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Título original: La Casa en el Monte de los Olivos

Edición: Irving González

Ilustración: Art-B™

D.R. © 2007. J. A. Berra

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1a edición, octubre 13 del 2006


5a edición, agosto 05 del 2007

Prited in USA
Impresión: Aviation Parkway, Suite 300 Morrisville, NC 27560
A Irasema Berra Romagnoli, mi madre.
Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los
buenos.

_Jacinto Benavente (1866 – 1954).


I
Un heredero imprevisto

Q ue recuerde no había presenciado una noche así de


fría y tormentosa en todo el año; los cielos cargados
de nubes hacían resonar todo. Mis manos temblaban
al momento de tratar de sostener aquella vela para brindarle
luz a aquel parto que me ponía los pelos de punta. A mis
diez cortos años de edad, recuerdo que asistí a aquel suceso
que nos cambiaría la vida a todos y cada uno de los
habitantes en San Olivier, un diminuto pueblo de alrededor
de doscientos cincuenta y tantos habitantes, situado en el
gran estado de Saincordá.
La señora Marcela Olivier, la doña, como todos sus
trabajadores la llamábamos, era el ama de toda la hacienda
del Olival, junto al señor Ezequiel Olivier, descendiente de
aquella portentosa y antigua familia que bautizó al pueblo
que rodeaba al gran monte de los olivos, el lugar donde yo,
Julián Fedreira junto a mi madre, Natalia Fedreira y mi
hermana, Iliana Fedreira, nos encontrábamos en el granero
de la gran casa, ayudando a la doña a traer al mundo al
heredero de la fortuna Olivier.
No obstante y pese a mi corta edad, sabía que las
cosas andaban mal, las caras de mi madre, la confidente de
la doña y mi hermana, la cocinera, no mostraban ánimo
alguno cuando aquel arrugado y ensangrentado bebé llegó,
sino que todo lo contrario, Iliana rompió en llanto cuando
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los tres notamos que esa criatura pese a los inútiles intentos
de mi madre por reanimarla no reaccionaba. Estaba muy
claro para nosotros que aquel varoncito había nacido muerto
y no nos imaginábamos como es que la señora Marcela
actuaría, sin embargo antes que esta pudiese siquiera
percatarse, las contracciones siguieron atormentándola; otro
bebé venía en camino y no restaba tiempo para seguir con la
atención puesta en el primer niño, que fue colocado en un
moisés rápidamente por mi madre, y que en un acto
desesperado me obligó a dejar la vela en suelo para asistirla
a traer al mundo a aquel otro que venía con complicaciones.
–¿Lo sientes? –me preguntó mi mamá entre los
alaridos de la doña.
–Si –tembloroso le respondí.
–Trata de quitarle el cordón del cuello –me pidió.
Después, casi no logro recordar como es que le salvé
la vida a ese pequeño niño, que a diferencia de su gemelo
pegó un grito que nos alegró tanto a mi madre como a mí y a
mi hermana, al igual que a la señora Marcela, quien me lo
arrebató de los brazos para contemplarlo en todo su
esplendor, sin embargo, aquella alegría en el rostro de la
joven doña se esfumó cuando preguntó por la otra criatura,
que yacía en aquel moisés sin emitir signo vital alguno.
–¿Por qué no se mueve? –sin importarle cualquier
dolor que le aquejase, la señora se dirigió a gatas hacia el
moisés con su otro bebé en manos–. ¿Qué es lo que tiene? –
colocó al niño al lado del bebé sin vida–. Sus mejillas están
azules… y está tan frío. ¿Qué tiene mi hijo? –su cara daba

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indicios de querer llorar, pero su corazón trataba de
engañarla, no quería darse cuenta de la realidad, aunque ya
era demasiado obvia. Mi madre rápidamente se incorporó y
corrió donde la señora para levantarla; le dio sus
condolencias por aquel bebé que había nacido muerto, y que
al igual que el otro era un varón.
–¿Qué le voy a decir a Ezequiel? –preguntó al instante
que arrullaba al niño vivo.
–Nada, doña Marcela, solo que tuvo a su hijo sano y
salvo. No tiene porque saber que fueron dos –decidió hablar
mi hermana.
–Calla, Iliana. El señor Olivier debe saber –no
coincidió con la idea mi mamá.
–No, no, tiene razón, después de todo solo
esperábamos a uno, ¿verdad, mi amor? –preguntó al
momento de ver con mucha dicha a su hijo vivo.
Inmediatamente la señora Marcela ordenó a mi
hermana y a mi madre enrollar el cadáver en una sabana
para ir a perderlo cuanto antes, sin embargo, cuando
abrieron la puerta para salir, mi memoria trae a mis ojos
aquella tétrica silueta bajo la lluvia y los relámpagos; una
sombra se interponía en la salida y no quería dejar salir a
nadie, aparentemente había estado escuchando todo desde el
principio, tras la puerta, y sus negras intenciones, como es
que yo me las olía, comenzaron a dejarse ver.
–¡¿Tú?! ¡¿Qué haces aquí?! –indignada cuestionó
doña Marcela.

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Mi madre y mi hermana cruzaban miradillas de
preocupación.
–Acaso, ¿quiere ocultarle algo a su marido, doña? –
preguntó aquella bella mujer de tez canela y ojos verdes.
–No es nada que te incumba, Minerva –terció mi
hermana.
–Oh, pero si me incube –aclaró.
Entró, cerró la puerta y se quitó el empapado velo lila
que la cubría; su cabello era negro y le llegaba hasta la
cadera, pero eso no era lo que llamaba la atención de esa
mujer en esos momentos; la mirada de la señora Marcela, mi
madre y mi hermana se fueron directamente a lo que cargaba
en sus brazos.
–¡Un niño! –saltaron las tres.
Corrí tras la paja y me quedé ahí, aquella mujer me
inspiraba mucho miedo, muchos rumores la rondaban
después de todo.
–¿Qué edad tiene? ¿Es varón? –inmediatamente doña
Marcela le inquirió, al parecer tenía claro lo que Minerva
Invasórure quería.
–Un día, y si, es varón, doña –le contestó.
–Dime el trato, gitana, después de todo es lo que
siempre haces. Así que supongo que tu visita es solo para
eso –dijo la señora cuando trataba de arrullar a su recién
nacido.
–Inteligente como siempre, por eso atrapó a don
Ezequiel más que por su belleza –alardeaba Minerva la
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gitana–. Yo no diré nada a cambio de que usted me cambie a
su niño –dijo esta, pero al parecer lo que había dicho era tan
absurdo e incoherente que doña Marcela si acaso le puso
atención; solo soltó una risilla sardónica y volvió a preguntar
sobre lo que en realidad buscaba aquella mujer, pero ella no
se retractó, seguía firme con la idea de intercambiar niños,
pero no aquel al que la señora Olivier cargaba; la gitana
sorpresivamente viró al moisés para ver al bebé enrollado
que mi madre y mi hermana cargaban.
–¿Me quieres dar a tu hijo vivo por mi hijo muerto? –
la cara de doña Marcela fue invadida por el asombro.
–Yo no puedo cuidar a este bebé, y francamente el que
esté vivo arruina mi vida como hasta ahora lo ha sido, pero
no soy capaz de hacerle algún daño, así que yo me ofrezco a
llevarme a ese niño muerto y perderlo a cambio de que
usted, doña Olivier, lo cuide por mí –dijo Minerva.
–¡La señora nunca aceptaría algo tan descabellado! –
rugió mi madre.
–Silencio, Natalia –ordenó la señora antes de
acercarse a la gitana para ver al bebé–. ¡Oh! ¡Es hermoso! –
anunció al verlo–. Iliana, ven para acá –le dijo a mi
hermana, quien rápidamente dejó a mi madre y al bebé
muerto–. Toma, sostenlo –le entregó a su propio hijo para
cargar al hijo de Minerva–. Trato hecho –no lo pensó dos
veces; ambas se quedaron viéndose fijamente por unos
instantes.
–Entonces… –dijo la gitana cuando trataba de
sostener nuevamente al suyo.

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–Ah, ah… no lo veas más. Toma al niño muerto y
márchate de aquí, no te quiero volver a ver, y más te vale
callarte la boca o sabrás de mí. Lárgate a leer la buena
fortuna a otro pueblo y nunca regreses.
Los intensos ojos olivo de doña Marcela Olivier
brillaban con la luz de la vela.
–Descuide –aceptó Minerva al cubrirse con su velo.
Después arrebató el moisés con el bebé muerto de las
manos de mi madre, abrió la puerta del granero y se perdió
en la tormenta.
–Señora… –decidió hablar mi mamá.
–Ni una palabra de esto a nadie –ordenó cuando
tomaba al otro niño y pedía a mi hermana abrir nuevamente
la puerta–. Vayan a casa y borren esto de su memoria –y sin
otra cosa que decir, doña Marcela se fue a su casa, la cual se
encontraba a solo unos pasos del granero, a mitad de la fría
noche, junto a sus hijos.

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II
La injusta doña Marcela

A
l día siguiente me levanté temprano; eran eso como
de las seis y treinta de la mañana cuando fui a
ordeñar una vaca y llenar una jarra de leche.
Regresé a la casa y vi a mi madre escribiendo con una pluma
de ganso y tinta negra una carta sobre su maquina de cocer.
Estaba apurada y al parecer ya había llenado casi por
completo la amarillenta hoja.
Cuando terminó y yo apenas saqué mi tostada de pan
del horno ella sopló por unos momentos para que la tinta se
secara; la guardó en un sobre que sería sujetado por una
cuerda que tomó de un clavo en la pared. Mi hermana
apenas se levantaba cuando mi madre ya había guardado
aquella carta en un jarrón sobre el estante de la cocina.
Inmediatamente y como si todo hubiese estado
calculado, la puerta sonó; mi madre preguntó en repetidas
ocasiones, pero la puerta seguía sonando, cada vez más
fuerte que la anterior, hasta que finalmente un robusto
hombre terminó por tumbarla. Yo me moría de miedo; corrí
de la mesa, derramé mi vaso con leche y me oculté bajo la
litera en la que yo e Iliana dormíamos, dos hombres más
entraron y golpearon a las mujeres de mi familia; mi madre
les gritaba palabras altisonantes y mi hermana lloraba de
miedo. No sabía que hacer, aunque era el hombre de la
familia porque mi padre se fue al año que yo nací no pude
mover mis piernas, y menos aun cuando aquel enorme
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hombre que había tumbado la puerta sacó de su cintura un
enorme fusil que apuntó primero a mi mamá, quien los
maldijo antes de que el desgraciado le volara la tapa de los
sesos. Mi hermana, mi hermana la tuvo peor, aquellos tres
infelices la torturaron y masacraron antes de darle el golpe
de gracia.
Únicamente me privé, no me di cuenta cuando se
acercaron y me sacaron debajo de la litera para amenazarme;
simplemente no lo podía creer. Después sentí el frío acero en
mi mejilla; uno de ellos me cargaba mientras el otro sonreía
y el infeliz del arma me la ponía en el rostro; cerré los ojos y
esperé lo inevitable, sin embargo algo los detuvo, una mujer
encapuchada había entrado por la puerta y enlodado el piso
de la casa, ya que afuera estaba lleno de charcos. Era doña
Marcela, quien les ordenó acercarme a ella; llevaba a uno de
los bebés consigo.
–Julián –me decía, pero yo no captaba la realidad–,
Julián, mírame –me tomó de la quijada y me obligó a verla a
los ojos; su cabello a diferencia de la noche anterior ahora
estaba peinado; era largo, lacio y parecía estar hecho de oro.
–Mi mamá y mi hermana… –le dije.
–¡Ellas están muertas, Julián! Tú eres el único de los
Fedreira vivos, debes entender que no tuve otra opción. No
podía dejar que la verdad saliera, ustedes son los únicos que
saben todo, pero haré una excepción –me dijo al momento
que aquellos tres hombres no entendían a lo que se refería–.
Te perdonaré la vida a cambio de que protejas a este niño
con tu vida, y jamás, nunca jamás le digas la verdad a nadie
sobre lo que ya sabes.

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Ella me mostró a aquel bebé de tez morena clara con
cejas fuertemente marcadas a pesar de su edad y sin nada de
pelo que dormía en sus brazos.
–Julián, ¿me lo prometes, o prefieres morir como tu
mamá y tu hermana? –me preguntó.
Yo solo la pude mirar a los ojos cuando de pronto
reaccioné, comencé a temblar y a tartamudeos le contesté
que si, se lo prometí, le prometí que con mi propia vida yo
protegería a ese niño, mi sangre corría por mis venas tan
solo para cuidar de él durante el resto de nuestras vidas.
Después ella me dijo cual era su nombre, Sebastián
Olivier, un nombre que en mi vida olvidaría.
Doña Marcela les ordenó que me soltaran al instante
que se lo prometí; se fue, ellos la siguieron y yo me quedé
solo con los cuerpos de mi madre y mi hermana tirados en el
suelo; agarré la silla más cercana y me senté frente a la
mesa. Me serví otro vaso de leche y pensé en todo lo
sucedido, por mi mente pasó que hubiese sido mejor que
doña Marcela se hubiera ido con el doctor del pueblo y mi
hermana y mi madre no la hubieran ayudado en el parto, así
las cosas prácticamente serían distintas, pero lo hecho,
hecho estaba, tristemente tuve que madurar a mi corta edad.
Me quedé así por un par de horas más, y con el
suficiente coraje reunido me dirigí al patio a cavar un hueco
lo suficientemente grande para que mi madre y mi hermana
cupieran; limpié la sangre de sus rostros y las cubrí a cada
una con una sabana blanca, las coloqué en su improvisada
tumba y la rellene, después me serví a hacer una cruz con
dos de las tablas de la cerca que rodeaba nuestro humilde

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hogar, al pie del monte de los olivos, para eso ya eran las
tres y cuarenta y cinco de la tarde.
No me dio tiempo de llorar, arreglé la casa y tras
asearme me vestí adecuadamente para salir e ir a la gran
casa sobre el monte de los olivos, pero antes de que me fuera
la curiosidad me invadió por completo, me dirigí a ese jarrón
en donde mi madre guardó la carta y la saqué, tenia como
destinatario a don Ezequiel Olivier, pero no la leí, tuve
miedo, miedo de leer lo que ya muy seguramente sabía, así
que decidí ocultarla en un lugar más seguro.
No me entró el valor de destruirla tampoco, ya que mi
madre la había escrito con mucho ahínco. Volví a tomar la
pala con la que cavé la tumba de mi familia y recordé aquel
gran árbol de olivo que se le imponía a todos en el monte;
caminé hacia él e hice un agujero en su base, la metí en
aquel jarrón, lo tapé y lo cubrí de tierra para que algún
infortunado la encontrase y revelara la verdad, después de
todo yo ya no tendría nada que ver con eso si llegase a
ocurrir…

20
III
La maldad se oculta en lugares inesperados

O
cho tortuosos años transcurrieron, y mis deberes
como fiel lacayo del señorito Sebastián se hacían
cada vez, con el transcurrir del tiempo, más
presuntuosos y descabellados. A sus ocho años ya me había
pedido que hiciera por él cosas que ningún niño de su edad
haría; como el mandar a golpear o casi matar a los chicos y
maestros de su escuela que no le agradaban, hasta cierto
punto en que a veces me obligaba a mí mismo hacerlo frente
a él, pero no fue hasta ese diez de agosto que las cosas se
salieron de control.
La casa estaba totalmente vacía; tan solo nos
encontrábamos el señorito Sebastián, doña Marcela, la
abuela; doña Rebecca Olivier y yo. Prácticamente todos nos
acurrucábamos en el salón principal. La señora Marcela
tomaba su té de la noche como de costumbre; a las nueve y
cuarto, mientras que el señorito Sebastián se encontraba
dibujando y la abuela tejiendo.
Todos, incluyendo a don Ezequiel, Santiago el
hermano de Sebastián y la servidumbre se habían marchado,
el señor y su hijo, su favorito por cierto, se habían ido de
caza con los amigos de la familia, y los sirvientes tenían su
día libre; era domingo, mientras que yo trataba de pasar el
tiempo sentado a unos cuantos metros de aquel niño,
únicamente velando por su seguridad, después de todo era
todo lo que tenía en este mundo.
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–Sebastián, ¿podrías pasarme esa aguja? –le pidió su
abuela al niño, apuntando a la larga aguja para tejer del
numero 4 en la mesita que estaba cerca de mi protegido.
–Párese usted, tiene piernas –groseramente le dijo
Sebastián.
Doña Marcela pareció hacer caso omiso de lo
sucedido y prosiguió con su té. Recuerdo que llevaba un
gran vestido gris lleno de encajes blancos.
–Que mala educación, un Olivier nunca actuaría de
esa forma tan baja –dijo la abuela, levantándose de su sillón
y dejando por un lado su tejido, captando por primera vez la
atención de la señora Marcela, quien le encajó la mirada tal
cual y un buitre a un cadáver.
–Perdona, Rebecca, ¿qué has dicho? –doña Marcela
dejó a un lado su té.
–Este niño no merece llevar el apellido Olivier –dijo
la anciana Rebeca con convicción al tomar aquella aguja
para tejer de la mesa. Sebastián seguía dibujando su
sangriento paisaje.
–Nunca vuelvas a decir eso, maldita vieja –se puso de
pie la esposa de don Ezequiel.
–¿Cómo te atreves a hablarme así? –se enojó Rebecca,
la madre del amo.
–Te hablo así porque puedo, y será mejor que te
retractes de lo que has dicho –ordenó la nueva doña, pero a
doña Rebecca no le pareció aquella idea, sino que peor, la
anciana mujer decidió seguir hablando frente aquella gran
chimenea apagada y sucia.

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–No creas que yo no tengo mis dudas, Marcela. El que
hayas traído a la casa a dos bebés que no tienen ningún
parentesco da mucho de que hablar –dijo la señora Rebecca.
–Esos chismes de pueblo no tienen ningún sentido.
¡Hay niños que nacen al mismo tiempo y no son gemelos, ni
siquiera parecidos! –con la cara llena de furia se acercó a
Rebecca.
–Eso díselo a tu esposo, querida mía, que hasta él
tiene sus dudas. ¿Por qué crees que a este niño lo ha dejado
mientras se llevó a mi nieto Santiago?
–Porque Santiago es un faldero –terció el señorito
Sebastián, quien por primera vez dejó de ponerle atención a
su dibujo.
–Silencio, Sebastián, no te vuelvas a dirigir de esa
manera a mí –su abuela lo apuntó con la aguja para tejer.
–¡A mi hijo no lo amenaces! –doña Marcela se la
quitó de las manos.
Yo solo me quedé en donde estaba, no debía meterme
en esas discusiones familiares, pero he de reconocer que la
pobre doña Rebecca necesitaba ayuda; ambos, madre e hijo
se ensañaban en insultarla y recordarle hasta de lo que se iba
a morir, pero en algo ella tenia la razón, uno de esos niños
no merecía llevar ese apellido y la verdad Sebastián era el
que menos encajaba con el parentesco de la familia, además
de ser un arrogante, presuntuoso e impertinente chico.
–¡Me tienes harta, maldita anciana! –gritaba como
loca doña Marcela a doña Rebecca, esta ultima recordándole
de los proletarios lugares de donde provenía.
–¡Mátala, madre! –de pronto el silencio comenzó,
aquella petición de Sebastián había ahogado todos los gritos
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entre su madre y su abuela. Ambas estaban estupefactas;
Rebecca reaccionó antes, le dijo a Sebastián que no debía
haber nacido, y que lo más seguro es que él era el parásito al
que la ignorante Marcela le había adjudicado el apellido
Olivier. Fue en ese preciso momento que Marcela obedeció
a la petición de su hijo; sin pensarlo esta empujó su mano
con la aguja al estomago de la anciana, quien tan solo se le
quedó mirando a los ojos, pero la mujer no quedó ahí, con
una fuerza proveniente de no sé donde aquella anciana se
sacó la larga aguja y se dirigió a la puerta del salón; salió
manchando el piso.
Doña Marcela no tenia idea de que hacer, su mano
estaba ensangrentada y temía por lo que pasaría si Rebecca
hablaba.
–Mátala, mamá. Mata de una vez a mi abuela. Hazlo
antes de que te acuse –sus infantiles palabras sonaban tan
terroríficas pero a la vez con tanto sentido que la señora
decidió actuar, corrió a la puerta para alcanzar a la abuela;
Sebastián la siguió.
–¡Espera a que mi hijo se entere de esto!
Alcanzó a escuchar que Rebeca decía cuando bajaba
las escaleras.
–Para matarme se necesita más que eso. Tú y tu
bastardo me las van a pagar –ya le faltaban los últimos diez
escalones por descender para llegar al vestíbulo de la gran
casa, sin embargo, la nueva doña, como también le decían,
corrió lo más rápido que su vestido le permitió; llegó donde
la dolida Rebecca y la tomó por los hombros para pedirle
disculpas, estaba arrepentida.

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–Suéltame –dijo doña rebeca, volteándose para estar
cara a cara con doña Marcela–, ni creas que te perdonaré, he
estado esperando mucho tiempo por algo así para que mi
hijo se de cuenta con la clase de mujer que se casó –con gran
furia le soltó a su nuera, quien ahora nuevamente la miraba
con gran enojo.
–Pues como quieras, anciana… –le dijo doña Marcela,
y la empujó por las escaleras.

Sebastián estaba unos niveles más arriba, junto a mí;


recuerdo que me tomó de la mano y me obligó a abrazarlo,
estaba actuando como regularmente acostumbraba. Quería
que yo creyera que le dolía ver como su abuela caía por las
escaleras y se golpeaba la cabeza y todo su cuerpo; la mujer
cayó muerta finalmente. Otra vez nos quedamos sin hacer
nada, la señora Marce permanecía viendo el cadáver de su
suegra mientras que Sebastián pretendía llorar aferrado a mi
cintura. Yo, a mis dieciocho años solo pensaba en lo que
ocurriría cuando el Sr. Ezequiel regresara a la casa. “¿Cómo
le haría la doña para encubrir lo ocurrido?”, me pasaba por
la mente, pero la respuesta no tardó mucho en llegar. La
mujer que asesinó a mi familia actuó precipitadamente y
corrió a ese nuevo aparato, el teléfono, llamó a la operadora
y le pidió que la comunicara con el Dr. Ésmero Cantaral,
uno de sus mejores amigos y confidentes.
Como dos horas pasaron y yo ya había regresado de
llevar al señorito Sebastián a asearse y dormir; me encontré
con la señora y el Dr. en el vestíbulo, donde ambos
construían la historia de cómo doña Rebecca había muerto,
después de todo él era un respetado doctor y lo que dijera
25
sería tangible, daría el veredicto de que doña Rebecca
Olivier murió al caerse por las escaleras y clavarse por
accidente la aguja para tejer.
–¡Julián!
Me llamó la doña, a lo cual yo acudí.
–Ayuda al Dr. Cantaral a llevar a Rebecca a su cuarto,
debe prepararla para cuando mi marido llegue –me ordenó.
Yo no me pude negar, solo obedecí y ayude al doctor
a cargar a la anciana, la tomé por los pies y él por la cabeza.
Volví a subir las escaleras, hasta su cuarto, que estaba
invadido a un olor a viejo y guardado, con las cortinas bien
cerradas en aquella rosada habitación llena de estantes con
vajillas muy antiguas que iban desde la más diminuta taza
hasta el más grande plato nunca visto por mí, una habitación
realmente extraña.
–Sal de aquí –me pidió el hombre al cerrarme la
puerta en la cara.
–Puedes irte a descansar –escuché a mis espaldas.
La patrona había llegado a la entrada del cuarto de la
señora Rebecca tras haber limpiado la sangre derramada.
Yo le contesté que si, caminé unos cuantos metros y
ella me llamó nuevamente, yo viré, la vi y temí por lo que
me pudiera decir.
–Ni una palabra, Julián –me dijo.
–Ni una palabra, señora –le dije.
–¿Es una promesa? –me obligó a hacerle otra
promesa.
–Si, es una promesa –solté.
–Gracias, puedes irte ahora si –y me fui, subí otros
dos niveles y regresé al cuarto del señorito Sebastián; me
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cercioré de que estuviera bien y volví a subir más escaleras
hasta llegar al ático, el nuevo hogar que la señora Marcela
me brindó para cuidar mejor de su supuesto hijo.

27
IV
Y pagó por todos sus pecados con lo que más quería

E
n la mañana del once de agosto me levanté
temprano. A las ocho y dieciséis yo ya estaba
bajando al vestíbulo de la gran casa junto al señorito
Sebastián, quien se había bañado y arreglado de acuerdo a la
ocasión; llevaba una camisa blanca y un saco negro con
corbata de moño y un medio pantalón color gris. Sus zapatos
estaban tan pulidos que recuerdo que podía verme en su
reflejo; yo me mataba limpiándoselos todo el tiempo. Tan
solo estaban la señora Marcela y Santiago, el hermanito de
Sebastián, él vestía de igual manera que su hermano (al
parecer una idea de la señora Marcela por hacerlos lo más
parecidos posible), en cambio, la doña llevaba un vestido
negro con rojo y un sobrero con encaje oscuro que le cubría
la mitad del rostro. Bajamos junto a ellos y nos dispusimos a
salir de la casa.
Afuera, a diferencia de adentro, la gente se
amontonaba para tocar el ataúd de doña Rebecca; mucha
gente la quería, ya que aparentemente era una mujer muy
bondadosa, después de todo siempre se preocupó por los
habitantes del pueblo; todos los años ofrecía fiestas en los
días feriados y hacía una gran cena de Navidad junto a la
servidumbre para darla en el palenque de San Olivier, todos
estaban invitados.
El día era gris, las nubes no dejaban pasar los rayos
del sol y don Ezequiel junto a Samuel de la Soledad Patrono,
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el capataz de la hacienda, encabezaban la caravana de los
restos de doña Rebecca al cementerio del pueblo, Jardines
del Olival, como lo nombraron.
Ya encaminado muy cerca del ataúd y los que lo
cargaban, yo iba junto a la señora y sus dos hijos, pero no
tardó mucho tiempo en cuanto empezamos a bajar el
empedrado monte para salir de la hacienda que llegó Samuel
preguntando por Santiago; don Ezequiel quería que se fuera
con él, frente de todos; a doña Marcela pareció molestarle un
poco y lo dejó irse con Samuel, sin embargo, la furia que
recuerdo azotó mi atormentado corazón fue la que brotó del
endemoniado rostro de Sebastián; miraba con tanto odio y
desprecio aquella escena de Santiago tomado de la mano por
el capataz para llevarlo con su padre, que parecía querer
matarlos, a él lo habían dejado excluido, junto a su madre.
“Los odio…”, alcancé a escuchar que Sebastián
murmuró.
Jardines del Olival estaba frio y húmedo, olía a pasto
recién cortado y el lodo abundaba en el lugar; mi mente
alcanza a recordar a doña Marcela junto a don Ezequiel y
sus hijos al momento que varios hombres ponían el ataúd en
su tumba.
–Al menos te hubieras dignado a llevarte a Sebastián
contigo –dijo doña Marcela de una manera muy seca a don
Ezequiel.
–¿Para qué? –cuestionó él–. Santiago es mi
compañero, que Sebastián sea el tuyo –dijo tajantemente
aquel alto hombre de ojos color marrón y pelo castaño,
quien llamó a Santiago para entregarle una vela y encenderla
en sus manos.
29
–Colócala al pie de su tumba, hijo –le dijo su padre.
–Tú también, Sebastián –decidió meterse doña
Marcela, quien acercó a Sebastián junto a Santiago para que
colocaran la vela juntos, este último no pudo hacer nada por
evitar que su hermano Sebastián se la arrebatara vilmente y
fuera el protagonista del momento.
Mas que tristeza y remordimiento, recuerdo que el
rostro de la señora, a pesar de estar cubierto por el arreglo de
una rosa sobre ese sombrero cubriéndole la mirada, irradiaba
enojo en contra de su marido y todos los que cuchicheaban
cuando la veían a ella y a Sebastián, tenia claro de que
hablaban todos los chismosos del pueblo al pie de la gran
casa, la cual se lograba distinguir desde aquel lugar, muy
arriba del monte de los olivos.

30
V
El acuerdo de sangre se rompe

C
inco primaveras más habían volado, y yo ya había
cumplido mis veintitrés años, el señorito Sebastián
al igual que el señorito Santiago trece, y la señora
Marcela tirándole a los treinta. El tapanco del granero era el
refugio del inteligente Sebastián durante los juegos de
guerrilla contra su hermano; y yo como siempre estaba allí.
Era su primer oficial mientras que él era el comandante;
dibujaba una especie de plano sobre la madera del piso para
atacar a Santiago, quien como de costumbre se refugiaba en
la casa del árbol, en uno de los olivos atrás de la gran casa.
Así permanecimos por unos minutos más, en los
cuales Sebastián me daba instrucciones de cómo llegar a la
casa del árbol desde atrás, para así abrir la puerta y dejarle
atrapar a Santiago en su propia base, sin embargo, en eso la
puerta del granero se abrió. La luz no nos permitió distinguir
a la persona que había entrado, (las rendijas del piso de
madera nos permitían ver hacia abajo), después, y solo
después pudimos ver a doña Marcela entrar misteriosamente
al lugar, no sabía que nosotros estábamos arriba; yo tenía
planeado saludarla, pero Sebastián me previno cuando otra
persona llegó. Era una mujer que estaba cubierta por un
largo velo color mostaza con hojas de olivo estampadas;
inmediatamente me quedé paralizado, yo ya había visto a
aquella mujer, la cual ahora se sentaba junto a la señora en
un rincón del granero, justo en el lugar donde la señora
31
Marcela dio a luz. La puerta ya había sido cerrada y las
ventanas habían sido tapadas.
–Cuanto tiempo, doña Marcela –dijo la mujer, antes
de quitarse el velo.
–Deja de aparentar, Minerva –le dijo la doña.
Ambas comenzaron a hablar como si ya se conocieran
muy a fondo, parecía como si hubiesen crecido juntas, se
reían de la misma manera y hasta cierto punto eran muy
parecidas, pero la seriedad volvió tras todo eso.
–El tiempo ha llegado –repentinamente dijo doña
Marcela–. Como loca he estado todos estos años tratando de
protegerlo, pero cada vez es más peligroso continuar con
todo esto –prosiguió–. Yo amo a mis dos hijos por igual,
pero tú te debes hacer cargo de tus propias obligaciones –la
cara de Minerva, la gitana, no mostraba mucho interés–. La
fortuna de la familia Olivier solo debe quedársele al
verdadero hijo de Ezequiel, no puedo permitir que otro tome
el lugar de mi difunto hijo –aclaró la señora Marce.
–Déjate de tonterías, Marcela –habló Minerva–. Por
fin hemos logrado lo que los nuestros habían estado
queriendo desde hace generaciones –añadió.
–Si, pero… –por primera vez la señora Marcela se vio
disminuida al lado de Minerva.
–Los Invasórure estamos por recuperar lo que nos
pertenece, nuestras tierras –se alegraba Minerva.
–Eso ha quedado en el pasado, lo de los Olivier solo
es de los Olivier, y por nada del mundo, ni siquiera el
inmenso amor que le tengo a tu hijo, mi sobrino en realidad,
me hará cambiar de parecer. No fragmentaré el patrimonio
de mi sangre.
32
–¡Mi hijo también es de tu sangre! –saltó Minerva.
Yo, al igual que Sebastián estaba atónito por todo lo
que estábamos escuchando.
–¡Soy tu hermana, Marcela! –vociferó la gitana.
La señora Marcela se puso de pie rápidamente y corrió
hacia Minerva, tapándole la boca y ordenándole que se
callara, ya que nadie debía saber aquello.
–Otra palabra y me obligarás a desaparecerte como a
todos los que sabían esto –nuevamente la imponente fue
Marcela, quien a diferencia de la gitana era rubia y no
morena–. Tres son los días que seguiré cuidando de mi
sobrino, después y si tú no te haces cargo de él, yo misma
tendré que envenenarlo –aclaró.
–Estás traicionando a tu propia familia –le dijo
Minerva.
–No, solo protejo lo que es de mi verdadero hijo. La
que traicionó a su familia fuiste tu al haberte enredado con
ese tonto duque y no haberlo hecho responsable de su prole.
–Edzaid Arciduca me engañó, jugó conmigo y cuando
supo que tendría a su hijo no se atrevió a dejar a su infértil
mujer.
Minerva trataba de quitarse la mano de doña Marcela,
la cual se había ido directo a su quijada para verla fijamente
a los ojos, de la misma manera que me lo hizo a mí cuando
me obligó a hacer aquella promesa.
–Pues cuanto lo siento. Ahora lárgate y recuerda…
Tienes tres días para venir por el niño, si no, ya sabes lo que
pasará –reiteró la señora Marcela.

33
–Eres una áspid, Marcela Invasórure –finalizó
Minerva, soltándose de la doña y yéndose tan
misteriosamente del granero como cuando entró.

34
VI
La ira de un hijo

D
oña Marcela se quedó ahí parada, como si
estuviese meditando con respecto a lo que había
hecho, después de todo ya había amenazado a su
hermana con matar a su hijo, pero que recuerde ella amaba
tanto a sus dos retoños que considero le sería algo difícil.
Repentinamente y sin haberme dado cuenta, Sebastián
apareció tras su mamá; no supe cuando bajó del tapanco, así
que solo me quedé ahí para ver lo que sucedía; tenia miedo
de lo que pudiese pasar. Sebastián escuchó lo de aquella
airada discusión y supuse que él también, como yo, sabía a
quien se referían, después de todo lo que yo prometí no
decir, al niño ya se lo habían revelado, Sebastián no era hijo
de los Olivier.
–Sebastián –volteó sobre su eje la señora Marcela;
lagrimas le brotaron de los ojos cuando lo miró–.
¿Escuchaste todo? –preguntó.
–Todo, madre… –con los dientes pegados le aclaró.
Inmediatamente la doña alzó la mirada, se fijó
exactamente por donde yo los estaba viendo.
–Sebastián… solo quiero que sepas…
En ese preciso instante Sebastián se alejó corriendo al
corral de uno de los caballos, abrió la puerta y entró; la
señora Marcela lo siguió y también se internó al corral.
No fue mucho tiempo el que espere para escuchar
aquello que me puso los pelos de punta. La señora imploraba
35
a Sebastián salir de las faldas del caballo, pero este no le
hizo caso y en cambio obligó a la misma doña a sacarlo de
ahí, sin embargo, aquel animal y no sé la razón reaccionó
bruscamente de manera inesperada; se levantó sobre sus
patas traseras y calló después a la doña. Sebastián había
huido al ver a la criatura enfurecida.
Sin pensarlo dos veces decidí bajar para ver si el
señorito Sebastián se encontraba bien, y así lo fue, pero lo
que recuerdo me aterrorizó por completo fue lo que vi en sus
manos; un gran clavo oxidado manchado de sangre, pero no
de la señora, si no del caballo, al cual se le alcanzaba a ver
una profunda hendidura en la pierna trasera. No tuve tiempo
de seguir con mis deducciones y corrí a ver a la patrona,
quien permanecía tirada en el suelo con un terrible golpe en
la cara propiciado por las patas del animal, que había salido
corriendo de su corral.
–Doña Marcela –la tomé entre mis brazos; sangre le
brotaba de la boca y la nariz–. ¿Le duele? –no supe que más
preguntar; ella pareció hacer caso omiso a mi pregunta y me
cambió de tema.
–Julián… –habló–. Sebastián es el hijo de… –pero en
ese momento el mismo Sebastián llegó y la obligó a callarse;
le gritó, la insultó y le dijo lo mala madre que fue durante
todos esos años al no haberle dicho la verdad sobre su
verdadero origen y de lo que tenia pensado hacer si la gitana
no iba por él dentro de los días siguientes.
Lo peor de todo fue cuando la señora Marcela se
convulsionó y murió en mis brazos a la vista de un atónito
Sebastián, al cual aparte de vérsele satisfecho con lo que
había hecho de igual manera se le notaba cierta culpa.
36
–Julián –me dijo aquel niño de cabello castaño y ojos
de color olivo–, ni una palabra de esto –estaba actuando de
la misma forma que la señora cuando cometía un crimen y
quería que yo se lo tapara.
–No, ni una palabra, señor… –le dije.
En ese minuto la puerta del granero se había vuelto a
abrir. La silueta de Santiago se dibujaba como sombra frente
a la luz; su cara denotaba terror al haber visto aquella
escena.
–¡Mamá! –de pronto soltó aquella pistola de juguete
que tenia pensado utilizar para ganarle a su hermano y salió
corriendo junto a su madre y a mí.
–¿Qué le pasó? –preguntó cuando la tomaba por el
cuello y me apartaba; la había recargado sobre su regazo
para cuando yo me paré junto a Sebastián, quien soltó el
clavo con sangre y lo metió bajo la paja, con sus pies.
–¡Quería cabalgar y el caballo la golpeó cuando
trataba de sacarlo del corral! –sin pensarlo mucho Sebastián
le contestó su hermano.
–¡Rápido, un doctor! –gritó Santiago–. ¡Traigan un
doctor! –continuaba desesperado.
–Es inútil, Santiago. Mi madre está muerta –sus
palabras mostraban soberbia.
–No… ¡No puede ser! –Santiago estalló en llanto.
No sé si Sebastián hizo lo que hizo por compasión
hacia su hermano o por simple repugnancia al verlo así, pero
este se dirigió a él y lo apartó del cadáver de doña Olivier, le
pidió que fuera un hombre y no siguiera llorando, ya que los
Olivier no lloraban.

37
–¿Ya lo olvidaste? Mi padre no lloró cuando la abuela
se murió, entonces tú tampoco lo hagas –dijo el intenso
Sebastián.

38
VII
Tras la muerte de la doña

P
ara la noche, los señoritos Sebastián y Santiago,
acompañados por mí, nos hallábamos en el estudio de
don Ezequiel, quien junto a Samuel llegó para
comenzar un exhaustivo interrogatorio sobre lo que en
realidad ocurrió en el granero. Sebastián no nos permitió ni a
mí ni a su hermano Santiago hablar casi nada; siempre decía
lo mismo: que la señora Marce había querido tomar un
paseo a caballo y que el animal reaccionó como loco cuando
esta quería colocarle la silla y montarlo, pero había algo que
no cuadraba en eso. Samuel era la clave del amo Ezequiel
para llegar a la verdad.
–Relámpago jamás ha reaccionado de esa manera –
dijo Samuel–. Es un caballo que fue domado bastante bien
en los establos de los Ridiocci, los mejores domadores.
Sebastián se le quedó mirando de una forma
fulminante al capataz, quien sintió como si una aguja le
punzara fuertemente el cuello. Me imaginé que por primera
vez pudo sentir aquel miedo que yo siempre padecí con
aquel perturbador niño.
–Además… –le costó trabajo seguir–, la señora no
llevaba las ropas adecuadas para un paseo a caballo –
sudorosamente terminó su frase al seguir sintiendo la mirada
de aquel Sebastián sentado frente al escritorio de su padre,
justo dando la espalda a la amplia colección de armas de don
Ezequiel que colgaban en la pared.
39
–Gracias, Samuel –dijo el amo–. Ahora, con lo que
sabemos, me agradaría que ustedes también dijeran algo…
Santiago, Julián –nos pidió.
–Cuando llegué al granero Julián sostenía a mi madre,
papá –tristemente dijo Santiago–, yo no estuve allí cuando
mi madre murió –lagrimas caían a sus ropas.
Don Ezequiel me miró fijamente y esperó a que yo
hablara, pero los nervios me lo negaron, no sabía si decir la
verdad o seguir con el cuento de Sebastián, no quería seguir
con aquella promesa que le hice, pero tampoco romperla, ya
que estaría rompiendo también la de la difunta señora.
Solo tartamudeé un poco y Sebastián saltó de su silla,
me miró con coraje y yo entendí su mensaje; que me callara.
–¡Creo que es suficiente, papá! Julián te dirá lo mismo
que yo, ya que se encontraba conmigo jugando en el tapanco
del granero. Mi madre entró, se dirigió al corral de ese
maldito caballo y trató de montarlo, cosa que obviamente no
sucedió porque la bestia esa se puso como loca… –actuaba
como si estuviera indignado–. Cuando bajamos al escuchar
el escándalo mi mamá ya estaba en el suelo con la marca de
la herradura en su cara –golpeó el escritorio de su padre.
–Bien, Sebastián, pero mejor deja que Julián hable, es
imprescindible escuchar su versión, porque si no recuerdas
lo primero que discutimos, es que el caballo tenia una herida
que muy probablemente le hizo hacer eso –aclaró el cansado
y triste don Ezequiel.
–No, padre. Creo que ya es suficiente. Si, suficiente
tenemos con tener que sobrellevar la repentina muerte de mi
madre como para seguir soportando estos interrogatorios que
no valen la pena.
40
Sebastián rompió en llanto, o actuó muy bien.
–O ¿qué, papá? ¿Intentas darnos a entender algo?
Acaso, ¿qué mi madre fue asesinada o muerta por culpa mía
y de Julián?
Don Ezequiel y Samuel comenzaron a sentirse tan
incómodos como nosotros tres.
–No… eso no es lo que trato de hacer –le contestó su
padre.
–Perfecto, entonces, en vez de estar haciendo esta
estupidez hay que dedicar el tiempo a llorarle a mi madre,
creo que se lo merece…
Y salió corriendo del estudio, nos dejó a mí y a
Santiago sentados enfrente de su padre y Samuel, que estaba
de pie, a su lado.
–Correcto –con la mirada baja dijo el amo Ezequiel–.
Pueden retirarse ustedes también, Santiago –estiró las manos
y pegó sus palmas al escritorio, estaba comenzando a querer
romper en llanto, no sé si por lo de su esposa o por lo que
acababa de ocurrir.
Santiago y yo salimos de ahí y lo dejamos hablando
quien sabe que cosas con Samuel.

Yo no tuve el valor suficiente como para ir detrás de


Sebastián, en cambio me fui a tratar de dormir y a esperar
por lo que sucedería al día siguiente, con seguridad el
velorio de la difunta ama.
Y así fue, aunque muchos no se presentaron como el
señor Ezequiel esperaba en los funerales de la doña, quien
ahora si yacía en su tan merecido ataúd a la vista del
veintenar de personas que asistieron.
41
Entre ellos estaba Sebastián junto a su hermano y su padre,
todos de negro ante las flores. No tuve la valentía necesaria
como para ir a verlo por el miedo a su reacción de mi
nerviosismo el día anterior.

42
VIII
La nueva mucama

S
ebastián cabalgaba portentosamente en los patios
traseros de la gran casa. Llevaba en sus manos una
fusta y bromeaba junto a sus amigos de alta sociedad,
yo lo vigilaba de cerca. Ya había cumplido veinte años y su
manera de ser no cambiaba, sino que empeoraba con el paso
del tiempo; ahora era más vanidoso, presumido y mandón.
Prácticamente todos en el pueblo le temían al nuevo Sr.
Olivier, quien a diferencia de su hermano, siempre salía al
pueblo a hacer de las suyas y tratar mal a todo el que se le
cruzase en el camino.
Aquella presuntuosa reunión de chiquillos ricos fue
interrumpida cuando una carreta llegó a la casa por la parte
trasera, de ella bajaron dos jóvenes, quienes pudieron
observar como el amo Sebastián desmontó su caballo y se
les acercó, sus amigos se quedaron en aquel lugar junto a los
caballos y observaron al igual que yo como se presentaba
ante los recién llegados.
–Sebastián Olivier –dijo al tomar la mano de la chica.
–Gabriel y Giannina Ridiocci –se adelantó el joven a
hablar, pero Sebastián no le hizo mucho caso, en cambio
besó la mano de la cautivante y rubia Giannina.
–¿Así que son Ridiocci? –preguntó Sebastián.
Ellos asintieron.
–Su padre envió por una mucama nueva, don
Sebastián. Sentimos mucho lo de su empleada anterior –
43
habló Giannina, quien no parecía muy impresionada por el
porte de Sebastián.
–Oh, claro, claro. La sirvienta anterior falleció hace un
par de semanas, pero no me digas don, para ti solo Sebastián
–hizo saber–. Pero hay algo que mi mente no alcanza a
comprender –añadió al encaminarse a la casa, de la mano de
Giannina.
Gabriel los seguía.
–¿Y qué puede ser eso, Sebastián? –le preguntó ella.
–¿Por qué has llegado por la puerta trasera? Una dama
tan hermosa no merece llegar a la mansión como si fuera
cualquiera.
Gabriel reaccionó velozmente, recuerdo que apresuró
el paso y pasó por en medio de ambos; separó las manos de
su hermana y Sebastián, quien paró en seco.
–¿Se te ofrece algo? –preguntó el señorito a Gabriel.
–Con respecto a su primera pregunta, hemos llegado
por la parte trasera porque así usted lo ha predispuesto. En la
carta que nos llegó de su padre se nos pidió hacer esto para
evitarle problemas, ya que podríamos apenarle con sus
amistades –agarró la mano de su hermana–. Ahora, si nos
permite, tenemos una cita con don Ezequiel, gracias por su
amabilidad, conocemos el camino –y se adentraron en la
casa por la puerta trasera, donde los recibió la servidumbre.
Cuando Sebastián regresaba no pude evitar sentir
miedo, su siniestra mirada inclusive atemorizaba a sus
amigos, quienes no tuvieron el valor de hacerle burla por lo
sucedido con la muchacha en aquella grisácea tarde.
Subió de nuevo a su caballo y me llamó.
–Señor –le respondí.
44
–Prepara todo para lo de mañana, Julián, los planes
aún no han cambiado –y se fue, sus amigos lo siguieron y se
perdieron entre los olivos.

Eran eso como de las ocho y cuarto de la noche y yo


me hallaba en la recamara del señor Sebastián, acomodaba
la ropa que usaría en su viaje para el día siguiente, la
coloqué sobre una silla con una postal que le acababa de
llegar; traía la imagen de un castillo sobre una colina forrada
de árboles con el titulo Alcabarre, pero que tan solo decía en
su reverso, “Ishtari 23.87, en enero”.
Me dispuse a salir de ahí para irme a descansar, sin
embargo, me topé con el señorito Santiago de la mano de
Giannina; al parecer ambos se agradaban y conversaban
muy amenamente; no pude evitar oír de que conversaban
cuando alguien me tocó el hombro por detrás. Era Sebastián,
quien acababa de llegar de la cabalgata con sus amigos.
–¿Escuchando conversaciones ajenas? –inquirió–.
Mira a quienes tenemos aquí –susurró a mi oído al ver a su
hermano y a la nueva mucama; ambos no sabían de nuestra
presencia–. ¿Quién iba a pensar que el tímido Santiago no
perdería el tiempo?
Yo le dije que al parecer ellos dos se agradaban
mucho, cosa que no debí haber hecho nunca.
–¿Qué hay del impertinente hermano? –me preguntó
al mirar aquella escena con desprecio.
–Gabriel Ridiocci se ha marchado al pueblo, al
parecer solo trajo a la señorita Giannina –le contesté.
–Perfecto, ahora el único moro en la costa será mi
hermanito, pero primero lo primero. Mañana temprano
45
partiremos a Alcabarre, tengo asuntos de los cuales
encargarme –y se retiró, no sin antes arrojarme de una
manera muy brusca su fusta y sus botas enlodadas,
obviamente para que se las limpiara.

46
IX
Santo Dios

E
ran eso de las cinco y media de la madrugada y yo
ya me había levantado, me hallaba acomodando las
sillas de montar de los caballos que utilizaríamos en
el largo viaje. Dos lámparas de aceite iluminaban el interior
del granero, la mirada negra de ese caballo de ébano llamado
Relámpago destellaba intensamente, ese era el corcel que
había herido mortalmente a la señora Marcela siete años
atrás, y que curiosamente era el animal favorito de
Sebastián.
Dos horas transcurrieron y mi amo no llegaba, así que
me dormí sobre la paja y soporté el frio que hacia, ya casi
era invierno después de todo, la estación predilecta del
señorito Sebastián. De pronto, a mi mente llega como algo
helado golpeó mi rostro rápidamente, abrí los ojos y pude
divisar la punta filosa de la bota negra de Sebastián, quien
me ordenaba que despertara una y otra vez.
–Es el colmo contigo, Julián –negó con la cabeza
cuando montaba a Relámpago–. Apresúrate que ya nos
vamos, recuerda que son tres días de ida y tres días de
regreso, no hay tiempo que perder –tomó las riendas de su
corcel y salió del granero. No pude evitar mirar que en su
cintura llevaba un arma de fuego, pero no cualquier arma,
esa yo ya la había visto en algún lugar que no pude recordar.

47
Nuestro viaje comenzó bien, eran eso de las ocho y cuarenta
antes meridiano cuando ya nos habíamos alejado de la
hacienda; llegamos a las afueras de San Olivier y nos
dirigimos al noreste. Cruzamos varios poblados durante el
primer día de nuestro recorrido, pasamos por Calabastre, El
Limonar, Mar Tinto y San Panicci, el sitio donde se
conseguía el mejor de los quesos en toda la región. No
descansamos hasta mediados del segundo día, cuando
pudimos arribar a la morada de Santo Dios, una vieja
fortaleza que a la época solo servía para alojar a los viajeros
a cambio de su dinero. Jamás me hubiese imaginado que don
Sebastián pudiera haber considerado ese lugar adecuado
para pasar la lluviosa noche, pero así fue. Desmontamos y
dos caballeros muy amables tomaron nuestros corceles,
parecía como si ya nos hubieran estado esperando; llegamos
a la recepción tras pasar el desgastado muro y nos recibió un
sujeto.
–Bienvenido, señor Olivier –le dijo el que parecía ser
el encargado del lugar–. Nos da mucho gusto haber recibido
la nota de que vendría, le hemos preparado la mejor de las
habitaciones –dijo amablemente.
–Lo dudo –alcanzó a decir el presumido Sebastián.
Los tres llegamos a la recamara de mi amo, que para
su desgracia no requería con lo necesario para mantenerle a
gusto, pero no había de otra, teníamos que descansar y
alimentarnos, ya solo faltaba un día y medio de viaje.
Tras irse el sujeto, mi amo se dispuso a quitarse las
botas y acostarse en su cama, yo hice lo mismo y me dirigí a
un sofá, tres minutos antes de que tocaran la puerta.
–¡Adelante! –dio permiso el señorito Sebastián.
48
Un hombre llegó con una bandeja llena de alimentos,
la cual colocó en una mesa, después se retiró, ahí supuse que
ya todo estaba planeado. Don Sebastián había mandando
aquella nota de su llegada a ese lugar días antes para que lo
esperaran con todo listo.
–Provecho –le dije cuando se acercó a ver la comida.
–No seas estúpido, Julián –se burló–. Es para ti
también –me aclaró–. ¿Pensaste que me comería todo esto
yo solo? –dijo al mismo tiempo de destapar una botella de
vino San Olivier, el mejor de los vinos de todo el país, y que
le pertenecía a los Olivier.
Yo me sorprendí mucho y me acerqué al lugar
cuidadosamente, tomé una silla y me senté en esa mesa, el
amo Sebastián estaba frente a mí.
–Come lo que quieras, necesitarás mucha energía para
lo que nos espera –me dijo después de haberse llevado una
copa a la boca.
–Señor –le dije–, disculpe mi impertinencia, pero,
¿para qué nos dirigimos a Alcabarre?
–Todo a su debido tiempo, Julián, todo a su debido
tiempo… Tan solo te puedo decir que finalmente ataré cabos
que se desataron hace siete años, ¿lo recuerdas? Después de
eso ya nada podrá preocuparme.
Una risilla malévola se le dibujaba en el rostro a la luz
de la chimenea y los relámpagos, a través de las ventanas.
Permanecimos en silencio por un largo rato, después
de terminar mi comida le pedí permiso para recostarme y me
lo dio, nunca lo había visto tan humano como aquella
noche. Por primea vez me permití pensar que podría haber
cambiado, que después de todo podría haber un corazón en
49
aquel pecho, pero en realidad nunca me hubiera imaginado
la verdadera razón del porque del viaje ni de su actitud,
hasta después…

50
X
Kotel

D
ormí como nunca había dormido. Al día siguiente,
sábado para ser exacto, me desperté y me propuse
despegarme de ese duro y polvoriento sofá, el
señorito Sebastián ya se había bañado y se disponía a
ponerse sus ropas; lucia relajado y tranquilo, no parecía que
se hubiese quedado despierto toda la noche, como en
realidad ocurrió, ya que durante mis rondas nocturnas al
baño me pude percatar que se quedó sentado frente a la
ventana, admirando la tormenta de la que tan solo quedaban
los charcos, únicamente bebiendo el fino vino de su copa.
–No nos volveremos a detener –me dijo al subir a su
caballo.
Fue muy claro que estaba desesperado por llegar a su
destino, que no pudimos vislumbrar hasta pasado día y
medio de cabalgata. Entramos por la parte sureste del pueblo
y nos detuvimos en un concurrido bar denominado Kotel,
donde tras haber dejado a nuestros caballos sujetos en un
tronco, fuimos la causa de tantas miradas al cruzar las
puertas.
Don Sebastián se miraba demasiado elegante como
para encajar en aquel “lugarzucho”, como le había llamado
antes de ingresar, se sentó en una de las mesas y yo lo seguí
con mi mano muy cerca de la cintura, no pensaba en vacilar
al sacar mi arma si alguno de esos hombres de aspecto rudo
se le acercaba para hacerle daño.
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–¿Se les ofrece algo de beber, caballeros? –se nos
acercó un mesero que olía mucho a licor.
–Vino tinto San Olivier, cosecha de oro, por favor –
dijo don Sebastián sin siquiera mirarlo.
Como si hubiese hecho algo malo, recuerdo que todos
guardaron silencio y nos volvieron a voltear a ver, a mi amo
pareció no importarle y en cambio cruzó la pierna, encendió
un puro con su elegante encendedor y preguntó que si había
dicho alguna grosería.
–No, señor –dijo el cantinero–, lo que pasa es que aquí
no tenemos esa clase de vino –aclaró.
–Ah… ya veo –exhaló un poco de humo–. Entonces
no quiero nada –dijo despectivamente.
Sacudió la mano para comunicarle al mesero que se
alejara de su presencia.
–Recomendaría que saliéramos de este lugar, señor –
le susurré pegado a la mesa, no me parecía seguro seguir
estando allí.
–Tú te callas, Julián. Este sitio es el adecuado para
conseguir la información que necesito –argumentó.
A pesar de mis recomendaciones de no continuar
dentro de Kotel, el señor Sebastián permaneció otras dos
horas sentado, a la espera de algo que aún no me quería
revelar, mientras que afuera se nos hizo de noche. Y no fue
hasta altas horas pasado meridiano que el terror Olivier,
como también se le conocía, captó algo que despertó su
interés.
Dos sujetos sucios y mal educados llegaron y se
plantaron frente a la barra.

52
–Debo seguir robando para poder pagar sus servicios
–dijo uno de ellos, el otro sonrió de oreja a oreja y pidió una
cerveza.
–¿Y cuál clase de servicios? –le preguntó al momento
de quitar la tapa de la botella, con sus dientes.
–Ya sabes, no los de donde te lee la mano, los otros…
–le contestó.
El señor Sebastián no planeó seguir escuchando, en
cambio se puso de pie y caminó hasta la barra, justo tras
esos hombres, yo tuve que hacer lo mismo y me quedé
quieto, deseaba que no hiciera algo malo para evitarnos
problemas.
–Estimados caballeros –dijo don Sebastián.
Ellos no parecieron hacerle mucho caso y siguieron
con lo suyo, hasta que finalmente la vocecilla del amo
terminó por taladrarles la cabeza.
El par volteó para verlo.
–Mira, nos habla uno de esos riquillos –le dijo el de la
cerveza.
–Sebastián Olivier, mucho gusto también –dijo en un
tono hipócrita el joven a mi cuidado.
Todos nuevamente se callaron y plantaron sus ojos en
mi amo, quien despertó un sin fin de cuchicheos al haber
dicho su nombre.
–¿Un Olivier? –preguntaron los hombres–. ¿Y qué
quiere un Olivier con sujetos como nosotros?
–Nada en especial, se los aseguro –dijo de forma
condescendiente don Sebastián–, solo que me harían muy
feliz si me ayudaran con esto –y metió su mano derecha a la
gabardina para sacar aquella postal y aventarla a la barra.
53
Ambos leyeron lo de atrás, cosa que supuse era una
fecha desde el principio, pero los dos parecieron totalmente
asombrados por lo que en realidad representaba.
–¿Cómo sabe de eso? –preguntaron a don Sebastián.
–Lo supuse, caballeros, digamos que fue una
corazonada –sonrió–. Ahora, si son tan amables, ¿me
podrían ayudar?
Ellos se miraron fijamente a los ojos y titubearon un
poco.
–¿Y nosotros qué ganamos si te ayudamos, Olivier?
El amo Sebastián se volvió a llevar la mano a la
gabardina y sacó una bolsita de cuero, la arrojó nuevamente
a la barra y uno de ellos la tomó, todavía puedo recordar el
sonido metálico que esta hizo al chocar contra la pulida
madera.
–¡San Olivieros! –saltaron al ver que adentro mi amo
había colocado largas y ovaladas monedas de oro.
Sus caras de sorpresa no me impactaron en nada,
después de todo, la moneda de San Olivier era la que más
valía en todo el país.
–Y habrá más después, si me ayudan, por supuesto –
aseguró.
Volteó hacia a mí y me pasó de largo para dirigirse a
la salida. Ahora todos actuaban distinto, algunos sujetos en
su camino se apartaron sin siquiera pensarlo dos veces al
momento que pasaba; le temían a su apellido.

54
XI
“Ishtari 23.87, en enero”

Y
o también salí de aquel lugar de mala muerte, me
encontré al señorito Sebastián desatando la soga su
caballo muy tranquilo. Me le acerqué y no me dijo
nada, en cambio yo fui el que tuvo que decir la primera
palabra, aunque con miedo.
–Señor, ¿cree que aquellos hombres le vayan a
ayudar?
Pero no me contestó, tan solo montó a Relámpago y al
cabo de unos minutos aquellos individuos salieron a la calle,
por donde una impresionante maquina motorizada pasaba
dejando su humo; a mi amo le pareció bastante interesante,
(de seguro quería comprar alguna en cuanto estuviese en
casa).
–¿Y bien, caballeros? –inquirió don Sebastián desde
su corcel.
–Trato hecho, lo llevaremos –le dijeron antes de
montarse a sus caballos.
A pesar de su actitud le tuve que preguntar a mi amo
si era seguro confiar en esos tipos, pero simplemente me
lanzó una risilla llena de soberbia.
Como media hora fue la que nos tardamos en llegar a
aquel oscuro y húmedo callejón donde abundaban decenas
de mujeres que al parecer daban placer por dinero. Varias se
55
nos insinuaron a mí y a don Sebastián, quien tan solo las
miraba con desdén.
–Aquí estamos –dijo el sujeto que había tomado la
cerveza en el bar–, calle Ishtari nuevo 23, antiguo 87,
colonia enero.
Eso escrito en la postal de Alcabarre no era una fecha,
era una dirección, ya todo estaba claro para mí; durante el
recorrido del bar a ese callejón me enteré de que Alcabarre
se dividía en doce colonias, a las cuales las nombraron con
los meses del año, estábamos en enero.
Don Olivier cumplió con su palabra, sacó otra bolsa
llena de San Olivieros y se la entregó a los hombres sin
siquiera agradecerles, sino que todo lo contrario, les dijo que
se alejaran de su presencia he hicieran como si nunca lo
hubiesen visto. A ellos pareció no molestarles, prefirieron
invertir sus nuevos ingresos en la mercancía local, como uno
de ellos dijo, claramente refiriéndose a las prostitutas del
callejón.

56
XII
Drabarimós

H
umo de cigarro brotaba de todas partes. El señor
Sebastián y yo bajamos de los caballos; me dispuse
a sujetarlos a un poste, pero me lo prohibió. Me
dijo que no iba ser necesario, que nuestra estancia en aquel
hueco mal oliente no sería muy prolongada, y en realidad
eso esperaba, mis ojos se ponían rojos y mi nariz se
congestionaba.
Estaba completamente extrañado, cada vez don
Sebastián visitaba sitios de mal en peor; primero Santo Dios,
después Kotel y ahora ese sucio callejón en la calle Ishtari.
“BIENAVENTURADOS SEAN TODOS LOS QUE
ME VISITAN”, decía en la entrada del lugar al que fuimos,
y donde la puerta estaba cerrada. Don Sebastián no se rindió,
me ordenó dar golpes a la puerta hasta recibir respuesta
alguna.
–¿Si?
Una ventanilla en la entrada se abrió, y tras ella se
mostraron unos hermosos ojos verdes. El supuesto hijo de
don Ezequiel se me adelantó a contestar.
–Venimos por sus servicios –dijo mi señor.
–¿Drabarimós o…?
–¡Drabarimós! –se apresuró don Sebastián, yo no
sabía lo que había dicho, jamás escuche tal palabra.
57
Aquella mujer con un velo rosa a la que le pertenecían
esos ojos nos abrió la puerta muy sonrientemente; yo me
quedé paralizado al verla, no era la primera vez que la veía y
ella a nosotros dos tampoco, pero al parecer no nos
reconoció.
–Pasen, jóvenes –nos extendió la mano a su hogar–.
¿Qué es lo que trae a tan distinguidos muchachos a mi
humilde morada? –preguntó al momento de cerrar la puerta.
–Sus habilidades son increíblemente famosas en toda
la región, Minerva –dijo Sebastián–. Nos la recomendaron y
no podíamos desaprovechar la situación, después de todo ya
casi no hay gitanos en el estado –continuó sonrientemente.
Minerva Invasórure se puso muy contenta, tomó
asiento tras una mesita circular y nos contó varias historias
sobre los gitanos y su familia despojada de las tierras en San
Olivier, al parecer Sebastián estaba muy interesado, después
de todo se suponía que ella era su verdadera madre.
–Y bien, ¿quién será el primero? –preguntó.
Yo no supe a que se refería.
–Serás tú, Julián –me dijo él al empujarme.
Ella me aclaró que no tuviera miedo, me senté al
frente suyo y me pidió tres monedas, don Sebastián me las
arrojó y yo se las di, después me dijo que extendiera la mano
y la colocara sobre la mesa; yo le pregunté sobre los
Drabarimós. Ella me explicó que era la costumbre gitana
para obtener dinero a cambio de adivinar la suerte.
–Oh, muchacho… –negó con la cabeza–. Has
recorrido un tortuoso y largo camino.
58
Yo supe a que se refería.
–Has vivido sometido bajo la sombra de un hombre
sin corazón –revelaba al ver mi mano–, pero descuida, todo
ese sufrimiento tendrá su recompensa. Recuerda que
después de la tormenta viene la calma –me miró a los ojos y
me sonrió–. Aquí veo que tendrás un hijo.
Cuando dijo eso pensé que era una charlatana a pesar
de haberme dicho mi pasado. Yo jamás tendría tiempo de
tener un hijo y mucho menos de casarme, como después me
lo aseguró.
–Debes saber, que cuando tengas a tu primogénito has
de buscar un gallo y matarlo por la mañana para esparcir su
sangre en la puerta de tu casa –me dijo Minerva–. Ya que si
no lo haces, el señor castigará cada casa donde nazca un
varón, eso se llama Ihtimya, el día del niño.
Don Sebastián estaba parado a un lado, al parecer toda
esa situación gitana le parecía absurda, pero no lo mostraba
del todo, nuevamente estaba actuando extraño, más tolerable
de lo normal.
–Si deseas que continúe necesitarás darme tres
monedas más –me dijo Minerva tras soltar mi mano.
–¡No! –dijo don Sebastián–. Creo que ya es suficiente
–aseguró al momento que me paraba.
–Entonces es su turno –dijo ella, cosa que creo no le
pareció mucho a mi amo Sebastián, quien tras un rato fue
persuadido por la dama.
El le entregó otras tres monedas.

59
XIII
Cabos sueltos que deben ser atados

M
i amo Sebastián se sentó en el lugar donde yo
había estado, ella le pidió que le mostrara la
mano. El se quitó su guante negro, me lo dio y la
puso en la mesa, tenia una cara con la que denotaba que
nada de le sorprendería.
–¿Cuál me dijo que era su nombre? –preguntó
Minerva antes de comenzar.
–Nunca lo dije –prefirió seguir sin revelarlo.
Todavía navega en mi cabeza la imagen de la cara que
hizo la gitana al ver detenidamente la mano de don
Sebastián; recuerdo que lo volteó a ver a los ojos con la boca
abierta. Su ya maduro rostro parecía haberse quedado
paralizado al leer esa mano y averiguar a quien tenia
enfrente.
–¿Y no me va a decir nada? –preguntó Sebastián.
–¡Usted! –saltó ella–. ¿Usted qué hace aquí? –dio
varios pasos hacia atrás.
–¿Te sorprende verme, madre? –también se puso de
pie.
–¡No me diga así! ¡No sabe lo que dice! –gritó
Minerva, quien ya no pudo seguir retrocediendo debido a
que una pared se lo impedía.

60
–Tan irresponsable como siempre –dijo su hijo al
momento de llevarse la mano nuevamente a la gabardina,
pero no para sacar algo de ella principalmente, sino para
apartarla y poder llegar a su cintura, donde aquella llamativa
arma que le vi antes de partir estaba sujetada.
–¡¿Qué le va a hacer?! –reaccioné.
–Cállate, Julián –me ordenó–. Esta mujer debe pagar
por haberme abandonado con su hermana –aclaró al
momento de quitarle el seguro a la pistola.
Minerva parecía que se iba a ahogar de la impresión.
–Está cometiendo una equivocación –dijo ella.
–¡Cierra la boca! –le ordenó.
Los ojos de don Sebastián se encendían con la luz de
las velas.
–Me abandonaste por segunda ocasión cuando mi
madre te amenazó con envenenarme si no ibas por mi –
seguía reprochándole; lagrimas caían de su rostro, fue la
primera vez que lo vi llorar con tanta sinceridad.
–Sebastián, baje esa arma, por favor. Mi hermana
jamás hubiese querido esto –Minerva trataba de relajarlo.
–¿Tú qué sabes sobre lo que hubiera querido mi
madre? –le preguntó–. Tan siquiera ella me cuidó a pesar de
no haber sido el fruto de sus entrañas –continuó diciendo–.
Pero aun así tuvo que pagar por sus deshonorables actos.
Caminó un poco y llegó hasta donde estaba Minerva,
le apuntó con la pistola a la frente.

61
–Por favor, por favor, déjeme explicar. Está
cometiendo una equivocación, una grave equivocación –ella
también comenzó a llorar.
–Maldita rata… –rugió el heredero de la fortuna más
grande de todo el estado–. No haces más que mentir y
mentir. Grave equivocación fue la tuya al cambiarme por un
niño muerto y abandonarme inclusive cuando te amenazaron
con envenenarme para seguir de loca. Me repugnas…
Estaba a punto de oprimir el gatillo.
Cerré los ojos, me tapé los oídos y me fui del mundo,
pretendí no estar en ese lugar en ese preciso momento. Tuve
miedo, mucho miedo. Jamás hubiera pensado que don
Sebastián fuera capaz de matar a su propia madre a sangre
fría, aunque él mismo haya sido el culpable de la muerte de
doña Marcela.
De pronto, regresé a la realidad, mi cara estaba
salpicada con gotas de sangre al igual que la pared, el piso y
todo el brazo del hijo que mató por segunda vez a su madre,
y quien había quedado como en trance al haberle disparado
en la cabeza.
–Sebastián –me atreví a tutearlo–. Hay que irnos ya
mismo –le dije al tocarle el hombro.
Gritos de mujeres asustadas se oían en el callejón.
–¡De prisa! –dije.
Corrimos de ahí y nos subimos a los caballos.

62
–¡Fueron ellos! –gritaban al vernos huir–. ¡Policía! –
aún estando lejos alcanzamos a escuchar que llamaban en
repetidas ocasiones.

63
XIV
La complicidad

D
on Sebastián iba delante mío; claramente
Relámpago era el caballo más veloz de toda la
hacienda del Olival, pero ocurría algo extraño, el
joven que lo montaba no se dirigió a las salidas de Alcabarre
como presuntamente debió de ser; recorrió medio pueblo y
se dirigió al norte, justo a donde se erigía un enorme castillo
sobre una colina atestada de arboles, a la luz de la luna.
No me dio mucho trabajo reconocer aquel sitio; era el
mismo catillo sobre la colina arboleada de la postal que de
quien sabe donde le había llegado a mi amo Sebastián.
“USTED SE ADENTRA AL BOSQUE HUMEDO”,
alcancé a distinguir un letrero al comienzo del camino que
Sebastián tomó para llegar a aquel castillo oprimido por la
neblina.
–¡Baja! –me ordenó al momento de llegar a la entrada.
Olía a pino y un frío que penetraba hasta los huesos
torturaba mi cuerpo, pero al parecer eso no le molestaba a
mi protegido, quien sin importarle las altas horas en la
madrugada golpeó sin misericordia la puerta de cedro, una y
otra vez la madera crujía y resonaba bajo su mano.
Me temblaban los dientes y el vaho salía de nuestras
bocas para danzar con el viento y desperdigarse.
–¿Se les ofrece algo tan tarde, caballeros?
64
Un individuo en traje sastre con una linterna de aceite
en la mano abrió la puerta.
–Vaya, hasta que abren –dijo Sebastián al internarse
en el castillo sin siquiera pedir permiso; lo tuve que seguir.
–¿Pero cómo se atreven a irrumpir así en el hogar del
duque? –decía a nuestras espaldas.
–Exijo llame a Victoria Arciduca –ordenó Sebastián
cuando ya habíamos llegado al vestíbulo del lugar.
–La duquesa se encuentra descansando. Es bastante
obvio que no pueda atender a sus absurdas exigencias –dijo
aquel estirado mayordomo.
Sebastián se le acercó amenazadoramente, lo tomó por
el cuello de su saco y lo alzó un poco para tenerlo cara a
cara.
–He dicho que quiero ver a Victoria Arciduca… Y en
este preciso momento tú vas a ir a despertarla para que me
venga a ver, ¿entendiste?
El pobre hombre no tuvo de otra y asintió.
–Muéstrale esto por si acaso se rehúsa a despertar –
recuerdo que dijo al momento de sacar nuevamente aquella
postal de su gabardina, que seguramente había tomado al
momento de pagarle a esos sucios sujetos por última vez.
Como veinte minutos fueron lo que pasaron cuando
una madura mujer en bata descendió de las escaleras y nos
encontró sentados frente a la chimenea.
–¡Tú! –dijo ella al ver a mi amo.
–¡Victoria! –dijo don Sebastián al ponerse de pie.
65
–Claramente te pedí que si venias a Alcabarre no te
acercaras al castillo –con los dientes pegados y mirando a
todas partes ella le recordó.
–No seas idiota, Victoria –mordazmente dijo
Sebastián–. ¿En realidad pensaste que nuestra treta para
asesinarla sería tan sencilla y remota que tú no tendrías nada
que ver? –le preguntó.
–Se supone que yo te envié esa postal con su dirección
para que hicieras lo que quisieras. ¿Sabes lo difícil que fue
para mí mandar a vigilar a mi marido para averiguar su
localización? ¿Sabes lo complicado que se me hizo mandar a
desaparecer a los espías para que no hubiera una forma de
llegar a mí en caso de que te llegasen a atrapar? –furiosa
reprochaba Victoria Arciduca.
–No me interesan tus melodramas, Victoria. Años
fueron los que esperé por esto y finalmente lo he hecho; he
vengado mi honor al matar a la madre que me abandonó, y
no descansaré hasta vengarme también del padre que me
negó –le dijo Sebastián.
–¿Qué me estás queriendo decir con eso, Sebastián
Olivier? Tú solo me dijiste en esas cartas de la venganza
sobre la amante de mi esposo, no en contra de él.
Don Sebastián sonrió he hizo como si hubiese
olvidado comentarle eso.
–¡Lárgate de aquí! –ordenó Victoria.
–Primero a lo que vine –dijo don Sebastián al caminar
a las escaleras.

66
–…Tú no vas a ningún lado –ella le sujetó el brazo
cuando pasaba por donde estaba.
–Detenme –alcancé a oír que él le susurró.

67
XV
Edzaid Arciduca

E
n ese instante una nueva voz irrumpió en el lugar,
era la de un señor alto y delgado como de sesenta y
tantos años que comenzó a bajar las escaleras a pesar
de las peticiones de su esposa de no hacerlo.
–¿Qué sucede aquí? No me dijiste que tendríamos
visitas a estas horas, Victoria –dijo el que seguramente era
Edzaid Arciduca, el verdadero padre de don Sebastián.
–Sebastián… ¡Sebastián Olivier! –se adelantó a decir
mi protegido, quien se le acercó al duque para estrecharle la
mano.
–Válgame dios, ¿un Olivier? –preguntó el cansado
hombre–. ¿Y a qué se debe tan honorable visita?
El sanguinario joven le sonrió, y la pasmada duquesa
no dijo nada. Yo solo me quedé sentado ante la chimenea,
contemplando un retrato del duque en su juventud; parecía
que el sujeto fue todo un donjuán en sus mejores épocas. Era
de pelo rubio, ojos azules y con un delgado bigote
dibujándosele sobre la boca.
Ambos, padre e hijo decidieron tomar asiento ante la
chimenea, por lo cual yo me tuve que poner de pie junto a la
duquesa. El duque Edzaid llamó al mayordomo y le pidió
sirviera el mejor de los vinos, un San Olivier seguramente, y
se pusieron hablar de un sin fin de cosas: de sus fortunas, de

68
sus mujeres y de sus habilidades en la caza, pero no fue
hasta un rato más que Sebastián decidió cambiar el rumbo
de la conversación.
–Y dígame, duque –dijo el artero joven al servirse una
ultima copa. – ¿No tiene hijos?
La duquesa vio venir lo peor, pero el duque solo negó
con la cabeza, se burló de la infertilidad de su mujer y dijo
que ese asunto no le interesaba en lo más mínimo.
–Ah, no me diga –reaccionó Sebastián, y se paró. – ¿Y
qué me dice de aquel niño que tuvo con la gitana Minerva?
Edzaid Arciduca se atragantó con el vino, le preguntó
que como sabía sobre eso.
–No me diga que tampoco sabe que ese niño está vivo
–hizo saber al dar el ultimo trago–. También me va a decir
que no sabe que ese niño fue adoptado por una familia, y
que actualmente es alguien muy poderoso. ¿No lo sabía,
verdad?
–¿De qué me está hablando, Olivier? Y si así fuera,
¿este asunto en que le compete? –espetó el duque.
–Es verdad –se interpuso la duquesa–. Será mejor que
se marchen –ella nos ordenó al tomar la mano de su marido.
–Así que tampoco no reconocería a su propio hijo
aunque lo tuviese frente a usted… ¿eh?
Sebastián hizo caso omiso de las peticiones y siguió
hablando.
–Llegue al punto, Olivier, y márchese después –
ordenó Edzaid.
69
–¿No me reconoces, padre…? –preguntó Sebastián.
El duque de Alcabarre no pudo seguir hablando
debido a la impresión.
–Eres basura como lo era ella también –rugió el terror
Olivier; sacó su pistola y la apuntó a su verdadero padre; le
dijo todo, todo sobre como y con quien había crecido,
además de cómo asesinó a la madre que lo adoptó y que en
realidad era su tía.
Otra vez cerré los ojos y me tapé los oídos. Para
cuando los abrí Sebastián ya había acabado con la vida del
duque y su esposa, (el mayordomo no hizo más que salir
corriendo). Don Olivier le apuntó con su arma, pero esta ya
no tenía carga, así que me ordenó a mí hacerlo. No tuve de
otra; mi bala le entró por la espalda y lo mató.
–Había olvidado que solo puse tres tiros en el arma de
mi padre; dos para ellos y otra para Minerva. Ya no hay
nada que hacer aquí…
Cuando don Sebastián dijo eso reconocí la pistola, era
de la reliquias en la colección del amo Ezequiel.

70
XVI
El regreso y la violación

N
uestro viaje de regreso nos tomó casi cuatro días,
esta vez estábamos muy agotados, y la
desesperación del amo por dejar el menor rastro
posible de su estancia en Alcabarre y aledañas le hizo
detenerse en lugares desolados. Acampamos cerca de Mar
Tinto, justo entre los viñedos de la familia, en plena noche;
ha sido el frio más abrumador que sintió mi cuerpo, no
pudimos encender una fogata por lo delicados que eran los
arboles.
A nuestra llegada a la gran casa, viernes en la noche si
aún tengo memoria y tras haber dejado atrás también los
cafetales, los únicos que supieron de nuestra llegada fueron
el amo Santiago y la nueva mucama, Giannina, quienes para
sorpresa de Sebastián se mantenían muy juntos y solos en la
cocina.
–Que marca tan interesante tienes en el pie, Santiago –
dijo Giannina al descalzo don Santiago, refiriéndose al lunar
en forma de pasa en su pie derecho, y al que Sebastián
siempre hizo burla desde chico.
–Es una marca de nacimiento –le dijo él–, la heredé de
mi madre –añadió.
–Dicen que doña Marcela fue muy hermosa –comentó
la muchacha.
–¡Si, mi madre era bellísima en realidad! –los
interrumpió Sebastián, quien entró desde el oscuro pasillo
71
donde los habíamos estado escuchando; yo me quedé en las
sombras, pero supuse que su hermano probablemente dedujo
que me hallaba ahí.
–¡Sebastián! –saltaron y se separaron.
–Perdona, no nos dimos cuenta. ¿Cuándo llegaste? –
preguntó don Santiago con cierto susto.
–Hace unos minutos, “Santi” –le contestó don
Sebastián–. Veo que se llevan de maravilla ustedes dos –
continuó.
–Claro, “Seb” –aseguró el señorito Santiago muy
feliz–. Giannina y yo iremos mañana a la cascada Olivier.
–No me digas. Que tierno, los felicito –dijo Sebastián
con cierta benevolencia, aplaudiéndole a su hermano por el
logro que había hecho con la mucama.
Santiago le preguntó como le había ido en el viaje,
Sebastián le dijo que la visita a Calabastre para ver nuevas
tierras le había resultado muy satisfactoria, era de esperarse
que no le dijera la verdad de lo que hizo, ni a donde lo hizo.
–Giannina, ¿mi recamara fue arreglada durante mi
ausencia? –mi señor cambió radicalmente de tema.
Giannina puso cara de espantada, dijo que sentía haber
olvidado eso y se dispuso a ir a arreglarla cuanto antes,
Santiago no objetó en lo más mínimo, se despidió de ella y
de su hermano y les deseó buenas noches, pero Sebastián me
pidió seguirlo cuando salió de la cocina para alcanzarla.
Nuevamente tenía algo en mente, algo que tampoco me
gustaría.
La puerta de su recamara estaba entreabierta, la luz
ambarina que provenía de adentro iluminaba tenuemente el
oscuro corredor del ala oeste, donde solo Sebastián habitaba.
72
Mi señor la empujó para entrar y me pidió cuidar para que
nadie se acercara, que no importaran los gritos, no debía
permitir el paso a nadie, y la cerró con seguro.
Después de eso solo recuerdo que escuché a través de
la puerta algunas cosas:
–¿Se le ofrece algo, don Sebastián? –con mucho
miedo Giannina le preguntó.
–Recuerdo haberte pedido que omitieras el don –dijo
él.
–Lo… lo siento… Su recamara está lista, puede
descansar –hizo saber Giannina con voz entrecortada.
–No tengo ganas de descansar, ¿y tú? –preguntó él
cuando la hebilla de su cinturón golpeaba contra el suelo.
Para entonces ya se oía junto a ella, muy apartado de
la puerta, de donde solo se alcanzaban a oír los ruegos de la
pobre chica para que no la tocara, pero de nada sirvieron.
En ese instante me sentí tan impotente y con tanta
rabia que deseaba tumbar esa puerta para golpear a mi amo y
sacar a la chica de allí, pero el horror que tan solo su voz me
provocaba previno cualquier tipo de rescate de mi parte, su
reacción podría haber resultado fatal tanto para mí como
para Giannina.
Permanecí afuera de la habitación toda la noche. La
sangre todavía me hervía, pero nada más pude hacer.
Como a es de las seis de la mañana la puerta de la
recamara emitió sonidos, Giannina salió cubierta tan solo
por las sabanas blancas de la cama de mi señor con el
maquillaje corrido de tanto llorar, sentí pena y escalofríos
cuando se me quedó viendo.

73
–¡Ni una palabra de esto! ¿Entendiste? –de pronto
Sebastián la sujetó del brazo.
Ella tan solo lo miró aterrorizada, se soltó y se fue
corriendo de aquel oscuro pasillo.
El engreído de mi protegido solo llevaba su pantalón
desabrochado, me vio y sonrió cínicamente, al parecer le
agradaba que yo supiera que hizo eso, derramaba ego por
todas partes; no era la primera vez que cometía una
injusticia como esa, ya lo había hecho con un sin fin de
señoritas.
–Vete a descansar, en una horas iremos al pueblo –me
hizo saber antes de cerrar su puerta.

74
XVII
La herencia

C
omo no había nadie en la caza mas que los tres
señores Olivier y yo, porque era fin de semana, se
me ordenó preparar el desayuno para los patrones,
quienes bajaron a degustar huevos revueltos, pan con
mantequilla, leche recién ordeñada y jugo de naranja, (como
siempre en la mesa no podía faltar la famosa salsa de olivo),
por lo cual obviamente no me dio tiempo de descansar.
–Muy bien hecho, Julián –me dijo el patrón Ezequiel
cuando leía el matutino de San Olivier; Sebastián y Santiago
estaban sentados cada uno al lado suyo.
–Si, Julián, muchas gracias. Estuvo muy bueno –me
agradeció don Santiago.
Yo estaba parado a un lado de la mesa, por si algo se
les ofrecía.
–Pues yo he probado mejores, me supo muy desabrido
–se quejó don Sebastián al terminarse su jugo de naranja.
Don Ezequiel solo negó con la cabeza y Santiago
dibujó una mueca en su cara.
–Hablando de asuntos con más relevancia, padre –dijo
Sebastián al limpiarse la boca con una servilleta–, ya es hora
de que vayamos viendo lo de la herencia –prosiguió.
Don Ezequiel pareció molestarse.
–Hemos quedado que aún no es tiempo para acordar
nada de eso, hijo –dijo el amo al estrujar el periódico y
entregármelo.
75
–Pero por supuesto que sí, papá. Ya estás
envejeciendo y francamente las producciones del aceite y el
vino han bajado considerablemente sus ingresos para la
familia, no puedo decir lo mismo de la producción cafetalera
porque ahí si me has permitido asesorarte –aseguró en un
tono muy convencido Sebastián.
–Eso que has dicho es hiriente, hermano, discúlpate
con papá –pidió don Santiago.
–No te metas, Santiago –ordenó el señorito Sebastián.
–Si me meto, hermano, después de todo es asunto mío
también –dijo Santiago.
–Por favor, si eres un tonto –rió Sebastián.
–¡Cierren el hocico! –ordenó don Ezequiel–. ¡No
quiero que vuelvan a discutir sobre esto! Y gracias,
Santiago, pero yo sé como cuidarme de tu hermano, no hace
falta que me ayudes. En cuanto a ti, Sebastián, no he
decidido si cambiar o no el testamento, por el momento las
cosas se quedan como lo han estado desde que nacieron;
para Santiago los viñedos, las minas de oro y una mitad de la
hacienda, para ti los cafetales, la producción del aceite de
oliva y la otra mitad del Olival, el resto, la mina de
diamantes, la propiedad en la capital, las embarcaciones y el
dinero en los bancos serán repartidos cincuenta y cincuenta
–puso muy en claro su padre.
–¡Inaudito! –gritó Sebastián–. ¿Cómo se te ocurre
dejarle a Santiago la producción vinícola y las minas de oro?
¡Es un idiota, papá! ¡Nos va a llevar a la ruina!
Una vena palpitaba en su frente.
–Dame todo a mí. Sabes muy bien que yo soy el más
apto para los negocios, Santiago no sabe nada de
76
administración. Si te preocupa que se quede sin nada, por
eso no hay problema, es mi hermano, yo me encargaré de
que no le falte lo necesario.
Se puso de pie, se acercó a su padre y le tocó el
hombro. El líder de los Olivier pareció meditar una
respuesta apropiada y guardó silencio por un rato.
–Eso es imposible, hijo –contestó después–. Me pides
dejar todo a tu nombre; es un insulto a tu hermano, a mí, a la
familia Olivier y a la memoria de tu madre.
–¡¿A la memoria de mi madre?! ¡¿Y ella qué
demonios tiene que ver?! ¡Está muerta, papá, no la metas en
esto! ¡Piensa, recapacita, Santiago va a destruir lo que los
Olivier hemos tratado de sostener por generaciones! –decía
Sebastián al dar de vueltas por todas partes.
–¡Es suficiente, Sebastián, ni una palabra más o me
obligarás a desheredarte! –rugió don Ezequiel.
Sebastián dejó de dar vueltas y comenzó a temblar al
sentir la furia del amo absoluto de la familia.
–¡Ambición, ambición y más ambición, Sebastián,
sigue así y no tendrás nada de lo que deseas! –terminó de
decir, se puso de pie y se marchó del comedor.
Santiago fue el ultimo en dejar su silla, miró a su
hermano, negó con la cabeza y le dijo que dejara de pensar
tan solo en sí mismo, que no era bueno y que a veces era
saludable pensar en los demás y sus necesidades, después se
retiró sobre los pasos de su padre y nos dejó solos. Fue de
las únicas veces que pude ver que ese engreído muchacho de
Sebastián tuvo miedo, miedo de perder la herencia por la
que había hecho todo, pero que la verdad no le correspondía.

77
–Ese infeliz de Santiago –gruñó don Sebastián–. No
sabe con quien se está metiendo, le voy a quitar todo, todo…
primero a su ramera y después la herencia.
Temí que fuera a descargar su furia sobre la única
persona en ese lugar, yo.

78
XVIII
El detective

A
l medio día tuve que servir la comida, pero solo dos
lugares fueron los que se ocuparon en ese comedor
rectangular. Don Ezequiel y don Santiago fueron
los únicos que asistieron; Sebastián se marchó al pueblo
desde lo de la mañana y no tenia hora de regreso, me dijo
que iría a cerciorarse del silencio de la mucama, y que no lo
excusara con su padre ni mucho menos con su hermano.
Mis habilidades gastronómicas fueron nuevamente
aplaudidas por los amos, quienes disfrutaron de pollo con
tomates verdes fritos, pimienta, papas y aceitunas negras, la
especialidad de mi hermana, la antigua cocinera. De tomar
les serví un San Olivier cosecha de bronce de la cava.
–Julián –me llamó don Ezequiel– ¿Gustas
acompañarnos? –preguntó.
Me sentí en una encrucijada; en primera me agradaba
la idea, era un halago, pero en segunda supuse que eso no le
sería nada grato al envidioso Sebastián, después de todo era
su lugar el que me ofrecían.
–Gracias, señor, pero así estoy bien –le dije.
–Como gustes, Julián –continuó comiendo.
–Papá, hoy iré a la cascada Olivier –de pronto dijo
Santiago.
–Perfecto, hijo. ¿Llevarás a la hija de Antonel
Ridiocci?

79
–Acertaste, papá. Giannina y yo iremos a caballo –le
contestó Santiago, quien con seguridad no sabía que su
hermano la había violado.
–Me alegra, hijo –añadió el don.
Su plática sobre la nueva mucama se extendió más de
lo común, Santiago se veía feliz y entusiasmado; ella era la
primera chica a la que invitaba a salir, todo lo contrario a
Sebastián, quien las coleccionaba como trofeos.
–Hasta donde he visto, esa muchacha es buena,
Santiago –alcanzó a decir su padre antes de que Edgardo
Simonel, el veterinario de la hacienda, llegara al comedor.
–Don Ezequiel –nombró el hombre después de
quitarse el sombrero, en son de respeto.
–¿Sucede algo, Edgardo? –inquirió don Ezequiel con
cierto extrañísimo.
–Disculpe la molestia, pero allá afuera hay un sujeto
que dice ser policía, quiere hablar con usted –hizo saber.
Un calor recorrió toda mi columna vertebral, seguido
de un frio inmediato causado por el incesante sudor que
brotaba de mi cuerpo. Esa palabra, “policía”, me estresó por
completo por lo que implicaba.
–¿Un policía? Dile que pase, Edgardo –dio permiso el
don.
El veterinario del Olival no tardó en ir a dejar a ese
bajito y regordete sujeto que vestía chaleco y pantalón
marrón, llevaba una camisa blanca y una corbata mariposa
color crema.
Al igual que Edgardo, el individuo se quitó el
sombrero por educación ante don Ezequiel y su hijo.
80
–Puedes retirarte, Edgardo –invitó don Ezequiel a
retirarse a quien por cierto era otro de los tapaderos de
Sebastián–. Ezequiel Olivier, ¿a qué debemos su visita,
oficial? –se adelantó el amo al ponerse de pie para invitar al
policía a tomar asiento.
–Detective Augusto O Del, gracias por su amabilidad,
don Olivier, pero así estoy bien, gracias nuevamente –
contestó de una manera muy propia.
El padre de Santiago tomó asiento otra vez.
–Señor Olivier, le seré franco; yo soy de esas personas
que prefieren ahorrarse tecnicismos y llegar al grano de una
buena vez –comenzó.
–Me agrada, un hombre directo, si, prosiga –lo invitó
a seguir el patrón.
–Estoy aquí porque me hallo investigando cuatro
asesinatos en el poblado de Alcabarre.
Cuando dijo eso comencé a ponerme tan nervioso y
con tanta ansiedad que el señorito Santiago pareció haberse
dado cuenta.
–Bien –dijo don Ezequiel–. Pero, ¿qué tiene que ver
su visita a mi casa si aquellos crímenes fueron cometidos a
cientos de kilómetros a la distancia? –cuestionó don
Ezequiel.
–A eso iba –dijo el detective–. Señor Ezequiel, ¿En
donde se encontraba la madrugada del martes trece de
diciembre a eso de las dos? –preguntó el hombre.
–Aquí, en mi casa, descansando, oficial –contestó.

81
–¿Tiene alguna prueba?
–Por supuesto, tengo mi palabra, la de mi hijo
Santiago y la de medio San Olivier, ya que el lunes doce a
las diez de la noche yo me hallaba en el palenque de la
ciudad, revisando del pre espectáculo navideño del
veinticuatro de diciembre, la acostumbrada cena de San
Olivier –muy tranquilo le dejó en claro–. Por lo tanto el
martes trece no pude haber estado en Alcabarre, que se
encuentra a tres días de viaje, y mucho menos a esa hora que
usted dijo.
Santiago era tan educado que prefirió no meterse en el
interrogatorio a su papá, pero se veía que las ganas no le
faltaban.
–Dos y queda uno… –susurró el detective al momento
de tachar algo en una libretilla amarilla que sacó de su
pantalón.
–¿Perdón, oficial? –preguntó don Santiago.
– ¡No, nada! –le contestó–. Don Olivier, tengo
entendido que tiene un segundo hijo –añadió sutilmente.
Yo cada vez temblaba más estando al pie de la mesa,
trataba de controlarme para no hacer alguna tontería que nos
echara de cabeza y mí y a don Sebastián.
–Si, Sebastián –aclaró el patrón.
–Ah –exhaló el detective al jalar su mostacho–. ¿Y me
puede decir si el señor Sebastián se hallaba junto a usted y
don Santiago en el palenque del pueblo?
–No –decidió decir Santiago.

82
–De hecho Sebastián estaba de viaje durante esos días
–argumentó don Ezequiel.
–No me diga –dijo con un poco de hipocresía el
detective.
Santiago se lo volvió a afirmar, pero viendo las
intenciones del oficial le dijo que su hermano había ido a
Calabastre por unas tierras en venta, al parecer lo estaba
defendiendo a pesar de su reciente pelea.
–Me harían un gran favor si llamaran al señor
Sebastián Olivier –nos hizo saber–. Me encantaría hacerle
algunas preguntas.
–Lo siento, detective, pero mi hijo salió al pueblo y
dudo mucho que llegue en estos momentos, le recomendaría
viniera mañana temprano –dijo don Ezequiel–. Oh, espere –
llamó al detective antes de que se fuera–. Lo había olvidado.
Tal vez Julián le pueda ayudar para que no tenga que
molestarse en interrogar a mi hijo, no creo que le resulte una
experiencia muy grata.
Los escalofríos regresaron cuando don Ezequiel dijo
eso.
–Este muchacho acompañó a mi hijo en su viaje –
terminó de aclarar el patrón.
–No me diga –saltó el enano oficial–. Señor Julián,
¿sería tan amable de acompañare afuera?
No tuve opción, para no despertar sospechas accedí y
acompañé al hombrecillo afuera de la casa; los amos se
quedaron hablando de lo sucedido y realmente se miraban
indignados con esa incomoda situación.
83
XIX
La humillación de don Sebastián

A
fuera estaba helado, las nubes inundaban mi vista y
un paraje gris lo cubría todo. Los Olivier siempre
dieron gracias porque en la zona nunca nevó, sería
catastrófico para todas las plantaciones, aunque el frio en
verdad era insoportable.
–Contésteme, señor Julián –comenzó el detective
cuando estábamos en las escaleras del pórtico de la gran
casa.
–Julián Fedreira –le dije para tratar de ganar tiempo.
–Claro, Julián Fedreira… ¿A dónde estuvo el martes
trece de diciembre a las dos de la madrugada?
–Me encontraba en Calabastre con el señorito
Sebastián –respondí.
–Si, claro –parloteó–. Y por mera curiosidad, ¿en
dónde se alojaron?
–En… en una posada –le contesté lo primero que se
me vino a la mente.
–Aja… ¿Me podría decir el nombre de esa posada?
Sacó su libreta para apuntar lo que le dijera.
Hice uso de mi memoria y recordé un lugar al que
había acompañado a don Sebastián años atrás en Calabastre,
y se lo dije, y tal como y lo supuse lo anotó, me dijo que eso
era todo y se marchó, no sin antes recalcarme que nos
volveríamos a ver.

84
No perdí el tiempo y corrí a buscar mi caballo para ir
en busca de Sebastián y adelantármele al detective por si lo
localizaba y le preguntaba lo mismo que a mí.
–¡Julián! –escuché cuando me acercaba a la salida de
la gran casa. Era Samuel de la Soledad, el capataz de la
hacienda, que al igual que Edgardo y yo, era uno de los
únicos que no se iban del Olival durante los fines de semana,
ya que allí era nuestro hogar.
–¿A dónde con tanta prisa? –me gritó.
–¡Al pueblo, debo hallar al señorito Sebastián! –le
grité.
Samuel me comentó que venía de allá, que fue por una
diligencia del patrón y que había visto de reojo a Sebastián
cabalgar muy cerca del cementerio, le agradecí por su ayuda
y cabalgué tan rápido como pude para alertarle de lo
acontecido, aunque en verdad no debería, pero yo siempre
cumplía con mi palabra, y eso sería romperla al dejarlo
desprotegido y solo, además de que si se hundía yo me
hundiría también, para ser sincero lo estuve desde que
presencié el asesinato de mi familia y me quedé callado.
Peor aún lo encubrí al decirle a todo el mundo que mi
desaparecido padre las había asesinado; a mi madre y a mi
hermana.
Se me hicieron las siete pasado meridiano y la sabana
nocturna cada vez se hacia más presente. Hasta entonces no
pude hallar a don Sebastián en ningún sitio, lo busqué cerca
del cementerio, en el parque del pueblo y los alrededores de
la propiedad de los Ridiocci, pero nada. Pregunté a varias
personas si lo habían visto y solo recibí negativas, todos
lucían muy raros. El señorito Sebastián estaba desaparecido
85
y yo no sabía si el detective ya lo tenía. Estuve dispuesto a
volver a la gran casa para ver si regresó, pero me topé con
Giannina cerca del palenque, me dijo que venia de los
rumbos del gran árbol de olivo, cerca de donde era mi casa.
Me soltó la verdad de todo con los ojos inundados de
lágrimas; me reveló que Sebastián la fue a buscar a su casa
para prevenir que saliera con Santiago, pero eso no fue lo
desastroso del asunto; el problema real fue que Gabriel, su
hermano, los había escuchado y se había de la verdad, que
Sebastián la violó.
–No fue mi culpa –me dijo ella–. Sebastián quería
propasarse de nuevo y Gabriel se encolerizó. Pudo escapar
en su caballo, pero mi hermano y sus amigos lo siguieron.
No sé si lo alcanzaron, pero cuando lo perseguían todo el
mundo le lanzó piedras y le gritó –me reveló.
Ahí me di cuenta que casi todos a los que les pregunté
que sí lo habían visto me mintieron por lo que les podía
pasar.
–Debe ir a buscarlo –dijo Giannina con cierta
preocupación–. No tengo idea de que puedan ser capaces mi
hermano y sus amigos, pero debe detenerlos. Yo traté, pero
solo pude llegar al comienzo del monte –me aclaró.
Golpeé al animal con mi fusta y como si fuera halcón
volé al gran árbol de olivo que se les imponía a todos en el
monte, pero antes de llegar pude distinguir una silueta negra
venir en mi camino. Detuve mi caballo y esperé a que
estuviera a una distancia prudente para ver si era seguro, y
hasta cierto punto así lo fue.
Sebastián venia sobre Relámpago con el pecho y la
cabeza pegados al pescuezo del animal; se veía bastante
86
herido y sucio. Su corto cabello oscuro estaba despeinado y
empolvado.
–¡Señorito Sebastián! –le grité al momento de
acercármele.
–Demasiado tarde, Julián, como siempre –escupió.
Para su suerte y en cierta forma mi desgracia, Gabriel
Ridiocci y compañía no lo habían matado.
–¿Le duele? ¿Qué fue lo que sucedió? –pregunté.
Me dijo que lo golpearon con rocas en el pueblo y que
fue tumbado de Relámpago por Gabriel cerca del gran olivo,
donde lo apalearon y humillaron. Y sí, se hallaba sumamente
adolorido; le salía sangre de la boca y la nariz, además de
tener raspaduras en ambas manos y los ojos totalmente
morados, signos claros de puñetazos.
–Me logré escabullir porque esos malditos se
emborracharon –aclaró–. Dos se fueron a ese mugriento
pueblo por licor para celebrar que me tenían a su merced,
para sentir que podían pisotearme y tener a alguien poderoso
hincado ante sus indignos pies –parecía que deliraba cuando
regresábamos lentamente a la hacienda y yo cuidaba que no
se cayera del caballo.
–Pero no se va a quedar así –sonrió a pesar del dolor–.
Esos malnacidos la van a pagar muy cara.
Ya estábamos llegando a las entradas de la gran casa.
–¡Ve por Samuel y Edgardo! –repentinamente me
ordenó–. Cuando los tengas diríjanse al granero, ahí
espérenme.
Se adelantó, dejó a Relámpago frente al pórtico y
entró a su casa, no pude decirle lo del detective y en cambio
fui a hacer lo que me pidió.
87
XX
El plan de don Sebastián

A
Samuel de la Soledad Patrono, el capataz, lo hallé
atrás de la gran casa acomodando costales de
fertilizante para los cultivos, le avisé que su
presencia era requerida en el granero por el amo Sebastián, y
acudió. Con el veterinario Edgardo no fue tan sencillo, lo fui
a buscar al establo de los corceles pura sangre de don
Ezequiel, a los gallineros y al estanque de los cisnes, pero lo
hallé descansando en la cochera; dentro de la lujosa carreta
negra que le perteneció a doña Marcela. Lo reprimí y le dije
que fuera de inmediato al granero, me quedé pensando allí
un rato para tratar de descifrar el plan de don Sebastián, pero
solo me imaginé cosas terribles. Después alcancé a los dos
hombres en el lugar acordado y lo esperamos; Samuel y
Edgardo estaban a la expectativa.
Aguardamos cerca de una hora dentro del granero, yo
me senté en un cubo de paja, Samuel se recargó en la pared
de madera y Edgardo se recostó en la demás paja
desperdigada. La luz de dos lámparas de aceite nos brindaba
cierta calma; era un tono muy bello si mal no recuerdo, hasta
cierto punto nos acurrucaba, pero toda esa paz y tranquilidad
fueron truncadas por el despliegue de maldad que provenía
de don Sebastián, quien llegó de una forma prepotente.
–¡Samuel! –gritó al momento de lanzarle una pistola
en las manos al capataz–. ¡Edgardo! –hizo lo mismo–. Tú ya
88
tienes la tuya, Julián –me recordó al momento de
acercársenos.
–Esto le pertenece a don Ezequiel –hizo saber el
capataz.
Sebastián ya se había aseado y limpiado sus heridas.
–Por supuesto, Samuel, pero ahora servirán más que
para adorarlas en esa absurda pared –aclaró el terror Olivier.
–Tienen carga –anunció Edgardo al momento de
inspeccionar su pistola.
–Claro, sino no sirven para matar –aclaró don
Sebastián.
–Yo no voy a matar a nadie –dijo Samuel, quien
decidió entregar su arma a mi amo.
–¿Me estás desobedeciendo, Samuel? –preguntó–.
Jamás pensé tal desacato de tu parte.
–De ninguna manera le quitaré la vida a alguien, es un
crimen de solo pensarlo –dijo Samuel con cierta
indignación.
–¿Ni por dinero, Patrono? –preguntó el sádico
Sebastián antes de que el capataz del Olival abandonara por
completo el granero.
Al escuchar eso, el hombre se detuvo en seco, se
quedó allí un rato y volteó a mirarnos.
–Supuse que esto arreglaría cualquier inconveniente
que tuvieran, respetables caballeros –alardeó tras sacar y
arrojar a Edgardo y Samuel dos bolsitas llenas de San

89
Olivieros de su abrigo, lo mismo que hizo para convencer a
los dos hombres en Alcabarre.
–Es el tripe de lo que ganan al mes con mi padre, y
habrá más si cumplen con lo que les pido.
De nueva cuenta se salió con la suya; Samuel y
Edgardo fueron convencidos por el dinero que les había
ofrecido, era de esperarse que lo hicieran porque en realidad
lo necesitaban. A mi no me tocó nada porque no tenia de
otra, debía obedecer a como de lugar.
Su plan fue bastante claro y conciso: deberíamos
tomar los caballos más veloces, dirigirnos al gran árbol de
olivo y balear sin misericordia a los cinco sujetos que de
seguro seguían allí tomando.

90
XXI
La venganza de don Sebastián

N
o me di cuenta cuando ya habíamos montado y nos
dirigíamos por la parte trasera del monte al lugar
indicado; tomamos el sendero de las piedras, como
le llamaban. Yo iba hasta atrás, Samuel encabezándonos y
Edgardo entre ambos. Las estrellas se elevaban sobre
nuestras cabezas majestuosamente al igual que la enrojecida
luna; el escenario perfecto para un asesinato ordenado por
don Sebastián, quien prefirió quedarse en la gran casa a
esperar.
–El muy cobarde se largó –escuchamos los tres
hombres que desmontamos tras unos arboles para que no nos
vieran.
–Pero recibió su merecido –dijo uno de los cinco
sujetos que se encontraban tomando al pie del gran árbol.
–Te equivocas –dijo el que reconocí de inmediato;
Gabriel Ridiocci, el hermano de Giannina–. Al mal nacido le
falta mucho por pagar –decía entre la borrachez.
–Son solo unos niños… –susurró Samuel–. No
entiendo porque el amo nos ordena esto –continuó.
–Dime, Julián –habló Edgardo–. ¿Ellos tuvieron algo
que ver con los golpes que traía el amo Sebastián? –me
preguntó.

91
Yo solo asentí, mas no revelé el porque de la tan
merecida golpiza al amo.
–Era de suponerse –sonrió.
–Que dios se apiade de nuestras almas –dijo Samuel al
quitarle el seguro a su arma y persignarse.
–Y al mal paso darle prisa –aclaró Edgardo al hacer lo
mismo, caminar a paso firme y acercarse a los cinco
individuos antes que nosotros dos, con el arma
apuntándoles.
–¿Quién es? –preguntó uno de ellos al ver a Edgardo
Simonel acercárseles.
–El veterinario de la hacienda –dijo Gabriel.
Samuel y yo tuvimos que seguirlo, ya no había de
otra.
–¿Qué es esto? –comenzaron a asustarse al vernos
apuntarles.
–¿Así que el collón de Sebastián los mandó a
matarnos? –preguntó Gabriel, sin miedo.
Los tres no dijimos nada, teníamos pena y nos
sentíamos mal con nosotros mismos.
–El muy cobarde –alardeó Gabriel–. Ese bastardo hijo
de puta mandó a sus achichinques a hacer el trabajo sucio –
seguía diciendo.
–¡Silencio! –ordenó Samuel; las manos le temblaban y
la voz se le escuchaba cortada y melancólica.
–Vamos, Samuel, vamos Edgardo, disparen –dijo el
hermano de la mucama.
92
Los otros chicos se pusieron de pie a pesar de estar
alcoholizados. Gabriel se dirigió principalmente a Samuel y
le dijo que había caído muy bajo al obedecer las exigencias
del cobarde Sebastián, le dijo que nunca lo creyó de él,
quien fue el más fiel al correcto amo Ezequiel y a quien su
propio padre, Antonel Ridiocci, lo veneraba como a un
hermano.
El capataz pareció arrepentirse y dio un paso atrás,
Edgardo y yo pretendimos hacer lo mismo, pero un tiro
provino atrás de nosotros. Inmediatamente nos dimos cuenta
que uno de los muchachos había caído muerto con un
disparo en la cabeza cuando trataba de escapar.
–Todo lo tengo que hacer yo –escuchamos una voz
muy familiar acercarse–. Sabía que esto pasaría –llegó
Sebastián sobre Relámpago–. ¡Terminen de una buena vez,
que no se escapen! –gritó al ver que el resto de ellos
pretendían salir corriendo, a excepción de Gabriel, quien se
quedó ahí parado.
No tuvimos de otra, comenzamos a cazarlos como si
fueran conejos y descargamos nuestras pistolas sobre todos
ellos.
–Eres patético –vi que Gabriel le dijo a Sebastián
cuando este se le acercaba sobre Relámpago con el arma que
usó en Alcabarre.
–No –dijo mi amo–. El patético ere tú –sonreía
sádicamente–. Vas a morir ante el caballo que tu estúpido
padre domó para mí, ¿no es irónico? –preguntó.

93
Gabriel solo se quedó ahí sin decir nada, con su
botella de cerveza.
–Quiero que te lleves a la tumba que tu ramera
hermana fue bastante buena en la cama –y disparó sin
misericordia a la sien de Gabriel Ridiocci.
–¡Listo, larguemos de aquí! –se la enfundó y se alejó;
Samuel y Edgardo hicieron lo mismo.
Me sentí tan mal en ese momento que no pude más,
los cuerpos de esos cinco muchachos tirados en el pasto
mojado aclamaban justicia sobre mi cabeza, ya no podía
continuar, ya no, estaba arrepentido, arrepentido de todo, de
las muertes de mi madre y de mi hermana, de las promesas a
la doña, de haber obedecido en todo a los caprichos de
Sebastián y de haber asesinado a gente inocente con mis
propias manos para complacerle, ya era suficiente, la carga
sobre mis hombros me estaba matando y no podía seguir.
Fue ahí, en ese momento en que vi como Samuel y
Edgardo huían tras el amo que lo pensé y todo me quedó
claro.
Viré hacia el árbol y con una valentía como la que
nunca había tenido caminé hacia él, me hinqué y enterré mis
dedos en la húmeda tierra; los hundí lo más que pude y los
retraje para cavar hacia la verdad, una verdad que se me
presentó con un sonido; un sonido que produjo el choque de
mis uñas con el jarrón que muchos años atrás, veinte
exactamente, había enterrado ahí.

94
XXII
Una verdad mortal

Y
a era de madrugada y regresé a la gran casa, no
había rastro ni de don Sebastián ni del capataz ni
del veterinario, al parecer ya se habían ido a sus
respectivos lugares de descanso para pretender que nada
pasó.
Dejé a mi caballo en el granero, caminé alrededor de
la casa y me percaté que en el estudio de don Ezequiel la luz
estaba encendida. No lo dudé y subí por las protecciones de
la ventana de abajo, me asomé para ver si no había nadie;
una vez que me cercioré, entré con mucho sigilo y coloqué
sobre el escritorio la carta que había sacado del jarrón;
inmediatamente salí y me quedé esperando a un lado de la
ventaba, sobre una saliente de la estructura para no caerme,
quería ver cual era la reacción del amo al leerla.

El tiempo que me quedé esperando no fue mucho, don


Ezequiel entró a su oficina con unos papeles en mano y se
sentó frente a su escritorio, sobre su bello y fino asiento de
piel color turquesa. Lo que me di cuenta es que no se había
percatado que en su colección de armas, justo frente a sus
narices, tres puestos lucían vacios, era bastante obvio quien
había tomado las pistolas que los ocupaban, en cambio el
amo se fijó en la carta y puso cara de extrañado; pudo leer
que iba dirigida a su persona. Recuerdo que mi madre le
había puesto al sobre “Para el amo del Olival”.
95
El patrón decidió dejar de lado esos papeles que traía
y se dispuso a desatar la cuerda que sujetaba el sobre, pero
antes que hubiera podido la puerta se abrió.
Sebastián había entrado al estudio con una manta
blanca en las manos. Al parecer no sabía que su papá se
hallaba ahí y tan solo se quedó paralizado.
–Sebastián –dijo don Ezequiel al deducir que su hijo
traía las armas que hacían falta en su colección.
–Papá, solo traía tus… –dijo con cierto susto.
–Pistolas –completó la oración el amo absoluto del
Olival, quien le preguntó a su hijo sobre que era lo que había
hecho con ellas.
–Practiqué mi tino, padre –dijo su hijo.
–¿A mitad de la noche y con tres tipos diferentes de
pistolas, Sebastián? –cuestionó don Ezequiel.
–Claro –reiteró don Sebastián.
Su padre se puso de pie y le dijo que era algo bastante
absurdo y que no lo podía creer, también le dijo que en el
transcurso del día, cuando se hallaba visitando el pueblo, un
sujeto que decía ser detective fue a la casa para investigar
unos asesinatos.
–¡¿Y eso qué demonios tiene que ver conmigo?! –se
exasperó su hijo.
–No lo sé, Sebastián, ¿y tú? –inquirió su padre.
–Esto es inaudito. Cree lo que se te plazca –dijo
Sebastián con indignación antes de retirarse corriendo y
soltar la manta blanca con las pistolas.
Don Ezequiel pareció querer ir tras su hijo para
continuar con eso, sin embargo, nuevamente enfocó su
interés en la carta; tomó asiento y terminó por abrirla. Yo
96
me asomé un poco más para ver cual era su reacción al saber
que Sebastián no era su hijo.
Conforme la leía y se iba enterando de todo, su rostro
comenzaba a mostrar incredulidad; recuerdo que con su otra
mano apretó el sobre tan fuerte que lo compactó demasiado.
–¡Padre! –llegó Sebastián nuevamente, yo me hice
para atrás para que no me viera–. Debemos aclarar esto –
dijo, pero el amo Ezequiel pareció no hacerle mucho caso,
en cambio se puso de pie mientras Sebastián daba absurdas
excusas.
–Ya basta, Sebastián –decía don Ezequiel–. Estoy
enterado de todo –cuando dijo eso Sebastián cerró la boca–.
Ahora sé quien era mi esposa en realidad y que uno de
ustedes no es mi hijo –aclaró el amo al agitar la carta con su
mano y mostrársela al infame Sebastián.
–Toda mi vida he cargado con esta duda, pero ya no
más –dijo don Ezequiel, sin embargo, Sebastián no le
permitió seguir; rápidamente se agachó, tomó una de las
armas y le disparó a su padre, quien golpeó el suelo con tres
tiros en el pecho.
De pronto una voz se oyó, Santiago llamaba a su papá
desde alguna parte de la casa y cada vez se oía más cerca,
Sebastián no tuvo de otra, soltó el arma y se fue de ahí. No
perdí el tiempo, crucé la ventana y fui directo a la carta, era
mi única prueba contra Sebastián ahora que su padre había
muerto, pero en eso llegó Santiago.
–¡Papá! –gritó al momento de derrapar sobre el suelo
hacia su papá–. ¿Fuiste tú? –me inquirió cuando ya había
tomado la carta, yo no supe que hacer ni decir, su mirada era
de dolor e incredulidad.
97
–¡Papá!
Otra voz se escuchó a espaldas de don Santiago. Era el
maldito de Sebastián, quien pretendió hacer como que no
sabía nada.
–Tú, desdichado –ladró con tanta rabia al ver la carta
entre mis dedos–. ¡Mataste a mi papa! –me gritó cuando
pretendía tomar nuevamente el arma, pero corrí a la ventana
y salté. Después me dirigí lo más rápido posible al granero
para ir por mi caballo y huir.

98
XXIII
Mi traición, mi paga

A
brí la puerta del granero de una patada, no había
tiempo para quitar los seguros; fui a donde estaba
mi caballo y decidí sacarlo inmediatamente, tenía
pensado huir a la capital, pero como si fuera una saeta, el
terror Oliver llegó y se interpuso en la salida con aquella
flamante pistola. Se me acercó lentamente y me amenazó,
me preguntó el porque de mi traición al haberle dado a su
padre aquella carta. Se veía furioso como nunca. El maldito
parecía un diablo recién parido del mismísimo infierno.
–¡Dame esa carta! –rugió.
–No es mía, yo no la escribí, le pertenecía a su padre –
le dije.
–Y si no fuiste tú, ¿Quién diablos la escribió?
–Mi madre –le contesté–. Yo no la he leído, pero está
de más saber que aquí se dice quien no es el verdadero hijo
de los Olivier –aclaré antes de correr hacia él para quitarle el
arma, pero inmediatamente un calor invadió mi pierna y me
tumbó al suelo, Sebastián me había disparado.
–¿Me creíste tan compasivo, Julián? –me preguntó–.
Tú más que nadie sabes que no lo soy, y por eso mismo, que
por tu traición, te voy a matar y te voy a culpar de todo. Una
vez muerto tú, ya nadie sabrá la verdad de nada, esa será tu
paga –sonrió al apuntarme a la cara, directamente entre los
ojos.

99
–Adiós, Julián, me serviste de mucho, pero ya no te
necesito –dijo antes de poder presionar el gatillo.
Cerré los ojos y pretendí nada, tal y como cuando
asesinó a sus padres, sin embargo, antes de hacerlo, alguien
apreció en el lugar y se abalanzó hacia Sebastián, quien
chocó contra el suelo y soltó la pistola, la cual se deslizó y
se internó por una rejilla de metal en el drenaje.
–¡No te lo voy a permitir! –gritó su hermano Santiago.
–Quítateme de encima, imbécil –ordenaba Sebastián
al momento de intentar golpearlo.

100
XXIV
Riña entre hermanos

A
mbos rodaron por el piso para acercarse lo más
posible al arma. Yo únicamente trataba de ponerme
de pie para huir, pero mi herida me lo evitaba y el
dolor era cada vez más insoportable.
Todavía tengo en la cabeza el reflejo de las lámparas
en mi sangre, cosa que me aterraba y me provocaba
escalofríos.
Sebastián nuevamente había tomado el control, le
propinó una fuerte patada a su hermano en el estomago y lo
sujetó del cuello, Santiago comenzaba a verse color azul
debido al apretón, estaba sintiendo la furia del terror Olivier,
quien no se dio cuenta cuando dos hombres llegaron al lugar
y lo sujetaron para separarlo de su hermano.
El infeliz ordenaba que lo soltaran, pero ellos, Samuel
y Edgardo no se lo cumplieron. Le pidieron que terminara
con sus fechorías y le aclararon que nunca le permitirían
tomar la vida de don Santiago, este último se pudo poner de
pie y corrió hacia mí, le dije que lo sentía enormemente,
pero él me pedía que no hablara, recuerdo que era una
persona que transmitía mucho calor y calma a pesar de todo
eso. Su rostro era muy apacible.
–No sigas hablando –me dijo entre los gritos de
Sebastián–. Lo he escuchado todo, Julián, tú no fuiste el que
le quitó la vida al pobre de mi padre –me dijo, pero yo me
sentía fatal.
–Llamaremos a un doctor, después nos lo dirás todo –
aseguró antes de percatarnos que el capataz y el veterinario
101
habían perdido a Sebastián, quien corrió en círculo y arrojó
ambas lámparas de aceite al piso.
Como si fuera un huracán, la cortina de fuego se
expandió con tanta rapidez entre la paja y la madera del
granero que emitió un sonido aterrador.
–¡Samuel, Edgardo, ayúdenme! –vociferó don
Santiago–. Hay que sacarlo de aquí –continuó diciendo
cuando llegaron con nosotros, sin embargo, de Sebastián ya
no había rastro, se había perdido entre las llamas y el humo.
–Perdónenos por favor, señorito, hemos pecado
terriblemente –dijo el religioso Samuel a Santiago mientras
se disponían a cargarme.
–Yo no te debo perdonar de nada, Samuel, luego
hablaremos de eso –aclaró el bondadoso don Santiago, quien
era todo lo contrario al desalmado Sebastián.
Ya faltaban unos cinco metros para llegar a la salida
cuando recordé que algo me faltaba. Revisé mis bolsas y me
percaté que había perdido la carta que probaba quien no era
el verdadero heredero de los Olivier. Les pedí esperar y que
regresáramos, pero el fuego ya había invadido casi todo el
lugar.
–Debemos hallarla –dije entre los relinchares de los
asustados caballos.
–No hay tiempo, salgamos de aquí –dijo don Santiago,
pero cuando nuevamente girábamos hacia la puerta alguien
se nos interpuso.
–No van a ningún lado –vimos a Sebastián con la
pistola en sus manos.
Sin siquiera darnos aviso, Sebastián disparó dos veces
el arma, el señorito Santiago y yo después nos percatábamos
que Samuel y Edgardo cayeron al suelo con un tiro en el
102
pecho cada uno. Santiago me sujetó antes de que yo también
cayera.
Sebastián se veía desquiciado y satisfecho; el muy
infeliz parecía verterse de dicha cuando asesinaba a sangre
fría. Su hermano y yo pudimos ver gran ansiedad por
matarnos, pero yo simplemente hice lo que aprendí cuando
aquellos hombres mandados por doña Marcela mataron a mi
familia, me privé totalmente y esperé el final. Mi único
escape de la espantosa realidad.

103
XXV
El mal siempre cae por su propio peso

U na biga de madera sucumbió a las llamas y casi nos


aplastó, don Santiago estaba cada vez más urgido
por salir del lugar y su hermano por evitarlo, quería
vernos sufrir lo más posible antes de aniquilarnos. De
pronto, una temible explosión se emitió tras nosotros, el
techo se estremeció y casi se nos vino encima por completo.
Una tabla golpeó el hombro de don Santiago y nos tumbó al
suelo. Sebastián se nos acercó con cuidado y se despidió de
nosotros, ahora si íbamos a morir.
–¡Alto! –gritó alguien atrás de él, en la entrada–.
¡Detective Augusto O Del! –aclaró el rechoncho sujeto–.
¡Está arrestado, don Sebastián, baje el arma! –le gritó, pero
el mugroso Sebastián giró y le disparó al hombre.
Este no sucumbió tan fácilmente, hizo lo mismo y le
dio a don Sebastián en la mano con su arma. Yo me apresuré
a ponerme de pie con ayuda de don Santiago para salir, sin
embargo, pude ver al animal maldito dirigirse a la pistola, su
hermano le dio una patada para alejarlo de ella y yo la tomé.
Ambos, don Santiago y yo nos dirigimos a la salida
caminando lentamente hacia atrás, teníamos muy en cuenta
que no había que darle la espalda a ese desdichado.
–¡Desgraciados! –nos gritó al írsenos encima. Yo
estaba temblando, pero eso no me evitó hacer lo que hice, le
disparé al pecho cuatro veces seguidas, cosa que lo hizo
detenerse y caer antes de que el fuego llegara a donde
estaba.

104
Santiago me ayudó a salir del lugar junto al herido
detective antes de que todo el granero se viniera
completamente abajo.

105
XXVI
Lo que le sigue a la tormenta

E l alba se nos mostraba poco a poco, el fin de la


oscuridad en todo el sentido de la palabra había
finalizado, un nuevo día se nos hacia presente y don
Sebastián ya no estaba ahí para arruinarlo. Don Santiago, el
detective y yo permanecimos frente al granero para
cerciorarnos de que nadie había sobrevivido, y así fue, lo
único que pudimos ver fueron los escombros y el humo salir
de la madera tatemada.
El sereno ya se había roseado y los últimos vestigios
de fuego que quedaban comenzaron a extinguirse.
–La policía ya viene en camino –dijo el detective–.
Usted, Julián, tiene que rendir cuentas –me dijo al momento
de presionar su herida en el brazo para que no le siguiera
sangrando, y se retiró.
–Debemos hallar la carta –le dije a don Santiago,
quien me dijo que era muy poco probable hallar algo entre
toda esa destrucción.
–El fuego lo devastó todo –dijo cuando nos
acercábamos a las ruinas del granero–. Inclusive será poco
probable hallar el cuerpo de mi pobre hermano.
Se veía bastante triste a pesar de que en realidad
Sebastián no era su hermano y mucho menos alguien por el
que se deberían derramar lagrimas.
–¿Ahora qué sucederá? –le pregunté.

106
–Supongo que juicios, Julián –me aseguró–. Juicios
tanto para ti como para mi –completó con cierta
despreocupación.
Yo le dije que él no tenia porque ir a juicio, pero él me
dijo que era algo inevitable, debía ver lo del testamento y
después luchar contra las demandas que la familia Olivier
había acumulado al paso de tiempo.
Al cabo de un rato la policía llegó; buscaron entre el
destruido granero a algún sobreviviente, pero no hallaron
nada, en cambio me esposaron y, a pesar de mi herida en la
pierna, me colocaron de una manera ruda en una carreta para
llevarme ante la justicia.
Don Santiago se quedó ahí solo. Pude ver antes que se
me perdiera de vista que caminó tristemente hacia su casa,
estaba, al igual que yo, todo cubierto de cenizas y manchado
de sangre.

107
XXVII
La carta de mi madre

Estimado don Olivier:


Con gran pena escribo esta carta para revelarle esto que tengo tan
arraigado dentro de mí, y que mi corazón no puede seguir manteniendo en
secreto, ya que usted siempre ha sido una gran persona con todos nosotros
y se merece la verdad y nada más que la verdad.
Como bien sabe, ayer usted tuvo dos hijos, dos hermosos bebés
junto a la doña, si, pero déjeme revelarle que uno de ellos nació muerto, los
dos eran gemelos. Y aunque me encuentre traicionando a la doña, usted
debe saber que antes de que fuéramos a perder el cadáver de su hijo llegó
Minerva, la gitana, quien traía a un niño recién nacido también, y quien
pretendió desde el principio cambiarlo por el bebé que su esposa perdió.
Pensé que eso jamás pasaría, pero pasó, recordé que yo misma
averigüé que su esposa era hermana de aquella gitana, las sorprendí hace
tres años ahí mismo, en el granero, conversando sobre el regreso de las
tierras a sus manos. La señora lo supo y me obligó a guardar el secreto,
así como también a nunca revelar la verdad sobre ese bebé que en realidad
es su sobrino.
Temo por mi vida y la de mi familia, es por eso, que si algo nos
llega a pasar, quiero que sepa que el bebé que esa mujer le entregó a la
doña tiene un lunar en forma de pasa en el pie derecho, tal cual y como el
de la patrona, pero eso no es raro, ya que Minerva es su hermana y puede
que ella también lo tenga, en cambio su verdadero hijo, señor, no nació con
esa marca tan característica de los Invasórure.

Con dolor y pena, Natalia Fedreira.

108
XXVIII
El veredicto

–Y eso es todo –dije a los ocupantes de aquel salón


con paredes caoba en el que me encontraba.
–Señor Fedreira –dijo un hombre que estaba de pie
frente al estrado donde me hallaba declarando–. Lo que nos
quiso decir con toda esta historia que nos contó, ¿es que don
Santiago Olivier no es hijo de don Ezequiel y Marcela
Olivier? –me preguntó al señalar a don Santiago, quien
estaba sentado en las butacas de aquel lugar, junto a varias
personas, entre ellos Antonel Ridiocci.
–Eso decía la carta –le dije cuando noté a una
enigmática mujer con sombrero blanco retirarse del lugar sin
siquiera llamar la atención.
–¿Y nos podría decir si recuperó esa carta? –me
preguntó.
–Por supuesto, aquí tengo lo que ha podido ser
rescatado del fuego –le dije al sacarla de mi chaqueta–. El
señorito Santiago ya la ha leído y lo ha confirmado, él es el
verdadero hijo de Edzaid Arciduca y Minerva Invasórure,
no Sebastián, como todos creíamos –le dije al abogado de la
fiscalía, quien representaba a las familias de los asesinados y
a las empresas que querían apoderarse de la fortuna Olivier.
El la tomó y leyó lo que quedaba en la hoja quemada,
con eso era suficiente para aclarar la situación.
–Eso es todo –dijo el fiscal antes de irse y tomar
asiento.

109
–¡Un receso de diez minutos! –gritó el juez al hacer
sonar su martillo–. Después se dará paso al veredicto con
todo lo que hemos escuchado de ambas partes.
Recuerdo que bajé del estrado y me dirigí al abogado
que me había impuesto el estado mayor para poder
defenderme. Me dijo que a pesar de haber dicho todo y de
mi muy aparente arrepentimiento, no era muy seguro que
saliera libre, que lo más que podía hacer era conseguir una
condena de veinte años por asesinato en primer grado y
conspiración. Recuerdo que durante esos diez minutos pude
ver al detective O Del llegar para presenciar la condena;
tenia el brazo donde le dispararon vendado y se le veía
enojado.
Cuando el receso terminó y se me pidió ponerme de
pie, mi abogado lo hizo conmigo y esperamos la decisión del
jurado, quienes me veían de una manera muy rara.
–Después de tanto deliberar –comenzó a decir una
mujer de pelo rizado color rojo–. El jurado encuentra al
acusado Julián Fedreira… –continuó.
Ese instante, ese momento anterior a decir el veredicto
me pareció eterno.
–…inocente de los cargos que se le imputan –terminó
de decir.
Reproches y habladurías se desataron entre los que
asistieron.
–¡Inconcebible! –gritaba la fiscalía.
–Sin embargo… –volvió a hablar la mujer–. El señor
Fedreira deberá realizar trescientas horas de trabajo
comunitario y asistir semanalmente a terapia –aclaró.
La cara de mi abogado lucía igual de sorprendida que
la de todos, ni siquiera él se esperaba ese resultado tan
110
satisfactorio para mí. Parecía que me los había ganado con
todo lo que conté, siempre procuré presentarme como una
victima más del intimidante Sebastián Olivier, como mi
defensor y yo lo habíamos planteado.
Las puertas del juzgado se abrieron y me dejaron salir,
caminé hasta la calle, por entre los insultos y las negaciones
de varios y me alejé varias cuadras para disfrutar de mi
libertad, ya nada podía tumbarme de mi pedestal.

111
XXIX
Liceo Akesios

–Bien hecho, Julián –escuché a mis espaldas cuando


caminaba en la acera atestada de transeúntes que entraban y
salían de todas partes. Incontables vehículos a motor y
carretas se mezclaban en la encharcada calle.
Giannina provenía de un lugar que se llamaba
“Cafetera San Parnopio”; llevaba un hermoso abrigo café
con botones crema sobre un vestido color hueso y un
sombrero blanco, la verdad no era la ropa que acostumbraba
usar, simplemente se miraba como una mujer de sociedad
con aquellos aretes y collar de perlas.
–Te vi salir antes de se que acabara el juicio –le dije.
Ella me tomó del brazo y caminamos entre la gente
que transitaba por la capital en aquel gris y frío lunes.
–Para qué quedarme, ya sabía cual iba a ser el
veredicto. Todo resultó de maravilla, fuiste espectacular
contándolo todo como lo contaste –aseguró.
Cuando llegamos a la calle St. Junieth esquina con
Santa Gloria una carreta negra se estacionó frente a
nosotros; los dos choferes ordenaron a los caballos detener
el paso, uno se bajó y nos abrió la puertezuela para que
subiéramos.

112
–Gracias –dijo Giannina cuando la ayudé a subir,
después entré y el chofer se dispuso a cerrarla, pero una
persona que ya venia adentro se lo evitó.
–¡No maltraten a mi caballo con esas riatas, bestias! –
dijo una voz engreída y presuntuosa a los choferes, después
la mano de aquella persona la cerró.
La oscuridad reinaba dentro de aquella lujosa carreta,
las cortinas negras tapaban las ventanillas y escondían al
individuo que estaba justo en el asiento al que dábamos la
cara.
–No pudo haber resultado mejor –nos dijo con dicha.
Giannina sonrió y se lanzó al sujeto para abrazarlo
cuando la carreta ya empezaba a moverse.
–Eres tan listo, mi vida –decía ella en repetidas
ocasiones.
–Estoy consiente, mi amor. ¿Y tú no, Julián? –me
preguntó él con cierto orgullo.
–Si. Hacer creerle a todos de su muerte fue lo más
inteligente que pudo hacer, don Sebastián –le contesté a mi
amo, quien había planeado todo junto a Giannina y a mi la
noche de la supuesta violación. Y que escapó del granero
junto a Relámpago por la puerta trasera antes de que el
fuego lo quemara todo. Con respecto a los cuatro tiros que le
di, es bastante obvio, bajo su camisa traía una red de metal.
–Ah, ah… No más don Sebastián, ni mucho menos
Olivier, de ahora en adelante soy Liceo, Liceo Akesios –me
dijo cuando salía a la poca luz que atravesaba las cortinas.

113
Se hallaba muy aseado, perfumado y elegante; vestía todo de
negro y llevaba unos guantes de piel oscura. Las marcas de
su golpiza se habían esfumado por completo.
–Liceo Akesios, me gusta, bebé –dijo Giannina tras
acurrucarse a su lado.
Pasamos por donde estaban los juzgados y vimos a
Santiago y a varios de los del jurado, (estos últimos
sobornados), la defensa y la parte acusadora, mayormente
comprendida por los abogados de las empresas que se
querían adueñar de todas las propiedades de los Olivier. El
rechoncho detective también salía del lugar con su brazo
vendado; se lo captaba totalmente indignado, siempre quiso
que se me encarcelara al menos a mí, ya que presuntamente
Sebastián había muerto.
–Míralos, tan apartados de la realidad. No tienen idea
–se burló don Sebastián, ahora don Liceo–. Por el que más
lo siento es por el pobre de Santiago, cuando sepa que se
quedó sin casi nada le va a dar un ataque.
–Pero, ¿qué no le dejaste algo como habíamos
acordado tú y yo? –preguntó Giannina al repujar los labios
para darle un pico a don Liceo Akesios.
–Por supuesto, no soy tan desalmado, querida, pero ya
no será lo mismo –aclaró.
Me di cuenta que don Santiago se le quedó mirando a
la carreta cuando pasaba cerca. Pudiera ser que la vio muy
sospechosa o que reconoció a los presuntamente fallecidos
Samuel y Edgardo, quienes venían como aquellos choferes
a los que grandes sombreros les ocultaban las caras.
114
XXX
Lo de los Olivier solo es de los Olivier

D on Liceo dijo que se encargó de todo el papeleo


durante el periodo de investigaciones y el trascurso
del juicio, ya que en ese tiempo todos pusieron su
atención en averiguar los chismes de la familia Olivier.
–Mientras las empresas y el gobierno se encargaban
de esperar un veredicto y la resolución del testamento, me
tomé la libertad de utilizar unos documentos que mi padre
había guardado para el peor de los casos, ósea que tuviera
que perderlo todo, así que vendí prácticamente el patrimonio
de los Olivier a magnates de otros países, los pobres ilusos
no tenían ni la más mínima idea que los negocios de la
familia estaban por quebrar y que pasarían a formar parte del
gobierno e instituciones privadas. Me dieron su dinero y
firmaron los recibos a nombre de mi difunto padre, al
parecer el apellido Olivier los deslumbró –platicó don Liceo,
quien también dijo que depositó el dinero en múltiples
bancos internacionales bajo su nuevo nombre.
–¿Y qué pasará con todo eso que compraron? –
preguntó Giannina.
–No tengo ni la menor idea, querida. Solo sé que
habrá un montón de juicios, pero lo importante es que para
entonces nos encontraremos en medio oriente disfrutando de
nuestra fortuna cotizada en dos billones –alardeó el que
seguramente siempre sería mi amo, no había escape.
–El único que podrá estar tranquilo de eso hasta cierto
punto será Santiago, le dejé las plantaciones de café que

115
estaban a mi nombre y libres de deudas, con eso le bastará –
añadió.
Con un valor quien sabe sacado de donde me atreví a
preguntarle cuales eran sus planes. Él me dijo que tenía
pensado adquirir una casa con unas cuantas decenas de
habitaciones y comenzar nuevos negocios bajo el apellido
Akesios, que no me preocupara, yo siempre estaría a su lado
y no me faltaría nada, me lo había ganado por mi lealtad
incondicional; ahora si podría tener el tiempo del mundo
para casarme y tener los hijos que quisiera.
–Sé que mi madre estaría contenta si me viera en estos
momentos –dijo el antes llamado Sebastián al servir en tres
copas un San Olivier cosecha de oro que venia bajo su
asiento.
–¡Brindemos por doña Marcela Olivier, quien siempre
dijo con orgullo, “Lo de los Olivier solo es de los Olivier”!
Y juntamos copas cuando la carreta se dirigía por el
camino que finalmente nos llevaría a las afueras del país.
Giannina tocaba su vientre y se la veía radiante, estaba
embarazada y eso la alegraba enormemente.

116
No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted
vivo de ella.

_Elbert Hubbard (1856 – 1915).


I

Un heredero imprevisto

Pág. 11

II

La injusta doña Marcela

Pág. 17

III

La maldad se oculta en lugares inesperados

Pág. 21

IV

Y pagó por todos sus pecados con lo que más quería

Pág. 28

El acuerdo de sangre se rompe

Pág. 31
VI

La ira de un hijo

Pág. 35

VII

Tras la muerte de la doña

Pág. 39

VIII

La nueva mucama

Pág. 43

IX

Santo Dios

Pág. 47

Kotel

Pág. 51

XI

“Ishtari 23.87, en enero”

Pág. 55
XII

Drabarimós

Pág. 57

XIII

Cabos sueltos que deben ser atados

Pág. 60

XIV

La complicidad

Pág. 64

XV

Edzaid Arciduca

Pág. 68

XVI

El regreso y la violación

Pág. 71

XVII

La herencia

Pág. 75
XVIII

El detective

Pág. 79

XIX

La humillación de don Sebastián

Pág. 84

XX

El plan de don Sebastián

Pág. 88

XXI

La venganza de don Sebastián

Pág. 91

XXII

Una verdad mortal

Pág. 95

XXIII

Mi traición, mi paga

Pág. 99
XXIV

Riña entre hermanos

Pág. 101

XXV

El mal siempre cae por su propio peso

Pág. 104

XXVI

Lo que le sigue a la tormenta

Pág. 106

XXVII

La carta de mi madre

Pág. 108

XXVIII

El veredicto

Pág. 109

XXIX

Liceo Akesios

Pág. 112
XXX

Lo de los Olivier solo es de los Olivier

Pág. 115
Marcela Olivier, Ezequiel Olivier, Sebastián Olivier,
Santiago Olivier, Rebecca Olivier, Julián Fedreira, Natalia
Fedreira, Iliana Fedreira, Minerva Invasórure, Giannina
Ridiocci, Gabriel Ridiocci, Antonel Ridiocci, Samuel de la
Soledad Patrono, Edgardo Simonel, Dr. Ésmero Cantaral,
Duque Edzaid Arciduca, Duquesa Victoria Arciduca,
Detective Augusto O Del.
Akesios: (Ακεσιος, “sanador”), bajo el nombre que era
adorado el dios Apolo en Elis, donde tenía un templo en el
ágora

Drabarimós: Es la costumbre gitana de salir a adivinar la


suerte para obtener en cambio dinero o cosas.

Ihtimya: «Los gitanos tienen muchas fiestas que celebran en


manera especial. Una de ellas es Ihtimya, el día del niño.
Quienquiera tenga un primogénito varón, debe buscar un
gallo y matarlo en la mañana. Debe esparcir la sangre
alrededor de toda la puerta de la casa. Este es un precepto
que dejó el Señor. Él dijo que si no lo hacen, Él castigará
toda casa donde un niño varón haya nacido».

Invasórure: Apellido de los gitanos que poseen las


condiciones socioeconómicas más precarias (andan
descalzos y sus carpas y vehículos son muy antiguos).

Ishtari: Astarté (en fenicio Ashtart) es la asimilación fenicia


de una diosa mesopotámica conocida por los sumerios
(religión mesopotámica) como Inanna e Ishtar por los
acadios. Fue llamada Astaroth por los israelitas.
Representaba el culto a la madre naturaleza, a la vida y a la
fertilidad, así como la exaltación del amor y los placeres
carnales. Era virgen a pesar de ser la divinidad de la
fecundidad y del amor sensual.

De igual modo, era también una fuerza de marchitamiento,


carestía y muerte. Con el tiempo se tornó en diosa de la
guerra y recibía cultos sanguinarios de sus devotos. Se la
solía representar desnuda o apenas cubierta con velos, con
una flor en una mano y una serpiente en la otra, y de pie
sobre un león.

Kotel: Muro Occidental (también conocido como Muro de


los Lamentos, o en hebreo, Kotel Hamaaraví), en Jerusalén.
– Nombre de un poblado en Bulgaria.

Liceo: (Λυκειος, “luminoso”), nombre para el dios Apolo en


el contexto de divinidad del sol o de la luz.

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