CON EL TRABAJO SEXUAL A OTRA PARTE.

p/ Carolina Justo von Lurzer* La Red Par (Periodistas de Argentina en Red por una Comunicación no Sexista) dio a conocer el Decálogo para el Tratamiento periodístico de la Trata y la Explotación Sexual. En tanto el documento deja establecido que está abierto a “sugerencias, aportes y revisiones”, esta nota pretende observar críticamente algunos de sus supuestos y recomendaciones. La Red Par viene desarrollando desde hace muchos años un valioso trabajo en relación al tratamiento mediático de temas y problemas vinculados a géneros y sexualidades. En particular, el Decálogo para el tratamiento periodístico de la violencia contra las mujeres publicado en 2008 y reeditado en 2010, se ha vuelto un documento de referencia para toda/o periodista que pretenda abordar la violencia de género en su complejidad y contribuir a combatirla ofreciendo a la ciudadanía herramientas para su desnaturalización. Mi sorpresa fue mayúscula cuando leí que el nuevo Decálogo sobre trata y explotación sexual, recomendaba la no utilización de los términos trabajadora sexual y trabajo sexual en las coberturas periodísticas. Confié en que esta sugerencia estuviera restringida a los casos de trata o explotación sexual en los que, por supuesto, no cabe su utilización. Sin embargo, cuando accedí al documento observé que esta recomendación se extendía al tratamiento de cualquier situación de prostitución. Esto no sólo contradice el espíritu de la Red -“construir una comunicación no sexista libre de toda discriminación que atente o violente los derechos de las mujeres”- sino el propio objetivo del documento -“contribuir a una mejor calidad periodística orientada hacia el respeto de los derechos humanos y, en particular, los de las mujeres, la Red PAR encaró este trabajo colectivo que desea ser una herramienta de ayuda en la búsqueda, producción y puesta en circulación de la información”-. Lejos de complejizar el abordaje de la prostitución, algunas de las recomendaciones directamente deslegitiman las formas de autorrepresentación de un conjunto de mujeres. Propongo entonces algunos reparos, en particular en relación al punto seis del Decálogo, que indica: “al realizar una cobertura periodística sobre prostitución y/o trata de personas no utilizaremos las expresiones ‘servicio sexual’, ‘trabajo sexual’, ‘trabajadora sexual’ ni ‘trabajadora del sexo’, sino ‘víctima de explotación sexual’ o ‘víctima de trata de personas’. Tampoco utilizaremos el término ‘prostituta’, sino ‘mujer prostituida’, ni emplearemos la expresión ‘prostitución infantil’, sino ‘explotación sexual infantil’. Del mismo modo cuidaremos de no utilizar eufemismos ni expresiones que naturalicen o encubran estos delitos”. En primer lugar, este modo de tratamiento confundiría actividades que están tipificadas como delitos –la explotación sexual, la explotación sexual infantil y la trata de personasde otras actividades que son lícitas –la prostitución-. Podría argumentarse que de todos modos y desde una perspectiva abolicionista esta distinción no resulta significativa en tanto aún cuando la prostitución no constituya un delito constituye una violación a los derechos humanos de las personas y en particular de las mujeres. Esta es una posición ideológica incuestionable y es la que adopta la Red, pero lo que debe quedar claro y no se desprende del documento, es que no es la única posible. En segundo lugar, la desestimación de las categorías de trabajadora sexual y trabajo sexual invisibiliza la voz de un conjunto de mujeres que se definen como tales y definen sus experiencias en relación al sexo comercial como un trabajo. No todas las formas de oferta sexual comercial implican la explotación por parte de terceros ni se desarrollan en

el marco de redes de trata. Ejemplo de ello lo constituyen las cooperativas de mujeres que realizan trabajo sexual de modo autónomo. Desde la perspectiva abolicionista se puede estar en desacuerdo con la conceptualización del trabajo sexual, pero deslegitimarla como categoría de autorepresentación es “tirar el agua con el niño adentro”. Si la red se sostiene en base a fundamentos no discriminatorios, la reflexión obligada es si la imposibilidad de utilizar la categoría de trabajadora sexual o trabajo sexual no inhabilita de plano la representación de quienes se autodefinen de ese modo; si no constituye una simple y sencilla eliminación de estas personas del universo representacional del campo informativo. En tercer lugar y de modo contradictorio con la citada recomendación del punto seis, el Decálogo sostiene: “comprendemos a las mujeres que, sin intermediación –es decir, sin ser explotadas por proxenetas ni esclavizadas por tratantes–, tienen en la prostitución la fuente de ingresos para su subsistencia; y acordamos que, tal como lo establece la legislación, no deben ser perseguidas ni estigmatizadas”. La pregunta que cabe es ¿y a estas mujeres cómo las vamos a nombrar en las notas periodísticas? Estas mujeres no son explotadas por proxenetas ni esclavizadas por tratantes pero el decálogo no contempla otros modos de referencia más que “víctima de explotación sexual” o “víctima de trata”. La única alternativa sería nombrarlas como “mujeres prostituidas” lo cual, nuevamente, deja fuera de escena a quienes no se representen a sí mismas como prostituidas. Y es que aquí está el núcleo de la crítica, en quién detenta el poder de la representación. Contra argumentemos una vez más y escuchemos a quienes podrían decir que fue a partir de las mencionadas recomendaciones anteriores de la Red –el decálogo de 2008- que comenzó a darse un adecuado tratamiento periodístico a la violencia de género y a los feminicidios, que de otro modo aún serían abordados como violencia doméstica o crímenes pasionales. Sería bueno recordar, apelando a extremar los argumentos al absurdo, que no existen organizaciones políticas con una tradición de lucha por los derechos de los golpeadores, ni sujetos que se autodefinan como criminales pasionales y reclamen por sus derechos en tanto tales. Sin embargo, sí existen mujeres que en Argentina –y en el mundo- se reconocen como trabajadoras sexuales y que luchan por sus derechos desde hace más de una década. Se han enfrentado a diversos poderes políticos, institucionales y a las fuerzas de seguridad con el objetivo de asegurar sus derechos; una recomendación de estas características nos lleva a foja cero en el reconocimiento de su condición de sujetos políticos, de interlocutoras/es legítimas/os y con voz propia. Insisto, no se trata aquí de discutir una posición ideológica legítima como es el abolicionismo sino de evitar que una doctrina que tiene más de un siglo de tradición en la lucha por los derechos de las mujeres se convierta en la punta de lanza de la invisibilización de una parte de ellas. Pensando en la propia práctica periodística, es responsabilidad de los comunicadores exponer la pluralidad de dimensiones que se encuentran implicadas en los temas y problemas que abordamos y presentar públicamente los debates que les atañen e incluirnos en ellos a partir de la explicitación de nuestros posicionamientos, acuerdos y disensos. Lo que no podemos permitirnos es desconocer o suprimir aquello que no se ajusta a la visión de la realidad que queremos representar. No se trata de falsos objetivismos sino de honestidad intelectual. Para la Red PAR, víctimas y victimarios/as parece ser el espectro de posiciones habilitado para el tratamiento de la prostitución. No hay otras y no las hay porque no son posiciones definidas por las propias personas implicadas -o sí, pero sólo por algunas de ellas-,

quienes no encuadren –o, más bien, quienes no se cuadren- quedarán fuera de representación y sus experiencias, realidades y derechos quedarán sesgados, tergiversados o directamente invisibilizados. Tal vez, habría que tomar una distancia reflexiva acerca de la peligrosa creación de una tercera posición, la de quienes no ubicándose en el lugar de víctimas ni de victimarios/as se arrogan sin más el poder de la representación. *Docente de la Carrera y el Profesorado de Ciencias de la Comunicación- UBA. Becaria Posdoctoral CONICET-UBA/IIGG-GES

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