Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe y si se sabe, mejor no saberlo: de la Ley y su sentido

EDITORIAL JULIO Por LUCÍA MELGAR Hablar de Estado de Derecho en México es cada vez más articular un trabalenguas, decir lo inexistente. Sin necesidad de aludir a las elecciones que nos transportaron a Suiza en unas cuantas horas, para mayor gloria del IFE y del statu quo , y mayor frustración de quienes contamos votos (en el DF y con estudios superiores) hasta las diez de la noche (¿para qué?), se multiplican las pruebas de que esos textos llamados leyes son mera letra sin sentido, patas de araña sin carne, manchas de un liquido que se malgasta por costumbre. ¿Para qué sirven las leyes en México? ¿para justificar el empleo de legisladores, la permanencia de facultades de derecho y la reproducción de abogados? Convengamos en que la pregunta es demasiado amplia y ameritaría más que un editorial. Enfoquemos entonces sólo un tipo de leyes: las que se ocupan de “prevenir, sancionar, erradicar” la violencia contra las mujeres. ¿Para qué sirven las leyes contra la violencia de género?¿para qué los múltiples folios nacionales e internacionales que despliegan sesudas definiciones de “la violencia”, sus tipos, modalidades, ocurrencias (por aquello de que ocurren, no de que el victimario las imagine), enlistan motivos y considerandos, acumulan cifras y datos duros acerca de la candente realidad? ¿Para qué los volúmenes y volúmenes de convenciones y tratados, códigos, iniciativas, reformas para “armonizar la legislación” estatal o nacional o para “aterrizar” las etéreas y bien intencionadas disertaciones internacionales acerca del problema de salud pública que aqueja a más de la mitad de la población del planeta? (así es, ya no somos “minoría”). La respuesta más sencilla sería “para nada” o “para todo”. En este país donde dice triunfar una minoría y declara el triunfo de “México”, esa doble respuesta no resulta ambigua sino todo lo contrario, dice lo que es y lo que no es la ley: todo y nada. Para mitigar la confusión, estado del que estamos por demás saturados en estos tiempos, hagamos lo contrario de lo que acostumbran políticos y medios: dibujemos un contexto. La pregunta entonces no es sólo ¿para qué sirven las leyes en México? sino ¿qué contexto invita a poner en cuestión el sentido de la Magna Carta y anexas? Y ¿ en qué contexto puede decirse que la ley no sirve para nada o, al revés, que sirve para todo? Más allá de los dimes y diretes acerca de un triunfo electoral que se disputan augustos patricios como si de impoluta República se tratara, el sentido íntimo, publico y esencial de la Ley no puede sino cuestionarse cuando suceden en menos de un mes hechos como éstos: una niña de catorce años es violada, sus padres se arriesgan a denunciar, la policía local pide dinero para “agilizar” el asunto y al cabo de unas semanas, tras amenazas de los parientes del violador, la niña muere a manos de éste, a golpes y pedradas que le destruyen la cara. Para más horror e

indignación, si las autoridades (como áun se atreven a llamarse) se ocupan de los denunciantes se debe a la presión de los vecinos que se manifiestan ante la agencia de policía. Y esto no es todo: en ese mismo estado, un grupo de adolescentes que forman parte del movimiento juvenil cristiano y, como todos los años, se van de campamento. Este es atacado por hombres armados que violan a varias chicas, abusan de otras, roban y siembran el terror. Lejos de exigir justicia de inmediato los representantes del movimiento callan. Ante el escándalo el gobernador asegura que “todo el peso de la ley” caerá sobre los culpables y en una extraña reflexión, digna de una novela de terror, afirma que en “la zona de violación” (¿cómo la zona de carga o la zona de detención?) ya había sucedido algo similiar (¿consuelo o doble agravio?), y que a futuro se pedirá a los campamentos que avisen a las autoridades (¿implicará negligencia de quienes no se molestaron en avisar al gobernador de sus extraños planes de acampar?), se les proporcionará teléfono e internet para que den aviso en caso de emergencia (¿de veras en pleno asalto vamos a saber a quien avisar? ¿Será un teléfono rojo al palacio de gobierno?) y se tomarán las precauciones necesarias (¿cercar el lugar o, tal vez, enfrentar las causas de la violencia). El procurador del Estado, que se distingue por su probada (in) capacidad para resolver casos mediáticos, revela a los pocos días que se sabe que se ha tratado de “una pandilla”, sin especificar si eso agrava o simplifica el asunto, ni tampoco por qué se ha dejado que cometa más delitos si se le tiene identificada. Y, casi al día siguiente, afirma que entre los delincuentes hay un exmilitar, dos policías y alguno con antecedentes de crímenes graves. Ese mismo día, sin juicio de por medio, se exhibe a los delincuentes en los medios, aun cuando esto atenta contra el sentido de justicia, por no hablar de derechos humanos. Para pintar completo el cuadro de terror en que osamos preguntar por el sentido de la Ley , apuntemos brevemente que estos hechos atroces no son los que se incluyen en el cuestionario de la ENDIREH 2011, recién publicada, según la cual el Estado de México (pues de éste hablamos) ocupa el primer lugar en violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja. Ahí 56.9% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido alguna vez algún tipo de violencia por parte de su pareja. Añadamos que en los 18 informes sombra que la sociedad civil elaboró para desmentir la versión triunfalista del gobierno mexicano ante el comité de la CEDAW a mediados de julio, no se hace referencia ni a estos casos ni a esta encuesta puesto que se terminaron antes. La indignación y preocupación de las funcionarias de la ONU entonces no podría sino aumentar si se enteraran de estos datos. A ellas, por cierto, podríamos preguntarles también por el sentido de las Leyes en México puesto que tanto se las presumieron las sacrificadas funcionarias que viajaron a New York para exponer (¿defender?) el caso de este país. Antes de que se nos acuse de ennegrecer la imagen del Estado de México, cuna de próceres innombrables, como antes se nos culpó de ahuyentar el turismo y la inversión de Cd Juárez con el “mito del feminicidio”, aclaremos que señalar el caso de esta entidad colindante con el DF no responde a mezquinos intereses políticos ni a suspicacias hacia el promotor de la tipificación del feminicidio y sus aliadas, no. Este caso merece destacarse porque sintetiza la incapacidad social y política de las instituciones y de la sociedad mexicanas para aprender algo (ni siquiera mucho) de la experiencia. Así, aun cuando fuera evidente que negar las evidencias,

fomentar la impunidad, evadir las demandas de justicia, empeoraban la situación – de las mujeres, claro, no de los victimarios ni de los agentes del orden-, aun cuando desde hace años se señalara la urgencia de tomar medidas para evitar y castigar la saña y crueldad contra las mujeres y para investigar las causas de la alta tasa de violencia machista en la pareja, aun así, no se hizo nada distinto al ya conocido método de simular, barrer y esconder bajo el tapete, negar e inventar tramas dignas de Ionesco o de la literatura fantástica (cf. Caso Paulette). Añadamos también que resaltar la situación de alerta de género en ese estado no conlleva eximir al resto del país de focos rojos y situaciones de emergencia. Al contrario, cabría pedir la alerta de género para todo el territorio, si de algo sirviera y pudiera implementarse por igual en Toluca que en Nuevo León, en Guanajuato que en Tamaulipas, en Chiapas y en Baja California Norte y en la Merced y Buenavista en el DF. Si eso fuera posible, la ley, una ley, tendría sentido. Pero eso es soñar. Volviendo pues al punto de partida, la pregunta sobre la Ley , su sentido, podemos empezar a responder en base a los hechos narrados y muchos más, sucedidos antes y después del 1ero de julio, y al contexto en que se inscriben. La Ley no sirve para nada puesto que es un papel que ni quienes deben interpretarla toman en cuenta. Como diría un personaje literario “La constitución es un mono pintado en la pared”, salpicado de grafitti, puesto que refiere una igualdad ente mujeres y hombres que no se vive ni en los horarios de descanso ni en el tránsito por las calles. La debida diligencia y otros terminajos legaloides son sólo eso: palabras que se lleva el viento de la negligencia, la indiferencia y la impunidad. El tan traído y llevado “acceso a la justicia” es más que un “camino al infierno “(como lo nombrara una destacada abogada), un laberinto sin salida, el más infernal, puesto que las torturas, el arraigo, el acoso, la prostitución forzada en las cárceles, la extorsión y la presunción de culpabilidad han asfixiado a la desgastada figura a tal punto que ya no es solo tuerta (nunca ciega) sino muda, sorda y paralítica En el mismo sentido, la legislación internacional que tal vez (y subrayo la incertidumbre) conserva algún significado entendible en algún país, aquí no tiene tampoco mayor consecuencia pues no sólo la ignoran los jueces y ministerios públicos locales, el propio Senado encargado de confirmar la adhesión a ella pasa por alto informes y tratados cuando los altos intereses de la Patria (sinónimo de Ejecutivo por ejemplo) así lo exigen. Por otra parte, para no cerrar con espíritu negativo y derrotista, cabe admitir que la ley también puede servir para (casi ) todo. Por ejemplo: para tapar los huecos de un sistema judicial donde no se hace justicia, para maquillar las fallas del sistema de procuración de justicia o la indiferencia del ejecutivo, legislativo o judicial ante algún grave problema. Por ejemplo, si aumentan los asesinatos de periodistas y defensores de derechos humanos, créese una ley de protección a éstos; si lo que aumentan son las víctimas, pues también créese otra ley (misma que se regateará en tiempos post-electorales), y desde luego, si se enfrenta un espantoso problema de violencia contra las mujeres, promuévanse leyes nuevas, con figuras innovadoras y complicados sistema de aplicación. No importa si resulta imposible implementarlas o si no se asignan recursos para su buen funcionamiento. Con ellas entramos a la modernidad, corroboramos nuestra pertenencia al G20 (al fin que

España también tiene feminicidios y también está en ese privilegiado grupo), nos cubrimos de gloria y tenemos material suficiente para responder a los molestos reclamos de organismos internacionales que pretenden exigir coherencia entre dicho y hecho, entre CEDAW y realidad mexicana. Y con esas leyes, de igualdad, de no discriminación y “vida libre de violencia” no se acaba el cuento, siempre queda algún código por armonizar, algún nuevo delito que tipificar aunque nunca se aplique el tipo penal. Así no faltará trabajo para diputados, senadores, procuradores, abogados, facultades de derecho, jueces y policías, directoras de institutos de las mujeres y procuradurías, comisionadas y fiscales especiales. Para ellos y ellas, claro que las Leyes sí tienen sentido. Para lo que no sirve la Ley, es para hacer justicia, reparar el daño, garantizar la debida diligencia y la no repetición. Nadie ni nada es perfecto. Por eso la Ley, como dijimos antes sirve para nada, y para casi , casi todo.

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