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Obituario de Paulita de los Campos

No se le juzgue por tener. Ni por ser, por valer, demostrar cómo el pueblo que ama se desvive amando,

y cómo el pueblo que sufre resiste al dolor.

No se le culpe por trocar la negra-espesa-corriente en vino, las altas plataformas en aviones,

o las harapientas bolsas de supermercado en costosos accesorios que no se pueden vestir, ni calzar.

Ella,

signo,

símbolo,

oprobio.

Ella,

muerta para siempre en la memoria nacional.

Sujeción de la carne a la carne del placer grotesco al grosero espectáculo del placer insaciable, del placer fenecido que jamás volverá.

Ella, la que ha muerto, es inocente.

No cargarán las culpas de los padres los hijos. La norma es clara.

Pero,

¿qué tal si en esta hora,

en este momento

y en este lugar

los hijos reclaman esa culpa

y se la echan encima

con premeditación, alevosía y ventaja?

¿Qué tal si todos a una

pasamos un poco de esa culpa monstruosa

a los hijos bastardos,

a los hijos requisitos,

a los hijos obligados,

que serán aquello que fuimos, y poco más?

Ella morirá mártir.

De la parte de culpa que le toca en heredad. Del placer que se extingue, del gozo que tarde o temprano conduce

a la terrible verdad:

en el momento final estarás solo,

vacío,

inconforme.

Entonces no habrá bendiciones ni alabanzas ni glorificación exstática, sólo la sensación de que el vino era negro aceite vertido en copas que sólo son arena -altamente depurada pero arena al fin-.

Y llegará el cortejo fúnebre

vistiendo sus mejores galas.

¡Vaya!

El estándar es demasiado alto, excesivo el costo de cada vestido, de cada traje cortado en seda vírgen, de cada minúscula hebra enredada en la forma de cinturas y caderas.

El protocolo marca lo esencial:

saludar al anfitrión, posar ante el féretro, intentar llorar

-y permitirse llorar por la alegría de una competidora menos-

y frotarse las comisuras de los labios

que permiten serpenteantes minúsculas gotas de saliva

por el antojo salvaje de poseer, de ser, valer y demostrar que se puede ser algo más que un olvidado mortal encerrado y enterrado por los hierros fríos de las plataformas-islas, de paraestatales ominosas y malditas que rabian y denostan lo que son y lo que fueron:

armas de precisión insuperable, prestas a vaciar de recursos al país que se deja hacer como buen amante bajo las manos expertas de una puta madura.

Pero, volvamos a lo nuestro:

a

la fila, el desfile, enfilado,

y

exigiendo la fotografía rotunda,

el homenaje máximo de la mortaja deluxe, cubriendo miembros putrefactos.

El cálculo infinitesimal no puede explicar cómo los miembros preparados y desangrados pueden aún padecer putrefacción.

Han sido alimentados con lo mejor de lo mejor, de ser una abeja, habría sido la jalea exclusiva lo único que probaran sus labios.

De haber sido una reina habría sido la trufa excelsa encontrada por el más capaz de los cerdos amaestrados.

De haber sido un obrero sería el filete a la plancha servido desdeñosamente el día del cumpleaños del capataz, casi su dueño.

Es ingrato, que los miembros hermosos

y ese rostro anodino, mas realzado con artificio, perezcan.

Ella, que se afana en la belleza que no alcanza, en la opulencia que no disfruta, y sólo sufre a duras penas por aquello que, Midas revestida de carne femenina, es valioso para otros y se deshace irremediablemente en las manos, en la piel, ante los ojos, en el sexo.

Como si todas las cosas estuviesen detrás de un cristal. Como si el ensalmo fuera tal que permitiera la mágica operación a distancia, alquimia perenne que transforma y sublima transmutando la fenecible sensación de vacío en grandiosa magnanimidad y decoro.

Mas en este trance, vista a los ojos,

la Muerte asiste, tranquila,

y recibe parabienes

-pocos

pero algunos hay-.

De aquellos que fueron incapaces tan siquiera de rozar el esplendor quasi divino con los dedos humedecidos en la negrura aceitosa. Ellos no merecen tanto.

Pueden morir -deben morir- allá, en altamar. Para eso fueron contratados

y las cláusulas de letras microscópicas así lo dicen.

Son menos que carne de cañón. Son menos que un salario mínimo, son menos que el corcho inservible de alguna botella llena con algunos cientos de dólares.

Ellos no merecen nada, ni un sepelio, ni un sepulcro, ni el maquillaje oportuno de las circunstancias favorables.

Ellos no merecen ni siquiera ser tomados en cuenta.

Mas no se crea que tales muestras de indiferencia son ingratas también. De ningún modo.

Lleva a todos lados el Cancerbero mítico. Tres cabezas que valen lo que mil jornales de obrero, doce patas que valen lo que Apóstoles y Evangelistas tres hocicos que ansían la carne humana y finalmente también se conforman con los alimentos preparados tan sólo por simples anodinos humanos.

Ella, la que yace. La que supo de algún orgasmo mercenario, hoy, silente, cede al último placer:

el silencio absoluto, en la muerte.

Requiescat, nam in pace nunquam.

Francisco Arriaga.

México, Frontera Norte. 11-22 de Agosto de 2012.