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Sobre este libro

El poemario "Meteoros. Poemas, apólogos y cuentos" fue publicado en 1901 en Barcelona por Juan Gili, librero, con ilustraciones de J. Torres García. Contiene 28 obras en verso, aunque el inicial "Inercia", tiene cuatro partes con título cada una. No tuvo más ediciones. En 1951 se publicó "Obres Completes" recogidas por Joan Pons i Marquès, con un prólogo de Miquel Ferrà y en el año 2006, "Poesia completa" en una edición al cuidado de Maria Antònia Perelló, incluyendo ambas obras los poemas de "Meteoros". En septiembre del 2012, recogidos del poemario de 1901, presento esta edición digital que no incluye las ilustraciones. Fabián

Índice
Inercia. Sed. La vanguardia. La viuda La Madona. Melodía etiópica Dos amigos Noche de Reyes El nido Travesía El ciprés de mi huerto Lálage Beethoven Contemplación. Nocturno A Mallorca Apólogos: Fábula del sol La flor del granado La nube y la fuente La gárgola Hojas de álbum: La lengua patria. Flores de almendro En la costa A una niña Rima Recuerdo de Alcalá A un poeta A R. Ll Notas

INERCIA
I

La fruta prohibida
No siempre rueda la aguja del reló de nuestra vida al mismo compás movida por la fuerza que la empuja. En un instante saltamos lo que en años no anduvimos; en un mundo nos dormimos y en otro nos despertamos... A la edad en que se inicia esa penumbra suave en que la razón no sabe lo que el instinto malicia; edad en que, con agravio del idioma, salta impura alguna salpicadura del arroyo al fresco labio y de la mundana ciencia colándose alguna racha, sacrílega deshilacha el cendal de la inocencia, era yo de don Elías discípulo distinguido, y le daba de corrido la lección todos los días. Antes que el primer velón alumbrara la vivienda, dando fin a la merienda y principio a la lección, empalmaba su preludio con el último bocado del panecillo, arrimado a mi mesita de estudio. Pero una tarde, al abrir el libro para estudiar, no sé qué dulce anhelar y qué vago presentir,

qué invencible somnolencia del ánimo vagabundo, qué despertar pudibundo del limbo de la conciencia, estorbaban que fijase en el árida lección los ojos y la atención el lucero de la clase; en tanto que al libro abierto daban sombra los rosales que arañaban los cristales de la ventana del huerto, y un insecto volador, heraldo de primavera, azotaba la vidriera como parche de tambor. ¿Quién se traga el formulismo de un libro de prosa vil, cuando palpita el abril dentro y fuera de sí mismo? Era como la subida de la savia... Lucha vana de la voluntad liviana con la mente enardecida... Lucha de luz interna con la densa lobreguez que envuelve la desnudez de Psiquis en la caverna de la mente... Indisciplina de las letras del volumen, que parece que se esfumen como al viento la neblina... rendirse, al cabo, sentí mi flaca naturaleza, y, doblada la cabeza sobre el libro, me dormí. *** Llegué a clase, al otro día, pero confuso y turbado

por la sombra del pecado, no alegre como solía. Allí estaba el rumoroso enjambre de los chicuelos, extraños a los desvelos del porvenir tenebroso; destinados al favor de la suerte o su inclemencia, unos a larga existencia, otros a morir en flor. El maestro, a quien irritan con sus pausas y tropiezos, indolentes arrapiezos cuando la lección recitan, a mi aplicación apela para que ejemplo les dé, y yo... tampoco la sé, con asombro de la escuela. Espántase el buen varón, y le asalta y reconcome el recelo de que tome por sendas de perdición el alumno que, expedito, tan lucido le dejaba cuando el aula visitaba el inspector del distrito. Mandóme al cuarto de encierro, lloroso le obedecí, y en la celda, tras de mí, rechinó el gonce de hierro. ¡Qué negra melancolía al sentir que a sus hogares se marchan los escolares y queda el aula vacía! Llegan a mi soledad, de tarde en tarde, sonoras campanadas: son las horas del reló de la ciudad. Y en aquellas horas largas, nada como, nada bebo,

la sal solamente pruebo de mis lágrimas amargas. Pero al cabo se atenúa el dolor de la condena, la mirada, ya serena, a la sombra se habitúa. Leo en la pared sombría mal borradas inscripciones que dan al alma nociones de cosas que no sabía. La puerta resquebrajada de un ventanillo con reja, filtrar en mi cárcel deja un rayo de luz dorada. Oigo sonar detrás de él risas, voces y rumores, y llegan no sé qué olores de fantástico vergel. Sin saber lo que olfateo, de curiosidad me inflamo; en la silla me encaramo, en el hierro forcejeo. Se cuelan por las rendijas de la puerta que sacudo, entre orín, polvo y engrudo, arañas y sabandijas. Cede el cerrojo, por fin, se abre la puerta... y diviso, cual rincón del Paraíso, amenísimo jardín. La fruta de oro y las galas de un naranjo lo hermosean y a su sombra se recrean unas treinta colegialas. Ninguna su mano lleva al árbol que las convida con su fruta, prohibida para aquellas hijas de Eva. Ya me vieron... Ya me aparto a ocultar mi confusión

y vergüenza, en el rincón más obscuro de mi cuarto. En vano. Llegan, me miran, el ventanillo rodean, se ríen y cuchichean y se agrupan y conspiran. Por mi suerte interesadas, decían: -¿Que le daremos? ¿Rosquillas? No las tenemos. ¿Naranjas? ¡Están contadas! A la que ose coger una, grave penitencia impone la superiora. Perdone el prisionero que ayunaUna, empero, la más linda, con su valerosa mano arranca un brote lozano que tres naranjas le brinda. Ante su heroico valor, mis latidos apresura no sé qué insana ternura mezclada con el rubor. Pálida por el delito, trae el ramo que ha cortado al ventanillo enrejado de la clausura que habito. Con febril desasosiego, su mano por él asoma, la mía temblando toma la fruta color de fuego. Bella Eva criminal, con la fruta prohibida dióme a gustar la escondida ciencia del bien y del mal... En una noche se cubre de flores el árbol verde; en una noche las pierde al duro viento de octubre; y súbitas sensaciones prueban que la vida humana

de la noche a la mañana cambia también de estaciones... Mordí la fruta, y su esencia fuego era, bebedizo de amor, que perder me hizo para siempre la inocencia.

II

La carta
Oíd un episodio que resume como nota profética mi vida, y vierte melancólico perfume en toda la distancia recorrida. En soleado gabinete empieza, donde mi tía Luz, mientras recibe mi visita, doblando la cabeza ante un pequeño secreter escribe. Cual las rosas de mayo perfumado lleva a la Virgen la piedad sincera, ella depuso en el altar sagrado de la maternidad su primavera. Culto filial soltera la retuvo junto a la silla de su madre anciana, y el amor de los hijos que no tuvo consagrólo a los hijos de su hermana. Como la guardia de Saúl doliente, arma de querubín tuvo su diestra, para alejar de la materna frente la pesadilla del dolor siniestra. Su persona, cual vaso de alabastro cuya luz interior filtra indecisa, llevó dentro de sí la luz de un astro que daba claridad a su sonrisa. Libando con espíritu sereno las flores del jardín de la paciencia, halló que la dulzura de ser bueno es la dicha mayor de la existencia. Nadie como ella disipar sabía las sombras del hogar atribulado, y adormecer con blanda melodía al niño por la fiebre desvelado. Nadie como ella con modesto aliño preparó los banquetes familiares, e hizo gratos, como hada del cariño, al triste inapetente los manjares.

Fuerte, apacible, se pasó los años curando llagas, mitigando penas, pronta a darles su pan a los extraños y a los suyos la sangre de sus venas. Tal fue mi tía Luz, discreta dama en quien se acreditaba la sentencia de la santa abulense, que proclama fuente de santidad la inteligencia. Al despedirme cariñosa el día que mi viaje emprendí para la corte, una carta me dio que dirigía a un señor de Madrid y su consorte. Transparentaba en ella su ternura por el más pecador de sus sobrinos, y no sé qué designios de futura unión de dos armónicos destinos. Lleva esta carta, dijo, con que trato de que logres, ausente de tus lares, en ese hogar esparcimiento grato y halles expansiones familiares. »Amigos de mi padre, que esté en gloria, la amistad de sus vástagos cultivan, y no dudo que, honrando su memoria, con los brazos abiertos te reciban. »Como te embarcas hoy por vez primera y vas a visitar un mundo nuevo, antes de verlo, el mundo que te espera agita ya tu sangre de mancebo. »Del blando freno que te rige ahora acaso en libertad sientas la falta; acude a esa familia bienhechora si la nostalgia del hogar te asalta.» *** Al declinar el sol, en la toldilla me recostaba del bajel humeante, dirigiendo, de espaldas a la orilla, mirada y pensamiento hacia delante.

La comarca natal ¿qué significa para el héroe que emigra de su zona? ¿Qué para el ave que su cárcel pica, el cascarón de huevo que abandona? Como cinta de móviles encajes, trazada el barco la primera deja de las blancas estelas de mis viajes, que pudieran formar una madeja. Por el redondo tragaluz sonríe a mi litera el rayo de la luna, y a mis ojos flotando se deslíe el fantasma fugaz de la fortuna. Me hospeda Barcelona una mañana, prosigo en el exprés mi travesía, y saludo a la villa soberana en la gran estación del Mediodía. En el andén poblado de viajeros me reciben, con sendos estrujones, tres mozos, de mi infancia compañeros, que ahora iban a ser mis cicerones. Al ómnibus subimos, los corceles arrancan, los viajeros se entrechocan, y al son de los alegres cascabeles marcha triunfal mis ilusiones tocan. Después, en el balcón tiendo la vista desde mi cuarto de escolar bisoño, cual si trazara el plan de la conquista de la villa del oso y el madroño. Heroica villa de sabor manchego, que así rebosa de lujosos trenes, como entona sus jácaras de ciego al freír del aceite en las sartenes; foco de luz, emporio de la fama, adonde acuden a morir a miles, como las mariposas en la llama, enjambres de ilusiones juveniles; me arrebata Madrid en su corriente que tanto cieno como el oro junta, cual hoja que en la espuma del torrente no sabe adonde va ni lo pregunta.

Pasear, ir a los toros en calesa, tomar bocks, flirtear con las vecinas, furioso disputar de sobremesa de las cosas humanas y divinas, sentir amagos de secreta angustia, donde la liviandad profana y viola el juvenil capullo, que se mustia antes de abrir su espléndida corola. Así las horas de mi vida pierdo, tras el fantasma del placer camino... Y de mi pobre tía no me acuerdo ni de llevar la carta a su destino. De mi inercia por fin arrepentido, la ropa cepillé de abajo arriba, y con mi terno señoril vestido, tomé la dirección de la misiva. Mas a un balcón cargado de macetas trepa esta vez mi duende traicionero, y el agua destinada a las violetas cayó sobre mi ropa y mi sombrero. Siendo mi voluntad flacucha y muelle, bastó para apagarla un poco de agua, aunque el remordimiento, como un fuelle, soplara en la ceniza de la fragua. *** Atrájome una noche a su proscenio Rossi, el famoso trágico italiano, que en el Hamlet, con su bizarro ingenio, electrizaba al mundo cortesano. La mirada, que en torno se recrea, de pronto se detiene sorprendida, tropezando en un palco de platea con una bella cara conocida. Era la colegiala bienhechora que me dio con su mano diminuta, a espaldas de la madre superiora, de aquel naranjo la vedada fruta. No sé lo que sentí, pero presumo que al verla renació con más potencia en mis venas el fuego de aquel zumo

que al amor preparó mi adolescencia. ¿Me ha conocido? Sí... Roja oleada sube hasta la raíz de su cabello, al cruzar con la mía su mirada que se anima con súbito destello. Niña en su breve aparición primera, bellísima mujer en la segunda, entonces fue ternura pasajera lo que es hoy llamarada que me inunda. ¿Pero ella de este nuevo sentimiento participa tal vez? Duda suprema. Nunca con tal afán mi pensamiento quiso llegar al fondo de un problema. Una anciana señora está a su lado; hacia la niña, para hablarle, inclina su cabeza de pelo ensortijado un joven oficial de la marina. Yo no la puedo hablar, pero le digo con los ojos, a gritos, que la quiero, y con el alma, pertinaz, abrigo su cuerpo delicado y hechicero. Estalla en tanto el drama shakespeariano, vibra en su corazón y lo sacude, y reprimir intenta, pero en vano, el llanto que a sus párpados acude. Cambiando de color su tez de raso revela su emoción, y se estremece su cuerpo, lirio delicado, vaso endeble para el alma que guarece. Y los dos al unísono sentimos, y a la misma corriente obedecemos, y ante el ara del arte nos unimos, y sin poder hablar nos entendemos. *** Aunque el nombre no sé de la que amo, ya como dueño de su fe la miro, y al oficial en mis adentros llamo marino del estanque del Retiro.

Llega la escena funeral y extraña en que recibe Ofelia sepultura, y Laertes de lágrimas la baña, abrazado a su pálida figura. Hamlet, interrumpiendo su plañido, celoso de la muerta, se adelanta, como aguilucho de feroz graznido que al vulgo de volátiles espanta. Y todos quedan de terror inertes, y el príncipe danés clama con brío: «Ni el amor de millares de Laertes pudiera compararse al amor mío.» ¡Oh fórmula feliz! Como trasunto de mi amor, se la brindo a mi adorada, y a la cabeza del rival presunto la arrojo, con mi rápida mirada. Ella... baja la suya con severo mohín que me amedrenta y acongoja, mi estúpida arrogancia vitupero, helado trasudor mi frente moja. Y todo, galerías, balaustres, damas, luces, aljófares y plumas y calvicies de próceres ilustres... aléjase de mí como entre brumas. Muere Hamlet. Acompaña melodiosa la música marcial su despedida. Cae el telón. El pórtico rebosa de gentío que inunda la avenida. Del brazo del galán sale la vieja y la niña delante. Un coche avanza, suben los tres, y rápido se aleja el coche que se lleva mi esperanza. Desde entonces mi vida se resume en descubrir la casa donde mora, y en el ardor febril que me consume mi vida estérilmente se evapora.

III

En la Moncloa
Unidos por el estrecho vínculo del paisanaje, tres colegas de hospedaje discurrimos largo trecho por la acera que el sol baña de la calle de Alcalá, cuando a la corrida va la flor y nata de España. Uno de los infanzones parecía que anduviese como si vibrar sintiese espuelas en los talones. Humorista, calavera y a dogmatizar propenso, con los guiños y el incienso a la beldad callejera, interpolaba gallardas paradojas, y a menudo vertía, grave y sesudo, sus filosofías pardas. Díjome: «Contra el amor, que los juveniles bríos malogra, los amoríos son la defensa mejor. »Por do quiera nos fascinan risas, cantos y miradas, ramas de frutos cargadas hacia nosotros se inclinan. »Y nos veda alzar la mano la disciplina severa, por el bien que nos espera en un término lejano. »Triste cosa que pugnemos con la sed que nos abrasa, y al agua se ponga tasa cuando más la apetecemos.

»Pero ¿qué hacer? se aletarga la juventud, es probado, si del corazón hinchado de amor le abruma la carga. »Y con semejante peso no hace carrera el doncel, como no caza el lebrel si se nutre con exceso. »Démosle algo, poquito, pero en fin démosle algo al corazón, como al galgo, para engañar su apetito. »Contentémonos, frugales, sin cebar nuestros deseos, con paliques y flirteos y tratos superficiales... »Tus placeres acibara con insana calentura, esa incógnita hermosura que no sabes dónde para. »Tu pie por la vasta urbe sin encontrarla camina, y no doblas una esquina sin que la ansiedad te turbe. »¿Conoces a doña Julia y a sus hijas Lola y Juana? Al merendero mañana trasladamos la tertulia. »Abandona la quimera que esteriliza tu vida. En la Moncloa florida nos llama la primavera.» A la pintoresca loa cedió mi ánimo cobarde, y nos fuimos una tarde más allá de la Moncloa, donde al coro decidor sirvióse frugal merienda, bajo la florida tienda de un campestre cenador.

Se agravó la pasión mía, como en ambiente malsano, al pasar de mano en mano la copa de la alegría. Agolpábase a mis ojos el llanto, volví la cara, me aparté de la algazara para ocultar mis sonrojos. A la orilla del camino, recostéme en un ribazo que ofrece sombra y regazo al cansado peregrino. Por alguna claraboya de la masa de verdor, como apuntes en color de la cartera de Goya, asomaban, a través del ramaje, a mis espaldas, vuelos de sutiles faldas, ritmos de menudos pies; chispas, en suma, de gracia juvenil, sal y pimienta, de las que el mundo comenta con maligna suspicacia. Ved ahí que por el lado que se pierde en la alameda, levantando polvareda con su trote acelerado, llegaron, en compañía de una gentil amazona, que ofrece sombra y regazo al cansado peregrino. Por alguna claraboya de la masa de verdor, como apuntes en color de la cartera de Goya, asomaban, a través del ramaje, a mis espaldas, vuelos de sutiles faldas, ritmos de menudos pies;

chispas, en suma, de gracia juvenil, sal y pimienta, de las que el mundo comenta con maligna suspicacia. Ved ahí que por el lado que se pierde en la alameda, levantando polvareda con su trote acelerado, llegaron, en compañía de una gentil amazona, dos jinetes, a la zona que mi vista descubría. Al acercarse, mi pulso latió con ritmo veloz. -¡Es ella! -gritó la voz de mi corazón convulso. Quise huir, cual se recata el criminal; vano empeño; como imágenes de un sueño vi pasar la cabalgata. La joven, cerca de mí, dejó volar hasta el suelo, como al descuido, un pañuelo que del polvo recogí. De pronto, no pareció que la pérdida advirtiese; luego, sin que la siguiese la escolta, retrocedió. Los jinetes a distancia la esperan, y su caballo hasta el sitio donde me hallo galopa con arrogancia. Llega, y al estribo suyo me adelanto descubierto, y pálido como un muerto la prenda le restituyo. Queda suspensa y pasiva un instante; acaso espera que el labio mío profiera la palabra decisiva.

Supremo instante que vale siglos, la emoción me ahoga; su mirada me interroga y la palabra no sale; y afrentándome, el rumor de las goyescas orgías filtra por las celosías de la masa de verdor. Parece que aquel minuto por milagro se eternice. -Gracias -la joven me dice, y pica espuelas al bruto. Gracias oí, mas de fijo otro fue su pensamiento, porque su expresión, su acento adiós para siempre, dijo. Y al perderse en lontananza mas allá de la avenida, por siempre lloré perdida mi juvenil esperanza.

IV

Final
Cuando acaban los meses escolares y la Universidad queda vacía, entre alumnos que vuelven a sus lares a mi ciudad marítima volvía. Cual soldado que torna de la guerra sin haberse batido, y siente miedo de que al entrar en su nativa tierra le señalen las gentes con el dedo, a mi casa llegué, perdido el año, penetrado de amargo pesimismo, porque no hay para el hombre desengaño peor que el desengaño de sí mismo. Comparecí medroso a la presencia de doña Luz, mi buena protectora, y abrí mi corazón y mi conciencia a su dulce mirada escrutadora. Mirada que reprende al par que halaga, hiere y cura, llegando sin recelo a la enferma raíz como una daga humedecida en bálsamo del cielo. -Traes, lo sé, tu corazón herido, yo quisiera callar, -dijo piadosamas por tu bien, con pena me decido a tocar esa llaga dolorosa. Ya que es el daño inevitable, dénos su amargo fruto, el óleo que ilumina: y para el porvenir sean al menos los males del pasado, medicina. Largo tiempo un deber caritativo me ha retenido de mi patria ausente, y al regresar, las nuevas que recibo me explican tu dolor tardíamente. Viste a una joven y la amaste, y ella te miró con ingenua simpatía; mientras buscabas con afán su huella, un año te esperó, día tras día.

¿Cómo soñar que en solitario nido, sólo visible para ti, se esconda, y pase a los demás inadvertido el perfume que esparce a la redonda? Un joven oficial pidió su mano, no llegó tu visita suspirada, y a los consejos de su padre anciano cedió por fin, creyéndose olvidada. ¿Y cómo no creerlo si ella sabe que una carta te di, nunca leída, que abrir debió como segura llave dorados horizontes a tu vida? Ya perdurable vínculo te aparta de la felicidad cuyo camino trazó la Providencia en esa carta que llevar no quisiste a su destino. ¡Cuántas veces la historia se renueva de esa vana ilusión que al hombre ofusca! El suspirado bien consigo lleva y por el mundo con afán lo busca.

Sed
In odorem suavitatis AI ilustre poeta Sr. D. Manuel Reina Es de noche. Israel tiende su hueste en Odollam agreste. David en la caverna se encastilla; la flor de sus guerreros le rodea, y por el ancho Raphaim acampa la hueste filistea. Al otro lado, Bethlehem vigila; su muro se perfila coronado de arqueros enemigos; y el fresco aliento de su gola abierta ofrece la cisterna, junto al hueco de la murada puerta. Codiciando, sin sueño ni reposo, el líquido precioso, David tenía sed. -¡Ah, quién me diera sólo un sorbo del agua betlemita, para templar el hálito de fuego que mi garganta irrita!En medio de la flor de sus valientes, descuellan, eminentes, Sema, Jesbam y Eleazar. Se miran, y, velando su oculto pensamiento, cruzan, entre las tiendas enemigas, el vasto campamento. Saltan reflejos pálidos, fugaces de las revueltas haces; y sienten, al pasar, sordo crujido de quijadas que rumian o degluten, y las voces de alerta que a lo largo del valle repercuten. Llegan a la cisterna. Ven echados en tierra tres soldados. El uno duerme en posición supina, el otro palpa el puño del acero, el otro a las imágenes sonríe de un sueño lisonjero.

-Tres para tres -Eleazar murmura; entre la sombra obscura, sin que exhalen un grito, los degüellan; y en la cisterna, al pórtico vecina, los héroes de David llenan el casco del agua cristalina. De nuevo emprenden a la fuerte gruta la temeraria ruta; y al trasponer los términos del valle, suenan voces, tañidos de trompetas, y en torno de sus cráneos indefensos, silbidos de saetas. A la presencia de su Rey sediento llegan en salvamento, y le ofrecen el agua que en el casco brilla al reflejo de la luz nocturna. Respóndeles David y el casco toma como sagrada urna. «Mal hice en revelar un vil deseo. Al odio filisteo expuse las columnas de mi trono, el precioso licor de vuestras venas, que apetece la chusma incircuncisa con avidez de hienas. »Suave es el olor del incensario, suave, en el santuario, el humo de las víctimas ardientes; empero más suave es el perfume del deseo que a Dios sacrificamos y oculto se consume. »Gloria al Dios de Israel que os vuelve ilesos. Si como ardor de huesos me abrasara la sed, no bebería. También está sediento el pueblo mío. ¿Por qué yo solo regalar mi boca en el fresco rocío? »Sabor de vuestra sangre, oh mis leales, hallara en sus raudales mi labio pecador»... Dice el caudillo, alza los ojos de vidente al cielo, y en libación pacífica derrama el agua por el suelo.

Nota: Et David erat in presidio: porro statio Philisthinorum tunc erat in Bethlehem. Desideravit ergo David, et ait: O si quis mihi daret potum aquae de cisterna, quae est in Beihlehem juxta portam! Irruperunt ergo tres fortes castra Philisthinorum, et hauserunt aquam de cisterna Bethlehem, quae erat juxta portam, et attulerunt ad David; at ille noluit bibere, sed libavit eam Domino, Dicens: Propitius sit mihi Dominus, ne faciam hoc: num sanguinem hominum istorum qui profecti sunt, et animarum periculum bibam? Noluit ergo bibere. Haec fecerunt tres robustissimi - // Reg. XXIII, 14, 15, 16, 17.

La vanguardia
Tintas aún en sangre las victoriosas armas, cantaban las hebreas al son de los panderos, cuando a Sión llegaron pastores y boyeros a renovar la angustia de bélicas alarmas. Su danza suspendieron las pálidas judías, el muro coronaron de la ciudad defensa, y vieron a lo lejos la muchedumbre inmensa contra Israel armada por cinco Satrapías. La tarde era serena. Bajo las verdes copas que ofrecen fresca sombra y regalado fruto, la marcha vigilando del enemigo astuto, David plantó sus tiendas y escalonó sus tropas. Ya todos empuñaban las armas y trompetas; y el rey, como dudoso del choque temerario, al cielo dirigía su voz en el santuario, que Dios en aquel tiempo hablaba a los profetas. «Señor, es como un árbol tu pueblo israelita, y lo sacude un viento de guerra y sobresalto, un árbol es que mira, triunfante, hacia lo alto, en tanto que la muerte lo troncha y debilita. »De viudas y lisiados y huérfanos se inunda del Líbano al Eufrates la tierra prometida; antes que los hebreos, con hoz enrojecida la adversidad vendimia la Canaán fecunda. »Dales, Señor, un poco de paz, deja que laven sus pies tranquilamente bajo el paterno techo, y coman a su mesa y duerman en su lecho y, al son de los salterios, en oración te alaben. »Los de Baal se acercan, Señor, truena sobre esos idólatras que ultrajan tu nombre y tu decoro y que cobrarse juran las hemorroidas de oro en carne de mi carne y hueso de mis huesos. »Helos ahí que vienen a magullar con grillos y esposas a la exangüe Jerusalén cautiva; rebúllese en el polvo la sierpe rediviva y en torno de mi reino enrosca sus anillos...» Dice David... Temblando, sobre la tierra postra,

al soplo del celeste oráculo, su frente, cual nave que la racha del huracán arrostra, doblando las antenas sobre la mar rugiente. Sólo por él oída, tronó la voz del cielo: «No cuentes a los tuyos ni el riesgo consideres, cuando en la densa rama de la arboleda oyeres rumor como de alas, embiste sin recelo.» *** A su pesar la hueste mostrábase pasiva, en frente se veían falanges avanzadas, y del espeso bosque de lanzas y de espadas llegaba a los hebreos la voz provocativa. Los labios se mordía Joab el iracundo, y se encogía de hombros Abisaí su hermano... En tanto, no turbaba ni un hálito liviano la tierra sumergida en éxtasis profundo. Espesos tamarindos bordaban el ocaso, el rojo sol se hundía en la cenefa obscura, la palma, dominando la inmóvil espesura, mirábase en la charca del horizonte raso. Y al resonar la verde frondosidad sonora del toldo de follaje que cubre a los hebreos, cual si águilas a miles con fuertes aleteos en ella despertasen... grita David: «¡Ahora!» Al enemigo ataca su hueste por el centro, los gritos ensordecen la atmósfera tranquila, la estrella de la tarde, cual trémula pupila del estupor, contempla el formidable encuentro. Veloz caballería, cual penetrante cuña, sigue a David, hendiendo la masa jebusea, que, de terror convulsa, como una mies clarea segada por las hoces que el huracán empuña. ¿Y cómo sin que apenas su acero se ensangriente, cual fuerte granizada sobre podridos tallos, pasa Israel por cima de carros y caballos, y en fuga pone el resto de la abatida gente? Visibles al caudillo, las alas azulean de mística vanguardia que a socorrerle vino; los yelmos son de oro, las túnicas de lino, de lumbre las espadas hiriendo centellean...

Y cuando los soldados el campo del vencido saquean, y la noche de estrellas se corona, descansa en la colina David, y evoluciona la angélica milicia delante del ungido. Como legión de niebla que lleva por espadas rayos de luna, sube volando a las alturas, ante David perfila de frente sus figuras y saludando inclina las hojas aceradas. *** Ya que es inevitable calamidad la guerra, y en todo siglo cunde la saña fratricida, ya que la sangre humana desde Caín vertida señala siempre el paso del hombre por la tierra; contra la guerra injusta sublévese a lo menos el mundo; por su nombre al agresor proclame; y si apellida heroica la hazaña del infame, el nombre de héroe sea deshonra de los buenos. Hay aves de rapiña de vuelo majestuoso, hay pueblos eminentes de garras afiladas, hay victimas acaso que, a presa destinadas, admiran la figura soberbia del coloso. Llamemos al bandido, bandido, vuele o ande, sea la vil raposa o el águila altanera, sea hombre, sea pueblo civilizado y grande, robe una bolsa o robe una nación entera. Y si la paz turbare la sórdida codicia de pueblos poderosos aliados de la muerte, ¡a socorrer al débil en lucha con el fuerte acuda la divina legión de la justicia!

Nota: Consuluit autem David Dominum: Si ascendam contra Philisthaeoos, et tradas eos in manus meas? Qui respondit: Non ascendas contra eos, sed gyra post ergum eorum, et venies ad eos ex adverso pyrorum. Et cum audieris sonitum gradientis in cacumine pyrorum, tunc inibis praelium: quia tunc egredietur Dominus ante faciem tuam, ut percutiat castra Philisthiim. Fecit iiaque David sicut praeceperat ei Dominus, et percussit Philisthiim de Gabaa, usque dum venias Gezer. —// Reg. V, 23, 24, 25.

La viuda
(Poesía popular catalana) Tanto lo desea, que ofreció su vida por dejar un hijo que herede la villa. La esposa del Conde, doña Ana de Hungría, ha parido un niño que al padre cautiva. No le verá éste hacer bizarrías, ni verá siquiera su niñez florida. Su madre ve al Conde sentado en la silla, en la cabecera de noche y de día. Así que el marido en salvo la mira y que el bello infante a su pecho cría, entra a despedirse con alma sumisa: —Sin arrimo quedas, esposa querida. —No será, buen Conde, en tanto que vivas. —Tendré que partir; un voto me obliga. —Manda mensajeros, tus veces harían. —Allá donde voy a nadie se envía; mi palabra he dado, tendré que cumplirla. —Conde, dime al menos qué tiempo nos privas al hijo y a mí, de tu compañía... —Tardaré en volver

un año y un día. —Ausencia tan larga ¡cómo he de sufrirla! ¿Será que nos dejes por toda la vida? El Conde turbado el rostro volvía, porque no le vea la dama parida. Al salir del cuarto, con pena respira; el último grano de arena caía. Fuera de la alcoba, cayó boca arriba: los pajes corrieron, el Conde moría. —Madre, ¿qué sucede que todos se agitan y suenan clamores de gente vecina? —Hija, son los pajes que vuelven de misa. —¡Ay madre! parece que lloren y giman. —Son canes que aúllan, que no llantos, hija. —Doblan las campanas de Santa María, ay madre, mi madre ¿por quién doblarían? —Por el mercader de casa más rica. —Por el Conde muerto así tocarían. —Hija, ¿por qué sueñas tamaña desdicha? —No, madre, no duermo, dormir no podría, al irse mi esposo mi sueño se iba. —Madre, ¿cuándo es hora de salir a misa? —Hija, la costumbre conviene que sigas;

los pobres aldeanos están treinta días, lo menos cuarenta la menestralía; tú, como condesa, es bien, hija mía, que treinta semanas esperes cumplidas. —Madre, de mis trajes no sé cuál me vista, el blanco, el de oro o el de pedrería. —Hija, en tu lugar yo no me pondría ni el de Navidad ni Pascua florida; tampoco el de Corpus es propio que elijas; el de seda negra mejor te estaría, que el salir de luto es uso en la villa. El día fijado salieron a misa. Camino del templo, los niños decían: —Mirad a la dama que se quedó viuda. —Madre ¿habéis oído? ¿por quién hablarían? —Son cosas de niños; déjalos que digan. La plaza mayor cruza pensativa, entre las parejas que en ella transitan, y mozos y mozas hablando la miran: —Bella de casada, más bella de viuda. —Madre, ¿habéis oído? La gente crecida repite lo que antes los niños decían. Entran en la iglesia. Doña Ana de Hungría,

de una tumba nueva los ojos no quita. —¡Ay! fuerza será que al fin te lo diga: aquí yace el Condela madre suspira. —Al cielo me voy, adiós, madre mía, mi esposo querido me llama de arribaSu pulso no late, su cuello se inclina, mirando la tumba, la tumba se abría.

La madona
A mi amigo Gabriel Maura y Gamazo I El pintor español Hugo de Lemos, que a doctos y profanos embelesa, cayó de pies, como decir solemos, en la soberbia capital francesa. Prócer de la brillante aristocracia del boulevard, cuyas doradas puertas abre París al que le cae en gracia, era, eso sí, naturalista crudo, carnívoro pincel que en el desnudo acreditaba su terrible audacia; alumno de la secta que mutila, con falso amor, la realidad viviente, y al Arte, con el hierro de Dalila, corta la cabellera refulgente. En medio de fugaz deslumbramiento, el que admiraba sus soberbias telas sentía declinar el pensamiento, cual caen, deshinchándose, las velas, cuando se duerme perezoso el viento. Creía no creer o no creía, que de ello no estoy cierto, en otro mundo que el mundo que veía, y con desdén profundo ante el arte ideal se sonreía. Artista superior a su creencia, tuvo tal vez la crónica indolencia de aquellos que, viviendo largos años, nunca bajan los últimos peldaños del hondo caracol de su conciencia; y oculta inspiración, vena ignorada, brotando a lo mejor de la profunda caverna del espíritu, le inunda, como inconsciente y súbita oleada. Emancipado ya de la tutela de la madre del arte, augusta Roma, en cuya gran escuela ganó de joven su primer diploma, fue siempre Italia la región amiga donde buscó descanso a su fatiga. Huésped agasajado de un castillo de orígenes feudales,

como nido de buitres enriscado en ásperos breñales, al comenzar los fríos otoñales, salió de caza un día, con otros caballeros, por la intonsa montaña calabresa, refugio de feroces bandoleros. Adelantó la noche por sorpresa furioso temporal, y en tan esquivo bosque, desamparados y perplejos, ansiaban un hogar caritativo, cuando una luz guióles desde lejos a la pequeña ermita de San Ibo. Mejor les supo allí rústica llama y vida de trapenses que los festines y la muelle cama y el tedio de las noches parisienses. Descúbrese, entre tanto, y en voz queda se dice y se propaga, en el sigilo del venerable asilo, que el célebre pintor allí se hospeda; y una ambición germina y cunde, a la sordina, entre los asombrados ermitaños. En la vetusta iglesia bizantina, hay un altar cuyo retablo espera la imagen de la Virgen, hace años. ¡Qué gloria, qué conquista para el pobre oratorio, si quisiera el prodigioso artista dotarles de la obra suspirada! Mas ¿quién se encargará de la embajada? El ermitaño Juan, hombre sencillo, que, abusando del rojo y amarillo, decora la portada, pintando en la pared almas en pena y santos y demonios, con otros peregrinos testimonios de su fecunda vena. Se prepara rezando un padrenuestro, y aventura, con gesto pusilánime, la petición unánime de la comunidad al gran maestro. ¡El pintar una Virgen! La sorpresa le deja turulato. -Soy harto pecador para la empresa-

dice por excusarse. -En vano trato de interpretar los místicos asuntosPero el otro, no obstante sus barruntos de que tenía enfrente un grande hereje súplicas y razones entreteje con elocuencia ruda; luego, de todos lados acuden en su ayuda los demás eremitas conjurados, y arrollan al pintor de tal manera que, por no hacerse reo de ingratitud grosera, acaba por rendirse a su deseo. Coge el pincel y emprende su trabajo en el pequeño patio de la ermita; pero antes, displicente y cabizbajo, cual si en lejano mundo buscara inspiración, sueña o medita. La comarca natal su vagabundo espíritu visita; el postrer beso de su madre siente humedecer su frente, y traban en su espíritu batalla dos mundos: uno fulgurante y vivo la orgía de París, con sus mujeres, triunfos y vanaglorias y placeres; otro desvanecido en la distancia que le separa de su hogar nativo, el mundo de su infancia, de fe, de amor y de alegrías lleno. ¿Por qué dulce y sereno se le aparece ahora? ¿Por qué el otro se esfuma y evapora sin dejar en el fondo más que cieno? ¿Por qué vapor de lágrimas empaña sus ojos, y amanece íntima luz que su cerebro baña, y el pulso le estremece nerviosidad extraña? ¡Loado sea Dios! La calentura de la suprema inspiración serpea por su mano que el leño colorea, modelando la mística figura. Vese a lo lejos, en la tabla obscura, la tempestad que huye de la serena paz que la circuye. En fondo de negror desvanecida

su aureola celeste, no lleva, no, la veste blanca y azul por ángeles tejida, sino la parda ropa desteñida de esposa de José. Con entrañable amor que baña la ideal flaqueza de su rostro adorable, limpia de toda terrenal belleza, oprime contra el pecho y amamanta a su divino hijuelo que levanta su brazo diminuto y la acaricia. mientras Ella, sintiendo la delicia de aquella dulce mano que ya ostenta del clavo agudo la señal cruenta, entre el cielo y la tierra, solitaria vela, como inmortal depositaría de la misericordia del Eterno, arriba la plegaria, abajo el ansia del amor materno; recoge los sollozos y los gritos de la dispersa humanidad que gime, y su mirada de expresión sublime divaga en horizontes infinitos. Tal fue la maravilla que a visitar acuden, paso a paso, romeros del Oriente y del Ocaso, trepando a la recóndita capilla. II El tiempo volador sigue su curso, y una maligna fiebre arrebata al pintor Hugo de Lemos. Dejemos que en patético discurso le cante y le celebre en el Père-Lachaise un personaje, y al ilustre difunto acompañemos desde París al término del viaje. Allá en la portería del cielo, ante san Pedro se persona. Como, a juicio del santo, no le abona al célebre pintor su biografía, la entrada le rehúsa; y sin hallar excusa que le valga la gracia del portero, dispónese a marchar el caballero al reino de Satán... cuando san Ibo

que era, como sabéis, docto letrado, sale a abogar por él en el estrado, seguido de un varón manso y pasivo. Oyendo resignado, inclina Pedro la cabeza calva. Al acecho de un nuevo condenado, refunfuña Luzbel: si éste se salva, ya pueden jubilarme (no sin que el nuevo trámite le alarme). Y en tanto que el artista, con aire de turista, se entretiene, calándose el monóculo, al pie de las columnas inmortales, en el golpe de vista que ofrecen los sistemas siderales; y ve el sol como fulgida lenteja y la tierra cual átomo que zumba, y piensa que París hasta su tumba el coronado féretro corteja, san Ibo, argumentando, proseguía: «Oíd, apóstol venerable... Había un bandido, terror del Apenino, que ocultaba en inmunda madriguera como cubil de fiera, las presas de su garra de asesino. Jamás una oración de su garganta brotó, ni en el sagrado pavimento, como no fuese hambriento de robar y violar, puso la planta. Una noche, de cerca perseguido, como cerdoso jabalí que esquiva a los perros, oyendo su ladrido, huía, malherido de bala de fusil, peñas arriba. Con esfuerzo supremo saltó, mientras su boca de blasfemo rugía maldiciones, la tapia de un recinto solitario, arrojóse a la puerta del santuario, y el que debió sorber en los pezones de una hiena su instinto sanguinario, al caer, desangrándose, en el suelo, como a través de un velo ve la vetusta arcada y las dormidas lámparas que penden, y unos ojos divinos que le tienden la piadosa mirada, mirada que se cruza con la suya

y le traspasa el corazón de roca, y hace que el llanto de sus ojos fluya y arranca la plegaria de su boca. Lo que era crueldad es dolorida compasión de sus víctimas, herida que hace más honda el odio de sí mismo; a polvo reducida, la montaña conviértese en abismo... »Llegan los ermitaños y rodean, vencido su estupor, al bandolero, y en la charca se tiñen y gotean sus sandalias de cuero. »-Dejadme aquí, no me llevéis -suspiraNo restañéis mi sangre... Es la Madona; allí está. ¿No la veis? Ella me mira, me mira y me perdona»No siente el plomo que le mata; siente dolor de contrición, sed de martirios, y el hielo de su alma es llama ardiente y el negro muladar florece en lirios. »Se iluminan sus hórridas facciones, y el calabrés, de su comarca espanto, expira como un santo, en brazos de los místicos varones. »Por la divina imagen de María que en el tosco retablo se venera, el cielo se le abría. ¿Podrá cerrarse ahora al pintor que de su alma tradujera la visión de la imagen salvadora?» Así hablaba san Ibo. Su demanda deja al anciano apóstol indeciso; mas dice al fin: Favorabilia amplianda, y a Lemos abre el sumo paraíso. Historia de la cual saco y concluyo que, por seguir extraños catecismos, hay hombres que se ignoran a sí mismos y se salvan después a pesar suyo.

Melodía etiópica
(Del epistolario de un artista) I Este es Londres, amigo; telaraña de rieles, Babilonia, mundo, infierno, como llamarlo quieras... Soy el héroe por quien se sale el Támesis de madre, y al decir de la crítica poseo el arpa de un arcángel, y me espera un atril en la orquesta del Empíreo. Ya ves, también el Norte se entusiasma, también los pueblos de riñón cubierto esos achaques de lirismo sufren que exclusivos creí de gentecilla de poco más o menos... ¿Quién dijera, cuando imploraba yo, capitolino mendigo, al son del arpa, una limosna, con mi tediosa voz, una de tantas que plañían la trágica lacería de Italia; quién dijera, oh desdentada loba, vieja nodriza de las siete colinas, que la voz del arpa mía llegase a penetrar por el blindaje y prender fuego al corazón de hulla de la diosa marítima del mundo, que, con manto de brumas, en el éter hunde su regia frente y en el lodo de abominables crímenes sus plantas? ¿Quién soy? That is the question. Ajustados no andan los voceros de mi fama, pero en el calderón todos se encuentran, quiero decir, convienen en lo agudo y substancial de la leyenda mía. II «Alegres marineros, harto alegres para guardar el natural aplomo, por el muelle de Palma, cierta noche, hacían resonar sus botas de aguaAcurrucado hallaron al arpista que olía, por el bajo ventanillo de un bodegón, el tufo de fritura.

-¿Qué haces ahí, mancebo? -le gritaron. El avanzó, tendiéndoles la gorra. A bordo le llevaron, tomó asiento con ellos en el corro que pringaba sus dedos en la humeante cacerola; cantó, pulsando las sonoras cuerdas, himnos garibaldinos, y a la postre, rendido a la fatiga y a la hartura, durmióse en un rincón. La noche avanza, el capitán a la cubierta sube y manda levar anclas. El velero, desplegando sus alas, se desliza sobre las olas. Del rapaz durmiente nadie se acuerda ya. Cuando los ojos abre, a diez millas de la costa, viendo que es imposible ya saltar a tierra, rompe a llorar, le aflige la chacota marineril, mas de su duelo en breve triunfa la reflexión. ¿Acaso tiene hogar, familia que su ausencia lloren? ¿No hay a bordo galleta y abadejo? Pues a vivir. Y pronto, a los azares de su nueva existencia se habitúa. »Un recio temporal dio con el barco en la pequeña cala de una isla salvaje del mar grande. Allí repone sus averías. El herrado lomo, que contunden la maza y el martillo, brilla inclinado, al sol. En la cercana costa dispara el capitán su rifle al ojo del caimán que acaso asoma entre los juncos del arroyo. Llegan los marineros a llenar sus baldes. Recuéstase en la arena el musiquillo, abrazándose al arpa, y sus acordes aquella virgen soledad asombran. »De súbito, sus dedos paraliza majestuosa visión y en la garganta hiela su voz. Arriba, en el musgoso peñasco, una mujer, negra y desnuda, tendida boca abajo le contempla, de codos en la roca, entre las manos el rostro, por el éxtasis abiertos los labios rojos cual reciente herida. Encarnación del Africa incorrupta, alma de un mundo virginal, marisco humano cuya concha se entreabre y herido por la luz, se encoge y crispa...

miraba al europeo, recogiendo con avidez la nota que, truncada, en el aire murió como un gemido. »Fue un instante no más, pero cual fuego en la sombra del tiempo insumergible, por siempre fulguró dentro del alma del galopín anónimo, que ahora triunfa, mago del arte, ante el Olimpo del alta aristocracia londonense.» III Tal dice la leyenda; mas no sabe lo que a decirte voy Entra conmigo en la radiante sala del Teatro. Los magnates de frac, las elegantes damas, desnudo el cuello alabastrino, como cisnes pulquérrimos, esperan. En lo alto de las plumas vaporosas que ornan el áureo pelo recogido con griega sencillez, ciérnese el genio dominador que lanza sus escuadras, como un memento, a las riberas todas. Ese es el pueblo rey; los que lo fuimos, ahora somos bárbaros; suframos humildes el empaque de esos lores que cifraran su goce, a ser posible, en oír circular su propia sangre, cual relojes armónicos, atentos a sus privilegiados organismos. Salgo, avanzo, saludo... Al instrumento arranco la primera melodía, correcta, sin calor. Se encoge de hombros el ilustre senado. Pero entorno los ojos, y me aíslo y reconcentro; se desprende mi espíritu, cruzando el ancho mar; con invisibles alas de fuego roza el atezado vientre de la africana insomne que me espera tendida en el peñasco solitario, hablando a las estrellas con sus ojos como la noche tropical profundos. En ellos bebo inspiración; desciende la fiebre del espíritu a la mano, y los ágiles dedos ensangriento en las vibrantes cuerdas; se humaniza el arpa, esclava de mi amor, y fluyen,

ya como hilo sutil, ya como tenue vapor de una cascada de armonía, mis querellas, ensueños y delirios... ¿Qué ruido me interrumpe? Es que me aplauden y aun se dignan hacer los Aristarcos signos de aprobación con la cabeza. De pie, me inclino reverente, y llevo la mano al corazón. Y en lo más hondo y obscuro de mi ser, como quien baja furtivamente a la bodega y suelta la espita del tonel más exquisito, me refocilo paladeando el néctar supremo de los dioses: el desprecio.

Dos amigos
Amados en secreto por las dos hijas del adusto anciano, al padre fueron a pedir su mano, llenos de turbación y de respeto. Midiéndoles el viejo con altiva mirada, respondió: -Quien no reúna lo que en dote le doy a cada una, su esposo no será mientras yo viva.En busca de fortuna, los dos para la India se embarcaron, y con labor paciente, a la región ardiente el precio de su dicha demandaron. Eran mozos, y en vano, lisonjero, el mundo les tentaba y sonreía. Eran buenos, y en vano les pedía un mendrugo de pan el pordiosero. Eran hombres honrados, y caía maltrecha su honradez en el abismo de su amoroso y sórdido egoísmo. Sin que la juventud les ofreciera más que hambre, sed, angustias y sudores, volaron los mejores años de su florida primavera. Escatimando el sueño al cuerpo fatigado, dobla tras dobla, con febril empeño, apilaron el oro codiciado. Como el madero que subir no puede, en el fondo del agua retenido, vuelve a la superficie cuando cede la fuerza que lo tuvo sumergido, sin detenerse un punto, con el peso del precioso caudal dentro del arca, cada cual en su barca, emprendieron el viaje de regreso. Casi al fin de su larga travesía, el uno sucumbía no lejos de la costa en que su amada consagróle, esperándole, su vida. Vivo el otro llegó... Su prometida no le esperaba ya: la halló casada.

Noche de Reyes
Al Excmo. Sr. D. Marcelino Meriéndez y Pelayo. I Es la dorada noche en que descienden á la tierra los Magos, y recorren la Cristiandad, guiados por la estrella que los condujo hasta Belén un día; estrella cuya luz por las paredes filtra callada, iluminando el sueño de la niñez, como celeste nimbo, en torno de la almohada, que se arruga al blando peso de su frente... ¡Oh madres! velad por vuestros hijos, su inocencia frágil y delicada como cáliz de lirio custodiad; que al mismo soplo que, deshojando la ilusión, apague á sus ojos el astro de los Reyes, no tardará, tal vez, en extinguirse la vacilante luz que, en la negrura de la terrible eternidad, enseña el camino de Dios á los mortales. II En casa de Fabián todo es tristeza desde la noche en que murió su esposa. Mas los niños son niños. Un momento lloran viendo llorar, y palidecen contemplando con ojos azorados el lúgubre aparato de la muerte. Pero pronto, el calor, el sol de estío que llevan en su sangre, funde el hielo de la consternación; juegan y ríen, y el rosado color de sus mejillas con su luto de huérfanos contrasta. III Son las nueve, la hora en que se acuestan Petrilla, Juan y Luís. Como no tienen madre, la camarera les desnuda, reza con ellos la oración, que suena cual hilo de agua en la quietud nocturna; la almohada y el embozo arregla y mulle, les besa, les arrulla, les santigua, y á su lado se sienta, hasta que anuncia

su fresco sueño el respirar tranquilo. IV Bondadosa mujer, de alma tan limpia como su blanco rebocillo, hermana del roble montañés, viviente archivo de tradiciones y baladas, lleva pegados al jubón de negra sarga y á su tosco lenguaje los perfumes del terruño natal, postrer refugio de las reliquias de la patria antigua, esquiva soledad, honda y agreste, adonde el mundo arrollador no llega. Para los otros vive; apenas sabe qué son tristezas y alegrías propias. En casta doncellez ha encanecido. ¿Ni cómo dar su corazón á un hombre, si nunca ha sido suyo? A la señora vio nacer y á sus hijos, y les ama como amó á sus abuelos; heroína de una virtud sin nombre para ella, que, cual precio vulgar del pan que come, se entrega á una familia, derramando en torno su ternura inagotable, contra la cual no pueden ni acritudes de la vejez ni ajenas asperezas. Colgado al cinto su llavero, á todo atiende en el hogar, lenta y activa; y el reuma conllevando, temerosa de Dios, piensa en los vivos y los muertos de la casa en que sirve, y sus menores vicisitudes en la mente guarda, como solemnes fastos de su vida. V Ya duermen Juan y Luís; pero su hermana mayor, encantadora gitanilla de siete abriles, entre ceja y ceja algún asunto traerá que exalta su espíritu infantil. —Anda, sé buena, ven á acostarte, lucerito mío, (la vieja le repite). —No, no puedo. Tengo que hacer (responde, sin mirarla, Petrilla con los ojos agrandados por una idea fija). Toma un beso

y espera. — ¿Qué remedio? Gesticula la anciana, reprochándose á sí misma su flaca voluntad, que no resiste á un beso de tal boca. Junto al fuego sentada, tiende sus rugosas manos y descabeza un sueño... En tanto, Petra, que escribe ya de quinta y ha ganado por Navidad un premio de escritura, sacando de la mesa donde guarda sus tesoros de urraca, un manuscrito que cubre otro papel, cual oro en paño, instálase en la silla, colocando en la roída barra sus pies juntos, y el comenzado escrito continúa en caracteres rígidos y tiesos cual reclutas haciendo el ejercicio. El pálido velón unge su rostro y su desordenada melenilla de halconero feudal, y en ella todo, las rosas de la cara, el entrecejo nervioso, la boquita que se mueve al lento andar de su menuda mano, y las pupilas húmedas del fuego de su interior actividad, revelan cuánto la absorbe su labor. Se oye de su pluma el chirrido. Y en la sombra del viejo cuadro en la pared colgado, los angelitos de rollizas formas, cual si olvidaran el celeste rito que en derredor de un santo les congrega, cuchichear y sonreír parecen, mirando á la graciosa pendolista. VI Esta, de vez en cuando, se interrumpe, erguida la cabeza, oído alerta, como sobrecogida y azorada por lejano rumor de caracoles de mar, roncas bocinas y sonoros cascos de palafrenes y camellos, cargados de tesoros infantiles. VII Dejémosla soñar, y en el sombrío laboratorio de Fabián entremos.

La luz, que baja de velado foco, alumbra su calvicie prematura. Estantes y pupitres invadidos de libros y papeles, osamentas de lagartos, ampollas multiformes, geométricas figuras y retortas y matraces y estufas y alambiques, visten de taumatúrgico prestigio el cuarto del doctor. Allí la vida pasa. Su herida sangra. Sólo el arduo trabajo del espíritu consigue secuestrarle al dolor, que pronto vuelve á recobrar su presa. Inútil fardo, todo el tesoro de la humana ciencia, ni una gota de bálsamo destila sobre su corazón. Medita, lucha, y los secretos de natura indaga. Ya, fundiendo el canuto cristalino en la sonante llama del soplete, fabrica el tubo capilar, y sorbe y deposita en él menuda gota de orgánica substancia, y analiza, á través de potente microscopio, el germen de la vida y de la muerte; ya en complicados cálculos se engolfa de guarismos y signos algebraicos; ya registra volúmenes, y vela sobre ellos, con afán, hora tras hora, en el silencio de la noche. Empero se alza de pronto el huésped de la negra soledad de su alma, semejante á cómitre cruel que abandonara su breve sueño para herir de nuevo con restallante látigo al cautivo. Boga su pensamiento en las tinieblas de la incredulidad, en donde sólo flota la imagen de la muerta esposa; y recordando llora, con la frente oculta entre las manos, y por ella pasa la historia de su amor. Un día, en extraño país, entre dos luces, en tanto que pasaba el rumoroso río de gente por la calle angosta, le atrajo á la ventana el son del arpa de un saboyano. Enfrente, una cortina se alza y asoma una mujer. Cual humo denso y obscuro su cabello marca el óvalo ideal de su semblante. Se miran un momento, adivinando

más bien que viendo el uno la mirada del otro en la penumbra de los ojos. La sombra vela su rubor, y sienten el vago sobresalto de una hora solemne, esponsalicia, en cuyo seno un doble porvenir germina y late. La adversidad, como celoso monstruo, quiso lanzarles por opuesta senda. En vano; sus espíritus fundía el ardiente crisol del infortunio. Dios su constancia coronó, y al año de su feliz unión, en la zozobra que precede al misterio de la vida, el vagido sonó del primer hijo. El doctor, en los breves horizontes de su casa encerró la temeraria mente, cansada de explorar un mundo vacío para él, y fué dichoso. Efímera ventura... Siete inviernos pasaron. Una tarde, la heroína de amor, la madre angelical, hablaba del porvenir, tejiéndolo risueña con las hebras de luz de su esperanza, entre el bullir de sus alegres niños, mientras detrás de su sillón de enferma se acercaba la muerte, y la veía su esposo con terror mal reprimido. «Por la Pascua, decía, llevaremos á nuestros hijos á adorar la santa Patrona que bendijo nuestra boda.» Llegó la Pascua; en su ataúd yacía. VIII Así la ve Fabián, única imagen, única religión, único resto de! templo juvenil cuyos escombros su destrozado corazón aplastan. Así la ve Fabián, y rencoroso se encara, reclamándole su prenda, con el poder que el Universo rige... IX Mas ¿qué liliputienses personajes son esos que al doctor los ojos guiñan desde un rincón del gabinete? Monos, polichinelas, títeres, muñecas,

revueltos en equívocas posturas, con su lenguaje mímico parecen decirle: «¿No has oído? El gallo canta. Llévanos ya; de escarcha humedecidos, en el balcón daremos testimonio del paso de la excelsa caravana. El chiquillo precoz que ponga en duda nuestro celeste origen, debería morir, como el hereje, achicharrado. ¡La realidad, el sueño! ¿Es menos cierto que la tangible realidad el mundo de la mente pueril en que vivimos?» X Fabián los dulces y juguetes coge; cruza cual sombra la desierta casa; mirando el sueño de sus hijos, siente aligerarse el peso que le agobia; abre con tiento los helados vidrios, y deja en el balcón su leve carga. Pero ¿qué es lo que ha visto en el zapato de Petra? Es una carta. Presuroso acércase á la luz. La carta dice: XI «Querida madre mía: Esta carta te escribo, porque, como en la noche de este día bajan los Reyes, que un lucero guía, á visitar la tierra donde vivo, he querido escribirte, aprovechando el correo del cielo, y de este modo recibirás, con mi cariño todo, los millares de besos que te mando. Mi padre ¡si lo vieras! desde que te moriste, está siempre tan pálido, tan triste... Yo, cual querías tú, siempre sumisa, consolarle procuro, y hasta le hago reír, mas te aseguro que me da ganas de llorar su risa. Juan y Luís, tan robustos y tan sanos. Como, aunque es un secreto, ellos no ignoran que esta carta te escribo, mis hermanos me han dicho que te diga que te adoran; y, Dios mediante, el año venidero

te escribirán también cuatro renglones. A Juanillo le han puesto pantalones y lleva un redingot de caballero. Te juro que este mes he sido buena, más que nunca lo he sido, porque los Reyes no me den la pena de negarme la gracia que les pido. Tú, que eres una santa y ves mi anhelo, pídeles, madre, que mi ruego acojan, y que esta carta del balcón recojan, y te la lleven de regreso al cielo...» XII Pero ¿á qué profanar su estilo de ángel con mi remedo pálido? Leía Fabián, y aquel escrito incoherente, monumento de amor y de inocencia, podía más en él que los infolios de apologistas, sabios y doctores, abismos de saber donde buscaba en vano un rayo de su fe perdida, como en el fondo de las olas busca el buzo las reliquias del naufragio. XIII Rueda, en tanto, la noche; las estrellas van desfilando; en los llorosos vidrios el alba gris y pálida clarea, un hálito sutil hiela el ambiente; se despereza el pájaro en su jaula, y á misa llama el esquilón del templo. XIV Dejándose caer entre los brazos de vetusto sillón, junto á los restos de lumbre sepultada en la ceniza, fríos los pies y la cabeza ardiente, queda el doctor, inmóvil, abstraído, perdida la mirada en el obscuro fondo del dormitorio de la niña. En su lecho, de pronto, incorporarse la ve, toda cabellos, toda ojos, mal ceñida la tenue camisilla, siguiendo con extática mirada

algo, sólo visible para ella, que en el espacio se disipa, como prolongación de fugitivo ensueño que aún, al despertar, la acariciase. «Padre, dice llamando, ¿no la viste? Era ella, mi madre. A verme vino... Yo le escribí una carta, y en la mano abierta la traía... Entró en mi cuarto, apartó los cabellos de mi frente y me besó... Callaba y sonreía, y otra vez me besó. ¡Qué hermosa estaba! ¿Ves esta claridad? Por este lado se fué, dejando olor de violetas.» XV El padre, silencioso, hacia su pecho la atrae. Llora. En sus entrañas siente una congoja dulce, algo que vibra, algo que cede como duro hielo al intenso calor; y allá en las cumbres frías y desoladas de su mente, por infinita lobreguez envueltas, baja süave la rosada aurora de la inmortalidad y la esperanza.

El Nido
I Si fuese Campoamor, á quien profeso devota admiración, ó no creyera que vende leche aguada el que le imita, haría de ese histórico suceso un pequeño poema ó poemita ó como la alta crítica lo quiera, que el nombre, á mi entender, no da ni quita. II Eran Roque, Ramón y Margarita tres primos que de Génova en la aldea, que un pintoresco valle señorea, pasaban el rigor de los estíos, en esa tierna edad en que alborea la aurora de los vagos desvaríos; en que, turbando la celeste calma de la inocencia, obscuros ó risueños, empiezan á subir del mar del alma, como fantasmas de vapor, los sueños; en que deseos locos, inefables, la comezón del ánimo entretienen, y en medio de los juegos, sobrevienen nubarrones de tedio, inexplicables, que apagan bruscamente el alborozo; en que se aprende lo que no se estudia, en que el amor su música preludia, en que se pasa, en fin, de niño á mozo. III Ramón, todo viveza, todo fuego, flaco, moreno y de ligeras piernas, hurtaba alguna vez almendras tiernas y recitaba á lriarte y Samaniego. Roque, temperamento más pasivo y de mayor apego al género real y positivo, no era, como Ramón, de esos Quijotes disipados en sueños y en aromas, que en premio suelen recibir azotes, y aunque envidiaba sus brillantes dotes,

era más ducho en números é idiomas. Y como un cisne esbelta y hechicera, Margarita, la niña de que os hablo, por lo precoz una Virginia fuera si la hubiera querido un solo Pablo. Mas no era así. Secreta simpatía, rayana del amor, aunque inocentes y puros todavía, como un vago crepúsculo, encendía las almas de los dos adolescentes. IV En la terraza abierta á los olores que el aura bebe en árboles y flores y á los áureos reflejos con que la noche luminosa baña el caserío, el valle, la montaña y el mar que va perdiéndose á lo lejos, júntanse en ancho corro las familias que forman la colonia veraniega, para pasar al fresco las vigilias; alegre turba de chiquillos juega, y si al jugar à la gallina ciega coge á Ramón ó á Roque Margarita, á su contacto delicado, un nuevo ardor, un nuevo sentimiento agita sordamente la sangre del mancebo. ............ Y cuando, ya acostados Roque y Ramón, de sombra rodeados, visiones y ruidos se apagan en su mente y sus sentidos, de sus sentidos y potencias dueño, el rostro de su bien, como risueño astro que vaga claridad difunde, es la postrera imagen que se hunde en la bruma del sueño. V Halló un día Ramón en el tejado un nido de gorriones, y como, por su mal, era un dechado de aquellos expansivos corazones que no encuentran sabor á la ventura

cuando otro ser no la comparte y goza, á contar á su primo se apresura el hallazgo feliz que le alboroza, y le explica además cómo se pasa por un procedimiento peregrino, desde un árbol al techo del vecino, del techo del vecino al de su casa. Una común idea en el cerebro de Ramón palpita y en los ojos de Roque centellea. ¿Cuál? Regalar el nido á Margarita. Mas la ofrenda de amor quedó aplazada temiendo que, sin plumas todavía la desvalida y trémula nidada. no pudiese vivir aquella cría de las maternas alas arrancada; y entre los dos amigos se convino que al llegar, según cálculo prudente, la oportuna sazón, á su destino llevarían los dos aquel presente. VI Entre tanto, Ramón, que ya se anima imaginando la celeste llama que encenderá los ojos de su prima al recibir la dádiva preciosa, á menudo al tejado se encarama con planta sigilosa, para atisbar la prole vocinglera, pues, como si algún chasco presintiera, no las tiene el rapaz todas consigo, temiendo que algún pájaro, mal digo, que la felicidad, tomando el vuelo, le deje con un palmo de narices; que este es el justo y natural recelo de todos los que van á ser felices. VII ¡Ay! Con razón temía. ¡Considerad, lectores, cuál sería su pena, su estupor, su aturdimiento, cuando, al llegar el día, la teja levantó con mucho tiento, y la encontró de pájaros vacía! Bajó desalentado el pobre mozo,

haciendo en el tejado tal destrozo, que, á las lluvias primeras, inundóse la casa de goteras. VIII ¡Inútil precaución, cautela vana! ¿Se los habrán robado? ¿Habrán huido? ¿Con súbito vigor habrán crecido sus alas, de la noche á la mañana? ¡Pero el gato quizás!... ¡El gato ha sido! ¡Él es, él es el asesino infame! ¡Y con qué vil descaro se relame, tras el festín opíparo, sangriento, tendido al sol, bajo la verde parra, atusándose el pelo, soñoliento, con la menuda garra! Al estallar del rayo de su ira, Ramón, que era su antiguo camarada, un cacharro le tira; prudente, el gato á un lado se retira, creyendo que era broma, aunque pesada; mas como viese luego que no era la agresión cosa de juego, huyó por el mancebo perseguido, hasta que por su bien tomó el partido de refugiarse en la mansión que habita, á la sombra de plácidos almeces, aquel ángel llamado Margarita, en cuya protección confía el gato, porque la niña á veces le obsequia con las sobras de algún plato. IX Sacando de una taza pan mojado con su dedo menudo y sonrosado, daba á unos pajarillos alimento la niña, en el momento que persiguiendo al criminal presunto entró Ramón con ademán airado. Mas le detuvo al punto la niña, y exclamó:—¡Mira qué nido de gorriones que Roque me ha traído! Son muy lindos, ¿verdad? ¡Cuánto le quiero!— ¡Desdichado Ramón! Desvanecido

su error, vio con horrible desencanto que era su primo el reo verdadero, que el nido le robó traidoramente para gozar la gloria por entero de llevar á la hermosa aquel presente. Sintió preñado el corazón de llanto, y se quedó petrificado, mudo, con tan glacial y estúpida mirada que contener no pudo la niña una sonora carcajada, sin presumir, al verle en esta guisa, que se clavara, cual puñal agudo, en las entrañas de Ramón su risa. X Se alejó devorando sus agravios y sin decir adiós, porque temía que al brotar un acento de sus labios revelase la pena que sentía; y en un obscuro matorral en donde avergonzado su dolor esconde, lloró, sin más testigo que los cielos, el primer desengaño de su vida, y por primera vez sintió la herida terrible y ponzoñosa de los celos. XI Y los que antes querían tiernamente á su graciosa prima, á un tiempo mismo, sin que aflojase aquel amor naciente los lazos fraternales de su amistad, exenta de egoísmo, entre los dos abriéndose un abismo, desde el instante aquel fueron rivales. XII ¿Qué hizo Ramón después? El pobre mozo fué encerrado en obscuro calabozo, porque á su padre le contó un vecino que había dado á Roque unos cachetes, y añadió con horror el campesino que, como dos villanos mozalbetes, rodaron por el polvo del camino. Pensando el infeliz encarcelado que sólo le faltaban los grilletes para ser un grande hombre desgraciado, consideró, de esta verdad en prueba,

que el Nuevo Mundo, por Colón hallado, de Américo Vespucio el nombre lleva; y presintió que con diversos nombres, mas por igual miseria confundidos, lo mismo son los niños que los hombres, ya se trate de mundos, ya de nidos. 1883

Nota tres primos que de Génova en la aldea Es conocido con el nombre de Génova un pintoresco poblado de las cercanías de Palma, donde veranean algunas familias de esta ciudad.

Travesía
A mi amigo Juan Luis Estelrich Sonó á bordo la campana las amarras se soltaron; en la ribera cercana los pañuelos se agitaron, y cortando las espumas con sus ruedas el navío, entre vaporosas brumas vi alejarse el caserío dominado por la mole de la inmensa catedral, como numerosa prole junto al ala maternal. De su catalejo armada, una inglesa, junto á mí, sobre el hombro la terciada manteleta carmesí, y ceñida su alba frente por la gasa azul que á flote colgaba gallardamente del sombrero de hugonote, con su anteojo recorría, desde el puente del vapor, la costa de la bahía, de Bellver á Lluchmayor. En la sombra se borraban los celestes arreboles, y en el mar se reflejaban las luces de los faroles. —Tomad—dijo la extranjera— el horizonte lejano veréis, como si estuviera al alcance de la mano.— Me incliné reconocido, cogí el óptico instrumento, busqué en la ciudad el nido de mi oculto pensamiento, y, trémulo de emoción, se detuvo la mirada en las luces del balcón de la casa de mi amada.

Vi el sofá de terciopelo, y la luna del armario, y el retrato del abuelo, y la jaula del canario. Vi, al fulgor de las bujías, una mano femenil que arrancaba melodías del teclado de marfil, y unas parejas graciosas de niñas y caballeros, bailando, ceremoniosas, rigodones ó lanceros. Mi amada su sien reclina en la silla mecedora, dirigiendo á la marina su mirada soñadora. Un húsar azul, galante, invitábala á bailar; ella, su mirada errante sigue dirigiendo al mar. Con fino ademán insiste el alumno de Belona: mi amada, con aire triste, á la danza se abandona; sin saber que, por el lente suprimida la distancia, me sofoco en el ambiente de la iluminada estancia. ............. Pienso que con la sorpresa me debí de estremecer, y algo adivinó la inglesa con su instinto de mujer. Sentí el escozor maligno de una herida de alacrán; pero quise hacerme digno de la patria de don Juan; y mientras pasando iba el castillo, la hondonada, la sublime perspectiva de la costa acantilada; las playas, cuyas arenas suave ondulación describen, como pechos de sirenas que el beso del mar reciben; mientras de la agreste falda llegaba el olor de pino,

y en su gruta de esmeralda entraba el cuervo marino; sobre el movedizo puente, dando el brazo á aquella miss, le expliqué profusamente las bellezas del país. Como cimborio morisco, sobre el líquido cristal asomaba el rojo disco de una luna de coral. ............. Después, la costa mirando disiparse en lontananza, tomamos té, platicando en íntima confianza. Yo decía: — Cierta idea, cierta duda me contrista: ¿conviene que el hombre vea lo que no ve á simple vista? ¿Conviene luchar sin calma para desgarrar el velo de los abismos del alma, de los abismos del cielo? Sin disecarlas, gocemos el aroma de las rosas, pues jamás penetraremos el misterio de las cosas. Se nos entran por los ojos amargas desilusiones, merced á los anteojos y otras sabias invenciones. Yo no sé, á fe de español, para qué saber es bueno que tiene manchas el sol, que en el corazón hay cieno.— La extranjera respondía con encantador gracejo: —¿Esa extraña teoría la inspiró mi catalejo?— Y una sonrisa de hada animó sus labios rojos, y se puso colorada hasta el blanco de los ojos, al decirle:—Sí, por Dios, tenéis algo de adivina; el mal recibí de vos, mas también la medicina.—

............. Los más fúlgidos luceros en el agua silenciosa trazan pálidos regueros, como una red luminosa. Salta, brilla y se zambulle solazándose el delfín, que en el ocio eterno bulle de un monótono festín. Y parece que murmura la ondina de voz süave en la hervorosa blancura de la estela de la nave. Al asomar vagamente la luz que el alba corona, vimos dibujarse enfrente la costa de Barcelona.

El ciprés de mi huerto
Alto ciprés que quiero como hermano, pues te plantó la mano del padre mío en el humilde huerto, ahora desmedrado y casi muerto, que en los albores de mi alegre infancia, recién plantado como tú, crecía, vertiendo, al florecer, tibia fragancia que á los balcones de mi hogar subía; á los balcones de mi hogar, bañados por el aliento de la mar vecina, cuando, en torno sentados de la vieja nodriza campesina, en las vigilias del abril serenas, mis hermanos y yo, mudos y atentos, sin pestañear ni respirar apenas, oíamos sus cuentos de hadas y encantamientos, gozando, sin saberlo, en la rudeza de aquella boca sin aliño, el casto aroma de la flor de la belleza... al veros, me parece, alto ciprés, tu rígida figura y el huerto sin verdura que junto á ti marchito languidece, imagen de mi alma en que no crece ni la dulce ilusión ni la alegría, y como tú, cercado de maleza, sorbiendo el jugo de mi vida, un árbol pujante y vigoroso levántase no más, y es la tristeza. Los ecos del confuso caserío que á la ribera baja, en torno mío sonaban, y á mi espalda el apacible rumor de las domésticas labores. En vaga lontananza, como la concha azul de la esperanza, abría su regazo bonancible el mar enfrente de mi blanco nido, y al lado allá del mar, el ancho mundo, el mundo tentador, cuyo ruido parecía llegar en el profundo rumor del oleaje hasta mi oído, llamábame con voces de sirena á perseguir mis triunfos ilusorios en el tropel de su brillante escena,

y la fortuna encadenar bizarro, ó, enrojeciendo la revuelta arena, aplastado morir bajo su carro. Era la edad dichosa que sólo cantos de loor presiente, era la edad riente en que la sangre bulle generosa, y el porvenir atrae desde lejos, lleno de luz y pompas y reflejos y música harmoniosa, y con interno grito el corazón responde, ardiendo en apetito de alzar el vuelo sin saber adónde... No más alta que yo tu verde copa al ausentarme de mi patria bella, te hallé gigante, al retornar á ella en el navío de dorada popa, cuando despierta la ciudad vetusta al matutino son de las campanas, vibrando el eco de su voz augusta sobre las olas de la mar lejanas; como ahora te hallé, ciprés obscuro, que el horizonte de mi hogar presides, y con tu sombra mides hasta el vacío palomar, su muro. Dentro del alma una caricia muda parecióme sentir al ver tu rama, como torre ojival, densa y aguda, y que, severa y ruda, como de amigo que de veras ama, al par que cariñosa, me decía tu voz... la voz de la conciencia mía: «¿Qué fué de aquellos temerarios sueños, del entusiasmo juvenil y el brío y fogosa ambición que halló pequeños esos que dora, espacios halagüeños, el sol primaveral, en torno mío? Como ánfora vertida que el arenoso pedregal inunda, estéril, infecunda, se derramó tu vida. Orillas del oleaje del tiempo fugitivo, te has sentado cobarde y vacilante, y han volado los años y ha crecido mi ramaje,

testigo de tu tiempo malogrado. »A todos el deber, grande ó modesto, les señaló su puesto en la campaña de la vida. El uno puede el plan ordenar, blandir la lanza ó sonar el clarín que a la esperanza el corazón enciende; puede el otro labrar el hierro, fabricar la tienda, ó domeñar el potro, ó al miembro herido acomodar la venda, guiar, mandar, obedecer... Y el hombre no es digno de este nombre si por lanzar su anhelo más arriba del limite prescrito á la fuerza nativa, ó en perezoso imaginar marchito, desde el tranquilo pabellón escucha los gritos de la lucha; y vierte, sin que nadie lo perciba, del corazón efímero perfume, y como lento y roedor veneno el ocio le consume, sin honra para sí, ni bien ajeno. Eres el hijo pródigo que obscuro y pobre al seno del hogar regresa, que, sin haber ganado ni una hoja de lauro que colgar del viejo muro, vuelve á sentarse en la paterna mesa.» Así dijiste, y suspiré callado, ciprés que, de maleza rodeado, con el reposo de los hombres justos, viste morir impávido á tu lado una fugaz generación de arbustos; como reliquia sola de una raza que en vano besa el sol, que halaga en vano la brisa en el verano, y en el invierno el ábrego amenaza; cual monje en oración que á Dios dedica todo su ser que la pasión no trunca que de las galas del abril abdica, que nunca fructifica ni se marchita ni florece nunca.

Lálage
A mi amigo Francisco Maura y Montaner En el festín, mancebas y patricios procuran olvidar la angustia sorda que, entre la podredumbre de los vicios, del corazón de Roma se desborda. Brilla el cielo purpúreo de la tarde; el Tíber imperial la quinta besa donde en placeres crapulosos arde la turba, en torno de la rica mesa. Labios que beben en doradas copas; cuerpos que caen de Falerno ahítos; lujuria desnudez, flotantes ropas, besos, flores y cánticos y gritos... Y en medio del placer y el desenfreno, está Mevio, callado y pensativo, á la algazara juvenil ajeno, á las caricias del amor esquivo. Sentándose á sus pies, Lálage hermosa, —¿Qué tienes? -le pregunta —¿Por qué callas? ¿Qué pensamiento abrumador te acosa? ¿Con qué sombra fatídica batallas? ¿Te asusta que Nerón me haya mirado codicioso, tal vez? ¿Temes que, inerme, sea mi Cuerpo sin piedad violado, sin que pueda tu mano defenderme? Son recelos de niño... Si la hiena olfatea mi rastro... este es mi pecho; ahí está tu puñal: hiere sin pena, y arrástreme Nerón hasta su lecho.— Mevio, que es un cerebro que se inflama ó se apaga, en la brusca alternativa de su fuego interior, movible llama que arde tan pronto abajo como arriba. ante este arranque, de Lucrecia digno, sonrió con equívoca mirada, y la mano pasó, grave y benigno, por los negros cabellos de su amada.

—Sí, le responde, en el tirano pienso; pero no has de morir. Quiere tu suerte que á Roma salves del oprobio inmenso. Entrégate á Nerón, y dale muerte. Me duele que esa boca y ese busto de náyade gentil, su carne abrase; me duele, sí, que el huracán augusto sobre la flor de tu belleza pase. Mas fuera en mí puerilidad y crimen que, avaro de tu cuerpo, malograra la ocasión de aliviar á los que gimen que el Dios de la venganza nos depara. ¿A qué disimular? Perdí la cuenta de los otros amantes que has tenido. Bien puedo ver mañana, sin afrenta, que una hora Nerón tu amante ha sido. Una hora: la última... Sucede al hartazgo brutal, sueño profundo... Entonces, en su boca verter puede tu mano el filtro que liberte al mundo. El morir de vejez ya no se estila. ¿Conoces á Locusta, la hechicera, que abrasadores tósigos destila, como aquel que Británico bebiera; como aquel cuyas huellas descubría la lluvia, destiñendo su semblante, mientras cruzaba el féretro la vía, en medio de la plebe sollozante? Ya, por el escarmiento aleccionada, Locusta sus brebajes elabora como place á Nerón y á mí me agrada: que maten sin dejar huella traidora... Nerón, piadoso príncipe!... Paulina se dispone á seguir á su marido abriéndose las venas, y camina á la tumba con paso decidido. Y lo sabe Nerón, y, amedrentado, la hace retroceder... Y como sombra escuálida, Paulina, que ha vaciado la mitad de su vida, nos asombra!

Tal es el alma de la raza nuestra, que entre el ser y el no ser, suspensa vaga, cual la viuda de Séneca, siniestra visión de lo que fué, luz que se apaga... ¿Quién, respirando en paz, logra que fluya su vida en ondas claras y serenas? ¿Quién sabe si mañana será suya su heredad ó la sangre de sus venas? ¿Quién sabe si en el vaso donde moja sus labios ó en el aire que respira, está la baba, el hálito que arroja ese verraco tañedor de lira? Porque las flores den más grato aroma, abona de cadáveres la tierra. A su madre asesina, incendia á Roma; el vientre aplasta que su prole encierra. Harto de hollar bellezas femeninas, su boda con Pitágoras consuma; y le guardan las águilas latinas que con el peso de su lecho abruma. Como si el mundo, imbécil y pasivo, no supiera que el hilo de esa vida pende no más del brazo vengativo que á cortarlo de un golpe se decida; cual si á las potestades del Infierno y el Cielo, sorprendiendo aletargadas, hubiese arrebatado el cetro eterno, las armas y centellas afiladas; un hombre solo á todo su linaje viola, con sanguinaria calentura, sin que el rayo de Júpiter le ataje, sin que el mundo reprima su locura. Pero el rayo de Júpiter esconde el filtro que te doy. No me aventuro. ¿Juras matar al César? —Y responde la liberta gentil: —Matarlo juro.— .......... ..........

Y la culta ciudad de los romanos alumbra el sol, un día y otro día; y allá, leyendo versos ovidianos, sueña, en su nido, Lálige sombría. Garza que al buitre del Olimpo espera, siente curiosidad, terror y anhelo de ser cogida por la garra fiera y de probar el vértigo del cielo. Ante el espejo su plumaje aliña, y se acicala y peina, cuidadosa. Quiere abatir al ave de rapiña, pero desea parecerle hermosa. Y pensando en Nerón, Lálage duda si la engañó su instinto, porque pasa un día y otro día, sin que acuda el mensaje á la puerta de su casa. Pero una noche se detuvo, al cabo, delante de su puerta, una litera; y dijo, requiriéndola, un esclavo con sigilosa voz: «Nerón te espera». Y la respiración casi le falta al oír el mensaje soberano; y ella misma no sabe por qué salta su corazón, que oprime con la mano. Y se deja llevar, como en esquife que empujan blandamente las sirenas, á estrellarse en incógnito arrecife ó á playas luminosas y serenas. Cruza la calle tenebrosa, el puente sobre el Tiber, el pórtico sonoro, y ve la estatua de Nerón, enfrente de las columnas del Palacio de oro. Mira enlodarse el zueco y el coturno, surgir al aire libre, sin misterio, las sombras del delirio taciturno de la enorme cabeza del Imperio. Y en la litera conducida, llega hasta el fondo de obscura mancebía, donde la hez de Roma se congrega á celebrar la neroniana orgía.

Entre rameras, mímicos é histriones, hercúleo mocetón la lira suena; y le corean hembras y varones, imitando el zumbar de la colmena. Belleza femenil, fuerza de toro, solo él, á esas impúdicas mujeres que derrocharon el vital tesoro, puede resucitar á los placeres. La cítara de pronto le da tedio; se arremanga la túnica de esclavo, y paseando la mirada, en medio de la canalla vil, con aire bravo. —Ea, probemos; á bregar conmigo (le dice á un gladiador ó saltimbanco) ¿No vienes á luchar? Haz lo que digo, ó esas orejas de lebrel te arranco.— Y se abrazan los dos, y forcejean cual troncos agitados por el viento, y sus hinchadas venas azulean, y al suelo van con ímpetu violento. Implorando perdón, cae de hinojos el vencedor, y el otro, jadeante, ruge, y oculta el fuego de sus ojos, enjugando el sudor de su semblante. Su frente no ciñó, cual otras veces, de fresco lauro ni de flores tiernas, y su labio quizá manchan las heces del ventrudo tonel de las tabernas. Pero esa misma boca tiraniza el orbe entero, de su voz pendiente, y la estirpe cesárea, diviniza, como fulgor olímpico, su frente. Dice á la turba disoluta:—Idos, y dejadme con Lálage. Ya es hora de que regale un poco mis oídos la música de amor, dulce y sonora.— A media luz, del aposento dueño, con Lálage se queda; y, silenciosas, pasan, ante el triclinio, como un sueño, ninfas sin velo, derramando rosas.

Es el emperador. Por él decae entre la gente noble, la costumbre de morir cual la fruta que se cae del árbol por su propia pesadumbre. Amigo de cortar lozanas vidas, esquilma el árbol de su propia raza, que, al callado fluir de sus heridas, enrojecer el Tíber amenaza. Pero su misma aureola sangrienta á Lálage fascina y enloquece; y en brazos de Nerón, no se da cuenta de si quiere á Nerón ó le aborrece. Frágil mujer, la pobre no sabía que á la lógica humana no se ajusta la realidad del mundo en que vivía, y la imprevista realidad la asusta. Tiembla pasiva y arrullar se deja; y en su aturdido y loco pensamiento, ve la imagen de Mevio que se aleja, como bruma barrida por el viento. Llena su corazón de acre delicia, sentir trocado en céfiro liviano el huracán augusto, la caricia de la garra de tigre del tirano. Y en medio del turbión que la enajena, si un instante su espíritu consulta, siente un impulso que á Nerón condena y otro, más poderoso, que le indulta. ;Por qué? Ni ella lo sabe, ni á sí mismo puede medirse el corazón humano, que es en el hombre tenebroso abismo, y en la mujer impenetrable arcano. Vuelan las horas, el delirio crece. Si á recordar el juramento acierta, como sobresaltada, se estremece la flaca voluntad de la liberta. Pasa la fiebre de Nerón. Sucede al hartazgo brutal, sueño profundo... Lálage, entonces, en su boca puede verter el filtro que liberte al mundo.

Mas no será. Dominador del orbe, su poder al espíritu se extiende. Mevio no existe ya: Nerón la absorbe; Lálage de sí misma le defiende. «Porque las flores den más grato aroma, abona de cadáveres la tierra. A su madre asesina, incendia á Roma, el vientre aplasta que su prole encierra.» No importa. Ella le ama; si, le ama y le despierta v se lo dice todo, abierto el corazón que se derrama, desfallecido, trémulo, beodo. —Yo te amaba, creyendo aborrecerte. Yo te adoro, señor, yo soy tu esclava. Tú eres el grande, el luminoso, el fuerte. En ti mi vida empieza, en ti se acaba. Tú eres la nube que tronando vuela; yo soy la gota que, al pasar, recoge. Tú eres el mar; yo soy la pedrezuela que espera que la arrastre y que la moje. La pedrezuela soy que el mar halaga al llegar á la playa, bonancible. ¿Qué me importa si el mar mundos se traga en sus horas de cólera terrible? ¿Qué me importa saber si alguna gota de sangre del bajel hecho pedazos, en esa espuma delirante flota, que me hace enloquecer con sus abrazos? Impura meretriz, era mi pecho virgen, en la región más escondida. Exhausta me creía, cuando has hecho brotar en él la fuente de la vida. ¡Y envenenarte quise! Yo que diera mi vida por salvarte!... Aquí te entrego el filtro abrasador de la hechicera. Quise abrasarte, y me devora el fuego!— Restrégase los ojos, indolente, y se incorpora el hijo de Agripina; y el pomo que le dan, maquinalmente, con soñolientos ojos, examina.

Pero su cobardía le despierta. Salta cual buey del tábano picado. —¿Quién te lo dio?— le dice á la liberta, mirándola, medroso y azorado. —Habla, ;quién te lo dió?...—Cual si esta frase, que repentina claridad destella, á Lálage de un sueño despertase, Mevio, pujante, resucita en ella. ¡Delatarlo! Jamás. Él la ha impelido á esta pasión, desamorado y ciego; pero en aquel instante, sumergido en un mar de piedad, se apaga el fuego. El silencio de Lálage exaspera la pavura del Cesar que imagina que el abortado plan empresa era de algún partido que su trono mina. Y al cogerla Nerón, con fuerza ruda, por la garganta, su dolor reprime, pálida y aterrada, pero muda, como la estatua del dolor, sublime. —¿No me conoces, víbora traidora? Mírame. ¡Soy Nerón! Yo te prometo que á conocerme vas. Esa es tu hora. ¿Quién te ha dado ese filtro? Hablas...ó aprieto.— Una suprema fuerza la constriñe á enmudecer aún, ante la ira que con mano brutal su cuello ciñe y con ojos famélicos la mira. No habla. Nerón aprieta. El rostro yerto tórnase azul, vidriosa la mirada, y rueda por el suelo el tronco muerto de la infeliz mujer estrangulada. 1892

Notas: ¿Conoces á Locusta, la hechicera que abrasadores tósigos destila, como aquel que Británico bebiera,

como aquel cuyas huellas descubría la lluvia, destiñendo su semblante, mientras cruzaba el féretro la vía en medio de la plebe sollozante? «exquisitum aliíjuid placebat, quod turbaret mentem, et mortem differret. Deligitur artife* talíum, vocabulo Locusta nuper veneficii damnata, et diu ínter instrumenta regni habita»...—TACITO, Anales, Libro XII § XIII. Mientras se llevaba á enterrar á Británico, envenenado por mandato de Nerón, un chubasco destruyó el barniz dado á su rostro, descubriendo al pueblo las lívidas huellas del veneno.—CANTÚ. Paulina se dispone á seguir á su marido abriéndose las venas, y camina á la tumba con paso decidido. Y lo sabe Nerón, y acongojado la hace retroceder, y como sombra escuálida, Paulina que ha vaciado la mitad de su vida, nos asombra. Refiere Tácito, Anales, Libro XV, par. IX, que al disponerse á morir Séneca, por orden de Nerón, quiso seguirle su mujer Paulina. Se cortaron á un mismo tiempo las venas de los brazos. «Mas Nerón, no teniendo odio particular contra Paulina, y por no hacei más aborrecible su crueldad, mandó que se le estorbase la muerte. Y asi á persuasión de los soldados, sus propios esclavos y libertos le vendan las incisiones de las venas y le restañan la sangre: no se sabe si con su consentimiento; porque (como quiera que el vulgo se inclina siempre á los peores juicios) no faltó quien creyese que mientras juzgó por implacable á la ira de Nerón, deseó la fama de imitar y acompañar en la muerte á su marido; mas que habiéndosele ofrecido después más blandas esperanzas, se dejó vencer de la dulzura de la vida; á la cual añadió después bien pocos años, con una loable memoria de su marido, y con un color pálido en el rostro y miembros, que se mostraba bien haber perdido mucha parte del espíritu vital.» su boda con Pitágoras consuma. «Igitur in stagno Agrippae fabricatus est ratem, cui superpositum convivium navium aliarum tractu moveretur naves auro, et ebore distinctae: remigesque exsoleti, per aetates, et scientiam libidinum componebantur: volucres et feras diversis e terris, et animalia maris Oceano, abusque petiverat: crepidinibus stagni lupinaria astabant, illustribus feminis completa; et contra scorta visebantur, nudis corporibus: iam gestus, motusque obsceni, et postquam tenebrae incedebant, quantum iuxta nemoris, et circumiecta tecta, consonare cantu, et luminibus clarescere. Ipse per licita, atque illicita foedatus: nihil flagitii reliquerat, quo corruptior ageret, nisi paucos post dies uni ex íllo contaminatorum grege, cui nomen Pythagorae fuit, in modum solemnium coniugiorum denupsisset. Inditum imperatori flammeum. Visi auspices, dos, et genialis torus, et faces nuptiales: cuncta denique spectata; quae etiam in femina nox opperit.» —TACITO, Anales, Libro XV, § V.

imitando el zumbar de la colmena Peculiar manera de aplaudir que tenían los romanos y que todavía se conserva, entre la gente del pueblo, en alguna región de Italia. se arremanga la túnica de esclavo. «Q. Volucio P. Scipione COSS. otium foris foeda domi lascivia, qua Nero itinera Urbis, et lupinaria, et diverticula, veste servili in dissimulationem sui compositus, pererrabat». —TÁCITO, Anales, Libro XIII, § VI.

Beethoven
A los amigos de la Sala que lleva su nombre, en una sesión dedicada al maestro. Davidsbündler En el atril las páginas esperan. Por ellas, salpicándolas de obscuro rocío, como nube centelleante, pasó la inspiración de aquel siniestro mago de la armonía. Este es su libro; en él están los gritos y sollozos, en él las voces trémulas que arrancan del humano dolor, para perderse en la infinita luz donde el lamento divinizado se resuelve en himno; en él dormita el alma del profundo Ezequiel de la música. Las cuerdas herid, y despertadla, porque se alce como una tempestad sobre nosotros, y como un iris se dilate y cruce el tenebroso abismo de la mente. Sólo hablaba un lenguaje, aquel divino lenguaje cuya mágica potencia supo centuplicar. Sólo vosotros traducirlo podéis. Pulsad el arpa, cuyas notas, por cima del oleaje del tiempo y el estrago de la muerte, el cielo del espíritu constelan. Abrid el mundo que empujaba el cráneo preñado del titán; maravillosa mezcla de luz y de tinieblas, mundo sublime y en desorden, sinfonía de la naturaleza, donde rugen los líquidos hirvientes que chorrea por sus grietas volcánicas el monte; y en el silencio de la gruta suena la pulsación del lago estremecido por el pausado gotear del llanto; y baña el plenilunio las reliquias del naufragio, flotando en las espumas de la rompiente, y el clarín heroico arrulla al vencedor agonizante que, con la mano en la mortal herida, a la visión esplendida sonríe de la inmortalidad... ***

Son los albatros grandes aves marinas que aletean, siguiendo, por el golfo, a los navíos como indolente escolta; y a menudo les cogen los ociosos tripulantes, para solaz de a bordo; y esos reyes del imperio del éter, abatidos sobre las planchas, torpes y confusos, dejan caer, colgando como remos, y arrastran la blancura de sus alas, y sufren, ultrajados por la zafia marinería, sus crueles burlas. Y canta Baudelaire: Como este alado príncipe de las nubes, que se ríe de los arqueros, y su nívea pluma, a las tormentas familiar, esponja en la excelsa región... es el poeta un desterrado aquí, triste figura, que, corrido por voces irrisorias, camina torpemente, porque el peso le agobia de sus alas de gigante. Nuestro humilde cenáculo preside el busto de Beethoven. Su cabeza mirad, cuyos cabellos en desorden parecen agitados por el viento de las alturas. El humor sombrío que en la acritud del gesto se revela; la frente, por el hálito bañada de una ideal transpiración; el labio despreciativo, la mirada, todo, en su expresión hostil y recelosa, ¿no os habla del albatros dolorido y de la sorda humillación del héroe, dominador y víctima del vulgo, que se encuentra a sí mismo desgarbado para moverse entre él, porque le estorba la enormidad y el peso de sus alas? ¿no os habla del fatal desequilibrio entre el mundo exterior, que él aborrece, y el mundo que en su espíritu fermenta? Tal era la secreta desventura, la íntima lesión que emponzoñaba su vida. No su amor, ni los desdenes de la mujer amada, ni el recuerdo de su hogar profanado por el vicio, ni el amargo rubor de la pobreza, ni la cruel dolencia que, cerrando

su oído vigilante, condenóle al terrible silencio del vacío, como divinidad de su celeste alcázar para siempre desterrada... *** Cierta noche -más ha de una centuriaen la prusiana Bonn, blanca de nieve, un tal Beethoven, organista, olvida, junto al tonel de Baco, a su patrona santa Cecilia, a su mujer y al hijo que ha poco le nació; la madre, en tanto, desde su lecho, avariciosa, tiende la mano y acaricia los pañales de la dormida criatura. Insomne, con ojos dilatados por la fiebre, alucinada, interrogar parece las sombras que su tálamo coronan, e interrogar en ellas el enigma del porvenir de su hijo. En el silencio, oye el latido de su propio pulso, y, como si, tenaz, el invisible rayo del pensamiento perforase la obscuridad del techo, por un débil punto de luz que se dilata en forma de nimbo, ve la inmensa lontananza de un firmamento de oro, y allá arriba, lejos, muy lejos, inefable suena melodía triunfal; pero, de pronto, cae, por la abertura luminosa, cual suele desplomarse el ave hambrienta sobre la presa un buitre de pupilas de fuego, y arrebata al tierno niño, y se lo lleva por el aire, y salta la sangre, salpicando la blancura del lecho y de la cuna. Se incorpora la madre y grita, como sólo puede una madre gritar. Mira la cuna, el niño duerme; se disipa el loco espanto y la visión. Era delirio. Delirio, no; tal vez presentimiento. Si del obscuro porvenir que atisba por un milagro del amor, llegase a decirle una voz: «No tendrá puesto en el banquete de la vida, solo y sediento de amor, no hallará nunca quien le calme la sed con la limosna de un beso; gota a gota, su cerebro

exprimirá para ganar, mojado en lágrimas, su pan; será glorioso pero infeliz; tu leche, que le nutre, prepara su festín a la desgracia y al arte su esplendor...» ¿Qué sentiría la madre ante el horóscopo terrible? ¿Tratara de salvar al pequeñuelo, aterrada tal vez ante el anuncio de la inmortalidad, y porque fuese afortunado le querría obscuro? Yo sólo sé que el genio tiene alas, pero garras también, y que es forzoso que con ellas levante al elegido. Quien, temeroso de sufrir, no quiera sentir las uñas del enorme buitre, no sentirá tampoco la delicia de la ascensión vertiginosa, el beso de las supremas auras, y el espasmo de las apocalípticas visiones. *** Prestigio singular el que nos mueve a sonrojarnos de la paz tranquila en que cobardemente vegetamos, y a mirar con envidia, como regios atributos, la púrpura sangrienta, la corona de luz del infortunio. El que padece, pero no se rinde, y fiel a su grandeza, sacrifica los goces de la vida al cumplimiento de su heroica misión, ése merece el culto de los buenos corazones. Honremos al eolio taumaturgo que en las cajas harmónicas sabía aprisionar los recios vendavales de la pasión indócil, e imponerles la majestad de un ritmo soberano; al mártir que arrojó su vida entera, como astillado tronco, a la sagrada llama que los espíritus perfuma. Él encarna la santa intransigencia contra los falsos ídolos del arte; él, contra la ficción usurpadora que invade sus dominios, representa la protesta davídica... No ha muerto el enemigo aún; ha recogido

el morrión, la espada y la armadura de Goliat, y al veros sin loriga ni casco, vocifera y os provoca. ¡Inerme juventud, entona el salmo de la verdad, el nombre de Beethoven pon a la piedra de la honda, y hiere la frente del procaz filisteísmo!

Nota: Son los albatros grandes aves marinas que aletean Este pasaje es traducción más ó menos libre de la siguiente poesía de Baudelaire: Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers, Qui suivent, indolents compagnons de voyage, Le navire glissant sur les gouffres amers. A peine les ont-ils déposes sur les planches, Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux, Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches Comme des avirons trainer a côte d'eux. Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule! Luí, naguère si beau, qu'il est comique et laid! L'un agace son bec avec un brûle-gueule, L'autre mime, en boitant, l'infirme qui volait! Le poete est semblable au prince des nuées Qui hante la tempête et se rit de l'archer; Exilé sur le sol au milieu des huées, Ses ailes de géant l'empèchent de marcher.

Contemplación
De allá, de la lejana cordillera baja la primavera hasta besar el muro de la antigua ciudad. En él me siento, al recogerse el pájaro en su nido, y dejo al pensamiento, por la diaria labor entumecido, sus plumas esponjar, en esa hora de paz en que la gran naturaleza parece como el hombre pensadora, y en el paisaje, que el ocaso dora, ni un árbol ni una flor se despereza; cual si la tierra toda, el mar inmenso, en el ocaso el sol, rojo y suspenso, el pájaro, la flor, el peregrino, interrogaran, mudos, el profundo misterio de su ser y su destino. También, meditabundo mi espíritu interroga el secreto del mundo; empero, mientras boga y se sumerge en tenebrosos mares, un hilo semejante al del cometa que hace volar el niño, le sujeta á los maternos lares; y es que prefiere el egoísmo humano del tiempo al océano el instante fugaz, que hemos vivido, y en la materna gleba con más ahínco el ánimo se ceba que en todo lo soñado y conocido. Cual la paloma al palomar desciende, cuando la voz entiende que la suele llamar desde el tejado, á la jaula nativa baja mi pensamiento, y abrazado á la trémula nota fugitiva de las campanas, que de torre á torre entablan su coloquio vespertino, por el mismo camino del eco melancólico, recorre los horizontes que mi vista abarca, llenos de los recuerdos de mi vida que ha impregnado, al huir, esa comarca

de los perfumes de mi edad florida. Entre las pitas que la orilla bordan del terraplén de la muralla, veo allá lejos la mole de la Seo, y llegando hasta mí, los rumorosos barrios que se desbordan del círculo de piedra que te oprime, indolente ciudad, tan indolente como atractiva y á mis ojos bella, cuando la tarde moribunda imprime en tu alta catedral, su beso ardiente. El fragmento de tapia, la ruina obstruida por la hierba, y los celajes de oro que del imperio moro la fantasía popular conserva, y el arco viejo y la palmera verde: esto queda no más que nos recuerde tu vida de sultana. Pero tienes aún sangre africana, y te consume la fatal pereza; y aunque ciñes diadema de cristiana, pareces odalisca que en los jardines del harén bosteza, y espera, sin amar, como remedio de su incurable tedio, que el augusto favor se digne un día dejar caer una caricia fría. Así, de espaldas á la luz, echada, vegetas olvidada, sin que en tu pecho vibre la chispa, la ambición, el sentimiento de un ideal, que es vida y ardimiento de todo pueblo vigoroso y libre. ¿Será que la tranquila ociosidad enerva y aniquila, y que el azote fuerte debamos desear, la lucha, el rayo de Dios, que, sacudiendo tu desmayo, te hiera y te despierte? Sólo sé que te quiero, que está llena de ti la enamorada fantasía, aunque la voz amarga te condena. Y si anhelé algún día la gloria conquistar, vana quimera, y que de polo á polo mi triunfo resonara, fué tan sólo

porque en este rincón repercutiera. El cielo en Occidente se matiza de pálida esmeralda, reflejando, cual lago transparente, de los pinares la ondulante falda... Cesa el latido del taller cercano que arroja su postrera bocanada, tuerce el curso del agua el hortelano, gime al pasar el ave rezagada; el carro traquetea y la noria rechina; en la techumbre humea la cena del obrero que camina, con la herramienta al hombro, á su vivienda, y reparte la madre á los chiquillos la frugal merienda; y llegan hasta mí, de todos lados, ios rumores á miles que surgen de tu seno, ya apagados ya fuertes, ya sutiles; suave respiración de tus hogares y tus calles y plazas, en que flota el timbre de las voces infantiles y el son de las cornetas militares. Sí, respirar te siento y te siento vivir... Y con mi vida se extinguirá mi acento, sin penetrar en ti, sin que se extienda un día ni una hora su vibración sonora mas allá de la muerte. Ansia de poseerte el sosiego me quita; y cuando tu mañana considero, y en esa misma escena, no hallo de mí ni rastro pasajero, y el nombre mío á tus oídos suena (si suena por azar) como extranjero... más negra me parece y más helada la soledad de mi última morada. En la revuelta masa de edificios se obscurecen contornos y colores, y asoman por lejanos orificios algunas lucecillas interiores. Veo la estrella tímida que brilla en el obscuro fondo

de mísera buhardilla. ¿Qué sé yo de la vaga silueta que cruza la ventana? ¿Qué sabe aquella sombra de mi vana codicia de poeta? Mansión desconocida, en ella mora la invisible musa que la fama concede ó la rehúsa; en ella el alma popular anida. Y el que no logre que su vida irradie hasta llegar al centro de la pobre mansión, y que allí dentro su sombra bendecida habite entre los manes familiares y haga latir los pechos, y los humildes labios repitan sus cantares ó sus heroicos hechos... resígnese á morir, aunque los sabios le den su ejecutoria, resígnese á morir sin esa gloria que perpetúa un nombre, y en las entrañas de la patria cunde, y, poderosa, funde con la vida de un pueblo la de un hombre.

Nocturno
Cuando el sueño desciende á tu morada, y ya todos en ella recogidos, en la noche callada muriendo van los últimos ruidos, tu madre, la postrera en entregarse al sueño cotidiano, recorre, luz en mano, la sala que decora extensa hilera de retratos antiguos. Angel custodio del hogar, vigila en la nocturna sombra, el grave son del péndulo que oscila. En tu cuarto penetra, sin que suenen sus pasos en la alfombra, y todo lo examina y lo repasa; si algún cínife queda en la pared, solícita lo abrasa, y las puertas ajusta, porque el aire por las rendijas penetrar no pueda; de tu lecho levanta la cortina; con su mano de cera, blanca y fina, cubre la vela ardiente, á modo de pantalla, y sobre ti se inclina para besar tu frente; y si dormida te halla, tocarte apenas osa, de interrumpir tu sueño temerosa. Tú, á veces, con fingido sueño, inmóvil, los ojos entornados, de angelical malicia el corazón henchido, dejabas que te hiciera su tímida caricia, y que se apacentaran con delicia sus ojos en la paz y los velados encantos de tu mórbida figura; y cuando ya del lecho á separarse iba, soltando la expansiva jovialidad sonora de tu pecho, rompías á reir como una loca, saltabas á su cuello, y con usura pagabas su ternura con la lluvia de besos de tu boca.

Anoche no; cerrados fuertemente tus ojos ocultaban el vigilante espíritu despierto, cual si lo desvelara, inflamando tu mente, algo que, pudoroso, recelara ser en los ojos tuyos descubierto. Al besarte amorosa, sintió tu madre que tu frente ardía, y sentiste, medrosa, que el beso maternal te estremecía, al ocultarle por la vez primera lo que pasaba en ti. Dejaste, muda, que con callada planta se alejara, creyéndote dormida, aquella sombra venerable y santa, y sólo cuando oíste que su paso á lo lejos se perdía, los párpados abriste y respiró tu corazón opreso... Dime, niña gentil: ¿Cuál era el peso que te agobiaba en la aparente calma del sueño que fingías, y por qué no querías que leyera en el fondo de tu alma el maternal amor, cual otros días? Callas, y te sonrojas, y de mi impertinencia, aunque procuras sonreír, te enojas, porque me ha permitido la experiencia penetrar, como un silfo, en el capullo del casto lirio de profundas hojas. ¿Cómo te adiviné? Revelaciones, misterios son de un hada que á los poetas abre la cerrada urna de los humanos corazones. No temas que indiscreto revele tu secreto; mas, aunque no lo digas, ó lo niegues quizá como ilusorio cuento de mi invención, yo sé que anoche el rayo de la luna plateado hasta el fondo bañó tu dormitorio, acarició la huella de tu cuerpo en tu lecho nevado, hirió el Cristo de bronce

con reflejos vivaces, y jugó con el agua de la pila en que mojas tu frente cuando haces la señal de la cruz, y con liviana tinta, la sombra tuya y el marco dibujó de la ventana en la pared sombría, en tanto que subía tenue rumor, como amorosa queja, y que otra voz más tenue descendía. .......... .......... Empiezas á vivir: Dios te proteja.

A Mallorca en la muerte de Quadrado
Generación raquítica la nuestra, ¿dónde la gran figura que pueda sostener en la palestra su espléndida armadura? Fue el culto a la virtud la pura llama que le animó propicia; fue la santa verdad el oriflama de su ideal milicia. Fue como caballero hospitalario que guía al peregrino, sirve al enfermo y guarda, solitario, el pórtico divino. La misma luz que alumbra su conciencia sus páginas esmalta. Más que su vigorosa inteligencia su voluntad nos falta. El claro entendimiento ¿de qué vale si el alma irresoluta carece de ideal que le señale una derecha ruta? Como el viajero que en desierta zona, sin conocer la senda, al instinto del bruto se abandona soltándole la rienda; en las encrucijadas de la vida, sin luz que nos oriente, entrégase al azar, adormecida, la voluntad doliente. Honremos al varón que hora tras hora siguió la recta vía que él mismo se trazó cuando a la aurora de la razón nacía. Del templo de la historia centinela y acólito paciente, lo iluminaba, en religiosa vela, el óleo de su mente.

Ahí queda la esencia de su vida, en su labor copiosa; el alma de la patria confundida con su alma generosa. Su corazón arraiga en lo profundo de su país nativo, pero, desde el hogar, al ancho mundo se asoma, pensativo. Sella la fe su inspiración profusa con la unidad suprema, desde el primer vagido de su musa a la palabra extrema. Feliz el que llegando sin zozobra al fin de la jornada, puede, como él, acariciar su obra con tranquila mirada. ¿Visteis la pompa del nogal añoso que el patio presidía? ¡Cómo, al caer, su hueco silencioso enluta la alquería! Así, al cerrar los ojos el patriarca rico de vida interna, echa menos la huérfana comarca su juventud eterna. ¡Adiós, sombra de paz, frutos opimos, restaurador ambiente, adiós, amigo tronco, adonde fuimos a reclinar la frente! Cayó como árbol viejo que derriba la muerte, de un hachazo, y lleva en sus raíces sangre viva del materno regazo. ¡Oh patria, en el vacío que has sentido el ánimo se abisma; llórale, sí: con él se ha desprendido lo mejor de ti misma. Julio de 1896

Fábula del sol
En la marisma, un pozo abandonado había, donde no más un charco dejara la sequía, que apenas enseñaba su legamoso brillo, entre la sombra orlada de verde culantrillo. En él, un renacuajo tenía su palacio, sabiendo solamente del mundo y el espacio, por el jirón de cielo azul que desde el fondo veía, recortado por el brocal redondo, ó el viejo cabrahigo que, al azotarle el viento, sobre la obscura boca doblábase un momento. El sol, que tanto espacio, que tanta muchedumbre de mundos ilumina y esmalta con su lumbre, que por espejo tiene los ríos y los mares, y como á Dios le adoran familias á millares, en el cénit ardiendo, fijó sobre la charca el ojo centelleante que el universo abarca, para saber qué efecto hacía su reflejo en el licor del pozo, al vil animalejo. Y como aquel sumido en pozo de estulticia, que de la luz del genio rechaza la caricia, así, malhumorado el renacuajo inmundo, vuelve la espalda al brillo del luminar del mundo, y refunfuña y salta

al fondo de una grieta, para dormir, gozando de obscuridad completa. Doblado por la ira el fuego que derrama, el astro luminoso contra la bestia clama á Jove, que dormita en su real poltrona: —¿De qué me sirve ¡oh padre! del mundo la corona, si tu más ruin hechura me muestra su desvío?— Con soñolientos ojos el sumo dios, sombrío, los hombros encogiendo, parece que le dice: —¡Cómo ha de ser! Al ente más vil, más infelice, para que el ser más grande se fije en él atento, le basta una vez sola negarle acatamiento. Siempre el orgullo herido en elevar se empeña hasta nosotros mismos al vil que nos desdeña.— Y á la región del pozo tendiendo la mirada, mandó que se nublase la atmósfera azulada. Viento sutil, anuncio de temporal vecino, alzó nubes de polvo en blanco remolino; un acre olor la tierra sedienta despedía, que la primera lluvia del temporal sorbía; trocóse en aguacero la lluvia persistente; el llano fué laguna, el valle fué torrente; cubrióse de sonantes y líquidas melenas el monte, reventaron las subterráneas venas; y en suma, formidable la inundación, creciendo, á Jove obedecía,

con pavoroso estruendo, porque el nivel del agua hasta el brocal subiera dei pozo, vomitando al renacuajo fuera. Así pasó... De nuevo natura sosegada, en la marisma estéril á trechos inundada, aquel reptil zancudo, de vientre blanquecino, al melodioso arrullo del piélago marino, sobre un pedrusco, á modo de islote solitario, miraba al sol que, en medio de espléndido escenario, hacia la mar cerúlea bajaba, rojo y tibio. Y el astro, contemplando al miserable anfibio, por agradarle hacía maravilloso alarde de todos los colores y pompas de la tarde, próximo ya el instante de su postrer destello... El renacuajo entonces dignóse hallarlo bello. Y el astro, satisfecho del triunfo soberano, en el profundo abismo se hundió del Océano.

La flor del granado
Un doncel enamorado, para tributo de amor, iba á arrancar una flor, la roja flor del granado. En su cáliz coronado suspiró una voz arcana: —Coge la rosa galana, coge el clavel encendido, mas no la flor que ha nacido para ser fruto mañana.— Pensemos, al sonreír el abril de nuestra vida, que en flores de abril anida el fruto del porvenir.

La nube y la fuente
Trémula de placer, una fontana, al beso halagador se sonreía del sol de la mañana. Mas de pronto, una nube se interpuso entre el amante y ella, y con rumor confuso, así la fuente dice y se querella: —¿Por qué de mi tesoro, por qué del regalado sol de estío que en mí bañaba sus cabellos de oro, me privas importuna? — La nube respondió:—¿Del seno mío no sabes tú que brota el agua que destila gota á gota ese peñasco azul sobre tu cuna? ¿No sabes tú que el sol que te embelesa, extinguiéndote va cuando te besa? No llores, pues, ingrata, porque el materno amor que te da vida guardarte quiera del amor que mata.— Estremeció la selva obscurecida sutil y fresco viento; suspiró su follaje movedizo, y la nube, llenando el firmamento, sobre la tierra en llanto se deshizo.

La gárgola
Le motejaban todos de adusto, fiero, impenetrable, huraño, insensible á los goces de la vida, monstruo sombrío del linaje humano. Era como la gárgola del templo, que arroja desde lo alto del murallón vetusto y carcomido, el agua llovediza, en forma de arco. Clavadas en el muro las garras de león, sobre el espacio el escamoso cuerpo tendido boca abajo, y las fauces abiertas y profundas, como si amenazara devorarnos; parece al que lo mira desde el suelo, un engendro satánico. Pero subid arriba, más arriba del misterioso endriago, y veréis en el hueco de su espalda, en el verdusco légamo formado por la humedad y el polvo, nutrirse, al dulce rayo del sol de primavera, las violetas de cáliz perfumado, picotear el jilguero la semilla del cardo, y aderezar su nido los vencejos en aquel escondrijo solitario, menudo paraíso de colores, de luz, de amor, de besos y de cantos. También había luz, también había perfumes delicados de místicas violetas, y sonrisas de amor, allá en lo arcano del alma de aquel hombre, adusto, fiero, impenetrable, huraño. Sólo que era preciso para poderlo ver... subir muy alto.

La lengua patria
A los Sres. D.A. y D.R.T., colombianos Algo vibra del genio de la raza en la materna lengua; por sí sola, caldeándonos aún con llamaradas íntimas, enlaza los pueblos de la América española con la patria común. Sólo un resto del vasto señorío extiende la nación dominadora, al mundo que nutrió. En plena posesión de su albedrío, podrá negarle el nombre de señora, pero el de madre, no. ¿A qué raza la ofende ser patricia? ¿Cuál, por negar su alcurnia de gigantes, oculta su blasón? ¿Quién repudia la gala gentilicia de remontar a Lope y a Cervantes su noble filiación? Aunque la fuerza militar agote, tendrá España su ejército divino para el mundo ideal. Con su legión etérea Don Quijote, impone aún al mundo colombino su espíritu inmortal. Pero no hay pueblo de la ardiente zona que empape su cerebro en esta rica vena de inspiración cual la Atenas de América, (1) matrona del pueblo que en sí mismo glorifica el nombre de Colón. Amigos, en vosotros la saludo. A través de los piélagos lejanos, la vemos sonreír... Sellado queda el cariñoso nudo; quiera Dios que este vínculo de hermanos consagre el porvenir. Quiera Dios que, al cruzarse nuestras velas, comercien, por el líquido regazo,

las almas a la par; y avancen, a la vez que sus estelas, a darse las naciones un abrazo en el inmenso tálamo del mar. Enero de 1897 (1) Así ha llamado a Bogotá un insigne crítico español. Nota: Esta poesía, como indica su texto mismo, fué escrita antes de que España perdiera los últimos restos de su imperio colonial.

Flores de almendro
En el baile de anoche, vi desde lejos que en el pecho llevabas flores de almendro; flores de nieve, símbolo de los sueños de adolescente. Símbolo de los sueños que se derraman sin temor á los cierzos ni á las heladas, florecen antes de las tibias auroras primaverales. En el salón dorado, daba la orquesta cadenciosos impulsos á las parejas que, entrelazadas, sobre alfombra morisca se deslizaban. Al compás de los valses enardecidas, se inflamaban las frentes y las pupilas. Yo tuve miedo por tus blancas y puras flores de almendro. Yo pensé: deshojadas, como despojo del giro de la danza vertiginoso, entre dos pechos oprimidas y rotas, caerán al suelo. Que esas que la pureza cándida viste y el pudor colorea, flores sutiles de nieve y sangre, apenas son tocadas, ya se deshacen... Los galanes, por turno, se aproximaban á ofrecerte su brazo

para la danza; pero en tu silla, sonriente y afable, permanecías. De la fiesta nocturna saliste luego, con las flores intactas sobre tu pecho. Yo dije, al verlas, con secreta delicia: ¡bendita seas!

En la costa
I Con estridente y lúgubre sonido soplaba el huracán en su bocina, y una vela latina luchaba con el mar embravecido, sin que doblar pudiera el cabo que guarnece la ensenada de chozas y nopales coronada por antigua colonia marinera. Aunque miró cernerse la amenaza de próxima tormenta, en esa bruma lívida, sangrienta, que el viento despedaza, , para ganar el mísero mendrugo de los desheredados de la suerte, temiendo más el hambre de sus hijos que el riesgo de la muerte, lanzóse el pescador, desconocido héroe de rostro y corazón curtido en los combates de la mar cruentos, lanzóse mar adentro... y ya no sabe si entre los desatados elementos perecerá con su pequeña nave, ó volverá á secar junto á la llama su ropa llena de humedad salobre. mientras le brinde la mujer que ama la cena sabrosísima del pobre. Ora desaparece su lancha, entre las olas sumergida, ora, en la cresta blanca suspendida de una montaña líquida, parece. En tanto, una mujer, la dulce esposa, al seno maternal llevando estrecho un niño que la leche ponzoñosa del ansia y el dolor bebe en su pecho, clavada en la ribera, donde la hirviente espuma se deshace, pálida de terror, el desenlace de aquella lucha de titán espera. Y al pie de la palmera que hunde en la costa brava sus raíces,

otros de sus hijuelos infelices en una turba de chiquillos juegan, como ellos harapientos y descalzos; ajenos á la vela blanquecina que lucha con el mar embravecido y al lúgubre sonido del huracán que sopla en su bocina. A cada fuerte ráfaga que humilla la palmera, de fruto ya maduro, y dobla la barquilla sobre el abismo de la mar obscuro, saltaba el corazón despedazado por trémulo sollozo de la infeliz esposa, y saltaba de gozo la turba de rapaces bulliciosa, viendo de la palmera sacudida caer el dulce fruto, que se lanzaba á recoger del suelo aquel voraz enjambre, con gritos y aleteos de gaviota que agita y alborota el poderoso estímulo del hambre. II ¡Oh gran naturaleza, bella, terrible, augusta! Ante tus inmutables atributos inclinemos, humildes, la cabeza. Nutrida con despojos de la muerte, rinde la tierra sus vitales frutos; indiferente el vencedor, se encumbra en la ajena derrota; indiferente el mar, la tierra azota; indiferente el soí, la mar alumbra, y tierra, mar y cielo ven impasibles el humano duelo. Mas Dios opuso á todas las fuerzas inmutables de natura la fuerza del espíritu, creciente; opuso en el humano espíritu, el impulso generoso de la fraternidad al egoísmo, y dijo su precepto soberano: al prójimo amarás como á ti mismo. La inteligencia sin reposo agrande

su imperio dilatado, y sus conquistas el amor demande, para vencer, con ella de consuno, los elementos fieros, ceñido de armadura luminosa, como los caballeros de la antigua milicia religiosa. En vez del hierro con que al hombre mata, el hierro esgrima en el amor templado; y la común adversidad combata el hombre con el hombre congregado.

A una niña
Aunque reinas sin querer, deja que de luz te ciña, niña que unes en tu ser con los encantos de niña los encantos de mujer. Clara y negra tu mirada como una noche estival, tu cintura delicada, tu morena tez bañada en éter meridional; todo en ti gracia y alteza de pensamiento respira, y humildad y gentileza, y toda tu alma se mira reflejada en tu belleza; alma grande y soñadora, como gruta donde mora un hada que en su interior mil prodigios atesora que iluminará el amor. Ya, por mi edad, algo lejos de los niños y los viejos, soñé, impenitente, a falta de otra ventura más alta, darte amorosos consejos. Me halagaba la quimera de impedir que el casto edén de tu cariño se abriera a ninguno que no fuera digno de tan alto bien. Pues que dieras me dolía la llave del corazón a quien tal vez no sabría sentir la dulce armonía de su encantada región. Mas creo que de improviso, pese a mis tiernos afanes, la diste sin mi permiso, y que ya tu paraíso

no necesita guardianes. ¡Qué mucho, si yo, inocente, olvidé que se desliza el amor tan sutilmente, que aún a veces no lo siente ni el alma que tiraniza! A tu gusto me acomodo, que, en mi insensato egoísmo, ninguno hallaría modo para agradarme del todo, como no fuera yo mismo. Permite, mientras despido con lágrimas en los ojos mil ensueños que se han ido, plumas de su roto nido dejándome por despojos; permite que mi cantar para aquel día te ofrezca en que el ramo de azahar sobre tu frente amanezca, ante el perfumado altar. Porque da mayor dulzura al arpa, según oí, la recóndita amargura del que canta una ventura que quisiera para sí.

Rima
En el alma llevo recóndito espejo donde la belleza fielmente se copia, y en ella por siempre se queda el reflejo, como íntima parte de mi vida propia. Es como aquel lago de obscura caverna donde una vez sola miróse la ninfa, y nunca se borra la imagen eterna que avara retiene la mágica linfa. Si el agua remueven se borra un segundo, mas cuando recobra su mudo sosiego, en la transparencia del lago profundo de nuevo sonríen los ojos de fuego. Como tu hermosura, visión hechicera, con aquella ninfa del lago compite, como habrá algún día quien sórdido quiera que sólo en su pecho tu imagen habite; Flor dominicana, belleza temprana, no quieras que nunca mis ojos te vean, ni vayas al borde de la linfa arcana donde aquellos ojos de fuego llamean.

Recuerdo de Alcalá
Cual flor nacida en la grieta del alcázar polvoriento, apareciste al poeta; y la efímera violeta ha eclipsado el monumento. No logro, por más que piense, que mi mente reconstruya el pasado complutense ni que en ella se condense otra imagen que la tuya. Por la margen del Henares, remedando su armonía, balbuceaba unos cantares a los héroes tutelares de la ciudad que dormía. Vagabundo y pensativo, iba hojeando el archivo histórico de mi mente... Fuiste como fuego vivo que lo abrasó de repente. Tu patria perdonará si, de Cervantes acá, a la luz de aquel incendio, brillas tú sola, compendio de las glorias de Alcalá.

A un poeta
Del jazmín y de la rosa extraen la miel sabrosa la mariposa y la abeja; ésta en el panal la deja, mas ¿dónde, la mariposa? En flores del ideal libamos la poesía; tú en artístico panal dejas la miel celestial, mientras se pierde la mía.

A R. Ll.
El dolor, aunque a toda criatura no impusiera su ley tarde o temprano, sería necesaria levadura para la plenitud del ser humano. No hay ánimo viril sin que se pruebe en el yunque de días infelices, ni hombre que sea tal mientras no lleve los surcos de interiores cicatrices. Llora; mas no te entregues abatido al duelo de tus íntimas querellas; sea tu corazón hierro batido que arroja al viento un chorro de centellas.

Notas
Sed
Et David erat in presidio: porro statio Philisthinorum tunc erat in Bethlehem. Desideravit ergo David, et ait: O si quis mihi daret potum aquae de cisterna, quae est in Beihlehem juxta portam! Irruperunt ergo tres fortes castra Philisthinorum, et hauserunt aquam de cisterna Bethlehem, quae erat juxta portam, et attulerunt ad David; at ille noluit bibere, sed libavit eam Domino, Dicens: Propitius sit mihi Dominus, ne faciam hoc: num sanguinem hominum istorum qui profecti sunt, et animarum periculum bibam? Noluit ergo bibere. Haec fecerunt tres robustissimi - // Reg. XXIII, 14, 15, 16, 17.

La vanguardia
Consuluit autem David Dominum: Si ascendam contra Philisthaeoos, et tradas eos in manus meas? Qui respondit: Non ascendas contra eos, sed gyra post ergum eorum, et venies ad eos ex adverso pyrorum. Et cum audieris sonitum gradientis in cacumine pyrorum, tunc inibis praelium: quia tunc egredietur Dominus ante faciem tuam, ut percutiat castra Philisthiim. Fecit iiaque David sicut praeceperat ei Dominus, et percussit Philisthiim de Gabaa, usque dum venias Gezer. —// Reg. V, 23, 24, 25.

La lengua patria
Esta poesía, como indica su texto mismo, fué escrita antes de que España perdiera los últimos restos de su imperio colonial.

El nido
tres primos que de Genova en la aldea Es conocido con el nombre de Genova un pintoresco poblado de las cercanías de Palma, donde veranean algunas familias de esta ciudad.

Beethoven
Son los albatros grandes aves marinas que aletean Este pasaje es traducción más ó menos libre de la siguiente poesía de Baudelaire:

Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers, Qui suivent, indolents compagnons de voyage, Le navire glissant sur les gouffres amers. A peine les ont-ils déposes sur les planches, Que ces rois de l'azur, maladroits et honteux, Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches Comme des avirons trainer a côte d'eux. Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule! Luí, naguère si beau, qu'il est comique et laid! L'un agace son bec avec un brûle-gueule, L'autre mime, en boitant, l'infirme qui volait! Le poete est semblable au prince des nuées Qui hante la tempête et se rit de l'archer; Exilé sur le sol au milieu des huées, Ses ailes de géant l'empèchent de marcher.

Lálage
¿Conoces á Locusta, la hechicera que abrasadores tósigos destila, como aquel que Británico bebiera, como aquel cuyas huellas descubría la lluvia, destiñendo su semblante, mientras cruzaba el féretro la vía en medio de la plebe sollozante? «exquisitum aliíjuid placebat, quod turbaret mentem, et mortem differret. Deligitur artife* talíum, vocabulo Locusta nuper veneficii damnata, et diu ínter instrumenta regni habita»...—TACITO, Anales, Libro XII § XIII. Mientras se llevaba á enterrar á Británico, envenenado por mandato de Nerón, un chubasco destruyó el barniz dado á su rostro, descubriendo al pueblo las lívidas huellas del veneno.—CANTÚ. Paulina se dispone á seguir á su marido abriéndose las venas, y camina á la tumba con paso decidido. Y lo sabe Nerón, y acongojado la hace retroceder, y como sombra escuálida, Paulina que ha vaciado la mitad de su vida, nos asombra.

Refiere Tácito, Anales, Libro XV, par. IX, que al disponerse á morir Séneca, por orden de Nerón, quiso seguirle su mujer Paulina. Se cortaron á un mismo tiempo las venas de los brazos. «Mas Nerón, no teniendo odio particular contra Paulina, y por no hacei más aborrecible su crueldad, mandó que se le estorbase la muerte. Y asi á persuasión de los soldados, sus propios esclavos y libertos le vendan las incisiones de las venas y le restañan la sangre: no se sabe si con su consentimiento; porque (como quiera que el vulgo se inclina siempre á los peores juicios) no faltó quien creyese que mientras juzgó por implacable á la ira de Nerón, deseó la fama de imitar y acompañar en la muerte á su marido; mas que habiéndosele ofrecido después más blandas esperanzas, se dejó vencer de la dulzura de la vida; á la cual añadió después bien pocos años, con una loable memoria de su marido, y con un color pálido en el rostro y miembros, que se mostraba bien haber perdido mucha parte del espíritu vital.» su boda con Pitágoras consuma. «Igitur in stagno Agrippae fabricatus est ratem, cui superpositum convivium navium aliarum tractu moveretur naves auro, et ebore distinctae: remigesque exsoleti, per aetates, et scientiam libidinum componebantur: volucres et feras diversis e terris, et animalia maris Oceano, abusque petiverat: crepidinibus stagni lupinaria astabant, illustribus feminis completa; et contra scorta visebantur, nudis corporibus: iam gestus, motusque obsceni, et postquam tenebrae incedebant, quantum iuxta nemoris, et circumiecta tecta, consonare cantu, et luminibus clarescere. Ipse per licita, atque illicita foedatus: nihil flagitii reliquerat, quo corruptior ageret, nisi paucos post dies uni ex íllo contaminatorum grege, cui nomen Pythagorae fuit, in modum solemnium coniugiorum denupsisset. Inditum imperatori flammeum. Visi auspices, dos, et genialis torus, et faces nuptiales: cuncta denique spectata; quae etiam in femina nox opperit.» —TACITO, Anales, Libro XV, § V. imitando el zumbar de la colmena Peculiar manera de aplaudir que tenían los romanos y que todavía se conserva, entre la gente del pueblo, en alguna región de Italia. se arremanga la túnica de esclavo. «Q. Volucio P. Scipione COSS. otium foris foeda domi lascivia, qua Nero itinera Urbis, et lupinaria, et diverticula, veste servili in dissimulationem sui compositus, pererrabat». —TÁCITO, Anales, Libro XIII, § VI.

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