Intervención Con Niños y Adolescentes
Intervención Con Niños y Adolescentes
Xavier Méndez
Universidad de Murcia
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1 Intervenciones con niños y adolescentes
Xavier Méndez, José Pedro Espada y Mireia Orgilés
1. LA INFANCIA ES DIFERENTE
La delimitación del período evolutivo denominado infancia o niñez es clara y se
define como la etapa de la vida que abarca del nacimiento a la pubertad. El inicio de la
adolescencia se fija con precisión en los importantes cambios físicos de la pubertad,
destacando el notable aumento de talla o estirón y el desarrollo sexual, tanto de los órganos
genitales como de las características asociadas, pechos, vello, voz, etc. Sin embargo, el
final se hace coincidir de forma imprecisa con el logro del estatus adulto. Es decir, el
comienzo biológico de la adolescencia es nítido, pero la terminación psicosocial difusa. Por
ello, los autores de este libro hemos convenido establecer el límite superior de la
adolescencia en los dieciocho años coincidiendo con la mayoría de edad legal, en vez de
emplear otros criterios como la edad de emancipación, que en nuestro país es muy alta y se
sitúa en los veintiocho años.
a) Facilidad de aprendizaje
La maleabilidad y ductilidad del sistema nervioso del organismo en desarrollo
genera condiciones óptimas para el aprendizaje, evaluado mediante variables de proceso
como rapidez para aprender nuevos conocimientos y habilidades, o mediante variables de
resultado como calidad de las respuestas adquiridas. En la infancia se aprende una segunda
lengua más fácilmente, mientras que el adulto experimenta mayor dificultad para el
funcionamiento bilingüe.
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del estándar evolutivo o “norma” implica la comparación con la población de referencia
como los baremos por edades.
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las conductas problemáticas como los trastornos psicológicos están aumentando
(Achenbach y Howell, 1993).
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a) Contexto donde se plantea el problema
Unos problemas ocurren en el hogar, afectando al niño y a su familia, como las
pesadillas. Otros están relacionados con el colegio como el fracaso escolar.
Los problemas exteriorizados son más comunes que los interiorizados destacando la
elevada frecuencia del comportamiento desobediente y rebelde, que es el motivo de
consulta más habitual en la infancia y adolescencia después del fracaso escolar. Los niños
informan más problemas interiorizados, mientras que los padres se quejan más de
problemas exteriorizados de sus hijos, ya que en la búsqueda de ayuda profesional influye
el malestar que estos problemas ocasionan a los demás (Kashani, Orvaschel, Rosenberg y
Reid, 1989).
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intervención. En algunos casos el principal determinante de la desobediencia infantil es la
conducta coaccionadora del niño reforzada por la dispensa de obligaciones tediosas y por la
concesión de privilegios, en otros es el déficit paterno en habilidades de control
disciplinario como órdenes inconsistentes, desautorización de un progenitor por el otro,
pautas erráticas de premios y castigos, etc., y con frecuencia resulta de la interacción de
excesos infantiles y déficit adultos. Una de las labores del profesional es explicar a padres y
maestros en determinados casos que la intervención no se reduce al niño y que es
fundamental la colaboración de la familia y la escuela.
3.1. Evaluación
En comparación con el campo adulto, la evaluación de problemas infantiles utiliza
más la observación, prima la conducta manifiesta y resalta los deteminantes externos. Las
habilidades de autoevaluación de los niños, especialmente los más pequeños, son reducidas.
La aplicación de pruebas de papel y lápiz, como tests y auto-registros, resulta inviable o
complicada por debajo de los siete años. Incluso con niños mayores la indagación oral de la
experiencia subjetiva mediante entrevista es difícil debido a la menor capacidad de auto-
exploración y comunicación. También el autocontrol está menos desarrollado, de modo que
la conducta infantil depende del aquí y del ahora, es decir, de los estímulos presentes. Por
estas razones en la infancia se utiliza más la observación de la conducta manifiesta y de los
determinantes ambientales.
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b) Sesgo del observador
El observador no es un agente neutro, sino que posee creencias firmes, experimenta
emociones intensas, tiene un estado de ánimo variable, etc. El ojo y el oído humanos no
registran como cámaras fotográficas o magnetofones. Pero incluso cuando la observación
se realiza con aparatos como vídeos o casetes, es la persona quien, sin liberarse
completamente de su subjetividad, codifica la grabación en última instancia. Durante el
visionado de una videocinta un padre autoritario anotará probablemente más conductas
desobedientes que otro permisivo. Este inconveniente se agudiza en la observación
participante, es decir, el observador además de registrar interviene en la situación
observada, por ejemplo cuando es el propio maestro quien observa en el aula. Para
contrarrestar este sesgo se puede:
- entrenar al observador, practicando con ayuda de filmaciones o grabaciones
antes de observar en el ambiente natural,
- estructurar la observación, utilizando registros de categorías de conducta
operativamente definidas en vez de narraciones o anotaciones anecdóticas.
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aumentar la supervisión. Si, por el contrario, las peleas ocurren en su presencia cada vez
que el menor le coge un juguete al mayor, entonces debería promover el juego cooperativo.
3.2. Intervención
Las características infantiles también guían la elaboración y aplicación de las
intervenciones. Así, la edad configura el grado de involucración de los adultos. Cuanto más
pequeño es el niño mayor participación de padres y maestros, a medida que crece y se
desarrolla se produce un desplazamiento gradual del foco de la intervención que, pasada la
pubertad, se sitúa en el adolescente. La edad también impone restricciones a las técnicas
utilizadas, como las limitaciones de la relajación con niños pequeños o del juego con
adolescentes.
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3.2.1. Procedimientos y fases
Los avances en este terreno han aumentado el grado de complejidad de las
intervenciones con niños y adolescentes. Los programas de intervención toman en
consideración los siguientes aspectos:
- Naturaleza y determinantes del problema: gravedad y urgencia del cambio,
clase de problema (interiorizado o exteriorizado), sistema de respuesta alterado
(psicofisiológico, motor y/o cognitivo), grado de consolidación del problema,
condiciones que originan y mantienen el problema, etc.
- Objetivos de la intervención: disminuir conductas excesivas como los continuos
requirimientos del niño con hiperactividad para que el maestro le confirme que
está correctamente resuelta cada operación de cálculo, eliminar conductas
graves como las agresiones a compañeros débiles en el recreo, implantar
conductas instrumentales como el lenguaje en niños con retraso mental,
incrementar comportamientos sociales como el juego con los compañeros, etc.
- Factores de riesgo personales: características del niño o del adolescente como
edad o género; alteraciones biológicas estables como anomalías cromosómicas,
trastornos metabólicos, lesiones cerebrales, déficit sensoriales, impedimentos
físicos, o pasajeras como enfermedades, agotamiento físico, somnolencia,
efectos secundarios de la medicación, drogas; dificultades psicológicas pasadas
como historia de malos tratos, y/o presentes como baja capacidad intelectual,
repertorios básicos de conducta deficitarios, etc.
- Factores de riesgo familiares: pobreza, aislamiento y rechazo social, vivienda
inadecuada, barriada marginal, desajustes psicológicos de los padres,
insatisfacción matrimonial, ambiente familiar conflictivo, estilos educativos
autoritario o permisivo, celos y rivalidad entre hermanos, etc.
- Factores de riesgo escolares: nivel de exigencia excesivo, escasez de recursos
materiales, métodos de enseñanza desfasados, profesorado desmotivado, acoso
escolar, etc.
- Características de la intervención: formación, experiencia, ámbito de trabajo
(consulta privada o instituciones públicas), etc., de los profesionales; contextos
donde se llevan a cabo las intervenciones (hogar, escuela, campamentos de
verano, etc.); grado de especialización, coste, disponibilidad de recursos, etc.,
que requiere su implementación.
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adolescente: economía de fichas, sobrecorrección, modelado, entrenamiento en
habilidades sociales, etc. Los objetivos generales de esta fase son a) suprimir o
debilitar el comportamiento problemático por exceso, como agresividad o
desobediencia, b) instaurar o potenciar el comportamieno problemático por
defecto, como relaciones sociales o trabajo escolar.
- Generalización. Por último interesa que los cambios se extiendan a ámbitos
extra-intervención, por ejemplo que el niño con retraimiento social hable con
sus compañeros no solo durante las sesiones de entrenamiento sino también
fuera de ellas en el colegio, por la calle, etc. También se persigue que los logros
se mantengan una vez concluida la intervención. Estrategias utilizadas para
alcanzar estos objetivos son incluir diversidad de contextos, prescribir tareas
para casa y celebrar sesiones de consolidación durante el seguimiento.
La formación de padres posee una larga tradición en este campo aplicado. Los
padres participan activamente durante la intervención no solo como aplicadores o estrechos
colaboradores del profesional, sino también como objetivo directo, ya que en ocasiones se
constata que el problema del que se quejan los padres y para el que demandan ayuda no
tiene su origen en el comportamiento infantil sino en factores familiares como
desaveniencias serias de la pareja o trastornos de los padres, por ejemplo alcoholismo
paterno, depresión materna, etc. Del mismo modo, los maestros suelen intervenir en mayor
o menor medida en los problemas relacionados con el ámbito escolar. Incluso a veces
participan los compañeros especialmente con adolescentes.
Las principales ventajas de formar a padres y maestros para que lleven a cabo la
intervención son:
a) Los problemas infantiles ocurren en situaciones altamente específicas y concretas.
Por tanto, resulta muy rentable intervenir sobre las conductas problemáticas a través
de las personas presentes en el contexto donde se producen.
b) El cambio deseado se consigue más rápidamente en el ambiente natural que en
situaciones artificiales como la consulta. Por ejemplo, en un caso de rechazo e
inasistencia escolar el profesional coordina la actuación de padres y maestros, que
influyen decisivamente en la conducta infantil al regular la disponibilidad de
reforzadores como el acceso a actividades recreativas.
c) Padres y maestros contribuyen inadvertidamente en problemas infantiles relevantes
por falta de información, de autocontrol emocional, de habilidades de crianza y
educación, etc. Un claro ejemplo son los casos de desobediencia por falta de
habilidades de las figuras de autoridad para dar órdenes o establecer límites de
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conducta. Por consiguiente la intervención a través de las personas responsables
mejora la relación niño-adulto y genera cambios positivos no solo en el menor sino
también en los educadores.
d) La formación que no se limita a preparar a padres y maestros para resolver
problemas puntuales, sino que enseña principios generales y técnicas de
intervención, capacita a los adultos para intervenir en problemas distintos al que ha
motivado la consulta profesional y permite prevenir potenciales problemas
infantiles.
Uno de los principales objetivos es enseñar a los padres a mandar. Las órdenes alfa,
apropiadas, son instrucciones específicas, concisas, directas, enunciadas con tono firme y
decidido, que describen con claridad conductas viables del niño, por ejemplo “cepíllate los
dientes”. Por el contrario, las órdenes beta son vagas, contradictorias, inconsistentes, etc.,
no dando oportunidad para o interrumpiendo la conducta obediente del niño, por ejemplo
“pórtate bien” no aclara cuál es la conducta deseada. Extremos de órdenes inapropiadas son
las débiles, propias del estilo sobreprotector, que facilitan las negativas, y las agresivas,
características del estilo autoritario, que provocan rebeldía.
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Orden “light”
– ¿Me ayudas a poner la mesa? – ruega la madre con tono blando.
– No, estoy cansada – responde la hija.
Orden “heavy”
– ¡¡¡No se te ocurra salir de la habitación hasta que la tengas ordenada!!! – vocifera el padre
empujando al hijo dentro del cuarto.
– ¡¡¡Déjame!!! – grita el hijo dando un portazo.
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referencia. Este conocimiento permite juzgar la relevancia y gravedad de una determinada
conducta calificada de problemática para la que se solicita ayuda. También orienta la tarea
de establecer objetivos sobre la base de patrones de conducta que se consideran propios de
la edad y grupo de referencia del niño. Sin embargo, las importantes diferencias
individuales y los rápidos cambios en el proceso de desarrollo restan utilidad a los
referentes evolutivos, por lo que los criterios normativos se complementan con criterios
empíricos.
Puesto que son los adultos, y no el niño o adolescente, quienes solicitan la ayuda,
una cuestión fundamental es decidir si el cambio de conducta demandado beneficia o
perjudica al niño o adolescente. Como regla general siempre que se prevean efectos
positivos para el niño o adolescente, sus padres, sus maestros y compañeros, el profesional
no duda en aplicar la intervención. En algunos casos el pretendido beneficio para el niño es
cuestionable. ¿Se debe permitir, explícita o ímplicitamente, que un padre convencido de
que “un palo a tiempo, ahorra ciento”, de que “la letra con sangre entra”, use el castigo
físico?, ¿se debe prohibir en educación infantil hablar o moverse en el aula porque es más
cómodo para el maestro que los pequeños estén sentados en silencio?, ¿se debe incentivar
al adolescente para que cumpla cualquier instrucción de una figura de autoridad aunque sea
arbitraria?, ¿se debe castigar al niño por desobedecer una orden injusta?
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a) Derecho a ser informado y a que se le diga la verdad
El niño tiene derecho a ser informado, con un lenguaje adaptado a su nivel de
comprensión, de los hechos que le afectan. El profesional no debe engañarle. Como indica
Ross (1980), “si los niños son lo suficientemente mayores como para que se les hable, son
lo suficiente mayores para que se les diga la verdad” (p. 68). El respeto a la verdad no
implica que haya que proporcionar toda la información, especialmente cuando se prevean
efectos negativos sobre el niño.
b) Derecho a la confidencialidad
El niño tiene derecho a ser tratado como persona, respetando su intimidad y
preservando la confidencialidad de los datos. El profesional no debe divulgar la
información proporcionada durante la intervención, ni grabar las sesiones, ni autorizar su
observación sin el conocimiento o permiso del niño.
Estos derechos deben entenderse como una pauta ética que guíe la actuación
profesional. En algunos casos las disposiciones legales restringen los derechos de los
menores de edad. Así, los padres son responsables ante la ley de que su hijo de quince años
curse la enseñanza secundaria obligatoria, puesto que la educación es uno de los derechos
(y deberes) fundamentales del niño, a pesar de que el adolescente no desee estudiar.
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Entonces, ¿cómo se sabe que una intervención con niños es eficaz?, por ejemplo,
¿es eficaz el entrenamiento a los padres basado en el aprendizaje social para la
desobediencia? Para responder satisfactoriamente esta pregunta se forman al azar dos
grupos de niños con problemas de desobediencia, en uno se entrena a los padres (grupo
experimental) y en el otro no (grupo control). Si al finalizar el experimento los niños cuyos
padres fueron entrenados se muestran significativamente menos desobedientes, entonces la
intervención ha resultado eficaz. Existe una alternativa a la utilizada por los investigadores,
que es la acumulación de casos. A medida que un profesional aplica con rigor
metodológico la misma intervención beneficiosa a niños con problemas de desobediencia
aumenta la confianza en el procedimiento empleado.
1. Éxito de la intervención
a) Existen al menos dos experimentos bien realizados, llevados a cabo por
investigadores distintos, con tamaño muestral suficiente (se recomienda 30
o más participantes por grupo), que prueban que la intervención o bien es
superior a una intervención alternativa o placebo, o bien es equivalente a
otra intervención eficaz.
b) Existe una gran serie de estudios de caso bien realizados, con diseños
experimentales, de tamaño suficiente (se recomienda 10 o más casos), en los
que se compara la intervención como en el párrafo anterior.
2. Características de la intervención
La intervención debe describirse con suficiente precisión para permitir su
replicación (se recomienda en forma de manual).
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4.1.1. Trastorno disocial y trastorno negativista desafiante
Brestan y Eyberg (1998) revisan 82 estudios, en un período de 30 años (1966-1995),
que incluyen 5.272 niños con problemas de conducta agresiva y/u oposicionista. El 72%
son niños, el 18% niñas y en el 10% restante no se especifica el género. Hallan dos
intervenciones eficaces, el entrenamiento a padres con el manual “Viviendo con niños”
(Living with children) y el entrenamiento a padres mediante modelado filmado, y diez
intervenciones probablemente eficaces: entrenamiento en control de la ira más inoculación
de estrés, terapia de afrontamiento de la ira, entrenamiento en aserción, programa de
prevención de la delincuencia, terapia multisistémica, terapia de interacción padres-hijo,
programa de entrenamiento a padres, entrenamiento en habilidades de resolución de
problemas, terapia racional emotiva, tiempo fuera con restricción de movimientos (técnica
de la silla).
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intervenciones conductuales, basadas en el manejo de contingencias en el hogar y en el
aula, son eficaces, mientras que las intervenciones cognitivas, autoinstrucciones, resolución
de problemas, modelado encubierto, autocontrol, aún no han probado su eficacia (Pelham,
Wheeler y Chronis, 1998). Hay cierta evidencia a favor de la eficacia de los entrenamientos
en resolución de problemas, incluyendo los interpersonales, cuando se combinan con
programas de tratamiento conductual multicomponentes (Kazdin, 1996; Pelham y Hoza,
1996; Pfiffner y McBurnett, 1997). Aunque las técnicas cognitivas se añaden con el fin de
facilitar el mantenimiento de los cambios logrados con las técnicas operantes, ningún
estudio aborda directamente esta cuestión. Con respecto a las intervenciones no
conductuales, hay pocos motivos para considerar que tienen algún impacto sobre el
comportamiento disruptivo (Weisz, Donenberg, Han y Weiss, 1995).
Las razones para distinguir entre intervenciones en casa y en la escuela son varias:
a) muchos estudios se centran en un ámbito solo,
b) existen diferencias en las investigaciones en estos dos ámbitos, mientras que en
las intervenciones conductuales en el hogar predominan los estudios de grupo,
en las realizadas en el aula son más frecuentes los diseños de caso,
c) el apoyo empírico sobre la eficacia de las intervenciones conductuales es
diferente en función del contexto.
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4.2. Intervenciones de elevada eficacia
Si al finalizar el experimento los niños que han recibido la intervención están
significativamente mejor que los que no la han recibido, entonces podemos confiar en su
eficacia. Pero al profesional le puede surgir la siguiente duda, si el programa A y el B son
eficaces en el retraso mental, ¿entonces qué intervención debo aplicar? La pregunta es
pertinente. Un visitador médico asegura que, de acuerdo con los resultados de los ensayos
clínicos de doble ciego efectuados por su laboratorio, el jarabe A promueve el crecimiento
infantil. El representante de otro laboratorio aporta idéntica documentación sobre el jarabe
B. Si el jarabe A y el B han probado su eficacia, ¿cuál prescribe el pediatra? Para resolver
este dilema no es suficente saber que ambos jarabes son eficaces, sino que se necesita
conocer también su grado de eficacia. Si los potenciales efectos secundarios de ambos
jarabes son insignificantes y el aumento medio de talla es 3 cm con el jarabe A pero 9 cm
con el B, entonces el médico receta el jarabe B más eficaz que el A.
Durlak y Wells (1998) estudian las intervenciones más eficaces con niños y
adolescentes y los tipos de problemas en los que se alcanzan mejores resultados. Los
procedimientos cognitivo-conductuales, por ejemplo autoinstrucciones, (d+ = 0,53) y los
conductuales, por ejemplo reforzamiento, (d+ = 0,51) son más eficaces que las
psicoterapias verbales, por ejemplo terapia centrada en el cliente, (d+ = 0,27). La eficacia
es mayor en los problemas exteriorizados (d+ = 0,72), después en los interiorizados (d+ =
0,49) y finalmente en los de rendimiento académico (d+ = 0,26).
Cuanto más específica sea la cuestión abordada, mayor utilidad del meta-análisis.
Los planteamientos excesivamente genéricos pueden generar confusión, ya que las
intervenciones inoperantes anulan el efecto de las que funcionan. Baer y Nietzel (1991)
investigan qué programa es más eficaz aplicado a niños y adolescentes con problemas de
impulsividad, hallando que es el reforzamiento positivo asociado a estrategias específicas
para reflexionar sistemáticamente en vez de precipitarse en la respuestas (d+ = 1,98). Del
mismo modo, la pregunta ¿a qué edad es preferible intervenir con un procedimiento?, el
meta-análisis responde que depende del tipo de intervención. Según Beelmann, Pfingsten y
Lösel (1994) la competencia social se debería entrenar en educación infantil (d+ = 0,96), y
Durlak, Fuhrman y Lampman (1991) encuentran que la terapia cognitivo-conductual es
más eficaz cuanto mayor es el desarrollo cognitivo, siendo superior su efecto en la etapa de
las operaciones formales, 11-13 años (d+ = 0,92), que en la etapa de operaciones concretas,
7-11 años (d+ = 0,55) o en la etapa preoperacional, 5-7 años (d+ = 0,57). En la misma
línea, Dush, Hirt y Schroeder (1989) hallan que las autoinstrucciones, un procedimiento
cognitivo, son más eficaces en problemas de impulsividad, agresividad, hiperactividad, etc.,
de severidad clínica, a partir de los once años.
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5. PASADO, PRESENTE Y FUTURO
La pedagogía tradicional conceptualizaba la infancia y la adolescencia como etapas
incompletas, que había que quemar para alcanzar lo más rápidamente posible la madurez
adulta. En la misma línea la psicología y la psicopatología infantiles asumieron
implícitamente la hipótesis “liliputiense” de considerar al niño como hombrecito en
pequeño o adulto en miniatura y se limitaron a meras adaptaciones de las intervenciones
con adultos. Afortunadamente estas concepciones pertenecen al pasado y en nuestro país
numerosos autores resaltan las características específicas de las intervenciones con niños y
adolescentes (Méndez y Macià, 1990; Moreno, 2002, 2005; Olivares y Méndez, 1998;
Olivares, Méndez y Macià, 1997; Servera, 2002).
Los avances del presente reducen el retraso acumulado con respecto a los adultos:
procedimientos exclusivamente elaborados, como juegos estructurados (Méndez, Orgilés y
Espada, 2005, 2006), o especialmente indicados, como nuevas tecnologías (Botella, Baños
y Fabregat, 2006; Marco, Botella y Perpiñá, 2006), revisiones sobre la eficacia de las
intervenciones, cualiltativas (Pérez-Álvarez, Fernández-Hermida, Fernández-Rodríguez y
Amigo, 2003) y cuantitativas (Sánchez-Meca, Méndez, Olivares, Espada, Inglés y Rosa,
2002), etc. Las intervenciones individuales y los estudios de caso reflejan el progreso en
este campo. Muestra de la pujanza de las intervenciones con niños y adolescentes es este
manual y su complementario en el ámbito clínico (Méndez, Espada y Orgilés, 2006). El
análisis de la implementación de las técnicas y los programas aplicados contribuye a la
actualización de los profesionales y a la formación de los estudiantes de psicología,
pedagogía, psicopedagogía, magisterio, logopedia y otras ciencias relacionadas con la
infancia. Sin embargo, como en cualquier área hay que evitar el mal uso del conocimiento
científico no cometiendo el error de calcar las actuaciones expuestas puesto que cada caso
es diferente.
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