2.

La independencia de México y las revoluciones hispánicas François-Xavier Guerra (1993) Antes de abordar directamente la cuestión que nos ocupará, nos parece necesario hacer algunas consideraciones previas para justificar el título de este artículo. La primera concierne a su relación con el tema general de este número especial sobre el liberalismo en México en el siglo XIX. En una visión canónica de la historia mexicana, la correlación entre independencia y liberalismo es un lugar tan común que parece no necesitar demasiadas demostraciones. Pero lo que es verdad para si se habla de 1821, es mucho menos evidente si se intenta extrapolar al conjunto del proceso de independencia —lo hagamos comenzar en 1808 o en 1810—. Presuponer para esos años un liberalismo incipiente es mucho más discutible. La confusión nace, a nuestro modo de ver, de las ambigüedades de la palabra libertad, que puede remitir tanto a la libertad colectiva de la Nueva España —es decir su independencia o por lo menos su autonomía— como a la nueva libertad política que define a los regímenes modernos. Dicho de otra manera, aunque exista una relación entre ambas libertades, que intentaremos explicitar después, conceptualmente hay que distinguir la independencia —la ruptura del vínculo político con el gobierno central de la Monarquía— de la adopción de las ideas, imaginarios, valores y prácticas de la Modernidad. La independencia no implica de por sí la modernidad, pues puede intentarse y ser pensada con referencias mentales tradicionales, como lo muestra el caso de Gonzalo Pizarro en el Perú del siglo XVI o en nuestra época una buena parte del argumentario de los insurgentes mexicanos. Inversamente, el paso a la Modernidad política puede darse sin una brusca e inmediata independencia, como lo mostrarán después, en el imperio británico, los casos de Canadá, Australia o Nueva Zelanda; o, en la época misma que tratamos, la modernización política acelerada que se produjo —gracias a la aplicación de la Constitución de Cádiz— en las regiones americanas fieles al gobierno peninsular, entre las cuales México ocupa un lugar preeminente. La segunda consideración procede de las observaciones precedentes. Si la insurgencia y el independentismo no son necesariamente sinónimos de modernidad política, y si las referencias mentales no son las mismas al principio y al final del proceso que culminará en 1821, es evidente que hubo durante este período una profunda mutación en el campo de las ideas, de los imaginarios y de los comportamientos políticos. ¿Puede decirse que esa mutación fuese algo puramente mexicano? La respuesta es evidentemente negativa. En todos los países del mundo hispánico —incluida la misma España peninsular— se producen al mismo tiempo fenómenos tan parecidos que podemos aplicarles a todos el término de revoluciones hispánicas. Pero el plural "revoluciones hispánicas", pertinente para analizar las especificidades regionales, es insuficiente para calificar algo más que todas las fuentes indican : la imbricación constante y la mutua causalidad entre los acontecimientos españoles y los americanos. Todo remite de hecho a un proceso revolucionario único que comienza con la gran crisis de la Monarquía, provocada por las abdicaciones regias de 1808, y acabará con la consumación de las independencias americanas. Estamos ante una crisis global que, como la crisis del imperio soviético a la que acabamos de asistir, afecta primero al centro del imperio, replantea después su estructura política global y acaba por provocar su desintegración. La revolución hispánica tiene, pues, como dos caras complementarias : la primera es la ruptura con el antiguo régimen, el tránsito a la Modernidad; la segunda, la desintegración de ese vasto conjunto político que era la Monarquía hispánica, es decir las revoluciones de independencia. Dos caras, que corresponden en parte, pero sólo en parte, a dos fases cronológicas. En la primera, que va de 1808 a 1810, predomina la revolución política, el gran debate, teórico y práctico, sobre la Nación y sobre la representación. Debate que va a provocar la mutación política de las élites españolas y a darles su primera y fundamental victoria : la reunión de las Cortes en Cádiz y la proclamación de la soberanía nacional, que abre la vía a la destrucción subsecuente del antiguo régimen. En la segunda, a partir de 1810, predomina cada vez más la fragmentación de la Monarquía : las "revoluciones de independencia". El esquema, sin embargo, resulta simplista, puesto que las regiones y grupos que reconocen a las Cortes y al gobierno central siguen participando, hasta su independencia, a principios de los años 1820, en los avatares del liberalismo peninsular. Inversamente, las regiones o grupos independentistas, en lucha contra las autoridades peninsulares y contra los americanos "lealistas" no dejan por ello de participar indirectamente de las evoluciones, tanto teóricas como prácticas, del conjunto político del que se están separando; de ahí que muchas disposiciones de la Constitución de Cádiz y, entre ellas, sus prácticas electorales ejerzan una gran influencia en las de los nuevos países. Es patente que en esta manera de abordar los problemas de la época revolucionaria, lo político ocupa un lugar central. No se trata de la política en el sentido tradicional de la palabra, de una historia événementielle, de una narración de acontecimientos mil veces contados en los libros de "historia patria". Se trata, ante todo, de comprender la lógica profunda de un proceso complejo que pone en juego los elementos constitutivos de lo político : ¿Quién debe ejercer el poder? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿En nombre de qué o de quién?… Las respuestas a estas cuestiones no pueden reducirse ni al simple análisis de los actores que intervienen en esta pugna, ni a las estructuras sociales o económicas, ni tampoco a una historia de las ideas o de los imaginarios. Dado el espacio limitado del que disponemos, vamos a centrarnos en el proceso global y en sus principales problemas y coyunturas, sin entrar en el detalle de las particularidades locales que son, evidentemente, esenciales para la comprensión de cada país. Queda, en fin, por hacer una última consideración sobre el término mismo de liberalismo. Como el término se ha impuesto no sólo en la historia política de los países hispánicos del siglo XIX, sino como un

término universal en la historia de las ideas y de las prácticas políticas (aunque con múltiples significados y variantes) corremos el riesgo de hacer de él en nuestro período algo bien definido, un ente atemporal, con existencia propia, igual en todas las épocas y capaz de ir imponiendo su lógica a los acontecimientos. Recordemos que, aunque muchos de los elementos que configurarán después al liberalismo existen ya cuando comienza la revolución hispánica, es ésta la que crea el termino "liberalismo" y "liberal" para designar ciertos, "partidos", regímenes y prácticas políticas. Es precisamente durante la revolución hispánica cuando se constituye poco a poco esa particular combinatoria de elementos venidos de Francia, de Italia, de Inglaterra o de Estados Unidos. El liberalismo de nuestro período es pues, ante todo, algo en construcción, que va definiéndose poco a poco en función de los diferentes momentos políticos de la revolución hispánica. Una revolución inesperada Buena parte de las interpretaciones clásicas de las revoluciones de independencia, en su doble vertiente de paso a la modernidad política y de separación de ese conjunto original que fue la Monarquía hispánica, fueron forjadas en pleno siglo XIX. Eran aquellos tiempos de liberalismo combatiente, en los que los nuevos países hispanoamericanos estaban empeñados en una difícil construcción de lo que aparecía entonces como el modelo político ideal : un Estado-Nación, fundado sobre la soberanía del pueblo y dotado un régimen representativo. La necesidad de legitimar este modelo político hizo que esas interpretaciones se caracterizasen por dos rasgos complementarios que privilegiaban la evolución y no la ruptura. El primero consistía en presentar el proceso revolucionario como la consecuencia casi natural de fenómenos de "larga duración"; el segundo, el considerar que la época y manera en que se produjeron no podían ser distintas de lo que fueron. Partiendo del hecho de que al final del proceso aparecieron nuevos Estados y que éstos fundaron su existencia legal sobre la soberanía de los pueblos o de la nación, se supuso que ese punto de llegada era un punto de partida. Es decir, que la aspiración a la "emancipación nacional" y el rechazo del "despotismo español" eran las causas principales de la independencia. De ahí surgen dos premisas omnipresentes en las historias patrias, e incluso en las interpretaciones de historiadores profesionales actuales : por un lado, la existencia de naciones a finales de la época colonial — lo que implica una precoz aspiración a la independencia— y, por otro, el contraste entre la modernidad política de América y el arcaísmo político de la España peninsular… El confundir el post hoc con el propter hoc, aunque fuese conceptualmente indefendible, tenía la ventaja de dar una explicación simple de un fenómeno muy complejo, pero también la de legitimar con referencias modernas incontestables, el acceso de los nuevos países al concierto de las naciones. Los problemas que plantea esta visión teleológica del proceso revolucionario son tan grandes que, de hecho, la hacen insostenible. Algunos, sobre los que no nos extenderemos, conciernen al siglo XIX : la fragmentación territorial (consecuencia de la incertidumbre que reina en cuanto a la determinación de las supuestas naciones); el contraste muy frecuente entre la modernidad legal y el tradicionalismo de los imaginarios y comportamientos de la mayor parte de la sociedad, e incluso de las élites; la dificultad en fin, de fundar, una vez desaparecida la legitimidad del rey, la obligación política, en ese ente abstracto que es la nación moderna … Otros problemas, atañen al mismo proceso revolucionario. El más importante es que elimina del campo de investigación todo lo que no es conforme con el modelo de interpretación : ya se trate de algunos tipos de temas o, incluso, de períodos enteros. Desaparecen así del campo histórico, por una parte, todo lo que, en los movimientos de independencia, remite a un tradicionalismo social —por ejemplo, los temas religiosos y contra-revolucionarios con los que tantos insurgentes movilizaron a la población— y, por otra, toda la primera fase del proceso revolucionario (desde 1808 hasta, por lo menos,1810). En efecto, toda esta fase cuadra muy mal con la teleología de esos esquemas explicativos, puesto que todas las fuentes muestran entonces la lealtad de la inmensa mayoría de los americanos hacia al rey y hacia la España resistente, el carácter más tradicional de las referencias mentales de los americanos y el papel motor que juega entonces la España peninsular en la mutación ideológica, en la elaboración y en la difusión de esa versión particular de la modernidad que es el liberalismo hispánico. Ante estas dificultades invencibles, resulta necesario partir de lo que las fuentes nos muestran : por un lado, que la crisis revolucionaria es no sólo totalmente inesperada sino también inédita y, por otro, que es su propia dinámica la que provoca no sólo la mutación ideológica, sino también la desintegración de la Monarquía. Los actores mismos de la revolución lo confiesan sin ambages, antes de que triunfe la interpretación canónica de las historias patrias. Así Bolívar, en 1815, en cuanto a la independencia : "De cuanto he referido será fácil colegir que la América no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió, por el efecto, de las ilegítimas cesiones de Bayona […]". Y, en cuanto a la modernidad política: "Los americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos, y lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados [etc…]".

Volvamos pues a esas abdicaciones de Bayona que abrieron la gran crisis de la Monarquía y que fueron el comienzo radical de todo el proceso revolucionario. La abdicación forzada no sólo del rey Fernando VII sino la de todos los miembros de la familia real, y la transferencia de la Corona a Napoleón y luego a su hermano José, representa un acontecimiento totalmente singular no sólo en la historia de España, sino en la de las monarquías europeas. Lo que se produce entonces no es un cambio de dinastía provocado por la extinción de una familia reinante, ni por la victoria de un pretendiente sobre otro en una guerra civil, ni por la rebelión del reino contra su rey, ni siquiera por la conquista por otro monarca… Como lo señalarán todos los patriotas españoles y americanos, se trata de un acto de fuerza pura, ejercido no sobre un enemigo vencido, sino sobre un aliado, es decir de una traición, tanto más grave cuanto que afecta a un rey, cuya acceso al trono unos meses antes había sido acogida en ambos continentes con la esperanza entusiasta de una regeneración de la Monarquía. Las reacciones a este acontecimiento inaudito son conocidas, pero, teniendo en cuenta que estamos aquí en el punto de partida real de todo el proceso revolucionario, es necesario examinar cuáles fueron sus principales actores y cuáles eran sus referencias mentales. En la España peninsular el actor principal fue el pueblo de las ciudades. El fue, dirigido ciertamente por una parte de las élites urbanas, quien impuso a las autoridades establecidas —que tendían a aceptar le fait accompli— el rechazo del nuevo monarca, la proclamación de la fidelidad a Fernando VII "el Deseado" y la formación de juntas insurreccionales encargadas de gobernar en su nombre y de luchar contra el invasor. El clima de la insurrección es el de un patriotismo exaltado que, una vez pasada la sorpresa de los primeros días, expresan una multitud de impresos : periódicos, proclamas, manifiestos, cartas, hojas volanderas…, escritos por toda clase de individuos y cuerpos de la sociedad del Antiguo Régimen. Y lo mismo ocurre en América cuando —con los inevitables desfases temporales— van llegando las noticias de la península : rechazo del invasor, manifestaciones nunca vistas de fidelidad al rey, explosión de patriotismo español, solidaridad con los peninsulares…; temas todos que aparecen no sólo en los impresos más variopintos producidos por toda clase de individuos y cuerpos, sino también en rogativas, procesiones cívicas, ceremonias de jura, etc. A pesar de que no había allí tropas francesas ni autoridades que abiertamente pretendieran colaborar con el invasor, hubo incluso tentativas de formación de juntas que, por las razones que explicaremos luego, no llegaron a formalizarse. Aquí también, por contraposición a lo peninsular, los principales actores fueron las élites y el pueblo de las ciudades capitales, pero, a diferencia de ella, los patriciados urbanos desempeñaron el papel principal y dirigieron o controlaron siempre las manifestaciones del pueblo. Las semejanzas entre España y América son, pues, considerables, tanto en lo que atañe a los actores —las ciudades principales como cabeza de su reino o de su provincia, con sus élites y su pueblo— como a la manera de pensar o de imaginar la Monarquía. Un análisis más detallado de este último aspecto muestra la semejanza de los valores y de los imaginarios de los dos continentes pero también algunas diferencias de gran significación para el porvenir. Entre las semejanzas más evidentes está el lenguaje empleado y los valores que expresa. Todos —incluidas las repúblicas de indios, iguales en esto a los demás grupos sociales — rechazan al invasor apelando a la fidelidad al rey, a los vínculos recíprocos entre él y sus "pueblos", a la defensa de la religión, de la patria y de sus "usos y costumbres"… Particularmente significativa para comprender cómo se concibe el vínculo político es el uso universal de palabras como "vasallo" o "vasallaje", "señor" o "señoriaje" : todas remiten a una relación personal y recíproca con el rey, que bien podemos calificar de "pactista". Esta relación tiene una doble dimensión, personal y corporativa pues, aunque el juramento de fidelidad sobre el que se funda haya sido prestado por cuerpos de todo tipo —territoriales, corporativos o estamentales— ese juramento compromete personalmente a sus miembros. De esa "fe jurada" al rey como a su señor surge la obligación para sus vasallos de asistirlo con su acción, sus bienes e incluso su vida. La obligación política está, por lo tanto, fundada en un compromiso con una persona, formalizado por el juramento. De ahí, la importancia que tendrán durante la época revolucionaria, los juramentos múltiples que se prestarán a las múltiples autoridades que suplen a la ausencia del rey : a la Junta Central, al Consejo de Regencia, a las Cortes, a la Constitución después… De ahí también, la dificultad que experimentarán los independentistas para prescindir de la llamada "máscara" de Fernando VII; ya que no se trata sólo de eliminar una figura simbólica, sino de mucho más : romper un juramento que compromete a cada individuo. De ahí, en fin, la dificultad de pasar de la fidelidad a una persona singular a otra que vincula con una entidad abstracta, llámese esta Constitución o Nación. Semejante y diferente a la vez es la manera que los dos continentes tienen de concebir el conjunto político al que pertenecen, es decir, la Monarquía hispánica, o con términos más modernos, la "nación española", tal como se dice frecuentemente entonces. Las metáforas utilizadas son muy clásicas y remiten a la unidad de todos sus habitantes, a pesar de la desigualdad de situaciones y de funciones. La nación se concibe, por ejemplo, como una gran familia, que tiene al rey como padre y múltiples hijos, diferentes pero igualados en los mismos deberes de defenderlo y asistirlo. Otras veces se la compara a un cuerpo, con miembros diferentes pero con una sola cabeza, el rey. Es también una comunidad producto de la historia, con sus leyes, sus costumbres, su religión y su rey, señor natural del reino; pero también un pueblo cristiano que, como un nuevo Israel, es objeto de una especial providencia divina. Pero, superpuestas a estas imágenes muy clásicas del universo mental del antiguo régimen, aparecen otros temas que abren la vía a concepciones modernas de la nación. Como ya lo hemos esbozado, una de las

características de la reacción patriótica fue no sólo su carácter espontáneo sino también la manera dispersa en que se produjo. Cada ciudad, cada pueblo, tuvo que reaccionar sólo, en la mayoría de los casos, sin saber cómo iban a hacerlo los demás. Cuando poco a poco se fueron recibiendo emisarios, noticias e impresos, venidos de otros lugares, todos constataron admirados, lo que nosotros observamos aún ahora a través de las fuentes, es decir la extraordinaria unidad de actitudes y valores. Diríase que los habitantes de la Monarquía se descubren "nación" por esa unidad de sentimientos y de voluntades. Ciertamente esos sentimientos y esas voluntades se mueven aún en un registro muy tradicional, pero esos elementos pueden conducir a una concepción moderna de la nación, contemplada como asociación voluntaria de individuos iguales, es decir la que había hecho triunfar la Revolución francesa. No es ésta una pura posibilidad pues, de hecho, en España, ése será uno de los argumentos utilizados por los revolucionarios tanto para instaurar la igualdad de los ciudadanos, como para reemplazar las pertenencias a los antiguos reinos por la única pertenencia a una unitaria nación española. Es en este último campo, el de la estructura interna de la nación española —identificada con el conjunto de la Monarquía— donde se perciben las mayores diferencias entre los dos continentes. La diferencia no concierne, por el momento, la estructura política de la Monarquía. La mayoría, en ambos lados del Atlántico, la ve aún formada por una pirámide de comunidades superpuestas : pueblos, ciudades-provincias, reinos, Corona. Los mismos hechos acababan de mostrar que esos eran precisamente los actores políticos del levantamiento. La diferencia viene de que los americanos añaden a esta visión plural y pre-borbónica de la Monarquía, una visión dual de la misma, puesto que agrupan los reinos de los dos continentes en dos unidades: los "dos mundos de Fernando VII", los "dos pilares de la Monarquía" o, incluso, "los dos pueblos", el europeo y el americano, que juntos forman la nación española. Este es el marco que permite comprender la independencia de la que se habla en América, en México o en Buenos Aires, por ejemplo, antes de que lleguen las noticias de los levantamientos peninsulares. No se trata —en esa época de patriotismo hispánico exaltado— de una precoz tentativa de emancipación, sino de una manifestación de ese patriotismo : salvar el pilar americano de la Monarquía, puesto que se piensa que se ha perdido el europeo. Soberanía y representación La consecuencia más inmediata, pero al mismo tiempo más importante a largo plazo, de las abdicaciones reales fue el hundimiento del absolutismo tanto en la práctica como en la teoría. En la práctica, puesto que las juntas peninsulares se constituyeron contra las autoridades del Estado absolutista que, en su mayoría, estaban aceptando el nuevo orden ya sea por realismo político —el poderío de Napoleón estaba entonces en su zenit— o por adhesión a la modernidad política que el nuevo régimen conllevaba como heredero de la Revolución Francesa. Fueran cuales fueren los artilugios jurídicos que los patriotas emplearon para fundar el rechazo de las autoridades constituidas, las juntas eran poderes de facto, sin ningún precedente legal y — desde ese punto de vista— poderes revolucionarios, fundados en la insurrección popular y en total ruptura con la práctica absolutista de un poder venido de arriba, que se ejercía sobre una sociedad supuestamente pasiva. Ahora bien, el hundimiento del absolutismo fue también teórico, ya que ninguna de sus variantes ofrecía bases para rechazar la transferencia de la soberanía a otro monarca y para fundar la legitimidad de las juntas insurreccionales. Sólo doctrinas o imaginarios que concibiesen una relación bilateral entre el poder del rey y la sociedad podían ofrecer esas bases, y a ellas recurrieron, bajo formas diversas, la resistencia española y la lealtad americana. No es nuestro propósito tratar aquí de la naturaleza de esa relación ni distinguir, según los casos, su carácter tradicional o moderno, sino poner de manifiesto que, con terminologías diversas y muchas veces confusas, todos apelaron a una relación pactista o contractual entre el rey y la sociedad. Gracias a ella, se afirmó en todo tipo de discursos —doctrinales, metafóricos o simbólicos— que sus vínculos recíprocos no podían ser rotos unilateralmente y que, si el rey faltaba, la soberanía volvía a la nación, al reino, a los pueblos… Por las circunstancias mismas de la crisis, y sin que nadie se lo propusiese, la soberanía recae repentinamente en la sociedad. Lo que la Revolución francesa había obtenido en un larga pugna contra el rey, se obtiene en su nombre y sin combate en la Monarquía hispánica. Ciertamente, para la inmensa mayoría no se trata todavía más que de algo provisional en espera del retorno del soberano, y hubo que esperar la reunión de las Cortes en 1810 para que fuera proclamada solemnemente la soberanía de la nación. Pero, visto en la "larga duración", el absolutismo, como algo comúnmente aceptado, deja definitivamente de existir en todo el mundo hispánico a partir de esa primera época de los levantamientos. Sus posteriores restauraciones serán episodios residuales que se sitúan además en otra lógica : la lógica moderna del enfrentamiento de grupos con bases ideológicas. La constitución de un "gobierno libre" —es decir no absoluto— a la que aspiraron —sin demasiadas esperanzas— una parte de las élites a finales del XVIII, decepcionadas por el costo político del "despotismo ilustrado" —evidente en la época de la privanza de Godoy— e influenciadas por el ejemplo inglés y por el, más próximo y radical, de la Revolución francesa, se abría así de golpe. Desde ese punto de vista, los acontecimientos, a pesar de su enorme gravedad, eran "una divina sorpresa", para los discretos partidarios de una revolución hispánica. Sin embargo, este fundamental paso, traía consigo la aparición de múltiples problemas en cuanto a la naturaleza de la Monarquía que habían estado hasta entonces como "congelados" por el absolutismo. El primero, concernía a su estructura territorial: ¿Era la Monarquía hispánica unitaria o plural? En la

España peninsular, contrariamente a la manera de expresarse de los actores reales de la insurrección —y sin duda al imaginario popular— la inmensa mayoría de las élites gobernantes, fuesen cual fuesen sus concepciones políticas —pro o antiabsolutistas—, la pensaban como unitaria. Es significativo, a este respecto, que en los debates de las Cortes de Cádiz y en la Constitución promulgada por ellas, no se tuviese en cuenta en absoluto a los antiguos reinos. En este sentido, y análogamente a la observación que Tocqueville hizo, para un tema análogo, en Francia, los revolucionarios peninsulares acabaron el proceso de unificación política que los Borbones habían comenzado con los decretos de Nueva Planta. Muy otra era la concepción predominante en América. Ahí, salvo para una ínfima minoría constituida por una parte de los europeos residentes en América —funcionarios, alto clero y comerciantes ligados al comercio de Cádiz—, la Monarquía era claramente plural, en una doble dimensión : una tradicional —un conjunto de "pueblos", es decir reinos y provincias— y otra más reciente y dualista de la que ya hemos hablado, que la veía como formada por un pilar europeo y otro americano. En este sentido, América era el último reducto de la antigua estructura plural de la Monarquía. Pero detrás de las dos concepciones opuestas —unitaria o plural— comunes a la España peninsular y a América, se escondía otro problema, antiguo y reciente a la vez, propio de América : el de su estatuto político, y su corolario : la igualdad política con la península. Se trataba de un problema antiguo en la medida en que las Indias habían sido definidas desde la época de la Conquista como unos reinos más de la Corona de Castilla. Ahora bien, los reinos de Indias no tenían en algunos campos, como el comercial o el de la representación, derechos equivalentes a los de sus homólogos castellanos. En efecto, aunque estuviese previsto en las leyes, que podían reunirse en ellos Cortes y se previese incluso qué ciudades ocuparían en ellas el primer lugar, esas Cortes nunca se había reunido ni tampoco América había enviado nunca procuradores a las de Castilla. Era también un problema reciente en la medida en que desde mediados del siglo XVIII, las élites ilustradas peninsulares tendían a considerar los reinos de Indias como colonias, es decir como territorios que no existen más que para el beneficio económico de su metrópoli y —de forma implícita— carentes de derechos políticos propios. Esta nueva visión implicaba igualmente que América no dependía del rey, como los otros reinos, sino de un territorio, la España peninsular… Que este vocabulario no fuese empleado en los documentos oficiales, en los que seguían utilizándose las viejas apelaciones de reinos y provincias, no era óbice para que el término "colonias" se utilizase con frecuencia creciente en la prensa, en los libros, e incluso en la correspondencia privada de los funcionarios reales, provocando un descontento difuso en América, tanto mayor cuanto que el peso humano y económico de ésta no hacía más que aumentar en el seno de la Monarquía. Cierto es que el tema de la igualdad entre las dos partes de la Monarquía estaba ya implícito en múltiples tensiones anteriores, como en las rivalidades entre criollos y peninsulares para el acceso a cargos administrativos, o en las quejas, frecuentes en la época de las reformas borbónicas, de falta de diálogo entre el rey y el reino. Pero lo que hasta entonces eran tensiones diversas, sin unidad de espacio ni de tiempo, puesto que resultaban esencialmente de decisiones particulares, se transformó entonces en un tema único — el de los derechos de América— por la aparición de una política fundada en la representación. Todos esos problemas, latentes hasta entonces, por la inercia de la antigua terminología y por la común práctica absolutista a la que estaban por igual sometidas la España peninsular y la americana, se convierten en un problema urgente, provocando conflictos que no van a cesar de envenenarse hasta provocar la ruptura entre los dos continentes. En efecto, con el hundimiento del absolutismo y la reversión de la soberanía a la nación, la igualdad política entre España y América deja de ser un problema en gran parte teórico, para encarnarse en cuestiones muy prácticas e inmediatas, consecuencia de la instauración de una lógica representativa. El debate sobre la igualdad política entre los dos continentes va a concretarse en dos problemas principales surgidos del renacer de la representación, que van a ser las causas principales de la ruptura : el derecho para los americanos de constituir sus propias juntas y la igualdad de representación en los poderes centrales de la Monarquía : en la Junta Central primero, en las Cortes después. El primer problema —la formación en América de juntas semejantes a las de España— se planteó desde el origen de la crisis, en cuanto se conocieron en América las abdicaciones. Como igual era el imaginario político a ambos lados del Atlántico, igual fue el reflejo de llenar el vacío dejado por el rey mediante la constitución de poderes fundados en el pueblo. Sin embargo, ninguna de estas tentativas tuvo éxito —con las solas excepciones de Montevideo y Nueva España— pues no había en América tropas extranjeras, ni levantamiento popular, ni guerra próxima. Tampoco había, a pesar de las sospechas sobre la lealtad de algunos, autoridades colaboracionistas como las había en la Península. Por eso, era difícil vencer de un solo golpe las resistencias de las autoridades reales que seguían fundándose en una tradición absolutista que ya se había hundido en España. También, en cuanto se supo que la metrópoli resistía al invasor, los americanos dieron la prioridad a la ayuda que podían prestarle para la guerra. Eso explica cómo en América del Sur, a pesar de sus dudas, los americanos acabaron reconociendo a la Junta de Sevilla, que fingía ser el gobierno legítimo de toda la Monarquía, precisamente para evitar la formación de juntas en América. Este subterfugio dejó una profunda traza de desconfianza para el futuro que ejercerá su efecto en 1810 y propiciará la formación de juntas en América. Sólo Nueva España, que supo de las abdicaciones antes que del levantamiento y de la formación de las juntas españolas, se lanzó a reunir juntas preparatorias para la reunión de un Congreso, o Junta general, durante el verano de 1808. Sólo el golpe de estado en septiembre de los peninsulares dirigidos por Yermo puso fin a este proceso.

Pero la situación no podía ser más que transitoria a medida que se iba conociendo la rivalidad entre los poderes peninsulares y que iba avanzando el debate político. Las tentativas para formar esa juntas serán en adelante permanentes. Unas no pasan de conjuraciones abortadas, como las de Caracas, Buenos Aires o Valladolid de Michoacán, otras, después de un éxito inicial, como las Quito y el Alto Perú, son reprimidas por las autoridades reales como si se tratara de vasallos rebelados contra el rey. Por todas partes se instala un rencor creciente ante esta negación práctica de la igualdad de derechos ¿En virtud de qué principio, cuando se afirma solemnemente la igualdad de ambas partes de la monarquía, se impide que los americanos cuenten con las mismas instituciones que España? ¿Qué legitimidad diferente de la de los "pueblos" pueden invocar los gobiernos peninsulares para impedir que los de América se apoyen también en ella para constituir sus propios gobiernos? ¿Por qué esa tolerancia hacia los europeos que, como Yermo en México, rompen el orden legal en América? ¿Por qué ese tratamiento desigual hacia los partidarios de las juntas americanas — prisión, exilio— cuando las juntas peninsulares pueden luchar entre ellas o incluso rehusar la obediencia a la Junta Central y recobrar su soberanía? Uno de los temas que será después integrado en las interpretaciones de la historia patria, el del permanente gobierno "despótico" al que han sido sometidos los americanos por los peninsulares, nace solamente entonces a partir de estos acontecimientos. Al argumento de los "trescientos años de despotismo", tan utilizado por los revolucionarios españoles para caracterizar el período durante el cual desaparecieron las libertades castellanas, se superpone este otro, mucho más nuevo, el de las autoridades reales en América que no sólo no se fundan en la legitimidad "popular", sino que persiguen a los americanos que quieren usar de sus derechos. En el vocabulario utilizado entonces por los americanos en algunas regiones, la palabra "mandones" designa a esas autoridades que no han sido reconstruidas o por lo menos remozadas por una inmersión en la fuente de la nueva legitimidad. Si este primer problema era esencial en el plano local, pues lo que estaba en juego era el poder que los americanos querían ejercer en su patria, el segundo, la participación en la representación y en los gobiernos centrales de la Monarquía, planteaba de una manera explícita y global el problema de la igualdad de representación y, a través de él, la espinosa cuestión del estatuto político de América. El problema de la representación estaba en la base misma del proceso revolucionario, puesto que, si la soberanía volvía a la comunidad política, la representación de ésta era una cuestión insoslayable. En España, en la primera época de los levantamientos, se consideró que las juntas eran una forma improvisada de representación popular. Pero esta solución era precaria, puesto que faltaba un gobierno central, dotado de una legitimidad indiscutible. Por eso, pronto se empezó a debatir sobre la reunión de Cortes generales a las que, por tradición, correspondía la representación del "reino". Pero esta convocatoria planteaba tantos problemas teóricos y prácticos que la solución fue la formación de una Junta Central Gubernativa del Reyno, formada por dos delegados de cada una de las juntas de las ciudades capitales de reino o provincia. Ambigua institución que tomó el título de Majestad, pues gobernaba en lugar y en nombre del rey, pero que, por estar constituida por delegados de las juntas, ellas misma surgidas del "pueblo", fue también considerada como una "representación nacional", que remitía por su composición —representantes de reinos y provincias— a una visión plural de la Monarquía. A esta forma embrionaria de representación nacional fueron invitados los americanos, por la Real Orden del 22 de enero de 1809 : "[…] la Junta Suprema central gubernativa del reyno, considerando que los vastos y precisos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como las de las otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española […] se ha servido S.M. declarar […] que los reynos, provincias e islas que forman los referidos dominios, deben tener representación inmediata a su real Persona por medio de sus correspondientes diputados". Este documento es un hito fundamental en las revoluciones hispánicas. Era una declaración solemne de la igualdad política entre España y América y, a la vez, su negación, tanto por el lenguaje empleado —colonias o factorías— que mostraba cómo los peninsulares veían a América, como por el escaso número de diputados que se atribuía a ésta —9 frente a 26 de la península— cuando su población era mayor. Por eso, provocó múltiples protestas y contribuyó a hacer de la igualdad de representación uno de los campos en que se expresaran en adelante los agravios americanos. Cuando un año después se convocaron las elecciones a las Cortes extraordinarias, una desigualdad aún mayor se manifestó, puesto que se previo 30 diputados para representar a América frente alrededor de 250 para la España peninsular. Esta desigualdad flagrante será una de las causas fundamentales del rechazo del recién formado Consejo de Regencia y de la constitución de juntas autónomas en América… Pero, a pesar de los defectos ya citados, la Real Orden era también un paso decisivo para la construcción de un régimen representativo. Por primera vez tenía lugar en el mundo hispánico un proceso electoral general que pronto será seguido de otros muchos. Las disposiciones electorales todavía remitían a una visión tradicional de la nación y de la representación, ya que a cada reino o provincia correspondía un diputado y que éste era elegido por los cabildos de las ciudades cabeza de distrito, consideradas como investidas de la representación de todo su territorio con sus ciudades, villas y pueblos sujetos. La nación aparecía como una pirámide de comunidades políticas, y no como una nación única formada de ciudadanos iguales. Para que pudiera llegarse a este fundamental paso a la modernidad, hacía falta una profunda mutación ideológica de las élites intelectuales.

La mutación política Si el debate sobre la igualdad de España y América dentro de la Monarquía prepara la ruptura, el paso a la modernidad política se efectúa a través de otro debate, paralelo, sobre la naturaleza íntima de la nación : ¿está formada ésta por las antiguas comunidades políticas, con sus estamentos y cuerpos privilegiados o por individuos iguales? ¿Es producto de la historia o resultado de una asociación voluntaria? ¿Está ya constituida o aún por constituir? ¿Reside la soberanía en la nación? ¿De qué tipo es esta soberanía? Según la respuesta que se dé a estas preguntas las futuras Cortes serán una restauración de las antiguas instituciones, con representación de los tres estamentos, o una asamblea única de representantes de la nación. El debate francés de la convocatoria de los Estados Generales y de sus primeras reuniones hasta la proclamación de la Asamblea Nacional se repite en el mundo hispánico desde 1808 a 1810. En esos dos años, la mutación de las ideas y de los imaginarios de las élites hispánicas fue considerable. El tradicionalismo del universo mental de la inmensa mayoría de los habitantes de la Monarquía en los meses siguientes a la insurrección era, como dijimos, evidente. Sin embargo, dos años después, cuando se reúnen en Cádiz las Cortes Generales y Extraordinarias, se impone el grupo revolucionario que va a desempeñar el papel motor en las Cortes, y que será llamado poco después "liberal"; sus referencias mentales son ya totalmente modernas. La victoria puede explicarse, en parte, por el carácter particular de la ciudad de Cádiz, que sirve de refugio entonces a lo más granado de las élites intelectuales españolas y americanas pero es, también, la consecuencia de una evolución más global de los espíritus durante los dos años pasados. En esta mutación extremadamente rápida desempeñan un papel esencial dos fenómenos concomitantes: la proliferación de los impresos —y sobre todo de la prensa— y la expansión de las nuevas formas de sociabilidad. Con ellos nace verdaderamente la "opinión pública" moderna y lo que se puede designar, con Habermas, como "el espacio público político". Es verdad que ya existía antes lo que éste llama un "espacio público literario", o Cochin "la república de las letras", es decir, un medio social, una red de hombres agrupados en sociedades y tertulias —literarias, económicas, científicas— en las que la libre discusión sobre toda clase de temas, entre ellos los políticos, empieza a erigirse en una instancia moral, independiente del Estado, que juzga en nombre de la "Razón" la validez no sólo de las medidas del gobierno, sino también de los principios generales que deben regir la sociedad . Aunque la "república de las letras" sea relativamente amplia a finales del siglo XVIII y haya dispuesto en la década de 1780 de publicaciones bastante numerosas, las medidas tomadas por el Estado contra la influencia de la Revolución francesa la han limitado al ámbito de sus lugares privados de sociabilidad y a una red de relaciones y de correspondencias privadas sin expresión pública. Los acontecimientos de 1808 han sido para este medio una inesperada ocasión de salir a plena luz: "Si alguno hubiera dicho a principios de Octubre pasado, que antes de cumplirse un año tendríamos la libertad de escribir sobre reformas de gobierno, planes de constitución, examen y reducción del poder, y que apenas no se publicaría escrito alguno en España que no se dirigiese a estos objetos importantes; hubiera sido tenido por un hombre falto de seso" La "divina sorpresa" del hundimiento súbito del absolutismo va a permitir a la "república de las letras" constituir un "espacio público político" mediante dos vías diferentes, pero paralelas. Por un lado, mediante la multiplicación de las formas de sociabilidad modernas, con una libertad de palabra muchísimo mayor que la que acostumbraba hasta entonces. Por otro, a través de la proliferación de impresos y periódicos con fines patrióticos, causada por la desaparición, de hecho, de la censura . La nueva prensa y los abundantísimos impresos de todo tipo que aparecen entonces, en efecto, han dado a muchos de sus miembros la oportunidad de exponer públicamente sus ideas, aunque con gran prudencia al principio para no herir la sensibilidad de unos lectores que siguen refiriéndose a imaginarios y valores tradicionales. Pero esta influencia difusa en una prensa que tenía esencialmente como fin el movilizar a la población en lucha contra el invasor no era suficiente. Los grupos modernos, obsesionados tanto por la urgencia y por inmensidad de la obra de regeneración que había que llevar a cabo, como por el estado real de los espíritus, muy alejados aún de sus principios, se dotaron pronto de órganos de expresión para exponer sus ideas. Ciertamente, para encontrar una opinión pública moderna ya constituida, con una pluralidad de periódicos de tendencias diversas, hay que esperar en España, como mínimo hasta el verano de 1810 y, sobre todo, hasta después de la reunión de las Cortes en Cádiz, en el otoño del mismo año. En América, por su parte, esto se dará en épocas más tardías —en México, por ejemplo, con la proclamación de la libertad de prensa en 1812— y en las regiones independentistas, en fechas variadas, pero en general no anteriores a finales de 1810. Sin embargo, antes ya de esa época de madurez, tres periódicos peninsulares han desempeñado —por su precocidad, por la calidad de sus redactores y por su difusión— un gran papel en la evolución de los espíritus: el Semanario Patriótico , El Espectador Sevillano y El voto de la Nación española. Fueron éstos los que en época de la Junta Central —período clave de la revolución hispánica— desempeñaron el papel de motor en la mutación ideológica de las élites de los dos continentes. En ellos se encuentra, no sólo un testimonio sobre la cronología de esta mutación, sino también la estrategia empleada para fomentarla y una exposición muy acabada y completa del proyecto de la revolución hispánica. La existencia de estos periódicos y la explosión de una literatura patriótico-política contribuyen a explicar

dos fenómenos todavía en parte inexplicados. El primero, la extraordinaria rapidez y coherencia con que las Cortes de Cádiz llevaron a cabo su empresa de destrucción del Antiguo Régimen, puesto que, en gran medida, las líneas rectoras de la Constitución y de las reformas habían sido ya formuladas públicamente anteriormente. El segundo, la mutación, durante este mismo período, de unas élites americanas que en 1808 aparecen más tradicionales aún que las peninsulares y en 1810, casi tan modernas como ellas hasta el punto de manejar con facilidad las mismas referencias. La explicación de este fenómeno reside en la difusión de los periódicos e impresos peninsulares en América y las reimpresiones que de ellos se hicieron allí. Las reimpresiones de impresos peninsulares de tema patriótico o político representa en América casi la mitad del total de lo publicado sobre estos temas en la época: por ejemplo, el 34% en México en 1808, y el 48% en 1809; el 50% 1808 y 1809 en Buenos Aires. Ese interés por lo publicado en la península viene de que ésta seguía siendo la sede del poder central de la Monarquía, pero también de la libertad de palabra y de prensa que existía en ella desde el principio de la crisis, infinitamente mayor que en América, donde todavía seguían aplicándose las prácticas absolutistas de censura de la imprenta. Por eso, la península fue entonces el motor y el principal centro de difusión de las mutaciones políticas. En dos años, decíamos, a través de ese combate de la opinión pública naciente, triunfaron en ella las referencias de los más radicales, de los que poco después serán llamados liberales. En efecto, el análisis de los periódicos muestra claramente que para finales de 1809, estaba ya construido el corpus doctrinal del liberalismo que triunfará en las Cortes de Cádiz. Esta construcción intelectual es a la vez muy parecida a la efectuada por la Revolución francesa, y al mismo tiempo muy original. La semejanza, por no decir la identidad de los principios y del imaginario que éstos conllevan, es considerable aunque a veces se formulen con la prudencia que exige el estado de la opinión. La nación es concebida como una asociación voluntaria de individuos iguales, sin ninguna distinción de pertenencias a pueblos, estamentos y cuerpos de la antigua sociedad. De ahí que, en adelante, éstos ya no serán nunca más representados y que la base de la representación sea el individuo. Se exaltan la libertad individual, los derechos del hombre y del ciudadano, la igualdad de todos ante la ley y se concibe ésta como la expresión de la voluntad general. La nación es soberana y, por eso, debe elaborar una constitución que será como el pacto fundador de una nueva sociedad. La crítica de lo que pronto se llamará el Antiguo Régimen es cada vez más radical; el despotismo tiene raíces tan profundas en la Monarquía que es de hecho imposible que esa constitución sea una restauración de las antiguas "leyes fundamentales" a las que apelan los moderados como Jovellanos. Se imponía una construcción ex novo: "[…] una sociedad nueva, cuyo edificio empiece por los sólidos cimientos del derecho natural, y concluya con la más perfecta armonía del derecho civil, arruinando al mismo tiempo el gótico alcázar construido a expensas del sufrimiento y de la ignorancia de nuestros antepasados" Se trata aparentemente de hacer, como en la Revolución francesa, tábula rasa del pasado y de construir de un solo golpe una sociedad y un gobierno ideales. Sin embargo, el radicalismo del lenguaje y del imaginario van parejos con un ideal político moderado. Los hombres que están inventado el liberalismo hispánico, pertenecen a una generación que conoce muy bien las desviaciones de la revolución en Francia. Por eso, temen que la aplicación de sus principios les lleven también al Terror o a un nuevo despotismo. De ahí lo complejo de su proyecto, pues deben realizar al mismo tiempo dos tareas diferentes: por una parte, hacer la revolución contra el Antiguo Régimen y por otra, evitar que ésta siga los pasos de Francia. Podríamos decir que se encuentran, por un lado, en una situación análoga a la de los revolucionarios franceses de 1788-89, luchando por imponer -en las ideas y en los hechos- la soberanía de la nación, y, por otro, en la de la generación de la República termidoriana, reflexionando, como Benjamin Constant, sobre la manera de construir un régimen, fundado sobre los principios de la revolución, pero estable y respetuoso de la ley y de la libertad. De este doble objetivo nacen muchas de las ambigüedades del grupo revolucionario y, como las de Jano, sus dos caras. Por el radicalismo de sus principios sus miembros son revolucionarios -"jacobinos", los llaman sus adversarios- pero, por su preocupación constante de construir un régimen representativo son ciertamente moderados y de hecho los primeros constitucionalistas modernos que plasmarán en una constitución, y, por un tiempo, en la realidad, sus objetivos. De ahí su importancia europea y su influencia durable en Portugal, en Italia, en la lejana Rusia , e incluso en la misma Francia. De ahí también las contradicciones entre sus intenciones moderadas y su radicalismo ante las resistencias que la sociedad opondrá a su empresa. El régimen que van a intentar construir es fundamentalmente un régimen representativo, basado en la soberanía del pueblo ejercida por sus representantes y en el reino de la opinión. Que este régimen deba ser una monarquía constitucional nadie lo pone en duda entonces, tanto por el prestigio de que goza el monarca cautivo, como por la vigencia de la idea comúnmente aceptada de la imposibilidad de construir una república —identificada con la democracia— en un gran país. Con el lenguaje que Constant empleará poco después, podríamos decir que hay en ellos el deseo de construir la "libertad de los modernos", pero, al mismo tiempo, por la exaltación de las virtudes de las repúblicas de la Antigüedad clásica, una exaltación de "la libertad de los antiguos" que hacía posible el paso a un régimen republicano. Eso es lo que harán poco después los americanos ayudados en esta empresa por el marco político predominante en muchas regiones de América, el de la ciudad-provincia, que tenderá a convertirse en ciudad-Estado.

Ruptura, guerra y nación Todo lo que había ido gestándose en estos dos primeros años cruciales estalla bruscamente en 1810. Como en 1808, sus causas inmediatas son también de orden externo : la invasión de Andalucía en diciembre de 1809 por ejércitos franceses. A finales de 1809 la situación es crítica en España. La ofensiva francesa provoca acusaciones de traición contra los miembros de la Junta Central, la formación de una junta independiente en Sevilla y la huída a Cádiz de una parte de los miembros de la Junta Central. El 27 de enero de 1810, los miembros del Consulado de Cádiz toman el poder en la ciudad a través de una nueva junta y ponen bajo su tutela los restos de la Junta Central. Hará falta la presión inglesa para que se formase a partir de ellos, el 29, un Consejo de Regencia que proclamase asumir la autoridad soberana, mientras que las tropas francesas marchan hacia Cádiz. El mismo día de su autodisolución la Junta Central fija las modalidades de la convocatoria de las Cortes y redacta un manifiesto a los americanos para pedir el reconocimiento del nuevo poder. Pero el reconocimiento que América había otorgado, por patriotismo y por sorpresa, a las poderes provisionales peninsulares en 1808 les será ahora negado por casi toda América del Sur. Para la mayoría de los americanos, que siguen muy de cerca la situación militar, la península estaba irremediablemente perdida y el Consejo de Regencia no era más que un espectro destinado a durar muy poco o a gobernar bajo la tutela de la Junta de Cádiz, del Consulado y de sus corresponsales de América. Más aún : fuese cual fuese su suerte, carecía de la más elemental representatividad y del consentimiento de los pueblos de los dos continentes. Frente a ese poder precario, dotado de una muy incierta legitimidad, Caracas primero, Buenos Aires y diferentes ciudades de América del Sur después, se lanzan a constituir juntas que no reconocen el nuevo gobierno provisional peninsular. Los principios invocados para justificar su formación tienen las mismas bases pactistas que los que habían sido empleados dos años antes por las juntas peninsulares. La Junta de Caracas lo explica claramente en su primera proclama: "La Junta Central Gubernativa del Reyno que reunía el voto de la Nación baxo su autoridad suprema, ha sido disuelta y dispersa en aquella turbulencia y precipitación, y se ha destruido finalmente aquella Soberanía constituida legalmente para la conservación del Estado […]. En este conflicto los habitantes de Cádiz han organizado un nuevo sistema de Gobierno con el título de Regencia […] [que no] reúne en sí el voto general de la Nación, ni menos aún el de estos habitantes, que tienen el derecho legítimo de velar por su conservación y seguridad, como partes integrantes que son de la Monarquía española. […]" . El razonamiento es perfectamente coherente y comprensible en el marco de referencias de una monarquía plural regida por principios pactistas. El poder provisional de la Junta Central española había sido legítimo puesto que, por un lado, había sido formado por los representantes de las juntas insurreccionales peninsulares, que llevaban entonces la representación supletoria de los "pueblos" de España, y, por otro, porque había sido reconocida luego por todos los reinos y provincias americanas. Estos la habían jurado como gobierno legítimo, estableciendo así un nuevo vínculo mutuo -y voluntario- con aquella autoridad que sustituía provisionalmente al rey. La España peninsular rompía ahora este nuevo vínculo sin ninguna consulta ni consentimiento de los pueblos americanos. Por lo tanto, cada comunidad política asumía una parte de la soberanía primigenia : "El Pueblo de Caracas […] deliberó constituir una Soberanía provisional en esta Capital, para ella y los demás Pueblos de esta Provincia, que se le unan con su acostumbrada fidelidad al Señor Don Fernando VII" . Por el momento, la nación española seguía siendo única, pero cada "pueblo" —el de Caracas ahora, los otros después— cada ciudad principal con su territorio y sus ciudades dependientes, constituía una soberanía provisional a la espera de la reconstitución de una soberanía única e incontestable. Fuera sincera o no esta declaración de intenciones —sin duda lo era aún para una mayoría— el proceso que iba a llevar a la Independencia franqueaba un primer, pero también conflictivo, paso. En efecto, la reversión de la soberanía a los "pueblos" seguía planteando, ahora a escala más reducida, el problema de quiénes eran esos "pueblos" y, por tanto, quién tenía derecho a constituir sus propias juntas. Por eso, de inmediato, las ciudades capitales que habían formado las nuevas juntas, tuvieron que enfrentarse con otras ciudades importantes que no aceptaban su pretensión de preeminencia. Caracas tuvo que afrontar Coro y Maracaibo; Buenos Aires, no sólo como antes Montevideo, sino también las ciudades del interior y Nueva Granada, se fragmentó en múltiples juntas rivales. La vía estaba abierta para un conflicto entre ciudades, es decir para una guerra interna. Pero también lo estaba para una guerra que iba a enfrentar cada vez más los dos continentes. La gran ruptura se produce en este campo no tanto por el no reconocimiento del Consejo de Regencia por las juntas americanas, como por el rechazo por él de la legitimidad de las juntas americanas. Porque su legitimidad y su poder eran débiles y precarios, la Regencia no aceptó la negociación con ellas e hizo fracasar la mediación inglesa. Las nuevas juntas fueron consideradas como un signo de deslealtad y expresión de un movimiento separatista que había que reprimir por la fuerza : el miedo a la Independencia contribuye a precipitarla. Guerra, pues, que es doblemente una guerra civil : por un lado, entre las ciudades que aceptan el nuevo

gobierno provisional español y las que lo rechazan; y por otro, guerra exterior contra el gobierno central de la Monarquía. A partir de ahora, la guerra —y una guerra tanto más cruel cuanto que civil— va a ser la causa principal de la evolución de América. La oposición amigo-enemigo tiene su propia lógica y va a provocar progresivamente una inversión en la identidad americana. Hasta entonces, en efecto, como la querella esencial entre americanos y europeos estaba centraba en la igualdad política entre los dos continentes, esto explicaba que los americanos reivindicaran, colectivamente, su estatuto de reinos y provincias e, individualmente, su condición de españoles, iguales a los peninsulares y gozando además de los privilegios y fueros que les daba su condición de descendientes de los "conquistadores y pobladores" de esos reinos. La guerra que les declara el gobierno central y el lenguaje que la acompaña —el de una nueva Conquista de América— les obliga a reformular su estatuto y su identidad. Van ahora a emplear la apelación de colonias, que habían hasta entonces rechazado con indignación, para fundar en ella su derecho a la independencia. Igualmente, para distinguirse de sus enemigos que dicen ser los verdaderos españoles, van a asimilarse retóricamente a los antiguos poseedores del territorio, a los indios sometidos por la conquista. La independencia empieza a ser presentada como la revancha de los vencidos y la recuperación de la libertad que la nación había perdido con la conquista. En tiempos de guerra esa global identidad americana bastaba para caracterizar la lucha como el enfrentamiento de dos naciones o dos pueblos, el americano y el español. Pero esta identidad, que se definía por rasgos esencialmente negativos —su oposición a lo peninsular, es decir, fundamentalmente el lugar de nacimiento— resultaba a todas luces insuficiente para constituir nuevos estados. Había que definir, al contrario, precisamente los "pueblos", las comunidades políticas que, al considerarse "naciones" iban a legitimar así su independencia. En ese momento, precisamente, aparece la estructura política real de la sociedad americana : de la sociedad y no la de las divisiones administrativas del Estado, aunque exista evidentemente entre ellas una relación que puede ser más o menos estrecha. Como en Castilla, de donde proceden los modelos de la organización política de las Indias, la trama política de base de la sociedad son las ciudades, villas, pueblos y lugares, dotados de gobiernos propios, pero con grados de autonomía diferentes según su dignidad. La plenitud de esas prerrogativas corresponde a la ciudad principal que da su nombre al territorio del que es la capital : a su provincia. Como en Castilla también, por encima de esas circunscripciones que podemos denominar ciudades-provincias, se encuentra el reino, comunidad humana tendencialmente completada por su territorio, por su gobierno y por el sentimiento que tienen sus habitantes de una común pertenencia y también de una común diferencia con otras comunidades análogas. Con la desaparición del vínculo bilateral con el rey —o con los que en su nombre ejercen el poder, en el centro de la Monarquía— se desintegra entonces esa pirámide de pertenencias a comunidades políticas superpuestas. La noción de "nación americana", operativa para la guerra, no basta para constituir un Estadonación. Comienza entonces un proceso de desintegración territorial, del que son los actores principales los "pueblos", —las ciudades provincias o los reinos— en el que intervienen además aquellas otras ciudades que aspiran a emanciparse de las ciudades principales. Hubiera cabido que esos diferentes "pueblos", hubieran podido, como en Estados Unidos, construir una unidad por un nuevo pacto entre sujetos soberanos. Pero, en América hispánica, ese pacto era prácticamente imposible, tanto por las distancias, como por los rencores de una guerra que fue tanto o más una guerra civil que una guerra de emancipación. El proceso de desintegración pone de manifiesto la diferente consistencia política de los "pueblos" americanos. Las regiones que resistieron mejor a ese proceso fueron las que desde tiempo atrás se veían como reino, gracias a una construcción cultural compartida por todos sus habitantes. Ese es el caso de la Nueva España, de Chile, de Quito y en parte del Perú. En las otras regiones —América central, Nueva Granada, Venezuela, Río de la Plata— se impone la lucha de ciudades y la desintegración territorial. En ellas, solamente la guerra y un largo período de inestabilidad podrán permitir al fin la constitución de nuevas unidades políticas. La Nueva España… y la antigua En este esquema general, México ocupa un lugar muy particular y en gran parte paradójico pues en él se dan fenómenos que, a primera vista, pueden parecer contradictorios y, que de todas maneras cuadran muy mal con las correlaciones clásicas entre modernidad e independencia. En México la reivindicación de la autonomía fue la más precoz de todas las regiones de América, puesto que la tentativa de constitución de una Junta nacional —de unas Cortes del reino— se remonta a los primeros tiempos de la crisis, al verano de de 1808; pero, curiosamente, su independencia definitiva será una de las más tardías. Nueva España era, también, sin ninguna duda, la región en la que la existencia de un reino, de una comunidad política indivisible, era la más cierta; como también aquella en la que la elaboración de una identidad cultural estaba más avanzada, hasta el punto que podemos considerarla como una proto-nación. Y, sin embargo, los independentistas no fueron, hasta la fase final, mayoritarios ni en las élites ni, sin duda, en el conjunto de la sociedad; hecho que contrasta con la relativa unanimidad de las regiones independentistas del sur del continente, que eran sin embargo desde este punto de vista, mucho menos coherentes. Nueva paradoja, que explica en parte, pero solamente en parte, la anterior, México conoció en 1810, una enorme insurrección popular —identificada clásicamente con la búsqueda de la independencia— que contrasta con el carácter marcadamente elitista, en sus comienzos, del movimiento juntista en Sudamérica. En fin, la Nueva España era, ciertamente, la región más cultivada de América. Poseía un sistema

educativo muy desarrollado a todos sus niveles —incluido el primario— y también numerosas imprentas, con una abundante publicación de toda clase de impresos e incluso de bastantes periódicos. Sin embargo, no es en ella donde se expresan las ideas políticas más "avanzadas"; éstas triunfan al contrario en regiones como Venezuela o el Río de la Plata, muy retrasadas en esos campos con relación a México. Las razones que explican estas paradojas, no pueden ser evidentemente expuestas en unas líneas; señalemos, por tanto, solamente algunas. La primera es que la Nueva España era en gran parte eso, una España nueva. Es decir una sociedad que, a pesar de su heterogeneidad étnica, era una comunidad humana de una gran coherencia cultural que había interiorizado profundamente los valores que durante largo tiempo habían asegurado la cohesión de la Monarquía hispánica: la fidelidad al rey como señor natural de todos los reinos que la integraban, y el catolicismo como elemento distintivo y unificador de la Monarquía. La similitud de los imaginarios y valores que hemos puesto en evidencia anteriormente para 1808, valen ante todo para la Nueva España y para todos los grupos sociales, incluidos los indios. Esa interiorización de los valores comunes de la Monarquía es la consecuencia de la precocidad y de la intensidad de la evangelización y también de la extensión de la educación primaria, de la alfabetización y del impreso a finales del siglo XVIII. La Nueva España de principios del siglo XIX es la sociedad más cultivada y la más homogénea culturalmente de América, pero con una cultura que era mayoritariamente de tipo tradicional. Todo eso explica en parte la moderación política de las élites mexicanas, en comparación con el radicalismo ideológico de sus homólogas del sur del continente. En esta última región, menos alfabetizada y culturalmente más heterogénea, las élites gozaban de hecho de una mayor libertad en relación con el resto de la sociedad. Su radicalismo podía manifestarse tanto más abiertamente cuanto que existían menos articulaciones entre la cultura de las élites y la cultura del pueblo. Por el contrario, en México, las élites sabían cuán extendidas estaban, aun en pueblos de indios, los valores y el imaginario político tradicionales. Sabían igualmente que, por la amplitud de la alfabetización y por la abundante circulación del escrito, la expresión de ideas en ruptura con ese universo mental, podían provocar reacciones de rechazo muy fuertes en la masa de la población. De ahí que, cuando se produce la insurrección de Hidalgo, esa gran "jacquerie" —en gran parte debida a la crisis económica y social— los argumentos utilizados para movilizar al pueblo sean de tipo tradicional : acción en nombre del rey, defensa de la religión amenazada por los impíos principios de la Revolución francesa difundidos por Napoleón, y por los gachupines, sus cómplices… De ahí también, que hasta muy tarde se siga manteniendo la ficción de Fernando VII, ya que para el pueblo su persona estaba cargada de mesianismo y de promesas de justicia, pero también porque también representaba para una buena parte de la élite insurgente el símbolo necesario de una legitimidad a la que todavía no se había encontrado un sustituto. Este carácter tradicional es lo que, en buena parte, explica que, a pesar de su fuerte identidad y de sus agravios hacia los gobiernos peninsulares y hacia los europeos de México, la Nueva España mantuviese sus vínculos con la Antigua y participase con ella en todas las mutaciones que van a conducir a la formulación y al triunfo del liberalismo. Su participación fue constante, tanto en todas las elecciones de este período, —a la Junta Central en 1809, a las Cortes extraordinarias de 1810, a las Cortes ordinarias de 1813 e incluso a las ordinarias de 1815 que nunca se reunieron— como en el debate político, en México y también en España a través de sus diputados. Fue esa participación constante en el proceso revolucionario peninsular la que produjo —más que su propia evolución interna— su acceso a la modernidad política. En efecto, el desfase ideológico entre las dos Españas es evidente, y los actores de la época lo confiesan sin ambages. Así lo explica claramente, al principio del proceso revolucionario, el pasquín elaborado por el licenciado Castillejos en 1809, para llamar a los criollos a la revuelta: "Ya no es tiempo de disputar sobre los derechos de los pueblos: ya se rompió el velo que los cubría: ya nadie ignora que en las actuales circunstancias reside la soberanía de los pueblos. Así lo enseñan infinitos impresos que nos vienen de la Península" . O, al final, en 1822, Rocafuerte a propósito de México: "La América, ilustrada no sólo con la doctrina de tantos libros como han corrido en ella desde el establecimiento de la Constitución española, sino lo que es más, con el ejemplo que le daba la Península en la lucha contra el servil […]". Como lo expresa bien esta cita, fue en las Cortes de Cádiz donde triunfaron los revolucionarios y se formuló de la manera más coherente el liberalismo hispánico. Un triunfo preparado, como ya lo vimos, por los debates de los años 1808 a 1810, pero que se concretará luego en la proclamación de la soberanía nacional en la primera sesión de las Cortes, el 24 de septiembre de 1810; en la libertad de prensa, decretada el 15 de noviembre de 1810 y, sobre todo, en la Constitución de la Monarquía española promulgada el 19 de marzo de 1812 a la que seguirán múltiples disposiciones legales destinadas a destruir el Antiguo Régimen. Por una fidelidad a las autoridades centrales de la Monarquía fundada en razones muy tradicionales, la Nueva España "lealista" aplicaba las disposiciones más avanzadas de las Cortes y efectuaba así su paso a la modernidad. Adoptaba un régimen político moderno que aceleraba no sólo las mutaciones ideológicas de sus élites, sino que también modificaba los espacios y los actores del poder —desaparición legal de las "dos repúblicas", multiplicación de los municipios, igualdad política de los pueblos, aparición de las diputaciones

provinciales, etc.— y los comportamientos políticos de toda la población, al efectuar las elecciones mediante un sufragio casi universal para designar todas esas nuevas autoridades. En comparación con todas estas extraordinarias novedades que se producen en el campo "lealista", el lenguaje y las prácticas políticas de los insurgentes aparecen mucho más arcaicas. Se ve así a Ignacio Rayón, en sus proyectos para la estructuración política de la insurgencia, hablar de una futura constitución y de soberanía del pueblo, pero dos años después de la proclamación en Cádiz de la soberanía nacional; hablar de "ciudadanos" pero precisar que sólo los patricios ocuparán los empleos y que los representantes al Congreso Supremo tendrían que nombrados por los cuerpos municipales; hablar, sí, de libertad de prensa, pero abogar por la restauración de la Inquisición . Y todo esto, el año mismo de la adopción de la Constitución de Cádiz y de su promulgación en México. Cuando, por fin, Morelos decide convocar elecciones a un Congreso, estas decisiones son de año y medio después de la Constitución de Cádiz, cuando ya han tenido lugar en México una multitud de elecciones, siguiendo sus disposiciones. En el momento en que, por fin tienen lugar las elecciones de los insurgentes para el Congreso de Chilpancingo, se ve claramente en ellas no sólo la imitación de una buena parte de las disposiciones de Cádiz sino también la persistencia de un imaginario social más tradicional. De hecho se conservan las "dos repúblicas", pues forman parte de las asambleas electorales primarias, por una parte, los "vecinos" individualmente— y, por otra, los gobernadores y los escribanos de las repúblicas indígenas — una representación de cuerpos—. El desfase entre el México "lealista" y el insurgente es pues evidente y corrobora la distinción que hicimos al principio entre independencia y modernidad. Cuando en 1821, los antiguos "lealistas", realicen al fin la independencia, México había accedido ya —antes— a esa forma original de la Modernidad que fue el liberalismo hispánico.

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