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I

Thierry MAERTENS y Jean FRISQUE

NUEVA GUIA ASAMBLEA CRISTIANA

DE LA

TOMO IV

TIEMPO PASCUAL,

TRINIDAD

CORPUS CHRISTI, SAGRADO

CORAZÓN

EDICIONES MAROVA, S. L. Viriato, 55 - Madrid-10

Esta NUEVA GUÍA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA se publica

simultáneamente

en ocho idiomas y ha sido escrita originalmente en francés. La traducción al castellano es de FLORENTINO PÉREZ, y la portada ha sido diseñada por TONI FEREGRÍN.

Nihil

obstat: V. DESCAMPS, can. libr.

cens.

Imprimatur:

J.

THOMAS,

vic. gen., Tornaci, die 3 octobris 1969.

Depósito Legal: M. 24097.—1969 (IV). © Par a la edición castellana: EDICIONES MAROVA, S. L.

Viriato, 55, Madrid

(España), 1970.

Printed in Spain. Impreso en España por GRÁFICAS HALAR, S. L. Andrés de la Cuerda, 4, Madrid, 1970.

OCTAVA DE PASCUA

I. Hechos

1. a

2, 14, 22-32

lectura

lunes

Esta

lectura

puede

encontrarse,

junto

con su comentario, en el primer ciclo

del tercer domingo del Tiempo pascual.

II.

Mateo 28, 8-15

La aparición

de Jesús

a las santas

mujeres

evangelio es una de las más difíciles de integrar en la

lunes

lista de las cristofanías. Los evangelistas es-

tán de acuerdo en referir una aparición an-

(Mt 28, 5-7; Me

16, 5-7; Le 24, 4-7; Jn 20,

gélica a las mujeres

12-13), pero no están tan de acuerdo a propósito de una apari-

ción de Cristo

a las mujeres.

a)

Con el

fin

de ver más claro

en

todo

esto hay que dis-

tinguir las apariciones oficiales a los apóstoles y orientadas hacia la misión (como Mt 28, 16-20; Le 24, 36-49, etc.) y las apariciones de estilo privado, cuya finalidad era servir de sig- nos para la fe de los pequeños grupos de discípulos o de muje- res. La aparición referida hoy encaja en esta segunda categoría. En general, este último tipo de aparición se caracteriza por una tendencia a la materialización ("estrechar los pies": v. 9, al contrario de Jn 20, 14-17). Además, la aparición a las mujeres pertenece claramente a la tradición galilea (v. 10), mientras que otras muchas, y especialmente las apariciones oficiales, se sitúan en Jerusalén.

  • o) Los versículos que son privativos de Mateo (vv. 11-15)

respecto a la superchería de los antiguos no tienen nada de in-

verosímil, pero dejan al descubierto el estado de ánimo

de los

contemporáneos y el clima de las discusiones entre judíos y cristianos. Mas estos versículos tienen también su repercusión sobre la fe cristiana: no han quedado huellas históricas de la resurrección; los únicos testigos eventuales del hecho en sí, los soldados, se callaron. El hecho en sí de la resurrección es un

acontecimiento real, pero como pertenece

al

orden

queda por encima de las investigaciones históricas.

de

la

fe,

III. Hechos 2, 36-41

1.

a

lectura

martes

Se encontrará el comentario a esta lectu-

ra

en

el núm.

I

Tiempo pascual.

del cuarto domingo

del

IV. Juan 20, 11-18 evangelio

da

abandonadas vado el cuerpo

en

En orden cronológico, la aparición referida en este pasaje es, probablemente, ío prime-

martes ro del día de Pascua. Habrá que imaginarse

vez

al

que María Magdalena ha vuelto por segun-

visto, como Pedro y Juan, las

y sigue

vendas

lle-

pensando que se han

sepulcro. No ha

el sepulcro

(v. 13).

a)

Sin embargo, la versión de Juan difiere

(Mt

28, 9-10). Este último describe

un

una

tanto de

aparición

a

la

a

de Mateo

dos mujeres, mientras que Juan no menciona

más que

una;

en Mt 28, 9, las mujeres tocan los pies de Cristo en señal de

respeto, pero en Jn

20, 17, Magdalena no puede tocar

que

la

o

las

a Jesús;

de-

finalmente, el contenido del mensaje

ben transmitir

se trate

mujeres

a los apóstoles es sensiblemente distinto según

de una u otra versión. Estas divergencias se deben, sin

duda, a las intenciones teológicas de Juan, más preocupado por

presentar el nuevo modo de presencia

que su resurrección

implica su subida

del Señor

hacia

y

de

mostrar

(v.

17),

el Padre

que de acumular materiales y argumentos a la apologética pri-

mitiva. Este nuevo modo de presencia no es perceptible

los sentidos

(v.

14;

cf.

Le

14,

16), sino

tan

solo por

los ojos

por

de

la fe, y el Resucitado se deja reconocer por quien y cuando

quiere

(cf. Jn 21, 4). La resurrección

de

querer

probarla

a

la

su llamada

veces de

es asunto de fe mucho más

demasiado, los

fe.

Esa

es

la

apóstoles

razón

por

del

está

los sinópticos. El ser

se sabe

tan

solo que

que de pruebas:

podrían desacreditar

la

cual Juan

a Resucitado no puede ser definido;

se distancia

presente y que bebe el secreto de esa comunión con los hombres

en su comunión renovada con el Padre.

o)

Al nuevo modo de presencia del Señor corresponde una

con su Padre.

Para San Juan, Cristo

ha

nueva forma de estar

estado

munión

animado durante

y

de

su vida

por un

deseo intenso de co-

está

13, 33). Es para

su

a lograr

divinidad.

conocimiento

de su Padre. Continuamente

(Jn

7, 33;

8,

21;

que tiende

goza en

su

anunciando que va hacia su Padre

como un

impulso de

ese estado

humanidad

todo su

ser

de

que ya

Pero la asunción de su humanidad

en la comunión

del

Pa-

dre es estrechamente solidaria del destino de toda la humani-

dad. En ningún momento piensa Cristo subir solo hacia el Pa-

dre, y siempre anunciar

que habla

de

su

vuelta

al Padre

o

lo hace

que

les

que prepara el Espíritu divinizador

moradas para

(Jn

los suyos

14, 2-3; 12-16;

16, 5-7).

para

envía

La subida de Cristo hacia el Padre implica, pues, un nuevo

entre Cristo y sus hermanos los hombres, re-

especialmente en la caridad

(Jn

13,

tipo de relación

lación que se manifestará

1-3). Estas relaciones nuevas no comenzarán hasta el momento en que Cristo viva plenamente la comunión con su Padre. Por eso, sin duda, pide Jesús a Magdalena que renuncie al carácter

físico y natural de las relaciones que hasta entonces había nido con El (v. 17).

te-

*

#

*

El hombre moderno acepta creer en una especie de super-

vivencia de Jesús: un hombre sobrevive a sí mismo en sus hi-

jos,

en

sus obras, en

el recuerdo

que se conserva

de

él. En

este

sentido, Jesús ha sobrevivido realmente a la muerte: ningún hombre ha conocido, indudablemente, una supervivencia igual, y todo hace suponer que esa supervivencia se prolongará aún durante mucho tiempo.

Pero

no

fue

esa la supervivencia en la que creyeron los

apóstoles. Al subrayar la presencia corporal del resucitado entre los suyos, los sinópticos pretenden afirmar claramente que Jesús conserva, gracias a su Cuerpo, la posibilidad de un contacto, de una relación, de una presencia que solo pueden depender de un yo vivo: Cristo no sobrevive, vive. Juan da testimonio de esa misma fe poniendo de manifiesto el secreto de esa supervi- vencia de Cristo entre los suyos: si puede hacérseles presente es justamente porque ha entablado relaciones personales par- ticulares con el Padre.

Mientras que la fe judía contemporánea hablaba tan solo, refiriéndose al difunto, de una vida disminuida, impersonal, apagada, los apóstoles formulan por primera vez la convicción de una supervivencia personal y sobreabundante cuyo secreto se les escapa, pero que reside en el misterio mismo de Dios.

V. Hechos

1.

a

3,

lectura

miércoles

1-10

Este pasaje

inaugura

3, 1 a

un

Act

bloque de

5, 42, en

relatos

los

que va de Act

el que

exegetas han creído descubrir

reiteraciones.

En ellas se hace constancia, en efecto, de dos

actividades milagrosas dicaciones en el templo

tenciones

(Act

4, 1-4

(Act

(Act

y Act

3,

1-11

y Act

5,

15-16), de

5, 17-21), de

3, 12-26 y Act

5, 21-26), etc.

dos

dos

pre-

de-

De hecho, sin

embargo, no se trata

en modo alguno de

rei-

ranza de ver cómo la morada

de Dios

es digna

de

su

misión

teraciones, y es muy posible que los apóstoles hayan sido de-

tenidos en dos ocasiones. El judaismo preveía, en efecto, que

las gentes del pueblo, generalmente poco al corriente de la ley, no podían ser castigadas por una infracción, sino en caso de

reincidencia. Su primera comparición ante el Sanedrín

terminó

1

en una simple amonestación y en una solemne reprensión

. De ahí que no sea necesario interpretar Act 3-5 como una amal-

gama de reiteraciones;

al contrario, cada elemento

del

relato

queda bien situado en su sitio en un desarrollo progresivo.

concentradora

de todas

aún

y el alcance sacrificial

las tribus

de todas

las naciones.

y sacerdotal

de

Sin

la

duda, no calibra

muerte y de la resurrección de Cristo; sigue siendo un judío

fervientemente

apegado a la liturgia del Templo

(v.

1)

y

tiene

como máximo conciencia viva de la trascendencia de la asam-

blea litúrgica, de la que debe desaparecer toda barrera que deja

fuera a los impuros (paganos, enfermos, niños:

2 Sam

muerte

5, 8;

v. 8). Poco impuesto aún

de Jesús, Pedro presiente

cf.

Lev

21, 28;

en las implicaciones de la

mi-

al menos las exigencias

*

*

*

sioneras de la nueva religión.

a)

El primer objetivo del relato es el de presentar

el poder

taumatúrgico

de

los

apóstoles. Ese es el signo por

del poder

el origen

el

que se

re-

de

conoce si son realmente depositarios

mesiánico

de

su

misión

(Act

apostólica haciendo uso de sus carismas de taumaturgo

14, 8-10;

cf. Me 16, 14-18). Los primeros cristianos no captaron

de Jesús, sino

a través

de

los

mila-

(cf.

Is

35, 6):

al principio la mesianidad

gros que obraba en beneficio de los más pobres

nada tiene, pues, de extraño que sean esas mismas pruebas

tendían mandatarios de Jesús

2

. Por

otro lado, Pedro no va

más

El relato del milagro de Pedro y el interés por mostrar cómo

Jesús. Pablo, por su parte, demostrará

reproduce los de Cristo constituyen un precioso testigo de la fe

de mesianidad las que han querido encontrar en quienes se pre-

cristiana primitiva. No se preocupa primero por recoger tal o cual palabra de Jesús o de reconstruir su mensaje doctrinal. Todo el interés se centra sobre su persona y sobre el aconteci- miento mesiánico que ha constituido y que sigue estando por encima de la muerte de manera velada, significada tan solo en la acción apostólica.

lejos:

no realiza el milagro tanto

en nombre del Señor

"resu-

citado" como en nombre de "Jesucristo de Nazaret" (v. 6;

cf.

Me

9, 38;

16, 17). Pedro se preocupa, por

dejado

lo demás, al

menos

de

en la versión que los Hechos nos han

de su milagro,

copiar los gestos y las palabras de Cristo sanador. Según varias

versiones, su mandato habría sido idéntico al de Jesús: "Leván-

tate y anda"

(v.

6;

cf.

Le

5, 23);

el milagro tiene

lugar

en

el

mismo sitio que uno de los que realizó Jesús con enfermos simi-

lares

(Mt

21, 14). Pedro toma al enfermo

(v.

7;

cf.

Le

por

la mano

a

la

ma-

en

nera de Jesús

8, 54). Y la insistencia

de Pedro

Pero creer que la acción mesiánica de Jesús no ha terminado con su muerte, creer que Dios continúa actuando a través de su

presencia misteriosa entre los suyos, es comprender que su muer-

te no ha sido más que un medio de hacer más eficaz el ejercicio

de su mesianidad, es comprender que esta muerte iba a ser el punto de partida de una irradiación absolutamente inesperada de esa mesianidad, que afecta a la multitud de gentes excluidas

de la economía cerrada del judaismo. Introduciendo al impuro

en el Templo, Pedro expresa su fe en la fuerza de esa muerte para una mesianidad sin frontera.

que se crucen sus miradas deja entrever hasta qué punto se

siente todavía neófito el apóstol en la utilización de su carisma.

El poder taumatúrgico atribuido a los apóstoles es conside-

VI. Lucas 24, 13-35

El comentario a este Evangelio se encon-

rado por la comunidad primitiva como un signo de continuidad

entre

el tiempo

de Jesús

y el de

la

Iglesia.

evangelio

miércoles

trará

en del Tiempo pascual.

el núm.

VII del tercer

domingo

b)

El milagro de Pedro reviste otra significación:

el

de

la

concentración de todos los excluidos en el Templo. Pedro com-

*

#

*

parte una gran preocupación de su Maestro

(Mt

21, 11-16). No

ha comprendido aún que la vida de Cristo ha liquidado la eco-

nomía del Templo (Jn 2, 13-17) y sigue alimentando la espe-

1

J.

JEREMÍAS,

f.

d.

"Untersuchungen

nt.

Wiss.,

zum

Quellenproblem

der

Apostelges-

de

chichte", Zeit.

2

Sobre

los

Hechos

pascual.

1937, págs. 205-13.

lecturas

el poder

en

las

taumatúrgico

primeras

de los apóstoles, véase

del

segundo

domingo

el sumario

del

Tiempo

El caminar de los discípulos de Emaús constituye una especie de fenomenología precisa del acto de la fe. Al comienzo se les descubre cargados de las creencias de la religión judía: indicio

palabra, camino, comida, esperanza y decepción. Esto constitu-

de que la religión judía no coincide necesariamente con la fe.

Después se les ve compartiendo con Jesús una vida de hombres:

ye el segundo tiempo: no se llega hasta la fe si no es pertene-

10

11

ciendo realmente a la humanidad y descubriendo a Jesús en esa humanidad. Entonces es cuando aparece el Señor, no tanto como quien aporta soluciones a los interrogantes formulados, sino como quien también formula interrogantes, aprende a formu- larlos correctamente y llega hasta el final de la búsqueda que ellos mismos ponen en marcha. Que es, si se quiere, el tercer tiempo en el proceso evolutivo de la fe. Inmediatamente des- pués, los discípulos vuelven a Jerusalén, en donde encuentran a la Iglesia, simbolizada en el grupo de los Once: y encuentran que también ellos viven de la fe en el Señor resucitado y se or- ganizan para vivir cada vez mejor de ella. Los discípulos se incorporan a esa Iglesia, a su mensaje y a sus instituciones esen- ciales. Esta es la última etapa de su caminar y ha supuesto en ellos una vuelta sobre sí mismos, una conversión.

Veamos lo que esto significa para el cristiano moderno que se pregunta si tiene fe. Podría ayudársele a preguntarse en cuál de estas cuatro etapas se sitúa.

Parece, en primer lugar, que no hay que confundir

la

fe

con

la religiosidad o con una simple creencia más o menos intelec-

tual en la existencia

de Dios. La

fe

no

se tiene

porque se

tenga

"necesidad" de Dios para tranquilizarse y estar seguro o para

explicar la creación

o la moral.

De igual modo, la

fe

no

se

tiene

realmente porque se atribuya mucha importancia

al contenido

de la fe, a los diferentes dogmas que encierra o a los sistemas de pensamiento que consagra en su formulación: antes de ser un contenido preciso, la fe es ante todo una actitud. El conte- nido puede variar en su expresión o en el interés que se atri- buye a sus elementos, sin por ello afectar a la actitud funda- mental de la fe. Pero ¿cuál es esa actitud?

Parece que hay que empezar por ser plenamente hombre para ser plenamente creyente. En otros términos, la fe es la actitud de un hombre que vive al máximo su pertenencia a la humani- dad. Ahora bien: por encima de las alegrías y de las desven- turas, por encima de los éxitos y de los fracasos, el hombre ex- perimenta la alienación y la pobreza de su condición, se produce en él una sed de absoluto que no llega a satisfacer o que aplaca a base de las absolutizaciones o de las idealizaciones que, final- mente, no valen la pena. Además, la humanidad no consigue desprenderse de ciertas alienaciones: la pobreza, la guerra, la enemistad del hombre hacia su hermano, el repliegue dentro del egoísmo, el sufrimiento y sobre todo la muerte. Viviendo estas condiciones, el hombre, cristiano o no, formula algunas pre- guntas: ¿cuál es el sentido de todo eso, cuál es el significado de nuestra condición humana?

Entonces

es cuando

a

aparece

Cristo:

no

como alguien

que

tiene la contestación

esas preguntas, sino, ante

todo, como

alguien que, hombre entre nosotros, se ha formulado esas mis-

12

mas preguntas, que se ha sublevado igualmente contra esa condición impuesta al hombre. Jesús ha soñado como nosotros

con una humanidad mejor, y lo dijo y lo hizo todo con la in- tención de construirla, pero llegó a la muerte sin haberlo con- seguido y viendo morir su proyecto al mismo tiempo que El.

"Nosotros habíamos creído que sería El

..."

Y entonces fue cuan-

do se le concedió la nueva humanidad, como un regalo del Pa-

dre, en su resurrección y su función de primogénito de una nue- va humanidad. Yo puedo decir que tengo la fe en Jesucristo cuando descubro en El un hombre que vive los problemas que

la humanidad se plantea en torno

al sentido

de

su

condición,

pero que aporta un estilo especial, personal, incluso misterioso para vivir esos problemas, el estilo de una absoluta fidelidad

a

su Padre y a la pobreza y a las lagunas de la condición humana

que llega hasta la muerte. Jesús ha vivido abriéndose totalmente al otro, a sus hermanos los hombres y preparándose así a abrirse

al Padre y a recibir de El el don de la vida. No se puede decir que Cristo aporte una solución a mis problemas: me deja que viva totalmente envuelto en mis propios problemas. Lo que real- mente aporta Jesús es una manera de vivir esos problemas en

la apertura al otro, en

el amor

al

otro. Lo que

en

El me

satis-

face, lo que me impulsa a buscar su amistad, a vivir en su pre-

sencia, a compartir su Espíritu

ese estilo

de vida

y su comunión

suya

con el Padre

un

es

de Jesús, esa manera

de dar

sentido

a la condición humana.

La

fe

es, pues, en primer lugar,

una actitud

de vida

con

Je-

sús. Después y progresivamente es un contenido: me propongo

conocer mejor a ese Jesús de quien quiero hacer un

amigo; me

fijo especialmente en su comunión con el Padre y con el Es-

píritu y en su comunión con todos los hombres, puesto que esos son los elementos principales de la significación que quiero dar a todas las cosas en la amistad con Jesucristo.

Ese deseo de comunión

con

Jesús y

con los demás

me de nuevo si ya

im-

vivo

pulsa a encontrar

a la Iglesia o a descubrirla

en ella: la Iglesia se me presenta no como una institución en-

cargada de aportar soluciones ya elaboradas a mi problema, sino como un pueblo que trata de vivir los problemas propios de todos los hombres, sin necesariamente resolverlos, sino pro- fundizándolos en su comunión con el Espíritu de Jesús. Este

pueblo cuenta ya con una larga tradición, tiene veinte

siglos

de experiencia en la materia: me apoyo, por consiguiente, en una experiencia y recibo todo lo que ha ido atesorando: expe- riencia de los doce apóstoles en particular, experiencia de quie- nes les han sucedido, experiencia de todo el pueblo. Esta adhe- sión no me impide criticar: cada generación, y la nuestra en particular, busca una adaptación del mensaje que llega incluso a exigir una nueva formulación de las cosas antiguas. Por otro lado, la Iglesia no es aún el Reino; simplemente está en ca-

13

mino hacia él: es decir, que algunas de sus posiciones y de sus instituciones podrán verse posiblemente relativizadas. Además, el pecado existe en la Iglesia lo mismo que en mí, y su constante conversión es solidaria de la mía.

La misión de los miembros del pueblo de la Iglesia consiste, individual y colectivamente, en vivir los problemas del hombre en comunión con Cristo, en sobrellevar realmente la pobreza del mundo, en rebelarse profundamente contra las alienaciones que separan a los hombres, y todo ello "en" Jesucristo. La Iglesia tiene así una "misión", es decir, que tiene algo que decir a los hombres inquietos y angustiados respecto a su condición; tiene también una "mediación" que ejercer, es decir, una especie de sacerdocio mediante el cual representa a toda la humanidad ante Dios. Para celebrar esa mediación y hacer efectiva esa misión se conjuga regularmente en la Eucaristía, hasta los tiem- pos en que el reino sea una realidad y Cristo esté todo en todos.

VIL Hechos 3, 11-26

1.

a

lectura

jueves

Esta lectura

reproduce

el segundo dis-

curso misionero de los apóstoles. Algu- nos pasajes se leen en el segundo ciclo

del tercer domingo del Tiempo pascual, en donde se encontrará el comentario a todo el discurso.

»

*

*

De todas formas, vamos a detenernos

el del llamamiento a la conversión

en

(v.

un

tema

particu-

está

ya

Bautista

la

belige-

lar:

19). Pedro

muy lejos del tipo de predicación empleado por Juan

y que no dejaba nada

a la libre elección de cada uno si no era

(Mt

...

3, 4-9).

Da

más

posibilidad de ceder ante el miedo

rancia a la conciencia

y

a

la

libertad

¿Cómo es posible, por

lo demás, pensar en una conversión que no parta de una ad- hesión libre?

El caso es que hay que reconocer que la Iglesia ha descui- dado muchas veces, a lo largo de su historia, esta correlación entre conversión y conciencia. Primero, cuando no exigió adhe- siones personales, sino que se dio por satisfecha con conversio- nes globales de naciones incorporadas al cristianismo por vo- luntad de sus jefes; después, cuando aceptó identificar la conversión al Reino de Dios con la pertenencia al Imperio, al mismo tiempo que guardaba silencio ante los genocidios de este último; finalmente, persiguiendo hasta la muerte a albigenses, protestantes, jansenistas y otras conciencias que se negaban a convertirse.

Cuando desapareció ese totalitarismo político, se vio reem-

un

totalitarismo de otro tipo, tanto o más

plazado a veces por

alienante para la conciencia del hombre, cuando imponía la conversión a un determinado teísmo del Dios del orden lógico, cuya omnipotencia reduce la historia de los hombres a un juego de marionetas. ¿Cómo podría un hombre convertirse libremente a ese Dios de la fuerza y de la autocracia?

Hay que reconocer, no obstante, que la Iglesia ha actuado en una época de muy débil concienciación. El hombre y la cul- tura a los que se dirigía no veían la necesidad de ese llama- miento a la conciencia y preferían, por el contrario, encuadrarse en un orden preestablecido y sagrado. El hombre moderno y su cultura andan buscando hoy una mayor responsabilidad perso- nal, dentro de un pluralismo cada vez más amplio. Por un mo- mento, la Iglesia puede parecer desorientada ante esa reivin- dicación y aferrarse aún provisionalmente a normas únicas y preestablecidas. Y, sin embargo, no pueden caber dudas sobre que sea posible sacar de la predicación misma de los apóstoles una mayor confianza en la conciencia personal.

No habrá posibilidad de liberarse de la violencia y del tota- litarismo pasados sino presentando la conversión en términos de intercambio y de intercomunicación. Este tipo de conversión es precisamente posible desde que, con su resurrección, Jesús ha prestado a la humanidad un Espíritu que se ofrece a la vez al Padre y al hombre, un lugar en el que Dios no cesa de hacerse hombre, y en el que el hombre aprende a hacerse Dios en un movimiento común de amor.

Para

que

crear

al hombre

sea

y

libre, Dios ha

tenido que

el otro

"retirarse"

es

la

po-

para

habría

para

el otro

sea libre 3 . Ahora bien:

sibilidad del amor, de la negativa, del encuentro, incluso

Dios. Pero

si

no

hubiera

realizado

esa

"retirada",

no

otro;

habría un Dios-cosa y, frente

a

El, una

piedra

amorfa.

La verdadera trascendencia de Dios consiste en dejar paso a la libertad del otro, para que ame y pueda ser amado, para que encuentre y pueda ser encontrado.

La conversión no es, pues, el reconocimiento del Dios infi- nitamente poderoso o infinitamente sabio, sino el descubrimien- to de un Dios que—por así decirlo—ha olvidado que lo era para permitir al otro permanecer a su lado.

VIII. Lucas 24, 35-48

evangelio

jueves

Este

Evangelio

propone

la

versión

de

Lucas de la aparición del Cristo resuci-

tado a sus apóstoles.

*

*

*

3

París,

O. CLÉMENT, "Dionysos et le Ressuscité", en Evangile 1968, págs. 82-90.

et

Révolution,

El relato está dominado por una preocupación

por

a la apologética

el mayor número posible de pruebas.

proveer

Es evidente que los apóstoles no tienen

podido sacar de su imaginación

(vv.

37

(v.

(v.

y

37)

39)

41). Por

y

y

Cristo

comer

fe

(w.

de

38 y 41):

la

no

han

ción

el hecho

resurrec-

lo demás, toman

tendrá

un

al Resucitado por un

tocar

las

manos y

de ellos

espíritu

los pies

que dejarse

trozo de pez asado delante

(vv. 42-43) para que queden convencidos de su corporeidad. Lu-

cas insiste

en

el hecho de que

Cristo se

deja

tocar

(Jn

20, 19-31

subraya más bien la pobreza de este procedimiento) y observa

además que el Resucitado come delante

ellos, como si todo

el valor

de

de una comida

los suyos

y

no

con

de comunión se bo-

rrara ante una simple perspectiva apologética.

En general, a los relatos de aparición con tendencia apologé-

tica se les considera como bastante tardíos en la tradición primi- tiva. Por otro lado, no es posible comentarlos sino situándolos

en

el conjunto

de las tradiciones

sobre las

apariciones y te-

niendo en cuenta el hecho de que el esquema "ver para creer" de Le 24, 36-43 se complementa con el de San Juan "creer para ver".

Por otra parte, para definir el modo de vida del Resucitado, se cuidará de no recoger más que los relatos de tipo apologético. Que el Señor se presente primero como un espíritu, que después

se haga reconocer

como un

ser físico

y que los apóstoles

duden

antes de creer, todo esto quiere decir simplemente que no se puede conocer a Cristo resucitado de la misma manera que al Jesús terrestre, y que ese conocimiento nuevo pone en juego nuestra libertad.

De este relato

se desprende, pues, una

lección

esencial:

la

resurrección es un hecho real y no una simple supervivencia

espiritual del Señor. Tan interesante para el cuerpo como el

alma, la resurrección y humana.

es

la

clave de toda

la

esperanza

cósmica

En

cuanto a los apóstoles, todavía les queda

por

compren-

de

der que todo hombre es llamado en Jesucristo a participar la filiación divina y a contribuir a la edificación del Reino.

IX. Hechos

1.

a

4, 1-12

Pedro y Juan comparecen

ante

el

sane-

por

lectura

drín, la primera comparición prevista

viernes

el derecho penal judío y que, para gentes

tan poco instruidas (Act 4, 13), no puede terminar sino en simples amenazas (Act 4, 17-18). El objeto del

16

litigio es fácil de precisar: los sacerdotes, miembros influyentes

de ese sanedrín, están autorizados para preguntar a esos após- toles con qué derecho han violado los tabús que preservaban al

Templo del contacto de los enfermos

(Lev

21, 18;

cf.

v. 7;

véase

también Mt 21, 23; Jn 2, 18) curando a un cojo (Act 3, 1-11). Los

saduceos, miembros también de ese tribunal, están a su vez

preocupados por el tema de la predicación apostólica:

surrección de los muertos que ellos se niegan a admitir

esa re-

(Le 20,

27-38; Act 23, 6-8) y que es el centro de los discursos de Pedro

a los fieles del Templo (Act 3, 12-26).

La apología de Pedro se transforma inmediatamente

en

un

discurso misionero en un plano similar al de los demás discur-

sos, sirviéndose de los mismos argumentos escriturísticos, enun-

ciando las mismas afirmaciones teológicas

.

4

De

ahí

que

el dis-

curso de Pedro presente el habitual exordio que le sirve de nexo con el contexto (v. 9), la proclamación de la muerte y de la re- surrección de Cristo fundamentadas en las Escrituras (aquí:

Sal 117/118; vv. 10-11), y finalmente

versión (v. 12) fundamentado en

Jl 3.

el llamamiento

a

la

con-

*

#

*

v.

sus

a)

Frecuentemente citado en los discursos apostólicos (cf. su

Act

2, 33;

5, 31; su

25-26 en

Mt

21, 9),

v. 22

el

Sal

en

Act

4,

11 y Mt

uno

117/118 fue

21, 9, 42, y

de

los

más

16 en

w.

importantes en la espiritualidad primitiva, ya que resultaba ser

una excelente profecía sobre la actividad de los judíos respecto

a

Cristo y a los planes salvíficos

del Padre respecto a ellos.

Los salmos constituyen la principal fuente de inspiración de

los discursos misioneros primitivos cuando se trata de proclamar la investidura soberana de Cristo en su resurrección (Sal 2; 109/110; 131/132), mientras que los poemas del Segundo Isaías son utilizados para anunciar la irradiación cósmica de su sobe-

ranía

y los otros profetas intervienen sobre todo en las llama-

escriturística

en

procla-

la

sus leyes

das a la conversión. El empleo de la argumentación

mación del kerigma primitivo encontró rápidamente

y sus principios y Lucas los ha respetado, si es que no ayudó

a su definición, en la redacción definitiva de los discursos apos- tólicos.

b)

La cita de Jl 3, 5, introducida por el último versículo

del

discurso, es tanto más importante cuanto que figura ya en el

discurso de Pentecostés

(Act

2,

17-21, 33, 39). Esta

cita

es

co-

4

Sobre

el

esquema ciclo del tercer

l.

er

el

tema

doctrinal

de

los

discursos

misioneros

de

los Hechos,

véa-

el

do-

se

1.» lectura,

domingo del Tiempo pascual.

de

la

resurrección,

en

el

Sobre

tercer

conjunto, véase

mingo del Tiempo pascual.

17

mentada también po r Pablo en Rom 10, 9-13 y los primeros cristianos le so n deudores sin duda de su primera designación:

"Los qu e invocan el nombre del Señor" (Act

1 Cor 1, 2 ; 1 Tim 2, 22). Esta referencia

a

Jl

9, 14, 21;

22,

16;

3, 5 introduce y a

en el discurso del sanedrín el tema del nombre de Jesús. Apa-

rece en el interrogatorio

de los sacerdotes

(v. 7), brota d e los

labios de Pedro cuando declara qu e opera l a curación po r su

nombre (v. 10) y vuelve a aparecer cuando proclama que l a sal- vación vendrá exclusivamente en virtud de ese nombre (v. 12).

Esta devoción de los primeros cristianos a l nombre de Jesús se explica fácilmente. Jesús de Nazaret h a finalizado su obra.

Los cristianos tienen qu e referir, greso futuro, a l a manera judía,

pues, su esperanza a su re - como si los últimos tiempos

no estuvieran y a inaugurados, ¿o ha n d e considerar qu e la re - surrección d e Jesús los h a inaugurado y a efectivamente? Pro- gresivamente, los cristianos fueron tomando conciencia de que el acontecimiento decisivo qu e arrastraba consigo los últimos

tiempos n o er a el "retorno" próximo de

Cristo, sino su vida te -

rrestre coronada po r s u resurrección. A es a toma de conciencia contribuyó l a comprobación de qu e disponían de la s mismas prerrogativas qu e poseía Cristo durante su vida terrestre: la misma posibilidad de hacer milagros, la misma citación ante

los tribunales, la por el Padre. L a

misma

participación

e n

la salvación ofrecida

vida presente se beneficia, pues, del carácter

mesiánico de l a vida d e Jesús y el obrar "e n nombre de Jesús"

es testigo de esa continuidad. Si Jesús n o está y a aquí, a l menos se puede obrar "e n su nombre". Ha y que creer, po r tanto, en ese nombre, un a creencia qu e prolonga su victoria salvífica so -

bre el pecado y la muerte (cf.

Act 3, 6, 12,

16; 4, 7, 10, 30).

Uno

h a d e se r curado o bautizado e n ese nombre, colocarse bajo la influencia salvífica ofrecida continuamente por Jesús (cf. Act 2, 38; Le 48; 22, 16).

Los últimos tiempos ha n quedado y a inaugurados, puesto que

la salvación n o es y a objeto de esperanza: les es ofrecida desde

ahora

a

quienes invocan

el nombre de Jesús

(cf. Act 4, 23-31;

10,

38).

Jesús d e Nazaret h a recibido "u n nombre qu e está po r enci- ma de todo nombre" (FU 2, 9-11; Ef 1, 20-21; Ap 19, 11-12; Heb 1, 3-5): el Señor. Pero ese nombre divino podría inclinar a pensar e n u n Salvador que estaría exclusivamente del lado de Dios: faltaría entonces el verdadero mediador, ese Hombre-Dios que n o es u n intermediario entre Dios y el hombre, sino que es perfectamente Dios y al mismo tiempo ese hombre concreto que lleva el nombre d e Jesús d e Nazaret.

Hacerse bautizar en su nombre y predicar su nombre equi-

18

vale, pues, a asegurar el ejercicio Dios e n nuestro mundo mediante

d e es a mediación d e Hombre- el testimonio llevado hasta el

centro del dinamismo humano más profundo. Creer en ese nom- bre e invocarlo e s tener l a seguridad de que toda la vida d e

cada un o está dominada po r ese mediador, especialmente en l a Eucaristía, que l a renueva y l a profundiza.

X.

Juan 21, 1-14

El cap.

evangelio

blemas

21

d e Sa n Juan plantea ciertos pro-

y muchos

exege-

de autenticidad 5

viernes

ta s descubren e n él la mano d e Sa n Lucas o d e u n discípulo d e Juan. Pero nadie dis-

cute su canonicidad,

y algunos le atribuyen

tant a

má s impor-

tancia cuanto qu e ven en él la s huellas d e un a de la s más an -

tiguas tradiciones sobre la s apariciones del Señor 6 .

El relato

de esta

aparición

sigue

los procedimientos

redac-

cionales del relato de la s demás apariciones: alusión a la incre-

dulidad d e los apóstoles (vv. 4-7, 12), pruebas de l a resurrec- ción (v. 13), transmisión de los poderes que asegurarán l a pre-

sencia del Resucitado en la Iglesia

(v. 11).

 

*

*

*

a)

La descripción de la incredulidad

de los apóstoles

tiene

como finalidad probar que l a resurrección n o h a sido el pro-

ducto de su imaginación n i la

construcción

d e s u

mente. Po r

otro lado, Cristo n o se aparece a unos discípulos e n oración o en espera d e u n hecho extraordinario, sino a pecadores que ha n

vuelto a su s

quehaceres. Y precisamente

en medio

d e ese tra-

bajo cotidiano es donde el hecho d e l a resurrección se impone a los apóstoles. Jesús se les aparece primero como u n extraño que tiene hambre y pide pescado. Y a en otras ocasiones se había presentado así a su s apóstoles (Jn 4, 8, 31-32) y a un a mujer d e Samaría (Jn 4, 7-10) para hacerles caminar después

hacia l a fe. Así, e n el momento en qu e los apóstoles n o pueden

proporcionarle pescado (v. 5), Jesús

les d a en plenitud

(vv.

6,

11)

para convencerlos de qu e tiene el secreto d e u n alimento dis- tinto del alimento material.

La cifra d e 153 peces podría quizá hacer alusión a la plenitud

d e l a pesca prevista

po r Ez 47,

10 7 . Se trata,

d e

to -

paradisíaca

das

maneras,

d e un a idea d e plenitud

sobrenatural

(153

es l a

3

págs.

6

1964,

7

M.

E . BOISMARD, "L e Chapitre

473-501.

XX I d e saint

Jean" ,

Rev.

bibl.,

1947,

B.

SCHWANK,

págs. 484-98.

"De r geheimnisvolle

Fischfang",

Sein

J.

A .

EMERTON

y

P .

R.

ACKROYD,

respectivamente ,

e n

und

J.

T.

Sendung,

S.,

1958,

pág.

los

86,

y

J.

T.

do s nombre s

S., 1959,

pág.

94, ve n e n ello la transposición

d e ciudades En-Jaddi y

En-Eglaim

e n cifras

d e

19

suma de las 17 primeras cifras) que solo un Mesías puede otor- gar. El Señor se presenta, pues, como el que puede llevar hasta la plenitud el esfuerzo y el trabajo del hombre. Consciente de esta función del Mesías, los apóstoles pasan insensiblemente de la incredulidad a la fe.

  • b) Las pruebas corporales de la resurrección se han sacado

muchas veces del hecho de que Cristo resucitado ha compartido comidas con los suyos (Le 24, 41). Cabe pensar que lo mismo

iba a suceder aquí en donde Cristo prepara y sirve la comida a los suyos. Pero esta simple prueba física es valorada por el redactor como un signo sacramental. El hecho de tomar el pan

y

de

distribuirlo

(v.

13) recuerda

demasiado

directamente

la

Eucaristía como para que este banquete no adquiera una sig-

nificación mucho más profunda que una simple prueba corporal

de la resurrección:

Cristo está de

ahora en

adelante

entre los

suyos a través de la meditación del banquete eucarístico. Esta

impresión se ve forzada por el hecho de que el relato no dice

que Cristo haya

comido: se limita a distribuir

el

pescado

tiene,

pues,

el alimento. El

significación

hecho de distribuir

una

sacramental: el judaismo se imaginaba, por otro lado, el ban-

quete mesiánico como un banquete de victoria en el que los

8

justos comerían los trozos del monstruo marino despiezado

. La victoria sobre el mal ha sido definitivamente lograda por Cristo y la comida de pescado hace que los apóstoles se bene- ficien de ese triunfo.

c) Pero la pesca milagrosa adquiere otro significado más

de

Le

5, 4-7,

las

redes

de

Jn

21, 11 subraya,

por

el

elevado. Mientras que en la versión

pescar

iban a romperse, el relato

de

contrario, que la red fuertemente cargada no se rompió a pesar de todo. Puede verse ahí la imagen de la unidad de la Iglesia

9

,

lo mismo

que

lo

era

la

túnica

inconsútil

de

Jn

19, 23. Serviría

con-

de introducción

a la inteligencia de la misión jerárquica

fiada a Pedro en los versículos siguientes (Jn 21, 15-17).

#

#

*

Las apariciones de Cristo resucitado están atestiguadas con tanta frecuencia y por fuentes distintas como para que puedan ser puestas en duda. Jesús ha demostrado realmente su corpo- reidad a sus apóstoles durante los días que siguieron a su muer- te, y esa revelación es, en gran parte, el origen de la fe de los apóstoles: Cristo está todavía presente en medio de ellos. Pero sigue siendo cierto que esas apariciones solo fueron comprendi- das en el seno mismo de la actitud de fe: desembocan en un misterio; no son más que el camino de acceso.

 

»

C.

VOGEL, "Le

Repas sacre

au poisson chez les chrétiens", Rev.

Se.

Reí,

1966, págs. 1-26.

 
 

P.

M.

BRAUN,

"Quatre

signes

johanniques

de

l'unité

chrétienne",

N.

T. St., 1962-1963, págs. 147-55.

 

20

Cuando se pretende comprender el modo de esas apariciones, se encuentra uno, en efecto, llevado a formular interrogantes

que no pueden formularse correctamente sino dentro mismo de

la actitud

de

fe.

Jesús aparece

se trata

justamente de su

... cuerpo porque una persona humana no puede revestirse de va-

rios cuerpos diferentes

Conciencia y carne son elementos de-

... masiado unidos como para que puedan desinteresarse uno de otro. Ahora bien: la resurrección de Jesús no es una simple reanimación como la de Lázaro: el cuerpo de Jesús resucitado ha entrado en un modo de existencia diferente del modo te- rrestre: está, para emplear el lenguaje mítico judío, "sentado a la diestra del Padre". Jesús resucitado tiene un cuerpo, pero este cuerpo es completamente diferente del que tenía durante

su vida terrestre. No puede decirse nada más

Pero hay que

... tener en cuenta que algunos relatos de apariciones subrayan esta diferencia: Magdalena toma a Jesús por el jardinero, los pesca- dores del lago se preguntan sobre la personalidad de quien se les presenta en la orilla. Cuando Tomás reclama ver y tocar el cuerpo de Jesús marcado por las señales de su pasión, se pro- cede inmediatamente a hacerle comprender que ese afán por encontrar una continuidad absoluta entre la corporeidad an- tigua de Jesús y la nueva es una vanidad que, en cualquiera de los casos, no conduce a la fe.

en

su

cuerpo

y

La aparición

de Jesús

en

su

cuerpo

es, pues,

la

experiencia

de su corporeidad por encima de la muerte y la experiencia de otro tipo de corporeidad. Ante unos ojos humanos, esta radical novedad del cuerpo de Jesús no podía ser revelada sino de for-

ma muy modesta. Jesús no ha podido presentarse sino en una corporeidad todavía terrestre para evidenciar su nueva corpo- reidad: es decir, que los apóstoles no vieron el cuerpo de Cristo en su situación de resucitado en plenitud; una especie de ke- nosis condicionó el esplendor de ese cuerpo para reducirlo a un simple signo real, una invitación a penetrar en el misterio.

En este sentido, las apariciones son pruebas, pero unas prue-

bas que no se agotan en sí mismas, que no cierran la investi-

gación, sino que la proyectan

hacia

el misterio

y hacia

la

fe.

Las apariciones

de Jesús

en

cuerpo no son, por otro

lado, la

experiencia de un cuerpo-objeto que puede ser contemplado. El cuerpo es el instrumento por excelencia de la relación, y las apariciones del Resucitado desembocan ante todo en experien- cias de relación y de diálogo: muchas veces quedan selladas en

un banquete, y Jesús hace, mucho más aún que a lo largo de

su vida terrestre, que los suyos participen

con

El de su

deseo

de

relación universal y de su ambición de presencia en todas las

cosas y en todos los hombres.

21

Ver el cuerpo de Cristo resucitado

de

un

no

es para

los apóstoles

es una

miste-

una simple visión pasiva

objeto, sino que

riosa llamada a una misión: hacer a Jesús efectivamente

pre- sente en todos los momentos y en todos los hombres del mundo futuro.

Puede, pues, decirse que las apariciones

corporales de Jesús

han sido reales, pero entonces hay que añadir que esa realidad

no

se

agota

sino en la experiencia

de

fe

y

en

mística del misterio de un hombre resucitado.

la

experiencia

XI. Hechos 4, 13-21

1.

a

lectura

sábado

Los apóstoles han sido detenidos y se han

justificado ante el sanedrín. Hoy asisti- mos a la deliberación del consejo.

*

*

*

La decisión

del sanedrín

se sabe

de

antemano. La ley pre-

veía, en efecto, que se dejara en libertad a los acusados con

simples amenazas, sobre todo si esos acusados carecían de ins-

trucción, como era el caso de los apóstoles cedimiento corresponde poco más o menos

(cf.

a

v.

la

13). Este

condena

pro-

mo- que los motivos

derna de "libertad condicional". Se advertirá

aducidos durante las deliberaciones (v. 16) se asemejan mucho a los aducidos durante el proceso de Cristo (Jn 11, 47-48). Los jueces no discuten que los apóstoles, como Cristo, operan sig- nos, pero en lugar de aprender a descifrarlos, temen ante todo las repercusiones que pueden tener en el pueblo: ante todo debe mantenerse el orden (v. 17), y esa exigencia está por encima de todo lo demás.

XII. Marcos 16, 9-15 evangelio sábado

gelio de Marcos

La exégesis moderna reconoce la cano- nicidad de este pasaje, pero niega su au- tenticidad como de Marcos. Parece, en efecto, que esta conclusión del Evan-

el siglo

i

o

n,

por

un

final

fue sustituida, en

hoy perdido. Por otro lado, no es la única conclusión conservada

por la tradición;

en realidad

es

la

más

larga

y

la

más

exten-

dida y refleja muy bien la mentalidad de los círculos cristianos

primitivos sobre las apariciones del Señor resucitado.

*

#

*

a)

La primera aparición del Señor fue para la Magdalena

relato

(Jn

de Marcos está, pues, de acuerdo

20, 11-18)

y se

separa

con la

tradi-

en este punto

del relato

(v.

9). El

ción joánica

de Mateo que hablaba de dos mujeres (Mt 28, 9-10). Marcos con-

22

firma así que la experiencia de Cristo resucitado la hicieron primero personas extrañas al grupo de los apóstoles con las que había mantenido relaciones de amistad.

Lo mismo sucede con la segunda aparición, reservada a los

(v.

12)

y

sobre

la

que Lucas

proporciona

discípulos de Emaús

detalles más abundantes (Le 24, 13-35). Marcos y Lucas se pre-

ocupan así de conceder la prioridad en la fe en el Señor re-

sucitado

de

a personas

o a

discípulos más o menos al margen

así

eco sin

duda

del sentir

del

grupo munidades cristianas helenísticas más o menos opuestas a los "hebreos" (cf. Act 6, 1-6).

los Doce. Se hacen

de co-

Solo en tercer lugar se benefician los apóstoles de una

(v.

14). Los

"Once" no

son,

aquí

los Doce

otra

y

la

pues, los

encontramos

si

vez una

apa-

rición del Señor

en haber

del Libro

creído:

primeros

capital

idea

de los Hechos:

estructura

de

la

fe

que ellos

cristia-

cose-

montan son responsables de la autentificación

na, no son ellos quienes la hacen necesariamente brotar:

chan en donde no han sembrado (Jn 4, 37-38), ven muchas

veces cómo nace

11,

19-22)

y

la

fe

allí donde no han

en

su

predicado

camino

(Act

8, 4-7;

hasta

encuentran

predicadores y

(Gal

1, 18-19;

apóstoles que no han recibido de ellos su misión 2, 9; 1 Cor 11, 23; 12, 11-12).

Una tensión

seria ha

debido de producirse

necesariamente

entre la institución y la vida de fe en la Iglesia primitiva, y pasa-

jes

como el Evangelio

de

este

día

son

muy

apropiados

para

mostrar que si bien son necesarias en la Iglesia las estructuras, no pueden ser suficientes para que nazca la fe y para propor- cionarla un alimento exclusivo.

b)

En

el cuadro que nos presenta

la

conclusión

del Evan-

mien-

gelio, los apóstoles aparecen incluso bastante incrédulos,

tras que en torno a ellos, discípulos y mujeres poseen la fe y

la proclaman. Los demás evangelistas reflejan

a veces

esa

in-

credulidad de los Once frente a las mujeres anunciadoras de

la resurrección

(Le

24,

de

11), pero Marcos es el único

fe

en el mensaje

de

fe

de

los

que da

dos

tes-

discí-

timonio de su falta

pulos de Emaús (v. 13, en contraposición a Le 24, 33-34). En la

pluma de varios evangelistas esa incredulidad

de los apóstoles

forma parte del arsenal apologético: prueba al menos que la

idea de resurrección

de Cristo no nació de imaginaciones

apologética es patente en

de-

la

masiado ingenuas. Esa finalidad

conclusión del Evangelio de Marcos, y un concepto más ecle- siológico inspira este relato: si las mujeres y los discípulos dan

muestras de más fe que los apóstoles, y si Cristo reprocha a

estos últimos

su ridicula

incredulidad

(v.

14), sin

embargo, es

la

establecer,

a ellos—y no a los discípulos fieles—a quienes Cristo confía

responsabilidad de la misión

(v.

15) y

el cuidado de

23

con vistas al Juicio final, quiénes tienen

tienen

(v.

16).

la

fe

y quiénes

no

la

Es posible

que el relato

de la aparición

a los Once englobe

en un solo episodio una serie de experiencias o de descubrimien-

tos realizados a lo largo de los "cuarenta" días que siguieron

la Resurrección. Marcos traza así los rasgos de la

a

aparición-

se lo comuniquen a los apóstoles para que se dirijan a Galilea.

María Magdalena, que sigue convencida de que se han llevado el cuerpo, vuelve entre tanto al sepulcro. Las mujeres y Pedro y Juan se han ido ya. Entonces es cuando recibe la primera ma- nifestación de Cristo. Vuelve de nuevo con los discípulos y es- tos continúan incrédulos.

modelo al grupo apostólico, que también y decisivo.

era

un

grupo-modelo

Del grupo de los discípulos se separan entonces dos de ellos,

que deciden, a pesar de esos rumores inquietantes, volver a sus

de

camino son

a

su

vez beneficiarios

de

Así, pues, el cuerpo apostólico

no

es por

sí solo portador

de

la presencia del Resucitado y su fe no es necesariamente más

viva y más profunda

que

la

del resto del cuerpo

eclesial.

Cada

miembro de la Iglesia es responsable de su fe y de su existen-

cia bautismal. Pero para que esta integre realmente

el miste-

rio pascual del Señor es necesario que esté existencialmente re- ferido a El, y no puede estarlo sino mediante la mediación de la función apostólica, aun en el caso de que esta última sea ejercida por incrédulos.

casas. Mientras van una aparición.

Mientras estos discípulos regresan a Jerusalén, Jesús se apa- rece a Pedro, y cuando los discípulos de Emaús se reúnen con los apóstoles, ya muy anochecido, se aparece a todo el grupo.

Tras esta reconstrucción hipotética de los hechos se ocultan numerosas diferencias en los relatos evangélicos. Pueden dis- tinguirse las tradiciones de origen femenino, las que provienen de los medios de los discípulos (¿helenísticas?) y finalmente las

De esta forma,

la presidencia

del sacerdote

en la Eucaris-

tía implica su conciencia de hombre y, sin embargo, recibe todo

su

valor del hecho de

que se realiza

por

un signo

del Resucitado, querido

in

persona

El mismo

y

Christi,

como

que

sirve

de

que se deben a los mismos apóstoles. De ahí que pueden des- cubrirse tradiciones centradas en torno a la aparición en Ga-

nes en Jerusalén

10

, y muchas veces es imposible armonizar to-

dos los detalles que nos han transmitido esas tradiciones.

lilea (Mt 28, 16-20) y otras centradas en torno a las aparicio-

punto

de

cita

para

la

fe del Cuerpo místico.

Eso no obstante, el hilo conductor de esas diferencias evan-

gélicas

es

de

orden

teológico. Las más antiguas se

preocupan

ante todo del hecho de la Resurrección y la enfocan con una

Las lecturas litúrgicas de la octava de Pascua presentan una

sigue

a

Cristo en

sus

gran unidad. El bloque de los evangelios

finalidad

apologética. Subrayan

la incredulidad

de los apósto-

les con el fin de dejar bien sentado que no se dejaron dominar

primeras manifestaciones

de Resucitado, mientras

que

el

blo-

que de las primeras lecturas sigue a los apóstoles en sus prime-

ras predicaciones. Por lo demás, tanto en uno como en otro

se refleja

una

evidente

evolución, que no estará

de más

sub-

rayar.

por la imaginación. Si nos presentan

a Cristo resucitado ins-

truyendo

a

sus apóstoles a base

de las Escrituras

es para

pro-

barnos que la tradición primitiva

(de

la

que son

eco las

pri-

meras lecturas) no es tampoco un montaje de los apóstoles,

sino una tradición

recibida del mismo Cristo.

a) Las apariciones

Evangelios

más

recientes,

como

los

de

Lucas

y

Juan,

se

preocupan menos del hecho y de su justificación apologética

Parece que las mujeres se dirigieron

al sepulcro para

de Pascua.

del día

asear

Entre

ellas se encuentra Magdalena. Las mujeres descubren el sepul-

a

Magdalena

a

que avise a los apóstoles

del rapto, y Pedro y

Juan

se acercan al lugar para

advertir, gracias a la presencia de las

vendas, que probablemente no se trata de una sustracción. Se

que del problema

religioso, que es la seguridad

de

la

presencia

misteriosa del Resucitado en la Iglesia: Palabra, Eucaristía, po-

el cuerpo de Cristo, en la madrugada

cro vacío y se imaginan que han sustraído el cuerpo. Envían

deres taumatúrgicos y jerárquicos son los signos de esa presen- cia espiritual y prenda de la comunión futura de los creyentes

con el Padre que se ha convertido en "su Dios" (Jn 20, 17-18).

vuelven un

tanto

dubitativos,

con

un

inicio

de

fe.

Mientras

Magdalena ha ido a avisar a Pedro y a Juan, las mujeres

a

un joven

que les anuncia

la Resurrección y les encarga

ven

que

  • 10 A. DESCAMPS, "La

Structure

des récits évangéliques

también

el

tema

pascual.

tion", Bíblica,

resurrección,

1959, págs. 726-41. Véase

en

el tercer

domingo del Tiempo

de

la

résurrec-

doctrinal

de

la

24

25

b)

La catequesis

primitiva

Nacida efectivamente de las instrucciones del Resucitado a sus apóstoles, la catequesis primitiva se concreta también en dos niveles: el del hecho y el de la teología. Las cinco primeras lecturas de esta semana nos proporcionan el cañamazo clásico de esa catequesis, la sexta lectura nos ofrece un texto de ora- ción primitiva, montada también sobre ese cañamazo.

Esta

catequesis se basa sobre los hechos

de la muerte

y

de

la resurrección, pero los supera muy pronto con la elaboración de una teología precisa orientada hacia la entronización del

Señor sobre el tiempo y sobre el universo y la liberación de

la

humanidad del pecado mediante el llamamiento al Reino y la

conversión del corazón.

26

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO PASCUAL

(Primer domingo después de Pascua)

A.

LA PALABRA

I. Hechos

1. a

l.

er

lectura

ciclo

2,

42-47

II. Hechos 4, 32-35 1. a lectura 2p ciclo

III. Hechos 5,12-16 1. a lectura 3. er ciclo

Los primeros capítulos de los Hechos se ven frecuentemente interrumpidos por breves resúmenes sintéticos que parecen otros tantos jalones colocados por el autor en medio de su descrip- ción de la vida de la comunidad primitiva. Esta especie de es- tribillos reciben el nombre de "sumarios" y los tres pasajes de

los Hechos que se leen este día en la liturgia nos ofrecen los

tres

principales 1 .

La

crítica

literaria

ha

descubierto

que

han

pasado elementos de unos a otros y que su texto original era de factura muy simple.

El primer sumario comprendía primitivamente los versícu-

los Act

2, 42, 46 y 47;

el segundo se limitaba

a Act

4, 32, 34 y 35;

el tercero, finalmente, se limitaba a Act

5, 12a, 15 y 16. Los

ver-

sículos

que se

han

añadido

a cada

sumario lo han

sido con

el

fin de armonizar

esos textos:

así, Act

2,

43

se

sirve

de Act

5,

ll-12a;

Act

2, 44-45 incorpora Act

4,

32, 34-35. La

adición

de

Act 4, 33 proviene probablemente de Act 2, 47a. Igualmente, las

amplificaciones

del tercer

sumario están

sacadas de los

ante-

riores:

así, Act

5, 12b proviene

de Act

2, 46a;

Act

5,

13 incor-

pora Act 2, 47a; Act 5, 14 se inspira en Act 2, 47b.

1

P.

BENOIT,

Remarques

langes

Goguel,

1940, págs.

Tesis

criticada

por

W.

1954,

págs. 207-08.

G.

sur

les

sommciires

des

Actes

II,

IV

y

V,

Mé-

1-10

y

Exégese

et

Théologie,

1961, págs.

181-92-

KUMMEL,

"Das

Urchristentm" ,

 

Théol.

Rund-,

El primer sumario estaba inserto originariamente en el tema de la vida piadosa y edificante de la comunidad y en las reac-

ciones de los judíos

(Act

2, 42, 46, 47), y Lucas

(u otro

redactor)

ha añadido una breve indicación sobre los milagros de los após- toles y sobre la comunidad de bienes. El segundo sumario tra- taba primitivamente de cómo se pusieron los bienes al servicio

de la comunidad (Act 4, 32, 34, 25) y fue completado recuerdo a la irradiación apostólica y al fervor de los fieles

con un

Finalmente, el tercer sumario, que se ocupa primero de la acti-

vidad taumatúrgica de los apóstoles

(Act

5,

12a,

15-16)

incor-

pora después un resumen sobre la vida edificante de la comu- nidad y las reacciones del pueblo.

Este ensamblaje

de temas

en

impide analizarlos por separado.

cada uno de los sumarios

nos

 

*

*

#

  • a) El fervor

comunitario

tituyen

mario

el primer tema, tratado

(Act

2,

42,

46-47;

lectura

y las reacciones del pueblo cons-

por

sí mismo en ciclo), para

l. er

el primer

preparar

su-

el

episodio de la detención

de los apóstoles, y repetido

en

forma

de alusión

en el segundo,

en Act

2, 33b (lectura

2.° ciclo)

y

en

el tercero (Act

5,

12-14; lectura 3. er ciclo).

 

Los elementos

de

esa vida

comunitaria son múltiples y se

agrupan en torno a la presencia asidua en la liturgia

del Tem-

 

plo (Act

2,

46;

5,

12b), y

los banquetes

en

las casas

particula-

res (Act

2, 46). La comunidad

reparte su tiempo entre

el culto

y la misión, porque si tributa

alabanzas a Dios (Act

2, 47),

se

preocupa también de la repercusión de su testimonio en el pue- blo y de las conversiones que de él se derivan (Act 2, 47; 5,

13-14). Nos encontramos, pues, en presencia de una comunidad

cristiana marcada aún por el judaismo

2

. Su

vida

se reparte

en-

tre la liturgia del Templo y las reuniones en los locales particu-

(Act

2,

42,

46)

era

un

banquete

tradicional

entre

los judíos,

tanto en familia

como en reunión religiosa. En el plano

litúr-

gico, esas fracciones

del pan se caracterizaban

ante

todo por

la "oración eucarística" del presidente.

Esas comidas debían de estar muy en voga entre los cristianos de Jerusalén si se admite que en su mayoría eran extraños a la ciudad, galileos desarraigados, pobres sin hogar, miembros de la Diáspora sin "domicilio propio" y dichosos de encontrarse en torno a una mesa. Pero en cuanto desaparezca el Templo o los cristianos se vean apartados de él, esos banquetes frater- nos heredarán progresivamente el matiz sacrificial y sacerdo- tal de la liturgia del Templo: la "misa" será reconocida por la conciencia de los cristianos.

Esa comunidad litúrgica es también misionera y conquista-

dora. Todavía

no

ha

descubierto todas las dimensiones de la

misión. Al menos la preocupación por el diálogo con los demás

y la preocupación de atraer su favor son las dominantes en su

mentalidad

(Act

2, 47a;

5,

13-14) 3 .

b)

El segundo sumario

(Act

4,

32, 34-35)

se preocupa

ante

todo por subrayar la comunidad

de bienes entre cristianos.

Lo hace

sin

duda

para preparar el relato de la generosidad

de Bernabé y el episodio de Ananías

y Safira

(Act

4, 36-5, 11).

El primer sumario reproducirá a su vez esta descripción

(Act

2, 44-45). Pero los dos textos idealizan claramente la situación.

La comunidad de bienes no la practicaron seguramente todos:

la prueba está en que se ha puesto de relieve el gesto de des-

prendimiento de Bernabé, cosa que no hubiera

sido así

si

no

resultara insólito (Act 4, 36-37); por otro lado, Pedro afirma cla-

ramente que el poner los bienes a disposición de la comunidad era un gesto enteramente libre (Act 5, 4).

lares, del estilo

de

las sinagogas. Es decir,

que las

cuestiones

 

Hay que pensar

en

cierta idealización

de los sumarios

en

de sacrificio y de sacerdocio no se han planteado aún:

el Tem-

esta

cuestión de la

comunidad

de

bienes

y

no hay

que

olvidar

plo cumple esas funciones

y las reuniones

en

las casas

se limi-

que la comunidad era ante todo el corazón y el alma (Act 4,

tan a resaltar la fraternidad de los corazones y el fervor de

32;

cf.

FU 1, 27;

Jn

17, 11, 21), pero

con la obligación

de cada

las oraciones.

uno de acudir en ayuda de los hermanos

en sus necesidades.

Los primeros

cristianos

no

son

en

esto comunistas antes de

la

Pero surge un hecho bastante nuevo: las reuniones en las casas particulares no se limitan a lecturas bíblicas de las "ins-

letra: la comunicación de bienes no es aplicación

de

un

siste-

trucciones" y de las oraciones como en las sinagogas; compren-

ma

económico

o social,

sino

la

expresión

de

un

sentimiento

den también una liturgia del banquete. La "fracción del pan"

de solidaridad y de concordia. Pero Lucas introduce en el relato

su doctrina del desprendimiento

en virtud

de

la

cual

el

joven

2

L.

CERFAUX,

"La

Premiére

Communauté

chrétienne

á

Jérusalem",

 

Eph.

Th. Lov.,

1939, págs. 1-31.

 

*

tema

Sobre la liturgia

y

la

doctrinal de los signos

misión,

de

la

como los signos

así

fe,

en

este mismo

de

capítulo.

la

fe, véase

el

28

29

rico era invitado a distribuir sus bienes para formar

Reino

(Le 18, 22), ya que el desprendimiento

limosna eran una forma

tiempos

19,

8).

(Le

3,

11;

6,

30;

parte del

y

la

de los bienes

de expresar la espera

7,

5;

11, 41;

12, 33-34;

de los últimos

14,

14;

16, 9;

c) El último sumario subrayaba, en su versión primitiva,

de los apóstoles

(Act

5,

12a,

13). El

pri-

duda para pre-

y el segundo

el poder taumatúrgico

mer sumario hace alusión a él (Act 2, 43), sin

parar

el relato de la curación

del cojo

(Act

3, 1-10)

sumario también hace referencia discretamente (Act 4, 33a).

la enseñanza actual de la Iglesia. Qué lugar

ocupa

la

fe

en

el

Señor resucitado en el compromiso de los cristianos

en

el pla-

no de la lucha contra el mal y la enfermedad. Cómo la acción

caritativa del cristiano respecto a los pobres es realmente signo

de la solidaridad

espiritual de todos los hombres

que ya

no tie-

nen más que un solo corazón y una sola alma en Cristo

(Act

4, 32). Cómo, finalmente,

nuestras celebraciones litúrgicas

per-

miten a los cristianos vivir sin titubeos y sin fiebre en la

fe

y la esperanza, hasta que retorne

el Señor. Los sumarios

de

los

Hechos idealizan la vida de la comunidad primitiva y conser-

En la comunidad

primitiva son frecuentes

los hechos

con-

van sus elementos judíos;

pero no por eso dejan

de

ser

un

pre-

siderados como milagrosos. Eran

considerados

(Act

a

la

vez

4,

como

30, 33;

que

de-

pruebas del "poder" de los apóstoles

2, 19-22;

6, 8; 8, 13; 10, 38) y como signos de los últimos tiempos en

la naturaleza recobraría su equilibrio y en que el mal sería

cioso material de revisión de vida.

IV.

1 Pedro

1, 3-9

El autor

de

la

primera

carta

finitivamente vencido (cf. Ap 21, 3-4).

de Pedro

se

Este

concepto se apoyaba

a

veces en

un

gusto

demasiado

2.» lectura

l. er

ciclo

inspira, al parecer, en un antiguo himno cristiano que podría haber sido concebido en

pronunciado por lo maravilloso (cf. Act 5, 1-10; 8, 39, etc.), pero

más normalmente

expresaba la conciencia primitiva de la re-

percusión cósmica de la resurrección de Cristo y de la creación

de un tipo nuevo de humanidad, victoriosa del mal en todas sus formas. Habrá que esperar a que la Iglesia tome conciencia del

tres estrofas dedicadas sucesivamente a la

alabanza del Padre, Autor de la nueva creación (parafraseada en

los vv. 3-5)

del Hijo, objeto de nuestro amor hasta

en

la

prueba

(parafraseada en los vv. 6-9) y del Espíritu

manifestado en los

lento progreso del Reino para descubrir que la humanidad

se beneficia

de la resurrección

del Señor

a

golpe de

no

milagros

profetas (parafraseada

en los vv. 10-12, no reproducidos). Otra

paráfrasis de ese himno la encontramos en Tit

 

3, 4-8. En

cual-

y de prodigios, sino a través de la presencia activa

gos de Cristo en el caminar

de los hombres.

de los testi-

quiera de los casos, estas estrofas encuentran su unidad

evocación

común del Éxodo, de la resurrección

de Cristo

en

la

y

del

*

*

#

bautismo de los cristianos.

La resurrección de Cristo es un acontecimiento. Pero hay que

(Act

2, 42; traducido por

"ser

asiduo" en La

Bi-

"perseverar"

blia de Jerusalén) en ese acontecimiento, es decir, encontrar

instituciones y estructuras que permitan vivir ese acontecimien-

to único en todas las circunstancias de la vida

4

.

Son esas ins-

La primera parte de la carta de Pedro reproduce probable-

mente el ceremonial

de

una

liturgia

pascual,

y

los

exegetas

descubren en ella todos los elementos que en 1 Cor 14, 26-27

forman

parte

5

de

toda

celebración:

vendría

lación, etc.

. Nuestro pasaje

cántico,

enseñanza,

reve-

a parafrasear

el

cántico

tituciones, signo y prolongación

de

la

Resurrección,

las

que

describen los sumarios de los Hechos: la instrucción de los após-

toles, la comunidad fraterna,

la

liturgia, la misión, la

victoria

inaugural o una especie de plegaria de bendición.

Nuestro comentario se centrará sucesivamente en torno al

himno en sí, tal como se le ha podido reconstruir 6 , y después en

sobre el mal. Lo que implica a la Iglesia de hoy no es quizá reconstruir los rasgos de las comunidades primitivas: un retor-

una restauración

de

las formas

litúrgicas

del

judaismo,

el

torno a la par