Doxa

Ezequiel Zaidenwerg

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Queda hecho el depósito que marca la ley. I.S.B.N. N° La reproducción total o parcial no autorizada por los editores viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada. Ilustraciones: Diseño y maquetería: Carlos M. Mux / Amilcar P. Gutiérrez Fundación Senda / Ediciones VOX E-mail: senda@criba.edu.ar / Tel. 0291 - 4880381 Nicaragua 2070 (8000) Bahía Blanca / Buenos Aires / Argentina www.revistavox.org.ar Impreso en Argentina / Printed en Argentina C 2007 Ediciones VOX 2

Doxa

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JUEVES Jueves. Un día de oro con la punta roma. En canto vivo o paño duro, que la casa estrecha entre los pectorales abra una celosía al corazón. Jueves. Un día de oro con la punta tonta. Que el espolón del antebrazo marque donde el pulgar quiso borrar.

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MARTES Martes. Navaja postergada. Garganta parloteando sin catarro. Cruje. Aviso de escoliosis. Resuena la canción de la dispepsia. Se hincha. Y pasa. Es miércoles: seco, de puro calendario, el día. No hubo coito, no, no hubo. El martes es feliz, derrapado de cansancio. Hubo coito que dice que no hubo.

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VIERNES El jueves separó, sí, la comida con el ceceo de un cuchillo exacto. Cierto. El almuerzo, atrás, el mediodía, se entibian, dos sin hambre, diferidos. Estas manos son hábiles, son torpes. ¿Qué es lo que pudo pasar al estómago? Suena limpio: es cierto, y sosegado. La epidermis recuerda aún la ducha. Sí, son tibias, es así, sí que pudo. Cubriera el asco algún placebo de la calma.

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SÁBADO Sábado es sábado, día de mella. Tras la tarea cumplida florece en grageas la planta del estómago. Todo está hecho, sí, pero no evita que el momento después haga su mengua. Hay que medrar, parece. Sí que habría. Con esa languidez floral, con ese ardor del estar blando y detenido. Todo está hecho, sí, bien que estaría.

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MARTES
a Cleo, gato adorado, in memoriam.

Ya no habrá más el hueco tibio entre las sábanas: que sea el paladar -ya no va a haber- el que se quede hueco. El martes no debiera decir mucho.

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DOMINGO Domingo. Día de una abulia aséptica que fuera por sí mismo recogiendo, en terrones, con una sola mano. Es tanta la desidia que parece apilarse, anécdota en anécdota, mojando el paladar con la garganta. Hay que menguar, parece. Sí que habría. Es elocuencia, sí. Puede sentirse en el mentón un pasto milimétrico medrando ascensional, a la mejilla. Sube seco, el domingo: desfilando a caballo, orgulloso en su insistencia, mirándose feliz de tan incómodo. Es elocuencia, sí. Sí que lo fuera. Dispuesto en una pila de terrones equivoca el azúcar por la piedra
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y el agua almibarada por el barro. Pasa, y se hincha. Es domingo, en tres copias: mezclando tierra con azúcar y agua, es elocuencia, sí, disuelta en ripio.

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LUNES Al lunes falta un lente de contacto para ver bien o verse. Al resto sobra nada. Queda el dejo insulso de la barba en miniatura. Habría que medrar y no se mengua -el lunes se ve doble-; habría que menguar y no se medra. Es hora del trabajo. La sinapsis quiere ver bien y verse. Al resto falta poco. Sobra el nervio que suba silencioso, si antes baja. Corre con gusto, el lunes, con paciencia, cambiándose tensión por insistencia. Al lunes falta poco para verse.

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MARTES Y el cuerpo en el final se subordina, pero no cesa. Es martes, sí, eso es un dato. Así, no informa, ya: derrapa en negativo. No es que no pueda verse al fin, es que no quiere. Y el cuerpo al fin se determina a un centro. Encuentra una conciencia exterior a los miembros. Así, no esparce ya una piel difusa. Piensa. No es que no quiera continuar, es que no puede. Ni habría que menguar ni no se mengua. Con insistencia que a otro lado apunta, el martes sigue y encuentra a su silueta un poco timorata: no es ganas de no ver, es no reconocerse. El martes se revuelca en su aforismo.

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JUEVES A mitad de camino entre la célula y la idea el jueves precipita su figura. Habría que no ver pero se mira: el ojo ciego es tubo, paladar, fisonomía: es cuenca laxa, abrirse que se amolda en negativo en el espejo. Mirándose hacia abajo hay un espejo de agua. Mirando hacia adelante hay una placa de miembros. A mitad de camino entre la piel y el paño vivo el jueves precipita su resaca. Habría que no oír pero se oye: un aforismo se forma y se deshace en medio labio: es puro sueño, una vivienda amplia, un horizonte muy delgado. Un quicio celular, bien que sería un quicio. Un paño el paladar, bien que sería un paño. Simposio celular, tres veces jueves, paladar a mitad de su camino en el vacío de la boca, al jueves sobra un hueco para verse.

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JUEVES Sin que ya importe demasiado el modo -si es clave de conciencia derramada en paño vivo, al microscopio y múltiple, entrevista; o es la forma de un centro que gobierne o mengüe-, a mitad de camino entre el esquema y la materia el jueves se figura su camino. El codo estilográfico está quieto en su vía de gravilla; se traban las falanges en su puesto, el pulgar. Clavado en medio aire en piñón libre y movimiento a un lado avanza liso, en sus patines de epidermis pura, -a derrapar, a derrapar, se intuye el aforismo-, el jueves no debiera pero dice.

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MARTES
31 de diciembre.

Si un acontecimiento fuera un guante, este día dado vuelta sería un guante dado vuelta. Un saco amniótico que fue tejido del revés y luego abierto, los miembros se dan vuelta, de adentro para adentro, y van girándose hacia afuera como si fuera afuera. Se mira ahí un metabolismo nuevo, divorciado del cuerpo. Lejos, flameando en el mantel, la copa llena y el cubierto ávido, puede hallarse, sí, al estómago que guarda su dominio atrincherado en la vajilla. No se entromete lo real, se trata de lo obsceno duplicado, dispuesto su aforismo en negativo, en negativo.

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LUNES Si el lunes fuera un cuerpo dado vuelta, sería un tubo dado vuelta, el lunes. Sería paladar, fisonomía. Mirándose hacia afuera y viendo adentro hay una esponja de agua. Es una fuente turbia, un filtro opaco, móvil. Habría que mirar, y hay una mota de polvo bajo un lente de contacto.

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JUEVES
“Lleno de mí, sitiado en mi epidermis…” - José Gorostiza, Muerte sin fin

Con el sabor del paladar impreso, y transportado entre falange y vidrio, se filtra un punto de agua, casi nada, y cae de la boca, por la boca del vaso hasta la orilla de la mesa. Si fuera un vaso de agua la conciencia, llena de sí, doblada en este jueves que congela el líquido en el sólido, y el agua en el pulgar, y el pulgar en el vidrio, y el termómetro inquieto en su camino de membrana quieta, sería, sí, una esponja el paladar, un vaso hecho de caucho, recortado para cubrir un plano, hecho una alfombra plana para apoyar los pies que salen de la ducha. De caucho el paladar, bien que sería caucho;
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DOMINGO Domingo. Día de una abulia escéptica, que fuera por sí mismo disponiendo en unas pocas gotas. Sin ganas de reconocerse, absorta y diluida en una felpa hecha de goma blanda -en vez de tierra y piedra-, se escurre sin traspiés la vigilancia de los miembros. Se ve una gota sola, no se mira.

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MARTES
Sal., 1

Ahorcado del tobillo, con la planta segura en los antípodas de los cabales que otro bulbo rota en falso el cuerpo se adelgaza haciendo un tubo solo, haciendo un vientre fino de madera larga. Es hora del trabajo. Como ocupa a la paja que no es buena ni mala una ventisca demasiado débil, y la agita en su sitio, el cráneo ausente pendula irregular, su nervadura adelantando en otra parte; y se hace un haz de nervio seco la conciencia agarrotada, un haz de nervio múltiple, afilado, que se vuelve del tallo a la raíz, de la raíz a la semilla y cesa a mitad de camino, porque no puede hacer su mella en otro suelo si no es el que le dio el origen. Es como un vaso de agua al lado de una fuente. Es hora del trabajo: en otra parte, igual que una corola sumergida en agua,
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–el tallo alimentándose del medio equivocado– un suelo vuelve a hacerse en el vaivén de la columna vertebral que barre el polvo debajo de la alfombra.

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SÁBADO
This Extasie doth unperplex / (We said) and tells us what we love - John Donne, “The Extasie”

Sesgadas hacia un lado para verse cada una al espejo el tallo que les falta en su almohadón de vidrio y agua, y unidas por un hilo que sutura el ojo al ojo y el cáliz que les da descanso y flotación al que les da sustancia y forma, una corola frente a otra, grávidas, se recuestan, cada cual de la otra la mejor imagen –casi como un pabilo frente a otro, que al acercarse un mismo halo enhebren para hacer más alta lumbre–; y quedan suspendidas, dos veces pura copa a una distancia conveniente, como si a punto de salir se detuvieran para hacerse un gesto: “Este paseo despabila y dice qué quisiéramos querer; llegamos a saber que éramos pura mezcla y ahora que sabemos nos vuelven a mezclar: lo que era escaso y pobre -color, tamaño y fuerzapor un simple transplante se vuelve a duplicar.”
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MIÉRCOLES La casa es grande, el corazón encoge. Y ya no queda nada por limpiar.

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DOXA Me quedé y me olvidé de que tenía que haberme quedado, trabajando, quizás. Y abrí los ojos, grande, hice una carpa con los codos y el encuentro de las manos. Puse la cara encima. Esa película abrasiva, el halo capilar que empieza a titilarme entre las palmas, eso no puede ser mi gloria. No me glorío en nada que avise cuando va a manifestarse; o nunca me glorié, o nunca supe en qué gloriarme, y cómo. Y estos ojos, la piel de la nariz, el caracol de los oídos, el breve vaso de agua de la conciencia, eso, sólo lo puedo ver cuando me miro en el espejo, o lo ven los demás sin que yo mire, o me miro en los otros. Y está bien que así sea, supongo. ¿Adónde está mi roca, me pregunto, mi fuerza, mi peñasco, entonces? Tiene que haber alguna cosa en mí que brille más allá de mí, o vaya a hacerlo alguna vez, o lo haya hecho, quizás sin darme cuenta yo. Y se me ocurre algo: cuando era un embrión, cuando me hicieron, la bola de epitelio que intentaba, ajena a mí, actuar la simple forma que era yo, miraba toda para afuera,
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un tubo dado vuelta, dado vuelta de nuevo, con el estómago y el hígado indistintos, y los oídos y la boca: la misma superficie, un guante solo, única esponja-flor posada sobre el mismo, único, eje, fisonomía pura en el abigarrado aire del vientre de mamá. Debía haber un brillo ahí que se perdió cuando la cara ya formada se tragó todo el resto, cuando por un pudor que no me dieron a elegir –¿acaso el artificio le reclama al artífice: “¿por qué me hiciste así?”?– un resto de esa gracia se ocultó en las sucesivas dimensiones desplegadas, aquel aumento sordo de espesor y de entidad que me permitiría ver el mundo como un mundo, luego. Y ahora estoy pensando en esa parte que quedó indigesta, y hay algo que me arrastra, una corriente subcutánea o algo menos solemne acaso, al nombre que me dieron para darme la fuerza. Taparon con un nombre irreprochablemente israelita una mitad de mí. ¿Qué era lo que querían, que supiera que si quería ser más parecido a lo que fuera a ser, iba a tener que ser distinto de eso? Mi gracia: un trabalenguas perfectamente hebreo. ¿Acaso se trataba de algo así como un Scrabble de la identidad, pensaban que a su hijo le darían más puntos en la vida por tantas zetas y esa cu y la doble ve?
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Si había alguna cosa en mí que no era idéntica a sí misma, ¿no era mejor, acaso, hacer visibles las costuras? Si a fin de cuentas la matriz que me engendró jamás escuchó hablar, de chica, sobre el ghetto, ni tuvo que saber qué cosa es el exilio en carne propia hasta que, bueno, se exilió papá. Si además, fueron ellos los que me criaron, los de la parte árabe, del Líbano, católica, o católica a su modo, que borraron de mi nombre. Ellos también tenían a su hijo en el exilio: acaso también él estableció su alianza en el desierto, y lo llevaron como a Elías. Pero pagó la sangre, porque era de otro pueblo. Y el sarcoma le recubrió la espalda como un mapa. ¿Querían que yo fuera su Eliseo, que tomase las dos terceras partes de su gracia? Hasta les daba, a veces, por llamarme con su mismo apodo. Fue demasiado para mí, un árabe imposible; para un judío errado, un circunciso fraudulento, que consagró su alianza en el quirófano con el celoso dios de la fimosis (me acuerdo lo que era, una campana henchida, un girasol de agua si orinaba). Fue demasiado para mí. Pensé que era mejor hacer como con una herida que quisiera suturarse desde adentro para dejar la cicatriz cubierta y proteger mejor
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la piel. Se me rompió de todos modos. Engordé y se me rajó, como una copa de cristal muy burdo. Se llenó de estrías, una retícula delgada, discontinua, sobre el plano vertical de las axilas a las nalgas, mezcla del diseño de un árbol genealógico desnudo de su fronda y el mapa del genoma. ¿A qué o a quién había que culpar, a la genética, a la frágil epidermis de mamá, o a aquella fuerza primigenia desatada, esa dispepsia primordial que haría de la indigestión la principal de mis pasiones? La respuesta pugnaba por caer en saco ciego, disfrazada de un confiado escepticismo sin objeto que, después, demostraría ser una nesciencia temerosa, replegada sobre su propia falta: ¿la eludía o solamente la estaba difiriendo? No sabía que sabía. Y elegí aferrarme a la intuición, un poco frívola y pueril, de que mi centro geográfico, mi casa, no podían ser el fuelle alvëolar y el abanico delicado del espíritu. Y ahora, que me quedo y que me olvido, que clavé mi tienda con los codos y los brazos, y la cara sumergida entre las palmas, como un cántaro que cae dado vuelta y que se quiebra, sin saberlo, al lado de la fuente, estoy cayendo en una edad en la que necesito un sustituto digno para el alma: para ponerme en marcha, y recordar y recordarme. Un sucedáneo digno de un prosélito
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forzoso. Y el asiento de mi amor, la sede de mi juicio, debe ser, por ende, ese baluarte hepático, la gloria polvorienta de mis antepasados, los que no volvieron: el saco ponderal, la piedra hueca, la copa sucia en la que se mezclaron.

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Se terminó de imprimir en octubre de 2007 bajo el cuidado de Ediciones VOX Nicaragua 2070 / 8000 Bahía Blanca Buenos Aires / República Argentina

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