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ESCRITOS

DE

TEOLOGÍA

V

NUEVOS

ESCRITOS

TAURUS EDICIONES

ESCRITO S

D E

TEOLOGÍ A

e s

l a

versió n

español a

d e

SCHRIFTEN'ZU R

THEOLOGIE ,

segú n

l a

edició n

aleman a

publicad a

e n

Suiz a

po r

l a

BENZIGER

VERLAG,

EINSIEDELN.

Hiz o

l a

versió n

español a

e l

JESÚ S

. Director de publicaciones religiosas de Taurus

AGUIRR E

KARL RAHNER

DE

ESCRITO S TEOLOGÍ A

TOMO V

V

TAURUS

EDICIONES - MADRID

Licencias

eclesiásticas

NIHIL

Madrid,

15

de

OBSTAT

octubre

de

1964

DR.

ALFONSO

DE

LA

FUENTE

IMPRIMASE Madrid, 17 de octubre de 1964 JUAN, Obispo, Vicario General

©

1964

Claudio

Númer

Depósito

by

TAURUS

EDICIONES,

S.

A.

Coello,

69 - B,

MADRID - 1

o de Registro : 3104/63. legal. M. 7638.—1963 (V).

CONTENID O

 

LO

FUNDAMENTAL-TEOLÓGICO

Y

TEORÉTICO

 
 

DE

CIENCIA

 

Sobre la

posibilidad

de

la

fe

hoy

11

Teología

del

Nuevo

Testamento

 

33

¿Qué

es

un

enunciado

dogmático?

 

55

Exégesis

y

dogmática

 

83

 

LO

TEOLOCICO DE LA HISTORIA

 

Historia

del mundo

e historia

 

115

El

cristianismo

de la salvación cristianas

no

y las religiones

El cristianismo y el «hombre nuevo»

135

157

 

CRISTOLOGÍA

 

La

cristología

dentro

de

una

concepción

evolutiva

 

del mundo

 

181

Ponderaciones

dogmáticas

sobre

el

saber

de

Cristo

y

su

consciencia

de

mismo

221

 

V

 

LO

ECLESIOLÓCICO

 

Sobre el concepto de «ius divinum»

en

su

compren-

 

sión

católica

 

247

Para

una

teología

del

Concilio

 

275

La teología de la renovación del diaconado

 

301

Advertencia sobre la cuestión de las conversiones

...

351

Advertencias

dogmáticas

marginales

sobre

la

«pie-

dad

eclesial»

 

373

Sobre

el

latín

como lengua

de

la

Iglesia

 

403

 

VIDA

CRISTIANA

Tesis sobre la oración

«en nombre

de la Iglesia»

...

459

El

«mandamiento»

del

amor

entre

los otros

manda-

mientos

 

481

Poder de salvación y fuerza

de

curación de la

fe

...

503

¿Qué es herejía?

 

513

NOTA

BIBLIOGRÁFICA

561

LO

FUNDAMENTAL-TEOLOGICO

Y TEORÉTICO DE LA CIENCIA

 

SOBRE LA POSIBILIDAD

DE

LA FE

HOY

 
 

Quisiera

intentar

decir

algunas

palabras

sobre la

posibili-

dad

de

la

fe hoy.

De la

fe

en

el misterio infinito,

indecible,

 

que

llamamos Dios;

de

la

fe

en

que

ese misterio

infinito

se nos

ha

acercado

infinitamente,

en

cuanto

nuestro

misterio,

 

en

auto-

comunicación

absoluta

en

Jesucristo

y

su

gracia,

incluso

allí

donde nada

se sabe

y

uno piensa que

se precipita

en

el tene-

broso abismo

del vacío

y

de

la

nulidad;

de

la

fe

en

que

la

comunidad legítima de aquellos, que para la salvación del mundo

entero confiesan

en Cristo

esa cercanía

de Dios

según

gracia,

es

la

Iglesia

católica,

apostólica

y

romana.

De

tal

posibilidad

de

esa

fe

hoy

habría

mucho

que

decir.

Yo

puedo

decir

sola-

mente un poco. Y lo hago siempre con el miedo de no decir

precisamente

eso que sería decisivo para

el coraje

de

la

fe

de

cada

uno que me escucha. Tengo

la buena voluntad

de

hablar

honradamente,

y

la

buena voluntad

también

de

no

confundir

esa

sobria

honradez,

que

es

deber,

con

una

amargura

cínica

que

(como

atestigua

la conciencia)

es

un

peligro

del

corazón,

el peligro precisamente de que no se reconozca la verdad entera,

esa que otorga acceso segado.

únicamente al

corazón

modesto

y

so-

 

Puesto que la fe de la que quiero hablar es la fe en el sentido

real de esta palabra,

la

fe,

por

tanto,

de

la

decisión personal,

de la transformadora fuerza del corazón y no de una convención burguesa y de supuestos sociales, por eso mismo la pregunta por la perspectiva que esta fe tenga en el futuro solamente puede ser

contestada con

autencidad,

si

se

pregunta

por

la

posibilidad

que tenga hoy en la propia existencia. El futuro

por

el que

aquí se pregunta crece en nosotros de las decisiones solitarias,

en las que tenemos hoy que responsabilizarnos tencia.

de nuestra exis-

Que esto que quiero decir haya de ser también una lección académica de profesor invitado, me pone en un cierto apuro. Porque no quiero mantener ninguna lección erudita, sino inten-

tar

decir

algo

más

sencillo

y,

según

pienso,

más

importante.

Ya que

si

en

algún, sitio es la erudición

cosa

de segundo

orden,

 

fe, que creo haber también experimentado,

una

cosa

me

ha

es

allí

en

donde ha

de hablarse de Dios, balbuceando. Y por lo

quedado siempre clara, me ha mantenido, en tanto yo la man-

mismo espero

que

se

me

perdone, si

a

la

lección

académica

no

tuve: la convicción de que lo heredado y recibido no puede ser

se le nota mucho estas palabras.

 

devorado sin más por el vacío de la cotidianeidad,

del

em-

 

¿Por

dónde habrá

que empezar,

si

se

quiere

decir y

atesti-

botamiento

espiritual,

del

escepticismo

romo

y

sin

luz,

sino

guar,

que

se puede tener

el coraje

de

la

fe?

Hay

que

escoger,

a lo sumo por lo que es más poderoso y por lo que llama a una

si no se puede decir todo, y hay que determinar algo arbitraria-

 

libertad mayor y a una luz más despiadada. La fe heredada es

mente el punto de partida de la reflexión. Comienzo con que yo me he encontrado ya de antemano

siempre la fe impugnada e impugnable. Pero también fue siem- pre experimentada como un alguien que me preguntaba: «¿Tam-

como creyente y no me ha ocurrido razón alguna que me for-

bién vosotros os queréis marchar?», al cual se podía decir siem-

zase o me diese motivos para no creer. He nacido católico,

por-

pre: «¡A dónde iré, Señor!»; como la fe que era buena y

que nací

y

fui

bautizado en un medio creyente. Espero en

Dios,

poderosa, y que yo hubiese podido entregar a lo sumo, si estu-

que esta fe recibida por tradición se haya transformado

en

una

viese demostrado lo contrario. Por lo tanto, no hasta la

prueba

decisión mía propia, en una fe auténtica;

también

que yo

sea

de lo contrario. Ahora bien: esta, prueba nadie me la ha apor-

en el centro

de

mi

esencia cristiano católico, lo cual

permanece

 

tado, ni tampoco la experiencia de mi vida. Entiendo bien:

en último término como un misterio de Dios y de mi profun-

que tal prueba

debería prender

hondo, debería ser

envolvente.

didad

irreflectible,

que no puedo

enunciarme ni

a

mismo.

Naturalmente, hay muchas dificultades y muchas

amargu-

Yo digo:

a mí,

a este creyente, no

le ha

ocurrido, por de pronto,

ras

en

el espíritu

y

en

la vida.

Pero está,

desde luego, claro:

razón alguna, que pudiese motivar

que dejara

de ser

el que

soy.

la dificultad, que ha de entrar en cuestión como razón contra mi

Comprendo que habría

que tener razones para

cambiar

de

fe, debe corresponder a la dignidad y radicalidad de lo que

manera que se fuese contra

la

ley según

la cual

se

ha

comen-

 

quiere amenazar y modificar.

Sin, duda habrá muchas

dificulta-

zado. Porque quien cambia sin tales razones, quien

de

entrada

des intelectuales en la región de cada una de las ciencias, de

no estuviese bien dispuesto a permanecer fiel a la situación reci-

la historia de las religiones, de la crítica bíblica,

de

la

historia

bida de su existencia, a lo una vez realizado de su persona

del cristianismo primitivo, para las cuales no tenga yo

ninguna

espiritual,

ése

sería

un

hombre

que cae

en

el vacío,

que

por

solución directa y que resuelva tersamente en cada aspecto.

dentro no podría ser sino más y más desmoronamiento. Lo dado

 

Pero tales dificultades

son

demasiado particulares

y—compara-

ya

de antemano

ha

de

ser

estimado

fundamentalmente,

hasta

dema-

la prueba de lo contrario, como lo que hay que adoptar y que

das con el peso de la existencia—-de peso objetivamente siado ligero, para que pudiera permitírseles determinar la

vida

guardar, si es que el hombre no quiere ponerse a merced de

 

entera indeciblemente, profunda.

Mi

fe

no

depende de que exe-

sí mismo. Vivir y crecer se puede solamente

desde la raíz,

que

gética y eclesiásticamente haya sido ya encontrada o no la inter-

vive ya

y

está

ahí, desde

el principio,

al

que

se

ha

otorgado

pretación recta de los primeros capítulos del Génesis,

de

si

una

la confianza

original de la existencia.

Si lo transmitido

nos

ha

decisión de la Comisión Bíblica o del Santo Oficio es o no es

regalado lo elevado

y

lo

santo, si

ha

abierto lejanías

infinitas

conclusión

última

de

sabiduría.

Tales

argumentos,

por

tanto,

y

nos

ha

alcanzado con

una

llamada

absoluta y eterna,

todo

están

de antemano fuera

de cuestión. Naturalmente, hay

 

otras

ello, sin

embargo,

en cuanto

experiencia

irrefleja

y

ejecución

impugnaciones, tales que llegan a lo hondo. Pero

ésas

precisa-

simple

sin

duda

ni

malicia,

puede

no

significar

todavía

fun-

mente resaltan el verdadero cristianismo, si uno se coloca

frente

damentación

alguna

refleja y

enunciable

de

eso

transmitido

 

a ellas honrada a la par que humildemente. Alcanzan el cora-

en razón que pregunta. Después de todas las impugnaciones de la

y

cuanto

sin

más

verdadero

ante

la

conciencia

crítica

la

zón, el centro más íntimo de la existencia, lo amenazan, lo colo- can en la cuestionabilidad última del hombre en cuanto tal.

Pero es así como pueden

ser

el dolor del verdadero parto

de

la

que

llamamos

gracia,

sino

también,

en

perceptibilidad

histó-

existencia cristiana.

La

argumentación

de

la

existencia

misma

rica, en aquel a quien llamamos el Dios-hombre; en esas dos

deja al hombre que se haga solitario, como colocado en el vacío, como apresado en una pendiente infinita, entregado a su libertad y, sin embargo, no seguro de ella, como rodeado por un mar

infinito de tinieblas y por una noche desmesurada,

inexplorada,

 

salvándose siempre de una interinidad a otra, quebradizo, pobre,

agitado de través por el dolor de su contingencia, convicto

siempre nuevamente de su dependencia

de lo meramente

bioló-

gico,

de

lo

estúpidamente

social, de lo convencional

(incluso

cuando se opone a ello). Rastrea, cómo la muerte se asienta

maneras de la autocomunicación divina—por medio de su radi-

cal índole absoluta y sobre el fondo

de la identidad del

«en-sí»

de

Dios y

su

«para-nosotros»—está

también comunicada, y

re-

velada por tanto, la duplicidad

de una relación

divina

interna,

es

decir,

eso

que

confesamos

como

la

tripersonalidad

del

Dios uno. Estos tres misterios de índole absoluta del cristianisnío

(Tri-

nidad, Encarnación, Gracia) son experimentados, en cuanto

que

el hombre se experimenta a sí mismo ineludiblemente como

en

él, en, medio

de

su

vida, cómo

es

la

frontera

en absoluto, la

fundado

en el abismo del misterio no suprimible, y experimen-

que no puede traspasar por sí mismo, cómo los ideales de la

tando este misterio lo acepta (es lo que se llama fe) en la pro-

existencia

se fatigan

y pierden

su

brillo

de juventud,

cómo

se

fundidad

de

su

conciencia

 

y

en

la

concreción

de

su

historia

cansa uno del hábil palabreo en el mercado de la vida y de la

 

(ambas son constitutivas para su existencia) como cercanía

que

ciencia, de la ciencia también. El argumento propio contra

el

calma y no como juicio abrasador. Que este misterio radical

cristianismo

es

la

experiencia

de

la

vida,

esa

experiencia

de

es cercanía y no lejanía, amor que se entrega a sí mismo y no

la tiniebla. Y yo he hecho siempre la experiencia

de que detrás

al hombre al infierno

de su futilidad,

le

re-

de los argumentos profesionales de los científicos contra el cris-

tianismo estaban siempre, como fuerza

última y como

decisión

juicio que empuja sulta a éste difícil

de creer

y

de aceptar, tanto que esta luz

puede

     

que se nos aparezca

más

tenebrosa

casi

que

nuestra

propia

previa apriorística,

de

las

que

esos reparos viven, las

experien-

tiniebla, tanto que aceptarla reclama y consume en cierta manera

cias últimas de la existencia, que hacen al espíritu

y

al

corazón

la fuerza

entera de nuestro espíritu y nuestro corazón, de nues-

oscuros, cansados

y

desesperados.

Estas

experiencias

buscan

objetivarse, hacerse enunciables en los reparos de los científicos

 

tra libertad y nuestra total existencia. Pero cómo:

¿es que

no

hay tanta luz, tanta alegría, tanto amor, tanta magnificencia

por

y de las ciencias, por muy importantes que puedan

ser

en

fuera

y

por

dentro en el mundo

y

en

el hombre,

para

que

se

éstos y por muy seriamente que haya que ponderarlos.

pueda decir: todo esto se esclarece desde una luz absoluta, desde

Pero es que esta experiencia es también el argumento del

una absoluta alegría, desde un amor y magnificencia

absolutos,

cristianismo. Porque ¿qué dice el cristianismo? ¿Qué anuncia?

desde un ser absoluto, pero no desde una futilidad vacía que no

Dice, y nada más, a pesar de la apariencia de una moral y una

esclarece nada,

si

tampoco comprendemos

cómo puede

haber

dogmática complicadas, algo muy sencillo; algo sencillo, como

esa nuestra tiniebla y esa nuestra futilidad mortales,

existiendo

articulación de lo cual aparecen todos y cada uno de los dog- mas del cristianismo (también quizá sólo entonces cuando éstos estén dados). Porque ¿qué dice propiamente el cristianismo?

la infinitud de la llenumbre, aunque sea como misterio? ¿No puedo decir que me atengo a la luz, a la venturanza, y no al tor- mento infernal de mi existencia?

Desde luego, no otra cosa que: el misterio permanece misterio eternamente; este misterio quiere, en cuanto lo infinito, incom-

Si aceptase los argumentos de la existencia contra el cristia- nismo, ¿qué me ofrecerían para existir? ¿La valentía de la hon-

prensible, en cuanto lo indecible, llamado Dios, en, cuanto

cer-

canía que se dona a sí misma en autocomunicación absoluta, comunicarse el espíritu humano en medio de la experiencia

do su finita vacuidad;

esa cercanía ha acontecido

no

sólo en

lo

radez y la magnificencia de la tenacidad para oponerme a lo absurdo de la existencia? Pero ¿se puede aceptar esto como

grande,.como algo que obliga, como magnífico, sin haber

dicho

ya, se sepa reflejamente o no, se quiera o no, que existe lo mag-

nífico y lo digno?

¿Y cómo

 

es

que ha

de existir

en

el

abismo

 

mo

pudiera

paralizar

el

optimismo

infinito,

que

cree

que

el

del vacío y del absurdo? Y quien valerosamente acepta la

vida,

hombre

es

la

finitud

dotada

de la infinitud

de

Dios.

Pero

si

aunque sea un positivista miope y primitivo, que

aparentemente

yo cedo a este argumento,

¿qué tomaría a cambio

por

el cris-

se queda

con paciencia en

la pobretería

de lo superficial,

ha

tianismo? Vacío, desesperación, noche y muerte. ¿Y qué

razón

aceptado ya a un Dios, tal y como es en sí, tal y como quiere

 

podría tener, para considerar

este abismo como ¡más verdadero

ser frente a nosotros en amor y libertad, como el Dios, por

y

real que el abismo

de Dios?

Es más

fácil

dejarse caer en

el

tanto,

de

la

eterna

vida

de

la

divina

autocomunicación,

en

la

propio

vacío,

que

en

el abismo

del

misterio

venturoso.

Pero

cual el centro del hombre es Dios mismo y su forma la del Dios hecho hombre. Porque quien se acepta realmente a sí misma,

 

no alumbra sólo, si es aceptada

es

más

valiente ni

más

verdadero.

Esta

verdad,

es

cierto,

y amada,

porque es la verdad

que

acepta el misterio en cuanto ese vacío infinito, que es el hombre,

hace libre, y

que por

eso

da su lumbre solo en la libertad,

que

se acepta en la imprevisibilidad

de su incontrolable

determina-

lo osa todo hacia arriba. Pero está ahí. Yo la he llamado. Y

ción,

y

por

lo mismo acepta tácitamente y sin cálculo

de ante-

ella da testimonio

de sí.

Y

me

da

a

mí,

lo

que yo

debo

darla,

mano a aquél, que ha resuelto colmar esa infinitud

de vacío

en

para que sea y permanezca en mí como la ventura y la fuerza

cuanto (misterio, que es el hombre, con la infinitud de su llenum-

 

de la existencia,

me da

el ánimo

de creer

en

ella y

de

invocarla,

bre, que

es el misterio que

se llama

Dios. Y

si

el

cristianismo

cuando

las noches

y

desesperaciones

todas y

todos

los

vacíos

no es ninguna otra cosa que el enunciado claro de lo que el

muertos quieren, devorarme.

hombre

experimenta

oscuramente

en

la

existencia concreta,

la

Veo miles

y miles de hombres

a

mi

alrededor, veo

culturas

cual realmente

es siempre

en

el orden

concreto más

que

mera

 

enteras, épocas de la historia

en

torno a

mí,

antes y después

de

naturaleza espiritual, a saber espíritu, que está iluminado

desde

mí,

que son

explícitamente

no

cristianas.

Veo

que

se

ciernen

dentro por

la

luz

de la gracia indebida

de

Dios, y

de esta

ma-

tiempos, en los que el cristianismo

 

ya

no

es

lo

sobreentendido

nera, si se acepta a sí mismo de verdad y por entero, acepta,

 

en Europa

y en

el mundo. Lo sé. Pero

a

fin de cuentas no

puede

e indeclaradamente, esa luz, y cree por

tanto;

afectarme.

¿Por qué no? Porque veo por doquier

un cristianis-

aunque irrefleja si el cristianismo

es la puesta

en posesión, que sucede con

ab-

mo anónimo, porque en mi propio cristianismo expreso no

soluto optimismo, del misterio por el hombre,

¿qué razón debe-

 

reconozco

una

opinión junto

a

otra,

que

la

contradiga,

sino

ría

tener yo entonces para no ser cristiano?

Conozco

sólo

una

que no advierto en

él otra

cosa que un

haber-Ilegado-a-sí-mismo

razón que me acosa:

la desesperación,

el desmenuzamiento

de

de lo que en cuanto verdad y amor pudo

vivir también, y vive,

la existencia en el gris escepticismo cotidiano, que ni

siquiera

 

en todas partes. No tengo

a los no cristianos

ni

por

más

tontos,

llega a una protesta contra la existencia, el barato

dejar-reposar-

ni por gentes con menos buena voluntad que la que yo tengo.

esa somos, lo cual

no

sobre-sí

de

pregunta

calladamente

acepta

infinita

sostiene y

esa pregunta,

que

nosotros

sino

que

la

Pero

si

por

causa

de, la multiplicidad

de las concepciones

del

mundo cayese en un escepticismo cobarde y vacío,

¿tendría

desvía hacia la miseria

de

la

cotidianeidad;

aunque con

todo

entonces una mayor probabilidad de alcanzar

la

verdad,

que

esto no

ha

de negarse, que la callada probidad

de

la

paciencia

si

permanezco

cristiano?

No, porque también

el

escepticismo

en

el deber

de cada

día, puede ser también forma

de

un

cristia-

y el agnosticismo

son sólo unas opiniones junto

a

otras, y

pre-

nismo anónimo, en la que más de uno puede tácticamente (si

cisamente las

opiniones más vacías y

cobardes. No es

de

esta

es

que no

hace

de ello con escepticismo

o por capricho

sistema

manera

sus

como se puede

eludir

La

abstinencia

en

este mundo

la

multiplicidad

absoluto) asir lo cristiano con más autenticidad que en sus for-

de

concepciones.

de

una

decisión! concep-

mas

más

explícitas,

las cuales

pueden

ser

frecuentemente

tan

tiva del mundo es también una decisión. Y la peor.

 

vacías y hasta como un medio de evasión ante el misterio en lugar

 

Y

además:

yo no tengo

razón

alguna,

para considerar

el

de la explicitud

del colocarse a sí mismo frente

a

él. Este abis-

cristianismo como una concepción del mundo junto

a

otra.

16

17

2

Entended el cristianismo con exactitud. Comparadle. Escuchad exactamente, lo que de veras dice el cristianismo. Escuchad con toda exactitud, pero también con toda la anchura del espíritu

y del corazón. Entonces no oiréis en ninguna otra parte, algo que sea bueno, verdadero, que redima y esclarezca la existencia,

la haga

patente a la infinitud del misterio divino, algo que en-

contraseis en, otra concepción del mundo y en el cristianismo no. Quizás oigáis en alguna parte, algo que os llama, que os aguijonea, que ensancha el horizonte de vuestro espíritu, que

os hace más ricos y más claros. Pero todo esto es: o algo

pro-

visional, que no resuelve y no quiere responder la última pre- gunta de la existencia frente a la muerte, y que tiene tranquila- mente sitio en la anchura de la existencia cristiana, aunque tal vez no haya sido cultivado por los cristianos de hecho, o es algo, que reconocéis como momento de un cristianismo auténtico, solo con explorar éste más exactamente, más valerosamente, más penetrantemente. Advertiréis quizás, que con vuestro cris- tianismo conceptuahnente reflejo no lográis una síntesis com- pleta y acabada de esos conocimientos, experiencias vitales, rea- lidades del arte, de la filosofía, de la poesía. Pero tampoco des- cubriréis nunca una contradicción definitiva e insuperable entre experiencias, conocimientos legítimos, realidades que hacen feliz de una parte y un cristianismo auténtico de otra.

 

Porque

es lícito

ser,

en

este sentido, cristiano

y

«pagano»

a

la

vez, ya

que

no

sería

católico

afirmar

sólo

unu

fuente

de

experiencia

y

de saber,

mientras

que

el

cristianismo

católico

auténtico en último

término

no

adminís-

enseña un pluralismo trame absolutamente

por

el hombre

 

(está

entregado

a

Dios),

quedando

por lo mismo siempre su síntesis

de

lo

plural,

de

la

humana

existencia, como

una tarea

inacabada

en

la

brevedad

de ésta. Tenéis por

tanto, el derecho

y

el deber,

de escuchar

al

cristianismo en cuanto el mensaje universal, por nada limitable,

de la verdad, el cual solamente dice no a las negaciones de

otras

concepciones

 

del

mundo,

y

no

a

su

sí auténtico.

Escuchad

al

cristianismo

como

el mensaje

universal

que

«suspende»

todo

y por eso lo conserva todo, como el que no prohibe nada

más

que la autoclausura del hombre en su

finitud,

como el

que

sólo

prohibe que el hombre no crea que está dotado de la radical

infinitud

del Dios

absoluto, que

 

es

el

«finitum

capax

infiniti».

18

Ya

sé, que ese mensaje

de la infinitud,

de la verdad

y

libertad

absolutas

del

cristianismo,

será

frecuentemente

interpretado

con corazón mezquino por sus rabinos y sus escribas, como una teoría, que disputando y con esfuerzo, se afirma junto a

otras, que se pierde en un litigio verbal sin fin, y que es sólo

la contraposición

dialéctica

de otras

opiniones

o

experiencias.

¡Pero no

os dejéis

afectar

por

la mezquindad

de

la

teología!

El cristianismo es una anchura

infinita. Puesto que entre

todas

las religiones el cristianismo

dice la

que menos en

particulari-

dades, ya que dice una cosa, pero ésta con toda la magnificencia

radiante de la verdad

y

con

el coraje

último

de

la

existencia,

que sólo Dios mismo puede dar:

la llenumbre absoluta,

incom-

prensible

e innominada,

infinita

e indecible, se

ha

convertido,

en cuanto sí misma y sin reducción alguna, en magnificencia

in-

ferior

de la creatura,

sólo con

que ésta

quiera aceptarla. Y

por

eso no vemos nosotros los cristianos

a

los

no

cristianos

como

a los que, siendo más tontos o de voluntad malvada o simplemente más desgraciados, han tomado el error por la verdad, sino (y esto

se da

en el mundo

de la historia y del devenir,

en

el que lo

defini-

tivo está aún de camino hacia la consumación) como a quienes

en el fondo

de su esencia ya dotados de gracia,

o pueden estarlo,

por la infinita

gracia

de

Dios en virtud

de su voluntad

general

de salvación, los que han sido ya preguntados por la eterna

gracia de Dios, si es que quieren

aceptarlo a El, los que

todavía

no han llegado a la conciencia refleja de lo que ya son: lla-

mados por Dios, por

el Dios

de la eterna jid a

trinitaria. Si nos-

otros sabemos ya, si también hemos oído ya la noticia, que llega en la palabra humana de la revelación jerárquica, de lo que

somos nosotros y ellos, entonces esto es gracia, que todavía

no

podemos decir de los otros, esto es entonces responsabilidad te-

rrible para nosotros, que tenemos que ser ya libremente, lo que somos por necesidad: los buscados por Dios. Pero tampoco

es razón alguna para no ser cristiano ya explícitamente

oficia],

que otros lo sean sólo anónimamente, tal vez primero en cuanto

preguntados y no hechos aún, en ámbito reflejo de conceptos, cristianos de confesión explícita.

Ciertamente: el radical comprometerse de Dios con el mun- do, la idea del Dios-hombre, que se deja comprender como el alargamiento, por lo menos hipotético, de la esencia del hombre

19

en tanto

apertura

vacía

frente

a

la

infinitud

 

de

Dios,

el

que

esto acontezca

exactamente

en Jesús

de Nazaret

bajo

el empe-

rador

César y bajo

Poncio Pilato, todo

esto no

es derivable

a

priori, esta, casi podría

decirse,

concreción

una

y

aposteriori-

dad

histórica

son

propias

del

cristianismo.

Pero

incluso

de

antemano, antes

de todas

las

pruebas

a

posteriori

de

la

auto-

declaración

de Jesús

de Nazaret

y

del testimonio

milagroso

de

esta autodeclaración, me es fácil

 

(si es que lo desmesurado pue-

de nombrarse

con facilidad,

ya

que

si

es

el

amor,

aparece

fácil-

mente como lo más difícil) creer en Jesús como en el hijo de

Dios.

¿Por qué? Esta doctrina de la unión hipostática,

enten-

dida de manera realmente católica, es decir

calcedonianamente,

no tiene en sí absolutamente nada de mitología. Tan poco como es mitología si digo: la infinitud de Dios me está dada en la

absoluta

trascendencia

del

 

espíritu,

y

su estar presente es

más

verdadero, más real que toda realidad cósica-finita, porque

algo

es real en la medida en que está cabe sí y cabe la infinitud

absoluta

del ser;

tan poco como es mitología,

si digo:

en

un

hombre

determinado,

que

 

es

hombre

absolutamente

real,

con

todo lo que dice esta palabra, con conciencia humana, con liber-

tad, historicidad, veneración, obediencia y tormento de la muer-

te,

ha

alcanzado

un

punto

álgido,

absoluto

e

insuperable,

la

autotrascendencia

que

está

siempre

en

nosotros

fundamental-

mente en devenir y en comienzo, y ha sucedido la autocomu-

nicación

de Dios a la espiritualidad creada

de una manera

in-

superable

también

e

irrepetible.

No

es

ninguna

mitología,

si

digo:

he ahí un hombre, desde cuya existencia puedo atreverme

a creer

en

el

que Dios

me

ha

dicho sí irrevocable y

ese absoluto

decir

de

Dios

a toda

definitivamente,

creatura

espiri-

que tual y la aceptación

de

ese

por

la

creatura,

están

atestigua-

dos

unívoca,

irrevocable

y

comunicativamente,

haciéndose

en-

tonces para mí creíbles. Pero si puede entenderse realmente esta

frase

en su peso ontológico, entonces se ha

enunciado la

unión

hipostática

y

se

la

ha comprendido

como

una

 

realización

irre-

petible, la cual no acontece en ninguna

otra

parte y

es

proeza

de Dios, de eso que ser hombre significa en general. Con

lo

cual el misterio

y

la libertad

divina no

decrecen cuando

efec-

túan la unión

hipostática,

 

y ésta pierde todo regusto

de mito-

logema y de la penosa impresión de que se trata de un

analogon

de

las fábulas

griegas

 

o

de

otras,

de

antropomorfismo,

 

según

los cuales Dios, lo infinito, incomprensible, se ha servido

de

la

librea

de

una

figura

humana,

para

conseguir

aún

en

cierto

modo

en

un

segundo arranque, lo que se le malogró

en

cuanto

regente del mundo

en la creación

del mismo.

 

Y además:

hay que considerar siempre, que para una

doc-

trina

realmente

cristiana

acerca

de

la

relación

 

del

mundo

y

Dios,

la

propia

consistencia

de

la

creatura

no

crece

en

una

proporción

inversa

sino

directa

para

con

la

magnitud

de

su

dependencia y pertenencia su realidad humana

es

a Dios;

adoptada

y

que Jesús por tanto, porque

pertenece

al

logos

eterno

de la manera más radical, es el hombre más verdadero, más

autónomo, es quien ha descendido más hondo dentro de los

abismos de lo humano, quien ha muerto más realmente que permanece hombre de manera más definitiva.

y

el

 

Ahora bien:

si

lo

que ha

podido

ahora

ser insinuado

sola-

mente, es verdad,

si

con

la

esencia

del hombre y

 

su

autotras-

cendencia hay dada

una

idea de la humanidad

divina

(aunque

tal vez de hecho llegue a sí misma temporalmente

sólo

después

de

la

experiencia

de la encarnación),

si cuando

el

hombre

se

entiende mejor a sí mismo, es cuando se comprende como la

posible

autodeclaración

de

Dios, que

se

ha

hecho

realidad

en

ese hombre

que

es Jesús, entonces no

es

ya

tan

difícil

recono-

cer en Jesús precisamente la realidad de esa posibilidad.

Porque

¿dónde está

si

no

un hombre

de la historia claramente percep-

tible, que haya tenido pretensión sobre ese acontecimiento

como

sucedido

en

él?

¿Dónde

está

alguien,

fuera

precisamente

 

del

Jesús bíblico, cuya vida humana, cuya muerte—-y digamos

además

resurrección—,

a quien ser amado por hombres

innu-

merables pudiera dar el coraje y la legitimación espiritual, para mantener semejante pretensión? Si yo me sé a mí mismo como

el compañero

 

de

un

comprometerse uno

para con

otro

absolu-

tamente

recíproco

entre

Dios

y

la

creatura

espiritual,

si

todo

habla a favor y nada propiamente en contra, ¿por qué no

debía reconocer que ese consorcio

de compromiso

recíproco

de

uno

para con

otro

es

en

Jesús

tan

radical

desde el comienzo,

que perteneciendo

el lado

divino

a

Dios

no

sólo

como al

crea-

dor en distancia, sino también a Dios como a aquél que se declara, la respuesta en él del hombre a Dios es otra vez la

palabra

de

Dios

mismo

y

exactamente

por

eso

la

respuesta

más

autónoma

del hombre én cuanto

criatura?

¿Dónde

podría

yo tener, fuera

de Jesús, el coraje

para

tal

fe, que quiero

o

que

me

es

lícito

poseer

porque

resulta

de

la

profundidad

de

la

experiencia

de la trascendencia

llena

de

la

gracia

de

Dios?

Si

ha

de haber un punto omega,

al que converge

 

toda

la

his-

toria

del

mundo,

si

puedo

esperar

de

la

experiencia

según

gracia

de

la

propia

cercanía

a

Dios,

que

haya

ese

punto

omega (para hablar en la terminología de Teilhard de Chardin),

o

que por

lo

menos no

es

loco

atrevimiento

el

preguntar,

el

buscar,

si

ha

penetrado

ya

en

la

historia,

¿ha

de

parecerme

entonces

absurdo

encontrarle

en Jesús

de

Nazaret?

En

aquel

que todavía en la muerte ponía su alma en las manos del

Padre,

en

aquel

que convencía,

precisamente ¡porque

no

tenía

necesidad

de

discutir

avisados

problemas

de

concepción

del

mundo, en aquel que sabía radicalmente del misterio en

cuanto

misterio, del juicio devorador, de la muerte del hombre,

de

su

culpa

abisal,

y

llamaba,

sin

ese misterio

Padre

y a nosotros

sus hermanos. Y

embargo, a que se sabía

simple y

llanamente

como hijo, y sabía su muerte como la reconciliación del mundo.

Nadie

puede

ser

forzado,

 

por

medio

de discusiones, a

creer

en

Jesús

de

Nazaret

como

en

la absoluta

presencia

de

Dios.

Esta fe es libre porque cree en algo histórico, en algo contingente.

Pero quien

tiene las

ideas por

seria

y existencialmente

verda-

deras,

sólo

cuando

poseen

carne

y

sangre, ese puede

creer

más fácilmente

en

la

idea

de

la

divina,

si

cree

en Jesús de Nazaret, si encuentra

humanidad en carne, lo

que

es el

proyecto

venturoso de la más alta posibilidad

del hombre,

desde la

cual

por primera vez se sabe qué significa hombre propia

y

últi-

mamente.

 
 

Una

cosa

todavía

por

decir

acerca

de

esta

idea

del

Dios-

hombre y

acerca

de la facticidad

de Jesús como

Dios-hombre

real:

él es ciertamente, puesto

que

es

el

de

Dios al

mundo

y la adopción

del

mundo

en

Dios

en

persona

y

en

cuanto

persona, el acontecimiento inalcanzable, definitivo,

escatológico.

Después

de

él,

si

no

no

sería

el Dios-hombre, no

 

puede

venir

experiencia

religiosa

alguna,

ningún

 

profeta

más

que

pudiera

adelantarle,

algo por

medio

de

lo

cual apareciese

 

en

el

lugar

de lo de hasta ahora, relevando lo antiguo, algo nuevo

y

mejor-

22

¿Cómo podría ser posible? Hay dos palabras y dos realidades inalcanzables y con ellas su convergencia: el hombre como

la infinita

pregunta

y

el

misterio

infinito

como

respuesta

absoluta e infinita

en tanto permanece como misterio:

hombre

y Dios. Y por eso el Dios-hombre es inalcanzable; un profeta nuevo no puede llegar a más, puede quedarse atrás, detrás de

la respuesta que es el Dios-hombre o a lo más copiarla. Pero

por medio de esta fórmula

real, inalcanzable

del mundo,

de

su

sentido y de su tarea, el mundo y la historia han llegado a su

propio

sentido

(también

en perceptibilidad

conceptual

e histó-

rica), no así a su fin, como si no pudiese haber propiamente

ya ninguna historia en lo que vale la pena

de

ser

pensado

y

hecho. Todo lo contrario: la historia

(que ha

de

suceder

en

saber y libertad) ha entrado ahora en posesión de su auténtico

principio, ha experimentado

el centro

de

lo

porvenir,

recono-

cido su determinación infinita como dada a ella interiormente

en propiedad. Y por eso comienza ahora propiamente la historia,

inabarcable, aventurera, incontrolable

(naturalmente

incontrola-

ble también respecto a su fin), una historia, sin embargo, que se sabe albergada en el amor de Dios, el cual les ha tomado ya la delantera a todos sus juicios, que puede entenderse a sí misma magnífica y victoriosamente a pesar de todos los terrores que han sucedido ya en ella y que sucederán todavía acrecentándose

tal vez apocalípticamente.

Y

el desenlace

de esta

historia

sus-

tentada por el Dios-hombre, anudada en él, el absoluto media-

dor, es la cercanía absoluta para con Dios de todos los espíritus salvados, la última inmediateidad radical para con El, tal y como

la constituye, según la esencia, la deificación

interior

del Dios-

hombre en su realidad humana. Así se pone de manifiesto, que la

meta y el sentido de la unidad humano-divina es la inmediateidad de la criatura espiritual en general para con Dios, que nosotros por tanto estamos en toda verdad concebidos de antemano como

los hermanos del Dios-hombre, y

que en él la cercanía irrepe-

tible de Dios y del hombre no hay que interpretarla en el primer

arranque como un no o una cercanía del restante espíritu creado

para con el misterio

absoluto, sino como su fundamentación

y como sí radical ya realizado. Por lo tanto, se puede hablar de una verdadera humanidad-divina de la humanidad entera. Pero todavía hay otro impedimento y peligro de la fe junto

23

a la abisal amargura

de la existencia y la multiplicidad

de

las

concepciones del mundo: la comunidad de la fe misma, la

zado y distintivo. Ha estado con más frecuencia por los podero-

y

se

ha

hecho

demasiado

poco

abogada

de los pobres,

ha

Iglesia. Es cierto

que para

la mirada

sin

prejuicios

del medi-

sos dicho su crítica

a los poderosos

de esta tierra

demasiado

sua-

tador

de

la

historia

es también

la Iglesia

santa,

el signo,

que

vemente, de tal manera que más bien parecía como si quisie-

elevado sobre las naciones por su fertilidad

inagotable en

todo

ra procurarse un alibi sin entrar de veras en conflicto con

los

sentido, da un testimonio por medio de sí mismo de su ser

grandes de este mundo. Se mantiene muchas veces más con

el

efectuado por

Dios. Pero es también

la

Iglesia pecadora

de

los

aparato de su burocracia que con el entusiasmo de su espíritu,

pecadores,

 

la

Iglesia

pecadora,

porque

nosotros,

miembros

de

ama a veces más la calma que el temporal, lo acreditado ya de

la Iglesia, somos pecadores. Y esta pecaminosidad

de

la

Iglesia

antiguo más

que

lo

audazmente

nuevo. En

sus portadores

del

no

quiere

 

decir solamente la suma

de

las

insuficiencias,

que,

ministerio ha cometido frecuentemente

injusticias contra santos,

por así decirlo, permanecen privadas, de sus miembros, hasta de

los portadores de los más altos y santos ministerios. La pecamino-

sidad

e insuficiencia

de los miembros

de

la

Iglesia

opera

tam-

bién en el obrar y omitir que, estando en el ámbito de la expe-

pensadores, contra los que preguntan dolorosamente, contra sus

teólogos, que querían

sólo servirla incondicionalmente. Ha

re-

primido

y

no

raras

veces la

opinión

pública en la Iglesia,

aun-

que según Pío XII sea ésta indispensable para el bien de la

riencia humana, ha de ser designado como obrar y omitir de

Iglesia misma, ha confundido

reiteradamente la

ilustración

de

la Iglesia misma. La humanidad

pecadora y su insuficienia,

la

una buena tradición de escuela con la árida mediocridad de una

miopía, el quedarse detrás

de

las

exigencias

de cada

hora,

la

teología y una filosofía de medias tintas. Frente a los que están

falta de comprensión

para las indigencias

del tiempo, para

sus

fuera, los ortodoxos y los protestantes, se ha mostrado mucho

tareas y sus tendencias de futuro, todas esas peculiaridades

tan

más a menudo en el papel de un juez que anatematiza que en el

humanas son también peculiaridades de los portadores del

de una madre que ama y que, humildemente y sin ergotismos,

mnisterio y de todos los miembros de la Iglesia, y repercuten por permisión de Dios en lo que la Iglesia hace y es. Sería obce-

hale al encuentro de su hijo hasta la frontera de lo posible. Al espíritu, que en el fondo es el suyo, más de una vez no le ha

cación alocada y orgullo clerical, egoísmo

de grupo

y culto

de

reconocido como tal, si sopla, como precisamente hace, donde

persona propio

de un sistema totalitario,

todo

lo cual

no

con-

quiere, por entre las callejuelas de la historia universal y no

viene a la Iglesia en cuanto comunidad de Jesús, humilde y

por la galerías de la Iglesia misma. Frecuentemente, «n contra

manso

de corazón,

si

se quisiera

negar

esto

o paliarlo

o mini-

de su auténtica

esencia y de la plenitud

de su verdad

(sin, dene-

mizarlo, o ser de la opinión de que esta carga es sólo la carga

garla, desde luego), se ha dejado maniobrar por herejías y otras

de

la

Iglesia de tiempos anteriores, que hoy le ha

sido

retirada.

tentativas rebajándose

al nivel de unilateralidad

de sus adversa-

No, la Iglesia

es

la

Iglesia

de

los

pobres pecadores, es la

Igle-

rios, y ha expuesto su doctrina no como un sí de mayor ampli-

sia que no tiene frecuentemente

el coraje

de meditar

el

futuro

tud a lo pensado «propiamente» y de manera escondida en la

como el futuro de Dios, igual que ha experimentado el pasa-

herejía, sino como un no al parecer meramente dialéctico. Según

do como de Dios también.

Es con frecuencia

la que glorifica

su

toda medida humana ha desperdiciado con frecuencia horas

pasado, y mira el presente, allí donde no le ha hecho ella misma,

estelares decisivas para su propia tarea o ha querido percibirlas,

con ojos torcidos, condenándole

demasiado

fácilmente.

Es

con

cuando

el kairós

para

ello había

pasado

ya.

Cuando

pensaba

frecuencia

la que en cuestiones

de ciencia

no sólo

avanza

lenta

representar la señorial inexorabilidad

de

la

ley

divina

(lo

cual

y circunspectamente con mucho cuidado por la pureza de la

es ciertamente

su santo

deber), ha

jugado,

y

no

en

contados

fe y su integridad, sino que espera además demasiado, habiendo

casos, el papel de una gobernanta pequeño-burguesa y refun-

dicho