PLANETARIO El viernes por la tarde, como suele, Olga pone este estado en Facebook: Por favor no.

Que no se lo den a él. Pedidme a cambio lo que queráis. Parece el típico mensaje hierático pasivo-agresivo pero es algo más. Es una narración. Jesús y yo, que ya la conocemos, le echamos una mano si vemos que nadie entra al trapo, y vamos tirando del hilo. Olga va proponiendo su narración en el desierto que es FB un fin de semana de julio, la gente comenta a unas horas inverosímiles, tipo cuatro de la tarde o seis de la mañana. Gracias a quienes quieren saber más (y a los amables amigos-gancho), descubrimos: que él es el ex de Olga, aspirante a actor y provisto de tabletas de chocolate y v, gracias a todo lo cual ha pasado el primer corte en un casting para una serie que proyecta la Factoría de Ficción. Los terrores que siente Olga ante la posibilidad de verlo por la tele. La partida de Felicidad que juega con él, a cierta distancia, desde que dejaron de estar juntos. Las noticias que le llegan (pero no sabemos cómo ni por qué le llegan estas noticias) sobre las personas con que Fernando se acuesta todo el tiempo. Luego, un interludio intimista: el tacto de las sábanas buenas de la cama de Fernando, en combinación con la piel levemente húmeda de la espalda del tipo y la brisa que aterriza sobre ambos desde el ventilador de techo. ¿Pero quiénes son esos ambos? ¿Olga y él? ¿O una de esas múltiples amantes y él? Viajes astrales. Luego, un poco de sexo, desde los 110 comentarios hasta los 165. Aquí hay mucha broza: las aportaciones salaces de alguno de los 760 amigos de Olga. Luego una parte que roza la pornografía emocional, que repele a muchos comentaristas externos, donde nuestra amiga confiesa lo venenoso de tener treinta y dos años, no trabajar, vivir en casa de los padres, beber, drogarse, vestirse, asistir a festivales e ir de viaje a costa de ellos y tener que digerir el éxito de Fernando, el único novio, etcétera etcétera. La cosa se pone aburrida porque los comentarios son muy largos (hay que ver más) y nadie los enlaza preguntando nada. El último movimiento de la historia está recorrido por el género negro: Olga ejerciendo de pobre víctima en busca de justicia, o de mujer fatal, o de las dos cosas al mismo tiempo, y ofreciendo todo tipo de retribuciones: dinero, un coche, sexo, etcétera a quien pueda evitar que le den el papel a su ex, siempre que le cuente antes el plan completo. La gente vuelve a participar, en ocasiones hasta con cierta genialidad, la historia recupera su tono jocoso y qué parte de verdad hay en todo esto y tal y cual. Comentarios finales: Eres la hostia, nena, K bueno tronka, ya t vale XD, pero esto va en serio jajajajaj y como se entere Fernando te vas a reír menos japuta. Jesús y yo aplaudimos al llegar a este punto. Es un decir, lo de que aplaudimos. Digamos que nos quitamos el sombrero, también un decir. Nos gusta mucho de Olga que, como no es un novelista español cuarentón, no se introduce como personaje en sus historias a una distancia medida y exacta de la realidad. La Olga de Facebook (Fille Gaga) va y viene de la ficción con movimientos parecidos al vuelo de las moscas. A nosotros nos gusta pensar en su técnica como la de una actriz. Una actriz que no actúa, sino que escribe lo que siente. Y que además no sigue un guión, sino que improvisa. En la actuación-narración de este fin de semana pasado, era imposible no ver en todo momento el jeto de Fernando asomando por Tele5, sin camiseta. Un nueve sobre diez, la verdad. Plas plas plas. Me gusta. El domingo a última hora vemos que a Fernando Lacouture también le gusta. Pero por desgracia no nos puede gustar que a Fernando le guste. Una laguna, Zuckerberg, maldito seas. XX Otra actividad reseñable de mis amigos en las redes sociales estos días: el sábado, bien de madrugada, Jesús tuitea lo siguiente: Morirte y ver a dios y pedirle por favor dios, devuélveme al menos el tiempo que he perdido en Twitter. La cara de dios en ese momento. Unas horas más tarde alguien contesta @jesusperonoese menos mal que dios no existe porque menudo palo jeje. Seguramente es el momento más intenso de todo el fin de semana de Jesús aquél en que contesta @PeterMinal ¿Por qué crees que el hecho de que dios no exista hace más soportable esta

mediocridad? Y así siempre. Jesús tiene (conserva) unos 40 seguidores en Twitter, pero sigue a más de dos mil personas. En Facebook también tiene unos cuarenta amigos, pero los ha bloqueado de su página principal y por tanto no le llegan noticias de ellos (de nosotros). En cambio, le ha dado al Me gusta de miles de empresas, de modo que cuando abre la página ve cosas como que Central Lechera Asturiana ya tiene 50.000 me gustas! o que Ikea celebra los Miércoles del Colchón. Luego entra a comentar los acontecimientos, en términos similares a lo que le hizo a su amigo Pedro tras el chiste de dios. Entonces, los administradores de las páginas lo bloquean, cosa que él festeja como si fuera una victoria a través de Twitter. También tiene cuentas de Formspring, Foursquare, Tuenti, LinkedIn y StumbleUpon, y en todas hace experimentos de este tipo. A continuación, pone rumbo diligentemente a RedTube o 4chan o sitios así. XXX Las Miralles no comparten nada en todo el fin de semana, y Paulo tampoco. Para los tres que sí estamos mirando esta pantalla, eso es una invitación clara a imaginarlos. A imaginarlos follando, divirtiéndose, corriendo por prados llenos de amapolas o subiendo a trenes humeantes, en Europa del Este. Es una provocación, y maquinamos venganzas. Pero son venganzas muy sutiles y benignas y serán ejecutadas íntegramente en la red, así que no habrá problema. Seguiremos siendo F*R*I*E*N*D*S. ¿Y yo? ¿Qué he hecho yo este fin de semana? Mi madre se ha ido a la playa a casa de tía Magda, así que yo he estado planeando hacer una fiesta en el piso vacío, luego he hecho un maratón de Futurama en la nueva tele de PLASMA, luego he jugado con la idea de llamar a las Miralles, luego me he fumado un puro de una boda de diciembre de 2003 que había por casa, luego he intentado adelantar trabajo durante dieciocho minutos, luego FB, luego kebab, luego Reddit, luego RedTube, luego más FB. Tengo treinta y tres años.

AMBIGÚ Todos debemos de tener un motivo más o menos secreto para pertenecer a este grupo que llamamos F*R*I*E*N*D*S, porque el motivo público no parece suficiente. Por hacer una metáfora fácil: la materia observable no es suficiente para explicar la aceleración de las galaxias, lo cual lleva a los científicos a postular la existencia de una materia oscura a la que se podría atribuir hasta el 80% de la masa del universo. Pido perdón por hacer metáforas con asuntos astrocuánticos a estas alturas, pero mi materia oscura son las Miralles. Oh, las Miralles. Tal vez yo sea la materia oscura de Paulo, o el horror vacui la de Olgaga. La de ellas no es de este mundo. Tampoco ellas, Almudena y Patricia, que viven juntas en un apartamento con una sola habitación y dos camas estrechas y contiguas. Que trabajan los fines de semana en una pollería ecológica donde los pollos valen doce euros y pesan setecientos gramos, y se asan dos metros detrás de ellas en una pira de leña de almendro, sin que esto las haga sudar en ningún momento. Que usan cintas para el pelo iguales, pero de distinto color. Que son atravesadas sin inmutarse por las conversaciones sobre sexo como (je, je) la radiación de fondo del universo atraviesa exoplanetas sin vida. Que rehúyen el contacto físico con discreción y eficacia, como quien padece una alergia que no sería educado confesar. Que se hacen fotos en prados, en playas, en lagos, con la misma sonrisa y la misma ausencia absoluta de explicaciones. Las rubias, las pálidas, las transparentes gemelas Miralles. Cocinan y fotografían sus platos y los cuelgan en Facebook. Estudian arquitectura medieval y alimentación macrobiótica, música amerindia, psicoanálisis y Jung. Luego se hacen un batido de pepino, yogur, frutas del bosque y alhábega. Y yo le doy al me gusta. A veces añado: Oh diosas blancas, metedme esa pajita por la oreja, bebedme a mí también. Pero ya sé que no van a contestar. Exactamente seis horas después, cuando vuelven a conectarse, les gusta mi comentario, y a continuación la Antártida. Pero no me entendáis mal. Para mí la Antártida no es un topónimo tan negativo. Tiene su cosa, también, la Antártida. Porque me recuerda a las Miralles.

LIBRO DE LAS CASAS MAYORES Y MENORES Nos gusta mucho hablar de nuestros nombres, de nuestro color de pelo y de nuestros signos del zodíaco. No tenemos mucha idea de nada de todo eso, pero hemos descubierto que con voluntad y verborrea se puede salir con bien de cualquier situación, y en ésta el único objetivo es alargar la conversación. Cosa fácil, porque aunque uno no sea astrólogo ni sepa absolutamente nada de horóscopos, el tema eres tú, y ninguno te interesa más. Las Miralles, por ejemplo, son Aries. Hablamos de la Sierra de Cazorla, donde viven los muflones, los arruís y todo tipo de cabras parecidas a la representación de ese signo. Hablamos de los ríos de montaña y de la ausencia de arbustos como si eso formase parte de la personalidad extraterrestre de las gemelas. De líquenes, de salamandras albinas y ciegas. Luego hablamos del deshielo, de los excursionistas, del teleférico de Tierra Quemada. Todo puede ser y es una metáfora y así debe entenderse. Tratamos de descifrar cuanto acabamos de decir, en voz alta. Las Miralles también interpretan, pero para sus adentros que en ocasiones así son comunes, como si compartieran un discurso interior, y de ahí las cavernas inundadas, las salamandras que pasan de lado a lado de la montaña. Aries. El carnero celeste. La ascesis omnipotente y diabólica, el ramoneo místico, Pan. Luego Almudena dice ay, no, que no somos Aries, nena, que somos Escorpio, que me he equivocado. No, sois Virgo, como todas las zorras, aporta Olgaga. No. Son Aries. O sea, Aires. También pasamos mucho tiempo hablando de los nombres. Nos gusta mucho el de Jesús, Jesús. Mucho. Porque el pibe es el antimesías y habla en unos términos de su actividad en internet que a uno le hacen pensar en una religión minoritaria. Muy minoritaria: una religión individual, una secta personal que desaparecería si se le añadiese un miembro. O tal vez con que alguien se asomase a mirar un poco de cerca, ya desaparecería. Pero qué decir del fervor, el mucho fervor con que Jesús administra una cuenta de Twitter que se llama @lanada y con la que se dedica a poner mensajes crípticos a personas que no saben que se trata de él, y que a veces se asustan. Es que el concepto de que la nada escriba ya asusta un poco, Jesús, my friend. Y un nombre que no nos gusta nada es el de Paulo, una decisión suya, porque en realidad se llama Pablo. Es un nombre artístico, bien de kitsch y tal. Pero en el fondo lo que no nos gusta es la determinación. Otra veces le vemos al asunto un leve matiz ingenuo, o ridículo, y entonces nos gusta. Nos gusta, Paulo. Todo esto lo argumentamos profusamente, pero un día que Paulo estaba bastante cabreado, cosa que suele ocurrir y que siempre que ocurre conlleva declaraciones desaforadas por su parte, porque no se muerde la lengua, nos dijo qué bien habláis de todo. Bueno, de todo no. Del horóscopo, del pueblo de cada cual, del nombre. Si en vez de gastar tanta saliva en hablar de cosas en las que no tenemos la menor responsabilidad decidiéseis investigar un poco sobre los motivos por los que estamos como estamos, igual llegábamos a alguna conclusión. Y nos quedamos callados. Otros ejemplos de salidas de tono de Paulo: la vez en que nos metíamos con Olga García (Fille Gaga) por no haber encontrado ni un mísero curro de fin de semana en más de cuatro años. Y qué. Y qué, gilipollas. ¿La diferencia entre alguien válido y alguien inútil es tener un puto trabajo de mierda? ¿Esa tía con el uniforme amarillo que reparte propaganda de Fun&Sex&Cruceros es un espécimen productivo de Homo Sapiens Sapiens? ¿Con la ética del trabajo me venís a estas alturas de la película? Sois más fáciles de engañar que un ratón de laboratorio. ¿En qué beneficia al planeta la peña del telemarketing? A ver, decídmelo vosotras, las polleras. O tú, el machaca de los ordenadores a tiempo parcial, que te dedicas a buscar fotos de gente desnuda en todos los discos duros que pasan por tus manos. O tú, el traductor de instrucciones de aparatitos chinos. ¿Os ganáis el pan con el sudor de vuestra frente? Más silencio, desde luego. Pero es un silencio satisfecho, lleno por fin de significado. A mí me recuerda a cuando vas por la calle y te pierdes, y de manera refleja apagas la música para reorientarte, y entonces te reorientas. Pero esto no se lo voy a decir a Paulo, porque en ocasiones puede ser un grandísimo gilipollas, y además quién se cree, ¿eh? Que desde que entró de camarero en ese restaurante de lujo nos mira a todos por encima del

hombro, y no deja de recordarnos eso de la media jornada en que trabajamos los demás, todo el rato. ¿Y yo? Yo soy Sagitario, me llamo J., nací en un pueblo llamado Orihuela, traduzco hojas de instrucciones de aparatos baratos chinos para un importador, y cuando estoy con los amigos o la familia suelo insistir en hacer yo las fotos, para no salir. Tengo treinta y tres años pero eso ya lo he dicho. Miento mucho sobre mí mismo, como todo aquél que cuenta una historia en la que no puede dejar de aparecer. Entre el narrador omnisciente y el narrador omnimentiroso, elijo lo segundo.

INSTITUCIÓN Otra historia de Olgaga de fin de semana: Mamá ya lleva un año en su satélite. Te mando un beso, mamá. Y vuelve pronto. A la media hora ya estamos Jesús y yo enganchados a la narración, enfocándola y moldeándola con nuestras inocentes preguntas, o placando a comentaristas cenutrios, etcétera. El relato arranca con la madre de Olgaga recluida en una institución mental, con un cuadro de esquizofrenia tan crítico que ni siquiera puede recibir visitas de su familia. El padre incluso recibe a amantes en casa y se las presenta a la hija. A partir de ahí asistimos a una narración hacia atrás en el tiempo, se nos dan detalles del internamiento, del diagnóstico, de la fase de caos en que se manifestó la enfermedad. Entonces empieza la parte central de la historia. La madre cumple los cincuenta en medio del desasosiego. Empieza a creer que los consejos que le da su psicóloga, que suele recomendarle pactar con el marido determinados acuerdos para solucionar conflictos de pareja, no son limpios. Es decir, que empieza a ver la mano del marido en las charlas que recibe de su terapeuta. Sospecha de ambos también en un plano sexual: la psicóloga usa una sofisticada bisutería y la mujer cree que se trata de regalos que le hace el marido. Una semana en que el hombre está de viaje de trabajo la psicóloga le cancela una cita: es la prueba definitiva, entiende ella. No puede quitarse el asunto de la cabeza, ni comer, ni apenas dormir. La terapia de pareja, más bien convencional y mecánica, que trabaja con la psicóloga se convierte de golpe en una estrategia de manipulación dictada por su marido con el fin de neutralizarla: buscad tiempo para vosotros. Al menos una vez al mes cancelad todo, enviad a vuestra hija por ahí y dedicaos una noche. Arréglate. Compra algo de lencería bonita y póntela. Id al cine o al teatro, a cenar y a tomar una copa. Y ella entiende: Quiero que el objetivo de tu vida sea la noche al mes que vamos a pasar juntos, que te olvides de mí el resto del tiempo, que lo pases organizando la salida: eligiendo el espectáculo, comprando las entradas, probándote ligueros, reservando restaurante. Durante estas semanas, la psicóloga la nota agitada y le recomienda que vaya al médico de cabecera y le pida que le recete Lexatín. La mujer lo hace, pero no toma las píldoras. Las pica y se las añade a un cous-cous con níscalos y cordero lechal que cocina una noche. ¿Te ha recomendado la psicóloga que empieces a cocinar para nosotros?, le pregunta el marido, confirmando inconscientemente todos los demonios del universo. Para la madre de Olgaga comienza una época de montaña rusa emocional y perceptiva. Contesta con frases enigmáticas a todo lo que se le dice. Empieza a pedirle el dni a todo el mundo. El padre se preocupa, pero con pereza. En un momento dado, la mujer amenaza con dejar de ir a la psicóloga para ver la reacción de él. Él no reacciona demasiado. Ella lanza su ultimátum: seguiré yendo a ver a Rosa (por fín, el nombre de la chica) si tú empiezas a ver a un psicólogo también. El hombre no sabe qué hacer. Al final, cede con vaguedades, pensando que podrá escurrir el bulto más adelante, o que la cosa no es más que la penúltima locura (sí: locura) de su esposa. Pero ha cometido un error: cuando, tres días más tarde, su mujer le comunica que tiene una cita con un especialista el lunes siguiente, ya no puede echarse atrás. Y va. Lo que él no sabe es que su psicólogo no es psicólogo. Es un aspirante a actor y estudiante de Psicología sospechosamente parecido en la descripción (ay, Olguita) a Fernando Lacouture. La madre lo ha contratado para hacerse pasar por un terapeuta, y sobre todo para tratar de programar al marido y extraer de él información. Fernando se mete en el papel. Se reúne con la madre de Olga todos los viernes para informar de la sesión del lunes y preparar la de la semana siguiente. Tienen discusiones terribles, porque ella quiere ir muy rápido en su plan de manipulación y control, y Fernando trata de mantener la verosimilitud. ¿Quién te paga?, suele gritar la señora, sospechando también del joven actor. Al final, F. cede, porque cobra bien, muy bien, y puede comprar farlopa

buena, muy buena. El marido, atónito, confiesa infidelidades, visitas rutinarias a casas de putas, haberse enamorado de la secretaria de un cliente, de una veterinaria, de la apoderada de La Caixa que suele visitar, y desvela la rica vida paralela a su mujer que lleva con todo tipo de amigos y mujeres, vida que incluye fines de semana en capitales europeas, y hasta escapadas al Caribe. Fernando, en plena crisis de fé, debe recomendarle volver a la calidez de su vida matrimonial, cosa que su víctima recibe con recelo, como cuando uno es abordado por una pareja de testigos de Jehová o algo así. A estas alturas ya son casi las cinco de la mañana del domingo y es evidente que Olga no puede más, pero que no quiere dejar la historia colgada hasta el fin de semana siguiente. Nunca lo hace. Jesús le pone el final en bandeja, y nuestra amiga remata: una noche, el padre de Fille Gaga enciende la tele. Su vida se derrumba a su alrededor, su mujer es un elemento extraño que acumula suplementos semanales en la habitación de matrimonio y le pide el dni hasta al frutero antes de comprarle un kilo de mandarinas, su hija parece haberse enterado de su historial de infidelidades y le hace el vacío. Entonces empieza una nueva serie en Tele5 y ahí está, sin camiseta, con unas pastillas de chocolate y una V bien definidas, el hijo de puta de su psicólogo, haciendo de poli cachas. Todo estalla. En dos semanas, la madre de O. está ingresada en la planta de psiquiatría de un hospital general, con las visitas restringidas. Sobre Fernando Lacouture pesa una denuncia muy seria, pero él se atiene a una estrategia de tu palabra contra la mía y no existe prueba alguna contra él, porque el piso en que pasaba consulta había sido alquilado por la madre de Olga y ningún vecino lo ha identificado. El marido, en el fondo, prefiere a su mujer encerrada en una institución si la opción es verla frente a él en un largo y salvaje proceso de divorcio. Tal vez retire la denuncia. Seguramente la niña le retiraría la palabra para siempre si no lo hiciera. Oh, qué haríamos sin ti, pequeña Olga García, narradora doliente, que tejes tus relatos con las hebras de la angustia. Qué haríamos sin ficción, oh materia de que está hecha nuestra vida. Sin Facebook, proveedor celestial y gratuito de ambas cosas. Y Jesús diría: si el servicio es gratis, es que el producto eres tú. Y nosotros nos callaríamos. Y nos iríamos a la cama.

DÍGITO La fecha que los historiadores fijarán como el inicio de esta bonita relación que llamamos F*R*I*E*N*D*S es la del quince de mayo de 2011. Fue la primera vez que coincidimos los seis, en una manifestación. Yo había quedado con Jesús por un lado, y Olgagá con las Miralles, por otro. Nos vimos al principio de la marcha y simplemente seguimos caminando juntos y charlando. Nada más cruzar el puente, Paulo se nos unió. Llegó huyendo de una pandilla en la que figuraba un examante, y pronunció una frase muy comentada desde entonces: Hombre, pero si son mis compis de Turismo. Compañeros, acabo de enamorarme de todos vosotros. Olgagá venía hablando con Jesús de parafilias en ese momento, y Paulo se internó con naturalidad en esa conversación. Tenía mucho que aportar. Empezó hablando de osos. Después nos descubrió la existencia de cebadores, es decir, gente que ceba a su pareja para que parezca más y más un oso. Luego hablamos de la mejor dieta de engorde posible, una que ensanche pero que no deje demasiado fofo, etcétera. Paulo les lanzaba preguntas a las Miralles y nosotros lo mirábamos con cara de ahora vienes tú, cuando nosotros ya lo hemos intentado todo. Las Miralles sonreían con unos dientes tan blancos como un ramo de jacintos. Se reían y eran las trompetas de dios las que se reían. Paulo preguntaba os gusta la carne peluda y era como si se lo estuviera preguntando a Guillermo de Occam, o a un saco de boxeo, que para el caso es lo mismo. Parecía que iba a llover, pero no. Hacía una noche muy hermosa. Jesús insiste en que sí, en que ya aquella primera noche alguien dijo algo de montar un proyecto entre todos, pero a mí me parece que no, que con las parafilias y las risas y lo contentos que estábamos de andar juntos no hubo tiempo para nada tan prosaico como eso. Al dispersarse la manifestación nos fuimos de cañas. Hacía casi un año que habíamos terminado Turismo pero ninguno de nosotros trabajaba en nada relacionado con eso, ni siquiera -todavía- Paulo. Tuvimos que hacer bote para poder sentarnos en la terraza más barata de la ciudad, y tuvimos suerte de encontrar mesa porque la mayoría de los manifestantes competían con nosotros. En especial tuve suerte yo, que me senté entre las Miralles. También empezó ahí mi enamoramiento hacia las gemelas. Es decir, que empecé a llamar enamoramiento a esa fascinación esclerotizante, a ese no poder hablar con normalidad, no coger el móvil, no ir a ninguna parte si ellas estaban aún presentes, a esa sed óptica con que trataba de bebérmelas. Cuando se publique nuestra hagiografía, un superventas del mismo género literario que los del mangurrián que dirigía Apple , todas estas estupideces que ahora no importan una mierda serán relevantes por la gracia de Jobs. Todos estudiarán las dinámicas internas de los míticos F*R*I*E*N*D*S, creadores del Proyecto que revolucionó el Turismo Internacional, y aprenderán. O al menos eso nos gusta imaginar en nuestras largas conversaciones digitales. Digital, de digitum, dedo. Con el que tocamos esta fantasía. Y también entre nosotros, de madrugada.

PIJUS MAGNIFICUS A las conversaciones sobre moda asistimos con perplejidad y espíritu lúdico, así a partes iguales. Olgagá es muy de vintage, signifique tal cosa lo que signifique, y Paulo suele utilizar la palabra look. También suele ironizar sobre la incapacidad de los hombres hetero de pronunciar esa palabra, y entonces es divertido imaginar la cara que estará poniendo Jesús, con su pinta de informático friqui, en camiseta de tirantes frente al ordenador y poniendo morritos para decirla. Las Miralles también participan, pero no se les entiende nada, porque hablan de texturas, vuelos, caídas, pesos y actrices italianas. ¿De verdad programan con esa minuciosidad su aspecto? Jesús dice lo que dice siempre: que odia, odia, odia las camisetas con dibujos y/o frases, pero su comentario cae en saco roto, porque ya los miembros más modernos (es decir: a la moda) del grupo están lanzados con sus tiendas favoritas y expresando su espanto por Bershka, H&M y Stradivarius, que con tono salaz rebautizan como Freska, Horror & Muerte y Extraputarius, su fidelidad condescendiente hacia Zara y su amor por Topshop y Uniqlo. Trato de contribuir. Me armo de valor y digo: pues yo voy a confesar una cosa: las camisetas negras que siempre llevo las saco del Primark a dos euros la unidad, aunque no os lo creáis, y Paulo me fulmina con un cariño, siempre lo hemos sabido, pero no te preocupes, todo está bien, saldrás de ésta. Me río. Por un momento todo se llena de jajajajaj y de XD y de LOL ubicuos. Jesús aprovecha el impasse para tratar de llevar la conversación al terreno del (anti)consumismo, y pregunta insistentemente a los fashion victims cuánta ropa compran al mes y cuánto se gastan. Precisamente tenía que preguntar esto él, que siempre que se emborracha frente al ordenador se pone a comprar cosas absurdas por internet que luego no recuerda haber solicitado, muñequitos manga, pósters de cine hindú o juguetes sexuales, hasta tal punto que se ha visto obligado a desarrollar la costumbre de ocultar la visa al descorchar la botella de vino de los sábados. Empiezo a aburrirme. Entro en un estado de ánimo voluble y meditabundo. En un ensueño me visualizo ascendiendo súbitamente en la escala social, hasta el nivel: hijo veinteañero vago del consejero delegado. Soy un patricio y miro a la plebe con un catalejo. Me fijo en sus ropas de esclavo pret à porter made in vietnam. Los veo presumir de tiendas, de sofisticación en los gustos, como si hubiesen decidido ignorar que la ley les impide vestir la toga que llevo yo, sin ir más lejos, hecha a medida por el sastre de mi padre con materiales que sus pieles bronceadas en playas masificadas y cutres jamás tocarán. Entonces pienso: si yo estuviera ahí abajo seguramente odiaría mis ropajes, pero acabaría presumiendo de Topshop o de algo así, porque sería la opción menos mala, mejor que ir desnudo, y sobre todo mucho mejor que quejarse. Exige cierta hipocresía, es verdad, cierta capacidad de autoconvencimiento, mucho dominio zen. Hay que entrenar el mundo interior en infinitas conversaciones sobre el porte, la elegancia, la distinción de los modelos de Topshop, pero supongo que llega un momento en que la falacia se naturaliza, por la vía ascética, por el zen. En ese momento de epifanía de clase que Adorno denomina kitsch, los patricios se vuelven invisibles, o tal vez los súbditos ven patricios cuando se miran al espejo. Obviamente los patricios no han dejado de existir, y pueden observar los esfuerzos de los lacayos desde el otro lado de ese espejo, que supongo que debe de ser como los de las comisarías. Clásicamente nos reímos mucho cuando vosotros decís look. Es por los morritos que ponéis. Acabo cansándome de darle tantas vueltas al asunto de la ropa, pero como os podéis imaginar me quedo un rato en mi apasionante ensoñación, a los mandos de un veinteañero millonario. Se está algo solo, la verdad. También se pasa un poco de miedo irracional, algo biológico, creo, un vestigio en el hipotálamo de épocas más turbulentas para la clase patricia. Nos sumergimos en inmensas piscinas plateadas, en Pedralbes o El Viso, como tiburones sagrados esperando sus sacrificios humanos. Los patricios puros, como yo, los hijos de accionistas, han llegado más lejos que nadie en la carrera hacia la libertad, y el peso de nuestras responsabilidades es equiparable a 0. Solemos follarnos a las plebeyas más perfectas, o a los plebeyos, o a unos y otros indistintamente, como quien ejecuta un ritual menor. Esto hace que el sexo entre nosotros sea insatisfactorio, y tal vez por eso nos dedicamos a jodernos, a modo de deporte. Somos minotauros. Nos gusta imaginar que

entramos a cualquier sitio y empieza a sonar una sinfonía de Beethoven. Somos la puta Muerte entonces. También somos bastante ridículos, como es natural. Nuestros vestidos de seda salvaje no están ahí. Vamos en pelotas. Nos cubre el aire, y la mirada de los demás.

NOMENCLATURA Un día se levanta Paulo con el pie punki, todo testosterona, y nos sacude de tortas de una red social a otra: pero esto de F*R*I*E*N*D*S qué coño es. Esto no se puede ni deconstruir. ¿Estáis intentando ser irónicos? ¿Nostálgico-irónicos? Por dios. Solo os falta aparecer un día con la camiseta metida por dentro. Jesús intenta un patético contraataque: A ti te jode la serie porque los seis son hetero y se gana esta colleja: sí, bueno, tampoco sale ninguna ameba pajera y me consta que tú te has visto todos los episodios de seis a doce veces, con la mano metida dentro de los gallumbos. Es “gayumbos”. No, es “gallumbos”. No, es “gayumbos”, con 227.000 resultados en Google frente a 177.000 de “gallumbos”. ¿Es que te jode escribir “gay”? ¿Perdona, Jesús? ¿Estás intentando meterte conmigo utilizando mi orientación sexual? Si sí, responde. Responde algo, si tienes cojones, paramecio de mierda. Jesús, obviamente, nada respondió. Y nosotros no volvimos a utilizar lo de F*R*I*E*N*D*S nunca más. Y a mí me fastidió, porque estaba medio planeando una reunión temática en mi casa cualquier fin de semana en que mi madre no estuviera, e íbamos a disfrazarnos, y obviamente a mí me iba a tocar hacer de Ross, y a las Miralles de Phoebe y de Rachel, y ya tenía pensadas un par de bromas en las que yo ponía la voz del pibe y trataba de abrazar a Rachel, que seguramente se iba a reír un montón y a dejarse abrazar y empujar hasta el sofá. Todo sea dicho, tenía hasta la gomina comprada. XXX Un día sí que quedamos los seis en el MundoReal™, y nos plantamos en un inmenso centro comercial de nuestra ciudad llamado Nueva Condomina. Alguien lo dice de broma en Facebook la noche antes, pero por supuesto lo hacemos, nos presentamos con bolsas de basura llenas de bollos de papel de periódico. No nos quitamos las gafas de sol. Llevamos ropa spam, es decir, con el nombre de la marca lo más grande y llamativo posible. Gana Jesús, con una camiseta de tirantes del mercadillo, negra y con un inmenso EMPORIO ARMANI de color dorado. Nos hacemos fotos Tuenti todo el rato. Un guardia de seguridad nos sigue desde que entramos, pero es lunes por la mañana y algún supervisor decide que quiere ver por las cámaras qué hacemos, antes de dar la orden de echarnos. Decidimos jugar a ese juego. Entramos a Primark y nos probamos ropa andrajosa encima de nuestra propia ropa andrajosa, tratando de parecer sospechosos. ¿Qué llevamos, en realidad, en nuestras bolsas de basura? Nadie lo sabe. Aparece una encargada con fuerte acento anglosajón y nos ordena que abandonemos la tienda. Las Miralles le sonríen, se ponen una a cada lado y Olgagá les echa una foto Tuenti. La mujer, cuyo rostro probablemente ilustra la entrada bitch \ˈbich\ en el Merriam-Webster, llama a seguridad con un walkie talkie muy cutre, muy Primark. Nos vemos en la calle, pero no es una calle en realidad, sino un inmenso pasillo cubierto plagado de tiendas. Tal vez ahora va a venir un segundo segurata a ponernos en la calle de verdad (pero tampoco es una calle de verdad, es un parking). Pero no viene. Alguien ha decidido espiarnos. Alguien que se aburre. Entonces yo hago algo. Entro en una tienda de deportes y me compro una gorra Adidas blanca, con la insignia en negro. Salgo con ella puesta y me reúno con mis F*R*I, este, con mis amigos. Me estaban medio buscando, y de repente me planto ante ellos. Me miran. No me dicen nada. No se ríen, como yo creía que iba a ocurrir. Bueno, en realidad no lo creía. Empiezo a explicarme: que si la presión de estar siendo observado me ha empujado, que si que me ha parecido que me faltaban logos, que si por hacer el chiste. Me callo y los miro a ellos, de vuelta. ¿Qué acaba de pasar? Y ahí está nuestro salto al universal, el final trascendente a nuestra intrascendente performance. La duda.

LOVE WILL TEAR US APART -Paulo, tú eras metro al principio de Turismo y acabaste oso. Explícanos esa metamorfosis y esa barba. -Qué coño oso, que no tenía para comprar cuchillas de afeitar, eso era lo que pasaba. Y me estáis empezando ya a tocar los cojones, queridos amigos: un tío hetero afeitado es un tío hetero afeitado, ¿y un tío gay afeitado es un metro? Un tío hetero con barba es un tío hetero con barba, ¿y un tío gay con barba es un oso? ¿Y eso? ¿Todas las decisiones de mi vida tienen una etiqueta sexual pegada? Me voy a cagar en dios ya, con vosotros. -Coño, Paulo, mira que eres exagerao, tú ibas de peluquería semanal, de gimnasio y depilado, a ver en qué universo eso no es ser metro. Te cansarías de tanta perfección y ya está. - Una polla me cansé. Lo que pasa es que me quedé sin dinero. Concepto que vosotros no conocéis, porque no lo habéis experimentado. Bueno, sí, os habéis quedado sin dinero un domingo y habéis tenido que esperar hasta el lunes al mediodía, cuando habéis ido a comer a casa de vuestros papis y le habéis pedido. Quedarse sin dinero. Dejar de afeitarse. Comer en casas de amigos. Cenar un sándwich, o lo que le sobra a alguien con quien has quedado a cenar, pero tú no te has pedido nada. Dar sablazos. Avisar en el piso que no vas a poder pagar luz ni agua, y que te vas a retrasar con el alquiler, pero que solo vas a pasar para dormir. Ducharte en el gimnasio mangando el gel y el champú (y bueno, también un poco el acondicionador y la crema hidratante), hasta que te impiden la entrada. Vender cedés, libros, chaquetas, la gorra que te trajeron de Nueva York, la bici que te compraste con la indemnización de un antiguo curro. Meterte en la biblioteca, en el Corte Inglés, en los bares, en casas de gente que tampoco es tan amiga tuya, pero que no se atreve a echarte, y te pone cafés o coca-colas y te pregunta qué haces allí. Verte de patitas en la calle, pero tener aún las llaves del último piso de estudiantes en que vivías, y subir a dormir, sin encender ni la luz de la escalera, de once de la noche a seis de la mañana. No hay sábanas, así que te tumbas sobre la colcha, y como no puedes abrir las ventanas, sudas. Sudas como un cerdo. Es verano, coño. En Murcia. Qué sabréis vosotros de ese sudor inmoderable y apestoso que al mismo tiempo es una metáfora. ¿Una metáfora de qué? Una metáfora del puro desamparo, de a nadie le importa una mierda que te mueras ahora mismo, ahogado en tu propio sudor. Por maricón, por mal hijo, por manirroto, por desempleado, por no haber sabido hacerte amigos de verdad, por ser camarero y haber dejado pasar la temporada de las comuniones sin buscar algo en la playa, por estudiar Turismo y no otra cosa, por prestarle dinero a quien no debías, por haber acabado tu escaso crédito. ¿Vuestra identidad? ¿Ese ADN social que creéis inmutable y eterno? Se desharía como el papel higiénico bajo el ácido de ese sudor de que os hablo. O tal vez, y ahí va otra metáfora, no se desharía, pero no podríais tocarla, porque sería como las dos maletas con tus cosas, que guardas en casa de un amigo a quien debes dinero y por tanto no puedes llamar. Ir a la playa ya bien entrado julio, haciendo autoestop, y llegar barbudo y sudado y sin duchar, y tal vez con un aliento y una ropa algo malolientes. Recorrer todas las heladerías, todos los pubs, los merenderos, las freidurías. Hasta los kebabs y los puestos de gofres. Nada. Comer restos de platos de las terrazas del paseo. Dormir en la arena. Tratar de volver a la ciudad haciendo autoestop otra vez, y comprobar que nadie te para, y que es sin duda alguna por tu aspecto. Cae la noche a las afueras de Puerto de Mazarrón y ya sabes que nadie te va a llevar. Y entonces te pones a llorar. Porque yo también lloro, aunque no os lo creáis. En muy contadas ocasiones, como ésta. Mucho. Con grandes aspavientos. Con ruidos y con mocos que se mezclan con las lágrimas y se te meten en la boca mientras sollozas. Y entonces suena un claxon. Abro los ojos y veo a Fernando. No, no el ex de Olga, qué gilipollez. Otro Fernando. Un amante que tuve, culto y delicado, al que abandoné por barrigón y viejo y de quien me habían contado que tras nuestra ruptura se convirtió en un borracho. Y en efecto tiene la cara un poco roja y los ojos un poco demasiado brillantes. Está feo y encanecido y sonríe de oreja a oreja y tiene los dientes más amarillos. Va fumando (yo no se lo permitía). Me dice Paulo, Paulo, a qué vienen esos llantos, y se inclina para abrirme la puerta. Y yo me subo al coche. Viví con él, es decir, a su costa, tres meses. Cuando me reincorporé al curso en otoño acababa de dejarlo otra vez, al pobre.

¿Qué? ¿Qué tenéis que decir de todo esto? ¿Soy una puta? ¿Acaso alguien que no haya probado el sudor de sus propios párpados, que se le está metiendo en la boca del calor que hace, puede llamarme a mí puta por haberme ido con Fernando? ¿Es que no sabía él desde el minuto uno en lo que se estaba metiendo? ¿Quién ha engañado a quién? ¿Cómo podéis ser tan niñatos, tan ignorantes, tan happy flower? ¿A que nunca habéis cenado restos de los que se deja la gente en los platos, en los restaurantes? ¿A que nunca habéis allanado un domicilio para poder dormir bajo techo? ¿Entonces? ¿Eh, eh, entonces? − Sí, pero, ¿por qué te hiciste oso? ¿No eras metro? XXX Esa misma semana, el viernes por la noche, Olgagá reinterpreta todo el asunto en clave de sol, en una de sus historias facebookianas más memorables. ¿Cómo de mala soy guardando secretos? Sé uno que le jodería la vida a alguien es el estado que abría la jam session en cuestión. Ese alguien era, evidentemente, su ex, una vez más protagonista involuntario del relato. Éste arranca con el joven aspirante a actor instalándose en un asqueroso piso compartido en Pan Bendito, Madrid, y aceptando un trabajo en un restaurante mejicano de la barriada. En su tiempo libre, trata de abrirse camino en su profesión, y en un casting conoce a un misterioso personaje, de acento mejicano (otra vez Méjico). Por algún motivo, Fernando siente curiosidad por el tipo, una especie de galán trasnochado y cincuentón llamado como él (Jesús cree que se trata de la trasposición del personaje del examante, de la historia de Paulo), y le ofrece cobrarle una cantidad simbólica (para no levantar sospechas ante su jefe) si va a cenar una noche al restaurante en que trabaja. Después de unos cuantos días, el señor se presenta allí. Cena. Se toma un mezcal tras otro en la barra mientras Fernando recoge y limpia. El jefe hace caja y se va con prisas. Se quedan solos. Entonces el Fernando transoceánico le cuenta al otro los “secretos del oficio de actor”, y lo convence. Lo convence sin paliativos: lo convierte más bien a la fé de los secretos del oficio de actor, que por supuesto son completamente falsos, porque no consisten más que en declarar que solo los actores dispuestos a regalar sexo a los directores de casting consiguen papeles. A esta altura más o menos del relato empiezan a llegarme mensajes de Jesús tipo hala qué fuerte cómo está de loca nuestra amiga o si se me cae un billete de cien euros en la mente de Olgagá te juro por mis muertos que no entro a por él o el cuelgue que tiene con el musculitos, la pava. Más que terapia le va a hacer falta un exorcismo para sacarse eso de dentro. La cosa sigue. A partir de ese momento, Fernando se presenta a los castings, hace lo que puede, se entera de a qué hora terminan y vuelve, pretextando haber olvidado un objeto. Se abre paso hasta el responsable de la criba y le pide hablar de un asunto urgente, en privado. Así siempre. Pasados unos meses, la aparición de Fernando en un cásting siempre es celebrada entre el resto de aspirantes a actor con un concierto de risitas y bromas apenas soterradas. Jesús ya ha psicoanalizado a Olgagá en profundidad varias veces para cuando llegamos a ese punto, y yo me estoy riendo tanto con el texto como con su exégesis freudiana. Entonces, se acaba. Nos sorprende, claro, nos quedamos pensando: pero esto qué es, aquí no hay historia, aquí no hay final. Olgagá apostilla: ése era el secreto, ya está. Esa verosimilitud que aporta la ruptura de las convenciones de género está a punto de convertirse en un cliché más del género realista, creo yo. Pero entonces llega, deus ex machina, puntual y soberano, el gesto de los aristócratas: A Fernando Lacouture le gusta esto. Casi seguro que es una identidad falsa, controlada por Olgagá. Qué superclase, Olgagá. Yo tampoco entraría ahí ni a por uno de 500.

PERO ES QUE NUNCA TUVE UNA ENFERMEDAD MÁS DULCE Tratamos de elaborar una lista de Spotify. Una lista no para una situación concreta, como una fiesta o un brunch o una reunión de fumetas, sino todo lo contrario: una lista deliberadamente inoportuna, que mezcle a Enya con los Dead Kennedys, a Pavement con Camarón, etcétera. Llevamos ya más de cien temas, y en uno de mis turnos, elijo uno de Los Planetas, de Super 8, llamado como mi amigo überfriqui, Jesús. Pretendía hacer un chiste malo con la letra de la canción y la personalidad, extrema y mesiánica, de Jesús. Y, además, adoro esa canción, como todas las de ese grupo, que tal vez es el único del que puedo decir: soy fan. Todos mis amigos me saltan al cuello con los caninos afilados, y sufro. Mientras pierdo el conocimiento debido a la hemorragia, tengo un último pensamiento: si hubiese puesto una de Andrés Calamardo no sería peor, o algo así. Olgagá y las Miralles me acusan de machista, Paulo de viejo llorón y Jesús de hipster (¿?). Todos odian a J con una pasión insólita, y por extensión a los seguidores de su grupo. De repente soy un viejo misógino que vive de glorias pasadas y se cree dios. De repente soy drogadicto, feo, un peter pan patético con un ego del tamaño de Arkansas que no tiene ni puta idea de flamenco ni de música ni de nada en absoluto. Olgagá coincidió conmigo en una fiesta de nochevieja en Cabo de Gata y no me saludó ni se acercó a mí, por cabrón que soy y lo subidito que me lo tengo (sic). Me siento como uno de esos católicos que conocen a una pandilla y adoran a todo el mundo y son aceptados en el grupo y ya se han enamorado de alguien y mantenido profundas conversaciones con muchos otros y hecho excursiones y llorado con alguien más y llega el momento de reconocer que son lo que son y sufren una reprobación inmediata y total, una reprobación de mártir, si se me permite el chiste fácil. En un momento dado, paso del asunto y me meto en Menéame. Sí: en Menéame. Ahí os quedáis. Al día siguiente aparece Jesús y me saca el tema: que si estaba enfadado, que no me lo tomase tan a pecho, que él pasaba por eso todos los días (¿dónde? ¿con qué gente? ¿en qué página?), que en el fondo agradecía la dedicatoria, pero que no se atrevió a interceder por mí para no ser enviado a Siberia contigo XD, etcétera. Que lamentaba haberme llamado hipster pero que tuviese en cuenta que él no tenía ni idea de qué significaba tal cosa, en realidad. Que estaba a punto de perder su trabajo porque su jefe lo había pillado trasteando en los ordenadores de los clientes más allá de lo estrictamente necesario para repararlos. Que llevaba seis años sin follar y tal y cual. Y que qué podía esperar de él, si seguía escuchando Héroes del Silencio. Nadie como Jesús para ganarse simpatías a base de autohumillación. Un genio. Seguro que al final conserva el trabajo, con esos trucos. Hablamos. Le digo que creo en muy pocas cosas: en el verano, en la entropía y en Los Planetas. Le digo que me enganché a los 20, que los vi en directo con May Oliver, que era la bajista y tocaba de espaldas al público. Le cuento que para toda mi generación, que es la de los nacidos en los 70, las canciones de los Planetas son una de las columnas de nuestra educación sentimental, o al menos la de los machos no-alfa que empiezan a enamorarse, tener relaciones sexuales y comer calabazas en los años 90. Que era ésa una época en que las estructuras de género era especialmente movedizas, y que las chicas, que tampoco sabían a qué atenerse, oscilaban entre las buscadoras del novio-para-toda-la-vida y las hedonistas sexuales de la década de las raves. Que la violencia de género acababa de ser declarada injustificable, por suerte para todos, y que la música popular encajaba el cambio a diferentes velocidades. Que las sensaciones de frustración, de desorientación, de represión sexual y de debilidad de género son la materia con que están hechos los primeros discos de L.P., y que muchos reconocimos en ellos una forma de estar-en-el-mundo que no pasaba de puntillas por la rabia y la angustia, sino que las ilustraba (Ciencia ficción, Una nueva prensa musical, Vas a verme por la tele), aportando además un ideal emocional (Jose y yo, Pegado a ti, La cara de Niki Lauda), una utopía alcanzable o casi. En comparación con la música justo anterior, con el punk o el heavy metal o el grunge, ese imaginario indie que ellos modelaron equivale a la desaparición repentina de todos los clichés sentimentales y de género. Luego le pregunto que a santo de qué odiar a una ex es un rasgo machista. Y entonces el cabrón, cabrón de Jesús me responde hombre, pues cuando uno dice (cito de memoria): “Puede que no esté mal que alguien te

rompa las piernas / o puede que uno de estos días aparezcas muerta”, entonces es un rasgo machista ;). XXX De entre las muchas manías insoportables de Jesús, destaca la de acercarse sigilosamente cuando estás sentado en un bar, en ocasiones por tu espalda, agacharse, cogerte la mano por sorpresa y olerte con fuerza las puntas de los dedos. A él le hace mucha gracia la reacción que esto suele provocar, y dice que eso demuestra que en nuestra vida diaria nuestras manos están en contacto privado con todo tipo de sustancias inconfesables. Paradójicamente, a las hermanas Miralles esta “broma” no les molesta lo más mínimo: la celebran haciendo leves palmas y emitiendo grititos de pequeño mamífero de peluche, todo lo cual me demuestra que ellas solo tocan nubes, algodón aromatizado, polvos de talco y agua de rosas. En efecto, no cruzan los brazos. Sentadas, mantienen las manos en el regazo, con una suavidad de insecto. Suelen utilizar pajitas para beber unos granizados bajos en limón, poco fríos, algo transparentes. Ay, dios. Estoy bien jodido. Irme a enamorar a estas alturas de unos seres de otra especie. A ver cómo coño le explico esto yo ahora a mi madre. A ver cómo me ayudan mis discos. A ver qué poeta ha tocado el tema, a lo largo de la historia de la literatura universal.

GAS El Proyecto. El Proyecto, si os soy sincero, no pasa de ser una de esas chorradas que, por un alineamiento estelar tras otro, siguen adelante y crecen y al final se convierten en algo gigante, un poco como hacer una trilogía de películas de Hollywood de inmenso presupuesto a partir de unos juguetes de los años ochenta que eran robots que se convertían en coches, camiones o moscas cojoneras. Oh, el Proyecto. El Proyecto está contenido en un comentario casual de una de las hermanas Miralles, literalmente deberíamos hacer algo, sí, pero nada de playas con pulserita, ni ecoleches, ni etnoconcienciación ni urbaconsumo: deberíamos hacer algo posmoderno de verdad, turismo para nada, pagar por que todo siga igual. Y poder ponerlo en el Facebook. ¿Qué os parece? Nos pareció muy bien, empezamos a darle vueltas porque parecía divertido competir por decir la mayor parida, la más moderna, la más absurda. Como en un juego. Y yo acababa de leer este relato, Ante la ley, y dije que estaría guai hacer kafkaturismo, o sea, visitar un palacio a las afueras de Praga del que nos inventaríamos que es el que inspiró al viejo Franz, y una vez allí pasar una cantidad indecente de tiempo esperando ante un portón custodiado por un guardián. Hacerse fotos con el guardián que se describe en el cuento, de aspecto terrible pero tranquilo. Tal vez no estaría de más copiar y pegar aquí el texto, que no es muy largo:
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. -Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: -Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: -Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho

para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. -¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. -Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: -Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Los que no habían leído la fábula, lo hicieron en este momento. A partir de ahí, todo adquirió la forma y el funcionamiento de un tobogán muy deslizante. El tono que adoptamos, mezcla de humor y de fe, era la sustancia deslizante. El Kafka Weekend, según su diseño original, empezaba en Barajas el viernes, a las siete de la tarde. A Praga (pero no a Praga, a un hostal a las afueras de Praga, cercano al palacio) uno llegaba a eso de las once y media. La publicidad debía informar de que a esa hora no era posible cenar en el hostal y no había nada en las inmediaciones, con lo que el viajero debía llevar preparada su fiambrera y despacharla en su habitación sin wifi ni canales internacionales, pero sí con obras de Kafka y malas reproducciones de Klimt. Ya el sábado, tras un desayuno incluido en el precio pero consistente por sorpresa en café, sopa de col y gulash, el reto consistía en encontrar el palacio, usando para ello un mapa deliberadamente contradictorio. Tras estas aventuras tan kafkianas, el turista arribaba por fin a la Puerta, debidamente equipada con un guardián tártaro, y allí se hacía fotos, departía con otros visitantes, leía en una placa junto a la puerta abierta el discurso del guardia en varios idiomas, etcétera. Por la noche, quienes decidíesen acampar junto a la puerta dispondrían de una seta calefactora y material de pernocta (sacos, aislantes, termos de café, etcétera). También habría un latero chino, pero vendería deliciosas cervezas checas en lugar de Mahous, y gulash con patatas fritas. Zona Wi-Fi 24h y una audioguía que leería el relato, en bucle, en el idioma elegido. El gran final, el domingo a las 12, hora en que el minibús recogería a los turistas desde la misma puerta del palacio: el guardián repite en alemán las últimas palabras del relato, y cierra el portón entre aplausos y vítores. Llegada aproximada a Barajas (escala Munich): 18:35 hora local. Maravillosas las Miralles, que entraron desde el principio en un éxtasis dicharachero y aportaron perlas como: la tarjeta de fidelización “Chicas y chicos Franz Kafka”, que ofrecería descuentos a los turistas que repitiesen la experiencia trayendo amigos nuevos; la página de Facebook, llamada “Kafkomanía”, y la lista de reproducción de Spotify, que incluiría obviamente aquélla de Chinarro que dice “Yo miraba el castillo / y me creía Franz Kafka. / Y escribí esta canción / que acabé en una tasca”, entre otros éxitos de Kraftwerk, Yo La Tengo y demás parafernalia übergafapasta. Medio diseñamos de cabeza el merchandising, también, entre el que destacaba una camiseta con la imagen del guardián turco con el báculo de Gandalf en la mano y la leyenda “THOU SHALL NOT PASS!”, y otra, con la cara sonriente de Kafka en lugar de la de Obama en su famosa imagen, y I WANT SUICIDE en lugar de CHANGE. Todos habíamos terminado con éxito los estudios de Turismo, y curiosamente también todos éramos técnicos superiores en prevención de riesgos laborales (las tres especialidades). Cuatro de nosotros, además, éramos técnicos en redacción de informes de impacto medioambiental y estábamos en posesión del diploma de experto en comercio exterior. Tres, del de técnico en creación y administración de redes virtuales, además del de creación de páginas web. Dos (las Miralles), MBAs de la Escuela de Negocios local. Acumulábamos certificados de nivel de los idiomas inglés, francés, alemán, árabe, ruso y chino. Estábamos enamorados. Éramos jóvenes. No habíamos votado nunca a nadie y esto, todos lo habíamos leído en la biografía de Steve Jobs, iba a hacernos ricos y famosos.

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