ese era el único camino posible. Porque no había opción de negarlos y darle la espalda, no podía anestesiarse contra la vibrante atracción que le llevaba hasta el único lugar donde podía encontrar paz. Las manos anchas le rozaron el cuello, dibujando las líneas de su mandíbula con los pulgares. Nadie le había tocado como él lo hacía, ni antes ni después. Su tacto era distinto a todos, eran llamas y espuma marina, libertad, entrega y magnetismo. —No me importa.

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l viento silbaba en el exterior, y la vela titilante resplandecía en

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El susurro del hombre del mar era un arrullo en sus oídos, brisa veraniega, cálida y suave. Driadan asintió, comprendiendo. Siempre lo había sabido. A Ioren no le importaba, nunca le había importado que su cuerpo hubiera sido un camino transitado por decenas de pies indignos. Pero al príncipe, sí. Le importaba, por eso necesitaba ser barrido y arrasado. —No quiero tu dulzura—replicó, en voz muy baja, con un nudo en la garganta—Dame tu necesidad y el fuego de las mareas. Alzó los ojos, que destellaron, rojos, en la habitación. El rostro de Ioren era sombra sobre sombras y mechones de cabello revuelto y salvaje. Driadan cerró los párpados con fuerza, tragando saliva, y tiró de las correas del jubón de cuero con violencia, abriéndolas y haciendo saltar las hebillas. El gruñido contenido y los dedos de Ioren cerrándose en sus cabellos no fueron una respuesta tan contundente como el calor que le envolvió cuando volvieron a estrellarse contra el otro. El fuego de las mareas. Driadan le asedió como si quisiera destruirle, estrechándose contra su cuerpo caliente y duro, retorciéndose cuando el hombre del mar le rasgó la camisa con las manos desnudas. Las suyas, que siempre habían sido demasiado finas y demasiado suaves, no tenían lugar donde detenerse: se escurrían por los hombros y los brazos, dibujaban los músculos del pecho fornido, bebiéndose la energía que desprendía, ungiéndose con su fuerza y alimentándose de su fuente. Cada centímetro de la piel bruñida era suya, le pertenecía, y la marcaba con desesperada posesividad. Ioren estaba inclinado sobre él, cerniéndose como un animal salvaje desde su mayor altura. Le arrancaba las prendas sin el menor cuidado, con la lengua hundida en su boca, anudada con la suya. Las costuras le escocían al saltar los hilos en contacto con su anatomía y los dedos rasposos parecían desollarle al tocarle bajo el lino de la camisa, lenguas de fuego crudo. Se perdió en brazos de un huracán cuando Ioren le alzó por las caderas y le arrojó sobre el colchón. Alzando las manos, Driadan prendió los dedos en sus cabellos y se abandonó. Las emociones eran demasiado violentas. No podía respirar, intentando recibir todo lo que se le entregaba: El matiz hambriento de sus caricias, los dientes mordiéndole la boca con hambre y dominancia, la barba que le raspaba las mejillas y el cuello, el aliento abrasando en la piel y el peso de su cuerpo aplastándole. Jamás podría compararle con lo que había vivido en Shalama. Los roces
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indolentes y el modo en que otros habían dejado caer su deseo vanidoso sobre él, buscando el entretenimiento y el placer superficial de la carne igual que lo buscaban en pequeños bocados y vinos alegres, nada tenía que ver aquello con la arrolladora pasión del Rojo. Tenía la sensación de ser el único alimento que él podía comer, la única caverna en la que encontraba refugio de la lluvia, el único. Era el único. Era el único. Ioren se le llevaba por delante, y saberse el origen y el objeto de su ardor incontenible le elevaban más alto que cualquier otra cosa. Todo empezaba y terminaba en él, todo era suyo y de nadie más, a él estaba dedicado. Era el único. Dio un respingo y ahogó un gemido cuando los mordiscos despertaron luciérnagas de dolor y placer en su pecho. Le tiró del pelo y removió las piernas para abrazarle con ellas, entrecerrando los ojos y mirándole en la oscuridad. Se ató la respiración a la garganta para controlarla. Le picaba la piel y la saliva salada de Ioren se mezcló con su sudor despierto. Intentó decir algo, pero sus pensamientos explotaban como burbujas de llamas en su mente. Se le derritió el alma y se escapó entre sus pestañas, en forma de lágrimas esquivas de expectación y alivio. Onduló sobre el colchón, instintivamente, cuando el camino tibio y húmedo de la lengua del Rojo descendió por su vientre liso. El hombre del mar respiraba como una criatura selvática, su pelo era una maraña cobriza y ondulada que colgaba como hiedra sobre la escultura de sus hombros. La piel broncínea brillaba al tenue resplandor del cirio abandonado, con la película húmeda de su propio sudor. El perfume a salitre se pegaba a las sábanas y a las paredes. Driadan aguantó el aire en los pulmones cuando él le sacó los pantalones de un tirón, y se le ahogaron los gemidos en la garganta con el despertar de la hoguera renovada. —Es…espera… —balbuceó a duras penas al sentir sus dedos vehementes sobre su sexo. —No puedo esperar—replicó el hombre del mar en un gruñido imperativo, de palabras claras—. Ya he esperado bastante. —No…no es…ah… «No estoy preparado», debería haber dicho. No fue capaz. Se mordió los labios y se tensó, aplastando las palmas de las manos contra el colchón. Puede que su mente no lo estuviera, pero su cuerpo sí. Vibró como una cuerda afinada cuando la boca hambrienta de Ioren le engulló y sus dedos se deslizaron bajo su cuerpo, sujetándole el trasero y acariciándole la parte interior de los muslos, apropiándose de su piel, de sus reacciones y de sus
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suspiros apagados, raptándole, secuestrándole y tirando de él. «No estoy preparado» habría sido una gran mentira. Ahora se daba cuenta. Bajo su yugo, siempre estaba preparado; para él siempre lo estaba. Sólo era capaz de temblar y estremecerse, hundido en la caricia húmeda que le devoraba con ansia. Ni siquiera podía sentir vergüenza, y no había rechazo alguno, ni siquiera el del instinto castigado. Cuando el tacto del hombre del mar presionó en su entrada, estuvo a punto de saltar por los aires, exhaló un gemido y le tiró de los cabellos con más fuerza, intentando detenerle. —¡No! El calor mordía, el sudor se escurría por su cuello y por sus costados, los poros de su piel cosquilleaban y se abrían como flores tibias. La sangre se acumulaba entre sus piernas, en su vientre distendido que palpitaba con una sed profunda. La oleada de placer le mareó. Los dedos rudos le tocaron por dentro, uno y luego otro más, internándose en su profundidad y buscando el centro que le despertaba con más fuerza, moviéndose en hábiles caricias y roces calculados que se hundían y reculaban. Sus labios le atrapaban en la presa candente de su boca, la lengua ávida le consumía, precipitando los latidos. Driadan ya no era dueño de sí mismo. Seguramente, había dejado de serlo desde que le había arrojado sobre la cama. Aflojó el tirón en su cabellera y se rindió, hundiéndose en el colchón y fijando la mirada en el techo, con los labios entreabiertos y los párpados caídos. Su voz, sus palabras, cuanto pretendiera reclamar o exigir, todo se había deshecho y convertido en una consecución de jadeos rítmicos y atropellados. Su pecho subía y bajaba, el aliento caliente formaba nubes de vaho en la habitación. Estaba temblando, se estaba muriendo. Le estaba matando. Si un solo estímulo de Ioren ya podía hacerle perder la cabeza, ahora simplemente era incapaz de filtrarlos. Caían sobre él como lanzas de fuego, destruyendo cualquier reserva y cualquier temor. Si alguna vez se había preguntado si su experiencia en Shalama le había cerrado para siempre las puertas de ese extraño mundo en el que ahora estaba sumergido, el del éxtasis de la carne y el abandono a las sensaciones, el hombre del mar acababa de arrojarle a él de cabeza otra vez, igual que le tiró por la borda y le lanzó a través de la ventana al foso gélido. Arqueó la espalda, desarmado ante cada chispa que le llevaba más lejos. Su respiración atropellada se rompió con un gemido contenido que le golpeó los carrillos y se volvió a recluir en su garganta. Ioren se alzó sobre las rodillas, tomando aire con un resuello y relamiéndose. Su sombra cayó
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sobre el príncipe rendido a su influjo. La mirada del Rojo era una lengua afilada que le atravesó el alma, hirviente de deseo, y la manera en la que se abalanzó sobre él, encadenándole las muñecas a la almohada, le detuvo el corazón en el pecho. Siempre le había exigido su mirada. Ahora se escudó de ella, cerrando los párpados, y aguantó la embestida implacable, ahogando el grito en su cuello y aprisionándole la cintura con las piernas. El hombre del mar se abrió paso en su cuerpo con brutalidad, enterrándose hasta la mitad y deteniéndose para tomar aire con un jadeo sofocado. Driadan tuvo la impresión una vez más de que iba a romperse en dos. Le sentía latir en sus entrañas, tenso y ardiente, contenido. Su cuerpo se distendió, dilatándose como una flor que se abre al sol, mientras sus pulmones se rasgaban por el ímpetu con el que tomaba aire. Ioren le aplastaba con su pecho, le quemaba su cuerpo y le inundaba el mágico perfume de los mares profundos. Sus dedos eran cepos en sus muñecas, y su respiración entre los dientes apretados se derramaba sobre su boca. Cuando el príncipe abrió los ojos al fin, paseó la mirada por el semblante tenso y sufriente de su compañero, dejando que su propio cuerpo se acostumbrara a la invasión. Los puercos del Sur que habían gozado de su compañía no eran ni la mitad de grandes que Ioren el Rojo, en ningún sentido estaban a su altura. Le costó unos segundos adaptarse a su envergadura, y la visión de su rostro anguloso le ayudó a relajarse. La expresión del hombre del mar estaba teñida de un extraño embrujo. Su mirada empañada se perdía en la nada, el ceño fruncido y el modo en que luchaba consigo mismo se le presentaban fascinantes. Parecía cautivado, presa de un embeleso magnético, irreductible, del que no pudiera escapar y que no lograse comprender. —¿Cómo es?—preguntó, en un susurro áspero de palabras no meditadas. Ioren tomó aire, avanzando un poco más. Driadan se encogió y ahogó un gemido. —Estrecho y apretado—resolló. Su voz se le antojaba seductora. Su deseo, enloquecedor, prendía el suyo propio. Su entrega y su dominio le destrozaban cualquier intento de contención, reducían a cenizas cualquier cosa que pudiera interponerse entre ambos.

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—Ven más—exigió, impaciente, tratando de desasir las manos de la presa con la que le sometía—, ven del todo. —Caliente…—las palabras de Ioren estaban preñadas de salvaje sensualidad, y cuando le miró a los ojos fijamente, Driadan tuvo la impresión de que le devoraría—y delicioso. Es mío…como tú entero. De improviso, se impulsó y empujó hasta el límite, llenándole por completo. El príncipe gritó. Sus venas parecieron romperse, la sangre rompió a hervir al calor de su pasión y creyó que se perdería. El hombre del mar no le dio tiempo a comprobarlo. Tras el envite firme, se retiró y le arrastró con la fuerza de un mar embravecido, estrellándose contra su cuerpo en oleadas desatadas, respirando con ferocidad y devorándole los labios hasta ahogarle. La cama de madera crujía. Las costuras del colchón se abrieron, estallaron bajo la violenta batalla que tenía lugar sobre él. Las plumas de ganso flotaron en el aire, se derramaron sobre el suelo y la alfombra, entre los jirones de las prendas desgarradas de Driadan. Había temido el roce de sus dedos, la caricia de su abrazo. Durante meses, Driadan había tenido miedo de acudir a su refugio, con la angustia susurrándole al oído que nada sería lo mismo, que cuanto compartían había dejado de ser único tras la profanación, que el rechazo era una posibilidad, que la aceptación era compasión y lástima. El miedo despertó todas las mentiras en su corazón y las vistió de verdades. Ahora, todo aquello estaba ardiendo en una pira alta y negra. Las cenizas se disolvían en el mar, y cuando el alivio le arrasó con un estertor casi muriente, el júbilo que se había encendido en su interior con el primer beso permanecía ahí, puro, brillante y perpetuo.  Ioren el Rojo sabía que hay cosas que, una vez desatadas, no se pueden detener. Doma a un caballo salvaje y ponle riendas, pero en el momento que se las quites, no podrás controlarle hasta que se canse de galopar. La vela de la habitación se había consumido hacía un rato. Otras llamas habían seguido ardiendo, llevándole a la locura una y otra vez, hundiéndole en los jardines del príncipe incesantemente, volviendo a arrastrarle cuando todo terminaba y sin que el agotamiento fuera suficiente. Ahora, mientras
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intentaba reponerse de aquel nuevo incendio, se preguntaba si éste sería el último o el tacto de la piel de Driadan bajo sus dedos le empujaría de nuevo a la hoguera inextinguible. El joven reposaba sobre su cuerpo, donde se había dejado caer tras cabalgarle como un señor de las montañas y ungirle el vientre con su esencia. Su aliento desacompasado había encontrado el ritmo. Ioren le mantenía abrazado, aún en su interior, con la cabellera oscura del muchacho derramándose sobre su rostro y su boca deliciosa sobre el cuello. —¿Me darás una espada al amanecer?—susurró el príncipe en su oído—. Dijiste que me enseñarías a ser un hombre. Ioren asintió antes de pensarlo con claridad. Era consciente de lo que estaba sucediendo entre los dos. Se encontraba analizándolo, por eso no prestó mucha atención a la petición de Driadan. Su mente trataba de desenmarañar el espinoso ovillo de sus sentimientos y de los hechos acontecidos, intentando vislumbrar el camino que le había llevado hasta aquel punto. El punto en el que el chico estúpido y odioso que le había humillado imperdonablemente reposaba sobre su pecho, lánguido y agotado, cubierto por la película brillante del sudor compartido. —No entiendo—dijo al fin, con un murmullo de descontento. Driadan rodó sobre su cuerpo, liberando la carne enterrada en sus entrañas con un gemido suave. Luego se acomodó a su lado, entre sus brazos, y le miró. Tenía los ojos rojos, de un intenso carmesí que le resultaba a veces inquietante. Lucía ahora el semblante tranquilo, la melena fragante exudaba el perfume a iris, a sexo y a océanos salvajes, una combinación de aromas que arropaban al Rojo en un extraño hechizo. —¿Qué es lo que no entiendes?—preguntó el príncipe. Su voz era perezosa y tierna. —Por qué pasa esto. El joven escurrió los dedos por su mejilla. La caricia dulce le despertó un estremecimiento cálido en alguna parte, y tragó saliva. Esto era lo que no entendía. Estas reacciones en sí mismo. No podía comprenderlo a la luz de las circunstancias que les habían unido. —Misterios—respondió Driadan, tranquilamente—. A mi me resultaba todo algo confuso. Hasta me angustiaba.
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El índice del joven príncipe dibujaba ahora las líneas de su boca. Su voz era como un hechizo; cuando no se comportaba como un estúpido y no se empeñaba en desafiarle, Driadan era afectuoso en cada gesto, tanto que Ioren sentía el impulso de corresponderle con ternura. —Es raro que seas un hombre. Nunca me ha pasado esto con un hombre—prosiguió el príncipe a media voz, con una extraña gravedad—pero lo que me ocurre no me había sucedido antes con nadie. Simplemente me… hace falta. Mucha falta. No sólo esto, todo tú. Que estés cerca, que estés conmigo. —Hizo una larga pausa, lamiéndose los labios. —Creo que te quie... Ioren le interrumpió, tapándole la boca con una mano en un gesto brusco. Negó con vehemencia, mirándole fijamente, con un mordisco sangrante en el centro mismo de su alma. Se tensó y apretó los dientes. —No digas eso—le ordenó—. Nunca. Driadan parpadeó y le apartó la mano, frunciendo el ceño. Parecía enfadado. —¿Cómo que...? ¿Por qué, a qué viene eso?—escupió, incorporándose sobre un codo—. No te estoy pidiendo nada. Me da igual tu opinión, sólo es lo que yo creo que siento, perro desgraciado, no puedes prohibírmelo, tú no mandas en eso. Ioren suspiró, levantando la mano para rozarle los cabellos y forzándose a mantener la calma. El chico intentó apartarle al principio, pero después le permitió abrazarle, aunque se había crispado y su postura era algo fría. —Escucha. Y aprende esto—empezó, en un susurro cansado—. El odio nunca decepciona, joven príncipe. El amor, siempre. Si llegas a sentirlo, guárdalo en ti, pero nunca lo digas. —¿Por qué? —Driadan se relajó un poco. —Ahora soy yo el que no lo entiende. —Porque el amor que se encierra en las palabras, las empuña como armas, y con ellas hace daño—respondió Ioren, pasándole los dedos por los cabellos, hablándole al oído—. Las palabras son cinceles que lo deforman. El odio te da todo cuanto esperas de él. El amor, muy rara vez. Driadan exhaló un suspiro profundo y le estrechó la cintura con los brazos,
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acomodándose en el hueco de su brazo. —De acuerdo, no lo diré. Al amanecer, dame una espada y enséñame a luchar. ¿Lo harás? —Lo haré — afirmó Ioren, en el mismo tono íntimo y apacible. —Te odio. —Y yo a ti, Driadan. Le besó la frente y le dejó dormir, saboreando el perfume de los iris sagrados en su cabello.

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Capítulo XXVII: Instrucción —

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scucha. Y aprende esto.

La mañana estaba avanzada. En el firmamento plomizo, las gaviotas cruzaban como flechas pálidas, chillaban y se hundían en el agua para volver a salir. Driadan había apoyado la espada en una piedra, en el acantilado, y Ioren había dejado la suya clavada en la tierra antes de detenerse y hablar. —Toda la persona que nace, nace libre—dijo Ioren, con la voz grave y serena. Hablaba despacio, como si cada frase fuera un arcano sagrado y profundo—. Todo el que nace puede ser un rey. También puede ser un esclavo. Ser una cosa o ser otra, sólo depende de lo fuerte que seas. Por eso nos templamos en el acero. Para ser más fuertes que los demás. Matas a un rey y eres rey, no importa qué sangre tienes. Solo la fuerza. Driadan tomó aire y asintió, mirando a los ojos del hombre del mar. Cada mañana, al amanecer, Ioren le daba aquella espada de acero y le enseñaba a luchar como un hombre. Luego, cuando el príncipe sentía que sus músculos se iban a romper, se dirigía a él con las mismas palabras, “escucha y aprende esto”, con los ojos azules inflamados por una llama interior que él imaginaba prendida en su propia alma, y le decía cosas que Driadan grababa en su mente y su memoria. Se sentía en aquellos momentos como acero fundido. El entrenamiento le calentaba y le endurecía, pero eran las palabras del Rojo las que le daban forma. Por eso le escuchaba en silencio. —¿Cómo se hace fuerte un hombre?—preguntó Ioren, señalándole con la barbilla desde su altura — Dímelo tú, si lo has aprendido ya. El príncipe se apartó la cabellera revuelta del hombro. La brisa marina le despeinaba. Aunque estaba agotado, sentía deseos de agarrar la espada otra vez y volver a practicar. —Respetando a los dioses y las leyes de la tradición—respondió, aún jadeando para recuperar el aliento—. Con la sabiduría de la tierra y del
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mar. Aprendiendo a leer en los corazones de los hombres. Aplastando al enemigo antes de que levante la cabeza. Y teniendo paciencia para esperar el momento adecuado. Ioren hizo un gesto de aprobación y le señaló la espada. —Cógela y límpiala. —No está manchada — protestó el joven, mirando de reojo el arma. La hoja no brillaba, no había sol que arrancara destellos del metal. —Hoy no. Algún día lo estará. Nunca es mal momento para empezar un hábito. Driadan cogió el arma y se sentó en una piedra, deslizando el bajo de su túnica sobre el acero. Ioren hizo lo mismo con la suya, a algunos metros de él. En el silencio, solo el rumor del mar y el silbido de la tela sobre las espadas se escuchaban. El aire era gélido y cortante en los acantilados, pero a Driadan no le resultaba molesto. Decir que se había acostumbrado le parecía excesivo, pero en la última semana, sí se había adaptado en cierto modo a la vida en aquel lugar. No sabía cómo. Quizá las experiencias vividas le habían hecho tener mejor capacidad que antaño para amoldarse a las situaciones nuevas. O tal vez tenía que ver su propio cambio de actitud al descubrirse en el espejo de la habitación. Para ser un rey, antes debes ser un hombre, había dicho Ioren. Ahora estaba preparado para admitir que tenía razón. Sus objetivos se habían definido con claridad en su mente, sobre todo en los últimos días. El entrenamiento le había ayudado a pensar de una manera en la que nunca lo había hecho, la disciplina, el orden y la rutina habían establecido en torno al príncipe algo muy parecido a un entorno seguro, le habían proporcionado un control verdadero sobre sí mismo, sobre algunos aspectos de su vida. Eso había aclarado sus pensamientos como un barrido de viento. Ahora sabía bien lo que quería, podía mirar hacia delante y veía las posibilidades como algo real. Recuperaría su tierra, su trono y su venganza. Iba a tenerlo todo. No sabía cómo, pero decidirlo ya era un paso. El susurro del tejido sobre el acero era una música agradable. Inmerso en su actividad, volvió la cabeza al escuchar los pasos. La mujer del pelo negro y los ojos verdes se acercaba, envuelta en el viejo chal. Driadan la observó,
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contempló sus movimientos y su gesto cuando ella se detuvo a algunos pasos y se dirigió a Ioren. Hablaron en su idioma, sin mirarse y en un tono seco. Distinguió las palabras “comida” y “fuego”, poco más. Luego, Kraakha se dio la vuelta y regresó por donde había venido, aún con la cabeza gacha y la misma postura incómoda. La observó caminar un rato y después se volvió hacia Ioren. —No parece que os llevéis muy bien. Ioren no respondió. Terminó con el ritual y se colgó la espada del cinto, poniéndose en pie y mirando hacia la granja. —Ni bien ni mal. —Nos ha acogido en su casa. Todos vivimos en su granja—replicó el chico. —No puede negarme la hospitalidad si se la pido. Es la costumbre—dijo el Rojo, con sencillez—. Por eso trabajamos en su tierra mientras estamos con ella. —¿Y tus tierras y tu casa? ¿No tenías? Caminaron alejándose del acantilado. La hierba pálida crecía en jirones dispersos entre el suelo seco y rocoso. Bloques de granito irregular despuntaban por doquier, donde el liquen se extendía como manchas oscuras de una infección. El terreno era escarpado y árido, salpicado de matorrales ásperos de tonos grises. En algunos, se abrían flores de color azul desvaído, diminutas y agrestes. —Ahora son de Ulior Skol, el nuevo thane. —¿Y qué harás al respecto? —Recuperarlo todo. —Ioren se detuvo, hizo una pausa y luego siguió caminando. —Cuando llegue el momento. Driadan arqueó la ceja. —Pero tú eres el jefe. Él solo está ahí porque le dejaste al mando cuando marchaste, eso nos dijiste. ¿Por qué no puedes reclamar lo tuyo ahora? La hierba crujía bajo sus pies. El príncipe sentía los músculos entumecidos por el repentino enfriamiento y le dolían los brazos, pero no se quejaría.
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Mantuvo su postura erguida y su caminar orgulloso, al paso de Ioren, sin quedarse atrás. —No es tan sencillo. Perdí la batalla y ha pasado mucho tiempo. Mi pueblo tiene que confiar en mí de nuevo, y los dioses devolverme su gracia. El joven no hizo más preguntas. Al llegar a la granja, cruzaron los establos y el corral de los gansos. En los primeros sólo había un par de caballos escuálidos, de ojos saltones y temperamento vivo, que habían conocido tiempos mejores. El corral estaba habitado por aves de pelaje blanco que se amontonaban en los rincones junto al heno para protegerse del frío, con las plumas hinchadas. Las tierras de labranza se extendían al oeste, y a Driadan, llamarlas de ese modo le parecía ser compasivo. Tras un vallado de madera y granito, se extendían apenas unas tres millas de tierra reseca y algunos árboles sin hojas. Jhandi estaba cortando leña junto a la entrada de la casa, una construcción de piedra y madera con el techo de pizarra. Les saludó con una sonrisa, y Driadan respondió correspondiéndole, inevitablemente. —¿Qué tal esos brazos, Nirala?—dijo el sureño en su idioma—. ¿Ya puedes tumbarme de un puñetazo? —Lo comprobaremos algún día—respondió el príncipe. Entraron al interior, donde el fuego ardía en la gran sala y olía a humo y carne asada. Cisne y Perfidia servían la comida en los cuencos, y Kraakha removía el caldero en la hoguera. Todos los días, Ioren se sentaba en la cabecera de la mesa, como si fuera el señor de aquel lugar, y compartían los alimentos mientras hablaban de las cosas que habían hecho o visto. Se apiñaban en torno a la mesa alargada, hundiendo las cucharas en las escudillas, bebiendo de los cuernos. Los perros aguardaban bajo la mesa a que algún bocado fortuito se dejara caer allí. —Salud y que aproveche. Ioren retiró la silla de brazos de madera y tomó asiento. El resto de su gente — ahora eran sus hombres, se recordó Driadan — lo hizo después, con amplias sonrisas y mirando las lonchas de buey con buen apetito. Driadan se sentó a la derecha de Ioren, como cada día, y agradeció con la cabeza a Cisne su ración. El chico le esquivó la mirada.

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—Nunca me acostumbraré a esto—parloteaba Arévano, dando la vuelta a un cuerno entre los dedos—. En mi tierra bebía vino en copas de cristal tallado. En este recipiente, todo me sabe a hueso. —Eso es porque tienes mucha imaginación—replicó Fernos—. A mi me resulta agradable. Levantó su cuerno y bebió, chasqueando la lengua después y lamiéndose la cerveza del bigote. A su lado, Jhandi, que había llegado el último tras encargarse de la leña, se rió con suavidad. Comieron entre conversaciones pausadas, bromeando de cuando en cuando. Driadan, la mayor parte del tiempo sólo escuchaba y observaba. De todos los esclavos que habían escapado de Shalama, sólo siete se habían quedado con Ioren hasta el final, aquellos que no tenían familia ni motivos para querer regresar a sus hogares. Entre ellos se habían creado relaciones de camaradería y fraternidad, lazos que habían ido estrechándose con el paso del tiempo y las experiencias compartidas. A pesar de que algunos, como Qilem, eran tan silenciosos que a veces su presencia pasaba desapercibida, se podía sentir en el ambiente una gran confianza entre aquellos hombres tan distintos. Driadan deslizó la vista sobre ellos y se detuvo en Perfidia y Cisne, que les servían a la mesa. Aquellos dos… algún día tendría que ocuparse de ellos. Plantearse el trato que estaban recibiendo. Pero cada vez que se fijaba en la mujer, un estremecimiento de ira le recorría la espalda y volvía a sentir deseos de molerla a patadas, esta vez hasta matarla. Era consciente de lo que ella había hecho. Cómo les había manipulado, tras la fachada maternal y cariñosa de una buena ama, para mantenerles moderadamente apaciguados mientras les obligaba a arrastrarse por el fango. A Cisne no le importaba, él estaba acostumbrado. Driadan jamás olvidaría. Al fondo de la sala, Kraakha, la de los ojos verdes, estaba comiendo en un rincón. Sentada en una silla, junto al fuego, sola, lanzaba miradas fugaces hacia los hombres que habían invadido su hogar. A veces, un gesto de terror asomaba a sus ojos al observar a Ioren, matizado con algo más que el príncipe no podía definir aún. Frunciendo un poco el ceño, Driadan se llevó otro bocado a los labios, contemplándola y haciéndose preguntas. La granja era un edificio bastante grande para acogerles a todos. Todos, ciertamente, estaban trabajando en las tierras de aquella mujer, como pago a su hospitalidad. Pero ni para el reproche ni la cortesía ella hablaba con nadie. Cuando alguien le dirigía la palabra, solía darse la vuelta con expresión asustada, negando con la cabeza, y desaparecer en otra
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habitación. La había visto cargar leña, arar, levantar troncos con esfuerzo: no era una mujer enclenque. La había visto también coser con habilidad, reparar pequeños desperfectos en la casa, cocinar. Había visto la espada que había colgada en su pared y la daga que llevaba al cinto. No, la lectora de runas no era ninguna desvalida hembra, era una mujer independiente, que vivía sola, apartada de la aldea de Kelgard y que era capaz de desenvolverse en cualquier aspecto sin necesitar a nadie más. Y sin embargo, estaba amenazada de alguna manera. O coaccionada. Para Driadan era evidente en su actitud: Kraakha no quería tener a aquella gente allí. Y estaba seguro de que tenía mucho que ver con Ioren. Había intentado desentrañar el significado de las miradas que ambos se dirigían a veces, incluso había espiado en ocasiones alguna conversación entre los dos que parecía más personal que las otras, pero su conocimiento del idioma no era suficiente y no había entendido nada. Sólo que había amargura en las palabras de ambos, sobre todo en las de ella. Un codazo suave le sacó de sus pensamientos. —No la mires tan fijo, Nirala. ¿Acaso es de tu gusto? Jhandi sonrió con su hilera de dientes blancos, Driadan hizo una mueca. —Un poco mayor para mí. —Eso no debería ser un problema, amigo. Más experiencia. Y es muy guapa. ¿Por qué no tiene varón, Rojo? La mirada de Jhandi se volvió hacia Ioren, que estaba escuchándoles y también miraba a Kraakha. Ella le atisbó fugazmente con los ojos verdes, brillantes, y luego bajó la cabeza, volviendo el rostro al fuego. —Es una mujer prohibida. Tiene el don de la visión, ningún hombre puede tocarla. El príncipe volvió el rostro. Algo le llamó la atención en la voz de Ioren al decir aquello. El Rojo estaba de nuevo dedicándose a apurar la escudilla, perdido en sus pensamientos, pero en aquel preciso momento, Driadan tuvo la certeza de que el hombre del mar se había saltado esa prohibición en alguna ocasión. Había una historia entre ellos, entre el Rojo y la lectora de runas, y con una punzada ácida en el estómago, el príncipe decidió que no desistiría hasta descubrirla por completo. Al fin y al cabo, disponía de tiempo. Convertirse

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en un hombre y poder recuperar su trono no era tarea que pudiera completarse en cuatro días, no había ninguna prisa.

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Capítulo XXVIII: Enemigos

hogar a la tripulación de Ioren el Rojo, Driadan era capaz de acertar a un blanco móvil a una distancia de cincuenta pasos, de derribar a Qiram y Sulori en combate con espada, de conversar casualmente con cualquier habitante de Kelgard en el idioma del norte y de comprender muchas más palabras de las que había aprendido a pronunciar. Aquella mañana, una vez terminado el entrenamiento, se había abrochado el jubón de piel y había limpiado la espada que no estaba sucia. Antes de irse, Ioren le había llamado. —Driadan. Cuando se dio la vuelta, el guerrero le miró en silencio durante un largo rato, con expresión indescifrable. Luego se rebuscó en un bolsillo y le tendió una hebra de cuero desgastada, de color negro, descolorida. Driadan la cogió con dos dedos y le devolvió una mirada inquisitiva. —No es que exactamente hayas ganado ninguna guerra—dijo Ioren en la lengua natal del príncipe, hablando con el ceño fruncido y cierto aire de incomodidad—, pero has aguantado hasta hoy. Mucho ha pasado. Yo pienso que deberías llevar una. Driadan entrecerró los ojos y le miró con curiosidad. El hombre del mar se rozó el cabello con las manos y rebuscó una de las trenzas que le salpicaban la melena oxidada y cobriza. El chico no necesitó pensarlo demasiado antes de negar con la cabeza, y le devolvió el cordón, alzando la barbilla. —Los hombres del mar se atan el pelo por cada victoria, es un honor que consideres que merezco algo así. Pero no he ganado nada aún. Apenas estoy empezando. Y además—añadió con una mirada orgullosa bajo los párpados entornados—, yo no soy un hombre del mar, Ioren el Rojo. El norteño crispó la mandíbula al percibir el desafío en sus palabras, pero después, casi al instante, el relampagueo en la mirada se difuminó y un gruñido extraño vibró en la garganta del hombre musculoso, mientras
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uince días después de que Kraakha hubiera acogido en su

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alargaba los dedos y le arrancaba el cordón de la mano. Sólo cuando la dejó resonar en alto y dejó de apagarla, Driadan se dio cuenta de que lo que escuchaba era una risa, que rompió en una carcajada franca. —Por la Sal y la Llama, no lo serás. Pero ya hablas como uno. Venga, largo—añadió, antes de que la oleada de calidez y emoción que estaba barriendo el corazón del príncipe tuviera un reflejo en sus mejillas o en el brillo de sus ojos—, ve donde los otros. Ahora os alcanzo. Sintiéndose como un niño de nuevo, Driadan asintió y saltó las rocas con habilidad, echando a correr hacia la casa de piedra, casi en una huida, con el corazón galopándole en el pecho. Giró en uno de los desniveles y se desplazó dando un pequeño rodeo, salvando algunas rocas lisas e inclinadas y descendiendo hacia una pequeña brecha en el terreno, una falla cuyo fondo estaba tapizado por un brezal ralo. En quince días había aprendido algunos caminos en los alrededores de la granja de Kraakha, el nombre de cada caballo y ganso de su establo y a despertar a la hora oportuna para escurrirse de la cama del guerrero fornido y volver a la sala común, de manera que nadie se percatara de su ausencia. En quince días podía aprenderse mucho cuando uno estaba dispuesto a hacerlo. Y esa era otra de las cosas que Driadan había descubierto, la importancia de “estar dispuesto a”. Se detuvo al lado de uno de los arbustos, atándose bien las correas del jubón, y removió las hojas buscando bayas sin mucho éxito. Decidió sentarse en una roca y esperar a Ioren para regresar con él y hacerle algunas preguntas. Sabía que el Rojo aún estaría unos minutos rezando a sus dioses, y en ese tiempo, el viento fresco le calmaría a Driadan el rubor y le permitiría degustar la sensación de orgullo y felicidad absurda que las palabras del hombre del mar le habían despertado, agitando su espíritu más de lo que le apetecía soportar en aquel momento. —Por la Sal y la Llama, no lo serás—repitió, golpeando las hojas del seto con la espada sin mucha intención, tratando de imitar la voz grave de Ioren—. Pero ya hablas como uno. Por la Sal y la Llama. ¡Por la Sal y la Llama! —¿Se puede saber qué haces, Nirala? El príncipe carraspeó y se colgó la espada del hombro, levantándose inmediatamente. Del otro lado del brezal, Arévano apareció, apartando las ramas entrelazadas y los espinos y mirándole con clara diversión.

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—Practicar idiomas—improvisó Driadan—¿Y tú? ¿No estáis en la granja? El joven se encogió de hombros y esbozó una sonrisa amplia, extendiendo el puño cerrado hacia él. Lo abrió y le mostró el tesoro de frutos jugosos de color púrpura. Driadan reprimió las ganas de devolverle la sonrisa y se llevó una mora a la boca, masticándola con deleite. Arévano le caía bien. Era agradable y simpático, tenía un rostro bondadoso, de rasgos bien dibujados, donde gobernaban dos ojos muy azules. El cabello, castaño con vetas doradas, enmarcaba sus facciones armónicas, en las que solo la cicatriz del labio parecía desentonar. —Me he escapado un rato. Empiezo a acostumbrarme a los horarios, y eso no me gusta. Bastante tuvimos de eso en Shalama. —Driadan torció el gesto, pero asintió. No le agradaban las referencias a Shalama y la esclavitud —Kraakha pronto nos dará de comer, habrá que ir regresando. —Ya. Yo estoy esperando al Rojo. Arévano se le quedó mirando y asintió, guardándose una pregunta. Driadan también había aprendido en aquellos días a leer mejor en las personas, en sus inquietudes e intenciones, en su expresión corporal. O mas que haberlo aprendido, se había dado cuenta de que poseía esa cualidad a la que algunos llaman intuición. —Dime—añadió sin más. Arévano sonrió y meneó la cabeza, luego le miró con franca curiosidad. —Nada, solo que… Ioren es también tu maestro, eso hemos comprendido. Ahora, al venir aquí. Él te está instruyendo. —Así es—admitió Driadan, limpiándose los dedos en una hoja. No se le había escapado el “también”—. ¿Hay algo malo con eso? —No, no. Ya sabes, a veces… no sé, es que nunca hemos sabido… tampoco lo hemos preguntado. Pero en algunas ocasiones parecíais más enemigos que otra cosa. Siempre ha sido muy raro veros, y nunca terminábamos de entender qué pasaba con vosotros dos. Ahora, sin embargo, desde que estáis aquí, lo entendemos más. —No es que sea asunto vuestro—replicó Driadan, sonriendo con un gesto afable, pero que encerraba una cierta frialdad. Arévano respondió con una sonrisa, si se apercibió de esa frialdad, no dio muestras de hacerlo.

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—No, no lo es. Pero me alegro de que lo vuestro vaya mejor. —¿Lo nuestro?—dijo una voz, a la espalda del príncipe. Arévano arqueó las cejas, mirando por encima del hombro de Driadan, quien suspiró y alzó la vista al cielo. Tenía eso que algunos dan en llamar intuición, y además, conocía cada matiz en el tono de voz de Ioren el Rojo. Y esas dos palabras habían sonado a un tiempo amenazantes y ofendidas. Pero Arévano fue rápido, lo cual confirmó la sospecha de Driadan de que su compañero hablaba de algo muy concreto y específico al referirse a “lo suyo”, y que ciertas cosas no habían pasado desapercibidas. —El entrenamiento, Rojo—dijo, mostrando su mejor sonrisa de inocencia — Nirala dice que ha mejorado mucho. —Si, ha mejorado. La tierra crujía bajo los pies del Rojo, que se detuvo detrás de Driadan. Hubo un momento de silencio, y después, Arévano, comiéndose la última baya, se dio la vuelta y se marchó entre los brezos. —Nos vemos en la granja. En cuanto su silueta se perdió entre los arbustos y antes de que el joven pudiera formular cualquier pregunta, el susurro áspero de Ioren le golpeó desde atrás como un latigazo. —¿Qué demonios vas contando por ahí? Driadan arqueó las cejas y se dio la vuelta para encarar al hombre del mar. El viento le agitaba los cabellos, y había desasosiego y tensión en los hirvientes ojos azules. El príncipe se tragó la primera reacción y se mantuvo frío con un esfuerzo sobrehumano. —¿Qué voy contando sobre qué? —¿Le has dicho a él o a alguien? —¿Si le he dicho el qué? Ioren frunció el ceño y entrecerró los párpados hasta que sus ojos se convirtieron en dos finas líneas resplandecientes, cargadas de fuego. Los brazos y el torso se crisparon, apretó los nudillos y los dedos y se inclinó

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peligrosamente hacia el joven. Driadan, sin arredrarse, se le quedó mirando como si no entendiera de qué hablaba. —Esto ya no es un barco a la deriva ni un hatajo de esclavos, joven demonio—advirtió el guerrero, pegando el rostro al suyo al susurrar, en tono amenazador—. Aquí las cosas son diferentes. No hables más de la cuenta. No pienso perderlo todo por tu indiscreción, aunque ya no me quede apenas nada. Driadan no se apartó. Contuvo el remolino virulento y furioso en su interior y alzó la barbilla, mirándole a los ojos. —Podría decirte lo mismo a ti. Yo no soy quien entra a tu cuarto con portazos. No soy yo quien te arrastra aquí o allá. No hace falta que nadie diga nada si tú me asaltas de noche delante de todos. Por otra parte, pensaba que yo era todo lo que tenías. O eso dijiste. —¿Qué? ¡Yo no te he asaltado delante de tod…! No. No me quieras confundir con palabras y hechizos infernales—gruñó Ioren, apuntándole con el dedo. Driadan lo golpeó con la palma de la mano, desdeñoso. —Tú eres quien hace magia de la Llama, yo no hechizo a nadie. A mi me tildas de demonio porque tú no habías pensado en que algunas cosas llaman la atención. No es culpa mía. Arévano es observador, y ya está. No pretenderás que nadie haya notado nada. Pero no veo por qué es tan dramático. —¿Cómo que no lo ves? —No se lo dirá al nuevo thane, si lo que te preocupa es que se entere de que te desahogas con tu muchacho de Nirala. Arévano no haría eso. Ioren se quedó mirándole por un momento con los ojos muy abiertos, como si estuviera escandalizado o no terminara de creerse sus palabras. Sin embargo, para Driadan no temblaba el suelo. Frunció el ceño y se ajustó la espada, seguro de sí mismo. ¿Y qué si en la tripulación estaban enterados? No era asunto de ellos, pero lógicamente algunas cosas despertaban ciertas sospechas. Y hasta donde Driadan sabía, el asunto de los amantes del mismo sexo entre los guerreros y en el mundo militar no era algo tan extraño. Bastaba con no hablar de ello. Para él era raro, pero suponía que gente más vivida como Arévano y Jhandi debían tomarse aquellos detalles casi con indiferencia. Él mismo sospechaba que había algunos en el grupo
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que habían tenido más que apretones de manos en alguna ocasión, pero ni le importaba ni iba a hacer comentario alguno al respecto. Sin embargo, por el modo en que Ioren el Rojo se pasaba la mano por la frente y vocalizaba una maldición, inmóvil y completamente tenso como la cuerda de un arco, para él parecía el fin del mundo. —Más vale que no pase de esto—murmuró. —Ioren, ¿qué es lo que pasa? —Nada, por ahora—sus ojos volvieron a destellar y le encaró de nuevo con furia—. Yo no me desahogo con mi… no digas esas cosas. Apretó los dientes. Driadan tuvo que reprimir una sonrisa. Se dio la vuelta y le miró de soslayo, empezando a caminar entre los brezos. El hombre del mar le seguía, machacando la tierra bajo los pies. —Tu muchacho de Nirala, es lo que soy. Tú lo dijiste. —Se deleitó en el gruñido a su espalda. A Ioren no le gustaba que Driadan le recordase los momentos en los que perdía el control de lo que hacía o decía, al parecer. Ese descubrimiento le gustó. A él no le parecía mal ser “su muchacho” o “todo lo que le quedaba”, la ternura de Ioren era un regalo que atesoraba y veneraba cada vez que ésta se hacía presente, aunque a él le avergonzase —¿Qué es lo que temes? No voy a hacer nada terrible, pero no es justo que me culpes; hasta el momento no lo he hecho. En vez de culparme, explícame las cosas para que yo sepa hasta qué punto debo ser cauto y con qué he de cuidarme. —Hablas con sabiduría—admitió Ioren, tras unos segundos de silencio. Driadan se regodeó en el orgullo una vez mas en aquella mañana. Dos veces antes de la comida, era todo un logro—. En la tarde hablaremos un rato y te explicaré. Ahora apresurémonos. Las zancadas del hombre del mar adelantaron al joven príncipe, que apretó el paso para quedar a su altura. Los espinos le arañaron las rodillas cuando comenzaron a ascender la altiplanicie, ya muy cerca del hogar que ahora compartían. Los graznidos de los gansos se escuchaban con claridad. —¿No me vas a dar ni una pista? Ioren ladeó la cabeza, tendiéndole la mano cuando le vio trastabillar en una oquedad del terreno. Driadan se sujetó a ella, y en cuanto hubo recuperado el equilibrio, Ioren la apartó como si se hubiera quemado.

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—No, pero te daré una lección—repuso Ioren, en un tono que le sonó melancólico y lejano, con el sabor rezumante de una herida abierta, lejana, que aún supuraba. Su mirada tenía una gota de tristeza cerca de las pupilas cuando se dirigió hacia él. —Un hombre invencible es el que no tiene ninguna debilidad. Pero si tienes una, escóndela. Pues si la conoce el gusano, puede susurrársela al búho, y si el búho la conoce, quizá se la muestre en el reflejo de los ojos al halcón. Y si el halcón se posa en el brazo de tu enemigo, tu enemigo sabrá donde hundir su espada. Driadan guardó silencio, con la sensación de que el hombre del mar estaba hablando de vivencias propias, no sólo de enseñanzas y parábolas. Estaban ya en la puerta de la granja cuando se atrevió a hablar de nuevo. —¿Tienes muchos enemigos aquí, Ioren? —No son muchos—respondió él—. Pero son los peores. No hay peor enemigo que aquellos que te han querido. Driadan no preguntó más, pero al llegar al salón, cuando se sentó a la derecha del Rojo, apenas levantó la vista de la mesa para responder a las preguntas que le hacían. No habló con nadie, y mientras comía, masticaba y tragaba las palabras que habían intercambiado esa mañana, mientras aguardaba a la tarde, con la esperanza de que algunos secretos se le revelasen.

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Capítulo XXIX: Confesión

prestaba atención a la conversación de los demás alrededor. Sumido en sus pensamientos, tenía la mirada vuelta hacia la única ventana abierta de la gran sala; una oquedad ojival de la que habían apartado la madera de celosía que protegía de los vientos cortantes. El día se había vuelto más nublado aún en el exterior. Ioren podía oler en el aire una nevada inminente, probablemente les asaltaría antes del anochecer. Podía leerlo en el vuelo de las aves y en el canto secreto del viento, en la luz blanquecina del sol de mediodía. La ventana estaba a la izquierda. Al fijar en ella su atención, la apartaba intencionadamente de la derecha, donde la presencia de Driadan, príncipe de Nirala, exudaba su infernal magnetismo, obligándole a ser consciente de él, quisiera o no. Le mirase o no. Engulló otra cucharada de estofado, anestesiándose con determinación ante la sutil melancolía que amenazaba con apoderarse de él. En los últimos tiempos, no era el mismo de siempre. En los últimos tiempos, algo estaba soliviantándose con demasiada energía en el interior de Ioren el Rojo, y aquello no le gustaba nada; especialmente desde que había confirmado con horror que no había lucha ni desafío posible hacia ese algo, no había resistencia eficaz ni manera de ocultarse ante ello. No había, simplemente, nada que hacer al respecto salvo aceptarlo y sobrellevarlo. Y no era sencillo, en realidad. Dejó escapar el aire entre los dientes y frunció el ceño, obligándose a mirar al frente. Los ancianos solían decir, cuando él era pequeño, que un hombre ha de tener cuidado con lo que desea. El justo querrá la justicia, y no toda la justicia satisface. El pobre querrá riquezas, y no todas las riquezas colman. Ioren había sido prudente con sus deseos desde muy joven, pero su última exigencia al encarar al destino y pretender que Driadan de Nirala se transformara en un hombre digno de arrebatarle la vida, estaba mostrando aristas y matices con los que el Rojo no había contado. No había contado con que Driadan fuera capaz de conseguirlo. Y ahora, viendo la transformación que se había operado en el muchacho a lo largo de los meses, desde su descenso al infierno en Shalama hasta la renovada energía
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ientras comían, sentados en la larga mesa de madera, Ioren no

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y su actual carácter y comportamiento, Ioren empezaba a atisbar que sí, que Driadan podría hacerlo. Podía ser una realidad. Y esa realidad le asustaba, le enorgullecía y le admiraba al mismo tiempo, esa realidad naciente asomaba como una estalactita y se destilaba en gotas de ternura y calidez que estallaban en su interior sin permiso, confundiéndole y angustiándole. Lo que el chico podía llegar a ser era algo grande y brillante. Lo que el chico podía llegar a ser era algo ante lo que Ioren podría doblar la rodilla sin sentirse humillado. Era aterrador pensarlo. «Yo, que nunca he temido a la espada, al fuego o a la tormenta…y esta criatura siempre ha sabido despertar esta congoja en mí. Debí dejarle atrás. Me lo tengo merecido por traer conmigo a mi maldición cuando la hallé. Debí dejar que se ahogara o algo peor», pensó, como pensaba a menudo. Pero aquellas reflexiones no eran más que una manera de consolarse, de aplacarse a sí mismo. Sabía bien que no podía dejarle atrás. Maldito muchacho. Ioren había sido muy imprudente, se daba cuenta. Pero ahora era tarde para lamentarse, como solían decir. Las cosas habían llegado demasiado lejos, y lo que era peor, amenazaban con dejar de ser algo que solo competía a ellos dos. Como el aceite contenido en una vasija resquebrajada, estaba brotando y expandiéndose. Y Arévano ya se había percatado de la fragancia de ese bálsamo. Entrecerró los ojos y deslizó la mirada sobre los antiguos esclavos que le habían acompañado hasta Kelgard. Reinaba un ambiente de franca camaradería entre ellos. Podía olerlo, igual que las nevadas y los cambios estacionales. Siempre había tenido el talento de su padre para medir a las personas y para valorar los ambientes, y no había ni un doblez, ni el menor reborde en las expresiones, palabras y silencios de su nueva tripulación. Fijó la mirada en Arévano. El joven bebía del cuerno, riendo ante un comentario de Jhandi. Driadan le había hecho notar que no le traicionaría, y el Rojo no tenía dudas al respecto. El joven del cabello castaño había sido un espadachín en Prímona, su país de origen. Aquella nación era famosa por sus buenos vinos, su decadente estilo de vida y la belleza de sus mujeres, entre otras cosas. Ioren no conocía mucho más sobre aquella lejana tierra, donde decían que siempre brillaba un sol cálido y que la primavera era florida y llena de colores vivos, pero Arévano le daba la impresión de ser un digno representante de su cultura. De risa fácil y ánimo alegre hasta en las peores adversidades, había sido de los primeros en prestar apoyo a Ioren en Shalama, cuando todos eran esclavos. Arévano estaba confinado en los almacenes textiles. Aunque no era débil para realizar trabajos pesados, tenía habilidades mas difíciles de encontrar, relacionadas con la tintura de hilos y el tratamiento de los tejidos, por lo que pronto le destinaron a
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aquella zona apartada. Había sido él el responsable de hacer llegar una gran cantidad de armas improvisadas desde las cocinas hasta los barracones de los esclavos. No había fallado en nada de lo que se le había encomendado, y Ioren no tenía ningún motivo de sospecha hacia él. Pero no eran sus intenciones lo que le preocupaba. Suspiró profundamente y desvió la vista. Demonios, esperaba que no fuera tan evidente para todos. Cuando se levantó para salir de la estancia, todos le miraron por un momento. Los ojos verdes de Kraakha le atravesaron en la distancia, hiriéndole de nuevo, y volvió el rostro para evitarla. —Terminad. No hay prisa—dijo, cruzando la puerta de madera y atravesando el pasillo. La lectora de runas había actuado con él como manda la tradición hacia los thane y los caudillos, estén en activo o no. Le había ofrecido su casa, sus tierras y sus posesiones en usufructo hasta que él decidiera prescindir de su hospitalidad. Y le había preparado la alcoba del señor de la casa, que en el caso de Kraakha era una habitación que siempre había estado vacía… salvo las ocasiones en las que él la había ocupado anteriormente. Ahora, al entrar en ella, volvió a tener aquella sensación de angustia que se le cerraba en el pecho cada vez que la pisaba. Espantó los recuerdos por la fuerza y apartó el sillón de mimbre cubierto por una manta de piel mullida, se sentó en él, cruzó las piernas frente al pequeño hogar de rescoldos murientes y abrió la ventana, perdiendo la mirada en el exterior y la mente en memorias lejanas, dejando que el tiempo se escurriera hasta que llegara la inevitable hora de aclarar ciertos asuntos con el Príncipe. La hora inevitable llegó antes de lo que él mismo esperaba. Cayó sobre Ioren sin avisar, cuando Driadan abrió la puerta e irrumpió en su habitación sin pedir permiso, sacándole violentamente de sus reflexiones y contaminando la estancia con su presencia, con su perfume, con su figura de barbilla alzada y ojos relampagueantes. —Dijiste “en la tarde”, ya es por la tarde. Ioren suspiró. Por un momento había tenido ganas de echarle y soltarle un revés con el dorso de la mano, maldito muchacho insolente. Pero el impulso se deshizo tan pronto nació. Driadan estaba de pie, le miraba fijamente, y en el brillo de las pupilas no había desafío ni capricho, solo curiosidad. Curiosidad y una avidez casi desesperada, que se acentuó cuando se acercó en dos pasos y, apoyando las manos en el brazo del sillón, se acuclilló para estar a su altura. Había llegado de improviso y le
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encontraba con la guardia baja, con algunas emociones viejas a flor de piel y eso no era bueno para el Rojo. Intentó no mirarle los labios cuando los movió para hablar, intentó no respirar el perfume a iris de sus cabellos, y apartó el brazo para que esas manos jóvenes no le rozaran de manera accidental. Si el maldito chico supiera lo que se desperezaba en su interior por su causa… —Por favor, dime qué pasa—dijo Driadan, ajeno al cataclismo interior de Ioren—. No me iré hasta que me lo digas. —Demonios, siéntate—escupió el hombre del mar, señalando vagamente algún punto lejos de él. Cualquier cosa con tal de que dejara de estar tan cerca. Driadan asintió. Volvió a incorporarse y arrastró la capa en la que se envolvía, caminó hasta la cama y tomó asiento allí. «No podía buscar otro sitio», pensó Ioren. Tomó aire y giró la silla para mirarle. El príncipe había subido los pies al colchón y los había cruzado. Estaba sentado muy tieso, con el manto de piel gris cubriéndole los hombros y amontonándose sobre sus piernas y alrededor de su cuerpo. Bajo él vestía un jubón flexible del mismo tono, forrado por dentro con lana de cabra que asomaba por el cuello y ribeteaba el bajo. Por las aberturas de los cordones, que aún no dominaba lo suficiente como para cerrarlos del todo bien, se veía la tela blanca de la camisa de lino. En un alarde de refinamiento, el príncipe había colocado los puños de la misma, que le estaba grande, de manera que le asomaran por fuera de las mangas del jubón, cual si fuera una de esas prendas de seda con puntilla que utilizaba en la corte de Nirala. Ioren reprimió una sonrisa al darse cuenta de ese detalle. Podría echarle encima el pelaje de un uro recién desollado, que Driadan encontraría la manera de parecer gentil y aristocrático, aun vestido con harapos, aún desnudo. «No, desnudo no», se corrigió, apartándose la imagen de la mente a toda prisa. Alzó la mirada a sus ojos. —No te hagas ilusiones, sabes ya mucho de los problemas que tengo aquí—comenzó, frunciendo el ceño y cerrando los dedos en los brazos del sillón, bien apoyado en el respaldo—. Pero hay detalles que me hacen mantenerme alerta, y como te dije, tengo algunos enemigos. Pocos, pero peligrosos. Es mejor que se sepa poco de ti, cuanto menos mejor. —Lo entiendo—asintió Driadan con firmeza, luego arqueó la ceja con desdén—. Soy un Nirala, ya me he dado cuenta de las miradas que me arrojan en tu pueblo solo por eso.

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Ioren frunció el ceño. La tripulación había ido un par de veces hasta la aldea de Kelgard, pero siempre habían acudido todos juntos. Él no se había percatado del detalle. —Es normal. Tu pueblo no es querido entre los míos. Nirala tampoco ama demasiado a Thalie. —No, no lo hace—replicó Driadan—. Sobre todo porque constantemente asoláis nuestras costas y atacáis… —¡Es culpa vuestra!—interrumpió Ioren, echándose hacia delante repentinamente, con un mordisco en su orgullo patrio. Luego le hizo un gesto con la mano para zanjar el tema y volvió a recostarse—. Da igual. No es esa la cuestión, la cuestión no es esa. En cierto modo sí lo era. Pero no del todo. Volvió a retomar el hilo de su discurso. —Algunos aquí saben algo sobre tu tierra. Saben algo de tu pueblo, y aunque de los que vinieron conmigo a la guerra no volvieron muchos, quizá algunos recuerdan que a tu padre le llamaban Ihrserek—observó al muchacho, que escuchaba con atención y con el gesto severo—. En tu lengua significa ojos de sangre. Solo el Pegaso tiene ojos de sangre. Driadan tragó saliva y palideció un tanto. —¿Crees que pueden saber quién soy? Ioren negó con la cabeza. —No es fácil. No estoy seguro. No sé si importe mientras estás bajo… —se corrigió—conmigo. Bajo su protección. Driadan no tenía por qué saberlo, pero así era. —Yo soy un Nirala cualquiera aquí, Ioren, o así sería la historia que contaríamos—dijo Driadan entonces, removiéndose un poco sobre el colchón, incómodo—. De hecho todos me llaman Nirala. Nadie tiene por qué relacionarme con la familia real. Pero si lo hacen, ¿Qué puede pasar? ¿Me darán muerte o algo así? —No lo creo… pero pueden usarte para terminar de hundirme—admitió el Rojo.

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El príncipe apretó los puños y los ojos se le encendieron de ira. Ioren no hizo ningún gesto. Él había pensado mucho en eso, aunque quizá el jovencito no hubiera reflexionado al respecto, a juzgar por su expresión. —De eso nada. Me miran mal, bien, no me importa que aquí crean que soy un traidor a mi pueblo. Pero no hay ningún motivo para creer que lo seas tú. —Hay muchos motivos para creer toda clase de cosas. —Pues cuéntamelos—ordenó Driadan, inclinándose hacia delante. Luego añadió, en el mismo tono—. Por favor. No sé donde quieres llegar con esto. Y aún no me has dicho dónde están los enemigos, quiénes son y por qué están en tu contra. Estás dando vueltas alrededor de algo que tratas de evitar, y será mejor que me lo digas cuanto antes. Nos ahorraremos tiempo y futuros problemas. Cuando fue capaz de reaccionar tras la perorata del chico, Ioren soltó una risa seca. —¿Hoy has desayunado un anciano del consejo o qué? —Luego negó con la cabeza, suspirando. Sabía que tenía que confesárselo, al menos a él. Desvió la mirada hacia los restos de la hoguera y se blindó por dentro, dispuesto a enfrentar la situación del modo más aséptico posible. —No te falta razón. En parte. Así que escucha, y si aprendes algo de esto, mejor que mejor. Solo hablaré una vez. Driadan se mordió el labio y asintió. Ioren tomó aire y se dio la vuelta, ocultándose a su mirada y perdiendo la suya en el paisaje exterior. Su voz sonó ronca y cansada cuando empezó a hablar. —Mi padre era Heren Raur, Heren el Rojo en tu lengua. Thane de Kelgard y caudillo de sus gentes, miembro de la Asamblea de Jefes de Thalie, uno de los Señores del Fuego y el Acero, conocedor de palabras arcanas, de puño fuerte y voz como el trueno. Por derecho de nacimiento, yo, su único hijo, era el primero en derechos para ocupar su lugar, si me demostraba capaz y preparado para ello. —Y lo ocupaste—interrumpió Driadan. Su voz le llegó lejana. En su mente, el recuerdo de la imagen de su padre, sangraba despacio. Asintió con la cabeza.

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—Lo ocupé, aún siendo muy joven, cuando mi padre marchó a los Altos Salones y abandonó este mundo. Lo ocupé, y lo investí de nuevas alturas. Había sido instruido en la fuerza, y fui fuerte. Era fuerte mi brazo, mi corazón y mi magia… y aún lo son—completó, con una llamarada de orgullo. Aun lo era. Al menos eso le quedaba—. Era el mejor, nadie podía oponérseme. Quienes lo intentaban, eran derrotados, hasta que dejaron de intentarlo. Mi supremacía era indudable, y mi pueblo me seguía. No era un mal gobernante. Hizo una pausa, suspirando. El recuerdo del brillo del fuego en las asambleas, de su grito jubiloso de batalla, el del sonido del cuerno y los cánticos de los hombres cuando saltaban al combate con los ojos brillantes y el espíritu inflamado, todo le parecía algo lejano, como un sueño brumoso. Se obligó a proseguir, consciente de la mirada escarlata sobre sí, a través del sillón. Una gaviota revoloteaba en el cielo blanco. —En mi orgullo…—suspiró. Se sintió incapaz por un momento, finalmente, se arrancó las palabras, rasposas y duras, a tirones—. En mi orgullo desafié a los Dioses, rompiendo las leyes de la tradición. Normas ancestrales y antiguas. Me fue advertido, pero yo tranquilizaba a mi gente, diciéndoles que … si los dioses no aprobaban lo que hacía Ioren el Rojo, aquel que tomaba cuanto deseaba, harían algo al respecto. Y que el silencio de los dioses significaba que aprobaban mis actos. Eso dije, en mi orgullo… ciego… ciego y enloquecido por el poder, Driadan. Las últimas palabras habían sonado como un susurro dificultoso y cansado. Mantenía las manos apretadas para que no le temblaran, algo quemaba detrás de sus ojos. Lo engulló, se lo tragó, espoleándose a sí mismo, pensando en el chico que escuchaba sentado en la cama, cuya atención percibía claramente sobre sí. El joven que había sufrido infiernos peores que los suyos y que aun así perseveraba con entereza… al menos al final. Con esa imagen como inspiración, volvió a retomar el relato. —Desafié a los dioses. Cometí actos imperdonables contra personas que no merecían tales castigos, que no merecían… la desgracia que atraje sobre sus cabezas. Y los dioses, Driadan, respondieron con contundencia. —¿Qué pasó? Ioren sonrió a medias. Ahora sólo había imágenes amargas que describir. —Primero vino la enfermedad de la tos. Se llevó a la mitad de la población de Kelgard. Después de eso, el Fuego nos odió. Cuando mis hermanos más jóvenes fueron a secar pieles al otro lado de la colina, un incendio se elevó
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entre los brezos y los abrasó vivos. Ninguno sobrevivió. Por último, cuando ya era claro que había atraído la maldición sobre mí, quise apaciguar a los Dioses yendo a la guerra. —Y perdiste. —Sin duda. —Sonrió a medias. —Pero no me tomes sólo por un bárbaro que cree en supercherías. Creo en el poder de los Dioses porque lo conozco, pero también sé que la mayoría de las veces, los dioses actúan a través de los hombres. Y los Dioses propiciaron que alguien envenenara el agua para que la tos se llevara a los ancianos, los Dioses propiciaron que alguien provocara un incendio en la colina que matara a mis hermanos. Y permitieron que ese alguien sembrara la semilla de la traición entre mis hombres, para que perdiéramos la batalla de la costa de Nirala. —Esos son los enemigos de los que hablabas—dijo Driadan de nuevo—. Entonces, hay gente que quiere causarte mal. ¿Y sabes quienes son? —Sé quienes pueden ser. Tengo mis sospechas. —Ulior Skol—aventuró el príncipe—¿El nuevo thane? Ioren se giró a medias. —Se aferra con gran ansia a la silla, ¿no lo has notado? —Algo me dice que tú te agarrabas igual. Ioren se rió entre dientes, con una risa desprovista de humor. —No lo negaré. Aquí, Driadan, hay tradiciones. Tradiciones que, tras lo sucedido con mi persona y, amparándose en el ejemplo de mi caída en desgracia, los líderes de mi pueblo se preocupan de preservar y de vigilar que se cumplan. Una de ellas dispone que los enemigos de Thalie sólo pueden pisar estas tierras en calidad de esclavos. Kraakha tendrá la boca cerrada, pero me preocupa que alguien escuche aquello que no debe si Arévano y los demás hablan cosas de nosotros. Cosas como que te estoy instruyendo. Por un momento hubo un denso silencio. En él comenzó a crecer una tensión espesa que podría cortarse con un cuchillo afilado. Ioren podía comprenderlo. Por eso no se enfadó cuando escuchó la voz lenta y casi incrédula que le hablaba a la espalda.

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—Soy un enemigo de Thalie, ¿verdad? Ioren el Rojo era uno de los guerreros más valientes que habían cabalgado el mar. En aquel momento no tuvo valor de mirar a Driadan a los ojos. —Para todos los que viven en Kelgard, lo eres—respondió, con toda la entereza de la que fue capaz. —¿Hay más tradiciones aquí que tengan que ver contigo o conmigo, o con las cosas que compartimos, como entrenamientos y demás? La voz del muchacho sonaba contenida. Casi resignada. Ioren suavizó la suya. —No puedes ser miembro de mi tripulación, al menos no de manera oficial, delante de la gente. Para ellos debes ser mi siervo. Y desde luego, no te estoy entrenando. Y por supuesto que no hay nada más. El silencio denso volvió a espesarse en la habitación. Luego, los pasos de Driadan sonaron con fuerza en la tarima. El Rojo percibió la agresividad en aquella manera de acercarse, y estuvo preparado cuando el muchacho cerró la ventana de un golpe ante su rostro y se plantó delante suya, con la mirada carmesí centelleando de rabia. —¿Y cuánto tiempo pensabas esperar para hablarme de estos pormenores?—exclamó el príncipe—. Tienes enemigos, enemigos que pueden servirse de mi presencia aquí para hundirte, y tú no me has dicho nada hasta ahora… no solo eso, sino que… ¿En qué estabas pensado para traerme aquí? ¿Es que no se te ocurrió? ¡Yo no he venido por gusto! ¡Tu me arrastraste! ¿Acaso no sabías esto de antemano? ¿No previniste que nos encontraríamos en esta situación? —Baja la voz—ordenó Ioren, poniéndose en pie para mirarle. Odiaba que le hablaran desde arriba. Y odiaba que le gritaran. Por no hablar de las llamas que ya le estaban lamiendo por dentro ante la actitud agresiva del chico—. Te van a oír, y los siervos no gritan a sus señores. —¡Eres un bastardo! ¡Maldito seas, me has engañado! ¡Lo hiciste a propósito, por eso querías traerme aquí, querías hacerme lo que yo te hice! ¡Vengarte! Los gritos de Driadan habían alcanzado ya el tono insidioso y cruel que el hombre del mar le conocía, su mirada supuraba furia, y vio venir los puños volando hacia él. En su interior, la sangre le hervía en las venas, el corazón
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le retumbaba en el pecho y la angustia se mezclaba con la ira, con la desesperación y con la incomprensión. —¿Y qué si era eso lo que quería?—respondió, sujetándole por las muñecas, forcejeando para evitar que le golpeara. Fue incapaz de contener su propio rencor, que brotó como la espuma de la boca de un envenenado—. Si, así era al principio. ¿Y acaso no es mi derecho? Me pusiste tu sello. Soy un guerrero, maldito demonio. ¡Un guerrero! Y me marcaste como a un ternero. Driadan le escupió en la cara y Ioren le zarandeó. «¿Por qué siempre tiene que ser así?», se decía, mientras el joven intentaba escabullirse de su presa, aguantaba las lágrimas y le insultaba, rociándole con su desprecio. «No voy a permitir que siempre sea así», se dijo de inmediato. Le rodeó con los brazos y le estrechó, de espaldas contra su pecho, inmovilizándole. Pegó los labios a su oído y se arrojó al vacío. —No iba a dejarte atrás— Susurró, conteniendo la furia del muchacho, que le clavaba los codos y cuanto más se revolvía más se apretaba contra él—. Jamás te dejaría atrás. Te traje conmigo, simplemente, porque no puedo separarme de ti… todavía. Ahora, deja de agitarte sin motivo. Nunca te haré esclavo. Mi rencor lo desea, pero yo no lo deseo. Tú eres libre tal como naciste. El joven príncipe aún forcejeó un momento. Después pareció relajarse y se apoyó en su pecho, dejó caer la nuca hacia atrás y sorbió la nariz. Estaba llorando. Ioren tragó saliva y le abrazó con fuerza, apoyando la barbilla en sus cabellos. El aroma dulzón de los iris se coló por sus poros y se enredó en su alma. —No me importa fingir que soy tu siervo—susurró Driadan a media voz—. Lo haré si es necesario. No quiero quedarme atrás. No quiero separarme de ti todavía. —Tengo que recuperar la bendición de mis Dioses… resolver los problemas—replicó Ioren, tragándose sus propias palabras, el resto de ellas, las que de verdad quería decir—. Cuando vuelva a ocupar la silla, todo será mejor para todos. Esto tiene que acabar, por el bien de mi pueblo. Hay que romper esta maldición y encontrar a aquellos que son la mano de los Dioses para inflingirme tormento. Porque no me importa pagar por mis faltas. Pero no pagaré más del precio que adeudo, y no dejaré que nadie se lo cobre en mi gente. —No te causaré problemas. Quizá sería mejor que dejáramos de…
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Ioren entrecerró los ojos. Luego le tomó por los hombros y le dio la vuelta, mirándole a los ojos. El semblante del príncipe no había perdido su porte orgulloso y digno a pesar de la rabia y el llanto. Con los dedos desnudos, le limpió los restos de las lágrimas de las mejillas, y luego los enredó en los cabellos negros del chico. —Hay riesgos que aún estoy dispuesto a correr—murmuró, apretando los dientes un instante—. Es por ellos por los que todo esto aún merece la pena. —En ese caso, intentaré no hacer ruido—replicó Driadan. Ioren dejó escapar el aire entre los dientes. Los ojos rojos brillaban con intensidad, con una llamada innegable, tan violenta como el impulso que le incitaba a estrellarse contra él y arrastrarle en su oleaje. Antes de darse cuenta, la marea decidió por sí misma. Se abalanzó sobre él al tiempo que el joven se impulsaba hacia arriba para atacarle con sus labios, y se enredaron como volutas de humo en la misma hoguera. Sí, en los últimos tiempos, algo estaba soliviantándose con demasiada energía en el interior de Ioren el Rojo. Y aunque aquello no le gustaba nada; especialmente desde que había confirmado con horror que no había lucha ni desafío posible, resistencia eficaz ni manera de evitarlo, aunque aquello no le gustaba nada… era un alivio, un consuelo, y tenía que admitir, aunque fuera sólo para sí mismo, que le encantaba.

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Capítulo XXX: Lealtades —

¿N

ecesitas ayuda?

Driadan dio un respingo, hundiéndose por completo en el agua y frunciendo el ceño. Había salido a bañarse en la pequeña alberca que había junto a la granja, confiando en que nadie pisaría el exterior con la nevada que estaba cayendo. Los copos habían comenzado a desprenderse del cielo mientras él aún estaba en el interior de la casa, en la habitación de Ioren, allí donde no existía el frío. —¿Qué haces fuera? Estaba atardeciendo. En Thalie los días eran grises, pero los ocasos se vestían de color añil, se pintaban con azules fantásticos que se oscurecían gradualmente hasta llegar a la noche negra. Así, desde el amanecer hasta el crepúsculo, el firmamento del norte lucía todos los tonos del acero al que sus habitantes tanto veneraban. En la luz tenue, Jhandi era una figura oscura en la que resplandecía la sonrisa de media luna. —Iba a coger leña para el fuego, pero no queda en la puerta. ¿Y tú, te has vuelto loco, Nirala? ¿Qué haces bañándote ahora, con esta nevada? Te vas a congelar. El chico no respondió, hundido en el agua hasta el cuello. Ciertamente, estaba tiritando. Pero no podía explicarle a Jhandi por qué necesitaba un baño. Los copos de nieve se le pegaban al pelo mojado y tenía la piel enrojecida. —La gente de aquí lo hace. —La gente de aquí está loca—rió el sureño, acercándose al montón de troncos que yacía olvidado en un rincón, junto a viejas azadas, cubierto con una lona rígida de cáñamo tejido. Empezó a elegir las ramas adecuadas con aire profesional—. ¿Vas a empezar a adoptar las costumbres del norte? Nirala ya está lo suficientemente al Norte.

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Driadan no pudo evitar una risilla. El joven sureño siempre había despertado su simpatía más que los demás, quizá por su carácter desabrido y la manera en la que siempre le había prestado atención. Jhandi nunca había dejado de ser amable con él. Y ciertamente, en los malos tiempos, a pesar del aislamiento al que el propio Driadan se había confinado, el hombre de los ojos oscuros siguió sonriéndole desde la lejanía, alentador. —No está tan al norte—repuso Driadan, como si aquello fuera motivo de vergüenza. Tiró de los lienzos que había dejado dispuestos bajo su capa para secarse y se levantó, emergiendo al tiempo que se envolvía en ellos. — ¿Cómo es que conoces tan bien la madera? El sureño había cargado varios troncos, atándolos con su cinturón. Se aproximó al príncipe para echarle la capa por encima de las toallas improvisadas y ponerle la capucha sobre el pelo mojado. —Antes de Shalama, trabajaba en unos astilleros. Mi padre era leñador. ¡Ahora corre dentro, cerca del fuego! Si el Rojo te ve así pensará que te has querido arrojar al mar. Los dos se apresuraron hacia la puerta de la granja. Los pies desnudos de Driadan se hundían en los montoncitos blancos que empezaban a cubrir el suelo, a veces estaba a punto de resbalar. Cuando Jhandi le franqueó la entrada al cálido interior del edificio, se sorprendió de haber resistido tan bien el frío. —Ahora haremos una preciosa fogata, ¿verdad?—dijo el sureño, siempre animoso—. Te secarás bien y podrás envolverte en esas bárbaras pieles… —Tu también vistes bárbaras pieles. —Claro, aquí no podemos usar gasa o seda, es demasiado fina. ¿Crees que para los hombres del mar, la gasa y la seda son bárbaras? —Lo dudo—rió Driadan, acompañándole a través del pasillo. El viento soplaba con fuerza en el exterior, llenando la casa de rumores y azotándola con un silbido intenso. Por eso no escucharon las voces, y sólo cuando cruzaron la puerta que daba paso a la gran sala se dieron cuenta de que había llegado un invitado aquella tarde. Ambos guardaron silencio y se acercaron al hogar sin hacer ruido. En el otro extremo de la sala común, Ioren el Rojo estaba hablando con un hombre fornido, casi tan alto como él e igual de corpulento, pero bastante
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más entrado en años. Llevaba una capa de piel de nutria que brillaba bajo el resplandor de los braseros y las antorchas. El cabello gris le caía sobre los hombros, todo anudado en apretadas trenzas, y se sujetaba la capa con un broche de metal ennegrecido. Vestía ropas de guerrero o cazador, cuero flexible desde el cuello hasta las botas. El rostro, ceñudo y anguloso como era común entre aquellos hombres, estaba dominado por las espesas cejas, tan pobladas que sobresalían como alas de una gaviota blanca. Bajo ellas, los ojos grises brillaban con esa llama que Driadan ya conocía. La nariz aquilina y la barba recortada y del mismo tono ceniciento completaban la imagen de aquel anciano de plata que parecía templado y duro como una piedra, de pie frente a Ioren, sosteniendo el cuerno en la mano rebosante de hidromiel. —¿Deberíamos irnos?—murmuró Jhandi, dejando los troncos con cuidado y alimentando el fuego. Driadan negó con la cabeza. —No—respondió en un susurro, acuclillándose frente al fuego—. Si Ioren quiere que nos vayamos, ya nos echará. Además, ni siquiera nos han mirado al entrar. Los dos se ocuparon del fuego durante un rato. Driadan dejó que la nieve se le derritiera en el pelo y que el pelo se le secara después, con los ojos fijos en las llamas y escuchando la lejana conversación de los dos hombres al otro extremo de la sala. Estaban hablando en su idioma, pero al joven no le costó entender las palabras. —Los Gardan te apoyarán, y nosotros también —decía el hombre gris—, pero no te va a ser fácil volver a ganarte al resto de los clanes. No mientras los Dioses sigan mostrándose contrarios a ti. —Lo sé—replicó la voz penetrante del Rojo—. Por eso es importante encontrar a las manos de los Dioses y detenerlas. Si es que aún están vivas. El hombre se rió. —No hay quien te entienda. Algunos dicen que has perdido la cabeza, y quizá tengan razón. Dices que quieres poner las cosas en orden, Rojo, y contentar a los Dioses para poder recuperar tu lugar. ¿Y cual es tu primera idea? Cortar sus manos. ¿Así es como te pliegas al destino? Driadan frunció el ceño al escuchar aquello, encogiéndose un poco frente a la hoguera. Las llamas danzaban y crepitaban con energía. Jhandi puso una rama más y se quedó a su lado, en silencio.

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—A nuestros Dioses no les gusta la traición, Dunstrag—respondió Ioren casi tajante—. Y sin embargo, a mi alguien me ha traicionado. A mi y a todos. Nunca habríamos perdido la costa de Nirala si no nos hubieran emboscado. Tienes que ayudarme a descubrir quién fue, si aún hay manera de hacerlo. —¿Quién fue? —El tal Dunstrag resopló, su tono se volvió tenso. —Puedo decirte quién no fue. No me gusta lo que insinúas. —No te estoy acusando. No estoy insinuando nada. Nunca he dudado de tu lealtad. —Eso es porque nunca te habían traicionado antes. —Eso es porque has sido fiel a los más altos precios. Hubo un largo silencio, después el hombre gris volvió a hablar, y su voz parecía más pesada, cansada. —No te mentiré, Rojo, nunca lo he hecho… quisiera no haber vivido para ver algunas cosas. Quisiera no haber vivido para regresar cuando nos mandaste de vuelta. Teníamos que habernos quedado allí, a tu lado. Eso es lo que debimos haber hecho. Maldita sea. —Ahora estaríais muertos, y yo no tendría ningún amigo en Kelgard. —Ulver es tu amigo—añadió el anciano, con tono paternal—. Siempre lo ha sido, o lo era hasta que regresaste. No sé lo que está dispuesto a ser ahora, pero sí puedo asegurarte que nunca ha tenido una intención taimada hacia ti. Al menos, si esa planta ha crecido, alguien ha plantado la semilla y la ha regado. Driadan se ladeó un poco, mirándoles con disimulo por el rabillo del ojo. Los dos hombres hablaban de pie y daban sorbos a sus cuernos de cuando en cuando. Ioren parecía muy serio, casi tenso. El viejo, por el contrario, le miraba con más que simpatía, con verdadero afecto y cierto resplandor decidido, uno que Driadan no era capaz de reconocer. —¿Crees que alguien le ha envenenado contra mí? —Creo que alguien ha envenenado muchas cosas—afirmó Dunstrag—. Si ese alguien murió en la guerra de Nirala o sigue aún vivo, sólo lo sabremos cuando vuelvas a recibir un golpe.

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—No estoy dispuesto a recibir más golpes. —Lamentablemente, eso no lo eliges tú, amigo mío. ¿Quieres escuchar consejo? Ioren suspiró y finalmente asintió, casi con resignación. El príncipe disimuló una sonrisa y Jhandi le respondió con una mirada perpleja. El sureño no había aprendido la lengua del norte, probablemente no estaba entendiendo una palabra. Driadan sospechó que por eso nadie les había convidado a marcharse del salón; Ioren debía pensar que ninguno de los dos había hecho sus deberes. —Exponte lo suficiente como para que la sierpe asome su cabeza. Prepárale una trampa y luego aplástala. Pero mientras lo haces, no descuides tus obligaciones hacia los Dioses y hacia tu pueblo. Aunque Ulior Skol se siente ahora en la silla, pocos han olvidado la gloria y el esplendor de los días de Heren el Rojo, y los que siguieron. — El hombre de gris hizo una pausa y sus siguientes palabras sonaron forzadas, como si le costara terriblemente pronunciarlas. —Y por la sal y la llama, piensa con la cabeza. No deberías estar aquí. ¿Cómo se te ha ocurrido tomar la hospitalidad de la Lectora? —Somos demasiados—repuso Ioren, con un tono algo tenso, a la defensiva—. Y no soy ningún mendigo. No voy a meterme en tu casa. Aquí tengo algún derecho. —Mi casa es tuya. Tu extraña tripulación cabría perfectamente. Es algo por lo que debo felicitarte, por cierto. Hombres fuertes y con miradas templadas; extranjeros, sí, pero parece que has encontrado buen acero que moldear. Driadan se estremeció un poco al escuchar la risa suave de Ioren, una risa tranquila que no había escuchando nunca antes. Le despertó una punzada de anhelo. ¿Por qué Ioren reía tan pocas veces? «Me gustaría verle realmente alegre alguna vez», pensó, casi sin darse cuenta. «Seguramente lo fue, algún día. Debió serlo, su risa resonaba bajo los techos de madera de estas casas tan raras, en los bosques cuando cazaba, en los barcos cuando navegaba.» —Han sido tiempos duros. De todos ellos uno se hace fuerte. En todos encuentra algo que vale la pena— respondió Ioren—. Iremos a tu casa en cuanto hayamos pagado la hospitalidad de Kraakha, pero tuvimos que venir aquí primero. Algunos de mis hombres estaban enfermos.

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Driadan tragó saliva. El único que había estado enfermo era él. —Os esperaremos, entonces. Los dos hombres salieron de la sala, arrastrando las capas. Al pasar junto a Jhandi y Driadan, el hombre del cabello gris les saludó con la cabeza y los ojos azules de Ioren se detuvieron en el príncipe durante un instante. El joven desvió la mirada precipitadamente, recordando lo que el Rojo había dicho sobre el color de sus ojos y las sospechas que podrían levantarse. Cuando hubieron salido, Jhandi se estiró. —¿Vas a contarme lo que han estado diciendo?—preguntó, tumbándose en la alfombra, delante del fuego. Driadan se rió entre dientes y negó con la cabeza. —Lo siento pero ya lo hará el Rojo si cree que debes saberlo. No es culpa mía que aún no hayas aprendido a distinguir una palabra de otra en este idioma salvaje—añadió, mirándole con fingido desdén. Le dedicó una media sonrisa provocadora, y mientras aguardaba una respuesta ofendida, notó un movimiento sutil detrás de una cortina. —No he tenido tiempo entre tanto… No prestó atención al resto de las palabras. Desde detrás de la gruesa colgadura de lana, una figura envuelta en un chal se escurrió ligera como el viento hacia la puerta lateral que permanecía en las sombras de un rincón. Los ojos verdes destellaron un momento al cruzarse con la mirada carmesí del príncipe de Nirala. Luego, la mujer desapareció, silenciosa, en la oscuridad del pasillo. Driadan frunció el ceño. Quizá iba siendo hora de tener unas palabras con la Lectora de Runas.

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Capítulo XXXI: La Lectora de Runas

dejando frente al fuego a un extrañado Jhandi con sus preguntas en la boca. Cruzó la puerta arrastrando la capa y vio la silueta de Kraakha, que se alejaba apresuradamente. La abordó en el pasillo, alargando una mano para rozarle el hombro. La mujer se revolvió como una comadreja, se dio la vuelta y le observó con ojos de animal asustado, o tal vez furioso. Driadan, sorprendido, alzó las dos manos y esbozó la sonrisa que siempre le había servido para manipular a su padre. —Hola. La lectora de runas se apretó el chal en torno a los brazos e inclinó la cabeza un tanto. «Qué guapa es», pensó el príncipe. En el pasillo, bajo la luz de las escasas lámparas de aceite que colgaban en sendos extremos, los iris verdes parecían dos esmeraldas mágicas, en cuyo interior bailaban llamas doradas. Driadan no había visto nunca unos ojos como aquellos, tan intensos salvo quizá la mirada de Ioren el Rojo. Pero si bien en ambos existía una suerte de hechizo o magnetismo, el cariz de esa atracción era diferente entre el hombre del mar y la mujer de las trenzas negras. Mientras la mirada de Ioren parecía hervir, fascinaba como un fuego abrasador impetuoso y salvaje, la de la lectora de runas estaba cargada de misterio, de secretos inexpugnables, de arcanos ancestrales. —¿Te ayudo?—dijo el joven príncipe, acercándose un paso. La mujer retrocedió. Driadan estaba hablando en su lengua natal. No estaba seguro de si ella podía entenderle, pero prefería que ninguno de los próximos a Ioren supiera todavía que conocía el idioma. Kraakha le miraba impasible, con un rostro desprovisto de emoción salvo la mirada hipnótica. Le recordaba un poco a Cisne, que había perdido la cabeza tras la masacre del fin del verano. Repentinamente, ella miró a los lados y le tomó de la mano, tirando de él con insistencia hacia el fondo del pasillo, como si quisiera salvarle de un peligro inminente.
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riadan se incorporó rápidamente en cuanto ella hubo salido,

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Sorprendido, Driadan la siguió. La mujer le guió hasta la puerta de su propia habitación y cerró al entrar, respirando agitadamente. Había alarma en todos sus ademanes, en el modo en que corrió el cerrojo de madera con nerviosismo y le hizo un gesto para que se sentara. —¿Qué ocurre?—preguntó el príncipe. La mujer corrió las cortinas de un tirón y se arrodilló frente al fuego, que ardía en un brasero de metal. Negó con la cabeza varias veces, manoseando algo en el interior de una bolsa de cuero. Driadan frunció el ceño y observó la habitación en la que se encontraba. Parpadeó, con cierta sorpresa. Una gran cama con cabecero labrado y una colcha de lana gruesa dominaba la estancia. Un arcón de madera, la alfombra de piel y una barra donde colgaba ropa seca y limpia, y hasta ahí terminaba la similitud de aquella alcoba con cualquier otra que hubiera visto nunca. No se veían las paredes. Había estanterías por doquier que las cubrían, muebles de buena madera pero poco trabajados, en los que se atestaban frascos de cristal y potes de cerámica. Ningún recipiente tenía etiqueta, sólo se diferenciaban por el color de los corchos que los cerraban o la tonalidad del cristal, el tamaño y la forma, que rara vez se repetían. También había bolsas de algodón colgando de las vigas, manojos de plantas extrañas de olor penetrante y cristales y piedras de distintas formas y colores diseminados en alacenas y cajones entreabiertos. En la habitación flotaba un perfume exótico, en parte vegetal, pero no del todo. Aceites, mineral, y algo más que Driadan no podía definir: olores dulces, picantes, penetrantes y suaves, violentos, pegajosos, embriagadores e invasores, todos los aromas se mezclaban en una amalgama tan espesa que el joven príncipe creyó que estaba tragándolos en vez de respirándolos. Le habían abofeteado al entrar, ahora se le pegaban a la boca, a la garganta y casi los sentía como ungüentos sobre su piel. Reinaba un ambiente denso y húmedo, parecido al de los sótanos. La sensación resultaba casi mareante. Tanto que Driadan, confuso, se dirigió hacia la cama y se sentó, sujetándose del cabecero. —¿Por qué me has traído aquí?—preguntó. La luz rojiza del brasero proyectaba sombras agitadas en las paredes. Ella arrojó algo a los rescoldos y se escuchó un siseo, luego uno de los perfumes se intensificó, algo parecido a miel, pólvora y pimienta, todo junto. Driadan hizo una mueca. Casi tenía náuseas. Paulatinamente, su visión empezó a desdoblarse y la sensación de mareo se hizo más intensa. «No tenía que haberla seguido.» —Pobre pequeño príncipe, pobre príncipe…
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La voz de Kraakha era un susurro quedo, atemorizado, que hablaba en el idioma de Thalie. Driadan tragó saliva, fingiendo no comprender, no haberla oído siquiera. ¿Por qué decía eso? ¿Por qué había tirado de él como si quisiera protegerle o esconderle de algo? Trató de enfocar la mirada y dirigirla a ella, y tuvo la impresión de que aquel esfuerzo acabaría dando con sus huesos en el suelo, tan embotada se encontraba su cabeza. No fue así. La mujer se incorporó y le tomó de las manos, instándole a incorporarse. —No, no, no, si me levanto me… —Leo tu futuro—pronunció Kraakha, con un acento rudo—. Leo tu futuro. Su aliento dulce le cosquilleó en las fosas nasales. Repentinamente, una punzada de deseo se clavó en su vientre, sorprendiéndole. ¿A qué venía aquello? No tenía ningún sentido. Y sin embargo, la sangre empezaba a correrle más intensamente en las venas, su saliva se espesaba y los poros se le erizaban. Los ojos verdes estaban fijos en él. Las manos de la lectora de runas eran más ásperas que las de otras mujeres, pero su tacto tenía algo de seductor, como el pelaje de los felinos domésticos, que incitaba a seguir acariciándolos. Ella tiró de él. Driadan avanzó, con los ojos fijos en las llamas de sus pupilas, envuelto en los cien velos del perfume embriagador de aquella estancia, en la que todo parecía onírico y volátil. Kraakha se arrodilló en el suelo, junto al brasero, y se despojó del chal. El príncipe ahogó un resuello y se le secó la boca, dejándose caer a su lado. Aquella mujer no era ninguna chiquilla ni una sirvienta de formas blandas: bajo un corpiño de cuero oscuro y una camisa de lino, las formas femeninas se marcaban con claridad meridiana, fibrosos los brazos, pechos llenos y generosos, cuello esbelto y cintura estrecha. En los dedos largos había fuerza, también en los brazos. La amplia falda le cubría las piernas, y al inclinarse sobre las manos de Driadan, que aún sujetaba entre los dedos, el pelo negro se descolgó como lianas por sus hombros, y su escote se abrió más. —Leo tu futuro…—susurró la mujer una vez más, alzando la mirada verdeante, lamiéndose el índice y rozando la frente de Driadan con él. El príncipe no se sentía muy capaz en aquel momento de pensar en brujerías ni lecturas de ninguna clase. Su imaginación se había disparado en escenas impensables, la carne suculenta debajo de la tela que cubría a la
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mujer parecía llamarle a gritos y el roce húmedo de la lengua en la palma de su mano, repentino y cálido, le tensó de inmediato. —No… no quiero saber mi futuro— balbuceó, encontrando consistencia en sí mismo por un momento, apenas unos segundos—. Tengo que ir con Ioren. Tuvo una sensación repentina de alarma, como si se hundiera en una ciénaga. El deseo se volatilizó al instante, su mente se centró en el recuerdo de una mirada azul e intensa, a la que se aferró con todas sus fuerzas. La habitación daba vueltas, así que se acomodó un poco mejor, tratando de fijar la mirada en algún punto que permaneciera quieto. No encontró ninguno. Kraakha estaba manoseando unas runas de madera que había pasado por las palmas del joven, las agitó y las lanzó tres veces. Los símbolos giraron y bailaron, trazaron espirales y se mostraron. Uno. Dos. Tres. Siete en total. Uno en concreto, que mostraba un cuadrado sin uno de los lados, llamó la atención de Driadan, se multiplicó y ejecutó una alocada danza ante su mirada difusa. Los dedos de la mujer, que se habían vuelto repentinamente fríos, le rozaron las mejillas y le voltearon la cara muy despacio hacia las llamas del brasero, manteniendo una mano sobre su frente. —Veo tu futuro—dijo en su oído. Agarró las runas y las arrojó a la hoguera. Y las llamas se alzaron y se enredaron. Driadan dio un respingo, dejó de respirar y sus pupilas se dilataron, cuando el resplandor del fuego se desdibujó, se abrió como una cortina y le mostró las visiones de la Lectora de Runas. Se aferró con dedos crispados a sus muñecas, temblando y tomando aire en un hilo trémulo, mientras el cuarto se impregnaba con el resplandor anaranjado y los sucesos pasaban por su mente, nacidos del fuego, como recuerdos de algo que nunca había sucedido. El cielo es como una lámina de plata. Es gris y es por la mañana. Está lloviznando. El cielo se abre. El mar trae espuma. Un barco en una orilla gris, un barco de madera blanca, con un caballo alado en el mascarón, bajo las gaviotas y el cielo plomizo. El barco se mece en las costas de Thalie. Aguarda a su tripulación. Driadan descendiendo por el camino tortuoso, rumbo a casa, al fin.

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Ojos azules relampagueando. Driadan corriendo hacia el barco. Ioren y la mano firme atrapándole por la muñeca. La lucha y la derrota. Otros que también pelean, y la sangre, y las cadenas, y la sangre, y las cadenas… cadenas, muerte, sufrimiento, y el eterno desprecio. La sangre mancha la playa. Se cierran los grilletes. No puede hacer nada. Un espejo que cae de una pared, se rompe. El reflejo de un joven, casi un hombre, salta en pedazos. Bajo el espejo roto hay sangre. El hombre ha muerto. Solo quedan los trozos. Un grito torturado. Manos tirándose de los cabellos. Asco y miedo, soledad, una mazmorra profunda y un anciano apenas atisbado en la oscuridad, marchito, enfermo, triste y condenado, que se tira de los largos mechones blancos. Alza el rostro. Es él, Ioren el Rojo. Ioren el Rojo en un rincón de una celda oscura, mesándose los cabellos, maldiciéndole. Driadan, colgando de los grilletes de la pared, mirando al frente, ausente, con lágrimas corriéndole por el rostro. Brillan como gotas de rocío. Y el Hombre del Mar se quiebra. Se rompe con un grito y se desmorona como una estatua bajo el estallido de la bala de cañón. Desesperación y horror. Todo lo que importa, todo lo que aún queda, destrozado, corrupto, infectado por la necesidad, el odio, la ansiedad y la obsesión. Infectado por una herida que nunca se cerró hasta convertirse en una maldición. La lágrima de Driadan cae al suelo. Su cuerpo se desmorona en un montón de cenizas. Hay cadenas por todas partes. Cadenas por todas partes. Cadenas. Sangre y cadenas. Las llamas chisporrotearon, estallaron con un sonido de vapor y se apagaron. La runa del cuadrado sin uno de sus lados destelló ante la mirada de Driadan por un segundo, y después todo fue negrura. Negrura veteada de rojo sangre a causa de las brasas murientes del blandón. Con un gesto maternal, Kraakha abrazó al muchacho, estrechándolo contra su pecho y acariciándole el cabello. Driadan se había quedado congelado, con la boca entreabierta, el rostro sin expresión y una lágrima aún rodándole por la mejilla, casi sin aliento. Las imágenes relampagueaban con un realismo aterrador en su mente, una y otra vez, ahogándole de dolor como si le patearan el estómago una y otra vez. —Pobre, pobre príncipe… si al menos pudiera explicarte…—susurraba ella en el idioma del norte, en un tono terriblemente triste—. Si al menos

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pudiera ayudarte… decirte…ah, pequeño príncipe, ojalá consigas escapar del demonio. Driadan escuchó su voz, aunque tardó demasiado en comprender las palabras. Cuando lo hizo, aún mareado, al borde de desvanecerse, cerró los dedos en el pelo negro de Kraakha, boqueando para hablar. Alzó la vista emborronada hacia ella. Y casi lo consiguió. Estuvo a punto de decir algo, de hablar, de hacerse entender, cuando la puerta se abrió con violencia, el aire fresco entró en la estancia y Ioren el Rojo irrumpió, enorme, gigante, deformado ante la mirada del príncipe, que le vio excepcionalmente alto y corpulento. Su cabello era lava espesa, centelleando como una antorcha de lenguas danzarinas que se le enredaban en los hombros. Sus ojos eran estrellas de metal fundido, que atravesaban cuanto miraban. Y en su pecho había una runa brillante y dorada. —¿Qué estás haciendo, siadh?—bramó el gigante de fuego y acero. «Ioren, Ioren, Ioren», repetía su nombre en su mente, no sabía si lo estaba haciendo a viva voz. Extendió los dedos temblorosos hacia él, aún en brazos de la mujer morena. —Le he mostrado su futuro—respondió la mujer tranquilamente, sin soltarle — Le he enseñado lo que eres. Ahora no podrás hacerle daño. Se marchará de ti antes de que le hagas daño. Estaban hablando en el idioma del Norte. Driadan aún atinaba a comprenderles y a distinguir sus siluetas y sus rostros, ahora extraños y distorsionados, de las visiones del fuego que se sucedían en eterna procesión dentro de su cabeza. Como en una danza frenética, la realidad, el recuerdo y la alucinación se alternaban en sus percepciones, hasta que de su garganta surgió un gemido débil. Para entonces, Ioren ya le había arrancado del regazo de Kraakha. —¿Cómo te atreves? No tenías derecho a hacer algo así. —¡Tu no tenías derecho a hacer muchas de las cosas que hiciste!—replicó la mujer. Se puso en pie. Su tono era terrible y condenatorio. Cuando Driadan la miró, ella era una visión espectral con algas oscuras en lugar de las trenzas negras y capullos de seda colgando de las vestiduras. Las algas le chorreaban agua sobre los hombros y su rostro estaba envejecido, resecado, carcomido. No dejaban de manar lágrimas de sangre de sus ojos mientras hablaba, y éstos eran dos esmeraldas en cuyo interior siseaban las
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serpientes. Sobre el pecho tenía una runa diferente, que humeaba, como si se la hubieran grabado a fuego. Driadan se esforzó para distinguirla con mayor nitidez, a pesar de la náusea aguda y el mareo ya insoportable que le aquejaban. Y descubrió con horror que lo que parecían crisálidas adheridas a la ropa de la Lectora de Runas no eran tales. Eran capazos y toquillas que colgaban de su cuerpo. Capazos y toquillas en los que aún cabeceaban los bebés. De ellos, de sus oídos y las cuencas de sus ojos, goteaba el agua, y por ellos asomaban los crustáceos, las anguilas y los gusanos. Ajeno al resto de la discusión, agotado y vencido por las experiencias y por este último horror, Driadan gritó, cerrando los párpados. —Tranquilo. Driadan. Calma. Iremos fuera. Te sentirás mejor. Sollozando, escuchó el chirrido de la puerta al abrirse, los pasos rudos del hombre del mar. Su olor a salitre le envolvió, y el alivio estalló en su corazón. —Tus hijos también gritan así, Ioren el Rojo—escupió la mujer, en un tono venenoso, y su voz les persiguió por los pasillos, mientras Ioren huía, resollando entre los dientes apretados, con el príncipe entre los brazos—. ¡No mostraste tanta compasión con ellos! ¡Ellos también gritan así, Rojo! ¡Cada noche! ¡¡¡En mis sueños!!!

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Capítulo XXXII: La historia

sonido suave de las olas lamiendo la piedra. Un susurro lento y constante, como una música de arrullo que se colaba por sus oídos y parecía lavarle por dentro. Entre las terribles escenas de pesadilla que las visiones habían dejado en su conciencia, recordó que el mar helado limpiaba. Dejó que lo hiciera, que le limpiara del miedo que se había pegado como sudor a su cuerpo, que le lavara con miles de suaves lenguas de espuma. Estaba en el agua, el océano le acariciaba, y unos brazos poderosos le sostenían en vilo. Una voz grave y penetrante invocaba a Lusk, el Señor de las Mareas, en un susurro calmo. Driadan abrió la boca para hablar y sólo salió de sus labios un gemido ahogado. —Estoy bien…—balbuceó, casi diciéndoselo a sí mismo. Una mano ruda le peinó los cabellos mojados. Las imágenes horribles destellaron detrás de sus ojos un momento y se presionó las cuencas con los dedos. «Ya está bien… ya está bien. Tengo suficiente de eso, y también de lo otro, ya basta.» Si era por pesadillas, Driadan llevaba las suyas bien pegadas a los párpados, no necesitaba más. —¿Puedes sostenerte? El joven se removió despacio cuando Ioren retiró el brazo con el que le mantenía a flote sobre las olas. Sus pies se hundieron en el lecho arenoso del mar y poco a poco recuperó la verticalidad, sujetándose al hombro del Rojo. Cuando la mirada de Driadan se despejó, observó alrededor. Estaban en la orilla, apenas habían entrado unos pasos dentro del agua. Una luna blanca y gigantesca vigilaba desde el cielo negro, cuajado de estrellas. El mar verde oscuro se rizaba en olas con encaje y volantes de espuma bajo la sombra del acantilado, y alrededor de su cuerpo, diminutas luciérnagas blanquecinas bailaban, girando sin sentido y ascendiendo hacia el cielo. Haciendo acopio de su dignidad y de la fuerza que le quedaba, se mantuvo en pie sin
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uando volvió en sí, lo primero de lo que fue consciente fue del

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tambalearse demasiado, cogió una de las extrañas luces con el dedo y se la llevó a la boca. Chispeó en su lengua y le inundó con una electricidad revitalizante. —Más magia— suspiró, cansado, volviéndose hacia Ioren—. De veras que he tenido suficiente. —No es lo mismo— replicó el guerrero. Parecía tenso u ofendido—. Yo pretendía ayudarte con ésta. Driadan asintió, sin muchas fuerzas para discutir. Seguía agarrado a su brazo. Se dio cuenta de que Ioren estaba completamente vestido, sumergido en el agua hasta la cintura. «No tiene serpientes de lava en el pelo ni el rostro de un dios furioso. Algo es algo.» Le miró el pecho. La runa brillante tampoco estaba ahí, ni sus ojos soltaban chispas de metal fundido. Ioren solo tenía el cabello húmedo y apelmazado cubriéndole parte del rostro, como siempre, las trenzas enredadas aquí y allá, como siempre, y los ojos ceñudos y resplandecientes al fondo de las sombras, mirándole con algo demasiado parecido a la preocupación. —He visto…—comenzó, dubitativo—. ¿Qué es lo que he visto? Ioren resopló y apretó la mandíbula, agarrándole de la cintura y moviéndose entre las olas para regresar a la playa. Driadan no se opuso, aunque le sorprendió el gesto. Solo dejó las dos manos sobre su hombro izquierdo y le miró. —Ella te ha enseñado el futuro, creo. Eso dijo. —También os he visto a vosotros. Tú eras aún más enorme, y terrible. Ella estaba marchita y tenía niños colgando de la ropa. Llegaron a la lengua de arena blanca frente a la línea rompiente de la marea. El Rojo dejó a Driadan en el suelo y se inclinó para mirarle a los ojos, bajándole los párpados con los pulgares. Luego tocó el latido de sus venas en el cuello y le puso los dedos en las sienes para moverle la cabeza en círculos. —Estabas viendo lo que ella ve—respondió Ioren de mala gana—. Si te ha mostrado el futuro de las Runas, habrás visto lo que ella ve en su mente, en sus ojos del alma. No sé explicártelo mejor. Driadan asintió. Ioren había apartado las manos de él y le mantuvo la mirada un momento, luego la volvió hacia el acantilado. El viento se
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intensificó y lamió la superficie del mar. Allí donde habían estado, donde Driadan se había lavado de las pesadillas, una espiral de titilantes luces minúsculas aún se removían, girando constantemente, mientras se elevaban hacia el firmamento, vaporizándose por el camino. «Tengo que preguntar ahora.» Tragó saliva. —¿Esa mujer es tu esposa? —¿No vas a decirme lo que has visto? El hombre del mar volvió a mirarle. Driadan se echó los cabellos hacia atrás, negando con la cabeza. Recogió su jubón y su capa, que estaban sobre la arena. Ioren debía haberlos arrojado allí cuando se los arrancó para meterle en el agua y realizar su extraño hechizo. Sin embargo, él ni siquiera se había sacado las botas. Se ciñó la guerrera y se cubrió con la capa, sin molestarse en esperar a que la humedad se secara sobre su piel. —Yo no creo en esas cosas—dijo el príncipe, con una débil sonrisa mediante la que intentaba mantener su firmeza. Sin embargo, el Rojo parecía muy alterado. Cerró los puños y se crispó, su voz se tornó áspera y ansiosa. —Aunque no lo hagas. Yo sí. Quiero saber qué has visto. —¿Para qué?—replicó el joven, más reticente aún al ver su insistencia—. Es mi futuro, no el tuyo. No tiene nada que ver contigo. Por una parte, algo en su interior le decía que era mejor no hablar a Ioren de sus espantosas visiones. No era desconfianza ni temor. Creía que podían afectarle, causarle ansiedades y preocupaciones que no necesitaba para nada ahora. Por otra, quería volver y hablar con Kraakha. ¿De qué quería salvarle exactamente? ¿Contra qué estaba tratando de prevenirle? Estaba seguro de que tenía que ver con Ioren el Rojo, pero no era capaz de definir cual era el peligro exactamente. Ioren, al fin y al cabo y a pesar de todo, le había ayudado más de lo que le había fastidiado. Tenía que saber más. Necesitaba saber más. Echó a andar, dispuesto a acercarse al sendero que trepaba entre las rocas y regresar a la granja, pero una mano se cerró en su brazo y le hizo detenerse. —Espera. Driadan se dio la vuelta. El hombre del mar le miraba, con un brillo extraño en los ojos y la respiración un poco acelerada. Su postura era rígida
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y le estaba clavando los dedos en la carne, presumió que sin darse cuenta. Cuando Driadan le miró la mano, él le soltó precipitadamente, como si se hubiera quemado, y se pasó el dorso por la frente. La luna golpeaba con sus rayos pálidos el contorno de la silueta de Ioren, revistiéndola de un resplandor argénteo que le daban un aspecto ultraterreno. Driadan se preguntó qué le angustiaba tanto. Nunca le había visto así, salvo quizá hace muchos siglos, en un almacén de telas infame, en un sueño que deseaba no haber vivido del todo salvo por aquellos instantes. Se acercó un paso y quiso rozarle el brazo, pero el hombre del mar se apartó. —Driadan, no sé lo que has visto, pero cuando entré en esa habitación, no tenías cara de que te fuera muy bien. El príncipe tragó saliva y sintió que las fuerzas le flaqueaban. Ioren había susurrado aquellas palabras, en un tono que sólo le escuchaba en ocasiones muy contadas. Era el mismo que había empleado aquella misma tarde, cuando le abrazó y le dijo aquellas cosas, que no le dejaría atrás, que era libre, que no podía separarse de él. «No puedo separarme de ti todavía.» El mismo tono con el que le había cantado en Shalama, al oído, las canciones de cuna para que pudiera conciliar el sueño en la terrible prisión. Ese tono que se le clavaba en el alma y le hería tan profundamente. Abrió la boca para responder. Su entereza se estaba deshaciendo. Tragó saliva y negó con la cabeza, con una sonrisa insegura y las lágrimas asomándole a los ojos. —No quiero hablar de eso… no era nada bonito, pero sólo era una visión, de algo que no va a pasar—balbuceó, intentando sonar más seguro de lo que se sentía, menos asustado de lo que estaba—. No quiero hablar de eso. Ya tengo bastantes… visiones en mi cabeza, de cosas que sí han pasado, que me han pasado a mí… se van, poco a poco está todo mejor, pero no quiero hablar de eso. Sólo lo quiero olvidar. Eso no va a suceder. Sólo lo quiero olvidar. Se dio la vuelta para seguir el camino, pero Ioren volvió a sujetarle por la muñeca. Esta vez tiró de él y los brazos le envolvieron en un refugio cálido de aroma a salitre. Driadan suspiró y aplastó la mejilla contra su pecho, atando los sollozos dentro de su garganta. Quería hablar y decir muchas cosas. Pero no podía. Hacía tiempo que se sentía tan superado por todo, por lo horrible y por lo hermoso, que parecía haber perdido la capacidad de expresarse. La voz del hombre del mar llegó hasta el, como el susurro de las olas.

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—Tienes razón. Es mejor olvidar. Siempre es mejor no saber lo que el tiempo depara. Ojalá yo no hubiera sabido. Driadan se removió un poco para rodearle la cintura. —¿Acaso habría cambiado algo? El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, pero no podía rechazar aquel abrazo; realmente lo necesitaba. Había sido víctima del miedo más atroz y sabía que había dicho su nombre, que había buscado su auxilio y su consuelo. El hombre del mar no era muy pródigo en gestos como aquel, y Driadan jamás reconocería cuánto los anhelaba, de modo que aprovechó el momento, aspirando su perfume y acomodándose en ese refugio. —No lo sé—respondió Ioren—. Quizá. Pero ya no importa. Sabía que aquella noche ya no iría muy lejos. Hablar con la Lectora de Runas y obtener respuestas podía esperar, pero quizá consiguiera alguna del Rojo. — No, el pasado no puede cambiarse. Pero el futuro sí—añadió, levantando el rostro para mirarle directamente a los ojos. Los encontró entre las sombras de los ángulos de su semblante, más allá de los mechones de cabello cobrizo—.¿Quién es esa mujer, Ioren? ¿Era tu amante? ¿Son tus hijos los que lleva a rastras, tus hijos con ella? Ioren no respondió. Desvió la vista y la fijó en alguna parte, sobre el mar, muy lejos. Lejos de él, lejos quizá también en el tiempo y la memoria. Pero Driadan ya no podía ser indiferente, ni egoísta, ni permanecer impasible ante los sentimientos y las heridas que adivinaba debajo de aquella piel curtida, en el fondo de esa gruta oscura formada por la cabellera cobriza donde yacía su rostro, en los pozos de sus ojos. No podía dejar que se ocultara de él por más tiempo, porque cada vez que lo hacía, sentía que se alejaba. Y no quería separarse de Ioren, no todavía. Y sería terrible y doloroso, más cuanto más se hubieran unido, más cuanto más cerca se hubieran tocado. Pero a Driadan pocos podían enseñarle ya nada nuevo sobre dolor y terror, y no tenía ningún miedo. —¿Qué es lo que pasó, Ioren?—insistió, con firmeza pero con suavidad, rozándole las puntas del cabello con los dedos. Empezaba a sentir frío, y le dolía la garganta a causa de una pena que no era suya—. No entiendo lo que sucede. No me cuentas lo que está ocurriendo y luego te… preocupas y sufres si me envenenan y me llenan la cabeza de imágenes de pesadilla.

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Pero es culpa tuya. Me mantienes en la ignorancia y dejas que me estrelle contra el peligro. —¿Me estás chantajeando, principito?—le reprendió el guerrero, pero lo hizo en un tono tan apagado y con la mirada aún tan perdida, que pareció más triste que furioso. Aunque aún había una chispa de Ioren. Pequeña, un destello de rudeza—. Ya te dije una vez que no volvieras a usar la culpa contra mi. No voy a consentírtelo, y no vas a conseguir nada. Pero Driadan no se iba a rendir. —¿Temes que descubra tus secretos? ¿Te preocupa lo que he visto en mi futuro porque tienes miedo de que sepa quién eres de verdad? —¿Acaso no lo sabes aún? «Ah, pequeño príncipe, ojalá puedas escapar del demonio.» Las palabras de Kraakha volvieron a él. La mujer no podía saber que él la había comprendido, que conocía su idioma. ¿Por qué le había llamado demonio? Ioren había hecho muchas cosas que a Driadan le parecían salvajes y algo salidas de tono, pero él no le calificaría como demonio. —Si… creo que sé quien eres de verdad—asintió, pegando de nuevo el rostro a su pecho y estrechándose contra su cuerpo. Los brazos poderosos eran como un nudo a su alrededor, un hogar cerrado que le daba calor, le protegía del viento y le mantenía a salvo incluso de sí mismo. Los dedos ásperos le rozaban las ondas del cabello de cuando en cuando, en caricias muy leves que pretendían pasar desapercibidas sin éxito. Sin éxito, porque Driadan estaba pendiente de todos sus gestos, del ritmo de su respirar y de la inflexión de su voz. —Hice lo que no debía—respondió Ioren, finalmente. Y sonó tranquilo, casi frío—. Eso es todo. —Son tus hijos con ella. Driadan mantuvo su tono. No pensaba juzgar nada. No quería hacerlo. Sabía que detrás de ese hielo y de la indiferencia había una serpiente de angustia enroscada. Quizá alentado por esa serenidad del joven príncipe, al cabo de una eternidad, las palabras del hombre del mar volvieron a arrastrarse entre sus labios.

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—No éramos amantes—dijo—. No lo sé exactamente. Sé que estaba prohibida, porque era la Lectora de Runas, y no se las puede tocar. Ellas viven fuera de las aldeas, están en contacto con una magia antigua que los hombres no pueden entender, ni practicar. Pero yo era Ioren el Rojo. Nadie podía prohibirme nada. Driadan asintió, en silencio. No se atrevía a levantar los ojos. Ni siquiera a moverse, por si Ioren volvía a encerrarse y a callar. Se quedó entre sus brazos, blando e inofensivo, instándole con su pasividad a continuar. —Hice lo que quise. Pero hubo un fruto de aquel capricho—añadió Ioren, con un suspiro. Luego su voz se volvió vacía, si hasta el momento había sido grave y cansada, algo melancólica, se tiñó ahora de una indiferencia que podría parecer aterradora—. Yo se lo había advertido. Le dije, al principio, cuando rompí las normas por primera vez, que hiciera lo preciso para asegurarnos de que no habría descendencia. »Pero no lo hizo, y mantuvo su estado en secreto hasta que dio a luz. No le costó demasiado, yo estaba fuera entonces, saqueando otras costas. Cuando regresé, me mostró al niño y me dijo que, ya que había sido tan valiente como para desafiar las prohibiciones y tomarla, lo hiciera asumiendo consecuencias como ésa y no amparándome en la cobardía, en la seguridad de que no habría nunca una prueba evidente de nuestros encuentros; un niño, vivo, un hijo de los dos. No podía permitir que en el futuro, un hijo ilegítimo quisiera aspirar a los derechos de mi estirpe y se alzara contra los legítimos, esos hijos que algún día tendrían que llegar, y que no serían de Kraakha, desde luego. Así que acepté al recién nacido y me lo llevé para ponerle nombre. En lugar de hacerlo, cuando le tuve en brazos frente al acantilado, lo levanté sobre mi cabeza y lo arrojé a las aguas. »Recuerdo bien a ese primer hijo, porque tenía una mata de cabello rojo como yo y los ojos verdes de la siadh. Puedes imaginar lo que ocurrió a continuación. Kraakha, como es obvio, no se lo tomó nada bien. Se negó a seguir viéndome, pero yo era Ioren el Rojo y mi voluntad estaba por encima de sus deseos. Era mas fuerte que ella, aunque alguna vez me dio buenos golpes, pero hacía lo que quería. Sin importarme las consecuencias. Ella, quizá en un intento de alejarme de su puerta, me amenazó asegurándome que jamás pondría los medios para no quedar encinta. Yo me reí de su ingenuidad. ¿Pensaba que me iba a importar despeñar unos cuantos críos más? Cuando Ioren se detuvo para respirar, era evidente que necesitaba una pausa. Driadan contemplaba el cielo más allá del hombro del Rojo, con la mirada desorbitada y el corazón latiéndole como una cadena de
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truenos. No es que el asesinato de recién nacidos le escandalizara. Había escuchado contar historias a caballeros de la Corte y a algunos escuderos del ejército de su padre, sobre cosas como esa y peores que aquella. Pero eran relatos de guerra. No era una rutina. Y sin embargo, no se alejó de Ioren. Al contrario, estrechó su abrazo. Sentía su respiración ahogada, la voz se le había quebrado al final, casi imperceptiblemente, y le dio la sensación de que le temblaban las manos. Tenía la certeza de que estaba sufriendo. De que había sufrido cuando hizo aquellas cosas dominado por sus propios demonios. Igual que Driadan lo había estado. No era tan distinto. ¿O si? Realmente, no. No lo era. Tenía sentido. Tenía sentido, porque Ioren le había apartado del borde de aquel mismo precipicio por el que él había caído. Y entonces comprendió que lo que él había tenido por la sabiduría ancestral de un Gran Guerrero del Norte, todas esas palabras que Ioren había gritado, susurrado, escupido, dicho y remarcado para él no eran creencias de un pueblo ni enseñanzas de sus mayores. Eran palabras nacidas de la experiencia de un hombre que había vivido devorado por sus propios demonios hasta que le llevaron a la perdición y la ruina, en una celda, con el sello de un príncipe engreído en el brazo. Para ser rey, antes aprende a ser hombre. ¿Cuándo lo había aprendido Ioren? Driadan sentía que las lágrimas le quemaban los ojos cuando el hombre del mar habló de nuevo. —Entonces. Así es como yo era. He matado a mis propios hijos muchas veces. He arruinado la vida de esa mujer que ha permanecido siempre leal, me ha acompañado incluso a la batalla. Pero he atraído la maldición sobre toda mi gente. Creo que también sobre ti. ¿Es lo que esperabas saber, Driadan Horwing? El príncipe hizo caso omiso de la tensión en los músculos del guerrero y de su leve intento de soltarle y separarse de él. Enlazó los dedos tras su espalda y se mantuvo pegado a su pecho, exhalando un suspiro. —Lo que hayas hecho antes no cambia nada—declaró, tras un instante. Lo dijo con voz firme, aunque casi fuera un susurro—. Tampoco lo horrible que sea. Sólo quería saber.
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—Es mi turno, entonces. Yo quiero saber lo que viste en tu futuro, porque ella me dijo que te había mostrado cómo era yo. Mientras hablaba, Ioren había soltado el abrazo y enmarcado el rostro del joven entre las manos, volviéndolo hacia sí para obligarle a enfrentar su mirada. Driadan, que no había opuesto resistencia, mantuvo la vista fija en los ojos azules, centelleantes y, ahora lo sabía, henchidos de tristeza. Alzó una mano y la acercó, dibujando una caricia leve con la punta de los dedos sobre el pómulo del hombre del mar, recorriendo en un viaje lento y tembloroso los ángulos marcados de su semblante. Una profunda emoción le estaba ahogando, agridulce y terriblemente presagista. Cuando consiguió hablar, Ioren había casi dejado de respirar y él sentía que cada palabra le rompería el alma. Pero estaba muy cansado. Tan cansado que sabía que no podría ni siquiera mentir. —Vi… vi un barco…—pronunció, con un hilo de voz, mientras rodaba una lágrima inevitable—. No me dejabas volver… me ponías cadenas y todo era desesperación y horror para los dos. Para ti. Y para mí. Driadan no podía describirle a Ioren el desasosiego, el pánico atroz y la sensación de vacío gélido, de sequía y de nada que le habían dejado aquellas visiones. Como un plato de cenizas. Como un vaso de telarañas. No era capaz de poner palabras. Sin embargo, la reacción de Ioren le sorprendió, cuando frunció el ceño, extrañado, y miró hacia el acantilado. —¿Para los dos?—volvió a mirar a Driadan—. Pero al final, tú me dabas muerte. El joven príncipe frunció el ceño, saliendo de sus recuerdos y negó con la cabeza. —No. Al final… eras anciano. Y yo colgaba de grilletes en tus mazmorras. Al principio, el Rojo se limitó a mirarle, confuso. Después, un destello de comprensión iluminó sus ojos azules, y una risa suave emergió de su garganta. Sin embargo, su expresión no era divertida ni alegre, sino amarga. Muy amarga. Se pasó las manos por el rostro, alejándose unos pasos de Driadan, que le observaba con perplejidad, y finalmente, alzó la cara hacia el cielo con una risotada. —Ioren, ¿qué te pasa? ¿Qué es lo que ocurre?

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Pero Ioren no respondió. Sólo meneó la cabeza, aún riendo y mirando alrededor, como si tratara de ubicarse. Cuando al fin habló fue para decir al mundo, con un tono ácido y resignado: —Me lo tengo merecido.

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Capítulo XXXIII: Bajo la luna

tenía el infierno dentro. Ni el murmullo del mar a su espalda podía apaciguarle. La luna llena le parecía un ojo inquietante que le observaba con malicia, las sombras del acantilado, nidos oscuros desde los cuales acechaban los espíritus furiosos. Agradeció que Driadan diera un par de traspiés y se mostrase un poco mareado. Le proporcionó la excusa perfecta para rodearle con el brazo y mantener el contacto con él. Era lo único que podía tranquilizarle en aquel momento, por irónico y terrible que fuera. Le miró de soslayo. Los ojos rojos destellaron y se apartaron cuando los sorprendió fijos en él, como si le hubiera pescado haciendo algo prohibido. El perfil del joven príncipe era una media luna blanca en la oscuridad azulada de la noche, y aunque se pintaba el cansancio en su semblante, no parecía tener ninguna clase de miedo o angustia. Sólo estaba agotado. Ioren le felicitó por su entereza para sí, pero no le dijo nada al respecto. Estaba demasiado preocupado por asuntos más graves. Dos en concreto: Uno, cómo había sido capaz de contarle a Driadan lo que jamás había contado a nadie, y cómo era él capaz de seguir así a su lado tras saber las cosas que había hecho. Y dos, ¿por qué las visiones no coincidían? Al principio había pensado que Kraakha le había engañado a él cuando leyó sus runas en Nirala, antes de la batalla. No estaba seguro de si eso era posible, pero Ioren lo había visto a través de sus ojos, con espantosa claridad. Había visto el rostro de aquel muchacho, los ojos rojos como la sangre, su terrible y pictórica belleza. Había visto escenas sueltas que no recordaba y que nunca había logrado recordar, y por último, el momento final en una batalla, cerca del mar. Mirarse cara a cara y el dolor terrible, la muerte que llega, los ojos rojos antes de que todo desapareciera en la negrura. Pero Driadan había visto otra cosa. Algo muy diferente. Mazmorras y cadenas, algo que Ioren estaba seguro de no haber contemplado en su futuro. ¿Por qué las visiones eran distintas? No lo sabía. No podía entenderlo. Y aunque no estaba seguro de si la siadh podía mentir en algo así, aquella era la única conclusión a la que podía llegar por aquel momento.
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uando al fin emprendieron el camino hacia la granja, Ioren

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—¿Cuándo pasará el mareo? Ioren reprimió una sonrisa al escuchar aquella pregunta en un tono casi infantil. —Es por los inciensos—respondió con suavidad, pegándole más a su cuerpo. Cuanto más se empeñaba Driadan en caminar por sí mismo y demostrar que se encontraba bien, más apoyo le brindaba Ioren. Le gustaba que se esforzara así—. Será mejor que no entremos en la casa. Te vendría bien pasar la noche al aire libre. —No, estaré bien—replicó el joven—. Además, sólo faltaba eso. Ya has sido bastante imprudente. Se supone que hay que ser discretos y que soy un siervo. Tu rescate épico no ha sido nada apropiado, y me temo que tampoco lo sería que los dos pasáramos la noche fuera de la granja. Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Hizo una mueca de disgusto y suspiró con incomodidad. El no había pretendido llamar la atención sobre ambos, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Había salido a acompañar a Ornel Dunstrag hasta su caballo y, al regresar, Jhandi le había manifestado su preocupación por que Nirala se hubiera metido en algún lío. Empezaron a buscarle y no aparecía por ninguna parte. Cuando abrió la puerta de la habitación de Kraakha y encontró a la mujer arrodillada y vio la expresión del chico… —¿Estás bien? Ioren parpadeó y soltó los dedos. Había vuelto a crisparlos en el brazo de Driadan. Frunció el ceño y asintió. —Pues claro. No había pensado en nada más. No había sido capaz de discurrir con claridad. Vio su rostro desencajado, la lágrima que brillaba en la mejilla, la terrible palidez, el miedo ancestral en su mirada carmesí. No había pensado en nada más. Le había agarrado en volandas y había dejado atrás la voz insidiosa de la siadh, caminando a largas zancadas hacia la playa, donde tenía la esperanza de que Lusk le escuchara y ayudase a traer de vuelta al muchacho, al que suponía perdido en una nube de visiones, ausente de la realidad. Todos le habían visto, la urgencia y la preocupación con la que se dirigió hacia el exterior, maldiciendo por lo bajo.

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En vez de dejar reposar al joven y actuar con calma y prudencia, había perdido los nervios al sentir amenazado a Driadan. ¿Desde cuándo era así? Volvió a mirarle de reojo. Otra vez, el chico apartó la vista apresuradamente. «Maldita sea, esto es muy raro. Es demasiado raro.» —Dijiste que te lo tienes merecido Ioren asintió, contento de que el chico hablara. Sus pensamientos estaban empezando a girar vertiginosamente en torno al mismo punto y sabía que eso acababa enloqueciéndole para nada. Puso toda la atención en sus palabras, mientras ascendían el último tramo del acantilado. —Todos creemos en los presagios de las siadh aquí en Thalie. Son mujeres sagradas. Los dioses les cuentan el destino de los hombres. Yo desafié a los dioses, y me tengo merecido que jueguen con mi destino. —¿Por qué es tan severa la tradición respecto a eso? A las mujeres prohibidas. Quiero decir que habrá alguna clase de motivo por el que no se pueda estar con ellas, ¿no? Ioren entrecerró los ojos, negando con la cabeza. —Yo no lo conozco muy bien—admitió—. Pero las tradiciones deben ser respetadas en una comunidad. Es una ley para la supervivencia del grupo. Ayudan a que haya orden, a que no se produzcan crímenes, a que los seres humanos sean menos como animales. —Sí, pero ¿de dónde nacen? ¿Quién las inventa, y por qué?—insistió Driadan—. En Shalama la tradición mandaba que todos los coperos teníamos que lavarnos las manos tres veces con agua de jazmín. Al principio lo hacía porque era la tradición, sin más. Luego me di cuenta de que tenía sentido, porque el agua de jazmín provocaba que no sudaran las manos por mucho calor que hiciera, y así no se escurrían las botellas ni las copas de nuestros dedos. —Nunca me he preguntado quién inventa las tradiciones—replicó Ioren—. sólo sé que existen por algo. Y que es mejor respetarlas. Sus últimas palabras sonaron algo secas, y Driadan asintió, guardando silencio. Al menos por un rato. Ya estaban a poca distancia de la granja,

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caminando por las rocas planas que despuntaban entre los arbustos, cerca del brezal, cuando volvió a hablar. —Y si los Dioses te han dado la espalda, ¿por qué te hacen caso cuando los llamas? Ioren sonrió a medias. De modo que no se le había escapado ese detalle. El condenado muchacho no era ningún idiota, pero eso Ioren lo había sabido siempre. Siempre había vislumbrado todo lo que ahora Driadan estaba dejando ver de sí mismo, aunque tenía que reconocer que nunca había previsto el devastador efecto que eso estaba teniendo en él mismo. —No tengo la respuesta a eso—admitió, deteniéndose por un momento. La luna gigantesca les observaba con descaro, y reflexionó en voz alta al respecto, con la mirada fija en una mata de hierba seca—. No lo sé, pero no siempre lo hacen. Rúnya es el Señor del Fuego, y me ayudó en aquella cueva, en los bosques de tu tierra. Lusk, el Señor del Mar, me ha ayudado hoy. Muchas otras veces les he invocado y me han dado la espalda. Todas las otras veces, en realidad, desde que les ofendí por vez primera. Sólo en estas dos ocasiones han vuelto a mirarme con agrado. Miró al frente, esquivando con habilidad las posibles respuestas que se le venían a la mente. Sabía que no era casualidad que en ambas ocasiones hubiera sentido que el muchacho estaba en peligro, y que en ambas ocasiones la Magia Antigua hubiera actuado. Sabía que había alguna relación con Driadan, o con lo que Driadan era para él, pero aún no estaba preparado para analizar eso, con todas sus implicaciones. Volvió a dejar la mano en la cintura del príncipe y a empujarle con suavidad para seguir avanzando. —Supongo que aún tengo que aprender mucho sobre tu tierra. —Puede serte útil—asintió Ioren—pero intenta evitar a Kraakha en lo sucesivo. Su magia es poderosa y tú provienes de una estirpe alejada de los Dioses, que ya ha olvidado esas cosas. En vuestra sangre hay menos tolerancia a la hechicería. Es sorprendente que hayas resistido las visiones. —Soy de la estirpe de Horwing—replicó el joven, alzando la barbilla y atravesándole con una mirada orgullosa—. La de mis ancestros es la sangre más antigua de Nirala, y también la más pura. —Quizá eso explica que no hayas sido fulminado por la magia de la siadh. Aun así, haz lo que te digo.

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—Si supiera que iba a practicar una de vuestras brujerías conmigo no la hubiera seguido, tenlo por seguro. Ioren se armó de paciencia, percibiendo el tono ligeramente ofendido del príncipe, que había apretado el paso. A pesar de que su carácter se había serenado considerablemente en los últimos tiempos, Driadan seguía siendo tan susceptible como un gato palaciego. Pero Ioren también tenía su orgullo. —¿Vuestras? No llames brujería a la Magia Antigua—dijo severamente, aunque sin alzar el tono—. Lo que yo hago no es brujería. Es la manifestación del vínculo entre los Dioses y los hombres, la más antigua forma de devoción, que se extiende a lo largo de las eras desde antes de que ambos estuvieran separados por el tiempo y la distancia, cuando Ellos caminaban sobre la tierra y nos enseñaban sus secretos. Cuando tu primer ancestro era un niño, los de mi sangre hablaban con los Dioses, y así se ha perpetuado a lo largo de mi familia, desde el primero de mi nombre hasta el último. Así que no hables tan a la ligera. Driadan le estaba mirando. El brillo de sus ojos se había apaciguado, pero cuando el hombre del mar hubo terminado de hablar, apartó la vista y fingió indiferencia. —Lo que sea. —A veces actúas como un sabio y otras como un tonto—suspiró Ioren, resignado. —Hago lo que puedo, pero Qilem dice que estoy en la edad—respondió Driadan con mucha naturalidad. Aun así, el príncipe no se había apartado de su brazo. Aun así, el Rojo no le había soltado el talle. Siguieron andando, el uno junto al otro, a través de la agreste planicie, dejando atrás el barranco y la playa, y con la luna gigantesca contemplándoles sin parpadear. La nevada apenas había cuajado. Había sido fría en exceso, formada por copos crujientes, de hielo puro, que habían cristalizado en placas y ahora empezaban a derretirse. Y cuando estaban ya delante de la puerta, bajo el dintel goteante, el joven príncipe soltó su flecha, paralizando a Ioren en el umbral por unos segundos. —¿La amabas?

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Contempló la puerta. A veces, cuando se trataba de esta clase de asuntos, Ioren tenía la sensación de tener una rata encerrada en las entrañas. Una rata ciega y dormida. Cuando alguien mencionaba palabras como la que acababa de pronunciar Driadan, era como si prendieran fuego a la cola de la rata y ésta comenzara a retorcerse, mordiendo, arañando, pugnando por abrirse paso a través de su carne. Pero estaba muy al fondo, hundida profundamente, no encontraba la salida y torturaba su alma en su alocada y caníbal desesperación. Ni siquiera era capaz de decir que sí. Era como si su voz no respondiera. Pero responder era revivirlo todo, y no quería revivirlo más. Prefería las cosas como estaban, por terribles que fueran: el señor cruel y caprichoso que había tomado a la siadh por la fuerza, que había matado a sus propios hijos con frialdad. Se preguntó por qué Driadan le cuestionaba sobre aquello. ¿Acaso algo en el relato que le había revelado hacía pensar que pudiera haber sentido afecto por la Lectora de Runas? Se había esforzado en aparecer como un monstruo, también delante de ella, delante de sí mismo, mejor eso que lo otro. Mejor que lo otro. —¿Por qué me preguntas eso?—dijo al fin, forzando una sonrisa torcida y tiñéndola de crueldad. Luego miró al chico, escupiendo cada palabra con gran esfuerzo—. La forcé. La hice mía sin su consentimiento. —¿Y qué?—replicó el muchacho. La escarcha le goteaba en el pelo. Se le habían dibujado sombras profundas bajo los ojos, que conservaban la mirada vívida a pesar del agotamiento, y las ondas oscuras del cabello caracoleaban sobre la capa de piel húmeda—. Las personas a veces hacen barbaridades por amor. Pero no me has contestado. Ioren sintió el nudo cerrarse en torno a su garganta y dio un paso hacia atrás, apartando la mano de la puerta y la otra de él. Le miró fijamente a los ojos. «Dioses, yo que no he temido la espada ni la tormenta, que ni siquiera os he temido a vosotros. ¿Qué me está pasando?.» La rata en llamas corría, corría, gritaba y mordía. Su cabeza se llenó de pensamientos confusos, algunos absurdos, que no podía controlar ni moderar: la anticipación de un momento que sabía doloroso, una separación inevitable en la que no quería pensar, el presentimiento de lo que se retorcía al fondo de su corazón, la angustia, la certeza de que la tortura sería infinita, el dolor inconsolable. Tenía que parar aquello, como fuera. Con la mirada clavada en los ojos carmesíes, habló, haciendo acopio de toda su presencia de ánimo y en un tono sereno y grave.

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—No te confundas, principito. Durante mucho tiempo he sido lo que has visto, lo que ella te ha mostrado. Y no he cambiado tanto. Lo que le hice a ella no fue por amor: quería tener lo que estaba prohibido. Sólo eso. La forcé porque no se plegó a mis deseos. Driadan bajó la cabeza. Pareció dudar un momento antes de volver a mirarle y preguntar de nuevo. Estaba más pálido que antes. —¿Y por qué me lo hiciste a mí? Maldito fuera. —Esa pregunta es absurda. Ya lo sabes. Me provocaste. Te lo estabas buscando. Driadan asintió, y Ioren contuvo el deseo de poner distancia de por medio y huir de él, maldito fuera por siempre. Le confundía. Le hacía sentir que el suelo no tenía consistencia alguna, y no podía permitirse esa debilidad. Pero, de alguna manera, anhelaba tanto poder permitírselo... poder permitirse ser débil, rendirse a la impotencia ante aquellos sentimientos, ser frágil y perder toda cautela. Sí, tenía el deseo de salir corriendo y escapar de sus cuestionamientos traicioneros, pero al mismo tiempo, el de agarrarle entre los brazos, hundir el rostro en sus cabellos y decir todo lo que no iba a decir nunca. —Una vez me dijiste que el amor siempre decepciona—insistió el chico, con sorprendente calma—. ¿Cómo puedes saber eso y afirmar no haberlo sentido nunca? ¿Cómo lo sabes entonces? Ioren se quedó helado en el sitio. Negó con la cabeza, abrió la puerta y le empujó dentro. No iba a responder a nada más. Ya era suficiente. Todo aquel maldito día había sido suficiente, más que suficiente, demasiado. Habían apagado todas las luces del interior. Era cerca de media noche y sólo se escuchaban los ronquidos procedentes de la sala común y el crujido de las tablas bajo sus pasos. Caminaron en silencio por el pasillo, Driadan delante, Ioren detrás. El joven príncipe dejaba un rastro de perfume a iris a su paso. Aquel olor jamás le había abandonado, ni entre la más horrible suciedad del barco de los esclavos, ni cuando le habían ungido de otros aromas en Shalama, ni cuando la sal del mar le embadurnaba. Era su seña de identidad, algo que le era tan propio que Ioren podría reconocerlo en cualquier parte. Que se intensificaba cuando le tenía entre sus brazos, cubierto de sudor, gimiendo, con la saliva escurriéndose entre sus labios y

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los ojos rojos empañados de deseo. Que se pegaba a la propia piel del guerrero, se convertía en parte de sí mismo. Podía oler a Driadan en él. Y no sabía qué demonios hacía pensando en eso. ¿Por qué estaba pensando en eso? No debía pensar en eso. Driadan se detuvo ante la arcada de la sala común. Su aspecto se volvió aún más abatido. —Supongo que me quedo aquí—susurró. Luego se volvió hacia el hombre del mar, esperando una confirmación, recuperando cierto aire orgulloso, como si pretendiera esconder lo poco que le agradaba la idea, lo mucho que necesitaba ser consolado y arropado aquella noche y todas las noches. Ioren apretó los dientes y le agarró de la barbilla, repentinamente irritado. —Sabes perfectamente que no—respondió—. Te dije que no iba a renunciar a algunas cosas. —Pero dijiste que hay que ser discreto y que… —Y no lo he cumplido en absoluto, no aquí dentro—replicó Ioren, cada vez más tenso—. Por todos los demonios, muchacho, ¿es que disfrutas escuchando una y otra vez cómo me contradigo por culpa tuya? Driadan esbozó una sonrisa cansada. Se puso de puntillas y le enredó los brazos ligeros en la nuca, pegando la mejilla a su pecho. —Sí. Lo susurró, junto a su corazón. Ioren suspiró y le cogió en brazos para llevarle a su habitación. Él también necesitaba su presencia cercana. A pesar de la zozobra y las contradicciones, del baile desquiciado de las emociones en su corazón, de las carreras terribles de las ratas mordiéndole por dentro a causa de dolores pasados y de antiguas heridas que jamás se curarían, el joven príncipe era su consuelo. Era todo lo que tenía. Lo había dicho una vez, y era verdad. A pesar de todo, mientras le llevaba hasta su alcoba y le tendía en el lecho, mientras le rodeaba con los brazos y el cuerpo adolescente del joven príncipe se amoldaba perezosamente al suyo, buscando su espacio, encajar en aquella anatomía, mientras el calor fluía entre los dos en ese abrazo casi
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familiar como un bálsamo apacible, acunándoles hasta el sueño, mientras aspiraba el dulce aroma de flores exóticas en su pelo húmedo, era consciente de nuevo con certeza. Driadan era todo lo que tenía. Todo lo que aún podía salvar de sí mismo, podía salvarlo gracias a Driadan. Quizá por eso los Dioses le respondían cuando los llamaba para el joven príncipe. Y seguramente, por eso tenía tanto miedo.

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Capítulo XXXIV: El Cisne

alba arañó los jirones de nubes blancas y lamió la helada de la noche anterior, tiñéndola con un resplandor sanguinolento. —Malo—gruñó Beonar—. Sol rojo, no es buen presagio. Qilem negó con la cabeza. —No más malos presagios para nosotros. Ambos siguieron arando el campo. Driadan estaba sentado en la valla, junto al huerto seco, contemplándoles mientras trabajaban. Llevaba un par de horas allí. Se había despertado en el lecho caliente como un nido, azotado por las pesadillas y esas estúpidas visiones que la hechicera le había metido en la cabeza, y había salido en busca de aire fresco, incapaz de mantenerse por más tiempo inmóvil. Había visto teñirse el cielo de azul suave, pintarse las nubes a brochazos, envuelto en la capa de piel mullida. Allí afuera, bajo la puñalada del aire frío, su cabeza se despejaba y podía pensar mejor. Pensar en todo. Había puesto ya un orden pulcro en su cabeza cuando Cisne pasó por su lado, con un cubo de agua. Alargó la mano y le agarró de la parte de atrás del cuello de la camisa, haciéndole dar un respingo y ponerse a la defensiva. —Tranquilo—dijo Driadan, ignorando su mirada de terror—. ven, siéntate a mi lado. Cisne miró el cubo. Parte del agua había caído a la tierra. El príncipe negó con la cabeza, indicándole que no tenía importancia. —Ya se encargará otro. Siéntate a mi lado. El muchacho del sur obedeció con desconfianza, dirigiéndole miradas temerosas de soslayo. Driadan le contemplaba, analizándole. Le había crecido mucho el pelo y lo tenía muy enredado. Su rostro, que había hecho
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l día siguiente amaneció un sol rojo y líquido, de luz hiriente. El

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las delicias de la corte de Shalama, ahora aparecía seco y macilento, con los ojos y las mejillas hundidas y esos ojos de animal huidizo en lugar de la chispeante mirada traviesa de antaño. —¿Tú que opinas?—preguntó, señalando el firmamento—¿Es un mal presagio? Cisne no respondió. Driadan le puso una mano en el hombro y le dio un par de palmadas. —Bueno. Tengo algo que decirte. Ya no tienes que vivir con miedo. El muchacho frunció el ceño. Se escuchaba chillar a las gaviotas y el golpeteo constante y regular de las azadas en la tierra dura, los resuellos de Qilem y Beonar. El graznido de los gansos, lejano. —No sé si lo he entendido. Cisne siempre había tenido una voz muy bonita. Parecían haber pasado siglos desde la última vez que el príncipe la escuchó. Sí, Cisne había tenido una bonita voz, un rostro agradable, pero había sido una verdadera alimaña. Driadan no sabía si ya había pagado o no, si era justo o no. Tampoco se preguntaba si le había perdonado. Todo eso no le importaba mucho en aquella mañana roja. —Ya no tienes que vivir con miedo, no de mi. O del Rojo. Los ojos del Cisne se encendieron. Le observó con expresión anhelante, casi con ansiedad. —Llevas mucho tiempo esperando las represalias—prosiguió Driadan—. Bueno, no esperes más. No van a llegar. —¿Qué significa esto?—replicó entonces el muchacho, con voz trémula y agazapándose con desconfianza—. Es otro juego cruel. ¿Qué vas a hacer? Driadan entornó las pestañas y elevó el labio superior en una mueca de desprecio. Bajó de la valla y se agarró el cinturón con las dos manos. Se le abrió el manto y reveló la camisa medio abotonada. Cisne se estremeció solo de verle así, delante del huerto congelado, bajo el firmamento que amenazaba con volver a romperse en nieve y escarcha. —Vamos. Mírate. Das pena—le espetó el príncipe—. En Shalama puede que fueras el rey de los corredores y el señor de las alcobas, el niño bonito
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del palacio. Pero al menos tenías agallas para hacer algo, aunque fuera destrozarme la vida a mí. ¿Y entonces qué? Un poco de venganza y te vienes abajo como un muñeco de mantequilla. El Cisne abrió los ojos como platos. Driadan levantó el mentón. —Todos los hombres nacen libres. Ser un rey o un esclavo, depende de lo fuerte que seas. Y lo fuerte que seas depende de lo fuerte que quieras ser. Esto que ha pasado, lo que nos ha pasado a todos, es una oportunidad. Hasta para Perfidia lo es. Ellos la están aprovechando—recalcó, señalando con la cabeza a los dos hombres que trabajaban unos pasos más allá—. Yo la estoy aprovechando. ¿Qué vas a hacer tú? Ahora ya no tienes por qué vivir con miedo, así que te pregunto, ¿Qué vas a hacer tú? El joven sureño abrió la boca lentamente. Parecía haberse quedado congelado, quieto en el sitio, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, sentado en la valla. Driadan le miraba, sin apartar la vista, mientras la comprensión iluminaba el semblante del que había sido su compañero. Luego, una suerte de dolor agudo pareció atravesarle, porque reprimió un sollozo y bajó la barbilla, agarrándose a la madera del cercado al empezar a temblar. El príncipe se llenó los pulmones de aire. Una parte de sí mismo también estaba algo impresionada por el modo en que había hablado. Casi le resultaba gracioso darse cuenta de que había usado las mismas frases concisas, cortas, y un tono seco similar al de Ioren el Rojo, el Guerrero, el Maestro y el Ejemplo. Desvió la mirada, apartándola del joven que lloraba. La corriente de simpatía hacia el Cisne, a pesar de todo lo que había sucedido, era fuerte como una cadena de acero. Tenían más o menos la misma edad y algunos rasgos de carácter similares. Habían estado mucho tiempo juntos. Sus primeros días en Shalama, Cisne había hecho verdaderos esfuerzos por ser simpático y caerle bien. Incluso le había cuidado. Driadan se había comportado como un príncipe debe comportarse con un esclavo, con desprecio y desdén. Con asco. Le había rechazado continuamente. Así pues, ¿no se había ganado su despecho y su antipatía? ¿De qué se extrañaba si después el Cisne había vuelto su crueldad hacia él? ¿No habría sido mejor haberle convertido en aliado en vez de… en esto? Había pensado mucho sobre todo aquello durante la noche anterior, y también lo hacía ahora. Por primera vez, Driadan lamentaba que las cosas hubieran sido tan desagradables entre ellos.

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Y por primera vez, entendía el terror que había caído sobre Cisne el día en que el fuego y el acero se abatieron sobre Shalama. Su mundo se derrumbó. Aun siendo un esclavo, Cisne conocía las reglas del juego y la jaula en la que vivía a la perfección. Aquello era su universo y en él se movía, hasta se sentía seguro. Al destruirse aquel universo y verse de pronto vulnerable y expuesto a la violencia y la barbarie, no lo había podido soportar, y el miedo había hecho presa en él. Sabiéndose culpable, vivía día tras día con la imagen de la Sharin Luarah, la mujer a la que ahora llamaban Perfidia, como un recordatorio de su posible destino antes o después. El Rojo le despertaba el terror que despierta un verdugo, y Driadan, el de un juez. —No tengo palabras de consuelo ni nada de eso—murmuró el príncipe, desviando la mirada—. Tampoco te voy a abrazar. Cisne se limpió los ojos con el dorso de la mano, hipando al tomar aire. —No entiendes—susurró el muchacho, levantando los ojos hacia Driadan. Estaban mojados y dolientes—. Me dices que es una oportunidad, algo que puedo aprovechar, pero ya te lo dije, Nirala. Yo he sido esto toda mi vida, desde que era un niño he sido lo que éramos en Shalama. No sé ser otra cosa. —Esa es una mentira que yo también me he contado—le atajó el príncipe—. Pero sí que puedes aprender a ser otra cosa. Da miedo, lo sé. Sé que estás asustado, pero no puedes quedarte quieto por miedo. No eres idiota, maldita sea. Eres astuto como una ardilla, más listo que yo. Podrías hacer lo que quisieras. Resopló. Le costaba horrores admitir eso, pero Cisne lo era. No porque leyera más deprisa o porque tuviera mejor memoria. Era listo porque tenía astucia para la vida. Había sabido adaptarse bien a todo, al menos hasta la noche del fuego y el acero. Cisne tragó saliva y bajó de la valla, apoyando la espalda en ella. —Yo estaba bien allí. El palacio de la Sharin Luarah era el mejor lugar donde había vivido nunca—se lamentó—. No me maltrataban y nunca me obligaron a hacer nada demasiado raro. El Sha Nuredil era gordo pero agradable, y me había acostumbrado ya. Con el tiempo habría llegado a ser mayordomo de la casa, si no hubiérais… Se calló y meneó la cabeza. Driadan imitó su gesto.
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—No, no tiene sentido volver a eso. Pero escúchame: tú y yo podemos intentar hacer algo interesante aquí. — El príncipe se acercó un poco, y Cisne le miró, de nuevo con suspicacia. — Creo que nadie más puede hacerlo. Y si sale bien, podremos pensar en algo para tu futuro. Si quieres servir, si aún te empeñas en ser eso, bien, podemos encontrar un sitio para ti. Si quieres ser otra cosa… Cisne se apretó la capa en torno al cuerpo y los ojos color avellana relampaguearon. —No comprendo esto, así de repente. Me dices que ya no debo tener miedo, que puedo hasta ser libre, y ahora parece que estés ofreciéndome un trabajo o algo así. Driadan compuso un gesto de indiferencia suma y encogió un hombro. —Lo hicimos fatal en Shalama. Los dos—respondió, bajando la voz un poco. Era todo cuanto podría decir al respecto, pero algo se relajó en el semblante de Cisne, y asintió lentamente con la cabeza. —Creo que sí. Después, ambos se apoyaron en la valla y contemplaron el cielo, mientras Beonar y Qilem abrían surcos en un suelo que se lo ponía demasiado difícil. Pero eran hombres tenaces y no se cansaban; no se detenían. Driadan se había vuelto a hundir en sus pensamientos. Estaba pasando revista a todos los recuerdos que tenía del Cisne, como había hecho el día anterior. Revisaba cuanto había pasado por alto y cada vez tenía más claro que, con una mínima colaboración por su parte, habrían podido ser amigos inseparables. «Yo fui el idiota al principio. Podía haber tenido un gran aliado», se dijo, suspirando. Esperaba que no fuera demasiado tarde. —¿Cómo te llamas?—preguntó, al cabo de un rato—. Tu nombre verdadero. Cisne permaneció en silencio un rato, con la mirada perdida. Cuando se retiró el cabello del rostro, una maraña de rizos revueltos y mal cuidados, sus ojos estaban enfermos de nostalgia y esbozaba una sonrisa leve, sesgada, algo amarga.

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—Amala—respondió al fin, en un susurro casi inaudible—. Amala, ese es mi nombre. Significa limpio. El príncipe asintió. —Es un nombre muy bonito. No era un cumplido. Le gustaba la sonoridad y el significado. Y cuando Cisne le devolvió la pregunta, tragó saliva y una puñalada de nostalgia le atravesó el pecho al recordar los salones de Nirala, la voz de su padre y su semblante, tan vívidos y tan reales como si le hubiera tenido delante el día anterior. —Driadan—respondió, ahogándose en el repentino acceso de pena—. Significa hoja de roble. Los dos jóvenes se miraron un momento y luego contemplaron el cielo otra vez. Cisne se había calmado, y el príncipe, tras dejar pasar aquella angustia, recuperó la compostura y entrecerró los ojos. Su voz sonó más débil de lo que le hubiera gustado cuando habló de nuevo. —Bien. Entonces, Amala… creo que podemos hacer algo interesante aquí. ¿Estás dispuesto a intentarlo? —¿De qué se trata? —De desenmascarar traidores. Cisne arrugó el entrecejo y luego asintió con la cabeza, tan despacio que a Driadan le costó identificar el gesto. Pero comprendió que, aún mientras asentía, estaba pensándolo y tomando la decisión. —Cuenta conmigo. Driadan asintió y se estiró, irguiéndose. —Es un buen comienzo. —Si—dijo Cisne, y sonrió, por primera vez desde un tiempo incontable. Una sonrisa breve y fugaz, pero ahí estaba—. Es un buen comienzo.

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Capítulo XXXV: Confía en mi

mañana cuando comenzó a lloviznar. Las nubes se habían cerrado en el cielo rojizo, rompiendo en un chaparrón de agua caliente en contraste con el aire helado. Arévano no parecía demasiado contento al volver el rostro hacia arriba. Negó con la cabeza y miró de soslayo a los dos muchachos, arrebujándose en la capa. —No creo que esto esté bien—dijo, por décima vez. Driadan le dedicó una sonrisa segura y apretó el paso. —Venga. Ya estamos llegando. Las hierbas hirsutas se enganchaban en las capas de piel mientras caminaban. La tierra era tan dura que apenas se formaba barro cuando llovía, pero las heladas se convertían en algo muy peligroso para los viajeros, aun los que recorrían distancias cortas como era su caso. Envueltos en los mantos peludos, Cisne, Nirala y Arévano caminaban hacia la empalizada de Kelgard, que ya se encontraba a la vista. —A Ioren no le va a parecer bien—insistió de nuevo el mayor. Arévano se había dejado en la granja la espectacular sonrisa y su carácter juguetón. Estaba serio y parecía ir a arrepentirse en cualquier momento de estar allí. Driadan había esperado más colaboración por su parte, aunque al menos, les estaba acompañando. Le había costado convencerle más de lo que esperaba, al contrario que Cisne, que se había mostrado casi entusiasmado desde que conversaran al amanecer. Y fue Cisne quien le dio la réplica al antiguo esclavo de ojos azules. —El Rojo lo entenderá. Vosotros no conocéis el idioma: solamente Nirala y yo. Y nadie lo sabe, aparte de ti. Podremos enterarnos de todo. —De todo lo que quiera decir—replicó Arévano—, que tal vez no sea mucho. ¿Qué pretendéis descubrir?

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l sol se había levantado alto en el firmamento, y casi era media

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—Ya te lo hemos explicado—dijo Driadan—. Traidores. Alguien traicionó al Rojo en las costas de mi país. Y no, no fui yo—añadió, cuando Arévano le miró con repentina suspicacia—. Pero Ulior Skol tiene algo que ver, estoy seguro. Ha salido muy beneficiado de todo esto. —Esto es muy precipitado, Nirala—insistió Arévano—. ¿Por qué de repente? ¿Por qué así? A Ioren no le va a gustar nada. —¿Es que no nos has escuchado? Tiene que ser hoy. Es la única excusa plausible. Las piedras estaban comenzando a volverse resbaladizas a medida que el aguacero se descargaba sobre las áridas tierras. El viento soplaba, frío, y las llamas de los blandones y antorchas colocados en la parte superior de la empalizada temblaban de cuando en cuando bajo el azote del viento. Junto a la puerta, había seis guerreros armados que les miraron de arriba abajo al verles. Ioren estaba junto a ellos, esperando, y al ver a los recién llegados su expresión se fue transformando: primero curiosidad, después una ira fría. Intercambió un par de palabras con los centinelas y caminó a su encuentro a largas zancadas, con los ojos azules llameando como ascuas. —Bien, espero que Ioren lo entienda en toda la profundidad que yo no he sabido alcanzar y no nos arranque la cabeza por venir a molestarle en un día importante—musitó Arévano. Driadan tragó saliva. Iba encabezando el grupo y se detuvo en seco al divisar al alto guerrero. Pero cualquier impulso de dar la vuelta y pensárselo mejor desapareció al ver aproximarse a Ioren, y empezar a sentir el corazón galopándole en el pecho estúpidamente. El Rojo tenía un aspecto más imponente que nunca. Se había retirado los cabellos hacia atrás y estaban recogidos en la nuca, en un haz de trenzas apretadas y mechones cobrizos, rojos y anaranjados que colgaban hasta la mitad de la espalda, sobre una capa absolutamente blanca. El manto estaba ceñido en el hombro del guerrero con un broche de metal, acero azulado sin ningún engaste ni adorno, formando un símbolo espiral. Debajo de la capa, vestía prendas nuevas de tonos claros que Driadan no le había visto usar nunca: Botas de cuero flexible, pantalones de piel vuelta y un jubón de cuero tachonado de bronce y plata. No llevaba guantes, y dos espadas cortas colgaban del cinto, una a cada lado. Se había recortado la barba roja, y con los cabellos echados hacia atrás, los rasgos de su semblante se veían más claros de lo habitual: el rostro anguloso, la nariz fina y esculpida, los pómulos marcados, el ceño fruncido y debajo los ojos azules, llameando, bordeados por algunas arrugas de expresión.
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Curtido, maduro y enfadado. A Driadan le temblaron las piernas por un instante, y no era por miedo. Cuando el Rojo se plantó delante de ellos y cerró los dedos en el cinturón, mirándole a él, fijamente, con aire acusador, como si supiera perfectamente lo que pretendía y por qué estaba allí, y que él estaba detrás de todo… por todos los dioses, no era momento de sentirse emocionado, pero lo estaba. «Parezco una cría enamoradiza», se reprendió a sí mismo, consciente plenamente del perfume salado de Ioren y de su mirada pesada, de su silencio, de su presencia. Sus brazos deberían estar alrededor de su cuerpo. Y su boca en sus labios. Todo lo que no fuera estar juntos besándose, tocándose, degustándose y compartiendo sus cuerpos sobre la hierba, la arena o las sábanas, le parecía un terrible error, algo secundario, fatuo y banal, hasta tal punto de que casi olvidó lo que había venido a hacer allí y lo que tenían que decirle; todos sus pensamientos racionales fueron sustituidos por el deseo incontrolable de lanzarse a sus brazos. ¿Era eso el amor? Si no era eso, Driadan no tenía la menor idea de qué podía ser. Por suerte, su ensueño romántico fue bruscamente interrumpido cuando Ioren habló. —¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí?—dijo, usando el plural por mera cortesía, ya que sus ojos estaban fijos, condenatorios, sobre Driadan—. Hoy es el día del homenaje al thane. Tengo que ir dentro. —Llévanos—dijo Driadan cuando recuperó el habla—. A nosotros tres. Cisne, Arévano y yo. Ioren arqueó lentamente una ceja. El agua comenzó a caer con más fuerza, como si respondiera de este modo a la imprudencia del joven príncipe: escandalizándose. —Dime que esto es una broma —dijo al fin—. No me reiré, pero al menos intentaré olvidarla. —Escúchame. He estado pensando, y creo que…—Driadan tragó saliva. Había sido capaz de explicar el plan perfectamente tanto a Amala como a Arévano, pero de repente se sentía estúpido y las ideas se le deshacían en la punta de la lengua. Si al menos Ioren pudiera dejar de mirarle como si quisiera ahorcarle del palo mayor… pero el Rojo parecía verdaderamente molesto con su presencia allí—. Sé que esto es muy precipitado, pero tiene que ser hoy. Tiene que ser ahora.

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Ioren suspiró y relajó un poco su actitud avasalladora. Asintió, y las llamas furiosas de su mirada se apaciguaron. —Bien. Dime entonces, Nirala. Te escucho. Los guardias de la puerta estaban mirándoles con curiosidad y desconfianza. El aguacero había arreciado, y aunque las gotas aún eran finas, estaban empezando a empaparse, el agua se escurría y calaba hasta las ropas finas debajo de las capas. —Creo que Ulior Skol tiene algo que ver con la traición que perpetraron contra ti en las costas de Nirala— oltó, sin contemplaciones. Mantuvo la mirada fija en los ojos azules—. Creo que no podrás descubrir tú solo a los traidores, porque se guardarán de ti. Así que, hoy, en el día del homenaje al thane, le regalarás a Ulior Skol a uno de tus siervos, que será nuestro espía. Cisne ha aprendido el idioma tan bien o mejor que yo. —¿Habéis aprendido el idioma?—los ojos de Ioren relumbraron un instante, con una mezcla de incredulidad y suspicacia. —Cisne estará atento, si hay algo sucio en Ulior Skol, lo descubrirá—prosiguió Driadan, ignorando la pregunta—. Si está limpio, también podrá confirmarlo. Salimos todos ganando, de una manera o de otra. Además, Cisne está de acuerdo y quiere hacerlo. El joven Amala asintió y dio un paso adelante. Driadan dejó escapar el aire, más tranquilo, mientras Ioren les miraba y parecía pensárselo. Aquella mañana, después de hablar con el Cisne, él y Driadan habían informado a Jhandi y Arévano, y este último se había empeñado en acompañarles. También había sugerido que, si Cisne iba a ser el infiltrado, debería adecentarse un poco y ofrecer un aspecto más adecuado al de un siervo útil. A Driadan le había ofendido la recomendación, pero no podía evitar estar de acuerdo en que Amala necesitaba algunos arreglos urgentes. Parecía un mendigo. Un mendigo atractivo, pero un mendigo pese a todo. Así que le bañaron, le ayudaron a desenredarse y peinarse la cabellera y a escoger ropa más adecuada. Ahora Cisne tenía un aspecto casi tan deslumbrante como lo había tenido en Shalama, pero mucho más dócil. Mientras aguardaba el veredicto del Rojo, Driadan se iba reafirmando en su estrategia. El thane aceptaría el regalo. Estaba seguro de que Ulior Skol era la clase de persona que adoraba tener siervos. Le había bastado el primer vistazo en aquella enorme sala, en la que los perros roían los huesos en los rincones, para saber que Ulior era un tirano en potencia. Había visto
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cómo aferraba los brazos del trono. Se preguntó si los Starling estaban arañando con sus garras los brazos del trono de Nirala, igual que Ulior Skol había usurpado el de Kelgard, que sólo era una aldea de algunos cientos de habitantes. —Así que propones que coloque un espía junto al thane. ¿En qué te basas para sospechar de él? Es una acusación gravísima, y si por una corazonada absurda de un muchacho que ni siquiera conoce esta tierra y nuestras tradiciones coloco a un espía entre sus siervos y es descubierto, te advierto que como mínimo tendremos una guerra. —Por todos los dioses, Ioren—dijo Driadan, cerrando los ojos y respirando para no perder los nervios. Sabía que esto iba a pasar, ¿no?. El Rojo no se caracterizaba precisamente por aceptar lo primero que le entregaran sin analizarlo a fondo. Y además era un cabezota—. Yo estuve en la Sala del Pegaso—explicó, volviendo a su idioma natal. Cisne y Arévano fruncieron el ceño—. Mi padre mató a todos los prisioneros salvo a ti. Driadan miró de reojo a sus compañeros y volvió a utilizar el idioma del Sur, el que usaban para entenderse entre todos. — El traidor no habría sido tan estúpido como para delatar a su propio pueblo sin pactar un escape o algo por el estilo. Tiene que ser alguno de los que sobrevivieron, es decir… —Ulior Skol no estaba en Nirala entonces—replicó Ioren. —No, él no—replicó Driadan inmediatamente—. Pero había otros que sí regresaron, ¿no es verdad? Quizá alguno de ellos le servía, o estaban aliados. —¿En qué te basas para creer eso? —En nada—respondió el príncipe, en un súbito ataque de honestidad, y alzando un poco la voz con cierto apasionamiento—, pero tengo ojos para ver que el nuevo thane haría cualquier cosa para mantenerse donde está. Y aún si no tuviera nada que ver con las traiciones del pasado, Ioren, ¿no sería posible que aquellos que hundieron el cuchillo entonces, al verte de nuevo aquí, sano, libre y aspirando a obtener lo que por derecho te pertenece, quisieran buscar una alianza en él? Piénsalo con frialdad. Si mantenemos vigilado a Ulior Skol descubriremos más que con tus preguntas francas y tu manera directa de enfocar los problemas, Ioren—insistió, sin darle tiempo a hablar, alzando la barbilla—. La traición

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no es una actitud directa. Es algo retorcido, astuto y cruel. No la desenmascararás a golpes. Confía en mí. Driadan se detuvo para tomar aliento. Había dicho las últimas frases sin apenas detenerse a respirar, y ahora estaba asintiendo, ansioso, lamiéndose los labios. No sabía por qué era tan vital para él que Ioren diera su visto bueno, pero lo era. Cisne estaba de acuerdo. Estaba preparado, aguardando. Lo haría bien, lo harían bien, los dos. Sabía que estaba en lo cierto. Ioren no era capaz de ver esas cosas en su propia gente, aunque hubiera sabido oler la traición de Starling en su reino. Era imparcial con los demás, con lo ajeno, pero era incapaz de serlo con los suyos; ni siquiera con Ulior Skol, que tenía todas las papeletas para ser revelado como la mano misteriosa que había urdido la caída del Rojo. No, Ioren era demasiado pasional. Demasiado leal y demasiado franco, tenía una culpa muy pesada sobre sus hombros, culpa para con su pueblo, que le impedía ver sus imperfecciones. No iba a poder luchar esta batalla solo, y Driadan tenía la dura labor de convencerle para que les permitiera ayudar. O quizá no tan dura. Algo de todo lo que había razonado, argumentado y expuesto, había pulsado en la cuerda adecuada, porque Ioren se había quedado inmóvil, mirándole con un brillo conocido, suave y cálido al fondo de la mirada. Con un destello, ese resplandor se convirtió en angustia y nostalgia, y después desapareció tras la mirada dura. Ioren apartó la vista, cruzándose de brazos. Luego chasqueó la lengua. —Maldita sea… es una locura. ¿Está de acuerdo él?—dijo, señalando a Cisne con el pulgar—. Curioso. ¿Respondes por él? Driadan frunció el ceño y se sorprendió asintiendo. —Sí, respondo. —Curioso—repitió Ioren. Luego murmuró algo ininteligible entre dientes y señaló a Arévano—. ¿Y cual es tu papel en todo esto? El joven recuperó la sonrisa y se encogió de hombros. —Intenté disuadirles, y como no pude, me acabaron convenciendo. ¿No acaba de sucederte a ti? —Venid conmigo, los tres—dijo Ioren, con un gruñido resignado—. Seguiremos el plan de Nirala y veremos si da algún resultado.
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Driadan asintió, disimulando su excitación, y echó a andar dos pasos por detrás del Rojo. Cisne caminaba a su lado, Arévano cerraba la comitiva. El joven sureño le apretó los dedos cuando sus manos se rozaron y le dedicó una mirada de gratitud. El príncipe inclinó la cabeza, magnánimo. Amala volvería a ser lo que era, lo que deseaba ser. Y además, podría ser útil a la causa del Rojo. Todo estaba bien, todo iría bien.

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Capítulo XXXVI: El Regalo

comitiva, intercambiando un par de palabras rudas con el Rojo. —No habléis si no hablo yo—iba explicando Ioren. Una vez que cruzaron la empalizada, comenzaron a avanzar por la aldea hacia la gran casa de la asamblea. El edificio se alzaba al fondo del asentamiento, elevándose por encima de otros tejados, con las planchas de madera oscura y las vigas talladas como si fueran olas. En esta ocasión, las ventanas no se abrían ni se cerraban al paso del Rojo y su séquito, y los aldeanos ocasionales que se cruzaban con ellos no les dedicaban más que un vistazo—. No alcéis la mirada hacia el thane y no toquéis nada. Manteneos detrás mía. Y no hagáis nada por vuestra cuenta. Nirala, y tú, no te pongas desafiante. Driadan reprimió una sonrisa, pero asintió. Ioren les regañaba antes de tiempo como si los tres, incluso Arévano, fueran niños descuidados. Pero mejor así. El hombre del mar empujó las puertas de la casona cuando hubieron salvado los escalones de fresno y entró en los cálidos pasillos. Atravesaron el corredor forrado de madera, con labrados de nudos, armas en las paredes y el oso disecado en el rincón. Finalmente, llegaron al salón del thane, mojados, con las suelas sucias de barro y las mejillas arreboladas por el viento frío del exterior y el calor de las antorchas y blandones en el interior. Driadan bajó la mirada inmediatamente y siguió a Ioren. Veía oscilar el bajo de su pesada capa blanca, de pelo mullido. Se preguntó de qué animal era. Al mirar de reojo al Cisne, vio que también miraba al suelo y que parecía tranquilo, casi aliviado. Imaginó que le agradaba la nueva situación y su posición en ella. Era algo incomprensible para él. ¿Cómo podía Amala anhelar tanto el servir a alguien por obligación? Recordó sus palabras. Había hecho eso desde niño, ¿no? La fuerza de la costumbre, tal vez. Pero aun así, para Driadan era inconcebible. No había nada de bueno en ser un esclavo, lo sabía bien, ni aunque las cadenas fueran de oro y la jaula de cristal tallado. Sus pensamientos al respecto de la esclavitud y la libertad habían variado mucho en los últimos tiempos.

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os guardias de la puerta franquearon el paso a la pequeña

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La voz de Ulior Skol le sacó de sus pensamientos, y se detuvo cuando Ioren lo hizo. —Saludos a ti, Ioren Rojo, y bienvenido de nuevo a mi casa. Esperaba verte antes. Driadan entrecerró los ojos. Se percibía reproche en esa última afirmación. —Gracias, y honores a ti, Ulior Skol— replicó Ioren, correcto y severo—. He venido a rendirte homenaje en el día del thane. El hombre rubio se levantó de la silla y se dirigió a una de las mesas dispuestas a un lado de la sala grande. Driadan observó que había bancos y mesas que no habían estado allí en la anterior ocasión en la que visitaron a Ulior Skol. Los perros seguían en el mismo rincón, royendo huesos y gruñéndose entre si. El bajo de la capa de Ulior Skol arrastraba por el suelo cuando regresó. —Brinda conmigo, amigo—dijo el thane, tendiéndole al Rojo un cuerno rebosante de cerveza y levantando el suyo—. Salud y bendiciones para ti, que tu posición y fama se mantengan y crezcan por largos días, Ioren Rojo. —Salud y bendiciones para ti, Ulior Skol. El Rojo alzó el cuerno y bebió un trago moderado. El thane, sin embargo, apuró casi la mitad del suyo y después se quedó mirándole. Se hizo un incómodo silencio del que ninguno de los dos parecía apercibirse, contemplándose, ceñudo el pelirrojo y pensativo el rubio. —Y eso es todo, supongo—dijo el jefe, soltando una risa seca después. A continuación volvió a la silla y se dejó caer, alzando la barbilla—. Bien. Aun así, aprecio que hayas venido a felicitarme por mis dos años de gobierno, dadas las circunstancias. Driadan cambió el peso de pie, intentando no llamar demasiado la atención. Hasta el momento, Ulior Skol estaba ignorando por completo a los tres compañeros de Ioren. En su fuero interno, el príncipe esperaba que siguiera siendo así. No le gustaba la actitud de aquel hombre. Su serena amabilidad, casi paternal, ocultaba una alimaña agazapada. Cómo lo sabía Driadan, o si ese matiz era producto de la inseguridad de Ulior Skol o de alguna intención maliciosa que intentaba disimular, eso no podía decirlo. Le pareció que Ioren, a pesar de todo, no era ajeno a ello. Si bien ya había estado tenso y enfadado antes de llegar ante la presencia del thane, ahora el príncipe casi podía ver sus tendones crispándose bajo la mullida capa, los
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músculos anudados de rabia. «Un encuentro maravilloso», se dijo, empezando a albergar dudas sobre su estrategia. Maldición, pero era una estrategia perfecta. Perfecta, que sólo requería una mínima diplomacia y buen hacer por parte de Ioren. Y no, parecía que no podía contar con ello. Se preguntó si el jefe de Kelgard aceptaría el regalo de quien le desafiaba hasta en los formalismos de un brindis. Sin embargo, los signos de tensión del Rojo no eran igual de visibles para todos. Driadan le conocía bien, pero tal vez Ulior no se percatara de las inminentes ganas de golpearle contra la mesa que estaban creciendo en el Rojo. —Nuestro pueblo está satisfecho con tu labor—dijo Ioren—. Han sido dos años difíciles y has conseguido mantener a los hombres unidos y las bocas alimentadas. Has hecho un buen trabajo. Skol volvió a escupir una risa seca. —Parece que estás despidiéndote de un jefe que se retira. —Estoy felicitando a uno que celebra el día del thane. —Eso no es una felicitación. Es una evaluación. Un juicio—replicó Ulior Skol, con más sequedad—. A veces me recuerdas a mi padre. Ioren se quedó callado. El encuentro estaba resultando más tenso de lo que Driadan había creído posible. Pensó, instintivamente, que si aquellos dos hombres salían a la nieve y se daban una paliza, podrían solventar rencillas y sentarse a conversar como viejos amigos. Pero sospechaba que no estaba bien visto del todo entre su gente, y además, Ulior tenía el aspecto de ser de los que arrojan arena a los ojos de otros y esconden un puñal en la bota. —Esto es ridículo—escuchó musitar a Ioren, que meneó la cabeza y apuró el cuerno, arrojándolo al suelo. Luego alzó la voz—. ¿Tienes que convertirlo todo en una ofensa? Estoy aquí. Te he honrado, he brindado por tu salud. ¿Crees que no estoy esforzándome lo suficiente, thane? ¿Qué es lo que quieres? —Qué es lo que quiero—repitió Ulior Skol, removiéndose en la silla. Los ojos verdes destellaron, y Driadan no pudo evitar alzar la mirada un momento. «La alimaña», pensó. Asomaba. Casi podía olerla—. Te has vestido de blanco, maldita sea, Ioren. Parece que vas a tu nombramiento. Ni siquiera eres capaz de guardar las apariencias, es increi…
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Ulior se interrumpió cuando Ioren se arrancó la capa blanca sin mediar palabra, se acercó a la silla a zancadas y la arrojó sobre sus rodillas. —Es tuya. El thane quedó en silencio unos segundos, mirando la prenda. Luego meneó la cabeza y pareció relajarse súbitamente. Su voz se dulcificó. —Vamos, hermano—le dijo—. Bebamos de nuevo y hagámoslo bien. He estado esperándote durante días. Contaba contigo a mi lado para hacer esto juntos, pero tu no has venido. ¿Qué podía pensar? Me has ofendido, sí, lo admito. Cuando el Rojo se dio la vuelta para volver a su lugar, los ojos azules centelleaban y tenía la mandíbula apretada. Se inclinó para recoger el cuerno y volvió a las mesas donde los toneles de cerveza e hidromiel se apilaban. —Es un día señalado, y no quiero dejar ninguna ofensa sin pagar—dijo después, levantando la bebida espumosa. A pesar del significado de sus palabras, Ioren hablaba en un tono orgulloso y tajante, como si no admitiera derecho a réplica. Esa actitud no ayudaba demasiado a sus propósitos, en opinión de Driadan—. Que tu posición y fama se mantengan y crezcan por largos días, Ulior Skol. Ioren apuró el cuerno y chasqueó la lengua después, añadiendo: —Te he traído un presente. El Rojo movió los dedos y señaló hacia Driadan y Amala, con un gesto tan desdeñoso que el príncipe no hubiera podido hacerlo mejor. El thane miró adonde señalaba y esbozó una sonrisa amplia. Habló, antes de que Cisne diera un paso adelante, antes de que el Rojo le llevara ante el thane. —Eso me agrada, amigo mío. Me encantará tener como esclavo a uno de esos sucios Nirala que tanta humillación han causado a nuestro pueblo. Es el mejor presente que podría recibir. Driadan dio un respingo. A pesar de las advertencias de Ioren, de sus órdenes explícitas, fue superior a sus fuerzas. Alzó el rostro. Miró al jefe de Kelgard, con un nudo repentino en la garganta y el deseo imposible de arrojarse sobre él y apuñalarle hasta la muerte. Le hormiguearon los dedos,

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y cuando los ojos verdes le devolvieron la mirada, vio en ella el reflejo de su propio veneno mezclado con la complacencia cruel de un reptil. —Ni lo sueñes. Había formado las palabras con sus labios, pero no fue su voz la que las pronunció. Fue otra, vibrante, grave y con una amenaza muy profunda, contenida. Ulior Skol arrugó el entrecejo y sus ojos se encontraron con los de Ioren. Durante un instante, se midieron fuerzas en aquella sala. El nuevo thane intentó averiguar hasta dónde podría tensar las cuerdas de su predecesor sin romperlas, mientras el antiguo calculaba en cuánto pesaría la ofensa Ulior, y Driadan valoraba cuánto tardaría en matar a aquel bastardo clavándole el cuerno de cerveza en el ojo hasta llegar a los sesos. Y de repente, en un momento, el aire se tiñó de olor a sal y Ioren Rojo se elevó por encima del bien y del mal, terminó de beber tranquilamente y puso las cosas en su sitio con una facilidad pasmosa y solamente empleando las palabras. —Este es Cisne, copero de las cortes más lujosas de Shalama, el imperio del Sur—dijo, acercándose y poniendo la mano en el hombro de Amala, que hizo una profunda reverencia y se adelantó unos pasos—. Lo he traído para ti como muestra de buena voluntad. Un regalo siempre es bien recibido, símbolo de amistad para quien lo entrega y para quien lo recibe. Pero desear del amigo lo que es suyo, lo que no está dispuesto a dar, es codicia y es envidia, y es una ofensa más pesada que no completar un brindis. Driadan dejó escapar el aire de los pulmones lentamente, volviendo a agachar la cabeza. Había apretado los dedos hasta tener los nudillos blancos, tenía un nudo en la boca del estómago y seco el paladar. —Entiendo—respondió Ulior Skol—. El Nirala es tu trofeo. Tus palabras son sabias, amigo mío. Me alegra ver cómo la tradición y el conocimiento de nuestros padres han penetrado tan profundamente en ti. Más vale tarde que nunca. Ioren esbozó una media sonrisa, amarga como hiel, y apartó la mano del hombro del Cisne, dejándole junto a la silla del thane. Driadan dirigió una mirada a Amala. El joven estaba tranquilo, de pie, con la cabeza suavemente inclinada hacia el suelo y los cabellos bien peinados derramándose sobre sus hombros en bucles apretados. Cisne le sonrió con

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disimulo. «Todo irá bien», parecía decir. En el brillo esquivo de sus ojos avellana había diversión. Dejó de fijarse en lo que ocurría a su alrededor. Un recuerdo se abrió paso en su memoria, ocupando toda su atención, mientras los pasos de Ioren el Rojo resonaban sobre la tarima de madera y la pesada mano caía sobre su hombro. Los dedos se cerraron en la capa, cálidos y vibrantes, llenos de energía. Driadan se dio la vuelta y caminó de regreso, junto a Arévano, empujado suavemente por el Rojo, con el contacto permanente de su mano en el hombro, con la cercana presencia de Ioren como una sombra que le cubría, sus dedos en la capa, sus pasos resonantes. Su mano en el hombro. Sus dedos en la capa. Sus dedos.  Había sido tan injusto... fue tan injusto con él… pero había estado la noche anterior en el almacén de sedas, había encontrado a Ioren después de días sin verle, y la angustia, el miedo y las ganas de desaparecer eran más fuertes que nunca. Cisne le había llevado abajo, entre las botellas y los frascos de cristales de colores. La bodega era oscura, húmeda y olía a hierbas y a uva, a licores y especias. Por los tragaluces superiores se colaban haces de resplandor blanco, que arrancaban destellos a los recipientes estilizados, de cuellos altos y vidrio azul, verde, rojo, rosado. Los tapones tallados se iluminaban como joyas mágicas, el polvo que flotaba en el aire se pintaba de luz blanca. Cisne se está frotando las manos con agua de jazmín y frota también las de Driadan, que permanece inmóvil, ausente, mirando a la nada mientras trata de retener los fugaces recuerdos de la noche anterior cuando su piel los evoca. —Así no se te escurrirán las copas—dice Cisne, con voz suave—. Si dejas caer alguna, te pueden azotar. —No me importa que me azoten—responde Driadan, apartando los dedos y dándole la espalda al joven de piel tostada. Cisne le pone la mano en el hombro. Driadan la golpea—. No me toques. Cisne suspira. Los dedos desaparecen.

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—Escucha, sé que esto no te gusta—dice el muchacho. No se rinde, y en ese momento, a Driadan le resulta demasiado molesto—. Sólo quiero ayudarte, pero no lo pones fácil, ¿sabes? —No necesito tu ayuda—replica el príncipe, alejándose unos pasos hacia las botellas alineadas en la estantería—Sé servir un vaso, y no voy a bailar. No me importa si me azotan. El Cisne camina hasta ponerse a su lado y le sonríe. Insistente. —De acuerdo. Yo bailaré por los dos. Insistente y pesado. Pero al final siempre termina irritándose, enfadado con su rechazo, y entonces el terreno es el apropiado para Driadan, donde reina la rabia, el odio y las heridas rezumantes. Eso lo puede soportar, la ayuda, la amistad, la preocupación, eso no. —Ah, muy bien, gracias, mi salvador. —Lo escupe, burlón. Y añade: — Eres asqueroso. Cisne se encoge de hombros. El cuello de la túnica se le abre y deja al descubierto parte de un hombro por un momento, hasta que coloca la tela en su lugar. Su piel parece caramelo diluido, canela tostada. Tiene un color hermoso, aspecto suave y un aroma apetecible, tal y como debe ser en personas como él. Asquerosas personas como él. Que están contentas con un yugo al cuello, haciendo toda clase de cosas impensables con sus señores y con los invitados de sus señores. —Quizá te lo parezca, pero te equivocas en muchas cosas. — Cisne vuelve a sonreír. Sus dedos se mueven en la penumbra, jugueteando con el polvo que flota. Su voz es un susurro de madera y lino. Los ojos oscuros se fijan en los de Driadan, que le mantiene la mirada. —Lo que yo soy tiene muchas caras. Conociendo los deseos de aquellos a quienes servimos, Nirala, podemos llegar a tener poder sobre ellos, conquistar su atención, sus miradas, sus manos y su oído… entrar en sus sueños, en sus mentes, en sus anhelos, y tejer despacio en sus tapices nuestra parte de la historia. Driadan arquea una ceja y luego suelta una risa seca, casi una tos. Sólo quiere desaparecer. —¿Eso es lo que te dices por las noches para olvidar que eres menos que una puta y que no vales nada para nadie? Como excusa es bastante pobre. Pero si a ti te sirve, buena suerte.

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Los ojos del joven sureño brillan, primero con la confusión de un golpe no esperado y después con rabia. Y eso alegra a Driadan, le provoca un goce enfermizo. —¿Por qué me desprecias tanto?—le espeta el chico de canela, en un susurro ahogado—. ¿Qué te he hecho yo, Nirala? Sólo intento ayudarte. Te he mostrado como se sirve la mesa, cómo se atiende a huéspedes y señores, sólo quiero… Entonces le empuja. —Déjame. ¿Crees que me importa lo que quieres? No eres nada. Que tengamos que estar en la misma habitación no significa que tengamos que ser amigos. 

Sí… y empezó a decirle aquellas cosas horribles. El recuerdo se volvió amargo y cruel, y el príncipe escapó de él hasta las hierbas que le arañaban la capa, de nuevo la mano pesada en su hombro y la llovizna clara. Acababan de cruzar la empalizada, caminando a buen paso, y Driadan miró atrás. «Ojalá tenga razón», pensó, con una corriente de simpatía atravesándole la espalda. «Ojalá sea verdad, y conociendo los deseos de Ulior Skol llegues a tener poder sobre él para tejer en su tapiz, Amala.» Se sorprendió angustiado, preocupado. Había sido tan injusto con él… Hicieron el resto del camino en silencio. Al llegar a la granja, la pesada mano se apartó del hombro de Driadan y el Rojo abrió la puerta, sacudiéndose la lluvia de la capa. Arévano miró de soslayo al príncipe y se estiró con fingida despreocupación. —Muy bien, pues… voy a ver cómo está todo. Beonar me prometió conseguirme unas piedras de pulir. Les dedicó una sonrisa sincera y desapareció por el corredor, en dirección a la sala común de la que emanaba el sonido de las voces, confusas y heterogéneas. La tripulación se volvía más ruidosa conforme la confianza entre ellos se estrechaba más.
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Cuando el joven de ojos azules hubo desaparecido por el recodo del pasillo, Driadan se volvió hacia Ioren y abrió la boca para decir algo, pero el Rojo alzó la mano y le miró con dureza. —Dame un respiro—la petición sonaba a orden—. Ya hablaremos luego. Driadan arqueó la ceja y meneó la cabeza, incrédulo, viendo como Ioren el Rojo, hecho un amasijo de furia contenida, cruzaba el corredor a zancadas para desaparecer tras una puerta de madera que casi saltó de los goznes al cerrarse de un golpe.

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Capítulo XXXVII: Sol Rojo

Las piedras de sus paredes, las vigas de sus techos y las láminas de madera que recubrían cada habitación y el suelo de tarima habían visto mucho, habían escuchado mucho. Sin embargo, nunca antes se habían reunido bajo el tejado de pizarra tantas almas extranjeras, tantas voces melódicas, acentos tan dispares. La variada tripulación se encontraba sentada en la larga mesa, de nuevo reunidos para la comida. Las conversaciones se entrecruzaban en idiomas diversos: el suave acento de Shalama, cantarín y dulce, el rápido y silábico de los hijos de Oriente y las entonaciones más toscas de los habitantes de los imperios inferiores. En el castillo de Nirala, una de las aficiones de Driadan consistía en bajar al aviario que su padre había instalado en el ala este para admirar los pájaros traídos de todas partes del mundo. Sus trinos llenaban el aire, resonaban como un concierto explosivo en las mañanas soleadas, cada uno distinto al otro, en una sinfonía extraña y hermosa. Mirando alrededor, golpeando con la cuchara su escudilla de barro, el príncipe imaginó a cada uno de sus compañeros con pico y plumas. «Arévano sería un faisán, y Jhandi un pavo real… Kiram y Sulori papagayos. Y Fernos un halcón….» Intentó, de este modo, distraerse del nudo que aún tenía en el estómago. Tras haber dejado a Cisne atrás y la tensa entrevista con Ulior Skol, parecía tener una pinza en la garganta y otra en las tripas. Perfidia, con el cabello recogido y la mirada baja, estaba sirviendo la comida en los platos. Aquel día había cocinado ella, y el menú consistía en unas grandes piezas de pescado asado con hierbas aromáticas y hortalizas hervidas. Su ración cayó en el cuenco con un chapoteo y el aroma delicioso le estalló en la nariz. No se creía capaz de comer nada, pero aquel lomo rosado y jugoso olía demasiado bien como para resistirse, así que al menos lo intentaría. Cuando Luarah terminó de distribuir el almuerzo, Fernos empuñó el cubierto y se estaba llevando a la boca el primer bocado cuando una mano le agarró por la muñeca y le detuvo.

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a granja de Kraakha era un edificio antiguo, de más de cien años.

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—Esperamos a Ioren — ordenó la voz de Qilem. Era el mayor de todos, un hombre alto y silencioso, expresión dura y cabello blanco. Debía tener cerca de sesenta años, pero su energía parecía inagotable. Nunca se había rezagado en una marcha, no se arredraba a la hora de manejar velas, palos y maromas en el barco y Driadan le había visto tumbar a Beonar en un combate amistoso. Cuando el Rojo no estaba, Qilem era la autoridad. Y nadie se oponía a eso, pero Kiram y Sulori se sonrieron y miraron al anciano. —Seguramente no viene —No, tiene mejor tarea. Va a comer juso, sí. Qilem frunció el ceño. —¿Qué demonios es eso? Hablad en sureño, por todos los diablos. —Juso—insistió Sulori. Luego, ambos hicieron un gesto con los dedos , separando el índice y el corazón y colocándolos sobre la boca, sacando la lengua entre ellos y agitándola. Se despertaron las carcajadas de algunos de los congregados. Qilem resopló y se encogió de hombros, hundiendo la cuchara en el estofado. —Los hay con suerte—replicó Fernos, masticando al fin y dando un trago de cerveza. Perfidia pasó por su lado, y él la siguió con la mirada, palmeándole el trasero con la mano libre—. aunque yo no me quejo por lo que me toca. Si este juso sigue por aquí, imagino que nuestro Rojo está dándole su merecido a la señora de la casa. —Pagando la deuda de hospitalidad—dijo Kiram. Se escucharon algunas risas más, y cuando a Driadan ya le quedaban pocas excusas para no entender lo que estaban queriendo decir sus compañeros, la voz de Arévano le rescató de seguir escuchando algo que no sabía si podía soportar. —Dejaos de jusos y de deudas. ¿Habéis visto el amanecer de hoy? Hemos tenido el sol rojo.

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Rápidamente, la conversación viró hacia el extraño fenómeno atmosférico que habían presenciado en la mañana, y el príncipe dejó caer la cuchara dentro de su plato con un suspiro de alivio. Maldita sea. ¿Qué tonterías estaban diciendo esos dos orientales? Hacía apenas dos horas, Ioren le había pedido un respiro y se había marchado a su cuarto, al cuarto que en realidad compartían cada noche. Driadan no había sentido demasiada angustia al respecto, aunque sí un ligero enfado. Se había limpiado la molestia y la comezón a base de agua fría en la alberca y, después, entrenando con la espada. Pronto, el estado de ánimo del Rojo había pasado a un segundo plano mientras el príncipe golpeaba los sacos de avena con el arma de entrenamiento y meditaba acerca de Amala y su comportamiento para con él en el pasado. De todos modos, no había hecho nada tan terrible como para enojar a Ioren hasta el punto de que… ¿De qué? ¿De que no viniera a comer para acostarse con Kraakha? Debió hacer algún gesto extraño, porque Jhandi le puso la mano en el hombro con disimulo y le llenó el vaso de hidromiel. —Bebe un poco. Te estás poniendo blanco—le dijo, a media voz. Driadan agarró el vaso de cerámica y se tragó todo el contenido de un golpe. «Comiendo otra cosa. Si, ya. A saber. Estos orientales sacan conclusiones estúpidas. Seguro que les han visto hablando y han pensado lo que no era.» Se obligó a engullir un trozo de pescado y a apartar la mente de las idioteces de sus compañeros, pero algo estaba hirviendo y quemando en su interior, como una lengua de fuego, reduciendo a cenizas sus neuronas y ahogándole en una incertidumbre espesa y angustiosa. —¿Dónde está Cisne?—le preguntó Jhandi. El joven de la trenza oscura parecía estar pendiente de él, y Driadan no pudo menos que agradecérselo. Cogió la jarra de hidromiel y volvió a llenarse el vaso. —Hemos estado en Kelgard, con el jefe tribal. Cisne se ha quedado con él, a ver qué puede averiguar. El moreno asintió, pensativo. Aunque no hablaban demasiado de ello, y menos abiertamente, todos los tripulantes estaban al tanto de la situación del Rojo en Kelgard, de sus aspiraciones y de lo que le había sido arrebatado. Driadan sabía que aquellos hombres, aun sin inmiscuirse
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demasiado en asuntos que no les competían y que además trataban de leyes y tradiciones de una tierra que les era desconocida, apoyarían a Ioren en todo lugar y momento. —No pensaba que Cisne quisiera cooperar con Ioren—afirmó Jhandi, mientras masticaba despacio—. Siempre parecía asustado y temeroso en su presencia. ¿Es cosa tuya? Driadan se encogió de hombros. —Podría decirse que sí. Jhandi sonrió. —Eres un buen muchacho. Y muy inteligente. Qilem siempre lo dice. El príncipe se sorprendió con aquella afirmación, y dirigió una mirada disimulada al anciano canoso. Era un hombre silencioso y observador. Driadan no recordaba haber cruzado una palabra con él, pero sospechaba que el anciano no necesitaba hablar con alguien para sacarle la talla y medida. Sus ojos eran cuchillos que podían traspasar la piel y el alma. «Casi como los de Ioren», se dijo. —Si eso fuera verdad … —Driadan hizo una pausa para apurar el nuevo vaso de hidromiel y volverlo a llenar. — Si eso fuera verdad no me sentiría como un idiota tan a menudo, ¿no te parece? Jhandi volvió a reír con suavidad, dando otro bocado al salmón. —Creo que eso no significa nada, Nirala. Driadan se encogió de hombros y se bebió el tercer vaso. El alcohol le cosquilleaba en las venas, empezaba a sentir calor y el nudo en el estómago se había convertido en una pequeña bolita de fuego encendido que subía y bajaba. Retiró su taburete y comprobó que no había bebido demasiado: la sala no oscilaba a su alrededor y el suelo era sólido. Sin prestar atención a Jhandi ni a la mirada extrañada de Arévano, salió dignamente por la puerta. Sólo dejó que su rostro se descompusiera en una máscara de rabia cuando hubo apoyado la espalda en el muro, lejos de la vista de los demás. Ioren y Kraakha. ¡Ioren y Kraakha! ¿Era tan imposible?

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Seguramente no. Él se negaba a marcharse de la granja, a pesar de que su presencia en ella podría volver a dar de qué hablar en Kelgard. Y ese tipo, Dunstrag, que al parecer era amigo de confianza del Rojo, le había aconsejado que se fuera cuanto antes. Pero Ioren siempre se ponía a la defensiva cuando se trataba de aquella mujer, lo había visto antes. «Y la quería. Claro que la quería. No sé por qué hizo lo que hizo, pero cuando le pregunté… sí, estoy seguro de que la quiso. Maldito.» De pronto, todo se volvió verosímil. Por supuesto. Driadan había ofendido a Ioren de alguna manera, o se había cansado, o… algo había ocurrido. Tal vez por el modo en que habían reaccionado en la sala del thane cuando Ulior Skol insinuó que Driadan era su estúpido regalo. Ahora le estaba castigando. O simplemente, buscando una coartada. «No, no protejo a mi amante el chico Nirala, si mi amante es Kraakha, la lectora de runas. Está prohibida, pero al menos es una mujer», tal vez estaba pensando en algo como eso. —Dioses…— gimió, apoyando la cabeza en la pared. El hidromiel estaba empezando a gritar sus efectos, quemándole la garganta y produciéndole un leve mareo. Los celos llevaban provocando los mismos síntomas desde hacía varios minutos, así que no se quejó. Celos. Celos. Incertidumbre. ¿Qué demonios estaba pasando? «Me estoy convirtiendo en un tonto. Cada día más tonto. Ioren, desgraciado. Ibas a hacerme un hombre y me estás haciendo un idiota por culpa de todo esto.» Respiró hondo y echó a andar con determinación, a lo largo del corredor serpenteante que se dibujaba y desdibujaba delante suyo. Para colmo, los fogonazos de aquella horrible alucinación empezaron a golpearle. Cuando llegó a la puerta de la habitación de Ioren, le zumbaban los oídos y se sentía como si estuvieran quemándole vivo en una pira. Llevó la mano al picaporte y lo giró, empujando con todo su peso y casi cayendo al interior de la alcoba. Había esperado encontrar a alguien. Que estuviera vacía le consoló al principio, pero de inmediato surgió una nueva sospecha. Salió precipitadamente y siguió el corredor hasta la puerta de la estancia de Kraakha. Aun no había alcanzado el batiente de madera cuando ya llegaban a sus oídos los sonidos inconfundibles de la pasión compartida. Gemidos, suspiros apagados. Sintió una violenta punzada de odio y se le crisparon los dedos. Se abalanzó sobre el tirador, dispuesto a irrumpir y arrancarles el corazón con sus propias manos.

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Pero no llegó a alcanzarlo. Un brazo se enroscó en su cuello desde atrás y le arrastró tres pasos hacia la pared contigua. El olor del mar se enredó en torno a Driadan y la voz conocida le espetó, con tono severo: —¿Pero qué demonios haces?

 El día había sido rojo por la mañana y ahora se mostraba extrañamente claro. En Thalie todo era nublado y gris; era así, así era siempre. Pero aquel amanecer rojo parecía haber quebrado los velos, rompiendo los hechizos que mantenían preso el brillo y los colores del Norte, que ahora se mostraban diferentes, más intensos, como si hubieran revivido tras un letargo pesado para resplandecer al mediodía como joyas pulidas. La playa era blanca y brillante, plata lavada. Y el mar, de un azul intenso y profundo, reflejaba el cielo claro y el resplandor dorado del sol, de las nubes ambarinas que se habían pintado con los mismos tonos del bronce y el oro viejo. En las rocas del acantilado se descubría el gris perla y el verde musgo, las vetas de azul grisáceo, oscurecido, que surcaban los recovecos. Y el cabello de Ioren, bajo el sol poderoso, mostraba los reflejos del rubio, el castaño claro, las canas esporádicas, todos los matices de sus colores, que cubrían una amplia gama desde el rojo sangre hasta el platino y el castaño rojizo. Driadan estaba hipnotizado con aquella visión, que le resultaba gloriosa, mientras se mojaba las mejillas con el agua del océano, arrodillado en la orilla. Ioren estaba de pie, a su lado, con los brazos cruzados. Y no hacía falta que dijera nada. Tenía la pregunta y el reproche pintados en la mirada, Driadan los veía bien. —Sólo han sido tres vasos…—comenzó, con la necesidad de justificarse. —Me da igual cuántos—replicó Ioren, tajante—. ¿Te paseas borracho por los corredores para espiar a los amantes de la Lectora de Runas, o fue la casualidad la que te llevó a su puerta? Driadan se llenó los pulmones y se puso de pie, pasándose los dedos por el cabello. Intentó reunir paciencia. La respuesta correcta era «te estaba buscando a ti», pero su lengua estaba tan beligerante como su sangre.

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—Para ser una mujer prohibida parece que no sabe decir que no—escupió, con todo su veneno—. Yo también tengo algunas preguntas para ti, perro, si es que eres capaz de quedarte a escuchar y hablar como los seres civilizados, en lugar de huir como un gusano igual que hiciste esta mañana. Esta vez fue Ioren quien apartó la mirada y respiró hondo, en busca de paciencia. Le habían relampagueado los ojos y tuvo que tensar la mandíbula pero aparentemente, tuvo más éxito que Driadan, a quien le temblaban los puños apretados. Su cuerpo era una máquina imperfecta y débil, que solía mostrarse demasiado desprotegida ante las reacciones emocionales. Cuando se enfurecía, era incapaz de ocultarlo. Tampoco la ansiedad, la frustración. Su cuerpo lo expresaba todo. —Escúchate. Mira lo que dices, ¿Y te extraña que tenga que pedirte un respiro de vez en cuando?—dijo Ioren al fin, soltando una patada de frustración a una ola que llegaba. Los ojos azules destellaron—. No das tregua, Driadan. No es el mejor momento para mí, ni tampoco el mejor día. —¡Ni el mío, pero yo te necesito y tú lo que haces es huir! Cerró la boca. Había alzado la voz, y no quería alzar la voz. «Driadan, cuenta. Cuenta hasta diez», se dijo. Maldición, había creído que estaba en brazos de la mujer de las runas, y de pronto el universo entero se había convertido en una vorágine de fuego. Así no podía mantener la atención en lo que era menester. No podía razonar. No podía hacer nada bien. —¿Qué te pasa?—dijo Ioren al fin. Le estaba mirando, serio y con el brillo del enfado relegado a un segundo plano en su mirada. La preocupación había tomado el fuerte. Driadan se estremeció. Otra vez se sentía estúpido. Debía estar batiendo su propia marca al respecto en aquel día. Y sin embargo, no fue capaz de encontrar las palabras. Un dolor cortante, como el filo de una navaja, se deslizó por su interior y le hizo doblarse un poco hacia delante. Todo se le vino encima, como una bolsa de piedras rasgándose por la costura y dejando caer toda su carga. El dolor agridulce, más amargo que dulce, de todo lo que le estaba ocurriendo en aquellos días. La tensión de los celos, el miedo, la incertidumbre, aquella necesidad de él que estaba convirtiéndole en un necio a tiempo completo y de la que no sabía cómo anestesiarse, el hambre y la sed que no podía calmar jamás, que no tenían nada que ver con los momentos que compartían en la alcoba sino con algo mucho más hondo, más profundo. Un torbellino de emociones y de sentimientos que

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era incapaz de administrar, y mucho menos de expresar. Cerró los ojos cuando las lágrimas le quemaron las pupilas. —Demonios, Driadan— na mano poderosa aterrizó en su hombro, otra le levantó el rostro tomándole por la barbilla, obligándole a mirarle—. ¿Qué es lo que ocurre? —¿Qué es lo que he hecho hoy para que necesites un maldito respiro?—dijo al fin, sin abrir los ojos y casi rasgándose la garganta para escupir las palabras—. ¿Se puede saber qué te he hecho? —No has hecho nada malo. Es difícil de explicar, pero no es para tanto, demonios. Soy yo, es cosa mía, no tiene que ver contigo. No deberías tomártelo todo como algo personal. Ioren estaba blasfemando más de lo que acostumbraba y había ansiedad en su voz. El príncipe hizo un esfuerzo superior por contener las lágrimas y abrió los ojos, la mirada rabiosa y roja se estrelló contra la de Ioren, que solo era perplejidad y preocupación. —¿Que no es para tanto?—gruñó— . ¿Que no es personal? Desde que hemos ido a buscarte esta mañana no has dejado de mirarme como si quisieras sacarme las tripas, desgraciado, ¿Sabes como me siento si haces eso y además no quieres hablarme? No te importan mis sentimientos y yo me estoy muriendo de incertidumbre cada vez que tú actúas como un… —No es cierto—esta vez fue Ioren quien alzó la voz, sacudiendo al chico por los hombros—. No es cierto. Por todos los… ese es el maldito problema, que sí me importan tus sentimientos. Me hacen perder la razón, no soy capaz de entenderlos. Son como hechizos que no conozco. Me hacen olvidarme hasta de mí mismo, ¿cómo puedes pensar que no me importan?—continuó, precipitadamente, casi atropellando las palabras y con los ojos inflamados—. Me importan, me preocupan y me sacuden, son como… como astros que rigen mareas desconocidas de mi alma, sacan a la superficie toda clase de sensaciones que no comprendo en absoluto, que me superan y que me están volviendo loco. ¿Y dices que no me importan? ¡Maldita sea, dominan mi existencia! Driadan tragó saliva. Estaba temblando por dentro. Las palabras habían caído sobre él como agua helada, apaciguando el incendio que le consumía. Los dedos de Ioren le comprimían los hombros, clavándose en su carne. Le escuchaba respirar como un león, con los dientes apretados y la mirada hirviente fija en la suya.

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—Quiero explicártelos—murmuró, cerrando los dedos en la pechera del hombre del mar. La brisa se levantó y les agitó los cabellos—. Quise hacerlo, pero tú no me dejas. No quieres escuchar… no quieres… ¿Por qué te cierras así? Esta vez fue el Rojo el que cerró los párpados. —Cuanto más lejos lleguemos, peor será—dijo, sin que le temblara la voz, manteniéndose lo bastante entero como para parecer frío. No lo suficiente como para que Driadan no percibiera el cambio en el tono de su voz, ese susurro lento, la tensión en la mandíbula. Y el cambio de tema que siguió—. Hoy no ha sido un buen día. Ulior Skol está poniendo a prueba mi dignidad en muchos sentidos, y me cuesta mantenerme tras la línea. Habéis llegado de improviso y con planes urgentes que no me habías dicho antes. No me gustan las sorpresas. Y no me ha gustado lo que ha dicho Skol, la manera en que te miró. No estoy enfadado contigo, demonios. —Deja de blasfemar—dijo Driadan con suavidad. La brisa le llevaba el perfume del océano, y también el olor de Ioren, de sus cabellos, el perfume de su aliento cálido, que casi le rozaba la cara. Quería que le abrazase, pero él le sostenía por los hombros, tenso, como si precisamente quisiera evitar eso—. Y siento no habértelo contado antes, pero lo pensé anoche. Gracias por confiar en mí. Pero no evadas el tema. Cuanto más lejos lleguemos peor será. ¿Cuál es el punto? ¿Cuál es el límite a partir del que nos vamos a ahorrar algún dolor, Ioren? Ioren suspiró y bajó la cabeza. Luego levantó el rostro de nuevo y abrió los labios para decir algo, pero cambió de idea y simplemente negó con un gesto resignado. El hombre del mar alzó los dedos para tocarle los cabellos, tomó un mechón entre los dedos y lo enroscó, acariciándolo con el pulgar y mirándolo con el ceño fruncido, como si en aquel haz de cabello negro estuviera la respuesta a la pregunta. —No lo sé… la verdad es que no lo sé—admitió. Su voz apenas se elevaba del murmullo del mar. El príncipe esbozó una media sonrisa un poco amarga. —Hoy he sentido celos—confesó él, en el mismo tono íntimo, secreto. Las puntas de sus cabellos se tocaban, estaban tan cerca que, si el Rojo apartara las manos, con las que parecía estar marcando una frontera, Driadan caería sobre su pecho y el abrazo que anhelaba se haría real al instante—. Desde hace días yo… no soy el que era, no estoy… tú no me dejas decirlo, pero yo sé lo que siento en mi corazón.
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Ioren tomó aire con un resuello y quiso poner los dedos de la mano sobre sus labios, aún sosteniendo el mechón de cabello en la otra, pero Driadan se lo impidió, ladeando la cabeza —No, déjame hablar—continuó—. Para mí ya no hay punto de retorno, ¿entiendes? Sólo quiero saber si estoy haciendo el ridículo, o si puedo vivir esto como quiero hacerlo, plenamente, hasta que acabe. Con los dedos enredados en su pelo y la otra mano en sus mejillas, Ioren había levantado la barrera. Estaba inmóvil, respirando controladamente y había desviado la mirada. Los ojos azules se encontraban ahora fijos en el mar, preñados de una nostalgia vieja y ternura profunda, tan emotiva que el príncipe redujo su propia respiración a un hilo delicado. Dio un paso lento y hundió el pie izquierdo en la arena, que susurró bajo su peso. Con el pecho temblando y un gesto inseguro, rodeó la cintura de Ioren, que no se movió. Parecía esculpido en piedra. Pero sus labios se entreabrieron y el aliento se le rompió en un susurro. —Driadan… Ioren pronunció su nombre con voz ahogada, en un tono demasiado suave, evocador. Casi herido, como nunca antes lo había deletreado, saboreando cada sílaba y dotándola de significado. El príncipe se estremeció y le temblaron las manos cuando le golpeó, repentinamente, una certeza salvaje que brotó espontáneamente y cayó sobre él como un vendaval. Había pronunciado así su nombre, con esa cadencia que advierte que algo sigue, que hay algo más. Las palabras que no se dicen, las que hacen sentir vulnerable. Por eso lo supo. Porque Ioren las omitió. Al hacerlo, Driadan las adivinó. Ioren le amaba. El sol dorado, el mar cantando, la arena fina. El único día claro en un lugar donde todos los días eran grises. Ioren le amaba. Lo sabía. Lo supo en ese momento, si es que no había sido consciente antes. Si alguna vez lo había dudado, si en algún momento lo había ignorado, entonces lo supo. Nadie pronunciaba así el nombre de otra persona si no le amaba. Así había pronunciado su padre el nombre de su madre al contemplar sus retratos, exactamente igual, con un timbre algo diferente pero la misma modulación sentida y dolorosa.
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Tragó saliva, luchando contra una emoción que le estaba ahogando, estrechando el abrazo y embalsamándose con su aroma a salitre. No quería perderse nada. Cada detalle de su presencia le era un precioso tesoro que no podía permitirse desperdiciar. Cada mirada esquiva. Cada roce de sus dedos. Cada soplo de su aliento, cada latido de su sangre, la mínima brizna de su olor. —¿Aún me odias?—susurró. Con tanta levedad, que creyó imposible que él le escuchara. Levantó la vista hacia los ojos azules. El Rojo no había apartado la mirada del mar, pero lo hizo en ese instante. Encontrarse con ella, con lo que ahora le mostraba en plena ebullición, con aquella amalgama frenética de emociones contenidas, le despertó otro estremecimiento y un nudo en la garganta. Tragó con fuerza, sintiendo que las piernas no le sostendrían y que se iba a desmayar como un debilucho, dejando que la calidez emotiva de aquel momento robado al tiempo, a la vida que tan amarga se mostraba usualmente, le llenara por completo. La voz de Ioren se deslizó, áspera y quebrada, ronca y suave. —Ya no lo sé. Hay demasiadas cosas contigo. —Se inclinó hacia él con lentitud, los ojos fijos en los suyos. —Demasiadas cosas… Interrumpiéndose, el hombre del mar deslizó las manos sobre su cuerpo y le abrazó en un solo gesto tan natural como la respiración, manteniéndole junto a su calor durante un momento. Sin estrecharle, simplemente le sostuvo, manteniéndole en contacto con él en un gesto tan delicado que Driadan estuvo a punto de romperse por dentro, arrollado por una ola de ternura que le apretó el nudo con el que estaba ahorcándose. —Es posible que…— empezó a decir Ioren, e hizo una pausa. Su voz era un susurro de terciopelo vibrante y en su rostro había desaparecido la rudeza y la piedra, ahora sólo parecía Ioren, tal y como él le conocía, por mucho que el Rojo quisiera ocultarlo. Maduro y sabio, digno como un rey, atento y protector. Su mirada se encendió entonces, como una llamarada azul—. Sí, creo que yo también tengo mucho que decirte. Driadan asintió, con los ojos perdidos en los suyos, hipnotizado. No sabía qué esperaba escuchar, qué esperaba que ocurriese. Pero cuando una nube cubrió el resplandor del sol y el oro que reinaba en la costa se veló por un momento, Ioren se inclinó y unió sus labios con los suyos, besándole con un gesto arrebatado y súbito. Sus labios se prendieron con el calor de los suyos,
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el suelo se volvió inconsistente bajo sus pies y los brazos poderosos le sostuvieron, estrechándole. Aquel beso era un regalo. Eran las palabras que no iba a pronunciar. Por eso le arrancó las lágrimas de nuevo, por eso le hundió en un mareo angustioso, mezcla de felicidad, alivio y agonía. Ahogó un gemido y abrió los labios temblorosos, casi deseando que aquella dulzura se transformara en fiereza, que dejara de herirle con la calidez imprevisible de sus gestos, en los que le brindó lo que nunca le había permitido leer. La adoración en la caricia de su boca, la devoción en las yemas de los dedos que se escurrían por su pelo, la ferviente necesidad de tenerle en el modo en que le sujetaba cerca de sí. Le besó, le besó largamente mientras le explicaba todo cuanto Driadan necesitaba saber sobre sus sentimientos. La caricia de la lengua, delicada y medida, se enredó en la suya cuando cruzó el paso que Driadan le ofrecía. Buscó, dejó su huella, probó su saliva en un gesto intenso, le confesó los secretos de su alma en forma de roces y caricias, y después se retiró con lentitud, marcando el camino con dedicación para que no olvidara nada. Cuando Ioren separó los labios al fin, los dos respiraban con el aliento entrecortado y tembloroso, y Driadan tenía las mejillas húmedas. —¿Lo tienes claro ya?— preguntó Ioren, en un susurro de terciopelo—. No estás haciendo el ridículo. me importan tus sentimientos y… bien, eres bastante más valiente que yo, pero si tú sigues mi ejemplo, yo también puedo seguir el tuyo. El príncipe asintió con la cabeza, tambaleándose un momento. Le estaba escuchando, pero no estaba seguro de entenderlo. —Entonces… —Me tienes en tus manos— pronunció Ioren, despacio y claro—. Absolutamente, plenamente y sin reservas. Hasta que se acabe. Y es todo cuanto vas a sacar de mí. Pero eso ya lo sabes, maldito seas, qué empeño en oírmelo decir. No te resignas con nada, ¿no es verdad? Driadan esbozó una sonrisa mareada y extraña. Se sentía como si fuera a despertar de un sueño en cualquier momento. Luego se puso de puntillas y buscó sus labios. La respuesta le llegó de inmediato, el beso le anegó y la nube desapareció. El sol volvió a brillar, cubriendo de dorado la playa, el
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mar y la arena blanca, exprimiendo los colores de la costa durante un solo día, que había de terminar y no regresar nunca. Enlazó los besos uno con otro, buscando los significados, desmadejando los secretos y los misterios de Ioren el Rojo, colándose por cada puerta que entreabría para él, impregnándose de cada mirada y cada roce de sus manos. Bebió de él hasta no poder más, rindiéndose a su rendición y abandonándose a su abandono, grabando cada segundo compartido en su alma e imprimiendo un sello sagrado a cada beso. En la orilla, abrazando a Ioren el Rojo, aún con las mejillas húmedas de lágrimas y su sabor recorriéndole la sangre, habitando en su misma alma, se sintió más vivo de lo que nunca había estado. Plenamente correspondido. Terriblemente condenado.

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Capítulo XXXVIII: Ioren —

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i siquiera les había puesto nombre.

El susurro del Rojo se arrastró en la oscuridad como un secreto roto. Afuera, de nuevo estaba nevando. La noche había caído sobre Thalie casi repentinamente, tras un día de luces y colores especialmente brillantes que había elevado el ánimo de todos. Ahora, el frío volvía a morder los huesos y a hacer crujir la madera. Pero no hacía frío en la habitación. No debajo de las mantas y las pieles, con el fuego que bailaba en la chimenea y pintaba las paredes y los contornos de sus cuerpos con colores anaranjados, rojizos y ocres. Allí nunca hacía frío. El olor del mar se mezclaba con el perfume de los iris, en una amalgama dulce y salada, espesa, que flotaba en el ambiente y casi podía saborearse al respirar. Driadan estaba despierto, aún húmedo y brillante de sudor, con la expresión de un cachorro en la sobremesa y los músculos distendidos, agotados tras la explosiva pasión que habían compartido. Tenía la cabeza apoyada entre el hombro y el pecho de su amante y se había ladeado para mirarle cuando le escuchó hablar; el brazo sobre su torso, la pierna sobre sus piernas, la mirada fija en los rasgos angulosos y firmes del hombre del mar. —Quería a mis hijos. El príncipe se sintió despejado de inmediato. Con una extraña sensación de solemnidad, deslizó la yema de los dedos sobre el pecho de Ioren, dibujando los músculos en una caricia distraída y tranquila, escuchando. No era tan estúpido como para no darse cuenta de que le estaba abriendo una parte de su corazón que quizá ni siquiera se había abierto a sí mismo. Guardó silencio y le escuchó, con la mirada fija en él y sintiéndose emocionado y nervioso, igual que la primera vez que entró a la Sala del Pegaso. A Ioren no se le había quebrado la voz, aunque en ella había una profunda tristeza, lejana y resignada. La misma que veía en sus ojos. El Rojo no le miró, sino que siguió hablando en voz queda.

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—Siempre recuerdo al primero—continuó, dejando que un hondo suspiro le temblara entre los labios. Aunque no tenía la voz ahogada, cada palabra parecía costarle mucho esfuerzo—. Tenía el cabello rojo. Era mi primogénito. Y quería a ese niño, igual que quise a todos los demás. Eran sangre de mi sangre. Driadan tragó saliva. Él nunca había pensado en la paternidad. Siempre había sido el hijo, consciente de que algún día tendría que dar también él un heredero a Nirala, pero veía aquello como algo lejano e impreciso. «Sangre de mi sangre», pensó, intentando hacerse a la idea de lo que se sentía al coger entre las manos un bebé que era hijo de la semilla propia, que tuviera su mismo cabello y sus mismos ojos. —Tenía que tomar una decisión. Podía ser el padre de esos hijos y abandonar la silla. Convertirme en un paria, en un proscrito que había roto las normas. Habría venido aquí, a esta misma granja, y viviría con Kraakha y mi familia de niños sin futuro. »Podía, por otra parte, ser el padre de esos hijos sin abandonar la silla. Tomar otra esposa, tener otros hijos y dejar que se mataran entre ellos por la sucesión cuando crecieran. »Y podía hacer lo que hice. Negarme a asumir ninguna consecuencia e imponer mi voluntad y mi supremacía. A todo y a todos. Y lo hice, al más alto precio. Porque uno nunca olvida, príncipe. Me llevé a mi hijo en brazos para ponerle nombre, le besé las mejillas y lo arrojé al acantilado. Ese día, yo solo destruí mi propia alma. La rompí en pedazos y me los clavé en las venas para no olvidar. Aunque no podría haberlo hecho de ninguna manera. Driadan tragó saliva. Le escocía la garganta. ¿Cómo podía Ioren vivir con eso? Si no le diera importancia, podría entenderlo. Si no significara nada para él, era natural que hubiera seguido adelante con su vida como si tal cosa, pero no era así. Ioren permaneció en silencio un rato, mirando al techo. —A veces imagino cómo serían si estuvieran vivos. Supongo que podría escucharles reír. Enseñarles las cosas que te he enseñado a ti. —Volvió los ojos hacia él, ladeando la cabeza. —Que hay que saber ser un hombre. Cantarles canciones para dormir si lloraban, cuando algo no va bien. Templarles para ser fuertes. Para que nunca se hagan lo que me hice yo, ni lo que hice a otros.

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El príncipe tomó aire y asintió. Estaba conmovido y angustiado por el hombre del mar. Repentinamente, escurrió un brazo bajo su cuello y le estrechó hacia sí, hundiendo los dedos en la cabellera roja y tratando de abarcarle con los brazos. Las palabras surgieron entre sus labios, atropelladas y trémulas, bañadas por el incipiente llanto que intentaba contener. —Tendrás otros hijos, cuando vuelvas a ser rey—murmuró a duras penas, sorbiendo la nariz—. Serás buen padre con ellos. Les pondrás nombre y serán tus herederos, les escucharás reír y podrás enseñarles a ser hombres o mujeres. Podrás enseñarles a mantener la espada limpia aun cuando no está sucia, a mantenerse calmados hasta en la ira, a ser conscientes de cuanto les rodea. Y les cantarás canciones para dormir, y serás su luz cuando todo se venga abajo. Ioren se revolvió en su abrazo y le buscó con la mirada, secándole las lágrimas con los dedos rudos y ásperos. —¿Por qué lloras?—le preguntó, confuso—. No llores. Driadan meneó la cabeza. —Lloro por ti y por tus hijos—explicó, con voz estrangulada—. Son tus lágrimas, las que no has derramado… y también las mías, las que no puedo evitar. Quiero consolarte, pero no sé como hacerlo. Tú les querías, y yo te quiero a ti… pero no puedo consolarte. Le sorprendió la tristeza de Ioren, la digna claridad en sus ojos azules mientras le pasaba una mano callosa por el rostro. ¿Por qué le conmovía tanto? Era como si su actitud, esa regia tranquilidad que podía prender en virulento ardor entre las sábanas o en la batalla, le tocaran alguna parte de su alma que nunca había sabido que existiera hasta entonces. —No quiero consuelo, y no me lo merezco—dijo el Rojo finalmente—, pero de ti, lo acepto. No puedo rechazar nada que tú me des. Ni tu amor, ni tu compasión, ni tu odio, ni tu acero. El príncipe se estremeció violentamente. Clavó los dedos en sus brazos y se pegó a él. —Mi acero—susurró, angustiado—. No quiero pensar en eso. No quiero pensar en eso. Ni en eso ni en lo demás. Cada día que pasa me acerca más a un futuro terrible, que parece acecharme como un lobo hambriento. No quiero pensar.
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Ioren asintió y le empujó suavemente hacia el colchón, cerniéndose sobre él entre el murmullo de las mantas y las pieles. Sus labios, duros y calientes, le abrieron la boca y le besó, lamiéndole la lengua y mordiéndole al final. Driadan exhaló el aire de los pulmones en un estertor, como si hubiera estado conteniéndolo demasiado tiempo. Aliviado, respondió a su beso de manera impaciente, y cuando se separaron, los ojos azules brillaban con las ascuas reavivadas del deseo, que se habían abierto paso a codazos a través de la nostalgia y la pena. El príncipe tenía los dedos en los brazos del Rojo, y bajo las yemas de la izquierda, notó la cicatriz de su sello, el que había grabado a fuego en la piel de un esclavo, hacía siglos, o eso le parecía. Su voz rompió con el resuello ahogado de la desesperación, y sus dedos se cerraron en sus brazos hasta clavarle las uñas. —Volvería a hacerlo— dijo, y mientras hablaba, Ioren le atravesó con la mirada azul—. A pesar de todo, volvería a marcarte. Si volviera atrás, volvería a hacerlo, volvería a hacerte mío para ser tuyo. —Volvería a odiarte por ello—respondió el Rojo, tras largos segundos en los que solo le había mirado fijamente. No había condena en sus palabras, solo una fascinación desnuda y ardiente—. La primera vez que te vi, supe que eras mi perdición. Y aun así, he luchado todo lo que he podido. Volvió a estrellarse contra sus labios, imparable como la marea. Driadan enredó las piernas en su cintura y se bebió su aliento en el nuevo beso que le arrolló por dentro. Cuando se separaron Ioren siguió hablando, con las llamas de la hoguera brillando en sus ojos de fuego azul y los dientes apretados, acariciándole con las manos callosas y rasposas, mientras el príncipe respiraba agitadamente. —La sangre de mis hombres manchaba el suelo— pronunció, en una confesión atropellada, áspera—. Y tus ojos estaban ahí, gritándome. Y yo los rehuía, porque ya te conocía. Te había visto en las visiones de Kraakha. Y en ellas, tus ojos ardían y tú estabas en mis brazos. Driadan ahogó un gemido y le agarró del pelo. Ambos respiraban precipitadamente, en sus pupilas había llamas hipnóticas, rojo y azul. Parecían dos hechiceros subyugándose mutuamente, presa de un encantamiento reflejado que les había sumergido a cada uno en la mirada del otro, incapaces de liberarse.

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—¿Me viste en su magia?—balbuceó el príncipe, a duras penas. Las manos de Ioren no le dejaban concentrarse en nada, marcando y moldeando su cintura, su pecho—. ¿Nos viste así, como ahora? Ioren asintió con la cabeza, respirando entre los dientes apretados. Parecía que estuviera ahogándose, y Driadan sabía qué era lo que le asfixiaba. Lo veía en sus ojos, algo que quería abrirse paso desde muy hondo. Sabía que era peligroso, pero intentó tirar de ello, tragando saliva para anestesiarse contra el dolor que iba a despertar en ambos. —No sé si voy a soportarlo—susurró a duras penas—. Marcharme. No sé si… La mano de Ioren se cerró sobre su boca y los ojos azules relampaguearon. Le notó tensarse y rechinar los dientes, se le aceleró la respiración y al fondo de las sombras de la melena encrespada, su mirada se enturbió. —Lo soportarás—escupió Ioren, con una dureza tan herida que Driadan se arrepintió de haberlo mencionado y se echó a temblar—. Y yo también. Lo soportaremos. Los dos. Maldito seas, lo soportarás y yo te dejaré ir, muchacho. Así es como tiene que ser, y no puede ser de otro modo. Ni siquiera lo pienses. Tomó aire cuando Ioren apartó la mano de su boca. —¿Pero por qué?—insistió—. ¿No hay ningún modo? —Sabes que no. Driadan tragó saliva y asintió, mirándole a los ojos. Sabía que no, los había contemplado todos, los había buscado todos, y aunque algunas ideas parecían buenas al principio, terminaba por darse cuenta de que todo acabaría en desastre. ¿Qué iba a hacer? ¿Renunciar al trono de su padre para vivir como un siervo del thane de cara a los demás? Todo aquello que Ioren le estaba enseñando sería entonces en vano, y no podría ser Driadan… sólo sería una sombra que se alimentaba únicamente de amor, del mismo amor, hasta que se viciara y llegara el hastío, la culpa y la angustia. ¿Y si Ioren renunciaba también, qué iban a hacer los dos? Dos hombres. Quizá podrían convertirse en mercenarios, o abrirse camino en la vida de alguna manera, pero ¿Cómo iba él a perdonarse el haber arrancado de su trono a alguien como Ioren el Rojo? Aunque ese trono fuera una silla de madera, su amante era el hombre más admirable que nunca había conocido, con hijos muertos o sin ellos. Incluso a la altura de su padre, quizá hasta por encima. ¿Cómo iba él a apartar a un hombre así,
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a toda su posible estirpe, del lugar que le pertenecía por derecho y por mérito? Por muy fuertes que fueran sus sentimientos, no lo eran todo. «Pero lo serán durante el tiempo que me quede a su lado. Durante estos días, lo serán. Nunca los recuperaré, nunca volverán, estos días nunca volverán.» —Estos días nunca volverán—pronunció, con la voz trémula y un sollozo anudándose en su garganta. Ioren le rozó la nariz con la suya, sus dientes le acariciaron los labios y deslizó las manos bajo sus muslos. —No. Y no pienso derrocharlos. Driadan le abrazó y se contuvo para no gritar al sentir la brusca invasión en sus entrañas. Tragó saliva y se hundió entre las colchas, dejándose llevar, agarrado a su espalda con tanta fuerza que las uñas se le mancharon de sangre. —Mírame—resolló, cuando Ioren empezó a moverse más rápido y sintió acumularse la tensión en su vientre y entre las piernas—. Mírame. Los ojos azules cayeron sobre él. Nunca le había negado una mirada. Y mientras le miraba, Ioren el Rojo habló, en un susurro ahogado de terciopelo caliente. —Te quiero. Las palabras le rompieron el corazón. Le atravesaron como una lanza de fuego y le hicieron perder el ritmo de la respiración. Las lágrimas se escurrieron de nuevo por sus mejillas cuando se apretó contra él, estrechándole con brazos y piernas, rendido a sus impulsos desbocados, escondiendo el rostro en su cabello. —Dilo otra vez… —Te quiero. Lo había hecho. Con la respiración jadeante, en el susurro íntimo en el que se confiesan los amantes, se lo había dicho. Ioren le amaba, y ahora no sólo lo sabía Driadan. Él mismo también. Cerró los ojos y deseó morir, por todos los motivos que tenía para ello. Cuando volvió a abrirlos, ahogando los gemidos mientras Ioren se movía
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encima de él, entrando y saliendo de su cuerpo, abrazándole y cubriéndole de besos y caricias, sólo existía por y para él. Por eso no vio que la puerta estaba entreabierta, y que tras ella, una figura oscura les observaba con los ojos verdes y relucientes. La mirada ajena refulgió y luego se apagó, cerrando la puerta con suavidad y sin hacer ningún ruido.

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Capítulo XXXIX: El Barco

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la semana siguiente, comenzaron a construir el barco.

Al principio, a Driadan no le había parecido una buena idea. Todavía tenían que encontrar a la Mano de los Dioses, apenas habían tenido tiempo de conseguir información y además, empezaba en Thalie la estación de las tormentas. A Ioren el Rojo nada de eso le resultó un motivo de peso para no comenzar con el proyecto. Otros asuntos, más personales que prácticos, le instaban a acometer la labor: el barco que iban a construir estaba destinado a llevar al príncipe de regreso a Nirala. Para el Rojo, aquella era la manera de mantener los pies en la tierra y recordarle a Driadan que él debía hacer lo mismo. El joven se opuso dramáticamente al principio, pero no tardó en serenar sus ánimos y aceptar lo inevitable con más dignidad que ganas. La tripulación no quiso mantenerse al margen. Todos querían participar en la construcción de la nave, de manera que Ioren se vio obligado a efectuar un reparto de tareas para mantenerles ocupados. Cuando llegó el viernes, el último día de la semana en Thalie, Ioren estaba en la orilla, observando los avances y haciendo un recuento de listones. Habían cortado y traído árboles desde el bosque más cercano, largos troncos enteros sin trocear. Fue una verdadera aventura hacerlos descender por el acantilado, pero no era el primer barco que Ioren construía, y el procedimiento era el mismo en todos los casos. No había otro, las cosas se hacían según la tradición. Una vez se habían talado los árboles, estos se transportaban a rastras o sobre pequeños troncos redondos que hacían de rodillos hasta el acantilado, y se hacían descender por el camino. Abajo, se alineaban en la playa y se trabajaban allí. Se cortaban de manera longitudinal hasta conseguir largas tablas de una sola pieza. Se lijaban, se pulían y se embadurnaban con grasa para proteger la madera. —Espero que no haya prisa—dijo Jhandi, al pasar junto al Rojo—. Somos pocos. Seguramente llevará varios años terminar con esto. —Tardaremos tres meses—repuso Ioren, sin dejar de contar. Jhandi se echó a reír. Era imposible tomarse en serio semejante afirmación, pero Ioren no era dado a bromear. Aun así, al joven moreno siempre le
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hacía reír la decisión con la que Ioren afirmaba cosas imposibles, dejaran de serlo después o no. Los días se arrastraban, perezosos. Tuvieron que bregar con fuertes lluvias alguna que otra vez, pero no se detuvieron por eso. Driadan se llenó los dedos de astillas y se cortó varias veces, pero nadie le escuchó pronunciar ni una sola palabra de queja. Cuando Arévano o Sulori bromeaban o cantaban canciones obscenas mientras trabajaban, el joven Nirala reía como los demás, e incluso participó en alguna treta. Sin embargo, seguía manteniendo una cierta distancia con casi todos ellos, ahora más trágica que altiva. Una sombra de nostalgia amarga le cubría la mirada continuamente. —Cada día se parece más al Rojo—comentó en cierta ocasión Qilem. Jhandi volvió la mirada hacia Nirala con expresión de extrañeza, pero no logró hallar la similitud. Llegó el sábado. Mientras la tripulación pulía listones, un grupo de hombres comenzó a descender por el camino del acantilado. Eran jóvenes de Kelgard, hombres altos y de cabellos claros, aún sin trenzar. Ninguno tenía todavía suficiente barba como para tener que afeitarse a diario, salvo el que encabezaba el grupo. Los trabajadores se detuvieron, observándoles con cierta desconfianza desde la playa. Cuando llegaron abajo, los norteños se detuvieron a cierta distancia, esperando que les invitaran a acercarse. Todos iban envueltos en sus capas de piel y ninguno llevaba armas. Ioren fue a su encuentro, intercambiaron unas palabras y finalmente se unieron al grupo de trabajadores. El Rojo dejó que se presentaran. El muchacho que iba en cabeza dio un paso adelante y levantó la mano. Era un joven de unos dieciocho o veinte años, de cabello muy rubio y con dos trenzas en el pelo. —Os saludamos—dijo, en el idioma del norte—. Mi nombre es Gherran Gardan. Hemos venido a levantar el barco. Si dais permiso. Ioren tradujo y miró a sus hombres. Ellos le devolvieron una mirada perpleja, así que el Rojo tuvo que explicarlo. —Es tradición—dijo, al fin—que cuando un grupo está construyendo un barco, los jóvenes que aún no han tenido ocasión de participar en el

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levantamiento de uno, se ofrezcan para trabajar en él. De ese modo adquieren experiencia. Pero necesitan el permiso del grupo. —¿Y hay algo más?—preguntó Arévano. Ya estaba acostumbrado a que cada tradición tuviera sus bordes, sus picos y sus dobleces. Y como dándole la razón, Ioren asintió. —Sí. Si dais permiso para que colaboren, ellos tendrán derecho a participar en todas las travesías que emprenda el dueño del navío. Los hombres de Ioren asintieron, y finalmente dieron su visto bueno. Gherran Gardan estrechó la mano de todos, y quienes le acompañaban hicieron lo mismo. En total, eran doce jóvenes. Los trabajos continuaron a mucho mejor ritmo a lo largo del fin de semana. Los doce jóvenes del norte trabajaban bien y pese a las reservas naturales que imponían las barreras culturales y del idioma, no hace falta saber la misma lengua ni vestir de la misma forma para lijar un tablón. El lunes siguiente, los doce muchachos norteños ya cantaban las canciones picantes de Arévano y estaban aprendiendo a entenderse con los demás. Por la tarde, Vasel Dunstrag, uno de los hijos del viejo Ornel Dunstrag, se presentó en la playa con otros catorce hombres de su casa. El martes, Driadan apenas podía mover las manos. Las tenía llenas de ampollas, se le habían abierto grietas que sangraban y supuraban, y sus dedos estaban entumecidos y empezaban a ponerse de color violeta. Ioren intentó obligarle a dejar de trabajar y tomarse un descanso, pero Driadan protestó con toda su energía. Finalmente, se limitó a intentar curarle las heridas lo mejor que pudo y a jurarle que si no se ponía unos guantes le arrancaría la cabeza. Driadan usó guantes durante un par de horas. Después los mandó al infierno. Arévano le aplaudió. El jueves tuvieron varias visitas. Primero, tres hombres de Ulior Skol estuvieron acechándoles por la mañana desde lo alto del acantilado. Finalmente, se atrevieron a bajar e interrogaron a Ioren durante un rato. Tras explicarles varias veces que estaban levantando un navío, asegurarles que era él el propietario y permitirles que se pasearan entre los trabajadores, los tres hombres se marcharon. El Rojo estuvo el resto del día con un ánimo taciturno y severo, y por la tarde apareció Kraakha, envuelta en su chal. Se situó a su lado y se mantuvo en silencio por un rato. Al final, habló.

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—Tus hombres llevan dos semanas sin trabajar en mi tierra— murmuró, mirando al suelo. Ioren apretó los dientes. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y se había retirado a un lado mientras Vasel dirigía las operaciones. —Como ves, estamos levantando un barco— indicó con sequedad. Kraakha levantó el rostro y le miró de reojo con aire dolido. —No estoy ciega, señor. Pero necesito ayuda arriba. No es fácil alimentaros a todos, y menos aún si no tengo a nadie con quien contar. Ioren se mordió la lengua. Hubiera querido espetarle que no necesitaban otra cosa más que un techo bajo el que guarecerse, que no les alimentara y les dejara trabajar en paz. Pero era Kraakha, y no podía hablarle así. No tenía derecho. «Un poco tarde para pensar en sus derechos y los míos», se dijo. Se tomó unos segundos antes de asentir. —No te causaremos más problemas—respondió—. Sólo aguántanos dos días más, con suerte sólo uno. Nos iremos a Dunstrag. —No tenéis por qué iros a Dunstrag—repuso ella de inmediato, casi con precipitación—. No eres ningún mendigo, señor, no tienes necesidad de suplicarle favores y alojamiento a nadie. Mi casa es tuya por derecho, igual que todo lo que hay en ella. Sólo te pido un poco de ayuda por parte de tus hombres para poder alimentaros. Ioren suspiró, reflexionando. Con Kraakha todo era demasiado espinoso y complicado. Tenía razón, la granja era suya por derecho, en tanto en cuanto para ella, él era su hombre y esposo. No importaba que no hubiera ceremonia de por medio, ella siempre se había comportado así, desde la primera vez que la hizo suya. Por eso llevó a sus hombres allí. En un alarde de engreimiento, les llevó a “su casa”, y ahora se daba cuenta de que podía ser un error. Estaba alimentando la obsesión de la Lectora de Runas. Hubo un tiempo en que las cosas eran muy distintas. Kraakha era una mujer hermosa y fascinante, y Ioren la había amado. La había amado del único modo que había sido capaz: con el amor imperativo y egoísta, dominante y posesivo de los que están en la cumbre, toman lo que quieren y lo desafían todo. Y sabía que Kraakha le había amado también, con la pasión y la entrega admirada de quien ama a un astro resplandeciente. Ella había visto en él a un hombre valiente y capaz de todo, que se atrevía incluso a desafiar las prohibiciones más ancestrales, sin importarle la ira de
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los dioses. Y Kraakha, embriagada con esa exhibición de poder, había albergado la esperanza de que el desafío de Ioren a todo lo establecido llegara hasta el punto de tomarla oficialmente como esposa. No fue así. Él nunca había albergado esa intención, lo cual llevó a la mujer a la desesperación. Ahora, aunque Ioren no fuera ya el thane, ella seguía tratándole con la mezcla de odio, sumisión y esperanza que había mantenido desde que empezó a ocurrir lo de los niños. Ioren no entendía por qué ella seguía atrapada en esa tela de araña, pero su sumisión y lealtad, a pesar del odio, llegaban a conmoverle. Por el bien de todos, era mejor que se marcharan. —Mañana tendrás cuatro hombres arriba para ayudarte con todo. El sábado nos iremos a Dunstrag—decidió al fin. Kraakha le miró largamente y, al final, asintió. —¿Te estás construyendo un barco para marcharte otra vez? Ioren negó con la cabeza. —No, es para ellos. En ese momento, vio a Driadan subido a un tronco, desgajando la corteza con una hachuela. No llevaba puestos los guantes. Apretó los dientes y maldijo por lo bajo. «Se va a hacer daño. Criatura estúpida. Siempre tiene que hacer lo que él quiere», pensó, con una mezcla de preocupación y admiración. El viento le agitaba los cabellos oscuros al príncipe, que golpeaba el tronco con la seguridad de un hombre, no con la desgana de los niños. La lectora de runas siguió la dirección de su mirada y después le miró a él. —Te engañé. Ioren no hizo mucho caso al principio. Estaba pensando en las manos del joven príncipe, en que tendrían que embalsamarlas en ungüento y dejar que reposara durante varios días, y eso si no se le infectaban las heridas. Ese chico no tenía medida. Una cosa era fortalecerse, endurecerse y hacerse hombre, y otra destrozarse vivo. Luego frunció el ceño y miró a la Lectora inquisitivamente. Los ojos verdes le contemplaban con calma, casi con lástima.
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—¿A qué te refieres? —A tu destino. Las voces de los trabajadores se diluyeron como el sordo sonido de un viento lejano. Una lengua fría se deslizó por su espalda, se enroscó en su garganta. Ioren apretó los puños y se giró para mirarla de frente. Kraakha no se intimidó por su actitud ni su mirada, se mantuvo quieta y esbozó una sonrisa triste. —Puedes matarme si quieres. Ya no me importa. Todo está hecho. —Explícate. —Al menos me reuniré con mis niños—prosiguió ella, haciendo caso omiso—. Te engañé, todas las visiones de tu destino sólo eran mis propios deseos, dibujándose en mi mente, volcados sobre la tuya. La sangre empezó a arremolinarse en las venas del Rojo como una marea bullente, espumeante, alzándose desde las profundidades con una furia aún sorda. —Eso no es posible. No podías saber lo de la estrella, ni conocer a Nirala. —Conozco a Starling y a Driadan, hijo de Dromath. Y también te conozco a ti. Si no hubieras creído que tu destino era morir a manos del príncipe de Nirala, nada te hubiera impedido acabar con él. No lo habrías traído aquí. —¿De qué estás hablando? No lo entiendo. Kraakha exhaló una risa ahogada. Ioren volvió el rostro hacia las rocas al escuchar los cuernos. Un grupo de norteños armados se apostó tras las rocas de los acantilados. El thane de Kelgard en persona descendía por el camino tortuoso hacia la playa, mientras el sol se escurría por el ocaso como una lágrima roja. Ioren atravesó a Kraakha con la mirada. —Gracias a mi, Ulior Skol obtendrá una valiosa alianza donde tú y tu estirpe sólo disteis guerra y muerte—murmuró, con un destello angustiado en la mirada—. Entregar la cabeza de Driadan de Nirala a los Starling nos garantizará prosperidad cuando sean ellos quienes se sienten en el Trono del Pegaso. —No podías saberlo… —consiguió articular Ioren.
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Cerró los ojos. Todo daba vueltas. No, el que no sabía nada era él. Kraakha era Lectora de Runas, conocía los destinos y el futuro… y lo que había hecho era apartarle deliberadamente del suyo, manipularlo, para vengarse por todo el daño que le había causado. Se lo merecía, sí. Se lo tenía merecido. Todo lo que le había sucedido era su castigo por haber escupido sobre los dioses. Abrió los párpados y se volvió hacia Ulior Skol, quien ya había llegado a la playa con sus hombres y desmontaba ágilmente. «Todo se desmorona.» La tripulación se agrupó alrededor de los listones de madera. Dos soldados empujaron a Cisne hacia delante. Uno de ellos llevaba una cuerda entre las manos. El chico sureño tenía los ropajes rasgados y la espalda marcada a base de latigazos. La sangre aún se escurría sobre su piel morena. Levantó el rostro hinchado y balbuceó un gemido. Buscaba a alguien con la mirada, pero tenía los dos ojos hinchados a causa de los golpes y no podía abrirlos. —Lamentamos mucho toda esta serie de malentendidos, y perdona nuestra irrupción en tus trabajos, Ioren el Rojo—dijo educadamente el thane—. De veras que siento lo que voy a decirte, pues estoy seguro de que has sido engañado por estos extranjeros. El muchacho que me diste como servidumbre ha resultado ser un espía. Hemos conseguido hacerle hablar y ha confesado la identidad de ese chico de los ojos rojos. El thane miró a Ioren con gesto entre comprensivo y apenado. Él le mantuvo la mirada, con la mandíbula y los puños tan rígidos que tenía los nudillos blancos, pero su semblante se mantenía impertérrito. Driadan había dado un paso adelante para intentar alcanzar al Cisne, pero Arévano y Jhandi le habían sujetado e intentaban empujarle hacia atrás. —Supongo que tu también estás terriblemente ofendido por esta afrenta, hermano—comentó el thane con toda tranquilidad. Ioren asintió. —Muy ofendido—respondió con el mismo sosiego. Su mirada azul era afilada y peligrosa. —Entonces, hagamos justicia—dijo el Señor de Kelgard, volviéndose hacia el barco. Hizo una seña a los hombres—. Ejecutad al espía y traed aquí al heredero de Nirala.
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Los hombres de Ulior Skol agarraron al cisne y lo arrastraron hacia el mar. Otros cinco se acercaban a la tripulación con pasos lentos. Estos habían cerrado filas alrededor de Driadan, que estaba aguardando con dos hachas en la mano y la barbilla bien alta. El Rojo le miró. Driadan le miró a él, y esa sí era la mirada de un príncipe. Por un instante, se sintió orgulloso. Ahora podría morir a sus manos sin deshonra... pero no era el momento de eso, sino de otra cosa. A veces, por mucho que uno se esfuerza en hacer planes, los momentos te atrapan; la marea sube y te encuentras en la cresta de una ola. Y cuando la ola se desata y te arroja sobre la orilla, entonces sólo puedes correr a su favor y actuar como el instinto ordena. Dos de los cinco hombres del thane se habían aproximado a Driadan y alargaban los brazos para cogerle. El joven arrugó el entrecejo y les miró con desdén. —Puedo ir solo, gracias. Los norteños dudaron. Driadan dio un paso al frente y miró a Ioren. Arrojó las hachas por el aire, con un movimiento fluido e inesperado en dirección al rojo, que levantó los brazos para atraparlas al vuelo. Y fue el príncipe de Nirala quien alzó la voz y, en el idioma de Thalie, gritó, alto y claro, las palabras que habrían de teñir de rojo la playa. —¡Fuego y Acero! Después, agarrando del cabello a uno de los hombres del thane, se sacó una daga de debajo de la túnica y le cortó el cuello sin una sola vacilación. Ioren sonrió al ver el relámpago de ira cruzar la mirada de Ulior Skol. Los gritos de batalla de los hombres se elevaron por encima del rumor del mar. El sol se escondió, y las armas tomaron la palabra.

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Capítulo XL: Fuego y Acero

lágrimas, el aire se escapaba a borbotones de su boca abierta y las burbujas le entorpecían la poca visión que le quedaba. Entre los cristales fracturados del oleaje, percibía una línea roja, incandescente, sobre la superficie del mar. Una mano férrea le sujetaba, impidiéndole salir. La línea del horizonte, como el filo de una espada al rojo, se derretía sobre la espuma, llamándole, gritándole. Se quebraba y giraba. Pese a su debilidad, seguía forcejeando inútilmente. Por algún motivo, ya no tenía ganas de volver a rendirse. Se había pasado toda su corta vida rendido, al fin y al cabo. Si no luchaba ahora, no lo haría nunca. Clavó los dedos en el lecho de arena y trató de impulsarse hacia arriba. Durante las últimas horas, el Cisne, Amala, había sido encerrado, interrogado, golpeado y torturado con toda la aplicada maestría de los bárbaros. Ahora le estaban ahogando. En su largo tiempo de esclavitud, Cisne había sufrido malos tratos, como todos los esclavos. Pero habían sido, en su caso, de un tipo muy diferente. Pronto había aprendido a comportarse del modo más conveniente para su salud, la de su alma y la de su cuerpo. Incluso se había acostumbrado a algunas cosas hasta considerarlas algo normal. Con Ulior Skol todo había salido mal desde el principio, y ahora iba a morir. Cisne había confiado en poder tentar lo suficiente a Skol como para tenerle controlado. Y lo había conseguido. En cinco días, el guerrero del Norte se había mostrado más que dispuesto a ocupar la posición en la que Cisne quería tenerle. Había estimulado su deseo con inocencia y misterio, había alimentado su vanidad con sumisión. Pero algo había sucedido. Alguien había descubierto sus intenciones, y Ulior Skol se había sentido traicionado. El encierro, los reproches, las palizas y todo lo demás solo habían sido consecuencias naturales de la rabia del thane. Él creía que esos hombres del mar eran gente de honor. Eso decían de sí mismos, eso le había dicho
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enía los ojos abiertos bajo el agua. La sal le quemaba las

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Driadan. Y sin embargo, Ulior Skol, en lugar de ejecutarle, se había dedicado a dispensarle una larga y escabrosa tortura hasta que le tuvo listo para sus fines. Apretó los dientes y trató de aguantar la respiración. Dejó de forcejear y probó a hacerse el muerto. Con un poco de suerte, funcionaría y le dejarían en paz de una maldita vez. Amala nunca había querido delatar a Ioren y a Driadan. No recordaba haberlo hecho. Podría jurarlo. Sin embargo, ¿quién le iba a creer? Nada bueno le esperaba a partir de ahora, querer sobrevivir era absurdo. Sin embargo… Si no luchaba ahora, no lo haría nunca. Su estrategia dio resultado. Paró de moverse y fingió un movimiento espasmódico con el pie antes de quedar completamente relajado y flotando. Entonces las manos férreas le soltaron y escuchó el agua moverse cerca de su oído. Los guerreros salían del mar para unirse a la batalla. Más allá de las olas, de vez en cuando, le llegaban los alaridos de los hombres, el entrechocar de los metales y el crujido de los huesos al partirse. Esperó unos instantes, con la mirada borrosa fija en la línea de sangre del ocaso. Luego alzó la cabeza y tomó aire con desesperación. El sol se había puesto. Y los hombres morían en la playa. Recordó el fin del verano, en el palacio del Sha, y por un momento, le llegó el eco de un pánico irracional. Se tomó unos segundos, arrodillado en la orilla, antes de ponerse en pie y buscar algo parecido a un arma. No estaba seguro de por qué lo hacía. Al fin y al cabo, quien no tiene nada tampoco tiene motivos para combatir. Pero algo estaba ardiendo entre sus costillas, bajo su pecho. Era una llama hecha de rabia, de determinación. Todas las derrotas y las rendiciones de su vida se habían anudado ahí dentro, se habían bañado en brea y ahora estaban quemándole. El orgullo, la dignidad, la libertad, la venganza, eran palabras cuyos significados conocía. Ya no eran sólo palabras. Eran fuegos incendiados que le hicieron sacar fuerzas de donde no tenía. Sus músculos estaban regándose con lava, temblaban de ira. Apretó los dientes y exhaló un grito primitivo. Si no luchaba ahora, no lo haría nunca. 
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«Aprende esto» Driadan resolló, tirando con fuerza del hacha para sacarla del cráneo del muerto. Con la otra mano, le arrebató la espada. Había esquivado todos los golpes de su enemigo. Le había derrotado con rapidez, buscando los puntos vitales. Le había mirado a los ojos mientras peleaban. Había gritado y no había dado ni un solo paso atrás. En definitiva, lo había hecho bien. Aunque ahora no era capaz de acordarse de ninguna de las lecciones, su cuerpo parecía haberlas memorizado por completo, pero en los entrenamientos nunca se había cansado tanto. Solo había combatido contra cuatro hombres y ya estaba agotado, respirando con dificultad y sintiendo cómo los tendones tiraban y los músculos cosquilleaban en plena combustión. Echó un vistazo alrededor en busca de otro rival. La playa se había convertido en un campo de batalla. Los hombres de Ulior Skol, muy superiores en número, estaban acorralando a los trabajadores del barco contra los largos listones de madera ya preparada. Había varios cadáveres sembrando la arena plateada, que iba tiñéndose poco a poco de carmesí. Sorteándolos, Driadan se dirigió corriendo hacia la zona de trabajo, donde había distinguido a Jhandi, Arévano y los demás. Mientras corría, un hombre del mar le salió al encuentro, gritando y con los ojos inyectados en sangre. En sus pupilas bailaba una luz roja y blandía una espada corta. —¡Brannth'og stohl! El aullido del hombre del mar le puso en guardia. Fuego y acero. Ese era su grito de batalla. Apretó los dientes y él también gritó, levantando las armas para atacar a la vez que su enemigo. Se sentía como un volcán al borde de la erupción, y toda aquella fuerza fluctuaba en su interior en forma de adrenalina acelerada y bullente. —¡Fuego y acero!—bramó en su idioma natal. Y su voz le resultó más real que nunca. Los metales restallaron. Vibraron, llenándole los oídos con su resonancia. Se midieron durante un instante, pero al final, la fuerza del hombre del mar le arrastró hacia atrás. Se revolvió y giró para alcanzarle con el hacha. Le golpeó de refilón en la sien, y perdió el equilibrio un instante.

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Vio el filo de la espada, como un dardo, cruzando el aire hacia él. Y luego un chorro de sangre y el grito de dolor del hombre de mar. Driadan se rehizo, irguiéndose a toda velocidad y decapitando al norteño que chillaba mientras se desangraba por el hombro. Alguien le había cercenado el brazo. Su cabeza cayó rodando y el cuerpo se desplomó. —Gracias—dijo Driadan al descubrir a su inesperado salvador. Cisne estaba respirando como si no hubiera aire suficiente en el mundo para llenar sus pulmones. Su pecho subía y bajaba y tenía el aliento silbante. Le miró con el ojo que aún podía abrir y asintió como única respuesta. No era capaz de hablar. La tensión se dibujaba en las líneas de su cuerpo y estaba manchado de sangre ajena. Tenía la mirada algo perdida y el semblante desencajado, como un animal furioso. Driadan le puso la mano en el brazo. —Amala, lucharemos juntos. ¿De acuerdo? El chico se le quedó mirando un instante, como si tratara de comprender. Driadan se abstrajo del caos que reinaba alrededor e intentó captar su atención al máximo. Sabía que Cisne podía romperse de nuevo, como sucedió en Shalama, la noche del fin del verano. Y esta vez, no se merecía sufrir tanto. Por eso, se concentró en transmitirle serenidad y claridad. —¿Me entiendes? Quédate conmigo y pelearemos juntos. Cisne asintió con la cabeza, pero Driadan insistió. —¿Si? ¿De acuerdo? —Sí. Sí, de acuerdo. Se sintió mas seguro al escuchar su voz, y comprobó que su rostro destrozado se humanizaba un poco más. Supo que se había calmado lo suficiente. —Vale. Vamos a reunirnos con los demás en las tablas. —Bien. Ve delante, yo te cubro. Los dos jóvenes echaron a correr al unísono, saltando los cuerpos caídos y vadeando los charcos de sangre espesa y los montones de vísceras. Driadan tenía los nudillos apretados y asía la espada y el hacha como si estuviera
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asiendo su propia vida. A su alrededor, la batalla no se detenía. Los hombres del Mar atacaban con un salvajismo desproporcionado. Driadan nunca había visto nada igual, porque nunca había visto luchar a ninguno de los de su raza, salvo a Ioren. Y si ver luchar a Ioren era como ver cazar a una bestia de los bosques o a uno de esos leones de melena roja que había visto en tapices y libros ilustrados, contemplar el combate de los norteños entre sí era como ver luchar a dos manadas de lobos. Los aceros silbaban. Los impactos eran terribles, la brutalidad de los enfrentamientos habría hecho llorar a más de un soldado adulto de los ejércitos regulares. Por un instante, Driadan se preguntó cómo habría sido la guerra que luchó su padre contra los hombres de Ioren el Rojo. Y todos los recuerdos giraron en su mente, volviendo a él con una vividez más intensa que nunca. «Maté al signo del lobo y del cuervo, al signo del zorro y del halcón, maté al signo del ciervo y de la luna, y también al signo del caballo.» Su mirada buscó al Rojo entre los mantos de pieles y las pecheras de cuero y metal. Cisne le empujó, apremiándole. Dijo algo. Una sensación de alarma instintiva se disparó en su interior y comenzaron a zumbarle los oídos. Entonces les vio. —¡Corre Driadan, por todo lo sagrado!—chilló Cisne, tirando de él. Pero el príncipe no podía moverse. Ulior Skol venía desde las aguas, con su espada en alto, cubierta por una lengua de fuego. La magia antigua, pagana, de los hombres del Mar respondía a su voz grave y retumbante. Ioren el Rojo estaba de espaldas y no podía verle. Su cabello flotaba en el aire frío y salobre de la costa cada vez que se movía: también era una llama. Los ojos azules estaban ardiendo, brillaban como ascuas a través de los jirones de cabello cobrizo. Tenía los dientes apretados y los músculos se distendían en sus hombros y su cuello cada vez que lanzaba una estocada o cercenaba a un enemigo. Había seis guerreros rodeándole y sangraba por el costado. Y Ulior Skol, como un verdugo taimado, se acercaba por su retaguardia con aquella hoja flamígera, dispuesto a segar su vida. «Aprende esto. Un niño se convierte en hombre cuando acata su primera orden, y un hombre se convierte en rey cuando toma su primera decisión. No importa que tengas trono o corona, o una silla, como en Thalie. Cada hombre es rey de su propia vida si es capaz de gobernarla.» Tomar una decisión.
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No le costó. Era tan claro como el latido de su propio corazón. Mientras corría con todas sus fuerzas, empuñando las armas, hacia Ulior Skol, Driadan de Nirala se sentía ligero como el viento. Ningún peso le hundía los hombros, ninguna niebla emborronaba su propia imagen. Nunca se había sentido tan enfocado, tan correcto. El grito rompió en su garganta y Ulior Skol se volvió hacia él, sorprendido y rabioso.

 Todo se desmoronaba. Sabía que estaba herido, le sangraba el costado. Mientras combatía con la rabia de cien naciones vengativas, Ioren el Rojo tenía la mente bullendo como una caldera, como una tormenta imparable que le zahería y le desesperaba, apretando la soga de la derrota en su cuello. Los hijos de Dunstrag estaban allí, luchando a su lado. También el último heredero de Gardan, el joven Gherran, que había perdido a su hermano en Nirala. Y los hombres de su tripulación. Y Driadan. Todos iban a morir a manos de Ulior Skol y su gente, y era absoluta y únicamente culpa suya. Kraakha le había engañado. Ella mintió sobre sus visiones, y fue por esas visiones que Ioren mantuvo al joven Driadan a su lado. Ahora nada tenía sentido. Solo la venganza, el castigo que estaba recibiendo, el que él bien sabía que merecía. Al menos, podría morir bajo una espada, y la de un hombre del Mar. Eso era suficiente honor para alguien como él. Quizá debería dejar de luchar con tanta rabia, pero estaba furioso. Por las traiciones, por las mentiras, por todo. Y además, no estaría bien no presentar una resistencia adecuada. Tenía que dar una buena lucha a quienes morían bajo sus manos, y tenía que dársela a quien, finalmente, consiguiera matarle. Que el día de mañana, ese guerrero pudiera decir con orgullo que mató a Ioren el Rojo y que fue un combate excepcional. Así era como debía ser. Pero sus hombres… ¿qué sería de ellos? Los hijos de Gardan y de Dunstrag serían considerados traidores. No entendía por qué no habían dudado en ponerse de su parte, pero así había sido. ¿Y Driadan? Le llevarían su cabeza a los Starling, o tal vez cobraran un rescate. Cada vez que pensaba en eso, volvía a gritar y luchaba con renovada furia.

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Y entonces escuchó el grito a su espalda. Se giró a medias y vio a Ulior Skol detrás, pero de espaldas a él, con la espada incendiada y presentando batalla a otro rival. Había llamado al fuego, y el fuego había acudido. Su enemigo era el príncipe de Nirala, que portaba un hacha y una espada corta y se defendía y atacaba como una serpiente, rápido y certero. «Por todos los dioses.» —¡Ioren! Tuvo que apartar la mirada para volver a su propio combate. Un filo le pasó rozando el hombro. Pateó las costillas de uno de sus adversarios, le arrancó medio rostro al otro de un golpe desesperado con una de sus armas. «Driadan, por todos los dioses, qué estás haciendo. No eres rival para Skol.» Tenía que desembarazarse rápidamente de los dos hombres que aún se le enfrentaban para plantar cara al thane. La voz de Driadan se elevaba entre los resuellos y jadeos, hablando en el idioma de las montañas. Le estaba hablando a él. Gritaba, espoleándole. —¡Ioren, tienes que hacerlo! ¡Tú eres el thane, no él! ¡Eres de la sangre de los que guían! ¡Los dioses no te han abandonado, es mentira! ¡Yo les he visto responder a tu llamada! Ioren apretó la mandíbula. Detuvo el impacto de un sable con un brazal, que se partió y cayó al suelo junto con un chorro de su propia sangre. Atravesó el corazón del guerrero y luego golpeó con el puño en el rostro al otro, hundiéndole la nariz y dejándole aturdido por un instante. —¡Es el momento adecuado! —Driadan de Nirala le arropaba con su voz impregnada de una fuerza que sólo le había conocido en los últimos meses. Le revelaba el camino, el único camino que podría poner fin a todo aquello. —¡Si matas un rey, eres rey! ¡Tú eres el thane y sigues vivo, los dioses te escuchan! ¡Hazlo, Ioren! ¡No pued…! «Pero lo que hice…» Segó la garganta de su último contrincante y se volvió, gruñendo, hacia Ulior Skol. Éste había derribado a Driadan, haciéndole interrumpir sus arengas. La hoja en llamas se alzaba. Las lenguas de fuego se reflejaban en los ojos rojos del joven príncipe.

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Y las dudas se disiparon. Ioren el Rojo alzó las manos, con las armas ensangrentadas en ellas, y levantó el rostro al cielo. —Lusk del Océano, escucha mi voz. —Sintió retumbar su propia voz en su pecho, sintió crujir el trueno en el cielo, despejado y sin nubes. —Señor de los Mares, atiende mi llamada. Ulior Skol detuvo el arma a medio camino y se dio la vuelta, dando un respingo. —No puedes hacer eso—balbuceó, mirando a la costa, alarmado, y luego a Ioren. Pero Ioren no le escuchaba. Su plegaria se alzó en el antiguo idioma del norte, y al tiempo que se elevaba su voz, los mares se retiraban de la orilla y una enorme ola espumosa se erguía en la lejanía, destellando con motas de luz plateada y brillante. Driadan se puso en pie, con los ojos desorbitados. Los combates cesaron aquí y allá. Las llamas en la espada de Ulior Skol se extinguieron, y también el fuego de sus pupilas, cuando el miedo cubrió su corazón con la sombra de la gran ola. Todos los hombres miraban hacia el Rojo, embelesados y sin aliento. Su asombro duró unos segundos. Después, alguien gritó «¡A cubierto!», y los guerreros de ambos bandos echaron a correr hacia el camino del acantilado. —No puedes hacer esto…—repitió Ulior Skol—. Los Dioses te han abandonado. Eres el portador de la desgracia. Ellos te dieron la espalda. Estás maldito. ¡Maldito! Con la espada desnuda, arremetió desesperadamente contra el Rojo. Apuntó hacia su pecho, dispuesto a terminar con aquella pesadilla. Antes de que pudiera alcanzar su objetivo, la espada de Driadan le atravesó la nuca y asomó por su garganta. La sangre le pintó los labios de rojo y tiñó su capa de pieles. Ulior Skol cayó de rodillas en la arena y murió en cuestión de segundos. El rugido de la ola se escuchaba ya muy cerca. El viento que la arrastraba hacía ondear con furia los cabellos de Ioren, que sentía esa paz abandonada y dulce, cercana al éxtasis, de quien se encuentra en el centro calmo y sereno de un torbellino. Driadan soltó la espada y se acercó a él, mirando por encima de su hombro hacia la colosal masa de agua y espuma que ya goteaba sobre ellos. Se abrazó con fuerza a la cintura de Ioren y alzó el rostro para mirarle, con semblante serio y sereno.
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—El mar helado limpia—dijo. Ioren suspiró. —Ya hablas como un rey sabio. Ahora, no te sueltes. —No me suelto. El Rojo bajó los brazos y sujetó con fuerza al príncipe de Nirala. La ola descendió, estrellándose contra la playa y golpeando los acantilados, extendiendo sus dedos verdes y la espuma descontrolada y rabiosa hasta las mismas crestas rocosas donde las aves hacían sus nidos. Una mano gélida y húmeda le empujó la espalda. Después, fue como si un brazo poderoso le sostuviera, frío, mojado y burbujeante, mientras la furia de los océanos se desataba para limpiar lo que estaba sucio. Se le llenó de agua la boca y los oídos, y perdió el conocimiento. Cuando el agua se retiró y los mares volvieron a estar en calma, la playa volvía a ser blanca. La sangre, los cadáveres y los listones de madera para el barco habían desaparecido. Ioren abrió los ojos, tendido sobre la arena. No le sorprendía estar vivo. Tampoco le sorprendió que Driadan siguiera entre sus brazos y que estuviera respirando, dormido, mojado y algo pálido, pero ileso. Al fin y al cabo, él era Ioren el Rojo, hijo de Heren, de la sangre de los Señores del Mar y la estirpe de los que guían. Era el thane de Kelgard y los dioses le habían bendecido.

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Capítulo XLI: Necesidad

Era tradición sacrificar seis bueyes cada vez que se nombraba un nuevo thane en cualquiera de los clanes de Thalie, y aunque Ioren no consideraba el suyo un nombramiento nuevo, no quiso contradecir las reglas de la tradición y prefirió curarse en salud. Durante tres días y tres noches hubo festejos y sacrificios, hubo regalos, regalos para agradecer otros regalos y regalos para compensar la diferencia entre regalos y quedar en paz. Durante tres días y tres noches hubo peticiones, presentaciones, unos y otros presentaron sus respetos. Hubo exigencias, reclamaciones, agradecimientos y bienvenidas. Con los cabellos trenzados retirados hacia la nuca, vestido de blanco y con el torque de acero y gemas de fuego al cuello, Ioren el Rojo escuchó a todos, respondió a todos, estrechó todas las manos, consideró todos los problemas que se le plantearon y no dejó ningún corazón insatisfecho. De ese modo y finalmente, la noche del tercer día, la Sala de la Asamblea de Kelgard, al fin, se quedó vacía. Sentado en la silla, Ioren aguardó en tensión unos minutos hasta que finalmente se convenció de que no iba a venir nadie más. Entonces se levantó, cerró las puertas y las atrancó por dentro. Regresó a la silla y se dejó caer en ella, derrumbado, con un suspiro de alivio. Los braseros ardían. Los perros estaban fuera, dando cuenta de los restos de carne de los banquetes, y la sala estaba iluminada por un resplandor rojizo, cálido e irregular, que se intensificaba o disminuía al compás del baile de las llamas. Ioren el Rojo recordó a su padre, se recordó a sí mismo y se comparó con el que era en estos momentos. Decidió que se gustaba más así. Entrecerró los ojos, reencontrándose consigo mismo tras las trepidantes setenta y dos horas que habían tenido lugar tras la batalla de la playa. Estaba agotado. Tenía sueño, pues no había dormido nada en tres días. Nadie había querido esperar: una vez la ola se retiró y el mar volvió a la calma, todos los guerreros que se habían levantado en armas contra él junto a Ulior Skol y habían sobrevivido, le reconocieron sin preámbulos como su nuevo señor. Nadie podía dudar. Había invocado la fiereza de las aguas,
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as hogueras ardían, y el aroma a carne quemada tiznaba el aire.

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había demostrado que era el thane y que estaba por encima de su sucesor y antecesor, y para los hombres del norte, aquello era incuestionable y no tenía sentido rebelarse contra lo natural. Así que, en cuanto las hostilidades terminaron y se reconoció extraoficialmente al nuevo señor, se dio sepultura a los caídos, quemándoles en la orilla como mandaban las viejas leyes, y se sanó a los heridos. Se dio muerte a los mutilados que pidieron acero. A pesar de todo, la marea fue complaciente con sus hijos y lamió los restos de sangre antigua y nueva, de modo que al terminar las honras fúnebres, la playa seguía siendo una lengua plateada y gris, limpia, pura, sin mácula. La primera medida de Ioren fue nombrar Consejero del thane a Ornel Dunstrag, y como segundos al mando a su hijo Vasel y a Gherran Gardan, el hermano de Hiram, quien había sido decapitado en la Sala del Pegaso. A partir de ahí, todo fue más fácil todavía. Los hombres de Kelgard conocían bien a aquellos tres guerreros, confiaban en ellos. La demostración del poder de Ioren y sus derechos para sentarse en la silla eran importantes, pero más todavía escoger como sus manos y dedos a aquellos a quienes el pueblo respetaba y obedecía y cuya autoridad reconocían de manera natural por su sabiduría, fuerza o dotes. La población de Kelgard se sintió muy tranquila con estos nombramientos, y la transición fue sencilla y hábil. El nombramiento oficial fue realizado por Aragha, el sacerdote de Lusk. Ioren le conocía de antaño, pero ahora tenía un aspecto aún más terrible. Más alto que ningún hombre, con una barba que le llegaba a los pies y más aspecto de pez que de persona, vivía entre las rocas y se alimentaba de crustáceos y pescado crudo. Tres hombres tuvieron que ir a buscarle para el nombramiento, y el viejo estuvo a la altura de sus mejores tiempos, rociándole agua marina sobre los cabellos y cortándole en la mano con el cuchillo de piedrasal para que entregara su sangre al Dios de las Mareas. Para Ioren, su primer nombramiento había sido un mero trámite al que no había prestado demasiada atención, pero esta vez, estuvo atento a cada detalle de la ceremonia y realmente hizo un acto de conciencia para someterse a los dioses a quienes había desafiado una vez. Estaba recordando lo que había sentido en ese momento, aquel suave estremecimiento en el alma, ese orgullo y la clara sensación de armonía que envuelve a un hombre de bien cuando se encuentra en el camino correcto. Tenía los ojos entrecerrados mientras pensaba en ello, pero era Ioren el Rojo, uno de los más grandes guerreros de Thalie. El movimiento detrás de las cortinas no le pasó desapercibido. —Sal de ahí — ordenó.
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No había levantado mucho la voz, pero su tono era imperativo. Las cortinas se arrugaron cuando una mano las descorrió, y los ojos grandes y almendrados de Cisne brillaron, oscuros, entre las luces rojizas de la habitación. Ioren estrechó los párpados con desconfianza y se irguió en la silla, inclinándose hacia delante. —¿Qué demonios estás haciendo tú aquí? El muchacho estaba vestido con una túnica holgada de color blanco sucio. El cabello rizado le había crecido mucho desde los tiempos en que fue comprado por el Sha Nuredil y le colgaba a la espalda en apretados tirabuzones; las palizas que había recibido no habían afectado demasiado a su belleza una vez se le deshincharon los ojos y las heridas se cerraron. Sólo su mirada era más amarga, con un brillo asustadizo que a Ioren le causaba cierta repulsa. —Nirala me ha dejado un mensaje para ti. Ioren apretó los dientes y frunció el ceño, con un estremecimiento contenido. Driadan. Había atisbado su mirada carmesí en varias ocasiones durante aquellos tres días. La había buscado, en realidad, de una manera incesante, mientras tomaba posesión de todas y cada una de sus responsabilidades. Asediado por su propia gente, era la única manera de mantener un vínculo con Driadan en esos momentos: encontrando sus ojos y cosiéndolos a los suyos, tratando de entreverle desesperadamente mientras su atención era secuestrada, obligada a dedicarse a otros asuntos. Una punzada de angustia le sorprendió en el corazón. —Dámelo. Cisne se echó las manos a la espalda. —Dijo que, dadas las nuevas circunstancias, no cree que seas libre de seguir instruyéndole. Pero que no está dispuesto a renunciar a su instrucción, y que si estás de acuerdo, él te buscará en los momentos en los que te encuentre libre de obligaciones para practicar. Quiere saber si quieres seguir adelante. Ioren escuchó y reprimió la sonrisa con maestría. Driadan era un demonio, había construido el mensaje de la manera más discreta posible pero de un modo lo bastante evidente como para que él lo comprendiera, y en su fuero interno le agradecía haber sido cuidadoso. Sin embargo le angustiaba que

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el príncipe le replantease las cosas. ¿Cómo podía preguntarse si quería seguir adelante? —¿Puedes responderle de mi parte? Cisne asintió. —Bien, entonces dile que por supuesto, que seguimos adelante. Cisne volvió a asentir y se quedó mirándole con una expresión que Ioren no supo descifrar. Después, se marchó por la salida más cercana, apartando la tranca del batiente de madera y cerrando a su espalda. Ioren, que quería estar solo, se disponía a levantarse para volver a asegurar la puerta por dentro, pero entonces otra cortina se movió y una figura esbelta, vestida de rojo, se deslizó por la habitación con el caminar flexible y elegante de los felinos. Lanzando miradas de reojo al thane de cuando en cuando, se acercó a la puerta por la que Cisne había desaparecido y levantó el listón de madera, colocándolo en los pasadores sin hacer estruendo. Ioren, que le seguía con la mirada, cerró los dedos sobre los brazos de la silla y suspiró con resignación. —¿Hay alguien más escondido detrás de las cortinas?—preguntó, casi para sí mismo. Driadan se dirigió a la más próxima y se asomó. Luego le miró y negó con la cabeza, los ojos rojos fijos en los suyos, ardiendo como ascuas. —No. Creo que yo era el último. —¿Qué hacías ahí? —Te sienta muy bien la silla—replicó Driadan, con una sonrisa sesgada. No llevaba capa ni botas. La larga túnica escarlata que vestía le llegaba a los tobillos. Ioren recordaba haberle visto con ella puesta durante los festejos. Supuso que se la habría dado alguien, porque el chico no tenía ninguna prenda como esa. Se ataba a la cintura con un cordón plateado y estaba bordada en el cuello y las mangas. La cabellera de Driadan, espesa y ondulada, negra como la pez, le caía sobre los hombros. A la luz de las llamas de los braseros y bajo los efectos del cansancio, a Ioren el muchacho se le asemejaba a una aparición, caminando por la gran sala de aquel modo que casi parecía que flotase, con sus gestos aristocráticos y contenidos, con

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sus ojos como rubíes furiosos que le miraban fijamente, que siempre volvían a él. —Gracias. Ahora la respuesta. Un parpadeo. Luego el semblante del joven se volvió serio. —Quería verte. Ioren aguantó el aire en los pulmones y después lo exhaló, pero se mantuvo donde estaba, con el mismo semblante impasible y aire distante. Ya no sabía de qué quería defenderse mostrándole esa falsa frialdad al joven. ¿Acaso no le había confesado ya que le amaba? ¿De qué más tenía que guardarse? ¿Ocultar el influjo que ejercía sobre él, el poder que tenía sobre sus acciones y reacciones, los sentimientos, emociones y sensaciones físicas que le provocaba? Su propia actitud le parecía absurda y ridícula. Dioses, si simplemente pudiera decirle que él también, que se moría por tenerle cerca, por poder hablarle, que le había añorado con angustia durante esos tres días… El fuego dibujaba los contornos del rostro de Driadan de Nirala, el niño que ya no era un niño, el príncipe que ya estaba preparado para ser un rey. Era el rostro de un hombre joven, atractivo, hermoso en su ambigüedad, pero forjado, firme y fuerte, poderoso. Sus ojos tenían dentro una llama, ya no era ese fuego descontrolado que todo lo consumía, que le había inclinado hacia el odio y la destrucción. Era una llama constante, avivadora, que le alimentaría cuando se sintiera desfallecer. —Kraakha me dijo que todo era mentira—soltó entonces Ioren, con voz plana. La sangre en sus venas se volvió amarga—. No estás destinado a poner fin a mi vida. Me engañó, no sé con qué objeto en realidad. Quizá solo para darme lo que merecía. Driadan asintió, escuchándole. Se había acercado y ahora solo estaba a unos pasos de la silla. —¿Eso cambia algo? El fuego arrancaba reflejos a su melena negra. Ioren se encontró mirándole como si quisiera recordarle para siempre. Como si temiera que algún día su imagen se desvaneciera de su memoria, atesorando cada detalle. Negó con la cabeza. —No. No cambia nada.
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«Ahora soy el thane y es mi derecho hacer prisioneros. De hecho, él es un enemigo de mi pueblo. Lo mejor para todos sería que se quedara aquí, como prisionero de guerra. Sólo sería una farsa, claro. No me costará convencerle. Estará de acuerdo.» Driadan frunció el ceño y se cruzó de brazos. La llamarada de sus ojos arrancó al thane de aquella reflexión, e inmediatamente, se sintió culpable y alarmado. ¿Cómo podía estar pensando eso? —No, eso no cambia nada… pero todo ha cambiado, ¿no es verdad?—dijo el príncipe en voz baja, observándole desde la distancia que les separaba. No era mucha ni poca, pero a Ioren le parecía demasiada. — Ya no soy todo lo que tienes. —Es cierto, ya no—respondió el hombre del mar, en el mismo tono—. Ahora tengo muchas cosas. Y de todas ellas, tú eres lo único que verdaderamente me importa perder. Se inclinó hacia delante, extendiendo la mano. Era al mismo tiempo una invitación y una exigencia, un reclamo y una orden. Confiaba en que Driadan sabría entenderlo adecuadamente... y lo hizo. La túnica carmesí revoloteó entre los pies descalzos del príncipe cuando salvó la distancia en unos pasos precipitados. Los dedos de Ioren se hundieron en sus cabellos negros, el aroma a iris y azucenas envolvió sus sentidos y le abrumó sin compasión. Un nudo de emoción se le ató en la garganta y tuvo que empujar el aire hacia sus pulmones con fuerza. —Ioren… El aliento dulce del joven le acarició los labios. «Es mi derecho hacer prisioneros. Y si no quiere quedarse, ¿acaso es lo bastante fuerte para oponerse a mi? No, todavía no lo es.» Gruñó, intentando apartar aquellos pensamientos terribles de su mente. Crispó los dedos en los cabellos del príncipe, le abrazó con fuerza, presa de una extraña ansiedad. —No digas nada—susurró, tapándole los labios, mirando alrededor, como si las sombras de las llamas fueran a saltar desde las paredes para llevárselo lejos, para arrancárselo de las manos—. No digas nada. No hables. Driadan forcejeó, removiéndose hasta encararle. Estaba sentado a horcajadas sobre su regazo, con las rodillas apretadas contra sus caderas, sujetándole el rostro entre los dedos. Tenía los dientes apretados y al final chasqueó la lengua.
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—Vete al infierno, Ioren—espetó—. Hablaré si me da la gana. Puede que seas el thane de Kelgard, pero aunque fueras el dios de los cielos y el señor de las estrellas, tu corazón me pertenece a mí, ¿entiendes? Así que no me des órdenes absurdas. —¿Ves? Siempre lo estropeas todo hablando. Se hicieron callar el uno al otro, con la rabia sepultada bajo la necesidad, al fundirse en un beso desesperado de lenguas ávidas que se anudaban con premura y saliva tibia. Ioren tiraba de los cabellos de Driadan hacia abajo, irguiéndose para entrar en su boca con furia, mientras el príncipe se removía sobre su cuerpo, cimbreándose al son de la urgencia que les impulsaba el uno hacia el otro, rozándole con su anatomía hambrienta y abriendo los labios, hundiéndose en el beso, buscando sus recovecos y dejándole conquistar todos los suyos. «Cadenas en sus muñecas, y será mío para siempre.» La necesidad creció a pasos agigantados, se extendió como un incendio. La sangre ardía en las venas de Ioren el Rojo. Respiró en un resuello contenido cuando consiguió hacerse espacio suficiente en el beso y sus manos se colaron debajo de la túnica roja, buscando la suavidad de los muslos, la tersura de su piel. Alzó la mirada y se encontró con los ojos rojos, con su rostro desafiante, con su aliento precipitado, con su cabello negro como una cortina que les envolvía a ambos, dejando traslucir el brillo rojizo del fuego. Las respiraciones se habían convertido en jadeos. —Déjame hacerlo a mí—susurró Driadan. Ioren asintió, aún con las manos en sus piernas, crispando los dedos para no avanzar más. El príncipe se inclinó hacia atrás para desatarle el cinto y liberarle de la opresión de los pantalones. Ioren exhaló un suspiro de alivio, y antes de que pudiera disfrutar de aquella sensación, Driadan agitó el cabello, se abrió la túnica por delante con un tirón y se dejó caer sobre él, exhalando un gemido libre y gozoso. «Dioses todopoderosos.» El thane de Kelgard, uno de los mejores guerreros de Thalie, se tensó como la cuerda de un arco. Sus músculos se crisparon, endureciéndose hasta adquirir la consistencia de las piedras. Clavó los dedos en los muslos de Driadan y apretó los dientes hasta hacerse daño en la mandíbula, tratando de sujetarse a sí mismo en aquel despliegue de hambre y deseo que el joven
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le ofrecía. La piel blanca, ahora a la vista entre los pliegues abiertos de la túnica, resplandecía bajo la luz cambiante de los braseros y las antorchas. Sus ojos eran ineludibles, la mirada ardiente llevaba una exigencia implícita, a la cual Ioren no podía responder, no todavía. Su sexo estaba palpitando, atrapado en aquella prisión de carne apretada y cálida. Cada latido le comprimía más, disparaba sensaciones enloquecedoras a lo largo de sus nervios, como latigazos deliciosos y embriagadores. Y aun así, sin mostrar el menor indicio de piedad, Driadan se negaba a darle tiempo para adaptarse a su arrebato, moviéndose sobre él, contoneando las caderas y apuntalándose en sus hombros para mantener el ritmo de su asedio. Incapaz de imponer ley alguna en esa tesitura, Ioren sólo podía emplear aquella corriente como impulso. Exhaló un resuello casi quejumbroso y desencajó los dedos de sus piernas, extendiendo una caricia veloz hasta su trasero. Lo sujetó con manos firmes y respondió a sus envites, dejándose vencer hacia el respaldo de la silla y recorriéndole con los ojos ávidos, buscando su posición en el torbellino al que el príncipe les había arrojado. Driadan mantenía la mirada fija en la suya, su respiración se rompía en jadeos arrebatados y movía los labios, como si quisiera decir algo. Pero Ioren era incapaz de leerlos, sólo podía mirarlos, húmedos de saliva, tentación que llamaba a gritos. «Cadenas en sus muñecas. Mío para siempre. Para siempre.» —Mío para siempre. Sorprendido, Ioren se mordió los labios. No podía dejar que aquel deseo enfermizo se escapara hacia el exterior, y sin embargo… —Mío… mío para siempre—repitió la voz suave, débil, jadeante. Había sido la voz de Driadan, en un murmullo apenas audible, entrecortado. Zarandeado por las sensaciones arrebatadoras de la carne, el corazón del Rojo se estremeció con violencia. Era imposible que los deseos de Driadan se correspondieran tanto con los propios, y sin embargo, así era. Demasiado bueno para resignarse a perderlo. Pero no tenía otra opción. Fue repentinamente consciente de su propia necesidad, de cuánto había llegado a necesitar a Driadan. En sus brazos, en su cama, bajo su cuerpo, en sus labios, alrededor de su sexo. Su saliva, su boca, sus manos, su interior ardiente y estrecho. Su voz, sus palabras, las que le habían salvado días antes, las que le habían salvado siempre al darle alguien a quien odiar, alguien a quien proteger, alguien por quien actuar. Alguien a quien amar.

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«Dioses todopoderosos…» rezó en silencio, sintiéndose zozobrar con el suave roce de su pecho, «hacednos fuertes para perseverar ante el terrible sufrimiento que nos aguarda.» De un solo movimiento, le sacó la túnica escarlata por la cabeza y la arrojó al suelo. Después, sus manos se perdieron sobre su cuerpo y la razón se le nubló, diluida en el aroma a iris, perdida entre los gemidos contenidos de su amante y tejida con el sabor de su piel y su saliva. No tenía otra opción. Se aferró a él durante los minutos y las horas de pasión que les brindó esa noche, queriendo retener su tacto, su perfume, su memoria y su sabor, y extrajo hasta la última gota de sí mismo y de él para atesorarlo como merecía. Esa noche, el fuego dibujó en las paredes una sombra extraña; la de dos cuerpos fundidos en una sola forma que danzaba al compás de las llamas.

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Capítulo XLII: Tempestad

sabían. Los adivinos del Sur representaban el cambio con la rueda de la fortuna, un símbolo de renovación y movimiento: todo lo que sube, baja. Para los hombres del Norte, todo lo que sube y se alza con estrépito con el mismo estrépito cae, y si es oleaje y no es piedra inerte vuelve a ascender, más fresco, más puro, más limpio. La rueda de la fortuna de los norteños es la rueda del molino, que se hunde en el agua, que la renueva. Como las fases de la Luna que rigen las marejadas, como las borrascas, como el océano que se aplaca y se eleva furioso, se calma y se arrebata. Todos en Thalie sabían que tras los años tristes debían llegar los prósperos, y cuando Ioren el Rojo se sentó en la silla, de nuevo bendecido por los dioses, de nuevo reconocido por su pueblo, aguardaron con tensión hasta ver las señales. Las señales que esperaban, las de la prosperidad, llegaron pronto: mensajeros de Haalgard y Siggard, de los clanes más septentrionales, de las tribus de las Islas y de los grandes señores de Norligland. Aquellos hombres acudieron a Kelgard y se entrevistaron con el thane, y todos recibieron justicia a lo que habían traído: quienes vinieron con regalos regresaron con regalos, los que trajeron respeto obtuvieron respeto. Pero no todos habían viajado para saludar al jefe. El joven mensajero de la tribu de los Dientes de Piedra, un muchacho con una capa gris y pintura blanca en el rostro, llegó en una barca al amanecer, entre la tormenta. Entró a entrevistarse con Ioren llevando una mirada hostil en sus ojos. Al cabo de unos minutos, las puertas de la Sala de la Asamblea se abrieron con ímpetu. Ioren el Rojo apareció en lo alto de la escalinata, vestido de blanco, con las largas trenzas a la espalda y el cabello llameante cubriéndole parte del rostro. Llevaba sujeto al mensajero por el cogote, alzado del suelo, colgando como si fuera una pieza de carne lista para ser despedazada. —Tu señor te envía a mi pueblo con veneno y amenazas veladas, ¿no es eso?—decía Ioren, sujetando al aterrado emisario, que había abandonado toda templanza y ahora temía por su vida—. Pues mira, mira bien. Esto es Kelgard. Sus casas, sus tierras, su ganado y sus huertos, sus hombres, sus mujeres y sus niños están bajo mi protección.

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os ciclos del tiempo son como las mareas, todos en Thalie lo

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Dejó al joven en el suelo y le giró hacia sí con brusquedad, sujetándole de la capa y zarandeándole. Le miró a los ojos. —Regresa a tu islote y dile a tu señor que tiene dos semanas para venir con respeto a mi casa y retirar sus estúpidas amenazas. Si no lo hace, cumplido el plazo estaré en vuestra isla, yo solo o con cien hombres, eso dará igual. Porque traeré conmigo fuego y acero, y lo arrasaré todo: casas, tierras, ganado y huertos, hombres, mujeres y niños. Y cuando termine con la Tribu de los Dientes de Piedra, nadie, ni siquiera la tierra o el mar, recordarán que alguna vez existió. ¿Lo has entendido? El mensajero asintió, aturdido. Ioren alzó la mano y espetó unas palabras cortantes en voz baja: los braseros que ardían junto a la puerta elevaron una llamarada furiosa. El joven emisario regresó a su isla mucho más rápido de lo que había llegado, y a los cinco días, el propio señor de los Dientes de Piedra compartió el vino y la carne a la mesa de Ioren el Rojo y le juró lealtad hasta el fin de sus días. Así llegaron las señales de la prosperidad: en forma de paz y respeto, de nuevas alianzas y de antiguos pactos que volvían a sellarse. Ulior Skol había estado demasiado ocupado haciendo amigos al otro lado del mar y había olvidado a los vecinos y a los allegados. Había olvidado que la tradición dice: cuida a tus amigos y cultiva a tus vecinos o tu sendero se llenará de piedras. Entre todos estos asuntos y muchos otros, el thane siempre estaba ocupado, pero cada día al amanecer, bajo la lluvia o la nieve, se reunía con el príncipe en el acantilado para practicar con la espada. A veces, el Rojo hablaba y Driadan escuchaba y aprendía, pero cada vez con más frecuencia también discutía, hacía preguntas o cuestionaba las tradiciones y los preceptos de los hombres del mar. A Ioren le había disgustado al principio, pero al final terminaron abordando auténticos debates sobre las más diversas materias, y el Rojo descubrió que también él escuchaba y aprendía, porque el príncipe de Nirala, a pesar de su tormentoso comportamiento en el pasado, nunca había sido ningún idiota. Su agudeza mental y la inteligencia con la que discurría comenzaron a brillar con luz propia y a sobresalir cada vez más, a medida que su cuerpo se curtía con el entrenamiento y su alma y su espíritu se estabilizaban en la paz que había llegado a alcanzar. En la playa de la batalla comenzó de nuevo a construirse un barco. Jhandi, Arévano y Qilem seguían tratando a Ioren como a su señor, pero ahora el Rojo pasaba más tiempo rodeado de los hombres de su pueblo. Vasel Dunstrag y Gherran Gardan eran sus manos izquierda y derecha. Ninguno
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de ellos se tomó esto como una ofensa, aunque era innegable que les entristecía la nueva situación y cada vez les costaba más encontrar su sitio en aquel lugar. Driadan se dio cuenta y se preocupó de mantenerles ocupados, retomando el proyecto que la Gran Ola se había tragado. La tripulación de antiguos esclavos necesitaba sentirse útil y libre, y el joven príncipe se mantuvo ligado a ellos y reforzó los vínculos que había comenzado a cultivar. —¿Cómo lo vas a llamar?—le preguntó Arévano una tarde, en referencia a la nave. El sol se ponía como una lágrima roja escurriéndose por el firmamento. Estaban sentados sobre un listón de madera, observando el casco a medio ensamblar y comiendo ciruelas. Driadan negó con la cabeza. —No lo he pensado. Nunca le he puesto nombre a un barco. —Eso es porque nunca has tenido uno—repuso Jhandi, limpiándose las comisuras. Cisne se echó a reír. —Te equivocas, he tenido muchos— respondió Driadan, casi sin darse cuenta, sumido en sus recuerdos—. Toda la flota de Nirala. Pero no le ponía nombre a los navíos, eso lo hacían los carpinteros de barcos, los jefes de astilleros y los capitanes. Nadie se rió entonces. Driadan se dio cuenta de lo que había dicho, y de repente, le pareció que no tenía la menor importancia. Contempló a sus sorprendidos compañeros. —Yo era Driadan de Nirala, heredero del Reino de las Montañas y príncipe de la Casa Horwing. Hubo una conspiración en el Palacio Real para matarme. Ioren el Rojo me ayudó a escapar, y en nuestra huída, nos atraparon los esclavistas. Jhandi adquirió un gesto grave. El Cisne se mordió el labio y apartó la mirada y Arévano asintió, como si no le extrañara tanto como era de esperar. —Tienes los ojos del color de la sangre—dijo, sencillamente. Driadan asintió.

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—Como mi padre. —¿Regresarás a Nirala con esta nave?—preguntó entonces Cisne. El príncipe frunció el ceño. Abrió la boca para responder. Al fin y al cabo, era Ioren quien estaba construyendo el otro navío, y pensaba terminar este en compensación por la pérdida del anterior… pero ¿para qué estaba armando un barco el Rojo? Ya había llegado a Kelgard. Ya no tenía necesidad, al menos no inmediata, de partir de nuevo. Comprendió que aquella nave siempre había estado destinada a una sola cosa, y un escalofrío le recorrió la espalda. —Sí—dijo, con voz apagada. Luego carraspeó y alzó el mentón, repitiendo: —Sí, volveré a Nirala en ella, a recuperar lo que es mío. —Pues tendrás que ponerle un nombre—dijo Arévano, con una media sonrisa. —Tempestad—propuso Jhandi. Sus ojos oscuros chispeaban, divertidos, y la larga trenza le colgaba hasta la cintura. Su sonrisa de media luna tenía la facultad de contagiarles a todos. —Es un buen nombre—decidió Driadan—. Aquí se suele decir que el sabio conoce que lo que siembra recoge. Y en mi tierra hay otro refrán parecido. Quien siembra vientos, recoge tempestades. —Una tempestad para Nirala—dijo Cisne, suspirando con languidez y apoyándose en Arévano con un gesto tan cercano y confiado que a Driadan le hizo saltar cien preguntas impropias en la mente—. ¿Y será una tempestad de primavera, de las que se disipan con la primera brisa, o una tormenta salvaje? —Espero que lo segundo—repuso Driadan. Jhandi se echó a reír y le palmeó el hombro. —Pues si vas a guiar una tempestad, vas a necesitar una tripulación, joven rey. Driadan tragó saliva y les miró uno a uno. Nadie se había dirigido a él de ese modo, y de repente se sintió indigno y avergonzado. Antaño no había desaprovechado la menor oportunidad de llamarse a sí mismo rey, o príncipe. Ahora sentía un renovado respeto por aquella palabra. Él mismo
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se había nombrado rey muchas veces. Pero en aquel momento, por primera vez lo hacía otra persona. Y nadie le contradijo. Se sintió obligado a hacerlo él mismo, con la voz ahogada por la emoción, aunque su semblante no reflejaba ninguna. —No soy rey. Era el príncipe de Nirala, y ahora sólo soy Driadan—aclaró, con suavidad—. Seré rey algún día, cuando demuestre que puedo serlo. Jhandi volvió a reír, una risa alegre, sin rastro de burla. Arevano intercambió una mirada con el Cisne y luego negó con la cabeza. —El Rojo te ha enseñado demasiada humildad. Hablaremos con él. Si no nos necesita más aquí, puedes contar con nosotros. —Luego añadió: —Si vamos a ser tus hombres, ¿nos nombrarás caballeros? Driadan negó con la cabeza, distraído. Estaba pensando en su padre. —Los caballeros de mi padre le traicionaron. —Eso siempre puede pasar—replicó Cisne—. Yo no quiero ser caballero, pero quiero seguir siendo libre. Aquella afirmación hizo alzar la mirada a Driadan. Amala estaba sonriendo, y los ojos azules de Arevano estaban fijos en el muchacho con una expresión que respondía todas las preguntas que el príncipe se había hecho a sí mismo al ver la cercanía que se demostraban. En otro tiempo, hubiera estado seguro de que Cisne estaba utilizando al joven soldado de Prímona o habría sospechado de sus intenciones, pero ahora no podía pensar así. No sólo porque había sido testigo de los cambios experimentados por Cisne, quien había renacido a través del dolor. También, aquellos gestos fugaces y la mirada que había sorprendido le resultaron de lo más auténticas. —Siempre serás libre, Amala—respondió Driadan—. Siempre que tú lo desees, lo serás. Al Rojo no hubo cadenas capaces de someterle, nunca. Jamás. Os lo puedo asegurar. —Nos liberó a todos—dijo entonces Jhandi, con la mirada perdida en el horizonte y un aire nostálgico—. Nos devolvió lo que éramos. Driadan asintió. El corazón se le encogió en el pecho, y de repente, al pensar en la partida, se sintió incapaz. Se le empañó la mirada al contemplar el barco, pero retuvo las lágrimas. Ahora era un hombre, había prometido mantener la entereza y no volver a comportarse como un niño
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pusilánime. «Dioses, no podré, no podré irme. Mi corazón se secará y se convertirá en polvo, lo sé, lo sé. Dioses, ¿cómo voy a dejarle atrás?» Un estremecimiento le recorrió la espalda y sintió unas náuseas repentinas. El suelo comenzó a parecerle menos sólido bajo los pies. Intentó recordarse los motivos por los que todo aquello era inevitable, y le parecieron tonterías, excusas, obstáculos salvables. Los jóvenes siguieron conversando en la playa, pero Driadan pasó el resto de la tarde en silencio. Los ciclos del tiempo son como las mareas, todos en Thalie lo sabían. Driadan se sentía como los condenados a muerte, y cada ola apretaba la soga en su cuello un poco más. Pero las quería todas, no desperdiciaba ninguna. Aquella noche, cuando yacía agotado entre las mantas del thane de Kelgard, bajo el resplandor de las velas, le cortó una de las diminutas trenzas con la daga, tan rápido que Ioren sólo se dio cuenta cuando ya era tarde. —¿Qué demonios haces?—le espetó, en un gruñido perezoso—. ¿Por qué me cortas una victoria? Driadan le contempló largamente, con su trofeo entre los dedos. Los ojos azules y profundos, los rasgos marcados, las pequeñas arrugas de expresión en los párpados y la frente, la poderosa mandíbula. No podía explicárselo. No tenía las palabras, pero el Rojo debió leer lo suficiente en su mirada como para no preguntar más. Driadan se inclinó y le rozó los labios con los suyos. Le besó hasta que se quedó dormido, con las mejillas húmedas de lágrimas y los brazos poderosos a su alrededor. Al día siguiente, Driadan guardó la trenza de cabellos rojos en una diminuta bolsa de cuero, la cerró y se la colgó del cuello. La metió bajo la camisa, bien oculta. Nadie le quitaría aquello. Todo lo que sube y se alza con estrépito, con el mismo estrépito cae y si se repone, si es oleaje y no es roca, vuelve a ascender, más fresco, más puro, más limpio. Después de los días prósperos, vendrían los días tristes y oscuros de la soledad y las lágrimas, pero había que conservar el recuerdo y la esperanza. El recuerdo de la luz para hacer menos negra la oscuridad, la esperanza del amanecer para tener un motivo por el que seguir caminando.

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El barco estuvo terminado el primer día de verano. Se deshelaron los glaciares, las aves marinas comenzaron a construir sus nidos, y la vela blanca se desplegó contra un cielo gris y cansado. La tripulación de Ioren, que ahora eran los hombres de Driadan, estalló en vítores y aplausos cuando Amala se subió al palo mayor y soltó el lienzo inmaculado. —Es preciosa—dijo Halde Dunstrag, otro de los hijos de Dunstrag. Él y los hombres de su casa habían participado en la construcción, y se le veía orgulloso. —Ha merecido la pena el esfuerzo—asintió Driadan, con las manos en el cinturón. Su manejo del idioma del norte era ya casi perfecto—. Ahora habrá que comprobar que no se va a pique. —No se irá a pique—replicó Halde, con una mirada ofendida—. Somos los mejores constructores de todo Thalie. Driadan se rió de buena gana. Tras casi un año entre los hombres del mar, sabía que iba a echar de menos sus rudos caracteres y sus expresiones severas. Eran la gente con menos sentido del humor que había conocido nunca, pero tenían cierto encanto. —Si nos ahogamos en mitad de la travesía, espero que tu Dios del Mar me traiga a salvo hasta esta playa para ir a buscarte y darte una paliza. —Eso será si puedes, Nirala. Halde alzó la barbilla y Driadan le imitó. Después se estrecharon la mano, ambos riendo. —Ha sido un honor—dijo el norteño—. Sois buenos hombres, todos vosotros. Buenos hombres con fuego en el corazón. El joven príncipe se inclinó, en señal de respeto. No era común que los hombres del mar tuvieran palabras tan amables para los extranjeros. “Fuego en el corazón” era una expresión de halago reservada a sus grandes guerreros, a los mejores hombres de su raza. —Gracias, Halde Dunstrag. No os olvidaremos. Halde y los suyos repartieron despedidas y se marcharon por el camino que ascendía al acantilado.

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El equipaje estaba sobre la arena. Era por la mañana y el sol se alzaba despacio y con indecisión. Comenzaron a cargar los cajones y los toneles en la bodega del navío y a preparar todo lo necesario para el viaje: Mantas gruesas para protegerse del frío, barricas de agua fresca, carne en salazón, plantas medicinales. La travesía hasta Nirala duraría algunas semanas, pero el deshielo de los icebergs y las tormentas de verano podían obligarles a cambiar el rumbo y alargar el viaje. Kiram y Sulori empujaban juntos las cajas con las armas. Driadan las observó. Le resultaron amenazantes. Una mano pesada le cayó sobre el hombro. Driadan aguantó el estremecimiento. Sabía que era Ioren, le había oído llegar. —Doy por sentado que tienes alguna clase de plan. Driadan sonrió a medias y le miró. El thane de Kelgard había prescindido de la enorme capa de pieles blancas para bajar a despedirse. Su atuendo era muy similar al que Driadan le había conocido tiempo atrás, con la guerrera de cuero tachonada de metal, sin mangas, sin guantes ni brazales, abierta en el pecho y con el cabello recogido con una cuerda en la nuca. Los musculosos brazos estaban a la vista, un espectáculo de piel bruñida y elástica dibujando cada curva de la dura anatomía. Era todo un misterio cómo conseguía el Rojo parecer regio e imponente incluso vestido como un pirata. El príncipe también lo parecía, pero uno menos atemorizante y bastante más elegante. Llevaba la espada al cinto, las botas flexibles y pieles rojizas ribeteando el cuello de su jubón, que tampoco tenía mangas, pero él sí vestía debajo una camisa de lino amarillento, con los puños abiertos. Le había crecido el pelo hasta la cintura y se había negado a cortarlo. —Por supuesto. No voy a hacer un viaje para nada, tenlo por seguro. —Driadan, sois diez—repuso Ioren, bastante más serio—. Y eso contando a Perfidia. Sois suficientes para tripular una nave, pero no para conquistar una nación. Más vale que tengas algo realmente bueno en mente, porque no recuperarás tu trono con diez hombres. —Nueve hombres y una mujer—aclaró lacónicamente el príncipe. El Rojo soltó una carcajada seca. Driadan puso la mano sobre la suya, en su hombro, y la estrechó rápidamente. Luego la apartó, suspirando. —No te preocupes. Has hecho todo lo que podía hacerse por mí. Ahora tengo que demostrar que me lo merecía.
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Ioren asintió sin palabras, y ambos permanecieron inmóviles, mientras los bultos que había sobre la arena blanca iban desapareciendo a medida que la tripulación los trasladaba al barco. Cada caja o petate que abandonaba la arena era como un paso más en la cuenta atrás hasta la despedida definitiva. Driadan llevaba días preparándose para esto. Había llorado desconsoladamente algunos, otros había sentido ansiedad porque le parecía no estar aprovechando al máximo su tiempo en Kelgard. El último mes había tomado la costumbre de dormir por las mañanas, mientras Ioren atendía los asuntos de su cargo, para poder pasar las noches despierto, haciendo el amor hasta no poder más o mirando a Ioren cuando él al fin cerraba los ojos, vencido por el sueño. El Rojo, por su parte, se había vuelto muy silencioso durante las horas que pasaban juntos. Podía abrazarle y no hacer otra cosa más que olerle los cabellos durante una noche entera. Driadan no se atrevía a romper aquel silencio que se instalaba entonces; se limitaba a escuchar su corazón golpeando contra su propio pecho o su espalda, a atesorar su presencia y sus caricias, su calor. El tiempo de las palabras había pasado. Ya no había ninguna, en ningún idioma, que pudiera consolarles. No volvieron a hablar de sus sentimientos. No se dijeron apenas nada en aquellos últimos días, no con la voz. Sólo hablaron las caricias, las miradas y los gestos. Ahora, en la orilla, mientras los segundos pasaban y le acercaban más y más al final, Driadan buscaba en su mente, desesperado, algo que decir. Algo que aún estuviera ahí, algo no desvelado. No quería marcharse y después darse cuenta de que no lo había entregado todo. Fue Ioren el que rompió el silencio, cuando ya no quedaba más que una caja en la orilla y los hombres empezaban a acercarse para despedirse de él. —Recuerda arrojar el oro al mar al alba del primer día—dijo, con un tono extraño, que no se correspondía con aquellas palabras—. La ofrenda complacerá a Lusk, señor de los Océanos, y tendrás un viaje sin incidentes. Driadan asintió con la cabeza. No se atrevía a mirarle. Era consciente de lo frágiles que eran los dos en aquel momento. Sus ojos azules podrían destrozar la férrea disciplina con la que se mantenía firme, contenido, intentando no pensar, sólo actuar, escapando de la angustia. Y él… él también podía hacerle daño a Ioren, provocar sin quererlo la caída de los muros con los que se contenía. Se hizo a un lado para dejar que Fernos y Qilem se acercaran a despedirse de su libertador. Le estrechaban las manos y se palmeaban los hombros.
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—No te olvidaré, Ioren el Rojo. Mi gratitud será eterna —dijo Fernos, en el tono más solemne que Driadan le había escuchado jamás. —Espero que volvamos a encontrarnos algún día, Rojo. Aquí, o en las salas de los dioses. —Tus dioses no son los míos, Qilem—repuso Ioren, con una media sonrisa. El anciano guerrero se la devolvió, le brillaron los ojos. —Cierto. Pero quién sabe si no comparten un hogar mas allá de este mundo. Ambos se abrazaron. Driadan sintió una punzada de envidia. Todos tenían palabras de adiós, y podían permitirse un gesto. ¿Dónde estaban las suyas? Aguardó pacientemente, mientras el sol se alzaba y la marea subía también en su interior. Cisne fue el último en presentar sus respetos, y se limitó a mirar a los ojos a Ioren, como nunca había sido capaz de hacer, con una mezcla de tristeza y emoción. —Yo era un esclavo, y aprendí a ser libre con vosotros…—dijo, con un hilo de voz—. Aprendí como se viene a este mundo, a través de sangre y sufrimiento. Y es porque soy libre que ahora soy capaz de entregar mi corazón como nunca antes pude. Pero ¿de qué sirve la libertad si no puedes estar ahí donde él reside? Eso también son cadenas, aunque no se puedan ver. Tu silla y el trono de Driadan son vuestras cadenas. No deberíais dejar que os sigan atando. A Driadan se le cortó el aliento en la garganta. Los músculos de Ioren se tensaron uno tras otro al escuchar aquellas palabras, y los ojos se le encendieron con un fuego crepitante. —Amala, sube al barco—murmuró el príncipe, ahogándose. Cisne parecía querer seguir hablando, pero, tras mirarles a ambos, asintió. Se dio la vuelta y se dirigió hacia las aguas. El Tempestad se balanceaba suavemente sobre las olas espumosas. —Será mejor que me vaya. Driadan sabía que era el pánico lo que estaba hablando ahora. Cisne tenía razón, lo sabía, lo había sabido siempre, pero le parecía imposible echarse
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atrás ahora. Todo estaba listo. Y además, tenía un hogar. Y además, su padre. Y Starling, y quien él era en realidad. El que era en realidad. «Tonterías», decía su corazón. «Tonterías, nada de eso importa.» Se volvió hacia Ioren, a la expectativa. Los ojos azules estaban quebrados, y supo que el thane había perdido el control de sus emociones, que ahora se devoraban unas a otras y luchaban a muerte en su interior. A través de su mirada podía ver la batalla que estaba teniendo lugar, podía verla en su semblante, aparentemente sereno, pero crispado. Una línea de tensión en la mandíbula. Una arruga en la frente. —Driadan… Apenas había susurrado su nombre. El corazón del príncipe dio un brinco en el pecho. «Dime que me quede. Dioses, por favor. Por favor, dime que me quede.» La plegaria estalló en su alma con una claridad meridiana. Si él se lo pedía, se ataría a él con cadenas de acero, encerraría sus corazones en un anillo de fuego. Le daba igual qué pensara quién, ocupar el lugar que hiciera falta, le daba igual Nirala y el trono de su padre. Una sola palabra de Ioren, una sola palabra suya, y todo se desharía como cenizas barridas por el viento, sólo quedaría la verdad desnuda, el amor. Sólo el amor. El thane apretó los dientes y le agarró por los hombros, atrayéndole hacia sí. Driadan tuvo la impresión de que toda la sangre subía a su cabeza de repente. Comenzaron a zumbarle los oídos, se mareó y sintió la vibración a flor de piel, la energía contenida y retenida, empujando, estallando en diminutas burbujas efervescentes. El olor del mar le inundó los sentidos. No el del océano cercano, sino el perfume del Rojo, con sus notas metálicas y salvajes. Cerró los dedos en su espalda, tenso como una cuerda. El suelo se deshacía bajo sus pies, la respiración se le desacompasó. A través del enjambre que se había adueñado de sus oídos, captó los jadeos contenidos de Ioren, un resuello asfixiante, como si estuviera realizando un esfuerzo que le superaba. «Una palabra tuya…» —Driadan…—repitió el hombre del mar en un murmullo ahogado. Parecía la última plegaria del moribundo. Podía percibir su dolor, degustarlo en la punta de la lengua. El príncipe se puso lívido y trató de aguantar el llanto pero dos gruesas lágrimas se escaparon de sus ojos mientras aguantaba las lacerantes heridas que parecían abrirse, una tras otra, en su alma. Puñaladas de hielo, desgarrándole el corazón. Ya no
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importaba mirarse, ya estaban sufriendo, así que alzó la vista, levantó el rostro hacia Ioren, y no vio al thane, ni al guerrero, ni al rey. El Rojo tenía las mejillas hundidas y en sus ojos, que eran espejos del tormento, brillaban dos lágrimas de plata que se negaban a desprenderse. El cabello revuelto que le cubría parte del rostro no podía ocultar su expresión devastada. Sólo era un hombre, solo un hombre doliéndose por una despedida que no deseaba, que le estaba matando. Driadan comprendió que su esperanza era vana. Ioren jamás le pediría que no se marchase; no lo haría, porque creía que aquella voluntad de renunciar a todo y quedarse en Kelgard, a su lado, aunque fuera una decisión errada, tenía que salir del príncipe. Y él nunca sería capaz de decidir quedarse. Porque sabía, muy a su pesar, que Ioren tenía razón. Que entonces se pudriría en su alma la frustración, y la herida de saber que podía haber sido otra cosa, haber sido lo que estaba destinado a ser, se infectaría. Miraría hacia el horizonte preguntándose por su tierra, por su padre. Los Starling jamás pagarían por la afrenta que le habían causado, y de noche soñaría con sus rostros, sabiendo que nunca sería vengado. Todo lo que Ioren le había enseñado quedaría en su interior pero jamás brotaría en forma de acciones reales, nunca se manifestaría si Driadan no era rey. Pasaría el tiempo y se volvería taciturno. Ioren el Rojo tendría que tomar esposa. Y él, príncipe de Nirala, no sería otra cosa que un joven extranjero en una tierra que nunca sería la suya. Y aunque eso no importase, sí importaba. Importaba porque era veneno. Y ya habían tenido bastante veneno. —No dejes de mirarme—suplicó. No había podido escuchar su propia voz. —Nunca dejo de mirarte, Driadan. Las manos de Ioren se cerraron en sus mejillas, le limpiaron las lágrimas y se estrellaron el uno contra el otro en un beso desesperado, enredando las lenguas, ahogándose con ellas, intentando extraerse hasta el sabor de sus almas hasta que se quedaron sin aire. Cuando se apartaron, Driadan afianzó los pies en la arena y mantuvo los ojos cerrados un buen rato. Sentía los dedos del Rojo escurriéndose por su cuello hasta que se cerraron en sus hombros. Sus respiraciones agitadas se mezclaban. «Me desangro», pensó, aturdido. Le recordaba en la Sala del Pegaso, regio y poderoso. Un guerrero, un rey como no había visto a otro en toda su vida. Sabía que nunca vería a ninguno ni remotamente parecido a él.
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—Llevas mi sello en el brazo—murmuró, abriendo los párpados para mirarle por última vez. De nuevo veía al hombre, solo al hombre. Y era perfecto, tal como era—. Yo llevo las marcas de mi pertenencia en el alma y en la sangre. Siempre serás mío, para siempre. Y siempre seré tuyo. Ioren le devolvió la mirada en silencio. Una gaviota cruzó por delante del cielo. —Serás un rey fuerte. Tienes el fuego dentro—pronunció al fin, rozándole la mejilla. Sus dedos eran tan suaves como su voz. Las manos del Rojo le voltearon despacio, colocándole de espaldas a él, de frente a la nave que aguardaba en las aguas calmas. Driadan aguantó el temblor que amenazaba con sacudirle los miembros—. Ahora, camina hacia tu destino. Te llevas mi corazón. Yo me quedo el tuyo. Quizá algún día volvamos a llamar juntos al fuego y al acero, pero ahora no mires atrás. Driadan inspiró profundamente. Cuando los dedos se apartaron de sus hombros, echó a andar con zancadas amplias, aplastando las botas contra la arena. Se obligó a no caer de rodillas sobre la playa y llorar como un niño, se obligó a no llamarle, y sobre todo, se obligó a no volver la cabeza. Con los dientes apretados, sangrando por dentro, caminó hacia su destino. Sobre la cubierta, Amala le recibió con una mirada preocupada. Driadan le saludó con la cabeza de manera mecánica y se dirigió a su lugar, en el puente, clavando los ojos en el horizonte. «Driadan se queda en la playa. Dioses. Esto es morir, lo sé.» —Le prometí a Ioren que cuidaría de ti—dijo entonces Cisne. El príncipe no se había dado cuenta de que el joven le había seguido—. Prometí que cuidaría de ti para que no te devorase la soledad. Lo haré. Todos estamos contigo, Driadan. Jhandi gritó la primera orden. El viento era favorable, y la vela se hinchó, engordándose hasta parecer una fruta blanca y tersa. La madera chirriaba y crujía, el oleaje cantaba y percutía sobre el casco. El cielo se aclaró y el sol les contemplaba, un ojo amarillo pálido. —Tenías razón— murmuró—. Son nuestras cadenas. Después, sin poder evitarlo, se dio la vuelta y se aferró a la madera de la borda. La silueta de Ioren era una majestuosa figura en la lejanía, con los cabellos rojos como una llama ondeando al viento. Le parecía sentir sus ojos azules clavados en él.
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Nunca dejo de mirarte, Driadan. Eso había dicho. La figura no se movió de la playa. Desapareció de su vista cuando la costa entera lo hizo, y aún entonces, el príncipe se mantuvo vuelto en aquella dirección. La noche pasó, y cuando llegó el alba, Amala le encontró en el mismo sitio. Antes de que pudiera preguntarle cómo se sentía, el príncipe se giró hacia él. Tenía el semblante pálido, pero de repente parecía mucho más mayor, más sereno. A Amala no le costó imaginarle con una corona en las sienes. —Vamos a por el oro, Cisne. Hay que hacer la ofrenda.

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Capítulo XLIII: Un nuevo mundo

tranquilidad de lo que era esperado en aquella época del año. Driadan y la tripulación se sentían agradecidos a los dioses por no haber tenido que enfrentarse a más de un par de tormentas suaves. Constantemente se congraciaban de estar teniendo un viaje tan afortunado y golpeaban con los dedos la madera del casco en la proa para no atraer a la mala suerte. Amala les miraba como si estuvieran locos cada vez que les veía felicitarse por su buena fortuna mientras el casco se bamboleaba y las olas rompían fieramente, cubriendo incluso parte de la cubierta, empapándoles los cabellos y formando tanto estruendo que parecía que el mundo fuera a quebrarse. —¿Es que no para nunca?—se lamentó, mirando a Arévano con expresión desvalida. El joven espadachín se echó a reír por lo bajo, le abrazó y le peinó con los dedos. —¿De moverse? Sí. Cuando lleguemos a puerto. —Qué esperanzador. Ambos estaban recostados en un rincón de la cubierta, disfrutando de algunos minutos de paz. Anochecía y el cielo estaba despejado, pero la marea se encontraba revuelta. Los que no tenían guardia dormitaban aquí y allá, bajo los palos de las velas y junto a los montones de cuerdas. —No te preocupes—le tranquilizó el joven de los ojos azules—. Esta travesía no será tan larga como el viaje desde Marshaba hasta Thalie. Las costas del Norte están solo a cuatro semanas de Nirala, si hace buen tiempo. —Y lo está haciendo, ¿no?

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a travesía de regreso hacia Nirala transcurría con más

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—Sí. Estamos de suerte. —Arévano golpeó el mástil de madera tras de él con los nudillos.—Lo que pasa es que los cisnes no estáis hechos para el mar. —Ni tampoco las personas—replicó él—. No entiendo quién fue tan loco como para construir el primer barco. Quiero decir, ¿en qué estaba pensando? ¿Qué necesitaba del mar para inventarse algo como un barco de madera, tirarlo al agua y adentrarse en el océano? Si lo piensas, es aterrador. —Y tanto que lo es. El mar es inmenso. —Y ruge. Y no sabes lo que hay debajo. ¿A ti no te da miedo? Arévano se encogió de hombros y luego negó con la cabeza. —En mi país había mucha agua. El mar estaba cerca y salíamos a pescar en esquifes. Las calles eran ríos, y por encima de los ríos había puentes. Caminábamos sobre los puentes y a través de los ríos en barcas que empujábamos con pértigas. Amala le observó con fascinación mientras su amante le hablaba de su hogar, de los edificios de piedra y las altas torres puntiagudas, unidas por arbotantes y coronadas por gárgolas de alas extendidas. Intentaba imaginarse cómo sería aquella tierra lejana mientras Arévano le explicaba todos los detalles, con un brillo nostálgico en la mirada. Apoyó la cabeza en su hombro, escuchando, contemplándole con adoración. En el Tempestad no había ningún camarote. Los marineros dormían amontonados en la bodega, entre las cajas de armas, de pescado salado, carne ahumada y frutos secos. Amala se había sentido un poco cohibido al principio, pero a Arévano no le importaba nada lo que pudieran pensar los demás y le había llevado consigo a sus mantas desde la primera noche. El joven de Prímona había sido sólo uno más de entre los grises esclavos de Shalama. Cuando les privaron de su libertad, aquellos hombres perdieron también su identidad. Les vestían con túnicas grises y les obligaban a llevar las mismas sandalias de esparto, les ataban las manos y los pies y eran forzados a trabajar donde fuera necesario en función de sus habilidades más destacadas. Arévano tenía una cicatriz en la mejilla y un rostro agradable, de cabellos oscuros y ondulados y ojos azules, llenos de vida. Había sido espadachín en su país de origen, pero según le había contado a Amala, un asunto de faldas le metió en problemas con algunos hombres peligrosos que le dieron una paliza y le vendieron a los esclavistas. Al poco
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de llegar a Thalie, Arévano estuvo bebiendo con el Cisne y hablando con él durante una noche entera. Le contó cosas de su tierra y le habló sobre sus miedos y sus problemas, sobre sus pensamientos y emociones. Le abrió su corazón, porque entonces Cisne no era más que un crío muerto de miedo que había olvidado incluso la mecánica del lenguaje, torturado continuamente por pesadillas y sin saber qué día sería el último. —Sé cómo te sientes—le había dicho entonces el joven de Prímona, golpeándole el hombro con la mano—. Pero la libertad no es tan agradable. Lo cierto es que está muy sobrevalorada… el problema es que uno aprende a amarla y entonces ya no la quiere soltar. No sufras tanto. Las cosas van a mejorar. Y habían mejorado, aunque había seguido sufriendo, y mucho. Le había costado sangre y lágrimas deshacerse de sus cadenas. Ser espía del thane de Kelgard era lo más aterrador que había hecho en toda su vida, y para colmo, al final resultó inútil. Pero había tomado aquella decisión conscientemente. Amala conocía los trucos necesarios para ser el mejor esclavo de cama que uno pudiera desear y sabía que tenía más oportunidades que nadie. Lamentablemente, por entonces ya le había entregado su corazón a aquel sonriente espadachín que le había dado esperanzas cuando él todavía era invisible para todo el mundo. Fue horrible separarse de él. Fue horrible yacer en la cama de Ulior Skol, intentando extraer sus secretos, sintiéndose como si estuviera en el lecho con una serpiente venenosa. Y fue horrible aquella tarde, cuando le llevaron medio muerto delante de todos. Fue horrible cuando le hundieron en el agua y cuando pensó que moriría ahogado. Pero después de todo aquello, valió la pena. Mereció la pena cuando el joven de Prímona le tomó entre los brazos y se lo llevó para curarle las heridas, terminada la batalla. Le dio consuelo con sus labios y sus manos, y Cisne estuvo todo el tiempo llorando como un crío, atragantándose con las emociones, aterrado. Pocos días después, una vez terminaron los festejos del nombramiento de Ioren el Rojo, Cisne supo que sus sentimientos eran correspondidos, y entonces el mundo cambió. Todo había cambiado para él. Había sido valiente para ser feliz durante los últimos meses en Thalie, valiente para abrazar su libertad y aprender a amarla, y también para decirle a Ioren que no dejara irse a Driadan, para decirle a Driadan que no abandonara a Ioren. Pero no había podido evitar que se separasen. Ahora, él aprovechaba su felicidad y vivía su amor con el joven de Prímona como si fuera el último día. Hacerlo de otra manera sería desperdiciar momentos valiosos, momentos que otros como Driadan y Ioren no podían disfrutar ya.

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—¿Cómo es Nirala?—preguntó a su amante, tras unos minutos de silencio. —Pues es un chico de pelo negro, tiene los ojos rojos… Le golpeó con el puño en el hombro, muy suavemente. —Deja de bromear, me refiero al reino de Nirala. —Arévano volvió a reír, a enredar los dedos en su pelo. Depositó un beso cálido sobre su frente. Cisne se acomodó contra su cuerpo. —¿Has estado allí? ¿Sabes algo de ese país? —No, no he estado allí, pero algo sé. —Cuéntamelo. Cuéntamelo como me has hablado de tu país. Seguro que puedo verlo entonces en mi mente. Arévano le acarició los cabellos durante un rato y después empezó a hablar con el mismo tono evocador. —Verás, está en las montañas. Es un reino enclavado entre bosques muy espesos y dos cordilleras que se unen en el Norte. Dicen que es muy grande, más que Prímona y que Shalama. Los edificios son de madera oscura y piedra gris, tienen tejados muy picudos, porque llueve con frecuencia. La capital está rodeada por murallas altas y gruesas y hay muchas estatuas, estatuas por todas partes de hombres antiguos vestidos con sus armas. Los hombres y las mujeres tienen el pelo de color negro o castaño y los ojos azules, verdes o color miel, salvo la estirpe real, los Horwing, que los tiene de color rojo. —Es la familia de Driadan, ¿verdad? Arévano asintió con la cabeza. —Así es. Driadan es el hijo del rey Dromath, soberano del Reino de Nirala y protector del Bosque Negro y las Montañas. Su familia es muy antigua. Su blasón es un caballo alado, un pegaso blanco. Amala se incorporó un poco para mirarle. El barco volvió a sacudirse con un fuerte empujón y una ola alta les roció de agua salada, pero al Cisne en ese momento no pareció importarle tanto como en otras ocasiones. Estaba reflexionando sobre lo que su amante le decía y dirigió una mirada hacia la proa, preguntándose donde estaría Driadan. —¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando?
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—Tengo que hablar con el príncipe—respondió—. No sé cual es su plan, pero ya va siendo hora de que nos lo cuente. Y cuando lo haga, tendremos que ponernos a trabajar, tu y yo. Arévano se irguió con curiosidad. Se rascó la nuca, mirando alrededor. Amala parecía muy decidido por algo. —¿Trabajar? ¿En qué? —En Shalama, los grandes señores no llevan estandartes. Se diferencian unos de otros por el color de sus ropajes, las flores o las plumas que llevaban en los turbantes y otros detalles—explicó el chico mientras se anudaba el jubón y trataba de ordenar su cabellera—. Cuando veías de lejos una caravana, podías saber qué Sha era el que había movilizado a sus gentes, si era el Sha Nastor, con sus ropajes púrpura y gris, o el Sha Asgaril, de naranja y amarillo, con plumas de oca blanca. —Sí, lo recuerdo. Pero ¿qué tiene eso que ver con… con nada? —Si Driadan va a recuperar su trono, no sólo va a necesitar hombres y armas. También necesita que su pueblo le reconozca. Necesita sus símbolos. El joven de Prímona entrecerró los ojos y la comprensión los hizo brillar. —¿Quieres que le hagamos un estandarte? Alama asintió con la cabeza. Arévano le respondió con una sonrisa y una mirada pícara. —Eres un chico muy listo. Tú llegarás lejos. —Ya estoy lejos. El Cisne le devolvió la sonrisa y le besó en los labios. Después se alejó por la cubierta, intentando mantener el equilibrio, buscando al príncipe de Nirala.

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El firmamento empezaba a teñirse de colores oscuros por el este y una franja rojiza marcaba el horizonte en el oeste, donde el sol acababa de ocultarse. La mar estaba picada y las olas empezaban a mostrarse más vivas de lo que lo habían hecho en los últimos seis días. Driadan estaba encaramado en la proa, agarrado a una maroma para mantener la estabilidad y atisbando en derredor, alzando la vista hacia el cielo para encontrar el lucero de la tarde y comprobar una vez más que el rumbo que seguían era el correcto. Llevaba la camisa empapada y ya había desistido de secarse. Era absurdo hacerlo cuando volvía a mojarse continuamente, con las olas, con la lluvia o con la niebla húmeda de los amaneceres. Los pantalones de cuero se le habían pegado a las piernas y estaban deformados del uso, al igual que las botas. El jubón estaba desgastado y tenía el cabello enredado y apelmazado a causa del salitre que el aire transportaba. Tiempo atrás no había sido capaz de soportar esa sensación, el pelo sucio, el cuero cabelludo tirante, la piel del rostro seca y maltratada y las manos llenas de grietas a causa del roce de las cuerdas y los trabajos del navío. No es que ahora le resultara agradable, pero lo soportaba con estoicismo. Pronto aparecerían las estrellas. Volvió la vista hacia las velas e hizo una señal con el brazo. Abajo, Qilem mantenía el timón firme y Jhandi se acercaba, con la larga trenza a la espalda y un rollo de mapas de fieltro bajo el brazo. Ambos se percataron de su gesto. —Recoged la vela. Qilem leyó sus labios más que escucharle. Se volvió hacia el resto de tripulantes que en aquel momento se encontraban de guardia y dio un par de voces, transmitiendo las órdenes. Jhandi se acercó a la proa y el príncipe bajó de su atalaya con un ágil salto, sacudiéndose los pantalones para ir a su encuentro. —La marea se está agitando—indicó el moreno—. Habrá que prepararse por si vuelve a ponerse brava. —Quizá se calme. Ahora es más importante evitar los escollos. Déjame echar un vistazo al mapa. Ambos se dirigieron hacia la zona de carga y se protegieron bajo el parapeto de un mástil. Jhandi desplegó los rollos de fieltro y Driadan apoyó las manos en los extremos para evitar que se volaran. El viento les sacudía los cabellos y el barco se inclinaba hacia un lado y otro, mientras el príncipe trataba de situarles en el mapa naval que Ioren el Rojo había escrito para ellos.

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—Escucha—dijo a Jhandi. Tenía que levantar mucho la voz para dejarse oír por encima del rumor del mar. —Vamos a llegar a Nirala por las montañas. Desembarcaremos en una playa salvaje que hay al noroeste, es donde atracaban sus barcos los norteños cuando venían a arrasar nuestras aldeas. Jhandi asintió con la cabeza, mirando el lugar que Nirala marcaba en el mapa. —Bien. ¿Dónde estamos nosotros ahora? —Ayer estábamos aquí—dijo Driadan, colocando el índice en un punto en medio del océano, a medio camino entre Thalie y los Reinos Civilizados—. Tenemos que cambiar el rumbo un poco hacia el Norte. Lo haremos esta noche, en cuanto salgan las estrellas. —Esperemos que esté despejado. Driadan asintió. Iba a añadir algo más pero un fuerte zarandeo estuvo a punto de hacerles caer. Un tonel se soltó de las cuerdas que lo sujetaban y rodó por la cubierta, golpeando en las pantorrillas a Sulori, que perdió el equilibrio. Las cuerdas se sacudieron y la vela, que estaba siendo recogida, se desató y cayó con todo su peso, haciendo que el navío diera una fuerte sacudida. «Maldita sea.» —¡Sujetaos por donde podáis!—gritó—. ¡Beonar, Fernos, recoged la vela antes de que nos haga volcar! Los dos fornidos hombres estaban en ello pero no era tarea fácil y durante un momento pareció que fueran a ser engullidos por aquellas aguas grises, que cada vez parecían más furiosas. «Si Ioren estuviera aquí se subiría al palo él mismo para ayudarles», pensó Driadan, con una punzada de vergüenza. Se sujetó al mástil y empezó a trepar con las manos y con los pies, pensando en lo gracioso que sería descalabrarse desde ahí y reventarse la cabeza contra la cubierta. «Sería un final ridículo para un príncipe heredero de Nirala. Driadan Horwing, se cayó en un barco cuando regresaba a casa.» Pero no se cayó. Llegó arriba del todo, con el viento golpeándole rabiosamente en el rostro y los cabellos y se aferró con fuerza a la madera, cerrando los muslos como un cepo y agarrando las cuerdas para tirar de ellas junto a los otros dos hombres. Fernos le miraba, extrañado. —Deberías estar abajo—gritó.
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—No me digas dónde debería estar—le replicó Driadan. Y después se echó a reír. Fernos y Beonar se miraron y rieron también, mientras las olas gigantescas se elevaban sobre sus cabezas y el océano rugía, amenazador y violento. —Estás tan loco como el Rojo.

 Durante el tiempo en que la tormenta estuvo sacudiendo el barco de un lado a otro, Cisne se mantuvo oculto entre unas cajas, con los ojos cerrados y rezando a dioses que no conocía. Estuvo a punto de vomitar varias veces, y cuando al fin todo terminó y el mar volvió a sosegarse, se dio el gusto de vaciar el contenido de su estómago por la borda. Después se lavó la cara con agua salada e hizo gárgaras con una bota de vino que encontró colgando de una alcayata. Luego salió tambaleándose y buscó con la mirada a Jhandi. Le halló recogiendo los mapas empapados del suelo. —¿Dónde está Driadan?—preguntó. El joven risueño señaló hacia arriba y Cisne siguió su dedo con la mirada. Driadan había cambiado mucho en los últimos tiempos, pero no se esperaba encontrarle encaramado sobre la vela, haciendo nudos con dos de sus compañeros. El príncipe de Nirala nunca le había parecido un cobarde, pero desde que las playas de Thalie se tiñeron de sangre le parecía que hubiera crecido en edad y estatura. Tenía las hechuras de un rey o de un noble, se había vuelto más tranquilo y reflexivo, si bien también más taciturno y nostálgico. Ya no montaba en cólera por cualquier cosa, seguía siendo muy orgulloso, pero había aprendido a moderar ese orgullo, a no envanecerse y a respaldarlo con acciones dignas de ser reconocidas por los demás. Entre la tripulación comentaban frecuentemente lo mucho que se había acabado pareciendo a Ioren y el propio Cisne tenía que admitir que así era. Cuando Driadan bajó del mástil lo hizo deslizándose por una cuerda y golpeando la tarima de la cubierta con las botas al aterrizar. Cisne dio un paso atrás y le saludó con la mano. Los ojos rojos de Driadan de Nirala le observaron y luego se apartó el pelo oscuro y apelmazado.

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—Hola Amala. ¿Puedo hacer algo por ti? Cisne no supo que decir por un momento. Luego sonrió y asintió con la cabeza. —Para empezar, darte un baño. Driadan soltó una espontánea carcajada. —Lo cierto es que lo estoy deseando, pero no tengo tiempo ahora. Pronto saldrán las estrellas y tenemos que corregir el rumbo. —De acuerdo. Pero cuando lo hayas hecho reúnete conmigo, ¿de acuerdo? Si me dejas lavarte el pelo, mientras tanto te contaré algunas cosas que he pensado para tu conquista. Driadan se escurrió el agua de la melena, observándole con cierta suspicacia. Estaban debajo de la vela ya recogida y las gotas que se desprendían del grueso lienzo les salpicaban como una lluvia continua. —Muy bien. Iré a buscarte después. No te escondas demasiado. Cisne esbozó una sonrisa traviesa. —No me esconderé. El príncipe le dedicó una última mirada cargada de curiosidad y volvió a alejarse hacia la proa, conversando con sus hombres con camaradería y avanzando con paso firme y seguro. De espaldas, con la larga melena oscura y el atuendo desgastado, Driadan de Nirala tenía el aspecto de un marino más, pero al cisne le dio la impresión de que estaba rodeado por un aura de autoridad nueva y aún naciente. Apartó la mirada y observó el cielo teñido de púrpura. —¿Cuáles son tus dioses, Jhandi?—preguntó, distraídamente. —El Dios de los Seis Brazos y el Señor de los Elefantes—respondió el joven de la trenza, dedicándole una sonrisa amistosa—. ¿Y los tuyos? —Yo no tengo. Por eso les rezo a todos. —¿Y qué les pides? —Que todo esto salga bien.
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Jhandi se echó a reír y le palmeó el hombro con la mano. Luego la dejó ahí. —Bueno, pase lo que pase mañana, hoy está siendo un gran día, ¿no? Que algo salga bien o mal no es sólo cuestión de cómo termine. Amala alzó las cejas. Se quedó pensando en aquellas palabras hasta que la noche extendió su manto oscuro y se cubrió de estrellas resplandecientes.

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Capítulo XLIV: El extranjero

la captura del día. Se quitó el gorro de fieltro y miró hacia el cielo gris y plomizo: las nubes oscuras se rizaban en él, tapando el sol de la mañana, y al mar, que habitualmente era azul y brillante, parecían haberle apagado el color frotándolo contra las afiladas rocas de las montañas más allá. Stalvan era pescador desde hacía más de treinta años. Era sólo un niño la primera vez que se subió a una barca y aprendió a temer y respetar las aguas tanto como al cielo y a las montañas. Las costas de Nirala eran rocosas y difíciles en el Oeste, plagadas de escollos, de arrecifes calcificados y de colmillos de piedra que asomaban aquí y allá entre las agitadas aguas. Stalvan, hijo de Stalvan, había tenido que memorizar de pequeño la geografía submarina de la zona en la que su padre faenaba, y cuando él cumplió la edad para guiar su propio esquife ya conocía al dedillo cada pliegue, cada peñasco y cada rompiente, sabía cuándo recoger la vela y cuándo virar para evitar que los caprichosos vientos le condujeran a la desgracia. Por eso, por la sabiduría que da la experiencia cuando eres hijo y nieto de pescadores, no necesitó más que ese vistazo al cielo para saber que se aproximaba una tempestad. —En esta época del año…—refunfuñó, meneando la cabeza. Acto seguido alzó la voz para llamar a sus hombres—. Vamos, Grimm, Pornell. Echad una mano con esto. Tenemos que llevar el pescado a la lonja cuanto antes. Los tres hombres se colgaron los sacos de pescado al hombro. Stalvan gruñó una vez más; estaba mayor, notaba la vejez enfriándole los huesos. Sus articulaciones se resentían cada vez con más frecuencia y últimamente al faenar le daban tirones en la espalda. «Espero que no lo noten», se decía. Aún no estaba preparado para retirarse. Él, como muchos otros hombres, odiaba el inexorable paso del tiempo y la huella que dejaba en sus cuerpos y sus almas. El cansancio, el hastío, el miedo a la muerte. Puso buen cuidado en que no se notara su flaqueza mientras avanzaba a lo largo de los muelles junto a sus compañeros. El sol apareció desde detrás de una de las gruesas nubes y un haz amarillento de luz dorada iluminó la superficie del agua y el viejo puerto de madera donde pequeñas embarcaciones de una sola vela iban atracando
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staba comenzando a llover cuando Stalvan terminó de descargar

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después del trabajo nocturno. Stalvan conocía a casi todos aquellos botes y a sus dueños: hombres como él, nervudos, de barbas castañas, negras y canas, con el rostro bronceado y arrugado por el sol hasta que sus mejillas parecían cuero seco y sus ojos se hundían y se quedaban perpetuamente entornados. Hombres de manos anchas y callosas, que fumaban en pipa y que olían permanentemente a sal y a brea. Hombres de humor taciturno y algo brusco, algunos de los cuales nunca regresaban. Los saludaba a medida que pasaba ante sus barcas e intercambiaban algunos improperios. —¿Ya estás aquí, viejo hurón?—le gritó Hester Carnage mientras amarraba su esquife a uno de los tocones en un precario equilibrio—. ¿Qué llevas en esos sacos? ¿Percebes? —Piedras para hundir a tu Pescadilla—replicó Stalvan con el mismo tono. Hester soltó una carcajada potente. —¡Mi Pescadilla no se hunde ni a pedradas! —No me tientes, Carnage. No me tientes. Un par de estibadores que estaban por ahí cerca se echaron a reír al escucharles. Stalvan también reía, pero dejó de hacerlo al ver los dos grandes navíos anclados en el extremo del muelle. Eran galeras de tres mástiles, con el velamen desplegado y la bandera ondeante, mostrando la estrella de la casa Starling. La visión le agrió el gesto, y no solo a él. —¿Qué hacen aquí?—preguntó Grimm, con la voz áspera. —No es de nuestra incumbencia. Vamos, no os paréis. Vamos a vender este pescado cuanto antes y después iremos a tomar una cerveza al Pargo Sediento. Grimm aún se tomó unos segundos para escupir sobre el suelo y después caminó tras él. Se confundieron entre la multitud que empezaba a agolparse en las lonjas a la espera de las primeras capturas, los cargadores, los marinos y los trabajadores del puerto. Más allá, un par de casas de pescadores daban inicio a las cuatro callejas que conformaban la aldea. Se llamaba Fondeadero de Acantilado y era uno de los pueblos más pequeños de Nirala, pero también abastecía de pescado a la mayoría de las localidades al Oeste de la capital, y a la misma capital. Las casas de piedra y madera oscura tenían tejados de pizarra, inclinados, y ventanas de vidrio amarillo que fabricaban los propios artesanos de Fondeadero. Era una

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aldea humilde, poblada por gentes igual de humildes, que miraban al cielo y presentían las tormentas. Dos horas más tarde, cuando el pescado terminó de venderse, las jarras empezaron a ser servidas y engullidas en la taberna del Pargo Sediento. Stalvan, Pornell y Grimm tomaron asiento en una de las mesas junto a otros camaradas y dieron buena cuenta de sus picheles de cerveza tibia mientras conversaban. —¿Habéis visto los barcos de los Starling?—comentó Grimm sin poder contenerse una vez hubieron terminado de fanfarronear sobre sus capturas del día. —Como si pudieran pasar desapercibidos—espetó Fraser, un marino alto y fornido de pelo muy negro y semblante en extremo hosco—. Llegaron esta mañana desde el Sur y obligaron al Blancura del Oeste y al Tiburón Martillo a cederles el lugar. Como si fueran los amos. —¿Es que acaso no lo son?—replicó Grimm con un gruñido—. Desde que el rey perdió a su potrillo, son ellos los que… Stalvan miró reprobatoriamente a su joven compañero, pero si éste se interrumpió fue porque Denise, la hija del tabernero, salía de la cocina para servirles una empanada de carne y cebollas. La presencia de la joven y el aroma de la comida hicieron guardar silencio a los marineros, que se quitaron las gorras y la saludaron educadamente. —Buenos días, Denise. Ella sonrió, dejando la fuente sobre la mesa. —Aquí tenéis. Debéis estar hambrientos. Pornell partió la empanada con su cuchillo y los tres amigos comenzaron a devorarla ávidamente. —Son ellos los que nos gobiernan—terminó Grimm cuando Denise volvió a la cocina. —Déjalo ya.—Stalvan le dio un fuerte codazo. —Ten más cuidado con lo que dices. Grimm mordió un trozo de empanada, mirándole con ofensa, pero el viejo marinero le hizo una seña con la cabeza, indicándole una de las mesas del
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fondo. En ella había un hombre de ojos azules, joven y atractivo, vestido con pantalones gastados, botas flexibles y una camisa de fino hilo sobre la cual se ceñía un jubón de cuero amarillento. Llevaba la espesa cabellera castaña y ondulada atada en la nuca y algunos mechones escapados le caían sobre la frente. Tenía una nariz recta y elegante, una barbita bien cuidada y se sentaba en su silla con postura indolente, sosteniendo una jarra en una mano. Su semblante tranquilo le hacía aparentar que estaba sumido en sus pensamientos pero aun así, Stalvan sabía que uno no podía fiarse de los desconocidos. Grimm, que había seguido su mirada, frunció el ceño al topar la suya con aquel singular extranjero, pues que era extranjero se notaba en algo imposible de definir. Sin embargo, incapaz de mantener la cauta discreción, a veces arisca, de la que su patrón y compañero siempre hacía gala, él no pudo evitar llamar la atención de aquel hombre alzando una mano y chasqueando los dedos. —¡Eh, tú! —El hombre pareció salir de una ensoñación. Miró alrededor y luego levantó una ceja. —Sí, tú. Ven, siéntate con nosotros. —Grimm…—Stalvan volvió a mirarle con una advertencia implícita, pero el impulsivo pescador no parecía atender a razones. —Tenemos empanada de carne y buena conversación. Ven y háblanos de tu barco y tu viaje. ¿Cuál es tu nombre? La taberna se quedó en silencio durante un largo instante, en el que el desconocido paseó su mirada sobre la concurrencia. El tabernero secaba un vaso, y el único sonido parecía ser el del trapo sobre el cristal. Finalmente, el joven se levantó y esbozó una sonrisa, acercándose a la mesa de los pescadores, que le recibieron con expresión desconfiada. —Mi nombre es Arévano. Soy mercader, de Prímona. —No hay ningún barco de Prímona en nuestro puerto—espetó Pornell. Al hablar lo hizo con tanta brusquedad que se le cayeron algunas migas de empanada por la barba. —No he dicho que haya venido en barco. De hecho, vine a caballo. —¿Desde Prímona? Imposible.

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El joven extranjero se echó a reír, como si encontrase algo muy gracioso. Tenía una sonrisa de dientes iguales y blancos, y cuando se inclinó adelante sobre la mesa para explicarse les miró con complicidad. —No, claro que no. Veréis, mi barco está en Puerto Jaspe. —Hubo un coro de gruñidos apagados. —Pero aún no hemos descargado nada. Traemos mercancías muy valiosas: sedas, brocados, joyas, plata… y mis hombres están cansados y sedientos. Atracamos en Puerto Jaspe porque nos dijeron que era el fondeadero más completo y seguro de Nirala. —Es un pozo hediondo de pescado podrido—exclamó Hester Carnage, que también se encontraba allí. —Puerto Jaspe está lleno de rateros y de delincuentes, señor. Arévano asintió, inclinándose un poco más hacia ellos. —Eso he podido comprobar. Por eso desembarqué yo solo y tomé un caballo para viajar hasta aquí. Quería comprobar si no nos sería más conveniente anclar nuestro navío en Fondeadero del Acantilado. —Pues no te costará elegir, comerciante. Hasta los nobles de Nirala prefieren dejar sus barcos en nuestro muelle que en esa basura de Puerto Jaspe—aseveró Pornell. —El Pargo Sediento os acogerá encantados—intervino el tabernero, con una sonrisa servil—. Tenemos habitaciones disponibles, y probad la empanada que hace mi hija. Seguro que os encanta. —Aquí tenemos una lonja más grande—agregó Samwell Flynt, lamiéndose la espuma del bigote—.Y gente más honrada. —Eso no tiene mérito, ¡cualquiera puede ser más honrado que uno de Puerto Jaspe! Los parroquianos estallaron en carcajadas, todos salvo Stalvan. Él también rabiaba cuando oía mencionar Puerto Jaspe y a sus gentes, con esa rivalidad incomprensible y visceral que uno cree sentir hacia los habitantes de toda localidad vecina. Pero, aunque el extranjero había dicho su nombre y ocupación y pagaba en aquel momento una ronda para todos, Stalvan no tenía una desconfianza tan fácil de erosionar. La suya era tan sólida como los más arraigados prejuicios, y gracias a ella había salvado a más de un joven de caer en errores simples o fatales, desde confiar en el amigo inadecuado hasta perecer en el mar por confiar en el viento favorable. Por eso siguió observando con severidad al desconocido mientras éste
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conversaba con los marinos, entre jarras que iban y venían y hojaldres rellenos de oca y mantequilla fundida. —Pronto llegará el día de la boda del rey—decía Hester. Las rondas de cerveza y la comida gratis habían calentado las lenguas de los pescadores—. Se va a casar con una Starling. —Vaya, entonces tendréis festejos. —Quién sabe. No se ha anunciado nada, y dadas las circunstancias, es posible que no haya celebración. —¿Dadas las circunstancias? —El rey Drommath perdió a su mujer cuando nació su hijo, y perdió a su hijo hace tres años. Desde entonces está destrozado. Se ha convertido en un hombre taciturno y triste, que ni siquiera pone interés en reinar. Los Starling lo hacen por él. —Es terrible. ¿Tan grande es su pena? —Debe serlo. Si no fuera por los Starling, el reino estaría… —Libre—respondió repentinamente Grimm—. Esos bastardos han hecho alianzas con el Imperio del Este, nos han vendido a ellos. Se llevan nuestros cultivos, nuestra madera, y nuestros hombres han marchado a sus guerras. —¿Vuestro ejército pelea en las guerras fronterizas del Imperio del Este? —Pelean y mueren—escupió de nuevo Grimm, amargamente. Luego dio un largo trago y se terminó la cerveza, dejándola en la mesa con un golpe. Su mirada se había vuelto oscura—. Mi hermano Duncan era soldado de Nirala, un guerrero de la montaña. Cayó defendiendo las Marcas de Riberazul, bajo las órdenes de esos extraños. Se hizo un breve silencio. El extranjero inclinó la cabeza como muestra de respeto, y después todos contemplaron sus jarras, cabizbajos. Stalvan observaba, con la sensación de que aquella conversación no debería estar teniendo lugar. «Nos meteremos en problemas», pensó. «Todos tendremos problemas si no cerráis vuestra bocaza.» Sin embargo, no dijo nada y se limitó a observar con fiereza a sus camaradas. Estos, en cambio, parecían sumidos en sus pensamientos. Y cuando Samwell Flynt lo rompió, lo hizo con un tono de voz bajo y cómplice. «El propio de las conspiraciones.»

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—Algunos dicen que esta alianza es el preludio de una invasión—murmuró—. Que el Imperio del Este quiere conquistar Nirala y que los Starling les están allanando el camino. —Al fin y al cabo, los Starling proceden de allí—agregó Fraser—. Sus antepasados, no ellos. Eso dicen, pero son todos tan blancos y con esos rasgos tan finos que deben ser del Este, eso es seguro. Casi no tienen nariz. —La prometida del rey es guapa, pero es demasiado joven—comentó distraídamente Parnell. —Supongo que quieren que el rey la deje embarazada para sentar a uno de su sangre en el trono. Esta vez, Stalvan dio un fuerte golpe con la mano sobre la mesa, incorporándose con tanta precipitación que todos los huesos de las piernas se le resintieron. —¡Grimm! Ya basta. Dejad de decir cosas impropias, todos vosotros. Estáis delante de un desconocido. —Les miró, uno a uno, con los dientes apretados. —Si nos ahorcan a todos será por culpa vuestra y de vuestra enorme boca. Yo no quiero escuchar más de esto. Buscó en su bolsillo y soltó algunas monedas sobre la mesa, inclinando la cabeza antes de salir de la taberna a paso rápido. ¿En qué estaban pensando esos locos? No podía creer que hubieran cometido tantas indiscreciones. «Pues a mi no me van a buscar un problema por no ser capaces de mantener el pico cerrado. Yo me voy a casa.» —¡Stalvan, espera! —¡Déjame en paz, Grimm!—exclamó el anciano, acelerando el paso. Le dolían las rodillas, pero trató de mantener el ritmo. —Ya has dicho bastante. Nos veremos mañana, cuando estés más tranquilo. Grimm suspiró y dejó caer las manos a los lados, viendo cómo su camarada se alejaba. Cuando se dio la vuelta para regresar a la taberna, se encontró frente a sí al extranjero, que le observaba con tranquilidad aunque su expresión era ahora más seria, casi distante. Entrecerró los ojos, volviendo a la desconfianza inicial. —¿Qué haces aquí?—gruñó. En vez de responder, el extranjero hizo otra pregunta.
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—¿Qué le ocurrió al heredero al trono? Grimm hizo una mueca y escupió antes de contestar. —Tomó como esclavo a un Hombre del Mar. Uno de los hombres del Norte que quemaban y saqueaban nuestras aldeas. El esclavo escapó y le arrojó por las almenas. —¿Quién dice eso? Grimm compuso una mueca aún más perpleja. El tal Arévano le estaba hablando muy de cerca y tenía una mano a la espalda, lo cual no contribuía a que recuperase la confianza en él. —¿Cómo que quién lo dice? Lo anunciaron. Lo dicen… lo dice todo el mundo. El extranjero asintió y se mesó la barba, pensativo. Luego volvió a mirarle, como si quisiera encontrar en Grimm la respuesta a una pregunta que él no conocía. Le estaba poniendo terriblemente nervioso. —Y dime, ¿Qué crees que haría tu hermano si volviera a ver ondear el estandarte del Pegaso? —Ponerse a su servicio—respondió, de inmediato. De eso no tenía ninguna duda. Por algún motivo, el extranjero sonrió. Después sacó la mano que ocultaba y le tendió una diminuta talla de madera. Representaba un caballo con alas. Grimm la observó, entrecerrando los ojos. —¿Y qué crees que harían los compañeros de tu hermano? —¿De dónde has sacado esto? ¿Y qué quieres decir? Arévano se encogió de hombros. —No lo he sacado de ninguna parte. Lo he hecho yo, en homenaje a un amigo muy querido. —Se dio la vuelta, como si fuera a marcharse, pero no dio ni un solo paso. —Respecto a la segunda pregunta, lo que quiero decir es… ¿Cuánta gente se alegraría si volviera a gobernar el Caballo Alado y pudieran olvidarse para siempre de los Starling?

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Grimm apretó los dientes un momento, observando el corcel de madera con expresión pensativa. La talla era una deliciosa miniatura hecha con mucho detalle, y casi parecía perderse en la palma callosa de su mano. Él era un hombre humilde, un simple pescador de Fondeadero del Acantilado. Él no sabía nada de política, de enredos de corte ni de intereses entre los reinos y las casas nobiliarias. Nunca había conocido al rey Drommath ni a su hijo, el príncipe Driadan, por lo que aquel pegaso no era para él el símbolo de una monarquía en declive, ni de un pasado mejor. Grimm tampoco conocía a los Starling. Pero sí sabía de venganza, pues desde la muerte de su hermano, no había pensado en otra cosa que en ella. Y entonces aquel caballo con alas cobró un significado muy claro en su corazón: era el heraldo de su ajuste de cuentas personal. Levantó la mirada hacia el extranjero, muy despacio, y después dijo, en voz grave y casi susurrada: —Muchos más de los que lo lamentarán. Arévano esbozó una media sonrisa. Los ojos del pescador brillaban con furia contenida y en el cielo, entre las nubes negras que se habían apretado como los espectadores de una ejecución, un relámpago quebró la oscuridad y se escuchó el rugido del trueno. —Se acerca una tormenta—dijo el extranjero. Grimm alzó la mirada. —¿Ah sí? Pues me alegro. Bienvenida sea.

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Capítulo XLV: Hombres y Guerreros

entrenando. Mantenía las espadas rectas, firmemente sujetas, y ejecutaba los movimientos mientras en su cabeza se repetía las enseñanzas del Rojo una y otra vez, con cada golpe al aire. «Un hombre libre es dueño de sí mismo.» Una y otra vez, para no olvidarlas. «Se abandona a su propia tormenta cuando así lo desea, no cuando ella le domina.» Tenía los ojos cerrados y escuchaba el mar. Su pulso era como el latir de un corazón que le unía con todo lo que había dejado atrás y también con su propio destino; lo sentía como algo místico y mágico, como nunca antes lo había sentido hasta que estuvo en Thalie. Las olas golpeaban el casco del navío anclado con una cadencia perfecta, constante, equilibrada, simétrica. «Un hombre se mantiene libre gracias a la disciplina; La disciplina te garantiza la libertad, la falta de ella te deja a merced de la tempestad. Puede elevarte, o estrellarte contra las rocas.» Inspiró profundamente e hizo descender los filos hacia abajo muy lentamente, sin que temblaran, sujetando las empuñaduras con fuerza pero sin tensión. El barco crujía y oscilaba al compás de la marea. El viento silbaba en la cubierta al filtrarse entre las grietas de las tablas y los pequeños agujeros. «Un hombre libre es disciplinado.» Giró las hojas en un arco ascendente, el metal vibró como una copa de cristal en el aire quieto de la bodega, donde el viento no silbaba. Allí olía a especias, a salitre y a madera mojada. «Un hombre disciplinado es rey de sí mismo.» Al recordar sus palabras, le parecía oír su voz. Casi podía evocar la imagen de Ioren, su presencia, su olor peculiar y potente. Podía imaginar que estaba con él en el acantilado, junto al océano gris, practicando y escuchando, como había hecho tiempo atrás.

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e pie sobre uno de los toneles de las bodegas, Driadan estaba

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Aquellos recuerdos no solo le fortalecían, también le consolaban. Y necesitaba ese consuelo, porque la forzada separación le hacía sufrir. Le dolía su ausencia y la pena pesaba sobre el corazón como una losa, pero por alguna razón que aún no se explicaba no se sentía vacío. Al principio había sido como arrancarse las entrañas, pero después, ese hueco no se había rasgado hasta dar lugar de nuevo a la aullante grieta que antaño le había torturado, sino que se había ido mitigando poco a poco. Lo que Ioren le había dado permanecía vivo en el interior de Driadan, como una llama danzarina que no se extinguía y le alimentaba, y por ello se sentía afortunado en medio de su dolor. Y sobre todo en aquel momento de su vida: Era el tiempo de la venganza, de la sangre y la espada, del fuego y el acero. «Y cuando es tiempo de fuego y acero, la rabia se eleva por encima del sufrimiento y templa las almas, las mantiene firmes.» Aquello no lo había dicho Ioren, pero le gustaba cómo sonaba. Hizo girar las empuñaduras entre los dedos y después trazó varios círculos antes de depositar sendas puntas sobre el tonel. Tomó el bajo de su camisa y con él limpió primorosamente las hojas antes de envainar. Estaba en ello cuando se abrió la puerta y Fernos entró en la bodega como un vendaval. Sus pasos enérgicos destrozaron la quietud. Driadan se volvió hacia él con expectación. —Fernos. ¿Qué noticias traes? El hombre se plantó frente a él, enorme y rubicundo, con el cabello leonino enmarañado y el ancho rostro muy serio. Los ojos le brillaban intensamente, y antes de que hablara, Driadan supo que había tenido éxito. —He conseguido a los mineros del norte. Una sonrisa fiera se abrió paso en los labios del antiguo esclavo. Driadan reprimió la suya y asintió severamente. Se acercó y le golpeó el brazo varias veces. —Bien hecho. Bien hecho, amigo mío. —Fernos le devolvió un par de rotundas palmadas en la espalda. —Siéntate y cuéntame cómo ha ido tu viaje. Debes estar agotado. —Hace falta mucho más que un viaje de seis días a caballo para agotarme—replicó Fernos. No obstante se dejó caer en una silla destartalada que crujió bajo su peso. Luego comenzó a quitarse la empapada capa a tirones. —Seguí las indicaciones que me dio Grimm y tomé el viejo camino del Norte en lugar del nuevo. Estaba lleno de matojos y de piedras y además vi algunos lobos en las cercanías del bosque, pero el
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trayecto fue bien, sin incidentes. No encontré a un alma por ese sendero, bendito sea ese pescador antipático. Driadan tomó un pichel de cobre que había colgado en la pared y abrió el grifo de un barril de cerveza. Lo llenó y se lo tendió a su camarada. —Me alegra oír eso. ¿Cuánto tardaste en llegar a Terragris? —Ocho días, había mucho barro—respondió Fernos, después de dar un largo trago. Reposó la espalda en el respaldo de la silla y la inclinó hacia atrás, suspirando con satisfacción—. Por los hígados del Leviatán, qué ganas tenía de un trago. —¿Y cómo te recibieron? Ocho días era un tiempo muy aceptable para el largo viaje a caballo hasta el Norte, y el pueblo al que Fernos había sido enviado era un asentamiento bastante grande y muy antiguo. Los primeros hombres de las montañas habían vivido allí, antes de que Nirala fuera un reino propiamente dicho. Sus hombres eran tan hoscos como los pescadores con los que ahora convivían, rudos y desconfiados. Y muy orgullosos. —Mejor de lo que esperaba. Creo que les gusta la gente grande y fuerte. Driadan sonrió un poco y levantó la barbilla con suficiencia. —Pues claro. ¿Por qué crees que te mandé a ti? Fernos se echó a reír. —Chico listo, serás un rey cojonudo—afirmó, dando otro trago—. Pues me ofrecí a echarles una mano con los sacos de plomo durante una semana y aproveché para ver cómo les iba a aquellas gentes. Y no te va a gustar. Lo están pasando verdaderamente mal, se mueren de hambre. Driadan se sentó en una caja y le miró, apretando un puño. —¿Me estás hablando en sentido literal? Fernos asintió. Su semblante se había vuelto más serio. —Los niños se mueren, Driadan. El Reino se queda con siete de cada diez partes de mineral, y con todas las gemas. Los padres de familia no saben

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cómo alimentar a sus hijos y muchos se hacen soldados o practican la caza furtiva. En ambos casos, se juegan la vida. No son pocos los que la pierden. Driadan pensó en ello durante un momento, frotándose el mentón con un dedo. Por una parte, sentía angustia al pensar en los habitantes de Terragris. El pueblo de Nirala nunca le había importado demasiado, ni cuando era un príncipe ni tampoco más adelante, cuando empezó a planear cómo recuperar su trono. Pero lo que había aprendido de Ioren el Rojo durante su estancia en Thalie le había calado profundamente, y al comprender que necesitaría al pueblo para reconquistar la corona, empezó a verles realmente, a ser consciente de quiénes eran y lo que significaban. Por eso, al pensar en las familias pasando necesidad se le hizo un nudo en la garganta, pero al mismo tiempo, se alegró de que fuera así. «Si no estuvieran desesperados no habrían depositado sus esperanzas en Fernos», se recordó. —¿Pudiste ayudarles?—preguntó. —Lo hice, todo lo que pude. Pero no les di el oro. Esa gente no quiere oro, quieren pan. Driadan volvió a asentir y tomó nota mentalmente. —Supongo que cuando les hablaste del heredero de Drommath no te creyeron. Fernos rió por lo bajo, jugueteando con la jarra entre los dedos. La levantó y se echó el resto del contenido al gaznate, al tiempo que el barco daba un suave bandazo a causa de una ola más fuerte. La marea empezaba a subir. —No se lo creyeron, no. Pero les da igual. Quieren un cambio, y no tienen nada que perder, así que se unirán a la rebelión. —¿Van a luchar, entonces? —Lucharán—afirmó el corpulento hombre, dejando la jarra de un golpe sobre una caja de especias—. Pero no lo olvides: solo son mineros. No son guerreros. Driadan hizo una mueca desdeñosa, poniéndose en pie. —Todos los hombres son guerreros.

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—Tal vez, pero los que excavan en las minas no tienen muchas posibilidades contra los que visten de soldados. —Hemos traído armas. —Sí, pero otra cosa es que sepan usarlas. —Pues aprenderán. —No se aprende en un día, chico. —Pues entrenarán durante el tiempo que haga falta—replicó Driadan, sin alzar la voz. Había levantado la barbilla y le miraba desafiante, adelantando un poco el mentón—. ¿Es que ya no te acuerdas de lo que éramos tu y yo antes de que Ioren llamara al fuego y al acero? ¿Sabías usar un hacha mejor de lo que pueden usarla ellos? ¿Deseabas hacerlo, en primer lugar? Ioren creía en ti, en mi, en todos. Y su convicción nos hizo volver a creer en nosotros mismos. Si él nos dio la oportunidad de luchar, yo se la daré a los mineros, y a los pescadores y hasta a las malditas piedras si hace falta. Fernos se le quedó mirando en silencio y al final asintió con fuerza, en un solo movimiento. —Así sea. Que los dioses me arranquen las barbas, no sé qué fuego tienes dentro, chico, pero cuando te oigo hablar así me recuerdas a… —¿Con cuántos hombres crees que podemos contar?—le interrumpió Driadan. Ya sabía lo que iba a decir y no le apetecía escucharle. —Al menos una centena, puede que ciento cincuenta. —Estupendo. Has hecho un gran trabajo, Fernos. No sé como agradecértelo. El hombretón se rió a carcajadas y subió los pies sobre una caja, cruzándolos después. —Con una empanada de pescado y ese tonel bien a mano. Pienso dedicarme a comer, beber y dormir durante los próximos tres días. Driadan se rió con él, arrojándole al vuelo otra jarra. —Muy bien, pero que no sean más de tres. Tenemos una guerra que librar.
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Las risotadas de Fernos le hicieron eco mientras subía las escaleras para salir a la cubierta. Antes de pisarla, se echó la capa sobre los hombros y se cubrió con la caperuza hasta la nariz. Aquella vieja capa de lana le había acompañado desde que abandonaron Shalama. Ya estaba deshilachada cuando Ioren se la dio, pero ahora estaba aún más rota: se había descosido en varios puntos y tenía un par de desgarrones. Aun así, a Driadan le encantaba, pues era la más holgada y la que mejor le permitía ocultarse. Bajó del barco tras cerciorarse de que no había nadie en las cercanías y se escurrió sigilosamente hacia las zonas más desiertas del fondeadero, donde sólo algunas pequeñas barcas y esquifes se varaban en la orilla y apenas había tránsito de pescadores. El cielo seguía estando encapotado. Era la estación otoñal y las tormentas eran muy frecuentes durante esa época del año. Las nubes rara vez abandonaban el firmamento y desde hacía más de dos semanas, las que lo cubrían eran tan negras y espesas que parecía anochecer antes de tiempo. A Driadan aquello le convenía para pasar aun más desapercibido. Caminó por la playa rumbo al norte, pensando en su situación. Las cosas estaban yendo mejor de lo previsto gracias al descontento general de las gentes de Nirala. Cuando arribaron a las costas, Arévano no había necesitado mucho tiempo para ganarse las lealtades de varios pescadores de Fondeadero, que les encubrieron y les permitieron atracar en el puerto fingiendo ser comerciantes. Algunos de ellos tenían contactos y con el paso de las semanas, recibieron noticias acerca de las hambrunas en el Sur, la subida del precio de los cereales, la penosa situación de los granjeros y los pastores que tenían que comerse sus propias cabras, el aumento de la delincuencia y las presiones sobre los mineros. Driadan no tardó en comprender lo que estaba sucediendo. Starling estaba vendiendo la nación al Imperio del Este y había empezado por las materias primas y los alimentos. «¿En qué está pensando mi padre?», se preguntaba Driadan sin poder evitarlo. Con el tiempo y la distancia, había empezado a comprender de un modo diferente los lazos que les unían, y a pensar que tal vez se parecía más a él de lo que había pensado en un principio. Al rey Drommath, la pérdida de su mujer le había afectado mucho pese a ser un fiero guerrero, pero si la desaparición de su hijo le había hecho caer en tal estado de indiferencia era porque era más sensible de lo que parecía. «Debió haber decapitado a esos Starling en la Sala del Pegaso en vez de cortar la cabeza a los hombres de Ioren. Aunque bien pensado, quizá todo lo que está pasando es la condena de los Dioses por aquello.»

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Frunció el ceño y volvió la mirada hacia el horizonte. La mar estaba picada y las grandes olas azules rompían con fuerza en la playa rocosa. Los Dioses no intervienen en asuntos de hombres, había dicho Ioren en aquella ocasión. «Pero enviarán vuestra imagen en sueños a nuestros hijos…» —Tú que los llamas e invocas su poder, dices que los Dioses no intervienen en asuntos de hombres. Es extraño—murmuró. Siguió andando, las suelas de las botas rechinando sobre los guijarros húmedos. Recordaba las veces en las que el Rojo había invocado aquella magia primitiva y ancestral para encender los fuegos, para alzar las olas o para sanarle. Aunque le había visto hacerlo, no dejaba de resultarle un misterio absoluto. Aunque al principio Ioren invocaba a sus Dioses de forma puntual y casi a escondidas, después de que recuperase la Silla se había mostrado menos tímido. Aunque no utilizaba ese poder para exhibirlo, para asustar u oprimir a otros, ni siquiera para festejar, muy de vez en cuando salía a la puerta de la gran casa de madera en la que habitaba el thane por derecho y se acercaba al blandón central de hierro forjado que dominaba la plaza. Dejaba allí un sacrificio, fueran palomas, gansos, pieles o un montón de piezas de oro, e invocaba a Rúnya del Fuego Oculto en voz baja y arrebatada. Entonces las llamaradas rojas se elevaban y comenzaban a danzar, el fuego resplandecía y se elevaba. Y él se arrodillaba, sin agachar la cabeza, los ojos azules fijos en el corazón del fuego, donde parecía ver algo que nadie más veía. Esos eran los momentos de Ioren que atesoraba en su corazón y le asaltaban de cuando en cuando, como entonces, a pesar de que en su cabeza estuviera pensando en conquistas y batallas. Se había abstraído tanto que no se dio cuenta de dónde estaba hasta que escuchó hablar a alguien. —Te dije que nos meterías en problemas a todos. Driadan frunció el ceño y buscó el origen de aquella voz, que le llegaba apagada, como si alguien estuviera conversando con una mano delante de la boca o una almohada en la cara. Había llegado al final de la línea de playa y las piedras y guijarros se convertían aquí en un terreno escabroso de roca viva, con pequeños agujeros provocados por la erosión y afilados bordes. Una pared de piedra casi negra se alzaba delante de él, cubierta de moho húmedo y algas en su falda, y más arriba, musgo y hierbajos de montaña. El rumor del mar se iba convirtiendo en estruendo poco a poco, pero aun así le permitía escuchar la conversación.

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—No he hecho nada malo. ¡Soltadme! —Esto es por tu bien. Driadan entrecerró los ojos. Tanteó la roca con la mano. —¿Por qué no quieres hablar? Sólo te he hecho una pregunta. Las palabras parecían provenir de muy lejos, como ecos en un sueño. Acercó el rostro a la pared rocosa y prestó atención, y la siguiente frase le llegó mucho más nítida y clara. —Si no respondes, te juro que haré que te ahorquen, Grimm. Tu hermano se moriría de vergüenza si no estuviera muerto ya. «¿Grimm? Mierda.» Apretó los dientes. —¡Cierra la boca, desgraciado! No te atrevas a mencionar a mi hermano. «Es una cueva», comprendió Driadan. Corrió, alejándose del mar y siguiendo el escollo, buscando la entrada. Con una mano se aseguró de llevar al menos un par de dagas en el cinto, pero aun así, agarró una de las piedras afiladas que encontró en su camino y se la guardó entre los dedos por si había necesidad de desnucar a alguien. Casi tuvo que dar la vuelta completa al enorme brazo de piedra que descendía hasta el agua, y finalmente encontró una oquedad oculta entre varios arbustos espinosos. Los apartó y entró a la gruta, todo lo silencioso que pudo. El interior era menos espacioso que un templo, pero estaba iluminado: La parte superior del escollo tenía dos grandes oquedades abiertas como chimeneas naturales que dejaban entrar la luz escasa del sol de la tarde. Se escuchaba el agua goteante y los borboteos de la marea, que hacían ecos por todas partes. Y en el centro de la estancia había un soldado y tres pescadores. Dos de ellos sujetaban al tercero, que no era otro que el joven Edward Grimm. —Dime quién te ha dicho que el Príncipe está vivo—exigía el soldado. Llevaba un tabardo con un caballo alado y la armadura reglamentaria, de cuero tachonado y placas ligeras. —Vete al infierno.

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—¡Vamos Grimm, colabora, maldita sea!—dijo otro pescador. Éste era un hombre muy viejo y ceñudo. Driadan no podía ver bien sus rasgos en la oscuridad pero no le parecía excesivamente fuerte. —Estás cometiendo una locura, Grimm—decía el soldado, que parecía exasperado—. ¿Es que no te das cuenta? No sabes quiénes son esos hombres ni lo que pretenden. —Quieren la rebelión—escupió Grimm. —Sí, eso es lo que te han dicho. Pero ¿por qué les has creído? ¡Ni siquiera tienes una maldita prueba! ¿O sí la tienes? Driadan apretó los dientes. La discusión siguió adelante, pero él ya no la escuchaba. Era sólo un soldado, estaba seguro de poder dar cuenta de él, pero los otros dos pescadores… «No tengo elección», se dijo. «Lo sabe. Él y quién sabe cuántos soldados más. Está poniendo en peligro todo el plan.» Pensó en desenvainar las dagas, acercarse con sigilo y dar cuenta de él de forma rápida para después salir corriendo. Estaba visualizándolo claramente, pero mientras lo hacía, ya caminaba hacia ellos, saliendo de su escondite y apartándose la capucha. Los pescadores volvieron la mirada hacia él. El soldado se dio la vuelta, llevando la mano a la empuñadura. —¿Y qué clase de prueba queréis? ¿El sello real? Cerró las manos en sus armas, agarrándolas, agarrándose a ellas. «Si hay que darles una oportunidad para luchar, también tengo que dársela para elegir.» —¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? —El soldado y los tres marineros se atropellaron al hablar, dando un par de pasos atrás y colocándose en posiciones defensivas. Soltaron a Grimm, que se sacudió los brazos y le dirigió una mirada suspicaz. Driadan dio dos pasos más hasta quedar bajo uno de los haces de luz. Los ojos rojos relampaguearon con determinación y todos pudieron verlos. —Soy Driadan Horwing, heredero al Trono. —¿Qué es esto?—exclamó Grimm, tan conmocionado como enfadado—. ¿Es otro engaño de los Starling?

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—Quien esté del lado de los Starling, que sepa que apoya la destrucción del reino y que la peor de las venganzas caerá sobre él. Será ejecutado por mi mano, aquí y ahora—dijo Driadan, con fría calma—. Quien esté del lado de mi padre y del mío, que sepa que me tendrá de su lado. Haced rápido vuestra elección, porque si tengo que luchar prefiero que sea cuanto antes. Hace meses que no corto una garganta. El pescador más joven abrió mucho los ojos y la boca. Luego miró alrededor e hincó la rodilla en el suelo a toda prisa. Grimm dudó unos momentos. Le miró, de arriba abajo, varias veces, y después contempló sus ojos como queriendo asegurarse de que no le engañaba la vista. Fue el siguiente en arrodillarse. El marinero viejo, en cambio, se quedó como estaba, encorvado y estrechando tanto los párpados que sus ojos parecían dos puñaladas en su rostro. Driadan sentía el corazón latirle con fuerza. Volvió la mirada hacia el soldado, que también parecía tremendamente sorprendido, pero no apartaba la mano de la empuñadura. Clavó las pupilas en las suyas y las mantuvo ahí, en silencio, durante largos segundos. —Driadan Horwing está muerto—empezó a decir, confuso—. Le mató su esclavo, le arrojó por las almenas. —Driadan Horwing soy yo, y estoy muy vivo. ¿Y tú, soldado, a qué reino sirves? ¿A Nirala, o al Imperio del Este? Decídelo pronto. No soy muy paciente. Algo en el caballero pareció cambiar entonces, como si una tensión desapareciera de sus hombros. Apartó la mano del pomo de la espada y se la llevó al pecho, inclinándose después profundamente. —Os sirvo a vos, Majestad. —Y luego añadió: —Doy gracias a los Dioses de que estéis aquí. No pensaba que fuera cierto. Creía que alguien estaba manipulando a Grimm y a los demás. Disculpadme. Sólo entonces, el viejo agachó la cabeza también. Driadan hubiera deseado ponerse a dar saltos de alegría en ese preciso instante. Una explosión de triunfo le sacudió la sangre en las venas, pero se obligó a mantenerse tranquilo y contener sus emociones. —¿Por qué le estabas interrogando?—preguntó Driadan. Luego cayó en la cuenta de que el soldado seguía inclinado y los demás, de rodillas. —Eh… descansad. Os podéis poner derechos, todos.
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Los pescadores se irguieron y el soldado alzó la cabeza, aunque no volvió a mirarle directamente ni una sola vez. Cuando habló lo hizo en tono marcial y sereno. —Majestad, yo nací en este pueblo. Mi hermano es pescador, somos amigos de Grimm y de su… —Si a esto lo llamas amistad no quiero saber cómo tratas a tus enemigos—interrumpió Grimm—. Y perdone, Majestad. Digo, perdonad. Driadan levantó la ceja y siguió escuchando al soldado. —Llegó a mis oídos el rumor de que el Pegaso se alzaba de nuevo y quería saber cuánto tenía de verdad. Temía que fuera una estrategia de los Starling, o alguna clase de traición. El príncipe asintió y se quedó mirándole un momento, pensativo. ¿Podría confiar en él? —¿Y qué vas a hacer ahora que has comprobado cuál es la verdad? —Llevar la noticia a los hombres del ejército, Majest... —Eso no puede suceder—le cortó Driadan, tajante—. Nadie debe saber que estoy aquí, todavía. El soldado apretó los labios. Después le miró de soslayo, casi con temor. —Permitid al menos que les lleve la esperanza. El Ejército de Nirala sigue sirviendo al Rey, como siempre ha hecho, y el Rey es vuestro padre… aunque Starling nos envíe a morir a tierras extranjeras. —Ya—respondió el joven, con una sonrisa ácida—. ¿Y si el ejército sirve al Rey, por qué no se han levantado en armas contra la estrella de Starling? —Porque el Rey les ha legitimado, Majestad. Y... porque vos no estabais aquí. «Necesitan un líder», comprendió. Y comprendió más allá de eso lo que implicaba su afirmación. «Dioses, y ese soy yo.» Sintió un repentino mareo y una presión violenta en el pecho, después el corazón volvió a latirle como un loco.

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—¿Me estás diciendo que, en caso de instigar una rebelión, puedo contar con el ejército de Nirala, soldado? Era demasiado bueno para creerlo. El soldado volvió a cuadrarse e hizo otra reverencia. —Sois el príncipe heredero, Majestad. Podéis y debéis. Driadan cambió el peso de pie y asintió. Después se dio la vuelta para salir de ahí, necesitaba urgentemente que le diera el aire… o encerrarse en las bodegas. Se detuvo a medio camino al darse cuenta de que tenía que decir algo a aquellos cuatro tipos que le miraban muy fijamente. —Bien. Pues… los pescadores seguid con vuestro trabajo normal. Y con las conspiraciones. En cuanto a ti, soldado, ven esta noche a esta misma cueva. Te mandaré a uno de mis hombres para concretar un plan de acción. —Sí, Majestad—respondieron a coro. —Gracias. Los cuatro hombres se miraron, algo perplejos. «Vale, los reyes no dan las gracias», se recordó Driadan. Después echó a andar y se caló la capucha hasta la nariz, caminando como si tuviera fuego en los talones. Si no tuviera que mantener la discreción se habría arrojado al mar, gritando de júbilo, de emoción y de puros nervios, pero ahora ya no era un niño y tenía que mantener los pies en la tierra. Aún no las tenía todas consigo. «Tengo que planearlo todo bien y medir mis pasos», se dijo. «Tengo que ser prudente. No hay que vender la piel del oso antes de matarlo. Si me confío demasiado puedo cometer errores y eso nos puede costar muy caro a todos.» Se lo dijo una y otra vez, hasta la saciedad. Por eso, cuando llegó al Tempestad, estaba muy serio. —¿A qué viene esa cara, chico de la caperuza? —le dijo Jhandi al verle subir a la nave con un aspecto tan grave. Driadan negó con la cabeza. —A nada. A que vamos a arrasar—respondió, igual de serio. Después se metió en las bodegas y echó de allí a un Fernos ya borracho. Cerró por dentro y se dedicó a desahogarse dando saltos y golpes a las cajas, gritando como un crío, lanzando hurras y bailando con las escobas y las fregonas.
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Hay momentos para todo, y uno no tiene por qué ser un rey demasiado regio durante todas las horas de su vida.

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Capítulo XLVI: La Boda Real

entre los dedos un tapiz. Había sido tejido en las Islas Grises y contaba una leyenda sobre una dama y un unicornio. El unicornio estaba hecho de hilo blanco y resplandeciente y la dama tenía el pelo del color del oro. Pasó los dedos sobre los bordados, ahogando un suspiro que le raspaba la garganta. El rey Dromath había tenido antaño el cabello castaño y rebelde, los ojos brillantes, chispeantes de vitalidad. Su voz era rotunda y su porte firme. Había sido un rey, años atrás, antes de que le arrebataran aquello que era más importante para su corazón. Ahora su cabello era quebradizo, apagado, salpicado por mechones blancos. Sus ojos se habían vuelto opacos y su mirada parecía muerta. Nunca levantaba la cabeza y apenas hablaba. Estaba débil, viejo, cansado. Las medicinas que le daban deberían ayudarle, sanarle, pero más bien parecía que su efecto fuera el contrario. Ya no era más que un viejo sarmiento agotado. Sentado en la cama de su hijo, contemplaba los objetos que él había coleccionado con esmero: las figurillas, las tallas, los juegos de Oriente, las sedas, los tapices y las pinturas. La ventana seguía abierta. Había prohibido que la cerrasen. A veces, los mozos de cuadras y los carreteros que entraban y salían del castillo veían al rey asomado a ella, rozando con los dedos las marcas del alféizar. Desde tanta distancia no podían percibirlo con claridad, pero cuando se llevaba la mano a la frente e inclinaba la cabeza, todos imaginaban que lloraba. Y lo hacía. El rey Dromath había llorado en aquellos tres años más lágrimas de las que nunca hubiera imaginado derramar. —¿Mi señor? Una voz femenina le llamaba. Los nudillos golpearon la puerta con suavidad. Dromath no contestó. Seguía mirando el tapiz, encogido bajo el peso de la capa de armiño, cabizbajo, derrotado. —Mi señor. Soy yo, Sybelle.

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l rey Dromath estaba sentado en la cama de dosel y sostenía

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«Ojalá hubiéramos tenido más tiempo… ojalá hubiera tenido más tiempo para reparar mis faltas contigo.» Un golpe de aire agitó las cortinas detrás de la ventana ojival. Los tesoros de Driadan acumulaban polvo en su habitación, convertida ahora en museo y templo para el dolor del rey Dromath. Con el semblante marcado por las arrugas del sufrimiento, el hombre se levantó de la cama y se acercó a la puerta. Sybelle, su atenta prometida. Seguramente le traía las medicinas. Al abrir la hoja de madera, las bisagras chirriaron y la doncella dio un respingo, haciendo una reverencia profunda y bajando la mirada. Llevaba en la mano una bandejita de plata con un cáliz. —Mi señor—murmuró. La rubia y hermosa Sybelle era una de las hijas de lord Starling, patriarca de la casa y Conde de las Montañas del Este, una doncella de trece años que pronto sería reina. Tomar otra esposa. Tener otro hijo. Sólo de pensarlo se sentía aún más muerto. —Es la hora de vuestra medicina. La muchacha alzó la vista, temerosa. Dromath la observó con fijeza, buscando algo al fondo de sus pupilas hasta que ella, cohibida, agachó de nuevo la frente. Se puso pálida y le temblaron las manos. El rey agarró finalmente la copa con un gesto lento, reverente, demasiado grave para la ocasión. Las antorchas ardían en el pasillo de piedra con un alegre chisporroteo y las estrellas brillaban sobre el cielo negro como la brea, al otro lado de la ventana. —¿De qué tienes miedo, niña?—murmuró el rey. Su voz sonaba amarga y cansada—. No eres tú quien bebe cada noche. La joven dio un respingo y le miró con los ojos muy abiertos. En ellos había ahora culpa además de temor, pero el rey Dromath no se sorprendió. Puede que estuviera muerto en vida, pero aún tenía ojos en la cara para ver lo que ocurría a su alrededor. Acercó los labios al cáliz y bebió el veneno, mientras su prometida temblaba bajo el umbral de la puerta. —Mi señor, ¿qué…? Dromath tragó el amargo líquido y dejó la copa de nuevo sobre la bandeja.

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Desde la muerte de Driadan, el rey Dromath había sufrido insomnio, pesadillas, temblores y ataques de ira y ansiedad. Para calmar aquella enfermedad del alma, el sanador de los Starling se había ofrecido a prepararle una medicina especial que el rey debía tomar cada noche. Habían pasado tres años y sin embargo, los síntomas del rey iban a peor en lugar de mejorar. El color de su cabello, la fragilidad de sus huesos y las arrugas de su rostro, junto a la falta de apetito y la extrema delgadez a la que se había visto abocado preocupaban a todos en la Corte y el buen curandero ya no sabía que hacer. Pero contra algunas heridas es imposible luchar, nadie podía culpar a los Starling o a su curandero de que el rey no sanara. No había pruebas, ni siquiera sospechas. —No te molestes, chiquilla. No importa. ¿Sabes?, pensaba que queríais un heredero de vuestra sangre, pero cuando empecé a enfermar, entendí que la ambición de Lord Starling va más allá. Sustituir al Pegaso por la Estrella, para siempre. La copa tintineaba contra la bandeja. La chica estaba temblando. Crispó el gesto en una mueca de desespero, después los ojos se le llenaron de lágrimas y empezó a sollozar. El cáliz cayó al suelo y la doncella le siguió, derrumbándose de rodillas. —¡Mi señor, lo siento! ¡Lo siento mucho! Yo no quería… yo no… Dromath suspiró con resignación. Se inclinó a duras penas y alzó a la muchacha por los hombros, haciéndola entrar en la habitación y cerrando a su espalda. Con pasos lentos y cansados la llevó hasta la cama y la sentó allí. La jovencita hipaba y se sacudía con breves convulsiones, seguramente creyendo que estaba condenada. —Tranquila, niña. Cálmate, no voy a hacerte daño. —Esbozó una sonrisa torcida, sin rastro de humor. —Tampoco podría, aunque quisiera. El veneno me ha debilitado el alma y el cuerpo. —Mi padre me obligó, mi señor. Yo no quería. Yo no quería hacerlo. Sybelle se pasó las manos por la cara. Le costaba respirar y estaba tensa por el miedo. —Shhhh. No importa, está bien. —El rey la tomó de la mano y le habló con una amarga tristeza, mirándola a los ojos. —¿Crees que no lo sabía? Lo he sabido desde hace tiempo, y he aceptado este destino. —¿Cómo podéis aceptarlo?—exclamó ella, aún aterrada.
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—Un hombre desea morir y los dioses le envían a una muchachita con ese don dentro de una copa—respondió el rey calmadamente—. Se lo sirven en pequeñas dosis, noche tras noche. Es casi una bendición. La muchacha se fue sosegando poco a poco y después le miró sin comprender. Tenía la nariz enrojecida y las mejillas empapadas por el llanto. El rey Dromath sacó un pañuelo de debajo de su capa y le limpió el rostro. —¿No me vais a hacer ahorcar?—preguntó ella. «Qué ingenua es» , pensó el rey, sintiendo una repentina compasión. «Enviar a una criatura tan joven a envenenarme, ¿en qué estás pensando, Starling? ¿Es que no tienes ningún escrúpulo, o me tomas por un idiota?» —No, chiquilla, no te voy a hacer ahorcar. Mañana es nuestra boda. Y nos casaremos. La joven Starling parecía confusa. Dromath suspiró y volvió a sujetar el tapiz entre los dedos. Era tan delicado, tan precioso… siempre había creído que los objetos que su hijo coleccionaba eran fruslerías extranjeras propias de damiselas. Había despreciado aquellas cosas tanto como despreciaba la presunta debilidad de Driadan, su pusilanimidad. Pero ahora comprendía que todos los hombres son débiles si les golpeas en el punto adecuado; él era el mejor ejemplo. La pérdida le había hecho reconciliarse con Driadan, y al mismo tiempo, le asfixiaba el alma pensar que como padre había fracasado. No había sabido entender a Driadan, corregirle ni guiarle adecuadamente. Le había consentido y oprimido al mismo tiempo, había sido posesivo y exigente, le había querido cambiar a su antojo y le había flagelado con su decepción al no conseguirlo. Cierto que Driadan no había sido un hijo ejemplar, pero él, como padre, se sentía culpable también de eso. Todas las cosas que podía haber hecho y no hizo, todos los momentos que podía haber compartido con él y no compartió. Todos los instantes no vividos, las palabras no dichas, las conversaciones no mantenidas; todas las veces que había salido de aquella habitación huyendo de la decepción que le causaba su heredero le pesaban ahora como pecados imperdonables. Eran fantasmas que le seguían allá donde iba a la luz del día, eran demonios que le susurraban al oído en la oscuridad de la noche. —He aceptado este destino—repitió, en un tono tan bajo y grave que era casi inaudible.
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—Lo siento mucho, señor—murmuró la joven. El rey Dromath negó con la cabeza y se estremeció al ahogar un sollozo. Lo contuvo de tal forma que casi parecía que estuviera reprimiendo una tos. Estrujó el tapiz entre los dedos. Sus ojos se volvieron vidriosos, como si le atacara repentinamente un fuerte dolor, pero mantuvo el semblante impasible, lívido. El corazón parecía abrírsele en dos mitades dentro del pecho, sangraba aunque no hubiera ninguna mancha que dejase la evidencia de sus heridas. En el tapiz, el unicornio blanco y la doncella se miraban. —No te preocupes, niña. «Dioses, si pudierais devolverme a mi hijo… si quisierais devolvérmelos, a los dos… ¿cuántas veces os he rezado para recuperarles? Yo no era un hombre de fe, y me habéis castigado por ello, pero ya es suficiente. Ya es suficiente.» Soltó el tapiz y alzó la mirada hacia las paredes, hacia el tocador en el que el espejo reflejaba la silla vacía. En el cepillo polvoriento que reposaba en él, aún había algún cabello negro, largo. La almohada todavía conservaba el olor de Driadan. Su presencia estaba en todas partes, aquella habitación la conservaba en ecos y recuerdos, en aromas casi extinguidos, en huellas sobre los cojines. Retazos de una vida que se había apagado. —Sois un buen hombre. Sois un buen rey. —La muchacha le agarró la mano, arrebatada. —Ojalá nada de esto tuviera que ocurrir. —Un poco tarde para eso. —El rey la rodeó con el brazo y le acarició el cabello. En ese momento parecían un padre y una hija en lugar del monarca y su prometida. La muchacha se tensó un poco al principio, pero después se apoyó en su hombro, inclinando gentilmente la cabeza. —¿Tú conociste a mi hijo Driadan, Sybelle? La joven pensó un momento y después negó con un gesto. —Siento decir que no, mi señor. Pero he oído que era un caballero apuesto y muy gallardo. —Un caballero, sí, claro. —El rey rió amargamente. —No era más que un crío, igual que tú. Inteligente, eso sí. Más avispado que cualquiera de los consejeros. Siempre dejaba en evidencia a sus tutores.

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—Lamento mucho vuestra pérdida, señor—dijo la joven Starling. El rey volvió a sonreír a medias. El veneno que le hacían pasar por medicina estaba empezando a hacerle efecto, sentía una suave opresión en el pecho y el sueño narcótico y pesado hacía parecer que sus párpados eran de plomo. Se dio cuenta, a pesar de todo, de que la doncella sentía lástima por él. «Antaño yo no le habría dado lástima a nadie», se dijo. —Sí, fui un buen hombre—susurró, bajando la cabeza—. Fui un buen rey. Ahora sólo soy los despojos de un hombre y el cadáver de un rey. Mañana, después de la boda, dame tres copas de medicina para que pueda reunirme rápido con mi mujer y mi hijo. —¡Mi señor! —Sybelle le soltó la mano, sobresaltada. —Por favor, no. No digáis eso. Encontraremos un modo… Pero el rey negó lentamente y le puso los dedos sobre los labios. —No repliques. Puede que sea un despojo y un cadáver, pero lo que está sucediendo no es vuestro triunfo, sino mi derrota—espetó, con un siseo venenoso y cruel. Por un momento, una chispa de su antigua fuerza pareció animar su mirada y dar vida a su voz—. No es vuestro mérito, sino mi abandono. No me habéis vencido: soy yo quien se retira. Os dejo ganar porque no quiero luchar. Os permito alzaros porque lo que codiciáis ya no tiene valor para mi. No me importáis, ni vosotros ni este reino, nada me importa ya. Díselo a tu padre cuando yo me haya ido. Dile que le dejé vencer y que no quise hacerle esperar. Y tampoco quiero hacer esperar más a mi mujer ni a mi hijo. Así que me darás las tres copas y no replicarás, porque mañana serás mi esposa y habrás de hacer cuanto yo diga. La joven volvió a quebrarse y se echó sobre su hombro, llorando desconsoladamente. El rey Dromath la rodeó con el brazo y le acarició el cabello, palmeando su hombro para consolarla. Los muertos no volvían a la vida. Los dioses no iban a devolverle a Driadan. Al menos esperaba encontrarse con él en el reino de los muertos, y allí poder pedirle perdón.

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La noche transcurrió con pasos desiguales, demasiado rápida para algunos, apenas un parpadeo; para otros, lenta, arrastrando los segundos. Cuando el sol salió y los primeros rayos rozaron la cúpula de granito del Templo de los Dioses, las campanas de bronce empezaron a repicar, graves y potentes. El soplo de la brisa matutina hizo ondear las banderas y los farolillos y las puertas de la ciudad se abrieron para recibir a los peregrinos que aguardaban en las murallas. Era la boda real y aquél era un acontecimiento que muchos sólo tenían oportunidad de ver una vez en la vida. Pero también estaban allí por otros motivos menos espectaculares: en los grandes eventos como las bodas reales o la celebración del nacimiento de un heredero, la casa real repartía pan, carne, mantequilla, carbón y otras cosas muy deseadas entre toda la población. Y en aquellos días, cuando la miseria azotaba las granjas del sur y las minas del norte, cuando los pastores de cabras del este tenían que comerse a su propio ganado y los pescadores eran los únicos que parecían aún capaces de plantar cara a la miseria, esas dádivas iban a ser más codiciadas que nunca. Entre la avalancha de peregrinos, un gran carro con leña seca avanzaba tirado por un mulo escuálido. Sentado al pescante, Fernos, vestido con una capa holgada y harapienta y con la caperuza echada sobre la nariz, golpeaba en el trasero al jamelgo con una caña. A su alrededor, los hombres de la tripulación del Tempestad se hacían pasar por campesinos o mendigos. Driadan se ocultaba bajo un embozo y miraba de reojo a Arévano y Cisne, que iban tomados del brazo como si fueran un matrimonio. Cisne se había recogido el pelo en un complicado moño e iba vestido de mujer, con un relleno en el pecho y algunos rizos negros cayéndole sobre el hombro. Caminaba y se movía como una joven doncella, se apartaba el pelo de la cara con ademanes femeninos y delicados y batía las pestañas al saludar a los mozos que de cuando en cuando pasaban a su lado. El príncipe no podía dejar de mirarle, preguntándose cómo lo hacía tan bien, si es que el Cisne era un consumado actor o acaso los Dioses habían cometido un error al crearle hombre. —Está como pez en el agua—sonrió Jhandi. Driadan asintió, bajándole más la capucha para que su tez oscura no llamase la atención. —Así es como deberíamos estar todos. Espero que nadie se ponga nervioso. —Irá bien. Todo el mundo está muy preparado.

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Driadan no le replicó, aunque sabía que eso no era del todo cierto. A las puertas del castillo, los guardias revisaban someramente cada carreta y observaban a los peregrinos con miradas penetrantes, buscando entre ellos a potenciales delincuentes, enfermos contagiosos y gente sospechosa. El príncipe confiaba en la tripulación del Tempestad así como en los pescadores con los que habían convivido, pero los mineros y los soldados del este también llegaban hoy. Y no estaba del todo seguro de ellos. Qilem había ido como enviado con el grupo de los militares, Beonar con los mineros. El príncipe esperaba que fuera suficiente. Había muchas cosas que podían salir mal, pero Driadan intentaba apartarlas de su mente. «Cuando tengas que luchar en una gran batalla, no pienses en las consecuencias», le había dicho Ioren, tiempo atrás, en el acantilado. «En las consecuencias se piensa antes de tomar la decisión. Una vez tomada, ya nunca más. Cuando hay que luchar una gran batalla, lo peor que puede pasar es la muerte, y a la muerte no hay que temerla. Ella llega y se van los problemas. Cuando hay que luchar, sólo debes pensar que si tú no lo haces, nadie lo hará por ti.» Entonces tenía sentido, pero para Driadan había mucho más. Mientras se apiñaban y empujaban a otros peregrinos para llegar a la puerta, el príncipe pensaba en los hombres que estaban con él. Hombres que habían sido esclavos y que cuando fueron libres, decidieron seguir a Ioren el Rojo. Hombres que decidieron después ir con Driadan hasta Nirala para ayudarle a recuperar su trono. Ninguno le había pedido nada a cambio. Ninguno había dudado en acatar su autoridad. Quizá morirían hoy. —Jhandi, ¿por qué has llegado hasta aquí?—preguntó, sin poder resistirse, mirando al joven de piel oscura con una expresión grave y serena. Éste se echó la trenza hacia el otro lado y se colocó los harapos un poco mejor. Luego esbozó su eterna sonrisa de media luna. —Nosotros éramos esclavos. Sufrimos juntos un destino muy injusto hasta que Ioren nos recordó que los hombres son libres. Ahora que somos libres, podemos ir a donde queramos, y hacer lo que queramos. —Ya. ¿Y por eso me habéis seguido hasta las montañas? ¿No debería haber algo más? Jhandi se encogió de hombros. —Por la compañía.

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—¿Quieres hacerme creer que estás a las puertas de una rebelión por un asunto de amistad y lealtad?—resopló el príncipe—. A veces no sé si me tomas el pelo o eres así de cándido. —Soy cándido, pero hay algo más, como dices tú. —El joven bajó la voz. Se estaban acercando a la entrada, se escuchaban los voceos de los guardias, los mugidos de los bueyes. —Ioren nos recordó que los hombres son libres, pero tú pusiste el veneno en el Oro del Sol. Estábamos en deuda con él, sí, pero también contigo. Cuando estés sentado en tu trono, quizá volvamos a casa. —¿Y si morimos hoy?—preguntó Driadan en un susurro, mirándole con escepticismo. Pero Jhandi no parecía temer esa posibilidad. Se echó a reír, inclinando un poco la cabeza hacia abajo y cuando le miró entre las sombras de su caperuza, la sonrisa blanca resplandecía y sus ojos negros chispeaban con buen humor. —Entonces no volveremos.

 En el interior del castillo de Nirala reinaba demasiada calma para tratarse del día de la boda real. Las cocinas estaban silenciosas, los criados hacían sus trabajos sin mediar palabra y sin hacer ruido, con las frentes inclinadas y una melancolía profunda en los ojos. Muchos de ellos habían preparado también la anterior boda real, cuando el rey Dromath se desposó con Lady Elevere. La dama de cabellos negros y rostro hermoso como el de un ángel había dado un hijo varón al rey Dromath, y entonces ellos prepararon los festejos en honor del primogénito. Ahora se encontraban atareados por causa de otra boda. El mismo hombre, hoy abatido y destrozado, contraía segundas nupcias para cumplir con su deber y dar un heredero al trono, y ese hombre, que se asomaba a la ventana de la habitación de su hijo y se cubría el rostro con la mano, ese hombre que parecía un espectro y que ni siquiera reinaba ya, había caminado la noche anterior por los pasillos de las cocinas y las lavanderías, bendiciendo a los sirvientes uno a uno. A algunos les había preguntado por sus nombres, por sus familias. A otros les había hecho regalos de lo más singulares. Un anillo, un cinturón de brocado.

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En su rostro había determinación, pero también una profunda pena que se había contagiado a los corazones de sus criados. Se sentían más cercanos a la víspera de un funeral que a la de una boda. Y para el rey no era diferente. Mientras le vestían, contemplaba su imagen en el espejo sin reconocerse, reflexionando sobre su vida, sobre sus errores. Sobre sus fracasos. Las doncellas le colocaron la larga túnica oscura con bordados de oro y plata y después le echaron por encima la capa de plumas blancas, el símbolo de la casa Horwing. Contaba la leyenda que aquella capa se había hecho con el plumaje del último caballo alado, Alabeon. Éste había sido la montura del rey Dragath el Rompedor de Montañas, y cayó en batalla contra las tropas del Imperio del Este. Se contaba que, cuando atravesaron a su corcel con una lanza, el rey Dragath no se apartó del cadáver sino que continuó combatiendo junto a él. Cuando el ejército de Nirala venció y los enemigos huían en retirada o yacían muertos sobre el suelo, el rey cayó de rodillas junto al caballo y sollozó amargamente, porque sabía que no habría otro como él y que con Alabeon moría una especie maravillosa y única. El rey Dromath pensó, al verse reflejado en el espejo, que aquella sería la última ocasión en la que alguien la vestiría. No creía que los Starling fueran a conservar esa tradición, y el Imperio del Este seguro que la detestaría. «Espero que me entierren con la capa», se dijo. Hoy también se extinguía una especie única. Él era el último Horwing, el último descendiente de Dragath el Rompedor de Montañas. Se preguntó si alguien le recordaría dentro de veinte años, de cien. Se preguntó cómo le recordarían. Las doncellas le ataron el cinturón y se retiraron con una profunda reverencia. Su mayordomo le trajo entonces la corona sobre un cojín de terciopelo rojo. Los Señores de las Montañas utilizaban una corona sencilla, un aro de oro blanco con tres puntas, una en la frente y dos en las sienes. Dromath la tomó y se la ciñó con un gesto solemne, observando su imagen en el espejo. —Tráeme mi espada, Alcar. Puede que esté viejo y débil, pero un día no tan lejano, fui un guerrero. —Como ordenéis, señor. El mayordomo fue a buscar la espada del rey y se la colocó en la cintura. Dromath rozó el pomo con los dedos temblorosos. Quería que Starling lo tuviera muy claro. Llevaría su espada al cinto porque aún era un guerrero… un guerrero rendido, agotado, que ya no deseaba levantar el
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filo por nada ni por nadie, ni siquiera por su reino. Pero lo había sido. Lo había sido, un guerrero que expulsó a los Hombres del Mar, que combatió al Imperio del Este. «Todo es pasado… pero ¿qué queda para mi, salvo el pasado? Pronto yo también formaré parte de él.» Permaneció inmóvil en la penumbra de sus aposentos, mirándose en el espejo, hasta que los monjes del Templo de los Dioses fueron a buscarle, silenciosos y vestidos de dorado y azul. Entonces apartó la vista de su reflejo y se dirigió a la puerta, manteniendo la cabeza alta y caminando con pasos lentos para no vacilar en ellos. —Todo está listo, Majestad—dijo uno de los monjes. —Vamos, entonces. El rey caminó a lo largo de los pasillos que antaño habían repetido el eco de sus fuertes pisadas al volver del combate. Su sombra se deslizó sobre las paredes de piedra en las que colgaban espadas, escudos y piezas de armadura de los enemigos vencidos. Y por un momento, al pasar bajo una ventana ojival, el sol de la mañana proyectó un haz de luz sobre él y arrancó destellos a la corona de oro blanco, a la capa de plumas de pegaso, dibujó sombras en su rostro arrugado y enjuto y suavizó los afilados rasgos del rey Dromath, que volvió a parecer un rey durante ese instante fortuito. Pero los monjes caminaban mirando al suelo en señal de humildad, y nadie lo vio.  Todo se había dispuesto para el enlace en el Mirador de la Primera Nieve. Era la más alta de todas las terrazas del castillo de Nirala, orientada hacia la majestuosa cordillera del norte. Se dominaba desde allí toda la ciudad y la roca redondeada y musgosa de la montaña casi se superponía a las almenas. Cuando el rey Dromath llegó, el Hablador de Dioses, sumo sacerdote del templo, aguardaba bajo un palio de seda negra y plateada, escoltado por algunas personalidades de importancia. Habían adornado las columnatas con enredaderas verdes y flores blancas y se había dispuesto una alfombra del mismo color claro para que la novia no tocara las gélidas baldosas con sus zapatillas. Junto al sacerdote había una jaula dorada con palomas blancas. El rey Dromath, acompañado de los dos monjes, anduvo lentamente hasta situarse delante del Hablador de Dioses y se inclinó. El sacerdote hizo otro
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tanto, solo que su reverencia fue más profunda y la culminó con una exclamación a viva voz. —¡Salve, rey Dromath, Señor de las Montañas, Caballero del Reino y soberano de todos nosotros! Los Dioses te otorgan su favor, hoy como siempre. Los hombres y mujeres que aguardaban detrás se inclinaron también, agachando la cabeza. Había allí cortesanos y representantes de las casas nobiliarias más importantes del reino, y por supuesto, un buen puñado de Starlings vistiendo el tabardo de la estrella y ataviados con sus mejores galas. El rey Dromath apretó los dedos alrededor de la empuñadura. —Salve. Hoy es un día hermoso. La voz del rey era grave y nostálgica. Miró alrededor y observó las imponentes colinas. Respiró el aire gélido de las cumbres. Abajo, en la ciudad, la gente se arremolinaba cerca del castillo y agitaba banderines y estandartes que mostraban el blasón de las dos casas que hoy se unían: un caballo de plata, rampante, junto a una estrella del mismo color sobre sable1. El emblema de la casa Horwing siempre había sido un pegaso blanco sobre oro, no un caballo sobre sable, pero al parecer a los señores de Starling el diseño les parecía más apropiado así. Pero el pueblo, estuviera o no de acuerdo con esta medida, hoy agitaba los nuevos emblemas con emoción, esperando a que se abriera la jaula de las palomas y las aves alzaran el vuelo, indicando así que el matrimonio había sido sellado y bendecido por los Dioses. Se ponían de puntillas, esforzándose por divisar a las figuras que se movían en la alta terraza, pero apenas sí podían ver monigotes oscuros y el resplandor de la corona de vez en cuando. La novia no le hizo esperar demasiado. Las damas de honor aparecieron en primer lugar, un puñado de Starlings rubias y de muy corta edad que derramaban pétalos de flores y agitaban campanillas y cascabeles al caminar. Se colocaron en semicírculo a un lado y, unos segundos más tarde, por el arco de acceso a la terraza hizo acto de presencia la joven Sybelle, vestida de blanco con un precioso traje de seda y gasa y con el rostro cubierto por un velo translúcido. Llevándola del brazo, Lord Starling era la viva imagen del padre orgulloso y emocionado el día de la boda de su hija. Cruzó la mirada con la del rey Dromath y se la sostuvo durante unos segundos antes de inclinar la frente con presunta solemnidad. Starling era un hombre de unos cuarenta años, de pelo rubio muy claro y sin brillo y
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En heráldica, sable es la denominación que se da al color negro. Un escudo de armas en el que aparece una estrella blanca sobre fondo negro sería “de sable con una estrella de plata”

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barbita recortada. Sus rasgos eran atractivos, pero su mirada resultaba tan inexpresiva como mirar un pedazo de hielo. El rey le había tenido por un súbdito leal, por un caballero honorable, hasta que se dio cuenta de que le estaban matando. Sólo entonces entendió que ese matiz tan extraño en sus ojos era el desapasionamiento de los conspiradores. Sintió deseos de desenvainar, pero no lo hizo. Detrás del velo, el rostro de Sybelle tenía una expresión suplicante. Aquella pobre niña estaba tan aterrada como lo había estado la noche anterior. —Gloria a vos, mi rey—dijo Starling, al llegar a su altura—. He aquí a mi hija. Os la entrego, doncella y fértil, y recibo con humildad el honor que me hacéis al aceptarla. El caballero tomó la mano de su hija para entregársela al rey, quien salió a su encuentro y agarró la mano de la joven sin esperar a que Starling hubiera completado el movimiento. Luego se colocó los dedos de la muchacha en el brazo y se volvió hacia el Hablador de Dioses. —Puedes comenzar, sacerdote. La brisa se soliviantó, haciendo agitarse los cabellos del rey y el velo de la novia. Había algunas nubes grises en el cielo de la mañana y el sol parecía apuñalarlas cuando las atravesaba para dejar que se filtrase un poco de luz sobre la piedra de las montañas y los sillares del castillo, sobre el gentío que abarrotaba la plaza. El sumo sacerdote abrió las manos y comenzó a entonar un cántico. Se hizo sonar una campana, una sola vez, rotunda y casi siniestra.Y sobre la terraza, los reyes y los caballeros, las damas de honor y las doncellas de la corte, se arrodillaron al unísono para escuchar las plegarias del hombre santo.

 —Va a llover—dijo Cisne, a media voz—. Las nubes se están amontonando. —La lluvia siempre viene bien—respondió Arévano. Miró de reojo a Driadan. El muchacho estaba envuelto en su capa vieja de siempre y no parecía prestarles atención. Su semblante estaba muy serio y los ojos rojos se movían de un lado a otro, inquietos.

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Habían cruzado el control de la Guardia Real sin el menor incidente y los soldados de las fronteras también habían entrado ya a la ciudad, pero no había rastro de los mineros por ninguna parte. El numeroso grupo se comportaba como si no fuera tal: algunos soldados leales a Driadan —o al menos eso habían dicho— estaban precisamente haciendo guardia en los controles de las puertas del norte o vigilando a los ciudadanos que se agolpaban en las murallas interiores del castillo. Otros se hallaban repartiendo pan, carne seca y mantequilla a los ciudadanos. La gran mayoría se había ocultado bajo embozos y capotes y aguardaba órdenes, mezclándose con la multitud. Los vítores y los gritos de la gente hacían complicado comunicarse, pero cuando la campana sonó, todo el mundo quedó en silencio y agacharon las cabezas. Driadan mantuvo la cabeza alta. Arévano le dio un codazo, indicándole que imitase a los demás, y el príncipe lo hizo, aunque su semblante seguía siendo serio y severo. —Esperamos tu señal—susurró el espadachín—. Todo está listo. —Aún no. Cuando termine el enlace, la gente romperá en gritos de júbilo. Entonces aprovecharemos la confusión para desplegar los estandartes y tomar el castillo. Arévano asintió con la cabeza. Driadan lo tenía muy claro, así que se permitió confiar y se mantuvo sereno y en silencio mientras la voz del sacerdote parecía llegar a ellos desde una ignota lejanía, con ecos extraños en el sepulcral silencio que ahora reinaba en la ciudad. Cantaba una letanía en un idioma desconocido para el joven de Prímona, que intentaba comprender las palabras sin lograrlo. Durante varios minutos, solo se escuchó el silbido furioso de la brisa y el canto del oficiante, y cuando terminó, las primeras gotas de lluvia tocaban los tejados de Nirala. Se escuchó un suspiro general y todo el mundo alzó la vista. Sobre la terraza, dos figuras apenas perceptibles se colocaron el uno frente al otro. La capa blanca del rey y su corona brillaban, y también lo hacía el vestido de la futura reina. Se tomaron las manos y el Hablador de Dioses las unió con un pañuelo que anudó después. Trazó el símbolo sagrado sobre sus frentes y bendijo los esponsales, tras lo cual alzó los brazos. Las campanas comenzaron a repicar. Las palomas alzaron el vuelo. La multitud prorrumpió en un griterío ensordecedor y el rey y la nueva reina se dieron la vuelta para saludar a la multitud. Entonces, a pesar de los empujones y el vocerío, Arévano escuchó con claridad el sonido del acero contra la vaina. La espada del príncipe se alzó entre los estandartes del
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caballo y la estrella y la voz de Driadan se elevó por encima de las exclamaciones de júbilo, rasgada, rabiosa, hambrienta de venganza y sangre. —¡Fuego y Acero! ¡A las armas! ¡A las armas! Beonar y Jhandi se llevaron los cuernos a los labios y los hicieron sonar. Arévano y Cisne retiraron los lienzos que cubrían el carro y sacaron los estandartes, aún plegados. Las fuerzas rebeldes prorrumpieron en un grito de batalla y se precipitaron hacia las puertas del castillo mientras la guardia leal al joven pegaso apartaba a los civiles por su propio bien. Driadan se encaramó al carro, con la espada en la mano, buscando con la mirada a su padre y a la nueva reina. Acertó a verles de espaldas mientras un grupo de caballeros con el emblema de la estrella se los llevaba al interior del castillo. En aquel momento, sus pendones se abrieron y los hombres del Tempestad los enarbolaron a la vista de todo el mundo: enormes lienzos de color dorado pálido con el emblema del pegaso blanco, solitario, con las alas abiertas y sosteniéndose sobre dos patas, mirando con fiereza hacia delante con resplandecientes ojos de color rojo sangre. Se alzaron en la plaza y en la puerta de atrás, donde los mineros aún esperaban poder pasar. Se alzaron bajo las terrazas y otros dos más en la calle de la Madera, donde un grupo de soldados del ejército desenvainó las armas y echó a correr hacia las puertas del castillo bajo el signo del caballo alado. —¡Muerte a los Starling! ¡Horwing rey! ¡Horwing rey! —empezaron a gritar los soldados a su paso a través de las calles. Y durante largos minutos, el único rey verdadero en Nirala fue el caos.

 Sybelle se había aferrado al brazo del rey y estaba pálida. Los soldados de su padre les conducían a toda prisa a través de los corredores, y aunque el rey no parecía muy contento, era poca la resistencia que podía oponer. —Hay disturbios abajo, mi señor—les dijo uno de los guardias como única explicación.

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—Pero tendréis que contenerles—apremió el rey, con ojos vidrioso. Le temblaban los dedos, aferró con ellos el tabardo del soldado—. Son los Hombres del Mar. Les he escuchado. Han gritado su grito de batalla. Llamaban al fuego y al acero. El soldado intentó hacer que le soltara, mirando alrededor con aprensión. —No temáis, mi señor. Nos encargaremos de todo. —¡Yo no temo, estúpido Starling!—bramó el rey, empujando al joven de la armadura y atravesándole con los ojos rojos ardiendo de rabia—. ¿Crees que temo por mí? ¡Soy el Señor de las Montañas, yo no conozco el miedo! Pero he escuchado su grito. Los muertos han susurrado al oído a sus hijos y descendientes y ahora vienen a vengarse, tal y como él dijo. ¿No lo entiendes? ¡Claro que no lo entiendes! ¡Tú nunca les has combatido!¡Fuera de mi vista! ¡Fuera! Cuando les dejaron solos, el rey cerró la puerta de sus aposentos con llave y se volvió para mirar a su esposa. La muchacha estaba inmóvil en el centro de la habitación, con el bajo del vestido desordenado y expresión temerosa. Se le había enganchado el velo en la armadura de alguno de los hombres de su padre y se había descosido: una tira colgaba hasta sus pies. «Es la venganza de los Hombres del Mar. Todo lo que me ha sucedido lo es», creyó comprender, mientras observaba a la niña. Derrotado, se dirigió a una silla y se dejó caer en ella. Se quitó la corona y la sostuvo sobre sus rodillas. En el exterior se escuchaba el sonido del combate. —Sybelle, ve a por mi medicina. —Mi señor…—empezó ella, balbuceante. —Hazlo. Ahora eres mi esposa. —Alzó el rostro para mirarla. La chica estaba llorando otra vez. El rey Dromath empezaba a cansarse de sus lágrimas. —No le negarás un fin digno a tu rey. No se lo negarás a tu esposo, ¿no es cierto? Sybelle estalló en lágrimas y se cubrió el rostro con ambas manos. Después se dirigió a la estantería, vacilante y sin dejar de sollozar, para tomar una copa y la botella de color azul que contenía la medicina del rey. El líquido espeso y negruzco llenó el cáliz y se mezcló con las lágrimas de la joven reina.

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—Aquí tenéis, mi señor—dijo, con voz entrecortada, ofreciendo el brindis a su esposo. Los aposentos reales tenían las cortinas echadas. La enorme cama de doseles, las armaduras y armas del rey, los cofres, baúles y alfombras apagaban sus colores en la penumbra. Las motas de polvo de los cortinajes bailaban en los débiles haces de luz que se filtraban entre sus pliegues. El rey Dromath tomó la copa y bebió con avidez, los ojos vidriosos fijos en algún punto invisible. En sus recuerdos, decapitaba a los Hijos del Mar en la sala del Pegaso. En sus recuerdos, Ioren el Rojo le miraba directamente con aquellos dos ojos azules, llenos de fuego, amenazándole a él y a todo su reino. —Llénala de nuevo—espetó, en un susurro amargo, cuando apuró el contenido. —No, mi señor, por favor… —suplicó la muchacha, echándose a sus pies. El vestido de novia se le enredó en los tobillos y algunos mechones rubios se le soltaron sobre la frente—. Por favor… —Hazlo. —No me obliguéis… si lo hago será como si fuera yo quien… El rey Dromath tomó aire, cerrando los ojos. Después asintió. —Muy bien. Tráeme la botella, entonces. La joven seguía negando, seguía sollozando, estremecida. El propio rey se puso en pie y caminó hacia el estante, tomando el frasco de vidrio azul. Lo destapó, observando el brillo del cristal tallado. «Un recipiente tan hermoso para encerrar la muerte», pensó. En sus recuerdos, Driadan imprimía su sello en el brazo del esclavo. En sus recuerdos, su hijo le arrojaba amargos reproches delante del espejo. «Que los dioses me perdonen.» —¡No!—gritó Sybelle, cayendo desmadejada a sus pies, abrazándole las rodillas. Bebió. Por primera vez, lo saboreó. La pócima era densa y dulce, con un punto áspero al final. Parecía jugo de flores, miel y especias, pero al tragarla parecía enfriarse en el estómago y extender ese frío por las venas y la sangre. Mantuvo los ojos cerrados hasta que hubo vaciado la botella y la dejó caer al suelo, sin preocuparse ya de nada.

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Y entonces, un golpe de brisa levantó las cortinas. Al otro lado de la ventana, un destello pálido atrapó la mirada del rey. Y ante sus ojos que se disponían a despedirse de este mundo, un pegaso blanco se agitó en el aire, lejano aún, desde la Torre de la Milicia. Se desplegaba en forma de bandera de una de las troneras del torreón, sustituyendo a uno de los nuevos pendones que habían colocado para la celebración de sus esponsales. «Es una visión. Es un espectro», se dijo. «Es una alucinación en mis últimos minutos.» Aun así, se acercó a la ventana ojival y apartó las cortinas. La luz del día penetró a raudales, devolviéndole la vida a los objetos de aquella estancia que casi parecía olvidada, y al asomarse, el rey Dromath pudo ver. Vio las calles tomadas por hombres armados. Vio batirse a los hombres de Starling con el ejército del Reino. Vio al signo del lobo y del cuervo, al signo del zorro y del halcón, al signo del ciervo y de la luna, y también al signo del caballo. Los vio alzarse en armas contra los hombres de la estrella, que se habían vuelto muy numerosos en los últimos tres años pero no tanto como para poder contener aquella marea. Y los pegasos ondeaban. Los pegasos estaban por todas partes, en banderas, en estandartes y en tabardos. Los soldados del ejército y la guardia real se había unido a los pegasos, y los que dudaban, pronto dejaban de hacerlo al reconocer el estandarte auténtico de su reino. Nadie deseaba ser tomado por traidor. Y entre toda aquella confusión, entre los aceros que chocaban, los gritos y la sangre, le vio a él, y le reconoció. Tuvo que sujetarse al alféizar para no caer de rodillas mientras un violento pálpito le sacudía el pecho. Su hijo perdido, al frente de esa tempestad, se dirigía hacia las puertas del castillo escoltado por otros cinco hombres, y entre los seis abatían a todo el que se cruzara en su camino y se enfrentara al estandarte de la casa Horwing, la casa real de Nirala desde que el reino había sido tal. —Gracias—murmuró el rey, esbozando una sonrisa agónica entre las lágrimas—. Gracias, Dioses. Acto seguido se abalanzó hacia la puerta con tanto ímpetu que estuvo a punto de caer al suelo. Hubo de aferrarse al pomo y la corona, que había vuelto a ponerse para beber el veneno mortal estuvo a punto de caérsele. —¡Sybelle!—bramó—. Ayúdame. Tenemos que llegar al patio antes de que sea tarde. —¿Majestad? —¡Ahora!
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La joven se puso en pie presurosa, contagiados sus nervios por la recuperada energía del rey. Se acercó y le ayudó a mantenerse firme mientras abrían la puerta. Avanzaron por los pasillos, entre soldados de Starling que corrían a atrincherarse aquí y allá o acudían a presentar batalla a los rebeldes. Fueron empujados y golpeados por jóvenes combatientes que huían en estampida o que corrían, rabiosos, al combate. El rey se tambaleaba, apoyándose en los sillares de piedra de las paredes. Su visión comenzó a enturbiarse y notó cómo los calambres recorrían sus miembros, que cada vez le costaba más mover. Un fuerte pinchazo le atravesó el corazón y paralizó su brazo izquierdo. —Más deprisa, muchacha—balbuceó a duras penas—. Más deprisa. —¡¡Abrid paso al Rey Dromath!!—gritó entonces Sybelle, en un alarde de ingenio. A su voz, los militares que se apiñaban se hicieron a los lados, llevados por el instinto de obediencia. El rey alzó la mirada. Al fondo del pasillo, las grandes puertas estaban abiertas y la luz blanquecina de la mañana parecía brotar de ellas como si fuera la entrada al Más Allá. «Aún no, por favor. Aún no.» Se arrepintió de haber perdido la fe. Se arrepintió de haber bebido el veneno de la botella, creyendo que no había esperanza. El lema de la familia era claro, no hay más derrota que la rendición. Y él se había rendido, una y otra vez. Gruñó e hizo un nuevo esfuerzo, luchando contra los dedos fríos que parecían apretarle por dentro, congelarle el pulso y asaetearle con lanzas de hielo. —¡Deponed las armas, en nombre de vuestro Rey, Dromath Horwing!—bramó, cuando solo faltaban cuatro pasos para salir al patio. Ya ni siquiera podía ver—. ¡Detened el combate de inmediato! Los hombres se sobresaltaron y comenzaron a apartarse de sus rivales. Las espadas se detuvieron. El silencio se extendió lentamente por el patio de armas del castillo mientras el rey salía al exterior a duras penas, a pasos cortos y dificultosos, apoyándose en su nueva esposa mientras la muerte se lo llevaba. Y no pensaba ponerlo fácil. —¡Padre! Escuchó su voz. Buscó con la mirada, sin ver más que puntos de luz, bultos de color y masas informes. Pero esa mancha oscura que se acercaba, el sonido de esos pasos, eran los pasos de su hijo. «Ojalá pudiera verle una última vez.» Pero los dioses no iban a ser tan compasivos. Un velo blanco cayó sobre su visión, negándole el menor atisbo.
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—Hijo, acércate. Ven donde pueda tocarte, rápido. Unas manos sudorosas, de yemas ásperas, cogieron las suyas. «¿Estas son las manos de mi vástago?», se preguntó, incapaz de reconocerlas. Habían sido finas, delicadas. —Padre. Padre, soy yo. ¿Qué te ocurre? Estás… ¿qué te ha pasado? Ni siquiera su voz era la misma. Durante unos segundos, dudó. Dudó, hasta que la brisa le trajo el aroma a iris de sus cabellos y supo que era él. —¡Este es mi hijo, Driadan Horwing! ¡Heredero al trono de Nirala!—gritó, sacándose la voz del cuerpo a tirones. Se quitó la corona con una mano y buscó a tientas los cabellos fragantes de su hijo para coronarle—. Yo muero, y él reina ahora en mi lugar. ¡Todo el que se oponga a él…! —Tuvo que hacer una pausa. La multitud ahogó una exclamación cuando el rey se sacudió hacia delante y estuvo a punto de caer al suelo. Los brazos de Driadan le sostuvieron—. ¡Todo el que se oponga a él estará cometiendo traición! Se arrancó la capa de plumas y, con su último aliento, consiguió colgarla de uno de los hombros del nuevo rey. Las fuerzas le abandonaron y sólo tuvo fuerzas para una última palabra antes de que una corriente fresca y cristalina tirase de él y le arrancara para siempre de este mundo.

 El cielo se abrió y empezó a llover. Las gotas cristalinas repiquetearon sobre los toldos, las banderas, los estandartes y las armaduras. Empaparon los rostros llenos de lágrimas de los civiles de Nirala, que no terminaban de comprender lo que había sucedido durante aquel día. Limpiaron la sangre de los muertos y refrescaron las bocas abrasadas de los heridos. De rodillas, en medio del patio de armas, Driadan de Nirala, Señor de las Montañas y rey legítimo, con la corona en la cabeza y la capa de plumas en la espalda, abrazaba el cadáver de su padre y le lloraba. Besó sus párpados. —Te perdono—respondió, aunque él ya no pudiera oírle—. Te perdono, padre. Espero que puedas perdonarme tú a mi.
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Le acarició los cabellos y después pasó un brazo bajo sus rodillas para levantar el cadáver del suelo. Su esposa observaba, temblando y sollozando, con el vestido manchado de barro y el velo roto. Driadan sólo tuvo una breve mirada para aquella desconocida. Después, observó a los hombres que contemplaban la escena, con sus tabardos de luna y de zorro, de ciervo y de halcón, de lobo y de cuervo. Los tabardos de Horwing eran nuevos y relucientes, al igual que los estandartes. Cisne había trabajado muy duro para que Driadan pudiera lucir su emblema, y el príncipe sintió una oleada de emoción que se sumó a todas las demás que le azotaban en aquel momento. El triunfo sabía agridulce, y aún no estaba consumado. El primero en dar un paso al frente fue Lord Wolvan, que se abrió camino entre otros caballeros y se plantó delante de Driadan, mirándole con asombro, a él y al padre fallecido que llevaba en brazos. —¡El rey ha muerto!—anunció en alta voz. Después hundió la rodilla en tierra—. ¡Larga vida al rey! —Larga vida al rey—coreó un Moon, arrodillándose también. «¡Larga vida al rey! ¡Larga vida al rey!» El patio de armas se convirtió en un clamor homogéneo, y uno tras otro, todos los hombres, mujeres y niños allí reunidos rindieron pleitesía a su nuevo soberano, el rey Driadan de Nirala.

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Capítulo XLVII: La Silla Alada

que su padre muriese en sus brazos en el patio del castillo, los hechos se ajustaron en el tiempo como pequeñas piezas en un engranaje y comenzaron a sucederse a un ritmo vertiginoso. Los mineros habían quedado atrapados en la Calle de la Sal, entre dos grupos de soldados de Starling y la batalla se prolongaba sin que nadie supiera muy bien quién iba ganando. En la Plaza de los Escudos, un grupo de delincuentes aprovechó los disturbios entre un sector del ejército que se mantenía leal al Imperio del Este y los hombres de Qilem para asaltar dos talleres y robar en varias casas. Arrastraron a una joven de los cabellos y estuvieron a punto de violarla debajo de un carro. Los saqueos empezaron a producirse a las dos horas de haber muerto el Rey Dromath y haber sido proclamado Driadan, y a mediodía la situación se volvió tensa en el Callejón Rojo, una de las zonas con más pobreza de la ciudad. Hubo apuñalamientos y un par de bandas de ladrones y maleantes se organizaron en contubernio para sacar el mayor partido posible a la situación. El rey había tomado posesión del castillo, llevado a su padre a sus habitaciones y ordenado que se dispusiera todo para su velatorio. Un anciano sanador se había quedado arreglando el cadáver; un hombre viejo de barba canosa y ojos llenos de miedo. Su esposa, arrasada en lágrimas, suplicó a Driadan que le dejara permanecer con su marido a lo cual él accedió sin pensarlo demasiado. Estaba aturdido, aunque se negaba a dar el menor viso de ello. Llevaba la corona sobre la cabeza y la capa de plumas a la espalda, ahora bien abrochada, pero por lo demás no se sentía para nada un rey. La inseguridad empezó a susurrarle al oído con palabras venenosas, advirtiéndole de su inminente fracaso al intentar controlar la situación y del peligro al que se había expuesto una vez revelada su identidad. Fernos, Arévano y Cisne no se separaban de él. Parecían haberse convertido en sus tres sombras, cosa que el nuevo rey agradecía en silencio. El primero, con dos grandes hachas a la espalda, asemejaba un perro guardián, violento y acechante, que no dejaba de mirar alrededor e intimidar a criados y pajes. Levantaba las cortinas para asegurarse de que no hubiera nadie escondido tras ellas cada vez que entraban a un corredor del castillo, bufaba al personal de servicio echándoles de las habitaciones en las que iban a entrar. Cisne, que se había quitado el vestido de mujer para
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os siguientes días pasaron para Driadan demasiado rápido. Desde

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ponerse ropa más apropiada, parecía un extraño guerrero andrógino embutido en cuero desgastado. Arévano era, en última instancia, quien marcaba el paso sin que Driadan se atreviese a preguntarle a dónde iban, y así se abrieron paso, caminando velozmente, a través de los corredores del castillo de Nirala. El joven de Prímona tenía una expresión concentrada en el rostro que se tornó en alivio cuando, al abrir una puerta, encontraron un despacho con el pendón de la casa Starling en una pared. Los tres hombres del interior dieron un respingo, sobresaltados. Tenían las manos llenas de pergaminos. —¡Soltad eso, en nombre del rey!—exclamó Driadan sin vacilar. Uno de los Starling desenfundó la espada. Se disponía a atacar cuando el puñal de Arévano le atravesó el ojo y le hizo caer de espaldas, con una ligera convulsión en un pie. Otro intentaba alcanzar la puerta; Driadan le propinó un fuerte rodillazo en el estómago y después le noqueó con la empuñadura de su arma. El último depuso el sable y soltó los papiros, alzando las manos. Quizá hubiera declarado su rendición si el rey se lo hubiera permitido, pero le atravesó el corazón llevado por la rabia, antes de darse cuenta siquiera de lo que hacía. —¡No!—dijo el hombre, boqueando durante unos segundos. Luego murió, de pie. Cuando Driadan sacó la espada y el cuerpo cayó a tierra, el rey miró la hoja por primera vez. Estaba llena de sangre. «Maldición». Ioren le había repetido siempre que debía mantenerla limpia. Se inclinó para hacerlo, utilizando para ello el tabardo del Starling, y aquel acto tan cotidiano, tan disciplinado, tan exacto, le devolvió el dominio de sí. —Utilizaremos este despacho como centro de operaciones, por el momento—dijo a sus cuatro acompañantes—. Fernos, por favor, ¿te importa sacar los cadáveres? —La chimenea está apagada—confirmó Arévano, echando un vistazo a la habitación tras haber recuperado su puñal—. Parece que no han tenido tiempo de destruir ningún documento. —Bien, ¿quién de vosotros dos es más rápido? —Cisne dio un paso al frente. —Necesito que busques al Hablador de Dioses, Amala. Es un sacerdote. Viste con una toga larga, negra, y lleva al cuello una cuerda de cáñamo con doce piedras grises incrustadas. Tiene el pelo blanco.

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—No conozco tu ciudad. —Yo sí la conozco—confesó Arévano, dejando los pergaminos a un lado—. Iré yo, aunque no sea tan rápido como tú tardaré menos. Cisne y Driadan se miraron con extrañeza pero ninguno preguntó. —Bien, cuando le encuentres hazle venir. Mejor dicho, tráele aquí, personalmente. También necesito que busques a Lord Moon, Lord Wolvan y Lord Falken. Los dos primeros le habían reconocido como rey en el patio, y los Falken siempre habían sido los más cercanos a su padre. Confiaba en contar con ellos para tomar algunas decisiones, y en sus hombres para llevar a cabo las acciones precisas. —¿Qué hay de los demás señores? ¿Queréis que les reclame a vuestra presencia? Driadan se quedó callado. La formalidad de Arévano le angustió por un segundo, pero apartó aquella sensación de su cabeza. —No, por el momento. Quiero esperar a ver sus reacciones. Si no han venido a reconocerme aún puede deberse a que se lo están pensando, o a que no se han enterado de lo ocurrido. —Dudo que no lo sepan—apuntó el joven de Prímona con escepticismo—. La voz ya ha debido correr a estas alturas. Driadan asintió. —Aun así, prefiero esperar. Si esta noche no tenemos noticias de ellos, veré qué hacer. —Bien. ¿Me encomendáis algo más? —Nada más. Cuando acabemos con las cosas más urgentes querré hablar contigo. Me parece que tienes que explicarme algunos detalles. El joven de Prímona le miró largamente y luego asintió, serio. Hizo una rápida reverencia y salió por la puerta con pasos ligeros y decididos. El rey le siguió con la mirada y luego la volvió hacia Cisne.

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—¿Ha estado él en Nirala antes? —El chico abrió la boca para responder pero se mantuvo en silencio. Al parecer no sabía bien cómo expresarse. — Y nada de “vos” ni de reverencias… tú no, por favor. Pero responde. Cisne alzó las cejas. —Ni idea. Majestad. —Driadan se dejó caer en la silla alta que había frente a la mesa y miró con reproche a Amala. El chico sonrió con picardía. —Era broma, era broma. No lo sé, Driadan. Arévano me cuenta cosas sobre su tierra a veces, pero nunca me dijo qué fue de él antes de llegar a Shalama. A lo mejor vivió un tiempo aquí. —Es posible—admitió el rey. No es que desconfiara de Arévano, pero era evidente que sabía más de lo que decía—. Anda, ayúdame a revisar estos papeles. —¿Sabes lo que son? —No, pero mira los sellos. Creo que se trata de los acuerdos y alianzas con el Imperio del Este. No estaría de más echarles un vistazo en profundidad cuando todo se calme un poco. Fernos entró en ese momento, secándose el sudor de la frente con el antebrazo. —Me he deshecho de los cadáveres, como pediste. —De acuerdo.¿Has visto qué tal están las cosas fuera? —Las puertas de la ciudad están cerradas, como estaba planeado. Los mineros de Beonar siguen teniendo problemas. «Esto es como una carrera larga», pensó Driadan. Se sentía algo presionado al tener que tomar tantas decisiones sobre cosas que no había previsto. En realidad, había trazado un minucioso plan sobre cómo iban a llegar hasta el castillo, pero nunca imaginó que su padre fuera a morir en sus brazos. Confiaba en llegar hasta él, contar con su apoyo, con su guía. Por el contrario, ahora estaba solo. «No», se recordó, «solo no». —Bien—suspiró—necesito que vayas a… —Con todo el respeto y eso, no gastes saliva en mandarme a hacer recados. Yo me voy a quedar aquí, Majestad.

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Driadan entrecerró los ojos y le miró con irritación. —Voy a guardar esta puerta, y a ti dentro, pequeño rey. —No soy pequeño—replicó con altivez, en vez de discutirle por no querer cumplir la orden. —Para mí sí lo eres—rió Fernos. Luego empuñó una de las hachas, salió y cerró con un portazo, apostándose delante de la puerta como había anunciado. «No, solo no estoy en absoluto.» Driadan se sintió mucho más tranquilo de lo que lo había estado durante el resto del día. Las paredes que le rodeaban y la determinación de sus compañeros eran un escudo. Percibía que sus hombres —eran sus hombres, y por primera vez pensaba en ellos como tales—confiaban en él, y esa confianza depositada le hacía sentirse seguro. —Bueno, vamos a trabajar antes de que vuelvan a interrumpirnos. Él y Cisne pasaron unos cuantos minutos revisando los papeles que los Starling estaban manejando en aquel despacho y Driadan comprobó que sus sospechas eran ciertas: En aquellos documentos se encontraban todas las claves acerca de la alianza entre los Starling y el Imperio del Este. Buscando en cajones y estantes de la habitación, hallaron correspondencia diversa y ciertos informes que parecían estar escritos en clave. Muchos de ellos estaban fechados mucho antes de que Driadan naciera. La rabia del rey crecía a medida que iba vislumbrando el pormenorizado complot urdido por la casa de la Estrella. Durante casi treinta largos años habían conspirado para arrebatar la soberanía al reino de Nirala. Cuando Fernos anunció al Hablador de Dioses, Driadan tuvo que tragarse toda su ira contenida y se puso en pie para recibirle. El viejo no dudó en reverenciarle, con el semblante grave. —El rey ha muerto. Larga vida al rey—declamó. «Un poco tarde para eso. Hace cuatro horas que lo gritó uno de mis señores, debiste venir a buscarme antes», pensó Driadan. Sin embargo, no mudó su semblante y le devolvió la reverencia con más sobriedad. —Por vuestras palabras asumo, Venerable, que reconocéis mi legitimidad al trono.
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—Completamente, Majestad—afirmó el viejo, enérgicamente—. Hoy he casado a vuestro padre. Ahora debo prepararle para que se reúna con sus ancestros. Y vos debéis ser ungido. Así es como debe ser. —Ocupaos de mi padre, por favor. Ya podréis ungirme cuando me lo haya ganado. La ciudad es presa del caos y este se extenderá a la nación si no lo controlamos rápido. El sumo sacerdote frunció un poco el ceño al escucharle, pero su mirada se suavizó y se volvió paternal. —Claro, Majestad. Como gustéis. Indicadme dónde se encuentra para que pueda ser trasladado a la Sala del Pegaso para el velatorio. —Está en su alcoba, con su esposa. —Reflexionó un momento y añadió:—Ella no debe acompañaros. Mis órdenes son que se quede encerrada en sus aposentos hasta que yo diga lo contrario. Decídselo a los dos guardias que custodian la puerta. —Se hará como ordenáis, Majestad. Si puedo ayudaros en algo más, estoy a vuestra entera disposición. —Gracias, venerable. El anciano inclinó la cabeza. —Lamento vuestra pérdida. No habrá otro como él. Driadan tragó saliva y se limitó a realizar un asentimiento breve. Cuando el viejo Hablador de Dioses salía del despacho, ya estaban esperando los señores de Moon, Falken y Wolvan. Arévano también aguardaba, junto a Fernos. Les hizo pasar a todos y el alto hombretón cerró la puerta, apoyando la espalda en la hoja de madera. —Señores. —Majestad. Los tres hombres se llevaron el puño al corazón e hicieron una reverencia casi al unísono. Driadan les miró a la cara, observó sus posturas corporales y después, los ojos de cada cual, tal y como Ioren le había enseñado. «Los hombres pueden mentir con la boca, pero con el cuerpo y con los ojos, sólo

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unos pocos. Y cuídate de esos pocos.» En su interior, Driadan rezó por no estar ahora mismo enfrente de alguno de “esos pocos”. Ederick Moon era un caballero entrado en años, enjuto y de cabello blanco cortado a cuchillo a la altura de los hombros. Las arrugas marcaban su rostro tostado por el sol y un poblado bigote le cubría la boca. Tenía los ojos azules, de expresión decidida. En ellos había una grave tristeza y también una gran determinación. No encontró en ellos nada esquivo ni oculto. Wilem Falken era más alto que Moon, más corpulento y atlético. Tenía el rostro ancho, cuadrado, la nariz plana y las cejas finas y negras. Su expresión facial parecía estar siempre crispada en una mueca de desagrado, con los gruesos labios elevándose en una u otra comisura. El cabello, también negro, aún no había encanecido aunque rondaba los cuarenta años. Lo llevaba recogido en una desordenada coleta. Sus ojos eran algo más oscuros que los de Ederick y también azules, y en ellos encontró la solidez de una roca. «Son ojos de soldado», pensó instantáneamente. «De soldado leal». El último era Sper Wolvan, un hombre bajo y compacto, de hombros anchos y espaldas sólidas. Los huesos de su rostro estaban muy marcados, los pómulos sobresalían y las mejillas parecían descolgársele un poco. También tenía el cabello negro, pero el suyo era crespo y ondulado, por lo que lo llevaba bastante corto. Lucía una perilla recortada y en sus ojos verdes había preocupación y gravedad, pero también bondad. «Fue el primero en reconocerme», recordó Driadan. Ninguno apartó la mirada ante su examen. Se mantuvieron firmes, aguardando como soldados pasando revista y cuando el rey habló, se irguieron aún más, con solemnidad. —Os he convocado para pediros vuestro consejo. Aunque antes debo preguntaros si vuestras fuerzas están ahora a disposición del reino y de su rey. —Lo están, Majestad—dijo Wolvan. —Sí y sí—añadió Falken. Moon se limitó a asentir firmemente con la cabeza y cuadrarse. —Bien, en ese caso os expondré mis ideas y después escucharé vuestra opinión al respecto—indicó. Los tres hombres asintieron de nuevo al unísono y se acercaron a la mesa, donde Driadan desplegaba un mapa de la ciudad que había encontrado entre los papeles de los Starling—. La prioridad ahora mismo es controlar la situación de desorden de la capital. Hemos cerrado las puertas para contener los posibles brotes de violencia en
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el interior de las murallas y, además, para asegurar nuestra segunda prioridad: todos los Starling deben ser apresados y conducidos a las mazmorras. Ninguno debe escapar. Una vez esas dos prioridades hayan sido atendidas, podremos hablar de los funerales de mi padre, de mi ceremonia de coronación y de cómo vamos a devolverle al reino de Nirala la prosperidad que los Starling le han robado. —¿Qué sabemos sobre la situación actual?—preguntó Falken. Arévano se unió al grupo dando un paso silencioso que le sacó del rincón en el que se mantenía inmóvil, escuchando, junto a Cisne. —Hay hombres de Starling combatiendo contra los mineros en la Calle de la Sal—informó, ante la mirada cautelosa de los tres lores. Habían reconocido a Driadan como su rey, pero sus hombres eran absolutos desconocidos para ellos—. Comenzaron unos disturbios entre soldados del ejército que se han extendido hasta la Cuesta de los Almendros, creo que ese enfrentamiento es el más preocupante, si se me permite la opinión, Majestad. —Estoy de acuerdo—apostilló Moon. Su voz era suave y muy calmada—. Si el ejército se enfrenta entre sí estamos perdiendo efectivos en un conflicto totalmente inútil. Y otros batallones podrían acabar tomando partido, extendiéndose el problema. —Bien, sofocaremos eso en primer lugar—asintió Driadan. Miró a Arévano—. ¿Qué más? —Ha habido asaltos y saqueos en el Callejón Rojo. Los delincuentes se enfrentan a los guardias. En cuanto a los ciudadanos civiles, muchos se han encerrado en sus casas pero un buen número se ha congregado cerca de las puertas. Están asustados. Nadie sabe con certeza lo que ocurre, mas que por rumores, y quieren marcharse. Driadan se quedó mirando el mapa, pensativo. —¿A cuántos ciudadanos puede acoger el Templo? —Debería poder acoger a todos, pero estimaría que caben las tres cuartas partes de la población, como mínimo —respondió Wolvan—. Es el edificio más grande de la ciudad después del castillo, Majestad. —Bien, veamos: Lord Moon, creo que vos deberíais ir con vuestros hombres a la Cuesta de los Almendros. Llevaréis mi estandarte y hablaréis
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en nombre del rey. Si anunciáis lo ocurrido, la muerte de mi padre y mi nombramiento, legitimaréis a los soldados que están de nuestra parte y haremos dudar a los demás. —Ederick Moon asintió con la cabeza, escuchando con atención. Driadan nunca había imaginado que los mismos nobles que le miraban con escepticismo tres años atrás, hoy estarían teniendo en cuenta todas y cada una de sus palabras. —Después quiero que les advirtáis que todos los miembros del Ejército que están peleando por los Starling, están luchando contra el rey y contra el reino, y que si no deponen las armas y regresan a sus filas, serán considerados traidores y combatidos hasta la muerte. —Como ordenéis, Majestad. —El hombre del bigote blanco alzó la mirada. —Y si me permitís decirlo, creo que es un proceder muy acertado, Majestad. —Gracias, Milord—respondió Driadan, inclinando apenas la cabeza. En otra situación se habría tenido que contener las ganas de dar saltos de alegría y orgullo, pero ahora mismo tenía que tomar decisiones rápidas y su mente estaba en otra parte—. Lord Falken, varios de vuestros hijos pertenecían a la Guardia Real. ¿Sigue siendo así? —Lamento decir que no, Majestad—respondió el caballero. El rictus amargo de su semblante se acentuó y le brillaron los ojos con rabia—. La Guardia Real fue sustituida casi por completo y los puestos de mis hijos los ocuparon unos Starling. —¿Dónde se encuentran ellos ahora? —A mis órdenes, Majestad. Son parte de mis fuerzas. —Mi padre confiaba en vos y en los vuestros, Milord. Necesito que escojáis a nueve caballeros: Tres de vuestra casa, tres de los Moon y tres de los Wolvan. Los señores miraron a Driadan con renovado respeto. El joven rey sentía vibrar en su interior una cuerda en suspensión, mientras su mente trabajaba a toda velocidad; estaba sentando los cimientos de su reinado en aquella habitación y no quería dejar cabos sueltos ni cometer errores. En Thalie había aprendido que la lealtad se alimenta con confianza y reconocimiento, y que la traición se paga con escarnio y acero. Aquellos hombres habían depositado su lealtad en él; ahora él iba a depositar su confianza en ellos. Sper Wolvan se inclinó en reverencia.
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—Es todo un honor, Majestad. —También para mí y para mi casa—secundó Moon. Wilem Falken se llevó el puño al pecho. —Majestad, os agradezco este privilegio—dijo—. Debo apuntar no obstante que la Guardia Real ha estado compuesta tradicionalmente de diez hombres. ¿Debo elegir sólo a nueve? —Si, Milord. El décimo está guardando nuestra puerta. Fernos esbozó una sonrisa ancha y divertida. Los lores no parecieron sorprenderse. —Comprendo, Majestad. —Cuando hayáis escogido a los nueve, nombrad capitán al más veterano—añadió. Después se volvió hacia Sper Wolvan—. Por último, tengo que encomendaros a vos que guardéis el Templo, Milord. Voy a ordenar al Venerable Hablador de Dioses que las campanas toquen a rebato[1]. Necesito que guiéis a los civiles, les ayudéis a llegar y les tranquilicéis en la medida de lo posible. Una vez en el interior, el Hablador de Dioses les dirá lo que está sucediendo. Creo que se sentirán mucho más seguros allí. —Como ordenéis, Majestad. ¿Y respecto a los Starling? ¿Qué queréis hacer? Driadan apretó los dientes e intentó que no se le notara la rabia que le producía sólo pensar en ellos. Habló con frialdad, aunque en su tono de voz había un matiz cortante. —Lo primero es localizarlos de la forma más discreta posible. Después, en cuanto los disturbios estén controlados, los apresaremos a todos. —Si no me necesitáis para otros menesteres, puedo encargarme de eso—se ofreció Arévano—. La discreción se me da bien. «Claro, como no». Al rey no se le escapaba la ironía de su comentario. «Así que espadachín en Prímona. Ya. Me pregunto qué secretos escondes.»

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—De acuerdo, encárgate tú. —Arévano asintió y abandonó la reunión con pasos gráciles. Cuando hubo salido, el rey puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, dirigiéndose a sus señores—. Eso es todo, ¿Podéis aconsejarme algo más? Los tres caballeros se miraron entre si y después a él. Habló entonces Falken. —¿Puedo sugerir que se envíe a un par de batallones a luchar contra los Starling de la Calle de la Sal? Posiblemente la mayor parte de sus fuerzas, si no todas, estén concentradas allí. —Temo que el ejército leal al reino esté algo desorganizado y bastante ocupado. Pero si disponemos de esos dos batallones, llevadlo a cabo. —Señor, quizá deberíamos transmitir órdenes para que otro batallón se dirija a sofocar los disturbios del Callejón Rojo—añadió Ederick Moon, mesándose el bigote con aire reflexivo—. Por lo demás, establecer unas patrullas en cuanto sea posible aumentará la seguridad de los ciudadanos y facilitará la tarea de Lord Wolvan. —¿Tenemos hombres suficientes para ambas cosas?—dudó el rey—. Ni siquiera estoy seguro de que podamos cumplir con una de ellas. Entonces, Fernos, que se había quedado fuera tras la marcha de Arévano, abrió la puerta sin llamar y asomó la cabeza. —Majestad—gritó, como si fuera un vulgar tabernero—aquí hay dos tipos que quieren hablar con vos. Dicen llamarse Lord Deerly y Lord Foxer. Falken se permitió una media sonrisa afilada. —Creo que ahora sí, Majestad.

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Aquella tarde, los ciudadanos de Nirala vivieron horas de incertidumbre. Dentro del Templo, el Hablador de Dioses anunció que su rey había muerto y que había regresado desde muy lejos el legítimo heredero. Suyos eran los estandartes del Pegaso y el derecho al trono, y
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pronto, en cuanto los disturbios con el ejército hubieran terminado, vendría la hora de llorar al rey caído y aclamar al nuevo soberano. Les habló de prosperidad, de un mejor futuro para todos, les habló de buenas cosechas y de justicia. Les aseguró que los dioses bendecían a Driadan de Nirala como nuevo rey y que aquellos que se le oponían eran traidores a la corona. Sus vidas seguirían siendo tranquilas y aún más prósperas. Y poco a poco, las miradas suspicaces y rebeldes de los hombres se fueron calmando, el miedo de las mujeres desapareció. Los niños se durmieron en brazos de sus madres y los mendigos recibieron pan y sopa a cargo de los sirvientes del Templo. Mientras tanto, en el exterior, la ciudad vivía sus momentos más convulsos. La batalla cesó en la Cuesta de los Almendros cuando Ederick Moon llegó con sus hombres, vestido con el tabardo de la media luna y llevando el pendón de los Horwing. Recibido el ultimátum del rey, los soldados que aún combatían por los Starling bajaron las armas y aceptaron la soberanía del nuevo rey. Unido el ejército una vez más, se apilaron los cadáveres en los carros y la mitad de los hombres partieron hacia el Callejón Rojo, a perseguir y apresar a las bandas de maleantes que se habían asociado allí. La otra mitad fue a prestar apoyo a la lucha de los mineros contra los Starling, que se había cobrado ya muchas vidas. Cuando los soldados llegaron y declararon a voz en grito que los hombres de la estrella debían deponer las armas, hubo escasa resistencia. Al atardecer, Arévano consiguió dar con Kiram y Sulori, los orientales, y con Jhandi. Les llevó consigo para lo que había de hacerse, y entre los cuatro, deslizándose rápidos sobre murallas y tejados, atentos a las sombras veladas y a los rostros temerosos, dieron caza a seis mensajeros en total que intentaban salir de la ciudad. Volaron los cuchillos, silenciosos. Las peticiones de auxilio de los Starling fueron leídas y destruidas. En sus misivas encontraron varias pistas sobre la localización de la familia de la estrella y pasada la media noche, tenían una relación completa de lugares en los que se ocultaban los traidores y sus familias. Cuando fueron a llevarle la información al rey, Driadan estaba en el despacho, recibiendo informes de soldados, de hombres de Deerly y de Moon, leyendo decretos, arrojando pergaminos al fuego. Sus ojos resplandecían como llamaradas y estaba lívido por la tensión, pero aun así, mantenía el semblante sereno, contenido. —Ya los tenemos, Majestad—dijo Arévano, mostrándole la lista que habían redactado. Driadan asintió y se limitó a coger el pergamino y dejarlo a un lado, con un gesto más cuidadoso que los demás.
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—¿Seguro que están todos? —Seguro. —Bien. Gracias. No dijo una palabra más y siguió con lo que estaba haciendo. Tres horas antes del alba, en la parte inferior del castillo, en esos oscuros pasadizos que llevaban a las mazmorras, se escuchó el retumbar de los pasos marciales de los soldados. Un grupo de cincuenta hombres desaliñados, con las barbas sin arreglar y los ojos vidriosos desfilaba por los pasillos hacia el exterior. Sobre el pecho llevaban el emblema de la casa Horwing, a la que siempre habían servido. Aquel tabardo era lo único limpio y nuevo en sus atuendos, pero la rabia en su mirada no era mas débil por vieja. Los hombres de Horwing, los cincuenta supervivientes a la lenta y metódica purga que los Starling habían llevado a cabo durante los tres años anteriores, se dividieron en cinco grupos de diez. Cada grupo acudió a uno de los lugares que Arévano había indicado en su informe. Las puertas se echaron abajo. Padres, madres, hermanos, hermanas, esposas e hijos, fueron prendidos y conducidos al castillo, sin importar sus edades, su sexo, su estado de salud. Algunos hombres se resistieron. Las órdenes eran claras, de modo que fueron contenidos a duras penas, pero a ninguno le rozó puño o filo alguno. Y al amanecer, al fin, llegó la calma. Una patrulla acudió al templo a informar a lord Falken, y éste dejó a sus hombres apostados a las grandes puertas, entrando al recinto. El templo de los dioses mantenía la misma sobriedad que el resto de los edificios de Nirala: se trataba de una construcción de planta cuadrada con una gran cúpula y lleno de columnas sencillas. Estaba hecho de piedra y en el interior se alineaban las tumbas de los antiguos reyes las estatuas y las efigies. La gran nave estaba en silencio, los pasos de Lord Falken resonaban con un eco que se perdía en la amplia bóveda desnuda. Se detuvo a los pies de la escalinata que conducía al altar y alzó la voz. —La situación está bajo control. Los traidores han sido apresados y los maleantes arrojados a las mazmorras. —Varios rostros se alzaron hacia él, escuchándole con avidez y cierto nerviosismo. —Vuestras vidas están seguras ahora, y vuestras casas también. Podéis volver a ellas. Salid ordenadamente y sin revuelo. Hay patrullas vigilando las calles y las puertas de la ciudad volverán a abrirse antes del atardecer.
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Un suspiro de alivio general se elevó en el recinto cuando los ciudadanos dejaron de contener la respiración. La tensión desapareció de sus rostros y se escuchó el murmullo de las conversaciones veladas. Todo había pasado, podían volver a la rutina.

 Beonar acababa de llegar al castillo. Habían acogido a los mineros en las cocinas y en los grandes salones y les habían dado de comer como si no hubieran probado bocado en años. Y lo cierto es que muchos de ellos se sentían así. Tomaron huevos y pan de centeno, carne fría y vino con especias, cebollas asadas y pescado ahumado. Los curanderos atendieron sus heridas como si se tratara de nobles o señores y el humor de aquel improvisado ejército mejoró con estas atenciones, que les resultaban casi ridículas. Después de desayunar, Beonar había pedido ver a Driadan y los soldados le habían llevado a su presencia a través de corredores y pasillos. Había militares por todas partes, y de vez en cuando se veía a una dama o a un señor siendo arrastrado por soldados mientras gritaban que no habían hecho nada. Al final llegaron a una puerta de madera oscura custodiada por Fernos, que devoraba un trozo de capón con una mano mientras sujetaba el hacha con la otra y miraba alrededor como un perro guardián. —Hola, viejo—dijo a Beonar, sonriendo con complicidad—. ¿Sigues vivo? —Veo que tu también. ¿Y el chico? —¿El chico rey? —Beonar asintió. —Ahí adentro. A ver si tú puedes hacerle entrar en razón. —¿Por qué?—preguntó el antiguo esclavo con curiosidad, mientras Fernos le abría la puerta y le franqueaba el paso. —Porque está empezando a comportarse demasiado como un rey. El moreno alzó la ceja y entró al despacho, echando un rápido vistazo alrededor. Los demás también estaban allí: Los dos orientales, el Cisne, el joven de Prímona y Jhandi. —¿Dónde está Qilem?—preguntó, sin saludar a nadie. Beonar nunca se había caracterizado por tener un humor especialmente bueno.
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Driadan negó con la cabeza, sin molestarse en fingir. Estaba sentado enfrente de la mesa llena de papeles del despacho de los Starling, mirando la lista de Arévano. Su aspecto era serio, casi abatido. El antiguo esclavo, aunque era uno de los hombres más curtidos de aquel grupo, sintió aun así una cierta nostalgia al comprender que Qilem no lo había conseguido. Era el mayor de todos ellos y muchas veces había actuado como un líder en ausencia de Ioren, tanto en Shalama como más adelante, cuando partieron de Thalie. Y aunque al principio Beonar le había despreciado, habían terminado haciéndose buenos amigos, y en secreto le admiraba profundamente. Ahora que el viejo no estaba, supuso que le tocaba a él hacer de padre. —Tu, ¿has dormido? Driadan volvió a negar. —Pues duerme. —Te estábamos esperando. — El rey se puso en pie. Mantuvo los puños apoyados en la mesa y la mirada fija en la puerta. —Llamad a todos. A los mineros, a los pescadores y a los lores y sus hombres de confianza. Al Hablador de Dioses y a los prelados de los gremios. Y que traigan a los Starling también, quiero que todos acudan a la Sala del Pegaso. —No te precipites. Beonar tiene razón, tienes que dormir. Puedes convocar a la gente mañana—dijo Cisne, que se había acomodado en un lado de la mesa y balanceaba los pies en el aire—. Todo el mundo lo entenderá. —No. No es por la gente. Yo no puedo esperar. —¿Tanto te quema la venganza?—preguntó Beonar desapasionadamente. —Me abrasa. —Entonces no podrás dormir ni aunque lo intentes. Venga, chico—dijo, haciendo un gesto a Cisne—. El rey ha dicho que hay que avisar a todos. Vamos. No os quedéis ahí como bobos. La tripulación del Tempestad se puso en movimiento como si les acabaran de despertar y uno a uno salieron del despacho. Fernos se quedó en la puerta y Beonar dentro del despacho. Miró a Driadan con detenimiento. Estaba pálido y se le notaba el agotamiento en las ojeras y la mirada
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vidriosa, pero su gesto era de determinación. Se preguntó qué habría hecho Qilem, o qué habría hecho Ioren. Bueno, sabía, o creía saber, lo que habría hecho Ioren, pero él no estaba muy por la labor y no pensaba que a Driadan le fuera a parecer bien, aunque el pensamiento le resultó divertido por un momento. Luego suspiró y se acercó a la mesa, sacando un puñal de la manga y clavándolo cerca de la mano del rey. Driadan alzó la cabeza y el fulminó con la mirada, pero ni siquiera dio un respingo. —¿Sabías que antes de ser esclavo era asesino?—le dijo, en voz baja y amenazadora—Podría cortarte la garganta ahora mismo y nad… No pudo seguir la frase. Driadan había arrancado el puñal de la mesa, se había encaramado a ella casi de un salto y se le había echado encima, poniéndole la hoja en el cuello y agarrándole de la entrepierna con la otra mano, retorciéndole los genitales. Fue esa garra terriblemente dolorosa la que le cortó el aire y le impidió seguir hablando. —Los fuertes no amenazan. —Los ojos rojos del rey parecían dos ventanas al infierno, llameantes, crepitantes. —Ni fanfarronean. No he llegado hasta aquí para que vengas a hacerte el peligroso conmigo, Beonar. Le soltó y se guardó el cuchillo en su propio cinto, bajando de la mesa como si nada. Iba a volver a sentarse cuando el moreno le agarró del brazo. —Escucha. Yo no soy Ioren, ni Qilem. Soy un bastardo al que nunca le ha importado la vida de los demás hasta hace bastante poco. Pero los asesinos y los reyes tienen una cosa en común, Nirala… y es que están completamente solos. —¿Cómo lo sabes? Nunca has sido rey. —No, pero te estoy viendo a ti. Tienes miedo pero no puedes demostrarlo. Estás cansado, pero no puedes descansar. Te preguntas si no habrías debido quedarte en Thalie y olvidarte de esto… pero también te hierve la sangre y sabes que si no obtienes tu venganza, jamás, jamás podrás encontrar la paz. Estás embarcado en una carrera alocada en la que sólo puedes seguir adelante, cueste lo que cueste, dure cuanto dure. Y aunque quieras detenerte, no puedes. Driadan tragó saliva. Los ojos rojos mostraban ahora algo más, un matiz de angustia. Beonar se lamió los labios, negando con la cabeza y continuó.

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—Lo que quiero decirte es que sé que da miedo. Yo también tengo miedo. No olvides que todo el mundo tiene miedo, Driadan. Sé que te han hablado mucho del honor, de la fuerza, de… pero el miedo también está ahí, para todos. Ioren nunca hablaba del miedo. —Sí lo hacía—le contradijo el rey, casi indignado. —Puede ser. Pero no creo que él viviera el miedo como lo vivimos nosotros… los que no tenemos su grandeza.—Le soltó el brazo. El rey no se movió del lugar, le estaba escuchando, al parecer. —No te encierres en tu soledad de rey. Yo no puedo hablar por todos, ni siquiera puedo hablar por mi, pero entre todos nosotros encontrarás a alguien a quien puedas confiarte. Cuando lo encuentres, hazlo. No pierdas esa oportunidad, o al final la presión te aplastará y te convertirá en un amargado, cínico y ruin que se detesta a sí mismo. —¿Como tú?—espetó el rey, un poco a la defensiva. Beonar soltó una carcajada grotesca. —No, como yo no. Peor. —Dejó de sonreír. —Yo tenía a Qilem. Pero ahora está muerto. Driadan relajó su postura y bajó la mirada. —Lo siento. —Yo también. Ahora imagínate que soy él, o algo así, y hazme caso. Date un baño, come algo, arréglate y prepárate para recibir a toda la gente que has hecho llamar. Sé un rey y haz lo que tengas que hacer. Pero después, desahógate, por los dioses, antes de que te vuelvas loco. Driadan le dedicó una larga mirada y después asintió, devolviéndole la daga con la punta hacia adentro. —Lo haré. Gracias. —Bien. Nos vemos, crío. Beonar salió del despacho y Driadan se quedó solo. Miró hacia la mesa y después el pendón de los Starling. Cerró los ojos, respirando profundamente y luego siguió sus pasos, internándose en el pasillo de piedra.

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 La Sala del Pegaso no había cambiado nada en aquellos años. El mármol resplandecía bajo la luz del sol del mediodía, que se proyectaba como un foco sobre el mosaico del suelo. En él, el caballo con alas parecía estar hecho de luz, vivo, resplandeciente como el diamante. La sala estaba atestada. En pocas ocasiones se había reunido tanta gente allí: los mineros, que observaban el lugar con ojos llenos de impresión, y los pescadores, más discretos, los grandes Lores y los representantes de los gremios, así como los altos mandos del ejército y el Hablador de Dioses junto con sus acólitos se encontraban de pie alrededor del mosaico y frente al trono. La nueva Guardia Real custodiaba la estancia, formando un amplio círculo, de espaldas a las paredes. La tripulación del Tempestad se encontraba también entre los asistentes, en el extremo de la izquierda, el más cercano a la puerta. A un lado del salón, el cadáver del rey Dromath reposaba en su féretro, rodeado de iris azules. Estaba vestido con las galas funerarias: el atuendo de batalla, de piel endurecida y apliques de metal, los guantes negros, las botas flexibles y la espada sobre el pecho, empuñada. A sus pies estaban su capa y la fusta con la que montaba, su camisa de dormir, el retrato de su esposa y otros objetos destinados a acompañarle en el otro mundo. A pesar de las horas transcurridas, el cuerpo del rey Dromath no mostraba signos de descomposición ni olía mal; se había rellenado su boca, nariz y oídos con esencia de flores y hierbas frescas y se le había lavado y frotado con aceites. Cisne nunca había anunciado a un rey. Había sido copero, bailarín, esclavo de cama, criado en las cocinas, pero jamás mayordomo ni nada que se le pareciese. Sin embargo, no parecía causarle aprensión aquella multitud. Se arregló los ropajes nuevos y comprobó su aspecto en el reflejo de una ventana ojival del pasillo y luego caminó con paso seguro al interior de la sala del Pegaso, portando el bastón. Todas las miradas se volvieron hacia él cuando se colocó al lado del mosaico, frente a la Silla Alada, y golpeó el suelo con el bastón. —Hijos del Reino de Nirala—recitó, alzando la voz—, el rey Dromath ha muerto. Gloria a su recuerdo por siempre. Recibid ahora al rey Driadan, hijo de Dromath, de la casa Horwing, Señor de las Montañas y legítimo heredero al trono.

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Todos hincaron la rodilla en tierra al mismo tiempo y bajaron la mirada al suelo. Cisne se hizo a un lado y también se postró para recibir al nuevo soberano. Los pasos del rey no retumbaban, como antaño lo hicieran los de su padre. Era silencioso como un felino y cuando entró a la sala, avanzó con decisión hacia la Silla Alada, con zancadas largas y elegantes. La capa de plumas arrastraba a su espalda, produciendo un susurro suave sobre las baldosas de piedra. Iba vestido de negro, con un jubón de piel vuelta y unos pantalones con refuerzos, parecidos a los de los almirantes de la armada. Usaba botas de montar, también negras, y no llevaba guantes. Las mangas de la camisa de seda blanca que llevaba debajo, se abrían desde el codo y mostraban los dedos elegantes, las manos de apariencia fina del nuevo monarca, que sin embargo, se cerraban con fuerza en las empuñaduras de las dos espadas que llevaba al cinto. Sables curvos en el interior de dos vainas tan negras como el resto de su atuendo. Los cabellos oscuros le llegaban hasta la cintura, largos como los de las doncellas, y sobre ellos lucía la corona de oro blanco. Pero en su rostro, la antigua feminidad que había provocado la burla de nobles y señores, ahora se mostraba apenas en un viso, enterrada debajo de la mirada afilada como una daga, la expresión severa y los rasgos más adultos del heredero de Dromath. Seguía teniendo la melena demasiado larga, las cejas altas y la belleza demasiado elegante para un hombre que pudiera jactarse de ser tal, a ojos de las rudas gentes de Nirala. Pero muchas cosas habían cambiado, y ahora su figura no recordaba a la de un cachorro afeminado, sino a la de una serpiente o una pantera, peligrosas, sutiles pero mortales. —Poneos en pie—dijo el rey, sin tomar asiento. Se escuchó el sonido de decenas de botas rozando el suelo al incorporarse todos. —Antes de comenzar con todas las cosas que en este día deben hacerse, os pregunto. ¿Hay alguien en esta sala que tenga algo que pedir al rey? Lord Crowald, un hombre calvo y de ojillos diminutos, dio un paso al frente y volvió a arrodillarse. —Con vuestra venia, Majestad. Yo, Esaak Crowald, en nombre de mi casa os muestro mis respetos y pongo mi espada y la de mis juramentados a vuestros pies para lo que estim… —Poneos en pie, Lord Crowald. Acepto vuestra lealtad, aunque llega un poco tarde. Estaré atento a vuestra velocidad de reacción en lo sucesivo, tenedlo muy en cuenta. —El Lord se alzó, un poco pálido, mirando al joven rey. Dromath siempre había sido claro, pero paternal y muy diplomático. —Por cierto, no veo que llevéis espada alguna. Espero que
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vuestros hombres tengan más que aportar al reino, porque vamos a necesitar muchas. —Por supuesto, Majestad. Nosotros… —Suficiente. Bienvenido de nuevo al camino correcto, Milord. ¿Alguien tiene algo más que decir? Lord Crowald se retiró y se unió al resto de señores, con la expresión demudada. Nunca hubiera esperado semejante muestra de carácter de parte de alguien tan joven e inexperto, y al parecer, los demás tampoco. Al no haber más peticiones, Driadan subió los tres escalones del sitial y se apartó la capa para tomar asiento en la Silla Alada. Lo hizo con tanta seguridad que arrancó una sonrisa a Beonar y Fernos. —Mira, parece que hubiera tenido el culo ahí toda la vida—susurró el antiguo asesino al nuevo Guardia Real. Fernos no respondió. Estaba de servicio y se lo tomaba muy en serio. —Os doy a todos la bienvenida—dijo Driadan finalmente, proyectando la voz para que le escucharan también en el fondo de la sala—. Hoy es un día triste. Mi padre murió ayer y lo último que hizo en su vida fue ponerme esta corona en la cabeza. Ahora soy vuestro rey, y nos hemos reunido aquí para administrar una de las cosas que un rey debe administrar. Justicia. Reinaba un silencio sepulcral. Driadan les miró a todos con esos ojos rojos, penetrantes, y el semblante serio. Luego siguió hablando. —Hace tres años, la casa Starling encontró la oportunidad de llevar a cabo el complot que durante mucho tiempo habían estado preparando. Su objetivo era derrocar a mi padre y dejar el reino en manos del Imperio del Este. Provocaron disturbios en la ciudad, fingiendo que los soldados de nuestra propia casa, Horwing, se rebelaban y que los Starling nos defendían. Liberaron a un hombre del mar que estaba encerrado en los calabozos y le encomendaron la misión de matarme a cambio de su libertad. —Todos los oídos escuchaban con atención. Ni siquiera los compañeros de Driadan habían escuchado nunca la historia completa, y ahora descubrían detalles que daban explicación a cosas que siempre se habían preguntado. —El hombre del mar no me mató, como podéis ver. Él creía que yo tenía un destino que cumplir, y gracias a eso, sobreviví. » De todas mis acusaciones sobre la casa Starling tenemos pruebas en documentos, mensajes y cartas sellados que pondré a disposición de los
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lores para que comprueben por sí mismos cual es la verdad. Pero ahora, hagamos justicia. Hay aquí reunidos hombres que me han sido leales, algunos desde hace tres años, otros desde que nací, otros desde hace unas horas. Así pues, es justo que sean recompensados. Los lores se miraron entre sí. Driadan aguardó un momento y después su mirada se fijó en Lord Crowald. —A vos, Lord Crowald, os voy a dar la oportunidad de demostrarme que vuestra lealtad, aunque haya llegado la última es tan fuerte o más que las primeras. —El caballero le miró, aguardando su sentencia sin saber muy bien qué esperar. Driadan continuó, con el mismo tono de voz tranquilo y elegante, como si estuviera invitándole a una fiesta. —Tenemos que fortificar las fronteras del este. Cuando rompamos los tratados que los Starling hicieron con el Imperio, posiblemente se preparen para atacar. Vos y las fuerzas de vuestra Casa irán allí, junto con los demás valientes del Ejército de Nirala, a contener ese posible ataque y a defender nuestras marcas. Crowald palideció, pero hizo una reverencia profunda. —Me honráis, Majestad. Cumpliré vuestras órdenes. Espero que nuestros actos estén a la altura de vuestras expectativas sobre nosotros. —Si supierais cuáles son mis expectativas sobre vos, tal vez no diríais eso. Me conformo con que demostréis que sois verdaderamente leal—replicó el rey, haciendo hincapié en esta última palabra—. Defended con valor y si sobrevivís, os recibiré con honores a vuestro regreso. Crowald sólo acertó a asentir con la cabeza esta vez. Luego, Driadan continuó. —A los mineros de Terragris y a los pescadores de Fondeadero de Acantilado, a todos vosotros os digo: Sin vuestro apoyo y lealtad, jamás habríamos llegado ni siquiera a dos pasos de la Capital. Cuando regresé a mi hogar, me sentía como un extranjero, pero eso fue hasta que vosotros decidisteis apoyarme, aun sin haberme visto. Por eso, estoy en deuda con vosotros. Desde hoy, los impuestos sobre la minería se verán reducidos a la mitad. —Un coro de exclamaciones jubilosas resonó desde el centro de los congregados, incomodando a los nobles y cortesanos. A Driadan no le importó, aguardó un momento y luego continuó. —A cada minero se le pagará un salario fijo por su trabajo, que concertaremos con el prelado del Gremio de los Mineros, además de una décima parte del mineral que extraiga. Los mineros serán libres de comerciar con ese mineral del modo
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que consideren más oportuno. Se restablecerá el flujo de comercio hacia el Norte y el Oeste de la nación desde mañana mismo, para que no falte a las ciudades de las montañas ni a los puertos ningún bien de primera necesidad. » Por otra parte, la armada de Nirala ha sufrido muchas bajas en los últimos tiempos, primero por los ataques de los Hombres del Mar y después por las ventas de galeras y galeones al Imperio. Levantaremos unos astilleros junto a Fondeadero de Acantilado donde se dará comienzo a la construcción de una nueva flota. Se empleará en primer lugar a los antiguos pescadores o hijos de pescadores que así lo deseen y el puerto de Fondeadero tendrá la categoría de “Real”.Por último, todas las viudas y huérfanos de los mineros de Terragrís y los pescadores de Fondeadero de Acantilado recibirán una pensión anual para garantizar su supervivencia. Conforme el rey iba exponiendo las nuevas medidas, los vítores aumentaban, pero se volvieron ensordecedores cuando anunció la última y todo el salón prorrumpió en aplausos. El anciano Ederick Moon había nacido en Terragrís y asentía con la cabeza, repitiendo “muy bien, muy bien”. Driadan volvió a aguardar, sin entusiasmarse, sin esbozar siquiera una sonrisa hasta que de nuevo reinó el silencio. —Al Ejército del Reino, que ha sabido aguardar a pesar de las duras condiciones en las que ha tenido que vivir bajo las manipulaciones de la casa Starling le anuncio que haremos regresar a todos los soldados destinados en el extranjero antes de disolver nuestros tratos con el Imperio. Ninguno de ellos sufrirá represalias a su regreso, solo esperamos que vuelvan sanos y salvos. —Hubo un suspiro de alivio, menos numeroso, entre los líderes militares—. A partir de ahora, ningún soldado del Reino servirá a ningún otro país por muy aliado que sea. Se revisarán las competencias del ejército, los salarios y el estado del equipamiento militar para garantizar que los soldados vocacionales puedan seguir cumpliendo con su misión con excelencia. —Hizo una nueva pausa y luego buscó a uno de los lores con la mirada. —Lord Sper Wolvan, dad un paso al frente. El caballero obedeció, llevándose el puño al pecho. Le miró un momento con aquellos ojos verdes y cristalinos, casi paternales, y luego bajó la barbilla en actitud respetuosa. —Majestad. —Lord Sper Wolvan, fuisteis el primero en proclamarme. Vuestra voz dio el primer paso, pese a que os podía haber costado la vida. Por vuestra lealtad y valor os doy las gracias, de todo corazón. El rey os concede un
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tercio de las posesiones y títulos de los Starling y os da permiso para acoger a sus hombres en vuestro ejército si lo deseáis. Os concedo también el título de Guardián de la Ciudad y un puesto en el Consejo Real. —Gracias, Majestad. Me honráis más de lo que merezco. Pero, ¿qué consejo? —El que vamos a crear. Wolvan alzó las cejas y luego volvió a inclinarse. —Gracias, Majestad—repitió. —Podéis retiraros. Lord Ederick Moon y Lord Wilem Falken, dad un paso al frente. Wolvan reculó y sus dos camaradas se adelantaron, el uno respetuoso y tranquilo, el otro con la barbilla alzada y el gesto firme de los militares. —Majestad. Driadan se acarició la barbilla. —Vosotros no vacilasteis y me reconocisteis sin miedo ni duda. Siempre fuisteis leales a mi padre y no tuvisteis reparos en serlo también conmigo. Y sé que no es fácil depositar la confianza y la obediencia en alguien a quien no se conoce, sin embargo, lo habéis hecho, por fidelidad. Os doy las gracias y os concedo a cada uno un tercio de las posesiones y títulos de los Starling, así como el permiso para acoger a sus hombres en vuestro ejército. También tendréis, ambos, vuestros asientos en el consejo real. —Gracias, Majestad. —Gracias, Majestad. Solo cumplimos con nuestro deber. —Eso no es poco—apostilló Driadan con suavidad—. Podéis retiraros. El rey se puso en pie de nuevo y volvió la mirada hacia Fernos, que se cuadró de inmediato. —Que traigan a los prisioneros. El antiguo esclavo se golpeó el pecho con el puño y salió junto con dos hombres más. Mientras aguardaban su regreso, Deerly y Foxer
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intercambiaron una mirada fugaz y la incertidumbre aleteó sobre la cabeza de aquellos que no habían sido castigados ni premiados. Driadan caminó hasta el centro de la Sala del Pegaso y se colocó frente al mosaico del suelo. Unos minutos más tarde, las puertas se abrieron y una larga fila de hombres, mujeres, ancianos y niños entraron a la sala, cabizbajos, atemorizados. Las damas iban vestidas con elegancia, aunque sus cabellos colgaban mustios a ambos lados de su rostro, despeinados. Los caballeros también lucían atuendos que delataban su nobleza, y la mayoría tenían ojeras y el aspecto de animales asustados. Los ancianos miraban al suelo. Los seis niños iban de la mano de sus madres, sus edades oscilaban entre los tres y los doce años. Había algunos chicos y chicas jóvenes, que aún no habían cumplido los veinte. También estaba allí la esposa del rey Dromath, con su traje de novia, los ojos hinchados y el rostro demudado a causa del dolor de sus pérdidas. Lord Starling, el caballero de la mirada fría y el cabello rubio bien peinado hacia atrás, con la barba recortada y la cabeza alta, llegó en último lugar. Ninguno de aquellos hombres iba armado. Los soldados que los custodiaban se retiraron, y Lord Starling mantuvo el rostro sereno, sin mirar a ninguna parte en particular. Uno de los niños se puso a llorar. —¿Estos son?—preguntó Cisne a Arévano. Se habían reunido a un lado, un poco separados de la multitud. El joven de Prímona asintió con la cabeza. Había preocupación en su semblante, aunque el Cisne no sabía por qué. Pero cuando Driadan al fin volvió a hablar, lo comprendió. La voz del rey estaba llena de rabia contenida. —También hay justicia para ti, Lord Starling. Mírame a los ojos. —El caballero se volvió hacia él, lentamente. Le aguantó la mirada con dignidad durante todo el tiempo, hasta que Driadan prosiguió. — Mi padre solía decir que todas las batallas terminan en algún momento, pero que son pocas las que acaban para siempre. La que tú has empezado ha estado a punto de acabar con el reino de Nirala y con mi estirpe. ¿Tienes algo que decir? —No me arrepiento de nada—dijo el Starling, orgulloso y sereno. Algunos cortesanos murmuraron ante semejante confesión, pero entonces, el resplandor vívido y fogoso de los ojos del rey Driadan se apagó. Aflojó la mandíbula y la ira abandonó su voz.

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—No te arrepientes porque no sabes lo que has hecho—dijo, casi con cansancio. —Oh no—murmuró Cisne. Arévano le cogió la mano y se la apretó.  Driadan sintió que toda la rabia le abandonaba. Miró a aquel hombre, por el que no sentía ninguna compasión, y rezó a sus dioses para que le permitieran sentirla antes de que todo terminase. —Sabes que la traición se castiga con la muerte, y no tienes miedo de morir. Eso te honra—continuó, sintiendo que cada palabra pesaba sobre su lengua. —Pero las batallas no terminan mientras quede alguien para vengarse. Yo soy la prueba de eso. Me dejaste vivir porque no tuviste el valor de venir a matarme tú mismo. Yo no cometeré ese error, Lord Starling. —El rey hizo una pausa y suspiró. —Y tampoco dejaré que esta batalla continúe generación tras generación. Desenvainó una de las espadas. Un rumor de sorpresa y de horror recorrió el salón. Los semblantes de los lores se tornaron en incredulidad, el Hablador de Dioses negó con la cabeza. —¡No!— Starling abrió mucho los ojos y cayó de rodillas, todo su orgullo reducido a la nada. —Os lo suplico, majestad. Os lo ruego. Los Dioses no lo … las leyes dicen que… Una joven Starling se desmayó. Dos ancianos se tomaron de las manos y una de las hermanas del Lord se arrodilló para abrazar a sus hijos, que habían empezado a llorar desconsoladamente. Ella también lloraba, mirando al Rey, aterrorizada. —Lo sé. Pero eso no cambia nada. —Miró a la multitud, de nuevo una llamarada brillaba en sus pupilas. —Y que esto sirva de ejemplo. La lealtad será recompensada generosamente. La traición, castigada sin piedad. Luego caminó decididamente hacia el centro del mosaico y alargó la mano para tomar del brazo al primer Starling. Entonces Sybelle se interpuso en su camino y se arrodilló ante él. —Dejadme ser la primera, Majestad.

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Estaba tranquila. No parecía tener miedo. Driadan asintió solemnemente y le concedió aquel deseo.  Cisne no quiso apartar la vista, a pesar de que Arévano le había advertido que no mirase. Vio caer a cada uno de ellos, vio la sangre derramarse sobre el suelo, vio a los señores volver la mirada y llorar al sumo sacerdote. Los mineros solo parecían sorprendidos. El rey Driadan no mostró el menor viso de pasión mientras ejecutaba su macabra labor. Dio golpes certeros que mataron con rapidez, primero a los más pequeños y después a los adultos. Los gritos de los padres, los sollozos de las madres y los desmayos de los ancianos no le detuvieron. Sus ojos parecían dos rubíes incendiados y Amala se preguntó si alguien en aquella sala se daba cuenta de lo mucho que estaba sufriendo el rey al hacer aquello. Se preguntó si alguien lo comprendía. «Seguramente algunos sí», pensó, observando de soslayo al joven de Prímona. Lord Starling se había derrumbado por completo. Sollozaba y se tiraba del pelo. Cuando le llegó la hora, el mosaico del caballo alado era un enorme charco de sangre y los cadáveres de todos los que tenían sangre Starling estaban tirados sobre el suelo como muñecos rotos. Driadan se detuvo frente a él y le tendió la mano. —Vamos, ponte en pie. Dime otra vez que no te arrepientes de nada. Starling no tomó su mano. Temblaba sobre sus propios vómitos, apenas podía respirar a causa de los sollozos. Entonces el rey sí que sintió compasión. Le cortó la cabeza de un tajo certero y terminó con su sufrimiento. Después se volvió hacia el conmocionado público. Muchos ojos estaban fijos en los cadáveres de los niños. Algunos lloraban, incluso hombres maduros. Lord Moon parecía al borde de las lágrimas. —Hemos terminado—declaró Driadan, limpiándose unas gotas de sudor de la frente con la manga—. Que los Starling sean enterrados con honores, todos ellos salvo el Lord. Tendremos diez días de luto por mi padre y cinco más por ellos. Marchad. Por un momento, nadie reaccionó. Driadan se inclinó y limpió la sangre de la espada en el vestido de novia de Sybelle. Luego envainó y fue a sentarse de nuevo en la Silla Alada, silencioso, severo, frío como una serpiente que se enroscaba sobre sí misma. Cuando la sala comenzó a vaciarse, el miedo
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aún flotaba en el aire. Poco a poco, todos se marcharon y los guardias se llevaron los cadáveres de los muertos. Los criados acudieron a limpiar la sangre del mosaico, y cuando se marcharon, éste volvía a estar tan blanco como siempre. Al salir el último desconocido, Beonar se dirigió hacia la puerta. Se detuvo frente al trono y reverenció al rey, mirándole largamente por un instante. Driadan inclinó la cabeza hacia él una sola vez, pero no dijo una palabra. Jhandi le siguió, pero él no miró Driadan. Estaba muy afectado. Todos se marcharon, uno tras otro, hasta que solo quedaron la guardia real, Arévano y Cisne. —Podéis salir. Y cerrad las puertas. —¿Seguro, majestad? —Muy seguro. Marchaos todos. Cuando se hubieron ido, Driadan miró hacia el suelo. A él aún le parecía ver un tizne rojo, leve, en las líneas de lechada que separaban las teselas del mosaico. Recordó el sueño del pegaso, el que había tenido mucho tiempo atrás, en Thalie. Un rey sentado en el trono, hermoso y digno, de cuyas manos manaba la sangre a borbotones. El pegaso intentando liberarse, y la ola, la ola salada y fresca que irrumpía por la puerta y le salvaba. «Lo que he hecho es horrible», se dijo. «Pero habrá paz. No habrá más venganza, ¿quién querrá vengarse ahora? Se acabó. Todo ha terminado, al fin.» Entonces miró alrededor. La sala enorme estaba en silencio. No quedaba nadie. Suspiró y se puso la mano delante de los ojos, mareado. El primer sollozo rompió, casi como una tos seca. Las lágrimas empezaron a fluir costosamente, pero una vez hubo empezado, el torrente se desató. Había ganado, y había perdido. Su padre había muerto sin que pudiera decirle todas las cosas que quería decirle. Su amor estaba en las lejanas tierras del noroeste, más allá del océano, y jamás volvería a verle. La venganza contra los Starling se le había convertido en cenizas en los labios sin siquiera haberla probado, al darse cuenta de lo que implicaba. Se preguntaba si había elegido bien. Si no podría haber tomado otra decisión. Quizá los niños podían haber vivido bajo la tutela de los demás lores… pero ¿qué niño querría vivir sin sus padres? Matar niños era algo terrible. Pero la muerte no entendía de edades cuando llegaba en forma de enfermedad, de accidente o de guerra despiadada. ¿Por qué tenía que mostrarse más blando? «Porque soy un ser humano», se dijo. «Porque Ioren me advirtió sobre esto. No es que sean mis hijos pero lo que he hecho quedará sobre mi toda mi vida.» Lo había sabido desde que desenvainó el arma.
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Entonces, cuando los recuerdos de Ioren volvieron, empezó a doler de verdad. Intentó imaginarse que sus brazos le rodeaban, la caricia de su voz, el roce de sus cabellos, el olor a sal. Y cuando dos brazos le rodearon de verdad, la ternura de aquel gesto le hizo sollozar con más fuerza. Se aferró a aquel cuerpo que al principio fue incapaz de distinguir, estrujó la tela de su jubón con las dos manos y escondió el rostro en el pecho perfumado del muchacho. —Le prometí que cuidaría de ti para que no te devorase la soledad—susurró Cisne mientras le acariciaba el pelo con dedos temblorosos. —Perdóname—sollozó el rey. No se lo decía a Cisne, no se lo decía a nadie, se lo decía a todos. Pero sobre todo a sí mismo—. Perdóname. Lo siento tanto… —Lo sé—respondió el muchacho. Sus lágrimas también cayeron, una gota cristalina y salada quedó prendida en la corona del rey, como una joya—. Te perdono. Y aunque aquella disculpa no estaba dirigida a él, aunque Cisne no podía darle la redención que él deseaba y necesitaba, por uno de esos misterios del alma humana, las palabras de Cisne le consolaron. Agradeció en silencio que Amala hubiera cumplido su promesa y aferrándose a él, descargó toda la tensión y el sufrimiento que le atenazaban por dentro, llorando hasta quedar exhausto. En el exterior, las banderas del pegaso blanco ondeaban a media asta.

Capítulo XLVIII: Puño de Hierro

puertas. Las largas filas de soldados comenzaron a entrar en el patio de armas, el clamor de las trompetas inundó el aire y llegó al interior del
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ún no había amanecido cuando se escuchó el estruendo de las

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castillo, sordo y mitigado. Pero no lo suficiente. Los dos niños se sobresaltaron en el lecho, sentándose y apartando las mantas. Tenían los ojos y las bocas muy abiertos y miraban alrededor, tratando de entender por qué estaban tan nerviosos y qué les había despertado. De nuevo se oyó el pesado rastrillo y más trompetas. Entonces, los dos hermanos se miraron y compartieron una sonrisa, amplia y entusiasmada la de la niña y apacible la del niño. —¡Corre!—exclamó Valeria, apremiando a su hermano. Saltó de la cama y se abalanzó hacia la puerta, descalza, vestida solamente con la camisa de dormir—. ¡Date prisa, date prisa! —Voy, voy. ¡Espera! Ponte zapatillas. —¡Que no! —Valeria tiraba con fuerza del picaporte, aunque no podía abrirlo sola. Apenas sí llegaba al manillar. —Si no corremos ya, no veremos a papá cruzando el puente. Ni a los soldados. ¡Y a lo mejor traen prisioneros! Su hermano mayor suspiró, echándose una capa por encima. Él si que se calzó antes de abrir la puerta y dejar que su hermanita saliera a toda velocidad, corriendo por el pasillo. La siguió a toda prisa, con el ojo puesto en su pequeña espalda y tratando de no perderla de vista. Los corredores de piedra estaban ya preparados para recibir al invierno y sus pasos se mitigaban sobre las mullidas alfombras de lana y pieles. Ardían las antorchas y los candelabros en las paredes, entre las armas que colgaban de los muros y las ventanas ojivales tenían cerrados sus contrafuertes. En su carrera se cruzaron con algunos criados y tuvieron que escurrirse de las manos de un guardia al que casi arrollaron, pasaron bajo las piernas de un chambelán, esquivaron a las lavanderas y los panaderos y subieron las escaleras a toda velocidad, dejando a su paso exclamaciones y miradas escandalizadas. —¡Ya casi estamos!—gritó Valeria, emocionada, mientras trepaba casi a cuatro patas por la escalera de caracol de la torre. —Tranquila, te vas a hacer daño. O te dolerá el costado. —¡Que no! Finalmente, llegaron a lo más alto de la torre, sudorosos y jadeando. Una puerta de madera con apliques de metal les cerraba el paso y la niña se abalanzó sobre ella, se colgó del picaporte e hizo fuerza. Pero no consiguió abrir.
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—¡Ioren!—suplicó, mirando a su hermano con los ojos llenos de desesperación—. ¡Ioren, no se abre! ¡La han cerrado con llave! El niño frunció un poco el ceño, pensativo. Se acercó y observó la cerradura y las bisagras. —Papá nos va a matar—declaró con toda la tranquilidad del mundo. Luego se inclinó y arrancó la hebilla de sus zapatos. Introdujo el alfiler del broche en la cerradura e hizo fuerza hacia arriba y hacia adentro hasta que se escuchó el “clac”. Después giró el picaporte ante la mirada admirada de su hermana, que esbozó una enorme sonrisa. —¡Bien! ¡Sabía que lo lograrías! —Anda, ven—resopló él, volviendo los ojos hacia arriba. El chico agarró a su hermana pequeña y se la subió a los hombros antes de salir a las almenas. Se asomaron con cuidado. La niña ahogó una exclamación de asombro. Ioren miró hacia abajo y dibujó una pequeña sonrisa. En el patio de armas se arremolinaban los soldados a caballo. El rey Driadan regresaba de la guerra en las fronteras del Este. Iba el primero, con la lanza en la mano y las espadas al cinto, vestido con una armadura de cuero negro y un yelmo del mismo material y color, coronado por dos penachos rojos. Desmontó, mientras los criados y los mozos de cuadras se esmeraban en atenderle, a él y a sus caballeros. —¡Mira!—gritó Valeria—. ¡Es papá! ¡Es papá! ¿Le ves? El rey se quitó el yelmo y alzó la lanza en señal de victoria. Un estruendo de vítores y jubilosos gritos inundó el patio de armas y las trompetas volvieron a resonar, los pendones se agitaron. —Claro que le veo—replicó Ioren, agarrando bien de las piernas a su inquieta hermana, que no dejaba de moverse—. Estate quieta o te caerás, y habrá que llamarte la Princesa Tortilla. —¡Vale!¡Pero mira!—ella señaló hacia el patio—. ¡Veo nuestro estandarte, y también el de los Moon, y los… ¿Quiénes eran los del halcón? —Los Falken.
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—¡Están todos! ¡Qué bien! —Mira, ya van a las cuadras. Deberíamos… No pudo terminar la frase. Escucharon pasos metálicos a su espalda y una manaza grande cayó sobre su cogote. Valeria fue despegada de sus hombros mientras se quejaba y gimoteaba. —Deberíais estar en la cama, mocosos—bramó una voz conocida. Ioren hizo una mueca de derrota. —Cuando le diga a vuestro padre que habéis salido solos a las almenas os pondrá el culo rojo a base de azotes. —¡Mentira!—se enfurruñó Valeria—. No nos va a dar azotes. —¿Ah no? ¿Qué te crees, que le llaman Puño de Hierro por nada? —Luego el guardia señaló con un gigantesco dedo a Ioren—. Y tú, ¿qué hacías con la niña a hombros? Se podía haber caído. —Lo siento. —¡Queremos ver a padre!—gritó Valeria, rebelde. —¡Queremos ver a padre y tú no eres nadie para impedirlo, feo! —Valeria, no seas bruta—la reprendió su hermano. Pero el guardia real se estaba riendo. Se echó a uno en cada hombro y regresó al interior del castillo, caminando a largas zancadas. —Voy a pedirle al rey que me aumente la soldada. Si a esta edad ya no hay quien os aguante, no me quiero imaginar los años que me esperan. ¿Y como demonios habéis abierto la puerta? —Eso es secreto—dijo Valeria, haciéndose la interesante—. Pero si nos sueltas, te lo digo. —De eso nada—rió de nuevo el guardia. Mientras viajaban de regreso a sus aposentos, sobre los hombros de su enorme protector, resonaban por todas partes los ecos de pasos agitados en el interior del castillo, los grititos alegres de las mujeres, las carcajadas de los soldados, las felicitaciones de los sirvientes, el entrechocar de las alabardas y los estruendos de las botas de metal. Cuando llegaron al corredor, ya había varios soldados sucios y cansados del viaje caminando por él, buscando a
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las mozas, un baño de agua caliente o una jarra de cerveza. Los dos hermanos lo miraban todo con atención infantil, emocionados. —Muy bien, ya estamos aquí. —El guardia real abrió la puerta de la habitación de los niños de un manotazo. —Será mejor que volváis a la cama antes de que… Pero no terminó la frase. Se quedó inmóvil al ver a la figura que aguardaba, de pie, en el centro de la estancia. El rey se volvió hacia él y en cuanto le reconoció, borró la expresión de ira fría que lucía su semblante. —Maldito seas, rey—se quejó, bajando a los dos hermanos al suelo—. Eres mas rápido que el rayo. —¡Papá! ¡Papá! —Me estaba preguntando quién había osado secuestrar a mis niños. —El rey se inclinó para abrazar a los dos pequeños que se le arrojaron al cuello. Luego esbozó media sonrisa e inclinó la cabeza con gratitud al guardia real—. Gracias, Fernos. ¿De donde los has sacado esta vez? —De las almenas. Tu hija es un diablillo. —¡Papá, cuántas trenzas llevas!—exclamaba la niña, hundiendo las manos en la cabellera larguísima de su padre—. ¡Estás guapísimo! El niño habló con mucha tranquilidad, aunque le brillaba la felicidad en la mirada. —Muchas trenzas, muchas batallas ganadas. ¿Ha terminado la guerra, padre? Driadan suspiró y levantó a los críos, a uno en cada brazo. Les miró y miró también a Fernos. El rey no parecía cansado, a pesar de todo: Sus ojos rojos brillaban con fuerza, la larguísima cabellera le colgaba hasta el trasero, salpicada de trenzas atadas con hilos de cuero y la barba recortada, oscura y afilada en la barbilla le hacía parecer sofisticado y civilizado a pesar de las bárbaras costumbres con las que adornaba su pelo. Sus movimientos eran activos y elásticos, su semblante estaba limpio de ojeras. Aunque ya había alcanzado la treintena, el rey Driadan de Nirala seguía conservando la belleza refinada de su madre, si bien ya no parecía un muchacho sino un hombre adulto y atractivo. Se conservaba envidiablemente joven, sin que ninguna arruga hiciera mella en él a pesar de las preocupaciones que conllevaba gobernar un reino.
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—De momento, sí. Ha terminado. —Los niños lanzaron exclamaciones de felicidad y Fernos rió con una poderosa carcajada—. Tardarán al menos otros tres años en reponerse de este golpe, y si les quedan ánimos… bueno, entonces ya veremos. —Felicidades, Driadan. —Fernos, que jamás le había dado el trato que el protocolo exigía, le golpeó el hombro con una mano con tanta fuerza que le hizo tambalearse—. Bien hecho, chico. Bueno, ahora que la revolución infantil está controlada, será mejor que baje. Quiero ver con qué cara regresan Arévano y Jhandi. Fernos se marchó, cerrando la puerta a su espalda. Driadan miró a sus hijos y entrecerró los ojos con suspicacia. —Sois unos bribones. —Valeria sonrió inocentemente. Ioren simplemente se encogió de hombros. —Venga, a la cama. Les acostó, peinándoles los cabellos con las manos enguantadas mientras ellos le cosían a preguntas. Había dejado la lanza apoyada en la pared, pero todavía estaba cubierto por el polvo del camino y aunque no lo demostrara, tenía la espalda destrozada después de tanto tiempo a caballo. Valeria no dejaba de tocarle las trenzas, fascinada. —Papá, ¿cuándo podré luchar? —Cuando seas mayor. —Ya soy mayor. —Tienes seis años, chiquilla. —Pero Ioren sólo tiene cuatro más que yo y ya ha empezado a entrenar. —Pues cuando tengas su edad, empezarás a entrenar. —¿Y seré su escudera? —Si él te deja, sí. —¿Cómo ha ido en la guerra?—interrumpió el niño—. ¿Has matado a muchos enemigos? —A unos cuantos, sí. Venga, a dormir ya.
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Los dos niños se volvieron a mirar entre sí. Luego se arrojaron de nuevo al cuello de su padre, abrazándole con fuerza. —Quédate, papá. Por favor. Driadan se lo pensó unos instantes. Luego se los quitó de encima y se dirigió a la puerta de la habitación. La atrancó por dentro, colocando el travesaño de madera sobre los pasantes. Después, se soltó el cinturón y dejó caer las espadas sobre la alfombra, entre las muñecas, los soldados de madera y los dragones de lana. Se quitó las botas y la capa, el jubón tachonado y los guantes, hasta quedarse vestido sólo con los pantalones y en mangas de camisa. Sus hijos le miraban con ojos brillantes, rojos como la sangre, tomados de la mano en la gran cama que compartían. Cuando su padre regresó, le hicieron sitio en el centro y se acomodaron junto a él, abrazándole y pegando las mejillas sobre su pecho. El rey cerró los ojos, aspirando profundamente el olor del cabello de sus hijos, el perfume característico de sus cuerpos. Eran sus hijos, parte de él, sangre de su sangre. El amor que experimentaba hacia ellos era diferente a todo lo que había sentido hasta entonces. Ser padre le había hecho ser mejor, y se esforzaba cada día por seguir en ese camino. —Papá—murmuró Valeria—. Papá, ¿Ya no te vas a ir más? Driadan volvió a abrir los ojos. Ladeó el rostro hacia la niña y le pasó la mano por el pelo. —Volveré a irme, Val. Muchas veces más—respondió, a media voz. La niña bajó la mirada y le abrazó fuerte—. Pero no tienes que estar triste. Cuando seas más mayor, tu también te irás, tendrás que salir de este castillo a hacer cosas: a viajar, a ver el mundo, a luchar, a aprender. Todos nos vamos. Pero siempre volvemos. —¿Y si algún día no vuelves, qué? —Pues ese día tienes que estar muy atenta. Tenéis que estar muy atentos, los dos. Porque si os dicen que vuestro padre ya no está, que ha muerto o que ha desaparecido, entonces puede que regrese de una forma que no os esperáis. Convertido en un halcón, o en un caballo, o en un gato. Tal vez en una hormiguita. —Esbozó una leve sonrisa. — Así que cuidado, no me piséis. Valeria se rió en voz baja, el miedo y la pena que amenazaban con cubrir su semblante desaparecieron. Ioren, en cambio, seguía estando serio y en
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sus ojos había una sabiduría profunda, extraña, anciana, que siempre había estado presente en él pese a su corta edad. No dijo nada. También abrazó a su padre con fuerza, como si quisiera retenerle para siempre. Él les envolvió con sus brazos y veló su sueño, intentando mantenerse despierto para poder mirarles, escuchar sus acompasadas respiraciones, adorarles como sólo los padres y las madres pueden hacer. Pero finalmente, el cansancio venció y se quedó dormido.  La guerra contra el Imperio del Este se había desatado pocos meses después de la coronación de Driadan, tal y como este había predicho tan certeramente. Se había prolongado durante diez años, con pequeños períodos de paz después de cada intento del Imperio por atravesar las fronteras de Nirala. En aquellos combates habían muerto muchos hombres y mujeres valientes, pero todas las naciones se desgastaban y el Imperio no era una excepción. Durante los últimos tiempos, al parecer, estaban teniendo problemas en otras fronteras por lo que la tregua a la que habían llegado era un alivio para ambas naciones. El reino de Nirala, a pesar de esta agitación bélica, había recuperado su prosperidad de una manera prodigiosa. Algunos decían que era debido a la magia que el rey Driadan había aprendido en el extranjero, en las lejanas tierras del Sur y en las Islas del Noroeste. Pero los más cercanos a él sabían que el único secreto era el trabajo duro y una buena gestión. Tras la purga a los Starling, el rey Driadan empezó a ser temido, pero con el paso del tiempo, tanto la Corte como el pueblo se acostumbró a sus procederes. Las actitudes y decisiones del nuevo rey puede que fueran duras, en ocasiones demasiado duras, pero acostumbraba a ser justo. Condenaba con saña la traición y el abuso, y solía ejecutar la justicia con su propia mano y en público. Jamás ocultaba la verdad, y aunque no era tan risueño y afable como lo fue su padre, al cabo de un tiempo se ganó el amor de su pueblo además de su respeto, aunque nunca dejaron de temer su ira. Driadan no mordía a menudo, pero su dentellada era letal. Muchos le comparaban con una serpiente, por su aspecto elegante y refinado, su constitución esbelta y la expresión de sus ojos. Pero el apelativo que más se utilizaba a la hora de referirse a él era Puño de Hierro, en alusión al férreo control que ejercía sobre el reino. Tres meses después de subir al trono, Driadan se desposó con Ada Gallan, la heredera de un principado fronterizo que había estado aliado hasta entonces con el Imperio del Este. Con este hábil movimiento se anexionó
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más tierras al reino y dejó sin paso franco a los ejércitos enemigos. Absorbió el principado por completo y se llevó a los cortesanos a su propio castillo. Ada, que resultó ser una mujer de carácter, había tomado por sí sola la decisión de aceptar como esposo al rey Driadan aunque su padre no lo aprobaba. Era ambiciosa y buscaba dirigir a su pueblo con sabiduría, considerando que su progenitor les había vendido al Imperio sin mucha inteligencia. Así pues, se convirtió en una aliada en extremo valiosa para Driadan. Su matrimonio empezó con una cierta desconfianza y vacilación, naturales entre dos personas que no se conocían, pero pronto se convirtió en una relación increíblemente cómoda, próspera y feliz para ambos, haciendo que ambos se sorprendieran y se sintieran agradecidos por su buena suerte. A Driadan, a diferencia de otros hombres, no le resultaba amenazante la independencia y desenvoltura de la reina. No necesitaba asfixiarla ni dominarla, no se veía abrumado por su inteligencia sino que supo reconocer todas estas cualidades como cosas positivas y útiles en una esposa, y sobre todo, en una reina. No dudaba en delegar en ella una vez que Ada demostró que sus intenciones eran limpias y que sabía como administrar un reino. En cuanto a Ada, estar junto a un hombre sagaz, reflexivo y con un gusto tan exquisito le resultó un profundo alivio. Estaba acostumbrada a hombres rudos y tiranos que exhibían constantemente su fuerza para demostrar su virilidad, y que menospreciaban a las mujeres por muy poderosas, nobles o sabias que fueran. Bien es cierto que al principio le resultó chocante el hecho de que Driadan no pareciera sentirse en absoluto atraído por ella, y comprender que no la deseaba le causó una rabia irracional. Pero pasada aquella primera decepción empezó a ver las ventajas de todo ello. No asaltaría su cama borracho en mitad de la noche, no la usaría como a un objeto en el que vaciar sus tensiones ni sus pasiones. Y cuando se dio cuenta de que su nuevo esposo valoraba sus virtudes como mujer de una forma en la que nadie hasta entonces lo había hecho, estuvo más segura que nunca de que había tomado la decisión correcta. En su matrimonio no había amor, no al menos de la manera tradicional. Pero había respeto, y el cariño no tardó en nacer, junto con la confianza. Eran francos y claros al respecto de sus miedos o sus problemas, y siempre se apoyaban. Aprendieron a consolarse el uno al otro, y aunque Driadan nunca fue un asiduo de la cama de la reina, también se consolaron en ella más de una vez y el rey cumplió con creces con sus deberes, dando un heredero a Nirala poco después de haberse casado. Más adelante, Ada trajo al mundo a Valeria. Y en aquellos momentos, mientras el rey regresaba del último combate en las fronteras, la reina dormía, llevando en su vientre al tercer descendiente de la casa Horwing. Nació al día siguiente, con el invierno. El rey sujetó la mano de su esposa y cogió al niño en brazos en cuanto salió de las entrañas de su madre. Ada le
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estaba destrozando la mano, clavándole las uñas, gritando y lanzando improperios, como en los anteriores partos, pero cuando al fin el pequeño vio la luz y empezó a berrear, aflojó la presa y se relajó, cosa que todos los curanderos y comadronas agradecieron. Así como la mano de Driadan. —¿Has pensado en un nombre?—preguntó el rey, mirando el rostro de su hijo. Examinó los ojos del bebé, levantando sus párpados para comprobar que éstos eran rojos, señal inequívoca de su paternidad. Confiaba en Ada, pero era algo que debía hacer. —Los varones te corresponden, mi señor—respondió Ada, sonriendo, no tan agotada como debiera. Driadan le devolvió una sonrisa un poco pícara. Aquella mujer era un bastión, se veía cansada tras el parto pero no enferma ni deshecha como otras mujeres. —¿Ah si? No sabía que habíamos llegado a ese acuerdo. La mujer se encogió de hombros. El sudor perlaba su frente, los cabellos negros y rizados se le enredaban junto a las orejas y tenía muy colorada la naricilla respingona. Era una mujer tan bella y valiosa que Driadan solía pensar que se desperdiciaba como mujer estando a su lado. Anhelaba en secreto que ella tuviera algún amante. —Digamos que era algo tácito. —Entonces le llamaré Cair—decidió el rey, mirando a través de la ventana las cumbres ya nevadas—. Espero que sea fuerte como las montañas. —Yo también lo espero. —Ada sonrió. Driadan le devolvió la sonrisa y se inclinó para besarla en los labios, un gesto suave y sutil. Su esposa le rozó los cabellos y suspiró, mirando al niño. —Venga, llévalo al balcón y que todos lo vean.

 El nacimiento de Cair señaló el inicio de tres meses de paz, placidez y vida familiar. Driadan pudo disfrutar de sus vástagos una vez más y
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atender algunos pequeños asuntos del reino a un ritmo sosegado, tan sosegado que pronto empezó a pensar que se avecinaba algo. Tanta calma en su vida no le parecía muy normal. Cierto día, Jhandi, uno de los capitanes de Driadan, pidió audiencia con su rey. Driadan estaba en la silla alada, con el pequeño Cair en brazos. El ama de cría aguardaba cerca y Cisne leía a los otros dos príncipes en los escalones de la sala, entonando con su bonita voz de contralto mientras los niños le observaban, fascinados. —«¡No puedes pasar!», dijo el caballero de piedra. «Este castillo está cerrado con un sortilegio más antiguo que tu magia.» —¿Qué significa sortilegio?—preguntó Valeria. —Es un hechizo—respondió el joven de piel oscura, haciendo una reverencia—. Siento interrumpir. ¿Podemos hablar, Majestad? El rey asintió. —Pues claro. Te estábamos esperando. —¡Hola Jhandi!—saludó Valeria, alegremente. El hombre de Shalama sonrió a la niña e hizo una reverencia. Su larga melena negra como la noche estaba salpicada por algunas canas, pero sus ojos y su sonrisa seguían siendo jóvenes. —Saludos, Majestades. Y saludos también a vos, Amala. Cisne miró a Jhandi por encima del libro, con una sonrisa traviesa. El antiguo copero era la sombra de Driadan. Se había convertido en su mejor amigo y consejero y el rey confiaba ciegamente en él, hasta el punto de encomendarle la educación y tutela de sus hijos como si se tratase de su propio hermano. Cisne seguía siendo un joven hermoso y andrógino, de pelo largo y ojos oscuros, espesos como miel negra. Su presencia en el castillo despertaba pasiones entre las damas y tampoco era raro que lo hiciera entre ciertos caballeros, que enmascaraban sus deseos bajo una forzada hostilidad hacia su afeminamiento, hostilidad que Arévano, el Capitán de los Observadores, tenía que atajar en ocasiones con veladas amenazas y sutiles advertencias. Los dos amantes gozaban de aposentos contiguos que se comunicaban por un pasadizo oculto tras una estantería. Su amor había crecido fuerte y arraigado, y no se separaban mas que por sus deberes. El joven de Prímona, tras confesar a Driadan que había sido
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espía durante un tiempo en Nirala a las órdenes de su reino, fue nombrado Capitán de Observadores. Al rey le pareció buena idea tener su propio cuerpo de espías al servicio de la nación, y el espadachín lo emprendió con gratitud y ganas. En cuanto a Cisne, era feliz, y se notaba en su desenvoltura y encanto, que habían crecido exponencialmente con el paso de los años. —Hola, Jhandi. ¿Por qué tanta ceremonia? ¿Es que vienes a pedirle algo a Driadan? —Lo cierto es que sí—admitió el soldado. El rey le hizo un gesto dadivoso. —Adelante, pide. Si está en mi mano, sabes que puedes darlo por hecho. —Nunca os pediría nada que no estuviera en vuestra mano, mi señor. —Jhandi alzó la mirada y esbozó una nueva sonrisa, pero esta vez estaba llena de nostalgia—. Desearía regresar a casa. Driadan frunció un poco el ceño y le observó largamente. —¿Qué ocurre? ¿No eres feliz aquí? ¿No te sientes cómodo por algún motivo, o es que…? —No, no, no—el antiguo esclavo dio un paso adelante y se llevó el puño al pecho—. Mi señor, no es nada de eso. Soy feliz, estoy cómodo. Pero siento que este no es mi lugar. Es vuestra tierra, vuestro hogar, pero no es el mío. Es cierto que vosotros hacéis que casi lo parezca. Pero no lo es. —Puedo entender eso—admitió Driadan—. Creo que todos podemos. Cisne bajó la mirada. —Me hago mayor, y yo también quiero formar una familia. Tener una casa que sea mi hogar, y tener hijos que sean mis hijos. Poder hablarles de vosotros, de todo lo que vivimos. Hablarles de Ioren, y de vos, Majestad. El primogénito del rey alzó la cabeza, sorprendido al escuchar su nombre. El rey, en cambio, ensombreció su semblante y pareció tensarse un poco en la silla. —No eres tan mayor. Maldito seas, hablas como si fueras a morir mañana—replicó Driadan con algo de sequedad.
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—No, pero el tiempo transcurre y siento que mi estancia aquí toca a su fin. —Jhandi suavizó su expresión, intentando apaciguar la actitud defensiva del rey. Todos ellos se conocían desde hacía mucho tiempo y ya sabían como tratarse. —El reino de Nirala se ha asentado, vuestro reinado es próspero y he cumplido todas las promesas que hice, a otros y a mí mismo. Estoy feliz por haber vivido un día más día tras día, pero cuando uno piensa en la muerte, se da cuenta de que hay cosas que uno desea hacer antes de que llegue. De que el camino sigue. De que es hora de regresar. El rey se quedó callado unos instantes. Luego meneó la cabeza. —Dioses, quizá si que te hayas convertido en un viejo. Hablas como uno. Jhandi se rió con suavidad. —Los años no pasan en balde, Majestad. Tampoco para ti. La primera vez que te sentaste en este trono eras un niño, ahora eres un hombre. Driadan suspiró y se puso en pie. Dejó a su hijo en brazos del ama de cría y luego echó una mano sobre el hombro de su amigo, acompañándole hasta la puerta. —Si, si, pero sigues dándome sermones. —Le palmeó la espalda. —De acuerdo, si quieres irte, vete. Te daré un par de cofres de oro o algo así. Busca una buena esposa en tu tierra y cuéntale a tus hijos que fuiste amigo de un rey. Eso suena bien. Jhandi se rió con esa risa chispeante y honesta que siempre le había alegrado el corazón, hasta en los peores momentos. Le iba a echar de menos. Les echaba de menos a todos. No era el primero en marcharse, y tampoco sería el último. Antes que él habían sido Kiram y Sulori, y no hacía tanto tiempo, Beonar, quienes habían decidido regresar a sus hogares. El asesino de la cabeza afeitada le había abrazado con fuerza cuando se despidieron y le había sorprendido dándole un sutil beso entre la mejilla y los labios, mirándole con angustia y acariciándole el rostro con dedos rudos y ásperos. Driadan se había quedado petrificado al sospechar que tal vez aquel hombre había albergado sentimientos profundos hacia él, y una tristeza muy honda y pegajosa le acompañó durante varios días después de su partida. No podía dejar de pensar en la posibilidad de que Beonar le hubiera amado en secreto durante años, en que quizá sus razones para ir a Nirala con ellos, incluso para permanecer en el reino después, como soldado raso, sin aceptar el
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menor honor ni nombramiento por mucho que Driadan insistiera, podían ser de carácter romántico, o al menos, afectivo. Le dolía pensar que hubiera estado sufriendo por él. Pero después se sentía culpable por su vanidad al pensar que el fornido guerrero pudiera tener esa clase de sentimientos. Aun así, su marcha fue especialmente amarga y la de Jhandi no iba a ser más sencilla de asumir. —Llamaré Nirala a mi primogénito, en tu honor—declaró Jhandi cuando el rey le abrió la puerta cortésmente. Después se dio la vuelta para salir pero se detuvo a mitad. —Ah, por cierto. Y hablando de cosas que hacer antes de morir… no sé que pensarás de esto. Ha llegado hoy. Jhandi se buscó en la faltriquera y le tendió un pergamino pequeño, enrollado. Driadan lo abrió y lo leyó. Su semblante se mantuvo impávido en la primera lectura, pero en la segunda, los ojos le brillaban con intensidad en una expresión contenida. El corazón le había dado un vuelco. Sin embargo, no podía permitir que nadie notase la agitación que se desperezaba en su interior. —¿Es él?—preguntó, muy serio. —No lo sé. Pero han destruido seis pequeñas aldeas del noroeste. —¿Ha muerto mucha gente? —Supongo que habrá muerto gente, sí. Pero la mayoría habrán huido al verles llegar, no te quepa duda. Todo el mundo ha oído hablar de la furia de los Hombres del Mar. Driadan asintió y se guardó el pequeño pergamino. —Gracias por informarme. Saldré inmediatamente hacia la costa. —¿Qué piensas hacer?—preguntó Jhandi, observándole con algo de preocupación. Driadan negó con la cabeza. Tenía los dedos sobre el jubón, a la altura del pecho, y estaba palpando algo que había debajo. —Pues cumplir con mi deber. Iré a ver a esos Hombres del Mar y les haré pagar por atacar mis tierras. Jhandi asintió, sonriendo a medias con decepción.

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—A veces se me olvida lo muy rey que te has vuelto. —¿Y qué quieres que haga?—saltó Driadan, siseando con una ira fría—. ¿Que les deje arrasar nuestras costas por si acaso está él entre ellos? —No, Majestad. Yo no quiero que hagáis nada salvo aquello que decidáis hacer—replicó Jhandi, inclinándose, aunque no perdió la sonrisa—. Disculpadme. Buenas tardes. El rey apretó los dientes y le vio marchar. Hablaría con él más tarde. Ahora mismo estaba demasiado nervioso como para hacerlo sin montar un escándalo o mandarle al infierno. Entró de nuevo en la sala del trono donde Cisne y los niños le estaban mirando inquisitivamente. Algo en su semblante hizo que su camarada bajara la vista y llamara la atención de sus hijos. —Venga, Valeria. Esta es una palabra larga. A ver si puedes deletrearla. Ioren, ayúdala. Aquí, mirad. Driadan se dirigió hacia el ama de cría y volvió a tomar en brazos a su tercer hijo. El pequeño estaba creciendo fuerte y saludable y se retorció un poco entre sus brazos, tratando de atrapar algo con sus manitas. Le acarició una mejilla, pensativo. «¿Será él? ¿Habrá venido Ioren? ¿Me está atacando?.» Los Hombres del Mar formaban parte de un reino extraño y muy articulado, en el que cada aldea tenía su propio jefe. Los hombres de Thalie amaban su libertad por encima de cualquier cosa, y eso también significaba que amaban su independencia. Entre las aldeas había guerras y alianzas desde tiempos inmemoriales pero cuando Ioren regresó a la Silla, todas las aldeas del Norte acudieron a buscar su amistad. «Tal vez los que atacan no son de Kelgard. Quizá son hombres de otro clan, aunque él lo habría sabido. Me habría enviado un mensaje.» El bebé abrió los ojos y agarró el dedo de su padre para chuparlo. «O no. Si no he tenido noticias de él en más de diez años, ¿por qué iba a tenerlas ahora?» Suspiró y besó al bebé en la frente. —Toma, llévatelo—dijo, entregándoselo a la niñera—. Y a los otros dos también. ¿Dónde está la reina? —En sus aposentos, con sus damas, Majestad. —Bien, decidle que iré dentro de una hora a hablar con ella.

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—A vuestras órdenes. —La mujer alzó la voz para hacerse oír en el fondo de la sala. —Vamos, niños. Nos vamos. No podéis estar todo el día jugando en la sala del trono. Ioren se levantó y fue a reunirse con la niñera, intercambiando una mirada con su padre. Valeria, en cambio, se resistía. —Pero papá, el cuento está a medias. —Asuntos oficiales—respondió seriamente el rey. —¡Pero papá! Driadan miró a su hija con severidad y la señaló con un dedo. La niña se cruzó de brazos, enfurruñada. Parecía dudar, hasta que su hermano volvió sobre sus pasos y la agarró de la mano. Sólo entonces se fue, cabizbaja y mirando a Driadan con decepción. El rey decidió que les compensaría yendo a jugar con ellos esa misma tarde. —¿Qué ocurre?—preguntó Amala cuando se hubieron quedado a solas. El rey exhaló otro suspiro hondo y se sentó en la Silla Alada, alzando la mirada hacia el techo. Hacía años que no se asustaba. Desde que había subido al trono, todo aquello a lo que había tenido que enfrentarse era analizable, controlable, comprensible. Racional. Los sentimientos hacia su pueblo, hacia su esposa, sus hijos o sus amigos eran emociones claras y hermosas que nunca le procuraban angustia, pero los que ahora se alborotaban en su interior le recordaban a los tormentos que había sufrido cuando era un adolescente. Y Cisne lo estaba notando, porque caminó hasta situarse a su lado y se arrodilló junto a él, agarrándole la mano. —Cuéntamelo, Driadan. Su voz era dulce, y el tacto de su mano, confortable. Amala había sido su leal amigo durante todos aquellos años, el único con el que podía hablar sobre Ioren, el único que podía comprender el sufrimiento callado que a veces volvía a abrirse, como una herida, por causa de un sueño o de un recuerdo fugaz que le avivaba la nostalgia. —Los Hombres del Mar atacan la costa, Amala—murmuró, negando con la cabeza. Cisne abrió mucho los ojos y le apretó aun más la mano,

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irguiendo la cabeza para mirarle—. No sé si es él. No sé si quiero descubrirlo. Por primera vez en mucho tiempo, tengo miedo. —Dioses. ¿Y qué vas a hacer? —Pues lo único que puedo hacer. Ir y detenerles. Está arrasando las aldeas, Amala, no puedo simplemente… por todo lo sagrado, si a los ladrones les corto los dedos y a los asesinos les hago colgar, ¿entiendes que tengo que condenarles también a ellos? —Sí… no. —Cisne parecía pensativo, nervioso—. No, no tienes por qué. —¿Cómo que no? No me llaman Puño de Hierro por nada, si demuestro debilidad ahora… —No, no tienes que demostrar debilidad. —El chico estaba muy concentrado, parecía esforzarse en buscar las palabras adecuadas. —Sino fuerza. Pero de otro modo, no hace falta que os enfrentéis. —No te entiendo, ¿Cómo puede ser eso? —Ve solo. No lleves a tus hombres, ve tú solo a detenerles. —¿Te has vuelto loco? —No, escucha. Aunque no sea Ioren, no creo que te hagan daño. Los Hombres del Mar nunca hacen prisioneros a los jefes o a los reyes, ¿recuerdas? Si no es Ioren y no consigues echarles, entonces puedes regresar con tus hombres y hacer lo que sea necesario. Pero si es él… si se trata de él, seguro que podéis llegar a un acuerdo, y entonces habrás expulsado de tus tierras a los Hombres del Mar tú solo, sin luchar. Eso no es debilidad, sino todo lo contrario. Nadie tiene por qué saber que tenéis un acuerdo. El rey entrecerró los párpados, dándole vueltas a aquel descabellado plan. —¿Y por qué iba a irse él? ¿Es que se te olvida que clase de personas son los Hombres del Mar? —¿Es que se te ha olvidado a ti qué clase de persona es Ioren? Un relámpago le cruzó el pecho y se tensó, mirando a su amigo con hostilidad.

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—No—espetó, bruscamente—. Sé perfectamente qué clase de persona es. Lo sé mejor que nadie. Por eso sé que tiene sus responsabilidades, sus deberes y que debe actuar de una manera determinada. Y que no está en su espíritu el rendirse, y menos aún delante de sus hombres. Ya fracasó una vez aquí, en estas costas, por culpa de una traición. No volverá a permitírselo, aunque para eso tenga que combatirme. Cisne frunció el ceño. Meneó la cabeza y luego entreabrió los labios, como si fuera a decir algo, pero se quedó callado unos minutos. Parecía intentar descifrar algo, y cuando volvió a hablar, lo hizo mirándole a los ojos. La comprensión iluminaba su semblante, mezclada con la incredulidad. —Crees que ya no te ama. A Driadan se le heló la sangre en las venas y un dolor sordo, agudo, le acometió desde la boca del estómago hasta la garganta, como si le hubieran sajado con un sable curvo. «Parezco un adolescente, otra vez. ¿Es que no he madurado nada?» —¿Por qué dices eso?—preguntó, con los dientes apretados. El Cisne sonrió entonces, una sonrisa tranquila y segura que desconcertó al rey. Alzó una mano y le acarició la mejilla. —Porque te conozco. Sé que el amor que sientes por él nunca te ha abandonado. Lo tienes arraigado en el corazón como una hiedra, y cuando se ama tanto a alguien a quien no has visto desde… —Eso no importa. Que yo sea débil no significa que él lo sea. Lo normal es que haya cambiado sus afectos. —¿Lo normal? —Yo era un niño entonces. Puede que pensara que algunas cosas eran eternas, pero ahora soy adulto y entiendo que el pasado es pasado. —El pasado es pasado, sí. Recuerdo que intentaste ahogarlo en los brazos de otro y ni siquiera fuiste capaz de entregar un solo beso. ¿A eso lo llamas tú pasado? Otra vez, el relámpago. Era cierto, una vez había intentado consolarse y convenció a Cisne para que le encontrara un hombre adecuado. No había sido capaz de hacer nada, y cuando el cortesano le tocó por debajo de la camisa, instándole a relajarse, los recuerdos de Shalama llovieron sobre él.
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Estuvo a punto de arrancarle los brazos y tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no hacer ninguna locura. Pagó al pobre hombre y fue a llorar en el regazo de su amigo. —Ya te he dicho que soy débil—replicó Driadan, aferrando con los dedos el reposabrazos de la silla. No habría permitido a nadie, jamás, hablarle como lo estaba haciendo Cisne. Pero Cisne era el único que tenía derecho. Y era implacable, a su manera. —No eres débil, entregaste tu corazón. Pero Ioren también te entregó el suyo—insistía—. Él te correspondió, siempre te lo demostró, ¿por qué te torturas pensando que te ha olvidado, que sus sentimientos han cambiado? —Quizá porque no he tenido noticias suyas en diez años. —¿Acaso has intentado tú ponerte en contacto con él? —Driadan frunció el ceño y apartó la mirada. —¿Has pensado que tal vez por eso está aquí? En caso de que sea él, claro. —No me parece la forma más adecuada de hacer una visita. —No me parece que, dadas las circunstancias, tenga muchas más opciones. El rey suspiró de nuevo y se pasó la mano por la cara. Sabía que Cisne tenía razón en muchas cosas y se sentía mal por haber perdido la fe en el amor de Ioren, pero el tiempo no había pasado en balde, como Jhandi había apuntado tan sabiamente. Driadan había conservado su amor, lo había atesorado en su interior como si fuera un trágico recuerdo que al principio le alimentaba pero que después no parecía tener lugar en ninguna parte. No podía hablar con nadie de ello, salvo con Cisne. No podía dejar de recordarle, ni tampoco hacer otra cosa más que recordarle. Al final, vivir de recuerdos se convirtió en una tortura y los había dejado en su interior, encerrados, como reliquias en un templo. —Supongo que debería tener más fe. —Deberías tenerla, sí. Cisne le apretó la mano y se puso en pie para besarle la mejilla. Driadan le miró de reojo con resignación.

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—Haz una cosa por mí, anda. Mientras estoy fuera, cuenta a mis hijos cómo nos conocimos. Cuéntale a Ioren por qué lleva ese nombre, háblale del hombre que… El rey hizo un gesto vago con la mano, resumiendo con él todo lo demás. El joven de Shalama alzó las cejas, algo sorprendido. —¿Estás seguro? ¿No prefieres hablar personalmente con ellos sobre eso? —Yo lo haré cuando regrese, pero prefiero que tú se lo expliques primero. Tú eres imparcial. —Les contaré toda la historia. Sin las partes privadas, claro. —Obviamente, sin las partes privadas. No creo que pudieran entenderlas. El rey se incorporó y se colocó bien la capa y el cinto, como si fuera un caballero disponiéndose para el baile. Después caminó con pasos elásticos hasta las puertas y las abrió, empujando con las dos manos. —¿Vas a hacerlo, entonces? —Aún no sé lo que voy a hacer. Pero tengo que hablar con Jhandi y con mi esposa. Y después, ir a jugar con mis niños y terminarles el cuento. Esta noche tomaré una decisión.

 Partió al amanecer, maldiciéndose a sí mismo. Había dejado órdenes claras para todo el mundo en el castillo. Se envolvió en una capa oscura, tomó las dos espadas y se las colgó del cinto, y después montó sobre el corcel, negro como la noche. Llevaba el sello real en el dedo, pantalones de piel, botas de montar y un jubón de cuero flexible tachonado con pequeñas piezas de metal. Ocultó la larga melena bajo la capa y se puso en marcha, solo, como Cisne le había aconsejado y reprochándose haber tomado semejante decisión. Sabía que aquello era una locura, pero en su corazón, la marea agitada de los sentimientos controlaba sus acciones sin importarle nada más que calmar su anhelo.
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Dejó atrás el castillo y cabalgó por las praderas frías, a través de los valles, al amparo de las grandes cordilleras azules, grises y blancas de nieve. Cabalgó un día y una noche, otro día y otra noche. Viajó hacia el Oeste, deteniéndose junto a los ríos para abrevar al caballo, descansar y obtener alguna pieza de caza de la que alimentarse. Por las noches miraba al cielo, preguntándole a las estrellas y a la luna de qué le había servido madurar y hacerse adulto si cometía una locura como esta solo por escuchar hablar de Hombres del Mar. «Un rey responsable no haría esto», se decía. «Un rey de verdad no estaría pensando en las cosas que yo pienso… y Ioren es un rey de verdad, así que seguro que no es él, y si es él, no estará aquí por los motivos que Cisne me ha metido en la cabeza.» Luego se dormía y soñaba con sus ojos, con sus brazos, con sus besos y su voz. Soñaba con él en Shalama, en aquel almacén de telas en el que Ioren le había hecho promesas imposibles que después había cumplido. Soñaba con sus manos, con su pasión desatada que le arrastraba como una marea, con su cuerpo de roca y sal. Se despertaba agitado, sudoroso y arrebatado por emociones y sensaciones que hacía años que no vivía, y de esa guisa volvía a subirse al caballo para recorrer leguas y leguas al galope, espoleado por una urgencia incontrolable. Se encontró deseando, esperanzado, que fuera él. Se encontró rezando a sus dioses por que fuera él. Se encontró angustiado por la posibilidad de llegar y no encontrarle, y aquellos sentimientos, aunque febriles, le aliviaban; parecían descargar alguna parte de su corazón de un terrible peso: el de la contención. A medida que se aproximaba a la costa empezó a cruzarse con viajeros, familias enteras de semblante asustado que marchaban a buen paso, con carros y carretas en los que tenían sus posesiones amontonadas. —Señor, no viajéis hacia el Oeste—le dijo un viejo que caminaba sobre dos muletas—. Han regresado los demonios del mar y traen la desgracia para todos. —Yo no temo a los demonios—respondió Driadan—. ¿Hacia dónde os dirigís? —No tenemos destino, señor. Nuestra aldea ha sido arrasada. Ahora no tenemos hogar. Driadan dio una generosa limosna a cada familia que encontró en su periplo. Cuando finalmente llegó al último linde que daba paso a la línea costera, desde lejos se veían las altas columnas de humo, elevándose aquí y allá en línea recta por toda la playa. Frunció el ceño y buscó algún lugar desde el que pudiera atisbar mejor la situación. Espoleando al corcel,
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cabalgó en paralelo, observando la lejanía. La mayoría de las humaredas procedían de asentamientos ya arrasados: eran columnas grises y finas de incendios apagados. Pero más allá, unas leguas hacia el sur, cerca de una colina, descubrió fuegos nuevos. Clavó las espuelas y recorrió la distancia a toda velocidad, ascendiendo la suave pendiente con desesperación hasta que llegó arriba. Detuvo el caballo, tirando de las riendas con fuerza. El corazón le golpeaba en el pecho con tanta violencia como si hubiera recorrido aquella distancia a pie y perseguido por lobos. Desde la loma podía ver los tejados de las casas ardiendo, las llamas danzantes, rojas, altas y sinuosas, que parecían invocarle. Los pescadores corrían, se defendían o trataban de escapar. Se escuchaba el crepitar del fuego, los gritos de las mujeres, las voces profundas y rugientes de los guerreros, el oleaje rompiente. Y en el agua, a poca distancia de la orilla, se recortaban aquellas estilizadas figuras que reconoció enseguida: Barcos de una sola vela, alargados y delgados como serpientes. Los navíos de los Hombres del Mar. —Bien—se dijo—. Así que, aquí están. Tomó aire hasta llenarse los pulmones y paseó la mirada por aquel grotesco escenario. Había cuerpos caídos en la tierra y figuras armadas aquí y allá: Hombres altos, vestidos de pieles, con hachas y espadas. Uno se llevaba a una joven sobre el hombro, otro arrastraba a un anciano de los cabellos. El viejo le golpeaba con un garrote, la mujer arañaba la cara de su captor. Luego vio a los niños. Estaban todos a un lado y nadie les tocaba. Miraban las terribles escenas con ojos muy abiertos, algunos sollozando, otros pálidos e inmóviles. Los más mayores intentaban tapar los ojos de los más pequeños o hacer que se dieran la vuelta, pero todos estaban a salvo. Y quizá fue por eso, o porque en aquel momento le llegó la revelación, pero supo que era él. Que Ioren el Rojo estaba allí. Una casa crujió y amenazó con desplomarse. Del interior, a través de las llamas, apareció una figura más alta que todas las demás, cubierta por una capa blanca. Su cabello parecía parte de la hoguera, rojo y brillante, con matices dorados. La choza se desmoronó a su espalda, poco después de que él saliera, pero el hombre no alteró su paso. Y entonces se detuvo en seco, y los ojos azules se clavaron en él, a través del humo y la distancia. Driadan sintió aquella mirada como una saeta certera. El corazón se le cayó al estómago y después subió de nuevo a su pecho, donde empezó a cabalgar desesperadamente, empujándole la sangre por las venas a toda velocidad. La euforia se mezcló con la emoción, y la emoción con la angustia. Empezaron a zumbarle los oídos y se mareó ligeramente, pero se
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mantuvo firme, impasible. Golpeó al caballo con el talón y bajó de la loma al paso, avanzando lentamente, atraído como un imán por aquella mirada que sentía sobre él de una manera casi física. Al descender de la colina, el olor a leña quemada y a sangre se volvió más intenso y penetrante. Muchos guerreros le vieron llegar y dejaron de pelear, observándole con desconfianza. Driadan se apartó la capucha del rostro y continuó su camino, alto y digno como el señor que era. Miró a los pescadores y a los hombres del mar, a todos ellos, a los ojos. Mantuvo el semblante impávido a pesar de las punzadas de dolor que le atravesaban el alma al ver a Halde y a los hijos de Dunstrag, a Veramar y a los demás hijos de Gardan. Ahí estaban los rostros conocidos, hombres que le habían ayudado a construir su barco, que se habían sentado a comer con él. Habían reído y bebido juntos. Habían luchado juntos contra los hombres de Ulior Skol. Pasó a través de ellos, montado en el corcel. El combate se había detenido y los ojos de los hombres del mar le observaban con seriedad; los de su pueblo, con esperanza y temor. ¿Había venido su rey a salvarles de aquellos demonios? Avanzó hasta el lugar donde el hombre alto y pelirrojo aguardaba, en el centro de la aldea arrasada. El líder de aquella horda de guerreros tenía la capa de piel manchada de sangre, el cabello revuelto y las espadas en las manos, resplandecientes. Limpias. Sus ojos le atravesaban como un océano desatado, como el fuego, como el viento. Driadan sintió un fuerte dolor en el pecho que le cortó la respiración. Habían pasado más de diez años, pero Ioren apenas había cambiado: sus rasgos, que el rey había memorizado tiempo atrás como memoriza el monje las escrituras sagradas, eran los mismos de siempre. Algunas arrugas más en el extremo de los ojos, quizá en la frente, y cabellos blancos que salpicaban la barba roja y recortada, eso era todo lo que el tiempo había deparado a Ioren el Rojo. Seguía siendo alto y fornido como un gigante, de músculos trabajados y poderosos. Su pelo no lucía una sola cana y le colgaba a la espalda y sobre los hombros, recogido en finísimas y apretadas trenzas. «Ha multiplicado sus victorias», comprendió, al notar que apenas quedaban mechones de cabello sueltos. Seguía siendo impresionante. Seguía siendo imponente como las montañas, como el cielo, como el mar. Seguía haciéndole perder todo dominio de sus propias emociones; solo con tenerle delante se le revolvían las entrañas y se le secaba la boca. En sus ojos azules, profundos y oscuros, había una expresión contenida que él recordaba bien y que hizo crecer la esperanza en su corazón. Esa estúpida esperanza, esa locura, ese desastre, se desbordaron de su precaria prisión y empezaron a hervir, ascendiendo como la lava de un volcán hacia sus ojos, anegándole la garganta,
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provocándole calor y hormigueo en el estómago. Se esforzó por respirar normalmente mientras aguantaba el tipo. Ioren también le estaba examinando, y entrecerró los párpados, ladeó la cabeza, curioso, quizá impresionado. Deseó que fuera lo segundo. Finalmente, Driadan detuvo el caballo frente al thane, a pocos pasos de él, y descabalgó, sujetando las riendas. Durante un instante difícil de medir, ambos se miraron. Los pescadores y los guerreros aguardaban, ajenos al incomprensible misterio que entrañaba aquel silencio. Después, el rey habló. —¿Eres tú el líder de estos hombres? —Yo soy—respondió el Rojo—. ¿Quieres parlamentar? —Parlamentaré cuando ordenes a tus hombres volver a los barcos y dejéis de masacrar a mi pueblo—espetó Driadan con firmeza. El Rojo esbozó una media sonrisa e intercambió unas palabras con los guerreros del Mar, en su propio idioma. Driadan aún recordaba la brusca lengua de Thalie. —Aquí tenéis—les decía el thane—. Por esto es que le llaman Puño de Hierro. —Me llaman Puño de Hierro por muchas cosas—replicó Driadan—. Venir a expulsar a invasores de mis tierras no es una de ellas. Eso lo haría cualquier gobernante. Ioren volvió a mirarle, la llama en sus ojos se había avivado. —Ninguno vendría él solo a encararse con nosotros. Y mucho menos osaría tratarnos con tanta insolencia. Cuando los monarcas vienen a echarnos, traen oro y presentes. Cuando hablaba, su voz era suave pero de alguna manera tenía poder en ella. Siempre le había resultado difícil desentrañar el misterio de esa autoridad, que parecía proceder al mismo tiempo de la sabiduría y de la fuerza. —Yo no voy a comprar la paz con vosotros. No es así como me han enseñado a conducirme. —¿Y cómo te han enseñado a conducirte?
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—Con fuego y acero. Ioren se relajó entonces y traslució algo más a través de la tempestad de su mirada; algo cálido y reconfortante que a punto estuvo de dar al traste con el férreo autocontrol al que Driadan se estaba sometiendo. Hubo un largo silencio, en el que los hombres del mar observaron al rey de Nirala con renovado respeto. Después, Ioren volvió a hablar en su propio idioma. —Subid a los barcos. El rey y yo vamos a parlamentar. Los hombres del mar no vacilaron ni un instante. Tomaron las armas y se alejaron hacia la playa, caminando. Entraron al agua y nadaron hasta sus navíos, ante la asombrada mirada de los pescadores. Driadan seguía con las manos sobre las empuñaduras, la vista fija en Ioren el Rojo, repitiéndose a sí mismo cuál era su deber, quién era él y que tenía que comportarse como el Señor de las Montañas y no como ninguna otra cosa, especialmente no como un adolescente enamorado. Por el momento, lo estaba consiguiendo. —¿Cuántos huérfanos has hecho entre mi pueblo desde que llegaste, Ioren el Rojo?—preguntó, mirando de reojo a los niños. —Muchos, Puño de Hierro. Pero no más que tú. —Si has oído lo que cuentan, sabrás que suelo mantener unidas a las familias, aunque sea en la muerte. —Algo he sabido. —El Rojo echó un vistazo alrededor, a los pescadores que les miraban con la boca abierta. —¿Quieres parlamentar delante de tu pueblo? —Desde luego que no. —En ese caso, ven conmigo a mi navío. Allí podremos fijar las condiciones de nuestra retirada. Driadan no respondió. Se lo pensó durante un par de minutos en los que las llamas azules en los ojos de Ioren parecían estar consumiéndole el alma; era incapaz de resistirse a esa mirada, tal y como siempre lo había sido. Finalmente asintió, alzando la barbilla. Le tendió las riendas a uno de los pescadores jóvenes y le habló. —Este es el caballo del rey. De tu rey. Cuida de él hasta que regrese.

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—Sí, Majestad—acertó a balbucear el muchacho. Después, el rey se volvió hacia el agua y pasó al lado del thane, sin mirarle, de camino a las olas espumosas. Ioren le siguió. Percibía su aroma, su calor, a pesar del aire que había entre los dos. Una suerte de energía estática vibraba entre ambos, similar a la que se produce al frotar la palma de la mano contra una pieza de lana: hormigueante, vívida como un cosquilleo sobre la piel. —¿Cuál es tu barco? —El más pequeño. Sígueme, rey. En tres zancadas, Ioren adelantó a Driadan y se sumergió en las aguas. Driadan le siguió, con el corazón en un puño. El mar helado le recibió con un abrazo mientras nadaba hasta el barco, pero ni siquiera aquel gélido recibimiento pudo apagar el incendio que llevaba dentro.

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Capítulo XLIX: Eterno

hasta subir a la cubierta y desapareció por un instante. Volvió a asomar y arrojó una escala de cuerda para ayudar al joven rey, pero la recogió, al ver que Driadan estaba escalando con agilidad. No disimuló una media sonrisa. —Date prisa, rey. Amenaza tormenta. El cielo se había encapotado y el sol poniente apenas se veía ya. Driadan se encaramó a la borda y saltó a cubierta como un felino, sacudiéndose el agua. No tembló, aunque el mar estaba helado en aquella época del año. Ioren se le había quedado mirando, al igual que algunos de los miembros de su tripulación, que merodeaban por allí. —¿Qué? El thane negó con la cabeza. Le hizo un gesto con la mano y le guió a lo largo de la cubierta hasta una trampilla. La levantó y le reveló unas escaleras. Al descender por ellas, Driadan llegó al único camarote de la nave, una estancia espaciosa y oscura, sin ventanas, apenas con una rejilla a modo de respiradero en el techo. El rey se notaba seco el paladar y su pulso aún no se había estabilizado; seguía estando muy nervioso a causa del encuentro. No pudo evitar dar un respingo cuando, al pronunciar Ioren una sola sílaba, brusca y sonora, todas las velas y braseros de la habitación se encendieron con llamaradas rojas. Luego la habitación se tiñó de un suave resplandor dorado y cálido. «Los trucos del thane, claro», recordó. «La magia del fuego, del acero, del viento y del mar.» —Toma asiento, rey. —Tengo un nombre, y lo conoces perfectamente—replicó Driadan, al cabo de unos segundos. Estaba demasiado ocupado contemplando el lugar y tratando de no enternecerse demasiado a causa de las cosas conocidas. El olor característico de Ioren, a carne y a salitre, a mineral y a sangre caliente,
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uando llegaron al barco, Ioren trepó hábilmente por una cuerda

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parecía impregnarlo todo. Había armas en las paredes, la capa blanca y algunas mantas de pelo de buey lanudo bajo las que él mismo se había acurrucado algunas veces en Thalie. Había una mesa con una jarra vacía y algunas piedras de runa, había aceite para engrasar la hoja de la espada y un brazal de cuero a medio reparar. El fuego ardía en pequeños braseros cubiertos por rejillas de metal. Todo le resultaba familiar, despertaba recuerdos dulces y al tiempo dolorosos. —¿Puedo llamarte por tu nombre, entonces?—preguntó el thane. —Si puedo yo llamarte por el tuyo, sí. Ioren suspiró, quitándose las espadas del cinto mientras le miraba como si quisiera demostrarle algo. Las colgó en la pared y luego le señaló las pieles que había extendidas sobre el suelo. —Toma asiento, por favor. Driadan. El rey apretó los dientes con disimulo al escucharle pronunciar su nombre. La última vez que lo había hecho fue en un tono muy distinto, era dulce y cariñoso, era arrebatado, era pura pasión. Ahora no sabía si tener miedo o no, no sabía qué esperar. Oscuras voces comenzaron a recitarle sus letanías: él ya no le amaba. Estaba allí por otros motivos, quizá para combatirle. Puede que hubiera calidez en su mirada, sí, pero seguramente era a causa del recuerdo. Le había amado cuando era más joven, cuando era casi un crío… un niño necesitado. Ahora ya no era el mismo. Había cambiado, y él ya no le amaba. Ya no le amaba. —¿No son de tu agrado mis pieles? El rey reaccionó al darse cuenta de que se había quedado inmóvil, mirando al suelo. Negó con la cabeza, desatándose él también el cinto con las armas. —No, no. Están bien. —Se sentó sobre ellas, con las piernas cruzadas y unió las puntas de los dedos sobre el regazo. —Gracias por tu hospitalidad. Ioren. El Rojo le observó un par de segundos. Después le ofreció la jarra de hidromiel caliente y un trozo de cecina seca envuelta en un jirón de tela, sentándose frente a él, en silencio. Driadan los aceptó. Dio un sorbo a la jarra y un bocado a la carne. Ambas eran fuertes y no podía apenas tragar bocado a causa del nudo que los nervios le habían hecho en el estómago, pero se obligó, igual que se obligaba a parecer frío y calmado. Era una ley de la hospitalidad entre las gentes de Thalie el ofrecer comida y bebida a
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los invitados; una vez hecho esto, no habría hostilidad entre ambas partes. Así que masticó lentamente, dando tragos de vez en cuando, mientras percibía los ojos examinadores de Ioren sobre sí. —Estás muy cambiado—dijo él. A Driadan se le paró el dulce brebaje a mitad del esófago. Miró al guerrero, comprobando la expresión de su rostro. Esperaba encontrar decepción en él, pero no encontró tal cosa. Quizá algo de nostalgia. —Tú no has cambiado nada—tragó con esfuerzo, aunque intentó que su voz se mantuviera serena—. Parece que los años no pasan por ti. —Pues por ti han pasado, sin duda—añadió Ioren—. Has crecido mucho. Mírate. Eres un rey y un hombre, y tienes el cabello lleno de victorias. La voz del hombre del mar tenía un matiz vibrante que Driadan reconoció como orgullo. Contuvo la emoción y trató de aguantarle la mirada con más franqueza y no desmoronarse. —He tenido una vida agitada desde que regresé. Ha sido complicada… —Desvió los ojos un instante. —He hecho cosas que hubiera preferido no hacer. He tomado decisiones acertadas y otras erróneas. Pero las que más me martirizan son las que nunca sabré si han sido correctas o no. Ioren asintió lentamente con la cabeza. Luego se apartó el cabello de la cara y se lo ató a la nuca con una de sus propias trenzas. —Eso es así, chico. Pero no dejes que te martirice demasiado. —Que le llamara “chico” le produjo una nueva punzada por dentro, pero esta vez dejó que le atravesara sin resistirse. Se estaban reencontrando. Estaba sucediendo de verdad. Era doloroso, pero quería aquel dolor. —No pensaba que fueras a mantener nuestras tradiciones una vez que regresaras a casa. —¿Lo dices por el pelo? —Ioren asintió, cogiendo la jarra que le había ofrecido para dar un trago también él. —¿Y por qué iba a renunciar a eso? Yo crecí allí, contigo. Es donde aprendí a luchar, y esas tradiciones también forman parte de mí. Esté donde esté. Bajó la mirada y volvió a darle un mordisco a la cecina. Ioren dio otro trago y después le devolvió la jarra. Ambos estaban mojados y el agua que se escurría de sus ropajes y de sus cabelleras empapaba las alfombras de

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pieles; goteaba sobre la madera del suelo que quedaba al descubierto entre unas y otras. Al cabo de un rato de denso silencio, Driadan se armó de valor, respiró hondo y levantó la vista para hacerle la pregunta que quería hacerle. Se encontró con los ojos azules mirándole fijamente, con sus llamas danzando en el interior. —Durante años no hemos sufrido ataques de los hombres del mar. Dime, ¿por qué has venido? ¿Por qué justo ahora? «Ya está. Ya lo he dicho. Ahora espero estar preparado para la respuesta.» Ioren se tomó su tiempo. Bajo la luz de las velas aún se parecía más a una estatua antigua. La nariz recta, los pómulos esculpidos… Driadan recordaba haberle visto en la Sala del Pegaso y en las mazmorras de Nirala y sentirse de forma parecida, aunque entonces además había odio, envidia y otros sentimientos menos agradables. Pero recordaba lo profundamente que le había impactado entonces. Ese efecto no había disminuido con el paso de los años. Ioren volvió a mirarle y contestó, al fin. —Lo cierto es que he venido por ti. El rey dejó de respirar. El universo a su alrededor pareció expandirse, derramarse como el contenido de una ánfora rota, y después contraerse de nuevo, vibrando con violencia. Tomó aire y desvió la mirada hacia un lado, sin saber si aquello era terrible, maravilloso o ambas cosas. Intentó mantener la compostura y frunció el ceño, buscando las palabras adecuadas. —Así que… ya veo. Has venido por mí. —Ioren hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Driadan estaba pensando en cómo expresar lo que deseaba decirle, pero entonces todo se rompió y su voz se quebró, a medida que el nudo apretaba en su garganta y las palabras se le escapaban. —Dioses, ¿es que te has vuelto loco? Has matado a mi gente… yo… ¿sabes lo que significa eso? ¿No entiendes que tengo que declararte la guerra? ¿Qué demonios es eso de que has venido por mi? ¡¿No podías escribirme una carta?! Driadan se detuvo, incrédulo, al ver que Ioren había empezado a reírse. Una risa suave y cálida, entre dientes, que él conocía muy bien. Era su risa

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real, la verdadera, la que a veces le brotaba del corazón. El nudo se cerró más. —No has cambiado tanto—dijo Ioren—. Sigues teniendo ese fuego dentro. Te enfadas cuando no entiendes algo. Hablas con ira cuando las emociones te asfixian. —No te rías—replicó el rey, señalándole con el dedo. Se había puesto pálido. La angustia estaba destrozándole por dentro y le hizo temblar la voz—. Esto no tiene ninguna gracia. —No, no la tiene—convino el hombre del mar, inclinándose un poco hacia delante. Un resplandor trémulo, herido, cubrió su mirada durante un instante, pero desapareció de inmediato. —Déjame explicarte. Driadan hizo una nueva pausa y tomó aire. Le tendió el pichel vacío y el hombre del mar lo llenó. Después dio un trago directamente del recipiente y lo dejó a un lado, tomándose unos momentos para buscar las palabras. El rey aguardó pacientemente. El navío se balanceaba a causa de la agitación de las aguas, de vez en cuando se notaba un golpe de viento. Seguramente se pondría a llover en cualquier instante, si no lo estaba haciendo ya. Cuando Ioren empezó a hablar de nuevo, Driadan había conseguido relajarse bastante. No dejaba de mirarle, pero las preguntas ávidas y la incertidumbre se habían apaciguado, dejándole solo un pequeño peso en el estómago. —Llega un día en que lo has conseguido todo—comenzó Ioren, bajando un poco la voz. Apoyó un antebrazo en la rodilla y contempló al rey con expresión grave—. Ya has visto mi cabello. Todas las aldeas de Thalie tienen la paz con Kelgard. Somos respetados, también temidos. Cuando Thalie estuvo en paz, viajamos a Nytland y lo conquistamos. Establecimos colonias. Después fuimos más allá, a Rødehavet, y también lo conquistamos. Descubrimos ruinas antiguas, caminos en el mar, islas nuevas. Levantamos templos para nuestros dioses. Dejamos nuestra huella en todas partes. El rey escuchaba atentamente, dando pequeños tragos al hidromiel. La voz de Ioren seguía siendo una especie de hechizo que atrapaba su atención. El thane frunció el ceño, pensativo, como si no terminase de entender algo. —Allí no encontré nada, Driadan—murmuró—. Todos los triunfos duraban poco. Pronto eran recuerdos. Y no eran mis más preciados. Así que volví a casa. Pensé que lo que no hallaba en el viaje y la conquista, lo hallaría en la familia. Tomé esposa y tuve hijos.
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—Felicidades—interrumpió Driadan, con una leve sonrisa. Aquella noticia le alegraba. Sabía que Ioren había deseado hijos legítimos y se imaginaba que al fin habría obtenido una satisfacción plena. —¿Cuántos son? —Dos. Tengo dos. La primogénita es hembra. Luego el chico. —¿Cómo se llaman? —Ella es Nora. El niño es Driadan. El rey volvió a sentir el pinchazo por dentro. Tragó licor dulce y asintió con la cabeza, intentando disimular que de nuevo se le había desbocado el pulso. —Les quiero, pero no me basta—prosiguió el guerrero. Se echó hacia delante, atravesándole con su mirada—. Ya he hecho todo lo que se espera de un jefe. Más de lo que se espera. También he hecho todo lo que se espera de un esposo y de un guerrero. Pero nada me basta. Nada me consuela tu falta. —Driadan apretó los dientes. Se recordó que era un rey. Se recordó que ya no era un niño. —No tenía más motivos para seguir negándome lo que yo deseo, lo único que yo, en verdad, deseo. —Yo también… me casé, tengo tres hijos—dijo Driadan, casi atropellándole. Estaba luchando por mantener la compostura—. Ioren, Valeria y Cair. El hombre del mar se volvió a erguir, echándose hacia atrás y adoptando una postura menos avasalladora. Su ardor menguó un poco. —¿Quieres decir que le has puesto mi nombre a tu hijo? A la luz del fuego, los ojos de Ioren parecían aún más azules, como zafiros oscuros. Driadan le observaba como si fuera la primera vez, la última vez. Jamás había olvidado ni uno solo de sus rasgos. Le habían acompañado durante aquellos diez largos años, pero verlos de nuevo era como un milagro único e irrepetible. —Si. Al primogénito. —Me siento honrado—dijo el hombre del mar, inclinando la cabeza.

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Sus maneras seguían siendo apacibles cuando no combatía y nada le molestaba. Su voz, un susurro de musgo y piedra. Driadan hizo un gesto quitándole importancia. —Tú has hecho un largo viaje y has destruido seis aldeas de mi reino para verme. Es horrible y te haré pagar por ello, pero yo también me siento honrado. —Me harás pagar por ello—repitió Ioren. Luego entrecerró los párpados y afiló la mirada—. Creía que estábamos aquí para parlamentar. —Sí. Exacto. Para parlamentar, no para reavivar viejos recuerdos. Escucha, esto… esto es una locura. —Tomó aire y se rehizo, exponiendo la situación con una mano abierta, tendida hacia él. —Tienes que marcharte, Ioren. Las cosas no son como antes, tú lo sabes. Lo sabes mejor que nadie. Si no os vais, tendré que venir con el ejército y será un baño de sangre. —Hizo una pausa. —No quiero combatirte. No tenías que haber vuelto. El Rojo apretó los dientes y levantó la barbilla. Su voz regresó como un murmullo peligroso. —No, rey, mi error no ha sido volver. Mi error fue dejarte ir. Ahora no me iré sin ti. —¿De qué estás hablando?—Driadan bajó el tono, sintiendo como una ira sorda iba creciendo dentro de él. —No puedes hacerme esto. Dime que no me estás haciendo esto. Había tenido miedo de que él hubiera dejado de amarle, pero ahora… ¿Irse con él? ¿Es que había perdido la cabeza? No podía creerse que fuera tan egoísta. No podía creer que estuviera ocurriendo aquello. Quizá lo había deseado, sí, durante el viaje al oeste, en secreto. Pero mientras sucedía, comprendía lo horrible que era. —¿Acaso no es lo que quieres? Tenía que haberte encadenado, como la Lectora de Runas vio. Fuera eso engaño o destino, tenía que haberlo hecho. —Las palabras de Ioren eran ásperas, duras. —Grilletes en tus muñecas. Conservarte sólo para mí, aunque eso fuera la condena de los dos. No sería peor condena que estos diez años. —No puedes venir ahora y hablar así. No te lo consiento—replicó el rey, levantándose y señalándole con el dedo. Le temblaba la voz de rabia contenida.

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—Cuando estábamos en Thalie siempre querías que hablara así. —Ioren se incorporó a su vez, elástico, como un animal al acecho—. Ahora te lo estoy dando. ¿Quieres saber cómo siente Ioren el Rojo? Ahora sabes. Ni uno solo de mis días he dejado de pensar en ti. —¡Cállate! No quiero escucharlo. Las palabras le hacían daño. Rasgaban algo en su interior y hacían que se derramara sangre caliente, caliente y viva. Estaba lívido y trataba a toda costa de no perder los papeles. De no perderlos todos. Pero Ioren proseguía, implacable, sin darle tregua, cada vez su voz menos dura, más rasgada, demasiado preñada de emociones contenidas. —No son recuerdos. Tampoco para ti. Mi corazón está contigo, y si no estoy contigo, sólo me queda vacío y silencio. No soy capaz de existir. Te necesito. —¡Silencio! Los ojos del Rojo eran luces azules, ardientes. —Te quiero. Siempre te he amado. Antes y ahora. Driadan cerró los párpados. —Basta… —Es un fuego infinito. Es eterno. No se apaga. No puedo matarlo, no puedo arrancarlo. Y al fin, el rey explotó. —¡Tú me empujaste a esto, maldito seas!—gritó, apretando los puños. El rencor se desbordó y su rostro se descompuso en una mueca de rabia. —¡No puedes venir ahora a decirme eso cuando tú me empujaste! Me hablaste del deber, de la venganza, de… yo quería buscar otra manera. Tu lo sabes. Yo quería quedarme. ¡Yo quería quedarme contigo, maldito seas! —¿Y por qué no lo hiciste? ¡Yo no podía retenerte! ¡Quería que fueras libre! Sólo he querido que fueras libre. Tú sacudiste mi vida, me hiciste perder la razón por completo, y ¿aún me maldices? No, maldito seas tú. —Ioren negó con la cabeza, sacudiendo los cabellos, con el semblante crispado y la mirada consumidos por la angustia—. Bendito seas.

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Cuando Driadan se abalanzó sobre él, lo hizo con la intención de golpearle. Sin embargo, en algún momento esa intención se convirtió en otra. Él no lo había decidido, su corazón lo decidió por él. Y en cuanto sus labios se apretaron contra los del hombre del mar y sus manos se enredaron en su pelo, tirando de él con fuerza hacia sí, fue como si algo estallara al fin en su interior, dejando una sensación de alivio y de catarsis a su paso. Se besaron desesperadamente, como dos ahogados. Le parecía que entre sus labios unidos estaba naciendo un universo, vibrante y lleno de vida, efervescente. Se volvió a marear. Se le embotó la cabeza y entró en ebullición, era como si todo su cuerpo reaccionase violentamente en aquel choque, despertando de una forma que no había vuelto a hacer desde la última vez que estuvieron juntos. «Estoy vivo. Me siento vivo», comprendió. Le temblaban los dedos de la fuerza con la que estrujaba sus cabellos. Las manos del hombre del mar se habían cerrado en su cintura y de pronto se convirtieron en un cepo sobre su espalda. Ioren estaba caliente y su cuerpo parecía de piedra. Su respiración restallaba sobre la mejilla de Driadan como la de un león furioso. Se raspó con la barba recortada de su amante al abrir los labios para dejar paso a su lengua hambrienta; se enredaron en aliento y saliva compartidas, espoleados por la urgencia de la larga separación, llenos de necesidad. Las manos del hombre del mar le recorrieron la espalda, se enredaron en su pelo. Driadan le había aferrado de las raíces del cabello y le mantenía contra su boca. Los dientes de Ioren le arañaban los labios, su lengua húmeda había tomado posesión de la suya, pero Driadan también estaba muerto de sed, loco de añoranza, y respondió buscándole, enredándose con él en un nudo apretado y caliente. El hombre del mar resolló, clavándole los dedos en la carne a través de las ropas. Llevó las manos a la parte delantera de su jubón y empezó a buscar los cierres, abriéndolos con violentos tirones. Driadan se pegó a su cuerpo y le rodeó la cintura con las piernas. Ioren le levantó en vilo y se tambaleó hasta golpearse contra la mesa. El brazal a medio reparar rodó al suelo y otro golpe de viento hizo sacudirse el barco. Driadan echó los pies a tierra para evitar que perdieran el equilibrio, separándose del beso un instante para tomar aire. —Has crecido mucho—repitió Ioren. Su voz estaba llena de matices. Arrancó los cordones que terminaban de cerrar la pieza de cuero y le quitó el jubón con brusquedad, desatándole la camisa. Driadan hizo otro tanto y abrió las manos sobre el poderoso pecho del pelirrojo, deslizando los dedos en una caricia posesiva y anhelante. Le miró a los ojos. —¿Aún me amas?—murmuró, con el aliento entrecortado.

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—Ya te lo he dicho. Ioren volvió a besarle con ímpetu, como si estuviera rubricando esas palabras. Sabía amargo y salado. El rey se lamió los labios y le correspondió después, reclamándole y tirándole del pelo. Al poco volvió a apartarse, respirando agitadamente. Sus caderas estaban unidas, percibía el calor y la solidez del hombre del mar contra su propia excitación. —Repítemelo—exigió, apoyando la frente en la suya para fijar las pupilas en las de Ioren, febril y embriagado—. Dime si amas al que soy ahora. —Siempre, Driadan. El hombre del mar volvió a girar el rostro para arrollarle con un beso apasionado. Las manos del rey se movían sobre sus brazos, su pecho y su espalda, reconociendo cada curva suave y elástica de su anatomía. La poderosa musculatura del guerrero emanaba una energía cosquilleante que le provocaba calor en el vientre, entre las piernas y en la garganta. Dioses, cómo le hacía arder. Siempre había sido pasto del fuego al estar junto a él, desde la primera vez, desde que el odio lo envenenaba todo. Recordó una noche en sus habitaciones, cuando el hombre del mar saltó sobre su cama y le amenazó de muerte. Recordó que entonces su cuerpo había reaccionado incomprensiblemente. Ahora era un hombre adulto, pero aun así, al llenarse las manos con su tacto sentía como sus nervios se desquiciaban. Deseaba metérselo en la boca, morder cada sólido recoveco de aquel glorioso cuerpo, lamer las gotas de su sudor y su semilla, frotarse contra él hasta filtrársele por debajo de la piel. Cuando las manos de Ioren le arrancaron los restos de la camisa blanca y se posaron sobre su cintura desnuda, creyó que iba a deshacerse. Calientes, vibrantes, ásperas, se deslizaron por sus costados mientras un beso se encadenaba a otro y sus bocas se alimentaban. Ascendió por su espalda con una caricia intensa, y luego hacia su pecho. Los dedos rudos le pellizcaron los pezones haciéndole tensarse y gemir, recorrieron su vientre hasta el ombligo, y después reiniciaron la exploración. Le estaba reconociendo, investigando las nuevas formas de su madurez. Driadan se sentía al borde del paroxismo, y aun así, una punzada de miedo regresó en aquel momento al darse cuenta de ello. —He cambiado—jadeó, rompiendo el beso que compartían—. Ya no soy suave ni…

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—Lo sé. —Ioren tampoco parecía tenerlo fácil para respirar. Un gruñido quedo vibraba en su garganta cada vez que empujaba el aire a sus pulmones. —Empezaste a cambiar en Thalie. —¿Pero no te das cuenta de que ya no soy el mismo? Volvieron a besarse, como si estar demasiado tiempo sin hacerlo fuera una condena. Ioren habló sobre sus labios, en un susurro arrebatado. —Yo tampoco. ¿Has dejado de amarme? Driadan negó con la cabeza. Bajó las manos a su cintura y le abrió los pantalones con rapidez. —Jamás. Hay cosas que no cambian. Ioren encogió el vientre al notar el roce de sus nudillos y le imitó. Se bajaron la ropa con impaciencia. Driadan gimió al sentir el roce de la piel de Ioren contra su propio sexo. Se sacaron las botas a pisotones, enredados en besos torpes y demasiado intensos que a veces no llegaban a ajustarse. —¿Y por qué iba a ser diferente cuando se trata de ti? El rey negó con la cabeza, incapaz de seguir pensando. —No lo sé. Esto es horrible. Rompió la frase con un gemido más alto. Un latigazo le sacudió la espalda y apoyó la frente en el hombro de su amante. Los dedos de Ioren se habían cerrado alrededor de su virilidad, provocando oleadas de placer caliente en todo su cuerpo. Tembló, cerrando los ojos. —No es horrible—declaró Ioren el Rojo—. Es perfecto. Volvió a besarle con rudeza, tomando posesión de su boca, conquistándola como si fuera suya. Esta vez, Driadan apenas pudo responder. Las caricias del hombre del mar le estaban enloqueciendo, le erizaron los poros y le arrancaron gemidos que ahogó en el beso arrollador. Le arañó el trasero con una mano y tiró de sus cabellos con la otra, después deslizó una caricia amplia por su torso hasta su vientre y le agarró entre las piernas, sometiéndole a la misma tortura. Le escuchó gemir y oírle le provocó otro espasmo. Su carne se endurecía entre sus dedos a gran velocidad. Su propia excitación estaba rozando el límite y se tensó, agarrándole la muñeca para apartarle.
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—Basta… ya no… Ioren gruñó. —Sí. No me detengas. —¿Qué? Espera… Pero no pudo insistir más. La boca ardiente del guerrero se deslizó por su cuello, dejando una huella de calor abrasador y saliva candente. Le mordió los pezones hasta hacerle contener los gritos de placer, tocándole entre las piernas con un ritmo cambiante para no permitir que acabara. A los pocos minutos, Driadan estaba de espaldas a la mesa, con las manos apoyadas en el borde para no caer al suelo, tembloroso y agonizante, con el sudor resbalando por la frente, el pecho y la espalda. Ioren seguía alimentándose con su sabor, lamiendo y mordiendo su pecho, cernido sobre él como un animal hambriento. A veces emitía gruñidos quedos y le lanzaba miradas abrasadoras entre los cabellos revueltos. «No puedo resistirlo», pensó Driadan. «No podía antes y tampoco puedo ahora. Es mi debilidad. Siempre lo ha sido.» Cuando se sintió al filo de desaparecer intentó empujarle, apartarle de sí, se sacudió y le golpeó en el hombro con el puño. La mano libre de Ioren le agarró de la muñeca y se la estrelló contra la mesa en un gesto brusco y firme. El orgasmo le sobrevino como una tormenta de verano, salvaje, convulso y eléctrico. Se tensó y arqueó la espalda, elevando el rostro hacia el techo y conteniendo un gemido abandonado que terminó por escaparse entre sus labios. —Me gustas tanto o más que antes—le susurró Ioren al oído mientras él se deshacía en jadeos e intentaba contener los gemidos. Le había arañado los hombros hasta hacerle sangre y estaba bañado en sudor. —Cállate—espetó Driadan—. Esto no es… esto no… —¿Esto no qué? Esta vez fue Driadan quien le tapó la boca con un beso desatado. Volvió a enredarle la pierna en la cintura. Ioren no se hizo de rogar y le llevó sobre las alfombras, donde le tendió con un gesto casi gentil. El hombre del mar correspondía a su beso, ahondando en su boca, besándole con dedicación. Si Ioren estaba reconociéndole en aquellas nuevas formas más varoniles, más adultas, el rey se recreaba en las aguas ya conocidas, pues el tiempo parecía haberse detenido para Ioren el Rojo. Sus sabores y texturas eran tal y como las recordaba: el mismo toque amargo en la saliva, la sal y el
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mineral en su piel y su sudor, el olor potente de la masculinidad, el tacto áspero de sus manos, los duros ángulos de su cuerpo. Relajado por el orgasmo anterior, las caricias de Driadan eran ahora más lentas y sentidas, pero Ioren no iba a conformarse con eso. Aún tenía una de sus manos mojada y pegajosa de la esencia del rey, y la escurrió entre sus piernas para presionar con el índice sobre su entrada. Driadan se tensó un momento y luego empezó a jadear. Un agresivo relámpago le recorrió la espalda y una oleada de calor nuevo le anegó. —Sí, sí, sí… —Se sorprendió al escucharse hablar, invocarle, exigirle entre los besos. Elevó las caderas y dejó caer la cabeza sobre la alfombra, abandonado. —Ven… Le dolía el anhelo por sentirle en sus entrañas. A Ioren tampoco le resultaba fácil contenerse, tenía todos los músculos en tensión y la mirada perdida, nublada de excitación. Oír como le llamaba era aún peor, pero al mismo tiempo, una delicia a la que no quería renunciar. Introdujo un dedo lentamente, impregnado con la semilla de Driadan, y después se deslizó hacia fuera. El rey volvió a gemir, se le erizaron todos los poros y su sexo se reanimó. Ioren le miraba, devorando su imagen, sus reacciones, con tanta avidez como había devorado sus besos. Volvió a hundirse en él y rozó el exterior con el pulgar, saliendo y entrando de nuevo hasta encontrar el ritmo. Driadan parecía atrapado bajo una red invisible. Temblaba y se agitaba, arqueaba la espalda y a veces se sacudía, gimiendo con abandono. Miraba al vacío con expresión perdida, llevando el aliento a sus pulmones con dificultad, sujetándose a los hombros de Ioren mientras él le llevaba de nuevo al límite. Y cuando pensaba que no podía soportarlo, de pronto, se rebeló. Se removió con renovadas fuerzas y se abalanzó sobre él, tan de improviso que el hombre del mar perdió el equilibrio y dio con sus huesos en el suelo de madera. El barco volvió a balancearse con un golpe de viento. El rey clavó las uñas en el pecho de su amante y afianzó las rodillas a ambos lados de sus caderas. Ioren abrió las manos en sus muslos, mirándole con los dientes apretados. Su erección latía y rozaba las nalgas de Driadan, que le estaba mirando fijamente con los ojos carmesíes vibrantes, de pupilas dilatadas. —Me perteneces—susurró el rey, deslizando las yemas sobre la cicatriz de su sello real, la que el hombre del mar aún conservaba en el hombro. Ambos se contemplaban, hipnotizados—. Me perteneces, y yo te pertenezco. Nunca, con nadie… yo… Tembló, sacudido por una violenta emoción. No podía entender cómo había podido vivir sin él tantos años. No podía pensar en volver a
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separarse. Le buscó y se dejó caer, enterrándole en su interior hasta el final y ahogando el grito. Ioren se tensó y exhaló un gemido grave, largo y desvaído. Abrió los labios y su semblante se relajó en una expresión de abandono. Driadan aguantó, apretando los dientes. Dolía como si le partieran en dos, pero aquel dolor también le sanaba. Cuando su carne le llenaba, se sentía completo. Y entonces las manos de Ioren le recorrieron la espalda, y le abrazó. Rodaron sobre las pieles. Se enredaron el uno en el otro mientras sus cuerpos se unían y se separaban al ritmo de las embestidas, al principio cadenciosas, después más rítmicas. Sus cabellos estaban empapados de sudor y se mezclaban, cobre y azabache. Sus escurridizas formas parecían haberse fundido dando lugar a un ser nuevo y completo, una extraña criatura de ocho extremidades y un solo corazón que se movía en una danza ritual. Eran el centro de un universo de impulsos eléctricos, el corazón de la tormenta que zarandeaba el barco y se abatía sobre el mar. Ioren le aprisionó contra las alfombras y se enterró en él con ahínco, casi con furia. Driadan forcejeó y volvió a cambiar las tornas, estrellándole de espaldas contra el suelo y montándole con arrebato, sujetándole por las muñecas como si fuera su presa. Al final, en una suerte de tregua tácita, Ioren logró alzarse sobre las rodillas y ambos se entregaron frente a frente, abrazados, tratando de retenerse y retener aquel instante que se les antojaba demasiado corto. Amor mío, repetían. Amor mío, mi amor. Sus voces apenas podían escucharse entre el crujido de las maderas y el golpeteo del oleaje contra el casco, entre los jadeos, los gemidos y el roce de los cuerpos. Amor mío, mi amor. El rey de Nirala tenía los ojos rojos empañados, la mirada perdida, arrebatada, que parecía estallar en llamas cálidas cada vez que se cruzaba con la de su amante. El thane de Kelgard tenía los ojos azules nublados, rebosantes de emociones encontradas, expresivos como nunca, y su semblante se había descompuesto en una mueca de dolor y de éxtasis. Se aferraron el uno al otro, a la deriva, reclamándose y poseyéndose en el salvaje reencuentro. Y cuando llegaron al final y se dejaron caer hacia el infinito, cada uno dijo el nombre del otro en un grito sofocado. Y las lágrimas del hombre del mar se mezclaron con el sudor del Señor de las Montañas, el sollozo del rey se fundió con el resuello de Ioren el Rojo. Se quedaron abrazados, inmóviles, rindiéndose al alivio y la catarsis, jurándose en voz baja la eternidad. 

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La tormenta se marchó y durante los siguientes dos días, el cielo estuvo despejado. Tieller lo agradeció: odiaba que se le mojara la leña. Amontonó los troncos en la carreta mientras su mujer y sus hijos terminaban de acumular sus pertenencias, felicitándose por su buena suerte. Muchos amigos y conocidos habían muerto durante el ataque de los Hombres del Mar. Gracias a los dioses, el rey había llegado a tiempo y la furia de aquellos demonios se había detenido, pero nadie sabía por cuanto tiempo. Previsores, los habitantes de la aldea se ponían en camino hacia tierras más prósperas. Quizá pudieran trabajar en las minas o en la cosecha, aunque el invierno era una época terrible para viajar y para buscar empleos. Tieller había esperado hasta que no quedó nadie, astuto como era, para poder rebuscar entre las pertenencias abandonadas de sus vecinos y poder añadir alguna capa vieja o una lámpara de aceite a sus escasos bienes. —¿Ya está todo, Ingrid?—preguntó a gritos cuando terminó de atar la leña. —Está todo. Ahora vámonos, que a este paso se nos hace de noche. —Venga, hijos. Empujad. Tieller agarró el tiro y sus seis niños empezaron a empujar la carreta desde atrás. De esta guisa se pusieron en marcha, abandonando la aldea. Al salir se cruzaron con Tom, que estaba cepillando al caballo del rey. —¡Eh Tom! ¿Qué haces aquí todavía? —El rey me ordenó cuidar de su caballo. Tieller se echó a reír. —El rey lleva tres días negociando. ¿No crees que es demasiado tiempo?—volvió a reírse. Tieller siempre parecía disfrutar con la posibilidad de una desgracia, cosa que a Tom le desagradaba—. Seguramente le han secuestrado esos Hombres del Mar. Ah, pero eso le pasa por venir solo. Ni siquiera Puño de Hierro es tan poderoso como para enfrentarse sin ayuda a los diablos del mar. —Eso no es posible—declaró Tom con mucha seguridad. —¿Ah no? ¿Y por qué?

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—Porque si le hubieran retenido contra su voluntad, nada les impediría volver a atacarnos. Y no lo han hecho. —Qué ignorante eres. —El hombre se carcajeó de nuevo. —Enviarán una misiva al castillo para pedir un rescate, o algo así. Ingrid miró con enfado a su marido y se quejó. —Vamos, no te entretengas más. —Ya voy, mujer, ya voy. Hasta la vista, Tom. Y no olvides devolverle su caballo al rey. Tom les miró partir, conteniéndose para no soltarle un improperio a aquel viejo idiota. «Secuestrar al rey, dice. Como si fuera tan fácil.» Y sin embargo, hacía ya tres días que el rey Driadan se encontraba negociando con los hombres del mar y no había habido noticias. Se preguntó si no sería prudente enviar una paloma al castillo. —¿Tú que opinas?—preguntó al caballo. El corcel resopló.  Cuando Ioren regresó, Driadan seguía desnudo entre las mantas, con la larga melena oscura colgando al borde de la cama. Sus ojos rojos le asaltaron en cuanto cruzó la puerta y casi le dejaron clavado en el sitio, tal era el poder que ejercía sobre él. Ioren no podía comprenderlo. Cada vez que le miraba de ese modo, el mundo parecía desmoronarse a su alrededor. —Has tardado—murmuró el rey. Se removió perezosamente y se incorporó a medias, mostrando el torso desnudo y fibroso. El hombre del mar no pudo evitar recorrer sus formas con la vista, demorarse en su ombligo hendido. Tuvo que contener su imaginación. —Han sido cinco minutos.

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Arrojó el fardo que llevaba en las manos sobre la cama. Driadan esbozó media sonrisa ambigua, como si le hubiera leído la mente, y abrió el paquete de tela. —Pues han sido muy largos. El pan y el queso estaban algo duros, pero los devoró con avidez, mientras Ioren se limitaba a contemplarle, apoyado en la puerta, reflexionando sobre el irresistible embrujo del amor. Y es que le hacía cometer las más impensables locuras, a él, a Ioren el Rojo, que era sereno y firme, y que no se dejaba dominar por las pasiones… pero cuando se trataba de Driadan, perdía el sentido del bien y el mal, del norte y del sur. Lo perdía todo. El tiempo que habían pasado separados no había hecho sino avivar sus sentimientos hacia aquel mocoso al que tanto había odiado. El mocoso se había convertido en un hombre en Thalie y ahora era un rey y era adulto. Un adulto hermoso, con un magnético atractivo. Un guerrero admirable, un compañero digno. Llevaban tres días encerrados en ese camarote sin hacer otra cosa que entregarse el uno al otro. Hablaban de vez en cuando, pero las palabras terminaban secándose en sus gargantas y perdiendo significado, convirtiéndose en cenizas en sus labios cuando se arrojaban el uno sobre el otro para conversar en un lenguaje diferente. Ioren era incapaz de saciarse. Ahora, mientras le miraba, no podía dejar de pensar en tumbarse sobre él y hacerle suyo otra vez. Le fascinaba. —¿Has hablado con tus hombres?—preguntó el rey, con la boca llena. Ioren asintió y regresó a su lado. Se tendió en el lecho y le rodeó con los brazos. Le resultaba difícil estar un solo instante sin tocarle, a pesar de que había pasado diez años sin hacerlo. Tal vez fuera justo por eso. Ahora, no tenerle cerca era como dejar de respirar. Driadan se acomodó contra su pecho y siguió masticando mientras el fiero guerrero de Thalie le besaba los cabellos distraídamente y le acariciaba la oreja con la nariz. —Les he dicho que las negociaciones están siendo complicadas—murmuró, esbozando una media sonrisa. —Ioren, en algún momento tendremos que dejar de… negociar—replicó el rey con suavidad, mirándole de reojo—. ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Qué intenciones tienes? —¿Qué quieres decir? «Cosas que no quiero escuchar», supo.

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—Si te quedas, tendremos que luchar. Traeré al ejército—declaró Driadan con determinación—. Así que, cuando acabemos de negociar, ¿te marcharás de vuelta a Thalie, o de verdad quieres hacer la guerra conmigo? —¿Crees que he venido a hacer la guerra contigo? Vine a hacer el amor. Por si no lo has notado. —Hizo una pausa—. Y a algo más. —¿A qué mas? —A llevarte conmigo. Driadan dejó de masticar. Soltó el pan y el queso y se desembarazó de su abrazo. —No. No, no, de ninguna manera. Eso es imposible. Ioren volvió a atraparle contra su pecho. —No es imposible. Ven conmigo. —Soy un rey. Para eso me estuviste entrenando, ¿no lo recuerdas? —Driadan le apartó las manos y se ladeó para mirarle a los ojos. —Tienes que ser un hombre si quieres ser un rey, y todo eso. Tú me ayudaste a llegar a ser lo que ahora soy. ¿Y ahora me pides que lo deje? ¿Que me vaya? ¿Que lo deje todo para estar contigo? —Tenías que vengarte y te has vengado—replicó Ioren, frunciendo el ceño—. Tenías que ser rey y ya lo has sido. Tu reino va bien. ¿Por qué no puedes irte ahora? —En ese caso te pregunto lo mismo. Tenías que ser thane y ya lo has sido. Thalie es próspera, Kelgard también. ¿Por qué no puedes dejarlo tú y venir tú aquí, conmigo? Déjalo todo. Deja a tus hijos, a tu reino, a tu gente, y quédate aquí conmigo. Driadan se cruzó de brazos. Ioren meneó la cabeza, tomando aire profundamente y le tomó por los hombros para encararle. —No lo entiendes. —No, eres tú el que no lo entiende—insistió Driadan—. Eso es lo que tú me estás pidiendo.

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—He dicho que vengas conmigo, no te he dicho a dónde. —¿Qué? —Lo que digo es: vámonos los dos. Lo dejamos todo y nos vamos juntos. —Hizo un gesto alrededor—. Tú y yo. Este es mi barco, podemos ir donde queramos, hacer lo que queramos. Los dos sabemos luchar. Podemos ir donde quieras. «Dioses, esto es demasiado duro.» Driadan apartó la mirada, de nuevo la angustia se le enredaba en la garganta. —Ioren, ¿te estás escuchando? —Escúchame tú. —El hombre del mar le levantó la barbilla, buscando su mirada con los ojos azules brillantes, trémulos de emoción contenida—. No quiero envejecer lejos de ti. Me da igual si es en Nirala, en Thalie o en el fin del mundo. No voy a volver a separarme de ti. Driadan sintió que se le encogía el corazón. Jamás se había imaginado como serían estos diez años de ausencia para Ioren. De repente, haber dudado de su amor le causó unos remordimientos espantosos, que empezaron a lacerarle como alfileres. Apretó los dientes y levantó las manos para sujetarle el rostro. —No puedes estar hablando en serio. No puedes venir ahora y decirme estas cosas después de haberme empujado en pos de mi destino, después de… —apartó la mirada otra vez—. Maldito seas, no puedes hablar en serio. Eres un egoísta y un manipulador. Le soltó e intentó levantarse, pero Ioren le agarró y le volvió a contener entre sus brazos. —Sí. Soy todo eso y mucho más, y todo lo que soy es tuyo—insistió, con rabia—. Has tenido tu venganza. Has puesto orden en el reino de tu padre. Has reinado. Has creado una familia. Ahora que nuestras vidas están bien, en orden, ¿no es hora de vivirlas juntos? —Estás cegado. Tenemos hijos, Ioren, hijos. Tenemos una responsabilidad con ellos. ¿Podrías vivir separado de tus hijos? —Alzó la voz. «Ojalá pueda hacer que comprenda. Esto es demasiado duro.» —¿Cuántos días, sin sentirte culpable por haberlos abandonado? ¿Cuántos meses? ¿Cuánto tiempo tardaríamos en destruirnos?

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Pero Ioren el Rojo no era hombre fácil de doblegar y su determinación al respecto de aquella locura no parecía sino hacerse más firme. —Estoy harto de pensar en lo que puede pasar. Te quiero a ti. Eres todo lo que quiero. Las lágrimas empezaron a quemarle detrás de los ojos. Estaba sintiendo su dolor, y si el dolor propio ya le había resultado insoportable, escuchar a Ioren decir esas cosas, percibir su sufrimiento, era incluso peor. —No voy a abandonar a mis hijos por ti. —Los abandonas para luchar por tu reino. Los abandonas para ir a las guerras del Este. Los has abandonado para venir aquí. —¡No es lo mismo! —No. Es peor. Además, al final les abandonarás, o ellos se irán. Los hijos siempre se van, o uno muere peleando y les deja atrás. —Los dedos ásperos y rudos treparon por sus mejillas. Le acariciaron, como si quisiera consolarle. Y Driadan lo necesitaba. Él le hablaba con voz suave y serena, pero firme; le miraba a los ojos, volcando los suyos, cálidos y entregados, sobre sus pupilas, pero las cosas que estaba diciendo le revolvían las entrañas de angustia y confusión. —Morir peleando al menos es una muerte honorable. Si eso no te ocurre, cuando tus hijos sean mayores y se casen, se marchen lejos o hagan sus vidas con sus familias en tu castillo de rey, tu te sentarás en tu Silla Alada y les verás felices. Y eso te hará feliz, igual que el mar se ilumina con el reflejo de las estrellas. Pero esas estrellas no son suyas. Esa no es tu luz, ¿comprendes?. Y por las noches te sentarás solo en tu salón del trono, pensando en mi, arrepintiéndote de lo que no has hecho. Driadan se crispó y se desembarazó de sus manos bruscamente. —¡Cállate! ¿Por qué me dices esas cosas? ¿Por qué me vaticinas ese dolor? Ioren le abrazó repentinamente y su voz se quebró. —Porque yo ya he pasado por él. ¿No entiendes que por eso estoy aquí? —se le ahogaron las palabras, las desgranó una a una como si se las arrancase del alma—. No puedo vivir sin ti ni un día mas. Driadan se aferró a su espalda, apretando los dientes. Se habría abierto las venas en aquel mismo momento si hubiera podido consolarle con ello,
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habría hecho cualquier cosa. Recordó a Jhandi, en la puerta de la sala del pegaso. Había hablado de cosas que uno quiere hacer antes de morir, y después le había dado el mensaje sobre la venida de los Hombres del Mar. Había dado por sentado que él deseaba estar con Ioren por encima de cualquier cosa. Y era la mayor verdad de toda su vida. ¿Tan evidente era para todos? —Pero lo hemos hecho… sí que podemos…—acertó a pronunciar. El hombre del mar no respondió. Le abrazaba con fuerza, casi haciéndole daño. Podía sentir su desesperación en ese abrazo, su necesidad de él. El latido rotundo de su corazón desbocado resonaba contra su pecho. Claro que era evidente para todos. Aquel hombre era el mundo para él. Era su dios, lo era todo. Había dado sentido a su vida. Cerró los párpados y tomó una decisión, suplicando en silencio que fuera la correcta, que no se estuviera equivocando. —Sea, entonces—murmuró, apoyando la mejilla sobre su hombro—. Que vengan sobre mi las horas de soledad. —No—. Ioren le separó de sí para mirarle con ojos llenos de ansiedad—. No, no, no, no puedes hacer eso. —Sí puedo. Escúchame, mi amor, por favor. Escúchame. —Le rozó la mejilla, contemplándole muy de cerca. Le habló con voz suave y tranquilizadora. Él conocía la fragilidad de Ioren el Rojo, seguramente era la única persona sobre el mundo que la conocía, por eso tenía que tener cuidado. —Me quedaré solo en el trono, arrepintiéndome de todo lo que no hice, sí. Pero entonces confío en que tú regresarás. Volverás a buscarme. —Hizo una pausa y esbozó una sonrisa triste. —Sé que vendrás a buscarme. Y si eso no sucede, seré yo quien vaya a ti. Pero ahora no, Ioren. Ahora no. Tus hijos te necesitan. Mis hijos me necesitan. Estás a punto de abandonarlo todo por nuestro amor, y sé lo que es eso. Yo estuve a punto de hacerlo en Thalie, ¿te acuerdas?, y tú me ayudaste a entender que era un error. —No. No. —Ioren sacudió los cabellos, inflexible—. Entonces me equivoqué. —No te equivocaste. Hacer lo mejor para los que uno ama no siempre es fácil. Casi nunca lo es. Pero no te equivocaste, es solo que el precio es muy alto. Sé que estás cansado, pero…

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—Driadan, si no vienes por tu propia voluntad… Ioren había apretado los dientes y en su semblante había una expresión oscura, pero el rey no se amedrentó. —No harás eso. Me amas, y nunca harías algo así. Además, sabes que tengo razón. Disfruta de tus hijos—insistió, acariciándole el cabello de nuevo—. Ayúdales. Y no desesperes. Estaremos juntos de nuevo, te lo prometo. Estaremos juntos siempre que podamos. Hagamos una alianza. —¿Qué? —Una alianza. Kelgard y Nirala. Iré a visitaros, y tú vendrás a visitarnos. Podremos vernos, al menos más de lo que nos hemos visto en estos años. No tendremos que luchar. —Driadan, los clanes de Thalie no hacen alianzas con… —¡Pues hazla!—exclamó, con un destello súbito en los ojos rojos. Luego se dio cuenta de su estallido y se obligó a mantener la calma.—Perdona. Hazla, Ioren. — Aquello también era difícil para él, estaba intentando a toda costa buscar la manera, buscar un camino intermedio. Y no iba a fracasar por la tozudez de un bárbaro. —Tú haces muchas cosas que nadie más hace. Acostarte con un rey, por ejemplo. Puedes hacer una alianza. Ioren suspiró y negó con la cabeza. Durante un instante parecía estar buscando algo más que decir, pero después, su mirada se apagó y volvió a abrazarle con fuerza, con una mano sobre su nuca, entre sus cabellos, y la otra alrededor de su cintura. Con aquel abrazo estrecho, intenso, que apenas sí les dejaba respirar, intentaba retenerle. Driadan lo sabía. Él también temía desvanecerse en cualquier momento. —De acuerdo—admitió el guerrero—. Tú ganas. La rendición de Ioren le supo terriblemente amarga. —Aún podemos seguir negociando un par de días más—propuso Driadan, con la voz ahogada de angustia. —Que sean tres. Asintió. Después alzó la mirada y se encontró con sus ojos, opacos y lejanos. Le besó los párpados, hundiendo las manos en su pelo. Le besó los pómulos y la barba, le besó la nariz y los labios, la mandíbula, el cuello y las
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orejas. Ioren el Rojo, el poderoso guerrero del mar, le dejó consolarle, acariciándole una mejilla con el dorso de los dedos como si fuera algo precioso y delicado. Driadan exhaló un suspiro trémulo y unió sus labios a los de aquel hombre magnífico, dejándose llevar por el calor que comenzaba a envolverles. Le rodeó con los brazos y pasó una pierna sobre las suyas. Ioren le aferró de las nalgas. Enredaron las lenguas y buscaron su lugar sobre el lecho revuelto, como habían estado haciendo casi constantemente en aquellos tres días… Y entonces, el casco se sacudió con violencia y una oleada de aire caliente les golpeó en el rostro. Saltaron astillas y el mar entró en una bocanada dentro del camarote. Driadan sintió un golpe frío en el pecho y se le cortó la respiración. Se le llenó la boca de agua, y también los ojos, la nariz y los oídos. Ioren reaccionó primero y prácticamente le arrastró consigo hasta levantarle. El rey boqueó, sacudió la cabeza y miró alrededor, mareado. El camarote estaba destrozado. El agua le llegaba a las rodillas y seguía subiendo, y los tablones temblaban como una presa a punto de romperse. —¿Qué está pasando?—gritó Driadan, buscando a duras penas su ropa y sus armas, aún conmocionado. El agua entraba a presión por el agujero que se había abierto casi en el techo. La madera se resquebrajaba a causa de la fuerza del agua. Ioren se ajustó el cinturón y agarró las espadas. —No te separes de mí. Nos están atacando. —¿Con qué? —No lo sé. Se escuchó una explosión lejana. Ioren miró al rey, y en sus ojos había alarma. Le agarró del brazo y le sacó del camarote, aún con las botas a medio poner y el jubón desabrochado. El barco dio un bandazo y volvió a oírse un ruido sordo, las astillas volaron y algo estalló en llamaradas tras ellos. De la trampilla de acceso al camarote salió una lengua de fuego que prendió la cubierta. El navío se sacudió. Driadan se agarró de una cuerda como pudo, apretando los dientes, buscando con la mirada a sus oponentes, y entonces, cuando la inercia de la maroma le hizo dar la vuelta y girarse hacia estribor, los vio. Los hombres del mar trepaban a los mástiles, tratando de agarrar las cuerdas para abordar al barco que les atacaba. Algunos yacían muertos
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sobre las tablas, ensangrentados y mutilados. La galera a la que se enfrentaban era algo diferente a todo lo que Driadan había visto antes: Gris, alargada, de gran calado, con mástiles enormes. Los largos listones de madera se habían ensamblado como piezas de un rompecabezas, tenía cinco enormes velas y su envergadura hacía que el barco de Ioren a su lado pareciese un simple esquife. En el casco había horadadas extrañas troneras, y de ellas asomaban largos tubos de metal negro como la pez, que humeaban y escupían fuego. Cada uno de ellos al dispararse arrancaba una parte del barco del Rojo y hacía volar por los aires a varios de sus hombres, destrozados. Driadan se quedó paralizado, observando una de aquellas terribles bocas negras. Estuvo a punto de soltar una carcajada al ver la bandera que ondeaba en el terrible navío que les asediaba. El Imperio del Este. «Por eso se retiraron. Han estado… ¿Qué han estado haciendo? Enviaron su flota hacia el Sur y han bordeado todo el continente para atacarnos por el otro lado. Malditos sean.» Sin embargo, tenía que admitir que estaba impresionado. Al observar los estragos de los cañones en el barco del thane, comprendió que era el fin. Y curiosamente, al comprenderlo se sintió muy tranquilo. La voz de Ioren resonó a su lado. —Bastardos. Así que quieren destrozar nuestra flota. —Lo están haciendo, de hecho—apuntó Driadan, desapasionadamente—. Y dudo que podamos impedirlo. No entiendo esa magia, pero las bocas negras nos están mirando, Ioren. ¿Crees que es hora de saltar por la borda? El Rojo entrecerró los párpados y ladeó la cabeza. Miró a Driadan. A su alrededor, los hombres del mar se mostraban asustados por primera vez desde que vieron la Gran Ola. Ninguno sabía como enfrentarse a aquel nuevo tipo de combate, a ese hechizo desconocido. A lo lejos, otros navíos grises del Imperio del Este disparaban sus cañones contra los demás barcos de la flota de los Hombres del Mar, y algunos atracaban en la playa, haciendo bajar a sus soldados a toda prisa. Ioren permaneció inmóvil un rato, mirando al rey y pensando. Después, una llamarada se encendió en sus ojos y habló con mucha serenidad. —No voy a saltar por la borda. Estos hijos de perra están destruyendo nuestros barcos y yo soy Ioren el Rojo. No pienso ponérselo fácil. Driadan no había podido dejar de mirarle. Los cañones hacían saltar trozos de madera por doquier, pero en medio de aquel caos, el rey solo tenía ojos
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para el guerrero. Veía el fuego arder en su interior, las aguas alzarse en sus ojos y los vientos arremolinarse en sus cabellos. Podía verle como nadie, ahora lo sabía: toda su grandeza, toda su miseria, su ternura secreta y oculta, su sabiduría, cada uno de los matices que componían el crisol de su corazón, todo aquello le pertenecía a él. Todo era suyo. Y era lo más hermoso que jamás había tenido. Se dio cuenta de lo privilegiado que era. Su vida le pareció entonces revestida de una nueva belleza bajo aquella luz; cada uno de los hechos que la conformaban era el capítulo de una historia apasionante que había empezado con odio y angustia y que iba a terminar con amor. «Sólo con amor. Ni odio, ni venganza, ni ira, ni miedo. Sólo amor. Así es perfecto.» —Te quiero—dijo de repente. Ioren frunció el ceño. Luego su semblante se volvió grave y respondió: —Yo también te quiero, Driadan. —De acuerdo—el rey hizo girar las espadas—. Entonces, luchemos. La cubierta volvió a temblar y la vela cayó, envuelta en llamas, delante de ellos. Ioren sonrió a medias. —Sabes, pensaba secuestrarte de todas formas. —Pensabas intentarlo, dirás. —Driadan se rió entre dientes—. Bueno, ahora no tendrás que hacerlo. Ya no vamos a separarnos nunca. —No, chico. Vamos a ser eternos. Acercaron las espadas a la tela incendiada y el fuego, danzando en espirales, se enredó alrededor de los aceros con una sola palabra de Ioren el Rojo. Su voz bramó, elevándose por encima del estruendo de la pólvora y las explosiones, invocando a su gente y a sus dioses en el viejo idioma de Thalie. —¡Hombres del Mar, a la batalla! ¡Rúnya del Fuego, Ior del Acero, Lusk del Mar, a la batalla! ¡Yo os invoco! ¡Yo os reclamo! ¡Muerte al enemigo! Las olas se alzaron. Las llamaradas se elevaron cuando el viento arreció y comenzó a soplar en la dirección contraria, empujando a las galeras del Imperio hacia el océano. Los Hombres del Mar se agruparon alrededor de su líder y golpearon las armas contra el pecho, arrojando al aire gritos de

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batalla y terribles aullidos salvajes hasta que todo se convirtió en un estruendo de metal, madera y cuero.

 Desde la borda del navío enemigo empezaron a asomar algunas cabezas. Los soldados del Imperio observaban, incrédulos, a aquellas gentes bárbaras que les desafiaban. Los rostros de los Hombres del Mar eran máscaras de rabia sanguinaria. Pateaban el suelo al unísono y se golpeaban el pecho con las espadas planas, con las hachas y las mazas, con los escudos o con el puño desnudo. Tenían el semblante congestionado y los dientes apretados, lanzaban dentelladas al aire como si fueran animales hambrientos. Y delante de todos ellos, en primera línea, estaba el mismísimo rey Driadan Puño de Hierro, inmóvil y elegante, con la barbilla alta y los dos sables envueltos en llamas escarlatas. A su lado, un guerrero enorme de cabello rojo recitaba algo con voz poderosa, imperativa. También empuñaba dos hojas llameantes y había algo en su porte y su rostro que resultaba aterrador, a pesar de que él tampoco movía ni un músculo y parecía sereno. Sólo recitaba y miraba al cielo de vez en cuando. Una ola alta y espumosa se aproximó desde el horizonte, levantándose más y más a medida que se acercaba a las galeras. Los soldados del Imperio volvieron la vista hacia aquella masa de agua y sus ojos se desencajaron. Entonces todas las voces se unieron en una sola y bramaron como un trueno, pronunciando tres palabras en un idioma incomprensible para aquellas civilizadas gentes. El rey de Nirala también gritó, con los ojos rojos encendidos de ira. Levantó sus armas, y los hombres del mar se arrojaron contra sus enemigos en una última carga. Los cañones escupieron fuego.

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Epílogo

mirando un largo rato, con los ojos muy abiertos. Como ocurría habitualmente, aunque la historia había terminado ellos esperaban que continuase. Al ver que pasaban los segundos y no lo hacía, fue Valeria quien alzó la voz, indignada. —¿Cómo? ¿Ya está? El tutor se encogió de hombros. —Es todo cuanto sé. —¿Pero y Padre y Ioren el Rojo?—preguntó el más pequeño—. ¿Murieron en la batalla? Cisne se acercó a la ventana y echó una mirada a través de la celosía. Faltaban pocas horas para el mediodía y las barcas se deslizaban por los canales con elegancia, recortándose como pececillos blancos sobre el agua resplandeciente. Los edificios grises de fachada decorada estaban engalanados con motivo del inicio del verano. Prímona era hermosa en aquella época del año, no cabía duda, pero los canales exhalaban un olor bastante mejorable cuando el sol apretaba. Comprobó que las hierbas aromáticas que colgaban de los marcos ya se habían secado y las desclavó de la madera. —No lo sé—respondió al fin. Arévano frunció el ceño y le miró con censura, pero el joven tutor se mantuvo firme. — Es la verdad. No se encontraron sus cuerpos. —Pero el combate tuvo lugar en el mar—apuntó Arévano, volviendo a sus quehaceres—. De modo que lo más probable es que sus cuerpos se hundieran en las aguas. —Sí, claro—aceptó el tutor, a regañadientes. —¿Y por qué dudas?
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uando Cisne guardó silencio, los tres hermanos se le quedaron

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«Buena pregunta.» Se dio la vuelta y les miró a todos, uno a uno, mientras intentaba buscar las palabras que respondieran a aquella sencilla cuestión. Arévano trabajaba en su rincón favorito, junto a uno de los ventanales, deslizando la pluma sobre el pergamino con absoluta pulcritud. El tiempo le había encanecido los cabellos pero seguía siendo tan atractivo como siempre. En cuanto a los tres hermanos, estaban sentados a la mesa, frente a sus libros de estudio, observándole con avidez. Cair con curiosidad. Valeria, que había heredado el carácter de su padre, con exigencia. Y el primogénito con una expresión indescifrable y profunda. Era él quien había formulado la pregunta y el tutor supo a ciencia cierta que sería quien mejor podría comprender. —Ioren el Rojo invocó una Gran Ola en otra ocasión. En Thalie, cuando estuvimos a punto de morir. —Arévano dio la vuelta a su silla para mirarle con atención mientras Cisne hablaba. —En aquella ocasión, ambos fueron engullidos por ella, y ambos volvieron a la playa, sanos y salvos. —¿Cómo es eso posible?—insistió Valeria. —No lo sé, mi señora. Hay muchas cosas que no soy capaz de explicar. Vuestro padre y Ioren el Rojo formaron parte de algo que se escapa a mi comprensión. No sé como funciona la magia. —¿Magia? Es decir, que estás hablando de magia—espetó la chica. Luego apoyó las manos sobre la mesa, decepcionada, y asintió—. Muy bien. Entonces podías haberte ahorrado toda esta absurda historia sobre mi señor padre. No tiene más credibilidad que un cuento de hadas. Vamos, hermanos. Creo que las lecciones han acabado por hoy. La chica se levantó, agitando la melena con aire digno. Cair la miró, sin saber muy bien qué hacer, pero Ioren se quedó sentado, reflexionando. Valeria resopló por la nariz y le cogió del brazo, intentando levantarle. El primogénito puso la mano sobre la de su hermana y la miró. —¿Cuál es el símbolo de nuestra casa? La chica se sosegó de inmediato. Aunque tenía un fuerte carácter, Ioren siempre ejercía una influencia calmante sobre ella. Cuando se ponía difícil, era el único capaz de hacerla entrar en razón. —Un pegaso—respondió ella—. ¿Qué tiene eso que ver?

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—Los pegasos no existen. —Pero existieron—replicó la muchacha, frunciendo el ceño. —Exacto. Hasta que murió el último. No desdeñes las palabras que hablan de cosas antiguas. En ellas suele haber mucha grandeza. Cisne y Arévano intercambiaron una mirada. Ioren siempre había tenido un ánimo muy distinto al de Valeria, siempre había parecido sabio y adulto. La muchacha negó con la cabeza y un resplandor vivaz iluminó sus ojos escarlatas. —No las desdeño, hermano. Es solo que… quizá tu prefieras aferrarte a las esperanzas, pero a mi no me basta con eso. —Apretó los puños. Su hermoso semblante se crispó en un gesto de furia contenida. —Yo quiero venganza. —También yo quiero vengarme. Pero no olvido las palabras de nuestro padre. —Ioren soltó la mano de su hermana y comenzó a apilar los libros de estudio. —Mantén los ojos bien abiertos y no pises ninguna hormiga. La muchacha apretó los labios y se quedó pensativa. Después hizo una breve reverencia a sus tutores y se marchó, aún con aire meditabundo y con ese fuego inquieto ardiendo en las pupilas, llevándose de la mano a su hermano menor. Ioren se dirigió a las estanterías y colocó los volúmenes cuidadosamente una vez su hermana hubo salido. Cisne se cruzó de brazos, apoyándose en la pared mientras le observaba. —Venganza. ¿Es eso lo que quieres, muchacho? —Es lo que queremos todos—respondió el chico. Cuando le miró, sus ojos escarlatas no mostraban rabia ni ira como los de Valeria. Sólo una nostalgia profunda—. Iré a reunirme con mis hermanos. Buenas noches, tutor. Buenas noches, Arévano. —Buenas noches, majestad. El chico se detuvo a medio camino al escucharle. Después salió, cerrando la puerta tras de sí.

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Amala suspiró y se pasó la mano por el pelo, acercándose al escritorio de su amante. El joven de Prímona, que ya no era tan joven, le tendió la mano y le rodeó con el brazo, apoyando la cabeza en su cadera. Cisne le acarició los cabellos. —Otra vez. Venganza. Siempre venganza—suspiró, resignado—. Supongo que era inevitable. Hiciera lo que hiciese, esto iba a pasar. Arévano alzó la mirada y le rozó la mano con los labios en un gesto afectuoso. —¿Te sorprende? Cisne negó con la cabeza. —No, la verdad. Pero esperaba que todo eso hubiera llegado ya a su fin. El antiguo esclavo, antiguo espía y ahora escriba esbozó una de sus encantadoras sonrisas, que no habían perdido ni un ápice de su embrujo. Luego tiró de él y le sentó sobre su regazo. —No te entristezcas, mi amor. Todas las batallas terminan en algún momento. Le besó con dulzura. Al otro lado de los amplios ventanales, la ciudad de Prímona resplandecía al sol.

FIN
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