“Me imagino: una prostituta (bio o trans) elige su trabajo” Kim Joaquina Pérez Fernández-Fígares Me imagino: una

prostituta (bio o trans) elige su trabajo. Es su carácter, lo ha elegido. Le gusta ser libre, y es libre. No tiene jefe. No tiene ningún proxeneta. Va a trabajar cuando quiere, y no va cuando no quiere. El sexo le divierte. Le gusta observar las reacciones de unos y otros. Siente una difusa buena voluntad por sus clientes, una especie de compasión. Se esmera por ellos. Como dice, l e gusta ofrecer una buena “relación calidad-precio”. Es una profesional y se enorgullece de serlo. Al terminar cada relación, extiende su factura, en la que consta el Iva. Se alegra por pagar sus impuestos como autónoma, porque tiene la Seguridad Social, puede ir a revisiones periódicas, como trabajadora de riesgo (parecido al de los mineros, pescadores que afrontan la mar, etc), y tiene un retiro asegurado. En la noche, a veces, hay energúmenos, pero si es preciso, cuenta con la protección de la Ley y de la policía. Se acuerda de los tiempos en los que un “yuuu” policial significaba que ella y el cliente, el más bueno, el más cariñoso si tocaba, tenían que echar a correr, cada cual por su lado. ¡Aquellos tiempos, tan recientes y tan distintos! Nadie pudo imaginarse que un súbito puritanismo de izquierdas arremetiese contra la prostitución, aliado inmediatamente con el puritanismo de derechas. La sexualidad es imparable, es una fuerza de la naturaleza, la prostitución es imparable. La prostitución pura. Nadie podrá nunca prohibirla al cien por cien como sueña el puritanismo. Lo que hay que evitar son las adherencias de mafias y proxenetas, fríos explotadores. En aquellos años de la prohibición florecieron las mafias y los proxenetas, aprovechando las puertas puestas al campo: pisos clandestinos, locales cerrados con una ventanilla para analizar al cliente, todo caro, todo necesitado de que alguien lo organizase al margen de la ley; las prostitutas, ilegales, en manos de las mafias. Recuerda su miedo constante. Se evadió del tráfico de mujeres, por suerte, pero qué vida. Sabía que el tráfico era consecuencia de la ilegalidad. Ahora es legal. Espera en la calle, porque así se ahorra otros gastos y puede ofrecer tarifas competitivas, en una zona reservada, de almacenes. Un vecino, un hombre mayor, cariñoso, le acerca un termo de café, como hace todas las noches. Ella se irá pronto a casa, en cuanto gane lo que necesita, porque controla sus gastos. Cuando mañana se levante, quiere leer un libro de poesía en que vibra el sentimiento de libertad (Estos dos últimos detalles, la historia del termo y la del libro de poesía, los he vivido con mis amigas) Martes 2 de Octubre de 2012.

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