Historia corta #13

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El regalo de Daniel
Traducido por: Staff Saga Oscuros Via: Lauren Kate – Fallen Books Australia

Daniel se despertó en una cama de peonias marchitas. La luz de las estrellas se filtraba a través del dosel que formaban los robles por encima de su cabeza. Su cuerpo estaba rígido y frio, acurrucado alrededor de un pequeño muñón de árbol; en vez de estarlo alrededor del cálido cuerpo de su amada. ¿Cuánto tiempo había dormido? Los pétalos debajo de el estaban aplastados y eran de un color marrón. Soltó el aire en una forma frágil y decadente. Sus dedos aun tenían el negro sello de la ceniza que habían sido los huesos de Lucinda, antes de que estallara en llamas. Tal vez había estado durmiendo aquí por una semana, soñando con nada, alejado de este mundo… pero no era tiempo suficiente. El dolor de Daniel se sentía extraordinariamente grande, más vasto que el espacio que abarcaban sus alas… como si su alma cargara con el peso de veinte hombres, y con el dolor de cada uno, como si cada hombre hubiese perdido a su más querida amada. El desesperado dolor se estrechaba dentro de una ausencia donde su corazón estaba destinado a estar.

En los tres meses que siguieron desde su primer día de San Valentín con Lucinda, Daniel la había traído de vuelta a ese punto en el bosque de la Inglaterra Medieval al menos otras veinte veces. Cada vez, durante su paseo por la verde aldea hacia las profundidades frias del bosque, Daniel se encaragaba de hacer florecer de nuevo esas peonias de San Valentin, de modo que cuando Luce entrara en el claro, las flores estarían tan encantadoras y atrayentes como Lucinda. Las observo ahora, muertas, y arranco un puñado de pétalos húmedos y aplastados. No encontró poder dentro de sí mismo para hacer revivir sus delicadas flores. El tenía dos almas diferentes.: una cuando Lucinda estaba viva, y otra cuando estaba muerta. El necesitaba de su afecto, de la gloria de su presencia para ser la mejor versión de sí mismo. El la necesitaba para sumarle luz y dulzura al mundo. Daniel hizo una mueca mientras trataba de ponerse de pie. Sus alas estaban rígidas por la tensión y la perdida. Comenzó a moverlas y expandirlas mientras salía del bosque, pero con cada paso se sorprendía al encontrar su cuerpo aun más pesado y deprimido. El quería conectarse con la memoria de ella, recorrer todas las calles por las que ella alguna vez anduvo buscando huellas del amor de Daniel. El siempre deseaba lo mismo cuando ella moría. Nunca fue una buena idea. Esta vez, de forma inexplicable, decidió darse gusto. Camino tambaleándose de vuelta a la aldea donde ella había vivido. Cruzando el camino de tierra, entrando al descubierto mercado a la media noche y dando la vuelta a la esquina de la estrecha calle donde la familia de Lucinda vivió… todo dolía más de lo que él estaba dispuesto a soportar. A tres puertas de la casa de la familia de Lucinda, Daniel vio la luz que salía del alfeizar de la ventana y grito de dolor. Se lanzo contra el alto muro de piedra de una vivienda vecina. La pena lo inundo y sus ojos se llenaron de ardientes lágrimas. Al final entendió el porqué. El dolor que él sentía al perder a Lucinda era agravado por el dolor que sentía su familia por también perderla. Ellos la amaban por quien en verdad era, la amaban de una manera similar a la que Daniel lo hacía. Ahora ellos sufrían al igual que Daniel, lo cual hacia que Daniel sintiera aun mas pena, sabiendo que la había separado de buenas personas que se preocupaban por ella.

Sigilosamente, se alzo hacia el oscuro cielo y aterrizo en la azotea de la casa donde la familia de Lucinda dormía. Se recostó contra los sucios ladrillos y extendió sus alas ante él, tratando de sentir el dolor que irradiaba aquella familia a través del techo. Era la hora más oscura de la mañana y todo el pueblo estaba dormido. Pero Daniel escuchaba… o sentía, una mujer llorando justo debajo de el. Siguio el sonido, arrastrándose a lo largo del techo, escabulléndose por el lado de un muro hasta estar justo afuera de la pequeña habitación donde sabia que la hermana mayor de Lucinda, Helen, dormía con su esposo. Los recién casados estaban profundamente dormidos. Y no había duda que en medio de los sueños, Helen estaba llorando por Lucinda. Echando un vistazo dentro de la habitación, Daniel vio la forma de los brazos de su esposo alrededor de ella, besándola en la arrugada frente, ofreciéndole calma incluso en los sueños. Estaban enamorados. Daniel notaba como tantas cosas eran diferentes entre el amor de este marido y mujer, y entre el amor que el compartia con Lucinda. El amor del que era testigo esa noche era constante, terrenal y finito. En cambio su amor con Lucinda era tempestuoso, trascendental y –para mejor o peor- eterno. Era sorprendente que ambos tipos de conexión, ambas formas de expresar devoción, podían ser llamadas de la misma manera: Amor Y sin embargo, Daniel reconocía una cosa en la forma que tenían los brazos de aquel hombre alrededor de su esposa: El daría y haría lo que fuera para apaciguar el dolor de su amada. Daniel observo con descarada fascinación el somnoliento y profundo beso que se daban los enamorados. Daniel deseaba que hubiese algo que pudiera hacer. El había interactuado con muchas almas dentro de sus cuerpos durante el milenio que había pasado en la Tierra. El había acelerado el proceso de estas almas para llegar a la paz y la luz del insondable más allá, el equivalente de Cielo para los mortales, al cual los ángeles no tenían acceso. Pero Daniel nunca había guiado a la nueva vida en el mundoEstaba más allá de sus poderes… un regalo que solo El Trono podía dar. Solo El Trono podía remover todos los obstáculos de los cuerpos y almas mortales, de tal manera que, en nueve meses, pudieran traer un feliz y alegre niño al mundo

Tal vez estos amantes recibirían aquel regalo, Daniel no lo sabía. Pero incluso si tenían a su propio hijo, este jamás remplazaría a Lucinda. El alma particular que ella tenía llevaría alegría a alguna otra familia en algún lugar lejano, al cual Daniel tendría que esperar para eventualmente encontrarlo. Puede que tuviera que esperar décadas, pero ya estaba acostumbrado a eso. Por ahora, cualquier regalo que Daniel le diera a esta familia palidecería en comparación con lo que habían perdido. Su mente se expandió hasta los límites, tratando de apoderarse de algo que los pudiera ayudar. En el lejano bosque bordeando el pueblo, su aguda visión se detuvo en un par de cabras que pastaban a la luz de la luna. Sustituciones absurdas para Lucinda… y aun asi… Para esta familia, la leche de cabra sería rara hasta el punto de excepcional. Cualquier alimentos o ingresos que esos animales les pudieran dar, le traería algo de paz a esta familia. Merecían eso y mucho más. En un instante, Daniel volo hasta el lindero del bosque, recolecto las cabras y las llevo por el cielo hasta las puertas de la familia de Lucinda, donde las ato con una cuerda. No dejo ninguna nota. No entenderían su explicación. El simple gesto debería ser suficiente. Al mirar la ventana de la hermana de Lucinda, Daniel inclino su rostro, humillado por la realidad del mundo mortal. Luego extendió sus alas y se elevo al cielo, donde permanecería hasta que su amor renaciera en otra vida, trayéndolo a el de vuelta a la Tierra.

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