HSG - Cuaderno de Cátedra 2026
HSG - Cuaderno de Cátedra 2026
Año 2026
ÍNDICE
Programa año lectivo 2026 ………………………………………………………………………………… 3
Barbieri Guardia, Marta. El conocimiento histórico, cambios, continuidades,
características ………………………………………………………………………………………………… 14
Barbieri Guardia, Marta. Transiciones: hacia la emergencia del mundo burgués y
capitalista ………………………………………………………………………………………………………. 33
Hobsbawm, Eric. La primera revolución industrial y el capitalismo …………………….... 52
Enciso, Luis Miguel. La ilustración …………………………………………………………………….. 60
Cabral, David. La Revolución Francesa (1789-1794) ………………………………………………. 72
Cabral, David. El imperio francés napoleónico …………………………….……………………….. 92
Mc Farlane, Anthony. La independencia de las colonias inglesas de Norteamérica …. 103
González Alvo, Luis; Guerra Orozco, Cecilia; Nanni, Facundo. Las independencias
hispanoamericanas: una mirada de conjunto ……………………………………………………... 121
Mosse, George. Liberalismo y Conservadurismo en el Siglo XIX ………………………………. 131
Barnes, Harry. La segunda Revolución Industrial y el Capitalismo Financiero ………… 155
Hobsbawm, Eric. El imperialismo ……………………………………………………………………... 160
Pavetti, Oscar. El modelo exportador en la modernización latinoamericana (1850-1930)
……………………………………………………………………………. ……………………………………….. 171
Bosch, Aurora. El nuevo imperialismo. El caso estadounidense ……………………………... 186
Stromberg, Roland. La crisis del pensamiento europeo (1880-1914) ……………………….. 214
Álvarez, José René. La primera guerra mundial (1914-1918) ……………………………….… 232
Ovejero, Verónica. La revolución rusa de 1917 …………………………………………………….. 244
Silva, Matilde. La crisis de 1929 y la gran depresión …………………………………………….. 257
Procacci, Giuliano. Europa entre las dos guerras mundiales (1919-1939) ………………… 268
Silva, Matilde. La Guerra Civil Española (1936-1939) ……………………………………………. 286
Engel, David. Hitler, los nazis, los alemanes y los judíos ……………………………………….. 290
Barbieri Guardia, Marta y Pavetti, Oscar. La Segunda Posguerra. Entre la Reconstrucción
y la Guerra Fría ………………………………………………………………………………………………. 299
Judt, Tony. La descolonización ………………………………………………………………………….. 315
Sotelo, Ignacio. El Estado de Bienestar ……………………………………………………………..... 328
Merino, Gabriel Esteban. El neoliberalismo, el capitalismo financiero y el mundo
unipolar ……………………………………………………………………………………………….…….…. 331
Barbieri Guardia, Marta y Álvarez, José René. China: sometimiento y revoluciones.
Cambios, continuidades y protagonismo en un mundo de globalización y pandemia 341
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PROGRAMA AÑO LECTIVO 2026
Asignaturas
Equipo de Cátedra
Profesores Adjuntos:
Prof. David Cabral
Prof. Constanza Tío Vallejo
Auxiliares Graduados:
Prof. Valentina Mitrovich
Prof. Gustavo Cortés Navarro
Prof. Yasmín Petros Amado
Ayudantes Estudiantiles:
Natalia Agustina Pérez Palumbo
María Valentina Santillán
Fundamentación
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conocimientos que se irán incorporando a lo largo de la formación continua de los/las
estudiantes.
La asignatura explica fundamentalmente la configuración histórica de las
sociedades contemporáneas. Su eje central está dado por la génesis y transformaciones
del mundo liberal y capitalista, su expansión y reconstrucciones hasta el presente, las
coyunturas en las que se aceleraron los cambios, a la vez que la emergencia, crisis y
proyecciones de formas alternativas de organización social. Se acentúa el
planteamiento de los cambios y continuidades que caracterizan la historia de la
humanidad, con el propósito de aportar claves de interpretación crítica y debidamente
fundamentadas, a situaciones problemáticas de nuestro presente.
En su desarrollo, nos apoyamos en conocimientos producidos por sólidas
investigaciones historiográficas. Los contenidos se encuentran organizamos teniendo
en cuenta los siguientes criterios: en primer lugar, procuramos acentuar la existencia
de redes complejas de intercambio internacional, existentes desde pasados remotos. Si
bien tenemos en cuenta la importancia de la dinámica europea y americana en la
conformación del mundo liberal y capitalista incorporamos el estudio del mundo como
conjunto y otras formas alternativas de organización social. Asimismo, el examen de los
procesos históricos tiene en cuenta las articulaciones entre diferentes dimensiones de
la realidad, sus lógicas, su relativa autonomía y las particularidades que se construyen
en diversos momentos y espacios históricos. Se trabaja con una concepción de la
temporalidad que apela a su relatividad en función de los procesos y a la distinción
entre cambios y continuidades. Así, las distintas unidades de nuestro programa
responden a una periodización que atiende a transformaciones significativas y, como
toda periodización, es relativa y genera tensiones. Por otro lado, consideramos la
interacción entre sujetos, coyunturas y estructuras. El curso insta al manejo de la
multiperspectividad, en tanto rasgo nodal de una disciplina que brinda herramientas
teóricas, metodológicas y conceptuales para facilitar la comprensión crítica de las
grandes problemáticas del mundo actual. Proponemos una reflexión constante
historiográfica en las diversas temáticas que abordaremos a lo largo del año.
Exhortamos al compromiso con el trabajo intelectual riguroso ya que
desarrollamos actividades formativas para los futuros técnicos, licenciados y profesores
de las distintas carreras de nuestra facultad (búsqueda bibliográfica, tratamiento de
fuentes, ejercicios de resumen, de análisis, de síntesis, de interpretación y de crítica de
textos diversos, de comparación, de elaboración de reseñas, entre otros) El proceso de
aprendizaje busca la paulatina construcción de nuevos conocimientos, más profundos
e integrales en tanto soportes para la formación de una ciudadanía comprometida con
el desarrollo y en búsqueda de una sostenida consolidación de la vida en democracia.
Las cuestiones abordadas y la metodología del cursado procuran trabajar en la forma
en que el análisis histórico nos ayuda a comprender los problemas humanos
fundamentales y el mundo en que vivimos con autonomía crítica para plantear
preguntas y procurar las respuestas, siempre provisorias, que cada estudiante
considere más adecuadas.
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Objetivos
La asignatura cuenta con un soporte virtual para una amplia y buena comunicación
con el estudiantado. Allí podrán acceder a información y a recursos que ponemos a su
disposición: novedades, fechas de parciales, mapas, redes conceptuales, películas, obras
literarias, guías de orientación para el aprendizaje, convocatorias, material
complementario, horarios de consultas, entre otros asuntos.
5
Sobre las clases
Los Encuentros de Consulta se llevan a cabo bajo las modalidades presencial y virtual,
y su función es la orientación del proceso de estudio bajo la responsabilidad de
docentes y ayudantes estudiantiles de nuestro equipo de trabajo. En el aula virtual e
Instagram se encuentran publicitados los horarios de consulta de todos/as los/as
docentes y ayudantes estudiantiles de la cátedra.
Material de Estudio
La Bibliografía y las fuentes se consignan para cada unidad del programa. Incluyen
lecturas básicas, así como bibliografía complementaria que permite profundizar los
temas y problemáticas en análisis.
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Evaluación
Se implementarán tres parciales escritos a lo largo del año, cada uno de ellos contará
con una instancia de recuperación de acuerdo a la reglamentación vigente en nuestra
facultad. La totalidad de los parciales y sus correspondientes recuperaciones se
realizarán bajo modalidad presencial (incluso para aquellos/as estudiantes
encuadrados en el Régimen de Cursado Especial)
Para obtener la promoción directa en la materia, el/la estudiante deberá contar con el
75% de asistencia a las clases prácticas y la aprobación del 100% de los parciales (tres
parciales) con una nota mínima de 6 (seis) en cada uno de ellos. Cada examen parcial
tendrá su instancia de recuperación, que deberá ser aprobada con un mínimo de 6
(seis) puntos.
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Regularidad (la aprobación de la materia se completa luego con un examen final ante
tribunal)
Condición de libre
Contenidos conceptuales
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UNIDAD 3. Sociedades burguesas: consolidación y tensiones entre el siglo XIX y
la Primera Guerra Mundial.
Restauración y revoluciones en la primera mitad del siglo XIX. El Congreso de Viena.
Revoluciones de 1820, 1830 y 1848. La impronta del romanticismo.
Liberalismos y nacionalismos. Rasgos centrales y particularidades. Estado y Nación:
conceptos centrales. Formas y expresiones alternativas en procesos de construcción del
Estado-nación.
Crisis y reorganización del capitalismo. La Segunda Revolución Industrial y el
Capitalismo Financiero. Expansión capitalista e Imperialismo. Formas imperialistas y
repartos coloniales. La Paz Armada: alianzas y tensiones. El nuevo imperialismo de los
EEUU.
Las reformas liberales en América Latina. El auge de las economías exportadoras.
Transformaciones sociales y culturales. Las expresiones culturales hacia fines del siglo
XIX. Construcciones ideológicas, psicológicas, artísticas. El nacionalismo racista
alemán. Los socialismos. Las internacionales. La socialdemocracia. El mundo del
trabajo y el sindicalismo.
9
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Cátedra, publicación digital. Tucumán, FFyL, UNT
Barbieri Guardia, Marta y Pavetti, Oscar (2025) La Segunda Postguerra. Entre la
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11
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Cuaderno de la Cátedra, publicación digital. Tucumán, FFyL, UNT
Hobsbawm, Eric. J. (1989) La era del imperio (1875-1914), Barcelona, Labor.
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Hobsbawm, Eric (2022) La Primera Revolución Industrial y el Capitalismo. Versión libre
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digital. Tucumán, FFyL, UNT
Pavetti, Oscar (2025) El modelo exportador en la modernización latinoamericana
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12
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publicación digital. Tucumán, FFyL, UNT.
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Stromberg, Roland (2025) Historia Intelectual europea desde 1789. Madrid, ed. Debates.
Versión libre y sintética, publicación digital. Tucumán, FFyL, UNT
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13
EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO, CAMBIOS, CONTINUIDADES,
CARACTERÍSTICAS
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2026.
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El conocimiento histórico: cambios de enfoque y nuevos paradigmas
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concepción del hombre como ser exclusivamente racional.
El historiador alemán Leopold Von Ranke fue quien marcó el camino de la
profesionalización de la historia que involucró también el surgimiento de archivos,
series documentales, revistas y todo el aparato erudito que exigió el oficio. Su visión de
la historia se basó en la teología ya que concibió a Dios como la primera instancia que
definía el destino de los hombres y los pueblos, cuyas acciones se canalizaban en
naciones distintas con su propia política. Sostuvo que el Estado monárquico, como
encarnación de la idea de Dios y auténtica potencia ética, operaba como hilo conductor
de la historia.
Ranke consideró que la investigación objetiva de los historiadores debía explicar
el pasado a través de indicios estudiados meticulosamente mediante técnicas
específicas de lectura. En efecto, partió de la singularidad de los fenómenos históricos,
únicos e irrepetibles y de los elementos espontáneos e imprevisibles de la libertad y
creatividad del ser humano. Mediante el método crítico se debía recopilar, comprender
y exponer los hechos. Estos fueron concebidos como expresión de la naturaleza
espiritual de la vida humana, aunque especificó que la misión de la historia no
consistía tanto en reunir hechos como en comprenderlos dentro de un conjunto de
significados. La objetividad debía caracterizar el trabajo del historiador que mostraba
las cosas tal y cómo sucedieron. Más adelante, esta aspiración fue sacada de contexto y
adoptada como el principio metodológico que fundamentaba la imparcialidad del
historiador, aun cuando el propio Ranke se involucró en la política ya que cuestionó al
liberalismo y justificó con su trabajo el nacionalismo alemán y la reverencia al poder, al
punto que fue nombrado como historiógrafo oficial por el rey Federico Guillermo IV de
Prusia.
Como representante central de la escuela alemana del siglo XIX, los aportes de
Ranke influyeron en generaciones de historiadores que acudieron a Alemania para
formarse en el análisis crítico o hermenéutico sobre la base de métodos uniformes,
laicos, científicos. La investigación se apoyó en el examen riguroso de documentos,
sobre todo oficiales y escritos, ya que la verdad dependia de la búsqueda del objeto
empírico en archivos y fuentes originales.
Asimismo, creció el positivismo que propuso una ciencia de la sociedad que debía
buscar las leyes generales que regulaban la evolución histórica para ordenarlos y
modificarlos en el futuro, garantizando de esta forma el progreso de la sociedad
humana. Según Comte el conocimiento atraviesa tres estadios, el teológico o ficticio, el
metafísico o abstracto y el positivo o científico.
Estos aportes incidieron en la concepción de una historia científica opuesta a las
filosofías de la historia especulativas. Como saber autónomo también se fundó en el
rigor documental, aunque ello se subordinó a la legitimación del Estado y el orden
social. Así, tanto la que se inspiró más en la escuela alemana como la que revela mayor
influencia comtiana, en el caso de la historiografía francesa, intentaron hacer historia
científica y acercarse a las ciencias naturales. Identificaron el razonamiento inductivo
con el conocimiento basado en fuentes y sostuvieron que la teoría surgiría de la
acumulación de los datos. Este enfoque "metódico-documental" se ocupó de los hechos
importantes, de individuos eminentes y privilegió la historia política, diplomática y
militar. Debía enunciar verdades acerca del pasado y narrar acontecimientos de
manera que el relato trascendiera los singularismos nacionales. Estos fueron los
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fundamentos de las grandes historias fácticas sesgadas por la interminable sucesión de
fechas, figuras heroicas, batallas: la inacabable sucesión de datos irrefutables y
objetivos.
Cabe aclarar que algunas construcciones historiográficas surgidas en el siglo XIX,
no se ajustaron a las propuestas positivistas. Precisamente en Francia, hicieron sus
aportes historiadores como Michelet que analizó la Revolución Francesa de 1789 a
partir de distintas dimensiones, la de la realeza, la de los campesinos y artesanos, la de
las frustraciones de diversos grupos frente al Antiguo Régimen. Este y otros
historiadores influidos por la Ilustración y condicionados por la marea revolucionaria
de 1789, consideraron que el desarrollo económico guardaba relación con las formas de
organización social, las leyes y la estructura política. Muchos de ellos procuraron
abordar la trama entera de la sociedad francesa en crisis, aunque en su visión lo
político constituyó el terreno adecuado para la acción trascendente del hombre.
La narrativa fundamentó las explicaciones históricas de esta etapa: lo primero
explicaba lo posterior. Se trataba de reconocer el proceso de avance en el tiempo,
seleccionando acontecimientos de acuerdo a su lugar en una narrativa que implicaba
un comienzo y un final y en la que su significación obedecía a factores externos a
dichos eventos. La historia procuró reflejar el cambio a lo largo de una ruta del tiempo
imaginada, en base a un modelo en el que el Estado-nación jugó un rol central y lo
político constituyó el principal factor del cambio, en tanto que espacio de la libertad
(posibilidades/azar). Los historiadores se convirtieron en especialistas en un período
en el que los temas fueron surgiendo por azar antes que por elección intelectual y su
papel fue el de aportar nuevos hechos o modificar interpretaciones sobre el cambio
histórico, a la luz de nuevas evidencias.
A su vez, la consideración de la historia como representación organizada del
tiempo y el tratamiento cronológico de los temas estudiados, le dio una estructura
literaria, propia de la novela, aunque integrada por hechos probados de acuerdo a
reglas, que privilegió el accionar de los grandes hombres de la historia.
Planteos como los de Ranke, se identificaron con una filosofía de la historia
denominada "historicismo clásico". Cabe aclarar que se trata de un concepto al que se
atribuyen muchos significados y fue definido como visión del mundo y como método.
En relación a lo primero, puede decirse en forma simplificada, que refiere a la
necesidad de la historia para explicar y comprender los fenómenos reales. Para el
historicismo clásico fueron importantes tanto la independencia del pensamiento
histórico como el otorgar un sentido progresivo a la evolución del mundo y a la cultura
europea.
Todas estas formas de producción historiográfica integraron un proceso en el que
la industrialización estimuló la alfabetización y facilitó el acceso a la prensa y a
publicaciones distribuidas masivamente. El nacionalismo se convirtió en una fuerza
poderosa y en los diversos Estados, bajo el influjo de la Revolución Francesa, se
conformó una ciudadanía con mayores responsabilidades. En este contexto, la
consolidación de la historia como ciencia se ligó a su ideologización ya que la
objetividad no significó neutralidad política. La historia se convirtió en una
herramienta al servicio de intereses nacionales y burgueses mientras que la enseñanza
de la historia desempeñó un papel importante en la construcción de la nacionalidad
con distintos énfasis según los países, las coyunturas históricas y el clima ideológico.
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En efecto, las nuevas formas de asociación sostenidas en el lenguaje, el comercio, el
gobierno, también dependieron de la difusión de valores compartidos y de la
transmisión de una educación patriótica en la que la historia adquirió el vigor de una
verdad indiscutible.
En un mundo signado por rivalidades imperialistas fundadas en el afianzamiento
de formas económicas monopólicas, la conquista de mercados y colonias y las políticas
armamentistas, en cada Estado-nación la construcción de una memoria histórica
procuró fusionar la identidad personal y nacional. La historiografía justificó derechos,
contribuyó a generar un consenso ideológico en torno al pasado y fundamentó los
componentes de la conciencia nacional. La propia historia se convirtió en la historia
del progreso de las instituciones políticas y económicas y se transformó, con matices
diferenciadores, en gesta nacional transmitida a través de un relato preciso que
distribuyó méritos sociales y autoridad política.
El paradigma científico hegemónico de fines del siglo XIX fue alimentado por
nuevas discusiones que surgieron a medida que se evidenciaron las consecuencias de la
industrialización. Fue entonces cuando los historiadores se plantearon la ampliación
del objeto de estudio hacia la sociedad, la cultura, las condiciones de vida de los
obreros. De esta forma, la historia económica y social brindó respuestas a las falencias
del modelo tradicional limitado a la realidad política y manifestó el propósito de
estudiar el conjunto de la sociedad.
Aunque estos enfoques socio-históricos no ocuparon todavía un papel estelar,
sostuvieron la importancia tanto de explicar los hechos como de reconocer sus
interrelaciones. Mantuvieron la ambición de estudiar comportamientos objetivos, ya
que, como lo sostuvo Henry Pirenne, el más importante intermediario entre la
historiografía social alemana y la francesa, la producción histórica debía fundarse en la
evaluación crítica de las fuentes.
Asimismo, hacia fines del XIX, corrientes idealistas que generaron las "ciencias
del espíritu", acentuaron la importancia de la intuición para comprender el mundo
social y la vida humana. También se multiplicaron las críticas a la cultura, al modelo de
vida burgués y al concepto de ciencia vigente en las sociedades burguesas. En su obra
Sobre el provecho y perjuicio de la historia para la vida de 1874, Friedrich Nietzsche
señalaba que los intereses del historiador se gestan en su época y condicionan su
conocimiento del pasado. Negaba así la utilidad de la investigación histórica, la
primacía del pensamiento lógico y la existencia de una verdad objetiva al margen de la
subjetividad de los investigadores. Este pesimismo cultural fue utilizado por el
pensamiento antidemocrático que impulsó una crítica de derechas al racionalismo
burgués, idealizó el heroísmo, la guerra, las jerarquías y cobró fuerzas en los años de
entreguerras hasta 1945, para luego ser retomado por críticos de las últimas décadas
que atacaron los presupuestos de la ciencia histórica tal como se desarrolló a partir del
siglo XIX.
En el siglo XX en sus diversas variedades la historia profesional y otras
disciplinas relativamente nuevas como la sociología, la economía, las ciencias políticas,
18
la psicología o la antropología, continuaron escribiéndose bajo el influjo de la
modernización. Atendieron a cuestiones como los principios operativos de los
mercados, las formas de interacción social, el impacto psicológico de los cambios, su
aceleración, etc. para estudiar la trayectoria occidental hacia la modernidad. Además
de asociar los usos capitalistas –culto a la empresa, innovación, sensibilidad ante las
señales del mercado– a la historia de la libertad personal, se esforzaron por incorporar
al mundo a su esquema interpretativo y buscaron aislar constantes (leyes) de la
sociedad. Optaron por conjuntos homogéneos y repetitivos en grandes períodos, sin
atribuir al tiempo una significación determinada, procurando lograr la aplicación del
razonamiento hipotético-deductivo, tal como las ciencias naturales. Abordaron así,
fenómenos preferentemente invariables sometidos a la lógica del razonamiento y la
demostración. Tanto Comte como Emile Durkheim postularon que la sociología podía
dar cuenta de las determinaciones sociales y ganar el prestigio que generaba el
pronóstico científico mientras que la antropología estructural procuraba establecer
patrones constantes en las manifestaciones sociales a fin de elaborar una teoría
unitaria del hombre.
Durkheim y Max Weber, sociólogos y teóricos de principios del siglo XX
ejercieron influencias duraderas entre los historiadores. El primero analizó la
diferenciación de funciones, el aislamiento del individuo y el efecto de los procesos
sociales a largo plazo. Reflexionó sobre el problema de la conciencia colectiva
alimentada en su visión por las normas, las costumbres y la religión. Por su parte,
Weber destacó el papel de los mercados, los Estados y las burocracias en la integración
de vastos grupos y destacó que la cientificidad de la historia se fundamenta en su
imparcialidad y la aplicación de conceptos causales. Sostuvo que las causalidades no
están en una realidad objetiva sino en el pensamiento científico y planteó que el eje
articulador de la dinámica interna de toda sociedad existe en la esfera cultural, en
estructuras de pensamiento que condicionan la actuación y el cambio social. Sobre esta
base sostuvo la necesidad de comprender el entramado social pero no como un acto
intuitivo, sino como un proceso racional que no eliminaba la explicación ni el análisis.
Si bien siguió a Hegel y Marx, negó que haya un objetivo en la historia, aunque no
abandonó supuestos del pensamiento científico del siglo XIX.
Como Marx, estos dos teóricos mencionados apelaron a la historia para explicar
la modernización e inspiraron a importantes escuelas históricas del siglo XX cuyo
denominador común fue considerarse universales por su aplicación y científicas por su
metodología.
En Francia la reacción contra lo que comenzó a denominarse "historia episódica",
la historia que ordenaba cronológicamente acontecimientos, se produjo desde el campo
de las ciencias sociales. El sociólogo y economista socialista, Francois Simiand atacó a
los "ídolos de la tribu de los historiadores" o sea, el ídolo político, el ídolo individual o
la obsesión por los grandes hombres, el ídolo cronológico y la permanente referencia a
los orígenes. Bajo la influencia de la geografía de Paul Vidal de la Blache que hacia 1900
situaba el espacio geográfico en su contexto histórico-cultural y de la sociología de
Durkheim, la escuela francesa de los Annales (nombre de la revista que dirigieron a
partir de 1929, Lucien Fevbre y Marc Bloch) centró su interés en las tendencias
demográficas y económicas. La historia asimiló los métodos y tópicos de todas las
ciencias sociales en un gran proyecto de síntesis.
19
Esto significó una renovación respecto a la historia tradicional en varios aspectos.
Por un lado, produjo la incorporación de la historia económica y social y expandió el
campo de estudio hacia temáticas diversas como las mentalidades, las mujeres, la
muerte, las costumbres, etc. Por otro afianzó la concepción de una historia globalizante
que integrara todos los planos de la vida histórica, sin aislar aspectos de la actividad
humana.
Aunque no podemos hablar de una doctrina ni de uniformidad en sus
producciones, estos historiadores adhirieron a una perspectiva antidogmática, a una
historia narrativa y también conceptual, y recibieron tanto los aportes del marxismo
como los de sus adversarios. Podemos mencionar los tres principios básicos que
proclamaron: el abordaje de diferentes niveles de análisis: económicos, políticos,
mentales con vocación de globalidad; el descubrimiento de articulaciones entre estos
niveles para hacer comprensible la totalidad de la sociedad y, finalmente la
conceptualización del tiempo histórico, de gran complejidad pues refiere al problema
de la duración y ritmos diferentes que afectan a cada nivel de la vida social. En la
década de 1940 Fernand Braudel sistematizó los aportes de esta escuela y descartó la
existencia de un tiempo único en los procesos históricos. Compuso un modelo
integrado por distintas temporalidades, por diversas duraciones de los procesos.
Planteó la existencia de una historia casi inmóvil dada por el clima, la biología y la
geografía, esto es, las relaciones del hombre con el medio que determinaban las
fluctuaciones demográficas y las tendencias económicas. Luego marcó el ritmo lento de
las estructuras y patrones sociales que formaban un segundo nivel de la realidad
histórica. Finalmente, la política, los individuos, la cultura y la vida intelectual
constituían el tercer nivel de la experiencia real de cada época. Braudel sostuvo que los
viejos historiadores sólo veían el tiempo corto de la historia de los acontecimientos y
que era necesario analizar todas las realidades sociales con sus ritmos diversos: el
tiempo largo de las estructuras, el medio de las coyunturas, el corto de los
acontecimientos y más abajo, casi inmóvil la historia de los hombres en relación a la
tierra. Todos estos tiempos debían ser considerados en el trabajo historiográfico
fundado en registros seriales y métodos valorativos que midieran el flujo y el reflujo de
las sociedades. En una coyuntura podían advertirse el cruce de diferentes duraciones
junto a relaciones particulares que debían permitir la reconstrucción de la unidad del
proceso general. Esta perspectiva, sobre todo la consideración de los objetos más
inmóviles facilitó la utilización de los conceptos y métodos tomados de las disciplinas
sociales.
Paulatinamente dejó su impronta en la producción historiográfica de esta escuela
el estructuralismo de Levi Strauss que priorizó la idea de estructura. Entendió como tal
a un sistema o conjunto de sistemas interrelacionados, una arquitectura que el tiempo
desgasta en largos períodos y somete la vida de los hombres. Adopta del funcionalismo
la idea de función y enfrenta al causalismo y al historicismo, privilegiando el análisis
sincrónico sobre el diacrónico.
En general los "annalistas" priorizaron la investigación científica sobre las
filosofías que pretendían enunciar el sentido de la historia. Si la historia de las
naciones se había sostenido en el patriotismo, la nueva propuesta procuró la
comprensión de las formas como los contemporáneos percibían lo ocurrido,
combinando para ello compromiso afectivo con el tema estudiado e ideología. La
20
proclamada "historia de las mentalidades", una derivación de "Annales", aportó
múltiples opciones metodológicas y temáticas; en ocasiones se asoció a la historia
serial y secuencias de datos, por ejemplo, mediante el estudio de los testamentos en un
lugar y momento determinado, para comprender las ideas sobre la muerte, la
secularización, etc.
En síntesis, el acercamiento hacia las disciplinas sociales y la adopción de
aquellos patrones, llevó a la historia a privilegiar, antes que la modalidad narrativa en
la que el tiempo cobraba significación histórica, la lógica de la demostración. En efecto,
como dijimos, la narrativa histórica consideró originariamente a lo político como
laboratorio del cambio y del progreso en tanto que patrimonio de la nación. Al abrirse
a otras disciplinas, prestó atención a los factores profundos, económicos y sociales, que
explicaban las instituciones y las decisiones y acciones del poder político.
Por su parte, el análisis marxista, sobre todo a partir de las primeras décadas del
siglo XX, fue ganando influencias en la producción historiográfica. En el siglo XIX,
Marx buscó leyes del desarrollo histórico combinando la sociología, el análisis
económico y la historia. En base a ello abordó el conjunto de relaciones que los
hombres establecen entre sí en el curso de la producción de su vida social y buscó
establecer leyes generalizables que explicaran los cambios históricos. Estos resultaban
de un proceso dialéctico de tesis y antitesis como consecuencia de la lucha de clases por
la dominación de los medios de producción. Así la historia marxista enfocó
particularmente el conflicto social, la economía, sus crisis, las estructuras, las
duraciones, las coyunturas. Como consecuencia se fortalecieron la historia económica y
la historia social que privilegiaron lo cuantitativo, los procesos masivos, los largos
plazos y el método hipotético-deductivo. Sus críticos las consideraron propuestas con
un marcado determinismo socioeconómico, mientras que sus defensores valoraron el
método de análisis histórico que contribuyó a renovar estos estudios.
Si bien Marx marcó la interdependencia del campo de lo simbólico y la realidad
material y la existencia de fases que no se prestan a simplificaciones, sus seguidores
esquematizaron estas afirmaciones conocidas como "materialismo histórico", en una
sucesión que pasaba de la comunidad primitiva al régimen esclavista, de éste al feudal
y al capitalista para derivar, finalmente, en el socialismo.
Lejos de este reduccionismo ideologizante cultivado y difundido desde la Unión
Soviética, la historiografía marxista tomó vuelo hacia mediados del siglo XX en Gran
Bretaña. Historiadores como Hobsbawm, Hilton, Thompson se expresaron en la revista
Past and Present que, a partir de 1952, difundió un modelo pluralista que combinó lo
estructural con lo político, lo cultural y lo episódico para reconstruir la historia de la
sociedad.
A su vez la nueva historia económica estadounidense fundada en la recolección
sistemática de documentos cuantificables, reflejó la influencia de los estudios
comparativos de Weber acerca de los orígenes de la modernidad. Si los historiadores
acentuaban la lucha de clases (marxismo), los cambios demográficos (la escuela
francesa de los Annales) o el desarrollo de redes de inversión y comunicación
(modernization theory de los Estados Unidos), esperaban que sus modelos fueran
válidos para todo el mundo. Desde esta perspectiva, impulsaron el afianzamiento de la
historia social como ámbito de investigación en el siglo XX y paulatinamente, buscaron
descubrir la realidad de la gente común, por lo general olvidada por la historia
21
tradicional.
Ahora bien, todas las producciones, ya sea las procedentes del historicismo
clásico alemán o las propuestas sociales, definieron una historia orientada a la realidad
objetiva que se guía por reglas uniformes y que privilegia las notas eruditas que dan
cuenta de la naturaleza y veracidad de los datos aportados.
Paralelamente, debemos mencionar a corrientes que cuestionaron la calidad
científica de la historia. En efecto, los positivistas lógicos del denominado "círculo de
Viena" surgido alrededor de los años de 1920, continuaron difundiendo la idea de una
ciencia libre de valores y ajena a lo social. Estos pensadores "neopositivistas"
supusieron que el mundo puede ser conocido objetivamente mediante la observación y
el razonamiento. En 1930, muchos de ellos fueron obligados a dejar Austria y se
radicaron en universidades de habla inglesa desde donde influyeron en los
historiadores. La obra de Karl Popper, una de las más conocidas, contribuyó a instalar
este paradigma que plantea una confianza ilimitada en el poder de la ciencia y de la
técnica para lograr una sociedad más justa y más rica. Para Popper la lógica positiva de
la ciencia era el modelo metodológico en todas las disciplinas ligadas a la neutralidad
científica y a la viabilidad de un pensamiento racional y objetivo. En efecto, el método
científico se sostiene en leyes de la lógica y en la verificación de teorías, no en la mera
recolección de hechos. Este filósofo negó la interpretación social de la ciencia y
condenó la vinculación entre la ideología y el pensamiento científico. En su libro La
pobreza del historicismo, Popper negó el carácter científico de la historia y las ciencias
sociales ya que no pueden formular leyes científicas matemáticamente cuantificables.
La historia, señala, carece de la regularidad del mundo físico y por tanto sus
fenómenos, únicos e irrepetibles, no son reductibles a generalización. Admitió que la
historia puede formular leyes de calidad, vagas e imprecisas y predecir sólo tendencias.
Para Popper las leyes físicas constituían fórmulas matemáticas que predicen
exactamente el futuro y permiten establecer secuencias causales rigurosas. La historia
no entraba pues en el campo científico puesto que no se ocupaba de lo general y
tampoco era capaz de realizar predicciones ni formular leyes matemáticas y
cuantificables.
22
desechada, del que fueron destronados los presupuestos optimistas impuestos por el
occidente cristiano y en el que se quebrantó la confianza en el progreso de la
humanidad prometido por la modernidad. Según el filósofo Edgar Morín, los dos
legados del siglo XX fueron la comprensión de la incertidumbre de la existencia
humana y de la imposibilidad de predecir el futuro.
En esta deriva hacia el desencanto nuevos grupos críticos –que podemos
identificar con el término "posmodernos"– pusieron en duda la "objetividad" del
conocimiento científico y denunciaron su carácter ideológico.
El término "posmodernidad" hace referencia a esta situación en la que se
cuestiona y somete a prueba los presupuestos de la modernidad. Algunos autores
prefieren hablar de condición posmoderna como expresión del agotamiento de la razón
y sentimientos difusos acerca de un cambio cuyo final no puede avizorarse. En este
contexto se produjeron nuevas polémicas sobre el significado y la escritura de la
historia y su pretensión de objetividad.
El término posmodernismo surgió en la arquitectura como rechazo al
funcionalismo racional y eficiente de los modernistas y como opción por formas más
impredecibles. Fuera de este campo el término generalizó las críticas a las sociedades
modernas sumidas en la tecnología que se autorrepresentaron como superación de la
tradición y la costumbre y proclamaron la existencia de un individuo libre, que conoce
libremente, permitiendo el progreso de la humanidad. Expresó así el cuestionamiento
hacia esas sociedades que no facilitan el desarrollo de seres autónomos y que se fundan
en una racionalidad ciega para todo lo que no sea meramente reproductivo.
Michel Foucault (1926-1984) y Jacques Derrida (1930-2004) inspiraron los
principales argumentos posmodernistas, aun cuando no compartieron algunos de sus
postulados. Ambos reivindicaron la obra de Ferdinand de Saussure sobre la naturaleza
del lenguaje y la distancia entre el significante (sonido o aspecto de una palabra) y el
significado (sentido o concepto de la palabra). Sobre estas ideas, estos autores negaron
la posibilidad de generar una relación objetiva con la realidad histórica. Consideraron
que la realidad está siempre velada por el lenguaje y que éste no implica ningún
sentido trascendental o verdad previa. Ello justificó el método propuesto por Derrida,
"la deconstrucción", que evidenció las múltiples interpretaciones que admiten los
textos pues sus significantes, señalaba este autor, no tienen conexión esencial con lo
que significan. Los aportes de la filosofía del lenguaje fueron fundamentales para
alimentar dichos argumentos, sobre todo por la labor de Ludwig Wittgenstein quien
sostuvo que todo problema filosófico era un problema de lenguaje ya que al hablar
sobre el mundo sólo hablamos y comprendemos el lenguaje con que nos referimos a
ese mundo. El lenguaje es un sistema autorreferencial, por lo que la realidad no podría
ser abordada como objetiva o exterior al discurso. Como no existe ninguna realidad
extralingüística ya que todo significado se constituye y conforma sólo por el lenguaje, el
historiador sería ingenuo si mantuviera la ilusión de elaborar conocimiento científico y
debería renunciar al principio de causalidad, la explicación y a la supuesta
correspondencia entre lenguaje y mundo exterior.
Los posmodernistas niegan las promesas de la modernidad y señalan que los
genocidios y los horrores cometidos en nombre de la ciencia generan dudas en torno a
la inevitabilidad del progreso y la razón. No aceptan la seguridad del conocimiento ya
que, como argumentaba Foucault, éste no existe fuera de la ideología y la
23
subordinación al "régimen de verdad" de la sociedad en que se elabora. La ciencia y la
tecnología están atrapadas por intereses hegemónicos y se expresan en discursos que
se elaboran desde instituciones al servicio de esos intereses. Asimismo, juzgan que la
realidad no puede trascender el discurso y que la objetividad implica una construcción
ideológica que oculta la participación de los científicos en la selección y configuración
de los hechos, tanto como su pertenencia a relaciones de poder y propuestas políticas.
La desconfianza y descontento de los filósofos posmodernos son fácilmente
identificables en un mundo en el que ciencia y tecnología se han utilizado para crear
mayores desigualdades, bombas nucleares, campos de exterminio de seres humanos.
Sin embargo, sus representantes suelen cuestionar sin aportar soluciones y suman sus
voces al proclamado "fin de la historia". Generan así un escepticismo que neutraliza los
compromisos e intentos de cualquier tipo para modificar el orden establecido.
Si bien las críticas posmodernas dividieron a los estudiosos en posturas opuestas,
renovaron discusiones sobre los métodos, objetivos y fundamentos del conocimiento,
significaron una alerta contra lecturas anacrónicas y viabilizaron la aceptación de que
la historia se escribe desde los interrogantes del presente. Así, fueron útiles para
estimular la corrección de errores y hacer ver a los historiadores de qué manera su
visión del mundo condiciona su trabajo, que proceden de acuerdo a intereses y
producen resultados a través de disputas y coacciones ideológicas, políticas e
institucionales ya que el conocimiento histórico está siempre sujeto a cambios de signo
y de sentido, a nuevas inquietudes y preguntas. Asimismo, también contribuyeron a
reflexionar sobre las relaciones entre normas e individuos, entre procesos y
estructuras, entre lo material y lo ideal, entre sujeto y objeto, confirmando la necesidad
de explicaciones acerca de la forma como ha operado el pasado y se ha proyectado al
presente.
En este camino, se acentuaron las críticas a los modelos tradicionales y a los de la
llamada "década de oro de la historiografía" 1960-1970, a la historia
sociológico-estructural y se incrementaron los cuestionamientos al modo de vida
burgués. Los "annalistas" que se disgregaban en múltiples campos de investigación,
fueron acusados por falta de teoría, los marxistas británicos por la imposibilidad de
conectar situaciones de cambio y singularidad con las de continuidad y generalidad, la
historia ligada a la antropología o de corte sociológico por las elaboraciones abstractas
y los cuantitativistas, por la incertidumbre de sus resultados.
Las investigaciones que se desarrollaron entonces, renovaron estrategias de
investigación con origen en la antropología, la etnología, la lingüística, la semiótica. El
conflicto adoptó perfiles humanos y se multiplicaron los objetos de estudio, desde los
sectores privilegiados a otros discriminados, de las estructuras sin rostro humano a
aspectos de la vida cotidiana, de lo macro a lo micro, de la historia social a la cultural.
Se renovaron además la historia política y una historiografía narrativa que se propuso
evitar los modelos abstractos y dar cuenta de los aspectos subjetivos de la existencia
humana.
En este contexto de crítica y renovación, a fines de 1969 se produjo el alejamiento
de Braudel de la dirección de la revista Annales y su poder se distribuyó entre quienes
integraron una corriente autodenominada la "nueva historia". En 1978, la enciclopedia
de esta corriente, dirigida por Jacques Le Goff proclamó atender a nuevos problemas y
objetos de estudio y el reconocimiento al tiempo largo braudeliano, a la historia
24
cuantitativa, a las mentalidades y al contacto con diversas disciplinas, sobre todo la
antropología. El énfasis en la cultura supuso que valores, creencias, rituales y
mecanismos interpretativos no sólo reflejan la situación material de la población
puesto que interactúan con sus expectativas sociales y económicas. Para esta nueva
generación de Annales, la cultura no constituye ya el "tercer nivel" de la experiencia
histórica, sino que opera como un determinante primario de la realidad histórica.
Concibieron así que toda práctica, económica o cultural depende de las
representaciones mentales que los individuos emplean para entender su mundo,
intentaron ubicar los productos formales de la jurisprudencia, literatura, ciencia y
artes para descifrar los códigos, gestos, signos –que van reconfigurándose
permanentemente en la vida cotidiana– mediante los que los seres humanos
comunican sus valores y verdades.
Esta historia cultural rechazó el estudio de procesos anónimos y la confianza en
los métodos cuantitativos de la historia social y retomó tradiciones anteriores. Atendió
itinerarios vitales y los sentimientos y comportamientos de los pobres. Al contar la vida
de una persona o un suceso pretendió develar el funcionamiento de una cultura o
sociedad del pasado. Para ello transformó los métodos socio científicos tradicionales,
recurrió a la antropología y a la teoría literaria y tendió a captar con ello la complejidad
del mundo humano al negar, aunque no siempre, la universalidad del lenguaje
conceptual y la uniformidad del razonamiento humano. Así, priorizó el campo
simbólico, pero, además, su relación con prácticas sociales que lo constituyen,
cabalgando así entre lo mental y lo social.
En esta línea, algunos historiadores cuestionaron los modelos meta- narrativos
–esto es, los grandes esquemas para organizar, interpretar y escribir la historia– como
artificios funcionales a las sociedades industriales y al empeño normalizador de los
Estados modernos. Se volcaron a estudiar utillajes mentales y cedieron paso al sujeto
individual y a la narración de la vida cotidiana y de la experiencia privada. También
rescataron la importancia de la parte meditada de las acciones humanas y rechazaron
o bien matizaron la fuerza de las determinaciones colectivas ya que para explicar el
funcionamiento social estudiaron las normas culturales, las informaciones, las
pertenencias sexuales, generacionales, educativas, territoriales, etc. Estos historiadores
enfocaron el conjunto de relaciones y tensiones que constituyen lo social desde un
punto particular, el relato de una vida, un acontecimiento oscuro, etc. y abordaron las
representaciones con las que los individuos dan sentido a su mundo, entendiéndolas
como matrices de prácticas constructoras del propio mundo social.
De este modo, en los años ochenta, la perspectiva macrohistórica de inspiración
sociológica que acentuó el estudio de estructuras y procesos globales experimentó
sacudidas muy agresivas. En efecto, el acercamiento a la antropología reforzó a los
enfoques microhistóricos que optaron por la reducción de la escala de observación, por
un análisis microscópico y un estudio intensivo del material documental a fin de
revelar factores no observados previamente y elaborar conclusiones más generales. La
microhistoria no ignora la existencia de complejas estructuras sociales, pero a partir de
cada espacio social y desde allí a la experiencia privada, a la vida cotidiana, a los
márgenes de libertad de los individuos en los intersticios y contradicciones de los
sistemas normativos que los constriñen.
Todo ello forma parte de las nuevas concepciones acerca de la ciencia, abiertas a
25
lo cualitativo y a lo probabilístico que priorizan las relaciones no lineales propias de la
naturaleza y de la vida de los seres humanos, no reducibles a simples encadenamientos
de causa-efecto. En este sentido han resultado fundamentales los aportes de la teoría
del caos que acentúa el carácter complejo e impredecible de la realidad o de la
termodinámica de los sistemas no lineales de Ilya Prigogine. Este señala que en la
dinámica clásica y en la física cuántica no existen certezas sino posibilidades y que no
sólo hay leyes sino acontecimientos que no pueden deducirse de las leyes. Son estas las
ideas que nos permiten estudiar mejor las grandes transiciones históricas, abrirnos a la
complejidad del mundo social y acceder, como señala Josep Fontana, a la comprensión
de que racionalidad no es lo mismo que certeza ni probabilidad significa ya ignorancia.
Entre las nuevas formas de hacer historia podemos mencionar también la
renovación de la historia política que recurre a la ciencia política, a los aportes
jurídicos y reivindica el análisis de las prácticas. Surgieron asimismo múltiples
corrientes como la historia de género, la historia oral, la cliometría, la ecohistoria, la
historia de la vida privada, de los mitos, de la infancia, de la lectura o la recuperación
de los puntos de vista de los sectores marginados o "vencidos" a partir de la expansión
colonial de los países europeos. La historia del presente, reciente o próxima recuperó
por su parte, la contemporaneidad que expuso la historia en sus orígenes.
Desde otras miradas, el acercamiento a la antropología y también a la crítica
lingüística y literaria "decontruccionista", llevó a dudar de la posibilidad de conocer los
documentos y textos en los que se apoya el trabajo del historiador y reforzó las
orientaciones relativistas de la disciplina. En efecto, si estos enfoques plantean la
imposibilidad real de conocer el pasado, tampoco es posible analizar los
acontecimientos de un presente que se convertirán indefectiblemente en pasado y, por
tanto, carecerán de sentido. Este escepticismo promovió el denominado "giro
lingüístico" que priorizó una filosofía del lenguaje. Al visualizarlo como un sistema
cerrado de signos que construyen al mundo antes que referirse a éste, no habría
posibilidad de conocer el pasado con lo que se eliminarían las barreras entre ficción e
historia, entre narración histórica y narración literaria. En este plano, podemos
mencionar también al nuevo giro visual que centra su atención en la producción
cultural basada en imágenes y reivindica el protagonismo del espectador.
Como vemos, las polémicas en torno a la historia se han multiplicado en las
últimas décadas. Se han construido nuevos paradigmas que reconocen la diversidad de
objetos de estudio y su tratamiento diferenciado. La oposición entre métodos analíticos
y hermenéuticos, explicación y comprensión, individuo o sociedad, no se ha evaluado
en forma definitiva. En la visión del historiador Eric Hobsbawm las diversas líneas
pueden conjugarse ya que tanto si miramos a través de un microscopio, como si lo
hacemos a través de un telescopio, buscamos desentrañar las claves de un mismo
universo.
En síntesis, estos diálogos con las disciplinas sociales, el "estallido" de la historia,
el desenvolvimiento de la autollamada "nueva historia", de los diversos giros que
mencionamos, no devino necesariamente en calidad historiográfica, ya que las
producciones fueron desparejas lo que se evidencia por ejemplo, en la proliferación de
historias que pretenden apelar a la etnología y proceden sin teorías ni plan conceptual
previo, con resultados pobres, aun cuando en ocasiones sean pintorescos y por tanto,
apreciados por públicos más amplios. Ello nos lleva a sostener que la renovación de
26
temáticas no necesariamente implica cambios ni originalidad en su tratamiento y que
no es tan profunda o genuina la distancia entre la vieja narrativa histórica, que
reconstruye hechos de acuerdo a una estructura cronológica y la autodenominada
"nueva" que toma prestados temas a las disciplinas vecinas, pero no agrega nuevas
ideas ni aportes originales.
27
construir dichos conceptos. Asimismo, asumió que todo discurso es narración y que, de
lo que se trata, es de narrar verazmente, de facilitar la comprensión de los fenómenos
sociales y de aprehender la relación entre las estructuras y los seres humanos
concretos.
La historia social se constituye como disciplina que aborda el problema de la
temporalidad, de las continuidades y el cambio social. No prescinde de la cronología,
esto es, la forma como cada cultura organiza el tiempo. En el mundo occidental el
acontecimiento organizador por excelencia fue el nacimiento de Cristo que permitió
generar el "antes" y el "después" de Cristo y ordenar la historia cronológicamente,
datando hechos en el tiempo para clasificarlos. Pero, y en este plano los aportes de
Annales fueron importantes, prioriza la concepción de los tiempos múltiples en el
proceso de cambio social y asume que el tiempo histórico es una construcción, un
producto de la historia. Emprende la periodización histórica con un criterio sistémico,
identificando cambios y continuidades en distintos niveles de la vida social,
comparando y relacionando dichos niveles, marcando su estabilidad y su ruptura
mediante la particular velocidad de los cambios, los ritmos específicos de lo político,
cultural, económico, etc.
La crisis de los paradigmas que afectó a las ciencias, también posibilitó la
renovación de la historia social en cuanto a la concepción de la sociedad y sus
transformaciones. Reconoció, por tanto, la confrontación dialéctica entre estructuras y
acción social ya que los seres humanos forman parte de una trama compleja de
sistemas interactuantes que organizan la experiencia cotidiana, sesgada asimismo por
los deseos personales y la imaginación. Incorpora lo histórico para explicar lo social y
plantea que, si bien las estructuras pautan la vida de los seres humanos, éstos
contribuyen a alterarlas y a promover con sus acciones, la reproducción y el cambio de
las instituciones sociales.
A modo de síntesis podemos señalar que la historia social intenta pensar
racionalmente el pasado como un esfuerzo que, en realidad es externo a ese mismo
pasado e inherente a este tipo de conocimiento en construcción, provisorio, aunque no
arbitrario, que obedece a reglas, técnicas e instrumentos que contribuyen a explicar las
posibilidades y límites del conocimiento histórico en forma más o menos coherente.
Sobre todo se trata de una historia que atiende a la formulación de problemas, cuya
producción escrita o de otro tipo, procura establecer distancias entre la evidencia
documental, las fuentes y su interpretación; que evalúa lo sucedido como una de las
opciones posibles, que reconoce la independencia de los actores que estudia y sostiene
su capacidad analítica frente a las pretensiones científicas, que no cuenta simplemente
una historia ni pretende "reconstituir el pasado a la vida".
La producción de conocimiento desde la historia social se enmarca en una
práctica revitalizada que tiene en cuenta las siguientes cuestiones:
28
por entero del sujeto de conocimiento, sostenida por las corrientes empiristas y
positivistas.
Los enfoques idealistas criticarán esta postura, redujeron la realidad a mero
producto mental y proclamaron la primacía del sujeto en la medida que éste es quien
organiza al objeto. En esta perspectiva los hechos históricos no fueron considerados
como algo dado, sino como algo completamente subjetivo, como exclusiva creación del
historiador.
Desde la perspectiva de la historia social, consideramos que el sujeto tiene un
papel activo frente a la realidad. En este sentido, la relación cognoscitiva es una
interacción entre sujeto y objeto de conocimiento, ambos tienen una existencia real y
operan uno sobre el otro. El objeto de estudio de la historia son los seres humanos
como individuos y como colectivos, el perpetuo cambio de las sociedades humanas,
entendidas como relaciones entre individuos. El ámbito de lo humano es la sociedad,
una realidad de relación, fuera de la cual el ser humano difícilmente subsista, una
realidad que involucra el doble carácter personal y colectivo de la existencia humana,
lo público y lo privado, lo interno y lo externo en ese plano triple de presente, pasado y
futuro. Desde el modelo de conocimiento del que partimos, concebimos al sujeto de la
historia como un sujeto social. No se trata pues de un ser puramente biológico sino de
un ser social condicionado por la historia, la cultura, el lenguaje especialmente. Josep
Fontana plantea que no se trata de oponer individuo y grupos sociales, porque son
como la marea y la ola que explica conjuntamente el avance del agua del mar tierra
adentro.
b) La objetividad en la historia
29
Situado en su contexto, el historiador parte de preguntas que le permiten
formular problemas que luego indaga a partir del material empírico disponible e
intenta revelar las causas de un fenómeno, aun cuando éstas son siempre demasiado
numerosas para ser agotadas por el análisis científico. Finalmente, mediante la
utilización de los conceptos pertinentes, organiza la información para comunicarla
comprensiblemente. Esto es, construye conceptos a partir de sus fuentes, elige claves,
encadenamientos, síntesis que posibilitan la explicación y comprensión de las
interacciones humanas a partir de sus supuestos sobre las motivaciones humanas y la
acción social.
En este proceso, la intervención del factor subjetivo es real, pero ello no elimina el
carácter objetivo del hecho histórico. La objetividad se redefine como una relación
interactiva entre un sujeto investigador y un objeto externo. En efecto, el historiador
somete los hechos del pasado que registran sus fuentes a la crítica externa o examen de
la procedencia y autenticidad de las fuentes y a la crítica interna o análisis del valor, de
la intencionalidad de una fuente. El historiador no manipula los hechos
arbitrariamente, sino que los ubica en una secuencia temporal y en una trama de
relaciones de orden político, económico, cultural, etc. Los hechos no hablan por sí solos.
Son seleccionados y valorados por el historiador, pero no de forma arbitraria. Esa
búsqueda de la verdad implica elaborar enunciados consistentes con los hechos
(sometidos a prueba), debe dar cuenta de su objeto y también de las teorías que se
enunciaron sobre éste. Como señala Edward Carr la historia se ocupa de los hechos del
pasado y de las construcciones historiográficas acerca de éstos. Ello se integra en una
estructura explicativa o discurso de demostración que responde a dos tipos de
preguntas ¿qué fue?, a la que se responde mediante los hechos. ¿Por qué fue?, a la que
se responde mediante una explicación causal sobre los orígenes del fenómeno y hechos
que conducen a otros hechos y nos dan la idea de proceso histórico.
Por cierto, muchos historiadores actuales no ignoran que las diversas
interpretaciones historiográficas responden a supuestos disímiles. A partir de éstos,
seleccionan los indicios del pasado humano y formulan teorías que se relacionan con el
entorno cultural y natural. Las experiencias cotidianas y prejuicios condicionan la
interpretación de estos indicios: sabemos que hoy se cuestiona la existencia de
verdades desinteresadas o libres de valores. Más allá de la existencia de diferentes
escuelas y teorías, los historiadores se han especializado en la resolución de
interrogantes básicos entre lo que ha sido y la memoria de eso que ha sido, en
establecer conexiones con el pasado para aclarar los problemas del presente y en
tender líneas hacia el potencial del futuro. Si existen diversas versiones de lo sucedido,
ello refleja la complejidad e imprevisibilidad de la vida humana, lo que da lugar a
nuevas lecturas de los distintos mensajes que envuelven a los acontecimientos del
pasado. Así el compromiso con el saber objetivo nos obliga a situarlo en el tiempo, a
reconocer nuestra posición en una determinada perspectiva cultural y a asumir la
verdad del conocimiento histórico como una empresa que no concluye, como un
informe interino sujeto a normas, abierto a las controversias. Un conocimiento
progresivo, pero no en el sentido de progreso lineal y armónico sino conflictivo y sobre
todo fundado en fuentes. Un conocimiento que se expresa en un relato veraz, aunque
parcial e inacabado, sobre el pasado, que torna posible la acción en el mundo ya que le
confiere un sentido.
30
c) Saber y conciencia histórica
31
históricos y claves de interpretación de procesos complejos, cuya comprensión
permitirá analizar con mayor claridad el mundo en que nos toca vivir y reforzará el
entendimiento de nuestra comprensión sobre lo humano.
32
TRANSICIONES: HACIA LA EMERGENCIA DEL MUNDO BURGUÉS
Y CAPITALISTA
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2020.
33
también a sus familias.
Los tres elementos característicos de la esclavitud fueron el estatuto de propie
dad del esclavo, el gobierno absoluto sobre él y el desarraigo. Las fuentes para
obtenerlo: la guerra, la piratería y el comercio. Creció en un mundo conectado por el
mar Mediterráneo, un mundo agrícola en el que se concentró la propiedad sobre la tie
rra y exigió en forma permanente trabajadores extra-familiares. En este mundo se
había producido el desarrollo de la producción mercantil y de los mercados, puesto
que los esclavos se compraban allí. Además faltaba la mano de obra interna y fue
posible importarla. Como señalamos, ello se dio en Atenas desde el siglo IV a.c. y se
incrementó a partir del expansionismo de Roma desde el siglo III a.c.
Los griegos descubrieron, al lado de la idea de libertad individuaL la
implantación de la esclavitud; en realidad progresaron juntos libertad y esclavitud La
vitalidad culturaL las expresiones filosóficas (Sócrates, Platón, Aristóteles, entre
otras), se explican por ella y contrastan con el progresivo achicamiento de la
infraestructura, la exigua y primitiva tecnología y la imposibilidad de los esclavos
para mejorarlas.
El sistema respondió a una civilización ciudadana de gran fuerza y complejidad
cultural pero de ninguna manera a una economía urbana. Esta era esencialmente
rural y estaba a cargo de los esclavos. La división entre residencia y renta fue
absoluta; la ciudad implicaba una agrupación de terratenientes cuyos principales
ingresos provenían del trabajo [Link] a ciudadanos -una minoría- que com
partían estilos de vida y visiones del mundo que exaltaban los derechos y deberes del
individuo y su rol en la comunidad Más tarde, la consolidación de la autocracia
imperial y la decadencia del Imperio romano, a partir del siglo III, provocaron el
deterioro de estos valores y la emergencia de corrientes hedonistas que acentuaban la
búsqueda de placer, especialmente sensorial y la vida plena en este mundo pues el
más allá pertenecía a la vida en las sombras, tal como Virgilio lo había descripto en
"La Eneida".
En este contexto, durante los últimos tiempos de la república romana surgieron
en el oriente distintas religiones que acentuaron la importancia de la vida más allá del
mundo material Entre ellas, el cristianismo, surgió de los movimientos de renovación
del judaísmo en Palestina, fue una de las que más se extendió por las dependencias
imperiales asiáticas y griegas, hasta que, en el siglo III, avanzó firmemente en
occidente como religión universal firmemente monoteísta que prometía la salvación
eterna. Las primeras comunidades cristianas sufrieron persecuciones,
experimentaron la vida en las catacumbas y crecieron hasta que el emperador
Constantino declaró su tolerancia. Finalmente el Emperador Teodoosio, en el 395,
declaró que el cristianismo constituía la única religión oficial del Imperio. Quienes la
resistieron, el pagi romano -que dio origen al término pagano- terminaron
convirtiéndose también, dada la desesperanza que provocaba su mundo en crisis. Se
organizó entonces la Iglesia sobre las jurisdicciones de Roma, provincias y diócesis,
asumió la cultura y lengua romanas, al punto que el latín se mantuvo hasta el siglo XX
como lengua eclesiástica, a la vez que se procuró la latinización de los pueblos. La
Iglesia jugó un papel clave de «puente cultural» entre la Antigüedad y el Medioevo,
conservó su administración, jerarquías y fortuna territorial y difundió el ideal ecu
ménico del Imperio, esto es, la idea de la necesidad de un orden universal sometió al
34
control eclesiástico.
Para entonces la esclavitud estaba ya en decadencia y había comenzaoo a ser
remplazada por otras formas de trabajo subordinadas. Una explicación a esto es
económica: el fin de la expansión romana impidió el encuentro de nuevas fuentes de
esclavitud La explicación también es estructural porque desde el períooo de Augusto,
en el siglo I, se definieron los límites del Imperio y los emperadores procura ron
terminar con la guerra y la piratería; esto trajo decadencia de la esclavitud pues las
fuentes de suministro se fueron agotando.
Fue entonces cuando comenzaron a introducirse otras formas de subordinación
en la sociedad, teóricamente de libres, que implicaron la suplantación de los esclavos.
Éstos fueron perdiendo su lugar ante trabajadores independientes en las ciudades y
colonos en los campos que comenzaron a depender, no del Estado cuyo poder se
debilitaba, sino de un terrateniente que se hacía responsable de la recaudación de
excedentes. Para ello, facilitaba su asentamiento en pequeñas parcelas de un
latifundio con la obligación de censos y prestaciones y hasta el 50% de sus cosechas.
También los campesinos y aldeas rurales comenzaron a caer bajo el patronato de los
latifundistas como clientela protegida por éstos, aproximándose así a la situación del
colono. Se trataba de hombres libres pero atados al suelo y a sus obligaciones. En el
siglo IV el Imperio romano estableció que quienes hubieran ocupado la tierra por más
de 30 años, quedaban adscriptos a ella, lo que fue dando lugar al surgimiento de
figuras como la del servi casati, de origen esclavo, ahora sujeto a la tierra. Estas
tendencias de larga data, desde la Roma tardía, dieron lugar a sociedades de tipo
agrícola, a procesos de ruralización y regionalización de la vida, de predominio de la
localidad, de la comarca. Si bien la economía urbana había sido una cons trucción
artificial se redujo brutalmente, tanto por las amenazas de invasión, como por la falta
de abastecimiento. La población se desplomó, desde el siglo III hasta el siglo VIII.
(Esterilidad esclava, bajos índices de natalidad, pestes, hambrunas, guerras).
Lentamente fue cambiando la noción de propiedad absoluta propia de Roma por
el concepto de usufructo acompañado por las prestaciones que correspondieran a
éste, a la posesión de la tierra.
A la vez, este debilitamiento de la autoridad central posibilitó la penetración de
los pueblos denominados por los romanos "bárbaros" -los germanos- primero en
forma gradual y luego como avalancha inevitable en dos oleadas que se produjeron en
los siglos V y VI, sucedidas por la de otros pueblos hasta el siglo IX.
35
germanas, y el alejamiento de los centros de comunicación y comercio del mar
Mediterráneo.
Como señalamos, la nueva sociedad -ya medieval- que fue configurándose,
amalgamó tradiciones diferentes. Las raíces del vasallaje pueden ubicarse tanto en el
séquito germánico, guerreros privilegiados por un jefe, como también en la clientela
romana, los servidores del terrateniente que conformaron ejércitos privados en las
villas romanas del Bajo Imperio.
La servidumbre resultó de la nivelación de los campesinos libres, romanos y
bárbaros, que entre los años 400 y 1000 se identificaron con los colonos y los esclavos
domésticos a través de formas como el colonato y el patronato.
Las formas de propiedad que emergieron registran antecedentes en las villas
galo-romanas, en las que un señor territorial controló hombres, tierras y justicia. Las
tierras comunitarias fueron una herencia germánica y se complementaron con la
explotación de pastos y bosques comunales. También se mantuvo la propiedad alodial
libre y sin ataduras, de origen germano o romano.
En este proceso en el que fue gestándose un nuevo sistema, también operaron
nuevas turbulencias históricas. En el siglo VIII, Carlos, soberano del reino germano de
los francos, procuró restaurar el orden ecuménico imperial asociándose a la Iglesia.
Conocido como Carlomagno fundó una nueva dinastía que fue consagrada por el Papa
romano,y llevó adelante una fecunda tarea de reorganización del Imperio.A su
muerte, el tratado de Verdún del año 843 dividió este Imperio Carolingio. Suma do a
esto, las luchas internas y las nuevas invasiones del siglo IX (del Islam, magiares,
húngaros, normandos), multiplicaron las condiciones de inseguridad que
incrementaron el poder de los aristócratas terratenientes.
Lo que resultó fue un nuevo sistema de vida y producción que conceptualizamos
como feudalismo, con características particulares según las regiones. Constituyó la
forma de organización social predominante que se desarrolló a partir de las turbu
lencias de la Edad oscura, (siglos V al IX). Europa se convirtió en tierra sitiada,
propicia para el saqueo y el ejercicio de la violencia. Las ciudades cayeron en
abandono y la guerra como presencia constante, promovió el encierro interior. Ello
produjo un mundo despoblado, caracterizado por una profunda contracción
económica.
¿Cuál fue la estructura económica-social que surgió? Un modo de producción
dominado por la tierra y una sociedad eminentemente rural en la que el conjunto de
relaciones sociales se forjaron en torno a la tierra. Desde el punto de vista económico,
se caracterizó por ser natural cerrado, con escasez de mercados, monedas e
intercambios. Los mercados no desaparecieron completamente, subsistieron algunos
locales, de lujo, etc. o algunos en los que el labriego vendía sus pocos excedentes a los
escasos habitantes de las ciudades, a los clérigos, a los hombres de armas. Pero el
rasgo no urbano de la sociedad fue decisivo. No sucedió en todas partes con la misma
intensidad, pero ninguna región escapó a esta ruralización de la vida, en la que el eje
fueron los dominios, centros de producción agrícola controlados por los nobles.
Estos son los señores feudales que detentaban la propiedad de la tierra aunque
su carácter no fue absoluto como en el derecho romano. Es una propiedad limitada,
por cuanto la recibió en calidad de feudo o beneficio de alguien más poderoso que él a
cambio de un servicio militar. Además el trabajador de su dominio goza del derecho
36
de usufructo y ocupación sobre parcelas a cambio de las prestaciones que debía a su
señor. Así, la unidad productiva básica fue la parcela familiar campesina y la
existencia de relaciones de propiedad, en diferentes grados, sobre la tierra. Los
productores directos tuvieron acceso directo a los medios de producción y el
excedente se transfirió a la clase dominante por coacción extraeconómica, como renta
feudal.
Desapareció entonces la propiedad absoluta (de tipo romano). Además, se
afianzó la comunidad de bienes, la forma comunal que venía de los germanos, (varias
familias agrupadas en torno a tierras comunes indivisas) y los pastos comunes que
completaban el sustento a través del pastoreo del ganado en los prados incultos y de la
obtención de leña y caza en los bosques. Así, posesión y propiedad exhibieron distintos
grados, se cruzaron y se limitaron mutuamente.
La estructura social se tejió como una red de vínculos personales mediante
relaciones de dependencia. En la cumbre fueron relaciones de vasallaje, que hicieron
de cada noble, un hombre del rey, y en la base relaciones de servidumbre por las que
el campesino, no todos, se convirtió en el siervo de su señor rural En un primer plano
encontramos las relaciones feudales que nuclearon a los señores y a sus vasallos. En
un segundo plano a las relaciones señoriales, fundadas también en la reciprocidad,
que conectaron a los señores y sus dependientes campesinos.
En el siglo IX la nobleza feudal se afirmó ante la disgregación del poder real
afianzándose como la clase guerrera. Gozó de privilegios como la exención tributaria y
el derecho a cobrar a los demás. Su obligación consistió en el consejo y ayuda a su
señor y finalmente, al rey, único verdadero hombre libre; para ello fueron convocachs
a asambleas que incluían torneos y banquetes y cuya forma y funcionamiento se
inspiró en las asambleas de guerreros germanos. La guerra constituyó el oficio de la
nobleza y una gran fuente de beneficios, consagrados por la costumbre feudal. El
vasallaje fue la forma de dependencia propia de la aristocracia. A cambio de diversos
servicios, sobre todo el militar, el vasallo recibía el beneficio es decir, el feudo o tierra y
un conjunto de oficios públicos delegados por el [Link]í se constituyó una cadena de
jerarquías cuyo punto más alto fue el rey. Los grandes señores fueron los vasallos
reales, quienes reprodujeron la cadena hacia abajo y designaron sus vasallos, señores
menores y vasallos en segundo grado del rey, que formaron el escalón inferior de la
aristocracia feudal No todos los señores tuvieron la misma jerarquía pero si
conformaron el sector libre y superior de la sociedad feudal.
Los señores supremos llevaron, según las regiones, el título de príncipe, duque,
marqués. Y paulatinamente reclamaron más atribuciones que las propiamente
feudales que ejercieron en un territorio, y se convirtieron en los «gobernantes
territoriales». Las relaciones feudales multiplicadas hacia abajo, conectaron al señor
supremo o gobernante territorial con el populacho. El proceso de subdivisión de
feudos fue permanente como también la fragmentación y disminución del poder real
Esto derivó en el debilitamiento de la capacidad del rey para administrar justicia que
pasó a los señores como "derecho de ban".Este derecho -bajo la forma de privilegiose
ejerció según la costumbre, sobre un territorio que podía recorrerse en un día de
cabalgata e incluyó multas, peajes y saqueos sistemáticos sobre las posesiones de los
campesinos. Si el señor excedía el límite fijado por la costumbre, la solidaridad
campesina generaba formas de resistencia e incluso rebeliones contra el poder
37
señorial.
La masa campesina formó la inmensa mayoría de la sociedad provenía de
esclavos libertos, colonos y campesinos libres con acceso directo a los medios de
producción. Aunque su situación variaba y algunos fueron teóricamente libres, desde
el siglo IX, cayeron bajo la dependencia de un señor, en la servidumbre de la gleba que
los mantuvo adscriptos a la tierra. Paralelamente, a cambio de protección por parte
del señor debían pagar el censo que variaba según las regiones, pagar derechos y
realizar trabajos en la tierra del señor en distintos períodos. La comunidad campesina
atravesó un proceso de diferenciación social intensiva por la posibili dad de algunos
de obtener mayor, menor o ninguna fortuna, aunque nadie cuestionó la pertenencia al
mismo grupo social.
En lo político, el feudalismo significó la fragmentación de la autoridad real Si el
monarca conservó algo de poder, lo hizo en su condición de señor feudal como "el
primero entre los señores de la nobleza". La tensión entre monarquía y nobleza
subsistió a lo largo del feudalismo. Gran parte de los poderes del monarca drenaron
hacia manos de los señores y el poder central del rey fue reemplazado por los poderes
locales de los nobles. Por ello en este período no se desarrolló un aparato estatal
robusto. A través de la justicia se ejerció el poder político y esta se fragmentó en
múltiples soberanías. La realeza comenzó a restituirse, siglos después, cuando la
feudalidad se debilitó y recurrieron a ella para el mantenimiento de sus tradicionales
privilegios. Nacieron entonces las monarquías feudales.
En este sistema, la Iglesia jugó un papel clave por cuanto luego de la caída del
Imperio romano, mantuvo su administración, sus jerarquías y riqueza territorial
Integraron las relaciones de producción feudal ya que los altos dignatarios
eclesiásticos, obispos, abades de los monasterios, poseyeron señoríos eclesiásticos y
goza ron de inmunidades. Cabe aclarar que no todo el clero formó parte de la
aristocracia señorial ya que algunos clérigos se encontraban más cerca de la
comunidad campesina. Si bien la Iglesia mantuvo conflictos con los poderes seculares,
originados en la doble dependencia del Papa y de los señores feudales o el rey,
contribuyó a dar coherencia al sistema mediante medidas como la del matrimonio
único e indisoluble, el culto a los muertos o la estructura del parentesco artificial
(bautismo y padrinazgo por ejemplo) que generaron vastas redes sociales.
La prédica y el prestigio que ganó la "Paz de Dios", que incluyó reglas sobre la
guerra, fue importante para redireccionar la fuerza militar de la nobleza. En este
sentido impulsó "las cruzadas a Tierra Santa" contra "los infieles" en defensa de la
religión. Esta nueva moral consagró la sociedad de órdenes en la que las desigualda
des sociales obedecieron a un "plan divino" que dividió las funciones de los hombres.
Se trataba de un orden sagrado e inmutable integrado por los que oran (cléri gos), el
primer orden, los que luchan (nobleza), el segundo orden y los que trabajan
(rústicos), el tercer orden.
Por otra parte, el desarrollo de la doctrina también contribuyó a consolidar su
posición. Sobre todo con San Agustín que en el siglo V predicó la salvación y la gracia
esparcida por los ritos sacramentales. Así, esta Iglesia, mediadora entre Dios y los
mortales fue defendida desde su santidad, pese a la posible corrupción de sus
miembros (como señalaban algunas sectas heréticas ya para entonces).
38
Cambios en el sistema, apogeo y expansión del feudalismo
39
corporaciones o estados (estamentos o Stand). Un [Link] puede definirse como un
grupo de personas que tienen el mismo status o posición por la que se asocia un
conjunto. Implica derechos y deberes que se tradujeron en privilegios y obligaciones.
Estos grupos sociales se constituyeron en cuerpos y se presentaron ante los reyes que,
especialmente desde el siglo XII, intentaron detener la anarquía feudal En torno a
estos monarcas comenzaron a delinearse los Estados modernos. Estos estamentos
buscaron asociarse con el rey en los aspectos del gobierno que se entendían como
públicos y generales. Se reunieron en asambleas para tratar con el gobernante o sus
agentes, con una clara referencia territorial y se asociaron en el gobierno por acuerdo
mutuo. Este sistema de gobierno se reforzó luego de los siglos de auge feu dal y de su
crisis en el siglo XIV.
En cuanto a la cultura de la Europa medieval predominó al comienzo el orden
agustiniano de la "Ciudad de Dios", las formas más elevadas de educación se
concentraron en los monasterios que poseían los medios, los hombres y el tiempo
necesario para desarrollarlas. Más tarde, en los siglos XII y XIII, se impuso una gran
síntesis que recibió el nombre de escolasticismo. En un proceso de intelectualización
de la fe, el clero secular y algunos laicos promovieron el desarrollo de las escuelas
catedralicias y las particulares, favorecidos por el renacimiento de la vida urbana, que
fueron la base de las Universidades. En ellas surgió la escolástica cuyos antecedentes
podemos buscarlos en la disputa entre realistas y nominalistas durante el siglo XII.
Los primeros sostuvieron que los conceptos generales constituían la única realidad,
mientras que Dios era la máxima realidad de todas. Los segundos consideraron que
los «universales» o ideas abstractas eran sólo nombres -nómina- de las cosas que
constituían realidad.
A partir de entonces el pensamiento cristiano perdió uniformidad y paradójica
mente, fue éste el momento en que el rigor de la ortodoxia alcanzó su clímax con el
surgimiento de la Inquisición, cuyas persecuciones procuraron -sin conseguirlofrenar
un proceso ya inevitable.
La máxima expresión del escolasticismo fue Santo Tomás de Aquino que elaboró
una síntesis del aristotelismo con el cristianismo. Adoptó el método de armonizar lo
contradictorio y la deducción a partir del conocimiento consagrado como
herramienta de investigación. A la vez, al definir el saber válido y evitar la búsqueda
de hechos nuevos que pudieran cuestionar el paradigma, se convirtió en un obstáculo
para el progreso del saber y fue atacado por un nuevo humanismo que comenzó a
recuperar críticamente la cultura clásica.
Este humanismo emergente reflejó los pequeños y grandes cambios de las
mentalidades, las representaciones con que los individuos se imaginaron el mundo
para situarse frente a él La nobleza comenzó a restituir las viejas manifestaciones
hedonistas legadas por Roma, la necesidad de gozar del mundo y a practicar en el
castillo -donde se fue conformando la corte- múltiples ocios y placeres terrenales. Se
fue configurando también, a partir de los valores guerreros, el ideal del caballero y su
opción por la riqueza espiritual lo que condujo a la constitución de órdenes de
caballería como la de los Templarios y otras que, con el tiempo, obtuvieron muchas de
las tierras conquistadas, donaciones y privilegios como expresión alternativa del
poder feudal.
Los grupos nuevos de las ciudades, fueron construyendo imágenes del ser
40
humano libre de la dependencia feudal dueños de su libertad, de su riqueza interior y
de su destino. Lo más importante fue el distanciamiento respecto al reino de Dios,
junto al reconocimiento de sus pasiones y su razón, como ser de la naturaleza. La
necesidad de conocerla abrió perspectivas que alimentaron el desarrollo del pensa
miento científico y de la importancia de la trascendencia mundana. En las tabernas,
plazas, mercados, etc. se abrieron nuevos horizontes a través del intercambio de
informaciones y la búsqueda de satisfacciones que incluyeron el placer de la bebida y
el erotismo.
Todo ello impactó sobre la conciencia cristiana colectiva y generó movimientos
sociales de carácter religioso duramente castigados por la Inquisición que, como
señalamos, también persiguió y torturó a todos los que fueron capaces de sostener
ideales alternativos.
Lo económico
En este plano comienza a surgir el capitalismo. Hobsbawm marca su inicio en el
siglo XI, Marx a partir de los siglos XV y XVI. Se trata de una larga etapa en la que es
posible observar las fluctuaciones seculares de la economía del occidente europeo.
Estos ciclos de auges y crisis fueron los siguientes:
1) Auge de los siglos XI a XIII, expansión agrícola, aparición de la burguesía,
avance de la economía mercantil y tendencia a la liberación del trabajo campesino.
2) Crisis del siglo XIV. Las razones de la crisis debemos buscarla en la propia
dinámica del sistema feudal:
a) la población había crecido más allá de las posibilidades técnicas de la
innovación agrícola de los siglos anteriores y se generaron hambrunas. Recordemos
que cada parcela producía un determinado bien como producto agrícola, artesanal o
de prestación. Este sistema llamado curtense funcionó bien al comienzo y permitió la
expansión hasta el siglo XIII, momento en el que las tierras comenzaron a mostrar
signos de agotamiento. Para Romano y Tenenti hubo un problema de no reinversión
en las mismas; ninguno reinvertía, el señor por no querer y el campesino-siervo por
no poder, lo que llevó a la disminución de la productividad del suelo
b) en este contexto, los señores feudales incrementaron las exacciones, como así
también la Iglesia y el rey, agravando la situación de crisis que profundiza ron
epidemias, carestías, migraciones, y guerras. En Francia sobre todo, la crisis se agravó
con la Guerra de los Cien Años que mantuvo con Inglaterra (1339- 1453) por conflictos
dinásticos y provocó -tanto mediante los combates como por las depredaciones
provocadas por la soldadesca- la reducción de la población y el abandono de los
campos de cultivo.
Entre los impactos más notables de la crisis, podemos mencionar: la emergencia
de pequeños y medianos propietarios que se vincularon al mercado en forma directa,
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logrando algunos acumular importantes fortunas; el traslado de la producción de
manufacturas al ámbito rural para escapar de las rígidas reglas corporativas urbanas
(industria doméstica); la multiplicación de conflictos sociales contra los nobles y las
oligarquías urbanas que adoptaron, en algunos casos, carácter religioso e igualitario y
fueron condenados por los poderes instituidos, fundamentalmente la Igle sia;
también se produjo el crecimiento de ciudades cada vez más vinculadas al entorno
rural y el fortalecimiento de la monarquía sobre nuevas bases fiscales y
administrativas.
3) Auge de mediados del XV al siglo XVI. Hasta el año 1450 la población aumentó
puesto que, precisamente, del espanto del siglo XIV, de sus convulsiones, surgieron
lentamente los elementos de una nueva sociedad y las bases para la formación del
sistema capitalista mundial La crisis del sistema feudal en el siglo XIV puso en
evidencia que las relaciones de producción feudales, se habían convertido en un factor
que trababa el desarrollo de las fuerzas productivas sociales. A partir de entonces,
comenzarán a desarrollarse fuerzas nuevas que serán quienes pautarán el proceso de
transición desde el modo de producción feudal al capitalista.
Diversos avances tecnológicos, como el descubrimiento cl!l proceso seiger, para
separar el cobre de la plata, permitió que las minas de Europa central produjeran
metales que alimentaron la economía internacional La pólvora y el cañón marca ron
el anacronismo el! los castillos medievales, mientras que la imprenta dinamizó la vida
política y cultural en una época en la que resurgió la autoridad y la unidad política.
Por otra parte, los galeones de tres mástiles y con timón a popa facilitaron los
descubrimientos geográficos y la formación del mundo colonial En efecto, desde el
siglo XIII, especialmente después de los viajes de Marco Polo entre 1271 y 1295, se
inició una corriente el! viajes hacia distintas partes del mundo. En realidad, no se
trataba de aventuras aisladas sino el! manifestaciones de fuerzas que iban atrayendo a
los continentes hacia relaciones más amplias y que convertirían al mundo en un
escenario unificado de actividades.
Los Estados que impulsaron la expansión colonial fueron PortugaL España,
Holanda, Francia e Inglaterra, aunque cada uno de ellos aprovechó de diferente mane
ra el proceso. Los dos primeros, pronto se transformaron en distribuidores de la
riqueza, proveniente del mundo colonial hacia otras economías.
La hegemonía en el comercio europeo y colonial pasó a los holandeses y se
mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XVII cuando la competencia de Inglaterra se
hizo sentir duramente mediante las luchas generalizadas que los enfrentaron y que
concluyeron con el triunfo de los ingleses. Estos también enfrentaron la competencia
francesa y se quedaron con todos los réditos ya hacia el siglo XVIII, cuando tomaron
Canadá en 1763. El encuentro entre sociedades y modos el! producción diferentes
terminarían marcando la supremacía el! los europeos en todas partes del mundo, el!
los ingleses, ante todo, especialmente luego del triunfo del modo de producción
capitalista desde el siglo XVIII. Comenzaba a perfilarse el mercado mundial cuyas
bases fueron la división del trabajo por principio desigual y la constitución de
relaciones asimétricas sobre la base de nuevas técnicas comerciales: letras de cambio,
créditos, contabilidad, bolsas.
4) Crisis general del siglo XVII, crisis agrícola, de escasez, miseria y hambre, de
caída demográfica, fue la respuesta a la fase expansiva anterior. Se trata de una nueva
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crisis estructural de los negocios feudales, los señores aumentan las presiones y esto
se agrava con guerras y epidemias. A partir de ella se incuba el verdadero capitalismo,
en correspondencia al desplazamiento que hubo desde el Mediterráneo hacia Europa
del Norte.
Es entonces cuando se acentuó la diferenciación de la estructura comercial,
tradicional especiera y suntuaria en los países mediterráneos, y el comercio de bienes
de consumo masivo en el Báltico y el mar del Norte.
África y América, donde se destruyeron las culturas existentes, se integraron a
este proceso como partes subsidiarias de Europa, centros de venta de productos
manufacturados europeos y de producción de materias primas. De ello sacaron
provecho, como señalamos, no las potencias impulsoras de la expansión, España y
Portugal sino Holanda e Inglaterra. Holanda se mantuvo dentro del sistema colonial
del siglo XVI, ligada a los negocios feudales y el capital acumulach no se reinvirtió en
actividades productivas, sino en actividades especulativas parasitarias (El capital se
mantuvo en la esfera de la circulación, no de la producción) fue así la tienda del mun
ch, mientras que Inglaterra comenzó a ser la fábrica del munch.
En Europa centro-oriental la crisis general del siglo XVII produjo otros efectos.
Se agudizó el proceso de refeudalización y la «segunda servidumbre»; se incrementó
la renta en trabajo y para ello los grandes terratenientes se unieron al soberano,
conservando poder militar y civil El campesinado, gran mayoría de la población, se
sometió al dominio del señor, obteniendo su propio sustento de pequeñas parcelas a
las que estuvieron sujetos por ley.
5) Auge en el siglo XVIII, que produjo una apertura hacia un nuevo sistema.
Países como Inglaterra superaron los límites del munch feudal -los monopolios,
mercados de lujo, autosubsistencia campesina, inversiones orientadas a beneficios
máximos- y eligieron el camino de la producción masiva.
Pese a las fluctuaciones seculares de la economía, ciertos rasgos permanecieron
en la Europa del oeste. La agricultura siguió siendo la base del sistema económico y la
producción feudal fue la dominante en estos siglos; el desarrollo del capital mercantil
con toda su importancia, no pasó de ser secundario en la época de la sociedad feudal
tardía. La familia campesina, la pequeña explotación familiar fue la unidad de
producción fundamental Los señores se habían retirado del proceso de producción,
dejando su lugar a la comunidad campesina. Asimismo, explotaron sus reservas por
medio del trabajo asalariado. Sus ingresos básicos provenían de la renta feudal pero se
acentuó su declinación, dado el deterioro de éstas y sobre todo la pérdida de su
importancia militar.
El mundo europeo continuó siendo esencialmente rural En la Europa del Este,
donde las ciudades no habían florecido demasiado, del 90% al 97% de la población
era campesina. Fuera de algunas florecientes zonas industriales, en todos los países
europeos, cuatro de cada cinco habitantes formaban parte del campesinado. Hasta las
grandes ciudades provincianas, dependieron de los aldeanos de las cercanías y de lo
que éstos producían.
En síntesis, siguiendo a Hobsbawm, podemos dividir al complejo económico
cuyo núcleo es Europa occidental en tres sectores. Al Oeste las colonias, donde salvo
los EEUU, el cultivador típico es el indio o el negro esclavo sometido a una coacción
política. El terrateniente fue el propietario de un territorio casi feudal o de una
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plantación de esclavos. La riqueza que de allí se extrajo consistió en productos de
minería, o tropicales como café, tabaco, y cada vez más, algodón (desde la Revolución
Industrial). Al este del río Elba pero también en la España y la Italia meridionales,
había trabajadores técnicamente libres, pero la gran mayoría estaba ahogada por la
servidumbre como campesinos que dedicaban parte de la semana a trabajos forzosos
sobre la tierra del señor que era un noble propietario explotador de grandes
extensiones.
La estructura agraria en el resto de Europa, marcaba la estructura social puesto
que cualquiera que poseyese una finca era un caballero con participación en el
manejo del poder. El orden feudal estaba de esta manera vivo políticamente y era más
cerrado, aunque cada vez resultaba más anticuado en lo económico.
Un rasgo permanente en estos siglos de transición fue el desarrollo, junto a la
producción agraria, del ámbito especializado de producción mercantil manufacturera.
Hubo división del trabajo entre el campo y la ciudad La unidad económica en el
campo fue la familia, como en la ciudad lo fue el taller artesanal Los artesanos se
organizaron en gremios cuya función fue doble: reglamentar el trabajo hacia el
interior y monopolizar la producción hacia el exterior. La finalidad fue asegurar el
ingreso mediante la regulación de la producción y la limitación de la competencia.
Dominaba el capital mercantiL que como el señor feudal se relacionaba con la
producción como una condición dada, era externo a ella. Su crecimiento lo llevará a
romper el monopolio gremial mediante la organización de la producción en aldeas y
campos, enlazando con el taller doméstico campesino y subordinándolo.
La crisis del siglo XVII tuvo consecuencias prodigiosas en Inglaterra ya que en
un momento dado, se dio prioridad a la producción. Hobsbawm dirá «el futuro
industrial probablemente estaba más con los Estados modernos como el británico que
con los pasados de moda como las Provincias Unidas». Cumplió así, una condición
previa para llegar a ser el primer país en entrar en la fase de crecimiento industrial y
transitar al Capitalismo que se apoya en la producción masiva.
También se incrementó la demanda del munch colonial Aún cuando Inglaterra
siguió siendo un lugar de reexportación de mercancías, y ello es una instancia de
acumulación de capitales, pasó a ser, cada vez más, centro de producción y
exportación de mercancías propias.
Por otra parte, se impulsó un mercantilismo sumamente agresivo. Se trató de un
conjunto de prácticas que redujeron la autonomía de los órganos de regulación
económica de asiento local y reforzaron el sistema estatal uniforme, más sofistica ch
técnicamente y menos [Link] a la tradición. Se fijaban precios y normas para las
mercaderías, se controlaba la competencia, se intentaba obtener saldos comerciales
positivos y reservas de metales preciosos. En el caso de Inglaterra este mercantilismo
agresivo estableció un sistema de protección a los intereses del comercio inglés,
especialmente con las Actas de Navegación de mediados del siglo XVII, que
protegieron el mercado nacional Ello terminó con la competencia holandesa y
convirtió a Inglaterra en el centro europeo de distribución de productos coloniales.
En relación a estas medidas debemos mencionar el fenómeno de la
protoindustrialización. Se presentó como industria a domicilio y su núcleo es la
economía doméstica de los pequeños productores manufactureros campesinos, con
identificación del trabajo femenino y masculino y de todos los miembros del hogar. El
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campesino recibía salarios bajos y complementa con ésta actividad lleganch incluso a
la autoexplotación. No vendieron directamente al consumidor sino que estuvieron
mediados por un comerciante. Cuando el productor vendía su producción al
comerciante, la esfera de la circulación y la producción coexistieron
independientemente. Cuando el capital comercial lograba someter a su dominio el
suministro de materias primas e instrumentos de la producción, penetraba en la
esfera de producción sin asumir totalmente su control Se integraban ambas esferas
con predominio de la de circulación.
En este proceso, el comerciante empezaba a convertirse en empresario, e invertía
en capital fijo cuando se complementaba con establecimientos centralizados donde se
hacía una parte de proceso. Allí ya aparece el jornal Así la manufactura fue, en ciertas
regiones, un eslabón importante en la transición de la producción doméstica a la fabril
porque indicó a la fábrica el camino a seguir. Se dio en el ámbito textil de la minería y
de la metalurgia.
En el siglo XVIII el sistema protoindustrial evidenció sus limitaciones por
cuanto la producción se reducía en momentos de auge (peligro de que subiera el nivel
de vida de los pequeños productores y por ende aumentara el costo de la mano de
obra), los costos marginales por la gran dispersión, el difícil control de los
trabajadores y el desequilibrio entre la producción de hilo y la tejeduría (se necesitaba
mucho hilo para un tejido, no siempre había hilanderías y se debía trasladar el hilo
desde otra parte).
La única alternativa fue la mecanización y la centralización de la producción. La
primera manufactura que se puso en práctica fue el algodón. La demanda impulsó a
reemplazar recursos escasos por recursos abundantes como capital, carbón y vapor. Se
terminó sustituyendo el modo de producción protoindustrial por el industrial
especialmente cuando la burguesía se liberó del ambiente estamental feudal
abandonó la esfera de la circulación y se adentra en la de la producción apoderándose
de ella. Se dará una nueva valoración del capital que servirá no para acumular, sino
para aplicarse a producir, invertir en capital fijo, fábricas, tecnología; ganar más y
producir más.
Las empresas de tipo feudal se debilitaron. Finanzas y comercio comenzaron a
ser superados por la producción de manufacturas en el campo. Asimismo creció el
mercado interno por el aumento de la producción agraria, en base a nuevas técnicas,
la conversión de los campesinos en asalariados y especialmente la expansión de los
cercamientos en el campo. (A fines del XVIII sólo el 15% de la tierra estaba en poder
de los campesinos).
Las transformaciones en la agricultura se iniciaron en realidad en Flandes en el
siglo XVI y se profundizaron en Inglaterra en el siglo XVIII. Consistieron básicamente
en el desarrollo de rotaciones de cultivos que eliminaron el barbecho y permitieron
garantizar la alimentación del ganado. La aparición del forraje fue importante pues se
pudo guardar evitando así la eliminación de los animales en invierno. El denominado
SISTEMA NORFOLK, establecido en el siglo XVIII, implicó la rotación cuatrienal Se
dividían las fincas en cuatro espacios u hojas en los cuales se
desarrollaba una rotación anual
✔ Primer año: trigo
✔ Segundo año: nabos
45
✔ Tercer año: cebada y avena
✔ Cuarto año: trébol (planta que toma pocos nutrientes del suelo, por lo tanto
en este espacio se produce pero a la vez la tierra descansa. Además fija nitrógeno al
mismo)
Entre sus consecuencias podemos mencionar el incremento de los cercamientos
a gran escala, la desaparición del sistema comunitario, de los pastos y bosques
comunales y la creación de explotaciones viables para el nuevo sistema. Todo ello tuvo
un elevado costo social por el abandono masivo de campos (proletarización). En
síntesis, se desenvolvieron la explotación individual, la asociación de cultivo y
ganadería y el aumento de rendimiento por unidad de superficie.
Según Kriedte, las condiciones que favorecieron el paso del modo de producción
feudal al capitalista, en Inglaterra fueron:
1) la liberación de los factores de producción, tierra, trabajo y capital
2) la existencia de una infraestructura materiaL institucional y personal
3) los mercados con capacidad de expansión tanto en el interior como en el
exterior.
Por el contrario, las limitaciones del mercado interno, debilitado por un
descenso de la productividad agrícola, fue lo que fundamentó la caída de la
producción en Francia y Europa del Este y el triunfo de la primera de la monarquía
absoluta, imposible para el caso de Inglaterra.
Lo social
En estos siglos de transición al capitalismo,¿cómo se organizaba la sociedad? El
modelo fue Francia donde nos encontramos con la sociedad estamental en la que los
grupos sociales se identificaban como órdenes aunque su estructura era diferente a la
del munch medieval clásico. Según Le Goff, el orden fue originariamente una noción
eclesiástica, orden spiritualis y orden temporalis, que, al laicizar ,dio origen a la
tradicional división tripartita del feudalismo: sacerdotes, guerreros y trabajadores.
Vimos que el orden se había constituido como un grupo con privilegios legales,
una sociedad en la que las funciones tendían a ser fijas. Ello no implicó ausencia de
movilidad pero los cambios de posición social fueron poco frecuentes, limitados.
Durante los siglos de la transición del feudalismo al capitalismo, esta sociedad no
constituyó un mero vestigio del sistema medieval sino que fue el producto de nuevas
condiciones, del desarrollo de la economía mercantil y de la emergencia del Estado
moderno. La sociedad continuó siendo aristocrática y se organizó a partir del
privilegio de nacimiento y la riqueza territorial aunque ya en el siglo XVIII evidenció
fuertes fisuras por el crecimiento de la riqueza mobiliaria y de la burguesía.
Cada persona, por nacimiento o adquisición era miembro de los siguientes
estamentos.
1) El estamento eclesiástico:
Este contenía grupos diversos: a) Alto clero, enteramente formado por nobles,
con todos los privilegios. b) Bajo clero, curas aldeanos, provenientes del pueblo y
generalmente sin instrucción.
2) El estamento de la nobleza:
Conformado por: a) Alta nobleza principesca, de corte, con poder económico de
origen feudal b) Baja nobleza, generalmente rural Algunos compartirán las llamadas
46
nuevas ideas.
3 )El Tercer Estado:
Conjunto numéricamente mayoritario de los no nobles y no clérigos. Su grupo
superior era la burguesía, reducido comparado con la masa campesina y sectores
populares de las ciudades. Era un estamento poco homogéneo. Soportaba el grueso de
los tributos e impuestos reales, además del diezmo.
Fue una sociedad atravesada por múltiples tensiones y conductas cambiantes.
La burguesía por ejemplo asumió el compromiso mercantilista, se alió con el monarca
y se convirtió en nobleza de toga. Cuando se sintió fuerte para dominar el mercado
mundial abandonó las prácticas mercantilistas e impulsó el libre cambio y la
revolución.
A partir de la Revolución Francesa de 1789 este mundo de privilegios comenzó a
ser identificado como "Antiguo Régimen".
Lo político
En cuanto a la realidad política, en la Europa continentaL en estos siglos de
transición, los nobles, impactados por la crisis, se asociaron al monarca sobre todo en
forma individual y no en base a derechos corporativos. Asimismo, algunos sectores de
la burguesía de las ciudades disminuyeron su vitalidad y se orientaron al
ennoblecimiento. Se consolidó la nobleza de toga, despreciada por la de espada; sin
embargo, ambas fueron a parar a la corte real un mundo visible de privilegios. Los
monarcas absolutos eran poderosos personajes públicos. Poseían la capacidad de
hacer leyes, administrar la justicia, percibir los impuestos y el derecho a tener
ejércitos, entre otros.
Paralelamente los estamentos vieron debilitada su capacidad para asociarse al
gobernante en cuestiones de gobierno. Fue el rey absoluto, entonces, quien asumió el
manejo y fomento de actividades económicas e incrementó su propia capacidad de
mando por:
* Nuevas exigencias militares del concierto internacional
* Demandas de una regulación uniforme que abarcara todo un territorio. En
este sentido, la monarquía fue, según Perry Anderson, una poderosa arma que le
permitió desarrollar programas de integración territorial y centralismo
administrativo y, a la vez, liberarla de las obligaciones legales anteriores, anular
privilegios e ignorar derechos y libertades privadas.
* Capacidad para producir leyes, que no lo limitaron, y hacerlas cumplir en
forma abarcativa.
Con Luis XIV el absolutismo llegó a su apogeo en la Francia del siglo XVII, quién
pudo expresar: "El Estado soy yo". Sólo estaba sujeto a la ley de Dios (origen divino del
poder) y a las costumbres del reino.
Hay polémicas (Revista Past and Present) en torno a las fuerzas que
determinaron la aparición del absolutismo. Para algunos historiadores fue la
expresión de las fuerzas feudales. La persistencia de la renta feudal probaba que el
absolutismo se constituyó como un aparato reorganizado y potenciado de dominio
feudal (Anderson, HiU Dobb, Althusser). Otros (Marx, Engels, Mousnier) le atribuyen
un papel mediador: es la teoría bonapartista del Estado Absolutista. Es una fuerza que
equilibra a la nobleza feudal y la nueva burguesía urbana pero tiende a favorecer a
47
ésta que sería la piedra angular del poder monárquico.
En realidad no se trata ya del viejo poder monárquico estamental feudal propio
del mundo medieval sino que representa un cambio decisivo en el cual la
determinación es lo feudal pero fueron apareciendo elementos burgueses cuyo peso
creció en el siglo XVIII.
La política económica de los Estados absolutistas fue mercantilista, lo que les
permitió alejar a la población de cuestiones políticas y afrontar los enormes gastos del
sistema (corte). El mercantilismo implicó, en este contexto, un proteccionismo
estricto de la actividad manufacturera y comercial del país frente a la competencia
externa. En Francia ello llevó al desarrollo económico y con ello a la expansión de lo
que más importaba al rey y a sus representantes: la base impositiva del país. A su vez,
los límites impuestos al comercio de granos, las barreras aduaneras entre las
provincias entre otros, protegieron a una parte de los intereses locales, pero sobre
toch, resguardaron de los efectos de las malas cosechas y de la carestía, del hambre y
de las sublevaciones a París que era la zona más importante políticamente para el rey.
Inglaterra representó un modelo diferente ya que, en forma paralela a los
cambios económicos, los sectores propietarios ingleses, crearon el marco institucional
que protegería sus intereses. Efectivamente, durante el siglo XVII se produjeron
revoluciones (1648 y 1688) que tendieron a consolidar las tradiciones, entendidas
como el Derecho Común (Carta Magna, Parlamento).
Estas revoluciones terminaron con los intentos de monarquía absoluta en
Inglaterra. Sus impulsores se alineaban dentro del puritanismo que era una corriente
religiosa, heredera del calvinismo pero más amplia y flexible. Bregaban por la libertad
de conciencia y la lectura de la Biblia y pretendían purificar la iglesia. Atraía a los
pequeños empresarios de las zonas más desarrolladas y a sectores de la gentry cuyas
bases de poder estaban dadas por sus propiedades cercadas y orientadas a la
agricultura y ganadería y su acceso a la Cámara de los Comunes. También a algunos
nobles, ricos mercaderes y artesanos, tenderos y labradores. Así, el puritanismo,
realizó una función fundamental para mantener unidos a los elementos de oposición
al absolutismo.
La última etapa del cambio político fue la revolución de 1688 que terminaría
estableciendo el triunfo del Parlamento sobre el rey; instaurándose una monarquía
parlamentaria que reemplazó al sistema absolutista y entregando la corona a una
nueva casa real: los Hannover.
Será la época de oro de los grandes propietarios que conquistaron su libertad
para hacer los grandes negocios que promoverán la transformación de Inglaterra. El
ideólogo de la revolución fue Locke que sostenía que todos los hombres tienen
derecho natural a la vida, la libertad y propiedad, la seguridad y resistencia a la
opresión. Las leyes debían asegurarlos.
Los gobiernos, según su planteo, nacen por contrato voluntario de estos hom
bres y la protección de sus intereses individuales. Este gobierno es responsable ante el
pueblo y sus poderes se limitan por la ley moral El pueblo puede remover al gobierno
si no protege sus derechos. El gobierno ideal es el de una monarquía limitada por el
Parlamento. Los poderes se dividen en Legislativo, ejecutivo, judicial y federativo para
asuntos externos. Votaban sólo los grandes propietarios. El Parlamento era
representante de un pequeño número de nobles y comerciantes cuyos intereses se
48
combinaban de diferentes formas.
El camino de los derechos civiles en Inglaterra fue el de la ampliación de los
privilegios feudales a derechos que irían haciéndose extensivos a capas cada vez más
amplias de la sociedad en un proceso lento de dos siglos. Estas revoluciones inglesas
permiten observar un cambio político de gran magnitud, la destrucción de una iglesia
de Estado, las batallas en torno a la "libertad religiosa", debates ideológicos, el
surgimiento de grupos con aspiraciones democráticas de un radicalismo insurgente y
por otra parte se trata de un fenómeno que tiene repercusiones internacionales. La
consecuencia más importante fue quizás el cambio en las creencias y valores, los
debates socavaron el supuesto de que la nación debe ser una sociedad religiosa única,
separó la pertenencia religiosa del sometimiento al poder civil dio fuerza a la idea de
que las libertades políticas y religiosas deben marchar juntas. Las ideas, argumentos y
programas políticos de la era revolucionaria ofrecieron nuevas perspectivas de
gobierno y libertad
Lo cultural
Las transformaciones culturales resultan relevantes en estos siglos en los que se
intensificaron los cuestionamientos al escolasticismo. Recordemos que la crisis del
siglo XIV dio lugar a una cultura laica ya que reforzó la razón y modificó algunos
conceptos claves como el de Dios, la naturaleza y el protagonismo del hombre en el
mundo. Esta cultura incorporó también un nuevo sentido de la muerte que apareció
como fuerza impersonal ni benigna ni maligna, que acontecía a todos por igual e
inexorablemente. Esto acentuó la necesidad de gozar de la vida, de trascender en el
mundo a través de manifestaciones culturales que identificaran y glorificaran al au
tor, y que se convirtieran en instrumentos de celebración social Estos elementos
formaron parte de la nueva cosmovisión humanística, cuya aparición no podría mos
precisar con exactitud, pero que aspiró a una visión unitaria del saber, a la concordia
universal y a la búsqueda de la verdad en todas sus formas, a través de la razón. Esta
perspectiva no cuestionó el núcleo básico de la visión cristiana (existencia de Dios,
inmortalidad del alma y fe en la virtud moral), pero sí proclamó la autonomía y la
dignidad del ser humano. Aunque no construyeron sistemas filosóficos, los
humanistas, introdujeron la crítica y el individualismo desde donde estudiaron y
dieron nuevos sentidos a los clásicos, negando las distorsiones introducidas por el
cristianismo, que jamás recuperó la hegemonía de la que había gozado hasta entonces.
Por otro lado, el humanismo hizo su aporte a la nueva sensibilidad que se había
creado desde los horrores del siglo XIV, impregnada de angustia existencial por la
cuestión del pecado y el infierno. Ello dio lugar a nuevas formas de piedad popular
como las peregrinaciones o el culto a la virgen que no encontraron eco en la Iglesia de
Roma en la que se habían aflojado muchas de las prácticas religiosas tradicionales y
priorizado lo mundano y las ambiciones territoriales o estatales. Esta situación más
un conjunto de factores sociales, políticos y económicos promovieron el desarrollo de
la llamada Reforma Protestante. El movimiento, de múltiples facetas, destruyó la
unidad del mundo cristiano y consolidó nuevas doctrinas como el luteranismo, el
calvinismo o el anglicanismo, para nombrar a las más importantes, cuyo impulso
también se vio favorecido por la necesidad de los Estados de reforzar su poder,
obtener recursos y crear iglesias de sesgo nacional.
49
Hacia fines del siglo XVI, comenzaron a surgir tendencias que aspiraban a
ordenar los conocimientos a través de criterios, métodos y la conformación de
sistemas, descollando en este plano, en el siglo siguiente, la filosofía de Descartes de
base racionalista. Los pensadores de esta etapa recurrieron a la razón y a la
experiencia; la fecundidad confusa de los escritos precedentes fue sustituida por obras
construidas con enorme rigor lógico. Ello condujo a la revolución científica del siglo
XVII y a la pérdida de prestigio de la física aristotélica, sobre todo cuando se admitió
que fe y razón pertenecían a distintos dominios. No nació en las Universidades, sino
que fue producto de algunos universitarios, pero sobre todo de hombres comunes,
autodidactas, que establecieron los fundamentos de dicha revolución y se dispusieron
a conocer sin prejuicios y a difundir sus ideas en "ensayos", "diálogos", "discursos". Es
el siglo en que Kepler completará la obra de Copérnico demostrando que la órbita de
los planetas era elíptica y de Galileo, fundador de la dinámica a partir del
establecimiento de la ley de caída de los cuerpos. Este último fue condenado por la
Inquisición (1633) por sus aportes a la astronomía mediante el uso del telescopio y las
lentes de cuarzo, no de vidrio, que confirmaron la teoría heliocéntrica.
Por su parte, Bacon proclamó la necesidad de consultar a la naturaleza sin
orientaciones preliminares y conocerla mediante la experiencia y métodos inductivos.
En su primera etapa, los avances científicos se mezclaron con elementos de la filosofía
hermética, de la magia, de la alquimia: el mismo Newton, que postuló la existencia de
un tiempo absoluto y matemático que sucede sin relación con ningún fenómeno
exterior, fue caracterizado como el "último mago y el primer científico moderno" ya
que además de elaborar la teoría de la gravitación, se ocupó de la alquimia seria y
sistemáticamente.
Toch este riquísimo movimiento, que sólo mencionamos para entender las
características del siglo, albergó también a una supuesta "República de las
Letras",término creado en 1417 por el humanista veneciano Francisco Barbaro. Se
trata de una suerte de "comunidad imaginada" integrada por las redes de sociabilidad
intelectual (literatos, hombres de ciencia, filósofos, etc.), fundadas en la libertad de
pensamiento y en usos y costumbres que estipulaban la comunicación, la cooperación
y el intercambio. Aunque sus miembros se apasionaron por el conocimiento -todavía
no especializado- fundado en la razón y la libertad, y compartieron valores, también
rivalizaron entre sí y muchas veces disputaron autorías de diversas obras e ideas.
Asimismo, aunque proclamaron la igualdad entre ellos, las mujeres no tuvieron la
misma cabida, salvo excepciones.
En estos ambientes culturales cuya dinámica fue favorecida o limitada por las
actitudes de los poderes políticos, se difundieron profundas críticas al dominio
teológico de la moral y la renuncia a todo cuanto pudiera exaltar la existencia
mundana y apartar al hombre de la necesaria preparación para la vida celestial La
nueva moral buscó la felicidad en este mundo y así lo proclamaron sus cultores sin
reservas, en círculos de sociabilidad elegantes, a la vez que evitaron la referencia a la
realidad de la muerte. Ello se vincula, desde el temprano siglo XVII, con proyecciones
hacia el XVIII, con el fenómeno del libertinismo, tanto erudito como de costumbres,
que propuso la más amplia libertad en la búsqueda de los placeres, el pensamiento, el
amor, las creencias. Estos "libertinos" a través de sus escritos fundados en una nueva
racionalidad -no carente de escepticismo- y de sus prácticas, introdujeron
50
cuestionamientos a la moral, la hipocresía y las supersticiones propias del Antiguo
Régimen. Sus producciones literarias jugaron con la crítica de ese mundo, de la moral
cristiana, de los prejuicios y ataduras e imaginaron otro en el que fuera posible el
ejercicio de la libertad de pensamiento, la igualdad, el progreso, la lucha contra la
ignorancia mediante la educación y la paz. Una vida por lo general cómoda, permitió
a los libertinos este tipo de expresiones propias de la laicización de la cultura, que
incluyeron la pornografía, el erotismo, los deseos y la lascivia humana, como
instrumentos para lograr el goce y el equilibrio entre el cuerpo y el espíritu.
En esta deriva, se modificaron también las concepciones sobre el hombre y la
sociedad Baruch Spinoza en su Tratado teológico-politico publicado en 1670 sostuvo
que la razón no debía someterse a las escrituras y que la finalidad del Estado era la
libertad Por su parte, Pierre Bayle (1647-1706) insistió en la autonomía de la moral
iniciando el primer periódico de crítica «Nouvelles de la Republique des Lettres» en el
que, como en todas sus obras, la separa de la religión. Considera que las guerras y
persecuciones religiosas prueban la maldad de lo religioso, frente a lo bueno de la vida
a través de una moral libertina. Bayle, de origen francés pero exiliado en Holanda ,
publicó su Diccionario Histórico y Crítico de 1697, que influyó en el pensamiento
ilustración del siglo XVIII.
Así como la nueva moral contradijo y desafió a la moral religiosa tradicional el
desarrollo del derecho natural se opuso al clásico derecho divino de los reyes. Sus
raíces se hundían en la antigüedad, se conocieron en el Medioevo y luego renacieron
en los siglos XVI y XVII. Acercándose a un platonismo estoico o cristiano sostuvo la
existencia de esencias que existirían por sí mismas al margen de la voluntad humana
o la de Dios. Entre ellas figuraban los derechos naturales de los individuos, el estado
de naturaleza en el que los hombres son libres e iguales entre sí. Las dificultades que
enfrentaron condujeron a su integración en la sociedad para gozar de estos derechos
naturales. La constituyeron mediante un contrato social cuyo fin es el bien común
garantizado por leyes comunes e iguales para todos. Estas teorías respondieron a los
problemas y conflictos propios de este siglo.
Todos estos elementos, que describimos someramente, alimentaron la
renovación cultural del siglo XVIII en la que se destacó el movimiento de la
Ilustración que, a partir de la reflexión crítica sobre la sociedad, contribuyeron a
promover la transformación política y social del mundo moderno.
51
LA PRIMERA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y EL CAPITALISMO
Versión libre y sintética de HOBSBAWM, Eric J. (1974). “La Primera Revolución Industrial”, en
Las revoluciones burguesas. Madrid, Guadarrama. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la
Cátedra de Historia Social General.
52
suministrar un mecanismo para la acumulación de capital utilizable por los sectores
más modernos de la economía. Otras funciones, probablemente menos importantes,
eran las de crear un mercado suficientemente amplio entre la población agraria y
proporcionar un excedente para la exportación que ayudase a las importaciones de
capital. En conjunto se aceptaba que el dinero no sólo hablaba, sino que gobernaba.
Todo lo que un industrial necesitaba adquirir para ser admitido entre los regidores de
la sociedad, era bastante dinero.
Las primeras manifestaciones de la revolución industrial ocurrieron en una
situación histórica especial, en la que el crecimiento económico surgía de las decisiones
entrecruzadas de innumerables empresarios privados e inversores, regidos por el
principal imperativo de la época: comprar en el mercado más barato para vender en el
más caro. Lo que necesitaban no era cualquier clase de expansión (por ejemplo,
depender de la demanda existente) sino una revolución industrial que generara una
aceleración sin igual en la expansión de sus mercados. Dado que ya se habían puesto en
la Inglaterra de finales del siglo XVIII los principales cimientos sociales de una
sociedad industrial, se requerían dos cosas: primero, una industria que ya ofrecía
excepcionales retribuciones para el fabricante que pudiera aumentar rápidamente su
producción total, si era menester, con innovaciones baratas y sencillas, y segundo, un
mercado mundial ampliamente monopolizado por la producción de una sola nación.
Por otra parte, tenía una economía lo bastante fuerte y un Estado lo bastante
agresivo como para apoderarse de los mercados de sus competidores. Las guerras de
1793-1815, última fase del duelo librado durante un siglo por Francia e Inglaterra,
eliminaron virtualmente a todos los rivales del mundo extraeuropeo, con la excepción
de los jóvenes Estados Unidos. Además, Inglaterra poseía una industria
admirablemente equipada para acaudillar la revolución industrial en las
circunstancias capitalistas, y una coyuntura económica que se lo permitía: la industria
algodonera y la expansión colonial.
II
53
proporcionaban la casi totalidad de sus cosechas de algodón.
De este modo, la industria del algodón fue lanzada como un planeador por el
impulso del comercio colonial al que estaba ligada; un comercio que prometía una
rápida e imprevisible expansión que excitaba a los empresarios a adoptar las técnicas
revolucionarias para conseguirla. En términos mercantiles la Revolución Industrial
puede considerarse, salvo en unos cuantos años iniciales, hacia 1780-1790, como el
triunfo del mercado exterior sobre el interior: en 1814 Inglaterra exportaba cuatro
yardas de tela de algodón por cada tres consumidas en ella; en 1850 trece por cada
ocho... La importancia mayor la adquirían los mercados coloniales o semicoloniales que
la metrópoli tenía en el exterior. Luego de las guerras napoleónicas, abierta Europa de
nuevo a las importaciones británicas, consumió 128 yardas de algodones ingleses, y
América (salvo Estados Unidos), África y Asia, 80 millones, pero en 1840 Europa
consumiría 200 millones, mientras que las zonas subdesarrolladas consumirían 529
millones.
Dos regiones merecen un examen particular. Hispanoamérica vino a depender
virtualmente casi por completo de las importaciones británicas durante las guerras
napoleónicas, y después de su ruptura con España y Portugal, se convirtió casi por
completo en una dependencia económica de Inglaterra, aislada de cualquier
interferencia política de los posibles competidores de este último país. Las Indias
Orientales habían sido el exportador tradicional de mercancías de algodón, impulsadas
por la Compañía de Indias. Pero cuando los nuevos intereses industriales
predominaron en Inglaterra, los intereses mercantiles de las Indias Orientales se
vinieron abajo. La India fue sistemáticamente desindustrializada y se convirtió a su vez
en un mercado para los algodones del Lancashire. En 1840, el subcontinente asiático
llegó a adquirir 145 millones de yardas de algodón inglés. Esto suponía no sólo la
expansión de los mercados, sino que Europa, que siempre había importado de Oriente
mucho más de lo que allí vendía, trastocaba estas relaciones, por primera vez, por las
telas de algodón para camisas de la revolución industrial.
Por otro lado, la industria algodonera también ofrecía otras condiciones que la
hacían posible. Los nuevos inventos que la revolucionaron –máquinas de hilar, husos
mecánicos y un poco más tarde los poderosos telares– eran relativamente sencillos y
baratos y compensaban sus gastos de instalación con una altísima producción. Podían
ser instalados por pequeños empresarios que empezaban con unas cuantas libras
prestadas, pues los hombres que controlaban las grandes concentraciones de riquezas
del siglo XVIII no eran muy partidarios de invertir cantidades importantes en la
industria. La expansión de la industria pudo financiarse fácilmente al margen de las
ganancias corrientes, pues la combinación de sus conquistas de vastos mercados y una
continua inflación de precios produjo fantásticos beneficios.
Pero la fabricación del algodón tenía otras ventajas. Toda la materia prima venía
de afuera, por lo cual su abastecimiento podía aumentarse con los drásticos
procedimientos utilizados por los blancos en las colonias –esclavitud y apertura de
nuevas áreas de cultivo– más bien que con los lentísimos procedimientos de la
agricultura europea.
El cambio evidente de la expansión industrial en el siglo XVIII, tanto en Sajonia y
Normandía como en Inglaterra, era no construir talleres, sino extender el sistema
llamado "doméstico", en el que los trabajadores, artesanos independientes o
54
campesinos con tiempo libre elaboraban el material en bruto en sus casas recibiéndolo
de y entregándolo de nuevo, a los mercaderes que estaban a punto de convertirse en
empresarios. En la industria del algodón esos procedimientos se extendieron mediante
la creación de grupos de tejedores manuales domésticos que servían a los núcleos de
los telares mecánicos, por ser el trabajo manual primitivo más eficiente que el de las
máquinas. En todas partes el tejer se mecanizó al cabo de una generación, y en todas
partes los tejedores manuales murieron lentamente, y en ocasiones se rebelaron contra
su terrible desgracia, cuando ya la industria no los necesitaba para nada.
III
55
material en bruto, fue drásticamente rebajado por la rápida expansión del cultivo del
algodón en los Estados del Sur de Norteamérica.
Después de 1815 estas ventajas se vieron cada vez más neutralizadas por la
reducción del margen de ganancias. En primer lugar, la revolución industrial y la
competencia causaron una constante y dramática baja en el precio del artículo
terminado, pero no en los diferentes costos de la producción. En segundo lugar, después
de 1815, el ambiente general de los precios era de deflación y no de inflación, o sea que
las ganancias padecían una ligera baja. Pese a ello era posible la acumulación de
capital. Sobre todo, si se reducían los costos. Y de todos los costos, el de los jornales era
el que más se podía comprimir.
Pero había un límite fisiológico a tales reducciones, si no se quería que los
trabajadores murieran de hambre. Sólo si el costo de la vida descendía podían
descender más allá de ese punto los jornales. Los fabricantes de algodón opinaban que
ese costo se mantenía artificialmente elevado por el monopolio de los intereses de los
hacendados, agravado por las tremendas tarifas protectoras con las que un parlamento
de terratenientes había envuelto la agricultura británica después de las guerras –las
"Corn Laws", las leyes de cereales–. Lo cual tenía, además, la desventaja de amenazar el
crecimiento esencial de las exportaciones inglesas. Pues si al resto del mundo todavía
no industrializado se le impedía vender sus productos agrarios, ¿cómo iba a pagar los
productos manufacturados que sólo Inglaterra podía y tenía que proporcionarle?
Manchester se convirtió en el centro de una desesperada y creciente oposición
militante al terratenientismo en general y a las "Corn Laws" en particular.
Así, pues, la industria se veía obligada a mecanizarse, a racionalizarse y a
aumentar su producción y sus ventas, sustituyendo por un volumen de pequeños
beneficios por unidad la desaparición de los grandes márgenes. Su éxito fue vario. El
aumento efectivo en producción y exportación fue gigantesco; también, después de
1815, lo fue la mecanización que tomó principalmente más bien la forma de una
adaptación o ligeras modificaciones de la maquinaria ya existente que la de una
absoluta revolución técnica. La industria algodonera británica se estabilizó
tecnológicamente en 1830, pero el verdadero y trascendental aumento de operaciones
no ocurriría hasta la segunda mitad del siglo.
IV
56
gracias, sobre todo, a la relativa escasez de bosques en la Gran Bretaña.
El crecimiento de las ciudades había hecho que la explotación de las minas de
carbón se extendiera rápidamente desde el siglo XVI. En el siglo XVIII era
sustancialmente una primitiva industria moderna, empleando incluso las más
antiguas máquinas a vapor para sondeos y extracciones. Por ello sus innovaciones
fueron más bien mejoras que verdaderas transformaciones en la producción. Pero su
capacidad era ya inmensa y, a escala mundial, astronómica.
Esta inmensa industria, aunque probablemente no lo bastante desarrollada para
una verdadera industrialización masiva a moderna escala, era lo suficientemente
amplia para estimular la invención básica que iba a transformar a las principales
industrias de mercancías: el ferrocarril. Las minas no sólo requerían máquinas a vapor
sino también unos eficientes medios de transporte para trasladar las grandes
cantidades de carbón desde las galerías a la bocamina. Y especialmente desde ésta al
punto de embarque. El "tranvía" o "ferrocarril" por el que corrieran las vagonetas era
una respuesta evidente.
Impulsar estas vagonetas por máquinas fijas era tentador, impulsarlas por
máquinas móviles no parecía demasiado impracticable. La línea férrea desde la zona
minera interior de Durham hasta la costa (1825) fue la respuesta. Técnicamente, el
ferrocarril es el hijo de la mina, y especialmente de las minas de carbón del Norte de
Inglaterra.
Sin duda su capacidad para abrir caminos hacia países antes separados del
comercio mundial por el alto precio de los transportes, el gran aumento en la velocidad
y el volumen de las comunicaciones terrestres, para personas y mercancías, iban a ser a
la larga, de la mayor importancia. El inmenso apetito de los ferrocarriles, apetito de
hierro y acero, carbón y maquinaria pesada, trabajo e inversiones de capital, fue más
importante en esta etapa y contribuyó a la transformación radical de las grandes
industrias y a la producción masiva de hierro y carbón.
La razón de esta súbita, inmensa y esencial expansión estriba en la pasión,
aparentemente irracional, con la que los hombres de negocios e inversionistas se
lanzaron a la construcción de ferrocarriles. El hecho fundamental en Inglaterra, en las
dos primeras generaciones de la revolución industrial, fue que las clases ricas
acumularon rentas tan de prisa y en tan grandes cantidades que excedían a toda
posibilidad de gastarlas e invertirlas. La clase media que formaba el núcleo principal de
inversionistas era ahorrativa más que derrochadora, aunque en 1840 había muchos
síntomas de que se sentía lo suficientemente rica para gastar tanto como invertía. Estos
sectores continuaban acumulando riqueza en medio de una población hambrienta,
cuya hambre era la contrapartida de aquella acumulación. El destino de sus ahorros
eran las industrias, claro es, pero no eran suficientes más que para absorber una parte
del superávit disponible para inversiones.
Las inversiones en el extranjero eran una magnífica posibilidad. El capital
británico estaba dispuesto al préstamo. Pero ¡ay! los empréstitos sudamericanos que
parecieron tan prometedores en la década 1820-1830 y, los norteamericanos en la
siguiente no tardaron en convertirse en papeles mojados; por lo tanto, es natural que el
capital invertido en el exterior, en los auges especulativos de 1825 y 1835-1837, buscara
un empleo menos decepcionante.
En realidad, encontró los ferrocarriles, cuya creación rapidísima y a gran escala
57
no hubiera sido posible sin ese torrente de dinero invertido en ellos, especialmente en
la mitad de la década 1830-1840. Lo cual fue una feliz coyuntura, ya que los
ferrocarriles lograron resolver virtualmente y de una vez todos los problemas del
crecimiento económico.
58
pobres. Los hombres debieron verse atraídos hacia las nuevas ocupaciones u obligados
a aceptarlas. De lo contrario, el desarrollo industrial británico hubiera sido tan difícil
como lo fue en Francia por la estabilidad y relativo bienestar de su clase campesina y
de la pequeña burguesía, que privaban a la industria del aumento de trabajadores
requerido.
Para formar una mano de obra experta y eficaz, la solución británica consistió en
un sistema laboral draconiano, pero sobre todo en la práctica de retribuir tan
escasamente al trabajador que éste necesitaba trabajar intensamente toda la semana
para alcanzar unos salarios mínimos. Otro procedimiento para asegurar la disciplina
laboral fue el subcontrato o la práctica de hacer de los trabajadores expertos los
verdaderos patronos de sus inexpertos auxiliares. De hecho, la industrialización
británica descansó sobre aquella inesperada aportación de los grandes expertos con los
que no contaba el industrialismo continental.
Junto a tales problemas de provisión de mano de obra, el de la provisión de
capital carecía de importancia. A diferencia de la mayor parte de los otros países
europeos, no hubo en Inglaterra una disminución de capital inmediatamente
invertible. Por otra parte, el rico siglo XVIII estaba preparado para emplear su dinero
en ciertas empresas beneficiosas para la industrialización, transportes y minas de las
que los propietarios obtenían rentas, incluso cuando no las explotaban directamente.
Tampoco había dificultades respecto a la técnica del comercio y las finanzas,
privadas o públicas. Los bancos, letras de cambio, modalidades del comercio exterior,
eran conocidas y numerosos los hombres que podían manejarlas o aprender a hacerlo.
Además, a finales del siglo XVIII, la política gubernamental estaba fuertemente
enlazada a la supremacía de los negocios. En teoría, muchas leyes e instituciones
financieras eran torpes, pero en la práctica los ingleses se las arreglaban perfectamente
y con frecuencia mucho mejor que sus rivales.
De esta manera casual, improvisada y empírica se formó la primera gran
economía industrial. Según los patrones modernos era pequeña y arcaica, y su
arcaísmo sigue imperando hoy en Inglaterra. Y tanto Inglaterra (verdadero "taller del
mundo") como el mundo sabían que la revolución industrial, iniciada en aquellas islas
por y a través de los comerciantes y empresarios, cuya ley era comprar en el mercado
más barato y vender sin restricción en el más caro, estaba transformando al mundo.
Nadie podía detenerla en este camino. Los dioses y los reyes del pasado estaban
inermes ante los hombres de negocios y las máquinas de vapor del presente.
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LA ILUSTRACIÓN
Versión libre y sintética de ENCISO, Luis Miguel (2001). La Europa del siglo XVIII. Barcelona,
Ediciones Península. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de Historia Social
General.
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por las ciencias de la naturaleza y sus aplicaciones.
Si la visión del mundo, sometida a categorías de razón, cambió, también se
modificaron las explicaciones sobre la persona y la sociedad. El hombre, como parte de
la naturaleza, debía obedecer a las leyes naturales al igual que las órbitas celestes, y
dichas leyes tenían que ser también susceptibles de ser descubiertas mediante la
observación y la inducción.
Disipadas, a través de las «luces», las «nubes de la ignorancia», el hombre sería
mejor y viviría de forma más perfecta, tanto en su dimensión individual o familiar
como en la social. El gran mito que acompaña a este nuevo destino es la felicidad. La
palabra suscita ecos prolongados en todos los países a lo largo del siglo y encuentra
fórmulas explicativas diversas en la novela, el ensayo, la poesía y la filosofía. Se busca la
felicidad privada, pero también la «felicidad pública». Su búsqueda no se concibe como
una persecución egoísta de cada individuo, sino como una articulación en donde lo
individual y lo social se armonizan.
El entusiasmo por los saberes y la búsqueda de la felicidad y el progreso para la
persona y la sociedad implicaban un amplio plan educativo. Educación, instrucción
pública y cultivo de la inteligencia, son los cauces para la mejora del individuo y para la
mejora de la sociedad. Así, era natural que, en opinión de los ilustrados la educación
sea “el motor principal de los cambios”, que opere con todo lujo de instrumentos y que
afecte, no sólo a lo particular sino al ámbito completo de la sociedad.
El pensamiento ilustrado
Pocas veces el espíritu humano buscó tan denodadamente como en el siglo XVIII
una base filosófica para explicar la vida y actividades de los hombres. La filosofía
compite con la teología, y en buena parte, la sustituye, y el arte de filosofar se
generaliza. El “filósofo”, con mayor o menor decisión, trataba, como dijera Diderot, de
hacer la filosofía recomendable a los ojos del vulgo y demostrársela acompañada de la
utilidad; es decir, aspiraba a desarrollar una tarea práctica, útil, comprometida.
Los pensadores tendieron a comunicarse, a filosofar juntos, en cierto grado, a
asociarse. En Francia surgió, en torno a la Enciclopedia, un grupo de presión de
intención reformadora en el que se promovió toda clase de debates, incluso el político.
En Inglaterra no existió nada semejante, tal vez porque había verdaderos partidos
políticos, en los que el debate era habitual, y una opinión pública más viva y libre. Las
discusiones intelectuales contaban con marcos muy diversos: el periódico, el gabinete
de lectura, el club, el café. Aunque el nivel teórico no fuese elevado y, más que alentar
nuevas ideas, se difundiesen las ajenas, no dejaron de tener importancia los “filósofos
de café”. Reuniones semejantes se dieron en otros países.
La filosofía de la Ilustración estaba proyectada para un público amplio. Los
autores usan, en vez del latín de otras épocas, las respectivas lenguas nacionales; se
manejan con un lenguaje más directo y se enfrentan con temas que preocupan, no sólo
a los intelectuales, sino al hombre de cultura media. Además, los avances de la
imprenta y la librería y la ayuda de la prensa facilitaban la difusión de los textos. Al
escribir para muchas personas se contaba con una ventaja: la claridad.
El pensamiento ilustrado trató de limitar los desórdenes y superficialidades de la
escolástica decadente. Y se consideró del máximo interés a la razón y conocer sus
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métodos y realizaciones. En vez de la metafísica, la ciencia especulativa o las grandes
ideas, interesan, sobre todo en la segunda mitad del siglo, la teoría del conocimiento, la
ciencia positiva y la ciencia «útil», el desarrollo de las ideas y métodos de Bacon, Locke,
Newton o Galileo, y la definición de temas conectados con la vida real, como la
naturaleza, la razón, el progreso, la felicidad, la filantropía. En otro terreno, la idea de
Dios, de la religión, de la inmortalidad, se pasarán por el cedazo crítico de los deístas, o
el agnóstico de los materialistas o los sensualistas. Más aún: el pensamiento ilustrado
traerá una filosofía de la Ilustración, del derecho, de una ética basada en las virtudes
naturales. Todo ello condujo a un optimismo, fundamentado en la fuerza de la razón y
de las normas naturales.
Se debe a Paul Hazard haber sabido ver antes que otros la crisis que experimentó
la “conciencia europea” a fines del siglo XVII. Es mérito suyo, además, haber fijado los
límites cronológicos de esta crisis—1684-1715—y haber sistematizado su contenido.
“Entre el Renacimiento, del que procede [...] y la Revolución francesa, que
prepara, no hay crisis más importante en la historia de las ideas. A una civilización
basada sobre la idea del deber [...] los “nuevos filósofos” han intentado sustituirla con
una civilización fundada en la idea del derecho: los derechos de la razón, los derechos
del hombre y del ciudadano”. “La jerarquía, la disciplina, el orden que la autoridad se
encarga de asegurar, los dogmas que regulan la vida firmemente: eso es lo que amaban
los hombres del siglo XVIII. Las trabas, la autoridad, los dogmas: eso es lo que detestan
los hombres del siglo XVIII. Los primeros son cristianos y los otros anticristianos; los
primeros creen en el derecho divino y los otros, en el derecho natural; los primeros
viven a gusto en una sociedad que se divide en clases desiguales, los segundos no
sueñan más que con la igualdad». En definitiva, se trataba de demoler el orden antiguo
y, para evitar la caída en el escepticismo, era menester “preparar los cimientos de la
ciudad futura”. ¿Cuáles eran éstos?: “una filosofía que renunciara a los sueños
metafísicos [...] para estudiar las apariencias que nuestras débiles manos pueden
alcanzar [...] Había que edificar una política sin derecho divino, una religión sin
misterio, una moral sin dogmas. Había que obligar a la ciencia a no ser más un simple
juego del espíritu, sino [...] un poder capaz de dominar la naturaleza; por la ciencia se
conquistaría, sin duda, la felicidad. Reconquistado así el mundo, el hombre lo
organizaría para su bienestar, para su gloria y para la felicidad del porvenir “.
La síntesis de Hazard puso en claro que el siglo XVII condicionó mucho la
evolución del pensamiento ilustrado. Tres nombres dejaron especial huella: Newton,
Leibniz y Locke.
El colosal avance de la ciencia en el siglo XVII conoce su plenitud con Isaac
Newton quien, gracias al cálculo infinitesimal, llegó al descubrimiento de las leyes de la
gravitación universal. Los principios del sistema newtoniano, contenidos en los
Principios matemáticos de la filosofía natural, no hacían de la física matemática, sino
que éstas eran el instrumento de que la física se servía para sus descubrimientos y
comprobaciones. Con Newton la observación, la experiencia y la expresión matemática
de la naturaleza adquirían un significado pleno.
Newton compuso una física de validez innegable e hizo una precisa aplicación de
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las matemáticas para definir los fenómenos naturales. En todo caso, los avances
científicos, la confianza en los datos proporcionados por la experiencia, conducirán a la
idea del progreso. “Todas las ciencias y todas las artes—escribía con desmesurado
entusiasmo un libertino comprometido como Fontenelle [...] cuyo progreso estaba casi
completamente detenido desde hace dos siglos, han recuperado en éste nuevas fuerzas
y han comenzado, por decirlo así, una nueva carrera. Estamos en un siglo que se va a
iluminar de día en día [...] de suerte que todos los siglos precedentes no serán más que
tinieblas en comparación”.
Otra figura de singular relieve fue Leibniz, quien había establecido su filosofía
sobre la base de las matemáticas. Matemático, físico, psicólogo, lógico, metafísico,
historiador, jurista, filólogo, diplomático, teólogo, moralista, había utilizado el análisis
cartesiano y la lógica de los conceptos distintos, pero en metafísica recorrió otros
derroteros. Al monismo spinoziano y al dualismo cartesiano él opuso la idea de
universo pluralista. El mundo, la unidad del mundo está constituida por una infinidad
de mónadas, unidades dinámicas que se despliegan en innumerables determinaciones.
Se da un continuo trasiego a nuevos estados; cada momento se compone de pasado y
futuro y se diferencia de todos los demás. Estas “traslaciones” están presididas por una
ley de continuidad, por la que se exige “permanecer en el cambio”.
Meta máxima del conocimiento, para Leibniz, son las verdades eternas y, en todo
caso, las contingentes, pero reducidas éstas a determinaciones racionales. El orden
material queda al descubierto en el sistema leibniziano, gobernado siempre por la
lógica. La física, regida por el principio de “razón suficiente”, parte de la experiencia y
traba los hechos hasta deducir de ellos—de su relación y determinación
mutua—“razones” y “consecuencias”.
Leibniz conquistó para lo individual un derecho inalienable. Si antes el término
“individual” se comprendía únicamente reducido a conceptos universales, ahora se le
considerará como el universo visto desde un lugar y un punto de vista determinado. En
definitiva, parte de la armonía preestablecida entre lo individual y lo universal,
reflejado lo uno en lo otro.
La tercera gran personalidad que iba a influir de modo decisivo en el
pensamiento ilustrado fue el inglés John Locke. Pensador (1632-1704) profundo, viajero
incansable, comprometido en política, conoció el pensamiento de Bacon, Descartes,
pero construyó un sistema de ideas propio. No era sólo filósofo, sino que supo teorizar
sobre política, pedagogía y hasta religión. Con razón ha podido escribir T. Egido que
Locke llegó a hacerse un “autor universal, que configura el pensar del siglo XVIII;
trasciende las universidades, los círculos doctos, para invadir los salones, las librerías
particulares, las conversaciones [...] Las obras de Locke, que saltaron pronto al
continente, moldearon las actitudes y la filosofía de la Ilustración, así como la política,
la moral y la literatura”.
Lo fundamental de su filosofía se contiene en su Ensayo sobre el conocimiento
humano (1690). Su presupuesto básico reside en que se abandonen las tesis metafísicas
y se centre la atención en el ser humano. ¿Cómo se forman las ideas, cómo se
combinan, cómo las guarda la memoria? No hay ideas innatas. Los conceptos, las ideas
abstractas, la propia razón proceden de la percepción sensible y de la experiencia.
Sobre la base de estos principios, Locke construye una moral. Sentimos placer o dolor, y
de ahí nos viene la idea de lo útil y de lo perjudicial, lo permitido y lo prohibido. La
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moral lockiana se funda en realidades psicológicas y, por esta razón, posee un carácter
de certeza que no poseería si dependiera de alguna obligación exterior.
La actividad intelectual continuaba siendo para él algo incorpóreo, algo que se
transforma, por el pensamiento, en una función del alma. Sin embargo, su afirmación
de que los conceptos dependen de la sensación explica que se le haya considerado
padre del sensismo moderno y la hipótesis de que la verdad sólo puede concebirse por
la concordancia de los conceptos adquiridos a través de la conciencia ha hecho de él un
eslabón definitivo para explicar el empirismo de la Ilustración. Con todo, estaba lejos
de ser un escéptico. “El conocimiento de las fuerzas de nuestro espíritu y de sus límites
basta para curar del escepticismo y de la negligencia a que se abandona uno cuando se
duda de poder encontrar la verdad”. También era religioso, pero como reducía la
creencia, esencialmente, a la fe en Cristo y el arrepentimiento se lo sitúa entre los
deístas.
El influjo de Locke se extendió a otros campos como el de las ideas políticas. En
su Ensayo acerca del origen, la extensión y el fin verdadero del gobierno civil crítica el
absolutismo y defiende el derecho de rebelión. El estado de naturaleza no es un estado
de ferocidad, como dijera Hobbes, pero tampoco es perfecto. Para remediar sus males,
el hombre instituyó un estado social, según el modelo del pacto. En una sociedad
política, los miembros que la componen se han despojado de su poder natural y lo han
puesto en manos de la sociedad, lo que no impide apelar a las leyes, si ésta lo ejerce
mal. El poder debe dividirse: poder legislativo, poder ejecutivo. Y si se usa mal, cabe la
rebelión. Los hombres son naturalmente libres e iguales, pero para mantener la
libertad y la igualdad era preciso un derecho político. El paternalismo desmesurado le
parece injustificable. En cuanto a la propiedad, Locke pensaba que Dios había dado
originariamente la tierra a los humanos, pero el trabajo había creado la propiedad
individual.
En suma, Locke era un puente entre lo antiguo y lo nuevo. No más “derecho de
conquista”, no más “derecho divino”, sino una adecuación entre el derecho natural y el
derecho político. Esta premisa se daba, según Locke, en la Inglaterra posterior a 1688.
Una tercera órbita de influencia lockiana es la de la moral social. En su Ensayo
sobre el entendimiento Locke afirma que la moral tiene un valor relativo para los
hombres. Según eso, le parece difícil reconocer una moral innata. Sin embargo, como
los hombres están hechos para vivir en sociedad, deben superar la anarquía. Lo que
conserva o aumenta nuestro placer, lo llamamos el bien; lo que conserva o aumenta
nuestro dolor, lo llamamos el mal. Obedecer las leyes civiles permite conservar nuestros
bienes, nuestra libertad, y así continuamos por la continuidad, por la seguridad de
nuestro placer. Si no las observamos nos exponemos a castigos y anarquía. La virtud
trae consigo la reputación; el vicio, la hostilidad y las críticas. Locke pensaba que el
bien social era un deber y afirmaba que una comunidad que cumpla su deber
prosperará.
Los deísmos
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sostenía que Dios no se preocupa de las acciones moralmente buenas o moralmente
malas, ya que las acciones son buenas o malas en virtud de la convención arbitraria de
las leyes humanas. Otro sector admite a Dios y a la providencia y acepta el carácter
obligatorio de la moral, pero niega la inmortalidad del alma y la vida eterna. El cuarto y
último grupo de Clarke corresponde a los que creen en un Ser único, eterno, infinito,
inteligente, omnipotente y omnisciente, creador, conservador, monarca supremo del
universo.
Hazard rastreó la existencia de otros deísmos en el siglo XVIII. Es decir, no hubo
un deísmo, sino varios. Y debe reconocerse que las corrientes deístas ganaron en
consistencia en la Inglaterra del siglo XVII. Dos notas definen el deísmo inglés del siglo
XVII: la negación de la religión revelada y la aceptación de una religión natural. Dos
son, a su vez, los postulados fundamentales de esta última: la creencia en Dios - lo que
les diferencia de los ateos—y la observancia de las leyes naturales.
La creencia en Dios de los deístas es, sin embargo, imprecisa. La verdad es que el
Dios de los deístas es “el Ser Supremo, arquitecto del mundo, cuya existencia se prueba
racionalmente por la naturaleza; que no obliga; que no interviene en el desarrollo de la
historia, una vez que ha hecho el mundo; pero al que hay que adorar, sobre todo, a
través de la naturaleza”.
Los deístas se “contentaban con creer que obraban libremente, en el sentido de la
fuerza oscura que aseguraba la conservación y el orden del universo. Adorando a un
Dios sin misterio, tenían la impresión de adherirse a una ley positiva”. La religión que
preconizaban les parecía verdaderamente ecuménica, “sin exclusivismos de revelación
alguna, donde lo único verdadero es la razón que le dicta y la naturaleza que le
modula”.
Con el término deísmo identificamos así, un cambio cualitativamente importante
en el pensamiento europeo, pero sobre todo en la experiencia religiosa después de las
guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Significó una articulación novedosa de la
religión, la ciencia, la moral y el Estado.
La moral natural
65
La Enciclopedia
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legitimidad del poder deriva del asentimiento de los gobernados. Es proverbial la
admiración de ciertos enciclopedistas por el pensamiento político y los moldes
institucionales británicos. La tarea de estos hombres, ligados por el interés hacia el
género humano y un recíproco sentimiento de benevolencia, fue inmensa.
Los ilustrados tenían frente sí una sociedad que no les gustaba. Para “reformarla”
se sirvieron de instrumentos tan diversos como la crítica, la ironía, la literatura, el
periodismo, las ciencias o el estudio riguroso de los fenómenos históricos, sociales y
políticos. El pensamiento ilustrado en estos últimos campos sirvió de base a los
ideólogos revolucionarios, pero, además, constituyó un punto de referencia
fundamental para el despotismo ilustrado— dada la armonía, rota en ocasiones, entre
los príncipes y los filósofos—o el primer aleteo de la política liberal.
Montesquieu. Cabeza de serie de esta cadena de pensadores fue Charles-Louisde
Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755). Magistrado bordelés, viajero infatigable,
su experiencia vital fue tan rica como su capacidad de estudio, su actividad de
investigador y su reflexión intelectual. Admirador de las instituciones políticas y de la
sociedad británica, fue siempre fiel a los postulados de la Ilustración. Su pensamiento
se refleja en una obra, más que extensa, de calidad.
Las Cartas persas (1721) constituyen una muestra singular de la corriente crítica
de la primera Ilustración y se refieren a la correspondencia de dos viajeros que llegan a
París y escriben a sus amigos de Persia. En el fondo lo que trata de hacer es la
comparación de dos mundos: el oriental y el occidental. Y ello le permite realizar una
sátira de costumbres y criticar muchas cosas. Fustiga, sobre todo, la unidad de la
religión, el absolutismo de Luis XIV, las costumbres cortesanas e incluso al Papa.
Pero la obra magna de Montesquieu fue El espíritu de las leyes (1748). El libro
constituye un hito en la evolución del pensamiento político y social. Con sensibilidad
histórica y gran capacidad crítica, se considera casi todo: geografía, economía, religión,
leyes, política. Yendo más allá que Hobbes, Locke o los populistas, se formulan tesis
esenciales para conocer la vida del hombre, de la sociedad, de las leyes y de los sistemas
de poder.
La primera tesis fundamental del autor es que las instituciones políticas
responden a un orden y se puede dar una explicación racional de ellas. Si las
instituciones obedecen a leyes positivas, éstas son las “relaciones necesarias que
derivan de la naturaleza de las cosas”. El espíritu es el principio que regula su
mecanismo, pero las leyes se ven condicionadas por la naturaleza del gobierno, el
clima, la clase de territorio, el comercio, la moneda, las costumbres, la población, la
religión. Existe, opina Montesquieu, una relación entre naturaleza y razón y esta
relación es el determinante común que presta unidad a todos los pueblos y a todos los
tiempos.
Su análisis de los regímenes políticos se ha hecho clásico. A su juicio, cabe
observar tres tipos de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. En el
republicano, donde el pueblo (democracia), o una parte del pueblo (aristocracia),
detenta la soberanía se basa en la virtud. En el sistema monárquico quien gobierna es
uno solo, pero con respeto a las leyes establecidas, y se basa en el honor. En regímenes
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despóticos el poder lo tiene un solo individuo, sin leyes ni reglas, y se basa en el temor.
La dignidad del hombre exige, en opinión de Montesquieu, una cierta libertad
(hacer lo que se debe querer). Las leyes establecen lo que se debe querer, y la libertad
no es el poder del pueblo, sino el de las leyes. Para evitar el abuso de poder,
Montesquieu preconiza la división de poderes. ¿El mejor ejemplo? El inglés, donde
existe una monarquía moderada con división de poderes: el legislativo en el pueblo y
los nobles; el ejecutivo, en el rey; el judicial, independiente. El espíritu de las leyes tuvo
gran éxito, alcanzó las veintidós ediciones en algunos meses y luego fue traducida a
múltiples lenguas. Sin embargo, la universidad, el clero y los sectores dirigentes
franceses la tildaron de atrevida, y en 1751 fue incluida en el Índice. Lo cierto es que su
obra, aun siendo contradictoria, realizó una crítica contra el sistema administrativo
(venalidad de los oficios y de la justicia, desigualdad ante el impuesto) que predispuso
a sus lectores contra el sistema vigente, y, gracias a Montesquieu, se extendió la idea de
que era necesaria la libertad política y, con ella, la implantación de los derechos del
hombre. En una dirección crítica y modernizadora actuaron también sus protestas
contra la intolerancia, la esclavitud y la tortura.
Voltaire. Se ha escrito que, si Montesquieu era tranquilo y académico, Voltaire
(1694-1778) fue más atrevido y radical. Se ha dicho de él que es el más genuino
representante del pensamiento y del espíritu de la Ilustración francesa, sobre todo, de
la segunda generación.
Era hijo de un notario parisino. Su carácter agresivo le llevó a chocar con el noble
Rohan, y tuvo que refugiarse en Inglaterra. Las Islas se le presentaron como un
escenario muy distinto de Francia, como el país de la libertad y de la tolerancia. Su
larga estancia le permitió conocer y asimilar parte de la obra y el pensamiento de dos
grandes maestros: Newton y Locke.
Su vida fue luego pródiga en actividad y escribió múltiples sátiras y panfletos
donde criticó duramente la intolerancia, a la Biblia y a la Iglesia católica. La
personalidad de Voltaire fue compleja. El maestro Domínguez Ortiz recuerda que, si
bien era vehemente, cambiante, en exceso independiente y se dejó llevar por la
tendencia al sarcasmo y a la sátira cruel, era un espíritu libre, ganado por una
curiosidad universal, de gran audacia intelectual, apasionado en las causas que le
interesaban y con gran capacidad de trabajo. A juicio de Egido, las constantes de su
vida “vienen dadas por [...] una crítica universal [...], su combatividad por crear algo
positivo, una nueva sociedad, una nueva religión quizá deísta; y el arma constante de
su quehacer: la ironía”.
Era deísta, pero, además, especialmente hostil a las regiones reveladas, por lo que
sus ataques al cristianismo llegaron a ser obsesivos. En política no traspasó el umbral
del despotismo ilustrado, si bien mostró respeto al régimen representativo y a la
república y profesó admiración a la monarquía británica, en la que aristócratas y
burgueses participaban en las tareas de gobierno sin privilegios desorbitados.
Su obra es inmensa. Las producciones que alcanzaron mayor notoriedad fueron
las históricas, las literarias y las filosóficas. La historiografía de la Ilustración
encuentra en ellas, pese a sus limitaciones metodológicas y a la unilateralidad, su
culminación. Aunque no menosprecia el papel de las multitudes y tiene en
cuenta—con evidente modernidad—algunos factores sociales, valora especialmente la
obra y las decisiones de las grandes personalidades.
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El Tratado sobre la Tolerancia (1763), pasa por ser una de las más claras
expresiones del anticlericalismo y el deísmo volterianos. Voltaire aspiraba con esta
obra a aplastar la infamia en nombre del “sentido común”, y a fustigar a la teología y a
las religiones reveladas.
En su Diccionario Filosófico, se muestra como un burgués reformista. Le parecía
que la igualdad no era posible. Su espíritu elitista le llevaba a afirmar: “si el populacho
se decidía a ‘razonar’, todo está perdido”. Defensor de la burguesía, crítico respecto a la
aristocracia, su escepticismo se verá equilibrado por el afán «reformista», concretado
en el deseo de conseguir para Francia la unidad de legislación, la abolición de las
aduanas interiores, la implantación de un nuevo sistema fiscal y la mejora del
procedimiento judicial.
Su Teodicea se centró en un deísmo inspirado en los ingleses, pero interpretado
con más agresividad y radicalismo. Aceptaba la inmortalidad del alma y la existencia
de Dios—Supremo Arquitecto—, un Dios bueno de cuya existencia daba prueba el
mismo orden del mundo. Pero no le parecía oportuno, en cambio, indagar la esencia de
ese Dios: “sería pretencioso el querer desentrañarla”. Por lo demás, se siente profeta de
una “ciudad nueva”, basada—decía—en la destrucción de la intolerancia, de la
Revelación, de las mentiras de la Sagrada Escritura, de la opresión clerical.
Rousseau. Se ha dicho, con toda razón, que Rousseau (1712-1778) es ambivalente.
Por una parte, su espíritu está enraizado en las “Luces”, como se acredita en su
preocupación por el hombre, la fe en la educación, el deísmo, la actitud crítica. Pero, en
evidente contraste con ello, ha sido considerado también uno de los padres de la
“filosofía del sentimiento”, modo de pensamiento—si cabe decirlo así—que erosionó el
racionalismo de época y abrió camino a una nueva consideración de la sociedad, la
educación, la cultura, la política y la religiosidad de los ilustrados.
Su biografía muestra la misma ambivalencia que se refleja en su obra. Originario
de Ginebra, donde su padre era relojero, no lograría nunca contar con una posición
desahogada. A los dieciséis años huyó a Italia, y allí se convirtió al catolicismo. Pronto
volvió al seno del calvinismo familiar, pero no fue, ni un buen católico ni un buen
calvinista; su religión, en definitiva, sería, no un “deísmo seco y abstracto, ni
anticristiano como el de muchos franceses e ingleses—comenta Domínguez Ortiz—,
sino lírico y sentimental”.
Vivió en París, Ginebra y, de nuevo, París. En la capital de Francia dedicó atención
a la música como compositor y crítico musical, y como tal escribió para la Enciclopedia
sobre temas musicales. Su prestigio creció al premiar la academia de Dijón su Discurso
sobre las ciencias y las artes, en el que criticaba a las clases acomodadas y que suscitó
mucha polémica. En 1756 abandonó París y se alejó de los enciclopedistas. Fijó su
residencia en Suiza y luego, desterrado de allí, fue acogido por Hume en Gran Bretaña,
pero también se enemistó con el filósofo británico. Víctima de trastornos psíquicos y
aquejado de manía persecutoria, pasó una etapa fugaz en Francia. Envejecido y
solitario, tuvo un triste final en Emnenonville.
En el Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los
hombres trataba de mostrar a los seres humanos los males que se derivaban del paso
del “estado de naturaleza” a la vida civilizada. Al hacer el elogio del hombre primitivo,
naturalmente bueno, y predicar el “retorno a la selva”, pretendía fustigar las “falsas
delicias del presente”, el lujo, el monstruo del despotismo, la propiedad privada y la
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desigualdad. Los defectos enunciados eran demasiado importantes para ser superados
con “reformas”, pero la denuncia debía servir para proyectar “nuevas asociaciones”
capaces de dar vida a una sociedad de hombres libres e iguales. El Discurso era un
alegato contra muchas de las ideas ilustradas y no satisfizo ni a Voltaire ni a los
enciclopedistas. La ruptura de Rousseau con estos últimos se hizo realidad en
1758-1759. La motivaron divergencias e incomprensiones mutuas, pero también, y sobre
todo, diferencias ideológicas: mientras para el ginebrino la sociedad en que vivía era
corrupta—dominada por la sed de riqueza, la competitividad desenfrenada, la
injusticia, y, en suma el “aparentar” más que el “ser”—, lo que provocaba su rebeldía
frente a ella, los ilustrados, aun reconociendo defectos, la consideraban preferible a la
del pasado, y tenían la esperanza de reformarla.
Parte del mensaje del Discurso se repite en el Contrato social (1762), obra de gran
notoriedad. En ella Rousseau se plantea el tema clásico del tránsito de la sociedad
natural a la civil. En línea semejante a los iusnaturalistas y opuesta a Hobbes—que
justificaba el poder absoluto—, Rousseau afirma que, en un momento dado, el
individuo se decide a abandonar el estado natural—en el que predominan la fuerza, la
voluntad y los instintos, no la razón—y establece un contrato, o pacto, con la
comunidad que sirve de base al estado civil y social. Al adscribirse a la situación que el
pacto crea se pierde la libertad natural, pero se gana la libertad civil, en la que reinan la
razón, el derecho, la propiedad, la igualdad. Para que la vida social y política fuese
posible era necesaria una entrega del individuo, con todos sus derechos, a la
comunidad.
¿Era una alienación total, una negación de la libertad? En opinión de Rousseau,
“lo que, con el pacto social, enajena cada uno del propio poder, de los propios bienes, de
la propia libertad, es sólo la parte de todo aquello cuyo uso importa a la comunidad”.
Al pacto, o contrato social, seguía la constitución de un “cuerpo moral o
colectivo”—llámese “Ciudad”, “República”, “Estado” o “Soberano”—, dotado de una
“voluntad general”—voluntad que el cuerpo político tiene cuando respeta el interés
común, siempre compatible con el individual y no mera voluntad de todos o de la
mayoría—, que se caracterizaba por su conformidad con la recta razón. El “cuerpo” o,
por decirlo como Rousseau, el “Soberano”, era el titular de una “soberanía” absoluta,
inalienable, indivisible e indelegable. Dicho de forma más simple: la soberanía reside
en el pueblo, es del pueblo. Sin embargo, Rousseau, más que un régimen representativo,
preconiza una democracia directa. El gobierno se define por la relación entre la
soberanía y los gobernantes, y adopta tres formas: la democracia, en la que el pueblo se
gobierna por sí mismo y se da una identificación entre soberanía y gobierno; la
aristocracia, en la que el pueblo es soberano y legislador, pero gobernado por un grupo
selecto de ciudadanos, y la monarquía, con distinción asimismo de poderes, y en la que
el ejecutivo se pone en manos del monarca.
Las principales ideas sobre la educación y la religiosidad de Rousseau se
contienen en el Emilio (1762). La obra refleja en ella el ideal ilustrado de la educación. Y
se sitúa al educando, ante todo, en contacto con la naturaleza. Las etapas de la
educación, según Rousseau, son cuatro. La primera es la de la infancia—de uno a doce
años—, fase que ha de transcurrir en el campo, que debe dedicarse a la formación del
cuerpo más que del alma, y en la que se desaconseja el uso de nodrizas o de pañales
opresores y se recomienda la educación de los sentidos hasta que llegue el uso de razón.
70
La segunda etapa es la de la adolescencia—doce a quince años—, en la que se ha de
educar la inteligencia, pero no con discursos y teorías, sino a base de la observación del
mundo y los hechos y el trabajo manual—concretamente, a Emilio se le encomienda el
oficio de carpintero—, como banco de pruebas para conocer las injusticias sociales. La
etapa de juventud (de quince a veinte años), edad, a la vez, de la razón y de las
pasiones, requiere una educación moral—sexual, social, moral y política—, adquirida
por la contemplación de las miserias humanas y de la historia, y formación religiosa.
En la última etapa—de los veinte a los veinticinco años—, la de la edad de la prudencia
y el matrimonio, se establecen las bases de formación de la mujer, personificada en
Sofía, la novia de Emilio, cuya conquista exige al joven luchar y conocer el mundo
gracias a los viajes.
Rousseau era un deísta que, al igual que los ilustrados, se oponía a la
intolerancia, las devociones externas y las disputas interconfesionales, pero repudiaba
el materialismo de ciertos materialistas y entendía, al contrario que los ilustrados, la
religión como una fundamental experiencia interior. Por otra parte, ni lo entendieron
los enciclopedistas, de los que se alejó en 1758-1759, ni lo aceptaron las autoridades
católicas—ya que el arzobispo de París condenó el Emilio—, ni las autoridades
eclesiásticas y civiles de Ginebra, que condenaron el Emilio y el Contrato social.
El rico y complejo pensamiento de Rousseau generó una huella profunda. “Abrió
paso—como dice Domínguez Ortiz—a nuevos conceptos educativos, preparó el camino
al romanticismo literario, divulgó la doctrina de la soberanía popular, ofreció a las
almas que tenían necesidad de consuelos religiosos una alternativa a los brutales
sarcasmos y desoladoras negativas entonces de moda y en no poca medida preparó el
terreno a los futuros movimientos sociales”.
71
LA REVOLUCIÓN FRANCESA (1789-1794)
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2020.
David Cabral
Francia en el S. XVIII
72
del reino, tenían tribunales propios, no pagaban impuestos y cobraban el diezmo a toda
la población que se dedicaba a la producción y comercio. Se dividían en Alto clero
(obispos, abades y canónigos) que mantenían un estrecho lazo con la nobleza, y el Bajo
clero, sacerdotes de parroquias pobres, que participaban en gran medida de la
sociabilidad del Tercer Estado.
La nobleza el segundo estamento dominaba colectivamente la política y la socie
dad Eran unos cuatrocientos mil nobles sobre veintitrés millones de habitantes,
controlaban la justicia de primera instancia ya que integraban los Parlamentos y no
pagaban impuestos desde la época medieval Unas cuatro mil familias nobles
integraban la Corte en el palacio de Versalles; rodeaban al rey y vivían un estilo de vida
de lujo y ostentación. Percibían una renta del Estado que les permitía financiar gran
des fiestas y partidas de cacería en los bosques linderos a Versalles. En la Corte
actuaban como consejeros del rey y también impulsando la realización de un conjunto
de obras de música y teatro. Otros nobles ocupaban los altos cargos del Estado
absolutista en la administración, como la nobleza de toga; los demás eran generales y
oficiales en el ejército y detentaban los cargos altos de la Iglesia. Si bien existían
diversos tipos de nobles, la mayor proporción de estos cobra rentas del arriendo a los
campesinos. Es decir que los campesinos pagan en moneda o producto por explotar
parcelas de tierra. Un tercio de la tierra del reino es poseída en forma de propiedad por
la nobleza. Poseían todo un haz de prerrogativas y de preeminencia social que se
reflejaba en la cultura en torno a la "superioridad" de los nobles que tiene su soporte
en un conjunto de mitos y relatos provenientes de la Edad Media en torno a su
descendencia de las tribus de los francos que se asentaron en la Galia durante el S. VI
provenientes de Germania. De ahí deriva el mito sobre la "pureza de sangre" que
permite articular todo el bagaje de superioridad con respecto al tercer estado. A fines
del S. XVIII, la aristocracia muestra su decadencia, de modo que va a producir una
reacción para evitar que la monarquía centralice aún más el poder o aplique medidas
modernizadoras que los afecte en sus privilegios; también intentaron introducir
antiguos derechos "feudales" en algunas regiones del reino y de esta forma los
campesinos afectados verán incrementada su explotación. Sin embargo, una fracción
de la nobleza realizará un viraje y se sumará a la ola de cambios bajo el influjo de las
ideas de la Ilustración.
El Tercer Estado era heterogéneo y contenía a diversos grupos: la burguesía, los
artesanos y los campesinos. En un texto de la época ¿Qué es el tercer estado? Sieyes lo
define por los trabajos y las funciones que asume, de modo que el tercer estado
concluye es la nación. La burguesía era diversa y poseía intereses diferenciados; existía
una burguesía financiera que estaba integrada entre otros por los que arrendaban los
impuestos al Estado absolutista, de modo que poseían intereses que los relacionan con
el antiguo régimen; sin dudas que este grupo quería mantener las cosas en su lugar. La
burguesía de los funcionarios administrativos del Estado y los profesional es (médicos,
notarios, abogados,etI:.) serán los más permeables a la lectura de textos de la filosofía
de la Ilustración y comienzan a tomar conciencia del choque entre su horizonte mental
crítico con la estructura social y política existente. También la burguesía comercial
tendrá un enorme crecimiento en el s. XVIII, ya que durante este tiempo se produjo un
auge secular: crece el comercio a escala local y colonial así como se produce un
aumento de la población. Estos son comerciantes, armadores de barcos,
73
manufactureros y comercian con las colonias que posee Francia. El comercio marítimo
entre los puertos de Burdeos y Nantes con el Caribe y las Antillas, basado en el tráfico
de esclavos y el control sobre diversas materias primas,los enriqueció. En general esta
burguesía controlaba un 25 % de la tierra del reino y a la sazón que pagaba impuestos,
comenzó a percibir que el antiguo régimen había consolidado un orden privilegiado
que no los incluía, ya que los dos primeros estamentos no pagaban impuestos. Por otra
parte, buscaban consolidar el concepto de racionalidad y libertad de comercio que
chocaba con la existencia de monopolios, aduanas internas y una división
administrativa del reino caótica e irracional que elevaba los costos de los intercambios.
Las principales categorías de la burguesía querían una sociedad moderna y
plenamente capitalista, por esto mantienen tensiones con el statu quo. También otros
sectores como los funcionarios, profesionales e incluso pequeños comerciantes y
dueños de talleres artesanales (estos últimos están entre la burguesía y los sectores
populares) leen textos filosóficos que van formando una mentalidad proclive a la
crítica y a los cambios. El historiador Albert Soboul considera que el primer impulso
hacia la idea revolucionaria se generó en la burguesía y luego, en el proceso de
profundización y radicalización de la revolución, serán sectores de la burguesía radical
y de los sectores populares urbanos los que van a dirigir ese proceso de radicalización.
Los sectores populares están formados en su mayoría por campesinos y
artesanos. El campesinado era el grupo social más numeroso ya que Francia era
básicamente rural Sobre esta masa crítica recaía el peso del trabajo extenuante de sol a
sol y la carga del pago de una triple renta: el diezmo a la Iglesia, el impuesto al rey
(talla) y el pago de los derechos señoriales a la nobleza en forma de arrendamiento de
la tierra. Además, en algunas regiones se había desarrollado un extenso sistema de
artesanías domésticas, por lo que muchos campesinos y sus familias realizaban labores
agrarias combinando con la producción de artesanías textiles. También poseían una
cultura comunal aldeana y parroquial en la medida que poseían una administración y
tierras que eran explotadas en común.
A fines del s. XVIII la nobleza, ante la disminución relativa de las rentas que
percibía de los campesinos, intentó reintroducir un conjunto de obligaciones en desuso
y aumentar las que ya estaban vigentes para mejorar sus rentas. En esa dirección
avanzaron contra el derecho colectivo de los campesinos sobre la tierra comunal e
implantaron un conjunto de banalidades es decir monopolios de explotación feudal
que se imponían como nuevas cargas a los campesinos de ciertas regiones. Por otra
parte,los ministros de la monarquía estaban influenciados por una escuela económica
denominada fisiocracia. Dicha escuela económica consideraba que la economía debía
seguir las "leyes de la naturaleza"; proponían liberar la circulación y el precio de los
cereales, criticaban las políticas mercantilistas de la monarquía e impulsan un
conjunto de medidas modernizadoras de la sociedad y la economía. Algunas de estas
reformas se aplicaron en el sector agrario: tendían a una explotación racional de la
tierra, la liberación del comercio de granos, la concentración de la tierra en pocas
manos para aumentar el producto agrario, etc. Esto tuvo una incidencia en regiones
como Flandes, Picardía y la Ile de France donde los pequeños campesinos fueron
desplazados y se intentó imponer la gran explotación agraria.
Entre los principales integrantes de los sectores populares urbanos se
encontraban los artesanos urbanos que trabajaban en los talleres artesanales a cambio
74
de un salario. Dentro de estos existían algunos que tenían un estatus y situación
diferenciada como los maestros de los talleres y los pequeños comerciantes o tenderos
ya que tenían una mayor estabilidad económica en la medida que eran considerados
pequeños propietarios. El resto de los artesanos y los pobres urbanos eran muy
vulnerables a las crisis cíclicas de subsistencia: escasez de alimentos, aumento de los
precios y caída de los salarios. De modo que la cuestión vital del acceso al pan y otros
alimentos incidieron profundamente en su mentalidad colectiva. Durante la revolución
estos serán llamados peyorativamente sans culottes por el tipo de vestimenta que
usaban, ya que vestían ropa gastada y roída a diferencia de la vestimenta elegante de
los nobles.
Políticamente el Absolutismo monárquico dominaba y concentraba el poder en la
persona "sagrada" del rey. Era una monarquía que encabezaba una jerarquía de nobles
y estaba unida a la Iglesia en tanto esta pregonaba la sumisión al rey como forma de
mandato divino. El rey era considerado sagrado y poseedor de «poderes» de
taumaturgia, es decir que podía generar la cura de las personas con la aplicación de las
manos. Su palabra era ley y el reino de Francia era propiedad de la dinastía hereditaria
de los Borbones. Desde 1774 ejercía su soberanía Luis XVI y la reina María Antonieta. El
rey contaba con la prerrogativa de emitir las lettres des cachet, cartas de encierro para
criminales que eran emitidas para detener a sus súbditos y conducirlos a lugares de
encierro. Durante siglos se había formado una mentalidad muy extendida entre los
diversos grupos sociales en torno a la sacralidad del rey, padre simbólico y real elegido
por la gracia divina. Durante el siglo dieciocho la propia monarquía impulsó un
conjunto de medidas que provenían del llamado despotismo ilustrado, un conjunto de
ideas y medidas que contenían una relativa modernidad pero que eran inocuas ante el
orden vigente. Esto se debía a que dicho despotismo ilustrado promovía acciones para
impulsar la modernización relativa del sector agrario, la educación y la difusión de la
técnica pero sin tocar la estructura del antiguo régimen ni cuestionar el Absolutismo
El reino, desde el punto de vista económico y territorial estaba dividido en
circunscripciones que no tenían una lógica racional; estaban yuxtapuestos e incluían
diversos sistemas de cobro de impuestos. Además existían aduanas internas que
gravaba las mercancías que circulaban, el sistema de pesos y medidas era diferente
según las regiones lo que dificultaba las transacciones; el rey y demás autoridades
otorgaban a algunos comerciantes, gremios o manufactureros monopolios de
producción o comercio, situación que provocaba privilegios en unos y rencores en
otros. Todo esto funcionaba como un freno al impulso individual y rentístico
promovido por la mayor parte de la burguesía, que quería garantías para la
acumulación de capital y racionalidad administrativa.
75
segunda defendida por Michelet influenciado por el romanticismo del s. XIX. Luego un
conjunto de estudios van a mostrar que ambas tendencias se imbrican durante el
proceso revolucionario. La causalidad de la revolución funciona como una trama o red
donde circulan los procesos económicos, políticos, la mentalidad colectiva, las
representaciones individuales y culturales. Otro componente es la reacción de la
nobleza como cuerpo que intenta mantener todos sus «derechos» y «retomar los
mandos del Estado» luchando contra las medidas modernizadoras de la monarquía y
tensionada con la burguesía y los grupos populares.
Los principales sectores de la burguesía comenzaron a considerar que al antiguo
régimen y el absolutismo resultaba un escollo a su propio crecimiento que incluye una
racional acumulación de capitales y la existencia de una administración moderna. La
desigualdad impositiva también pesaría en la valoración negativa sobre el inmovilismo
y el arcaísmo social
Las ideas de la filosofía de la Ilustración tuvieron una difusión creciente durante
el s. XVIII y mediante el incremento de la lectura de textos, discusiones y formación de
nuevos espacios de sociabilidad fueron cargando la mentalidad con nuevos
paradigmas. Funcionaron como ideas corrosivas del viejo orden y también como
constructoras de nuevos modelos sociopolíticos. Diderot, Voltaire, Montesquieu y
Rousseau entre otros pusieron en circulación las ideas de los derechos naturales,
división de poderes, gobierno representativo e iniciaron la crítica sistemática al
absolutismo y al antiguo régimen, así como del sistema de creencias cristianas que
habían sido el soporte religioso del orden vigente. La mayor parte de los filósofos eran
deístas y proponían una filosofía optimista e iluminista que consideraba que el género
humano estaba en los umbrales de un progreso indefinido si expandía el uso de la
razón y aplicaba las innovaciones de la ciencia y la técnica. Desde mediados del S. XVIII
se produjo además , una verdadera revolución de la lectura, existían más lectores y se
imprimían miles de textos. Esta práctica extendida entre los diversos sectores
burgueses e incluso algunos nobles, difundió libros religiosos, literarios, filosóficos o de
compilación técnica. También los libros prohibidos se leían en forma creciente; entre
ellos textos filosóficos que cuestionaban la autoridad del rey o creencias cristianas;
textos utópicos o eróticos que influencian en la subjetividad Se produjo una
proliferación de las llamadas "crónicas escandalosas" que narraban supuestos
escándalos sucedidos en el ambiente cortesano o el palacio real. La edición, circulación
y lectura de estos libros estaban bajo la mirada represiva del Estado. En un estudio
histórico sobre los libros prohibidos, Robert Darnton describe la forma en que un
conjunto de textos eróticos, de filosofía utópica y el libelo político que incluye
difamaciones sobre figuras públicas, irán transformándose en best sellers de la época.
También muchos artesanos acceden a estas lecturas filosóficas y literarias. Entre el
campesinado se venden los libros de la biblioteca azul, libros con tópicos religiosos que
llegan mediante la venta ambulante, por otra parte la cultura narrativa tiene un
notable desarrollo en las regiones rurales.
Durante el S. XVIII van a proliferar nuevos espacios de sociabilidad como los
Salones y los Cafés literarios donde se reúnen burgueses y nobles a leer textos y luego
[Link] esta forma se fue formando una cierta opinión pública que funcionará
como espacio crítico y además fue delineando el gusto estético al margen de los
cánones establecidos en la Corte del Palacio de Versalles. Las logias masónicas tendrían
76
una difusión continental para luego migrar hacia América; logrando una notable
difusión en el reino de Francia; son secretas e integradas por personas pertenecientes a
diversos grupos de la burguesía. En estas logias se van a condensar las ideas de la
Ilustración y las críticas al orden social y religioso. Roger Chartier señala que desde
aproximadamente 1760 las nuevas prácticas culturales y la difusión de las lecturas van
a producir paulatinamente una mentalidad que tiende a la desacralización de la
monarquía. Darnton considera que los textos filosóficos y los textos de crónicas
escandalosas van produciendo una erosión ideológica que prepara la ruptura
revolucionaria.
También el S. XVIII se produjo un auge económico notable por el desarrollo del
capitalismo mercantil y manufacturero en el reino de Francia y en el resto de Europa;
se multiplicaron los intercambios comerciales a escala local entre los reinos y también
con el incipiente mercado mundial en el mundo colonial Este auge secular también
estuvo motorizado por el aumento demográfico y una marcada urbanización que
empujó a una mayor demanda de alimentos y a la vez al aumento de los precios que
impactó especialmente en el nivel de vida de los sectores populares urbanos y rurales.
El auge secular y la expansión del capital mercantil y manufacturero permitieron el
crecimiento de la burguesía francesa y la acumulación de capitales.
La mentalidad transformadora tendía a un tipo de racionalidad que chocaba, de
hecho, con el entramado del orden jurídico y social del antiguo régimen. Es decir que la
prosperidad y consolidación de la burguesía en su horizonte mental entraba en
conflicto con el orden existente. Por otra parte, el boom económico del siglo se
manifestó con fluctuaciones económicas y demográficas, que contribuyeron a gestar
algunos conflictos cuyo desenlace desembocó en una situación revolucionaria. Las
crisis de subsistencia eran parte de la economía de los reinos del antiguo régimen y
tenían carácter cíclico; de esta forma una crisis coyuntural agraria en 1785 y 1788
iniciaron el ciclo recurrente que culmina en la carestía. Unas malas cosechas de esos
años producidas por desastres climáticos produjo la caída de la producción agraria que
impactó en regiones campesinas con hambruna, dispersión de epidemias y quiebre
demográfico, es decir la muerte de campesinos. El ciclo continuo en las ciudades donde
aumentan los precios, produjo desabastecimiento y desórdenes urbanos en forma de
saqueos y motines. Los sectores populares se vieron afectados por el aumento de los
precios, la baja de los salarios y el aumento de la desocupación.
Perry Anderson sostiene que los Estados Absolutistas eran maquinarias para la
guerra, y que los casamientos dinásticos, que unían patrimonios, eran los principales
instrumentos de la política internacional Durante el siglo dieciocho la rivalidad
territorial y colonial entre Inglaterra y Francia desencadenó varias guerras. Un ejemplo
en este sentido fue "La guerra de los siete años" (1756-63) que se desarrolló
básicamente en el mar y se centró en las tensiones coloniales; el triunfo de Inglaterra le
permitió ocupar algunas colonias francesas para demostrar cuál era el verdadero
interés de estos conflictos. Al cabo de unos años, cuando se desencadenó el proceso de
independencia de las colonias inglesas en América, Francia decidió apoyar a los
colonos que luchan contra Inglaterra; para esto enviaron tropas e invirtieron enormes
capitales para lo cual el ministro Necker obtuvo importantes préstamos. El Estado
francés gastaba gran parte de su presupuesto en guerras y en el sos tenimiento de la
administración y la corte suntuosa. En esta época los ministros de hacienda adoptaron
77
una orientación que provenía de la fisiocracia, impulsando un conjunto de ideas y
medidas centradas en la libertad económica junto a la modernización limitada de la
administración. Francia cargaba por ese entonces una enorme deuda de arrastre por el
déficit fiscal que se sostenía por préstamos de la banca para pagar los intereses y el
capital una deuda que con el paso del tiempo fue [Link]í se produjo la
bancarrota del Estado al aumentar el déficit y no poder pagarlos vencimientos de la
deuda. Durante 1786, emergió un ciclo de carestía y miseria con saqueos a almacenes
del rey y motines en algunas ciudades. El ministro Calonne, (influido por la fisiocracia)
propuso como salida una reforma para introducir la igualdad fiscal y que los
propietarios de la tierra paguen la subvención territorial, es decir gravar a la nobleza;
las reformas incluían la libertad del comercio de granos y las supresión de las aduanas
internas. La nobleza reaccionó ante esta propuesta que implicaba la vulneración de
sus "derechos y libertades"; para ello se reunió el Consejo de los nobles para rechazar de
plano el programa reformista lo que llevó a la renuncia del ministro y el acceso al cargo
de Brienne. Este nuevo ministro reiteró y amplió el programa reformista que tenía
como eje el impuesto territorial, primera carga impositiva sobre los nobles. Los
Parlamentos y Asambleas de notables se opu sieron a todo esto y en mayo de 1788, el
Parlamento de París dictaminó en "virtud de las leyes fundamentales del reino", que
sólo los Estados generales podían imponer impuestos. Esta antigua institución, que no
había sido convocada desde el año 1614, estaba compuesta por la representación
igualitaria de cada estamento, que se reunían sesionando por separado y así podían
aprobar los impuestos, donde cada orden u estamento contaba con un voto. La nobleza
confrontaba con una monarquía y sus funcionarios más innovadores, socavando el
poder de mando y la legitimidad del trono. A la vez, los sectores más dinámicos de la
burguesía que ya venían formando asociaciones, intentan producir cambios
revolucionarios.
Ante las dificultades y presiones, el rey Luis XVI convocó a los Estados Generales
en 1788 para que se reúnan en Mayo de 1789; con esto se abrió una enorme expectativa
y un ambiente de esperanza entre los grupos que formaban asociaciones como el
Partido Patriota. (integrado mayormente por burgueses, algunos nobles liberales e
incluso varios sacerdotes),venían proponiendo los primeros cambios. Durante ese año
se produjo un fuerte viraje de la mentalidad colectiva compuesta de representaciones
nuevas y críticas al orden monárquico y estamental El rey envió funcionarios a
compilar los cuadernos de queja donde los integrantes de cada orden podían enunciar
sus reclamos; por supuesto que fueron los miembros del tercer estado los que pidieron
cambios, igualdad civil y reformas, rechazando la desigualdad en el pago de impuestos;
los campesinos se quejaron amargamente sobre su condición de explotación y por la
existencia de un sistema feudal en el campo. También cada estamento comenzó a elegir
sus diputados para integrar los Estados Generales. Los burgueses en su condición de
alfabetizados y letrados representaron a todo el tercer [Link]ás, ese año se alivió
la rígida censura permitiendo que circulen miles de textos y panfletos que aportaron a
la construcción de una mentalidad revolucionaria; en el espacio público se percibió un
ambiente de agitación y de crecientes expectativas. Durante ese año se hicieron sentir
los efectos de la crisis de subsistencia, el aumento de los precios de los alimentos y los
motines urbanos.
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Estados Generales (Mayo de 1789)
Se reunieron los Estados Generales bajo la convocatoria del rey, los diputados de
cada estamento (clero, nobleza y tercer estado) sesionaron separadamente uno de otro.
El clero contaba con 291 diputados, la nobleza tenía 270 y el Tercer Estado 578, sin
embargo a la hora de votar cada estamento poseía un voto cada uno cada uno .Primero
debían tratar la cuestión fiscal que se reducía al intento de la monarquía y sus
ministros de introducir impuestos sobre la nobleza. El sistema de votación estamental
propia del antiguo régimen, garantizaba la preeminencia de los dos primeros
estamentos. El primer reclamo de los diputados burgueses fue que el voto sea por
cabeza (es decir uno por cada representante) y que la verificación se realizara en
común. Lo cual implicaba una ruptura en el sentido de la representación ya que este
reclamo intentaba plasmar una representación de individuos y no de estamentos. Este
pedido fue rechazado por el rey y la nobleza. Ante esto los diputados del tercer estado y
diputados del clero bajo se retiraron a un lugar de París llamado el campo de juego de
pelota.
Los sans culottes movidos por la crisis alimentaria y por la coyuntura de cambios
acelerados, empezaron a reunirse iniciando una movilización popular. Reclamaban
79
alimentos accesibles y a esta marcha se irían uniendo centenares de pobres de París;
también buscaban armas. Se dirigieron al hospital de inválidos donde se acumulaban
armas, algunos soldados de la Guarnición entregaron fusiles a la multitud que luego se
dirigió a la Bastilla para obtener pólvora y municiones. Esta era una fortaleza real para
encarcelar a diversas personas. Ahí, a pesar de la represión que costó un centenar de
víctimas, tomaron la Bastilla y se apoderaron de municiones. Luego se dedicaron a
demoler la fortaleza piedra por piedra. Con este hecho adquirió protagonismo el grupo
popular urbano que luego se politizaría y comenzó a organizarse formando el club de
los Cordeleros en 1790. Este club empujará la revolución hacia una radicalización y
también tendrán influencias de la filosofía de Rousseau y de las ideas de Marat
80
Las principales reformas de la Asamblea
1. Económicas y sociales
Los grupos burgueses que hegemonizaron la asamblea impusieron su visión de la
economía dominada por las leyes de la naturaleza y que debía ser liberada de
reglamentaciones, monopolios y privilegios para dar lugar a la libertad de comercio y
producción.
Se disolvieron los monopolios y "cuerpos". La ley Allerde eliminó corporaciones,
gremios y manufacturas con privilegios; la ley Le Chapelier negó el derecho de
asociación y coalición gremial y prohibió huelgas y cofradías.
Se decretó la apertura de la libertad de comercio y de la libertad para fijar el
precio de los cereales. También se unificó el mercado interior y se estableció la libre
circulación de mercancías con la supresión de aduanas internas o gabelas y el pago de
aranceles por circulación. Sin embargo, se decidió mantener el proteccionismo .
En cuanto a la reforma fiscal, se aceptan pedidos recopilados en los Cuadernos de
queja, por lo que los impuestos indirectos fueron suprimidos y se crearon otros directos
como tierra y patentes. Apareció la igualdad fiscal y los diezmos fueron abolidos.
Las medidas económicas reflejaron los intereses burgueses y su visión del
mundo; pero la aplicación de estas reformas impactó en el nivel de vida de artesanos,
campesinos y pobres; por ejemplo, la libertad de precios de los cereales produjo
inflación y crisis de hambre. Las medidas sociales de la Asamblea tendieron a valorizar
el concepto de individuo con derechos por sobre el ejercicio colectivo de derechos.
Entre las reformas que desarmaron la organización feudal y el antiguo régimen
se cuenta la que permitió eliminar la renta de arriendo que pagaban los campesinos,
pero sólo si él mismo pagaba por única vez un «rescate» a los nobles. Muy pocos
campesinos podían pagar ese rescate por lo cual se generaría un enorme malestar en el
campo. Esto,junto al miedo colectivo, eclosionan en revueltas campesinas en agosto de
1789 y luego en forma intermitente hasta 1793. El bloque mayoritario de la Asamblea
realizó una disolución limitada de las relaciones feudales implicadas en el pago del
arriendo, a la vez que consolidaron un concepto de propiedad privada como absoluta e
inalienable
2. Jurídicas
Con el desarme del antiguo régimen y junto a una reforma administrativa y
judicial emergió una nación de ciudadanos iguales y el Estado nacional unificado. Se
consideraba que todos los ciudadanos poseían derechos inalienables e iguales; tam
bién se otorgaron derechos civiles a minorías como judíos y protestantes (hugonotes).
La asamblea suscribió una contradicción: la esclavitud fue abolida en Francia, pero no
en las colonias. La investigadora Florence Gauthier analizó el concepto de reciprocidad
de derechos y señaló la contradicción de algunas reformas ya que otorgaban un
conjunto de derechos a los hombres propietarios o profesionales, pero excluían a
esclavos coloniales y mujeres.
Junto con el proceso de la revolución municipal con la toma del poder en las
ciudades por la burguesía se creó la Federación de ciudades. A esto se sumó la creación
de la Guardia Nacional como cuerpo armado integrado por burgueses.
Emergió un nuevo concepto de derecho internacional público ya que en 1790 la
Asamblea rechazó el "derecho de conquista", es decir la política de los absolutismos de
ocupar territorios mediante la guerra. Se definió la nación como una asociación de
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libre elección por la voluntad de la población. De esta manera, dos principados, Alsacia
y Avignon, decidieron formar parte de la Federación francesa.
En el ámbito de la justicia se disolvieron las antiguas jurisdicciones y los
Parlamentos, creándose un sistema judicial de instancias en cuya cúspide estaba el
Tribunal Supremo. Los jueces serían elegidos entre los abogados.
La Asamblea dictó la Declaración de los derechos del hombrey el ciudadano,en la
misma se condensaron las ideas de la filosofía de la Ilustración, e incluyó los derechos
naturales, las libertades individuales e igualdad ante la ley, soberanía de la ley,
gobierno representativo, soberanía de la nación, debich proceso judicial y derecho de
propiedad. Este documento tendrá una enorme difusión y servirá de insumo para los
movimientos anticoloniales, reformistas y procesos revolucionarios del mundo.
3. Religiosas
Se aprobó la Constitución civil del clero en 1790 que produjo la ruptura de la
Iglesia católica francesa y de sus nexos con el Vaticano. En el antiguo régimen, Iglesia y
[Link] monárquico estaban uniros, ahora se suprimía el clero regular (órdenes
monásticas) y los votos de la vocación religiosa serían prohibidos. El clero secular fue
reformado ya que las circunscripciones administrativas eran el marco de la re
organización eclesiástica: un obispo por Departamento (nueva división administrativa
de Francia) y tanto obispos como párrocos serían elegidos como funcionarios públicos
por los ciudadanos. El papa Pío VI confronta con la revolución y declaró «impía» la
Declaración de los Derechos del hombre y el ciudadano. Se exigió a los sacerdotes
juramento de fidelidad a la constitución;a la cual muchos sacerdotes adhirieron, en
tanto algunos obispos la rechazaron; produciéndose un cisma: por una parte los
juramentados que aceptaron los cambios y por otra los refractarios (se concentraron
en su mayoría en el oeste) que se rebelaron contra la revolución.
En 1790, ante la crisis financiera, la Asamblea procedió a vender bienes de la
Iglesia, estas tierras y propiedades fueron adquiridas por burgueses y algunos
campesinos enriquecidos. Con este ingreso lograron emitir la nueva moneda de
Francia, el asignado.
4. Constitución
Finalmente, en 1791 se dictó la Constitución que contenía un modelo de gobierno
similar a Inglaterra y que seguía las ideas de filósofos ilustrados como Voltaire y
Montesquieu: la monarquía constitucional con sufragio censitario basado en la
división de poderes. El Poder ejecutivo sería desempeñado por el rey definich como "rey
de los franceses", subordinado a la Constitución; manejaba los asuntos de guerra y paz
junto a la Asamblea y podía emitir vetos suspensivos de leyes que aprobará la
asamblea. El poder legislativo estaría a cargo de la Asamblea Nacional Legislativa,
poder central del Estado y elegida por el voto de los ciudadanos activos, era inviolable e
indisoluble y tenía la iniciativa para aprobar leyes y controlar la política exterior junto
al rey. El poder judicial lo formaba un conjunto de jueces de diversas instancias en cuya
cúspide se encontraba la Alta Corte.
La nueva división administrativa contenía la división del país en Departamentos
(83) y estos divididos en distritos, cantones y comunas. Las ciudades o comunas se
organizan en secciones, donde el municipio tenía amplias atribuciones.
Sobre el sistema electoral la asamblea aprobó un sistema censitario. Los
ciudadanos eran divididos entre activos y pasivos; en principio todos son activos en
82
cuanto al ejercicio de los derechos civiles, pero un porcentaje mayoritario resultan
pasivos en cuanto al ejercicio de los derechos políticos;como,por ejemplo, el acto de
emitir el voto para elegir representantes. Sólo podían votar los que pagaban impuestos
y/ o poseían propiedad Tampoco los ciudadanos pasivos podían ingresar al ejército. De
esta forma quedaban excluidos del voto la masa de campesinos, artesanos y pobres.
Las reformas de la Asamblea fueron formateando un modelo económico que
expresaba los intereses de la burguesía: la libertad económica como instrumento para
consolidar el capitalismo de libre comercio y un sistema político de Monarquía
constitucional con sufragio censitario. La vigencia irrestricta de la libre circulación de
granos y la libertad de precios afectaba sin dudas a los estratos populares.
Hacia 1790 se inició una emigración de muchos nobles que al ver como perdían
sus privilegios decidieron retirarse a países de Antiguo Régimen. En junio de 1791 el rey
Luis XVI y la familia real intentaron huir en razón que el rey había elaborado planes
secretos para unirse a España y Austria, pero fueron detenidos en Varennes y
conducidos de regreso. En la Asamblea surgió entonces un debate: ¿el rey debía ser
repuesto en el cargo o tenía que ser removido y juzgado? Se votó y por amplia mayoría
del partido Patriota se decidió absolverlo. Inmediatamente el club de los Cordeleros,
formach por los sans culottes más radicalizados y las sociedades fraternas realizaron
peticiones y manifestaciones para reclamar por la deposición del rey; de hecho,
cultivan ideas republicanas y antimonárquicas que provenían, entre otros, de
Rousseau. La Guardia reprimió a los manifestantes en Campo Marte con decenas de
muertos, entonces se decretó la ley marcial y el cierre del club de Cordeleros. Esta
reacción de los sectores más conservadores de la burguesía produjo un viraje radical de
los sectores populares que comenzaron a organizarse en las secciones de París
mediante asambleas y en sociedades populares. También un sector de la burguesía
expresada en el club jacobino con Robespierre, Danton, Marat y Saint Just, se radicalizó
desde 1790. Robespierre, "el incorruptible", destacaba por su oratoria en la Asamblea y
por impulsar medidas radicales e igualitarias. Los Jacobinos leían y querían aplicar las
ideas de Rousseau.
En medio del proceso de emigración de la nobleza, surgieron declaraciones
elaboradas por monarcas europeos que exaltaba la virtud de la monarquía y
repudiaban los cambios producidos en Francia; de hecho, se estaban preparando para
atacar a Francia.
83
republicanos. Sus principales líderes eran Brissot y Condorcet
- Demócratas de izquierda: Los términos "izquierda y derecha" provenían de la
Asamblea constituyente de 1789, donde en el recinto de sesión, a la derecha se
ubicaba el partido monárquico y aristocrático; y a la izquierda, el partido
patriota que impulsaba la disolución del antiguo régimen. Este Grupo se
encontraba integrado por los Jacobinos (pequeños comerciantes, profesionales
e intelectuales) y contaban con el apoyo de los Cordeleros que no podían ejercer
el voto ni integrar el ejército.
En este periodo eclosionan disturbios populares en la ciudad y en el campo por el
aumento de los precios de alimentos y de productos coloniales; los cordeleros en las
secciones de París denunciaron a los acaparadores de trigo. Por otra parte, aparecieron
tensiones políticas, ya que los emigrados y sacerdotes refractarios comenzaron a
concentrar tropas en las fronteras. La guerra parecía inminente: para los países de
antiguo régimen la revolución aparecía como un fenómeno que podía expandirse de
forma corrosiva hacia esos lugares y era necesario frenar. En la Asamblea comenzó una
discusión sobre si Francia debía involucrarse en una guerra. La corte y el rey sostenían
que era conveniente la guerra; los Girondinos empujaban la idea de guerra ya que
restaría poder al rey y fortalecería la nación liberando a los pueblos oprimidos de
Europa; Robespierre,representante de los Jacobinos, sostenía con firmeza la negativa al
conflicto armado, ya que antes de ir a un conflicto internacional, se debía desarmar a la
aristocracia y los resabios del viejo orden a nivel interno; además el ejército se
encontraba desorganizado y con pésimo equipamiento.
Finalmente en abril de 1792, ante las constantes amenazas públicas de Austria y
Prusia, se produjo la declaración de guerra. En las primeras batallas se verificó que el
ejército francés estaba en descomposición ya que muchos oficiales de origen noble
emigraron al extranjero, sólo contaba con cien mil soldados y los jefes demostraban
impericia en la conducción; de este modo, luego de un pequeño avance territorial
comenzaron las derrotas militares. En forma paralela se agudizó la crisis social ya que
cayó el valor del asignado, la moneda de la revolución, por la fuga de capitales y suba
de los precios generando crisis de carestía. Los grupos populares comenzaron a pedir
reglamentaciones y precios máximos.
Ante las derrotas militares y el posible avance de los enemigos a las fronteras, se
activó un movimiento patriótico y los grupos populares comenzaron a armarse. En
tanto, el rey vetó decretos para depurar el ejército y crear una Guardia en París. En ese
clima de ansiedad, miedo y de crisis de carestía, cientos de ciudadanos formaron
batallones populares en el momento en que la Asamblea proclamaba la patria en
peligro. El 10 de agosto de 1792 se produjo un doble movimiento de tipo revolucionario:
por una parte, los Cordeleros organizados en las secciones de París se movilizaron; por
otra,Robespierre encabezando a la Confederación de ciudades pidió la disolución de la
Asamblea y la convocatoria a una Convención. Ante esto, la Asamblea suspendió al rey
y convocó a una Convención elegida por sufragio universal masculino. Quedó así
eliminada la monarquía y el partido Fuldense junto a sus aliados, quedaron
desplazados del poder; como contraparte surgió la República.
Los Cordeleros, organizados por secciones controlaron el poder en París y crearon
la llamada Comuna, organizando Comités de vigilancia contra los enemigos y
solicitando juzgar los "crímenes contrarrevolucionarios". En septiembre, las tropas
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enemigas avanzaron hasta la frontera, además en el oeste los refractarios se rebelaron;
todo esto impactó en la reactivación de la idea colectiva de la existencia de un complot
aristocrático y de la exaltación del sentimiento nacionalista. En la Comuna se inició la
fabricación de armas y el reclutamiento de soldados; se formaron tribunales populares
que aplicaron el primer "terror", estos tribunales juzgaban y ejecutaban a cientos de
personas acusadas de complotar contra la Francia revolucionaria.
El avance de Prusia y Austria fue detenido en Valmy durante septiembre de 1792,
logrando su primer triunfo el nuevo ejército popular recientemente formado.
República
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los Girondinos sostenían la idea de "liberar a los pueblos de Europa", defendiendo la
idea de una nación republicana como protectora de los pueblos oprimidos. En estas
regiones conquistadas se iniciaron reformas bajo la administración francesa: diezmos y
derechos feudales fueron abolidos y en algunos lugares los ciudadanos elegían a su
administración, también se procedió a vender bienes de la Iglesia e incluso a secuestrar
valores y bienes de los emigrados como respaldo para la moneda asignado. En Bélgica,
entre los sectores católicos, se produjo un fuerte malestar por el despojo de bienes de la
Iglesia. Las regiones conquistadas fueron convertidas en mercado para el comercio
francés, fuentes de recursos y explotación económica.
A inicios de 1793 se formó la llamada primera coalición de potencias contra
Francia: Rusia, Austria, Prusia, Inglaterra, España y Holanda. Se trataba de una
poderosa unión de fuerzas contra la revolución y su fuerza expansiva. Por otra parte, se
produjo un retorno al ciclo a la baja de las finanzas fruto de la emisión masiva de
asignados que hizo que estos perdieran su valor, subieran los precios y se generara la
carestía. Muchos comerciantes acumulaban bienes generando desabastecimiento.
Desde fines de 1792, la Gironda había abolido la ley de requisa y reglamentación,con lo
cual la libertad de comercio era irrestricta. En febrero de 1793, ante la carestía se
iniciaron disturbios protagonizados por sectores populares contra la política
económica de los Girondinos; un grupo de Cordeleros, los rabiosos,reclamaron un
programa económico centrado en la intervención del Estado: los precios máximos, la
tasación y la requisa.
En la guerra, la ofensiva francesa contra Holanda fracasó y comenzó la
contraofensiva de la coalición enemiga. Mientras tanto en Francia, en la región de Le
Vendée, los campesinos se rebelaron contra el gobierno guiados por los sacerdotes
refractarios. El ejército francés, si bien numeroso, estaba deficientemente abastecido y
organizado, además de comprobarse que algunos generales traicionaron a la
conducción. Se perdieron territorios conquistados y la coalición enemiga avanzó hacia
la frontera francesa. En ese momento eclosionó con fuerza el movimiento «federalista»,
en el cual sesenta Departamentos rechazaron al gobierno central Ante este triple
peligro comenzó un fuerte auge del movimiento popular y revolucionario. Los
jacobinos propusieron medidas urgentes de salvación pública: comités de vigilancia,
tribunal revolucionario y Comité de Salud Pública; que los girondinos consideraron
medidas dictatoriales. Finalmente, la Llanura votó las medidas solicitadas por la
Montaña. Desde marzo de 1793 funcionó un Tribunal revolucionario y comités de
vigilancia; en abril se formó el Comité de Salud Pública con nueve integrantes
nombrados por la Convención para dirigir las medidas de defensa. Ante esta
situación,comenzó un fuerte choque entre los Girondinos y los Jacobinos aliados a los
Cordeleros. La Gironda tomó medidas represivas contra la Comuna de París. El 31 de
mayo se inició una insurrección popular que unía la idea de la defensa revolucionaria y
la implementación de medidas sociales;entonces pidieron suprimir el poder de los
girondinos mediante arrestos, la creación de un ejército revolucionario y el
establecimiento de precios máximos. El 2 de junio de 1793 se movilizaron a la
Convención donde finalmente fueron desplazados los Girondinos, muchos de los cuales
fueron detenidos.
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b) Convención Jacobina (junio 1793-julio 1794)
Los Jacobinos, encabezados por Robespierre, estaban influidos por las lecturas
del filósofo Rousseau que en el Contrato social había propuesto la idea de soberanía
popular y de democracia, además de igualdad social En la Convención obtienen la
mayoría y se inició una alianza política con los Cordeleros. Los Cordeleros, en la
reciente crisis de carestía, habían formulado un programa económico y social que
incluía: propiedad limitada, precios máximos a los productos, tasación de la ganancia
comercial y sistema de seguridad social; el ideal también provenía del pensamiento de
Rousseau y radicalizado por pensadores como Marat Cada ciudadano debía ser un
pequeño propietario de una parcela de tierra, un taller o una tienda; la economía debía
estar reglamentada y dirigida para lograr el bienestar.
La situación era conflictiva y todo parece indicar que la revolución estaba ante un
desafío inmenso del cual dependía su supervivencia: la guerra y la insurrección interna
constituían un gran [Link] se manifestaba en su máxima expresión la
mentalidad del "complot aristocrático" que había surgido en 1789 y ahora se
potenciaba en el contexto de peligro a la que sometía a la Revolución. Las potencias
enemigas se encontraban en la frontera norte y este, Inglaterra acosaba desde el sur;
sesenta Departamentos se encontraban sublevados y la insurrección de la Vendée de
tipo campesina parecía extenderse. Los Jacobinos en el poder empezaron a tomar
medidas de carácter democrático e igualitario para dar bienestar al pueblo y movilizar
contra los enemigos de la revolución. Las principales medidas fueron:
Económicas y sociales
- Abolición de las rentas y derechos feudales sin pago de rescate, de esta manera
el campesinado accedía a la tierra sin tener que pagar indemnización a los
dueños de la tierra. Con esto se suprimieron los últimos vestigios feudales.
- Aprobación de la Ley de venta de bienes de los emigrados que permitía la venta
de parcelas a los campesinos pobres.
- Aprobación y vigencia del programa económico de los Cordeleros: precios
máximos, tasación y requisa; la economía es dirigida y controlada. Para aplicar
estas medidas, en algunos casos, se usó el llamado terror, es decir la repre sión
reglamentada que se encontraba bajo la órbita del Comité de Seguridad General
- Nacionalización de algunas áreas de la economía en las que se crearon
manufacturas del Estado.
- Aplicación del Derecho al trabajo garantizado por el Estado
- Impulso a medidas para limitar la propiedad privada para consolidar al
pequeño propietario campesino.
- Asistencia social a indigentes, mendigos y ancianos.
- Derecho a la educación pública.
- Abolición de la esclavitud en las colonias.
Políticas
Los Jacobinos produjeron una fuerte centralización del poder para lograr plasmar
las medidas de transformación y para hacer frente a los desafíos de la guerra y la
insurrección interna. Funcionó el Comité de Salud Pública como centro del gobierno,
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donde todos los cuerpos y funcionarios estaban bajo sus órdenes; Robespierre
integraba este comité y también desempeñó su rol como diputado de la Convención. El
Comité de Seguridad General se encargaba de la Policía y justicia revolucionaria. En
esta etapa el Comité de Seguridad General usó extensivamente el sistema del llamado
"terror" que ya en septiembre de 1792 había surgido en la Comuna de París. Esto
implicaba la formación de tribunales revolucionarios que juzgaban y condenaban a la
guillotina a los "enemigos de la revolución": partidarios del antiguo régimen,
sacerdotes refractarios y opositores como muchos girondinos. En la plaza Concordia se
montó la guillotina donde fueron condenadas miles de personas. El soporte del terror
eran las ideas extendidas del "complot aristocrático" y de la "patria revolucionaria en
peligro". El argumento que enunciaban los jacobinos y cordeleros es que se trataba de
la única forma de salvar la revolución; muchos contemporáneos a los sucesos en
Francia y, especialmente, en Inglaterra veían esto como un sistema dictatorial: como
una democracia sanguinaria encabezada por un líder fanático. Para suprimir la
rebelión federalista en los Departamentos se usó la represión al igual que en La Vendée
para eliminar el movimiento campesino antirrevolucionario, católico refractario.
Constitución de 1793
Los Jacobinos impulsaron el dictado de una nueva Constitución de corte repu
blicano en cuyo núcleo se encontraba el concepto de soberanía, ésta residía en el
pueblo y era indivisible (siguiendo aquí el Contrato social) basándose en el sufragio
universal masculino. El poder legislativo sería ejercido por una Asamblea de Diputados
y el poder ejecutivo por un Consejo de 24 miembros elegido por la Asamblea. El texto
incorporaba los nuevos derechos: al trabajo, referéndum, petición. También se elaboró
una nueva Declaración de Derechos: Robespierre sostenía en la Convención que el
objetivo social es la "felicidad común". Los derechos clásicos naturales como libertad,
igualdad, seguridad y propiedad estaban presentes en el texto constitucional; también
las libertades de opinión, prensa, asociación y culto; se incorporaron otros nuevos
como resistencia a la opresión, derecho a la existencia y educación pública.
Guerra y conflictos
Cultura y civismo
En esta etapa la educación de los ciudadanos era una cuestión de Estado, ya que
se definía como pública y gratuita. La Convención aprobó la modificación de la
denominación del tiempo, estableciendo un nuevo calendario donde el día uno de la
88
revolución coincidía con el nacimiento de la República; así, el 22 de septiembre de 1792
iniciaba el año I; el nombre de los meses cambió por referencias a los ciclos agrarios y
de las estaciones. También produjeron un cambio toponímico, muchos luga res
públicos adoptaron nombres laicos y republicanos. Los Jacobinos apostaron
fuertemente por la construcción de una cultura cívica centrada en la conciencia
ciudadana y revolucionaria; se festejan fiestas cívicas con la participación del pueblo
como la conmemoración del 14 de julio de 1790, establecida como fiesta de la
federación. Estas fiestas cívicas y populares aparecieron en pinturas de la época en las
cuales asistía el pueblo, se interpreta la Marsellesa adoptada como himno y ondeaba la
bandera tricolor. En algunas obras del pintor Louis David se puede percibir todo esto.
La fiesta cívica y la participación en el ejército irán construyendo esa conciencia cívica
y moral revolucionaria.
Por otra parte, hacia fines de 1793 en los Departamentos, en regiones rurales,
algunas facciones de los Cordeleros iniciaron campañas de descristianización,
prohibiendo procesiones y ceremonias religiosas junto al uso del terror contra
refractarios. Los jacobinos y Robespierre, desde el Comité de Salud Pública, criticaron
esas campañas y al efecto se emitió un decreto de Libertad de cultos. Este fue el inicio
de una serie de fricciones entre los sectores aliados en el gobierno: jacobinos y
cordeleros.
Robespierre, siguiendo el deísmo de los filósofos, emitió el decreto de Culto al Ser
supremo (culto de la pura conciencia), que implicaba una suerte de religión cívica que
chocaba con los partidarios de la descristianización y el laicismo.
89
patria y a las leyes".
El gobierno quedó debilitado por la ruptura de la alianza con los cordeleros, de
hecho fueron emergiendo diferencias de visiones y de prácticas socio-políticas entre
ambos grupos. Los jacobinos apostaban por la centralización del poder, mientras los
sans culottes venían realizando una práctica de democracia directa en asambleas.
Hacia julio de 1794, emergió un fuerte debate sobre el uso del terror y se percibió cierta
rivalidad entre los comités. También se notaba un agotamiento del uso de este sistema
del terror. En tanto, Robespierre pronunció un discurso en la Convención donde atacó a
sus enemigos, pero sin nombrarlos, criticando a los partidarios del uso sistemático del
terror. Luego, en un clima de cierta paranoia, un grupo detiene a Robespierre junto al
núcleo de los jacobinos, los cuales son juzgados y guillotinados.
El 9 thermidor, al caer los jacobinos , se terminó el gobierno revolucionario y la
burguesía liberal retomó el poder iniciando la construcción de otro modelo político y
social En este periodo la República se estabilizó y se moderaron sus impulsos más
radicales.
La burguesía liberal al frente del gobierno puso fin a los ímpetus de cambio y al
terror aplicado por los tribunales revolucionarios. Ahora el nuevo gobierno aplicó la
represión y el uso del terror blanco contra jacobinos y contra los Cordeleros que
estaban organizados en las secciones de París; iniciándose el desarme de todas las
reformas sociales y económicas que tendían a la igualdad social como asimismo el
programa económico de máximos y tasació[Link] nuevo gobierno intentó plasmar sus
ideas de libertad económica, propiedad privada y seguridad Las cuales generaron
nuevas crisis de carestía y motines populares que fueron suprimidos con el terror
blanco, es decir la represión sistemática contra las demandas populares
La nueva Convención elaboró otra Constitución que se centraba en mantener la
República; crear un poder ejecutivo de cinco miembros denominado el Directorio y un
poder legislativo elegido por medio del sufragio censitario eliminando el sufragio
universal masculino. Con esto último se desarmó el modelo democrático vigente desde
agosto de 1792.
La República del Directorio siguió vigente hasta 1799, cuando Napoleón
Bonaparte, uno de sus generales más brillantes, asumió el poder apoyado en la fuerza
del ejército y luego inició la etapa del Imperio. Aun así, Napoleón constituyó una figura
paradójica, pues desarmó la República y, a la vez, aplicó muchos postulados de la
revolución y de las ideas ilustradas en las reformas que aplicó.
Conclusión
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europeas y la radicalización de jacobinos y de los sectores populares produjo el tránsito
a la República. En esta etapa se implementó la idea de la democracia republicana con el
ejercicio del sufragio universal masculino. En el periodo jacobino se experimentó con
un conjunto de transformaciones que tienden a afirmar el concepto de igualdad social
y de democracia radicalizada. Las contradicciones y la debilidad del gobierno por la
ruptura de la alianza con los cordeleros provocaron su caída y la vuelta de la burguesía
liberal al poder, cerrando así el periodo de mayor radicalización de la revolución.
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EL IMPERIO FRANCÉS NAPOLEÓNICO
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2024.
David Cabral
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1. El ascenso durante la República del Directorio
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universalista reformista tenía una contracara: los Girondinos, además de producir
reformas en los territorios conquistados, se dedicaron a formar mercados de
exportación y explotaban de recursos naturales de dichos territorios.
Todo esto fue perfilando un desarrollo de guerras defensivas contra las
coaliciones antifrancesas y campañas militares de ocupación territorial promoviendo
esa vocación universalista revolucionaria y una veta nacionalista francesa. De ahí a que
en ciertos círculos de poder se haya comenzado a impulsar la propaganda de aspirar a
formar la “Gran Nación” o lograr el objetivo de las “fronteras naturales de Francia”. Las
denominadas “fronteras naturales” incluían Bélgica, Países Bajos, orilla izquierda del
río Rhin en Alemania y varios principados italianos. El universalismo y el nacionalismo
se tensionan e imbrican en medio del fragor de las guerras que se iniciaron en 1792.
Por otra parte los Jacobinos, en el gobierno dirigido por Robespierre, habían
creado un nuevo Ejército desde 1793, La Grande Armée, mediante: la leva masiva, el
reclutamiento de ciudadanos revolucionarios y campesinos (700 mil soldados), la
división en unidades, fábricas de armamentos, requisa de recursos y el ascenso
jerárquico mediante las destrezas y capacidades. Como señala Eric Hobsbawn, de esa
leva en masa de ciudadanos revolucionarios y el ascenso dentro del ejército por las
capacidades demostradas en combate se configuró luego un ejército profesional de un
inusitado poderío. La Francia revolucionaria construyó un poderoso instrumento
militar y herramienta que le permitía llegar a los objetivos universalistas de aplicar la
Declaración de derechos en los territorios europeos. Ya desde el jacobinismo se fue
construyendo un perfil de ciudadanos soldados fuertemente motivados para defender
la “patria en peligro” y la revolución; los cientos de miles de soldados se sentían
cumpliendo una misión revolucionaria. Los pueblos oprimidos eran interpelados por
Francia a derrocar a sus déspotas reyes e implantar la libertad, los derechos
universales y los gobiernos representativos.
La Grande Armée fue reorganizada con nuevas técnicas y estrategias: batallas
ofensivas, operaciones móviles que incluían líneas de tiradores y uso sistemático de
artillería, combinación de infantería y caballería y el método de ascenso por medio de
las capacidades demostradas en la guerra.
La carrera militar permitió el ascenso meteórico de Bonaparte, mediante su
fuerza de voluntad, genialidad militar y capacidad administrativa.
Durante la República del Directorio el propio gobierno poseía debilidad política y
era sostenido por el ritmo de los éxitos de las campañas militares. Durante este
gobierno se había implantado el dominio de una elite de comerciantes, manufactureros
y funcionarios que buscaba la estabilidad y el enriquecimiento rápido y cuantioso. Para
esto desarmaron todas las medidas de economía dirigida, regulaciones, precios
máximos e igualitarismo del período jacobino, retornaba la economía liberal a
ultranza. Se produjo una devaluación de la moneda e inflación que impactaron en
nuevos ciclos de miseria popular. Los grupos populares intentaron motines y rebeliones
como también los jacobinos elaboraron y participaron de insurrecciones, pero ambos
fueron reprimidos con mucha dureza , el uso del terror blanco, por el Directorio. La
capacidad de movilización de los grupos populares estaba disminuida ya que los sans
culottes se habían enrolado en los ejércitos mediante la leva masiva luego de 1793,
debido a las pérdidas de soldados en los campos de batalla se había producido una
disminución demográfica de los mismos.
94
El Directorio también reprimió varios intentos de toma del poder por parte de
grupos monárquicos que buscaban restaurar a los Borbones (contaban con el apoyo de
los nobles franceses emigrados y las potencias de las coaliciones en guerra contra
Francia). En 1795 el corso dirigió las tropas militares que suprimieron un intento de
insurrección monárquica contra el gobierno. Luego de este suceso se ganó la confianza
de parte del Directorio para ser designado jefe militar de la campaña italiana de 1796
contra las tropas austriacas y sus aliados italianos.
Mientras tanto su vida experimentó un cambio al contraer matrimonio con
Josefina de Beauharnais, de esa relación han perdurado las cartas que le escribía a su
esposa desde los campos de batalla.
Le petit caporal dirigió la campaña militar italiana logrando victorias sobre las
tropas enemigas y acrecentando su prestigio. En 1797 logró ocupar e incorporar estados
italianos al dominio territorial francés.
El Directorio, en lucha contra la coalición de potencias enemigas, había logrado
producir una expansión territorial de la mano de las victorias militares. Diversos
territorios eran ahora ocupados por Francia:
- Bélgica , Holanda ( luego llamada República Batava)
- Regiones de principados alemanes en la orilla izquierda del río Rhin
- Territorios de Principados italianos del norte y centro, que luego fueron
denominados como Repúblicas
- Cantones suizos o Confederación Helvética desde 1798.
En todos estos territorios los grandes comerciantes y manufactureros franceses
obtenían importantes réditos económicos por la apertura de esos mercados y la
explotación de recursos naturales. Se desarrollaban políticas de libre comercio, lo cual
favorecía la especulación financiera y el enriquecimiento de grandes comerciantes y
proveedores de los ejércitos. Por otra parte había una explotación de los territorios
conquistados.
Tras el retorno triunfal del corso a París sería comisionado por el gobierno para
una campaña militar al Mediterraneo, Egipto y Siria, para lo cual se alistó una flota de
barcos y las tropas militares. En 1798 logró desembarcar en Egipto ( territorio que
además era ambicionado por Inglaterra) para ir avanzando con las tropas sobre el
territorio del Nilo. Durante este periplo se buscaba controlar el territorio, explorar y
además lograr un avance en las ciencias. Bonaparte invitó a dicha expedición a
diversos ingenieros y científicos entre los cuales se encontraba Champollion (luego
lograra descifrar el jeroglífico). Pero estos triunfos fueron opacados por la derrotas
navales en el Mediterráneo logradas por la flota naval inglesa, de esta manera se
consolidaba la supremacía naval inglesa.
Hacia 1798 los ejércitos de la coalición enemiga empezaron a lograr triunfos
contra los franceses en los territorios italianos y en los principados alemanes, logrando
avanzar hacia la frontera francesa. Esto coincidió con un nuevo ciclo de crisis
económica: pérdida de valor de la moneda e inflación en alza.
Cuando Bonaparte retornó de las campañas en 1799 hay un inédito escenario
político de debilidad del gobierno y crisis económica. En lo político se había producido
cierto avance de los jacobinos que ahora ocupaban espacios legislativos y en el propio
Directorio, combinado con una agitación realista en las regiones rurales.
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2. El 18 Brumario: golpe y derrumbe de la República. La construcción del
poder personal y un régimen híbrido
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territorios del Imperio territorial e incluso fueron un modelo para el andamiaje
institucional de países de Hispanoamérica, luego de los procesos de independencia.
El historiador Luciano de Privitellio sostiene que el corso buscaba legitimar su
poder en el lenguaje político, ya que en textos constitucionales y documentos se
enunciaba constantemente la apelación a la “República” y la “nación revolucionaria”.
El politólogo Pierre Rosanvallon afirma que Napoleon ejercerá un poder
excepcional como Emperador (luego de 1804) imbricando la legitimidad popular y la
idea monárquica.
En el núcleo del Estado van a desarrollarse procedimientos administrativos y
conceptos que luego tendrán una larga duración en Francia y otros países occidentales.
La gestión napoleónica durante Consulado e Imperio profundizaron y extendieron la
práctica de un sistema de ingreso y ascenso mediante la demostración de capacidades
por parte de los sujetos, disolviendo la conexión del acceso a los cargos por vía de la
pertenencia a grupos nobiliarios o privilegiados. Estas prácticas ya se habían iniciado
en la propia Revolución francesa. De esta forma en la administración central, el
ejército, las Universidades e incluso en los Tribunales van a fijarse pautas legales de
demostración de habilidades, exámenes, pruebas y concursos. Las jerarquías quedaron
establecidas por la demostración de las capacidades individuales. Todo esto vehiculiza
unas carreras abiertas al talento como componente esencial de los estados modernos.
Se abría una etapa de prosperidad y estabilidad que tenía una estrecha relación
con la expansión territorial, el auge del comercio y las manufacturas francesas. Los
territorios conquistados funcionaban como mercados. Por otra parte, un sector de la
burguesía se había dedicado a la compraventa de los bienes nacionales (expropiados
desde 1789 a la Iglesia) y la venta de la tierra de los emigrados nobles. También desde la
época jacobina la venta de parcelas de la tierra de los emigrados a bajo precio favoreció
la consolidación de un campesinado propietario numeroso que era una de las bases de
apoyo político de Bonaparte y fue reclutado para las campañas militares.
El primer Cónsul y luego Emperador les ofrece a las élites y a los sectores
populares las condiciones para mantener la prosperidad, seguridad y propiedad.
Las principales reformas del periodo fueron las siguientes:
1. Se restablecen las relaciones con el Vaticano y se firma un Concordato con la
Iglesia. Se reconoce el catolicismo como la religión de la mayoría de los franceses pero
mantiene márgenes del laicismo estatal.
2. Centralización administrativa que extiende las políticas centralistas iniciadas
en 1793. Si bien se mantienen las circunscripciones de Departamentos y comunas
ahora el poder central tiene la facultad de nombrar funcionarios en las mismas.
3. En la economía se percibe una tendencia a la disminución de la inflación. Se
crea el Banco Nacional y se desarrolla un proteccionismo aduanero. Parte de la
economía se orienta a la provisión de las fuerzas militares y a abastecer los mercados
en los territorios conquistados
4. Bonaparte reestableció la esclavitud en las colonias francesas que había sido
suprimida por los jacobinos. Esto ocurrió en medio de una guerra civil en Santo
Domingo por el levantamiento de los esclavos negros de la isla. La historiadora Florence
Gauthier señala la contradicción en la no aplicación de la reciprocidad de derechos
tanto en 1789 como en la época napoleónica ya que esclavos coloniales y mujeres no
podían ejercer derechos plenos.
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5. Fuerte impulso desde el Estado a la ciencia, la formación de museos y los
monumentos conmemorativos.
6. En educación se reorganiza el sistema de enseñanza y se difunden los liceos
como institutos de segunda enseñanza; impulsan fuertemente la formación científica,
matemática y técnica.
7. Imposición de un autoritarismo creciente mediante arrestos ilegales de
opositores e imposición sistemática de la censura a periódicos y panfletos, para lo cual
se crea una oficina de Censura a cargo de Fouche.
8. Aprobación del Código civil en 1804. Este código condensa una veta de las ideas
ilustradas y de las premisas del liberalismo. Incluye: libertad individual, igualdad ante
la ley, propiedad privada, matrimonio civil y divorcio.
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La Grande Armée se amplió con nuevas levas a cerca de 1,3 millones de soldados y
se experimentaron las nuevas técnicas de combate que permitieron realizar nuevas
anexiones territoriales. Bonaparte en persona o sus mariscales obtenían triunfos
determinantes.
El Imperio abarcaba:
- Bélgica y Holanda
- La franja izquierda del río Rhin en la cual se formó la Confederación del Rhin
- Repúblicas italianas
- Confederación Helvética en cantones suizos
- Ducado de Varsovia. La expansión napoleónica hizo resurgir Polonia que
había sido repartida entre Rusia, Austria y Prusia en el S. XVIII ( el nacionalismo
polaco considera a Bonaparte uno de sus héroes)
- Iliria
- España y Portugal desde 1808
Como ya señalamos antes esta expansión poseía dos lógicas antagónicas y
complementarias: en estos territorios se aplicaron las reformas de la Revolución, de
carácter ilustrado y, a la vez, fueron mercado para grandes comerciantes, especuladores
y banqueros franceses. En Bélgica se produjeron saqueos por parte de las tropas de
ocupación.
Una parte del territorio imperial fue denominado la “Gran nación” incluyendo las
llamadas “fronteras naturales de Francia” por lo tanto se incorporaron como
Departamentos; otra parte funcionaban como Estados aliados o estados satélites.
Dentro del balance del periodo podemos señalar que uno de los cambios más
profundos y duraderos fue el aporte napoleónico para construir Estados modernos en
Europa. El estado moderno implica un territorio homogéneo bajo el gobierno
administrativo y la aplicación de un corpus de leyes uniformes. Pero resulta que en este
periodo sobrevivían formas de estados feudales: el Sacro Imperio Romano Germanico
abarcaba 234 principados, se encontraba en decadencia; existían ciudades- Estado y
ciudades-Imperio; todavía había enclaves territoriales de un estado dentro de otro
estado etc.
Bonaparte disolvió el Sacro Imperio de 234 principados y construyó la
Confederación del Rhin formada por 40 estados; también eliminó diversos estados
feudales en todo el Imperio simplificando el mapa y dando forma a Estados modernos.
En la mayor parte de los territorios del Imperio se aplicará un conjunto de
reformas y puesta en funcionamiento de instituciones derivadas de la herencia de la
Revolución, las ideas ilustradas y los códigos legales del propio Imperio:
1. Supresión del feudalismo y eliminación de los diezmos y rentas a pagar por los
campesinos.
2. En algunos territorios las dinastías gobernantes locales pierden su poder
3. Aplicación de los códigos legales franceses y en especial del Código civil
4. En diversos territorios se promovieron sistemas representativos electivos.
5. Venta de algunos bienes y tierras de la Iglesia en determinados estados.
6. En Bélgica, Confederación del Rhin y estados italianos los códigos legales
napoleónicos fueron la base de leyes locales.
En el mundo colonial francés se venían produciendo conflictos como es el caso de
la isla de Santo Domingo, en la cual los franceses habían desarrollado una economía de
99
plantación ,esto mediante la explotación de miles de esclavos negros. En esta colonia se
inició una rebelión antiesclavista en 1791, la misma se basaba en la Declaración de
derechos de la Revolución francesa, y derivó en una cruenta guerra civil. Luego
disminuyo la intensidad cuando los jacobinos resolvieron suprimir la esclavitud
colonial pero los franceses dueños de plantaciones decidieron no cumplir con esta
resolución. Bonaparte, luego de reestablecer la esclavitud, envió tropas para sofocar la
rebelión pero fueron derrotadas y en 1804 los rebeldes tomaron el poder con Jean-
Jacques Dessalines como líder, proclamando la independencia de Haiti. Esta rebelión
social antiesclavista de tipo independentista tuvo gran repercusión en diversos
territorios de América.
En el Imperio francés construido en el territorio europeo se formaron
diversas coaliciones de estados monárquicos contra Francia, a estas coaliciones se
sumaría ya desde 1793, Inglaterra. Inglaterra que poseía una monarquía parlamentaria,
se encontraba en plena revolución industrial por lo cual buscaba abrir los
mercados europeos al comercio de manufacturas. Por otra parte uno de los objetivos
centrales estratégicos de la potencia inglesa era frenar el avance francés para
restablecer el “equilibrio” europeo. La aguda confrontación anglo-francesa era de larga
data y durante el s. XVIII se enfrentaron en guerras marítimas, disputando el control
de rutas marítimas y enclaves coloniales. Sin embargo la superioridad naval inglesa era
significativa logrando triunfos navales sobre su rival durante todo este periodo como es
el caso de la batalla naval de Trafalgar en 1805.
Las tropas napoleónicas habían obtenido una hegemonía continental lo cual
permitió que Bonaparte diseñe el “Sistema continental” en 1806, este sistema era un
conjunto defensivo militar y líneas aduaneras en costas europeas para bloquear el
comercio inglés.
Esto implicaba que los grandes comerciantes y manufactureros franceses podían
ver mercados ampliados libres de la competencia inglesa. El bloqueo tuvo una
eficiencia relativa ya que las manufacturas inglesas producidas en serie en las fábricas
eran de menor costo por lo que se generaba un contrabando de las mismas. Los reinos
que no adherían a este bloqueo comercial, como Portugal, fueron señalados como
objetivos de ocupación militar que finalmente se concretaron. El comercio marítimo
inglés, al perder parte el mercado europeo se direccionó hacia el comercio con los
enclaves costeros de la India e intentando abrir el comercio con las colonias españolas
en Hispanoamérica.
En los territorios del Imperio francés napoleónico fueron muy disímiles los
comportamientos de las elites locales: magistrados urbanos, nobleza, comerciantes y
manufactureros. El historiador Stuart Woolf analiza la forma en que diversos grupos
dominantes actuaron: colaboración, adhesión, alianza o rechazo. Sectores de la nobleza
o burgueses obtuvieron cargos administrativos y oportunidades para realizar negocios.
En las regiones alemanas de Renania-Westfalia y de los reinos italianos los grupos
dominantes en general adhirieron y colaboraron en la administración. También miles
de jóvenes holandeses, belgas o suizos se enrolaron como reclutas a los ejércitos
napoleónicos atraídos por la imagen heroica de Bonaparte. Por otra parte la
confiscación de tierras de la Iglesia y de nobles emigrados y su posterior puesta en
venta abrirán oportunidades para un sector de la elite local y también la posibilidad de
formar un campesinado propietario de parcelas como en la propia Francia. Otros
100
sectores de los grupos dominantes rechazaron de plano la dominación imperial
francesa o se retiraron de la vida pública como es el caso de la nobleza española. En
toda Europa la mentalidad anti ilustrada y los sentimientos antifranceses tenían un
fuerte peso tanto en las elites nobiliarias como en sectores populares.
Por otra parte, al lograr ir avanzando las tropas napoleónicas se encontraron con
una fuerte resistencia de grupos populares campesinos y urbanos. Hobsbawm
denomina a estos movimientos como un “protonacionalismo” , que estaba muy
arraigado en grupos campesinos y en menor medida urbanos. En el Tirol, España y
Rusia esta resistencia popular fue un escollo para el control de esos territorios. A veces
era un rechazo al dominio francés extranjero y una adhesión a los valores de la tierra
ancestral, las jerarquías, la defensa de la religión y la identificación con las
monarquías.
Luego de la invasión napoleónica a España, los estamentos nobiliarios y clericales
así como las ciudades resisten y entablan una lucha contra el avance francés. Un
reducido sector de letrados, intelectuales y sectores medios adhieren a los cambios y
ven la oportunidad para activar reformas liberales constitucionales, serán los llamados
“liberales afrancesados”. Los grupos populares españoles se plegaron masivamente a la
lucha contra los invasores. En las pinturas, dibujos y grabados de Francisco Goya
quedaron representadas escenas de la resistencia armada contra los franceses, como la
pintura “3 de Mayo en Madrid”, en la misma se reproduce un episodio en el cual tropas
napoleónicas proceden a fusilar a un grupo de resistentes. También se pudo
reconstruir la historia de cientos de mujeres de diversa extracción social que lucharon
contra la dominación francesa, estos episodios se narran en crónicas y en las propias
obras de Goya. Cuando Bonaparte invadió España se pudo aprisionar al rey Fernando
VII, inmediatamente se produjo una reacción de resistencia y se crearon de Juntas de
gobierno en las ciudades.
Estos hechos tuvieron vastas repercusiones en las colonias de hispanoamérica
logrando activar los procesos de autonomía y luego las independencias.
101
escritor ruso Leon Tolstoi escribió la novela histórica Guerra y Paz, en la cual narra las
vicisitudes del conflicto.
Cuando Bonaparte retornó derrotado a París , se encontró con un ambiente de
desasosiego y pérdida de confianza, incluso en su ausencia se había producido un
intento de golpe militar. Retomaría la tarea de reorganizar el gobierno y reclutar
nuevos contingentes de soldados. La coalición antifrancesa estaba integrada por la
Santa Alianza: Imperio ruso, Imperio de Austria y Prusia; poseían una identificación
cuasi mística de cruzada cristiana. Esta alianza inició una contraofensiva en alianza
con Inglaterra. Finalmente se produjo la decisiva y sangrienta batalla de Leipzig en
octubre de 1813, en la cual Bonaparte fue derrotado. Luego el ejército francés intenta
nuevas maniobras pero la coalición avanza liberando territorios del dominio imperial
napoleónico. La desmovilización del ejército francés tras las derrotas, produjo la
llegada de unos 300 soldados y oficiales napoleónicos a Sudamérica, que huían de la
persecución europea y encontraban oportunidad en las guerras independentistas.
Entre ellos, llegaban a Tucumán unos 20 franceses: figuras como el agrimensor
Philippe Bertrés, autor de los primeros planos de la ciudad, los hermanos Paillardelle
partícipes de la creación de la Ciudadela, o Dauxión Lavaysse, dedicado a iniciar el
periodismo local.
En marzo de 1814 las tropas de la coalición entran en París y desencadenan la
formación de un gobierno provisional encabezado por Talleyrand. Bonaparte abdica al
trono imperial. El corso logró negociar y obtener el Principado sobre la isla de Elba y
una guardia de 800 soldados.
En Francia retornaron los Borbones que son restaurados en el trono con Luis
XVIII.
Las potencias vencedoras convocaron a un Congreso en Viena para diseñar un
nuevo orden europeo de tipo conservador y antirrevolucionario.
Luego para sorpresa de muchos, Bonaparte , al mando de una flota, retornó a
Francia desembarcando en Cannes en marzo de 1815 iniciando el periodo de los “cien
días”. El rey Luis XVIII huye mientras el corso recupera el poder y rearma una fuerza
militar de 120 mil soldados. Logró obtener una victoria en Bélgica pero luego es
derrotado finalmente en Waterloo (junio de 1815). Las tropas de la coalición entran
nuevamente en París para garantizar el reinado de Luis XVIII.
Bonaparte sería recluido en la isla de Santa Elena bajo custodia inglesa. De esta
manera la derrota y el ostracismo marcaron el eclipse de su figura. En este exilio
forzado se dedicaría a realizar caminatas y escribir. Al llegar las noticias acerca del
Congreso de Viena y la Santa alianza en las cuales se anunciaban los objetivos de lograr
una “paz duradera y universal”, el corso anota en su diario: “ ¿ Servirá efectivamente
para mantener la paz universal?, pero es una quimera incapaz de engañar a los
gabinetes diplomáticos (…) la única manera que entenderlo es viéndola como una
alianza de los reyes contra los pueblos”.
En 1821 falleció Bonaparte, Le petit caporal, pero su legado complejo y
contradictorio y su mito siguieron rodando en la historia hasta hoy.
En París durante la revolución republicana de 1848, en las barricadas donde se
producían los combates se cantaba una canción popular: “ Napoleón, Napoleón, se un
buen republicano, vuelve a tu palacio…”.
102
LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS INGLESAS DE
NORTEAMÉRICA
Versión libre y sintética de MC FARLANE, Anthony (1992). El Reino Unido y América: la época
colonial. Madrid, Ed. MAPFRE. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de
Historia Social General.
Después del triunfo de Gran Bretaña en la Guerra de los Siete Años, sellado con el
Tratado de París en 1763, España, el antiguo enemigo, y Francia, la gran rival
contemporánea, habían sido expulsados por la fuerza de la mitad oriental del
continente americano y sus colonias encaraban unas oportunidades sin precedentes
para la expansión de la colonización, el dominio y el comercio.
La anexión de Canadá fue particularmente significativa, puesto que abrió el
interior a la expansión hacia el oeste deseada tanto por los colonos como por los
especuladores, al crear espacio para una población britano americana que continuaba
creciendo a una velocidad vertiginosa, tanto por la inmigración, como por el aumento
natural. Después de 1763 las corrientes de inmigrantes seguían saliendo a raudales de
Europa, atraídas por las posibilidades de tierra barata o gratuita. Entre 1766 y 1776,
alrededor de 150.000 nuevos inmigrantes desembarcaron en los puertos
norteamericanos; unos 60.000 provenían del Ulster, 25.000 de Escocia y 15.000 de
Inglaterra y Gales, mientras que grandes cantidades de alemanes siguieron las rutas
trazadas por otros de sus compatriotas a principios de siglo. Como en el medio siglo
anterior, la inmigración sólo contaba para una parte del rápido crecimiento de la
población. La tasa de reproducción de las familias de las colonias hacía el resto, pues
seguía siendo muy alta y, combinada con la inmigración, acrecentó la población blanca
de Norteamérica hasta cerca del medio millón en el breve espacio de una década,
después del año 1765.
El comercio colonial también fue vigoroso. Durante principios del decenio de
1760, el ritmo del crecimiento disminuyó momentáneamente, puesto que el auge de la
guerra impulsado por los gastos y el crédito británicos se terminaba, dejando a la
mayoría de las colonias luchar con la recesión económica hasta el año que transcurrió
entre 1765 y 1766. Sin embargo, la depresión de la posguerra duraría poco. La creciente
demanda en los mercados europeos de cereales trajo consigo el alza de los precios para
los productos de los agricultores de las colonias septentrionales y centrales. Los
plantadores de arroz e índigo de Carolina del Sur vieron florecer sus mercados de
ultramar, mientras que los exportadores y comerciantes de los puertos principales
continuaban ampliando su negocio, al transportar cerca del 75% de todo el comercio
de las colonias continentales. Así, el notable crecimiento de la población y de la
actividad económica que caracterizó la primera mitad del siglo XVIII siguió, y aún se
aceleró, en el contexto de la temporal pax británica establecida en Norteamérica
después de la Guerra de los Siete Años. Esto no significó que las colonias estuvieran
libres de los problemas económicos. El comercio del tabaco de Chesapeake continuó
sufriendo fuertes fluctuaciones, recuperándose del declive de la posguerra entre 1766 y
1767 sólo para enfrentarse con renovados problemas cuando los precios se hundieron
una vez más entre 1772 y 1775. El derrame de efectivo para pagar el alto nivel de
103
importaciones de Gran Bretaña durante la guerra, y el rechazo del Parlamento
británico a permitir que las colonias pusieran en circulación billetes como un
suplemento de la moneda, contribuyeron a impedir el crecimiento económico. Sin
embargo, el principal problema que afligió al Imperio británico después de la Guerra de
los Siete Años estaba, no en las relaciones económicas entre las colonias y la metrópoli,
sino en sus relaciones políticas. En la década posterior a 1763, los gobiernos británicos
se enfrentaban a la existencia de una nueva y vasta extensión del imperio, con análogas
cargas adicionales de administración y defensa. Para poder hacer frente a estas cargas,
introdujeron una serie de políticas diseñadas para racionalizar el imperio, en un
esfuerzo por llevar el orden y la eficacia a una agrupación inconexa de colonias que,
como decía Edmund Burke, fueron formadas, crecieron y florecieron como accidentes,
que la naturaleza del clima, o las disposiciones de hombres particulares acertaron a
hacer funcionar.
La reorganización imperial
El problema más inmediato con que el gobierno británico se enfrentó fue cómo
imponer el control sobre los nuevos territorios que había adquirido en Norteamérica.
Si el derrocamiento de la soberanía francesa en Canadá había eliminado el gran desafío
a la ascendencia británica, su desaparición dejó otros problemas tras ella. En primer
lugar, el engrandecimiento del Imperio significó que Gran Bretaña tuviera que
consolidar su dominio sobre la población francesa de Canadá y hacer planes para su
integración en un sistema de gobierno británico. Segundo, el Parlamento tuvo que
construir relaciones estables con los nativos del interior, para evitar que los sangrientos
conflictos entre los colonos americanos y los indios, que habían estallado en la frontera
durante la Guerra de los Siete Años (conocida en la Norteamérica británica como la
"guerra de los franceses y los indios") continúan sangrando los recursos financieros y
militares de Gran Bretaña.
Para poder hacer frente a los colonos franceses en Canadá, los gobiernos
británicos buscaron la conciliación, por lo que evitaron cambios importantes. El
gobierno francés en Québec y en otros centros de asentamiento de colonos fue
simplemente reemplazado por un gobernador militar británico y sus tenientes; por lo
demás, la población francesa fue dejada en paz. Aunque hubo planes para aumentar el
dominio de Gran Bretaña sobre los territorios anexionados promocionando esquemas
de inmigración hacia Canadá desde las colonias vecinas, éstos no llegaron a
materializarse, a pesar de que Canadá estaba ahora bajo la soberanía británica, y
abierta al comercio británico, siguió siendo una sociedad fundamentalmente francesa,
que conservó por lo general intactas sus instituciones sociales y culturales. Más tarde
esta continuidad esencial sería reconocida formalmente por el Acta de Québec de 1774,
con la que el Parlamento británico garantizaba las "leyes, privilegios y costumbres
antiguos" de los franceses con respecto a su sistema legal y vida religiosa.
La ordenación de las relaciones con los indios del interior, que previamente se
habían aliado con Francia, fue más complicada, pero también provocó una reacción
inmediata del gobierno británico. Tras la reanudación de las hostilidades entre blancos
e indios con la rebelión encabezada por el jefe Pontiac, el Parlamento aprobó la Ley de
Proclamación de 1763, en un esfuerzo por separar las tierras indias de las blancas en el
104
interior, y así proteger a las tribus indias de las incursiones incontroladas en sus
territorios. La "Línea de Proclamación" puso un límite que se extendía desde el golfo de
San Lorenzo a lo largo de las montañas de la costa hasta Florida, y el Parlamento
decretó que los grandes territorios al oeste de esa línea se reservaran para los indios,
reclamaran lo que reclamaran las colonias norteamericanas y sus habitantes. El límite
fue artificial, puesto que los blancos y los indios siguieron viviendo a ambos lados de él
en algunas regiones, y como no hubo fondos suficientes para vigilarlo rigurosamente,
los colonos blancos continuaron entrando en tierras que los indios consideraban como
suyas. De todos modos, fue una útil medida temporal, que dio respuesta a las exigencias
de los indios para que los blancos respetaran sus territorios sin tener que levantar una
barrera demasiado fuerte que contuviera la progresiva penetración de los blancos.
Medidas como éstas, sin embargo, no resolvieron el problema central con el que
se enfrentaba el Parlamento británico tras la Guerra de los Siete Años; a saber, cómo
financiar la defensa y el gobierno de un imperio acrecentado por medio de un tesoro
agotado por la guerra. Dentro de la misma Gran Bretaña había una fuerte oposición
hacia cualquier aumento de los impuestos. Los británicos eran ya la nación más
sometida a contribuciones en Europa, aparte de los holandeses, y la aristocracia se
quejaba constantemente de las cargas fiscales que tenía que soportar. Además, la
aversión a pagar más impuestos fue reforzada por la poca disposición que había para
financiar un ejército regular, por la simple razón de que tal institución amenazaría la
libertad inglesa. Los gobiernos de Londres se mostraron, pues, cautelosos de imponer
nuevos impuestos en Inglaterra, por el miedo a las consecuencias políticas. Visto desde
Londres, había en cualquier caso una alternativa al alcance de la mano. Si las colonias
tenían que ser defendidas, ¿por qué los colonos no debían pagar más por su propia
defensa? En comparación con los habitantes de Gran Bretaña, ellos no pagaban casi
nada de impuestos. En 1765, los británicos pagaron un promedio de 26 chelines por
cabeza al año, mientras que en Pennsylvania y Maryland el promedio de carga fue de
sólo un chelín al año, y aún menos en Nueva York y Virginia. Aparte de los aranceles de
aduana, algunos colonos no pagaron ningún impuesto. Carolina del Sur, por ejemplo,
no recaudó un solo impuesto entre 1764 y 1765, mientras que el gobierno de
Connecticut, después de recibir una subvención del Parlamento para pagar los gastos
en los que había incurrido durante la Guerra de los Siete Años, logró evitar imponer
contribuciones a sus habitantes por una temporada aún más larga, entre 1764 y 1770.
En estas circunstancias, fue inevitable que Jorge Grenville, el nuevo primer ministro de
Jorge III, pidiera que las colonias pagaran por los ejércitos permanentes que
necesitaban para su defensa, especialmente desde que la sublevación de Pontiac y el
Acta de Proclamación requirieron la presencia de tropas británicas en el territorio
norteamericano.
Al principio, Grenville decidió que las colonias deberían pagar más impuestos
sobre su comercio para costear los gastos de su defensa. En 1764 introdujo una nueva
Ley de Comercio que reorganizaba los derechos sobre ciertas importaciones a las
colonias, y tomaba algunas medidas para asegurar que los aranceles de aduana fueran
recaudados eficientemente en los principales puertos. Conocida como la "Ley del
Azúcar", porque afectaba la importación de melaza de las Antillas a Norteamérica, esta
nueva legislación provocó resentimientos en las colonias, que se expresaron más a
través de la evasión y la no cooperación que mediante una oposición política
105
organizada. Esto pronto cambió, cuando, en 1765, Grenville introdujo la Ley del Timbre,
que exigía el pago de impuestos sobre documentos legales y comerciales, periódicos,
panfletos y naipes. Para el gobierno británico parecía una medida completamente
razonable. Sus defensores argüían que los colonos no tenían por qué quejarse, puesto
que mucho del impuesto del timbre sería pagado por los comerciantes británicos, y los
ingresos que reunieran se gastarían en América. Los norteamericanos, por otro lado,
estaban furiosos por la nueva medida, por lo que llevaron a cabo una violenta acción
colectiva para mostrar su disgusto.
Por todas las colonias, la Ley del Timbre levantó una oleada de protestas.
Alborotadas multitudes urbanas atacaron a los recaudadores y su propiedad,
impidieron el arresto y el juicio de los manifestantes y una red de grupos de protesta,
compuestos por pequeños colonos, artesanos, comerciantes, marineros, obreros y otros
que se denominaron a sí mismos los "Hijos de la Libertad", organizó una campaña
concertada para asegurar que el impuesto no entrara en vigor. Tal fue el impacto de
este desafío que los recaudadores americanos del impuesto del timbre fueron obligados
a dimitir de sus cargos, y la Corona fue acosada con peticiones para revocar la medida,
tanto por parte de los colonos como de los comerciantes británicos, quienes calificaron
la desorganización en los puertos como muy perjudicial para sus negocios. Enfrentado
con una amplia desobediencia y confusión, el gobierno británico decidió que la cautela
era la mejor actitud, y ayudado por el hecho de que Grenville había sido reemplazado
por un nuevo primer ministro, revocó la ley apenas un año después de su
promulgación. La calma fue restaurada, pero no antes de haber infligido un daño
considerable a la relación entre Gran Bretaña y las colonias norteamericanas.
El problema develado por la Ley del Timbre no fue simplemente que los colonos
no tuvieran ganas de pagar nuevos impuestos; para ellos, la Ley del Timbre era un
asunto de principios. En su opinión, la ley violaba uno de sus derechos defendido por
largo tiempo: votar sus propios impuestos, sin la interferencia del Parlamento. La
resistencia hacia el nuevo impuesto, bastante predecible entre unas personas no
acostumbradas a pagar mucho a la Corona, asumió por tanto una forma más aguda y
peligrosa porque cristalizó en un asunto político de suma importancia para los
americanos: la doctrina que establecía: "no impuestos sin representación". Al tratar de
recaudar impuestos directamente, el Parlamento había desafiado la autonomía de
gobierno que se había convertido en artículo de fe entre los coloniales.
En este sentido, la Ley del Timbre fue verdaderamente un "prólogo a la
revolución". No sólo produjo el desafío colectivo a gran escala hacia las órdenes del
gobierno británico, sino que también planteó el asunto problemático de la magnitud de
la jurisdicción del Parlamento sobre las colonias, y obligó a ambos lados a clarificar sus
divergentes y contradictorias opiniones sobre el carácter del Imperio y los derechos de
sus súbditos. Y lo que fue todavía peor, ello puso a Gran Bretaña y sus colonias en el
camino de una colisión. Entre los norteamericanos, la Ley del Timbre difundió el recelo
acerca de las intenciones del gobierno metropolitano, volviéndoles muy susceptibles
hacia cualquier acto del Parlamento británico que pudiera interpretarse como un
nuevo ataque a sus derechos políticos. Al tiempo que los norteamericanos se volvían
más celosos en la defensa de su "libertad", en Gran Bretaña surgían en el gobierno los
que estaban igualmente determinados no sólo a obligar a las colonias a hacer más
contribuciones a los impuestos, sino también a poner en práctica el principio de la
106
soberanía incontestable del Parlamento. Así, aunque la Ley del Timbre había sido
rescindida, el empuje de la política imperial se hizo más contundente, y fue reforzado
por la resolución del gobierno imperial de imponer su voluntad sobre los colonos
rebeldes.
Reforma y rebelión
107
público colonial cada vez más politizado. Sin embargo, las dudas y las divisiones
quedaban. Entre los comerciantes y los hombres ricos que se habían confabulado en la
oposición contra la política británica, el entusiasmo por la resistencia disminuyó a
medida que el bloqueo de las importaciones interfería en sus negocios, y los problemas
políticos dotaban a los oscuros radicales de una influencia política previamente
reservada a las clases altas. Así pues, la parcial revocación de los decretos Townshend
dio una tregua a la disputa con el gobierno británico, y abrió un espacio para la
reconciliación.
El conflicto, sin embargo, no se resolvió fácilmente. La participación popular en
la resistencia organizada contra la política británica había implicado a hombres
nuevos, muchas veces pobres, en la política, y, como algunos de estos individuos
encontraron sus vocaciones y carreras políticas en excitar y orquestar la oposición
hacia Gran Bretaña, los problemas que dividieron la metrópoli y las colonias no se
desvanecieron. Mientras tanto los ministros del gobierno británico no lograban ni
comprender la profundidad de la oposición colonial ni apreciar la naturaleza del
conflicto político que ésta implicaba. El gobierno de lord North, iniciado en 1770, buscó
la conciliación, pero pronto tropezó con un problema. En 1773 aprobó la Ley del Té, con
el fin de que la Compañía Británica de la India Oriental resolviese sus dificultades
financieras monopolizando las importaciones del té en las Américas. Visto desde
Londres, no parecía haber razón para que los colonos se opusieran a esta medida, ya
que reducía el precio del té pagado por el consumidor. De hecho, la Ley del Té sirvió
para aglutinar los resentimientos coloniales en una nueva coalición de protesta. La ley
no sólo amenazaba con arruinar a los comerciantes americanos que tenían existencias
de té compradas a precios más altos, sino que, a causa de haberse reanudado los
intentos parlamentarios por imponer impuestos a los colonos, también permitió que
los radicales reviviesen el fantasma de la usurpación británica de la libertad
americana.
Las protestas se centraron en el puerto de Boston, donde la defensa de los
intereses económicos y de los principios constitucionales unió a los comerciantes y a
las muchedumbres urbanas en un desafío directo a la Ley del Té. En la famosa "Fiesta
del té de Boston" del 16 de diciembre de 1773, los barcos que transportaban el té fueron
abordados por los que protestaban disfrazados de indios, y sus cargamentos arrojados a
las aguas del puerto, en medio de un público regocijo. En respuesta a este insolente
desacato hacia la propiedad inglesa y la autoridad del gobierno, lord North decidió
castigar a Boston y a la colonia de Massachusetts. En 1774 las "Leyes Intolerables"
("Intolerable Acts") cerraban el puerto de Boston, rectificaban la cédula de
Massachusetts para dar al gobernador real mayores poderes, hacían una revisión de los
procedimientos jurídicos y facilitaban el acuartelamiento de tropas británicas donde
quiera que ocurrieran desórdenes civiles.
Este esfuerzo para obligar a la sumisión a los colonos pronto demostró ser
contraproducente. Mientras North intentaba sacar una retribución de Massachusetts,
sus leyes coercitivas provocaban que otras colonias se unieran por afinidad al
movimiento general de oposición en que se convirtió una protesta provincial. El Acta de
Québec de 1774 reforzó más todavía la aversión general hacia la política real y ayudó a
solidificar una alianza contra Gran Bretaña. Al extender los límites de la provincia de
Québec hacia el sur y el oeste, el Acta de Québec confirmaba los temores coloniales de
108
que la Corona estaba decidida a violar su libertad. Dentro del febril ambiente político
de estos años, el Acta parecía ser un deliberado intento de poblar las tierras
occidentales con franceses católicos, que, al no tener instituciones representativas y ser
gobernados directamente por la Corona, parecían estar sujetos al mismo despotismo al
que temían los habitantes de las colonias. Con el asunto constitucional del poder del
Parlamento sobre las colonias una vez más en la vanguardia de la política colonial, la
resistencia se extendió rápidamente más allá de Boston. Al tratar de aislar e intimidar a
Massachusetts, lord North logró lo contrario. Los gobiernos y los habitantes de las trece
colonias de Norteamérica vieron la amenaza contra una como un desafío contra todas,
y, enterrando sus diferencias, se unieron para apoyar a Massachusetts. En septiembre
de 1774, un Congreso Continental se celebró en Filadelfia para elaborar una política
común que se opusiera al gobierno británico.
Precedido de una gran actividad política dentro de las colonias mismas, el primer
Congreso Continental reflejó la gravedad de la situación política que se había
desarrollado desde los primeros esfuerzos británicos para reformar la política colonial.
Todas las colonias excepto Georgia enviaron delegados al Congreso, y en el curso de sus
deliberaciones, el reto a la autoridad británica se volvió abierto e inequívoco. Entre los
delegados había una minoría que deseaba reordenar las relaciones con la metrópoli
persuadiendo al gobierno británico a crear un sistema federal para el Imperio,
encarnado en un "Plan de la Unión" propuesto por Josephs Galloway. Este plan exigía la
creación de una nueva legislatura americana elegida por las asambleas coloniales. Este
cuerpo federal aprobaría toda la legislación americana en conjunto con el Parlamento
británico, sujeto al veto de un presidente-general nombrado por la Corona, mientras
que dejaba a las legislaturas coloniales existentes con el control sobre los asuntos
locales.
La falta de confianza en el Parlamento británico aseguró el rechazo a este
compromiso. En cambio, los delegados se adhirieron a un plan más radical; en
conjunto condenaron al Parlamento por su ataque contra los principios
constitucionales del gobierno colonial y acordaron alinear a las colonias en una
Asociación Continental. Los objetivos de esta asociación eran simples: bloquear el
comercio con Gran Bretaña e impedir el consumo de mercancías británicas, y montar
una fuerza militar que protegiera los derechos coloniales. La respuesta de lord North y
del rey Jorge III fue igualmente intransigente. El derecho del Parlamento a decretar
impuestos sobre las colonias fue firmemente ratificado, a la vez que se hicieron los
preparativos para enviar refuerzos a las tropas para respaldar la voluntad real con la
fuerza si fuera necesario. Los acontecimientos llevarían ahora a la confrontación
armada, que comenzó en Lexington y Concord, cerca de Boston, en abril de 1775, con
algunas escaramuzas a las que siguieron, en mayo, los combates en la frontera
occidental de la colonia de Nueva York. Cuando los delegados de las asambleas se
reunieron de nuevo para el segundo Congreso Continental en el mismo mes, las
colonias ya estaban efectivamente en guerra con Gran Bretaña, y en junio el Congreso
votó crear y financiar un ejército continental, con George Washington como
comandante en jefe.
Aun a estas alturas quedaba una posibilidad remota de reconciliación. El
Congreso negó que su intención hubiera sido la de separarse de la metrópoli,
insistiendo en que los colonos estaban simplemente protegiendo sus derechos como
109
ingleses, y suplicó al rey que cambiara el curso de su gobierno, Jorge III, sin embargo,
no fue capaz de apoyar ninguna retracción del principio de soberanía parlamentaria,
ahora abiertamente rechazado por los colonos, y su intransigencia ante la petición de
la "Rama de Olivo" rompió el último lazo entre las colonias y la Corona. Su gobierno,
que declaró que las colonias estaban en un estado de rebelión, puso un embargo sobre
el comercio norteamericano, y envió más tropas británicas para imponer la autoridad
del rey.
El Congreso Continental, tampoco dispuesto a retroceder, se decidió por la
ruptura definitiva con la metrópoli. En junio de 1776, Richard Henry Lee, de la
Asamblea de Virginia, presentó al Congreso las resoluciones que declaraban la
independencia de las colonias unidas, demandando un plan de confederación y
declarando la necesidad de buscar alianzas con el extranjero para la guerra con Gran
Bretaña. Después de debatir estas propuestas, los delegados decidieron redactar un
documento que explicara y justificara sus acciones. El resultado fue la Declaración de
Independencia del 4 de julio de 1776, una declaración de principios e intenciones que
hizo fútil cualquier esfuerzo adicional para la reconciliación. A partir de ese momento
la guerra siguió para decidir si las colonias capitularían a la autoridad británica o se
separarían de ella.
110
que las cámaras bajas de las Asambleas defendían celosamente su derecho a controlar
las finanzas internas, tanto como las controversias sobre otros asuntos, tales como el
derecho de la Iglesia anglicana a nombrar a los obispos para las Américas. Pero el
Parlamento nunca había llegado a estar lo suficientemente interesado en estos asuntos
como para forzarlos a una decisión concluyente, así que en general las relaciones
políticas entre la metrópoli y las colonias siguieron estando en un plano de igualdad.
Tampoco a los norteamericanos les preocupó mucho las restricciones impuestas
sobre ellos por las Leyes de Navegación británicas. En efecto, se ha demostrado
convenientemente que, lejos de provocar la separación de Gran Bretaña y sus colonias,
estas regulaciones comerciales no representaron ningún impedimento serio al
desarrollo del comercio externo de las colonias y, al unir a los productores y a los
comerciantes en una matriz de mercados en expansión, ayudaron a mantener el
Imperio unido. Los colonos de vez en cuando se quejaban de las restricciones
impuestas sobre el comercio, mas el sistema comercial inglés nunca había sido una
camisa de fuerza económica de la clase que España impuso sobre sus colonias
americanas. Las colonias de Gran Bretaña podían comerciar directamente con los
extranjeros en ciertos mercados, y una amplia variedad de salidas europeas e
intercoloniales aseguraron que, a mediados del siglo XVII, estaban entre las economías
más florecientes del mundo colonial americano. Tanto política como económicamente,
el sistema colonial británico funcionó, pues, sin tensiones serias durante más de medio
siglo después de la "Revolución Gloriosa". Entonces, ¿por qué las relaciones
empeoraron después de 1765, llevando al resquebrajamiento del Imperio en 1776?
Un análisis de esta transformación política debe comenzar desde el punto en el
que el Imperio parecía más fuerte, tras el triunfo de las armas y la diplomacia británica
sobre los franceses en 1763. La derrota del colonialismo francés en Canadá fue una gran
victoria para Gran Bretaña y un alivio para sus súbditos norteamericanos. Sin embargo,
la eliminación de la amenaza francesa no sólo cambió la balanza del poder colonial
entre Gran Bretaña y Francia, también modificó el equilibrio de los intereses dentro del
mismo Imperio angloamericano.
En el Caribe, donde Francia retenía sus posesiones más importantes, las colonias
británicas continuaron haciendo frente a la amenaza de un ataque externo, y por eso
aún dependían de la fuerza naval y militar suministrada desde la metrópoli para su
defensa. En Norteamérica, por otro lado, la expulsión de Francia redujo la dependencia
colonial del poder británico, mientras al mismo tiempo sembraba la discordia entre el
gobierno metropolitano y las colonias. Para los norteamericanos, la derrota de Francia
prometía nuevas oportunidades para la expansión y parecía un momento adecuado
para aflojar las restricciones; para el gobierno británico, sin embargo, conllevaba
nuevas cargas en defensa y administración, lo cual sugería la necesidad de una
supervisión más cuidadosa y controles más estrechos, y precipitó un cambio abrupto
en la política imperial. Fue esta repentina reorientación de la política lo que provocó el
problema entre Gran Bretaña y sus colonias. No sólo incluía leyes que vulneraban
intereses económicos coloniales específicos; después de un largo período en el que los
colonos se habían acostumbrado al blando gobierno de Londres, también reveló la
brecha previamente latente en las opiniones coloniales y metropolitanas acerca de la
constitución misma del Imperio, y, al generar la resistencia hacia el gobierno británico,
ayudó a que las diferentes colonias se unieran en una causa común.
111
Este reto hacia la autoridad británica empezó, como hemos visto, con la
desafiante respuesta de las colonias a las medidas gubernamentales diseñadas para
obligarlos a pagar una gran parte de los gastos del Imperio. Pero sus líderes no se
opusieron simplemente a los nuevos impuestos y a los nuevos métodos para su
recaudación; también refutaron el derecho del Parlamento hasta de proponer y hacer
leyes que gobernaran la tributación colonial. Cuando el Parlamento persistió en su
insistencia al derecho de legislar para las colonias en todos y cada uno de los asuntos al
respecto de su gobierno, las posiciones se endurecieron en ambos lados del Atlántico. El
desafío colonial interrumpió los esfuerzos británicos para la reforma, pero no
persuadió al Parlamento a abandonar su propósito. En cambio, los gobiernos británicos
buscaron poner en práctica sus políticas por medio de la coerción, la cual provocó una
resistencia aún mayor, seguida a su vez por medidas más duras de los gobiernos
metropolitanos determinados a mantener su autoridad. Cuando Gran Bretaña recurrió
a los métodos militares, provocó una movilización en las colonias, que al final llevaría
al estallido de una guerra total con la madre patria.
La evolución del conflicto desde las primeras protestas, principalmente
defensivas, contra las reformas británicas hasta una negación total y agresiva de la
autoridad británica, no puede explicarse simplemente por las medidas específicas
introducidas por el Parlamento entre 1765 y 1774. Aunque las protestas contra los
nuevos impuestos empezaron como una defensa de los intereses locales y sectoriales, el
conflicto asumió una dimensión política más amplia porque un número creciente de
norteamericanos llegó a estar convencido de que el Parlamento no trataba
simplemente de quitarles más dinero, sino que estaba lanzando un asalto calculado
contra sus derechos políticos fundamentales. Los norteamericanos consideraban a sus
sociedades como extensiones en ultramar de la madre patria, y no como meros
territorios coloniales conquistados, y se estimaban a sí mismos como ciudadanos
británicos con idénticos derechos que los súbditos que se encontraban en la misma
Gran Bretaña. Como Benjamín Franklin afirmaba en una de sus famosas frases, no
había razón para que los súbditos ingleses que estaban a tres mil millas del palacio real
debieran gozar de menos libertad que los que están a trescientas de él.
Así pues, el movimiento norteamericano de independencia comenzó como una
defensa de las prácticas establecidas dentro del sistema político creado bajo la
soberanía británica, más que como una repudiación inmediata de aquel sistema.
Paradójicamente, fue el mismo sentido de unidad de los colonos con la metrópoli y sus
tradiciones políticas lo que llevó a su separación de ella.
La insistencia colonial en el derecho de "gobernar mediante el consentimiento de
los gobernados" se basaba en la práctica política, más que en cualquier principio legal
claramente formulado. En la práctica, las colonias habían desarrollado sus propios
gobiernos, encarnados en las Asambleas elegidas que los colonos habían llegado a
considerar como equivalencias americanas del Parlamento británico, y que como el
Parlamento, los protegían contra el uso arbitrario del poder ejecutivo. Legalmente, sin
embargo, la Corona y el Parlamento jamás habían reconocido formalmente la igualdad
de los gobiernos coloniales, y cuando éste introdujo medidas nuevas para el sistema
tributario, simplemente impuso su supremacía constitucional. Dicho brevemente, el
Parlamento no compartía la opinión americana del imperio como un sistema político
federal con partes iguales, unidas por una lealtad mutua hacia el mismo monarca.
112
El descubrimiento de esta divergencia fue un terrible golpe para los
norteamericanos, que, influidos por las tradiciones del pensamiento político que
emanaba de la misma Gran Bretaña, llegaron a ver la política británica no sólo como un
conjunto de reformas esencialmente organizativas para mejorar la eficacia del
gobierno y la defensa del Imperio, sino como una oscura conspiración para privarles de
sus derechos básicos. Esta percepción del comportamiento del gobierno británico
estuvo formada por una configuración de ideas y actitudes, procedentes
principalmente de la cultura metropolitana misma, la cual les proporcionó al mismo
tiempo un vocabulario y una gramática política para entender su situación. Los textos
clásicos del mundo antiguo, con los que la mayoría de los americanos instruidos
estaban familiarizados, les animaron a exaltar sus simples virtudes provinciales contra
la corrupción del centro de poder y, durante los decenios de 1760 y 1770, les dio
apremiantes analogías para su propia época. El pensamiento político del Renacimiento
reforzó la opinión de que la mejor forma de Estado era aquella en la que los ciudadanos
se gobernaban a sí mismos, mientras advertía también de los continuos peligros a que
se enfrentaban las repúblicas por las inherentes tendencias al despotismo que se
encontraban en cualquier estado.
De Inglaterra llegaban otras tradiciones políticas e influencias intelectuales. La
primera se hallaba en el cuerpo del derecho consuetudinario inglés, que enfatizaba los
derechos del individuo contra el Estado y, que mediante sus procedimientos,
proporcionó una vía para defender la libertad individual contra las usurpaciones de los
poderosos. El juicio por un jurado compuesto de ciudadanos ordinarios, en vez de
simplemente por un juez nombrado por el poder ejecutivo, fue la personificación más
obvia y común de esta actitud. Otra influencia inglesa vino del puritanismo, con su idea
de un convenio entre la comunidad y Dios, y su creencia de que la colonización había
sido un acontecimiento especial en el plan divino, cuya significación aún esperaba la
plena revelación.
Por último, y más importante, los colonos fueron influidos profundamente por el
pensamiento radical inglés del siglo XVII y principios del XVIII, que les dio un medio
clave para entender sus disputas con Gran Bretaña en términos políticos más amplios.
El pensamiento político radical inglés se desarrolló desde que la Guerra Civil había
seguido siendo promovida durante principios del siglo XVIII en panfletos y folletos
escritos por los oponentes a los corruptos y oligárquicos gobiernos de la monarquía
hannoveriana, y al ser ampliamente leída en las colonias, esta literatura dio al mismo
tiempo un marco conceptual poderoso para explicar el comportamiento del gobierno
británico y justificar su oposición hacia él. Arraigado en la convicción de que la
naturaleza humana era fundamentalmente corrupta y egoísta, esta tradición
presentaba la política como una lucha sin fin entre la libertad y la tiranía, en la que los
hombres agresivos y hambrientos de poder luchaban continuamente para transformar
a sus conciudadanos en subordinados serviles, despojados de sus libertades. Sus ideas
fomentaron un catalizador vital para la formación de una completa teoría política, que
unía los hilos dispares encontrados en los clásicos, en el pensamiento renacentista y en
el ilustrado, en el derecho consuetudinario y en la teología puritana, dando un filtro
conceptual por medio del cual los colonos analizaban y respondían a las nuevas
políticas impuestas por Gran Bretaña después de 1763.
Informados por estas ideas, los intelectuales y líderes norteamericanos se
113
aprestaron rápidamente a ver motivos escondidos y drásticas implicaciones en las
acciones del gobierno británico, interpretando todas sus acciones como un ataque
cínico y disfrazado a la libertad americana. Esta actitud fue muy bien definida por
Joseph Warren en 1766, cuando informaba que la Ley del Timbre había llevado a
algunas personas a imaginar que había sido diseñada, no para reunir impuestos, sino
"para forzar a las colonias hasta la rebelión, y, por fuerza militar, reducirlas a la
servidumbre". Una vez establecida, esta actitud fue agudizada aún más por todas las
acciones posteriores del gobierno británico, por más inocentes que sus ministros
hubieran sido de las malévolas intenciones atribuidas a ellos. El hecho de que los
americanos hubiesen entendido mal el pensamiento subyacente en la política británica
no tiene importancia; fue su percepción del significado de aquella política lo que los
condujo a desafiar y eventualmente derrocar a la autoridad británica.
A medida que la convicción de que Gran Bretaña había decidido privarlos de sus
libertades crecía progresivamente entre los colonos, durante el paso de la Ley del
Timbre en 1765 a las "Leyes Intolerables" de 1774, cobraba fuerza e impulso un
movimiento para desafiar primero y luego para derrotar el gobierno británico. Éste no
era un movimiento único, basado en una preexistente ideología nacionalista que
hubiera ya considerado una vida política fuera del sistema colonial. Al contrario, era
una serie de alianzas que emergieron de las sucesivas reacciones hacia las acciones
británicas y que unieron a las regiones y grupos sociales dispares en una sola entidad
coordinada. La creación de estas alianzas fue un elemento crucial en el proceso que
condujo a la independencia norteamericana, puesto que ninguna región sola o grupo
social había sido capaz de oponerse al poder británico.
Antes de 1765 no había ningún nacionalismo "americano" claramente articulado.
Al haber sido dotados, por una metrópoli lejana, de una gran capacidad para decidir a
su arbitrio, gozando de considerable autonomía política y de una creciente fuerza
económica, los súbditos coloniales de Gran Bretaña en las Américas habían sentido por
largo tiempo las diferencias importantes entre sus sociedades y la de la metrópoli, pero
no fue esta sensación de diferencia por sí misma lo que generó un deseo de
autodeterminación política. En efecto, las colonias estaban profundamente divididas
no sólo entre sí, sino aún dentro de cada una de ellas. Si acaso eran conscientes de una
identidad, ésta era principalmente regional. Los colonos tendían a concebirse como
pensilvanianos o virginianos, más que como "americanos", y sus gobiernos raras veces
estuvieron preparados para actuar de una manera cooperativa o coordinada. Las
colonias también estaban divididas internamente en una variedad de formas de ser.
Las diferencias religiosas separaban a los grupos que profesaban las diferentes
corrientes del protestantismo practicado en América, las divisiones étnicas colocaron a
un lado a los descendientes de los colonos ingleses de los inmigrantes no ingleses, y los
asentamientos fronterizos en el oeste frecuentemente se enajenaron de las sociedades
establecidas en la costa, donde se radicó el gobierno. En consecuencia, después de la
Guerra de los Siete Años, "los americanos aún estaban muy lejos de ser un pueblo
unido por un sentimiento compartido de fines e identidad".
Estas diferencias no las borró la oposición a Gran Bretaña. Sin embargo, las leyes
114
del gobierno británico crearon una situación política en la que las diferencias
coloniales fueron creciendo cada vez más por un antagonismo general hacia el poder
metropolitano, y un sentido de identidad compartida contra el adversario británico. La
tendencia de la diversidad hacia la unidad empezó en 1765, con la organización de un
congreso general de las colonias para oponerse a la Ley del Timbre, y tomó una forma
mucho más tangible después de 1773, cuando la Asamblea de Virginia convocó a las
otras asambleas coloniales para participar en la formación del Comité de
Correspondencia para coordinar su reacción a la conducta británica, abriendo paso a la
creación del primer Congreso Continental que se reunió en Filadelfia en 1774. Doce
colonias enviaron delegados al Congreso, donde, en conjunto, formaron una asociación
para oponerse a la política británica, impidiendo las importaciones, las exportaciones y
la compra de mercancías británicas. De aquí en adelante, el término "americano" tuvo
una propagación más amplia, siendo usado para expresar tanto la oposición general
hacia Gran Bretaña como el compromiso para una nueva confederación protonacional.
Mientras las colonias entraban en una red formal para la orquestación de la
oposición hacia Gran Bretaña, otro fenómeno que se estaba dando entre el público
general hizo que la oposición colonial fuera cada vez más difundida y efectiva. Ello fue
resultado del ascenso de la conciencia política, entre las muchas personas que antes
sólo habían tenido una pequeña parte activa en la vida política, por medio de la
creación de organizaciones que les dieron la posibilidad de articular sus motivos de
queja y combinar sus protestas. La base de tal politización en masa estuvo inicialmente
en la movilización de las muchedumbres urbanas que, actuando dentro de una
tradición establecida de acción popular contra los abusos locales de poder, protestó
contra la Ley del Timbre. Pero el otro elemento crucial de esta movilización vino del
trabajo político hecho por grupos conocidos como los "Hijos de la Libertad". Estas
organizaciones crearon un movimiento militante interregional que unió los motivos de
queja populares en un movimiento político más amplio, y que mantuvo viva la
oposición hacia Gran Bretaña aun después de la revocación de la Ley del Timbre. Una
final y culminante resistencia popular llegó con la organización de los comités locales
para reforzar el boicot económico a Gran Bretaña entre los años de 1774 y 1776, los
cuales extendieron la oposición práctica a Gran Bretaña en una verdadera explosión de
actividad política participativa.
Así, cuando en agosto de 1775, Jorge III declaró que las colonias estaban en
abierta rebelión y su gobierno tomó medidas para suprimir por la fuerza, un marco
organizativo ya existente se preparó para extender las actividades que harían frente a
la emergencia. Los comités que anteriormente habían operado clandestinamente
salieron ahora a la luz, y muchas veces para aumentar el número de sus miembros
conforme las comunidades elegían a los hombres que se enfrentarían a la crisis. En
algunos sitios, los comités asumieron las funciones del gobierno, y en todas partes
hicieron los preparativos para la guerra, formando milicias y organizando las armas y
suministros militares. La movilización popular mediante los comités transformó la
vida política de las colonias, llevando a colonos, pequeños comerciantes y artesanos al
centro de la vida pública y dándoles confianza en su causa.
La resistencia popular fue acrecentada por la publicación y amplia divulgación
en 1776 del panfleto "El sentido común" (Common Sense), escrito por el radical inglés
Tom Paine. Alineándose con las clases bajas de la sociedad más que con las élites, Paine
115
habló en términos claros y directos, muy comprensibles para la gente común, e hizo un
llamamiento para la fundación de una república sencilla, libre del dominio
monárquico de Gran Bretaña, con una amplia base democrática. El llamamiento de
Paine para la independencia reverberó a lo largo de las colonias, y, cuando colonia tras
colonia hubo instruido a sus delegados para votar por la separación, fue pronto seguido
por la declaración formal de independencia en el segundo Congreso Continental de
julio de 1776. En su redacción de la Declaración de Independencia, Thomas Jefferson se
hizo eco de los sentimientos de Paine, e igual que éste rechazó el argumento de que las
colonias deberían suplicar por un monarca benéfico sobre la cabeza de parlamento
corrupto y urgió a los americanos a que lucharan juntos para derrocar al dominio
inglés y reemplazarlo por su propio Estado. De esta manera, el escenario estuvo
preparado para la batalla final, peleada ya con armas más que con palabras.
116
frente más amplio, desviando los recursos desde el teatro americano de la guerra y por
lo tanto de la tarea de suprimir la rebelión colonial. Las Antillas británicas tuvieron
que ser defendidas de un ataque francés, por lo que las fuerzas navales tuvieron que
dedicarse a los encuentros con la flota francesa.
En esta fase, la guerra se encontraba ya lejos de terminar. La potencia naval
británica se aseguró de destruir el comercio norteamericano, y en 1779 hubo algunos
éxitos militares en Georgia y Carolina del Sur. Sin embargo, Gran Bretaña fue incapaz de
dominar el interior sureño, y cuando España entró en la guerra en junio de 1779, como
un aliado de Francia, una nueva amenaza hizo su aparición en La Florida. Debilitados
por las repercusiones económicas de la guerra, los americanos habían sufrido ya
muchos reveses, pero como los enemigos de Gran Bretaña se multiplicaban, su
estrategia militar se fue desintegrando lentamente.
El control de unos cuantos centros urbanos a lo largo de la costa no consiguió
romper la resistencia americana, puesto que la mayor parte de la población colonial no
dependía económicamente de tales ciudades. Más aún, en el interior que se extendía
por detrás de la costa, donde el transporte y las comunicaciones eran difíciles, resultó
imposible conquistar y vigilar efectivamente el territorio, o siquiera proporcionar
protección y ayuda a los elementos sustanciales de la población que seguían siendo
leales a Gran Bretaña. Los rebeldes americanos, por otro lado, estaban en casa y en su
ambiente, y en libertad de usar tácticas guerrilleras para acosar a las fuerzas británicas
que se aventuraban en el interior. Así, los británicos tuvieron que concentrarse en
mantener los pocos puntos fuertes de la costa, y sus ejércitos fueron obligados a contar
con líneas de provisión transatlántica muy extendidas.
Eventualmente, esta política resultó ser impracticable. Incapaces de mantener los
territorios grandes, las fuerzas militares trataron simplemente de mantener unas
cuantas bases valiosas en la costa, en una estrategia que se hundiría bajo la doble
presión de la creciente fuerza militar americana y la intervención marítima francesa.
En 1780, después de una serie de duros combates en las Carolinas, Gran Bretaña
desplazó su principal ejército desde Carolina del Sur a Virginia, con el objeto de que se
combinara con mayor eficacia con las fuerzas que aún controlaban Nueva York. Sin
embargo, cuando Washington respondió desplazando sus fuerzas desde un planeado
ataque a Nueva York a la marcha hacia el sur, a Virginia, el plan británico se deshizo
rápidamente. Al enterarse de que el general Cornwallis había desplazado su ejército a
Yorktown, donde había acampado en una península cerca de la boca de la bahía de
Chesapeake para esperar a una flota británica, Washington pidió a los franceses que
bloquearan la boca de la bahía mientras que él usaba su gran ejército para cortar la
retirada por tierra de Cornwallis. Asediado por las fuerzas superiores de Washington, e
incapaz de escapar por mar, al general Cornwallis no le quedaba otra opción que
capitular, lo que hizo en octubre de 1781. Sobrepasada por la magnitud del conflicto,
Gran Bretaña, cansada ya de la guerra, optó por pactar condiciones con los
rebeldes americanos. Después de largas negociaciones, se concluyó un tratado formal
en septiembre de 1783, con él, las trece colonias continentales se separaban de Gran
Bretaña y era reconocida su existencia como los independientes Estados Unidos de
América. Gran Bretaña conservó Canadá y cuidó de mantener a Francia fuera del
continente, pero devolvió la Florida a España con el fin de retener su posesión de
Gibraltar. Las ricas colonias de la costa occidental, la cuna de la colonización inglesa en
117
Norteamérica, tanto como el territorio recién adquirido en el sur, se perdieron para
siempre. Los colonos que habían empezado resistiéndose a unas reformas a la política
imperial terminaron logrando lo que no habían reclamado: un Estado independiente,
delimitado por unas fronteras en los Grandes Lagos y el Mississipi en el norte y en el
oeste, pero con posibilidades ilimitadas para la futura expansión por las vastas tierras
que se situaban en el interior. Por primera vez en la historia del mundo euroamericano,
los pueblos coloniales habían derrocado de modo permanente al gobierno de su
metrópoli mediante una lucha revolucionaria.
Independencia y Revolución
118
redistribuía para dar más peso a las áreas occidentales recientemente colonizadas. En
la mayoría de los estados, los miembros de la legislatura controlaron los
nombramientos de la Magistratura, y las constituciones estatales también definieron
los derechos del ciudadano con claridad, garantizando la libertad de manifestación y
asamblea, el derecho de llevar armas, etcétera.
Tales reformas institucionales no garantizaron la estabilidad política inmediata.
Entre las dificultades de la época de la posguerra, la participación más amplia en la
política muchas veces provocó luchas por el poder. En efecto, los apuros económicos,
combinados con la subida de los impuestos, condujeron a muchos disturbios agrarios
entre 1785 y 1786. En Massachusetts, hubo una rebelión declarada entre 1786 y 1787,
cuando los agricultores del oeste, encabezados por Daniel Shays, reaccionaron contra
los impuestos exigidos por el gobierno estatal, y ocuparon los tribunales de distrito
para impedir su puesta en vigor. La politización popular y la efervescencia de la política
radical no condujeron, sin embargo, a la violencia a gran escala o a la inestabilidad
prolongada. Si con frecuencia las élites habían cedido de manera temporal a los
radicales, éstos gradualmente reafirmaron su influencia. De las tempestades políticas
de la Revolución surgió, entre 1787 y 1788, un estado estable y unido. Entonces, los
nuevos estados aceptaron una constitución federal que invistió al Congreso de suprema
autoridad, y dio el liderazgo del ejecutivo a un presidente americano.
Al principio, parecía que la herencia del colonialismo británico impediría la
unificación de un estado americano independiente. Antes de la Revolución, las colonias
habían gozado de una considerable autonomía, ejercida mediante los gobiernos que
tenían enlaces con el gobierno metropolitano, pero no tenían lazos formales con sus
vecinos, y que defendían celosamente sus respectivas identidades. Después de 1765, la
oposición hacia Gran Bretaña los había animado a suprimir sus diferencias en una
coalición contra el gobierno metropolitano, pero la adopción de los artículos de la
Confederación de 1777 había creado sólo un débil marco para la unidad. Según los
artículos, el Congreso Continental tenía la autoridad de actuar en los asuntos de la
política externa, pero en otros aspectos estaba un poco lejos de ser un gobierno
nacional. No podía, por ejemplo, recaudar impuestos, regular el comercio o crear su
propio ejército, pero tenía que depender de los estados individuales para allegar los
recursos monetarios y los efectivos militares. El Congreso tampoco pudo transformarse
en un instrumento más efectivo de la autoridad central. Todos los estados, cualquiera
que fuera su tamaño, tenían un voto en los asuntos importantes, y la enmienda a los
artículos de la Confederación requería unanimidad. Esta debilidad no era accidental.
Provenía de la profunda sospecha de una fuerte autoridad, centralizada, y por eso
tiránica que, creada por la experiencia colonial había fomentado el movimiento hasta
la misma Revolución, y que fue acentuado después de la independencia por la
preferencia de muchas personas por los gobiernos pequeños a los que podrían
controlar. Más aún, después de la independencia, las dificultades de lograr la unidad
fueron más exacerbadas por el hecho de que los artículos de la Confederación se
aplicaban sólo a las antiguas colonias, y no incluían a los territorios occidentales
cedidos por el tratado de paz con Gran Bretaña.
Así, después de la guerra, los Estados Unidos todavía se enfrentaban con un
problema insoluble. ¿Continuarían como una amplia confederación de estados
soberanos independientes entre sí, o se unirían en un Estado nacional? Poco a poco, la
119
necesidad de decidir sobre la distribución y el gobierno ordenado de las tierras
occidentales, y la necesidad cada vez más urgente de una política económica y fiscal en
común para sacar a los Estados Unidos de su dislocación económica de posguerra,
condujo a los estados a una nueva experimentación de la política. En 1787, los
delegados de doce estados asistieron a una Convención Constitucional en Filadelfia, y
después de un intenso debate acordaron que el gobierno central debería ser reforzado
con la creación de una nueva constitución. El resultado fue la Constitución Federal, la
cual dio nacimiento a un gobierno nacional que compartía la soberanía con los estados.
El gobierno nacional tomó una forma que se aproximaba a la práctica británica
en cuanto a que se establecería un equilibrio entre los poderes legislativo, ejecutivo y el
judicial independiente. La legislatura se componía de dos partes: una Cámara de
Representantes, elegidos por los votantes de los estados en proporción a su población, y
un Senado en el cual cada estado tendría un número igual de representantes. El nuevo
Congreso fue investido con los poderes fundamentales de los que había carecido el
Congreso de la Confederación: a saber, el derecho de recaudar impuestos en la Unión y
regular el comercio de todos sus estados. El poder ejecutivo estaba encarnado por el
presidente, elegido por elección indirecta e investido de poderes, ejercidos en conjunto
con el Senado, para conducir la política externa, vetar las leyes del Congreso y nombrar
a los funcionarios públicos.
Hacer una constitución era un paso hacia la nueva forma de gobierno; la etapa
más difícil era que fuera ratificada por el suficiente número de estados, frente a una
oposición mayoritaria de los que temían que el gobierno federal se volviera demasiado
poderoso. No obstante, se logró la aprobación a la constitución tras una campaña
política intensiva. Los partidarios del federalismo triunfaron al tomar el control de las
diferentes convenciones de ratificación. Así, las colonias que se habían convertido en
los Estados Unidos de América independientes llegaron a ser también una federación
nacional, uniendo al mismo tiempo sus estados y sus habitantes bajo una soberanía
común. En un aspecto vital, la nueva república siguió siendo imperfecta. La institución
de la esclavitud, una contradicción de los principios de la libertad a la que los
americanos se habían adherido en su constitución, siguió estando intacta, dejando a la
mayor parte de los negros en las mismas condiciones de servidumbre que éstos habían
sufrido bajo el dominio colonial. Para los blancos, sin embargo, la estabilización del
nuevo estado señaló los comienzos de una nueva época. Después de recobrarse del
trauma de la guerra y la revolución, a principios del siglo XIX los Estados Unidos
entraron en una época de rápido crecimiento económico y de expansión territorial que
colmó las expectativas de sus progenitores.
120
LAS INDEPENDENCIAS HISPANOAMERICANAS: UNA MIRADA DE
CONJUNTO
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2020.
En los países hispanoamericanos asistimos desde el año 2009 a una larga serie de
festejos que, bajo el nombre de Bicentenarios, aludieron a fechas significativas
ocurridas doscientos años atrás. Esta intensificación de la agenda conmemorativa se
expresó en acciones variadas (monumentos, actos políticos, publicaciones, etc.), e
implicó la presencia de la comunidad de historiadores pero también de otros actores
sociales, asociativos y políticos en cada una de las naciones del continente americano.
El ciclo conmemorativo ocasionó una revisión historiográfica de los temas
vinculados con el proceso independentista, cuestionando viejas y simplificadoras
miradas sobre el proceso de ruptura respecto a la monarquía española.
En rigor, el proceso de renovación de las visiones sobre la independencia no
comenzó con los festejos bicentenarios, sino antes, y no fue producto solamente de
cambios en las historiografías producidas desde países hispanoamericanos, sino
también el resultado de diálogos con producciones académicas principalmente
europeas. El viejo mundo asistía desde el año 1989 a su propia agenda cívica que incluía
otros Bicentenarios, tales como los referidos a la Revolución Francesa y a los
doscientos años de las Cortes de Cádiz, entre otros eventos de alta significación para las
sociedades y para el mundo de los historiadores e historiadoras.
Más allá de la existencia de debates historiográficos siempre abiertos, la
renovación en las miradas acerca de las independencias hispanoamericanas parece
haber alcanzado ciertos consensos. Uno de estos puntos en común es precisamente la
necesidad de observar esta secuencia temporal en una escala geográfica amplia,
teniendo en cuenta en forma integrada los procesos ocurridos en el continente
americano, en la metrópoli española e incluso en cierta medida en todo el “espacio
atlántico”, es decir la interacción entre los continentes de América, Europa y África.
Esta necesidad de no mirar el problema desde las fronteras nacionales (inexistentes en
la época), es heredera de diferentes autores, entre ellos los trabajos de François Xavier
Guerra y José María Portillo Valdés.
En efecto, como veremos más adelante, la relativa estabilidad lograda por las
sociedades coloniales durante el siglo XVII, experimentará posteriormente una serie de
transformaciones políticas (sociales, económicas, culturales), que ocurrieron en el
espacio monárquico a ambos lados del Atlántico. La comunidad de historiadores
coincide en que hubo particularmente 50 años claves que ocasionaron un gradual
desmantelamiento del llamado “Antiguo Régimen”. Este medio siglo de notables
cambios (entre 1775-1825) implicó procesos de gran magnitud como la revolución
121
francesa y sus variadas etapas, la independencia de los Estados Unidos, el movimiento
emancipador haitiano y las revoluciones de independencia hispanoamericanas.
Precisamente una de las complejidades del proceso de independencia
hispanoamericano, es que pareciera importante ubicar no solamente la crisis de la
monarquía española (1808-1814), sino incluso la competencia comercial, política y
militar con otras potencias, en una escala “inter-imperial”. Una de las líneas
historiográficas que sostiene la necesidad de ampliar esta lupa hasta lograr una escala
mayor de análisis es la llamada Historia Atlántica.
Esta propuesta conceptual, visible desde la década de 1960 (Robert R. Palmer y
John H. Elliott), parte del supuesto de que desde 1492 hasta aproximadamente la
década de 1880, es indispensable estudiar en forma conjunta a los territorios que
bordean el océano atlántico, integrando así la historia del continente americano, la
Europa continental y la integración masiva de población africana en tierras
americanas por vías forzadas.
La Historia Atlántica sostiene que algunos problemas como el comercio, las
relaciones internacionales, la migración de funcionarios y particularmente la
esclavitud, deben estudiarse observando las fricciones entre las monarquías que
disputaron el control geopolítico de las rutas de navegación. Tras consolidarse el
espacio territorial y marítimo atlántico, de grandes beneficios comerciales, los imperios
inglés, francés, portugués y español, compitieron por su dominio. La desarticulación de
estas monarquías y sus imperios (1775-1825), ocasionó una coyuntura favorable para la
independencia, siendo en cambio la esclavitud un proceso más extenso, que culminó en
tierra americana recién en la década de 1880 (1879 en Cuba; 1888 en Brasil).
Las nuevas líneas de estudios han permitido por otra parte reemplazar el antiguo
concepto de “revoluciones burguesas”, muy anclado a la experiencia de la revolución
francesa, para reemplazarlo por el de “revoluciones atlánticas”, aun cuando fuera
siempre posible cuestionar las categorías englobadoras.
En este “ciclo revolucionario” es importante ubicar ejemplos como la Revolución
Haitiana (1791-1804), que expulsó al dominio colonial francés y permitió el primer caso
de abolición de la esclavitud (1803) seguida de una revolución de independencia que la
convirtió en una república cuya población fue mayoritariamente afrodescendiente.
Pese a tratarse de una colonia que se separaba de su metrópoli francesa, fue una
experiencia pionera para las posteriores revoluciones hispanoamericanas, incluso más
radical que los postulados de la revolución francesa por incorporar un igualitarismo y
una cuestión étnica más profunda.
Si el apremio por utilizar una escala geográfica amplia fue una tendencia
creciente en las últimas décadas, también lo fue la necesidad de discutir el “mito
romántico” que sostenía que las independencias hispanoamericanas fueron el origen
de naciones con una identidad preexistente. En contra de relatos como el de Bartolomé
Mitre, que pretendían sostener que las revoluciones eran el resultado de una
maduración en las élites de un sentido nacional ya muy definido, la historiografía
sostiene ahora que las revoluciones y la guerra fueron creando lentamente esas
identidades antes inexistentes. Se trataba de actores políticos variados (élites,
población esclava, sectores populares), cuyas mentalidades estaban insertas en
sociedades de Antiguo Régimen, lejanas todavía al paradigma estatista, y que solo al
calor de los hechos fueron creando una ruptura con su anterior fidelidad a la
122
monarquía española. En un proceso que debe observarse paso a paso, los historiadores
advierten que la idea moderna de las naciones estuvo ausente en las revoluciones, y ese
elemento “romántico” fue precisamente una construcción posterior (de la
historiografía tradicional del siglo XIX) con el objetivo intencionado de fortalecer los
estados-nación en formación. Además, las fronteras que de a poco separarían a cada
estado americano, ocurrieron al calor de acontecimientos que no eran
predeterminados, como ocurría con la guerra, fenómeno que fue clave para delinear
cada espacio soberano. Para los actores políticos del período el desenlace no era posible
de prever, las alternativas políticas eran variadas y los rumbos cambiantes.
Esta necesidad de evitar lecturas teleológicas (que anticipan el final), transformó
también la mirada sobre las llamadas reformas borbónicas del siglo XVIII, como
veremos. La interpretación clásica que las ubicaba como precursoras de la
independencia, o basadas en algún “proto-nacionalismo”, fueron reemplazadas por una
visión que las ubica más bien como revueltas antifiscales dentro de una sociedad
todavía de Antiguo Régimen, sin ser una causa directa del proceso emancipatorio.
(Scarlett O’Phelan, 1988; Tío Vallejo, 2001) La puesta en duda de una relación mecánica
y determinista entre impacto de las reformas y posterior independencia permitió
redireccionar la mirada hacia la crisis de la monarquía española iniciada en 1808,
acontecimiento que sí fue crucial. Antes de observar las transformaciones en las
relaciones entre la metrópoli española y sus colonias, debemos dar una mirada general
a la sociedad colonial.
123
jurídica española. Una “imaginaria integración de todas las cosas bajo un único orden
custodiado por el papa y los príncipes católicos” (A. Agüero).
En el siglo XVI, las Indias fueron divididas en dos virreinatos: Nueva España (en
los territorios que hoy ocupan el sur de Estados Unidos, todo México, islas del Caribe y
Centroamérica) y Perú, con jurisdicción en casi toda la actual Sudamérica
hispanohablante. A medida que avanzó la conquista, al interior de los virreinatos se
crearon Audiencias, instituciones que funcionaban como tribunales superiores de
justicia y como consejos asesores del Virrey. Al finalizar el siglo XVI, el Virreinato del
Perú, contaba con audiencias en Panamá, Bogotá, Quito, Lima, Charcas y Santiago de
Chile. Más allá de las razones políticas y económicas, la instalación de una Audiencia
implicaba “la consolidación de un distrito pacificado que servía, a su vez, como punto
de partida para lanzar nuevas conquistas y conformar nuevas provincias” (Agüero). Al
interior de las Audiencias se crearon jurisdicciones menores en las que se designaron
gobernadores, corregidores o alcaldes mayores, según los casos. Estos funcionarios
podían designar tenientes generales para la provincia y particulares en cada ciudad y
actuaban como jueces de primera instancia o de apelación de las autoridades
municipales. Desde la metrópoli, el Consejo de Indias y la Casa de Contratación, fueron
las instituciones que regularon la administración colonial y las relaciones comerciales
y jurídicas interoceánicas.
El dominio efectivo a escala local de esas amplísimas regiones y de sus habitantes
se llevó a cabo principalmente mediante la fundación de ciudades concebidas
simultáneamente como plazas fuertes, postas y espacios de vida en común de los
conquistadores. En el primer siglo de la conquista, la actividad fundadora de
municipios fue extraordinaria: entre 1494 y 1599, los españoles fundaron –con mayor o
menor suerte– alrededor de 700 ciudades (aunque algunas fueron fundadas sobre
ciudades ya existentes, como es el caso emblemático de la ciudad de México). Esa
incesante actividad “municipal” fue impulsada tanto por factores estratégicos de la
corona –era necesario asegurar el dominio sobre amplios territorios con densidad
demográfica baja y en descenso– como por los derechos que la creación de una villa
garantizaba a sus fundadores. Los asentamientos urbanos –que solían tener vastas
jurisdicciones de campaña– implicaban la creación de un cabildo con sus respectivos
alcaldes, alguaciles y demás cargos. Asimismo, tras la fundación de una ciudad, el
conquistador recompensaba a sus hombres mediante la concesión de solares en la
ciudad, tierras en la campaña y el “reparto de indios” o “encomienda”. La encomienda
implicaba la evangelización de los indios y la defensa armada del territorio, a cambio
del derecho de cobrar el “tributo indígena”.
Ya en el siglo XVII, el orden colonial adquirió no sólo relativa estabilidad, sino
que también comenzó una etapa de crecimiento económico y recomposición
demográfica. Sobre este esquema político administrativo, las élites americanas –los
descendientes de los fundadores y peninsulares residentes– y la corona llegaron a un
equilibrio de poder sumamente estable. Cuando el autogobierno y la elevada
autonomía de las ciudades se veía constreñido por alguna disposición real, las élites
locales aplicaban la conocida fórmula “se acata pero no se cumple”. Es decir, se respeta
la autoridad del monarca pero, “por razones de buen gobierno”, resulta más
conveniente para la ciudad no cumplir dicha disposición.
124
Con la producción minera como eje central, la economía colonial creció
notablemente y articuló muy diversos espacios regionales, orientados a satisfacer las
necesidades de la actividad extractiva. La utilización –en el espacio andino– de
instituciones de trabajo forzado como la mita y el yanaconazgo garantizaron la
afluencia permanente de mano de obra indígena para la demandante actividad minera.
Las diferentes regiones fueron especializándose en producir para ese notable comercio
local y Tucumán, por citar un ejemplo, se focalizó en la cría de mulas y la construcción
de carretas. El mundo agrario colonial fue complejo y variado: en un extremo se
encontraban las haciendas –unidades de producción latifundistas con trabajadores
permanentes– que producían tanto para el mercado interno como para abastecer las
ciudades y en otro extremo los “pueblos de indios” donde primaba la actividad de
subsistencia y la propiedad comunal. Entre ambos extremos existieron otras unidades
productivas intermedias como las encomiendas. Las relaciones comerciales entre las
colonias y la metrópoli estaban basadas en el monopolio comercial de puerto único.
Sólo España podía comerciar con las Indias. Estas estrictas regulaciones, combinadas
con la presión comercial inglesa, acabaron favoreciendo el surgimiento de puertos
ilegales (como el de Buenos Aires) que crecieron notablemente por los ingresos que
producía el contrabando.
En el año 1700, el Rey de España, Carlos II de la Casa de los Austrias, murió sin
dejar descendencia. El príncipe francés –de la casa de los Borbones– Felipe de Anjou,
nieto de Luis XIV, fue nombrado Rey de España. Esto significaba la unión de las coronas
de Francia y España hecho que era temido por Inglaterra, por los efectos que podría
tener para sus intereses. Como consecuencia se desató una guerra de sucesión donde
Inglaterra y Holanda apoyaron, como heredero del trono español, al Archiduque
austríaco, Carlos de Habsburgo. En 1713 la guerra concluyó con el triunfo del francés
Felipe de Anjou y con la firma de la Paz de Utrecht.
Este cambio de dinastía en la monarquía hispánica llevó a que se impusiera un
modelo de mayor centralización y que las consecuencias se hicieran sentir en América.
A partir de entonces, la nueva dinastía de origen francés promovió una serie de
reformas para América que serían conocidas como las “reformas borbónicas”.
Las reformas, que se fueron aplicando a lo largo del siglo XVIII, contribuyeron a
modificar las estructuras económicas, sociales y políticas. Fue una época compleja
donde quedó claro el intento de la corona de incrementar el control sobre los
territorios coloniales y sobre las entradas fiscales, que además favorecieron a algunos
sectores de la sociedad americana. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto
estas reformas pusieron en jaque los valores y normas sobre las cuales estaba fundada
la sociedad colonial.
Los reyes borbones intentaron aumentar el control sobre el sistema americano ya
que, durante el reinado de sus antecesores, los Austrias, las élites residentes gozaron de
amplios márgenes de autonomía frente al poder del Rey y de sus funcionarios
virreinales. Con ese fin, los borbones implementaron una serie de reformas orientadas
a consolidar el control sobre las colonias, aumentar su capacidad de defensa frente a
posibles ataques de otras potencias y aprovechar al máximo los recursos americanos.
125
Asimismo, buscaron reorganizar la vida eclesiástica fortaleciendo el poder de los
obispos, reduciendo la autonomía de las órdenes, modificando las jurisdicciones y
reformando la enseñanza en seminarios, colegios y universidades. El control de la
corona sobre la vida religiosa se intensificó. Se fue abandonando a las órdenes
religiosas a su suerte y la crítica a estas fue ganando espacio. Los jesuitas, educadores
de las élites residentes y evangelizadores de vastísimas reducciones indígenas, fueron
expulsados en 1767 y sus tierras y propiedades fueron vendidas.
En buena parte de los territorios americanos las reformas encontraron gran
resistencia y existieron intersticios por donde se hizo sentir su oposición a estos
cambios. Salieron a la luz conflictos que indicaron la existencia de concepciones
políticas diferentes, los cuales generaron choques y diferencias entre las autoridades
reales y las locales.
El programa reformador reconocía a los territorios americanos un rol estratégico
en un plan de refundación de la potencia imperial española. Fue en estos momentos en
donde se empezó a utilizar la denominación de “colonias” para estos territorios allende
el océano. Fue el inicio de la reconsideración de las relaciones entre España y América,
insistiendo en que los territorios americanos no eran una parte más de la corona
–como había sido concebida hasta entonces– sino una comunidad comparable a las
colonias de Francia o Inglaterra, que habían sido fundadas en virtud de los intereses de
la metrópoli. Era la primera vez que se definía a los “españoles americanos” como
habitantes de un área periférica.
Aunque muchas de las reformas no fueron efectivamente aplicadas, los discursos
que las fundamentaban lograron cambiar la imagen y valoración de la misma
monarquía.
En algunos sentidos, las reformas llegaron a ser contraproducentes y, en lugar de
favorecer la centralización del poder, aumentaron la descentralización administrativa,
avalando la constitución de espacios regionales en los que las ciudades subordinadas se
reforzaron frente a las cabeceras. Así sucedió con la creación de “intendencias” para
reemplazar y compartimentar las amplísimas “gobernaciones”. La instalación de la
Intendencia de Salta acabó reforzando la autonomía del cabildo tucumano que se
opuso tenaz y permanentemente a las nuevas autoridades, defendiendo sus fueros y
privilegios. Al mismo tiempo, la representación territorial del cabildo tucumano y su
jurisdicción rural, se reforzó por la reforma de la administración de justicia en la
campaña, que consolidó el poder de la elite de hacendados-comerciantes locales (Tío
Vallejo).
Asimismo, algunas reformas, que generaron malestar en algunas regiones
acabaron favoreciendo a otras. Es el caso de la creación del Virreinato del Río de la
Plata en 1776, que le arrebató las minas de plata de Potosí al Perú y legalizó el puerto de
Buenos Aires, centro de activo contrabando hasta entonces.
En líneas generales, aunque las reformas generaron descontento en distintas
capas de la sociedad y despertaron protestas, en ocasiones con violencia, no hubo
intentos de separación o de quiebre de la monarquía hispánica. Sólo luego de la
invasión francesa de 1808, que provocó una crisis sin precedentes en la monarquía, que
parte importante de los españoles americanos comenzaron a discutir sobre soberanía,
autonomía e independencia.
126
La crisis de 1808 y el proceso juntístico
127
más, hasta 1821. Por otro, los “nuevos” centros políticos –regiones que habían sido
periféricas hasta las reformas borbónicas– del Río de la Plata y Nueva Granada que
viraron hacia posiciones autonomistas desde la caída de la Junta Central en 1810. Casos
todavía más específicos constituyen los de Puerto Rico, que fue territorio español hasta
la Carta Autonómica de 1897, y Cuba que se independizó luego de la guerra de Estados
Unidos con España en 1898.
Más allá de la singularidad de figuras como Simón de Bolívar y José de San
Martín para el sur americano, o el cura Bartolomé Hidalgo para la independencia
mexicana, los estudios centrados en la parte bélica de la independencia han observado
dimensiones históricas que no se limitan a la biografía de los generales y de su
oficialidad, sino que observan diferentes niveles de participación popular. Se
visibilizaron distintos fenómenos como las formas de movilización, la acción de
“criollos”, mujeres, esclavos y sectores populares, entre otros.
Para el caso del antiguo Virreinato del Río de la Plata, una intensa militarización
se produjo durante las invasiones inglesas (1806-1807), seguida luego por los 14 años de
guerra que hubo entre comienzos de la Revolución de Mayo (1810) y el final de la
guerra hacia 1824. En un territorio que todavía no usaba el gentilicio “argentino”, la
guerra fue un elemento articulador y un reorganizador de jerarquías sociales, apoyado
en los dos principales ejércitos revolucionarios (Ejército de los Andes y Ejército
Auxiliar del Perú), que transformaron la vida cotidiana y supusieron nuevas formas de
participación para sectores antes excluidos, incluso para esclavos que accedían a su
posible liberación.
El fenómeno de la guerra nos permite ubicar otro punto en el que los nuevos
estudios cuestionan a las viejas narrativas historiográficas. Mientras el discurso
tradicional diferencia con claridad a “realistas” de “patriotas” (resaltando como héroes
a estos últimos), las fuentes indican matices más complejos. Ambos frentes de batalla
se componían de oficiales y soldados de diversa extracción social, en un mundo
cultural de Antiguo Régimen con similitudes en ambos lados del mar. Existían más
similitudes entre quienes peleaban por bandos distintos pero que pertenecían al
mismo grupo social, que quienes podían estar del mismo bando en la guerra pero los
distanciaba la jerarquía heredera de tiempos coloniales. Un ejemplo clásico que
desarrollan los historiadores es la amistad entre Manuel Belgrano y el comandante
realista Pío Tristán, quien a pesar de haber nacido en Arequipa había conocido a
Belgrano en la Península.
La cultura católica y el universo moral de creencias eran completamente
comunes en ambos bandos de la batalla. Se desarrolló, por ejemplo, un culto alrededor
de diferentes imágenes de la Virgen María. La utilización de sermones que unían lo
militar con lo religioso, y el uso de objetos litúrgicos como rosarios, relicarios y
escapularios, permitió tanto a españoles americanos como a peninsulares generar una
devoción religiosa que creaba unidad y disciplina en la tropa, utilizados en ambos casos
para intentar el triunfo de sus respectivos ejércitos. Las creencias compartidas, que a
veces el discurso escolar tiende a negar, demuestran que “patriotas” y “realistas” no
eran bloques estáticos. Eran frecuentes además los pasajes de soldados de un bando a
otro, por razones a veces muy prácticas, como la necesidad de sostenerse
materialmente, las deserciones, o la disolución de los regimientos al ser vencidos.
128
Si pensamos a la guerra en el actual espacio boliviano, por entonces conocido
como Alto Perú, la historia también es más compleja que los relatos tradicionales.
Como parte integrante del Virreinato del Río de la Plata desde 1776, las familias criollas
de la ciudad de Chuquisaca, tuvieron tensiones tanto con los peninsulares como con la
propia ciudad de Buenos Aires. Los pueblos altoperuanos habían contribuido con
recursos económicos al triunfo de Santiago Liniers frente a los ingleses (1806-1807),
pero años después mostraron ciertos gestos de autonomía como la constitución de una
Junta de Gobierno en La Paz en mayo de 1809. A partir de 1815, luego de una serie de
fracasos del Ejército Auxiliar del Perú en tierras andinas, el camino de ambas
revoluciones fue comenzando a separarse hasta la constitución de la República de
Bolivia (1825).
No fue sencillo el proceso revolucionario para las élites criollas de ciudades como
La Paz, Chuquisaca, Oruro o Cochabamba. Por un lado, desde el punto de vista
geográfico, sus ciudades tenían una ubicación particular: formaban parte del
Virreinato del Río de la Plata pero se encontraban ubicadas cerca del centro de poder
limeño (Virreinato del Perú). Por otro lado, El Desaguadero, límite natural entre el Alto
y el Bajo Perú, vivió en las décadas de 1810 y 1820 un intenso ir y venir de ejércitos
multi-étnicos que contaron con criollos y peninsulares, además de población originaria
y afrodescendiente. El transitar de los ejércitos causó malestar en la población local, e
incluso severas críticas hacia el Ejército Auxiliar del Perú y hacia los intensos de
Buenos Aires por dirigir la revolución. Además de las dificultades de una geografía
compleja y de una sociedad con diferentes sectores, la figura del virrey de Lima
Fernando de Abascal, fue un problema para la revolución, ya que rápidamente desplegó
tropas realistas al enterarse del proceso juntista andino y tuvo victorias frente a las
fuerzas revolucionarias.
El ejército que actuó en nombre de la corona española y contra la revolución en
tierras altoperuanas fue conducido por José Manuel de Goyeneche, realista en sus
convicciones, aunque nacido en Arequipa. Heredó parte de las fuerzas que años antes
habían desarticulado a la rebelión de Tupac Amarú, y logró sofocar los intentos
revolucionarios hasta 1824, momento de consolidación de las fuerzas “patrióticas”. Una
vez más aquí las identidades son complejas: caciques como Pumacagua y
Choqueguanca fueron leales al virrey Abascal, e incluso ya habían probado su lealtad
real años antes durante la rebelión tupamarista. La participación de distintas
comunidades originarias fue muchas veces forzada o condicionada por beneficios
materiales, siendo difícil ubicarlos como “patriotas” o “realistas”, ya que tenían sus
propios cuestionamientos frente al dominio colonial.
Si bien la crisis de la monarquía española (1808-1814) fue crucial para las
revoluciones hispanoamericanas, también debe analizarse en función de las tensiones
entre ciudades con intereses a menudo contrapuestos: Buenos Aires y Lima como
cabezas de antiguos Virreinatos, y a medio camino, las ciudades que respondían a la
Audiencia de Charcas, cada una con propios reclamos.
129
Consideraciones finales
130
LIBERALISMO Y CONSERVADURISMO EN EL SIGLO XIX
Versión libre y sintética de MOSSE, George (1997). La cultura Europea del siglo XIX. Ariel,
Barcelona. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la asignatura Historia Social General.
Los historiadores aún llaman a las décadas que siguen a 1815 la "era de la
reacción". Ciertamente, la consigna de la Revolución Francesa, "libertad, igualdad y
fraternidad", había sido repudiada por la mayoría de los gobiernos europeos.
Superficialmente al menos, parecía que la caída de Napoleón había sido el golpe de
gracia para la libertad. Pero la generación que había vivido el período napoleónico
pensaba que el siglo estaba renaciendo de su colapso y que la característica básica de
este renacimiento era, según ellos, el renacimiento de la libertad.
¿Era esa esperanza una mera continuación del culto de la diosa de la Libertad
que inspiró a la Gran Revolución? ¿Era el surgimiento de aquella "libertad natural" de
la Ilustración, con la que el pueblo estaba gobernado solamente por las leyes naturales
del cosmos? No era ninguna de estas cosas. Era más bien la reformulación de una
libertad que esa generación pensaba que los filósofos del pasado inmediato habían
oscurecido. Los filósofos del siglo XVIII basaban su concepto de libertad en la razón y
en la ley natural, y derivaban las libertades de su fe en la racionalidad intrínseca del
hombre. Tales hombres rechazaban el pasado histórico, no sólo porque no había sido
capaz de construir la libertad humana, sino también porque estaba repleto de unas
supersticiones muy contrarias al libre uso de la racionalidad. La luz de la razón
condenaba a la historia. "Felicidad", dijo el revolucionario Saint-Just, "es una palabra
nueva en Europa".
En la generación post napoleónica, un resurgimiento de la historia refuerza el
nuevo concepto de libertad. Este resurgimiento había sido anunciado por el historiador
italiano Giambattista Vico, que, en su Scienza Nuova (1725), había enfrentado el
racionalismo de la época con una filosofía de la historia. Vico pensaba que la historia
operaba también de acuerdo con las leyes naturales, leyes que determinaban su
movimiento, que en opinión de Vico era cíclico. Las civilizaciones ascendían y
descendían, descendiendo de la era de los dioses a lo heroico y a la era humana y su
posterior decadencia. La teoría cíclica de Vico tuvo poca influencia en sus
contemporáneos. Mucho después, a finales del siglo XIX, Benedetto Croce restauró el
prestigio de Vico como historiador, y más tarde aún Oswald Splenger abrazó, en parte,
sus teorías. Sin embargo, para esta generación post napoleónica, Vico exponía una
filosofía de la historia regida por las leyes naturales que progresaba mediante el motor
del espíritu humano. Para este espíritu era básico un concepto de libertad.
Lo que afloró del pensamiento de Vico fue, pues, un concepto de libertad que
operaba como una ley natural en la historia y a través de la historia. "Todo es historia",
sostenía el napolitano, un comentario que a Croce le gustaba repetir más tarde. Aunque
aceptasen la primacía del espíritu en la lucha del ser humano por la libertad, los
seguidores de la religión de la libertad habían abandonado el ritmo cíclico de la
historia a favor de un concepto de progreso basado, en realidad, en la fe optimista de la
131
Ilustración en el triunfo de la Razón. Pero este concepto de progreso se unía ahora a la
importancia de la conciencia del desarrollo histórico. Progreso humano que se
desarrollaba siguiendo las leyes de la historia y no sólo a través del triunfo inevitable
de la razón. Para este progreso del hombre era básico un concepto de libertad en el
sentido de progreso de la libertad como parte del progreso del hombre a través de la
historia.
Pero, ¿no había conducido la libertad al Terror, a la tiranía jacobina y, al final, a la
presa de hierro de Napoleón sobre Europa? ¿No conduciría la libertad, aunque se
concibiera en términos históricos, a nuevos excesos? Los partidarios de esta nueva
libertad tenían que afrontar este problema. Creían en la libertad, pero les resultaba
odioso lo que Robespierre y Napoleón habían hecho de este anhelo humano. La
importancia concedida a la historia era una ayuda a este respecto, pues impedía
innovaciones súbitas. Fueron un paso más allá y repudiaron el concepto de democracia,
concepto que en su opinión no conducía a la libertad, sino al absolutismo. Culpaban a
la doctrina de la voluntad general de Rousseau y al uso que había hecho Robespierre de
ella. Madame de Staël, en sus Consideraciones sobre la Revolución Francesa (1816),
hablaba de la revolución como una crisis de la historia de la libertad, santificada por la
historia, con la modernidad del despotismo. Para ella, la democracia popular jacobina
no era más que otra forma de tiranía; la libertad había de conseguirse por otro camino
trazado por la constitución francesa de 1791 y por la constitución de Inglaterra (pues
Madame de Staël admiraba la constitución inglesa, lo mismo que la había admirado
antes Montesquieu).
"Es un bello espectáculo esta constitución, que vacila un poco cuando sale del
puerto, como el navío que se lanza al mar, pero que despliega las velas y da vía libre a
todo lo grande y generoso del alma humana". A través de esta constitución se despliega
dentro del proceso histórico, la libertad. La libertad era de la máxima importancia para
esta mujer inteligente y famosa; odiaba el Terror, pero no se lo achacaba a la
Revolución. El ancien régime había corrompido hasta tal punto la moral del pueblo que
el resultado de su justificada rebelión había sido el despotismo, y no la libertad. Ella
sostenía la opinión, tan a menudo repetida, de que la causa última de las revoluciones
no eran los revolucionarios, sino los adalides de la reacción.
Madame de Staël creía que para evitar los excesos de la libertad revolucionaria
había que elevar al pueblo moralmente antes de otorgarle esa libertad. El marco
histórico de un proceso constitucional aportaría los medios necesarios para conseguir
este propósito. Esa vinculación de moralidad y libertad sería característica de gran
parte del liberalismo decimonónico. Para estos hombres y mujeres, la Revolución
francesa había pervertido la libertad porque la Revolución había sido inmoral. Había
que vincular pues, la nueva libertad a una base moral. Ya examinaremos más adelante
con mayor detalle esta importante faceta del liberalismo, que vino a atemperar el
individualismo de la doctrina liberal. Además, Madame Staël pensaba que esta vía
hacia la libertad sólo puede recorrerla una entidad histórica como la nación: "No se
puede lograr algo duradero más que en la nación." La afirmación de la nueva libertad
significó así mismo un cambio, no sólo del racionalismo al historicismo, sino también
del cosmopolitismo del siglo XVIII al nacionalismo del siglo XIX.
Esta libertad fue el tema de Benjamín Constant en la conferencia que pronunció
en París en 1819 sobre la libertad antigua y la moderna. Los discursos y conferencias de
132
Constant, uno de los dirigentes liberales de la cámara francesa después de 1819, fueron
muy admirados por aquella generación. También él creía que la libertad era moderna y
que debía diferenciarse de los griegos y de los romanos. El interés por preservar esa
libertad individual, con la que habían acabado los demagogos de la democracia
antigua, era crucial para Constant. La democracia antigua significaba para él la
soberanía de la chusma, una soberanía colectiva que había propugnado Rousseau y que
había conducido directamente a la guillotina en la plaza de la Concordia. Esa
democracia era en realidad una tiranía, pues no contaba con más garantías
constitucionales que las destinadas a preservar la libertad de participación popular en
el gobierno. Estas garantías no aseguraban la libertad; había que introducir auténticas
garantías constitucionales para proteger la libertad individual tanto de la autoridad del
gobierno como de la democracia tiránica. La participación constitucional en el
gobierno sólo era válida a través del principio constitucional de la representación
parlamentaria.
Para Constant, libertad significaba el derecho a someterse únicamente a las leyes
y no a los hombres, a elegir la propia profesión y hasta a abusar de ella. Esta libertad
moderna formaba parte, en su opinión, de una evolución dentro de un marco histórico.
Para él era importante la idea de progreso; creía incluso que el progreso moderno había
convertido la guerra en una cosa obsoleta. Como la guerra era anterior en la historia al
comercio, el comercio era evidentemente una evolución más avanzada que conduciría
de un modo inevitable a la paz universal. Más tarde, en ese mismo siglo, el poeta
Tennyson cantaría a las balas del comercio que ahuyentaban la guerra. Tanto Madame
de Staël cómo Constant reformularon la libertad a principios de siglo, una
reformulación que se basó en el resurgimiento de la historia.
El principio del sometimiento a las leyes en vez de a los hombres y el principio
del gobierno representativo eran fundamentales para el liberalismo, pero también lo
era el rechazo de la democracia. La reformulación de la libertad incluía la idea de que
la jurisdicción de la ley y del parlamento sobre los individuos tuviese unos límites. El
que ocupaba el centro de las cosas era el individuo. Constant expuso muy bien esto en
una ocasión: "...hay una parte de la vida humana que se mantiene necesariamente
independiente e individual, y tiene derecho de permanecer al margen de todo control
social". Para los liberales, esta parte de la vida humana tenía una importancia decisiva;
tanto el absolutismo como la democracia la erosionaban. Volvían, por tanto, a la idea
del siglo XVIII: la idea de los controles y equilibrios que había propuesto Montesquieu.
Pensaban, lo mismo que el filósofo francés, que este ideal se cumplía en la constitución
inglesa y su admiración hacia Inglaterra se basó en esta visión del sistema de gobierno
inglés. Al mismo tiempo que el francés Constant destacaba la importancia de estas
garantías de la libertad, Alfieri decía lo mismo en Italia. En Inglaterra había un
equilibrio de fuerzas políticas que impedía la opresión. La aristocracia, el pueblo y el
rey tenían cada uno de ellos sus derechos, y sin embargo estaban unidos. Tocqueville
expondría poco después en Francia unas ideas muy parecidas y analizaría el caso inglés
de un modo más detenido.
Los liberales no ponían objeciones a los grupos de interés; en realidad
consideraban que un equilibrio entre ellos era una garantía de la libertad. Según un
historiador moderno, Guido de Ruggiero, la esencia del liberalismo político consiste en
"una oposición de partidos que trasciende la oposición de clases". Esta oposición de
133
intereses tendría que conducir a un equilibrio entre ellos que crearía una verdadera
unidad. Ya hemos visto que Cavour sostenía estas ideas. Esta concepción de la política
reforzó la tendencia hacia el gobierno constitucional que parecía tan evidente en
Europa después de 1815. Este avance hacia el constitucionalismo pareció confirmar, a
su vez, las ideas liberales de progreso.
134
elemento histórico de este liberalismo pareció desaparecer, por el momento al menos.
La razón de todo esto era que en la época de Cobden los conservadores insistían en los
efectos positivos del tradicionalismo como base principal de su programa. Persistía, sin
embargo, la fidelidad al constitucionalismo, a las formas de gobierno parlamentarias y
representativas. Las formas de la libertad política eran éstas, mientras que seguía
rechazándose la democracia popular, igual que la habían rechazado Madame de Staël y
Benjamín Constant.
El optimismo de Smith se mantuvo durante el primer período de la Revolución
Industrial. En 1798, el Ensayo sobre la población de Thomas Robert Malthus, que creía
también en la ley natural, postuló que cuando la población comenzaba a sobrepasar el
suministro de alimentos, la naturaleza la controlaba mediante la guerra, la peste, el
hambre y la enfermedad. Se reflejaban en su tesis el rápido crecimiento demográfico de
Inglaterra y los problemas resultantes. En la teoría de este clérigo anglicano había poco
del optimismo del pensamiento liberal. La experiencia había hecho tambalearse la fe
en que llegaría por medios pacíficos una vida justa y próspera para todos los hombres.
Malthus introdujo el concepto de lucha en el pensamiento liberal. La vida era una
lucha por la supervivencia contra la guerra, la peste y el hambre. Los gobiernos no
podían intentar abolir estos flagelos porque formaban parte del mismo plan inexorable
de la naturaleza. Pese a lo que pudieran indicar los aspectos inhumanos de su tesis,
Malthus perseguía el bienestar de sus semejantes, pues creía que la intervención del
gobierno agravaría las consecuencias implacables e inevitables de la vida humana en
este mundo. Con la libertad natural, la población y el suministro de alimentos
encontrarían su propio equilibrio.
Aunque Malthus se oponía a que el Estado interfiriese en los procesos naturales,
creía que el individuo podía hacer algo al respecto. La gente debía hacerse virtuosa y
resistir las tentaciones. La solución para el hombre y la miseria no era la legislación,
sino la virtud del individuo. Malthus coincidía en esto con la creciente insistencia en la
moralidad dentro del marco liberal. El eclesiástico no era tan insensible como han
afirmado escritores posteriores. Era necesario mantener la libertad frente al gobierno,
pero también lo eran la contención y la conducta virtuosa del individuo. Sin embargo,
Malthus veía la libertad como lucha: ésta era necesaria porque la libertad individual
significaba luchar por la supervivencia. Pese a las intenciones de Malthus, esta
creencia condujo a una justificación del acaparamiento económico; confirió un
prestigio moral en la sociedad al espíritu competitivo del hombre de negocios. Este
concepto de lucha se convirtió en parte integrante de la ideología liberal, una parte de
la equiparación tácita de enriquecimiento y libertad.
También figuraban los beneficios de la competencia en la tentativa de David
Ricardo de demostrar que los salarios hallaban sus propios niveles de subsistencia. Su
obra Sobre el principio de la economía política y los impuestos (1817) consideraba los
intereses de las clases sociales como inmensamente divergentes. La sociedad no se
basaba en que el interés de cada hombre beneficie a todos, como había pensado Smith;
se basaba por el contrario en la lucha entre distintos elementos de esa sociedad. La vida
era también una lucha por la existencia. El pensamiento liberal se ajustaba en Ricardo
a una pobreza que era más visible que nunca en las nuevas poblaciones industriales de
Inglaterra, una pobreza que no parecía aliviarse con el tiempo.
Pero la reformulación más fundamental del liberalismo se produjo durante el
135
período 1776 a 1832 bajo la inspiración de Jeremy Bentham. Bentham, con una
profunda conciencia de la situación de Inglaterra, intentó abordar estos problemas
rechazando el esquema del siglo XVIII de la ley natural y buscando una base más
realista para su pensamiento.
La medida de la libertad en la sociedad no era la libertad natural, sino la utilidad:
la famosa frase: "la mayor felicidad para el mayor número". Esta felicidad tenía que
determinarse mediante lo que él llamaba el principio del placer. Como la humanidad
tenía dos amos, placer y dolor, el objetivo de la sociedad era producir el máximo de
placer y el mínimo de dolor para el individuo. El individualismo de Bentham estaba
atemperado por el hecho de que veía a las personas, no como individuos, sino como
asociados a grupos; la felicidad del individuo estaba vinculada a la felicidad del grupo,
"el mayor número". Para preservar esta felicidad, Bentham admitía que se interfiriese
en la libertad individual en pro de la armonía social. En la aplicación de la coerción,
que él equiparaba al dolor, había que mantener el equilibrio para preservar la felicidad.
¿Quién debía imponer este equilibrio? Bentham respondió a esta pregunta de una
forma que tiene suma importancia, pues a quien correspondía esta función según él,
era al legislador. Bentham elevó las tareas del parlamento dentro de la ideología liberal
inglesa del nivel inferior que les había asignado inicialmente Smith a las tareas de
gobierno. Él mismo estuvo en primera línea en la lucha por la reforma parlamentaria.
¿Qué tenían de liberales los principios de Bentham? La armonía social debía
lograrse según él a través de la legislación, mientras que Smith, Malthus y Ricardo
consideraron que esa armonía se alcanzaba si no había injerencia del Estado. Sustituir
la ley natural por la utilidad podría parecer que conduce a un abandono de la libertad
individual absoluta que la religión de la libertad valoraba por encima de todo. Pero
hemos de recordar que el principio del placer se equiparaba con la libertad individual.
Bentham luchó por un parlamento burgués. No quería que hubiese privilegios de clase
en la sociedad. Y lo que es más importante aún, con su afirmación del racionalismo,
Bentham mantenía la tradición del siglo XVIII. La razón lograría el equilibrio adecuado
entre placer y dolor que garantizaría al máximo la libertad. Bentham creía en la
posibilidad de una ciencia política verdaderamente científica que calcularía con
precisión ese equilibrio. Él y sus sucesores, clasificándose todo según criterios
benthamianos, formularon sus argumentaciones en términos científicos abstractos.
Con ayuda de esta ciencia ni siquiera el parlamento podía legislar arbitrariamente, ya
que el legislador debía regirse por políticas concretas y racionales, por cálculos
matemáticos y estadísticos concretos sobre los principios de placer y dolor.
Bentham utilizó las ideas científicas de la época para combatir el absolutismo
gubernamental. Este convencimiento de que existía una ciencia positiva del gobierno y
de la sociedad era básicamente similar a la que tenía en Francia Auguste Comte y
Proudhon. Este último afirmaba, de hecho, que un primer ministro simplemente
necesitaba ser un especialista en estadística. Bentham quiso integrar con este
planteamiento, libertad y legislación. Consiguió resultados concretos impresionantes:
la reforma de un código penal anticuado, la reforma penitenciaria y una aportación
significativa a la reforma del propio parlamento. Proporcionó al liberalismo una teoría
de la legislación y una base teórica para propugnar reformas a través del parlamento.
Su pensamiento tenía también un aspecto negativo. No proponía reformas económicas:
sus teorías tendían, en realidad, a separar el tema de la reforma política del de la
136
reforma económica. Postulaba, por una parte, la posibilidad de una coerción social
ilustrada, y por otra, dejaba libertad económica absoluta. Esto generaría en el
pensamiento liberal una esquizofrenia que iría haciéndose cada vez más evidente.
Los puntos débiles de Bentham los analizó con suma perspicacia John Stuart Mill
(1806-1873), que era él mismo producto de una educación benthamiana. La idea de
Bentham de que todo podía relacionarse con circunstancias externas y mensurables, y
luego codificarse en principios absolutos que no fallarían jamás si se razonaba sobre la
base de la utilidad, tenía, en opinión de Mill, graves fallos. Para él la política no era una
cuestión de geometría sino que estaba dominada en general por los sentimientos
humanos. Bentham estaba demasiado inmerso en la tradición abstracta y sistemática
de la Ilustración según Mill, que recurrió de nuevo a la historia, reintroduciendo en la
religión de la libertad el punto de vista histórico. Bentham había considerado la
democracia parlamentaria un principio absoluto, pero para Mill, esta democracia se
convirtió en una forma de gobierno vinculada a ciertas épocas, ciertos lugares y ciertas
circunstancias. Atendiéndose a una orientación histórica, volvió a la vieja preocupación
liberal de la tiranía de las masas y al problema del poder de las mayorías numéricas.
Propuso en consecuencia un gobierno formado por una élite intelectual, propugnando
una segunda votación en las elecciones parlamentarias para universitarios varones.
Esta preocupación de Mill era muy similar a la de Madame de Staël, pero el telón
de fondo era en su caso la Revolución Industrial, y no la Revolución Francesa. "Es casi
una trivialidad en política decir que hoy rige el mundo la opinión pública. El único
poder que merece tal nombre es el de las masas... su pensamiento lo formulan por ellas
hombres muy parecidos a ellas mismas... eso no impide que el gobierno de la
mediocridad sea mediocre." Al plantearse la cuestión de la libertad con profundidad
histórica, Mill pudo percibir una cosa que se le había escapado a Bentham, un
problema que acosaría cada vez más a las mejores inteligencias del siglo. Su solución al
problema de las masas proporcionó al liberalismo una teoría de la jefatura, pues su
aristocracia se basaba, no en privilegios heredados, sino en logros intelectuales. Es
significativo que las ideas de Mill se difundieran en una época en que las clases medias
prósperas fundaban instituciones educativas y enviaban a sus hijos a los mejores
colegios privados ingleses.
Mill creía también en la reforma; le preocupaba mucho la suerte de los pobres.
Pertenecía al grupo de los llamados "radicales filosóficos", que unían a una creencia en
la libertad absoluta de discusión una fe similar a las mejoras sociales. Se oponían a
Malthus y propugnaban el control demográfico forzoso que conduciría en su opinión, a
una elevación de los salarios. Mill llegó a pensar, desde su planteamiento histórico, que
Inglaterra se hallaba en el umbral de una nueva etapa "positiva" de la historia, una
etapa en la que se resolvería la cuestión social. Pero ¿cómo podría lograrse esto sin
tocar la propiedad privada, que era sagrada para los liberales y una parte integrante de
su definición de la libertad individual? La solución de Mill vino cuando comprendió
que la libertad personal y la libertad de usar y abusar de la propiedad personal (la
fórmula de Constant) no podían compaginarse ya. Después de 1847 se aproximó al
socialismo, rompiendo con el campo liberal. Como todas las organizaciones sociales
eran provisionales, consideradas dentro de un marco histórico, quizá el socialismo
pudiese aportar ese equilibrio entre justicia y libertad del que parecía carecer la
ideología liberal. El principio de justicia debía ser, no la sacralidad de la propiedad
137
privada, sino la división equitativa del producto del trabajo.
Fue en esta etapa de su evolución cuando Mill escribió su libro más famoso,
Sobre la libertad. El libro, como la obra anterior de Constant defendía la libertad
individual, pero discrepaba de su criterio previo porque no insistía ya en la santidad de
la propiedad privada. Tenía que haber discusión libre y sin trabas el máximo
autodesarrollo y sin interferencias ajenas. Este desarrollo no se podía alcanzar a través
del "egoísmo ilustrado" de Adam Smith, sino sólo a través de la búsqueda de iguales
oportunidades para todos. Mill que había percibido ya los fallos de Bentham atacó sus
debilidades con argumentaciones liberales. ¿Cómo podía haber un máximo de libertad
si el sistema económico excluía del proceso a ciertos individuos? A mediados del siglo
se iba haciendo más claro que no habría ni acceso ilimitado a la cima de la jerarquía
social y económica ni espacio en ella. Mill, cuyas ideas adoptarían más tarde en el
cambio de siglo los reformadores sociales, no sólo reintrodujo una perspectiva histórica
en la religión de la libertad, sino que le proporcionó una teoría de la élite aceptable
para los "capitanes de la industria".
El concepto de la lucha por la existencia continuó siendo un elemento importante
del liberalismo. El darwinismo le concedió una nueva oportunidad cuando Herbert
Spencer trasladó sus imperativos al campo social. La lucha sin trabas por la existencia
conducía a la libertad. No había que lamentar que los débiles pereciesen en la lucha.
Era una cosa positiva, era lo que decretaban, según la interpretación de Darwin, las
leyes de la naturaleza. La religión de la libertad se convirtió en una doctrina implacable
que aunaba la libertad individual con los más aptos. El liberalismo de Spencer adaptó,
en realidad, el movimiento a la marea creciente del imperialismo europeo, mientras
que para algunos se convirtió en una justificación de la implacabilidad económica
extrema.
La caída de Napoleón no había significado el fin de las ideas de libertad. El
liberalismo iba cada vez más a hombros de la rápida industrialización de la sociedad
europea. La libertad económica pasó a ser cada vez más fundamental para la libertad
individual que deseaban los liberales. Fuesen cuales fuesen las ideas de Mill sobre el
tema, los partidos políticos liberales se oponían a las limitaciones a la actividad
económica, y muchos liberales creían que el libre comercio eliminaría todas las
tensiones internacionales. Existían, sin embargo, problemas que era preciso afrontar. El
índice de expansión de la economía fallaba, e incluso cuando se expandía producía un
desasosiego social generalizado.
En la década de 1840 Benjamín Disraeli hablaba de dos Inglaterra: la de los ricos
y la de los pobres.
Pero las ideas liberales se adoptaron e intentaron afrontar estos problemas.
Bentham otorgó un nuevo estatus al parlamento y al liberalismo como movimiento de
reforma política. Mill creía en una élite que podía dirigir a las masas. Estos hombres
representaban sólo un aspecto del liberalismo; igual de importante fue el aspecto
moral del movimiento. Muchos creían que los problemas de la sociedad eran
primordialmente morales, no económicos o sociales.
138
La pauta moral que acompañó al liberalismo
139
cuando el autor, en vez de sentirse complacido, contestó que siendo mujer y madre
debería haber sentido vergüenza al leer una obra como aquélla. Este cambio es lo que
Harold Nicolson ha denominado "la arremetida de la respetabilidad". Fue, como
demuestran estos ejemplos, un fenómeno muy rápido, casi de una generación.
140
por sí solo, creó una actitud diferente hacia la vida. La piedad, la repugnancia moral
hacia la Revolución Francesa, y las actitudes de la burguesía fueron elementos que
contribuyeron al nuevo tono moral. Esto no se limitó a Inglaterra; estas condiciones se
dieron en toda la Europa occidental, pero fue Inglaterra la que mejor ejemplificó estas
actitudes morales, pues se ajustaban al pensamiento liberal que pasó a asumir y a
impulsar esta moralidad, considerándola adecuada para esta ideología, en su período
de la Revolución Industrial. El individualismo se mantenía en primera línea aunado
con el tipo de inflexibilidad que proporcionaba la victoria en la lucha por la existencia.
Esa vida ejemplifica el verdadero espíritu cristiano y conduce a la autorrealización
sobre la base de la individualidad del propio carácter.
141
El objetivo de Self Help, era ayudar a las clases trabajadoras a instruirse para
llegar a la cima. Para seguir este camino era necesario mejorar el carácter individual de
los que deseaban triunfar en la vida: "La corona y la gloria de la vida es el carácter".
Smiles indicaba cómo debía ser el carácter con ejemplos de hombres que se habían
elevado por sí mismos hasta la fama y la fortuna. Lo que tenía que formar el carácter
era la moral, pues para Smiles los problemas económicos y sociales eran en realidad
problemas de moralidad. Cuando hablaba de la frugalidad y el ahorro, lo que le atraía
eran los aspectos morales de la confianza en uno mismo y la contención y no las
consecuencias económicas de esas prácticas. También formaba el carácter la lucha
competitiva: elimina la competencia y eliminarás la lucha por el individualismo. Esta
lucha había de librarse de un "modo viril" para alcanzar el éxito. Exhortaba a los
trabajadores a convertirse en caballeros, pues esto significaba adquirir un profundo
sentido del honor, evitando escrupulosamente actos ruines. "Su ley es la justicia:
actuación según directrices justas." Se trataba de una creencia arraigada en el código
moral como la única vía para el éxito mundano.
Samuel Smiles fue el gran propagandista popular del evangelio del trabajo, pero
esta moralidad se inculcó y se institucionalizó también a través de la educación.
Generaciones enteras de ingleses fueron educadas en esta creencia. Thomas Arnold
(1759-1842) fue la figura clave en la introducción de la moralidad en las escuelas a
través de sus reformas. Cuando fue nombrado director de Rugby en 1828, inició
reformas en el sistema educativo que no tardaron en extenderse a otros colegios
privados, colegios en los que se educaban y aún siguen educándose las clases dirigentes
de Inglaterra. Arnold dispuso sus objetivos pedagógicos en este orden: 1) principios
religiosos y morales; 2) conducta caballerosa; 3) capacidad intelectual. Este orden es
significativo; lo primero era la formación del carácter, lo último, la capacidad
intelectual. Arnold admiraba más al alumno aplicado que al de brillante inteligencia,
pues el aplicado ejemplificaba la autodisciplina en nombre del evangelio del trabajo
firme. El alumno de inteligencia excepcional podía extraviarse y salirse del molde. La
actitud de Arnold hacia el talento intelectual, que estaba vinculada a los ideales
pragmáticos del nacionalismo inglés, ejerció una gran influencia en el pensamiento de
los ingleses, que aún son capaces de considerar la brillantez intelectual como una
prueba de falta de fiabilidad moral.
Arnold quería producir caballeros, y los defendió del mismo modo que Smiles: "el
caballero se distingue sobre todo por su dignidad. Valora su carácter, no aquella parte
de él que sólo pueden ver los demás, sino cómo lo ve él mismo, teniendo en cuenta su
supervisor interno". Este ideal, que compartían Smiles, Kingsley y Arnold, se ampliaba
aún más: "El verdadero caballero tiene un profundo sentido del honor y evita las
acciones ruines. Su norma de probidad en la palabra y en la acción es alta. No escurre
el bulto ni prevarica, no anda con rodeos ni guarda rencores, sino que es sincero,
honrado y franco."
Pero para transformar a los escolares en caballeros, Arnold añadió un elemento a
la definición de Smiles: cristianismo. Él equiparaba la adolescencia con el pecado
original, un estado de imperfección natural desde el que los hombres ascienden a la
142
madurez. Este crecimiento sólo podía producirlo la formación del carácter y ésta, a su
vez, significaba introducir el evangelio del trabajo y del deber a través del dominio de
uno mismo. Así era como se transformaba a los muchachos en caballeros cristianos,
pues Arnold equiparaba estas cualidades con la equidad cristiana. Thomas Hughes
(1822-1896), admirador de Arnold había hecho lo mismo en un libro adecuadamente
titulado la Virilidad de Cristo. El ideal de caballero se asentó de este modo sobre una
base teológica no dogmática; se convirtió en un ideal cristiano. Los chicos tenían que
luchar contra sus yos pecadores para poder pasar a la edad viril. La educación se
organizaba de modo que ayudase en esta lucha, encauzándola hacia una conclusión
positiva. En vez del castigo con la vara, Arnold utilizaba la exhortación moral; del
mismo modo que compaginaba su cargo de director con el de capellán del colegio.
Impulsaba a los muchachos hacia la rectitud avergonzándolos; utilizaba, además de la
exhortación, la capacidad tanto para mandar como para obedecer. Llevar esto a la
práctica fue lo que se consideró su innovación más notable. Aunque el uso servil de los
alumnos más pequeños por los veteranos había imperado siempre en los colegios
privados, los maestros solían ser responsables de la conducta de todos los chicos del
colegio. Arnold otorgó, sin embargo, al curso más alto, el sexto, autoridad disciplinaria
sobre sus condiscípulos más pequeños. Estos muchachos pasaron a ser los
lugartenientes de Arnold, responsables directamente ante él, y recibían a cambio toda
su confianza y apoyo. El sexto curso se convirtió en el custodio del ideal del colegio,
ejemplo de servicio altruista a la comunidad. Esto se generalizó aplicando el concepto
del caballero al servicio público. La lealtad al grupo significaba que un caballero debía
ser justo y honrado. Esto significaba, a su vez, que no debía "denunciar" a los
infractores, pues informar de las faltas de otro muchacho a los maestros se consideraba
razón suficiente para la expulsión del colegio.
Arnold castigaba con dureza las denuncias porque creía que el infractor, no sólo
no se atenía al carácter recto del caballero, sino que demostraba también deslealtad al
grupo al que supuestamente regía. Es evidente que en estos colegios se formó a
generaciones para el liderazgo. Desdeñando el proceso democrático de gobierno de la
mayoría, Arnold creía que entre los caballeros, como dirigentes, tenía que haber lealtad
e igualdad. Había un aspecto más de esta formación para la jefatura que es preciso
mencionar, la insistencia en el juego limpio. Aunque Arnold no era muy amante del
deporte, no tardó en darse cuenta del valor que podía tener en este adiestramiento. Si
ser un caballero se caracterizaba por una "actuación siguiendo directrices justas", no
había duda de que en el fútbol y en el cricket un muchacho podía aprender a practicar
el juego limpio que siempre debe acompañar a estas actuaciones de un caballero
cristiano. Mucho después de los tiempos de Arnold, un antiguo alumno pudo escribir
que los deportes que se podían practicar en Rugby constituían "la verdadera religión
del colegio". Así ha seguido siendo hasta el presente en muchos colegios privados.
Donde mejor se formaba el carácter, según este criterio, era en el campo de fútbol, pero
el proceso de adiestramiento de Arnold era más complejo que esta versión simplificada
de él. La insistencia en el deporte puede servir para señalar un hecho inherente a toda
esta moralidad: atemperaba la competencia a través del concepto de juego limpio. No
sólo se aplaudía por hacerlo bien al propio equipo, sino también al adversario. Esto
contrasta con el fútbol estudiantil de Estados Unidos, donde se reserva el aplauso para
el equipo propio. La idea es en este caso ganar a toda costa y se estimula la rivalidad sin
143
ningún factor moral que la atempere, mientras que en los deportes, tal como los veía
Arnold y los colegios ingleses, era donde debía cimentarse la educación de un caballero.
Aunque muchas almas sensibles no resistieron el régimen de Rugby, los
admiradores del Dr. Arnold imitaron y popularizaron sus métodos. El principal de ellos
fue Thomas Hughes, cuyo libro, Tom Brown’s Schooldays (1857) glorificaba la tradición
de Rugby. Tom era la encarnación del ideal de Arnold. No había duda de que Tom era
un dirigente; para él la sociedad era como un niño al que había que guiar. Tom
defendía, como un caballero, al débil frente a los abusos cobardes. La cobardía
constituía un delito más grave, significaba eludir el deber tanto en el aspecto de la
jefatura como en la de la fuerza física. El elemento físico destaca en el relato del
período académico de Tom: "Luchar a puñetazos es el modo natural e inglés de que los
chicos resuelvan una disputa." Boxear era tan importante como las virtudes que se
aprendían en el campo de fútbol. Todo esto era una parte, y de momento la parte más
importante, de la formación del caballero cristiano. Conviene que citemos un pasaje de
la defensa de Hughes del "cristianismo musculoso": "...el cristiano musculoso se atiene
a la vieja creencia cristiana y caballeresca de que el cuerpo de un hombre se le da para
que lo adiestre y lo domine, y luego lo use para proteger a los débiles, para apoyar todas
las causas justas y para someter la tierra que Dios ha dado a los hijos de los hombres."
La cita es un claro reflejo de un país que se halla en plena construcción imperial.
También se percibía con toda claridad el menosprecio por todos los logros
intelectuales: "... por el simple vigor del cuerpo o de la inteligencia no tiene (creo y
albergo la esperanza) el menor respeto, aunque caetaris pabirus, preferiría
probablemente, como cuestión de gusto, al hombre que pueda levantar 100 kilos de
peso sobre la cabeza con el dedo meñique que al que puede formular una serie de
sorites perfectos o exponer la doctrina de los "inconcebibles contradictorios."
Hughes habría de resumir estos ideales en su Virilidad de Cristo, dirigidos a los
trabajadores con objeto de ayudar a mejorar su suerte. Las cualidades del caballero
cristiano estaban todas ellas presentes, pero se compendiaban aquí en el evangelio del
trabajo. La consagración de Tom Brown a sus deberes de jefatura se convertía, al
aplicarlas a las clases más bajas, en la dedicación exclusiva al deber del trabajo.
Mientras Arnold convertía en dirigentes a los hijos de las clases medias en Rugby,
Hughes formaba a la clase trabajadora en el evangelio del trabajo honrado. El propio
Hughes habría de dejar atrás este planteamiento de la sociedad y de la moral. A medida
que se fue haciendo más militantemente cristiano, fue triunfando más en él mismo, el
radicalismo social. Pasó a aborrecer la competencia y la rivalidad, y se convirtió en
adalid de los sindicatos, pero su espíritu inquieto no hallaba descanso. Después de 1867
volvió a sus ideas anteriores. Fundó en Tennessee un asentamiento llamado "Rugby"
donde los Tom Brown podrán demostrar que eran capaces de crear una nueva
sociedad. Como no había ningún doctor Arnold para dirigirlos, fracasaron...pese al
hecho de que solo se admitían muchachos de colegios privados. Aunque el ideal falló en
Tennessee, no falló en Inglaterra. El evangelio del trabajo se convirtió en la base de la
moral victoriana, y el caballero cristiano, en su ideal de jefatura.
La educación difundió esta forma de vida por medio de los colegios y de las
escuelas para trabajadores. Esta educación debía empezar en la infancia. Fairchild
Family (1818), de Martha Butts, iba dirigida a los niños pequeños. En ella, esta
moralidad se mezclaba con una veta de brutalidad que estaba presente hasta en Tom
144
Brown. Igual que Arnold creía que los niños no estaban regenerados hasta que no
pasaban la edad madura, Martha Butts pensaba que los niños pequeños tenían que
saber que eran pecadores. La pequeña Lucy Fairchild gritaba a su madre a la edad de
nueve años: "Oh, mamá, mamá, no puedes imaginar que corazón malvado tengo:" Esto
complacía a la señora Fairchild: "pero mi querida Lucy, los que alcanzan el
conocimiento de su propia naturaleza pecadora cuando aún son pequeños, ésos son
felices". Lo que llevaba a Lucy a comprender esto era su orgullo, su envidia y su falta de
caridad. La tesis del libro era que la felicidad final era mejor que las satisfacciones
inmediatas; que ser bueno conducía, en realidad, a una vida satisfactoria en la tierra,
mientras que ser malo llevaba a su destrucción. Así, la pequeña Lucy Augusta Noble,
una vanidosa, moría quemada, una advertencia para los niños de los Fairchild.
Lo que podría llamarse crueldad de los padres ayudaba a los niños a adquirir un
sentido moral. La señora Fairchild exponía a Lucy a un envenenamiento de la sangre
para demostrarle que eran preferibles unos sencillos zapatos a unas zapatillas
moradas. A Henry, de seis años, se le sometía a un régimen de pan y agua en una
habitación cerrada durante diez horas por haber comido una fruta prohibida. A las dos
niñas pequeñas las llevaba su padre a ver un ahorcado porque habían tenido una
discusión entre ellas. A pesar de que pedían asustadas que las llevara otra vez a casa,
las hacía sentarse debajo de la horca y les explicaba que disputas como aquellas suyas
podían conducir al fratricidio. Esta crueldad se documentaba en las Sagradas
Escrituras. Los niños de los Fairchild aprendían a obedecer un código moral estricto,
igual que en Rugby un código que les inculcaban sus padres, que les daban ejemplos
además. El resultado era una orgía de autosatisfacción por parte de los Fairchild
adultos, convencidos de su virtud y de los niños pequeños, convencidos de que estaban
superando sus tendencias pecaminosas. El libro de la Srta. Butts ejemplificaba la
hipocresía que acompañaba a esta moralidad.
Esta fue, pues, la pauta moral que acompañó al pensamiento liberal en
Inglaterra. Como en esto no había un laisser faire, la sociedad económica competitiva
se atemperaba mediante esta moralidad rigurosa. Había también una idea de jefatura
que no era aristocrática y que podía atraer a las clases medias. Esta actitud hacia la
vida fue uno de los factores que modelaron en mayor medida los ideales ingleses en su
período de predominio en Europa. Los liberales sostenían que la base de su
pensamiento era "la personalidad del hombre, que ha estado más oprimida y
desdeñada que cualquier otro valor social y político". Pero el liberalismo estableció a su
vez estos valores. Inglaterra, en la emoción de la Revolución Industrial, produjo
pensadores que elaboraron una ideología que proponía la libre competencia como la
solución a los problemas políticos y económicos, pero pasaba al mismo tiempo a poner
límites a esta libre competencia fomentando una moralidad estricta. Modificaban
además este principio de libre competencia el concepto de legislación benthamiano y la
creencia de que la razón establecería un equilibrio de intereses en el que podría
florecer la auténtica libertad. El liberalismo no era mero egoísmo, como sus enemigos
sostenían.
145
El liberalismo en Francia
146
interpretación marxista de toda la ideología mesocrática se equivocaba en esto. Para
Guizot, como para todos los liberales, la "gran tranquilidad" no tenía por qué paralizar
la movilidad social. La doctrina del laissez faire liberaría al individuo de trabas
artificiales fomentando su progreso social y económico. A través del tipo adecuado de
moralidad (es decir, de actitud hacia la vida) todos podían hacerse ricos y calificar para
el voto. Esto estaba implícito en todo el liberalismo inglés y Guizot creía también en
este tipo de progreso individual. Su famoso consejo a los banqueros de Francia fue
"enriqueceos", pues así se beneficiarían todas las clases de la población. No era un
consejo cruel o cínico, pero sólo puede entenderse dentro del contexto liberal. Guizot
temía a la democracia, por supuesto. Pero este miedo cristalizó en oposición a los que
propugnaban el progreso social y político sin considerar las actitudes morales; no
significaba oposición a la movilidad económica y social en cuanto tal.
Guizot era enemigo, por una parte, de todos los privilegios asentados, y por otra
parte, de los "alborotadores", de los que querían utilizar el Estado para imponer lo que
ellos llamaban justicia social, destruyendo así la libertad individual que él, como
liberal, consideraba el máximo bien. Pero el régimen de Luis Felipe se desmoronó en
1848. No hay que olvidar, sin embargo, que el gobierno liberal duró en Francia
dieciocho años; no fue ningún experimento transitorio condenado al fracaso. El que
acabase desmoronándose significaba sólo que el tipo de liberalismo de Guizot estaba
desacreditado. No había sido capaz de afrontar los problemas a largo plazo de las
aspiraciones políticas y sociales crecientes. Los liberales ingleses, enfrentados al mismo
tiempo con la agitación "cartista", no fueron capaces tampoco de afrontar esas
demandas. El liberalismo francés sólo sacó a la luz de una forma más espectacular el
problema inherente a toda ideología liberal.
Tocqueville escribió su Ancien Régime precisamente con el telón de fondo de la
caída de Luis Felipe y el coup d’état de Luis Napoleón. Este autor, el más grande de los
liberales franceses, veía sus ideales aplastados por la dependencia francesa de la
autoridad, la centralización institucional y el odio a la desigualdad. Veía ya a Francia
oscilando siempre entre el despotismo y la revolución. Los ideales de Tocqueville eran
diferentes de estas dos alternativas. Él creía que la actividad política libre era el
máximo bien para hombres y gobiernos. Esta actividad libre no depositaba ninguna
confianza en el Estado. Su organización política extraía su vitalidad de las unidades de
gobierno locales más que de las centrales. Tocqueville era un gran admirador del
sistema inglés de gobierno local a través del juez de paz, y también de la aristocracia
inglesa. Se trataba de una aristocracia que jugaba un papel crucial en el libre
intercambio de la expresión política y no estaba aislada de la política y del gobierno,
como lo estaba la aristocracia francesa.
En opinión de Tocqueville, las instituciones libres se basaban, no sólo en la
vitalidad política del gobierno local, sino también en la garantía de la propiedad
privada. En sus escritos anteriores imaginaba una sociedad construida sobre pequeñas
propiedades rurales como la más firme garantía de la vida política. Pero cuando el
régimen de Luis Felipe demostró que los medios económicos no garantizaban
necesariamente la libertad perdurable, fue asignando progresivamente mayor
importancia a la administración pública. En Francia esta administración era opresiva,
y fomentaba la dependencia de todas las clases de la burocracia, mientras que en
Inglaterra no parecía ser así. Lo que había en Inglaterra, según Tocqueville, no era una
147
interacción entre todas las clases de la sociedad, sino algo que era el resultado de una
libertad política continuada que él remitía, lo mismo que Burke, a la Edad Media. Él,
que había resaltado la riqueza de la aristocracia inglesa, resaltaba ahora los contactos
de esa aristocracia inglesa con la masa de la población debido a la vaguedad de las
fronteras de clase. Su ideal era Inglaterra, y Estados Unidos como prolongación de los
hábitos políticos ingleses y de la libertad política inglesa. El liberalismo de Tocqueville
estaba mucho más minuciosamente argumentado que el de Guizot. Su fundamento
debía ser un gobierno local fuerte y la estabilidad de las relaciones de propiedad, pero
el remedio definitivo de todos los males de la sociedad era el libre juego de la actividad
política. A Tocqueville le interesaba más en último término la conducta política y social
que edificar sistemas de gobierno. Era un agudo observador de las políticas dentro de
los límites de su liberalismo, que ignoraba las fuerzas cataclísmicas de las nuevas
clases trabajadoras. Así, analizaba el escenario inglés sin mencionar el movimiento
cartista. El ideal de la acción política libre resolvería todos los problemas, los políticos y
los económicos. Desgraciadamente, el liberalismo de Tocqueville, y en consecuencia,
sus análisis de la sociedad, demostraron ser vulnerables a aquéllas fuerzas que estaban
minando lentamente el propio liberalismo.
Aunque el liberalismo de Guizot llegó al poder, no fue el único tipo de liberalismo.
La tradición de la Gran Revolución fomentó un concepto de libertad orientado hacia la
democracia social y política, un liberalismo que ignoraba la condición previa de
moralidad liberal. Es sorprendente que Lamennais, su principal representante, no
dijese nada sobre la inviolabilidad de la propiedad privada y si dijese mucho sobre la
libertad política y social. Lamennais, lo mismo que John Stuart Mill en su evolución
final, desechó la idea de la propiedad como principal soporte ético y político de la
libertad. Su liberalismo no exigía una moralidad mesocrática sino, por el contrario, la
máxima libertad para el "alma del pueblo". Lamennais era antimateralista y este hecho
de que otorgase tanta importancia al "alma del pueblo" se debía a un respeto al pasado
romántico y católico; no glorificaba al pueblo francés como único o superior a
cualquier otro. El gobierno, garantizando un máximo de libertad para su pueblo a
través, tanto de la democracia social y política como de la económica, iluminaría por
medio de esta libertad, a las almas individuales de todos los miembros del pueblo.
Lamennais no era socialista. Los métodos que se utilizasen para obtener la
libertad eran para él intrascendentes en comparación con el bien inconmensurable que
traería esta libertad para todos. Se trataba de un liberalismo muy alejado del
"enriqueceos" de Guizot. Sin embargo, también Lamennais fracasó en 1848. No
obstante, su definición de libertad como democracia tanto social como política habría
de ejercer un cierto atractivo sobre futuros liberales. Pero sería el liberalismo de Guizot
el que habría de tener mayor interés para las clases medias, y para las clases
trabajadoras habría de aportar técnicas más concretas de progreso social y político el
socialismo.
148
Thomas Hughes. En Francia el culto a la respetabilidad se generalizó. El símbolo
supremo de respetabilidad de Inglaterra, la reina Victoria, tenía su contrapartida en
Francia: Luis Felipe. Y Napoleón III nunca se atrevió a caer en la promiscuidad
descarada que caracterizó a Napoleón I. Eran frecuentes las excepciones a esta
indigesta moralidad mesocrática. Así, el cancán, que era sin lugar a dudas un baile muy
erótico, tuvo un éxito enorme durante el Segundo Imperio. Muy poco se sabe tanto
sobre el crecimiento como sobre la difusión de la moralidad mesocrática en Francia. No
cabe duda de que en el Segundo Impe- rio la moralidad sexual era más claramente
permisiva que en la Inglaterra contemporánea, aunque Inglaterra tenía un problema
de prostitución que llegó a adquirir dimensiones fantásticas. Puede que esto se debiese
a los aspectos sumamente represivos del victorianismo. Quizá la moralidad mesocrática
penetre menos profundamente en Francia porque esta nación no había pasado por una
fase ni de evangelismo ni de pietismo. La Revolución francesa había abogado en su
etapa jacobina por un puritanismo moral que llevó a Robespierre a proclamar que el
único adorno de la mujer debía ser la virtud. La oposición al ancien régime incluía una
repugnancia a su forma de vida.... pero muchos rechazaban la Revolución que aceptaba
esta moralidad.
149
entrañado libertad política o económica en la Edad Media, y mucho menos igualdad
social. Los derechos individuales y el igualitarismo eran dos conceptos completamente
distintos. Igualitarismo significaba gobierno del populacho y, al final, destrucción de
los derechos individuales. Solo una sociedad jerárquica podía mantener esos derechos,
pues se habían mantenido de ese modo a lo largo de la historia. Solo podían preservarse
en un sistema social y político jerárquico. Por tanto, la aristocracia tenía la tarea de
asumir la jefatura que había aportado en el pasado. Solo esa jefatura hereditaria podía
poner coto a la marea de la revolución igualitaria. Así pues, se aunaban ideas de
derechos individuales con un concepto de jefatura fuerte.
Burke había apoyado al principio la Revolución Francesa porque pensaba que
defendía los derechos históricos del hombre, pero la destrucción de la nobleza, el
experimento jacobino, la liquidación del pasado por la Revolución, le fueron haciendo
oponerse a ella. El conservadurismo de Burke no rechazaba la libertad; rechazaba la
hipótesis liberal de la igualdad del hombre. Negaba la posibilidad de que el hombre
pudiese elevarse en la escala social y política a través de su propio esfuerzo. Para él la
historia no era la ascensión y el dominio de los hombres simplemente a través de sus
propios esfuerzos individuales o a través de la asunción del tipo correcto de moralidad.
Los liberales eran un producto, no solo de la Revolución Francesa, sino también de la
Revolución industrial; los conservadores tendían a rechazar ambas.
Se rechazaba la moralidad liberal en nombre de una forma de vida aristocrática
idealizada. Este conservadurismo era, básicamente, una reacción al nuevo hecho de
una sociedad de masas, una tentativa de impedir que esa sociedad alterase el orden.
Una élite histórica garantizaría la libertad, la chusma solo la aplastaría.
Este tipo de conservadurismo concibió que los pobres no tenían suficiente
carácter, ya que todos podían subir en la sociedad y se esforzaban por lograrlo. Pero el
conservadurismo, que no creía en este tipo de progreso, veía a los pobres como parte de
la responsabilidad de la jefatura. La revolución industrial había roto en dos la nación y
correspondía a la aristocracia restaurar la armonía de los antiguos tiempos. Las
mismas técnicas que se habían aplicado para mejorar la suerte de las clases feudales
más bajas podían aplicarse, modificadas, al trabajador industrial. Este pensamiento
conservador se remontaba a una era de armonía social que se había esfumado con la
aparición de la sociedad de masas industrial
A su vez, el cristianismo se convirtió en parte integrante de la corriente principal
del pensamiento conservador de la Europa Continental. El conservadurismo estimuló
así, el resurgimiento religioso, católico, que era un aspecto del romanticismo. Fue una
tentativa consciente de cimentar el estado sobre una base cristiana en vez de sobre una
base de racionalismo y ley natural, como estaba intentando la Ilustración. Los
pensadores unieron a esta fe en la historia la creencia de que la historia se manifestaba
de la mano de Dios.
El exponente de estas ideas en Europa fue la Santa Alianza. Se trataba de un
tratado que acabaron firmando Rusia, Austria, Prusia y Francia (1815), que sostenía
que las relaciones entre los diversos estados, debían regirse por los principios
cristianos. Establecía una alianza entre los monarcas de estos países, ya que el gobierno
monárquico como fenómeno divino debía unir a las diversas naciones según los
preceptos de justicia, caridad cristiana y paz. Solo así se podían superar las secuelas de
la Revolución francesa.
150
También expresaron y ampliaron este conservadurismo pensadores importantes,
especialmente en Francia. El más destacado de ellos fue el conde Joseph de Maistre
(1753 – 1821). Para él, “todo es historia”, solo la historia puede crear, no los hombres,
pero la historia era una manifestación de lo divino y por tanto, el gobierno que
poseyese cierta antigüedad histórica era divino. Hasta la palabra reforma era blasfema.
Como la monarquía era una forma antigua de gobierno, era divina. La monarquía era
una forma jerárquica de gobierno y De Maistre daba a la jerarquía tanta importancia
como Burke, aunque con una orientación distinta. El universo entero era una
estructura jerárquica con Dios en la cúspide. La autoridad inmediata subordinada a Él,
en el mundo de los hombres, debe ser un reflejo de la unidad de Dios. Debe aunar, pues,
dentro de sí tanto la soberanía espiritual como la temporal. Pero el Rey sólo poseía
soberanía temporal; el auténtico soberano del mundo, el verdadero bastión de todo el
orden humano, había de ser por lo tanto el papa. El rey tomaba decisiones para el
estado bajo la autoridad del papa. Pero el estado era parte del universo católico,
cristiano, y, para De Maistre la primacía de la historia se basaba en la primacía
absoluta del universo cristiano. El objetivo de ese argumento medieval y el absolutismo
de De Maistre era hacer frente al socavamiento del orden establecido y de la autoridad
por parte de las nuevas fuerzas de la época.
En este sentido, el conservadurismo era una ética de la decisión dirigida contra
las nuevas fuerzas de la sociedad, pero en un proceso de toma de decisiones del que
estaban excluidos todos menos los que se hallaban en la cima de la jerarquía, el papa y
el rey. Estos eran, por su propia naturaleza, infalibles. Este conservadurismo era
ultramontano, ponía al papa, “al otro lado de las montañas (los Alpes)” como garante
del orden y de la armonía. Las ideas de De Maistre llegaron a ser influyentes en la corte
papal.
El papado parecía sumergido en el conservadurismo más extremado. La iglesia
rechazaba la libertad de pensamiento. La carta encíclica del papa Gregorio XVI contra
el pensador francés Lamennais calificaba la libertad de conciencia de “absurda” y decía
que la libertad de prensa era una libertad detestable que extraviaba a las personas
corrientes. La iglesia había perdido mucho durante la Revolución Francesa y el reinado
de Napoleón; su reacción fue intensa. Además, el papado se sirvió de los Habsburgo
austriacos para reprimir la insurrección en los Estados Papales y se vinculó con ello a
la principal potencia conservadora.
Esta política de conservadurismo autoritario alcanzó su apogeo con el Concilio
Vaticano de 1870 y la proclamación de la infalibilidad papal. Para los liberales esto
señaló la consagración definitiva del absolutismo dentro de la Iglesia en nombre del
orden y la disciplina de los fieles. El conservadurismo fue, pues, el pensamiento
dominante del papado durante el siglo y el papado estuvo políticamente vinculado a
Austria, mientras que recibía el apoyo intelectual de Francia. Este conservadurismo no
era monopolio del Vaticano ni de Francia; también existía en Alemania.
Adam Mueller (1779 – 1829) fue su representante más característico. Pero el
conservadurismo de Mueller difería de su modelo francés en un aspecto importante.
De Maistre había considerado el cristianismo católico como la garantía de la armonía
histórica del mundo. Mueller transfirió esta función al estado alemán.
El estado no era una creación artificial y transitoria, un instrumento útil de la
humanidad. Abarcaba en realidad todo el conjunto de la vida. No podía concebirse el
151
individuo fuera del marco del estado; este era un elemento constitutivo necesario del
corazón, espíritu y cuerpo del ser humano. Lo mismo que un hombre no puede
abandonar su propio yo, no puede abandonar tampoco el estado.
Para Mueller el estado, que lo abarcaba todo, y la relación jerárquica dentro de él
estaba santificados tanto por Dios como por la historia; ninguna de estas dos cosas
estaban sometidas a cambio. Y el estado no sólo estaba vinculado a Dios y a la historia,
sino que debía ser un estado cristiano, por lo que Mueller entendía, como De Maistre,
un estado católico.
Sin embargo, la suprema autoridad y el garante del orden era el estado más que el
papa. Mueller también tenía vínculos con el romanticismo, especialmente por su idea
de que todo debe integrarse con el estado. Para él, el estado no solo era una entidad
política, sino también una entidad que satisfacía las necesidades emocionales
humanas. Este estado mantenía un agrio combate contra las nuevas fuerzas políticas,
sociales y económicas. Debido a la base cristiana explícita que un estado tal debía tener,
Mueller creía que estas nuevas fuerzas formaban parte de una conspiración contra el
propio cristianismo. No debe sorprendernos pues que identificase a los judíos con esta
conspiración y vinculase así el conservadurismo centrado en la nación con el
pensamiento racial. Mueller además de su exaltación del estado alemán, destacó la
importancia de sus fundamentos cristianos y echó así un cimiento importante para el
futuro pensamiento racista.
El liberalismo también era ajeno a aquel hombre que, para muchos
contemporáneos, llegó a ser el símbolo de la reacción después de la Revolución
Francesa: Metternich. Este estadista austriaco no sólo era un reaccionario para los
liberales; hasta la mayoría de los conservadores los consideraban así. Pues, a diferencia
de De Maistre, no basaba sus ideas en el catolicismo ni el cristianismo, y, a diferencia
de Mueller, su mentalidad era ajena a la exaltación del estado. A Metternich, un grand
seigneur del siglo XVIII, no le interesaban ni el resurgir religioso ni el nacionalismo de
su época.
Su ideario se centraba en la necesidad de mantener un equilibrio de fuerzas
dentro del estado, algo de importancia similar a la que tenía mantenerlo en las
relaciones entre los propios estados. El medio de poner estas nuevas fuerzas al servicio
del estado era lograr un equilibrio entre las clases de una nación y garantizar el
mantenimiento de ese equilibrio por medio de la monarquía absoluta. También
Metternich pensaba que la historia tenía una importancia decisiva; cimentaba esa
estructura social. No se podía permitir que se crearan nuevos estados o nuevas
constituciones anti históricos. El nacionalismo era para él una de esas fuerzas. El
nacionalismo perturbaría el equilibrio histórico internacional del poder, lo mismo que
el liberalismo perturbaría el equilibrio interno del poder dentro de un estado.
En opinión de Metternich, eran las clases medias las que perturbaban ese
equilibrio a través de su dinámica. Los ataques de la burguesía a la monarquía
conducirían inevitablemente, en su opinión, a que el populacho atacase a la burguesía.
Así que las clases medias se estaban encaminando directamente a la anarquía
democrática.
Metternich compartía otro prejuicio con otros conservadores: el
antiintelectualismo. Menosprecia a profesores y estudiantes, convencido de que,
aunque conspiraban contra el orden, eran unos conspiradores ineficaces. La oposición
152
a la libertad de pensamiento y de expresión también dio una orientación anti
intelectual a conservadores como De Maistre y los dirigentes de la iglesia. Sin embargo,
en los decretos de Carlsbad (1819) se fijó una vigilancia estricta de las universidades y
se dio orden de disolver las organizaciones estudiantiles.
Estos decretos eran una respuesta a las manifestaciones en favor de la unidad
alemana y a los ataques al acuerdo de Viena. Se estableció además un control estricto
de la prensa y de toda agitación política. Creía, como habían creído muchos antes que
él, que Dios estaba del lado del orden, no de la revolución.
Metternich creía también en un estado austriaco fuerte y rechazaba la idea de un
parlamento imperial como medio para conciliar los intereses de las diversas
nacionalidades del imperio. El emperador debe ser el poder supremo. Pero Metternich
veía, sintomáticamente, el problema austriaco una vez más como una cuestión de
equilibrio de poderes. Un emperador como poder supremo sería un árbitro que estaría
por encima de las nacionalidades enfrentadas.
La religión de Metternich carecía de dogmas y estaba orientada de una forma
muy similar: los ideales conservadores se expresaban para él en una ley moral. Este
conservadurismo solo se parecía al de los conservadores ingleses en que se interesaban
también por el bienestar del pueblo.
Este tipo de conservadurismo era muy distinto en su textura del De Maistre o el
de Mueller. Era mucho más flexible en el sentido de que estaba orientado hacia la
acción política práctica, y carecía tanto del contenido religioso y católico como del
romántico. El conservadurismo, como la mayoría de las ideologías, penetró en otras
formas de pensamiento, hasta en las que deploraba. Pues hubo un conservadurismo
liberal, entiendo por ello un liberalismo que compartía ideales conservadores.
El liberalismo creía en la libertad. Se basaba en gran medida en la dinámica de
las clases medias; ¿Cómo podía ser entonces conservador? Leyeron sobre la reforma de
la aristocracia inglesa, sobre la ampliación del derecho del sufragio, lograda sin
revolución, y atribuyeron todo al espíritu histórico de Inglaterra. Pero ellos, por su
parte, quisieron imitar estas acciones inmediatamente, sin aguardar a que sus naciones
evolucionasen de forma lenta y pacífica como había propugnado Burke. Esta
contradicción, no debe ocultar lo que tomaron de Burke: la oposición a la revolución
violenta y una concepción de la libertad compatible con el orden. Los liberados
moderados querían preservar todo lo posible la historia y la tradición, pero querían
aunarlas con la libertad para la clase media.
Guizot es un ejemplo notorio del conservador liberal. Es indudable que
consideraba necesaria la libertad para el libre desarrollo del hombre, pero tras esto,
limitaba de nuevo esa libertad en nombre del orden y de la oposición a la revolución.
Guizot limitaba la libertad precisamente donde liberales como Tocqueville veían que
era necesario ampliarla: en el campo de la participación política en el gobierno.
Además, veía con horror los experimentos democráticos franceses de 1848 porque
parecía abrir paso a una perspectiva de cambio infinito y alentaban promesas que
ningún gobierno podía cumplir si quería gobernar. El liberalismo transitaba un camino
intermedio entre la democracia y el ancien regime. En el caso de Guizot, este camino
medio le empujó al conservadurismo por el temor a la revolución y el deseo de un
gobierno fuerte.
Lo mismo que el conservadurismo podía fundirse con este tipo de liberalismo,
153
podía fundirse con el nacionalismo de un modo aún más decisivo. Adam Mueller era
un nacionalista.
El elemento histórico del conservadurismo compartía la importancia otorgada a
la historia por el romanticismo y el nacionalismo. Todos ellos querían estar en sintonía
con el pasado lejano. Además, todas estas ideologías aborrecían las revoluciones. Estos
hombres consideraban sus actuaciones conservadoras, pues querían recuperar las
raíces del Volk y veían en la civilización moderna cambios revolucionarios que había
que impedir. Se oponían al dinamismo de las clases medias; su visión estaba centrada
en un pasado lejano, estable, agrícola. La fusión del conservadurismo y nacionalismo
era tan completa que suele denominarse movimientos conservadores a los
movimientos nacionalistas.
El conservadurismo era una ideología difusa. Evidentemente, no todos los
conservadores eran nacionalistas o románticos. Algunos se consideraban liberales. Pero
en el siglo XIX, el conservadurismo ya tenía ciertos rasgos comunes.
Los conservadores pretendían enfrentarse a las nuevas fuerzas que surgían a
principios de siglo apoyándose en la historia y en el orden. Creían que la Revolución
Industrial y la Revolución Francesa amenazaban la existencia misma de la sociedad y,
con ellos, cualquier libertad que pudiese poseer el hombre. Todos miraban hacia el
pasado y pretendían aplicar sus directrices a los males del presente.
Es difícil hacer un análisis de clase de aquellos que apoyaron el conservadurismo.
Había conservadores de la clase media y de la clase trabajadora, lo mismo había
aristócratas liberales. Pero, generalmente, los ideales conservadores atraían a dos
clases distintas de la población: a la aristocracia, que quería preservar su situación, y a
miembros de la clase trabajadora, que veían en el paternalismo una mejora que no
proporcionaba el ideal liberal de “autoayuda.”
154
LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL Y EL
CAPITALISMO FINANCIERO
Versión libre y sintética de BARNES, Harry (1967). Historia de la economía del mundo
occidental. México, ed. Uteha. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de Historia
Social General.
Los cambios que se producen en la segunda mitad del siglo XIX y que permiten
caracterizar a la Segunda Revolución Industrial son:
1. Los procesos y tendencias más primitivos fueron más acelerados y se hicieron
nuevos y notables inventos.
2. Se descubrieron y utilizaron nuevas formas de energía, especialmente la
electricidad y el motor a explosión.
3. Se desarrollaron nuevas máquinas de mayor tamaño, más complejas, de ajuste
más delicado, que tienen por metal básico al acero.
4. La máquina se hace cada vez más automática, lo que va a dar lugar al trabajo
en serie.
5. Aparecen instrumentos y máquinas de precisión.
6. El proceso industrial está cada vez más condicionado al progreso de la ciencia y
el volumen de la producción industrial se expande extraordinariamente.
7. Los productos sintéticos reemplazan a las sustancias naturales en un alto
grado.
8. Los viejos métodos de comunicación y transporte son mejorados y se
descubren otros nuevos.
9. Se desarrollan nuevas formas de organización industrial y surge un nuevo
sistema de relaciones entre las finanzas, los bancos y la industria, con lo cual comienza
la era del capitalismo financiero.
10. La industria se concentra cada vez más en las áreas adecuadas para combinar
las ventajas de una gran abundancia de mano de obra, materia prima barata y
facilidades comerciales.
11. La exportación de capitales reemplaza parcialmente a la exportación de
mercancías.
12. Las clases trabajadoras han tenido que hacer frente a nuevos y difíciles
problemas respecto a sus intereses vitales y a sus relaciones con otras clases.
EL CAPITALISMO FINANCIERO
Definición
155
verificándose una tendencia a una creciente monopolización, la que a su vez, se
convierte en fuente de fabulosos ingresos especulativos por medio del manejo de
precios arbitrarios surgidos de la relativización de la competencia.
La libre competencia que caracterizara las primeras etapas del capitalismo se va
a convertir en un recuerdo nostálgico en la segunda mitad del siglo XIX cuando las
sucesivas crisis económicas destrozan a las empresas débiles y favorecen la
concentración de la producción y de la propiedad.
Para Barnes la presencia del capitalismo financiero se materializa cuando la
concentración monopolista se realiza en favor del capital bancario. En los bancos se
había generado un proceso de concentración similar al vivido en la industria y en otras
actividades económicas. Usando su incomparable poder, los bancos van a
transformarse de suministradores de crédito en propietarios de las empresas. El nuevo
papel de los bancos se vio favorecido y, a su vez, acentuó la tendencia hacia una radical
separación entre propiedad y control de las empresas.
El sistema económico denominado capitalismo financiero es un fenómeno
complejo que reconoce la presencia de los siguientes rasgos distintivos:
1. La vida económica es determinada por la acción y los intereses de las empresas
monopólicas, con la eliminación de la libre competencia.
2. Se produce la fusión entre el capital industrial y el bancario, en beneficio de
este último.
3. La exportación de mercancías por parte de las naciones industrialmente
avanzadas es superada en importancia por la exportación de capitales, los que ofrecen
rentabilidad superior respecto de los productos manufacturados. En una época
anterior el capital recién procuraba su colocación en el exterior luego de haber
saturado la demanda dentro del propio país. Pero el portentoso desarrollo industrial
había interconectado rotundamente al mundo y creado un verdadero mercado a escala
planetaria que favoreció, a su vez, una marcada acumulación de nuevos capitales que,
especialmente en el caso inglés, encontraron colocaciones más rentables en otros
países, particularmente sus colonias o territorios de América Latina, Asia y África.
4. El poder de las empresas monopolistas supera las barreras nacionales
unificando sus intereses en algunos casos y arrastrando, en otros, a los distintos
gobiernos hacia conflictos internacionales producto de los enfrentamientos por el
dominio económico.
5. A efectos de asegurarse los mercados proveedores de materia prima, los
mercados de consumo de manufactura y las zonas para las radicaciones de capitales,
los países líderes terminan el reparto colonial del mundo, actuando sus gobernantes en
nombre de un nacionalismo que llevaría en sí mismo los gérmenes de la primera
contienda mundial.
Los bancos
La función inicial de los bancos ha sido la de actuar como intermediarios para los
pagos. Para tal menester recibían en carácter de depósitos el capital de multitud de
empresas y ahorristas. Esos capitales inactivos son convertidos en activos, o sea, que
dan beneficios mediante los préstamos. En consecuencia los bancos son inicialmente
los intermediarios entre los que poseen el capital y los que lo utilizan.
156
Pero el proceso de concentración y monopolización que se dio en la industria
tuvo su paralelo entre los bancos, surgiendo instituciones gigantescas, con inmensos
depósitos disponibles, únicos a su vez, en condiciones de financiar eficientemente el
crecimiento de las empresas monopólicas que requieren permanentemente grandes
cantidades de capital para su actividad y desarrollo. Dicho de otra manera, los bancos
concentran y ponen a disposición de las empresas los recursos del capitalismo
contemporáneo.
El Banco, al llevar una cuenta corriente, actúa inicialmente como intermediario,
desempeñando una operación meramente técnica. Pero esto es una apariencia, ya que
el Banco comienza por este medio, a conocer con exactitud la empresa y el capitalista.
Al controlar el crédito necesario para el desarrollo de toda industria, el Banco comienza
a ejercer una influencia decisiva en la suerte de la misma, dado que está en condiciones
de favorecer o de obstaculizar su evolución ulterior. Finalmente, las crisis cíclicas y la
constante necesidad de facilidades crediticias ponen la empresa bajo el control del
Banco. Así los bancos no sólo poseen el capital sino también la industria.
La Bolsa
Todo Banco que coloca acciones en sociedades anónimas actúa como Bolsa, pero
además existe ésta como institución específica, aunque, por acción de los Bancos
perdió en parte la importancia económica que tuvo a mediados del siglo XIX.
La Bolsa sirve para colocar acciones de las sociedades anónimas a los ahorristas y
capitalistas y también, obviamente, para su venta por parte de éstos para obtener
dinero efectivo. Pero la práctica la convirtió en una institución exclusivamente
especulativa, donde se adquiere acciones de una empresa por un precio dado, se las
conserva un tiempo hasta que su valor sube y se las vuelve a vender para apropiarse de
la diferencia. Esto ha dado lugar a famosas manipulaciones inscriptas con caracteres
dramáticos en la vida del capitalismo.
157
Las compañías monopólicas
158
prescindencia de la realidad del capital invertido, ejerciendo así una verdadera acción
confiscatoria en su provecho. Pero es necesario reconocer que esto ha sido posible y se
ha visto favorecido por el interés meramente especulativo de la mayoría de los
tomadores de acciones.
Por medio de las compañías monopólicas, las finanzas, surgidas para servir a los
negocios, se han convertido en los amos de la vida económica. Su objetivo único es la
obtención del máximo de ganancia posible a costa del consumidor y el asalariado. Los
intentos efectuados a partir de la ley Sherman de 1890 han sido infructuosos para
limitar los abusos.
La influencia de los consorcios ha trascendido la vida económica para convertirse
en elemento determinante de la política de cada país en el plano interior y en el
exterior. El capitalismo financiero ha sido la fuerza principal que ha apoyado al
colonialismo y al imperialismo contemporáneo.
159
EL IMPERIALISMO
Versión libre y sintética de HOBSBAWM, Eric J. (1990). La Era del Imperio (1875-1914).
Barcelona, Labor Universitaria. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de
Historia Social General.
¿Cómo resumir en unos cuantos rasgos lo que fue la economía mundial durante
la era del imperio?
En primer lugar, su base geográfica era mucho más amplia que antes. El sector
industrial y en proceso de industrialización se amplió, en Europa mediante la
revolución industrial que conocieron Rusia y otros países como Suecia y los Países
Bajos, apenas afectados hasta entonces por ese proceso, y fuera de Europa por los
acontecimientos que tenían lugar en Norteamérica y, en cierta medida, en Japón. El
mercado internacional de materias primas se amplió extraordinariamente -entre 1880
y 1913 se triplicó el comercio internacional de esos productos-, lo cual implicó también
el desarrollo de las zonas dedicadas a su producción y su integración en el mercado
mundial. Canadá se unió a los grandes productores de trigo del mundo a partir de 1900.
Argentina se convirtió en un gran exportador de trigo en la misma época, y cada año,
contingentes de trabajadores italianos cruzaban en ambos sentidos los 16.000
kilómetros del Atlántico para recoger la cosecha. La economía mundial era, pues,
mucho más plural que antes.
El Reino Unido dejó de ser el único país totalmente industrializado y la única
economía industrial. Si consideramos en conjunto la producción industrial y minera
(incluyendo la industria de la construcción) de las cuatro economías nacionales más
importantes, en 1913 los Estados Unidos aportaban el 46% del total de la producción;
Alemania, el 23,5%; el Reino Unido, el 19,5%; y Francia, el 11%.
La era del imperio se caracterizó por la rivalidad entre los diferentes Estados.
Además, las relaciones entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado eran también
más variadas y complejas que en 1860, cuando la mitad de todas las exportaciones de
África, Asia y Latinoamérica convergían en un solo país, Gran Bretaña. En 1900 ese
porcentaje había disminuido hasta el 25% y las exportaciones del tercer mundo a otros
países de Europa occidental eran ya más importantes que las que confluían en el Reino
Unido (el 31%).
Ese pluralismo creciente de la economía mundial quedó enmascarado hasta
cierto punto por la dependencia que se mantuvo, e incluso se incrementó, de los
servicios financieros, comerciales y navieros con respecto al Reino Unido. La City
londinense era, más que nunca, el centro de las transacciones internacionales. Por otra
parte, la enorme importancia de las inversiones británicas en el extranjero y su marina
mercante reforzaban aún más la posición central del país en una economía mundial
focalizada en Londres y cuya base monetaria era la libra esterlina. En el mercado
internacional de capitales, el Reino Unido conservaba un dominio abrumador. En 1914,
Francia, Alemania, los Estados Unidos, Bélgica, los Países Bajos, Suiza y los demás
países acumulaban, en conjunto, el 56% de las inversiones mundiales en ultramar,
mientras que la participación del Reino Unido ascendía al 44%.En 1914, la flota
británica de barcos de vapor era un 12% más numerosa que la flota de todos los países
160
europeos juntos.
Ese pluralismo al que hacemos referencia reforzó la posición central del Reino
Unido. En efecto, conforme las nuevas economías en proceso de industrialización
comenzaron a comprar mayor cantidad de materias primas en el mundo
subdesarrollado, acumularon un déficit importante en su comercio con esa zona del
mundo. Era el Reino Unido el país que restablecía el equilibrio global importando
mayor cantidad de productos manufacturados de sus rivales, gracias también a sus
exportaciones de productos industriales al mundo dependiente, pero, sobre todo, con
sus ingentes ingresos invisibles, procedentes tanto de los servicios internacionales en el
mundo de los negocios (banca, seguros, etc.) como de su condición de principal
acreedor mundial debido a sus importantísimas inversiones en el extranjero.
La tercera característica de la economía mundial es la revolución tecnológica. Fue
en este período cuando se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin
hilos, el fonógrafo y el cine, el automóvil y el aeroplano, y cuando se aplicaron a la vida
doméstica la ciencia y la alta tecnología mediante artículos tales como la aspiradora
(1908) y el único medicamento universal que se ha inventado, la aspirina (1899). Pero
antes de que saludemos esa serie impresionante de innovaciones como una "segunda
revolución industrial", no olvidemos que esto sólo es así cuando se considera el proceso
de forma retrospectiva. Para los contemporáneos, la gran innovación consistió en
actualizar la primera revolución industrial mediante una serie de perfeccionamientos
en la tecnología del vapor y del hierro por medio del acero y las turbinas. Una serie de
industrias revolucionarias desde el punto de vista tecnológico, basadas en la
electricidad, la química y el motor de combustión, comenzaron a desempeñar un papel
estelar, sobre todo en las nuevas economías dinámicas.
La cuarta característica es una doble transformación en la estructura y modus
operandi de la empresa capitalista. Por una parte, se produjo la concentración de
capital, el crecimiento en escala que llevó a distinguir entre "empresa" y "gran
empresa", el retroceso del mercado de libre competencia y todos los demás fenómenos
que permitieran definir lo que parecía una nueva fase de desarrollo económico. Por
otra parte, se llevó a cabo el intento sistemático de racionalizar la producción y la
gestión de la empresa, aplicando "métodos científicos" no sólo a la tecnología, sino a la
organización y a los cálculos.
La quinta característica es que se produjo una extraordinaria transformación del
mercado de los bienes de consumo: un cambio tanto cuantitativo como cualitativo. Con
el incremento de la población, de la urbanización y de los ingresos reales, el mercado
de masas, limitado hasta entonces a los productos alimenticios y al vestido, es decir, a
los productos básicos de subsistencia, comenzó a dominar las industrias productoras
de bienes de consumo. A largo plazo, este fenómeno fue más importante que el notable
incremento del consumo en las clases ricas y acomodadas, cuyos esquemas de
demanda no variaron sensiblemente. Al mismo tiempo, una tecnología revolucionaria y
el imperialismo contribuyeron a la aparición de una serie de productos y servicios
nuevos para el mercado de masas, desde las cocinas de gas que se multiplicaron en las
cocinas de las familias de clase obrera durante este período, hasta la bicicleta, el cine y
el modesto plátano, cuyo consumo era prácticamente inexistente antes de 1880. Todo
ello implicó la transformación de la producción, mediante lo que comenzó a llamarse
"producción masiva".
161
Esto encajaba perfectamente con la sexta característica de la economía: el
importante crecimiento del sector terciario de la economía y el aumento de puestos de
trabajo en las oficinas, tiendas y otros servicios. Consideremos únicamente el caso del
Reino Unido, en 1851 había 67.000 funcionarios públicos y 91.000 personas empleadas
en actividades comerciales de una población ocupada total de unos nueve millones de
personas. En 1881 eran ya 360.000 los empleados en el sector comercial -casi todos ellos
del sexo masculino-, aunque sólo 120.000 en el sector público. Pero en 1911 eran ya casi
900.000 las personas empleadas en el comercio, siendo el 17 % de ellas mujeres, y los
puestos de trabajo del sector público se habían triplicado.
La última característica de la economía es la convergencia creciente entre la
política y la economía, es decir, el papel cada vez más importante del Gobierno y del
sector pú[Link] uno de los síntomas del retroceso de la economía de mercado libre
competitiva que había sido el ideal -y hasta cierto punto la realidad- del capitalismo de
mediados de la centuria. Sea como fuere, a partir de 1875 comenzó a extenderse el
escepticismo sobre la eficacia de la economía de mercado autónoma y auto correctora,
la famosa "mano oculta" de Adam Smith, sin ayuda de ningún tipo del Estado y de las
autoridades públicas. La mano era cada vez más claramente visible. La
democratización de la política impulsó a los gobiernos, muchas veces renuentes, a
aplicar políticas de reforma y bienestar social, así como a iniciar una acción política
para la defensa de los intereses económicos de determinados grupos de votantes, como
el proteccionismo y diferentes disposiciones -aunque menos eficaces- contra la
concentración económica, caso de Estados Unidos y Alemania. Por otra parte, las
rivalidades políticas entre los Estados y la competitividad económica entre grupos
nacionales de empresarios convergieron contribuyendo -como veremos- tanto al
imperialismo como a la génesis de la primera guerra mundial.
162
europeo que resistió con éxito la conquista colonial formal fue Etiopía, que pudo
mantener a raya a Italia, la más débil de las potencias imperiales.
Dos grandes zonas del mundo fueron totalmente divididas por razones prácticas:
África y el Pacífico. No quedó ningún Estado independiente en el Pacífico, este fue
totalmente dividido entre británicos, franceses, alemanes, neerlandeses,
norteamericanos y -todavía en una escala modesta- japoneses. En 1914, África
pertenecía en su totalidad a los imperios británico, francés, alemán, belga, portugués, y,
de forma más marginal, español, con la excepción de Etiopía, de la insignificante
república de Liberia en el África occidental y de una parte de Marruecos.
Como señalamos, en Asia existía una zona amplia nominalmente independiente,
aunque los imperios europeos más antiguos ampliaron sus extensas posesiones: el
Reino Unido, anexionando Birmania a su imperio indio y estableciendo o reforzando la
zona de influencia en el Tibet, Persia y la zona del golfo Pérsico; Rusia, penetrando más
profundamente en el Asia central y (aunque con menos éxito) en la zona de Siberia
lindante con el Pacífico en Manchuria; los neerlandeses, estableciendo un control más
estricto en regiones más remotas de Indonesia. Se crearon dos imperios prácticamente
nuevos: el primero, por la conquista francesa de indochina iniciada en el reinado de
Napoleón III, el segundo, por parte de los japoneses a expensas de China en Corea y
Taiwány, más tarde, a expensas de Rusia, si bien a escala más modesta.
Sólo una gran zona del mundo pudo sustraerse casi por completo a ese proceso de
reparto territorial. En 1914, el continente americano se hallaba en la misma situación
que en 1875 o que en el decenio de 1820: era un conjunto de repúblicas soberanas, salvo
Canadá, las islas del Caribe, y algunas zonas del litoral caribeño. Con excepción de los
Estados Unidos, su status político raramente impresionaba a nadie salvo a sus vecinos.
Nadie dudaba de que desde el punto de vista económico eran dependencias del mundo
desarrollado. Pero ni siquiera los Estados Unidos, que afirmaron cada vez más su
hegemonía política y militar en esta amplia zona, intentaron seriamente conquistarla y
administrarla.
Sus únicas anexiones directas fueron Puerto Rico (Cuba consiguió una
independencia nominal) y una estrecha franja que discurría a lo largo del canal de
Panamá, que formaba parte de otra pequeño República, también nominalmente
independiente, desgajada de Colombia mediante una conveniente revolución local.
En Latinoamérica, la dominación económica y las presiones políticas necesarias
se realizaban sin una conquista formal. El continente americano fue la única gran
región del planeta en la que no hubo una seria rivalidad entre las grandes potencias.
Con la excepción del Reino Unido, ningún Estado europeo poseía algo más que las
dispersas reliquias (básicamente en la zona del Caribe) del imperio colonial del siglo
XVIII, sin gran importancia económica o de otro tipo. Ni para el Reino Unido, ni para
ningún otro país existían razones de peso para rivalizar con los Estados Unidos
desafiando la Doctrina Monroe.
Este reparto del mundo entre un número reducido de Estado será la expresión
más espectacular de la progresiva división del globo en fuertes y débiles. Era también
un fenómeno totalmente nuevo. Entre 1876 y 1915, aproximadamente una cuarta parte
de la superficie del planeta fue distribuida o redistribuida en forma de colonias entre
media docena de Estados. El Reino Unido incrementó sus posesiones a unos diez
millones de kilómetros cuadrados, Francia en nueve millones, Alemania adquirió más
163
de dos millones y medio y Bélgica e Italia algo menos.
Los Estados Unidos obtuvieron unos 250. 000 km2 de nuevos territorios,
fundamentalmente a costa de España, extensión similar a la que consiguió Japón con
sus anexiones a costa de China, Rusia y Corea. Las antiguas colonias africanas de
Portugal se ampliaron en unos 750. 000 km2; por su parte, España, que resultó un claro
perdedor (ante los Estados Unidos), consiguió, sin embargo, algunos territorios áridos
en Marruecos y el Sahara occidental. Más difícil es calibrar las anexiones imperialistas
de Rusia, ya que se realizaron a costa de los países vecinos, pero perdió algunas
posesiones a expensas de Japón. De los grandes imperios coloniales sólo los Países Bajos
no pudieron, o no quisieron, anexionarse nuevos territorios, salvo ampliando su control
sobre las islas indonesias que les pertenecían formalmente desde hacía mucho tiempo.
Lo más espectacular no es necesariamente lo más importante. Cuando los
observadores del panorama mundial a finales del decenio de 1890 comenzaron a
analizar lo que, sin duda alguna, parecía ser una nueva fase en el modelo de desarrollo
nacional e internacional, totalmente distinta de la fase liberal de mediados de la
centuria, dominada por el librecambio y la libre competencia, consideraron que la
creación de imperios coloniales era simplemente uno de sus aspectos. Para los
observadores ortodoxos se abría, en términos generales, una nueva era de expansión
nacional en la que era imposible separar con claridad los elementos políticos y
económicos y en la que el Estado desempeñaba un papel cada vez más activo y
fundamental tanto en los asuntos domésticos como en el [Link] observadores
heterodoxos analizaban más específicamente esa nueva era como una nueva fase de
desarrollo capitalista, que surgía de diversas tendencias que creían advertir en ese
proceso.
El término imperialismo se incorporó al vocabulario político y periodístico
durante los años de 1890 en el curso de los debates que se desarrollaron sobre la
conquista colonial. Además, fue entonces cuando adquirió, en cuanto concepto, la
dimensión económica que no ha perdido desde entonces. Si bien los emperadores y los
imperios eran instituciones antiguas, el imperialismo era un fenómeno totalmente
nuevo. El término se incorporó a la política británica en los años de 1870 y a finales de
ese decenio era considerado todavía como un neologismo. Fue en los años de 1890
cuando la utilización del término se generalizó. En 1900, cuando los intelectuales
comenzaron a escribir libros sobre este tema, la palabra imperialismo estaba, según
uno de los primeros de estos autores, el liberal británico J. A. Hobson, “en los labios de
todo el mundo […] y se utiliza para indicar el movimiento más poderoso del panorama
político actual del mundo occidental”. En resumen, era una voz nueva ideada para
describir un fenómeno nuevo.
Los debates que rodean a este delicado tema son apasionados, densos y
[Link] mayor parte de los debates se ha centrado no en lo que sucedió en el
mundo entre 1875 y 1914, sin en el marxismo, un tema que levanta fuertes pasiones.
Ciertamente, el análisis del imperialismo, fuertemente crítico, realizado por Lenin se
convertiría en un elemento central del marxismo revolucionario de los movimientos
comunistas a partir de 1917 y también en los movimientos revolucionarios del “tercer
mundo”.
El punto esencial del análisis leninista (que se basaba claramente en una serie de
autores contemporáneos tanto marxistas como no marxistas) era que el nuevo
164
imperialismo tenía sus raíces económicas en una nueva fase específica del capitalismo,
que, entre otras cosas, conducía a “la división territorial del mundo entre las grandes
potencias capitalistas” en una serie de colonias formales e informales y de esferas de
influencia. Las rivalidades existentes entre los capitalistas que fueron causa de esa
división engendraron también la primera guerra mundial. Todos esos análisis asumen
de una u otra forma que la expansión económica y la explotación del mundo en
ultramar eran esenciales para los países capitalistas.
Los análisis no marxistas del imperialismo establecían conclusiones opuestas a
las de los marxistas. Negaban la conexión específica entre el imperialismo de finales
del siglo XIX y del siglo XX con el capitalismo general y con la fase concreta del
capitalismo que pareció surgir a finales del siglo XIX. Negaban que el imperialismo
tuviera raíces económicas importantes, que beneficiara económicamente a los países
imperialistas y, asimismo, que la explotación de las zonas atrasadas fuera fundamental
para el capitalismo y que hubiera tenido efectos negativos sobre las economías
coloniales. Afirmaban que el imperialismo no desembocó en rivalidades insuperables
entre las potencias imperialistas y que no había tenido consecuencias decisivas sobre el
origen de la primera guerra mundial.
Rechazando las explicaciones económicas, se concentraban en los aspectos
psicológicos, ideológicos, culturales y políticos. Algunos de estos argumentos han
demostrado tener gran fuerza y eficacia, aunque en ocasiones han resultado ser
mutuamente incompatibles. De hecho, muchos de los análisis teóricos del
antiimperialismo, carecían de toda solidez. Pero el inconveniente de los escritos
antiimperialistas es que no explican la conjunción de procesos económicos y políticos,
nacionales e internacionales que tan notables les parecieron a los contemporáneos en
torno a 1900, de forma que intentaron encontrar una explicación global.
Nadie habría negado en 1890 que la división del globo tenía una dimensión
económica, la cual no era inmune a los impulsos políticos, emocionales, ideológicos,
patrióticos e incluso raciales tan claramente asociados con la expansión imperialista.
El acontecimiento más importante en el siglo XIX es la creación de una economía
global, que penetró de forma progresiva en los rincones más remotos del mundo, con
un tejido cada vez más denso de transacciones económicas, comunicaciones y
movimiento de productos, dinero y seres humanos que vinculaba a los países
desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado. Esta globalización de la
economía, que no era nueva, se aceleró notablemente en los decenios centrales de la
centuria. Continuó incrementándose de forma más masiva, en cuanto a volumen y
cifras, entre 1875 y 1914. La flota mercante sólo se había incrementado de 10 a 16
millones de toneladas entre 1840 y 1870, mientras que se duplicó en los cuarenta años
siguientes, de igual forma que la red mundial de ferrocarriles, se amplió de poco más
de 200.000 Km. en 1870 hasta más de un millón de kilómetros inmediatamente antes
de la primera guerra mundial.
Esta red de transportes mucho más tupida posibilitó que incluso las zonas más
atrasadas y hasta entonces marginales se incorporarán a la economía mundial, y los
núcleos tradicionales de riqueza y desarrollo experimentaron un nuevo interés por
esas zonas remotas. Lo cierto es que ahora que eran accesibles, muchas de esas
regiones parecían a primera vista simples extensiones potenciales del mundo
desarrollado, que estaban siendo ya colonizadas y desarrolladas por hombres y mujeres
165
de origen europeo, que expulsaban o hacían retroceder a los habitantes nativos,
creando ciudades y, sin duda, a su debido tiempo, la civilización industrial: los Estados
Unidos al oeste del Misisipi, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argelia y el
cono sur de Sudamérica.
La civilización necesitaba ahora el elemento exótico. El desarrollo tecnológico
dependía de materias primas que por razones climáticas o por azares de la geología se
encontraban exclusiva o muy abundantemente en lugares remotos. El motor de
combustión interna, producto típico del período que estudiamos, necesitaba petróleo y
caucho. El petróleo procedía casi en su totalidad de los Estados Unidos y de Europa,
pero los pozos petrolíferos del Oriente Medio eran ya objeto de un intenso
enfrentamiento y negociación diplomáticos. El caucho era un producto exclusivamente
tropical, que se extraía mediante la terrible explotación de los nativos en las selvas del
Congo y del Amazonas. El estaño procedía de Asia y Sudamérica. Una serie de metales
no férricos que antes carecían de importancia, comenzaron a ser fundamentales para
las aleaciones de acero que exigía la tecnología de alta velocidad.
Las nuevas industrias del automóvil y eléctricas necesitaban imperiosamente
uno de los metales más antiguos, el cobre. Sus principales reservas y, posteriormente,
sus productores más importantes se hallaban en lo que a finales del siglo XX se
denominaría como tercer mundo: Chile, Perú, Zaire, Zambia. Además, existía una
constante y nunca satisfecha demanda de metales preciosos que en este período
convirtió a Sudáfrica en el mayor productor de oro del mundo, por no mencionar su
riqueza de diamantes. Las minas fueron grandes pioneras que abrieron el mundo al
imperialismo, y fueron extraordinariamente eficaces porque sus beneficios eran lo
bastante importantes como para justificar también la construcción de ramales de
ferrocarril.
Completamente aparte de las demandas de la nueva tecnología, el crecimiento del
consumo de masas en los países metropolitanos significó la rápida expansión del
mercado de productos alimenticios. Por lo que respecta al volumen, el mercado estaba
dominado por los productos básicos de la zona templada, cereales y carne que se
producían a muy bajo costo y en grandes cantidades de diferentes zonas de
asentamiento europeo en Norteamérica y Sudamérica, Rusia y Australasia. Pero
también transformó el mercado de productos conocidos desde hacía mucho tiempo (al
menos en Alemania) como “productos coloniales” y que se vendían en las tiendas del
mundo desarrollado: azúcar, té, café, cacao, y sus derivados. Gracias a la rapidez del
transporte y a la conservación, comenzaron a afluir frutas tropicales y subtropicales:
esos frutos posibilitaron la aparición de las “repúblicas bananeras”.
Estos acontecimientos convirtieron al mundo en un complejo de territorios
coloniales y semicoloniales que progresivamente se convirtieron en productores
especializados de uno o dos productos básicos para exportarlos al mercado mundial, de
cuya fortuna dependían por completo. El nombre de Malaya se identificó cada vez más
con el caucho y el estaño; el de Brasil, con el café; el de Chile, con los nitratos; el de
Uruguay, con la carne, y el de Cuba, con el azúcar y los cigarros puros. De hecho, si
exceptuamos a los Estados Unidos, ni siquiera las colonias de población blanca se
industrializaron (en esta etapa) porque también se vieron atrapadas en la trampa de la
especialización internacional. Estos países eran complementos de la economía
industrial europea (fundamentalmente la británica) y, por lo tanto, no les convenía - o
166
en todo caso no les convenía a los intereses abocados a la exportación de materias
primas- sufrir un proceso de industrialización. Tampoco las metrópolis habrían visto
con buenos ojos ese proceso. Sea cual fuere la retórica oficial, la función de las colonias
y de las dependencias no formales era la de complementar las economías de las
metrópolis y no la de competir con ellas.
Los territorios dependientes que no pertenecían a lo que se ha llamado
capitalismo colonizador (blanco) no tuvieron tanto éxito. Su interés económico residía
en la combinación de recursos con una mano de obra que por estar formada por
“nativos” tenía un costo muy bajo y era barata. Sin embargo, las oligarquías de
terratenientes y comerciantes -locales, importados de Europa o ambas cosas a un
tiempo- y, donde existían, sus gobiernos se beneficiaron del dilatado período de
expansión secular de los productos de exportación de su región, interrumpida
únicamente por algunas crisis. Desde su punto de vista, la era imperialista, que
comenzó a finales del siglo XIX, se prolongó hasta la gran crisis de 1929 - 1933. De
cualquier forma, se mostraron cada vez más vulnerables en el curso de este período,
por cuanto su fortuna dependía cada vez más del precio del café, del caucho, del estaño,
del cacao, del buey o de la lana. Pero hasta la caída vertical de los precios de materias
primas durante el crash de 1929, esa vulnerabilidad no parecía tener mucha
importancia a largo plazo por comparación con la expansión aparentemente ilimitada
de las exportaciones y los créditos.
Sin embargo, la importancia económica creciente de esas zonas para la economía
mundial no explica por qué los principales Estados industriales iniciaron una rápida
carrera para dividir el mundo en colonias y esferas de influencia. El análisis
antiimperialista del imperialismo ha sugerido diferentes argumentos que pueden
explicar esa actitud. El más conocido de esos argumentos, la presión del capital para
encontrar inversiones más favorables que las que se podían realizar en el interior del
país, inversiones seguras que no sufrieran la competencia del capitalextranjero, es el
menos convincente. Dado que las exportaciones británicas de capital se incrementaron
vertiginosamente en el último tercio de la centuria y que los ingresos procedentes de
esas inversiones tenían una importancia capital para la balanza de pagos británica, era
totalmente natural relacionar el “nuevo imperialismo” con las exportaciones de capital,
como lo hizo J. A. Hobson. Pero no puede negarse que sólo una pequeño parte de ese
flujo masivo de capitales acudía a los nuevos imperios coloniales: la mayor parte de las
inversiones británicas en el exterior se dirigían a las colonias en rápida expansión y
por lo general de población blanca, que pronto serían reconocidas como territorios
virtualmente independientes (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Suráfrica) y a los que
podríamos llamar territorios coloniales “ honoríficos” como Argentina y Uruguay, por
no mencionar los Estados Unidos. Además, una parte importante de esas inversiones
(el 76 % en 1913) se realizaba en forma de préstamos públicos a compañías de
ferrocarriles y servicios públicos que reportaban rentas más elevadas que las
inversiones en la deuda pública británica, pero eran también menos lucrativas que los
beneficios del capital industrial en el Reino Unido.
Un argumento general de más peso para la expansión colonial era la búsqueda de
mercados. La convicción de que el problema de la “superproducción” del período de la
gran depresión podría solucionarse a través de un gran impulso exportador, era
compartida por muchos. Los hombres de negocios, dirigían su mirada, naturalmente, a
167
las zonas sin explotar: China era una de esas zonas que captaba la imaginación de los
vendedores- ¿qué ocurriría si cada uno de los trescientos millones de seres que vivían
en ese país comprara tan sólo una caja de clavos?-, mientras que África, el continente
desconocido, era otra.
Pero el factor fundamental de la situación económica general era el hecho de que
una serie de economías desarrolladas experimentaban, de forma simultánea, la misma
necesidad de encontrar nuevos mercados. Cuando eran lo suficientemente fuertes, su
ideal era el de “puertas abiertas” en los mercados del mundo subdesarrollado; pero
cuando carecían de la fuerza necesaria intentaban conseguir territorios cuya
propiedad situara a las empresas nacionales en una posición de monopolio o, cuando
menos les diera una ventaja sustancial. La consecuencia lógica fue el reparto de las
zonas no ocupadas del tercer mundo. En cierta forma, esto fue una ampliación del
proteccionismo que fue ganando fuerza a partir de 1879. Desde este prisma, el
“imperialismo” era la consecuencia natural de una economía internacional basada en
la rivalidad de varias economías industriales competidoras, hecho al que se sumaban
las presiones económicas de los años 1880. Ello no quiere decir que se esperara que una
colonia en concreto se convirtiera en El Dorado, aunque esto es lo que ocurrió en
Suráfrica, que pasó a ser el mayor productor de oro del mundo. Las colonias podían
constituir simplemente bases adecuadas o puntos avanzados para la penetración
económica regional.
En este punto resulta difícil separar los motivos económicos para adquirir
territorios coloniales de la acción política necesaria para conseguirlo, por cuanto el
proteccionismo de cualquier tipo no es otra cosa que la operación de la economía con la
ayuda de la política. La motivación estratégica para la colonización era especialmente
fuerte en el Reino Unido, con colonias muy antiguas perfectamente situadas para
controlar el acceso a diferentes regiones terrestres y marítimas que se consideraban
vitales para los intereses comerciales y marítimos británicos en el mundo, o que, con el
desarrollo del barco de vapor, podían convertirse en puertos de aprovisionamiento de
carbón. (Gibraltar y Malta eran ejemplos del primer caso, mientras que Bermuda y
Adén lo son del segundo). Una vez que las potencias rivales comenzaron a dividirse el
mapa de África u Oceanía, cada una de ellas intentó evitar que una porción excesiva
(un fragmento especialmente atractivo) pudiera ir a parar a manos de los demás. Así,
una vez que el status de gran potencia se asoció con el hecho de hacer ondear la
bandera sobre una playa limitada por palmeras (o, más frecuentemente, sobre
extensiones de maleza seca), la adquisición de colonias se convirtió en un símbolo de
status, con independencia de su valor real. Hacia 1900, incluso los Estados Unidos, cuya
política imperialista nunca se ha asociado, antes o después de ese período, con la
posesión de colonias formales, se sintieron obligados a seguir la moda del momento.
Por su parte,
Alemania se sintió profundamente ofendida por el hecho de que una nación tan
poderosa y dinámica poseyera muchas menos posesiones coloniales que los británicos
y los franceses, aunque sus colonias eran de escaso interés económico y de un interés
estratégico mucho menor aún. Italia insistió en ocupar extensiones muy poco
atractivas del desierto y de las montañas africanas para reforzar su posición de gran
potencia, y su fracaso en la conquista de Etiopía en 1896 debilitó, sin duda, esa posición.
En efecto, si las grandes potencias eran Estados que tenían colonias, los pequeños
168
países, por así decirlo, “no tenían derecho a ellas”. España perdió la mayor parte de lo
que quedaba de su imperio colonial en la guerra contra los Estados Unidos de 1898.
Como hemos visto, se discutieron seriamente diversos planes para repartirse los restos
del imperio africano de Portugal entre las nuevas potencias coloniales. Sólo los
holandeses conservaron discretamente sus ricas y antiguas colonias (situadas
principalmente en el sureste asiático) y al monarca belga se le permitió hacerse con su
dominio privado en África a condición de que permitiera que fuera accesible a todos los
demás países, porque ninguna gran potencia estaba dispuesta a dar a otras una parte
importante de la gran cuenca del río Congo. Naturalmente, habría que añadir que hubo
grandes zonas de Asia y del continente americano donde, por razones políticas, era
imposible que las potencias europeas pudieran repartirse zonas extensas de territorio.
Tanto en América del Norte como del Sur, las colonias europeas supervivientes se
vieron inmovilizadas como consecuencia de la Doctrina Monroe: sólo Estados Unidos
tenía libertad de acción.
Algunos historiadores han intentado explicar el imperialismo teniendo en cuenta
factores fundamentalmente estratégicos. Han pretendido explicar la expansión
británica en África como consecuencia de la necesidad de defender de posibles
amenazas las rutas hacia la India y sus glacis marítimos y terrestres. Es importante
recordar que, desde un punto de vista global, la India era el núcleo central de la
estrategia británica, y que esa estrategia exigía un control no sólo sobre las rutas
marítimas cortas hacia el subcontinente (Egipto, Oriente Medio, el Mar Rojo, el Golfo
Pérsico, y el sur de Arabia) y las rutas marítimas largas (el cabo de Buena Esperanza y
Singapur), sino también sobre todo el Océano Indico, incluyendo sectores de la costa
africana y su traspaís. Los gobiernos británicos eran perfectamente conscientes de ello.
También es cierto que la desintegración del poder local en algunas zonas esenciales
para conseguir esos objetivos, como Egipto (incluyendo Sudán), impulsaron a los
británicos a protagonizar una presencia política directa mucho mayor de lo que habían
pensado en un principio, llegando incluso hasta el gobierno de hecho. Pero estos
argumentos no eximen de un análisis económico del imperialismo.
En primer lugar, subestiman el incentivo económico presente en la ocupación de
algunos territorios africanos, siendo en este sentido el caso más claro el de Sudáfrica.
En segundo lugar, ignoran el hecho de que la India era la “joya más radiante de la
corona imperial” y la pieza esencial de la estrategia británica global, precisamente por
su gran importancia para la economía británica. Esa importancia nunca fue mayor que
en este período, cuando el 60 % de las exportaciones británicas de algodón iban a parar
a la India y al Lejano Oriente, zona hacia la cual la India era la puerta de acceso - el 40-
45 % de las exportaciones las absorbía la India-, y cuando la balanza de pagos del
Reino Unido dependía para su equilibrio de los pagos de la India.
En tercer lugar, la desintegración de gobiernos indígenas locales, que en
ocasiones llevó a los europeos a establecer el control directo sobre unas zonas que
anteriormente no se había ocupado de administrar, se debió al hecho de que las
estructuras locales se habían visto socavadas por la penetración económica.
De hecho, la aparición de los movimientos obreros o, de forma más general, de la
política democrática tuvo una clara influencia sobre el desarrollo del “nuevo
imperialismo”. Desde que el gran imperialista Cecil Rhodes afirmara en 1895 que si se
quiere evitar la guerra civil hay que convertirse en imperialista, muchos observadores
169
han tenido en cuenta la existencia del llamado “imperialismo social”, es decir, el intento
de utilizar la expansión imperial para amortiguar el descontento interno a través de
mejoras económicas o reformas sociales, o de otra forma. Sin duda ninguna, todos los
políticos eran perfectamente conscientes de los beneficios potenciales del
imperialismo. En algunos casos, ante todo en Alemania, se han apuntado como razón
fundamental para el desarrollo del imperialismo “la primacía de la política interior”.
Probablemente, la versión del imperialismo social de Cecil Rhodes, en la que el aspecto
fundamental eran los beneficios económicos que una política imperialista podía
suponer, de forma directa o indirecta, para las masas descontentas, sea la menos
relevante. No poseemos pruebas de que la conquista colonial tuviera una gran
influencia sobre el empleo o sobre los salarios reales de la mayor parte de los
trabajadores en los países metropolitanos, y la idea de que la emigración a las colonias
podía ser una válvula de seguridad en los países superpoblados era poco más que una
fantasía demagógica. (De hecho, nunca fue más fácil encontrar un lugar para emigrar
que en el período 1880-1914, y sólo una pequeña minoría de emigrantes acudía a las
colonias, o necesitaba hacerlo.)
Mucho más relevante nos parece la práctica habitual de ofrecer a los votantes
gloria en lugar de reformas costosas, ¿qué podía ser más glorioso que las conquistas de
territorios exóticos y razas de piel oscura, cuando además esas conquistas se
conseguían con tan escaso costo? De forma más general, el imperialismo estimuló a las
masas, y en especial a los elementos potencialmente descontentos, a identificarse con
el Estado y la nación imperial, dando así, de forma inconsciente, justificación y
legitimidad al sistema social y político representado por ese Estado. En una era de
política de masas, incluso los viejos sistemas exigían una nueva legitimidad.
Es difícil precisar hasta qué punto era efectiva esta variante específica de
exaltación patriótica, sobre todo en aquellos países donde el liberalismo y la izquierda
más radical habían desarrollado fuertes sentimientos antiimperialistas,
antimilitaristas, anticoloniales o, de forma más general, anti aristocráticos. Sin duda,
en algunos países el imperialismo alcanzó una gran popularidad entre las nuevas
clases medias y de trabajadores administrativos, cuya identidad social descansaba en la
pretensión de ser los vehículos elegidos del patriotismo. Es mucho menos evidente que
los trabajadores sintieran ningún tipo de entusiasmo espontáneo por las conquistas
coloniales, por las guerras, o cualquier interés en las colonias, ya fueran nuevas o
antiguas (excepto las de colonización blanca).
De todas formas, no se puede negar que la idea de superioridad y de dominio
sobre un mundo poblado por gentes de piel oscura en remotos lugares tenía arraigo
popular y que, por tanto, benefició a la política imperialista.
170
EL MODELO EXPORTADOR EN LA MODERNIZACIÓN
LATINOAMERICANA (1850-1930)
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2021.
Oscar A. Pavetti
171
latinoamericanos importaban bienes manufacturados de estas economías
industrializadas, siguiendo el concepto impuesto y establecido del libre comercio, lo
que les posibilitaba vender sus productos en un mercado y comprar en otro;
transacciones facilitadas por una moneda de aceptación internacional: el patrón oro.
De esta manera, los países latinoamericanos se convirtieron en simples proveedores de
materias primas y consumidores de bienes industrializados.
De todas maneras, resultó apreciable el cambio que acusó la sociedad
latinoamericana que hasta mediados del siglo XIX era básicamente rural y extraía sus
recursos de la agricultura y el comercio; y que, hacia las primeras décadas del siglo XX,
ya mostraba un paisaje distinto, con sus ciudades de estilo europeo y la existencia de
algunas industrias que tendían a proveer a los mercados locales básicamente urbanos,
con una inmigración que si bien no afectó a todos los países de la misma manera, si
influyó como inversores o mano de obra, con nuevas ideas políticas igualitaristas, con
demandas de derechos. Verdaderamente una sociedad de masas, como evidencia
palpable del avance del proceso modernizador.
Para América Latina, la particularidad del período 1850-1930 se expresó en un
crecimiento económico que acompañó las transformaciones del capitalismo mundial y
colocó a la región en una situación expectante en el orden mundial. Esta situación no
era novedosa, Hispanoamérica ya formaba parte del capitalismo occidental antes de su
independencia política ocurrida entre 1808 y 1826. Como colonias de los reinos ibéricos,
las distintas regiones supieron aportar sus especialidades al tráfico mundial, en
particular el oro y la plata; pero que también sufrieron los altibajos de los ciclos
económicos mundiales; tan es así que, la disolución de los vínculos coloniales a
consecuencia de los procesos de independencia, coincidió con una profunda recesión
económica en las metrópolis (España y Portugal) y sus colonias, de manera tal que en
los primeros tiempos independientes, los nuevos y fragmentados Estados estuvieron
sometidos a graves penurias económicas, agravadas aún más por los gastos de las
guerras por la independencia. Esta situación persistió en grado diverso hasta mediados
del siglo XIX, cuando algunos productos empezaron a responder con cierta agilidad a la
demanda mundial; tal es el caso de la explotación del guano peruano desde la década
de 1840, que como fertilizante se difundió en la agricultura europea; o el caso de la
ganadería vacuna (carne salada, cuero, sebo, etc.) y la ovina (como proveedora de lana
para la industria textil del norte de Europa), que transformaron el paisaje rural en la
pampa húmeda argentina, en Uruguay y el sur brasileño.
172
Nuevos tiempos, nuevas condiciones
Hacia mediados del siglo XIX el mundo asistía a cambios profundos impulsados
por una segunda revolución industrial, más intensa y general que la primera, ya que
involucró directamente a otros territorios que siguieron la vía del desarrollo industrial
y financiero para erigirse en potencias mundiales; tal el caso de Estados Unidos, Japón,
Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, el norte de Italia, algunos centros
urbanos de Rusia y Austria. La inventiva de verdaderos científicos llegó a distintas
ramas de las ciencias, las que tuvieron aplicación práctica en un sinnúmero de bienes
que maravillaron al mundo. Ya no fue tan solo el perfeccionamiento del ferrocarril y el
173
barco a vapor a los que se agregaron el automóvil y el avión; sino también el telégrafo y
seguidamente el teléfono para poner las comunicaciones al instante; la química y la
medicina, las exploraciones en territorios hasta hace poco desconocidos ampliaron las
fronteras del mundo para integrar nuevas regiones, poblaciones y productos. Resultó
indudable sus efectos sobre el mercado mundial, la vida cotidiana de las personas, pero
también en unas relaciones internacionales competitivas y tensas que esas mismas
potencias llevaron al conflicto que resultó la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Todas estas novedades, salvo la guerra por supuesto, tuvieron unas consecuencias
positivas para la América hispana, en la medida que les permitió a las nuevas naciones
constituirse como Repúblicas independientes, superar definitivamente la situación
recesiva post-independencia y aportar algunos elementos claves para la modernización
económica y social; como, por ejemplo:
● Una disminución de los costos del transporte marítimo y fluvial, por la difusión
de los barcos a vapor y el mejoramiento tecnológico de los de vela; también por
el rápido desarrollo de las vías ferroviarias que permitieron unir regiones
distantes y ampliar las fronteras agrícolas.
● Un novedoso sistema de comunicación, el telégrafo, para el cual cabe
imaginarse un cable tendido desde el continente europeo al americano y su
posterior red de difusión por todo el territorio, que facilitó la circulación de
noticias y comentarios a través de la prensa diaria, de los precios de los bienes y
monedas, de ideas y rebeldías y por supuesto una eficaz integración con el resto
del mundo.
● El consenso mundial alcanzado alrededor del establecimiento de una moneda
de cambio fijo –el patrón oro–, respaldado y gestionado por Gran Bretaña en su
papel de potencia dominante del siglo XIX, que facilitó los intercambios
comerciales y financieros a nivel internacional; ahora sí un verdadero mercado
mundial.
● Un excedente de capitales absorbidos por el sistema financiero internacional,
que fueron invertidos en las economías latinoamericanas, tanto en las áreas del
transporte, comercio, como a través de préstamos a los Estados.
● El trasiego de enormes contingentes de inmigrantes europeos, atraídos por las
oportunidades que ofrecieron particularmente Argentina, Uruguay, Brasil y
Chile; y de asiáticos a Perú y Cuba como mano de obra barata; con el efecto de
impulsar un fuerte incremento poblacional y un proceso de urbanización.
174
Ahora, zonas y productos anteriormente de poca importancia en el período
colonial, protagonizaron un cambio profundo; tal resultó el caso de Argentina y Brasil,
que en virtud de sus extensos territorios se transformaron en las áreas más dinámicas.
El Río de la Plata y sus zonas de influencia, sumaron a la oferta inicial de cereales y sus
derivados de harinas y aceites, la ganadería vacuna que sufrió un fuerte impulso
cuando el transporte térmico favoreció los embarques a Europa de carne congelada
primero y después enfriada; mientras, en la región central brasileña, la producción
cafetalera extendía sus cultivos avanzando sobre la selva y se convertía en hegemónica
en el mercado mundial. El resultado en estos dos ejemplos nacionales fue un fenómeno
cíclico, típico de una era de expansión económica, donde la ampliación de la frontera
agrícola a consecuencia del desarrollo capitalista resultó fruto de la guerra y
expropiación de los territorios indígenas y de la construcción del ferrocarril para
mejorar las comunicaciones y control de los nuevos territorios y su población.
Otro producto, el caucho, de origen natural y extraído de una variedad de árboles
de la selva amazónica, resultó un antecedente del plástico y un originario proveedor de
neumáticos para la naciente industria automotriz, a costa de la devastación de la selva
ubicadas entre los países de Brasil, Bolivia y Perú. Chile, con una política territorial
expansiva y su tradición minera, supo dominar el Pacífico Sur y exportar cobre y
salitre; mientras que, Venezuela, primero con el café y posteriormente con el petróleo,
recreó un polo importante sobre el Caribe. Así, nuevos y renovados productos
exportables intensificaron el tráfico comercial, en general hacia los países europeos y
Estados Unidos, ávidos de alimentos y productos tropicales, pero también de metales y
nitratos. Se originó entonces un segundo ciclo de integración a la economía mundial,
tras el impasse provocado por la recesión post-colonial, aunque ahora las relaciones
estaban teñidas por una creciente división internacional del trabajo que convertía
básicamente a las economías latinoamericanas en especialistas productoras de bienes
primarios para abastecer a los países industrializados.
175
régimen colonial, en este caso preciso para abolir los privilegios de algunos sectores de
la sociedad, garantizar la libertad individual y la igualdad ante la ley, impulsar el
desarrollo capitalista y construir nuevas instituciones para un Estado Nacional
moderno. Así, se encomendó asimismo la tarea de los registros de nacimientos,
muertes y matrimonios civiles, además de la educación y la sanidad, desalojando a la
iglesia de esas funciones tradicionales. También formó una burocracia capacitada para
atender las funciones administrativas, fiscales, de justicia y seguridad con la formación
de un ejército profesional.
Si bien, los gobiernos latinoamericanos instalados después de la Independencia
impusieron el librecambio como doctrina económica, tras liberar las regulaciones que
el dominio ibérico había dispuesto durante el período colonial, esto no resultó un
impedimento para obtener recursos, dirigir las inversiones y promover el desarrollo. Lo
hizo directamente a través de los impuestos comerciales (principalmente derechos de
importación), sin necesidad de recurrir a una alta presión fiscal interna con impuestos
o tasas; e indirectamente, con la obtención de empréstitos que la banca mundial
ofrecía en las épocas de auge y liquidez financiera y que el Estado garantizaba con el
futuro incremento de la recaudación impositiva, confiando en el fruto del crecimiento
de la economía que impulsaban las inversiones y la demanda del mercado mundial.
Este particular desarrollo modernizador se entendió como un conjunto de
oportunidades que ofrecía el comercio internacional (o "lotería de bienes" como
llamaron algunos historiadores); donde la respuesta particular de cada sector
contribuyó a especializar los distintos espacios productivos en función de la demanda
(o "al mejor postor"). De manera tal que, la oferta tuvo un carácter espasmódico –es
decir no regular– ya que dependía de los requerimientos del extranjero; por lo cual, los
productos locales que se podían ofrecer estuvieron sujetos a las oscilantes necesidades
e intereses de la demanda mundial. Así, por ejemplo, el caucho natural extraído de la
selva amazónica fue muy requerido en sus comienzos para la fabricación de
neumáticos para la incipiente industria automotriz; hasta que se abrieron nuevas
zonas de cultivo en Malasia y en las Indias Holandesas Orientales (actualmente
Indonesia), cuya producción resultó más barata y competitiva y fue desalojando del
mercado a la producción brasileña. Y, hacia fines de la década de 1920 el caucho natural
fue definitivamente reemplazado por productos sintéticos derivados del petróleo.
El pensamiento económico liberal argumentaba acerca de las provechosas
"ventajas comparativas" que las naciones debían tener en cuenta con respecto a otras;
una idea que tomaron las elites latinoamericanas, pero que no previeron que dichas
ventajas fueron apareciendo azarosamente en el tiempo en virtud de las necesidades de
los países industrializados; ya sea por cambios en los hábitos de consumo de sus
habitantes o materias primas para fabricar bienes novedosos, además de las
alteraciones que causó la Primera Guerra Mundial, principalmente en el comercio
mundial. Todas estas cuestiones no podían asegurar una demanda regular ni planificar
a largo plazo inversiones y producciones. Tampoco pudieron prever, atento al precepto
liberal que inhibía la intervención del Estado en la economía, que el desarrollo de
alguna “ventaja comparativa” necesitaba de una intervención política de los gobiernos
y un gasto para el Tesoro nacional, que permitiera sostener la oferta local, aun cuando
la demanda mundial disminuyera.
Como excepción, funcionó el Programa de Valorización del café en Brasil, un
176
mecanismo que permitió administrar la oferta al mercado internacional con el
establecimiento de cupos de entrega al mercado, con el fin de sostener un precio
rentable del café para beneficio de productores y exportadores, ya sea ante una
situación de superproducción, retracción de la demanda mundial o el surgimiento de
competidores más eficientes. Este mecanismo regulatorio de excepción fue
tempranamente puesto en práctica por el gobierno de la “República Vieja” a principios
del siglo XX; facilitado por la fuerte hegemonía que ejercía el café brasileño en el
mercado mundial, cuya participación ascendía en esa época al 70%.
La modernización implicó básicamente el desarrollo de una infraestructura al
servicio del modelo exportador que desembocaba generalmente en un puerto. Se
destacaron las construcciones portuarias adecuadas al nuevo porte de las naves y al
incremento de los intercambios; el crecimiento incesante de las comunicaciones con la
instalación del telégrafo, las oficinas postales y más tarde el teléfono; el transporte, con
el tendido de líneas ferroviarias y la construcción de caminos y canales, allí donde la
vía fluvial facilitara los desplazamientos. En todos estos casos, a las facilidades
adquiridas para las comunicaciones y el desplazamiento de mercancías y personas, se
le agregaba la importancia estratégica que tenían estos adelantos para los remozados
Estados nacionales, que les permitía controlar todo el territorio con un rápido
despliegue de sus noveles fuerzas armadas profesionales, haciendo efectivo el poder
político de los gobiernos centrales sobre las pretensiones localistas y caudillescas; ya
que obró en consecuencia como una eficaz herramienta de dominación hegemónica,
constituyéndose una élite nacional vinculada al poder político u "oligarquía", en su
designación más peyorativa.
En el campo de la producción, la instalación de complejos agroindustriales (como
los ingenios o frigoríficos), la instalación de depósitos (silos y bodegas) y despachos
(puertos y estaciones), facilitaron los intercambios internos y externos y en la medida
que estos replicaron en otras actividades económicas, permitieron un incipiente
desarrollo industrial dirigido a sustituir algunas importaciones. Todas estas
transformaciones fueron apoyadas por una red bancaria que permitió canalizar el
ahorro y el capital, tanto nacional como extranjero. La mano de obra adquirió un tono
más moderno, el salario en moneda fraccionaria se fue difundiendo, desalojando
lentamente las formas arcaicas de contratar mano de obra, como la esclavitud, el
peonaje por deudas, la tienda de rayas, etc. Una situación que permitió que el
asalariado se constituyera además en consumidor, lo que contribuyó a construir un
mercado interno, en un principio acotado al medio urbano y posteriormente a su zona
de influencia. El resultado final fue una incesante urbanización y una extrema
desigualdad entre sus habitantes y los distintos espacios regionales. Cabe aclarar que la
modernización no estuvo dirigida originalmente a construir un mercado interno en
consonancia con la formación política nacional, sino que estuvo orientada a cubrir las
necesidades del sector exportador, ya sea agrario o minero; tampoco implicó un plan de
largo alcance tendiente a superar la fase de desarrollo primario de la economía para
encarar una vía para la industrialización nacional; a pesar de todo, se abrieron
posibilidades en aquellos sectores productivos que tenían ciertas ventajas de sustituir
importaciones, tal como ocurrió en la industria del calzado, textil, bebidas y alimentos,
entre los sectores pioneros. Como corolario, el proceso tendió a reforzar la posición
económica, social y política de los sectores sociales dominantes que pudieron
177
aprovechar el crecimiento económico e incorporar a los nuevos individuos y grupos en
ascenso, garantizando también un orden social y político que contribuyó al desarrollo
institucional a imagen y semejanza de las naciones más prósperas.
La modernización no fue uniforme, en tanto cada uno de los países se vio
comprometido en este proceso en distintos momentos y los efectos se hicieron sentir en
forma desigual en cada una de las regiones o subregiones, lo que determinó hondas
diferencias entre unas zonas y otras. Los países que disponían de una frontera agrícola
todavía abierta y suficiente tendieron a desarrollar una agricultura combinada con la
ganadería; los cereales y la carne vacuna fueron los productos por excelencia de
Argentina, Chile central, Uruguay y sur de Brasil. En otras zonas, la agricultura de tipo
tropical desarrolló una oferta combinada de alimentos para el "desayuno y el postre",
tal como el azúcar en Cuba y otras islas del Caribe, la costa peruana y el centro de
México (Morelos); el café en Brasil con epicentro en Río de Janeiro pronto se desplazó
al estado de San Pablo; Venezuela, Colombia y otras zonas del Caribe también
contribuyeron a la producción cafetalera; el cacao tuvo su desarrollo en Ecuador y los
países centroamericanos, lo mismo que el banano y el tabaco. Y siguiendo con la
tradición minera, los países andinos y México lograron incorporar nuevas tecnologías a
los yacimientos que ayudaron a renovar su oferta de cobre y plata, sumando además
otros minerales requeridos por los procesos industriales de los países desarrollados,
como el plomo, cinc, estaño, etc. Otros productos mineros, como el salitre, fueron
aportados al mercado por Chile, que tras librar la guerra del Pacífico (1879-1881) se
apropió de los ricos yacimientos de sus vecinos peruanos y bolivianos y se convirtió en
el exportador hegemónico de este abono natural y componente esencial de los
explosivos de la época; por otro lado, el petróleo inauguró su ciclo a principios del siglo
XX, del cual México y Venezuela resultaron los mayores usufructuarios, aunque
fuertemente vinculados al aporte de capital y tecnología extranjera.
178
Cuba Azúcar 72,0 Tabaco 19,5 91,5
179
y el comercio internacional, conformando el grupo oligárquico. En tanto, los
intelectuales de la época, se mostraron en general partidarios del proceso de
crecimiento económico influidos por el positivismo europeo, aunque supieron
adaptarlo a la situación particular latinoamericana, invocando las más de las veces el
carácter científico de esta teoría, para postular un liberalismo más racional y menos
anárquico que el de la primera mitad del siglo XIX. En este sentido, la demostración
más clara de su alianza con las elites se observa con la participación en el gobierno
mexicano de Porfirio Díaz (1876 a 1880 y 1884 a 1910), donde recibieron el apelativo de
"los científicos".
Y, como contracara, el mundo indígena fue el más perjudicado. Su situación se vio
agravada en comparación con la época colonial al intensificarse el desarrollo
capitalista, que implicó que sus tierras comunales fueron asediadas por un creciente
mercado estimulado por las políticas liberales de los gobiernos, un proceso que afectó
la posesión de sus tierras y el tradicional autoconsumo que conservaban como
comunidades originarias. Además, sufrieron el requerimiento de un mayor número de
mano de obra, en algunos casos compelida a “conchabarse” por la violencia estatal y
patronal. Esta compresión que sufrieron los indígenas, sobre sus tierras y su trabajo, se
extendió sobre el campesinado en general y fue la revolución mexicana (1910 a 1917, en
su fase más radical) el paradigma de todas estas resistencias.
Resulta evidente que el modelo de desarrollo económico encarado por las
naciones latinoamericanas tuvo suertes dispares en lo económico y graves
desigualdades sociales y regionales. Una cuestión clave para entender los diferentes
grados de desarrollo capitalista alcanzado por los países es observar la importancia
alcanzada por una economía capaz de invertir y producir para el mercado y acumular
capitales; en contraposición a aquellas en que predominaba el autoconsumo y se
mostraban impermeables a las solicitudes del sistema capitalista, que por lo general
correspondían a regiones mediterráneas de fuerte presencia indígena y campesina y
alejadas de los centros portuarios exportadores, con la excepción de la minería.
En nuestro análisis, también debemos considerar que un creciente excedente de
manufacturas en las potencias industriales, combinado con la existencia en
Latinoamérica de un mercado abierto y una débil base industrial, permitió sostener
casi sin fisuras un modelo de desarrollo exportador en base al libre comercio, un cierto
grado de protección para la actividad económica interna, el aliento estatal a la
inversión tanto local como extranjera y la inmigración como una forma de captar
emprendedores y mano de obra necesaria. Estas lógicas y estas ideas se plantearon en
unas realidades regionales donde emergían en distintas proporciones un sector
exportador y otro no exportador; en el que este último continuaba siendo mayoritario.
Y, cuanto más escindidas estuvieron estas esferas, la de una economía orientada a la
exportación y la otra comprometida con los mercados locales y el autoconsumo, resultó
más difícil el desarrollo armónico de una economía capitalista integrada a nivel
nacional.
En el análisis histórico actual, se pone en dudas acerca de la verdadera capacidad
que podría haber tenido el sector exportador para liderar un desarrollo integral y
permitir modernizar las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales de todo
un país. Una evaluación cuantitativa de la importancia alcanzada por el sector
exportador con respecto al total de la economía nacional demuestra todavía una
180
marcada preeminencia del sector interno, relativizándose así el potencial efecto
modernizador que las exportaciones podían transmitir al resto del país. En el caso más
exitoso, Argentina, durante los años 1877 y 1910 el sector exportador nunca superó el
18% del PBI; y en el caso de México, recién en 1910 el sector exportador llegó a un
19,3% del PBI. Por lo tanto, podemos concluir que a pesar del crecimiento económico
que podían mostrar algunos países latinoamericanos, este fue siempre parcial y
acotado a una región y a algún producto exportable en especial. Por lo que se deduce
que una buena performance de las exportaciones no bastaba para promover el
desarrollo a la escala que habían alcanzado las potencias mundiales. En este sentido, la
crítica puntual y coincidente al modelo exportador, apunta al escaso esfuerzo realizado
por el Estado y las elites para lograr una mayor productividad en el sector de la
economía no exportadora, con inversiones en tecnologías y capitales y la falta de una
creciente diversificación de la producción exportable; factores que eran necesarios para
lograr un crecimiento equilibrado y compatible con el desarrollo de las naciones más
prósperas.
Si bien, el establecimiento y promoción de una economía de exportación, tenía
una estrecha vinculación con positivos estímulos externos; los intercambios y la
conducta expansionista de las potencias no siempre siguieron un rumbo cooperativo y
de respeto a las naciones latinoamericanas, circunstancias que a veces se tradujeron en
intervenciones abiertas o soterradas, violentas o pacíficas. Lo que demuestra el carácter
dependiente que asumieron los jóvenes países latinoamericanos en su integración al
mundo capitalista y la emergencia al final del periodo de discursos nacionalistas que
cuestionaban su debilidad soberana. Por ejemplo, la intervención militar española para
sofocar el primer intento independentista en Cuba (1868-1878); la intervención del
imperio francés en México (1861-1867) para instalar el gobierno del emperador
Maximiliano de Habsburgo con la anuencia de los sectores conservadores locales; la
independencia de Cuba tras la intervención de los Estados Unidos que la transformó en
un protectorado (1898-1902); el bombardeo a los puertos venezolanos por los barcos
alemanes para cobrar deudas impagas; o, la invención de Panamá (1903) a partir de la
segregación de una provincia colombiana apoyada por los Estados Unidos para facilitar
la construcción del canal interoceánico.
La situación política interna en el subcontinente se desenvolvió también con
contradicciones. Si por un lado tendió a estabilizar sociedades y gobiernos; por otro
lado, no pudo librarse de las fricciones que involucraron a casi todos los países
latinoamericanos abocados a fijar los límites nacionales, a capturar regiones
potencialmente provechosas en términos económicos o consideradas simplemente
estratégicas. Entre los conflictos más graves pueden citarse a la "Guerra del Paraguay"
(Argentina, Uruguay y Brasil contra Paraguay, 1864- 1870); la "Guerra del Pacífico"
(1879-1883) que determinó la pérdida del litoral marítimo de Bolivia y otros territorios
de Perú ricos en salitre a manos de Chile; y, la “Guerra del Chaco” (1932-1935) entre
Bolivia y Paraguay acicateados por los intereses petroleros extranjeros.
Un evidente fallo que mostró la modernización Latinoamericana desde sus
orígenes resultó la emergencia de una sociedad muy desigual ("dualista", según
algunos), tanto por los niveles de ingresos, como por el acceso a la propiedad, al poder
político y las prácticas culturales. La gran propiedad, devenida de las estructuras
materiales, sociales y mentales del período colonial, ahora en la segunda mitad del
181
siglo XIX se vio favorecida por la acción del Estado que, con la doble intención fiscalista
recaudadora y ordenadora de los derechos sobre la propiedad, subastó enormes
extensiones de tierra, consolidando los grandes fundos y lo que es más importante: la
propiedad privada. Fue entonces que, la temprana apropiación de las tierras aptas para
la producción, por grupos sociales con suficiente capacidad adquisitiva e influencia
política, produjo una concentración que bloqueó la posibilidad de acceder a los
recursos disponibles a la mayoría de la población constituida por campesinos que se
constituyeron como mano de obra.
La situación se agravó cuando los flujos inmigratorios provenientes de Europa y
las migraciones interregionales se encontraron con los recursos productivos fuera de
su alcance, sumándose a la excesiva oferta de mano de obra, lo que se tradujo en bajos
niveles salariales y un franco retroceso de las formas de contratar la mano de obra con
el aumento de la coacción extraeconómica tanto del Estado como de los patrones; así, la
represión policial fue la respuesta a las reivindicaciones de los trabajadores, los salarios
abonados con vales para canjearlos en los almacenes de las empresas, las familias
hacinadas en viviendas precarias, etc. La abolición de la esclavitud en el caso brasileño
(1888) contribuyó a aumentar la oferta de mano de obra, ahora libre pero castigada por
bajísimos salarios que hacía difícil su supervivencia. Ante esta situación, no se
registraron aumentos importantes en la productividad laboral; tampoco se formó un
verdadero mercado interno, que dispusiera a los asalariados como consumidores que
alentara la producción.
Una periodicidad
182
Crecimiento de las exportaciones de algunos países Latinoamericanos
en millones de dólares tomando los años 1870/1913/1929
183
distintos signos en la política latinoamericana y la instalación de algunos gobiernos
nacional-populares. Así, esta última etapa implicó una larga transición hacia un nuevo
modelo económico: la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI),
destinado a adaptarse a las condiciones adversas que presentaron los intercambios
internacionales de capital y bienes, lo que afectó profundamente las bases del libre
comercio mundial, básicamente multilateral. Esta fue una respuesta definida por la
gran crisis económica mundial abierta en 1929, pero incubada en las entrañas mismas
del modelo exportador.
A modo de conclusión
184
Estado.
El modelo exportador latinoamericano desarrollado entre 1850 y 1930, fue
analizado como una vía capitalista singular de la región, en este sentido tuvo un
generoso desarrollo historiográfico en virtud de lo evidente y contrastable que resultó
el proceso en sí y por la existencia de fuentes históricas suficientes que permitieron
reconstruir con fidelidad la historia de la modernización capitalista en América Latina.
La disponibilidad de fuentes para la investigación debido a los registros de estos
Estados en formación y comprometidos con un proceso de expansión económica, fue
posible por las escasas bocas de salida de la producción, donde sólo unos cuantos
puertos aglutinaban en torno suyo los despachos y llegadas de productos que quedaban
registrados y que posteriormente se diseminaban por el área de influencia del centro
portuario. Otra circunstancia feliz para su registro fue el hecho que las mercancías
eran voluminosas y pesadas, lo que dificultaba el contrabando, al revés de lo que había
acontecido durante el período colonial con la plata y el oro, en ese momento los
principales productos de exportación. Sin embargo, sigue siendo una falla importante
en los estudios históricos encarados, el reconocimiento de las fuentes y contribuciones
investigativas sobre la economía no exportadora, aquella que se ocupaba de la
producción y el consumo de bienes para la población local; que, en definitiva,
constituía la parte más importante en valores absolutos.
La creciente participación de las economías latinoamericanas en el mercado
mundial, si bien definió un perfil modernista en los países que adhirieron al modelo
exportador, su ubicación en el concierto de las naciones capitalistas quedó a medio
camino entre las potencias que alcanzaron la plena industrialización y se convirtieron
en potencias, y aquellos países sumergidos en la pobreza y el colonialismo. De manera
tal que una vez que el ciclo económico mundial finalizó alrededor de 1930, los
conceptos antagónicos al modelo exportador, como nacionalismo, autarquía e
intervencionismo estatal, encabezaron el cambio; inaugurando una nueva etapa en los
países latinoamericanos de creciente integración y desarrollo nacional, cuya
contraparte resultó el requerimiento y/o la ampliación de derechos políticos y sociales
hasta la década de 1970, en que estos países emprendieron posteriormente una larga
agonía acorralados por el peso dictaduras cívico-militares y de una creciente deuda
externa que definió a los años de 1980 como la “década perdida” para Latinoamérica.
Hemos intentado a lo largo del texto hacer comprensible un proceso que
determinó una vía del desarrollo capitalista en América Latina; que, sin ser uniforme,
indujo a todas las élites gobernantes a reproducir el mismo programa económico con
suerte diversa. El período 1850 – 1930 puede considerarse, en términos positivos, como
una verdadera transición de una economía de base rural y primaria a otra de carácter
urbana y moderna.
185
EL NUEVO IMPERIALISMO. EL CASO ESTADOUNIDENSE
Versión libre y sintética de BOSCH, Aurora (2005). “Nuevo imperialismo, 1890-1917. La guerra
hispano-estadounidense y el comienzo de la expansión extra continental” en Historia de
Estados Unidos. 1776-1945. Barcelona, Crítica. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la
Cátedra de Historia Social General.
186
y, por tanto, formando parte de la identidad nacional. En 1963 Walter Lafeber
demostraba que, si durante la primera mitad del siglo XIX los norteamericanos
buscaban tierras, tras la guerra civil y bajo el impacto de la rápida industrialización
comenzaron a buscar mercados.
En el siglo XVII todos los europeos consideraban que la tierra no ocupada por
miembros de la cristiandad era tierra libre. A esta convicción general, los peregrinos
puritanos establecidos en Nueva Inglaterra añadieron la idea del «pueblo elegido»,
llamado por Dios a colonizar una nueva Israel «en el nuevo mundo», distinta y
separada de la corrupción europea, y donde la regeneración era posible.
En las décadas anteriores a la revolución, estas ideas religiosas se expandieron y
secularizaron por las trece colonias, popularizando más allá de los feligreses puritanos
la costumbre concedida por Dios de elegir a sus gobernantes, así como los valores del
ahorro, el productivismo, la frugalidad y la preferencia de la agricultura, artesanía y
manufactura sobre el comercio y la especulación financiera. Esta influencia de la ética
puritana en la fundación de la república permitió que, a la visión de Estados Unidos
como un espacio providencial, seleccionado para propósitos divinos, se le añadiera el
aspecto secular de ser el «gran experimento», la nueva nación de la libertad, que
serviría de modelo a toda la humanidad.
A pesar de este consenso básico, el tema del tamaño y la expansión territorial de
la república dividió a los primeros partidos políticos e iba más allá de meros
planteamientos ideológicos. El problema de base era si la joven república podría
compatibilizar las virtudes republicanas de Montesquieu con su ya enorme tamaño y
su voluntad de continuar la expansión continental. Los federalistas, representantes de
la élite comercial del noreste, consideraban mejor para la república dilatar la
expansión en el tiempo, pues de esta manera confiaban en controlar el sistema político
de representación restringida y en poder aplicar una política de reparto de las tierras
públicas en grandes lotes. Los republicanos, por el contrario, defendían la colonización
rápida de la tierra de frontera y su reparto en lotes pequeños, paralela a la extensión
del sufragio y la ampliación del sistema político.
La solución a este dilema de conciliar la virtud republicana con la amplia
expansión territorial del país vino, por tanto, dé los republicanos y posteriormente de
los demócratas, es decir, de los sectores políticos que defendían los derechos de los
Estados y los intereses de los grupos populares. Thomas Jefferson, que fue el primer
presidente que habló de Estados Unidos como un «imperio de la libertad» que
Conquistara el continente hasta el Pacífico, para buscar una ruta a oriente por
occidente/ consideraba que como era el primer territorio dónde el hombre podía ser
realmente libre, tal expansión era por definición «un peldaño en la liberación de la
humanidad». Tras él, James Madison señaló que «para repúblicas de soberanía
popular, la inmensidad no era un problema, sino una bendición, un seguro contra la
corrupción».
Tras la década de 1820, los demócratas jacksonianos dieron un paso más en esta
lógica señalando que «las repúblicas populares necesitan extenderse para mantenerse
sanas».
El éxito político de los republicanos y demócratas al ligar expansión territorial a
democratización no hubiera sido posible sin el éxito económico de la colonización de
Nueva Inglaterra, que se convirtió en modelo de colonización para otros territorios del
187
noreste y medio oeste.
El clima templado, una tierra no demasiado fértil y la religión puritana
propiciaron una explotación de la tierra basada en la agricultura familiar, frente a las
plantaciones y la esclavitud de las ricas tierras del sureste. Esto aseguró en las colonias
del norte una proporción de la clase media y de sus valores sin parangón en otro
territorio del mundo occidental, la cual jugó un papel decisivo en el proceso de la
revolución y la independencia, que permitió adquirir representación política e integrar
sus valores en la identidad nacional. La pervivencia de la importancia política de la
clase media dependía en gran parte de la colonización de las tierras de frontera en
pequeños lotes, y de la evolución de un sistema político de amplia representación hacia
una democracia.
Esta doble tendencia se afirmó a partir de la década de 1820, cuando la
ampliación del sufragio pitra todos los hombre blancos coincidía con el acceso a la
propiedad de la tierra de los inmigrantes europeos pobres, gracias a la expansión
continental que completaron Andrew Jackson y los sucesivos presidentes demócratas
hasta 1848, La expansión territorial era, por tanto, una condición para el triunfo de un
modelo económico, social y político más igualitario para los varones blancos y sus
familias, que las corruptas monarquías europeas u otras colonias del nuevo mundo;
pero el derecho al sufragio y a la propiedad era exclusivo de los blancos europeos
protestantes, frente a los nativos americanos, los esclavos negros y cualquier otro
pueblo considerado inferior por raza, religión y cultura. El elemento racial era pues
esencial para definir la jerarquía social de la república americana y justificar su
expansión.
La culminación del designio divino de expansión continental y de la necesidad
histórica y social de ésta fue la ideología del «destino manifiesto». Como hemos visto, la
expresión fue formulada por el periodista demócrata John O ‘Sullivan en 1845, para
defender la política de su partido de anexionarse a Texas y la apertura de hostilidades
con México, frente a la opinión de Francia e Inglaterra. Literalmente, se refería al
«derecho a extenderse por el continente, otorgado por la Providencia para el libre
desarrollo de sus habitantes, que se multiplican anualmente por millones», y fue el
sustrato ideológico que justificó la guerra contra México en aras de adquirir California
y Nuevo México, completando así la expansión continental hasta el Pacífico.
Esta expansión continental, que formaba parte de la ideología e identidad
nacionales, se tenía que hacer sobre territorios que eran propiedad de los imperios
francés, británico, español y de los indios americanos. Jefferson resolvió el problema
francés comprando en 1803 Luisiana a Napoleón, doblando así el territorio del país. Los
problemas con los británicos se resolvieron tras la guerra de 1812; sólo quedaba
entonces eliminar los obstáculos del decadente imperio español y los nativos
americanos en el sureste. El general Andrew Jackson, el héroe de Nueva Orleans, jugó
un papel destacado en la resolución de ambos problemas. Así, luchó y derrotó a las
tribus del sureste, y en sus dos mandatos presidenciales, fue el responsable de realizar
el «traslado forzoso» de las que habitaban entre el Atlántico y el Mississippi, hacia
tierra virgen más allá del Mississippi, en el llamado Territorio Indio. En cuanto al
imperio español, las incursiones militares de Jackson sobre Florida forzaron a España a
venderla en 1819. Fue en este contexto cuando por primera vez se habló de Cuba, como
un apéndice de Florida y por tanto de Estados Unidos.
188
Por lo que refiere al amplio territorio del suroeste, necesario para completar la
expansión continental hasta el Pacífico, era propiedad de México desde que en 1821
este país se independizara de España y fue necesaria una guerra para arrebatárselo.
Estados Unidos se anexionó Texas en 1845 y para conseguir los codiciados territorios de
California y Nuevo México provocó una guerra contra México (1846-1848), cuya
victoria le permitió aumentar en 1/5 su territorio y llegar al Pacífico.
En estos años anteriores a la guerra civil, aunque la prioridad fue completar la
expansión continental, Estados Unidos comenzó a sentar las bases de lo que sería su
moderno diseño de política exterior, interesándose por otros territorios del continente
americano y por la expansión en el Pacífico. Lo más destacado de esta política exterior
fue la llamada doctrina Monroe, elaborada por el presidente James Monroe y su
secretario de Estado, John Quincy Adams, y presentada al Congreso en 1823. Lo esencial
del discurso del presidente Monroe fue la declaración de que Estados Unidos no
toleraría la intervención de los países europeos en el continente americano y que, a
cambio, prometía no inmiscuirse en ninguna colonia ya establecida, ni en asuntos
europeos. Por un lado, la doctrina Monroe era una declaración de aislacionismo
respecto a cualquier conflicto europeo; pero era también un reconocimiento del
cambiante orden mundial, con el desmoronamiento del imperio español en
Latinoamérica y la creación de nuevas repúblicas, lo que despejaba el camino para la
intervención de Estados Unidos.
En este contexto hay que situar el reiterado interés estadounidense por Cuba. En
1823 Monroe escribió una carta a Jefferson, en la cual consideraba Cabo Florida y Cuba
como «la boca del Mississippi», y ese mismo año John Quincy Adams informaba de que
«... Cuba, casi en nuestras costas... se ha convertido en un objetivo de importancia
trascendental para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión». A pesar de
estas consideraciones, en la primera mitad del siglo XIX, Estados Unidos no hizo nada
por arrebatar Cuba a España, ni por favorecer la independencia dé la isla pues temía
que, como en Haití, el proceso de independencia llevara aparejada la abolición de la
esclavitud.
Tras la conclusión de la expansión continental volvió a aparecer el tema de la
anexión de Cuba, ligado a los intereses esclavistas del sur, que querían compensar con
esta adquisición el previsible desequilibrio de los Estados esclavistas en la Unión
cuando se admitieran como Estados los territorios ganados a México. Durante el
mandato del presidente Franklin Pierce (1852-1856), se planteó a España una nueva
oferta para comprar Cuba por 130 millones de dólares, pidiendo antes opinión a los
embajadores estadounidenses en París, Londres y Madrid. En el Manifiesto de Ostende,
los tres embajadores aconsejaban comprar la isla y en caso de negativa de España,
apoderarse legítimamente de ella, pues «... estaremos justificados, bajo la ley divina o
humana, a arrancársela a España si tenemos poder para ello, y esto por el mismo
principio que justifica que un individuo destruya la casa incendiada de su vecino, para
evitar que las llamas pasen a la suya». La publicación del Manifiesto en la prensa de
Londres causó sorpresa e indignación en España y otras capitales europeas, así como
en el norte de Estados Unidos, cuya opinión pública estaba cada vez más
comprometida con el abolicionismo y las tesis del nuevo Partido Republicano.
Por otro lado, los intentos de anexión de Canadá, que se remontaban hasta los
primeros años de la independencia, continuaron sin éxito en la guerra de 1812, y en
189
1854 Estados Unidos y Canadá suscribieron un tratado de Reciprocidad, por el que
muchos estadounidenses pensaban que Canadá se unía a Estados Unidos con lazos
económicos inquebrantables. Como el tratado tuvo el efecto contrarió de reforzar la
autonomía de Canadá, un Senado opuesto a la anexión lo canceló en 1866.
En cuanto al Pacífico, los misioneros de Nueva Inglaterra comenzaron a
establecer misiones en Hawai en la década de 1820. En la década de 1840 el gobierno
norteamericano empezó a enviar mensajes a Inglaterra y Francia, avisándoles de que
no toleraría el control europeo de las islas, y en la década siguiente ya se trató de
negociar un tratado de Anexión con Hawai; mientras, el primer tratado Comercial con
China se había firmado en 1844, y en 1854 el comodoro Mathew C. Perry abrió Japón al
comercio norteamericano.
La guerra civil y la reconstrucción aplazaron la expansión sobre el Pacífico y
cualquier discusión sobre la anexión de Cuba u otro territorio. El triunfo del norte y de
la causa antiesclavista en la guerra civil invalidaron el argumento sudista de
anexionarse Cuba, de forma que Estados Unidos dio su apoyo nominal a la insurrección
cubana de 1868- 1878, por ser también una insurrección antiesclavista. Pero fue
precisamente en estos años de guerra y reconstrucción cuando William Henry Seward
diseñó las bases de la política exterior moderna de Estados Unidos.
Nombrado secretario de Estado por Lincoln en 1860, Seward era un hombre
franco y poco convencional de la parte occidental del Estado de Nueva York; un político
veterano y un intelectual, admirador y discípulo de John Quincy Adams, que llegaba a
la Secretaría de Estado a los sesenta años, tras haberse iniciado en la política con el
Free Soil Party, haber sido senador por el Estado de Nueva York desde 1849 y miembro
del Partido Republicano desde su constitución en 1856.
Como secretario de Estado con Abraham Lincoln y Andrew Johnson entre 1861 y
1868, sus logros principales fueron haber mantenido a las potencias europeas fuera de
la guerra civil y el diseño de una visión del imperio estadounidense que dominaría la
política exterior norteamericana del próximo siglo. De este modo la construcción del
imperio comenzaba por desarrollar y establecer unas bases económicas sólidas en todo
el continente americano; tras ello, Estados Unidos controlaría el istmo interoceánico en
el Caribe, así como emplazamientos en el Pacífico, que le permitirían conseguir su
objetivo final de abrir el mercado asiático a los productos norteamericanos. Diseñadas
estas líneas maestras, Seward recomendaba una serie de medidas concretas para el
desarrollo del imperio, como establecer un arancel alto a fin de proteger las pequeñas
industrias y atraer a trabajadores extranjeros; ofrecer las tierras públicas rápidamente
y a bajos precios; obtener mano de obra barata, especialmente atrayendo a
trabajadores asiáticos; unir el continente americano con canales y ferrocarriles
transcontinentales; poseer islas en el Caribe para defender a Norteamérica de los
poderes europeos y para que protegieran el istmo centroamericano y la ruta hacia el
Pacífico. Tras estos pasos, Seward pensaba que México y Canadá, se integrarían como
Estados en la Unión.
Durante sus mandatos, Seward no logró como pretendía que Estados Unidos se
anexionara Santo Domingo, ni el Caribe danés, ni Hawai; pero sí logró en 1867 la
anexión de las islas Midway, 2.000 kilómetros al oeste de Hawai y la compra de Alaska
a Rusia. Aunque su mayor logro fue la idea de un imperio integrado, con una gran base
económica continental, que producía enormes cantidades de bienes para millones de
190
consumidores en Asia, y que anunciaba el diseño del futuro nuevo imperialismo
norteamericano.
Entre 1870 y 1890, cuando Estados Unidos ya había finalizado su proceso de
reconstrucción y las grandes potencias europeas estaban embarcadas en «la fiebre
imperialista», que trataba de repartirse los territorios restantes en África y Asia, el país
estaba centrado en la explotación de sus enormes recursos internos, conquistando y
colonizando el último oeste y continuando el vertiginoso desarrollo industrial, que la
guerra civil había interrumpido. Con recursos inagotables por explotar, un enorme y
homogéneo mercado interior, todas las ventajas de la protección arancelaria del
gobierno federal y ninguna de las desventajas en cuanto a la regulación o intervención
del Estado en las estructuras empresariales, financieras o laborales, sin servidumbres
con respecto a las antiguas élites, el capitalismo estadounidense acabó el siglo XIX a la
cabeza de todos los sectores económicos, sin necesidad de recurrir a los mercados
exteriores.
Esto no quiere decir que el comercio exterior no hubiera aumentado su
importancia en un momento clave de la internacionalización de la economía. Las
exportaciones excedieron a las importaciones todos los años, excepto 1875,1888 y 1893;
éstas eran esenciales para algunos productos agrícolas como el algodón (70-80 por
100), el tabaco (entre el 41 y el 79 por 100) y el trigo (hasta el 25 por 100), y suponían
márgenes de beneficio importantes para las nuevas industrias punta, tales como la
producción de hierro y acero (15 por 100), las máquinas de coser (25 por 100) o el aceite
para iluminación (57 por 100). Pero estas exportaciones fueron sobre todo a Europa y a
Norteamérica, más que a Latinoamérica, Asia o África y en ningún momento durante el
período excedieron el 7,2 por 100 del PIB.
Debido a que este enorme desarrollo económico interior centró las energías del
país, el interés por la expansión exterior fue relativamente limitado entre 1870 y 1890.
Así, Estados Unidos no intervino en la guerra civil cubana entre 1868 y 1878; aunque la
República Dominicana parecía preparada para la anexión en 1870, el presidente Grant
no pudo conseguir apoyo parlamentario; tampoco se materializó la construcción del
canal de Panamá ante el éxito del de Suez e incluso hubo propuestas a principios de la
década de 1890 de abolir el Departamento de Estado, por su escasa actividad.
Pero también en estas décadas se fue creando una conciencia sobre la posible
necesidad de mercados que absorbieran la hiperproductividad de la economía
norteamericana y como un medio hipotético de solucionar los desajustes sociales y
económicos de la industrialización. Los secretarios de Estado que sucedieron a Seward
continuaron entre 1870 y 1890 tanto la política de expansión por el Pacífico, como el
control y la penetración en Latinoamérica. En 1878 Samoa firmaba un tratado
otorgando a Estados Unidos la base naval de Pago Pago. En 1875 Hawai había firmado
un tratado de Reciprocidad por el que otorgaba la base naval de Pearl Harbour a
cambio de que el azúcar hawaiano entrará sin impuestos en Estados Unidos. El tratado
aumentó la presencia y el poder de los norteamericanos en Hawai, que en 1887 ya
controlaban el 65 por 100 de la tierra y dominaban el nuevo gobierno constitucional.
En el Caribe se afirmó el dominio norteamericano frente al Reino Unido, Francia y
Alemania, y en México, tras el golpe de Estado del general Porfirio Díaz en 1876,
aumentaron las inversiones norteamericanas en infraestructura, minería y petróleo;
extendiéndose después por toda Latinoamérica y suplantando progresivamente al
191
Reino Unido.
Todos estos progresos fueron acompañados de la expansión de la Marina. En
1880, la gran Armada norteamericana de la guerra civil se había convertido en poco
más que una flotilla anticuada e insegura en la que sólo 48 de los 1.942 barcos podía
disparar, pero en 1881 se creó un Comité Consultorio Naval, que aconsejaba en aspectos
técnicos y estratégicos; en 1884 se constituyó el Colegio Naval de Guerra; entre 1885 y
1889 el Congreso autorizó la construcción de 30 barcos, y en 1886 el Departamento de
Marina ordenó que todo el material para construir barcos norteamericanos debía
proceder de Estados Unidos. Al mismo tiempo, cambió la orientación de las funciones
de la Armada, de la mera defensa costera y comercial, a la búsqueda de la superioridad
en los mares, introduciéndose de lleno en la competencia naval de las grandes
potencias.
Pero todos estos indicios no alteraban el hecho de que en 1890 no había una
demanda social generalizada, ni una petición unánime del mundo de los negocios, ni
siquiera un consenso político entre los dos partidos sobre la prioridad de búsqueda de
mercados y expansión exterior, ni tampoco una actuación gubernamental decidida.
Fueron pues las circunstancias particulares de la década de 1890, en concreto el cierre
de «la frontera» anunciado por el censo de 1890 y la grave crisis económica de
1893-1897, las que orientaron al país hacia el imperialismo.
192
intensamente por el oeste para la Home Missionary Society y en 1885 publicó Nuestro
país, un libro en principio destinado a ser un manual para las misiones cristianas, que
se convirtió en un rotundo best-seller acerca de la idoneidad de la expansión de
Estados Unidos. La desaparición de tierras públicas y el rápido proceso de
industrialización, al que el individuo no podía ajustarse, daban un sentido de urgencia
a la crisis económica, que se agudizaba en el oeste, más afectado por el agotamiento de
las tierras públicas. El país sólo podía solucionar su crisis involucrándose en los
asuntos mundiales, comenzando desde el oeste hasta alcanzar la cristianización del
mundo, pues los anglosajones» por sus virtudes de «libertad civil» y «pureza
espiritual», estaban especialmente dotados para extender su «genio colonizador a
México, América Central y Sudamérica» a las islas del Pacífico y África». La expansión
de la cristiandad anglosajona resolvería también la cuestión fundamental de la
superproducción, pues el comercio seguiría a la evangelización.
Josiah Strong fue sin duda el mayor popularizador del darwinismo social y
anglosajonismo aplicado a la expansión imperial, que resultarían decisivos para
readaptar la ideología del «destino manifiesto» a las nuevas circunstancias de finales
del siglo XIX. Sólo la superioridad civilizadora, consustancial a la raza anglosajona,
podía justificar que un país que se forjó en una guerra de independencia contra el
imperio británico y que se definió como «excepcional» con respecto a las monarquías
europeas, se viera envuelto en una política similar de guerras y expansión colonial por
territorios que no estaban en el norte del continente americano, considerado hasta la
fecha su espacio natural de expansión.
El darwinismo social individualista, que tanta influencia había tenido en Estados
Unidos hasta la década de 1890, por el interés de la nueva élite industrial hacia 1a
competencia sin restricciones, decayó a partir de entonces por las críticas de la clase
media reformista, pero cobró nuevo vigor en el momento de la construcción imperial
para justificar la competencia entre naciones y razas. Esta vertiente del darwinismo
social estaba estrechamente ligada al anglosajonismo, que enfatizaba la superioridad
racial y civilizadora anglosajona, constituyendo el principal ingrediente racista del
imperialismo norteamericano.
Este anglosajonismo influyó en el cambio de siglo en historiadores, politólogos y
políticos en ejercicio. Entre los historiadores, destacaría el grupo de la Universidad
John Hopkins liderado por James K. Hosmer, para el que las instituciones democráticas
de Inglaterra y Estados Unidos provenían de las primeras tribus germánicas y su
superioridad hacía inevitable que la raza que hablaba inglés se extendiera por el Nuevo
Mundo, África y Australia. En el campo de la teoría política, John W. Burgess señalaba:
«... la capacidad política no era un regalo común a todas las naciones, sino limitado a
unos pocos», a las naciones arias, que eran las naciones políticas por excelencia.
El presidente Theodore Roosevelt, que había sido estudiante de Derecho con John
W. Burgess en la Universidad de Columbia, también interpretaba la historia
estadounidense en clave de expansión racial. En El vencedor del oeste, analizando la
lucha del hombre de la frontera contra las naciones indias, llegó a la conclusión de que
«una guerra racial hasta el final era inevitable» y «el desarrollo americano representa
la culminación de esta vigorosa historia de crecimiento racial».
Mayor influencia sobre la élite política gobernante tuvieron las teorías de Brooks
Adams y Alfred Thayer Maham sobre las necesidades de expansión exterior, Brooks
193
Adams, hijo de Charles Francis Adams, hermano de Henry Adams y nieto de John
Quincy Adams, fue afectado directamente por la crisis de 1893 y, con pesimismo, trató
de elaborar una ley de la historia para explicar la situación de Estados Unidos. Su libro,
La ley de la civilización y la decadencia, trataba de clasificar las fases y los motivos por
los que la sociedad pasaba, en sus oscilaciones, del barbarismo a la civilización, del
almacenamiento de energía sobrante al despilfarro de ésta, de la concentración a la
dispersión. Su conclusión era que la expansión podía restituir las reservas de energía
que el país necesitaba, pues el Lejano Oriente tenía el potencial de energía por el que
competían los poderes mundiales. Brooks creyó descubrir en Theodore Roosevelt al
hombre que podía dirigir esa expansión y en la guerra contra España la oportunidad de
comenzar a quebrar la «ley de la decadencia», por lo que la Administración del
presidente William McKinley proclamó a Brooks Adams su profeta.
Aún más influyentes en el Gabinete de McKinley fueron las teorías del almirante
Thayer Maham. En 1890 Maham publicó su libro clásico The Influence of Sea Power
upon History, 1660-1783, donde ya insinuaba los problemas que planteaba la
desaparición de la frontera y la superproducción, A su juicio la solución era buscar una
nueva frontera en el mar que, a diferencia de la idea tradicional norteamericana,
dejaría de ser considerado una simple defensa contra la intriga europea, para
convertirse en una gran carretera por la que se circularía en todas las direcciones. Y
precisamente para transitar por esta amplia vía de comunicación, Estados Unidos
necesitaría una potente Marina de Guerra con la que proteger a la Flota Mercante,
fuera ésta «propia o foránea».
Maham compartía con William McKinley, Theodore Roosevelt y Henry Cabot
Lodge la idea de que las posesiones coloniales eran simples bases para controlar y
proteger los mercados latinoamericanos y asiáticos. De acuerdo con esta estrategia, lo
primero que demandaba Maham era que Estados Unidos construyera un canal ístmico,
gracias al cual la costa atlántica competiría con Europa en igualdad de condiciones por
los mercados asiáticos y las costas occidentales de Latinoamérica. Veía Hawai desde el
mismo prisma, aunque no consideraba conveniente anexionar Filipinas. También las
ideas de Maham dieron racionalidad a la política de puertas abiertas (open door) en
China, pues veía las ventajas de la expansión comercial por encima de la expansión
territorial, ya que no causaba conflictos políticos, y si los había, los decidiría el poder
naval.
194
Sudamérica.
Estados Unidos, en una reedición de la doctrina Monroe, apelaba al derecho a
intervenir en una controversia entre dos o más naciones, cuando ésta afectara a la
tranquilidad, los intereses y el bienestar del país. Richard Olney consideraba que la
seguridad y el bienestar de Estados Unidos se habían visto afectados de dos formas: por
un lado, los países de América Latina eran sus «amigos y aliados» y así «la dominación
de cualquiera de ellos por un poder europeo «significaba la pérdida de todas las
ventajas de su relación natural con nosotros»; por otro lado, el pueblo de Estados
Unidos tenía un interés vital en la causa del autogobierno.
En realidad, el control del Orinoco era trascendental para la navegación por el
interior de Sudamérica y Estados Unidos se implicó en esta controversia no por el
interés de Venezuela, sino porque quería evitar que el control militar británico del
Orinoco hiciera del Caribe un «lago británico». Si Inglaterra controlaba la entrada del
Orinoco y presionaba a Venezuela a aceptar la posición británica, «no solamente la
doctrina Monroe se convertiría en una concha vacía, sino que Estados Unidos daría un
gran paso en la pérdida de sus derechos».
En esta actitud dé reclamar el dominio del hemisferio occidental, Cleveland
incluso amenazó con la intervención armada y contó con el consenso tanto de los
líderes políticos, como de los principales círculos económicos, que en lo peor dé la
depresión veían una solución en la expansión económica por Latinoamérica. La
solución a la crisis vino con el tratado de Pancefote-Olney, firmado el 12 de noviembre
de 1896, que dejó la gestión de la crisis en manos de un Tribunal Arbitral, formado por
dos americanos, dos británicos y una autoridad rusa en Derecho Internacional. Sólo al
final se permitió a Venezuela tener un representante, lo que muestra hasta qué punto
«... el asunto de Venezuela no era una cuestión extranjera, sino la más nítida de las
cuestiones internas», como confesara el presidente Cleveland a finales de 1896.
En los tres años siguientes, nuevos acontecimientos prepararon el camino para la
actitud final de intervenir en Cuba: la revolución cubana de 1895 a 1897; junto con el
cambio de poder en el Lejano Oriente con la ascensión de Japón y el intento de Rusia y
Alemania de aprovechar este desequilibrio en el Pacífico en beneficio de su expansión
territorial, y el acercamiento a Inglaterra como el mejor aliado para defender los
intereses norteamericanos en el Pacífico. Para consolidar esta tendencia
intervencionista, fue decisivo el cambio político que significó la victoria del
republicano William McKinley en las elecciones de 1896 —aunque la política exterior
no fuera un aspecto fundamental de la campaña electoral—, así como el comienzo de
la recuperación económica.
William McKinley llegó a la presidencia como un político experimentado y hábil,
curtido en la escuela política de Ohio del último cuarto del siglo XIX y muy
sensibilizado con los problemas económicos y sociales que estaba causando la
depresión iniciada en 1893. En su inauguración presidencial en marzo de 1897, ya dejó
clara su decisión de intervenir legislativamente para restaurar la prosperidad
económica, y a los tres meses de tomar posesión consideraba que la mejor forma de
asegurar la recuperación era centrando «nuestras energías en el crecimiento de los
mercados exteriores... mejorarían el empleo y la condición de las masas». William
McKinley usó pues su talento político y sus buenas relaciones con él Congreso para
eliminar los obstáculos a la expansión comercial. Uno de estos obstáculos lo constituía
195
la situación revolucionaria en Cuba, con respecto a la cual el programa del Partido
Republicano había anunciado una política exterior más agresiva.
La Administración de Cleveland creía que la garantía española de autonomía para
Cuba era la mejor solución para los intereses norteamericanos, sosteniendo así la
soberanía española sobre la isla para evitar la revolución. Por el contrario, el programa
del Partido Republicano en las elecciones de 1896 estaba a favor de la independencia
cubana, pero McKinley no se comprometió en principio con ella y apostó en su
discurso inaugural por una política de «no intervención en los asuntos internos de
otras potencias». Frente a esta actitud del presidente, en 1897, 300 banqueros, en
representación de los intereses económicos, pidieron al secretario de Estado que
Estados Unidos interviniera en Cuba y consiguiera una reconciliación honorable entre
las partes en conflicto, «a fin de evitar ulteriores pérdidas, reestablecer el comercio
norteamericano y también asegurar las bendiciones de la paz para millón y medio de
residentes norteamericanos en la isla de Cuba, que ahora soportan increíbles penas y
sufrimientos». Esta actitud del mundo económico era lógica, pues desde el final de la
guerra de los Diez Años en 1878, había invertido en Cuba más de 33 millones de dólares
y el arancel aprobado en 1890 estrechó aún más las relaciones entre ambos países,
haciendo a los consumidores norteamericanos dependientes del azúcar cubano.
De esta presión de los inversionistas estadounidenses surgió la nueva posición de
McKinley con respecto a Cuba. Para defender los intereses estadounidenses en la isla,
McKinley amenazó a España con intervenir —sin excluir la anexión— si no era capaz
de restablecer el orden; aunque de momento apoyaría el plan español de dar
autonomía a los cubanos para conseguirla paz. Pero pronto llegaron las noticias
consulares señalando la ineficacia de las reformas españolas y estas informaciones
coincidieron con la opinión del presidente de la Asociación de Banca Norteamericana
—“John J. McCook—, acerca de que sólo la independencia terminaría con la guerra y se
ofreció a prestar dinero al gobierno de Estados Unidos para comprar la isla.
Mientras el embajador norteamericano en España, Steward L. Woodford, iniciaba
en Madrid las negociaciones para la compra de Cuba, el moderno acorazado Maine
había sido enviado a Cayo Oeste, Florida, por si tenía que salir hacia Cuba, y la escuadra
del Atlántico norte, por primera vez en dos años, comenzó un viaje hacia el golfo de
México y el mar Caribe para las maniobras de invierno. El 24 de enero de 1898,
McKinley decidió enviar el Mame al puerto de La Habana, como un gesto de amistad
hacia España, en reconocimiento de su éxito en Cuba —cuando hacía tres años que se
habían suspendido este tipo de visitas y la isla estaba en plena guerra civil—. Al mismo
tiempo, la Armada de Estados Unidos concentraba sus buques de guerra en
agrupaciones de combate en Cayo Oeste y un destacado grupo de hombres de negocios
entregaba una carta a McKinley en la que se le recordaba que los intereses
norteamericanos en la isla habían perdido cien millones de dólares anuales durante los
tres años que ya duraba el conflicto entre España y Cuba, y necesitaban una «paz
verdadera».
En medio de este ambiente, dos incidentes decidieron la intervención: la
publicación en el Journal el 9 de febrero de 1898 de una carta privada del embajador de
España en Washington, Dupuy de Lome, y la explosión del acorazado Maine el 15 de
febrero. La carta que el 1 de enero de 1898 enviara De Lome a su amigo José Canalejas
no sólo presentaba al presidente McKinley como un «politicastro oportunista», sino
196
que ofrecía pruebas tangibles de que España no era sincera sobre el establecimiento de
reformas en Cuba y estaba utilizando la autonomía como un nuevo ardid para aplacar
a la opinión pública, ganar tiempo y engañar al gobierno norteamericano mientras
reprimía la insurrección. En cuanto a la explosión del Maine el 15 de febrero de 1898,
en la que murieron 266 de los 350 tripulantes, Fitzburg Lee, el cónsul norteamericano
en La Habana, y los oficiales del Departamento de Marina creyeron que la explosión
había sido accidental. No en vano, en los últimos años había habido unos 20 incendios
en buques de la Armada norteamericana —entre ellos, los acorazados Brooklin,
Cincinnati, Nueva York y Oregón— que, se sospechaba, estaban relacionados con el
riesgo que suponía que carboneras y municiones estuvieran separadas tan sólo por una
mampara de dos centímetros de grosor.
Pero la prensa sensacionalista de Nueva York hacía tiempo que utilizaba el tema
de Cuba para la guerra de ventas entre sus periódicos —el New York World, de Joseph
Pulitzer y el New York Journal, de Randolph Hearst—- y consideraba que Estados
Unidos había sido atacado por España y debía intervenir. En esta batalla periodística
estaba ganando el Journal, de Randolph Hearst, rico heredero, alumno expulsado de
Harvard y propietario del Examiner de San Francisco, el cual en 1895 había comprado
el Journal a precio de saldo con una tirada de 50.000 ejemplares, y muy pronto decidió
que la guerra de Cuba sería la guerra del Journal. El 9 de febrero de 1898, el yate
Bucaneer, propiedad del Journal, entraba en el puerto de La Habana para seguir
informativamente la presencia norteamericana en Cuba. Seis días después, cuando el
Maine estalló, los titulares del periódico no dudaron en afirmar que el Maine había
sido destruido por un torpedo o una mina española, y exigían la declaración de guerra.
Por entonces, el periódico había alcanzado la tirada de un millón de ejemplares y
cuando la guerra se declaró» la tirada del periódico llegó a alcanzar el millón y medio
de ejemplares y Hearst promovió el alistamiento de 250.000 voluntarios bajo el célebre
eslogan «recordad el Maine», «al infierno con España».
En medio de esta presión, una Comisión de Investigación del Congreso se
encargaba de determinar las causas de la explosión del Maine, mientras los
anexionistas ganaban poder dentro de la Administración McKinley, la cual exigía una
indemnización a España, o Estados Unidos utilizaría la fuerza y tomaría La Habana.
Entre los anexionistas, destacaba el subsecretario de Marina, Theodore Roosevelt, que
desde hacía unos años consideraba que Estados Unidos necesitaba una guerra y tras la
explosión del Maine confesaba a un amigo: «Me gustaría que fuéramos más jingoístas
acerca de Cuba y Hawai».
Theodore Roosevelt había nacido en Nueva York en el seno de una familia
acomodada de origen holandés. Su padre, importador de vidrio y filántropo, tuvo una
relación muy estrecha con el hijo, al que animó a superar las debilidades de su cuerpo
asmático con la vida al aire libre y el deporte. Desde entonces, se convirtió en un
naturalista «aficionado», amante de la vida al aire libre, a la vez que en un voraz lector
que gozó de una formación cosmopolita, pues su familia viajaba con mucha frecuencia
a Europa, En Harvard, además de destacar en los estudios, practicó el boxeo y el remo, y
editó una revista estudiantil Allí conoció a su primera mujer, Alice Hathaway Lee,
miembro de una familia acomodada de Boston, con la que se casó en 1880 a los
veintidós años.
Tras su graduación y matrimonio, invertir en un rancho de ganado y escribir La
197
historia naval de la guerra de 1812, comenzó su participación en política en 1881 como
representante en la Legislatura del Estado de Nueva York por el Partido Republicano,
destacando por promover la Legislación que regulaba las condiciones de vida de las
cigarreras de Nueva York y por su oposición al magnate de ferrocarril Jay Gould, En
1884 su mujer moriría a consecuencia del parto y su madre de fiebres tifoideas. Para
sobreponerse a esta doble tragedia, Roosevelt se marchó a criar ganado a las «malas
tierras» de Dakota y tras esta experiencia decisiva, la realidad y mitología del oeste
marcarían su estilo de vida y su discurso político.
En 1886 se casó de nuevo con Edith Carow y los republicanos de Nueva York le
pidieron que se presentara como candidato a la Alcaldía frente a la candidatura del
populista Henry George, «El candidato cowboy» quedó en tercer lugar, pero tras una
estancia de seis años en Washington como presidente de la Comisión de Funcionarios,
en 1895 volvió a la política neoyorquina y en 1896 hizo campaña por William McKinley,
quien al año siguiente le nombró subsecretario de Marina, Desde este puesto, Theodore
Roosevelt reiteraba su creencia en la necesidad de expansión ultramarina y favoreció la
guerra contra España acerca de Cuba, pero no la provocó, ni fue el elemento
fundamental! En la dirección de la diplomacia de McKinley, simplemente ayudó a
preparar a la Marina de Estados Unidos a luchar contra España.
Tampoco su telegrama del 25 de febrero de 1898 al comodoro George Dewey causó
la intervención norteamericana en Filipinas. Como el secretario de Marina, John D.
Long, estaba fuera ese día, Roosevelt telegrafió al capitán Dewey, que estaba en Hong
Kong: «En el caso de una declaración de guerra a España, su obligación será procurar
que el escuadrón español no abandone la costa asiática y haga después operaciones
ofensivas en la costa filipina», Pero éste no era el acto de un impetuoso imperialista,
sino la ejecución dé un plan diseñado en 1895, que formaba parte de un programa de
preparación de hostilidades. Long no rescindió la orden cuando regresó a su puesto al
día siguiente.
Mientras, el Tribunal dé Instrucción norteamericano consideró culpable a
España de la explosión del Maine -dado que el control del puerto llevaba aparejada la
protección de la propiedad y la gente— y cuando las gestiones para comprar Cuba
fracasaron, la guerra fue inevitable. La intervención se justificaba por motivos
humanitarios, por el desgobierno español y por la responsabilidad del gobierno
estadounidense en la protección de los ciudadanos e intereses norteamericanos, pero
no se reconocía la independencia, ni la república de Cuba, que sí deseaban gran parte
del Congreso y muchos norteamericanos.
Finalmente, se llegó a un compromiso en la declaración conjunta del Congreso,
que no reconocía expresamente a la república de Cuba, pero apoyaba la intervención de
Estados Unidos a fin de establecer «por la libre acción del pueblo, un gobierno estable,
independiente y propio de la isla». Esta declaración incluía la aprobación de la
Enmienda Teller, que impedía la anexión de Cuba a Estados Unidos. En la votación del
Congreso, la mayoría de los congresistas expresó la postura ideológica de sus votantes,
pero otros estaban defendiendo los intereses de la remolacha azucarera o de aquellos
sudistas que se resistían a admitir en la Unión «a un pueblo extranjero e
insubordinado, de fe católica, con una mezcla de sangre negra».
El 20 de abril de 1898 McKinley firmó la declaración conjunta; ese mismo día
España rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos y dos días más tarde
198
McKinley ordenaba el bloqueo naval a Cuba, realmente empezaba la guerra. España
declaró formalmente la guerra el 24 de abril y el 25 de abril el presidente McKinley
pidió al Congreso una resolución conjunta reconociendo el estado de guerra. El 30 de
abril, la escuadra de cuatro guardacostas y dos cañoneras del almirante Dewey entró en
la bahía de Manila y con un día de bombardeo destruyó diez barcos de la escuadra
española, así como todas las baterías de la costa. Estados Unidos entraba en guerra sin
haber reconocido explícitamente a la república de Cuba, pero la Junta Cubana en
Nueva York consideraba que la resolución conjunta del Congreso era equivalente al
reconocimiento de la república de Cuba, por lo que ofreció la total colaboración de las
fuerzas revolucionarias a las tropas de Estados Unidos.
Como parecía mostrar la primera acción de guerra, los dos bandos reconocían
que quien dominara las aguas en tomo a Cuba dictaría el curso dé la guerra y saldría
victorioso, pero la preparación de uno y otro bando era muy distinta ante el conflicto.
El gobierno español de Práxedes Mateo Sagasta, desde su formación en octubre
de 1897, se mostraba cada vez más preocupado por el problema de cómo evitar una
guerra con Estados Unidos sobre la cuestión cubana, pues pensaba que los recursos
militares españoles estaban al límite, la Habana no podría resistir un bloqueo de más
de dos meses y la única esperanza de éxito era que la Armada española pudiera romper
el bloqueo norteamericano y ganar el dominio del mar.
Sobre el papel, la Armada española parecía una fuerza naval impresionante y
similar a la Armada norteamericana, pero en realidad la mayoría de los barcos
españoles estaba en una situación penosa, como reconociera el comandante en jefe, el
almirante Pascual Cervera y Topete. Éste conocía exactamente las deficiencias de la
flota a su mando, en la que casi cada barco necesitaba reparación urgente, sufría
escasez de carbón y provisiones e incluso carecía de mapas y cartas de navegación.
Tampoco tenía España ningún plan de guerra preparado, excepto el esquema de
dejar en el puerto de Cádiz algún barco para la defensa del país y de enviar el resto de
la flota a Cuba que, tras un primer ataque victorioso a la base naval de Cayo Oeste en
Florida, establecería un bloqueo en la costa atlántica de Estados Unidos para dificultar
sus comunicaciones con Europa. El almirante Cervera no solo creía imposible este plan
—pues sabía que las Fuerzas Navales a su mando eran tres veces más débiles que las de
Estados Unidos—, sino que pensaba que España había perdido ya la batalla en Cuba y
debería abandonar la isla antes de enfrentarse a una guerra con Estados Unidos, lo que
sería un desastre para el país.
Sólo esta inferioridad española permitía hablar de una clara superioridad militar
estadounidense, especialmente de «la nueva Armada norteamericana», que desde 1895
se estaba preparando para la guerra y tenía ya un plan muy preciso de ataque. Las
Fuerzas Navales norteamericanas aprovecharon rápidamente sus ventajas de
proximidad geográfica y superioridad numérica en los buques para establecer un
bloqueo sobre Cuba y Puerto Rico. Al mismo tiempo —con el fin de destruir los
recursos militares españoles—, se harían ataques contra barcos mercantes y objetivos
militares en las costas de España, Canarias y Filipinas, y en todo momento la flota
debía estar preparada para enfrentarse a la llegada de la Armada española, pues se
199
pensaba que la lucha entre ambas flotas decidiría la guerra; mientras que el Ejército
simplemente apoyaría a los insurgentes cubanos en el asalto a La Habana.
Con los disturbios de La Habana en enero de 1898, y sobre todo tras la explosión
del Maine en febrero del mismo año, este plan de guerra pasó de ser un mero ejercicio
académico a una estrategia real contra España. Tras la explosión del Maine, Theodore
Roosevelt, siguiendo el plan naval de 1895, envió al comodoro George Dewey a Manila y
todas las operaciones militares comenzaron con un bloqueo de Cuba que se esperaba
suficiente para obligar a rendirse a los españoles antes de la llegada de la estación
lluviosa en octubre. Incluso si el bloqueo no conseguía la rendición, al menos
permitiría ganar tiempo para que el Ejército organizara una fuerza expedicionaria.
Las dificultades del Ejército eran lógicas, pues a diferencia de la Armada, era
pequeño, de 25.000 hombres, y no se había modernizado, ni había tenido inversiones
extraordinarias en los últimos años. El Ejército seguía siendo, en 1898, el de las guerras
contra los indios y no se le otorgaba un papel decisivo en el conflicto con España,
excepto por lo que se refería a la defensa costera, que podía quedar en manos de los
voluntarios de la Guardia Nacional.
Pero cuando las hostilidades con España estaban a punto de comenzar, el
presidente McKinley se mostró partidario de ampliar el Ejército con voluntarios, por si
debía intervenir en campañas decisivas en territorio cubano. El total de voluntarios
ascendió a lo largo de la guerra hasta 200.443 soldados —2/3 de los cuales
permanecieron en Estados Unidos y nunca sirvieron en ultramar—, en su mayoría
distribuidos en regimientos de Infantería, con la excepción de tres regimientos de
Caballería, entre los que se encontraban los famosos Rough Riders, promovidos por el
subsecretario de Marina, Theodore Roosevelt.
El reclutamiento de voluntarios se convirtió en un conflicto entre el Ejército
federal y los Estados. Mientras el Ejército federal quería controlar todo el proceso de
reclutamiento y formación, los Estados apelaban al derecho constitucional de
mantener sus milicias que, agrupadas en la Guardia Nacional, debían ser el
contingente básico del Ejército de voluntarios. Los Estados y los gobernadores tenían
también un interés político en la defensa de las milicias, ya que eran una fuente de
patronazgo que los partidos no querían abandonar en tiempos de guerra.
Los Estados consiguieron su propósito y bajo la dirección de los comandantes
federales organizaron un Ejército de voluntarios, separado del Ejército federal. Los
voluntarios se enrolaban en regimientos estatales, dirigidos por sus propios oficiales,
los cuales fueron elegidos siguiendo la recomendación de los gobernadores de los
Estados. En los meses siguientes, los voluntarios viajaron de sus Estados a los
Campamentos de Instrucción en el sureste —Chickamanga Park en Tennessee, Mobile
y Tampa en Florida o Camp Alger en Virginia—, donde se comprobó que la
descentralización en el sistema de reclutamiento estaba provocando una confusión
enorme en la intendencia e instrucción.
Los voluntarios provenían de todos los Estados y lugares de la Unión, pues el
estallido de la guerra se vivió como una «apoteosis del patriotismo», como una guerra
que podía reestablecer la unidad nacional tras las enormes divisiones que habían
surgido después de la guerra civil y la «guerra social» de la década de 1890. El
patriotismo se evidenció en la respuesta de un millón de voluntarios a la primera
llamada a filas de McKinley y en la demanda de banderas nacionales, que agotó todas
200
las existencias. En cuanto a las expectativas de reconciliación nacional, se
manifestaban tanto en los batallones que se formaron en las zonas populistas del oeste
y medio oeste —por ejemplo, en el tercero de Nebraska, liderado por el propio Jennings
Bryan—, como en la extraordinaria respuesta de los voluntarios blancos y negros del
sur o en el nombramiento gubernamental de los oficiales confederales Fitzburg Lee y
Joseph Wheeler como generales.
Particularmente, los afroamericanos vieron la guerra como una oportunidad
para demostrar su patriotismo e integrarse plenamente en la nación. Esta sensación de
oportunidad era mayor entre los ciudadanos negros del sur, quienes interpretaban la
lucha de los cubanos por su independencia como similar a la suya, pues era Una lucha
por la libertad de las gentes de color liderada por un general mulato, Antonio Maceo. El
líder afroamericano Booker T, Washington llegó a pedir la intervención de Estados
Unidos en Cuba y quería reclutar a 10:000 voluntarios negros en el sur para que el
ciudadano negro pudiera reclamar su lugar en la nación y obtener su libertad y sus
derechos. Otros líderes afroamericanos pensaban, sin embargo, que en lugar de luchar
por los cubanos, los norteamericanos debían luchar por la libertad de los ciudadanos
negros en los Estados del sur y creían que la militarización que acompañaría a la
guerra sólo aumentaría la violencia de los blancos contra los negros.
Desde la guerra civil el Ejército de la Unión había significado para los ciudadanos
negros una oportunidad de equiparación social e integración en la nación. Muchos de
ellos permanecieron en él tras la guerra civil y lucharon en las guerras indias en el
oeste. Estos «soldados búfalo», que tenían ya una reputación como buenos soldados,
fueron de los primeros en ser trasladados al sur para embarcar hacia Cuba, pues se
creyó que su fisiología era más adecuada para luchar en los trópicos. A ellos se unieron
otros 10.000 voluntarios negros, que en general tuvieron un papel destacado en Cuba,
donde ganaron 26 certificados de mérito y cinco medallas de honor del Congreso.
Pero ni siquiera en la guerra estos soldados negros, tan apreciados en el campo de
batalla, pudieron escapar a la segregación. Testimonios de los «soldados búfalo»
señalaban que habían sido vitoreados por la multitud en su trayecto desde Utah y
Montana, pero en cuanto llegaron al sur, a Kentucky y Tennessee, sólo encontraron
silencio y ya no eran soldados de Estados Unidos, sino sólo negros;48 los voluntarios
afroamericanos que vivían en el norte se sorprendieron cuando al ir a los
Campamentos de Instrucción en el sur, trataron de ponerlos en vagones segregados y,
por supuesto, en la guerra lucharon en batallones separados. Así, confirmando los
presagios más pesimistas, la guerra no mejoró, sino que empeoró la situación racial en
el sur, ya que sirvió para la reconciliación de los blancos del norte y sur, a cambio del
sacrificio de la ciudadanía negra del sur.
El político que mejor entendió la guerra como una posibilidad de afirmación y
reconciliación nacional fue Theodore Roosevelt Desde su puesto como subsecretario de
Marina, en 1897 se había manifestado partidario de promover la guerra contra España,
pues Creía que «una guerra justa era a la larga mucho mejor para el alma humana que
la paz más próspera».50 De acuerdo con está máxima, en cuanto la guerra estalló,
Roosevelt dimitió de su cargo y participó activamente en el conflicto, constituyendo un
regimiento de Caballería—los Rough Riders— que simbolizaría la identidad
norteamericana, que para él, y para el historiador Frederick Jakson Turner, encarnaban
«la frontera» y el oeste. Los Rough Riders estaban formados principalmente por
201
vaqueros de los distintos Estados del oeste, algunos indios, policías de Nueva York y
graduados universitarios de Princeton y Harvard. El coronel que mandaba el
regimiento, Leonard Wood -—«el doctor guerrero»—, era conocido en el oeste por su
campaña contra Gerónimo, por la que había recibido una medalla del Congreso. El
objetivo del regimiento era «ser el modelo de regimiento de Caballería de la presente
generación», en el que cualquier hombre sería un experto tirador y jinete, y su coronel
y teniente coronel eran conocidos «por la agresividad y arranque que marca a los que
han nacido para ser líderes». Roosevelt lo consideraba el prototipo del regimiento
norteamericano, porque «al lado de los cowboys, este regimiento está compuesto por
hombres de cada sector del país, de cada Estado de la Unión... Es principalmente un
regimiento americano y lo es porque está compuesto por todas las razas que han
construido América».
Desde mediados de abril de 1898, este Ejército de voluntarios formado por ocho
cuerpos de ejército —cada uno de ellos con 30.000 hombres—, pequeñas unidades de
personal especializado —-Caballería, ingenieros y hombres de señales— y los once
regimientos de Infantería, que se suponían inmunes a las enfermedades tropicales
—cuatro regimientos de soldados negros y siete de «soldados búfalo»—, se
concentraba en el sureste dispuesto a embarcar hacia Cuba. Desde Tampa, en medio del
caos, el desorden y sin barcos suficientes, partió la primera expedición a Cuba el 14 de
junio de 1898, la fuerza expedicionaria más importante que había dejado Estados
Unidos hasta la fecha, la cual no sería sobrepasada en tamaño hasta la primera guerra
mundial. El buen tiempo y la ausencia de ataques españoles permitió que los primeros
16.058 soldados estadounidenses llegaran a la bahía de Guantánamo, sin pérdidas, seis
días después, el 20 de junio de 1898. En los dos meses siguientes, un total de 200.000
hombres cruzarían el Caribe.
Como estaba previsto en el plan de guerra, las operaciones militares comenzaron
con el bloqueo de la costa norte de Cuba el 21 de abril. El objetivo era interrumpir el
comercio entre Cuba y el resto del mundo para obligar a rendirse a la dotación
española. En este sentido, el bloqueo tuvo éxito, pues aseguró que ni los países
neutrales ni el contrabando abastecieran a Cuba, También cumpliendo el plan de
guerra, el 24 de abril, el presidente McKinley confirmó la orden de que Dewey atacara
Filipinas. Dewey logró sorprender a los españoles entrando en la bahía de Manila en la
medianoche del 30 de abril y a las 10.45 del domingo 1 de mayo había acabado con la
resistencia española sin ninguna baja. En unas horas, Dewey se convirtió en el «héroe
de Manila», el presidente McKinley le ascendió a almirante y el Congreso decidió
regalarle un sable diseñado por Tiffany’s, valorado en 10.000 dólares.
Esta acción dañó a España, pero no fue suficiente para tomar Manila. El gobierno
español, decidido a mantener el control en las Filipinas, dispuso no enviar ningún
refuerzo al Caribe; donde las tropas del capitán general Blanco en La Habana y del
almirante Cervera en Santiago de Cuba, tras haber aguantado el bloqueo naval durante
varias semanas, se enfrentaban a la inquietante perspectiva de la llegada de la fuerza
expedicionaria norteamericana sin refuerzos.
Al desembarcar en Cuba, los soldados norteamericanos que iban con uniformes
de invierno se encontraron con la densa jungla, los mosquitos, la temporada de lluvias;
los caballos no llegaron a tierra y la Caballería tuvo que luchar como Infantería o
«Caballería desmontada» toda la campaña. Asimismo, les sorprendió que los
202
insurrectos cubanos fueran un conjunto de «mulatos o negros, que parecían una horda
de sucios mendigos, pelagatos y vagabundos», mostrándose incapaces para la lucha. A
pesar de estas dificultades iniciales, la fuerza expedicionaria obtuvo sus primeros
éxitos fácilmente en las batallas de El Caney y la Colina de San Juan.
En la batalla naval de Santiago de Cuba, la flota estadounidense destruyó al
escuadrón español, tal y como el almirante Cervera había previsto. La toma de la
ciudad costó a los norteamericanos sus primeras bajas importantes —243 muertos y
1.445 heridos—, pero fue un paso decisivo hacia la victoria, ya que en menos de un mes
el Ejército había desembarcado en territorio enemigo, tomado la segunda ciudad de
Cuba y apresado a más de 20.000 prisioneros españoles.
Dos acciones militares más, ambas en agosto de 1898, fueron necesarias para
acabar la guerra: la conquista de Puerto Rico y la toma de Manila. En principio,
Estados Unidos no tenía interés en Puerto Rico, pero al desarrollarse la acción militar
en el este de Cuba y hacia el Caribe, se pensó que esta isla de un millón de habitantes,
centrada en la producción de azúcar, podía cumplir un papel similar al de la isla de
Malta para los británicos en el Mediterráneo. El 12 de agosto de 1898, las fuerzas
españolas se rindieron a las norteamericanas; las bajas estadounidenses fueron de
siete muertos y 36 heridos; las españolas, diez veces más.
También en agosto tuvo lugar la batalla y la toma de Manila, cuando el protocolo
de paz ya había sido firmado en Washington el 12 de agosto, pues las noticias no
llegaron a Manila hasta el día 16. En la ocupación de la ciudad, los insurgentes
—liderados por Aguinaldo— no fueron invitados a hacer una ocupación conjunta de la
ciudad, ya que hubiera supuesto el reconocimiento norteamericano del gobierno de la
república de Filipinas. En lugar de ello, los norteamericanos establecieron su autoridad
y ordenaron a los insurgentes retirarse de Manila.
Ante la firma del protocolo de paz, Estados Unidos exigía a España no sólo la
retirada de Cuba y la cesión del control de la isla, sino también la entrega de Puerto
Rico y Guara, en concepto de indemnización por los gastos de guerra. En cuanto a
Filipinas, había división de opiniones en el gobierno norteamericano, pues aunque la
mayoría era partidaria de la anexión, se tenían dudas sobre si ésta se debía restringir a
la ciudad de Manila, la isla de Luzón o a todo el archipiélago. España, sabiendo que sólo
podía admitir la derrota, quería limitar las pérdidas a Cuba, pero cuando se firmó el
protocolo de paz en Washington, el 12 de agosto de 1898, aceptó la cesión de Puerto Rico
y Guam, quedando aplazada la cuestión de Filipinas para la Conferencia de Paz de
París. Lo que sí estaba claro es que la deliberada exclusión de cubanos, filipinos y
puertorriqueños del proceso de paz expresaba la determinación de la Administración
McKinley de controlar el proceso unilateralmente.
Así, en París quedaba pendiente el problema de Filipinas, archipiélago sobre el
que ya abiertamente McKinley hablaba de anexión, en plena política exterior
expansionista en el Pacífico, como demostraba la reciente anexión de Hawai y Guam,
En cuanto a los problemas morales que podía representar para McKinley la anexión de
Filipinas como una colonia de Estados Unidos, el presidente los resolvió apelando a que
la guerra «nos ha dado nuevas obligaciones y responsabilidades, como educar a los
filipinos, civilizarlos y cristianizarlos».
De esta forma, Estados Unidos ofreció a España por las Filipinas 20 millones de
dólares y el 25 de noviembre España accedió a las condiciones norteamericanas sobre
203
el tratado de Paz, que estuvo preparado para la firma el 10 de diciembre de 1898. El
Senado de Estados Unidos lo ratificó con dificultad el 6 de febrero de 1899, cuando ya
había comenzado la insurrección de Filipinas. La ratificación por España fue aún más
difícil, pues tenía que firmarse en medio del descontento interno y el cambio del
gobierno de Práxedes Mateo Sagasta por el de Francisco Silvela. Pero si España no
firmaba el tratado en un período de seis meses, se colocaría en una situación muy
complicada ante Estados Unidos. Así, la regente María Cristina cerró las Cortes el 6 de
marzo y, haciendo uso de sus prerrogativas reales, firmó el tratado en su nombre el 19
de marzo de 1899. El 11 de abril de 1899, la guerra se daba oficialmente por concluida,
con el intercambio de ratificaciones del tratado de París.
Para España, la guerra de Cuba fue un desastre nacional con 55.000 muertos, que
puso al país en la bancarrota y significó la efectiva disolución del imperio español y la
demostración internacional de que su poder de lucha había desaparecido. Para Estados
Unidos, está guerra corta y con relativamente pocas bajas fue «una espléndida
guerrita», como escribiera John Hay a Theodore Roosevelt, «que comenzó por las
razones más altruistas, y se llevó a cabo con gran inteligencia y buena moral,
auspiciada por la fortuna que favorece a los valientes».
La victoria de 1898 fue el comienzo del imperio estadounidense en ultramar, y
como potencia victoriosa tenía que organizar políticamente las antiguas colonias
españolas en el Caribe y el Pacífico, En Cuba, Estados Unidos no reconoció ni la
independencia, ni el gobierno provisional, optando por ocupar militarmente la isla el 1
de enero de 1899, Según la Enmienda Teller, esta ocupación militar, dirigida por el
general John R. Brooke, sería temporal, pero la duración de la ocupación no se
especificaba. De momento las autoridades norteamericanas pensaban que era
prematuro dejar el gobierno de Cuba en manos de los cubanos a los que consideraban
analfabetos, ladrones y, en su mayoría, negros o mestizos, los cuales podrían llevar a la
isla a una inestabilidad parecida a la de la república negra de Haití. Así, del 1 de enero
de 1899 al 20 de mayo de 1902, el pueblo cubano fue gobernado por el Ejército de
Estados Unidos, dirigido primero por el general John R, Brooke y después por el general
Leonard Wood. Este gobierno militar provisional llevó a cabo una reforma dé la
Administración, realizó un programa de obras públicas de emergencia y convocó
elecciones en septiembre de 1900, para elegir una Asamblea constitucional que
redactara la Constitución de una Cuba independiente.
El 17 de marzo de 1901, el Congreso de Estados Unidos aprobó la Enmienda Platt,
que constaba de ocho artículos y definía las futuras relaciones de Estados Unidos con
Cuba. El más famoso y controvertido fue el artículo tercero, por el que Estados Unidos
se reservaba el derecho a intervenir en Cuba para garantizar la independencia del país
y el mantenimiento del gobierno adecuado, así como proteger convenientemente la
vida, propiedad y libertad individual Otras cláusulas restringían los poderes de Cuba
para contraer deudas y establecer tratados con otras naciones, y permitían a Estados
Unidos comprar la base de Guantánamo.
Después de un considerable debate, la Asamblea constitucional cubana aprobó la
Enmienda Platt el 12 de junio de 1901 por 16 votos a favor, 11 en contra y cuatro
abstenciones. Casi un año después, en La Habana, el 20 de mayo de 1902, el general
Wood declaró el fin de la ocupación y formalmente transfirió los poderes de gobierno a
Tomás Estrada Palma, el presidente elegido de la nueva república de Cuba,
204
proamericano sucesor de Martí en el Partido Cubano Revolucionario.
La Enmienda Platt fue esencialmente un sustitutivo de la anexión, pues
garantizaba la independencia de Cuba, pero retenía parte de la soberanía de la nueva
república, convirtiendo de facto a la isla en un protectorado de Estados Unidos, En 1902
el gobierno estadounidense se encontraba tan satisfecho de cómo se había resuelto
políticamente la cuestión cubana, que deseaba que una solución similar se
materializara con éxito en Filipinas.
205
Roosevelt-— «cuando estuvieran maduros para el autogobierno se les garantizaría la
igualdad, pero no hasta entonces...».
Con esta retórica, no es de extrañar que las tropas que lucharon contra la
insurrección filipina entre 1899 y 1902, tuvieran la sensación de que era otra guerra
india, especialmente cuando el 87 por 100 de los generales en servicio en Filipinas
había luchado en las guerras indias, y muchos de los regimientos provenían de los
Estados del oeste, con recuerdos muy vividos de dichas guerras, que aún continuaban
en los territorios de Arizona y Nuevo México contra los navajos y los apaches.
Lo que William McKinley no había calculado al decidir esta política de educar y
cristianizar Filipinas —aunque la mayoría era católica—, es que supondría el
comienzo de una guerra larga y costosa contra los nacionalistas filipinos. Tras la firma
y ratificación del tratado de Paz con España» en febrero de 1899, los norteamericanos
sólo dominaban Manila, y Emilio Aguinaldo lideraba una insurrección en el resto del
territorio de las islas, en la que 50.000 filipinos luchaban por la independencia» lo que
obligó a Estados Unidos a iniciar una guerra de conquista.
Aunque la organización de la resistencia se quebró a finales de 1899, los filipinos
se refugiaron en las montañas al noreste de Luzón, donde el avance norteamericano
tropezó con el comienzo de la estación de lluvias y, como en Cuba, los soldados se
encontraron a miles de kilómetros de sus casas en un país tropical, donde la humedad
era intensa, las lluvias torrenciales y la enfermedad un peligro constante. Allí comenzó
una guerra de guerrillas que continuó, tras la captura de Aguinaldo en marzo de 1901,
hasta mediados de 1902 y, de forma esporádica, cinco años más.
Los insurrectos no consiguieron la victoria, pero retrasaron las expectativas de
los estadounidenses de una rápida victoria militar y obligaron a los generales
norteamericanos a pedir constantemente refuerzos, alcanzando la cifra de 70.000
soldados en 1900. Hasta que el conflicto fue controlado en julio de 1901, la isla estuvo
bajo gobierno militar y el general Arthur McArthur, que fue elegido gobernador,
practicó una política de «reconcentración» similar a la del general español Valeriano
Weyler en Cuba, reinstalando a los civiles en ciudades y pueblos fortificados, protegidos
por las tropas norteamericanas.
A pesar de una prensa muy censurada, las noticias de las atrocidades cometidas
por los norteamericanos en Filipinas enfrentaron a parte de la opinión pública contra
esta guerra colonial. Cientos de norteamericanos de diversa procedencia política se
unieron en Ligas Antiimperialistas y Asociaciones, porque veían la expansión imperial
contraria a los principios democráticos de la república americana. En este movimiento
antiimperialista, de composición muy diversa, había expresidentes pertenecientes a
ambos partidos, como Benjamín Harrison y Grover Cleveland; muchos políticos en
activo de los dos partidos; políticos independientes reformistas; presidentes de
universidad y académicos en general; líderes sindicales, como Samuel Gompers;
algunos empresarios como Andrew Carnegie, Edward Atkinson, George F. Peabody y
Henry Villard; antiguos abolicionistas, que descubrieron una nueva causa moral en el
antiimperialismo, y unos cuantos escritores, entre los que destacaba Mark Twain. Sin
embargo, los grupos dominantes eran los reformistas progresistas independientes y los
disidentes republicanos.
La debilidad argumental de los antiimperialistas residía en que criticaban lo que
consideraban la primera intervención colonial norteamericana porque violaba los
206
principios democráticos, los cuales se basaban en la doctrina del consentimiento de los
gobernados —que presuponía que si había anexión, los filipinos debían ser ciudadanos
norteamericanos-—, sin tener en cuenta que el precedente de la política india, al que
ellos no se habían opuesto, permitía todo tipo de ambigüedades para que Estados
Unidos tuviera un dominio colonial sin violar los principios de la Constitución.
Por otro lado, los líderes y la mayoría de los Miembros de las Ligas
Antiimperialistas pertenecían a una generación mayor, cuya influencia no era ya tan
amplia en la sociedad norteamericana. Así, el movimiento decayó rápidamente tras las
elecciones de 1900, cuando el demócrata y conocido antiimperialista Jenning Bryan fue
derrotado otra vez en las elecciones presidenciales y el gobierno perdió interés en
adquirir nuevos territorios; aunque la agitación antiimperialista subsistió hasta la
década de 1920 distribuyendo panfletos, investigando las atrocidades de Filipinas,
presionando por conseguir resoluciones anticoloniales en las Convenciones de los dos
principales partidos y abogando incansablemente por la independencia de Filipinas.
En julio de 1901, el gobierno militar finalizó y el juez William Howard Taft fue
nombrado gobernador civil. La Ley del Gobierno Filipino fue aprobada por el Congreso
el 1 de julio de 1902 y el presidente Theodore Roosevelt declaró oficialmente el final de
la lucha en el archipiélago. Esta ley hizo de las islas Filipinas un «territorio no
incorporado» bajo el control soberano de Estados Unidos y consideraba a sus
habitantes ciudadanos de Filipinas.
Pero los costos de esta victoria habían sido altos. La guerra filipino-americana
duró más de tres años —desde febrero de 1899 a julio de 1902 --, en los que
combatieron un total de 126.468 soldados estadounidenses, de los que 4.234 murieron y
2.818 fueron heridos. Los insurgentes sufrieron entre 16.000 y 20.000 bajas, siendo aún
más destructivo el impacto de la guerra en el campo, donde murieron 200.000 civiles. Y
además, la imagen de Estados Unidos como una nación dedicada a la promoción de la
libertad y la democracia, también salió perjudicada.
La extensión de la soberanía norteamericana sobre Puerto Rico, Hawai, Guam y
Samoa fue menos complicada y se alcanzó de forma mucho más pacífica que en Cuba o
Filipinas, pues al ser islas mucho más pequeñas, plantearon escasa resistencia política
y militar. En 1898 Hawai se había incorporado a Estados Unidos como un territorio
norteamericano, con un gobernador norteamericano; Puerto Rico en 1900 había
pasado a ser un «territorio no incorporado» con un gobernador norteamericano, y en
1899 las Islas Samoa Americanas —--Samoa, Wake Island, Tutuila— quedaron bajo la
administración de la Marina, de forma que Estados Unidos tenía bases navales
extendidas a lo largo del océano Pacífico.
207
McKinley en 1900, convirtiéndose en presidente tras el asesinato de McKinley en
septiembre de [Link] antes de llegar a la presidencia, Theodore Roosevelt había
señalado que la mejor receta para la política exterior era «hablar suavemente y llevar
un gran garrote», de forma que el «gran garrote» pronto se convirtió en el emblema de
su política exterior para mantener la primacía de Estados Unidos en el hemisferio
occidental y particularmente en el Caribe, frente a cualquier posible intervención de
las potencias europeas. Los otros presidentes progresistas, William Taft y Woodrow
Wilson, continuaron esta política hasta la participación del país en la primera guerra
mundial en 1917.
El primer acto de esta política exterior tuvo lugar en Venezuela. Allí, Alemania
había prestado al gobierno del dictador Cipriano Castro más de 70 millones de marcos,
de los que Alemania no había recibido ningún interés. A principios de 1901, Castro hizo
saber a Alemania y otros países europeos, que no iba a devolver ni los préstamos, ni los
intereses, por lo que al final de ese año Alemania estaba considerando establecer un
bloqueo sobre Venezuela para cobrar las deudas por la fuerza, pero asegurando a
Estados Unidos que esto no supondría una ocupación permanente del territorio de
Venezuela. La respuesta norteamericana fue que «sólo se opondría si un país extranjero
buscaba crear una base permanente en el hemisferio occidental».
Durante el verano de 1902, el Reino Unido y Alemania renovaron sus discusiones
sobre una posible acción conjunta cerca de Puerto Rico y quedaron de acuerdo con
Italia en declarar un bloqueo a la costa de Venezuela. En noviembre de 1902, tras
mandar un ultimátum a Castro, e informar a Estados Unidos de sus intenciones, una
fuerza conjunta anglo-alemana estableció el bloqueo el 9 de diciembre de 1902,
mientras la Marina norteamericana, al mando del comandante Dewey, estaba
preparada para intervenir en la base de la isla Culebra, en Puerto Rico. No fue
necesario, ya que el 11 de diciembre de 1902 ambas partes decidieron que la disputa
fuera arbitrada por Estados Unidos.
Insatisfecha con esta solución, en enero de 1903 Alemania intentó primero
presionar a Venezuela abriendo fuego sobre las instalaciones venezolanas en Puerto
Cabello y Fuerte San Carlos, y posteriormente propuso la creación de un Consorcio
Internacional que dirigiera las finanzas latinoamericanas. Estados Unidos consideraba
que la política alemana desafiaba la doctrina Monroe y que «ninguna república
americana debería estar bajo el control de un poder europeo ... con la pretensión de
garantizar el cobro de deudas». Pero como sugirieron los británicos, si Estados Unidos
no dejaba que las potencias europeas defendieran sus intereses en el hemisferio
occidental, debería hacerlo por ellas.
Roosevelt no iba a tolerar una segunda intervención europea en Latinoamérica,
pero reconocía que estas «desdichadas repúblicas me causan una enorme cantidad de
problemas», por lo que a veces pensaba que la única solución era algún tipo de
«protectorado sobre América Central y del Sur». Tras ejercer presión sobre Haití, para
que satisficiera las deudas contraídas con los países europeos, la oportunidad de
ensayar la fórmula del protectorado se le presentó en Santo Domingo, donde durante
cinco años los banqueros neoyorquinos habían luchado con los financieros franceses y
alemanes por el control de los recursos económicos del país. A principios de 1904, Santo
Domingo parecía encontrarse en un estado permanente de inestabilidad
revolucionaria, por lo que Roosevelt ordenó a 1.a Armada de Estados Unidos ocupar las
208
aduanas del país, pagar la deuda externa e impedir, bajo ninguna circunstancia, que
cualquier actividad revolucionaria interrumpiera el desarrollo del país.
La ocupación de Santo Domingo fue racionalizada con el «corolario Roosevelt» a
la doctrina Monroe, que el presidente hizo público en su mensaje al Congreso de 1904,
según el cual «la perversidad crónica o la impotencia que resulte de la pérdida general
dé los lazos de una sociedad civilizada puede, en América o en cualquier sitio, requerir
al final la intervención de alguna nación civilizada, mientras que en el hemisferio
occidental la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede someterlos,
aunque a regañadientes, al ejercicio de un poder de policía internacional, en casos
flagrantes de tal perversidad o impotencia». Tras Santo Domingo, en 1906, Roosevelt
envió tropas a Cuba para comenzar una ocupación militar de tres años, confirmando
así el carácter puramente formal de la independencia de la isla.
En medio de esta política que afirmaba el deseo de Estados Unidos de evitar
cualquier interferencia europea en el hemisferio occidental, tuyo lugar una fricción
menor entre el Reino Unido y Estados Unidos por delimitar la frontera entre Alaska y
Canadá —la Columbia británica—, tras el descubrimiento de oro en Yukón en 1898,
pues esta zona fronteriza era crucial para el dominio de la riqueza minera de la región.
Roosevelt envió tropas a Alaska, pero el incidente se resolvió en 1903 por negociación a
favor de los norteamericanos.
No hay duda de que la construcción del canal interoceánico que permitió el
acceso al Pacífico fue el centro de la política de Roosevelt y lo más relevante de su
mandato en asuntos internacionales. Incluso antes de pensar en la expansión en el
Pacífico, ya se tenía la idea de construir un canal que acortara distancias entre las dos
costas del país. Tanto la fiebre del oro de California en 1848 como la posterior de Alaska
en 1890 habían demostrado lo caro, lento y peligroso que era transportar gente y
mercancías rodeando el cabo de Hornos o atravesando el istmo de Panamá, por un
territorio montañoso y selvático, infectado de fiebre amarilla. Los proyectos
internacionales para la construcción de un canal comenzaron ya en la década de 1850,
y entre 1879 y 1.889 una compañía francesa, dirigida por Ferdinand de Lesseps, el
ingeniero del canal de Suez había tratado de construir sin éxito un canal en Panamá.
Pero tras la victoria en Cuba, McKinley señaló en su discurso al Congreso en diciembre
de 1898 que se exigía «la construcción de un canal debido a la anexión de las islas de
Hawai y la perspectiva de expansión de nuestra influencia en el Pacífico, y debe ser
controlado por Estados Unidos».
El primer paso de los norteamericanos para asegurarse la construcción del canal
fue revisar con los británicos el tratado de Cayton-Bulwer, firmado en 1850 entre el
Reino Unido y Estados Unidos, por el cual ninguno de los dos países ejercía exclusivo
control sobre el canal. La revisión del tratado a favor de Estados Unidos se consiguió en
1901, pues el Reino Unido estaba ocupado con la ascensión de Alemania en Europa y la
guerra de los bóers en Sudáfrica. Quedaba pendiente la cuestión de dónde construir el
canal. Desde 1870 se pensaba en Nicaragua, país con una cadena de lagos que podían
hacer la construcción menos ardua que en Panamá, donde Lesseps había fracasado.
Por otro lado, la ruta de Panamá resultaba más cara, ya que un grupo de
franceses, liderado por Philippe Bunau-Varilla, que había comprado la arruinada
compañía de Lesseps, pedía 109 millones de dólares por sus acciones y los derechos de
la concesión para construir en Panamá. Sin embargo, la oposición del gobierno
209
nacionalista nicaragüense de Santos Zelaya, y la opinión de los ingenieros de la
Comisión Walker, hicieron optar a Estados Unidos por la ruta de Panamá, en especial
cuando la compañía francesa de Bunau-Varilla rebajó el precio de venta de las acciones
y derechos a 40 millones de dólares; la ruta de Panamá parecía más ventajosa a todos
los efectos.
Sólo faltaba conseguir el beneplácito de Colombia, país del que Panamá era una
provincia. En enero de 1903, el secretario de Estado John Hay convenció al embajador
colombiano Tomás Herrán de que firmara el tratado Hay -Herrán por el cual Colombia
cedía a Estados Unidos diez kilómetros de territorio en la zona del canal en un
usufructo de 99 años a cambio de 10 millones de dólares y un pago anual de 250.000
dólares. El tratado Hay-Herrán fue ratificado por el Senado norteamericano en agosto
de 1903, pero rechazado por el Senado colombiano, que temía la pérdida de soberanía
en Panamá y exigía el pago inmediato de 25 millones de dólares, especialmente viendo
el negocio que ya estaba haciendo Estados Unidos al explotar el ferrocarril ístmico, sin
que el Estado colombiano percibiera ningún beneficio.
Roosevelt maldijo a esas “despreciables pequeñas criaturas”, pero en este punto
sus objetivos en Panamá se encontraron con los tradicionales deseos de independencia
de los panameños, y los aprovechó a su favor. Desde que Colombia se independizó de
España en 1821, nunca fue capaz de controlar Panamá, un territorio de difícil acceso,
separado de Colombia por montañas y selva, sin tierra cultivable ni riqueza minera, y
habitado por una mayoría de transeúntes y una minoría de pequeños propietarios.
Éstos eran muy distintos de los grandes propietarios de las zonas dominantes de
Colombia y sabían que su fortuna dependía del uso que los extranjeros hicieran de lo
que constituía su principal fuente de riqueza: su situación geográfica, por lo que eran
fervientes partidarios del liberalismo económico. Todas estas circunstancias hicieron
de los panameños rebeldes independentistas y entre 1846 y 1903 Colombia había
solicitado en distintas ocasiones la ayuda de Estados Unidos para sofocar a los
insurgentes panameños, siendo la última vez en noviembre de 1902, para acabar con la
guerra de los Mil Días.
En noviembre de 1903» Roosevelt aprovechó a su favor los deseos
independentistas de los panameños, activados por el rechazo de Colombia a firmar el
tratado de Hay-Herrán, asegurándoles que el acorazado Nashville estaría en la ciudad
panameña de Colón el 2 de noviembre de 1903. Al día siguiente, 500 panameños se
levantaron contra el gobierno colombiano, encontrándose con los barcos
norteamericanos en todo el litoral. Unos pocos días después; la Administración
Roosevelt reconoció la independencia de Panamá y el 18 de noviembre el presidente
norteamericano y el nuevo embajador de Panamá en Washington, que resultó ser
Bunau-Varilla, firmaron un tratado para la construcción del canal.
El nuevo tratado ampliaba la zona del cañal de 10 a 16 kilómetros de ancho,
mientras que mantenía el pago en 10 millones de dólares en efectivo y 250,000 dólares
anuales; asimismo, Estados Unidos se comprometía a garantizar la independencia de
Panamá. La principal novedad del nuevo tratado era que Estados Unidos recibía a
perpetuidad el uso, control y ocupación de la zona, lo que significaba actuar como si
tuviera la soberanía del territorio y ejerciera un protectorado virtual sobre el nuevo
país. El gobierno panameño protestó amargamente ante la «manifiesta renuncia de
soberanía» que se les exigía, pero sí rechazaban firmar el tratado se enfrentaban a
210
peores alternativas: Estados Unidos podía ocupar la zona del canal sin pagar, dejar de
proteger a la nueva república o construir el canal-en Nicaragua, abandonando a los
revolucionarios panameños a merced del Ejército de Colombia, Así pues, los
panameños no tuvieron más opción que firmar.
Pronto comenzaron los roces y enfrentamientos entre Panamá y Estados Unidos.
A principios de 1904, el Departamento de Estado insistió en que Panamá debía
reconocer en su nueva Constitución —no meramente en el tratado— el derecho de
Estados Unidos a la intervención. Finalmente, el artículo 136 de la Constitución dio a
Estados Unidos el derecho a intervenir en cualquier parte de Panamá para reestablecer
la paz y el orden constitucional, y por supuesto eran los norteamericanos quienes
determinaban cuándo la paz y el orden eran amenazados. Aún creó mayores problemas
el artículo tercero del tratado, que otorgaba a Estados Unidos los derechos, poderes y
autoridad de la zona, como sí éste tuviera la soberanía del territorio, estatus al que el
secretario de Estado se refirió como «soberanía titular» o «equivalente de soberanía».
Por otro lado, el artículo segundo representaba un virtual cheque en blanco para
Estados Unidos, pues daba a Washington el derecho a perpetuidad de «ocupar y
controlar cualquier territorio fuera de la zona del canal, que en su opinión
necesitaran». De esta forma, entre 1908 y 1930, Estados Unidos estableció 14 bases
militares «para proteger el canal», demostrando que Panamá se había convertido en
una colonia norteamericana de facto.
Sin embargo, la principal novedad de la política exterior de Roosevelt fueron las
intervenciones más allá del hemisferio occidental. La guerra contra España dio a
Estados Unidos una posesión en el Pacífico occidental —las Filipinas—, convirtiéndolo
hasta cierto punto en un poder colonial asiático. Por otro lado, desde 1899 la política de
«puertas abiertas» en China no sólo trataba de preservar la integridad territorial y
comercial china, frente al reparto del imperio entre las «esferas de influencia» de las
distintas potencias europeas y zonas comercialmente protegidas, sino que indicaba que
Estados Unidos tenía algo que decir en China. Así lo demostró el envío de 2.500
soldados con la fuerza expedicionaria internacional que reestableció el orden en agosto
de 1900, frente a la revuelta nacionalista de los bóxers. Tras esta revuelta el secretario
de Estado, John Hay, reelaboró su política de «puertas abiertas», señalando que ésta no
sólo pretendía preservar «la integridad administrativa y territorial china», sino
conseguir «un comercio imparcial e igual» con todas las partes del imperio chino.
La política de «puertas abiertas» estaba basada en el interés económico de
Estados Unidos por explotar sin restricciones el mercado chino, aunque encontró
simpatías entre los que se oponían al imperialismo, especialmente entre aquellos que
defendían la integridad territorial china; pero cuando a principios del siglo XX, Rusia y
Japón competían por Manchuria y Corea, se demostró que Estados Unidos no tenía
medios militares para defender la política de «puertas abiertas» en China. Sin recursos
militares suficientes, Roosevelt optó por frenar el expansionismo ruso, dejando a Japón
expandirse, lo que acabó en la guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), cuyo final arbitró
Estados Unidos, favoreciendo a Japón en el tratado de Portsmouth (1905), en donde
Rusia tuvo que reconocer el predominio político y económico de Japón en Corea
—principado que se anexionaría en 1910— y ambos países estuvieron de acuerdo en
renunciar a Manchuria.
Por otro lado, el temor de Estados Unidos a que el joven y potente imperio
211
japonés amenazara Filipinas se zanjó con el acuerdo Taft-Katsura (julio de 1905), por el
que Japón renunció a cualquier intervención en Filipinas y Estados Unidos aceptaba el
control japonés de Corea. Este acuerdo se reforzó en 1908, con el acuerdo
Root-Takahira, por el que ambas partes apoyaban el statu quo, prometían respeto a las
posesiones de los otros y respaldo a la política de «puertas abiertas» en China. Pero por
debajo de esta aparente amistad, crecía la desconfianza mutua, pues Estados Unidos
veía que el expansionismo japonés en el este de Asia estaba sustituyendo al
expansionismo ruso.
Roosevelt también intervino en el conflicto marroquí, presidiendo la Conferencia
de Algeciras, que en 1906 confirmó la independencia de Marruecos y garantizó el
acceso comercial de Estados Unidos. Ese mismo año, Roosevelt recibió el premio Nobel
de la Paz, por las mediaciones en la guerra ruso-japonesa y en el conflicto de
Marruecos, y en 1907 envió a la flota estadounidense —ya la tercera del mundo tras la
británica y alemana— a dar la vuelta al mundo, regresando a Estados Unidos en
febrero de 1909, justo a tiempo para cerrar su presidencia.
El activismo diplomático de Roosevelt no fue mantenido por su sucesor, William
Taft, que excepto en los asuntos chinos, redujo su actividad diplomática al hemisferio
occidental. El también republicano, William Taft, en su mandato presidencial de 1908 a
1912, siguió en el Caribe la política intervencionista de Roosevelt, que comenzó a
llamarse diplomacia del dólar. Esta política tuvo sus orígenes en China en 1909, cuando
Taft telegrafió personalmente al gobierno chino para defender los intereses de los
inversores norteamericanos, interesados en un consorcio internacional que financiara
las líneas de ferrocarril chinas. En América Latina esta diplomacia funcionó de forma
distinta y con mayor éxito; consistía en animar a los banqueros norteamericanos a
ayudar a apuntalar las finanzas de los gobiernos caribeños inestables e intervenir
política y militarmente cuando los intereses económicos estaban amenazados.
La primera intervención de esta «diplomacia del dólar» tuvo lugar en Nicaragua
entre 1893 y 1909, cuando el régimen liberal y nacionalista de José Santos Zelaya
—aunque muy conservador— chocó particularmente con los intereses
norteamericanos y, en general, con los intereses extranjeros y conservadores de su
propio país. El nacionalismo económico moderado de Zelaya se enfrentó directamente
con Estados Unidos al negarse a ceder el control de una parte del territorio para la
construcción del canal interoceánico; pero cuando Estados Unidos ya estaba
construyendo el canal por Panamá, Zelaya trató de negociar con capitalistas europeos
la posibilidad de construir otro canal en Nicaragua. Este incidente ya supuso la ruptura
de relaciones diplomáticas entre 1908 y 1909, y los residentes extranjeros, aliados con
los conservadores, provocaron el derrocamiento del régimen liberal de Zelaya y el
establecimiento de un gobierno más conservador, con apoyo de Estados Unidos. Tres
años después, aprovechando la caótica situación de las finanzas nicaragüenses los
infantes de Marina desembarcaron en el país, confirmando al régimen conservador
Marioneta, haciéndose con el control de las aduanas, los ferrocarriles y el Banco
Nacional Nicaragüense, y creando una Guardia Nacional mandada por oficiales
norteamericanos. Casi sin interrupción, los norteamericanos administraron Nicaragua
durante los veinte años siguientes, como intervinieron y administraron otras
economías en el Caribe —desde 1915, Haití y desde 1916, la República Dominicana—,
hasta la llegada a la presidencia de Franklin Delano Roosevelt en 1932, que supuso un
212
cambio de política respecto a Nicaragua, el Caribe y América Latina en general.
Tras una «espléndida guerrita», Estados Unidos afirmó su dominio del Caribe en
el hemisferio occidental y con la anexión de Filipinas como “territorio no incorporado”,
se convirtió en un nuevo poder colonial asiático. Pero en vísperas de la primera guerra
mundial, Estados Unidos aún no formaba parte del sistema de las grandes potencias.
Aunque su Marina era ya la tercera del mundo, su Ejército seguía siendo muy reducido
-insignificante comparado con países como Serbia o Bulgaria— y tras la presidencia de
Theodore Roosevelt, la diplomacia norteamericana se aisló en el hemisferio occidental
y quedó cada vez más alejada de las zonas conflictivas internacionales, que a partir de
1906 fueron los Balcanes o el mar del Norte, zonas en las que no tenía intereses
concretos que defender.
El comienzo del «nuevo imperialismo» no consiguió unificar y reconciliar
totalmente a un país fraccionado por la guerra civil y la crisis de la década de 1890.
Momentáneamente, ahogó la protesta política y el conflicto social; a la larga reconcilió
a los blancos del norte y del sur, pero a costa de los ciudadanos negros, y planteó un
nuevo objetivo nacional, la expansión económica extracontinental, que a diferencia de
la expansión continental no parecía tener beneficios inmediatos para la ascensión
social de la mayoría, pues beneficiaba a los grandes negocios y no a la clase media.
Pero, sin duda, esta nueva «grandeza» de la nación fue un elemento más del nuevo
consenso, que entre 1900 y 1916 fueron construyéndolos presidentes progresistas, para
tratar de conciliar capitalismo corporativo con los ideales políticos de la república
americana.
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LA CRISIS DEL PENSAMIENTO EUROPEO (1880-1914)
Versión libre y sintética de STROMBERG, Roland (1990). “La crisis del pensamiento europeo,
(1880-1914)” en Historia intelectual europea desde 1789; Serie Historia. Madrid, Ed. Debate.
Introducción a la lectura del texto Constanza Tío Vallejo. Para uso exclusivo de los/as
estudiantes de la Cátedra de Historia Social General.
La Gran Guerra de 1914-1918 fue el primer gran acontecimiento bélico del siglo
XX, pero en realidad se fraguaba desde bastante tiempo atrás. Este texto, que se ocupa
del campo cultural y las innovaciones científicas, da cuenta de esta conflictividad
precedente en una Europa y un mundo inestables en todos los órdenes vitales,
específicamente en aquellos aspectos vinculados a los cambios en el mundo cultural,
las ciencias, la filosofía, la literatura, el arte. Ello, en definitiva, nos ayudará a entender
por qué sobrevino la crisis que derivó en la devastadora conflagración mundial.
En el campo cultural, el cambio de fines del siglo XIX y el XX, está marcado por la
angustia de artistas e intelectuales que consideran fracasados los intentos de reforma
de la vida humana iniciados desde la segunda mitad del siglo XVIII e impulsados por el
movimiento de la Ilustración. En efecto, tras el optimismo ilustrado, la inseguridad del
individuo que no puede afirmarse plenamente en el modelo social reconstruido por el
desarrollo industrial y el ascenso de la burguesía van ganando terreno a lo largo del
siglo XIX, hasta que explota en sus últimos años. Durante el siglo XX, esa angustia lleva
a que los escritores adoptan diferentes actitudes. Expresaban la angustia existencial en
crecimiento; el intento de cambiar el mundo mediante escritos de protesta social y
política; la búsqueda en la religión y en Dios de claves que den sentido al sufrimiento
humano; asimismo, el olvido de la problemática social y existencial mediante el
escapismo y el esteticismo.
En el campo científico, durante los primeros treinta años del siglo XX se
produjeron innovaciones que acabaron con lo que durante la segunda mitad del siglo
XIX se consideraban bases científicas inamovibles; entre ellas la idea de que el
conocimiento científico era capaz de dar una explicación cierta del funcionamiento del
universo. La ciencia en el siglo XX se abre a las incertidumbres, ya que sus objetos de
estudio, cambiantes y complejos, no podían explicarse exclusivamente mediante el uso
de la razón o las ciencias.
Así, cobra fuerza el Irracionalismo; el objeto de la filosofía de fines del siglo XIX
será explicar la vida humana aceptando que ésta se mueve por impulsos irracionales.
¿Cómo explicar racionalmente el amor, el miedo, la incertidumbre o la angustia de
vivir? Según Freud y el psicoanálisis, el hombre está orientado hacia la búsqueda del
placer mediante deseos que chocaban habitualmente con la sociedad y la moral de la
época y acaban siendo reprimidos y sepultados en el subconsciente. Esto provoca la
frustración que lleva a los seres humanos a la angustia existencial. Debemos situar el
contexto en el que se producen estos cambios y se consolidan nuevas ideas y valores. A
ello contribuye el análisis de Stromberg, quien comienza describiendo dos categorías
centrales que explican en parte el desenlace de 1914; estos son el nacionalismo y la
democracia. En cuanto al nacionalismo, es decir la exacerbación de la idea de nación,
llevó a los estados a la necesidad de afianzarse mediante la confrontación y el
214
enfrentamiento entre sí lo que deriva en la gran guerra. Paralelamente se desarrollan
procesos de democratización como resultado del crecimiento de los sectores medios y
obreros que demandaban reformas sociales. Esta toma de conciencia hizo tambalear de
algún modo las ideas del liberalismo del siglo XIX provocando hacia el siglo XX la
reformulación del vínculo entre las masas y sus representantes.
El nacionalismo
215
pequeño grupo que mantuvo viva la historia de la valentía y la devoción por la doncella,
pero Juana fue una figura ignorada hasta el siglo XIX. En 1803, Napoleón se refirió a
Juana de Arco como símbolo de la unidad francesa contra los invasores ingleses. Los
románticos se interesaron por el medievo, y tanto el poeta británico Robert Southey
como el dramaturgo alemán Schiller recurrieron a Juana como tema literario. La
doncella de Orleans (también de 1803), de Schiller, fue un documento clave: un alemán
ayudó a dotar a los franceses de su heroína nacional. Bastó que llegaran los grandes
historiadores nacionalistas del siglo XIX para proyectar a la doncella como imagen del
patriotismo francés. Jules Michelet fue el primero y retrató a Juana como madre de la
nación francesa. La leyenda de Juana fue creciendo. Finalmente, en 1920 la
canonizaron como santa, pero era anterior su canonización dentro de la hagiografía
nacionalista francesa. Posiblemente esto se debió a que, como carecían de monarca, los
franceses hicieron converger su lealtad común en una figura casi mítica del pasado.
Para los británicos, la figura de la reina Victoria sirvió de imagen materna viva y
símbolo de la unidad durante buena parte de su largo reinado (1837- 1901). Los
irlandeses, que prácticamente habían perdido su lengua ancestral, intentaron revivirla,
o al menos fue lo que se propusieron algunos nacionalistas literarios irlandeses; el
renacimiento del gaélico fue paralelo al movimiento nacionalista irlandés. El
renacimiento del nacionalismo catalán en España se remonta a la década del ochenta,
lo mismo que el separatismo ucraniano en Rusia, mientras que en la Europa del sureste
el impulso del nacionalismo amenazó con desmembrar antiguos imperios
plurinacionales y con destruir el precario equilibrio del poder en Europa.
Este poderoso proceso social contó con la contribución de historiadores y
novelistas que llevaron a la conciencia las tradiciones populares del pasado. Durante
este período, la historia nunca fue más popular que cuando se ocupó del surgimiento
de la nación y del destino de su pueblo. Según la famosa definición de Ernest Renan:
"La nación es la memoria común de las grandes gestas realizadas conjuntamente por
nuestros antepasados, así como el deseo de mantenerse unidos para emprender más
hazañas”.
Para la década de 1870, el darwinismo social también contribuyó a la mezcla
nacionalista. Cabe destacar que Herbert Spencer fue un antiimperialista acérrimo, lo
que tal vez era un vestigio de sus tiempos de partidario del liberal Cobden. Era difícil
distinguir entre el darwinismo social popular y la visión de que pueblos y culturas
estaban en competencia y de que sobreviven justamente los más fuertes o más eficaces.
H. G. Wells es un buen ejemplo de un hombre muy inteligente y escritor influyente,
amén de socialista de izquierda y racionalista que, sin embargo, creía que la ciencia
darwinista había "destruido soterrada pero plenamente la confianza en la igualdad
humana". Para el darwinismo social, algunos pueblos y algunas razas eran inferiores;
los pueblos inferiores, "esos enjambres de negros, cobrizos, blancos sucios y amarillos
que no participan en las nuevas necesidades de la eficacia" tendrán que desaparecer;
"es su sino morir y desaparecer". Hacia finales de siglo era artículo de fe ampliamente
compartido la convicción de que la vida internacional era una lucha, y de que las
naciones que no estuvieran preparadas para competir en la esfera del poder tendrían
que extinguirse.
En este clima surgieron pensadores como Gabriele d'Annunzio, un afamado y
rimbombante escritor italiano que se convirtió en acérrimo nacionalista en 1909, e hizo
216
una apelación a los italianos para que afilaran su espada en África y, a continuación,
avanzaran sobre el mundo, frases que obtuvieron una respuesta delirante. La Liga
Pangermánica, abrigó la fantasía de la dominación alemana en toda Europa. En
Francia, la influyente Action Française, de Charles Maurras, popular entre los
estudiantes, fue antisemita, anti alemana, patriótica militante y militarista.
En Rusia, y a lo largo y ancho del este de Europa, surgieron diversas versiones del
paneslavismo. En los años setenta, Danilevski había afirmado que, con el siguiente giro
de la rueda de la historia, los eslavos quedarían arriba, pues latinos y alemanes ya
habían tenido su parte. El paneslavista Fadéiev declaró que Rusia debía avanzar hasta
el Adriático o retirarse tras los Urales; el destino de Rusia debía unificar a todos los
pueblos eslavos de Europa. En síntesis, el nacionalismo alcanzó su apogeo con la
fatídica epidemia de patriotería que acompañó al movimiento imperialista de los
noventa y precedió la gran guerra de 1914 a 1918.
La democracia
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pleno, y en 1910 las mujeres iniciaron una campaña por el sufragio. Francia nunca
perdió el sufragio universal a partir de 1848, aunque hay que reconocer que durante el
Segundo Imperio (1852-1870) fue administrado y manipulado de tal manera que perdió
casi todo su significado. Aunque la Alemania imperial tuvo un Reichstag elegido por
sufragio universal, éste carecía de responsabilidades. "En última instancia, una
asamblea de 350 miembros no puede dirigir la política de una gran potencia de
nuestros días", sostuvo Bismarck. Tal vez no pudiera, pero en Gran Bretaña el sistema
de gobierno por parte del gabinete procedente de la Cámara de los Comunes y
responsable ante esta tuvo éxito por las mismas fechas. Todos los gobiernos prestaban
más atención a la opinión pública... algo que podía o no ser bueno, puntualizan los
críticos, según el grado de preparación de la opinión pública. En la esfera de los asuntos
exteriores, lo más probable era ser xenófobo, estentóreamente nacionalista y despreciar
los derechos de los extranjeros.
En Estados Unidos, los que no se convirtieron a la democracia se quejaron de
maniobras electorales impropias e indecorosas, de maquinaria y capitostes políticos, de
políticos de poca monta. Muy pocas personas perspicaces consideraban posible el
gobierno de unos pocos en política y sociedad. Para bien o para mal, el gobierno de la
mayoría había llegado para quedarse.
En lugar de aclamar la democracia, los intelectuales tendieron a preocuparse. La
democracia en sí misma, considerada simplemente como el principio de la masa o la
cantidad, no es ideal y fácilmente puede convertirse en anarquía moral; la vieja crítica
planteada por Platón se repitió a menudo hacia finales del siglo XIX. El pensamiento
europeo del siglo está plagado de protestas contra determinados aspectos o
consecuencias de la "democracia". "La muchedumbre es la mentira", escribió
Kierkegaard. Nietzsche manifiesta hostilidad hacia la democracia. En su opinión, el
gobierno de los inferiores; el instinto gregario y la degradación de la cultura al nivel de
las masas figuraban entre las principales enfermedades de la civilización moderna, que
sólo se curarán mediante la elevación más drástica de superhombres-héroes al timón
del Estado. Le horrorizaba la nivelación de la personalidad humana a la altura del
hombre masa conformista, y consideraba que la democracia era responsable de tal
comportamiento.
Otro descubrimiento de la era consistió en que, paradójicamente, el intento por
llevar a la práctica la democracia sólo conduce a un nuevo tipo de gobierno elitista.
Max Weber lo planteó de la siguiente forma: "En todas partes, tanto dentro como fuera
de la democracia, la política la hacen unos pocos." Su amigo Robert Michels descubrió
la "férrea ley de la oligarquía", según la cual las instituciones democráticas, sobre todo
el partido político de masas, cae en manos de una camarilla de iniciados. En Estados
Unidos los partidos –instrumentos de un gobierno presuntamente democrático–
estaban controlados por el "gobierno invisible" de los capitostes políticos. En última
instancia, todas las sociedades están gobernadas por elites y en realidad la así llamada
democracia no es más que un modo de seleccionar a la clase dirigente... y no
necesariamente el mejor modo. Quienes en una sociedad democrática llegan a la
cumbre pueden ser los que, como afirmó el presidente norteamericano Theodore
Roosevelt, tienen habilidad para negociar en los despachos, de la misma forma que
otros son hábiles para cometer delitos de poca monta. Pueden ser demagogos,
manipuladores o burócratas. La experiencia práctica de la política democrática de
218
masas a partir de 1870 limitó las elevadas esperanzas de los demócratas idealistas.
Las más famosas teorías del elitismo proceden de los italianos Vilfredo Pareto y
Gaetano Mosca. Estos pensadores consideraban que en todo tiempo y lugar existe una
élite, que gobierna y que concentra la mayor cantidad de riqueza y poder, claro que una
élite buena era aquella capaz de llegar a un equilibrio entre quienes gobiernan y las
masas que cada vez ejercen más presión. Para Mosca la democracia actuaba como un
buen método de selección de la clase política, es decir de la élite.
219
independientemente a la misma conclusión: Sócrates era la raíz de todos los males y no
de todo lo bueno, como sostenían las enseñanzas en boga. El desarrollo desmesurado de
la facultad racional debilita y el hábito del pensamiento conceptual paraliza la
voluntad. Europa se había intelectualizado durante demasiado tiempo, y la
consecuencia era la aburrida mediocridad que Nietzsche creyó ver a su alrededor en
esa época de materialismo burgués. En la que quizá sea su mejor obra, Así habló
Zaratustra, Nietzsche le hace decir a Zaratustra: "Vi que una gran tristeza se apoderaba
de los hombres. Los mejores estaban hartos de su trabajo... Todo es vacío, todo es
indiferente, todo fue." La humanidad occidental había perdido su capacidad de creer en
algo y la intelectualización había conducido al escepticismo. La única solución radica
en un nuevo primitivismo que retornara al heroísmo. El origen de la tragedia revelaba
tanto la gran capacidad de penetración de la civilización griega como la originalidad
casi aterradora de Nietzsche. Por ejemplo, Nietzsche consideró que el genio de la
Hélade no provenía originariamente de un gozoso optimismo (como habían sugerido
tan a menudo los románticos), sino del sufrimiento trágico, y que no se componía tanto
de un racionalismo científico y filosófico como de una emotividad primigenia templada
por la razón. Para Nietzsche, Dioniso –cuyo culto incluía danzas rituales extáticas y
orgiásticas– se convirtió en símbolo de esa fuerza primigenia sin la cual los hombres
no pueden ser auténticamente creativos. Los griegos fueron grandes porque tuvieron a
Dioniso y a Apolo. Aunque no fueron racionalistas, estaban imbuidos de la voluntad de
vivir.
Esta tajante inversión de perspectivas anteriores es típica del pensamiento
profundamente iconoclasta de Nietzsche, de su "transvaloración" de los valores. Poeta
lírico, filósofo y hombre profundamente erudito, las obras desafiantes y radicales de
Nietzsche sacudieron a la Europa intelectual de los años noventa. Los superhombres
necesarios para rescatar a la civilización decadente debían estar más allá de la moral,
pues "no debían sentir compasión por los degenerados". La democracia y el
nacionalismo, vulgares supersticiones de los hombres-enanos modernos, también
fueron blancos de sus burlas. Lo más extraordinario y célebre fue la afirmación: "Dios
ha muerto"; el europeo lo había asesinado y ya no se podía creer en ningún principio
de orden cósmico. Nietzsche encontró algo en que creer y escapó de su terrible
escepticismo hacia una "sabiduría gozosa" que a la mayoría debió de parecerle
igualmente pesimista: el amor a la vida tal como es, con todo su desorden, fealdad y
crueldad, simplemente porque es vida. Formamos parte del cosmos, que es un anhelo
ciego e incesante (traza grandes círculos y, a la larga, retorna para repetirse), y
podemos afirmar nuestra propia fuerza vital viviendo y esfumándose. Podemos aceptar
a Dionisio y rechazar a Cristo. "¿Me habéis entendido? Dionisio contra el Crucificado":
tales fueron sus últimas palabras.
Nietzsche fue mucho más artista e "intelectual" en el sentido en que comenzaba
a utilizarse la palabra. En este aspecto, reflejó el movimiento de la historia, que separó
un poco más el orden político y la conciencia individual. Nietzsche recuperó la
confianza y, en un efímero período de inspiración de 1883, escribió su obra más famosa
bajo la forma de un himno griego antiguo en honor de Dioniso o Baco. Casi todos sus
libros dan cuenta de su prosa dura, concisa, lúcida, aforística y epigramática. Sin
embargo, en Así hablaba Zaratustra creó una especie de poema filosófico y se unió a
ese selecto grupo de la tradición occidental que incluye a Lucrecio, Dante y Goethe.
220
Poseedor de un profundo sentido musical, Nietzsche probó sin éxito la composición,
pero con ese poema musical encontró su género y proyectó su concepción filosófica en
la figura del sabio persa Zaratustra o Zoroastro. Fue allí, en las narraciones a menudo
difíciles pero encantadoras del profeta y sus discípulos, donde Nietzsche expresó con
más claridad sus tesis sobre la muerte de Dios, la invención de nuevos valores en un
mundo sin valores, la falsedad de todo salvo la profunda fidelidad a la propia
inspiración y la necesidad de hacerlo con la certeza de la terrible verdad según la cual
lo mismo se repetirá una y otra vez en un universo infinitamente grande en el tiempo y
en el espacio. Esa es la prueba definitiva de los "hombres superiores", que han de
superar a la masa humana degenerada.
Difícil de entender y tal vez hundiéndose en sus últimas obras en la locura que lo
asediaba, Nietzsche sugiere un aterrador odio hacia la civilización y el deseo de la
barbarie y, en su mejor momento, nos recuerda que, con su propia nobleza y a pesar de
que el universo le sea hostil, el hombre puede crear valores. No podemos pensar en los
superhombres de los que habló para que remodelaran la raza humana como unos
Hitler embrutecidos, sino como líderes-poetas-filósofos cultivados. Hay que decir en su
defensa – y recientemente lo han dicho estudiosos interesados en rescatarlo de
desaforadas interpretaciones erróneas– que Nietzsche despreció todo nacionalismo y
militarismo, incluidos los alemanes, y que no fue racista ni antisemita, aunque
posteriormente los nazis lo utilizaron. Sus más demoledoras exclamaciones de cólera
contra la raza humana pueden entenderse comprensivamente como producto de los
sufrimientos de un hombre patológicamente sensible y físicamente enfermo; en
Nietzsche, es de valor perdurable su odio por la inautenticidad y el fraude, por la
mediocridad y la vulgaridad, así como su profunda comprensión de la creatividad
humana y su enorme sinceridad: uno debe vivir su propia filosofía.
En Nietzsche es importante la comprensión del papel que juegan los elementos
"dionisíacos", oscuros, ocultos e inconscientes de la naturaleza humana y que, al ser
"sublimados" impregnan la creatividad. Consideró que la creatividad es parcialmente
sexual y que al rodear al sexo de tabúes, el cristianismo y la moral convencional han
herido gravemente a la civilización occidental. En lo fundamental, se trata de la gozosa
espontaneidad del animal. Si se la asfixia con la moral y la razón, se destruye algo
necesario para la humanidad y la cultura. La cultura más elevada requiere parte del
elemento intelectual, pero su exceso supone decadencia.
Fue un precursor decisivo del existencialismo del siglo XX, y en este punto entra
en juego su apelación para que la humanidad cree sus propios valores mediante la pura
fuerza de voluntad, así como su rechazo de toda filosofía puramente teórica. "He
escrito mis obras con todo mi cuerpo y toda mi vida", podría decir Nietzsche con
profundo orgullo. Es el profeta sombrío del listado totalitario y del hombre masa
moderno. Pero, sobre todo, es el filósofo de la voluntad de poder o la fuerza vital, el
irracionalista, sondeador de impulsos más profundos que la razón. Al igual que
Schopenhauer, Nietzsche se anticipó a Freud. Fue el niño mimado de la avant-garde
(vanguardismo, referido a las personas y a las obras experimentales e innovadoras en
el terreno del arte y la cultura), el catecismo del artista-intelectual desesperadamente
enajenado. En su nombre se podía desechar la religión tradicional, desafiar las reglas
morales al uso, mofarse de la burguesía y prever el día del juicio final. No hubo nadie
tan revolucionario; sin embargo, Nietzsche también se mofó de la democracia y el
221
socialismo, a los que relacionó con la moral esclava de la visión judeocristiana del
mundo. Preconizó la desigualdad de los hombres, afirmación que podía utilizarse para
sancionar el imperialismo, el despotismo y la guerra.
En gran medida, Benito Mussolini se apartó del socialismo de izquierda hacia el
nuevo culto del fascismo influido por Nietzsche; posteriormente Hitler y los nazis lo
glorificaron, aunque los defensores de Nietzsche insisten en que lo distorsionaron.
Sigmund Freud
El período que estamos estudiando fue la "era del espíritu" y reaccionó contra los
excesos del positivismo. "Lo importante era «tener alma»", comenta Jean Guehenno
refiriéndose al clima intelectual predominante entre 1890 y 1914. "Siempre me
consideré portavoz de lo que creo un renacimiento aún mayor", escribió en 1892 el gran
poeta irlandés W. B. Yeats, "la rebelión del alma contra el intelecto... que ahora
comienza en el mundo".
Mientras tanto, la ciencia seguía en pleno apogeo. Esta rebelión fue el
movimiento de una reducida minoría de rebeldes inconformistas, cuyo enorme
significado se ve en el presente, pero que entonces estaban muy lejos de la corriente
dominante. A medida que seguía engendrando infinidad de maravillas
tecnológicas–fue la era de la electricidad, los primeros automóviles, la radio, los rayos
X–, la ciencia alcanzó su punto más alto en la estima popular. Entre los gigantes
intelectuales reconocidos de la época, el médico vienés Sigmund Freud no fue poeta ni
profeta, sino –evidentemente– un científico empírico. El médico austríaco obtuvo
extraños conocimientos del submundo de la psique humana, pero los sintetizó con
conceptos perfectamente racionales y postuló un enfoque clínico sistemático.
La influencia de Freud también procede de la energía y la claridad de su prosa,
pero lo que atrapó la imaginación fue, principalmente, la osada originalidad de su
pensamiento. Freud elaboró sus ideas clave entre 1885 y 1905 y luego cofundó la
Asociación Psicoanalítica Internacional, que difundió ampliamente sus postulados y
sobrevivió a las profundas escisiones que acosaron al movimiento. En la década del
1920 sus ideas recibieron acogida mundial y se popularizaron expresiones freudianas
como el inconsciente, la represión, el complejo de Edipo, el ello y el yo. Junto a las teorías
de Albert Einstein, las de Freud se convirtieron en las ideas más estimulantes y
radicales que modificaron el mundo durante ese período iconoclasta.
El psicoanálisis se convirtió en una profesión importante, sobre todo en Estados
Unidos. (Su moda en este país como dispositivo para resolver los "conflictos" de la
gente no satisfizo a Freud, cuyo aristocrático temperamento del viejo mundo lo llevó a
sentir una gran aversión por la cultura americana.) Los conceptos freudianos
fundamentales –cuya formulación fue sumamente original, incluso cuando se trató de
transformar viejas ideas– incluyen el inconsciente, que en opinión de Freud
desempeñaba un papel muy importante en la vida humana; la idea de que la
enfermedad mental se remonta a acontecimientos traumáticos reprimidos y
enterrados en el inconsciente; la naturaleza sexual de la mayoría de esos
acontecimientos traumáticos supone experiencias infantiles (se dice que Freud asesinó
el mito victoriano de la inocencia de la niñez); la terapia de la neurosis a través del
diálogo entre el paciente y el médico, diálogo que se propone descubrir los recuerdos
222
enterrados y reprimidos; la interpretación de los sueños y su uso terapéutico, ya que
los sueños ofrecen pistas del inconsciente; y la aplicación de la teoría del inconsciente a
la vida cotidiana para explicar chistes, sueños y "lapsus linguae freudianos". Freud
bosquejó teorías sobre la sexualidad en la infancia, escribió sobre sus casos más
interesantes y aplicó sus teorías a la interpretación de las obras de arte (Hamlet y la
Mona Lisa, de Leonardo). Después de la primera guerra mundial incorporó la
agresividad sexual como impulso básico y escribió acerca del instinto de muerte y de la
potencia erótica.
El ello, el yo y el superyó planteaban una imagen dramática del conflicto entre las
presiones antisociales y autoritarias que actúan sobre el yo dividido. El viejo Freud,
más especulativo y filosófico, consideró que el hombre estaba trágicamente escindido
entre esas reclamaciones irreconciliables de la sociedad y el individuo. En Tótem y tabú
intentó relacionar su teoría de la conducta individual con la historia humana y postuló
la rebelión de los hijos contra el padre en la horda primitiva en virtud de los celos
sexuales: el equivalente social del complejo de Edipo, un recuerdo racial posiblemente
grabado en todos los seres humanos.
Freud reconoció como fuente significativa a Schopenhauer que, por cierto, se le
anticipó al referirse a la importancia del sexo, la represión y las experiencias sexuales
infantiles. El filósofo schopenhaueriano Eduard von Hartmann escribió Filosofía del
inconsciente que alcanzó popularidad en la década de 1880. Por cierto, el inconsciente
era un tema de especulación casi tan antiguo como los sueños –sobre los cuales Freud
escribiría su libro más impresionante– o el impulso sexual. Freud intentó entrelazar
esos fenómenos primitivos y poco comprendidos e incorporarlos a un sistema de
pensamiento y experimentación científicos.
Como ocurrió con Darwin y Marx, el análisis exhaustivo de las fuentes que
forjaron el pensamiento de Freud presenta numerosas influencias procedentes de
diversas direcciones que su mente sintetizadora se ocupó de asimilar y organizar. Freud
incluso tuvo su Wallace: el psicólogo francés Pierre Janet siempre sostuvo que fue el
primero en hacer aquello por lo que Freud se alzó con los laureles (entre 1886 y 1893
Janet publicó una serie de casos clínicos). Tampoco podemos olvidar la poderosa
influencia de Nietzsche: Freud tomó prestado el ello (Das Es) del filósofo que
responsabilizó al cristianismo de reprimir los impulsos sexuales a costa de la
creatividad y que utilizó la palabra "sublimación". Tanto Freud como Nietzsche cayeron
bajo la influencia de Schopenhauer.
Podemos considerar el movimiento freudiano como parte de la evolución más
amplia de la conciencia humana, que incluyó la liberación individual de los controles
sociales y estuvo acompañada por un mayor autoconocimiento y enriquecimiento de la
conciencia... a costa, en ocasiones, de dolorosos conflictos con la sociedad y de
tensiones psíquicas. Freud no fue el único que trabajó para una evaluación más abierta
de los temas sexuales que hasta entonces habían sido tabúes.
Por consentimiento casi universal, Freud está considerado una de las mentes
seminales de la era moderna. Está al mismo nivel que Newton y Darwin en tanto que
científico que modificó las condiciones fundamentales del pensamiento y cambió de
manera esencial la visión que la civilización occidental tenía de sí misma. El propio
Freud estaba convencido de que había realizado descubrimientos que hicieron época:
"Tengo la sensación de haber tocado uno de los grandes secretos de la naturaleza",
223
escribió, y en ocasiones se comparó con Copérnico y Darwin. Aunque propenso al
dogmatismo, Freud no era un hombre arrogante, y al recalcar la importancia de sus
ideas sólo expresaba una verdad generalmente reconocida.
Aunque hoy parece asegurado su sitio en el pensamiento moderno, existe la
tendencia creciente a dudar de que Freud fundara una ciencia exacta o de que su
estructura de pensamiento sea más imperecedera que otras ideas especulativas. Cabe la
posibilidad de que el veredicto sobre Freud se parezca al de Marx, en el sentido de que
no se lo considerará tanto un científico como un pionero que abrió nuevos horizontes a
fin de que otros los explorarán. Su nombre se ha vuelto popular y su influencia abarca
la totalidad de la cultura contemporánea.
De todas maneras, su fase más creativa abarcó el período 1890-1914. Su obra más
interesante y gratificante fue Die Traumdeutung (La interpretación de los sueños,
1900); luego Freud sufrió una crisis vital durante la cual inició su autoanálisis y creyó
encontrar en sí mismo pruebas del célebre complejo por el cual el niño experimenta un
vínculo erótico con su madre y celos sexuales hacia el padre a edad muy temprana. La
estimulante colaboración con Jung aceleró la organización del movimiento
psicoanalítico, y la ruptura con aquél poco antes de la primera guerra mundial
desencadenó el esclarecimiento bastante dogmático de la posición de Freud en torno a
la primacía del impulso sexual. A lo largo de esos años, Freud trabajó todos los días
como terapeuta profesional y escribió sobre esos casos fascinantes –Dora, el hombre
lobo, el pequeño Hans– que configuraron la base de sus teorías. Logró reunir un
conjunto de discípulos extraordinarios y a menudo estrafalarios, la mayoría de los
cuales, al igual que Jung, posteriormente seguirían su propio rumbo psicoanalítico en
medio de la polémica. En 1915 Freud empezaba a ser famoso; ese mismo año, en
Estados Unidos Walter Lippmann –un joven intelectual norteamericano de una
generación excepcional– comentó que el médico vienés había "desencadenado los ecos
del pensamiento y la conducta humanos, cuyas consecuencias muy pocos osan
predecir". Por su parte, los freudianos ejercieron su máxima influencia en los años
veinte y treinta.
La crisis de las ciencias se refiere al quiebre de las viejas certezas como la del
tiempo absoluto de Newton. Las innovaciones fueron de la mano de los nuevos
inventos (la electricidad, el fonógrafo o el automóvil, entre otros), de teorías como la
selección natural de Darwin y de figuras como Albert Einstein, científico que fue capaz
de sintetizar postulados ya existentes y generar la teoría de la relatividad. Dichas
innovaciones dieron testimonio de la organización de la naturaleza y prescindieron de
ideas como la existencia objetiva del tiempo y el espacio, la de que todos los cuerpos
obedecen a las mismas "leyes" científicas, como las leyes newtonianas del movimiento
y de la conservación de energía. O las que representaban el universo como una gran
máquina compuesta de cuerpos físicos que sostenían relaciones dinámicas. En efecto,
al filo del siglo la ciencia perdería su aire sensato y seguro y enfrentaría paradojas
abrumadoras en los límites de la física.
Muy pronto un público sorprendido oiría de boca de los propios científicos que la
materia se componía de unidades invisibles y quizá puramente hipotéticas llamadas
224
"electrones" que, en el seno del átomo, se negaban a cumplir las leyes de Newton: un
ejemplo sin precedentes de insubordinación. Con más sorpresa aún, hubo que
abandonar la idea del tiempo y el espacio tal como aparecen ante la experiencia
humana, ya que son relativos a un patrón arbitrario y no existe un modelo objetivo
para la totalidad del universo. Evidentemente, no era exacta la ley de la gravitación de
Newton, que durante dos siglos fue la base de la física. Resultó imposible representar la
conducta de la "materia" como correspondiéndose con algo que existiera dentro de la
esfera de la experiencia sensible humana, fuese a nivel subatómico o cósmico. El
universo no era semejante a una máquina ni contenía nada que se pudiese denominar,
a la ligera, "materia"; los científicos incluso pudieron sostener que la realidad se
difumina en una idea cuando se la remonta tan lejos como sea posible. Bertrand
Russell comentó que la materia se convirtió en una fórmula para describir lo que
ocurre donde no está. Espacio, tiempo y materia se convirtieron en imaginaciones de la
mente humana y, según Bergson, tal vez no estuvieran tan alejadas de las abstracciones
útiles, pero irreales, del conocimiento científico.
El sorprendente punto de partida de estos complejos acontecimientos fue el
experimento de los norteamericanos Michelson y Morley, realizado en 1887, quienes no
tenían ni la más remota idea de que estaban a punto de entrar en una nueva era
científica. Intentaban medir la velocidad de la tierra calculando el tiempo que la luz
tarda en desplazarse, comparándolo con la dirección del movimiento de la tierra en
relación al éter. Luego de repetidos experimentos, el extraordinario resultado consistió
en descubrir el hecho insólito de que no existe el éter ni ninguna otra sustancia por la
que se desplazan la tierra y otros cuerpos. A lo largo del siglo XIX los científicos habían
postulado la existencia de una sustancia como el éter por el descubrimiento de que la
luz y la electricidad se comportaban como ondas, de ahí la necesidad de un medio que
atravesar; a ello hay que añadir su empleo como vara de medir el espacio y el tiempo. El
éter se había convertido en algo necesario como postulado para visualizar la conducta
de todo tipo de "ondas", se trataba de algo que nadie había visto y cuya existencia no se
había demostrado directamente.
Los resultados obtenidos por Michelson y Morley llevaron la cuestión a un punto
decisivo: obligaron al abandono de la idea del éter y de cualquier otra concepción de un
espacio "de algo". Si no hay espacio en tanto que fondo del universo, tampoco existe un
modelo definitivo del movimiento. Toda velocidad es relativa a otra cosa. La velocidad
de la Tierra se mide con referencia a la Tierra misma y se postula que es estable, pero la
Tierra gira alrededor del Sol, el sistema planetario también está en movimiento con
relación a otros sistemas y galaxias y así sucesivamente hasta que se alcanzan los
límites del universo. Entonces, ¿con qué podemos medir? Como demostró el
experimento de Michelson, la velocidad de la luz –que es la velocidad definitiva de las
cosas del universo– es una constante que no varía en relación con otro movimiento y
que no puede utilizarse como medida. Si en el universo no hay nada que sirva como
patrón definitivo de medida, tampoco existe la velocidad absoluta. Lo mismo que se
dice sobre la velocidad se aplica a la distancia. Era necesario que desaparecieran como
absolutos el espacio y el tiempo vistos desde un ángulo universal en lugar de terrestre.
De este hecho se extrajeron muchas conclusiones extrañas. Por ejemplo, que el mismo
momento es un tiempo distinto para los observadores que están en movimiento en
diversas partes del cosmos.
225
Albert Einstein, una personalidad poco común, a quien de pequeño consideraron
atrasado y despistado, así como arrogante y grosero en su época de estudiante en el
Politécnico de Zurich, sólo encontró un puesto en la oficina de patentes de Berna. En
1905 publicó tres artículos en un ejemplar de la revista alemana Annalen des Physik,
ejemplar que actualmente se ha convertido en una carísima pieza de museo. El más
famoso de los artículos versaba sobre la relatividad del tiempo y se lo conoce con el
nombre de primera teoría o teoría especial de la relatividad de Einstein. A partir de ésta
se dejó de sustentar la idea de que el mundo tenía una estructura básica de
espacio-tiempo y se la reemplazó con lo que Einstein denominó el espacio-tiempo
cuatridimensional. Postuló que cada sistema tiene su propio tiempo y no existe el reloj
universal. (Podemos compararlo con una situación en la que cada aula de la
universidad tuviera su propio tiempo y no hubiera un reloj que marcara las horas de
todo el centro; el tiempo dependería de dónde se encontrara cada uno.) Si a ello le
sumamos el hecho de que la velocidad de la luz no es afectada por la velocidad del
emisor, encontramos las paradojas de la relatividad: por ejemplo, si un astronauta
viajara a una velocidad extraordinariamente elevada por el espacio durante diez años,
a su retorno tal vez se encontrase con que en la tierra han transcurrido veinte o treinta
años. Entonces los amigos de su propia edad serían mucho más viejos.
Einstein demostró que masa y energía están estrechamente relacionadas porque
la materia es energía altamente concentrada, con este postulado se inicia la era nuclear.
(Los láser también fueron un derivado del hecho que Einstein considerara la luz como
una forma de energía por radiación.) Esta teoría asombrosamente revolucionaria, no
tuvo, en principio, una gran acogida. Predominaba el escepticismo y el sentido común:
más que pruebas empíricas, la teoría einsteniana parecía basarse, principalmente, en
puras deducciones matemáticas. A medida que Einstein avanzaba hacia una teoría
general de la relatividad y se refería a la geometría curva del espacio-tiempo como una
explicación de la gravedad más apta que la fuerza de gravitación de Newton, muchos
físicos eminentes pensaban que era una "condenada tontería".
Niels Bohr –el físico danés que murió en 1962 y se convirtió en uno de los
principales pioneros teóricos de la era de la energía nuclear– explicó que las leyes del
movimiento válidas para los sistemas solares no se aplican en modo alguno a la
composición del átomo. De esta forma las leyes de Newton, hasta entonces
consideradas universales, se derrumbaron tanto en el campo más grande como en el
más pequeño, y sólo siguieron siendo válidas en una franja de experiencia sensible
bastante burda. Enseguida el mundo del interior del átomo se volvió sumamente
desconcertante porque la conducta de los electrones dio al traste con todas las leyes
hasta entonces consideradas sacrosantas.
A comienzos de siglo, la teoría de los cuantos de Max Planck, sostuvo que la
emisión de energía es discontinua y no continua; por así decirlo, se transmite en
pequeños paquetes en lugar de un torrente constante. El calor hace que los electrones
den saltos bruscos de un nivel de energía a otro. Planck encontró una "constante", un
número que representa la relación entre energía y frecuencia de radiación, un número
que volvió a aparecer en la mecánica ondulatoria relacionado con la conducta de los
electrones. Se trata de una regularidad que puede descubrirse y cuyo significado, de
momento, permaneció oculto. Se ha dicho que el principio de los cuantos de Planck fue
más revolucionario que la teoría de la relatividad de Einstein..., aunque sin duda
226
Einstein también colaboró con la teoría cuántica, ya que ambos físicos trabajaron
juntos en la Universidad de Berlín, a la que Planck llevó a Einstein en 1913.
La teoría general de Einstein recibió una confirmación espectacular al concluir la
primera guerra mundial, en mayo de 1919, en el mismo momento en que se firmaba el
tratado de Versalles. En su teoría, Einstein sostenía que la gravedad no es una atracción
misteriosa e instantánea, tal como se creía desde 1687, año en que Newton dio a
conocer su fórmula. Se compone, más bien, de ondas como las electromagnéticas, que
se desplazan a la velocidad de la luz siguiendo las geodésicas del espacio-tiempo.
Dichas ondas gravitacionales debían quedar influidas por los campos de materia. La
teoría einsteniana postulaba que la luz de una estrella lejana se curvaría al atravesar el
campo gravitatorio del Sol en su camino a la Tierra. En 1919 la observación de un
eclipse total de sol confirmó la teoría general de Einstein, esto se convirtió de
inmediato en noticia mundial: "¡COMPROBADO QUE EL ESPACIO SE CURVA!"
Se comprobó que los sólidos axiomas geométricos de Euclides sólo eran exactos
mientras se ciñeran a los límites de la tierra; con respecto al espacio exterior hay otras
geometrías, basadas en postulados físicos distintos, que resultan ser sistemas lógicos
igualmente rigurosos. De esta forma se tuvo la sensación de que también se desvanecía
en la relatividad esa cualidad de certidumbre objetiva que siempre se le atribuyó a la
matemática pura.
Albert Einstein sostuvo que la gravedad no es una "fuerza". No debemos pensar
en la atracción mutua entre los objetos ya que los cuerpos se mueven a través de las
curvaturas del espacio-tiempo que, al no ser independientes, se funden en un único
continuum.
El eclipse supuso una oportunidad excepcional de someter a prueba la teoría de
Einstein. Fue un accidente histórico el hecho de que el eclipse total de Sol se produjera
tan poco tiempo después de que Einstein expusiera su teoría, en 1914-1916, aunque
desde entonces otras pruebas han confirmado la teoría, mejor dicho, ambas teorías
convirtieron a Einstein en una celebridad. De repente pareció comprobarse lo
imposible.
Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, en casi todos
los países con un cierto grado de desarrollo industrial se puso de manifiesto un sentido
del presente y un ansia de romper con los estilos del pasado. Fue un momento agitado y
complejo, en el que la búsqueda de lo nuevo convivía con la permanencia del pasado:
rechazo de la máquina y aceptación de nuevas tecnologías (que exploraban o
anticipaban el futuro), agitación social y anarquismo a la par que consolidación de los
valores de la cultura burguesa.
Fue el momento de las llamadas vanguardias históricas cuya propuesta
rupturista fue tan radical que más de un siglo después sigue siendo el paradigma del
arte de vanguardia. Escultura y pintura, participaron de los mismos supuestos. Los
movimientos vanguardistas fueron más una actitud ante el arte que una estética, que
abandonó la imitación de la naturaleza para centrarse en el lenguaje de las formas y
los colores. Fue la hegemonía del inconsciente, de la reconstrucción mental de la obra y
al espectador se le exigió una nueva actitud ante la obra de arte.
227
Los artistas de Vanguardia provocaron una reacción intelectual en contra de la
sociedad de la época. Se afianzó así el estereotipo de artista incomprendido, bohemio y
comprometido con una serie de valores contrarios a todo ese mundo convulso que
provocaba situaciones miserables y desafortunadas.
Hubo un acontecimiento artístico, que explica el nacimiento del arte de
vanguardia, esto es, el comienzo de los llamados Salones de París, unas muestras
artísticas anuales de elevado prestigio que contaban con un jurado tradicional y
conservador, y de donde fueron rechazados la mayoría de pintores impresionistas.
Estos inauguraron, por iniciativa propia, los llamados Salones de los Rechazados con la
intención de que su trabajo, aunque no fuera aceptado en la muestra principal, pudiera
ser apreciado y valorado por el público.
A este precedente se debe añadir el panorama de cambios y aportaciones
significativas que modificaron ciertas ideas y modos de vida: la segunda revolución
industrial, con la aparición del motor de explosión, la publicación de la Teoría de la
Relatividad de Albert Einstein y la Interpretación de los sueños de Sigmund Freud, la
popularización de la fotografía, el nacimiento del cine, anunciaban a voces que el
mundo estaba en transformación.
En pintura, la revolución "modernista" abarcó toda una serie de nuevas escuelas
y se transmitió a la arquitectura y la música. La compilación de los "manifiestos"
estéticos editados en Europa entre 1890 y 1910 fue constante. En sus memorias, Stefan
Zweig recuerda que el "fanatismo por el arte" de la época era tal que sería difícil
imaginarlo o reconstruirlo. Surgieron, entre otros, los fauves, los puntillistas, los
cubistas, los suprematistas, los expresionistas o los futuristas. Los dos últimos
movimientos destacaron de los demás y, hasta cierto punto, fueron expresiones que
incluyeron a la mayoría de las restantes.
Una de las características de esta revolución artística –nacida de un grupo de
jóvenes rebeldes que expresaron su desafío a las formas establecidas– fueron las
"revistas de pequeña tirada", las publicaciones experimentales y los salones 22
secesionistas. "¡Quememos los museos!" fue uno de los gritos de batalla de los
futuristas. Los revolucionarios artísticos rompieron tajantemente con la tradición.
En esta época tuvo lugar la ruptura definitiva entre la cultura de la burguesía y la
de la avant-garde intelectual. El gran público reaccionó ultrajado ante las
sorprendentes novedades de cubistas, posimpresionistas y expresionistas. En 1913 la
interpretación en París de La consagración de la primavera, de Igor Stravinski,
evidenció la ruptura de la línea habitual armónica y timbral de todas las obras
anteriores estrenadas en París. El público reaccionó con indignación y abucheó a los
actuantes. Los gritos y los silbidos fueron en aumento y a partir del segundo acto
derivaron en bronca completa que anuló la música y que obligó a Stravinski a
marcharse del teatro.
Por las mismas fechas, los jóvenes novelistas británicos D. H. Lawrence y James
Joyce no encontraron imprentas que quisieran editar sus novelas. Publicaciones
llamadas La Tormenta, Ráfaga, Acción y La Antorcha o pintores que se apodaron
bestias salvajes y jinetes azules (Der Blaue Reiter) dieron a conocer con sus
denominaciones la intención revolucionaria de esas obras, presente en toda Europa, de
Irlanda a Rusia.
El credo expresionista típico de esta generación artística rechazó el realismo en el
228
sentido vulgar y experimentó con formas abstractas o con visiones interiores, hecho
paralelo al subjetivismo de la literatura y la filosofía. "Existe una verdad inherente que
debemos separar del aspecto externo del objeto", puntualizó Henri Matisse. "La
exactitud no es la verdad."
El cubismo apeló a dibujos geométricos formalizados en su intento por captar esa
"realidad inherente". "Los objetos ponen trabas a mi significado", declaró Kandinsky,
otro gran pintor cuyo primer cuadro abstracto es de 1910. La consigna era: "Lejos de la
Cosa, lejos de la Materia, volvamos al Espíritu." Evidentemente, el profundo
antirrealismo del nuevo arte fue una de las características que contribuyó a su falta de
popularidad; el ciudadano corriente no "reconocía" nada en la pintura ni en la
escultura. Tenía la sospecha de que estos artistas le tomaban el pelo, lo cual era, en
parte, verdad.
Tras el apartamiento expresionista del "mundo real" aparecía el aborrecimiento
hacia ese mundo, el mundo social de la mediocridad burguesa, la mecanización, la
burocratización y la frivolidad. Simultáneamente, tuvo lugar una sincera búsqueda
metafísica de verdades más profundas, extraídas del subconsciente o presentes, quizás,
en los dibujos geométricos. Sin duda, la época produjo una extraordinaria abundancia
de genios, actualmente reconocidos, como Kandinsky, Paul Klee, Pablo Picasso, Matisse,
Mondrian y muchos más. Fueron los "modernistas" pioneros. Superaron los viejos
confines del arte visual y crearon una brillante fiesta de colores y formas para el ojo.
Si la totalidad de estas nuevas formas artísticas representaba algo más que la
protesta y la búsqueda de novedades, ese algo fue la intuición de Bergson o el
inconsciente de Freud. También se difundió la influencia de Einstein: "¡Ayer murieron
el tiempo y el espacio!", proclamaba el Manifiesto Futurista, y la emancipación de las
perspectivas personales contribuyó a reforzar la tendencia hacia el experimentalismo.
Por debajo y más allá del pensamiento puramente conceptual o intelectual, el
arte en tanto que expresión pura podía establecer contacto con una realidad que a la
lógica le estaba vedada. Sus símbolos podían constituir el lenguaje del alma humana a
un nivel más profundo que el del pensamiento formal. Sin duda, estos cuadros, poemas
y composiciones musicales estimulantes y perturbadores denotaban la existencia de
una atmósfera de rebelión y novedad. En su mayoría fueron creados por artistas
"bohemios"; en esa época Picasso y sus amigos vivían en los cafés y los barrios bajos de
Munich y París.
Hacia 1885 comenzó, según los críticos una “crisis universal de las letras y el
espíritu” manifestada en todos los campos del saber humano. Representó la expresión
del hondo cambio histórico que se produjo en la época, coincidiendo con el paso del
siglo XIX al XX. Se extendió un sentimiento de falta de fe en la técnica y en el poder
liberador de la ciencia. Los artistas volvieron sus ojos a la naturaleza y a los ideales
románticos, y reivindicaron la libertad creadora y el retorno a la intimidad. Los jóvenes
escritores expresaron en sus obras la angustia vital, la preocupación por la muerte y el
paso del tiempo. Esta nueva sensibilidad se manifestó en un profundo cambio de los
valores intelectuales y estéticos.
229
El cambio de valores intelectuales
230
Es importante destacar que estos cambios en el ámbito intelectual y cultural de
fines del siglo XIX y comienzos del XX, lo que hicieron en definitiva, fue manifestar la
crisis del mundo liberal y burgués del largo siglo XIX. Todo ello derivó en un siglo XX,
marcado por la violencia que explotó en la Gran Guerra como punto de inflexión. Se
inició “la era de las catástrofes”, de las masas populares, de nuevos vínculos con los
líderes políticos y de nuevos modos de entender y hacer política.
231
LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1914-1918)
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2021.
Entre 1815 y 1914, Europa había vivido casi un siglo sin guerras de gran magnitud.
Las grandes potencias consagradas tras el Congreso de Viena (Gran Bretaña, Prusia,
Austria, Rusia y Francia) no volvieron a enfrentarse entre sí desde 1789 en la guerra
desatada por la Revolución Francesa. En sólo un conflicto participaron más de dos
grandes potencias: la guerra de Crimea (1853/54-1856) en la que entraron en liza Rusia
contra Gran Bretaña y Francia. Rusia deseaba apoderarse de territorios otomanos con
mayoría de población cristiana ortodoxa. Los británicos, franceses y piamonteses
apoyaron a los turcos para frenar el expansionismo ruso. En esta contienda se hizo un
amplio uso de las trincheras. Luego de este enfrentamiento las guerras del siglo XIX
habían sido breves, lo habitual era que duraran algunos meses o incluso semanas, por
ejemplo, la guerra entre Prusia y Austria ocurrió entre junio y agosto de 1866 y fue
conocida como la Guerra de las Siete Semanas. La excepción a la brevedad fue la guerra
franco-prusiana que duró diez meses desde julio de 1870 hasta mayo de 1871. A partir
de este último enfrentamiento Europa no vivió grandes conflictos pero comenzó una
etapa de tensión en las relaciones internacionales que se conoce como paz armada, en
las que las rivalidades imperialistas y el nacionalismo de la época, alimentaron una
constante carrera armamentística, un sistema de alianzas amenazante y una opinión
pública chauvinista. En estas características podemos encontrar las causas profundas
de la Primera Guerra Mundial (PGM). El escenario donde todos estos factores se
articularon para la catástrofe fue la Europa oriental, donde había dos imperios en
decadencia: el otomano y el austro-húngaro. Allí cada una de las potencias industriales
de la Europa occidental trató de tener una parte del Imperio otomano, a la vez que cada
una de las nacionalidades sometidas a turcos y a austriacos querían su Estado propio.
Esto provocó sucesivas crisis de la región. Estas nacionalidades contaban con el apoyo
de estas grandes potencias, las que multiplicaron el conflicto a escala mundial cuando
estalló la crisis del asesinato del heredero al trono austriaco en 1914. En esta región
podemos encontrar las causas de que desataron la Gran Guerra en el mediano y corto
plazo.
232
geográfica, formada por bloques multilingües, multiculturales, multireligiosos y
multiétnicos que formaron los espacios de los imperios austro-húngaros, otomano,
ruso y alemán. Esta región se vio afectada por la debilidad del Imperio Otomano para
contener esa diversidad. Su decadencia afectó asimismo el devenir del imperio
Austro-húngaro y el imperio ruso. Las disputas entre los emergentes estados
balcánicos, tanto entre ellos como contra los imperios de la región, fueron
multiplicadores de violencia al estar aliados a las grandes potencias. Cuando en 1908,
Austria apoyada por Alemania, se anexó Bosnia ante la protesta de Rusia y Serbia, la
región se convirtió en un polvorín. Así despertó el apetito imperial de Italia que
reclamó una porción del imperio otomano. En 1911 los italianos invadieron Tripolitania
y Cirenaica (actual Libia), si bien fue un hecho marginal, demostró la debilidad turca y
envalentonó a los pueblos balcánicos que buscaban independizarse de los otomanos.
Un año más tarde, estalló la primera guerra de los Balcanes. En ella se enfrentaron la
Liga Balcánica –Serbia, Bulgaria, Montenegro, Grecia- con el apoyo de Rusia, contra el
Imperio otomano que perdió todos sus territorios en Europa. En 1913 ocurrió una
segunda guerra balcánica, Bulgaria se enfrentó a sus antiguos aliados y fue derrotada.
Serbia fue la más favorecida. Esto preocupó al emperador austro-húngaro. El temor
radicaba en que Serbia se convirtiera en una fuerza de atracción para los pueblos
eslavos que estaban bajo su dominio. Reprimirla lo más pronto posible era una
necesidad para los austro-húngaros. El problema era que Serbia contaba con el apoyo
de Rusia, Grecia y Rumania. Según el historiador francés, Marc Nouchi, la cuestión de
Oriente, recurrente desde 1830, no dejaba de reactivarse envenenando las relaciones
internacionales. Todos los ingredientes de una nueva crisis internacional estaban
servidos desde 1913. La continuidad era total entre los elementos de 1912-1913 y los de
junio de 1914. Estos acontecimientos y sus protagonistas parecen marginales, pero al
estar aliados con las principales potencias aumentaron las tensiones y desataron la
primera guerra suicida de Europa arrastrando al resto del mundo.
233
dependía del apoyo del Imperio alemán.
El emperador Guillermo II, seguro de la superioridad de las fuerzas alemanas y
convencido de la neutralidad inglesa, respaldó a los austro-húngaros en su afán de
castigar a los serbios. Austria entregó su ultimátum a Serbia e inmediatamente el
imperio ruso intervino para defender a su aliada. La guerra salió del marco balcánico y
se convirtió en un conflicto europeo, donde el funcionamiento automático de las
alianzas desató la Gran Guerra.
El desmadre tiene los siguientes protagonistas: de un lado la Dúplice (Alemania y
Austria-Hungría) a la que se les une el Imperio Otomano y Bulgaria. Del otro lado la
Triple Entente, con Francia, Gran Bretaña (que decidió unirse tras la invasión alemana
a Bélgica) y Rusia (hasta el estallido de la revolución bolchevique en 1917). A este
bando se unieron Grecia, Rumania, Portugal, Italia (a partir de 1915) y Japón
(interesado en ocupar posiciones alemanas en el Extremo Oriente y el Pacífico
occidental). Para conseguir el apoyo de la comunidad judía internacional Gran Bretaña
les prometió Palestina como espacio patrio (esta iniciativa inglesa motivó el
enrolamiento de una cincuentena de voluntarios argentinos en la Legión Judía hacia
1918). En 1917 Estados Unidos se sumó al conflicto. Los norteamericanos presionaron a
los países latinoamericanos a entrar en la lucha. Algunos de ellos rompieron relaciones
con las potencias centrales, otros le declararon la guerra y sólo uno, Brasil, envió tropas
(aunque llegaron cuando el armisticio ya estaba firmado). Los canadienses,
australianos y neozelandeses pelearon junto a los británicos y forjaron su conciencia
nacional en esta conflagración. Los indios y los gurkas nepaleses fueron enviados a
Europa y al Próximo Oriente a pelear por su metrópoli, Gran Bretaña y los senegaleses
hicieron lo propio por Francia. Con la guerra naval se adquirió una dimensión mundial
desde lo geográfico, se llegó a combatir en las costas de Chile y alrededor de las islas
Malvinas.
La dimensión mundial resultó una característica singular que atrapó a todo el
mundo, tanto como un protagonista directo o cómo un espectador afectado por la
violencia. Si bien, en el siglo XVIII, Francia y Gran Bretaña habían usado gran parte del
globo terráqueo (en la India, en Europa, en América del Norte) como escenario de sus
enfrentamientos, todo eso cambió en 1914 por la magnitud del conflicto. En esta guerra
participaron todas las grandes potencias y todos los estados europeos excepto España,
los Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza. A pesar de estar al margen de la
conflagración, Latinoamérica fue afectada en su economía entrando en una fase de
desempleo, inflación y conflictividad social.
234
El primer conflicto mundial, comenzó como un enfrentamiento clásico entre
Estados, pero las formas inéditas e inesperadas en que se desarrolló conmocionaron a
los contrincantes. La reacción inicial de los combatientes reveló una cultura y una
mentalidad típica de la Europa del siglo XIX, aristocrática e imperial, contrariada al
observar cómo la “barbarie”, propia del mundo “no civilizado” extraeuropeo se
desataba dentro de Europa. Según el jus publicum europaeum (derecho público
europeo) se consideraba al mundo no europeo como un espacio colonizable; las
guerras de conquista e incluso las masacres en las colonias eran, a ojos de los europeos,
“guerras justas” en nombre del derecho natural (de comercio, de circulación y de
propiedad). En este sentido, las matanzas que acompañaron la historia del
colonialismo se justificaron y constituyeron en modelo para las guerras totales del siglo
XX. Muchos oficiales hicieron sus primeras armas en las guerras coloniales y
trasladaron esa experiencia a Europa. Así las cosas, la guerra de 1914 dejó de ser un
asunto de caballeros. En sus orígenes, esta contienda fue la última conflagración del
siglo XIX a la vez que fue la cuna del siglo XX.
El ataque a los civiles se dio en los dos bandos. La violencia del ejército prusiano
cruzó un umbral hasta entonces desconocido en el manejo de la guerra, al convertirla
en una guerra contra los civiles, sobre todo a partir de la invasión a la neutral Bélgica.
La violencia contra los civiles no tardó en aparecer en el lado de la Entente: el ejército
zarista deportó hacia el interior de Rusia a lituanos, letones, judíos y polacos. Los
bloqueos navales británicos, tenían entre sus objetivos la muerte por inanición de los
civiles alemanes. Estas prácticas anunciaban la mutación hacia una guerra total que
incluye a la población civil en la agresión.
El inicio del enfrentamiento había señalado el triunfo de una concepción del
honor y del heroísmo expresado en el lema “morir por la patria”. Pero este ideal no
sobrevivió ante los horrores de la masacre tecnológica y de la muerte anónima en
masa. La guerra no fue sólo un conflicto entre ejércitos, fue también una guerra entre
el hombre y la máquina. Del campo del honor se pasó al matadero. De acuerdo con el
código de honor inaugurado por los guerreros homéricos, la muerte era el precio para
alcanzar la gloria (el kleos). La patria no olvidaría el sacrificio del héroe, lo recordaría
con monumentos y ceremonias. Pero, batallas como la del Somme, con un saldo de un
millón de muertos hicieron cambiar esta idea. Del mito de la muerte heroica se transitó
a la conmemoración del “soldado anónimo” o “soldado desconocido” (así se llamó a los
cadáveres irreconocibles producto de la masacre tecnológica, símbolos de la guerra
total). Esta mutación representó la fisura entre la modernización de la sociedad y la
persistencia de antiguas mentalidades en las jerarquías militares, formadas por élites
aristocráticas y colocadas al mando de ejércitos de masas.
235
el temor a un bloqueo económico habían llevado a los responsables alemanes a
imaginar desde antes de 1914 la movilización de su economía. Se creó una oficina de
materias primas de guerra que abarcaba el conjunto de la producción. En 1916, el
“Programa Hindenburg” estatizó un poco más la economía sometiendo a todas las
empresas ya cartelizadas a una oficina de guerra. Un año más tarde, el alto mando
estableció virtualmente una dictadura apoyada por los conservadores, los magnates de
la industria pesada y la burocracia guillermiana. De este modo, a pesar del bloqueo
británico, el Reich pudo disponer de las armas y las municiones necesarias. Sin
embargo, los civiles sufrieron racionamientos y penurias de todo tipo, sobre todo a
partir de 1916. Por otro lado, Alemania recurrió a prisioneros de guerra (1.600.000 en
1916) para experimentar un sistema de trabajo forzado en la Polonia rusa y en Bélgica.
Estas deportaciones desprestigiaron al Reich.
En Francia también, aunque menos sistemáticamente, los poderes del Estado
organizaron el esfuerzo de guerra. A fines de 1915, el Ministerio del Armamento a cargo
del socialista Albert Thomas, estableció los planes de pertrechos militares coordinando
las industrias privadas, controlando la mano de obra, las materias primas y los precios.
Se instauró un sistema de comisiones mixtas de arbitraje y de delegados de talleres.
Según su promotor, esta medida asociará la clase obrera a la organización de la
producción.
En los países anglosajones, la centralización y la tutela de los poderes públicos
fueron menos rígidas y más pragmáticas: el presidente norteamericano Woodrow
Wilson confió a Bernard Baruch, conocido como “El lobo solitario de Wall Street”, el
trabajo de adaptar el aparato productivo a las necesidades aliadas. Además, un Consejo
de Defensa Nacional tenía autoridad sobre el avituallamiento, el petróleo, el flete y las
industrias de guerra.
En todas partes, las necesidades crecientes de armamentos llevaron a los
gobiernos a organizar el mercado de trabajo, que estaba escaso de mano de obra debido
a la movilización de los hombres para el frente de guerra. Como solución se produjo
una feminización del trabajo. Otro recurso fue el empleo de “asignados especiales”
–soldados con una especialización industrial- para resolver las dificultades de la oferta
de trabajo. También se mejoró la organización laboral. Para 1917 el Estado creó
procedimientos de conciliación entre los interlocutores sociales para evitar huelgas. En
Estados Unidos, sindicalistas y patrones trabajaron en estrecha relación en las War
Office.
Todas estos cambios abrieron una nueva era en la historia del capitalismo, la de
la regulación monopolística estatal: la extensión de las funciones gubernamentales era
excepcional, ya que las grandes libertades que estructuraban la economía de mercado
se interrumpieron a causa de la guerra. Cuando volvió la paz, todos estos organismos
estatales desaparecieron, pero durante más de cuatro años el Estado se convirtió en
regulador de la economía.
La PGM también inauguró, a gran escala, lo que podría llamarse la
transnacionalización de la contienda, o la apertura de los frentes interiores. Esto
implicaba, que cada bando trataba de restar fuerzas al otro buscando aliados en el
interior de la sociedad enemiga, fuesen estos de tipo ideológico-social (partidos y
estratos sociales con un proyecto diferente al de la elite dominante) o nacionales (con
grupos lingüísticos y culturales con esperanzas separatistas o a través de prometer
236
reivindicaciones territoriales). Para el primer caso tenemos el ejemplo del apoyo
económico alemán a los bolcheviques. La revolución de octubre de 1917 y la posterior
paz de Brest-Litovsk parecieron coronar la estrategia alemana de penetración y
desintegración del frente ruso y el abandono de la guerra. Para el segundo caso, los
alemanes tentaron a los irlandeses en contra de los ingleses, a los mexicanos
prometieron la devolución de los territorios anexados por Estados Unidos en el siglo
XIX y a los argentinos las islas Malvinas. Los ingleses hicieron lo propio con los países
árabes con vistas a debilitar al imperio otomano.
En medio de este clima de guerra, los residentes de países enemigos o los
connacionales del bando contrario fueron percibidos como potenciales traidores a la
nación y susceptibles de ser recluidos en su calidad de extranjeros indeseables. O algo
peor. Dentro del Imperio otomano se llevó a cabo el genocidio de más de un millón de
armenios. Se los acusó de estar aliados a los rusos en su calidad de cristianos, y de ser
solidarios con los armenios del ejército zarista. Una larga historia de persecuciones
encuentra su epílogo en el contexto de una guerra total y el radicalismo del
nacionalismo turco. Este crimen fue el acta de nacimiento de la actual Turquía como
un Estado-nación de tipo occidental en reemplazo del antiguo imperio otomano y su
composición multinacional. La filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt
explica que la transformación del Estado, de instrumento de la ley a instrumento de la
nación, dio origen a los apátridas (miembros de naciones que no tienen entidad
política, o sea un Estado, o sea individuos sin patria) quienes se encuentran “fuera de la
ley” no por criminales sino por no tener derechos políticos al no contar con un Estado
que vele por ellos.
Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff, fueron generales alemanes a cargo de
las estrategias militares, del avituallamiento de la población y de las relaciones con los
aliados de Alemania. Esta pareja funcionó como un tándem, adquiriendo popularidad
entre la sociedad y cada vez más poder dentro del Estado. Con esta dupla Alemania
vivió una “Dictadura Silenciosa”. Con ellos la dirección de la guerra se endureció. Se
deportaron más trabajadores belgas, se censó a los judíos alemanes movilizados en el
frente y la retaguardia, sospechosos de formar parte de una Internacional judía
atentatoria contra la seguridad del Reich y se decidió la guerra submarina a ultranza.
En 1917, el centro de gravedad de la guerra cambió de dirección. Se desplazó hacia
el Atlántico donde los submarinos alemanes atacaron a los mercantes aliados que
transportaban avituallamiento desde Estados Unidos y desde América Latina. Esta
guerra submarina tuvo un coste diplomático para Alemania: la opinión pública
norteamericana se conmovió ante los ataques contra barcos neutrales y los hombres de
negocios se inquietaron y temieron que los préstamos que hicieron a la Entente no
puedan cobrarse en caso de triunfar Alemania y Austria-Hungría (ahí estarían los
motivos del ingreso norteamericano a la contienda). En este contexto unos cuantos
barcos con bandera argentina fueron hundidos. El gobierno argentino decidió
mantener la neutralidad y hacer las reclamaciones correspondientes al Imperio
alemán. No obstante, la situación de Yrigoyen se complicó cuando Estados Unidos
–para presionar al Estado argentino a declarar la guerra- difundió varios telegramas
dirigidos al káiser por el conde de Luxburg, representante alemán en el país. En ellos
recomendaba el hundimiento de buques con pabellón argentino “sin dejar rastro”.
237
V. El armisticio de 1918
238
VI. Lo que la guerra y la paz dejaron
El primer tratado de paz que se firmó fue el de Brest-Litovsk (1918), entre Rusia y
las potencias centrales. Los líderes de la revolución de octubre Lenin y Trotski, hicieron
un llamado de paz a los dos bandos en base al derecho de los pueblos a disponer de sí
mismos. El fin de la guerra era una promesa que los bolcheviques debían cumplir a
soldados, obreros y campesinos para poder mantenerse en el poder. Pero temían las
pérdidas territoriales a partir de lo que pudieran demandar los Estados beligerantes.
Esto suscitó divisiones dentro de los revolucionarios de octubre. Convocar a todos los
contrincantes a deliberar sobre el fin de la contienda era la jugada. Sabían que ni
Francia, ni Alemania, ni Gran Bretaña aceptarían un armisticio sin conquistas. Pero
continuar con la guerra, justificaría una guerra defensiva y provocaría la rebelión de
los proletarios europeos contra los gobiernos que quisieran seguir peleando. Este era el
plan en teoría. Sin embargo, la Entente rechazó el ofrecimiento y los bolcheviques
tuvieron que negociar solo con las potencias centrales. Se eligió la ciudad bielorrusa de
Brest-Litovsk que, en ese momento, estaba bajo dominio alemán. Austriacos y
alemanes aceptaron el principio de autodeterminación de los pueblos a través de
plebiscitos (o sea mediante la votación popular y con el apoyo masivo del pueblo). Para
hacerlo transparente y sin presiones, los rusos solicitaron el retiro de las tropas
germanas de las zonas ocupadas. En este punto no se pusieron de acuerdo y se
dilataron las conferencias. Hasta que los alemanes firmaron la paz por separado con
Ucrania que se había rebelado contra los bolcheviques. Así las cosas, Rusia firmó la
paz. Ucrania, Finlandia, lograron su independencia, Rusia renunciaba a Livonia y
Curlandia (las actuales Estonia, Letonia y Lituania), también resignó Polonia. Estos
países fueron gobernados por príncipes alemanes y se transformaron en satélites de
Alemania. A la vez la Rusia bolchevique cedió territorios al imperio otomano. Este
tratado se anuló tras la derrota de las potencias centrales.
Los tratados de paz entre los vencedores y cada uno de los perdedores se
firmaron en París y llevaron nombres de los palacios o mansiones donde se firmaron
(Versalles, Saint Germain, Trianon, Neuilly, Sèvres) y se basan en los “Catorce Puntos”
propuestos por el presidente norteamericano Woodrow Wilson: abolición de la
diplomacia secreta; libertad de navegación en todos los mares, tanto en tiempos de paz
como en la guerra; libertad de comercio; reducción de armamentos; satisfacción de las
“justas pretensiones coloniales”; evacuación del área rusa ocupada por las potencias
centrales; restauración de la soberanía de Bélgica; restitución a Francia de
Alsacia-Lorena; rectificación de las fronteras italianas según el principio de las
nacionalidades; independencia de los pueblos de Austria-Hungría; evacuación de
Rumania, Serbia y Montenegro; independencia de Turquía, apertura de los Estrechos e
independencia de los pueblos no turcos del Imperio otomano; creación de un Estado
polaco independiente con libre acceso al mar; fundación de una Sociedad de Naciones
239
o Liga de las Naciones que garantice la paz general.
El tratado de Versalles, sintetizaba un compromiso entre las aspiraciones
máximas de los enemigos más encarnizados de Alemania y los principios wilsonianos.
En lo territorial, Francia recuperó Alsacia-Lorena, una amplia zona de la parte oriental
de Alemania pasó a formar parte de Polonia (que volvió a tener entidad política
independiente) con acceso al mar conocido como el “corredor polaco” (esta franja de
territorio separa Prusia Oriental del resto de Alemania). Se ocupó militarmente una
parte de la zona occidental (el Sarre quedó por quince años bajo administración de la
Liga de las Naciones); sus posesiones de ultramar fueron repartidas entre británicos,
franceses y japoneses, aunque debido a la impopularidad del imperialismo se las
denominaron “mandatos” en vez de “colonias”. En lo militar, se impidió que Alemania
tuviera una flota importante y una fuerza aérea, además se redujo su ejército a 100.000
hombres; en lo económico, las reparaciones exigidas por los vencedores implicaron la
entrega de buena parte de sus flota comercial, y la obligación de efectuar pagos anuales
en divisas, por un monto cuya determinación fue objeto de varias conferencias; como
garantía de pago se ocuparon tres zonas alemanas en la orilla izquierda del Rhin, esta
zona se desmilitarizó recién en 1930.
El tratado de Versalles también preveía llevar a una corte penal internacional a
cientos de responsables alemanes acusados de crímenes de guerra, entre ellos figuran:
el emperador Guillermo II, el canciller Bethmann-Hollweg, los generales Hindenburg y
Ludendorff. Pero este proceso no tuvo lugar, a causa de la desaprobación alemana, pero
también de la negativa de Holanda a extraditar al emperador derrocado. Un simulacro
de proceso se realizó en Leipzig, en 1921, contra algunas decenas de criminales de
guerra, resultando en numerosas absoluciones y algunas condenas simbólicas,
seguidas de liberaciones precoces.
El tratado de Versalles incluía una cláusula inusual, la culpabilidad de Alemania
y sus aliados en los orígenes de la contienda, y por lo tanto responsables de pagar los
daños y las deudas de los países vencedores. Esta era una interpretación unilateral que
dio motivos para su revisión.
Los estudios de Marc Nouschi acusan por igual a todos los que participaron del
conflicto. Si bien todas las grandes potencias europeas cometieron errores en 1914,
cuatro de ellas llevaron el mayor peso de la responsabilidad: Serbia, Austria-Hungría,
Rusia y Alemania.
Versalles fue el modelo al que se ajustaron los demás tratados. Contrario a lo que
se cree, los tratados con los aliados del imperio alemán fueron más duros que el
firmado por Alemania. Austria, Hungría y Bulgaria sufrieron mayores pérdidas
territoriales. Alemania perdió un 13, 5% de su superficie (esto es Alsacia-Lorena y una
franja de salida al mar para Polonia) y un 10% de su población.
El tratado de Saint Germain establecía la paz con Austria, ésta quedó reducida al
73% de su superficie, con una homogénea población germana, también tuvo que pagar
reparaciones de guerra, y por una cláusula tenía prohibido unirse con Alemania y se
redujo su ejército a 30.000 efectivos. Antes de la guerra el imperio tenía una población
de 51,39 millones de habitantes, ahora la nueva Austria contaba con 6,5 millones.
Perdió sus zonas proveedoras de alimentos y materias primas y sus mercados para sus
productos industriales. Ante este panorama el Parlamento austríaco reclamaba la
unión con la patria alemana, incluso un día antes del armisticio (10 de noviembre de
240
1918) y a pesar de la prohibición del tratado.
El tratado de Trianon se firmó con Hungría, también implicó la reducción de sus
ejércitos, el pago de reparaciones y la cesión de territorios que fue peor. Perdió el 66%
de su territorio a favor de los checos, rumanos y serbios. Un botón de muestra: 103.000
km2 de territorio húngaro pasaron a engrosar a Rumania, con lo que Hungría quedó
reducida a 93.000 km2. En cuanto a su población sólo conservó un 25% de antes de la
guerra.
El tratado de Neuilly hizo lo propio con Bulgaria, reducción de tropas y cesión de
territorios. La mayor parte de Macedonia fue para Serbia, Dobruja para Rumania,
Tracia para Grecia. También perdió su salida al mar Mediterráneo.
El tratado de Sèvres con Turquía anulaba la presencia otomana en los países
árabes y establecía la reorganización del Próximo Oriente según principios
imperialistas convencionales, pero con nuevo léxico. Gran Bretaña y Francia, ejercieron
mandatos: Irak para la primera, Siria y Líbano para la segunda. En este reparto
también fue beneficiada Grecia con parte de la costa de Anatolia sobre el Egeo, una
zona recuperada por Turquía tras el tratado de Lausana (1923).
La paz implicó la reestructuración de grandes zonas de Europa. Se crearon
nuevos países sin precedentes históricos: Yugoslavia y Checoslovaquia. Serbia recibió
una salida al mar a través de Bosnia; para evitar que la condición de eslavos y
cristianos ortodoxos de los serbios siguiera manteniendo vínculos afines con los rusos
se construyó una Yugoslavia con eslovenos (provenientes del lado austríaco) y croatas
(provenientes del lado húngaro) ambos grupos católicos y cercanos culturalmente a
“Occidente”, más un reino independiente: Montenegro. Checoslovaquia se formó con
los territorios checos, antiguo núcleo industrial del imperio austriaco, las zonas rurales
de Eslovaquia y Rutenia (húngaras). Se amplió Rumania y se reconstruyó Polonia (con
territorios de los austriacos, rusos y alemanes).
Desde el punto de vista de la historia del nacionalismo, los tratados de paz y la
reorganización de los imperios disueltos, implicó una nueva “primavera de los pueblos”
como la que había surgido en 1848, pero ahora en la década de 1920. El futuro de esta
nueva geografía política dependía de las relaciones entre las grandes potencias. Por
ello, la Liga de las Naciones aparecía como el coronamiento de este proceso. Con ella se
buscaba la resolución de los conflictos a través de la negociación y la cooperación
multilateral. La estructura de la Liga reflejaba el viejo concepto estratificado del
equilibrio de las grandes potencias y el nuevo internacionalismo democrático. Pero su
funcionamiento implicaba un entendimiento entre vencedores y vencidos. Si esto se
conseguía se podrían resolver los problemas que surgieran de las reparaciones y los
plebiscitos. Si esto se conseguía.
Los tratados de paz no restablecieron el equilibrio de fuerzas como había
ocurrido tras el Congreso de Viena. Allí se había reintegrado a Francia en pie de
igualdad con las grandes potencias; en cambio en la Conferencia de Versalles se decidió
castigar a Alemania. El “concierto europeo” instaurado en Viena en 1815 reposaba sobre
la existencia de grandes imperios aristocráticos. Pero para 1918-1919 ese concierto
dinástico pertenecía a otros tiempos.
Una de las consecuencias de los tratados de paz fue el desplazamiento forzoso de
casi diez millones de personas, producto de la disolución de los imperios centrales a
partir de 1919. Alrededor de un millón de alemanes fueron expulsados de los territorios
241
arrebatados al antiguo imperio alemán o huyeron de los países bálticos inmersos en
una guerra civil. Dos millones de polacos fueron desplazados y repatriados dentro de
las fronteras del Estado nuevamente creado de Polonia. Hungría, Rumania y los recién
creados Checoslovaquia y Yugoslavia recibieron cientos de miles de sus connacionales
provenientes de la disolución del Imperio austrohúngaro. El tratado de Lausana (1923)
decidió la expulsión de más de un millón de griegos ortodoxos residentes en Turquía y
de cuatrocientos mil turcos residentes en Grecia. Por el tratado de Neuilly (1919),
cincuenta y dos mil personas abandonaron Bulgaria con destino a Grecia y treinta mil
hicieron el camino inverso. Más de trescientos mil armenios que habían sobrevivido al
genocidio abandonaron Turquía. Este inmenso trastorno fue el producto de la
reformulación de las fronteras y confirmó el resultado de los enfrentamientos políticos
y de las guerras civiles que le siguieron a la primera guerra mundial. Además, los
nuevos pequeños Estados reeditaron los conflictos étnicos que vivieron durante el
imperio.
¿Qué consecuencias sociales dejó la guerra? Al cesar las hostilidades, las vivencias
de los protagonistas se dividieron. Algunos veteranos que habían vivido la experiencia
de la muerte y el valor sin rebelarse contra la guerra desarrollaron un sentimiento de
indomable superioridad, especialmente respecto a las mujeres y a los que no habían
luchado. Esto definiría la actitud de los grupos ultraderechistas de posguerra que
surgieron por doquier. En los países derrotados o disconformes con la victoria este
sentimiento se combinó con el revanchismo. En los países vencedores, la mayor parte
de los que habían participado en el conflicto –en su inmensa mayoría como reclutados
forzosos- desarrollaron un odio profundo a la guerra. Al terminar la contienda, los
políticos, al menos en los países democráticos, comprendieron con claridad que los
votantes no tolerarían un nuevo baño de sangre. Este principio determinaría la
estrategia de Gran Bretaña y Francia después de 1918. En sentido inverso y a corto
plazo, esta actitud contribuyó a que los alemanes triunfaran en sus reclamos en los
años 1930 y en su expansión en los primeros años de la segunda guerra mundial.
Por otro lado, la vida casi estática de millones de hombres en las trincheras creó
en ellos una conciencia colectiva de pertenecer a una sociedad aparte, de ser un grupo
guerrero parcialmente aislado del resto de la nación y de las experiencias normales,
unido por una prolongada camaradería que el sufrimiento común y el sacrificio
hicieron aún más profundo y duradero. Como resultado de esta experiencia surgieron
conceptos como “socialismo de sangre” y “trincherocracia”. Así emergió un nuevo actor
social definido como “clase militar civil” o más precisamente una clase de civiles
militarizados. La guerra aumentó la militancia y el desprecio a la vida humana, generó
un tipo humano nuevo: el excombatiente que no quería desmovilizarse
espiritualmente. Según el historiador francés Marc Ferro, la guerra vivida por los
combatientes tiene cronología propia. Empezó antes de los combates con las ilusiones
de gloria, después descubrió la dura realidad (las trincheras, los gases, las alambradas,
la muerte), el divorcio con la retaguardia y continuó después que silenciaron los
cañones con la solidaridad entre quienes fueron sus hermanos de armas. El ex
combatiente era un individuo resentido, un civil militarizado que no pudo volver a
insertarse en la sociedad civil al terminar el conflicto. El veterano de guerra fue
esencial en la formación del Partido Nacional Fascista y del Nacionalsocialismo alemán
y fue un individuo sensible a las críticas a la PGM, que provenían principalmente de la
242
izquierda. Muchos se transformaron o devinieron en políticos militarizados como
Mussolini o Hitler respectivamente. Algo parecido es el militar politizado que apareció
en otros regímenes pero no deben confundirse con los líderes fascistas. Mientras
aquellos son militares de carrera, los líderes fascistas eran civiles que ingresaron al
ejército por circunstancias bélicas.
243
LA REVOLUCIÓN RUSA DE 1917
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2021.
Verónica Ovejero
Hubo dos acontecimientos que marcaron el inicio del siglo XX: la Primera Guerra
Mundial (1914-1918) y la Revolución Rusa de 1917. Ambos hechos representaron el fin
de grandes imperios: el de los Habsburgo en Austria-Hungría, el Hohezollern en
Alemania y, fuera de Europa, el Imperio Otomano. Todos, derrotados en la Gran Guerra.
Por su parte, la caída de la dinastía Romanov en Rusia, como consecuencia de la
revolución, significó un hecho decisivo en la historia, no solamente porque puso fin a la
autocracia zarista, sino también porque inauguró una experiencia revolucionaria que
por primera vez desafió al sistema capitalista mundial y permitió visibilizar las
aspiraciones emancipatorias de los sectores populares, que derivaron en la
construcción de un sistema radicalmente distinto: el comunismo.
En 1917 nada hacía prever que en Rusia se produciría una revolución que daría
origen a un nuevo régimen político. La participación en la Primera Guerra Mundial
agudizó la crisis social y política del imperio, acelerando un conjunto de demandas de
sectores campesinos y obreros, pero también de grupos medios de la sociedad que se
habían forjado al calor de las reformas de finales del siglo XIX y principios del XX. Todo
hacía pensar en un proceso de cambio encaminado hacia un régimen democrático
liberal, tal como se había dado en Europa occidental. Pero un conjunto de factores
desestimó esta vía y fue imponiendo la concepción más radical e igualitarista
impulsada por los revolucionarios. Es posible rastrear el origen de la revolución en las
tensiones que emergieron en el imperio a partir del proceso de modernización
encarado por los zares y en los vínculos con el mercado mundial capitalista en plena
expansión.
El contexto prerrevolucionario
244
obligaciones para con el Mir, este sistema colectivo de explotación representaba un
respiro frente a las presiones de la nobleza terrateniente y fue considerado por sectores
de la intelectualidad como el elemento representativo de todas las virtudes místicas de
la “Rusia eterna”.
Un hecho dramático -la derrota en la guerra de Crimea (1853-1856)- impulsó al
zar y su nobleza a buscar alternativas de desarrollo material que les permitiera
compatibilizar su título imperial y su dominio social y político sobre una sociedad de
características feudales. Los esfuerzos por parte del zarismo para modernizar el
imperio comenzaron cuando, en el clima del expansionismo imperial de los Estados
modernos, se puso en evidencia la debilidad de Rusia frente a la alianza del Reino
Unido, Francia y el Imperio Otomano durante la guerra de Crimea. A ello se sumaron
los límites impuestos por Francia y Gran Bretaña para la expansión rusa en los
Balcanes durante la década de 1870. Para paliar tal situación, dirigieron sus esfuerzos a
modernizar el imperio ruso. Esto significaba seguir el camino de las naciones de
Europa occidental en pleno desarrollo capitalista. La liberación de los campesinos
siervos en 1861, resultó la medida más emblemática para dejar atrás el pasado y
modernizar el país.
Como una respuesta a las frecuentes revueltas campesinas, en 1861 el zar
Alejandro II promulgó el edicto de emancipación y fin de la servidumbre. El
campesinado, si bien había dejado atrás su condición servil, quedó subordinado a
pagar indemnización a la nobleza rural para obtener su libertad, lo que le exigió un
esfuerzo extra para conseguir los recursos suficientes a fin de saldar la deuda y
solventarse; de esta manera su condición tendió a empeorar. Para paliar la situación de
pobreza y explotación, recurrió a las antiguas formas de asociación comunitaria y a
resguardarse en la acción colectiva: las deudas fueron atendidas por la comunidad
campesina (el Mir) y no individualmente. En el proceso, los desplazados del campo se
reconvirtieron en obreros en las ciudades, con bajos salarios y peores condiciones de
trabajo, vivienda y salud; de manera tal que tempranamente tuvieron que recurrir a
prácticas asociativas para poder subsistir y mejorar sus condiciones de vida.
En tanto, el Estado recurrió al capital extranjero –sobre todo francés- para
promover el desarrollo industrial, el tendido de vías férreas y la extracción de petróleo.
El tren Transiberiano, que unió la parte europea con la asiática del imperio ruso, desde
Moscú a Vladivostok, fue la obra más importante y permitió integrar los vastos
territorios de Siberia y tener una salida rápida al océano Pacífico a partir de 1904. Así
fueron surgiendo núcleos industriales (metalurgia y textiles principalmente) y un
sistema bancario dominado por el capital extranjero que impulsaba las inversiones. El
plan modernizador fue avanzando en determinadas zonas, generando grandes
desigualdades regionales; en tanto, la producción agraria posicionaba al país como el
primer exportador mundial de granos (trigo y centeno), lo que demostraba que, a pesar
del esfuerzo por remover la antigua estructura económica-social, persistía aún el perfil
de una economía periférica. El crecimiento de la capacidad estatal resultó notable junto
al aumento de su burocracia y obras de infraestructura, lo que redundó en un
fortalecimiento del poder político de las elites nacionales y una alta dependencia del
capital extranjero. Asimismo, resultó innovador la creación de gobiernos locales o
“ZEMSTVOS”, la apertura de las universidades a nuevos sectores sociales y la
renovación social a que todas estas medidas dieron lugar.
245
Este proceso de modernización que comenzará en 1860 cobró un nuevo
impulso en la década de 1890. La industrialización rusa presentó una vía original de
crecimiento, en la cual el Estado jugó un papel central que consistió en un incremento
veloz sobre todo en sectores clave con fuerte inversión en tecnología y capital, como
ser los ferrocarriles, la explotación de yacimientos mineros y la instalación de
grandes establecimientos fabriles. La contrapartida de este desarrollo fue la
dependencia con el extranjero, tanto de fondos financieros como de nuevas tecnologías.
Esto dio como resultado el rápido aumento de una mano de obra asalariada con pasado
campesino, en grandes empresas concentradas y cartelizadas.
Junto con este proceso comenzaron también las huelgas y reclamos
característicos de un movimiento obrero en ascenso. Las ciudades más industrializadas
y que presentaban mayor cantidad de obreros fueron San Petersburgo, Moscú, las
regiones del Don, Silesia y los Urales. Además, la incipiente industrialización tuvo
también como protagonista a una burguesía muy pequeña, pero que con el tiempo fue
cobrando mayor fuerza a la vez que enarbolaba las ideas del liberalismo de occidente.
Estos novedosos actores sociales abrieron el camino a los cuestionamientos a la
autocracia zarista y comenzaron a demandar la necesidad de mayor participación
política. De estos núcleos burgueses surgirá, más adelante, el partido Kadete (Partido
Demócrata Constitucional), que promoverá la implementación de un régimen
liberal-constitucional propio de los Estados europeos.
Asimismo, se fue consolidando una intelligentsia, proveniente de sectores medios
y universitarios que, sin embanderarse detrás de un conjunto coherente de ideas o de
un partido político, comenzaron a plantear salidas a la situación de atraso, pobreza y
falta de libertades por la que atravesaba Rusia. En la segunda mitad del siglo XIX se
difundieron tempranamente ideas que se oponían al desarrollo capitalista. La
influencia de Carlos Marx con su libro El Capital se hizo cada vez más manifiesta y por
consiguiente los debates acerca de la pertinencia de las propuestas del socialismo
empezaron a manifestarse con fuerza teniendo en cuenta la tradición colectivista de la
comuna campesina como una alternativa al capitalismo. Fueron estos “intelectuales”
los que encararon la tarea de promover el cambio social, planteando la necesidad de “ir
al pueblo”, lo que significaba tomar contacto con el campesinado, considerado el
artífice del cambio. Dentro de este grupo se destacaron los populistas o Narodnik
(Amigos del Pueblo), quienes sostenían que el campesinado era el elemento
constitutivo del alma rusa y por ello, en él radicaba el germen revolucionario. Este
grupo cobró fuerza a mediados del siglo, luego de la derrota en la guerra de Crimea, en
un clima de creciente conflictividad social. Se oponían a una salida capitalista ya que
consideraban que las consecuencias de la industrialización postergaron aún más la
liberación del campesinado. Sus objetivos giraron en torno a la necesidad de poner fin a
la autocracia, acompañado de un proceso de igualación social y democracia política que
encontraba sus raíces en la estructura del Mir y los valores de la comuna rural rusa.
Del mismo modo, su objetivo de construir un socialismo en Rusia, los hacía rechazar
un modelo político liberal-burgués y volvían siempre a contraponerse con la estructura
del Mir. Fueron importantes también los aportes teóricos revolucionarios de los grupos
anarquistas, que postularon la autoorganización y la democracia directa para superar
al capitalismo y la presencia del Estado y de la Iglesia Cristiana Ortodoxa.
Hacia 1879 los populistas sufrieron una fractura que condujo a una de sus ramas
246
a adoptar la vía de la acción terrorista -el grupo “Voluntad del Pueblo”- que, como
medio para desestabilizar al zarismo, atentó contra la vida del zar Alejandro II en 1881.
Su asesinato profundizó la represión por parte del régimen contra estos grupos y
muchos de sus miembros fueron apresados y condenados a muerte o debieron
exiliarse. En ese exilio muchos de ellos se aproximaron a las ideas marxistas que
circulaban en Europa.
Hacia la década de 1890 emergieron nuevos grupos políticos marxistas que se
diferenciaban de los populistas, en tanto rechazaban la vía terrorista y consideraban
que la industrialización era un elemento necesario para consolidar un proletariado
como clase revolucionaria. También discutían con los populistas el carácter socialista
de la comuna rural (Mir), en tanto ésta había comenzado a sufrir transformaciones
debido al avance de las relaciones capitalistas en el campo, que iba produciendo la
formación de un incipiente sector de propietarios agrícolas o kulaks, que corrían con
mayores ventajas por sobre un campesinado pobre preocupado por el autoconsumo
antes que en el mercado. Este proceso representó además el comienzo de una paulatina
desintegración de la comunidad rural o Mir. De esa manera, los marxistas ponían en
duda el compromiso de aquellos campesinos propietarios para con un proceso
revolucionario. En esa línea, hacia 1898 se fundó, en un congreso clandestino en la
ciudad de Minsk, el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), que aspiraba a
constituirse en un gran partido de masas y organizar la lucha sindical y política de la
clase obrera. En esos años hizo su aparición uno de sus líderes, Vladimir Ilich Uliánov,
conocido como Lenin, quien se encontraba deportado a Siberia. Hacia 1901 editaron el
periódico “La Chispa” con la idea que: “De la chispa surgirá la llama”; y, al año
siguiente, Lenin publicó el libro Qué Hacer, donde postulaba la necesidad de constituir
al partido en la vanguardia del proletariado que construyera la nueva sociedad
comunista incluyendo al campesinado y a todos los explotados del sistema capitalista.
En este sentido, se oponía al resto del POSDR, al que acusaba de “economicista”, por
persistir solo en la lucha reivindicativa de los obreros, lo que implicaba un carácter
meramente reformista, que esterilizaba la lucha por una sociedad igualitaria. Esta
diferencia produjo, hacia el interior del partido, la división entre Bolcheviques
(Fracción mayoritaria liderada por Lenin) y Mencheviques (Fracción minoritaria) y
persistió hasta 1912.
La singularidad de este partido estuvo dada por la rigidez en su estructura
organizativa, fuertemente centralizado y disciplinado ya que consideraban que éstas
eran condiciones necesarias para el accionar revolucionario. Debido a la represión del
régimen zarista, estos grupos debieron actuar muchas veces en la clandestinidad.
Las crecientes luchas obreras que se dieron en la etapa 1890-1914 consolidaron la
identidad de un proletariado con un perfil revolucionario debido, en gran medida, a la
intransigencia de los zares que no dejaban otra alternativa que la confrontación. A
partir de allí, los partidos de izquierda, el Social-Revolucionario (conformado por
populistas y nacionalistas) y el Partido Obrero Socialdemócrata buscaron ganarse la
confianza y el apoyo tanto de obreros como de campesinos.
247
1905: El paso previo a la revolución
Luego del asesinato del zar Alejandro II, le sucedió en el trono Alejandro III
(1881-1894). Este se propuso frenar el proceso modernizador en marcha, a la vez que
ajustar los principios de la autocracia zarista, combinándolos con un plan de
rusificación del territorio que consistió en la imposición de la lengua rusa como lengua
oficial. Esta medida no contemplaba a los diversos grupos étnicos del imperio que
hablaban diferentes lenguas. Asimismo, comenzaron a generalizarse persecuciones
contra los judíos (pogroms), a la vez que se impuso la religión cristiana ortodoxa y se
prohibieron otros credos. Estas políticas fueron continuadas en parte por el zar Nicolás
II (1894-1917), sobre todo la referida a conservar el “poder autocrático supremo”,
desconociendo de ese modo las demandas de ampliación de derechos civiles y políticos
que los diferentes grupos liberales, populistas y socialistas hacían cada vez más
evidentes.
El año 1905 resultó clave para los revolucionarios. A principios de enero los
obreros realizaron huelgas y protestas con el objeto de reclamar por mejores
condiciones de vida, la jornada laboral de 8 horas y salarios dignos. El domingo 9 las
tropas del zar reprimieron una manifestación obrera en San Petersburgo con un saldo
de doscientos muertos, lo que enervó no tan solo a los trabajadores sino también a
otros sectores sociales excluidos del poder autocrático que requirieron reformas
políticas de orden constitucional surgiendo nuevas formaciones políticas como el
Partido Demócrata Constitucional (Kadete) de orientación liberal en representación de
la emergente burguesía fruto de la modernización capitalista, que reivindicaba la
convocatoria de una asamblea constituyente y una suerte de monarquía
parlamentaria.
La guerra que Rusia sostenía con el imperio japonés (1904/1905), en aras de la
expansión imperial por el control de la península de Corea y la región de Manchuria en
la zona asiática, resultó catastrófica para el ejército ruso, lo que introdujo gran
descontento en las tropas que realizaban el esfuerzo bélico y sufrían las mayores
penurias de la guerra. Una situación que se expresó con fuerza en la célebre película
“El acorazado Potemkin” (del cineasta Sergei Eisenstein en 1925).
La situación obligó al zar Nicolás II a realizar reformas para contener la crisis. En
septiembre convocó a elecciones para elegir un parlamento: la Duma. Pero al tratarse
de un sistema electoral restringido, que dejaba afuera a las clases populares, provocó
un fuerte rechazo que se expresó en una huelga general con extensas movilizaciones
sostenidas por una nueva forma organizativa: los soviets o consejos obreros que
contenían antiguas prácticas comunitarias del mundo rural, combinadas con acciones
democráticas directas. El clima de protesta se extendió en los medios urbanos, pero
terminó impactando en los soldados y campesinos agraviados por las penurias y la
necesidad de tierras. En principio, los soviets fueron organizaciones propuestas para
dirigir las huelgas y movilizaciones, pero, al persistir los conflictos, derivaron en
representación política de los trabajadores en virtud de su carácter amplio y
espontáneo.
El movimiento de protesta comenzó a ser desbaratado hacia octubre de 1905 por
el zar, cuando propuso eliminar las limitaciones del voto para las elecciones de la
Duma; que nunca llegó a constituirse en una monarquía constitucional. Los soviets
248
fueron disueltos tras una dura represión que no escatimó en detenciones y
deportaciones; en tanto los partidos políticos encararon fuertes autocríticas que
acentuaron sus diferencias. En el caso de los bolcheviques, reivindicaron la necesidad
de construir una dirección centralizada del partido en vías de tomar el poder ante la
debilidad evidente de la burguesía, constituyendo los obreros la vanguardia en
representación de todos los explotados, lo que incluía a los campesinos. Los
mencheviques, fieles al marxismo, postulaban la necesidad del desarrollo del
capitalismo para ejecutar primero la revolución burguesa y pasar posteriormente a la
proletaria; en tanto, consideraban prioritario instalar la lucha de clases a través de
los sindicatos y soviets a fin de definir el campo revolucionario, poniendo en duda
la participación de las masas campesinas por su origen feudal.
De este modo, la “primera revolución rusa” de 1905 -como la denominan algunos
historiadores- dio como resultado la aparición de un elemento central para
comprender el camino hacia la revolución de 1917: la constitución de los primeros
soviets, que canalizaron las demandas de los trabajadores frente al Estado. El primero
fue el soviet de diputados obreros de San Petersburgo. Como vimos, ante las presiones
de sectores liberales y la profundización de la protesta social, el zar tuvo que hacer
concesiones entre las que se destacó la conformación de la Duma o Asamblea
Legislativa. Su composición, luego de la primera elección de representantes demostró la
brecha entre la autocracia zarista y la sociedad (179 representantes del partido Kadete,
94 representantes campesinos, 18 del partido socialdemócrata y solamente 15 fieles al
zarismo). Al margen de esta representación partidaria, en el seno de esta revolución
liberal surgieron dos alas: los “octubristas”, conformes con las concesiones del zar y los
“Kadetes”, disconformes ya que aspiraban a obtener mayores reformas. Esto condujo a
que el movimiento revolucionario pronto pierda fuerza y la Duma sea fácilmente
neutralizada por el zar, quien contaba con la prerrogativa de disolverla siempre que
fijara la fecha de nuevas elecciones y de convocatoria de la Asamblea. Asimismo, en los
meses sucesivos, el zar se encargó de reprimir y disolver los soviets de San Petersburgo
y Moscú.
Frente a este panorama convulsionado el zar Nicolás II, a la par de que intentó
sistemáticamente boicotear el incipiente Estado de derecho, buscó la forma de frenar el
descontento social a través de una reforma en el campo. Hacia 1906, en consonancia
con la necesidad de promover el mercado capitalista, uno de sus ministros, Stolypin,
dio impulso a un proyecto de dislocación del Mir, como modo de terminar con la lógica
de la redistribución de tierras y trabajo colectivo entre los campesinos. Esto benefició a
una pequeña minoría de campesinos (kulaks) que, con algunas ventajas, como contar
con ganado de tiro y capital, tuvo la posibilidad de encarar la compra de tierras y el
cultivo de extensiones mayores cuyos excedentes comenzaron a comercializar. De esta
manera, se fomentaba un capitalismo agrario y un sentimiento de individualismo rural
y se profundizaba el proceso de diferenciación entre campesinos pobres y ricos.
249
de masas”; además, se necesitaban respuestas políticas a los cuestionamientos a la
democracia y al creciente nacionalismo xenófobo. El imperio ruso intervino en la “Gran
Guerra” en alianza con el imperio británico y francés, en contra de los imperios
centrales de Austria-Hungría, Alemania y Turquía.
La participación de Rusia en el conflicto bélico es fundamental para
comprender el estallido de la revolución en 1917. Puso en evidencia una vez más la
debilidad del imperio, tanto en el aspecto económico como en el militar y agudizó el
descontento y la conflictividad social. Asimismo, las políticas reformistas habían
sufrido un duro revés con el asesinato del ministro Stolypin en 1911. Por su parte, la
experiencia constitucional inaugurada en 1905 había fracasado. Sin embargo, las
demandas para restituir a la Duma no se habían agotado e iban a volver con mayor
fuerza ante la mínima muestra de debilidad del zar.
Dos posturas se contraponen a la hora de analizar la situación del imperio ruso
hacia 1917. Por un lado, una línea de explicación que se asienta en la idea de que, si
bien persistían problemas, tanto de índole política como de índole económica, el
imperio zarista se encontraba en un momento de expansión del proceso modernizador
que se frustró a causa de la Gran Guerra. Otros, en cambio, sostienen que el periodo
1905-1914 marcó el fracaso de la vía liberal, ahogada por la autocracia, como de la
opción “prusiana” (gobierno conservador con algunas reformas sociales), saboteada
también por el zarismo, al no hacer concesiones a los sectores populares. Por lo que, en
vísperas de la guerra, la posibilidad del retorno de los movimientos revolucionarios era
muy amplia. De un modo o de otro, en palabras de sus contemporáneos, el contexto de
la guerra, generó la creciente sensación de que Rusia “vivía sobre un volcán”.
En 1915, los grupos políticos con representación en la Duma volvieron a fracasar
frente a la negativa del zar de designar un gobierno responsable ante la nación debido
a la ausencia del zar por ir al frente de guerra. En el seno de la Duma y en el conjunto
de los partidos políticos, la participación en la guerra había sido un tema controversial.
Mientras los diputados de la izquierda presionaban a la Asamblea para que se
pronunciara en contra de la guerra, otros apoyaron la iniciativa (el anarquista Piotr
Kropotkin y George V. Plejánov). Por su parte Lenin, cabeza de los bolcheviques,
sostenía una posición “derrotista” al plantear que el fracaso militar de Rusia en la
guerra brindaría la posibilidad de desencadenar la revolución.
La guerra agudizó las críticas al zarismo: la falta de preparación y de
equipamiento de su ejército; la prolongación del conflicto bélico en el tiempo y el
enfrentamiento y derrota frente al ejército alemán, produjo un rotundo rechazo de la
sociedad. El descontento de los trabajadores se plasmó en un incremento de huelgas y
movilizaciones, que denunciaban la incapacidad del zar para controlar la situación de
hambre y miseria existente a raíz del esfuerzo bélico.
250
y se constituyó un Gobierno Provisional, basado en la autoridad de la Duma,
encabezado por el príncipe Alexei Lvov, conformado en su mayoría por grupos liberales.
Los socialistas estaban ausentes del nuevo órgano, salvo por la participación de
Alexander Kerenski, quien asumió la cartera de justicia. Como contrapartida, los
protagonistas de la revolución encontraron representación en la conformación del
soviet de obreros, campesinos y soldados de Petrogrado. La existencia de ambas esferas
de representación fue entendida como el comienzo de una situación de “doble poder”,
en el cual el Gobierno Provisional defendía los intereses de las clases medias liberales,
mientras que los soviets representaban a la clase obrera, armada y radicalizada. A
pesar de que los soviets no contaban con la legalidad en la cual apoyar su autoridad, la
fuerza de las masas movilizadas a las que representaban, les posibilitó ejercer
presión sobre las decisiones del gobierno provisional. La tensión entre ambos
espacios de poder fue la característica principal del periodo que abarca desde febrero a
octubre de 1917.
Los principales problemas que debió enfrentar el nuevo gobierno oficial se
sintetizaban en el lema de “pan, paz y tierra”, que representaban las necesidades
elementales de la sociedad. La guerra continuaba aumentando su impopularidad; sin
embargo, el gobierno provisional no estaba dispuesto a abandonar el campo de batalla.
Por su parte, las demandas de mejoras económicas de obreros y campesinos
experimentaban un acelerado proceso de politización y probada capacidad de
movilización y lucha.
Los partidos de la izquierda coincidían en general en apoyar al gobierno
provisional para consolidar una democracia burguesa. Asimismo, durante estos
primeros meses del año 1917 se produjo el regreso de muchos revolucionarios exiliados
-en su mayoría mencheviques y bolcheviques del Partido Obrero Socialdemócrata y del
Partido Socialista Revolucionario- que anteriormente se encontraban proscriptos por el
zarismo, entre ellos Lenin, quien en abril retornó a Petrogrado. Los miembros de los
soviets, con pocas excepciones, se contentaban en reconocer en los acontecimientos de
febrero la revolución burguesa que establecería un régimen democrático-burgués,
según el modelo occidental, y posponían la revolución socialista a una fecha futura aún
indeterminada. Por ello, miembros bolcheviques, como Kamenev o Stalin, se
mostraban partidarios de cooperar con el Gobierno Provisional. Sin embargo, el regreso
de Lenin modificó esta situación. En lo que se dio a conocer como las “Tesis de Abril”,
postulaba el lema de “todo el poder a los soviets”, es decir, la necesidad de tomar el
poder para iniciar la transición al socialismo, descartando de ese modo la vía de la
“revolución burguesa”. A la vez que planteaba la consigna de comenzar el reparto de
tierras de la nobleza a los campesinos y el negociar una inmediata paz “sin anexiones
ni indemnizaciones”, que les permita salir del flagelo de la guerra. Si bien, en un primer
momento este programa no fue considerado como viable, incluso dentro del partido
bolchevique, el agravamiento de la situación y la creciente desconfianza hacia el
Gobierno Provisional, sumado al temor de que los zaristas diesen un golpe,
condujeron paulatinamente a considerar dichos postulados como una alternativa
posible.
A la incapacidad del Gobierno Provisional de resolver el tema de la guerra, debe
agregarse los problemas de la política interior, especialmente frente a dos cuestiones
que requerían inmediata resolución: por un lado, la postergación de convocar a una
251
Asamblea Constituyente que, sobre la base del sufragio universal, organizara
institucionalmente el país; por otra parte, la no resolución del problema agrario, bajo el
argumento de que una política de reparto de tierras podía provocar una deserción
masiva en el frente, agravando la situación de un ejército que se componía casi en su
totalidad por campesinos.
En ese clima, en julio, se produjo un episodio protagonizado por obreros que,
confiados en la posibilidad de tomar el poder ante el débil gobierno, dieron un paso en
falso ya que terminaron siendo reprimidos bajo la acusación de haber pretendido dar
un golpe. Si bien se discute el rol jugado por los bolcheviques en esta intentona, el
partido fue proscripto y muchos de sus integrantes debieron huir nuevamente al
exilio, entre ellos Lenin. Pero este hecho tampoco fortaleció a la Duma, que desde julio
se encontraba encabezada por Kerenski, sino que lo que siguió fue la profundización de
su crisis frente a un fortalecimiento de los soviets.
Un mes después se produjo otro confuso episodio que tuvo como protagonista al
general Lavr Kornilov, quien llevó adelante un ambiguo intento de golpe contra el
gobierno provisional. La resistencia a este movimiento por parte de los sectores obreros
y los partidos de izquierda, le permitió a los bolcheviques volver a ocupar un lugar
destacado en el escenario político y ampliar su radio de influencia en los soviets de
obreros, en tanto, en otros espacios, como en el medio rural, los socialistas
revolucionarios tenían mayor popularidad.
Hacia octubre, ante la inestabilidad y aguda crisis económica, Lenin
consideró que había llegado el momento de organizar una insurrección para tomar el
poder. Para ello contó con el apoyo de Trotsky, antiguo menchevique, quien desde junio
se había acercado al líder bolchevique y ejercía control sobre el soviet de Petrogrado. La
propuesta fue rechazada por otros camaradas, que consideraban prematura la acción
(Grigori Zinoviev y Sergi Kamenev), quienes denunciaron el plan ante la prensa. La
debilidad del gobierno de Kerenski no le permitió tomar cartas en el asunto y el plan de
Lenin pudo ser llevado a cabo. Los días 24 y 25 de octubre, la Guardia Roja
(trabajadores armados) se hizo fácilmente con el poder. La toma del Palacio de
Invierno, sede del gobierno de la Duma, representó el triunfo bolchevique. Kerenski
había partido al frente de batalla en búsqueda de refuerzos militares para impedir el
golpe, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos.
El día 25 de octubre se reunió el II Congreso Nacional de los Soviets, que aprobó
la destitución del Gobierno Provisional luego de un intenso debate entre mencheviques
y parte de los social-revolucionarios, que cuestionaban el accionar bolchevique. De ese
modo, la revolución de octubre se llevó a cabo con éxito, pero esta vez con una tibia y
reducida participación de las masas. Con ella se clausuraba la opción de un gobierno
democrático liberal en Rusia y los bolcheviques, liderados por Lenin, se hicieron con el
gobierno.
El gobierno de octubre
252
que de manera informal ya se había generalizado durante todo 1917. También se
estableció el control obrero de la producción; además, se emprendieron negociaciones
de paz con Alemania, que implicó el abandono de la guerra hacia marzo de 1918, con la
firma de la paz de Brest-Litovsk.
Estas medidas brindaron gran popularidad al gobierno, que se vio reflejada, en
parte, en las elecciones para la Asamblea Constitucional de comienzos de 1918, cuyos
resultados volvieron a mostrar que los socialistas revolucionarios seguían
predominando por sobre los bolcheviques. Sin embargo, la permanencia de la
Asamblea, tan ansiada por diferentes sectores de la izquierda, se volvió un tema
decisivo para el nuevo gobierno ya que, desde la perspectiva de Lenin su existencia
podía poner en riesgo el nuevo poder de los soviets. Por lo que concluyó que carecía de
sentido darle continuidad a la misma y la disolvió. Este gesto fue una de las primeras
manifestaciones de concentración de poder por parte del partido bolchevique, que se
profundizará en lo sucesivo.
Por su parte, el armisticio logrado con Alemania, implicó la pérdida de grandes
territorios, como la región Báltica, Finlandia, Ucrania, zonas de Transcaucasia. Esto fue
entendido por algunos grupos -como los socialistas revolucionarios- como un tratado
humillante para Rusia.
Inmediatamente después de octubre, comenzó a
aparecer el peligro contrarrevolucionario con la formación del “ejército blanco”,
organizado por antiguos zaristas que se proponían recuperar el poder con apoyo
extranjero. De este modo, el comienzo de una cruenta guerra civil marcaría todo el
periodo desde 1918 hasta 1921. Esta situación, condujo al gobierno a tomar medidas
extraordinarias para poder controlar el vasto territorio que se encontraba amenazado:
se constituyó el “Ejército Rojo”, se creó la policía política (cheka) y se prohibieron los
partidos burgueses. También comenzaron a actuar grupos que planteaban sus
reivindicaciones en términos nacionalistas en algunas regiones no rusas que habían
pertenecido al imperio. El censo de 1897 había revelado que, excluyendo el Gran ducado
de Finlandia, sólo el 44,32% de la población era de lengua rusa (la lengua materna fue
el criterio adoptado para definir la nacionalidad). El resto se distribuía en 85 grupos
lingüísticos diferentes.
Durante esta etapa los problemas se agudizaron. Las medidas adoptadas a favor
del reparto de tierras no consiguieron generar mayor producción, a la vez que la
industria bajo control de los soviets también sufrió un estancamiento. De ese modo,
frente a la crisis política y económica, Lenin llevó adelante la implementación del
“comunismo de guerra”; una política que consistió en el control de la vida económica
por parte del Estado, que incluía las requisas sobre la producción campesina y la
nacionalización de la industria. Asimismo, se puso en marcha el “terror rojo”, que
significó la represión de toda la oposición interna y el afianzamiento de un régimen de
partido único.
Hasta 1921, el poder bolchevique defendió estas medidas argumentando la
defensa de la revolución frente al peligro contrarrevolucionario. En ese lapso, el
Ejército Rojo, comandado por Trotsky, creció de tal modo que llegó a sumar cinco
millones de efectivos. El comunismo de guerra comenzó a volverse impopular en la
población, sobre todo en el campo, que rechazaba la expropiación de los excedentes
agrarios. El “Ejército Blanco”, apoyado por las potencias europeas, nunca pudo
253
capitalizar estos descontentos y paulatinamente la guerra civil comenzó a ser
controlada por los bolcheviques. Estos éxitos parciales condujeron a Lenin en abril de
1920 a plantear la opción de invadir el territorio del recién constituido Estado polaco,
con el fin de encender la llama de la revolución allí. Sin embargo, esta experiencia
fracasó y el Ejército Rojo derrotado debió firmar la paz con Polonia. A partir de allí, los
bolcheviques buscaron consolidar el triunfo en su territorio.
Con respecto a la situación de las múltiples nacionalidades existentes en la Rusia
de la revolución (Bielorrusia, Ucrania, Transcaucasia, Finlandia, países de la zona del
Báltico y territorios de Asia central), Lenin supo abordarlas postulando el “derecho a la
autodeterminación”, es decir, la garantía de que toda nación podía separarse de Rusia y
proclamarse un Estado independiente. Esta estrategia sirvió para que muchos
consideraran posible combinar la integración de la lucha revolucionaria de los
trabajadores en conjunto con la lucha por la autodeterminación. Aunque el grado de
adhesión fue diferente según el territorio.
Hacia 1921, ya en la agonía de la guerra civil controlada por el Ejército Rojo,
decantaron las trágicas consecuencias del comunismo de guerra en la sociedad rusa. La
burocratización y centralización de la industria postergaron la autogestión obrera en
pos de las necesidades de la guerra civil. Asimismo, la guerra tuvo como consecuencia
la disminución de la población proletaria. Los soviets comenzaron a ser depurados de
todos aquellos elementos considerados no bolcheviques. Opositores, tanto
reaccionarios como revolucionarios, fueron enviados a campos de deportación y
granjas penitenciarias, anticipando así la práctica que será moneda corriente durante
el stalinismo. En ese sentido, la Rusia soviética presentaba unos rasgos característicos
que perdurarán hasta su desmoronamiento en 1991: una militarización total de la
economía y la sociedad, un control ideológico tal que el ejército no pudo ser un
contrapoder y una glorificación hipernacionalista de la patria de los soviets.
Una serie de hechos fueron clave para desestabilizar, por un momento, la
hegemonía bolchevique: sucesivas denuncias de la llamada Oposición Obrera sobre la
burocratización del partido, que reclamaban el retorno del principio electivo para los
cargos de responsabilidad de los soviets, seguidas por el suceso del amotinamiento de
los marineros de Kronstadt en marzo 1921 en el puerto Báltico, y por una declaración
de huelga de obreros en Petrogrado, que sumados al movimiento de campesinos
descontentos que exigían el fin de las requisas y de la coerción del Estado, alertaron a
la dirección del partido acerca de la necesidad imperiosa de realizar un giro en su
política social y económica. Por lo tanto, Lenin tuvo que rediseñar su plan y postular
una nueva forma de organización de la economía que se denominó Nueva Política
Económica (NEP).
254
particular la del campesino medio, los kulaks. El Estado sólo mantuvo el control de
algunos sectores estratégicos de la economía, como ser los medios de transporte, los
bancos y el comercio exterior. Asimismo, surgió un grupo de hombres, los nepmen,
vinculados a transacciones especulativas que generaron algunas sospechas dentro del
partido.
La industria por su parte buscó incrementar su capacidad de producción a través
de la venta de máquinas, herramientas y bienes de consumo para los campesinos. El
objetivo era desarrollar, de manera gradual en base a un pacto entre el Estado
revolucionario y los campesinos, una industria pesada que se sostenga además en un
control estatal parcial de la economía y en la pequeña propiedad.
Luego de tres años el plan se mostró exitoso. Creció la producción agrícola y la
industrial. Sin embargo, una de las consecuencias sociales fue la profundización de las
diferencias entre los campesinos propietarios, principales beneficiarios de esta nueva
política, y aquellos que solo podían alcanzar un nivel de subsistencia. En materia
política, la NEP estuvo acompañada por la apertura a un pluralismo que contrastaba
con el periodo previo: el Estado descansó por unos años de mantener el férreo control
de la vida pública y privada, lo que posibilitó un florecimiento cultural e intelectual
durante el periodo.
Además, esta experiencia significó para el partido discutir cuál era el mejor
camino para llevar adelante un proceso de industrialización. Algunos de sus miembros
defendieron esta vía; mientras otros se opusieron, ya que consideraban que el
desarrollo agrícola debía estar subordinado al desarrollo industrial y que el Estado
debía ocupar un papel central en dicho proceso para lograr una industrialización lo
más rápida posible. Este debate cobraría mayor fuerza luego de la muerte de Lenin en
1924.
Otro eje de debate estuvo dado por la cuestión de la “revolución mundial”. Si en
un comienzo la revolución bolchevique fijó entre sus objetivos expandir la revolución a
otros países del mundo, la situación internacional hizo replantearse esta meta y
replegarse para preservar la revolución en Rusia. Con el tiempo se abandonó la
propaganda comunista en Occidente e incluso Lenin, luego de la fallida experiencia del
comunismo de guerra, buscó a través de la NEP mantener relaciones comerciales con
algunos países capitalistas.
Como parte de los debates en torno a la sucesión de Lenín, surgieron dos
posiciones enfrentadas en el seno del partido en relación a qué hacer con la revolución:
por un lado la postura de la “revolución permanente” de Trotsky, quien sostenía que la
revolución en Rusia debía ser inspiradora para encender la llama de nuevas
revoluciones proletarias en otras partes del mundo; por otro lado, Stalin, adhería a la
postura de que los compromisos con la revolución mundial se debían postergar
temporalmente para consolidar el socialismo dentro de la URSS.
El desplazamiento que hizo Stalin de sus contrincantes en la lucha por la
sucesión significó el triunfo de la idea de consolidar el comunismo en un solo país. Una
vez en el poder Stalin puso fin a la NEP como experiencia alternativa a la construcción
del socialismo, por lo que el Estado volvió a ocupar un papel central en el espacio
público y privado, imponiendo la idea de acabar con la propiedad privada y la
agricultura mercantil en pos de un proceso de colectivización forzado férreamente
controlado. La consecuencia resultó la constitución de una fuerte burocracia del
255
partido y la exclusión de todos los que no adhirieran a esta política. Se generalizaron
así las persecuciones a la oposición, pero además comenzó un proceso de purgas hacia
adentro del mismo partido bolchevique, que fue duramente cuestionado por diversos
sectores. Estas fueron algunas de las bases sobre las que se asentó el stalinismo a partir
de 1927 y que perdurarán hasta su muerte en 1953.
A modo de conclusión
256
LA CRISIS DE 1929 Y LA GRAN DEPRESIÓN
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2021.
Matilde Silva
“Se sabe que hay días a partir de los cuales casi todo es diferente. El 24 de
octubre de 1929 fue un día así. Aquel día, el crack de la Bolsa de valores de
Nueva York permaneció en la memoria social al cabo de 50 años. Y por una
buena razón. Después de aquella fecha, la vida de millones de personas no
volvió a ser la misma” John K. Galbraith
La enorme significación que la crisis de 1929 revistió para la historia del siglo XX
parece deberse en gran medida al hecho de que se dio en un contexto donde había
triunfado un modelo de economía socialista –en la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas (URSS)- que justamente, no resultó alcanzada por los efectos de esta crisis,
así como por su profundidad y duración. Las economías de los países capitalistas, en
cambio, no solo fueron afectadas duramente por la crisis de 1929 sino que además no
experimentaron una recuperación clara hasta los años de 1937-40 cuando el rearme y
el camino hacia la II Guerra Mundial reimpulsaron sus economías. 1929 puso término a
la primera posguerra e hizo entrar al mundo en un nuevo período de preguerra.
Los síntomas de la crisis variaron de un país a otro: menguó la producción
industrial, se registraron graves reducciones en el comercio internacional, se hundió el
sistema monetario, se verificaron millones de desocupados, creció la deuda de los
agricultores, el desempleo rural y se registró un importante deterioro de la salud física
y psicológica de las poblaciones.
La crisis económica y financiera se inició en los Estados Unidos y llegó a
desencadenar una crisis general y profunda, económica, financiera, social y política
que se extendió con rapidez y profundidad a todo el mundo capitalista. Fue la primera
vez, desde la revolución industrial, que se puso en duda la capacidad del sistema
capitalista para continuar, reacomodarse y volver a conseguir el equilibrio.
Los inicios
La crisis tuvo una naturaleza múltiple y, si bien los analistas no acuerdan en una
cronología exacta y única para establecer sus inicios, desarrollo y final, sí se considera
habitualmente al año de 1929 como el punto de partida. Empero, se nos presenta como
central revisar el recorrido del mundo occidental y capitalista desde la primera
posguerra para tratar de comprender qué ocurrió en esa década que condujo a los
países vencedores en Versalles a una crisis total que puso en duda la continuidad de
todo un sistema.
257
empobrecido, sino que además habían contraído enormes deudas con los EEUU
quienes con sus ventas de armas y de suministros a los beligerantes habían acumulado
la mayor parte de las reservas mundiales de oro lo que convirtió al dólar en la moneda
de referencia. Los EEUU se erigieron como la primera potencia mundial. Pero, pese a
ello, los norteamericanos no quisieron asumir las responsabilidades internacionales
que esto implicó en relación con la compleja situación europea de posguerra: las
dificultades económicas y sociales profundas, el hambre y la necesaria reconstitución
del viejo continente. Signo de ello fue el hecho de que el presidente Woodrow Wilson,
artífice central de los acuerdos de Versalles, perdiera las elecciones de 1920 frente al
republicano Warren G. Harding quien obtuvo su triunfo en base a ofrecer el retorno a
la normalidad y el no ingreso de su país a la recientemente creada Sociedad de las
Naciones (SN). Fueron años de giro conservador en la vida norteamericana. La crisis
económica de posguerra y la agitación social como consecuencia de ella alimentaron su
miedo hacia el mundo exterior y hacia todo lo que pudiera significar un cambio: los
comunistas, los extranjeros, los sindicatos. Fueron años de nativismo1, de reducción de
cuotas de inmigración y de auge del racismo. La violencia usualmente practicada en los
Estados del sur contra los negros se extendió a los Estados del norte y tomó matices
sociales. La segregación era mucho peor que antes de la guerra. Esta coyuntura ayudó
al renacimiento del Ku Klux Klan, la organización secreta que extendió ahora su lucha
tradicional contra los negros a los judíos, extranjeros y católicos. En 1920 la militancia
de la organización se elevó a cien mil asociados.
Los británicos perdieron a partir de la contienda viejos mercados y el valor de su
moneda, la libra esterlina cayó producto de las deudas de guerra. La parálisis
económica afectó considerablemente al país en todo el periodo 1921- 30.
En Francia los políticos que ganaron la guerra salieron fortalecidos frente a su
electorado, pero se mostrarían incapaces de percatarse de cuánto y cómo habían
cambiado las cosas. El país galo era además el más perjudicado (entre los ganadores)
debido a la cantidad de muertos e inválidos y al estado deplorable de sus campos e
infraestructura.
Italia se encontraba entre las potencias vencedoras, pero no había obtenido todos
los territorios que pretendiera por su participación y entonces ello se expresó en un
malestar general en la población y en la política italiana.
Los vencedores esperaban en la inmediata posguerra poder recuperar sus
economías gracias al pago de las reparaciones exigidas a los alemanes a partir de los
acuerdos de paz, cifras elevadísimas que los germanos no estaban en condiciones de
pagar. En 1919 John Maynard Keynes2 planteó la idea de que las reparaciones exigidas a
los alemanes eran inviables, así como sostuvo que era necesario establecer un acuerdo
global acerca de las deudas de los aliados a lo que habría que añadir un préstamo
internacional para la reconstrucción de Europa. Sin embargo, sus ideas no fueron
1
El nativismo se refiere al pensamiento político y social que defiende y privilegia a los nacidos en una
tierra por sobre los extranjeros a los que excluye, segrega y rechaza.
2
Keynes fue un destacado economista británico del siglo XX que se dedicó a estudiar las crisis
financieras del capitalismo. Su obra Teoría General del empleo el interés y el dinero publicada en 1936, se
convirtió en un texto de referencia para una escuela de pensamiento económico que refuta la teoría
clásica de la autorregulación de la economía. Los principios del denominado keynesianismo fueron
aplicados de una u otra manera en gran parte de los estados occidentales desde el final de la 2° GM hasta
la década de 1970.
258
escuchadas en aquel entonces y el asunto de las reparaciones, sus costes y pagos fue un
tema complejo y conflictivo que atravesó toda la posguerra. Las reparaciones
representaron en el presupuesto alemán de los años de 1920 un 80 % de los ingresos de
su estado, sumado a la hiperinflación y el desempleo que aquejaron a la joven república
de Weimar y la pusieron en constante cuestionamiento por parte de los ciudadanos
alemanes. El gobierno alemán sacó provecho de su inestabilidad frente a la comunidad
internacional y buscó la revisión, reducción y fin del pago de reparaciones en distintos
momentos del período de entreguerras.
La cuestión del crédito internacional fue otro de los asuntos de suma
importancia, estrechamente articulado y relacionado con el pago de las reparaciones de
guerra, puesto que era imprescindible ayudar a Alemania si se quería que pagase y así
poder ligar la cadena de flujo de dinero al resto de las economías nacionales. Los
capitales norteamericanos fluyeron en gran medida hacia Alemania. Pero la crisis de
Wall Street de 1929 acabaría de manera abrupta con el flujo crediticio norteamericano
y la economía alemana cayó intensa y profundamente en la depresión. Y con ello, se
afectaron las salidas de dinero hacia otros países.
El caso de los EEUU fue diferente al de los otros países vencedores puesto que
desde la guerra su economía se había expandido ampliamente gracias al incremento de
sus exportaciones de productos industriales, carbón, electricidad, petróleo, hierro
fundido y acero, así como de bienes primarios agrícolas. Fue durante esa fase de
prosperidad que ocurrió también la gran expansión de la exportación del capital
norteamericano. Estados Unidos se transformó en el gran acreedor mundial mediante
la suscripción de dólares en títulos extranjeros, inversiones directas y filiales en el
extranjero de sus grandes empresas. En 1925, ya era indudable que los Estados Unidos
habían sustituido a Inglaterra como el gran centro financiero internacional.
Pero esa bonanza de la que gozaron los norteamericanos estuvo lejos de ser
compartida. Las desigualdades con los otros países se profundizaron durante la década
de 1920 dado que la demanda del mercado mundial no acompañó el ritmo de la
producción y se creó una acumulación de stocks que sólo podían ser comercializados
mediante el recurso de financiar el consumo. Los precios agrícolas caían (a
consecuencia de la superproducción) y los agricultores intentaban compensarlo por
medio de la ampliación del área cultivada y el sobreendeudamiento. Pero esa mayor
producción acentuaba una mayor caída de los precios debido a la demanda inelástica
de los alimentos.
Fue a mediados de la década de 1920 cuando, a pesar de toda la euforia, la
economía norteamericana comenzó a tener problemas serios. Mientras que la
producción industrial y agrícola se desenvolvía a ritmo acelerado, los salarios
quedaban desfasados. Además, se había introducido el uso de fibras sintéticas que
afectaron la producción del algodón norteamericano. Las industrias norteamericanas
comenzaron a aumentar sus stocks de productos, a desacelerar el ritmo de producción
y, consecuentemente, a despedir miles de trabajadores, lo que afectó aún más al
mercado de consumo interno. La reducción de clientes externos e internos fue
generando crisis de sobreproducción en Norteamérica. Por su parte, los países
europeos se iban recuperando de las pérdidas de la guerra y reiniciando la competencia
por los mercados mundiales, así como desacelerando la compra de productos
industriales y agrícolas norteamericanos.
259
La política de inversión de los Estados Unidos en el extranjero, elemento clave de
su expansión en la década de 1920, se asentaba sobre bases precarias. Los significativos
préstamos para Europa fueron hechos a largo plazo. Los resultados serían desastrosos
para la producción y el comercio exterior ya que los Estados Unidos se vieron al mismo
tiempo sin capital y sin clientes para sus exportaciones.
Todos estos desequilibrios latentes en el mundo de la primera posguerra
estallaron a partir de 1929 como consecuencia de la crisis económica que se convirtió
en mundial.
260
las exportaciones de capitales. Las consecuencias del crack se extendieron al conjunto
de la economía: quebraron más de cinco mil bancos, se afectó la liquidez de muchas
empresas que se vieron obligadas a cerrar y ello aumentó el paro que llegó a un 25 %
en los EEUU. Los precios agrícolas se desmoronaron totalmente arruinando a los
campesinos que fueron incapaces de devolver los préstamos contraídos en el periodo
previo de expansión.
La crisis modificó la fisonomía de los Estados Unidos: problemas sociales, caída
estrepitosa de salarios, desempleo masivo, hambre y miseria poblaron al país. Era una
imagen totalmente diferente al país en la década anterior. Alrededor de las ciudades
crecieron las villas de emergencia (las Hoovervilles3) y las sopas populares, los refugios
para las personas sin hogar se llenaron, la basura era revisada y reaprovechada por una
enorme masa de pobres, a los periódicos se los llamaba “manta Hoover” y a un bolsillo
del revés “bandera Hoover”, lo que mostraba a su vez la erosión política de su
presidente. Muchos de los jóvenes de las zonas rurales abandonaron sus fincas y sus
familias para probar suerte en las ciudades. Viajaban de ciudad en ciudad, colándose
en trenes de carga en busca de algún empleo provisorio, estacional y mal pago que les
permitiese al menos subsistir día a día.
La pérdida del trabajo impactó en las rutinas cotidianas y la visión sobre el
mundo, así como arrojó a muchos a la desesperanza y a la desesperación. El historiador
Mark Mazower relata como en ese entonces “para los hombres, hace mucho tiempo que
ha dejado de tener significado la división de los días en horas. De cien hombres, ochenta
y ocho no llevan reloj y solo treinta y uno tenían uno en casa. Levantarse, almorzar y
acostarse son los únicos puntos de referencia que restan. Entretanto el tiempo discurre
sin que nadie sepa realmente qué ha pasado”
La reacción del presidente norteamericano Herbert Hoover y de los sectores
empresariales frente a la situación fue la de expresar confianza en la recuperación
espontánea de la bolsa y de la economía y recomendar precaución, lo cual repercutió
aún más en caída de precios, salarios y en la quiebra de negocios. El gobierno no
accionó políticas de control estatal, sino que se mantuvo dentro de las políticas del
liberalismo clásico sin prestar ayuda a la población más afectada y con menos recursos,
aumentó los impuestos generales y disminuyó el gasto estatal para tratar de mantener
el presupuesto equilibrado. El efecto de ello fue el agravamiento de la situación y el
paso de la crisis a la depresión profunda.
Las elecciones de 1932 reflejaron el descontento de la población en las urnas y
permitieron el acceso al poder de un representante del Partido Demócrata: Franklin D.
Roosevelt quien prometió “A new deal for the american people” (un nuevo acuerdo para
el pueblo americano). El New Deal fue un programa de asistencia, recuperación y
reformas que como primera medida tendía a reorganizar y estabilizar la economía y el
país. Afectó aspectos financieros, económicos y sociales. Primero buscó restaurar la
credibilidad del sector bancario decretando días de “vacaciones bancarias” y
garantizando la ayuda gubernamental para la reapertura de bancos privados con
problemas. Por radio aconsejó llevar los ahorros a los bancos. Al día siguiente, los
bancos reabrieron sus puertas y por primera vez desde el crack los ingresos superaron
al dinero retirado. Se sacrificó la estabilidad monetaria y presupuestaria, se devaluó el
3
Ello hace referencia al Presidente de los EEUU en ese entonces: Herbert Hoover.
261
dólar y se abandonó el patrón oro lo que le permitió acumular recursos para el futuro.
Se ensayaron medidas de economía dirigida. Su preocupación central fue el desarrollo
del programa de reforma interior con medidas económicas que por ejemplo dieron
subsidios a los agricultores para que redujeran su producción y evitaran así la caída de
los precios, o acciones sobre la competencia y de promoción de obras públicas que
tuvieron como fin lograr reducir las cifras del desempleo. Asimismo, se aprobó un
sistema de jubilación y de seguros de desempleo bajo el control del gobierno y se
crearon puestos de trabajo a través de asociaciones entre el gobierno, las empresas y los
consumidores. En los años siguientes, varias agencias del gobierno fueron creadas para
administrar los programas de asistencia social.
Uno de los aspectos que se valora actualmente de la gestión de Roosevelt fue la
capacidad de encauzar la enorme conflictividad social en una época de tensión extrema
a través de organizaciones de arbitraje de los conflictos. Sin embargo, respecto a la
influencia del New Deal los resultados obtenidos entre 1933 y 1939 evidencian que fue
escasa su magnitud económica y no alcanzaron para frenar la crisis económica, que no
se resolvió hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Pero, sin embargo, no se
puede ignorar que sus cambios dejaron una fuerte y novedosa impronta, sobre todo los
referidos a la creación de un nuevo marco de relaciones entre empresarios y
trabajadores y al intervencionismo estatal como elemento clave de la política
económica y como antecedente de las políticas que fueron implementadas en la
segunda posguerra.
A partir de 1937 la recesión reapareció y esta sólo se pudo superar con el inicio de
la Segunda Guerra Mundial (septiembre de 1939) y la aprobación del presupuesto de
defensa más grande de Estados Unidos en tiempos de paz. El cuadro cambió
completamente cuando en 1942, tras el ataque japonés a Pearl Harbor (7/12/1941) la
máquina de guerra de Estados Unidos comenzó a funcionar a todo vapor y revitalizó su
economía. El ingreso en la guerra terminó con los efectos negativos de la Gran
Depresión, la producción industrial aumentó de manera imponente y las tasas de
desempleo cayeron. Al final de la guerra, en 1945, sólo el 1% de la fuerza laboral
norteamericana estaba desempleado.
La internacionalización de la crisis
262
antes se compraba afuera fue un modo de generar empleo y de reactivar el consumo
además de que solucionaba la cuestión de la falta de divisas necesarias para comprar
afuera. No es pues de extrañar que fracasaran totalmente las tentativas de cooperación
internacional. Los efectos fueron enormes: los precios de las materias primas y de los
productos agrícolas cayeron a menos de la mitad mientras que los de los bienes
elaborados bajaron dos tercios y la producción industrial se redujo en un 40 %. El
descenso del consumo fue acompañado de la disminución de la producción y del
quiebre de empresas. El comercio internacional se redujo a poco más de un tercio entre
1929 y 1933.
La generalización de la depresión económica mundial tornó desesperante la
situación de los trabajadores en todas las economías industriales. Los desempleados
aumentaban sin cesar. A nivel mundial se calculaban en 10 millones en 1929, cifra que
ascendió a 30 millones en 1932 (que a su vez se duplica si se considera el subempleo).
En el peor período de la depresión (1932-1933), el desempleo alcanzó al 23% de los
trabajadores británicos y belgas, al 24% de los suecos, al 27% de los estadounidenses,
al 29% de los austríacos, al 31% de los noruegos, al 32% de los daneses y nada menos
que al 44% de los alemanes. Y el "fantasma comunista", tan agitado durante esa última
década, podía convertirse, a su entender, en realidad gracias a la ola de desesperación y
amargura. Esta fue otra de las preocupaciones presente en los gobiernos occidentales
que los llevó a pensar y diseñar otras políticas posibles fuera de la ortodoxia
económica.
Desde fines de 1929 muchos países comenzaron a abandonar el patrón oro y otros
depreciaron sus monedas para poder competir. En 1931-1932, Inglaterra, Canadá, los
países escandinavos y Estados Unidos abandonaron el patrón oro, en 1936 se unieron a
ellos Holanda, Bélgica y finalmente Francia. El fracaso de la Conferencia Económica de
Londres (junio-julio de 1933) que buscaba combatir la depresión mundial, reactivar el
comercio internacional y estabilizar las monedas, no contó con el acuerdo de los
norteamericanos y mostró la ausencia de la cooperación internacional abriendo la
puerta a las devaluaciones en serie. Cuando éstas se mostraron incapaces de frenar el
éxodo de capitales, se recurrió al control de cambios. Entonces, “…la marcha hacia la
economía de guerra estaba iniciada", señala el historiador Maurice Niveau.
Gran Bretaña, además de suspender tempranamente la convertibilidad al oro
llegó a acuerdos regionales preferentes dentro del imperio y necesariamente
discriminatorios frente a terceros países como resultaron los Acuerdos de Ottawa de
1932. En su recuperación ayudó asimismo la impronta de la industria de la
construcción de viviendas, la producción de electricidad y de entretenimientos. Y
finalmente el rearme. Pero la crisis generó un descontento general que se expresó en la
política donde los ciudadanos que primero apoyaron al partido Laborista, luego
votaron a los conservadores.
Francia fue alcanzada de una manera relativamente débil y tardía por la crisis de
1929. No fue hasta la devaluación de la libra esterlina cuando los precios franceses
resultaron demasiado altos. Fiel al patrón oro y a los tipos de cambio fijos, Francia
eligió la deflación y por ello perdió rápidamente las ventajas adquiridas en el momento
de su devaluación de 1926. La ampliación del desempleo acompañó la baja de los
precios y sumó al descontento general. Los agricultores fueron los principales afectados
por la baja de precios que llevó a una elevada tensión social. La izquierda francesa
263
(comunistas y socialistas) organizó un pacto de unidad contra el fascismo que condujo
a la creación de un Frente Popular en 1936. El nuevo gobierno votó medidas anticrisis
como la jornada laboral de 40 horas, la regulación de precios del agro y el aumento de
los salarios nominales. Se lanzó un plan de obras públicas para reactivar el empleo y se
nacionalizó la industria de armas. Y fue central la devaluación del franco. En 1937 hubo
sin embargo un cambio de rumbo político, económico y social. El camino hacia el
rearme se abriría con fuerza.
En el caso alemán, los primeros efectos de la crisis se manifestaron en la banca ya
que sufrió el retiro de fondos de los EEUU más los efectos por la crisis de la banca
austriaca. Tras la caída política de la social-democracia como efecto de las amplias
dificultades que enfrentó durante la República de Weimar, surgió el gobierno de
Heinrich Brüning (canciller entre 1930/33) que, desde un nacionalismo de centro,
pretendía mitigar el crecimiento del nacionalismo de derecha del NSDAP. El nuevo
gobierno adoptó una serie de medidas ortodoxas para salir de la crisis como ser la
reducción de gastos, la eliminación de subsidios y el aumento impositivo, medidas que
agravaron la situación de la economía alemana y condujo a la imposibilidad de
continuar con el pago de las reparaciones.
El tema de las reparaciones y la crisis interna alemana condujo a que en 1932 en
la Conferencia de Lausana se acordara no exigir el pago de más reparaciones a los
alemanes y reducir lo que debían abonar. Cuando la recesión alcanzó su punto álgido
en 1932, la República de Weimar perdió toda credibilidad ante la población alemana.
Fenómenos de descomposición social se desarrollaron a gran escala, la desesperación y
la ira se volvieron contra el gobierno y todo chivo expiatorio fue aceptado. El nazismo
fue capaz de movilizar a la clase media aprovechando sus miedos; le proponían
remedios como la xenofobia, el racismo y el nacionalismo extremo, acompañados de
una demagogia anticapitalista que apuntaba contra los judíos. Ello se vio reflejado en el
apoyo de ciudadanos a los nazis cuya militancia pasó de 176 mil a finales de 1928 a más
de un millón en 1932. En las elecciones de 1932 el partido nazi (NSDAP) obtuvo 230
diputados, más del doble de los que tenía en 1930. El factor decisivo para su ascenso
político, sin embargo, fue dado por el rechazo de los partidos de izquierda a la
conformación de un frente único contra los nazis. El Partido Social Demócrata (SPD)
tenía un millón de miembros en los inicios de la crisis y en septiembre de 1930, en lo
más arduo de las dificultades, aún contaba con 143 escaños en diputados frente a los
107 diputados del NSDAP. Pero el SPD buscaba un "camino intermedio" entre el
nazismo y el "bolchevismo y por ello apoyó la política deflacionista del canciller
Brühning, la suspensión del Reichstag, el gobierno por decreto-ley y llamaron a votar
por el mariscal Hindenburg para la presidencia en 1932. Los votos del SPD se redujeron
en 1932. Los partidarios en el SPD de conformar un Frente Único Obrero y así aunar las
fuerzas de la izquierda, resultaron excluidos y constituyeron otro partido. El Partido
Comunista (KPD) avanzó en su cantidad de votantes entre 1928 y 1931 pero también
apostó por una política de división de las fuerzas políticas de la izquierda alemana. Y,
en tiempos en los que el nazismo iba mermando su caudal electoral, justamente esta
división de la izquierda lo fortaleció y condujo a su llegada al poder. El presidente
Hindenburg convocó a Hitler el 30 de enero de 1933 a ocupar la Cancillería del Reich.
La gestión en el comienzo de su gobierno se dio en tiempos en los cuales la economía
alemana ya experimentaba signos de recuperación puesto que lo peor de la depresión
264
ya había pasado. Las acciones del estado nazi que acentuó el intervencionismo estatal
fueron percibidas por la sociedad alemana como innovaciones y méritos del nuevo
gobierno de extrema derecha. La ayuda del estado a las empresas bajo formas de
subvenciones fue considerable, y a partir de 1935, el esfuerzo de rearme y la
movilización de la economía nacional con vistas a la guerra completaron los efectos de
la política de reactivación. La desocupación fue bajando y en 1938 se registraba pleno
empleo (colaboró en ello la implementación de planes de trabajo, la arbitraria y racista
expulsión de los judíos de la administración pública, el establecimiento de un régimen
de control de precios y salarios que pudo hacer efectivos por el clima de terror
imperante, el hecho de desincentivar el trabajo femenino y la destrucción de los
sindicatos). Toda la economía debía subordinarse a los objetivos políticos de convertir a
Alemania en una primera potencia militar.
En Italia la crisis llevó al fascismo gobernante a un cambio en su política
económica. El estado acudió a auxiliar a bancos e industrias. La crisis se alivió, así
como en otros países, gracias al aumento del gasto público en la industria bélica que
condujo al inicio de la guerra de Etiopía en 1935, que buscaba, entre otras cosas, crear
un imperio italiano en África donde se esperaba instalar a millones de italianos.
La condena de la Sociedad de las Naciones y de los países democráticos a la
guerra facilitó la aproximación de Mussolini a Hitler y la conformación en 1936 del
denominado Eje Berlín-Roma.
En América latina la gran depresión se manifestó de forma virulenta, se registró
una enorme caída de los precios del agro mientras las incipientes industrias se
estancaron y creció el desempleo. La caída de las inversiones norteamericanas como
consecuencia de la crisis tuvo grandes y duras repercusiones en la región. Privados de
estos medios de financiación, estos países dejaron de comprar las mercancías
norteamericanas. Pero, fue sobre todo la caída de los precios de sus productos
primarios lo que llevó a que disminuyera el valor de sus exportaciones. El malestar
debido a los efectos de la crisis se expresó en conflictos sociales y condujo a cambios
políticos generalizados expresados en muchos de los países de la región en golpes de
estado que desplazaron a las fuerzas políticas elegidas democráticamente y que
inauguraron en la zona las prácticas de la interrupción de los gobiernos legales y el
acceso de los militares o de coaliciones cívicomilitares al poder.
La Unión Soviética (URSS) constituyó un caso diferente al no resultar afectada
por la catástrofe. Fue la excepción en esta crisis global puesto que no tenía los vínculos
que tenía el resto del mundo con los EEUU y su sistema financiero. Su economía no
dependía del dólar. La URSS estaba aislada del sistema capitalista y tenía políticas
económicas de autosuficiencia económica y de fuerte desarrollo industrial bajo el
amparo y la dirección del estado soviético. El territorio del antiguo imperio zarista se
convirtió en los años de la década de 1930 en una gran potencia industrial que
confrontaba con un capitalismo en crisis y decadente. Entre 1929 y 1940 su producción
industrial conoció una expansión extraordinaria triplicándose y cambiando su
participación en la producción mundial de productos manufacturados del 5% en 1929
al 18% en 1938. Asimismo, creció considerablemente su producción de energía
eléctrica, la extracción de carbón y la producción de acero. Los soviéticos no sufrieron
los embates del paro generalizado que aqueja al Occidente.
265
Las salidas a la depresión
A modo de cierre
266
que había abandonado la fe en los principios del mercado libre, que había sido
reformado y adoptaba regulaciones y un mayor bienestar para la población. La tercera,
fue el crecimiento y ascenso de los regímenes nacionalistas agresivos y de extrema
derecha.
Hubo asimismo un agravamiento de las relaciones internacionales. El mundo pos
1929 se estructuraba como un mundo más dividido. Todos los países buscaron salidas a
la crisis desde la unilateralidad, cada uno intentó superarla contando con sus propias
fuerzas, sin preocuparse por las consecuencias que sus decisiones tendrían para los
demás y para el conjunto de las relaciones internacionales. Se encaminaron hacia un
mundo más dividido y más armado. Tras dejar Alemania la SN, el camino del rearme
militar a gran escala y la agresión crecieron, se violaron los acuerdos internacionales.
Se iniciaba una carrera de violencia sin escalas que culminó con el ataque alemán a
Polonia, el 1 de septiembre de 1939, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
267
EUROPA ENTRE LAS DOS GUERRAS MUNDIALES (1919-1939)
Versión libre y sintética de PROCACCI, Giuliano (2005). Historia general del Siglo XX. Barcelona,
Crítica. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de Historia Social General.
El término posguerra no tiene evidentemente ningún sentido para los países que
no se vieron envueltos en el conflicto (como España y países escandinavos). Sin
embargo, también es evidente que el término posguerra no se limita a una indicación
cronológica. En su uso corriente, evoca más bien el cuadro de una coyuntura
caracterizada por una gran inestabilidad política y social y por bruscos cambios. Por
ejemplo, por lo que respecta a Italia, por posguerra se entiende generalmente el breve
período entre el bienio rojo y la llegada al poder del fascismo.
Es un período de gran inestabilidad, lo cual es, en primer lugar, un dato objetivo;
es decir, el retrato de una sociedad caracterizada por profundas desigualdades. Las
enormes pérdidas de vidas humanas –más de ocho millones de bajas– habían alterado
la relación entre los sexos y las franjas de edad y harán falta años para que el equilibrio
demográfico se restablezca. Además, la sociedad de la posguerra fue en muchos
aspectos una sociedad fluida. Es difícil ofrecer una evaluación exacta del fenómeno de
los refugiados, pero es seguro que éste, especialmente en Europa oriental, alcanzó
proporciones enormes: un millón setecientos cincuenta mil rusos emigrados, más de
un millón de griegos de Asia menor y Tracia, doscientos mil macedonios refugiados en
Bulgaria, cuatrocientos mil magiares huidos de Transilvania. Pero, además de la
movilidad territorial, también hay una movilidad social entre las clases. Casi todas las
monedas europeas experimentaron en la posguerra una drástica devaluación y todos
los países europeos, aunque en distinta medida, tuvieron que sufrir la inflación. El caso
extremo, del que nos ocuparemos luego, fue el de Alemania, donde la inflación alcanzó
niveles vertiginosos en 1923.
El concepto de posguerra no se agota, por lo demás, en el cuadro de disgregación
social que hemos esbozado someramente, sino que incluye también el nivel de las
mentalidades y los comportamientos colectivos. Para amplios estratos sociales, que
hasta ahora habían participado en la vida colectiva de su país sólo de forma pasiva y
ocasional, la primera guerra mundial había representado la primera y traumática
experiencia de socialización y politización. A través de la experiencia del ejército y de la
trinchera muchos campesinos tomaron conciencia de formar parte de una comunidad
nacional y de un sistema político a cuya suerte estaba ligado indisolublemente su
propio destino. Una vez de regreso a casa, se sintieron naturalmente inclinados a
trasladar la solidaridad nacida en los campos de batalla al asociacionismo político. De
ahí, la proliferación y la fortuna de los partidos agrarios y campesinos en la Europa de
la posguerra. A su vez, a través de la experiencia de la fábrica millones de mujeres
eludieron la condición de marginación y subordinación a las que las obligaba el trabajo
doméstico, empezaron a madurar una mayor conciencia de sus derechos y obtuvieron
su reconocimiento. Además de Inglaterra y Estados Unidos, el derecho de voto para las
mujeres fue reconocido también en la Alemania de Weimar y en varios países europeos
268
más. En cambio, continuó siendo una prerrogativa masculina en Francia, Bélgica,
Italia, Rumania, Yugoslavia, Grecia, Turquía y Suiza.
Pero no se trataba sólo de eso, de lo que se suele definir como “democracia de
masas”. Lo más importante es que esta democracia de masas se concreta en muchos
países en el curso y en el regazo de una experiencia dramática y desgarradora como es
la de una guerra de larga duración; por tanto, lleva la marca de la exasperación
engendrada por la guerra, de la cólera y de la protesta de los que la han sufrido hacia
quien la ha querido, de los combatientes hacia los emboscados, de los soldados contra
los oficiales, de los hambrientos contra los aprovechados. De ahí la aspereza de las
tensiones políticas en la posguerra y el traslado a la lucha política de modelos de
organización de carácter militar. En la Europa de la posguerra proliferan formaciones
paramilitares de varios colores, aunque en su mayoría blancas. Pocos períodos de la
historia europea como la posguerra están plagados de atentados políticos. Así, la
práctica de la violencia se convertía en una forma normal de la lucha política, cuya
forma extrema era el terror, ya fuese “rojo” o “blanco”. En este contexto, también la
lucha política tradicional se impregnaba de una lógica de radicalización y polarización.
En este cóctel explosivo de disgregación social y radicalismo político se han de
buscar los orígenes y las motivaciones de la extremada inestabilidad que caracteriza los
acontecimientos de la posguerra.
269
de la dimisión en junio del ministro de la Victoria, V. E. Orlando —sustituido por
Francesco Saverio Nitti—, Gabriele d’Annunzio encabezó en septiembre de 1919 la
ocupación de la ciudad de Fiume para reivindicar su anexión a Italia y oponerse a la
decisión de la conferencia de París. Pero fueron mucho más numerosos los italianos
que se preguntaron si el precio pagado por la victoria que ahora se definía mutilada no
había sido demasiado alto, y la balanza de la opinión pública se inclinó ahora a favor de
los neutralistas. Italia fue el único país vencedor que renunció a celebrar el primer
aniversario de la victoria y el único en que las primeras elecciones de la posguerra, que
tuvieron lugar en noviembre de 1919, vieron el triunfo de aquellos partidos que
parecían los menos comprometidos con las responsabilidades de la guerra: el Partido
Socialista, que se había opuesto a la intervención y el Partido Popular, una formación
política recién fundada y de inspiración católica que había señalado el horror por la
inútil masacre.
A partir del otoño de 1920 se desató una profunda depresión. Los efectos de la
crisis se intensificaron debido a su carácter imprevisto: a medida que los índices de
desempleo aumentaban, disminuían los de los afiliados a los sindicatos y de los
participantes en los conflictos laborales. Tampoco faltaron reflejos políticos: en enero
de 1921, el PSI vivió su primera escisión, la que dio origen al Partido Comunista de
Italia, a la que siguió, en octubre de 1922, la del ala reformista de Filippo Turati y
Giacomo Matteotti. La hora de la revancha para las fuerzas conservadoras llegó
finalmente entre 1921 y 1922, cuando la señal y el empuje se extendieron por los
grandes centros urbanos. Los objetivos de las expediciones punitivas de las escuadras
de acción eran las sedes de organizaciones de izquierda, sindicatos y ayuntamientos
socialistas. Sus persecuciones y advertencias se extendieron, asimismo, a los líderes de
estas instituciones Frente a esos abusos las autoridades locales, civiles y militares
cerraban los ojos, mientras que los propietarios agrarios y algunos industriales no
escatimaban apoyos. Los escuadristas tenían como punto de referencia político la
figura de Benito Mussolini, quien en marzo de 1919 había fundado en Milán el primer
fascio de batalla, sobre la base de un programa heterogéneo y radical; de ahí que sus
integrantes se llamaran fascistas. Hasta entonces el fascismo había sido un movimiento
con pocos seguidores y la popularidad de su jefe era sin duda inferior a la de Gabriele
d’Annunzio, el protagonista de la empresa de Fiume. El propio Mussolini quedó
sorprendido por el éxito del movimiento escuadrista, pero tan pronto como éste
comenzó a imponerse no dudó en reivindicar su paternidad y asumir su dirección
política. En mayo de 1921, Mussolini aceptó la oferta de Giolitti de entrar a formar parte
de la lista de concentración nacional que se presentó a las elecciones, logrando así que
fuesen elegidos treinta y cinco diputados fascistas y adquiriendo un primer
reconocimiento de respetabilidad política, aunque inmediatamente después devolvió
plena libertad de acción a sus escuadras. Mussolini organizó en Roma el congreso que
transformó aquel movimiento disperso en un partido unido, del cual él surgió como el
Duce, su guía reconocido e indiscutible. Mientras tanto, no cesaba de lanzar señales
tranquilizadoras y guiños en dirección a varios sectores del establishment: hacia los
industriales, dejando caer las propuestas de socialización y de un impuesto progresivo,
contenidas en el programa de 1919, y profesando convicciones liberales; hacia la
monarquía, renunciando a la declaración de principios republicanos del programa;
hacia los militares, muchos de los cuales simpatizaban con el fascismo; y finalmente
270
hacia la Iglesia, de la que exaltaba la misión universal. Se determinó, así, una situación
de incertidumbre y de inestabilidad política: entre la dimisión del gobierno de Giolitti,
en junio de 1921, y octubre de 1922, tuvieron lugar tres crisis y se sucedieron dos
gobiernos, presididos, respectivamente, por Bonomi y Facta. El caos llegó a su cúspide
en el verano de 1922, cuando la Alianza de Trabajo, en la que se integraban algunas de
las mayores organizaciones sindicales, proclamó una huelga legalista para exigir al
gobierno una política de firmeza hacia las nuevas violencias fascistas. La huelga tuvo
un éxito parcial, y una nueva oleada de represalias se extendió por todo el país. La
situación ya estaba madura para un giro político y el advenimiento de un gobierno de
orden. En aquellos días, entre los fascistas de las provincias tomó cuerpo la idea, ya
avanzada por D’Annunzio, de una “marcha sobre Roma”, con el objetivo de imponer al
rey y al gobierno aquella solución que por sí solos eran incapaces de tomar. En Roma,
en cambio, se trabajaba por una solución que se mantuviera dentro de los límites de la
praxis constitucional y parlamentaria, como podía ser un gobierno presidido por
Giolitti o Salandra con la participación de ministros fascistas.
La hora de la verdad llegó la noche del 27 y la mañana del 28 de octubre, cuando
el rey, tras vacilaciones, se negó a firmar el decreto de estado de sitio, obligando a Facta
a la dimisión. Las escuadras fascistas obtuvieron así luz verde para marchar sobre
Roma, y Mussolini, que había esperado prudentemente en Milán el desarrollo de los
acontecimientos, pudo acudir ante el rey para recibir el encargo de formar el nuevo
gobierno. El anticomunismo de los fascistas no era más que un pretexto para justificar
sus expediciones punitivas ante una opinión pública desorientada y asustada. El
objetivo que perseguían las escuadras de acción eran las ligas campesinas, ya fuesen
rojas o blancas, las Cámaras del Trabajo y los representantes políticos antifascistas. En
resumen, la democracia. La fecha del 28 de octubre de 1922 será celebrada, durante los
veinte años de fascismo, como la de la “revolución fascista”. En realidad, se trató de una
revolución posibilitada por la complacencia y la complicidad de los poderes
constituidos y que formalmente se resolvió según las reglas constitucionales. A pesar
de la arrogancia con la que Mussolini se dirigió al Parlamento en su discurso de
presentación del nuevo gabinete, se trataba de un gobierno de coalición en el que el
número de ministros fascistas o profascistas era exactamente igual al de ministros
procedentes de otras formaciones políticas, sin cuyo apoyo no dispondría de la mayoría
parlamentaria. Entre los primeros actos del gobierno de Mussolini, al que en
noviembre de 1922 la Cámara de diputados había concedido plenos poderes hasta el 31
de diciembre de 1923, los más relevantes fueron la institución de la Milicia Voluntaria
para la Seguridad Nacional (MVSN), en la que confluyeron los hombres de las
escuadras de acción, y la decisión de hacer permanente el Gran Consejo del fascismo. El
Gran Consejo adoptó una nueva ley electoral que contemplaba la asignación de dos
tercios de los escaños a la lista que recogiera el mayor número de votos en el colegio
único nacional, mientras que el tercio restante se distribuiría entre las demás listas.
Los fraudes y las violencias que tuvieron lugar durante las elecciones fueron
denunciados el 30 de mayo por el diputado socialista Giacomo Matteotti en un
apasionado discurso ante el Parlamento. Diez días después un grupo de escuadristas lo
raptan, y el 16 de agosto su cuerpo fue encontrado en un campo cerca de Roma. La
conmoción en el país fue enorme. En esta ocasión Mussolini, cuyas responsabilidades
en el asesinato de Matteotti eran probablemente sólo políticas, supo maniobrar con
271
habilidad, alternando la firmeza con la flexibilidad. Envalentonado por los apoyos
recibidos, Mussolini pudo así presentarse ante las Cámaras el 3 de enero de 1925 y
pronunciar un discurso en el que asumió toda la responsabilidad de lo que había
pasado.
Cuando, a finales de 1922, Alemania, que acababa de pedir una nueva moratoria,
no respetó los términos de las entregas de materias primas que debía como reparación,
los franceses consideraron que el vaso se había colmado. Si Alemania se negaba a pagar
o intentaba pagar con un marco devaluado, Francia se desquitaría asegurándose unas
prendas productivas. El 27 de noviembre de 1922, el gobierno francés tomó la decisión
de ocupar el Ruhr y el 26 de diciembre la comisión interaliada para las reparaciones
hizo suya esta decisión con el voto a favor de Francia, Bélgica e Italia y sólo el voto en
contra de Inglaterra. En enero de 1923, las tropas francobelgas entraron en la cuenca
del Ruhr. Las relaciones entre Francia y Alemania volvían a ser extremadamente tensas
y Europa retenía la respiración con ansiedad. El gobierno alemán, apoyado firmemente
por el presidente Ebert, contestó con el llamamiento a la resistencia pasiva. Los
trabajadores y los funcionarios recibieron la invitación a negarse a colaborar con las
autoridades de ocupación. Éstas respondieron con igual energía, haciéndose cargo
directamente de la gestión y de los transportes, y con el despido o la expulsión de los
que se negaban a colaborar. Tampoco faltaron episodios de violencia.
La proclamación de la resistencia pasiva suponía para el gobierno alemán un
coste sumamente elevado. Precisamente en el momento en que comenzaban a faltar las
materias primas y los recursos de la región más industrializada del país, el gobierno se
hacía cargo de un peso más, al comprometerse a pagar los salarios y los sueldos de los
trabajadores que habían sido despedidos o expulsados por haber practicado la
resistencia pasiva. No se encontró otra manera de hacer frente a esta situación sino la
de continuar en la línea inflacionista ya emprendida y de imprimir papel moneda. La
consecuencia no podía ser sino una devaluación sin ningún precedente histórico. Se
llegó hasta el punto de que los salarios se pagaban dos veces al día y a sus titulares se
les concedía media hora de pausa en el trabajo para que pudieran gastar el dinero
antes de que saliera una nueva cotización del marco. No se trató sólo de una crisis
económica, sino de una tragedia moral. La herida que se estaba abriendo ya no se
cerraría; a partir de entonces, la pesadilla de la inflación condicionaría la psicología
popular y las decisiones de los responsables económicos. La inflación representó un
mazazo para el compromiso entre empresarios y trabajadores. Ante los intentos por
parte de la patronal de aprovecharse de la situación para poner en tela de juicio las
conquistas realizadas por los trabajadores, incluida la jornada de ocho horas, estos
contestaron con una oleada de huelgas que llegó a implicar incluso a los tipógrafos que
trabajaban en la impresión de papel moneda. En Baviera la bandera de la autonomía de
Berlín, que en 1918 y 1919 había sido levantada por la izquierda, ahora la impugnaban
personajes de la derecha conservadora y los militares vinculados a ellos. Cinco años
después del fin de la guerra, la amenaza de la disgregación volvía a pesar sobre
Alemania. El gobierno de coalición no soportó esta prueba. El gobierno de Wilhelm
Cuno, totalmente desautorizado, se vio obligado a presentar su dimisión.
272
Para hacer frente a esta situación dramática se constituyó un gobierno de gran
coalición cuyo presidente fue Gustav Stresemann. Puso fin a la resistencia pasiva. Las
áreas del estado se encontraban, así, liberadas del peso que habían asumido, pero la
interrupción del flujo de los subsidios contribuyó a reavivar el fermento autonomista y
antiprusiano en Renania. Mayores preocupaciones le venían a Stresemann de Turingia,
de Sajonia y de Baviera, dónde la situación tenía ya casi un carácter de insurrección.
Stresemann supo enfrentarse a la situación con energía y habilidad. En Baviera, logró
maniobrar para aislar a los grupos más radicales del Nationalsozialistische Deutsche
Arbeiterpartei (NSDAP, Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista) de Adolf Hitler,
haciendo que fracasara el putsch intentado por ellos en la jornada del 8 de noviembre;
en Turingia y en Sajonia, en cambio, no dudó en valerse de los poderes extraordinarios
previstos en el artículo 48 de la constitución, enviando al ejército y obligando a los
poderes locales, de los que formaban parte representantes comunistas, a disolver las
centrales proletarias y a dimitir. Esta política no fue aceptada por los socialdemócratas,
que de hecho el 2 de noviembre se retiraron de la coalición. El día 23 Stresemann, al
quedar en minoría en el Reichstag, renunció. En las elecciones de mayo de 1924, se vio
un aumento de la polarización del electorado hacia los dos extremos del arco político,
los comunistas, que aumentaron sus escaños de diecisiete a sesenta y dos y los
nacionales del DVNP, que con sus ciento seis escaños se convirtieron en el primer
partido del país. Los partidos de la coalición de Weimar resultaron ser los perdedores, y
en especial los socialdemócratas. Así pues, la recuperada estabilidad financiera tenía su
revés de la moneda en la persistente inestabilidad política. De ello se tenía conciencia
no sólo en Alemania, sino también en el extranjero. La crisis del Ruhr había hecho que
muchos comprendieran que la solución del problema de las reparaciones no se podía
aplazar, no sólo en el interés de Alemania, sino de toda la economía europea. Era, pues,
cada vez más evidente la necesidad de superar una visión meramente contable del
problema de las reparaciones y sustituirla con una aproximación económica y, en
definitiva, política. Con este fin, ya desde noviembre de 1923, Francia había aceptado
participar, junto a expertos ingleses y norteamericanos, en dos comisiones encargadas
de afrontar de forma conjunta el problema de las reparaciones y el de las finanzas
alemanas. Las reuniones comenzaron en París en enero de 1924 y concluyeron en
Londres en agosto con la aprobación de un plan con el nombre del presidente de una de
las dos comisiones, el norteamericano Gates Dawes.
La filosofía del plan Dawes consistía esencialmente en solapar la cuestión de las
reparaciones con la del saneamiento de las finanzas y de la economía alemana. En
efecto, el plan preveía un calendario de los pagos debidos por Alemania –cuyo importe
total no se especificaba– según un criterio progresivo que llegara a los dos mil millones
y medio de marcos en el año financiero de 1928-1929. Tales plazos podían, sin embargo,
ser modificados según un criterio de flexibilidad que tuviese en cuenta la marcha de la
balanza comercial alemana. Por tanto, los aliados se reservaban el derecho de controlar,
a través de una agenda general para las reparaciones, los fondos que debían
proporcionar las cifras necesarias para efectuar los pagos; de estos fondos, los más
cuantiosos eran un impuesto sobre los dividendos de las empresas y sobre los
ferrocarriles, que se privatizaron. También se sustraía el Reichsbank al control del
gobierno y su consejo de administración se sometía a la vigilancia de un consejo
general internacional integrado también por representantes de los aliados. Se trataba,
273
desde luego, de limitaciones de la soberanía nacional que una opinión pública afectada
por Versalles se resistía a aceptar, pero el plan Dawes contemplaba también la
concesión de un consistente préstamo a Alemania y el fin de la explotación francesa del
Ruhr, previsto en origen para enero de 1925 y que había comenzado ya en agosto de
1924 con la evacuación por parte de los franceses de las ciudades de Dortmund y
Offenburg. En noviembre de 1924 el Reichstag, tras un intenso debate, aprobó el plan
Dawes. Los efectos de esta decisión fueron saludables para la economía alemana. La
mayor novedad del plan Dawes consistía en la participación norteamericana. Pero la
forma oficiosa en que esta se dio constituía la confirmación del hecho de que la
administración norteamericana no estaba dispuesta a cruzar la línea de demarcación
que separaba la cooperación económica de una más comprometida cooperación
política. Esta última recaía en los países europeos y especialmente en Inglaterra. Pero
en el transcurso de 1924, el panorama internacional empezó a cambiar radicalmente. El
primer hecho nuevo fue la formación, en enero de 1924, del gabinete de Mac Donald. El
segundo, en mayo, el resultado de las elecciones francesas; decepcionados por los
escasos resultados de la ocupación del Ruhr y cansados de la política de austeridad de
Poincaré, una parte importante de los electores desplazaron su voto hacia los
candidatos del Cartel des gauches, donde habían confluido los socialistas y los
radicales, haciendo posible la formación de un gobierno presidido por Herriot y
apoyado desde fuera por los socialistas. Tanto Mac Donald como Herriot no querían
limitarse al ámbito de la cooperación económica y se marcaban metas más ambiciosas
de cooperación política. Después de Mac Donald, que perdió las elecciones de 1924,
también Herriot fue obligado, en abril de 1925, a dejar la cabeza del gobierno, bajo la
presión de una vasta coalición de intereses alarmada por las iniciativas reformistas y la
política de agravios fiscales que se achacaban al gobierno. Quien daría ahora un nuevo
impulso al sistema de relaciones europeas fue Gustav Stresemann. Después de su
dimisión como canciller, éste había conservado la cartera de Exteriores, que mantuvo
en todos los gobiernos que se sucedieron, hasta su muerte en 1929, confiriendo de esta
manera a la política exterior alemana una estabilidad que hasta la fecha no había
experimentado. La misión en la que trabajó tenazmente consistía en hacer que su país
saliera del estado de cuarentena política en que, a pesar del acuerdo de Rapallo y del
plan Dawes, todavía estaba sumido. Encontrar los caminos a seguir era una tarea
sumamente complicada. Estaban los que proponían una solución de mayor
colaboración con Francia, como el alcalde de Colonia Konrad Adenauer, y los que se
inclinaban, en cambio, por seguir en la línea de política exterior emprendida en
Rapallo y concebían la colaboración con la Unión Soviética como un instrumento para
recuperar los territorios alemanes en Europa central y oriental perdidos en Versalles.
La habilidad de Stresemann consistió en eludir esta alternativa y apostar por la
reinserción de Alemania en el sistema global de las relaciones internacionales. La
intensa labor diplomática que siguió implicó a todas las potencias interesadas y llegó a
su culminación con los acuerdos de Locarno en octubre de 1925. Alemania y Francia se
comprometían a renunciar a la guerra como medida para resolver eventuales
controversias y a este fin se estipularon dos convenciones de arbitraje con Francia y
Bélgica. Además –y este era el punto más relevante– Alemania reconocía como
definitiva su frontera occidental y se comprometía a respetar la desmilitarización de la
zona renana, tal y como establecía la conferencia de Versalles. Todo ello quedaba
274
garantizado por las otras dos potencias que firmaban el pacto renano, Inglaterra e
Italia. Lo que en Versalles había sido un diktat, se convertía, así, en un acuerdo
libremente suscrito, y la que durante décadas había sido la frontera más caliente de
Europa se convertía en la más segura. Pero quedaba el problema de las fronteras
orientales de Alemania, acerca de las cuales Stresemann no quería vincularse a
compromisos análogos a los adquiridos en el oeste. Los acuerdos de Locarno, si
definían y estabilizaban la situación en el oeste, dejaban Europa oriental en un estado
de fluidez y expuesta a riesgos, lo que, naturalmente, era una fuente de inquietud en
las capitales del este de Europa, sobre todo en Moscú.
En septiembre de 1926 Alemania hacía su ingreso en la SDN, en calidad de
miembro del Consejo. Era el final de su cuarentena política y un éxito sin precedentes
para Stresemann, quien había perseguido con ahínco este objetivo. Si el tratado de
Versalles había marcado el final de la guerra, los acuerdos de Locarno marcaron el fin
de la posguerra. Además de Alemania, también Rusia salía de la cuarentena a la que
había sido relegada durante años. El «espíritu de Locarno», del que tanto hablaba la
prensa, parecía resucitar las esperanzas despertadas al final de la guerra por los
catorce puntos de Wilson. El premio Nobel de la Paz, que durante dos años no había
sido concedido, fue otorgado conjuntamente, en diciembre de 1926, a Stresemann y a
Briand, que acababan de celebrar una cumbre en Thoiry que había tenido un gran eco
y que había afrontado los problemas de la reconciliación francoalemana con un
espíritu de gran apertura y confianza. Los avatares políticos internos de los dos países
no permitieron que nada de lo que se había barajado en Thoiry llegara a concretarse.
Pero ello no valió para disolver la atmósfera de optimismo que se había creado. Fue en
estos años cuando el proyecto de una Europa unida comenzó a ser objeto de una cierta
atención por parte de los políticos más avisados y también fue en estos años cuando la
idea de un pacto que desterrara la guerra encontró audiencia. El 27 de agosto de 1928 se
firmó en París el pacto Briand-Kellogg, al que se sumaron al poco tiempo todas las
principales potencias, incluida la URSS. En él se condenaba la guerra como
instrumento de solución de las controversias internacionales y los Estados suscriptores
se comprometían a recurrir a vías pacíficas para dirimir eventuales contiendas o
conflictos.
Los años entre 1925 y 1929 fueron para los países europeos años de coyuntura
favorable. Ello fue el efecto o la causa de la renovada normalización de las relaciones
internacionales y de la estabilización de las situaciones internas tras los años
tumultuosos de la posguerra. Aunque con ritmo e intensidad distintos, la buena
coyuntura llegó a todos los países del continente. Lo atestiguan tanto los índices de las
rentas nacionales, como los de las producciones industriales. Del análisis de estos
últimos, resulta claro que los sectores más dinámicos fueron los de las industrias
cronológica y tecnológicamente más recientes, como la del automóvil y la eléctrica. Si la
recuperación era general y difundida en toda el área europea, lo que variaba en cada
país era la distribución de sus beneficios entre las clases sociales y el uso político que se
hizo de la nueva prosperidad.
275
La Alemania nazi
Muy pocos conocían a Adolf Hitler antes del rotundo triunfo nazi en las
elecciones de 1930. Para entonces, aquel excombatiente solo había encontrado en la
política el éxito que buscó, sin fortuna, como artista en su juventud vienesa. Tras
trasladarse a Munich, se había puesto a la cabeza, en febrero de 1920, de un pequeño
grupo extremista de derecha fundado por el herrero Anton Drexler –la Deutsche
Arbeiterpartei (DAP)–, estrenando así su carrera política. Su primera iniciativa fue la
de cambiar el nombre del partido por el de Nationalsozialistische deutsche
Arbeiterpartei (NSDAP, Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista) y redactar un
programa en el que, conforme a la nueva denominación del partido, elementos
socialistas como la nacionalización de “todas las empresas de carácter monopolista” y
una borrosa “eliminación de la esclavitud del interés” se acompañaban y se
entremezclaban con elementos de carácter “nacional”, como la abrogación del tratado
de Versalles, la formación de una “gran Alemania” y la sustitución del derecho romano.
Este eclecticismo hacía que el programa del NSDAP tuviera mucho en común con el de
los fasci italianos de 1919, hacia cuyo jefe Hitler nutría una gran admiración. Por otra
parte, lo que caracterizaba la orientación política del NSDAP respecto de los demás
grupos de derecha alemanes y extranjeros era el antisemitismo del que estaba
impregnado y que constituía su Leitmotiv: a los judíos, en su programa, Hitler les
negaba el derecho a ser miembros de la comunidad nacional alemana y cerraba el
acceso a cualquier cargo público. La primera salida pública del nuevo partido tuvo
lugar en 1923, en la atmósfera candente que siguió a la ocupación francesa del Ruhr y
al estallido de la hiperinflación, cuando, junto con el general Ludendorff, Hitler
organizó y promovió en Munich un Putsch que hubiera tenido que ser un punto de
partida de una marcha sobre Berlín, como la de Mussolini sobre Roma. Pero al fallarle
los apoyos políticos y militares, el intento fracasó y Hitler fue detenido y condenado a
cinco años de reclusión. De hecho, sólo pasó en la cárcel nueve meses, durante los
cuales escribió la primera parte de su Mein Kampf (Mi Lucha). Pero de esta
experiencia sacó la conclusión de que el único camino realmente practicable para
conquistar el poder pasaba por aceptar las reglas del juego y utilizar sin escrúpulos y
de forma instrumental la legalidad republicana. Los ambiciosos proyectos que
perseguía hubiesen sido irrealizables y el NSDAP se hubiese quedado como una
reliquia de la posguerra (en las elecciones de 1928 no sacó más que el 2,8% de los
votos) si la gran depresión no hubiese de nuevo precipitado a Alemania en la atmósfera
de radicalización y exasperación propia de la posguerra. La violencia y los
enfrentamientos entre las varias formaciones paramilitares volvieron a ser una forma
habitual de lucha política y en ella los nazis no se encontraban para nada incómodos.
En abril de 1932 el gobierno de Brüning, con una de sus últimas medidas, intentó
apagar el fuego de la violencia ilegalizando las Sturmabteilung (SA) nazis, pero dos
meses después, en junio, el nuevo gobierno del canciller Von Papen retiró esta medida y
las luchas callejeras pudieron así reanudarse. Sólo en Prusia se contaron en pocas
semanas noventa y nueve muertos y más de mil heridos. En este clima de total
crispación las consignas más extremistas se hacían creíbles y el NSDAP se convertía en
un poderoso polo de atracción para los rencores y las frustraciones de los que habían
conocido los tiempos amargos de la posguerra y de la inflación y para las aspiraciones
276
de muchos jóvenes que sólo conocían la desolación del presente y esperaban
confusamente una regeneración. Humores y reacciones psicológicas de este tipo
existían en todos los estratos sociales y eso explica la composición extremadamente
heterogénea que caracterizaba al NSDAP respecto de todos los demás partidos políticos
alemanes.
Hacia 1930, entre sus afiliados el 28,3% eran obreros, el 25,6% empleados, el 14%
campesinos, el 20,7% trabajadores independientes y el 8,3% funcionarios. Cierto que
un consenso caracterizado por un nivel tan alto de emotividad podía evaporarse tan
rápidamente como se había formado, pero Hitler sabía cómo fomentarlo y
capitalizarlo. No sólo era un orador capaz de enfervorizar a su audiencia, sino un
maestro en el uso y la combinación de cualquier técnica de movilización, tanto las bien
experimentadas del movimiento obrero y de sus organizaciones de masas como las del
fascismo italiano o del comunismo soviético, o también las menos llamativas, pero más
eficaces, de la gradual infiltración en asociaciones profesionales y recreativas hasta
alcanzar su control. Sobre todo, estaba convencido del valor movilizador de la acción
ejemplar y de ello se encargaban sus SA, que siempre figuraban en primera fila en los
desfiles y en las manifestaciones de masas del NSDAP, inspirando en los participantes
un sentimiento de seguridad y de infalibilidad de la victoria. Cuando, en agosto de 1932,
un tribunal condenó a muerte a cinco nazis culpables de haber matado a un comunista
en su casa y ante su familia, Hitler no dudó en expresarles su solidaridad y
estigmatizar la falta de patriotismo de los jueces.
Con las dimisiones del gobierno de Brüning en mayo de 1932 el edificio de la
República de Weimar ya se tambaleaba. Otro fuerte golpe fue la decisión de Von Papen
en julio de destituir al gobierno prusiano del socialdemócrata Otto Braun. Por una de
esas paradojas de las que la historia es tan generosa, la misma Prusia que había sido el
baluarte y el símbolo de la conservación, ahora acababa siendo la última fortaleza de
una democracia asediada. Los meses que mediaron entre julio de 1932 y enero de 1933
se caracterizaron por una actividad política intensa e incluso frenética. Los alemanes
fueron llamados dos veces a las urnas, a finales de julio y a principios de noviembre.
Dos gobiernos se sucedieron, el de Von Papen, un aristócrata que casi por casualidad
era miembro del Zentrum y de este fue expulsado al convertirse en canciller, y el del
general Kurt von Schleicher, el más escuchado, después de la dimisión de Groner, de los
consejeros de Hindenburg. El primero duró pocos meses y el segundo, pocas semanas.
La sucesión de elecciones y gobiernos no era sino el indicio de cómo los mecanismos de
la democracia weimariana ya giraban en el vacío, casi una pantomima a la espera de
que el telón bajara definitivamente. El destino del país se decidía en la sombra,
mediante una espesa trama de contactos. Los verdaderos protagonistas eran la
camarilla de un Hindenburg cada vez más ausente, los altos mandos militares, la
influyente Liga Rural, representantes de la industria y, por supuesto, el incómodo Adolf
Hitler. Los nacionalsocialistas, que, aunque habían retrocedido en las elecciones de
noviembre respecto de las de julio, seguían representando a un tercio del electorado y
se habían convertido en el primer partido. Hitler, quien había rechazado repetidas
veces el cargo de vicecanciller, insistía, en efecto, en reclamar para sí la cabeza del
gobierno y al final Hindenburg, que nutría hacia él sentimientos de animadversión,
tuvo que aceptarlo.
277
El 30 de enero Hitler asumió el cargo de canciller, con Von Papen como
vicecanciller. El presidente y sus consejeros pensaban tenerlo controlado y esperaban
que su popularidad se deshinchara y que quedara claro que no podía cumplir con sus
promesas demagógicas para liberarse de él. Por otra parte, ésta era la opinión más
generalizada en los ambientes diplomáticos y entre los estadistas europeos. Más
sorprendente es el hecho de que esta miopía política estuviese difundida también entre
los adversarios más enconados de Hitler. Muchos comunistas, por ejemplo, creían que
el ascenso de Hitler al poder era una etapa necesaria en el camino de la instauración de
la dictadura del proletariado por la que luchaban y el Partido Comunista Alemán, al
hilo de esta lógica perversa, no dudó en empeñarse en acciones convergentes con las de
los nazis. En las negociaciones para formar su gobierno, Hitler había obtenido que en
un breve término se celebrasen nuevas elecciones, confiando en el efecto de arrastre
que tendría su ascenso al poder. La fecha se fijó en el 5 de marzo y la campaña electoral
estaba en pleno desarrollo cuando la noche del 27 de febrero el edificio del Reichstag
fue destruido en un incendio. Cualquiera que fuese el que prendió el fuego, si el
desequilibrado holandés que fue detenido o, más probablemente, una unidad de las SA,
lo cierto es que esta circunstancia brindaba a Hitler la ocasión para reforzar su poder
personal y dar otro apretón de tuercas. La responsabilidad se dejó recaer sobre los
comunistas y cuatro mil de ellos fueron detenidos. Acabaron en la cárcel también
muchos opositores e intelectuales. Al día siguiente al incendio del Reichstag,
Hindenburg, presionado por Hitler, firmaba un decreto “en defensa del pueblo ale
mán” que suspendía todos los derechos y las libertades constitucionales y prescribía la
pena de muerte por una serie de atentados contra el Estado.
En esta atmósfera de terror se celebraron las elecciones del 5 de marzo. El NSDAP,
con el 43,9% de los votos, y los partidos de derecha aliados obtuvieron la mayoría
absoluta, pero no la de dos tercios necesarios para reformar la constitución y atribuir a
Hitler los poderes absolutos que reclamaba. Pero igualmente alcanzó su objetivo
gracias a la anulación de la elección de los 81 diputados comunistas y a la debilidad del
Zentrum. Así terminaba la República de Weimar y se iniciaba la Gleichschaltung
(sincronización) nazi. Ésta implicó a todo el sistema político e institucional sobre el
que se había sostenido Alemania en la posguerra: los partidos, desde los comunistas
hasta los nacionalistas, fueron disueltos, con la obvia excepción del partido
nacionalsocialista, que en julio se convirtió en el único partido legal; los sindicatos
fueron unificados en el Frente alemán de los trabajadores, DAF; en las universidades
los rectores también fueron nombrados desde arriba; la prensa y los demás medios de
comunicación fueron puestos bajo el estricto control de un ministerio de nueva
formación, el ministerio para la información popular y la propaganda encabezado por
el más intolerante entre los jerarcas nazis, Joseph Goebels.
La Gleichschaltung no perdonó tampoco a las Iglesias protestantes. Apoyándose
en el movimiento de los alemanes cristianos, para los que Jesucristo era un ario y San
Pablo un rabino, un judío, el régimen intentó unificar en una Iglesia nacional bajo el
control del Ministerio de Asuntos Eclesiásticos. Sin embargo, al constatar cuán fuertes
eran las resistencias a este intento de politización por parte de la mayoría de los
creyentes y de prestigiosos representantes religiosos, el régimen modificó su postura y
renunció al proyecto, pero al mismo tiempo alentó al movimiento de los “creyentes en
278
Dios” y dejó rienda suelta a la propaganda de las teorías neopaganas de Alfred
Rosenberg.
En cuanto a la Iglesia católica, las relaciones con ella fueron reguladas por un
tratado entre el Reich y la Santa Sede en julio de 1933, según el cual, ésta se
comprometía a no interferir en la vida política a cambio de garantías acerca de la
libertad de culto y de las escuelas católicas. La interpretación y la aplicación de estas
garantías por parte de las autoridades nazis no tardó en revelarse muy restrictiva y en
marzo de 1937 el pontífice Pío XI formuló su protesta en la encíclica Mit brennender
Sorge, en la que se denunciaban no sólo las violaciones del tratado, sino también la
ideología racista y las persecuciones de los judíos.
Existía una institución que, por su prestigio y por su fuerza no podía ser
sincronizada: el ejército. Si entre los jóvenes oficiales había muchos simpatizantes del
nazismo, los altos mandos seguían fieles al principio del apoliticismo, como un cuerpo
separado, auténtico Estado dentro del Estado. Además, algunos de ellos, como el
general Von Seeck, futuro jefe de estado mayor, o el coronel Von Stauffenberg, quien en
julio de 1944 protagonizó un atentado contra Hitler, pensaban que el ejército tenía el
deber moral de oponerse al gobierno en caso de que resultase claro que este arrastraba
al país a la ruina. En todo caso, era general la preocupación por la creciente intromisión
de las SA, integradas por un millón de hombres y a cuya cabeza se encontraba un
personaje, Erich Röhm, que no ocultaba sus ambiciones políticas e invocaba una
“segunda revolución”. La hostilidad o incluso simplemente la frialdad del ejército era
algo que Hitler no podía permitirse y por eso decidió actuar a su manera, de forma
quirúrgica.
En la madrugada del 30 de junio de 1934, unidades de la policía y las SS asaltaron
y ejecutaron a Röhm, Strasser y a decenas de sus seguidores. La purga sirvió también
para eliminar al general Schleicher y a su ayudante de campo. Pocas semanas más
tarde, el 2 de agosto, murió Hindenburg. Hitler convocó entonces un plebiscito para
pedir la unificación de los cargos de canciller y presidente, obteniendo una mayoría
aplastante. Lo que diferenciaba el tercer Reich de las demás dictaduras era la
legitimación ideológica que reclamaba para sí. En efecto, se definía a sí mismo como
una “unión popular» o Volksgemeinschaft de la que formaban parte como ciudadanos
todos los «miembros del Estado de sangre alemana”, quienes “con su comportamiento
den prueba de estar dispuestos a adoptar y servir fielmente al pueblo y al Reich”. Seme
jante definición excluía a los opositores del régimen y a los quinientos mil judíos
alemanes quienes, en su calidad de miembros del Estado pero no de sangre alemana,
no gozaban de los derechos de los ciudadanos. El mundo de los años treinta conocía
otros ejemplos de totalitarismos basados en la práctica de las expulsiones, las
represiones y el exterminio de masas. Pero ninguno de ellos asumía como principio de
su legitimación el concepto biológico y bárbaro de la raza y de la desigualdad de las
etnias.
El ascenso de Hitler al poder coincidió con el principio de la superación de la
depresión. La producción industrial daba señales de recuperación. Pero hacía falta
alentar este principio de mejora de la coyuntura y a este fin el gobierno nazi lanzó un
plan imponente de obras públicas. Ello contribuyó a la disminución del desempleo.
Esto se vio facilitado también por las medidas dirigidas a excluir a las mujeres de todos
los sectores de la administración pública para devolverlas al papel de madres y esposas
279
que, según la doctrina nazi, les pertenecía. Hitler se negó a elegir entre “mantequilla y
cañones”, en el sentido de que quiso las dos cosas. A partir de 1936, los gastos en
armamentos conocieron un drástico incremento, pasando de cuatro mil millones de
marcos en 1934 a dieciocho en 1938. En octubre de 1936 se promulgó un plan cuatrienal
que tenía el objetivo de realizar un ambicioso programa de expansión económica
orientada al rearme, cuya realización se confió a Göring, al que se otorgaron amplios
poderes. El desempleo había caído a niveles insignificantes y, pese a los prejuicios
antifeministas del régimen, la ocupación femenina incluso aumentó. La gente volvía a
tener confianza y volvía a tener hijos: Alemania fue el país “blanco” que conoció en los
años treinta el mayor incremento demográfico. Pero Hitler y sus colaboradores se
daban cuenta de que una política económica de este tipo no era sostenible a medio
plazo y que los recursos internos tenían un límite. No obstante, en su opinión la
solución de la que en términos económicos era una cuadratura del círculo se podía
encontrar en términos políticos, y especialmente de política exterior. La idea de una
expansión hacia el este, mucho más allá de los territorios perdidos en Versalles, era su
Leitmotiv. Para conseguir este objetivo era necesario, sin embargo, desvincularse de las
obligaciones y condicionamientos internacionales a los que Alemania estaba sometida.
El primer paso en este camino fue la decisión de abandonar la conferencia del desarme
y la SDN.
Aunque esta medida inicial parecía lógica, el régimen no tomó otras acciones de
peso durante 1934 y 1935 que despertaran la sospecha de las potencias extranjeras. Si el
tratado de no agresión con Polonia, en enero de 1934, despertó inquietudes en Francia,
tradicionalmente aliada y protectora de Polonia, y todavía más en la Unión Soviética,
otros, en cambio, lo juzgaron como una renuncia, por lo menos provisional, a la
revisión de las fronteras orientales. Mayores preocupaciones suscitó el Putsch
promovido por elementos pronazis en Viena, en julio de 1934, pero Hitler se apresuró a
declarar su desvinculación de los hechos y a llamar a consulta a su embajador en
Viena. La reacción más resentida fue la de Italia, que envió sus tropas a la frontera con
Austria. La temida perspectiva de una convergencia entre los dos dictadores parecía así
alejarse, lo que constituía otro elemento de tranquilidad. Así se explica cómo, al vencer
el término previsto por el tratado de Versalles, en enero de 1935, pudo celebrarse el
referéndum para decidir el destino del Sarre. Ésta era una región católica caracterizada
por una fuerte presencia obrera; no obstante se expresó con aplastante mayoría en
favor de la anexión al Reich. A partir de 1935, a medida que el nuevo curso económico y
el plan cuadrienal iban desarrollándose, la política exterior del nazismo cambió de
registro y de tono.
280
automatismo prácticamente imparable. Así, en marzo de 1935, el gobierno británico
presentó al Parlamento un “libro blanco” en el que se perfilaba y se solicitaba un
incremento de los gastos militares y casi al mismo tiempo, en Francia el gobierno de
Laval avanzó la propuesta de prolongar el servicio militar de uno a dos años; mientras
se trabajaba con intensidad en la construcción de la línea Maginot, que se terminó en
1936. La réplica de Alemania no se hizo esperar: Hitler hizo pública su decisión de
volver al reclutamiento obligatorio y aumentar los efectivos del ejército de los cien mil
hombres previstos en el Tratado de Versalles a quinientos cincuenta mil.
El rearme afectó a todos los sistemas armamentísticos y en especial a la aviación
y las armas químicas. La pesadilla de la guerra aeroquímica, se fue así extendiendo a
medida que en las ciudades europeas se organizaban simulaciones de ataques aéreos
enemigos, con distribución de máscaras antigás, construcción de refugios y planes para
la evacuación de la población de las ciudades. Se trataba, en opinión de muchos, de
medidas de dudosa eficacia, cuyo único efecto era el de preparar a la población para
aceptar psicológicamente la eventualidad de una guerra. Cuanto mayor era el sentido
de inseguridad que cundía en Europa, más afanosa y casi obsesiva era la búsqueda de
seguridad. En el léxico político de la mitad de los años treinta pocas expresiones son
tan recurrentes como la de ”seguridad colectiva”, y pocos momentos históricos están
marcados por una actividad diplomática tan intensa, casi frenética, especialmente por
parte de aquellos Estados que se sentían más inseguros y amenazados. Este es el caso
de la Unión Soviética. Stalin fue muy prudente en el terreno de las relaciones
internacionales y particularmente activo en la búsqueda de seguridad. Entre 1929 y
1933, la URSS estipuló una serie de pactos de no agresión con los Estados fronterizos
(Finlandia, Estonia, Lituania, Polonia y Rumania), con Francia y con Italia.
Entre los Estados de Europa occidental, el más preocupado y hasta alarmado era
obviamente Francia. Así, la idea de reeditar con la Rusia soviética la alianza que en su
momento se había realizado con la Rusia zarista, fue tomando cuerpo en la diplomacia
francesa y con este espíritu el ministro de Exteriores Barthou propuso un Locarno
oriental, es decir, un pacto que comprometiera a todos los Estados, Alemania incluida,
que estaban interesados en el respeto de las fronteras de la región. La propuesta
encontró, naturalmente, una acogida favorable en Moscú, pero no en Berlín y Varsovia,
así que tuvo que ser abandonada. Pero Barthou no desistió en su política de apertura
hacia el Oriente europeo y fue principalmente gracias a sus buenos oficios que, en
septiembre de 1934, Rusia fue admitida en el seno de la asamblea de Ginebra en calidad
de miembro permanente del Consejo. Se reconocía así a la Rusia soviética el status de
gran potencia, lo que constituía un hecho político nuevo y relevante. El sucesor de
Barthou, Pierre Laval, se mostró menos dispuesto con la Rusia soviética y su primera
iniciativa relevante fue, en efecto, su visita a Roma para encontrarse con Mussolini. Los
acuerdos que se firmaron tras los coloquios se limitaban a confirmar el compromiso
común para la independencia austríaca y a regular algunas cuestiones coloniales
menores mediante rectificaciones de la frontera. En realidad, Mussolini había obtenido
de Laval la garantía del desinterés francés por la empresa africana a la que se
aprestaba. Se necesitó el anuncio del rearme alemán para que Laval retomara el diálogo
iniciado por su predecesor con la Unión Soviética. En mayo se llegó, así, a la firma de
un pacto franco-soviético, por el que ambas partes se comprometían a consultarse
mutuamente y proporcionarse ayuda en caso de agresión por parte de un tercer país. El
281
pacto fue complementado por otro análogo entre Checoslovaquia, aliado tradicional de
Francia, y la Unión Soviética, en virtud del cual ésta se comprometía a intervenir en
caso de agresión a Checoslovaquia, con la condición de que Francia hiciera lo mismo.
Escarmentada por la experiencia de la primera guerra mundial y reacia a dejarse
involucrar en el hervidero diplomático continental, Inglaterra se mantenía a la espera
y sólo después del desafío lanzado por Hitler con su anuncio de rearme, accedió a
participar, con Francia e Italia, en la conferencia que se celebró en Stresa (Italia) del 11
al 13 de abril de 1935 y terminó con la aprobación de un documento en el que, además
de insistir en el compromiso común para la independencia de Austria y en favor del
proyecto de pacto oriental, se condenaba cualquier incumplimiento de los pactos de
Locarno y se dejaba vislumbrar la amenaza de sanciones contra los responsables de
nuevas infracciones. Pero el denominado frente de Stresa se reveló, en los hechos, muy
débil y el primer golpe se lo asestó precisamente Inglaterra, que en junio negoció con
Alemania un tratado naval.
El foco se centró en Etiopía, cuya invasión Mussolini proyectaba desde 1934. Ya a
comienzos de 1935, el despliegue de tropas en Eritrea confirmaba sus intenciones.
Mussolini, anunció el principio de las hostilidades. Aquel ataque constituía una
agresión flagrante contra un miembro de la SDN, una afrenta que no pasó
desapercibida para la opinión pública británica. Pocas semanas más tarde, la asamblea
de Ginebra no dudó en decretar sanciones económicas contra Italia. A favor votaron
cincuenta y dos Estados y sólo tres, Austria, Hungría y Albania, todos estrechamente
vinculados con Italia, votaron en contra.
Lo que quería Mussolini era una victoria en campo abierto que reforzara su
prestigio interno e internacional; y la obtuvo. En mayo de 1936, las tropas italianas, tras
haber doblegado la tenaz resistencia etíope, sin dudar en la utilización de gases,
entraron en Addis-Abeba y el Duce reclamó el retorno del Imperio de Roma. El 18 de
junio Inglaterra suspendía las sanciones. Así, la prueba de la agresión italiana a Etiopía
concluía con la pérdida definitiva de prestigio de la SDN y con el deterioro aún más
grave del sistema de relaciones entre los Estados europeos. La principal beneficiaria de
las mutaciones de los equilibrios internacionales generadas por la crisis etíope fue
Alemania, que al no ser miembro de la SDN, se había mantenido apartada, limitándose
a observar. Hitler el 7 de marzo de 1936, poniendo como pretexto la ratificación del
tratado franco-soviético, ordenaba a unidades de la Wehrmacht que entraran en la
zona desmilitarizada de Renania. Se trataba de una nueva y más grave violación de los
tratados de Locarno y Versalles, pero también en este caso, las reacciones de las
potencias occidentales se quedaron en protestas y amonestaciones para el futuro. Uno
de los motivos por los que las mayores potencias se habían mostrado tibias en la
cuestión etíope y en la aplicación de las sanciones, había sido el temor a que Italia se
uniera a ella a causa de la cuestión austríaca, y que se constituyera así un bloque de las
potencias fascistas. En cambio, se obtuvo el resultado contrario. Irritado por los
obstáculos puestos en su camino, animado por sus éxitos, Mussolini sintió más fuerte
el reclamo de las afinidades políticas y comenzó un proceso de acercamiento hacia la
Alemania nazi, hasta llegar, en octubre de 1936, a la firma de un acuerdo, suscrito por
los dos ministros de Exteriores. Nacía así, lo que en un discurso del primero de
noviembre, Mussolini definió como “el eje Roma-Berlín”. Todavía no era una alianza,
pero pronto lo sería. A Austria, privada de la protección italiana, no le quedaba más
282
remedio que suscribir, en julio de 1936, una convención con Alemania, en la que,
aunque obtenía el reconocimiento formal de su soberanía, se declaraba Estado alemán
aceptando de hecho una primera limitación a la soberanía que formalmente se le
acababa de reconocer.
Así, se había dado un paso hacia la formación de un sistema de alianzas
intereuropeas basadas en afinidades políticas entre Estados fascistas o profascistas, y la
seguridad colectiva aparecía ya como una expresión superada e incluso anacrónica.
Hacia la guerra
283
Checoslovaquia, la prioridad estaba en ejercer presiones para que ésta accediera a
hacer concesiones e insistir para que Hitler moderara sus peticiones y no precipitara la
situación con decisiones repentinas. Por parte alemana, ya no se hablaba de autonomía
de la zona de los Sudetes, sino de autodeterminación e incorporación al gran Reich y
quedaba claro que el objetivo real era el desmembramiento de Checoslovaquia. La
situación se había hecho, pues, candente y estaba abierta a cualquier desarrollo.
La mayor incógnita consistía en las posibles reacciones de Hitler. ¿Estaba
realmente dispuesto a arriesgar un conflicto general o lo suyo no era más que un bluff?
Chamberlain decidió tomar por primera vez un avión y viajar para hablar con Hitler. El
Führer insistió en su petición de incorporación de los Sudetes al Reich y Chamberlain
se comprometió a intentar convencer a los gobiernos de París y Praga para que la
aceptaran en principio, dejando el establecimiento de las modalidades para un segundo
momento. Chamberlain creyó que la cuestión iba camino de solucionarse pero se quedó
pasmado cuando Hitler aumentó sus pretensiones, exigiendo la evacuación de las
tropas checas del territorio de los Sudetes para el 1 de octubre. Durante los días que
siguieron Europa vivió bajo la pesadilla de una guerra inminente.
Mientras Checoslovaquia se movilizaba y Alemania y Francia se preparaban, se
sucedían consultas frenéticas entre políticos y militares. Chamberlain, propuso a
Mussolini que promoviera una conferencia entre los cuatro que se celebraría en
Alemania. Mussolini aceptó y Hitler, que ya tenía en mente la descomposición de
Checoslovaquia que realizaría unos meses más tarde, renunció, por una vez, a arrasar y
se conformó con ganar. La conferencia se reunió en Munich en la jornada del 29 y duró
pocas horas, Mussolini leyó las propuestas y Chamberlain y Daladier las aprobaron. La
delegación checa no fue admitida en la conferencia y sólo se la informó al final de la
sesión de las decisiones tomadas. La URSS no había sido invitada. Al día siguiente,
Chamberlain celebró un nuevo coloquio con Hitler, obteniendo el compromiso de que
cualquier otra cuestión relativa a los intereses de los dos países se solucionaría
mediante consultas. Europa dio un respiro de alivio. De regreso a su país, Chamberlain,
Daladier y el mismo Mussolini fueron recibidos por multitudes entusiastas como
salvadores de la paz. En realidad, la paz duraría exactamente un año.
De Munich a la guerra
No tuvo que pasar mucho tiempo para que los que habían augurado (o se habían
ilusionado) que los acuerdos de Munich favorecerían un proceso de estabilización de la
situación europea, tuvieran que darse cuenta de que, al contrario, estos habían
impulsado una mayor desestabilización. Las consecuencias más inmediatas se hicieron
sentir en Europa del este, donde el sistema de alianzas y contrapesos que durante años
había asegurado la estabilidad de la región, no sobrevivió a la crisis checoslovaca. En el
vacío que así se había creado se dispararon las tensiones étnicas y las reivindicaciones
territoriales de los diferentes Estados de la región.
Al nacionalismo de las potencias menores de Europa del este le acompañaba
siniestramente el racismo triunfante en las potencias fascistas. En la madrugada entre
el 8 y el 9 de noviembre de 1938, pocas semanas después de Munich, tomando como
pretexto el asesinato de un diplomático alemán en París a manos de un prófugo judío
polaco, Hitler desencadenó una expedición contra los judíos. El balance de la que pasó
284
a la historia como la «noche de los cristales rotos» fue de docenas de muertos,
centenares de sinagogas destruidas, miles de tiendas saqueadas y decenas de miles de
prisioneros en los campos de concentración.
Mientras tanto, la carrera armamentística no tenía tregua y se intensificaba. En
abril de 1939 Inglaterra volvió a introducir el reclutamiento obligatorio. Hitler
avanzaba en sus amenazas sobre Polonia. El 31 de marzo, el gobierno inglés declaraba
que apoyaría con todos los medios a Polonia, en caso de que se produjera cualquier
acción que ponga en peligro la independencia polaca. Dos semanas después Francia se
sumó a esta declaración de garantía, que posteriormente se extendió a Rumania y a
Grecia. A principios de mayo, las alineaciones que iban a enfrentarse en la segunda
guerra mundial comenzaban a perfilarse con claridad: por un lado, las potencias
occidentales y la reconstituida alianza franco-británica; por el otro, las potencias
fascistas y revisionistas. En agosto de 1939 se firmó un pacto de no agresión entre
Alemania y la URSS. Se fijaban las líneas de demarcación entre las esferas de interés
alemana y soviética. Este pacto fue un importante trauma para todos los que habían
mirado a la URSS como un baluarte del antifascismo y de la lucha por la paz. Hitler
cultivaba con este pacto la esperanza de que el mismo disuadirá a Francia e Inglaterra
de intervenir en la guerra, lo que a la luz de los hechos, se reveló como un error. Dos
días después, Inglaterra y Francia reiteraban y formalizaban los compromisos
asumidos con Polonia. El 1º de septiembre de 1939, las tropas alemanas cruzaron la
frontera polaca y el día tres Francia e Inglaterra lanzaron un ultimátum a Alemania,
que naturalmente lo rechazó. Comenzaba así la segunda guerra mundial.
285
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939)
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2024.
Matilde Silva
Los años que transcurrieron entre 1936 y 1939 –período de entreguerras europea-
fueron años en los que España se vio sumida en un proceso de guerra civil. Para la
historia española del siglo XX está claro que hubo un antes y un después a los sucesos
de 1936.
España había iniciado el siglo XX en medio de una crisis imperial puesto que
había perdido las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El año 1898 significó un
fuerte impacto en la política, sociedad e intelectualidad española. De esa forma, los
albores del siglo XX fueron acompañados por un proceso de cierta democratización
política y social como un intento de la monarquía reinante por frenar los conflictos
sociales y de frustrar una posible revolución desde abajo. En la década de 1930, y a la
par de las viejas fuerzas políticas conservadoras y clericales, creció en España un
ferviente republicanismo, el novel nacionalismo catalán cobraba fuerza política y un
más amplio y mejor organizado movimiento obrero bregaba por mayores cambios. El
mundo rural era predominante en el país peninsular, la industria mostraba una mejor
posición en algunos centros urbanos y los antiguos procesos migratorios a América
Latina revelaban un cambio de signo, un retroceso en las partidas demográficas,
situación que representó un aumento poblacional –y con ello en su población
económicamente activa- para España.
El año 1931 expuso un cambio político significativo ya que se instauró la Segunda
República. Fue el fin de la monarquía. El rey Alfonso XIII partió al exilio.
El nuevo gobierno republicano fue un gobierno de coalición entre republicanos y
socialistas y llevó a cabo una serie de reformas institucionales, políticas y sociales. Se
dictó una nueva Constitución que declaró a España estado no confesional, se
promovieron cambios en términos de derechos laborales, en educación pública, se
estableció el matrimonio civil, el divorcio, la patria potestad para las mujeres y el
derecho al voto femenino. Cambios en la cuestión catalana se vieron reflejados en la
obtención de cierta autonomía. En términos educativos, la etapa republicana se destacó
por la extensión de la instrucción pública y por la implementación de las “Misiones
Pedagógicas” que tuvieron como fin la promoción cultural y la extensión del proceso
alfabetizador en villas, aldeas y zonas rurales. Se crearon bibliotecas populares, se
proyectaron películas, se representaron obras de teatro, se realizaron sesiones
musicales, audiciones radiales y exposiciones itinerantes en zonas alejadas de las
grandes ciudades. Esas medidas constituyeron un proyecto de acercamiento de la
cultura a las poblaciones más desfavorecidas de la sociedad española. El poeta Federico
García Lorca fue un activo y conocido integrante de estas Misiones.
La reforma propuesta en el ámbito de la institución militar buscó su
modernización y estricto sometimiento al orden constitucional, razón por la cual fue
duramente combatida por las Fuerzas Armadas españolas. Las conspiraciones militares
acompañaron a todo el período republicano. Las reformas que promovieron la
286
secularización del Estado español enfrentaron al nuevo gobierno con otro poder
relevante en la España de entonces: la Iglesia católica. Por último, mencionamos otro
eje de reforma y conflictos, este fue la tierra y un intento de reforma agraria que
generaron resquebrajamientos tanto en el campesinado español como en los
propietarios rurales.
Los combates contra la República también provinieron desde abajo,
fundamentalmente desde el movimiento anarcosindicalista organizado en torno a la
Confederación Nacional del Trabajo (CNT) la que, fundada en 1910, repudiaba el
sistema institucional representativo republicano y abogaba por un cambio más
profundo y de tipo revolucionario. Luego de 1934 las fuerzas socialistas se
reacomodaron y decidieron pelear por la vía democrática en las urnas. Ello resultó en
que en las elecciones generales de 1936 la coalición de izquierdas del Frente Popular
resultara victoriosa por sobre el Frente Contrarrevolucionario (un frente conservador,
monárquico y católico). Pero la victoria electoral fue ajustada y como resultado, las
derechas españolas decidieron virar hacia caminos inconstitucionales y de fuerza
contra la nueva República.
Los conflictos, problemas y contradicciones presentes en España los primeros
treinta años del siglo XX no fueron resueltos por la vía pacífica, sino mediante el uso de
la violencia colectiva, el rechazo a la democracia y el avance del autoritarismo.
Trágicamente esta fue una característica repetida en la Europa de aquel tiempo.
Los profundos antagonismos sociales, políticos y económicos devinieron el 18 de
julio de 1936 en un alzamiento militar que comenzó en Marruecos y fue liderado por
los Generales Mola, Sanjurjo y Franco. La insurrección se extendió a la península y
socavó la capacidad del gobierno republicano para mantener el orden. Se desató un
ciclo de violencia sin precedentes. España se dividió prontamente en dos zonas: la legal
y republicana, por un lado, y la sublevada autodenominada “nacional”, por el otro.
Mediante un decreto de 1937 Franco estableció “La Falange Española Tradicionalista y
de las JONS” como partido único bajo su mando y reunió así en su persona todo el
poder político y militar. Franco fusionó así Falange Española (creada por José Antonio
Primo de Rivera) y las JONS (Junta de Ofensiva Nacional Sindicalista), fuerzas nacidas
en la década de 1930 con una impronta fascista.
La división de las fuerzas militares (en apoyo y en oposición al Golpe de Estado)
sumado a la fuerte resistencia civil en las grandes ciudades de Barcelona, Valencia y
Madrid impidió que el golpe triunfara y se abrió el camino a una larga lucha que, por
tres años, sumió a España en una cruel y violenta guerra civil. Fue una combinación de
Golpe de Estado, división de las Fuerzas Armadas y resistencia.
La Guerra Civil Española (GCE) fue una y fue varias: se vivió en las armas, en las
ideas, en las persecuciones religiosas e ideológicas, en la calle, en la clandestinidad, en
la península y en el exterior. Se discutieron conceptos de libertad, de patria y de
compatriota, de pertenencia y de exclusión.
La GCE pasó a la historia caracterizada por la deshumanización del otro, por el
intento de destrucción total del adversario y por una violencia extrema entre
compatriotas y de manera más fuerte y radical por el bando golpista que continuó
luego en el poder a través del régimen franquista (1939-75). El Gral. Francisco Franco
fue elevado al lugar de jefe único, con máximo poder político y militar construyendo así
un sistema de poder absoluto centrado en su persona que cercenó libertades, que
287
eliminó todo vestigio republicano, lo que implicó el retorno de las mujeres al espacio
doméstico y que estuvo atravesado por la fuerte presencia y poder de la Iglesia católica
en todos los espacios sociales y de poder.
Los más recientes estudios históricos sobre otros actores sociales han permitido a
la historiografía revisar y reconstruir el papel de las mujeres en la guerra civil,
destacando su lugar en los frentes de batalla al inicio del conflicto.
Las milicianas en el frente fueron, sin embargo, una significativa minoría, y su
participación duró muy poco tiempo. En julio de 1937 las Fuerzas Armadas
republicanas afirmaron que era necesario promover un cambio, que debían ir “los
hombres al frente y las mujeres a la retaguardia”. El rol femenino en la guerra dio un
giro y la mujer fue enmarcada en roles más tradicionalmente femeninos referidos al
cuidado de enfermos, de las infancias y los refugiados. Sin embargo, la movilización
femenina, aunque breve, transmitió un mensaje diferente al de la domesticidad y dio
por primera vez una visibilidad pública y colectiva a las mujeres españolas. La cuestión
de género estuvo presente en ambos bandos. Además, el cuerpo femenino fue objeto
particular y especial de sanciones, violaciones, abusos y maltratos. La práctica de rapar
sus cabezas en el bando nacionalista como humillación y estigma, fue un ejemplo de
ello. Las mujeres republicanas que terminaron detenidas en cárceles franquistas luego
de la contienda sumaron a esos castigos el maltrato hacia sus hijos/as pequeños/as
detenidos/as con ellas en pésimas condiciones de higiene y con escasa alimentación. Al
cumplir los tres años los niños y niñas eran retirados de las cárceles para ser
trasladados a instituciones estatales o para ser adoptados por familias adherentes al
franquismo.
A partir del inicio de la disputa en 1936, el conflicto se internacionalizó
rápidamente. Las tropas sublevadas contaron con un significativo apoyo militar,
suministro de armas y ayuda financiera de la Alemania nazi, la Italia de Mussolini y el
Portugal de Salazar. El apoyo aéreo externo le permitió a Franco trazar un puente aéreo
para el suministro de provisiones y de soldados desde África a tierras españolas.
Aviones pertenecientes a la Legión Cóndor (alemana) llevaron a cabo bombardeos de
ciudades y objetivos civiles –como el ataque incendiario de la ciudad vasca de Gernika
(Guernica) en abril de 1937- que marcaron un importante cambio de rumbo en las
guerras del siglo XX. Las intervenciones extranjeras en las tierras españolas les
permitieron a alemanes e italianos ensayar técnicas bélicas con vistas al futuro.
La cuestión internacional para la España republicana fue más compleja.
Sostenida por milicias voluntarias, un ejército mal organizado, tropas mal pertrechadas
y sin formación militar, la república contó con escaso apoyo de las potencias
mundiales. Europa no quiso involucrarse, sostuvo la política de no intervención
colectiva en el conflicto español. La Francia presidida por el socialista León Blum en un
“Frente Popular” y la Inglaterra gobernada por Stanley Baldwin optaron por la política
de neutralidad y no intervención. El apoyo de estados como la URSS o el México de
Lázaro Cárdenas a la causa republicana fue escaso por las dificultades de acceso a la
península y las distancias. La gran simpatía por la causa republicana en ámbitos
populares e intelectuales del mundo occidental no conllevó ningún efecto práctico en
los abastecimientos militares del bando republicano. Sí fue importante como
mecanismo para el reclutamiento de voluntarios extranjeros –mayoritariamente
civiles- que lucharon de manera heroica y romántica en sus filas en “Las Brigadas
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Internacionales”. Se calcula que alrededor de 35.000 voluntarios/as procedentes de 50
países llegaron como brigadistas y constituyeron un ejemplo de solidaridad obrera
internacional.
Con los cambios de 1938 en política internacional (Avance de Hitler en
Checoslovaquia y Acuerdos de Munich) se terminaron de cerrar las esperanzas para la
República y ello dio paso al avance franquista en la aún resistente región de Cataluña y
la toma de Madrid. En abril de 1939 finalizó la Guerra Civil con el triunfo del bando
insurgente. Cinco meses más tarde estalló la guerra europea que antes había logrado
aplazar la política de no intervención colectiva.
El fin de la Guerra Civil Española dejó un saldo de más de 600.000 muertos y
medio millón de exiliados repartidos por todo el mundo. A esto se sumó una enorme
población recluida en condiciones insalubres —y sin condenas legítimas— en cárceles
por todo el país, así como una legión de niños huérfanos o apropiados por el
franquismo. La guerra dejó asimismo una sustancial destrucción material de campos e
industrias, de ciudades enteras demolidas por los bombardeos. Significó la pérdida de
sus reservas económicas, el retroceso en los derechos civiles y políticos de comunidades
y de minorías, el regreso de las mujeres al tradicional lugar de esposas y madres y la
fuerte presencia y poder de la iglesia católica en toda la sociedad y política españolas.
La dictadura franquista dio inicio a una feroz y generalizada represión sobre la
población que había participado o apoyado la causa republicana. El franquismo
sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y perduró hasta 1975. El gobierno republicano
se mantuvo en el exilio hasta entonces.
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HITLER, LOS NAZIS, LOS ALEMANES Y LOS JUDÍOS
Versión libre y sintética de ENGEL, David (2006). El Holocausto. El tercer Reich y los judíos. Ed
Nueva visión. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de Historia Social General.
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presionados (a menudo mediante la fuerza física) para que vendieran sus empresas a
sólo una fracción de su valor a personas no judías. En 1938 se dieron pasos concretos
para acabar con los judíos en el ámbito económico: en abril todos debieron declara su
activos, en julio los médicos judíos que trataran a pacientes no judíos y los abogados
judíos quedaron inhabilitados para el ejercicio de su profesión. En noviembre se
ordenó la liquidación de todos los negocios minoristas que fueran propiedad de judíos,
se obligó a sus propietarios a vender sus existencias a un precio fijo a compradores
designados por el gobierno. Por último, una ley de diciembre otorgó al gobierno
atribuciones para designar síndicos que administraran las empresas industriales que
fueron propiedad de los judíos. Los ahorros que les quedaron a los judíos quedaron
atrapados en cuentas bloqueadas, de los cuales sólo podían extraer una cantidad fija
para su subsistencia.
La etapa de concentración implicó, en primera instancia, la separación ostensible
de los judíos del resto de la población, separación que se inició en 1935 con la Ley de la
Protección de la Sangre y el Honor Alemanes (2ª Ley de Núremberg) que prohibía el
matrimonio y las relaciones sexuales entre judíos y no judíos. Sin embargo, como
ocurrió en la fase de expropiación, el proceso se puso en marcha seriamente en 1938.
En julio de ese año, se ordenó que los documentos de identidad y los pasaportes de los
judíos debían llevar una marca especial. Se puso en vigencia una ordenanza que exigía
a todos los judíos que tuvieran un nombre de pila ambiguo que se agregaran el segundo
nombre de Israel o Sara. El mismo año nuevas leyes impidieron a los niños recibir
tratamiento médico como no fuera en hospitales judíos y expulsaron a los niños judíos
de las escuelas del estado. Al mes siguiente se impusieron limitaciones en las viviendas.
Después de la ocupación de Polonia iniciada en septiembre de 1939, la fase de
concentración de ese territorio adquirió otras características. El gobernador general
Alemán de la Polonia ocupada, Hans Frank, emitió la orden de que todos los judíos
“deberán usar en la manga derecha una banda blanca con la estrella de David” Además
el memorándum de Heydrich recomendaba la disolución o la transferencia a ciudades
ubicadas sobre las líneas férreas de todas las comunidades judías de menos de 500
miembros. Y preveía que la concentración de los judíos en las ciudades probablemente
exija reglamentaciones para prohibir su ingreso a determinados barrios y establecía
que los judíos no podían abandonar el gueto. Entre octubre de 1939 y abril de 1941 se
formaron zonas cerradas especiales denominados guetos o barrios residenciales judíos
en la mayor parte de las grandes y pequeñas ciudades de Polonia. En su mayoría los
guetos estaban rodeados por altos paredones y tenían puertas de acceso que nadie
podía cruzar sin un permiso especial.
No parece descabellado suponer que cada una de esas tres etapas del proceso que
Hilberg denominó de destrucción acercó cada vez más la etapa de aniquilación.
Desde el mismo momento en que los nazis alcanzaron el poder, los judíos
estuvieron sometidos periódicamente a la violencia y el terror en las calles. Los diarios
publicaban constantemente diatribas contra ellos. En las escuelas se enseñaba a los
niños que los judíos eran un peligro para la humanidad. En las puertas de las tiendas
judías había habitualmente piquetes que advertían a los clientes que no debían
comprarles a los judíos. En abril de 1933 el régimen proclamó un boicot de alcance
nacional contra los negocios judíos. El 9 de junio de 1938 las autoridades ordenaron la
destrucción de la principal sinagoga de Munich. Durante la noche del 9 al 10 de
291
noviembre de 1938, conocida como la noche de los cristales rotos, los dirigentes del
partido nazi instigaron disturbios a lo largo y ancho del país durante los cuales fueron
atacadas y saqueadas 1400 sinagogas y 7500 tiendas de propiedad judía con un saldo de
91 muertos.
De la persecución a la matanza
292
encerrados dentro de ellas. El cambio sugiere una modificación radical de los planes
del régimen respecto a los judíos. En el verano de 1941 se llevaron a cabo las primeras
matanzas organizadas e indiscriminadas que comenzaron poco después de la invasión
a la URSS, producida el 22 de junio de 1941. Durante los cinco meses posteriores,
escuadrones itinerantes conocidos como Einsatzgruppen (grupos de operaciones) y
unidades regulares del ejército alemán fusilaron y asesinaron a medio millón de judíos
en territorio soviético ocupado. En noviembre de 1941, estaban en marcha ya los
preparativos para construir centros de exterminio especiales en la Polonia ocupada en
cuyas instalaciones 3,5 millones de judíos de toda europa habrían de morir gaseados a
fines de 1944. En otras palabras, la prohibición de emigrar coincidió con el paso al
asesinato en masa. ¿Qué ocasionó esta transición? ¿Tuvo que ver con el hecho de que la
política de expulsión era cada vez menos rentable?
293
víctimas era devastador. En algunos pelotones hubo alcoholismo y crisis nerviosas. Por
consiguiente, para asesinar a todos los judíos de Europa era necesario un método que
permitirá matar un número mayor con más rapidez, que demandara menos mano de
obra, que pudiera ocultarse a la población del lugar y que maximizara la distancia
psicológica entre la víctima y el ejecutor. Los centros de exterminio reunían todas esas
condiciones. Garantizaban eficiencia: en lugar de que los pelotones tuvieran que salir
en busca de los judíos, se concentraría a los judíos de toda Europa en centros
construidos especialmente en los cuales se unificarían las operaciones y se procesaría a
las víctimas como en una línea de montaje, de modo que muchos menos alemanes se
verían comprometidos. Se podía diseñar con un número relativamente pequeño de
colaboradores no alemanes, incluso judíos, que debían encargarse de las tareas más
atroces vinculadas a la ejecución y posterior liquidación de los cadáveres. La reducción
del personal y el emplazamiento de los centros en zonas bajo control alemán directo,
aumentaba la probabilidad de que los procedimientos se mantuvieran en secreto. En
Wannsee se decidió que “habría que peinar Europa de oeste a este” llevando a los judíos
en grupos a guetos transitorios a fin de transportarlos luego más al este. Hablar del este
era Polonia donde los seis centros de exterminio comenzaron sus operaciones entre
diciembre de 1941 y julio de 1942. En los centros de exterminio se mataba a las víctimas
por asfixia. En Chelmno se hacía subir a los judíos a camiones cerrados y luego se
canalizaban los gases de los tubos de escape hacia la caja donde estaba el cargamento.
En Belzec, Sobibor, Treblinka y Majdanek se usaban motores diésel para enviar
monóxido de carbono a cámaras de gas especialmente construidas, mientras que en
Birkenau se usaba en las cámaras un producto más eficaz: cianuro de hidrógeno
comercializado con la marca Zyclon B.
A veces se dice a los centros de exterminio el nombre de “campos de
concentración” pero es poco adecuado. La Alemania nazi construyó muchos campos de
concentración para prisioneros políticos y asociales pero no se los utilizó para el
asesinato en masa de los judíos. Sin duda había en Majdanek un campo de
concentración además de un centro de exterminio, y Birkenau estaba junto al campo
de concentración de Auschwitz. Los judíos que llegaban a esos campos pasaban por
una selección: los aptos para trabajar iban al campo de concentración, los otros, eran
asesinados. Entre 1942 y 1944, en Birkenau también se seleccionaron varios miles de
judíos para experimentos médicos. Sin embargo, en los otros cuatro centros de
exterminio, se mataba a los judíos apenas llegaban, excepto a los pocos que eran
elegidos para integrar el sonderkommando (comando especial) encargado de empujar
a las víctimas para que entraran a las cámaras de gas y transportar sus cadáveres para
su incineración o encierro. Existía también una red de campos de trabajo forzado (en
su mayoría en Polonia)
Una vez instalados los centros de exterminio, los alemanes debieron abocarse a la
tarea de trasladar allí a millones de judíos de toda Europa: un problema logístico de
gran magnitud. Era necesario programar traslados de modo que los centros de
exterminio no quedaran nunca sobrecargados, pero tampoco permanecieran ociosos.
Eran imprescindible liberar líneas férreas y asignar vagones y personal. Las redadas de
294
judíos debían coordinarse con las autoridades militares y civiles del lugar. El organismo
que supervisaba todas esas operaciones era la SS. Bajo la dirección de Himmler, la SS
tenía control sobre todas las funciones de la policía del Reich, incluida la vigilancia y
represión de los que eran considerados una amenaza por razones ideológicas o raciales.
Ese aspecto de las tareas de las SS, que comprendía las cuestiones relativas a los judíos,
estaba supervisado por Heydrich. Después de haber consultado a Himmler, Heydrich
designó a Adof Eichmann para que se hiciera cargo de administrar el sistema de
matanza.
En Wannsee, Eichmann había recibido la instrucción general de “peinar Europa
de este a oeste” pero esa directiva resultó difícil de ejecutar. En ese momento el país
más occidental desde el que había que deportar 350.000 judíos, Francia, tenía
formalmente un gobierno propio. Por consiguiente, Alemania que necesitaba
concentrar sus fuerzas en la URSS y en África, dependía en gran medida de la policía y
funcionarios franceses para que identificaran, concentraran y entregaran a los
potenciales deportados. Una situación similar se presentaba en Dinamarca y Noruega.
En Bélgica, los funcionarios que no eran alemanes, conservaban cierta influencia y los
mismo sucedía en Países Bajos. Italia y Finlandia eran naciones aliadas independientes
a las que había que engatusar para que colaboraran en el programa de matanzas. Lo
mismo ocurría con los aliados del sudeste Europa -Eslovaquia, Hungría, Croacia,
Rumania y Bulgaria- mientras que la mayor parte de Grecia estaba ocupada por tropas
italianas. Alemania tenía casi control absoluto sobre los judíos de Austria, el
protectorado de Bohemia y Moravia, Polonia, los Estados Bálticos, los de la zona
ocupada de la URSS, Serbia y los de Alemania. Esos eran los países más próximos a los
centros de exterminio, de modo que presentaba menos dificultades logísticas. Y se
concentraba ¾ partes de las víctimas a las que apuntaba el Reich.
El proceso a que la totalidad del Generalgouvernement de Polonia (Gobierno
general de los territorios polacos ocupados) fuera judenrein (libre de judíos), se conocía
como “Operación Reinhard”. Los planes al respecto se iniciaron incluso antes de
Wannsee. Entre marzo de 1942 y octubre de 1943 se liquidaron los guetos de Lublin,
Varsovia, Lvov, Cracovia y cientos de ciudades pequeñas y significó la muerte de más de
2 millones de judíos. En todos los guetos el proceso (Aktion) era similar: el día antes a
la deportación se colocaban carteles anunciando su “reubicación en el este”. Al día
siguiente, funcionarios clausuraban todas las salidas. Si no se presentaba un número
suficiente de judíos se hacían redadas casa por casa. Se los llevaba a una vía del tren, se
los hacinaba en vagones de carga y se los enviaba a un centro de exterminio. A veces
esa aktionen duraban meses. A veces el ritmo era tan intenso que no alcanzaban los
vagones y entonces se despachaban unidades de la policía para fusilar a los judíos de
las ciudades pequeñas. Pese a la brutalidad de las aktionen, parece que los alemanes
esperaban que los judíos se embarcaran voluntariamente en los trenes e idearon
tácticas de engaño, presentando las deportaciones como una “reubicación” y dando
instrucciones a los deportados para que llevaran consigo su equipaje. Se les decía que
eran importantes para el esfuerzo de guerra alemán, que en su nuevo hogar se les
pondría a trabajar y que tendrían alimento y vivienda convenientes. En otras palabras,
se presentaba la “reubicación” como una alternativa apetecible frente al hacinamiento,
hambre y enfermedades de los guetos.
295
Al mismo tiempo, los alemanes intentaban debilitar la voluntad de resistencia
actuando con celeridad y sorpresa y enfrentando a distintos sectores de la sociedad
judía. La exención a la deportación que se otorgó a ciertas categorías de judíos
consiguió que todos ellos compitieran entre sí por un número limitado de excepciones.
Se socavaba la solidaridad obligando a los administradores judíos de los guetos a enviar
las órdenes de deportación y haciéndolos responsables de proporcionar una cuota
diaria de deportados. En efecto, las autoridades judías de los guetos se encontraron
ante la situación de tener que elegir quienes serían deportados y tener que usar
escuadrones de policía judíos para obligar a los que se resistían a marchar a los trenes.
Esas tácticas indican que los alemanes comprendían claramente que, aun en los
territorios que estaban bajo su absoluto control, la posibilidad de llevar a efecto la
“solución final” dependía en parte de su propia habilidad para manipular a las
víctimas y llevarlas a la situación más favorable para quitarles la vida.
Los que estaban en mejores condiciones para evaluar las intenciones de los nazis
eran gente vinculada con los grupos que asumieron alguna responsabilidad en las
comunidades judías. No obstante, aun entre aquellos que podrían haber tomado
decisiones fundamentales, hubo un amplio abanico de respuestas ante la amenaza
alemana una vez que esta quedó clara.
En la mayoría de los países ocupados, los alemanes impusieron a la población
judía un cuerpo administrativo oficial, encargado de levantar un registro de todos los
judíos, de sus propiedades, de hacer cumplir las órdenes alemanas y de mantener la
salud, el bienestar y el orden entre sus correligionarios. En Europa occidental, esos
organismos tomaron la forma de organizaciones que abarcaban todo el país, como la
Reichsvereinigung de Alemania, el Joodse Raad de Países Bajos, la Unión Générale des
israélites de Francia o la Association des juifs de Bélgica. Por el contrario, en Polonia y y
los territorios que habían pertenecido a la URSS, cada gueto tenía su propio consejo
judío o consejo de ancianos y no había ningún organismo superior que los coordinara.
En su empeño por aliviar las tribulaciones de los judíos, el judenrat de Varsovia
asumió voluntariamente la tarea de satisfacer los deseos alemanes y de elegir a los
judíos que serían entregados para trabajos forzados. Así a medida que el motivo inicial
de su intervención quedaba olvidado, el judenrat de Varsovia aparecía a los ojos de los
judíos cada vez más como instrumento de la opresión alemana y no como un cuerpo
que defendía los intereses de los judíos. Sin embargo, la reglamentación del trabajo
forzado fue uno de los éxitos más notables del judenrat.
Una vez iniciado el asesinato en masa, el único adelanto significativo que merecía
conseguirse era la suspensión de los fusilamientos o deportación. Algunos dirigentes de
consejos que percibieron la intención de los alemanes pensaron que podían conseguir
ese objetivo demostrando la capacidad productiva de sus respectivas comunidades. Los
dirigentes judíos que adoptaron la política de “salvación por medio del trabajo” solo
transmitían a sus comunidades apreciaciones tranquilizadoras sobre las intenciones de
los alemanes. Algunos llegaron a ocultar información que habría llevado a
conclusiones más pesimistas. Sólo en un puñado de casos los consejos de los guetos
aportaron una apreciación fiable de lo que les estaba reservado a su comunidad.
296
Los judíos de la Europa ocupada no tenían casi opciones realistas para conseguir
por medio de su propia acción que los alemanes renunciaran al programa de matanzas.
Individualmente, los judíos podían esconderse o disfrazarse haciéndose pasar por no
judíos, pero las dificultades para hacerlo eran enormes pues casi siempre dependían de
la ayuda de no judíos para encontrar refugio, alimentos y evitar traiciones.
Análogamente las acciones de rescate o de protección en gran escala exigían una
intervención significativa de personas no judías.
El hecho de que la población que no era judía, en especial los dirigentes, podían
adoptar una actitud que implicaba una diferencia vital quedó demostrado de manera
muy gráfica con la dramática operación de rescate de los judíos daneses en octubre de
1943. Enterados por información de inteligencia de que se avecinaba la deportación, los
daneses advirtieron espontáneamente a los 8000 judíos de Copenhage y los ayudaron a
encontrar escondites. En consecuencias en las redadas los alemanes capturaron
solamente a 300 judíos. Las unidades clandestinas danesas organizaron después el
traslado en ferry de los judíos escondidos hacia Suecia, país neutral. En consecuencia,
menos del 2% de la población judía de Dinamarca pereció en el Holocausto. Ninguna
otra comunidad judía de los países ocupados alcanzó una tasa de supervivencia tan
alta.
Hubo otros seis países en los cuales la mayor parte de la población judía
consiguió sobrevivir: Bélgica, Bulgaria, Finlandia; Francia, Italia y Noruega. Los
alemanes tuvieron que enfrentar oposiciones a algunos aspectos por lo menos de los
planes de deportación si bien en todos esos países –con la excepción de Finlandia- se
habían puesto en vigencia normas antijudías de corte nazi. Excepto en Noruega, los
gobiernos nacionales o sus funcionarios contribuyeron a obstaculizar los planes
formulados en Wannsee. La oposición total o parcial al programa de asesinatos se vio
facilitada en esos países por la relativa libertad de acción que tenían los funcionarios
oficiales. No obstante, como lo indica el caso de Noruega, la relativa autonomía local no
garantizaba la protección en las altas esferas. En Eslovaquia y Croacia, los respectivos
gobiernos precipitaron las deportaciones. En Croacia buena parte de las matanzas
fueron llevadas a cabo por las Ustase miembros de una milicia auspiciada por el estado
que perpetró pogroms y levantó campos especiales. No es de extrañar que en esos
países al porcentaje de judíos eliminados estuviera entre los más altos.
Tanto la ayuda como la traición eran fenómenos frecuentes.
Existía otro tipo de agentes que podría haber emprendido acciones de rescate
significativas: los gobiernos de los países aliados y neutrales. Antes del comienzo del
asesinato en masa esos gobiernos habían hecho protestas contra la persecución de los
judíos alemanes, aunque en general, no mostraron mucha voluntad de asilo para los
que escapaban del terror nazi. Desde fines de 1941 y durante todo el año 1942, a través
de distintos canales, llegaron informes sobre las matanzas a la URSS y a occidente. Sin
embargo, a quienes las recibían se les planteaban problemas de imaginación y de
análisis de la información aún mayores que los que tenía la gente que había sufrido de
cerca el régimen nazi: durante la guerra los funcionarios de Londres y de Washington
297
que trabajaban en los barrios relativamente tranquilos y conocidos de St James Park o
del Capitolio, apenas podían imaginar que “la agonía de los judíos europeos “tenía
como escenario un mundo crepuscular y lúgubre en el cual el código moral
convencional de otros países no regía”. Solo en diciembre de 1942, después de que
llegara a Londres Jan Karski, correo clandestino polaco, los tres principales aliados y
los gobiernos en el exilio de nueve países ocupados se dieron oficialmente por
enterados de la “brutal política nazi de asesinato a sangre fría” Luego de ello, los
aliados no volvieron darse por enterados oficialmente del programa de matanzas
alemán. Ningún país veía razón imperiosa alguna, fuera esta política, estratégica o
jurídica, para que se reformulara la estrategia de guerra de modo de incluir en ella el
rescate de judíos que no eran ciudadanos suyos.
298
LA SEGUNDA POSGUERRA. ENTRE LA RECONSTRUCCIÓN Y LA
GUERRA FRÍA
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2017.
299
¿Cómo sobrevivir a la paz? Al finalizar la Guerra en 1945, no era posible pensar en
una vuelta a la normalidad.
Las Fuerzas Armadas movilizadas condicionaron cambios civiles y sociales. En
todas partes se formaron gobiernos de coalición preocupados por la defensa de una
democracia renovada, garantizada por los avances del Estado intervencionista, cuya
emergencia había sido facilitada por las necesidades de la contienda y por las reformas
sociales que impulsaron los políticos bajo la inspiración de la resistencia antifascista.
En la zona oriental, las revoluciones comunistas de Yugoslavia, China y Albania
estallaron sin la aprobación del líder soviético que, en el primer momento, prefirió
generar cambios de tipo democrático en forma gradual. Ello tendió a sostener una
convivencia de postguerra que, en realidad no fue posible, como pronto quedó
demostrado al profundizar las diferencias entre los antiguos aliados que se
transformaron en enemigos acérrimos.
En lo que sí coincidieron los Estados líderes fue en el apoyo al anticolonialismo
que cobró fuerza en la multiplicación de luchas por la liberación colonial, en Asia,
África, Oceanía. Estos movimientos se identificaron con el antifascismo, la defensa de
la igualdad de derechos, la planificación económica y el intervencionismo del Estado
que, en general, las nuevas naciones organizaron conforme a los patrones occidentales.
Los Estados de Europa, los más desgastados y protagonistas centrales de la
Guerra, se dispusieron a la reconstrucción de la paz. Se trató de años difíciles sesgados
por el trauma bélico, en los que predominó la violencia y la miseria, las ciudades en
ruina, los campos devastados, el deambular de seres humanos abandonados, algunos
rapados, esqueléticos con pijamas a rayas. También fueron años de ejércitos de
ocupación, en algunos casos bien alimentados, que continuaban agudizando el
deterioro visible provocado por una Guerra total y casi universal que duró mucho más
de lo previsto y provocó enormes daños involucrando a los civiles en mayor proporción
que a los militares.
En cuanto a las pérdidas materiales, las más graves se debieron a los bombardeos
aéreos. Al comienzo de la guerra los alemanes y su fuerza aérea, la Luftwaffe, arrasaron
ciudades como Rotterdam, Coventry y distritos completos de Londres y Stalingrado. Por
su parte, los aliados occidentales destruyeron ciudades francesas, polacas, rusas y sobre
todo alemanas, sólo en Berlín se produjo el impacto de 40.000 toneladas de bombas
dejando inhabilitados el 75% de los edificios. Esto dejó sin hogar a millones de
personas, 25 millones en la URSS y 20 millones en Alemania para mencionar los casos
más severos.
Las comunicaciones y los transportes se redujeron, sobre todo en Francia,
Holanda y Bélgica. En el Este los daños materiales fueron aún más graves ya que la
ocupación alemana se manejó con mayor dureza, como así también fue implacable la
resistencia de los partisanos en Grecia, Yugoslavia y Ucrania.
Por ejemplo, en la URSS fueron destruidos 700.000 pueblos y 1.700 ciudades,
32.000 fábricas y unos 65.000 kilómetros de vías férreas. Grecia perdió dos tercios de su
flota mercante y pagó los costos de la ocupación nazi; en Yugoslavia desaparecieron
viñedos, ganado, el 60% de las carreteras y una tercera parte de su riqueza industrial
que no era mucha; Polonia perdió tres cuartas partes de vías férreas y sufrió en casi
todas las localidades del país, aunque sólo Varsovia fue completamente destruida.
Cabe aclarar que las fábricas y la producción no sufrieron los mismos daños, lo
300
que facilitó la reconstrucción de sectores claves como las industrias de ingeniería,
herramientas de maquinaria, etc. Una situación que permitió a muchos países superar
la producción precedente.
Todo lo dicho no alcanza a imaginar siquiera las pérdidas humanas que sólo en
Europa alcanzaron a 36 millones y medio de personas, lo que empequeñece el número
de muertes de la Primera Guerra pese a su magnitud. Lo asombroso fue que más de la
mitad fueron bajas civiles que superaron así a las bajas militares, salvo en los casos de
Alemania y el Reino Unido. Estos datos involucran unos 6 millones de judíos junto a
poco más de 200 mil gitanos. Las causas de estas muertes son variadas: el exterminio
masivo en campos de muerte, enfermedades, desnutrición, represalias, trabajo hasta la
extenuación, exterminio de refugiados y bombardeos. Las bombas atómicas en las
ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, hacia el final de la guerra, provocaron
280.000 muertes.
La URSS fue el país que más pérdidas militares sufrió, unos 8,6 millones de
hombres y mujeres de las fuerzas armadas, la mayoría de los cuales murieron como
prisioneros de guerra en los campos alemanes. Las cifras demuestran que en la Europa
Central y del Este descendió el número de hombres y el desequilibrio respecto al
número de mujeres que asumieron todo tipo de trabajos, lo que tardaría más de una
generación en corregirse. En total se calcula que el número de muertos se eleva a unos
cincuenta millones con una proporción de 22 millones de militares y 28 millones de
civiles. De los últimos, 12 murieron en campos de concentración y un millón y medio
por obra de los bombardeos.
Un problema grave de la inmediata posguerra fue el de la alimentación dado el
descenso abrupto de granjas productivas y la interrupción de las comunicaciones.
Además, las monedas europeas no tenían valor para comprar alimentos y los
campesinos no querían vender porque tampoco había gran cosa para comprar.
Por tanto, sólo el mercado negro destinado a los ricos, provisto por ladrones y las
fuerzas de ocupación abastecían de alimentos; mientras la gente moría de hambre y
enfermaba por deficiencias alimentarias. Todo este desastre de comunicaciones,
viviendas, desnutrición, se magnificaron con el drama de los refugiados que obedeció a
políticas estatales previas y posteriores a la guerra. Tanto Stalin como Hitler
desarraigaron a más de 30 millones de personas hasta 1943 y posteriormente, con la
ofensiva del ejército rojo soviético y su victoria sobre Alemania, recrudeció la ola
migratoria con pésimas consecuencias.
Todo este ejercicio de migraciones que se realizó durante y después de la guerra
dio lugar a un orden en el que predominó la transferencia de poblaciones para lograr
unir a etnias previamente dispersas. Los más afectados por tales políticas fueron los
alemanes que fueron expulsados de los Sudetes, Yugoslavia, Polonia, la región báltica y
el Oeste de la URSS, en condiciones infrahumanas, pese a los acuerdos logrados en
Potsdam por los líderes aliados. El resultado, luego de ajustes territoriales promovidos
por Stalin en la frontera occidental de su imperio, fue una Europa de Estados
nacionales y mayor homogeneidad étnica, salvo en la propia URSS, Yugoslavia y en
menor medida Rumania.
En este mundo devastado, la autoridad máxima fueron los Ejércitos, sobre todo
de EEUU que, como señalara su presidente Eisenhower, reemplazó el combate por las
tareas de administración y asistencia social. Los campos de desplazados (762 para
301
1947), fueron en realidad responsabilidad de la UNRRA, Administración de Socorro y
Rehabilitación fundada en Washington en 1943 por los países que luego fundaron la
ONU. Entre 1945 y 1947 se gastó en las tareas de reconstrucción más de 10 mil millones
de dólares aportados por los EEUU, Canadá y el Reino Unido. También se fundó la
Organización Europea del Transporte Interior, del Carbón y un Comité de Emergencia
para Europa. Organismos que en 1947 se congregaron en la Comisión Económica para
Europa. Compartieron responsabilidades con la Organización Internacional para los
Refugiados (IRO), organismo considerado por los soviéticos como un instrumento
occidental, por lo que sólo actuó en las zonas controladas por los aliados, estableciendo
diferencias entre desplazados y refugiados y en función de las alianzas de guerra. El
retorno a occidente fue relativamente sencillo, no así el de los ciudadanos de países del
Este que en muchos casos no deseaban regresar por temor a represalias por haber
permanecido en el Oeste, aunque fuera en campos de prisioneros.
Las autoridades occidentales los obligaron a hacerlo, incluso a la fuerza.
En 1953 ya habían sido repatriados 5,5 millones de soviéticos; de los cuales, uno
de cada cinco fue considerado sospechoso de colaboracionismo con el sector capitalista
y, por tanto, fusilado, enviado al gulag, al exilio siberiano o a trabajos forzados.
Los judíos fueron concentrados sin distinción alguna junto a sus antiguos
represores, pero poco después, el presidente norteamericano Truman dispuso un trato
diferencial para ellos. No retornaron a la Europa del Este pues no los querían, como así
tampoco en el Oeste, por lo que permanecieron en Alemania hasta la creación del
Estado de Israel entre 1948 y 1951, cuando emigraron unos 332.000 judíos europeos,
mientras que otros 165.000 partieron a Francia, Inglaterra, Australia y América del
Norte y del Sur. En general a fines de 1951, cuando el IRO y la UNRRA fueron
reemplazados por el Alto Comisionado de la ONU para refugiados, sólo quedaban unos
177.000 en campos europeos, sobre todo ancianos y enfermos. El último campo de
deportados (Baviera) se cerró en 1957.
La cuestión del castigo formó parte de los problemas de la paz en cuanto implicó
un ajuste de cuentas inimaginables cuyo sesgo fueron las irregularidades procesales,
inequidad de las condenas, mujeres emplumadas por colaboracionistas, etc. La
actuación de los tribunales en Alemania además tuvo una función educativa ya que se
publicitaron y se mostraron en escuelas. Sin embargo, las opiniones de algunos
alemanes continuaban avalando las políticas de exterminio, tal como lo muestra una
encuesta que se aplicó en la zona estadounidense de Berlín, en la cual un 37% justificó
el exterminio judío. El castigo, sin embargo, no duró mucho y las ejecuciones
dispuestas no se llevaron a cabo en su totalidad, generándose muchas veces una
situación de insatisfacción con respecto al accionar de la justicia.
Si bien en el Este fue notable el oportunismo soviético a través de la
incorporación de nazis y colaboracionistas a puestos públicos, como la contratación de
rectores en centros de enseñanza superior; en realidad, todos los aliados recurrieron a
ex nazis y a la construcción de mitos antifascistas que resultaron exitosos para la
recuperación nacional. Para el historiador Tony Judt se trató de una amnesia colectiva
que favoreció el crecimiento Europa y así el “continente cubierto de escombros” se
rehabilitó olvidando el pasado, especialmente en Alemania.
302
La Reconstrucción de la postguerra en un mundo bipolar
303
construir un mundo político, económico y “moralmente” sólido (al decir de sus
funcionarios) se propuso liberar al mundo del miedo, de la necesidad, de la guerra,
mediante una “pax americana” asistida por organismos intergubernamentales. Para
entonces, Estados Unidos dobló su producción industrial e incrementó su renta
nacional con beneficios empresariales extraordinarios y pleno empleo; asimismo
desarrolló su industria aeronáutica, textil, química, alimentaria y la
internacionalización de su economía y finanzas, impulsando una política expansiva.
Paralelamente, reforzó el planteo ideológico sobre el Destino Manifiesto que adquirió
una nueva significación al proponerse como freno al avance comunista y en defensa de
las libertades y la democracia.
Sobre estas bases, EEUU respondió a las demandas generalizadas para la
rehabilitación de las debilitadas economías y sociedades de la posguerra. Las medidas
adoptadas se iniciaron antes de 1945 ya que el patrón oro y la convertibilidad de las
monedas en su contravalor aurífero para liquidar transacciones había sido
abandonada desde la última depresión. En su lugar, se practicaba un sistema de pagos
bilateral y cerrado que agravaba la recesión. En 1936, Inglaterra, Francia y los EEUU
firmaron una serie de acuerdos sobre reglas de intercambio y directrices de comercio
que se ratificaron en el acuerdo internacional de Bretton Woods en 1944. El dólar se
convierte en moneda internacional en igualdad al oro y en reserva convertible en oro
gracias a las propias reservas de los EEUU. Asimismo, se establecieron mecanismos
para estimular la libre circulación de bienes y servicios y un sistema monetario
intermedio entre tipos de cambio fijo y flexibilidad y se crearon diversas instituciones
para garantizar este acuerdo:
● El Fondo Monetario Internacional (FMI) para fomentar la cooperación
comercial y monetaria, otorgar créditos a corto plazo, facilitar la estabilidad
monetaria y elevar el nivel de vida en base al empleo y renta real de los países
firmantes.
● El Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento o Banco Mundial, para
facilitar préstamos e inversiones en base a empréstitos internacionales
aportados por los Estados socios a bajo interés y largo plazo a fin de contribuir a
la recuperación económica.
● El G.A.T.T. o acuerdo de tarifas encaminado a desarmar e impedir prácticas
arancelarias proteccionistas y favorecer la integración de las economías
occidentales a través del libre comercio.
304
acentuando el déficit de pagos convenido.
En Alemania, la carencia de moneda oficial llevó al florecimiento del mercado
negro y a la aceptación de cigarrillos como medios de cambio. La situación fue tratada
en el film “Ladrón de bicicletas” de Vittorio de Sica (Italia, 1948) en la que 600
cigarrillos servían para comprar una bicicleta.
La crisis sostuvo el poder de atracción del comunismo y alentó las expresiones
sobre su fortalecimiento o bien, en el caso de Alemania, una particular estima sobre el
neonazismo. En Francia una encuesta de opinión de julio de 1947 demostraba este
desencanto mientras que las previsiones de políticos como el alemán Adenauer o el
francés De Gaulle, no consideraban una recuperación sino hasta por lo menos 20 años
de “trabajo frenético”. Ello fortaleció la creencia compartida acerca de las presiones
populares y la fortaleza de los movimientos socialistas europeos. En Francia por
ejemplo el Partido Comunista contaba con el 28% de los votos mientras que en Italia
con el 40% y en Grecia avanzaba la guerrilla comunista, al igual que en Turquía.
Frente al pedido de los partidos moderados de estos países, y la disposición
explícita del complejo bancario e industrial de los EEUU para promover políticas
expansivas como elementos de defensa de las libertades y la democracia burguesa
contra el avance del comunismo, EEUU responde con la Doctrina Truman. El planteo
fijó las pautas de la política exterior norteamericana, donde el intervencionismo se
planteaba como un combate contra el totalitarismo en cualquier lugar del mundo. La
propuesta concreta tomó el nombre del Secretario de Estado, George Marshall (Plan
Marshall) hecha pública en Harvard en junio de 1947. Lo central fue que no lo planteó
como mera ayuda económica, sino como herramienta para recomponer la estructura
económico-financiera de las naciones arruinadas, a fin de restablecer el
fortalecimiento de las “instituciones libres” y dar respuesta a los partidos moderados
frente al posible avance de los partidos comunistas.
El plan marcó un momento significativo en las relaciones entre EEUU y Europa
occidental, ya que la URSS y sus satélites, aunque invitados, lo rechazaron. 300.000
millones de dólares consolidaron la recuperación de los Estados occidentales de Europa
mediante préstamos blandos y productos gratuitos, y obligaba a calcular y planificar
necesidades con colaboración de empresas y sindicatos; en tanto, impedía el
proteccionismo, el descenso de la producción y el colapso comercial. La llegada de
técnicos y misiones de productividad de EEUU no impidió que fueran los propios
europeos quienes decidieran la distribución de la ayuda que solicitaran. En Italia
destacaron las obras de infraestructura antes que bienes de consumo; en Francia se
preocuparon por obtener un mayor equilibrio presupuestario fiscal; en tanto que en
Austria y Grecia el esfuerzo estuvo dirigido a evitar el hambre. El Plan permitió salir de
la crisis de 1947 e implementar los planes de reformas sociales que transformaron el
panorama de la región.
El historiador Tony Judt señala que, si bien el Plan era económico, lo más
importante fue que evitó la crisis política y dio lugar a importantes beneficios
psicológicos, promovió la ruptura con el legado de chovinismo, depresión y soluciones
autoritarias, privilegiando ahora la colaboración y la integración. La expansión y
fortalecimiento del capitalismo en la Europa occidental favorecida también por nuevas
tecnologías y métodos de producción, fue sostenida por técnicas de publicidad, no
nuevas pero sí renovadas que facilitaron el pleno desarrollo de la “sociedad de
305
consumo”, con la producción de bienes no tan durables y fácilmente renovables. El
crecimiento económico contó con mano de obra disponible (procedente también como
vimos de los desplazados), en particular femenina.
Además, se facilitó el incremento de capital productivo a lo que coadyuvó el
progreso tecnológico que facilitó bajar los costos de producción de bienes, a lo que se
sumó tanto el avance de las ciencias (claro que bajo control de escasas grandes
empresas), el rol del Estado en cuanto a las cuestiones militares, la carrera espacial y el
desarrollo nuclear y las nuevas formas de organización empresarial en base a la
división del control y al aumento de la productividad.
Como contrapartida podemos comprobar que la reconstrucción en la URSS fue
muy penosa y tuvo que contar con el peso de un ejército y una industria militar que
hacían más difícil la recuperación económica. La reconstrucción incluyó la
reafirmación de la ortodoxia comunista, las purgas y un plan quinquenal orientado a la
industria pesada. Así, hacia 1950 la producción industrial, que se desplazó al Este, se
incrementó; creció la explotación de petróleo, como también la investigación científica
y espacial, todo lo cual no detuvo el empobrecimiento rural ni promovió el bienestar de
una población agobiada ya por el esfuerzo bélico.
En lo internacional, Stalin dejó claro que no devolvería las zonas adquiridas y que
los Estados de la Europa central y oriental permanecerían subordinados a su poder,
condicionados por la Guerra Fría y la oposición a los EEUU. Luego del triunfo frente a
los nazis, los ejércitos rusos no fueron retirados de capitales como Budapest, Praga,
Viena o Berlín, que actuaron como una suerte de “glacis protector” del núcleo de sus
territorios. La Europa del sur en cambio, pasó a la esfera de influencia norteamericana
y británica, lo que se consolidaría por la falta de apoyo de Stalin a la movilización
comunista griega y el ingreso a la OTAN de Grecia y Turquía.
La firmeza de la ocupación en el sector soviético, fue también tolerada
inicialmente en base a los compromisos precedentes para convocar elecciones libres e
implementar prácticas democráticas, acuerdos que Stalin no cumplió, sin que los
Estados occidentales pudieran intervenir en la cuestión. El mecanismo que garantizó el
predominio soviético fue la permanencia de Estados separados pero sometidos a la
URSS, mediante tratados económicos dispares, que implicaron importantes pérdidas
territoriales para Hungría, Rumania, Checoslovaquia y otros Estados. En Polonia, el
Comité Lublin integrado por polacos de la Resistencia y formados en Moscú, se apoderó
del gobierno; en Rumania el rey fue obligado a integrar un gobierno comunista; hacia
fines de los años´40, partidos comunistas obedientes ocuparon los distintos gobiernos
de los otros países de la órbita soviética, salvo en Yugoslavia que tempranamente, en
1948, rechazó la subordinación.
En lo económico, en la Europa oriental se produjo la estatización de los medios de
producción, lo que también facilitó la administración de recursos escasos y recibió al
comienzo el apoyo de la población. La industrialización autárquica se realizó en forma
no homogénea según los Estados y en cuanto a la agricultura, se redistribuyó tierras
entre los campesinos y el Estado, lo que llevó a la segmentación de la propiedad y a
malos rendimientos productivos que no pudieron ser superados por el surgimiento de
cooperativas. Un elemento importante fue la planificación para obtener altas tasas de
desarrollo; el PBI creció y la industria pesada tuvo prioridad sobre la agricultura. A
largo plazo, los elevados costos y la limitada oferta de bienes y servicios entraron en un
306
callejón sin salida y facilitó los cambios posteriores de los años 60´que incorporaron
elementos de las economías de mercados, pero en forma asistemática, lo que derivó en
el colapso económico de la Europa del Este.
La URSS pretendió reorganizar a sus Estados satélites como democracias
“populares” vinculadas al centro soviético. No planteó la anexión, pues Stalin explicitó
que sólo eran formas políticas próximas al comunismo y fue consciente de la
imposibilidad de modificar la estructura que conducía en un contexto de devastación.
Sin embargo, el caso de Yugoslavia resultó distinto. Desde el comienzo, el presidente
Tito planteó la posibilidad de una federación sudeslava y la unión aduanera a la que
aspiraban Rumania, Bulgaria, e incluso los eslavos del norte, a excepción de los rusos,
lo que fue obstruido por Moscú. Tito planteó el derecho a decidir en forma autónoma y
planificar de acuerdo a las propias necesidades antes que a los programas soviéticos.
Enfrentó la oposición stalinista en la región de Serbia y promovió debates sobre el rol
del partido, la política agraria, etc. Las tensiones se incrementaron y, finalmente,
Yugoslavia fue expulsada del Cominform (asociación internacional de partidos
comunistas, creada en 1947).
Tito reformuló la forma estalinista de comunismo y contó para ello con su
prestigio como jefe de la Resistencia y con el apoyo de occidente que le permitió
superar el bloqueo económico comunista. Más tarde junto a Nehru y Nasser (Líderes
de India y Egipto) promovió el neutralismo y la no-alineación. Todo ello desató purgas
y juicios montados en la región contra sus posibles seguidores.
Por otra parte, se constituyó un nuevo escenario para el ejercicio de influencias
ya que al fin de la Guerra, se produjeron movimientos revolucionarios que procuraron
la independencia de las antiguas colonias, en particular en los continentes asiático y
africano. Los nuevos Estados constituyeron el llamado “Tercer Mundo”, concepto que
aludió tanto a países socialistas como capitalistas, cuyo punto de coincidencia sólo
pasaba por su antigua dependencia colonial en la etapa de la expansión imperialista.
Mientras se desarrollaba la expansión del Bienestar en el oeste y estalinización
en el este, la ayuda occidental a vencedores y vencidos no era desinteresada. Tenía
como objetivo imponer un modelo económico y social bajo la supremacía del mercado,
en el que convivían teorías librecambistas, con otras keynesianas de intervencionismo
estatal en sectores fundamentales de la economía. Comienza así a surgir el Estado
benefactor o de providencia que resumía el slogan laborista británico “seguridad desde
la cuna hasta la sepultura”, como la forma eficaz de enfrentar las propuestas
igualitaristas de socialistas y comunistas. Este intervencionismo social y económico
europeo caracterizaría el desarrollo mundial de la postguerra y se extendería hasta los
´80, cuando una nueva crisis provocaría demandas de mayor libertad económica y
flexibilidad al impulso del neoliberalismo.
La Guerra desprestigió a la élite dominante y la responsabilizó de la debacle en
todos los países. Por su parte, la política se identificó con la resistencia que fue
revolucionaria y desconfió de los políticos, tanto como éstos de ellos. De este modo,
1945 marcó el triunfo de coaliciones de centro-izquierda e izquierda, radicales y
algunos liberales. También se impusieron los demócrata-cristianos en gobiernos que
incorporaron a figuras de los frentes populares de los años ´30.
La Guerra, ya sea en las zonas ocupadas o no ocupadas, dio lugar a la
planificación e intervencionismo gubernamental. Luego se combinó con la economía
307
de postguerra y consolidó la fe en el Estado como atenuador de la pobreza a través del
control de industrias y servicios sociales y económicos, todo lo cual respondió a las
diversas tradiciones políticas nacionales. Francia por ejemplo, se comprometió con el
crecimiento económico. Nacionalizó empresas de seguros, el transporte aéreo, bancos,
minas, industrias de munición, fábricas de aviones, la Renault (en respuesta a la
participación de sus propietarios en el armamentismo alemán previo). Así, en 1946 una
quinta parte de la capacidad industrial quedó en manos del Estado que generó un
ambicioso plan de modernización y equipamiento para ellas en base a objetivos, no a
cuotas de producción (Plan Monet), lo que lo diferenciaba de las propuestas soviéticas.
En la Europa occidental el reformismo fue relevante en el Reino Unido. En 1942
se publicó el célebre Informe Beveridge que constituyó un programa para implementar
la reforma social que concretó el triunfante partido laborista. Los cuatro puntos del
Informe postulaban la existencia de un servicio nacional de salud, una justa pensión
estatal, ayudas familiares y pleno empleo. Esto último fue importante para financiar
mediante impuestos salariales y la tributación progresiva de la población activa, los
seguros de desempleo, pensiones, servicios médicos, ayudas familiares, etc. Las mujeres
también fueron beneficiarias del sistema que incluyó servicios médicos y odontológicos
gratuitos, subsidios por hijos, etc. Finalmente, el Servicio Nacional de Salud se
estableció por Ley en 1948.
Si bien no resultó la revolución soñada por muchos activistas, estas medidas
posibilitaron la esperanza de un futuro mejor y sólo tuvieron un efecto redistributivo
sin expropiar a los ricos. Los profesionales y comerciantes de clase media fueron los
verdaderos beneficiarios al tener pleno acceso a servicios sociales en forma gratuita o
más barata, junto a educación para sus hijos. Pero lo fundamental fue el sentir popular
acerca de la responsabilidad del gobierno sobre el bienestar de la gente. En este plano,
las cosas fueron más fáciles para Suecia que para Italia, más pobre y heterogénea, pero
la fe en el Estado era igual de sólida en ambos países.
En el Este mientras tanto, el intervencionismo estatal bajo gobiernos comunistas
se convirtió en eje de la reconstrucción de la región, con el propósito de crear una zona
de seguridad sólida a los intereses soviéticos y retacearle mercados al mundo
capitalista. La situación de los diversos Estados fue diferente. Polonia, Rumania y
Bulgaria quedaron bajo el dominio de Stalin y en Hungría y Checoslovaquia
constituyeron gobiernos de coalición con participación de los comunistas que, además
continuaron formando parte de milicias que no fueron desmovilizadas. El
establecimiento de gobiernos de coalición identificados como “democracias populares”,
no tuvo larga vida ya que los comunistas fueron eliminando a sus socios y dominaron
la propaganda para crear identificaciones políticas únicas. El caso de Checoslovaquia
fue sintomático ya que los socialistas abandonaron el gobierno en medio de
manifestaciones convocadas por los comunistas y los comités de acción que habían
creado a tal efecto. Luego de la muerte, para algunos provocada de Jan Masaryk, último
aliado del gobierno, en marzo de 1948, se instauró allí un régimen de partido único,
como en el resto de los países del bloque soviético.
La democracia no formó parte de la vida política de la Europa del Este y las
constituciones adoptaron las directivas de la URSS y dieron predominio a la dirección
del partido, el politburó. La centralización respetó la jerarquía de comités de partido,
soviets, burós, secretarías y congresos y la vinculación directa entre el partido y el
308
Estado que, según se pregonaba, respondía al interés del conjunto social. Esto justificó
la abolición de la propiedad privada y la estatización de los medios de producción, lo
que benefició ampliamente a los miembros leales del partido único y perjudicó a las
viejas clases dirigentes: empresarios, terratenientes y comerciantes. La seguridad social
no formó parte de los objetivos políticos en la región y las posibilidades de protesta
fueron duramente reprimidas.
En el ámbito rural, las colectivizaciones fueron desparejas, pese a las directivas de
Moscú, dada la fuerte presencia de los campesinos y su fuerza identitaria como
expresión de las distintas nacionalidades. En el aspecto cultural, se abolieron
organizaciones religiosas, políticas y sociales. La educación se orientó a sovietizar y a
eliminar las culturas locales. Para ello se promovió la expansión de la escuela, sobre
todo de la secundaria, cuyos planes de estudio reflejaron la centralidad de la URSS en la
región.
La Guerra Fría
309
La desconfianza mutua creció todavía más cuando Stalin incumplió el
compromiso de realizar elecciones libres en los países de Europa oriental que se
encontraban bajo su control, y Truman trabó el envío de un préstamo por reparación
de daños sufridos durante la contienda bélica a la URSS. Poco tiempo después, los
soviéticos rechazaron los planes de ayuda económica con fondos norteamericanos
(Plan Marshall), a los que presentaron como una estrategia de penetración ideológica
capitalista y presionaron para que otros países también lo hicieran. De este modo, se
inició una larga fase de conflictos localizados y animosidad latente entre las dos
grandes potencias. Este período, conocido como la “Guerra Fría”, atravesó la segunda
mitad del siglo XX y produjo la amenaza constante de un enfrentamiento atómico que
pusiera en peligro la existencia misma del planeta.
El historiador Hobsbawm señala que, en realidad no había ninguna posibilidad
de guerra mundial inminente pese al discurso de los dos bloques. Estaba acordado un
reparto global según el cual los EEUU liderarían el sector occidental, los mares e
impondría su hegemonía imperial bajo nuevas formas de dominio y, en forma exclusiva
al Japón. La URSS mantuvo sus prerrogativas en la Europa ocupada por el ejército rojo
al final de la guerra y ambos contendientes se dispusieron a establecer su dominio en
los nuevos Estados postcoloniales, pero sin promover enfrentamientos abiertos que
pudieran derivar en una guerra ya que consideraron viable la “coexistencia pacífica” y
su resultado fue el enfrentamiento entre servicios secretos y el espionaje generalizado.
La Guerra Fría fue un conflicto latente entre dos modelos, el capitalista y el
soviético, alimentado por la hostilidad de las superpotencias en lo ideológicocultural, lo
diplomático, lo económico y sobre todo la carrera armamentista que desataba un temor
generalizado sobre el posible holocausto nuclear. El conflicto se ubica en una zona
intermedia entre la guerra y la paz, con conflictos bélicos locales. Se trata de un proceso
en el que la paz fue imposible y la guerra impensable.
El temor mutuo, que desató purgas sostenidas y alimentó discursos apocalípticos,
contribuyó a definir y consolidar los respectivos bloques opuestos.
Los primeros síntomas se dieron en la propia Europa y constituyeron el telón de
fondo de la reconstrucción que se emprendió en la inmediata postguerra.
Al finalizar la Guerra, en Alemania se habían definido cuatro zonas de ocupación
y con este criterio se dividió también su capital, Berlín; mientras tanto, la
desnazificación se expresaba en los juicios de Nüremberg a los criminales nazis.
La zona occidental, con más potencial y habitantes, se fue orientando hacia un
modelo político plural, mientras que la zona oriental, pese al compromiso de Stalin
para procurar elecciones libres, fue sometida al dominio del partido comunista
prosoviético. La solución de lo que comenzó a denominarse “el problema alemán” se
produciría durante los años del plan Marshall que puso sobre el tapete la cuestión
alemana. Alarmó a los soviéticos y facilitó la comprensión sobre la importancia de la
reactivación de este mercado para occidente. Gran Bretaña, Francia y los EEUU
tomaron medidas para unificar sus zonas y en 1948 adoptaron una reforma monetaria
que separa más ambas zonas. Moscú exige la unificación bloqueando el sector oriental
de Berlín. Durante un año, la capital fue abastecida por aire. Finalmente, en mayo de
1949 se constituyó la República de Alemania Federal, que con Adenauer como Canciller
inició el camino hacia la recuperación. En la zona oriental se constituye la República
Democrática Alemana bajo protección soviética. En agosto de 1961, los soviéticos
310
comenzaron la construcción del Muro de Berlín que partió definitivamente a la ciudad
en dos y estableció severos controles de paso entre una zona y otra. El muro resultó a
los ojos de Occidente el signo visible de la falta de libertad que los soviéticos
impusieron al bloque Oriental. Su destrucción ocurrida el 9 de noviembre de 1989,
expresó formalmente el fin de la Guerra Fría con la desintegración del bloque Oriental,
cuya metrópoli, la URSS terminó de disolverse en 1991, dando lugar a la aparición de
numerosas entidades estatales nuevas: Federación Rusa, Ucrania, Estonia, Lituania,
Letonia, Georgia, Moldavia, Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán, Uzbekistán, etc.
La fabricación de la primera bomba nuclear fue uno de los esfuerzos
financieros y científicos más importantes de los Estados Unidos y tuvo su demostración
práctica en los bombardeos atómicos del 6 de agosto de 1945 sobre las ciudades
japonesas de Hiroshima y el 9 de agosto del mismo año sobre Nagasaki. De este modo,
comenzó una nueva era en la historia de la humanidad, signada por la amenaza de que
la destrucción total del planeta podía resultar una posibilidad concreta. La finalización
del conflicto mundial en 1945 no hizo decaer la carrera armamentista; por el contrario,
el enfriamiento de las relaciones diplomáticas con la URSS y la posterior política
defensiva de contención comunista, provocó que los soviéticos comenzaron a ensayar
con sus propias bombas atómicas, lo que dio lugar a la apertura de una carrera
armamentista que buscó desarrollar armas nucleares que sirvieran como formas de
disuasión y poder material de convicción para lograr el respeto del bloque oponente.
La amenaza del enemigo externo fue utilizada por ambos bloques con distintos
fines. En principio, sirvió para contener las disidencias internas, pero también fue útil
como excusa para involucrarse en conflictos militares y diplomáticos en diferentes
regiones del planeta, a través del envío de armas o de la participación directa con
tropas. Por otro lado, los Estados Unidos intentaron frenar el supuesto avance de la
URSS y establecieron una serie de bases militares alrededor del perímetro soviético. Sin
embargo, el desarrollo de sistemas de lanzamiento y dirección de ojivas nucleares dejó
obsoletas estas políticas. Así, la existencia de las armas nucleares modificó la
concepción de la guerra y acarreó nuevos problemas frente al uso indiscriminado que
se podía hacer de este tipo de armamento. Se inicia una escalada armamentista nuclear
denominada “Destrucción Mutua Asegurada” (MAD).
A todas vistas, EEUU extendía su protección hacia los miembros más débiles, tal
como quedó claro en el Organismo permanente que se creó como Organización del
Tratado del Atlántico Norte (1949). Esta operó en el mar Mediterráneo y en el océano
Atlántico con fuerzas europeas y dinero estadounidense. La Guerra de Corea le dio
nuevos bríos a la alianza y estimuló la recuperación de Alemania occidental pese a las
objeciones francesas. Contó con la cooperación de Grecia y Turquía que luego se
convirtieron en aliados de pleno derecho.
Luego de sucesivos intentos, a instancias de Gran Bretaña, el Tratado de Bruselas
firmado en 1951 entre todos los estados europeos occidentales, se amplió para incluir a
italianos y alemanes y se transformó en la Unión Europea Occidental (UEO).
Paralelamente cesó la ocupación aliada en Alemania que se comprometió a no fabricar
bombas atómicas, misiles, ni barcos de guerra. En 1955, Alemania se incorporó a la
OTAN y poco después incorporó, a partir de un plebiscito, el territorio del Sarre en
disputa con Francia.
Además de denunciar las estrategias de penetración norteamericana, los
311
soviéticos crearon el Kominform, cuyo objetivo fue el de coordinar los programas y las
políticas de los partidos comunistas de Europa oriental y occidental. De este modo, a los
movimientos norteamericanos destinados a crear una alianza económica y política en
Occidente, la Unión Soviética respondió y transformó su propia zona de influencia en
un bloque político e ideológico. En 1949 se sumó al Kominform, el Consejo de Asistencia
Económica Mutua (COMECON) con sede en Moscú, cuyo propósito fue alcanzar la
cooperación económica y científica entre los países miembros del bloque, a la vez que
desalentar todo contacto comercial con el resto de Europa occidental. En tanto, en el
plano militar, el Pacto de Varsovia quedó formalizado como una respuesta del lado
soviético a la incorporación de Alemania Federal a la OTAN. En 1955, el bloque Oriental
firmó el Pacto de Varsovia, que agrupaba a ocho países: la URSS, Checoslovaquia,
Bulgaria, Albania, la República Democrática Alemana, Hungría, Rumania, y Polonia. La
sede del Comité Político Consultivo y el Mando Unificado de las Fuerzas Armadas,
organismos surgidos del pacto, se encontraba en Moscú. Su objetivo fue el de
consolidar la ayuda militar y la colaboración política entre los países miembros.
La proliferación de un complejo sistema de alianzas fue lo que caracterizó al
período, pues si bien estos acuerdos eran los principales, no fueron los únicos que
impulsaron los EEUU. Dentro de este esquema se destacaron la firma del Tratado del
Sudeste Asiático (SEATO) y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).
El primero fue acordado en 1954 y fueron signatarios países como Pakistán, Filipinas,
Tailandia y los Estados Unidos. Su objetivo principal era evitar la expansión del
comunismo, pero no obligaba a sus miembros a proceder militarmente en caso de
amenaza exterior. El TIAR fue firmado en 1947 por países latinoamericanos y los
[Link]. De parte del bloque oriental, la Unión Soviética también reforzó la política de
alianzas con los países de su bloque. Entre otros y con la idea de asegurar sus fronteras,
firmó acuerdos con Mongolia (1946), con China Popular (1950) y con Afganistán y
Finlandia (1955).
Como señalamos, una de las características de la llamada Guerra Fría fue una
activa participación de las superpotencias en guerras y conflictos políticos que se
desarrollaron en países del Tercer Mundo. La Guerra de Corea y de Vietnam y la Crisis
de los misiles, fueron algunos de los hechos históricos más sobresalientes.
312
buscaban unificar el territorio.
En 1950, Corea del Norte invadió militarmente a Corea del Sur, impulsada por la
influencia de la victoria comunista en China en octubre de 1949. En sólo tres meses, su
ejército consiguió el control de la casi totalidad del territorio. El asunto adquirió
rápidamente entonces el carácter de un conflicto internacional que impulsó la
intervención del bloque Occidental. Así, en septiembre de 1950, el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas determinó el envío de tropas a la zona del conflicto. Estas, al
mando del general norteamericano MacArthur, sorprendieron al ejército del Norte y
recuperaron Seúl, la capital de Corea del Sur. En las semanas siguientes las fuerzas de la
ONU hicieron retroceder a los comunistas, atravesaron el paralelo 38 y amenazaron
con avanzar sobre la frontera china. Tal situación decidió el ingreso de este país en la
guerra, que en un corto período recuperó el territorio en manos de los aliados
occidentales y nuevamente ocupó Seúl. La situación se volvió aún más complicada
cuando MacArthur propuso utilizar la fuerza atómica. Su plan, atacar las principales
ciudades chinas con las potentes bombas nucleares norteamericanas, terminó
provocando su destitución. A partir del relevo de MacArthur, el eje pasó por la
búsqueda de un acuerdo de paz. Las negociaciones duraron dos años y se dieron
mediante el patrocinio de la ONU y la participación china. Finalmente, se
determinaron las nuevas fronteras que resultaron muy parecidas a las existentes antes
del conflicto, se dispuso el intercambio de prisioneros de guerra y se firmó un
armisticio en julio de 1953.
Después del derrocamiento del dictador cubano Fulgencio Batista, las guerrillas
de Fidel Castro se hicieron del gobierno en enero de 1959, reivindicando valores
nacionalistas, democráticos y populares. Si bien, estos revolucionarios demostraron
una indefinida posición socialista al comienzo, fue la intervención norteamericana la
que provocó su alineamiento con la URSS a partir de 1960.
Con el pretexto de defender sus intereses económicos y como continuación de
una histórica política intervencionista, los Estados Unidos establecieron un boicot
económico a la isla, coronado con una invasión de exiliados cubanos en Bahía Cochinos
que terminó en un fracaso y con el desprestigio del gobierno del presidente Kennedy
involucrado en la aventura. Ante la animosidad norteamericana, los cubanos
negociaron con la URSS su apoyo y protección, que en la práctica se tradujo en la
instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba con un alcance suficiente para
amenazar a toda la costa oeste norteamericana.
La llamada “crisis de los misiles” emergió cuando los norteamericanos
descubrieron las rampas de lanzamiento de misiles en Cuba y que según interpretó el
gobierno de los Estados Unidos, ponía en peligro la seguridad de todo su territorio.
El presidente J. F. Kennedy tomó la determinación de bloquear la isla y exigió a la
URSS el retiro de sus misiles. Luego de arduas negociaciones, el líder soviético Nikita
Kruschev aceptó retirar los misiles a cambio de que los norteamericanos retiraran los
suyos de la zona de Turquía que amenazaban igualmente a la URSS. A partir de este
conflicto, Cuba formó parte del bloque soviético hasta la disolución de este en 1991,
continuando hasta la fecha sometida a un bloqueo económico por parte de Estados
313
Unidos y la crítica pertinaz de la colonia cubana en Miami.
314
LA DESCOLONIZACIÓN
Versión libre y sintética de JUDT, Tony (2006). Postguerra. Una historia de Europa desde 1945.
Madrid, Ed. Taurus, Santillana. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de
Historia Social General.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, los países de Europa occidental –a los que
les resultaba muy difícil gobernarse e incluso alimentarse– seguían dominando gran
parte del mundo no europeo. Esta extraña paradoja, cuyas implicaciones no pasaban
inadvertidas a las élites indígenas de las colonias europeas, tuvo lamentables
consecuencias. Para muchos británicos, franceses u holandeses, las colonias y
posesiones territoriales de sus respectivos países en África, Asia, Oriente Próximo y las
Américas representaban un bálsamo para aliviar el sufrimiento y las humillaciones de
la guerra europea, y habían demostrado su valor material durante dicha guerra como
recursos nacionales de vital importancia.
Si no hubieran tenido acceso a estos lejanos territorios, suministros y efectivos
humanos de las colonias, los británicos y los franceses, sobre todo, habrían estado en
mayor desventaja aún en su lucha contra Alemania y Japón. Esto resultaba
especialmente obvio para los británicos. Para cualquiera que haya crecido en la Gran
Bretaña de la postguerra, “Inglaterra”, “Gran Bretaña” y el “imperio británico” eran
términos prácticamente sinónimos. Los mapas de las escuelas de primaria mostraban
un mundo abundantemente bañado por el rojo imperial; los libros de texto de historia
prestaban gran atención a la historia de las conquistas británicas realizadas en la India
y África, especialmente; los noticiarios del cine, los boletines informativos de la radio,
los periódicos, las revistas ilustradas, los cuentos para niños, los tebeos, las
competiciones deportivas, las latas de galletas, las etiquetas de las latas de frutas en
conserva, los escaparates de las carnicerías: todo constituía un recordatorio de la
crucial presencia de Inglaterra como centro histórico y geográfico de un imperio
marítimo. Los nombres de las ciudades de sus colonias y dominios, sus ríos y sus
figuras políticas más destacadas, resultaban tan familiares como los de la propia Gran
Bretaña.
El imperio británico resultaba muy caro de vigilar, mantener y administrar y, al
igual que el imperio francés del norte de África, era sobre todo fervientemente
apreciado y defendido por una reducida clase social formada por colonos agricultores y
ganaderos de lugares como Kenia o Rhodesia. Los dominios “blancos” –Canadá,
Australia, Nueva Zelanda– y Sudáfrica eran independientes; pero su lealtad formal a la
corona, los lazos afectivos que los unían a Gran Bretaña, la comida y las materias
primas que podían suministrar, y sus fuerzas armadas, se consideraban a todos los
efectos, salvo nominalmente, patrimonio nacional. El valor material del resto del
imperio británico resultaba menos evidente que su utilización estratégica: las
posesiones británicas en el este de África –al igual que los diversos territorios y puertos
bajo control británico situados en Oriente Próximo y en las inmediaciones de la
península arábiga y el Océano Índico– se valoraban sobre todo como complementarios
al principal activo del imperio británico: la India, que por entonces incluía los
territorios que más tarde se convertirían en Pakistán y Bangladesh, así como Sri Lanka
y Birmania.
315
Todos los imperios europeos se habían adquirido de manera esporádica y
episódica, y con escasa atención a su consistencia logística o rentabilidad económica.
Los españoles habían perdido ya la mayor parte de su imperio, primero frente a los
británicos, más tarde debido al deseo de independencia de sus propios colonos, y más
recientemente frente a la emergente potencia de Estados Unidos. Pero gran parte de
África y Asia seguía todavía en manos europeas, gobernadas bien directamente por los
capitalistas del imperio a través de una casta dirigente de intelectuales formados en
Europa o bien por medio de unos líderes indígenas aliados servilmente con sus amos
europeos. Los políticos de la Europa de la postguerra que sólo mantenían contacto con
estas personas no eran conscientes de la rapidez con la que el sentimiento nacionalista
se iba expandiendo por todos estos imperios entre los integrantes de una futura
generación de activistas (excepto quizá en el caso de la India, aunque también aquí
subestimaron claramente el alcance de su influencia y determinación).
Así pues, ni los británicos ni ninguna de las restantes potencias coloniales
europeas, se imaginaban el colapso inminente de sus posesiones o su influencia en
ultramar. Como el historiador Eric Hobsbawn ha declarado, el final de los imperios
coloniales europeos parecía quedar aún muy lejos en 1939. Seis años después, el mundo
seguía dividido entre gobernantes y gobernados, poderosos e indefensos, ricos y pobres,
hasta el punto de que parecía poco probable que dicha distancia pudiera salvarse en un
futuro próximo. Aún en 1960, mucho después de que el movimiento mundial por la
independencia se hubiera puesto en marcha, el 70 por ciento de la producción bruta
mundial y el 80 por ciento del valor económico añadido de la industria manufacturera
procedía de Europa y Norteamérica.
La minúscula Portugal –la más pequeña y la más pobre de las potencias
coloniales europeas– extraía materias primas, a precios sumamente favorables, de sus
colonias en Angola y Mozambique; también ofrecía un mercado cautivo a las
exportaciones portuguesas, que, de otro modo, habrían sido poco competitivas. Así,
Mozambique producía algodón para el mercado de materias primas portugués en lugar
de comida para su gente, una distorsión que era fuente de cuantiosos beneficios y
frecuentes hambrunas para la población local. Dadas las circunstancias, y a pesar de
las infructuosas revueltas en las colonias y de los golpes militares en Portugal, la
descolonización portuguesa se pospuso todo lo posible.
Aun en el caso de que los Estados europeos hubieran podido arreglárselas sin sus
imperios, pocos en aquel momento podían concebir que las colonias sobrevivieran
solas, sin el apoyo de una autoridad extranjera. Ni siquiera los liberales o los socialistas
partidarios de la autonomía y la posterior independencia de los súbditos extranjeros
esperaban que dichos objetivos pudieran alcanzarse antes de pasados muchos años.
La guerra mundial, sin embargo, había provocado en las colonias unos cambios
de cuya magnitud la mayoría de los europeos no era todavía consciente. Gran Bretaña
había perdido sus territorios en el este de Asia debido a la ocupación japonesa durante
la guerra y, aunque dichos territorios fueron recuperados tras la derrota de Japón, la
posición de la vieja potencia colonial había resultado profundamente dañada. La
rendición británica en Singapur en febrero de 1942 representó una humillación de la
que el imperio británico en Asia nunca logró recuperarse. Aunque las fuerzas
británicas pudieron evitar la caída de Birmania y consiguientemente la de la India en
manos japonesas, el mito de la invencibilidad europea se vino abajo definitivamente. A
316
partir de 1945 las potencias coloniales de Asia se enfrentarían a una presión cada vez
mayor para que renunciaran a sus tradicionales reivindicaciones. Para Holanda, la
potencia colonial más antigua de la región, las consecuencias fueron especialmente
traumáticas. Las Indias Orientales holandesas, y la sociedad mercantil responsable de
su desarrollo, formaban parte de la mitología nacional y constituían un vínculo directo
con su edad de oro, además de un símbolo de la gloria comercial y marinera de
Holanda. Por otra parte, estaba muy extendida la creencia, especialmente durante los
sombríos y míseros años de la postguerra, de que las materias primas de las Indias,
concretamente el caucho, constituirían la salvación de la economía holandesa. Sin
embargo, dos años después de la derrota japonesa, los holandeses volvían a estar en
guerra: los territorios en manos holandesas del sudeste de Asia (la actual Indonesia)
tenían movilizados a 140.000 soldados holandeses (entre profesionales, reclutados y
voluntarios) y la revolución por la independencia indonesia despertaba admiración y
servía de modelo a las restantes colonias del imperio holandés en el Pacífico, el Caribe y
Sudamérica.
La consiguiente guerra de guerrillas duró cuatro años y le costó a Holanda un
total de 3.000 bajas, entre militares y civiles. La independencia indonesia, proclamada
unilateralmente por el líder nacionalista Sukarno el 17 de noviembre de 1945, fue
finalmente reconocida por las autoridades holandesas en una conferencia celebrada en
La Haya en diciembre de 1949. La experiencia de la descolonización tuvo un amargo
efecto en la vida pública holandesa, que vino a sumarse al duro golpe de la guerra y sus
penalidades. A la larga, la obligada retirada de Holanda de las colonias sirvió para abrir
paso a un sentimiento nacional “europeo”.
Las potencias coloniales y ex coloniales de Europa occidental se aferraron, en
general, a sus colonias. Sólo poco a poco, y no sin cierto arrepentimiento contenido, los
políticos europeos centrarían toda su atención en los asuntos europeos y abandonarían
sus antiguas prioridades.
Los expertos norteamericanos, al proyectar la experiencia y las preocupaciones
de Washington sobre el resto de Occidente, a veces perdieron de vista este peculiar
rasgo de la Europa de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En Estados
Unidos la Guerra Fría acaparaba entonces toda la atención, lo cual se reflejaba
claramente en las prioridades y la retórica domésticas. Pero en La Haya, Londres o
París, las costosas guerrillas coloniales en sus remotos y cada vez más ingobernables
dominios acapararon gran parte de los esfuerzos durante aquellos mismos años.
Durante la mayor parte de la década de 1950, el principal quebradero de cabeza desde
el punto de vista estratégico lo constituyeron estos movimientos independentistas
nacionales, y no Moscú y sus ambiciones, aunque en algunos casos ambos aspectos se
superpusieran.
El imperio francés
317
francesa eran sus territorios en Indochina y, especialmente, en los asentamientos
franceses de la costa mediterránea y el norte de África: Túnez, Marruecos y, sobre todo,
Argelia, Sin embargo, en los libros de texto de historia franceses, el lugar de las colonias
aparecía menos destacado que al otro lado del Canal de la Mancha, tal vez debido a que
Francia era una República en la que el dominio imperial no tenía cabida natural. Por
otra parte, a los escolares franceses se les presentaba insistentemente la imagen de la
propia Francia como un continuo transoceánico, un lugar en el que los atributos cívicos
y culturales del hecho de ser francés quedaban abiertos a todos; en el que en las
escuelas elementales desde Saigón a Dakar se hablaba de “nos ancêtres les Gaulois”
(nuestros antepasados los galos) y se proclamaban –si bien sólo teóricamente– las
virtudes de una asimilación cultural sin fisuras, impensable para los administradores
de las colonias británicas, holandesas, belgas, españolas o portuguesas. Sólo en Francia
las autoridades de la metrópoli podían tratar seriamente a sus posesiones coloniales
más valiosas no sólo como suelo extranjero, sino como una prolongación
administrativa de la propia Francia. De este modo, “Argelia” no era más que una
denominación geográfica, cuya área tenía la consideración administrativa de tres
departamentos franceses (en los cuales, sin embargo, sólo sus residentes europeos
gozaban de plenos derechos civiles).
Durante la guerra, los franceses, al igual que los británicos y los holandeses,
habían perdido sus preciadas colonias del sudeste de Asia frente a los japoneses. Pero
en el caso francés, la ocupación japonesa tuvo lugar más tarde –hasta marzo de 1945 la
Indochina francesa permaneció bajo la tutela de las autoridades de Vichy– y fue en
todo caso incomparablemente menos traumática que la derrota sufrida por Francia en
su propio territorio en 1940. La humillación de Francia en Europa acentuó la
importancia simbólica de su imperio de ultramar.
La opinión pública francesa no era adversa a las reformas coloniales mientras los
norteamericanos se mostraban amenazadoramente anticolonialistas. El secretario de
Estado estadounidense, Cordell Hull, se había manifestado recientemente a favor de la
perspectiva de un control internacional sobre las colonias europeas menos avanzadas y
el establecimiento lo más temprano posible de un autogobierno en el resto. El discurso
reformista resultaba fácil en la empobrecida y aislada África francófona, especialmente
antes de que la propia Francia fuera liberada. En el sudeste de Asia, la cuestión era
distinta. El 2 de septiembre de 1945, Ho Chi Minh, el líder nacionalista vietnamita (y
miembro fundador del Partido Comunista Francés), proclamó la independencia de su
nación. A las dos semanas empezaron a llegar tropas británicas a la ciudad sureña de
Saigón, seguidas un mes más tarde de las francesas. Entre tanto, los distritos norteños
de Vietnam, hasta entonces bajo control chino, serían restituidos a los franceses en
febrero de 1946. En este punto existía una perspectiva real de alcanzar una autonomía
o independencia negociada, al haber iniciado las autoridades de París conversaciones
con los representantes nacionalistas. Pero el 1 de junio de 1946, el almirante francés y
plenipotenciario local Thierry d’Argenlieu, proclamó unilateralmente la separación de
la Cochinchina (la región sureña del país) del norte nacionalista, lo cual saboteó los
vacilantes esfuerzos de su propio país por llegar a un acuerdo y rompió las
conversaciones del Gobierno con Ho. En otoño de aquel mismo año los franceses ya
habían bombardeado el puerto de Haiphong y el ejército nacionalista Vietminh había
atacado a los franceses en Hanoi, con lo que se inició así la primera guerra de Vietnam.
318
Los esfuerzos de la Francia de la postguerra por restablecer su autoridad en Indochina
resultaron política y militarmente catastróficos. Ho Chi Minh consiguió un doble
reconocimiento por parte de la izquierda nacional francesa, como luchador por la
independencia nacional y como revolucionario comunista. Enviar a los jóvenes a
Indochina a luchar y morir en una “guerra sucia” no tenía sentido para la mayoría de
los votantes franceses; y permitir la conquista de Hanoi no parecía mucho más
desacertado que apoyar al a todas luces inadecuado Bao Dai, al que los franceses
instauraron como nuevo “emperador” del país en 1949.
Por otro lado, el cuerpo de oficiales francés se mostraba firmemente deseoso de
continuar la lucha en Vietnam; tanto aquí, como más adelante en Argelia, parecía estar
en juego el patrimonio militar de Francia y el Alto Mando francés tenía interés en
demostrar su valía. Pero la economía francesa no hubiera podido costear una guerra
interminable en una colonia remota sin una importante ayuda externa. La guerra de
Francia en Indochina fue financiada por los norteamericanos. Al principio, la
contribución de Washington fue indirecta: gracias a los préstamos y la ayuda
estadounidense. A partir de 1950 la ayuda norteamericana adoptó una forma más
directa. En 1953 Francia era con diferencia, de todos los Estados europeos, el que más
dependía de la ayuda estadounidense, tanto en metálico como en especie. Washington
no pondría fin a esta ayuda hasta 1954. Tras casi ocho años de infructuosa y cruenta
lucha, a Washington le resultaba claro no sólo que los franceses no podrían reinstaurar
su anterior autoridad en Indochina, sino que no constituían rival alguno frente a las
tropas regulares y la guerrilla de Ho Chi Minh.
Cuando Dien Bien Phu se rindió el 7 de mayo de 1954 y los franceses solicitaron
un alto el fuego, la noticia no pilló a nadie por sorpresa. La caída de la Indochina
francesa precipitó el colapso de los últimos gobiernos de coalición que habían tratado
de mantenerla, y la sucesión en el cargo de primer ministro a favor de Pierre
Mendés-France. Encabezados por “PMF”, los franceses negociaron un acuerdo, firmado
en Ginebra el 21 de julio de 1954, Francia se retiraba de la región, y dejaba dos entidades
independientes – Vietnam “del Norte” y Vietnam “del Sur”– cuyas relaciones e
instituciones políticas habrían de determinarse en unas futuras elecciones. Dichas
elecciones nunca se celebraron, y la carga de sostener a la mitad sureña de la antigua
colonia francesa recayó entonces exclusivamente sobre los estadounidenses.
Con la pérdida de Indochina, la atención francesa se volvió hacia África. Desde
que los franceses llegaron a la actual Argelia en 1830, su colonia allí había formado
parte de una ambición francesa más amplia, que databa de fechas anteriores aún, por
dominar el África sahariana desde el Atlántico hasta Suez. Al ver frustradas sus
aspiraciones en el este por los británicos, los franceses se habían conformado con
ostentar la primacía en el Mediterráneo occidental y, a través del Sahara, en el África
centro occidental. Argelia en particular era la única colonia francesa en la que un gran
número de europeos se había establecido con carácter permanente. Pero muchos de
estos europeos no eran de origen francés, sino españoles, italianos, griegos o de otras
nacionalidades. Hacía mucho tiempo ya que Francia padecía un exceso de población; y,
a diferencia de Rusia, Polonia, Grecia, Italia, España, Portugal, Escandinavia, Alemania,
Irlanda, Escocia (e incluso Inglaterra), Francia no había sido tierra de emigrantes
durante muchas generaciones. Los franceses no eran colonos por naturaleza.
Sin embargo, si existía una Francia fuera de Francia, ésa era Argelia. La idea de
319
que un día Argelia podría ser independiente (y gobernada en tal caso por los árabes,
dada la aplastante mayoría numérica de árabes y bereberes en su población) era
impensable para su minoritaria población de origen europeo. A pesar de todo, los
dirigentes árabes se mostraron inicialmente optimistas pensando que la derrota de
Hitler daría paso a las esperadas reformas, y cuando el 10 de febrero de 1943 emitieron
un manifiesto, tras los aterrizajes aliados en el norte de África, tuvieron buen cuidado
de resaltar su lealtad a los ideales de 1789 y su adhesión a la “cultura de Francia y
Occidente que habían heredado y cultivado”. Pero sus peticiones no fueron atendidas.
El Gobierno de la Francia liberada mostró escaso interés por el sentimiento árabe y,
cuando dicha indiferencia se tradujo en mayo de 1945 en una revuelta en la región de
Kabilia, al este de Argel, los insurgentes fueron aplastados sin contemplaciones.
Durante la siguiente década, la atención de París siguió centrada en otros lugares. Para
cuando estos años de indignación contenida y esperanzas frustradas culminaron con el
estallido de una insurrección organizada, el 1 de noviembre de 1954, el acuerdo ya no se
contemplaba en la agenda. El FLN (Frente de Liberación Nacional) argelino estaba
dirigido por una generación más joven de nacionalistas árabes que despreciaban las
estrategias francófilas de sus mayores. Su objetivo no era la autonomía o las reformas,
sino la independencia, una meta que los sucesivos gobiernos franceses no podían
contemplar. El resultado fueron ocho años de sangrienta guerra civil. Tardíamente, las
autoridades francesas propusieron algunas reformas. En marzo de 1956 el nuevo
gobierno socialista de Guy Mollet concedió la independencia a las vecinas colonias
francesas de Túnez y Marruecos. Pero cuando Mollet visitó Argel, una multitud de
colonos europeos le arrojaron fruta podrida. París se encontraba atrapado entre las
inflexibles demandas del clandestino FLN y la negativa de los residentes europeos en
Argelia, ahora liderados por un Comité de Defensa de la Argelia Francesa (l’Algérie
française), a aceptar ningún acuerdo con sus vecinos árabes. La estrategia francesa, si
cabe denominarla así, consistía ahora en derrotar al FLN mediante la fuerza antes de
presionar a los colonos para que accedieran a las reformas políticas y a algunas
concesiones para compartir el poder.
El ejército francés se volcó en llevar a cabo una terrible guerra de desgaste contra
las guerrillas del FLN. Ambos bandos recurrían habitualmente a la intimidación, la
tortura, el asesinato y el puro terrorismo. Tras una serie de asesinatos especialmente
espeluznantes y de represalias europeas, en diciembre de 1956 el representante político
de Mollet, Robert Lacoste, dio carta blanca al coronel del ejército paracaidista Jacques
Massu para acabar con los insurgentes nacionalistas de Argel sin reparar en cuáles
fueran los medios necesarios. En septiembre de 1957 Massu se alzó con la victoria al
conseguir frustrar una huelga general y aplastar a los sublevados en la batalla de Argel.
La población árabe pagó por ello un precio terrible, pero la reputación de Francia
quedó irreversiblemente mancillada. La protesta internacional resultante y las ofertas
de “mediación” angloamericana para ayudar a resolver el conflicto argelino condujeron
a aumentar los temores de los europeos residentes en Argelia acerca de que París
estuviera planeando abandonarlos. Los policías y soldados de París y Argel empezaron
a demostrar abiertamente sus simpatías por la causa de los colonos. El gobierno de
Gaillard, el tercero de Francia en once meses,dimitió el 15 de abril de 1958. Diez días
después se produjo una multitudinaria manifestación en Argel para exigir la
conservación a perpetuidad de la Argelia francesa y la vuelta al poder de De Gaulle; los
320
convocantes de la manifestación se erigieron en un Comité de Seguridad Pública, para
evocar, en actitud provocadora, la institución de la Revolución Francesa del mismo
nombre.
El presidente René Coty invitó a De Gaulle a formar gobierno. Sin hacerse de
rogar lo más mínimo, De Gaulle ocupó el cargo y fue investido de plenos poderes por la
Asamblea Nacional. Su primera actuación consistió en volar a Argelia, donde ante una
multitud entusiasta de soldados que le vitoreaban y de europeos agradecidos, anunció
ambiguamente: “Los he comprendido”. Su popularidad entre los europeos de Argelia,
que le veían como su salvador, era inmensa: en el referéndum de septiembre de 1958
(que estableció la Quinta República), De Gaulle obtuvo el 80 por ciento de los votos en
Francia, y el 96 por ciento en Argelia. Fue elegido presidente tres meses más tarde. Pero
uno de los numerosos rasgos característicos de De Gaulle era su inquebrantable aprecio
por el orden y la legitimidad, no simpatizaba con los rebeldes argelinos y mucho menos
con los jóvenes oficiales librepensadores e insurrectos que los habían apoyado. Su
primer deber, tal y como él lo entendía, consistía en restaurar la autoridad del Gobierno
en Francia. Su segundo objetivo, relacionado con el anterior, era resolver el conflicto
argelino que tan gravemente lo había menoscabado. Un año después estaba claro que
París y Argel iban camino de chocar frontalmente. La opinión internacional era cada
vez más favorable al FLN y su demanda de independencia. Los británicos estaban
concediendo la independencia a sus colonias africanas. Incluso los belgas se habían
retirado finalmente del Congo en junio de 1960. De Gaulle ya había establecido una
Communauté Française como primer paso hacia una Commonwealth formada por las
antiguas colonias francesas. En septiembre de 1959, sólo un año después de llegar al
poder, el presidente francés propuso la “autodeterminación” de Argelia. Enfurecidos
ante lo que consideraban la evidencia de una traición inminente, los oficiales del
ejército y los colonos de Argelia empezaron a organizar una sublevación a gran escala:
se levantaron barricadas en Argel y los “ultrapatriotas” disparaban a los gendarmes
franceses. La revuelta fracasó, sin embargo, los disturbios continuaron y culminaron
con un conato de golpe militar en abril de 1961, inspirado por la recién constituida OAS
(Organisation de l’Armée Secrete). Pero los conspiradores no consiguieron hacer
cambiar de postura a De Gaulle. La principal víctima del golpe fue la moral y el
prestigio internacional del ejército francés. Una abrumadora mayoría de hombres y
mujeres franceses, muchos de los cuales tenían hijos prestando servicio en
Argelia,extrajeron la conclusión de que la independencia argelina no sólo era inevitable
sino deseable –y, por el bien de Francia, debía producirse cuanto antes. De Gaulle inició
negociaciones con el FLN en Evian en junio de 1960 y de nuevo durante junio y julio de
1961. Todas fracasaron a la hora de encontrar puntos en común. En marzo de 1962 se
llevó a cabo un renovado intento que alcanzó mayor éxito. Ambas partes llegaron a un
acuerdo en virtud del cual, el 19 de marzo, después de ocho años de lucha
ininterrumpida, el FLN declaraba el alto el fuego. Partiendo de los términos acordados
en Evian, De Gaulle convocó un referéndum para el domingo 1 de julio, en el que la
inmensa mayoría del pueblo francés votaría a favor de liberarse de la pesadilla
argelina. Dos días después, Argelia se convirtió en un Estado independiente.
La tragedia de Argelia no terminó aquí. La OAS se convirtió en una organización
clandestina en toda regla, comprometida en primer lugar con mantener la Argelia
francesa y, después, tras fracasar en dicho objetivo, con castigar a aquellos que habían
321
“traicionado” su causa. Sólo en febrero de 1962 los agentes y las bombas de la OAS
asesinaron a 553 personas. Durante algunos años, a principios de la década de 1960,
Francia se vio atenazada por una férrea y cada vez más desesperada amenaza
terrorista. Finalmente, los servicios de inteligencia franceses consiguieron desactivar a
la OAS, pero el recuerdo permaneció. Mientras, millones de argelinos fueron enviados
al exilio francés contra su voluntad. Los pieds noirs europeos se establecieron en su
mayoría en el sur de Francia; la primera generación albergó un perdurable rencor
contra las autoridades francesas por traicionar su causa y obligarlos a abandonar sus
propiedades y sus trabajos. Los judíos argelinos también abandonaron el país, algunos
para marchar a Israel, muchos en dirección a Francia, donde con el tiempo llegarían a
constituir la mayor comunidad judía de Europa occidental (sefardí en su mayoría).
También muchos árabes abandonaron la Argelia independiente. Algunos, previendo el
gobierno represivo y dogmático del FLN. Otros, especialmente aquellos que habían
trabajado con los franceses o servido como auxiliares en la policía o instancias
militares francesas –los llamados harkis– huyeron de la previsible cólera de los
vencedores nacionalistas.
El imperio inglés
Con una notable excepción, la retirada británica de su imperio fue muy diferente
a la de los franceses. La herencia colonial británica era mayor y más complicada. El
imperio británico, al igual que el soviético, si bien algo maltrecho, había sobrevivido
intacto a la guerra. Gran Bretaña dependía en gran medida de sus proveedores
imperiales para sus alimentos básicos (a diferencia de Francia, que era autosuficiente
en cuanto a alimentación y cuyos territorios imperiales, tropicales en su inmensa
mayoría, producían artículos muy diferentes); y, en ciertos escenarios de la
guerra–especialmente en el norte de África– las tropas de la Commonwealth habían
llegado a superar el número de soldados británicos. Los residentes de la propia Gran
Bretaña eran mucho más conscientes de su imperio que sus homólogos franceses. Pero
después de 1945 los británicos no albergaban esperanzas realistas de mantener su
legado imperial. Los recursos del país no daban más de sí, y los costes de mantener
incluso el imperio de la India ya no se veían compensados con ventajas económicas o
estratégicas: mientras que en 1913 las exportaciones al subcontinente indio se
aproximaban a una octava parte del total de las exportaciones británicas, después de la
Segunda Guerra Mundial éstas se redujeron al 8,3 por ciento y a partir de entonces
siguieron descendiendo.
A casi todos les resultaba obvio que la presión a favor de la independencia era ya
irresistible. Los artífices de la Commonwealth, establecida en 1931, la habían creado
con el propósito de obviar la necesidad de actuar con rapidez frente a la independencia
colonial, con el ofrecimiento a cambio de un marco para que los territorios autónomos
y semiautónomos mantuvieran sus vínculos de adhesión y obediencia a la corona
británica, y la liberación al mismo tiempo de la simbología más ofensiva del dominio
imperial. Pero en cambio ahora iba a convertirse en un club empresarial de antiguas
colonias, de Estados independientes cuya pertenencia a la Commonwealth británica
sólo les obligaba en función de sus propios intereses y sentimientos.
A India, Pakistán y Birmania se les concedió la independencia en 1947, y a Ceilán
322
al año siguiente. El proceso no fue precisamente incruento –millones de hindúes y
musulmanes fueron masacrados a consecuencia de la limpieza étnica y los posteriores
intercambios de poblaciones–, pero el poder colonial salió relativamente indemne. Sin
embargo, una insurrección comunista en la vecina Malasia condujo al Gobierno
británico, en junio de 1948, a declarar un estado de emergencia que no se levantaría
hasta doce años más tarde, con la derrota definitiva de los rebeldes. No obstante, en
general, y a pesar de la retirada de la India y sus países vecinos de miles de residentes y
administradores coloniales, la salida de Gran Bretaña del sur de Asia fue más ordenada
y menos traumática de lo que habría cabido esperar. En Oriente Próximo las cosas eran
más complicadas.
En 1948 Gran Bretaña abandonó sus responsabilidades sobre el territorio bajo
mandato británico de Palestina en unas circunstancias humillantes, aunque
relativamente incruentas (los mutuos ataques entre árabes y judíos no comenzaron
hasta después de que los británicos hubieran abandonado este escenario).
En Irak, donde Gran Bretaña y Estados Unidos tenían intereses petrolíferos
comunes, Estados Unidos desplazó progresivamente al Reino Unido como influencia
imperial. Pero fue en Egipto, un país que, paradójicamente, nunca había sido una
colonia británica en el sentido convencional, donde Gran Bretaña experimentó las
ironías y el drama de la descolonización y sufrió una derrota de históricas
proporciones. En la crisis de Suez de 1956, Gran Bretaña padeció por primera vez el tipo
de humillación internacional tan familiar ya para los franceses y que ejemplificaría y
aceleraría el declive del país. El interés británico en Egipto obedecía directamente a la
importancia de la India, y a él vendría a añadirse en años posteriores la necesidad de
petróleo. Las tropas británicas tomaron por primera vez El Cairo en 1882. Hasta la
Primera Guerra Mundial Egipto había sido dominado de facto, si bien no oficialmente,
por un residente británico; desde 1914 a 1922 había sido un protectorado británico, tras
lo cual se convertiría en independiente. Las relaciones entre los dos países se
mantuvieron estables durante algún tiempo, y se formalizaron en un Tratado firmado
en 1936. Pero en octubre de 1952 el nuevo gobierno de El Cairo, dirigido por los oficiales
del ejército que habían derrocado al rey egipcio Farouk, derogó dicho Tratado. En
respuesta a ello, los británicos, temerosos de perder su acceso privilegiado a un canal
de crucial importancia estratégica, volvieron a ocupar la zona del Canal.
Dos años después, uno de los oficiales revolucionarios, Gamal Abdul Nasser, se
había convertido en el jefe del Gobierno y presionaba para forzar la salida de los
soldados británicos del territorio egipcio. Los británicos estaban dispuestos a negociar,
dado que necesitaban la cooperación de Egipto. El Reino Unido era cada vez más
dependiente del petróleo barato que importaba a través del Canal de Suez y pagaba en
libras esterlinas. Si este suministro cesaba, o si los árabes rechazaban el pago en libras
esterlinas, Gran Bretaña tendría que utilizar sus preciosas reservas de divisas para
comprar dólares y conseguir el petróleo en otra parte. Por consiguiente, en octubre de
1954 Londres firmó un acuerdo para evacuar la base de Suez antes de 1956, si bien en el
entendimiento de que la presencia militar británica en Egipto podría “reactivarse” si
los intereses británicos se veían amenazados por ataques o por Estados de la región.
Pero el entonces coronel Nasser –que se había auto declarado presidente de
Egipto en noviembre de 1954– comenzaba a constituir un problema. Era una figura
influyente en el recién formado movimiento de Estados independientes de Asia y
323
África, que se reunieron en una conferencia en Bandung (Indonesia) en abril de 1955 y
condenaron “el colonialismo en todas sus manifestaciones”. Era también el líder
carismático de los radicales árabes de la región. Y empezaba a atraer el interés
soviético.
Así pues, en 1956, los británicos empezaban a considerar cada vez más a Nasser
como una amenaza, tanto por su condición de déspota radical que había sentado sus
reales de orilla a orilla de una vía fluvial clave, como por el ejemplo que representaba
para otros. París compartía este punto de vista, a pesar de que el desagrado que Nasser
producía en los franceses tenía menos que ver con la amenaza que representaba para
Suez e incluso con su cada vez más estrecha amistad con el bloque soviético que con su
perjudicial influencia sobre los súbditos norteafricanos de Francia. A Estados Unidos
tampoco le agradaba mucho el presidente de Egipto. En una reunión con Tito celebrada
en Yugoslavia el 18 de julio de 1956, Nasser –junto con el primer ministro de la India,
Jawaharlal Nehru– emitió un comunicado conjunto de “no alineamiento”, lo que
desvinculaba explícitamente a Egipto de cualquier tipo de dependencia occidental. Los
norteamericanos se sintieron ofendidos. A pesar de haber iniciado conversaciones en
noviembre de 1955 sobre la financiación estadounidense de la presa egipcia de Asuán,
en el Nilo, el secretario de Estado norteamericano, Dulles, las interrumpió el 19 de julio
de 1956. Una semana después, el 26 de julio, Nasser nacionalizó la Suez Canal Company.
La reacción inicial de las potencias extranjeras fue constituir un frente unido: Gran
Bretaña, Estados Unidos y Francia convocaron una conferencia en Londres en la cual
se elaboró un plan que fue luego rechazado por Nasser. Los conferenciantes de Londres
volvieron a reunirse acordando esta vez constituir una Asociación de Usuarios del
Canal de Suez. Entretanto, los británicos y los franceses anunciaron que trasladarían la
disputa sobre el Canal de Suez a las Naciones Unidas. Los líderes británicos dieron por
hecho que Estados Unidos los apoyaría en caso de necesidad, llegado el momento. Los
británicos y los franceses empezaban a impacientarse con la ONU y sus engorrosos
procedimientos. Ni los unos ni los otros deseaban una solución diplomática. El
Gobierno británico inició conversaciones secretas con Francia, con vistas a una
invasión militar conjunta de Egipto.
El 21 de octubre estos planes se ampliaron para incluir a los israelíes, que, se
reunieron con franceses y británicos en Sèvres para mantener negociaciones. El interés
israelí era bastante evidente: la frontera que separaba Egipto e Israel había sido fruto
del armisticio de febrero de 1949, pero ambas partes la consideraban provisional, y se
producían frecuentes incursiones, especialmente en la frontera de Gaza. Los egipcios ya
habían bloqueado el golfo de Aqaba en julio de 1951, una restricción al comercio y la
libertad de movimientos israelíes que Jerusalén estaba decidido a eliminar. Israel se
había propuesto reducir a Nasser y asegurar sus intereses territoriales y de seguridad
en el Sinaí y su entorno.
Los conspiradores de Sèvres llegaron a un acuerdo. Israel atacaría al ejército
egipcio en Sinaí y avanzaría hasta ocupar toda la península, incluida la orilla oeste del
Canal de Suez. Los franceses y los británicos emitirían un ultimátum que exigiese la
retirada de ambos bandos, y luego, mientras aparentasen ser partes no implicadas que
actuaban en nombre de la comunidad internacional, Francia y Gran Bretaña atacarían
Egipto: primero por aire y luego por mar. Allí se harían con el control del Canal, bajo el
pretexto de la incompetencia de Egipto para gestionar un recurso tan importante con la
324
imparcialidad y eficacia necesarias, restablecerían el anterior estado de cosas y
conseguirían menoscabar definitivamente a Nasser. El plan se mantuvo en el máximo
secreto.
Al principio todo se desarrolló conforme a lo previsto, las fuerzas israelíes
entraron en el Sinaí. Al mismo tiempo, buques británicos partieron con rumbo este de
su base de Malta. Al día siguiente, el 30 de octubre, Gran Bretaña y Francia vetaron una
moción de la ONU que exigía la retirada de Israel, y emitieron un ultimátum a Israel y
Egipto, en el que instaban hipócritamente a ambas partes a que cesaran la lucha y
aceptaran la ocupación anglo francesa de la zona del Canal. En cuarenta y ocho horas,
los israelíes completaron la ocupación de Sinaí y Gaza, e ignoraron un llamamiento a la
tregua de la Asamblea General de la ONU; los egipcios, por su parte, hundieron barcos
en el Canal de Suez para impedir de este modo el transporte fluvial. Dos días más tarde,
el 5 de noviembre, desembarcaron en Egipto las primeras tropas de infantería anglo
francesas.
El 6 de noviembre Dwight Eisenhower fue reelegido presidente de Estados
Unidos. La administración de Washington estaba furiosa por el engaño anglofrancés y
profundamente resentida por las mentiras que le habían contado sobre las verdaderas
intenciones de sus aliados. Londres y París habían ignorado de forma patente tanto el
espíritu como la letra de la Declaración Tripartita de 1950, por la que Gran Bretaña,
Francia y Estados Unidos se comprometían a actuar contra el agresor en caso de
cualquier conflicto árabeisraelí. Estados Unidos empezó a ejercer una considerable
presión, tanto en el ámbito público como privado, especialmente sobre Gran Bretaña,
para que ésta pusiera fin a su invasión de Egipto, y debió capitular. Los británicos y los
franceses anunciaron su propia retirada de Suez, que completaron el 22 de diciembre.
Israel, tras asegurarse el compromiso de Estados Unidos con su derecho de tránsito
sobre el golfo de Aqaba y el estrecho de Tiran, retiró sus tropas de Gaza la primera
semana de marzo de 1957. El desalojo del Canal de Suez se inició una semana más
tarde, una vez finalizada la retirada anglo francesa, y el Canal se reabrió el 10 de abril
de 1957, permaneciendo en manos de Egipto.
Todos los países implicados aprendieron su propia lección de la debacle de Suez.
Los israelíes, a pesar de su dependencia del armamento francés, se dieron cuenta
claramente de que su futuro consistía en alinear sus intereses lo más posible con los de
Washington (y más aún tras el anuncio de la “Doctrina Eisenhower” en enero de 1957,
según la cual Estados Unidos utilizaría las fuerzas armadas en caso de una agresión de
la “internacional comunista” en Oriente Próximo). La posición de Nasser en el mundo
no alineado se vio enormemente fortalecida por su aparente éxito al hacer frente a las
viejas potencias coloniales (como los franceses habían temido, su influencia y ejemplo
moral alcanzaron sus máximas cotas entre los nacionalistas árabes y sus seguidores).
El fracaso de Egipto presagiaba más problemas para los franceses en Argelia. Para
Estados Unidos, la aventura de Suez sirvió como recordatorio de sus propias
responsabilidades, así como ejercicio de calentamiento.
Lo que es peor, el incidente le había proporcionado a Moscú una baza
propagandística sin precedentes. La URSS no desempeñó prácticamente ningún papel
en la crisis de Suez propiamente, pero al permitir a Moscú adoptar el papel, aunque
sólo fuera simbólicamente, de protector de la parte agraviada, Francia y Gran Bretaña
habían dado pie a que la Unión Soviética asumiera un rol que estaría encantada de
325
improvisar durante las siguientes décadas.
Gracias a la crisis de Suez, Oriente Próximo y África importarían las divisiones y
la retórica de la Guerra Fría en toda su extensión. La primera lección de Suez fue que
Gran Bretaña ya no podía mantener una presencia colonial global. El país carecía de
recursos militares y económicos, era lógico que ahora el país se enfrentara a unas cada
vez mayores exigencias de independencia. Después de una pausa de casi una década
durante la cual sólo Sudán (en 1956) y Malasia (en 1957) habían roto sus vínculos con
Gran Bretaña, el país entró en una fase acelerada de descolonización, especialmente en
África.
La Costa de Oro obtuvo su libertad en 1957 como el Estado independiente de
Ghana, el primero de una larga serie.
Entre 1960 y 1964 otras diecisiete colonias británicas celebraron sus ceremonias
de independencia mientras los dignatarios británicos viajaban por todo el mundo
arriando la bandera británica y estableciendo nuevos gobiernos. La Commonwealth,
que en 1950 no contaba más que con ocho miembros, en 1965 sumaba ya veintiuno, y
aún quedaban muchos por venir. En comparación con el trauma de Argelia, o con las
catastróficas consecuencias del abandono del Congo por parte de Bélgica en 1960, el
desmantelamiento del imperio británico fue relativamente pacífico. En el África del
este y, en especial, del sur, la retirada del imperio resultó más controvertida de lo que lo
había sido en el África occidental.
Para preservar el sistema del gobierno del apartheid, en vigor desde 1948, los
colonos blancos de Sudáfrica se habían auto declarado una república en 1961,
abandonando la Commonwealth. Cuatro años después, en la vecina Rhodesia del Sur,
los colonos blancos autoproclamaron unilateralmente su independencia y su
autogobierno. En ambos países la minoría gobernante consiguió durante algunos años
más suprimir implacablemente cualquier oposición a su gobierno. La segunda lección
de Suez, para la inmensa mayoría del establishment británico, fue que el Reino Unido
nunca más debía volver a encontrarse en el bando equivocado en un enfrentamiento
con Washington, los gobiernos británicos se mantuvieron leales a las posturas
estadounidenses. Sólo de esta manera podían esperar influir en las decisiones
norteamericanas y asegurarse el apoyo estadounidense a los problemas británicos
llegado el caso.
Este alineamiento estratégico sería de crucial trascendencia, tanto para Gran
Bretaña como para Europa. Las perdurables consecuencias de la crisis de Suez también
se dejaron sentir en la sociedad británica. Gran Bretaña y, especialmente Inglaterra, era
claramente optimista a principios de la década de 1950. La elección de un Gobierno
conservador en 1951 y los primeros indicadores de un boom económico habían disipado
la sombra igualitarista de los primeros años de la postguerra. Durante los primeros
años de reinado de la nueva reina, los ingleses disfrutaron de un agradable período de
auto reconfortante bienestar.
El ambiente de aquellos años tal vez algo exageradamente calificados como la
“nueva era isabelina” describen un sur de Inglaterra bastante animado, juvenil,
opulento y confiado. Además de las ingenuas comedias sociales, el cine inglés se
caracterizó durante aquellos años por la abundante producción de películas bélicas
todas ellas basadas en episodios más o menos verídicos del heroísmo británico durante
la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a partir de 1956 el tono empieza a
326
ensombrecerse claramente. Las películas caracterizadas por la descarnada descripción
que hacían de la vida diaria, representaban a una Inglaterra dividida, amargada, cínica,
pesimista y caradura, cuyas ilusiones se habían visto truncadas. Si las ilusiones del
imperio acabaron en Suez, la confianza insular de la región central de Inglaterra
llevaba bastante tiempo amenazada. El desastre de 1956 no hizo más que acelerar su
caída. La retirada del imperio contribuyó directamente a aumentar el nerviosismo
británico ante la pérdida de un rumbo para el país.
Despojada ya de su gloria imperial, la función de la Commonwealth consistía
principalmente en proveer a Gran Bretaña de alimentos. Gracias a las ventajas de la
Commonwealth (esto es, unos aranceles que favorecían las importaciones de sus
Estados miembros), la comida procedente de estos países era barata, y representaba
prácticamente una tercera parte del valor de todas las importaciones del Reino Unido a
principios de los años sesenta. Pero las exportaciones de Gran Bretaña a los países de la
Commonwealth disminuían cada vez más.
En lo tocante a Gran Bretaña, puede que Estados Unidos fuera el aliado
indispensable, pero difícilmente podía dotarle de un rumbo renovado y mucho menos
de una identidad nacional actualizada. Por el contrario, la propia dependencia de
Estados Unidos reflejaba la debilidad y el aislamiento que en realidad vivía el país. Por
consiguiente, y a pesar de que su cultura y su educación no se caracterizaran
precisamente por impulsarlos hacia la Europa continental empezó a resultarles obvio
que, de una forma u otra, el futuro del país estaba al otro lado del Canal.
327
EL ESTADO DE BIENESTAR
Versión libre y sintética de SOTELO, Ignacio (2010). “El Estado de Bienestar propiamente dicho”
en El Estado Social. Antecedentes, origen, desarrollo y declive. Madrid, Ed. Trotta. Para uso
exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de Historia Social General.
Podemos interpretar como una «edad de oro del Estado de bienestar» a los
treinta años que van desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a 1973, fecha de la
crisis del petróleo. Para el caso de Suecia, la periodización podría adelantarse a 1932,
año en que los socialdemócratas llegan al poder por muchos años, desplegando de
manera cabal el Estado de bienestar. La dificultad mayor para fijar una fecha final del
Estado de bienestar radica en que su crisis, que en efecto empieza en la segunda mitad
de los setenta, ha ido a ritmos muy distintos según los países. El declive ocurrió de
manera abrupta en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher, pero de forma gradual en
Alemania y Suecia.
La idea de un Estado de bienestar o Estado social estuvo presente durante el
período de Entreguerras en la Alemania de la República de Weimar, pero no pasó de ser
una mera exigencia constitucional no cumplida, como también lo fue el tan ensalzado
«derecho al trabajo» que recogió por vez primera la Constitución de Weimar. De hecho,
el término «Estado de bienestar» (Wohlfahrtsstaat) lo empieza a emplear en forma
crítica los movimientos de derecha en la República de Weimar para desacreditar una
Constitución que consideraba que habría cargado sobre el Estado un exceso de
responsabilidades sociales, con lo que lo hacía inviable. Los ingleses recogen esta
denominación insidiosa de la derecha alemana, pero dándole un sentido positivo.
“Welfare State” es aquel que procura el bienestar de los ciudadanos, antónimo de
“Warfare State”, que aplican a la Alemania nazi.
Para el modelo inglés, que comenzó a ser aplicado por el Partido Laborista al
concluir la Segunda Guerra Mundial, la cobertura social no debía funcionar como un
sistema de seguro “privado”, ofreciendo prestaciones de acuerdo a lo aportado, sino que
debería garantizar ciertas condiciones mínimas universales. Así surgió el lema inglés
de tener una “cobertura de la cuna a la sepultura”.
El fin último del Estado de bienestar británico no es avanzar hacia el socialismo,
sino impedir la revolución social que estallaría si una parte de la población fuese
arrojada al desempleo y a la miseria. La implementación del Estado de Bienestar en el
ejemplo inglés no estuvo exenta de dificultades, debates y cuestionamientos, y de hecho
como vimos en ese mismo país la experiencia posterior de Margaret Thatcher daría
final a un tipo de política que ya había sido cuestionada los años previos.
328
confrontación contribuyeron a su desarrollo, en los años posteriores a la contienda
mundial, que exigieron una reconstrucción de la sociedad.
De las diez elecciones generales que se celebraron en estos tres decenios, seis las
ganaron los laboristas y cuatro los conservadores. De hecho tomando el total de los
años, los conservadores obtuvieron mayorías más sólidas que los mantuvieron durante
diecisiete años en el poder, mientras que los laboristas sólo estuvieron trece. De las seis
elecciones ganadas por los laboristas, cuatro lo fueron por mayorías muy débiles (1950,
1964 y febrero y octubre de 1974). Los laboristas pudieron gobernar y desplegar el
pretendido Estado de Bienestar con cierto desahogo sólo en dos ocasiones, 1945 y 1950,
que fue la etapa de Clement Atlee, sin duda la etapa fundamental en la que se implantó
el Estado de bienestar, siendo el primer ministro Atlee la principal figura británica con
la cual el modelo quedó identificado.
El Estado de bienestar británico se caracteriza, en primer lugar, por haber sido
obra conjunta de laboristas y conservadores, aun cuando los primeros pudieron
haberlo tomado específicamente como su emblema. Facilitó sin duda que laboristas y
conservadores se alternasen en la construcción del Estado de bienestar el hecho de que
durante la guerra los dos grandes partidos hubiesen formado un Gobierno de coalición.
Terminada la contienda, la sociedad británica seguía aspirando a la cohesión social, y
sobre todo a la solidaridad ciudadana, vivida durante la guerra. Sin esta experiencia
compartida en los cincuenta y sesenta, laboristas y conservadores no hubieran
coincidido en el desarrollo del Estado de bienestar, colaboración que, en último
término, da cuenta de la originalidad británica al crear un Estado de bienestar como
alternativa a la socialización de los bienes de producción que entonces proclamaba la
izquierda revolucionaria.
De hecho, el carácter más bien contra-revolucionario o reformista que signa al
modelo social británico, explica que uno de sus promotores más tempranos haya sido el
economista Keynes, que en ningún sentido puede interpretarse como un partidario de
ideas revolucionarias, sino un partidario de la adaptación del capitalismo a las nuevas
necesidades surgidas luego de las dos guerras mundiales. La intervención del Estado
en la economía, ampliando o restringiendo la demanda global, según lo pidiera la
coyuntura del ciclo económico, parecía el instrumento adecuado para mantener el
pleno empleo, el cimiento sólido sobre el que se levanta el Estado de bienestar, única
forma de evitar la catástrofe social y política que se produciría, si volviera el paro
masivo de los años treinta. Aunque no cabía contraponer Estado a mercado, porque
todos convenían en que, sin la intervención del Estado, ni siquiera podría funcionar el
mercado, los conservadores, sin embargo, tuvieron siempre una mayor dificultad a la
hora de trazar una línea nítida entre la necesaria intervención estatal y la
indispensable libertad de los mercados.
En julio de 1945, los laboristas ganan las elecciones con el 47,8 % de los votos y
393 escaños, una diferencia de ocho puntos sobre el partido conservador (39,8 0/0), que
queda con 213 escaños. Los conservadores perdieron por un gran margen, pese a que el
candidato fuese Winston Churchill, el avezado político que antes de la primera Guerra
Mundial ya había participado en Gobiernos liberales, en la entreguerra en gobiernos
329
conservadores y en la segunda había presidido la coalición tripartita liberal, laborista,
conservadora, que llevó a Gran Bretaña a la victoria frente al nazismo. Los británicos
reverenciaban como héroe nacional a Churchill, que gozaba de enorme popularidad,
pero votaron a los laboristas de quienes esperaban una reconstrucción social a fondo.
Organizando un país por completo distinto, habría que compensar los enormes
sacrificios soportados en la guerra. En efecto, en los cinco años del primer Gobierno
laborista, con el liderazgo de Clement Attlee, se sentaron las bases del Estado de
bienestar
Attlee cumplió con su programa de nacionalizaciones: el Banco de Inglaterra, la
minería del carbón y la industria del acero, gas y electricidad, las comunicaciones por
cable y sin cable, los ferrocarriles y los transportes por carretera, la aviación civil,
pasaron a manos del Estado, en total el 20% de la economía. Así mismo los laboristas
en 1947 iniciaron el proceso de descolonización con la independencia de la India,
dividida en tres países, India, Paquistán y Bangladesh, así como la de Ceilán (Sri Lanka)
y Burma. El Imperio británico se transforma en una Comunidad de Naciones,
Commonwealth, más allá de los inconvenientes que esto causó.
En política exterior el Gobierno laborista continuó sin embargo una política de
alineamiento con los Estados Unidos y de confrontación con la Unión Sovietica. En
1949 el Reino Unido fue cofundador de la OTAN y del Consejo de Europa. Hasta su
muerte en 1946 contó con Keynes en las negociaciones de la deuda y nuevos préstamos
con Estados Unidos.
El logro más significativo de los laboristas, fue implantar y sostener el Servicio
Nacional de Salud (National Health Service o NHS). Fue un ambicioso servicio
sanitario gratuito, en gran medida todavía presente en la actualidad. A los tres meses
de haberse establecido, una encuesta mostró que lo apoyaba el 80 % de la población.
Había acuerdo mayoritario en que el Estado debía financiar directamente con los
impuestos la salud y la educación de todos los ciudadanos, dos bienes fundamentales.
El talón de Aquiles de los servicios médicos nacionalizados es que el
sostenimiento exigía una inversión estatal en momentos en los cuales el Reino Unido
continuaba con gastos por la Guerra Fría. En los dos primeros años los costes
sobrepasaron en un 40% lo presupuestado, y en los siguientes se triplicó el gasto en
relación con la cantidad calculada al promulgar la ley en 1946. Después de las
elecciones de 1950 que ganaron los laboristas por un estrecho margen, la guerra de
Corea (1950-1953) exigió un aumento de los gastos militares a cuenta de los sociales,
generando debilidad en el partido. Las críticas y algunas dificultades en la
implementación del modelo de salud condujeron a un retorno al poder de los
conservadores, con un segundo acceso al cargo de Primer Ministro por parte de
Winston Churchil, entre 1951 y 1955, manteniendo en líneas generales el Servicio
Nacional de Salud, que gozaba de amplio respaldo popular.
330
EL NEOLIBERALISMO, EL CAPITALISMO FINANCIERO Y EL
MUNDO UNIPOLAR
Versión libre y sintética de MERINO, Gabriel Esteban (2020). “El neoliberalismo, el capitalismo
financiero y el mundo unipolar. Auge, crisis y transición histórica” en Historia Social
Contemporánea. Una invitación a pensar desde el Sur. La Plata, Universidad Nacional de La
Plata. Facultad de Artes. Para uso exclusivo de los/as estudiantes de la Cátedra de Historia
Social General.
331
la historia siguió su curso. El resurgimiento de Asia, el vertiginosos ascenso de China
(acorde a su lugar central en la historia de los últimos dos mil años) y la puesta en
marcha de los procesos populares en América Latina a comienzos del siglo XXI son
acontecimientos que ponen de manifiesto que el mundo estaba y está en plena
transición histórica, consolidando el declive de la hegemonía anglosajona.
332
A estas 5 causas se suma la llamada crisis del petróleo de 1973, desatada a partir
de la decisión de los Estados de la Organización de Países Exportadores de Petróleo de
dejar de vender dicho suministro a los países que habían apoyado a Israel en la guerra
de Yom Kipur contra Siria y Egipto. Esta medida echó más combustible al problema de
inflación (especialmente en los países centrales importadores de petróleo) y trajo una
recesión económica del mundo capitalista debido al aumento de los costos de
producción.
Pero si por un lado las crisis del petróleo tuvieron su recesivo en la economía,
presionando sobre las contradicciones descritas anteriormente, también otorgaron un
enorme impulso a la expansión del capital financiero transnacional a través del flujo de
petrodólares hacia la city de Londres, que devino en capital financiero centralizado por
los grandes bancos angloamericanos. El abandono del patrón oro y la conversión del
dólar a dinero fiduciario (sin respaldo metálico), provocado entre otras cuestiones por
el enorme gasto de la Guerra de Vietnam, también contribuyó a la financiarización de
la economía del Norte Global. Pero el elemento central en el proceso de
financiarización de los procesos de acumulación del capital —la multiplicación
incesante del capital ficticio por sobre el real— fue la propia crisis de acumulación del
capital: ante la dificultad de encontrar rentabilidad en la economía real la inversión se
trasladó a la especulación financiera. Frente a esta situación surgirá en el plano político
e ideológico la contrarrevolución neoliberal.
333
empresa principal puede empeorar las condiciones de contratación de la fuerza de
trabajo a través de empresas subcontratadas.
334
inversión especulativa—y no en la economía real— y sólo aumentó los ingresos de los
sectores más concentrados, profundizando enormemente la desigualdad. En la
Argentina los mayores ingresos percibidos por la cúpula empresarial no solo no se
tradujeron en mayor inversión, sino que derivaron en una mayor fuga de capitales, la
cual se cubrió con endeudamiento externo que paga el conjunto de la población.
3) Abolir controles a los flujos financieros, flujos de información y flujos
comerciales, lo que provoca la pérdida del control soberano sobre las economías
nacionales, a favor del capital financiero transnacional y su libre funcionamiento a
escala global, en detrimento de las libertades de otros sectores.
4) Creación de una tasa natural de desempleo para quebrar la resistencia de los
trabajadores y bajar sus ingresos.
5) Coerción sobre huelgas y/o movilizaciones, persecución a dirigentes gremiales
y legislación antisindical para debilitar a las clases trabajadoras. En América Latina, la
coerción fue profunda. Se llevaron adelante genocidios mediantes dictaduras
cívico-militares que respondían a las oligarquías locales y el capital financiero
transnacional.
6) Una política general de recorte de los gastos sociales del Estado. Para legitimar
dicha política, se resalta la palabra gasto en lugar de inversión pública. El ajuste de la
inversión social del Estado produce un proceso de mercantilización de los bienes
públicos, los cuales pasan a ser nuevos espacios para la acumulación del capital. La
salud, la educación, la vivienda, etcétera, dejan de ser derechos que deban estar
garantizados por el Estado de forma universal (a la medida de sus ingresos) y se accede
a ellos y a sus distintas calidades según el precio que se pague.
7) Un plan general de privatizaciones, que en la periferia también significó un
importante proceso de extranjerización de las empresas públicas.
8) Una dinámica de fuerte endeudamiento externo. Por ejemplo, en la Argentina
entre 1976 y 1983 el endeudamiento público medido en dólares se multiplicó por siete.
Otro salto importante se dio en la década de los noventa a pesar del financiamiento
obtenido con las privatizaciones.
335
mundial y suturase las contradicciones del capitalismo global. En función de ello, se
fortalecieron algunas instituciones claves de la posguerra bajo el control de Estados
Unidos y el Norte Global: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.
A su vez se creó la Organización Mundial del Comercio (OMC) y comenzó a impulsarse
un conjunto de normas globales referidas al comercio, la inversión, la propiedad
intelectual, etcétera, plasmadas en acuerdos e instituciones. Incluso, se establecieron
tribunales internacionales, como el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias
relativas a Inversiones (CIADI)6 para arbitrar sobre diferencias relativas a inversiones.
Toda esta institucionalidad globalista significó un proceso de debilitamiento de las
soberanías nacionales, una desnacionalización progresiva de los estados.
Sin embargo, hacia fines de siglo, en el auge de la belle époque neoliberal,
comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de la crisis. Si el levantamiento del
campesinado zapatista en el sur de México en 1994 puso en evidencia el feroz impacto
en los pobres del Sur Global del proyecto financiero neoliberal, hacia 1999 se manifestó
un conjunto de contradicciones entre los grupos dominantes del sistema. Como se
afirma en Gabriel Esteban Merino (2014), es el año en que se observan en términos
políticos y estratégicos los primeros indicios de la crisis del orden mundial. Es el año
que en Estados Unidos comenzaron a profundizarse las tensiones internas entre
globalistas y americanistas. Es el año en que Alemania y Francia, junto con sus aliados
europeos, avanzaron en la constitución del euro para fortalecer el bloque de poder
europeo continental y tener un mayor margen de autonomía respecto a Washington
(contradicción que fue patente en la guerra de Irak propiciada por Estados Unidos y el
Reino Unido y rechazada por Francia, Alemania y Rusia, con importantes intereses en
dicho país). Además, el 31 de diciembre de 1999 y tras la dimisión de Boris Yeltsin,
Vladímir Putin llegó a la presidencia de Rusia (puesto que meses más tarde
confirmaría electoralmente de forma contundente) expresando el renacer del poder
ruso. Asimismo, China, el gigante oriental al que se lo vio crecer vertiginosamente
durante veinte años, asumió en 1999 formalmente la soberanía de Macao (colonia
portuguesa) luego de que en 1997 recuperara la de Hong Kong (colonia británica). Ese
año su embajada en Belgrado fue bombardeada por parte de Estados Unidos, lo que
provocó fuertes tensiones. También en dicho año, Hugo Chávez llegó al poder en
Venezuela y se produjo la primera grieta para el proyecto neoliberal y el Consenso de
Washington en América Latina y el Caribe más allá de Cuba. Además, a meses de
comenzar el año 1999, el 29 de noviembre de 1998, el papa Juan Pablo II expidió el
jubileo 2000. En el mismo se proponía la condonación de la deuda externa a países
pobres y en desarrollo, en sus tres formas principales de endeudamiento: la contraída
con los bancos comerciales, con los gobiernos y con las entidades multilaterales de
crédito (FMI, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, etcétera). Según el
jubileo, la deuda era inmoral, ilegítima e impagable. Esta propuesta estaba en el marco
de la lucha contra el capitalismo salvaje que el Vaticano venía desarrollando desde la
caída del Muro de Berlín, para diferenciarse del neoliberalismo de cuño anglosajón y
su avance global. Brasil devaluó su moneda en 1999, luego de la ola de devaluaciones en
los países emergentes que se inició en 1997 con el estallido de la crisis del sudeste
asiático, que fue el puntapié inicial para una ola de avance del capital transnacional
sobre la periferia, de fuertes adquisiciones (centralización del capital) y debilitamiento
de los actores económicos locales de los respectivos países emergentes. En la Argentina
336
se fracturaron los grupos y las clases dominantes, y comenzaron las luchas entre
quienes proponían, por un lado, dolarizar la economía, avanzar hacia el Área de Libre
Comercio de la Américas (ALCA) propuesta por los Estados Unidos y profundizar el
neoliberalismo (privatizar los bancos públicos que quedaban, ajustar más los salarios,
imponer la Ley de Flexibilización Laboral) y, por otro, quienes, en sintonía con lo
acontecido en Brasil, comenzaban a debatir la necesidad de devaluar el peso, fortalecer
el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y salir del proyecto neoliberal, agrupados en
el Movimiento Productivo Argentino (MPA). A su vez, la resistencia popular al
neoliberalismo crecía a medida que se agudizaba la crisis económica, aumentaba el
desempleo y se disparaba la pobreza.
El escenario resultaba desolador. Al igual que en buena parte de los países del
mundo, en la Argentina —producto de la imposición del proyecto neoliberal, cuyos
primeros pasos datan del golpe cívico militar de 1976— se pasaba de una situación de
pleno empleo a una desocupación del 24 % y una subocupación del 20 %. La pobreza,
que se calculaba en el 5 % en 1974, tocaba el récord del 56 %, mientras la desigualdad
se multiplicaba.
En este escenario, en la Argentina, en América Latina y en el mundo comenzaba
una reacción muy diversa frente al proyecto neoliberal, el capitalismo financiero y el
mundo unipolar gobernado por el establishment angloamericano. Y esta reacción es la
que se cristalizó en 1999 con importantes cambios en el mundo. De esta manera, se
iniciaba una etapa de transición geopolítica y crisis del orden mundial.
Con la derrota de Estados Unidos en la Guerra de Irak, el empantanamiento en
Afganistán y el estallido de la crisis financiera global en 2008 con epicentro en Nueva
York, en Londres y en el Norte Global y la crisis europea a partir de 2009, las tendencias
descriptas se aceleraron. La crisis de 2008 muestra, entre otras cosas, un problema
estructural del capitalismo neoliberal: desde los años ochenta se buscó bajar los
salarios para aumentar la tasa de ganancia del capital, lo cual repercutió en un
problema de realización del capital porque los trabajadores ganaban menos y se les
dificultaba el consumo. Para solucionar temporalmente dicho problema se
multiplicaron los instrumentos de financiarización, es decir, el otorgamiento de
créditos y tarjetas para el consumo. Pero ello, obviamente, tenía sus límites. Y estalló
como lo hizo la burbuja hipotecaria. A esta situación se sumó una gran puja financiera
al interior de los Estados Unidos y el Reino Unido, como parte de la lucha entre
Globalistas y Americanistas.
Después de esto, el mundo ya no fue el mismo. Asia Pacífico, de la mano de
China, se convirtió progresivamente en la región económicamente dinámica del
sistema mundial, en detrimento del Atlántico que dominó la modernidad occidental.
Junto a ello, la reemergencia de Rusia, la dinámica de medio Oriente y los procesos
políticos latinoamericanos que dieron lugar a la conformación de un contradictorio
pero activo bloque regional, dieron inicio a un siglo XXI caracterizado como un cambio
de época.
337
su consecuente condición de periferia. Y ello no es casual: cada vez que se producen
escenarios de transición histórica del sistema mundial, reemergen en la región, allí
donde existe cierto grado de desarrollo de las fuerzas subjetivas, los movimientos
nacionales, populares y latinoamericanos —también llamados despectivamente desde
la perspectiva neoliberal populismos—. Estos movimientos, de naturaleza heterogénea
y de diferentes improntas y dominados cada uno por distintos proyectos estratégicos, al
expresarse contradictoriamente a través de distintos gobiernos en el Estado dieron
lugar a procesos transformadores, de ruptura con la hegemonía neoliberal.
Como señalamos, la primera de estas manifestaciones nacionales populares y
latinoamericanas se produjo en Venezuela, con el triunfo electoral en 1998 del
Movimiento V República (MVR) encabezado por Hugo Chávez, quien finalmente
asumió la presidencia en 1999. La guerra del agua en Bolivia en el año 2000, donde una
enorme masa popular ascendió a las luchas políticas oponiéndose a la privatización de
ese recurso clave y sus consecuencias sociales, puso de manifiesto el resquebrajamiento
de la hegemonía neoliberal en dicho país y el comienzo de la articulación de un nuevo
bloque popular. La crisis de 2001 en la Argentina, luego de cuatro años de recesión
económica y de crecientes resistencias al proyecto financiero neoliberal y al bloque de
poder que lo sostiene, expresó el ascenso de un contradictorio bloque nacional
productivo, con un programa neodesarrollista que, finalmente, se consolidó en el
gobierno con la asunción de Néstor Kirchner en mayo de 2003. El año anterior, en 2002,
se produjo un acontecimiento de enorme significación para la región, la llegada de Luiz
Inácio «Lula» da Silva al gobierno del gigante suramericano, Brasil, a través de una
alianza entre clases populares y sectores de izquierda con parte de la burguesía
nacional y capas de la burocracia y de la intelectualidad neodesarrollista. También en
2002, se frustró por medio de una insurrección popular el intento de golpe de estado en
Venezuela, apoyado por Estados Unidos, avalado por el FMI y cuyo protagonista era el
referente del empresariado local. El golpe fue rechazado por los gobiernos de la
Argentina y de Brasil, lo que demostraba el giro que se había producido en los dos
países más importantes de Suramérica. Al año siguiente, el triunfo del Frente Amplio
en Uruguay y la fundación de la Alianza Bolivariana para las Américas por parte de
Cuba y Venezuela, terminarían de dar forma a un eje atlántico-caribe de La Habana a
Buenos Aires que sepultaría en la Cumbre de las Américas de diciembre de 2005 el plan
ALCA de los Estados Unidos. En 2006, la cumbre del Mercosur marcó un quiebre. Con
la presencia del histórico líder revolucionario de Cuba Fidel Castro y la de Hugo Chávez,
se decidió la incorporación de Venezuela al Mercosur y mecanismos para alivianar el
bloqueo económico de Estados Unidos sobre Cuba. A partir de allí, las fuerzas
nacionales, populares y latinoamericanas comenzaron un momento de ofensiva
regional que nacía desde el núcleo de aglutinación de la Argentina y Brasil, junto con
Paraguay y Uruguay, avanzaba con la potencia energética de Venezuela (quien posee
las mayores reservas de petróleo comprobadas) y se proyectaba sobre Suramérica a
través de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) reimpulsada y redefinida en
2008, mismo año en que estalló la crisis financiera global. El espacio suramericano es,
desde el punto de vista geopolítico, el soporte territorial de un Estado Continental que
posibilite la unidad regional, desde la cual romper las cadenas de la dependencia, el
subdesarrollo y la especialización primario exportadora. El siguiente paso fue la
constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC),
338
mirada con recelo desde el establishment de Estados Unidos, que se apoyó para
emerger en un escenario de creciente multipolaridad relativa, con los BRICS (Brasil,
Rusia, India, China y Sudáfrica) en pleno ascenso para discutir la distribución del
poder en el sistema mundial. También debemos señalar la importancia del triunfo del
Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia en 2006, liderado por Evo Morales, que
combinaba la tradición popular comunitaria de los pueblos originarios con las
corrientes latinoamericanistas de la izquierda y del nacionalismo, para articular una
alianza entre campesinado, obreros y sectores de pequeña y mediana burguesía urbana
y rural. A su vez, se produjo el triunfo de Rafael Correa en Ecuador en 2006, quien
asumió la presidencia en enero de 2007, y del Frente Sandinista de Liberación Nacional
(FSLN) en Nicaragua, territorio en donde históricamente se expresaron con enorme
crudeza las tensiones entre el imperialismo norteamericano y las luchas de liberación
nacional continental. En términos políticos institucionales se expresaba, entonces, un
importante cambio en las correlaciones de fuerzas sociales de la región.
No resulta casual que en los quince años que transcurren entre 1999 y 2014 unos
cien millones de latinoamericanos (la sexta parte de la población) hayan salido de la
pobreza según el propio Banco Mundial. Más allá del alza del precio de las materias
primas a nivel mundial, ello está estrechamente relacionado a un conjunto de políticas
regionales que, por lo menos, tendieron a distribuir buena parte de la renta de los
productos de exportación y a disminuir un poco la desigualdad en el continente más
desigual del mundo. Como razonaba Abelardo Ramos (2011), América Latina no se
encuentra dividida porque es subdesarrollada, sino que es subdesarrollada porque está
dividida. Resulta lógico que los proyectos de unidad nacional latinoamericana vayan de
la mano con mayores niveles de justicia social, por lo menos en términos parciales.
Para definirlo esquemáticamente, en cuanto al modelo de integración se puede
observar un enfrentamiento entre un regionalismo autónomo —que cuestiona el papel
de periferia en el orden mundial e intenta establecer estrategias de desarrollo
endógeno para posicionar a la región como bloque de poder en un escenario
multipolar— y el regionalismo abierto—que no cuestiona el lugar de periferia y el
papel en la división internacional del trabajo, busca estrategias de adaptación al
capitalismo mundial, plantea una alianza estratégica con los Estados Unidos y, en
términos más amplios, con Occidente, y está centrado en el libre mercado y en la
integración de las cadenas globales de valor dominadas por el capital transnacional—.
Si, como describimos, hasta 2010 avanzó con claridad aunque con perspectivas
disímiles, el regionalismo autónomo, en el año 2011 y en sintonía con un nuevo
momento de la crisis del Orden Mundial, se va a producir un acontecimiento que
marcará una nueva etapa en la región: la firma y puesta en marcha en 2012 de la
Alianza del Pacífico, conformada por Chile, Perú, Colombia y México, significó un
retorno del regionalismo abierto y una recuperación de la iniciativa de las fuerzas del
proyecto financiero neoliberal con sus distintos matices (Merino, 2017).
La ofensiva de las fuerzas unipolares sobre las semiperiferias a partir de
2010-2011 tuvo su impacto en América Latina, el eslabón débil de los polos de poder
emergentes. En América Latina no se profundizó lo suficiente el regionalismo
autónomo como para consolidar una estatalidad regional, esto es, un conjunto de
instituciones regionales que sostengan un proyecto propio: moneda del sur, banco y
fondo del sur, petrolera del Sur, Defensa del Sur, Ciencia y Técnica del Sur, entre otras.
339
Además, no hubo grandes avances en la integración productiva y en el suficiente
desarrollo de la economía para romper la esencia primario-exportadora, típica
característica de las economías dependientes. Las economías fuertemente
primarizadas, concentradas y extranjerizadas son un obstáculo determinante para la
construcción de una estructura productiva regional desde la cual sostener la
construcción de mayores grados de autonomía político-estratégica que haga posible el
desarrollo. El fin del ciclo de los commodities a precios extremadamente altos y su
consecuente problema en las cuentas de los países de la región, así como el retroceso
del comercio al interior de la región pusieron en evidencia estos problemas. A su vez, el
problema de la frazada corta debido a los menores recursos, agudizó las
contradicciones al interior de las alianzas sociales que sostenían los gobiernos
nacionales y populares. En la Argentina y en Brasil ello repercutió con el
debilitamiento político del kirchnerismo y del lulismo. Sobre esas contradicciones
operaron las fuerzas del bloque financiero neoliberal.
El escenario actual, tanto a nivel regional como mundial, tampoco es de
reconstrucción de la hegemonía neoliberal y del polo de poder angloamericano
(Estados Unidos más el Reino Unido y aliados). Es decir, no nos encontramos como a
principios de los años 1990. Por el contrario, las tendencias son otras. Entre ellas,
podemos nombrar la fractura del polo angloamericano entre globalistas y nacionalistas
evidenciada con el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y la salida del Reino
Unido de la Unión Europea (UE). En segundo lugar, la derrota de Estados Unidos en
Irak, el empantanamiento en Afganistán y el triunfo del presidente sirio apoyado por
Rusia y por Irán frente a las fuerzas apoyadas por el establishment occidental. En
tercer lugar, el ascenso cada vez más indetenible de China que, a diferencia del
desafiante Japón de los ochenta, o también de Alemania, no se trata de un protectorado
militar estadounidense, tiene una escala territorial y poblacional varias veces más
importante y fue durante milenios el centro hegemónico de Asia-Pacífico. En cuarto
lugar, hay que destacar la elección del papa Francisco al frente de la iglesia católica, de
enorme influencia en América Latina, quien irradia posiciones antineoliberales
contrarias al capitalismo salvaje, está en sintonía con los movimientos nacionales,
populares y latinoamericanos y propicia el regionalismo autónomo. En quinto lugar, las
conquistas conseguidas en los últimos años, así como los niveles organizativos de los
sectores populares constituyen un obstáculo difícil para las fuerzas neoliberales. El
triunfo del progresista popular Andrés Manuel López Obrador en las elecciones
presidenciales de México en 2018, en un país que parecía completamente
hegemonizado por el neoliberalismo y el poder de los Estados Unidos, da cuenta de que
no hay un fin del ciclo histórico en la región.
«Qué importa que brame la tormenta: todo taller de Forja parece un mundo que
se derrumba», razonaba Hipólito Yrigoyen (en Gabriel del Mazo, 1936, p. 7), al calor de
la transición histórica que él protagonizó, bajo un capitalismo en crisis estructural y
salvaje cuyas contradicciones devinieron en las sangrientas guerras mundiales.
Estamos transitando un momento histórico parecido, pero al mismo tiempo
completamente distinto. Ayer como hoy ese mundo que se derrumba es, también, el
mundo desde el cual construir una nueva forma de vida.
340
CHINA: SOMETIMIENTO Y REVOLUCIONES. CAMBIOS,
CONTINUIDADES Y PROTAGONISMO EN UN MUNDO DE
GLOBALIZACIÓN Y PANDEMIA
Texto elaborado para uso interno de la Cátedra de Historia Social General. 2021.
Introducción
Dejen que China duerma,
porque cuando despierte, el mundo temblará
Napoleón Bonaparte
341
marcos filosóficos, por ejemplo: a la hora de una comida se suele colocar en el centro de
la mesa los diferentes platos a degustar, los comensales deben servirse cada uno el
bocado que va a comer. No hay porciones individuales, ni un todo dividido, lo que
representaba el respeto por lo comunitario.
En el siglo XIII China fue conquistada por Gengis Khan del imperio Mongol, luego
vencido y reemplazado por la dinastía Ming y luego por la última, de los Qing o
dinastía Manchú, considerada extranjera por proceder de Manchuria. Las diferentes
dinastías que se sucedieron procuraron el fortalecimiento, del también llamado,
“celeste imperio”, mediante diversas medidas como la unificación de las diversas
lenguas a través de la escritura (cuyas letras responden a conceptos), la creación de
una moneda y un código de leyes común; buscaron la uniformidad en las costumbres y
en este camino hacia siglo X, se difundió el neoconfucianismo. Se trataba de una
síntesis con el budismo y el taoísmo que acentuó en su creciente población, el
fatalismo, el silencio y la obediencia, en el marco de una cultura y forma de vida que
garantizaba el statu-quo.
Su economía se apoyó en primer lugar, en la agricultura del arroz, el trigo, la
cebada, el té, la caña de azúcar, las especias; en segundo lugar, en la manufactura de la
seda y la porcelana; en tercer lugar en la explotación minera de oro, hierro, cobre y
plomo. Poseía una poderosa clase mercantil y un comercio interprovincial
ampliamente desarrollado que la hacía autosuficiente. Fue la civilización continua más
antigua del orbe, la más rica y la más avanzada tecnológicamente hasta el
advenimiento de la Revolución Industrial. A fines del siglo XVIII su producto bruto
interno (PBI) era siete veces mayor que el de Gran Bretaña y hasta principios del siglo
XIX su economía continuó siendo pujante, aunque pronto la situación cambiaría.
El siglo de la humillación
342
En este contexto, las grandes potencias del occidente capitalista buscaron
aprovecharse de la inestabilidad reinante. Su irrupción se produjo cuando los
británicos introdujeron el comercio del opio, desconocido hasta entonces en China. Los
intentos por parte del gobierno de evitar, por un lado, la difusión y consumo de la droga
y por otro, el drenaje de riqueza hacia las arcas británicas, provocó un conflicto con los
ingleses y provocó las llamadas guerras del opio (1839-1842 y 1856-1860). Tras la
derrota china, el tratado de Nankin garantizó a Inglaterra la ocupación de Hong-Kong
y de importantes puertos, además de una jugosa indemnización. El ejemplo fue seguido
por otras potencias, como los Estados Unidos y Francia, cuyos ciudadanos gozaron del
derecho de extraterritorialidad y de garantías de “nación más favorecida” al margen de
toda jurisdicción china. Rusia, Alemania, Italia y Japón comenzaron también a
instalarse en la zona costera y favorecieron el crecimiento de las ciudades del litoral,
sus actividades comerciales también estuvieron al margen de las leyes chinas y
favorecieron la concentración de riquezas en pocas manos. A ello se sumó el sistema de
“arriendos” que implicó nuevos repartos territoriales, la instalación de bases navales,
ferrocarriles y explotaciones mineras a favor de los extranjeros. Sobre todo, a través de
la política de “puertas abiertas” impuesta por los Estados Unidos para favorecer las
apetencias imperialistas.
En estas zonas la economía se modernizó. Se desarrollaron industrias livianas y
surgió un sector burgués de origen chino, aunque la sociedad continuó siendo
mayoritariamente rural y tradicional. Los campesinos explotaban pequeñas parcelas
autosuficientes y estaban sometidos a duras condiciones de subsistencia, por un lado,
pagaban excesivos impuestos imperiales y recurrían a préstamos usurarios imposibles
de pagar y por otra partes, se agregaba la práctica ritual de honrar a los antepasados,
sepultando sus cuerpos en sus terrenos limitando, de esta forma, su explotación
productiva. Todo ello, dio lugar a la emigración a las ciudades, donde los campesinos se
empleaban como mano de obra en el sector moderno, integrándose a un doblemente
expoliado proletariado, tanto por las naciones extranjeras como por la clase dirigente y
los mercaderes chinos. Paralelamente, la población siguió creciendo vertiginosamente,
provocando que el factor demográfico sea otro elemento para profundizar la situación
miserable de la mayoría.
La guerra con Japón entre 1894 y 1895 fue desastrosa para este imperio ya que
perdió dominio sobre el este de Asia, toda posible influencia sobre Corea y Formosa
(actual Taiwán), que pasó a Japón; asimismo el imperio de los zares obtuvo enormes
ventajas en Manchuria a través del tendido del ferrocarril transiberiano, que llegó
hasta Vladivostok, aunque se vieron obligados a retroceder luego de la guerra
ruso-japonesa de 1904 a 1905.
En este contexto de debilitamiento imperial, hacia los últimos años del siglo XIX
se constituyeron numerosas sectas y se produjo un movimiento contrario a los
extranjeros. Estuvo organizado por sociedades secretas que generaron diversos
conflictos. En algunas de dichas sociedades, sus miembros eran practicantes de
kung-fu; la rebelión más notable fue la llamada “rebelión de los boxers”, bautizada así
por los ingleses, porque los ejercicios pugilísticos que practicaban los rebeldes les
recordaban a los del boxeo. A partir de su exaltada xenofobia, cuestionaron las
prebendas a los extranjeros y los excesivos impuestos, con lo que lograron importantes
adhesiones. Este levantamiento fue apoyado por la dinastía reinante, pero luego del
343
asesinato del embajador alemán en Pekín, la insurrección fue duramente aplastada por
fuerzas militares extranjeras (rusas, italianas, alemanas, francesas, estadounidenses,
japonesas) en 1901. Sin embargo, la tendencia nacionalista había prendido, sobre todo
por acción de intelectuales, algunos educados en Japón como el médico Sun Yat-Sen y
de estudiantes, como el joven Mao Zedong, quien por aquella época decidió cortarse las
trenzas, esto era un acto simbolico de rebeldía, porque la coleta significaba la sumisión
al emperador.
Tú ya no eres el emperador,
Hay un nuevo emperador,
Se ha cortado la coleta
Y en lugar de camello tiene un coche
Bertolucci, Bernardo (1987). El último emperador. Film biográfico.
344
asiáticos en contra de las potencias imperialistas se podría privar de mercados y
materias primas al capitalismo occidental. Por su parte, Sun estaba dispuesto a aceptar
el apoyo soviético para lograr la unión y la independencia, pero rechazaba la
implantación del comunismo para China. A partir de 1919, en las grandes ciudades se
produjeron movimientos estudiantiles e intelectuales de carácter regenerador para
reivindicar la dignidad nacional lo que acentuó la conflictividad interna. El 4 de mayo
de ese año se produjo un levantamiento de estudiantes de Pekín contra las concesiones
a Japón. Este nacionalismo se extendió a distintos centros urbanos y cuestionó las
jerarquías sociales y las tradiciones, como las de los pies vendados de las mujeres y los
matrimonios concertados. Asimismo, exigió el empleo de la lengua vulgar lo que
afectaba a las minorías letradas y a la burocracia estatal.
En este proceso, un nuevo partido, el comunista, se formó en 1921. Entre sus
fundadores se encontraban docentes, empleados y estudiantes de la universidad de
Pekín como Chen Duxiu, Li Dazho y el joven Mao Zedong. La expulsión de unos y el
asesinato de otros, dejaría a Mao como Gran Timonel del Partido Comunista Chino
(PCCh).
Para el año siguiente, Sun comenzó la reorganización del KMT de acuerdo a los
lineamientos y modelos soviéticos. En este contexto, los miembros del PCCh,
organizados en pequeños grupos en las provincias del sur, decidieron unirse al KTM en
1923; organizaron entonces un ejército revolucionario bajo la dirección del dirigente del
grupo nacionalista, Chiang-Kai-Shek. Esto formaba parte de la estrategia soviética de
controlar a este partido en el largo plazo, aunque sin contar con el conocimiento
adecuado de la historia de China. Sun, por su parte, aceptó a los comunistas chinos
porque eran pocos y porque formaba parte de sus objetivos: construir un movimiento
nacional multiclasista en base a lo cual enfrentó a los “señores de la guerra”. Pronto
llegaría la ruptura. En 1925 murió Sun. Su sucesor Chiang Kai-Shek, de mentalidad
confuciana en sus vertientes chino-japonesa, planteó diferencias irreconciliables con
Mao y sus seguidores.
Paralelamente, la penetración de los japoneses en Asia continuó
sistemáticamente a lo largo de varias etapas, lo que sumó gravedad a la guerra civil
interna. La crisis de 1929 repercutió en Japón y dio paso al gobierno de elementos
militares que profundizaron estos avances hacia China y Siberia. En 1931, tras los
incidentes de Manchuria provocados por el bombardeo a un tren expreso del
ferrocarril transmanchuriano, los japoneses acusaron a elementos rebeldes chinos y
ocuparon distintas ciudades. También abandonaron la Sociedad de Naciones por sus
informes ambiguos al respecto e instalaron un gobierno “títere” en la zona que
llamaron Manchukuo. El último descendiente de la dinastía Manchú, Pu Yi fue
designado emperador de este Estado satélite hasta 1945, cuando cayó en poder de los
soviéticos que, finalmente, lo entregaron a los comunistas chinos, quienes lo
“reeducaron” y le asignaron un un cargo burocrático (era jardinero) hasta su
fallecimiento.
Asimismo, la confrontación entre comunistas y nacionalistas se profundizó en la
década de 1930. El ejército conducido por Chiang bajo asesoramiento y armamento de
los alemanes derrotó y persiguió a los comunistas que en 1934 iniciaron una retirada de
miles de kilómetros. Se trató de la “larga marcha” hacia el norte del país, mientras
reforzaban su ejército y la guerra de guerrillas irregulares. Mao consolidó su autoridad
345
y dejó atrás la estrategia marxista clásica sobre la preeminencia del proletariado
urbano para la lucha. En efecto, identificó el triunfo del comunismo con la integración
del postergado campesinado que iría ganando fuerza para tomar las ciudades, a la vez
que le prometió el acceso a la tierra.
El KMT enfrentó con algunos éxitos a los señores de la guerra, pero en 1937
ocurrió la invasión japonesa. Los nipones con las potencias del Eje (Alemania e Italia) y
sus conquistas fueron devastadoras para la población civil china. Fue una guerra
general que detuvo temporalmente los conflictos internos en China. El ataque japonés a
Pearl Harbor en diciembre de 1941, provocó el ingreso de EEUU a la Segunda Guerra
Mundial y permitió a los combatientes chinos recibir apoyo norteamericano para
combatir a los japoneses.
En este proceso, el partido de Mao se fortaleció como la mayor fuerza de
resistencia frente a los invasores y ganó un importante espacio político, a la vez que el
KMT se desprestigiaba rápidamente. En 1940 el líder comunista redactó un programa
que llamó “La nueva democracia”, en el que justificó su alianza con el Kuomintang,
defendió a la vez sus ideales marxistas y la fuerza de los campesinos como vanguardia
de la revolución.
Hacia la última etapa de la Segunda Guerra Mundial, Stalin procuró debilitar la
posibilidad de un gobierno central en China y acordó una serie de ventajas para la
URSS. Cuando los japoneses fueron derrotados se produjo la reanudación de las
tensiones entre los viejos aliados, el KMT y los comunistas.
En China distintas misiones diplomáticas procuraron la unión entre
nacionalistas y comunistas, pero no progresaron ya que los enfrentamientos entre
ambos grupos fueron creciendo. Luego de idas y vueltas, recibieron apoyos extranjeros:
Chiang-Kai-chek de los EEUU y Mao y su ejército rojo de la URSS, ya en el contexto del
mundo bipolar. La Rusia soviética aprovechó el momento para desmantelar las
instalaciones industriales de Manchukuo y trasladarlas a su país como compensación
de las pérdidas ocasionadas por la guerra. Los norteamericanos, por su parte,
obtuvieron ventajas de orden económico y enviaron al General George Marshall para
lograr un acuerdo entre las fuerzas chinas enfrentadas, pero resultó un completo
fracaso y la guerra civil se encendió nuevamente.
A medida que Mao avanzaba, promovía una reforma agraria que reservaba parte
de las tierras a los propietarios, la movilización de los campesinos y la toma militar del
poder; los soviéticos apoyaron con armas y oportunidades favorables y así, fueron
ganando, en forma continua sucesivas batallas. Por el contrario, las zonas dominadas
por el KMT, que contaron con ayuda estadounidense, eran atravesadas por la
corrupción, una creciente inflación y el caos provocado por protestas estudiantiles que
enfrentaban la violencia y el carácter policíaco del gobierno de Chiang-Kai-shek.
En 1949 la guerra civil concluyó con la victoria de los comunistas y la fundación
el 1° de octubre, de la República Popular China (RPCh), proclamada en Pekín, en la
plaza de Tiananmen. En diciembre Mao visitó Moscú como Jefe de Estado y firmó un
tratado por el que su país obtenía créditos por cinco años, líneas férreas, la creación de
rutas, acuerdos para la explotación de pozos petrolíferos, entre otros beneficios. Esta
cooperación se sostuvo hasta más de mediados de los años cincuenta y aportó a la
modernización de China
346
La vía “china” al socialismo. Partido y Estado en la construcción de la República
Popular maoista
China es un gigante
Que se ha puesto de pie,
Nunca más será arrodillada.
Mao Zedong (1949)
El triunfo del PCCh trajo independencia nacional, algo nuevo para China desde la
primera guerra del opio. La inflación fue controlada y los juicios sumarios y las
sucesivas ejecuciones de latifundistas y opositores se convirtieron en moneda
corriente. El derrotado Chiang-Kai-Shek huyó a Taiwán donde fundó la República
Nacionalista China con el apoyo de los EEUU, quienes estaban convencidos de que la
isla se incorporaba a una línea estratégica occidental, por lo que no podían permitir
que fuera ocupada por los comunistas.
Como lo señalamos up supra, Mao firmó con la Unión Soviética un pacto de
ayuda mutua y asistencia económica para la reconstrucción de la economía de China.
Mao convocó a una Conferencia Consultiva Popular, donde fue designado como Jefe
absoluto del país y formó un Consejo Gubernamental cuyos quince miembros se
repartieron las ramas de la administración. Mao, con su vocación de poeta publicó el
“Libro Rojo” para difundir la ideología revolucionaria, este texto se convirtió en lectura
obligatoria, con el que enfrentó el tradicionalismo y las resistencias que las nuevas
ideas provocaban.
En el plano internacional, China participó activamente en la guerra de Corea.
Apoyó al norte mediante distintas ofensivas en un contexto en el que ninguna de las
mediaciones propuestas terminó favorablemente. Su ingreso en esta guerra contribuyó
a que los EEUU, que respaldaba a Corea del Sur, reforzará sus vínculos con lo que
quedaba del Kuomintang. El conflicto no fue superado. Luego de la conferencia de
Ginebra, Corea permaneció dividida en dos, aunque libre de la ocupación extranjera.
Ello impulsó a los estadounidenses a volcarse a detener el avance del comunismo en
Asia oriental y sostener sus prerrogativas económicas, lo que derivó entre otros
ejemplos, en la cruenta guerra de Vietnam.
En el plano interno, se puede identificar una primera fase, en la que el gobierno
de Mao procuró superar el desastre provocado por la guerra y completar el programa
reformista de Sun: unificar la nación, independizarla del imperialismo extranjero, dar
la tierra al que la trabajase y promover un plan de desarrollo industrial. El plan anti
Tres atacó la corrupción, el despilfarro y la burocracia, mientras que el anti-Cinco se
dirigió contra el soborno, la evasión fiscal, el fraude, el robo de propiedades estatales y
la revelación de secretos económicos.
Paralelamente, el gobierno llevó adelante una reforma agraria expropiando
tierras a los grandes terratenientes, aunque se mantuvo la propiedad privada ya que el
campo no fue colectivizado en su totalidad. Se esperaba lograr una mayor
productividad en base a métodos eficientes y una retribución basada en la cantidad de
tierra que cada uno poseyera y en la cantidad de trabajo que realizará. Finalmente, la
tierra se transferiría al grupo comunal regulado por comités elegidos especialmente al
efecto.
347
La segunda fase de la revolución China se llevó a cabo mediante el primer plan
quinquenal previsto entre 1953 y 1957 y diseñado por la Comisión de Planificación
Nacional. Su objetivo central fue promover la industrialización del país. La mayoría de
las empresas existentes en China habían sido nacionalizadas durante el gobierno de
Chiang. A partir de esta base, se buscó el apoyo soviético para instalar fuentes de
energía, siderurgia, metalurgia, industrias químicas y se crearon nuevas plantas y
ciudades industriales. Paralelamente se creó un Ministerio que dio impulso a la
enseñanza superior.
En 1954 se dictó una nueva Constitución que estableció el llamado Estado
Unitario, basado en una dictadura democrático popular que estableció un Congreso y
un Consejo Central del cual fue elegido presidente Mao Zedong. La etapa se identificó
como “Campaña de las Cien Flores” por el discurso pronunciado por Mao en 1957 y se
caracterizó por los intentos para incorporar distintas voces que aportaran al desarrollo
de China. La condición fue que se aceptara la unión de las nacionalidades, el
socialismo, la dictadura popular y la solidaridad comunista internacional. Pese a la
apertura prometida, quienes levantaron críticas al programa fueron perseguidos, ya
que se los acusó de dogmáticos y antisociales. El clima de desilusión se agudizó por
problemas laborales, y escasez de alimentos y bienes de consumo. Por ello, poco
después de la referencia a “las Cien Flores” los debates fueron suprimidos
radicalmente.
Una tercera fase se puede identificar como “El Gran Salto Adelante”. Se organizó
mediante el segundo plan quinquenal a partir de 1958 y la decidida imposición del
sistema comunal en el campo y las ciudades. La propuesta implicaba el trabajo
femenino, el establecimiento de industrias locales en paralelo a las grandes unidades
de producción y el trabajo industrial del campesinado. Así, la agricultura y la industria
se potenciaban. Simultáneamente, el Estado consolidó un programa atómico, que lo
llevó a disponer de un arsenal nuclear considerable.
En cuanto al sistema de “comunas populares”, su establecimiento fue promovido
por una intensa propaganda, la reforma agraria y la militarización de los campesinos
colectivizados. Estas fincas colectivas agruparon a más de nueve décimas partes de la
población rural china, se constituyeron como unidades administrativas, con escuelas,
milicias, proyectos de industrialización local y burocracia. Esta política incluyó a la
cultura y la difusión de los centros de enseñanza, “cien flores y cien escuelas para
continuar”, enfatizaba Mao. Las aproximadamente 10.000 personas de estas comunas
prestaban servicios y se educaban mientras los niños lo hacían en guarderías con
personal formado especialmente. Compartían en conjunto, los baños, las diversiones,
las comidas, todas actividades predeterminadas con el fin de lograr el mayor
rendimiento posible. El tamaño de China jugó en contra, pues el gobierno central no
logró que sus propósitos se llevarán a cabo adecuadamente. Se apeló a militantes que
acentuaron la violencia con que se aplicó la nueva política.
La situación se complicó por el colapso del sistema educacional. Las autoridades
cerraron por un año el acceso a las universidades e instituciones similares, lo que
ocasionó la desocupación de millones de jóvenes convertidos en Guardias Rojos o
enviados a trabajar en la industria y las zonas rurales. Estos conformaron fuerzas de
choque contra lo que consideraron falencias de la revolución, atacaron propiedades y
protagonizaron un movimiento que interrumpió las comunicaciones y la producción
348
de las fábricas. Se calcula que participaron unos veinte millones de chinos, en su gran
mayoría, menores de veinte años.
El “Gran Salto”, en definitiva, no produjo los resultados esperados, lo que se
agravó por las sucesivas depuraciones políticas, una serie de calamidades naturales
como sequías e inundaciones, como así también el apaciguamiento del inicial
entusiasmo y los millones de muertos.
En este proceso, lo más duro fue la limitación de la relativa autonomía que se les
había concedido a las comunas y la intensificación de la violencia contra quienes se
consideraban opositores en distintos espacios sociales, incluso funcionarios. Con apoyo
del ejército, el gobierno exigió que toda expresión cultural exaltará la figura y el
accionar de Mao Zedong. A ello tendieron los “comités revolucionarios” en toda la
extensión de la China comunista.
Según Peter Calvocoressi, “en los años sesenta, la revolución comenzó a devorar a
sus hijos”. El partido afrontó divisiones en todos los niveles; el ejército aumentó su
poder y el alejamiento de la URSS se profundizó. La conflictividad que provocó esta
política en contra de lo que se tildó de “revisionismo”, traición a los principios
leninistas y aproximación al occidente capitalista, condicionó las depuraciones y
sucesivas purgas a través de la llamada “Revolución Cultural” ocurrida entre 1966 y
1969.
Pese a estos avances y retrocesos, Mao logró incrementar la producción
industrial e incluso, como lo señalamos, acceder a la energía atómica, China llegó a
contar con la bomba de hidrógeno a partir de 1966. También terminó de distanciarse de
la URSS de Kruschev, por su actitud frente a Taiwán y por problemas fronterizos.
Además, en distintas conferencias de representantes de partidos comunistas, los
delegados chinos cuestionaron la tesis de coexistencia pacífica del entonces Primer
Ministro de la URSS Nikita Kruschev y defendieron la teoría de los dos campos. Todo
ello condujo al rompimiento definitivo, cuando a raíz de la crisis de los misiles de Cuba,
la China Popular acusó a los soviéticos de traicionar los principios marxistas-leninistas.
El extenso país asiático volvió a convertirse en una fuerza internacional de
creciente importancia. Proyectó una imagen amenazadora frente a un mundo que lo
consideraba un país lejano y ajeno pero que observaba su crecimiento. Henry Kissinger,
Secretario de Estado de los EEUU, promovió el relajamiento del bloqueo comercial a
China y una política de distensión, que se desarrolló en base a marchas y
contramarchas, aunque finalmente, reconfiguró las relaciones internacionales, sobre
todo en los años de 1970 con el ingreso de China a la ONU y al Consejo de Seguridad del
organismo en reemplazo de Taiwán.
Para muchos intelectuales, el maoísmo constituyó el modelo a seguir para
inspirar la lucha contra el capitalismo y activar la movilización de los pueblos de todo
el mundo, sobre todo luego de lo que estimaron como la traición del stalinismo
soviético. Dichas posturas fueron debilitándose con la apertura, cada vez más
acentuada, de China hacia occidente y el capitalismo, junto a los cuestionamientos
críticos hacia el ideario que inspiró Mao Zedong.
349
La revisión del maoísmo y la apertura hacia Occidente
“No importa que el gato sea blanco o negro. Mientras pueda cazar ratones,
es un buen gato”
Deng Xiaoping
Tras la muerte de Mao (1976) la transición fue liderada por Deng Xiaoping,
considerado el arquitecto de la China moderna y reivindicado luego de sufrir
persecución y encarcelamiento. Sus objetivos, en el marco de procesos inflacionarios,
corrupción y presiones impositivas, fueron: la expansión y la liberalización económica,
junto a una relativa tolerancia política. Rompió las estructuras y experimentó con la
inserción de un nodo más abierto al mercado en pleno comunismo, que se replicó en
toda China. El gobierno estimuló el afán de lucro, los altos precios de los productos
agrícolas, mayores salarios en el sector industrial -el país se convirtió en el principal
exportador de productos manufacturados-, la modernización de la ciencia y la
tecnología y junto a ello, el fortalecimiento del ejército nacional. El nuevo líder había
sido víctima de purgas y era un conservador pragmático que promovió los exámenes
competitivos, la reivindicación de los intelectuales y de las víctimas de los años
radicales.
Deng abolió las comunas agropecuarias y los equipos de producción
colectivizados de la era maoísta, el Estado siguió siendo el dueño de la tierra, pero
ahora estimulaba las explotaciones rurales individuales a través de arriendos, de la
privatización del uso del campo y del estímulo a la venta de excedentes al mercado.
A partir de 1980 se crearon las Zonas Económicas Especiales (ZEE), espacios
controlados donde podían instalarse empresas extranjeras y también establecimientos
industriales y comerciales chinos, con beneficios impositivos para la inversión y con
una legislación distinta a las empresas del interior del país. Gozaban de políticas
económicas particulares y mayor flexibilidad en los controles gubernamentales. Su
producción estaba orientada al mercado exterior. Estas zonas surgieron alrededor de
Hong Kong, en puertos que ya poseían una tradición en cuanto a comercio
internacional desde tiempos de la apertura internacional de los Qing. Hacia 1984
catorce puertos de la costa este se habían abierto al comercio y a la inversión
provenientes del exterior. Alrededor del 60% de las inversiones extranjeras provenía de
los chinos de ultramar o de la diáspora china (actualmente unos 50 millones de
chinos). Esta categoría alude a los inmigrantes chinos que se dispersaron por Estados
Unidos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, México, Perú y Cuba. Salieron del “reino
medio” a mediados del siglo XIX huyendo de las hambrunas, las rebeliones y los
conflictos que caracterizaron los últimos años de la dinastía Qing. Muchos de ellos lo
hicieron como culis, trabajadores contratados en condiciones de semi esclavitud.
Instalados en nuevas tierras algunos lograron prosperar y legaron el deseo de volver a
su descendencia. La política de Deng organizó un programa para el retorno a la madre
patria bajo un nuevo paradigma económico. Los chinos de la diáspora llevaron su
formación, capacidad financiera y ahorros. La condición especial para la instalación de
empresas fue acompañada por la abundancia de trabajadores baratos, producto de la
proletarización de cientos de millones de campesinos. Se sumaron a la mano de obra
350
urbana que había perdido su sistema de seguridad del empleo y los beneficios de la
seguridad social.
Deng se inspiró, por una parte, en reformas llevadas a cabo en Hungría y
Yugolasvia, y por otra, en la Nueva Política Económica (NEP) aplicada por Lenin en
1921 en la URSS. Sus innovaciones se desenvolvieron hacia el término de la “Guerra
Fría”, que había dividido al mundo y dado lugar a un equilibrio relativo conservado por
las dos potencias, lo que creó la ilusión de la totalidad y cierto orden (Bauman, 2006).
Los efectos de estas reformas se apreciaron sobre todo al final de la división bipolar del
mundo, en un contexto de globalización acelerada, de cambios y movimientos
incontrolables de los capitales transnacionales, anónimos, de domicilio desconocido,
que ganaron espacios y ventajas financieras por sobre cualquier gobierno interesado en
canalizar sus movimientos en el territorio dentro del cual se originaron, se dirigieron o
atravesaron a su paso.
La globalización se complementó con la proliferación de Estados soberanos
débiles e impotentes ante la libre circulación de la información, las finanzas y el
comercio globales; desregulación, liberalización, flexibilización, fluidez creciente,
facilitar las transacciones en los mercados inmobiliario y laboral, constituyen pautas a
seguir para conseguir algún tipo de apoyo a nivel internacional.
En este mundo global en el que se ha tendido a estandarizar la demanda
mediante técnicas de manipulación mediática, integración económica y
comunicacional, con maximización de beneficios para los grandes inversores, creció el
ingreso de productos chinos en el mercado internacional. Ello ha generado debates
sobre el modelo de crecimiento y desarrollo chino (que ampliaremos más adelante).
El mercado en cuanto espacio de intercambio de bienes y servicios existe hace
miles de años. Las primeras civilizaciones de la antigüedad formaron espacios para el
trueque o la compra y venta, según las necesidades de cada sociedad. Por su parte, el
capitalismo, como sistema económico y social se remontaría, según algunos autores al
siglo XVIII, según Marx a los siglos XV y XVI, según Hobsbawm al siglo XI. O sea, se
trata de un sistema que operaría de una forma determinada dentro de ese espacio de
intercambio llamado mercado en el marco de un proceso de integración mundial
basado en relaciones asimétricas.
China y gran parte de Asia Oriental participaban del mercado desde antes de la
irrupción del capitalismo industrial en el siglo XVIII con una vía de desarrollo propia,
distinta de la dinámica capitalista. La apertura o reingreso al mercado de China se dio a
partir de una economía planificada y de fuerte peso estatal en los factores de
producción. Es decir que se trata en este caso, de un Estado fortalecido sobre la base del
"trípode" clásico de las soberanías militar, económica y cultural; dicho de otra manera,
sobre el dominio estatal de recursos, lo que permitió consolidar su poder.
Ciento cincuenta de las empresas más grandes de China, son propiedad del
Estado que a la vez ejerce influencia sobre otros miles más. Pero esto no es privativo del
caso chino. La función reguladora, disciplinaria del Estado en el desarrollo capitalista
cuenta con varios ejemplos históricos. Lo que haría característico al control estatal
chino de la economía y el giro hacia el capitalismo de Estado, sería tanto la inspiración
de las teorías leninista o maoísta, como lo algo propio de la herencia cultural milenaria.
En 1978 se inició el programa del hijo único, una estrategia de control de
natalidad ambiciosa y drástica para frenar el aumento de la población. Se aplicaban
351
multas para los infractores. Las sanciones dependían de la región y podían llegar al
equivalente de diez veces el promedio de ingresos de la pareja, y en algunos casos hasta
los 200.000 dólares. Los matrimonios que cumplían la ley obtenían los siguientes
beneficios: subsidios económicos, preferencia en la asignación de vivienda,
prolongación de las licencias por maternidad, servicios pediátricos. La medida contó
con la aprobación del 75% de la población. Esta política se aplicaba a nivel provincial y
tenía excepciones. Estaban exentos los territorios con administración especial como
Hong Kong y Macao y las minorías étnicas. Esta política terminó en 2015 y presentó
problemas a futuro como la disminución de mano de obra joven, problemas para los
jubilados (el sistema de pensiones solo cubre al 30% de los trabajadores),
diferenciación entre los sexos, por la preferencia por los hijos varones, etc.
Deng también realizó reformas en las Fuerzas Armadas chinas, llamadas Ejército
Popular de Liberación (EPL). Recordemos que el EPL surgió en 1927 como brazo
armado del PCCh, era su “Ejército Rojo” en el contexto de la guerra civil contra el KMT.
Sus principales objetivos son la defensa de la soberanía nacional y el mantenimiento
del partido -al que responde- en el poder. Tuvieron injerencia en los asuntos del Estado
hasta la llegada de Deng, quien para enfocarse en el desarrollo económico redujo el
presupuesto militar. A cambio estimuló al EPL a dedicarse a negocios. Así se transformó
en un conglomerado empresarial en varios rubros además de las armas. Administró
industrias armamentísticas, farmacéuticas, eléctricas y hasta hoteles. De esta manera
equilibró los ajustes del presupuesto público. Luego de la administración Deng el EPL
comenzó a dejar gradualmente sus negocios debido a los casos de corrupción que se
denunciaron.
352
ello alimentó el malestar colectivo. En este contexto, se produjo la movilización de los
obreros (algunos empresarios incitaron a sus trabajadores a protestar) y sus reclamos
confluyeron con las peticiones de los estudiantes de Pekín. Todo esto se conjugaba en
una atmósfera de agitación contra los gobiernos comunistas de Europa del Este y en los
prolegómenos de la caída del Muro de Berlín, lo que generaba confianza entre los
manifestantes chinos respecto a la llegada de vientos de cambio favorables.
La de 1989, fue una de las mayores movilizaciones en la historia de la China
comunista. Las protestas se llevaron a cabo en la principal plaza de Beijing,
Tiananmen. Así las cosas, el gobierno ordenó enfrentar a los manifestantes. Al
principio con métodos no violentos. Pero luego, el proceso abierto entre fines de abril y
principios de junio, se cerró con una masacre. Según cifras oficiales, contabilizando las
víctimas en las zonas aledañas a la plaza y en las ciudades donde se replicó el
movimiento, sólo dieron cuenta de 241 personas muertas (90% de ellas eran civiles y
los 10% restantes militares), siete mil heridos (la mayoría militares) y mil doscientas
quince personas detenidas. Los organismos de derechos humanos sostienen cifras
mayores que le valieron críticas negativas al gobierno chino a nivel global. Tal vez, no
podamos acceder a las cifras exactas de víctimas, pero podemos apelar a un ejemplo
simbólico de la cuestión con el caso de Wang Weilin, el joven estudiante de arqueología
de diecinueve años que impidió el paso de un tanque al día siguiente de la represión.
Actualmente no se conoce el paradero del “chico frente al tanque”, no aparece en la
lista de víctimas, las autoridades chinas niegan que haya estado detenido y otras
fuentes sostienen que se fugó a Taiwán.
En aquella primavera dramática no se cuestionó la autoridad del Partido, aunque
ningún sector de la sociedad estuvo de acuerdo con la represión. Para aplacar el
reclamo de democratización, el gobierno chino profundizó el proceso de reformas
económicas a modo de compensación. Deng criticó a aquellos que creían que las
reformas eran un giro hacia el capitalismo y aclaró que lo que China necesitaba era
seguir en el socialismo.
A partir de 2013 un nuevo líder, Xin Jinping, profundizó esta transformación
manteniendo la autonomía del gobierno respecto a las nuevas élites y a través de un
socialismo propiamente chino. La producción que en 1978 era pública en un 100%,
pasó a ser del 20% mientras que el Estado no impuso limitaciones al sector privado,
aunque mantuvo su autonomía respecto de éste, cuya agenda económica respondía a
las demandas del gobierno. Su economía tiende redes por tierra y por mar a través de
un capitalismo de Estado que no admite dogmatismos y garantiza el control del tipo de
cambio, las cuentas de capital y el sistema bancario. Es así, compatible con la exigencia
de adherir al PCCh, con la planificación estratégica centralizada y con la falta de
libertades Según analistas, el propio Estado conducido por el PCCh se adjudicó el rol
transformador que había ocupado la burguesía en países de occidente y de la que
China carecía. Este partido no es el de Mao y opta por nuevos rumbos de crecimiento
que aseguraron a China convertirse en el mayor tenedor extranjero de la deuda
norteamericana.
Se continuó con las empresas dedicadas al ensamblaje, pero ahora se orientaron
hacia productos de alta tecnología transformado a China en un nuevo taller del mundo.
En esta etapa, las inversiones norteamericanas, europeas y japonesas fueron más
significativas que los capitales de la diáspora china o chinos de ultramar. El comercio
353
exterior fue clave. Financió su desarrollo y le permitió tener la mayor reserva de divisas
del mundo. China se ubicó en la vanguardia de la Revolución Industrial 4.0 y de la
tecnología 5G.
En tres décadas y media la RPCh se convirtió en la segunda economía del mundo
por detrás de Estados Unidos. Entre 1980 y 2002 su ingreso per capita se multiplicó por
siete. Actualmente 850 millones de chinos salieron de la pobreza. Sus ciudades poseen
el mayor mercado de automóviles del mundo. Estos logros también presentaron nuevas
desigualdades sociales y un aumento de privilegios e injusticias.
En esta etapa de reformas las zonas más desarrolladas de China fueron las de la
costa sur y este. Para dinamizar la economía de las ciudades del oeste y norte se
comenzó a mirar a Asia central y a reactualizar la antigua “Ruta de la Seda”. El
concepto de “Ruta de la Seda” o “Rutas de la Seda”, refiere al trayecto o los trayectos de
caravanas que partían desde Xi’an, antigua capital imperial, hacia Constantinopla,
transportando seda, metales preciosos y manufacturas. Las nuevas rutas de la seda o
“Un cinturón-una ruta” (one belt-one road) como también se las conoce es un proyecto
que surgió en 2013 por iniciativa del presidente Xi Jinping y tiene por objetivo crear un
“cinturón económico” a lo largo de la histórica ruta, para la integración económica
entre Asia y Europa, pasando por las economías menos desarrolladas de la región, lo
que implicaría ofrecer un motor de crecimiento a países poco desarrollados. El
megaproyecto tiene una versión por mar.
Seiscientos años atrás, durante la era Ming, la “Ruta marítima de la Seda” fue
trazada por el almirante Zheng He, partiendo de Cantón, pasando por el sudeste
asiático, India, Arabia y África. La versión del XXI busca la integración de Asia, África y
Europa, e incluso Latinoamérica. Para ambas rutas se está invirtiendo en
infraestructura, con fondos provenientes del gobierno chino y de inversores privados. A
los catorce meses de lanzado el proyecto un tren de cargas unía China con Madrid,
inaugurando la primera línea férrea de la Ruta de la Seda, que recorre unos 13.000
kilómetros en dieciséis días. Al parecer todos los caminos del siglo XXI conducen a
China.
Su rápido crecimiento económico, le permitió el ingreso a la Organización
Mundial del Comercio (OMC) en 2001 y su importancia global se hizo más visible a
partir de la intervención como mediadora en los conflictos actuales. Por ejemplo, entre
Estados Unidos y Corea del Norte o la crisis económica griega de 2015. El crecimiento
económico y el involucramiento mundial trajo para la RPCh tensiones con Estados
Unidos.
A finales de 2019 las noticias sobre China volvieron a ser centrales a nivel
planetario. En diciembre los hospitales de la ciudad de Wuhan registraron a varias
personas con fiebre alta y neumonía. Los primeros estudios mencionaron un posible
nuevo brote del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) que había aparecido en el
sur de China entre 2002 y 2003. En ese entonces el gobierno chino afirmó que la
epidemia de ese tipo de coronavirus estaba controlada. Sin embargo, el virus se
propagó por el mundo infectando a 8.000 personas y matando a casi 800. Aunque fue
contenida, la actitud de la RPCH recibió severas críticas por parte del mundo y provocó
protestas y repudio dentro de China. Sin embargo, en 2019 la rapidez con que se
propagaban los casos y nuevos estudios revelaron que se trataba de un nuevo tipo de
coronavirus: el COVID-19 (denominación que surge por las palabras “corona”, “virus” y
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“disease”-enfermedad en inglés- y 19 por su año de aparición). En marzo de 2020 la
Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró oficialmente el estallido de una
pandemia y a diferencia de lo ocurrido con el SARS en 2002-2003 la RPCh no encubrió
la propagación de virus y aportó 50 millones de USD a la OMS, además distribuyó
suministros y equipos médicos por todo el mundo para combatir el coronavirus.
El estallido de la pandemia fue politizado por EEUU. El gobierno de Donald
Trump invirtió energía y tiempo valioso en culpabilizar a China por la difusión de la
enfermedad. En las reuniones del Grupo de los Siete (G7 o G-7, formado por Alemania,
Canadá, EEUU, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y la participación especial de la
Unión Europea) el representante estadounidense pidió que llamaran al agente
patógeno “virús Wuhan”, dilatando los debates y entorpeciendo una estrategia conjunta
para combatir el COVID-19. Luego congeló el financiamiento estadounidense a la OMS,
acusándola de ser “chinocentrica”. Estados Unidos también promovió teorías
conspirativas sobre el origen del virus, con el Instituto de Virología de Wuhan en la
mira. Esta institución fue fundada en 1956 y es una de los primeros laboratorios
nacionales creados por la RPCh. Goza de gran prestigio y posee el nivel 4 de
bioseguridad (estos laboratorios se clasifican del 1 al 4 según la peligrosidad de los
patógenos que estudien, siendo el nivel 4 el que maneja los más letales). Su
especialidad son los patógenos que no cuentan con vacunas ni tratamientos. Está
administrada por la Academia de las Ciencias de China y parte de su financiamiento
proviene de EEUU. Las hipótesis de la conspiración tienen dos variantes. La primera
sostiene que hubo una fuga de laboratorio. La segunda, que el virus fue creado
científicamente. Una misión de la OMS en febrero de 2021 descartó esta teoría por falta
de pruebas. La administración de Joe Biden aportó una nueva variante a la teoría
conspirativa: accidente de laboratorio. Pero hasta la fecha no es concluyente y carece de
pruebas suficientes como las anteriores.
Por su parte, China devolvió la acusación culpando a Estados Unidos de fabricar
el virus en Fort Detrick (Maryland), un campus especializado en biodefensa,
enfermedades infecciosas y gérmenes mortales. El patógeno creado allí, habría sido
usado durante los Juegos Militares Mundiales que se realizaron en octubre de 2019 en
Wuhan. Según la teoría china, el objetivo era frenar su ascenso económico a nivel
global. Dejando de lado esta teoría, también conspirativa, el gobierno chino señaló
como sospechoso el brote de una nueva patología asociada a la neumonía: el EVALI, del
acrónimo en inglés “lesión pulmonar asociada al uso de cigarrillos electrónicos o
vapeo”, cuyos primeros casos aparecieron en julio de 2019 en Maryland, cerca de Fort
Detrick y con una rapidez de propagación asombrosa. Por esto es que el gobierno chino
solicitó la revisión de los estudios de éstos infectados en la hipótesis de que se tratarían
de los primeros casos de COVID-19.
Así las cosas, la pandemia visibilizó las divisiones y desacuerdos de las
principales potencias con respecto a China. Por un lado, EEUU intentando mantener su
liderazgo mundial. Por el otro, las demás potencias, con una actitud atenuada hacia
China. Por ejemplo, la OMS desconoció los logros taiwaneses en su lucha contra el
coronavirus para no ofender a China, incluso se negó a admitir a Taiwán como
miembro. Según Ian Buruma (especialista holandés en cultura de Asia, especialmente
en historia china y japonesa del siglo XX), los países occidentales pocas veces tuvieron
una política común hacia China. Buruma, explica esta idea remontándose a fines del
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siglo XVIII, con la primera misión diplomática enviada por el rey de Inglaterra para
comerciar con “el reino del medio”. El protocolo imperial chino exigía un acto de
sumisión que el representante inglés se negó a conceder, echando por tierra las
negociaciones. Sin embargo, los miembros de otras misiones diplomáticas accedieron y
lograron buenos resultados económicos. Y según Buruma, de eso se trata. En la
actualidad se puede ganar dinero en China. A la Unión Europea le interesa ingresar al
mercado chino, mientras que EEUU intenta mantener su liderazgo mundial que
comienza a debilitarse. La extensión de China alcanzó casi los límites de la era imperial
y vuelve a ser reconocida como modelo de civilización y como apetitoso mercado.
La pandemia, por otra parte, demostró el retroceso internacional de Estados
Unidos y de la Unión Europea y permitió visibilizar el rol mundial de China y también
de Rusia. Ambos países se destacaron a la hora de prestar asistencia a los países con
sistemas sanitarios desbordados. Por ejemplo, auxiliando incluso, según lo indica
Ignacio Ramonet (2020), a Estados Unidos y a Italia.
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semicolonial que poseía desde mediados del siglo XIX; formó una fuerza de trabajo
educada, disciplinada, alfabetizada; aumentó la esperanza de vida de una sociedad
atrasada y estableció férreos mecanismos de control económico.
Estas interpretaciones son relativas. La mayoría de los estudios revelan
paradojas. Por ello, Anderson, propone dos cosas para entender la historia reciente
china.
La primera observar el desarrollo de la región: Japón, Taiwán, Corea del Sur
tuvieron un crecimiento económico acelerado en la segunda mitad del siglo XX al
amparo de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría. Estos países se apoyaron en
un modelo de desarrollo basado en las exportaciones y tenían y tienen una base
económica similar a la China. El “reino medio” siguió este modelo, pero con diferencias.
Por un lado, la protección norteamericana le quitó soberanía política y legitimidad
interior a Japón, Corea del Sur y Taiwán, mientras que la RPCh se consolidó como un
Estado soberano, incluso fue capaz de enfrentarse en la guerra de Corea a los Estados
Unidos. Puertas adentro era fuerte y pudo permitir la entrada masiva de capitales, con
capacidad de controlarlos sin generar cuestionamientos internos. Por otro lado, y
relacionado con lo anterior, el mayor peso del Estado chino en la economía, sobre todo
en los factores estratégicos de la industria y las finanzas ofrecía otra diferencia con sus
vecinos.
Lo segundo que propone Anderson es el concepto de novum histórico mundial.
Novum (cosa nueva en latín) es un término usado en la literatura de ciencia ficción
para referirse a las innovaciones científicas con posibilidades de existencia. Esta cosa
nueva estaría formada por la combinación de una economía capitalista con un Estado
comunista onmipresente, ambos de gran dinamismo. La contradicción atraviesa toda la
sociedad.
Lo que muestran estas líneas no reflejan la experiencia completa y la diversidad
de debates que hoy preocupa a los sinólogos o especialistas que estudian el mundo
chino. Anderson advierte que un juicio sobre el proceso histórico chino puede resultar
falible por el momento y una forma para abordarlo es a través de una comparación sin
prejuicio y atendiendo la diversidad cultural.
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