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La bataLLa

de La comunicación

Luis Lazzaro

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de los tanques mediáticos a la ciudadanía de la información

Luis Lazzaro La bataLLa de La comunicación de los tanques mediáticos a la ciudadanía de la

Lazzaro, Luis La batalla de la comunicación : de los tanques mediáticos a la ciudadanía de la información - 1ª. ed. 1º reimp. - Buenos Aires : Colihue, 2011. 224 p. ; 23x16 cm. (Encrucijadas)

ISBN 978-950-563-475-0

1. Medios de Comunicación. I. Título CDD 302.2

Diseño de tapa: Nora Raimondo

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1ª ed. 1º reimp.

o de registro bibliográfico. 1ª ed. 1º reimp. © Ediciones Colihue S.R.L. Av. Díaz Vélez 5125

© Ediciones Colihue S.R.L. Av. Díaz Vélez 5125 (C1405DCG) Buenos Aires - Argentina www.colihue.com.ar ecolihue@colihue.com.ar

ISBN 978-950-563-475-0

Hecho el depósito que marca la ley 11.723 IMPRESO EN LA ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINA

“Esta vez no han venido con tanques, han sido acompañados por generales multimediáticos que han hecho lock out a la información.”

Cristina Fernández de Kirchner, Presidenta de la Nación (1 de abril de 2008, Plaza de Mayo).

“Vamos a tratarlos de la manera que trataríamos a un opo- nente. En la medida que [Fox News] lleva a cabo una guerra contra Barack Obama y la Casa Blanca, no necesitamos fin- gir que esta es la forma en que se comportan las legítimas organizaciones de noticias.”

Anita Dunn, Directora de Comunicaciones de la Casa Blanca (en David Carr, “La batalla entre la Casa Blanca y Fox News”, New York Times, 17 de octubre de 2009).

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INTRODUCCIÓN

En América del Sur la historia quiere volver a poner en marcha sus engranajes amenazados por el óxido y el hollín. Una rueda que puede girar para mover un tiempo inmutable, pero que debe cambiar la representación de la época para lograrlo. Porque en su subjetividad histórica se ha construido un tiempo de no relato y por lo tanto sin perspectiva posible hacia adelante. El progreso, como idea de bienes- tar económico social, de ciudadanía –en el sentido de la participación política– y de pertenencia a un “espíritu nacional”, como definía Scala- brini Ortiz, se ha deslizado por la cuneta de la globalización. La idea de que “todo ser humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él” 1 ha sido reemplazada por la del individuo como mera terminal de un dispositivo electrónico productor de la propia realidad

y de su enfoque. Atrapadas por el presente perpetuo del acontecimiento, las narra- tivas han quedado prisioneras en la telaraña del suceso mediático, in- capaces de hablar de causas y consecuencias. Dóciles a la escala de rentabilidad global de las plataformas tecnológicas y a la representa- ción ideológica de los intereses que las encumbraron, las narrativas noticiosas de la época son puro artificio incandescente, generalmente violento. El tiempo del mayor crecimiento económico en décadas y del juicio

a los crímenes del Terrorismo de Estado –circunstancia ciertamente histórica y de repercusión mundial– es algo que sucedió a principios

1 Scalabrini Ortiz, Raúl, Prólogo a Política británica en el Río de la Plata

(1936).

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del siglo XXI en la Argentina (y en buena parte de América Latina) mientras sus habitantes miraban asaltos y crímenes por televisión. Vio- lencia televisiva y social construida como relato principal en los medios aunque sus raíces se hundan en el legado de la dictadura primero y en la destrucción de la cultura del trabajo después, ocurridos en las últimas décadas del siglo XX. La impronta de la violencia catastrófica o delictiva tomó la palabra como discurso audiovisual hegemónico a poco de andar el nuevo siglo. Emergió en la superficie de la política como principal exponente de una construcción de sentido pendiente de las consecuencias pero no de las causas –y muchos menos a los remedios– de los graves conflic- tos sociales que provocó la reconfiguración neoliberal del poder en la Argentina. Pero estos y otros emergentes que han caracterizado las series te- máticas de “producción de realidad” en los últimos veinte años no son explicables solo desde la intencionalidad editorial de los grupos contro- ladores de la plataforma mediática, o de su participación en los proce- sos de concentración y las alianzas que tal acumulación involucró. Existe también un fenómeno semiológico derivado de la emergen- cia de este nuevo actor político, gestado en el camino de la moder- nidad a la mundialización, imposible de ser detectado por el público. Es el espejo que devuelve una imagen cambiada. El narrador, que se presenta como intermediario entre las audiencias y el poder, cuando se ha transformado a sí mismo en la voz de los poderosos. El comple- jo tecno-mediático advirtió en el proceso mismo de su configuración que dejaba de convertirse en interlocutor para convertirse en el poder, que su capacidad no solo devenía de su rol de mediador, sino de re- productor de una materia prima tan especial como escasa: la realidad. Precisamente la escasez reproductiva de esta materia prima deviene de su condición monopólica: no son más de cuatro o cinco las cadenas en condiciones de hacerlo a escala global y siempre existe al menos una multiplataforma local que lleva la voz cantante en el plano nacio- nal. Este fenómeno no excluye la existencia de otras voces con niveles de autonomía en su perspectiva periodística o de interés general. Sin embargo, la fijación de agenda y el enfoque predominante de los asun- tos se produce en los dispositivos con mayor nivel de concentración horizontal y vertical de contenidos.

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No es casual que el complejo tecno-mediático sustituya en buena medida las funciones del complejo militar-industrial en su perspectiva de articulación con lo que otrora conocimos como el complejo econó- mico transnacional a los fines de la subordinación periférica. En cierto sentido, ha sido su continuidad. La combinación de la explosión tecnológica derivada de la reconfi- guración de las aplicaciones militares de la informática y las comunica- ciones, en paralelo con las plataformas integradas multimedia resultan- tes de fusiones, compras y absorciones, permitió que la comunicación de masas –en su expresión industrial– tomara la posta de aquello que se había intentado con la Comisión Trilateral: la expectativa de un go- bierno mundial. Los primeros indicios surgieron en tiempos en los que la historia aparecía como la confrontación entre la revolución social anticapita- lista o anticolonial, con sus variantes de “nacionalismo populista”, y el predominio de un gobierno global de las grandes multinacionales con el telón de fondo de la Guerra Fría. Se trataba de reemplazar –como nueva estrategia– la supremacía militar por la supremacía tecnológico- comunicacional. Zbigniew Brzezinski 2 lo anticipó en los 70 al postular la influencia cultural y científica de Estados Unidos como antídoto ante la “peligrosa fragmentación” del mundo, y como antesala de un “gobierno mundial” frente al nacionalismo populista. Por ese entonces, el luego asesor en Seguridad Nacional de los Es- tados Unidos hablaba del inicio de la “era tecnotrónica” y mencionaba por primera vez la perspectiva de una “red de información mundial”. Al describir el nuevo tiempo en Between Two Ages (1970) decía que

2 Brzezinski, Zbigniew, La era tecnotrónica (Between Two Ages), Editorial Paidós. 1970, pp. 54-105: “En la sociedad tecnotrónica, la tendencia parece orientarse hacia la aglutinación del apoyo individual de millones de ciudadanos desorganizados que caen fácilmente bajo la influencia de personalidades carismáticas y atractivas, personalidades que explotan eficazmente las últimas técnicas de comunicación para manejar las emociones y controlar la razón. El empleo de la televisión –y por tanto la tendencia a reemplazar el lenguaje por las imágenes, que son internacionales en lugar de nacionales, y a incluir escenas bélicas o cuadros de hambre registrados en lugares tan remotos como lo es, por ejemplo, la India– crea una preocupación bastante más cosmopolita, aunque muy impresionista por los asuntos internacio- nales” (pp. 38-39).

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“ las naciones industriales más avanzadas están empezando a ser

postindustriales y en algunos sentidos están ingresando en la era postnacional. La proyectada red de información mundial, para la que Japón, Europa Occidental y Estados Unidos están muy maduros ( ) podría crear la base para una división más racional del trabajo en materia de investigación y desarrollo” 3 .

Disolver las culturas para crear una nueva conciencia global. Este era uno de los requerimientos de ese nuevo orden. Los “nacionalis- mos” o las localías culturales –o religiosas– aparecen en este escenario como gérmenes de peligrosas autonomías. Esta “conciencia humana global” requería de dispositivos capaces de producirla y proveerla. El nuevo paradigma de la sociedad global vino a reemplazar el viejo orden del terror de la Guerra Fría. Una vez más, el nuevo orden aparecerá como promesa de desarrollo y bienestar humano. Como escenario de nuevas conquistas, ya no en el espacio interestelar sino en nuestra casa, la tierra. En el “séptimo continente”, tal como se ha designado a Internet 4 . Un Secretario de Estado argentino, en un discurso oficial ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones, mostró su empeño con las consignas lanzadas casi treinta años antes por Brzezinski y procla- mó la existencia de un “imperio donde nunca se pone el sol” 5 . Según Jacques Attali “gracias a las nuevas tecnologías se ha vuelto más fácil, menos costoso y burocrático” poner en práctica la institucio- nalización de “un gobierno mundial” 6 . Se trata de repensar esta nueva “tiranía” –al decir de Ignacio Ramo- net 7 –, en donde la imagen tiene el poder de hipnotizar y de “pensar- nos” como objetos de un presente perpetuo, sin historia ni perspec- tiva, desde ese sitio global al que no podemos acceder por nosotros mismos. El dispositivo tecno-mediático es –él mismo– la conciencia global.

3 Brzezinski, Zbigniew, op. cit. 4 Atttali, Jacques, Diario Clarín, Zona, 27 de septiembre de 1998.

5 Kammerath, German, Secretario de Comunicaciones. Discurso ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) Ginebra. 1997.

6 Attali, Jaques, Clarín, ídem.

7 Ramonet, Ignacio. La tiranía de la comunicación, Editorial Debate. 1998.

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Despojada de la relación directa con las masas y confinada en los es- combros del Estado posmoderno, la política no tomó nota del cambio. Ha corrido tras los acontecimientos. Ha creído que aún podía pensar la comunicación, cuando es el complejo tecno-mediático quien piensa la política. Ha intentado seducir, negociar o competir auspiciando me- dios, pero no ha logrado más que reproducir la lógica del dispositivo. Como una serpiente que se engulle a sí misma, la producción de rea- lidad de la gran plataforma puede devorar desde el sentido de nación –o el interés nacional– hasta la propia base de sustentación económica –como sucedió en la crisis del 2001 en la Argentina– en su necesidad de satisfacer su voracidad de imágenes que reproduzcan la tragedia y el espectáculo. El sentido de su construcción semiótica sintoniza con los mercados globales, individualizando, fragmentando, intimidando, transnacionalizando, educando y homogeneizando consumidores. Esta lógica es absolutamente refractaria a las cuestiones nacionales y por ende transcurre por carriles ajenos al interés general, asunto que suele integrar la esfera del discurso político. Este libro intentará ordenar una serie de artículos e investigaciones realizados por el autor a partir de la década de los 90, que procuraron registrar y pensar este proceso a medida que se producía. Toma como referencia el conjunto de acontecimientos de convergencia económica y tecnológica, tanto en el orden global como local, pero también ana- liza su impacto sobre la representación social, el rol de la política y la redistribución del poder –económico y simbólico como expresión de este– en el mundo. Asimismo, da cuenta de algunas respuestas vinculadas a la gesta- ción de un heterogéneo actor político-social que logró acertar en una caracterización de los efectos culturales, sociales y políticos de la con- centración en la Argentina y que encabezó un movimiento por la de- mocracia y la diversidad. Esa resistencia pudo articularse con la agenda política mediante la histórica decisión del gobierno de Cristina Fernán- dez de Kirchner de cambiar los términos de la ecuación: por primera vez la política pasó a interpelar al dispositivo. Se pudo –en octubre de 2009– romper la tutela de la dictadura militar y las imposiciones del mercado sobre el audiovisual mediante la aprobación de una nueva regulación en democracia. Ello no sucedió de manera aislada, se ins-

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cribió también en un proceso de resistencias diversas que contestaron, en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, las consecuencias de esta reconfiguración global. La ola de compras y fusiones en la industria audiovisual durante los 80, y especialmente en los 90, puso en jaque los marcos regulatorios del mundo. Pero, a pesar de la escala planetaria que impuso la globa- lización, en Estados Unidos y Europa buena parte de las barreras que amparaban niveles básicos de pluralismo y diversidad o condiciones primarias de competencia mercantil lograron persistir, preservando el rol de los medios locales, manteniendo límites a la propiedad cruzada de periódicos, canales de TV y emisoras radiales, y garantizando un piso de alternativas a la información y a los servicios de una industria convergente. Las reformas hacia la concentración de mercado impulsadas a princi- pios del nuevo siglo por los republicanos en Estados Unidos encontraron una sólida resistencia en la sociedad civil, lo que impidió que la Comi- sión Federal de Comunicaciones (FCC), conducida por Michael Powell, abriese las puertas a mayores escalas de control monopólico. La movida de la Coalición por la Diversidad en los Medios (MDC) en el año 2002 congregó a decenas de organizaciones sociales estadounidenses, y coin- cidió en el tiempo y en los objetivos con la lucha iniciada en la Argentina por la Coalición por una Radiodifusión Democrática (2004). En un caso se trataba de frenar la movida concentradora del gobierno de George Bush, mientras que en la Argentina se planteó la conquista de una ley democrática que desmontara la concentración y las exclusiones consu- madas por la impronta autoritaria de la ley dictatorial empeorada por las reformas desreguladoras del mercado en los 90. Se trata, a la vez, de analizar no solo el fenómeno que aparece a la vista como despliegue de compra de medios, laxitud de barreras jurídi- cas y sinergia empresaria con aplicaciones tecnológicas. Hay que avan- zar además sobre el sustrato ideológico que impregna este rediseño de una industria que apela a las emociones y al pensamiento humano para multiplicar sus tasas de ganancia. La construcción de sentido inherente a los procesos de edición mul- timedia o al directo televisivo se sostiene en la predominancia de la imagen. La paradoja de Baudrillard sobrevuela el desafío de la interpre-

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tación. “En el apogeo de las hazañas tecnológicas perdura la impresión irresistible de que algo se nos escapa; no porque lo hayamos perdido

(¿lo real?), sino porque ya no estamos en posición de verlo: a saber, que ya no somos nosotros quienes dominamos el mundo, sino el mundo que nos domina a nosotros. Ya no somos nosotros quienes pensamos

el objeto, sino el objeto el que nos piensa a nosotros. Vivíamos bajo el

signo del objeto perdido, ahora es el objeto el que nos pierde” 8 . Al cabo de la reconfiguración operada al calor de las alianzas, fusio- nes y adquisiciones en el complejo tecnomediático, lo que comunica ya no es el medio sino el dispositivo. El medio dejó de ser el mensaje, el

dispositivo es quien se ocupa de la “fabricación del consenso alrededor del sistema de poder” tal como lo refiere el lingüista norteamericano Noam Chomsky. El dispositivo emergente de la concentración es el gran productor del mensaje, del sentido común o el sitio de naturaliza- ción del discurso neoliberal. El sentido producido por estos sistemas audiovisuales globales orientó la lectura de las expediciones militares e intervenciones nor- teamericanas y europeas por los Balcanes, América Central (Panamá)

y Medio Oriente entre fines del siglo pasado y comienzos del actual.

Claras disputas por la supremacía de recursos estratégicos o intereses geopolíticos, que fueron presentados bajo excusas circunstanciales y vinculadas generalmente a difusas cuestiones de “seguridad”. Se ocultó en cambio el descalabro del medio ambiente y las consecuencias de un orden salvaje de producción y consumo global. En paralelo se constru- yó la amenaza terrorista y la posibilidad de una hecatombe causada por “fuerzas de la naturaleza”. Los desequilibrios globales no encabezan las series temáticas del dispositivo periodístico. El crimen organizado y el narcotráfico, que sostienen buena parte de las economías regionales del planeta (en el primero y el tercer mundo) no son tampoco objeto del discurso mediático. A menos, claro, que sean funcionales a discur- sos intimidatorios vinculados con la seguridad, personal o nacional. Los intereses del mercado global son los intereses nacionales y de

la seguridad nacional, más allá de lo que ahora se entienda por cues-

tión nacional. Las pertenencias e identidades se han disuelto, dejando

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un individuo desorientado cuyo principal interlocutor son las terminales del sistema de medios. Esta es la cuestión central que debe desmontar la democracia para avanzar con la inclusión social. La sociedad del riesgo, surgida entre los escombros del estado- nación de la modernidad, instaura un nuevo eje de articulación de la vida individual y los conflictos: la dicotomía seguro-inseguro. La percepción catastrófica de la realidad aflojará las restricciones que habían apartado el empleo de recursos militares para cuestiones in- ternas y se confundirán otra vez los conceptos de seguridad interior y defensa nacional. Se juega, como siempre, la resignificación global de la historia. Pero ahora desde un presente perpetuo que puede –además– reproducir (en el sentido de producir nuevamente) el pasado y el futuro. En su Viaje a la hiperrealidad 9 , Umberto Eco describe los artifi- cios tecnológicos puestos al servicio de la representación histórica en museos, hoteles y parques temáticos. Desde la Casa Blanca hasta los superhéroes de las historietas, pasando por momentos bíblicos y répli- cas de objetos famosos, todo puede ser copiado en versión mejorada. Pueden clonarse acontecimientos, historias y sitios con la mayor sen- sación de inmediatez y proximidad. Tal estrategia de la ilusión –entendida como réplica de la realidad– es típica de la cultura norteamericana y fuente de un ingente comercio. “La información histórica debe asumir el aspecto de una reen- carnación para ser asumida. Para hablar de cosas que se quieren connotar como verdaderas, esas cosas deben parecer verdaderas. El ‘todo verdadero’ se identifica con el ‘todo falso’. La irrealidad absolu- ta se ofrece como presencia real”, dice Eco 10 . Pues bien, esas réplicas con sofisticados recursos tecnológicos de consumo individualizado en museos y parques temáticos típicos de los 80 han dejado lugar a los efectos especiales y los montajes del audiovisual para distribución global y masiva. Los mitos fundacionales que alimentaron durante décadas la rueda productiva de la industria de masas y la construcción misma del sentido

9 Eco, Umberto, La estrategia de la ilusión, capítulo I, Editorial Lumen, Barce- lona, 1999. 10 Eco, Umberto, op. cit., p. 16.

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nacional han sido reemplazados progresivamente por biografías parti- culares de personas cuya historia solo tiene dimensión individual. Atrás quedó el Estado-Nación como imaginario colectivo, con el compendio de tareas y deberes ciudadanos que predicaba –y expor- taba– la producción audiovisual norteamericana. La modernidad sería impensable sin la civilización del audiovisual. En el ámbito local, la producción de films como La guerra gaucha (Lucas Demare, 1942) intentaron una mirada autónoma de la cuestión nacional –en el sentido de la construcción del sujeto histórico que pro- pone Juan José Hernández Arregui y que desvelaba a Brzezinski– con la alianza entre criollos y pueblos originarios para la independencia de la tutela colonial. El film también intentó indagar en la perspectiva nacional de la historia antes del advenimiento del mayor movimiento popular del siglo XX en la Argentina. Pero no logró inaugurar un ci- clo de articulación entre la cuestión nacional y una cultura audiovisual perdurable. En buena medida por los permanentes asaltos al poder de- mocrático de grupos económicos con sus brazos militares, que siempre adoptaron los modelos nacionales “importados”. La industria televisiva local contó sus propias historias de clase me- dia (La familia Falcón) o de inmigrantes (Los Campanelli, Los Ben- venuto, etc.) que se inscribían (aún) en la narrativa de una sociedad con trabajo, tolerancia e integración social. Tales imaginarios fueron cuestionados por el terror de la dictadura primero y el individualismo neoliberal después. La destrucción de los lazos sociales que provocó el neoliberalismo salvaje en los 90 no vino solo. Reemplazó también lo que quedaba del imaginario social argentino y parte de sus mitos fundacionales por una apertura económica que también tuvo su correlato de masivo desem- barco cultural de señales (y medios) extranjeras (especialmente norte- americanos). La ficción nacional se desplomó en simultáneo con la emergencia del reality que reemplazó la narrativa por la exhibición. Las tres cuartas partes del dispositivo audiovisual nacional quedaron –al finalizar la década– en manos de consorcios transnacionales radica- dos en Estados Unidos. La crisis de fin de siglo daría la oportunidad al cuarto restante de resurgir –previo salvataje financiero y jurídico– como grupo nacional

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hegemónico que se postularía como suprapoder de la democracia para ejercer la gendarmería intelectual de las viejas corporaciones. En el nuevo escenario, la historia como tal queda convertida en producto, en señal temática que puede contar lo que pasó pero no reflexionar sobre el presente. Atrás quedó la promesa de la revolución (obrera o nacional y popular) como desafío histórico y social, y su on- tología fue reemplazada por el falso paradigma de la democracia digital conducida desde terminales remotas y de una dudosa ciudadanía de cuarta categoría en un mundo de sofisticados artefactos tecnológicos. No está demás recordar con Néstor García Canclini que “la cons- trucción de la memoria nacional se realiza a través del olvido. Ella es el resultado de una amnesia selectiva. Olvidar significa confirmar deter- minados recuerdos, apagando los rastros de otros, más incómodos o menos consensuados” 11 . El dispositivo concentrado, en buena medida, ha sido el artífice de esa construcción colectiva, apagando los rastros de una conciencia de protagonismo social y autonomía nacional, pero afirmando el sentido de la individualidad subordinada y dependiente. La reconversión democrática de ese dispositivo y la apropiación autó- noma de las nuevas tecnologías será la condición para liberar aquella memoria como proyecto y para realizar aquel mandato de volver a la realidad. La historia, entonces, puede volver a encarnarse en los pueblos, en los millones de argentinos que regresaron como multitud –desde el sub- suelo de Scalabrini– en la Argentina bicentenaria de mayo de 2010. El cambio de paradigma en la comunicación sobreviene cuando un nuevo modelo económico, social y político disputa el espacio público y la construcción de sentido para recuperar un relato autónomo del pa- sado y el porvenir. Realidad en carne viva que intenta abrirse paso en medio del dispositivo que instauró el mercado absoluto como sentido común de la sociedad. No se trata solo de un nuevo estatuto jurídico; sino de la movilización social que lo concibió y la decisión política que lo hizo posible. Esta es, probablemente, la batalla más importante con- tra el fin de la historia.

11 Ortiz, Renato, La Mundialización y la Cultura, Alianza Editorial 1997, p.

Parte i

Los mecanismos

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Capítulo 1

Los falsos paradigmas del cambio tecnológico

Desde siempre, la producción y distribución de la información ha sido inseparable del poder, de sus representaciones simbólicas y de las políticas para administrarlo. Lo sabían hace más de 3000 años en Egipto. Una antorcha encen- dida iniciaba entonces la cadena de luces que avisaba la creciente del Nilo en su camino hacia el Delta. Aquellos destellos representaban una poderosa fuente de información. La luz tenía que adelantarse al agua. Los fugaces resplandores en la noche eran la señal que esperaba el úl- timo de los mensajeros para correr con la noticia hasta el sacerdote. El interlocutor de los dioses ya podía anunciar que era inminente la creci- da y el desborde del río. En el mundo de los faraones, la administración –y el anticipo– de la información eran la prueba de oscuros y temibles poderes que podían incidir en las grandes decisiones de los imperios. Prometida como el paradigma de una nueva civilización, la informa- ción perdió con la posmodernidad su sentido sacramental para conver- tirse en moneda corriente. Ya no se trata –como en la Antigüedad– de poseerla sino, además, de saber qué hacer con ella. El cambio de milenio (1999-2000) se produjo bajo augurios de una refundación civilizatoria. El tiempo emergente se presentó como el de una revolución –aparentemente incruenta– en las formas del conoci- miento y la producción, sostenida en la ilusión de que se derrumbaban las fronteras del tiempo y del espacio. En el imaginario construido de las irrupciones fundantes, se sacralizó una suerte de Big Bang tecno-

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lógico que prometió una Sociedad de la Información, a construirse sobre los escombros del trabajo y de las relaciones históricas entre los habitantes del Estado-Nación 12 . Causa y efecto de la revolución tecnológica y de la globalización, la era de las telecomunicaciones asomó como el emblema posindustrial que se ofreció como la mayor democratización en el acceso a las fuen- tes de conocimiento y al intercambio de información tanto como la amenaza de nuevos imperios. Los apóstoles de la nueva era prometieron “la reinvención del mun- do” y un humanoide bautizado por Nicholas Negroponte como el ser digital.

“A principios del siguiente milenio –pronosticaba Negroponte– geme- los o pendientes podrán comunicarse entre sí a través de satélites de órbita baja y tendrán más potencia que nuestra PC actual. El teléfono ya no sonará siempre, sino que recibirá, seleccionará y tal vez res- ponderá a las llamadas, como un mayordomo inglés bien entrenado. Los sistemas para transmitir y recibir información y entretenimiento personalizados obligarán a los media a reestructurarse. Las escuelas se transformarán en museos y salas de juego para que los niños estructu- ren sus ideas y se relacionen con niños de todo el mundo. El planeta digital parecerá tan pequeño como la cabeza de un alfiler” 13 .

Los gemelos de interconexión vía satélite o las escuelas lúdicas que imaginó Negroponte no llegaron, pero sí lo hicieron profundas trans- formaciones en el uso y consumo de los dispositivos de comunicación personal y de carácter masivo. Extrañas denominaciones como bits, fi- bra, bucle, píxel, 3G y otras terminaron siendo parte de la jerga juvenil a poco de cruzar el umbral del milenio. Esa reinvención significó el fin de un largo camino que había co- menzado con el dominio de las ondas electromagnéticas y terminó en el ciberespacio. Las implicancias de esa historia no son solo técnicas sino básicamente sociales y culturales. En su recorrido sucedieron re-

12 Artículo “Los desafíos del subdesarrollo en el mundo digital”, Lazzaro, L., Pre- gón, 2000.

13 Negroponte, Nicholas, El mundo digital. Una era de optimismo, Ediciones B, Barcelona, 1995.

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voluciones, dos guerras mundiales –que potenciaron enormemente el desarrollo de las comunicaciones– y la etapa final con la Guerra Fría y su epílogo post-industrial. La historia rosa del progresismo tecnológico suele contar la le- yenda de sabios chiflados o visionarios en sus garajes como artífices del Big Bang científico. Pero fue la carrera espacial y la búsqueda de la supremacía militar entre Estados Unidos y la URSS –lanzados a romper el “equilibrio del terror” que se instaló luego de la Segunda Guerra Mundial– lo que movilizó la inversión de cientos de miles de millones de dólares a las investigaciones que dispararon la revolución científico-tecnológica. En su punto más alto, la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) de Ronald Regan, más conocida como la “Guerra de las Galaxias”, desató en los 80 una gigantesca paranoia productiva en el complejo militar-industrial norteamericano que articuló todos los conocimientos de física, química, electrónica y matemáticas para la invención de “armas inteligentes”. El experto en geopolítica y seguridad norteamericano, Zbigniew Brzezinski, había pronosticado en La era tecnotrónica, el advenimien- to de un nuevo orden internacional surgido de la supremacía tecnológi- co-militar 14 . El mismo Brzezinski, luego de la caída del Muro de Berlín y de la implosión soviética de 1989, apuntó que “el imperialismo cul- tural” de los Estados Unidos –sostenido por la industria audiovisual de Hollywood y las nuevas corporaciones de la comunicación– estaba lla- mado a reemplazar al viejo orden sostenido por la amenaza atómica. De hecho, la génesis misma de Internet –el nuevo medio, que sintetiza la convergencia tecnológica en la comunicación– no puede separarse de los dispositivos militares creados en la Guerra Fría. La agencia de investigaciones en tecnología militar conocida como Arpa (Advanced Research Projects Agency) fue su primer laboratorio de ensayos. La noción de transmitir paquetes de información fragmen- tada y digitalizada mediante redes destinadas al intercambio de datos surge hacia fines de los 50 en esa dependencia norteamericana. A la creación de los protocolos TCP/IP (Transmission Control Proto-

14 Ver también Lazzaro, Luis; Rosso, Daniel; Scalise, Adrián, La batalla de la comunicación. El desafío de la identidad en la Argentina privatizada, cuaderno 53, IDEP, 1997.

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col/Internet Protocol), que permitió Arpanet, le continuaría luego las tecnologías de transmisión por cable coaxil que se aplicaron en los 70 a la Ethernet. Con el aporte de Xerox, Digital Equipment e Intel –que desarrolló los famosos microprocesadores de silicio– será posi- ble establecer las bases para las redes de área local (LAN –Local Area Network–). A estas empresas se sumaron luego IBM y la corporación telefónica MCI para poner en marcha las primeras conexiones de alta velocidad.

Reconversión productiva y cultural

En los 80, mientras el Tercer Mundo multiplicaba su endeudamiento y las cenizas de la guerra fría aún apañaban dictaduras militares, las agencias de defensa, los centros espaciales y los organismos de investi- gación atómica de Estados Unidos y Europa, incuban el germen de un salto productivo tan impactante que les permitirá en breve anunciar la “reinvención del mundo”. Cuando el Muro de Berlín se derrumbaba en el Este europeo, el in- formático británico Timothy Berners-Lee, del Centro Europeo de Inves- tigación Nuclear (CERN) ponía a punto, en 1989, la World Wide Web, que marca el punto de partida para las autopistas de la información. Basada en el concepto de hipertexto, la “telaraña” virtual explotaría en menos de diez años hasta conectar unos 300 millones de compu- tadoras en todo el mundo. A diferencia de los desarrollos tecnológicos precedentes, la digitalización posibilitó –por primera vez– reunir en un mismo soporte y con un lenguaje común a los tres elementos básicos de la comunicación: el texto, la imagen y el sonido. Para Renato Ortiz está clara la huella genética de los nuevos dispo- sitivos virtuales: “La articulación entre la industria norteamericana de comunicación y el complejo militar es verdadera, no una ficción ideoló- gica. La invención de la computadora no se debe solo al ingenio de los hombres, sino que resulta de la convergencia de intereses científicos y militares” 15 . Al comenzar el año 2000 las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) habían transformado la producción y circula-

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ción global de bienes y servicios. El fin de la era industrial (y de la modernidad) implicó también un cambio cualitativo en la relación entre el hombre y las máquinas. Si antes estas sustituían el trabajo muscular, ahora reemplazaban en forma creciente las funciones del cerebro. En su entrelazamiento con la informática y las comunicacio- nes personales, la industria de la comunicación audiovisual de masas, especialmente el cine y la televisión, moldearía la impronta cultural de la sociedad digital. Las nuevas representaciones humanas adoptaron la forma de seres robotizados o atravesados por la tecnología como el hombre nuclear o la mujer biónica, o el androide preprogramado de Robocop sin olvidar los humanoides de Matrix, computadoras de forma humana que solo necesitaban energía para sus proyectos de dominación. Cerca de la perfección de las “armas inteligentes”, eufemismo que procuró dotar de racionalidad simbólica a las máquinas de destrucción humana. Esas propiedades serán transferidas progresivamente de las personas hacia los artefactos, de las sociedades a los dispositivos. Los peores instintos de la juventud global son convocados desde las pantallas interactivas de violentos videogames que van desde Street Fighters hasta Mortal Kombat. Aun coincidiendo con lo inevitable de la mutación productiva, no puede omitirse que el vagón del salto tecnológico que supone la digi- talización avanzó impulsado por la locomotora del capitalismo en su fase de expansión corporativa neoliberal. Tal articulación supone en- tonces un tipo de progreso simbolizado por la proliferación de nuevos artefactos y modos de consumo que se desarrollan sobre la progresiva descomposición (licuefacción, en términos de Zygmunt Bauman) de las sociedades y los Estados. Entre los elementos que caracterizan el cambio de época y de sis- tema, el alemán Ullrich Beck señala la descomposición y desencanta- miento de los magmas de sentido colectivo (paradigmas anteriores) y subraya: De ahora en adelante todos los esfuerzos de definición se concentran en la figura del individuo. A esto se refiere el concepto de proceso de individualización” dice. Librados a su suerte personal los seres humanos ingresan además en lo que el sociólogo define como sociedad del riesgo. “Los hombres deben entender su vida, desde

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ahora en adelante, como estando sometida a los más variados tipos de riesgo, los cuales tienen un alcance personal y global” 16 . En la comunidad electrónica, reflexiona Umberto Eco, el problema no es la hipercomunicación sino la soledad:

“Desde luego vivimos en una nueva comunidad electrónica, bastante global, pero no es una aldea, si por ello se entiende un asentamiento humano donde la gente interactúa directamente entre sí. El verdade- ro problema de una comunidad electrónica es la soledad” 17 .

Internet aparece como la herramienta democratizadora de ese siste- ma, por donde circularían los negocios, la política y la vida social. Pero la promesa de la comunicación interactiva en tiempo real, imaginada por el mercado para las elites de los continentes, también suponía el analfabetismo digital para las mayorías. Mientras la capacidad de inter- comunicación a nivel mundial se duplicó en menos de dos décadas, la mitad de la población aún carecía de conectividad telefónica al termi- nar el siglo XX. Diez años después del cambio de milenio un cuarto de la población mundial (25%) navegaba por Internet. Más de 1700 millones de hu- manos se habían convertido en habitantes del mundo digital, pero el 80% de ellos vivían en Europa, Estados Unidos y los islotes asiáticos de modernidad. El otro 20% se reparte entre África, Oceanía y América Latina 18 . En tanto, las tres cuartas partes que restan de la humanidad permanecen fuera de la cartografía digital. Las alianzas y fusiones entre corporaciones de telefonía, infor- mática y producción audiovisual han sido –como veremos– el orde- nador de estos cambios. Las grandes disputas del mercado global han gestado tanto la concentración de los flujos de capital y las operaciones comerciales como la fractura de tejidos culturales e identidades locales.

16 Beck, Ullrich, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Paidós,

1994.

17 Eco, Umberto, Clarín, Cultura y Nación, Domingo 27 de septiembre de

1998.

18 Fuentes: Nielsen Online, ITU, Internet World Stats. Miniwatts Marketing Group, tomadas de www.exitoexportador.com.

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Mientras los medios masivos de comunicación se dirigían a grandes audiencias y se correspondían con los grandes mercados de consu- mo nacional, la transnacionalización generó terminales segmentadas. La globalización ha fragmentado tanto la oferta como la demanda, produciendo la paradoja de que la distribución audiovisual alcanzó di- mensiones planetarias pero sus productos se dispersaron en nichos de mercado de las audiencias locales. Es más, las condiciones tecnológicas de recepción han venido a subrayar el creciente aislamiento del indivi- duo de sus relaciones sociales al suministrarle terminales personales y móviles de telefonía, informática, radio, cine y televisión. Tal fragmen- tación de mercado no contradice la construcción del “consenso global” (Chomsky) sobre los poderes que rigen el mercado global en el anclaje y fijación de su universo simbólico. La inclusión de los desposeídos de la sociedad de la información se plantea como el gran desafío de los arquitectos del planeta digital, aunque es evidente que su despliegue reproduce el mismo esquema de inclusión y ciudadanía del mercado en su etapa de desregulación global. “Para crear hay que destruir”, justifican. Los nuevos sistemas trans- portan dinero virtual por el mercado de capitales que, en un solo día, opera recursos equivalentes al doble del Producto Bruto anual de Áfri- ca. Algunas superproducciones de la industria cinematográfica, como Titanic, llegaron a facturar más que el PBI anual completo de cualquier nación de Centroamérica. La industria de las representaciones despla- za a la producción de bienes físicos. Negroponte tenía razón en algo: los bits no sacian el apetito. “Los bits no se comen; en ese sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte”. Para el gurú de la nueva época “ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital” 19 . La economía “informacional” –Manuel Castells– alteró la globalidad de las relaciones de poder. “Solamente se observa esta dimensión in-

19 Negroponte, Nicholas, op. cit., epílogo.

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ternacional global en la estructura y funcionamiento de las Empresas y del Sistema Financiero, mientras nosotros nos replegamos impoten- tes al ámbito de lo local en nuestra acción política”, planteaban con alarma los documentos de base para la reunión de fin de siglo de la socialdemocracia europea 20 .

El mercado como política

El nuevo escenario descoloca a la política como mediadora entre los

actores sociales y la administración de los resortes del Estado-Nación. La arquitectura de este último se desvanece con las privatizaciones y el embrión del gobierno mundial, gestado primero en los organismos financieros internacionales y en los agrupamientos de los más podero- sos (el G8). Como se aprecia, gobierno mundial, hegemonía del capital financiero y despliegue tecnológico son parte de una misma comuni- dad de intereses. Las sociedades, entonces, se globalizan y se fracturan. Pero, como señala García Canclini, la distribución de símbolos y el flujo de circu- lación de los mismos tienen direcciones y escenarios preponderantes tales como Nueva York, Hollywood y la sede del Banco Mundial.

“Podríamos ampliar la vista, pero seguiríamos comprobando que los símbolos mayores de la globalización se encuentran casi todos en Estados Unidos y Japón, algunos todavía en Europa y casi ninguno en América Latina” 21 .

A los guetos tradicionales, surgidos de la marginación, se superpo-

nen otros nuevos, producidos por su contraparte, la concentración de

la riqueza. La destrucción producida por este Big Bang redistribuye los enclaves de lujo y más bolsones de miseria extrema.

“En el primer mundo, en los países centrales, pero también en los emergentes y en los más pobres, un sector reducido de la población

20 Progreso Global, Documento de base del XX Congreso de la Internacional Socialista, elaborado por Felipe González (1999).

21 García Canclini, Néstor, La globalización imaginada, p. 54, Paidós, Estado y Sociedad, 1999.

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se concentra en guetos de lujo, con sistemas de seguridad, medicina y educación privados. Un porcentaje cada día más reducido de los ac- tivos gozan de un empleo cuya estabilidad depende de la dificultad de sustitución. Otros guetos de miseria y exclusión se están extendiendo por las cada vez mayores concentraciones urbanas. Un tipo de em- pleo precario y sustituible abarca a un numero creciente de activos, carentes de seguridad social, de asistencia sanitaria y de perspectivas para la vejez en sociedades ricas, o con temor a perderlas en otras, rodeados de un universo creciente de excluidos, excedentes del mer- cado de trabajo y marginados del resto de la sociedad” 22 .

La descripción no pertenece a ningún sociólogo tercermundista. Fue escrita por el ex presidente del gobierno español Felipe González en el documento que sirvió de base a la discusión del XXI Congreso de la Internacional Socialista, que reunió en París a 23 jefes de Estado y representantes de 143 partidos de todo el mundo en 1999. Estos escenarios no son entonces producto del afán inventivo de la humanidad sino de sectores económicos que vuelven a posicionarse en el planeta a partir de la década neoliberal y de los principios que constituyeron la agenda macroeconómica y política de ese tiempo, sintetizados en el llamado Consenso de Washington. Las falacias de la

revolución científico-tecnológica, las reformas privatizadoras de los 90

y el despliegue de un mensaje global orientado a convertir en sentido

común los discursos del mercado en su expansión y reproducción son todas caras de una misma moneda. La cultura y el consumo se desterritorializan, entronizan produc- tos globales y fragmentan identidades locales. Los saberes acumulados saltan de generación y se transfieren a las nuevas, haciendo que los

jóvenes de este milenio identifiquen los nuevos lenguajes y artefactos como único discurso de autoridad. Tanto como la comunicación y la cultura, el sector educativo tam- bién es empujado hacia una matriz de mercado globalizado. Desregular

el mercado de la enseñanza universitaria es –junto con los medios– una

de las prioridades norteamericanas en las relaciones económicas inter- nacionales. La consultora Merrill Lynch proyectaba que, pocos años

22 González, Felipe, Progreso Global, op. cit., 1999.

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Luis Lazzaro

después del cambio de siglo, el mercado de conocimientos por Internet superaría los 50.000 millones de dólares. Entrevistado por Clarín el ex Director de la UNESCO Marco Antonio Dias (Brasil) opinó:

“Lo que se debate aquí es mucho más que el dinero: es si la educa- ción de los ciudadanos va a seguir en manos de gobiernos demo-

cráticos o de las multinacionales. ¿Quién va a definir la educación de nuestros hijos? ¿Bajo el control de quiénes estará la formación

Y si triunfa esta posición, ni la política educacional

ni los contenidos de los programas ni la validez de los diplomas serían ya fijados por nuestros gobiernos sino por entidades supranacionales muy influenciadas por las grandes multinacionales” 23 .

universitaria? (

)

La promoción de la racionalidad individualista por las reformas eco- nómicas e institucionales del Consenso de Washington y sus comple- mentos demandó “modificaciones radicales” en el comportamiento de las sociedades. Se trató de “sustituir el concepto de derechos y obli- gaciones colectivas –emanadas unos y otras tanto de tradiciones co- munitarias como de concepciones socialdemócratas– por la noción de capacidades individuales referidas fundamentalmente al mercado como sistema de organización social”, dice el sociólogo Carlos Vila. Esto no pudo ocurrir sin un cambio profundo en la matriz cultural de las poblaciones. A juicio del sociólogo argentino

“ el referente implícito es un modelo de elección racional de indivi-

duos orientados por una motivación utilitaria, con libre e igual acceso a la información. En sus versiones más fundamentalistas, el rediseño neoliberal de las instituciones apunta a una reconfiguración cultural profunda del conjunto de la sociedad y a la reducción de esta a una sumatoria de interacciones individuales de motivación egoísta”.

El efecto de esa acción cultural producida por la convergencia de estos factores es equivalente a un ácido corrosivo que socava la inte- gridad social y cultural de las naciones, junto con el desmembramiento del Estado.

23 Diario Clarín, 2 de noviembre de 2003.

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“La sociedad pierde cohesión; la profundización de las desigualda- des sociales conspira contra el sentimiento de pertenencia a un todo compartido. La comunidad imaginada de la patria, la nación o in- cluso la clase, retrocede ante las lealtades particulares al grupo pri- mario, a la corporación, a la firma de negocios o a identificaciones contingentes” 24 .

Está claro que el impacto de tales mutaciones trasciende la econo- mía y la cultura. Supone también nuevos desafíos para los sistemas democráticos, especialmente en América Latina, puesto que coinciden el surgimiento de los dispositivos tecnomediáticos con los tiempos en que se retiran las fuerzas armadas del poder. Hasta cabría preguntarse en qué medida reemplazan un modelo de consenso a palos por otro más persuasivo pero igualmente autoritario. Entre uno y otro esquema de poder –las dictaduras militares y las corporaciones tecnomediáticas– se han debatido la política y las de- mocracias regionales, sobre todo a partir de la última década del siglo pasado y la primera del nuevo milenio.

Concentración o democracia

Varios estudios de organismos regionales latinoamericanos habían alertado sobre el impacto social de las reformas impuestas por la agen- da neoliberal y el fundamentalismo de mercado:

“Detrás del discurso del llamado ‘Consenso de Washington’ se en- cuentra el supuesto de la existencia de un modelo único de desarrollo, aplicable a todos los países cualesquiera sean sus circunstancias, y una visión de la ‘economía de mercado’ como antagónica al inter- vencionismo estatal. Esta idea, compartida por los organismos de crédito internacionales, es ‘ahistórica’, nociva y contraria a la demo- cracia” 25 .

24 Vilas, Carlos M., “Más allá del Consenso de Washington. Un enfoque desde la política de algunas propuestas del Banco Mundial sobre reforma institucional”, pu- blicado en la revista del CLAD Reforma y Democracia, nº 18, Caracas, 2000.

25 Ocampo, José Antonio, Informe “La democracia en América Latina: Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos” para el Proyecto sobre el Desarrollo de la Democracia en América Latina (PRODDAL), 2002, p. 192.

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Luis Lazzaro

El paradigma de salto tecnológico que operó muchas veces como coartada discursiva del neoliberalismo –especialmente para consumar

una involución social en nombre del cambio individual– también resig- nificó el lugar social y político de los medios, que se convirtieron en la prueba más evidente sobre el advenimiento de la posmodernidad mediante la oferta de nuevos artefactos, formatos y contenidos. Desde entonces “la prensa” nunca más será lo mismo, sino otro engranaje de un dispositivo que ya la integró en su diseño de negocios e intereses. Los principales lideres democráticos de América Latina habían ad- vertido hacia comienzos del siglo que los medios “actúan como supra-

han pasado a tener un poder que excede al Ejecutivo y los

poderes legítimamente constituidos, (

a los partidos políticos” y se los visualiza en consecuencia como ex- presión de “corporaciones que aparecen como un obstáculo para una democracia más amplia” 26 . Tales expresiones forman parte de un extenso informe sobre el estado de la democracia en Latinoamérica, elaborado por el PNUD en 2002 y publicado en 2004, luego de recabar la opinión de los pre- sidentes y ex presidentes de la democracia en la región, así como los referentes de los principales partidos políticos. Varios mandatarios y ex presidentes del Cono Sur señalaban en- tonces su preocupación por “el peso de corporaciones que aparecen como un obstáculo para una democracia más amplia, por el otorga- miento de privilegios a ciertos grupos en un contexto de partidos dé- biles y de un Estado que debería ser más republicano. (…) La estrecha vinculación entre grupos económicos y medios de comunicación es destacada por la mayoría de los consultados”, señala el informe que compiló Dante Caputo para el PNUD luego de haber consultado a más de 200 dirigentes de la región. En este sentido, claramente hay un desplazamiento de la política, no solo de los atributos públicos del poder real, sino de los lugares mismos de la enunciación. Los medios de comunicación masivos como

han reemplazado totalmente

poderes, (

)

)

26 “La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos”. Publicado para el Programa de las Naciones Unidas Para el Desa- rrollo (PNUD), Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, New York, 2004, p. 169.

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terminales del dispositivo tecnomediático articulados al poder corpora- tivo global los han reemplazado, proveyendo los argumentos principa- les de la disertación y la réplica política. El espacio público ya no es la tribuna, son los medios.

“La civilización –dirá Ryszard Kapuscinski– se vuelve cada vez más de- pendiente de la versión de la historia imaginada por la televisión” 27 .

La circulación global e irrestricta de la información –y del capital, convertido en intercambio de bytes– está en el corazón del mundo líquido. En la arquitectura del planeta diseñado bajo la impronta cor- porativa –que disputa la globalidad del dispositivo– entre empresas in- formáticas o de telefonía, cable y televisión, para convertir a la Web en una infinita señal de acceso múltiple. Allí solo hay espacio para la ciudadanía informática. El poder político se convierte entonces en “un lugar vacío”, dice Ignacio Ramonet. “La política –sostiene– hoy es la economía, la eco- nomía son las finanzas, las finanzas son los mercados y estos no están controlados por la política. Están fuera del perímetro de la democracia. Este es el desafío de los políticos, entonces hay que restablecer la efi- cacia de la política” 28 . El club de los poderosos, constituido sobre la base de las ocho na- ciones más ricas del planeta, lanzó en julio del 2000 una proclama fundante de las bases del nuevo orden 29 . Caracterizaron allí a las Tec- nologías de la Información y la Comunicación (TICs) como

“ una de las fuerzas más poderosas para definir el siglo XXI. Su

impacto revolucionario afecta a la manera en que la sociedad vive, aprende y trabaja, así como a la forma en la que los gobiernos in- teractúan con esta sociedad. Las TICs se están convirtiendo rápida- mente en el motor vital de crecimiento de la economía mundial. (…)

27 Kapuscinski, Ryszard, “¿Reflejan los media la realidad del mundo? Nuevas censuras, sutiles manipulaciones”, Le Monde Diplomatique, Julio-Agosto, Ed. Argentina, 1999.

28 Ramonet, Ignacio, Conferencia, Buenos Aires, 1999.

29 Grupo de los 8 (G8), Carta de Okinawa sobre la Sociedad de la Información Global, julio de 2000.

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Las enormes oportunidades que ofrecen los nuevos medios deben ser empleadas y compartidas por todo el mundo”.

Tal despliegue permite “la creación de un crecimiento económico sostenido” así como “la cohesión social y el trabajo necesario para fortalecer la democracia, aumentar la transparencia y la correcta ma- croeconomía en los gobiernos”, y además “promover los derechos humanos, ensalzar la diversidad cultural y la estabilidad y la paz mun- dial” 30 . Adviértase que el impacto revolucionario insuflado a las TICs y sus promesas de bienestar social e incluso promoción de la diver- sidad cultural, fortalecimiento de la democracia, y hasta su con- tribución a la paz mundial (¡) son parte del catálogo de instalación del nuevo escenario de expansión comercial de las corporaciones del sector. Pero la historia recomendaba tomar con prudencia tales proclamas.

A comienzos del siglo XX, el hundimiento del Titanic y el horror de la

Primera Guerra Mundial habían puesto fin al progresismo voluntarista sobre la infalibilidad de la técnica y del progreso humano montado so- bre los rieles de las tecnologías de punta de la época. Es más, en lugar de resultar el tiempo prometido por los artificios de la mecánica y la ingeniería, la centuria vivió los peores horrores que nadie hubiese podi-

do imaginar, desde genocidios masivos, guerras mundiales, terrorismo global atómico, hambrunas y gigantescas migraciones para escapar de

la pobreza. Un siglo después, el discurso posibilista sobre las conquis-

tas de la ciencia volvía a encender el optimismo sobre la marcha de la sociedad global. Se jugaba la centralidad del nuevo dispositivo y también la resignifi-

cación global de las identidades culturales. Los franceses Jacques Attali –asesor del presidente francés François Mitterrand– y el ex presidente Jacques Chirac, es decir, socialistas y gaullistas, advirtieron sobre los riesgos de que el despliegue del nuevo orden tecno-mediático termina-

ra en otra ola neocolonial de subordinación a Estados Unidos. En el caso latinoamericano, la reconfiguración económica y cultural empujada por la simultaneidad de la desregulación y la introducción de

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las TIC´s cierra los ciclos anteriores que caracterizaron el siglo XX en la región: invasiones militares directas de tropas norteamericanas (Pa- namá, Nicaragua, Caribe, etc.), las dictaduras de todo tipo sostenidas por control remoto desde Washington (especialmente el Cono Sur) y el ciclo de endeudamiento financiero auspiciado por el FMI (todo el continente latinoamericano). Los 90 serán los años en que las posibilidades de autonomía cien- tífica y tecnológica de la joven democracia argentina serán devastadas por una explícita subordinación al nuevo dispositivo diseñado por las corporaciones tecnomediáticas norteamericanas.

Los alumnos argentinos

Uno de los esforzados alumnos de la clase, el secretario de Comu- nicaciones argentino (1991-1997) German Kammerath, en su afán de simpatizar con este nuevo club de los poderosos, llegó al disparate de postular en los foros internacionales a Eva Perón como abanderada de la versión digital del neoliberalismo:

“Muchos de Uds. conozcan, quizás, la historia de Eva Perón, ‘Evita’. Fue una mujer que hizo enormes esfuerzos –esposa de un poderoso presidente argentino– por llevar el bienestar a los sectores sociales más humildes de la Argentina. (…) Yo creo que hoy quienes quisieran hacer justicia social impulsarían decididamente el acceso efectivo de los sectores populares al uso de las tecnologías de la información” 31 .

Kammerath representó como pocos el peronismo travestido de fi- nes del siglo XX con discursos útiles al negocio de las corporaciones de las telecomunicaciones barnizados con la insólita promesa de la justicia social. El modelo económico de apertura y desindustrialización que destruyó las bases de la sociedad del trabajo se sostuvo, en buena medida, en esos relatos.

31 Discurso pronunciado por el entonces Secretario de Comunicaciones de la Ar- gentina, Germán Kammerath, en Inter@ctive 97, Foro de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, Ginebra, del 8 al 14 de Septiembre de 1997 (“Un lugar donde jamás se pone el sol”).

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Luis Lazzaro

“El aliento al desarrollo de la infraestructura de comunicaciones, de los contenidos basados en el principio de la interactividad y en el derecho a la información –afirmaba– moldearán la Sociedad Mundial de la Información, la que constituirá la promesa más acabada que haya tenido el hombre de una revolución tecnológica al servicio de la justicia social”.

La destrucción del complejo industrial nacional y del sistema científi- co-tecnológico argentino fueron, en esa época, las políticas principales que no sembraron justicia sino la más profunda involución social del país en la segunda mitad del siglo. La subordinación del gobierno de Carlos Menem a los postulados del nuevo orden convirtió incluso a Buenos Aires en la sede donde estas proclamas serían lanzadas. En 1991 se firmó el Tratado de Reciprocidad de Inversiones con Estados Unidos, alfombra de bienvenida a la colonización del sistema audiovisual nacional por parte de diversos grupos económicos, finan- cieros y mediáticos norteamericanos. El propio CEO del grupo que intentaría disputar la convergencia, Hector Magnetto, de Clarín, se permitiría una reflexión brutal sobre semejante acuerdo: “Fue el pri- mer tratado de reciprocidad no recíproco” manifestó, y analizó que “…me parece que respondió más a un proyecto político o de oportu- nismo empresario que a otra cosa. Ningún país del mundo firmó un acuerdo como ese” 32 . En 1994 Argentina organizó la Primera Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones (CMDT-94) bajo el auspicio de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Es el mismo año en que Argentina y Estados Unidos ponen en marcha el tratado que abrirá las puertas al despliegue de empresas norteamericanas de telefonía y de distribución audiovisual por cable. La reforma constitucional de ese año asegurará que el texto del estatuto bilateral prevalezca por encima de las leyes argentinas. En las conclusiones del encuentro se proclamó la necesidad de re- mover las barreras de protección nacionales de manera que

32 López, José Ignacio, El hombre de Clarín. Vida privada y pública de Héctor Magnetto, Sudamericana, p. 276.

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“el desarrollo de las telecomunicaciones pueda fomentarse mediante

la liberalización, la apertura a las inversiones privadas en circunstan-

cias adecuadas. Su introducción en cualquier ejercicio de reestructu-

ración debe ser compatible con las metas de desarrollo nacionales y con el mejoramiento de los servicios en las zonas menos atendidas”.

La declaración final no dejó dudas sobre los intentos de expansión hacia los medios sociales:

“Las estrategias de desarrollo deben abarcar los medios de radio- difusión sonora y de televisión, a través de los sistemas terrenales

y por satélite, como uno de los factores clave en la promoción del

desarrollo social y cultural. Las nuevas tecnologías de radiodifusión que se están creando proporcionarán oportunidades para aportar

una mayor contribución al desarrollo, y especialmente a través de la formación a distancia” 33 .

Todo el tiempo, las referencias al presunto aporte de las nuevas tecnologías para el desarrollo de las zonas más pobres y el rol igualador de las posibilidades de educación a distancia funcionaron como coar- tadas discursivas tras las cuales se subordinaron las políticas públicas al interés de los mercados.

Globalización y subordinación

Tales recetarios sostuvieron la arquitectura ideológica sobre la que se apoyó la intervención desreguladora y privatizadora del Estado Nacional durante los 90, particularmente en el campo de las telecomunicaciones y de los medios audiovisuales. En 1997 la Secretaría a cargo de Kammerath adjudicó a la empresa francesa Thompson un contrato por 500 millones de dólares para la privatización del control del espacio radioeléctrico. Di- cha concesión fue anulada en el año 2004, por gravísimas irregularidades en su tramitación y con una investigación por corrupción abierta en la justicia.

33 Primera Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones (CMDT- 94). Declaración de Buenos Aires sobre el Desarrollo Mundial de las Telecomuni- caciones de cara al Siglo XXI. Del 21 al 29 de marzo de 1994.

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En la superficie de aquellos negocios, el funcionario interrogaba en sus intervenciones públicas: “¿Por qué no proporcionar computadoras

y acceso a Internet a los chicos que viven en naciones donde la comida, la vestimenta y la medicina son inadecuadas?” 34 . El nuevo orden se postula entonces como un camino eficaz para

lograr la justicia social, la paz o el progreso. El nuevo Big Bang civiliza- torio puede, incluso, detener el tiempo. El politólogo norteamericano Francis Fukuyama adelantó, en ese contexto, el “fin de la historia”, convocando a un imaginario en que el ocio y el confort dominarían las preocupaciones humanas y edificando un paradigma de pax global sobre la base del progreso científico-tecnológico. En el trasfondo de estos relatos voluntaristas y funcionales a las nuevas ecuaciones de poder global subyacen la fragmentación de las sociedades salariales y las gigantescas migraciones humanas en busca de nuevos horizontes de trabajo, cuando no de puro escape al hambre

y la pobreza extrema. “La disputa por cómo se integran y cómo compiten económica- mente América Latina, Europa y Estados Unidos es también una dispu- ta por cómo se narran las convergencias y los conflictos”, dice Néstor García Canclini, y se pregunta:

“¿Pueden los viejos relatos que organizaron las expectativas de los migrantes y los acuerdos que en otra etapa de la división inter- nacional del trabajo rigieron los intercambios incluir ahora nuevos procesos: los exilios políticos y las migraciones de la globalización, el imaginario de los turistas, las recientes formas de discriminación, la recomposición de las tradiciones locales y regionales, de lo latino y lo anglo, bajo las estrategias mediáticas transnacionales? No solo ha cambiado lo que hay que narrar sino quiénes lo hacen. Aunque la escuela, los museos y los libros siguen conformando la mirada sobre los otros, los actores de la cultura letrada son desplazados por la comunicación audiovisual y electrónica, los organismos públicos de cada nación por empresas transnacionales” 35 .

34 Kammerath, op. cit., UIT, 1997.

35 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 77.

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La Argentina, que amputó en la década perdida de los 90 sus posibi- lidades tecnológicas –en energía atómica, cohetería inteligente, investi- gación científica e informática– desmantelando el Estado y el complejo industrial preexistente y endeudándose, llegó a poner, además, las tres cuartas partes de su dispositivo de telecomunicaciones, distribución y producción audiovisual en manos extranjeras durante la euforia neoli- beral. Destruyó sus posibilidades de soberanía científica y tecnológica en nombre del ingreso al supuesto mundo de la ciudadanía digital. Carente de autonomía nacional y de proyecto propio, la Argentina terminó el siglo desbarrancándose por la ladera de una crisis que puso en peligro su existencia. Llegó hasta allí empujada no solo por las tesis de subordinación demandadas por los organismos financieros interna- cionales, sino también por la claudicación cultural de haber resignado un proyecto propio. El falso paradigma de la “solución tecnológica” para todos los males –inclusive los de la desigualdad social– también fue parte de aquellas complicidades. La escandalosa privatización del control del espacio radioeléctrico en 1997 –que terminó con Kammerath procesado por una presunta estafa millonaria– permitió a la empresa Thales Spectrum (continuidad de la francesa Thomson, tercer exportador mundial de armas) una gigantesca facturación por el monitoreo del espectro asignado a radio- difusión y telefonía celular. En el epílogo del descalabro y cuando intentaba postularse para un tercer mandato, el ex presidente Menem insistía en que su política para las telecomunicaciones podía resolver la pobreza espantosa que había generado al cabo de diez años de gestión, empeorados luego por la efímera experiencia de la Alianza. Decía –al finalizar 2002– que la infraestructura del sector permitiría “la inserción internacional de la Argentina, su economía y su cultura” y también que “nos ayudarán a solucionar las emergencias del hambre y la inseguridad” 36 . El paradigma de la globalización, entendida como promesa de aldea universal, también fue funcional al rediseño del poder internacional. El trabajo realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desa- rrollo (PNUD) sobre la democracia en América Latina subrayaba que la

36 El proyecto tecnológico de Carlos Menem (PJ) “Combatiremos el hambre con ayuda de las comunicaciones”, Diario El Cronista Comercial, 10/12/2002.

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globalización no cambió las riendas de lugar: “el mundo está en todas partes, pero el poder del mundo no”.

“Los poderes exteriores han dejado de ser exteriores, son tan inte- riores como los locales. Condicionan o determinan las decisiones

del Estado y su campo no se limita a las finanzas o el comercio. Abarcan crecientemente las cuestiones políticas, de seguridad y or- ganización interior, de los sistemas de seguridad sociales, educati- vos y de salud. Es necesario, en consecuencia, ampliar el debate sobre la globalización en dos áreas: por un lado, para dimensionar

el impacto real en términos de la soberanía interior de los Estados;

en segundo lugar, cómo concebir las estrategias posibles para au- mentar las capacidades nacionales y regionales, para que el poder nacional no se extinga en nombre de un incontrolable poder global. La globalización ha hecho que el mundo exterior esté en el interior de nuestras sociedades. El mundo está en todas partes. Pero el po- der del mundo no” 37 .

El despliegue de las tecnologías digitales coincidió con –y aprovechó simbólicamente– las circunstancias del cambio de siglo y de milenio para presentarse como el advenimiento del futuro. La reestructuración instó a países como Argentina a transferir al mercado global la capaci- dad de decisión en materia audiovisual.

“En los mismos años en que se produjo esta reestructuración y ex- pansión mundializada de las industrias culturales, con apoyos protec- cionistas para su propia producción en Estados Unidos y los países europeos, los gobiernos latinoamericanos privatizaron canales de te-

levisión, redujeron sus créditos para filmar, y en general las inversio- nes estatales en los campos audiovisual y editorial. Mientras la radio

y la televisión se convirtieron en los principales medios de difusión

de informaciones y diversión, transmisión de alta cultura, escenario

de la vida pública y estímulo al consumo, los gobiernos decidieron que no tenían nada que hacer ni decir en ellos. Nuestra dependen- cia se acentúa al no desarrollar con orientación endógena esta rama productiva que (…) genera más empleos modernos, con alto com-

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ponente de valor agregado, altos salarios, y posibilidades de ascenso ocupacional” 38 .

En la práctica, Argentina adoptó un conjunto de políticas y accio- nes hacia la nueva matriz. No solo mediante las privatizaciones y la desregulación (o re-regulación a favor de los poderosos, como opinan algunos expertos), sino a través de documentos públicos internaciona- les como el ya mencionado Tratado con Estados Unidos que liberó el área de las comunicaciones a los capitales norteamericanos sin ningu- na cláusula de reciprocidad efectiva 39 . Trabajadores de radio y televisión, de prensa y publicidad, actores, locutores y operadores constituyeron –al comenzar la década neolibe- ral– una organización que denunció ese y otros tratados, reclamando su propia inclusión en la denominada Sociedad de la Información:

“El fin de siglo, de la mano de la post modernidad y el neoliberalismo (que aunque no actúen de consuno si influyen simultáneamente) nos ofrecen un panorama internacional preñado de ‘triunfalismo tecno- lógico’ irreflexivo que tiende a negar al hombre y su identidad cultural como centro de las preocupaciones del desarrollo” 40 .

Los gremios de la comunicación nucleados en COSITMECOS advirtie- ron, además, que en ese contexto de apertura y privatizaciones se profun- dizan la desocupación y la exclusión de trabajadores y ciudadanos. Grupos financieros como el Citigroup Equity Investiments (CEI) 41 , y diversos fondos de inversión como HMTF (Hicks, Muse, Tate & Furst) con sede en Dallas, Texas, pasaron a ocupar posiciones controlado- ras en telefonía (Telefónica de Argentina y sus satélites) y en medios de comunicación mediante la transferencia irregular de canales abier- tos, sistemas de cable y empresas editoriales. El acuerdo con EE.UU.

38 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 156.

39 Lazzaro, Luis, “La reinvención del mundo”, La Maga, 1999.

40 “El espacio audiovisual y la democracia”. Confederación Sindical de Trabajado- res de los Medios de Comunicación Audiovisual (COSITMECOS), 30/11/1995, Néstor Cantariño, Secretario General.

41 Ricardo Handley (Citibank, 40%) y Raúl Moneta (Banco República, 36%).

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se extendió luego a la televisión satelital directa mediante convenios que Menem firmó en Washington y que entusiastamente saludaron los socios de Galaxy Latin America (General Motors, Hughes, Cisneros, Multivisión y editorial Abril) junto con su representante local, Galaxy Entertainment Argentina (GEA), a cargo del grupo Clarín (AT&T, TCI, US WEST).

El satélite americano

El ingreso del CEI en el mundo de los medios y las telecomunica- ciones locales remite directamente a la matriz de los 90 y expresa la continuidad de las políticas surgidas del Consenso de Washington. El CEI fue creado para utilizar la tenencia de títulos de deuda del gobierno argentino por parte del banco estadounidense Citibank. En tal carácter intervino en numerosos procesos de privatización de recursos natura- les y servicios. Pero desde 1995 se orientó hacia telecomunicaciones (Telefónica) y televisión por cable (Multicanal). A tal efecto estableció sociedades con el Banco República (Raúl Moneta), investigado luego en los Estados Unidos por lavado de dinero, y el Grupo Werthein. En junio de 1998, Argentina y EE.UU. firmaron en Washington el Acuerdo Bilateral de Reciprocidad Satelital con la presencia de Kammerath y el secretario de Asuntos Económicos de EE.UU., Alan Larson. El secretario argentino lo definió como un acuerdo de ida y vuelta. Establecía “la obligación de abrir sus mercados al otro. La industria satelital estadounidense ingresa con sus satélites de última generación y al sistema satelital argentino se le abren las puertas al mercado estadounidense. El único acuerdo similar hasta ahora es el firmado con Mexico” 42 . Comprendía TV satelital directa, servicios fijos por satélite y radiodifusión por satélite. Los principales saté- lites norteamericanos de comunicaciones (PanAmSat e INTELSAT, fusionados en 1996) operaban en la región sur del continente en las bandas de frecuencia más bajas pero no podían acceder a la banda para transmisión directa de TV. Un año antes, desde Kouru, Guyana Francesa, se había lanzado el Nahuel 1, primer satélite privado de la región para ocupar la órbi-

42 Diario Clarín, julio de 1998.

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ta geoestacionaria correspondiente a la Argentina. El sistema Nahuel estaba a cargo de Daimler-Benz-Aerospace (Alemania), Aerospatia- le (Francia) y Alenia Spacio (Italia), con ramificaciones en el Banco Mundial (Corporación Financiera), General Electric y otros. Nahuelsat había firmado en 1993 un contrato de exclusividad con la Comisión Nacional de Comunicaciones (CNC) que le extendió una licencia por 24 años en forma exclusiva. Su capacidad de transmisión en banda KU lo hacía ideal para la televisión satelital directa. Clarín saludó el acuerdo con Washington y la inminente puesta en operaciones del sistema DirecTV (alianza de multinacionales automo- trices, electrónicas y espaciales ligadas al complejo militar-industrial) cuya operación regional estaría a cargo de una joint venture entre los principales grupos de medios de la región asociados en Galaxy Latin America 43 .

“Este acuerdo permitirá, entre otras cosas que programas de tele- visión lleguen a cualquiera de los dos países a través de satélites ar- gentinos o estadounidenses, en forma indistinta. (…) Los televidentes podrán acceder a cerca de 170 canales con una calidad de imagen y sonido considerada óptima” 44 .

Atrás quedaba la resolución 817/96 del Comfer que estipulaba que las señales de televisión directa al hogar debían ser ofrecidas a través de satélites registrados por la República Argentina ante la Unión Inter- nacional de Telecomunicaciones (UIT), condición que solo cumplía el sistema Nahuelsat. El control de la distribución satelital de contenidos era entonces par- te de los movimientos de ajedrez sobre el tablero de la comunicación. Hacia fines de la década, nuevas aplicaciones tecnológicas como la generación de un mayor ancho de banda a los usuarios y la integración de redes de acceso y de transmisión de datos relanzaron el merca- do. Incorporaron aplicaciones en el servicio telefónico local de acceso

43 Clarín, de Argentina; Abril, de Brasil; Cisneros, de Venezuela; Multivisión, de México, en asociación con General Motors; y Hughes Electronics, de los Estados Unidos.

44 “Acuerdo por la televisión satelital. Medios: reunión de Menem con directivos de Galaxy”, Clarín.com, 24 de agosto de 1998.

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inalámbrico (WLL, Wireless Local Loop), servicio de ancho de banda de acceso inalámbrico (LMDS, Local Multipoint Distribution System); tercera generación móvil (3G, servicios móviles de mayor ancho de banda); módem-cable; ADSL (Asymmetric Digital Subscriber Loop), y otros que permitirán reducir costos y desarrollar nuevos servicios. Las alianzas pretendían cerrar una madeja de intercomunicación planetaria vía teléfono celular, anunciada desde 1998, lo que suponía la integración de plataformas de interconexión vía satélite. Miniphone (de Telefónica y Telecom) acordaba con Iridium 45 para emplear un sis- tema de 66 satélites destinado a la comunicación global a partir de un solo número. A mediados de 1998 cinco satélites de 800 kilos fueron lanzados en un cohete Delta II como anticipo del sistema de Iridium World Communications destinados a interconectar los teléfonos celula- res y los pagers o enviar mensajes electrónicos en todo el mundo. Por su parte, el sistema Globalstar (France Telecom y Alcatel) anun- ciaba el lanzamiento de 48 satélites y la construcción de una plata- forma terrestre en Bosque Alegre, Córdoba. Pero la apuesta grande parecía corresponder al magnate de la informática, Bill Gates, que a través de Microsoft y en alianza con Mc Caw se proponía distribuir 840 satélites por el espacio para ofrecer Internet y telefonía satelital a través del proyecto Teledisc. Desde el norte, la mirada apuntaba a regionalizar el despliegue. El dueño de Microsoft entró a la televisión paga de Brasil a través de Glo- bo Cabo (Grupo Globo, de Roberto Marinho) mediante la compra de algo más del 10% de las acciones por 126 millones de dólares. Globo venía de vender empresas de telefonía celular y otras operaciones para achicar una deuda que rondaba los 2000 millones de dólares. Billl Ga- tes insistía con la TV interactiva, la Web TV, mediante la cual aspiraba a controlar la convergencia de televisión, Internet y telefonía 46 . En Argentina, Iridium establecía alianzas con Miniphone y Perso- nal, en tanto que Globalstar lo hacía con Miniphone, Personal y CTI (Clarín) En siete años más, según Scientific American, estarían funcionando

45 Red satelital integrada por Motorola, Stet, Sprint, Lockheed, Mc Donnel Douglas.

46 “Bill Gates puso un pie en Globo”, Diario Clarín, 18 de agosto de 1999.

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unos cinco sistemas de telefonía móvil satelital y posiblemente una do- cena para interconexión a Internet desde el espacio. Globalstar sumó al magnate George Soros a su club de accionistas, anunciando una in- versión de 2.600 millones de dólares en su proyecto. Junto a Teledisc –donde Motorola aportaba 750 millones al consorcio integrado por

Mc Caw y Bill Gates– se proponían desarrollar sistemas para trans-

misión de voz, datos y video a alta velocidad a través de satélites, en

competencia con Iridium (Motorola, Raytheon), ICO (Inmarsat, Hug-

hes Space), Astrolink (Lockheed) y Spaceway (GM-Hughes).

Adviértase la estrecha articulación entre empresas tradicionalmente abastecedoras de sistemas de comunicación de la industria bélica con las constructoras aeronáuticas y espaciales. Una nueva geopolítica de circulación de las representaciones mundiales tomaba forma desde las órbitas geoestacionarias.

47

Capítulo 2

El séptimo continente

La metáfora del nuevo milenio funcionó entonces como un lubri- cante conceptual del gigantesco ejercicio desregulatorio y aperturista encaminado a remover obstáculos para la concentración y realización de una gigantesca infraestructura que permitiese la ocupación territo- rial de audiencias internacionales por parte de un nuevo polo multina- cional con asiento en Estados Unidos. Esa década reconfiguró las relaciones de poder entre el Estado y el mercado, emergiendo el sector audiovisual como nuevo factor de hegemonía. Las privatizaciones transferían poder de decisión y tam- bién la capacidad de representación y de inclusión en los imaginarios sociales, poniendo en reversa los relatos previos que habían idealizado los estados-naciones. El dispositivo ocupó desde Londres hasta Tokio y desde Miami has- ta Ushuaia, con distribución de señales de televisión, administración de redes de fibra óptica y satélites, la producción de contenidos, plata- formas telefónicas y el monopolio del software informático. Emporios como los de Ruppert Murdoch, la Time-Warner, Bill Gates, AT&T, TCI, Viacom, Bertelsmann o Stet-France Telecom lideraron (y aún están en carrera) el despliegue. Consideraron al planeta como un mercado único y con una considerable influencia sobre más de 3000 millones de televidentes o sobre los 300 millones de usuarios de computadoras personales existentes en el mundo al momento del cambio de siglo. Alianzas diversas, fusiones y compras agresivas de empresas carac- terizaron en los 90 esta batalla de posicionamiento global, mediante la

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convergencia de sistemas de interconexión, estudios de cine, cadenas

de televisión, periódicos y revistas, así como centenares de estaciones de radio y alianzas con empresas de informática, distribución satelital

o

telefonía. La desregulación global chocó, no obstante, con las desconfianzas

y

recelos europeos. Se sabe que tanto Estados Unidos como Europa

han procurado aplicar al resto del mundo políticas que no aceptarían en su propio territorio. En esa geopolítica de posiciones, el predominio norteamericano en las industrias comunicacionales no dejó de alarmar al poder político europeo que se preguntó qué hacer ante “los medios de comunicación ligados a la nueva revolución tecnológica, en su si- tuación de creciente dominio oligopolístico, ligado a las empresas de telecomunicación que heredan monopolios históricos” 47 .

La Unión Europea denunció en el año 2000 las pretensiones de control por parte de Estados Unidos, advirtiendo que “el monopolio mantenido por Microsoft en los sistemas para ordenadores personales impone a esta sociedad la obligación de dar acceso a sus interfaces y asegurar la interoperabilidad con los programas de otros fabricantes”. La Comisión Europea de la Competencia acusó a Microsoft de dominar el mercado de los sistemas operativos y violar leyes anti- monopolio de los navegadores de internet. Según Bruselas la cor- poración de Bill Gates abusó de su “posición dominante en los siste- mas operativos de ordenadores personales” con el Windows 2000. Dicha posición dominante es de “importancia capital, ya que los sistemas de explotación para los servidores constituyen un sector estratégico en la mundialización del mercado de la informática y el comercio electrónico”. Es decir, no se trataba de un mercado más, sino del punto articula- dor de la globalización en la etapa de la desregulación. La retirada del Estado tenía además impacto directo sobre la cultu- ra. “La política neoliberal que reina poco a poco en el conjunto de los países desarrollados va, evidentemente, en dirección del deterioro de los lugares de producción autónoma. La producción cultural no tiene mercado. Desde el siglo XIX, los bienes culturales tienen poco merca-

47 González, Felipe, IS, op. cit.

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do o, directamente, no lo tienen”, advertía en 1998 Pierre Bourdieu en una nota reproducida por diarios argentinos.

“Cuando uno dice menos estado hay que saber que esto también quiere decir menos cultura, cultura libre, cultura creadora. (…) La desaparición del estado es también la desaparición de toda una idea que tenemos de la cultura” 48 .

El asesor del ex presidente francés Mitterrand, Jacques Attali, adver- tía a Europa sobre la expansión estadounidense en el sector. “Si todo continúa así –en alusión a los proyectos de telefonía mundial satelital Iridium y Teledisc, así como la proximidad de la TV digital– este conti- nente será para siempre una colonia norteamericana. En él se hablará inglés y será el lugar de la expansión cuasi-ilimitada de las empresas y la cultura norteamericana” 49 .

“El séptimo continente será la locomotora de la economía del siglo XXI. Y el empleo real será creado prioritariamente por las demandas de la economía virtual. Ya se puede calcular que el comercio interior del séptimo continente alcanzará como mínimo 100.000 millones de dólares a comienzos del próximo siglo, monto superior al PBI de más de cincuenta países reales. El ritmo del crecimiento ya ha llegado allí en forma masiva: el 70 por ciento de los intercambios son hoy norteamericanos; las empresas norteamericanas han llevado sus tecnologías, su know-how, su sistema jurídico, cerrando el camino a sus competidores” 50 .

Las batallas por la diversidad cultural –término que alude al conflicto con la hegemonía audiovisual norteamericana– dominaron los 90 y protagonizaron no pocos cortocircuitos en las rondas gubernamentales de la Organización Mundial de Comercio –a partir de Seattle 1993– a fin de que se consagrara la regla de la “excepción cultural” a los acuer- dos de libre comercio.

48 Bourdieu, Pierre, Diario Clarín, 17 de mayo de 1998.

49 Attali, Jacques, “Internet: a la conquista del séptimo continente”, Diario Clarín, Sección Tribuna abierta, 21de agosto de 1997.

50 Attali, Jacques, idem.

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Para ese entonces, algunas producciones de Hollywood podían su- perar la capacidad económica de algunos países. Si la saga de Duro de matar había facturado 729 millones de dólares al cabo de cuatro pelí- culas, las utilidades de una sola megaproducción como Titanic (1997), que recaudó 1800 millones de dólares, superaban el Producto Bruto de países como Nicaragua. Otra megaproducción futurista (Avatar) del mismo director (James Cameron) superaría años después (2009/2010) su propio récord. La fusión de emporios como Disney-ABC (1995, 19.000 millones de dólares) había creado un gigante de la industria multimedios con unas 3400 estaciones radiales y varias discográficas, además de pro- ductoras cinematográficas, canales y distribuidoras de cable, parques de entretenimientos y editoriales. Se la consideró como una “oportunidad única en la vida para crear una compañía excepcional de espectáculos

y comunicación” 51 . Poco antes el fabricante electrónico Westinghouse había pagado 5.400 millones por la adquisición de otra cadena de televisión (CBS). Sin embargo, el nuevo emporio cambiaría pronto de manos. En 1999 la cadena CBS se fusionó con Viacom (MTV, Estu- dios Paramount, etc.) operación que se presentó como la creación del mayor emporio multimediático de la época. El grupo pasó a controlar cadenas de televisión abierta, estudios cinematográficos e intereses en el mercado radiofónico de Estados Unidos mediante la red Infinity. Pero la línea de sinergias empresariales entre cadenas de televisión

y productoras de contenidos también encontró variantes por el lado de

asociaciones entre telefonía y cable, o entre informática y TV satelital. La lista incluye articulaciones entre gigantes de la telefonía –como AT&T– y

nuevos operadores del cable –TCI– o de la informática –Bill Gates– y la televisión digital por satélite –Sky, de Rupert Murdoch–, asociados de diversas maneras con consorcios regionales asiáticos, europeos y lati- noamericanos –Televisa de México, Cisneros de Venezuela, O Globo de Brasil, CEI-Telefónica, Clarín o Murdoch-Telecom, en Argentina–. No se trata solo de la plataforma, sino también de sus relatos. Como bien lo analiza García Canclini, el relato de la globalización sería el de las fusiones y alianzas empresarias.

51 Eisner, Michael, presidente ejecutivo de Disney. Diario El País (España)

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“El relato más reiterado sobre la globalización es el que narra la ex- pansión del capitalismo postindustrial y de las comunicaciones masi- vas como un proceso de unificación y/o articulación de las empresas productivas, sistemas financieros, regímenes de información y entre- tenimiento ”

52

Hacia mediados de 1998 el conjunto de programas producidos por los estudios de Hollywood y vendidos a televisiones extranjeras des- de Estados Unidos representaban una facturación anual superior a los 3000 millones de dólares, más que la venta de películas en el exterior. El titular de Universal Television Group reconocía el rol de los merca- dos internacionales en la ecuación económica de las producciones con base en Estados Unidos: “nuestro negocio no puede existir sin los mer- cados extranjeros” 53 . El principal mercado para series norteamericanas era Europa occidental y especialmente Alemania. En 2001, los estudios norteamericanos de televisión facturaron US$ 25.000 millones, sostenidos en un 90 por ciento en la distribución inter- na dentro de Estados Unidos. Sin embargo, las ventas al exterior –por US$ 2500 millones– significaron la diferencia entre perder o ganar 54 . Así como en el pasado el proyecto Eureka se había desplegado como la respuesta europea al desafío norteamericano de la “Guerra de las galaxias” de Reagan en materia de desarrollo científico-tecnológi- co, también la Directiva Europea de Televisión sin Fronteras (1989) se había convertido en la barrera diseñada para regular el expansionismo audiovisual de los Estados Unidos. La Directiva establecía cuotas míni- mas de producción europea. Razones geopolíticas, económicas y culturales explicaron la reac- ción europea en defensa de sus productos. Le Monde decía que “los europeos están decepcionados por lo que se les ofrece y se han pues- to a producir”. Las nuevas cadenas, que consumían masivamente las series yanquis vuelven a ocuparse de la producción local, motivando

52 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 179.

53 Diario Clarín, Junio de 1998.

54 Kapner, Suzanne, “Las series de televisión norteamericanas ya no tienen el éxi- to asegurado en todo el mundo”, The New York Times, reproducido por Clarín

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que las compañías norteamericanas busquen cómo invertir en produc- ciones europeas. El tironeo de los intereses comerciales de la televisión y la defensa de las industrias culturales europeas puso en el centro de la tormenta a las series norteamericanas CSI, Dallas, Twin Peaks o Sex and the City a la hora de programar los canales franceses. “La pérdida de au- diencia –en Francia– coincide, curiosamente, con el rechazo generali- zado a la política externa de EE.UU., que fastidia a amigos y enemigos por igual, al punto que muchos europeos agradecen que, por lo menos en la tele, lo estadounidense esté perdiendo influencia”, escribió una analista en el New York Times 55 . Particularmente reveladora resulta la intervención del presidente de Francia, Jacques Chirac (2000), en un encuentro convocado por el Comité de Vigilancia para la Diversidad Cultural, como expresión del conflicto económico y cultural que surgía a partir de la disputa de las autopistas del audiovisual entre Estados Unidos y Europa. Chirac pro- clamaba que la cultura no podía rendirse al mercado:

“De no tomar recaudos, todo convergería (…) hacia el reino del más fuerte, hacia el triunfo de aquello que es formateado para el público más amplio, hacia el aumento de las desigualdades, hacia el enfrenta- miento entre un modelo dominante y el resto del mundo”.

El mandatario galo distinguía entre comercio y cultura:

“En este universo en el que reinan la competencia y la carrera hacia

la ganancia, el rol de los Estados, la función del derecho y la vocación de las instituciones de arbitraje, nacionales o internacionales, es el de fijar las reglas de juego, velar por su respeto, corregir los desequili- brios en un espíritu de equidad y solidaridad. Esto vale singularmente para la cultura y la creación, actividades irreductibles a las leyes del

Es la cultura que nos dará las armas para responder a

mercado. (

este nuevo desafío de la aventura humana que es la globalización. La cultura no debe plegarse ante el comercio” 56 .

)

55 Kapner, Suzanne, op. cit.

56 Chirac, Jacques, Segundos encuentros internacionales de organizaciones profesionales de la Cultura, 2 de febrero de 2003, Comité de Vigilancia para la Diversidad Cultural (Francia).

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El núcleo de los reclamos franceses –acompañados por otros países europeos, Australia y Canadá– rechazaba los argumentos desregulado- res y librecambistas que Estados Unidos pretendían aplicar en el mun- do a través de la liberación de los bienes culturales como mercancía en el marco de la OMC. Los argumentos de la delegación norteamericana en las negociacio- nes para el AGCS (Acuerdo General sobre Comercio de Servicios) en el marco de la Organización Mundial de Comercio (OMC) respecto del asunto del sector audiovisual son reveladores de la entidad que asume el conflicto entre la “exclusión” (posición francesa, seguida por Canadá y Australia) y la “apertura” indiscriminada de la cuestión cultural en el intercambio comercial mundial. La dureza de la confrontación –y una primera victoria francesa al poner entre paréntesis la cuestión cultural en el seno de la OMC– hizo que la batalla pasara a dirimirse en todos los terrenos. La burbuja tec- nológica de los 90 y la explosión de las punto com llevó a la convicción de que Internet debía convertirse en el atajo que saltara sin conflicto las fronteras nacionales. Washington se lanzó al reclamo de una platafor- ma mundial sin barreras para la distribución global de sus contenidos. Según la proclama del vicepresidente de EE.UU., Al Gore (Bue- nos Aires, 1994), el desafío inmediato pasaba por la construcción de las “autopistas de la información” como nuevo factor de articulación, intercambio y circulación de la producción informativa y cultural del mundo. El tren de esa revolución marchó a un ritmo más lento que el ansiado por sus promotores, aunque la Cumbre Mundial de la Socie- dad de la Información de fines de 2003 en Ginebra buscó ser su punto de relanzamiento, en medio de crecientes demandas de la sociedad civil por la neutralidad tecnológica y la igualdad de acceso.

Ola de compras y fusiones

La consultora KPGM estimó que entre 1984 y 1996 las privatiza- ciones en el sector de telecomunicaciones y audiovisual en el mundo habían totalizado ventas y fusiones por 165.000 millones de dólares. Pero poco después esa cifra –que sumaba las operaciones de 12 años previos– fue superada por tres operaciones en solo dos años

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(1998-1999). La ex baby bell y megaoperadora telefónica AT&T adquirió la mayor operadora de cable de Estados Unidos, TCI, (con impacto en la Argentina por la participación de esta en Cablevi- sión), en tanto la telefónica norteamericana MCIWorld Com com- praba a su colega de larga distancia Sprint, y las también telefónicas estadounidenses Bell Atlantic y GTE formalizaron su integración empresaria, sumando entre las tres la cantidad de 185.000 millones de dólares. Es decir que la velocidad del proceso se disparó en la segunda mitad de la década del 90. Sin embargo en un solo año (2000) las adquisicio- nes de la alemana Mannesmann (Alemania) por parte de la británica Vodafone, ambas de telefonía móvil, y de la productora norteamerica- na de contenidos Time Warner por parte del distribuidor de servicios de internet y contenidos America On Line (AOL), también estaouni- dense, superaron –con solo dos operaciones– los 364.000 millones de dólares. En Argentina también se sintió el efecto de esas tendencias glo- bales, amparadas jurídicamente en el tratado con Washington, a pe- sar de ser un mercado marginal y de escasa envergadura en cuanto a la cantidad de potenciales abonados o usuarios. Las inversiones en medios y especialmente en sistemas de cable superaron en 1997 los 4000 millones de dólares, por encima de las inversiones en servicios financieros (2400 millones) y petróleo (1800 millones). Ese año Argentina ocupó el tercer lugar mundial en penetración de cable con una torta global de 14.000 millones de pesos/dólares de facturación anual entre telecomunicaciones y radiodifusión, secto- res que desde entonces pugnan por dominar el mercado integrado de servicios convergentes. Pero ya veremos en particular el caso local. En poco menos de veinte años, y luego del avance japonés so- bre los circuitos electrónicos, automotrices y financieros de Estados Unidos, las pujas de posicionamiento global se desplazaron hacia las grandes corporaciones. Nótese que en las diez mayores operaciones de finales de siglo hay solo dos (la unión de Exxon y Mobil Oil, y la de Citicorp - Travelers Group) que no pertenecen al ámbito de las co- municaciones. Las ocho restantes son protagonizadas por empresas

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de telefonía fija y móvil, de Internet, de producción y distribución de contenidos audiovisuales 57 . Según el Financial Times las fusiones sectoriales durante 1998 es- taban encabezadas por el sector de Bancos y Finanzas, con 215.000 millones de dólares (con 433 operaciones). Sin embargo, la suma de las operaciones en el sector de Comunicaciones (170.000 millones y

236

operaciones), Medios de Telecomunicación (57.000 millones en

164

operaciones) y de Computación (52.000 millones y 939 opera-

ciones) ponían sobre el tapete la fuerza de los mercados convergentes, que superaban, en conjunto, los 275.000 millones en un solo año 58 . Estados Unidos había comenzado, con la gran reforma del Acta de Telecomunicaciones de 1996, la tarea de desatar los nudos regu- latorios que impedían niveles mayores de concentración empresaria. Puntualmente se trataba de elevar en 10 puntos el tope de concentra- ción de audiencia permitida para televisión abierta (llevándolo al 35%) y relajar los topes de acumulación local a tres estaciones televisivas en los principales mercados. En 1992 se había logrado la vinculación cable-telefonía con desregulaciones que también incluían la modalidad de prestación del servicio telefónico y el uso de redes para servicios audiovisuales, con un tope del 30% para el cable.

57 En febrero de 1998 Exxon y Mobil crean la mayor petrolera del mundo y pocos meses después Citicorp y Travelers Group crean la mayor compañía financiera del planeta. Desde entonces, las mayores fusiones y alianzas empresarias del mundo estarán caracterizadas por la presencia de empresas de comunicaciones audiovisua- les o de telecomunicaciones. La telefónica norteamericana SBC Telecomunications compra en 1998 Ameritech y crea la mayor compañía operadora de llamadas locales. También ese año las corporaciones estadounidenses de telecomunicacio- nes GTE y Bell Atlantic cierran el acuerdo para fusionar sus actividades. En forma paralela el gigante telefónico ATT compra TCI, el coloso de la televisión por cable en EE.UU. Ese año además MCIWorldCom compra Sprint y la fusión pasa a con- trolar el 35,8% de llamadas de larga distancia en EE.UU., (AT&T aún dominaba el 44% del sector). También en 1999 Bell Atlantic y Vodafone Airtouch crean la mayor empresa de servicios móviles de voz y datos de Estados Unidos y la ex baby bell AT&T compra la multinacional del cable MediaOne. Al comenzar el año 2000 America Online forma con Time Warner el mayor grupo de comunicación multi- media del mundo. Poco después en Europa Vodafone (GB) compra Mannesmann (Alemania) y constituye el mayor operador de telefonía móvil a nivel global.

58 Financial Times. Suplemento Economía, Clarín. “Agosto, mes de gloria para las fusiones”, 12 de agosto de 1999.

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Esa reforma, aprobada por el Congreso durante la gestión de Bill Clinton, era la principal revisión del estatuto regulatorio vigente desde 1934. Abrió definitivamente la competencia en los mercados telefóni- cos local y de larga distancia. Las compañías locales abrieron sus redes a cambio de entrar de lleno en el mercado de larga distancia, televisión por cable y fabricación de equipos. Asimismo, las compañías de tele- fonía de larga distancia y las de televisión por cable podrían ofrecer servicio telefónico local directamente a los usuarios. Poco después, la mayor compañía telefónica de los EE.UU., Bell Atlantic, confirmó la compra de GTE, el mayor operador independien- te de telefonía local y de larga distancia. La operación se realizó por 52.800 millones de dólares. Simultáneamente, Deutsche Telecom, la principal firma europea de telecomunicaciones, anunció que negocia- ba una asociación global con ambas firmas. La fusión Bell-GTE creaba la segunda compañía telefónica de EE.UU. El acuerdo se produjo po- cos días después del anuncio de la alianza entre British Telecom y la estadounidense ATT, los gigantes de telefonía de Inglaterra y EE.UU. respectivamente, cuya fusión creaba la mayor empresa de telecomu- nicaciones del mundo. Quedarían unidas la segunda y la quinta com- pañías telefónicas por su facturación a nivel global, 51 mil millones para la norteamericana y 26 mil millones para la británica. También apuntaban al comercio electrónico en Internet. Un año antes había fracasado la alianza entre BT y MCI. A mediados de 1998 las telefóni- cas norteamericanas SBC Communications y Ameritech Corp. habían acordado, por su parte, una fusión por 61.000 millones. Pero la telefonía no es el único mercado en disputa. Empresas auto- motrices y electrónicas se posicionan en el mercado de televisión por cable y satélite. General Motors (controlante de Hughes Electronics) vendió DirecTV en 25.800 millones de dólares a EchoStar Commu- nications. La adquisición conviertía a esta empresa americana de TV satelital en la compañía líder en su rubro. EchoStar Network poseía en- tonces 6,9 millones de suscriptores, que se sumaban a los 10 millones de Direct TV. Para tener una idea de volúmenes, la mayor compañía de cable de Estados Unidos, AT&T Broadband, contaba entonces con 16 millones de hogares.

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La presión concentradora

Pese a las compras y fusiones, persistían las restricciones de la ley norteamericana a la concentración en la propiedad cruzada de perió- dicos y medios electrónicos en la misma ciudad, así como los topes al mercado de cable (30% de los hogares) y de la televisión nacional de aire (35%). Antes, en 1999, se había permitido que una sola empresa pudiera acceder a dos canales de televisión en la misma ciudad. Pero para ello era condición necesaria la existencia de, al menos, otros ocho canales independientes en el lugar. En 2002, el republicano George W. Bush, lanzó una gran ofensiva. Para conducir esa operación, el presidente de los Estados Unidos de- signó al hijo del general Colin Powell, que había comandado –durante la presidencia de su padre, George Bush– la expedición militar al Gol- fo Pérsico (Tormenta del Desierto, 1991). La guerra multimediática estaría en manos de Michael Powell. Su padre, ahora convertido en Secretario del Departamento de Defensa, se ocuparía del embuste in- ternacional sobre el arsenal de armas químicas que justificaron una nueva guerra en Irak. La Federal Communications Comisión (FCC) promovió un ambi- cioso plan de desregulación cuyos ejes consistían en el incremento en diez puntos del tope nacional para televisión (45%), y la relajación de las normas de televisión local (hasta tres estaciones en los mayores mercados), junto a la nueva regla que permitía la propiedad cruzada con periódicos en los principales mercados. La reforma desató una gran batalla. Para la sociedad civil era un ataque directo a la diver- sidad y el interés público, en tanto que para las corporaciones del sector las nuevas reglas se habían quedado cortas. La puja llegó a los tribunales y las nueve demandas presentadas fueron consolidadas finalmente en el Tercer Circuito judicial de Filadelfia, bajo el nombre de Prometheus Radio Project v. FCC. Los Tribunales rechazaron el intento de la FCC. Ni la justicia ni el Congreso consideraron que se atendía el “interés público” que exigen los cambios en la ley norte- americana de telecomunicaciones. 59

59 De Bustos, Juan Carlos Miguel, Caracterización de la regulación de la FCC, Universidad del País Vasco, España.

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En enero de 2005, los grupos de comunicación norteamericanos, las networks y los propietarios de diarios –Tribune Co., Fox, Viacom Inc. y NBC Universal–, utilizando el argumento de la abundancia, ur- gieron a la Corte Suprema para que revisara y anulara la decisión del Tribunal de Apelación del Tercer Circuito que había paralizado el plan de relajación de las normas de propiedad de los medios. La razón fundamental que daban los desreguladores era que los desarrollos tec-

nológicos (especialmente la disponibilidad de contenidos en Internet) y de competencia habían hecho que las reglas de propiedad cruzada, y en general todas las reglas, se tornaron obsoletas. La Corte no accedió

a las demandas. La gran resistencia que encontraron estos intentos en Estados Uni- dos pusieron al descubierto la complicidad de los organismos de control –como la FCC–, acusados de alinearse con los intereses de la industria. En un trabajo del investigador vasco Juan Carlos Bustos se toma una definición de Horwitz al respecto, quien aplica el concepto de captura regulacional. Esta práctica hace que las agencias de regulación “favo- rezcan sistemáticamente los intereses privados de las partes reguladas

y que sistemáticamente ignoren los intereses del público”. Esta captura

se demuestra también en los informes que se encargan, llegando in- cluso a desviar y silenciar algunas de las investigaciones, en el caso de que los resultados no vayan en la línea buscada o contradigan alguna de las medidas que la FCC proponga. Así, en la primavera de 2006, se denunció la existencia de dos estudios sobre propiedad de los medios que nunca vieron la luz pública. Uno de ellos establecía que la con- centración en grandes grupos afectaría negativamente a las noticias

producidas localmente 60 . La carrera por el control global de las cadenas de producción y distribución plantea permanentes encrucijadas, en parte porque la conducción de la convergencia aún se mantiene abierta y aparecen nuevas opciones tecnológicas. Los nuevos artefactos y servicios han generado diversos nichos pero las autopistas y terminales continúan la competencia por imponerse frente a los demás. Tanto la computadora

60 Cf. J. Puzzanghera, “FCC Lawyer Says TV Study Was Hushed”, Los An- geles Times, 15/09/2006. En http://www.latimes.com/business/la-fi-fcc-

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personal y el receptor de televisión como los dispositivos telefónicos –todos con acceso interactivo y movilidad– pugnan por liderar los sis- temas convergentes. En 2010 Comcast, el operador de la televisión por cable más gran- de de Estados Unidos, tomó el control del 51% de NBC Universal, la compañía de televisión y cine de General Electric y otros. La opera- ción, por 30.000 millones de dólares, fue la culminación de un com- plejo intercambio de activos en el que participaron Comcast, GE y Vivendi, el grupo francés de medios y comunicaciones. 61 Según Brian Roberts, el jefe ejecutivo de Comcast, el acuerdo no giraba simplemente en torno a la acumulación de poder. Se trataría de un intento por adelantarse para el día no tan distante en el que desaparezcan los límites, que ya se están tornando borrosos, entre la televisión, el cine en casa, Internet y las comunicaciones telefónicas 62 . La evidencia de que la conquista de mercados globales articula to- dos los nichos de negocios posibles la ofrece el propio grupo Vivendi en Argentina, luego de su impresentable gestión como concesionaria del agua y la electricidad de Tucumán, que provocó la rescisión del contrato de Aguas del Aconquija y su judicialización ante los tribunales internacionales. En 2007, el grupo francés obtuvo un fallo contra la Argentina en el Ciadi por 105 millones de dólares y, tras el rechazo de la apelación en 2010, pasó a demandar 200 millones por indemniza- ción, en el marco de reclamos diversos de otros servicios privatizados que volvieron al ámbito público en la etapa de recuperación económica e institucional iniciada en el país a partir de 2003.

La batalla por la regulación global

Una de las piezas fundamentales de ese despliegue económico, tec- nológico-industrial y de disputa de la hegemonía fue –como vimos– la política impulsada por Estados Unidos en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en torno a la liberalización del comercio de bienes

61 Gapper, John, “Cuando el total no es mayor a la suma de las partes”, Cronista Comercial, 17 de diciembre de 2009.

62 DPA-Infobae, 4 de diciembre de 2004.

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culturales y al reduccionismo de la producción audiovisual como simple bien de intercambio comercial. En el ámbito regional, la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se constituía como la apuesta más significativa de Estados Unidos para suprimir eventuales trabas aduaneras, incluyendo el sector cultural. Para ese entonces, los ingresos por exportaciones de la industria cinematográfica norteamericana superaban los 14.000 millones de dólares (2001), participando el sector audiovisual en casi un 3% del PBI de ese país. Sin embargo, el lanzamiento del ALCA en 1994 no fue acompaña- do por el entusiasmo regional en materia cultural, y las prevenciones no fueron pocas. Canadá, que había protagonizado la constitución del NAFTA junto a México en 1991 hizo conocer sus reparos sobre la protección de la diversidad. La propuesta canadiense de redacción al preámbulo del ALCA subrayaba que:

“Los países deben mantener la capacidad de proteger, elaborar e im- plementar políticas culturales con el propósito de fortalecer la diversi- dad cultural, dado el papel fundamental que desempeñan los bienes y servicios culturales en la identidad y la diversidad de la sociedad y en la vida de las personas” 63 .

Estados Unidos intentaba promover, a través del ALCA, la libera-

ción total de las inversiones en las industrias culturales en línea con los esfuerzos en la Organización Mundial del Comercio y los avances logrados con Argentina. pero la resistencia de algunos países europeos

y de Canadá le trabarían el camino.

Los especialistas en la materia advertían que si antes de la concre- ción de la alianza regional no se producían leyes, formas de defensa

y apoyo preferencial a la producción de contenidos latinoamericanos “estaremos perdidos”:

“Vamos a quedar presos en un sistema transnacional que no solo im- plicará una pérdida económica sino el fin de decidir nosotros mismos quiénes somos. Otros se apropiaran y moldearan nuestra identidad, nuestra imagen. Canadá y Francia han sabido protegerse. (…) La

63 Propuesta canadiense de un preámbulo para el aLca, julio de 2001.

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pregunta es si lograremos construir redes de presión social, en la Argentina y en los demás países de Latinoamérica” 64 .

El ALCA tuvo suerte dispar hasta su entierro definitivo en la cumbre de las Américas de Mar del Plata en 2005, durante la presidencia de Néstor Kirchner. Sin embargo, Estados Unidos promovió la concre- ción de tratados bilaterales de libre comercio con una serie de países y presionó para incluir en estos el sector audiovisual. Firmó acuerdos con Chile en diciembre de 2002, con Singapur en febrero de 2003, con los Estados de América Central en diciembre de 2003, con Aus- tralia en febrero de 2004 y con Marruecos en 2004. Históricamente, EE.UU. había tratado los bienes y servicios cultu- rales como otras mercancías en general. Pero, según examina Ivan Bernier, a partir del año 2000 se registra un cambio

“ cuando el Gobierno Estadounidense, en una comunicación so-

bre los audiovisuales y servicios conexos, dirigida al Consejo sobre Comercio de Servicios de la OMC, hacía hincapié en que el sector audiovisual en el año 2000 era ‘muy diferente de aquel de la épo- ca de la Ronda de Uruguay cuando las negociaciones se centraban, principalmente, en la producción y distribución cinematográfica y en la radiodifusión terrestre de bienes y servicios audiovisuales’, llegan- do a afirmar que ‘[en] especial, a la luz del aumento cuántico de las posibilidades de exhibición disponibles en el medio digital actual, es posible reforzar ciertas identidades culturales y hacer comercio con los servicios audiovisuales de manera más transparente, predecible y abierta” 65 .

El 20 de octubre de 1994 con la entrada en vigencia de la Ley 24.124 que ratificaba el Tratado de Inversiones Recíprocas y Pro- tección firmado con EE.UU. se habían allanado buena parte de las ambiciones estadounidenses en Argentina. Ese tratado representó la

64 García Canclini, Néstor, Diario Clarín, Suplemento Zona, 8 de septiembre de

2002.

65 OMC, Consejo sobre el Comercio de Servicios, Comunicación de Estados Uni- dos, Audiovisuales y Servicios Relacionados, Párrafo 9, 18 de diciembre de 2000:

Doc. S/CSS/W/21. En Bernier, Ivan, “Los recientes tratados de libre comercio de Estados Unidos como muestra de su nueva estrategia en el sector audiovisual”.

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apertura del mercado audiovisual local a los capitales norteamerica- nos sin límites ni compensaciones. El acuerdo, firmado por Menem y Bill Clinton, posibilitó un flujo de miles de millones de dólares que en pocos años posicionó a operadores de cable y telefónicas, tenedores de títulos de la deuda y fondos buitres, así como inversores de distinto tipo entre los principales MSO (operadores de sistemas múltiples) de la Argentina. El saldo catastrófico de aquellas políticas, expresadas en el estallido de 2001, replanteó luego los esquemas y obligó a muchos de los pro- pios grupos locales que habían alentado la convertibilidad, las privatiza- ciones y la apertura económica a refugiarse en políticas proteccionistas –como la Ley de Industrias Culturales– para evitar su desaparición a manos de acreedores externos (ver Capítulo 6).

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Capítulo 3

El ajedrez norteamericano con el triple play

Diversas operaciones políticas y comerciales atravesaron entre 1980

y el 2000 los poderes de turno (militares o civiles), lo que permitió la constitución de conglomerados locales bajo el formato multimedia. Se

ha escrito bastante sobre la captura por parte del grupo editorial Clarín de posiciones dominantes en la industria del papel primero (a partir de su control sobre Papel Prensa junto con La Nación y La Razón en complicidad con la Dictadura Militar) y luego la constitución del multimedios mediante privatizaciones y reformas ad hoc de la Ley de Radiodifusión que blanquearon el nuevo mapa de integración horizon- tal y vertical de sus empresas. En cambio ha sido menos analizado el modo en que el desembarco de capitales norteamericanos y la puja por la convergencia audiovisual

y telefónica instauraron en la Argentina el extraño fenómeno de con-

vertir a un mercado marginal en el tercer país del mundo en penetra- ción de la televisión paga. Las grandes vertientes de la concentración en la Argentina hay que ubicarlas en 1) las privatizaciones de los medios y la apertura a la pro- piedad cruzada, 2) el tratado comercial con EE.UU. y el desembarco masivo de empresas de ese país y de diversos rubros (fondos de inver- sión, corporaciones mediáticas, fabricantes de equipamiento, etc.), 3) las batallas de posicionamiento desde los campos de la telefonía (CEI/ Telefónica) y los multimedia (Grupo Clarín) para disputar la hegemonía de la concentración y la convergencia. La expectativa de convergencia entre los mercados de telefonía e

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informática con el de la red de cable –que contaba a mediados de los 90 con 5 millones de abonados, casi el equivalente a la red telefónica– presidía las estrategias de negocios de la época. La desregulación del sector –según los pliegos de privatización de ENTEL– debía operarse a partir del año 1997 o en el 2000 (finalmente comenzó a verificarse de manera singular en 1999). Desde entonces la disputa por la hegemonía del triple play como plataforma convergente para dominar el mercado de la comunicación en la Argentina preside las diferentes estrategias y acciones. Los cambios más relevantes sucederán en el marco de una década signada por claras relaciones de subordinación del gobierno local con Estados Unidos (en el esquema de “relaciones carnales”) y del predicamento alcanzado en los líderes locales por las premisas de Consenso de Washington. También se verificará la influencia de las relaciones especiales que previamente había construido el primer mandatario de

la democracia, Raúl Alfonsín, con España.

El vicepresidente Al Gore promovió desde Argentina el desplie- gue de las “autopistas globales” en el mismo año de la aprobación por el Congreso del Tratado con Washington y del lanzamiento regional del ALCA. En su intervención ante el congreso mundial de telecomunicaciones, auspiciado por la UIT celebrado en Bue- nos Aires en 1994, promocionó una “infraestructura mundial de información”. Con las modernas tecnologías –dijo– “podemos por fin crear una red de información por todo el planeta que transmita mensajes e imágenes a la velocidad de la luz desde la ciudad más grande hasta el pueblo más pequeño de cualquier continente”. Gore aseguró que EE.UU. haría todo lo que estuviera a su alcance para que esto fuera posible. Las compañías norteamericanas buscaban también un esquema de expansión que les permitiese ampliar sus negocios por encima de sus propias regulaciones, que habían fijado desde 1992 un tope del 30%

a la concentración del cable y diversas restricciones a la explotación

simultánea de los mercados de telefonía local y de larga distancia (ver Capítulo 2). En 1995, el segundo operador de cable de Estados Unidos, el con- sorcio de John Malone (TeleCommunications Internacional-TCI) adqui-

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rió el 75% de Cablevisión, la empresa desarrollada por el empresario local Eduardo Eurnekián desde comienzos de los años 80. La opera- ción demandó unos 750 millones de dólares y se constituyó en uno de los principales desembarcos de capitales norteamericanos en ese período. Los clientes de Cablevisión rondaban entonces los 450.000 abonados. Poco después el segundo de los grandes operadores de cable de la Argentina, el grupo VCC, fue adquirido por la telefónica US WEST, propietaria de Continental, otra de las grandes empresas de cable es- tadounidenses, quien ya poseía desde 1994 por lo menos el 50% de VCC. Hacia mediados de 1996, el grupo VCC rondaba los 700.000 abonados a su sistema. Por su parte, una alianza que reunía entonces a Clarín, CEI y Telefónica se posicionó entre 1995 y 1996 mediante una guerra relámpago sobre los sistemas de cable y logró ubicar en 1997 a Multicanal como la MSO (operadora de sistemas múltiples) más grande del país. El golpe de gracia lo dio con la adquisición de un puñado de sistemas en la zona de La Plata y localidades del Gran Buenos Aires 66 que sumaban unos 200.000 nuevos abonados. De este modo el total de clientes de Multicanal trepó a más de 800.000 en todo el país. El grueso de los sistemas de Multicanal fue adquirido al Grupo Fe- deral de Comunicaciones (operadores de la señal de Canal 11 Telefé) que de esta manera resignó la estrategia de penetración del sector, iniciado con Megacable, para dedicarse a la producción de programas y señales. En pocos meses, el Citicorp Holdings (CEI), Multicanal (Clarín), operadores norteamericanos de cable y telefonía y el grupo regional Uno-Supercanal Holding (con ramificaciones internacionales) habían sacudido el mercado con operaciones cruzadas por miles de millones de pesos que cambiaron abruptamente el escenario.

66 Fincable, Cabtel, Dalsat, TV Ensenada, Etsa, Transmisión, Platavisión, CCTV, Video Cable Oeste, Video Cable Sur, Lomas Cable, Casaro Visión. Alte. Brown Cable, Dardo Rocha Cablevisión, Cele Video Color, Telecable Lanús y Videomar S.A.

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El juego de alianzas

Los sucesos de esta década, así como el rol protagónico de ban- queros, telefónicas y fondos de especulación de Estados Unidos en la Argentina no pueden escindirse del proceso privatizador y el esquema de la convertibilidad que caracterizaron la gestión del menemismo en materia económica y de reforma del estado. En el plano local, buena parte de los canales abiertos de televisión –especialmente el 11 y el 13–, así como las emisoras de amplitud modulada más emblemáticas posibilitaron el acceso a la construcción de plataformas multimedia. Esos recursos comunicacionales transferidos a la órbita privada se ocu- paron, en buena medida, de promover el resto del proceso. Los acreedores externos capitalizaron parte de la deuda exter- na argentina, mientras que los grupos concentrados locales lograron acceder a la propiedad de activos públicos de gran rentabilidad po- tencial mediante el sistema de capitalización de títulos, que financió buena parte de la privatización del Estado. Al mismo tiempo, per- mitió a las corporaciones transnacionales atender los avatares de la desregulación en sus propios territorios y optimizar la presencia en mercados diversos. Las licencias otorgadas por la autoridad regulatoria para la opera- ción de servicios complementarios (antena comunitaria y distribución de señales múltiples) sumaban hacia 1990 unos 1400 operadores dis- tribuidos en todo el país. Seis años después el mapa registraba ya una importante concentración que ponía en manos de siete empresas (Multicanal, VCC, Cablevisión, Mandeville, Supercanal, UIH y Tes- corp) el 65% de los abonados. En pocos años, los sistemas de Multi- canal (Clarín, CEI, Telefónica), VCC (Fintelco-Continental-Us West) y Cablevisión (TCI-CEI-TISA) habían concentrado una suma cercana a los 2.000.000 de clientes, es decir el 40% del mercado total. Pero la radiografía hacia fines de 1997 (luego que VCC fuera comprada y divi- dida entre Multicanal y Cablevisión) muestra a solo tres de ellas (Multi- canal, Cablevisión y Supercanal) controlando al 70% de los 5.000.000 de usuarios. La posterior fusión de Cablevisión y Multicanal bajo la órbita de Clarín (anunciada en 2007 y cuestionada por la autoridad regulatoria) terminaría con cualquier vestigio de competencia, dejando el mercado en condiciones monopólicas.

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Hacia fines de los 90, los tres principales sistemas de cable registran la hegemonía de las grandes operadoras norteamericanas de telefo- nía, cable y financieras (US WEST, TCI, Continental, CEI-Citicorp), así como del grupo europeo con más penetración en las comunicaciones en América Latina (Telefónica) y del mayor grupo local de medios (Cla- rín), entonces aliado con algunos de sus futuros rivales. Malone, (también accionista de Ted Turner en la CNN), explica- ba así el sentido estratégico de sus negocios: “Seis meses después de concluido el monopolio de Telefónica y Telecom (previsto para 1997) estaremos ofreciendo servicios telefónicos más baratos y de mejor ca- lidad a nuestros abonados (al cable)”, dijo en Buenos Aires en abril de 1996. El CEO de la principal cablera norteamericana ensalzaba la alianza de su imperio con la telefónica y ahora también operadora de cable US WEST –todavía propietaria de VCC– apuntando no solo al mercado de cable sino a los de telefonía, transmisión de datos de alta velocidad e Internet.

El juego de alianzas y los divorcios entre las transnacionales telefó-

nicas (Telefónica y Telecom) con los multimedia locales y las megacor- poraciones estadounidenses signarán el devenir empresario a lo largo de los 90. El levantamiento de las barreras entre telefonía y TV por cable en Estados Unidos (1996) y también la desregulación telefónica en el norte, habían iniciado un dominó a varias puntas que también se sintió en la Argentina.

A mediados de 1998 la mayor telefónica norteamericana (AT&T)

tomó el control del distribuidor de cable TCI. Volvía a los mercados locales de la mano del cable luego de abandonar esos negocios por disposiciones antimonopólicas en materia de telefonía local y regional. Con TCI, AT&T accedía en Estados Unidos a una empresa con 10 millones de abonados al cable, mientras ella administraba 90 millones de usuarios de telefonía de larga distancia. TCI también trataba de po- sicionarse en el mercado de proveedores de Internet e intervenir en los servicios de comercio electrónico y banco de datos. Por esta vía, la telefónica estadounidense adquiría también al 26 % de Cablevisión y otras empresas del grupo en Argentina. El control de TCI por parte de la reciclada baby bell ponía al descubierto un puzzle complejo. Al ingresar en Cablevisión, AT&T sería socia de Telefónica

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Internacional, que estaba aliada con su rival norteamericana MCI 67 . La operación termina de concretarse en 1999 por la suma de 48 mil millones de dólares.

El emporio del CEI

El crecimiento exponencial del CEI, en el ámbito de los multime- dia convulsionó el mapa del sector en 1997. Mediante operaciones fulminantes con Pérez Companc, Techint y Telefónica Internacional (TISA), el CEI logró una posición dominante en Cointel (controlante de Telefónica de Argentina, Telintar, Miniphone, Startel, Unifón y Radio- llamada) y de inmediato se lanzó sobre el cable, el mercado editorial y la TV abierta. Un operación emblemática fue la compra de Cablevisión en agosto de ese año (parte a TCI y parte a Eurnekián), hasta entonces el tercer operador de cable –con 500.000 abonados–, y también la adquisición de Editorial Atlántida –ATCO– (con participación en Telefé y Radio Continental). La ola arrastró también al cuarto de los grupos de TV por cable, Mandeville –300.000 abonados– y a otros sistemas más peque- ños que totalizaban 200.000 abonados. La dupla CEI-TISA compró a Malone (TCI) el 24,76% de Cablevisión por 210 millones de dólares, lo que sumado a las acciones de Eurnekian totalizaba el control del 66,26% de uno de los mayores jugadores del cable. El CEO de TCI, Fred Vierra, explicaba entonces las perspectivas estratégicas de la operación con el CEI:

“La razón que nos llevó al acuerdo con el Citicorp es que esta in- dustria se divide en tres ramas: distribución (TV por cable), telefonía (que aporta la fibra óptica) y programación. Nos asociamos con el CEI porque puede asegurarnos el acceso a la fibra óptica a través de su participación en Telefónica de Argentina. Si vamos a invertir millones de dólares en programación, tenemos que asegurarnos los canales apropiados para llegar a los consumidores” 68 .

67 Clarín, 27 de julio de 1998.

68 La Nación: “TCI, Liberman, CEI y Eurnekian, todo en familia. Socios en Ca- bleVision y VCC”, domingo 3 de agosto de 1997.

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Esa semana, el brazo inversor del Citicorp, vendió a Grupo Clarín su participación accionaria del 22,5% que mantenía en Multicanal, la mayor empresa de cable del país. Un comunicado firmado por Han- dley informó que se pagaron 239 millones de dólares por la operación. El 70% de Multicanal quedaba entonces en cabeza del holding Clarín- Artear en tanto los accionistas de TISA pasaban a tener el 30 por ciento del paquete. La operación parecía razonable en el marco de un acuerdo con Cla- rín, para que el CEI disminuyera su presencia en Multicanal al tiempo que tomaba control de uno de sus máximos competidores. Sin em- bargo, el CEI permanecía ligado en forma indirecta a través de las acciones de Telefónica Internacional (TISA), que era nada menos que su socia en Cointel, dueña del 60% de Telefónica de Argentina. El mercado sufrió un impacto de magnitud en octubre de ese 1997, con la adquisición cruzada de la totalidad de VCC (Fintelco-Us West- Liberman) por parte de CEI-TISA y Multicanal (Grupo Clarín) por la suma de 765 millones de pesos. La empresa de Clarín se quedaría con el 50% de los 700.00 abonados por un desembolso de 345 millones. Nada volvería a ser como antes. La presión concentradora parecía inmanejable.

Tour de compras

En los 19 meses corridos desde enero del 97 a julio del 98, las compras y fusiones en el área de medios y telecomunicaciones en la Argentina rondaron los 5500 millones de dólares, una cifra que su- peró el total de operaciones realizadas en rubros como el financiero, petróleo o transporte. El 75% de ese total corresponde a estrategias de inversión de empresas extranjeras, casi exclusivamente de origen norteamericano. El ranking lo encabezaron las compras o reacomodamientos ac- cionarios del emporio financiero del City (CEI-Banco República) y el fondo texano de Hicks, Muse, Tate & Furst (HTMF), seguido lue- go por compras y adquisiciones de grupo Clarín, Uno-Supercanal Holding, Telefónica Internacional (TISA), Torneos y Competencias (TyC) y el grupo de John Malone. Los platos fuertes en el menú de

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la concentración fueron la citada adquisición de VCC por parte de Multicanal y el CEI así como el pase de Editorial Atlántida a manos del CEI-TISA. El ímpetu comprador desplegado por el CEI (controlante de Tele- fónica de Argentina y sus satélites) en ese período lo colocó en poco tiempo como el principal operador de la industria de las comunicacio- nes en la Argentina. Handley operó a varias bandas con el emporio de Moneta (Banco República), el grupo de Thomas Hicks (HTMF) así como los accionistas de TISA, Malone (TCI), el grupo editorial de Vigil (Atlántida) y la ascendente productora deportiva Torneos y Competen- cias (TyC). En diciembre de 1997, este conjunto de empresas con fuertes raíces transnacionales, había formalizado sus lazos mediante la conformación de un holding que disputó la hegemonía del proceso frente al grupo Clarin. Este es el punto en que los caminos comienzan a bifurcarse; el grupo encabezado por Héctor Magnetto y Ernestina Herrera de Noble intentará resistir el despliegue de los aliados del menemismo y buscará otras vías para mantener activo el vínculo con Estados Unidos. El Grupo había logrado financiar sus incursiones en el supermer- cado de los cables mediante la venta del 18 por ciento de su paquete accionario a Goldman Sachs, lo que le permitió obtener fondos frescos (500 millones de dólares) para una operación clave como había sido la toma de control de Multicanal, mediante la compra de las acciones del paquete del CEI en 239 millones. Clarín controlaba así el 70% de la cablera. Esta era una condición necesaria para el paso siguiente: la absorción de VCC para su desguace a manos de Multicanal y Cable- visión. Al cabo de este vendaval de compras, el mapa de las comunicacio- nes en la Argentina exhibía a dos grandes conglomerados de empresas en el centro del dispositivo: el duopolio CEI-TISA y el Grupo Clarín. La suma de sus plataformas en telecomunicaciones y audiovisual re- presentaba más del 50% de la telefonía básica del país, el 70% de la televisión abierta de alcance nacional (Canal 2, Canal 9, Canal 11 y Canal 13, más la propiedad de 10 canales en el interior), el 65% del total de los abonados al cable (Cablevisión-Multicanal), el 50% de las emisoras AM de Buenos Aires con mayor alcance nacional, el 44% de

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la telefonía celular, el 70% de las señales de cable de alcance nacional, el diario nacional de mayor circulación, la producción de papel para periódicos (Papel Prensa), una importante porción de la industria grá- fica del interior, los derechos de transmisión del fútbol profesional y el principal sistema regional de distribución satelital directa para TV. Los porcentajes no incluyen el paquete correspondiente a los men- docinos de Uno-Supercanal Holding 69 . Este tercer grupo mantenía vín- culos cruzados con los otros dos, oscilando entre su articulación con Clarín a través de Sinergy (alianza entre Supercanal y Grupo Clarín) o un camino propio. Para entonces, la nave insignia del sector deportivo (Torneos y Competencias), creada como productora en 1991, se había convertido en una plataforma atractiva por sus derechos sobre el fútbol y otros de- portes, habiéndose constituido en alianza con la dupla Telefónica y CEI en uno de los grandes jugadores del nuevo tablero. En 1998 TyC, tras un efímero experimento a cargo de TCI, se integra en la galaxia multi- media tejida entre el CEI y Telefónica en torno a Atlántida (ATCO), de la mano del creador del emporio deportivo, Carlos Avila, y Constancio Vigil, fundador de la editorial. A través de TyC el grupo avanza sobre el control de Canal 9 en Buenos Aires y parte de América, otro canal de aire de La Plata, convertido en canal capitalino con la anuencia del poder político de turno. A través de ATCO, el CEI también accedía a las publicaciones de la editorial Atlántida, Canal 11 y Radio Continental. Junto con los abiertos de Capital Federal (Canal 9 y 11) pasaron de manos también unos 8 canales regionales del interior del país. Raúl Moneta, titular del Banco República se ufanaba de que, con la integración de sus redes de cable, TV abierta nacional y provincial, el grupo llegaba al 80% de las pantallas argentinas. El grupo de Handley también con- trolaba Altos Hornos Zapla (67%) y tenía inversiones en Celulosa Puerto Piray (25%). En la cúspide del poder, Moneta se ufanaba de protagonizar uno de los “hitos” del siglo: “el rediseño de un nuevo orden económico que

69 Supercanal, con 550.000 abonados al cable, tres canales abiertos y opciones de compra por otros tres en el interior del país, tres diarios regionales, Radio Rivadavia y participación en AM La Red y el sistema nacional de TV satelital directa (TDH).

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produjo una revolución en el país y su reinserción en el mundo”. 70 En la misma entrevista consideró al CEI-Citicorp como “el más argentino de los bancos extranjeros y el que más ayudó al país”. La operación de compra de Canal 9 se realizó a través de una empresa australiana (Prime) para disimular la irregularidad jurídica que implicaba el control de dos canales con cobertura en la misma ciudad (Canal 9 y Canal 11) por parte del mismo grupo. Las otras “desproli- jidades” legales tenían que ver con la nacionalidad de los capitales. En la operación aparecían Marcelo Bombau y Gustavo De Jesús como los accionistas locales de Prime, que adquiere el 99,9% de las acciones a Alejandro Romay, y de inmediato transfiere la mitad a la productora deportiva TyC. La maniobra de Prime sirvió también para favorecer los despidos en la ex emisora de Alejandro Romay. A mediados de 1998, el empre- sario dijo saber que en realidad vendía canal 9 a Telefé (traspasado a CEI Holding, mediante la operación con Prime y Ávila de TyC). Prime operaba entonces con fuertes intereses en EE.UU. a través de Fox, la principal competidora de Time Warner (Turner). La alianza CEI-República había logrado en poco tiempo el control simultáneo de Telefónica de Argentina (y todas sus empresas de telefo- nía básica, celular, de larga distancia y de acceso a internet), Atlántida Comunicaciones (Editorial Atlántida, Telefé, Radio Continental y los canales abiertos del interior), Cablevisión (que se aproximaba a los 2 millones de abonados tras la absorción de VCC, con su productora Gala y su proyecto de internet a través de Datanet), Canal 9 (y sus señales abiertas en el interior), 56% de Television Satelital Codificada (con su sistema de comercialización del fútbol) y Telered Imagen. También controlaba un importante paquete de contenidos a través de Pramer (Canal á, Magic Kids, Big Channel, CVSat, Cineplaneta, Telemúsica, Music 21, P&E, El Canal de las Ideas, América Sports, dis- tribución de CVN y América Satelital) y un 7% del multimedios Améri- ca (ingreso a Canal 2, El Cronista, Radio Del Plata, América, FM 95, Aspen y San Isidro Labrador) así como una prioridad de compra por el 93% que conservaba Eurnekián.

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La influencia de Handley y Moneta se expandía como una mancha de aceite sobre el mapa de medios de la Argentina.

Multimedios offshore

Las operaciones previas de concentración registraban una ilus- trativa ingeniería de traspasos empresarios, característica de la épo- ca, proyectada para eludir la legislación argentina y los controles fiscales. Entre marzo y diciembre de 1998 los cambios societarios y apor- tes de capital operados con las licenciatarias de Canal 5 de Rosario (Rader S.A.) y Canal 13 de Santa Fe (Televisora Santafesina S.A.) 71 representaron movimientos por aproximadamente 400 millones y la transferencia de la voluntad societaria hacia corporaciones extranjeras radicadas en paraísos fiscales a través de Atlántida Comunicaciones, TISA, Southel Equity Co., Syrup Trade y otras. Aún se mantenía vigen- te la prohibición de los artículos 43 y 45 de la Ley 22.285 para realizar transferencias de sociedades licenciatarias. A la fecha de estas operaciones el CEI y Telefónica controlaban las acciones de Telearte S.A., titular de la licencia de Canal 9, y en forma simultánea manejaban Editorial Atlántida, titular mayoritaria de las acciones de Televisión Federal (Canal 11), violando los articulos 43, 45 y 46 sobre origen del capital, multiplicidad y transferencia de licencias. Las actuaciones ingresaron al Comfer un año antes de la san- ción del Decreto 1005/99 que permitió luego la venta de sociedades licenciatarias. También fue ilegal la disolución sin liquidación de Rader S.A. (Canal 5 Rosario) y Televisora Santafesina S.A. (Canal 13 Santa Fe) mediante la violación de varios artículos (46, 47, 53 y 85) por la modificación de estatutos sociales sin aprobación y las maniobras para encubrir la multiplicidad de licencias. En forma simultánea, el CEI traspasó acciones de Cablevisión y de Cointel (controlante de Telefónica Internacional) a Southtel. La firma, subsidiaria del CEI, era una sociedad constituida en las Islas Caimán que pasó a controlar parte de Cablevisión (33%), junto a TISA, TCI-

71 Extes. 4473-COMFER/98 y 4463-COMFER/98.

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AT&T y Eduardo Eurnekián. La pantalla también sería utilizada para la compra de parte de Torneos y Competencias 72 . En enero de 1999 el grupo CEI-Atlántida-Telefé tomó un préstamo por 218,5 millones de dólares emitiendo papeles en forma irregular mediante el mecanismo del endeudamiento para abonar las deudas de las operaciones anteriores de adquisición de las empresas controladas. Como veremos más adelante, las maniobras de elusión fiscal o de frau- de con las operaciones bursátiles también eran prácticas habituales en otros grupos, como Clarín. El proceso desarrollado en ese período importó no solo la desnacio- nalización de recursos audiovisuales nacionales sino también su trans- ferencia a sectores financieros que no necesariamente provenían de la industria del sector. Así lo testimonian los casos del Citi-HTMF, que representan a capitales norteamericanos poseedores en conjunto del 55% del CEI, evidencias de que los poderes de decisión empresaria fueron transferidos a inversores financieros que no participan primaria- mente de la industria de la comunicación. Pero hay más: la ausencia de controles y regulaciones llegaron al extremo de posibilitar que, legal- mente, el 63% de las acciones del CEI (las porciones correspondientes a República Holding y al Citi) estuviesen en poder de empresas fantas- mas radicadas en los paraísos fiscales del Caribe. Tanto República Holding como Citibank habían creado empresas offshore que supuestamente controlaban al grupo desde aquellos pa- raísos fiscales. Se trataba de United Finance Company (UFCO-República) y el In- ternational Equity Investiment (IEI-Citi), dos fantasmas que habían lle- gado legalmente a manejar una de las patas del oligopolio en que se había concentrado la industria de los medios de comunicación en el país. Cabe destacar aquí la vinculación del CEI con grupos financieros locales, investigados en el Congreso de los Estados Unidos por lavado de dinero procedente del Cartel de Juárez. Un informe de 305 páginas publicado por la subcomisión del Se- nado de Estados Unidos que estudió cómo los bancos participan en

72 Diario Perfil, 31 de julio de 1998.

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operaciones de lavado de dinero advirtió que el M.A Bank 73 , con sede en las islas Cayman, y el Federal Bank 74 , en Bahamas, eran bancos “cáscara”, sin oficinas físicas para atender a clientes. No estaban au- torizados a operar en la Argentina. Pero mediante movimientos de cuentas con el Citibank, estas entidades pudieron operar en el país con dinero de coimas y de lavado de fondos provenientes del narco- tráfico. Según un memorándum del Citibank de fines 1996, el Grupo Mo- neta aparece como “uno de los grupos más importantes de la Argen- tina con activos consolidados de aproximadamente 500 millones de dólares”. Citibank tuvo una relación prolongada con el Grupo Moneta y las familias de sus propietarios, Raúl Moneta y su tío Benito Lucini, según documentos propios. Esta relación tenía dos componentes principales:

la relación de corresponsalía de Citibank con el Banco República, que incluía el manejo de efectivo y de los servicios de crédito; y el interés de la participación de Citibank, junto con el Grupo Moneta, en CEI Citicorp Holdings. Citibank también mantenía cuentas para otras enti- dades del Grupo Moneta, incluida su cuenta corresponsal con Federal Bank. La corresponsal del diario Clarín en Washington consignó luego de la ruptura de Clarín con el CEI que

“ el banquero argentino Raúl Moneta ya no podría seguir negan-

do que el Federal Bank era suyo: el trabajo (del Senado de EE.UU.) aportaría datos para demostrar que es de su propiedad. Este ban- co fue señalado por los congresistas de EE.UU. como una entidad ‘pantalla’, establecida en las islas Bahamas, que lavaba dinero en triangulación con el Citibank de Nueva York y el Banco República en la Argentina. Y el Citibank de Nueva York –agregaba– difícilmente podrá argumentar de ahora en más que, en este caso, no conocía a su cliente. Moneta y el ex presidente del Citibank en Buenos Aires, Richard Handley, no solo son amigos sino que también fueron socios

73 Mercado Abierto Group manejado por Miguel Iribarne, Aldo Ducler y Héctor Scasserra.

74 Raúl Moneta a través del Banco República.

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en el CEI, una empresa constituida para que el Citi pudiera participar en las privatizaciones” 75 .

La nota terminaba estableciendo también los vínculos entre los ban- cos y el pago de coimas en ocasión del contrabando de armas argen- tinas a Ecuador y Croacia por parte de la administración de Carlos Menem. El patrimonio audiovisual argentino, como vimos, se había conver- tido en un commodity offshore de jugadores financieros transnacio- nales.

Los inversores texanos

Pero el despliegue de capitales estadounidenses no se agotaba con estos banqueros. Hicks, Muse, Tate & Furst (HMTF), un fondo de in- versión con sede en Dallas, se convirtió en otro amigo americano. En 1996 ingresaron en el negocio del cable en la provincia de Buenos Ai- res mediante la compra junto con BGS (Baqueriza, Gutiérrez y Savol-

delli, el socio argentino de Hicks) del 80% de Mandeville, una empresa de cable que reunía a 65 sistemas del sur bonaerense y que dos años después vendieron a Cablevisión –adquirida a su vez por el CEI– en

525 millones de pesos.

Para cumplir con disposiciones de la Security Exchange Comission (SEC), que regula a las empresas que operan en Wall Street, el CEI debía desprenderse de un 30% de sus acciones. El fondo texano era el principal candidato. HMFT había realizado en los últimos tiempos unas 200 operaciones de compra de medios de comunicación en todo el mundo y, a través del control del sistema MVS Multivisión de México

participaba también en el proyecto de la red de televisión satelital direc- ta Galaxy Latin América, cuya representación en la Argentina tenía el grupo Clarín, la otra pata de la concentración. En Junio de 1998, HTMF concretó la compra del 29% del CEI en

800 millones. De esta forma, uno de los fondos de inversiones más

grande del mundo pasó a codirigir el CEI.

75 Diario Clarín, “El Senado de EE.UU. acusa a dos banqueros argentinos”, Co- rresponsal: Ana Barón, 28 de febrero de 2001.

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Clarín advertía en sus noticias sobre el crecimiento explosivo de HTMF: “no es un clásico fondo de inversión”. Según los datos de la

época, Thomas Hicks y sus socios manejaban medios, alimentación y electrónicos. Controlaban Chancellor Media y Austin Caspar Broadcas- ting, con 400 radios en EE.UU. También en ese país Berg Electronics,

el cuarto proveedor de componentes electrónicos. Mantenía alianzas

con MSV de México y luego con el grupo venezolano Cisneros. Con Regal Cinemas creó la mayor cadena estadounidense de cines, con 3200 pantallas en 387 locales. También empresas de publicidad en vía pública en Uruguay, Chile y Argentina, así como la cadena de cable de Brasil TV Cidade. La alianza entre HMTF y Cisneros incluía el manejo de otro fondo de inversión –Ibero American Media Partners– con un capital inicial de 500 millones de dólares para compra de medios de comunicación.

Según los trascendidos de la época se proponían ganar la privatización del canal público nacional (ATC) y monopolizar el aire. La ausencia de Cisneros en la operación de compra de acciones del CEI apuntaría

a evitar susceptibilidades entre este y Clarín. Cisneros (titular de la

principal productora argentina de señales para cable, Imagen Satelital) también era socio de Clarin en Galaxy Latin America Entertainment, el operador regional de uno de los sistemas de televisión satelital directa que en la Argentina se comercializa como DirecTV. En abril de 1999 Thomas Hicks se quedó con la presidencia del CEI y desplazó a Raúl Moneta, con quien protagonizó temporadas de pasión y recelos. El acceso al 32,5 % del holding le dio las llaves para manejar el principal multimedios nacional y una puerta de acceso

a Telefónica de Argentina. Cesar Báez, uno de los lugartenientes del

texano, se quedó con la vicepresidencia del grupo. En mayo de 2000, HMTF transfirió el 40,41% del paquete accionario a AMI Tesa, una compañía del propio Hicks. En diciembre de 1999 comenzó un proceso de separación de acti- vos que dejó en manos de Telefónica Internacional a Telefé, Editorial Atlántida, Radio Continental, La Red, FM Hit, Canales del Interior y Canales Regionales, TyC y Azul TV. El grupo madre de Telefónica decidió reagrupar todas sus empresas por líneas de operaciones, tele- fonía básica, móvil, servicios de Internet y otros emprendimientos.

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A fines del 2000 el Grupo Telefónica compró el 80,91% de los activos del grupo CEI Citicorp, incluyendo su participación accionaria en COINTEL, la sociedad controladora de Telefónica de Argentina, mediante un intercambio de acciones valorado en alrededor de 893 millones de dólares. Obtuvo, por esta vía, el control sobre el 97% de su capital. Anteriores compras a terceros habían elevado la participación del Grupo Telefónica de 30% a 71,5% en la propiedad de Telefónica de Argentina.

Las redes de Telefónica

La danza de los millones en el cable no superaba aún los niveles de facturación de las licenciatarias de los servicios de telefonía bási- ca, Telefónica y Telecom, que entre 1991 y 1996 recaudaron más de 23.000 millones de pesos/dólares, con ganancias cercanas a los 3.370 millones. Con algo más de 6 millones de abonados, las tele- fónicas triplicaban anualmente la facturación del cable. De allí que el ingreso simultáneo del CEI a una posición dominante en Telefónica y al control de poderosos multimedios resultaba desequilibrante a la hora de mirar el tablero estratégico porque por primera vez un mismo actor manejaba los hilos de ambos sistemas, aún separados por el frágil tabi- que de las regulaciones. En cuanto al sector telefónico, el proceso iniciado en 1990 con la privatización de Entel y la constitución de las empresas conjuntas for- madas por Telefónica y Telecom para comunicaciones internacionales

(Telintar) y comunicación satelital (Startel), proceso en el que se nego- ció una importante suba de tarifas y una rentabilidad asegurada del 16 por ciento, se continuó luego con la distribución de las bandas para co- municación celular. En orden de aparición se instalaron Movicom (del grupo Macri, con Correo Argentino aún en su poder) en Capital Fede- ral y GBA, CTI (Clarín, AT&T,GTE) en las dos zonas en que se dividió el interior, Miniphone (Telefónica y Telecom) para competir en Capital

y GBA, Personal (Telecom) para competir en la zona norte del interior,

y Unifon (Telefónica) para competir en la zona sur del interior. Hacia fines de 1998, las ganancias de las principales licenciatarias telefónicas (Telefónica y Telecom) se acercaban a los 1000 millones de

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dólares, impulsadas en parte por la explosión de teléfonos celulares y la ayuda del rebalanceo tarifario, así como el despido de personal. Cabe recordar que, en este período, Telefónica de España pasó también por el trance de la privatización con importante presencia de capitales extranjeros, y que la situación global estaba dominada por las fuertes presiones de los grupos financieros hacia la desregulación. La transición española hacia el régimen de competencia tuvo lugar entre 1997 y 1998, en el marco de la ley de liberación de las teleco- municaciones promulgada en Madrid en 1997. La reforma preveía la habilitación de las operadoras de cable para proporcionar servicios de telefonía, lo que se autorizó a partir del 1 de enero de 1998. La empresa matriz del Grupo Telefónica había comprado en 819 millones de dólares el 23,8% de las acciones de su filial Telefónica Internacional Sociedad Anónima (TISA) en 1997, entonces en manos del Estado español. Intentaba controlar la sociedad de inversiones que operaba en América Latina. El titular de Citibank, John Reed, llegaba a la vicepresidencia de TISA y más tarde el Chase Manhattan Bank se convertiría en el principal accionista de Telefónica S.A. Al promediar 1998 TISA era el mayor operador de telecomunica- ciones de América Latina con 12 millones de líneas administradas (sin contar San Pablo). Tenía 910 mil clientes de telefonía celular y un mi- llón de abonados de cable. Además de la telefonía básica en Argentina participaba en la Compañía de Comunicaciones de Chile, Telefónica de Perú, larga distancia de Puerto Rico, teléfonos de Río Grande do Sul y Telesp de San Pablo. En Argentina controlaba además Movistar- Minifon, TCP-Unifon, Cablevisión, Advance Telecomunicaciones, Tor- neos y Competencias, Editorial Atlántida, Telefé, Radio Continental y los canales del interior citados anteriormente. La presencia de Telefónica en Brasil se vincula directamente con el proceso privatizador de Telebrás, a tono con los dogmas neoliberales de la época. La venta de la telefónica estatal dejó al gobierno brasileño unos 19 mil millones de dólares por el 52 % de la empresa 76 .

76 Telefónica de España compró en 5 mil millones la operadora de San Pablo, mientras Telecom de Portugal desembolsó 3087 para quedarse con la telefonía móvil en ese estado. Dos empresas brasileñas (Liberal y Bidt-S.A.) compraron en más de 3350 millones un paquete que incluía telefonía fija en 16 estados y móvil

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Las corporaciones telefónicas habían establecido ya alianzas mun- diales para disputar una torta que se calculaba en miles de millones (en la época hablaban de 15.000 millones solo en Argentina y cerca de 40.000 millones en Brasil para fines de la década). Bajo el nombre de Concert, Telefónica Internacional (TISA), British Telecom (BT) y la norteamericana MCI formalizaron una alianza internacional para operar en la región bajo el nombre de Telefónica Panamericana-MCI, en tanto que STET (socia de France Telecom en Telecom Argentina) acordaba operar en el mercado latinoamericano mediante una alianza con AT&T. El ajedrez de compras y fusiones en la periferia no podía despe- garse –especialmente porque es su consecuencia– de la lógica de las alianzas y negocios globales. La compra de TCI por parte de la mayor operadora telefónica norteamericana AT&T (ya citada en el capítulo

anterior), introducía contradicciones por el lado de Telefónica (aliada a nivel internacional con su rival MCI). Por otra parte el ingreso de Hicks

y

sus socios al CEI abría otro frente ante la sociedad entre los texanos

y

el grupo Cisneros de Venezuela en Iberoamérica Partners. Este fondo

de inversión que reunía operaciones por unos 730 millones de dólares había comprado medios chilenos, entre ellos la radio y canal de TV Rock & Pop, la radio Corazón y el canal 2 de televisión. Otro fondo, el Latin America Fund. (con BGS –Baqueriza, Gutiérrez

y Savoldelli–, el socio argentino de Hicks) anunciaba una disponibilidad inicial de US$ 1000 millones. Debutó con la compra de Venezolana Intercable. Telefónica Internacional y el CEI van a redefinir sus vínculos al co-

menzar el nuevo siglo. Los españoles volverían a controlar Telefónica de Argentina y sus empresas vinculadas.

Multimedios vs. “bananeras”

Este mapa fue posible por sucesivas políticas gubernamentales y legislativas que incluyeron la omisión o remoción de los impedimentos

en la zona centro-oeste. MCI se quedó con Embratel (larga distancia) por 2280 millones. Telecom Italia gastó unos 2900 millones por la telefonía fija en nueve estados y celular en dos regiones (Diario Clarín, 30 de julio de 1998).

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de la ley 22.285 (de radiodifusión) para la propiedad cruzada de diarios

y licencias de radio y TV –vía reforma del Estado–, la transferencia de

licencias, las privatizaciones de radios y canales en manos del Esta- do y la firma de tratados internacionales –en particular con Estados Unidos– con rango constitucional y por lo tanto por encima de la le- gislación ordinaria. Este conjunto de decisiones –y la inoperancia del Congreso para fijar un marco regulatorio alternativo– posibilitaron no solo la concentración sino también, y en forma simultánea, la desna- cionalización de los medios de comunicación. La cuestión de fondo ha sido la captura del mercado convergente de televisión, telefonía e internet: las telefónicas versus los grandes operadores de sistemas múltiples (MSO) o eventuales alianzas entre

estos. La gran batalla legislativa librada en la mitad de los 90 en torno

a proyectos como el del diputado justicialista bonaerense Juan Ma-

nuel Valcárcel (de radiodifusión, bautizado como “proyecto Clarín”)

y de los senadores Conrado Storani (UCR) y Pardo (PJ) de telecomu-

nicaciones (bautizado como “proyecto telcos”) no logrará zanjar la disputa, aunque en principio favoreció al holding de la heredera de Roberto Noble al impedir el acceso de las telefónicas al mercado del cable. La guerra entre las telcos y los grupos multimedia registró una intensa artillería de solicitadas entre fines de 1995 y principios de 1996. Telefónica de Argentina acusó a Valcárcel de “arbitrariedad” y de “proteger en forma incomprensible los intereses de las compañías de la televisión por cable” en una solicitada que publicó en Clarín bajo el título “Arbitrariedad y desaliento a la inversión” 77 . La réplica

no se hizo esperar. Las gremiales empresarias de televisión abierta (ATA), de radio (ARPA) y de televisión por cable (ATVC) contraata- caron poco después con otro aviso pago que denunciaba “el riesgo de convertirse en un país bananero” si se permitiese a las telefóni- cas ingresar en el mercado audiovisual. El sector negó la condición monopólica del cable, apoyó el dictamen en Diputados de la “Ley Valcárcel” y acusó a las telcos de querer sumar la televisión por cable al oligopolio telefónico. El aviso terminaba postulando que “solo en

77 Diario Clarín, domingo 3 de diciembre de 1995, “Arbitrariedad y desaliento a la inversión”, p. 24.

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competencia es posible la libertad de expresión. No permita que le quiten su libertad de elegir” 78 . La relación entre competencia y libertad de expresión sería abando- nada luego como consigna al avanzar la concentración de Cablevisión y Multicanal. Telefónica volvería a la carga contra la “agresión” de los multimedia. Insistiría con otra solicitada denunciando que el proyecto del oficialismo “solo pretende justificar privilegios” e impedir la compe- tencia y las inversiones en el sector 79 . Las escaramuzas continuarán hasta mediados de 1996, cuando –apostando al triunfo legislativo sobre las telcos– las cámaras empresa- rias (ATA, ARPA, ATVC) proclamarán su fe democrática considerando que la de radiodifusión es “la ley que desde 1983, la democracia le debe a la sociedad argentina”, “la que debe asegurar la vigencia y el crecimiento de los medios independientes”. Los empresarios llegaron entonces a proclamar la necesidad de una nueva ley “que reemplace la ley actual, emanada del último gobierno de facto, cuyos nefastos y au- toritarios principios no han permitido un verdadero desarrollo de la ra- diodifusión nacional” 80 . Una década más tarde olvidarían los principios nefastos y autoritarios de la 22.285 ante la posibilidad de avances significativos en la democratización y la competencia del sector. Las cámaras de radio y televisión atacaron la iniciativa que intentó integrar telecomunicaciones y radiodifusión, la que calificaron como “peligroso proyecto elaborado en un oscuro proceso” sin consultas a los multimedios. Si bien la propuesta no distaba demasiado de otros modelos de regulación integrada (en la perspectiva de la convergencia tecnológica) como Estados Unidos y su reforma de 1996, o del mo- delo que poco después adoptaría Gran Bretaña con la creación de un organismo de regulación global del espectro 81 , las cámaras acusaron a los senadores de poner “en grave riesgo la libertad de expresión” en

78 Diario Clarín, 11 de diciembre de 1995, “País serio sin telefonía ‘Bananera’”, p. 15.

79 Diario Clarín, 13 de diciembre de 1995, “Ante la agresión, Telefónica contesta con la razón”, p. 31.

80 Diario Clarín, “País más serio”, 17 de julio de 1996, p. 21.

81 Oficina de Comunicaciones (Ofcom) Gran Bretaña. Ente regulador de radiodifu- sión y telecomunicaciones, creado luego de un debate público. 2001/2003.

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el país. Utilizando un recurso sobre el que volverían reiteradamente, denunciaron una “nueva mordaza a la prensa” y anunciaron el cierre inminente de los canales abiertos de Buenos Aires y de “todos los canales privados del interior”. La Argentina, advirtieron, “se quedaría entonces sin televisión abierta privada” 82 . Volverían a batir ese mismo parche en 2009, en oportunidad de los debates por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El empate dejó las cosas pendientes. Ni la trilogía del cable (Multi- canal, VCC y Cablevisión, que marcharían hacia la fusión monopólica bajo la égida de Clarín), ni el oligopolio telefónico (Telefónica, Telecom) lograrán la hegemonía total. El atraso conceptual de la ley concebida en los cuarteles en 1980 sumaría además el atraso normativo en cuan- to a las nuevas tecnologías y su relación con los usuarios. El mercado había convertido la ley en letra muerta. Aún pese a los alcances del tratado comercial con EE.UU., el grueso de las ope- raciones quedaba fuera del marco jurídico. El menemismo trató de poner un manto piadoso de legalidad sobre el nuevo mapa recién en 1999 por fuera del Congreso. El Decreto 1005/99 de necesidad y urgencia admitió que según los registros del Comfer aún figuraban “aproximadamente mil cuatrocientos (1400) licenciatarios de servicios complementarios de radiodifusión, distribuidos en todo el país” cuya mayoría había desaparecido durante la ola de compras y fusiones de empresas. Frente al hecho consumado, el organismo consideraba que había llegado la hora de “suprimir el concepto de intransferibilidad de las licencias, atento que la realidad del mercado no puede ser soslaya- da”, y también que “resulta procedente revisar el concepto de multi- plicidad de licencias, permitiendo que un mismo licenciatario pueda acceder a la titularidad de un mayor número de servicios” dado que el límite previo “era congruente con un mercado comunicacional poco desarrollado” 83 . Argentina había llegado en 1997 al primer lugar de TV por cable en Latinoamérica. Con 5 millones de abonados alcanzaba una penetra-

82 Diario Clarín, “Los senadores no deben dirimir intereses sino fijar principios”, 12 de agosto de 1996. p. 11.

83 Decreto de Necesidad y Urgencia 1005/99, 10 de septiembre de 1999, Dr. Carlos Menem, Presidente de la Nación.

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ción del 53% de los hogares. Le seguían luego a gran distancia México,

(2 millones y 12,5%) y Brasil (1 millón y 2,14%). La facturación anual rondaba los US$ 1800 millones, con una oferta de hasta 65 señales

y un costo promedio de 30/35 dólares. Hacia 1998, el país se ubica

tercero en el ránking mundial de penetración del cable, precedido por Estados Unidos con un 65% y Canadá con un 72%. Proporcional- mente la mayor proporción de penetración se da en el interior, donde algunas ciudades llegan al 90%. El “modelo argentino” había descartado la televisión abierta gratuita –cuyo mapa permaneció inalterable desde la década del 60– y promo- vía, en cambio, la recepción de la TV de aire a través de sistemas por abono. Según datos de las empresas, la distribución de los abonados al cable evidenciaba –además de la concentración empresaria– que el 70% de los mismos correspondían a la Ciudad de Buenos Aires (29,3%) y al Gran Buenos Aires (39,8%) quedando el resto del país con el 30,9% de los abonados. En el cable, las empresas con más de 500.000 abonados concentran el 96% del mercado mientras que las menores solo el 4%, según un trabajo del INDEC de la época. Otra consecuencia sería la paulatina pérdida de posiciones de los contenidos nacionales a manos de las señales internacionales, así como la presión constante para insertar contenidos Premium y de pago adi- cional, esquema que haría del fútbol codificado una tenaza de hierro

para los cableros independientes. “Las productoras propias –escribía un cronista de la época– están muertas en su mayoría (Gala Producciones)

o en vías de extinción (Pramer, de Cablevisión, que no logra que el CEI

quiera absorberla en sus negocios). La segmentación, que hizo del cable una entidad verdaderamente nacional de la mano de gente como Carlos Montero (interventor en VCC de El Canal de la Mujer, Cablín para chi- cos, Cableplatea para ABC1 y hasta el Canal de la nostalgia, embrión de Volver) es un lejano recuerdo”. El periodista sentenciaba entonces:

“las señales extranjeras que nos llegan por satélite son el verdadero ene- migo” 84 .

Un mes antes, Kammerath y Larson habían firmado el Acuerdo Bilateral de Reciprocidad Satelital entre Argentina y Estados Unidos. Y

84 Jorge Omar Novoa, “No tanta fiesta, muchachos, que al cable nacional en realidad lo están velando”, Diario Perfil, 29 de julio de 1998.

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también se había puesto en escena una dudosa desregulación del mer- cado telefónico, que abría las puertas en forma directa a los mayores operadores de cable. En la mañana del 10 de marzo de 1998, y con la presencia de los principales implicados en el sector, Carlos Menem había anunciado con bombos y platillos la puesta en marcha de la desregulación. Entre los que escucharon y aplaudieron sus palabras estaban el secretario de Comunicaciones, Germán Kammerath; María Julia Alsogaray; Raúl Moneta y Ricardo Handley, por el CEI; Juan Carlos Masjoan (Tele- com), Roberto Pérez (Movicom) y Maximiliano von Kesselstatt (CTI- Clarín). El Decreto 264/98 dispuso un período de transición hasta noviem- bre 1999, coincidiendo con el fin del mandato menemista y se orien- tó hacia “el aprovechamiento y optimización de las redes alternativas instaladas, teniendo por supuesto en consideración la capacidad de los operadores instalados, y en especial aquellos que cuentan con recono- cimiento internacional”. El Decreto incluía expresamente

“ las redes alternativas instaladas de sistemas de televisión por ca-

ble (CATV), como lo son las de MULTICANAL S.A., SUPERCANAL Holding, TELECENTRO S.A. y otras de empresas regionales o lo- cales de ciudades del interior del país, que alcanzan en la actualidad a más de SEIS MILLONES (6.000.000) de abonados, lo que implica que nuestro país cuente con uno de los índices de penetración en el servicio más altos del mundo”.

Las condiciones para aspirar a las dos nuevas licencias exigían la operación de servicios de telefonía nacional y también “ser operadores de redes físicas para la transmisión de televisión (CATV) con cobertura en al menos CINCO (5) ciudades de más de CIENTO CINCUENTA MIL (150.000) habitantes o un mínimo de CIEN MIL (100.000) abo- nados –en conjunto o individualmente–, y/u otros prestadores de ser- vicios de telecomunicaciones con redes físicas instaladas”.

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Con estas condiciones, Clarín posicionó a CTI Móvil 85 -Multicanal, junto a GTE (operadora internacional) y cooperativas telefónicas para la operación de servicios de larga distancia local e internacional y el ingreso al codiciado mercado de telefonía móvil en Buenos Aires. Se premiaron las estrategias de integración horizontal y vertical multiser- vicio de los operadores beneficiarios de la privatización de Entel (Tele- com, que mantendría posiciones en el norte del país, y Telefónica de Argentina en el sur) así como de telefonía móvil y cable a través de CTI Móvil (en el Interior y el AMBA) en competencia con Movicom Bell South. Llamó la atención que en medio de un contexto de fuerte endeuda- miento, Clarín promocionara a comienzos de noviembre de 1998 el advenimiento de “una revolución tecnológica” con la llegada de la tele- visión digital, anunciada para 1999 a partir de la adopción de la norma norteamericana ATSC por parte del inefable Secretario Kammerath. Según el diario “los empresarios esperaban ansiosamente esta decisión para poder comenzar a desarrollar el nuevo servicio”. Clarín estimó que “con esta medida, Argentina se convierte en el primer país de América Latina en definir su estándar para el desarrollo de una tecno- logía que revolucionará la industria de la televisión abierta en los próxi- mos 10 años”. Según el medio estaría funcionando a fines de 1999. Se podrá navegar por Internet y consultar el correo electrónico 86 .

Constelaciones empresarias

A través de Multicanal, Clarín había logrado una posición de em- presa líder en el estratégico sector de la televisión por cable. El Grupo tenía además una fuerte presencia en TV abierta (Canal 13), señales satelitales (TN, Volver), radios AM y FM (Mitre, FM 100) y la incursión en telefonía celular mediante el 24,5% de la Compañía de Teléfonos del Interior (CTI). También avanzaría sobre el ámbito deportivo (Trisa

85 La Compañía de Teléfonos del Interior (CTI) se constituyó en mayo de 1994 como la primera empresa de telefonía celular que prestó el servicio fuera del área metropolitana. Clarín posee 25 % de CTI, que comparte con las multinacionales GTE y Lucent Technologies.

86 Clarín, “Se viene la televisión digital”, 1 de noviembre de 1998.

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y Teledeportes); conectividad y desarrollo de contenidos para internet

(Prima y Ciudad Internet). En su próxima jugada, el grupo apostó a tomar la delantera en el próximo desembarco tecnológico regional: la televisión satelital direc- ta. Si bien la Televisión Directa al Hogar (TDH) ya funcionaba en el país, Clarín ponía fichas en una de las mega alianzas del continente, Galaxy Latinoamerica, encabezada por Hughes Communications (fi- lial de General Motors), con su sistema DirecTV, que contaba con 3 millones de abonados en EE.UU. La filial local se presentaba como Galaxy Entertainment Argentina (GEA), en alianza con los venezola- nos de Cisneros. El grupo al que se vinculaba Clarín contaba con una flota de 19 saté- lites y en su lista de clientes figuraban la BBC, NHK, Disney y las agen- cias Associated Press, Reuters, Bloomberg y el grupo Cisneros. Tenían

a su cargo la distribución del servicio de televisión satelital DirecTV. Los jugadores se ilusionaban con el alcance de sus movimientos. Proyectaban el despliegue de sus negocios sobre mercados globales. En junio de 1998 Gustavo Cisneros manifestaba en España: “por pri- mera vez el castellano trasciende los ámbitos locales y se convierte en el vehículo de un mercado internacional. Existen 500 millones de personas que reciben nuestro mensaje. El grupo Cisneros está ahora en el centro de esa onda expansiva y por eso estamos muy contentos de ese paso trascendental que hemos dado en Argentina al asociarnos con Clarín en la televisión directa por satélite”. En plena euforia del ajedrez internacional de alianzas, la directora de Clarín, Ernestina Herrera de Noble exhibió su sociedad con Cisne- ros en un evento internacional de medios organizado en España por el Museo de Radio y Televisión de Nueva York, donde Henry Kissinger moderó los debates sobre el impacto de las tecnologías en la televi- sión. En otro movimiento revelador, Clarín se había lanzado hacia los me- dios gráficos del interior mediante la compra del matutino cordobés La Voz del Interior, por el que habría pagado 100 millones de pesos, y el cuyano Los Andes de Mendoza, en ambos casos en sociedad con La Nación (CIMECO). Las versiones sobre su relación societaria con Pági- na 12 y La Nación, a lo que se sumaba la compra del ex vespertino La

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Razón, configuraban entonces un escenario de excluyente influencia sobre la gráfica nacional. Según la revista América Economía del grupo Dow Jones, Richard Handley, del CEI, y Héctor Magnetto, del grupo Clarín, eran entonces los dos argentinos que figuraban entre los 14 barones de los nuevos negocios mediáticos junto a Gustavo Cisneros (Venezuela), Roberto Marinho (O Globo, Brasil) y Emilio Azcárraga (Televisa, México). Sin embargo, el Grupo Clarín parecía, por momentos, un gigante

con pies de barro. Durante todo 1998 se sucedieron las versiones sobre

la venta de acciones de Artear, Papel Prensa o Multicanal para fondear el

rojo derivado de las obligaciones financieras contraídas. Como candida- tos al desguace se señalaba a operadores norteamericanos como AT&T

o Time Warner. El propio Magnetto reconocía que el grupo era blanco

de operaciones que expresaban “este nuevo modelo de competencia, con actores que provienen del mercado financiero y además no están exentas de cierto trasfondo político” y reconocía las dificultades emer- gentes: “sería voluntarista pretender negar que al Grupo Clarín, como a cualquier corporación que opera en un país emergente, esta crisis global lo hace más vulnerable”, dijo a fines de 1998 a sus gerentes 87 .

En diciembre de 1999, el Grupo Clarín S.A. y Goldman Sachs –una de las firmas globales líderes de banca de inversión– suscribieron un acuerdo de asociación, por el cual Goldman Sachs realizó una inver- sión directa en el Grupo y se sumó como socio minoritario, con una participación del 18% del capital accionario. La sociedad ya funciona- ba como grupo corporativo bajo el control de los accionistas históricos:

Ernestina Herrera de Noble, Héctor Horacio Magnetto, José Antonio Aranda y Lucio Rafael Pagliaro, (Grupo Clarín Dominio S.A). Los cua- tro ratificaron entonces su voluntad de seguir detentando la mayoría absoluta del capital. Con la salida a la bolsa para obtener recursos el grupo histórico retuvo el 70.9% del paquete accionario y Goldman Sa- chs redujo su participación. En los apremios financieros resultó funda- mental el manejo de los servicios por abonos. Para entonces, el fondeo principal del grupo era la recaudación de la TV por cable que generaba casi el 70% de la caja.

87 López, José Ignacio, El hombre de Clarín. Vida privada y pública de Héctor Magnetto, Ed. Sudamericana, 2008, p. 395.

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También Cablevisión estaba en dificultades. Logró penosamente y sobre la hora renegociar la bola de nieve de su endeudamiento que rozaba los 1.000 millones de dólares hacia fines de 1998. Mediante bonos, nueva deuda y aportes de capital de Telefónica, CEI Citicorp

y TCI, la cablera alargó los plazos de una crisis que preanunciaba las

explosiones posteriores. Por su parte, Clarín buscaba una tabla de sal- vación a través del acercamiento con Cisneros, el holding venezolano también ligado a HTMF en Latin American Partners y socio de Clarín en DirecTV. Poco después Clarín desmintió la venta de Multicanal y buscó auxilio en los bancos Morgan Stanley y Boston. El Grupo procuró también cubrirse las espaldas mediante una alian- za en el sector del cable con Supercanal Holding (20%), cuya porción mayoritaria está en poder de Grupo Uno (51,2%). Ambos crearon Sinergy (que sumaba los 550.000 abonados de Supercanal a los 2,2

millones de Multicanal) para acordar una estrategia común en el cable

y dejar planteada la perspectiva de un acuerdo global con Telecom (el

otro gran operador de telefonía básica de la Argentina) a fin de eludir el cerco de CEI-TISA. En junio de 2002, Clarín redujo su participación en la operadora de celulares CTI Móvil del 20 al 2,8% del paquete accionario. Para esta operación, el grupo ejecutó una opción de venta que tenía con la estadounidense Verizon, por unos 240 millones de dólares. De inme- diato, pagó un préstamo garantizado, que le permitió reducir su deuda en un 20%. Pasó de deber 1165 millones de dólares a adeudar 915 millones.

El tercero en discordia

El Grupo Uno-Supercanal había tenido, entretanto, un crecimiento vertiginoso y llamativo. El holding formado por la sociedad entre el Grupo Uno (propiedad de la familia Vila, de Mendoza) y Supercanal 88 pasó de ser un grupo regional mediano en 1996, con una facturación de 80 millones de dólares, a un emporio en expansión con inversiones que rondaron nominalmente los 1000 US$ millones. Entre sus opera-

88 51% Vila, 28,5% Latlink –del exiliado cubano Jorge Mas Canosa, fallecido en 1998– y 20% Multicanal.

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ciones más resonantes se registra la compra de las cableras UIH y Tes- corp por más de 310 millones, la licitación de los sistemas españoles de cable (junto con Retevisión, Endesa, Telecom Italia y Unión Fenosa) en las ciudades de León, Valencia y Sevilla (con inversiones totales por 387 millones) y la compra del 60% de TDH, el primer sistema de TV satelital argentino, en el que participan los licenciatarios de Nahuelsat (Daimler-Benz, Aeroespatiale y Alenia Spazio). El consorcio impulsado por los mendocinos contó con los favores del reciclado funcionario menemista José Luis Manzano como ope- rador privilegiado. Junto con Adelina Dalesio de Viola promovieron el acercamiento con el anticastrista cubano Jorge Mas Canosa en los negocios argentinos. Se atribuye al ex ministro del Interior la inge- niería financiera del grupo, que logró del banco holandés ING-Baring nada menos que 855 millones en créditos para la compra de medios. Manzano ya había incursionado en el lobby mediático en los comien- zos de la gestión menemista, cuando empujó al grupo de Franco, Antonio y Mauricio Macri (SOCMA) en alianza con el zar cubano de la televisión y ex creador de Proartel (Canal 13), Goar Mestre, para la disputa de Canal 11 en el concurso que finalmente se adjudicó el grupo Telefé. Con base en el diario Uno de Mendoza, el multimedio se expandió hacia las radios AM/FM y canales de TV en la región de Cuyo, Córdo- ba y San Luis. Pero además se lanzó a la adquisición de otros medios gráficos regionales como La República de San Luis y La Capital de Rosario, por los que el Grupo Uno dijo haber invertido unos 60 millo- nes de pesos, como antesala de su expansión hacia otros negocios en la ciudad santafecina y en la provincia de Entre Ríos. La distribuidora Supercanal, por su parte, atiende un sistema de empresas que cubre desde la Patagonia hasta Catamarca y el Litoral totalizando cerca de 600.000 abonados. También participa en emisoras de República Do- minicana y Bolivia. En julio de 1998 el Grupo Uno compró Radio Rivadavia, en una operación por 40 millones de pesos. Rivadavia era la tercera emisora de la Capital Federal, con un 15% del encendido (primero Mitre, con 28,8% y luego Continental con 16,5%). La compra incluyó la FM Uno (luego Marcelo Tinelli). También controlaba el 20% de AM La Red

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en Buenos Aires, y su facturación total alcanzaba a los 320 millones anuales. Daniel Vila proyectaba entonces la estrategia del Grupo: “Es- peramos consolidarnos en el cable, absorbiendo el mercado potencial de los operadores independientes, que representan el 35% en el inte- rior. Nos interesa también la TV abierta; si se concreta la compra de licencias para los canales en Salta, Santa Fé y Corrientes, avanzaremos en ese sentido” 89 . En 2002, en plena crisis, Daniel Vila y Carlos Ávila presentarían en sociedad América Multimedios, holding encabezado por Canal 2 de La Plata (con cobertura en Buenos Aires) a esa altura en concurso de acreedores. También se conoció el abandono de la filial en Dominicana de Supercanal, después que el Grupo hubiese vendido en 21 millones de dólares el paquete de cable en España. Según estimaciones de la época, las deudas del grupo mendocino rondaban los 400 millones de dólares.

Un saldo devastador

Los 90 no solo dejaron el saldo de la concentración y el desem- pleo en el campo de la comunicación. Estudios citados por los propios medios que protagonizaron la década estimaron que “entre 1993 y el 2000, en medio de un alto grado de concentración de la economía, la contribución de las empresas argentinas al valor agregado disminuyó con fuerza, del 30 al 10%. Las extranjeras ensancharon su participa- ción del 32% en 1993 al 73% un año antes del colapso del 2001. Las cifras, siguiendo al INDEC, pueden expresarse del siguiente modo: en 1993 había 156 empresas extranjeras y 280 controladas por capitales nacionales, pero en 2000 se mostraron 258 extranjeras y 186 de cor- te local”, según un artículo de Clarín de la época. Semejante proceso de enajenación de capacidad productiva de las manos nacionales fue consecuencia directa de las privatizaciones. Ha- cia el año 2000 “las empresas extranjeras controlaban la mayor pro- ducción en diferentes sectores. Por ejemplo, eran poseedoras del 95% del producto bruto generado en gas, petróleo y explotación minera. Del mismo modo, algo más del 90% del espacio del ámbito de las

89 Diario Clarín, 23 de julio de 1998.

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comunicaciones estaba bajo el comando extranjero, más el 86% de las fábricas de "maquinarias, equipos y vehículos” 90 . Otras informaciones de entonces dan cuenta de que unos 250 mil argentinos cambiaron de empleador entre 1994 y 1998 a raíz de las compras y fusiones de empresas que protagonizó fundamentalmente el capital extranjero. Los cambios afectaron fundamentalmente a bancos, supermercados, medios de comunicación, empresas de medicina y de la alimentación 91 . En la Argentina, los 90 también dejaron en claro que las vincula- ciones entre el poder político y las terminales mediáticas condiciona- ron los escenarios. Aunque comenzó su gestión cenando con Hector Magnetto en su residencia de Anillaco en vísperas de asumir como presidente, Carlos Menem terminó en medio de una encarnizada dis- puta con la corporación que ayudó a encumbrar durante los 90. La vendetta mayor tenía que ver con el descarado fervor con que Me- nem apostó al emplazamiento de una nueva constelación mediática en alianza con CEI-Citicorp de Handley y Moneta, así como con Te- lefónica de España y el empresario Eurmekián (Atlántida), en buena medida para reemplazar por otros actores la dependencia corporativa en materia comunicacional. A fines del año 2000, los tres grupos de control de CEI Citicorp (HMTF, República y Citibank) vendieron la mayor parte de los activos de esta empresa al Grupo Telefónica y contribuyeron a consolidar uno de los procesos de concentración más vigoroso de la industria de tele- comunicaciones en América Latina. La separación entre CEI y TISA duró varios meses. Una de las ope- raciones más importantes fue la venta del paquete accionario que Te- lefónica Internacional poseía en Cablevisión a HTMF en el año 2000. Como producto de esta transferencia, el fondo texano y Liberty Media International –que ya participaban en Cablevisión– quedaron con el 50% de la empresa de cable. La crisis de los años 2001/02 también condicionó el comporta-

90 Daniel Muchnik, “Costos y beneficios de la apertura iniciada en la década de los noventa. El Estado tiene que fijar los límites a la expansión de los capitales extranjeros”, Diario Clarín.

91 Diario Clarín, Junio 1998.

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miento de otros jugadores como Sky Argentina, la compañía de TV

satelital respaldada por los gigantes multinacionales News Corpora- tion de Rubert Murdoch, O Globo de Brasil, Televisa de México y Liberty Media, de Estados Unidos. Sky tiró la toalla a mediados del

2002.

Se calculaba que como consecuencia directa de la crisis, unos

300.000 usuarios de telefonía suspendieron el servicio en el primer se-

mestre del año, en tanto el abono a la TV por cable contabilizaba unas

200.000 bajas. Los clientes de Sky fueron a parar a su principal com-

petidor, DirecTV, cuya marca estaba mejor posicionada en el mercado de la TV paga, tenía 320.000 abonados y era dueña de los derechos de los siguientes mundiales de fútbol (Corea-Japón y EE.UU.). Tam- bién para esa época otra empresa de TV satelital en problemas, TDH, del Grupo Vila, con 12.000 abonados, dejaría de emitir. En su despedida oficial Sky consideró que: “Debido a la crisis eco- nómica que enfrenta el país, al efecto que esto ha tenido en sus costos, sumado a las serias dificultades de planificar acciones futuras ante un panorama incierto, la empresa ha decidido el cese de sus operaciones en la Argentina” 92 .

Una ley con muletas

El primer intento de aplicación de principios contra la concentra- ción previstos en la vapuleada legislación argentina se concretará a partir de las denuncias por posición monopólica en la Capital Federal que resultaba del control simultáneo de Canal 9 y Canal 11 bajo la alianza CEI-Telefónica-Atlántida. La intimación se realizó bajo la ges- tión del Dr. Gustavo López en el Comfer luego de un arduo proceso, que no pudo eludir un claro dictamen de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia. Como consecuencia, en julio de 2002, se concretaría la venta de Canal 9 por parte de Prime S.A. a la sociedad HFS, formada por Daniel Hadad (50%), Fernando Sokolowicz (42%) y Benjamín Vijnovsky (8%) del grupo Meller. La operación fue declarada por 16,5 millones de dólares. Poco después Constancio Vigil (Atlán- tida) se quedó con el 50% que inicialmente perteneció a Sokolowicz

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y Vijnovsky a través de un fondo de inversión (Donaldson, Lufkin &

Jenrette Merchant Banking –DLJ). Hadad había ingresado al damero de los medios mediante la captu- ra de la frecuencia asignada a la Ciudad de Buenos Aires en amplitud modulada (AM 710, ex Radio Municipal), mediante un controvertido decreto de Carlos Menem que entregó la estratégica sintonía de la emisora pública a una sociedad entre el ascendente periodista, Marcelo Tinelli, Oscar Salvi y Raúl Fernández. Poco después, la corporación norteamericana de radiofonía Emmis Broadcasting Co. se quedaba con la reciclada Radio 10 y con FM News (98.3). Hadad pudo vender su parte gracias a que Menem dictó el decreto de necesidad y urgencia 1062/98, que acortó los plazos mínimos de explotación de una emi- sora para poder transferirla. La operación también se realizó –cuándo no- bajo el paraguas del tratado de inversiones con Estados Unidos.

Hadad y Meller realizarían luego los spots de la (nueva) campaña presidencial de Carlos Menem en 2003 con motivo de la normalización institucional del país tras la crisis del 2001, período que se desarrolló bajo la presidencia provisional de Eduardo Duhalde. El ex gobernador bonaerense será quien firme el decreto 715 de aprobación de la opera- ción a favor de HFS en Canal 9 con fecha 27 de marzo de 2003. Poco después, en 2004, se volvería a replantear el tablero socie- tario del 9 con la conformación de una extraña sociedad entre Hadad (37,5%), Raúl Moneta (37,5%) y Marcelo Tinelli (25%). El productor y animador televisivo, titular de Ideas del Sur y luego licenciatario de Ra- dio del Plata, protagonizó una corta carrera en el viejo canal de Romay hasta que el 9 pasó a manos del convoy de medios y telenovelas del mexicano-norteamericano Ángel “Fantasma” González, dueño de una cadena de 30 canales de televisión en Latinoamérica. González compró en 2007 el 80% de Canal 9 por una cifra cercana

a los 60 millones de dólares, esquivando los obstáculos legales sobre el tope de capital extranjero en virtud de su ciudadanía norteamericana

y de las grietas regulatorias posibilitadas por el famoso tratado con los Estados Unidos. Reacio a las fotos y a los reportajes, el magnate, con fuertes inversiones en el audiovisual de Guatemala, despertó no pocos recelos en su desembarco por uno de los históricos canales capitali- nos.

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Pero ello sucederá en el marco de una Argentina que cambiaría el paradigma de los 90 poniendo en marcha un cambio profundo en ma- teria económica y social que, inevitablemente, terminaría cuestionando el statu quo de los barones de la comunicación. La Argentina cruza el umbral del nuevo siglo por un peligroso des- filadero en el que la capacidad de comunicación y de construcción de opinión pública había quedado en manos de un par de corporaciones. El Grupo de Estudios en Economía Política de la Comunicación de la Carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA) advirtió sobre la dis- paridad de fuerzas en que había quedado sumergida la política pública para cualquier intento de disputa de la agenda pública. El análisis sobre la década concluyó con un severo diagnóstico:

“La conformación de un duopolio en el sector de las comunicacio- nes presenta a las nuevas corporaciones de la enunciación como poderosos centros de elaboración de enunciados, que reproducen el modelo canónico difusivo, y que combinan en un mismo actor poder económico y poder simbólico. Esto requiere un entorno ca- racterizado por un marco regulatorio funcional (decretos del Poder Ejecutivo, falta de debate parlamentario, ausencia de legislación anti monopólica etc.), partidos políticos sin autonomía para generar una dinámica de discusión pública alternativa, limitados a administrar una menguada dimensión del poder y la inexistencia de actores sociales relevantes que equilibren el poder económico (tales como las asocia- ciones de usuarios, organizaciones gremiales). Esta situación resulta potenciada por servicios estatales de radiodifusión en franco ‘peligro de extinción’” 93 .

Cuando el proceso democrático intente replantear los vectores de distribución del poder económico, así como la renta de sectores agro- pecuarios e industriales, se encontrará frente al desafío de poner en debate –también– ese poder simbólico acumulado.

93 Albornoz, Luis Alfonso; Hernández, Pablo; Mastrini, Guillermo; Postolski, Glenn, Al fin solos: el nuevo escenario de las comunicaciones en la Argentina, Grupo de Estudios en Economía Política de la Comunicación, Carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA), Ed. La Crujía, 2000, p. 214.

Parte ii

Los sentidos

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Capítulo 4

La realidad: obra en construcción

La transformación de la escala de los dispositivos y la integración horizontal y vertical de sus plataformas de producción y distribución cambiaron radicalmente las condiciones de recepción. El advenimien- to de un relato global presentado desde la perspectiva excluyente del complejo mediático-industrial puso en riesgo la existencia de voces in- dependientes y ciudadanos con opinión crítica. Se activó tanto la geopolítica proteccionista sobre culturas, empre- sas e identidades regionales, como lo evidencian las disputas de Eu- ropa-Estados Unidos, como la tensión de los sistemas políticos en el marco de las presiones corporativas sobre las leyes y los órganos de regulación en todo el planeta. El dispositivo audiovisual, en este tiempo, pasó a ocupar el lugar del espacio público central por donde transcurre la vida social y política de las naciones. Se convirtió en el ámbito de procesamiento del sentido de la histo- ria. Las agendas y tareas de la época. Las guerras que se han de librar o se libraron. Los guiones de esas batallas. Las narraciones, con sus embustes, atajos y simplificaciones. El make up diario de la informa- ción, que oculta o ilumina en la misma medida en que sobreexpone o descalifica los acontecimientos y señala el rumbo. El mostrador donde se expende la mercadería es a la vez la factoría editorial. El dispositivo mundializa sus terminales pero mantiene sus centros de producción. Para la periferia, la desterritorialización cultu-

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ral y social supone poner en debate la existencia de la propia Nación como primera afirmación de la mundialidad. La diversidad de productos en la plataforma es más aparente que real. En materia informativa, la abundancia de oferta de productos similares termina por reiterar lo que ya se sabe. Para Gubern no son más que clichés travestidos que se repiten.

“La hiperinflación informativa, el exceso de la oferta audiovisual, además de desinformar al público favorece su banalización y esti- mula la estrategia empresarial del grito sensacionalista para hacerse oír en este frondoso mercado. El exceso de información conduce a la degradación entrópica de las ideas, es decir, a la desinformación cualitativa, pues las ideas se simplifican y se convierten en eslogans, píldoras y clichés. Pero además de conducir a la desinformación de la audiencia, la sobreoferta puede desembocar en lo que Herbert Schiller denominó ‘gran variedad de lo mismo’. Es decir, en una falsa diversidad” 94 .

Desde el punto de vista cualitativo, la tecnología y los formatos han resignificado la producción periodística y cultural. Los flujos de circula- ción de contenidos a través del cine, la TV e Internet han cambiando la percepción de la identidad local, nacional y regional. Los medios han pasado a convertirse en subsidiarios de grandes factorías que en mu- chos casos no se dedican ni siquiera al negocio de las comunicaciones –no digamos del periodismo– sino a la especulación financiera o bur- sátil. No pocas veces los propietarios finales de poderosos multimedios que impactan diariamente con sus mensajes en la vida cotidiana de las personas son anónimos accionistas de ignotas empresas radicadas en paraísos fiscales o fondos comunes de inversión con el único propósito de buscar –antes que la verdad– la rentabilidad. La cultura de la post-guerra fría terminó instalando lo que algunos autores describen como la “comercialización de los derechos huma- nos” o la transformación de problemas críticos de la humanidad en commodities de la industria cultural. Si la patria móvil de cada uno son la lengua y la cultura, está claro que hay un corrimiento global de fronteras. Como dice García Cancli-

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ni, la globalización es un OCNI (Objeto Cultural No Identificado) que disuelve sentidos y patrones de consumo. En su trasfondo se mantiene vigente la opción entre la soberanía y la dependencia:

“La globalización puede ser vista como un conjunto de estrategias para realizar la hegemonía de macroempresas industriales, corpo- raciones financieras, majors del cine, la televisión, la música y la in- formática, para apropiarse de los recursos naturales y culturales, del trabajo, el ocio y el dinero de los países pobres, subordinándolos a la explotación concentrada con que esos actores reordenaron el mundo en la segunda mitad del siglo XX” 95 .

El rol de los medios en la construcción de escenarios de opinión había comenzado a estudiarse en los Estados Unidos en la década de 1970, a partir de la comparación de la agenda mediática con los ejes de las campañas presidenciales 96 . Sin embargo, desde el surgimiento del concepto de establecimiento de agenda, la configuración de los medios ha cambiado –vía compras, fusiones y absorciones– la estruc- tura de la comunicación masiva, y con ella las características del sujeto emisor. Ha crecido la escala de los dispositivos y, sobre todo, su inser- ción en el campo económico y político. En este sentido importa destacar que la constitución de dispositi- vos emisores múltiples (periódico, radio, TV) que incluyen la opera- ción simultánea de canales noticiosos de 24 horas generan –como no sucedía en los 70– un despliegue continuado de producción, dis- tribución, fijación y anclaje de escenarios referenciales que supera holgadamente el contexto inicial en que se produjeron las teorías de fijación de agenda. Cuatro décadas después de estas investigaciones, el periodista y vo- cero de los grupos económicos y castrenses de la Argentina, Mariano Grondona, descubrió –en su habitual programa televisivo de entrevis- tas– que los medios gráficos “instalan la agenda sobre la que luego la radio y la televisión se ocuparán durante el resto del día”. Atrasado, como en el resto de su cosmovisión, el ex redactor de arengas militares

95 García Canclini, Néstor, op. cit., p. 31.

96 White, Theodore, The Making of a President, Bantam, 1973.

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desconoció que la nueva agenda es ahora un producto global, cuyos hilos editoriales son manejados por un mismo grupo de intereses. Hardt y Negri describen en L’Empire la centralidad de los nuevos dispositivos:

“La síntesis política del espacio social es fijada en el espacio de la comunicación. Es por esta razón que las industrias de la comuni- cación han tomado una posición tan central: no solo organizan la producción a una nueva escala e imponen una nueva estructura apropiada al espacio mundial, sino que convierten también su justi- ficación inmanente” 97 .

La tragedia como género periodístico

El dispositivo global permite desarrollar el concepto de informa- ción continua. Esto supone la capacidad de difundir en tiempo real imágenes de un suceso de manera que los televidentes puedan ex- perimentar las emociones derivadas de ellas, inclusive sentir la mis- ma sensación de sus protagonistas. La inmediatez del procesamiento aparenta proteger al espectador contra las falsificaciones. El encuadre y la presentación de los hechos de un mismo suceso serán comunes aún en fuentes diversas. La información constante, en tiempo real, se presenta como un avance del periodismo posibilitado por el uso de nuevos medios técnicos. Los episodios violentos con tomas de rehenes pasaron a convertirse, en este contexto, en un subgénero de la especie con altos dividendos en materia de rating y, lamentablemente, con altos costos también, muchas veces, en vidas humanas. La cobertura de asesinatos masivos en la Columbine High School (Colorado, Estados Unidos) o de Ramallo (provincia de Buenos Aires) el mismo año (1999), volvieron a convocar al debate sobre la ética del drama “en vivo”, de la manipulación de las víctimas y sus familiares y del rating de la tragedia en directo. En realidad, dice Thierry Meyssan, estas coberturas suelen ser la ne- gación del periodismo. Este, según el crítico periodista francés, debería

97 Hardt, Michael y Negri, Toni, L’Empire, extracto del capítulo I.2. del libro, publicado en las ediciones Exils.

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ser “un arte de la comprensión antes que una técnica de descripción”. Lejos de garantizar la verdad, la inmediatez la hace vulnerable a las apariencias y a los prejuicios, sostiene.

“En el modelo CNN, la información no es una herramienta de co- nocimiento, sino un espectáculo. La puesta en escena se inspira en la tragedia griega. Los presentadores y corresponsales desempeñan ahí el papel del coro antiguo. En 1991, tal como en 2003, todos co- nocían de antemano el desenlace de la historia: la primera potencia militar del mundo aplastaría al insignificante ejército iraquí. Al igual que en la tragedia griega, los espectadores no aguantan la respiración debido a un suspenso inexistente, sino por la fascinación del destino inexorable. En esas condiciones, el criterio de la información conti- nua no es el de la veracidad, sino el de la tragedia” 98 .

La representación de los tiempos y sus etapas ha ido cambiando

con las relaciones de poder global y las tecnologías disponibles. Según

el sociólogo polaco Zygmunt Bauman –autor de una mirada desafiante

sobre la historia y del concepto de vida líquida–, la idea de la moder- nidad se hundió en la barbarie nazi, gestada y puesta en práctica en el seno de una sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de la civilización y en un momento culminante de la cultura. Su derrumbe

constituye, por lo tanto, un problema de esa sociedad, de esa civili- zación y de esa cultura, donde se institucionalizó una razón criminal como razón de Estado. Pero aquel ciclo fue cerrado con otros crímenes. La bomba atómica

y la ocupación territorial se propusieron como recambio civilizatorio

para aquella cultura emplazada sobre las cámaras de gas del nazismo. Comenzó entonces otra carrera por el control de la capacidad de ani- quilación total y por las narrativas para convivir –en medio de la Guerra Fría– con tales procesos. No es el caso aquí analizar los mecanismos de producción de sentido a través de los medios masivos de la época (cine, radio y periódicos especialmente) y de otras herramientas culturales y de formación de opinión al servicio de los respectivos bandos.

98 La desinformación-espectáculo. El efecto CNN, Thierry Meyssan, periodista y escritor, presidente de la Red Voltaire con sede en París, Francia, 20 de junio de 2005.

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Lo que parece importante subrayar es que hasta la caída del Muro de Berlín (1989) los dispositivos de comunicación tenían un anclaje territorial y un discurso subordinado a las estrategias nacionales o de los bloques en pugna. Había realidad en tiempo diferido sobre acon- tecimientos ya producidos. Era una versión de la historia que podía ser revisada y examinada, aunque se contara sobre un molde preestable- cido. Pero con el fin de la Guerra Fría, el despliegue global de los dispo- sitivos de comunicación e informática (desarrollados mediante inver- siones gubernamentales en el complejo militar-industrial) instala otro escenario, que promete la coexistencia y el progreso de base tecnoló- gica, pero que no escapará a nuevos horrores. La magnitud del complejo tecnológico-audiovisual, en términos de incidencia en la economía real y de influencia cultural, será de similar importancia al del militar-industrial.

El terrorismo global

El choque los aviones sobre las Torres Gemelas en octubre de 2001 permitirá dar un giro sobre los relatos de la historia en la civilización posmoderna. Los tiempos del imaginario de ocio ilimitado prometidos por la sociedad del conocimiento y la información quedaron sepultados por los escombros de las Torres Gemelas. Tapados por la incertidum- bre del terror global sin fronteras. El atentado inauguró una época de consenso duro alrededor de una nueva disputa global con epicentro en Oriente Medio y sus recursos. Todo presidido por una imagen transmitida en vivo y directo desde el símbolo del gobierno mundial: el World Trade Center. La etapa del terrorismo global supuso una vuelta a la militarización de la política y el estreno del dispositivo audiovisual al servicio de esa construcción, ensayado durante el conflicto en los Balcanes y la invasión a Kuwait. El terrorismo global convocó a reemplazar el Consenso de Wash- ington y la racionalidad posmoderna por el alerta frente a “estados te- rroristas” que amenazan al mundo y que “constituyen un eje del mal” 99

99 Bush, George W., Discurso sobre el estado de la Unión, 29 de enero de

2002.

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a combatirse por todos los medios, incluyendo la aceptación de nuevas restricciones a la libertad y naturalizando nuevos despliegues militares que exhibirán los últimos dispositivos tecnológicos de la industria arma- mentística. La administración del “caos” narrativo y su ordenamiento lógico será tarea del dispositivo. Tecnología, guerra y deshumanización se conjugan perfectamente en el nuevo tablero de los imaginarios colectivos. Se juega la guerra y la guerra es un juego, en tanto el hombre se parece cada vez a las má- quinas. Tales vínculos parecen proponer el comienzo de otra versión de la maquinización de la muerte. En 1992, la representación lúdica de la muerte llegó al alcance de los niños a través de un nuevo género de videojuegos de pelea median- te la técnica de digitalización y la personificación de los participantes. Las oscuras historias de los personajes que poblaron estos ejercicios violentos como Mortal Kombat alcanzaron gran popularidad, supe- rando otros productos previos del género –como Street Fighter–, y expusieron a los adolescentes ante la posibilidad de rematar al oponen- te al finalizar el combate, momento en el cual se sucedían escenas por demás sangrientas denominadas fatality. El empleo de estas tecnologías de virtualización fue comparado con los efectos de sugestión de las drogas químicas por autores como Paul Virilio.

“Junto al narcocapitalismo de la droga, elemento desestabilizador de la economía mundial, se prepara el narcocapitalismo de la electróni- ca. Puede uno incluso preguntarse si los países desarrollados no es- tán desarrollando las tecnologías de virtualización para hacer frente a los países subdesarrollados que viven o sobreviven penosamente, en particular en Latinoamérica, de la droga química. Cuando se ve hasta qué punto los trabajos sobre las tecnologías punta se han volcado sobre lo lúdico (videojuegos, cascos virtuales, etc.)” 100 .

Una película emblemática de fines de siglo (Matrix, con su saga Matrix recargado 1999/2003) describió un mundo de personas es-

100 Virilio, Paul, “Peligros, Riesgos y Amenazas”, en Ramonet, Ignacio (editor), Internet, el mundo que llega. Los nuevos caminos de la comunicación, Alianza.

1998.

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clavizadas por la tecnología, en el cual la mayor parte de los seres están conectados a un programa de realidad virtual manipulado por máqui- nas superpoderosas que engañan los cerebros mientras saquean los cuerpos humanos en busca de poder bioeléctrico. Tal la lectura crítica de un columnista del New York Times. La saga de Matrix 101 surgió del complejo industrial-cultural en parte

para salvar de la crisis financiera y la investigación por fraude al gigante mediático America On Line (AOL) y la Time Warner (de cuyas fusiones dimos cuenta en la Parte 1) pero también con un claro mensaje traduci- do en el merchandising del producto. La estrategia de negocios instaló tanto el juego virtual como el mensaje explícito sobre lo inevitable del predominio tecnológico por sobre la conducta humana.

El videojuego Enter the Matrix, lanzado en simultáneo con el film,

se vendía libremente a jóvenes a partir de los 13 años en Estados Unidos (clasificado dentro de la categoría “adolescentes”) y permitía a un chico disparar 9662 tiros y matar a 574 enemigos en menos de 4 horas. Según The New York Times, la corporación AOL-Time Warner (productora del pack de Matrix) contaba con el poder suficiente para

concitar la atención del país y vender sus historias al mundo.

“Los gigantes mediáticos –escribió el columnista Frank Rich– que asestan semejante golpe no siempre lo hacen con intenciones tan frívolas. No solo nos conectan a su matriz (matrix) para vendernos películas y otros productos de entretenimiento. Estas compañías tam- bién conectan al país a sus narrativas de noticias tan ubicuas y livianas como Matrix recargado, pero con efectos colaterales más devasta- dores” 102 .

El periodista recordó que durante los años previos al 11 de septiem-

bre de 2001 los gigantes mediáticos instalaban una “amnesia secuen-

cial” sobre la realidad internacional a través de sus producciones.

Y también subrayó que todas las falsedades posteriores del 11S –so-

101 The Matrix Reloaded, secuela The Matrix, escrita y dirigida por los hermanos Wachowski, estrenada por la Warner Bros el 15 de mayo de 2003 en EE.UU.

102 Frank Rich, “No hay salida de la matrix”, The New York Times,

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bre armas de destrucción masiva, envenenamiento en masa, etc.– que justificaron la guerra desatada luego “desaparecieron de la conciencia nacional tan pronto como los puntos de venta de servicios de AOL Time Warner, Fox y NBC pusieron su músculo detrás del asesinato de Laci Peterson” 103 , mostrando la capacidad de instalación, despliegue y resignificación del dispositivo. El NYT ha cuestionado en diferentes ocasiones la concentración mediática en el país –en particular, ha defendido las reglas de pro- moción de la diversidad y de limitaciones a la propiedad cruzada, es- pecialmente frente a los embates del millonario multimedia Ruppert Murdoch, propietario de su rival The Wall Street Journal–. Sus co- lumnistas han advertido que proliferación tecnológica no es sinónimo de pluralidad informativa:

Escribió Rich:

“Si hay un héroe en nuestra propia saga de Matrix, puede ser Barry Diller, que está mucho más preparado que Neo de Keanu Reeves, aunque algo menos educado en las artes marciales. El Sr. Diller, que ahora dirige EE.UU. Interactive, ha sido presidente de Paramount, Fox y Vivendi. Con la excepción del semi retirado Ted Turner, él es el único magnate del mundo del espectáculo que no compra el argu- mento de que el advenimiento de 500 canales de televisión y la infi- nidad de sitios de Internet de ocio alternativo garantizan fuentes de noticias. Él dice que los 500 canales de televisión terminarán siendo propiedad de las mismas cinco empresas y que, como viene en banda ancha, las empresas que controlen los módems de cable de velocidad dominarán también la Web” 104 .

Lo cierto es que el concepto tradicional de la prensa y de la infor- mación debe ser revisado a la luz de los nuevos dispositivos y formatos. Parecen ser muchas más voces, pero están diciendo lo mismo. Y están hablando de la realidad en tiempo real. En la autoproclamada sociedad de la información y en medio del

103 Refiere al crimen de una joven norteamericana embarazada cuyo cuerpo fue arrojado a la Bahía de San Francisco. Su marido fue condenado a muerte en 2004 (N/A).

104 Frank Rich, The New York Times, op. cit.

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proceso de claras hegemonías en las agendas globales, se debate tam- bién el rol de los comunicadores. Como piezas de referencia en la estructura convergente de soportes tecnológicos, de las nuevas formas de reproducción del capital y de las mutaciones sociales y culturales que dominaron el tránsito de siglo, el rol de los profesionales y trabaja- dores de los medios quedó a merced de nuevos encuadres y desafíos. Cuando los relatos son disfuncionales al guión editorial simplemente se reemplaza al mensajero, por ejemplo a los presentadores televi- sivos, como ocurrió con Peter Arnett, que cubría la guerra con Irak desde Bagdad para NBC, o de Geraldo Rivera que lo hacía para la Fox News Channel. En ambos casos la información inconveniente para la maquinaria militar norteamericana se resolvió con el despido de ambos corresponsales 105 . La era post-industrial terminó con la etapa romántica del periodis- mo. La información se ha desenganchado del dispositivo de la inves- tigación periodística tradicional para convertirse en un producto de la distribución comunicacional, una unidad económica funcional y flexi- ble que debe estar disponible en diversas industrias integradas por un lenguaje común: el audiovisual de base digital. Un lenguaje universal capaz de traducir todo a ceros y barras. La escala necesaria para su materialización global implicó la crisis de los andamiajes regulatorios (barreras legislativas, mecanismos es- tatales de regulación, convenios regionales e internacionales, mecan- ismos de promoción internos, distribución federal, etc.) e incluso de los convenios laborales. Se trata de un nuevo orden económico y cultural, productor de un nuevo discurso de autoridad y portador de una nueva civilización. En palabras de Kapuscinski, los “viejos idealistas del periodismo” han sido desplazados por hombres de negocios y “el media worker suplanta, frecuentemente, al periodista” 106 . La reducción del oficio periodístico al trabajador mediático que produce a demanda, así como el control de los dispositivos producto- res de la realidad que incluyen recursos de la transposición genérica

105 Revista Veintitrés, 3 de abril de 2003.

106 Kapuscinski, Ryszard, Le Monde Diplomatique, julio-agosto 1999, Argen- tina.

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entre noticieros, herramientas del guión cinematográfico y del melo- drama, los que terminan por configurar unidades productoras de senti- do que funcionan sin ninguna inocencia. Gubern destaca las distancias entre lo cuantitativo que ofrecen los mercados y las cualidades que debería estimular la ética periodística o la política de la comunicación:

“El diseño de las políticas de comunicación en el mundo moderno está en manos empresariales, en las que convergen los intereses o las estrategias de los economistas y de los ingenieros. Unos y otros tienen en común que su lógica predominante es la lógica de la canti- dad (en número de canales, de horas de programación, de cobertura y tamaño de la audiencia, y sobre todo de la facturación y de benefi- cios). Y esta lógica cuantitativa no solo puede no ser coincidente con las lógicas cualitativas de los comunicólogos o de ciertos proyectos políticos, sino que a veces puede ser claramente opuesta” 107 .

Pocas veces unidad productiva y unidad de representación han sido una y la misma cosa. Un artículo publicado por el autor en 1999 desarrolló las reflexio- nes del director del periódico internacional con sede en Francia Le Monde, Ignacio Ramonet, durante una visita a Buenos Aires, quien analizaba estos procesos de construcción de opinión. El mundo estaba reconfigurándose y allí estaba el dispositivo para conducir el sentido de la historia.

Kosovo, otra batalla de la desinformación

Los bombardeos sobre Kosovo y la persecución de Slobodam Mi- losevic en los Balcanes fueron una de las mesas de arena donde se probaron las guerras virtuales. Se trataba de información sin sustento y falsa en no pocos casos: casas destruidas que aparecían intactas, cam- pos de concentración atestados de prisioneros en estadios que luego se revelaban vacíos, líderes de la resistencia cuya muerte era informada por los voceros de la OTAN y que luego aparecían en conferencias de prensa, etc.

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Luego de que Gran Bretaña desarrollara en Malvinas el concepto de

la “guerra invisible” y que la CNN transmitiera al mundo en directo la

certeza de la invasión iraquí a Kuwait –de la que jamás se vieron imáge- nes reales– como antesala de la operación Tormenta del Desierto en el Golfo, se evidenció que el manejo de la información y de las imágenes eran piezas centrales de las guerras modernas. El director de Le Monde Diplomatique y profesor de Teoría de la Comunicación en París, Ignacio Ramonet, advertía entonces en Bue- nos Aires sobre los riesgos de la manipulación informativa: tanto en Malvinas como durante la caída del dictador Ceacescu en Rumania, o los operativos en Somalía y la Guerra del Golfo, los mandos militares operaron mecanismos de desinformación tendientes a generar consen- so alrededor de esas operaciones bélicas. El autor de Un mundo sin rumbo y La tiranía de la comunicación

también llamó la atención sobre el denominado “efecto biombo, que se aplica cuando la atención del mundo está concentrada en determina- dos temas y se pueden hacer cosas que nadie ve”. Durante la confusión creada en Bucarest alrededor de la caída de Ceacescu, Estados Unidos puso en marcha la operación “Justa Causa” en Panamá. “Es un típico ejemplo de la guerra invisible. Nunca veremos los barrios populares de Ciudad de Panamá bombardeados por los F-17 Stealth que causaron más de dos mil muertos. Nos mostraron en directo, en cambio, una guerra civil inexistente en Bucarest” 108 . Durante la guerra del Golfo, la imagen de la invasión iraquí al emi- rato de Kuwait se construyó sobre el testimonio de una falsa enfermera que narró en la frontera cómo las tropas de Saddam Hussein destruían hospitales y arrojaban a los bebés de sus incubadoras. La dramatiza- ción en cámara fue protagonizada por una sobrina del embajador de Kuwait en Washington y Ramonet señaló al guionista norteamericano

y ex asesor de Ronald Reagan, Mike Steedorf, como autor de una

manipulación que luego se perfeccionó en estudios cinematográficos de Nuevo México, mediante falsas filmaciones caseras de la resistencia civil kuwaití frente a los tanques del tirano iraquí. Un posterior film

108 Lazzaro, Luis, “Kosovo, otra batalla de la desinformación”. El investigador Ig- nacio Ramonet alertó sobre la manipulación, La Capital de Rosario, abril 1999.

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norteamericano Mentiras que matan 109 – ilustra con notable aproxi- mación el mecanismo. Respecto del conflicto con Yugoslavia, el director de Le Monde dijo que “en Europa vemos por televisión la imagen de la sala de control de la Otan, pero no tenemos material directo de Serbia”. También reparó en el detalle de que, al iniciarse los ataques a Pristina y Kosovo, el vocero alemán de la Otan fue reemplazado por dos oficiales británicos, dado que “ellos pusieron a punto en Malvinas el sistema de engaño a los medios”. Ramonet alertó que la censura en democracia “funciona con la acumulación de información mediante un sistema de instanta- neidad que apela a las emociones y es muy difícil de verificar”. Tiempo después se conocieron otros gigantescos fraudes periodís- ticos puestos al servicio del mismo sistema de construcción de sentido. Literalmente, el Pentágono inventó héroes de guerra para intentar recuperar la simpatía perdida de la opinión pública en las aventuras bélicas de Afganistán e Irak.

Los grandes fraudes de la TV

Tanto el “rescate heroico” de la soldado Jessica Lynch (Irak) como la muerte “en combate” del capitán Pat Tillman (Afganistán) no fueron más que patrañas denunciadas por sus protagonistas o familiares. Las versiones sobre la captura y rescate de la soldado Lynch y la muerte de Tillman muestran que la administración Bush “inventó detalles e historias sensacionales”, según denunciaron legisladores demócratas (Henry Waxman), durante una audiencia del Comité de la Cámara so- bre Reforma y Supervisión del Gobierno. Tillman, de 27 años y futbolista profesional, murió el 22 de abril de 2004 cerca de Manah. Y el Pentágono le otorgó la Estrella de Plata, que reconoce “acciones de coraje frente al enemigo”. Sin em- bargo, más tarde oficiales militares dijeron a la familia que el capitán murió alcanzado por disparos de sus propios camaradas. Kevin Till- man, hermano de Pat y miembro de la misma patrulla de Rangers del Ejército durante la operación en Afganistán, sostuvo que “la

109 Wag the dog (La cortina de humo). Director: Barry Levinson, EE.UU.,

1997.

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versión oficial tuvo el propósito de engañar a la familia y, esto es lo más importante, engañar al pueblo estadounidense”. El herma- no del astro futbolístico añadió que, con esa información falsa, se buscó distraer a la opinión pública de los abusos contra prisioneros en la cárcel de Abu Grahib en Irak, hechos que se conocieron por entonces 110 . También se descubrió la estafa con la soldado Lynch. La joven resul- tó herida y capturada por soldados iraquíes el 23 de marzo de 2003, cuando la Compañía 507 de Mantenimiento sufrió una emboscada cerca de Nasiriya. Según el Pentágono, Lynch resistió disparando su

arma hasta quedarse sin balas. La misión de rescate fue filmada por el ejército estadounidense y la cinta se distribuyó entre los medios del país

y del mundo, que reprodujeron la versión. Pero luego Lynch declaró

ante el Congreso que nunca disparó su arma y se supo también que los soldados iraquíes habían abandonado el hospital donde la soldado recibió asistencia médica antes de que llegaran las tropas norteameri- canas. La mujer relató más tarde que se vio abrumada por las repetidas historias de “la pequeña chica Rambo de las colinas de Virginia Oc-

cidental que cayó luchando”, tal como reflejaron los medios. “No fue cierto”, dijo Lynch en la Cámara de Representantes. “Todavía me pre- gunto por qué eligieron mentir y convertirme en una leyenda”. Lynch consideró que los héroes reales eran los once soldados muertos 111 . El dispositivo produce entonces un relato doblemente funcional di- rigido, por un lado, a sostener un discurso audiovisual con formato de videoclip de carácter bélico –conectado en forma semiótica con los videogames–, altamente competitivo como mercancía, pero también encaminado a sostener la comunidad de intereses con los actores he-

gemónicos del poder político, funcionales al complejo militar industrial

y al sector financiero. A tal punto las estrategias geopolíticas se cruzan con los dispositivos productores de la realidad que el presidente francés Jacques Chirac –una vez más– en el marco de su postura contraria a las expediciones

110 Portal Terra, 25 de abril de 2007.

111 Ídem.

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norteamericanas en el Golfo Pérsico, intentó crear una CNN a la fran- cesa, para oponer otra visión del mundo. La iniciativa “fue concebida como un medio para balancear” las perspectivas y “como una visión anglosajona del reciente conflicto en Irak a la luz de las coberturas informativas realizadas por las cadenas como CNN, BBC y Fox News”. La CNN gala sería “una herramien- ta muy útil para explicar la diplomacia francesa” expresó Christian Kert, un miembro del comité Ejecutivo de seguimiento del proyecto mediático, según un artículo del diario británico The Guardian del año 2003. En realidad, tales cadenas de noticias no son una novedad en Francia. Tal es el caso de Euro News –un canal cuyo paquete acciona- rio pertenece en un 49% a los ingleses– y Canal Plus, entre otras. Los defensores de este lanzamiento, que apunta en sus raíces a “jerarquizar el periodismo a la francesa, citan como referente la experiencia Radio France Internacional” 112 . Es evidente que el tránsito hacia la globalización y la expansión de sus herramientas de producción simbólica también ponen en crisis las identidades nacionales y las perspectivas regionales. Los franceses siempre han denunciado que detrás de este proceso se esconde la macmundialización del discurso audiovisual o la norteamericanización del sentido global. El sociólogo y escritor liberal francés Guy Sorman no dudó en seña- lar que “la globalización no existe: el nuevo proceso se llama macmun- dialización”. Afirmó que la globalización verdadera sería “una síntesis de todas las culturas mundiales”, en cambio –dice– asistimos a una “dominación de las imágenes y de los comportamientos de la sociedad de Estados Unidos” 113 . Investigadores y estudiosos latinoamericanos, como Renato Ortiz, describen un nuevo “régimen de producción del espacio y el tiempo”.

“En estas condiciones es posible, además de exportar películas y pro- gramas televisivos de un país a otro, construir productos simbólicos globales, sin anclajes nacionales específicos, o con varios a la vez,

112 The Guardian, Especial para Diario Clarín, 15/04/2003, p 40.

113 Guy Sorman, Entrevista, Suplemento Cultura, Diario Perfil, 29 de julio de

1998.

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como las películas de Steven Spielberg, los videojuegos y la músi- ca-mundo. Estas dimensiones económicas, financieras, migratorias y comunicacionales de la globalización son reunidas por varios autores (…) al afirmar que la globalización es un nuevo régimen de produc- ción del espacio y el tiempo” 114 .

El rol social de la televisión

La televisión juega, en esa construcción social y en el imaginario de las identidades que conectan a los miembros del estado-nación, un papel referencial fundamental. Así como el cine y la radio en los tiem- pos de la Segunda Guerra, la televisión se convirtió en la principal herramienta de construcción de los nuevos universos simbólicos en los últimos cuarenta años del siglo pasado. La “televisión global”, según el análisis de Chris Barker, constituye el vehículo por excelencia del mercado capitalista en su fase de ex- pansión general por el planeta. Supone una versión de “imperialismo cultural”, entendido como la imposición de una cultura nacional a otra “con los medios considerados esenciales para este proceso, es decir con unos medios portadores de significados culturales que penetran y dominan las culturas de las naciones subordinadas” 115 . Importa, en este sentido, resaltar que dicha colonización se vincula tanto con las connotaciones y el sentido de la historia narrada como con su código de realización. Las audiencias tienden, progresivamente, a incorporar los estilos y recursos como un lenguaje del que se esperan determinadas puestas en escena para producir un sentido. “La repercusión de los media americana en los otros países se debe solo a la gramática de los filmes, de la televisión, de las historietas y de la publicidad”, cita Renato Ortiz 116 . La afirmación de que las identidades se forman dentro y a través de las representaciones –dice Barker– “es importante para cualquier debate sobre la cultura, la identidad y la televisión, pues la televisión es

114 García Canclini, Néstor, op. cit., pp. 46-47.

115 Barker, Chris, op. cit., p. 74.

116 J. Tunstall, “The media are american” (en Renato Ortiz, La Mundialización y la Cultura, p. 126).

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el más importante mecanismo comunicativo en orden a diseminar esas representaciones que son constitutivas de –y están constituidas por– la identidad cultural 117 . Surge aquí una cuestión no menor respecto de la identidad nacional y de su capacidad de construcción y resignificación en el marco de las hegemonías globales. Los nuevos escenarios simbólicos de lo que po- dríamos denominar nuevas identidades se construyen mediante nuevas interpretaciones de la historia, afirmando y negando referencias bajo el impacto de los nuevos discursos globales. El pasaje del universo signado por la guerra fría y la omnipresencia de la amenaza comunista en territorios nacionales “protegidos” por alianzas militares globales será reemplazado (tras la caída del Muro de Berlín) por la renovada amenaza del terrorismo internacional –en capacidad de acceder en cualquier momento a armas de destrucción masiva– hacia el mundo globalizado, que requiere ahora la presencia de un gendarme protector. La industria audiovisual –en manos ya de propietarios cruzados de estudios cinematográficos, majors de telecomunicaciones y cadenas de televisión– ha potenciado sus estrategias comerciales en el mercado global. Los estrenos mundiales de cine han aprovechado las novedades tecnológicas para reproducir viejas epopeyas históricas, la amenaza de catástrofes diversas que convocan a salvar la capital del planeta (Nueva York) o aventuras bélicas donde la redención de los personajes justifica el trasfondo depredador de las guerras. El investigador brasilero Renato Ortiz considera que la memoria na- cional es un universo simbólico de “segundo orden”, es decir, engloba una variedad de universos simbólicos que no están despojados de un sentido ideológico:

“Todo el debate sobre la autenticidad de las identidades nacionales es siempre una discusión ‘ideológica’. Importa definir cuál es la identi- dad legítima, es decir, política y culturalmente plausible para la mayor parte de la población de un territorio determinado” 118 .

117 Barker, Chris, Televisión, globalización e identidades culturales, Paidós Comunicación, Barcelona, 2003, p. 65.

118 Ortiz, Renato, op. cit., p. 189.

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La memoria nacional –sostiene– se realiza a través del olvido. “Ella es el resultado de una amnesia selectiva. Olvidar significa confirmar de- terminados recuerdos, apagando los rastros de otros, más incómodos o menos consensuados” 119 . De allí también que los esfuerzos latinoame- ricanos en la investigación de sus gestas históricas, en la resignificación de los lugares de sus pueblos originarios, de las miradas proteccionistas (no contemplativas) sobre sus recursos naturales y por el enjuiciamien- to de los crímenes cometidos por sus dictaduras son determinantes a la hora de gestar una memoria que no se disuelva en la globalización. No se puede negar que los dispositivos globales ya son la realidad. El mundo está surcado por el tejido nervioso electrónico que distribuye unidades de sentido en una magnitud suficiente como para saturar la capacidad de interpretación. El viejo apotegma del peronismo –“la única verdad es la realidad”– parece reclamar una actualización a la luz de los nuevos tiempos de la construcción mediática. En el escenario del siglo XXI parece más apropiado postular que “la única realidad es la verdad”. Es decir, la verdad histórica y social, en lugar de la versión clonada de aquella, que los medios ofrecen bajo la premisa de reflejar la realidad. En El crimen perfecto, Baudrillard habla del asesinato de la reali- dad a manos del exceso de contenidos y de su manipulación.

“Toda nuestra historia habla de este montaje de la razón, a su vez en trance de desmontarse. Nuestra cultura del sentido se hunde bajo el exceso de sentido, la cultura de la realidad se hunde bajo el exceso de realidad, la cultura de la información se hunde bajo el exceso de la información. Amortajamiento del signo y de la realidad en el mismo sudario” 120 .

Se trata no solo de los símbolos de la actualidad, sino también aque- llos del mundo ancestral “descubierto” y secuestrado por Europa para ofrecer pruebas de un discurso histórico y cultural autorreferencial y etnocéntrico. Los dirigentes del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto (CSA) no logran ninguna respuesta a sus reiterados reclamos

119 Ortiz, Renato, op. cit., p. 190.

120 Braudrillard, Jean, op. cit., p. 32.

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para recuperar la Piedra de Rosetta o la momia de Cleopatra (British Museum), la mortaja de Nefertiti (Alemania) o los obeliscos, pirámides y reliquias que se guardan en París. La preocupación, incluso de algunos pensadores liberales, pasa por evitar la depredación de la diversidad. Sorman defiende “la mundiali- zación de aquellos conceptos universales que favorecen el progreso humano –el pluralismo político y la libertad de empresa, por ejemplo–, pero (advierte) también la preservación de la diversidad cultural del mundo”. Lo diverso define sitios donde comienza la singularidad, o donde termina la homogeneidad. “Esas líneas difusas son las fronteras, las líneas compuestas por puntos de choques y de ruptura –y de resis- tencia, por qué no– el proceso de globalización en curso” 121 .

“La globalización puede ser vista como un conjunto de estrategias para realizar la hegemonía, de macroempresas industriales, corpo- raciones financieras, majors del cine, la televisión, la música y la in- formática, para apropiarse de los recursos naturales y culturales, del trabajo, el ocio y el dinero de los países pobres, subordinándolos a la explotación concentrada con que esos actores reordenaron el mundo en la segunda mitad del siglo XX” 122 .

Un observatorio de medios, la asociación Media Matters Action Network, de los Estados Unidos denunció en 2008 a tres periodistas de las emisoras de cable de CNN y FOX por “alimentar el odio y el miedo” hacia los inmigrantes y publicó un informe que documenta la violenta retórica que utilizan. Durante 2007, la supuesta conexión entre crimen e inmigración ilegal fue discutida en 94 episodios de Lou Dobbs Tonight, 66 episodios de The O’Reilly Factor y 29 de CNN Headline News de Glenn Beck, detalla uno de los puntos del extenso informe. Con la misma minuciosidad, señala los falsos mitos tratados en los programas de Dobbs, O’Reilly y Beck, como la propagación de epidemias de lepra o fraudes electorales relacionados con la población de origen inmigrante 123 .

121 Sorman, Guy, Diario La Nación, Sección 6, domingo 27 de septiembre de

1998.

122 Garcia Canclini, Néstor, op. cit., p. 31.

123 Diario Página 12, Pirulo de tapa, 22 de mayo de 2008.

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Otro observatorio –el de la discriminación en Radio y Televisión del Comfer, el Instituto Nacional contra la Discriminación y el Consejo Nacional de la Mujer– denunció en 2008 la manipulación editorial de las cadenas noticiosas argentinas en la cobertura del lock out del sec- tor agropecuario, convertido en un verdadero ejercicio destituyente del gobierno democrático. En tanto los opositores gubernamentales eran presentados como ciudadanos movilizados en forma espontánea, los defensores de las medidas gubernamentales aparecían como piquete- ros acarreados.

La ideología de la noticia

La TV abierta instala –por su propia especificidad– una referenciali- dad y un estatuto de realidad propios de la potencia del discurso audio- visual. Su capacidad narrativa, su posibilidad de transmitir en vivo o de reproducir lo vivido con fuerza dramática, instalan la temática criminal con mayor impacto. Su narrativa transmite como rasgo específico del medio la espectacularidad y fragmentación propias del discurso tele- visivo. Prevalece en este sentido una cierta “ideología de la noticia”:

cuanto más insólito o cruento, más noticiable. Tales efectos se potencian cuando el dispositivo emisor articula una batería de recursos de producción (periódicos, canales generalis- tas, canales de noticias, portales, emisoras radiales, etc.) y de recursos genéricos (noticieros, magazines, programas de entrevistas, etc.) que convalidan –con la coincidencia de sus agendas– el estatuto de realidad de los mensajes. Es aquí donde la concentración mediática relatada en la primera parte adquiere otra dimensión: la de producción de sentido al servicio de la arquitectura de intereses y alianzas que le permiten avanzar en la concentración de poder económico. El género periodístico en televisión –y el noticiero en particular– no se presenta como construcción. Cumple, en este sentido un rol más determinante que la prensa escrita a la hora de instituir lo real o en todo caso de confirmarle al espectador la “sospecha” ya establecida por el resto del dispositivo en torno al estatuto de lo que ve:

“Los noticieros podrán retorizar y exponer sus dispositivos construc- tivos todo lo que quieran, pero el conocimiento previo del espectador

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acerca del estatuto real de lo que se ve, articulado con el conocimiento temporal, espacial e indicial del dispositivo, la presencia permanente de trazados gráficos que refuerzan, situando, la realidad del referente,

y la confianza en la institución emisora, garantizan que lo que se ve no es ficción o que, si lo es, en algún momento van a avisar” 124 .

En la era multimedia el sentido no se produce en forma radial sino por superposición de capas: cuando muchas partes del dispositivo son administradas por un mismo sujeto emisor, la construcción final sobre el espectador resultará de la suma de mensajes convergentes y de un mismo sentido acumulados durante un período determinado por fuen- tes diversas. El mercado audiovisual ha intentado hacer creer a las audiencias que ellas tienen –en el control remoto– el poder de selección sobre la oferta impuesta. Sin embargo, el principio de la diversidad cultural no surge de la capacidad de elegir lo que el mercado ya instaló y colonizó en términos de consumo, sino de las políticas anteriores que establez- can posibilidades de producción diversa y de audiencia crítica. Y estas son decisiones políticas.

“ la autoprogramación del usuario soberano, que culmina en la fór-

mula de la ‘televisión a la carta’, tiene el efecto perverso de consolidar

y perpetuar la estratificación de la pirámide cultural y del gusto, pues

las gentes se autoprograman según sus niveles educacionales y sus preferencias –desde la telenovela mexicana a la ópera–, corroboran- do el principio de la dualización cultural en nuestra sociedad. El ideal democrático de la autoprogramación también tiene sus techos y exi- ge el requisito previo de una política educativa universal y de calidad, so pena de ahondar las brecha ya existente entre élites y masas, entre insiders y outsiders de la sociedad del conocimiento” 125 .

La lógica cuantitativa de la globalización tiene además un efecto de homogeneización ideológica en la que los ciudadanos se convierten en clientes –muchas veces cautivos– de un mismo sentido y una mis- ma estética. Convertida en ideología, la globalización aparece como la

124 Carlon, Mario, Sobre lo televisivo, p. 65, La Crujía ediciones, 2004.

125 Gubern, Román, op. cit., 70 a 71.

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unificación de los mercados y la reducción de la política y la cultura a la lógica mercantil. Importa subrayar que durante el proceso de globalización –o de expansión transnacional de las multinacionales de las finanzas, las te- lecomunicaciones y el audiovisual– se pudieron advertir con claridad las diferencias entre la promoción y el proteccionismo de los países centrales en la materia frente a la subordinación de los países latinoa- mericanos. El discurso proteccionista llegó a la Argentina de manera oportu- nista y utilitaria, con el único propósito de quitar las castañas del fuego al endeudamiento irracional de los grupos locales durante los 90 y con- jurar el riesgo de ser devorados por los acreedores. Salvadas las papas, todo volverá al cauce dócil con el mercado y hostil con la política. Será a partir de 2003, luego de la debacle de principios de siglo y el abandono de las recetas neoliberales por parte de la política, que la agenda se enfocará en el enjuiciamiento de los crímenes del terrorismo de Estado y la promoción de derechos sociales (jubilación, empleo, vivienda, niñez y pobreza, etc.) como instrumentos de un nuevo relato político que, sin embargo, encontrará el escudo refractario del disposi- tivo en su búsqueda de la opinión pública. Para eludir esa agenda, los multimedios apelarán a la intimidación y el miedo entre las audiencias.

121

Capítulo 5

La construcción del ciudadano indefenso

Si en los 90 la narración de los medios prometía la justicia social y

el progreso sobre la base del despotismo de los mercados, en la década

siguiente anunciará el caos mientras se atienden las heridas del desem-

pleo, la impunidad y la desarticulación social de la Nación ocasionadas por aquella etapa. El período de mayor crecimiento económico de la historia y el jui- cio de los responsables por crímenes por lesa humanidad cometidos por el terrorismo de Estado durante la Dictadura Militar (1976/1983) transcurrió en la Argentina a partir de 2003 mientras sus ciudadanos miraban noticias policiales por TV, presos de una histeria colectiva sobre su seguridad personal. Los efectos globales del tránsito a la sociedad del riesgo y la inse- guridad social causadas por la deserción del Estado y la concentración económica operaron sobre otra huella traumática causada por las se- cuelas represivas de una dictadura militar que minó aún más la confian-

za en las instituciones y estableció el terror como principal fundamento de gobernabilidad. En lugar de estimular el enjuiciamiento de torturadores y apropiado- res de menores durante el régimen militar, o de alentar la investigación por el desmantelamiento del estado para pagar una deuda fraudulenta,

o de la transferencia de renta extraordinaria a grupos financieros que

saquearon las cajas de los ahorristas hasta terminar en la bancarrota nacional del año 2001, el discurso del dispositivo mediático post crisis puso en escena la criminalización de la escena social.

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La protesta social había tomado la escena pública en las rutas nacionales para resistir el despojo de recursos y fuentes de empleo. Aquellos piquetes de los 90 fueron mostrados como una amenaza para el resto de los ciudadanos y sus rostros encapuchados fueron –progresivamente– instalados como sinónimo de inseguridad, espe- cialmente en la faz urbana de estos reclamos, cuando legiones de pobres y desocupados (empujados en buena medida por la expansión del cultivo de soja más allá de la ‘pampa húmeda’) se acercaron a las grandes ciudades. La noticia no se ocupó de aquellas inseguridades primarias (pérdida de la protección laboral y social, desarraigo, desamparo etc.) y estig- matizó en cambio la sospecha sobre las víctimas, alimentada por el primer plano de la criminalidad televisiva. La incertidumbre y el conflicto encabezaron la información median-

te un discurso impregnado de violencia social y carente de significantes

que trasciendan el acontecimiento visual. Tampoco la política –per- manentemente interpelada por ese discurso– alcanzó a producir algo diferente que la propia retórica del lenguaje que designa esa tensión bajo el nombre genérico de inseguridad. A lo sumo el debate sobre el rigor estadístico. Es en ese contexto que importa reflexionar aquí sobre los escena- rios discursivos construidos por los media en la Argentina, incluyendo un recorte sobre la agenda de los noticieros televisivos en un período particular de la democracia en el país. Situar esa problemática supone advertir la diferencia de contextos entre el momento en que surgieron las teorías sobre la agenda mediática y la extrema debilidad del dis-

curso público frente al bloque corporativo cristalizado a comienzos de siglo. Luego de la crisis de 2001-2002 la Argentina recuperó un esce- nario de crecimiento y generación de empleo, con mayor autonomía respecto de los organismos financieros internacionales; las promesas no cumplidas por el mercado en la etapa anterior fueron transferidas luego a un sector público débil y desarticulado. Los medios orienta- ron la demanda insatisfecha sobre la salud, la educación, la seguridad

y los conflictos sociales hacia la falta de respuesta de un Estado en bancarrota.

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Las articulaciones empresariales cocinadas al calor de los procesos de concentración y expansión horizontal de empresas de comunica- ción de los 90 harán sentir su ubicación en el tablero de los negocios.

El test de las petroleras

La posición del Grupo Clarín con las petroleras, al comienzo de la gestión Kirchner, fue un claro anticipo. Resultó llamativa la postura y la edición del canal Todo Noticias (TN) con motivo del boicot lanzado en 2003 por el entonces presidente Néstor Kirchner al aumento del precio de los combustibles por parte de las empresas Esso y Shell. Por las circunstancias de la época (post crisis) y por tratarse de un área económica tan particular (con repercusiones en toda la cadena productiva) el conflicto entre el gobierno y algunas empresas petroleras significaba entonces un test importante en materia de gobernabilidad. Los medios de comunicación oscilaron con producciones de diverso sentido y algunas, como el caso de TN, intervinieron en el conflicto con un punto de vista favorable a las petroleras. El canal noticioso produjo un informe lacrimógeno (presentado por Fernando Carnota) propio de un melodrama pese a tratarse de un tema de amplia repercusión económica y social. Un virtual docudrama protagonizado por sufridos propietarios de establecimientos expende- dores de combustible y sus fieles empleados condenados –en virtud del llamado presidencial al boicot de los aumentos de precios– a la ruina y el desempleo. Se puso en escena el caso de Heraldo Disico, dueño de una Esta- ción Shell en el Cerro Las Rosas, Córdoba. La presentación de piso anunció que, como consecuencia del “boicot del presidente Kirchner y del bloqueo de algunos piqueteros, algunas estaciones Shell están a punto de cerrar”. La nota comenzaba con la profecía apocalíptica de un entrevistado anónimo (nunca presentado) quien pronosticó que “en tres o cuatro días la situación va a ser insostenible”. Para reforzar estos dichos el zócalo fijaba que: “Después del aumento, el cierre. Fuertes bajas en estaciones Shell” 126 .

126 Analizado en el artículo “Detrás de las noticias. Sobreactuación y lágrimas de los medios por la Shell”, Luis Lazzaro, Revista Veintitrés, año 2005.

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Luis Lazzaro

La trama producida por TN, con música cinematográfica (Titanic)

y efectos de edición, fundió el drama y el documental para construir

un enunciado que movilizara sentimientos de oposición en la audiencia bajo la apariencia de un informe periodístico sobre la agenda noticiosa. El fantasma de la desocupación –en un país que venía de bordear dolo- rosos récords en la materia– servía para ocultar la defensa del negocio de las concesionarias petroleras. De los múltiples puntos de vista –consecuencias para la población en general de los aumentos en las naftas, impacto en la economía, pro- blemas de rentabilidad de empresas petroleras, etc.– el informe puso

el ojo en el lugar del playero y sus empleados. El entrevistado anónimo

no era otro que el titular de la cámara de expendedores anunciando “inminentes cierres de establecimientos”. En esta secuencia, el único desenlace posible para liberar la ten- sión dramática era el retroceso del boicot y, como consecuencia, el aumento de precios que requerían Esso y Shell. Esta última operación constituye en realidad el corazón del metamensaje inducido por la nota periodística. El eje tarifas-colapso energético también será moneda corriente du- rante toda la gestión Kirchner. Las crónicas anunciadas del apagón –que finalmente nunca ocurrió– permitieron además verificar un hilo conductor entre las sugerencias encubiertas de aumento tarifario y la embajada de Estados Unidos. El ejemplo energético es útil para examinar cómo la ineficacia de las empresas privatizadas en los 90 se trasforman en “apurones del

gobierno” 127 o una “embestida” contra empresas norteamericanas que en 2008 motivaron al embajador Earl Wayne a pedir “un trato justo”, según el Suplemento Económico de Clarín.

“El Gobierno redobló ayer su embestida contra la distribuidora eléctri- ca Edelap que controla el grupo norteamericano AES con una doble jugada que apuntó a poner al descubierto la deficiencia del servicio y los crecientes inconvenientes que vienen sufriendo los usuarios” 128 .

127 Oña, A., “La crisis energética: los inocultables apurones del gobierno”, Diario Clarín, 14 de julio 2007.

128 Diario Clarín, “Redoblan la carga contra Edelap y Wayne volvió a pedir un

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En paralelo, los noticieros televisivos destacaron primero la “inmi- nencia” de otro conflicto con los expendedores de combustibles, hasta llegar a los titulares de “¿Puede faltar combustible?” (TN), “Problemas con el combustible” (Canal 13), “Sin nafta, toda la bronca” (América), etc. Un año antes habían explicado que la ausencia del “colapso” ener- gético obedeció a otra calamidad como la “recesión” pero, en lugar de pedir inversiones para impulsar la economía, reclamaron “bajar el consumo de luz y gas” y la implementación de un “verdadero plan de ahorro” 129 . Por otra parte, los usuarios “enfurecidos y estafados” por Ae- rolíneas Argentinas en tiempos de la gestión española del grupo Marsans (cuando el índice periodístico apuntaba falta de gestión estatal) dejarán de ser el punto de vista de la noticia para ceder el protagonismo a la “tensión” con España en el momento en que el Estado argentino nacionalice (“expropie”, según TN) la aerolínea de bandera. El subtexto será siempre funcional a los ganadores de las privati- zaciones de los 90 y a la tensión con políticas de recuperación de la responsabilidad estatal. El recurso se multiplicará hasta el hartazgo años más tarde a partir de las secuencias discursivas construidas sobre la inseguridad y el lock out patronal de los exportadores agropecuarios. El libreto de los medios privatizados, que apuntó antes a cuestionar el rol del Estado promoviendo el protagonismo del mercado, enfocó después la atención en la dificultad de las agencias públicas para re- solver los conflictos sociales emergentes del repliegue estatal y la con- centración económica. En este nuevo escenario la criminalidad dejó de ser un asunto policial para adquirir una dimensión política, bajo el concepto de la inseguridad ciudadana. Las repercusiones sociales de ese discurso terminaron por configurar alianzas y candidaturas políti- cas alrededor de la figura de Juan Carlos Blumberg, padre de un joven secuestrado y asesinado en 2004.

trato justo”. El embajador de EE.UU. defendió a la empresa. Suplemento iEco, 11 de diciembre de 2008. 129 Ídem, Clarín, “La crisis energética”, 14 de julio 2007.

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Hacia 2005, un informe del Indicador de Violencia Televisiva (IVTV), difundido por el Comfer reveló que en los noticieros de la televisión de aire se difundía una noticia con violencia cada 15 minutos. Así como ocurre con los programas de ficción, la tasa de noticias con violencia crece en los noticieros de mayor audiencia. El estudio reveló que la violencia de los noticieros se manifiesta fundamentalmente en cinco campos temáticos bien diferenciados de la agenda de noticias:

a) Informaciones relacionadas con temas policiales (crímenes pasio- nales y otros crímenes de naturaleza privada) y noticias relativas a la problemática de la inseguridad urbana (distintas variantes del delito);

b) Noticias del exterior, fundamentalmente las crónicas de los escena- rios privilegiados de guerra y el terrorismo;

c) Crónicas de violencia correspondientes al rubro accidentes y catás- trofes;

d) Informaciones con violencia que los noticieros suelen asociar a dis- tintas manifestaciones del conflicto social (huelgas, marchas de pro- testa, piquetes, resistencias a desalojos, etc.);

e) La violencia en eventos deportivos 130 .

En la misma línea, una sistematización de titulares de los noticieros televisivos centrales en televisión abierta realizado en el primer semes- tre de 2007 apoya empíricamente las conclusiones que integran este capítulo 131 . El trabajo examinó el tratamiento dado por la televisión abierta, en ese lapso, en plena campaña de renovación presidencial,

a los temas de interés general y en particular a los delitos contra la propiedad y las personas. El relevamiento demostró que el crimen,

la violencia y las amenazas a la integridad personal de los ciudadanos

130 Indicador de Violencia Televisiva (IVTV), Dirección de Fiscalización y Evaluación de la Dirección Nacional de Supervisión y Evaluación del Comfer Evaluación sobre 172 casos, abril de 2005.

131 El material integró el trabajo final de la Especialización en Educación, Lenguaje y Medios, Posgrado de la UNSAM (2008) y se publicó en el periódico Miradas al Sur bajo el título “Miedo en las pantallas. La incertidumbre en los medios” (octubre 2008).

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dominaron absolutamente el temario periodístico ofrecido al público en dicho período.

A diferencia del abordaje periodístico tradicional, cuando la infor-

mación sobre el crimen y el delito formaba parte de la crónica roja de

la sección policiales, ahora se trataba de un discurso que –diagnostica- do genéricamente como inseguridad– comenzó a atravesar tanto a los medios como a diferentes actores sociales, en buena medida artífices de las políticas que dominaron aquella década.

En un análisis más extenso podría comprobarse que la agenda no-

ticiosa incluye secuencias temáticas que pueden o no vincularse con la importancia social, nacional o local de los acontecimientos que se abordan. El punto es que el conjunto del dispositivo se enfoque sobre lo mismo y, simultáneamente, ignore o descarte otros temas: es esto lo que construye socialmente el estatuto de la realidad y no la realidad

misma. La valoración producida en este caso sobre el acontecimiento

orienta la lectura en una sola dirección: el miedo domina la vida social a causa de la inacción gubernamental en la represión del delito.

La repetición descontextualizada (en tiempo y lugar) potenciará el

efecto semiótico y político de estos discursos. No se narran noticias, se reiteran videoclips del delito.

Pantallas violentas

El recurso criminal en la agenda televisiva no es un asunto nuevo

ni local. Su articulación transgenérica con el policial y otros géneros ficcionales, sumada a la espectacularidad orientada a captar consumi- dores, son parte de viejos recursos de la TV comercial.

Mc Combs cita un viejo axioma del periodismo que rezaba: “Dame

treinta minutos en la comisaría y te daré una oleada de crímenes”. En resumen, dice: “la inseguridad ciudadana y la preocupación por la delincuencia como problema social tienen muchos más que ver con la agenda mediática que con las realidades de la delincuencia en el vecin- dario, el área metropolitana o el conjunto del país” 132 .

La crónica policial ha sido históricamente un género de la produc-

132 Mc Combs, Maxwell, Estableciendo la agenda. El impacto de los medios en la opinión pública y el conocimiento, Paidós Comunicación, 2006, p. 67.

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ción periodística, cuya circulación discursiva ponía en foco el análisis social, biográfico y psicológico de los criminales, así como la investiga- ción judicial y policial, contenidos todos que dialogaban con formatos clásicos de la ficción, tanto literaria como audiovisual. El hecho policial no interpelaba al poder político ni establecía una psicosis de pánico colectivo; era simplemente parte de una crónica sobre el delito que mostraba los desajustes y retrasos de una sociedad en el contexto de una ilusión de progreso típica de la modernidad. Pero a partir de los procesos de concentración y articulación del dispositivo multimedia –como vimos en los capítulos anteriores–, la violencia y el crimen dejaron de ser unidades de información aisladas dentro de múltiples focos de atención periodística para convertirse en el eje principal del discurso audiovisual. El ciudadano en peligro resulta entonces una construcción de época en la que conviven la ausencia de protección social y la intimidación de los medios. Representa no solo al consumidor individualizado que no puede cambiar de canal por la fascinación del terror, sino también una categoría política que fortalece la capacidad de intervención de las cor- poraciones de medios en la disputa por mayores espacios de poder. La decisión política del ciudadano se encuentra entonces, en cierta manera, interferida por la coexistencia con las narrativas fragmentadas de la televisión:

“La información televisiva cotidiana presenta por tanto una situa- ción de aprendizaje imposible: el público es asediado por informacio- nes fragmentarias, totalmente inapropiadas para formar un marco cognoscitivo adecuado a las opciones que el elector deberá llevar a cabo” 133