Revista/Tónica

Número 5. Año 1. Octubre, 2012. Buenos Aires, Argentina. Revistatonica.com

Índice. Dossier IV FILBA. Margo Glantz tuitea desde la saña /3/ Pablo Grinjot, María Ezquiaga y Pablo Dacal: Los cancionistas del Río de la Plata se pasan el micrófono /12/ Valeria Luiselli y las raíces del ecosistema familiar /15/ Robert Juan-Cantavella, pequeñas colecciones de karatekas /21/ Fiesta diurna mexicana /25/ Laurent Binet en un sillón de terciopelo rojo /27/ Crónica del cierre: Fernando Vallejo /29// Staff. Director_Juan Terranova/ Secretario de Redacción_Nacho Damiano/ Redactores_Alicia Digón, Mariano Zamorano, Martín Felipe Castagnet, Dolores Yomha, Leticia Martin, Mariano Vespa, Marisol Córdoba, Ana Vicini, Mariano Bello, Adela Salzmann, Natalia Gauna, Victoria Cotino, Luz Marus, Francisco Dalmasso, Ignacio Rial-Schies, Ezequiel Barbosa Vera, Pablo Scoufalos, Carlos Mackevicius.//RT5

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La evolución y el tedio
[Editorial]
Por Juan Terranova // juanterranova@gmail.com El FILBA privilegia a la vieja de Recoleta, Retiro o Zona Norte que quiere estar al tanto de lo que ocurre en la cultura. Nunca la desagravia. Prefiere tensar otros sectores, incluso excluirlos, antes que perder su base, muchas veces fantasmagórica, de viejas con perrito. La creación del Filbita no contradice esa afirmación sino que la refuerza. Las viejas llevarán a sus nietos a ilustrarse y formar su vocación por la lectura. A todo esto se resigna con oprobio y visiblemente el FILBA. Apunto una escena, sucedida hace tiempo. En el bar de Eterna Cadencia, Pablo Braun, dueño de la librería y creador y responsable del FILBA, me confesó que nunca leyó como en la adolescencia. Al principio, no entendía qué me estaba diciendo. “Las lecturas de la adolescencia” insistió, melancólico. Se refería a esa sensación de embeleso, de satisfacción, de avance sobre el mundo que nos dan, por ejemplo, Colmillo blanco o los primeros cuentos de Cortázar, leídos cuando, por primera vez, “nos asomamos al mundo”. Eso, decía Braun, se pierde irremediablemente. Como hijo de la clase trabajadora-profesional-inmigrante siempre tuve prohibida la nostalgia. En mi familia se la disfrutaba a escondidas, con discos de vinilo o fotos, como un vicio. El fetiche era el futuro, ese lugar donde parecía posible ser mejores. El mismo día, en la librería, Braun también me confesó que no lo entusiasmaba particularmente la colección de ensayo de su sello editorial, a mí entender, excelente. Esa misma colección acaba de lanzar El absoluto literario de Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, un libro inteligente y sensual, fundamental para comprender la historia de la teoría literaria y el comienzo de la modernidad. Hasta ahora siempre había circulado en francés, fotocopiado, y recuerdo haber leído el prólogo, traducido al español, como apunte de la materia Literatura del siglo XIX, cátedra UBA María Teresa Gramuglio, alias “la Sorda”. Ahora, gracias a Eterna Cadencia, disponemos de un esmerada y prolija traducción completa. (Ya hace un rato, habían reeditado Origen de 2

la dialéctica negativa. Theodor W. Adorno, Walter Benjamin y el Instituto de Frankfurt, de Susan Buck-Morss, una apasionante biografía colectiva de valor tanto analítico como divulgativo. No exagero si digo que todos los títulos de esta colección son hits). Termino. Hay una larga tradición de hombres y mujeres de derecha que invierten en el campo literario, entre la filantropía, el narcisismo y las excusas. Condenar estas incursiones en bloque resulta un error tan grosero como el servilismo.//RT5

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Entrevista a Margo Glantz

@margo_glantz
Por Leticia Martin // leticiamartinelem@gmail.com

“Convertir la falla en el trazo esencial de tu vida” (Saña) Hace poco se cayó y se rompió la nariz. Tiene dos grandes moretones azul violáceos que la vuelven un tanto extraña, pero la sonrisa no se le borra en los casi sesenta minutos que dura la entrevista. Margo Glantz tiene 82 años. Nació en México en 1930, vivió en Francia y en Estados Unidos, y viajó por la mayoría de los países del mundo. La lista de distinciones y premios que recibió no caben en una página. Sube conmigo las escaleras del Hotel Marseille des Anges, en Recoleta, donde se hospeda con motivo de la IV edición del FILBA. Le ofrezco mi antebrazo pero no lo toma. Una vez en la cafetería me deja elegir la mesa y nos sentamos. Le pregunto si al final me va a permitir tomarle unas fotos. –Claro –me dice –pero borrame el golpe con el Photoshop. Conocemos su historia, la llegada a México de sus

antepasados ucranianos y su vida marcada por los viajes y el trabajo académico. Me gustaría que nos cuente cómo fue su infancia, de qué objetos está compuesto el recuerdo de su niñez. Yo empecé a viajar de muy chica, sin salir de México. Íbamos de barrio en barrio porque mis padres no terminaban de mudarse nunca. Emprendían un negocio y les iba muy mal; entonces teníamos que mudarnos cada tres meses, cada seis meses, una vez al año... Cambiábamos de escuela, de cuarto, de barrio. Fue una infancia muy movediza y muy convulsiva donde lo único estable para mí eran los libros. Empecé a leer de muy niña. Las lecturas me vinculaban con la realidad; y quizás también el piano. Porque cambiábamos de casa pero 4

el piano y los libros venían con nosotros. Esas son las imágenes más recurrentes de mi infancia. La mudanza, los libros y el piano. * Margo me cuenta cómo hizo convivir su rol de escritora, su trabajo en la academia y la maternidad. Me habla de hacer las cosas sin darse cuenta. De la desesperación y de la necesidad absoluta. Me habla de su deseo de avanzar. Me cuenta con simpleza cómo se divorció de su primer marido, apenas su hija cumplió dos años; y se ríe del destino al contarme, después, que volvió a sucederle lo mismo con su segundo esposo, el argentino, a los exactos dos años del nacimiento de su otra hija. –A mí que me tocó ocuparme de las niñas porque mis ex maridos me daban una ayuda muy limitada. Tuve que trabajar como una enloquecida para mantener a las chicas; y para mantenerme a mí, que soy una persona muy consumista. Si quería ganar bien, debía ocupar gran parte del día trabajando. Por suerte en México hay mucha gente que ayuda en las casas de clase media, cuidando a los hijos de los padres que trabajan. Mis niñas entraron en la guardería desde muy pequeñas. Iban ahí por las mañanas y a la tarde me ayudaba una persona a cuidarlas en mi casa. ¿Será esa la razón por la cual su primera novela se demoró en salir hasta 1978? No creo que se deba a problemas de dinero o profesionalismo. Más bien diría que no había encontrado una forma idónea para expresarme, o que pensaba que mi expresión no iba a funcionar en la realidad editora de entonces, o en relación a lo que estaban escribiendo los demás. Se autocensuraba a la hora de publicar… Sí. Y no me equivoqué en eso. Tuve razón. Incluso debiera haberme censurado más. Llegué a publicar cuentos o poesías en ciertas revistas de las que prefiero no acordarme. Son como manchas que quisiera se queden perdidas en algún lugar de La Mancha.

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* Le acercan una copa de agua y Margo bebe. Yo dejo mi café olvidado a un costado de la mesa. Miro cómo habla Margo, sus aros grandes y su gargantilla de plata. Miro su pañuelo rojo al cuello y la serenidad de sus gestos. Para su primera publicación tenía 36 años, y para su primera novela 51. Me cuenta que la mayor parte de los escritores de su generación comenzaron a publicar entre los 20 y los 23 años. –Yo era amiga de ellos, pero miraba desde afuera. En ese sentido pertenezco a una generación muy creativa, pero a la que entré más tarde. ¿En qué momento dijo: “listo, soy escritora”? Creo que siempre fui escritora. En mi inconsciente siempre pensé que iba a poder poner en palabras lo que me parecía fascinante. Pasa que era tanto lo que me parecía fascinante que no sabía cómo escribirlo. Había esa latencia que no se cristalizó hasta Las genealogías, recién en 1981, cuando ya tenía 51 años. Usted no aparenta la edad que tiene, Margo. Siempre digo que soy tan joven como los escritores que empezaron a publicar en 1981. ¿Es cierto que su vocación nació cuando enseñaba historia del teatro? ¿Eso dije yo? (Risas) A veces uno dice cosas en las entrevistas que son ciertas en ese momento, pero que son también certidumbres efímeras. Yo hice varias carreras. Estudié lenguas inglesas, letras hispánicas, luego hice historia del arte e historia del teatro, al mismo tiempo, porque había ciertas carreras indefinidas en la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de México. Y en teatro tuve la suerte de ser alumna de un profesor norteamericano que había sido expulsado por el macartismo después de la Segunda Guerra y que estaba viviendo en México. Se llamaba Alan Louis. Era un hombre sensacional,

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extraordinario. Él me inoculó el gusto por el teatro y la posibilidad de ver muy buenas puestas. * Cuando Margo habla del teatro la charla toma un ritmo vertiginoso. Como si ella misma, al recordarlo, volviera a estar ahí, ansiosa, viendo las compañías internacionales de teatro inglés, francés y norteamericano, que se presentaban en el México de su juventud. Iluminada me cuenta que vio el estreno de Esperando a Godot de Beckett, obras de Ionesco, de Antonin Artaud, de Adamov y de todos los grandes autores del absurdo, que nacía por entonces. Que en 1953 se fue a París con las enseñanzas de Alan Louis en la mochila e inmediatamente hizo lo propio, pero ahora en el teatro de la bohemia europea. –Había una posibilidad casi ilimitada de ir a ver teatro, porque era muy barato. Y había teatro de todas partes; finlandés, noruego, chino. Vi las primeras obras de Peter Brooke, conocí a Laurence Olivier mientras montaba las puestas de Shakespeare. Vi actuar a Vivien Leigh, en una de las puestas más maravillosas de Un tranvía llamado deseo. Después viajé por toda Europa. Cuando regresé a México lo habían expulsado a Alan Louis y yo heredé su Cátedra. Ahí empecé a escribir crónicas de teatro para los periódicos y a dar cursos de teatro en las escuelas experimentales de vanguardia. ¿Y nunca se le dio por la escritura dramática? No. Lo que hice fue adaptar al lenguaje televisivo novelas mexicanas que también se difundieron por radio. ¿Siente que su escritura pudo haber quedado muy ligada al mercado de consumo? En ese momento sí, pero nomás en ese momento. ¿Qué despertó su interés por la obra de Sor Juana Inés de la cruz? 7

Sor Juana fue la poeta más importante que hemos tenido en lengua castellana y en todos los idiomas. Eso la hace un personaje ineludible para quienes nos ocupamos de la literatura. Yo comencé a trabajar sus textos porque me pidieron una antología para la Editorial Ayacucho de Venezuela. Me insistió mucho mi amigo Sergio Pitol, hasta que dije que sí, que lo iba a hacer. Y trabajé muchísimo sobre Sor Juana. ¿Pero dónde surge la inquietud por esos temas, considerando su tradición judía? Hay algo de lo católico que para mí ha sido muy importante desde muy pequeña. Cuando tenía yo diez años unas vecinas que nos iban a enseñar inglés a mi hermana mayor y a mí, decidieron que por judías íbamos a irnos al infierno; así que cambiaron las clases de inglés por las de catequesis. Como mi madre trabajaba mucho no se daba cuenta que cuando estas chicas nos llevaban al cine los domingos lo que en verdad estábamos haciendo era ir a confesarnos, tomar la primera comunión y leer libros de mártires cristianos. Así que la idea del martirio fue muy importante para mí desde muy niña. Sor Juana caía como anillo al dedo, aparte de que me interesa mucho como escritora. Siento que yo estaba un poco destinada a trabajar con ella. Usted dice en Saña (2006) que para escribir hay que ensañarse. ¿Por qué? Es como en cualquier oficio: si uno quiere hacerlo bien tiene que pulir. Hay que trabajar, encarnizarse con el texto. Además escribiendo de una manera tan fragmentaria como lo hago yo, más todavía. Hay que elegir los fragmentos, hilvanarlos y hacer una especie de patchwork, que lleva mucho tiempo pues no se tienen que notar las junturas; o si se notan tiene que ser específicamente cuando se necesitan notar. Yo hago versiones y versiones hasta que por fin de una manera inconsciente y consciente acaba saliendo el trabajo. En una entrevista usted dijo que la escritura fragmentaria tiene que ver con el universo femenino…

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Sí, lo he dicho y lo pensé siempre, pero no sé por qué. Pienso ahora que hay cierta forma de existir de las mujeres que es necesariamente fragmentaria. Una tiene que ocuparse de estar intensamente en lo que está haciendo como vocación y a la vez de comprar sal y el azúcar; de ver si la niña se bañó, si salió de la escuela, comprarle ropa, comprarse ropa, peinarse. La vida se fragmenta violentamente todo el tiempo. Se hacen miles de cosas a la vez, que van pasando casi sin concatenarse. Los hombres tienen otros tiempos. Pienso en Thomas Mann, cuya mujer se preocupaba de todo, le llevaba la comida, lo cuidaba… Cuando vinieron los nazis hasta la hija de Mann se arriesgó por él. Fue a Munich, se metió al escritorio del padre rodeada por nazis y recuperó sus manuscritos. ¡Es casi otra novela de Thomas Mann! Pero él no fue a hacerlo. Lo hizo la hija. Y a él le parecía tan natural que así fuera, ¿no? Bueno, también dos de sus hijos acabaron suicidándose. ¿Podemos decir que las escritoras mexicanas pueden moverse sin problemas por el mundo de la academia y de las letras? En la Academia Mexicana de la Lengua hemos sido sólo cinco o seis mujeres, yo fui la cuarta mujer que entró y ahora es terrible ver que cada vez que se muere un hombre se sustituye por otro hombre. Casi nunca ponen mujeres. Es dificilísimo que una mujer entre a la academia; y eso que muchas ya peleamos para que otras entren. ¿Siente que su escritura pudo haber sido influenciada por escritores más jóvenes que usted? Sí, claro, por Mario [Bellatín]. Hay un artículo de Barthes, sobre la interpretación teatral de La madre de Gorki, donde él dice que la madre es la discípula de su hijo porque aprende a ser revolucionaria por él. Y yo tengo muchos alumnos y muchos amigos más jóvenes que yo, de los que me siento la hija, o hasta abuela de ellos. Pese a que en lo académico siempre fui muy seria y rigurosa, los alumnos se ríen. Ahora, a veces, voy por la calle y me encuentro un viejito así, encorvado, y por ahí me dice “yo fui alumno suyo.” (Risas) * 9

Margo saluda a un escritor que pasa cerca de nuestra mesa. Hablamos sobre la democratización de Internet y sobre el crecimiento de los lectores jóvenes, usuarios de las redes sociales. Me cuenta su experiencia. Dice que primero tuvo un blog, pero que ahora utiliza sólo Twitter. Parece no encontrarle placer a lo visual, como si las letras pudieran dibujar en su cabeza la totalidad de las imágenes que hace falta imaginar. Cuenta que hace poco declaró que iba a meterse a Facebook y que sus hijas, adictas al libro de caras, comenzaron a postear la noticia, como alertando a la población: “Peligro, peligro, mi madre ahora dice que va a entrar a Facebook”. Luego cuenta que la desalentó el hecho de que hubiera un muro. La complejidad técnica de subir fotos la decidieron quedarse con Twitter, su red social favorita. –Me divierte ver la ingenuidad de muchos tuiteros, la banalidad del Twitter, el juego masturbatorio ególatra, la falta de autocrítica de algunos y el sentimentalismo brutal de muchos otros. Twitter es la banalidad llevada a su extremo más mezquino, más inmediato. Me encanta. Una revista cultural porteña comentaba hace unos días que usted “no entiende a la Argentina”. Fue una entrevista muy larga y se descontextualizaron las cosas. Entiendo que haya que organizar la información, pero no que hayan resaltado ciertas frases, que en el contexto no tenían importancia. Pusieron como cabeza del artículo algo que… me quedé pensando por qué. Yo dije que me parece difícil entender los vaivenes de la Argentina, que es un país impresionante, emergiendo después del corralito, aunque ahorita parece, desde afuera, que están otra vez en un momento difícil. ¿Y qué es lo que la hace percibir eso, “desde afuera”, Margo? Hay una cosa a veces muy ideologizada en la prensa de afuera que capta los hechos de manera negativa y también las manejan de ese modo. Perdón, pero yo estoy muy a favor de los gobiernos populares y me encanta la Argentina. Me parece un país maravilloso. Además mis primeras lecturas se las debo a la Argentina porque mi papá estaba 10

suscripto a La Nación y al Billiken, así que yo leía la Sur, Para Ti, tengo una cantidad de amigos y hasta mi segundo marido es argentino. ¿Cómo proyecta una novela, ahora que no trabaja tanto para la prensa y la academia? La vida me va llevando. Hay momentos en que empiezo a querer escribir una novela, y ahí nomás me pongo. Ahora tengo una tercera novela terminada, que se fue gestando en los últimos cinco años y de la que tengo unas cien páginas recuperables. Todo lo demás no sirve. Es un poco complicada la estructura y me costó mucho trabajo resolverla. ¿Y en curso? ¿Hay algo que esté escribiendo ahora mismo? Sí. Ahora estoy sobre un libro de viajes. Acaba de salir en México. Es un libro sobre la India; salió hace aproximadamente tres semanas. Luego quisiera seguir con eso. Quiero ponerme a terminar un libro que abarca cincuenta años y cincuenta territorios. Estoy viendo cómo lo resuelvo. Su obra completa va a ser así de alta… Y sí, si sigo viviendo voy a seguir escribiendo. (Risas) Ya lo dijo usted, Margo. Nos está robando unos veinte años. No se puede creer que haya nacido en 1930. Bueno pero yo sí me lo creo. Yo sé que me quedan pocos años, es una tristeza pero así es.//RT5

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Presentación de los Escribas musicales del Río de la Plata

Quién quiere tocar un tema
Por Ignacio Rial Schies // irials@gmail.com

Ya desde la esquina de Córdoba y Uriarte, en esa lonja de Palermo que todavía se parece más a Villa Crespo que a Plaza Serrano, veo a Pablo Grinjot acodado contra la pared del frente de la Oreja Negra. Charla con un tipo de chupines negros, blazer azul y sombrero blanco que recuerda al Caribe. Cada uno con un vaso corto de vidrio en la mano, toman whisky de a sorbitos. Adentro, en la caja, de espaldas a la puerta, una chica enchufa los parlantes de una pc que está aferrada a la mesa con una cadena de acero trenzado. Atrás, al fondo del salón, hay una barra iluminada por un cartel que dice “Las bolas están para romperlas”. Instado por semejante afirmación, le pregunto a la chica que todavía lidia con los cables: “Disculpá, ¿hay que sacar entrada?” y me responde que no, que es gratis, por orden de llegada. El salón está lleno de mesas cuadradas, unas treinta, con tres o cuatro sillas cada una. Sobre un costado hay mesas ratonas y esos sillones de descarte, reacondicionados a medias y vendidos en locales de la zona bajo el rótulo de vintage. En la más cercana al escenario, iluminado por la luz pálida de la pantalla de una notebook, está sentado un hombre que se ve incómodo. Debe ser un gestor del FILBA. Con puntualidad y seis mesas ocupadas, aparecen en el escenario tres de los “Escribas musicales del Río de la Plata” que el evento anuncia: Pablo Grinjot, María Ezquiaga y Pablo Dacal, acompañados por Humphrey Inzillo y el tipo del sombrero blanco, un evidente reemplazo para Tomi Lebrero, que no está presente. Inzillo explica que la selección de invitados estuvo marcada por su participación en el libro Cancionistas del Río de la Plata, escrito por Martín Graziano y editado en 2011 por Gourmet Musical. Luego los presenta por orden y me entero del nombre del cuarto: Alfonso Barbieri.

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Inzillo expresa su curiosidad respecto de la relación de los “escribas” con la literatura y ellos, respetando cada vez menos el orden en el cual los presentaron, responden por turno. Así, cuentan de las bibliotecas que fundaron su relación con los libros y de donde tomaron sus primeras lecturas. Dacal recuerda la de sus padres y arranca con una confesión fuerte: le tiene más cariño a los libros que a los discos. Alfonso Barbieri dice estar en la vereda de enfrente. Grinjot aduce haber tenido un acercamiento precoz a los libros y recuerda que Dailan Kifki, de María Elena Walsh, fue su primera lectura. María Ezquiaga dice que sus padres “no eran tan intelectuales como los de los demás”, y cree que por eso su vínculo con la literatura no estuvo tan fomentado. Recuerda también como su primera lectura a una novela de Henry Miller de la cual, después de comentarla con una amiga, descubrió no haber entendido mucho. Inzillo, haciendo referencia a la escisión entre verso y prosa, pregunta a los participantes si escriben otras cosas además de canciones. La referencia más inmediata es Asesinato del rock, un manifiesto descarnado, una crítica a la industria cultural escrita por Pablo Dacal y publicada en 2006. Barbieri comenta haber escrito “el argumento de una ópera” a realizarse en la inauguración de una muestra de sus cuadros. Alfonso, además de llevar sombrero caribeño, tomar whisky de a sorbitos, ser “escriba” y músico, es pintor. Ezquiaga rememora unos ensayos que escribía de chica, sobre “lo que la vida significaba” para ella, y su tía, maestra de historia de primaria, llevaba a clase para compartir con sus alumnos. Grinjot admite, con humildad, nunca haber escrito más que canciones. La charla empieza a girar en torno a la canción, la poesía y la literatura, y yo me pregunto por qué “la literatura” está puesta siempre en tiempo pasado, vinculada con la infancia, y cómo es que la canción es tan distinta, tan indescriptiblemente distinta del poema y el resto de lo literario. Grinjot toma el micrófono, y hacia el final de un monólogo sobre la música y la creación que deja al resto de los participantes un poco desorientados, afirma que todos ellos, como parte de “esa raza de personas que se expresan con la canción, nos manifestamos más por nuestras limitaciones que por nuestras virtudes”. Un poco intimidado 13

por el silencio posterior a semejante afirmación, Inzillo propuso: “Acá tengo una guitarra, ¿alguien quiere tocar un tema?”. Así arranca una sucesión de interludios musicales, donde los participantes se pasan, además del micrófono, una guitarra. Las canciones ilustran la relación de los escribas con la escritura. Grinjot canta el único soneto que escribió, dedicado a una ex-novia. Dacal habla de la remera que tiene puesta, estampada con “El corazón es el lugar”, y canta a capella una versión memorable del tema que lleva esa frase por título. Justo cuando la explicación de Barbieri sobre su último disco, “Valses eróticos del río de la concha de tu madre”, empieza a desbarrancar, llega quien ya no esperábamos que viniera: Tomi Lebrero, directo desde Ezeiza, de vuelta de una gira por Colombia. Con instrumentos y mochila a cuestas, parece todavía no haber aterrizado. Sube al escenario y el moderador le pregunta, sin darle pausa, cuál fue la última canción que escribió. Así empieza el debate sobre cuándo una canción está terminada, y luego sobre qué es esencialmente una canción. Dacal afirma, categórico, que es “una secuencia de acordes, una letra y una melodía”, aunque la letra pueda cambiar, a lo que Grinjot contrapone que no está seguro de que la secuencia de acordes sea parte de la identidad de una canción. Lebrero discute que el ritmo tiene, en su composición, un lugar muy importante y que la misma canción en otro ritmo puede ser completamente distinta. Barbieri asiente. Por su parte, Ezquiaga confiesa que en cierto momento se aburrió de sus letras y que por eso empezó a trabajarlas con Guadalupe Gaona, una amiga poeta. Ya contada una hora de charla y cuando parecía que lo literario se había perdido definitivamente en el horizonte, Inzillo retoma para terminar donde comenzó: el libro que los reúne a todos como “Cancionistas del Río de la Plata”. Antes de que pueda terminar de redondear una idea, Dacal toma el micrófono y afirma: “Al tema de la literatura subyace una idea académica, una idea contra la que yo discuto un poco. Cuando hablamos de si la música está a la altura de la poesía, parecería que la altura está impuesta desde el universo de la literatura, que es eso académico e intocable. El libro da cuenta de algo, y el movimiento de cancionistas, si es algo de lo que formamos parte, está vivo y no se puede apresar dentro de trescientas hojas”.//RT5 14

Entrevista a Valeria Luiselli

Hiperrealismo afantasmado
Por Ezequiel Barbosa Vera y Pablo Scofaulos // ebarbosavera@gmail.com / pscofaulos@hotmail.com

Valeria Luiselli fue la escritora más joven que se presentó en el FILBA: en sus veintinueve años ha publicado en diarios y revistas como Etiqueta Negra, The New York Times y Reforma. Ha recorrido Europa y Latinoamérica, actualmente vive en Nueva York y da clases de Literatura Hispana en la Universidad de Columbia. Ha publicado Papeles falsos en 2010 y Los ingrávidos, su primera novela, en 2011. Luiselli es simpática, habla en voz baja y despacio. Comenta que esta no es su primera visita a Buenos Aires y que le interesa comprar libros de editoriales independientes que generalmente no se encuentran fuera del país. Dice que le sigue resultando increíble la cantidad de suplementos, espacios y medios de difusión cultural que predominan en la Argentina. Habla de México y sobre un artículo en particular sobre el mercado editorial respecto a tópicos como el narcotráfico y los asesinatos de la frontera. “En el mercado anglosajón es muy difícil vender literatura latinoamericana que no sea lo que los gringos esperan. Entonces es frustrante. En algún momento me pidieron que propusiera autores para un suplemento dedicada a México, y me respondieron ‘oye, pero ninguno de éstos escribe sobre los narcos’”. ¿No te recuerda un poco a lo que significó el boom en los ‘60? Los libros que se inscriben en este tipo de tradición son semejantes al boom en que, de alguna manera, están al servicio de poner de manifiesto una realidad exótica particular. Representan una realidad. La gente los lee con el interés de un antropólogo para entender una época, casi como entender la fundación de las naciones latinoamericanas. A mí como literatura no me interesa. ¿Cómo se hace para eludir el lugar común de la cultura mexicana en un festival que se focaliza especialmente en eso? 15

Creo que siempre es más fácil para el mexicano exotizar su identidad, sin duda es un país con ciertas excentricidades muy explotadas por sus ciudadanos. Es algo de lo que yo me cuido, no me gusta viajar por el mundo como una especie de Frida Kahlo exótica, exponiendo las riquezas de México. Pero tampoco quiero lo otro; el discurso en torno a la violencia y el narcotráfico es muy cómodo, es una narrativa invencible, un estereotipo atractivo. Lo ha sido en la prensa, que lleva cuántos años sacando notas sobre eso y la gente continúa leyéndolas, sigue siendo un tema caliente, quizá menos que hace unos años pero sigue estando presente. Para un autor también es fácil hablar sobre las muertes con la sensación de que se está tocando fondo. Nunca he querido escribir directamente sobre ese tema, no me interesa reproducirlo en mi trabajo literario. Sos una persona muy joven que viajó muchísimo en muy poco tiempo. ¿Te sigue sorprendiendo llegar a ciudades desconocidas o ya perdiste esa sensación? Yo creo que sí. Cuando fui a Lisboa, que era una ciudad que tenía muchas ganas de conocer, corría el riesgo de ver un lugar que ya me había representado para mí misma a través de la literatura de Pessoa o de Tabucchi. Me arriesgaba a no terminar de percibir la ciudad. Tenía miedo de no sentir nada y afortunadamente pasó todo lo contrario. Aquí no llevo ni veinticuatro horas pero ya siento cuán abrumadora, maravillosa y caótica es Buenos Aires. Creo que viajar mucho no me ha quitado el gusto por ciertos lugares o costumbres que tengo cuando llego a una ciudad que tiene que ver con ir a las librerías, sentarme en un parque o en un café. Tal vez sí es que ya no tengo tantas ganas de viajar, deseo arraigar, no moverme, quedarme en una ciudad. Nunca he vivido en un país más de tres años seguidos, toda mi vida ha sido así. En la última década, nunca he vivido en una misma casa más de año y medio. Los ingrávidos es una novela con una gran carga

metaficcional. ¿Te parece que es un signo común de la literatura latinoamericana contemporánea? 16

Yo no hablaría de metaficción, aunque tal vez sí sea autoficción lo que yo hago en Los ingrávidos. Creo que sí hay un rasgo común, porque ha habido recientemente una gran proliferación de libros con gran material autobiográfico tan sólo en el año pasado. Los ingrávidos no es expresamente así, no es un libro autobiográfico pero juega con los límites de la autoficción. Creo que sí podría pensárselo como un fenómeno actual, están ahí para probarlo Formas de volver a casa de Zambra, El cuerpo en que nací de Guadalupe Nettel que juega menos con ese recurso, aunque también hay cierta autorreferencialidad que podría leerse como metaficción. Julián Herbert en su libro más reciente también juega con la autoficción. Entonces sí, claramente en los últimos años se han publicado muchos libros en Latinoamérica que juegan con estos límites. Es interesante leer la comunicación de los dos narradores en Los ingrávidos. Son fantasmas que no hablan con nostalgia, es un relato no lineal en donde lo fantasmal les permite compartir el espacio y el tiempo. ¿Fue el fantasma el motivo disparador del relato? No fue el disparador inicial, pero con ese motivo pude desatar ciertos nudos que no me permitían encontrar una forma para la novela. El problema es ése: encontrar la forma de contar una historia, de eso se trata el juego que se repite en Los ingrávidos sobre la novela vertical, horizontal, las formas de cruzar las narraciones. Hace un tiempo tuve que hacer un guión para niños acerca de Pedro Páramo y estuve leyendo muchas entrevistas. En una de ellas Rulfo dice que había sentido una gran libertad cuando se dio cuenta de que los personajes estaban muertos, entonces pudo usar el tiempo y el espacio con una flexibilidad absoluta. Yo dije “claro”, fue como un momento de iluminación. Pero la diferencia es que yo no quería escribir una novela fantástica, la verdad es que me moriría si alguien dice que Los ingrávidos es una novela de ese estilo, estaría profundamente indignada. Es una novela hiperrealista. Y metaficción tampoco, aunque cada lector tiene la libertad de pensar lo que quiera sobre la novela. Muchos han leído el libro como un relato de muertos, tal vez lo sea, tal 17

vez no. Pero no es un relato de fantasmas, ni siquiera en el sentido rulfiano, que va más allá del fantasma tradicional. Son personajes afantasmados, no muertos que hablan desde su tumba y generan ultramundos a lo Pedro Páramo. Precisamente cuando empecé a leer la novela pensé que me iba a topar con otro Rulfo, pero a medida que pasaba las páginas me acordaba de escritores como Alejandro Zambra o Mario Bellatín. ¿Te parece que hay cierto vínculo entre sus obras y la tuya? Sí, lo noto más ahora que cuando estaba escribiendo la novela. Muchas veces las afinidades se descubren en retrospectiva. Por ejemplo, después de Papeles falsos leí ensayos de Sergio Pitol, a quien respeto muchísimo como escritor, pero al que jamás había leído más allá de su obra narrativa. Tiene un libro precioso de ensayos que se llama El arte de la fuga, descubrí leyéndolo que yo venía de ahí. Respecto a Mario, me gustaba mucho Salón de belleza y Underwood portátil. Modelo 1915, un texto biográfico completamente metaficccional. Siempre me piden que escriba sobre él y nunca puedo hacerlo. Llevan dos años pidiéndome ensayos, textos académicos, como de crítica para libros sobre Mario y siempre digo que leo y no hallo manera de asir su obra, es muy complicado. Leí El libro uruguayo de los muertos, que es su libro más reciente, y sin duda hay muchas afinidades. Es de los autores que leo y que me genera esa sensación que sólo algunos escritores te generan, algo así como la libertad. Cuando lo leo siento que es posible hacer eso, algo distinto. La afinidad con escritores viene de eso, escritores que no tienen que ser los mejores: son aquellos que de alguna manera rompen un poquito más la barra de obstáculos que uno tiene delante. Escritores que te hacen ver que es posible eso también, aunque no vayas hacia allá: esa mirada, esa sensación de libertad que tuve leyendo a Pitol, por ejemplo, me pasa con muy pocos. En Los ingrávidos yo venia de otra cosa, más de los anglosajones, los modernistas, Fitzgerald, Fort, mucha poesía.

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¿Te contactaste con el hijo del poeta Gilberto Owen? ¿Cómo fue ese encuentro, qué piensa de su padre afantasmado? Era un tema que me parecía súper delicado. Una vez escrita la novela, antes de editarla le escribí a Guillermo (uno de los hijos de Owen) para decirle que iba a salir, luego se la envié. Fue muy triste su respuesta, pero también muy generosa. Es un hombre que yo creo que ha pasado muchos años tratando de hacer algún contacto con su padre Gilberto cuando él tenía catorce años. Fue muy bonito, muy dulce, leer en su carta “la verdad es que yo no sabía muy bien cómo era la vida de papá en Filadelfia. Me imagino que era un poco como la cuentas”. Después de eso cae sobre ti una responsabilidad enorme, aunque yo le insistí a Guillermo que era ficción, que yo no tenía idea, que lo único que yo tenía a mano eran algunas cartas. Todo era imaginario. Lo curioso es que él tampoco sabía cómo vivían sus padres, si efectivamente estaban separados. Lo bonito es que él estuvo traduciendo a su vez, llevaba años traduciendo a su padre al inglés. Cuando terminó me los envió y empecé a ayudarle a buscar una editorial. Es como una fantasía cumplida, aunque es muy difícil encontrar una casa editora, en el mundo anglosajón se mueven mucho a través de los traductores, ellos son quienes realmente se acercan a las editoriales a recomendar autores. Cuando habla sobre Owen y la familia, es imposible no pensar en que una de las mesas del Festival en la que participa está orientada a los ecosistemas familiares. Según Luiselli “los ecosistemas son un tema recurrente en la literatura porque uno no hace más que escribir respecto a ser madre, ser hijo, ser hermano”. La charla al respecto se amplía cuando aparece Maya, su hija de dos años que la acompañó junto a su marido a Buenos Aires. En algún punto, el tema principal de Los ingrávidos podría ser el ecosistema familiar. Claro, escribí al respecto para la revista electrónica “Untitled books”. Ahí explico algunas cosas, pues siempre aparece la pregunta sobre qué tanto habla la novela sobre tu vida. Lo que sí es un poco de mi propia vida es que empecé a escribir Los ingrávidos cuando todavía no tenía 19

hijos, cuando no tenía ni siquiera en el panorama ser madre y la terminé de escribir con una hija. Y quería hablar un poco sobre esa transición, que ese gran salto y la manera en que se comunican la vida juvenil y la familiar. Una vez que me embaracé me costó muchísimo seguir escribiendo lo que venía escribiendo, y más aun después de que nació Maya. Lo que hallé en ese momento fue el léxico familiar, la lógica detrás del lenguaje privado familiar y de los juegos de palabras. Es el niño mediano imaginado cosas que después ocurren en la novela, como el derrumbe de la casa. Son tópicos del niño. Estás trabajando en muchísimos proyectos ¿Alguna novela sucesora de Los ingrávidos? Llevo un año dizque empezando y ahora creo que finalmente ya empecé (risas). Tengo el título, que generalmente llega mucho tiempo después de haber acabado el manuscrito. Pero ahora comenzó al revés, quizá después cambie, pero por el momento se va a llamar Arboleda de los enfermos, que es en realidad un título usurpado. Tal vez por eso llegué a él tan rápido (risas). Es de una monja sorda que escribe un manuscrito interesantísimo sobre su relación con los libros, desde la sordera, casi como un cuaderno de lectura, dentro de poco va a salir un adelanto, el primer capítulo. Sin embargo me encuentro trabajando como en bloques; supongo que se publicará completa durante el próximo año.//RT5

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Entrevista a Robert Juan-Cantavella

La alegría de inventar máquinas
Por Ana Vicini // anavicini@hotmail.com

Robert Juan-Cantavella nació en 1976 en Alzamora, España. Actualmente vive en Barcelona. Es escritor, traductor y periodista. Fue jefe de redacción de la revista Lateral y tiene publicados, entre otros, Proust Ficcion, Otro, El corazón de Julia, El Dorado y Asesino cósmico. Estuvo en Buenos Aires invitado al Festival Internacional de literatura (FILBA). Cuando le pregunto por la idea que lo llevó a escribir su última novela, Asesino cósmico, me responde: “Tengo ahí una cosa, ¿me dejas un minuto que voy a buscarla así te lo enseño?”. En menos de cinco minutos vuelve con dos libritos chiquitos, compactos. Las tapas resaltan por las ilustraciones y la leyenda “doce pesetas”, en amarillo. Doce pesetas de fines de los 70. El autor es un tal Curtis Garland y la editorial Bruguera, colección Bolsilibros. –El origen de Asesino Cósmico está acá. Estos libros me los encontré en librerías de viejo y mercados de segunda mano, empecé a leerlos y me quedé fascinado y decidí jugar, hacer algo parecido. Y este Curtis Garland colabora en mi novela. ¿Cuántos años tiene él ahora? Juan Gallardo es su nombre real; tiene 82 años. Por una cosa casual cayeron en mis manos sus novelas, y las de otros, pero por lo que fuese las que más me gustaron fueron las suyas y seguí leyéndolo. Cuando empecé a escribir la novela, partí de dos novelas suyas. De hecho, la mía se llama Asesino cósmico por una suya que es del año 73. Decidí buscarlo para decirle lo que me proponía y pedirle permiso, básicamente. Yo pensaba que tendría que ir a Madrid, no sé porque me había hecho la idea que lo encontraría allí. Resulta que vive no en mi 21

calle sino en la de al lado, a tres minutos de mi casa. Me dijo que le parecía muy bien, nos hicimos amigos y al final decidí pedirle la colaboración esta y él accedió encantado. El origen de la novela es jugar con estos libros. Estos dos son de ciencia ficción, hay colecciones de western, de terror, de detectives, románticas, esos son los géneros principales y después hay pequeñas colecciones de karatekas, por ejemplo… ¿De karatekas? ¡Sí! Visualmente uno entiende más las películas de karatekas, digo, pero las novelas son extraordinarias. También las hay de porno, pero son géneros menores; los géneros principales son los que te he dicho. Vos en la novela jugás con muchos de estos géneros. Cada una de estas novelas tiene su género; yo lo que hago es tratar de jugar con todos, que la novela se vaya transformando cada vez en uno distinto; a veces, utilizando mecanismos muy simples como por ejemplo que un personaje de mi novela esté leyendo a su vez uno de estos, entonces entramos en la novela y leemos un relato dentro del relato. Otro, simplemente, es que la trama principal de ciencia ficción en ciertos momentos se transforma en terror o en vampiros o cosas así. La novela tiene una gran cantidad de personajes y tramas. ¿No te complicó eso? La trama que me permitió articularlos fue surgiendo poco a poco, pero no existía antes. Llegó un momento en el que no tenia ni idea de por donde tirar, y me pase meses que no, que no sabía como, y por poco la pierdo. Si bien la historia transcurre en el futuro, uno tiene todo el tiempo la impresión de que se trata de una sociedad antigua. Los personajes, las relaciones entre ellos, todo crea una atmósfera de sociedad primitiva. Si, yo quería generar esa confusión. Lo que más me interesaba de estos libritos era la idea de futuro que se plantean, basada en la idea de 22

progreso, una idea que ya no está a nuestro alcance; ahora somos incapaces de pensar en el futuro como algo positivo. El vocabulario que utilizan estos autores, la alegría con la que se inventan máquinas y le ponen nombres. Nombres compuestos, de unir electro con no sé cuánto y tal; ahí es donde decidí jugar con el futuro y con el pasado, crear en el lector esa colisión de conceptos. No quería hacerlo, por ejemplo, con un personaje que viaja en el tiempo; quería hacerlo a través del estilo, utilizando un lenguaje muy arcaizante, digamos barroco, un narrador decimonónico que te va acompañando todo el tiempo, un narrador que tiene su opinión sobre las cosas que cuenta. Es algo que hemos dejado atrás, también, como escritores. ¿Tuviste una intención de reivindicación hacia estos géneros populares? No creo que yo pueda hacer nada por esta gente. Estos escritores son unos genios que están muy por encima de mí. Es cierto que son autores que no recibieron el reconocimiento que merecen porque la cultura oficial los menospreciaba, los llamaba escribidores porque no tocaban temas serios. El hecho de que usaran seudónimos también hace que no sean conocidos, pero sin duda eran los más leídos. Eso sí que me parece injusto, pero las cosas van y vienen y esta gente hizo un trabajo increíble que está ahí para quien quiera leerlo. Que un mequetrefe como yo venga a reivindicarlos no creo que sea algo que necesiten. Yo siento que más bien me acerque a ellos, especialmente a Juan Gallardo, como a un maestro. El mundo está lleno de gilipollas que tienen una obra absurda y creen que son... y éstos que tienen una obra asombrosa. Gallardo tiene 2000 novelas. Me dieron una lección grandísima. En el marco del FILBA, diste un taller sobre periodismo punk, género que desarrollas en tu libro El Dorado. Lo que yo quería hacer en El Dorado era intentar algo parecido a lo que ya había hecho Hunter S. Thompson; lo del periodismo punk es parte de la propuesta de la novela: intenta ser periodismo gonzo pero permitiéndose la licencia de utilizar en ciertos momentos y, de cierto modo, la ficción. En el caso de mi libro, la hiperficción. No se trata de 23

falsear datos, de contar cosas que no sucedieron, en ese sentido soy más o menos escrupuloso y cuento lo que vi; entre otras cosas, porque los sitios a los que fui para contar la historia eran de por sí absurdos. En algunos momentos, para reflejar un ambiente o sensaciones que tengo me invento una pequeña historia, como cápsulas de ficción pero descabelladas, cosas que el lector sabe que no pueden ser reales; personajes que vuelan, por ejemplo. Otras de las actividades fue “Soy tu librero”. ¿Estás al tanto de la literatura argentina actual? He leído aquí un libro que se llama Glaxo, de Hernán Ronsino, una novelita que es una maravilla. A la Argentina sólo he venido dos veces, pero tengo colegas que han venido más y me traen libros. He leído a Iosi Havilio, por ejemplo. También hay escritores argentinos jóvenes a los que conozco yo y no conocéis vosotros porque viven y se publican allá. Hay una frontera literaria que es muy difícil de entender: escribimos en la misma lengua, somos lo mismo pero la comunicación parece que es muy complicada. Matías Néspolo, que vive en Barcelona, es muy buen escritor, su novela Las siete maneras de matar un gato es chulísima y aquí no lo conoce ni Dios, o no como se merece. No lo acabo de entender, y ahora no hablo sólo de Argentina, sino de toda Latinoamérica, que los libros de acá no estén allá y los de allá, acá. Que se tenga que hacer una edición nueva. Supongo que el barco que tiene que llevar los libros de un lado al otro debe ser carísimo de fletar, digo yo, porque no se entiende... Vamos a ver que pasa cuando el libro electrónico se imponga; entonces ya no tendrán sentido estas barreras. ¿O también se nos limitará a que veamos cada uno lo nuestro y ya?//RT5

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Sección #Matraca // “México en Buenos Aires”

Fiesta frente a la vidriera del carnicero
Por Martín Felipe Castagnet // martinfelipecastagnet@gmail.com

Faltaban varias horas para que Chávez Jr. fuera vapuleado por Maravilla Martínez durante once rounds y medio, las mismas horas que restaban para el día de la independencia de México. La vereda sobre la calle Honduras estaba tomada por consumidores de mezcal que todavía dejan el Chavo si lo encuentran en la tele. Los ánimos entre la República Argentina y los Estados Unidos Mexicanos no podían ser mejores. Pero por sobre todas las cosas aún era sábado: el mejor día de la semana para emborracharse en los eventos literarios a los que de lunes a viernes se cliqueó “Asistiré”. La excusa fue acercar al público a seis de los escritores mexicanos invitados al FILBA: Valeria Luiselli, Fabio Morábito, Julián Herbert, Álvaro Enrigue, Sandra Lorenzano y Guillermo Quijas. Estuvo organizada por los responsables de la editorial Clase Turista, Iván Moiseeff, Lorena Iglesias y Esteban Castromán, quienes este año ya habían organizado la Zona Futuro, el único reducto adonde pareció llegar el aire acondicionado en toda la Feria del Libro. En el programa del FILBA el evento figuraba como panel; por suerte, las redes sociales lo promocionaron como lo que realmente fue: una fiesta, no en la librería sino frente a la librería. No fue la excepción, porque el programa del FILBA se caracterizó por ser ilegible en varias categorías: los paneles carecían de tema y las actividades tenían títulos que no precisaban nada (“México en Buenos Aires”) o eran dignos de Pol-ka (“Soy tu librero”). Pese a todo, la fiesta tuvo la convocatoria que merecerían haber tenido y no tuvieron otros eventos del FILBA. Incluso fueron aquellos que no usan redes sociales, como Fabián Casas y Alan Pauls, si no contamos a los fakes; incluso un tuerto creyó ver a César Aira, lo cual es posible con todo el tiempo libre que tiene ahora que Ariel Idez escribe sus novelas. Había muchos niños; cuando le dijeron de irse, uno de ellos le pidió a su 25

padre si al menos se podían quedar hasta que terminaran de leer uno de los textos. Algunos precavidos cargaban la incomodidad de un paraguas innecesario; otros una bolsa de Eterna Cadencia bien pesada. En las mesas sobre la calle Honduras abundaban los libros de los mexicanos y las tapas con guacamole y crema de limón. Una fuente confiable del Wikileaks local filtró, en voz baja y mirando hacia los costados, que el mezcal era en realidad tequila. Tenía gusto a tequila, pero si hubiera sido mezcal también hubiera tenido gusto a tequila. Durante las lecturas, alguien gritó: ¡Viva México!, y los presentes respondieron: ¡Viva! Luego: ¡Viva México y la Argentina!, y nuevamente el coro: ¡Viva! Sonaba pertinente: de tantos eventos muertos, había al menos uno que estaba vivo. De los escritores invitados sólo leyeron cinco, porque Julián Herbert se encontraba desaparecido. Claro que al día siguiente reapareció a tiempo para descoserla en el MALBA con un rap sobre su estadía en Buenos Aires, que hizo parecer a varios de los demás escritores presentes como tuiteros analfabetos. Herbert fue uno de los pocos, o el único, que mencionó la situación actual de su país: México, “la vidriera del carnicero”. Pero eso fue el domingo. El sábado fue sólo fiesta, que no duró lo suficiente: cuando finalizaron las lecturas hubo que levantar las mesas de libros y comidas porque se acababa el permiso y comenzaba otro evento. El DJ puso a hibernar su laptop, pero la música no se terminó. En silencio, desde la esquina de Humboldt, llegó una banda de mariachis, enteramente vestida de blanco, guitarrón y trompetas en mano. Que fue, sí, de lo mejor de México en el IV Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. “No tengo trono ni reina / ni nadie que me comprenda / pero sigo siendo el rey”. Lectores y escritores les rindieron pleitesía, sentados en el cordón o a hombros de sus padres. Y se termina acá porque la piñata no entraba, dijeron los organizadores.//RT5

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Entrevista a Laurent Binet

El exotismo de las cacerolas
Por Luz Marus // luzmarus@hotmail.com

Entro al lobby del hotel Club Francés y les digo a las dos recepcionistas que tengo una entrevista con Laurent Binet, autor de HHhH. Me siento en un sillón enorme de terciopelo rojo. Todo es muy aristocrático; no puedo esperarlo acá. Pero Laurent llega y se sienta al lado mío. ¿No está Isabelle?, le pregunto. Isabelle Berneron trabaja en la Embajada de Francia. Su tarjeta dice: “Promoción y difusión del libro francés” y ella concertó nuestra cita. Me dijo que iban a estar almorzando en el restaurante del hotel. Tengo miedo de no comprender todo y no poder desgrabar. Él se sonríe y me dice que podemos hacerla en inglés. Le digo que en inglés es peor. Isabelle está con el resto de encargados de la embajada. Me saluda Benjamín Bernier, el “Encargado de misión libro y edición de la Embajada de Francia”, según la tarjeta que me dejó el otro día en el MALBA. Pablo Braun le dice a Laurent que lo va a llevar a ver boxeo, y Laurent la interrumpe a Isabelle y le dice que yo quiero que esté ella presente. Isabelle también se ríe. Nadie me cree. ¿Cómo digo “cacerolazo” en francés? Contame sobre tu vida en Praga Estuve un tiempo en Eslovaquia, en Praga y París. Te puedo contar sobre Eslovaquia. El año en Eslovaquia fue el año más lindo de mi vida. Poco trabajo, un nivel de vida agradable, una novia muy linda, la cerveza era muy buena. Se llamaba Aurelia (está en mi novela), era un amor prohibido. Ella estaba casada. Su marido era un hombre muy importante y yo fui expulsado del país. Lloraba en el tren cuando me tuve que ir. Estaba amenazado de muerte. Ella me siguió. Dejó todo por mí. Se fugó conmigo. Cuando existe una barrera es mucho más fuerte el sentimiento. ¿Y qué pasó después? 27

Vivimos cinco años en París; después la convivencia, y la vida, el desgaste. Se terminó el amor. Pero fue una historia hermosa, producto de ese año de mi vida en Eslovaquia. Hace mucho tiempo ya. Tenía 24 años. Me imagino que habrás escuchado los cacerolazos de estos días. ¿Cómo lo contarías en un relato, desde tus ojos de extranjero? Sí, he escuchado. En Francia también hay manifestaciones y eso no me resulta extraño, pero sí el hecho de hacer ruido con cacerolas: me parece un tanto exótico y pintoresco. No conozco el trasfondo político. De todas maneras me parece bien que la gente se exprese. Me han contado algo pero no comprendo mucho. El peronismo es algo difícil de comprender, ¿verdad? ¿La traición es el tema principal de tu novela? Es una excusa literaria. En toda buena historia debe haber un traidor. Es el punto más trágico del relato. El pretexto literario me permitió adentrarme en algo mucho más humano. Es uno de los elementos pero no es él único. Es el momento particularmente dramático que permite relanzar la novela hacia otro lugar. Siempre el impacto de una traición es muy fuerte. ¿Qué le aporta a HHhH tener un narrador que cuente cómo escribe la novela? Lo antinatural en realidad es lo otro, lo que hace la mayoría. Poner un narrador que está en el aire, no se sabe dónde, y que sabe todo, ve todo, pero no habla de lo que está haciendo. Estamos tan acostumbrados a eso como a la música en el cine. Eso es artificial, pero nos resulta natural.//RT5

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Crónica de la Jornada de Cierre del FILBA 2012

La mano que sostiene el micrófono
Por Carlos Mackevicius // elmacke2003@hotmail.com

Un tal Patricio Zunini camina decidido hacia el escenario en su breve figura: saco gris al cuerpo, jean, zapatos, barba y anteojos de hombre dedicado a la reflexión. Es el coordinador general. Se para frente al atril y saluda al auditorio que colmó la sala. En el MALBA acaba de comenzar la actividad de cierre de la IV Edición del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. Fernando Vallejo, escritor nacido en Colombia y nacionalizado mexicano, autor de grandes novelas como La virgen de los sicarios (tristemente adaptada al cine) es el encargado de cerrar el festival. La jornada está anunciada como “Lectura”. Unos minutos antes, delante mío en la fila para ingresar al evento, un señor con aspecto de arquitecto pero vestido con una camisola blanca con motivos indígenas, parado solo, lee un libro de Eterna Cadencia. Atrás mío un hombre y una mujer mayores hablan de “los caminos de la literatura”, y se justifican mutuamente el hecho de no haber destacado como escritores: “Me cambió mucho la cabeza cuando viajé a Brasil a estudiar educación popular con el MST. ¿Tenemos derecho a escribir mientras otros luchan?”, dice la señora, que deja de hablar cuando yo me doy vuelta para verle la cara. Pese a no tener más tarea que presentar a los expositores, Patricio Zunini reconoce estar tenso. En los sesenta segundos que dura su presencia en el escenario se encarga de agradecer y saludar a las empresas que sponsorean el festival, y al gobierno de la ciudad de Buenos Aires por el programa de mecenazgo. Olvida, en su nerviosismo, agradecer y saludar al público concurrente, y a los escritores que participaron de los distintos paneles en las diferentes jornadas. Se despide y nos convoca al FILBA 2013. Baja del escenario y se va 29

caminando con seguridad por un pasillo lateral hasta perderse. Hay unos segundos de duda y unos pocos aplauden. Sube al escenario Pablo Braun, responsable del festival, y dice con una sonrisa que Zunini se olvidó, también, de anunciar a Fernando Vallejo y al joven poeta y editor Mariano Blatt. Hay risas y entonces sí un aplauso intenso. Aparecen los protagonistas. Pese a que en el medio del escenario hay una mesa con dos sillas, dos micrófonos y una jarra de agua con dos vasos, Blatt se para frente al atril que está en una esquina y comienza a leer de manera robótica un texto poético donde cuenta sus sensaciones y sus vivencias desde que le encargaron preparar la presentación de Fernando Vallejo para esta jornada. El poema habla básicamente de marihuana, de cerveza, de cocaína, de la laguna azul, de putos, de putos buscados en Facebook, de marihuana, de cerveza, de metanfetamina, de popper, de marihuana, de cocaína, de ácido, de sexo entre hombres, de marihuana, de cerveza, de Fernando Vallejo, de la laguna azul. El escritor colombiano, de pie a su lado lo mira, casi dándole la espalda al público: le cuelga de la cara un leve gesto de conformidad. Blatt termina de leer su texto y es el turno de Vallejo. Dice que él inventó eso que nosotros llamamos porro, y que sin embargo no tiene monumentos como Martí o Roca. Parece ser un chiste. Dice que va a leer 45 minutos de fragmentos de algunas de sus novelas. Son las 20.20. Comienza leyendo el fragmento de la muerte de Alexis en La virgen de los sicarios. Luego lee un fragmento de El desbarrancadero. Luego el último capítulo de Los caminos a Roma. Vallejo está de costado al público y lee sin la menor pausa: si uno no está del todo concentrado ni siquiera es fácil darse cuenta cuando cambia de fragmento porque cuando lo anuncia lo hace sin levantar la vista, sin pausa y sin modificar el tono con el que viene leyendo sin parar. Vallejo no toma agua ni traga saliva, parece que lo único que quiere es que se cumplan los 45 minutos anunciados y todo termine. A las 20.40 una señora se levanta y se va. Alguna gente se mira entre sí. A mi izquierda un pibe duerme. El único gesto que Vallejo hace aparte de leer como un loco es subirse los anteojos con la misma mano con la

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que sostiene el micrófono. La chica que está al lado mío se levanta y se va. 20.45: Los días azules, y luego El fuego secreto. A las 20.50 Vallejo interrumpe la lectura y fuera de micrófono le pide a Mariano Blatt que le sirva agua. El poeta se levanta, servicial, se ríe y trae la jarra que está en la mesa y le sirve agua al colombiano, que no le agradece pero le indica que deje la jarra cerca y sigue leyendo sin parar. Lee Años de indulgencia y son las 20.57. Lee Entre fantasmas; son las 20.59 y el texto bardea a Octavio Paz. La rambla paralela, luego fragmento de Mi hermano el alcalde, y El don de la vida. Sin dejar de leer a toda prisa, Vallejo mira a cada rato su reloj pulsera. Son las 21.01 y Vallejo lee el final de El mensajero, la biografía de Barba Jacob. Lee Almas en pena, chapolas negras. Son las 21.09 y Vallejo lee La puta de babilonia. Parece cansado, se confunde, se traba, se equivoca de renglón. Hace 50 minutos que lee sin parar a todo ritmo. A las 21.10 termina de leer. Miro a mi derecha y sobre la escalera alfombrada que está al costado del auditorio veo a Pablo Braun acostado en el piso boca arriba con los ojos cerrados. //RT5

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//RT5
Revista Tónica 5.0 es una publicación
del

Centro de Estudios Contemporáneos

www.elcec.com.ar Los artículos firmados son propiedad y responsabilidad de los firmantes. Buenos Aires. Octubre, 2012.

“¿Cómo iba a saber ese pobre instrumento clónico descartable dónde terminaba el hombre y empezaba su ropa? Al fin de cuentas, no era distinto lo que pasaba con los críticos y profesores que asistían al congreso, que se habrían visto en dificultades para decir dónde terminaba el hombre y dónde empezaban sus libros.”// RT5

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