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JACOB BURCKHARDT

LA

CULTURA

DEL

RENACIMIENTO

EN

ITALIA

PRÓLOG O

DE

WERNE R

KAEGI

EDITORIAL PORRÜA,

S.

AV.

REPÚBLICA ARGENTINA,

MÉXICO,

1984

A.

15

primera edición; Basilea, 1860 Primera edición en la Colección "Sepan cuantos ", 1984 - 478324
primera edición; Basilea, 1860
Primera edición en la Colección "Sepan
cuantos
",
1984
-
478324
i •
* -
'Copyngftt
© 1984
El
prólogo y las características
de esta edición son propiedad
de la
EDITORIAL
PORRÜA,
S,
A.
Av.
República
Argentina,
15, 06020.
México,
D .
F.
PRÓLOGO
Queda hecho el depósito que marca
la ley
Derechos
reservados
Traducción de
JAIM E
ARDA L
ISBN
968432-939-3
IMPRESO EN MÉXICO
PRINTED IN MÉXICO

Aunque la época moderna ha encontrado acentos nuevos en las obras y en el espíritu de Burckhardt: ha descubierto su pesimismo sorpren- ilcnte sobre el porvenir de una Europa tan suya; ha descubierto su v¡sión profética de los terribles simplífícadores, que las últimas ge-

neraciones han conocido demasiado bien; ha quedado sorprendida con .sus agudas consideraciones sobre la historia universal, el historiador suizo sigue siendo en nuestros días lo que fuera esencialmente para sus contemporáneos; el historiador del Renacimiento y el "Cicerón"

Italia. Po r eso se le continúa

frecuentando, fundamentalmente, pese a que los especialistas le co- nocen también como estudioso de la época constantina y como au- tor de una muy discutida historia de la civilización griega.

Jacob Burckhardt nació en Basilea, Suiza, el 25 de mayo de 1818. Perteneció a una antigua familia emigrada a esta ciudad desde Ale- mania por motivos reHgiosos a principios del siglo xvi. Su madre,

una mujer finamente intelectual, falleció cuando Jacob apenas con-

taba doce años. D e ella heredó una enseñanza de amor a

bres. También un profundo sentimiento de la caducidad de las cosas humanas. Burckhardt llegará a afirmar que este sentimiento estaba permanentemente anclado en su corazón desde el día de la muerte de su madre.

d.e "Oberstpfarrer " en la catedral d e

Basilea; era, pues, una especie de obispo, de "antistes" de la iglesia protestante local. Hombre de vasta cultura histórica, comprendió per- fectamente que él era el sucesor de los obispos de Basilea y, al mismo tiempo, su adversario. La Contrarreforma y el poder del espíritu es- pañol en Europa fueron, por ende, un problema de familia en la casa de Jacob Burckhardt. El hijo del "antistes", el historiador conocido por todo el mundo, comprendió plenamente este problema y lo acep- tó con amorosidad y con comprensión histórica. Los vestigios del tra- bajo que consagró a estos problemas se encuentran en los manuscritos desconocidos que dejó a su muerte.

Enviado al Gymnasium y, luego, a la Universidad de su ciudad

natal,

1857 los estudios de teología, que prosiguió única-

mente hasta 1839, época en la cual empezó a verse dominado por una invencible atracción hacia la historia y el arte. Prueba de este cam- bio fue la partida de Burckhardt a Berlín, atraído singularmente por

üii el mundo de las obras de arte de

los hom-

Su padre desempeñ ó el carg o

inició en

IX

XI PROLOGO LA CULTURA DEL RENACIMIENTO EN ITALIA !a fama de su excepcional profesorado y,
XI
PROLOGO
LA CULTURA
DEL RENACIMIENTO
EN ITALIA
!a fama de su excepcional profesorado y, en panicular, por Rankí-
Fue
de 1839 a 1845.
su alumno durante más de tres años, en la capital de AlemanísH
^
En
aquella época
no era todavía
Ranke el
patriarca de'ip
Hístoí
ría universal. Era aún un profesor joven, que no había publicado ni
la historia de Francia, ni la de Inglaterra, ni la de Prusia. Todas sus
obras inmensas vinieron más tarde. En 1839 no se conocía más que
un primer volumen de su historia alemana del tiempo de la Reforma.
Era, pues, ya el joven Ranke un historiador de la Contrarreforma, por
más que esta última expresión era aún muy reciente, y Ranke no co-
noció la época que lleva ese nombre. Pero veía a Europa como una
comunidad de pueblos diversos, reunidos por un patrimonio común de
elementos históricos, de recuerdos, de destinos. Había comprendido
que el Papado era una de las instituciones fundamentales que habían
forjado a Europa, y es así como él se constituyó en el historiador de
los Papas. Esta nueva obra, en tres volúmenes, fue la base de su glo-
ria. Los protestantes dijeron que se iba a volver católico; los católi-
cos lo hubieran excomulgado, pero lo admiraron unos y otros. Era nue-
vo, persuasivo y brillante. Burckhardt confesará haberse sabido de
memoria parte de esta obra en su juventud.
hie cuyas ruinas vase edificando la sociedad cristiana. L a objetivi-
iliul con que es tratada la obra de Constantino deja subsistir muy
de su tradicional y edificante aureola, aún reconociendo su au-
h'iilica grandeza en sus excepcionales dotes de político audaz, las
> iKiles explican su defensa del cristianismo. Las cualidades del his-
inriador y del escritor refulgen, sobre todo, en la brillante y hasta
iiiisiáigica pintura de la decadencia del paganismo, nutrida de una
riudieión que permite seguir al autor todas las transformaciones de
los viejos cultos y recoger fielmente los nuevos que pululaban en
tiquella sociedad en descomposición.
Aunque nunca dio forma al libro que preparó, los estudios sobre
lii Contrarreform a ocuparo n much o a Burckhard t y l o condujero n a
La estancia en la capital alemana prolongóse hasta 1843, sólo in-
terrumpida por una breve temporada que pasó en Bonn, en 1841.
Trabó amistad con otros eminentes profesores, especialmente con
Franz Kugler, y acopió un enorme bagaje de erudición y de metodo-
logía. Antes de volver a su patria pasó por París.
los problemas generales de la época. Es cierto que ninguno de estos
liiibajüs ha visto la luz pública hasta ahora, pero su conjunto forma
un todo en el cuadro de sus obras. Son, iniciahnente, dos ciclos de
conferencias, el primero titulado: "Cursos sobre la época de la gue-
rra de los treinta años", hecho durante el invierno de 1848-49. El
segundo: "Cursos sobre la época de la Contrarreforma", que tuvo lu-
gar en el invierno de 1863-64. L a primera serie la realizó algunos
años antes de empezar sus trabajos para el Cicerone; la segunda,
pocos años después de la aparición de la Cultura del Renacimiento.
Los dos ciclos forman, pues, un conjunto. Burckhardt dice que en
estos dos ciclos quiso dar una idea de la época de la Contrarreforma
en dos períodos, uno antes de 1600 y el otro después de 1600. Fuera
de estos dos ciclos se encuentran otros escritos inéditos de Burckhardt,
una
serie de ocho o nueve conferencias
con intervalo de algunos
años.
Con su vuelta a Basilea se inicia un período capital de su exis-
tencia, y decisivo también para la historia de Suiza, que vivía el con-
flicto entre los demócratas, defensores del principio de la unidad na-
cional, y los conservadores —protestantes y católicos—, partidarios de
la soberanía cantonal. Burckhardt se alineó junto a estos últimos, y
desde junio de Í844 hasta diciembre de 1845 fue redactor del órgano
conservador Basler Nachrichíen. Empero, la corriente conservadora li-
bera! que apoyaba, con intentos de mediación entre la tendencia in-
transigente y la democracia revolucionaria, fracasó clamorosamente.
El desaliento indujo a Burckhardt, en marzo de 1846, a la "fuga hacia
el Sur". Desde este año hasta 1848 permaneció en Italia, salvo algu-
nas breves interrupciones.
Vuelto a Basilea en esta última fecha, residió allí hasta 1853, reti-
rado y casi solitario, y enseñó en el Pádagogium y en la Universidad.
Fruto de tal concentración fue su obra La época de Constantino el
Grande, vasto y movido cuadro de la decadencia del mundo pagano,
En el conjunto de estos trabajos el sitio preferente lo ocupan, sin
duda, las dos series de conferencias de que acabamos de hablar. Nada
más significativo que el momento en que el autor le dedicó a la obra
para conformar su visión; es el año de la revolución (1848). En la
primavera las energías sociales, demasiado tensas, habían estallado
casi en toda Europa; luego, en verano, habían continuado los reve-
ses, aunque durante el invierno, cuando Burckhardt hablaba, no se
había decidido nada. Dos años antes, en la primavera de 1846, huyó
de la revolución que amenazaba a su patria para trabajar en Italia,
"in dem schonen faulen Süden^s en una Roma muerta a todos los
modernismos. Él quería vivir para su contemplación histórica, para
su poesía y para su ciencia. Pero justamente en los Estados Pontifi-
cios y en Roma misma lo siguió la revolución. D e los propios labios
de Pío I X escuchó las palabras por las cuales el Pontífice aceptaba
parte de las reivindicaciones revolucionarias y rechazaba algunas otras.
XII LA CULTURA DEL RENACIMIENTO EN ITALIA PRÓLOGO Luego Burckhardt abandonó Roma buscando su camino
XII
LA CULTURA
DEL RENACIMIENTO
EN ITALIA
PRÓLOGO
Luego Burckhardt abandonó Roma buscando su camino de regreso pol-
la insurrecta Italia. Y helo aquí en Basilea, dándose cuenta de que,
precisámenle, este rincón de Europa que era su patria, también era
el lugar adecuado para sus contemplaciones. Tomó de nuevo,el lema
que había considerado hasta entonces como lejano, puramente histó-
rico y, quizá, suizo: la época de la Contrarreforma. Ahora lo concibe
ya como un tema actual y europeo.
u'H de Ranke en Berlín. El retomo a su ciudad natal será, esta vez,
dcíinitivo; vuelve como titular de la cátedra universitaria de Historia
y no tardará en dar a la estampa la que todos consideran su obra
fundamental: La cultura del Renacimiento en Italia, editada en Ba-
silea en 1860.
La primera parte del libro, basada en la afortunada fórmula del i
En 1847 había permanecido algún tiempo en Berlín para cuidar
de la nueva edición de la Historia de la Pintura y del Manual de la
historia del Arte, de su admirado profesor Kluger. Durante el período
1853-54 realizó otro ciclo de viajes a Italia. En otoño de este último
año estaba ya listo el manuscrito del Cicerone, escrito en idioma ale-
mán y que sería publicado en 1855 en Basilea. Concebido como una
guía de los tesoros de arte acumulados en Italia, o mejor aún, con-
forme a las modestas palabras del subtítulo, como una introducción
para gozar de ellos, esta obra es, en realidad, un ensayo ejemplar de
topografía artística y de verdadera historia del arte, desde la antigíie-
dad clásica hasta el final del siglo xviii italiano. El libro compren-
de tres partes, dedicadas a la arquitectura, a la escultura y a la pintura
y subdivididas en capítulos que corresponden a los grandes periodos
cronológicos y estilísticos. En el ámbito de cada capítulo, las vicisi-
tudes de cada una de las artes son seguidas de región en región, según
arraigan y se difunden las nuevas formas expresivas.
Estado como obra de arte, trata de la vida política italiana de los si-
glos XV y XVI. La segunda tiene por tema el desenvolvimiento de la
individualidad y considera principalmente la relación entre el Estado'
y el individuo , l a universalida d d e los hombres del Renacimiento y''
la formación del concepto de gloria en el sentido moderno. "El re-
surgimiento de la Antigüedad" es el título de la tercera parte, que \
examina los varios aspectos del Humanismo, y los reflejos culturales 1
y sociales del resurgir de la
afición
por el
mundo
grecorromano. La /
cuarta parte se dedica al descubrimiento del mundo exterior y del/
hombre, esto es, a la ampliación de los conocimientos y al ahonda-'
miento de la conciencia de la personalidad. La vida social, especial-|
mente en sus formas más elevadas, y las fiestas, la moral y la reli-
gión, en sus relaciones con la,vida contemporánea forman, finalmente,'
el tema de las dos últimas partes de la obra que, en su conjunto,
ofrece un amplio cuadro de'la vida italiana en el Renacimiento, aguda
y originalmente analizada en sus múltiples aspectos. ^, -''
Esta obra de Burckhardt está hoy, naturalmente, superada en no
pocos aspectos por las investigaciones modernas: resulta, por ejemplo,
inadecuado el modo de tratar el arte barroco. Sobre todo, los límites
de la obra son los mismos de la personalidad del autor: sus incerti-
dumbres y oscilaciones teóricas, su rigorismo crítico, que lo lleva a
identificar la perfección estética con el arte griego clásico y con el
del Renacimiento maduro. Con todo, en el Cicerone, halla manera de
manifestarse, tal vez mejor que en otros escritos suyos, la fina sen-
sibilidad de Burckhardt, cosa que se debe al carácter mismo
del libro.
Escrito en su mayor parte durante estancias en Italia, posee la inme-
diata lozanía de un diario de viaje: no pretende imponer sus juicios
al lector, sino más bien ayudarle a rehacer por cuenta propia la ex-
periencia directa de la obra de arte«r-
A pesar de la riqueza de detalles, evita el autor el peligro de la
fragmentación, concentrando toda su exposición en tomo a un moti-
vo fundamental y característico que se afirma en todo momento: éi_
individualismo del Renacimiento. L a clave de la obra es, en efecto,
el análisis de un nuevo tipo de humanidad, como aparece por prime-
ra vez en Italia después de la decadencia de la Edad Media: el hombre
del Renacimiento, señor consciente de sí y del mundo, energía autó-
noma, capaz de poseer y gozar la naturaleza que lo rodea. Con la
célebre formula del "descubrimiento del mundo y del hombre", toma-
da literalmente de la Historia de Francia de Michelet, precisa Burck-
hardt un significado histórico, que se ha hecho después corriente, en
la palabra Renacimiento, usada al principio en sentido puramente es-
tético por Vasari, para indicar la resurrección del arte después de la j
^
"barbarie medieval".
Encargado
de
la
enseñanza
de
la
historia
en
la
Universidad de
Para Burckhardt es el
Renacimiento,
en primer término,
la época
Basilea, esto no le impidió aceptar el ofrecimiento del Politécnico de
Zurich, de reciente fundación, que le proponía el cargo de profesor
de historia del arte. Dejó Zurich en 1858 y rehusó varios importan-
tes cargos que le fueron ofrecidos fuera de allí, entre ellos la suce-
[del
más alto esplendor artístico, exaltada en
el Cicerone,
pese a que
/en
ella
corran parejas el
dominante
culto de lo bello y la refinada
\ elegancia
de
las
costumbres
con
la inmoralidad y la profunda crisis
de
la fe
religiosa.
Esta actitud
parcialmente
negativa
constituye
una
LA CULTURA DEL RENACIMIENTO EN ITALIA XV XIV PRÓLOGO limitación en el estudio de Burckhardt,
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
EN ITALIA
XV
XIV
PRÓLOGO
limitación en el estudio de Burckhardt, el cual, por otra parte, rcsuU
ta deficiente por su fracasado planteamiento del problema de los orí-
genes del Renacimiento (el resurgimiento de la Antigüedad no es
entendido por el autor como elemento determinante de la nueva ci-
vilización) y de sus relaciones con la Edad Media.
en el mundo entero. Si Francia y Bélgica permanecieron católicas
liic gracias a España, y la Contrarreforma alemana es obra suya. Pero
si Inglaterra y Holanda se inspiraron en una resistencia) extrema con-
el catolicismo, y si ambos países vieron en esta lucha la condición
i-L-ncial
para su subsistencia,
débese
también a España".
Aunque superada en estos puntos y modificada en otras conclu-
siones suyas por las investigaciones posteriores, la difundidísuna obra
del escritor suizo conserva, sin embargo, todavía hoy, toda su impor-
tancia como modelo clásico de la historia de la cultura. N o obtuvo,
en el momento de su publicación, el éxito a que es acreedora y que
alcanzó más tarde. Las primeras ediciones se movieron lentamente.
Pert) en lo que llevamos de siglo se ha difundido, tal vez, en millones
de ejemplares en numerosos idiomas. Complemento suyo es la Histo-
ria del Remcimiento en Italia, aparecida en Stuttgarí, en 1867.
Lo que Burckhardt hizo comprender a su auditorio no católico fue
Instante. Tuvo que reconocer que la gran presión hecha contra la
Kcforma no fue una reacción artificial y política, sino un movimien-
(o espontáneo de carácter profundamente religioso. Había que reco-
nocer que el verdadero promotor de este movimiento no fue la curia
romana, sino el pueblo español; que la Inquisición no había sido una
Licació n
papal y eclesiástica, sino esencialmente un instrumento po-
Al iniciarse el curso de 1863-64 ya había realizado la gran obra
de su vida. Había publicado, como hemos visto, la Época de Constan-
tino el Grande y el Cicerone; su libro sobre la cultura del Renaci-
miento en Italia había asegurado su gloria definitiva. Había regresado
a su ciudad natal decidido a no escribir más libros —tenía cuarenta
años— y a dedicarse plenamente a su cátedra de la Universidad. En
aquel entonces debe haber tenido la sensación de deber algo al tema
de su juventud, a la época de la Contrarreforma, que no había tenido
sitio en su obra literaria. Y anunció en el periódico oficial de Basi-
lea quince conferencias con el título nada ambiguo: Die Zeit der Ge-
genreformation, de las que cumple decir unas palabras.
lítico de los españoles; que San Ignacio no era un mero organizador
astuto, antes un hombre verdaderamente piadoso, movido por una
vocación religiosa; que todo el movimiento español, en fin, no había
sido una medida tomada por el gobierno, sino un sentimiento popular
profundo y original.
Rstos puntos de vista no se publicaron en libro alguno y única-
mente los conoció por entonces su auditorio. En vida tuvo muchos
njmiradores. En Alemania, la nueva concepción histórica de España
y de la época de la Contrarreforma se creó independiente a Burck-
JKirdtv diez o veinte años más tarde, en la misma atmósfera que la
escuela de Ranke, de donde sahera Burckhardt. Fue un alumno del
viejo Ranke, Wilhelm Maurenbrechcr, quien hizo una revolución en
cuanto a las investigaciones sobre la Contrarreforma, en un libro apa-
recido en 1880.
Se trata de dos pensamientos que Burckhardt desarrolla ahora con
la claridad que le proporcionan los nuevos puntos de vista que ha
adquirido. En la historia general de Europa existe una época que. tie-
ne su carácter propio, sus propios impulsos y su espíritu propio, y
que hay que llamarla la época de la Contrarreforma. Esta es una de
las dos ideas. Luego hay que reconocer que, aunque este movimiento
tuvo sus fases posteriores en Roma, su origen es español y no italiano.
Tras de hablar en sus primeras conferencias de la situación en
Alemania y del carácter del calvinismo, habla de España: "Habría que
describir ahora los orígenes del espíritu de la Contrarreforma, diri-
gida esencialmente por la potencia romana para reconquistar el mun-
do perdido. Pero detrás de este hecho hay otro más poderoso, por el
cual hay que empezar, y es el espíritu español, que produjo en gran
parte la Contrarreforma, la protegió y la dirigió por la dominación
española en líaHa, que aspiraba a una monrquía universal, más ca-
tólica que el Papa. España trabajó enormemente por la Contrarrefor-
La historia de nuestro escritor en los años que siguieron a la pu-
blicación de La cultura del Renacimiento en Italia fue, sencillamente
la de la enseñanza en Basilea, su ciudad natal con la que se había
reconciliado definitivamente. Hasta 1868 trabajó en una obra acerca
del arte renacentista, que solamente quedó esbozada. Luego empleó
hii'go tiempo en la elaboración de las Reflexiones acerca de la his-
toria universal, publicadas después de la muerte del autor en Stuttgart,
i-ii 1905, lo mismo que su magna Historia de la cultura griega, en
cinco volúmenes. En el año de 1886 abandonó definitivamente la en-
señanza.
El objeto propio del estudio de la Historia llevada a cabo por
Hurckhardt a lo largo de toda su vida, no fue la construcción filo-
si'ifica de la historia del mundo, ni promover una erudición técnica,
sino el desarrollo del sentido histórico. Porque para el la Historia
iK) fue una ciencia objetiva, referente a hechos neutrales, sino "el
LA CULTURA DEL RENACIMIENTO EN ITALIA XVI PRÓLOGO XVII registro de los hechc^ que una
LA CULTURA
DEL RENACIMIENTO
EN ITALIA
XVI
PRÓLOGO
XVII
registro de los hechc^ que una edad encuentra notables en otra".
Como registro que es, depende de recuerdos, y cada generación, pbrl^
un nuevo esfuerzo de interpretación y encaje, tiene que recordar
una y otra vez su propio pasado; a menos que desee olvidarlo y
perder así el sentido de lo histórico y la sustancia de su propio"'
existir. Tal interpretación implica selección, énfasis y evaluación. N o
consiste en concepciones subjetivas, sino que es creativa, con refe-
rencia a la inteligencia de la historia y también a los hechos histó-
ricos; porque únicamente mediante una interpretación selectiva y es-
timativa podemos determinar lo que son los hechos relevantes y sig-
nificativos. Muy lejos de ser neutral y, consecuentemente, incapaz de ;
juicio, fue Burckhardt et historiador más conscientemente selectivo y
crítico del siglo xix. Mas nunca pretendió ser filósofo.
La filosofía de la Historia es, para él, una "contradictio in ter-
minis", en cuanto que la Historia coordina observaciones, mientras
que la filosofía las subordina a un principio. D e igual modo desecha
también una teología de la Historia. "El mejoramiento ofrecido por
pio discemible en las Reflexiones sobre la Historia, la única fibra sutil
(|m- íigrupa sus observaciones, desde el momento en que ha descartado
liis irilerpretacíones sistemáticas de la filosofía y de la teología. L a en-
Irtii significación de la Historia depende, para Burckhardt, de la con-
llmiidad, como común medida de las evaluaciones históricas par-
lie iilares.
Esta continuidad no señala únicamente la importancia de la du-
riición formal, sino también la necesidad de la conservación. Su va-
lor estriba en la continuidad consciente de la Historia como una
liniÜción, y la tradición histórica tiene que ser continuada y defen-
tlitla contra el deseo revolucionario de una permanente revisión. La
CK|icriencia básica de Burckhardt consistió en que, desde la Revolu-
lii'in francesa, Europa había vivido en un estado de tradición que se
desintegraba rápidamente; y el temor de una amenazante ruptura con
todo aquello que es de más valor en la tradición europea, fue el te-
lón de fondo de su comprensión de la misión histórica. El motivo
personal de su estudio de la Historia y de su adhesión tenaz, casi
desesperada, a la continuidad, fue una reacción apasionada contra la
la religión se encuentra
más allá de nuestro alcance". L a solución
Iciidencia revolucionaria de su tiempo. A l defender la misión de
la
reUgiosa de la inteligencia de la Historia pertenece, dice él, a una
facultad especial del hombre, a la fe, que Burckhardt no pretende
poseer.
Se refiere a Hegel y a San Agustín como a los dos titanes que
han efectuado los intentos más notables en pro de una explicación
sistemática de la Historia a través de un principio: por Dios o por el
Espíritu absoluto, cada uno de ellos llevando a cabo su objeto en la
Historia. Contra la Teodicea de Hegel, insiste nuestro autor en que
la racionalidad de la Historia se halla más allá de nuestra percep-
ción, ya que no somos nosotros copartícipes del objeto de la eterna
sabiduría. Y contra la interpretación religiosa de San Agustín afirma:
conciencia histórica, trataba, por lo menos, de retardar la inminente
disolución, manteniendo su credo histórico contra el movimiento ra-
dical, en el cual habían tomado parte activa algunos de sus más
ínlimos amigos.
Para él, la continuidad de la conciencia histórica tiene un carác-
lir casi sagrado: constituye su última religión. Solamente por lo que
luca a aquellos acontecimientos
que han establecido una continuidad
de
la tradición
occidental,
retiene
Burckhardt un
elemento
de inter-
pretación teológica,
ya que no providencial.
WERNER
KAEGI.
"para nosotros -es indiferente". Ambas trascienden nuestra posible sa-
biduría, puramente humana. El único punto accesible para él es el
centro permanente de la Historia: "el hombre como es, como fue y
como será siempre", luchando, actuando, sufriendo. El resultado in-
evitable de la negativa de Burckhardt a ocuparse de los fines últimos
es su resignación complementaria referente al significado último. Se
pregunta: "¿Hasta qué punto deriva esto en el escepticismo?" Su
respuesta es que el verdadero escepticismo tiene ciertamente su lugar
en un mundo en el cual comienzo y fin son desconocidos, hallándose
el medio en constante movimiento.
Y ,
sin embargo, existe alguna
especie
de permanencia en el
curso
mismo de la Historia, a saber, su continuidad. Este es el único princi-

LA CULTURA RENACIMIENTO

DEL

EN

ITALIA

IT.

PRIMER A

ESTAD O

COM O

PART E

OBR A

DE

ART E

I.

INTRODUCCIÓN

l'Nii.- estudio lleva el título de u n

(iiciü ensayo, de u n simple esbozo,

ijn el verdader o sentido de l vocablo , V el autor se da Derfceta cuenta de liabcrse lanzado a una tarea arries- >tiula con medios excesivamente li- inilados. Pero aún e n el caso de

Huc pudiera confiar con hmismo e n la eficacia

vestigación, no estaría mucho más «cfíum de la aprobación de los doc- liiíi. Los contornos espirituales de Lina época cultural dan acaso en ciida visión individual una imagen

distinta, y, tratándose de un a civi- liziición que, como madre inmediata

lie la nuestra, hace aún stntir su

infUiiü, interfieren a cada momcn-

lo los juicios y sentimientos subje-

livos tanto en el autor como en el lector. E n el vasto mar a que nos lanzamos, son múltiples las rutas y liis direcciones y las posibilidades; lus elementos de investigación pre- liminar que han servido de base al [iresente trabaio, en manos de otro hubieran podido fácilmente n o sólo riaborarse y tratarse de modo dis- tinto, sino producir resultadois esen- rialmcnte distintos también. El tema in sí tiene importancia suficiente [iiira hacer deseables ulteriores y

múltiples elaboraciones y requerir

la colaboración v la opinión de in- vestigadores del más diverso crite- lio. Pero démonos entre tanto por ^atisfeohíM con que se nos preste una paciente atención y se com- prenda la unidad de este libro. La mayar dificultad de la Historia de

lii Cultura reside en el hecho de

L|ue una gran continuidad espiritual IKI de dividirse en categorías singu-

mayor op - de la in-

lares, a menudo arbitrarios, para lle- gar, sea com o fuere, a exponer algo del tema. Algún día pensamos reme- diar la mayor laguna de la presente obra con un estudio especial sobre el ''arte del Renacimiento"; sólo en medida muy modesta ha podido cum- plirse este propósito.^

La lucha entre los" papas y los Hohenstaufen dejó, al fin, a Itaha

en una situación política que la di- ferenciaba del resto deil Occidente en las cosas más esenciales. Si el sistema feudal en Francia, España e Inglaterra era de tal índole que,

al agotar su vida, tenía que desem-

bocar necesariamente en el Estado monárquico unitario y si en Alema- nia contribuyó por lo menos exte- riormente a mantener la unidad del Imperio puede decirse que Italia se

sustrajo a su influjo, casi por com- pleto. Los emperadores del siglo

.fueron ya^ en e l _mcior d e

los casos, reQÍMdos. y_ considerados como- -señores feudales, sino, como posibles cabezas visibles, como po- sible reFiierzq_ de poderes ya exis- tentes. Ter o el Papado, con sus

XIV no.

1 La Historia de la Arquitectura y

Decoración del Renacimiento italiano

de Burckhardt fue publicado por vez

primera en 1867. Sus Notas sobre la Escultura del Renacimiento aparecie-

ron en 1934, como parte del volumen

XII I de sus obras completas. De su

proyectada Historia de la Pintura del Renacimiento sólo se acabaron tres capítulos, publicados como ensayos en 1898, un año después de la muerte del autor.

/ JAC^^BURCKHARDt^- LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA creaciones y sus Duntos d e
/
JAC^^BURCKHARDt^-
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
E N
ITALIA
creaciones y sus Duntos d e apoyo,
tenía precisamente la fuerza nece-
saria para impedir toda futura uni-
se sentó en un trono. Añádase que
estaba familiarizado con las auto-
ridades de los Estados sarracenos
dad sin ser él mismo capaz, por su
parte de crear una.''' Entre ambos
existían multitud de fonnas políti-
cas —ciudades y déspotas— que
ya existían o surgieron, cuya exis-
tencia dependía de su propia capa-
cidad para mantenerla.^ En ellas
aparece el moderno espíritu europeo
del Estado, entregándose por vez
primera libremente a sus propios
impulsos, revelando con excesiva
frecuencia ese desenfrenado egoísmo
que hace escarnio de todo derecho
y conocía sus métodos administra-
tivos, y téngase en cuenta la expe-
riencia de aquella lucha de vida o
muerte con los papas, que obligaba
a ambos partidos a poner a contri-
y ahoga en germen toda sana for-
mación. Ahora bien, donde esla
tendencia queda superada o equi-
librada de algún modo, surge algo
nuevo y vivo en la historia: el Es-
tado como creación calculada y
consciente, como obra de arte. Tan-
to en las repúblicas urbanas como
en las tiranías, vemos expresada por
modo múltiple esta modalidad que
condiciona igualmente su forma in-
terna y su política exterior. Nos re-
duciremos a considerar su tipo más
claro y definido en los Estados de
régimen tiránico.
La situación interna de los terri-
torios gobernados por monarcas des-
póticos tuvo un famoso modelo en
el Tmiperio Normando de la Bala
Italia y Sicilia, tal como Federico II ,
lo organizara.'^ Había crecido este
monarca en medio de la traición y
el peligro, alerta siempre ante la
vecindad amenazadora de los sarra-
cenos, no tardó en habituarse a juz-
gar y tratar las cosas de un modo
totalmente objetivo. Fue, en reali-
dad, ©I primer hombre moderno que
bución todas las fuerzas y todos los
recursos imaginables. Sus decretos
(a partir de 1231 especialmente),
tendían a la completa destrucción
del- Estado feudal y a la transfor-
macióa. del pueblo en una masa
inerme y abúlica, con una extrema-
da capacidad de tributación. Centra-
lizó d poder ¡urídico y.la adminis-
tración en forma basta entonces des-
liiqiii sieÍQn_j¿Qntra_ la _ herejía, - q ue
lia de parecemo s más censurable si
consideramos que.enJ.QS_heieies.,per-
.Hcguía a los representantes .del libre
espíritu ciudadano. Constituían el
cuerpo de policía en el interior y
el número principal del eiército en
u[ exterior aquellos sarracenos pro-
cedentes de Sicilia, establecidos en
I -ucera y Nocera, sordos a todo
lamento e indiferentes a la cxco-
ivjunión eclesiástica. Los vasallos,
perdido el hábito de las armas, per-
mitieron más adelante, sin voluntad
propia, a la ligera, la caída de Man-
íredo y el advenimiento del Aniou,
y la nueva dinastía siguió haciendo
uso del mismo mecanismo de- go-
bierno que heredaba.
lunío a la figura centralizadora
del monarca aparece un usurpador
del más peculiar estilo: su vicario
yerno Ezzelino da RomanO'. N o
resenta un sistema de gobierno
f administración, pues su actividad
redujo a meras luchas por el
en la Alta Italia Oriental,
como modelo político no ten-
luego menos importancia que
imperial protector. Hasta enton-
!S, en la Edad Media, toda con-
ista y usurpación se fundaba en
; herencia real o suuuesta v en
derechos, o bien se llevaban
o en nombre de la causa con-
hfieles y excomulgados. Por pri-
ra vez se intenta aquí fundar un
recurriendo al asesinato en
íñasa y a un sinfín de atrocidades.
es decir, apelando a todos los me-
dios teniendo únicamente en cuenta
el ob¡etivo que se persigue. Nadie,
después, ifiualó ,a .Ezzelino en K
magnitud de sus crímenes, ni siquie-
ra César Borgia; pero se había dado
el ejemplo, y la caída de Ezzelino
no supuso para los pueblos el res-
tablecimiento de la ¡usticia ni sirvió
de advertencia para posteriores de-
lincuentes.
En vano fue que Por aquel en-
tonces santo X^ás.^d e Aquino, va-
sallo natural de Federico, establecía
la teoría de un régíínen constitu-
^r;^n"5r---p]] "^AitnTgf t
irnaginaha
al
prínc-i'Tje apoyado en un Senado
nombrado por él mismo y en una
representación elegida por el pue-
blo. Estas ideas se desvanecieron en
el ámbit o reducid o d e Jas aulas, y
Federico y Ezzelino fueron y se man-
tuvieron, para Italia, las más gran-
des figuras políticas del siglo xni.
Sus imágenes refíejadas con gran-
deza fabulosa, constituyen el prin-
cipal contenido de las Cento Novelle
Antiche, cuya redacción originaria
procede aún, seguramente, de aque-
lla centuria.-'* A Ezzelino se le des-
cribe aquí ya con ese sentimiento
de humilde veneración en que sue-
le expresarse toda impresión des-
mesurada, A su persona se vincula
toda una hteralura, desde la cróni-
ca de los que presenciaron los he-
chos con sus propios ojos hasta la
tragedia semimitalógica*.
lí.
TIRANÍAS
DEL SIGLO XI V
'2 Maqulavelo, Discorsi, libro I , ca-
pítulo 12.
,CG«ioeida ,en-OccideníeL. Ningún fun-
cionario debía ser nombrado por
elección popular, so pena de aso-
lación del lugar o ciudad culpables
de semciante fechoría v degradación
de los ciudadanos, que eran redu-
cidos a servidumbre. La tributación,
basada en una vasta y prolija orga-
nización catastral, adoptó el estilo
de la rutina mahometana recurrién-
dose a los métodos de tortura y
crueldad, sin el cual a los orienta-
les no es posible sacarles una mo-
neda. Eli^pueblo dejó de existir como
tal y sólo quedó una masa inerte
de vasallos, a quienes, por ejemplo,
les estaba prohibido casarse o es-
tudiar en el extraniero. La Univer-
sidad de Ñápeles fue la primera
institución conocida, de este Upo.
que restringió Ja libertad de los es-
tudios, mientras el Oriente, en este
aspecto por lo menos, deiaba a la
gente en completa libertad. Típica-
mente mahometano era, sin embar-
go, el estilo de comercio que Fede-
rico practicaba en el Mediterráneo,
reservándose muchos géneros y di-
ficultando el comercio de sus vasa-
3 Los gobernantes y su partido cons-
tituían, en
conjunto, "l o stato", y es-
llos. Loa califas fatimitas, con sus
encubiertas tendencias heterodoxas,
te nombre adquiriría, con el tiemoo,
el significado de la existencia colec-
tiva de un territorio.
* Hófler, Kaiser Friedrích 11, pág.
39 y sigs. E. Kantorowicz, Kaiser Frie-
drich ¡í, Berlín, 1927.
fueron, cuando menos al principio,
tolerantes con sus vasallos en ma-
teria religiosa. En cambio, Federico
establece, como corona y remate de
su sistema de gobierno, un tipo de
i grandes y pequeñas tiranías
*1 siglo xiv se nos revela con har-
frecuencia que las impresiones de
índole no suelen perderse. Sus
Irímenes claman al cielo y la his-
titriti los registra en detalle. Pero
i'ti 'ndiidable que, como Estados es-
(ijbtecidí^. por completo sobre base
pi'opia y organizados en tal sentido.
el estudio
de ellos resulta del más
alto
interés.
El consciente cálculo de apelar a
B Cento
Novelle
Antiche,
1,
6, 20,
21
22, 23,
29, 30, 45,
56,
83,
88
y
98.
Ed. de
1525.
•5 Scardeonius,
De urbis Patav. an-
íiquitate,
en
el Thesaurus de ] . C.
Graevius,
V L
.3, pág.
259.
JACOB BURCKHARDT LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA todos los medios —de lo cual
JACOB
BURCKHARDT
LA
CULTURA DEL RENACIMIENTO
E N ITALIA
todos los medios —de lo cual nin- f "distinta era la actitud del déspota^
|ii liicipe hA--de-.--i;UÍdar _de tpdo:
distribución de los bienes; ocurría
gún príncipe fuera de Italia tenía-
la menor idea— en maridaje con .
un poder oasi absoluto dentro de
los propios límites del Estado, dio
italiano, el cual, guiado por un-scn*
íido de lo monumental y grandioso,
ávido de gloria, solamente utiliza el
talento como a,tal. Rodeado de_sa-
así que en horas de inseguridad y
peligro un primo o un tío decididos
echaban a un lado al heredero inep-
to
o menor de edad, en interés de
lugar a formas de vida y a tipos , -hios y;poetas, siente qué pisa nueyá'
humanos pcculiarísimosj íj-^secreto
principal en que basaban su domi-
nación residía, para los tiranos raás
prudentes, en el hecho de dejar la
; tributación tal como la habían en-
Tcontrado o como la habían estable-
' cido al principio: un impuesto bá-
sico, calculado por estimación ca-
tastral; determinados impuestos de
consumos v aranceles aduaneros de
importación y exportación, a lo cual
añadíanse los ingresos de la fortu-
na privada de la Casa reinante. El
único aumento posible dependía del
acrecentamiento del bienestar gene-
tierra, y llega a creerse casi en po-
sesión de una nueva legitimidad.
MundiaLtlÉnpmbre alcanzó en este
aspecto^ el déspota" dé Verona, Can
la propia Casa reinante. También
sobre la exclusión o reconocimien-
to de los bastardos había constan-
Grande dclla Scala, auc_llegó .a reLl-
l ^Jod^ _ una_JiaUa. jle--desterrados
ilustres en su Corte. Los poetas
guardaron gratitud a estos grandes]
señores. Petrarca, cuya visita a ta-;
les Cortes encontró tan severos de-;
tractores, nos ha deiado el retrato •
de la figura ideal de un príncipe
del siglo xiv,'^ Muchas y muy gran-,
des cosas pide de él —se trata del^
señor de Padua—, pero lo hace \
(•oiistruÍ¿-y„-.conscryar. templos y
wiificios de utilidad pública, man-
lencr el orden en la calle,!^ desecar
pantanos, vigilar el cultivo de la
vid, y del trigo, preocuparse del equi-
(iiiivo reparto de los impuestos, dar
su auxilio a enfermos y desampa-
I-¡KIÜS , proteger a sabios ilustres y
l'rccuentar su trato a cambio de lo
cual éstos Se encargarían de irans-
niitir a la posteridad la fama de
MIS hechos.
A pesar de los aspectos favora-
lilcs en general, y de los méritos in-
dividuales de algunos de estos tira-
nos, ya en el siglo xiv se sentía
tes disputas. Y así ocurría que mu-
chas de estas familias eran atacada?
por parienies descontentos y sedien-
tos
de venganza. N o era raro auc
semejantes situaciones hallasen sa-
lida en la Iraic'ón o en el ases:-'
nato en masa de familias enteras.
Oíít??Ttvfam en e l exterior íom o fu-
gitivos, y n o faltaba quien, en" tran-
lii inconsistencia, la falta d e garan -
lííi s verdaderas de estos regímenes.
ral, de la iníensifioación del tráfico
mercantil. N o se recurría aquí a
empréstitos, como solía hacerse en
las ciudades; se prefería recurrir,
de vez en cuando, a un goloe de
mano bien calculado v meditado,
siempre que no pusiera en peligro
la estabilidad de la situación: por
ejemplo, cuando se destituyó y se
desposeyó de sus bienes —en el es-
tilo típico de los sultanes— a los
altos funcionarios de la Hacienda.^
Se procuraba que estos recursos
alcanzasen para los gastos de la '
pequeña Corte, de la Ruardia per-
sonal del monarca, de la hueste
mercenaria y de las obras públicas,
en un ton o com o sí
ile creyera ca-:
(\mm por motivos de índole inter-
na las constituciones políticas de
osíe tipo son tanto raás duraderas
paz
de hacerlo. L e dice quñ no debe^
ser señor de los ciudadanos, sino|
padre de la patria, y que debe amar-.|
los comoi si fueran sus propios hi-|
jos; aún más, como si fueranl
miembros de su propio cuerpo. Quel
puede revolverse contra el enemigol
con sus armas, sus guardias y sus ;
mercenarios, pero que sólo la be-,|
nevolencia cabe emplear con sus|
ces tales considerando objetivamente
su situación, tomaba las cosas con
paciencia, como, por ciemplo, aquel
Visconti que se dedicó a tender las
redes en el lago de Garda.^^ El
mensajero de su adversario le pre-
guntó, sin ambages, cuándo pensa-
ba volver a Milán a lo cual él le
contestó: "N o antes que las infa-
mias del otro hayan rebasado la
medida de mis propios crímenes".
En algunas ocasiones la parentela
del príncipe reinante le sacrifica en
aras de la moral pública, ultrajada
en exceso, para salvar así la dinas-
ciudadanos. Claro que sólo
CQU J
L'Uíinto más vasto es el territorio, ia s
>íi'andes'"t'tfaTTfas—tendían—siempre _ a
devorar a las pequeñas, i Qué he-
catombe de néqueños' tiranos fue
sacrificada sólo por los Visconti en
esta época! Ahora bien, a este pe-
ligro exterior respondía de modo
cierto, casi siempre, una efervescen-
cia interior, que al provocar deter-
minadas reacciones on el ánimo del
monarca, tales situaciones engendra-
han, por lo general, efectos en gra-
do sumo perniciosos. Por una parte,
tía.'-^' En determinados
casos, .e4,p ^
aquellos que aman lo presente y es-j
tablecido, pues el que piensa en i
cambios constantes es un rebelde y\
un enemigo del Estado y con él de-]
be emplearse todo el rigor de la;
der es asunto de la totalidad de la
familia, hasta tal extremo, que el
la falsa omnipotencia, la tentación
y para pagar a los bufones y a la
gente de talento que figuraban en
el séquito del príncipe. La.ilegiti-
midad, rodeada de peligros constan-
tes aislaba al monarca: su más hon-
rosa alianza era la que concertaba
con espíritus altamente dotados, sin
tener en cuenta su origen. La libe-
ralidad usada por los príncipes nór-
justicia. Expone luego en detalle la¡
ficción —auténticamente moderna-
de la omnipotencia del Estado. El
de los placeres y toda suerte de
rjíoísmos, y por otra, la amenaza de
enemigos y conspiradores, le con-
vertían, casi ineludiblemente en un
vctdadero tirano en la peor acep-
i'ión de la palabra, iSi pudiera con-
liarse por l o menos, en la fidelidad
(le los consanguíneos! Pero donde
lodo era ilegítimo no podía consti-
uiirse un firme derecho hereditario,
ni en lo referente a la sucesión en
el poder ni en lo que atañe a la
jefe de ella viene vinculado al con-
sejo de famiha; también aquí el re-
parto de bienes e influencia daba
lugar a las más violentas disensio-
nes.
En los autores florentinos contem-
poráneos Se observa un insistente y
profundo odio contra semejante es-
itado de cosas. La misma pompa in-
s?^ente. Ja magnificencia de que
hacían alarde los tiranos en su in-
dumentaria —acaso menos po r sa-
dicos del siglo XIII se limitaba a
los caballeros, a la servidumbre y
Petrarca, De república optime ud-\
m'mistranda, ad Franc. Carraram (Ope-:.
ra. pág 372).
10 Cien años después se hará de la
princesa madre de la patria. Ver Hic-|
ronymus Crivelli. Oración fúnebre de]
Bianca María Visconíi (Muratori,
a los cantores de noble origen. Muy
Scriptores rerum Italicarum, XXV, co-'
lumna 429), Véase una traducción sar-
cástica de esto en el caso de la her-
1^ Petrarca, Rerum memorándum, lí-
ber III , pág, 460. Se alude a Mateo
I
A
propósito de esto se Ic ruega
Visconti
y
a
Guido della Torre,
que
,Jj Sismondi, Histoire des répubUques
i|ii c prohiba la circulación de los cer-
reinaba
entonces en Milán.
mana del papa
Sixto IV , a la que se
itaiiennes. IV , pág. 420; VIII, página
Jos por las calles de Padua. pues ade-
la Matteo Villani,
V .
81: El
asesi^
1
y sigs.
'8 Franco Sacchetti, Novelle, 61 y 62,
llama maíer ecclesiae. Jac. Volaterra-
nus (Muratori, XXIII , columna 1091
de
ser un
espectáculo poco grato
iiíá ü
naio
secreto de
Matteo
II
Visconíi
.1 !a vista se asustan los caballos.
(Maffiolo)
por sus hermanos.
[ACOB BURCKHARDT LA CULTURA DEL RENACIMIENTO CN ITALfA tisfacer su vanidad que por impre- sionar
[ACOB
BURCKHARDT
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
CN
ITALfA
tisfacer su vanidad que por impre-
sionar la fantasía del pueblo— ex-
ran su caída. "Del mismo modo que
los tiranos surgen, crecen y se afian-
zan, crece en su intimidad, oculta,
pi íncipe, la caza del jabalí;
a quien
cia principesca de la Europa de en-
^
;iirev e a lesiona r ta i privilegio ,
tonces. A ella trasladó su famosa
cita tod o su sarcasmo. ¡ Y ay
del
•1-
le d a muert e entr e tormentos . E i
advenedizo que caía e n sus manos,
la sustancia que ha de traerles la
1 iii-hlo que vive temblando, tiene
como aquel Dogo recién salido del
[M>
:tlimentar
los cinco mil perros
biblioteca y la gran colección de re-
liquias de santos, en la cual había
puesto una fe especial. Extraño fue-
homo, A£nellíj^.áe
Pisa
(1364), que
ruina y la confusión".i^ Pero falta
explicar el principal motivo de opo-
I
li s jaurías,
bajo las
más graves
solía cabalgar con el áureo cetro en
la diestra, se mostraba al pueblo
desde el balcón de s u regio palacio
"com o se exDone n las reliquias", re-
clinado sobre tapices y almohadones
de brocado y se hacía servir de ro-
dillas como a un papa o a un em-
perador! 1^ Pero no es raro que es-
tos fioientinüs hablen con noble
gravedad. Dante ve, reconoce y
defino insuperablemente lo innoble
y lo vulgar en la avidez de rique-
sición. Florencia - aparecía entonces
en la plenitud de un opulento de-
sarrollo de individualidades, mien-
tras los "tiranos no reconocían ni
toleraban otra individualidad que la
suya propia v la de sus servidores
más inmediatos. El control sobre
las personas estaba ya organizado y
ii-ponsabilidades en lo que atañe al
iMi-iiestar de éstos. Los impuestos
•>>ri elevados y para cobrjirl^. s5"re-
' i'iie a todo medio imaginable-de
viiiicncia ; hace dotar a siete hijas
• nii 100,000 florines de oro para ca-
ra que un príncipe con tan peculiar
sentido de las cosas no hubiera as-
pirado en lo político a las más altas
coronas. El rey Wcnzci Ic hizo du-
que (1395). Pero él no aspiraba a
menos que a coronarse rey de Ita-
II un a y
acumula
un
inmenso
te-
"i-o. Con
motivo
de
la
muerte
de
se había establecido, incluso, el pro-
cedimiento del salvoconducto.'"
•II esposa (1384) publicó una no-
iiiicación "a los vasallos, segiín la
ui;d éstos habrían de llevar luto du-
lariic un año" pues ya que habían
zas y de poder
de lo s nuevos prín-
cipes. "¿Qué suena en nuestras
trompetas, en nuestros cascabeles y
nuestros cuernos y flautas sino:
• nmpartido con él las alegrías, ¡us-
Ui er a que compartiesen los duelos
liiinbién. Incomparablemente carac-
¡Llegaos a nosotros! ¡vosotros ver-
dugos! ¡vosotros aves de prosa!?"
lado en
El misterio v el alejamiento de
Dios de tales existencias cobró nue-
vo y peculiar matiz en la imagi-
nación de los contemporáneos en
virtud de la notoria superstición as-
trológica y la incredulidad de algu-
nos tiranos. Cuando el último Ca-
rraña no podía defender ya los
muros y puercas de su Padua
(1405), sitiada por los venecianos
ii lístico es el
Hiic le redujo
golpe de mano con
su sobrino Gianga-
Se describ e el castillo del tirano ais-
una altura, llen o de cala-
k'.izzo (1385), una de esas cons-
t)¡r:iciones realizadas co n éxito que
.•(iL -incce n alín a historiadores de
bozos y de tubos para escuchar,'^"
sede de todo lo bajo y ruín. Vati-
cinan otros iodo género de desdi-
chas a lo s que entran al servicio de
los tiranos y al fin compadecen
al tirano mismo, que ha de ser ne-
cesariamente enemigo de tod o lo
bueno, que de nadie puede fiarse y
ha de leer en el rostro d e sus va-
sallos l a impaciencia con que espe-
y asolada por la peste, su guardia
' ]Mca posterior.-^
_^
personal le oía por la noche invo-
car al diablo y pedirle que le ma-
li\ autéHttaT"SenTído de lo gran-
dioso en el tirano adquiere en
tara.
CÜiingalcazzo un prodigioso relieve,
tiastó má s de 300,000 florines en
la construcción, no terminada, de
De JaSL-tkanías del siglo xiv , el caso
de los Visconti de Milán —a par-
tir de la muerte del arzobispo Gio-
vannl (1354)— constituve indiscu-
tiblemente el ejemplo más completo
ííi^antcscos dique s para
desviar, a
lia^' o a ceñir la corona imperial,
cuando.enfermé-^ murió (1402). Se
eslima que obtenía anualmente de
sus Estados, en conjunto, además d e
1.200,000 florines de oro a que as-
cendían los impuestos ordinarios,
800,000 florines más en subsidios
extraordinarios. El reino que había
logrado formar recurriendo a todo
géHÉtodc violencias quedó deshe-
cho a su muerte v apenas pudieron
conservai-se, de momento, las par-
tes más antiguas. Imposible es ima-
ginar lo que hubieran sido sus hijos
Gifiy ^ María ( í 1412) y Filippo
Marí a ( t 1447) ' "sT hubiera n vivid o
en otro país sin saber nada de su
solar ni de su estirpe. Pero como
vastagos de tal linaje heredaron tam-
bién el espantoso caudal de cruel-
dad v cobardía que en aquél se ha-
bía ido acumulando de generación
en generación.
e instructivo. En Bernabó se mani-
14 Filippo Villani, ístorie, XI , 101.
También Petrarca encuentra que los
tiranos se adornan "como aliares en
días de fiesta". El cortejo triunfal a
la antigua de Caütracanc en Luca lo
encontramos circunstancialraente des-
crito por Tegrimo, en su vida, en Mu-
ratori, XI . co!. 1.340.
fiesta pronto, de la más inequívoca
manera un aire inconfundible de fa-
milia con los más terribles empe-
radores romanos.^ El más impor
tante asunto del Estado, es para eí
voluntad, el Mincio de Mantua y
( I lircnt a de Padua y dejar así iner-
mes a esta s ciudades; -- hasta es
lícit o suponer que pensara en la
desecación de las lagunas de Vene-
tia. Fundó_l'e]_jnás maravilloso de
it)dos los monasterios'',^ la cartuja
tic Pavía, V el Duomo de
Mitán,
Giovan María se hace también
famoso por sus perros. Pero no son
ya perros de caza, sino animales
amaestrados especialmente para des-
pedazar seres humanos, y cuyos
nombres nos han sido transmitidos.
24 Corio, fol. 286, y Poggio, Hist.
18 Matteo Villani, VI , 1.
floreitt.,
en
Muratori. XX , columna
18 La oficina de
pasaportes
de Pa
i!5 De vulgari eloquencia, I, cap. 12,
dua es llamada "quelli delle buUette'
qu "
i non heroico more, sed plebeo
"que supera en suntuosidad y gran-
ilczii a todos los templos de ía Cris-
liandad . Tal vez el palacio de Pavía
• -•mpezado por su padre Galeazzo
\ concluido por él— fuera, con
Mincho , la más espléndida residen-
a mediados del siglo xi v por Franco
scquüntur superbiam", etc.
1" Cierto que sólo en los escritos
del siglo XV, pero sobre la base de im-
Sacchetti, Novelle, 117. En los último
diez años de Federico 11, en que se
llegaba al extremo rigor en el dominio
personal, el método de pasaportes de-
bía de estar ya muy desarrollado.
290. De la aspiración al Imperio habla
Cagnola (íbid.) y a lo mismo alude el
soneto de Trucchi en Poesie ilaUane
medite, II , pág. 118:
Como,
por ejemplo,
viü,
Virí
¡Ilustres, Vida
a Paulo Jo-
de Gianga-
presiones de época anterior seguramen-
te: Leone Batista Alberti, De re aedif.,
V, 3; Francesco di Gíorgio. Trattato;
Stan le cittá lombarde con le chiavi
IfíIZZO.
In man per darle a voi
etc.
"
Corio, foís. 272
y 285.
en
Della Valle, Letlere sanesi, III , 121.
M Corio, Síoria di Milano, fol . 247
Cagnoía
en Archivio
Siorico, 11
,
Roma vi chiama. Cesar mÍo novello
lo sonó ignuda, e l'anima pur vive:
l>aü.
23.
17 Franco
Sacchetti. Novelíe, 61.
y sigs.
Or mi copriie col voslro maníello
LA CULTUR A 0E L RENACIMIENT O E N ITALIA JACOB BURCKHARD T como los
LA
CULTUR A
0E L
RENACIMIENT O
E N
ITALIA
JACOB
BURCKHARD T
como los nombres de los _osos del ]
emperador Valentiniano I.^^ Cuan- ]
do, en mayo de
1409, prolongando- ¡
mismo día, Facino, antes de morir
pudo aún reunir a sus oficiales y
hacerlos jurar que defenderían la
causa del heredero Filippo María,
se la guerra, el pueblo hambriento í
le gritó en la calle "¡Pace! Pace!",
hizo cargar a sus mercenarios, que
mataron a más de doscientos infe-
lices. Mandó después prohibir, baio
pena de horca, pronunciar las pa-
labras paz y guerra, y a los mismos
sacerdotes se les hizo saber que, en
vez de "dona nobis paeem", en ade-
lante deberían decir "tranquillita-
tem". Por fin, algunos conjurados,
aprovechando el momento en que
el gran condottiere del Duque de-
mente Facino Canc se hallaba mor-
talmeníc enfermo en Pavía, dieron
muerte a Giovan junto a la iglesia
de San Gotardo en Milán. Pero el
y
llegó hasta a proponer qu^ se
italianos un verdadero enigma.
¿UÍ20S . son simples rústicos,
,e. se les matara, a todos no
t'umpensarían con su muerte la de
los magnates borgoñones que pu-
dieran perecer en la empresa. Auu-
i tie pudiera el Duque apoderarse
dio. N i aprobaciones ni investiduras
imperiales cambian este estado de
cosas, pues el pueblo no da impor-
tancia ninguna al hecho de que sus
monarcas se compren en lejanas tie-
rras un pedazo de pergamino o se
le
casara con su propia esposa-cuan-
do él, Facino, hubiese fallecido, lo
que fue cumplido sin tardanza. Era
ella Beatrice di Tenda. De Filippo
María tendremos aún ocasión de
hablar.
Y en tales tiempos Cola d¡ Rien-
zi se atreve a basar una soberanía
nueva sobre Italia en el efímero en-
tusiasmo de la población romana
reunida en asamblea, /unto a dés-
potas como los anteriores hay que
considerarle, no obstante, como un
pobre insensato, condenado al fra-
caso desde el primer instante.
ge Suiza, sin lucha, no aumenta-
iffa con ello sus ingresos anuales en
cinco rail ducados, etcétera."'^'^ Para
lo que había de medievaíl en Carlos
('/ Temerario, para sus fantasías o
Ideales caballerescos, hacía mucho
(lempo que no había comprensión
en Italia. Y cuando abofeteaba a
lo hagan ceder por un viajero de
tierras extrañas.-'''^ Si los emperado-
res hubieran servido para algo no
habrían permitido que se entroni-
zaran los déspotas
Así pensaba,
los
jefes subalternos v sin embar-
co ios mantenía a su lado, cuando
maltrataba a sus tropas com o cas-
tigo por una derrota y censuraba
luego a sus propios conseieros de-
lante de los soldados
entonces los
III. TIRANÍAS
DEL SIGLO
X V
En eUsiglo~xv-Ja
tiranía ha- muda-
do de carácter. Muchos de los pe-
queños tiranos, al igual que algunos
proporcionarles algún dinero, les
asegura impunidad para sus fecho-
rías, y también algunas veces oca-
sión de ensanchar sus dominios. En -
conjunto puede decirse que tanto
grandes como pequeños han de pro- -
illplomótieos del Sur se veían for-
zados a tenerle por perdido irremi-
slblemente. Por su parte, Luis XI ,
que en política supera a los italia-
nos en su propio estilo v se pro-
clama admirador de Francesco Sfor-
, en el terreno de la cultura se
•ela, por su naturaleza vulgar,
muy distinto de aquellos príncipes.
de los
grandes,
com o los _ScaJa
y
los Carrara, han desaparecido. Los
más poderosos han mejorado de po-
sición y en lo íntimo revelan un
desaiTollo más característico. En.
Ñapóles, con la nueva dinastía ara-
gonesa, se advierte una orientación
más firme. Y es muy elocuente en
este siglo la tendencia de los con-,
dottieri a un dominio independien-
con lógica elemental, el hombre de
la calle. Desde la expedición de Car-
los I V habían sancionado los em-
peradores el régimen de tiranía que,
sin su intervención, había surgido
en Italia, aunque no fueron capaces
de garantizarlo con nada más Que
con documentos. Toda la conducta
de Carlos en Italia constituye ima
de las más ignominiosas comedias
políticas. Lea quien quiera en Mat-
teo Villani -"'i cómo los Visconti le
acompañan y le dan escolta por sus
dominios hasta que los abandona,
cómo se afana de un lado a otro,
igual que un mercader de feria cn|
feria, buscando colocar su mercade-|
ría (es decir, sus privilegios) a cam-1
bio de buen dinero: cuan lamen-
table es su aparición en Roma v
cómo, finalmente, vuelve a pasar los
Alpes con la bolsa replcta.^^ Por lo
curar ahora obrar con mayor cálcu- \
lo y mayor prudencia, renunciando :
a lias atrocidades excesivas. N o de-
bían, en suma, hacer más daño del
Én los Estados italianos del si-
do XV encontramos lo malo' V " l o
íueno mezclado de modo peculiarí-
0. La personalidad del príncipe
ega a ser algo tan complejo y al-
lómente significativo, algo tan ca-
niLleríslico por lo que a su situación
V ;Í SU misión misma se refiere, que
\ii 'aplicación de cualquier juicio mo-
riil tropieza con las máximas difi-
fiillades.^^
80 Véase Franc Vettori, en Arch.
Stor
pág. 293 v sigs.: La investidura
indispensable nara eonseeruir los fi-
nes que se proponían: hasta tanto
les disculpara la opinión de los no
partícipes. Del tesoro de piedad que
te, incluso la aspiración a la corona; !
por un hombre que vive en Alemania,
y que de emperador romano sólo tiene
el nombre, no puede convertir en ver-
dadero señor a un facineroso.
y ello constituye un nuevo paso en"
enriquecía a los príncipes legítimos
de Occidente no queda aquí ni ras-
SI
M . Villani,
IV , 38.
21, 36, 54.
39,
56. 77.
el sentido de lo real y práctico, de
Í.J
£un¿amento
del poderles y si-
78,
92;
V ,
1,
2,
lo puramente objetivo, así como una
tro. A lü sumo, no les queda otro
prestigio que una especie de aureo-
fué
siendo
ilegítimo,
y diríase
que
Fue un italiano. Fazio degli Ubcr-
alta recompensa, tanto para el ta-
lento como para la falta de escrú-
pulos. Le s tirmiosmás'pequeñoSr pa-
ra afianzar, su aitua_ción, procuran
respaldarse en" la influencia de los
grandes Estados, entrando a su ser-
vidumbre y convirtiéndose en con-
dottieri de éstos, lo que, además de
a sobre
él una
maldición que no
la de gente de grandes ciudades. L o
^Rposible conjurar
por
ningún me-
t¡ (Diíiamondo, libro VI . capítulo 5,
hacia 1360) auien, refiriéndose a Car-
que sigue ayudando a los príncipes
los IV , cree
poder hablar aiín de una
italianos es siempre eí cálculo frío
-•^ Gingins, Dépéches des ambassa-
íirs milanais, ÍI,
páe.
200 (número
Cruzada a los Santos Lugares. F.i pa-
saje es uno de los meiorcs del poema
y el talento. Un carácter como el
de Carlos el Temerario, que se en-
tregaba con ciega pasión a empre-
sas sin ningún fin práctico, era.papa
) pág. 3 (n. 114) y I I 212 (n. 218).
Paulo Jovio, Elogia Iliteraria.
Esta reunión de fuerza y talento
y muy característico, por lo demás. Al
poeta le sale al encuentro, junto al San-
to Sepulcro, un insolente turcomano:
P lo que llama Maquiavelo "virtu" y
Coi piíiii lunglii
e
con
la
ieila
hassa
ntt'la considera ¡ncomoatible con "scel-
OÜre passúi e dUsi: ceco
vrrgogna
I , 10,
\ Paulo (ovio,
Viri
iUustres, sobr^
^5 Corlo,
fol.
301
y
síes.
Véase
Icratczza": ver, Dor ei. Discorsi,
motivo de Sept. Severo.
Del iiristian che"! saracin qtiá lassa!
Giangaleazzo y
Filipo.
Poseía al pastor mi vohi
per
rampogna:
,^mian£L.Marpelinp, ,XXIX^ 3.
10 lACOB BURCKHARD T 11 LA CULTUR A DEL RENACIMIENT O E N ITALIA menos,
10
lACOB
BURCKHARD T
11
LA
CULTUR A
DEL
RENACIMIENT O
E N
ITALIA
menos, Segismundo fue a Italia la
primera vez (1414) con el buen pro-
pósito de convencer a Juan XXII I
para que participase en su Concilio.
Fue por entonces, un día en que
papa y emperador contemplaban el
panorama de la Lombardía desde la
elevada torre de Cremona, cuando
el tirano de 9a ciudad, Gabino Fon-
dolo, que hubo de hospedarlos, sin-
tiera impulsos de arrojarlos desde
no", conde con derecho a nombrar
"dottori", y condes con derecho a
legitimar bastardos, a nombrar no-
tarios, a certificar la honradez de
tada siempre a través d e tantas
revoluciones, y cuáles eran los de-
rechos que el Imperio oretendía te-
ner sobre Genova. Nadie supo con-
notarios do mala reputación, etc,
Ahora bien, por extender los corres-
pondientes documentos exigía su
canciller una "gratitud" que en Fe-
rrara se encontraba demasiado fuer-
te.^° L o que el duque Borso pensaba
ante la forma como su imperial pro-
tector despachaba credenciales y
proveía de títulos a la pequeña Cor-
te, no se nos dice. Los humanistas,
que llevaban entonces la voz can-
tante estaban divididos de acuerdo
con sus intereses. Mientras algunos
celebraban al emperador con el jú-
bilo convencional de los poetas de
testarle sino con el vicio cuento de
que Genova era una "camera impe-
ni". Nadie en Italia sabía responder
con seguridad a semejantes pregun-
tas. Sólo cuando Carlos V unió a
legítima que, a su vez, era hija ile-
gítima de Alfonso I de Ñapóles y
de una africana. Se aceptaba tam-
bién a menudo, a los bastardos, en
caso de minoridad de los hijos le-
gítimos, en momentos en que el pe-
ligro anienázaba por todas parles;
así se establecía una especie de pre-
ferencia basada en la mayor edad
la corona de España la del Impe-
lo
alio
. La segunda vez se presen-
tó Segismundo en traza de aventu-
rero. Más de medio año hubo de
permanecer en Siena como un pre-
so por deudas y sólo con apin-os
pudo llegar a Roma para la coro-
nación. ¿ Y qué hemos de pensar de
Federico lU ? Sus visitas a Italia tu-
vieron el carácter de vacaciones o
viajes de recreo a costa de los que
querían obtener para sus derechos
la imperial garantía, o de los que
se sentían halagados teniendo de
huésped a un emoerador y agasa-
jándole pomposamente. Así ocurrió
con Alfonso de Ñapóles, a quien le
costó la imperial visita 150,000 flo-
rines de oro.^ A su segundo recre-
so de Roma (1496), Federico pasó
todo un día en Ferrara ^"^ expidien-
do despachos (en número de ochen-
ta) sin salir de su habitación. En
ellos nombraba caballeros, condes,
doctores y notarios; condes con dis-
tintos matices, como "conté palati-
hdad significaba aquella águila, res-
rio, pudo imponer con fuerzas es-
pañolas, derechos imperiales. Pero
BS sabido que todo lo que así se
ganó lo ganó España y no el Im-
perio.
Qe_-acu6Fdo' con- la-Üegitimidad
política dejo s dinastas-<Íel siglo xv
y por lo que se refiere al nacimien-
sin tener en cuenta para nada la
legitimidad o ilegitimidad del naci-
miento. Las condiciones para el fin
propuesto, la autoridad del indivi-
duo, y por encima de todo, su ta-
lento tenían aquí más fuerza que
todos los usos y leyes del resto del
Occidente. jEra la época en que los
hijos de los papas fundaban prin-
to ilegítimo, se observa una indife-
ía Roma Imperial, otros, Poggio por
ejemplo,^'* no aciertan a encontrar-
le significado a la coronación, por
que "en tiempos antiguos la corona,
que era de laurel, se ofrecía sólo
rencia que sorprendía en gran ma-
lera a los extranjeros, a un Comines,
if ejemplo. Era algo que se paga-
por decirlo así, con la misma
moneda. Mientras en el Norte —en
cipados! En el siglo xvi, bajo la
influencia extranjera, empezaron a
considerarse con mavor severidad
estas cuestiones. A ello contribuyó
también la Contrarreforma incipien-
te. Para Varchi la sucesión de los
a los emperadores victoriosos".
iii Casa de Borgoña , o en otra— se
Maximiliano^ 1 inicia, iioa nueva
peh'tica im-periaréii Italia, de acuer
do con la general intervención ex-
tranjera. Lo s comienzos —la in-
vestidura de Lodovico el Moro.
excluyendo a su desdidrado sobri-
no—ñ o fijeron de los oue suelen
traer bienandanzas. Según la mo-
derna teoría intervencionista, cuan-
do dos quieren repartirse un país,
puede presentarse un tercero y "co-
laborar". Y así fue como el Impe-
rio pudo exigir su parte. Pero no
podía hablarse va de derecho, ni de
nada por el estilo. Cuando se espe-
raba en Genova a Luis XI I (1502).
hijos legítimos es aleo "exigido por
la razón y la voluntad divinas des-
de la eternidad".-'^ Ei cardenal Ip-
polito Medici fundaba sus derechos
al señorío de Florencia en el he-
cho de ser vastago de un matrimo-
nio casi legal o ser hijo de un noble,
por lo menos, y no de una sirvien-
ta, como el duque Alessandro.^^
También .-entonces empezaron los
casamientos morganáticos por amor,
que por motivos morales y políti-
cos
no hubieran tenido razón de
ser en el siglo xv.
tu
ti
¡tai,
ihe
sri
vicar
di
Cristo
al ver el historiador Senarega có-
Co'
frati
luoi
a
ingraxsar
¡a
corognaT
Similimenle
dissi
a
quel
sofista
Che
sta
in
Bucrnme
a
plantar
vigne
r
ficlii,
mo se hacía desaparecer el águila
imperial de la gran sala del palacio
E
che
nnn
cura
di
si
caro
acquisfo;
Che
faif
perché
non
segui
i
primi
antichi
Ceíari
de'
Rnmam.
e
che
7l0n
segui,
de los dux y cómo se decoraba to-
do con lirios, fue preguntando por
todas partes qué era lo que en re^-
Pico,
sli
Otli
i
Corradi,
i ¡•'ede.rich?
Ahora bien, la suprerna y más
admirada forma de ilegitimidad del
siglo XV es la del condottiere, que,
sea cual fuere su origen, asalta un
principado. En el fondo no fue otra
cosa la conquista de la Baja Italia
por los normandos en el siglo xi.
Pero ahora los proyectos de esta
naturaleza empezaron a mantener
£
chr. pur
tieni
(¡ueslo
imprrin
in
trfg\iif
E
se
non
hai
lo
r.ui>r d'esser
Augusto
Che
nal
rifinli?
o
che
non
ti
dileguií
35 "Haveria voluto scortigare la bii-
destinaban especialmente a los bas-
lordos pensiones, obispados, etc.,
con derechos claramente definidos;
mientras en Portugal una línea bas-
lurda sólo a costa de los mayores
esfuerzos podía mantenerse en el
trono, no había en Italia estirtje
principesca que no tuviera alguna
(iBccndenci a ilegítima en su linaje y
la soportara tranquilamente. Los
liragoneses de Ñapóles pertenecían
i\\ linaje bastardo de la Casa de
Aragón, pues en Aragón mismo he-
redó la corona el hermano de Al-
fonso L El gran Federico de Urbino
no era, probablemente, un Monte-
foltro . Cuando Pío I I fue al Con-
greso de Mantua (1459), salieron a
recibirle en Ferrara sus ocho bas-
tardos de l a Casa de Este.^'s cnlr e
los el propio duque Borso, que
ernaba entonces, v dos hijos ilc-
mos de su hermano (también
^ítimo) y antecesor Leonello. Es-
Último había tenido una esposa
gata."
J
39 Marín Sañudo Vite de' Duchi di
Venezia, Muratori, XXII, col. 1113.
Más
detalladamente
en Vespasia-
ao Poggio.
Hist.
fiorent.
pop
VAs.
•!« Varchi,
Síor. liorent.,
I
Pág. 8.
no Fiorentino, vág. 54, Comp. 150.
Vil .
en Muratori, XX , col. 581.
84 Otario
Ferrarese,
e n
Muratori,
Senarcga,
De
rcb.
Guenuens.,
Enumerados en el Diario ferra-
Muratori, XXVI, col. 203. Comp.
^1 Soriano, Relazione di Roma,
1533, en Tommaso Car., Relazioni, pá-
XXIV.
col. 2í5
y sigs.
Muratori, XXIV, columna 575.
¿ n ,
Comment., nág. 102.
gina 281.
12 JACOB BURCKHARDT LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA 13 ii la península entera
12
JACOB
BURCKHARDT
LA CULTURA DEL RENACIMIENTO
E N ITALIA
13
ii la península entera en constante
estado de inquietud.
Pero la elevación de un caudillo
lugar son ciertas, pero que podrían
serlo en todas partes, describe este
estado de cosas de la siguiente ma-
nera: Había una vez una ciudad
—parece que se alude a Siena— cu-
yos moradores disfrutaban de un
caudillo que los había Hbrado del
yugo enemigo; a diario deliberaban
sobre el modo de recompensarle y
no hallaban recompensa que atu-
viera en sus manos v fuera l o su-
para que no se acumulara en su in-
terior el odio más profundo. Sólo
una bondad absoluta hubiese podi-
do impedir que se convirtieran en
verdaderos malhechores. Y en tra-
za de tales se nos presentan algu-
nos, figuras que para lo santo sólo
tnezcla de arsenal y de atalaya, y
también la madre y las hijas mani-
festaban en ella su carácter verda-
de mercenarios a la soberanía de
un territorio podía realizarse, tam-
bién sin usurpación, cuando su se-
ñor, a falta de dinero, le pagaba
deramente belicoso.
Y a a los trece
años salió facopo secretamente del
hogar y se dirigió, a uña de caballo,
primero a Panicale, donde estaba,
en tierras y vasallos.'- De
todos
sarcasmos tenían, y sólo traición y
crueldad para los hombres, gentes
a quienes nada imnortaba morir ex-
comulgados por el Santo Padre. Pe-
al servicio del Papa, el condottiere
modos, el conduttiere, aun en el ca-
so de que momentáneamente licen-
ciara a la mayor parte de su hueste,
necesitaba un lugar seguro donde
Baldrino, aquél que aún después de
muerto mandó sus huestes. Desde
una tienda de campaña rodeada de
ficientemente grande. N i siauíera
les
ro al mismo tiempo se desarrullaban
establecer sus cuarteles d e invierno
parecía bastante nombrarle sobera-
no. Un día, por fin, se levantó uno
en algunos la personalidad y el ta-
lento hasta un supremo virtuosismo
banderas, en cuyo interior yacía su
cadáver embalsamado, se estuvieron
y almacenar las provisiones más in-
dando las
consignas.
.'. hasta que
dispensables. El primer ejemplo de
un cundolíiere así dotado fue fohn
Hawkwood, a quien el papa cedió
Bagnacavallo y Cotignola. Sin em-
bargo, cuando con Alberígo de
Barbiano aparecen en escena ejér-
citos y capitanes italianos, se mul-
tiplican las ocasiones de conquistar
un principado, o de dilatar sus do-
minios, si el condoíticre disfrutaba
ya de soberanía sobre algún territo-
rio. La primera gran bacanal de es-
y propuso lo siguiente: "L o mejor
y en tal sentido eran estimados y
se encontró un digno sucesor, j^a^
sería matarle y venerarle como san-
to patrono de la ciudad", Y así hi-
cieron con él, tjoco más o menos lo
admirados po r sus soldados. Tene-
mos aqu í lo s primeros ejércitos de
copo que había ido gradualmente
subiendo y destacándose en diver-
sos servicios, fue_£mpujando tras de
que la ciudad de Roma con Rómu-
lo. En realidad, de nadie tenían que
guardarse más los condottieri que
sí a sus deudos, y Jlegó
a-disfrutar,
a través de ellos, de las. mismas
de aquellos a quienes servían. Si pe-
ventajas que proporciona a.un prín-
cipe una dinastía numerosa. Fueron
leaban con éxito eran peligrosos y
se les eliminaba como a Roberto
Malatesta después de haber obteni-
ellos los que impidieron que el ejér-
cito se dispersara mientras él esta-
ba encerrado en el Castcl dell'Uovo,
en Ñapóles, y su propia hermana,
ta soldadesca codiciosa de poder fue
celebrada en el ducado de Milán
después de la muerte de Giangaleaz-
zo (1402). El gobierno de sus dos
hijos (véase página 7) agotó sus
fuerzas en el pago de las deudas
contraídas con estos belicosos tira-
nos, el más poderoso de los cuales,
Facino Cañe, heredo la sucesión de
la dinastía, así como una serie de
ciudadeá^ V 400.000 florines de oro.
Además se atrajo Beaírice di Ten-
da a los soldados de su primer ma-
rido.^-' D e esta época data aquella
relación de reciprocidad, inmoral
más allá de toda ponderación, entre
los gobiernos v sus condottieri, tan
característica del siglo xv. Una vie-
ja anécdota,^^ de esas que en ningún
do la victoria en beneficio de Sixto
fV (1482). Pero ocurna también
que se vengaban en ellos los des-
calabros, como lo hicieron los ve-
necianos con Carmagnola.-*^' Desde
el punto de vista moral y por lo que
la historia moderna en que el cré-
dito personal del caudillo constitu-
ye, sin otro prejucio, la razón de-
cisiva de su prestigio. De modo
magnífico aparece esta circunstancia
en la vida de Francesco Sforza.***'
Ningún prejuicio de clase hubiera
jiodido impedir que conquistara una
popularidad individualista y que se
sirviera de ella cumplidamente en
momentos de peligro. Se daba el
personalmente, retuvo como prisio-
neros a los mediadores del rey, sal-
o de que, al verle, el enemigo
a semejante estado de cosas se re-
fiere, es elocuente el hecho de que
a menudo tuvieron los condottieri
que entregar mujer e hijos en rehe-
nes y que ni aún así inspiraban con-
fianza ni la sintieran ellos. Hubieran
tenido que ser héroes del renuncia-
miento, caracteres como Belisarío,
bandonaba las armas, se descubría
rendía homenaie, porque veían
dos en él al común "padre de los
luerreros". Este linaje dcTos Sfor-
oifrecc el interés de que desde el
rincipio creemos ver traslucir en
1 preparación nara el principado.''
La base de esta fortuna la constitu-
c la gran fecundidad de la fami-
,a. El padre de Francesco —el ya
uy célebre lacopo— tenía veinte
hermanos. Se habían criado todos
^n un ambiente rudo, en Cotignola,
irca de Faenza, bajo la impresión
nstante de una de aquellas inter-
inables veiulettas de la Romana
cntt^ su familia y la Casa de los
asolini. La vivienda era una
vándole la vida con estos rehenes.
Ya ofrece perspectivas de solidez y
alcance el hecho de que en cues-
tiones de dinero fuese Jacopo muy
de fiar. Por eso, aún después de
una derrota, encontraba siempre
crédito entre los banqueros. Tam-
bién es elocuente el hechcr que pro-
tegiera siempre a - los campesinos
c©ntra~Tc^ desaifueros de la solda-
desca y que no viera con
gusto la
destrucción de las ciudades conquis-
tadas. Pero lo que delata ya pro-
pósitos de grairTilcancc es que ca-
sara con otro a su bella concubina
Lucía (la madre de Francesco) pa-
ra qufidag-éf-mtsme- libro -con miras
a una alianza principesca. También
*^ Sobre lo subsiguiente véase la in-
troducción de Canesfrini al tomo X V
del Arch. Stor.
•^íi Cagnola, en Arch. i'íor., 111, pág.
2(8: et (Filippo María) da leí (Beatr.)
ebbe moho tesoro e denari, e tutte le
giente d'arme del dicto Facino, che
obedivano a lei.
^' ínfcssura, en Eccard, Scriptores,
II, col. 1911 (ed. Tocumasini 105).
Sobre la alternativa en que pone Ma-
quiavclo al condottiere victorioso, véa-
se Discorsi, I . 30.
Sobre si también envenenaron a
Alviano en 1516 y sobre la justicia de
los motivos que para ello se adujerod'.
ver Prato, en Arch. Stor., III , 348. De
Colleoni se constituyó heredera la Re-
pública y a su muerte (1475) se llpvó
a cabo una solemne confiscación. Ver :
Cagnola, en Arch, Stor., III , pág.
y sigs.
los enlaces de sus parientes eran so-
metidos a cierto plan. Se mantenía
alojado de la vida de impiedad y
libertinaje que hacían sus comnañe-
ros de armas. Las tres máximas con
Malipiero, Annalí Veneti, en Ar<;h. '
'•^ Así ocurre, por lo menos, en Pau-
Síor
VI L L pág. 244. También que-
ría que los condottieri colocaran su
dinero en
Venecía. ihíd
oág. 351.
lo Jovio, en su Vita magni Sjortiac
(Viri illustres), uno de sus más atra-
yciues biografías.
que se despidió de su lujo Frances-
co cuando éste inició su vida de
lucha fueron las siguientes: "N o
14 JACOB BURCKHARDT 15 LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA codicies la mujer de
14
JACOB
BURCKHARDT
15
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
E N
ITALIA
codicies la mujer de otro. Normal;
trates de obra a ninguno de tus hom-
bres; pero si io has hecho, mándalo
leios.- Y , finalmente, no cabalgues
caballo duro de boca ni que pierda
fácilmente las herraduras". Pero, so-
bre todo, se revelaba en él la per-
sonalidad, si no de un gran caudillo,
desde luego de un gran soldado. Po-
su parte, en sostenerle: "Si aca-
bamos con él, pronto tendremos que
volver a destripar terrones". Así,
mientras le sitiaban en OrbctcUo, le
abastecían a la vez, y se le permitió
salir muy honrosamente de la tram-
pa
en que había caído. Pero al fin
seía un cuerpo robusto adiestrado
en todos los ejercicios, un rostro de
hombre del nucblo, de rústico, y
una maravillosa memoria, gracias a
la cual recordaba, al cabo de años,
no pudo escapar a la fatalidad de
su destino. Italia entera hacía caba-
las sobre lo que ocurriría cuando
después de una visita a Sforza, en
Milán (1465) se dirigió a Ñápeles,
para visitar al rey Femando. A po-
sar de todas las garantías y com-
a cada uno de sus hombres y la
soldada y los caballos que habían
tenido. Su ilustración era paramen-
promisos, el rey le hizo asesinar en
Castelnuüvo.'^ Tampoco los condot-
íieri que habían heredado Estados
te italiana. Pero todos sus ocios los
dedicaba al estudio de la historia e
hizo traducir autores griegos y Ia-
tinos para su uso. Su hijo Frances-
co, más famoso que el, aspiró desde
se sentían nunca seguros. Cuando
en el mismo día murieran Roberto
Malatesta y Federico de Urbino
(1482), aquel en Roma y éste en
íc. Los cuatro '"grandes" Esta-
jos'" —Ñapóles, Milán, la iglesia
y Venecia— parecían haber llega-
do a constituir un sistema de equi-
librio que no soportaba ya scmeian-
tcs perturbaciones. En el Estado ;
pontificio, donde pululaban los pe- '
qucños tiranos, la mayor parte de
los cuales habían sido condottieri, o
lo eran todavía, se reservaron los
nepotes, a partir de Sixto IV , el
derecho exclusivo de semejantes em-
presas. Pero bastaba que las cosas
vacilasen en algún punto para que,
en el acto surgieran nuevamente los
cündotiieri. Bajo el lamentable ré-
gimen de Inocencio VII I faltó ñoco,
en una ocasión, para q.ue un capi-
tán, llamado Boccalino, que había
estado al servicio de los borgoñeses,
se entregase a los turcos con la ciu-
dad de Osimo, de que se había apo-
derado; ^ tuvieron que darse por
tes se había apoderado en cierta
ocasión de la ciudad de Cescna, ex-
terminando a numerosos ciudadanos
y miembros de la nobleza; pero la
fortaleza se sostuvo y hubo de aban-
donar el cerco. Ahora con sigu i ó
arrebatar al arzobispo de Rávena
la ciudad de Castelnuovo, sirvién-
dose de una tropa que le había
cedido otro bergante, Pandolfo Ma-
latesta, de Rimini, hijo del mencio-
nado Roberto y condottieri al ser-
vicio de los venecianos. Estos, que
andaban temerosos y estaban, por
otra parte acuciados por el Pana,
ordenaron a Pandolfo "con buenas
intenciones" que prendiera en la
primera ocasión a su caro amigo.
Así lo hizo, si bien "con dolor". Se
le ordenó enseguida que lo colgara.
Pero Pandolfo, para guardarle todas
Bologna, se averiguo que ambos, al
el principio a un gran señorío, y
llegó a dominar la poderosa ciudad
de Milán tanto por obra de sus bri-
llantes dotes militares como por sus
increíbles traiciones (1447-1450).
satisfechos con que, gracias a la me-
diación de Lorenzo el Magnífico, se
dejara sobornar y pusiera tierra de
X)r medio. En 1495, aprovechando
las consideraciones, lo estranguló en
la cárcel y lo mostró después al
pueblo. El último ejemplo de im-
portancia de semejantes usurpacio-
nes es el del famoso alcalde de
MusBO, que, aprovechando la con-
Su
ejemplo tuvo imitadores. Por
a conmoción y el desorden produ-
esta época escribe Eneas Silvio:
"En nuestra Italia, amante de mu-
danzas, donde no existen viejos se-
ñoríos, cualquier gañán, puede lle-
gar a ser monarca". Hubo uno.
especialmente, que se llamaba a sí
mismo "el hombre de la fortuna",
que monopolizó la atención y la
fantasía del país entero: Giacomo
Piccinino, hijo de Nicoló. La cues-
tión palpitante era si conseguiría o
no fundar un principado. Los Esta-
dos de mayor importancia y magni-
tud tenían evidente interés en evi-
tarlo, y al propio Francesco Sforza
le parecía conveniente que termina-
ra con el, Sforza, la serie de caudi-
llos mercenarios elevados al señorío.
Pero las tropas y jefes subalternos
enviados contra Piccinino —cuando-
do pretendió apoderarse de Siena,
por ejemplo— tenían interés, por
morir, se habían recomendado mu-
tuamente el propio Estado."' Con-
tra una casta de hombres que se
lo permitían lodo, nada estaba pi-o-
hibido. Francesco Sforza se había
casado, muy joven con una rica he-
redera calabresa, Polissena Ruffa,
condesa de Montalto, de la que tuvo
una hijita. Una tía, para que pa-'
sara a ella la herencia, envenenó a
la madre y a la hija-^--
cidos por la guerra de Carlos VIII ,
probó también fortuna un condot-
tiere. Vidovero de Brescia.''"^ Y a an-
fusión en el Milanesado después de
la batalla de Pavía (1525), impro-
visó su señorío iunto al lago dej
Como.
J
Desde el fin desgraciado de Pic-
cinino la constitución de nuevos
Estados por los condottieri fue con-
siderada como un escándalo intole-
IV. LAS PEQUEÑAS
TIRANÍAS
mundo a dos hermanos (1432),'^^'
•1'' Pío
n ,
Commentarii, I, pág. 46:
comp. 69.
*i Sismondi, X . pág. 258. Corío, fol.
412, donde se presenta a Sforza como
cómplice, debido a aue en la popu-
laridad Kua-rcra de Piccinino veía un
porque sus hi¡os aspiraban a la he-
rencia. Allí donde el simple señor
de una ciudad se destaca por su go-
bierno práctico, moderado y huma-
no y por su celo en favor
de la
peligro para
sus
propios hijos. —Sto-
De las tiranías del siglo x v puede
ilecírse, en general, que donde des-
Iacaban sus más lamentables aspec-
tos con más violento relieve es en
los pequeños señoríos, digamos me-
jor en los mínimos. Tratábase de
familias- numerosas; sus miembros
c]uerían vivir todos de acuerdo con
cultura, se trata del miembro de una
gran Casa o de un soberano cuya:
ría Bresciana. en Muratori. XXI. I, (fol.
sil jerarquía, y así las discordias he-
902—. Malípiero
(Annales Veneíi,- en
política se subordina a la de una^
de las grandes familias del país.
Arch. Sior., VII. I, oág. 210) nos cuen-
reditarias constituían un constante
Entre éstos se contaba, por ejemplo.
Colleoni.
ta cómo en 1446 se arrastró a l a ten-
tación al gran condottierc veneciano
^ •
e inminente peligro. Bernardo Va-
rano, de Camerino, mandó al otro
Alessandro Sforza/^ príncipe de Pé-
saro, hennanQ^el gran Francesco
AHegretli, Diuríi Sanesi, MorafS-
rí, XXIII, pág. 811.
:
s-'i Marin Sañudo, Viíe
'enezia, Muratori, XXII.
de' Duchi di
col. 1241.
6;Í Chronicon Eugubinum, Muratori,
*f* Eneas
Silvio,
De dictis et facHs
5a Orationes Philelphi,
fol. 9, en
W
^ Malipiero, Ann. Veneti en Arch.
XXL
col. 972.
Alphonsi. en Opera, fol. 475.
oración
fúnebre
de Francesco.
Vil , I, página
407,
Vespasiano
Florentino, pág. 148.
16 1 \COI ! l-A CULTURA DEL RENACIMIENTO F.N ITALI A l! U RCIíHARUt ^
16
1
\COI !
l-A
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
F.N
ITALI A
l! U RCIíHARUt ^
17
y
suegro de Federico de Urbino
(Í473). Excelente administrador, so-
berano justo y accesible, después
pales se callaban o abandonaban la
ciudad al poco tiempo. A l fin los
Oddi tuvieron que salir de Perusa
de una larga vida de guerrero, pudo
y la ciudad quedó convertida en una
sería ver reunidos a lodos
bres de armas de Perusa",
que el Papa renunció a su
co después hicieron los des-
disfrutar de un gobierno tranquilo:
reunió una soberbia biblioteca y de-
dicó sus ocios a sabios y piadosos
diálogos. También puede incluirse
fortaleza sitiada, baio el dominio ab-
soluto de los Baglioni, que llegaron
a convertir el Duomo en cuartel. Se
en este grupo Giovanni I I Bcntivo-
respondía a asaltos y cünjuraeiones
con venganzas terribles. En 1491,
después de haber acuchillado y ahor-
cado a ciento treinta hombres que
un nuevo intento, en que
pt^r el denuedo personal de los
Hnfilloni obtuvieron éstos la victo-
iinonetto Baglioni, que sólo
;i dieciocho años, se defendió
'U> en
la
Piazza, con
un puñado
glio, de Bolonia (1462-1506), cuya
política venía condicionada por la
de los Este y los Sforza. Pero, ¡qué
tumultuoso y cruel espectáculo nos
ofrecen, en cambio. Casas como la
de los Varani, de CEuñefinó, la de
(In Imnibrcs , contr a vario s centena -
lyó con más de veinte heri-
i 'iTo cuando Astorre Baglioni
' en su ayuda, se irguió de
^übre su corcel, con su arma-
los^ TVtalatesta; •dg'l^mimi', la de los
Manfredi, de Faenza, y sobre todo
habían penetrado en la ciudad, se
levantaron en la Piazza treinta y cin-
co altares y hubo misas y proce-
siones durante tres días para alejar
el maleficio. Un nepote de Inocen-
cio VI H fue apuñalado en la ca-
la de los Baglioni, de Pcrusal So-
bre las vicisitudes y sucesos en el
seno de esta última familia dispo-
Ir acero dorado v un halcón
yelmo, y "comparable a Marte
tfl aspecto y en los hechos", se
jpucvamente a lo, más encar-
de la pelea,
nemos de las crónicas de Graziani
lle, en pleno día; otro de Alejandro
VI, que había sido enviado como
mediador, sólo encontró burlas y
sarcasmos. En cambio, los dos ca-
'ncl, que tenía doce años, lia-
nos, Grifone y Cario Barciglia. Es-
te último era, al mismo tiempo so-
brino del príncipe Varano de Ca-
merino y cuñado de un antiguo des-
terrado, leronimo dalla Penna. En
vano Simonetto que tenía sombríos
presentimientos pidió a su tío de ro-
dillas que le dejara matar a Penna.
Guido se lo prohibió. L a conjura-
ción maduró de pronto con motivo
de las bodas de Astorre con Lavi-
nia Colonna. Se celebraron éstas en
pleno verano del 1500. La fiesta dio
comienzo bajo siniestros presagios
que Matarazzo nos describe bella-
mente. Varano, allí presente, apro-
vechó la ocasión para reunir a los
conjurados y, de manera diabólica,
sugirió a Grifone la idea del mando
absoluto, exaltándole con la histo-
ria, inventada, de unas supuestas
y de Matarazzo,^' fuentes históri-
cas excelentes y especialmente evo-
cadoras.
I ífi i 'Mionce s su aprendizaje con Pie-
tugino. Acaso hayan quedado
.lilas impresiones de esta épo-
un los cuadritos de san forge
relaciones ilícitas entre su esposa Ze-
nobia y Gianpaolo. Finalmente, a
cada uno de los coniurados se le
señaló su víctima. (Lo s Baglioni ha-
Los Baglioni eran uno do aquellos
linajes cuyo predominio no había lle-
gado a estructurarse en un verda-
dero principado, sino más bien en
una simple primacía urbana, prima-
cía basada, tanto en las grandes ri-
quezas de la Casa, como en la in-
fluencia que de hecho gozaban en
la provisión de los altos cargos.
Aunque se reconocía a uno de los
miembros de la familia como cabe-
bezas de la Casa, Guido y Ridolfo.
tenían frecuentes conversaciones con
la santa y milagrosa monja domi-
nica sor Colomba de Rieti. Ésta, ba-
jo la amenaza de grandes desdichas
para el futuro, les aconsejaba la paz,
inútilmente, desde luego. Sin em-
bargo, el cronista, con esle motivo
hace hincapié en la devoción y pie-
dad de los mejores ciudadanos de
Perusa durante aquellos años de te-
rror. Mientras Carlos VII I se acer-
caba, se hacían los Baglioni y los
d'esterrados acampados en Asís y
'e mm Miguel. Acaso revive tam-
t*n filíio de estas impresiones, de
ludí) imperecedero, en el gran cua-
f » de San Miguel. Y si alguna vez
ciieoiUrado Astorre Baglioni su
ittil'lcación, es en la figura del ce-
Hiil jinete en el Heliodoro.*
bitaban en viviendas separadas, la
mayoría en el lugar de la actual for-
taleza.) Se concedieron quince hom-
bres a cada uno de los bravi de que
se disponía. Con el resto se esta-
blecieron guardias y se formaron pa-
trullas. La noche del 15 de julio
I
adversarios
habían
en
parte
II
> ulo:
en
parte habían
huido ate-
l'Híil/iidos, y en adelante no fueron
profundo y secreto reinaban entre
las distintas ramas. Se les enfren-
taba un partido, constituido por no-
bles bajo la iefatura de la familia
Oddi. Las armas estaban en manos
de todos (por el año 1487) y las
sus cercanías- n494 ) tan violenta
guerra, que en el valle estaban arra-
sadas todas las casas, y los campoí^
sin cultivar, convertidos los labra-
dores en audaces bandoleros, llena
de ciervos y lobos la maleza que to-
do lo cubría. Los lobos saciaban el
hambre en los cadáveres de los caí-
dos, en "carne de cristianos".
fueron allanadas las puertas y ase-
sinados Guido, Astorre, Simonetto y
Gismondo. Los demás pudieron
huir. AI ver el cadáver de Astorre
za de ella, una rivalidad y un odio
tíiipaces de un nuevo ataque. A l
o de algi'in tiempo les fue con-
11 una amnistía parcial, con de-
junto al de Simonetto en medio de
la calle, la gente, "los estudiantes
extranjeros sobre todo", le comna-
Wtílin a repatriarse; pero en Peru-
raban con un antiguo romano, tan-
I ' I I fueron mayores la seguridad
' i I iranquilidad. Las discordias
casas de los grandes llenas de bravi.
Había violencias a diario. Con mo-
tivo del entierro de un estudiante
alemán asesinado, dos colegios se
acometieron con las armas. Entre
los bravi de las distintas casas se
producían, a veces, verdaderas ba-
tallas en la vía pública. En vano
Cuando Alejandro V I huyendo de
Carlos VI H que regresaba de Ña-
póles (1495) se retiró a UAibría,
una vez en Perusa concibió la idea
de librarse definitivamente- de los
Baglioni. Propuso a Guido yna fies-
(MU '.unas estallaro n en terrible s he-
^us en el seno de la propia fami-
^ , Como Guido , Ridolfo y sus hi-
IM, Ciianpaolo , Simonetto , Astorre ,
i-un Mido y Gendle Marcantonio se
T.l,lindaron, entre otros, dos sobri-
ta dignidad y grandeza había en su
aspecto. En Simonetto aparecía aún
una audacia orgullosa, como si la
muerte misma no 'hubiese podido do-
meñarle. Los vencedores intentaron
ofrecerse a los amigos de la fami-
lia, pero los encontraron con lágri-
mas en los ojos, preparando el viaíe
a sus posesiones del campo. Los Ba-
I :ií- dos primeras pinturas se en-
glioni que habían podido escapar
" n i ahora
se quejaban comerciantes y artesa-
de
San
en el Louvrc. El gran
Miguel, de 1518, está
nos. Los gobernadores y nepotes na-
la, un torneo o algo semejanl^^con
el fin de reunirlos a todos,, en'de-
terminado lugar. Pero Cuido Ic.íre-
plicó "que el más hermoso espec-
I allí. El "'Heliodoro" forma
• iiMi lie los frescos del Vaticano, ter-
reunieron una hueste y con Gian-
paolo a la cabeza atacaron al día
siguiente la ciudad, donde se les su-
maron otros partidarios, que acaba-
ííiifliulos en 1514.
'"•7 Archiv. Stor., XXI,
partes
T y II .
LA CULTURA DEI. RENACIMIENTO EN ITALIA 19 18 )ACOB BURCKHARDT ban de ser amenazados de
LA
CULTURA
DEI. RENACIMIENTO
EN
ITALIA
19
18
)ACOB
BURCKHARDT
ban de ser amenazados de muerte
por Barciglia. Cuando Grifone ca-
yó en su poder junto a San Ercola-
no, Gianpaolo dejó que su gente se
encargara de quitarle la vida. Pero
Barciglia y Penna huyeron a Came-
rino, cerca de Varano, el principal
instigador de la Iragedia. En un mo-
mento, y casi sin pérdidas, se había
adueíiado Gianpaolo de la ciudad.
Atalanta, la madre de Grifone, to-
davía joven y hermosa, se había re-
tirado el día antes a una posesión
camoesfre. La acompañaban la es-
posa de Grifone, Zenobia, y dos hi-
jilos de Gianpaolo. A su propio hijo,
que se apresuró a visitarla, le re-
chazó varias veces con su maldición.
Ahora, sin embargo, acudió con su
nuera cerca del agonizante. Todos
se apartaron a la llegada de las dos
mujeres; nadie quería ser reconoci-
do como autor de las heridas de
Grifone. para no atraerse la maldi-
ción de la madre. Pero se equivo-
caban: ella misma pidió a su hijo
que perdonara a los causantes de
su muerte, y las bendiciones mater-
nas le acompañaron hasta el mo-
mento en que entregó su alma. Con
profundo respeto vio la gente atra-
vesar la plaza a las dos figuras fe-
meninas, con sus vestidos tintos en :
veintisiete de una vez, en cierta oca-
sión. Y sus casas habrían sido arra-
sadas y pavimentadas las calles con
sus ladrillos , etc . Bajo Pabl o 111 fue-
ron, efectivamente, arrasados sus
palacios.
Entre tanto, parecen haber con-
cebido sanos propósitos. Impusieron
tiiliDJ (1497), con sobrados moti-
y luego le dejaron escapar,
. omisarío veneciano no tuvo in-
veniente en acompañarle a su
>so a la ciudad, a pesar de qu e
'l>a inculpado de la muerte de
hermano y de otras atrocidades,
rabo de tres decenios eran los
' iicsta pobres desterrados. Hacia
/ estas pequeñas dinastías, co-
cn la época de César Borgia,
Hirieron una especie de epidemia,
iis fueron las que sobrevivieron,
ni siquiera para su bien. En Mi-
mdola, donde regían modestos
príncipes de la Casa de Pico, rcsi-
en 1533, un pobre sabio, Lilio
i^orio Giraldi, que había huido
1.1 devastación de Roma y había
iiUrado refugio en el hospitala-
lioear del anciano Giovan Fran-
Pico (sobrino del famoso Gio-
iii). Con el tema de los diálo-
sobrc el sepulcro que quería
darse erigir o] príncipe compu-
•i) un tratado,"" cuya dedicatoria
Itcva la fecha de abril de aquel año.
ru la postdata es bien triste: "En
bre del mismo año el desgra-
ciado príncipe fue asesinado, de no-
che, por el hijo de su hermano, per-
diendo así ia vida y señorío. Y o
mismo salvé la vida a duras penas
y me encuentro en la miseria más
lamentable".
Una semitiranía sin
carácter , co-
el orden en el propio partido, y los
funcionarios se encontraron prote-
gidos contra los desafueros de al-
mo la ejercida desde 1490 por Pan-
dolfo Petruccí en la Siena dividida
en bandos, deshecha por discordias
gunos nobles desvergonzados. Pero
ia maldición volvió a surgir en
aquel linaje, como un incendio sólo
en apariencia apagado. Bajo León
inteslinas, es apenas digna de mcn-1
ción. Insignificante y maligno, go-^
bernaba con la ayuda de u n profe-1
sor de Derecho y u n astrólogo, y \
X , Gianpaolo fue atraído a Roma
y decapitado. Uno de sus hijos. Ora-
zio, se ensañó de nuevo en la pro-
se permitía el lujo de asustar de vez ^
en cuando a sus ciudadanos con al-
gtín asesinato. Su diversión estival
pia familia com o partidario del du-
que de Urbino, a su vez amenazado
por los papas. Un tío y tres primos
fueron asesinados. El duque tuvo
que decirle que era ya bastante.^^
Su hermano Malatesta Baglioni es
consistía e n hacer rodar bloques de
piedra desde el monte Amiata, sin
importarle el estrago o las víctimas
que Dodría causar con ello. Tras
haber conseguido lo que el más tai-
mado
no habría d e lograr —pudo
el caudillo de Florencia que se hizo
inmortal, con la traición de 1530,
y su hijo Ridolfo es el tínico vas-
tago del linaje que, con el asesina-
to del legado y de diversos funcio-
narios , establece en Perusa una
breve pero terrible dominación
evadirse de las redes que le tendió
César Borgia—, murió abandonado
y despreciado. Sus hijos se sostuvie-
ron, sin embargo, todavía largo
tiempo en una especie de scmise-
ñorío.
¿I
(1534).
V. LAS GRANDES
DINASTÍAS
sangre. Para esta Atalanta pintaría:
Rafael, más adelante, su "Entierro";
de fama universal. De esta manera
quiso ella poner su pena a los pies
del dolor maternal más alto y santo.
La catedral, que de tan cerca ha-
bía sido testigo de la tragedia, fue
lavada con vino y consagrada de
nuevo. Estaba todavía enhiesto allí
e! arco de triurdo ouc se había le-
vantado para las bodas, decorado
con pinturas descriptivas de los he-
chos de Asierre y con las loas en
verso compuestas por quien nos con-
tara toda la historia, por el buen
Matarazzo.
Como un reflejo de tanto hoiTor
surgió una leyenda de los Baglioni.
verdaderamente fabulosa. Según ella,
lodos los de esta Casa habrían muer-
to siempre de modo infausto hasta
Con los tiranos de Rimimi hemos
de tropezar aiín acá y allá. Rara
vez se habrán reunido en un solo
individuo la temeridad, la impie-
dad, el talento guerrero y la cultura
superior, como en Segismundo Ma-
latesta (1647). Pero donde los des-
afueros se acumulan, como ocurre
en este linaje, acaban por ganar la
ventaja sobre el talento, arrastran-
d o al abismo a Jos tiranos. El ya
mencionado, nielo de Sigismundo,
pudo sostenerse gracias a que Vc-
necia, a pesar de todos los crímenes,
no quería dejar hundir a sus coíj -
dottieri. Cuando sus vasa'llos le
bombardearon en su castílljo de Ri-
las
dinasiías_importantes,
la
de los aragoneses merece especial
mención. Su estado tiene ya un
miiliz peculiar debido al feudalismo,
t|iie, desde la época de los norman-
i • , pone aquí la posesión de la
ra en manos de los barones,
uiiiiitras e! resto de Italia —excen-
liiiidas la parte meridional del Es-
ludo Pontificio y unas pocas regio-
nes más— casi pued e decirse oue
sólo rige la posesión directa de la
tierra: el Estado no permitía otra
clase de prerrogativas hereditarias.
No obstante, el gran Alfonso
(f 1458). que se posesiona de Ña-
póles en 1435, se diferencia mucho
de sus descendientes, verdaderos o
supuestos. Brillante en su vida to-
da, confiado entre su pueblo, en el
trato era de una afabilidad no exen-
ta de grandeza. Hasta su tardía pa-
sión por Lucrezia d'Alagna encon-
tró más admiraciones que censuras.
Malipiero. Aúnales Veneíi, en Ar-
Pero tenía el vicio de la prodiga-
. Stor., VII , página 498.
lidad,*^ que naturalmente traía con-
Lilius Gregorius Giraldus, De
íoviano Ponlano, De Uberalitate,
cap. 19, 29 y De Obedientia 1, 4.
^ Varchi, Stor. fiorent., pág.
sisuientcs.
2^
) sepeliendi ritu. Y a en 1470 ha-
ocurrido una catástrofe en minia-
en esta Casa. Véase Diario Ferra-
Muratori, XXiy,„cpl. 225.
Véase
Sismondi, X , pág.
78
y sigs.
20 JACOB BLRCKHAtíDT LA CULTUR A DICI. RENACIMIENT O E N ITALIA 21 sigo sus
20
JACOB
BLRCKHAtíDT
LA
CULTUR A
DICI.
RENACIMIENT O
E N
ITALIA
21
sigo sus inevitables consecuencias.
Se crearon omnipotenles funciona-
rios de moral corrompida, y luego
el monarca, en trance de bancarro-
ta, los despojó de sus rapiñas: se
predicó una cruzada como pretexto
para esquilmar al clero; con oca-
sión de un terremoto en los Abru-
zos, los supervivientes hubieron de
comprometerse a pagar la contribu-
ción de los que habían perecido en
la catástrofe. En tales circunstancias
era Alfonso el más espléndido an-
fitrión de su tiempo para huéspe-
des de calidad. Se complacía en la
dádiva, a quienquiera que fuese,
aunque se tratara de enemigos. Y
si era cosa de recompensar traba-
jos literarios, ya no había medida
para él: a Pogio le pagó por la tra-
ducción latina de la Ciropedia, de
Jenofonte, quinientas monedas de
oro.
Herrante/' que le sucedió, era
considerado com o bastardo suyo, ha-
bido de una dama española, pero
probablemente había sido engendra-
do por un "marrano" (judío con-
verso) de Valencia. Ignoramos si
fue la lacra de su oscuro origen o
las constantes intrigas de los baro-
nes, que amenazaban su existencia,
lo que hizo de él un ser cruel y
sombrío. El hecho es que fue el
más terrible de los príncipes de su
principales de los barones estaban
emparentados con él y eran aliados [
de todos los encmisos del extu- i
rior—, se habituó a lo cxtraordin;i- |
rio y descomedido como a cosa cc>- i
tidiana y natural. Con el fin de I
reunir los medios indispensables j
para esta lucha y para sus guerras
exteriores, recurrió poco más o m.
nos a los métodos mahometanos
. junto con Cappola. La des-
una magnífica semblanza.'^ Lo que
tóHpción que de todo ello nos hacen
Ciracciolo y Porzio resulta espeluz-
ante. De los hijos del monarca, el
mayor, Alfonso, duque de Calabria,
dl»iruió en los últimos tiempos de
Unii especie de corregencia. Era un
libertino desenfrenado y cruel sin
Ülru ventaja sobre su padre que la
ét una mayor franqueza. N o disi-
IBulaba su desprecio hacia la reli-
el miedo puede hacer de un hom-
bre de eminentes dotes, situado en
las alturas, se pone aquí de mani-
fiesto diríasc con precisión matemá-
tica. Todos los medios y todos los
ifines del Estado se concentran eji
un designio cardinal: la seguridad
de su persona. Pero la sed de san-
gre no mancilla su cruel egoísmo.
aplicados por Federico II : el gobici '
no monopolizó el trigo y el aceitu; ;
Se encierra en la fortaleza de Milán,
j^ón y
Jas
prácticas
devotas . Lo s
que contiene jardines magníficos,
el comercio en general, fue centrü- í
lizado por Ferrante y puesto en í
manos de un importante mercadei' j'
llamado Francesco Cappola, quj ¡
partía con él las ganancias y toma- ¡
ba todos los armadores a su servi
CÍO. LO que faltaba se obtenía por
medio de empréstitos forzosos, eje :
PMgüfi mejores y más vivos de los
llrimos de la época no han de bus-
tí&rsc en tales nríncipes. L o que to-
Itmn de la cultura o el arte contem-
(H)róneos es sólo lujo o apariencia.
avenidas de árboles y pistas para
cabalgar, sin salir siquiera a la ciu-
dad durante muchos años. Si sale,
es a los lugares de la campiña, don-
de dispone de espléndidos palacios.
cuciones y confiscaciones, simonía
desvergonzada y esquilmo de las ,
corporaciones religiosas. Además de |
Lo» mismos españoles auténticos
«piirccen en Italia, casi siempre, co-
mo desfigurados, pero el fin de esta
iljnusiía de origen turbio (1494-
1103). pone sobre todo de mani-
la caza, a la cual se entregaba con *
pasión, tenía este monarca otras do^
diversiones preferí das: encerrar vi
vos a sus adversarios en bien
de -
fendidas prisioníjs y conservarlos
fltíítü una evidente falta de carácter
rflcliil. Ferrante muere roído por an-
gtlKtias y preocupaciones; Alfonso
i!nlpa de traición a su propio her-
mnno Federico, el único honrado de
iemilia, y le ofende aún de la
ira más indigna; finalmente él
mo. que estaba considerado co-
Itlü uno de los soldados más hábi-
Hace construir canales especiales
para su flotilla de barcas, remolca-
das por ligeros potros, todo ello so-
metido a las reglas de la etiqueta
más estricta. Quien penetraba en la-
fortaleza, era observado desde cien
sitios. Nadie podía asomarse a una
ventana por temor que hiciera se-
ñales a los de afuera. A los desig-
nados para el servicio inmediato del
príncipe se les sometía a un artifi-
cioso sistema de exámenes previos
y
a complicadas pruebas de lealtad
y
pericia. A éstos se confiaban des-
^ de Italia, pierde la cabeza y huye
I Sicilia, abandonando a su hijo, el
oven Ferrante, a los franceses y a
pués las más difíciles misiones di-
plomáticas o bien se les empleaba
como lacayos, pues ambas cosas
H Iraición general. Una dinastía que
IHhlii reinado como ésta debía, por
eran igualmente honrosas. Y este
hombre sostuvo largas y penosas
época. D e una actividad
incansable,
M menos, haber vendido cara la vi-
dotado de una vigorosa mentalidad
política y sin entregarse nunca a la
licencia. Ferrante concentra todas
ÚM si SUS descendientes habían de
sus dotes —aún las de una memo-
ria que n o perdona
y una maravi-
llosa capacidad de disimulo— en
la destrucción de sus
enemigos. Ve -
cerca de él muertos v embalsama-
dos, con la mwua indumentaria que
solían lleva r "^ri vida.*'" Cuando ha-
blaba con sus íntimos sobre tales
prisioneros se reía sarcáslicamente.
No hacía misterio de su colección
de momias. La mayor parte de sus
víctimas eran hombres honrados de
los que se había apoderado por trai-
ción, cuando, confiados en su hos-
pitalidad, estaban sentados a su me-
sa. Verdaderamente infernal fue sii
conducta con su primer ministro An-
tonello Petrucci, que había encane-
cido v enfermado a su servicio y
idcr pensar en una restauración.
jamáis homnte cruel ne fut
'i", como dice Comines, en esta
ion, un poco parcialmente, aun-
en general, con certera visión.
jado en todo aquello en que puede
vejarse a un príncipe— los jefes
a quien el creciente miedo a una
guerras y tuvo siempre entre manos
grandes y complejos asuntos políti-
cos, lo cual significa que enviaba
constantemente sus emisarios provis-
tos de plenos poderes. Su seguridad
residía en el hecho de que nadie
se fiase de nadie, en mantener en
disensión a los condottieri por me-
muerte violenta llevaba a ofrecer
constantemente regalos a su señor,
hasta que al fin una sombra de,¿a;-
ticipación en la última conjuración
de los barones le dio el pretexto
dio de espías, y a los intermediarios
y altos funcionarios por medio de
Tristano Caracciolo, De varieíatc
para prenderle y mandarle al^.pali-
liiale, De immaniiate. — Cam. Porzio,
Congiura de' liaroni passim. — Comi-
ncs. Charles VIL cap. 17, con las ca-
racterísticas generales de los aragone-
ses.
ducía acoplando a uno bueno uno
malo. El propio mundo interior de
Filippo María se apoya sobre los
Paulo fovio, Uisíor., 1, 14,*en
discurso de un enviado railanés Duirio
Ferrarese. Muratori, XXIV, col. 294.
duques de Milán, cuyo ré-
auténticamente italiano, en
itido del siglo xv desde Gían-
¡azzo, representa ya una monar-
(tt absolut a completament e desa-
tilíuia, nos aparece el principado,
lii curiosa personalidad del úl-
fVisconii, Filippo María (1412-
poseemos. afortunadamente.
ía discordia artificialmente manio-
brada y por el desconcierto que pro-
foríunae, Muratori, XXII cois. 113-120.
Joviano Pontano, De prudentia, 1,
IV.
De magnanimitale, II ; De
libera-
w Petri Candidi Decembrii Vita Phil.
Mariae Vkecomitis, Muratori, XX .
22 JACOB BURCKHARDT LA CULTURA DRL RENACIMIENTO t N ITALIA 23 más opuestos valores de
22
JACOB
BURCKHARDT
LA
CULTURA
DRL RENACIMIENTO
t N
ITALIA
23
más opuestos valores de la concep-
ción del mundo: cree en la astro-
logía y en la ciega fatalidad y reza
y espirituales sin par en nuestra ép o
ca, un soldado invicto en el campn
de batali'a: he aquí el hombre qu^.
ido: porque hablaba bien, y
a la vez a todos los santos patronos
desde una situación
humilde, ascei •
de la Iglesia, y lo mismo lee auto-
res antiguos que novelas francesas
de caballería. Finalmente, el mismo
hombre que no quería oír hablar
de la muerte,"-'' que hacía sacar de
la fortaleza a sus mismos favoritos
agonizantes, para que nadie palide-
ciese en aquel baluarte de la felici-
dio al gobierno de un país. Su e^
más fluidez que nunca cuando
trjiíaba. po r ejemplo, de vejar a
iviado de Venecia.*'^ Tenía tam-
^us caprichos , com o e l de ha-
posa era virtuosa y bella, sus hiic-
:'corar una habitación con figu-
venir según le convenía.^i» En los
momentos de la suprema angustia
(1499) repasa con pasmosa Inci-
des, las posibles salidas del tran-
ce en que se encuentra, abandonán-
dose en última instancia —l o cual
tenían la gracia
de
los ángeles d«-!
' ' 11 una noche. Y se permitía con
le honra— a la bondad de la hu-
cielo. Rara vez estuvo enfermo >
sus principales deseos se vieron rea
lizados. Es cierto que pasó por at
gíín contratiempo: la esposa mató
MI prójimo terribles crueldades y se
mana naturaleza. Rechaza al carde-
nal Ascanio, su hermano, con quien
había tenido agrias disputas cuando
a su amante, por celos; sus viejos
dad, aceleró deliberadamente la pro-
pia muerte, negándose a una sangría,
que el cierre de una herida hacía
necesaria, y supo morir con decoro
compañeros de armas y amigos Troi
lo y Brunoro le abandonaron, yéii
*iiln-gaba al desenfreno más desco-
'Iido. A'lgunos exaltados, conven-
"I". de que se reunían en él todas
' I . iialidades del tirano, le dieron
I M e un buen día, deíando a sus
le ofrece resistir en la fortaleza de
Milán: "N o me lo toméis a mal
Monsignore pero no me fío, aunque
el
gobierno
del
Estado.
seáis mi hermano
" Había busca-
I ino s
dose a Nápoles, cerca del rey AlfoTí
so; a otro, Ciarpollone, tuvo qi^
'
ifi.-
ellos, Ludovico
el Moro,
se
do ya un comandante para la for-
'
i'i ' IH1
de
l^d o
ér;ppder ,~co n
omí -
y dignidad.
Su yerno y heredero, el afortu-
nado condottieri Francesco Sforza
mandarle ahorcar por traidor; h;i
bo de pasar por el dolor de auc,
en una ocasión su hermano Alessan
dro instigara a los franceses contin
(1450-1466; véase pág. 9) , fue qui-
zá, de todos los italianos, el más
de acuerdo con el sentir de su tiem-
po. En nadie se manifestará de mo-
do más brillante el triunfo del ge-
nio y de la energía individual, y
quien no quiso reconocerlo tuvo que
lel sobrino encarcelado. D e
il.i usurpación dependió des-
la intervch"ciüñ"cE"iIos'iránce-
) el destino fatal de toda ItaHa.
taleza, aquella "garantía de su re-
tomo". Se trataba de un bombre a
quien sólo bien había hecho,^' lo
cual no fue obstáculo para que trai-
cionara al castillo. En el interior
él; uno de sus
hijos intrigó contr¡i
V,
no obstante, Ludovico el Moro
él en forma que debió ser arresta-
do; la marca de Ancona, que habí:)
conquistado por las armas, volvió
a perderla, por las armas también.
ver en él por lo menos
al favorito
Pero nadie disfruta de una dicha
tan completa que no haya de luchat
con dificultades y vacilaciones. Y de
be considerarse feliz aquel a quien
asahan menos contrariedades". Tra^
esta definición negativa de la feli
cidad deja al lector el docto pan;i.
Ahora bien, si hubiera querido lan
zar una mirada sobre el porvenir r
considerar sencillamente las consc
cuencias del poder ilimitado en ti
91 ol más perfecto carácter de prín-
cipe en aquella época y de nuevo
uparcce como un producto natural
iiMih a el cual no podemos indignar-
me en demasía. Aún teniendo en
iiii-nla la declarada inmoralidad de
procuraba que su administración
fuese buena y útil, lo cual le gran-
jeó una gran popularidad en Milán
y. finalmente, en Como. Sin embar-
go, en los ííltimos años forzó con
exceso la capacidad contributiva de
su Estado (desde 1496), y en Cre-
de la fortuna. Milán se sintió hon-
rada con semejante señor. Cuando
hizo su entrada la muchedumbre le
impidió descabalgar y a caballo hu-
bo de penetrar en la catedral.'"'''
Examinemos el balance de su vida,
tal como nos lo presenta Pío "ti,
autoridad indiscutible en la mate-
ria: "Cuando en 1459 el duaue
acudió ai congreso de príncipes de
Mantua, tenía sesenta años (más
exactamente, cincuenta y ocho). A
caballo parecía un muchacho, y era
alta e imponente su figura. Tenía
un rostro de rasgos severos, v era
tranquilo y afable en el hablar, y
su conducta la de un verdadero prín-
cipe. Un conjunto de dotes físicas
mona, por ejemplo, sin tener en
' ' medios a que recurre, hemos de
•iioccr que en su aplicación re-
mití! ti completamente ingenuo. Se
híhrí a asombrado en extremo, pro-
iMihlcmente, si alguien hubiera pre-
ii'IMÜtlo hacerle comprender que no
Idlo por lo que se refiere aj los fines,
•Ino también por lo que atañe a lo s
mrdios, existe una responsabilidad
cuenta más que la pura convenien-
cia, mandó estrangular secretamente
a un ciudadano distinguido porque
murmuraba contra los nuevos im-
puestos. Desde aquel momento, en
las audiencias, mantenía alejada a
la gente por medio de una barra,
de modo que había que gritar para
príncipe, no se le hubiera escapada
una elemental observación: la ifali;i
de garantías de la familia. Aquello-
niños bellos como ángeles, educados
con todo cuidado, instruidos minu
ciosameníe en las más diversas d¡^
ciplinas, al convertirse en hombix-
no pudieron contrarrestar la degc
neración del egoísmo ilimitado.
leazzo María (1466-1476), un v¡r
tuoso del ornato personal, tenía el
orgullo de sus bellas manos, de lo:
hablar con éV~ En su Corte, la más
' .'il. Acaso hubiese presentado,
una virtud especial, el hecho
brillante de Europa, pues no exis-
tía ya la borgoñona, reinaba la más
I li e siempre que le fue posible
'I • la s sentencias de muerte. El
extrema inmoralidad: el padre en-
tregaba a la hija, el esposo a la
I" lo casi místico de tos italianos
esposa, el hermano a la hermana.'^-'
' ' -u fuerza política lo aceptaba
tuiíiu un tributo debido."^ Todavía
fft 1496 se vanagloriaba de que el
70 Malipiero,
Ann,
Veneti,
en
Ar
Itpti
Alejandro
chiv. Stor., Vil, I , página 492; ademáa,
481 y 561.
«5
Le
atemorizaba
quod aUquando
wftpcrador Max
er a su capellán, el
su condottieri, Ve -
•¡•'I Véase su última conversación con
"non esse" necesse esset.
• I 1 su tesorero y el rey d e Fran-
el mismo hombre, Bernardino da Cor-
«« Corio, fol, 400; Cagnola. en Ar-
chiv. Star., III , página 125.
Pío II . Comment, III , pág. 130.
grandes emolumentos que eonccdííi
del crédito de que disfrutaba^ de su
tesoro de dos millones de monediis
en oro, de los hombres ilustres q) .
le rodeaban, de su ejército,' de
II
correo, a
quien
hacía
ir
y
te, auténtica y curiosa, en Senarega,
Muratori, XXIV, col. 567.
^2 Diario Ferrarese, Muratori,
XXIV.
Comp. II , 87 y 106. Un cálculo
más
sombrío de la suerte de los Sforza nos
Malipiero. Ann. Veneti. en Ar-
•>''• Stor.,\\. I . pág. 216 y siguientes.
i'hroii. Venelum. Muratori XXIV,
cois. 536. 367 y 369. El pueblo creía
que su propósito era atesorar riquezas.
lo da Caracciolo, De varietate foriu-
equipo de cetrería
Era, además
nae, Muratori, XXI,
col. 74.
Corio, fol. 445. Las consecuencias
de tal estado de cosas se evidencian
JACOB BURCKHAKDT LA CULTURA DE L RENACLMíENTO E N ITALL4 2 4 25 * N
JACOB
BURCKHAKDT
LA
CULTURA
DE L RENACLMíENTO
E N
ITALL4
2 4
25
* N o obstante, el príncipe fue siem-
pre un hombre activo, y como hiio
de isus obras sentía cierta afinidad
con los que igualmente basaban su
existencia en los propios recursos
intelectuales, es decir, con los sa-
bios, los poetas, los músicos y los
artistas en general. La Academia por
él fundada '''^ depende de él en pri-
mer término: no es algo referido a
una masa escolar a quien se deba
instruir. Tampoco necesita aureo-
larse con la fama de los personales
que le rodean: lo que le importa
es su trato y sus obras. Es cierto
que Bramante, al principio, fue re-
compensado con mezquindad.'i'^ Pe-
ro de Leonardo sabemos que hasta
ante el ejército español y Massimi-
liano, se les pidió que entregaran
blo los quería".'^^ Pero no solamen-
te el Estado era una obra de arte
a la ciudad un documento en que
II esperado de él. Pero desde la
Ua de Taro (1495) , cuando me-
se sentía patriota italiano en
organizada sabiamente: lo era la
se hiciera constar que los milane-
ses no habían contribuido a su ex-
pulsión y que, sin haberse rebelado,
se veían obligados a entregarse a
un nuevo conquistador.''** Es tam-
bién digno de tenerse en cuenta, en
el aspecto político, que en seme-
jantes momentos de tránsito la des-
dichada ciudad —'lo mismo que
Ñapóles cuando la fuga de los ara- |
goneses— solía ser saqueada poi \
bandas de facinerosos (que a vece>
Ktjue se refería al honor de las
.as, y este sentir lo compartía
esposa. En adelante, ella verá en
manifestación de heroica fide-
como por ejemplo, la defensa
'aenza contra César Borgia, una
Vacien del honor de Italia. Nues-
juicio sobre Isabel no necesita
lOyarse en el testimonio de los ar-
>tas y hombres de letras que tan
.erosamcnte correspondieron al
enazgo de la hermosa princesa;
iUl propias cartas nos retratan su-
ficientemente a la mujer inconmo-
vible en su serenidad, aguda y gra-
ciosa en sus observaciones y amable
llompre. Bembo, Bandello, Ariosto
y Bernardo Tasso enviaban sus tra-
ft«|os a esta Corte, a pesar de su
íoqueñez, su escaso poder y que
Corte misma. Y lo era en todos sen-
tidos. Federigo sostenía a quinien-
tas personas. Los sueldos de los
dignatarios eran tan completos co-
mo en las Cortes de 'los más grandes
monarcas, pero no se derrochaba
nada. Todo se dirigía a un fín y
estaba sometido a un concienzudo
control. N i el juego ni la difama-
ción ni la jactancia eran aquí ad-
mitidos, pues la Corte debía ser,
al mismo tiempo, un centro de edu-
no dejaban tampoco de ser persC'
najes de alcurnia).
Dos señoríos sabiamente regidos
cación militar para los hijos de los
gi-andes señores, la formación de los
cuales era cuestión de honor para
1496 estuvo bien
retribuido
¿ Y
el duque. El palacio que se cons-
y gobernados
por hábiles
príncipes
¡
qué le detenía en esta Corte si no
era la propia voluntad? El mundo
estaba abierto para él como acaso
para ningún otro mortal contempo-
ráneo, y si hay algo en Ludovico el
Moro que hable en pro de la exis-
tencia de un elemento superior lle-
vienen a ser, en la segunda mitad f
del siglo XV, el de los Gonzaga, de
.Mantua, y el de los Montefellro, de
truyó no era el; más suntuoso, pero
sí clásico en la perfección de su
estructura. Allí reunió su mayor te-
soro, la famosa biblioteca. Como se
Urbino, Y a
entre
ellos
vivían
los
,
ít caja estuviese vacía casi siempre.
Gonzaga en bastante armonía. Ha-
cía largo tiempo que ¡no había en
la famiha homicidios secretos: po-
no de vida, es la larga permanencia
dían enseñar
a sus muertos
^El
mar-
del enigmático maestro cerca de el.
Si es cierto que posteriormente Leo-
nardo estuvo ai servicio de César
sentía seguro en un país donde todos
obtenían ventajas y nadie mendi-
gaba, iba siempre desarmado y casi
sin escolta. Ningún otro jerarca po-
día hacer otro tanto: se paseaba
por jardines abiertos y su frugal re-
fección se efectuaba en una sala
Borgia y Francisco I, es porque de-
abierta, mientras le leían pasajes de
bió de estimar también en ellos do-
Tito Livio ( o en
cuaresma de obras
tes naturales extraordinarias.
devotas). Por la tarde escuchaba
De los hiios del Moro, que des-
pués de su caída fueron deficiente-
mente educados por extraños, el
una disertación sobre temas de la
Antigüedad; después iba al conven-
de las clarisas, para dialogar con
la
superiora, a través de la reja del
mayor, Massimiliano, no se le pare-
ce ya en nada. El menor, Francesco,
no era, por lo menos, incapaz de
impulso y estímulo. Milán, que por
esta época hubo de cambiar de due-
qués Francesco Gonzaga '' y st'.
esposa Isabella de Este fueron, a
pesar de alguna aparente relajación
en los lazos matrimoniales, una pa-
reja digna y unida, que crió hijü«
felices y eminentes en una época
en que su pequeño, pero importan-
tísimo Estado, pasó a menudo por
los mayores peligros. Que Francesco,
como príncipe y como condottiere.
hubiera seguido una política recia
y honrada, esto, ni el emperador,
ni los reyes de Francia, ni Venecia
se lo hubieran pedido ni lo hubic-
No había, en parte alguna, desde la
disolución de la Corle de Urbino
11 'ÍÜ8), un círculo más refinado de
wuiivivencia social, y aún la de Fe-
ti'íu-a resultaba superada en lo esen-
cial, es decir, en la libertad de
IKovimiento. Era Isabel muy com-
petente amante de! arte, y nadie
^uc guste de estas cosas podrá leer
lln conmoverse el índice de su pe-
^tieña, pero escogidísima colección.
to
locutorio, sobre puntos de religión.
Urbino tuvo en el gran Federifío
(1444-1482 ) —fuese o no un au-
léiuico Moníefeltro— uno de los
mis eminentes representantes del
M'incipado. Como condottiere tenía
Al atardecer le agradaba dirigir per-
sonalmente los ejercicios gimnásti-
cos de los jóvenes de su Corte en
el prado de San Francisco, cuidan-
ño tantas veces y que con ello sufrió
do de que en los ejercicios de presa
li moral política de los condottieri,
infinitamente, procuró por lo me-
Prato, Archiv. Stor., III , págin;is
com. 302.
y de carrera se movieran de modo
nos asegurarse contra las reacciones.
298 ;
;
de la que sólo a medias eran cul-
pables; como príncipe seguía la nor-
A
los franceses, que se retiraban
77 Nacido
en
1446;
esponsales
con •
Isabella en
1480. cuando ésta contabii
seis años
de edad; sucesión,en
1484:
de
modo especial en las novelas e in-
enlace en 1490; muere en 1319; muer-
troducciones, referentes a Milán, de
Bandello.
fllü de gastar en el interior del país
iíí que ganaba fuera de él, agobián-
dole lo menos posible con impues-
te
de
Isabel en
1530. Sus hijos Fedc-
{0S,. D e él y de sus dos
sucesores
rigo (1519-40) , que heredó-,el ducado
en 1530, y el célebre Ferríyite GonzEi - :
perfecto. Procuraba mostrarse ama-
ble siempre y accesible. A los que
trabajaban para el los visitaba en
su taller o en su estudio, daba cons-
tantes audiencias, y, a ser posible,
resolvía las peticiones en el mismo
Amoretti, Mcmoñe
storiche .•otila
villa ecc. di Líomrdo da Vlnci, págs.
ga. —
El
texto
continuación sobre '
35 y sigs. y 83 y sigs. (Pero ésta no
era una Academia de Arte.)
'•f* Ver sonetos en Tmcchi, Poesle
inedite.
la
base
a
del epistolario dá; Istbel y
^8 Fran.
VeUorí, en
Archivo
Stor
apéndices.
Archiv.
Stor., apéndice
apéndice al tomo VI , 321. Sobre Fe-
tomo
II , transmiúdo
por
d'Arcb.
yuidobaldo y Francesco María pu-
^0 decirse: "levantaron edificios,
íilimularon el cultivo de la tierra,
^iihitaron su ciudad y tuvieron a
.Hiold o multitud de personas; el pue-
derigo,
Vesp. Fior.,
132 y sigs.
26 JACOB BUKCKHARDT 27 LA CULTURA DEL RENACIMIENTO EN ITALIA día. N o es, pues,
26
JACOB
BUKCKHARDT
27
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
EN
ITALIA
día. N o es, pues, milagro que a su
paso la gente se arrodillara en la
calle y exclamara: "Dio ti manten-
fia, signore!" Los Ingenios de aque-
llos tiempos le llamaban "Luz de
Italia"."^ Su hijo Guidobaldo, alta-
mente dotado, pero agobiado por
enfermedades y desdichas de toda
clase pudo, al fin, entregar su Es-
tado (1508) en manos seguras; en
las de su sobrino Francesco María,
nepote al mismo tiempo del pana
lulio n . Este príncipe logró, por
lo menos, mantener el país libre de
dominación extrar'ia duradera. Es
curiosa la inquebrantable decisión
con que estos príncipes ceden el
campo y huyen: ante las tropas de
César Borgia, Guidobaldo, y ante
las de León X , Francesco María.
Tienen la convicción de que su re-
torno será tanto más fácil y desea-
d o cuanto menos hayan hecho su-
frir al país con una defensa estéril.
Pero cuando Ludovico el Moro pen-
só de igual suerte, olvidó los mo-
tivos de odio que había contra él.
La Corte de Guidobaldo ha sido in-
mortalizada, como acabado modelo
de fina convivencia social y humana,
por Baldassar CastigHone, que en ala-
banza suya hizo representar ante ella
la égloga Tirsi (1506) y más tarde
situó los diálogos de su Cortigiano
(1518) en el círculo de la culta du-
quesa Elisabctta Gonzaga.
El gobierno de los Este en Fe-
rrara, Módcna y Reggio se mantuvo
en una curiosa zona intermedia en-
tre despotismo y popularidad.*"^ En
terior se fraguaban continuamente
conspiraciones. El bastardo de un
' nsificada. pero en medida toda-
la Universidad su sueldo; que a los
• soportable. Es cierto que, por
bastardo pretende usurpar al úniui
heredero legítimo
(Ercole I) . Año>
' parte, el príncipe atendía a la
Mi'ficcncia pública —como otros
después (1493 ) éste envenen a a
>;i
• nos de
la
época
en
Italia:
Ga-
mujer cuando averigua que ella ^
quería envenenar a su vez, por cu
cargo de su hermano Ferrante ck-
Ñapóles. El final de estas tragedia*-
fue la conjuración de los bastarde^--
contra sus hermanos, el duque rci
nante Alfonso I y el cardenal Ipp^v
lito (1506), que fue descubierta ;i
tiempo y castigados los culpablc,'-
con reclusión perpetua. El mecanis-
mo fiscal estaba, por otra paiie
muy desarrollado en este Estado y „
tenía que ser así, por ser el m¡is
amenazado entre todos los Estados;
grandes y medianos de Italia, y ne-
cesitar por lo tanto, en gran medi-
da, de armamentos y fortificaciones.
Es verdad que con la capacidad
contributiva se procuraba acrecen-
tar la riqueza y el bienestar natural
de la población, y el marqués Nic-
coló ( t 1441) manifestaba repelida-
mente su deseo de que sus va5allü^
fuesen más ricos que los de otros
monarcas. Si el rápido aumento de
la población constituía un testimo-
nio válido del bienestar real alcan-
zado, es un dato de importancia ct
hecho que (1497) en la capital, a
pesar de las extraordinarias obras
de ensancho realizadas, no había ca-
sas por alquilar.Ferrar a es la pri-
mera ciudad moderna de Europa;
es la primera en donde, por suges-
tión de los príncipes, se construyen
'/o María Sforza, por ejemplo—
I) tiempos de escasez hacía traer
II del exterior'*-, al parecer, lo
1 .irtia gratuitamente. En cambio,
tiempos normales, se resarcía
M cl monopolio de otros medios
mercenarios no les estaba permiti-
do esquilmar, para propio regalo,
•a ciudadanos y campesinos; que Fe-
rrara era inexpugnable y que su
fortaleza encerraba una imponente
suma de moneda acuñada. De un
olvido de la situación del Tesoro ni
cabía hablar. El ministro de Finan-
zas era, al mismo tiempo, ministro
de la Casa Ducal. Las obras em-
prendidas por Borso (1450-71), Er-
• iibsistencia, si no del trigo. Se
cole I (hasta 1505) y Alfonso I
' ivaba cl comercio de la cecina,
I pescado, de las fruías y de las i
iinibres, estas últimas cuidadosa-j
ule cultivadas sobre las murallas •
I-errara y al pie de lias mismas,
ingreso más dudoso, desde e!
Jilo de vista ético,, constituíalo la
><\ii anual de los cargos públicos
(hasta 1534) fueron muy numero-
sas, pero en su mayoría de escasa
importancia. En esto se revela cl
carácter de una dinastía que, con
loda su inclinación a lo suntuoso
—Borso sólo se mostraba enjoyado
y vestido de brocado— no quiere
> .u untes, costumbre, por otra par-
tí, difundida en toda Italia, pero de
' ' cual estamos mejor informados
lo que se refiere a Ferrara. Con
lencia al año nuevo de 1502, por
'iiplo, se nos cuenta que la ma-
ta compraban sus empleos a pre-
lanzarse a gastos irreflexivos. Alfon-
so, por su parte, estaba convencido
que sus villas, pequeñas, pero muy
bellas, no podrían escapar a la suer-
te que los acontecimientos trajesen
consigo: Belvedere, con los umbríos
parques; Montana, con los hermo-
• . desorbitados (saiati). Se mcn-
> mnun los cargos más diversos, co-
fiiii aduaneros, administradores de
i-siones (massüri), notarios, pa-
ís, jueces y hasta capitani; es
r, altos funcionarios ducales, de
distintas ciudades. Como una de
sos frescos y los bellos surtidores.
Es innegable que el hecho de en-
contrarse siempre amenazados de-
sarrolló en estos príncipes un gran
valor personal. En una vida tan lle-
na de artificio únicamente un vir-
tuoso podía moverse con desemba-
razo y con éxito. Todos tenían que
"sanguijuelas" que pagaron ca-
' su puesto y a quien el pueblo
el interior del palacio sucedían cosas
horribles. Una princesa era decapi-
tada por supuesto adulterio con su
hijastro (1425). Príncipes legítimos
grandes barrios regularmente dis-.
puestos. En ellos se reunía una po-
blación metropolitana por concen
tración de la burocracia y de In
y bastardos huyen de la Corte y
aún en el destierro los amenazan
asesinos enviados en su persecución
(la última vez en 1471). En el ex-
ttliorrecía "más que al propio dia-
l'lo" , se cita a Tito Strozza, aunque
líe creer que no se trata del fa-
.o -poeta latino. Cada año en la
ina época solía el duque hacer
"ii.i ronda por Ferrara, el llamado
mdar por ventura, con cuyo motivo
dejaba obsequiar por tos ciudada-
acaudalados. Los regalos se le
lan en esnecie y no en dinero.
I I duque ponía su orgullo ^ en
toda Italia supiera que en Fe-
1.1 los soldados percibían puntual-
iile su soldada, los maestros de
"i"^ Castiglionc.
Cortigiano,
libro
I.
industria, atraída o establecida se
gún un plan deliberado. Se instabí!
a opulentos fugitivos de t(i>da Italia,
florentinos sobre lodo, a que se es-
tablecieran en la ciudad y constru-
yeran en ella sus palacios. Sólo hi
tributación indirecta hiibo de ser
justificarse como dignos del seño-
río y demostrar que lo eran efecti-
vamente. Había sin duda grandes
zonas de sombra en sus caracteres,
pero en todos encontramos algo de
lo que constituía el ideal del italia-
no de la época. ¿Qué príncipe de
la Europa contemporánea puso, por
ejemplo el empeño de Alfonso I
en el desarrollo de la propia for-
mación? Su viaje a Francia, Ingla-
terra y los Países Bajos fue un ver-
dadero viaje de estudio, del que
obtuvo un exacto conocimiento del
comercio y la industria de aquellos
países.*** Es necedad reprocharle sus
El texto a continuación se basa
principalmente en los Annales Esten-
ses: Muratori, XX , y en el Diario Fe-
Diario
Ferr
en
Muratari,
¡col.
• II
Paulo Jovio, Vita Alfonsi duds,
V'iVí illustres,
SI
N o
es inoportuno mencionar, con
rrarese, Muratori,
XXIV.
547.
Paulo
Jovio,
l.
c.
este motivo, el viaje de León X como
28 LA CULTURA DEl. RENACIMIENTO E N ITALIA 29 JACOB BURCKHARDT Se dejaba sobornar por
28
LA
CULTURA
DEl. RENACIMIENTO
E N
ITALIA
29
JACOB
BURCKHARDT
Se dejaba sobornar por los ma-
el féretro de aquel ciudadano, lle-
trabajos de tornero en sus horas de
ocio; éstos andaban relacionados
con su maestría en la fundición de
cañones y su afición, exenta de pre-
juicios, a convivir con los maestros
de lodos los oficios. Los príncipes
tierro y a la confiscación de sus
bienes. Y poco faltó para que un
s criminales, y por medio de
tiras obtenía para ellos el in-
vándolo hasta el claustro, donde fue
inhumado. Esta participación oficial
subdito le hiciera rodar, raaltrccho-
ante el mismo Tribunal. En súpli
to ducal. A l duque le hubieran
;ado sus vasallos diez mil duca-
en los sentimientos del príncipe sur-
ge por vez primera en los Estados
ca de total perdón acudió al duque
italianos.E n el fondo de esta ac-
con la soga al cuello. El principadi)
estaba bien provisto de espías. El
duque en persona examinaba diaria-
, o más, por la destitución de
enemigo de Dios y de los hom-
titud puede ocultarse un bello sen-
italianos de la época no se atienen,
como sus contemporáneos nórdicos,
tir humano, pero su expresión, tal
, Pero Ercole lo había hecho
a la relación con una nobleza que
se considera a sí misma como la
única clase del mundo digna de es-
timación y que fomenta también en
mente la lista de viajeros llegados
a la ciudad. El que recibía un hués-
ped debía comunicarlo, bajo las má s
severas amonestaciones. En Bor
allero y lo había convertido en
pañero suyo, y Zampante con-
como la encontramos en los poetas,
suele ser bastante equívoca. Uno de
los poemas de juventud de Arios-
ió reunir unos dos mil ducados
to,**'^ consagrado a la muerte de Lio-
nora de Aragón, esposa de Ercole
el príncipe semejante presunción. En
so puede aún relacionarse esto
con su hospitalidad: no quería que
pasara por la ciudad ningún viaje-
ro ilustre sin honrarle debidamente.
to, es también una clase exclusiva,
pero en sus relaciones sociales, ha
de atenerse por completo a lo per-
sonal V no a una valorización de
casta. De esto hablaremos más ade-
iante. Los sentimientos de la po-
blación de Fen'ara hacia sus seño-
res constituían una curiosa mezcla
de tácito temor y de aquel espíritu,
auténticamente italiano, de expresar
sentimientos de benevolencia y de
una lealtad de subditos, de carácter
completamente moderno. La admi-
ración personal se transforma en
un nuevo sentido del deber, La ciu-
dad de Ferrara levantó en 145!. en
la Piazza, una estatua ecuestre de
Por lo que a Ercole 1 se refiere
puede decirse que con ello adopta-
ba simplemente una medida de se-
guridad personal. También en Bo
lonia, baio Giovanni II Bentivoglic
todo viajero de tránsito por la ciu
dad estaba obligado a obtener un
volante a la entrada de una puerta
para poder salir por la otra.^'^ La
popularidad del príncipe crece de
punto cuando destituye violentamen-
te a funcionarios que oprimen al
pueblo. Cuando Borso prende per
sonalmcntc a sus más íntimos con
sejeros, cuando Ercole I destituvc
con vilipendio a un recaudador ÓL
contribuciones que durante años erj
.os lo s años. Clar o qu e sólo co -
. pichones cebados en casa, y no
ulaba por las calles sin una ver-
lera escolta de ballesteros y es-
os. Su eliminación se hacía
rar demasiado, cuando he aquí
dos estudiantes y un judío con-
'80, a quienes había afrentado in-
ana mente, le dieron muerte en
propia casa durante la siesta
496), y en caballos preparados al
I, contiene, además de las impres-
Italia el príncipe tiene necesidad de
todos y a todos debe conocer. Cla-
ro que la nobleza, por su nacimien-
cindibles lamentaciones fúnebres, se-
gún las hallamos en todos los tiem-
pos, algunos rasgos completamente
modemos: "esta muerte supone pa-
ra Ferrara
un golpe del que no se
repondrá en muchos años; su bien-
hechora es ahora intercesora suya
en el cielo, pues la tierra no era
digna de ella; se comprende que
^ to cruzaron la ciudad, gritando:
la diosa letal no se le acercase co-
iSalid, vecinos, que hemos mucr-
mo suele presentarse a los demás
a Zampante!" Los hombres de
as enviados en su persecución
;aron tarde y los fugitivos pudie-
mortales infelices, armada de la gua-
daña cruenta, antes amable y reca-
tada y con rostro tan afable que se
, alcanzar la próxima frontera,
desvaneció todo temor". Pero en-
ro que llovieron los pasquines,
contramos también muestras de sim-
patía con los sentimientos de los
jerarcas de índole completamente
distinta. Novelistas que lo espera-
ban todo del favor de éstos y que
se veían obligados a contar con este
bronce en memoria del fallecido
príncipe Niccoló (1441). Borso no
se avergonzó de erigir allí cerca, en
bronce, su propia efigie sedente
(1454). Además, ya al principio de
su gobierno, la ciudad había decre-
teros se había ensañado con los con-
tribuyentes: entonces el pueblo en
ciende hogueras de júbilo y echa a",
vuelo las campanas. Pero hubo un
favor, nos refieren las historias amo-
rosas de los príncipes, a veces en
vida de éstos,"*^ en una forma que
a los siglos venideros ha de pare-
hombre a quien
Ercole dejó llega i
demasiado lejos: su jefe de policía,
tado que se levantara
en su honor
o como quiera llamársele (capitam
as Un temprano ejemplo, Bcmarbó
una "colunma triunfal de mármol'.
Un ciudadano de Ferrara que en
el extranjero —en Venecia— ha-
bía hablado mal de Borso pública-
di giustizia), Gregorio Zampante, de
Luca (pues no convenía que nativo>
ocupasen cargos de esta índole). Los
mismos hijos y hermanos del duque
temblaban ante él. Las multas que
Visconti;
véase página
17,
83 Como capítulo 19 en las Opere
mente, fue denunciado a su regreso
minori, ed, Lemonnier, vol. 1, pág. 425.
titulado Elegía 17. Sin duda le era
desconocida al joven poeta de dieci-
y condenado por el Tribunal al des-
imponía ascendían a centenares y
miiJares de ducados,
y la-), tortura
nueve años la causa de esa muerte
(página 40).
empezaba ya antes del iriferrogato-
90 En los Hecalommithi, de Giraldi
cardenal. Véase Paulo Jovio, Vita Leo-
nis X, lib. L El pronósito era menos
serio, más orientado en el sentido de
la distracción y el conocimiento del
mundo, pero, según su espíritu, com-
pletamente moderno. Ningún hombre
del Norte viajaba entonces con se-
mejantes fines.
Cinthio,
I , nov. 8; VI , nov. 1, 2, 3,
4 y
10,
tratan de Ercole I . de Alfon-
Joviano Pontano, De^Uberalitutí.
so I y de Ercole I L Todas están es-
critas en vida de los dos últimos. Tam-
s« Giraldi Cinthío, Héfal^hiithi.
^
bién en Bandello encontramos muchos
VI,
nov. 1.
Vasari, XII , 166.
s en forma de sonetos, otros en
a de canciones. Por otra parte,
ondía perfectamente al espíritu
este principado el que el sobe-
.0 impusiese a la Corte y al pue-
su alta estimación hacia fieles
idores. Cuando en 1469 falleció
consejero privado de Borso, Lo-
ivico Casella, se dio orden que en
día de su entierro no funciona-
ningún tribunal y que se man-
iese todo cerrado, desde la más
ilde tiendecita de la ciudad has-
k s aulas universitarias. Todos
ían acompañar el cadáver a San
imenico, pues también el duque
haría. Y así fue, en efecto: apa-
íó el duque —"el primero de
Casa de Este acompañando el
ver de un simple vasallo"—
o de luto y arrasados los ojos,
iban los parientes de Case-
escoltados individualmente por
personaje de la Corte; miembros
pasajes alusivos a príncipes contemno-
Vila di flidic-
la nobleza sacaron de la iglesia
ráneos.
langelü.
LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA 31 30 JACOB BURCKHARDT de intelipencia, como Maquia-
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
E N
ITALIA
31
30
JACOB
BURCKHARDT
de intelipencia, como Maquia-
cer la suma de toda indiscreción,
pero que entonces se aceptaba co-
mo una atención inocente. 'Hasta los
poetas líricos cantaban las pasiones
ilegítimas de sus altos señores legí-
timamente casados algunos: Angelo
Poliziano canta las de Lorenzo el
Magnífico y, con especial acento.
Joviano Poníano las de Alfonso de
Calabria. El poema que alude a es-
te último delata involuntariamente
la maldad del aragonés, pues al de-
cir del poeta, tenía que ser Alfon-
so, también en este campo, más fe-
bastardos. Que todo poder y digni-
dad proceden del príncipe, como
una característica personal suya, es-
taba ya simbolizado hacía tiempo'"
en la Qrden de la Escuela de Oro,
que nada tenía que ver ya con la
caballería medieval. Ercole I aña-
dió a la espuela una espada, un
manto bordado de oro y una dota-
ción, a cambio de lo cual se exi-
gía, sin duda, un servicio regular.
El mecenazgo, que dio a esta Cor-
te celebridad universal, estaba vin-
culada, en parte, con la Universidad,
que era una de las mejores de Ita-
lia, y en parte con la Corte y la
burocracia del Estado. N o puede de-
cirse que se hicieran, sin embargo,
en este campo , extraordinario s sa-
crificios. Boiardo, como noble, rico
propietario rural y alto funcionario,
pertenecía enteramente a estas es-
feras. Cuando Ariosto empezó a ser
algo, no había ya, en el verdadero
sentido de la palabra por lo menos,
Corte florentina ni milanesa, y pron-
to no la hubo ya en Urbino, eso
sin hablar de Nápoles. Debió, pues,
de conformarse con un puesto jun-
to a los músicos y saltimbanquis de!
cardenal Ippólito hasta que Alfon
so le tomó a su servicio. El caso
de Torcuato Tasso, en tiempos pos-
teriores, fue desde luego, diferente,
pues la Corte mostró verdadero celo
por retenerle.
por ejemplo, sabían, por otra
muy bien que Milán o Ná-
estaban demasiado "corrompi-
viene de Dios, aouellos príncipes,
en el caso que cada uno los hubie-
ra apoyado con buena voluntad y
corazón honrado, habrían termina-
. para llegar a constituir una
blica—. Se aplicaban la más
Iguh , ar
justicia
aouellos
;idos que, a la sombra
presuntos
de la vic-
ia, no eran ya más que un
¡texto nara viejas querellas (famí-
do por ser buenos y por olvidar,
necesariamente, su violento origen.
Pero a fantasías y espíritus apasio-
nados, dotados de ardiente inven-
ción creadora, no se les podía pe-
dir tanto. Como los malos médicos,
;s.
U
n príncip e italiano , al cual
[ppa von Nettesheim aconse-
liz
que
nadie, si no
. ¡desgracia-
dos de los que fueran más felices
que él! Que los grandes pintores,
Leonardo, por ejemplo, retrataran a
las amantes de sus señores, era co-
sa absolutamente natural.
BU supresión, le contestó: "¡Sus
itas llegan a producirme hasta
mil ducados al año de mul-
. " Y cuando, por ejemplo, en
<0, durante el breve retorno del
creían acabar con la enfermedad su-
primiendo el síntoma, y estaban con-
vencidos que asesinando al pn'ncine
la libertad surgiría por sí misma.
O , sin ir tan lejos, pretendían sim-
plemente buscar un desahogo al odio
que _ en todos alentaba, o vengar
a sus Estados, los güelfos lia-
Pero el principado de Este no es-
peró la glorificación por mano ex-
traña: se glorificó a sí mismo. Borso
se hizo pintar, en e] nalacio de
Schifanoia en una serie de episodios
alusivos a las hazañas de los regen-
tes, y Ercole celebró (por vez pri-
mera en 1472) el aniversario de su
advenimiento al poder con una pro-
cesión que explícitamente se com-
una parte de las tropas fran-
¡, que se encontraban cerca de
para que acabaran con los gí-
tos, los franceses saquearon'y
naron primero a éstos, cier-
lente, pero después hicieron lo
»io con lo s PÜelfos , hasta qu e
;ona quedó completamente aso-
""^
También en la Romana, don-
la pasión y la venganza eran
imas, habían perdido por com-
ió aquellas denominaciones el
intcnido político. Una prueba de l
bívarío de tan desdichado pueblo
'í^nstituía la creencia de que los
desdichas familiares o afrentas per-
sonales. Si el régimen es absoluto y
desconoce todas las vallas de la ley,
también son absolutos Jos medios a
que recurre el adversario, que des-
conoce entonces igualmente toda va-
lla y toda restricción. Y a Bocaccio
lo dice claramente: "¿H e de lla-
mar al déspota rey o príncipe, y
guardarle fidelidad como a m i su-
perior? ¡No! Porque es el enemigo
de la comunidad. Contra él puedo
recurrir a las armas, a la conspira-
ción, a los espías, a la asechanza,
al ardid
. Hacerlo así es una obra
par ó co n I'a de l Corpus : hasta la
última tiendecita estuvo cerrada, co-
mo si fuera domingo, y en medio
del cortejo figuraron todos los miem-
bros de la Casa de Este con áureas
vestiduras. N i siquiera faltaban los
tifos venían obligados a simpati-
cpn Francia v los pibelinos con
iña. N o veo que quienes explo-
j n este desvarío político alcan-
fan d e él grandes frutos. Después
cada intervención, Francia se vio
pre obligada a retirarse de Ita-
ñ y dejar el campo Hbre, y lo que
l«gó a ser de Esuaña, después de
VI. LOS ENEMIGOS DE L A TIRANÍA
»ber sacrificado a Italia, es cosa
se
toca con las
manos,
Frente a esta concentración de poder
en el príncipe, toda resistencia en
el interior del Estado mismo había
santa y necesaria. N o hay sacrifi-
cio más agradable que el de la san-
gre del tirano." N o hemos de ocu-
parnos aquí de los distintos casos
en particular. En un conocidísimo
capítulo de sus Discursos,^ Maquía-
velo trata de las conspiraciones an-
tiguas y modernas, desde los tiem-
pos de las tiranías griegas, y las
enjuicia fríamente según su carác-
ter y sus probabilidades de éxito.
Aquí nos permitiremos únicamente
dos observaciones sobre los asesina-
tos durante los Oficios divinos y
sobre la influencia de la Antigüe-
dad.
de ser inútil. Los elementos nece-
'ero volvamos a nuestro tema del
idpado en el Renacimiento. Es
que un alma completamente
_ hubiera podido argumentar,
lien entonces, que si todo poder
sarios para el establecimiento de
una república-ciudad habían sido
cuando le pluguiese, inclinarse pul-
los güelfos o por los glbelinos y
adoptar para sí o para sus bravi la
indumentaria corresnondiente, llevar
ía pluma en el birrete o^vilos rodo
tes en las calzas
-^ló s hoin*
aniquilados para siempre y todo se
orientaba en el sentido del poder
Era casi imposible tener al alcan-
ce de la mano al tirano, siempre
Discorsi, I , 17.
Mencionada
ya en
1367 con re-
y del empleo de la violencia. La
ferencia
a Niccoló el Viejo,
en- Po/i*.
De
incert,
et
vanitate
scientia-
"6 De
casibus
virorum
illusírium,
nobleza, privada de derechos polí-
ticos, hasta allí donde disfrutaba
aún de privilegios feudales, podía.
cap. 55.
tore, Muratori, XXIV,
cof. 84fe.
lib.
ÍI , cap.
15.
Prato, en Archiv. Stor., III , pá-
Discorsi, III , 6.
Compárese Sto-
241.
gina 432.
«2 Burigozzi, en Arch. áíor.,jn , pá-
'•
rie fior.,
Ub. VIII,
cap. I.
LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA 33 32 lACOB BURCKHAKDT rodeado de sus guardias,
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
E N
ITALIA
33
32
lACOB
BURCKHAKDT
rodeado de sus guardias, si no era
en el templo en ocasión de alguna
solemnidad religiosa. Era también
entonces cuando podía encontrarse
forzcKo que tuviesen en la memu
ria los asesinatos de los tiranos de
la Antigüedad. Sería difícil demos
trar que, en lo prlncioal, la decisión
Paolo Boscoli, cuya conspiración
contra Giuliano, Gíovanni y Giulio
de Medici (1513) fracasó, sentía un
gran entusiasmo por Bruto y se ha-
bía propuesto, si lograba encontrar
reunida a toda la familia. Así, los
fabrianeses **** acabaron en 1455 con
toda la dinastía de sus tiranos, los
Chiavelli, durante la misa mayor, a
las palabras del Credo "et incarna-
tus est", según lo convenido. En
Milán, el duque Giovan María Vis-
conti fue asesinado (1412) a la en-
trada de la iglesia de San Gotardo,
y en 1476 el duque Galeazzo Ma-
ría Sforza, en la iglesia de San Ste-
fano. Y Ludovico el Moro escapó
al puñal de los partidarios de la
duquesa Bona (1484) por haber
al hecho mismo estuviese esencial
mente condicionada por el ejemplo,
pero es evidente que la apelación a
la Antigüedad no era una simple
frase o un recurso de estilo. En el
caso de los asesinatos de Galeazzo
Sforza: Lampugnaní, Olgiati y Vis-
conti, hallamos las más curiosas mo
tivacioncs.^*"^ Lo s tres asesinos te-
nían motivos personalísimos y, sin
embargo, decisión debió de vcnii'
por un motivo de carácter más ge-
neral. U n humanista y maestro tk'
elocuencia. Cola de Montani, había
encendido en un grupo de jóvenc?
nobles milaneses un ansia vaga de
fama y de grandes hechos en ar;i>
de la patria, llegando a proponer
anto los dos mencionados en primer
lugar cl tema de la liberación de
Milán. Pronto infundió sospechas v
fue expulsado, viéndose obligado li
abandonar a Jos muchachos a su vol-
cánico fanatismo. Unos diez días
antes del hecho se juramentaron so-
lemnemente en el convento de Sun
Ambrosio. "Allí —dice Olgiati—,
(il|ü, mientras el verdugo le hendía
'i| pecho; "[Aguanta, Girolamo! Du-
mnte mucho tiempo se hablará de
lli ¡la muerte es amarga, pero la
fuma es eterna!"
Por muy ideales que aparezcan
(tt(uf propósitos y designios, en el
mod o y manera como llevaron a
O la conspiración, trasluce, no
ante, la imagen —que nada lie-
de común con la libertad— del
iRÍs perverso de los conspiradores:
un Casio, imitarle fielmente. Por
fin se le unió Agustino Capponi. Sus
últimas palabras ^'^ en la prisión,
uno de los documentos más impor-
tantes sobre la conciencia religiosa
de la época, nos hacen
fuerzo para
librarse
d e
ver el es-
sus fanta-
Calilina. Los anuarios de Siena dí-
t'cn explícitamente que los conspi-
rídorcs habían estudiado a Salustio,
\q cual se deduce claramente de la
tíonfesión de Olgiati,Volveremo s
sías romanas y morir cristianamente.
Un amigo, y su confesor, tuvieron
que asegurarle que Santo Tomás
condenaba en general todas las cons-
piraciones, lo que no era obstáculo
M encontrar, en otras ocasiones,
penetrado en la
iglesia de San Am -
brosio por una puerta distinta de
la en que aguardaban los conjura-
dos. N o había impiedad en todo
ello. Los asesinos de Galeazzo, an-
tes de su acción, rezaron al santo
tutelar de la misma iglesia y aún
ítquci terrible nombre. Y es que. en
verdad, para lo s complots secretos
V prescindiendo del fin perseguido,
no había má s seductor ejemplo.
oyeron misa primero. Sin embargo,
en la conspiración de los Pazzi con-
tra Lorenzo y Giuliano de Medici
I*ara los florentinos, en cuantas
iK'Hsiünüs se libraron o intentaron
librarse de los Medici, la muerte del
llfuno constituía un ideal proclama-
(jd abiertamente. Después de la huí-
de los Medici en 1494, se sacó
su palacio el grupo de bronce
Donatello. que representa a fu-
|
:
(1478), una
de las causas del fra-
para que el confesor hiciese luego
al mencionado amigo la confidencia
que Santo Tomás había establecido
una distinción a un üueblo contra
la voluntad de éste. Cuando Loren-
zino de Medici dio muerte al du-
que Alessandro (1537) v huyó, apa-
reció una apologia.^^í* probablemen-
te auténtica, escrita en todo caso
por encargo suyo, en la oue se elo-
gia la muerte del tirano en sí, como
la obra más meritoria. A sí mismo
se compara sin miedo —en el caso
caso parcial fue que el bandido
Montesecco, si bien estaba dispues-
to a que el crimen se cometiera du-
rante un banquete, se negó a inten-
tarlo en la catedral de Florencia, Se
le sustituyó por religiosos, a quienes,
"habituados al lugar santo, éste ya
no les infundía tanto respeto".-*'*
Por lo que se refiere a la Anti-
güedad, a cuya influencia sobre los
aspectos morales, y especialmente
sobre los políticos, se alude frecuen-
temente, fueron los príncinos mis-
mos lo s qu e diero n ejempl o a!' toma r
como modelo, a menudo explícita-
mente, el antiguo Imperio Romano,
tanto en su conducta como en la
idea que tenían del Estado. Asimis-
mo sus adversarios, si obraban obe-
deciendo a un designio teórico era
dlt
con Holofernes muerto,^"^ y se
que Alessandro fuese un verdadero
le
puso delante de la Señoría, en
en una escondida celda, alcé los oio^
ante una imagen de San Ambrosio
y supliqué su auxilio, para nosotros
y para todo su pueblo". El sanio
patrón de la ciudad debía prole-
a los asesinos, lo mismo que,
d.
pues, San Esteban, en cuya igleíi.i
ocurrió el asesinato. Lograron atraer,
más o menos, a otros muchos, y se
reunían de noche en casa de Lam
pugnani, donde se eicrcitaban con
vainas de puñales. La conjuraci/^n
tuvo éxito, pero Lampugnaní ca.i,
muerto allí mismo por los que ru
deaban al duque y los demás fueron
detenidos. Visconti müsti;<6 arrepeii
timienlo, Olgiati, a pesar de lod.is
é mismo lugar que ocupa actual-
itMmte el David de Miguel Ángel,
t'On la siguiente inscripción: "Exem-
(ittmi salutis publicae cives posue-
1495". De modo muy especial se
rtrivindicaba la figura de Bruto, que
íixluvía en Dante aoarece en las
Mafundidades del Infierno junto
Nh Casio y Judas Iscariote, ñor ha-
licr traicionado al Imperio, Pietro
" 1 Véanse en la propia relación de
1, e n Corio, pasajes como cl si-
: "Quisque nostrum magis so-
Medici y por l o tanto pariente su-
yo, aunque lejano—, con Timoleón,
el fratricida por natriotismo. Otros
han recurrido, en tales casos, a la
comparación con Bruto. Que mu-
cho después Miguel Ángel se dejara
influir por semejantes sugestiones,
se infiere de su busto de Bruto (en
los Uffizi). L o dejó incomnieto, co-
m o la mayoría d e sus obras, pero
no ciertamente por el dolor retros-
pectivo que pudiera haberle causa-
do la muerte de César, como pre-
tende el dístico que aparece al pie.
Un radicalismo colectivo, como el
•i'^
imlissime et
infinitos
alios solici-
que se ha desarrollado frente
a las
|#e,
infestare,
altcr
alteri benévolos
modernas monarquías, l o buscaría-
las torturas, insistió en que
h:i'- •
I' r.'iiiT C cocpit. Aliqui aliquibus pa-
liare ; simal magis noctu ederc,
Anotadas
por un testigo de oí-
sido un sacrificio grato '¿Dios \
vigilare, nostra omnia bona po-
fts Corio,
fol, 335. El texto
a con-
l!tC."
tinuación, ibicL, foIs. 305, 422 y sigs.
y 440.
i w Corio
fol.
422.
vasari, III, 251, nota a la Vida
das, Lucca della Robbia, Arch. Stor.,
I, 273, Véase Paulo jovio. Vita Leo-
nis X, Ubro III , en Vir¡ illustres.
)(lJt:groit v
ijltf
iíünatcllo.
«!> Sic, en Galliis, según Sismondi,
Xí, 93.
^
Diari
Sanesi. Muratori,
XXIÍ1.
ei>!
Roscoe, Víia di Lorenzo de Me-
>"» Inferno,
XXXIV,
64.
dici, vol. IV , supl.
12,
777,
LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA 35 3 4 JACOB BURCKHARDT mos inútilmente en
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
E N
ITALIA
35
3 4
JACOB
BURCKHARDT
mos inútilmente en los principados
del Renacimiento; cada uno protes-
taba, ciertamente, en su intimidad,
contra el príncipe, pero en vez de
buscar la unión con otros para ata-
carle, procuraba organizar su vida,
bajo el régimen establecido, de la
manera más tolerable o ventajosa
posible. Tenían que llegar las co-
sas al extremo que vemos en Cli- f
merino, en Fabriano o en Riminii i
(páginas
1 8 y
19 ) para que la
po-
l
los Tudescos, en cuyos portales vi-
ven y acumulan sus mercancías la
gente de esta nación y ante los cua-
blación aniquilara o expulsara a la
dinastía reinante. Por otra parte su
sabía que con ello se lograba úni-
camente cambiar de señor. La estre-
lla de las repúblicas declinaba de-
cididamente.
líludad. Según éste, el 25 de marzo
ilcl año 413, al mediodía, gentes de
l'fulua pusieron la primera piedra
t'ii lí-ialto e iniciaron con ello la
t*(ínslnicción de lo que debía ser
iin sagrado e inatacable reducto en
l'ii Itali a desgarrad a po r lo s bárba -
Más adelante se supusieron en
ente de los fundadores atisbos
futura grandeza. M . Antonio
illico, que celebró el aconteci-
o en suntuosos y copiosos he-
'os, pone en boca del sacer-
les echan el' áncora, uno tras otro,
los navios; más amba, la (flota del
vino y del aceite, y paralelas a la
orilla, donde pululan los faquines,
los cobertizos de los tratantes; des-
pués, desde Rialto hasta la plaza de
San Marcos, las barracas de los per-
fumistas y las hosterías. Así va lle-
vando al lector de barrio en barrio,
hasta los dos lazaretos de las afue-
Vli .
LAS REPÜBLICAS: VENECIA
Y FLORENCIA
e que consagra la fundación de
ras, que se señalan como los insti-
la ciudad la siguiente invocación al
eielo: "Si alguna vez intentamos al-
tutos de más alta utilidad, pues só-
lo en Venecia podían encontrarse
Hubo un tiempo en que las ciuda-
des italianas desarrollaron en el más
alto grado esa fuerza que convierte
cualquier propósito con tal que s e
les pagase, una vez que los parcia-
les gobiernos de parddo se habían
grande, ¡haz que prospere! Aho-
tan perfectamente organizados. La
M
nos arrodillamos ante un pobre
a la ciudad en Estado. Sólo era ne-
cesario que esas ciudades se aliasen
en una gran confederación, idea con
la q ue volvemos a encontrarnos
acostumbrado a prescindir de la leva
general de ciudadanos, por inser\'¡-
ble. La tiranía devoró la liber-
tad de la mayoría de las ciudades.
'.Uter, pero si nuestros votos no son
vanos, han de erguirse aquí para
mayor gloría tuya, oh Dios,
tem-
siempre en Italia, presentada en ésta
Aquí y allá se logró expulsarla, pe-
o
en otra forma, según cada caso
particular.' En las luchas de los si-
glos XI I y XIII llegóse entre las ciu-
ro sólo a mediasi v por corto tiempo-
Acababa siemnre volviendo, porque
existían las condiciones internas que
le eran propicias y las fuerzas d e
oposición estaban gastadas.
Entre las ciudades que conserva-
ron su independencia hay dos de im-
portancia primordial por lo que a
plos de mármol y de oro".^'*^ A fines
dol siglo XV la ciudad insular era ya
Bomo la arquilla de joyeles del mun-
do. El propio Sabellieo la describe
gomo tal co n sus viejísimas cú-
IHíIas, con sus torres inclinadas, con
dades a ahanzas verdaderamente for-
midables desde el punto de vista
bélico, y Sismondi cree (II , 174 )
que los días de los últimos prepa-
rativos guerreros de la alianza lom-
barda entre Barbarrossa (desde
1168) señalan la coyimtura propicia
para una confederación general ita-
liana. Pero las ciudades más pode-
rosas habían desarrollado ya un ca-
la historia de la humanidad
fiere: Florencia, la ciudad
se re-
de h
$ü$ fachadas incrustadas de mármo-
les, con toda su compacta suntuosi-
dad, en que se compaginaban el
de los techos y el alquicel del
Imo rincón. Nos lleva a la plaza
San Giacometto, junto al Rialto,
tiona de apiñada muchedumbre, don-
rácter propio, con rasgos peculiares,
que lo hicieron imposible. Como
competidoras comerciales, recurrían,
unas contra otras, a medidas extre-
mas y subyugaban a las ciudades
vecinas más débiles, reduciéndolas
asritación constante, que nos ha de-
jado documentos, tanto individuales
como colectivos, de quienes duran-
te tres siglos participaro n en esa
agitación, y Venecia, la ciudad del
visible cquiHbrío y del silencio po-
lítico. Ambas constituyen los extre-
mos, y son algo que no puede com-
pararse en el mundo.
de
los negocios de todo un mundo
lio
se delatan con estridentes pala-
bras en los pórticos que rodean la
plaza,^"'-' y en las calles contiguas se
|ttuaban centenares de cambistas y
Pntei-os. y encima de ellos tiendas
y almacenes sin fin; allende el puen-
te se encuentra el gran Fondaco de
beneficencia era, en general, una pe-
culiar característica de los venecia-
nos, tanto en tiempo de paz como
de gitcrra. Su cuidado de los heri-
dos, aún de los enemigos, era obje-
to de asombro para los extraños.^^"
Todo lo referente a instituciones
públicas era ejemplar en esta ciu-
dad. Todo lo relativo a pensiones
se hallaba sistemáticamente organi-
zado, incluso lo que se refería a
mandos y legados. La riqueza, la
seguridad política y el conocimien-
to del mundo habían llevado la re-
flexión sobre tales cosas a un alto
grado de madurez. Estos hombres
esbeltos, rubios,* con su leve v dis-
creto andar y su hablar circunspec-
to, apenas si se distinguían entre sí
por el atuendo. Las mujeres, las
muohaohas, cuidaban solícitamente
su atavío^ se adornaban esnecial-
raente con perlas. Reinaba entonces,
a pesar de las grandes pérdidas oca-
a una servidumbre sin ley. Ello sig-
Bcnedictus, Carolas VIII, en Ec-
nifica que, a la postre, creían poder
valerse por sí mismas y prescindir
de la totalidad de la nación, con lo
cual preparaban el terreno para
otros regímenes de tiranía. Y la ti-
ranía Uegó cuando las luchas intes-
tinas de los distintos partidos de la
nobleza entre sí y con los ciudada-
nos despertaron el anhelo de un go-
bierno firme; cuando los mercena-
1*^7 Genethliacum Venetae urbis, en
card, Scripiores, 11, eols. 1597, 1501
Venecia se reconoció siempre a sí
misma como una maravillosa y mis
teriosa creació n en la cual' hab.^'a in-
tervenido algo que estaba poT'enci-
ma del humano ingenio. Existía un
mito de la solemne fundaciqffj de hi
m Carmina de Sabellieo. Comp. San-
ino, Venezia, fol, 203. La más alta
y 1621. En el Chron. Venetum, Mura-
tori, XXIV , cois. 26,
se enumeran las
ica veneciana —véase Pertz. Mo-
IX, págs. 5 y 6— sitúa la fun-
ión de los poblados insulares en la
virtudes políticas de los venecianos,
bontá, innocenza, zelo di carita, pieíá,
misericordia.
a longobarda y la de Rialto exülí-
* Los venecianos
llevaban, por lo
amente
años
después.
f
último puíito ii¡cav^
WE sifn Yenelae urbis.
i m
Toda esta parte ha sufrido no-
if"** Sobre
este
general, el pelo corto, a diferencia de
florentinos, milaneses y otros. Erasmo,
en su Coloquio del soldado y el cor-
fac. Nardi, Vita di Ant. Giacomini,:pa-
!es cambios debido a las nuevas cdi-
íciones de principios del siglo XVI.
rios de que se disponía apoyaron
gina 18.
;
4
tijo, escribe: "Muchos nobles venecia-
nos se afeitan totalmente sus cabezas."
36 JACOB BURCKHARDT LA CULTURA DEL RENACIMIENTO E N ITALIA 37 sionadas por los turcos,
36
JACOB
BURCKHARDT
LA
CULTURA
DEL RENACIMIENTO
E N
ITALIA
37
sionadas por los turcos, una pros-
peridad realmente espléndida. Y aún
bastante después pudo Venecia re-
difícil afirmarlo. Una de las causas
aún a costa de la justicia.^'^' Sin
sistir mucho tiempo, a pesar de los
embargo, esta gran actividad a pleno
aire dio a la nobleza veneciana en
conjimto. una orientación saludable.
prefuicios d e Europa
y de sus fuer-
principales de este estado de cosas,
la pobreza de muchos nobles, no
podía resolverse de la noche a I;t
mañana. En 1492 dos nobles pre-
sentaron una moción en que propo-
nían que el Estado dedicara 70.00U
ducados anuales para ayuda de los
nobles pobres que no desempeñaban
ningún cargo. La moción estuvo u
punto de llegar al Gran Consejo,
donde hubiera podido obtener ma-
yoría; pero el Consejo de los Diez,
intervino a tiempo, desterrando de
por vida a los dos culpables a Ni-
cosia, en Chipre.'^i^ Por esta época
un Soranzo fue ahorcado en las
afueras por ladrón de iglesia, y coti-
denado a cadena perpetua un Con-
tarini por robo con violencia; otro
de la misma familia se presentó en
1499 a la Señoría quejándose de
que hacía muchos años aue estaba
sin empteo, que sólo tenía dieciséis
ducados de ingresos y nueve hijos,
_ 18 parecidas, l a más tumultuosa
ílstoría política? La causa del ca-
rácter inconmovible de Venecia re-
tóde, más bien, en mía concurrencia
de circunstancias que no se dan en
ninguna otra parte. Inexpugnable
como ciudad, consideró siempre los
asuntos exteriores con la más fría
roñexión, ignorando casi la lucha
entre los partidos que asolaba el res-
to de Italia. Sólo con fines transi-
torios concertó alianzas, y al más
elto precio posible. El tono del ca-
'ácter veneciano era, por lo tanto,
" de un espléndido aislamiento, has-
lí-el de un aislamiento casi despec-
'O, que traía como consecuencia
una fuerte solidaridad interna, en
la cual ponía también lo suyo el
odio a todo ol resto de Italia. En
la misma ciudad tenían todos los
habitantes los más altos intereses
comunes, tanto por lo que se refe-
ría a las colonias como por lo que
atañía a las posesiones d e tierra
firme, pues la población de estas
posesiones, (es decir, la de las ciu-
dades, hasta Bérgamo), sólo en Ve-
necia podía comprar y vender. Una
lan artificial ventaja sólo podía
mantenerse con la tranauilidad y la
armonía en el interior. Y que la in-
mensa mayoría lo sentía así explica
el hecho de que fuese Venecia te-
weno propicio para los conspirado-
his. Y si había descontentos, se les
mantenía divididos por la separación
entre nobles y ciudadanos, de tal
Y si la envidia y la ambición recla-
zas concentradas, los golpes más ru-
dos: el descubrimiento de las rutas
marinas a las Indias Orientales, la
caída del Gobierno de los Mamelu-
cos de Egipto y la gueira de la Liga
de Cambray.
Sabellico, que era oriundo de la
región de Tívoli y estaba habitua-
do al desenvuelto platicar de los fi-
lósofos de la época, dice, no sin
asombro, en otro pasaje,^ que los
jóvenes nobles que acudían a sus
lecciones matinales no se dejaban
inducir a tratar de política: "Cuan-
do les pregunto lo que la gente
piensa aquí de algunos de los mo-
vimientos que se observan en Italia,
me contestan unánimemente que no
saben nada." Sin embargo, de la
parte más corrompida de la noble-
za, a pesar de la inquisición del
Estado, podía obtenerse alguna in-
formación, aunque no a tan bajo
precio. En el último cuarto del si-
glo XV había traidores en las más
altas magistraturas; los papas, al
servicio de la República, disponían
de adictos delatores, algunos a suel-
do fijo. La cosa llegó a tales ex-
tremos, que el Consejo de los Diez
consideró prudente ocultar al Con-
sejo de los Pregadi las noticias po-
líticas de importancia. Se suponía
incluso que Ludovico el Moro dis-
ponía de un determinado número
de votos entre los Pregadi. Si sir-
vieron de algo las ejecuciones noc-
turnas de algunos culpables y las
altas retribuciones ofrecidas a los
delatores (hasta sesenta ducados de
pensión vitalicia, por ejemplo, es
maban su presa alguna vez, había
una víctima oficial, medios legales
y una autoridad a que se sometió
durante años enteros al dux Fran-
cesco Foscari ( f 1457): a los
ojos
de toda Venecia es acaso el más
terrible ejemplo de estas vindictas,
sólo posibles en las aristocracias. El
Consejo de los Diez, que en todo
intervenía, que gozaba de un dere-
cho absoluto de vida o muerte sobre
las arcas y sobre las armas, aue
contaba inquisidores entre sus miem-
bros y que
fue capaz de derribar
a Foscari y a otros tan poderosos
como él, este Consejo era reelegido
anualmente por la casta que tenía
en sus manos el poder, po r el Gran
Consiglio, y era así su más inmedia-
ta y fiel expresión. N o es de presu-
a lo que había que añadir sesenia
mir que hubiera grandes intrigas con
ducados de deudas, que no enten-
día de negocios y que recientemente
le habían puesto en medio de la
calle. Se comprende que algunos no-
bles ricos construyeran casas con ci
objeto de facilitar habitación gra-
tuita a los nobles pobres. Corno obra
de caridad nara agradar a Dios, en
contramos mencionada en testamen-
to la construcción de casas, a veces
de manzanas enteras.^"^**
motivo de estas elecciones. La corta
duración y la ulterior responsabili-
dad no hacían muy apetecible el
cargo. Ahora bien, por violento v
subterráneo que fuera el proceder
de aquel Consejo, el verdadero v&-
neciano no rehuía esta autoridad
—ni ninguna otra^—, sino que se
presentaban ante ella: no sólo por-
que eran largos los tentáculos de
la república y lo que no sufría el
Si lo s enemigo s d e Veneci a ha-
bían fundado alguna esperanza seria
en estas dificultades, se equivocaron
totalmente. Creeríase aue el auge
del comercio, que permitía al más
pobre obtener una ganancia suficien
te o una retribución humana per
su trabajo, y las colonias del Me-
diterráneo Oriental, habían desvia-
do las fuerzas peligrosas de la poii
tica. Sin embargo, ¿no tuvO'-Cénova.
modo, que era difícil toda confabu-
lación. Una de las principales cau-
las —acaso la más peligrosa en
los ricos— de toda conspiración, el
bdio, estaba superada, por lo que
B l a nobleza se refiere, por las gran-
des empresas comerciales, los viajes
las constantes guerras con los tur-
is. En la guerra lo s
caudillo s pro -
ígían a los nobles en forma a veces
censurable. Un Catón veneciano pre-
dijo la ruina del poder de la ciudad
Sí duraba mucho tiempo el cuidado
i^iíc ponían los nobles en no lesio-
• uirse mutuamente ni en lo mínimo,
individuo podía sufrirlo la familia,
sino porque, en la mayoría de los
casos por lo menos, las acusaciones
se fundaban en razones positivas y
no en una ciega sed de sangre.^^^
En general puede decirse que ningún
estado tuvo nunca mayor fuerza mo-
ral sobre sus subditos de lejanas
tierras. Si, por ejemplo, había trai-
dores entre los Pregadi, quedaba es-
to compensado con creces por el
111 Epistolae, lib. V , fol. 28.
a pesar de haber disifrutado de ven
ira Malipiero, Annales Veneti, en
Chron.
Ven.,
Muratori,
XXiV,
Archiv. Stor., VIII, I , páginas 377, 431,
col.
105,
481, 495 y
530; II , ná^s. 66t, 668 y
113 Malipiero, Arch. StOr.,
VII ,
iK* Chron.