"PATRIA Y FE

"
Clase magistral del REVERENDO PADRE RAÚL HASBÚN Z.

Dictada en la Universidad "Bernardo O'Higgins" Santiago, 18 de agosto de 1999

Hemos recibido un cúmulo de evidencias enriquecedoras: el hecho mismo de esta conmemoración, la existencia de esta universidad, el nombre que la inspira, los valores que en ella se pretende inculcar, su exitosa gestión que fructifica ya en su año noveno, el recuerdo de quien ha sido y sigue siendo su fundador y patrono. Pero de toda esta riqueza de evidencias quiero destacar particularmente lo que acabamos de presenciar, el espontáneo reconocimiento que los discípulos hacen al maestro; como docente les puedo testimoniar que no hay nada que pueda igualar la gratificación o remuneración que significa para un maestro que libremente sus discípulos la reconozcan y le digan: "gracias". Este solo gesto revela la grandeza de espíritu que ya se ha estado incubando y ya está fructificando en este plantel de excelencia universitaria. El tema que se me ha pedido exponer y que procuraré sintetizar con la mayor brevedad posible, en homenaje al tiempo de todos ustedes: El tema "Patria y Fe", que exige primero una clarificación del por qué. A nosotros nos parece obvio decir, así de corrido, en conjuntivo, "Patria y Fe". Sin embargo, los más deplorables crímenes de nuestro siglo han tenido lugar precisamente por sustituir la conjunción copulativa "Patria y Fe", por una conjunción disyuntiva, o incluso adversativa; los más deplorables acontecimientos de nuestro siglo, particularmente la Segunda gran Guerra Europea y los crímenes innumerables de la ideología y praxis del marxismo leninismo han tenido algo en común, han querido construir la Patria sin la fe o contra la fe. El nacional socialismo pretendía una Patria edificada con la supremacía absoluta del pueblo, de la raza, de la sangre aria, pero sin la fe, contra la fe. Destruyó a su Patria, y sólo logró engrandecer la fe y convertirla en cimiente fecunda de innumerables mártires. Y el marxismo leninismo pretendió la absurda, la antinatural utopía de una Patria supranacional que no conociera las fronteras, los lazos, las tradiciones, las raíces

propias del gen y de la cultura de cada pueblo; al igual que el nacional socialismo pretendió hacerlo sin la fe o contra fe. Ambas ideologías cosecharon millones de muertos. Cincuenta millones de muertos la segunda gran guerra Europea, ciento diez millones de muertos la primacía despótica de la ideología socialista, marxista, marxista leninista, y en ninguno de ambos lograron construir la Patria, solo envilecerla, sojuzgarla y destruirla. Por eso esto que parece tan obvio, que se dice de corrido, Patria y Fe, no es algo tan obvio, y el solo hecho de que a partir de ustedes haya surgido el reclamo de una exposición sobre el tema, y que lo hayan aceptado con tanta naturalidad, revela que bien valía la pena analizar esta mutua relación, Patria y Fe. Qué viene primero, la Patria o la Fe, es la antigua historia del huevo y la gallina. ¿Qué viene primero? Reconozcámoslo, aquí en Chile, nuestra Patria nace a partir de la fe. Es la fe que inspira a nuestros próceres, a los fundadores de la Patria, la que finalmente logra plasmar esta comunidad, esta familia, históricamente ligada en la sangre, en el espíritu, en el territorio, en el derecho. Sí, nuestra Patria nace al calor fecundante de la fe. Pero la fe, tienen que reconocer también, que en esta bendita Patria Chilena, ella sí puede crecer, sí puede prosperar, sí puede libremente educar y formar las conciencias; se lo debe a que ha encontrado aquí en Chile, una Patria en forma, un estado de derecho, un país que en toda su institucionalidad ha logrado plasmar el respeto a la libertad religiosa y el fomento a estos vínculos, los más importantes de la naturaleza humana. Por eso es que Patria y Fe, hay que decirles siempre así, en conjunción copulativa, en indestructible alianza. La una no puede sobrevivir ni prosperar sin la otra. Esta afirmación puede sorprender a algunas personas que piensan que la fe, al menos la fe cristiana, particularmente la Fe Católica, debería mirar con cierta sospecha el concepto de Patria. La Patria, por su propia naturaleza, implica una cierta debilitación, una cierta configuración de un espacio geográfico, jurídico y cultural, que operaría como una especie de freno inhibidor de una comunión universal. ¿Acaso el término "Católico", que distingue a nuestra Iglesia, no significa precisamente "universal", más allá de las fronteras, y lo mismo no significa el término "ecuménico", el decir de toda la tierra habitada por el hombre, quien pretendiera

que una profesión de fe cristiana, más concretamente, de Fe Católica, implicaría la superación del nacionalismo del testamento entendido, amor a la propia Patria con prioridad y con excelencia a cualquier otra Patria? ¿Manifestaría con ello no conocer lo que es la fe cristiana? Veamos el ejemplo de Jesucristo, salvador de todo el género humano. Sin embargo, Jesucristo se hace llamar el hijo de David. Jesús de Nazaret nace en Belén, la cuna del Rey David, de cuya estirpe procede, sin embargo, este Jesús que quiere la salvación de todos los hombres, permanece fiel a su tierra y a su pueblo de origen, quiere hablar su lengua, quiere vivir y predicar dentro de los límites geográficos de su país. Sólo la brutalidad del Rey Herodes condena a su familia al exilio, pero en cuando desaparece el tirano, vuelve a su Patria de origen y quiere predicar en ella y reservar para su pueblo las primicias de su evangelio de salvación. Aquí quiere morir, aquí quiere ser sepultado y desde aquí quiere volver desde su Patria terrenal a su Patria u hogar celestial. Jesús, en una impresionante muestra de virilidad lloró, lloró de amor y de aflicción por su Patria, la contempló desde una colina, y al darse cuenta de que su Patria no quería aceptar su mensaje y su designio de Paz, derramó lágrimas de pena y de nostalgia por ella y ofreció su vida, en primer lugar por su Patria. Nosotros los sacerdotes cuando celebramos la misa, repetimos en las palabras de la consagración: "Este es el Cáliz de mi Sangre, Sangre que se derrama por vosotros". Es decir, por los que están en la inmediata cercanía de quien está ofreciendo el cáliz de su sangre, primero por mi familia, primero por mi Patria, por mi Nación y por mi pueblo y enseguida por todos los hombres. Y Caifás, el sumo sacerdote, al decretar inicuamente la muerte de Jesús, el Justo, el Inocente, sin saber lo que decía, profetizó: "conviene que uno sólo, aunque sea el Justo, el Inocente, muera por todo el pueblo, conviene que uno muera por toda la Nación". No sabía con qué lúcida propiedad estaba profetizando la suerte de Cristo, que muere de amor por su pueblo, y la suerte de todos aquellos que en el noble seguimiento de Cristo han creído que hay nada más dulce y fecundo que entregar la vida por la Patria de uno. El Cristianismo es profundamente patriótico. San Pablo, el discípulo escogido para llevar el mensaje más allá de todas las

fronteras o barreras nacionales, hablaba el mismo lenguaje de su Señor, el que quería hacer todo para todos. Sin embargo, reconocía: "tengo un dolor lacerante e incesante en mi corazón, porque me duele la suerte de mi pueblo, los que son de mi raza, de mi sangre y de mi Nación. Es cierto que algunos de ellos les han vuelto las espaldas a Cristo, pero yo prefiero ser yo excomulgado, yo proscrito, yo condenado al exilio o a la separación, con tal de que mi pueblo, mi Nación, Israel, a cuyo linaje yo pertenezco, yo que soy de la tribu de Benjamín, mi Nación se salve, porque Dios quiere la salvación de todos los pueblos, comenzando por el mío propio". Así habla, así siente un autentico ministro de la fe cristiana; reconoce que su Patria es, después de sus padres, la primera obligada receptora de su devoción, de su obediencia, de su servicio y del sacrificio íntegro de la propia vida. Cicerón, citado más tarde por Santo Tomás de Aquino, se refería a la Patria como esa entidad que exige de uno. Voy a usar las palabras que él usaba en Latín... "El Oficium y el Cultus"... El Oficium, es decir, el servicio, trabajo abnegado, eficiente, el empeño de los propios talentos al servicio de la Patria, Y el Cultus, es decir, la devoción, el homenaje, la reverencia, la delicadeza, el afecto fiel y respetuoso hasta la muerte, y más allá de la muerte. Santo Tomás de Aquino, el príncipe de la teología católica, se inspiraría en esta luminosa mirada y concepción que un pagano, Cicerón, tenia del afecto a la Patria. Pero, ¿qué es la Patria? ¿Han visto ustedes en el diccionario cómo viene definida la Patria? Les voy a decir: La Patria es la Nación propia, nuestra, con la suma de su pasado, su presente y su futuro, sea en sus bienes materiales, como en sus bienes inmateriales, que atrae y ejerce irresistible la influencia en el animo de todos los patriotas, cautivando su amorosa adicción, definición que tiene la belleza de la poesía, la verdad, de la filosofía y el aval de la teología. Me voy a referir sólo a esto último, el aval de la teología. Sí, el Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios, Honrar Padre y Madre, exige por su propia naturaleza ese "Oficium et Cultus", ese servicio efectivo y ese culto afectivo a la Patria, porque la Patria no es otra cosa que la dichosa e indispensable prolongación de los padres. Y el que debe honra, servicio, afecto y fidelidad a su

padre y a su madre, se lo debe por el mismo título a su Patria, la tierra en que su padre y su madre lo trajeron a este mundo. Sigamos analizando la hermosísima definición que el diccionario nos da de la Patria. Comienza diciéndonos qué es la Nación, el lugar donde se nace, el lugar donde se forja y alumbra a este mundo la luz de la vida. No puede haber en consecuencia Patria allí donde uno no tiene un lugar en el cual nacer y bajo el cual cobijarse, y por eso, la íntegra defensa del territorio no es una simple cuestión de voracidad, de egoísmo, o de preservación de un espacio vital. La íntegra defensa de la soberanía de nuestro territorio, es una condición indispensable para que allí surja la vida del hombre. Por eso es que tenemos tantos mártires que han sacrificado su vida por algo que alguna vez despectivamente fue calificado como kilómetros más kilómetros menos. No se trata de eso: la tierra le pertenece al hombre así como el hombre se pertenece a su tierra. Si al hombre lo despojan del mínimo lugar en que viene a este mundo y del lugar en que finalmente sus restos mortales se despedirán de este mundo, deja de ser hombre, y su familia deja de ser familia, y su Nación deja de ser su Patria. Por eso, honra, loa y alabanza a aquellos que han hecho profesión de fe y de fidelidad, bajo el sagrado juramento de defender la integridad territorial, la soberanía y la dignidad de su Nación, el lugar en que nace a la vida. Pero al decir Nación estamos diciendo algo distinto de un museo y de una sepultura. Hoy, aquellas que se autoproclaman grandes naciones se están convirtiendo paulatinamente en simples museos, donde la vida ya no nace, donde esta prohibido traer hijos al mundo, donde la mentalidad anticonceptiva impulsada por un feroz pánico o terrorismo antidemográfico, hace que traer un hijo al mundo aparezca como una deplorable desgracia, o disminución del patriotismo familiar o nacional. Las que se llaman grandes naciones han legalizado el aborto, lo han convertido en un supremo derecho de rango constitucional, y con sus políticas antinatalistas de corte imperialista prohiben a los pobres, a los pobres pueblos, seguir engendrando la vida. Todas las políticas crediticias y desarrollistas están condicionadas a que los países pobres prohiban a sus hijos engendrar nuevos hijos, y entonces,

ya no tendremos Nación. Tendremos simplemente museos, y entonces, la familia y la Patria ya no será la Nación gestora y alumbradora de la vida, sino una simple sepulturera y verdugo de sus propios hijos. Que el buen Dios, que el genio de la lucidez y el coraje de nuestros hombres públicos y el buen sentido, también del ciudadano común, no permitan jamás que la Patria chilena deje de ser Nación, para convertirse en museo, verdugo y sepultura de sus propios hijos. La Patria es la Nación propia y nuestra. Propia, donde nosotros tomamos las decisiones, propia, donde nosotros ejercemos esa sublime virtud que acredita nuestra semejanza con Dios, la libertad, la dignidad, nuestra soberanía. Una Patria que abdica de su soberanía, unos gobernantes que permiten pasiva e impunemente el pisoteo de la dignidad nacional, unos hombres, supuestamente de derecho, encargados de hacer las leyes o administrarlas, que hipotéticamente derogaran o permitieran que les fuera escamoteado el ejercicio de su soberanía en las cosas que pertenecen sólo al genio nacional, de ellos sólo se podría decir que no saben lo que es la Patria, y en lugar de hacerla, la están destruyendo. Que Dios no permita que tal cosa suceda con nuestra Patria chilena, propia y nuestra, de nadie más. Es la Nación propia y nuestra, con la suma de su pasado, presente y futuro. Así piensa un hombre que tiene razón natural y fe sobrenatural. Quienes carecen de ambas, o de una de ellas dos, siempre tienden a disociar, pasado, presente y futuro. Es la ruptura y la contraposición dialéctica que está en la base de la ideología y de la praxis marxista Leninista. Por eso, lo primero que sus ideólogos tratan de inculcarnos, es la violenta ruptura con el pasado, salvo en un elemento. La ideología marxista leninista nunca permite que uno rompa con el pasado, cuando se trata del perdón y del olvido. Entonces surge el aforismo, su dogma sin restricciones, Ni perdón ni olvido, el pasado se utiliza, se manipula grotescamente. El pasado se mercantiliza y se convierte en una industria próspera, que permite a mucho parásitos, profitar sin hacer nada, solamente exacerbando el odio, la hostilidad, el recuerdo magnificado distorsionado y manipulado de los hechos del pasado, haciendo imposible que se ejerza el racional ministerio del perdón y del olvido, ese ministerio que todos los pueblos cultos, civilizados, que conocen el imperio del derecho y que aceptan también la luz de la

fe, siempre han practicado, cuando quieren sobrevivir a las heridas y a las llagas del pasado. Nosotros respetamos nuestra tradición, pero sobre los hechos ominosos que dividen y desgarran nuestra convivencia tendemos el manto de la amnistía, es decir, del perdón, que llega a ser perdón por la vía del olvido. No hay otra manera de edificar la Patria. La Patria, dice el diccionario, es la suma del pasado, del presente, y también del futuro. No se puede construir la Patria emocionando, hipotecando desde ya su futuro, y así como del Antiguo Testamento, el futuro de la humanidad pendía de una pequeña arca, el Arca de Noé, en la cual se podían conservar los gérmenes de una humanidad futura, después del diluvio del cataclismo universal, así también, el genero humano conoce, y Dios, así lo ha ratificado, una pequeña Arca de Noé, que si se construye a tiempo y que si se respeta en su estructura, permite avizorar el futuro sin temor alguno a una devastación nacional o universal. Esa pequeña arca de Noé se llama familia, ese pequeño grupo de un padre, de una madre, de unos hijos, de unos abuelos, de unos nietos, de unos primos, de unos hermanos. Esa pequeña arca de Noé contiene en sí, el germen y la esperanza de salvación para la Patria y para el género humano, y en consecuencia, todo lo que se haga por debilitar, por socavar o destruir el arca de Noé, que es la familia, constituye un delito de lesión contra la Patria. Por algo el artículo primero, "Las bases de la Institucionalidad", de nuestra Constitución Política de 1980, comienza afirmando que es deber preponderante del Estado de Chile, propender al fortalecimiento y crecimiento de la familia. Hemos visto, y el Señor Rector lo recordó muy bien en su documentada exposición, hemos visto cómo en el ultimo decenio, todo concurre sistemáticamente al socavamiento, al desmembramiento y a la destrucción del Arca de Noé, que es la familia. Se están sentando las bases de una erosión moral de nuestra Patria por la vía de debilitar y finalmente destruir la familia. Escuchemos a Juan Pablo II: "El futuro de la humanidad se forja en la familia". Si queremos una Patria con futuro, cuidemos a la familia como nuestra más preciosa arca de salvación. Y finalmente, el presente que nos urge a través de

aquellos que buscan una oportunidad de trabajar, de edificar dignamente su morada, de cobijar a su familia en una vivienda que esté a cubierto de contingencias y de inclemencias, aquellos que buscan aspirar a los bienes materiales y también inmateriales de este mundo. El presente nos urge, "Los pobres no pueden esperar". Lo decía el Padre Hurtado, cuya festividad conmemoramos y celebramos hoy día 18 de agosto. Pero sin embargo, son tantos los que en nuestro país, lejos de dedicar su fuerza y permitir que los demás dediquen su fuerza a enfrentar urgentes problemas del hoy, viven, y han hecho de esto una profesión, y han convertido esto en una lucrativa industria y negocio, bien sin trabajar e impidiendo que los demás trabajen. Esa ideología y sus fariseos, y hay que llamarlos por su nombre, porque así lo exige la verdad, esa ideología del socialismo marxista leninista, es parte de su intrínseca orientación antipatria. Es además, intrínsecamente parasitaria. Consiste en no trabajar, sino simplemente criticar, enajenar y expropiar a los que sí trabajan. Esa es la propia definición del "parásito", el que profita chupando o extrayendo la savia o la sangre ajena. Y, sin embargo, hay gentes que se dejan embaucar por esta charlatanería y les confían a ellos la conducción de los más altos destinos de la Patria. Todo esto es un escenario de una comedia de irresponsabilidades, de equívocos, que si no fuera tan trágica, tendría que ser simplemente cómica. Pero no tiene nada de cómica, porque la gente es crédula. Y la gente, mientras más absurda y demagógica sea una proposición, tanto más firmemente la cree y la hace suya, y exalta con ribetes casi idolátricos a quienes precisamente les plantean este estilo de vida esencialmente parasitario, en lugar de consagrar su fuerza, su energía, y esforzarse y aprender en ser una persona disciplinada en ejercer responsablemente su libertad. En ser un señor de sus apetitos y de sus instintos. En ser uno mismo el arquitecto de su destino, de su familia y de su Patria. Dedicarse, como hacen los parásitos, a criticar y a lucrar a costa del trabajo y del quehacer de los demás, así no se hace Patria. Y así no se suman pasado, presente y futuro, como lo

manda la excelente definición que el diccionario nos da de la Patria. Pero en esa definición se agrega que la Patria esta constituida por bienes materiales y también inmateriales, y con esto quiero poner el acento de que si queremos hacer Patria, debemos nutrirla, realimentarla incesantemente, no sólo con aquellos bienes que procuran la subsistencia diaria, sino con aquellos otros bienes superiores que hacen que vivir o sobrevivir valga la pena. Y no quiero vivir, si para sobrevivir tuviera que sacrificar mis razones de existir. Por eso existen los héroes, por eso existen los mártires, porque cuando se les enfrentó al dilema: "si quieres sobrevivir tienes que sacrificar tus razones de existir", prefirieron seguir el dictamen de Jesús: "no tengas miedo a los que matan el cuerpo, sólo teme a los que te puedan matar el alma". Debemos realimentar incesantemente el cuerpo y alma nacional con los bienes materiales, pero particularmente con los bienes inmateriales. Sabemos cuáles son: libertad, responsabilidad, señorío y dominio de sí mismo, servicio hasta el sacrificio de la propia vida, austeridad, frugalidad, pensión, ahorro, conciencia de que yo debo vivir de mi trabajo, sentido de empresa, sentido de solidaridad con los más débiles, a servir las funciones y las cargas públicas no como un beneficio, sino como un servicio y un grato sacrificio que uno hace en aras de los demás. Esas virtudes no son las del debate público, no son esas virtudes de las que están siendo testimoniadas en el escenario que nos brindan hoy día los medios de comunicación social y los principales actores de la vida nacional, y por eso se necesitan pequeños baluartes, islotes, oasis, como esta universidad. Se necesitan pequeñas reservas morales y espirituales que vayan proveyendo incesantemente a la Patria de ese alimento corporal material, pero sobretodo de ese alimento espiritual, sin los cuales la Patria se desmorona. Y termina la hermosa definición diciendo que esa comunidad, la Nación, con su pasado, presente y futuro, y sus bienes materiales e inmateriales "atrae y ejerce una influencia irresistible sobre todos los patriotas, cautivándolos con su amorosa adhesión. Cautivar, qué expresión tan digna, una especie de atracción magnífica a la Patria. Personalmente, desde que soy un niño, hasta mis actuales 66 años, no puedo mirar mi Bandera ni cantar mi Himno Nacional, sin emocionarme hasta las lágrimas. Y son lágrimas de virilidad, son las mismas de santo orgullo y emoción

que siento cuando evoco a mi padre, a mi madre, a mis abuelos, y a esa Patria de origen, que es la lejana y tan querida Belén. Son las mismas lágrimas que experimento cuando escucho el nombre de mi Patria: Chile. Pero no quisiera llorar como Cristo, las lágrimas que Cristo lloró por su Patria. No quisiera tener que lamentarlo desde una colina lejana: que esta Patria mía no quiso escuchar sus designios y sus mensajes de paz, y lo peor, tolerar. Y no ahorré ni un minuto de mi vida ni un miligramo de mi energía hasta lograr que, en cuando de mí dependa, mi Patria vuelva a ser lo que siempre tiene y tendrá que ser: un oasis de paz, un lugar del que uno se sienta legítimamente orgulloso, con el sagrado orgullo de que esta Patria mía no me la toca nadie, a esta Patria mía nadie le mete las manos, a esta Patria mía nadie le falta el respeto, ni lastima su orgullo santo, su integridad y su soberanía. Y a esta Patria mía no le falta ni el pan de los cuerpos ni el alimento del alma. Yo no quiero tener que llorar lágrimas de aflicción por mi Patria sojuzgada, envilecida lastimada o dividida. Y por eso, cada vez que me encuentre con personas que, como ustedes, sientan el amor a la Patria, tendré que decirles y gritarles: "amen a su Patria como se ama al padre y a la madre, con ese "Oficium et Cultus" con ese servicio que no trepida en el sacrificio, y con ese culto que implica siempre posponer todo, subalternando el interés personal al sagrado y supremo interés y bien de la Patria. Amemos a la Patria y no trepidemos en seguirla sirviendo, cualquiera que sea el costo personal que ello nos irrogue. A la Patria se le sirve también orando por ella, trabajando por ella, y sufriendo por ella. Hay uno que la ama de una manera especial, que le ha consagrado su vida entera a liberarla de todas sus cadenas de esclavitud. Hay uno que en este momento esta sufriendo de una manera atrozmente injusta el dolor de la Patria, el dolor por la Patria. Pero quienes hemos visitado en su casa a Don Augusto Pinochet Ugarte, allá en Londres, sabemos que más que nunca en este momento, donde llega al colmo su dolor por la Patria, él está secundando a ese Chile tan amado. Nunca uno fecunda tanto la obra y las personas que uno ama, como cuando uno tiene el privilegio de sufrir por ella y entregar la vida por ella. Por eso, más allá de todos los esfuerzos jurídicos o políticos que se hagan

por su pronto regreso, lo importante es que esa persona que ha dedicado su vida entera a su familia, a su Dios y a su Patria, en este momento está íntegro, de pie, con su mente lúcida, con su memoria clarividente, sin almacenar ni la sombra de un rencor, absolutamente abierto a que se sanen todas las heridas que dividen a nuestro país. Y absolutamente consciente, de que tal como lo juró un día al ingresar a su amado Ejército, la Patria le puede demandar el sacrificio de la vida si fuere necesario. Ese es el Augusto Pinochet Ugarte al que tuve el privilegio de visitar hace un mes, íntegro, de pie, dispuesto a ser fiel hasta la muerte a sus tres grandes amores: su familia, su Patria y su Dios. Y por eso estoy tan feliz y me siento tan gratificado de haber cumplido esa elemental obra de gratitud y de misericordia de visitar a tan ilustre enfermo, a tan ilustre privado de libertad. Concluyo recordando una frase de Jesucristo, que me parece de particular licencia en este momento: "No tengan miedo, no tengan miedo a los que les puedan matar el cuerpo... Tengan miedo a los que les puedan matar el alma".

Santiago, 18 de agosto de 1999 Reverendo Padre Raúl Hasbún Zaror

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